Texto: La Tienda de Antigüedades
de Charles Dickens


Novela


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La Tienda de Antigüedades

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Fragmento de La Tienda de Antigüedades

Con este estado de ánimo, le resultó un consuelo descubrir que, por razones diferentes, Richard Swiveller se sentía irritado y defraudado por la misma causa. Era obvio, pensó el enano, que había acudido allí en nombre de su amigo para, camelando o amedrentando al anciano, sacarle una porción de la fortuna que le suponían. Por lo cual, era un alivio para Quilp atormentar a Swiveller pintándole las riquezas que atesoraba el anciano y la astucia de este al conseguir rehuir la mirada de los importunos.

—Bueno —suspiró Dick con la mirada perdida—, supongo que ya no tiene ningún sentido que me entretenga aquí.

—En efecto —convino el enano.

—¿Le importaría hablarles de mi visita? —preguntó Dick.

El señor Quilp dijo que no le importaba en absoluto, que les hablaría de ello cuando los viera.

—Y dígales también —añadió el señor Swiveller—, dígales, señor mío, que he venido aquí transportado por la alada concordia; que he venido para retirar, con el rastrillo de la amistad, las semillas de la violencia y la acritud recíprocas y sembrar en su lugar la simiente de la armonía social. ¿Tendrá la bondad de transmitirles esta embajada, caballero?


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691 págs. / 20 horas, 9 minutos.
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Publicado el 7 de febrero de 2017 por Edu Robsy.


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