Andábamos acaso paseando por el templo de Saturno, donde veíamos muchas y diversas memorias, y entre ellas había una tabla enfrente del templo, en que había una extraña pintura, que tenía muchas fábulas propias; las cuales no podíamos conjeturar qué eran, ni de dónde. Porque ni nos parecía que fuese ciudad la pintura, ni tampoco ejército; sino que había en ella un cercado que tenía dentro de sí otros dos cercados, el uno mayor y el otro más pequeño. En el primer cercado había una puerta, á cuya entrada parecía haber mucha gente. Dentro del cercado se veía una multitud de mujeres. Encima de la entrada de la primera puerta y del primer cercado estaba un viejo, que parecía dar orden á la multitud que entraba.
Estando, pues, nosotros maravillados de la significación de esta fábula un gran rato, se nos allegó un viejo, y nos dijo:
—No es cosa nueva, amigos, la que pasa por vosotros acerca de la duda de esta pintura. Porque aun de los mismos naturales son muy pocos los que saben lo que significa esta pintura. Porque no es esta memoria cosa de la ciudad; sino que en tiempos pasados arribó aquí un hombre extranjero, varón muy prudente, y que en sus palabras y obras mostraba ser muy sabio, y que seguía la vida de Pitágoras y Parménides, el cual consagró á Saturno este templo y también esta pintura.
—¿Conóceslo por ventura, dije yo, ó vístelo tú al mismo hombre?
—Sí, dijo él, y lo estimé en mucho, mucho tiempo. Porque siendo más mozo, disputaba conmigo muchas y muy buenas cosas; y particularmente acerca de esta pintura y su declaración le oí disputar muy muchas veces.
—Por amor de Dios, pues, le dije yo, que si no tienes alguna grande ocupación, que nos lo cuentes, porque deseamos mucho saber qué fábula es ésta.
—De muy buena gana, amigos, dijo él; pero hágoos saber que hay en ello cierto peligro.
—¿Qué peligro? dije yo.
—Que si estuviereis atentos, y entendiereis lo que yo os diré, seréis prudentes y bienaventurados; mas si no, quedaréis tontos, malaventurados, amargos, sin doctrina. Porque esta historia es semejante al enigma que la Esfinge proponía á los caminantes, que el que lo entendía pasaba libre, y el que no, moría comido de la Esfinge: lo mismo pasa en este cuento. Porque la imprudencia es la Esfinge de los hombres, la cual les propone enigmas semejantes: cuál es en la vida lo bueno, cuál lo malo, cuál ni bueno ni malo. Si esto, pues, no lo entendiere alguno, muere á manos de la imprudencia, no de una vez, como el que murió comido de la Esfinge, sino que casi en todo el discurso de su vida va pereciendo, como los que van condenados á galeras para siempre. Pero si uno lo entiende, sucede al revés, que la imprudencia queda muerta y él queda en salvo, y se hace dichoso y bienaventurado para todo el discurso de su vida. Vosotros, pues, estadme atentos, y no os distraigáis.
—¡Oh, soberano Dios, y cuán gran deseo nos has puesto de entenderla, si eso pasa así!
—Pasa así realmente, dijo él.
—Pues prepárate á contárnoslo como á gente que estaremos atentos muy de propósito, pues tan grande es la pena y el peligro.
Tomando, pues, una vara en la mano, y enderezándola hacia la pintura:
—¿Veis, dice, este cercado?
—Sí vemos.
—Primeramente habéis de entender esto: que este lugar se llama la Vida, y que aquella multitud que está junto á la puerta son los que han de nacer ó venir á ella. El viejo que está en lo alto y tiene un papel en la mano y con la otra parece que está demostrando cierta cosa, éste se llama el Buen Genio, el cual les está advirtiendo á los que vienen á esta vida qué es lo que han de hacer después que en ella hayan entrado; y les muestra por qué camino han de caminar, si se han de salvar en ella y no perderse.
—¿Qué camino, pues, dije yo, les manda que tomen, y de qué manera?
—¿No ves, dice, una silla puesta junto de la puerta, en aquel lugar por donde ha de pasar la multitud, en la cual está sentado un mancebo de muy buena manera, y que parece que persuade y que tiene en la mano un vaso?
—Ya lo veo; pero ¿quién es? le dije yo.
—Este, dice, se llama Engaño, y es el que engaña á todos los hombres.
—¿Pues qué es lo que éste hace?
—Da de beber de su vigor á todos los que entran en la vida.
—¿Y qué bebida es esa?
—El Error, dice, y la Ignorancia.
—¿Qué se hace tras de eso?
—Después de haber rebido de esta bebida entran en la vida.
—¿Y beben todos del error?
—Todos beben, dice, pero unos más y otros menos. ¿Pero no ves tras de esto dentro de la puerta una gran multitud de mujeres rameras que tiene á mil diferencias de rostros?
—Sí veo.
—Estas, pues, se llaman las Opiniones, y las Codicias y los Deleites. Cuando entra, pues, la multitud, éstas corren luego allá, y se abrazan con cada uno; y luego se los llevan consigo.
—¿Y dónde se los llevan?
—Las unas á donde se salven, dice, y las otras á donde se pierdan por medio del Engaño.
—¡Oh maravilloso varón, y cuán peligrosa bebida nos cuentas!
—Pues todas ellas, dice, prometen llevarlos á lo mejor, y á una vida bienaventurada y provechosa. Pero ellos, por la ignorancia y error que bebieron de mano del Engaño, no saben hallar cuál es el verdadero camino en la vida; sino que andan desatinados en vano, como vos, y siguiendo como alrededor á los que entraron primero donde éstas les enseñan.
—Ya veo todo eso, dije yo; pero ¿qué mujer es aquélla que aparece medio ciega y como loca, y está de pies encima de una piedra redonda?
—Esta, dice, se llama la Fortuna y es no solamente ciega, sino loca también y sorda.
—Y ¿pues ésta en qué entiende?
—En andar por acá y por allá, dice, y en quitar á los unos lo que tienen y darlo á otros, y en tornárselo luego á quitar á los mismos lo que les dió y dárselo á otros, sin razón alguna y sin constancia. Y así su seña demuestra muy bien su naturaleza.
—¿Cómo es eso? dije yo.
—Porque está de pies sobre una piedra redonda.
—Y ¿pues qué significa eso?
—Que sus dones no son firmes ni seguros. Porque suceden grandes y muy fuertes quiebras cuando alguno fía mucho de ella.
—¿Y esta tanta multitud que está alrededor de ella, qué pretende y cómo se llama?
—Éstos se llaman Malconsiderados; y pide cada uno de ellos aquello que ella arroja.
—¿Pues cómo no tienen todos una misma manera de semblante, sino que unos parece que están muy regocijados y otros muy tristes, y que están extendiendo las palmas?
—Aquellos, dice, que parece que se alegran y se ríen, son los que han recibido algo de la fortuna. Estos la llaman Buena fortuna. Pero los otros que parece que lloran, y que extienden las palmas, son aquellos á quien les ha quitado lo que les había dado primero. Estos ya, al contrario, la llaman Mala fortuna.
—¿Qué manera, pues, de cosas son las que les da para que se alegren tanto los que las reciben, y lloren así los que las pierden?
—Todo eso, dice, que al vulgo de los hombres les parece ser bienes.
—¿Y qué es eso? ¿Qué, sino riquezas, honra, nobleza, hijos, señoríos, reinos y todo lo demás que es de este jaez? ¿Y pues todas esas cosas no son bienes?
—De eso, dice, después trataremos; estemos ahora en la declaración de la fábula.
—Sea en buen hora.
—¿No ves cómo después de pasada esta puerta hay más arriba otro cercado, y unas mujeres que están fuera del cercado muy afeitadas, como suelen afeitarse las rameras?
—Sí veo.
—De estas, pues, esta primera se llama la Disolución, esta la Prodigalidad, esta otra la Avaricia y esta otra la Lisonja.
—¿Y qué hacen aquí éstas?
—Aguardan, dice, á los que de la fortuna han recibido alguna cosa.
—Y después, ¿qué hacen?
—Corren luego para ellos, y abrázanlos y lisonjéanlos, y ruéganles que queden allí en su compañía, diciéndoles que vivirán una vida sabrosa y sin trabajo y libre de toda fatiga. Si persuaden, pues, á alguno que se vaya tras aquella vida sabrosa, por algún tiempo parécele que aquella vida y trato es muy apacible, hasta haber cebado al hombre. De allí adelante ya no es así. Porque cuando vuelve á mirar por sí, entiende que él no ha comido, antes ella lo ha comido á él y lo ha afrentado. Y así, después de haber gastado todo cuanto recibió de la fortuna, queda forzado á servir á mujeres semejantes, y sufrir cosas fuertes é infames, y hacer por amor de ellas cosas muy perjudiciales, como son: robar, hacer sacrilegios, perjurarse, hacer traiciones, saltear, con las demás cosas de este jaez. Cuando ya, pues, les viene á faltar todo, entréganlos entonces al Castigo.
—¿Qué castigo es ese?
—¿No ves, dice, un poco detrás de ellas una como puerta pequeña y un lugar estrecho y obscuro?
—Sí; y aun parece haber allí unas mujeres feas y sucias, cubiertas de remiendos.
—Es verdad. Estas, pues, dice, son: la que tiene el azote en la mano se llama la Pena; la que tiene la cabeza entre las rodillas, la Tristeza, y la que se mesa sus propios cabellos, la Rabia.
—¿Y aquel otro, que está junto á ellas tan feo y tan flaco y desnudo, y tras de él otra mujer, que le parece mucho, fea también y flaca, quién es?
—El, dice, se llama el Duelo y y su hermana se dice la Aflicción. En manos, pues, de todos éstos lo entregan, y en compañía de éstos vive atormentado. Después lo echan otra vez á otra casa, que es la de la Malaventura, donde acaba su miserable vida en toda miseria, sí ya la Penitencia acaso no se topa con él.
—¿Y si se topa, qué sucede?
—Si se topa con él la Penitencia, líbralo de todos aquellos males, y dale otro parecer y otro deseo, que lo guía y lleva á la verdadera Doctrina; y juntamente el que lleva á la que llaman falsa Doctrina.
—¿Qué sucede tras de esto?
—Si admite, dice, este buen Parecer que lo ha de llevar á la verdadera Doctrina, ella lo purifica y lo salva, y queda hecho próspero y bienaventurado en todo el discurso de su vida. Mas si no, comienza otra vez á andar errado por engaño de la falsa Doctrina. ¡Oh Soberano Dios, y cuán gran peligro es este segundo!
—¿Y esa falsa Doctrina, dije yo, qué tal es?
—¿No ves, dice, aquel otro cercado?
—Sí, muy bien, dije yo.
—¿No ves, pues, fuera del cercado, junto á la entrada, una mujer en pie, que parece muy aseada y muy compuesta?
—Sí veo.
—A ésta, pues, dice, los más hombres y más simples la llaman la Doctrina, pero no es sino la falsa Doctrina. Los que se han escapado, pues, del peligro, cuando quieren ir á buscar la verdadera Doctrina vienen aquí primeramente.
—¡Cómo! ¿y no hay otro camino para la verdadera Doctrina?
—Sí hay, dice.
—¿Y estos hombres que van y vienen dentro del cercado, quiénes son?
—Son, dice, los enamorados de la falsa Doctrina, que están engañados creyendo que tratan con la verdadera.
—¿Y cómo se llaman estos?
—Unos, dice, se llaman Poetas, otros Oradores, otros Dialécticos, otros Músicos, otros Aritméticos, otros Geómetras, otros Astrólogos, otros Defensores del deleite, otros Peripatéticos, otros Críticos y otros que hay así á la manera de éstos.
—¿Y aquellas mujeres que parece que corren, y son semejantes á aquellas primeras, entre quienes decíais que estaba la Disolución y otras que hay con ellas, quiénes son?
—Aquellas mismas, dice, son.
—¡Cómo! ¿y también entran esas aquí?
—Sí, entran realmente, aunque más raras veces y no como en el primer cercado.
—¿Y entran por dicha también las Opiniones?
—Sí, dice, porque les dura aún la bebida que bebieron de mano del Engaño, y asimismo la Ignorancia, y con ella la Tontedad. Y no se apartará de ellos ni la Opinión, ni la demás perversidad, hasta que, sacudiendo de sí la falsa Doctrina, entren en el verdadero camino, y beban de aquella fuerza que purifica todo esto y lo consume; y despidan de sí toda la malicia que tienen, y las Opiniones y la Ignorancia, con toda la demás perversidad. Entonces se salvaián de esta manera. Pero estándose quedos aquí, en compañía de la falsa Doctrina, nunca se verán libres, ni les faltarán todo género de males, por respeto de doctrinas semejantes.
—¿Cuál es, pues, el camino que lleva á la Doctrina verdadera?
—¿No ves, dice, en lo alto aquel lugar donde no mora nadie, sino que parece desierto?
—Sí veo.
—¿No ves también una puerta muy pequeña, y una senda delante de la puerta, que no está muy hollada, sino que caminan por ella muy poquitos, como por camino muy dificultoso y áspero, y peligroso al parecer?
—Sí, dije yo.
—¿No parece haber también un collado y una subida muy estrecha, y que por la una parte y por la otra tiene unos muy profundos despeñaderos?
—Sí veo.
—Este, pues, es, dice, el camino que lleva á la verdadera Doctrina.
—Dificultoso realmente, al parecer.
—¿No ves también en lo alto alrededor del collado una gran peña y muy alta, toda sin subida?
—Ya la veo, dije.
—¿No ves también unas dos mujeres puestas encima de la peña, de muy buen hábito y sujeto de cuerpos, y que están como alargando las manos prontamente?
—Ya las veo, dije; pero ¿cómo se llaman éstas?
—Esta primera, dice, se llama la Continencia, y la otra la Perseverancia, las cuales son hermanas.
—¿Por qué, pues, alargan la mano con tanta prontitud?
—Exhortan, dice, á los que llegan allí á que tengan esfuerzo y á que no desmayen, diciéndoles que han de tener un poco de sufrimiento aún, y que luego llegarán al buen camino.
—Cuando llegan, pues, á la peña, ¿cómo suben? porque no veo camino que lleve á ella.
—Ellas mismas desde lo alto bajan abajo, y los tiran hacia arriba para sí. Después les mandan que cobren un poco de aliento, y á cabo de poco les dan fuerza y esfuerzo, y les prometen ponerlos delante de la verdadera Doctrina, y les muestran el camino, cuán hermoso es, cuán llano, cuán fácil de andar, cuán libre de todo mal, como allí lo ves.
—Realmente que se muestra tal.
—¿Ves, pues, dice, enfrente de aquella arboleda un lugar que parece tan hermoso, de lindos prados, y claro con un grande resplandor?
—Muy bien.
—¿No echas, pues, de ver en medio de aquel prado otro cercado y otra puerta?
—Sí, realmente. ¿Pero cómo se llama este lugar?
—La morada, dice, de los Bienaventurados. Porque aquí moran todas las Virtudes y la Felicidad.
—Sea así, dije yo, que el lugar sea tan hermoso.
—¿No ves, pues, dice, cómo está junto á la puerta, una mujer hermosa, con los ojos bajos, de edad mediana y ya notoria, con un vestido y hábito sencillo, y que está sentada, no sobre piedra redonda, sino sobre cuadrada y muy al seguro puesta, y con ella otras dos que parecen ser sus hijas?
— Así parece que están.
—De éstas, pues, la que está en medio es la Doctrina, y la otra la Verdad y la tercera la Persuasión.
—¿Por qué está sentada sobre piedra cuadrada la Doctrina?
—Es señal, dice, que el camino que lleva á do ella está es seguro y cierto para los que vienen, y que los dones que ella les da son seguros para quien los recibe.
—¿Y qué dones son los que ésta da?
—Confianza y Animo, dijo él.
—Y esto ¿cómo es?
—Una ciencia, dice, de que no ha de ver mal ninguno en toda la vida.
—¡Oh Soberano Dios, dije yo, y qué hermosos dones! ¿Pero á qué fin está de esta manera fuera del cercado?
—Para curar, dice, á los que vienen, y darles á beber de aquella fuerza purgativa. Después, cuando ya están bien purgados, llévalos á las Virtudes.
—¿Cómo es eso? dije yo, porque no lo entiendo.
—Entenderlo has, pues, dice. Como si uno estando muy enfermo viniese á que lo curase el médico: primero le había de sacar con purgas todo lo que le causaba la enfermedad; y de esta manera después traerlo á la convalecencia y á la salud. Pero si él no obedeciese á los mandamientos del médico, con razón desechado, moriría de la enfermedad.
—Eso bien lo entiendo, dije yo.
—Pues de la misma manera acaece en lo de la Doctrina, que cuando uno viene á ella, cúralo, y dale á beber de su vigor para que se purgue y despida de sí todos los males que trajo cuando vino.
—¿Qué males son esos?
—La Ignorancia y Error, que le dió á beber el Engaño, la Presunción, la Codicia, la Disolución, la Cólera y la Avaricia, con todos los demás m ales de que se empapó en el primer cercado.
—Pues cuando ya está bien purgado, ¿dónde lo remite?
—Allá dentro, dice, á la Ciencia y á las demás Virtudes.
—¿Cuáles son ésas?
—¿No ves, dice, dentro de la puerta un coro de mujeres? ¡Mira qué buen rostro muestran tener! ¡Qué bien compuestas! ¡Qué honesto traje tienen y cuán sencillo! ¡Mira cuán poco aparato tienen; cuán sin ningún afeite están! no como aquellas otras.
—Ya las veo, dije; ¿pero cómo se llaman éstas?
—La primera, dice, se llama la Ciencia y las demás son sus hermanas, la Fortaleza, la Justicia, la sana Bondad, la Templanza, la Modestia, la Liberalidad, la Continencia y la Mansedumbre.
—¡Oh joyas hermosísimas, dije yo, y cómo nos dais grande esperanza!
—Sí, dijo él, si lo entendiereis é hiciereis hábito en lo que habéis oído.
—Estaremos muy atentos, dije yo.
—De esa manera, dice, seréis salvos.
—Cuando lo reciben, pues, ellas, ¿dó lo llevan?
—A su madre, dice.
—¿Y quién es su madre?
—La Felicidad, dice.
—¿Y qué tal es la Felicidad?
—¿Ves aquel camino que tira hacia aquello alto, que es el alcázar de todos los cercados?
—Sí veo.
—¿No hay allí á la entrada puesta una mujer de muy buen parecer, sentada en una silla alta, adornada muy ahidalgadamente, y sin mucha curiosidad, y coronada con una muy hermosa corona de flores?
—Paréceme que sí.
—Esta, pues, es, dice, la Felicidad.
—Cuando uno, pues, llega allí, ¿qué hace ésta?
—Corónalo, dice, la Felicidad con todo su poder, y todas las demás virtudes, como á los que han vencido las mayores contiendas.
—¿Y qué contiendas ha vencido él? respondí yo.
—Las mayores del mundo, dijo él, y las más bravas fieras, las cuales lo consumían primero y lo atormentaban, y lo hacían siervo: todas estas las ha vencido y sacudido de sí, y se ha hecho señor de sí mismo; y así ahora aquéllas son sus siervas de él, como antes él lo era de ellas.
—¿Qué fieras son ésas que me dices? Porque deseo mucho entenderlo.
—Cuanto á lo primero, dice, la Ignorancia y el Error. ¿No te parece á tí que son estas bestias fieras?
—Y aun malas realmente, dije yo.
—Demás de esto, la Pena, el Sentimiento, la Codicia del dinero, la Disolución, y finalmente, todo aquel ejército de maldades. De todas éstas se apodera, y no se les sujeta como antes.
—¡Oh qué heroicas obras, dije yo, y qué victoria tan esclarecida! Pero dime sobre todo, ¿qué es el poder de aquella corona con que dijiste que estaba coronado?
—El de hacerse bienaventurado, mancebo. Porque el que con esta fuerza está ya coronado, hácese bienaventurado y dichoso, y no tiene puestas en otro las esperanzas de su felicidad, sino en sí solo.
—¡Oh qué victoria me cuentas tan ilustre! Pero después de ya coronado, ¿qué hace, ó adonde se va?
—Tómanlo de la mano las Virtudes, y llévanlo al mismo lugar de donde vino primero; y allí le muestran todos cuantos están allí, y cómo viven mal y miserablemente, y qué de naufragios padecen en la vida, y cómo andan perdidos, y cómo los llevan cautivos sus enemigos como á gente rendida, á unos la Disolución, á otros la Presunción, á otros la Codicia del dinero, á otros la Vanagloria y á otros diversos géneros de males, de que ellos no se pueden librar, ni de los trabajos en que están presos para salvarse y llegar aquí, sino que toda la vida pasan en alteraciones; lo cual padecen, porque no pueden hallar el camino que guía por aquí. Porque se han olvidado del mandamiento que el buen Genio
