Los Anticuarios

Carmen de Burgos


Novela



I. Adelina

Antes de abrir la tienda era preciso dar un último vistazo a los géneros y ponerse todos de acuerdo acerca del precio de algunos artículos dudosos. Ellos no necesitaban dependientes, se lo arreglaban todo en familia; una familia española que llamaba la atención en el barrio por el número de hijos, y hacía exclamar a más de una madama mirando a la anticuaría española, rolliza y frescota:

—¡Oh, los españoles!

Eran ya bien conocidos en el barrio por su posición sólida y por sus excentricidades. Hacía más de diez años que habían ido a establecerse allí, abriendo aquella tiendecita, que poco a poco se había convertido en un lujoso guarda-joyas, de joyas antiguas, auténticas, cuya autenticidad abonaba, no sólo el crédito de que gozaban en el comercio, sino su condición de españoles. Eran de una tierra donde las antigüedades de mérito son comunes, hasta en las casas de los aldeanos, y donde se vendían todas, por raras que fuesen, lo mismo los recuerdos de antepasados que las reliquias de los templos.

Entre la familia se lo podían arreglar todo, hasta los hijos pequeños entendían ya de antigüedades y desdeñaban las telas de moda y los juguetes de novedad, porque no tenían carácter.

Una vez todo listo, el hijo mayor procedió a levantar las persianas de metal que cubrían las puertas; se le dio la última mano a los dos escaparates, verdaderas vitrinas de museo, y la tiendecita, limpia y recompuesta, recibió la caricia del aire húmedo del boulevard, cuyo piso tenía reflejos de cristal empañado. Adelina vino a ocupar su puesto, no detrás, sino delante del mostrador, cerca de la pequeña estufa que caldeaba la tienda, y mientras esperaba la llegada de los parroquianos, —que para este ramo no suelen ser muy madrugadores— abrió un cajón de telas y empezó a separar los diversos géneros.

Era Adelina el alma de la tienda y de la casa. De regular estatura, un poquito gruesa, con el cutis muy blanco y el cabello muy blondo. Adelina tenía un semblante dulce, un poco ingenuo, que inspiraba confianza, y un aire señoril y distinguido, un aire de señora que cohibía a los compradores y los obligaba a la cortesía.

Asombraba el caudal de energía que se encerraba en aquel cuerpo de mujer; ya, a aquella hora temprana, las ocho de la mañana, Adelina había estado en el mercado, después de tomar el baño, su desayuno y de hacer detenidamente su toilette. Ya había dejado dispuesto el almuerzo y marcado las ocupaciones de cada uno durante el día. Ahora clasificaba cuidadosamente el lote recién comprado, separando el filet, las suntuosas mallas hechas en España; los paños con cenefas de hilos sacados, primor de las serranas españolas; y los damascos isabelinos, de los terciopelos picados de los siglos XVI y XVII.

Con la manecita pequeña, carnosa, bien cuidada, que parecía hecha para remover las sedas, las arreglaba con una gracia que tenía algo de maternal, como si al tocarlas acariciase las telas. Era maestra en el arte de conocerlas; tenían las orillas para ella escrita la fecha de la fabricación; la leía de una manera clara aunque se hubiese tratado de falsificarlas; no solo en las telas teñidas, cuyas orillas toman el color del tinte y son fáciles de conocer si no hasta en esas falsificaciones, de los italianos, expertos en el arte de fabricar antigüedades, que colocan unas varillas cubriendo las orillas, lo que permite teñir la tela conservando las orillas su mismo color. Esta falsificación la distinguían los ojos de mirada perspicaz de Adelina.

Aquellas orillas recias, fuertes, con flores hundidas eran de las sedas suntuosas de Luís XV y de los terciopelos tan buscados. Venían a unirse las rayas con aquellas flores estilizadas de las telas Luis XVI, las bellas telas de María Antonieta, que ejercían una atracción especial sobre los compradores. Le bastaba decir su nombre para decidirá un cliente.

—Ésta tapicería es igual a la que hay en las habitaciones chiquitas de María Antonieta en Versalles, solía asegurar.

—Vea, señora, esta tela, es el dibujo clásico de las que dan en su libro los hermanos Goncourt —decía en ocasiones, abriendo aquel libro, con una suficiencia de mujer culta, que entendía de antigüedades y de literatura, y el éxito era seguro siempre.

No la engañaban jamás las orillas de rayas solas o de la época más baja, isabelina o imperio, para confundirlas con las más modernas. Leía en el tejido como en un libro.

Conocía del mismo modo la maceración de los terciopelos negros para tornarlos verdes, haciéndoles ganar así valor y que en vez de venderse a 30 francos el metro costasen de 150 para arriba.

Todas aquellas telas saltan nuevas de las manos pequeñitas de Adelina, que había enseñado a sus hijas el arte de componer y dar apresto a los filets, los cuales planchaba ella misma, y de quitar toda clase de manchas. Estaba convencida de que solo por ese cuidado, por esa colaboración con el marido podrían sacar el negocio tan brillante. Su éxito estaba en que sentía amor por las antigüedades que se extasiaba ante los bellos objetos de los siglos XVI y XVII y que experimentaba un respeto cuasi supersticioso por las que tenían mayor antigüedad, mientras que todo lo que era bajo de época o no tenía carácter lo miraba con un desprecio profundo.

A veces sufría vendiendo, en una cantidad fabulosa un objeto que había adquirido por una bicoca. Le gustaba tanto poseerlo que lo subía de precio sin hacer rebaja. Se consideraba como una conservadora de museo, una gran señora rodeada de todas aquellas cosas bellas y suntuosas que iban a buscar las millonadas. De vez en cuando ella también se compraba uno de aquellos objetos preciosos, que guardaba en su casa, fuera ya siempre de la tentación de la venta, o una joya que destinaba a las niñas. Naturalmente que siempre joya antigua; se asombraba de que hubiese personas a quienes les gustaba lo moderno.

Ponía en su comercio tanto amor, tanto entusiasmo, que se lo sabía hacer sentir a los clientes. En ningún otro negocio haría falta ese poder de sugestión para engañar a los compradores, ni existía un campo tan ilimitado para vender por veinte lo que se había comprado por uno. El mundo de los anticuarios, con sus fraudes y sus manías, era un mundo aparte.

El marido le ayudaba a las mil maravillas; nadie de tanta experiencia como Fabián para conocer los objetos y las épocas; era un experto al que recurrían todos los anticuarios, y cuya opinión daba fe en juicio; nadie como él para hacer las compras y para aturdir en las ventas, pero no lo podía dejar solo, padecía una manía que le hacía exagerarlo todo, de manera que sin la mirada de doña Adelina, especie de serreta que contenía sus impetuosidades, lo hubiese echado todo a perder.

Era ella la que tenía que estar en todo, dirigir la familia, que no le daba poco que hacer, aunque el hijo y las dos bijas mayores eran excelentes dependientes, los cuatro pequeños estaban al cuidado de una Miss, y de la pequeñina, que aún debía mamar, y tomaba biberón, cuidaba la abuela, con esa conmovedora maternidad que reverdece en las abuelas viejas.

Aquella señora, más enérgica aún que la hija, cuidaba también de los criados —los enemigos pagados— y de los obreros restauradores, gente hábil pero levantisca, descontentadiza, que quería ganar mucho trabajando poco, como pensaban que hacían los patronos. ¡Trabajar poco! Se figuraban que Adelina trabajaba poco porque no se cargaba con fardos… pero estaba segura de que para reemplazarla harían falta tres personas y no la reemplazarían más que en lo mecánico, no en aquel espíritu que ella infundía, y que era el éxito. El crédito era suyo; ella tenía la fama de seriedad y cordura que le faltaba al marido, siempre cantando y diciendo bromas con una gracia inocente de hombre gordo.

Era ella la que tenía que hacer las combinaciones en los Bancos para los pagos y los giros; la que disponía las restauraciones y las salidas, ya en busca de géneros o ya para hacer la plaza en otros lugares, y echar fuera el género de mogollón.

No se acostaba ninguna noche sin hacer el balance del día en sus libros, y sin haber tomado las cuentas de la casa.

Dueña absoluta, general en jefe de su pequeño ejército de anticuarios —porque allí todos eran anticuarios, y hasta la niña de pecho rechazaba los juguetes modernos—, Adelina lo hacía todo sin perder jamás la sonrisa y la alegría. A pesar de las tempestades que de vez en cuando armaba el marido, para el que tenía una paciencia asombrosa, era una mujer feliz, estaba encantada de su comercio, la adoraban los hijos, sentía el mimo de su pequeña sociedad…

A pesar del trabajo le quedaba tiempo para asistir a alguna reunión de anticuarios, para ir al teatro de vez en cuando, para escaparse del brazo de Fabián, después de una reconciliación, a comer en Los Italianos o en la Brasserie Universal, y para dar grandes comidas, en las que lucía la plata y la vajilla antiguas, retirada del comercio para su uso, los días solemnes de Pascua o de cumpleaños, reuniendo a su mesa los innumerables parientes y paniaguados que continuamente los rodeaban y a los que atendían con magnificencia, poniéndoles siempre un cubierto a las horas de comer.

Verdad es que a esas comidas no faltaba nunca algún cliente o anticuario, y eran como el punto de remate de algún buen negocio. Aquel conocimiento íntimo de su felicidad, aquel sentirse dichosa, era lo que extendía el aire de juventud y de ingenuidad en las facciones de Adelina, para infundir confianza engañándolos a todos y a ella misma, que se persuadía de que sus mentiras eran verdades y de que en sus fraudes había solo travesura.

Así, todas las noches, cuando caía rendida de la brega del día en su mullida cama Luis XV y se arrebujaba en la colcha de auténtico damasco antiguo, no se le ocurría pensar en sus fatigas ni en los cuidados que a veces la agobiaban para el día siguiente, con el pago de jornales o el vencimiento de una letra.

Confiaba en que había de surgir un recurso, y esperando el momento se entregaba en los brazos del descanso, saboreándolo como no podían saborearlo las personas que no llegan a él a través de aquella selva de cuidados. Devolvía el beso a los hijos según iban entrando a darle las buenas noches, abrazaba a su madre, siempre con la pequeñuela en brazos, y sin hacer caso del marido, que ya roncaba a su lado con la espalda vuelta, estiraba con deleite su cuerpo, fresco, blanco y suave, su carne cuidada, que a pesar de sus cuarenta años y de sus ocho hijos, conservaba morbideces incitantes, y exclamaba satisfecha sintiendo la acariciante voluptuosidad de la holanda:

—¿Quién inventaría la cama?

II. Los comienzos

Había sido Adelina la que empezó aquel negocio en Madrid cuando su esposo Fabián era un modesto empleado del Ministerio de Hacienda, lleno de orgullo y de hijos, aunque con poco dinero para alimentar al uno y a los otros.

Adelina emprendió el negocio de antigüedades en pequeña escala, solo por ayudarse, comprando algunos objetos que llevaba a revender al domicilio de los aficionados, no sin la protesta de su marido, el cual no hallaba bien que la señora de Las Navas y Marchamalo tuviese tan humilde empleo.

Porque el flaco de don Fabián de Las Navas y Marchamalo era la vanidad; hijo de una provincia del Sur había venido a Madrid muy joven a casa de un hermano de su madre, que se había casado con la hija de un político, una solterona insoportable, cuyo padre en agradecimiento de haberle quitado la carga, premió al yerno con una senaduría.

Fabiancito era el niño mimado de su tío. Chico despejado, listo; hacia en cada año dos de la carrera de leyes y era un pollete vivaz, dicharachero, lleno de todas las frivolidades y las gracias de salón que deslumbraban a las señoritas de su provincia, y despertaban el odio de los jóvenes, los cuales le llamaban, para vengarse, el Marqués de los forros nuevos; alusión a la vanidad con que enseñaba los lucientes forros de seda de sus abrigos y americanas.

Mientras acababa la carrera y habría bufete, su tío le dio un destinito en Hacienda para sus gastos menudos, la verdad que gracias a la influencia, Fabián no iba a la oficina y nadie sabía su empleo.

Su tía, la esposa de D. Andrés de Marchamalo, quiso contribuir a la felicidad de su sobrino, haciendo que participase de las delicias de un hogar como el suyo, y arregló la boda con la segundona de una familia linajuda a la cual se unió Fabián sin conocerla apenas, y sin haber casi hablado con ella porque las veces que se vieran, la señorita de Zaragüeta, estuvo siempre con los ojos bajos, ruborizada, pronunciando escasas palabras, con un gangueo monjil.

Por fortuna Fabián no renunció a su destino. Estaba en el ultimo año de su carrera de abogado cuando murió D. Andrés de una apoplejía, que suele ser muerte de senador; y desde entonces se acentuó de día en día el malestar de su casa. Clarita Zaragüeta no tenía ningún atractivo de mujer, porque ella se empeñaba en borrarlos todos.

Iba vestida de hábito del Carmen, por una promesa, quizás para lograr casarse; y un cinturón charolado cerrado por una hebilla de metal blanco, con la correa colgando hasta el borde de la falda, y el alfiler de plata del escudo que llevaba en el pecho eran todo su adorno. El cabello apretado y sin rizar, puesto en bandos sobre las sienes agudizaba su nariz picuda, en su semblante amarillento. La falda larga tapaba unos pies mal calzados y la silueta estaba deformada por el horror de un corsé que levantaba sus hombros en punta hasta la altura de las orejas y la obligaba a cerrar el descote para evitar que se viese como la ahogaban los senos.

La pobre Clarita cumplía con la repugnancia de una monja sus deberes matrimoniales. Se asustaba de cualquier vehemencia o caricia de Fabián, que le parecía pecaminosa. Una voz de éste, un portazo, algo fuerte le hacían estremecerse y llorar hasta sufrir un ataque de nervios.

A veces tenía Fabián la sensación de estar solo al lado de aquella mujer pasiva, callada, que en vez de contestarle cuando decía algo que no era de su agrado rezaba fervorosamente, moviendo los labios sin producir sonido.

Murió Clarita a los ocho meses de casados, de una indigestión de santidad, —según decía Fabián a sus íntimos— o a consecuencia de no poder resistir la falta de distinción de su marido, como aseguraban los parientes de ella.

El caso fue que Garita murió y que Fabián se encontró libre y sin un céntimo. Su tía no quería que le hablasen de un hombre que tan mal se había portado con su pobre esposa. Aquel destino tan desdeñado era su único medio de vida; pero antes de verse obligado a ir a la oficina en Madrid y estar a las órdenes de jefes a los que había tratado como inferiores, pidió el traslado a una provincia, y fue a dar con sus huesos a Cartagena.

Allí se enamoró de Adelina, huérfana de un Capitán de la Guardia Civil. La joven se había criado en el cuartel y aunque no era tan militara como su madre, tenía una arrogancia marcial; y una decisión masculina, que contrastaban con la triste pasividad de la difunta. Con aquella muchacha no había que pensar en otra cosa que en casarse. De haber muerto antes la madre de Adelina debiera haberle dejado viudedad de capitán a su esposo, porque el verdadero capitán era ella: llamaba a todos los que no pertenecían al ejército paisanos; y exigía el respeto jerárquico de las tenientas, sargentas y cabas, lo mismo que ella sabía tenérselo a las coronelas y generalas.

Fabián pensó que casándose no tendría dinero pero tendría alegría. Adelina reía siempre, cantaba, tenía los ojos brillantes y los labios húmedos, con una expresión de contento. Se casaron y en verdad que a no ser por la mala condición de cadañera que sacó la muchacha no tenía por qué arrepentirse.

Cada año daba a luz un chico Adelina, o mejor dicho una chica, porque solo el primero fue varón. Siguieron cinco niñas; y como estaba cada día más fresca, más fuerte y más alegre, no se sabía a cuántos podría llegar.

La verdad era que dar a luz no le costaba gran trabajo. Ella no era de las que sufren mareos o antojos por el embarazo. Ni siquiera el parto la molestaba. Tenía una maternidad de cabra, que suelta el chotillo y sigue andando.

Además Adelina no criaba. En cuanto los rorros tenían un mes se los llevaba a su madre, para que los criase en aquel hermoso clima de Cartagena, y ella seguía al lado de Fabián, en Madrid, alegrándole la vida con sus risas y encontrando el medio de hacer de una peseta dos.

Era tan hacendosa que trabajaba como si jugase, con la alegría en los ojos y el canto en los labios. Lavaba planchaba, cosía, guisaba… y le sobraba tiempo para todo. Hasta encontró medio de ahorrar para irse los domingos al café o al teatro y halagar el paladar de Fabián con alguna golosina y algún vino de su gusto un par de veces entre semana.

Hija fue de aquel sobrarle tiempo para todo la idea de salir a vender las antigüedades de una vecina suya, que las compraba de primera mano y se las llevaba a los anticuarios. No tardó en tomar el gusto a aquel negocio. Sacaba de las casas de antigüedades, que se las confiaban, los objetos e iba con ellos a casa de personas aficionadas. Con la comisión de venta y el precio que podía sacar sobre la tasa tenía ganancias pingües.

Al principio protestó Fabián. Su orgullo se revelaba contra aquel empleo de su esposa; pero cuando llegó el balance de fin de mes y en vez del déficit a que estaba acostumbrado quedó un superávit de unos cientos de pesetas empezó a mostrarse más transigente. Lo cogía el Demonio por el lado de la comodidad. Seguía refunfuñando, por no dar el brazo a torcer, y amargando la alegría de Adelina, comparándola con esas vendedoras de ropas usadas que van por los escenarios y por las casas de las burguesas, que desean figurar con poco dinero y compran los trajes de deshecho de las elegantes, esos vestidos que siempre tienen historia y son de la esposa del Banquero que ha caído de luto; de la Marquesa o de la Duquesa, que no se lo ha puesto; y hasta proceden de Palacio. Si se creyese a esas vendedoras, Palacio sería un almacén de trajes hechos que se venden siempre, añadiendo, cuando se los atribuyen a la Reina Madre, media vara de tela para ensanchar el pecho; tela que ya se guarda a previsión para cuando se venda el vestido. Todos aquellos embustes de las prenderas y algunos más había aprendido Adelina. Llevaba siempre los objetos predilectos de los coleccionistas y se daba tal maña para sacar partido que a un aficionado a cajas antiguas le vendía viejas cajas de polvos de los dientes, que habían costado a una cincuenta, por cuarenta pesetas, con solo cambiar el cromo y meterlas en estiércol, a fin de que la porcelana se resquebrajase. Las gallinitas de Manises sin cabeza y con la barriga de yeso, y las perdices de Alcora alcanzaban en manos de la experta anticuaria precios fabulosos. Tenía el don de la simpatía y de la persuasión y a cualquier Talavera moderno sabía hacerlo pasar por antiguo, con el procedimiento de enterrarlo en estiércol humano y regarlo con vinagre varios días. Así, aunque se escarbase en los desconchados que hacían en la vasija no aparecía la blancura de la pasta nueva. Nadie como ella para sugestionar y hacer creer a los compradores que los tapices de Cuenca eran tapices Persas legítimos, valiéndose de la semejanza. Tan grandes ganancias aficionaron a Fabián que empezó a tratar anticuarios y con su talento penetrante, no exento de travesura y malicia, comprendió bien pronto todos los trucos que ellos querían ocultarle. Además en poco tiempo, poniendo su cultura al servicio de esa industria, aprendió a distinguir estilos y épocas de metales, marfiles, porcelanas y muebles, de manera que conocía todas las imitaciones y falsificaciones. En esto no le iba en zaga Adelina, experta sobre todo en encajes, telas y tapices. La simpatía de ella y el aire de suficiencia y gran seguridad de Fabián, sugestionaban hasta a los mismos anticuarios, que empezaban a tratarlos como compañeros, cuando aún no estaban en el negocio.

El sueño del matrimonio era abrir una tiendecita en buen sitio y establecerse, sabiendo que no hay ganancia ni tanto por ciento más elevado que el de las antigüedades, donde se puede obtener mil por uno.

El dinero para empezar esta empresa fue como una especie de carambola. Los antiguos conocimientos e influencia de su tío le sirvieron para que se resolviese bien en Hacienda el expediente de un colegio de niñas nobles, por cuyo servicio daba el obispo de Sevilla un donativo de siete mil duros. Verdad es que como Fabián no podía dar la cara a causa de su destino, tuvo que valerse de un prestamista tuerto, dueño de varias casas de empeño, que por poco se alza con el santo y la limosna. Al fin, tras de muchos disgustos, llegaron tres mil duros al matrimonio, que ya iba por el séptimo hijo.

Inmediatamente, aprovechando un traspaso de una tienda de la calle del Barquillo, abrieron su establecimiento y empezaron sus compras.

Por un momento sintieron ese pánico que causa el pensar que las antigüedades tienen que acabarse después de tantos años de especular sobre ellas, a pesar de las Fabricas de Antigüedades que funcionan en todas partes.

Sin embargo no le faltaron cosas antiguas. Era España abundante en antigüedades, no obstante la continua búsqueda de anticuarios, aficionados y extranjeros. En todas las familias se conservaban cosas de los bisabuelos, que la necesidad obligaba a vender. Llegaban, jarrones de pasta blanca del Retiro, que ellos fingían desdeñar y compraban por unas cuantas pesetas cuando estaban seguros de venderlos por muchos cientos.

Lo mismo ocurría con los marfiles, con las tallas, con les hierros forjados, con las telas y con los muebles. Miniaturas inapreciables, estampas preciosas, metales repujados, azulejos árabes, terciopelos, damascos isabelinos; afluía todo en grandes cantidades.

De vez en cuando venían anticuarios extranjeros, que a pesar de tener ya sus corresponsales en Madrid, visitaban todas las tiendas y compraban en grandes saldos los objetos.

Una noche se comentó esto en la tertulia que se reunía en la trastienda, presidida por Adelina.

—Mucho deben ganar —dijo ella— cuando hacen el viaje y sufragan gastos de transporte y de Aduanas. Seguramente que no tenemos idea de cómo se pagan estas cosas en el extranjero.

—Sin duda —afirmó Fabián—, hacen con nosotros lo que los anticuarios hacíamos antes con los vendedores del Rastro. Comprábamos cosas admirables por unas cuantas pesetas.

—Pero ya los han enseñado ustedes —dijo un contertulio— y ahora valen las cosas en el Rastro más que en los grandes bazares. Es una pena.

El que así hablaba, era un viejo general con más afición a las antigüedades que dinero; se contentaba con hacer tertulia en casa de los anticuarios, para estar entre cosas antiguas, ya que pocas veces podía adquirirlas.

Una de sus grandes aficiones eran los libros viejos y raros. Se deleitaba ante un ejemplar único de toda obra, tratase de lo que tratase. Él no compraba los libros por las cubiertas, pero tampoco los compraba por el texto. Era solo por la antigüedad; por el olor a siglos que se escapaba de las hojas amarillentas de los viejos papeles o de los pergaminos.

Por desdicha tenía que sisar de sus gastos para darse este gusto, porque la generala tomaba estrecha cuenta de su paga. Así y todo, cuando compraba algún códice, tenía que llevárselo a casa a escondidas, ya que tenía la ventaja de que una vez puestos en sus estantes, la esposa no había de notarlo, con tal de tener la precaución de quitar otros sin importancia, porque ella no conocía los títulos de las obras de la biblioteca de su marido, sino el número de los tomos.

El pobre general estaba inconsolable por la pérdida de su última adquisición. Tres tomos maravillosos que le había proporcionado Adelina. El uno en castellano antiguo, estaba impreso en Londres, en la infancia de la imprenta. Se titulaba «El divorcio de la condesa X y El grito de un hombre honrado». Estaba marcado en el índice de la Inquisición con tres manecillas. ¡Abominación suprema! Aquella obra había sido recogida y quemada. Solo se había salvado ese tomo que tenía el sello del inquisidor, a cuya biblioteca perteneció. No había podido ni siquiera examinar aquel dramático librito, oír el gritar de aquel hombre y el gemir de la misteriosa condesa. Había esperado que se hiciese un poco tarde para volver a su casa sin que la esposa lo viese entrar con su carga. Ya había abierto la puerta del piso con su llave inglesa, cuando oyó en el pasillo la voz de su mujer. Aterrorizado dejó los libros en el suelo y entró en su casa. Ya habían cerrado la portería. Era cuestión de volver a salir por ellos al cabo de un rato… Pero cuando volvió, los libros habían desaparecido.

El pobre hombre tenía una especie de monomanía por hallar otros semejantes.

—Si encontrase al ladrón, lo pasaba por las armas —solía decir.

Hacía ya un mes que rebuscaba en las casas de todos los anticuarios y en todas las librerías de viejo.

Era él quien más inducía a Adelina y a Fabián a que hicieran viajes al extranjero, ponderando lo provechoso y lucrativo que debía ser para un español comerciar con las antigüedades fuera de España.

—Italia y España son canteras inagotables de antigüedades —decía— por eso aquí no se saben apreciar bien. Son los ingleses y los americanos los que tienen dinero y pueden darse el gusto de pagarlas. Hay que ir a sacarles los cuartos… Sería cosa de probar con un pequeño viaje de Adelina.

—¡Como no sabe francés!, —murmuró Fabián casi vencido por la influencia de la avaricia.

—Eso no importa —exclamó ella seducida con la idea—. Las mujeres lo aprendemos todo en seguida.

El más disgustado con esto era un diputado provinciano, rico y rechoncho, que pasaba la vida metido en la tienda haciendo continuas compras de cosas que no entendía, por la seducción de la graciosa figura de la anticuaría.

Estalló al oír la contestación de Adelina.

—¡Un doble comercio! ¡Antigüedades! Si yo creo que en el mundo no hay nada antiguo, sino viejo. Lo único que se queda antiguo son las mujeres que no aprovechan bien el tiempo, y así diciendo lanzó una carcajada para celebrar su gracia, al par que miraba a la anticuaría con una insistencia que le hizo enrojecer.

III. Trapero distinguidos

Comenzó Adelina sus viajes a París. Un gran talento natural la guió en el intrincado laberinto del negocio, y en vez de valerse de corredores trató con los anticuarios de fama, con las casas serias y fuertes, que comprendieron el poderoso auxiliar que podían tener en ella. Con su gran intuición, parecía olfatear a los aficionados, para ir directamente a ellos y sacar el mejor partido de sus lotes.

Además se había hecho de amigos en la frontera, pasaba una gran parte del género sin tenerlo que declarar, y en cuanto llegaba a París lo tenía todo vendido a fabulosos precios.

—Tú debías enviarme género y dejarme en París —le decía Adelina a su marido.

Pero Fabián se sentía celoso.

—No quiero que te separes de mí; —le decía— este será tu último viaje.

—¿Crees tú que yo no deseo la tranquilidad y el ambiente acogedor de nuestro Madrid?, —no hay otro Madrid en el mundo—. ¿Te crees que no sufro de estar lejos de ti? Pero en pocos años podemos hacer un capitalito decente… y ya ves cómo lo necesitamos, con tantos hijos y los gastos mayores cada vez… Es preciso cuidar de la vejez, sobre todo para un hombre de tu alcurnia, que no puede hacer ciertas cosas.

Este último argumento era supremo para Fabián. Él hablaba siempre de sus ilustres antepasados, de sus nobles amigos, de los honores de su familia. Su tío, el senador, su antiguo protector, era un Dios en su recuerdo; a veces solía presentarse como hijo suyo, cambiando en las tarjetas el apellido para resultar «Marchamalo de las Navas» o «N de Marchamalo».

Dejaba a su mujer emprender un nuevo viaje, pero con la condición del pronto regreso. Iba a esperarla a la estación y la miraba con ojos celosos, como si tratase de adivinar por alguna turbación que Adelina no era ya la misma.

Pero no podía nunca hallar motivos que confirmasen sus celos. Adelina venía tan serena, tan risueña, tan despreocupada de historias y misterios como de costumbre. Siempre se echaba en sus brazos en la misma estación, y le daba dos besos grandes, tan llenos de besos contenidos dentro de ellos, que le quitaban toda sospecha. Después, en su casa, veía cómo Adelina respiraba a gusto aquel olor mohoso del tiempo, cómo se sentía contenta y feliz de hallarse otra vez allí. Le preguntaba por los niños, por su madre, por sus hermanos, se enteraba de todo, y luego a su vez, le rendía cuentas con una admirable claridad, que lo convencía. Bien es verdad que Adelina, en medio de la claridad de sus cuentas hallaba medios de sisarle muchos miles de pesetas «para las cosillas de mujeres, y para no tenerle que pedir si alguno de los míos necesita algo» —decía.

Aquel amor a los suyos era el flaco de Adelina y demostraba su buen corazón.

Fabián perdía la cabeza ante aquellas fabulosas ganancias de su mujer. ¡Pero era posible que vendiese a cincuenta francos aquellos filets que pagaban a dos pesetas!…, ¡y damascos isabelinos comprados por casi nada a cien pesetas metro!… ¡y aquel viejo reloj de pared, dos mil francos, cuando había pagado cinco duros!

¡Aquel negocio era maravilloso, más lucrativo que todo comercio, que toda industria, y hasta más que la usura! Se podían ganar miles por ciento.

Los días que estaba Adelina en Madrid eran días de lana de miel. Fabián se desquitaba con ella de la timoratería de su primera esposa. Recorrían Madrid como dos amantes, muy juntos en su cochecito. Si era invierno iban a los bailes de máscaras, y entraban al amanecer en las churrerías; si era verano no faltaban a las verbenas. Fabián obsequiaba a su mujer como un novio enamorado, con claveles y tiestos de albahaca. Se iban a comer casa de Botín, al café de San Millán, buscando los rincones típicos, o bien hacían alarde de su lujo, invitando a algún anticuario a Lhardy o Tournié.

Eran unos días felices los que empleaban en ir a ver a los niños, a los que cuidaba militarmente la madre de Adelina. Les llevaban frutas, dulces, vestidos y juguetes; de manera que las criaturitas veían siempre a sus padres convertidos en reyes magos.

Adelina no descuidaba por todo esto el negocio. Traía siempre de Francia algún encaje de Chantilly legitimo, un Valenciennes, y hasta a veces encajes de Venecia o Bélgica. Traía también porcelanas de Rouan o de Sevres, algún tapiz de Gobelinos, algún paño de Arras, unas veces comprados por ella, otras en comisión, dados por algún gran anticuario, y lo vendía a los anticuarios madrileños o a algún rico aficionado con quien tenía relaciones.

Con el producto de todo aquello pensaba en nuevas compras, no resignándose a llevar solo los géneros que todos los anticuarios le daban en comisión; porque siempre les traía más de valor en que lo habían tasado, ganando así fama de probidad, sin perjuicio de quedarse con doble cantidad de la que entregaba.

—Yo, en sacando para no perder estoy contenta —decía con la gracia bonachona que engañaba hasta a aquellas gentes tan acostumbradas al engaño.

Cuando se reunía género suficiente y nadie entraba a comprar, empezaba Fabián a ponerse de mal humor. Con aquella vanidad suya, que le bacía querer ser el primero en todas partes, sufría de que se le escapasen los mejores objetos por falta de dinero y fuesen a parar a otro anticuario.

En aquellos momentos era cuando Adelina hablaba de emprender un nuevo viaje y él no se atrevía a oponerse, porque era preciso no cejar en el camino emprendido, empeñada ya su vanidad delante de los otros anticuarios.

Algunas veces la acompañaba, pero tenía que volver a Madrid para atender a la tienda y para hacer compras. Entonces sentía despertarse, para hacerle sufrir, todo su temperamento español, que se revelaba contra el que las mujeres tuviesen que trabajar. Excitado se revolvía colérico contra su esposa, escribiéndole cartas que empezaban llenas de insultos y acababan pidiéndole perdón, con rendidas frases de cariño.

Una vez, colérico por un largo silencio de ella, le expidió un telegrama que puso en conmoción al comisario de policía del distrito de París donde vivía Adelina. Decía: «Tres días sin carta, voy y corto pescuezo».

Pero Adelina no se alteraba por esto y siempre contestaba sus cartas con el mismo tono confiado, dulce y cariñoso, que devolvía la tranquilidad al atribulado y celoso Fabián.

Y no era ciertamente porque le faltaran pretendientes a Adelina. Más de un francés suspiraba por los encantos plenos, matroniles y frescos de la anticuaría; pero ella tenía ese hermoso temperamento casto por naturaleza de las españolas, anverso de la fama de apasionadas y fogosas, y se reía de todos sin darles importancia. Siempre con el recuerdo de los suyos y la preocupación del negocio, Adelina no se cuidaba de otra cosa. Se burlaba de todo pretendiente y solía decir:

—Yo no podría querer a un hombre que no fuese español; éstos extranjeros son solo buenos para sacarles el dinero con mis antigüedades e ir a comérmelo luego a España tranquilamente con mi Fabián.

Sin embargo, cada vez sentía menos gana de ir a España; se acostumbraba a la vida de París, le hubiera gustado establecerse allí para siempre, en la seguridad de ganar una fortuna; ya tenía todos los elementos que les hacían falta, la cuestión era decidirse, perder el miedo. El secreto estaba en saber comprar. ¡Si hubiera mucho que comprar! Se centuplicaba el dinero.

Acusaba a su marido de ser demasiado timorato. Generalmente eran los corredores los que compraban las cosas menudas, que sostienen el comercio ordinario, y los anticuarios salían solo cuando les daban aviso de algún lote importante; pero Fabián quería ir siempre él mismo a todas partes, y a veces gastaba más en el viaje que éste le producía.

Cuando Adelina estaba en Madrid lo acompañaba; divirtiéndose en las escenas a que su comercio daba lugar. Pero sus compras eran inocentes, vulgares, por pueblos cercanos, compras públicas y sin interés. Cuando llegaban a cualquier pueblo iban a la mejor fonda o posada, y echaban la voz de su llegada. La noticia se esparcía por el lugar como la llama por un reguero de pólvora, y de todas partes empezaba a llegar gente con los objetos, antiguos o viejos, qué tenían en sus casas.

Estaban magníficos los dos esposos en el examen de las cosas que les presentaban. Tomaba Fabián los objetos en la mano, serio, grave, impenetrable, les daba vuelta, los miraba en todos sentidos y luego se los daba en silencio a su esposa que hacía la misma operación. Los dos se miraban con una sonrisita que parecía decir: «¡No vale la pena!».

Así a veces, alguno que había oído ponderar la imagen de porcelana o la tela que ofrecía, como una cosa extraordinaria, se veía defraudado por el fallo del anticuario.

—Esto no vale nada, amigo mío, no tiene época… ¿Si quiere usted un par de pesetas? ¡Y me caso en la mar salá, que me pierdo por servirlo!

Así compraban los más bellos objetos.

Pero la gente que acudía no se desanimaba. A lo mejor daban cuatro o cinco duros por un plato o una taza desportillados, que sus dueños hubieran ofrecido por la décima parte, pues aunque eran de reflejos metálicos o de antiguo Talavera, ellos ignoraban su valor.

Entonces corría por el pueblo:

—A la fulana o a la mengana le han dado cinco duros por un cacharro roto.

Y las casas se despoblaban de cacharros, y las mujeres y los chiquillos acudían llevando basares enteros.

Del mismo modo la compra de un antiguo encaje o de un trozo de damasco o terciopelo, en unas cuantas pesetas, hacia salir al sol todos los trapos de las casas y todas las colchas que se guardaban en los arcones.

Tenían que esperar que les ofreciesen, porque si ellos demandaban el precio de cualquier objeto, los dueños se negaban a venderlo, pensando que tenían un tesoro.

Fabián era popular en todos aquellos pueblos por sus cantos y sus continuas bromas, sobre todo entre las mozas de los cortijos de la sierra, que hacían aquellas grandes guarniciones de malla con dibujos complicados, y los deshilados de las anchas cenefas caladas, en sus largas veladas de invierno y en las interminables tardes del verano.

Éstas tenían ya generalmente contratado todo el trabajo que hicieran con algún anticuario, y hasta tomado dinero a cuenta, pero era sabroso acudir a todo nuevo marchante, en el que siempre encontraban alguna ventaja mayor.

Fabián solía comprar a veces seducido por los grandes ojos y las mejillas rojas de alguna serrana. Adelina ya conocía aquello y tenía la tolerancia de aparentar no fijarse. Solo cuando le veía extremar sus payasadas le solía decir, riendo:

—¡Bueno! ¡Un día te van a dar un porrazo!

Porque el anticuario era incorregible en aquel afán de popularidad.

Siempre a los postres de una comida había de contarles a todos, sus grandezas:

—Yo soy amigo del Sha de Persia y del rey de Inglaterra.

—¡Cuánto me quería Alfonso XII! He jugado al ajedrez con él en casa de Blanca Estremera. Me hablaba de tú.

—¡Paco Silvela! ¡Y Antonio Cánovas! ¡Y Pepe Canalejas! Íntimos amigos míos, siempre juntos.

La seriedad de las compras la amenizaba con sus chistes.

—Ven acá, reina gitana, Marquesa del Filet, que tengo yo para ti lo que quieras —le solía decir a una muchacha arisca de la sierra.

Y si veía un gesto de disgusto en los ojos de algún novio o de algún padre, añadía con su candidez de hombre gordo:

—No hay que enfadarse, amigo, por lo que le digo a esta niña, perro ladrador no es mordedor, y no hay intención ninguna; lo bueno siempre alegra… pero como si fuese su padre.

Se volvía hacia otra.

—Ven acá, gachí del Profeta, Princesa destrozá ¿qué me traes ahí?

—¡Ola, Agüelica!, —le decía a una vieja— todavía nos vamos a perder usted y yo por esos trigos…

Ya lo conocían todas, y todas creían engañarlo.

Era un asedio continuo en la calle, en la fonda, en todas partes.

—Si nos hiciéramos blandos nos convertiríamos en traperos —decía Adelina con su serena gracia madrileña.

Cuando volvían a su casa iban cansados de sostener aquella lucha en la que todos querían engañar.

Los que vendían aquellas cosas viejas creían que habían engañado a los anticuarios, aunque siempre les quedaba el resquemor de sí valdrían más de lo que pensaban.

Luego los anticuarios trataban de engañar a los compradores, como habían engañado a los que les vendieron.

Les sucedían anécdotas graciosas. Un día los habían llamado de un pueblecillo de la Mancha para venderles unos tapices que decían ser de la antigua fábrica de Gobelinos. El dueño de los tapices y el corredor que los ofrecía estaban entendidos, sabiendo que los tapices eran falsos, para engañar a los anticuarios.

Acudieron Fabián y Adelina y todos se dedicaron a obsequiarlos y a ponderar los tapices preciosos Allí Fabián pudo hablar a su sabor, con el asentimiento de todos, de sus pasadas grandezas, piropear a todas las mozas y examinar las telas de los corpiños que llevaban puestos.

Al fin compró los tapices en seis mil pesetas.

—Yo sé —le dijo a su esposa— que estos tapices son falsos, pero están tan bien imitados que podremos dar el pego con ellos.

Y aquel fue el mejor negocio de los que hasta entonces habían hecho, porque los tapices eran verdaderos, y aún dejándose engañar de un anticuario francés, sacaron cincuenta mil pesetas. ¡Una fortunita!

Esta buena suerte, que venía a reponerlos del percance que habían sufrido con tener que devolver a sus dueños unos cuadros, vendidos en Ostende, y que resultaron fruto de un robo, animó a Adelina para convencer a su marido.

—Es preciso ampliar nuestro negocio, y vivir en París —le dijo—. Si no viviéramos en España se harían bonitos negocios sin fijarse en minucias. Hay que ver cómo los anticuarios domiciliados allí se llevan de España todo cuanto les da la gana… He visto iglesias enteras en casa de Huquet y en casa de Robles, con retablos y todo… El año pasado tenían las paredes y las columnas de un patio de Toledo… Si es de ropas no hay que hablar… Asombra que hubiese tantas casullas y albas en España… Parece que todo el mundo debía de andar vestido de cura… ¡Y los cuadros! No queda uno auténtico… He visto uno de Leonardo que había en la Catedral de Burgos.

—No digas tonterías, mujer, y el que existe allí ¿de quién es?

—De cualquier pintamonas. Como está detrás del enrejado no se ve bien… y la verdad es que para tenerlos así lo mismo da una cosa que otra. Indigna ver cómo tienen en las iglesias las obras de arte. Yo creo que si no fuera porque pagan por verlas ya las habían echado fuera a todas.

—Yo creo que exageras.

—Pero no ves tú mismo cómo nos venden hasta las reliquias de los santos.

—Eso es una cosa antipatriótica, Adelina; siento vergüenza, ¿qué diría mi tío el Senador don Andrés de Marchamalo si levantara la cabeza y me viera así convertido en anticuario? ¿Qué diría Silvela? ¿Qué diría…?

—Pues te advierto, que —dijeran lo que les diera la gana— los que se dedican a las compras esas, de cosas importantes, grandes negocios un poquito peligrosos, llenos de misterio y de secreto, son los que ganan. Nosotros no somos más que traperos distinguidos.

IV. La ciudad antigua

Al fin, animado por su mujer, Fabián empezó a efectuar aquellas compras arriesgadas en las que no había realmente peligro de un mal paso, porque quedaba resguardada su responsabilidad por la que alcanzaba a los vendedores que eran siempre, un administrador, un párroco y a veces un obispo, que consideraban las antigüedades como un lujo inútil, con cuyo importe se podían remediar necesidades urgentes.

Decían que era una necedad eso de conservar el tesoro artístico de España, y no era cosa de que los condenaran a morirse de hambre mirando sus alhajas inútiles. El Gobierno debía comprar por su valor y llevase a los museos lo que no quisiera que saliese de la nación, pero ellos tenían el derecho de vender lo suyo.

Los anticuarios explotaban hábilmente esta buena disposición y las iglesias y conventos eran para ellos manantiales preciosos.

Aquel día, sin arredrarse por el calor, habían hecho su viaje a Toledo y al llegar a la Plaza de Zocodover donde paran los coches de la estación —especie de armatostes de tablas mal unidas semejantes a botas de sardinas, los cuales habían proporcionado a Fabián ocasión de no pocos chistes y dicharachos, entre el infernal estruendo de su traqueteo— encontraron esperando al agente que tenían en la provincia, y merced al cual habían hecho un ventajoso contrato para acaparar los trabajos de malla, deshilados y encajes, de los pueblecillos del contorno y de la serranía.

—Buenos días, don Fabián… Doña Adelaida ¿cómo va de salud?

—No vamos mal, no vamos mal —exclamó don Fabián quitándose el sombrero para limpiarse el sudor de la calva y del mofletudo y coloradote semblante; porque Fabián había perdido con los años su esbeltez de muchacho; sus visos juveniles y su porte aristocrático, convirtiéndose en un orondo burgués—. Pero lo primero es buscar en dónde meternos, porque en esta plaza de Zocodover cae un solecito capaz de derretirle la sesera al mismo Almanzor.

—¿Si quieren una fonda? —dijo el corredor.

—¿Cuál es el mejor hotel? —preguntó el anticuario.

—El Castilla es el más caro —respondió el hombre, juzgando que lo más caro sería lo mejor.

—Vamos allá.

La comida fue opípara, había corrido el champagne y Fabián recordó a propósito de los espárragos que le gustaban mucho a su amigo Pepe Canalejas y que la Duquesa de Nipor le pedía que no faltasen en el menú siempre que comía con ellos. Poco a poco el corredor, incitado por los agasajos, fue soltando sus secretos.

Había un convento que quería vender algunas ensillas. El Cardenal tenía unas mesitas florentinas de mosaico en piedras duras, regalo de Carlos III, cuando vino de Nápoles y quería deshacerse de ellas, pero muy en secreto, porque en cuanto se vendía algo, en seguida se echaban encima todos los periódicos, como aconteció cuando vendieron aquellos cuadros del Greco que había en la Capilla de San José. ¡Como si a ellos les importase algo! Sabía también de un señor que vendía unas lacas preciosas; había un antiguo patio de un palacio, enfrente de la Diputación, que ahora estaba convertido en cabrería, y que tenía unos azulejos que se podrían conseguir.

Fabián se puso contento con aquella perspectiva y con gran sorpresa de las gentes que había en el comedor empezó a cantar, dándole un gesto picaresco a su rostro gordinflón, y haciendo girar en redondo sus pupilas:


«Soy Argentina ché…
A Buenos Aires me voy…
Allí la reina de las… flores soy».
 

Y de pronto, cambiando de tono:


«Al ladrón del Presidente
le falta un diente.
¡Jesús qué horror!».
 

Tenía tanta bohomie de hombre gordo, que, a pesar de su procacidad, toda la gente rompió a reír. Los camareros y el dueño empezaban a mirarlo con ese respeto que las personas que se conducen con grosería conquistan en los hoteles.

—¿Se puede mandar traer un coche? —preguntó.

—Cuesta caro.

—Eso no importa. Venga el coche mejor que haya en Toledo para que se pasee esta reina —exclamó acariciando a su mujer, envanecido por su triunfo; porque otro de los flacos de Fabián, era el deseo de hacerse admirar ostentando una manía de grandeza—. Refería lo que le costaban sus compras, hablaba de sus ganancias; hacía notar el precio de sus camisas, de sus botas, de su sombrero y de su abrigo. Llamaba la atención hacia las ropas y alhajas de su mujer y continuamente ofrecía a todos regalos, que no efectuaba jamás.

Empezó a declamar versos que él mismo había compuesto:


«El Rey D. Juan primero de Castilla
se quedó dormido en una silla,
y su primo el Doliente
se durmió tristemente…».
 

—¿Tardará en venir el coche?

—Lo menos una hora; hay que mandarlo enganchar.


«¿Y qué me decís, pues, de doña Urraca?
¡Que el Cid la mecía en una hamaca!».
 

—Es demasiado esperar. Iremos poquito a poco. Lo mismo nos da estar aquí un día que veinte.


«A tu prima Dorotea…».
 

Salió cantando, contento de haber conseguido el efecto de opulencia sin haber gastado, seguido de su mujer y del Agente.

—Para algo han de servir estas calles tan estrechas. Dan sombra, exclamó siguiendo las tortuosas callejas de los cobertizos, como si caminase por un sótano. Éste será el lugar de paseo de las novias y de los cadetes en Toledo —añadió— ¿verdad? Porque aquí se irá bien con una gachí, ven y arrímate, reina gitana, que le pareces a Lindaraja en los andares.

—No seas tonto, Fabián —respondió de mal humor Adelina, que se resignaba penosamente con el carácter de su marido.

—Éste es el Puente de los Suspiros —exclamó Fabián, parándose en una de las bocacalles que dan a la Vega—. No falta más que la góndola para echarse a navegar por ese mar de sol.

Adelina miraba entusiasmada el espectáculo. Era en verdad un mar de plata líquida, aquella vega llena de luz quemante, con los rastrojos abrasados, entre los cuales serpenteaba el Tajo, manso y tranquilo, espejeando sus aguas de sol, con tonalidades de acero derretido y sin que nada hiciera presentir en él la grandeza del Texo lusitano.

El corredor se creyó en el deber de explicar el paisaje. Señaló hacia la izquierda.

—Allí está la Fábrica de municiones, y allí se hacen los adamasquinados… aquello de más allá es la capilla del Cristo de la Vega…

Se volvió a señalar a la derecha.

—Por aquí ese arco árabe es La Puerta del Sol, allí enfrente, ese grupo de árboles es el Sapillo… Ese barrio la Judería antigua… pasado el Puente de Alcántara, esas ruinas son del Castillo de Galiana… por allí está la Estación… Esa gran cruz que se alza en medio del montecillo la mandó poner el Cardenal para conmemorar el principio de siglo.

Adelina miraba encantada y Fabián aprovechaba la ocasión de ir recitando versos de Zorrilla, evocados por aquellos recuerdos.


«Está el Cristo de la Vega la
cruz en tierra posada».
 

O variando de entonación.


«Mas si han de expirar mis quejas

en tus rejas
No me las abras, Galiana noche ni día».
 

Y volviéndose a mirar el Alcázar.

«Un pueblo imbécil que dormita al pie».

El corredor se sonrió un poco ofendido en su amor propio por el recuerdo.

—Me gustaría ver el Cristo, con la mano desclavada —dijo Adelina.

—Podemos ir cuando caiga la tarde, precisamente hoy es Reviernes —contestó el hombre.

—Re… ¿qué? —dijo Fabián.

—Reviernes.

Explicó como ocho viernes después de la célebre fiesta del Corpus, que es el día más solemne de Toledo, las muchachas y los cadetes van a pasear por la Vega ante la ermita del Cristo.

Habían llegado a la plazuela solitaria del convento de los dominicos, donde gustaba Bécquer de ir a soñar. Aquel lugar tan dulce, tan apacible, hacía sentir su influencia sobre las almas.

Pero Fabián lo veía todo con ojos de anticuario. Era capaz de comprar y vender la población entera. Aquella Santa María la Blanca, antigua Sinagoga, el claustro de San Juan de los Reyes, y hasta las cadenas, si le apretaban.

Para hacer hora, cruzaron las románticas callejuelas del Depósito del Agua y fueron a ver la casa del Greco. Fabián se extasiaba. ¡Cuánto dinero muerto allí! ¡No sabían el tesoro que allí había! Fueron de Santo Tomé a la iglesia, que abrió el sacristán para mostrarles el «Entierro del Conde de Orgaz». El anticuario lo tasaba como si estuviese en venta. No querría más en su vida que llevarse aquel cuadro «el Quijote de la pintura».

Al salir, Adelina se persignó asustada de aquel Cristo, colocado en medio de la calle, con la cabeza inclinada y los pelos colgando, como un hombre ahorcado, se dirigieron a la catedral, para buscar el canónigo con quien habían de hablar de aquellas dos mesas de mosaico, que vinieran de Italia en tiempos mejores, y que quería vender el Cardenal, porque su Ilustrísima no se ocupaba de eso directamente.

Fabián entró en la Catedral, con la mirada recelosa del que piensa hallar un descuido para llevarse algo. Lo miraba todo como dentro de una posibilidad. Sabía por experiencia que todo era cuestión de precio, que no falta alguien con quien entenderse, para sustituir un objeto verdadero por otro falso.

Le hacía notar a su mujer el tesoro artístico de verjas y maderas, la suntuosidad de la construcción, la riqueza de las imágenes; aquella carnal virgen de la Estrella, mocetona humana y graciosa; y la sillería del coro de tan subido paganismo.

—¿Podríamos ver la sacristía y el tesoro? —preguntó Adelina, después de haber pagado tributo a la superstición, rezando ante la verja de la capilla del Santo Cristo de las Coberteras, y dando tres porrazos, para alcanzar la gracia pedida, en aquellos pedazos de hierro, en forma de coberteras, sujetos a la reja, y de los cuales la devoción de las beatas no había dejado ya más que dos o tres.

—Es el canónigo que vamos a ver para las mesas del Cardenal quien puede mostrárnoslos —respondió D. Ambrosio y tal vez encuentre alguna cosita que no sea de necesidad para el culto y pueda darla… pero no olviden que esto lo hacen porque yo los presento a ustedes y tienen confianza en mí… Es preciso que no se sepa nada… y que yo no pierda mi trabajo… uno es pobre…

—¡Calle, hombre! —interrumpió Fabián… ¡Ni que decir tiene! Ya sabrá usted con quien trata.

Pero el canónigo no estaba allí, se había ido a su Cigarral y no volvería hasta el domingo.

Entraron en la confitería de un Sánchez, uno de aquella dinastía de confiteros que ponían en su muestra Hijo de Sánchez, Sobrino de Sánchez, Cañado de Sánchez, en vez de poner Sánchez II y Sánchez III, porque todos querían ser sucesores en el mismo grado.

Un atracón de Yemas de San Blas y unas copas de Málaga pusieron de mejor humor a los anticuarios.

—Cuando me canse del negocio —decía él— compraré una de estas casas y la arreglaré a estilo de los reyes godos, como en la época de Wamba; y me vendré a acabar mis días tranquilo con mi mujercita. ¿No es verdad, pichona?

Adelina sonreía ¡qué terrible vivir allí! Con el contraste acudía más atractivo a su evocación el recuerdo de París, la ciudad amplia, donde parecía correr alegremente el viento de la libertad, tan distinto de este viento encañonado de los callejones.

¡Vivir en aquel tétrico Toledo, en aquellas calles estrechas, donde se espía desde las otras casas, entre aquellos Cristos en suplicio, con aquellos nichos donde la superstición de las mujeres arrojaba dinero a las imágenes que explotaban los dueños, y pedía devotamente crímenes, como cuando echaban alfileres de cabeza negra a la Virgen de los alfileres, porque ya que con uno de cabeza blanca buscaba novio, con el de cabeza negra las dejase viudas!

Le asustaba la soledad de aquellas calles cruzadas por beatas de faldas negras y por curas que le parecían beatas. Aquella corte de los milagros en la puerta de la Catedral: tullidos, enfermos, lazarinos, exhibiendo su miseria para excitar la caridad.

Hasta en la parte más brillante de la población había aquella impresión desagradable. Veía pasar las mamás con las niñas de ojos ansiosos, pobres monas inquietas seguidas de cadetes, que tal vez les harían conocer el amor, para defraudarlas luego.

Flotaba sobre toda la ciudad como un olor a pólvora, pero no pólvora quemada, sino pólvora mojada y mohosa, mezclada con pavesa de cirios y ese algo de benjuí pecaminoso que hay encubierto en el fondo santo del incienso. Eran todas mujeres de rostros recelosos, desconfiados, con olor a cura.

A pesar de todo, el encanto de su naturaleza, de sus recuerdos históricos, de sus mesones y sus calles pintorescas, de su ambiente de Edad Medía, de sus obras de arte, ella no podría vivir allí. Era como si aquella Catedral suntuosa ahogase la ciudad, aunque parecía ahogada para ella, al ver las casas que la rodeaban de tal modo, acercándose tanto a sus cimientos, como queriendo meterse dentro de sus muros. Era aquella Catedral sobre Toledo, como uno de esos árboles de ramaje negro cuya sombra da dolor de cabeza: como una higuera del diablo.

V. En el convento

Adelina se dirigió sola con un criado al convento. Conocía bien lo que era preciso hacer y estaba segura de sacar más partido que yendo acompañada, y con el trabajo de tener que enmendar las faltas de su marido, que escandalizaban a las monjitas.

Repiqueteó el aldabón sobre la puerta claveteada, abierta en aquella tapia gris, y acudió el portero, recadero y hortelano a un tiempo mismo. Era un hombrecillo saturado de cera pajiza, de pavesa, de pabilo de lamparillas, porque tenía el aspecto de un cirio con chorreones, con aquel color desigual, terroso en las mejillas y rojizo en la nariz, y la figura débil y achaparrada.

—Me envía don Ambrosio Suárez —dijo ella— me ha dicho que si usted me introduce, las hermanitas podrán venderme alguna cosa antigua… y usted no lo perderá tampoco…

Mientras hablaba jugaba significativamente con su bolsillo de piel.

Pero el hombrecillo no miraba el bolsillo. Clavaba los ojos en el descote blanco y firme de la anticuaría, que lucía entre los encajes del velito que se había puesto hipócritamente, para ir a aquel lugar.

—Don Ambrosio es un buen cristiano, —respondió tartamudeando—. Venga usted.

Siguió detrás del hombrecillo que con pretexto de guiarla procuraba acercarse a ella en las puertas, le tocaba los brazos o le daba la mano con un deleite enfermizo. Adelina tenía ya cierto miedo en poder de aquel sátiro por los pasillos oscuros cuando se vio sola ante el locutorio. Al cabo de un rato apareció detrás de la celosía el bulto de una monja.

—Ave María Purísima, —dijo Adelina con la voz opaca del que ha estado mucho rato sin hablar.

—Sin Pecado Concebida Santísima —repuso una voz nasal, algo de voz de máscara, que quita la personalidad e iguala todas las voces de monjas.

—¿Cómo está la Reverenda Madre? —preguntó la anticuaría, que ya se había aprendido el ritual.

—Bien, gracias a Dios.

—¿Y cómo está la Santa Comunidad?

—Bien, gracias a Dios.

—¿Y la Madre sacristana, está bien?

—Gracias a Dios.

—A Dios sean dadas.

—Amén. ¿En qué puedo servirla?

—¿Quería saber si la Comunidad tendría alguna cosita vieja que venderme?

—Hace poco que ha pasado un anticuario y le hemos dado varias cosas. No sé fijo, pero no creo que haya nada.

—Ande, Madre, búsqueme alguna cosita. Soy una pobre que se gana penosamente la vida, para dar de comer a sus hijitos… Harán una obra de caridad, Madre…

—Hermana, hija, hermana.

—Ustedes siempre tienen algo, hermanita…

—¿Quién le ha dicho que viniera aquí?

—Ha sido don Ambrosio Suárez.

—Es una persona muy piadosa… cuando él la recomienda… ¿le dio algo?…

—Esta tarjeta…

La monja pasó una paleta por la abertura del locutorio y recogió la cartulina, a la que arrojó una rápida mirada de sus ojos acostumbrados a la oscuridad.

—Voy a avisar a nuestra Reverenda Madre y a la Madre sacristana, —dijo la monja ya ganada por la suavidad de Adelina.

Desapareció, y al cabo de algún tiempo apareció por una puertecita, al lado del locutorio. La abrió y dijo a la anticuaría.

—Puede usted entrar.

Adelina se encontró entre una docena de monjas y novicias, vestidas las primeras con sus trajes grises y sus mantos negros, y las segundas con los toscos velos blancos de estameña.

Estaban de pie, alineadas, con las manos metidas en las mangas, de modo que se unía el comienzo de los dos brazos, y tomaban un aire de muñecas de trapo.

Volvieron las preguntas y los saludos. Al fin, después de mucho rogar y de invocar el nombre de don Ambrosio, la sacristana y dos monjitas fueron a buscar para ver si hallaban alguna cosa.

Al cabo de un rato de conversación embarazosa, que Adelina llevó hábilmente hacia la belleza religiosa de Toledo, volvieron las tres monjas.

—Aquí está lo que hemos encontrado, unos encajitos de filigrana de oro.

—Esto vale poco.

Son muy antiguos… yo no entiendo, pero dicen que es gótico, un anticuario nos lo quería comprar, pero entonces estaban puestos en el vestido de la virgen antes de que le regalaran el nuevo… y nuestra Reverenda Madre no quiso.

—Comprenda la Madre que de tener el valor que dice, ya hubiera vuelto el anticuario.

—¿Y qué daría por ellos? Son más de dos metros.

—Diga lo que quiere la Madre.

—Eso usted verá; nos fiamos en que no va a engañar a unas siervas de Dios.

—La verdad es que esto… Si hubiese otra cosita.

—¿Hay algo más, Madre Dulce Nombre? —preguntó la Reverenda a la Sacristana.

—En el altar de San Antonio hay unas porcelanas.

—Tráigalas —exclamó la Reverenda—; y dando un suspiro añadió: ¡Está el bacalao tan caro! ¡Hay que comprar un cerdito, con perdón! Crea, hermana, que a no ser por esto no se desharía la Comunidad de ninguna prenda.

Apareció la sacristana sacudiéndole el polvo a dos porcelanas. La anticuaría las tomó con indiferencia, aunque vio la marca; las dos espadas cruzadas de la Sajonia y la O. P, de Marsella.

—Son bajas de época.

Pareció tener una inspiración la Madre.

—¿Y el Niño de madera?

Hubo un movimiento de emoción entre las novicias.

—¡Madre! —exclamaron algunas sin poderse contener.

Pero una monja había desaparecido y volvía con un niño de talla, del tamaño de un chico de cuatro a seis años, grotesco, pintado, con el cabello dorado a fuego.

No era un Jesús, era un muñeco con gesto de chicuelo travieso.

La anticuaría no entendía de tallas, eso era del dominio de Fabián, pero ducha en telas, notó el vestidito de terciopelo picado del siglo XVI que cubría al niño. Sin embargo se hizo la desdeñosa.

—Daría cuatro duros por todo, —dijo.

—¡Pero hermana!

—Si esto vale poco, Madre. Está todo esquilmado. ¡Qué más quisiera yo que hallar cosas buenas! Pero esto es lo que no han querido los otros anticuarios que han pasado por aquí.

Se ofendió la Sacristana.

—¡Vaya una idea, aquí no hemos enseñado nada de esto a los anticuarios, y…!

Atajó la Reverenda que no gustaba de que se deshiciese el negocio.

—Suba un poquito más, hija.

—Si no se puede, Madre… en conciencia… bien sabe Dios Nuestro Señor que solo quiero sacar un pedazo de pan para mis hijitos… yendo de aquí para allá… Les doy un duro por los encajes, otro por cada porcelana y un duro por el niño.

—¡No lo venda, Madre, se atrevió a decir una novicia! ¡Lo vamos a sentir mucho! ¡Jugábamos con él en las horas de recreo!

—Y le cosíamos los vestiditos —dijo otra.

La Reverenda les dirigió una mirada severa.

—Ya tendremos otro. Le quitaremos el vestidito para el Jesús de la capilla.

—¿Y lo van a dejar salir de casa desnudito? —dijo la anticuaría.

—Tiene ropa interior.

—Pero es una cosa fea salir en camisa.

—Si usted diera algo más.

—Me lo llevo solo para que jueguen mis hijos. No tiene carácter.

—Cinco duros y no hablemos más —intervino la sacristana— nosotras también somos pobres, la piedad falta, el mundo está mal para todos.

—¿No tienen ninguna telita más?

—Unas cortinas.

—¿Podría verlas?

Cuando vio el hermoso damasco azul, la anticuaría ofreció otros cuatro duros por las cortinas. Las monjas no esperaban tanto. Aquello despertó su celo y todas se dieron a buscar cosas que vender. Trajeron más cortinas azules y cortinas rojas, un brazo relicario…

Invitaron a Adelina para que las acompañase a la sacristía. Pasaron un largo corredor embovedado, con esos muros tan gruesos que sugieren ideas de puertas secretas o de panteones disimulados. En la sacristía había aquel olor mohoso que deleitaba a la anticuaría, un olor húmedo, que no procedía de la humedad, sino del tiempo.

Miraba con envidia las hermosas cómodas de nogal y de caoba, adosadas a las paredes desnudas, encaladas y ya desconchadas y amarillentas.

La sacristana empezó a abrir cajones y a sacar aquellas ropas preciosas, todas de seda y oro, cuidadosamente envueltas en paños blancos. Las iba llevando a la gran mesa situada en medio de la estancia y desdoblándolas con amor. Se había transfigurado la viejecilla, de piel de rubia, macilenta y encorvadita. Dominaba el temblor perlático de las manos para desenvolver los mantos de las imágenes, las casullas, los corporales riquísimos.

Las demás no osaban ayudarle, como si sus manos profanas de mujer no debieran llegar a las cosas santas. La Madre Dulce Nombre era como un sacerdote y tenía algo de oficiante.

—Treinta años que todo está a mi cuidado, —repetía con un sentimiento de orgullo mal encubierto, ante la excelente conservación de su tesoro.

Hacía notar el trabajo de aquellos bordados en oro sobre tisús de plata de los mantos.

—Ya no hay quien haga esto, —afirmaba, mostrando los complicados dibujos recargados, que cubrían los fondos en una orgía de oro de diferentes intensidades y matices, que brillaban con una lucidez admirable.

Se deleitaba mostrando todo el jardín polícromo de casullas bordadas en seda, de preciosas estolas, haciendo notar las que eran de oficiantes; se extasiaba ante los riquísimos corporales y los mantos que cubrían las imágenes los días solemnes. Había un manto de Virgen hecho del capote de luces, bordado en oro con fondo rosa, que había ofrendado un célebre torero al cortarse la coleta. Había un manto de San Antonio con un sombrero y un cordón bordados, regalo de un arzobispo.

—Un arzobispo noble —decía—, porque aquí, debajo del sombrero se ve el escudo de armas.

Las monjas miraban y admiraban, repitiendo siempre las mismas palabras.

—¡Qué bonito!

—¡Qué lindo!

—¡Qué precioso!

Y la sacristana, embriagada con el aplauso, como los actores que repiten el número, seguía abriendo cajones y sacando, luciendo su abundancia de ropas sagradas, tan envanecida como una coqueta, que se pusiera las mejores galas para ir al baile.

Abrió cajones de ropa blanca, albas, toallas, paños de altar, con magníficos encajes antiguos. Ya de aquello entendía ella tanto como la anticuaría, y le gustaba ver que los admiraba una inteligente.

Le hacía notar las restauraciones, los bordados que se había pasado de una tela a otra, las imitaciones modernas, para las que tenía el mismo desprecio que mostraban los anticuarios a todo lo nuevo.

Era un coro de alabanzas a la antigüedad.

—Ya no hay telas como estas.

—Ni se hacen estos bordados.

—Ni estos dibujos.

Todo era allí cuidado, escogido, hasta las sotanas dé los acólitos y las sobrepellizas de los maestros de ceremonias. Aquellas maravillas de tela blanca, a plieguecitos menudos, que formaban como un tejido nuevo, rizado, de una paciencia inútil.

—No va quedando, no solo quien sea capaz de hacerlas sino ni quien las almidone y las planche.

Llegó el turno a los vestiditos del niño Jesús. De la enorme caja salían trajecitos, todos de un mismo tamaño y de idéntico corte, en una progresión de lujo. Los había con fondo azul y con fondo blanco o encarnado.

—Éstas son fantasías para que brille el oro y adornar al niño, en cuanto a Imagen, —decía la sacristana— porque en cuanto a Jesús, tiene que ser siempre blanco, con plata o con oro.

Ella tenía el convencimiento de que Jesús niño había andado por el mundo con un vestidito de aquellos blanco y brillante.

La ropita infantil tenía el don de enternecer a todas las mujeres, lo mismo Adelina que las monjitas se sentían poseídas de ternura por el niño a quien pertenecían todas aquellas ropas suntuosas, de tisú de oro y de plata, de fuertes rosas de colores, de magnífico gris blanco y de lujoso terciopelo. Los había bordados con oro, con plata, con sedas y con felpillas.

De buena gana ella hubiera ofrecido y se hubiera llevado algo de aquello, pero no se atrevía, convencida por el ardor entusiasta de la fe sencilla de la sacristana, que no sería capaz de profanar un objeto santo. ¡Si hubiera sido un sacristán!

En la parte baja de un armario había tapices enrollados.

—¿Son españoles? —preguntó Adelina que encontraba más fácil comprar las cosas que no se relacionaban tan directamente con los santos.

—Nos han dicho que son persas —dijo la Madre—, y que tienen gran valor. Cuando la reina María Luisa vino a Toledo, tomó aquí la comunión, y se tendieron al pie del altar pera que se arrodillase con sus damas, y dijeron que eran una maravilla, que valían mucho.

Lo sacristana iba desenrollando en el suelo, con cierto respeto, aquel tapiz donde se había arrodillado una reina.

Adelina no quiso contradecir.

—Si, si, —decía— debe haber valido mucho, pero ahora está muy estropeado… ya no se puede poner en ninguna parte…

Al ver la poca importancia que daba al tapiz la anticuaría, las monjas se desanimaron.

—¿Qué puede valer?

—Poco… no sé…

—¿No lo compraría usted?

—¿Qué se yo?… No tiene salida… como no fuera algún caprichoso, mire aquí está raído, esos dibujos han perdido el color.

Se amagaba señalando, para ver la preciosa trama del tapiz persa auténtico.

—Si lo quiere… Aquí se va a acabar de perder y es lástima —dijo la Reverenda.

—Lo llevaría por servirlas, siempre puede ser útil para mi casa… para tapar los ladrillos en los días fríos y que no cojan humedad las criaturas.

La sacristana desconfiaba.

—Pero madre, es un recuerdo de la reina.

Adelina se apresuró a ofrecer cincuenta pesetas.

La monja vacilaba.

—Daré setenta y cinco por servirlas, si quieren, no se puede dar más.

Tuvo que volver la cara hacia otro lado para que no se notase su alegría, al ver el signo de asentimiento de la monja. Sentía remordimiento de engañar así a aquellas pobres mujeres.

—Yo debía darles más —pensaba— pero el negocio es el negocio. De todas maneras si no lo hago yo, lo hará otro.

Se proponía ir poco a poco apoderándose de las albas, los encajes y las ropas santas, hasta de las estolas, con las que las francesas hacían lindas papeleras y cajas para guantes. Ya se valdría para eso de don Ambrosio.

Por la ventana abierta que daba al trascoro, veía la parte superior de la iglesia, el remate de las bóvedas, los nervios que las cruzaban y las cristalerías de colores que se encendían con los oros vesperales, como flores de luz.

Abajo los altares, los santos rodeados de flores, destacándose en la semioscuridad; el enlosado y las columnas de mármol de colores, luciente y cuidado, con ese esmero que se nota en las iglesias de monjas, ese cuidado de mujeres de hogar que ponen en las cosas del esposo Santo.

Venía de allí un adormecedor perfume de incienso desvanecido, de tallos de flores en agua y de pétalos marchitos. Un vaho tibio y enervador de iglesia.

Pero las monjas, atentas al negocio que se presentaba no parecían impresionarse por aquello que a ella la conmovía y la amedrantaba un poco.

Pudo conseguir que le vendiesen unas toallas de encajes de Malinas.

—Ropita para la casa, que todo está caro y se necesita tener algo decente —decía.

Al fin se cerró el trato de todo en seiscientas pesetas. Estaban todas contentas. Las monjas creían haber engañado a la anticuaria, y le ofrecieron como descargo de su conciencia, una jícara de chocolate elaborado en el convento a brazo, y unas tortas y bollos de los que tenían para cuando iban los padres, y que dejaban en mantillas a las dulcerías de la ilustre parentela de Sánchez.

En cambio, Adelina estaba segura de haber hecho un buen negocio, sacó dos duros y los entregó a la sacristana, diciendo:

—Dos duritos para que digan unas misas a mi intención.

—Dios se lo pague —repuso la religiosa.

La despedida fue cordial. Adelina salió, después de haber hecho que diesen el enorme bulto de las compras al hombre que la había acompañado. A la cordialidad de la sacristana debió el no tener que ir sola con el portero, que esperaba su salida en el locutorio.

Las novicias miraban al niño que llevaba en brazos con lágrimas en los ojos. Algunas suspiraban, y otras ahogaban los sollozos, ¡querían tanto al niño!

Al llegar al patio, la anticuaría abrió el portamonedas y dio dos duros al hombrecillo, que al mirarla se ponía trémulo y balbuciente, pasando sobre su semblante como una ola movible de color, que hacía enrojecer las partes empalidecidas y amarillear las orejas. Se quedó un momento sorprendido, pero no pareció alegrarse. Lo dominaba en aquel momento una pasión mayor que la avaricia. La vio alejarse con una rabia sorda, de impotencia, ¡así se iban todas!, y cuando hubo cerrado llaves y cerrojos, entró en su cuarto y entregó a su madre el dinero.

—Tome… ¡Qué negocio no habrá hecho esa lagarta para haberme dado tanto! Sabe Dios lo que les habrá sacado a esas bobas…

Pero la viejecilla no pensaba más que en la dicha de la espléndida limosna y se persignaba con las monedas repitiendo:

—¡Alabado sea Dios!

Aquella noche, Adelina y Fabián, solos en su cuarto, sin corsé ella, en mangas de camisa él, sentados en dos mecedoras junto al balcón abierto, disfrutaban del fresco y del reposo, después del cansancio del día.

La vega aparecía a lo lejos iluminada por la luna partida por la curva de plata que marcaba el río, como si fuese el foso de toda la ciudad. Estaban contentos de sus compras.

—¿Tú sabes lo que has traído aquí?, —repetía Fabián—. Esta porcelana es legítima de Sajonia… y de pasta blanda… No cabe dudar… Mira la marca… Vale 10 000 pesetas… Esta otra es de Marsella… un par de cientos de pesetas se pueden sacar… Y esta filigrana… el vestidito… ese relicario, las cortinas… los encajes… el tapiz persa. ¡Increíble! Vale 20 000 francos dándolo tirado. Te has ganado 40 000 pesetas… Sin contar el niño que es una maravilla de talla y que puede valer mucho.

—Si vieras cómo lo han sentido las novicias. ¡Pobrecitas! Me daban ganas de dejárselo —dijo Adelina, que estaba quitando las ropitas al muñeco con un gesto materno, como si fuera una criatura a la que iba a acostar.

—¡Buena la hubieras hecho!

De pronto, la anticuaría dio una carcajada y dijo:

—Mira, Fabián; para tenerlo en un convento de monjas.

Pero él seguía absorto en su tasación de valores, y contestó distraído.

—Realismo… realismo puro… como el Jesús del Gran Poder, de Montañez, que hay en Sevilla… Es una hermosa talla.

Y en su alegría empezó a tararear sin respeto a los que ya dormían:

«Soy argentina, ché».

VI. ¡Que encantador es el duque!

Mandaron disponer un coche para ir al Cigarral, donde estaba el canónigo depositario de la confianza de Su Ilustrísima.

El coche tuvo que ir dando vueltas para hallar paso por aquellas callejuelas de Toledo, por la mayoría de las cuales no podía pasar, hasta salir al puente San Martín y tomar el camino del campo en dirección contraria a la vega, bordeando el río para pasar cerca de los molinos, con su voluptuoso olor de harina caliente y trigo candeal. Aprovechaban las pequeñas caídas que tiene allí el Tajo, al internarse entre las piedras de un barranco, donde parece que va a sumirse sin que nada haga presumir en él la grandiosidad con que ha de ir luego a precipitarse en el Océano. Era apacible aquel camino solitario, entre peñas agrestes, en la falda de la montaña. Fabián se sentía contento.

Desde que salió no había cesado de declamar el Castellano Leal del duque de Rivas


«En pie estaba Carlos V
que en España era Primero».
 

Se interrumpió y volviéndose hacia el corredor, que dormitaba sentado frente a él, le dijo:

—Amigo don Ambrosio, voy a tener la confianza de hacerle a usted la revelación de un gran secreto.

—Yo, don Fabián… —balbuceó el hombre entre curioso y temeroso de la responsabilidad que un gran secreto entraña.

—Sí, usted, amigo mío, va a saber lo que no sabe casi nadie de los que me rodean, lo que hace muchos años no ha salido de mi boca.

—Pero…

—Yo no soy yo, amigo mío, o mejor dicho, yo no soy lo que parezco.

—¡Fabián! —atajó Adelina temerosa de algún gran disparate.

—Sí —continuó él— este modesto anticuario que usted ve aquí, corriendo por estos vericuetos para ganarse unas tristes pesetas, es nada menos que don Fabián de las Navas y Machamalo, Duque de Olivenza, Conde de Triana y Barón de Paracuellos, acompañado de la Excelentísima señora doña Adelina García, Duquesa, Condesa y Baronesa.

—Fabián, por Dios —exclamó ella ruborizada.

—Es preciso hacer valer alguna vez quien es uno —siguió él.

—Señor…

—Para usted soy siempre el mismo, amigo don Ambrosio, un camarada, nada más.

Hubo un momento de silencio y Fabián continuó:

—Vicisitudes de la vida, amigo mío, acabaron con la fortuna de mis antepasados, aunque no pudieron acabar con nuestra nobleza y privilegios, porque mi título de Duque, dado por Godoy, tiene grandeza de España de primera clase y soy además caballero cubierto, gentil hombre con ejercicio de casa y boca… Tengo cruces a centenares… Pero no tengo dinero, don Ambrosio, el vil dinero.

El corredor creía estar soñando al ver a su cliente convertido así en un personaje en medio de aquel camino pintoresco y sus ojos iban de Fabián a Adelina —que no se atrevía a levantar los suyos— y de Adelina a Fabián.

—Un título sin dinero es una de las cargas más pesadas. No se puede hacer el papel que a uno le corresponde por su alcurnia, se ve apabullado por los nobles de nuevo cuño, por los advenedizos… Mi padre lo había vendido todo… No me quedaba nada de nuestro patrimonio… Yo he tenido mucho orgullo para querer admitir nada de mis nobles parientes… Yo estoy emparentado hasta con la casa real… Descendemos de doña Urraca y del Cid, por la línea recta de Wamba y Godofredo el Velloso y más posteriormente del Duque de las Victorias… Yo podía haber vivido sin trabajar… pero no es ese mi carácter, oculté mis títulos, mi abolengo y aquí me tiene usted dando ejemplo y convertido en un simple anticuario, que estima en más sus negocios que sus blasones.

El pobre don Ambrosio estaba turbado, no sabía cómo ponerse delante de aquel potentado.

—El día que tenga una fortuna —prosiguió Fabián—, cuando pueda presentarme en la Corte con automóviles, criados y todo lo que a mi rango pertenece, es posible que se acabe don Fabián y vuelva a ser el Duque de Olivenza… no por mí, que en nada estimo estas vanidades y que he rechazado el ocuparme de política y ser senador, y diputado, y ministro, sino por ella, que tiene derecho a brillar.

Señalaba con amor a la anticuaria.

—No pienses más en eso, Fabián —dijo ella con dulzura.

—Ya sé que nada de eso te atrae, mujer ejemplar, pero es preciso pagar su tributo al mundo; hoy por ejemplo, al ir a ver a esta categoría de la Iglesia, no me resigno a presentarme como un anticuario, un comerciante indigno, un trapero distinguido, y por eso nos presentaremos como quienes somos.

Echó mano a una cartera de su bolsillo y sacó unas tarjetas:


EL DUQUE DE OLIVENZA
CONDE DE TRIANA
BARÓN DE PARACUELLOS

MADRID
 

Escribió con lápiz:

y Excma. Señora

El corredor no salía de su asombro.

—Presénteme usted hoy como quien soy, querido don Ambrosio, quiero romper mi incógnito en honor de esta dignidad de la Iglesia… Mañana, olvide usted mi nombre; mañana no hay más que don Fabián el anticuario…

Se sonreía con orgullo y amargura.

—Señor Duque, será como Vuestra Excelencia quiera… Pordóneme si alguna inconveniencia… yo no sabía…

—Nada, nada, amigo mío.

Volvió a su recitado:


«Que si él es primo de reyes,
Primo de Reyes soy yo;
y Conde de Benavente,
si él es Duque de Borbón».
 

Los pujos de nobleza eran otra de las manías de Fabián, que en sus viajes gustaba de usar de vez en cuando aquellas tarjetas para ver satisfecha su vanidad de ser tratado como un grande.

Una vez, estando destinado en un pueblo cercano a Algeciras, a poco de su matrimonio, anunció a todos sus amigos la visita de sus tres hermanos, que venían desde su pueblo, y les adjudicó uno de estos títulos a cada uno, añadiendo que él había renunciado a los suyos.

Júzguese la sorpresa de los tres hermanos al encontrar en la estación al Ayuntamiento, las autoridades y los notables del pueblo esperándolos.

—¿Vendrá algún personaje? —se preguntaron.

—¡Pero si todo esto es por nosotros! —exclamó uno de ellos al parar el tren.

Fabián se acercaba imperturbable, con su gran sombrero de copa, y decía presentándolos a la primera autoridad.

—Mi hermano Eugenio, Duque de Olivenza.

—Mi hermano Paco, Barón de Paracuellos.

—Mi hermano Rosendo, Conde de Triana.

Los tres rompieron en una carcajada, y el menor exclamó:

—Pero hombre, si viajábamos de incógnito, ya ves, habíamos tomado segunda…

Y títulos a la fuerza, como títulos los trataron, hubo banquetes, giras, paseos; hasta que las golferías del Barón, del Conde y del Duque, les hicieron salir casi huyendo del pueblo, dejando unas muchachas desoladas, un desafío pendiente y no pocas deudas del juego.

Aquello, que pudo costar caro a Fabián, fue el origen de su traslado a Madrid. Adelina lo creía curado de aquella locura que volvía de nuevo a surgir.

Tuvo que resignarse a ser duquesa aquel día. El canónigo echó la casa por la ventana para obsequiar a los títulos que se le entraban por la puerta.

Cuando supo que el Duque quería comprar para su palacio las mesas del Cardenal, exclamó:

—Cuánto me alegro, don Ambrosio, de que me haya usted proporcionado esta ocasión. Es para mí un goce que esas alhajas vayan a parar a un noble como el señor Duque, en lugar de ir a manos de un anticuario inmundo.

Habló de las necesidades de dinero de Su Ilustrísima que lo repartía todo entre los pobres; del secreto que se debía guardar; y Fabián pagó las mesas en mil pesetas más de lo que las hubiese pagado no siendo Duque.

Pero su rasgo de desinterés y su cartera repleta abonaron su ducado.

El almuerzo fue espléndido, el canónigo sacó todo lo más selecto de su suculenta despensa, se mataron gallinas y conejos, como si un Duque comiese por diez hombres y se sirvió una magnífica comida, con añejos vinos españoles, licores de todas clases, y un café semejante a un néctar.

—Este guiso está riquísimo, —exclamaba con entusiasmo Fabián, clavando el diente en el lomo de un conejo.

—Es obra de Paulina —dijo el canónigo señalando a una mujercita morena, pecosa, de ojos vivos, gordezuela, embutida en un hábito del Carmen que parecía reventar de ajustado.

—¿Es el ama? —preguntó Fabián.

Se puso serio el canónigo.

—No tengo ama, señor Duque, es mi sobrina…

—Por muchos años… es igual…

Y para borrar la mala impresión, conociendo que había dicho un disparate, añadió:

—Adelina, es preciso que aprendas a hacer este guiso.

Se echaron todos a reír.

—¡Guisar la señora Duquesa!

Adelina acudió a remediar la torpeza.

—Me gusta saber las recetas para dárselas al jefe de cocina.

—Yo se las daré a Vuestra Excelencia.

La verdad es que la anticuaría tenía más aplomo para ostentar el señorío de su ducado, que el marido. No le pesaba el papel que estaba representando, se sentía bien en Duquesa, y hasta le gustaba oírse llamar Excelentísima. A ver si la contagiaban las chifladuras de Fabián. Ya aquel día estaba obligada a ayudarle. Era ella la que mantenía el prestigio del ducado; Fabián había empezado a cantar en varias ocasiones:


«Al ladrón del Presidente le
falta un diente».
 

y le había llamado dos veces barbiana y gachí a la sobrina del canónigo, que sonreía y lo miraba de reojo, con un aire de mujer enterada, mientras el tío fruncía el entrecejo.

Pero allí estaba Adelina.

—No hagan ustedes caso. Siempre está así… ¡Estos andaluces!

Don Ambrosio añadió:

—Las cosas de su Excelencia.

Desde entonces, andaluz y con cosas, todas las excentricidades de Fabián quedaron legitimadas. Sus bromas con la sobrina debían ser inocentes cuando la Duquesa las aplaudía.

A los postres se habló de arte, de los robos de los anticuarios, con gran sobresalto de don Ambrosio, que trataba de desviar la conversación.

Fue entonces cuando el Duque los encantó a todos con sus conocimientos, y cuando se demostró la cultura de la Duquesa. Se habló de los cuadros antiguos de Illescas, y como demostraron deseos de vellos, el canónigo les dio una carta para que el párroco se los enseñara y se pusiera a su disposición.

Salieron a pasear por el huerto, aquél era uno de los mas hermosos cigarrales (huertos) de la provincia. Estaba todo el campo poblado de esas casitas entre árboles, que son el refugio de las familias toledanas durante el estío.

Casitas con paredes cubiertas de ramaje, frescas, en medio de las huertas perfumadas de albaricoqueros cargados de fruto maduro. Todas tenían su noria y su pequeña balsa para el riego de los bancales de maíz tempranero, en cuyas acequias crecían cañaverales.

Era muy agradable allí la estancia. El canónigo, que se había constituido en el acompañante de la Duquesa, le contaba con aire inocente los buenos ratos que se pasaban.

A veces, venía el Cardenal y lo acompañaban muchas señoras y señoritas de Toledo; hacían giras montados en burro, y algunas caían, habiendo que acudir a arreglarles las ropas. Se divertía el Cardenal en tirar dinero a las zarzas para que lo buscaran los muchachos, que se herían y se desgarraban para buscarlo; daba risa verlos. Su Ilustrísima tenía siempre buen humor, le gustaba andar entre muchachas y gente joven, un día hasta soltó un novillo para asustar a los curas y las beatas que lo seguían. ¡Fue un pánico graciosísimo! Algunos desaparecieron corriendo y no volvieron hasta el cabo de tres horas.

Allí comían: bailaban, merendaban. ¡Todo inocente!

Entretanto, Fabián acompañaba a la sobrina del canónigo, le ayudaba a coger del árbol los albaricoques tan perfumados, tan jugosos. Eran los célebres albaricoques toledanos, los legítimos del hueso dulce, tan doraditos, con la piel pintada, pecosa, como el rostro de las mujeres blancas que se ponen al sol.

Fabián encontraba comparaciones galantes con las pecas de los albaricoques y el gracioso punteado que manchaba la blancura de la rozagante sobrina.

—Debe ser usted fresca y sabrosa como un albaricoque, —le decía.

Mordía en la carne amarilla de la fruta, mirándola fijamente, como si la mordiese a ella, y en más de una ocasión que la moza le ofrecía, le pellizcaba brazos y caderas, con gran contento de ella que lo alentaba con la mirada.

Todo hubiera ido bien, si al pasar por el lado de Adelina ésta no le hubiera dicho por lo bajo:

—¡Ya te daré yo luego ducado y albaricoquitos!

Fabián le temblaba al enojo de su mujer. Adelina como todas las personas de carácter dulce y apacible era terrible cuando se enfadaba.

Así es, que apresuró la partida hacia Toledo, prometiendo que volvería y llevaría regalos a todos, con su manera de prometer, que no cumplía jamás; pero a la que hacía dar fe las magníficas propinas que repartía.

Cuando se marcharon, la sobrina del canónigo no pudo reprimir un suspiro, diciendo:

—¡Qué encantador es el Duque! ¡Cómo se conoce la aristocracia!

VII. La tela de araña

Aquel viaje tuvo consecuencias desagradables, además del disgusto que le dio Adelina a Fabián se encontraban ahora metidos en un proceso peligroso.

A los pocos días de haber visitado Illescas con la recomendación del Canónigo, como duques de Olivenza los cuadres del Greco, que había ido a ver fueron robados.

Una desdichada casualidad quiso que dos penados del Presidio de Cartagena se declararan, por esos días culpables del robo de un collar y unas joyas antiguas, en combinación con un rico comerciante del Rastro y con Adelina.

La cosa se complicaba; venía a agravarla la venta del cuadro de Ostende y la queja de una mujer, que aprovechando el que le habían roto un cuadro que dejó casa del anticuario, por torpeza del criado, decía que era una maravilla y pedía ante los tribunales una fuerte indemnización.

Sentían en torno suyo Fabián y Adelina, aquella tela de araña, aquella red sutil que tiende la ley, cuando no se une a la justicia, y en la cual aprieta a los que aparecen culpables con más fuerza cuanto más inocentes son.

Predisponía en contra de ellos su buena suerte. Fabián había pedido la excedencia de su destino, trabajaban y ganaban, el éxito es lo que menos se suele tolerar.

Su tía, la viuda de Marchamalo, no le perdonaba la muerte de la primera esposa, como si él fuera culpable, lo hacia aparecer como un hombre de malos antecedentes, casado con una mujer ambiciosa, capaz de todo, como le probaba el desenfado con que sabía trabajar, y como tenía embaucado al marido.

Los otros anticuarios tampoco le eran propicios. Unos le tenían envidia y otros una enemistad personal engendrada por los chistes y las burlas de Fabián, que no dejaba a ninguno tranquilo.

Como había entre los anticuarios bastantes que eran conocidos por sus gustos femeninos, Fabián los había confirmado a todos con nombres que corrían por su mundo, provocando risas y burlas. Particularmente uno, al que llamaba La Rumbosa, era solo conocido ya con este nombre. Él los molestaba explicando aquella anomalía por la utilidad que les reportaba para conseguir los mejores objetos de los conventos de frailes.

A otro coleccionista de objetos de plata, que tenía un reuma en un brazo, le había puesto Muley Jarapa el Manco, con tanta fortuna, que hasta los clientes solían preguntar:

—¿Es esta la tienda de Muley Jarapa?

—¡De Muley Demonios! —contestaba el anticuario esgrimiendo un garrote, lo que daba lugar a escenas en las que no pocas veces tenían que intervenir los guardias.

Así es, que ahora todos se negaban, nadie respondía por él, y en sus declaraciones aparecía siempre como un hombre de conducta dudosa.

Luego, aquella mujer del cuadro tenía influencia, y aunque se te probaba la mentira de que lo hubiese tasado ninguna Academia de Bellas Artes, como ella sostenía, los magistrados estaban ostensiblemente de su parte.

En el asunto de los cuadros de Illescas, la cosa era complicada; habían usado títulos que no les correspondían, habían engañado con ellos a personas respetables; existía una falsificación de estado civil.

Todo hacía presumir que fuesen ellos los ladrones o que tuviesen parte en el asunto, porque nadie podía, creer en la vanidad tan simple, en medio de todo, que lo llevaba a querer pasar por aristócrata.

Aquellas tarjetas hechas de antemano, eran prueba de premeditación, de que no se trataba de una broma inocente. La sobrina del canónigo, enfadada por haberse dejado pellizcar de un simple anticuario, fue de las que declararon más encarnizadamente en contra suya. Las reticencias y los apartes con su mujer que había notado; la turbación de quien prepara un mal negocio que no escapó a su perspicacia.

Y en aquel momento era otra acusación contra Adelina, que tuvo que esconderse para escapar a la cárcel, mientras se arreglaba el depósito en dinero para la fianza provisional.

Los dos penados fueron conducidos de Cartagena a Madrid para prestar declaración.

Contaban con todo lujo de detalles el robo, el escalo, las cosas que había en la habitación, cómo escaparon. Todo.

—¿Qué móvil les induce a hacer ahora esta declaración? —les preguntó el juez.

—Un deber de conciencia —dijo, poniéndose todo lo serio posible uno de los dos bribones— que no quede impune ese delito y se paseen entre personas decentes los que deben estar en presidio como nosotros.

—Y que se nos tenga en cuenta la buena obra para mejorar nuestra situación, —agregó el otro, conjeturando que serian más creídos, hablando en nombre del interés propio que de la moral.

—¿Quiénes fueron sus cómplices?

—Ya lo hemos dicho —el comerciante del Rastro, Ángel Pérez y una señora, que se entiende con él y que tiene tienda de antigüedades en la calle del Barquillo.

Contaban cómo los había buscado Ángel, sus entrevistas en la taberna, donde iba también la anticuaría, una real hembra, que traía loco al Pérez… Cuando hicieron el robo le entregaron a ella las joyas; los estaba esperando sentada en un banco del Prado.

Conocían perfectamente a Ángel y a Adelina, por haberles vendido antigüedades, así es, que en el careo los reconocieron cuantas veces se presentaron, afirmando con cinismo todas sus mentiras.

—¡Sois unos infames! —exclamaba Ángel rojo de cólera—. Me acusáis de un delito que os consta que no he cometido, esto es como si quisierais decir que soy el de la mujer del saco o el chato del Escorial.

Los bandidos reían solapadamente.

—Ya no te acuerdas la noche que tomamos churros y culos de aguardiente con esta moza, —exclamó uno.

—Entonces no iba vestida así —dijo el otro, no llevaba ese chapiruli que lleva ahora, sino una capa y un velillo.

—Así estaba cuando le dimos las joyas en el banco del Prado.

Adelina, avergonzada y confusa, no hacía más que llorar.

En el público, para empeorar su causa, la mujer de Ángel, convencida de las palabras de los bandidos en lo que tocaba a sus celos, berreaba:

—¡Conque era verdad!… ¡Se iba con esa bigarda por las tabernas!… ¡Ya le quitaré yo el chapiruli cuando salga! ¡Los debían de ahorcar!

Fue preciso llevársela de la sala y que Fabián la convenciera de que todo era una conjura para perderlos.

La mujer no quería convencerse y juraba:

—¡Si usted es un consentido, yo no lo soy! Por estas cruces —besaba sus manos cruzadas— que le he de arrancar el moño.

—¿Cómo no os quedásteis con las joyas —preguntó el juez—, una vez en vuestro poder, en lugar de ir a entregarlas?

—Habíamos tomado dinero y nosotros cumplimos como hombres honrados —contestó el aficionado a la moral.

—No teníamos medio de venderlas como ella y era comprometido el guárdalas —respondió el práctico.

—Nosotros no sabíamos nada de tales joyas —añadió el otro—. Todo el asunto lo dispusieron ellos, que como anticuarios entran en todas partes y saben dónde están las cosas para poderlas robar.

Los asuntos se iban poniendo de mal en peor. Adelina que en medio de todo estaba ya para echar al mundo el octavo vástago, se iba quedando ojerosa y desmejorada.

Por fortuna, la policía, menos crédula que el juez a quien había tocado el asunto, seguía buscando a los autores del robo del collar, y llegó a dar con ellos y con parte de las joyas robadas. La acusación se desvanecía.

Viéndose descubiertos los dos bribones, tuvieron la audacia de burlarse descaradamente del juez y de toda aquella gente, a la que odiaban. Cuando los llamaron de nuevo a declarar no disimularon su cinismo.

—¡Pobres compañeros! —dijo uno, refiriéndose a los verdaderos autores—, nosotros hemos hecho cuanto hemos podido para despistar y apartar de ellos las sospechas… ¡Pero esta policía!…

—¿Y por qué os acusáis de un delito que no habéis cometido, —agravando vuestra situación—, preguntó con inocencia el juez?

—¡Por compañerismo! —contestó el otro burlón.

—No seas guaja —intervino el compañero—. Nuestra situación no puede agravarse… porque tenemos todas las penas… no es mala, es peor…

—¿Pero qué conseguís con eso?

—¡Pues ya ve usted! Pasearnos. Venir de Cartagena aquí… hablar… ver gente… distraernos… No sabe el señor juez lo aburrido que es el presidio… si alguna vez se ve como nosotros se hará cargo…

—¿Pero cómo sabían los detalles del robo?

—Los habíamos leído en los periódicos… Es una lectura muy interesante e instructiva.

—¿Y qué mal os habíamos hecho nosotros para que así nos calumniarais, destrozando hasta la paz del hogar? —dijo Ángel, mirando a su fiera esposa, que hasta entonces no se había convencido.

—¡Yo no he dudado nunca de la señora de las Navas de Marchamalo! —dijo fieramente Fabián, ofendido con la prendera.

—¡Dichoso usted! —replicó ella irreductible siempre.

Los bandidos reían.

—No nos guarden rencor. Nos acordamos de ustedes como podíamos acordarnos de otros… Nosotros pensamos… esos tienen dinero y podrán chupar tos… ¿No es verdad, señor juez?

Pa eso es el dinero redondo, para que corra —añadió el otro—. Además, ¿quién sabe? Puede que si no han hecho ustedes esto hayan hecho otra cosa. Mi padre cuando yo era pequeño, me pegaba todas las noches, por si había hecho algo malo que no se sabía… y si no, para cuando lo hiciera.

Los dos bribones fueron llevados de nuevo al presidio, no sin que intentasen fugarse del coche celular, objeto principal de su embrollo; y al fin el matrimonio se vio libre de este asunto, aunque envuelto aún en los otros dos; que les costó no poco dinero arreglar.

Adelina dio a luz otra niña y aprovechó los mimos de su esposo para insistir:

—Créeme, mejor estaríamos en París, hay otro ambiente, otra independencia… he quedado harta de toda esta gente… Vámonos, Fabiancito mío.

Él estaba convencido.

—En cuanto te levantes, se embala todo y nos marchamos con toda la familia.

VIII. La calle de París

Tenía aquella calle, entre el Barrio Latino y el Boulevard de Saint Germain, una atracción especial para los anticuarios.

Ancha, amplia, con el suelo de un asfalto luciente, quedaba la impresión de estar siempre mojado, se hallaban en ellas todas las comodidades; estafeta, sucursales de los bancos más importantes, bocas del metro, y en medio de todo aquello algo de silencioso, de pueblerino; en su anchura pasaba la gente como perdida, sin notarse la gran afluencia de los otros barrios de París y el bullicio del Boú Mich. Era una de tantas provincias separadas como forman las calles de París, cada una con su fisonomía especial, unidas en ese gran conglomerado, donde, precisamente por su carácter de variedad, todos los gustos podían satisfacerse.

Tenían tal predilección por aquel barrio, que podía llamársele el barrio de los anticuarios. Había allí tiendas de franceses, de italianos, de húngaros y de turcos.

Pasando a lo largo de las aceras se observaba que la mayoría de los escaparates eran de tiendas de antigüedades, y cada una tenía el sello de su país de origen, la característica convencional que era preciso conservarles.

Dominaban aquellos escaparates sobre los de las tiendas de comestibles, que sacaban sus mercancías hasta la calle, como si quisieran despertar el apetito de los transeúntes; sobre las fruterías, donde se reunían los productos de todas las regiones del país y del extranjero, acudiendo a porfía a rendir su tributo para alimentar a toda aquella multitud y sobre las tiendas de flores, zapaterías, sombrererías y bazares… Los escaparates son como los balcones por donde se asoma la ciudad; mirando los escaparates se podía sorprender su secreto.

Daban la impresión al transeúnte de que todo aquello era suyo; la posibilidad, que es la verdadera riqueza el poder adquirir en cuanto se deseara todo aquello que estaba allí ofreciéndose, con los precios puestos; con una sensación de abundancia que ponía su optimismo en los que lo contemplaban como si fuesen cosas que les pertenecían a todos.

Los objetos de los escaparates de los anticuarios no tenían letreros. El Precio fijo no se había hecho para ellos. No eran sus objetos de los que se podían catalogar Desde Cinco Francos, por ejemplo, encubriendo en el Desde el fraude de no hallar por aquel precio nada que pudiese convenir, pero que incitaba a entrar.

No era aquel fraude encubierto de los objetos de bazar, que cuando cuestan dos francos aparentan no costar más que uno, escribiendo en el cartoncito «1,95 Francos» engañando, con ese uno muy grande que tapa el otro franco envuelto en la pequeñez del 95.

En les escaparates de los anticuarios no había nada marcado, conservaba todo su atrayente misterio… Había que sostener una lucha ingeniosa de la que podría salirse más o menos explotado y con la ilusión de haber logrado una ganga.

Se destacaba ahora entre todas la tiendecita de Fabián, con sus dos escaparates, adornados como una joyería, su puertecita pequeña, dejando ver las preciosidades del interior, y la gran muestra, que excitaba la curiosidad hacia nuestro país de leyendas pintorescas.


ANTIQUETES
MAISON ESPAGNOLE
 

Era terrible rival el que se había avecinado a las otras casas que tenían también sus flamantes letreros indicando su procedencia.

Pero los anticuarios, de todos los países, que formaban como una colonia en el barrio, y los anticuarios franceses, los acogieron bien. Allí no era la lucha de la Carrera de San Gerónimo, allí se tenía idea de que cuanto más atractivos se reuniesen habría más compradores, se harían mutuos servicios, en una competencia y una emulación amistosas.

Hasta el negro aquél, casado con una francesa, que tenía una tiendecita de productos exóticos, desde el Tupinanbar del Japón, a la caña de azúcar de Cuba, el Ron de Jamaica, el café turco, el te de la China, las calabazas de Mate argentino, las especias perfumadas del África y las hiervas misteriosas de Jaba, todo lo que vendía con ventaja sobre los otros establecimientos por el prestigio de su color negro, era también como de la colonia de anticuarios, porque él vendía los licores añejos, rancios, y las esencias convertidas en aceite por el tiempo.

Daban la psicología de los países los escaparates de los anticuarios.

Los italianos estaban llenos de coral, corales rojos de sangre de toro como los claveles de Andalucía, corales granate, de un granate enlutado, corales encarnados brillantes, como labios húmedos, corales rosa, corales aurora y corales blancos como porcelana; todos engarzados en monturas antiguas, con oro y piedras, en un trabajo delicado, de celajes de oro. Trabajos napolitanos como los de filigrana.

Había piedras duras, en mosaicos preciosos, del siglo XVI, que con sus colores naturales copiaban flores, pájaros y paisajes, trabajos florentinos del tiempo de los Médicis. Camafeos de lava, piedras grabadas para anillos que podían servir de sellos, con una minucia maravillosa, al lado de los trabajos de aljófar, que parecían todos hechos para adornar las vírgenes inmateriales de los primitivos. Estaban allí los mosaicos de piedrecitas menudas de los genoveses, los espejos y los mosaicos dorados de Venecia, con aquella cristalería mirrina que daba a las tonalidades del vidrio los encarnados y los verdes y los azules suntuosos en su alianza con el amarillo, el blanco, el violeta y los medios tonos oscuros, marrones y cálidos que él acaso sacaba de aquellas combinaciones; y los cristales duros, de agua pura, con sus decoraciones de dragones alados sirviendo de asa, dragones acaramelados, con la lengua roja y los ojos negros que se destacaban de su fondo de luz. Copas que parecían flores, vasos que tenían algo de cáliz; y sirviendo de marco las reproducciones de las vírgenes, suaves y místicas, con sus fondos azules y sus lirios blancos. Era un pedazo de la Italia suave, llena de luz y de color, arrancada viva y traída allí palpitante a la sombra lechosa del Boulevard. Bajo doseles de encajes de Venecia y viejos encajes de Burano, de la primera época, que hacían recordar la sexagenaria Cencia Scarpariola.

Los anticuarios eran todos morenos, vivaces, gesticulaban, se movían, se agitaban; tenían todos algo de tenores de ópera, con el cabello negro y los ojos de endrina. Ellas parecían presas en el vestido de moda, sus bellezas de tez de escamitas plateadas, y ojos de ensueño hubiesen estado mejor con el traje de las chacharas o los corpiños napolitanos. Se vivía Italia, se la evocaba con su ambiente de luz, sus ciudades artísticas, que son antiguas sin ser viejas, sus palacios de mármol y su aristocracia hermética y altiva entre la bacanal continua del pueblo alborotador y entusiasta.

Otra tienda, más allá, traía el recuerdo de la Europa exótica. También eran hombres y mujeres morenas, pero graves y contemplativos, de un aspecto reconcentrado, como el que medita algo profundo. Eran los servios, que tenían allí su tiendecita. Había en ella productos de los Balcanes, y algo de la Polonia y de la Rusia.

Muchas telas toscas bordadas de lana de calores, muchas labores de cuentas, de mostacita, muchos collares de vidrio de color; encajes de aldeanas de Bulgaria y Montenegro; aquellos vestidos de orlas bordadas, coronas que parecían de Vírgenes bizantinas, con grandes piedras, y oropeles, las suntuosas joyas, verdaderamente antiguas, piedras falsas, de color, montadas en metal o en plata, pesadas, barrocas, que imitaban todas las formas desde el escarabajo egipcio, hasta el águila francesa, las estrellas más caprichosas y las figuras geométricas más raras.

Las tiendas orientales se confundían, podían ser lo mismo árabes que turcas, se conocían tan solo por los anticuarios que en el último caso no dejaban su fez y sus babuchas y en el primero conservaban el turbante o la chilaba.

Pero los productos se mezclaban. Un poco cosmopolitas, un poco de todo el Oriente y algo del África. Había en los escaparates los manipençe de los negros, aquellos toscos ídolos de madera al extremo de un palo, que servían lo mismo de atributo de mando, especie de cetro, que para azotar, y que algunos, colmo de crueldad, estaban llenos de clavos.

Aquellos pedazos de madera, grotescos, caricaturescos siempre, sin pretenderlo, a los que el cubismo había puesto en moda, hacían detener el paso con sus gestos sugeridores.

Tenían sus escaparates los claros del metal forjado y colorido; altos candelabros de bronce, platos grabados a mano, plata repujada; bordados en sedas de colores polícromos… En medio de todo zapatillas, muchas zapatillas, el ideal del pueblo de amplios ropajes y de las voluptuosidades del descanso y la pereza.

Se veían dulces exóticos, perfumados, envueltos en un baño de azúcar blanca. Había instrumentos de música, tapices con el admirable mullido de la esmirna, y alfombrillas de hojas de palmera. Las joyas revueltas, —collares, brazaletes, cadenas— con los frascos de esencia y los polvos de perfumes para quemar, colocados en una suerte de especiero, con los letreros sugestivos; mirra, incienso, benjuí, sándalo, ámbar, camomila, badiana… Los habas de Tonka, refinamiento de fumadores que perfuman su tabaco, cerca de los adormecedores narguiles.

Las tiendas francesas estaban más en su lugar. Sus joyas eran más europeas, lindos trabajos de orfebrería, engarzando piedras preciosas o valiosas joyas de estraus con los brillantes menudos, luciendo entre la plata como gotas de rocío, y dando la impresión de que se habían modelado al azar, echándolos sobre la plata derretida, apretándolos con la mano; según la montura quedaba desigual y amazacotada.

Estaban allí los grandes cuadros antiguos de los grandes maestros, con lujosos marcos Luis XIV y Luis XV; los grandes muebles de estas épocas, de Luis XVI y del Primer Imperio. Las telas ricas y los terciopelos que servían de fondo a sus vitrinas; allí lucían los viejos Sevres sus blancuras sembradas de flores, los colores ardientes y los escudos del viejo Rouan medio ocultos por encajes de legítimo Chantilly o Valenciennes; y labores Bretonas que podían competir con las orientales.

España era un resumen de todo aquello. Un escaparate estaba lleno de santos de tallas admirables, que recordaban a Montañés y Alfonso Cano; cálices, custodias de rayos de oro e incrustaciones de piedras valiosas, casullas bordadas sobre sedas magníficas, con un lujo de color que desafiaba a los turcos… Y allí había encajes de Almagro, deshilados y bordados notabilísimos, las grandes tiras de malla con pájaros y rosas; las guarniciones de las albas y las cenefas de los paños de altar con dibujos de cálices y cruces; brazos relicarios, dorados a fuego, en los que había una ranura, cubierta con un cristal, donde se guardó algún hueso de santo o alguna reliquia preciosa, ya perdida. El remate de aquellos brazos era una mano que señalaba al Cielo ¡qué bellas manos se veían! Había manos de caricia y manos orantes; manos sensuales y manos místicas, con su gesto trágico, que ya parecía suave o desafiador.

Dentro del establecimiento los grandes muebles españoles, los sillones fraileros, los bargueños magníficos, las mesas sólidas; el espíritu de esa España severa de la Edad Media, tan grandioso y tan inimitable.

Era Castilla misma la que representaban aquellas porcelanas de Talavera, con los colores amarillos y verdosos de los campos castellanos, y todo su ardor de sol y de resequedad, de falta de agua.

Daban la nota pintoresca los marfiles, los aljófares, los objetos árabes, los azulejos de Sevilla y de Granada, los cueros de Córdoba, los platos mozárabes, las Mayólicas de reflejos metálicos, y toda aquella variedad de cerámica valenciana, de Manises y de Alcora, la andaluza y de Andújar y de la Cartuja.

Al fondo mantones de Manila, esos mantones que solo conserva España, con ese crespón fuerte como lona de aspa de molino, con las grandes rosas y las chinas de cara de marfil sujetando la flor de sus parasoles.

Mantones de alfombra, tejidos en lana y seda, con ese dibujo complicado, polícromo que se extiende en torno de la estrella negra del centro y que los ojos no pueden seguir en la confusión en que se despliega, se retuerce y se enlaza, sin perder por eso la simetría. Tejido en que parece que se ha tejido luz, tan brillante, tan menudo y tan ideal. Abanicos de fábrica española, épocas de Luis XIV y Luis XV, con varillaje de concha, magníficamente calada y dorada y países de cabritilla cubiertos de miniaturas maravillosas. Abanicos de Goya, con toda la gracia de su espejeo de lentejuelas en o leve de sus tules; abanicos imperio de bronce dorado con incrustaciones de piedras preciosas; abanicos de María Cristina, con grotescos paisajes de figurines de modas; absurdos pericones, imposibles de manejar por su tamaño y los graciosos, pequeñines, abanicos de pluma, que parecían tener la misión de agitarse sin hacer aire.

Muchos devocionarios, muchos portamonedas, muchos rosarios. Trajes de Salmantinas y de Charras con su aspecto de vestidos de ídolo; refajos de lana, color magenta, plegados en acordeón, con los cinco listones de seda blanca en el borde, traje de las refajonas de Almería, que las cubren con una gracia casta y no dejan adivinar el cuerpo que va dentro de ellos.

Y pañuelos de talle, con flecos y enrejados, a los que la sencillez aldeana no ha dado los nombres que da la moda a los colores y les llaman, por la comparación con las cosas que le son familiares, color aceite y color garbanzo, de tomate y huevo y pañuelos castellanos de centro liso y cenefa de rosas de colores, vulgares en el pueblo pero que dentro de la tiendecita adquirían precio y aristocracia.

Y de vez en cuando un cuadro de la antigua escuela española, un mueble de magnífica talla, un ánfora romana o una estatua griega o celtíbera sacada de alguna excavación en esa tierra, palenque de todos los pueblos, que conserva viva su leyenda tradicional. Lucían lindas espadas románticas de la Edad Media con empuñaduras de acero en forma de embudo, de cruz o de taza, en cuyas hojas, pulidas como espejos, se leían expresivas leyendas; adamasquinados puñales toledanos, y viejas incrustaciones de oro sobre hierro en joyas de Eibar, que parecían joyas de luto. Eran solo ellos, los españoles, los franceses y los italianos, los que se consideraban con verdad anticuarías; los orientales eran más bien comerciantes de objetos de su país. En cuanto a los demás pueblos no se pensaba en que tuviesen antigüedades. No se vendían antigüedades, inglesas, ni holandesas, ni belgas, ni alemanas. Era como si no tuvieran la aristocracia de la antigüedad. Hasta Grecia, en lo que esto era indiscutible, no aportaba nada a su mercado; su arte no se había divulgado así, se lo habían llevado con los metopas de su Parthenon y con las estatuas de mármol y sus dioses criselefantinos; no podía Noruega enviar un navío de vikingos ni Suiza una muela de glacial. Agotadas las antigüedades persas, asirías y egipcias, todo lo que quedaba en el mercado pertenecía a Italia, España y Francia: las canteras inagotables.

A veces llegaban al barrio pandillas de árabes o turcos, que traen todas las cosas pintorescas que mezclan a las antigüedades: porcelanas, miniaturas, telas persas, tapices, perfumes, bordados y metales repujados.

Estas pandillas, compuestas de diez o doce, venían a renovar el comercio, eran siempre bien recibidas. A pesar de su suciedad proverbial, todos los invitaban a comer a sus casas, los agasajaban, sin que ellos perdiesen jamás su mesura, su calma y su desconfianza orientales. Eran gentes que sabían hacer buenas ventas.

Pero era casi seguro que no volverían todos a su país. Los más ricos eran siempre asesinados en el camino de regreso por los compañeros para repartirse su hacienda.

Fabián y Adelina fueron bien recibidos en el barrio; no eran ya unos desconocidos y tenían relaciones con los anticuarios más ricos de París, Mr. Huquet y Mr. Marcel, que tenían continuamente gente viajando por todo el mundo y a cuyas manos iba a parar todo lo mejor que había en materia de antigüedades.

Verdad es que el encontrar aquella tienda, el poderla alquilar, con el gran almacén interior, y el piso de al lado para morada; el colocar las antigüedades, hacer las vitrinas, prepararlo todo con el gusto y el lujo de que habían hecho derroche en la presentación, no fue cosa fácil.

Además habían llevado a la madre de Adelina, con las criadas y los ocho vástagos, de los cuales el hijo tenía diez y seis años, y quince la mayor de las niñas, porque los cuatro primeros se llevaban solo un año unos a otros, y Adelina solía decir riendo:

—Sí no me hubieran distraído las antigüedades ya tendría 16 chicas.

Lo peor fue que todas las antigüedades, que habían declarado como muebles de uso estaban detenidos en la aduana, la cual les imponía por el engaño una multa de cuarenta mil francos.

—Una señora multa ferroviaria-navo-marítimo-terrestre —como decía Fabián, sin perder el buen humor, a pesar de lo grave de las circunstancias.

Era hombre de recursos. Se enteró de que la amiga del presidente del gobierno era una artista, famosa por su lujo y su belleza; Mme. Eduard Sandelay. Se vistió su levita y su sombrero de copa y fue a verla. Era un perfecto elegante a pesar de su gordura y de su calva, tenía simpatía y audacia. Mme. Eduard no sabía si reírse o enfadarse. Un magnifico mantón de Manila, ofrecido a tiempo, acabó de inclinar la balanza en su favor. Mme. Eduard habló al ministro y la multa se quedó reducida a mil francos; además de la influencia y la consideración que aquello le dio a Fabián en la Aduana y entre los agentes de la frontera.

Al fin se vieron instalados, dispuestos a emprender la lucha para conquistar la fortuna.

—Está visto —decía Fabián— en tratándose de mujeres bonitas, los ministros franceses son como los españoles. Parece que se han hecho las leyes para que ellas tengan el placer de quebrarlas.

IX. Chifladuras

Parecía que toda su vida la habían pasado allí; según lo pronto que se aclimataron y ordenaron su vida en aquel barrio.

Adelina, con la vigilancia de su madre, dirigía admirablemente la casa. El hijo mayor, mocito serio y reflexivo, era el dependiente ideal que le ayudaba en la tienda, las tres niñas mayores, de 15, 14 y 13 años, eran tan modositas y hacendosas que se distribuían el trabajo de arreglar la casa y las ropas, dirigiendo a los criados, y les quedaba tiempo de hacer las restauraciones de encajes y filets y hasta de cualquier labor o vestidito, economizando modista.

Eran juiciosas y buenas, no pensaban como mujeres sino como verdaderas niñas, y les gustaba más ir al cine o al campo que las diversiones de bailes y tertulias donde había pretendientes.

Habían heredado aquella buena pasta de Adelina, tranquila y casta por naturaleza. Se podía decir que aún ignoraban que eran mujeres y que eran bonitas.

Y eran bonitas, tanto ellas como las pequeñas, no se parecían unas a otras; había morenas, rubias y trigueñas, con ojos color tabaco. A veces parecía que habían equivocado los ojos y llevaban unas los que les pertenecían a las otras, pues sobre un rostro moreno, bajo cabellos de ala de cuervo, brillaban unos ojos de zafiro con una orla de pestañas de oro, y sobre la blancura de un cutis lechiterno, bajo los cabellos rubios de trigal, lucían dos ojos grandes, enlutados, con pestañas negrísimas, inquietos en un parpadear de alas de golondrina.

Las tres niñas siguientes, de 10, 7 y 4 años, tenían una institutriz que cuidaba de ellas, les enseñaba las lecciones, las llevaba y traía de la escuela. Era la señora que amargaba la infancia con su constante celo y su continua coacción.

En cuanto a la pequeñina, rubia y graciosa como un muñeco, estaba en poder de la abuela que hacía de ama seca y la criaba con biberón.

La placidez de aquel fondo reposado de la familia, aquel deslizarse la vida doméstica sin nubes, se reflejaba sobre Adelina, para mantener su juventud lozana y plena y su humor igual e inalterable, le daba optimismo y fuerza para continuar sus trabajos, con un aspecto de señora que se distrae en una agradable ocupación. Ella era el contrapeso de la figura del marido; era la amiga de los grandes anticuarios, la confidente en los negocios reservados. Era suyo el crédito en los bancos, la confianza de los clientes, que le entregaban géneros en comisión, y a ella le pertenecían las iniciativas para comprar y vender. Todo el complicado mecanismo de su oficio pesaba sobre Adelina.

No es que Fabián fuese inepto; su cultura y su talento habían hecho de él un experto famoso, al que recurrían los otros anticuarios en las dudas y en las compras difíciles e importantes.

No había nadie como él para ver de una ojeada la época y la condición de un objeto. Conocía las porcelanas antes de ver la marca, sabía de qué siglo era cada tela, cada mueble, cada marfil y clasificaba su estilo y su procedencia sin equivocarse jamás.

A veces había descubierto importantes falsificaciones. Un alemán fabricaba en España cacharros de barro, con arreglo a modelos mejicanos del siglo XIV. Los enterraba en un huerto que tenía en Alcira, los regaba y haciendo grandes excavaciones los iba descubriendo y los presentaba como trabajos etruscos de la Edad Media.

Ya había engañado a casi todos los anticuarios de España y Francia, y había metido ejemplares en los museos, cuando, de una sola mirada, Fabián descubrió el secreto y probó el engaño y la falsificación.

Si se presentaba una porcelana con marca falsa, él la descubría en seguida.

Tenía una vista sutil para distinguir los colores del Índigo de la vulgaridad de la anilina en las bellas telas antiguas y en las falsificadas.

Aquellos platos de cobre repujado a mano y dorado a fuego, con su troquelado imperfecto hecho a martillo, de calibre variado en todos sus puntos, los distinguía solo en el tacto, de esos otros laminados a cilindro, de superficie compacta. Con los ojos cerrados conocía la impresión del golpe, de tal modo, que su pericia causaba la admiración de los inteligentes.

No se le escapaba un detalle, a veces descubría una falsificación por haber empleado caracteres helénicos, romanos o latinos indebidamente. Un día que Huquet iba a comprar unos esmaltes carísimos, que a pesar de su pericia tomaba como auténticos, él dijo:

—En los siglos XIV y XV no se hacía esmalte blanco más que en los pavimentos.

Sabía distinguir los cristales falsificados con grabados al agua fuerte o con tonos opalinos de los legítimos cristales. Sabía como nadie distinguir las verdaderas lacas, cuyo secreto pertenece a la China y el Japón no solo de las lacas francesas de los siglos XIV y XV, de colorido más mate, sino que descubría toda falsificación hecha con goma laca por hábil que fuera y bien trabajados que estuviesen colores y pulimento.

Por muy bien imitadas que fuesen las estatuas hechas en mármoles italianos, él precisaba su época.

Los hierros mejor falsificados, no calados con segueta, sino con delicado trabajo de cincel, repasados a lima y con la capa de orín hecho con ácido nítrico, para dejar su huella bajo el encerado, no le engañaban jamás.

Así, no había compra de importancia a la que no se le llamase ni negocio en que no se contara con él.

Se había hecho popular, ese tipo que tiene cosas, al que se le toleran todas las extravagancias.

Adelina tenía siempre miedo.

—Los que lo conocen no le hacen caso —decía— pero temo a los desconocidos. A veces va por la calle diciendo en español los mayores disparates en voz alta a los que pasan. ¿Si lo entendieran? No deja tranquila a ninguna mujer; ayer se adelantó, le cogió la mano a una señora que estaba parada cerca de la entrada del metro, miró la hora en su reloj de pulsera y luego descubriéndose muy cortés le dijo: «Merci Madama». La pobre señora, confusa, no sabía que actitud tomar… No me gusta salir en su compañía.

Pero en el barrio lo conocían todos y allí podía desahogar su vena cómica sin peligro, se había hecho popular y aprovechaba el ir de un lado para otro con sus bromas para enterarse de cuanto los demás tenían y en los precios en que lo marcaban, de modo que él podía ofrecerlo todo a sus clientes con ventaja.

Era el único que admitían en su intimidad aquellos dos anticuarios viejos, los decanos del barrio, a los que los más antiguos conocieron viejos ya. Se habían establecido allí en tiempo inmemorial, en la tiendecita chiquitina, de un solo escaparate, y el tiempo no les había mostrado la necesidad de renovar su comercio y ponerlo a lo altura del lujo de los otros; seguían con el mismo aspecto de pobreza en la tienda, con la misma indumentaria antigua y provinciana, siempre los dos solos, siempre juntos, acartonados. No tenían ningún dependiente, cuando entraba un comprador le servían ellos mismos; allá iba el viejecillo a alcanzar y mostrar los objetos con sus pasos tardos y sus manos temblantes. Ella hacía la comida en su hornillita de gas, colocada detrás del biombo que ocultaba los colchones que tendían de noche en medio de la tienda.

Se decía entre los anticuarios que los dos viejos tenían una fortuna, pero nada lo acusaba en su apariencia; no se les veía salir, ni ir al teatro, ni visitarse con nadie.

Unicamente al venir del mercado, ocultando sus compras en el fondo de la red forrada, podía verse que la vieja traía los mejores bocados de la plaza; aves, pescados y frutas, y las más delicadas conservas y quesos. Las docenas de cascos de botellas vacías que vendían a los traperos, habían encerrado vinos selectos y añejos. Era como si para ellos no hubiese más mundo que su pequeña tienda, donde tantos años habían vivido y en la que indudablemente morirían. Daban la impresión de que habían dé aparecer muertos los dos en un mismo día, porque no se concebía ver al uno sin el otro, tan uniditos estaban siempre, confrontando sus cuentas, comunicándose sus proyectos y mirándose con ternura. No se comprendía bien que en tan largos años de convivencia, no se les hubiera acabado la conversación, según lo entretenidos y amorosos que estaban constantemente.

Sin duda, ellos no se veían en la realidad, se veían en el recuerdo, no como eran sino como habían sido, y se seguían amando en aquel encanto de juventud primera que para su impresión se perpetuaba.

Allí se metía Fabián, les gastaba bromas, les revolvía los objetos, y los viejecitos que no se lo hubieran tolerado a nadie, se reían con él y hasta les era ya necesario.

La anticuaría turca, siempre sola con sus dos hijas jóvenes, Celeste y Dulce, que no se trataban con nadie era amiga de Mr. Navas de Marchamalo, como ella decía, y lo tomaba por consejero de todo lo que debía hacer.

El negro de la tienda de objetos exóticos, iba a buscarlo todos los días para ofrecerle una copa de su vieja caña o una taza del mejor café, soportando todos las procacidades del anticuario que le llamaba Blanquito, y bromeaba con su esposa acerca del porvenir negro que la aguardaba.

Era también el confidente y consejero de aquella otra anticuaría, cuyas hijas trabajaban en el circo, y que a veces sentía también la necesidad de la vida bohemia y se iba con ellas por las ferias de pueblo, armando la barraca de antigüedades al lado de la barraca de saltimbanquis. Pero su mejor amiga era Mlle. Pegote, la más rica anticuaría francesa de todo el barrio.

Tan avara como rica, la señorita Pegote vivía sola con un hermano suyo que le servía de criado, iba a la compra, le barría la cocina y le limpiaba la casa, en la que no se atrevía a admitir ningún sirviente por temor a un robo.

Mlle. Pegote había sido durante su primera juventud una virgen feroz y arisca, que abominaba de todos los hombres en general sin querer trato con ninguno, y que así fue pasando su tiempo, hasta que cuando se suavizó su odio al sexo masculino, ya éste no hacia caso de ella y era al que le tocaba huir de sus insinuaciones.

Entonces todo el fuego acumulado en el alma de la señorita Pegote se esparció en poesía, componía versos románticos a todas horas, y demasiado avariciosa para gastar en imprimirlos, hacía que se los copiase su hermano con letras gordas, bien legibles, y los colocaba en los escaparates entre las joyas y las antigüedades, de modo que siempre había curiosos parados leyendo sus endechas amorosas y lloronas.

Todo el amor maternal lo había reconcentrado en la perrita KikI, a la que prodigaba cuidados que le ocupaban mucho tiempo.

Tenía que bañarla, secarla, rizarla y perfumarla; le lavaba los ojos con cocimiento de manzanilla y le limpiaba los dientes con Odol.

Para la toilette de su perrita tenía un complicado tocador, con esponjas, peines y cepillos, y en el vestuario se amontonaban docenas de capitas bordadas, de bozales de seda y de zapatitos blancos para que no se llenase de lodo las patitas en la calle.

Se necesitaba un gran cuidado con la alimentación. La carne roja le ensuciaba el estómago y era preciso andar administrándole purgantes, el azúcar le perjudicaba los ojos, siempre tenía que mezclarle en su comida algún tónico y era preciso que no le faltase la pechuguita de gallina y la leche en la cena.

Aquel animalejo feo, algo bizco, de lanas rubias y hocico puntiagudo era el gran amor de la anticuaría, y más de una poesía «A ti…» en la que hablaba del dolor de ser incomprendida, estaba inspirada por Kiki.

Llevándole galletitas a la perra, leyendo los versos con entusiasmo, acompañándole al piano las canciones cuya letra componía ella, y cantaba desafinando, apretándole la mano al acabar una de estas sesiones de arte, como presa de un sentimiento inconfesable, Fabián era el amigo de la anticuaría, que solía decir:

—Qué hombre. A pesar de su frivolidad aparente, es el alma capaz de comprenderme.

Además, no había nadie como Fabián para las ventas.

Nadie como él para saber ensalzar, alabar y encarecer un artículo, entusiasmando al comprador. Sabía ser insinuante, respetuoso, dominando todas sus bromas, aunque no podía dejar de contarles a todos que él no era un anticuario vulgar, pues procedía del mejor linaje de España, emparentado con el Cid y con Guzmán el Bueno, y que aunque vendía antigüedades, era caballero de varias órdenes y amigo íntimo de Clemenceau y lord Georges.

Quizás aquella chifladura suya lo capacitaba para conocer mejor las chifladuras de los demás y sacar partido de ellas. Los anticuarios y los aficionados a antigüedades acababan por chiflarse casi siempre, por salir del mundo real a fuerza de exageraciones y mentiras.

Con una gran seriedad daba sus joyas al Marqués de Ojitos que probaba las piedras preciosas con la lengua para conocer por el sabor si eran verdaderas.

Otro aficionado distinguía las antigüedades por el olor, como las cocineras conocen la sal en los guisos, y solamente con el olfato clasificaba el griego y el romano o distinguía el alto y el bajo imperio.

Los más maniáticos en esto eran los ingleses que parecían niños grandotes, siempre tan pasmados y tan serios.

—Éste es un animal —le solía decirle a Adelina en español, delante de un grave míster— se pone tan serio y tan correcto para disimular lo bruto que es.

Luego empezaba a hablarle en su inglés de meridional, con su flujo de palabras, que parecían ir poco a poco deshelando al inglés y acababa por hacerle creer todas las historias que le sugería su imaginación fértil.

Así vendió la vacía de cobre repujado de un barbero de Tánger como el auténtico yelmo de Mambrino, y un viejo machete de hierro, en el que había grabadas dos R. R. por el machete del rey Rodrigo, hallado en el Guadalete. A otro inglés le vendió siete pelos de la coleta del Guerra, con una carta auténtica.

Aquel filón de los ingleses lo explotaba él muy bien y con frecuencia hacía viajes a Londres sacando pingües ganancias.

A un grave lord le vendió un traje de torero, que juraba que le sentaba a las mil maravillas, para retratarse, hecho una facha, con el pantalón a media pierna y la chaquetilla corta.

A otro coleccionista de camafeos, le vendió una especie de cebolleta de piedra con la célebre cabeza de Muley Jarapa el Manco, encontrada en las Termópilas. El hombre escribió gravemente la ficha para su colección: La mía camafea, estar la cabeza de Muley Jarapa la Manco.

No se preocupaba de inventar cosas verosímiles, cuanto más desacertadas y disparatadas eran pasaban mejor y las hallaban más pintorescas.

Había hecho un mal negocio en Madrid comprando en el Rastro un San Fernando de piedra y otra estatua con traje de romano, en nogal, ambas de tamaño natural y de un peso enorme. Procedían de la iglesia de la Plaza de la Cebada, y amenazaban permanecer siempre en el rincón del almacén sin que nadie cargase con ellas.

Un día en que necesitaba reunir dinero para pagar unas letras, Fabián tuvo una inspiración. Embaló cuidadosamente las dos estatuas y se marchó con ellas a Londres a casa de un rico coleccionista de antigüedades históricas.

—Le traigo a usted nada menos que al rey D. Pelayo, vencedor de la morisma, y a su secretario Antonio Pérez —le dijo.

El inglés abría la boca viendo los dos enormes cajones.

—No he querido que nadie los vea antes que Su Gracia —decía el anticuario—, están tal como han llegado de España.

Y ante las dos estatuas, que los criados del lord desclavaron cuidadosamente, le contaba la conmovedora historia.

—Estas estatuas, que eran veneradas en España, estaban guardadas en la cueva de Covadonga, donde iba el pueblo en romería a contemplarlas, hasta que, cuando los franceses abandonaron a España, Napoleón se apoderó de ellas; y venían ya camino de París, cuando en el paso de las Termópilas, después de la gloriosa batalla de Bailén, se encontraron con el ejército del general Castaños, que al verlas exclamó: ¿Dónde lleváis esas reliquias tan preciosas? Mientras yo tenga sangre no se consumará ese sacrilegio. Han de volver a su puesto. Se trabó una refriega, y en el ardor del combate, unos por acercarse y otros por escapar con las estatuas, alcanzaron a éstas algunos golpes. El rey llevó un sablazo en la mano derecha, y le faltan todos estos dedos que ve Su Gracia, y Antonio Pérez un sablazo en la cabeza, cuyas huellas se hallan a la vista. Entonces se hizo el milagro de que los dos, —según cuentan los cronicones— empezaron a echar sangre por las heridas. Ante el prodigio, fue tal el asombro, que Napoleón cayó de rodillas y entregó la espada diciendo: «¡Vuelva el acero a su vaina!».

El inglés no podía mantener su gravedad, lleno ya de entusiasmo, estaba a punto de abrazar al anticuario que tales maravillas le proporcionaba, y acabó por darle 40 000 francos por los dos armatostes, haciendo escribir en una tablilla la grotesca historia. Lo malo fue que habiendo querido subirlas al piso superior, el peso de las dos estatuas hizo caer el techo, y el pobre don Pelayo se hizo mil pedazos sin echar una gota de sangre. El buen lord lo recompuso y apuntó como un nuevo milagro el que no se hubiese extraviado ningún pedazo en tan extraordinaria caída.

—La suerte está en que no se perdiera la inscripción —decía Fabián— pues estoy seguro que no hubiera podido volver a reconstruirla con tantos visos de verosimilitud… ¡De algo ha de servir saber historia!

X. La tienda

Cuando Adelina acabó de reparar las telas tendió la vista por la tienda. Nada faltaba a la exposición. Los escaparates recién arreglados se abrían como dos flores que buscan el sol, frente a la claridad del boulevard. Sobre un fondo de damascos y terciopelos, bajo doseles de encajes de un blanco marfilino, teñidos por el tiempo, o de un negro castaña, lucían las estofas de las vestiduras de los santos de talla, los reflejos metálicos de los platos mozárabes, el ardor concentrado de las porcelanas de Talavera y las preciosas lacas de los guardajoyas antiguos. La clara dulzura de los esmaltes se aumentaba cerca de los calados del marfil, y los mosaicos deslucidos se perdían bajo la tonalidad brillante de los azules de los azulejos y sus amarillos de sol. Objetos menudos sembraban los espacios en una graciosa prodigalidad irregular. Tabaqueras del siglo XVIII con esmaltes sobre oro, en los que lindas pastoras Watean tomaban actitudes de minué; pequeñas cajitas de metal, fácilmente convertibles en polveras, en cuyas tapas se incrustaban esmeraldas, rubís, topacios, piedras pequeñitas como granos de trigo, que se entretejían con los hilos finísimos de la trama de filigrana.

Todo el interior de la tiendecita era la prolongación de los escaparates. Suntuosos bargueños del Renacimiento italiano, con sus grandes columnas de bronce y sus mosaicos de marfil o concha figurando caballerescas escenas de montería. Bargueños españoles, esos lindos muebles que han conservado el nombre de la ciudad de Bargas, donde se hicieron los primeros. Tan severos, forrados, destacando los suntuosos herrajes sobre los terciopelos rojos; con su prestigio nobiliario y con el misterio del secreto que debían esconder todos. Aquel cajón disimulado entre las tablas, donde se guardaban joyas y monedas, documentos importantes o comprometedoras pruebas de amor, que quedaron desconocidas.

Para sentarse alternaban las sillas y las butacas de diferentes épocas. Un ángulo lo ocupaba por completo el sillón frailero, sillón verdaderamente abacial, ancho, recto, sobrio de líneas, de una comodidad hipócrita, para mantener derecho en una época en la que no había muebles para recostarse, acurrucarse y tenderse. A su lado era un mimo aquella butaquita Luis XVI, pequeñina, muelle, forrada de tela de rayas con el satinado brillante de la seda, y se hacía insoportable la lisura escueta, pero esbelta del estilo inglés. Las sillas granadinas de la época de Carlos V, con el águila tallada en madera, sosteniendo un escudo con las armas de Granada, colorado y dorado a fuego en cuero de Córdoba, largo y estrecho, limitado por listones tallados, mullido y cómodo para apoyar la espalda. Debajo del escudo descansaba la cola de nogal del águila, quedando la cabeza de modo que con el pico corvo y los ojos rabiosos, parecía que iba a pisar en la cabeza de los que se sentaban, cuando estuviesen confiados, mientras ella miraba vigilante y colérica. Era la silla-águila, que terminaba con las garras de metal afianzándose al suelo, la silla suntuosa del Emperador Cristiano de Granada.

En medio la vitrina relucía con sus aristas de caoba, finísimas y toda la armadura de cristal para dejar ver las joyas que encerraba: joyas antiguas, con lindas monturas de oro; estrausses cuyos brillantitos parecían un finísimo polvo luminoso en el amazacotado rudo de la plata; el rocío de los aljófares en perlas de todos tamaños, entre las que al lado de las que conservaban el oriente vivísimo, de rosicler, con algo de luz de iris, estaban las enfermas y las muertas, pálidas, como amasadas con bolitas de cera, dándoles esa simpatía de ser vivo y sensitiva que hacen experimentar la perla y la turquesa, porque las vemos vivir, morir y sentir, en vez de mostrar siempre ese brillo inalterable y claro de las piedras.

Se enredaban collares de un ámbar opaco, amarillo de huevo, con la leche cuajada con sol de los malignos ópalos; y el topacio, claro y bueno, lucia con su luz lunar en las sortijas señoriales y en los cabujones de una sola piedra sin artificio. Era allí donde estaban las figuritas romanas de marfil o de bronce pequeñas, damitas y caballeros. Allí lucían los elefantes y las torrecillas chinas, altas, que tienen algo de cascabel; los viejos libros de misa de tapas de nácar transparente, con el descendimiento de la cruz en altos relieves que recuerdan la gracia de Gisberty. Cruces de oro para adornar la garganta unidas a su cintita negra, y en cuyos brazos se hundían clavos de brillantes; medallones guardapelo, con iniciales y piedras; cuadriles de miniaturas con retratos de aquellas damas de trenzas negras, ricitos sobre la frente, cejas en arco, ojos dulces y rostro color de cera virgen, coloreado de bermellón en los labios y de carmín en las mejillas, de manera que todas parecen ser siempre la misma, realizando un solo tipo de belleza irreal por lo perfecto de líneas y de entonación.

Las boquillas de plata, de las bolsas imperio, cerrando con las dos coronas y repitiendo en su repujado las rosas y el lazo de cinta estrecha, lazadas amplias y cabos armoniosamente puestos, tan inconfundible y característico.

Y al fondo, en la anaquelería, el brillo de porcelanas y cristales; la mancha de plata de algún Buda con su reposo grotesco, las manos cruzadas sobre la gran panza, que da la impresión de un Dios comelon, satisfecho en su gula, en el descanso de una digestión excesiva. El Dios bueno y tranquilo porque está harto y soñoliento.

Tal vez aquel fondo no estaba bastante calculado y ponía en la tiendecita algo de frialdad, con el brillo de los vidrios, el claro cristal de Venecia, con su punteo de color, el diáfano y grueso cristal de bohemia, sonoro como un carillón, con las franjas incrustadas de oro, que avaloraba esencieros y frascos preciosos; las copas de filo dorado, y aquellas otras en las que el buril ardiendo ha bordado encajes, que resaltan, lechosos, del aire cristalizado del búcaro, que aspira a ser invisible de puro transparente.

Se sentía allí bien Adelina, era como su mareo, su salón, siempre renovado y siempre suntuoso. No se quedaría vacío porque allá dentro tenía los grandes almacenes empolvados, con su olor a siglos y a humedad, bien repletos de todo, y en otro local enfrente el taller de las restauraciones y el depósito donde se apilaban rotos y deshechos, como montones de tablas para quemar, todos aquellos muebles que después de recompuestos eran el encanto de unos y la ambición de otros.

No podía disimular cierto legítimo orgullo, aquella era obra suya, de su esfuerzo, de su trabajo; lo había hecho ella día a día, desde aquellos no lejanos en que iba por las casas con una colcha, un collar o una perdiz de Alcora.

Asegurada de que todo estaba limpio, dio una rápida mirada al espejo de una cornucopia Luis XV, cuyo marco dorado a fuego, con los soles, los acantos y los pajaritos, se había recompuesto en más de cincuenta piezas. Estaba bella, aún fresca, de una frescura que hacía sentir pasar la vida por la trama de sus venas y sus músculos bajo la piel tersa y blanca. Sus labios se mantenían jugosos, rojos, gordezuelos, y sus ojos de color tabaco, conservaban la mirada dulce e inocente.

Arregló con su mano pequeñina y carnosa, cuyos dedos cortos desaparecían bajo el brillo de las piedras, los rizos de sus cabellos castaños, y acercándose a la boquilla del teléfono que comunicaba con su casa, llamó:

—¿Está ahí Saturio?

—…

—Mirad a ver.

—…

—Decidle que baje.

No tardó en aparecer un hombre galgo, tenía la silueta del galgo, largo, flácido, de hijares hundidos y huesos salientes, con la cabeza puntiaguda, la nariz de buen olfato, el hocico picudo, los ojos alargados y cerrados, de mansedumbre perruna, y el color tostado como el canela de los galgos.

—Mande la señora… —dijo inclinándose con una reverencia que dio la impresión de que se acercaba, cabeza baja, al cazador, meneando la cola.

—¿Ha ido usted a casa de Mme. Sutinier a buscar los géneros que se llevó?

—Fui anoche, señora.

—¿Qué dijo?

—Como siempre. Lo ha devuelto todo.

—Sí, como siempre. Ésta es de las que llevan las cosas, las lucen y luego las devuelven. Pero trae clientes… ¿Cobró la factura al señor de Bailles?

—Me ha dicho que vuelva esta tarde.

—¿Y el importe de la caja de taracea a Mme. Leblut?

—Lo he entregado a don Fabián.

—¿Qué va usted hacer ahora?

—Si la señora no manda otra cosa, voy al almacén a buscar abejorros y huchas para unos coleccionistas que los tienen pedidos.

—Es verdad… ¿Quiere hacerme el favor de alcanzarme aquel encaje que hay allí?

El hombre se estiró como el galgo que roba el pan de la mesa, dejando ver la consunción de su cuerpo, que parecía una armadura de alambre dentro de una americana y unos calzones, y le dio el encaje pedido.

Era un hermoso encaje de Chantilly negro, que sobre la red uniforme, mostraba la gracia del dibujo, los calados de sus florones y los delicados picos que lo festoneaban.

—Es preciso devolver este encaje a la Calabaza. No es legitimo.

El hombre tomó un extremo con su mano larga, arrugada y seca, tiró de un hilo de aquellos piquitos de la orilla, el hilo corrió y formó un asa en su dedo, mientras que la orilla se estiraba.

—En efecto —dijo— de ser legítimo el hilo no cedería, cada pico estaría rematado por sí solo… Y es lástima, porque es una bonita imitación.

—Burda, demasiado burda… —replicó Adelina, a la que sublevaban las falsificaciones que no preparaba ella.

El hombre no replicó, permanecía en pie callado y digno. Era uno de esos criados que se saben hacer respetar para que los dueños no se atrevan a mandarles demasiado. Tenía en su esqueleto algo de noblemente aristocrático, distinción de flaco, que imponía.

Adelina le dio el género que había apartado, y le dijo:

—Llévelo usted a las señoritas, que se vayan entreteniendo en arreglar eso.

Saturio tuvo otro gesto de besamano, y salió a llevar las telas y a buscar los objetos de los coleccionistas.

Era aquella manía de las colecciones otra forma de las chifladuras de los anticuarios. Existían coleccionistas de todo. Había quien coleccionaba abejorros de metal, de trapo, de celuloide, como otros buscaban escarabajos egipcios o cualquier clase de bichos, y había quien hacía colección de tinteros, de cajitas antiguas, de petacas, de miniaturas o de abanicos. Éstos eran los aficionados más corrientes, además de los coleccionistas de grabados y estampas antiguas, o códices viejos, con un deseo de arte bien explicable. Peto había coleccionistas raros, que coleccionaban zapatillas, alcancías o portamonedas, Las damas gustaban de coleccionar sortijas y abanicos. Una francesa tenía series de 675 sortijas para cada dedo, y las variaba todos los días. Los abanicos eran muy buscados para pequeñas colecciones de vitrina. Un señor belga, inmensamente rico, coleccionaba tirantes de hombre y ligas de mujer, pagando a precios fabulosos Las que tenían inscripciones tejidas en la cinta, como: «Eres hermosa como una rosa», «Viva mí dueño». Había dado mil francos por unas ligas españolas que tenían un ojo mirando hacia arriba de un modo procaz y el letrero: «Que te veo, morena».

A veces, la manía de las colecciones prendía en los mismos anticuarios, como si éstos, igual que los médicos alienistas, cayesen en la locura que los rodea.

Allí mismo, en la tiendecita de enfrente, el anticuario, un hombre de una figura aguanosa, tez pálida, pesado y lento, no vivía más que para su colección de camafeos antiguos. Tenía la mejor colección de camafeos de París, y no consentía en venderla ni descabalarla por todo el oro del mundo aunque esta afición fuese su ruina, porque lo que ganaba en las demás cosas lo gastaba en ésta. La contemplación de sus camafeos le hacía descuidar todos los demás trabajos. Se pasaba el día repasando su colección y había aprendido historia y mitología solo para comprenderla mejor. Estaba deseando cerrar la tienda para pasar las horas absorto en la belleza de todas aquellas piedras grabadas; recorría con los dedos las líneas finas de los perfiles romanos, acariciaba las cabelleras rizadas, se extasiaba ante las procacidades de los dioses. Una vez estuvo gravemente enfermo porque Fabián se negaba a venderle un Nacimiento de Minerva, esculpido en bajo relieve, aprovechando la veta blanca de una turmalina verde. Era una Minerva en el momento de salir de la cabeza de Júpiter armada con su casco, erguida y graciosa, como si quisiera demostrar que la virtud y la sapiencia no se oponen al amor. Era una Minerva voluptuosa. El anticuario suplicaba:

—La necesito para mi colección… tengo muchos nacimientos, Afrodita saliendo del Mar, Psiquis… No me consolaría si la perdiese. No tiene valor para nadie más que para mí.

Después de diez días sin dormir, aquel hombre que ignoraba su poco valor, dio 12 000 pesetas por la turmalina.

Era una verdadera chifladura. Existían coleccionistas de trajes antiguos, de papeles picados, de candados y cerraduras de puertas, de llaves de todas clases, de campanas con epígrafes, de timbres y hasta de sonajeras y chupones de biberón, se podía sacar partido de todo objeto; los anticuarios tenían una especie de respeto para todos, con los únicos que no transigían era con los filatélicos; eran éstos lo que les parecían los más idiotas de todos los coleccionistas. Se les aparecían como si en su comercio no hubiese siempre más que un engaño, como una cosa que se había inventado contando con la tontería de los demás y en la que todo era falso, menos la ganancia de algunos iniciados cuando ponían en circulación un nuevo sello de cualquier pequeña y olvidada república de las pampas.

Se había hecho una poderosa sociedad de filatelia en todo el mundo, una especie de carbonarismo absurdo; tenían revistas, bolsas, clubs; se escribían de unos países a otros para completar las colecciones de aquellos pedacitos de papel con rostros de soberanos o con las dichosas alegorías del pajarito verde del Ecuador o del sol del Perú y las pirámides de Egipto. Se creían que con tener aquellas estampillas, tenían el arte de los países a las cuales pertenecía. La colección de sellos de España, empezando por los de dos cuartos, con el retrato de Isabel II, tan atractivo y españolazo, con su rostro lleno, bonachón, y sus trenzas cruzadas, hasta los últimos de Alfonso XIII, pasando por los de D. Carlos, y contando el del Oso y el Madroño, pequeño paisaje tan justipreciado, era para ellos como tener todo El Greco, todo Velázquez y todo Goya, No hubieran dado por la Maja desnuda la colección de sus sellos.

Decían muy serios que sus álbumes encerraban una gran cultura. Un coleccionista de sellos podía examinarse de Historia y de Geografía, sin abrir un libro. Había en ellos siempre un ansia vanidosa de poseer lo que los demás no tenían, una aspiración suprema. ¡Oh, el sello de San Mauricio!

Muchos creían tener un capital; había quien además de la colección, limpiaba sellos y los empaquetaba por centenares para reunir millones, que creía de un valor extraordinario. Encerraban sus tesoros en cofres-forts, siempre temiendo ser… víctimas de un robo o de un asesinato, para apoderarse de sus colecciones.

Se sentían ricos, gozaban el placer de enseñar sus álbumes como los nobles de abolengo que pueden enseñar su pinacoteca, cuidando siempre de decir a los profanos, que no veían allí belleza que admirar, en que consistía el mérito y la excelsitud de sus pedacitos de papel grabado, que para mayor prestigio necesitaban estar sucios por el manchón de tinta del correo.

A veces señalaban las casillas vacías para hacer ver lo que valía un sello difícil de hallar. «Aquí el de dos reales de Isabel II, se cotiza en tres mil pesetas». «Aquí el de San Mauricio, 20 000 pesetas».

Bien es verdad, que cuando alguno lograba esos sellos raros, no encontraba quien los comprase. Todo el valor de sus sellos, todas las cotizaciones en bolsa, eran puramente nominales, imaginativas. Adelina lo sabía por experiencia, habían caído en sus manos muchos álbumes de pobres filatélicos que fueron llenando sus casillas muy amorosamente, y jamás había podido vender ninguno por lo que marcaba su precio. Llegó hasta arrancar los sellos para venderlos uno a uno, sin hallar tampoco compradores. Recordaba un álbum casi completo, con el sello de dos reales y el del Oso y el Madroño, que según la última de las cotizaciones oficiales, puesta al pie de cada casilla, debía valer algunos miles de duros, y que tuvo que vender por cien francos a un comerciante del boulevard.

Era todo una filfa, un engaña bobos que mantenían algunos vividores, de aquellos que se lucraban con la venta de los álbumes y con la publicación de las revistas, explotando a necios y desocupados.

No era como las otras colecciones que al fin y al cabo no engañaban a sus poseedores y en las que no existía más que un inocente capricho más o menos extravagante. Se hacían aceptar por el desinterés que existía en ellas.

La especialidad de Saturio, consistía en conocer a todos los coleccionistas; se dina que los adivinaba por el olor, con su olfato de galgo, de tal modo, que desde que lo habían admitido en casa, toda la basura arrinconada en los almacenes se convirtió en fuente de grandes entradas.

Para interesarlo, Fabián le había dado al principio un 25% en aquellas ventas, creyendo que no alcanzarían tales proporciones, y ahora se arrepentía profundamente de su ligereza. No se atrevía a quejarse porque estaba seguro de la desaprobación de Adelina, que no había visto con gusto la admisión de Saturio.

—Un día te va a pasar una cosa muy mala —le decía ella— por esa facilidad que tienes de meter a todo el mundo en casa.

En efecto, con su carácter arrebatado, Fabián se daba demasiado a todos, obedecía a un impulso de su buen corazón, pero se perjudicaba grandemente dejando por todas partes gentes descontentas. Hablaba de sus ganancias, de su generosidad, de su manera de gastar el dinero, despertando así esperanzas que no había de realizar.

Ofrecía regalos que no hacía nunca, con un aire de verdad y de seriedad admirables; y del mismo modo se comprometía en participaciones, comisiones y compras que no podía cumplir.

Tenía un prurito de hablar con todos, de confiarse a los desconocidos, de no guardar sus secretos. Una especie de venalidad regia, —de algún noble antepasado— le hacía cansarse de las personas que lo rodeaban y buscar siempre nuevos favoritos desconocidos, con lo que, a pesar de la providencia de Adelina, se llevó más de un disgusto y se vio envuelto en serias dificultades.

Era un atrevimiento haber admitido a Saturio, el vagabundo sin casa y sin amigos, que encontró en un viaje a Londres, en el Canal, llorando porque la policía no le dejaba entrar en Inglaterra por no tener el número de chelines que se exigían para pasar la frontera.

Fabián se compadeció del hombre flaco, le dio el dinero necesario para entrar, le compró la ropa que encontró más a propósito, porque toda le estaba ancha, y lo llevó como criado suyo al hotel.

La primera comida la hizo con él en un Grill Room quería gozar en su alegría de hambriento. Pero Saturio se mantuvo tan digno, tan sobrio, que lo defraudó.

—Yo soy como los héroes de Homero, —le dijo— rey en unas partes, mendigo en otras…

No se sabía quién era ni de dónde venía, su seriedad, su corrección, imponían respeto a Fabián, y apartaba de la intimidad a la familia. En cuanto a los criados, de un modo instintivo le reconocían una superioridad y le llamaban «Señor Saturio». Hasta para la comida no se habían atrevido a enviarlo a la cocina y comía en una mesa aparte, para cuidar luego de la tienda mientras venían los amos.

¿De dónde era Saturio?, ¿era griego?, ¿era italiano?, ¿era español, portugués o francés del medio día? Era moreno.

No se sabía más que eso, podía ser de todas esas regiones o de otras muchas. Era moreno, vivaz, a pesar de su forzada contención, y hablaba todos los idiomas con igual perfección y con igual acento extranjero.

Debía haber viajado mucho porque contaba muchas anécdotas de viajes, y nada era extraño para él. Conocía los usos de los grandes señores —de manera que a veces Fabián se sentía humillado— hablaba de bellas artes, de política.

Al fin, un día, les había revelado una parte de su vida. Solo permanecía en el misterio, dónde había nacido y qué había hecho anteriormente. Les reveló la parte pasional, la que lo destruía y lo mataba.

Y aquello le dio confianza a Fabián para admitirlo en su propia casa Saturio no era un revolucionario, tenía instintos aristocráticos y sobre todo tenía creencias. Se persignaba, rezaba, iba a misa. Tenía un libro de oraciones y un gran rosario a la cabecera de la cama, y jamás pasaba sin descubrirse por la puerta de una iglesia.

Tenía que ser bueno.

Además era fino, naturalmente fino, cortés con todos, con un gesto de gran señor, Fabián pensaba a veces en que era un noble arruinado que ocultaba su nombre.

La parte de historia que conocían era conmovedora.

Aquella mujer… —Antes de ella, nada, el vacío, su vida empezaba allí—. Aquella mujer…

No se sabía tampoco su vida anterior ni su abolengo. Era italiana, debía ser de una clase inferior a la suya, porque él contaba la generosidad de su casamiento, contra la voluntad de todos, su sacrificio, su renuncia a todo por ella…

Como no se sabía quiénes eran esos todos y en qué consistía ese todo, la imaginación lo creía un gran señor, quizás un príncipe alejado de su reino por el matrimonio morganático. Pero la historia parecía tomada de un libro de aventuras.

Ella era hermosa, una hermosura satánica, según él la describía, debía tener redondeces y nervios, ser voluptuosa, caprichosa, dominadora. Los primeros tiempos los pasaron en un vértigo de placer, viajes, grandes hoteles, lujo, teatros, relaciones con la sociedad cosmopolita de los turistas, que lo admite todo y no pregunta demasiado. Él había pensado después de este vivir alegre asarse los sesos, pero le faltó el valor, porque se sentía siempre rico y feliz con la voluptuosidad inagotable de su mujer. Cuando ella lo vestía con la seda de su cuerpo, se consideraba poderoso. A ella parecían gustarle aquellas dificultades de la vida, aquellas alternativas en que carecían de todo. Era entonces cuando ponía más ardor en sus abrazos, más pasión, le quemaba más. Quizás como hija del lodo, se revolcaba mejor en el lodo que en los colchones de plumas.

Él jugaba y con su varia fortuna mantenía la casa… ¿Dónde sucedía eso? No lo sabemos, pero en país donde no estaba permitido el juego porque cerraron la timba y acabaron con sus recursos.

Después fueron a España. Él entró de intérprete en un hotel y ella se ofreció de modelo a los pintores.

Pero era honrada, honradísima. Saturio no tenía duda, fue a él pura como la Madonna y él solo gozaba y se consumía en aquella voluptuosidad que era solo suya. Pero los pintores españoles querían un modelo para todo, tuvieron exigencias… ella cubrió su cuerpo de Fornarina, repartió unos cuantos puñetazos y declaró a su marido que era incompatible en España aquel oficio con su fidelidad.

Dejaron España y fueron a Portugal con una compañía de circo.

Saturio que había sido… que había tenido… que… era un clown despreciable que hacía reír a todo el mundo, ¡sólo por ella!

Y ella quiso también presentarse en el circo. Aprendieron un número los dos, unos trapecios… él daba, vueltas, hacía planchas, mil ejercicios arriesgados y peligrosos, ella se presentaba solo vestida de azul o de verde, con aquel trajecito masculino que le sentaba admirablemente, subía, se sentaba en el trapecio, a veces sacaba y levantaba el pañuelo. No se echaba de ver que no trabajaba, porque su hermosura alucinaba la atención de todos. ¡Era tan bien hecha, tan perfecta! Él poseía aquel tesoro que no tenían los reyes. Parecía un bronce maravilloso, tenía algo de lagarto con su traje verde… el azul, bajo la claridad del foco que la iluminaba con una luz de luna, después de una tempestad, luz mojada, le daba un aspecto tan lánguidamente sensual, tan penetrante, que los espectadores parecían electrizados aplaudiendo. Tenía la gracia de enviar con la punta de los dedos puñados de besos como palomas mensajeras, que cada uno recogía como si fuesen destinados a él. Cómo sería, que Saturio mismo por mirarla, cayó de cabeza y estuvo en el hospital entre la vida y la muerte.

Entonces pusieron en Copenhague academia de bailes… Si su difunto… levantara la cabeza y lo viera a él, a… Saturio, convertido en bailarín.

De allí pasaron a Londres, y un día su mujer no vino a la casa… Creyó que le ocurría algo malo… dio parte a la policía… fue a la Morgue. ¡La perra! No le había pasado nada, se había vendido al dinero de un inglés.

Fue detrás de ellos a New-York, pero cuando llegó, ya habían partido para la india. Desesperado, se metió en el primer barco que salía del puerto, y fue a parar a África, donde se ganó la vida como carpintero, entre los Hotentotes, y haciendo el contrabando de Wiski en las minas. Después vino a Europa. Era como una hoja de otoño que arrastra el viento… Ahora tenía esperanza de reunir algún dinero vendiendo objetos para los coleccionistas… ¡Ah, cuando tuviera dinero!… Iría detrás de aquella mujer, la recobraría, la… sus ojos echaban chispas, parecía que iba a decir la mataré, pero decía con el mismo furor, la perdonaré.

No conservaba un recuerdo de convivencia con ella, ni de ternura, ni de cariño. Lo dominaba solo la lujuria, que lo había dejado convertido en pavesa, en la que había reconcentrado toda su vida y que lo poseía aún en el recuerdo. Para él, lo importante era tenerla, gozar su posesión. Lo demás no le importaba nada. Con aquella esperanza, Saturio trabajaba, era delicado, fiel, sabía secundar admirablemente a Fabián, al cual dominaba en el fondo, aunque lo obedecía en apariencia.

Aquel hombre había sembrado una nueva inquietud en su vida.

A pesar de su miseria, parecía desdeñarlos como a comerciantes vulgares y sin importancia. Había que llegar al más alto grado, fuese cualquiera el camino que se emprendiera.

—Cuando se es quinto hay que pensar en ser general, todo cura debe aspirar a Papa, todo noble considera que puede ser rey…

Luego daba un suspiro, como si recordase un puesto muy alto, y decía con amargura:

—Serlo todo para renunciar a todo…

Un anticuario debía tener como ideal, poseer una de esas joyas únicas en el mundo, que hacen la fortuna de quien las posee. Había que descubrirlas o robarlas.

—Sacar una joya de esas de un museo no es un robo, verdaderamente —decía—. Los museos son como panteones de las obras de arte, están allí metidos en nichos, con sus cartelitos como epitafios, pierden su vida, su valor, se fosilizan.

¡Era tan distinta la vida de una obra de arte, fuera de la amalgama del museo!

Poseer una joya digna de hacer conmoverse a toda una nación, de interesar al mundo entero, era el ideal que podía perseguir un anticuario y no el de conformarse con vender bargueños, porcelanas, encajes y toda la vulgaridad, que ponía en sus tiendas, a despecho de lo variado de cada cosa, algo de bazar; y hacía que todos los objetos pareciesen el mismo siempre.

Fabián y Adelina sentían despierta, no solo su ambición, sino también su pasión de anticuarios.

—¿Pero cómo lograr una cosa así?

Saturio no lo hallaba imposible. Él no dudaba de encontrar medios. Todo era cuestión de dinero ¡La llave de oro abre los museos! Podría lograrse un Beato Angélico, un Leonardo, Un Miguel Ángel… Un capo lavoro auténtico, de esos que menciona el Vasari… Pero nadie tenía valor para decidirse.

En cada conversación la idea profundizaba más en el espíritu de los anticuarios. Había que tener un golpe de audacia, salir de la vulgaridad y asegurar su fortuna, para descansar después.

XI. Los parroquianos

Aquellos proyectos dieron mayor arraigo a Saturio en la casa. Cada día estaban más contentos, su comportamiento y de su fidelidad.

Tenía una gran pericia para las ventas y habilidad para engañar y conocer a los compradores. Esto era de las cosas más importantes en el arte de los anticuarios.

Se necesitaba mucha perspicacia para penetrar en la complicada psicología de los clientes; entraban como factores, la raza y la profesión de cada uno, y se hacía preciso conocerlos bien para darles el cañazo en el momento oportuno.

Además había una necesidad de acierto en el modo de tratarlos, que no podía ser igual para todos.

Siempre que entraba un inglés había que echar mano a las cosas toreras, muy del pueblo español, o a los recuerdos de Napoleón. Los recuerdos de Napoleón eran inagotables. Napoleón bebió en muchos vasos y usó muchos pares de calcetines. Así es, que siempre se encuentra en los anticuarios un vaso o unos calcetines de Napoleón, que se venden a grandes precios a los ingleses los cuales después de contribuir a destrozarlo aman tanto su gloria, y ponen en sus vitrinas esas prendas, sin pensar en lo que empequeñece a un grande hombre ver que usaba calcetines de lana azul.

A los americanos había que mostrarles las cosas aparatosas, los grandes armatostes, los bargueños carísimos, recargados de bronce, los arcones del Renacimiento con tallas de altos relieves; los grandes muebles de laca, los relojes suntuosos, con alguna particularidad de mover figuras al dar las horas; todas aquellas sillas majestuosas, las estatuas pesadas, las porcelanas grandes, las telas muy vistosas. Era la apreciación del arte por toneladas y relumbrones.

Había además que contarles la historia de todo lo que compraban, «en Francia todo tiene historia», —decían con esa afición a la historia de los pueblos que carecen de ella.

—Este gran espejo imperio, es de Mme. Recamier. Se les contaba la historia de la bella Julieta retirada del mundo, y proscribiendo los espejos de su retiro, allá en Suiza, para que nadie, ni ella misma, viera su decadencia.

—Este mueble de laca fue de Mme. Sevigne, y había que hablarles de su figura literaria, de que escribía en aquel secretaire sus famosas cartas.

—Este clavecín perteneció a la Princesa de Lamballe.

Pero el delirio llegaba a su colmo con una pluma, un encaje o una cajita forrada de seda, que hubiese pertenecido a María Antonieta.

Se había comprado en dos mil francos, una media de seda blanca, una seda fuerte y admirablemente tejida, que tenía bordada en seda azul una corona real, una eme, y un dos, M II, pertenecientes a la Reina Doña María Segunda de Portugal. No llegó a sus manos más que una sola, que la soberana se dejó olvidada en casa de su confesor. La compró un neoyorquino para ponerla en una pierna de escaparate en su vitrina.

Algunos eran escrupulosos para escoger. Les gustaban sobre todo los cuadros, no porque sintiesen con la pintura, sino por la vanidad de poseerla.

Equiparaban la gloria de poseer los objetos de arte con la gloria de haberlos producido y los ricos tocineros, pictóricos de dinero y de orgullo, solían decir:

—Nosotros nos llevamos a nuestra tierra todas las bellas cosas. Pronto vanos a tener toda la vieja Europa, metida en la joven América.

El mejor placer de Fabián era engañar a esos compradores presuntuosos. Les extendía su garantía de autenticidad de los objetos muy seriamente, bajo su responsabilidad, diciéndoles siempre que las casas serias no garantizan aquello de que no están ciertas; y así conseguía tener la mejor clientela de todos los americanos que temían a los engaños, ya demasiado visibles, de los italianos y los orientales. Él les vendía magníficos Goyas acabados de pintar, en Sevilla. Se reía pensando que aquel museo soberbio con que señalaba su orgullo era un museo de joyas falsas, compradas a peso de oro por aficionados cándidos.

Tan pronto como un pintor alcanza éxito tiene inmediatamente su doble, como Corot tuvo a Trouillebert, y una multitud de otros desconocidos para los otros pintores de la escuela de Fontainebleau, Había falsificaciones admirables de Fragonard, Boucher. Se abusaba tanto que se habían ya vendido en New-York ciento treinta y tantos Renoir y nada menos de diez mil Corot, lo que resultaba imposible, por rápido que fuese el maestro paisajista, pues para hacer las obras maestras que se le atribuían hacían falta cuatrocientos hombres, pintando doce horas al día. ¡Una fábrica! Del mismo modo se habían ya vendido para América algunas toneladas de tablas podridas convertidas en mesitas de costura o burós de María Antonieta.

Otros clientes importantes eran los nuevos ricos, los que habían improvisado fortunas y querían escalar una clase superior a aquella en que siempre habían vivido, dando alcurnia a sus salones.

El día que caía alguno de éstos era fiesta en la casa. Fabián mandaba traer algún postre o algún vino nuevo; le daba propina a los criados; regalaba a las niñas para que fuesen al cine y comprasen juguetes y chocolate.

Conocía al vuelo aquella clase de clientes. Aquellos señores tan empaquetados, las señoras de pelucas rubias y vestidos suntuosos, con joyas y gasas como si fuesen a una fiesta.

Hablaban mucho de quererlo todo antiguo, de desear lo original, lo chic, sin reparar en el precio y buscaban siempre las cosas grandes, los dorados, lo de relumbrón y efecto.

Algunos lo encargaban de amueblarles los departamentos. Había que ir a tomar medida de las habitaciones y de los huecos de cada una.

Para ellos eran los salones Luis XV con sus infinitos dorados, cornucopias, espejos y cortinajes. A ellos se les ponían las salitas imperio, tan simétricas, con un abuso de telas rosas y lacas blancas; se les vendían las grandes estatuas, los bustos de bronce y de alabastro, todo lo de mucho coste y poco arte.

Eran ellos los que compraban todos los libros antiguos o simplemente usados, tratasen de lo que tratasen, para llenar las bibliotecas.

Eran ellos los que se llevaban los damascos y los encajes para las colchas y los doseles de sus lechos; los que ponían pañitos bordados con cintas de seda en todas las mesitas, y especialmente en los aparadores del comedor; los que compraban las joyas caras, y los que adquirían la cristalería de Venecia y las porcelanas de Limoges o Sevres, las grandes piezas de plata repujada y los costosos frascos de Bohemia, con franjas de oro para sus tocadores.

Gustaban mucho de los grandes espejos de anchos marcos dorados. Compraban los cuadros por el asunto, sin reparar en la firma, y pagaban espléndidamente los retratos de prelados, de hidalgos o de nobles damas con el pañolito de encaje en la mano.

Acudía también la aristocracia de todos los países y la alta burguesía que se confundía con ella y que no respondía siempre a su tradición porque regateaban como cualquier mortal. Condesas del Boulevard Saint Germán, de aquella vieja aristocracia realista, que solamente transigía con lo auténtico de la época de la monarquía.

Fabián se pagaba mucho de aquella clientela, que no era la que más producía, y los conocía a todos. La tienda era la predilecta de la aristocracia.

—Es natural que así sea… me conocen todos… Yo me he criado con todos ellos…

El día que recibía la visita de algún noble español, tenía conversación, contando su vida y milagros, para una semana.

Una de sus mejores clientes era doña Pepita Martínez, una de las mayores fortunas de España que se había sacrificado casándose con un viejo calavera, por tener un titulo del reino con grandeza de España.

Había sido aquel el capricho de toda la vida de doña Pepita, pero había tropezado con la resistencia de Palacio. Fue inútil que los Reyes de Armas sacasen de esos archivos, en los que todos se pueden ennoblecer, partidas que probaban la descendencia directa de su linaje y le hicieran ostentosas ejecutorias. Fue inútil, que uno de sus mejores amigos, presidente del Consejo de Ministros hiciera todas las diligencias para obtenerle un título, que no se alcanzaba nunca. Era demasiado ostentosa su fortuna y demasiado conocido su humilde origen para que el ennoblecerla pasase sin escándalo. Pero ella, que al principio no quería más que aquel nuevo lujo, para llevar una corona bordada en sus pañuelos y grabada en la portezuela de sus coches, tomó un empeño serio con las dificultades. Había de ser grande España, entrar en Palacio, disfrutar todos los privilegios. Tenía tantos millones que podía escoger marido, y eligió aquel viejo Conde, emparentado a familias reales, creyendo que la había de imponer para ser invitada a todas partes, y que no le sucediese como a otras señoras, también intrusas en la nobleza, a las que las damas de palacio les volvían la espalda y se apretaban en corros donde no las dejaban penetrar.

Ella se hizo notar por su orgullo, llevando almohadones y sillones heráldicos, para colocarse frente a las tribunas regias en las fiestas públicas, y venciendo a todas incluso a las Reinas, con su lujo. Pero no pudo vencer la frialdad, cortés y acerada de todo aquel mundo, en el que se dilaceraban unos a otros, pero que estaban siempre de acuerdo en cerrarse a los intrusos y conservar sus privilegios.

Un día recibió el Conde una invitación para una fiesta.

—Fíjate —le dijo su esposa— en que no hay invitación para mí.

—Será un olvido.

—Es preciso aclararlo.

El aristócrata se puso al teléfono. Ella oía con el otro auricular.

—¿Es usted, Duquesa? —preguntó después de haber dado su nombre y pedir a la dama que lo oyese.

—Sí, Conde.

—No he recibido la invitación al baile de mañana para la Condesa… Sin duda se olvidó…

—No, Conde… es que la fiesta, por asistir los Reyes, tiene carácter cuasi oficial y la invitación está hecha al Presidente de la Academia de Filosofía, el cargo no tiene consorte… Esperando verlo… Adiós, Conde…

Se oyó aún una risita burlona en el aparato. La Duquesa sabía que ella escuchaba.

Prorrumpió en lágrimas y sollozos…

—Tú no irás, tú no irás donde han querido humillarme —le dijo a su marido.

—Considera, querida, que me debo a mi cargo. Van los reyes.

—Pero yo tengo un derecho a que me respetes… te lo exijo.

El aristócrata dijo fríamente, disgustado del ridículo:

—Hay cosas, querida, que no pueden hacerse… distancias… en fin, ya lo ves…

Ni él dijo más ni ella insistió, pero desde aquel día la Condesa volvió a usar siempre su nombre de Señora Martínez, y se apartó de la sociedad que la rechazaba poseída de una rabia que disfrazaba de desprecio. Viajaba continuamente y hacia una vida ostentosa. En Suiza, se decía que dio satisfacción a su deseo de aristocracia, subiendo al lecho del Rey de Grecia y que se levantó con una mueca de pilluelo madrileño descontento. Convencida una vez más, de que no vale gran cosa la sangre azul en ocasiones.

Era experta en antigüedades, sabía elegir, pero con, ella no se lograban gangas, a no ser que se encaprichase por alguna cosa, en cuyo caso no reparaba en precio. En cambio otras veces se hacía llevar telas y muebles a su casa y los devolvía después. Obraba siempre por pasión, por impulsos del capricho.

No eran los clientes aristocráticos los mejores. Eran preferibles los burgueses ricos; aquellos embajadores y ministros americanos, que amueblaban departamentos, que daban fiestas, y que se llevaban luego las cosas, embaladas en centenares de cajones, como lastre capaz de hundir un transatlántico, por el gusto de causar la admiración de sus patricios; y aquellos otros burgueses enriquecidos con ansia de lucir su fortuna, o bien los coleccionistas y los ingleses excéntricos, que daban el dinero, sin regateo, por cualquier mamarracho que les interesaba.

Entraban a veces hasta príncipes y reyes en la tiendecita. Allí estuvo, con la Infanta Eulalia, la Reina de Rumanía a comprar encajes góticos de España; allí habían estado muchos príncipes de incógnito, y hacía pocos días el Ex-Rey Manuel II de Portugal, con su figura débil, rubia, afeminada y triste, que revolvió todo el almacén, regateó un par de sillones del siglo XVI, y al fin se fue sin comprar nada.

A veces había clientes peligrosos. Los que revolvían todo y aprovechaban un momento de descuido para llevarse algo. Tenían una cliente cleptómana, una rica americana, que se había casado con un príncipe alemán arruinado, pero que no había logrado obtener la consideración de la Corte de Berlín y se había establecido en Suiza, en esa piadosa ribera del Lago Leman en la que se amparan reyes destronados y nobles desconceptuados para vivir en la paz de la sociedad cosmopolita y tolerante.

La Princesa había hecho allí su casa, vivía retirada en medio de sus criados, dando pasto a su imaginación de mujer ociosa con las rencillas y los chismes de la servidumbre. Poseía dos negritas jóvenes, que había traído de América y que no tenían idea de que en Europa no existía la esclavitud. Las tenía encerradas en un cuarto, desnudas, y se complacía en castigarlas cruelmente como su diversión preferida.

En las grandes solemnidades la princesa, que tenía una soberana hermosura, de mujer de los pueblos en formación, de anchas caderas, amplios senos y grandes pies, se vestía con un traje ostentoso, se cubría de joyas, se aponía en la cabeza su corona heráldica y se colocaba debajo de un arco voltaico, haciendo desfilar ante ella toda la servidumbre, a la que repartía propinas, más o menos cuantiosas, según lo complacida de sus servicios que estaba.

Tratando siempre con sus criados, y queriendo guardar la distancia social que los debía separar, la Princesa tenía arrebatos de cólera, o de ternura hacia ellos, una vesania que a veces elevaba favoritos y a veces se volvía iracunda contra ellos. Tal vez, en ocasiones se enamoraba de un ayuda de cámara o de un mozo de comedor, dominando con su orgullo su deseo y presentando ocasiones que el respeto les impedía abordar. Así, a los que había distinguido una temporada los aborrecía después; se contaban entre ellos persecuciones de la Princesa, hasta casos de muertes raras de esposas de sus servidores o de ellos mismos.

A veces, cansada de aquella sociedad de sus criados, que se alimentaba de chismes e intrigas, hacía un viaje, en el que siempre se veía envuelta en una aventura desagradable a causa de su cleptomanía. La tentaba todo pero en especial la plata. Si entraba en una tienda bahía de llevarse un encaje, una tela, unos guantes. Los que la conocían la dejaban hacer, poniéndole doble precio a lo que compraba, pero a veces se veía envuelta en serios procesos, que ocasionaban un descrédito mundial y le han restado sitios donde poder ir. En Roma estuvo presa por haber quitado unos candelabros de plata en la tienda de un joyero. En Viena sufrió un proceso por haberse apoderado del collar de perlas de una amiga que la acompaño al Teatro Real.

No podía ver un objeto de plata y estar tranquila sin robarlo. En ocasiones hacía que se los enviasen a su casa y desaparecía con ellos. El Príncipe solía pagar grandes cantidades por los objetos robados por su esposa, cuidando de que ella no lo supiese, para que pudiera gozar el placer de haber robado.

Iba depositando en su casa de Suiza todos aquellos objetos, cuyos sellos bacía borrar; se complacía ante sus aparadores llenos de objetos de plata robada; de patenas y soperas suntuosas, como los ilustres caballeros de la Edad Media gozaban con el botín conquistado en lejanas tierras por el mismo procedimiento.

Fabián, que ya la conocía, la dejaba penetrar sola hasta el fondo de su tienda, le ponía a su alcance aquellos cuadritos de plata repujada con escenas de vidas de santos. Le enseñaba los viejos ceniceros, las antiguas copas, los centros de mesa, los candelabros, con tal abundancia que parecía que no se notaría el robo. La princesa era feliz pudiendo llevarse aquellas cosas, que el anticuario aparentaba no ver sin perjuicio de ir después a visitar al Príncipe para pedirle el importe, excesivamente subido, de los objetos que se había llevado la señora y que el alemán abonaba sin regateo.

Cuando el anticuario tenía un objeto realmente valioso e importante, era necesario andar con cuidado para saber a qué cliente se le podía ofrecer sin que se ofendieran los otros. Entonces se necesitaba toda la habilidad para fingir un secreto y una preferencia para cada uno, arreglándose de manera que lo viesen todos.

Una vez logrado esto no tenía ya que molestarse en pedir, eran ellos mismos los que pujaban, se hacían la contra, ofrecían, intrigaban, hasta alcanzar la victoria que una compra en bales condiciones significaba.

Era un gran honor poder enseñar un objeto citando nombres de los más ricos aficionados, diciendo:

—Me ha costado cincuenta mil francos y lo querían Albear, Larreta, el Duque de Alba y la señora de Iturbe.

Luego venía la clientela más corriente. Las elegantes que buscaban joyas antiguas y encajes legítimos, porque la moda hacía odiosas las joyas modernas y los encajes a máquina. Se necesitaba que un devocionario, una sortija, un abanico, un pañuelo o un cuellecito de encaje no tuviese ese brillo de cosa nueva que borraba toda su distinción.

Había algunas caprichosas que se aficionaban por un objeto, y a las que solo conocían por esto, como la dama de los collares, la de los encajes, la de las sortijas.

El Marqués de Marianini, un noble italiano, iba siempre acompañado de una mujer alta, esquelética, de semblante demacrado, que no carecía de gracia, y cuyo cuello largo y delgado se conservaba mórbido y fino. Era una mujer extraña, con una boca bien dibujada en corazón y unos grandes ojos enlutados, sombríos, que parecían cubrir recuerdos tristes. Lo que la destacaba era su arte en vestirse siempre de negro, con manga larga y estrecha, sin adornos, sin encajes, sin un collar o una joya que quebrase la línea casi recta de su figura. Un largo descote en punta dejaba al descubierto su cuello y su pecho. La tez morena y el cabello negro contribuían a aquel aspecto sombrío. La luz se concentraba en los labios, en los ojos y en los aretes. Su capricho eran los aretes extraordinarios, que variaba casi todos los días. Ya eran grandes arracadas de oro, con alguna piedra incrustada; ya viejos aretes de plata con diamantes rosa que tenían algo de colgantes de lustre; ya topacios amarillos, llenos de esa mayor vida y mayor luz que tienen sobre las otras piedras amarillas; ya ojos de gato, con esa extraña fosforescencia de la luz que queda estriada bajo la cristalización. A veces eran perlas de todos tamaños, desde las grandes perlas montadas en platino o los menudos aljófares. Compraba lo mismo los zafiros que brillaban como estrellas azules que las esmeraldas de un verde limpio de agua corriente, los rubís encendidos como llamas rojas, las dulces amatistas o los corales y las turmalinas.

No era en el valor ni en la clase de las piedras en lo que a ella se fijaba, sino en lo original y excéntrico; Adelina le había vendido desde aros de cristal de color, hasta los grandes aros de oro de las campesinas andaluzas con un candado en medio.

El marqués se arruinaba con aquel capricho que le hacía pagar a grandes precios cualesquiera pendientes raros. Tenía hasta aretes de las vírgenes, y la misma Adelina, a pesar de ser una buena cristiana, le había proporcionado unos grandes aretes de perlas negras de la Virgen de Monserrat, de los que se había enamorado en un viaje a España.

Su colección de aretes antiguos de piedras raras, con extrañas monturas, causaban la envidia de todas las mujeres y el orgullo de su amante, que la exhibía, como a un anuncio de joyería.

La moda exigía que las joyas tuviesen historia. Una hermosa joya, reposando sobre el estuche de terciopelo en una joyería, les parecía a las refinadas una cosa horrible, una cosa agria como un fruto insazonado. Eran vulgares y burguesas todas aquellas joyas caras, sin carácter, que daban a las mujeres la apariencia de nuevas ricas; gentes sin distinción y sin arte.

Una joya para tener valor, debía tener historia. Un día en Copenhague vieron Fabián y Adelina en un escaparate un aderezo de corales y filigrana. No era muy antiguo, y a pesar de su trabajo delicado y de la magnificencia de su coral purísimo, y no lo hubieran mirado siquiera a no ser por el cartel. «Perteneció a la reina Isabel II de España». Entonces el aderezo tomó interés. Aquellas enormes pulseras que debían tener medio siglo, aquellos largos y pesantes aretes, el collar, que solo podría soportar un recio cuello de matrona; todo se valorizó a sus ojos. La joya conservaba algo de la realeza. Los compraron en muchos miles de francos, y los vendieron después en muchos miles de libras. Lo adquirió una lady inglesa de cuello de cisne, flaca y menuda, que no podría soportar su peso, y tendría que contentarse con guardarlo en su vitrina.

Hasta las joyas cuya procedencia se ignoraba, tenían una poesía sugestiva. No eran joyas nuevas. No era la piedra vulgar sacada de la mina y acabada de tallar por el lapidario.

Ésas eran piedras que conservaban aún su condición de piedra, su vulgaridad, a pesar de todo su valor. Las otras, estaban ya pulidas por el roce de una piel de mujer, parecía que debían haber vibrado y sufrido con ella, que habían adquirido algo de su propia vida en esa extraña comunión que hace revivir a las perlas enfermas, coa el contacto de un cuerpo de mujer, en el que inoculan su enfermedad, como si se estableciese una corriente misteriosa.

Cada joya de aquellas daba origen a fantasear una historia, o mejor aún a presentirla en líneas generales, vagas, informes. ¿Qué objeto tenían las joyas que no fuesen joyas de arte, evocadoras, ennoblecidas por la aristocracia de su antigüedad? No siendo así era un alarde de lujo, de mal gusto, ostentarlas solo por su valor. Este convencimiento suyo sabían llevarlo Fabián y Adelina a los clientes, fervorosos catequistas, llenos de fe y de pasión a sus antigüedades, hacían cada vez más adeptos, contribuían a su triunfo.

La clientela de artistas era la más descontentadiza. Generalmente entendían y buscaban lo original, lo raro. Eran ellos los que se llevaban las cosas estilizadas, estrambóticas, que los otros conceptuaban feas. Pero para cada cosa que se llevaban hacían veinte visitas, revolvían, regateaban. Eran los enamorados de las bellas telas antiguas, de los grotescos ídolos chinos, de los barrigudos Budas, de las tallas toscas y de todos los objetos raros.

A veces iban artistas extranjeros, y se notaba entre ellos un poeta portugués, pequeño, de nariz corva y facciones judaicas, con una gran barba de Cristo viejo, que iba siempre vigilado por la policía, a causa de su traza extraña, y que compraba los hermosos platos árabes de reflejos de oro, y las porcelanas antiguas del Retiro.

Luego venía la clientela más pobre. Las pintoras inglesas que buscaban casitas que les sirviesen de modelos para pintar paisajes con árboles de papel picado, y búcaros para poner margaritas.

Los que querían hacer un regalo modesto: un tintero de Talavera, una pulserita, una porcelana del Japón, de Rouan o de Capo di Monti; señoras que buscan un búcaro, un frasco de bohemia para su tocador, un cierre de bolsillo, un alfiler de esmalte.

Los aficionados sin dinero que revuelven en las cosas de segundo orden para adquirir un silloncito, una telita, un pajarito o una cosa de escaparate. Los que se llevaban para su gabinete una cornucopia, un cristal de Venecia O una de aquellas figuras de Talavera, sin más antigüedad que la adquirida en la tienda.

Meninas de Velázquez, con sus faldas huecas, el cuerpo perdido en su amplitud, cabezas siempre vivas, hombros caídos, y manos muertas, en las que apenas se sujeta el clásico pañuelo. Eran mujeres de trapo reproducidas por el pintor. Seducían por su actitud, en la que se leía la virginidad y la alcurnia principesca; por su reposo inexpresivo que dejaba lucir los colores tan limpios, tan brillantes, aquel amarillo de rastrojo requemado, de campo castellano, en las faldas amplias que sostenía el miriñaque; y de las franjas de sus corpiños y bordados, que tenían algo de azulejo.

Había Felipes Segundos blancos y fríos, como caballeros del Greco, que seducían a los compradores. Las perdices de Alcora, con su cabecita arriscada y su plumaje jabado hallaban siempre entusiastas en las damas que no habían logrado tener un loro vivo o una perrita inglesa. Eran una compensación.

Aquella clientela se llevaba los platos económicos, las porcelanas Directorio en las que aparecían escenas de un naturalismo que no recordaba en nada el dulce naturalismo helénico, y las lindas fuentes de mayólica, los ejemplares perdidos de las fábricas modernas de Marsella o de la portuguesa de Caldas de la Reina, con las figuras grotescas e irónicas de Bardalho Pineheiro, que hizo caricaturas de porcelana.

A veces había algún tímido que pasaba, miraba los escaparates, volvía a pasar y llevaba varios días rondando hasta atreverse a entrar y adquirir por unas cuantas: pesetas el objeto que le había interesado, sin regatear, ligero y como avergonzado.

Eran estos quizás los amadores más sinceros, los que se imponían sacrificios por conseguir aquel bibelot o aquella estampa antigua que había hablado a su sentimiento, que lo había conmovido y se tornaba una necesidad.

A veces, mientras resolvían el modo de adquirirlo o fluctuaban entre sus dudas, el objeto desaparecía. Era, una desolación, una tristeza la pérdida de aquel ejemplar único que no encontrarían ya y que ningún otro podría sustituir en su nostalgia.

Y todos los días había que tratar con toda aquella gente que, aunque se renovase, era siempre la misma, decía las mismas cosas y obedecía cuasi mecánicamente a los mismos principios.

Había que repetir, sin darse cuenta, cien veces los mismos argumentos, revolver cien veces los mismos objetos para llegar a la noche cansados, rendidos, ya sin, espíritu.

Después de comer, se cogía el fruto de todo el día con el balance. Las grandes ventas extraordinarias venían de tarde en tarde; era de los objetos corrientes de los que se había de sacar para cubrir los muchos centenares de francos, que el alquiler de almacenes y casas, y el sostenimiento de empleados y de la numerosa familia le ocasionaba.

Aunque vivían espléndidamente, con toda comodidad, y el negocio iba viento en popa, tenían que sufrir muchos malos ratos y no pocos apuros.

Había ocasiones en que el capital estaba empleado y las ventas no venían bien. Cuando en estos casos se avecinaba un fin de mes o el pago de una letra, se hacia preciso apelar a todos los recursos para solventar la situación. Tenían muchos miles de duros en los almacenes y ni un franco en la caja. No era cosa de malvender o de dejar traslucir apuros.

En aquellos casos Fabián se volvía débil y pusilánime como una criatura. Unas veces culpaba a su mujer de imprevisora; otras se echaba él mismo la culpa y hablaba de darse un tiro en mitad de la cabeza. Siempre acababa sus lamentaciones por ponerse enfermo, meterse en la cama y dejar a Adelina el cuidado de arreglarlo todo.

Ella siempre tenía crédito para ir a los bancos y que le descontaran letras, o para girar sobre los anticuarios que aceptaban el giro y le facilitaban el dinero.

En ocasiones, aquellos mismos apuros le valían a ella para hacer el pequeño negocio de prestarse a sí misma y cobrarse sus intereses. Porque Adelina tenía su peculio de algunos miles de duros ahorrados, a espaldas del manido, por lo que pudiera ocurrir.

Cuando lo veía sufrir por la incertidumbre del negocio, tenía cierto remordimiento, pero no confesaba su secreto. Sabía que una vez conocido aquel fondo de reserva entraría en el fárrago común y era preciso evitarlo, porque precisamente en aquel recurso basaba su tranquilidad. Pero luego, después de resuelto todo, entraba en la alcoba donde gemía Fabián. Hacia ruido, abría las ventanas para que lo inundase la luz, sin hacer caso de sus quejas, se sentaba en el borde de la cama y le arrojábalas letras pagadas, dándole ruidosos besos y sintiéndose feliz y contenta de su fortaleza para ocultar sus recursos.

Ella seguía amando a Fabián, a pesar de que había envejecido y estaba calvo y buchón. Para ella era el mismo muchacho ágil, su Marqués de los Forros Nuevos. Sentía por él la adoración de iniciada a su iniciador, y en la maternidad que le debía iba incluido el amor al que la hizo madre de un modo tan raro, que le hacía sentir hacia él ternuras maternales.

Adelina permanecía inmovilizada en el tiempo, jugosa, como esos embutidos finos que se envuelven en una hoja de grasa blanca, metía el brazo bajo el cuello de su esposo, lo acunaba cubriéndolo con su cuerpo exuberante, lo acariciaba, lo besaba ruidosamente. Se olvidaban de aquella prole numerosa en la cual, el hijo ya hombre y las hijas mujeres, parecían impedirles la pasión e imponerles la castidad.

Se escapaban a todo aquello y después de uno de estos triunfos, bastante frecuentes, huían cogiditos del brazo, para cenar solos en el cuarto reservado de algún restaurante.

XII. Ambición

La pasión que Fabián y Adelina sentían por las antigüedades repercutía en su propia pasión. Los llenaba de un sensualismo poderoso, incitante, a fuerza de convivir el uno con el otro, de compartir sus esperanzas, sus ilusiones, de estar unidos por sus mismos intereses, habían acabado por compenetrarse íntimamente.

Las mejores horas de su vida las pasaban en el ambiente polvoriento de sus almacenes, entre sus muebles antiguos, con aquel aroma de las maderas y de las telas viejas, sutil aroma de siglos, que ellos percibían y que los demás no sabían apreciar.

No estaba para ellos desierto aquel almacén, sentían como palpitar en torno suyo un mundo de sombras, los antiguos poseedores que habían ido a habitar allí también.

A veces se iba Adelina sola a encerrarse en el almacén, a recrearse en medio de sus antigüedades, sentía el orgullo de la posesión de todo aquello. Se ponía las joyas, los brazaletes, los collares, se envolvía en aquellas vistosas telas antiguas de colores tan brillantes; sentía una voluptuosidad rara en la posesión de todo aquello, en las evocaciones que le sugería.

Una de las cosas que más amaba era el encaje. Había ido apartando de la venta para formar su magnífica colección, tan valiosa que la solía guardar en su caja de caudales del Crédito Lyonés.

Cuando la hacía llevar a su casa para algún cliente y se recreaba contemplándola horas enteras, a solas, se sentía dichosa.

Tenía a veces mantos de corte de encajes magníficos, que habían pertenecido a damas aristocráticas. Había ido a parar a sus manos el célebre manto de encaje de Alearon de la reina María Pía, cuando lo vendieron en subasta sus descendientes. Aquel manto de Reina reinante, lleno de maravillosos calados y con los relieves hechos sobre cerda de caballo, tenía a la vez la ligereza de la espuma y esa gran pesantez de los encajes de Alençon. Le gustaba envolverse con él.

Pero su preferido era el encaje belga de Duquesas o el encaje de Venecia. Le daba lo mismo que estuviesen ejecutados al huso o a la aguja. La seducía su riqueza decorativa, su ampulosidad, su regia floración, tan suntuosa y alucinante.

Tenía en su colección viejos encajes ingleses, antiguos encajes de Argentan, bellos encajes de Flan des, Bruselas, Malinas y Brujas, en blondas tan finas y sutiles que parecía increíble poder hallar un hilo bastante delgado para tejerlas.

Delicados Valenciennes, los encajes íntimos para, ropa interior, con esa cosa amable que tiene el Valenciennes. Aristocráticos Chantilly, de delicado fondo formando tul, con sus dibujos de flores frescas, bellas y rientes. Lindos encajes de Lille y de Cluny, el fuerte encaje de Irlanda, con esa cosa de espíritu práctico y pesado que recuerda los baberos de los niños, por una asociación de ideas.

La colección de encajes italianos era rica: desde los, Buranos antiguos a los modernos, resucitados por la vieja Cencia Escarpariola a petición de la Reina Margarita hasta los de Venecia, con tejido de espuma de mar; los recargados de Milán y los pródigos rococós.

Tenía de España, las antiguas filigranas, los encajes de oro y de plata, encajes góticos inimitables; antiguas blondas de seda, blanca, negra o rubio de trigal; mantillas evocadoras de ojos negros y claveles de sangre; punto de España, encajes de Almagro y de mallas y deshilados hechos por las campesinas con un primor maravilloso.

Cuando desplegaba toda aquella red de tules, en la que había toda una flora y una fauna estilizada y maravillosa, sufría la sugestión de esa fuerza evocadora que hay en los encajes, para que en las lineas planas de su dibujo tomen cuerpo, color y vida los pájaros, las hojas y las flores, con espíritu y movimiento.

Lo vestían todo con esa cosa regia, esa cosa de nube sutil, inmaterial, que toman los encajes para convertirse en valiosas alhajas.

Aquel placer íntimo y voluptuoso era solo de ella, de la iniciada en el culto secreto que sabía descifrar las leyendas de los hilos entrecruzados.

En ocasiones se daba allí cita con su marido. Los dos tenían llaves del almacén y los dos entraban a hurtadillas, cuidando que no los viesen, que no supieran que estaban allí, para gozar de mayor libertad. Era un lugar en el que se engañaban mutuamente con ellos mismos; no eran allí el marido y la mujer, eran los amantes, que podían entregarse a los transportes con toda la fuerza de la segunda juventud, sin el miedo de desmoralizar a los hijos, sin aquella obligada contención que se exigía de la madre, precisamente en el momento que alcanzaba toda su madurez ardiente, voluptuosa, conocedora, llena de sensualidad y de refinamientos.

Se amaban allí mejor, se centuplicaba su pasión, los excitaba el olor tónico, mohoso, de centurias; y se abrazaban como chicuelos encima de la chaisse-longue imperio, de las butacas Luis XV y de los deliciosos sofás del Directorio.

Habían tenido allí encerrados los dos solos verdaderas fiestas, días y noches enteras en las que se habían llevado la merienda para permanecer escondidos como colegiales que se escapan de la casa.

Una vez fue cuando compraron aquel salón suntuoso, dorado, con sus cuadros de estampas de la Biblia que narraban gráficamente toda la Historia de Jacob: Rebeca dando de beber al mensajero de Israel, con su hermosa figura morena, de judía, gallarda, esbelta y fuerte, con los brazos levantados en un bello escorzo y la pierna y el muslo desnudos escapando por lo abertura de la túnica. Aquella caravana, por el paisaje desierto, con los camellos que conducían a Raquel y a Lía, las dos hermanas esposas de Jacob, precio de catorce años de trabajo, y los hijos de ambas que volvían a la patria.

Mirando aquellos grabados, gozando de pasearse entre los espejos altos, de grandes marcos, que los retrataban en su descuido y su desnudez, pasaron todo el día como si ellos fuesen también seres de otra época.

Otra vez fue cuando compraron aquella cama imperio que había pertenecido a Josefina. Trabajaron los dos solos acarreando muebles de acá para allá, para formar una especie de salón, donde se mezclaban los más variados estilos, sillones abaciales de España, con asientos de cuero y clavos dorados; butaquitas confidentes y muebles de María Antonieta.

Tendieron la alfombra de Smirna, agruparon los almohadones, y en medio de todo la cama imperio, con su dosel real, con sus colchones bajos, de mayor voluptuosidad. Y la cubrieron con la colcha de damasco, y entendieron las bujías de aquel lustre de los reyes godos de Toledo, que era como una corona de hierro.

Fue una fiesta intima en la que los dos comieron solos las conservas y los dulces que habían llevado, donde los dos bebieron champagne, hasta sentirla lánguida pereza de la embriaguez. Allí se excedía su pasión. Tal vez ella pensaba en Napoleón y él recordaba los ojos, magníficos de la hermosa criolla.

Pero nunca dejaban de ser los anticuarios. Despiertos, en su lecho, se ocupaban en discurrir el precio de todo lo que los rodeaba.

—Esta cama no se vende menos de treinta mil francos —decía ella.

Él sacaba los musculosos brazos del embozo y acariciando la seda polícroma de la colcha, cuya suavidad competía con la carne blanca y rolliza de su mujer, decía:

—Sabes que esta colcha es magnífica; lo menos cinco mil francos.

Parecía aumentar su placer el pensamiento del valor de la cama donde reposaban y de la ropa con que se cubrían. Como un resumen de voluptuosidades acumuladas en sus antigüedades que llegaba hasta ellos.

Se deleitaban allí con el aumento de sus ganancias; el enorme tanto por ciento que lo empleado les había de producir: la cantidad que representaban todas las existencias que tenían. Todo su capital era obra suya, de su trabajo, de su esfuerzo, de su ingenio, en el que se recreaban con ese amor de los creadores a su obra.

Solían pasearse entre todos aquellos muebles estibados, a lo largo de los almacenes, pasando con dificultad entre las sillas, subidas unas sobre otras, las mesas con las patas al aire, los sofás y las butacas colgadas ce la pared como si fuesen cuadros.

Se amontonaban las cornucopias; los cuadros formaban triples hileras apoyados y sostenidos entre sí, con las pinturas hacia la pared; las porcelanas y las estatuas, empolvadas, los velones de cobre cubiertos de cardenillo, se veían diseminadas por tedas partes. En un rincón puñales adamasquinados, espadas, lanzas y machetes, hasta las viejas escopetas de chispa; más allá instrumentos de música. En un lado una citara, más allá un clavecín, un arpa dorada cerca de les rollos de tapices de todas clases.

Había allí una revolución de cosas que no existía en la tiendecita, ya preparada para ser viste. Pendían veladores y muebles del techo, colgados como ristras de chorizos, se mezclaban tocadores, cajas de taracea, pupitres de laca, estatuas de mármol y de bronce. Había capiteles de mármol y de yeso, columnas antiguas de viejos edificios, jarrones y ánforas; hierros de verja, montones de cerraduras y de llaves; y gran número de cómodas y de armarios con los cajones atestados de telas.

Y más allá, más al fondo, en el último almacén, muebles deshechos, los muebles que era preciso restaurar, formar de nuevo, arcones de tabla gruesa donde se podía tallar angelotes burdos y hojas acanaladas del Renacimiento para convertirlos en objetos de valor, tablas carcomidas para labrar mesitas ratoneras, o pintar sobre ellas al temple o al huevo después de preparadas con encáustico; había cornucopias hechas mil pedazos que podían reconstruirse hábilmente… bargueños toscos que se habían de incrustar con concha, lacas para pintarlas de nuevo, sillas desvencijadas, fraileros sin cuero, mesas sin travesaño: todo lo mugriento, lo polvoriento, lo viejo; aquellos sillones de damasco roto a los que se les salía el pelote y enseñaban los muelles de su vientre, mesas cojas, telas rotas, alfombras sucias, maderas llenas de grasa. Todo aquello que parecía un almacén de leña para el fogón, que recordaba esos muebles que se queman en la noche de San Antón, para alimentar las hogueras en los cortijos andaluces, pero que eran, allí, restaurados y adobados por la hábil mano de los anticuarios, una fuente de grandes ingresos. Ellos sabían convertir las maderas viejas, las telas deshechas, los muebles inservibles, en refinados objetos de lujo.

Se paseaban entre ellos con el deleite del que se pasea en un jardín, percibían la música de la polilla, entre el polvo y las telas de araña. Sus almacenes eran grandes, varios, ocupaban tres pisos, un bosque de madera seca, un vergel frondoso, de muebles en el que soñaban entre las antigüedades, con la riqueza y con el bienestar.

Pero después de algún tiempo a esta parte la ambición despertada por Saturio los aguijoneaba; era lento el enriquecimiento en el comercio con las cosas vulgares.

—Si pudiéramos tener una joya, un cuadro, algo de las cosas únicas, que hacen la fortuna con rapidez…

Se decían uno a otro confidencialmente, como empezaban a sentir el cansancio. Estaban siempre presos, amarrados al negocio, preocupados continuamente, teniendo que luchar con los engaños de todos, sin poder descuidarse jamás.

—Si tuviéramos una fortunita traspasábamos la tienda y comprábamos en España una casa de campo.

La idea del retiro, la idea del fin, idea siempre unida a la idea de España, como si fuese la llamada del suelo que los vio nacer y les ofrecía la última morada.

—¡Qué felices seríamos no teniendo que tratar con vendedores ni con clientes!

—Y sin volver a ver un anticuario.

—Libres de estas preocupaciones de letras —decía ella.

—Y sin tener que lidiar con los restauradores y con los agentes de aduana —respondía él.

—No haríamos más que lo que nos diera la gana.

—Yo tendría gallinas, conejos y flores.

—Y yo perros y caballos.

—¿No te cansarías de estar en el campo?

—Haríamos viajes cuando nos pareciera, pero sin operaciones de ventas y compras.

Llegaban a discutir seriamente donde estaría su quinta y cómo había de ser.

—¡Pero eso cuesta mucho dinero! —concluía él.

—Aún está lejos ese día, —suspiraba ella—. No somos solos. Tenemos mucho que trabajar para nuestros hijos.

Las hijas empezaban a preocuparla. Eran demasiado bonitas para pasar inadvertidas y ya había quien entraba en la tienda atraído por aquella reunión de reproducciones de la anticuaría, en moreno y en rubio, que formaban tan pintoresco conjunto. Y eso que Adelina tenía buen cuidado de alejarlas de allí.

—¡Qué contenta estaría si todas hubieran sido hombres!

Ésos van siempre bien por todas partes. Adelina hubiera deseado que todos sus hijas, aun siendo hermosas —ella se enorgullecía de su belleza— no le gustaran a nadie. Para ella sus hijas seguían siendo las niñas que tenía años antes en su regazo, y le molestaba ver que las miraban ya como mujeres. Se complacía en decirle a su marido:

—Es preciso asegurar el porvenir de las niñas. Carlitos será anticuario, Josefina y Adela tienen disposiciones, Luisa puede ser maestra, pero hay que verlo que se hace con las otras cuatro, yo quiero que con lo poco que les dejemos y la manera de buscarse la vida que les enseñe, puedan vivir independientes.

—Pero tú cuentas con que no se casarán —respondía Fabián.

—¿Para qué han de casarse?

—Para lo que te casaste tú, para tener marido e hijos…

—No me lo digas… Pensar en que mis hijas sean madres, me aterra.

—Es el mundo.

Sí, era el mundo. Ella se doblegaba ante esa frase no representaba la fatalidad, pero procuraría retrasar todo lo posible la hora de los noviazgos y de los casamientos. No comprendía a aquellas madres que iban mostrando a sus hijas para deshacerse de ellas. Para asegurar su suerte se las enseña a trabajar y no se las obliga a casarse.

A veces Fabián bromeaba:

—Le tienes miedo a ser abuela.

No, no era coquetería de mujer que desea que las hijas permanezcan niñas. Era más bien pudor de mujer in enamorada de sus hijas, que las siente carne de su carne, pedazos de sí misma, y se cree profanada por los deseos que manchan su pureza, aquella segunda virginidad consciente e irreductible de la madre.

Los hombres no pueden comprender jamás esa manera de querer tan ciega, tan irracional, tan de pedazos; su carne, que tienen las madres. ¡Es tan distinta la visión de sacrificio del padre y de la madre! Cada vez que Adelina tendía la vista sobre las siete niñas, tan bellas, tan alegres, tan sin preocupaciones, se entristecía se preguntaba involuntariamente —¿qué les tendrá guardado la suerte?

Así estaba siempre dispuesta a interceder por ellas ante su marido para darles el mayor número de gustos posible, basándose en el supremo argumento: ¡Que sean felices ahora! ¡Quién sabe lo que les tendrá guardado el destino!

Aquel vago presentimiento de desdichas futuras, para sus hijas era lo único que nublaba la alegría de Adelina. Se estremecía al pensar que aquella carne tan cuidada, tan mimada por ella, fuera instrumento de placer para un desconocido, que tal vez la torturase. Se desesperaría si viera a sus hijas maltratadas sin poder ella intervenir, sin ser la única árbitra de sus destinos.

Aquellos pensamientos habían llegado a ser su obsesión. De una parte el deseo de asegurar su porvenir, para que fueran independientes, como si sólo el mucho dinero pudiese hacerles escapar a su sino; por otra el deseo de darles todos los placeres, todos los gustos posibles, como compensación a los males futuros, redoblaban su ardor para el trabajo, su fe, su audacia para emprender empresas arriesgadas. No era ya una ambición para ella, Fabián y ella tenían ya para realizar el sueño de la casita de campo, llena de sus mejores antigüedades, para retirarse a vivir felices, siempre con aquella pasión que no se extinguía en ellos, como si su antigüedad la avalorase.

Pero antes tenía que establecer a sus hijas. ¡Era tan difícil lograr el capital que suponían sus proyectos! ¡Si pudieran encontrar aquella joya rara! Ya muchas veces habían creído tenerla en su poder y siempre se les había escapado. Todas las naciones se preocupaban cada vez más de evitar que las obras de arte fueran llevada al extranjero.

Ella creía que precisamente extendiendo su arte extendían su gloria. Era mejor ver las grandes creaciones artísticas aisladas, en país extranjero que no almacenados en los museos como en un bazar. Había exposiciones; que eran una tentación, una invitación al crimen. Era, inmoral la exhibición de todos aquellos cetros y coronas de oro del tesoro inglés en la Torre de Londres. Aquel diamante, Montaña de Luz que hacía pensar en el robo a todos los que lo contemplaban, a pesar de los guardia bife de la torre y de los barrotes de hierro de la especie de jaula que les servia de vitrina.

Lo mismo sucedía en Francia con aquellas joyas de la corona expuestas en los Salones del Louvre y que daban la idea de que ya les debían de haber cambiado todas las piedras y que aquellos brillantes eran falsos, cristales sin valor, que habían sustituido a los verdaderos brillantes. El robo del Museo era un robo que no debía perseguirse por la imprudencia temeraria con que incitaba el Museo a cometerlo.

Sin embargo no eran las joyas lo que a ellos les tentaban, porque no pensaban en ellas con el amor que sentían por las cosas de arte.

El diamante, por antiguo que fuese, resultaba siempre nuevo, no adquiría aristocracia; era una piedra vulgar ostentosa, sin distinción. Era como un cheque que no se podía fraccionar, un valor de conjunto, pero un cheque al fin.

La ansiedad que sentían era una cosa vaga, un deseo, de algo supremo, liberador, ese premio gordo de la lotería que se ha hecho ideal de todo un pueblo que lo espera siempre. Recordaban la media docena de corsas auténticas, de cosas únicas que hay en el mundo. Pensaban en algunos cuadros: La Maja desnuda, El entierro del Conde de Orgaz; en una alhaja extraordinaria.

¡Si hubiesen tenido un Santo Grial! Aquella copa de una sola esmeralda que les enseñaran en la catedral de Génova, aquella copa que tal vez sería un cristal verde cuando no se la llevó Napoleón a París. Sin duda el original, regalo de la reina de Saba a Salomón, se había roto ya en mil pedazos y la santa esmeralda adornaba muchos collares, sortijas y joyas pecadoras.

¡Encontrar una cosa así, verse mimados, solicitados por los compradores!

Era siempre el buen sentido de Adelina el que los llamaba a la realidad. ¿Cómo era posible conseguir una cosa de aquellas? Y aun teniéndola ¿quién la podría comprar? Tendría siempre que ser un objeto robado, por caro que les costase, y no lo podrían nunca lucir.

Pero a pesar de todo, había como una secreta esperanza a la que no se atrevían a renunciar y acababan siempre diciendo frente a lo absurdo:

—Veremos…

—¿Quién sabe?

XIII. Los que venden

Era allí en su tiendecita, en su guardajoyas, donde Adelina se encontraba a gusto. A pesar de sus deseos de poder retirarse a descansar se sentía allí en su mareo, en su salón, para recibir a la gente que iba como de risita.

Cada persona que entraba era un misterio que se hacía sabroso descifrar. Además de los compradores existía la procesión lastimosa de los que iban a vender y entre los cuales era preciso establecer distinciones para no caer en el engaño y confundir a los vendedores de buena fe con los que iban a engañar a los anticuarios y solían fingir el paso vacilante, la indecisión y la timidez.

Ella los acogía siempre a todos con lástima, perorara vez compraba algo. Era Fabián el que había de examinar las antigüedades que ofrecían y dar su fallo. Fabián era terrible con la pobre gente. La mayoría salían desoídos, defraudados en sus ilusiones de que aquel marfil, aquella porcelana o aquella miniatura que ofrecían y que habían heredado de sus abuelos, era una cosa de valor.

Fabián miraba y remiraba el objeto por todos lados y se lo daba a Adelina que lo veía también imperturbable. Mientras el vendedor los contemplaba ansioso, tratando de adivinar su impresión. Siempre brotaba la frase sacramental.

—Bajo de época.

—No tiene carácter.

A veces ofrecían una cantidad mezquina, a veces no ofrecían nada.

Se percibían las huellas del desconsuelo pintadas en el semblante de los necesitados que habían llegado allí con su último recurso, al verse rechazados.

Muchas veces tenían lágrimas en los ojos. No faltaba quien suplicara.

—Deme usted lo que le parezca ¡Me hace tanta falta!

En aquellos casos Adelina compraba siempre y escuchaba historias dolorosas.

¡Cuánta tragedia solía adivinarse en los que no se quejaban! En aquellas pobres gentes silenciosas que apenas se atrevían a hablar ni a discutir y tendían coa timidez la mano, ruborizados, para tomar unos cuantos francos a cambio del medallón; de la miniatura o de la joya que vendían.

Había a veces un Adiós desolado y melancólico en la última mirada que daban a los objetos de que se desunida la memoria de una fecha, de un amor, de algo que los había hecho muy queridos y muy entrañables, para que fuese más doloroso separarse de ellos.

—Esta sortija era de mi madre. No quería desprenderse de ella, pero tengo que llevar una medicina a mi marido que está grave —decía una pobre mujer.

—Esta caja es un recuerdo de familia, —decía un caballero— pero mi esposa va a dar a luz.

—Tengo ya empeñadas todas mis alhajas y hace tres días que no tengo que dar a mis hijos —confesaba una viuda— por eso vendo esta leontina y este guardapelo de mi esposo.

El tipo más aflictivo era el de aquellos vendedores vergonzantes, aquellos señores limpitos con el traje raído, tímidos y pálidos, y aquellas mujeres flacas, macilentas, que entraban cohibidas y sofocadas, como si hubiesen cometido un robo, a ofrecer temblantes las cosas que llevaban envueltas y como escondidas.

Se conocían las personas de posición que habían venido a menos. Las había ya al final de la rampa, tratando aún de ocultar su miseria, que se revelaba en su porte, en su flacidez, en los vestidos con exceso de cepillo y olor a bencina, y los había al comienzo y a la mitad del descenso. Aún entregados a vender vestidos con elegancia, aún iban algunos en coche, aún disimulaban su timidez, adoptando el aire del que va comprar o del que se deshace de una joya por su inutilidad.

La timidez estaba en razón directa de la falta de dinero. Se podía considerar este como el tónico de la voluntad y hasta de la audacia; daba aplomo la posesión de los billetes de banco.

En ocasiones se encontraban allí conocidos que no querían que supiesen a lo que habían ido. Disimulaban pidiendo que les mostrasen una alhaja o un encaje como si fuesen a comprar en vez de ir a vender.

Acudían hijos de familias ricas que necesitaban más dinero del que les daban sus padres para sus diversiones, jugadores de mala fortuna, extranjeros que no recibían fondos de su país, señoras caprichosas que necesitaban dinero para sus antojos.

La concurrencia allí era algo semejante a la concurrencia de las casas de préstamos.

Se destacaba a veces una mujer ex-hermosa. Una de aquellas grandes artistas o grandes mujeres que habían llamado la atención por su belleza y su lujo y que empezaban a desprenderse de sus joyas y sus muebles, o que vendían ya sus últimos jirones.

En éstas no se encontraba aquella dulce resignación de las otras; tenían siempre una altivez, un desprecio, que hacían sentir demasiado, mostraban las cosas más bellas con desdén y tendían con desgaire la mano para coger su importe. No solían regatear; tascaban el freno. Se veía la comparación dolorosa que hacían en su imaginación entre el pasado y el presente. Era el suyo un dolor pinchoso, arisco, mezclado a la rabia, que seca el llanto o lo hace amaron y solitario.

¡Si al menos el sacrificio de toda aquella gente les trajese el remedio! Pero los anticuarios solían dar tan poco por lo que compraban, que se quedaban sin el objeto querido y seguían con la misma falta de recursos. No alcanzaba casi nunca la venta para cubrir la necesidad: que intentaban remediar.

Fabián sostenía con ellas graciosos diálogos.

—A mí no me espanta nada, nada, NADA de las vicisitudes de la vida —decía—. Yo mismo, aquí donde: ustedes me ven, hecho un hortera, un miserable anticuario, soy un grande de España… sí, un grande de España de primera clase… emparentado con todo lo mejor de la aristocracia… íntimo amigo de los ministros… cansado de comer en palacio… que podría tener lo que quisiera… lo mismo que a usted, una mujer tan hermosa… le bastaría abrir la boca… Pero cuando se tiene vergüenza para ciertas cosas, hay que fastidiarse y que vivir.

Otras veces les daba ánimos.

—No hay que abatirse —aconsejaba—. Hoy viene usted a vender y mañana quizás venga a comprar en automóvil ¿quién sabe? No se puede decir nada. Yo tenía una fortuna… caballos… carruajes… palacios… y en un día todo se lo llevó la trampa… Por ser uno demasiada bueno. Otro en mi lugar se da un tiro. Pero yo no me desanimé… El mundo es grande… y en donde una chimenea que eche humo allí como yo…

Aquella palabrería, aduladora y convincente, parecía consolarlas de su desgracia y todas preferían ir a la casa de los españoles en sus momentos de apuro.

Había otra clase de vendedores que deseaban desprenderse de lo superfluo para algún otro fin más necesario. Ésos temían al engaño de los anticuarios, se mostraban recelosos y jamás vendían de primera intención. Era preciso conocerlos y ofrecerles para que volviesen, pues había la seguridad de que no se deshacían de su cuadro, de su porcelana o de su bronce, hasta después de haber recorrido todos los anticuarios de París.

Con esos, cuando un objeto interesaba, había que ofrecer alto, pero ni aun así se decidían, el ofrecimiento les hacía suponer mayor valor en lo que deseaban vender. Fabián solía vengarse de sus recelos no comprándoles nada, cuando volvían desengañados.

Solía aparecer algún artista al que la suerte no le era propicia, para ofrecer algo de su taller. Otras veces los mismos que habían comprado tenían que vender, ya por un traslado o ya por vicisitudes de la suerte.

Entonces había que desplegar gran habilidad para despreciar lo mismo que poco antes habían encarecido.

—Hay ahora mucha abundancia de esto en el mercado, una invasión, no sé de donde sale tanto. Claro que esto tiene valor siempre, pero no es este el momento. No se puede comprar ahora.

—¡Cuánto siento que me coja sin dinero! Afirmaban en otras ocasiones. No se vende. Tenemos todo empleado, un capitalazo.

Así compraban siempre por mucho menos de lo que habían vendido y en ocasiones no querían comprar ni aun así.

Aquello de —«esto es siempre dinero»— que le decían a los compradores, no resultaba una verdad. En ningún negocio era tan desproporcionada la diferencia entre el comprar y el vender.

Uno de estos casos enojosos era el de Medrano, un compatriota que había sido siempre buen cliente suyo en los días de suerte.

Medrano era un pintor joven, español, que había ido a París a probar fortuna, pensando que la lucha era menos dura fuera de la patria para los artistas que traían un elemento nuevo.

En un principio había triunfado. Llevó buenas recomendaciones, era simpático, con una peligrosa hermosura de efebo. Parecía una muchachita vestida de hombre, con su rostro rosado, imberbe, de ojos verde claro, adornados de espesas pestañas rubias, que le daban la expresión de cándida inocencia de una colegiala. Sus cabellos de oro, rizados en bucles, caían sobre la frente y la nuca, de un blanco de nácar. Todo su cuerpo, carnoso y redondeado, tenía un ritmo juvenil.

Las mujeres lo amaron locamente. Conoció el amor de las muchachitas románticas que se ofrecen a la vez de amantes y de modelos, y la pasión de algunas grandes damas caprichosas, de las que se dejaba buenamente proteger.

Gracias a estas damas pudo instalarse en un lujoso estudio y su arte se puso de moda, tenía una manera suya, de un misticismo cristiano, que ponía en todas las figuras, de modo que sus bailarinas en medio de sus contorsiones lúbricas, ofrecía un ardor de iluminadas. Había una oración en la plegadura de los paños de sus bacantes, las manos de sus Cortesanas eran manos orantes, y en las bocas sensuales ponía un ritmo de plegaria, sobre todo había hecho la innovación de emplear el color antiguo, los verdes un poco opacos de los primitivos, las figuras un poco irreales, todas de la misma familia, con un aire de parentesco entre sí.

Si hubiera sido más calculador hubiera hecho fortuna, pero se enamoró de una muchachita de quince años romántica y escrupulosa, que le dio en poco tiempo tres chiquillos enfermizos y linfáticos.

Esto unido a que había perdido en poco tiempo su belleza de mujer española, para adquirir una obesidad española también, hizo que sus amigas y protectoras lo abandonasen y hasta que realizaran propagandas activas en contra suya.

La primera impresión que produjo su pintura había pasado. Se había ido sosteniendo hasta allí trabajando para un comerciante en cuadros antiguos, uno de los géneros de antigüedades que más producía, aunque había que andar con cuidado para evitar grandes pérdidas.

El Sr. Luciny era italiano, y uno de los anticuarios más ricos. En vez de vender copias de los grandes cuadros, vendía los cuadros auténticos y para él se habían sacado los mejores cuadros de las iglesias, colocando las copias que mandaba hacer en su lugar.

Además de restaurar y hacer esta sustitución de copias, tenía la receta de crear pintores que interesasen, como Druot creó a Manet. Él era el que les daba los asuntos, les aconsejaba el color y les hacía ir a las exposiciones. Inspiraba a los críticos, preparaba la prensa y hacía alcanzar a los cuadros precios fabulosos. Se había dado el caso de volver a comprar los cuadros que había puesto en circulación, después de tiempo, por la décima parte de la cantidad en que los había vendido.

En ocasiones, sus imitaciones eran tan perfectas que engañaban a las mismos expertos y pintores, y lograba introducirlas en los museos de Europa: Un Leonardo en el Prado, un Greco en el Louvre y un Velázquez en la Galería Tate.

En aquel arte de falsificar, llegaba a la perfección. Sabía hacer maravillosamente las tablas del siglo XV, pintándolas sobre roble viejo. Tenía la receta de prepararla, con encáustica hecha de papel y tela molida, mezclada de yeso con cola y aceite de linaza, que formaba una capa de cartón piedra, sobre la que colocaba una tela, para que no se agrietara, y daba una segunda mano, sobre la que colocaba el oro de los fondos que bruñían o cincelaban, pintando sobre ellos.

Unas veces pintaba al huevo, disolviendo la yema con savia de higuera loca, pero teniendo cuidado de poner al temple los azules, que se descomponían con el amarillo de huevo en un verde sucio.

Tenían secretos admirables para difuminar la pintura, sabía bruñir como nadie, con piel de criadilla.

Cuando pintaban sobre tela, tejían ellos mismos en telar de mano el lino, hilado en viejas ruecas, para imitar perfectamente las tramas antiguas.

Pero más que en los materiales, estaba el mérito de las falsificaciones en la habilidad, en el sabor de época. Por eso empleaba diversos pintores, los que sabían sentir mejor una escuela.

Tenía un especialista en Tintoretos, que imitaba admirablemente los lienzos del maestro veneciano, lo mismo la brillantez de los que centellean de piedras preciosas a la luz, como los de tono opaco y quebrado; tenía una gracia sin igual para poner esos perritos en diferentes posturas que sirven de firma en diversos cuadros del gran pintor.

Había quien imitaba mejor los españoles. Un especialista de don Vicente López, presentaba magníficos retratos de desconocidos. Algunos descollaban en las falsificaciones de Ingres y Manes.

Tenía un Antoniello de Mesina, con sus primeros cuadros al óleo, aprendido de Van Eyck. No le faltaba un especialista de escuela alemana y otros de las escuelas francesas y holandesas. Una gran variedad y una gran pericia hacían de su taller de pintura la más famosa fábrica clandestina de antigüedades pictóricas.

Desgraciadamente el anticuario no se había contentado con hacer estas cosas en el extranjero. Una falsificación llevada a cabo en Amiens, hizo intervenir a las autoridades francesas y tuvo que escapar a Inglaterra y embarcarse para América.

Perdido este recurso, Medrano, que era el imitador de los italianos primitivos, había tratado de sostenerse llevando cuadros a las tiendas, haciendo retratos a poco precio y convirtiéndose en un mero decorador.

Los gastos de su casa crecían y los haberes eran cada día menos.

Durante meses había ido casi todos los días a la tiendecita, llevando envuelto algún cacharro o algún arma de sus colecciones. Cuando la necesidad apretó, le pidió a Fabián que lo acompañase, y como un trapero contrató estatuas, mesas, divanes y almohadones, que en un lote común pasaron del taller del artista al almacén del anticuario, de donde habían salido algún tiempo antes muchos de ellos.

No le quedaba ya nada antiguo, ahora iba con pedazos de tela, con porcelanas modernas y hasta con esas muñecas de trapo que recuerdan a los tontos ingleses da los circos, con los pantalones anchos, largos de hondillo y las caras pintadas de blanco de yeso y de tosco bermellón.

Aquellos objetos indignaban a Fabián, Todo lo que no era antiguo lo consideraba como una perversión del gusto. Sin embargo, Adelina se los compraba, más que por un resto de conciencia, de haberlo explotado inicuamente al venderle y al comprarle, por un sentimiento de lástima, ante aquel hombre que en su gordura flácida y fracasada por el hambre, conservaba ese gesto apiadable de las mujeres muy hermosas y muy coquetas, prematuramente envejecidas.

Medrano explotaba la piedad de la anticuaría; compraba juguetes y objetos viejos y se los vendía luego más caros.

Adelina empezaba ya a sospechar algo, pero se callaba para no indignar a Fabián.

—Es una limosna que le doy —se decía— aunque no debía hacer esto, porque las cosas del comercio son muy respetables.

Sin embargo, sentía cierto placer en dejarse engañar. Su buen corazón de mujer del pueblo español sufría con la contemplación de aquellas miserias que destilaban por la tiendecita. No había día en que no pusiera uno de aquellos miserables su espina apareciendo entre la brillante concurrencia, y robándole el placer de un buen negocio con la contemplación de su pobreza.

Solo los días de mala venta reflejaba su humor sobre los pobres vendedores. Los días en que el negocio era bueno no regateaba un par de francos de más, y hasta solía dejarse engañar por cualquiera de los vendedores de profesión.

No faltaba quien los engañaba a pesar de su experiencia y de la desconfianza que tenían siempre. Había explotadores en pequeña escala, que hacían como una profesión de sus menudas ventas, para sacar unos cuantos francos diarios. A éstos los conocían ya todos y para que no los vieran con tanta frecuencia se solían quedar en la calle y mandaban entrar a una mujer, a un chiquillo, o a un amigo cualquiera. Fabián hacía hacer una seña a su hijo que se daba una vueltecita y los veía en la esquina esperando.

Sucedía más de una vez que el encargado de la venta escapaba con el dinero, y que el otro, cansado de esperar, empezaba a rondar la tienda, asomaba la cabeza por los escaparates, se acercaba a la puerta, hasta que al fin aparecía a preguntar y escapaba detrás del que lo había engañado profiriendo juramentos y amenazas.

Los saltadores solían proceder así también, enviando a otros. Éstos no trabajaban siempre por su cuenta. Eran enviados por anticuarios mismos para vender a sus compañeros los objetos falsos que se les habían colado en algún lote, o venían envueltos en las compras de conjunto hechas a las personas que quitaban la casa, o que hacían almoneda de sus muebles. Aunque todos los días había almonedas a centenares a ellos sólo les interesaban cuando eran de algún aficionado a antigüedades.

Fabián, con su continuo trato con todos, solía conocer aquellos objetos y decía:

—Hombre, esto estaba casa de Robles o casa de Huquet.

En ocasiones con su gracia maligna los enviaba a sus compañeros.

—Vaya usted a los viejecitos de al lado, o vaya usted casa de Mlle. Pegote; pero no diga que yo lo recomiendo.

Tenían también Fabián y Adelina sus corredores, para llevar por las otras tiendas los deshechos, que sabían preparar y amañar bien.

Era aquello lo que mas despiertos los tenía en las ventas. Su amor propio se revelaba de que sus compañeros tuviesen en su casa la misma sonrisa que él desplegaba cuando veía en casa de alguno de ellos los objetos que les había endosado.

En esos casos, con una gran audacia, les hacia conocer la falsificación, de un modo tan claro, que aumentaba su fama de experto. ¡No faltaría más que a él, a don Fabián de las Navas y Marchamalo, se la pegase uno de aquellos brutos enriquecidos y sin alcurnia!

No tenían para ningún vendedor la severidad que para los saltadores.

Solían ser benignos con las pobres gentes que ponían ingenio para remediar su mala suerte con pequeños engaños.

Se daban casos de infelices que se veían obligados a tener que explotarlo todo. Había un matrimonio que vivía de robar las sábanas de hilo de los hoteles donde pernoctaban, para hacer bocadillos, como llamaban en su argot a las tiras de encaje inglés. Aprovechando lo revuelto de la cama, dejando bien doblada la sábana de arriba, se llevaban la sábana de abajo, que partían en tiras y bordaban con ojetes, preparándolas con cloruro de cal, para gastar el tejido y darle su aspecto de antigüedad. Un agua de té o de azafrán ligero les daba el tono y el color que marca el tiempo.

Hasta había algunos que llevaban estampas compradas en la Calcografía Nacional, en Madrid, y las querían hacer pasar como estampas españolas antiguas: Aquellas figuras de Ticiano, el Rubens ponderado y fuerte; aquellos «Gritos de la Calle» evocación del antiguo Madrid, les servían para abusar de la candidez de los ignorantes.

Ellos habían también vendido esas estampas en otros tiempos en el mismo Madrid, allá en su pequeña tiendecita de la calle del Barquillo, pero en los días gozosos las solían comprar a sabiendas, con el convencimiento, empero de que no perdían el dinero y de que siempre habían de encontrar compradores, porque ni sus romanticismos, ni su piedad llegaban jamás al punto de consentir en perder.

Había compras peligrosas, de objetos robados, a las que se arriesgaban a veces, cuando se los daban bastante baratos para que merecieran tentar la fortuna. En aquellos casos compraban sin insistir en saber el nombre y el domicilio del vendedor. Había un sello tan especial de vacilación, de desconcierto, de no conocer bien el objeto, que podía asegurarse cuando lo que se les vendía era procedente de un robo.

Pero ellos procuraban no fijarse, engañarse a sí mismos, no iban a denunciar a nadie a la policía y que luego resultase inocente; hubiera sido un papel antipático el suyo.

Para lo único que les servían sus sospechas era para comprar más barato aún, desconcertando con reticencias a los vendedores.

En esos casos siempre escondían lo que compraban, por si había alguna busca que les hacía perder el dinero. No se les ocurría la idea de que así pudieran hacerse cómplices de un delito. En tocando a su interés de anticuarios no hallaban nada bajo ni reprochable, no podían ser escrupulosos. A ellos todo, por reprochable que fuese, se les aparecía sólo como ardides de lícito comercio.

XIV. La gran comida

Estaba encendida la estufa al rojo vivo. La gran mesa donde cabrían bien doce personas tenía cubiertos para diez y ocho. Las sillas unidas, unas con otras, formaban una especie de banco, que haría difícil sentarse. Estaba la tabla de la mesa cubierta por el magnífico mantel adamascado de guarniciones deshiladas, puesto sobre la franela mullida que apagaría el ruido de platos y cubiertos. La cruzaba de parte a parte, a todo lo largo, el camino de mesa, en verdadero filet, sobre viso color maíz festoneado con violetas y geranios cortados.

No se sabía como poderse manejar sin hacer caer como soldaditos de plomo, aquella selva de cristalería finísima, legítima de Venecia y Bohemia, que daba al chocar agudos gritos de timbre.

Ante cada cubierto había seis copas, sugeridoras de la idea de los buenos vinos. Una para el Burdeos rojo que había de regar las carnes, otra para el Jerez blanco que acompañaría al pescado. Aquella verde, alta, en forma de magnolia a medio abrir, sobre su tallo delgado, era para el vino del Rhin; la más pequeña para el néctar de Oporto o el Marsala. La copa ancha, la copa cáliz, estaba destinada al champagne, ya preparado en grandes jarros para no dar el vulgar taponazo de las juergas. La copita pequeña elevada sobre su pie, recogida en los bordes, era para el licor. Cerca de ellas, dominándolas a todas, las copas para agua; grandes, tan transparentes que habían de rivalizar con el agua, avalorarla, hacerla más fina y gustosa.

Las copitas pequeñas estaban colocadas en lindos soportes de plata, de esmalte o de china.

Sobre la montaña de clara porcelana florida de Limoges que cada invitado tenía delante, la servilleta, en forma de mitra encerraba el panecillo, aunque de dos en dos había platitos con rebanadas de pan tostado, y en la mesa de servicio la canastilla de plata rebosaba de pan de varias clases.

Brillaba en medio de la mesa, a la luz de la inmensa araña, el centro de plata repujada, que le envidiaban todos. Ostentaba un ramo de flores, con ese aire triste de flores desterradas, que tienen las flores en París.

En la mesa de servicio se alzaban botellas, tazas, y ramilletes de dulce. Esos ramilletes rematadas en una flor o una muñeca de azúcar que nadie se come. Esos castillos de cabello de ángel, almendrados y yemas, que necesitan la sabiduría de un arquitecto y tan pronto se derrumban.

Las niñas habían estado toda la tarde preparando la mesa, habían ayudado hasta las pequeñas, mientras que Adelina y Fabián se ocupaban de las compras y de la cocina. Ellos tenían su círculo de anticuarios, todas sus amistades, todas sus relaciones eran con anticuarios; en medio de aquella frialdad egoísta de la vida de París, tan triste, tan sorda, tan reconcentrada para el burgués que no está de paso y necesita economizar el dinero, sus amistades profesionales ponían un poco de color.

Se reunían con frecuencia en veladas y comidas; se invitaban para celebrar un buen negocio o un cumpleaños. Se daban banquetes por las pascuas y realizaban sus giras en la Primavera.

Eran muy aficionados los anticuarios a reunirse en aquellas grandes comilonas, que se devolvían unos a otros, haciendo alarde de suntuosidad, como si estuviese en ello su crédito. Cualquier negocio bueno, una fiesta de familia, todo era pretexto para una de esas espléndidas reuniones en las que rivalizaban en lujo.

No tenía París la vida de la calle, expansiva y alegre de Madrid, donde hay la sensación de conocerse todos y ser todos amigos. En aquella vida sin intimidad había que vivir un poco en la vida de los demás.

En la amistad de los anticuarios había también mucho de conveniencia. Se visitaban para ver si tenían lo que cada uno necesitaba para sus clientes. A veces se hacían cambios de abanicos, de telas, o de muebles, según lo que era más del gusto y de la especialidad de cada uno.

Esto no evitaba que se engañasen unes a otros siempre que podían. Fabián habían comprado en Córdoba unos azulejos, de reflejos, pertenecientes a una antigua escuela protestante, y para que no se rompieran los envolvió en una especie de estera vieja, adornada de orillo de metal formando una especie de arabescos.

A su llegada a París fue a enseñar sus azulejos a otro anticuario, especialista en cerámica y tapices, que creyó la estera un tapiz persa y le dio por ella 4000 francos. No hubiera Fabián sido capaz de intentar aquel engaño, pero se aprovechaba de él. El saber aprovechar las ocasiones era un arte.

En la comida de aquella noche, con ocasión de su cumpleaños, reunía en su casa a gentes con quien le convenía intimar. Iba Mr. Huquet, el pontífice de las antigüedades, con su esposa y su entrañable amigo Mr. Marcel, la anticuaría turca con sus dos hijas, Celeste y Dulce, y la Srta. Pegote. Así obsequiaba también al mismo tiempo a unos anticuarios españoles que estaban de paso en París, y ante les cuales sentía la vanidad de lucir su dinero y su importancia.

Fabián tenía una fuente de ganancias en la venta en comisión de los géneros que le llevaban los anticuarios españoles; todos aquellos que habían sido sus enemigos, vencidos ya por el éxito indiscutible, acudían siempre a ellos para que los librasen de los engaños de que los hacían victimas los anticuarios franceses, que les tomaban los géneros en comisión; y los hacían comprar por secuaces suyos, quedándose así con la mercancía, excesivamente barata y con la comisión de venta que les pertenecía.

Adelina y Fabián habían cotizado su formalidad para acaparar ellos solos la venta de antigüedades españolas en comisión, lo que les producía grandes rendimientos sin exponer dinero. Ellos hacían que se vendiese todo por el valor de tasación y a veces más caro, en beneficio de sus dueños. Así vendían las antigüedades al por mayor y todos los anticuarios venían a su casa, que era como el gran almacén, la alhóndiga, donde se cotizaban en grandes cantidades y donde aparecían los objetos más raros.

Había ya mucha gente en España picada de antigüedades. Cada vez aparecían nuevos clientes. Había entre ellos personas elegantes y distinguidas. Una dama riquísima de la buena sociedad de Barcelona, de la que nadie sospechaba que hiciese ese comercio, compraba durante todo el año en España, valiéndose de ganchos, como si fuese para ella, y luego iba por recreo a París donde vendía sus antigüedades haciendo un lucrativo negocio.

A veces venían grandes anticuarios establecidos en Madrid o en provincias a llevar algún objeto extraordinario, o algunas cosas que no lograban vender; pero la mayor parte de aquella clientela estaba formada por gente del pueblo, hombres toscos, que habían aprendido el negocio con admirable intuición; antiguos corredores o criados de anticuarios, establecidos por su cuenta. No faltaban mujeres que se dedicaran también a este comercio y que cuando reunían algunos objetos iban a venderlos a París, entre éstas tenía gran partido Fabián que las llevaba a Londres y les hacía pasear todo París sin hallar comprador, hasta que cansadas le vendían a él, y hasta en ocasiones se valía de la galantería para convencer a alguna de ellas y dominarla mejor. En esas ocasiones parecía que Adelina no se fijaba o que le importaba poco. En tratándose de realizar un buen negocio se acallaban en ella hasta los celos.

Aquella noche estaban invitados un matrimonio, anticuario de Barcelona, y una malagueña, mujer inculta, que ni siquiera sabía leer y escribir y que había amasado una fortuna. Era el hazme reír de todos los anticuarios, que la habían bautizado con el nombre de La Calabazota, pero la adulaban porque era ella la que tenía el don de encontrar los más extraordinarios hallazgos.

Llevaba ya muchos años comerciando y entendiéndose con los anticuarios franceses, antes de estar Fabián en París, sin saber una palabra de francés. En los restaurantes pedía Búllate por caldo y llevaba papelitos con pescados, aves y toda clase de alimentos pintados, para decir lo que quería comer, desde un día en que eligió en la lista los tres primeros platos y le sirvieron tres clases de sopa.

Ella solía decir que le había tomado embocadura al negocio, y que no necesitaba saber leer ni escribir para saber lo que se traía entre manos.

Llevaba siempre consigo en su baúl, un manojo de tarjas de caña donde apuntaba con un cuchillo, con rayas y cruces, todas sus cuentas tan bien como cualquier comerciante en su complicada partida doble.

Era una mujer de unos cuarenta años, que nunca debió tener menos edad y que tardaría mucho tiempo en tener más; uno de esos términos medios insignificantes en los que nadie repara.

Como no la conocían más que por su apodo, Adelina había pasado un verdadero apuro aquella noche, que en un momento de distracción la había presentado a Mme. Huquet con la mayor seriedad diciendo:

—La señora Calabazota.

Suerte que ella no había entendido, o fingió no entender.

La comida fue espléndida. Las señoras estaban suntuosas, Mme. Huquet envolvía su busto en un rico modelo de Paquin. Adelina vestía de terciopelo y había uniformado a sus hijas de azul las rubias y de rojo las morenas. Las turquitas iban de blanco, con cintas pasadas por la frente a la Ferroniere, y en ellas tomaba aquel tocado el misterio de los velos que envuelven el rostro de las musulmanas creyentes.

Pero la más ostentosa era la señorita Pegote. La tierna poetisa tenía la costumbre de colgarse, al salir de su casa, todas las joyas del escaparate. Se confeccionaba trajes con sus damascos, sus terciopelos y sus encajes, y extraños tocados de diademas y plumas. Era toda su tienda en movimiento.

Se confundían en una oleada sobre su busto telas, pieles, Joyas, y de aquella profusión centelleante salía el rostro menudo, desdibujado, macilento; la faz polvorrosada con exceso, los labios rojos, los ojos dados de kol, con ojeras azules y el cabello rubio en mechones alrededor de las sienes. Llevaba en brazos a su Kiki a la que tuvo en su regazo, lo mismo que la madre de Adelina tenía a la niña pequeña, y le hizo comer en su mismo plato.

Contrastaba con este lujo el pobre vestido de La Calabazota; viejo y roído, que ella no hubiera cambiado por los mas suntuosos, porque, avara y desconfiada, llevaba billetes, monedas y documentos cosidos entre los forros y todas las alhajas en el bolsillo, por miedo de que la asesinasen para robarla, si las lucía.

La anticuaría catalana era una mujercita pálida, enfermiza, sufriente; que no atendía más que a la comida, engullendo con un deleite y una avidez de hambrienta. Podía, por su edad, ser hija de su marido, el cual la martirizaba haciéndole guardar el ritmo de su vida de anciano enfermo.

Él tenía el estómago cansado del exceso de comilonas y del abuso de vinos y mariscos, no podría resistir más que alimentos muy ligeros, y sometía a su esposa al mismo régimen, de manera que ella, joven y sana, tenía que andar buscando un descuido para desquitarse de las comidas frugales con un pedazo de jamón o de salchichón, devorado a escondidas.

De noche, el martirio de la pobre señora era aún mayor. El viejo, muy sensible al frío, la obligaba a dormir a su lado bajo la media docena de mantas que le hacían sudar y la atosigaban de manera que no podía pegar ojo, pasando la noche en discurrir cómo podría sacar de la cama los brazos y las piernas sin que el tirano lo notase.

Reinaban la alegría y la cordialidad en torno de la mesa, en el alegre comedor, donde la plata ponía su nota optimista y clara. Fabián derrochaba chistes y cantos, le gustaba obsequiar a las turquitas, tan jóvenes que apenas acusaban líneas de efebos, coa sus rostros moreno pálido y sus ojos de promesa.

Le gustaba también gastar bromas con la Calabazota, haciéndola aparecer ante todos como una millonaria modestamente disfrazada. Aquello la halagaba en el fondo, pero desconfiada y avariciosa siempre temía que pudiera perjudicarla, y se esforzaba en negar.

—Válgame Dios Nuestro Señor y qué cosas tiene don Fabián… todos mis trapitos y trastajos me dejan bien poco… Bien lo sabe la Virgen… No gano más que para mal comer y sostenerme sin pedir una limosna a fuerza de guiñapear.

El viejo anticuario, con ese afán de los vegetarianos que tiene algo de catequista y de fanatismo religioso, miraba a su mujer comer carne sin levantar los ojos del plato para evitar sus señas, hasta que al fin empezó a hablar de los males que ocasiona comer animales muertos, cadáveres.

La anticuaría turca había dejado su plato, llena de repugnancia al oír aquella imagen; y él, satisfecho de su triunfo, seguía emprendiéndola con el vino, el café y el té, que debían ser deshechados por excitantes para sustituirlos por café de cebada.

—Según usted —dijo Adelina— va a bastar para vivir con una huerta, una cabra y dos docenas de gallinas.

—Y es demasiado —respondía él—, porque los huevos y la leche no las da realmente la naturaleza para nosotros. Unos son para reproducirse y la leche para alimento de los recién nacidos, de manera que cada hembra tiene la que necesitan sus hijuelos y no se les debe robar.

Sin embargo, animado por el bullicio y la alegría de todos los comensales, aquella noche quebrantó y consintió en brindar con el champagne, en los grotescos brindis de Fabián.

Acabada la comida pasaron al salón. Aquel salón que Adelina había sabido hacer su casa, dándole intimidad y sacando sus muebles de lo que ella llamaba el torrente circulatorio de las antigüedades.

Eso no se encontraba en las otras casas. Huquet vivía en un palacio, pero no era un palacio suyo, vivía como huésped. Tenía inmensos salones, todos llenos de cosas que se vendían, dispuesto a venderlas cuando hubiese marchante. Era como un usufructuario, no como el dueño de todo aquello. Así había una frialdad, una falta de intimidad en la casa.

Anticuarios había que tenían la mesa de comedor rodeada de muebles y telas, y los santos y cachivaches invadiéndoles la alcoba. Resultaba pintoresca a veces la reunión en salones cuyo testero lo ocupaba un retablo gótico entero, traído de una iglesia de España.

Pegote tenía los precios puestos en los muebles de su uso. Su lavabo, su propia cama, todos los vestidos y joyas que la cubrían, todo estaba en venta.

Solo Adelina hacía la separación. Una vez que ella había separado un objeto no lo vendería por nada. Era aquello que apartaba lo que constituía su vida, lo que formaba su nido en medio de aquel París, inmenso como un Océano, donde su casita era la pequeña isla, la roca perdida, en la que se da pie y se encuentra abrigo.

Aquella gran ciudad probaba hasta la evidencia que el círculo de expansión de las personas es bastante limitado y que es inútil querer tener mayor radio de actividad. París no era más que la reunión de pequeños pueblecitos, pequeños círculos, que no se mezclaban unos con otros, y cuyo conjunto formaba la gran ciudad.

A tomar el café vinieron algunos parientes y la familia de un anticuario español, familia española que iba toda reunida.

Se componía del matrimonio, cuatro hijos y dos hijas, de los cuales había ya varios casados, que iban con sus consortes y con sus hijos.

Pero aquella numerosa familia no le había quitado ni la frescura a la madre ni el buen humor y la afición a las muchachas bonitas al viejo.

Era uno de esos viejecitos alegres, limpios, optimistas. Estaba siempre contento, pasara lo que pasara, manteniendo la teoría de que siempre es mejor lo que se tiene que lo que se puede tener. No perdía su optimismo ni cuando le daban los ataques de reuma, que lo baldaban durante meses en un sillón.

—Si me duele una mano —decía— pienso que peor sería que me dolieran las dos; si me duelen las dos, pienso que sería peor que me doliera la cabeza, y cuando me duele todo pienso que peor sería haberme muerto.

La alegría reinaba por todas partes. La comida había sido opípara. Menos lujosa pero más suculenta y sabrosa que las de Huquet, con el salpimentado de la cocina española, tan rica en condimentos, que abren el apetito y despiertan la sed. Se había bebido mucho y bueno, y el café y los cigarros acababan de exaltarla alegría y hacer sentir el bienestar.

Las niñas de Adelina eran las que más fomentaban el bullicio, con su alegría incesante, casi infantil, de buenas chicazas que no piensan en amoríos ni coquetería y se divierten dándose con ingenuidad al placer de su diversión.

Iban, venían, hablaban gritando, para hacerse oír, en un francés correcto, que habían aprendido de tal mañera que les costaba trabajo buscar la equivalencia de las palabras castellanas. El español lo hablaban con ese acento gracioso y esa pequeña dificultad de los extranjeros que buscan las ideas, porque ellas ya pensaban en francés.

La Calabazota aprovechaba la ocasión de acercarse a la flamante señorita Pegote, cuya amistad creía que le podía convenir y para captársela, le elogiaba la perrita, como se celebra a las madres un lindo bebé.

—¡Qué linda es! Permítame acariciarla.

—Con mucho gusto.

—¿Cómo se llama?

—Kiki.

—Es de raza ¿verdad?

—Ya lo creo. Tiene su pedigre. Desciende de Lulú primera, que pertenecía al duque de Bravante, en 1784, y luego viene por línea directa de Lulús, sin cruce bastardo ninguno. Pocas perritas tendrán una ascendencia más limpia que mi Kiki.

—¿Y los padres?

—Todos de la misma raza, empezando por Pedrusky, que perteneció a la duquesa de Suterland y que se cruzó con Lulú primera.

—Bien se le conoce.

—Si viera en los gustos. No puede comer más que pechugas de gallina… y alguna galleta con café con leche… El pan, ni probarlo… Nada de comida vulgar… El dulce le gusta, pero no se lo doy porque el azúcar es malo para los ojos.

—Los tiene muy vivos.

—Se los lavo todos los días con agua de manzanilla, y los dientes con Licor del Polo.

—Ya se la ve cuidada.

—No puede estar sucia. Es preciso bañarla todos los días en agua perfumada. En seguida se mete en la cama y duerme hasta estar bien seca.

—¡Qué monada!

Y la anticuaria empezó a reseñar las gracias de su perrita, que ocupaban toda su atención.

—¡Un día se asustó del ruido del tren y quería huir!

—¡Otra vez tuvo miedo, y se refugió entre mis brazos, como un niño!

—Cuando hace algo malo entra con receto, temiendo al castigo.

—Conoce cuando estoy triste, y me hace más caricias.

—Tan pequeñina y se puso a ladrar y acometer a un enorme terranova, mordiéndole en las patas.

Una de las tres hijas solteras del otro anticuario español, que eran madrileñitas, morenillas y pequeñas, con bocas grandes, naricillas respingadas y gesto gracioso, bailó las sevillanas con su hermano mayor, tocando las alegres castañuelas, que con el repiqueteo de sus pies, formaban un terremoto de salón.

Fabián aplaudía desaforadamente. Mientras el otro hijo del anticuario tocaba el piano, cogió de la cintura a Celeste y la arrastró en un vals voluptuoso. Las niñas se agarraron unas a otras, las mayores hicieron bailar a todos los señores. Mme. Huquet bailaba con su amigo Mr. Marcel, el cual había aprovechado un momento para preguntarle a la turca si ella que era tan fuerte, sabía alguna receta para endurecer el pecho, porque la esposa de su amigo estaba afligida de su flacidez. El rico anticuario bailaba con Adelina, que no le parecía, colchón de paja, y hasta la anticuaría catalana valsaba con el hijo de la casa, muy satisfecha, tratando de escapar al marido que la perseguía con advertencias para que tomase un te o encargase un purgante para el día siguiente.

Cuando el pianista acabó el vals, dando un gran porrazo al piano, las parejas se quedaron paradas, desconcertadas, sudorosas y fueron a ocupar sus sitios.

Fabián llegó al piano y cantó una canción inglesa, de esa gracia burda de los muñecos de trapo y de los payasos de pantalones de cuadros y levitones anchos, que hizo reír a toda la reunión.

Cada uno lucia sus gracias, Mlle. Pegote se levantó a recitar. Con su perro apretado contra el pecho con la mano izquierda, el brazo derecho levantado al cielo, los ojos en blanco, recitaba una melopea original suya, muy triste, especie de elegía, que acompañaba al piano Fabián. Era una música siempre de las mismas tres notas, pesada, triste, y la voz gangosa, con inflexiones, alternantes y engolados, decía a compás su dolor antelo inestable y su deseo de que las almas de los muertos que había amado la rodeasen para darles el consuelo de ver la fidelidad que guardaba a su recuerdo.

En el estado de ánimo que estaban todos, aquel lamento triste, y la vista de la figura estrambótica y ridícula de la solterona sentimental, en actitud patética y abrazada a su perrita, provocaba la risa, que todos se esforzaban en contener, porque era una amiga de todos, y con frecuencia tenían que necesitar de ella.

Pero al final, cuando se iniciaba el aplauso para poder dar rienda a la comenzón de alegría tan duramente contenida, Fabián salió tocando briosamente la romanza de la ópera Marta y cantando con su fuerte voz de tenor, mientras miraba con ternura de enamorado a Mlle. Pegote.


¡Ay, Marta, Marta!
¡Mal rayo te parta!
 

La explosión de risa revistió caracteres de risa sardónica, nerviosa, convulsiva. Las chicas se revolcaban por el suelo, los mayores se apretaban los vacíos, las madres se limpiaban las lágrimas que brotaban de tanto reír, y la pobre madamoiselle, saludaba a un lado y a otro, sin comprender bien cómo una poesía tan melancólica producía aquellos efectos, pero satisfecha de la emoción conseguida.

A la primera campanada de las once, todos enmudecieron. Así domo las otras horas no se habían oído, esa atenía algo de solemne, que lo dominaba todo. Se prohibía todo ruido y toda música, de allí en adelante; era preciso respetar la ley, que prohíbe las tiestas después de aquella hora, con gran contento de los vecinos morigerados y silenciosos, que solían decir con desdén:

—Esos españoles necesitan para divertirse la plaza de toros.

La reunión continuó breve rato, soñolienta y bostezante, a pesar de los esfuerzos de la catalana para prolongarla, temerosa del lecho conyugal.

Se hicieron los cumplimientos de despedida a los dueños de la casa, agradeciéndoles sus atenciones y deseándose unos a otros reunirse de nuevo dentro de cien años.

—Ya calvos como bolas de billar, —decía humorísticamente Huquet.

—¿Y qué va a hacer uno entonces sin poder decirle nada a estos pimpollos? —respondió Fabián mirando embelesado a Celeste.

—Es que entonces ya estarán calvos también —objetó malignamente Mine. Huquet, a las que no le agradaban mucho las turquitas.

—La poesía no envejece —dijo el optimista Robles, pensando de buena fe en que podrían verse allí dentro de un siglo.

Adelina, prudente, aparentaba como siempre, no notar las pequeñas infidelidades de su marido, a las que quitaba toda importancia, ayudándole ella misma en sus galanteos y diciendo con una sonrisita de enterada, de quien sabe lo que afirma:

—No hay cuidado. Perro ladrador no es mordedor.

Fueron saliendo lentamente, en silencio, todos los invitados, y la familia se quedó sola en el salón revuelto, con esa tristeza que queda en los salones donde se ha celebrado una fiesta.

Entonces tuvo lugar una especie de besamanos, con la que Fabián recordaba todos sus cumpleaños las ancestrales prácticas de sus nobles antepasados. Todos los hijos vinieron a besarle la mano y él les dio solemnemente la bendición, haciendo una cruz en el aire con su mano derecha, mientras la madre les entregaba a cada uno su regalo, con un beso.

Costaba trabajo a las chicas contener los gritos de alegría que les causaban los amarillos luises que la madre les ponía en la mano y que representaban para las menores juguetes, dulces y cines, y para las mayores, perfumes, bombones y teatros.

Los criados vinieron a saludar uno a uno, y para todos hubo sendas propinas, entre las que sobresalían las de Saturio y la institutriz.

A la madre de Adelina la obsequiaron con un bolsillito de plata que contenía una docena de luises.

La felicidad se cernía sobre la casa. Sin embargo, Adelina estaba melancólica; Fabián se sentía completamente feliz, y al abrazarla fundía en su imaginación su espléndida figura de matrona y la andrógina figurilla de Celeste.

XV. Sevilla

De vez en cuando se imponían las salidas para ir a comprar géneros y hacer una búsqueda personalmente, sin fiarse de los corredores, que en alguna ocasión solían trabajar por su cuenta, guardando las mejores piezas, para luego venderías directamente, de segunda mano.

Se daban casos de adelantar dinero a ganchos, que iban a comprar, pagados y mantenidos por un anticuario, y traían cosas insignificantes, mientras que trabajaban para otros, realizando así una doble ganancia.

Era preciso que tuviesen el temor de que iban detrás de ellos y de que los vigilaban. En aquel comercio no se podían descuidar, porque el engaño era siempre el elemento más indispensable.

Fabián quería vender en España unos tapices de Gobelinos legítimos y unas porcelanas falsas, qué había arreglado de manera que darían el pego, hasta a los sevillanos, tan maestros en el arte de engañar. Sus amigos Aznar y Huquet habían querido acompañarlo; él había decidido a Huquet aquel viaje porque le convenía intimar cada vez más con él, rico anticuario con el que contaba para su gran negocio y que era su mejor cliente. Le pagaba las cosas mas caras que los compradores. Lo que no había podido averiguar es donde las vendía el después.

Aznar se unió a ellos para aprovechar la ocasión de emplear unos miles de duros.

Tenía miedo de ir solo a Sevilla.

Aquella gente tan amable, tan entrañable, que hacía tantas protestas y parecía tan ingenua, era maestra en el arte de engañar. Era un axioma entre los anticuarios:

—En Sevilla lo que pidan de duros se da de reales y aún así se sale engañado.

Había allí obreros inteligentes, maravillosos falsificadores, que ganaban a los italianos. Lo falsificaban todo con una perfección que a los más expertos les costaba trabajo reconocerlo. Imitaban joyas antiguas, rellenas de plomo para que pesasen, ponían aleación, que era imposible conocer, a la plata repujada y hasta los cuadros vulgares de San Antonio o algún santo imberbe los convierten en retratos antiguos, de damas con pelucas y sombreros, que unas veces imitan a Gainsborough y otras a Nattier.

Allí se hacían los muebles árabes prodigiosos, los cueros de Córdoba, curtiendo las pieles de cabra, las badanas que prensaban, por los antiguos procedimientos en moldes de escayola, de los cuales no se sacaban hasta estar ya secas y pintadas sobre el plateado característico. Sabían hacer los tallados a gubia, repujados como la plata e imitaban igualmente aquellas pinturas mudéjares y visigóticas, de los cueros primitivos, con incrustaciones de nácar, plata y oro.

Estaban verdaderamente admirados.

Los primeros días de su llegada habían pasado envueltos en el encanto de Sevilla. Los emplearon en enseñar la ciudad a Huquet que no la conocía. Los había, ganado el ambiente, sin influencia de las personas, para hacerles olvidarse hasta de los negocios.

Era el encanto de la ciudad clara, en contraste con París.

El mayor encanto de Sevilla era su ambiente. Al acercarse iban experimentando una sensación de claridad, Desde el camino les atraían aquellos pueblos enjabelgados, blanquísimos, de una extremada limpieza.

Al pasar por uno de aquellos pueblecillos, la casualidad había proporcionado a Fabián ocasión de satisfacer su manía de grandezas. Se esperaba el paso del nuevo diputado electo, por la voluntad del cacique, y al cual no conocían en el pueblo. Los últimos telegramas anunciaban que pasaría aquel día para Sevilla y el Alcalde, con el Secretario y Concejales del Ayuntamiento en unión de todos los notables del lugar, endomingados y compuestos, esperaban en la estación el paso del exprés, en el que suponían que iría su diputado.

Cuando Fabián apareció en la ventanilla, con su flamante traje de viaje, su cara de hombre orondo y satisfecho y los gruesos brillantes de su corbata, todos se dirigieron hacia él —«Este debe de ser nuestro nuevo diputado»— pensaban. Las mujeres que habían acudido, con sus trajecitos de los días de fiesta, formaban un grupo mirando con curiosidad. Fabián se quitó el sombrero y miraba a un lado y a otro. Cuando las autoridades llegaron a la portezuela extendió su mano gordezuela y perfumada para estrechar las manos que se le ofrecían.

No acababa de comprenderlo que era aquello. El Alcalde aprovechó el tiempo para colocarle el discursito que llevaba preparado, saludándolo como una esperanza para el distrito. Luego adelantaron unas niñas vestidas de blanco, que recitando entre dientes unas palabras, que le habían enseñado y no se entendían, ofrecieron un ramo de flores. Aunque el tren paraba pocos minutos no faltó tiempo para algunas peticiones.

—Sabe V. E. lo que urge el asunto de la subasta de da carretera, —dijo el secretario, dando tratamiento a su representante—. Es preciso que se lo recomiende V. E. al Ministro.

—Telegrafiaré en cuanto llegue a Sevilla.

—Nos urge el cambio de Juez, que es liberal, —agregó el Alcalde.

—No se preocupe. Eso es hecho.

—Si pudiera V. E. ocuparse del asunto de las aguas… la orden. Me lo ha prometido Maura… mi íntimo y querido amigo don Antonio, que me ha visto nacer.

Por fortuna el exprés silbó y dio la señal de partida.

—¡Viva nuestro diputado! Exclamaron todos a una.

—¡Viva!…

Fabián agitaba su sombrero con movimientos expresivos, mientras todos aplaudían y gritaban.

Cuando los perdió de vista, Fabián se dejó caer en su asiento, se guardó los recordatorios que le dieron en el bolsillo y volviéndose a sus compañeros dijo con acento entre resignado y conmovido:

—En este pueblo, feudo de los Duques mis antepasados, del que mi padre y yo aún hemos tenido la representación en Cortes, nos consideran siempre como sus verdaderos señores y protectores, todo nos lo piden a nosotros. Hemos hecho mucho bien en el mundo, amigo Huquet, y la alcurnia perdura siempre.

El anticuario asintió, mirando con respeto a Fabián, que se le aparecía como un hombre de verdadera importancia en España. Eran verdad todas aquellas cosas que contaba y de las que se habían reído.

Las gentes del pueblo por su parte se retiraban satisfechas, encantadas de su representante. Pocas horas después, el verdadero diputado, que había tenido la mala ocurrencia de tomar el correo, en vez del exprés, no encontró nadie que lo saludara a su paso.

Conforme avanzaban, el aire era más transparente, el ambiente más ligero, como si subiesen a una altura, era el aire más leve, más puro y la luz más brillante. Veían y respiraban mejor.

Era aquel ambiente de la ciudad clara el que prestaba encanto al companil de su Giralda, que conserva los alicatados árabes al lado del templo cristiano, a la célebre Torre del Oro, cilindro grueso y achatado que se reflejaba en el río, y a San Telmo, y el Alcázar.

Huquet que iba por vez primera a Andalucía estaba encantado, aturdido: le gustaban tanto aquellos maravillosos jardines del Parque como las callejuelas estrechas, y retorcidas, de la ciudad vieja.

—Aquí se adquiere un vicio de meter la cabeza en casa ajena decía.

Era que sin querer se fisgaba al través de todas las puertas entreabiertas coa el deseo de ver los patios que tienen todas las casas.

—Recuerdan los patios pompeyanos —decía— pero son irreproducibles fuera de este aire. Son como plantas que no se aclimatan a otro país.

Ponían algo de palacio árabe en todas las casas, aquellos patios claros, blancos, con azulejos, con plantas verdes, con naranjos y palmeras, albergues de pasión y ensueño, donde corría el agua de esa manera especial de los surtidores árabes.

—Los árabes no han pensado nunca en un surtidor Torre Eiffiel que elevara el agua a una altura inverosímil, como en Ginebra, ni han hecho surtidores de juegos complicados como los de Versalles —explicaba Fabián—. Han hecho estos surtidores sutiles, finos como hilillos, que surgen, se entrecruzan, juegan y parecen reír de su travesura. Es el agua de los árabes la que corre por esos patios.

—Me gustan más los patios que la Catedral, —aseguraba Huquet muy serio.

Pero se había arrobado en la catedral, sobre todo a la entrada, por aquel Patio de los naranjos, que ponen los andaluces como atrio de las catedrales que fueron mezquitas. Parece que el naranjo con su oscuro follaje de bronce, siempre verde y sus bolas de oro —árboles del jardín de Aladino— representa el elemento pagano, para dar acceso a la Iglesia.

Eran sugeridores aquellos nombres: Patio de los naranjos, Puerta del Perdón. Hacían detener el paso para ver aquel cuerno de elefante suspendido en la puerta y la entrada de la torre de la Giralda y de la Biblioteca Colombina.

Mientras estaban allí parados entraban y salían bellas devotas; todas eran el mismo tipo, más bien altas, un poco redondas, carnosas, con la tez pálida, los ojos negros, el cabello abundante, apenas velado por el encaje de la mantilla o del velo. Llevaban todas las peinetas de teja o de pico de pato, evocando a su paso toda la Andalucía pasional y legendaria.

Ellos habían visto todas las iglesias con ojos de anticuarios. Se llevarían la catedral entera hasta con su Cristobalón, esa pintura que se halla al fresco en proporciones gigantescas en todas las catedrales, y que parece ser su propio símbolo, aplastando con su peso al pueblo que las soporta.

¡Cuántas cosas se hubieran llevado!

Aquel cuadro de La Pierna, en el que se teme que Adán eche a correr con aquella pierna tan perfecta.

La virgencita blanca, vestida de blanco, la aristocrática virgen de los Reyes con el milagroso desconchado de su nariz imposible de recomponer y su silla de ébano y plata o aquella escultura del Sepulcro de D. Pedro el Cruel y de doña María de Padilla, su consorte ante el recuerdo, por las nupcias del amor.

Era una obsesión poderse llevar un cuadro de Murillo o Zurbarán y una escultura de Alonso Cano o Montañez, aquel Cristo del Gran Poder del último, cuya falta provocaría una revolución en Sevilla.

Recorrieron todas las iglesias, era una ciudad que daba la impresión de estar siempre esperando su Semana Santa, para su exaltación suprema de dolor y de sentimiento patético. Ellos vieron todos los ídolos de su religión supersticiosa: Cristos chorreando sangre a los que llamaban familiarmente El Cachorro o El Greñudo. Las bellas pinturas de la Sinagoga, que como toda Sinagoga se aliaba a una idea de blancura y estaba bajo la advocación de la Virgen de las Nieves.

—A esta sí que me la llevaba yo y olé su madre —exclamó Fabián, tirándole el sombrero a los pies a la virgen de la Esperanza, de la Macarena, rival de la otra virgen de Triana, a la que sus devotos tratan de esa forma irrespetuosa y entusiasta.

La virgen parecía sonreír con su cara de sevillana, morena, graciosa, llena de ardores secretos, como cirio que arde y se consume en una capilla cerrada. Aquella virgen, esculpida por una mujer, era la encarnación plástica de la raza, la buena moza, la bien plantá, recatada y pintoresca a un mismo tiempo.

Sí, de buena gana se hubiese llevado Huquet las obras del Loldán y la Loldana como decía cambiando en eles las erres de los nombres de Roldan y su hija, con su blanda pronunciación de francés.

Tenía una obsesión por llevarse alguna de aquellas cosas, todo seria cuestión de dinero, en la creencia que abrigaba de que en España se vendía todo. ¿Acaso no se había vendido ya verdaderas y únicas obras maestras?

¿No tenían en su casa de París retablos de iglesias, portadas de palacios y reliquicarios de las catedrales más famosas?

Hasta las miniaturas de libros de coro españoles, esos libros de coro inmensos, con ruedas en la cubierta para poderlos mover, en cada una de cuyas hojas hay tan pocas letras mezcladas a las notas de canto llano. Cada una de esas hojas de vitela, nonata, curtidas admirablemente, y miniadas y doradas, se habían mutilado para los anticuarios. ¿No había visto comprar en Medina del Campo, por 13 500 francos, la célebre estatua de alabastro, del obispo Fray Lope Barrientos?

Aquellos antecedentes que le hacían atreverse a todo, justificaban hasta cierto punto su gran antojo de llevarse a doña María Coronel. Era la joya mayor, la antigüedad más auténtica que había encontrado en toda la excursión. Miraba las tallas de Montañez en la pequeña capilla gótica del convento de Santa Inés, limpia y cuidada, con ese esmero de las monjas, cuando vio en la guía que allí estaba encerrado el cuerpo incorrupto de la bella y noble esposa de don Juan de la Cerda. Pidió que se la enseñasen y las religiosas accedieron. Se bajó la verja del locutorio, detrás de la que ellas presencian los oficios divinos y pudo ver la urna de cristal que encerraba aquel cuerpo de mujer dormida.

Toda la poesía de su tradición flotaba en el templo. Se la veía perpetuarse en aquellas monjitas que no se descubrían jamás el rostro, para corresponder al sacrificio de la fundadora que tuvo que ocultar el suyo, después de desfigurarse tan horriblemente con el aceite hirviendo, para librar su honor de la codicia del rey don Pedro el Cruel, que había matado a su marido.

Convertida voluntariamente en objeto de horror, la hermosura célebre se había encerrado en aquel convento con su hija y allí murieron las dos. Se refería que al ir a colocarla en el ataúd, como éste fuese pequeño para su estatura de buena moza, la Priora expresó el deseo de que se encogiese un poco y la muerta obedeció, con una flexión de rodillas que le permitió entrar en el sarcófago.

Después de tantos siglos la habían encontrado incorrupta; no estaba momificada, sino fresca, no era un cadáver antiguo sino un muerto reciente. La mano sobre el pecho era una mano mórbida y perfecta; su cuerpo conservaba huellas de la hermosura que cautivó al monarca, su rostro a pesar de las quemaduras, tenía la línea de óvalo perfecto y la noble expresión de las bellezas andaluzas. En su actitud parecía dormida, sin esa rigidez de los muertos, que evitaba la flexión de sus rodillas.

Fue ese el mayor capricho de Huquet. Hubiera dado muchos miles de francos por poder llevarse a la incorrupta ¿qué antigüedad más auténtica que aquella, del siglo XIV, y que aún tenía algo de persona viva, de testigo de aquella azarosa historia del monarca de Sevilla, más bien como superviviente que como muerta? ¿Qué estatua mejor que aquella, más perfecta y de materia más noble? Y no era solamente el cadáver vulgar, notable sólo por estar incorrupto. Era el cadáver de la mujer más hermosa de su tiempo, de la mujer heroica que sacrificó su belleza y su vida por salvar su honor de la lujuria de un rey, cuando tantas trataban de despertarla para honrarse.

Huquet pedía muy seriamente a Fabián que entrase en tratos con las monjas para poderse llevar aquella preciosa antigüedad, el hermoso cuerpo incorrupto de doña María Coronel.

Los tres anticuarios eran ya conocidos.

Apenas hicieron su aparición en el Café de la Perla, bolsa de anticuarios y corredores, se esparció por toda Sevilla la voz de su llegada. Al día siguiente se vieron rodeados de una nube de agentes, entre los que habían chalanes y gitanos, que los aturdían con propuestas y demandas. Era Fabián quien los defendía, con su pericia, de toda aquella gente que perseguía a Huquet y Aznar en cuanto los veían solos.

Uno les había llevado un abanico viejo por el que le pedía cien pesetas.

—Pero hombre, si eso no vale nada.

—Pedir no es dar, ofrezca su merced.

—Pero si es que no lo quiero ni de balde —repetía Aznar.

—Pero usted me ofrece —insistía el otro.

—No, ya he dicho que no lo quiero.

—Ofrézcame usted 75 pesetas. Que para eso ha salido usted de su casa.

—Pero, eso no es antiguo.

—¡Padre mío del Gran Poder! ¿Que no es antiguo dice su mercé? Por la salü de mis churumbeles que se lo juro como estas son cruces, (aquí ponía el pulgar sobre el índice y besaba) que es más antiguo que los bisabuelos de los tatarabuelos de su mercé.

—Aquí media un hombre —exclamó otro adelantándose y echando atrás su gran sombrero de alas anchas—. Todo es ponerse en razón. Ha pedido cien pesetas. Ofrezca usted.

—Es que no me gusta.

—Ofrezca usted 75.

—No lo quiero.

—Vamos, se queda en cincuenta.

—Pero…

—¿Va usted a dejar feo a un hombre?

—Es que…

—Cincuenta, se acabó…

—Si…

—Por no dejar feo a un hombre. Trato hecho.

Aznar encontró mejor abrir la bolsa que seguir discutiendo y entregó las cincuenta pesetas a conciencia de que aquello no valía ni diez reales.

Entre tanto Huquet se veía envuelto entre una turba que le quería vender sus joyas.

—Es preciso saber la procedencia —decía— batiéndose en la última trinchera.

—¡Virgen de la Macarena! ¿Es que duda su Mercé de eso? Aquí hay mucha gente que me conoce, yo soy encargado de negocios de la tienda de D. Canelo y jamás allí se ha adquirido nada mal adquirido. De acuerdo el Patrón, la Patrona y un servidor, como jefe de la casa Canelo-Sabina, prohíbo a mis señores y a mí mismo el comprar toda clase de antigüedades a personas que según la apreciación de la patrona y mía no tengan capacidad legal para contratar.

Acudió Aznar al apuro.

—¡Eh! ¡Que yo soy español! —dijo—. Por lo visto está usted en una tienda de anticuarios. ¡Nada de Saltaderos!

El hombre se quedó un momento perplejo y luego dijo:

—Es que yo ahora trabajo por mi cuenta.

—Y nosotros, por la nuestra; no queremos comprar.

Era aquello de los saltaderos otra forma de explotación, con la que llevaban los objetos sin salida de las tiendas de antigüedades a ofrecerlos, a otros anticuarios y a veces pujaban sus mismos dueños.

Uno de los medios de vender era aquella manera de aturdir a los extranjeros.

En aquel momento apareció Fabián con un aspecto cansado y cariacontecido, que no le era habitual, y llevando un gran sombrero de alas anchas en la mano y un cayado al brazo.

—¿De dónde demonios viene usted tan majo y tan ternejal? —preguntó Aznar.

Él, sin responder, se dejó caer en una silla, cogió el abanico y se hizo con fuerza aire.

Los otros se alarmaron.

—¿Qué le sucede? —preguntó Aznar.

—¡Manzanilla…! Ordenó dirigiéndose al mozo, con el tono del que pide un refresco. Luego volviéndose a toda la gente que rodeaba la mesa añadió:

—Por hoy, señores, no vamos a hacer nada. Tenemos que hablar de nuestras cosas… Con que pueden retirarse y mañana a la tarde nos veremos.

Ninguno protestó y todos se fueron retirando lentamente como si su lentitud dejase a salvo su dignidad.

—¿Pero qué le pasa? —insistió Huquet.

—Una aventura, amigos míos. Pasaba por el Alcázar, y allí junto a la puerta, en la exposición de antigüedades que vimos ayer, se empeñaron en que volviera a entrar con la insistencia de esta gente. «Ande usted», «Por ver no se pierde nada», «Aunque no compre».

—Dígamelo usted a mí —dijo Aznar. Mire usted que ese abanico que tiene en la mano lo he comprado en cincuenta pesetas por que me dejen en paz.

—Entré… ¿qué remedio?… Y había allí unas muchachitas, tres primitas, Carmen, Mercedes y Dolores… Vamos que eran tres antigüedades de 15 a 20 años que daban la hora… Hablamos con esa confianza que hay aquí… Les compré algunas cosillas que les gustaban… unos quinientos francos, y me invitaron a ver el Alcázar.

—¡Pero amigo Fabián…!, reprochó con cierta envidia Aznar.

—¿Cuál era la más bonita? —preguntó el francés.

—No se podía escoger… tres preciosidades… A mi me simpatizaba más Mercedes… Vi el Alcázar por la centésima vez. Aquel Patio de las Doncellas, donde yo me sentía capaz de cobrar el tributo llevándome aquella nueva cuenta. Las habitaciones de doña María de Padilla, ellas lo sabían todo. Me enseñaban donde tenían la cama los reyes, donde mataron al infante don Fadrique por orden de su hermano… Daba gusto oírlas… y verlas… y tocarlas… Me enseñaron los baños de la Padilla, que están en un piso bajo y más parecen lavadero que baños de una favorita, me enseñaron un subterráneo, recientemente descubierto, salida secreta que va a dar a la torre del Oro; y me enseñaron una portada del palacio de los Duques de Osuna, que han trasladado a la entrada de los jardines y que es lástima que se nos haya escapado.

Pero los otros dos anticuarios, interesados con el relato no ponían atención en el negocio.

—¿Y qué más le enseñaron?

—¿Qué pasó?

—Que yo paseaba con ellas por los jardines hecho un almíbar a punto de caramelo. Lo deben pasar bien los reyes allí. Hay una galería por donde pueden pasear dominándolo todo.

—¿Y no bajan al jardín?

—Bajan… y tienen un parque inglés, y plazoletas frondosas y enredaderas… Hay un naranjo que plantó Carlos V, y ya es tan viejo que tiene el tronco hueco, pero aún le corre la savia y da naranjas.

—Que serán también antigüedades —dijo burlón Aznar.

—Dará gusto vivir en aquellas casas cercanas —dijo Huquet— sobre todo en tiempo de azahar.

—No lo crea. Las pobres casas que dan al jardín de Alcázar están ciegas, les han sacado los ojos para que no vean el parque de los reyes.

—¿Cómo?

—Ninguna tiene ventanas ni terrazas hacia aquel lado, son casas mutiladas.

—No me había fijado —dijo Aznar.

—Ni yo —siguió Fabián. Fueron las niñas las que me hacían notarlo todo. Hasta una gruta, adosada a la galena donde un heraldo toca al aparecer los reyes… Yo estaba entusiasmado… las invité a cenar con nosotros tres… no iba mal la cosa… Ya trataban de buscar la manera de escapar de sus casas… De pronto a Merceditas se le soltó un zapato… ¡Ay, qué zapato! Una cáscara de nuez.

—El de la Cenicienta…

—Me ofrecí a atarlo. Dejé el sombrero que llevaba en la mano y le dije que pusiese el pie sobre un poyo de azulejos en la placita semicircular, y me dispuse a sentarme para recibir aquel piececito, que parecía un pichón vivo dentro del nido…

Los dos anticuarios lo escuchaban ya llenos de sensualidad y de interés por la promesa de la cena.

—¿Qué sucedió? —preguntaron a un tiempo.

—Que las pícaruelas echaron a correr, riendo como locas, con vuelos de mariposas que se persiguen, y que yo, pensando que se acercarían en acabando su juego, que miraba embelesado… Me senté… Me senté y del banco del suelo, de los árboles, de todas partes, salió una lluvia de agua helada, cuyos hilillos parecían converger sobre mi calva. Quise escapar, y por donde yo iba brotaba el agua… Me puse como una sopa.

—¿Y ellas?

—Reían, que me parece estarlas oyendo.

—Y qué hicieron.

—Se marcharon sin decir adiós. Se habían divertido. Las puse como ropa de pascua a ellas y a sus señoras mamas… Me metí en un coche, y tuve que llegar al hotel a mudarme hasta de calzoncillos.

—¿Pero cómo salía ese agua? —Preguntó aún Huquet.

—Son los graciosos juegos de agua de los árabes de que les hablaba ayer. Ellos hilaron las fuentes y tejieron los hilillos, entrecruzándolos maravillosamente, de manera que dan una armonía a sus bosques y sus alcázares, pero esta gente, pervertida por la juerga y por la fama de graciosa, los emplean para hacer estas jugarretas. Es para ellos una diversión. Los días de fiesta, cuando se abren los jardines al público, los que están advertidos, no pasan por ciertas enramadas, donde los incautos se ven sorprendidos a lo mejor por una de estas lluvias que estropean los vestidos de las jóvenes y lo echan todo a perder…

—¡Pero eso es una salvajada!, —exclamó el francés. Fabián, a pesar de ser la víctima quiso por patriotismo defender aquella broma andaluza, y respondió:

—No, no es eso… es… ¡Gracia que tié uno!

XVI. Buscando la maravilla

El negocio no se daba bien; no podían desenvolverse de aquella pillería de falsificadores, saltadores, engaños y mentiras, y sin embargo prolongaban su estancia allí. Se reían constantemente, con las mil travesuras, de las que ellos mismos eran víctimas, reconociendo la suma de gracia, de ingenio y de talento natural que en Andalucía se derrochaba.

—¡Qué hermosa raza! ¡Qué gran pueblo podía ser! —exclamaba de vez en cuando el francés.

—En sacándolos de esto ya se acabó todo —respondían los españoles, creyendo en su fatalidad de irredentos.

Había tipos verdaderamente curiosos. La afición a las antigüedades era general. Había un cura que iba de pueblo en pueblo y de convento en convento, diciendo misa para apoderarse de los objetos del culto, que unas veces compraba y otras veces se llevaba tranquilamente. En su casa se podían encontrar las mejores colecciones de copones, custodias, patenas, vinagreras y todos los objetos de iglesia.

Este tenía un imitador en un truhan, conocido por El Judas, un hombre bizco, de cuello corto, rechoncho, que se afeitaba la coronilla e iba por los conventos, fingiéndose sacerdote, para comprar antigüedades. En más de una ocasión había sido descubierto, pero en lugar de apurarse se había levantado los hábitos, para bailar un tango, con tanta gracia, que desarmó el enojo de monjas y frailes, quedando buen amigo de todos.

Pero ni aun comprando en las mismas iglesias, por temor a un sacerdote falsificado, podían verse libres de esos fraudes. Unas veces, los falsificadores, contaban con los sacristanes para adornar con alhajas modernas las imágenes o para introducir espadas y armas antiguas en las sepulturas, a fin de sacarlas en presencia de los compradores. Otras veces encargaban a las monjas o los párrocos que les guardasen objetos, que iban a pedirles acompañados del comprador a quien querían hacer víctima de su engaño, el cual no dudaba de su procedencia.

Había que tener gran cuidado de que no se supiera loe pueblos que iban a visitar para evitar que hábiles especuladores les precediesen, sembrando su camino de objetos falsos, sin que a nadie se le ocurriera pensar que llevaban sus engaños hasta aquellos lugares.

A veces se valían de aquel deseo común en los anticuarios de engañarse unos a otros. Salían a los pueblos ya venida tenían todos noticias, iba a recorrer la comarca comprando joyas esmaltadas del siglo XVI y marfiles antiguos. A los pocos días después se ponían en circulación marfiles modernos y joyas fabricadas en Viena o Berlín, imitando las antiguas, y todos se apresuraban a comprarlas para ofrecérselas al anticuario, al cual esperaban en vano día tras día.

De no ser por Fabián hubiera caído Huquet más de una vez en el engaño de comprar objetos empeñados en las casas de préstamos, de cuya existencia le avisaban misteriosamente los corredores. Era muy común que los tratantes empeñasen en el Monte de Piedad alhajas falsas, imitando antiguas, que luego iban a pujar, el día de la subasta, y nunca faltaba quien al observar que se las disputaban las pujasen también. El Monte, cómplice sin saberlo de este fraude, daba la diferencia de lo que se sacaba del objeto y lo que dio al empeñarlo, a los hábiles embaucadores.

Todo aquello era interesante para los tres amigos, en especial para Huquet. Se sentían, además, felices en sus vacaciones de maridos.

—Conviene descansar unos días —decía Aznar—. Al fin y al cabo en el matrimonio la esposa es una señora que entra de visita y no se va nunca. Yo, recién casado, me sorprendía de encontrarme a todas horas con mi mujer, en todas partes, en la cama, en la mesa… y a veces llegaba a decirme: ¡Pero todavía está aquí!

—No diga usted eso —exclamó Fabián—. Yo no sé estar sin mi Adelina, estoy tonto, sin sombra… el mejor día me voy a buscarla.

Huquet callaba atento a vaciar una botella y pensando siempre en qué medios podría emplear para llevarse a doña María Coronel.

—Y usted ¿qué dice a esto? —le preguntaba Aznar.

—Gusto mucho de Mme. Huquet, —repuso en su castellano bárbaro— pero todo estar muy bueno. Aquí se toma manzanilla y aceitunas aliñás en lugar de café con leche.

—Sí, pero no me negará usted que es un gusto sentirse libre.

—Siempre lo soy.

—No tener que darle cuenta a nadie si se llega tarde a la hora de comer… poder dormir solo, volviéndose del lado que uno quiera… en una cama que no tiene el olorcillo de la cama de todos los días.

—Todo eso es verdad —contestó Fabián— pero yo quiero mucho a mí Adelina.

—Yo también —afirmó el francés.

—Y yo —dijo Aznar—. No parece sino que yo he dicho que no quiera a mi mujer. Sobre todas las cosas… Pero estos descansos hacen quererlas más. De catorce hijos que hemos tenido, la mayor parte vinieron al mundo después de cada viaje.

—Si ahora sucede lo mismo.

—Ya estamos viejos. Eso ustedes.

—Puede —dijo Fabián pensando en el empeño de la esposa de su amigo en que se quedara Mr. Marcel.

Y aquel recuerdo, con su manía de celoso impenitente, lo puso de mal humor.

Empezó a recordar a todas las personas que estaban cerca de Adelina. Era aquella propensión a los celos un tormento. Un día que un cliente le contó que se había divorciado porque su esposa, a la que él creía casta e inexperta, le había pedido una lámpara roja para su alcoba, coincidiendo con una petición común en las mujeres fáciles que había tratado, Fabián encontró que tenía razón, y se acordó de que Adelina le había hecho igual petición. Aunque quería no darle importancia pensaba:

—Diablo de mujeres, cómo se parecen todas. Se inquietó de tal modo, que tuvo una temporada de serios disgustos con su mujer.

Pero lo cierto era, que a pesar del amor a su esposa, todos tenían amigas sevillanas, a las que paseaban en coche descubierto, tocadas con mantilla, peina alta y rosas en el pelo.

Se gastaban el dinero en las Ventas, aquellos merenderos célebres de las afueras, donde iban todos los forasteros y toda la gente alegre de Sevilla, y donde resonaban los ecos de una perpetua juerga, los acordes de la guitarra y las castañuelas y los jipíos del cante jondo.

Las amigas les habían hecho transigir con los amigos. Aquellos hombres morenos, atezados, tallados en nervios, de rostros aguileños, grandes ojos negros y talle desgarbado, con ese aspecto de languidez y desgaire de la raza andaluza, esa dejadez que en vano tratan de imitar los elegantes y que le da una elegancia tan natural a todos sus movimientos. Movimientos armónicos, movimientos curvos, en vez de las duras articulaciones de goznes, que hacían parecer a su lado a los extranjeros como muñecos de palo.

Fabián andaba metido entre una turba de obreros restauradores, a los que les ofrecía llevarlos a París para montar allí un taller de restauraciones y fábrica de antigüedades.

—¡Qué obreros, son artistas admirables!, —decía.

—Si no fueran gandules —contestaba el francés.

—Es que en dos horas que trabajen, hacen más que los que tenemos en París —respondía.

En efecto, aquellos obreros entendían de todo. Ellos habían hecho una colección de mesitas ratoneras, esas mesitas pequeñas, que la moda convierte ahora en asientos. Las hacían de tablas antiguas con herrajes de época, incrustadas en concha, metal y marfil, que eran una maravilla.

Tenían a todos trabajándoles de prisa para justificar delante de sus mujeres las compras y los gastos, que no eran pocos.

Pasaban el tiempo emperezados, entre sus noches de juerga y sus días lánguidos, yendo de café en café y paseando por la calle de la Sierpe, que es la Puerta del Sol o el Boulevard de los italianos de Sevilla, donde pasaban el tiempo piropeando a las mozas y tomando copas con los amigos.

Hasta Huquet se había comprado un sombrero de picador.

Solo Fabián seguía preocupado con los obreros. El maestro hacía unas tallas que podían pasar por esculturas de Montañés, a fuerza de imitar a sus Cristos, había acabado por hacerlos ya sin esfuerzo, de tal modo que costaría trabajo distinguir las copias de los originales poniendo unas al lado de otros. Tenía unas manos admirables para hacer aquellos muebles mudéjares, que ilusionaban a los norteamericanos y a los ingleses. Un obrero así era un tesoro en su negocio, más aún siendo inteligente en épocas y tan diestro en las falsificaciones y en las restauraciones.

Pero era difícil convencer al maestro para que dejase su taller. Era un tipo extraño en Sevilla, el de aquel obrero agradable, calmoso, serio, que pensaba lo que había de decir y hablaba despacio con dignidad y mesura. Era un hombre que no pensaba más que en trabajar, y que no salta jamás del lado de su mujer, sin hacer caso de las burlas que eso pudiera provocar allí, en aquella tierra donde ser formal era un defecto y el amar a su mujer una ridiculez. Se reían de los hombres enfaldados. Una de las características era ocultar el amor a la esposa, tratarla con dureza, para hacerle comprender tanto a ella como a los otros, quién llevaba los pantalones en la casa. Los hombres tenían que hacer alarde de que la mujer no los dominaba.

Pero aquello no rezaba con el maestro Juan, él estaba siempre al lado de su Paquita, una mujer redondita y pequeña, oliendo a salud y a ropa limpia, que era como una sombra, un eco o un reflejo del marido, con el que siempre estaba conforme en todo.

Era difícil que aquel matrimonio se decidiese a dejar su hogar, y Fabián extremaba cada vez más sus ofrecimientos, que ya empezaban a tentarlos.

—Así podrá tenerte mejor —decía él a su mujer.

—Y dentro de un par de años no trabajar tú tanto —respondía ella.

—Pero hay que ver lo que se hace, que estos señores suelen prometer mucho y luego… —decía él con su desconfianza andaluza.

—Claro —respondía ella— que habría que agarrarse bien con un anticipo y un contrato.

Las otros obreros en cambio, estaban entusiasmados de pensar en ir a París, con triple jornal del que tenían allí, asediaban a Fabián, que, con su carácter impresionable a la lisonja, se dejaba vencer, y trataba de legitimar su capricho convenciéndose y convenciendo a los demás, de que sería el colmo de la fortuna hacer restaurar tanto mueble de valor como tenían rotos y deshechos en los almacenes.

Las tallas del maestro Juan eran un tesoro que podían explotar sin que él se diese cuenta.

Aquella tarde, en vez de ir a la venta Eritaña, la habían destinado a ir a Itálica. Tenían la ilusión de hallar algún objeto sacado de las excavaciones y oculto por los trabajadores.

No iban solos, habían llevado a aquellas tres mujeres con las que vivían en perpetua fiesta, sin quererse confesar que comenzaban a aburrirlos.

Tres mujeres bellas, pero sencillas como niños mal educados, sin interés ninguno. Decían siempre las mismas cosas, repetían los mismos gestos, atentas a sacar la mayor ventaja, con un amor empalagoso que querían hacer ardiente, como prometían sus ojos de tinta, sus cabellos de azabache y sus bocas de labios gordezuelos y rojos, pero en cuyo fondo había el desaliento de la falta de pasión, y el abandono lánguido y frío propio de las andaluzas que no están enamoradas.

Parecían buenas muchachas disfrazadas de cocotas. La que acompañaba a Huquet, no era ya joven. Una mocetona madura, de una feminidad casi bestia, respirada y transpirada en toda su carne, que reía siempre con unos dientes de loba muy blancos.

La de Aznar, era una niñita de unos catorce años, delgaducha y vivaracha; y la de Fabián, una flamenca, desgarrá, de lo más conocido en los merenderos de Triana, con la voz ronca del alcohol y los ojos lucientes y extraordinariamente grandes.

Se habían metido los seis en un solo coche. Aznar iba en el pescante llevando casi en brazos a Lolita, que palmoteaba sin cesar agitándose en el asiento. Dentro, Fabián y Huquet iban medio adormilados, al lado de las dos mujeres, que habían tomado la postura típica de las giras en coche, cruzando las piernas, medio tendidas en los asientos, con los brazos pasados alrededor del cuello de sus amigos, y canturreando coplas maliciosas al compás de las palmas de su compañera.

El cochero, acostumbrado a aquello, parecía indiferente a todo; menos cuando se aproximaban a algún ventorro, a cuya puerta no dejaba de parar para entrar a refrescar con un trago de vino.

Era una parada de un cuarto de hora en cada una de aquellas estaciones que se sucedían con demasiada frecuencia. Las mujeres saltaban al suelo y bebían también, como si hubieran tenido interés en emborracharse todos, los obligaban a ellos a que bebiesen.

Ya el cochero no se tenía bien y le costaba trabajo subir al pescante.

Las mujeres habían empezado a disputar entre sí, empezando con sacar a relucir intimidades curiosas.

Los tres amigos en cambio se sentían como adormecidos entre las palmas, los cantos y el alegre cascabeleo de las colleras, que resonaba más violento entre el silencio solemne, pesado, que rodeaba a Sevilla, silencio como de una naturaleza muda y muerta en la que hasta los ruidos más fuertes se amortiguan y dan idea de rasgar algo denso, que es aquel silencio envolvente. Era la misma clara transparencia de la campiña romana, la misma diafanidad del aire: el campo sin accidentes, el suelo matizado y uniforme.

La tarde andaluza como la tarde romana predisponía el ánimo para hallar la ciudad vieja, que sale de nuevo a la luz del sol, con ese destino de las ciudades enterradas que vuelven a aparecer.

De pronto paró el coche en una especie de barranco, al lado de un montecillo de piedras.

—Itálica —dijo el cochero.

—¡Itálica! —exclamaron los tres a un tiempo.

Saltaron a tierra, ayudaron a descender a las muchachas que se les echaban en brazos y tendieron la vista en derredor. No veían nada.

—Es por ahí —dijo el auriga, señalando un túnel natural entre las piedras.

Penetraron en él, uno detrás de otro, hundiéndose en la humedad de la tierra y llegaron a las ruinas de un viejo anfiteatro, dispuesto como el clásico coliseo de Roma, pero sin desescombrar, sin haber hecho más que descubrir el centro, sin separarlo de la tierra, sin aislarlo, sin hacer nada para librarlo de que toda el agua caiga en él y lo convierta en un pantano y lo destruya rápidamente.

Las tres amigas admiraban la obra, que había resistido a los siglos.

—Debía ser una hermosa ciudad —dijo el francés.

—Aquí cabían 40 000 espectadores —añadió Aznar.

—Fue una colonia romana fundada en España por Scipión —endilgó Fabián, que no perdía ocasiones de demostrar su cultura y empezó a declamar subido en una grada, mientras un viejo guía explicaba:

—Por aquí subían las fieras… Aquí estaban los cristianos… Allí…

Las mujeres seguían la explicación con ese ansia de melodrama que hay en la mujer del pueblo español.

Luego Aznar empezó a lamentarse de que allí no se hiciesen excavaciones, no se trabajase y se dejara todo en aquel estado de abandono.

—Tenemos aquí una Pompeya y no le hacemos caso —decía.

Los tres tendían la vista por el campo creyendo ver como los Zahoris ven el sitio donde hay agua, el lugar donde están los templos paganos, con sus columnas, sus altares y sus dioses.

—Aquí estarán —decía Aznar: dando con el pie en la tierra— los teatros, el foro; habrá una vía de las tumbas, existirán las lujosas casas patricias… pero en toda la extensión no se ve más que la capa de tierra que hace a los hombres gandules porque produce sin que la trabajen.

Huquet preguntaba:

—¿Pero no hay vestigios de la ciudad? ¿No se buscan?

—Sí, se han encontrado cosas interesantes —repuso Aznar, en el cual dominaba siempre el orgullo de español— y sin embargo las obras están paralizadas.

—Yo daría un millón si supiera que había de encontrar aquí una Diana o una cabeza, como esa de tierra cocida, con alto tocado, que hay en el Museo… Es lo único comparable a Madama Coronel.

—¡Y qué mosaicos!, —agregó Aznar—. Pero el gobierno prefiere que todo se pudra ahí debajo a dejar que busquen libremente.

Los tres seguían mirando la tierra como si esperasen una revelación. En cuanto a las muchachas, bailaban y palmoteaban en el centro del anfiteatro, como santas decadentes que esperasen al león.

Un hombre alto, flaco, que andaba como ladeado para cortar el viento, por miedo de que el viento se lo llevara, se acercó a Aznar. Se quitó el sombrero y le dijo:

—Yo he venido hoy aquí solo por hablar con usted.

—¿Sí?, ¿eh?, —respondió el anticuario escamado.

El hombre sin desconcertarse, replicó:

—Sí.

—Bueno. Usted dirá…

—Quiero que me oiga usted dos palabras a solas.

Aznar estuvo por replicar:

—No llevo suelto.

Pero se aseguró de llevar bien cerrado el chaleco y se apartó a un lado.

—Yo tengo —dijo el hombre afilado, con aire misterioso— una estatua de Diana igual a la que hay en el Museo sacada de aquí.

—¿Qué dice usted? —exclamó Aznar dando un brinco.

—Digo que es igual que aquella, con las piernas largas, como si fuera a echar a correr…

—¡Pero cómo es posible que usted tenga esa Diana!

—Al decir que la tengo no quiere decir que sea raía.

—¿Quiere explicarse?

—La tiene el capataz de las obras, que la escondió en su casa y que la mostraría a gente de confianza.

—¿Y dónde la tiene?

—Aquí cerca… se va y se viene en un día…

En los oídos de Aznar resonaba la voz de Huquet diciendo: «Daría un millón por una Diana como aquellas».

Le tentó la avaricia y convino con el hombre que al día siguiente irían a buscar la estatua.

Sus dos amigos y la mujeres se habían ya subido al coche, y él seguía hablando con el desconocido. Empezaron a llamarlo a voces. Las palmas y los cantos rompía en un contraste de mal gusto, el silencio de camposanto y sobre todo se alzaba la voz de Fabián cantando su canción favorita:


«Al ladrón del Presidente
le falta un diente.
¡Jesús que horror!».
 

XVII. La Diana

Toda la noche estuvo Aznar triste y disgustado; estaba preso de una gran ansiedad. Aun suponiendo que no fuese una Diana como aquélla, siempre sería una estatua de la época romana, de un valor inmenso… y luego… no sería lo único que aquellas gentes habrían ocultado… podía ser su fortuna. La ambición, despierta, lo inquietaba.

En cuanto a sus amigos, ya desintegrados del negocio, habiendo decidido la vuelta a París pasados un par de días, estaban contentos. Fabián cantaba couplets ingleses que hacían desternillarse de risa a los concurrentes.

Huquet por su parte hacia esfuerzos por hablar en español, con el sombrero de medio lado y el aire más chulo posible.

No le había costado poco trabajo a Fabián disuadirlo del capricho de comprar a doña María Coronel, con el argumento de la dificultad de hacerle pasar la frontera.

—Se creerán que llevamos un cadáver, que hemos cometido un asesinato —decía.

—Podemos decir que se trata del traslado del cuerpo de una parienta —respondía el francés—. Con dinero pueden arreglarse los papeles…

—Sí, pero corremos el peligro de que el cuerpo se convierta en cenizas al salir de España. Era muy testaruda la buena señora.

Este argumento hacía vacilar a Huquet que transigía por el momento, pero sin abandonar del todo su proyecto limitándose a decir:

—Hay que pensarlo.

Fabián y Aznar, a pesar de lo grotesco del deseo de su amigo, lo comprendían. ¿Acaso no vivía en el fondo de todos ellos el deseo de la posesión de algo impar y maravilloso?

Creía ya Aznar estar encamino de encontrarlo y guardaba reserva con sus dos amigos, inquieto, nervioso, esperando con impaciencia ver confirmadas sus esperanzas.

Al día siguiente salió temprano del Hotel diciendo que no lo esperasen a almorzar. El hombre afilado, de nariz larga, que presentaba una silueta de hombre prensado hasta laminarlo, lo esperaba ya. Era una figura sucia, deshilachada; un rostro cetrino y macilento capaz de poner a cualquiera en guardia.

Pero Aznar, a pesar de sus años, era hombre valiente, llevaba bien preparadas sus pistolas y además había avisado al coche del Hotel, para llevarlos al pueblo, y no tenía miedo a una emboscada.

Al cabo de una hora de camino por la carretera polvorienta, bajo un sol de llamas, Aznar preguntó:

—¿Falta mucho?

—Está ya allailla —contestó el hombre y empezó a hablar de las excavaciones de Itálica, de los mosaicos encontrados, del coste de las obras, como sí quisiera entretener al anticuario.

Al cabo de otra hora, ya nervioso, fatigado, molesto por el polvo y las moscas, Aznar volvió a preguntar:

—¿Falta mucho?

—Pasados unos calladillos.

Cambió la conversación preguntándole por la familia y por París, para obligarlo a hablar.

—El señor tiene muchos hijos, —dijo— pero tiene pan que darles. Así los hijos son una bendición; Dios se los conserve.

Se sintió conmovido el anticuario y preguntó:

—¿Y usted, señor…?

—Cayetano para servir a usted.

—¿Tiene hijos?

—Ocho han nacido en mi casa y la mujer dice que son míos —respondió usando una locución común en Andalucía—. Pero los pobres no han dejado jamás mendrugos, porque siempre el pan les vino escaso.

El coche había entrado en caminos apenas trazado por medio de hazas pedregosas, e iba dando saltos y tumbos. Aznar estaba resignado. Al cabo de cuatro horas divisaron uno de aquellos lugarcitos blancos, formado por cuatro docenas de casas alineadas, una larga calle a ambos lados del camino, con la plaza en medio.

—Ya llegamos —dijo el hombre señalando.

—¡Gracias a Dios! —suspiró rendido el anticuario, y añadió—: Con tal de que no hayamos perdido el viaje.

—De eso no hay que dudar —dijo Cayetano—. El señor quedará contento.

Empezó a contarle la historia del pueblecillo, del que aunque lo veía tan pequeño, habían salido muchos grandes hombres: bandidos y toreros. De allí era el niño de Bastos que tantas proezas llevó a cabo como bandolero, hasta que lo fusiló la guardia civil; y de allí había salido el Pintao, uno de los más valerosos capitanes en cuadrilla, que después que se puso rico se compró el indulto y vivía tranquilo en su heredad. Había nacido allí el Patillas, el contrabandista más famoso de toda España, a que no pudieran coger nunca y que amasó una fortuna que los hijos disfrutaban ahora allá en Madrid. De toreros salió de allí el Pollo de Triaría, el Niño del Arrabal y el Meneitos que eran tres notabilidades del arte.

Además el pueblo tenía fama de mujeres bonitas, y ser bonita en Sevilla, donde todas son bonitas, costaba mucho trabajo. Había cada bolera que atontaba, y cada cantaora desgarrá que se dejaba chiquitita a la Niña de los Peines.

Mientras así hablaba, el coche había entrado en el lugar y una treintena de muchachos en cueretes, revolcados en lodo, con las manos negras y el hocico blanco a fuerza de refregones, corrían detrás del coche, como diablejos, de ojos brillantes, cabellos revueltos y dientes de lobezno, que relucían en lo negro de la tez.

Hombres y mujeres se iban asomando a puertas y ventanas. Aquellas eran las hermosas mozas morenas, con los talles largos y el desgalichamiento gitano. Tenían como un perfume tónico de estiércol. Todas miraban de frente y reían al verlos pasar, como si supieran que riendo, con sus labios rojos, estaban más bonitas. En cambio los hombres, especie de morazos, que daban con la cabeza en el alero de la puerta, estaban todos serios. Aquellos eran los Niños. La madera de buena cepa y abolengo de la majeza.

Casi todos los viejos, tenían grandes patillas blancas de boca de hacha, que les hacía resaltar más lo negrirojo de la tez, y hacia pensar en si serían los antiguos compañeros de El Tempranillo.

El coche vino a parar a la puerta de una posada donde había muchas caballerías amarradas a argollas de hierro adosadas a la pared. En el porche, entre albardas y aparejos, había mesillas de tabla a cuyo derredor se veían los arrieros y los trajinantes, sentados en posetes de pitaco.

—Tía Josefa, tía Josefa —gritó Cayetano.

Asomó a la puerta una mujer gorda, con refajo amarillo, a pesar del calor, armilla negra, pañuelo de percal encarnado, con cenefa de grandes flores blancas estampada y un amplio delantal que señalaba mejor su amplia barriga y los pliegues de su cintura. Al ver al afilado rió enseñando grandes mellas en su grande boca.

—¡Ah! ¿Eres tú, Abogado? ¿Qué te se ofrece, arrastrao?

—Que es preciso que nos haga usted un arroz con pollo, chorizo, jamón y to lo bueno que haiga en casa, que le traigo este señor Corregidor, que hay que tratar como un rey.

—Eso es una Paella.

—Sí, pero como pa nosotros.

—Ni que decir tiene. Ya verá el señor como en diciendo de guisar un arroz dejamos aquí chiquitos a los valencianos.

—¿Y después?

—Tengo un conejo en ajillo que se chuparán los deos.

—¿Na más?

—Se pueden poner unos huevos con magras.

—¿Y postres?

—Hay queso, miel, arroz con leche y fruta.

—Está bien. Pon la mesa con pan tierno.

Acabaico de sacar del horno, y de un trigo candeal blanco que da la hora.

—Bueno, pues saca unos rabanitos, unas aceitunillas aliñás y unas rodajas de salchichón para ir echando un trago mientras llega eso.

—¿Pero no vamos a ver la estatua?

—Está aquí cerquita y el amo vendrá a su debido tiempo, no conviene despertar sospecha.

Un arriero se acercó con un vaso de vino en la mano y se lo ofreció a Aznar.

Éste lo tomó y lo apuró de un trago; luego, poniéndose a la altura de las circunstancias, se dirigió al ventero:

—Una ronda a todos estos caballeros, que yo pago.

El tío Sarasa, se levantó, andando torpemente, con sus piernas hinchadas de reuma, llenó de vino una gran medida de late, y se la dio a un arriero que bebió en ella como si fuera agua hasta hartarse y se la pasó al compañero. Se refregó el dorso de la mano por los morros mojados y dijo dirigiéndose a Aznar:

Salú pa conviar muchos años.

Una muchachita ágil y graciosa, de facciones menudas, empezó a extender el trapo en la mesa y a llevar los aperitivos pedidos. Tenía un aire de niña experta, mal vestida, medio descalza, pero muy bien peinada y con la flor en el moño. Llevaba una falda con volantes menuditos en el bajo que hacían algo danzarines sus movimientos.

Aznar había madrugado, era más de la una de la tarde, el aire del campo y el ejercicio que obligaron a verificar los saltos del camino le habían abierto el apetito. Lo ganaba aquel ambiente andaluz y se sintió feliz cuando aparecieron en la mesa los platos todavía hirviendo, cocinados por la tía Josefa, tan condimentados y en sazón que eran capaces de resucitar a un muerto.

Atacaron la comida y las botellas los tres, porque el cochero tenía también un puesto en la mesa, después de haber desenganchado los caballos y echarles un buen pienso.

Sin embargo, a media comida, Aznar preguntó:

—¿Pero no viene el hombre de la estatua?

—Debe estar al llegar.

Fue lenta la comida; encendido por el vinillo, el vejete pellizcaba a la criadita y le ofrecía una peseta cada vez que le cambiaba un plato. La chiquilla tomaba el dinero y se dejaba pellizcar de buen grado, como si fuese cosa a la que estaba acostumbrada.

—Si la oyera usted cantar —decía Cayetano—. Consuelillo tiene una voz de ángel, la llevan todas las Semanas Santas a Sevilla pa echarle Saetas a la Macarena y todos se quedan maravillados. Es la Patty.

El cochero asintió:

—¡Lástima que esté da moza de una pasada! Otras peor que ella están en los Tiatros.

—Si quiere me la llevo a París, la visto como una Princesa y la hago persona.

—No lo diga muy alto, que si anda por ahí el marío vamos a tener un quebranto —advirtió al cochero.

—¿Pero esa niña es casada?

—Cuasi cuasi.

—¿Pero qué años tiene?

—Ya tendrá lo menos catorce.

—Y tan joven…

—¡Anda, de trece se casó mi madre!, —intervino el Sarasa, al que de vez en cuando obsequiaban con una tajada o una copa—. Las andaluzas a los once años están rabiando por casarse.

Tenía una voz de tiple, con un tono de cacareo. Esto unido al desarrollo de sus posaderas y al meneo de su talle al andar, le daba un aire de mujer fondona, que le valía el apodo aquel, con gran desesperación de su mujer, que dejaba así sin legitimar la numerosa prole que había echado al mundo.

Desvanecido el encanto de Consuelito, el anticuario volvió a acordarse de su asunto.

—Puede usted ir a avisar a ese señor —dijo—, el tiempo pasa.

Cayetano se levantó.

—Vaya enganchando —dijo Aznar al cochero—, son ya las tres y gastamos lo menos cuatro horas en llegar a Sevilla.

—Voy a dar agua al ganao.

Descargó el látigo sobre los chicuelos que rodeaban el coche, subiéndose por las ruedas y colgándose de la capota y de la lanza, y se dirigió al pilón para dar de beber a los caballos.

—¿El señor ha venido a algún negocio —preguntó la voz de falsete del Sarasa?

Recordó el anticuario el secreto que le habían encargado y repuso:

—¡Pes…!

—No crea que lo pregunto por mera curiosidad.

Ya…

—Es que hay muchos pillos en el mundo…

El tono intencionado de su acento alarmó al anticuario.

—¿Conoce usted a Cayetano?

—¡Que si conozco al abogado! Desde que era así… Puso la mano a una cuarta del suelo.

Aznar no se atrevía a preguntarle. El otro se acercó mirando a todos lados. Los arrieros unos se habían ido y otros aparejaban las bestias, Estaban solos.

Le dijo misteriosamente:

—Si el señor no me descubriera…

—Le doy mi palabra.

—Cayetano es un buen hombre, pero el hambre… ¿Le ha dicho al señor que venga a comprar una estatua…?

—Pes…

—El señor lo ha creído.

—Pes…

—El señor ha venido.

—Y…

—Y la estatua no está.

—¡Cómo!

—Ahora vendrá diciendo que es preciso volver otro día… Luego al llegar a Sevilla le pedirá unas pesetas…

—Pero…

—Conozco el timo. Caen muchos primos, como el señor.

—¡Curro! —llamó desde dentro la voz de la ventera, como si temiese aquella afición de chismosearlo todo, de su marido.

Éste se arrastró hacia el otro extremo de la pieza y contestó desde allí con calma:

—¿Qué quieres, mujé?

Entretanto el cochero había ya enganchado los caballos y Cayetano no parecía.

Aznar estaba enfurecido y se paseaba de un lado a otro sin hacer caso de las señas que para rogarle que callara y no lo comprometiera, le hacia el Sarasa.

Dentro se oía una voz de mujer que lloraba y berreaba:

—¡Mala hija, bestia inmunda!

—¿Qué es eso? —preguntó Aznar, alarmado.

Respondió una mujer macilenta que estaba apoyada en la puerta.

—Es la señá Josefa que le ha pegado a su madre y mi señora se pone así.

Despertó el interés del anticuario.

—Su señora es la madre de la señá Josefa.

—Aquí se llama la señora a la madre del marido.

—¿Es usted casada?

—Viuda. Mi marido era hermano de la señá Josefa y cuando murió nos recogió a las dos mi cuñada… Más valía que no… Yo estoy enferma de trabajar, y a la mejor la emprende a palos conmigo, con su madre y hasta con Curro.

—¡Cágyte, mujé! ¡Lo que hablan las mujeres! —dijo éste.

—¿Pero le pega también a su madre?

—Ésa lo tiene merecido… Mientras fue joven toreó… y hoy se apipa el aguardiente cada vez que encuentra ocasión.

En esto llegó Cayetano, parecía más ensanchado y contento, andaba despacio como si le pesara la barriga, con una cara compungida, que exasperó a Aznar.

—¿Y el hombre de la estatua? —preguntó.

—Hemos hecho un viaje en balde. Ayer cuando le envié el aviso ya había salido para un pueblecillo vecino. Pero le he dicho a la mujer…

—¿Que es preciso volver, no es eso?

—Claro…

—Y ahora nos vamos y en llegando a Sevilla usted me pide unas pesetas.

—Caballero, por Dios —exclamó el Sarasa.

—Y luego… lo de siempre, siguió el anticuario. ¿Se cree usted que no sé el juego?

—Si le han dicho alguna infamia de mí.

—Yo no he despegado los labios… —decía el Sarasa con una precipitación acusadora.

Pero Aznar estaba fuera de sí.

—Le voy a romper el alma por canalla, sin vergüenza —exclamaba—. ¿Te crees que se puede hacer así perder el tiempo a un hombre y tenerlo todo el día de viaje, gastando de esta manera? ¡Miserable!

El hombre retrocedía asustado y humilde.

—Ese pago me va usted a dar, don José, cuando todo lo que he hecho ha sido por interés de usted.

—¿Por interés mío?

—Sí, señor; yo lo conozco bien. Es usted un hombre que trabaja mucho… está usted pálido… desmejorao… si sigue usted así cae… la salud se pierde en una hora, y luego para recobrarla…

—¿Pero qué estás diciendo ahí, estás borracho?

—No, señor, no… es la pura verdad… Yo veía que usted no estaba bueno… y yo he dicho ¿qué podría yo hacer por este hombre? Y lo mejor que me ha parecido ha sido que diera este paseito, que se distraiga un día y respire el aire.

El anticuario avanzó con el bastón alzado. El otro retrocedía.

—Lo he hecho por bien de usted, —repetía—… porque usted se reponga, bien lo sabe Dios… Es usted tan simpático que le he tomao ley. Míelas aquí jurás.

Besaba la cruz de su pulgar sobre su índice.

Aznar loco de furor descargó un palo qué el hombre evitó hábilmente. Sarasa chillaba como una gallina clueca; la mujer permanecía impasible, apoyada en el marco de la puerta. Allá adentro tenían bastante con sus pendencias y no se preocupaban de acudir. El cochero quiso interponerse, pero el abogado se adelantó sin perder la calma:

—Pegue usted… Lo que usted quiera… Haga lo que quiera de mí… Es usted el cuchillo y yo soy la carne corte por donde quiera…

El furor del anticuario cedía al miedo del escándalo. Los chiquillos habían formado un grupo y poco a poco iban apareciendo curiosos.

Tiró un billete para pagar el gasto y cuando le fueron a dar la vuelta, exclamó:

—Para Consuelillo.

Subió en el coche. Cayetano se acercó:

—¿Y me va usted a dejar aquí? ¿No va a tener caridad de mí? ¡Del susto de mi pobre mujer y de mis hijitos cuando no me vean esta noche!

—Arrea, cochero, que este hombre me va a hacer cometer un desacierto.

Entonces la actitud de Cayetano cambió, tomó un aire más picudo, más cortante, más afilado, como si hubiera crecido, y exclamó a tiempo de partir el coche:

—No se incomode usted así, que le va a hacer daño y es lástima.

Cuando lo perdió de vista se encogió de hombros con gesto de cómica resignación.

—Después de todo, hemos comido un arroz que daba la hora. ¡Que me quiten lo bailao!

XVIII. Restauradores

Fabián había realizado su proyecto de llevar los obreros de Sevilla a París. Aunque había tratado de convencer a Adelina, ésta vio con cierto espanto llegar aquella tropa española, que tendría algo de húngara, por su contraste con el medio. Se componía del Maestro Juan con su esposa y otros seis obreros, cuatro de dios de 25 a 30 años, tipos del pueblo andaluz, morenos, altos, enjutos, de cabellos y ojos negros, rostros aguileños, y continente torero. En todo esto les aventajaba Joseiyo el más joven, de unos 20 años, que entraba en Francia como conquistador, exagerando su flamenquismo, con el sombrero ancho de medio lado y el pañuelo encarnado puesto de corbata. El otro, Frasco, era el más viejo, unos cincuenta y cinco años, semblante torvo, que procuraba hacer agradable con un gesto complaciente, y resultaba trágico a causa de la mella de su labio superior, al que le faltaba un pedazo en forma de triangulo equilátero, con el vértice debajo del agujero derecho de la nariz y la base sobre el labio inferior, de manera que el hueco dejaba ver la dentadura en una horrible mueca macabra.

Fabián había alquilado un hotelito aislado, a espaldas de su casa y en él había instalado el almacén de muebles viejos, el taller y los obreros. Entre éstos, la numerosa familia de Fabián y la servidumbre: otro criado y tres criadas jóvenes, se formaba un verdadero pueblo español.

El hotelito rodeado de una verja, en medio de un gran patio donde se alzaban viejos árboles seculares, cuyo ramaje rasaba las ventanas del segundo piso, envolviéndolo en sombra y frescura, resonaba todo el día de cantos, de risas, de voces, de rumor de conversaciones en voz alta, con esa expansión chillona de los españoles, que escandalizaba y molestaba a los vecinos de aquellas otras casas tan cerradas y silenciosas.

Era inútil el esfuerzo de Adelina y las prevenciones de Fabián. Los españoles reían y chillaban siempre. Cuando salían en grupo por la calle, las vecinas entreabrían las ventanas, asustadas del ruido, pensando en alguna manifestación y exclamaban con cierto despecho.

—¡Son los españoles!

Fabián mismo estaba aturdido, no eran aquellos los mismos obreros que él había conocido en Sevilla, aquella buena gente sencilla, obsequiosa, trabajadora; se los habían cambiado al pasar la frontera, al trasplantarlos.

Sólo Juan y Paquita continuaban siendo el ejemplo de matrimonio unido y enamorado de siempre. Ella conservaba dentro del matrimonio una castidad de doncella que le hacía ruborizarse de todo y él la mimaba y la trataba como a una niña, con una cortesía rara en la gente del pueblo andaluz. Ambos se dirigían siempre la palabra con respeto y ternura; y jamás disentía uno de la opinión del otro. Ni ella era capaz de mirar a ningún hombre ni él a ninguna mujer. Cualquier diversión o entretenimiento se les hacía odioso sino estaban juntos. Eran los únicos que habían conservado su equilibrio y su sensatez, entre la ola de voluptuosidad que pasaba sobre el barrio. Aquellos cinco mozos españoles que comían bien y trabajaban poco, excitados por el cambio de ambiente, por la idea de la mujer francesa, que las narraciones de unos y otros les habían hecho concebir, impresionados por aquellos tipos de mujer exótica que no les eran familiares y de las que decía Frasco:

—En estas madamas hay menos cantidad de mujer que en nuestra tierra, pero hay más cantidad de hembra.

No pensaban en otra cosa, ni tenían otra conversación a pesar del rostro serio del maestro Juan, al que todas le importaban poco, y no quería que aquellas palabrotas llegasen a oídos de Paquita, que cuidaba del bienestar de todos, como una buena madre de familia.

Pero los obreros hablaban de mujeres noche y día y todos los momentos que tenían libres eran para perseguir a cuantas tenían cercanas. La cocinera, Genoveva, era novia de Manuel el criado, y suspiraba por ella Antonio, uno de los obreros.

De las dos muchachas, María era la novia de Joseiyo al que le ocultaba que el señorito Enrique le daba pellizcos cada vez que la encontraba al paso y no le podía entrar el desayuno por las mañanas, teniendo que ser Rosa la que lo llevaba porque era mas decidida y se defendía a puñetazos. Ésta estaba indecisa entre Luis y Pedro, otros dos obreros que se habían enemistado por ella. El otro obrero, Faustino, se entendía con la mujer del carnicero, y hasta el viejo Frasco andaba detrás de las cocineras y de las criadas de la vecindad, poniéndose el pañuelo en la boca para tapar su mella, pero tenía poca fortuna en sus pretensiones.

El que más partido tenía era Joseiyo, con su pantalón ceñido, la chaquetilla corta con alhamares y el chaleco bordado; el pañuelo rojo, sujeto por una sortija sirviéndole de corbata y el típico sombrero ancho. Tal vez su éxito no era personal, como él se creía. Era genéricamente español. Esa pasión por las tradiciones y leyendas españolas que apasionaba a las francesas y les hacía cometer locuras por ellos. Al ver los españoles que tenían allí éxitos y se casaban con mujeres ricas y bonitas, Frasco sentía aumentarse su despecho y solía decir:

—Sería un negocio lucrativo traerse un cargo de españolitos para casarlos con estas madamas, cobrándoles una buena comisión.

Una pintora inglesa había pedido permiso para hacer el retrato de Joseiyo, una buena Miss alta, sin formas, una con enorme cabeza de rostro rosado y cabello rojo, que parecía una de esas cabezas de muñecas que sirven de muestra a las peinadoras baratas. La pobre señora manifestaba una admiración por su modelo que hacía suponer a los maliciosos que había en ella algo más que admiración.

El muchacho se ponía furioso con aquellas bromas, pero en el fondo, experimentaba una satisfacción al sentirse deseado, una especie de satisfacción femenina, que le hacía ponerse hueco y tener cierta coquetería con la artista, aunque afirmaba:

—Como este esperpento me diga algo, le doy un puñetazo en la boca del estógamo.

Ninguno pensaba en trabajar, era como si soplase sobre ellos una ola de lujuria, avivada por la mezcla de razas.

Se habían hecho soberbios levantiscos y hasta descorteses; estaban siempre murmurando, disgustados, y el trabajo apenas adelantaba.

El que atizaba la discordia continuamente era Frasco el Mellado. Indudablemente un defecto físico determina una psiquis, y lo convulsionaba para el mal. El secreto de la vida de aquel hombre estaba en su labio partido, en aquella mella que convertía su semblante en una mueca espantosa.

Su falta de belleza, siendo un hombre extraordinariamente aficionado al bello sexo, había amargado su vida. No había sido amado jamás, lo habían soportado esas pobres mujeres de destecho que lo aceptan todo, con dolorosa indiferencia, pero jamás correspondió a su pasión ninguna de las que él había deseado.

Muy joven, una tía suya que quiso seguirle carrera, lo quiso en el Seminario, pero su defecto físico fue un impedimento. Tal vez fue esta la primera humillación que sintió de niño y engendró en él la revuelta y el odio clerical, que lo llevó más tarde hacia la más extrema izquierda.

Cuando le tocó la quinta tuvo que ir a servir al rey, llegó a sargento, y unió a su carácter díscolo, huraño, sombrío y receloso, toda la grosería de los cuarteles. Una riña con otro compañero provocó su salida del ejército. Dejó de vestir el uniforme, pero no dejó de ser sargento. Tenía las palabrotas groseras, los gustos ordinarios. Todo lo más selecto de sus fiestas eran las comilonas de carne en calderada, rociada con peleón.

Vago como soldado y seminarista, maldecía la necesidad de trabajar en su oficio, y había adquirido un aire de hombre encerrado en sí mismo, independiente en su pobreza, desdeñoso de todo, cuando estaba en el fondo lleno de infinitas ansias que sólo su gran soberbia le hacía ocultar.

Aquel martirio de llevar siempre el pañuelo a la boca para empapar la baba, lo agriaba cada vez más, como si su mella destilase veneno.

Era él quien atizaba la discordia en los otros. Pintaba a todos los anticuarios como enriquecidos por ellos. A cambio de aquellas quince pesetas de jornal ellos les daban una fortuna. Los explotaban de un modo inicuo, aquello no era justo. El lujo y las diversiones de los otros eran para él como un insulto.

A pesar de que tenían comodidades, se quejaban siempre.

—En la casa de los amos se está mejor —decía— allí hay buenas butacas y buenas camas.

—Tampoco están mal las nuestras, señor Frasco —contestaba Faustino, que era el más equilibrado, aunque un poco aficionado al aguardiente.

—Para el que no ha visto otra cosa todo está bien —replicaba el viejo—. Tú estás contento con esta casa y esta bazofia.

Sí, Faustino estaba contento, comía carne en todas las comidas, buen vino. El sueldo le daba para buen tabaco, vestirse y ahorrar alguna cosilla, que era lo principal, y no ahorraba más porque su novia actual era muy bonita y tenía una boca para consumir bombones que lo arruinaba.

—Qué son aquí quince francos —decía—. En Sevilla que ganábamos tres pesetas, esto nos parecía mucho, pero hay que ver lo que allí se hacía con tres pesetas. Aquí no hay para nada… Y luego la gloria del sol que nos hemos dejado, que no se paga con ningún dinero. Esto es una mazmorra.

Por la mente de todos pasaba como un resplandor el recuerdo de su ciudad clara, de su cielo azul y su sol de llamas; involuntariamente se volvían contra Fabián que les había estafado, llevándolos bajo aquel cielo gris plomo de París, Eran como ricos venidos a menos, despojados de su fortuna, que ven gozar al ladrón. Debían pagarles su sol, sus estancias en un patio enflorado, con su surtidor de agua corriente, y los ratos en que escapaban a las Ventas con una mujer a beber unas cañas, comerse un arroz y oír a un castizo tocarse y cantarse unas soleás.

En aquel estado de ánimo todo les parecía mal.

—Estas carnes no son sustanciosas —decía uno.

—Estas verduras están deslabazadas —añadía otro.

—Parece que todo el pan es farfolla que no alimenta.

—Y luego estos guisos. Me comería un gazpacho de pepino con medio kilo de longaniza de mi tierra.

—Daría un dedo de la mano por un plato de aceitunas aliñás con boqueroncillo frito.

—Me comería una moraga de sardinas acabaitas de pescar.

Los días de fiesta las quejas aumentaban. ¿Dónde ir en aquel París que no conocían? Hasta las mujeres, que tanto los habían deslumbrado al llegar, eran objeto de su censura.

—Estas madamas son como los palmitos, en quitándoles los trapos no queda nada.

—No saben más que ensenar las piernas.

Frasco llegaba a censurar su limpieza.

—No huelen a mujeres, huelen a perfumería.

Solo Joseiyo, en su condición de trovador afortunado las defendía. En España no se quería más que mujeres que supieran poner el cocido y llevar la falda caída, aunque fueran zafias e insoportables.

—No saben ustedes lo que es canela —decía—. Vaya si son maestras… Solas en el mundo.

Aquello exacerbaba los celos de María y las peleas entre los dos amantes eran cada día más frecuentes, con gran escándalo de Paquita, que pasaba la vida encerrada en su cuarto.

Todo aquel malestar, aquella intransigencia, aquella falta de interés en el trabajo no era maldad ni propósito deliberado en ellos, era la falta de su sol, los inutilizaba aquel ambiente de París. Para ser lo que siempre habían sido necesitaban su Sevilla.

Era solo a Juan al que la nostalgia le inclinaba al trabajo. Su único vicio era tomar dos veces al día aquellas tacitas de café reconcentrado que le servía su Paquita, moviéndole la azúcar con la cucharilla, tan tiernamente como la enfermera que asiste a un niño chico.

Recordando su ciudad amada imitaba en una soberbia talla el Cristo de Montañez, trabajando sin descanso; lo evocaba de memoria con una exactitud asombrosa, tallaba con trazos de gran escultor en aquel leño viejo que Fabián le había dado para hacer la imagen.

Por él tenía que aguantarlos a todos, pues según su contrato de trabajo, todos se harían solidarios en el caso de que despidiesen a uno.

En verdad que por poco que trabajaran ganaban el jornal. Los muebles viejos salían convertidos en antiguos de sus manos, con una habilidad insuperable. Fabián tenía la seguridad de que eran irreemplazables.

Pero cada día hacían surgir un nuevo conflicto que Fabián tenía que solucionar; ya por una pelea de Joseiyo y María no había quien guisara; ya habían reñido Pedro y Luis y era preciso ponerlos a buenas; ya se había puesto malo Pedro y se necesitaba otro que hiciese la parte que le estaba encomendada. Eran continuas las peticiones de dinero. No faltaban pretextos: una boda, una enfermedad. Necesidad de hacerse ropa de abrigo. Había que enviar a las familias.

Era aquello lo que desesperaba a Fabián y le hacía sentir deseos de prescindir del taller de restauraciones, pero Adelina, que había intimado con Paquita, lo defendía ahora como una cosa necesaria, unida a su comercio. De los disgustos que los obreros le proporcionaban no quería saber nada, y cuando él se empeñaba en hacerle oír sus lamentaciones, solía responderle cruelmente:

—¡Te lo tienes bien merecido!

Desesperado para librarse de todos aquellos disgustos y de las recriminaciones de Adelina, el carácter infantil de Fabián halló el recurso de fingir ataques apopléticos.

Cerraba los puños, apretaba, contenía el aliento y, sus ojos se inyectaban de sangre, sus venas se hinchaban, se ponía rojo y se dejaba caer dando quejidos, rechinando los dientes, o fingiéndose muerto.

Adelina no se engañaba, veía la ficción que había en todo aquello, pero se conmovía profundamente ante la imagen de la enfermedad, tal vez temía que la atrajese con la ficción. El caso es que su bondad se sobreponía a todo y se dedicaba a cuidarlo. Le daba fricciones, le ponía sinapismos, le propinaba drogas, que él tomaba paciente, soportándolo todo con la voluptuosidad de sentirse cuidado.

A veces fingía delirios.

—¡Una araña! ¡Veo una araña a los pies de la cama! —gritaba incorporado con los ojos muy abiertos y cara de espanto.

Otras veces aullaba:

—¡Vienen perros, llegan, me van a morder, Adelina mía, cierra esa ventana, defiéndeme tú que me quieres!…

Gozaba en la oscuridad reposando su cabeza ardorosa de la brega en la carne marmórea y fresca de su mujer, de aquella indina que no envejecía, como exclamaba en sus momentos de celos.

Un día su delirio fue tan grotesco, que hizo a todos estallar en una risa, cuyo contagio sufrió.

—¡Me voy a tirar por el balcón!, —exclamaba— ¡quita ese espejo que veo una calavera!…, —y de pronto— ¡que me como la cómoda!

Contagiado con la explosión de risa afirmaba muy serio:

—Mi enfermedad debe ser nerviosa, porque al sentir reír me he curado por completo. Arréglate, Adelina, que nos vamos a pasar una juerguecita a Saint Cloud como dos enamorados.


«Por eso en Calasparra los
difuntos no tocan la guitarra».
 

XIX. La subasta

Adelina había madrugado aquella mañana, era día de gran subasta y le convenía tener buen sitio, cosa difícil, pues a veces iban a las dos para asistir a una subasta que empezaba a las seis y ya estaba todo lleno de público.

Las subastas tenían el valor de una representación teatral, acudía a ellas un público elegante, entre el que no faltaban mujeres bellas, cuyos caprichos solían dificultar más de un remate.

Los periódicos las anunciaban como un espectáculo.


—LA CURIOSIDAD—

En el Hotel Druot venta de objetos de arte, muebles, cuadros, porcelanas, bronces y tapices.

Galería Petit. Dibujos antiguos. Çhausse de la Muette, número 20. Venta colección del Conde Sepresnel. Cuadros, objetos de arte, tapicerías, bibliotecas, etc.
 

Era preciso estar alerta y aprovechar las ocasiones.

Cuando llegó Adelina había aún pocas personas en la sala, que tenía algo de sala de espectáculo y ocupó una butaca en la primera fila, Fue viendo entrar al público, que reía y hablaba, esperando el momento de empezar la función.

Estaban allí casi todos sus amigos.

Existía una especie de comunismo entre los anticuarios, a pesar de la diversidad de intereses, que les hacía llevarse a todos bien y caminar de acuerdo. Donde se veía esto con más claridad era en las subastas, no solo en las del Hotel Druot, donde dominaban con ventaja a la Banda Negra, sino en todas las innumerables subastas que se verificaban en París y a las cuales había la seguridad de que acudirían todos los anticuarios, después de haberse puesto previamente de acuerdo sobre lo que a cada uno le convenía adquirir, para no perjudicarse mutuamente.

Aquella subasta tenía gran interés para Adelina. Se iba a subastar en ella la talla hecha por el maestro Juan, aquel Cristo, exacta copia de Montañez, con todo su realismo, su admirable anatomía, su grandioso dolor, feroz y resignado, que había nacido a impulso de la nostalgia de la patria.

Estaban allí todos sus amigos que fingían no conocerse y formaban diferentes grupos, hablando de las cosas que habían visto en las salas de exposición, de manera apropiada a formar ambiente.

De pronto todas las conversaciones se suspendieron, el hombre del martillo acababa de aparecer detrás de la mesa, con su martillo preparado, aquel martillo que tenía algo de providencia inflexible, de irrevocables resoluciones. En una mesa, al lado suyo, se colocaron los escribientes. Entre la expectación de todos apareció el primer objeto. Anunció su calidad y precio.

—Una bandeja, plata repujada, siglo XV, en cien francos. ¿Hay quien dé mas?

Los anticuarios guardaron silencio, Aznar dijo:

—Ciento cinco.

Aquel era un objeto que deseaban adquirir, en esas cosas no pujaban y de no haber un caprichoso o estar el dueño presente se les adjudicaba por la mínima cantidad de tasación, como ocurrió en aquel caso. El hombre del martillo repitió:

—Ciento cinco francos. ¿Hay quien dé más?

Nadie respondía y el martillo cayó sobre la placa de metal. Aznar era dueño de la linda bandejita.

En seguida apareció un bello cuadro prerrafaelista. Los anticuarios lo conocían, era de un compañero, había que pujarlo.

—Ofelia atribuido a Dante Gabriel Rosetti —dijo el hombre—. Mil francos. ¿Hay quien dé más?

—Dos mil —dijo Adelina.

Había que pujar así, rápidamente, cuando les interesaba vender un objeto; de cien en cien francos o de mil en mil, para estimular a los contrincantes.

—Dos mil francos. ¿Hay quien dé más? —repitió como un eco el hombre.

Mordió uno de buena fe.

—Dos mil y cinco.

—Dos mil y cinco. ¿Hay quien dé más?

—Tres mil —exclamó la anticuaría.

—Tres mil y quinientos —dijo el comprador.

—Tres mil y quinientos. ¿Hay quien dé más?

Intervino Huquet.

—Cinco mil.

—Cinco mil. ¿Hay quien dé más?

El otro debió suponer un gran valor en el cuadro que así le disputaban y subió con decisión.

—Seis mil.

—Seis mil. ¿Hay quien dé mas?

—Siete mil, —dijo Huquet.

—Siete mil. ¿Hay quien dé más?

El otro vaciló, iba a caer el martillo.

—Siete mil quinientas, dijo.

—Siete mil quinientas. ¿Hay quien dé más?

Nadie respondió; Huquet, dueño del cuadro, estaba satisfecho del precio alcanzado y se detenía a tiempo para que lo adquiriera su contrario cuya vacilación había notado. La habilidad estaba en saber detenerse a tiempo para no tener que ser ellos mismos los compradores; porque eso, además de no vender, les suponía la pérdida del tanto por ciento que había que pagar a la subasta, del precio en que el objeto se adjudicaba.

A veces por no detenerse a tiempo se les adjudicaba a los mismos dueños. Bien es verdad que ellos sabían sacar partido de estas cosas, para venderlos enseñando el recibo de lo que les había costado en la subasta.

Siguieron otros objetos. Una porcelana Directorio, un jarrón vulgar, un alabastro lamidito, solía alcanzar más precio que un viejo paño de Arras o un vaso etrusco.

Un experto podría descubrir en la manera de pujar el interés que los impulsaba. Cuando les interesaba vender un objeto, pujaban rápidamente, de cíen en cien y de mil en mil francos, para hacer subir al contrario. Cuando querían adquirir pujaban poco a poco, de franco en franco, a fin de no encarecerlo, pero sin ceder terreno al adversario.

Le tocó el turno a una verdadera joya extraordinaria; un ejemplar de los Chátiments, de la edición Hetzel, publicada en París en 1870, que contenía las cuatro obras sobre el mariscal Saint Arnaud, suprimidas de las otras ediciones después.

Aquel ejemplar que tenía una dedicatoria de Víctor Hugo a Jules Claretie ostentaba en su encuadernación una abeja de oro, arrancada por el segundo de un adorno del trono imperial, que iban a enviar a un guarda muebles, en ocasión que el escritor estaba en las Tullerías, formando parte de la comisión nombrada para examinar los documentos del Imperio, sin contar con que la Emperatriz Eugenia había sabido poner en salvo los de verdadero interés.

Era aquella la famosa abeja de oro que la leyenda decía que había cortado Victoriano Sardou del manto imperial, y que había hecho colocar en la encuadernación de la obra de Víctor Hugo.

Aquel interesante ejemplar se vendía con la biblioteca del autor de La Víe a París. Los anticuarios alerta evitaron que se pujara y fue a parar a manos de Aznar por 560 francos, cuando más tarde le habrían de ofrecer muchos miles de libras esterlinas.

Al fin apareció la talla que interesaba a Adelina, haciendo pasar un murmullo de admiración en el público.

Juan había hecho un milagro. La vieja madera no estaba carcomida en exceso; él le había hecho escasos picazos con un clavo, para darle carácter y había curtido maravillosamente la madera dándole en vez de barro, una capa de greda con ceniza, que había dejado una patina de antigüedad admirable.

Pero no había querido abusar de eso. No era el estar bien conservada o más o menos apolillada una tabla lo que daba carácter de antigüedad. El nogal se apolilla de un año para otro si se ha cortado con la savia, se le pudre la sangre. Era el carácter, el espíritu, el sabor de época, la blandura que el sentir la obra había hecho poner en ella: La vida que le había dado.

—Talla en Madera, siglo XVI, atribuida a Montañez —cinco mil francos.

Aznar se arriesgó.

—Diez mil.

Una jovencita, que estaba sentada al lado de un anciano, exclamó con arrogancia:

—Once mil.

Adelina, que no esperaba tanto, recogió el guante.

—Quince mil.

La jovencita consultó a su acompañante, y dijo:

—Diez y siete mil.

En otro momento se hubiera conformado Adelina, pero se empeñaba contra la rivalidad de una mujer.

—Veinte mil.

La otra pujó rápidamente:

—Veinte y un mil.

Sin vacilar tampoco, pujó Adelina.

—Veinticinco mil.

Ninguno de los anticuarios se atrevía a intervenir. Sin duda Adelina se había vuelto loca para pujar sobre aquella cantidad.

La jovencita volvió a decir:

—Treinta mil.

Eran dos mujeres disputándose el Cristo, como se disputarían el amor de un hombre. El negocio degeneraba en una lucha femenina. Adelina no se acordaba de que era anticuaría, iba a pujar cuando la voz grave de un americano dijo en mal francés:

—Cuarenta mil.

Adelina tuvo una audacia decisiva:

—Cincuenta mil.

El caballero, como si le cansara la escena, ofreció:

—Cien mil.

Pasó un soplo que apagó los rumores de todas las conversaciones, mientras el hombre del martillo repetía, como lo había hecho a cada propuesta:

—Cien mil francos, ¿hay quien dé más?

Y después de unos instantes el martillo golpeó.

Adelina no podía ya dar crédito a la felicidad de haber vendido en aquel precio la talla hecha por Juan, su Montañez. Aquel triunfo se debía a su audacia, a su sentimiento femenino, aunque ella sostuviese que era conocimiento del mérito de la obra y del interés que despertó.

La subasta continuó animada desde entonces. Había un público habitual de las salas de subasta, que no faltaba nunca, hasta el punto de que muchos se conocían y se saludaban solo por la costumbre de encontrarse siempre en ellas.

Acudían muchas mujercitas perfumadas, que parecían recortadas de un periódico de modas y contemplaban el espectáculo como si estuviesen en el teatro, atentas a polvorrosarse el rostro de vez en cuando, ante el pequeño espejo de bolsillo, y darse bermellón en los labios y lápiz en las pestañas y las cejas, con la misma tranquilidad que si hubiesen estado solas en su tocador.

Aquellas madamitas se apasionaban en las grandes luchas, en las que se cruzaban miles de francos, y se las veía atentas, con las naricillas abiertas, entusiasmadas como si asistiesen a una carrera de caballos; hubieran sido capaces de apostar por alguno de los contrincantes.

Además del público de los profesionales había siempre un público de buena fe, que acudía deseoso de hacer compras, y un público de aficionados, de desocupados, que iba allí como podrían ir a una sala de conciertos, o al teatro para matar el tiempo, en el ambiente tibio de las salas.

Para los anticuarios era una especie de festejo la subasta; había en ella emociones de sala de juego, algo de ruleta, que sacudía sus nervios y los apasionaba.

Tenía algo de bolsa, se necesitaba saber preparar y acertar las jugadas, una especie de esgrima, en la que sentían los iniciados ese goce picante de la incertidumbre antes de llegar a la derrota o al triunfo.

XX. Veraneo

Los veranos eran épocas de descanso y diversión, para aquel comercio, el cual, a pesar de las dificultades y las preocupaciones, daba la impresión de que se ganaba el dinero sin trabajar.

Con la salida de la gente rica de las grandes capitales, la venta languidecía. Los anticuarios sacaban apenas de sus ventas corrientes e insignificantes para costear los gastos de las tiendas. Muchos suspendían el comercio para dedicarse al descanso y otros seguían detrás de los millonarios a las playas de moda, para hacer la plaza y costear su veraneo.

Del número de éstos eran Fabián y Adelina. Ella, con su actividad de costumbre, no se resignaba a estar en reposo todos aquellos meses, y lo arrastraba a él, que se limitaba a dejarla hacer.

Ya habían recorrido, en años sucesivos, todas las costas irán cesas, la costa de oro, la costa de plata, la costa de azul. Habían estado en las estaciones de moda Aix-le-Bain, los Altos Pirineos, Dijon, Vichy. Lo que más resultados prácticos les daba, eran Trouville y Etretat.

Bien es verdad que para ellos era muy difícil en esas excursiones obtener grandes ventajas a causa del exceso de gastos. Adelina viajaba, no solo con el género y los dependientes necesarios, sino que llevaba en pos suyo a su madre, a sus hijas y a las criadas. Ella no sabía vivir sin sus hijos. Tenía esa maternidad española, llena de ternura y de pasión, y no podía ser feliz sin tenerlos a todos bajo el ala con regodeo de clueca.

Aquel verano Fabián había querido volver a Sevilla, pero Aznar y Huquet, escarmentados de los engaños de que fueron víctimas los años anteriores, no habían querido acompañarlo. Todos habían ocultado lo que les había ocurrido. Ni Aznar dijo nada de lo sucedido en la excursión para comprar la famosa Diana de Itálica, ni Huquet había contado a sus amigos, que un día lo llevaron a visitar a una bella viuda de un general muerto en campaña que se veía obligada a deshacerse de preciadas joyas de familia.

Encontró a la aristocrática dama de rodillas ante una cruz de cristal de roca y oro esmaltado, en un gabinete alumbrado por dos bujías. El francés se sintió deslumbrado y manifestó deseos de adquirir el Crucifijo, pero la condesa no quería venderlo. Era una joya de familia, que llevó uno de sus abuelos a la batalla de Lepanto. Al fin después de muchos ruegos accedió a darlo en diez mil pesetas. Huquet lo guardó cuidadosamente, sin decir nada de su adquisición. Una vez en París, pasado el deslumbramiento, vio el escaso valor de la alhaja, moderna, que tuvo que dar en quinientos francos. Se convenció de que entre el corredor y una bribona disfrazada de generala, le habían estafado diez mil pesetas. Lo que más sentía era el ridículo de haber respetado a la falsa viuda. ¡Con todo lo que le había gustado!

Guardaba su secreto temiendo que se burlaran de él, sin saber que todos habían sido engañados en más de una ocasión.

Siempre que iban de visita casa de algún prendero éstos hacían que entrasen emisarias suyas ofreciendo objetos que fingían comprar, y cederlos después como gangas a los incautos que presenciaban la operación. Todos habían caído en aquel lazo, hasta Fabián, que compró un camafeo de lacre, creyéndolo de una piedra preciosa y una rodela en cinco mil pesetas.

Suerte que él encontró medio de vender ambas cosas, El camafeo a un rico alemán, al que le aseguró que en llegando a Berlín podía ponerlo en el martillo y hacerlo polvo. El buen señor pensó entender en este raro retruécano que podía llevarlo a la subasta y alcanzar buen precio, sin sospechar la verdad que había en sus palabras.

En cuanto a la rodela, tuvo la audacia de enviársela al general Nogués, experto en antigüedades, sobre las que había hecho grandes estudios, con esta dedicatoria: «Al sabio de los sabios, que escribe de antigüedades en varios idiomas».

Y el general pagó por ella cuatrocientos duros.

Al fin se había decidido a hacer aquel verano las playas de Trouville y Etretat.

Les había costado gran trabajo poder establecerse con la familia en el primero, donde todas las habitaciones estaban tomadas con anticipación y donde no se podía pensar en hoteles, dado lo exorbitante de sus precios, sobre todo durante la Gran Semana. El Normandía Hotel y todos aquellos hoteles, hipócritamente disfrazados de granja normanda, con sus ventanas cubiertas de cortinillas de grandes cuadros, recogidas por un lazo en el centro, y las enredaderas cubriendo la fachada, eran hoteles de Príncipes, donde cada huésped parecía un soberano disfrazado.

Solo habían encontrado un pequeño local para tienda, dividido por una cortina, para formar la trastienda que servia de cocina y comedor. Era Adelina misma la que tenía que guisar allí con una hornilla de gas, siempre temerosa de ocasionar un incendio. En los altos tenían solo dos alcobas para la numerosa familia, viéndose obligados a repartirse por sexos para dormir en colchones tendidos en el suelo y hasta en medio de la tienda.

Pero a pesar de esa estrechura y de las molestias de su instalación estaban todos contentos, sentían ese placer, algo sádico, de la falta de comodidad, de luchar con dificultades, de vencer privaciones.

La alegría de las niñas, contentas de aquel veraneo que solo las gentes muy acaudaladas podían permitirse, ponía un fondo de risas, de comentarios alegres, que enfloraba y rejuvenecía la tiendecita, donde era increíble que cupiesen tantas cosas en tan poco espacio.

Habían llevado con ellos una prima suya, preciosa morena de cuerpo de parisién, con flexibilidad de española y una cabeza típica de andaluza; cabello negro como la endrina, abundante y revuelto, ojos enormemente grandes, de color castaño, que tomaban a veces el valor del negro intenso, sin tomar su dureza, por la sombra de las cejas y de las pestañas. Magníficas pestañas espesas, largas, arqueadas, de negro de tinta, que aleteaban como alas de mariposa negra, y ponían una nota de pasión ardiente en el rostro gracioso, de un moreno pálido con labios rojos, y una de esas boquitas carnosas, no muy pequeñas, dibujadas en corazón, con los tres piquitos picarescos del labio superior, rimando con una nariz sensual, un poco irregular y respingona, que daba mayor fuerza de expresión al semblante.

En aquel hermoso cuerpo de mujer adolescente, había un alma de muchacho inquieto y travieso; de un temperamento nervioso, atrevido, incansable. Capitaneaba a todas las primitas, que la adoraban y se prestaban cariñosamente a sus caprichos, y todo el día corrían en pandilla de un lado para otro el pueblecillo y de casa en casa de sus amigos, los anticuarios, que tenían hijos jóvenes, siempre en comidas, reuniones y fiestas.

Enrique por su parte, traía revueltas a todas las amigas francesas que engrosaban la alegre pandilla.

Una multitud de muchachos jóvenes se habían hecho amigos de Enrique, seducidos por la gracia de las españolitas, de las francesas y de las turquitas, que iban siempre con ellas.

Matilde imperaba en todo aquel pequeño mundo con una corte de adoradores detrás de ella, porque gran coqueta inconsciente, tenía el deseo constante de ser admirada y pretendida.

Parecía entregarse al amor de cada uno de los jóvenes que le presentaban; ponía un gran esfuerzo en eclipsar a todas las demás jovencitas, en hacerse notar, sobresalir, gustar y ser amada, pero en cuanto rendía un corazón se alejaba con una carcajada alegre para buscar una nueva víctima. Amaba con vehemencia de momento y olvidaba con una admirable facilidad. Se complacía en martirizar a los que la amaban no por maldad, sino por travesura.

—Ésta no amará jamás a su novio —decía Fabián— sino a los novios de sus amigas.

Su placer era deslumbrar, conquistar y no conservar después nada más que el placer de saber que sería recordada con la nostalgia de los deseos no satisfechos.

Las primitas le ayudaban, dejándole de buen grado el primer lugar. Las pequeñas con esa admiración instintiva de las niñas hacia las mujeres que despiertan amor y las mayores con aquella fría indiferencia, quizás heredada de la madre, que tenían para todos los noviazgos.

Toda aquella reunión de americanos y franceses andaban locos por Matilde. Le hacían fotografías, le dedicaban versos, ella era la novia de todos, sin comprometerse con ninguno. El más enamorado era un inglesito, pálido y débil, al que ella solía vestir con un pañolón de manila, el sombrero de medio lado y una rosa detrás de la oreja, porque decía que así tenía tipo de sevillana, entre las risas de todos, y sin que el infeliz protestara, contento de sentirse acariciado por aquel capricho.

Siempre inventaba algo para hacer reír a costa de sus amadores; ya era uno que se afeitaba la barba, otro que se dejaba el bigote, alguno que se vestía a la española, o que se dejaba crecer la melena.

—Un día les hace andar a cuatro patas, —decía Fabián.

Y aprovechaba el pretexto de aquella coquetería inocente para repetir una vez más el árbol genealógico de la mujeres, que él había compuesto.

—Son hijas de mujer, nietas de mujer, biznietas de mujer, madres de mujer, y siempre mujeres.

—Lo mismo podríamos decir de vosotros, —le contestaba Adelina—. Hijos de mujer, nietos de mujer, biznietos de mujer, padres de mujer… con la agravante de que sois también los maridos de las mujeres.

Desconcertado por aquella dialéctica, Fabián no sabía qué decir y contestaba muy serio:


—Pues por eso en Chinchón.
El alcalde baila en faldón
 

o bien otro pareado por el estilo.

En verdad era deliciosa la estancia en Trouville, con su playa extensa, salvaje, bravía; aquel Océano al que los marineros llamaban el Mar bestia, siempre encrespado y poderoso. El paseo a la orilla de la playa, a lo largo de la ribera de magníficos palacios-hoteles, tenía una grandeza majestuosa. Rivalizaba con ella la graciosa coquetería de aquel otro pueblecillo que acababa de nacer allí a su lado, en el recodo de la bahía, de manera que los dos casinos quedaban frente a frente, como dos adversarios que se preparan a comenzar el duelo.

Trouville tenía una parte de pueblo, calles formadas de casas donde la gente moraba todo el año, y en las que había tiendas, almacenes, boticas… todo lo que constituye la ciudad.

Deauville era solo morada del placer, recién nacido, formado de palacios suntuosos y de lindos hotelitos caprichosos se había agotado en unos y en otros todos los recursos de la arquitectura. Sus calles enarenadas, no eran calles regulares y rectas, eran los paseos de un magnífico jardín, en el cual los edificios, quedaban como cenadores ocultos entre macizos de árboles, flores y follaje.

Llegaban las flores hasta el agua que bañaba tablas de azucenas y geranios; los pinos marítimos y los bojes quedaban dentro de las olas en las altas mareas. Era la Playa Florida donde las elegantes tomaban el té dentro del baño, en mesitas portátiles y preparadas con esas cuadriculas que sostienen la vajilla en los comedores de los barcos, los días de temporal, y reciben el poético nombre de violines.

Allí estaban el gran hipódromo rival del de Lomchamps, los grandes campos de Tennis y Foot-ball a orillas del mar. Grandes rivales y sin embargo se completaban para formar la gran atracción de todo ese mundo rico, ocioso, aburrido y cosmopolita que distrae su tedio de hotel en hotel y de casino en casino.

Cada día era mayor la afluencia. Se poblaban rápidamente los hoteles, cada día abría sus ventanas otro nuevo chalet de los que pasaban alquilados, cerrados y polvorientos, todo el año, esperando esos días a sus amos, o aparecía un nuevo yate en la rada.

Era allí donde Fabián sentía deseos de decir que era el Duque de Osuna o el Conde de Lemos, pero ni siquiera podría lucir una condecoración, porque la única que tenía, de Caballero del Águila Negra, era alemana y él sabía lo mal visto que estaba lo alemán en Francia. ¡La hubiera cambiado con tanto gusto por la Legión de Honor! Tenía un lote entero de condecoraciones, pero no se atrevía a usarlas. Las había comprado a un prendero y a veces se complacía en revolver aquellas placas, cruces, medallas y lazos, que habrían pertenecido a nobles y linajudos personajes, con el deseo de podérselas poner todas.

La concurrencia que invadía la playa era la concurrencia de todas las playas de moda. Esas mujeres que parecen hechas para decorar los hall del hotel y los salones del casino; pintadas con exceso, vestidas coa exageración y excentricidad, movidas con cordelitos según el patrón de la sociedad elegante que se ve en las estampas del Segundo Imperio.

Fabián pasaba el día en la playa o en el casino cuando estaba allí, porque: la mitad del tiempo había de pasarlo en Etretat, vigilando la otra tienda, confiada al cuidado de Saturio. No le gustaba que lo viesen en funciones de anticuario. Deseaba figurar, entre la sociedad cosmopolita, como uno de los ricos veraneantes desocupados. A pesar de su amor a Adelina le gustaba mirar con deleite a todas las mujeres bonitas que tanto abundaban. Con pretexto de estar con las niñas se pasaba el día sentado en el gran sillón de mimbre, en una de aquellos tiendecitas de lona, como enormes bromos, que le daban a la playa un aspecto de aduar.

La atracción de la playa aquel año era una bailarina española, amante de un inglés rico y viejo, del que hacía poco caso.

Estaba hospedada en el Normandía, pero en vez de encastillarse como casi todas las mujeres a la moda, que saben que su renombre consiste en ser herméticas, y no se dejaban ver en la playa, ni en la calle; ella pasaba el día paseando en compañía de sus amigos o entregándose en cualquier café a frecuentes libaciones de Calvados.

A la hora del baño se adelantaba vestida de un fantástico traje de rayas verdes, negras y amarillas, ceñido al cuerpo, que le daba un aspecto de serpiente. Los brazos y las piernas desnudas, y el amplio descote del pecho y de la espalda, desaparecían bajo la multitud de cadenas de metal y de piedras raras que la adornaba. Pulseras, anillos, ajorcas en los tobillos, aretes, collares y adornos de la cabeza. Era un chocar de metal y un tintinear de piedras que señalaba su paso de serpiente de cascabel.

Al llegar a la orilla del mar dejaba caer su gran capa de seda. Se inclinaba hacia la ola como los creyentes que mojan la mano en agua bendita, y hacía unas figuras cabalísticas sobre su pecho.

Después ante la inmensidad del Océano empezaba una danza improvisada, diferente cada día, según su estado de ánimo y las sugestiones del momento.

Era una danza en la que se ofrecía a las olas, temblante de voluptuosidad, de anhelo de lo desconocido, con todos los poros abiertos como si cada uno de ellos fuese una boca apasionada y ansiosa que pidiese besos. Sus cabellos se esparcían fuera de la gorrita y le caían sobre los hombros como si cada uno viviese su vida individualmente, sintiese todo lo de vegetal que había en él y se dejara acariciar por el aire y por el agua; la sed de confundirse con la naturaleza, en un anhelo de sensaciones despiertas con aquella intensidad dolorosa que se reflejaba en sus ojos.

Era la hembra magnífica que se ofrecía a un amor superior, al amor de los hombres; se entregaba al sol, al viento, al agua, con la sensibilidad excitada para recibir sus caricias mis sutiles y sentirlas filtrarse por todo su ser.

Su danza se hacía ya lánguida, ya desenfrenada, en la que encontraba los más bellos escorzos y la más pura combinación de líneas.

Bailaban sus pies, sus brazos y su cuerpo a compás de sus ojos y de sus sonrisas. Bailaba y tremía toda ella como alucinada por la visión de amor más supremo, más intenso; poco a poco su danza se hacía dolorosa, retorcida, todos sus músculos se contorsionaban, era como un suicidio; como un espasmo supremo aquel con que se sumergía en el agua y se la veía revolverse y convulsionarse, deshacerse, para quedar inmóvil, como la Ofelia de un cuadro prerrafaelista en la serenidad del amor gozado.

Parecía que se electrizaban las aguas y el ambiente en una voluptuosidad suprema, que haría estremecer a los espectadores.

La única que trabajaba incansable era Adelina. Todo el día sin salir a la playa ni a dar un paseo, esclava de la tienda, colocando en el sitio más visible las mallas bordadas y los encajes de época, que colgaban de las paredes dando a la tiendecita un aire de quincallería o de esos bazares donde se venden saldos de piezas de encaje a tirón.

Nadie hacía caso del trabajo, tenía ella sola que colocar el género y que hacerlo todo. Se esforzaba por poner en el escaparate las joyas, los cuadros, las cornucopias, todo lo que tenía de más bonito, para que se viera bien.

Los martes y los sábados eran días de mercado, en la plaza de Trouville y los lunes y viernes en la de Deauville. Aquellos días desde antes de amanecer estaba ya Adelina levantada, cuidando lo que los criados llevaban para su puesto. Ayudaba toda la familia a transportar objetos y a decorar la mesa, especie de gran mostrador, sobre el que lucían las porcelanas y las joyas. De los cuatro ángulos de la mesa se alzaban cuatro pies derechos, enlazados por cuerdas, de las cuales colgaban los encajes y las sedas y telas antiguas. Adelina sabía disponerlo con arte y el puestecillo quedaba envuelto entre colgaduras de terciopelo y damascos preciosos, con un dosel de sedas, obligando a detener el paso a la elegante multitud que tenía costumbre de dar el paseo matinal por el mercado, verdadero laberinto de tiendecillas, de mesas unidas formando callejuelas estrechas, cubiertas de toldos de colores, que daban a aquel mercado un aspecto de antiguo zoco en fiesta de feria, popular y verbenera.

Allí se realizaban las mejores ventas. Las familias que habían alquilado casas o habitaciones amuebladas, sentían a veces sin darse cuenta, la necesidad de poner en ellas algo suyo, de adornarlas un poco, de colocar al lado de aquellos objetos barrocos, toscos, vulgares, de bazar, algo más espiritual, más distinguido, una figurita, un búcaro, una cornucopia, y sobre todo unos trapitos, unos encajes, qué cubrieran sus tocadores, los estantes del comedor, y las tablas de los veladores. Era aquello la que más se vendía.

Machas personas que no habían sido previsoras les compraban servilletitas para el té, de encajes viejos, cominos de mesa, tazas legítimas de Sevres o de la China.

Los objetos grandes, estatuas, espejos, bargueños, solían venderse también para algunos extranjeros ricos ingleses y norteamericanos, que alquilaban casas y se complacían en comprar muebles, adornos y cortinajes, como si fuesen a vivir siempre allí.

Lo que no había que pensar era en vender los cuadros y las verdaderas obras de arte; aunque estaban allí muchas personas de su clientela de París: la señora de Martínez, el Marqués de Marianini, luciendo los aretes de su amada, muchos de los aficionados a pintura y a cosas artísticas, pero todos entretenidos en los sports, en las aventuras de casino, en las frivolidades. Era como si en su programa de descanso hubieran decidido el no acordarse de nada serio y transcendental.

Joyas se vendían siempre, no faltaba alguna mujer bella, alguna artista, alguna elegante, que aprovechaba la ocasión de que su marido o su enamorado le ofreciera un recuerdo del veraneo con una linda joya antigua.

Muchas, como la bailarina española, eran ya conocidas de Adelina, y le cobraban luego la comisión de las joyas que les hacían comprar a sus amigos. Aquello era ya cosa convenida.

Pero no era solo las ventas lo que tenía allí interés, sino las compras. Se solían presentar ocasiones de comprar cosas maravillosas, tan baratas que eran un verdadero regalo.

Gentes que necesitaban con urgencia dinero, arruinados en el juego que se desprendían de magníficas joyas para salvar su situación; americanos que se marchaban a su tierra y vendían por cualquier insignificancia lo que les había costado un dineral.

Era la incumbencia de Fabián, que andaba de aquí para allá, enterarse de todo, saber todas las historias, aprovechar todas las ocasiones y explotar todas las excentricidades.

Se daban casos curiosos:

Un matrimonio recién casado, que adornaba amorosamente su casa, y que a los pocos días se separaban ruidosamente y vendían todo aquello, por una bicoca. Se separaban para no volverse a reunir más. Él se lo confesó a Fabián en un momento de expansión. Su mujer le había pedido que pusiese una lámpara roja en su alcoba, aquello había sido el motivo de su desavenencia.

—¡Una lámpara roja! ¿Comprende usted? Todas las mujeres sabias en el arte de la voluptuosidad que he conocido en mi vida de soltero me han pedido una luz roja para avalorar sus encantos…

Fabián se rascaba la calva, reluciente y charolada impresionado por aquella puerilidad de hombre vicioso y desconfiado, murmurando:

—¡Demonio de mujeres, y cómo se parecen todas!

Recordaba que una de las primeras cosas que le pidió Adelina fue también una lámpara roja.

Hubo otro que le vendió su mobiliario seis días después de haberlo comprado. Era un rico comerciante sin hijos, su mujer padecía una enfermedad nerviosa, cuya manifestación eran los celos y la superstición. Pasaba la vida buscando barajeras y sonámbulas que le predijesen el porvenir o que le descifrasen sus sueños. Estaba martirizada con mil preocupaciones de levantarse con el pie derecho, de no oír ciertas palabras en ayunas; pero su tormento mayor eran los celos. En cuanto sospechaba de su marido quería mudar de casa.

En Londres en un mes, se mudó a tres casas diferentes, ahora en el veraneo, habían recorrido en quince días toda la Normandía, con la particularidad de que no quería cuidados y preocupaciones y prefería comprar y vender el mobiliario en cada una de las partes donde se detenía, a llevarlo embalado, porque no quería ni pensar en un hotel donde hay camareras o se oyen voces de mujer en el cuarto vecino.

Habían acudido allí anticuarios de todos los puntos de Francia y todos hacían negocio. De sus conocidas estaba solamente la señorita Pegote, acompañada de la Calabazota, de la que se había hecho muy amiga, desde la noche de la comida, gracias al amor de su perro.

Pero la Pegote y la Calabazota no tenían tienda. Llevaban el género guardado en grandes cajones, y se limitaban a hacer el mercado, apareciendo la anticuaría francesa, espléndida, con sus sedas, sus plumas y sus diademas encima, cubierta de dijes y sortijas, pintada como un ídolo, cubierta de poesías sentimentales; porque ahora la señorita Pegote cantaba un desengaño más, desde que se habían roto sus relaciones con un holandés, al que Fabián había confirmado con el apodo de la petite chosse, a causa de su pequeña estatura, unida a su obesidad, que le daba el aspecto de una bola y causaba la impresión de rodar cuando andaba, como sí anduviese sentado. Estaban ya para casarse, pero el padre del novio había erigido que la señorita Pegote dotase a su hijo en la cantidad suficiente para asegurar no solo su manutención sino la de su padre y sus siete perros. La pobre mujer no se había sentido con fuerza para tanto y llena de dolor rompió sus relaciones.

Al menos le quedaba de ello el consuelo de decir que no se había querido casar. Se refugiaba, para consolarse en el amor de su perrito, que no soltaba de los brazos ni en el mercado. Los perritos estaban de moda en la playa, cada señora era indispensable que fuese acompañada de un perrito, sujeto de la cadena, o en los brazos. Hasta algunas más arrojadas llevaban enormes perrazos que asustaban a los transeúntes. Los hombres tenían también perros, que les llevaban en el paseo el sombrero o el bastón. Los hoteles habían ya establecido la pensión para perros, bien subida, porque sabían que las dueñas les habían de guardar algún dulce o alguna golosina de la mesa. Todas salían del comedor con sus paquetitos en la mano y algún señor de frac llevaba gravemente una escudilla de plata en la que había guardado golosinas para su perro.

La señorita Pegote decía en sus poesías que el siglo XX era el siglo de los derechos del Perro, que ya los hombres les harían justicia para tratarlos como hermanos. Se les educaba en escuelas establecidas en Suiza, con esmero, y los dueños se envanecían del árbol genealógico de su perro y de su certificado de estudio.

Lo que no podía soportar era que le preguntasen si su Kiki estaba en venta. Para evitarlo dejó de ir al mercado, iba sola la Calabazota, que se entendía por señas con los compradores y apuntaba las ventas en su tarja.

Adelina no perdía ningún mercado, esos cuatro días de la semana después de la noche sin dormir, permanecía de pie, detrás de la mesilla, atenta al público, con su aire gracioso, reposado y aristocrático, que tantas simpatías despertaba; siempre seria y digna, sirviendo a los compradores con una amable bondad de señora que ofrece un té en su salón.

Fabián tenía remordimiento de verla trabajar tanto y desmejorarse, pero no se sentía con fuerza de aparecer ante el público, detrás de la mesilla, como uno de esos hombres que pregonan sus mercancías en las plazas públicas. Se resignaba a duras penas a que lo hiciese su mujer por no contrariarla, pero él no podía hacerlo. No era digno del sobrino del ilustre Marchamalo, hay cosas con las que no se transige jamás. Hubieran temblado en su sepulcro todos sus antepasados. ¿Qué hubiera dicho Cánovas? ¿Qué pensaría Castelar? ¿Qué diría Clemenceau?

Para que Adelina no se diese cuenta de que no quería ir al mercado, se marchaba todos los lunes y todos los viernes a Etretat y volvía los martes y los sábados cuando ya se había recogido todo.

Prefería la incomodidad de aquel viaje de Trouville al Havre, en aquellos barcos pequeños que corrían una tempestad en cada travesía y parecía que se iban a ir a pique al pasar la desembocadura del Sena, entre aquellas olas fangosas, siempre violentas. Luego del Havre a Etretat tenía que ir prensado dentro del enorme automóvil de viajeros, y llegaba molido, empolvado, deshecho; pero lo prefería a la afrenta de aparecer en la plaza pública. No le avergonzaba ya su comercio como al principio, sino el lugar donde lo hacía; en su tienda, en sus almacenes se sentía dueño, allí en la plaza tendría toda la sensación de pobreza y de indignidad.

El negocio en Etretat iba muy bien. El pintoresco pueblecito tenía urna colonia selecta de veraneantes, no habían cocotas ni gentes como las que acudían a las otras playas; era una sociedad cerrada, de gentes serías, de ingleses ricos, de costumbres severas y de fortunas sólidas.

Saturio había dispuesto la tienda, especie de exposición al aire libre, por la que tenían que pasar todas las bañistas y en cada viaje se quedaba Fabián admirado de las magníficas ventas que había hecho su dependiente.

¡Estaban echando fuera un magnifico verano!, pero Saturio enfriaba su entusiasmo, con su aire de gran señor y su indiferencia.

—¡Bah! ¿Qué vale todo esto? Hay que estar trabajando todo el día para mal vivir y no descansar jamás. Lo bueno sería una de esas compras, de esas sustituciones que sacan a uno de apuros y permiten darle un puntapié al negocio y no servir más al público.

—Eso es el ideal, amigo Seturio —respondía Fabián, pero no está en nuestras manos el realizarlo.

El hombre escuálido se erguía como hoja de espada desnuda y respondía con fiereza.

—¡Querer es poder! ¡Todo el que busca encuentra!

Después de una de aquellas conversaciones, Fabián volvía de mal humor a Trouville; le molestaba la pequeñez de la tienda; se desesperaba de ver a Adelina pálida, cansada, sin poder ocuparse de nada más que de las tareas del negocio.

Sólo los miércoles, que no eran días ni vísperas de mercado, salía con su marido a dar una vuelta; no le gustaba ir al Casino. ¿Qué papel iba a hacer entre todas aquellas millonarias y mujeres célebres que rivalizaban en lujo en los salones o alrededor de las mesas de juego?

—El arruinarse en el juego es placer de millonarios —decía— nosotros no tenemos nada que hacer ahí.

Prefería ir a sentarse a la terraza, ante aquel panorama que resultaba siempre nuevo, con esa variedad de mar que no se hace jamás monótono, con ese eterno cambiar de luces, de colores y de aspectos. Aquellas noches sin luna en las que se le oía rugir bajo una sombra y una negrura superiores a las de la tierra, como si la sombra fuese más sombra en el mar; divisaban solo el romper de la ola con su cresta blanca tendiéndose luego por la arena con un reflejo de acero, bajo el resplandor de las luces.

Solo de vez en cuando se encendía una estrella en el fondo, con la luz de algún barco que cruzaba en alta mar.

Enfrente estaba la luz del otro casino de Trouville como un faro en las tinieblas. Se cruzaban sobre las ondas acordes de las dos orquestas. Las luces de los hotelitos brillaban dejando adivinar los interiores y los jardines pintorescos. La luz de las casas que tenían jardín era de un reflejo distinto: Se adivinaba en ella el jardín. Los faros tenían su luz turnante; había luces que centelleaban y quemaban los ojos, luces de brasa, de los grandes focos de los paseos.

Era como si incitase más su ambición todo aquel paisaje y aquel ambiente. Se experimentaba la necesidad de ser ricos, en un país de ricos, de lujo, de placer. Allí Fabián y Adelina hablaban de sus proyectos; ¡si pudiesen encontrar aquella joya rara, aquel objeto único, hallarlo en alguna de sus buscas… robarlo de una iglesia o de un Museo!

Una noche Fabián dijo:

—¿Sabes? Es curioso. Saturio ha encontrado un inglés millonario al que ha contagiado de su manía de poseer una joya única y le ha encargado de buscarla.

—¿Qué es lo que prefiere?

—Los buenos cuadros auténticos.

—Es lo más difícil.

—Me ha dicho que daría sin duelo tres o cuatro millones por una virgen del Beato Angélico…

Suspiró ella y dijo:

—¡Un imposible!

—¡Quién sabe!

—¿Cómo?

—Saturio conoce mucho Italia; sabe donde están las tablas famosas. Dice que es capaz de conseguir una venta, una substitución, como la que hicimos en aquella catedral española con la Magdalena.

—¿Pero quién sería capaz de pintar esa virgen?

—Medrano, no lo dudes, tiene un talento enorme.

—Para una cosa así se necesita disponer de más dinero en efectivo del que nosotros tenemos.

—Haremos entrar a Huquet en el negocio.

—¿No nos exponemos demasiado?

—No nos cogerían, Saturio es el único responsable… habrá que darle una buena parte, pero así y todo siempre nos quedaría más de un millón… La única manera de lograr la fortuna es arriesgarse en estas empresas grandes.

—¡Es verdad!

—Y en seguidas dejar el negocio, a no pelear más con obreros restauradores y los parroquianos y a vivir en paz y en gracia de Dios sin estos afanes y estas tareas que nos están quitando la vida.

XXI. La anunciación

Desde la vuelta de aquel veraneo los dos esposos habían cambiado. No era ya Adelina la mujer serena, tranquila, satisfecha; ni Fabián el hombre alegre, despreocupado y contento. El haber encontrado comprador para el cuadro extraordinario, aquella cifra de millones que despertó su ambición, los tenía inquietos, desasosegados. Se disgustaban de su comercio que les parecía mezquino, a pesar de las excelentes ganancias realizadas, que ya les habían permitido colocarse entre los anticuarios más ricos de París.

Su comercio se había ensanchado de tal manera, que en vez de la tiendecita y el almacén tenían ocupada un ala del edificio, toda convertida en almacenes, con vastos salones, tan atestados de muebles, que era imposible dar un paso.

Habían enviado a Sevilla a todos los obreros y habían establecido a Juan en un magnífico taller. Era él quien se encargaba de hacer todas las restauraciones, siempre trabajador, comedido y fiel cumplidor de su palabra. Pero en vano le pedían Adelina y Fabián otra talla; con el sentimiento de la nostalgia de Sevilla se había apagado también en él aquella inspiración suprema. Cuando hada un nuevo Cristo era una obra mediocre, que no podía ofrecerse más que en pocas pesetas, su milagro, que él seguía ignorando, no se repetía ya más.

Verdad era que ya no tenía ni el cuidado ni el entusiasmo de otras veces, y en lugar de imitar la carcoma a la perfección con clavos de tamaño distinto, para barrenar diagonalmente la madera y dar la completa semejanza de las tallas algo apolilladas, se contentaba con poner la imagen en medio del jardín y dispararle a boca de jarro media docena de tiros, con perdigones de diferentes calibres, que la atravesaban en línea recta.

Tenía aquello algo de fusilamiento de las pobres imágenes de talla, parecían ya heridas después de la primera descarga, y era algo así como un asesinato lo que se cometía con ellas, disparándoles de nuevo, con el deseo de rematarlas.

Fabián se había unido a Huquet para hacer juntos el negocio de la tabla de Fray Angélico, que esperaba ya míster Boik, con impaciencia.

No se habían atrevido a ir ellos mismos a Italia; tenían mucho que perder para exponerse a que les echasen mano si el asunto se descubría. Era Saturio el que conducía el negocio, con tan gran acierto que contaba con la complicidad del Abad de aquel antiguo monasterio de la Toscana donde estaba el cuadro, catalogado y reseñado en el Vasari.

Adelina, más desconfiada hizo el viaje a Italia y pudo admirar la magnífica pintura, colocada en el altar y medio velada entre cortinajes y flores.

Costaba medio millón la complacencia del fraile, que se comprometía a la sustitución de la virgen apócrifa por la verdadera, a condición de que la copia estuviese lo suficientemente bien imitada.

Saturio recibía en París cartas del Abad, con el timbre del monasterio, en las que hablaba del asunto con las frases convenidas, impenetrables para el no iniciado. Se veía en aquellas cartas la probidad de Saturio, que no se había quedado con nada para él, contentándose con su comisión, modesta en relación al servicio, y a la responsabilidad que asumía. Había regateado franco a franco velando por los intereses de los anticuarios como por los suyos propios.

Medrano tenía el encargo de hacer la copia y traerla a París. Se había llevado a Italia, consigo a su mujer y a sus chicos, y para prolongar su estancia se esmeraba en no dejar un detalle sin consignar. Su imitación era tan perfecta como las hechas por Antonio Sasso, o por cualquiera de los más fieles discípulos de Fray Angélico: Renozo Florentino, su mejor imitador, Gcntile da Fabriano, Domenico de Michelino o Jacobi Strozzi del que era la tabla colocada al lado de la del Maestro en Santa María la Nueva, de Florencia y que llegaba a confundirse con ella.

Medrano pintaba el Fray Angélico maravillosamente. Aparte la mayor crudeza de los colores nuevos era exacta la semejanza. Con su temperamento sensitivo había sabido imitar aquel ser andrógino que era la virgen, llena de un sensualismo de impúber, con la carne de nácar-mate y apasionada, entre los ropajes celestiales, en los que se perdía y se inmaterializaba el cuerpo, reconcentrando toda la sensualidad en los senos nacientes y estremecidos que se adivinaban bajo la tela que le cubría el descote.

El ángel era un efebo triunfante, un iniciador que gozaba en la confusión de la doncella, y los lirios blancos, las azucenas y los nardos, resaltaban de aquel azul ultramar limpio y brillante, como estrellas blancas sobre el fondo de un cielo celeste y ponían en el conjunto la brillantez de las estrellas. Resultaba bien interpretado el cuadro de sensualidad mística del Monje de Fiesoli.

Estaba pintado sobre aquella madera carcomida y apolillada, de manera que en el anverso del cuadro se veía la huella de los siglos. Una vez matado el brillo de la pintura moderna, en la cual se había tenido en cuenta la composición de los colores que narra Vasari, y después de colocada la pintura en su marco verdadero, en el altar, nadie podría, sin ser un gran experto, conocer la sustitución. El mismo Mr. Boik, estaba admirado y declaraba que solo él no podía equivocarse en una imitación tan perfecta. Medrano presenció la venta de su cuadro al inglés, sin poder sospechar lo que se tramaba, contento de la recompensa y del trabajo constante que le daba Huquet.

Después de hecha la comedia Saturio, volvió a llevarse el cuadro a Italia y a las pocos días recibieron carta anunciándoles su llegada a Florencia.

Estaban inquietos, desasosegados, nerviosos, durante los muchos días que pasaron sin recibir más noticias, hasta que una simple tarjeta, fechada en Bolonia, les anunciaba «haber llegado felizmente a aquella ciudad con todo el equipaje». Era indudable que la sustitución estaba hecha, a la sordina, en secreto, sin que nadie se enterase; una de tantas sustituciones como quedan ignoradas para siempre. Había una más de esas imágenes célebres ante las que fantasean críticos y literatos sin sospechar de su autenticidad.

Quedaba solo que pasase la frontera italiana la imagen fugitiva y su fortuna estaba hecha. Entre los proyectos nuevos, a que su mayor riqueza les permitía entregarse, estaba siempre el buscar mayor suma de tranquilidad y de reposo. No aperrearse tanto para ganar unos francos.

Fabián sentía renacer todos sus humos de grandeza, acabarían de servir al público, que los trataba como inferiores en el fondo, acabarían de aguantar las impertinencias de los parroquianos para vivir con arreglo a su clase, tratando de educar a sus hijos. El ensueño era un hotelito en Madrid y vivir de sus rentas que les podían dar para tener automóvil y todas las comodidades. Entre lo que habían ganado y las existencias que poseían podían retirarse con unos cuantos millones.

Al fin regresó Saturio, después de estar durante tres semanas sin dar señales de vida, después de la carta de Bolonia. Había tenido recelos y dificultades al pasar la frontera y había hecho un viaje costosísimo, de Venecia a Trieste y luego por Constanza a Basilea y a París. Tres fronteras con la preciosa carga oculta en el doble fondo del enorme baúl mundo del que nadie había sospechado.

Fue un acto solemne el de desembalar el cuadro, que llevaron a cabo ellos solos. Miraban con avidez, deseosos de ver aparecer el color, de desembarazar de todos sus envoltorios a la preciosa tabla, de cerciorarse de que no había sufrido nada en el viaje.

Saturio amenizaba el trabajo contando las aventuras. La escena de la sustitución en la iglesia, una escena macabra en medio de la noche; parecía que los santos iban a protestar, que se iban a lanzar a defender a la Virgen. Había caído un candelabro y el ruido les había hecho huir y estar más de una hora sin volver, abandonando la tabla falsa.

Se hubiera creído que por un milagro había dos vírgenes iguales en la iglesia.

Luego las peripecias de embalar el cuadro, el miedo a despertar sospechas, el viaje teniendo que facturar aquel baúl el que no quería separarse y que le hacía subir, a veces, como un ratero, al furgón de equipajes.

Al fin estaba allí: Se extasiaban ante ella. Comprendían entonces lo bien imitada que estaba, la virgen de Medrano, aunque a sus ojos, habituados, resaltaba el mérito de la auténtica. La tabla estaba más carcomida, tenía tonos más oscuros; en la pintura se hallaban otros detalles; una patina especial, opaca, que no perjudicaba a la brillantez del azul. Se notaba más la especie de resquebrajamiento de la capa de color, algunas partes un poco empañadas; una ligera veladura más acentuada en los ropajes; menos crudo el blanco de las azucenas más limpio el contraste de las estrellas y del azul, y más triunfadores los senos.

Eran detalles que no se comprenderían sin la reciente comparación; que no advertiría nadie en el otro cuadro puesto en el altar oscuro, entre cortinas, luces y flores y bajo la salvaguardia de los monjes. Se indignaban de la felonía del Abad que los había servido.

Todos los agasajos eran para Saturio, para el gran hombre sospechado, que había en él. ¡Oh, si no hubiera tratados internacionales! Con qué alegría, con qué orgullo hubiesen expuesto aquella obra maestra en su escaparate, cómo hubiera lucido aquel pedazo de cielo azul estrellado de Italia, bajo el cielo gris de París, en la media luz del Boulevard; cómo la hubiesen hecho adorar por los artistas de Francia toda, en vez de tenerla que esconder sórdidamente hasta entregarla a Mister Boik. Huquet un poco atemorizado no se atrevió a llevarla a su casa.

Colgaron la magnífica tabla de la pared en aquel almacén del segundo piso, entre los viejos muebles desvencijados que parecían rejuvenecerse y alegrarse cerca de la dulce placidez de sus tonos blancos y azules.

XXII. Inquietudes

Eran unos días angustiosos aquellos que estaban sufriendo, desde que tenían en su poder la deseada tabla. La idea de su responsabilidad moral y material los inquietaba.

A fuerza de convivir con objetos de arte habían acabado por saberlos apreciar, por amarlos. Ser depositarios del tesoro de uno de esos cuadros únicos en el mundo, les inquietaba. Adelina no se atrevía a salir de la tienda ni alejarse de la casa por ningún pretexto. No dejaban entrar a nadie en los almacenes, y con mil escusas no iban a buscar nada de lo que solicitaban los compradores.

De noche se asesoraban por sí mismos de que la tienda estaba bien cerrada, de que no quedaba ni una colilla de cigarro. Tenían miedo a la noche como si durante ella les fueran a robar su tesoro. Los dos tenían pesadillas terribles. Ya el hombre moreno que entraba en la tienda, pedía ir al almacén, y cuando se lo negaban sacaba su carnet de policía.

Otras veces eran escenas de las películas en que caminan bandidos en la sombra, los veían escalar el almacén y entrar para apoderarse de su cuadro.

La gran obsesión de Fabián era el incendio. Unas veces soñaba que al volver a su casa la encontraba descubierta, vaciá, sosteniéndose en las paredes maestras, sin techumbres ni divisiones de pisos: un esqueleto desnudo, medio calcinado, con paredes ahumadas, con balcones que guardaban los lametones de las lenguas de fuego. Paredes desconchadas, con piedras desnudas, renegridas…

Era como una mueca espantosa la mueca de la casa hueca, como un cascarón vacío, llena de luz que entraba por lo alto, por el hueco de su tejado desaparecido; e iluminaba los balcones, las puertas, las ventanas, como las calaveras a las que se les pone una luz dentro; tenían algo de cuencas de ojos vacíos, aquellos vanos, de mueca de boca desdentada e irónica: la mueca lúgubre y aterrorizadora, torva, torcida, falsa, de la faz macabra del Mellado, con su risa solapada y sarcástica.

Otras veces presenciaba toda la escena del incendio. Se soñaba dormido en su misma cama, lo despertaban los gritos de «¡Fuego!», experimentaba ese pánico de las piernas de trapo que se siente en las pesadillas en que se quiere correr, veía salir a sus hijas y a su mujer medio desnudas, no las conocía, las contaba una, dos, tres… Un cordón de bomberos no lo dejaba pasar. Él les suplicaba en vano.

—¡Dejadme! ¡Soy el amo! ¡Es mi casa!

Y convencido de lo inútil de sus esfuerzos gritaba con desesperación.

—¡Dejadme! ¡Dejadme pasar! ¡La Virgen! ¡La Virgen!

Era su pesadilla, su obsesión. ¡La Virgen! ¡Su admirable Fray Angélico! Salvar aquélla tabla hubiera bastado para compensarlo de todo. Estaba allá, en el segundo piso, en el almacén del fondo; quizás se podía penetrar aún allí, quizás podría salvarse. ¿Por qué se oponían a que entrase, él que era el dueño, a que entrasen todos los que quisieran, que se lo llevasen todo con tal de salvar el cuadro?

¡Oh!, el no haber campanas que gritasen «socorro», que dijesen con sus sones convencionales donde era el fuego, que inquietasen a sus amigos.

¡Oh!, aquel espíritu de su Madrid, donde no había indiferentes, donde vecinos, amigos, desconocidos, todos, acuden a prestar su auxilio.

Nunca como entonces veía el espíritu egoísta de la gran ciudad. Nadie se enteraba, nadie se inquietaba; si alguien oía aquel ruido de los coches de los bomberos que gritaban pidiendo vía libre, y llegaban con el ruido atronador del herraje y de sus inmensas moles, se volvía, tranquilo, en la cama caliente.

Cada hueco que llegaban a abrir los bomberos ayudados por las llamas que trabajaban desde adentro, lanzaba un torrente de humo negro, retorcido en tirabuzón detrás del cual brillaba la llama limpia, clara, bien emprendida y avivada por el aire.

¡Qué desesperación!

A veces creía conocer qué objetos eran los que ardían a fuerza de conocer su colocación. Adivinaba los estampidos de los cristales de Venecia y de Bohemia en aquellos estallidos claros, con ruido de tímpanos, que se escuchaban de vez en cuando. Iba viendo consumírselos capiteles corintios y las estatuas de mármol que se ennegrecían, se resquebrajaban; asistía al carbonizarse de aquellas estatuitas de marfil y hueso, tan costosamente labradas; sentía estallar sus porcelanas de Talavera, de Sajonia y de Sevres, y oían el chispotear de sus maderas preciosas, de los sillones españoles, de los lujosos bargueños, de los muebles Luis XV, de las consolas imperio. Todo lo que se quemaba allá dentro eran cosas preciosas, hasta aquellos muebles amontonados, desarmados, viejos, deshechos, en cuyas tablas secas y corroídas por la carcoma prendía el fuego como en yesca; tenían maderas auténticas, enterizas, antiguas, de siglos, que esperaban solo su restauración para volver a una lozanía superior a la de todo mueble moderno, agrio, verde y sin aristocracia.

Seguía el progreso del incendio con una clarividencia que solo ellos, que habían acariciado todo aquello con el amor que ponían en su comercio, podían tener.

Sus bandejas de metal repujado, sus fuentes de plata preciosa, ardían y se freían también para quedar convertidas en un montón de metal derretido e informe.

Y sus encajes, sus filet, los damascos, las colchas, los terciopelos, todo se prendía como papel, cuyas pavesas arrojarían en los turbiones de humo que lanzaban puertas y balcones.

Desaparecían así los cuadros, se consumían tablas y lienzos valiosos, en los que vivía todo un mundo de figuras, ejecutados por supremos artistas; se rajaban y saltaban como metralla los cristales de sus cornucopias, se retorcían entre las llamas los idolillos de bronce, se abatían carbonizadas las grandes estatuas. De las soberbias monturas de sus alhajas no restaba nada, las piedras dispersas entre los herrajes y los metales fundidos que quedarían entre las cenizas.

Y ardían también sus efectos familiares, sus libros de cuentas, el dinero depositado en aquel cofre que resistiría a las llamas, como si luchase con un ladrón esperando el auxilio que no llegaba.

Siempre había tenido fe en el auxilio de los bomberos, le parecían invencibles aquellas mangas de agua que lanzaban torrentes sobre la casa. Ahora las creía escasas, tardas, impotentes. Ellas lanzaban chorros de agua sobre el tejado y por los huecos que abría el fuego, pero el fuego no se aplacaba por eso, parecía enfurecerse más, a cada nuevo chorro de agua respondía con una nueva llamarada, más potente, más virulenta. Parecía como si en vez de agua las mangas arrojasen petróleo o gasolina.

El fuego había juntado todo allá dentro, no había ya separaciones de habitaciones ni pisos, se unía todo en la inmensa hoguera sagrada que consumía diosas y vírgenes.

Era un fuego más vivido, más lucido, aquel fuego alimentado por materias tan nobles. Las llamas parecían indicar de donde procedían en los diversos juegos y cambios de tonos.

Tenían un recuerdo de mar embravecido las olas de fuego que se sucedían por los huecos y se airaban sobre la techumbre, olas de alta marea que venían mansas, se hinchaban, se torcían sobre sí mismas, rizándose en esa especie de tortura en la que se retuerce el fuego como si él mismo sufriese de su ardor y su martirio, estallaban en la espuma rojiza de sepia ardiente que nimbaba la casa y luego se tornaba en la columna de humo blanquecino en la raíz, y pizarroso, violeta, castaño, nogal y negro intenso, según se remontaba y se perdía en espirales y en bullones, que tomaban las formas de las nubes, fingiendo espectros de cosas y de seres estilizados y fantásticos, en una macabra procesión, perdida en lo infinito.

A una ola sucedía otra oía. Las había violentas, que se retorcían como esas figuras dolorosas de Meunier, con contorsiones musculares, humanas y supremas; las había mansas, lánguidas, que parecían disipar el humo y lamer, acariciar, refrescar el muro que abrasaban. Se veían masas de fuego enormes, monstruosas, cabezas deformas de bestias inmundas que acometían las paredes maestras, como mazas que las quisieran demoler, el martillo de un Thor vengativo y terrible, de un Promoteo cruel y supremo. Otras masas de fuego se partían en llamas finas, estrechas, alargadas, lenguas de víbora que se extendían buscando donde inyectar su virus rojo, lengüetas lancetadas como sutiles láminas de acero que salían y se clavaban punzantes y malignas en la sombra de la noche.

Había llamas densas, y llamas ligeras y juguetonas, llamas ahumadas y llamas límpidas. Eran las llamas del objeto que empieza a arder y las llamas del objeto ya consumido, purificado, en brasa. Llamas que se alimentan ya solo del ascua de su propio fuego. Eran algunas como pétalos de una enorme flor de fuego, con el matiz más luciente del centro que se aclara hasta confundirse con el aire.

Había llamas de pavesas rojizas y manchosas, llamas que derriten metales con color encendido de lava, llamas en la que arde la madera; llamas color naranja y color de luz; llamas rojas de ascua y llamas amarillas y azulosas, llamas de iris, tenues y ligeras como llamas de alcohol. Llamas blanquecinas, llamas tenues, prendidas y alimentadas en ellas mismas: Espíritu del espíritu del fuego.

Pero en todas ellas, en todos sus juegos de luz, en sus tonalidades diferentes, había siempre una cosa destructora, de acometividad, de furor; embestían contra los muros y escalaban por ellos con acometidas de perros rabiosos.

Fabián quería gritar y no tenía voz. Estaba invadido el almacén, su cuadro; la obra maestra, era imposible ya salvarla. Su pasión de amador de las antigüedades se sobrepuso por un momento a su propia ruina. Se perdía allí ignorada aquella maravilla del arte que perpetuaría como un recuerdo digno de veneración la obra de Medrano, aquel facsímil que deberían tener todas las obras de arte.

Veía encenderse la tabla, acariciada, rodeada por el fuego, como si la respetase; con un deleite goloso de las llamas, que la reservaban para el final de su banquete. ¡Cómo huía con las llamas el azul maravilloso de su fondo, y su manto de estrellas! La carne suave y marfilina de la imagen parecía vivir, sonreír, la salutación del ángel se convertía en anuncio de muerte, que ella recibía tan resignada y dulce como había recibido el anuncio del misterio de la Encarnación. Recibía la muerte como había recibido al Verbo en sus entrañas. Cambiaba por el dolor de la muerte el dolor de la maternidad, más agudo aún, porque había de dilacerar su corazón.

Y las llamas prendían, prendían por la parte inferior del marco, avanzaban sobre la talla, consumían la vestidura amplia de la doncella arrodillada, hacían arder al ángel que se desvanecía en la luz como si volase al cielo, quemaban ya el cuerpo inmaculado en donde acababa de verificarse la fecundación; se movía la figura de la virgen, entre el espejeo y el rebrillar de las armas en su ondulación, de diferentes tonos e intensidades, entre la lengua del fuego. Sus manos cruzadas parecían defender los senos puros y nacientes; se la veía consumirse sin retorcimiento ni dolor, con su pureza, su estoicismo, su sonrisa casta y resignada. La ola de luz quemante envolvía sus senos, se la vislumbraba aún en el azul, se adivinaban todavía el manto de estrellas y las azucenas fecundantes, de polen divina que dejaban impresa la huella en el cuadro consumido de ese modo con que quedan legibles las letras en un periódico carbonizado… Después, nada… Unas astillas quemadas en el suelo, algunas de aquellas grandes pavesas que remontaba la fuerza sifónica y expansiva de la llama… Se había acabado todo… Los oídos ensordecidos de Fabián escuchaban como un ruido de campanas, un angelus que acompañaba la entrada de la Virgen-Mártir en el cielo: un Dei profanáis a la obra maravillosa del Monge de Fiesoli.

Nadie sospechaba el valor de lo que se había destruido allá adentro, lo único, lo insustituible, lo irreparable que era.

No tenía voz para gritar, se ahogaba, sollozaba, hasta que despierta Adelina lo movía dulcemente.

—¡Fabián! ¡Fabián!

Tardaba en despertarse, en darse cuenta… jadeante, sudando, le contaba su pesadilla, sin poder desterrar la mala impresión y se abrazaba a ella, enterrando la cabeza entre su seno, como un niño asustado, para volver a caer en otro terrible sueño.

No tuvieron reposo ni tranquilidad hasta el día que Mister Baik se llevó su Fray Angélico y depositaron en el banco el millón que, después de pagados todos los cómplices les quedaba a ellos libre.

Con un desinterés admirable Saturio se había contentado con 20 000 francos para ir a buscar a su mujer.

Lo veían irse con pena, por su utilidad, pero contentos de no tener presente a su cómplice. Era indudable que aquella sustitución quedaría desconocida siempre o a lo menos que ellos no serían inquietados. Saturio había tomado bien sus medidas y les aseguraba la impunidad. Se la aseguraba con razón, porque sólo él sabía que la tabla vendida a Mister Boik era la pintada por Medrano hábilmente retocada en Italia para darle el carácter de antigüedad. El Abate del monasterio de Fiesoli donde estaba el maravilloso Fray Angélico, no tenía noticias de la fábula tejida a su alrededor. Era Saturio el que por pasear la copia de Medrano se había embolsado el medio millón de la venta.

No sentía remordimiento por eso. Se indignaba con la idea de que aquella gente que nada había hecho, le pagase a él una tan mezquina cantidad, en el supuesto de que hubiese prestado el servicio que creían.

Se iba tranquilamente a Italia, donde lo esperaba su mujer, sirviendo de modelo a los pintores, desde allí se irían a Zaragoza, su tierra, y al lado de sus viejos padres, acabando su leyenda de príncipe misterioso. Después de todo la virgen pintada por Medrano valía tanto como la otra.

—En arte es todo cuestión de ilusión pensaba… y para ellos…

Sentía un desprecio profundo por los otros, desprecio de ser inteligente, desprecio de engañador a los engañados.

XXIII. Lo invencible

Ahora, Fabián y Adelina, ya solos, estaban ante su gran problema. Tenían que cumplirse las promesas que se habían hecho a sí mismos. Las niñas y Enrique tenían idea de que había sucedido algo que redondeaba su fortuna y les permitía dejar la existencia monótona del almacén, ir a España y empezar una vida nueva.

Doña Nieves, que oía los proyectos, se impacientaba. ¿Qué los detenía para realizarlos? Ella los había acompañado mientras había sido necesario pero quería ir a morirse a España, que la enterraran en España, sentía ese mandato imperioso con que llama al cuerpo la tierra en donde se ha nacido cuando se acerca la hora de volver a la tierra.

Fabián y Adelina les encargaban el secreto. No debían saber nada los anticuarios, que mirarían su retirada como una especie de apostasía y tratarían de averiguar a qué debían su fortuna. Ellos, que les ayudaban agremiados en sus engaños, se convertirían en enemigos cuando saliesen de la secta de los anticuarios, cuando dejasen de ser sacerdotes y campeones de las antigüedades para convertirse en gente civil.

¿Cómo se podría liquidar una tienda de antigüedades? No era posible ir vendiendo sin comprar hasta consumir las existencias, no se defenderían así los gastos. Un traspaso era imposible, en aquel comercio en el que las cosas tenían un valor de ocasión, que marcaba el capricho del comprador.

Y sin embargo tenían que decidirse. Era aquel el momento: Entonces o nunca.

Fue Huquet el que vino a sacarlos del apuro. Sólo a él, su socio y protector en tantas ocasiones y su cómplice ahora, se atrevieron a pedirle consejo.

Huquet vio con un placer disimulado la retirada del único anticuario que amenazaba ser su rival y se apresuró a facilitarle el medio. Él se quedaba con un inventario de todo, y se iría vendiendo por su valor.

Entonces empezó la tarea de hacer el inventario. Una inmensa tristeza invadía a los dos esposos. Miraban con melancolía su casa, su tiendecita. ¿Dónde podían estar mejor que allí? ¿Qué salón más decorado, más renovado que aquel?

¡Sería tan aburrida la vida sin ocuparse de nada, sin aquel interés de sus compras, de sus ventas, que se convertían en juegos de inteligencia! Ellos no recurrían a nadie, era un comercio distinguido, de ricos, de artistas.

Sentían una inmensa pena al visitar los almacenes, lápiz en mano, para hacer el inventario. Las estatuas, los muebles, las porcelanas, todo parecía envejecido y triste. Estaba todo más polvoriento, mas carcomido, más apolillado. Aquel aroma de siglos parecía convertirse en ese olor de correajes y moho de los bazares.

Poseían muchísimos miles de francos en existencias. Y todo aquello que tenían para vender, les parecía ahora una cosa suya que hubieran conservado siempre y de la que los iban a despojar.

Había verdaderas joyas, estatuas, ánforas, objetos únicos, que nunca más volverían a poseer.

Tenían que andar entre aquella selva de muebles viejos, entrar en los almacenes donde estaban hacinados los trastos deshechos, sillas, butacas, mesas, arcones. Solo ellos sabían el partido que en la restauración se podía sacar de todo aquello.

Adelina pasaba la mano como en una tierna caricia de despedida, por las curvas deliciosas de sus estatuas y la suavidad de sus porcelanas. Había apartado muchas joyas, muchos marfiles labrados, Cristos de los primeros siglos, clavados con cuatro clavos, vírgenes bizantinas de plata repujada, cristalería de Bohemia y de Venecia… Cuando todas aquellas cosas se las llevaba un comprador ella no se enternecía de ese modo, las veía ir indiferente y contenta como si hubiesen seguido siendo suyas al cumplir su destino, pero al dejarlas así era como si las perdiese: el incendio soñado con tantos detalles por Fabián se realizaba sin llamas y sin humo.

Pasaba horas enteras con la gran caja de las joyas en la mano. Las tenían revueltas, sin clasificar, sin estuches, enredadas unas con otras. Metía la mano para coger a puñados entre la aspereza del metal, aún después de labrado y cincelado, aquellos ricos aljófares y piedras preciosas mezcladas y revueltas, tan luminosas con sus diferentes colores, llenas de brillos misteriosos y cambiantes. Sentía como el hechizo de las piedras, piedras de luna, como los ópalos, los ojos de gato, las turmalinas y amatistas, en sus tonos opacos, variables, estriados de rayos de luz; y las piedras de sol, limpias y brillantes como la gota de soldé los brillantes y la llama encendida en azul, verde, morado, rojo o amarillo de los zafiros, las esmeraldas, las amatistas, los rubís y los topacios. Había allí perlas maravillosas, corales, engarzados y sueltos, formando aderezos magníficos, de un trabajo rudo y pesado o de ligera y espumeante filigrana. Collares, brazaletes, esmaltes, sortijas, pendientes, cadenas; incrustaciones de oro sobre hierro… No volvería a tener más aquel tesoro de reina del que se sacaba de un modo inagotable, porque se renovaba siempre.

Fabián sentía lo mismo que ella; tenía su preferencia por las armas, aquellos puñales adamasquinados, aquellas maravillosas espadas bruñidas con dramáticas o bizarras inscripciones, llenaban sus almacenes y tenía que contentarse con elegir algunas para hacerse una pequeña manopla, que conservaría siempre las mismas.

Pero ninguno de los dos se atrevía a decir al otro lo que pensaba. Era como si el proyecto que formaron sobre el porvenir tuviese una fuerza que los dominaba, que se había de cumplir de un modo fatal.

Una vez listo todo, se convino con Huquet que al día siguiente empezaría la entrega. Ya tenían los letreritos que se habían de colocar en la puerta y en los escaparates avisando al público la causa de no estar abierta la tienda.

CERRADO POR TRASPASO

Había que quitar también la muestra

MAISON SPAGNOLE

Quedaría triunfante el nombre de

HUQUET, ANTIQUETES

ya famoso en el mercado francés, que iba poco a poco acaparándolo todo.

Ellos ya no podrían ir allí más que de visita, sin sentirse en su casa, sin disponer de nada.

La comida fue aquel día triste y silenciosa. Ni doña Nieves, ni Enrique, ni las niñas, mostraban ya tanto entusiasmo por ir a España. La vida anterior a que querían volver no era ya su vida. Su vida era la de ahora. No podían volver ya a unas costumbres estrechas después de estar iniciados en las de otro mundo más amplio, más brillante y más libre.

Se daban instintivamente cuenta del error y la responsabilidad que entrañaba forzar así la vida, era cortar de un hachazo su curso y hacerle tomar nuevos derroteros, a capricho, no por su evolución lógica y natural.

Acostados en su mullida cama, bajo su suntuosa colcha de damasco, ninguno de los dos podía dormir, pero en lugar de buscarse como otras veces, de hablar, de cambiar proyectos, de aconsejarse para vencer dificultades, los dos fingían estar dormidos espalda con espalda.

Él estaba disgustado, anonadado. No tenía voluntad para oponerse a la corriente que lo empujaba. Era como un hombre que ha caído en un río y la corriente se lo lleva. ¿Por qué Adelina, que estaba en la orilla, que siempre había estado en la orilla, no le tendía la mano? ¿Por qué no desplegaba ella aquella voluntad que desde los comienzos había tenido y con la que lo había creado todo? ¿No había dirigido siempre? ¿Por qué se entregaba así ahora a la fatalidad?

Sin duda había algo en el destino más fuerte que ellos, algo que le sujetaba la lengua impidiéndole hablar claramente con su mujer y le hacía permanecer así, silencioso, inmóvil, atormentado.

Ella se indignaba también. Era incomprensible lo que sucedía. ¿Por qué Fabián y toda la familia la habían de empujar de aquel modo por el camino de lo absurdo? ¿Qué fuerza misteriosa la dominaba para dejarse llevar? La fatalidad no era una cosa substantiva, era una negación a la que solo la falta de voluntad daba cuerpo.

Tenía, en su claridad de inteligencia, la idea del papel mediocre que fuera de su sociedad de anticuarios iban a representar. Dentro de ella figuraban como los magnates, los potentados; tenían la consideración y el halago de su mundo; porque aquel era su mundo, el que ellos se habían creado en tantos años de trabajo, y al que iban a dejar imprudentemente cuando ya lo habían consolidado, en el momento en que ya no se tiene edad a propósito, ni hay tiempo bastante para rehacer de nuevo la vida.

En otra sociedad serían como unos intrusos a los que muchos se complacerían en humillar. Harían el papel de nuevos ricos, los parientes nobles de Fabián no les perdonarían jamás el haber sido anticuarios. Para todas aquellas gentes orgullosas y vanas seguirían siendo los anticuarios, los anticuarios ya sin antigüedades. Había un peligro en querer ascender un grado en la sociedad la aristocracia y la clase media con humo de aristocracia, se gozarían en humillarlos, en colocarlos en una situación inferior.

Se encontraría ya siempre descentrada, con esa nostalgia del marino que abandona su barco. Tenía hacia su tiendecita un amor de marino a las tablas del camarote que le sirve de refugio en las tempestades. Su tienda era su barco, su camarote, el lugar donde había pasado la mayor parte de su vida.

Los otros pensaban egoístamente en el retiro, no podían sentir como sentía ella, no podían estar compenetrados tan íntimamente con todo aquello, no habían entregado tan por entero su vida al negocio de antigüedades para que éste formase parte de su propio ser.

La despojada era ella; ella que lo había hecho todo, que lo había creado todo, que amaba su profesión como a sus hijos, porque había puesto también en ella corazón, carne y alma.

¿Cómo por esos desfallecimientos de momento, que disgustan del trabajo diario, se había podido llegar a tomar en serio aquella decisión?

Oía al marido despierto, no la podía engañar, ella conocía bien su respiración de dormido. Comprendía el anhelo que había en él y que no se atrevía a comunicarle, como ella no se atrevía a hablarle tampoco.

Ya dentro de pocas horas la cosa no tendría remedio; bien mirado no lo tenía ya sino apelando a recursos violentos.

La familia no la inquietaba. Cuestión de mandar a su madre y a las niñas con Enrique unos meses a España, para que volviesen a casa con ganas de estar otra vez en París.

Lo peor era Huquet, ¿qué diría de su falta de formalidad? El reloj daba lentamente las siete de la mañana. Las contó como había contado todas las horas y todas las medias horas en aquella terrible noche de insomnio.

¡Que dijese lo que quisiera! Dio un salto en el lecho y comenzó a vestirse apresurada. Entonces, como si conociese su intención se revolvió Fabián preguntando con la voz queda y torpe del que desea fingirse adormilado.

—¿Dónde vas?

—¡A abrir la tienda! —repuso ella con decisión.

Entonces la voz de él tomó fuerza y alegría.

—Rompe los letreros…

—Ahora mismo.

Se acercó al borde de la cama a medio vestir, él se incorporó y se unieron en un abrazo, lleno de sensualidad y de alegría. Un abrazo que equivalía a un juramento y a una promesa, un abrazo en el que la palpitación del contacto de sus carnes les explicaba la semejanza y la conformidad de las ideas que los habían atormentado, y los confirmaba en su decisión.

Su profesión había impreso en ellos carácter. Eran anticuarios, anticuarios para siempre, no podían dejar de serlo. Su corazón estaba pegado a su comercio, era imposible arrancarse a él sin una mutilación dolorosa y mortal.

Un beso fresco, amplio, de vida qué empieza, los unió. En seguida ella acabó de abrochar su vestido, deprisa, y salió de la alcoba contenta, sonando las llaves en su manecita pequeña y gordezuela y gritando con voz alegre mientras rompía los letreros

CERRADO POR TRASPASO

en pedazos tan pequeños que caían como confeti en el suelo:

—¡Arriba Enrique! ¡Arriba Fabián, que es tarde! ¡¡Voy a abrirla tienda!!


Publicado el 26 de diciembre de 2018 por Edu Robsy.
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