Mayerling

ClaudeAnet


Novela



PRÓLOGO

Era una amplia estancia, de techo alto y ricamente amueblada. Sus dos ventanas daban a un parque de altos árboles se alzaban demasiado cerca de la casa. Un biombo apenas lograba aislar del resto de la habitación aquella cama, colocada en el centro, en ella yacía una joven. Su cabello era castaño, cuidadosamente trenzado, se extendía sobre la almohada formando una especie de aureola alrededor de su cabeza. Su rostro, aunque marcado por el dolor, conservaba bien su belleza; suss cejas fruncidas dibujaban una línea recta. De sus labios finos y bien delineados escapaba, de vez en cuando, un gemido, y bajo la sábana que la cubría se podía notar cómo su cuerpo se tensaba.

Junto a la cama permanecía un grupo de personas atentas: un anciano vestido de frac, con una condecoración prendida en la solapa; un hombre más joven, de aire inteligente, con bata blanca; y dos enfermeras. En el momento en que toda mujer, herida en su cuerpo y en su pudor, tiene derecho a permanecer en privacidad, varias personas rodeaban a aquella mujer que sufría. Pertenecía, en efecto, a una casta en la que ni el dolor ni la alegría podían mantenerse en secreto, y la emperatriz de Austria, Isabel, de apenas veinte años, estaba en la obligación de dar a luz en público.

Junto a una de las ventanas se encontraba un hombre bajo y rechoncho, de piernas cortas: Su Alteza Imperial y Real, el archiduque Raniero. Conversaba en voz baja con el consejero íntimo Carlos Fernando, conde de Buol-Schauenstein. Otros tres personajes, vestidos con uniforme, contemplaban en silencio el parque y sus avenidas rectas, ya cubiertas por las sombras del atardecer. Dos damas, sentadas en un rincón, cuchicheaban entre sí.

Un hombre de unos treinta años, vestido con el uniforme verde oscuro de general de ulanos, permanecía apoyado contra la chimenea. Era de estatura mediana, delgado y de piernas largas. Su rostro estaba enmarcado por largas patillas rubias que se unían a un espeso bigote. El cabello, cortado muy corto, comenzaba ya a ralear en las sienes; la nariz era ligeramente abultada en la punta y los ojos carecían de una expresión particularmente viva.

Por mucho dominio que tuviera sobre sí mismo —y los diez años que llevaba como emperador de Austria y rey de Hungría lo habían obligado a controlar y ocultar sus sentimientos—, no conseguía disimular el profundo nerviosismo que lo dominaba. Lo manifestaba haciendo chasquear los dedos de la mano izquierda contra la palma de la derecha. Cuando el sonido se volvía demasiado fuerte, él mismo lo advertía, se detenía de pronto y, tirándose con fuerza del bigote, recorría rápidamente el espacio entre la chimenea y la ventana. Sus botas crujían sobre el piso de madera.

Con el paso del tiempo, aquel ruido terminó por irritar a la joven acostada, que levantó una mano para hacerle una señal y pedirle que permaneciera quieto.

Él se inmovilizó de inmediato.

—Te pido perdón, querida —murmuró.

De puntillas, como un niño sorprendido en una falta, regresó junto a la chimenea.

Así transcurrió una hora.

La noche comenzaba a caer y la incomodidad que pesaba sobre los presentes había aumentado hasta hacerse insoportable. Todos comprendían, sin necesidad de expresarlo, que no estaban asistiendo a una ceremonia de la corte, sino al más conmovedor de los dramas humanos. Los trajes bordados, los uniformes y las condecoraciones parecían una ofensa frente a aquel frágil cuerpo de mujer que se estremecía entre los dolores del parto. El silencio solo era interrumpido por los gemidos que, cada vez más seguidos, se elevaban desde la cama de la paciente.

El emperador, siempre junto a la chimenea, no podía evitar que, de vez en cuando, sus botas volvieran a crujir sobre el suelo. Unos lacayos, engalanados e indiferentes, entraron llevando candelabros con velas encendidas. La luz de las llamas arrancó destellos de los diamantes de las condecoraciones y de los dorados de las molduras de madera.

Hubo un movimiento entre los médicos reunidos alrededor de la cama. Uno de ellos se inclinó sobre la joven, que se retorcía bajo los últimos dolores del parto. Pasaron aún unos instantes. Entonces, un gemido más intenso hizo estremecer a todos los testigos de aquella escena dramática. Incapaz de soportarlo por más tiempo, el emperador dejó escapar un suplicante:

—¡Mein Gott!...

Y se llevó ambas manos a la cabeza.

Se oyó un grito y, enseguida, un silencio tan absoluto que cada uno pudo escuchar los latidos de su propio corazón. De pronto, se elevó el llanto de un recién nacido, tan sencillo, tan profundamente humano, tan puro y tan inesperado, que los ojos de los presentes se llenaron de lágrimas.

—¡Es un niño! —declaró con voz firme el médico.

—¡Alabado sea Dios! —respondió el emperador, incorporándose.


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Mientras los médicos trabajaban detrás del biombo, las puertas que comunicaban con el salón contiguo se abrieron de par en par y se anunció la feliz noticia. También se dio a conocer el nombre elegido para el heredero: Rodolfo, en honor al fundador de la dinastía, ya con más de diez siglos de historia, de los Halcones, que habían dejado los bosques de Suiza para extender su dominio sobre Austria.

Una hora más tarde, tras administrarle al recién nacido el bautismo de socorro y redactar el acta de nacimiento conforme a las formalidades de rigor, fechada el 21 de agosto de 1858, en el castillo de Laxenburgo ya solo permanecían los médicos y los funcionarios de la Corte de servicio.

La emperatriz pidió entonces que le llevaran al niño. Acababan de bañarlo y la nodriza se lo entregó envuelto en toallas tibias.

La emperatriz lo contempló durante largo rato. Era tan frágil y tan débil que parecía imposible que sobreviviera. Recordó entonces las horas que acababa de atravesar: tanto boato, tantos intereses y tantas vanidades reunidos a su alrededor… y allí, entre sus brazos, aquel niño que apenas respiraba.

Sintió que sobre él pesaba el legado de un pasado largo y trágico. Pertenecía a una estirpe refinada, sensible, demasiado frágil para soportar no solo la carga del poder, sino también la de la propia vida; una estirpe de seres melancólicos, incapaces de estar a la altura de su destino y a quienes, en ocasiones, la locura apartaba del mundo de los hombres.

¿Qué regalo le había hecho a aquella pequeña criatura llorosa al traerla al mundo? Algún día recaerían sobre él responsabilidades inmensas. Terminarían por aplastarlo.

En ese momento se oyó el crujido de las botas del emperador sobre el piso de madera. Se acercó y, inclinándose hacia su esposa y el niño, dijo con voz firme:

—Es un niño magnífico, nuestro hijo. Será un muchacho fuerte y feliz.

Pero los ojos de la madre se llenaron de lágrimas y, con un gesto apasionado, estrechó al pequeño contra su corazón.













PRIMERA PARTE















I EL PRÍNCIPE HEREDERO

Treinta años después, un oficial galopaba sobre un caballo de pura sangre por las avenidas del Prater, cuyos árboles comenzaban a cubrirse de brotes verdes. A pesar de su juventud, vestía el uniforme de campaña de general de dragones. Al llegar al extremo de la avenida, redujo la velocidad y puso al caballo al paso.

Era un hombre delgado, de estatura mediana y bien proporcionado, de ojos hermosos y largo bigote. Varios jinetes se cruzaron con él y lo saludaron con deferencia. Él respondió con cortesía amable.

Descendió de su caballo en el punto donde la avenida principal desemboca en la plaza conocida como la Estrella del Prater, rodeada de edificios. Entregó las riendas a un mozo de cuadra y permaneció unos instantes solo sobre la acera, esperando el faetón que debía recogerlo.

Poco después lo vio aparecer al otro lado de la plaza y avanzó unos pasos hacia él. Mientras pasaba frente a una casa de modas, varias jóvenes obreras salieron corriendo, empujándose entre risas y alboroto. Una de ellas chocó distraídamente contra el oficial y estuvo a punto de caer. Él la sostuvo, la ayudó a recuperar el equilibrio, le dedicó una sonrisa amable y siguió su camino. La joven lo miraba, atónita.

Las demás, entretanto, se burlaban de ella.

—Así que ahora te lanzas a los brazos de cualquiera

Pero una de sus compañeras, de mayor edad, siguió con la mirada al oficial que se alejaba y le dijo en tono de reproche:

—¿No te da vergüenza, Greta? Acabas de empujar al príncipe heredero.

Todas las muchachas quedaron estupefactas. Se volvieron para contemplar al célebre príncipe de Viena. ¿Era realmente él quien había aparecido entre ellas como por arte de magia?

A pocos pasos de allí, el príncipe subía al faetón mientras el cochero le entregaba las riendas. Los caballos se encabritaron y echaron a andar. Cuando el carruaje pasó junto a las obreras, que permanecían inmóviles y con la boca abierta, el príncipe las saludó.

Varias manos se alzaron entre el grupo y alegres sonrisas iluminaron los jóvenes rostros.

—¡Qué apuesto es! —¡Qué amable!


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—¿Quiere que escuche su confesión, señora?

La pregunta fue formulada por el padre Bernsdorf, superior de los colegios jesuitas en Austria, a una dama de elevada estatura y complexión robusta, vestida sin demasiada elegancia, que no era otra que Su Alteza Imperial y Real, la princesa Estefanía, esposa del príncipe heredero.

Se encontraban en el despacho del padre Bernsdorf, en el convento de los jesuitas de la calle de los Bernardinos. Nada podía ser más sencillo que aquella habitación, de paredes encaladas y piso de ladrillos rojos. El mobiliario se reducía a una mesa de madera, dos sillones tapizados en tela rep, dos sillas de paja y un reclinatorio.

Ante la pregunta del jesuita, la princesa respondió con un ligero embarazo:

—No, padre. He venido simplemente a conversar con usted.

Se sentó en uno de los sillones e hizo un gesto para que el padre ocupara el otro. La mesa quedaba entre ambos.

Debía de tratarse de un asunto delicado, pues la princesa vaciló unos instantes antes de abordarlo. Al advertirlo, el jesuita acudió en su ayuda y llevó la conversación hacia el príncipe heredero.

—¿Goza el príncipe de buena salud?

—Exige demasiado de sí mismo —respondió la princesa—. No sé cómo logra resistir. Usted lo sabe, padre: hace todo con pasión, ya sea trabajar, cazar o montar a caballo. Sus días están completamente ocupados...

—Su salud es de gran importancia para todos nosotros —dijo el jesuita—. ¿No podría usted ejercer una influencia benéfica sobre él y convencerlo de que se concediera una o dos horas de descanso?

El rostro de la princesa se contrajo.

—Nunca lo veo.

Se interrumpió de repente, como si lamentara haber hablado con demasiada precipitación. El tono de aquella breve respuesta bastó para esclarecer la situación al jesuita. No dejó traslucir nada y prosiguió:

—Sin embargo, por las noches...

—Por las noches... —respondió la princesa con visible incomodidad— salimos. Si me lleva a la Ópera o al Burgtheater, apenas permanece conmigo; se marcha a los pasillos o tras bambalinas. Después cena con sus amigos... No me invita, y con razón.

Una expresión de ira cruzó el rostro de la princesa. El padre, sin embargo, comprendía perfectamente lo que ella callaba y, con voz impasible, preguntó:

—¿Y más tarde?

Aquella pregunta, demasiado directa, no obtuvo respuesta.

Quedaba todavía un punto por aclarar y, después de unos segundos, el padre añadió:

—¿Desde hace mucho tiempo?

Se hizo otro silencio, aún más prolongado. El padre, que había hablado con la vista baja, levantó los ojos. Vio frente a él a una mujer incómoda, sonrojada y que evitaba su mirada. Transcurrió al menos un minuto, lento y pesado. Por fin, la princesa habló. Sin apartar la vista de la mesa, murmuró:

—Desde hace un año.

Por mucho dominio que tuviera sobre sí mismo, el padre no pudo evitar un ligero sobresalto. Un distanciamiento de un año en el matrimonio del príncipe heredero era un asunto grave, de consecuencias incalculables. Habría que reflexionar con calma y decidir qué hacer. Cuando volvió a hablar, su voz no revelaba la menor agitación.

—¿Por qué no me habló de esto antes? —preguntó.

—Era un asunto tan delicado, padre... —respondió la princesa, todavía avergonzada—. La situación podía cambiar de un día para otro. Entre nosotros no había ocurrido nada, ¿comprende?, que pudiera separarnos. Cada noche pensaba que quizá Rodolfo volvería...

El fervor con que pronunció aquellas palabras revelaba los sentimientos que aún albergaba por un esposo infiel.

—Un año... —repitió el padre, moviendo lentamente la cabeza—. Un año... ¿Y qué edad tiene hoy su hija, hija mía?

Era la primera vez en aquel día que se dirigía a ella con ese apelativo.

—Pronto cumplirá cinco años, padre.

El jesuita permaneció pensativo.

—Comparto sus inquietudes —dijo al fin—. La Corona carece de heredero... Pero los designios de Dios son inescrutables. Cuando llegue la hora que Él haya dispuesto, le devolverá a su esposo. Dios no abandonará este Imperio, sobre el cual vela de manera especial; de ello estoy seguro. Es necesario tener paciencia, hija mía. Usted sabrá comportarse como una esposa cristiana; no dará muestras de mal humor —añadió con aparente naturalidad—. Debe mostrar mansedumbre. Así preparará el camino para la voluntad de Dios. También es preciso orar. En eso sí puedo ayudarla...

Su voz adquirió un tono firme y seguro al pensar en el auxilio que estaba a punto de ofrecer.

—Ordenaré una novena —dijo, pronunciando cada palabra con solemnidad— en todos nuestros colegios, para que la antigua Casa de Habsburgo vuelva a florecer en un joven heredero.

La princesa no pareció tan conmovida como él esperaba ante la importancia del apoyo que le ofrecía. Aun así, le dio las gracias y añadió:

—Quisiera pedirle, padre, que vea al príncipe y hable con él.

El padre hizo un gesto de preocupación.

—Es difícil, hija mía; es un asunto delicado...

—Nada es difícil para usted, padre —insistió la princesa.

—Es necesario solicitar una audiencia —respondió el jesuita— y explicar el motivo de esa solicitud... No puedo decir...

—No le será difícil encontrar un motivo para ver al príncipe —replicó ella—. Usted sabe tan bien como yo lo que está en juego.

El padre reflexionó unos instantes.

—Tiene razón, hija mía —dijo finalmente—. Veré al príncipe.

Poco después, la princesa y su dama de honor subían de nuevo al carruaje.

Mientras regresaba a su despacho, el padre Bernsdorf mostraba un semblante preocupado.

«¡Un año! —pensaba—. ¡Ya hace un año! ¿Por qué me lo habrá ocultado? ¿Qué mujer estará ganando influencia sobre el príncipe? Es más débil de lo que la gente cree. ¡Cuántas intrigas lo rodean! ¡Cuántas influencias perniciosas lo acechan! ¿Habrá ya alguien ocupando ese lugar?»

Se encogió de hombros.

«Lo sabría... En cualquier caso, hay que averiguarlo.»


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Ese mismo día, hacia el mediodía, dos hombres conversaban en una pequeña sala contigua al despacho de la dirección del Neues Wiener Tagblatt. Uno de ellos era el redactor jefe del periódico, el señor Szeps: un hombre de estatura mediana, delgado, de cabello muy corto y ya blanco, aunque aún no era anciano, y de tez ligeramente amarillenta. La única parte carnosa de su rostro anguloso era la punta de la nariz, cuya marcada curvatura revelaba con claridad sus rasgos semitas.

Periodista muy conocido en Viena, dirigía con habilidad, en una época difícil, un diario liberal de oposición al gobierno conservador y casi autocrático del conde Taaffe. Sus colegas y las personas bien informadas de los círculos gubernamentales se sorprendían de que el Neues Wiener Tagblatt publicara, de vez en cuando, noticias exactas e inesperadas sobre algunos de los asuntos más delicados de la política. Sin embargo, siempre aparecían con un tono tan moderado e inofensivo que la Oficina de Prensa nunca encontraba motivo para descargar su ira ni suspender la publicación del periódico.

—¿De dónde demonios saca Szeps esa información? —se preguntaban.

Era un enigma que ponía a prueba la perspicacia de los entendidos, pero nadie había hallado una respuesta satisfactoria. Por ello, Szeps gozaba de un prestigio y de una influencia que el tiraje relativamente modesto de su periódico no bastaba para explicar.

Aquel día tenía frente a él a uno de sus correligionarios, el señor Blum, director y propietario del Neues Wiener Tagblatt, hombre ante quien no guardaba secreto alguno. Ambos habían discutido, con la sutileza y el gusto por la dialéctica tan apreciados en su comunidad, uno de los complejos problemas de la política interna del Imperio austrohúngaro. Finalmente, la conversación derivó hacia el emperador. Mientras él siguiera con vida, no cabía esperar ningún cambio favorable.

—Ya parece un anciano —dijo Szeps.

—Y, sin embargo, solo tiene cincuenta y ocho años y todavía puede vivir diez más —replicó Blum—. No es un hombre brillante; no comprende nada de lo que a nosotros nos apasiona. Pero hay que reconocer que es hábil y que, con sus limitados recursos, siempre consigue seguir el camino que se ha trazado, aunque no sea el nuestro, y alcanzar sus objetivos pese a todos los obstáculos que encuentra.

—Cuando desaparezca —continuó Szeps— dejará las cosas en tal estado que podemos prever lo peor: una revolución, un baño de sangre, un movimiento separatista que destruya el Imperio. Y cuando pienso en quién tiene a su lado, en ese hijo extraordinario... ¡Ah, Blum! Un príncipe heredero como este, Austria nunca lo ha tenido, y casi me atrevería a decir que no lo merece. Por fin tendríamos un emperador moderno, abierto a las ideas más generosas y nobles. ¡Qué futuro para Europa! Federico III en el trono de Alemania; Rodolfo en los de Austria y Hungría... Sería el fin de la reacción en el mundo. Hasta Rusia... ¡Cuántas esperanzas, mi querido Blum! Pero también... —bajó la voz—... ¡cuántos temores! Un porvenir tan grandioso suspendido de la vida de un solo hombre... Todo me inquieta. No es feliz en su matrimonio; vive en permanente conflicto con una esposa limitada y de carácter difícil. Necesitaría encontrar en su hogar una profunda paz y el apoyo afectuoso de una compañera a toda hora. En lugar de eso, hay disputas cuyo eco atraviesa los gruesos muros del Hofburg. ¿El resultado?... —bajó aún más la voz—... el príncipe busca el olvido en la vida disipada.

En ese momento, la franca carcajada de Blum interrumpió a Szeps.

—Vamos, mi querido Szeps, ¿de qué se asusta usted? ¿Acaso es el primer príncipe heredero que lleva una vida algo licenciosa? Su juventud turbulenta —yo hice mil veces más que Rodolfo— no impidió que Enrique V de Inglaterra fuera un gran soberano. Muchos otros han seguido ese mismo camino y muchos más lo seguirán. Casi podría decirse que es una escuela para quienes están llamados a reinar. Eso demuestra que nuestro príncipe heredero está lleno de vida y sabe reaccionar.

—Pero podría estallar un escándalo —insistió Szeps, que no se dejaba convencer.

Blum volvió a reír con más fuerza.

—Nadie sabe sofocar un escándalo mejor que los señores del Hofburg. No sería la primera vez que lo hacen. Deje, pues, que nuestro amigo se divierta mientras aún es joven... Gaudeamus igitur dum juvenes sumus —canturreó el anciano—. Y ya que contamos con ciertos medios para estar bien informados, vigilémoslo de cerca para que ninguna persona peligrosa logre introducirse en su intimidad. Mientras se limite a cenar con muchachas bonitas, el peligro no es grande. Si alguna mujer verdaderamente astuta llegara a ejercer influencia sobre él, entonces sí habría de preocuparse... ¿Nunca le ha hablado de su vida privada?

—Jamás, y tampoco lo deseo. Es un terreno resbaladizo en el que preferiría no aventurarme.

—Procure, de todos modos, averiguar algo si se presenta la ocasión. ¿Cuándo cree que volverá a verlo?

—Mañana parte hacia Budapest. En cuanto regrese, me fijará una cita... ¡Ah, esas entrevistas en el Hofburg! Acudo a ellas con inmensa alegría, pero también con gran temor. ¡Imagine el escándalo que se armaría si alguien me encontrara y me reconociera! Pero el príncipe es muy prudente y, con cada nuevo encuentro, yo redoblo mis precauciones. La próxima vez llevaré gafas oscuras...







II LA HOFBURG



¿Por qué la apariencia de un palacio real suele inspirar tanta tristeza? ¿Será por la impersonalidad y monotonía de sus fachadas, que nada dejan adivinar de la vida que transcurre tras ellas? ¿Será por la repetición uniforme —considerada noble— de sus ventanas, la ausencia de toda fantasía, de toda individualidad? Nadie lo sabe. Pero la Hofburg, donde Rodolfo había sido criado y donde vivía, era quizá el palacio real más triste de Europa.

Todos sus apartamentos daban a patios de mayor o menor tamaño, igualmente sombríos, sin un árbol, sin un rincón verde, sin una sola flor. El viento apenas penetraba en ellos; las aves nunca se detenían allí y, como ninguna ventana se abría jamás para arrojarles migas de pan, ni siquiera los insolentes gorriones acudían a alegrar con sus cantos los altos muros de la Hofburg.

La vida de sus augustos habitantes tampoco contribuía a hacer del palacio un lugar más alegre o acogedor. El emperador y la emperatriz ocupaban dos suites de habitaciones que daban al patio conocido como la Franzensplatz. Los aposentos del emperador, a los que se accedía por la gran puerta situada bajo la bóveda que conducía a la Michaelerplatz, comprendían una sucesión de salones revestidos, todos sin excepción, con paneles de madera blancos y dorados, de estilo rococó, y amueblados con pesados muebles dorados.

En un rincón de cada estancia había una gran estufa de cerámica, también blanca y dorada, que durante el invierno proporcionaba un calor moderado pero constante. Allí se encontraban un salón destinado a los ayudantes de campo, otros dos para los altos dignatarios que recibían audiencia, el despacho privado del emperador, con dos ventanas y dos escritorios —uno elevado y otro de altura convencional—; después venía el dormitorio, con una estrecha cama de cobre, otro salón más y, finalmente, el extremo del ala del edificio, cuyas ventanas daban al sur.

En ángulo recto comenzaban los apartamentos de la emperatriz, situados en un nivel distinto. Una pequeña escalera de cuatro peldaños los comunicaba con los del emperador. Desde el dormitorio se pasaba a un salón de recepción; seguían luego el salón de las damas de honor y un comedor. Todo estaba amueblado con mayor elegancia y refinamiento que las dependencias del emperador, aunque las dimensiones de aquellas salas eran tales que, pese a las flores y arbustos que las llenaban, resultaba imposible convertirlas en espacios verdaderamente íntimos y acogedores.

En el ala perpendicular se hallaban los grandes salones de recepción y, más allá, los apartamentos de los archiduques y los destinados a los huéspedes del emperador.

El emperador tenía entonces cincuenta y ocho años. Una vida de trabajo incesante lo había envejecido antes de tiempo. Su cabello era completamente blanco y la parte frontal y superior de la cabeza estaban ya calvas. El rostro aparecía surcado de arrugas y la nariz había aumentado de tamaño. Sin embargo, conservaba bastante agilidad y mantenía las largas y delgadas piernas de jinete.

Sus gustos se habían convertido en los de un viejo burócrata. Sentía un profundo respeto por el trabajo cotidiano, ejecutado con puntualidad y sin contratiempos, y no confiaba a nadie los asuntos que consideraba de su competencia directa. Por ello se acostaba temprano y comenzaba a revisar sus expedientes mucho antes del amanecer. Los trasnochadores que cruzaban la Franzensplatz durante el invierno veían encenderse, desde las cinco de la mañana, una ventana de los apartamentos imperiales.

A esa hora una lámpara iluminaba el escritorio de Francisco José, mientras el ayudante de campo de guardia —que quizá regresaba de un baile y ni siquiera se había acostado— recibía, ligeramente inclinado, las órdenes de Su Majestad.

En verano, cuando el emperador se encontraba por lo general en Schönbrunn, iniciaba su jornada aún más temprano, a las cuatro de la mañana. Examinaba con meticulosa atención los documentos que le iban presentando, ya fuera un ayudante de campo o un jefe de servicio; leía cuidadosamente cada página y estampaba lentamente su firma al pie de cada resolución. Casi siempre trabajaba de pie, junto al escritorio situado junto a la ventana.

Más avanzada la mañana acudían, según las circunstancias, el presidente del Consejo de Ministros o algún ministro convocado expresamente, el prefecto de policía y, de manera invariable, varios oficiales superiores: el jefe de la Casa Militar, el jefe del Estado Mayor y otros altos mandos. Ante todo, el emperador era un soldado, y hasta los asuntos más insignificantes relacionados con el ejército revestían para él la máxima importancia.

Finalmente comenzaban las audiencias privadas, escasas y breves. El emperador recibía a quienes habían obtenido el honor de ser admitidos en audiencia con una sencillez que, sin importar el vínculo que pudiera unirlo a su interlocutor, excluía cualquier familiaridad.

Francisco José poseía el singular talento de mantener siempre la distancia con los demás sin necesidad de recurrir a la altivez ni a una pompa teatral. Parecía un hombre afable, pero no toleraba el menor incumplimiento de las minuciosas reglas que él mismo había establecido.

Como jefe de la Casa de Habsburgo, gobernaba a su familia con mano autoritaria y dirigía a los archiduques con la misma disciplina con que un cabo instruye a un pelotón de soldados. Su puntualidad era tan rigurosa que quienes debían reunirse con él procuraban llegar con al menos quince minutos de anticipación por temor a retrasarse.

Cuando debía asistir a una ceremonia pública en un lugar determinado, las caballerizas recibían la orden de recorrer el trayecto el día anterior con un carruaje tirado por caballos del mismo paso que utilizarían al día siguiente y de medir con exactitud el tiempo empleado.

En Schönbrunn, residencia de primavera y otoño, la rutina era exactamente la misma. El emperador solo abandonaba el palacio para asistir a las ceremonias oficiales a las que estaba obligado, presenciar maniobras militares, salir de cacería o recorrer los territorios de su Imperio.

En ocasiones se celebraban recepciones en la Hofburg: banquetes en honor de algún huésped extranjero o grandes bailes ofrecidos a la aristocracia del país. En aquellas fiestas imperaba el ceremonial más estricto, conforme a la etiqueta española. Solo podían asistir, siguiendo un rígido orden de precedencia, quienes acreditaran dieciséis cuarteles de nobleza.

Se contaba, no sin cierto orgullo, la anécdota de un gran duque de Rusia que, durante un baile de la corte celebrado en Buda, pidió que le presentaran a la esposa del comandante en jefe de los ejércitos austrohúngaros, con quien mantenía una estrecha amistad.

Hubo que explicarle que aquella dama, pese a pertenecer a una excelente familia, no había nacido noble y que, por consiguiente, sin importar el elevado cargo que ocupara su esposo, no tenía derecho a ser recibida en la corte.

Así transcurría la vida del emperador: una existencia monótona, cuya carga se hacía aún más pesada por el enorme peso de las responsabilidades que recaían sobre sus hombros. Era el único soberano de la doble monarquía; los problemas más complejos de diez estados formados por territorios heterogéneos, donde partidos y nacionalidades se enfrentaban con dureza y donde las rivalidades personales se agravaban por las diferencias étnicas, esperaban únicamente de él una solución. Para aquellos pueblos tan diversos, él era el vínculo viviente que mantenía unido al Imperio.

Un instinto hereditario para el difícil oficio de reinar y un sentido innato y agudo del juego político suplían en él unas cualidades personales que, por sí mismas, no eran especialmente brillantes. Cumplía su ardua y agotadora labor con una habilidad que, en ocasiones, sorprendía incluso a los estadistas más capaces. Pero, una vez concluida la jornada, quedaba exhausto, con la mente vacía y sin encontrar placer en nada. Nunca había poseído una imaginación particularmente viva. Apenas dejaba el trabajo, no sabía qué hacer con su tiempo y vagaba con su aburrimiento por la Hofburg o salía a cabalgar por el Prater.

Se había casado por amor, y de un modo casi novelesco, con una muchacha muy joven: su prima Isabel, hija del duque Maximiliano de Baviera. Ella tenía apenas quince años cuando él se enamoró de ella a primera vista. Sin embargo, por torpeza y por egoísmo, nunca supo ganarse su amor.

Isabel poseía una belleza a la que, por una coincidencia rara aunque no única, podía aplicarse con toda propiedad el calificativo de soberana. Tenía una figura admirable, un porte majestuoso, el andar de una diosa, un rostro de noble óvalo, grandes ojos oscuros, la frente ligeramente alta, cejas rectas, una mirada orgullosa y la cabellera más hermosa del mundo. Así apareció, con apenas dieciséis años, ante los vieneses deslumbrados: como una Diana descendida a la tierra.

Pero seguía siendo una niña. Descendiente de la apasionada y melancólica estirpe de los Wittelsbach, amante del arte y de la soledad, comprendió muy pronto que las grandezas de la vida oficial jamás podrían colmar las aspiraciones de su espíritu. Poco a poco fue alejándose de Francisco José, quien carecía de todo aquello que pudiera comprenderla. Puede afirmarse con certeza que, desde el momento en que alcanzó plena conciencia de sí misma, desapareció toda verdadera intimidad espiritual entre ambos.

Cumplió con sus deberes hacia el emperador en la medida de sus posibilidades, pues sabía lo que debía al rango al que él la había elevado, aunque lamentara profundamente haber llegado a ocuparlo. Cuando dio a luz a Rodolfo, consideró que había cumplido con su deber hacia el emperador y hacia la monarquía al proporcionarles un heredero.

A partir de entonces, procuró aparecer cada vez menos en las ceremonias de la corte. Se consumía en la atmósfera helada de la Hofburg. ¿Cómo habría podido soportar aquella tristeza constante, aquella superficialidad, aquella obsesiva minuciosidad y aquel rígido convencionalismo que regulaban cada uno de sus gestos y de sus palabras?

Soñaba con una vida libre y hermosa, donde el espíritu y el cuerpo pudieran desarrollarse por igual: largas cabalgatas por el campo, la lectura de la Odisea, el cultivo del cuerpo y el diálogo, a través de los libros, con los grandes hombres del pasado y del presente.

Poseía un gusto original y audaz. Casi sola en Alemania, admiraba el lirismo y la ironía mordaz de Heinrich Heine. Al mismo tiempo, amaba profundamente la naturaleza: el cielo y las nubes, el silencio de los bosques, el lamento del viento, el murmullo de las aguas y todas las voces persuasivas de la tierra.

Pero ¿era posible escucharlas detrás de los gruesos muros de la Hofburg? Los oídos algo grandes del emperador parecían mucho mejor dispuestos para escuchar la lectura de un informe administrativo hecha por un funcionario.

En Viena, en la Escuela Española de Equitación, que formaba parte del complejo palaciego, montaba caballos de alta escuela con tal maestría que despertaba la envidia de las mejores amazonas profesionales. Para ella preparaban algunos de los más hermosos ejemplares de las caballerizas imperiales: aquellos caballos de pelaje isabela que descendían directamente de los que habían pertenecido a Carlos V.

Sin embargo, prefería recorrer el campo y los bosques, acompañada únicamente por un caballerizo. El mejor momento del año era la breve estancia que pasaba en el castillo de Gödöllő, situado entre los bosques del norte de Hungría. Allí las obligaciones eran mínimas. Nada la separaba de la naturaleza.

Su delicada salud, que de cuando en cuando despertaba preocupación, le sirvió de pretexto para abandonar Austria. Así conoció Madeira, Corfú, el sur de Francia, Inglaterra y Normandía.

En la Hofburg, en cambio, no podía escapar del emperador. En cuanto disponía de unos minutos libres entre dos audiencias, él acudía a verla. Ella escuchaba el crujido de sus botas al subir los cuatro escalones que comunicaban los apartamentos de ambos. Entraba, y ya solo su manera de caminar, elástica y marcada por los hábitos de un viejo oficial, comenzaba a resultarle insoportable.

Luego hablaba, y el solo sonido de su voz —grave, sin brillo, sin una sola inflexión cálida, pues se había acostumbrado a no elevarla jamás— producía en la emperatriz una sensación de aburrimiento imposible de vencer.

Ella, sin embargo, no dejaba traslucir nada. Permitía que su marido hablara de las fechas de tal o cual viaje, que le contara alguna anécdota que había oído aquella mañana o que se lamentara de las preocupaciones incesantes que le ocasionaba la administración de aquella inmensa propiedad que era la monarquía de los Habsburgo, donde cuarenta millones de personas, pertenecientes a pueblos distintos y muchas veces enfrentados entre sí, convivían bajo un mismo soberano.

Lo escuchaba con paciencia y jamás daba muestras de mal humor. Al contrario, le prestaba toda su atención y, cuando él se lo pedía, expresaba su opinión.

Cuando el emperador se marchaba, retomaba la lectura que había interrumpido: un poema de Heinrich Heine o alguna de las entonces recientes novelas de Dostoievski, que la transportaban a los muelles de San Petersburgo durante una noche blanca o al pequeño pueblo de Stepánchikovo junto a Fomá Fomich. Aquellos personajes le parecían mucho más reales que los chambelanes cubiertos de oro que se inclinaban a su paso por los salones de la Hofburg.

La emperatriz pasaba largas temporadas fuera de Viena. Incluso cuando permanecía en la capital, apenas participaba en la vida cotidiana de su esposo. En realidad, él la aburría profundamente, aunque también le inspiraba compasión. Lo veía como un hombre esclavizado por sí mismo, condenado a una tarea interminable cuya inutilidad ella no podía dejar de percibir.

Fue entonces, pocos años antes de los acontecimientos que relata esta historia, cuando se le ocurrió una idea singular.

Pensó en buscarle una amiga al emperador, que empezaba a envejecer y necesitaba un poco de alegría durante sus escasas horas de descanso.

«Necesita una mujer joven con quien pueda relajarse y olvidar, por un momento, las preocupaciones del poder; alguien sano, alegre y lleno de frescura», se decía.

Pero ¿dónde encontrar una mujer dispuesta a permanecer en su lugar, que no conspirara ni se convirtiera en instrumento de alguna camarilla? Aquello parecía imposible, sobre todo en los ambientes de la corte, donde todo era ambición y deseo de ascender.

La emperatriz apenas conocía los círculos de la burguesía. Quedaba, entonces, el mundo de los artistas, siempre muy apreciados en Viena y que con frecuencia alternaban con la alta sociedad.

Recordó a una actriz del Burgtheater que le habían presentado durante una fiesta benéfica y de la que había oído hablar muy bien. La señora Schratt era joven, hermosa y de carácter alegre.

La emperatriz la hizo llamar.

La encontró encantadora.

Dispuso luego que el emperador la conociera.

La sencillez, la naturalidad y la belleza de la señora Schratt conquistaron el afecto de ambos esposos. Es evidente que la emperatriz poseía un notable instinto para juzgar a las personas.

La señora Schratt se convirtió en la amiga íntima del emperador y lo siguió siendo durante más de treinta años, hasta el final de su vida. Él la veía todos los días, ya fuera en la Hofburg —en sus propios apartamentos o en los de la emperatriz— o bien en el departamento que le había comprado, situado a pocos pasos del palacio, sobre el Kärntner Ring. Allí pasaba con ella una o dos horas cada noche.

La señora Schratt, por su parte, visitaba con frecuencia a la emperatriz por las mañanas. Entre aquellas dos mujeres había nacido una verdadera amistad.

Pues bien, de manera asombrosa, ni una sola vez la emperatriz tuvo motivos para arrepentirse de la elección que había hecho; ni una sola vez la señora Schratt sintió deseos de inmiscuirse en asuntos que no le incumbían, ni siguió los consejos interesados de quienes querían aprovecharse de su influencia. Ella escuchaba al emperador y se ganó su confianza a tal grado que él le hablaba de todo con absoluta libertad. Supo divertir y distraer a aquel hombre asediado por el tedio; lo admiraba y lo amaba.

De este modo, en aquel antiguo palacio se forjaron, entre tres personajes tan distintos, lazos de amor, de amistad y de mutua estima que hacen de esta unión de tres —cuando se reflexiona sobre la inmensurable grandeza de dos de los participantes y el origen humilde de la tercera, y cuando se sopesa lo que unos y otros tuvieron que relegar al olvido para aportar únicamente lo mejor y lo más esencial de sí mismos— algo único en el mundo, que jamás se volverá a presenciar y que solo era posible en la vivaz y cautivadora atmósfera vienesa.



____________


Liberada de esa preocupación, la emperatriz se abandonó con mayor libertad a la inclinación desesperada que la arrastraba hacia la soledad y el ensueño. ¿Acaso no pertenecía a una dinastía real que había dado al mundo no soldados ni conquistadores, sino príncipes inquietos, enemigos de la acción, enamorados de las artes y de todo aquello que permitía escapar de la realidad, hombres desmesurados en sus pasiones, llevándolas siempre hasta ese límite peligroso donde la razón amenaza con naufragar?

Ella se reconocía en ellos. Como ellos, deseaba huir de sí misma.

Sus hijos no la mantenían unida a un círculo familiar en el que nunca se había sentido verdaderamente a gusto. Sus dos hijas no se parecían en nada a ella. Eran Habsburgo de pies a cabeza. Rodolfo, en cambio, encantador, caballeroso, independiente y orgulloso, era verdaderamente su hijo.

Con frecuencia se reprochaba haberle transmitido, junto con sus dones, una pesada herencia. Apenas había nacido, ¡cuánto le había costado arrancarlo de las garras de la muerte!

A menudo volvía a su memoria una escena insignificante ocurrida cuando él era muy pequeño. El frágil niño intentaba dar sus primeros pasos y caía pesadamente sobre la alfombra.

—Todavía no puedes mantenerte en pie tú solo —le había dicho ella entre risas—. ¿Cómo soportarás entonces el peso de la doble corona?

Los militares se lo habían arrebatado siendo aún muy pequeño. Su padre pensaba que nunca era demasiado pronto para acostumbrarse a la disciplina. Así creció bajo la vigilancia del general de Gondrecourt. La más estricta disciplina modelaba ya aquella naturaleza delicada. No había lugar para la espontaneidad ni para el capricho. Veía a sus padres a horas determinadas y ni siquiera todos los días. Su padre se divertía haciéndolo ejecutar maniobras como si fuera un soldado.

En ocasiones, la emperatriz lograba tenerlo unos momentos para ella sola. Entonces le contaba cuentos de hadas y lo llevaba, con la imaginación, a un mundo maravilloso. A ambos les gustaba hablar de la misteriosa existencia de los duendes, de los enanos barbados y de los gnomos que habitaban en lo más profundo de los bosques.

Aquellos momentos eran escasos y, con el paso de los años, lo fueron cada vez más.

Aunque estaba profundamente unida a su hijo, la emperatriz aceptó aquella separación con resignación.

«Todas las vidas son solitarias —pensaba—, y las nuestras lo son aún más que las de los demás.»

Así fueron levantándose barreras entre madre e hijo. Ella lo contemplaba desde la distancia.

Ahora era un hombre: inteligente, de vasta cultura, de ideas amplias y generosas, pero tan sensible como ella; vivaz, nervioso, impulsivo, excesivamente impresionable, capaz de entusiasmarse con la misma intensidad con que caía, de repente, en el desaliento; amaba la vida con pasión y, sin embargo, la consumía como si careciera de todo valor.








III LA PEQUEÑA FLOR AZUL



A las siete y media de la mañana, como de costumbre, el ayuda de cámara Loschek, hombre de absoluta confianza del príncipe heredero y a su servicio desde hacía muchos años, entró en el dormitorio. Corrió las cortinas, pasó al cuarto de baño, dio algunas instrucciones a un criado y regresó para preparar la ropa y el uniforme.

Después se dirigió hacia la estrecha cama situada en un rincón de la habitación.

El príncipe seguía profundamente dormido.

Loschek permaneció unos instantes contemplándolo. Los labios apretados del viejo ayuda de cámara y el leve movimiento de cabeza revelaban la compasión que sentía por el hombre que descansaba tan profundamente. Aun así, se inclinó y le puso una mano sobre el hombro...

Una hora más tarde, Rodolfo comenzaba su jornada oficial en un amplio salón de recepciones, revestido con paneles de madera blancos y dorados. Un ayudante de campo lo esperaba junto a un escritorio sobre el que acababa de depositar varios expedientes.

Las horas transcurrieron lentamente: documentos por firmar, un consejo que presidir, delegaciones que recibir. La discusión más acalorada de la mañana fue con el jefe de Intendencia y giró en torno a la calidad del pulimento destinado a dar brillo a los botones de los uniformes. Había que hacer un pedido y, al parecer, aquella cuestión comprometía varios cientos de miles de coronas.

Exasperado, el príncipe no quedó libre hasta poco antes del mediodía.

Al despedirse, su ayudante de campo le recordó:

—Hay almuerzo con Su Majestad a la una cuarenta y cinco, en honor de los dos príncipes prusianos que están de paso. Vendré a buscar a Vuestra Alteza a la una y media.

Y añadió:

—Será obligatorio llevar las condecoraciones prusianas. Por la tarde, Vuestra Alteza acompañará a los príncipes a las carreras del Prater.

Una vez solo, Rodolfo se dirigió hacia una puerta que Loschek le abrió. Recorrió largos pasillos, subió varias escaleras y llegó finalmente a un salón de dimensiones reducidas y techo relativamente bajo. Junto a él había un dormitorio.

Desde hacía aproximadamente un año, Rodolfo dormía allí.

Aquel pequeño apartamento, donde le gustaba retirarse, daba al Amalienhof y, desde sus ventanas, podía verse el ala del palacio donde residía la emperatriz.

El salón estaba amueblado con un confort poco habitual en aquel austero palacio. Había muebles ingleses de cuero, un diván, cojines, una alfombra que cubría el piso de madera, un tapete persa, flores y un escritorio moderno, sobre el cual destacaba, detrás del tintero, el brillante cráneo de una calavera.

En medio de aquella estancia permanecía de pie, todavía algo impresionado por la larga y arriesgada travesía a través de la Hofburg, el señor Szeps.

Al ver entrar al príncipe heredero, el delgado rostro del periodista se iluminó.

Rodolfo le estrechó la mano, lo condujo hasta el diván, lo hizo sentarse y tomó asiento a su lado. Luego tomó una pequeña licorera de una bandeja que Loschek le ofrecía y llenó dos copas.

—Mi querido Szeps, después de la mañana más aburrida que pueda imaginarse, dispongo de una hora de libertad. Se la dedicaré a usted. Pero, por amor de Dios, no hablemos de asuntos oficiales. Ya he tenido suficiente. Conversemos con toda libertad, de cualquier cosa, sin seguir ningún orden.

La conversación transcurrió con la mayor naturalidad. En las palabras de Rodolfo no había ni un gesto ni una inflexión destinados a marcar la distancia entre ambos. Era evidente que el príncipe atravesaba, no un buen día —porque los días eran largos y su humor cambiaba con facilidad—, sino una de esas horas de relajación y confianza que disfrutaba plenamente.

Se tocaron algunos temas políticos, aunque sin profundizar en ellos.

Szeps manifestó su preocupación al enterarse de que las noticias llegadas a la Hofburg sobre la salud del emperador Federico III de Alemania eran desfavorables y que ya no podía esperarse su recuperación.

—Sería un desastre para la causa liberal, Alteza. Todos los amigos de la libertad se alegraban al pensar en ver a ese noble hombre en el trono de Alemania y a Vuestra Alteza en el de los Habsburgo.

Rodolfo hizo un gesto de indiferencia.

—Eso es precisamente lo que mis mejores amigos no deberían desearme, Szeps... En cuanto a los alemanes, tendrán por amo a mi querido primo Guillermo. Si ese hombre no acaba llevando a la ruina a la dinastía de los Hohenzollern, habrá que creer que Dios protege por igual a los reyes y a los locos.

Szeps levantó los brazos al cielo con un gesto de desesperación. Veía ya cómo, en Viena, los hombres contra quienes llevaba tantos años luchando cobrarían nuevas fuerzas con la desaparición del emperador liberal de Alemania. Como tantos hombres de su comunidad, poseía un extraordinario talento para valorar los factores más sutiles y medir el delicado juego de las influencias.

Miró fijamente al príncipe.

Las visibles huellas del cansancio en su rostro lo alarmaron. El semblante pálido y las profundas ojeras despertaron su inquietud.

«¡Ah, si también él llegara a faltar!», pensó.

Y la continuación de aquel pensamiento se transformó en una pregunta tan inesperada que parecía no guardar relación alguna —o quizá demasiada— con las noticias que Rodolfo acababa de comunicar.

—¿Se encuentra bien Vuestra Alteza?

Lo preguntó con un tono tan preocupado que el príncipe heredero no pudo evitar echarse a reír.

—Mucho mejor que nuestro pobre Federico —respondió mientras se servía otra copa de oporto—. Hoy tengo aspecto de estar cansado. Es natural: estoy cansado. ¿Y cómo no habría de estarlo? Anoche cené en el Sacher con Felipe de Coburgo y Hoyos hasta las tres de la madrugada. Había muchachas muy bonitas, Szeps, y el tokay era excelente. Pero a las siete y media ese verdugo de Loschek ya me estaba sacando de la cama. Y, para colmo, esta mañana no he salido. Me he pasado el tiempo haciendo trabajo de oficinista. Solo el aire libre logrará reanimarme. Por eso iré a las carreras esta tarde.

—¡Ah, Alteza, Alteza! ¡Cuántas preocupaciones me da usted! —dijo Szeps, inclinándose hacia él.

Tenía el aire de una vieja institutriz que reprende con cariño al niño al que adora.

En ese momento, la puerta del salón se abrió suavemente y entró Loschek con una bandeja de plata en las manos. Se acercó a su señor y le presentó la bandeja, sobre la cual había una carta.

Rodolfo reconoció de inmediato la letra.

Era la de su esposa.

Eso bastó para cambiarle el humor.

—Ya sabes, Loschek, que no quiero que nadie me moleste cuando estoy aquí —dijo con brusquedad.

Loschek encogió la cabeza entre los hombros.

—La princesa ha ordenado que esta nota le fuera entregada de inmediato. Temí que viniera ella misma.

Rodolfo tomó la carta, se disculpó con Szeps y la leyó. Luego la arrojó sobre un mueble y dijo simplemente:

—No hay respuesta. Dile a la princesa que la veré a la una y media, antes de ir a almorzar con el emperador.

Su voz era seca y cortante.

Szeps se sorprendió por la transformación que acababa de producirse en el príncipe. Se había erguido; su rostro se endureció y sus ojos brillaban con una expresión áspera. Era evidente que no hacía el menor esfuerzo por contenerse y, en efecto, no tardó en perder el dominio de sí mismo. Ante el periodista, atónito, se dejó llevar por la ira.

—¿Puede llamarse esto una vida? —exclamó—. No hay una sola habitación en este palacio donde pueda estar en paz, ni un rincón donde tenga la seguridad de permanecer solo durante una hora. Mi mujer... ¡Que se vaya al diablo!... ¡No me deja respirar!

Era la primera vez que hablaba así de la princesa delante de Szeps.

Quizá la peor servidumbre del oficio de príncipe sea la obligación de disimular constantemente. Una presión incesante pesa sobre quien ocupa esa posición. Hay que calcular incluso los arrebatos de ira y medir hasta los propios estallidos de cólera.

Rodolfo comprendió en un instante que no necesitaba contenerse delante de Szeps. Confiaba plenamente en su discreción, ya probada en otros asuntos. Además, el periodista no tenía trato con el mundo de la Hofburg. Nada de cuanto oyera llegaría jamás a los círculos aristocráticos.

Por eso el príncipe se desahogó con la alegría de quien se ha reprimido demasiado tiempo y, de pronto, estalla.

Szeps, ante aquella explosión de cólera, no sabía cómo reaccionar. Fuera del terreno de las ideas, era un hombre tímido. No había pedido aquellas confidencias y no sabía qué hacer con ellas. Cuando el príncipe recuperara la calma, quizá lamentaría haberle hablado con tanta franqueza de su vida privada. Su amistad, tan valiosa y útil, podía resentirse.

Pero, por incómodo que se sintiera, de momento solo podía guardar silencio.

Se encogió sobre sí mismo, haciéndose cada vez más pequeño en un extremo del sofá.

El príncipe hablaba de las escenas que su esposa, consumida por los celos, le hacía soportar.

—Esto terminará en un escándalo. No podremos evitarlo...

Recorría la habitación de un lado a otro con pasos nerviosos.

—¿Un escándalo? —repitió Szeps, horrorizado.

—Sí, un escándalo. Ella no se detendrá hasta provocarlo. Incluso en esta carta vuelve a amenazar con abandonarme y regresar a Bruselas.

—Pero eso es imposible —replicó Szeps con firmeza—. Alteza, ¡es imposible!... En su posición...

Aquellas últimas palabras produjeron un efecto inesperado en el príncipe. Se detuvo y una chispa de diversión iluminó su rostro.

—¡Ah, eso tiene gracia, mi querido Szeps! Acaba usted de emplear exactamente las mismas palabras que el padre superior de los jesuitas.

—¿El padre superior de los jesuitas? —preguntó Szeps, desconcertado—. Debo confesar, Alteza, que no entiendo...

—Estuvo aquí ayer —respondió Rodolfo, plenamente consciente del efecto que causarían aquellas palabras y mirando a su interlocutor con una sonrisa maliciosa.

Szeps permanecía estupefacto.

El príncipe continuó:

—Vino precisamente a hablarme de este asunto, sin duda por instigación de mi esposa. Ya no tendré un momento de tranquilidad si los jesuitas deciden intervenir. Quieren que le dé un heredero a la Corona.

—Y con toda razón —lo interrumpió Szeps—. Con toda razón, Alteza.

—Y además —prosiguió el príncipe—, el reverendo padre quería tantear el terreno para averiguar si alguna mujer había ocupado el lugar de mi esposa y adquirido influencia sobre mí. Conozco bien a esos señores: si alguna vez llegara a existir una favorita oficial, seguramente sería gracias a ellos.

Szeps no pudo soportarlo más.

Se puso de pie de un salto.

—¡Alteza! —exclamó—. ¡Cuidado, se lo suplico! Son las personas más peligrosas del mundo. Trabajan, como ellos mismos dicen, ad majorem Dei gloriam; y con ese pretexto se permiten demasiadas cosas... Sería algo funesto, abominable... —buscó las palabras—... intolerable.

Esta vez el príncipe soltó una franca carcajada.

Le puso una mano sobre el hombro al periodista.

—No se preocupe, mi querido Szeps. Esos señores todavía no me tienen entre sus manos...

Se interrumpió un instante.

—Pero es cierto que hay un lugar vacante... un lugar que alguien puede ocupar... Piénselo, Szeps. Puede ser un asunto de importancia.

Se hizo un breve silencio.

La expresión del príncipe volvió a cambiar. Caminaba lentamente por la habitación, con la cabeza inclinada.

De pronto regresó junto a Szeps, se sentó a su lado, le ofreció una copa de oporto y, mirándolo fijamente a los ojos, continuó con una voz algo apagada:

—Ya que hoy estamos hablando de asuntos prohibidos, mi querido Szeps, ¿ha pensado alguna vez cómo puede ser la vida privada de un hombre como yo? El más miserable de los hombres tiene derecho a elegir esposa. “Cada Juan tiene su Juana”, decía Voltaire. Pero para nosotros, los príncipes, decide la razón de Estado...

Hizo una pausa.

—¿Y si yo nunca encontré a mi Juana?... Pues mala suerte. Estoy encadenado hasta el final. Usted me dirá que puedo buscar distracciones fuera de casa, y no le falta razón. ¡Claro que lo sé! Pero cuando uno tiene una esposa pendenciera, lo que busca fuera de su hogar no es diversión...

Bajó ligeramente la voz.

—...es olvido.

Guardó silencio unos segundos.

—Eso es bastante más grave. Las mujeres... Es curioso, Szeps, que las mujeres hayan terminado por colarse en una conversación entre usted y yo, cuando siempre hemos hablado únicamente de política. Pero con esas criaturas hay que esperar cualquier cosa. ¿Hasta dónde no son capaces de llegar?

Rió de una manera extraña que inquietó al periodista.

—Soy el príncipe heredero... todavía joven... y, además, todos saben que mi matrimonio no es precisamente feliz. ¿Se imagina lo que eso puede despertar?... Digamos... curiosidad entre las mujeres. Sí, desean conocerme más de cerca, probar suerte. Al fin y al cabo, hay un papel que representar. Intriga y amor (Kabale und Liebe), hermoso programa para una mujer...

Sonrió con ironía.

—¿Quién no querría intentarlo? ¿Una joven? ¿Una mujer casada? Sí, también una muchacha. ¿Por qué no? ¿Quién no desea ejercer influencia? ¿Quién no tiene algo que pedir?

Se inclinó ligeramente hacia Szeps.

—Piense en la cantidad de personas que ganarían mucho si lograran traer hasta aquí a una muchacha hermosa, precisamente a esta habitación donde estamos. Piense en las insinuaciones de doble sentido o, sencillamente, en las proposiciones descaradas que recibo.

Su voz adquirió un tono más sombrío.

—Mi padre ya es un hombre mayor. Muchos especulan con mi próxima subida al trono. Hay que asegurarse posiciones con anticipación... Tener al príncipe heredero bajo control... ¡Qué magnífico negocio!... ¿Quién lo rechazaría?

El príncipe calló y dirigió la mirada a lo lejos, como si hubiera olvidado por completo la presencia de Szeps.

Su rostro, hasta entonces hermoso y marcado por una profunda tristeza, adoptó una expresión cínica que el periodista nunca le había visto y que lo llenó de inquietud.

—¿Quién lo rechazaría? —repitió, como si hablara consigo mismo—. Ni siquiera usted, Szeps, que es la honradez personificada...

Lo miró fijamente.

—Creo que tiene una hija. Si yo se la pidiera, ¿me la traería?

—¡Pero, Alteza! —exclamó Szeps, profundamente conmocionado.

—¿Qué edad tiene? —preguntó el príncipe, implacable.

—Mi Rachel tiene quince años —respondió el periodista, completamente desconcertado por el rumbo inesperado que había tomado la conversación.

—¿Quince años? La edad de Julieta... Es cierto que Romeo ya pasa de los treinta.

Se encogió levemente de hombros.

—¿Y qué importa? Tal vez mañana reine sobre el Imperio. Eso es lo que cuenta.

Una sonrisa amarga cruzó su rostro.

—Así me tendría sujeto de dos maneras: por las ideas... y también por otra muy distinta...

El pobre Szeps, desesperado al ver al hombre en quien había depositado tantas esperanzas mostrarse bajo una luz tan descarnada, se cubrió el rostro con las manos. Pero el príncipe, divirtiéndose con aquel juego cruel, continuó:

—Piénselo, Szeps. Su pueblo cuenta con ilustres precedentes. Recuerde a Mardoqueo ofreciendo a su sobrina Ester al rey de reyes, Asuero. ¡Qué tío tan previsor! ¡Qué gran político!

Szeps, casi completamente abatido, encontró por fin el valor para intervenir.

—Alteza, Alteza, se lo ruego, deténgase... No puedo permitir que... No imaginaba que esta conversación tomaría este rumbo... Es cierto que muchas veces he pensado en la soledad en que vive y, puesto que me honra con su amistad, siempre me ha entristecido. ¡Cuánto lamento que su elevada posición le impida frecuentar nuestros círculos! Allí hay mujeres de gran cultura, entregadas a los ideales más generosos, de noble carácter... Entre ellas podría encontrar una amiga leal, alguien que lo sostuviera en los momentos difíciles de la ardua tarea que le espera... Pero mi Rachel es demasiado joven; todavía va a la escuela. Sus facciones aún no han terminado de formarse. Además, por sus estudios y porque tiene la vista un poco delicada, usa anteojos...

Ante aquella observación tan inesperada, el príncipe estalló en carcajadas.

—¡¿Anteojos?! ¡Eso salva a la joven Rachel! ¡Ja, ja, ja!...

Reía con una risa nerviosa que lastimaba la sensibilidad de Szeps. El periodista se encogió aún más sobre el diván. ¡Cuánto habría dado por encontrarse en ese momento en la redacción del Neues Wiener Tagblatt! Con qué nostalgia recordaba aquellas largas, apasionantes y, al mismo tiempo, tan serenas conversaciones políticas que había mantenido con el príncipe heredero. Ahora se veía arrojado a un mar embravecido, incapaz de gobernar su frágil embarcación. Permanecía allí, esperando la siguiente ráfaga. Para darse un poco de compostura, limpió los cristales de sus lentes con un pañuelo.

Entretanto, el príncipe comenzaba a serenarse. Seguía paseándose maquinalmente de un lado a otro, pero la tensión había desaparecido de su rostro. Finalmente se sentó frente a Szeps y volvió a dirigirse a él con aquella franqueza que tanto contribuía a su encanto, aunque ahora con una voz impregnada de tristeza.

—Le pido disculpas, Szeps. La verdad es que estoy profundamente hastiado de la vida que llevo. ¿Cree usted que nací para el libertinaje? En absoluto. Lo padezco como si fuera una enfermedad; una enfermedad incurable, por desgracia. Se alimenta y fortalece de las esperanzas frustradas, de las renuncias de cada día, del imperioso deseo de olvidar, de la desesperación que invade a un hombre cuando ve desaparecer poco a poco, sepultado bajo una marea de amarguras cotidianas, todo cuanto quizá hubo de bueno y noble en él.

Hizo una breve pausa antes de continuar.

—Hay en mí un anhelo que no deja de buscar la frescura y la pureza. A veces parezco un cínico, pero el cinismo no es más que el reverso de un sentimentalismo que se niega a morir en mi corazón. Allí sigue viva lo que ingenuamente llaman la pequeña flor azul; se alimenta de ideales y de sueños. Pues bien, Szeps, puedo asegurarle que tiene una resistencia extraordinaria. A su manera, se queja y protesta. Me gustaría acallar esa voz importuna, pero no lo consigo... Sigue alimentando ilusiones absurdas; me habla de una felicidad que no fue hecha para mí.

Esbozó una sonrisa amarga.

—Bah... Ya acabaré por matarla. Le doy cita dentro de un año.

Hablaba con una ironía que no lograba ocultar la sinceridad de sus palabras.

Szeps, por su parte, se sentía profundamente conmovido.

¡Qué hombre era aquel príncipe heredero! ¡Qué naturaleza tan noble y generosa! Sentía que entre ambos acababan de formarse lazos aún más fuertes. ¿Cómo no profesarle un afecto cada vez mayor?

En ese instante, la puerta del salón se entreabrió y apareció Loschek.

El príncipe dio un ligero respingo.

—¡Ya iba a olvidar un almuerzo oficial! Por fortuna este buen hombre —dijo señalando afectuosamente al viejo servidor— me recuerda mis obligaciones. Szeps, no me guarde rencor por la hora tan difícil que le he hecho pasar. La próxima vez se lo compensaré.

Y, sin perder un instante, se apresuró hacia el salón donde su esposa, la princesa Estefanía, lo esperaba a la una y media.

Deseoso de evitar un prolongado cara a cara con la irascible princesa durante el largo recorrido desde sus habitaciones hasta las del emperador, Rodolfo había fijado maliciosamente aquella entrevista exactamente a la misma hora en que el joven ayudante de campo, cuya puntualidad conocía muy bien, debía acudir a recogerlo en el salón de recepciones.




IV 12 DE ABRIL DE 1888



Al terminar el almuerzo, un carruaje de la corte condujo al príncipe heredero y a sus dos invitados prusianos al hipódromo del Prater.

Toda la alta sociedad se encontraba reunida allí. En aquel mundo tan cerrado, donde apenas ingresaban rostros nuevos, todos se conocían. No era fácil formar parte de ese círculo; pero, una vez admitido, uno descubría con agrado una naturalidad perfecta, una sencillez espontánea y ese encanto tan característico de Viena que compartían todas las clases sociales: una mezcla de alegría de vivir, despreocupación, cordialidad y también cierta inconstancia.

En las operetas que difundieron el espíritu vienés por todo el mundo, todo transcurre al compás de un vals que acaricia el corazón sin llegar nunca a penetrarlo del todo. Tradicionalmente, en el tercer acto surge un momento dramático: los enamorados se enemistan, están a punto de matarse o de separarse, lo que resulta aún peor. Pero, en medio de aquella disputa, vuelven a oírse las notas del vals. Poco a poco se hacen más insistentes, terminan imponiéndose y los amantes acaban abrazándose de nuevo. Ese mismo vals, unas veces alegre y otras melancólico, marcaba también el tono y el ritmo de la vida vienesa.

Se decía que solo había dos ciudades que sabían vestir a una mujer: París y Viena.

Aquel día, Viena hacía honor a su reputación y desplegaba toda su elegancia. Amplios vestidos de mangas voluminosas, tafetanes, sedas, terciopelos, pieles y sombreros adornados con flores, plumas de avestruz o de garza engalanaban a las mujeres más hermosas de aquel vasto y diverso imperio: vienesas rubias y risueñas, aristocráticas bohemias, húngaras morenas de ojos almendrados, polacas esbeltas de mirada profunda, croatas y eslovenas nacidas bajo un cielo meridional.

Los círculos financieros, el mundo de los negocios y el teatro se mezclaban con la sociedad cortesana con esa naturalidad que suavizaba las diferencias y hacía fáciles las relaciones sociales.

Incluso las jóvenes solteras asistían a las carreras. Su frescura y juventud constituían uno de los mayores encantos de la reunión.

Nadie disfrutaba tanto de encontrarse entre una compañía tan agradable como una muchacha que hacía ese día su primera aparición en sociedad.

Tenía apenas dieciséis años.

Su madre, la baronesa Vetsera, nacida Baltazzi, pertenecía a una acaudalada familia levantina y se había casado con un funcionario húngaro de la pequeña nobleza que hacía carrera en la diplomacia. Establecida en Viena, había adquirido un palacio en la Salesianergasse y, aunque no era admitida en la corte —carecía de los dieciséis cuarteles de nobleza exigidos por el protocolo—, frecuentaba la mejor sociedad de la capital, con la posible excepción de dos o tres familias particularmente exclusivas.

El emperador y la emperatriz la conocían y, en ocasiones, le dirigían algunas palabras amables.

La baronesa Vetsera había sido una mujer muy hermosa. Con la llegada de la cuarentena había ganado peso, un sobrepeso considerable, como solía ocurrirles a muchas mujeres de Oriente. Conservaba, sin embargo, unos bellos ojos grises que seguían atrayendo las miradas, así como la exquisita amabilidad que le había granjeado tantos amigos.

Era rica y ofrecía recepciones magníficas. Por ello, el palacio de la Salesianergasse figuraba entre las residencias más solicitadas de Viena. Sus cuatro hermanos formaban parte del elegante mundo de las carreras de caballos y de las cacerías.

La baronesa Vetsera tenía dos hijos y dos hijas: Hanna y María.

Hanna carecía de belleza. María, en cambio, al comenzar esta historia, era la belleza personificada, aunque todavía conservaba un encanto plenamente juvenil.

Era de estatura mediana, bien proporcionada y de movimientos gráciles. Tenía manos y pies delicadísimos. Su abundante cabellera negra era fina y sedosa y, pese a su cabello oscuro, su piel tenía una luminosidad clara como la aurora, un contraste inesperado bajo aquella masa de cabello negro.

Había aún otra sorpresa: sus grandes ojos, enmarcados por cejas oscuras, eran de un azul semejante al de la flor de la vincapervinca. A veces reían; otras, más frecuentes, reflejaban una seriedad que sorprendía en una joven de tan corta edad.

Su nariz era pequeña; la boca, de labios carnosos, dejaba ver una dentadura de deslumbrante blancura.

María poseía, además, el más precioso de los dones, aquel sin el cual todos los demás valen muy poco: la gracia, esa gracia que despierta el deseo tanto de los dioses como de los hombres.

Al salir del convento donde había recibido su educación, había pasado el invierno en Egipto junto con su familia. Llevaba apenas un mes de regreso en Viena y todavía no había hecho vida social; sin embargo, quienes frecuentaban el salón de la baronesa en la Salesianergasse habían quedado admirados por la presencia de aquella muchacha.

María se divertía con los elogios que recibía, pero ninguno despertaba en ella el menor asomo de vanidad.

Como la mayoría de las jóvenes de su época, había sido educada con gran severidad. En realidad, su madre casi nunca se separaba de ella.

En las carreras del Prater, aquellas damas se reencontraron con numerosos amigos. Dondequiera que fueran, estaban seguras de verse rodeadas de conocidos.

Un joven portugués de sangre real, don Miguel de Braganza, que residía en Viena, se acercó a María, bromeó un momento con ella y le ofreció apostar veinte florines a un caballo en la segunda carrera, que estaba a punto de comenzar.

Mientras conversaban, se produjo un ligero murmullo. El príncipe heredero y los príncipes prusianos entraban en el palco que les estaba reservado. Como era natural, tan distinguidas personalidades despertaron el interés y la curiosidad de los habituales del recinto. Aquellos leves movimientos del público pasaron inadvertidos para María, completamente absorta en la conversación con Miguel de Braganza. Detrás de ella, su madre y su hermana observaban a los príncipes. Se intercambiaban saludos entre el público y el palco imperial. Miguel de Braganza dejó a María para ir a entregar dinero a un corredor de apuestas; al mismo tiempo, un movimiento de la multitud la separó de los suyos. Quedó sola, a pocos pasos del pabellón central.

Al levantar la vista, distinguió en el centro del palco a un hombre joven, vestido con uniforme de general de caballería y condecoraciones sobre el pecho. Su porte, la manera en que sostenía la cabeza, el óvalo de su rostro y el trazo de su nariz y de su boca la impresionaron profundamente. Permaneció contemplándolo.

«Pero es el príncipe heredero», se dijo de pronto. «¡No puede ser otro!»

Vacilaba en reconocerlo, pues le parecía mucho más atractivo que en sus retratos. En ese instante, él volvió la cabeza hacia ella y, por azar, sus ojos se encontraron con el fresco rostro de la joven. Permanecieron fijos en ella durante unos instantes, como cautivados por la belleza de aquel rostro desconocido. María sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies; se sonrojó, quiso perderse entre la multitud y, sin embargo, era incapaz de apartar la mirada de aquellos ojos que parecían llamarla y mantenerla cautiva.

Una voz, muy cerca de ella, vino a rescatarla.

—Baronesa, la había perdido de vista.

Era Miguel de Braganza, que regresaba. No era un hombre especialmente perspicaz. Ni siquiera advirtió la turbación de la joven y, sin proponérselo, le dio tiempo para recobrar la serenidad. En ese mismo momento, la baronesa Vetsera, acompañada de un grupo de amigos, se reunió con su hija.

¿Cómo transcurrió el resto de la tarde? María habría sido incapaz de decirlo. Seguía maquinalmente a su madre y a su hermana, intercambiaba comentarios triviales con las personas que conocía, respondía distraídamente y sonreía sin motivo.

Solo más tarde, cuando la reunión se acercaba a su fin y ella se encontraba un poco alejada del palco imperial, se atrevió a mirar en esa dirección. Con gran sorpresa descubrió que el príncipe heredero estaba vuelto hacia donde ella se encontraba y parecía buscar a alguien entre la multitud. De pronto tuvo la certeza de que era a ella a quien deseaba volver a ver. Una oleada de alegría la invadió y volvió a ruborizarse.

En ese momento, el príncipe se inclinó hacia un oficial que estaba junto a él en el palco y, sin apartar los ojos de María, intercambió unas palabras con él. El oficial dirigió entonces la mirada hacia el grupo formado por las damas Vetsera y, acto seguido, respondió a la pregunta del príncipe.

La escena era tan clara que María no pudo albergar ninguna duda.

Cuando regresó a su casa, se encerró en su habitación y alegó sentirse indispuesta para no asistir a la cena. Quería permanecer sola. Su alma rebosaba de felicidad.


















V UN CORAZÓN DE JOVEN



María pensaba constantemente en el príncipe heredero. Nunca había conocido a un hombre que pareciera tan destinado a ser un héroe. En él veía reunidos todos los rasgos con los que, a través de sus lecturas y ensoñaciones, había adornado al ser ideal que imaginaba. Las cualidades más contradictorias se armonizaban en su persona: era apuesto e inteligente; valiente y culto; caballeroso y reflexivo; modelo de elegancia y afabilidad en sociedad; amante del vino, de la música y de las mujeres, pero capaz de pasar quince días en los bosques acompañado únicamente por guardabosques. Se dedicaba con verdadero empeño a los asuntos más arduos del Estado. Además, era príncipe, el primer personaje del imperio después del emperador. Todas sus virtudes adquirían así un valor aún mayor, pues bien habría podido llevar una vida ociosa y escandalosa, como tantos archiduques.

Así iba formando María una imagen encantadora de su héroe. ¿Dónde podría encontrarse un príncipe como él? ¡Cuánto le parecían inferiores los hombres que frecuentaban la casa de su madre! Y, sin embargo, pertenecían a la mejor y más brillante sociedad de Viena.

Para completar la imagen que se había forjado de él, María comenzó a hacer preguntas a quienes la rodeaban. En aquellos días, más que nunca, las conversaciones giraban en torno a Rodolfo. No había salón donde no se hablara de él, ni día que pasara sin que surgiera una nueva anécdota, verdadera o falsa, sobre su persona. De todo cuanto se decía en aquellas conversaciones, María retenía únicamente lo que embellecía el retrato del hombre que se había convertido en su ídolo. Todo lo demás —las murmuraciones maliciosas o las historias indignas— parecía no llegar siquiera a sus oídos. Del mismo modo que las delicadas raíces de un árbol saben extraer de la tierra solo los nutrientes que lo fortalecen, así hacía ella con todo cuanto escuchaba.

María poseía una gran habilidad para formular preguntas. Lo hacía con extrema discreción, pues no quería que nadie adivinara lo que ocurría en su interior. Pero ¿qué tenía que ocultar? Aún nada. Se habría echado a reír si alguien le hubiera dicho que comenzaba a enamorarse del príncipe heredero. Él simplemente despertaba su interés; era un héroe. Nada más. Sin embargo, ¡qué agradable era soñar con él! En esos sueños transcurrían las horas más felices de sus días. No advertía que el deseo de mantener en secreto unos sentimientos que le parecían tan sencillos y tan inocentes era precisamente la prueba de que no eran exactamente lo que ella creía.

Se informaba de todos los desplazamientos de Rodolfo. Por desgracia, su padre lo enviaba constantemente a los cuatro rincones del imperio. Un día estaba en Budapest, donde permanecía media semana; apenas regresaba, partía hacia Praga. Asuntos militares lo reclamaban en Leópolis o en Bucovina; las jornadas de caza lo llevaban a Bohemia o al Tirol. Era imposible seguir sus movimientos. A veces se enteraban de que había vuelto a salir de Viena sin haber sabido siquiera que había regresado. En otras ocasiones, sus viajes se mantenían en secreto incluso para sus allegados. Los periódicos anunciaban que Su Alteza Imperial y Real había regresado a Viena después de una breve ausencia. En realidad, parecía no estar nunca allí.

Las preguntas de María no eran desinteresadas. Si deseaba saber cuándo el príncipe se encontraba en Viena, era porque albergaba la esperanza de verlo, ya fuera en las carreras, en el Prater o en el teatro. Cuando él permanecía en la Hofburg, multiplicaba sus salidas. ¡Cuántas artimañas ponía en práctica para averiguar, por medio de sus tíos o de Miguel de Braganza, a qué horas tendría mayores posibilidades de encontrarlo en el Prater! La baronesa Vetsera, mujer sencilla y bondadosa, se sorprendía de ver que su hija María no podía estarse quieta. Había que ir al parque todos los días y asistir a la Ópera dos o tres veces por semana. Pero el éxito que María cosechaba en todas partes llenaba de satisfacción el corazón de su madre.

En ocasiones, María se burlaba de sí misma al darse cuenta de cuánto pensaba en Rodolfo. Lo primero que leía en los periódicos eran las breves noticias dedicadas a las actividades de la familia imperial. Detestaba las estancias en Budapest, que alejaban de Viena a la corte durante más de una semana y, con ella, a Rodolfo y a su esposa.

¡La esposa de Rodolfo! No le caía bien. Sabía, como toda Viena, que el matrimonio del príncipe distaba mucho de ser feliz. ¿De quién era la culpa? De Estefanía, aquella belga altiva, poco agraciada y carente de delicadeza. ¿Cómo era posible? Había tenido la fortuna incomparable de convertirse en la esposa del hombre más seductor del imperio y no sabía hacerlo feliz. María se imaginaba ocupando un lugar tan privilegiado. ¡Con cuántos cuidados habría rodeado a un esposo así! ¡Cuánta ternura le habría prodigado! Cuando por las noches se abandonaba a sus sueños, el sueño tardaba en llegar. Rodolfo —pues nunca lo llamaba de otra manera— estaba junto a ella; conversaba con él, lo acariciaba...

Una noche, en la Ópera, mientras María conversaba con su madre y varios amigos en el corredor del primer piso, el príncipe y la princesa avanzaron directamente hacia ellas. Apenas tuvieron tiempo de hacerse a un lado. Rodolfo pasó rozando a María. En ese preciso instante, como la princesa le había hecho una pregunta, él volvió la cabeza hacia ella para responderle. Por eso no vio a María. ¿La habría distinguido desde lejos? Más adelante se haría esa pregunta. Pero, en aquel momento, descubrió con sorpresa que el corazón se le oprimía dolorosamente ante la visión inesperada de aquella pareja. Había oído hablar muchas veces de Rodolfo como hombre casado. Nunca lo había visto junto a su esposa. Lo que hasta entonces no había sido más que una idea, a la que se prestaba mayor o menor atención, se convertía de pronto en una realidad concreta. Había allí un hecho nuevo... y doloroso.

Aquel día, aunque su héroe estaba presente en la sala, Marie pasó una velada triste.

Durante algún tiempo, le bastó con pensar en el príncipe heredero y adornarlo con todas las virtudes imaginables. Pero casi de inmediato comenzó a preguntarse qué impresión había causado ella en él. No podía dudar de que la hubiera advertido en las carreras y, quizá, incluso admirado. Sin embargo, una duda surgió en su mente.

—Es cierto que me miró —se decía—, pero fue porque me veía por primera vez. Yo era una desconocida para él, mientras que él conoce a toda Viena. Aquel interés hacia mí no era admiración, sino curiosidad. Soy demasiado joven. ¿Cómo podría fijarse en mí?

En otros momentos admitía que tal vez la hubiera encontrado bonita.

—Debo de ser bonita y agradar —se decía—, pues todos los hombres que visitan el salón de mamá no dejan de repetírmelo. Pero, por desgracia, hay tantas mujeres más hermosas que yo, mujeres que tienen el inestimable privilegio de poder acercarse a él y conversar con él. Las ve todos los días. Ya está acostumbrado a la belleza; seguramente ya me ha olvidado. La próxima vez que nos encontremos, ni siquiera me reconocerá.

Así se afligía, sin saber que aquellas dudas y aquellas inquietudes eran el primer alimento del amor juvenil, y que poco a poco iban formándose unos lazos cuya fuerza, cuando por fin se revelara, habría de sorprenderla.

Transcurrió cerca de un mes. El príncipe viajaba constantemente o, si se encontraba en Viena, ella no lograba verlo. Finalmente, a principios de mayo, se anunció que el Burgtheater ofrecería una función de gala en honor del más grande actor trágico de Alemania. Toda Viena asistiría y el príncipe heredero también estaría presente. No era una función de abono. Marie no dejó de insistir hasta que su madre reservó un palco. En el programa figuraba Hamlet.

—Es una historia larga y sombría —dijo la baronesa Vetsera a su hija—. ¿De verdad estás segura de que quieres verla? Yo me aburriré mortalmente.

Pero nadie sabía negarle nada a Marie, y las Vetsera obtuvieron su palco.

Llegada la noche, Marie dedicó mucho tiempo a arreglarse. Después de meditarlo cuidadosamente, eligió un sencillo vestido de muselina blanca que le sentaba de maravilla. El palco que habían escogido no estaba muy lejos del palco imperial. El príncipe heredero y la princesa hicieron su entrada con un poco de retraso, cuando el teatro y el escenario ya estaban sumidos en la oscuridad y Hamlet invocaba el espectro de su padre sobre la terraza de Elsinor.

Al comenzar el primer intermedio, hubo bastante movimiento en el palco imperial. Marie se las arreglaba para observarlo casi constantemente, procurando que no se notara. De pronto, el príncipe heredero, que estaba de pie y a quien ella solo había visto de espaldas, se volvió. Sin buscarla, como si supiera de antemano dónde se encontraba, fijó inmediatamente la vista en ella.

Aquella mirada era un mensaje. Expresaba admiración y también el placer de reencontrar a alguien cuya presencia alegraba. Sí, aquella mirada decía todo eso y, para que no hubiera lugar a dudas, estuvo acompañada por el esbozo de una sonrisa que desapareció enseguida.

Fue demasiado para Marie. Sintió que el rubor le inundaba el rostro con tanta intensidad que se puso de pie y, llena de turbación, llevándose el pañuelo a los labios como si tratara de contener un acceso de tos, se dirigió al pequeño salón situado detrás del palco.

Allí, en medio de su dicha, comenzó a reprocharse con severidad su comportamiento.

—¡Me ha reconocido! —se decía—. ¡No me ha olvidado! Pero ahora creerá que soy una colegiala incapaz de hacer otra cosa que sonrojarse.

Más tarde, durante la velada, recuperó algo de serenidad. Sin embargo, las circunstancias ya no le eran tan favorables. Tenía varios amigos en el teatro y estuvo rodeada de ellos buena parte del tiempo. Además, el príncipe desapareció del palco imperial durante un largo rato.

Mientras tanto, sobre el escenario, Hamlet trataba con dureza a Ofelia. El corazón de Marie se oprimía al contemplar la triste historia de aquella joven enamorada de un príncipe. Pero poco después fue el propio Hamlet quien despertó su compasión. Descubrió que el actor que lo interpretaba, célebre por su belleza, tenía un notable parecido con el príncipe heredero.

Desde ese momento, ya no vio al príncipe de Dinamarca, sino a Rodolfo bajo sus rasgos.

—Es un hombre desgraciado —se decía—, y no tiene a nadie que lo consuele.

Incapaz de dominar la emoción que la embargaba, lloró por el trágico destino de aquel Hamlet que, para ella, ya era Rodolfo.

Durante el último intermedio, su mirada volvió a encontrarse con la de su héroe. Sin darse cuenta, los ojos de Marie estaban llenos de ternura.

Vivió muchos días alimentándose del recuerdo imborrable de aquella velada. El esbozo de sonrisa en los labios del príncipe le abría las puertas del paraíso. Algo más sutil y más dulce que las palabras había pasado de él hacia ella. ¿Podía concebirse una felicidad tan grande?

Con el corazón rebosante de alegría, transcurrieron varios días sin que volviera a ver a Rodolfo. Después el tiempo empeoró. La baronesa se negó a ir al Prater. Marie comenzaba a impacientarse cuando, de pronto, lo encontró allí dos días seguidos.

Él iba a caballo; ella, en carruaje con su madre y su hermana. El príncipe pasó muy despacio junto a ellas. La señora Vetsera nunca le había sido presentada, aunque conocía al emperador y a la emperatriz. Por eso, el príncipe no saludó a las damas. Sin embargo, miró a Marie con la misma tierna admiración que en la Ópera. Ella se turbó y no pudo evitar sonrojarse. Su confusión aumentó al pensar que su madre lo notaría y la interrogaría. Por fortuna, la señora Vetsera no advirtió nada.

Poco después, cuando las damas regresaban por la gran avenida y Marie apenas se había recuperado de la emoción, volvieron a cruzarse con el apuesto jinete. Una vez más, él dirigió la mirada hacia la joven, que volvió a ruborizarse.

¿Era realmente el azar lo que lo hacía pasar de nuevo frente a ella? ¿Cómo no creer que había querido verla una vez más?

Al día siguiente, la misma escena volvió a repetirse. Marie irradiaba felicidad. Su madre y su hermana hablaban del príncipe en términos elogiosos. Ella pudo unirse a la conversación y añadir, sin delatarse, nuevos elogios a los que ellas ya le dedicaban.

De regreso en casa, Marie reflexionó largamente.

¿Podía dudar de que aquel hombre tan amable disfrutara viéndola? Pero ¿por qué se sonrojaba cada vez que él la miraba? ¿Qué pensaría de ella? Era cierto que lo admiraba. ¿Bastaba eso para perder por completo el dominio de sí misma? Después de todo, no había nada más en su corazón. Al menos, eso era lo que ella creía.

Hizo falta un acontecimiento externo para abrirle los ojos.

Desde hacía tiempo, la baronesa Vetsera había decidido pasar el verano en Inglaterra con sus hijas. No era un proyecto nuevo. Se hablaba de ello con frecuencia en el palacio de la Salesianergasse. Pero ahora la fecha se acercaba. La señora Vetsera, que tenía numerosas relaciones en Londres, quería llegar allí para la temporada social, durante la segunda mitad de junio. Después pasarían una temporada en el campo, visitando a diversos amigos.

Ya era finales de mayo y había llegado el momento de fijar la fecha exacta de la partida.

Entonces, aquello que hasta ese momento no había sido para Marie más que un proyecto lejano se convirtió en una realidad con la que debía enfrentarse.

Sintió que no podía abandonar Viena.

Y Viena, para ella, era el príncipe heredero; solo él daba sentido a su vida.

Sus días transcurrían pensando en él, recordando hasta el menor detalle de los momentos en que lo había visto, imaginando el próximo encuentro y anticipando la dicha que este le proporcionaría. Él ocupaba todos sus pensamientos.

El dolor que sintió ante la idea de la separación le reveló que también ocupaba por completo su corazón.

Cuando hizo ese descubrimiento, no se entristeció. Sin embargo, los obstáculos que la separaban del hombre al que amaba parecían insalvables. Y aun si desaparecieran, ¿qué podía esperar de un hombre destinado a ocupar un trono y que, además, estaba casado? Solo esperanzas inútiles y sufrimientos inevitables.

Por otra parte, el rígido protocolo de la corte vienesa hacía muy improbable que alguna vez le fuera presentada.

Aquella muchacha de dieciséis años comprendía perfectamente todo eso.

Pero solo quiso ver una cosa: amaba al hombre más digno de ser amado que existía en el mundo. Su única felicidad —tan inmensa que ninguna otra podía comparársele— consistía en encontrarlo dos o tres veces al mes, admirarlo desde lejos y sentir que su mirada se posaba sobre ella.

No pedía nada más.

Entonces, ¿por qué privarla de aquella alegría inocente?

No; no iría a Inglaterra.

Suplicó a su madre que renunciara al viaje. La señora Vetsera no encontró ningún motivo para modificar los planes de un verano agradable por lo que consideraba un simple capricho de su hija.

Marie cayó en la desesperación. También la angustiaba pensar que el príncipe, al dejar de verla, terminaría olvidándola muy pronto. El vínculo que lo unía a ella era extremadamente frágil. Una vez que ella partiera, se rompería.

Pensó que la única manera de permanecer en Viena era enfermar.

Decidió dejar de comer.

No le resultó difícil. La agitación en que vivía le había quitado el apetito. Los malestares que comenzó a sentir fueron una razón más para que la señora Vetsera decidiera adelantar el viaje. Era evidente que Marie necesitaba cambiar de aire.

En aquel entonces, Marie solo tenía una confidente: su anciana niñera, una campesina húngara de gran corazón que la había criado y amamantado.

Desde los primeros días en que vio al príncipe heredero, guardó silencio sobre sus sentimientos ante su madre y su hermana Hanna. Pero con su niñera hablaba con absoluta libertad. Después de todo, no había nada malo en ello, pues todo en ella era puro.

Le decía, por ejemplo:

—¿Sabes? El príncipe heredero es mucho más hermoso de lo que aparece en sus retratos.

O, loca de alegría:

—Hoy, en el Prater, me ha mirado. Recorrió dos veces la avenida; estoy segura de que fue para volver a encontrarme.

La anciana, al verla tan feliz y sin segundas intenciones, compartía su alegría.

En otras ocasiones, Marie iba un poco más lejos.

—Sus miradas, nana, estaban llenas de ternura.

La niñera sonreía al escuchar aquellas fantasías de quien, para ella, seguía siendo apenas una niña.

La anciana solo comenzó a inquietarse en el mes de junio, cuando Marie estuvo a punto de enfermar ante la sola idea de abandonar Viena.

Además, en medio de la intensidad de su desdicha, Marie ya no ocultó nada a la mujer que la había criado.

—Lo amo, nana, lo amo, ¡y jamás amaré a otro hombre que no sea él!

La niñera abrió de par en par sus ojos cansados. Tomó la mano afiebrada de Marie.

—Pero estás loca, mi pequeña flor; una joven como tú no entrega su corazón al príncipe imperial. Esas personas están demasiado lejos de nosotros. No nos conocen. ¿Qué esperas de él?

—No espero nada —dijo Marie—; lo amo, y eso es todo. Soy feliz con verlo de lejos y con sentir su mirada sobre mí. No quiero nada más, ¡así que al menos déjenme eso!

La niñera suspiró, pero no añadió palabra. En el estado de exaltación en que se encontraba Marie, ¿para qué contrariarla? El verano en Inglaterra y la distracción del viaje bastarían para hacerla cambiar. A su regreso, ella misma se reiría de sus locuras pasadas.

















































SEGUNDA PARTE





































I UNA ETAPA DECISIVA

El 26 de julio, los Vetsera regresaron a Viena. En Inglaterra, donde Marie había despertado gran admiración, se había mostrado menos alegre de lo habitual. Su madre la encontraba con frecuencia taciturna y se lo hizo notar, aunque estaba muy lejos de imaginar la verdadera causa. Marie, quizá por temor a que se burlaran de ella, no había confiado nada ni a su madre ni a su hermana.

—Un día mi hija vendrá a decirme que se casa —comentaba la señora Vetsera—. Así son los jóvenes de hoy.

Por entonces, la belleza de Marie había alcanzado su plenitud. Se hallaba en ese momento exquisito en el que se mezclan los encantos de dos edades. La niña, con su gravedad, seguía allí; se la adivinaba en una expresión, en un gesto vacilante, pero ya comenzaba a anunciarse el triunfo de la mujer. El secreto que guardaba en su corazón añadía ensueño y profundidad a su mirada y confería a su sonrisa un encanto nuevo.

Cuando recibía un cumplido, no ocultaba su satisfacción.

—Así estaré más segura de agradarle —pensaba.

Durante la ausencia, la imagen de Rodolfo no se había desvanecido. Al contrario, vista desde la distancia, parecía, como las montañas más altas, aún más imponente. Vivía tan intensamente en su recuerdo que comparaba con él a todos los hombres que pretendían conquistarla. Ninguno se acercaba a aquel héroe. ¿Cómo no adorarlo? Ya había sufrido por él, había llorado, se había sonrojado de felicidad y de turbación. Cuando volvió a reunirse con su anciana niñera y por fin pudo hablarle de Rodolfo, le dijo:

—Lo amo todavía más que en primavera.

El tono con que pronunció aquellas sencillas palabras impresionó a la anciana, que movió lentamente la cabeza, aunque no respondió.

El príncipe heredero se encontraba en las grandes maniobras militares cuando Marie llegó a Viena. Durante casi quince días solo pudo disfrutar del melancólico consuelo de seguir sus noticias en los periódicos. Se lamentaba de no haber regresado antes. Por entonces él estaba en Laxenburg y acudía casi todos los días a la capital.

Por lo demás, Viena aún no había recuperado su animación. La alta sociedad seguía en sus castillos y en sus jornadas de caza. Las damas Vetsera se encontraron bastante aisladas. Marie casi no tenía con quién hablar del hombre que amaba. Paseaba melancólicamente con su madre y su hermana por las avenidas desiertas del Prater, allí donde poco tiempo antes cabalgaba el más apuesto de los jinetes.

Esta vez, sin duda, la habría olvidado. Más de dos meses sin verla eran suficientes para borrar una imagen que difícilmente podía haber quedado grabada con profundidad en su memoria.

Fue entonces cuando conoció a una persona que habría de desempeñar un papel trágico en su vida.

Una mañana, la señora Vetsera, que había salido sola, regresó acompañada de una amiga a la que había encontrado por casualidad. Aquella dama, muy elegante, rondaba los cuarenta años y no había visto a Marie desde su regreso de Egipto. La belleza de la joven le causó una profunda impresión.

Pero el nombre de aquella mujer produjo una impresión aún mayor en Marie.

La condesa Larisch-Wallersee era, en efecto, prima hermana del príncipe heredero. Era hija del duque Luis de Baviera, hermano mayor de la emperatriz, y de una actriz con la que este había contraído un matrimonio morganático. En su juventud, cuando gozaba del favor de la emperatriz, había convivido estrechamente con la familia imperial. Más tarde, por motivos bastante misteriosos, la emperatriz se había distanciado de ella. Sin embargo, seguía siendo prima de Rodolfo; conocía innumerables detalles sobre él y sobre su vida privada, y podía verlo cuando quisiera y en las circunstancias que deseara.

Marie la contemplaba con ojos llenos de admiración.

Durante buena parte del almuerzo hablaron de Rodolfo, que pronto regresaría a Viena. Según la condesa, cuya lengua no era precisamente benévola, la vida matrimonial del príncipe iba cada vez peor.

Si habló mal de la princesa, no hizo lo mismo de su primo. La condesa, consciente de que estaba distanciada tanto de la emperatriz como del emperador, ya solo podía apoyarse en Rodolfo dentro de la familia imperial. Por eso se cuidaba mucho de dirigir hacia él la malicia que le era natural. Aquel día la reservó para la emperatriz, el emperador y la señora Schratt; de Rodolfo solo tuvo palabras elogiosas.

Aquello, que no pretendía impresionar a Marie, quizá resultó fatal para ella. Si hubiera escuchado comentarios mezquinos o calumniosos sobre su héroe, habría desconfiado de la condesa. Pero al verla tan favorablemente dispuesta hacia Rodolfo, la pobre muchacha la consideró la más noble y leal de las mujeres, y el corazón que hasta entonces había mantenido cerrado comenzó a abrirse.

El azar quiso que, después del almuerzo, la condesa y Marie permanecieran solas durante unos instantes.

La ocasión era propicia.

Marie la aprovechó para hablar de Rodolfo. Lo hizo, sin proponérselo, con tanta pasión que a la condesa, en quien más de veinte años de vida cortesana habían desarrollado una extraordinaria perspicacia, no le costó descubrir el secreto que aquella muchacha ocultaba.

Bastaron unas cuantas preguntas formuladas con habilidad y aparente sencillez.

Marie era encantadora; resultaba difícil no sentir simpatía por ella. La condesa terminó cautivada por tanto encanto. Muy pronto se ganó la confianza de la joven, que solo tenía a su niñera como confidente y sufría por el silencio al que se veía obligada.

Y, como era una mujer acostumbrada a sacar provecho de cualquier circunstancia, pensó que divertiría por un momento a su primo, a quien nada parecía ya divertir, contándole el profundo amor que había despertado en el corazón de la muchacha más hermosa de Viena.

Por muy hastiado que estuviera, no podría permanecer indiferente.

Entretanto, cuando la condesa Larisch-Wallersee se despidió, Marie apenas cabía en sí de felicidad.

Gracias a aquella nueva y querida amiga, siempre sabría con tiempo cuándo llegaba Rodolfo a Viena, cuáles eran sus planes y cuál era su estado de ánimo.

Eso por sí solo ya era un beneficio inestimable... Pero, a la velocidad del rayo, su pensamiento avanzó un paso más: ¡quizás, algún día, podría intercambiar un mensaje con él! La rapidez con la que llegó a esta conclusión la dejó sin aliento. Una vez calmados los latidos de su corazón, examinó con detenimiento el lugar en el que se encontraba. La distancia infinita que la separaba de Rodolfo quedó repentinamente abolida. Él se acercaba a ella hasta volverse casi tangible. Abandonaba el lejano planeta donde había aparecido para entrar de lleno en el mundo en el que ella respiraba. La condesa Larisch le había abierto esa puerta... Tal vez, en alguna ocasión, los pondría frente a frente. ¡Marie hablaría con él!... Todo aquello rozaba el milagro. Permanecía absorta en esos encantadores pensamientos, sorda al parloteo de su madre y de su hermana a su lado... Se aventuró todavía más lejos. De pronto, se estremeció…



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El príncipe heredero había ido a Praga, absorbido, como de costumbre, por consejos que presidir, audiencias, cacerías, recepciones y fiestas más agotadoras que todo lo demás. Cada noche debía cenar en compañía de mujeres hermosas y beber hasta bien entrada la madrugada. Era la vida que, en distintos países y siglos, habían llevado tantos herederos al trono a quienes las crónicas de su tiempo calificaban de libertinos y que, sin embargo, llegaron a ser grandes reyes. Rodolfo, por momentos, se acomodaba perfectamente a ella. Resistía el ritmo de los mejores bebedores; cortejaba a las mujeres y no encontraba demasiadas esquivas. Entonces parecía infatigable. Sin importar la hora a la que se acostara, a la mañana siguiente estaba listo para cumplir con los compromisos de su jornada oficial.

Pero otros días el hastío le subía hasta los labios al contemplar el uso —y el abuso— que hacía de sí mismo. ¿No estaba acaso matando, poco a poco, hora tras hora, todo cuanto había de valioso en él? En cierta ocasión discutía con un amigo sobre el suicidio, al que los antiguos, según él, habían dado un uso noble y legítimo.

—¿Cómo temerle? —dijo—. Si observo mi vida de cerca, no es más que una sucesión ininterrumpida de suicidios.

En el terreno político, el ideal que había llenado su corazón en la juventud se desmoronaba día tras día. En lugar de entregarse con pasión a grandes y nobles ideas, tenía que librar combates cotidianos por las cuestiones más triviales contra hombres estrechos de miras o deshonestos. ¿Cómo resistir el terrible desgaste de aquella lucha? ¿Qué hacer?... ¿Huir?... Beber, que al fin y al cabo era lo mismo.

Su vida sentimental tampoco le ofrecía consuelo. En su hogar solo encontraba desavenencias y disputas. Fuera de él, ¿qué hallaba en aquellas relaciones pasajeras que se sucedían al azar de los encuentros?... Y siempre la insoportable sensación de estar atrapado en un engranaje: cada hora de su existencia, y la sucesión de todas ellas, estaban fijadas de antemano, sin que poder humano alguno pudiera alterar un curso tan inmutable como el de los astros.

Había días en que ni siquiera intentaba luchar contra las ideas sombrías que se arremolinaban en su mente.

—Los antepasados regresan —decía con melancolía—. No puedo mandarlos al diablo; serán ellos quienes me conduzcan hasta allí.

Para esas crisis tenía un remedio que siempre surtía efecto: la soledad y el contacto con la naturaleza. Lo que aún permanecía sano en aquel ser complejo y nervioso recobraba un vigor nuevo en cuanto abandonaba a los hombres por la tranquilidad del campo.

En Praga, antes de regresar a Viena, organizó una partida de caza en una isla del alto Danubio. Partió solo. La compañía de los guardabosques le bastaba. Durante dos días vivió en una cabaña de madera, donde uno de ellos se encargaba de cocinarle.

¡Qué paz!

No había policía a su alrededor, ningún espía, ningún correo diario que revisar, ninguna mujer indiscreta y enamorada; los amigos, la familia, el imperio entero, se desvanecían como sombras.

En su lugar estaban las hierbas silvestres, los matorrales, los árboles, el agua; más allá, las montañas; más lejos aún, la nieve virgen; y, por encima de todo, el cielo y las nubes.

Estar en armonía con las fuerzas misteriosas de la naturaleza, con aquellas que hacen estremecer las hojas del álamo temblón al ponerse el sol, que al amanecer levantan los tallos de hierba inclinados por la noche... Una pequeña campanilla azul se abría entre la hierba húmeda para saludarlo. ¿Qué eran, al lado de aquella delicada flor cubierta de rocío, las camelias y las azaleas amontonadas en los salones de su madre?

Escuchaba el llamado sordo que brota del fondo de los bosques, en pleno día, cuando el calor extiende su manto sobre las copas redondeadas y apiñadas de los pinos.

A veces, durante la espera de la presa, permanecía inmóvil junto al tronco de un árbol. Poco a poco apoyaba el cuerpo contra la fresca corteza. Al sentir aquel contacto olvidaba al ciervo que aguardaba, libre habitante de los bosques como él mismo; se olvidaba incluso de sí, y se fundía con el árbol, su hermano, al que estrechaba entre sus brazos mientras sentía que la savia ascendía lentamente hacia él…



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Con la llegada de octubre, Viena volvió a llenarse de gente. La corte regresaba a la Hofburg, los teatros imperiales reabrían sus puertas y el restaurante Sacher recibía cada noche a su aristocrática clientela. Era un establecimiento célebre y discreto, pues además de sus salones públicos disponía de varios reservados donde los más altos nobles de Viena, los archiduques e incluso el propio Rodolfo solían concluir la velada.

En un centenar de tabernas se cantaban, al salir del teatro, los encantadores valses vieneses, mientras se bebía la ligera cerveza de Pilsen o una copa de vino blanco de Weidling.

Rodolfo no tardó en reincorporarse al ciclo fatal de sus obligaciones y sus placeres. Deberes y excesos se encadenaban como eslabones inseparables. Aquella cadena era pesada, y él anhelaba librarse de ella. Pero sentía que una necesidad ineludible lo obligaba a cargarla.

Aceptaba el trabajo, las obligaciones de la representación y las minucias del servicio militar; todo ello servía, mejor o peor, a una gran causa que lo trascendía. Pero se asfixiaba en la atmósfera tormentosa de su vida privada. La lucha continua —unas veces silenciosa, otras amarga— que sostenía con su esposa le resultaba insoportable.

Eran frases hirientes, silencios cargados de reproches, amargura constante; jamás la paz.

Aquel otoño, un pequeño incidente terminó por exasperarlo.

Una noche había ido a visitar a una hermosa dama de la sociedad polaca, la condesa Czewucka.

Para esas salidas, que debían permanecer en secreto, recurría a los servicios de un cochero muy conocido en Viena: Bratfisch, hombre discreto, de absoluta confianza y completamente entregado a él. Alegre y ocurrente, Bratfisch había alcanzado cierta celebridad por su extraordinaria habilidad para silbar. No era raro que sus clientes nocturnos lo hicieran entrar en el reservado donde cenaban para escucharlo interpretar, únicamente con silbidos, melodías populares y canciones de moda.

Aquella noche esperaba frente al pequeño hotel de la Waaggasse donde vivía la bella condesa Czewucka.

Casualmente, esa misma noche la princesa había asistido al teatro. El camino más directo hacia la Hofburg pasaba por la Waaggasse. Al salir de la función, el carruaje que la llevaba tomó esa calle. Al llegar frente a la residencia de la condesa, vio el coche de Bratfisch.

Había demasiadas personas en la corte interesadas en enemistar al matrimonio imperial para que la princesa ignorara que su esposo cortejaba por entonces a la hermosa polaca. Tampoco habían dejado de informarle que Rodolfo recurría con frecuencia a Bratfisch para sus aventuras amorosas, y ella conocía al cochero, como toda Viena.

Recordó entonces que su marido se había negado a acompañarla al teatro con un pretexto poco convincente. Al reunir todas aquellas circunstancias, adquirió de inmediato la certeza de que Rodolfo se encontraba allí, detrás de los postigos cerrados de aquella casa.

Sin vacilar, ordenó detener su carruaje, descendió y, dirigiéndose a Bratfisch, le ordenó que la llevara de regreso a la Hofburg.

El alegre cochero quedó en un grave aprieto. ¿Cómo desobedecer una orden de la princesa heredera? Además, si se negaba, ¿no sería aún mayor el escándalo? ¿No sería ella capaz incluso de llamar a la puerta de la casa?

En un instante sopesó todas las dificultades de la situación y, con una amable sonrisa, respondió:

—A las órdenes de Vuestra Alteza Imperial.

La princesa ordenó que su carruaje —cuyo cochero y lacayo vestían la librea imperial— permaneciera esperando frente a la residencia y subió al coche de Bratfisch.

Es fácil imaginar los comentarios del servicio en la Hofburg cuando vieron a la princesa descender de aquel vehículo.

No habían transcurrido veinticuatro horas cuando toda la corte estaba enterada del nuevo escándalo. La noticia llegó incluso a oídos del emperador, quien lamentó profundamente la conducta de su nuera.

El lema de quienes ocupan una posición tan elevada es la advertencia del Evangelio:

«¡Ay de aquel por quien viene el escándalo!»

Rodolfo aceptaba las reglas del juego y guardaba para su vida privada la discreción necesaria. Pero ¿cómo no censurar a una princesa que hacía públicas las desavenencias conyugales y daba motivo de burla tanto a la corte como a la ciudad?

Rodolfo no dijo una sola palabra a su esposa sobre el incidente. ¿Para qué? Consideraba que la situación entre ambos ya no tenía remedio. Su único deseo era verla únicamente en actos oficiales y conservar las apariencias. La falta de tacto de la que ella había dado muestra lo irritó profundamente. Era una conducta imperdonable en alguien de su rango.

El revuelo provocado por aquella pequeña historia no quedó limitado a los círculos de la corte. Se difundió por toda la ciudad.

La desunión del matrimonio imperial era ya evidente, y en todos los ambientes donde se comprendía la importancia de contar junto al príncipe con una mujer inteligente, hábil y de absoluta confianza, capaz de ganarse su favor y sobre la que pudiera ejercerse alguna influencia, el asunto comenzó a debatirse.

Entre otros lugares, fue objeto de largas conversaciones en el despacho reservado del Neues Wiener Tagblatt.

Por aquellas mismas fechas se celebró una fiesta en Tegernsee. Rodolfo, que se encontraba entonces en Baviera, asistió acompañado de su esposa. Allí volvió a encontrarse con su prima, la condesa Larisch-Wallersee, por primera vez desde su regreso.

No la tenía en gran estima, pero mantenía con ella relaciones cordiales, pues la condesa le demostraba una devoción extrema y, después de todo, ¿quién sabía si algún día no podría resultarle útil? La política de las cortes es la misma para los grandes que para los pequeños: no enemistarse con nadie y procurarse apoyos. En una construcción, un simple ensamble puede llegar a ser, en determinado momento, tan necesario como una viga maestra.

Aquella noche Rodolfo estaba de excelente humor. Los vinos servidos durante la cena, y sobre todo el champán, le habían complacido; las mujeres eran hermosas y el ambiente resultaba sumamente agradable.

La condesa Larisch, con la habilidad de una mujer curtida en las intrigas de la corte y de la alta sociedad, terminó por apartarlo discretamente del resto.

—Mi querido primo —dijo—, ¡qué carrera la vuestra! No os basta con ser la esperanza de la monarquía; además tenéis que desempeñar el papel de don Juan. Pero cosecháis tantos éxitos que debéis de estar ya hastiado. Sin embargo, si os divierte, puedo hablarles de una conquista que habéis hecho sin siquiera sospecharlo.

En más de una ocasión habían dirigido a Rodolfo conversaciones semejantes y, por lo general, terminaban con propuestas bastante directas. No le sorprendió, por tanto, que su prima, aficionada a las intrigas y ansiosa de ejercer influencia, también se hubiera puesto a buscar.

—¿Adónde quieres llegar, María? —preguntó, no sin cierta brusquedad.

—Mi querido Rodolfo, lo que tengo que decirte es la cosa más inocente del mundo. Es un cuento de hadas para niños. Ya ves, ¡un cambio de tema! Una joven muy hermosa se ha enamorado de ti con solo haberte visto. Es un halago, ¿no te parece? Si hubieras sido tu propio ayudante de campo, te habría amado de la misma manera, porque de lo que se trata, querido mío, es de amor... de un amor verdadero, digno de Julieta.

—¿Y cómo se llama esa enamorada tuya?

La condesa quiso hacerse de rogar.

—Pertenece a la buena sociedad, querido primo, y sería una gran indiscreción...

—Vamos, María, te mueres de ganas de decirlo y no has venido sino para eso —la interrumpió el príncipe con una sonrisa.

—Siempre tan autoritario como de costumbre —replicó la condesa—. Con vos siempre hay que ceder. Esa joven es la baronesa María Vetsera.

Al oír aquel nombre, el príncipe se sobresaltó.

¡María Vetsera!

Ante sus ojos apareció el rostro casi infantil de aquella muchacha, un ser puro y encantador con quien lo unía la silenciosa complicidad de unos pocos segundos: el tiempo de una mirada cruzada en una sala de teatro o a lo largo de una avenida del Prater.

—¡Pero si es encantadora! —exclamó.

—Ya te dije que era bonita.

—¿Bonita? Es hermosa, es encantadora. —insistió Rodolfo con vehemencia—. Es la joven más seductora de Viena. Solo la he visto dos o tres veces, y siempre de lejos. Pero no la he olvidado. Puedes decírselo de mi parte.

—Se volverá loca de alegría —aseguró la condesa—. No deja de ser una niña todavía. ¡Qué orgullo sentirá al saber que la has distinguido!

En ese momento, Rodolfo se apartó de su prima y se dirigió hacia un grupo de invitados, en cuyo centro se encontraba sentada la hermosa condesa polaca, que por entonces había logrado cautivarlo.

























II REMOLINOS

Arroja una piedra al mar embravecido y desaparecerá sin dejar rastro. Arroja una piedra a un estanque cuya superficie no ha sido alterada por la menor brisa, y el impacto agitará el agua; desde el punto donde cayó se formarán círculos concéntricos que, en ondas regulares, se extenderán hasta las orillas. Muy pronto, toda la superficie vibrará por el golpe recibido.

La indiscreción cuidadosamente calculada de la condesa Larisch cayó sobre un hombre muy semejante a un mar azotado por los vientos. En él no había paz, sino un tumulto incesante, alimentado cada día por mil influencias y presiones. Sin embargo, el nombre de Marie Vetsera hizo que Rodolfo se detuviera a pensar.

¿Una muchacha que lo amaba? ¿Ocuparía él durante mucho tiempo aquel corazón virginal? ¿Qué podía ser el amor de un astro joven y puro? Era hermosa. Llegaría otro hombre que, libre de ataduras, sabría conquistarla. Ella olvidaría el sueño romántico de sus dieciséis años. Sin embargo, no parecía una joven coqueta. Había algo serio en aquella mirada que, en ocasiones, se había posado sobre la suya. Sintió el deseo de volver a encontrarse con ella. Pero la vida lo arrastraba de un lado a otro. ¿Cuándo volvería a verla? Para entonces quizá estaría casada y enamorada de su esposo.

Cuando la condesa Larisch logró quedarse a solas con Marie —y no tardó en propiciar la ocasión—, le repitió las palabras del príncipe. Marie se sonrojó —seguía sonrojándose cada vez que se pronunciaba el nombre de Rodolfo—, pero no dijo nada. Simplemente tomó entre las suyas las manos de la condesa. En ese momento entró su madre.

Durante el resto de la visita, Marie permaneció en silencio. Cuando la condesa Larisch se despidió, la joven le dijo discretamente:

—Vuelva pronto. Tengo que hablar con usted.

En los breves instantes que la señora Larisch-Wallersee había pasado allí, Marie ya había dado un audaz salto más allá de los muros que hasta entonces limitaban su horizonte. Al principio le bastaba con ver al príncipe. La felicidad que eso le proporcionaba llenaba sus días. Después, desde aquella noche en la Ópera en que él la había mirado con tanta dulzura, ya no podía sentirse feliz si no intercambiaba al menos una mirada con el hombre a quien amaba. Pero ¡qué lejos estaba de ella! La llegada de la condesa Larisch había acercado de pronto a aquel héroe inaccesible. Marie podía hablar de él con alguien que lo conocía desde la infancia, que pertenecía a su familia, que podía tratarlo con toda naturalidad y conocía de él mil cosas íntimas y verdaderas. Apenas había tenido tiempo de saborear aquella felicidad inesperada, de palparla, de medir toda su magnitud y acostumbrarse a ella, cuando descubrió que sus límites eran tan estrechos como los de una prisión. Se hallaba en ese estado cuando, de improviso, los muros entre los que se sentía sofocada se derrumbaron como en un golpe de teatro, abriéndole nuevas y radiantes perspectivas.

Parecía como si un hada hubiera decidido hacer realidad sus deseos más atrevidos. Había anhelado un intercambio de mensajes entre Rodolfo y ella; de inmediato le llegaban palabras de Rodolfo dirigidas a su persona. Tenía ante sí las mismas palabras que el príncipe había pronunciado. Él la encontraba encantadora. ¿Acaso no era eso mejor que decir bonita o hermosa? Encantadora: eso significaba que le agradaba, que no se limitaba a admirarla. ¡Y además quería que ella lo supiera! Marie permanecía atónita de felicidad; ya no se atrevía a mirar hacia el futuro ni siquiera a formular un nuevo deseo.

De pronto se presentó una idea nueva y aterradora. Ella conocía las palabras de Rodolfo. Pero ¿qué le habría dicho su prima al hablarle de ella, de Marie? ¿Habría descubierto él que era amada? Sin duda la condesa le había revelado aquel secreto celosamente guardado del que solo ella era depositaria. Al principio, el pudor y la vergüenza se apoderaron de Marie. Sola en su habitación, se ruborizó y sintió que las lágrimas le llenaban los ojos. La anciana niñera, que la observaba, se alarmó.

—¿Qué te ocurre, florecita mía? —preguntó.

—No lo sé —respondió Marie, rompiendo a llorar mientras se arrojaba en brazos de su nodriza—. No lo sé... ¡Soy feliz!...



_________



Pasaron algunos días y Marie volvió a impacientarse. El amor es un dios exigente: no admite regateos. También es astuto. Al principio solo pide una cosa y se le concede. Enseguida exige más. Al final, uno descubre que no quedará satisfecho hasta poseerlo todo. Lo que antes colmaba de alegría a Marie ahora le parecía muy poca cosa.

Por fin, después de su conversación con la condesa Larisch, volvió a ver a Rodolfo en el Prater. ¡Con cuánta impaciencia había esperado ese encuentro! ¡Cuántas dichas había imaginado! Pero, por desgracia, su alegría fue incompleta, pues en ese mismo instante su madre le estaba hablando. Apenas pudo mirarlo. Se sintió tan desdichada que creyó no poder contener las lágrimas. ¡El destino era demasiado cruel con ella! Cuando logró serenarse, la tristeza dio paso a la inquietud. Él la habría encontrado fría, indiferente. O quizá la tomaría por una joven coqueta que ahora le volvía el rostro porque sabía que le agradaba. Ambas posibilidades le resultaban insoportables. Ardía en deseos de justificarse. Si al menos hubiera tenido cerca a la condesa Larisch. Le habría explicado lo sucedido. Ella le habría dicho a Rodolfo que Marie... ¡Ah!, ¿qué podía decirle a Rodolfo?

Tres días después asistió a la Ópera, en una noche en que también acudió el príncipe. Esta vez pudo contemplarlo a sus anchas. Incluso él le dirigió una sonrisa apenas perceptible. Pero aquella inmensa alegría duró poco, porque le pareció que Rodolfo tenía mal aspecto. Sí, había adelgazado y estaba pálido; tenía los ojos hundidos, como un hombre consumido por la fiebre. Marie se alarmó. Estaba enfermo, o al menos a las puertas de una enfermedad. Naturalmente, quienes lo rodeaban no advertían nada. ¿Quién lo observaba como ella? Solo se darían cuenta cuando ya fuera demasiado tarde. ¡Estar allí, tan cerca de él, y no poder acudir en su ayuda! Sabía que al día siguiente partiría hacia Galitzia, un viaje largo y agotador. Estaría enfermo durante el trayecto, lejos de ella. Marie se desesperaba. Aquella noche no pudo dormir. A la mañana siguiente, y también en las posteriores, pidió que le llevaran los periódicos muy temprano, para asombro del portero. Buscaba con ansiedad noticias del príncipe heredero. No encontraba una sola palabra sobre aquella salud tan preciosa para ella.

Así transcurrían los días de Marie. Vivía en una espera febril... Pero, ¿Qué esperaba exactamente?...













III POLÍTICA

No sin razón se había alarmado Marie aquella noche en la Ópera. Sus ojos penetrantes habían descubierto en el rostro fatigado del príncipe la crisis moral que atravesaba. No se habría sentido decepcionada al saber que ella no desempeñaba ningún papel en esa crisis. Rodolfo llenaba por completo la vida de Marie. Ella no se hacía ilusiones sobre el escaso lugar que ocupaba en la existencia del heredero presunto de la corona de los Habsburgo. ¿Habría pensado él una sola vez en ella desde que la había visto?

Mil intrigas se tejían en torno a Rodolfo. Hombres hábiles, insinuantes y apasionados se agitaban a su alrededor. Le interesaba la política. No la veía únicamente, como los escépticos, como un sutil juego de cartas. Era un joven de corazón generoso que deseaba para sus pueblos más justicia, más libertad y mayor bienestar. Detestaba la arbitrariedad y la célebre máxima tan apreciada por quienes ejercían el poder: divide ut imperes («divide para gobernar»). Reprochaba a quienes lo rodeaban su indiferencia y su dureza. Estaba rodeado de hombres cuyas ideas detestaba. Sin embargo, debía recibirlos con amabilidad y sonreírles. Impulsivo por naturaleza, solo lograba la prudencia que las circunstancias exigían a fuerza de contenerse durante largo tiempo.

Necesitaba amistad. Pero, en su posición, ¿dónde podía encontrar un amigo? Quienes se acercaban a él, por más desinteresadas que fueran sus declaraciones, buscaban servirse de su influencia. Hacia hombres como Felipe de Coburgo o Hoyos sentía el mismo afecto que se tiene por aquellos con quienes se cena en compañía de mujeres hermosas o se sale de cacería. Ellos no tenían nada que pedirle; tampoco ofrecían gran cosa. Pero los demás... ¿Quién entraba en su despacho sin el deseo de obtener algún beneficio? Incluso sus amigos de la prensa liberal especulaban con él, es cierto que a largo plazo, pero por una apuesta enorme. Las mujeres que le agradaban parecían elegidas por él, pero sin duda habían sido puestas en su camino por personas interesadas en ello. No tenía un solo amigo digno de absoluta confianza. Debía sospechar de todos. Ese pensamiento amargo ensombrecía a Rodolfo. No lograba librarse de él. Lo consumía por dentro.

Dentro de la familia imperial, Rodolfo no hablaba con nadie con el corazón abierto. Nunca discutía de política con su padre. En ese terreno no existía entendimiento entre ambos; se hallaban en extremos opuestos y solo mantenían conversaciones puramente formales. Su madre había estado muy unida a él, pero con el paso de los años se había vuelto más reservada y distante. Su gusto por la soledad y los viajes aumentaba; evitaba las ceremonias oficiales y se había creado una vida secreta en la que nadie tenía cabida, ni siquiera su propio hijo. A veces, por una sola palabra, Rodolfo comprendía que seguía viéndolo como el hijo de su sangre. Otras veces, por una mirada, imaginaba que aún le guardaba ternura, incluso compasión; pero, si ella advertía que había sido comprendida, respondía con una burla o un sarcasmo. No soportaba ninguna efusión de sentimientos.

Solo mantenía una verdadera afinidad con una persona de su familia: el archiduque Juan Salvador de Toscana. Aunque el archiduque era seis años mayor que él, ambos habían sido compañeros de juegos durante la infancia. Era un hombre apasionado por los asuntos militares y un buen soldado. Había además otras razones que atraían a Rodolfo hacia su primo. Era el único miembro de la familia imperial que profesaba ideas liberales y que, llevándolas a la práctica, procuraba vivir no como un archiduque, sino como un simple ciudadano. Se había enamorado de una encantadora joven de la burguesía vienesa, Milli Stubel, y llevaba junto a ella una existencia libre y agradable. Habitualmente pasaba las veladas en casa de la hermana de su amada, dentro de un círculo íntimo y reducido. Rodolfo admiraba a su primo, convencido de que había escogido la mejor parte. Envidiaba que hubiera sabido construirse, tan cerca de la temible Hofburg, una felicidad sencilla, casi familiar, junto a una mujer que lo amaba, lejos de toda mentira y de toda etiqueta. ¡Qué tentador resultaba aquello! Y, sin embargo, ¡qué inalcanzable!

Una noche hablaba de ello con su primo, mientras Milli Stubel se ocupaba de algunos quehaceres cerca de ellos.

—La verdad —dijo Juan Salvador— es que los lazos que todavía me atan a este país ya no son muy fuertes... He agotado todos los placeres que pueden ofrecer la etiqueta y los honores. Milli... ven aquí —añadió, dirigiéndose a la joven.

—Milli lo es todo para mí —continuó—. ¿No crees que cenar a solas con ella es infinitamente más agradable que los banquetes familiares o las cenas de gala en la Hofburg? Aquí se conversa con libertad; nadie está obligado a escuchar las tonterías del tío Alberto.

(El archiduque Alberto, vencedor de Custozza, era la bestia negra de Juan Salvador).

—Para Milli no soy un archiduque, sino el hombre a quien ama. Eso es algo distinto, algo que tú nunca conocerás... Por desgracia, en este país sigo siendo una Alteza Imperial y todavía me falta libertad. ¡Bah! Algún día me marcharé... No me costará renunciar a mis títulos, a mis derechos y a mis prerrogativas. Y esta pequeña será tan feliz como yo. Abandonaré Austria. El mundo es inmenso, Rodolfo... Amo el mar... Allá lejos hay islas, en los mares del Sur, que me atraen. Llegaremos hasta ellas lentamente, navegando en un velero.

—Venga con nosotros —dijo Milli a Rodolfo, en tono de broma—. Usted es almirante; si quiere, será el capitán del barco.

—Para eso tendría que encontrar una compañera como usted —respondió él—. Mi primo Juan es un hombre verdaderamente feliz.

Desde entonces pensó muchas veces en aquella conversación. ¡Una vida nueva! Nadie la deseaba con mayor intensidad que él. Pero una vida nueva exigía también una nueva compañera. ¿Dónde encontrarla? Estaba solo; entonces comprendió la verdadera pobreza de su existencia. En ese instante pasó por su memoria el rostro dulce y fresco de Marie Vetsera. Había en aquella mirada algo serio y apasionado que resultaba imposible olvidar. Tal vez ella sería capaz de entregarse por completo sin pedir nada a cambio...

Se encogió de hombros.

—Siempre seré un soñador incorregible —pensó.



_________



Lo que retenía al archiduque Juan Salvador en Austria era la ambición. Quería imponerse con las ideas que defendía. Se veía poderoso en un imperio liberal sobre el que reinaría su primo Rodolfo. Lo esperaba todo de él. Sin embargo, se dejaba llevar por su temperamento vivo e impetuoso. Criticaba sin miramientos las teorías del comandante en jefe del ejército y del Estado Mayor. Incluso publicaba artículos y folletos sobre esas cuestiones, tanto en Austria como en el extranjero. Aquellas eran cosas que en la Hofburg no se perdonaban. Poco tiempo antes, el emperador había prohibido a su hijo ver al archiduque Juan. La orden había irritado profundamente a Rodolfo. Debía obedecer, sin duda. Pero, poco a poco y pese a la prohibición imperial, había reanudado en secreto el contacto con su primo.

Juan Salvador comenzaba a impacientarse. El emperador se acercaba a los sesenta años, pero no daba la menor señal de agotamiento.

—Tu padre —le decía a Rodolfo— trabaja como una máquina. No se apasiona, no se desgasta inútilmente; por eso apenas se consume. Así puede seguir durante muchos años.

Un día añadió con descaro:

—¿Piensas soportar esto por mucho tiempo?

Rodolfo no respondió.

Las ideas avanzadas de Juan Salvador, si bien le habían granjeado la enemistad de los círculos oficiales, también le habían valido numerosas simpatías entre los liberales y en la marina. Llegó a convertirse, en cierto modo, en el jefe de un partido; pero precisamente por ello se vio obligado a actuar con extrema cautela y a ocultar sus actividades. Una acción que solo puede desarrollarse en las sombras adquiere enseguida un carácter peligroso. La desgracia fue que, debido a la obligación impuesta a Rodolfo de ver a su primo únicamente en secreto, aquellas reuniones clandestinas adquirieron muy pronto, quisiera él o no, el aspecto de una conspiración.

Nadie sale de noche por una puerta trasera, envuelto en una capa que le oculta hasta el rostro; nadie salta a un coche de alquiler, elude a los espías que lo siguen y sube por la escalera de servicio para conversar, en privado, sobre el tiempo. Las conversaciones entre Rodolfo y el archiduque Juan Salvador trataban los asuntos más graves del Estado.

Por parte de Rodolfo, aquellas conversaciones tenían sobre todo un carácter objetivo. Su deseo era estudiar, junto a un hombre de confianza y de ideas liberales, además de miembro de su propia familia, los problemas que tanto le apasionaban. Creía que de ese modo preparaba el porvenir. El archiduque, de espíritu aventurero y aficionado a la intriga, perseguía un objetivo mucho más inmediato. Toda su voluntad se dirigía hacia la acción. Pero era lo bastante perspicaz para percibir la resistencia silenciosa de Rodolfo y comprender que este aún estaba muy lejos de contemplar la posibilidad de un golpe de fuerza. Había que conducirlo poco a poco por el camino que él había elegido, envolverlo en una red de intrigas sin dejarle ver más que una pequeña parte de la obra emprendida. Así lo comprometería sin que él lo advirtiera y, en el momento oportuno, lo obligaría a tomar una decisión decisiva y pública.

El archiduque conocía bien a su primo. No debía enfrentarlo directamente, sino aprovechar los inevitables arrebatos de indignación que seguían al fracaso de sus intentos de reformar el ejército. El Estado Mayor escuchaba con deferencia los proyectos y observaciones del príncipe heredero. Pero no comprendía su importancia y no se apartaba ni un ápice de la línea que se había trazado.

—¡Son demasiado estúpidos! —exclamaba entonces Rodolfo.

Ese era el momento en que Juan Salvador avanzaba un poco más y colocaba un nuevo jalón en el camino.

Aunque el príncipe heredero no alcanzaba a ver toda la trama urdida por su primo, era lo bastante perspicaz para adivinar que Juan Salvador tejía en secreto innumerables intrigas. ¿Hasta dónde las llevaba? Rodolfo no tenía interés en averiguarlo, por temor a verse obligado a romper con él. ¿Con quién podría hablar entonces con absoluta libertad?

Antes de partir hacia Galitzia, una prudente observación del archiduque despertó las sospechas de Rodolfo y lo puso en guardia. Hablaron de aquel viaje y de la estancia que el príncipe haría en Leópolis. Juan Salvador mencionó al jefe del Estado Mayor del XI Cuerpo de Ejército y añadió:

—Es uno de los nuestros. Tal vez podrías decirle unas palabras.

—¿Unas palabras sobre qué? —preguntó Rodolfo bruscamente.

—Oh..., unas palabras amables —respondió evasivamente el archiduque, comprendiendo que había ido demasiado lejos.

Rodolfo no insistió, pero aquel incidente, por insignificante que pareciera, le dejó un recuerdo desagradable.

Ya en el tren, la expresión «es uno de los nuestros» volvió a su memoria y adquirió un significado inquietante. En su imaginación exaltada, aquellas palabras se cargaron de un sentido siniestro. «Uno de los nuestros»... El archiduque no se habría expresado de otra manera si hubiera querido señalar a un conspirador. ¿Un conspirador? ¿Existía entonces una conspiración, un acuerdo secreto entre el archiduque y oficiales superiores en servicio activo? De pronto, Rodolfo tuvo una intuición de lo que se preparaba en las sombras. Desde luego, bajo su apariencia de hombre interesado únicamente en las ideas, su primo poseía un espíritu práctico; sabía que la fortuna debía ayudarse y que, llegado el momento, era indispensable tener la fuerza, la fuerza material, en las propias manos. Un motín, un golpe de Estado militar... Nada podía resultarle más odioso a Rodolfo, que era soldado y, sobre todo, leal. Hasta entonces había creído, con cierta ingenuidad, que era posible hablar de cualquier asunto sin peligro. Ahora comprendía que las palabras tienden inevitablemente a convertirse en hechos. Le indignaba pensar que él, príncipe heredero y mariscal del ejército, pudiera llegar a ser el jefe de unos amotinados. Las rebeliones militares eran propias de los rusos, aquellos asiáticos mansos, crueles y taimados. Su historia dinástica estaba llena de ellas. Pero él, un Habsburgo, ¡jamás! Se llenó de ira contra su primo, que pretendía arrastrarlo por un camino que conducía directamente al deshonor. Se prometió decirle, en cuanto regresara, todo lo que pensaba, aunque ello significara romper definitivamente con él.

Durante su breve estancia en Galitzia, su indignación fue en aumento. Sin embargo, por una extraña contradicción, se mostró sumamente amable con el jefe del Estado Mayor del XI Cuerpo de Ejército. Y, aun así, no dejaba de observarlo con inquietud.

«¿Es este el rostro de un traidor?», se preguntaba.

Regresó temprano a Viena, ya agotado. Entre la correspondencia que lo esperaba encontró varias cartas que lo irritaron. Decididamente, por todas partes tropezaba con obstáculos. La entrevista con su esposa tampoco tuvo nada de agradable. La princesa había adoptado, por el momento, la actitud de una víctima. Hablaba poco y suspiraba mucho.

«No hay nada natural en esa mujer —pensó Rodolfo—. Creo que casi la prefiero cuando se enfurece.»

Nada de aquello contribuía a calmar sus nervios.

Tuvo, sin embargo, un momento de relativa tranquilidad. El conde Hoyos fue a visitarlo. Era un hombre sencillo, sin demasiadas ideas, pero incapaz de participar en intrigas o maquinaciones. Rodolfo solía invitarlo con frecuencia a cazar. Aquella vez, el conde acudía para rogarle que asistiera a una cena que había organizado para esa misma noche en el Hotel Sacher.

—Estaremos solamente entre nosotros —dijo—. ¿Los hombres? Usted, Alteza, Felipe y yo. Pero he encontrado una gitana verdaderamente inigualable. Se llama Marinka; es completamente nueva en Viena, quizá un poco salvaje, pero cuando canta lo transporta a uno muy lejos.

—Mi querido amigo, no iré —respondió Rodolfo—. Estoy cansado. En Galitzia me hicieron beber más de lo debido. Al parecer, eso forma parte de mi oficio, y su tokay no era precisamente de los mejores. Tengo asuntos que atender durante todo el día. Me acostaré temprano.

El conde Hoyos comenzó a reír.

—Son resoluciones hermosas y prudentes, Alteza. Pero cuando haya pasado un día entero entre papeles polvorientos, cuando se haya visto obligado a enfurecerse diez veces contra esos ineptos del boulevard Stuben Ring[1], cuando haya tenido que asistir a una cena ceremonial en el Palacio, se alegrará mucho de venir a descansar en la tranquila atmósfera de un gabinete en el Sacher. Allí no habrá preocupaciones, nada oficial, excelente vino, dos o tres encantadoras criaturas agradables a la vista y, además, ¡Marinka! Me sorprendería mucho que no lograra conmoverlo.

—Ella cantará para usted. En cuanto a mí, intentaré dormir.

—En fin, si el sueño tarda en llegar, Alteza, ya sabe dónde encontrarnos.

Rodolfo tuvo un día fastidioso. En la cena estaba presente el archiduque Alberto, el vencedor de Custozza, cuya influencia seguía siendo todopoderosa en el Ministerio de Guerra. Aquel anciano habló mucho y de tal manera que terminó irritando a Rodolfo. Recordó entonces una frase de Juan Salvador:

«Con tu padre quizá se podría llegar a un entendimiento. Pero con el tío Alberto... él tiene todo el ejército en sus manos. ¡Habrá que derribarlo!»

Por la noche, finalmente, Rodolfo pudo escapar. Pasó un momento por su casa y luego, acompañado por Loschek, quien iba delante abriéndole el camino, salió solo por la pequeña puerta de hierro del patio de los Suizos. Un carruaje particular lo esperaba en la esquina de la Josephsplatz. Subió a él y dio una indicación al cochero, quien azotó a los caballos.

Pocos minutos después, Rodolfo descendía en una calle muy concurrida del centro de Viena. La abandonó enseguida para internarse en un callejón. En la planta baja de una casa sin apariencia alguna, empujó una puerta entreabierta, subió dos pisos por una escalera de servicio, llamó a una puerta sucia y fue introducido en un amplio apartamento cuyas diversas habitaciones estaban iluminadas. Al pasar frente a una habitación cuya puerta cerraron rápidamente, al príncipe le pareció que dos o tres personas intentaban ocultarse. Aquello le desagradó y llegó muy irritado a una estancia arreglada como despacho, donde su primo Juan Salvador lo esperaba.

Desde aquella frase del archiduque sobre el jefe del Estado Mayor en Leópolis, Rodolfo se había propuesto actuar con prudencia y valerse de la astucia para descubrir hasta qué punto se había comprometido Juan Salvador. Hizo, por tanto, un esfuerzo sobre sí mismo y la conversación entre ambos primos comenzó con calma.

Milli Stubel no estaba presente aquella noche. Rodolfo interpretó mal su ausencia. Sin duda, Juan Salvador deseaba hablar de política.

En aquel momento, el archiduque se encontraba en una posición bastante delicada. Había trabajado en secreto mucho más de lo que Rodolfo podía imaginar. Ahora debía dar satisfacción a los impacientes de su partido y convencerlos de que el príncipe imperial estaba de su lado. Por ello había decidido colocar a su primo frente a una responsabilidad que tendría que asumir. Pero sabía con qué precaución debía avanzar.

Rodolfo, por el momento, hablaba con simpatía de los oficiales de rangos inferiores, hombres de origen modesto, generalmente instruidos, conocedores de las grandes cuestiones políticas y sociales que dividían al imperio y, en conjunto, favorables a las ideas liberales.

—Ahí tenemos nuestro apoyo más firme, Gianni —dijo, utilizando el diminutivo con el que su amiga llamaba al archiduque.

Gianni se encogió de hombros.

—Se pondrán de nuestro lado cuando hayamos ganado la batalla, pero no podemos contar con ellos para librarla. Necesitamos tropas de choque.

Rodolfo lo interrumpió riendo:

—Has conservado el vocabulario de tu antiguo oficio, querido Gianni; todas tus metáforas son militares. Si alguien nos escuchara, realmente creería que estamos preparando un golpe de Estado.

Hubo un silencio algo pesado; aquella palabra tenía un gran peso. Con una rápida mirada, el príncipe imperial examinó a su primo. Pero este no estaba dispuesto a iniciar la lucha de improviso. Tenía su propio plan y desvió la conversación hacia otro asunto.

Rodolfo comenzaba a impacientarse; tenía la impresión de ser un juguete en las manos expertas de Gianni. Sin embargo, este último, después de ordenar que trajeran vino, hablaba de las dificultades que surgen cuando uno intenta dirigir un gran movimiento de ideas.

—Uno imagina, querido amigo, que puede controlar su desarrollo a voluntad. ¡Nada más lejos de la realidad! No se trata de un bloque homogéneo, sino de una mezcla de elementos diversos. Algunos son pasivos y hay que estimularlos; otros, los más avanzados, son demasiado activos y es necesario contenerlos. No es una tarea sencilla... Y hay más todavía: esas personas que se agrupan alrededor de uno, que depositan su confianza en uno, a quienes se les ha prometido algo... llega un momento en que hay que satisfacerlas o, al menos, tranquilizarlas mostrándoles que el objetivo que persiguen está próximo. De lo contrario, lo abandonan.

Habló largo rato en ese sentido, acercándose cada vez más al punto al que quería llegar. Rodolfo, que había comprendido su estrategia, no decía nada. Vaciaba su copa y lo escuchaba, lleno de una cólera interior que crecía lentamente a medida que comprendía hacia dónde quería conducirlo su primo.

Un incidente completamente inesperado trastornó los planes sutiles del archiduque.

Un ruido confuso, aunque bastante fuerte, se escuchó en el apartamento. Rodolfo se levantó de un salto y, por un gesto instintivo, llevó la mano derecha al bolsillo de su pantalón, donde llevaba su revólver.

—¿Qué es esto? —preguntó irritado.

El archiduque, haciéndole una señal para que no se moviera, ya corría hacia la puerta y desaparecía tras ella. Rodolfo mantuvo la mano sobre el revólver. El ruido continuó durante unos instantes, con algún que otro sonido más elevado, y luego cesó. Pasaron algunos minutos.

El archiduque regresó a la habitación, donde Rodolfo lo esperaba. Su rostro, habitualmente pálido, estaba sonrojado; sus ojos brillaban con mayor intensidad. Sonreía.

Pero esta vez el príncipe no intentó contenerse. La ira había crecido en él durante la espera, y el tono con el que habló ya no tenía nada de amistoso.

—¿Qué está ocurriendo? Hay gente aquí, ¡y eres tú quien la ha convocado!

El tono áspero era el de un superior que exige explicaciones. Juan Salvador no se equivocó sobre la gravedad de aquel momento. Decidió enfrentarlo, pero con la flexibilidad propia de su carácter, y respondió con una voz casi burlona:

—¡Los elementos avanzados!... Te dije que era difícil hacerlos esperar.

—¿Qué pretendes entonces? —gritó Rodolfo—. Esa gente que tienes aquí, ¿qué les has prometido?...

Sin dejarlo continuar, Gianni, al ver una oportunidad favorable, lo interrumpió y dijo, con una nota de ironía en la voz:

—Solo verte. Nada más. No tendrás que pronunciar ni una palabra que pueda comprometer tu preciosa reputación. Algunas frases sin importancia, eso es todo: «Señores, me alegra saludarlos. Usted y yo trabajamos por el mismo ideal». ¿Eh? La palabra ideal te gusta; pertenece a tu propio vocabulario. A nadie pueden colgarlo por hablar de ideales. Solo en la Hofburg, donde son muy astutos, esa palabra tiene algo de sospechoso. Pero, en definitiva, puedes permitirte usarla. No te pido más. Y si incluso eso es demasiado, simplemente déjate ver.

Aquel tono, en lugar de calmar a Rodolfo, lo irritó aún más.

—Veo tu juego, maestro de la astucia —dijo—. Dios sabe qué has tramado a mis espaldas y qué has prometido en mi nombre. Estás preparando un golpe. Has asegurado a tus cómplices que, llegado el día, yo estaré a la cabeza de ustedes; que marchan conmigo y por mí... ¿Hasta dónde has llegado? No lo sé, y vas a decírmelo. Mientras tanto, necesitas demostrar a tus «elementos avanzados» que no estás solo, que no has hablado en vano, que yo estoy aquí para cubrirte. Y pensaste que podías utilizarme como una marioneta, empujándome al escenario sin preguntarme si deseaba aparecer en él. Pues bien, te has equivocado: no me tienes bajo tu control...

Caminaba de un lado a otro, con el rostro contraído por la ira. Durante un instante guardó silencio. Pero el archiduque no respondió. Había decidido no enfadarse y consideraba más prudente dejar que Rodolfo agotara su furor.

—¿Qué has imaginado? —continuó Rodolfo—. ¿Provocar sediciones, levantar a los húngaros, a los checos o a los croatas, fomentar motines en el ejército, perturbar el imperio y llevarlo a la ruina? ¿Y has contado conmigo para eso? Vamos, esta vez tendrás que responder, y con claridad —dijo mientras golpeaba el escritorio con el puño con tanta violencia que la botella de vino cayó derramada.

El archiduque respondió con la mayor calma:

—A decir verdad, sabes bien lo que vale la paz interior de la que disfrutamos, y no me costaría mucho llevar al imperio al borde del abismo. Ya se encuentra allí. En ese punto piensas como yo cuando estás sereno. Entonces, ¿por qué enfadarte? Amo a mi país; me aterra ver hasta dónde lo ha llevado un gobierno incapaz. Nos encaminamos hacia grandes desastres. Tú compartes mi opinión sobre todo esto. ¿Qué es entonces lo que nos separa? Yo digo: «Si queremos salvar al imperio y a la corona, debemos actuar y hacerlo sin demora. Mañana será demasiado tarde. Se levantará un ciclón tan violento que todos pereceremos en la tormenta». Y tú, en cambio, aunque estás convencido como yo de que la situación actual es funesta y no puede prolongarse, dices: «Hablemos del futuro, sigamos hablando de él, hablemos de él eternamente». Pero, Rodolfo, ya no es tiempo de palabras, ¿no lo comprendes? Eso resulta demasiado sencillo, demasiado cómodo. ¿Esperar qué? ¿La desaparición de tu padre? Tal como está constituido, puede durar veinte años. ¿Quieres esperar veinte años mientras los pueblos de la doble monarquía tienen los ojos puestos en ti y esperan de ti su salvación? ¡Pues vaya paciencia la tuya! Quieres convertirte también tú en un anciano que ya no se apasiona por nada, en quien todo ideal ha muerto. Yo, por mi parte, no acepto ese suicidio.

Rodolfo permanecía inmóvil. Todo cuanto el archiduque le decía, él mismo se lo había repetido cien veces. Pero, para él, no eran más que palabras. Y ahora aquellas palabras se convertían en realidades concretas. Había desconocidos llevados por su primo a aquel apartamento. Ya no pensaba en otra cosa. La cólera rugía dentro de él.

«¿Cómo se atreven a tratarme así?», se repetía sin cesar.

—¿Quién está ahí? —repitió con firmeza—. En este momento no me interesan tus ideas. Quiero saber quién está ahí.

El archiduque se encogió de hombros.

—¿De verdad insistes en saberlo? Son oficiales. Creo que conoces a algunos de ellos. Si lo deseas, puedo hacerlos pasar a esta habitación uno por uno. Podrán conversar.

—¡No quiero verlos! —gritó el príncipe, exasperado—. Quiero saber sus nombres.

Esta vez el archiduque cambió de actitud. Respondió con una frialdad marcada:

—Y precisamente eso es lo que no te diré.

Rodolfo comprendió el pensamiento oculto de su primo. Se acercó a él con aire amenazante.

—¡Te atreves a...!

Juan Salvador no se movió.

—Creo que estás perdiendo la razón —dijo—. Regresa a tu casa. El aire de la Hofburg es el que te conviene. Aquí no tienes nada que hacer.

El príncipe palideció. Levantó el brazo. ¿Iba a golpear a su primo?... Se contuvo, dio algunos pasos y se dejó caer en un sillón.

Hubo un silencio. Rodolfo mantenía la mirada baja. Veía, como en una pesadilla, un profundo abismo; caía en él y poco a poco se hundía en un fango que lo asfixiaba...

La escena cambió ante sus ojos cerrados... Un despacho que conocía muy bien en la Burg y, allí, un oficial con un revólver en la mano; un oficial que se parecía a él como un hermano... Un ruido confuso y fuerte llegaba desde las habitaciones vecinas y los corredores. De vez en cuando se escuchaban gritos de:

«¡Viva Rodolfo, emperador!»

Y aquel oficial, inclinándose sobre un anciano pálido, le tendía una hoja de papel y decía:

«¡Firme!»

Rodolfo se estremeció; la visión era tan clara que parecía real.

—¡Imposible! —gritó.

El sonido de su propia voz lo hizo sobresaltarse. Se incorporó y abrió los ojos. Apoyado sobre el escritorio, con la cabeza entre las manos, el archiduque Juan Salvador permanecía inmóvil. Rodolfo se levantó, se acercó a él, dudó un instante y luego, con suavidad, colocó una mano sobre el hombro del hombre abatido. Juan Salvador lo miró y Rodolfo vio que tenía los ojos llenos de lágrimas. Le costó contener la emoción que lo invadió y, con voz insegura, dijo a su primo:

—Tienes razón, Gianni, no valgo nada.

Y añadió en voz tan baja que el archiduque apenas pudo escucharlo:

—Te pido perdón.

Lo tomó entre sus brazos.

—Si es así, me marcharé —murmuró aquel—. Me liberas.

—Será lo mejor —dijo Rodolfo—. Te envidio...

Un minuto más tarde, encontraba en la esquina de una calle cercana el carruaje que lo había llevado hasta allí.

—Al Sacher —ordenó al cochero—, y deprisa.









IV EFEMÉRIDES DE OCTUBRE


En el Sacher

Atravesó con paso rápido el corredor que conducía a los salones privados del Sacher. Un maître d’hôtel apenas tuvo tiempo de apartarse ante él. Una puerta se abrió. Lo envolvió una atmósfera en la que se mezclaban el perfume de las mujeres, el aroma de las flores y el de los vinos. Los invitados, sentados sobre divanes, se pusieron de pie.

—Lo estábamos esperando, Alteza, y no hemos comenzado todavía —dijo la voz alegre y fuerte del conde Hoyos—. Creo que conoce usted a estas hermosas personas —añadió, señalando a dos jóvenes encantadoras que ya se habían hecho un nombre en un teatro de opereta—. Y aquí está Marinka.

Señalaba a una joven delicada, de tez cobriza, ojos alargados y cabellos negros y brillantes, pegados sobre una cabeza muy pequeña, que permanecía algo apartada del grupo.

—Viene del sur de Rusia —continuó—, pero se detuvo en nuestra Bucovina y habla un alemán bastante correcto.

Rodolfo observó a la gitana, que le pareció insignificante. Le hizo un gesto amistoso y tendió la mano a un hombre de mediana edad, de rostro curtido por la vida al aire libre y cuyas sienes ya comenzaban a encanecer. Era su primo y compañero habitual de diversiones y cacerías, el príncipe Felipe de Coburgo.

—Y ahora, amigos míos —dijo—, cenemos. Por fin ha llegado la hora de las cosas serias. Hay que beber. Tráigame vodka, Hoyos, en honor de Marinka.

De un solo trago vació su copa y luego hizo que se la llenaran nuevamente.



....................



A altas horas de la noche, la gitana cantó. A petición suya, habían apagado la mitad de las velas que iluminaban el salón. Había entrado un hombre pálido, de ojos almendrados y con la chaqueta ajustada al cuerpo; llevaba una guitarra. Apoyada contra la pared, con la cabeza echada hacia atrás y la mirada perdida en la distancia, ella parecía ausente. La amplitud de su voz sorprendía. Tenía una manera de interpretar que hacía conmovedoras y nuevas incluso las melodías más gastadas, un sentido del ritmo que le pertenecía únicamente a ella. También cantaba canciones gitanas y rusas, impregnadas de una melancolía profunda, en las que incluso la alegría tenía un matiz trágico.

Nada podía estar más cerca del alma enferma de Rodolfo aquella noche. Un dolor profundo, imposible de calmar, le desgarraba el corazón. ¿Cómo podría seguir viviendo después de aquella escena con Gianni? Lloraba por felicidades apenas vislumbradas y perdidas antes de poder alcanzarlas... Sin embargo, la voz de Marinka le ofrecía el remedio supremo: el olvido.

«Un narcótico llegado desde las profundidades de la India», pensó.

No soportaba que ella dejara de cantar. Cuando finalmente calló, él la atrajo hacia sí y tomó su mano. Permanecieron así durante largo tiempo, sin hablar. De pronto, ella se inclinó sobre el príncipe, rozó con los labios su frente y dijo solamente:

—¡Pobre!

—¿Qué significa eso? —preguntó Rodolfo.

Ella no respondió. Nadie comprendía aquella palabra.

—Es ruso —dijo Hoyos—. De ese idioma solo conozco «nitchevo», y ni siquiera estoy muy seguro de lo que significa.



__________



Una mujer pasa.

Aquella mañana, hacia las nueve, mientras Loschek se encontraba arreglando diversos objetos en el salón contiguo al pequeño dormitorio del príncipe, recibió una inesperada sorpresa.

La puerta se abrió y vio aparecer a la emperatriz. Estaba sola, vestida de negro y con un pequeño abanico en la mano. Nunca llegaba hasta las habitaciones de su hijo. Además, no iba acompañada, algo extraordinario en ella. Que hubiera atravesado así, sin ningún sirviente ni dama de honor, todos los aposentos que separaban los suyos de los de Rodolfo, era algo capaz de dejar estupefacto a un viejo servidor que llevaba más de treinta años en la Hofburg.

Con el paso ligero y rápido que había conservado a pesar de haber superado ya los cincuenta años, avanzó hacia Loschek, quien multiplicaba sus reverencias.

—Mi hijo no está aquí —dijo ella.

—Su Alteza se encuentra atendiendo audiencias en el salón de recepción —respondió Loschek—. Si Su Majestad lo desea, iré a avisar al príncipe.

—No —dijo la emperatriz—. No quiero molestarlo. He venido a verte a ti, Loschek.

El anciano la miró desconcertado. Aquello superaba todo lo que podía comprender.

La emperatriz continuó:

—¿Cómo está él, Loschek? Has vivido siempre a su lado; lo conoces tan bien como yo. Desde hace algún tiempo no tiene buen aspecto. ¿Un poco de gripe, quizá? ¿Demasiado trabajo?

—Eso es, Majestad —dijo Loschek—. Eso es todo y nada más. El príncipe está cansado... eso es todo. No hay que buscar otra causa. Duerme mal; tiene un sueño agitado. Cuando entro por la mañana en su habitación, me doy cuenta enseguida. A veces gime mientras duerme... Da pena escucharlo... También me cuesta despertarlo. Pero las órdenes son las órdenes. No me perdonaría que no cumpliera con mi deber. Es cierto que se acuesta demasiado tarde... Pero así es la vida que lleva.

Calló.

La emperatriz había escuchado sin moverse, con el rostro medio oculto detrás de su abanico, la larga explicación del viejo servidor. Pero cuando él añadió:

—Le conmoverá mucho saber que Su Majestad se ha tomado la molestia de venir hasta aquí...

La emperatriz lo interrumpió.

—No le dirás nada, Loschek; te lo prohíbo. Quizá vuelva alguno de estos días.

Dio unos pasos y examinó la habitación en la que se encontraba. Sus ojos se detuvieron sobre el escritorio. En el centro, detrás del tintero, una calavera de aspecto macabro mostraba una mueca burlona. Ella se encogió de hombros. Se acercó aún más, observó la calavera con mayor atención y luego, lentamente, como con pesar, apartó la mirada.

Junto al escritorio había un revólver colocado. Señalándolo a Loschek, dijo:

—¡Dejas eso ahí! ¡Está mal! ¡Está muy mal!

Después de aquellas palabras, salió con tanta rapidez que Loschek no tuvo tiempo de correr a abrirle la puerta. Desapareció, dejando tras de sí un aroma de heliotropo. El anciano, solo y con las piernas debilitadas por la emoción, cayó más que sentarse sobre una silla. Necesitaba tranquilidad para comprender el significado de la escena que acababa de desarrollarse ante él.



___________





En el Prater

El tiempo durante la segunda mitad de octubre fue magnífico aquel año en Viena. En las avenidas del Prater, bajo los árboles cuyas hojas apenas comenzaban a amarillear, carruajes y jinetes se daban cita para disfrutar de los últimos días hermosos de la temporada. Allí se reunían personas de la alta sociedad, hombres de negocios y actrices de moda. Se veía pasar en una elegante victoria a una mujer delgada, de rasgos gitanos y aspecto altivo, que no miraba a su alrededor. Muy pocos la conocían. Solo los iniciados se susurraban al oído que venía de Rusia, que se llamaba Marinka y que agradaba mucho al príncipe imperial.

Casi todas las tardes, el landó de la baronesa Vetsera recorría la avenida principal. Nadie repartía más saludos durante su paseo que aquella mujer amable y sociable. Marie siempre la acompañaba, y a veces también su hija mayor.

Pero aquel por quien Marie acudía al Prater ya no aparecía allí. Estaba de cacería, en Praga, en Budapest o en Graz, quizá en Viena, pero no en el Prater. Desde hacía unas dos semanas no frecuentaba los teatros imperiales, cuyas funciones Marie seguía cuando el príncipe se encontraba en la Burg. Solo lo había visto una vez, una única vez, desde aquella célebre conversación con la condesa Larisch. En aquel momento una alegría tan intensa se había apoderado de ella que parecía destinada a llenar toda su vida. ¡Ay!, pasó una semana sin que Marie volviera a ver al príncipe y cayó nuevamente en una profunda desolación.

¿De qué le servía vivir en la casa más alegre y luminosa de Viena si allí se sentía desesperada? Nada la conmovía, nada podía distraerla. Sus oídos solo parecían abrirse cuando alguien pronunciaba el nombre del príncipe. Pero observó que con frecuencia las personas bajaban la voz cuando ella estaba en el salón y hablaban del príncipe imperial.

Al principio se inquietó. ¿Sospechaba alguien los sentimientos que ella tenía por él? No, era imposible. La condesa Larisch-Wallersee era una amiga tan segura que no podía dudar de su discreción. Había que buscar otra causa para aquel misterio. ¿Qué había en la vida actual de Rodolfo que debía ocultarse con tanto cuidado? Por desgracia, la condesa Larisch acababa de marcharse a sus tierras y Marie no se atrevía a interrogarla sobre ese asunto. Si la señora Vetsera hubiera visto una carta escrita por su amiga, simplemente la habría abierto.

Así, todo era inquietud y preocupación para la pobre Marie. Amaba, pero sin esperanza. Sin embargo, no podía ni quería apartarse de su amor.

Aquel día acudió al Prater con un poco de esperanza. El príncipe imperial llevaba dos días en Viena y no había salido a montar a caballo. Hacía casi tres semanas que no se encontraban. ¿Ya no tendría deseos de verla? Ante esa pregunta, Marie sonreía con melancolía. ¿Cómo imaginar que aquel príncipe tan hermoso, amado por tantas mujeres, todavía pudiera recordarla?

El sol comenzaba a descender. El landó de los Vetsera, después de una hora de paseo por el parque, iba a regresar. Rodolfo no aparecería. Marie se sentía completamente helada. Su madre, al verla pálida, le preguntó si no tenía frío.

Marie, deseando prolongar un poco más el paseo, respondió que, en efecto, tenía frío y pidió permiso para caminar unos momentos rápidamente con su hermana.

La baronesa Vetsera accedió gustosa, aunque ella misma no abandonó el landó. Detestaba caminar.

Marie y Hanna tomaron, entre los árboles, el sendero que bordeaba la avenida por la que avanzaba el carruaje delante de ellas.

Cuando llegaron a un lugar donde el sendero se separaba ligeramente del borde del camino, vieron de pronto ante ellas un caballo detenido. Su jinete, un oficial, se inclinaba para hablar con una dama a la que las jóvenes apenas pudieron distinguir. El jinete les daba la espalda. Sin embargo, a medida que se acercaban, el corazón de Marie comenzó a latir con mayor fuerza.

Cuando llegaron a la altura del caballo, se vieron obligadas a desviarse unos pasos para rodearlo. En ese instante, el oficial se enderezó y Marie reconoció a Rodolfo.

Es fácil imaginar su confusión. Primero bajó la mirada, pero inmediatamente después volvió a levantarla. Rodolfo la observaba; estaba a pocos pasos de ella. Nunca había estado tan cerca de él.

En una sola mirada, también comprendió que la mujer con quien hablaba era aquella criatura bastante extraña que había visto en una victoria del Prater.

Dominada por una oleada de sentimientos que no podía analizar, y temiendo sobre todo parecer indiscreta, se apartó. ¿Cómo encontró fuerzas para continuar su camino y responder a las preguntas de su hermana, cuya curiosidad había despertado vivamente aquel encuentro tan sorprendente?

No habían recorrido ni cincuenta pasos cuando el rápido trote de un caballo por la avenida las sorprendió. El príncipe heredero pasaba junto a ellas, ligeramente vuelto hacia su lado. Marie creyó ver que, de la manera más discreta, se inclinaba hacia ella.























V UNA CARTA



Algunos días después de aquel incidente, Rodolfo regresó a la Hofburg a altas horas de la noche. En lugar de acostarse, encendió un cigarrillo, se dejó caer en un sillón y permaneció allí, entregado a pensamientos amargos que giraban una y otra vez en su interior.

El narcótico llegado desde las profundidades de la India había perdido su fuerza... Había que encontrar otra cosa. ¿A quién recurrir?... ¿Quedaba todavía algún bálsamo en Judea?...

Bajo la luz de la lámpara, la calavera pulida brillaba y atraía su mirada. Dejó que su mente vagara alrededor de la idea de la muerte, que jugara un instante con ella, que se apartara después y volviera nuevamente.

Desde hacía mucho tiempo, la muerte ya no despertaba en él ningún sentimiento de terror.

«Una paz segura... Pero esa es la solución definitiva. Antes de aceptarla, hay que intentar todas las demás.»

Entonces apareció ante él la imagen de Juan Salvador y la de la encantadora Milli Stubel: ¡personas felices, al fin!

Fue entonces cuando un pensamiento nuevo se presentó ante él y lo fascinó. De pronto tomó una decisión. Sin vacilar, se dirigió a su escritorio, escribió una carta breve y, después de ponerle la dirección, llamó a Loschek.

—Procura que esta carta sea entregada mañana por la mañana, antes de las nueve, por medio de un mensajero público.

Loschek tomó la carta, hizo una reverencia y salió.

El príncipe se acostó.

«¿Llegará a sus propias manos? He cometido una locura. Debí haber esperado...»

Pero sabía, oscuramente, que no podía esperar y que aquel impulso irreflexivo que lo había llevado a escribir esa carta era precisamente uno de esos movimientos del alma a los que no se puede resistir.



____________



Marie Vetsera había pasado horas dolorosas después de su último paseo por el Prater. Sin duda había vuelto a ver al príncipe, pero ¡en qué circunstancias! Él estaba completamente ocupado con una mujer por la que no temía comprometerse públicamente. Una vez más, aquella hermosa Marie que toda Viena admiraba sintió su propia insignificancia.

Con la modestia que le era natural y que la hacía tan encantadora, tendía a menospreciarse y a exaltar los méritos de su «rival». A sus ojos, aquella mujer se convertía en una belleza sin defectos (¿acaso no había sido distinguida por el príncipe?).

Como era de esperarse, aquel encuentro con Marinka fue conocido rápidamente por todos. Marie había suplicado inútilmente a su hermana que no lo divulgara. Pero ¿cómo habría podido Hanna privarse del placer de contar una historia tan interesante a los habituales del salón de los Vetsera? Le siguieron mil comentarios.

Así fue como Marie supo que Rodolfo estaba locamente enamorado de la hermosa gitana, que la veía constantemente (¡incluso en el Prater!). ¿Qué cosas no se añadían? Se decía que la situación había llegado tan lejos que la princesa imperial pensaba en abandonar a su esposo infiel y regresar a Bélgica.

Esta noticia, por sí misma, no habría tenido nada de desagradable para Marie. Pero ¿por qué era necesario que la ocasión de aquella ruptura tuviera que resultarle tan dolorosa? También se afirmaba —aunque, ¿quién podía saberlo?— que el propio emperador había intervenido.

Tal era la atmósfera de rumores en la que Marie vivía sumergida. Era un veneno para ella. La condesa Larisch continuaba en el campo, lejos de Viena. ¿Dónde encontrar apoyo? ¿Dónde hallar consuelo? Marie no sabía hacer otra cosa que llorar junto a su nodriza, impotente y aterrada.

Una mañana —era el lunes 29 de octubre— Marie todavía estaba en la cama cuando la niñera le llevó el desayuno. Desde hacía algunos días, cansada, Marie se levantaba un poco más tarde. La nodriza le mostró un sobre colocado sobre la bandeja y le dijo:

—Hay una carta para ti, Marie. Yo estaba sola abajo cuando llegó un mensajero. Me la entregó sin dificultad. Aquí está.

Marie miró la carta con asombro. Su correspondencia, al igual que la de toda la casa, pasaba primero por las manos de su madre. El sobre, de hermoso papel grueso, llevaba efectivamente la inscripción: «La baronesa Marie Vetsera»[3]. Venía de Viena. Pero ¿quién podía enviarle una carta mediante un mensajero? Nunca había recibido ninguna de esa manera.

Rasgó el sobre y desplegó la carta. En el encabezado aparecía: La Hofburg, y debajo, las armas imperiales. Marie no podía creer lo que veían sus ojos.

La carta decía así:

Querida señorita Vetsera:

¿Tendría usted la bondad de concederme el placer de dar un pequeño paseo conmigo por el Prater mañana martes? Nos encontraríamos donde tuve la dicha de verla el otro día, alrededor de las cuatro de la tarde, y nos dirigiríamos rápidamente hacia una zona del bosque más solitaria.

Mi petición quizá le parezca extraña. No vea en ella más que el profundo deseo de un hombre que desde hace mucho tiempo la admira desde lejos y que desea por fin conocerla.

Suyo,

Rodolfo.

Marie tuvo que leer aquella carta dos veces para comprender su significado, aunque era tan claro. Después, con un movimiento rápido, la escondió bajo la almohada. Su madre o su hermana podían entrar en cualquier momento. ¿Qué habrían dicho?

Con la cabeza apoyada en la almohada, tan cerca de aquellas palabras escritas por el ser amado, y con los ojos muy abiertos, intentaba reflexionar. Pero el desorden de sus pensamientos era tan grande que no podía conseguirlo.

Se repetía una y otra vez:

«¡Me ha escrito, me ha escrito!... El príncipe imperial ha escrito a la baronesa Marie Vetsera... Rodolfo le ha escrito a Marie... ¡Entonces no me ha olvidado! Piensa en mí, desea verme... Ah, desea verme... Me da una cita, quiere pasear conmigo, decirme palabras tiernas, seguramente. ¡Moriré de felicidad!... En el Prater, los dos solos en el Prater. Después de las cuatro comienza a oscurecer... ¿Me ama realmente? Solo soy una distracción para él. Es natural. No importa, yo lo amo, lo veré, hablaré con él, lo tocaré...»

Luego se calmaba un poco.

«Que esta carta haya llegado hasta mí es un milagro —pensaba—. Todo lo que recibo pasa primero por mamá, y precisamente esta carta... Dios nos protege.»

Mientras soñaba así, la nodriza volvió para recoger la bandeja del desayuno.

—Pero, ¿qué haces ahí, hija mía? —dijo.

Marie la miró.

—¿Desayunar? Eso ya no importa. Tengo que levantarme; ya no puedo seguir en la cama.

Hacía seis meses que la nodriza no la veía tan alegre, y su corazón se llenó de felicidad.

—Veo que has recibido una buena carta —dijo mientras retiraba la bandeja.

Marie aprovechó que la cabeza de su buena nodriza estaba muy cerca de la suya para susurrarle al oído:

—¡Me ha escrito!

La anciana estuvo a punto de dejar caer la bandeja sobre la cama. Al sujetarla como pudo, dijo negando con la cabeza:

—¡Así que ahora ya se escriben ustedes!

Marie ya revoloteaba por toda la habitación.

Poco después, Marie volvió en sí y se encontró ante un pequeño detalle muy sencillo que había olvidado considerar.

«Pero no puedo ir al Prater —se dijo—, nunca he salido sola.»

Su rostro adoptó una expresión de tristeza. ¡No había nada que hacer! No tenía ningún medio de salir de la casa por sí misma, aunque solo fuera durante una hora.

Pero entonces no lo vería, no hablaría con él, no caminaría a su lado, ¡con su brazo apoyado en el suyo!

Solo había una persona en el mundo que habría podido ayudarla en semejante circunstancia: su querida condesa Larisch. Con ella todo habría sido fácil. La señora Vetsera le habría confiado a su hija sin dificultad. Ambas habrían salido juntas, y entonces, y entonces...

Pero estaba soñando. La condesa se encontraba en el campo...

Así, en unos cuantos minutos, Marie pasó de un exceso de felicidad al colmo de la desgracia.

En medio de aquella agitación, terminaron por abrirse paso pensamientos claros y prácticos. Era necesario escribirle al príncipe para que no la esperara inútilmente al día siguiente. También debía escribir, sin perder un instante, a la condesa Larisch-Wallersee, para suplicarle que regresara inmediatamente a Viena.

Con ella presente, ¡cuántas alegrías serían posibles! La certeza de volver a ver pronto a Rodolfo la ayudó a soportar la terrible decepción de no encontrarse con él al día siguiente.

Tomó papel. Sin vacilar, escribió al príncipe la siguiente carta:

Monseñor:

¡Cuán feliz habría sido al verlo mañana en el Prater! Desgraciadamente, debo renunciar a esa gran alegría, pues no puedo salir sola. Esto me causa una gran pena...

¡Ah!, ¡si la condesa Larisch estuviera aquí! Ella no habría rechazado acompañarme. Le escribo ahora mismo para pedirle que regrese a Viena.

Tenga la bondad de creer, Monseñor, que lamento mucho este contratiempo.

No supo cómo terminar su carta y simplemente escribió: «Marie».

Cuando volvió a leerla, la encontró fría y torpe. Pero cuanto más reflexionaba, más comprendía la dificultad de escribir otra que la dejara satisfecha. Finalmente, deslizó aquella carta en un sobre, en el que escribió con un placer indescriptible la dirección del príncipe imperial en la Hofburg, tal como él mismo la había indicado en una posdata para que la carta llegara a sus propias manos.

La carta a la condesa fue menos breve. No era más que un grito de alegría repetido durante cuatro páginas, con variaciones, interrumpido por súplicas insistentes para que regresara a Viena sin esperar ni un solo día más.

Una vez terminada, pensó que aquella carta no llegaría a manos de la condesa, en Pardubitz, sino hasta el día siguiente, y decidió enviarle un telegrama. La anciana nodriza recibió el encargo de dirigirse inmediatamente a la oficina de correos.





















VI 3 DE NOVIEMBRE DE 1888



La condesa Larisch llegó a Viena cuarenta y ocho horas después de haber recibido la carta de su joven amiga. Al día siguiente había recibido otra, muy apremiante, del príncipe imperial. Deseaba complacer a su primo, por lo que decidió partir de inmediato y llegó a la capital el día de Todos los Santos.

Como de costumbre, se hospedó en el Gran Hotel. Allí encontró una nota de Rodolfo, quien se encontraba de cacería durante el día, en la que le pedía que pasara a verlo al día siguiente alrededor del mediodía.

Sonrió al encontrar una segunda carta de Marie en el hotel. La esperaban en la Salesianergasse, donde Marie pensaba estar sola aquella misma mañana después de la misa de las once. La condesa se dirigió allí a pie.

Marie ya no podía permanecer quieta. La certeza de ver por fin al hombre que había llenado su alma durante seis meses estaba presente ante ella a cada instante. No se preguntaba cómo sería su conversación. Lo vería, escucharía su voz, tocaría su mano.

¿Qué podía imaginar más allá de aquella felicidad suprema?

Se arrojó al cuello de la condesa y comenzó a hablar sin dejarle siquiera pronunciar una palabra. ¿Qué podía decir cuando supo que Rodolfo también había escrito y que había citado a su prima para el día siguiente al mediodía?

—¿Me acompañará usted? —se atrevió a preguntar.

La condesa soltó una carcajada.

—No lo piensa en serio, Marie, ¿usted en la Hofburg? Sería demasiado peligroso. Quizá en algún sendero apartado del Prater. ¡Y aun así!

Cuando abandonó a Marie, quedó entendido que intentaría conseguir una cita alrededor del mediodía, pues la señora Vetsera confiaría más fácilmente a su hija a esa hora.

Al día siguiente, la condesa solo vio a su primo entre una puerta y otra. Él le agradeció que se hubiera tomado la molestia de acudir hasta allí por él. Hablaba con ese tono irónico que empleaba con frecuencia con ella.

—El campo no le sienta bien, Marie; usted es una mujer de ciudad. Admita que yo la rescato del aburrimiento. A mí, en cambio, la ciudad no me conviene. Pero estoy obligado a vivir aquí... Nada más agotador.

Se estiró, encendió un cigarrillo y continuó:

—Me gustaría conocer a su pequeña amiga. Me crucé con ella el otro día en el Prater. Me pareció muy hermosa, ¡y tan joven! Una verdadera rareza... Quiero verla más de cerca. Vale la pena... Usted me la traerá aquí, Marie.

La condesa comenzó a reír.

—¿Aquí, sencillamente, una joven? No lo estará pensando, querido primo. El riesgo de que nos vean es demasiado grande.

Rodolfo observó para sí que ella solo hablaba de los riesgos de un encuentro. Comprendió que tenía la partida ganada y que bastaba con tranquilizar a su prima.

—¿Prefiere entonces que sea en su apartamento del Gran Hotel? ¡Eso sería como escoger un lugar público en pleno mediodía! La Hofburg, cuando uno sabe utilizarla, es el lugar más discreto de Viena. Allí solo me verá a mí. Vengan las dos mañana por la mañana. Nada más sencillo.

Bratfisch las esperará un poco antes del mediodía en la calle detrás del Gran Hotel; las dejará en la entrada de la Josephsplatz, pasarán bajo la bóveda y, a dos pasos, encontrarán a la derecha una pequeña puerta de hierro que estará entreabierta. La empujarán y encontrarán a Loschek, quien las conducirá hasta aquí por un camino seguro.

La condesa creyó necesario protestar una vez más. Rodolfo la detuvo.

—No se haga de rogar, Marie. Sé que usted es la más amable de las mujeres y que estará feliz de hacerme este favor.

El tono no era ni de súplica ni de orden. A ella no le quedó más remedio que conformarse.



__________



La condesa regresó aquella misma noche a casa de la señora Vetsera y le pidió que le confiara a su hija Marie para hacer unas compras al día siguiente. Resultaba que Marie ya había concertado, desde el día anterior, una cita con un fotógrafo para la mañana del sábado. Se había dado cuenta de que no tenía un buen retrato que pudiera entregar a Rodolfo.

La baronesa Vetsera, mujer corpulenta y de baja estatura, recibió con agrado la idea de no tener que subir los cuatro pisos del estudio.

—Es usted muy amable —le dijo a la condesa— por evitarme ese fastidio. Procure que Marie no adopte un aire demasiado ingenuo delante del objetivo. Hágala reír. Y, sobre todo, no la deje sola ni un minuto; es lo más valioso que tengo.

El sábado por la mañana, la condesa ya estaba en la Salezianergasse antes de las diez y media. Marie resplandecía de frescura y belleza. La condesa se lo elogió delante de la señora Vetsera, quien contemplaba a su hija con orgullo.

En el carruaje, Marie habló poco. En el estudio del fotógrafo, la sesión fue larga: tres poses diferentes; una con sombrero de fieltro verde y chaqueta de piel, otra con escote descubierto y una tercera con el cabello suelto.

—¡Qué agotador es esto! —decía a la señora Larisch—. Me encontrará fea...

En otros momentos, se alegraba ante la idea de poder entregarle pronto una fotografía.

—Hágame muy hermosa —decía al fotógrafo.

Y añadía riendo:

—Pero es necesario que pueda reconocerme.

Miraba su reloj a cada instante; no se podía hacer esperar al príncipe imperial.

Finalmente, llegaron al hotel un poco antes del mediodía. Salieron de allí sin despertar la atención por la entrada de servicio. Bratfisch las esperaba, bien instalado en el asiento de su carruaje. En el fondo del oscuro landó, aunque tenían pocas probabilidades de ser vistas, ocultaban sus rostros tras sus boas.

En menos de cinco minutos, Bratfisch las dejó en la entrada indicada de la Hofburg. Veinte pasos más adelante, a la derecha, una pequeña puerta de hierro estaba entreabierta. La empujaron. En el vestíbulo, Loschek las recibió. Lo siguieron por estrechos corredores, subieron escaleras y atravesaron salones desiertos.

«Es un palacio abandonado —pensaba Marie—, el palacio del príncipe encantado.»

Su confianza en Rodolfo era tan grande que ni por un instante temió encontrarse con alguien desagradable. Si él había indicado aquel camino, aquel camino era seguro.

Finalmente llegaron a una puerta que Loschek abrió. Se encontraban en un salón de recepción amueblado con el estilo frío y solemne de los salones de la Hofburg.

Desde una habitación cercana llegó una voz, su voz, diciendo:

—Unos pasos más, señoras, estoy aquí.

Y de pronto Marie se encontró frente al príncipe, que le tendía la mano. Ella lo saludó con una hermosa reverencia.

La condesa comenzó a reír.

—No se habría inclinado más profundamente ni ante la emperatriz, Marie.

Pero el príncipe, sin ocuparse de su prima, llevó a Marie hacia un sillón junto al sofá.

—Siéntese aquí, señorita —dijo—. Es usted tan joven que puede soportar la luz directa. Hace ya bastante tiempo que la admiro desde lejos; permítame hoy contemplarla de cerca.

Cada palabra llegaba a Marie como una caricia. Se atrevió a mirar al príncipe a los ojos. Le parecieron dulcemente burlones.

Comenzó una conversación entre los tres. Para gran sorpresa suya, Marie no sentía ninguna incomodidad. En realidad, durante seis meses había vivido en una especie de conversación íntima con el príncipe; le había confiado mil secretos, y él había sido el único admitido en su mundo interior. Ahora que se encontraba frente a él, el diálogo continuaba. Incluso la presencia de la condesa no era un obstáculo. ¿Acaso no le había hablado muchas veces de Rodolfo?

Sin embargo, había algo que no había imaginado y que la turbaba. Eran los ojos del príncipe, que con tanta frecuencia se posaban sobre ella. Sentía aquella mirada que no la abandonaba, que recorría su persona. Ahora estaba sobre su frente, luego sobre su mejilla, después sobre sus labios, descendía hasta su pecho. Y siempre era como un contacto real, semejante a una quemadura muy leve que apenas duraba un instante y luego desaparecía.

Aquella especie de deliciosa turbación era a veces tan intensa que impedía a Marie seguir la conversación. Cuando le era posible, lo observaba.

Era aún más hermoso de lo que había imaginado, y mucho más seductor. Consideraba irresistible su sonrisa. Pero le preocupaba encontrarlo con el rostro cansado y, aunque se esforzaba por ocultarlo, con un aire preocupado. A veces se formaba un pliegue entre sus cejas.

Él agradecía a la condesa haber llevado a aquella hermosa joven hasta la Hofburg.

—Es el único lugar seguro —dijo Marie con ingenuidad.

—La guarida del león —respondió Rodolfo con ironía.

La condesa intervino:

—Marie imagina que puede domar a las fieras.

—No se burle de mí —replicó Marie—. Solo quería decir que en cualquier otro lugar corríamos el riesgo de encontrarnos con alguien inoportuno, mientras que aquí me siento completamente segura.

La condesa comentó:

—Así son las jóvenes de hoy en día, querido primo.

Mientras pronunciaba esas palabras, el príncipe se levantó. Marie hizo lo mismo.

—No, no —dijo él—, permanezca sentada. Aquí, entre usted y yo, no existe ninguna etiqueta. Pero le ruego que me disculpe un minuto; tengo que hablar un momento con mi prima. ¿Quiere acompañarme? —añadió, dirigiéndose a la condesa.

La hizo salir por una pequeña puerta disimulada en la madera de la pared que Marie no había advertido.

Marie, al quedarse sola, tuvo por fin tiempo para examinar la habitación. Era el pequeño salón privado contiguo al dormitorio donde el príncipe llevaba ya bastante tiempo durmiendo.

Se levantó y se acercó a la ventana. Se sorprendió al ver que daba al Amalien Hof, justo frente a los apartamentos de la emperatriz.

En ese momento, por primera vez, comprendió que se encontraba en el palacio imperial, en la misma casa del emperador y de la emperatriz.

Hasta entonces, ella estaba en casa de un hombre que para ella se llamaba Rodolfo...

Regresó a la mesa. La cabeza de muerto que mostraba una mueca siniestra atrajo su atención.

«¿Cómo se puede vivir frente a una calavera?», pensó.

Y de pronto le vino a la memoria la escena en la que Hamlet juega con el cráneo de Yorick. Rodolfo había asistido a aquella representación. Por un instante se le había aparecido bajo los rasgos del desdichado príncipe de Dinamarca. Había sentido compasión por él; todavía sentía compasión...

Dio un paso.

Entonces vio el revólver.

Sentía un temor instintivo hacia las armas de fuego. No soportaba su ruido. ¿Por qué dejar un arma tan peligrosa sobre un escritorio?

Retrocedió rápidamente...

En ese momento Rodolfo regresó, solo.

—¿Dónde está la condesa? —preguntó Marie.

Rodolfo notó que en la voz de Marie no había inquietud, sino sorpresa.

—Me costó un poco deshacerme de ella —dijo riendo—. Pero sé cómo manejarla. Siempre termina haciendo lo que quiero.

Se acercó a Marie con paso ligero y elegante.

—Puesto que usted ha tenido el valor de venir aquí...

Marie lo interrumpió:

—Le aseguro que no he necesitado ningún valor.

Hablaba con tanta sencillez que durante un segundo Rodolfo vaciló.

—Me equivoco. Puesto que usted me ha concedido la gracia de venir aquí, no quiero compartirla con nadie. Conoce usted el proverbio inglés: Two is company, three is none.

—¡Oh, sí! —dijo Marie con viveza—. Es mucho más agradable estar dos personas solas. Si he de decirle toda la verdad —y estoy decidida a decírsela siempre, ocurra lo que ocurra—, esperaba verlo a solas... Solo que no pensaba que eso fuera posible. Y resulta que, en un abrir y cerrar de ojos, usted arregla todo según mis deseos, como en un cuento de hadas.

—¡Oh, sí! —dijo Marie con viveza—. Es mucho más agradable estar a solas dos personas. Si he de decirle toda la verdad —y estoy decidida a decírsela siempre, pase lo que pase—, esperaba verlo sin compañía… Solo que no creía que fuera posible. Y he aquí que, en un abrir y cerrar de ojos, usted arregla todo conforme a mis deseos, como en un cuento de hadas.

El tono de Marie, tanto como sus palabras, impresionó al príncipe. Jamás una voz, jamás un corazón habían tenido una pureza tan cristalina. Se felicitó por haber obedecido aquel impulso caprichoso que lo había llevado, un día, sin motivo aparente, a escribir a Marie Vetsera. Por lo general, la desilusión seguía inmediatamente a las visitas de ese género. Las mujeres que había deseado de lejos, una vez vistas de cerca, le parecían vulgares. Había tenido ganas de devolverlas al lugar de donde habían venido antes incluso de tomarse la molestia de recibirlas. Pero aquella joven, apenas llegada, iba ganando terreno. No representaba ningún papel, no buscaba causar efecto alguno. No tenía nada que ocultar; era sencillamente ella misma, y eso bastaba para agradar. Creaba a su alrededor una atmósfera en la que él respiraba con mayor libertad. ¡Y qué hermosa era!...

Tenía tanto placer en mirarla y escucharla que, por el momento, se limitaba a responderle de vez en cuando con alguna observación ingeniosa. Ella hablaba de «su» pasado.

—La primera vez que lo vi —dijo— fue el 12 de abril. ¡Qué hermoso día hacía! Usted sabe que eso trae buena suerte.

—¿Lo cree? —respondió él con una sonrisa escéptica.

—¿Usted no es feliz? —preguntó Marie con rapidez.

—Oh, no hablemos de mí —respondió Rodolfo—; usted es mucho más interesante. ¿Ha sido feliz al menos?

—A veces —dijo Marie— pensaba que era la muchacha más desgraciada del mundo; otras veces no podía contener mi alegría. ¿Cómo saber distinguir una cosa de la otra?

Ella relataba sus días agitados, cambiantes, y Rodolfo observaba con sorpresa que, en la vida llena de celebraciones de aquella hermosa joven, durante los últimos seis meses solo había contado un encuentro en el teatro o en el Prater; su mayor desesperación había sido aquel viaje a Inglaterra.

—¿Funesto? —dijo él—. ¿Pero por qué? En Inglaterra se pasa el verano muy agradablemente, sobre todo las jóvenes.

Aquí Marie vaciló. Finalmente dijo:

—Usted se burlará de mí. No importa. Yo no quería alejarme de…

Se detuvo y, por primera vez desde que estaba frente al príncipe, se ruborizó y apartó la mirada…

Hubo un instante de silencio que resultó tan agradable para Rodolfo como la conversación que tanto le complacía. Se sorprendió de ello. ¿Era para escuchar los relatos de una hermosa muchacha que la había hecho venir, con ciertos riesgos, a la Hofburg? Estaban solos; ella lo amaba; él la encontraba deseable, y permanecían allí conversando como dos amigos. Pensó en el conde Hoyos, quien, con su cinismo habitual, pedía a las mujeres la única cosa que, según él, tenían para dar. Sus horas libres y las de la señorita Vetsera eran escasas, y el valioso tiempo de aquella visita transcurría. ¿Era acaso un tiempo perdido?

Miró a Marie. La turbación añadía un encanto más a su rostro juvenil. Sintió un deseo irresistible de tomarla entre sus brazos, de besar aquellos labios frescos, de sentir contra el suyo aquel cuerpo virginal. Impulsado por el deseo, se levantó y, empleando las palabras que ya había pronunciado ante otras mujeres en momentos semejantes, dijo:

—¿En qué estaría pensando? Ni siquiera le he pedido que se quite el abrigo de piel. Sin embargo, aquí hace calor. Y además, ¿no me mostrará usted sus cabellos? Dicen que son admirables.

—Con mucho gusto —dijo Marie levantándose.

Buscaba un espejo.

—No hay ninguno aquí —dijo riendo—. ¿Es que carece usted hasta tal punto de coquetería?

—Pase al cuarto de al lado —respondió Rodolfo, señalándole la puerta abierta de su dormitorio.

Marie entró. La habitación era pequeña y sencilla; en un rincón había una cama estrecha.

—¿Ahí es donde duerme usted? ¡Oh, la imaginación de las jóvenes! Yo me figuraba una gran habitación con una hermosa cama en el centro, una cama principesca, una cama de ceremonia.

El príncipe se echó a reír.

—No se equivoca usted. Existe una habitación semejante, pero prefiero mil veces esta, poco cómoda, donde estoy solo desde hace más de un año.

Marie se acercó al espejo. Rodolfo la seguía paso a paso, muy cerca de ella.

—Voy a quedar con mechones sueltos —dijo ella—, ya no le gustaré.

Se quitó el sombrero. Apareció la abundante masa de sus cabellos negros, con reflejos azulados. Estaban recogidos en la nuca.

Se desabrochó el abrigo. Él se acercó aún más para ayudarla; sus manos rozaban apenas su cuerpo desde los hombros hasta las rodillas. El espejo les devolvía su imagen; los ojos de Rodolfo ardían; los ojos claros de Marie sonreían. Él leía en la mirada de aquella criatura que casi tenía entre sus brazos la confianza absoluta, una alegría inocente. Ella no temía nada; él no le haría daño alguno…

En ese momento ella se apoyó ligeramente en el príncipe con un movimiento tan casto que él se estremeció y sus facciones se contrajeron. En su interior se libraba un breve combate. Se apartó con brusquedad y dio dos o tres pasos.

Marie lo observaba. Inquieta, corrió hacia él.

—¿Qué sucede? ¿Qué le pasa?

—El malestar más insignificante… Es absurdo… Pero ya pasó… Todo esto es culpa suya.

Ya sonreía; su tono tranquilizó a Marie, que se alarmaba con facilidad. Caminó todavía un instante por la habitación, volvió rápidamente hacia la joven, tomó sus manos y, mirándola en lo más profundo de los ojos, le preguntó:

—¿Hace usted milagros con frecuencia?

Marie, desconcertada, no sabía qué responder. Pero el rostro de Rodolfo estaba alegre, animado, parecía el de otro hombre.

La llevó de nuevo al salón, la acomodó en el sofá, le dio una copa de oporto y se sentó a sus pies. Ahora era él quien hablaba de todo y de nada, con una alegría sencilla que encantaba a Marie. Parecía más joven; el pliegue entre sus cejas había desaparecido. De pronto se detuvo y dijo:

—¿No tiene usted algo que pedirme?

Marie lo miró sorprendida.

—Sí —continuó él—, todas las personas que se acercan a mí tienen algo que pedir: unos un puesto, otros un ascenso, un tercero una condecoración, el último dinero, sencillamente. Así que quiero saber qué pide la más hermosa solicitante que haya venido jamás a mi casa.

—Pero yo no quiero nada —dijo Marie—. ¿Acaso no tengo hoy todo lo que deseo?

—Pues bien, yo he pensado en usted —continuó él.

Se dirigió al escritorio, abrió un cajón y regresó junto a Marie con un pequeño estuche que le tendió.

Ella, desconcertada, miraba alternativamente el estuche y a Rodolfo.

—Abra, no sea que no tenga curiosidad.

Marie abrió el estuche.

—¡Oh, qué hermosa sortija! —dijo—. Un zafiro y diamantes… Pero no puedo aceptarla… ¡Oh, me gustaría mucho tenerla! —añadió enseguida, confundida ante la idea de que Rodolfo pudiera interpretar mal sus sentimientos—, pero si mamá la viera…

—Antes de rechazarla, ¿quiere mirar lo que está grabado en el interior del anillo? —dijo Rodolfo.

Marie tomó la sortija y leyó:

«12 de abril de 1888».

—¿Es posible? —dijo con viveza, levantando los ojos hacia Rodolfo—. No puedo creerlo…

—No es usted la única que tiene buena memoria para las fechas.

—¡Ah, soy demasiado feliz! —continuó Marie, apoderándose de la mano de Rodolfo—. Llevaré esta sortija en mi habitación cada noche, cuando rece por usted, y durante toda la noche; entonces lo veré en sueños…

Acariciaba suavemente al príncipe, arrodillado ante ella, mezclando sus caricias con breves frases de ternura:

—¡Qué bueno es usted! ¡Cuánto lo quiero! ¡Mi querido!

En ese momento se oyó un leve rasguño en la puerta que daba al salón. Rodolfo se sobresaltó.

—Es mi perro guardián, que me avisa. Tenemos que separarnos, por desgracia. Tengo un almuerzo oficial… Está bien, Loschek —gritó—, te escucho.

Se volvió hacia Marie.

—¿Qué decirle? Una hada ha venido aquí, el hada con la que soñaba cuando era niño. Era hermosa y bondadosa como usted. Tocaba con su varita a un desgraciado y, al instante, él olvidaba sus penas.

Ayudaba a Marie a ponerse el abrigo de piel.

—Desde que usted entró, el ambiente de esta habitación ya no es el mismo. ¿Estamos acaso en la Hofburg? Ya no tengo preocupaciones, ya no soy desgraciado.

Era la segunda vez que pronunciaba aquella palabra, sobre la cual, sin quererlo, insistía y que adquirió un tono doloroso. Marie se estremeció. El rostro de Rodolfo había cambiado. Estaba pálido, abatido, con los ojos llenos de angustia.

—¡De verdad se va usted! —balbuceó—. Prométame que volverá… se lo suplico.

La frase fue inesperada tanto para él como para ella. Se turbó. Por un instante dejó de ser dueño de sí mismo. Para ocultar su emoción, tomó a Marie entre sus brazos y apoyó la cabeza sobre el hombro de la joven. Ella sentía en su cuello la respiración agitada del príncipe.

—No me deje solo —murmuró—. Usted no sabe cuánto la necesito.

Su voz, cercana al sollozo, tenía un tono humilde, suplicante. ¿Era acaso el heredero de un gran imperio quien hablaba así a una muchacha de diecisiete años?

El corazón de Marie se conmovió y las lágrimas le subieron a los ojos.

—Soy suya, querido, para siempre —dijo—. Haga conmigo lo que quiera.

Rodolfo ya había recuperado el dominio de sí mismo. Con una voz apagada, avergonzado de su debilidad, dijo:

—Mañana parto para Buda, donde permaneceré cinco días. Después habrá una cacería en el bosque de Viena, en Mayerling. Pero al final de la semana estaré aquí. Nos veremos entonces, se lo ruego. Mi prima se encargará de arreglarlo… Loschek la llevará junto a ella. Vamos, hay que volver a ponerse el abrigo.

Decía esto con el tono de un hombre apresurado, al que la vida arrastra y empuja. Abrió la puerta del salón. Loschek estaba allí.



















TERCERA PARTE



























I EL CAMINO PELIGROSO



En el caos de impresiones y sentimientos que Marie llevó consigo a casa aquel día, el recuerdo de los últimos minutos pasados con el príncipe dominaba sobre todos los demás. Aquella escena extraña la oprimió durante mucho tiempo; seguía oyendo la voz suplicante, seguía sintiendo sobre su cuello la respiración agitada de Rodolfo. ¡Así que no era feliz! Lo había sabido de antemano. Pero nunca había imaginado que su sufrimiento fuese tan grande. Ahora resultaba que la necesitaba. Ella le era necesaria, ella, Marie Vetsera, con quien hablaba por primera vez. ¿Cómo creerlo? Y, sin embargo, ¿cómo dudarlo? Ella estaba lejos de él y él sufría por ello.

¡Desesperación y alegría! Ardía en deseos de volver junto a él, de estrecharlo entre sus brazos. Se reprochaba no haber sido lo bastante cariñosa, no haber sabido consolarlo. Las pobres palabras que había pronunciado le parecían ahora completamente insuficientes.

«¿Qué pensará de mí? —se decía—. ¿Me juzgará una muchacha insensible?»

Pero un soplo de felicidad disipaba aquellas inquietudes, como el viento dispersa las nubes. Todo desaparecía ante una certeza deslumbrante:

«¡Me ama! ¿Qué más podría decirse?»

¡Ser amada por Rodolfo! ¿Había esperado alguna vez semejante milagro en sus sueños más atrevidos? Apenas un mes antes, apenas ocho días, él le parecía tan lejano… ¡Y ahora, el día anterior, estaba a sus pies, ella lo acariciaba con la mano, él casi lloraba sobre su hombro! ¿Era posible?...

No le había pedido nada… Pero sentía que quizá precisamente por eso estaba más cerca de su corazón, que había obtenido una victoria más grande. Otras mujeres habían llegado en secreto a aquel apartamento. ¿Había hablado con muchas de ellas como lo había hecho con ella en el momento de separarse?

¡Ah, no! Estaba segura, y se sentía orgullosa de ello. Ella reinaba sobre una parte de Rodolfo que era la mejor, y allí no tendría rival.

Pero el amor no conoce la paz. Todo la separaba del príncipe. ¿Cómo verlo?

Sus días y sus noches estuvieron dominados por la preocupación de encontrar un medio para reunirse con él. Nunca salía sola. Su madre la acompañaba y ni siquiera la confiaba a una doncella. Solo se fiaba de la condesa Larisch. Sin duda, ella era perfecta. Pero, después de todo, tenía sus propias ocupaciones, un marido, un castillo lejos de Viena. No podía estar cada día a disposición de Marie.

¿Debía correr el riesgo, para salir, de aprovechar una ausencia de su madre y de su hermana y quedar así a merced de algún sirviente? Si era denunciada a la baronesa, sabía cuál sería su destino: en el mejor de los casos, abandonar Viena; en el peor, ser enviada a un convento hasta que le encontraran un marido.

Su vieja nodriza no podía ayudarla en nada. Solo podía servirle para recibir y enviar cartas. Pero por el momento, incluso eso era imposible. En la fiebre de su primer encuentro, había olvidado tratar aquella cuestión con Rodolfo. Habría que pensar en ello la próxima vez.

La próxima vez, ¿cuándo sería?

Jamás hubo semana más larga. La condesa Larisch, aprovechando que el príncipe estaba en Buda, había regresado por unos días a su casa de Pardubitz, prometiendo volver al mismo tiempo que su primo. Marie no tenía, por tanto, a nadie a quien confiar sus pensamientos.

Desde el día en que había sido recibida por el príncipe, se había prometido no hablar de ello con su nodriza, hasta entonces la confidente diaria de sus penas y esperanzas. Esta vez el asunto era demasiado importante. Nadie, ni siquiera la vieja nana, debía saber lo que hacía…

Pero tanto la alegría como la angustia se acomodan mal al silencio. Marie no pasó cuarenta y ocho horas en soledad sin que su corazón, demasiado lleno, se desbordara ante su nodriza.

Sacó del estuche la preciosa sortija. La nana, siempre tan indulgente con su niña, se alarmó. Sus temores le dieron fuerzas para hablar con Marie y mostrarle el abismo hacia el cual corría.

—¿Adónde vas, hijita? —le dijo—. Hacia tu desgracia. Nada bueno puede salir de esto… Ya sabes, nuestros príncipes están mal acostumbrados. Recogen una hermosa flor al pasar. Y luego la arrojan. Y toman otra. ¿Qué esperas tú de diferente?... No se casará contigo. Pero tú tienes demasiado corazón, hija mía; sufrirás.

Tomó la mano de Marie y la besó. Marie vio que le había causado dolor. Pero no estaba de humor para dejarse vencer por la tristeza. Se rio y dijo al oído de la anciana:

—No lo conoces, nana. Si tú tuvieras veinte años…

Finalmente, el viernes, la condesa Larisch se anunció en casa de la señora Vetsera.

El príncipe imperial estaba en Viena desde la noche anterior; Marie lo sabía. Pero ¿podría, querría verla el sábado?

Una palabra de la señora Larisch la tranquilizó inmediatamente. Pedía a la señora Vetsera que le permitiera llevarse a su hija al día siguiente por la tarde.

—Esta niña es tan alegre —decía—, y yo no tengo a nadie que me acompañe en mis compras. Se la devolveré temprano.

Esta vez la señora Vetsera se hizo rogar, no porque tuviera la menor sospecha sobre el papel que desempeñaba su amiga, sino porque ella misma había planeado salir con Marie. Sin embargo, como era una mujer bondadosa, terminó aceptando un compromiso.

Aquellas señoras se encontrarían a las cinco en el Grand Hotel para tomar una merienda…



....................



De nuevo Marie se encontraba en el apartamento de la Hofburg que ya conocía. Al dejarla en la pequeña puerta de hierro, la condesa le había dicho con un tono en el que había una pizca de ironía:

—Ahora eres ya una muchacha tan mayor, Marie, que puedo dejarte ir sin mí.

Aquel «ahora» pesaba sobre Marie. «¿Qué estará pensando?», se preguntó. Ante aquella pregunta sin respuesta, se ruborizó ligeramente.

El pequeño salón al que la condujo Loschek estaba vacío.

—El príncipe vendrá enseguida —dijo Loschek al retirarse.

El salón estaba maravillosamente adornado con azaleas y crisantemos blancos. Aquel delicado homenaje conmovió a Marie. «¡En medio de sus ocupaciones, ha tenido tiempo de pensar en esto!», pensó.

La calavera colocada en el centro de la mesa la miraba con sus ojos vacíos. Marie se acercó a ella. No conseguía acostumbrarse a la idea de que Rodolfo viviera en aquella proximidad cotidiana con la muerte. ¡Y aquel revólver siempre allí! Compañeros siniestros.

Sin embargo, cobró valor y puso la mano sobre el cráneo reluciente. Su frialdad la hizo estremecerse.

—¿No le tiene miedo a esta cabeza? —dijo una voz detrás de ella.

Dio un sobresalto. El príncipe había llegado hasta su lado sin que ella lo oyera. Ese día vestía de civil; nunca lo había visto así. ¡Qué sorpresa!

—¿Sigue siendo usted el príncipe heredero? —preguntó con una sonrisa—. Por poco no lo reconozco.

—Entonces correré a ponerme el uniforme. ¡Y yo que estaba tan contento de quitármelo durante una hora!

Ella lo examinó.

—No, quédese así. También lo quiero de esta manera, Alteza.

Él la estrechó entre sus brazos.

—Un rayo de sol entra con usted en este apartamento tan triste.

—Vive usted en muy mala compañía —dijo ella señalando la calavera—. Y además, esto.

Señalaba el revólver.

Rodolfo se encogió de hombros.

—El revólver es por los riesgos del oficio. No olvide, pequeña hermosa, que antes que nada soy un oficial. Mi primer uniforme lo tuve a los cuatro años. ¿Ve a ese niño de cabellos rizados vestido de lancero? Mi primer revólver colgaba de mi cinturón de subteniente cuando tenía doce años, creo. Así fue como me educaron. Hay que perdonar muchas cosas a un pobre soldado.

¡Cuánto amaba Marie aquel tono ligero y juguetón! Acurrucada entre los brazos del príncipe, se sentía transportada al séptimo cielo y permanecía en silencio.

Ahora él hablaba de la calavera.

—Le aseguro que no tiene nada de aterrador. Aquel a quien perteneció era un desdichado…

—¿Lo conoció usted? —preguntó Marie, inquieta.

—No, quiero decir que era un desdichado como todos nosotros; tenía una mujer que no dejaba de gritarle, malos dientes y estaba abrumado por más preocupaciones de las que podía soportar. Y luego, un día, ya no hubo mujer gritona, ya no hubo preocupaciones: la paz… ¿Le parece terrible? Nada hay más tranquilizador.

Se inclinó sobre Marie y vio sus ojos azules que le sonreían.

—Dejemos eso —dijo—. Es algo bueno para mis horas de soledad, cuando no tengo delante de mí su rostro hermoso y fresco para contemplar.

Condujo a la joven hasta el sofá y la ayudó a quitarse el abrigo y el sombrero.

—Este es su reino y yo soy su súbdito. Ya lo vio el otro día. Nunca haré nada contra usted. Aquí está tan completamente segura como en la Salezianergasse.

Una hora transcurrió así como en un sueño. Rodolfo nunca había estado más alegre, más comunicativo. Hablaba de sus cacerías; había empezado a cazar desde muy joven y enseguida había encontrado en ello un placer inmenso.

—Fue allí —dijo— donde tuve por primera vez contacto con la naturaleza. No conoce la naturaleza quien ha sido criado entre un jardín o un parque. ¡Compadezco a los niños de las ciudades, sean ricos o pobres! Nunca sabrán lo que es un bosque. Hay que haber estado en él desde que uno puede sostenerse sobre sus piernas, haber caminado mucho por allí, haber dormido bajo el calor del día, haber sentido un estremecimiento de miedo cuando llega la sombra y uno no sabe si podrá salir antes de que caiga la noche. Todo eso lo hice yo; no tenía ni diez años.

Marie lo escuchaba encantada.

«¿Existe un hombre más humano? ¿Existe un príncipe más sencillo?», se decía. «¡Ah, no me equivoqué con respecto a él! Soy la mujer más feliz de la tierra, porque está aquí, junto a mí, y puedo escucharlo».

Cuando él se detuvo, ella le dijo:

—¿No podría llevarme alguna vez al bosque? No está lejos de Viena. Si tuviera usted solamente dos horas… Pero le estoy pidiendo mucho, casi media jornada… Y además es invierno, todo es menos hermoso.

—El bosque siempre es hermoso, cualquiera que sea la estación; es una belleza diferente, eso es todo. Sí, iremos los dos al Bosque de Viena.

—¡Y nos perderemos! Tendré miedo, me estrecharé contra usted.

—¡Y nunca volveremos!

Pasaron la tarde conversando así, dejándose llevar por el azar de los temas. Cuando llegó el momento de separarse, Marie exclamó:

—¡Pero si acabo de llegar!

Rodolfo miró su reloj y no podía creer lo que veía.

—¿Es posible que dos horas hayan volado de esta manera?

Marie estaba a punto de llorar.

—¡Marcharme ya! Quédeme un poco más. Pero usted ya no querrá a Marie, ¿qué he hecho para distraerlo?

Y, sin embargo, aquella sencilla tarde en la que, como ellos decían, «no había pasado nada», en la que el recuerdo no podía aferrarse al menor acontecimiento, quedó grabada en la memoria de ambos como la más feliz que hubieran vivido.



__________



Les esperaban horas difíciles. Durante la semana siguiente, Rodolfo estuvo un día en Praga y dos días de cacería. Pero, ¡desgracia inimaginable!, durante los cuatro días que pasó en Viena, la condesa estuvo retenida en el campo. Marie daba vueltas por el pequeño palacio de la Salezianergasse como si estuviera en una prisión. ¿Podía concebirse un destino más cruel? Él estaba allí, la esperaba, había hecho florecer para ella su paraíso de la Hofburg que, se lo había jurado, solo les pertenecía a ellos, y ella estaba encadenada a su madre como un condenado a su banco de castigo.

Sin embargo, recibió dos cartas tan tiernas que hicieron más llevadera su prisión. Estaban dirigidas sencillamente a la vieja nodriza, quien en toda su vida jamás había recibido tanta correspondencia. El príncipe le escribió desde Praga unas líneas muy breves que valían por un volumen entero…

«¿Cómo puedo vivir sin usted?»

La segunda era de Viena. El tono era triste. Se quejaba de preocupaciones, sin dar ningún detalle sobre ellas y cuya naturaleza ella no podía adivinar… ¡Quizá su esposa! Ahora la detestaba. ¿Quién era aquella belga tan torpe como para no hacerse amar por su marido, tan cruel como para hacer desgraciado al más amable de los hombres? Desde hacía un año amenazaba con abandonarlo. ¡Ah, que regresara a Bélgica! ¡El pliegue doloroso entre las cejas de Rodolfo no tardaría en desaparecer!

Marie respondió a las dos cartas. Envió las suyas a Loschek y las hizo llegar a la Hofburg por medio de un mensajero.

«Te amo —decía— y soy desgraciada. ¿Cómo comprenderlo? Quisiera serlo todo para ti y soy tan poca cosa…»

Se lamentaba de la ausencia de la condesa Larisch.

«Y cuando ella vuelva, quizá usted ya se haya marchado. No me gusta saberlo lejos de Viena. Si le ocurriera algo, ¿qué sería de mí?…»

Había cuatro páginas llenas de frases semejantes.

Sin embargo, vio al príncipe en la Ópera, donde se representaba Tristán e Isolda. Se arregló con especial esmero y pidió a su madre que le prestara algunas joyas. No era costumbre entre las jóvenes de Viena llevar joyas. Una modesta cruz de esmalte era todo lo que se les permitía usar hasta el matrimonio. Pero la baronesa Vetsera había vivido en Oriente y en el mundo diplomático, donde se concedían mayores libertades. Estaba orgullosa de la belleza de Marie. Para aquella noche le ofreció una media luna de diamantes que Marie colocó entre sus cabellos.

¡Ah, cuánto lamentó no poder llevar el anillo que le había regalado Rodolfo! Lo besó antes de partir hacia la Ópera. Vestía un traje de crepé de China blanco. A Rodolfo le gustaba verla así. ¿Acaso no había decorado de blanco el pequeño salón de la Hofburg para aquella tarde inolvidable? Jamás había puesto tanto cuidado en su arreglo personal. La princesa imperial estaría allí. Marie quería estar hermosa y atraer las miradas.

La condesa, ausente, había puesto su palco, que no estaba lejos del palco imperial, a disposición de la señora Vetsera. Marie tuvo mucho éxito. La media luna causaba sensación. Sus amigas se acercaron durante el entreacto para decírselo y ella se alegró.

Solo entonces llegó la pareja principesca. La princesa de Coburgo acompañaba a su hermana y a su cuñado. Inmediatamente Rodolfo volvió la mirada hacia el palco donde estaba Marie. Aunque no se encontraba lejos de ella, tomó sus prismáticos y, creyendo que nadie lo notaría, hizo un leve gesto de admiración.

Esta vez Marie no se ruborizó. Después —¿habrían hablado de ella en el palco imperial?— tuvo la satisfacción de ver cómo las dos princesas dirigían sus prismáticos hacia ella y la examinaban…

Más tarde, Marie las observó. Ambas carecían de belleza y de elegancia. Detrás de ellas, Rodolfo parecía pertenecer a otra raza…

«¿Qué puede haber en común entre ellos?», pensaba Marie, y su corazón se oprimía al imaginar que el destino del hombre al que amaba estuviera unido a aquella mujer.

El final de la velada fue triste para ella. Todo lo que la rodeaba la hería y parecía hacerle tocar con los dedos los obstáculos que se alzaban entre ella y Rodolfo.

Estaban en la misma sala, pero entre él y ella había una distancia infinita. Él no era libre de recorrer los pocos pasos que los separaban y acercarse simplemente a saludarla, sentarse junto a ella, como podían hacerlo los demás hombres que ella conocía allí.

Se amaban. Ya existía entre ellos aquella intimidad del corazón tan rara y preciosa, aquella ternura indescriptible que une a los seres mejor que todos los vínculos legales, y, sin embargo, allí estaba levantándose para separarlos no se sabía qué cosa surgida del fondo de los siglos: un cúmulo de convenciones, un caos de reglas antiguas, absurdas, caducas, pero suficientemente fuertes y elevadas como para formar una barrera infranqueable.

Nunca podrían verse sino en secreto, arrancando al destino breves instantes siempre amenazados…

¡Qué porvenir!

En el escenario, Tristán moría abandonado. Isolda acudía a reunirse con él en la muerte. ¿Era acaso la muerte el único refugio donde los amantes desgraciados podían encontrarse, aunque fuera para la eternidad?

Al regresar a casa, Marie lloró durante la mitad de la noche.

Una nota de Rodolfo, a la mañana siguiente, la devolvió a la vida.

«Usted fue la más hermosa en la Ópera. La amo…
R.»

Estaba escrita en papel con la marca de «Sacher» y llevaba la fecha de la misma noche de la representación.



















II STACCATO



Transcurrió una semana. Finalmente, la condesa Larisch había regresado a Viena y no preveía tener que ausentarse hasta el día de Año Nuevo. Sin embargo, el príncipe imperial tenía los días ocupados y las obligaciones de su cargo le parecían pesadas. Su tiempo, distribuido hora por hora con una minuciosidad que lo irritaba, no le pertenecía. No pudo concederle a Marie más que unos cuantos instantes, y no en la Hofburg. La condesa se la llevó a un sendero apartado del Prater y los dejó solos.

Ya estaba cayendo el crepúsculo. El príncipe, envuelto en un gran abrigo militar, pasó su brazo bajo el de Marie y la llevó a paso rápido por un sendero que se internaba entre los árboles. Caminaba tan deprisa que ella tenía que correr a su lado. Cuando llegaron al centro de la espesura, redujo la marcha.

—Los agentes habrán perdido nuestro rastro… Me vigilan por todas partes. El prefecto de policía, el ministro-presidente, mi esposa, todos me hacen seguir. Me persiguen como si fuera una pieza de caza… ¡Qué vida es la mía, mi pequeña Marie!… ¡Y usted no me tiene miedo!… Debería huir de mí…

Hablaba de una manera entrecortada; le costaba respirar. Sin embargo, continuaba quejándose de sus enemigos, que estaban en todas partes y que no se detendrían hasta verlo derribado. Hablaba también de unos dolores de cabeza insoportables que lo dejaban sin fuerzas. Su nerviosismo aumentaba y, a pesar de la oscuridad que descendía, Marie veía brillar los ojos del príncipe en su rostro cada vez más pálido.

En ella, el terror y la compasión se alternaban. ¿Qué le ocurría a Rodolfo?… ¿Sus nervios, demasiado tensos, estaban finalmente cediendo?… Tenía fiebre, enfermaría… No se atrevía a interrumpirlo. Sin embargo, era necesario que se calmara…

Sin decir una palabra, mientras seguían caminando, le tomó la mano. El contacto de aquella mano fresca actuó sobre el príncipe. Poco a poco, se tranquilizó. Finalmente guardó silencio.

Marie ponía todo su amor en aquella mano que estrechaba la de Rodolfo. En silencio, le decía así cuánto significaba para ella, más que la propia vida, hasta la muerte.

La noche había caído sobre ellos. De vez en cuando, alguna rama los azotaba.

—Tenemos que separarnos, Marie —dijo él con ternura—. El Prater es más peligroso de noche que el bosque.

Se orientaba en la oscuridad con una seguridad que asombraba a Marie. Los árboles comenzaron a aclararse delante de ellos. Habían llegado al borde del bosque.

—El coche cerrado de la condesa está allí —dijo él, señalando a poca distancia las linternas encendidas de un carruaje—. ¿Soy un buen guía?… Piense solamente en eso y perdóneme.

Todavía temblaba. De pronto tomó a la joven entre sus brazos y, por primera vez, la besó apasionadamente en los labios.

Marie volvió sola junto a la condesa.

El beso de Rodolfo ardía dentro de ella. La llama que él había encendido ya no se apagaría.



___________



El tiempo ahora galopaba. Ya no había un día, ya no había una hora que no se viviera en la fiebre de la espera. Una carta anhelada que finalmente llegaba; una cita que había que organizar a pesar de mil obstáculos que la hacían difícil por ambas partes; verse de lejos en la Ópera o en el Prater; asegurarse a tiempo la indispensable presencia de la condesa; esperar con angustia los periódicos cuando «Él» estaba de viaje —es decir, cada semana—; abrirlos con el corazón oprimido para comprobar con alegría que ningún titular en grandes letras anunciaba un atentado contra el príncipe imperial; estar consumida por las preocupaciones y, sin embargo, irradiar felicidad; y en todo momento, cuando parece que cualquiera, si quisiera, podría leer en uno la propia pasión —que esta debería saltar a la vista incluso de los indiferentes—, la obligación de cerrarse ante quienes la rodeaban, de mostrar un rostro sereno, de hablar de cosas que se habían vuelto ajenas, de reír, de salir, de pasear, de acudir a reuniones, de bailar, de escuchar conversaciones insípidas y mantener oculta en lo más profundo de sí aquella idea obsesiva:

«¿Dónde estará a esta hora? ¿Me habrá olvidado? ¡Lo amo!»

Cuando se encontraba a solas consigo misma, Marie apartaba deliberadamente toda pregunta sobre el futuro. ¿Adónde iba? ¿Cuál sería el desenlace de aquel gran amor? ¡Ah!, ¿cómo ocuparse de eso cuando el presente está sobre uno, lo oprime, lo agobia y lo embriaga, amo tiránico y caprichoso, con un látigo en una mano y una rosa en la otra?

Incluso en los días más felices, a veces una angustia pesada se apoderaba de ella, sin motivo aparente, según le parecía. Por las noches, esperaba durante mucho tiempo que llegara el sueño. Con frecuencia se quedaba dormida con los ojos llenos de lágrimas.



___________



La salud del príncipe se deterioraba. El médico de la emperatriz fue a visitarlo; pocos días antes, la emperatriz había tenido una conversación breve y secreta con Loschek. El doctor lo había visto nacer; conocía las debilidades, por no decir los defectos hereditarios, de sus ascendientes por ambas ramas, ¡por desgracia! Sabía que, pese a las apariencias de robustez, Rodolfo era un ser nervioso, inestable, siempre amenazado. El doctor Wiederhofer había sabido ganarse la confianza del príncipe. Aquella mañana conversaban ambos amistosamente, fumando un cigarrillo, ante una botella de oporto. El doctor desarrollaba una de sus teorías favoritas: que los grandes de este mundo, aquellos sobre cuyos hombros recaen pesadas responsabilidades, suelen estar mal hechos para soportarlas. Tienen la vida más dura y la constitución más frágil.

—Sé —decía— que se puede hablar con libertad delante de Su Alteza. Es usted un hombre ilustrado, Monseñor, familiarizado con las teorías científicas más recientes. Puedo decir aquí lo que no diría en otras dependencias de este palacio. Hoy en día sus razas reales parecen agotadas. ¿Cómo no habría de ser así? Tienen un oficio penoso: trabajo, responsabilidades, representación constante y ninguna posibilidad de descanso. Además, ejercen ese oficio de padres a hijos, de generación en generación. El cansancio se acumula y se transmite. Finalmente, para completar mi cuadro, los príncipes se casan entre ellos. Desde hace mil años, ni una sola gota de sangre nueva ha entrado en sus familias. Hoy todos son primos en Europa. No pueden hacer sino matrimonios entre parientes… Es algo muy peligroso…

—Algo sé de eso, doctor —dijo el príncipe con buen humor—. Estoy agotado. ¡Vaya!, es el cansancio de diez siglos lo que pesa sobre mi pobre cuerpo. Hay suficiente para aplastarlo. Pero, como no existe remedio…

El viejo doctor negó con la cabeza.

—No hay remedio. Habría sido necesario que, en cada generación, una ley familiar obligara al heredero a escoger esposa fuera del círculo fatal de las familias reinantes: entre la sociedad burguesa, la aristocracia común o el pueblo. Eso ocurrió en una época muy lejana. El folclore nos lo enseña. Usted conoce las canciones y los cuentos que nos muestran a la hija del rey en su ventana, o dormida en su palacio, esperando al hermoso aventurero que pasa y se la lleva. O bien al hijo del rey enamorándose de Cenicienta, la del pequeño pie. Se casan y tienen muchos hijos. Las sangres se mezclan y se renuevan.

El rostro fresco y alegre de Marie apareció en la mente del príncipe.

—Doctor —dijo—, en esto estoy de acuerdo con usted. Trate de convencer a mi padre y pronto estaré convertido. ¡Incluso estoy dispuesto a hacer anular mi matrimonio para intentar tan hermosa experiencia! Quizá no me costaría mucho encontrar una Cenicienta. Mientras tanto…

—Mientras tanto, Monseñor, no debe usted agotarse. Ese es el único resultado práctico de todo este discurso.

—Entonces pídame que no viva —respondió Rodolfo con un tono que impresionó al viejo doctor—. Usted es inteligente y va a decirme, como todos los demás, que debo moderarme. Es lo único imposible. ¿Quiere pasar un día conmigo? Escuche un momento y luego decidirá. Mientras tanto, beba un vaso de este oporto. Si le parece bueno, le enviaré unas cuantas botellas. No encontrará otro igual en Viena.

Sirvió una copa de vino al doctor Wiederhofer y continuó:

—A las siete y media, Loschek me despierta. Es una tortura; es la hora en que duermo profundamente, porque, por desgracia, me he acostado cerca de las tres y me falta sueño.

—Precisamente ahí interviene Esculapio —interrumpió el doctor—. Acuéstese antes de medianoche y todo irá, no perfectamente todavía, pero mejor.

—Paciencia, paciencia; juzgará usted dentro de un momento. A las ocho y media comienza mi jornada oficial: trabajar con mi ayudante de campo, con los militares, recibir audiencias, presidir comisiones. Quiero hacerlo lo mejor posible. Tengo ideas, sí; imagínese usted que, aunque soy príncipe, tengo ideas, ¡incluso tengo un plan! Pero ¿sabe qué ocurre? En el puesto que ocupo no se deben tener ideas. Si tiene usted ideas, desconfían de usted; si tiene un plan, es algo todavía más grave. Inmediatamente lo consideran un hombre peligroso… Soy un hombre peligroso, doctor, hay que aceptar esa realidad.

Entonces, encuentro en los círculos oficiales una oposición obstinada, una resistencia que jamás se cansa. ¡Ah!, esos señores son muy educados, muy respetuosos. En las formas, ceden a todo. En el fondo, no se mueven ni un paso. Nada, nada, nada: ese es el resultado de mi calvario obstinado, inteligente —sí, me atrevo a decirlo—, desde hace años…

Así sucede con todo aquello que toco. Soy liberal, y eso me vuelve sospechoso. ¿No cree usted que hay motivos suficientes para destrozarle los nervios a cualquiera? Usted es médico. Ha terminado encontrando, con mucho esfuerzo, un remedio para una enfermedad. Puede salvar a pobres desgraciados. Pues bien, ¿qué diría si sus colegas de la Universidad se unieran todos contra usted y contra su descubrimiento?

—Eso ocurre, Monseñor, ocurre, puede estar seguro.

—Pero usted puede curar a los enfermos que trata. Ahí tiene resultados concretos. Yo, en cambio, nada; y sin embargo mi paciente es importante: es simplemente la doble monarquía. Esos señores imbéciles la dejarán morir antes que probar una sola vez mis remedios. Es porque siento la gravedad del mal por lo que me atormento. A veces tengo dolores de cabeza tan terribles que usted mismo me da un poco de morfina, por compasión.

Cuando termino mi trabajo, solo tengo una idea: olvidar lo que he hecho, mis cóleras, el tiempo perdido, los tontos contra quienes lucho… Pero no he terminado. Sigo en representación: almuerzos, cenas, veladas. Hay que interpretar un papel, mi papel… y eso es algo que puede matar de aburrimiento. Hay cenas en las que, si no pudiera beber vino, creo que de pronto mataría a todas las personas que me rodean. Ellos no saben que deben su vida al buen champán que me sirven…

Y no le he hablado de todas las intrigas que se tejen a mi alrededor. Soy la esperanza de muchas personas honradas. Los aprovechados se sirven de ello y no me dejan en paz. Y son tan astutos que muchas veces no puedo escapar de ellos. ¡Cuántas horas me roban!…

Y las mujeres, doctor, ya que hoy hablamos con franqueza, ¿qué decir de las mujeres? En las confiterías, para quitarles a las vendedoras el gusto por los dulces, dicen que no se les prohíbe nada; se les deja comer tantos como quieran, durante todo el día. Pronto se hartan y jamás vuelven a tocarlos.

¡Ay, ay, doctor!, para el príncipe heredero de Austria no existe en este país ningún fruto prohibido. Debería estar disgustado por cosas tan fáciles… Lo estoy, de cierta manera… —hizo una pausa— en mi espíritu, si comprende lo que quiero decir.

Pero he descubierto algo. Y es que las mujeres —¡qué sexo tan extraordinario, mi querido doctor! Nunca terminaremos de comprenderlas, y son tan diferentes unas de otras que lo que se dice de una no es cierto de otra—, que las mujeres también «derraman el olvido», como dice la canción.

Y no se equivoque: lo que más necesito es olvidar. Esa es la clave de todo.

Se dejó caer en el sillón y cerró los párpados. Este largo discurso, en lugar de animarlo, lo había dejado más pálido. El doctor lo observaba con inquietud. El rostro estaba más delgado; la piel bajo los ojos, que la frecuentación de «aquellas que derraman el olvido» había hundido, tenía casi un tono azulado; las venas de las sienes, demasiado marcadas, dejaban ver los latidos irregulares de la sangre.

Pasó un minuto. ¿Dormía el príncipe? No; se incorporó, fijó por un instante la mirada en el doctor y continuó, como si no se hubiera interrumpido:

—Hay que olvidar quién soy, sencillamente; olvidar que pertenezco a una de esas razas agotadas que usted conoce. Hay que olvidar la injusticia de pagar por las locuras y los excesos de los míos durante veinte generaciones. Hay que olvidar, finalmente… —su voz se volvió más grave— que no tengo derecho a escoger mi felicidad, que no puedo apartarme ni un instante del camino que me ha sido trazado.

Entonces, por la noche, después de los días que le he descrito, me pongo a olvidar… No es fácil olvidar. Hace falta tiempo… Por eso regreso entre las dos y las cuatro de la madrugada a este viejo palacio donde todos mis antepasados parecen vigilarme…

Como consecuencia de esta visita del doctor Wiederhofer, se decidió en las altas esferas que el príncipe pasaría quince días en Abbazia, a orillas del Adriático, con su esposa y su hija. Saldrían de Viena al día siguiente de Navidad.















III ALARMAS



Marie se enteró de esta noticia de los propios labios de Rodolfo, una noche, alrededor de las ocho, en la Hofburg. Había logrado escapar por un milagro, aprovechando que su madre y su hermana se encontraban en la Ópera. No pudo contener las lágrimas. Rodolfo se marchaba durante quince días. ¡Nunca había estado ausente quince días! Y partía con la princesa para ir a un lugar apartado, donde estaría sin ocupaciones, sin otra distracción que su esposa; en suma, una segunda luna de miel. Que hubiera allí una maniobra del emperador para acercar de nuevo a los esposos, Marie no podía dudarlo…

En vano Rodolfo intentó tranquilizarla. El cuidado de su salud era lo único que había movido a su viejo amigo Wiederhofer a hablar. Necesitaba imperiosamente descanso, lejos de Viena y de toda ocupación, en un clima meridional. ¡Bastante afortunado era todavía de que no lo hubieran enviado a la Riviera francesa o a Madeira! ¿Su esposa? No podía, en un viaje semejante, dejarla en Viena. Pero tendrían dos apartamentos en el hotel: ella, con su dama de honor y su hija con la institutriz de la niña; él, con su ayudante de campo. Pasaría los días en el mar, navegando a vela. Ella no soportaba la navegación. Y también se ocuparía en Pola, que estaba cerca, donde se encontraba la flota.

Nada consolaba a Marie. El príncipe la besó, la arrulló, le habló como a una niña pequeña, se esforzó por hacerla reír.

Ante tanta dulzura, Marie terminó por calmarse. Jamás Rodolfo había sido tan bueno con ella. De ordinario, era misión suya alegrarlo, alejar las preocupaciones y los pensamientos sombríos que con demasiada frecuencia lo atormentaban. Ella encontraba un gran placer en esa tarea tan propia de una mujer. Aquel día, los papeles se habían invertido.

Aquella hora triste y tierna tuvo una profunda influencia sobre Rodolfo. Hizo surgir en él un sentimiento tan hondamente oculto que ignoraba incluso su existencia. La visión de aquella joven pura llorando entre sus brazos, aquel cuerpo joven que se estrechaba castamente contra el suyo, aquellas lágrimas que él lograba calmar, aquella risa, finalmente, que hacía nacer en los hermosos labios de Marie, lo llenaban de una emoción que jamás había experimentado.

No supo expresárselo a Marie aquel día; apenas comprendía él mismo lo que sentía. Tuvo que separarse de ella temprano para acudir a la Ópera. Pero durante la noche, estuviera donde estuviese, no dejó de pensar en ello.

La mayor parte del tiempo se negaba a cualquier examen interior, pues sabía por experiencia que de él solo obtenía amargura y repugnancia. Pero el Rodolfo que había despertado al contacto con Marie Vetsera era un hombre cuya compañía le agradaba. ¿Dónde encontrarlo? Junto a la maga que lo había llamado de nuevo a la luz.

Buscó, pues, a Marie, y los obstáculos que se alzaban entre ellos no hicieron sino avivar más su deseo. Cerca de ella encontraba a un Rodolfo sin cinismo, para quien las cosas conservaban todavía su sabor y su valor. Ese Rodolfo tan precioso jamás había vivido realmente su propia vida. Ahora comenzaba a florecer.

Era él quien recibía a Marie en la Hofburg o quien la llevaba furtivamente por los senderos desiertos del Prater; con ella tenía la delicadeza y las atenciones de un enamorado de dieciséis años, la confianza también de un corazón que jamás había sido traicionado, los sueños y las esperanzas de la juventud, los impulsos de quien ama por primera vez.

Ese Rodolfo existía milagrosamente junto al otro Rodolfo: el de la corte y el de Sacher, el de las intrigas políticas y los encuentros con los gitanos. En aquel momento vio con claridad y comprendió que no podía prescindir de Marie.

Esta idea, a la que se entregó por completo, creció rápidamente. Todo sirve de alimento al amor. Se nutría tanto de la ausencia de la amada como de su presencia. Los disgustos que experimentaba durante sus jornadas siempre iguales hacían parecer aún más luminosas las escasas horas que le concedía su bienamada.

Un día, era la segunda mitad de diciembre, tuvo a Marie durante la mayor parte de la tarde en el salón adornado de flores de la Hofburg. Le gustaba escucharla hablar y reír, y con frecuencia permanecía en silencio. Pero Marie, que veía cómo poco a poco desaparecía el pliegue inquietante entre las cejas de Rodolfo, no se alarmaba por su silencio. Aquel día le pareció que estaba todavía más callado de lo habitual y eso la inquietó, aunque no se atrevió a decirlo.

Rodolfo, que estaba sentado en un taburete a sus pies, se levantó de pronto y comenzó a caminar por la habitación. Perdido en sus pensamientos, parecía haber olvidado la presencia de Marie. De repente se dirigió con paso rápido hacia el sofá donde ella estaba, se sentó a su lado, pasó un brazo alrededor de su cintura y la atrajo hacia él:

—Marie —dijo—, tengo que hablarte.

El tono era tan serio que la joven tembló.

—He reflexionado mucho… —continuó.

En ese momento leyó el temor en los ojos de Marie y, de inmediato, para tranquilizarla, inclinándose hacia ella, murmuró:

—No tengas miedo, querida.

(Era la primera vez que la tuteaba; Marie se estremeció, pero de felicidad).

—Te quiero tanto que no puedo vivir sin ti; eso es lo que quería decirte. ¿Quieres que intentemos arreglar nuestro futuro?

Marie lo escuchaba y no sabía qué creer. ¿Había perdido la razón? ¡Nuestro futuro! Entonces existía un futuro para ellos. Ella jamás había pensado en eso.

—No te comprendo —dijo.

—Ya no debes decirme «usted», pequeña Marie. Y también tienes que llamarme Rodolfo.

—¡Oh!, nada me será más fácil —respondió ella con un impulso alegre—. Tú siempre has sido Rodolfo para mí. Si supieras cuánto me costaba decir «Monseñor». Me parecía que me dirigía a alguien a quien no conocía. Pero si hubieras escuchado todas las cosas tiernas que yo te… que te he dicho, sola en mi habitación, mucho antes de encontrarte aquí…

¡Ah!, estaban dirigidas a Rodolfo… Al principio me causaba demasiado dolor pensar en tu posición, en ese rango que nos separaba… ¡Y ahora tú también me tuteas y hablas de nuestro futuro!…

Se arrojó a su cuello, loca de alegría.

—Nuestro futuro —repitió ella—, ¿acaso eso tiene algún sentido? Pero no importa; basta, Rodolfo, con que tú digas con tus queridos labios «nuestro futuro» para que yo no pida nada más. ¡Nuestro futuro! Repítelo otra vez, para que esté segura de que no me he equivocado.

Pasó algún tiempo antes de que Rodolfo pudiera hablar. Marie danzaba, corría hacia él, le lanzaba un beso, le ofrecía una flor como homenaje. Finalmente volvió a refugiarse entre sus brazos y dijo con solemnidad:

—Te escucho.

Rodolfo le explicó, con cierta confusión, que era difícil ver con claridad el camino que tenía delante, pues su situación dentro del Estado y en medio de los suyos era demasiado incierta. Podían ocurrir acontecimientos imprevisibles y cambiarlo todo en un abrir y cerrar de ojos. Estaba rodeado de enemigos que ocupaban los puestos más elevados. Bastaba con que su padre se resfriara para que ya no viera a su alrededor más que personas inclinadas ante él. Pero en el presente no podía contar con nadie. Estaba distanciado de la mayoría de los miembros de su familia, personas sin inteligencia, retrógradas y obstinadas.

—Mi padre… De él hablaremos otro día. Mi madre, que en el fondo está muy cerca de mí, se me escapa y huye de sí misma. A menudo vaga sola por este enorme palacio cuyas puertas se abren ante ella. El otro día me la encontré así, por casualidad, en una de las salas de recepción. Sorprendida, en cuanto me vio, apresuró el paso para demostrarme que no quería que la detuviera. Al pasar, me hizo un pequeño gesto con el abanico. Y, sin embargo, me quiere…

¿Sabes qué imagen despierta en mí? La de una prisionera. La Hofburg, Viena, toda Austria, es su prisión. Solo respira cuando está lejos. Querría escapar y no volver jamás…

Yo también soy un prisionero, Marie…

Se detuvo un instante. Luego, inclinándose hacia la joven, le dijo muy bajo al oído, como si temiera que alguien más pudiera escucharlo o que las palabras llegaran hasta las paredes:

—Un día me marcharé… Y tú me seguirás.

Marie escuchaba con asombro aquella voz misteriosa. ¡Marcharse! Sin duda, al menor gesto suyo ella lo seguiría. Pero ¿cómo abandonar Viena y Austria? Algo así parecía imposible. Sin embargo, él debía haber visto alguna posibilidad, pues hablaba de aquella manera. Ella no se atrevía a creerlo, pero su corazón latía con fuerza ante la idea de que un mismo destino los uniría. ¿Dónde? Poco importaba, con tal de que estuvieran juntos. No se atrevió a preguntarle, aunque hubiera querido saber más.

Otra vez, en el Prater —acababa de regresar de Múnich—, declaró que no continuaría viviendo con su esposa. Quizá, en un momento de ira, ella llevaría a cabo la amenaza tantas veces repetida de marcharse a Bélgica. En el fondo, él apenas lo creía.

—Ella no se irá. Su amenaza es simplemente una de sus maneras de exasperarme, y nada más.

Pero él mismo tenía un proyecto audaz. Pediría al papa la anulación de su matrimonio. Alegaría que la princesa no podía dar un heredero a la corona. Desde que había dado a luz a su hija, no había tenido otro hijo. Y, sin embargo, había vivido con ella durante cuatro años después del nacimiento de la niña. El parto difícil de la princesa parecía haberla dejado estéril. Aquella era una razón muy poderosa que invocar, y el papa sería sin duda sensible a ella.

Sobre este punto, se perdía en interminables consideraciones políticas en las que Marie apenas podía seguirlo. Era evidente que, una vez anulado su matrimonio, contemplaba una unión morganática con Marie.

—Seré libre, no nos separaremos.

O bien, olvidando al papa, veía abrirse ante ellos un futuro todavía más hermoso.

—Las personas que me rodean están convencidas de que deseo conservar el poder. Se equivocan. Se alegrarían si supieran hasta qué punto me han hecho detestarlo. ¡Cuántas intrigas! ¡Cuántas traiciones! ¡Y tantos rostros falsos cada día!

¡Ser un hombre libre, como lo será algún día mi primo, el archiduque Juan! ¡Llevar lejos de aquí una vida independiente! No debes creer, querida, que eso sea imposible. Quizá baste con quererlo…

Un día, mientras discutía estos proyectos con la fiebre que ahora ponía en todas las cosas, se detuvo y luego comenzó a reír de una manera algo extraña que inquietó a Marie.

—Querida —dijo—, ¿acaso no soy un tonto por atormentarme tanto? ¿No existe acaso otro medio de escapar del mundo y pertenecernos el uno al otro para siempre?

Ella lo miraba, intentando leer hasta el fondo de su pensamiento; él añadió solamente, de forma velada:

—Vaya donde vaya, sé que puedo contar contigo.

Marie se estrechó contra él. De todas aquellas palabras poco coherentes solo retenía una cosa: cualquiera que fuera la solución que él imaginara, Rodolfo la asociaba con ella. Todo tenía un mismo fin: su unión.

Ese pensamiento llenaba de alegría el corazón de Marie. Se negaba a valorar las posibilidades, a seguir a Rodolfo en sus cálculos de probabilidades. En medio de todos los peligros que lo rodeaban, se aferraba desesperadamente a una certeza: él la amaba por encima de todo, no quería separarse de ella.



_________



Pasearon por Schönbrunn. Desde hacía mucho tiempo ella deseaba ver el parque donde Rodolfo había jugado de niño y al que el público no tenía acceso. Dejando de lado por una vez las precauciones que solía tomar, el príncipe fue a esperarla en el landó de Bratfisch, en la esquina de la Marokanergasse, calle cercana a la Salezianergasse. Cuando Marie salió en compañía de la condesa, lanzó una mirada alrededor, pues cada vez que acudía a una cita temía que la siguieran. La calle estaba desierta. Solo dos obreros caminaban lentamente hacia la Traungasse, con los cuellos de sus abrigos levantados.

La condesa subió con Marie al landó de Bratfisch y luego descendió en la primera parada de coches de alquiler. Bratfisch continuó hacia Schönbrunn. Se detuvo a poca distancia de la entrada. Rodolfo y Marie llegaron al parque a pie.

En el momento de atravesar la verja, Marie se volvió. A unos cien pasos de distancia vio a dos hombres que paseaban sin rumbo, a pesar del frío. Tenían el cuello de sus abrigos levantado; su estatura y su manera de andar le recordaron inmediatamente a los dos obreros de la Salezianergasse.

—Nos siguen —dijo vivamente a Rodolfo.

Para su gran sorpresa, él no pareció inquietarse, sino que respondió con un gesto de cansancio acompañado de un indiferente:

—¿Qué se puede hacer?

Ni siquiera se volvió para mirar.

Marie permaneció helada. ¡Cómo! ¿La policía conocía su relación? ¡Desde hacía mucho tiempo quizá! ¡Ella estaba siendo vigilada y todavía no se había dado cuenta! Al regresar a Viena, aquellos dos hombres redactarían un informe. ¿Sobre el escritorio de quién sería depositado aquella misma noche? ¿Y adónde iría después? Hasta llegar al emperador.

Sintió de pronto que todas las fuerzas ocultas del Imperio se habían unido contra ella, tan débil, tan indefensa. ¿Cómo luchar? La aplastarían sin que pudiera siquiera lanzar un grito.

Sin embargo, Rodolfo se sorprendía del silencio de su amiga y le preguntó la causa. Pero ella, sin querer alarmarlo ni arruinar con sus temores un paseo del que esperaba tanta felicidad, le sonrió. Ahora recorrían los senderos secretos del parque.

—¿Dónde jugabas cuando eras pequeño? —preguntó ella.

Rodolfo se echó a reír.

—No jugué mucho tiempo. Me pusieron muy joven bajo las órdenes del general de Gondrecourt, quien me enseñó los severos encantos de la disciplina militar. Pues bien, sabes, querida, por mucho que uno proteste en su interior, por mucho que encuentre aquello absurdo, humillante, cuando de niño ha sido atrapado dentro de ese mecanismo, ya no logra liberarse de él. Soy un hombre, tengo una cultura, tengo ideas liberales que están a mil leguas de las del general de Gondrecourt. Y, sin embargo, a veinte años de distancia, él ha conservado su poder sobre mí. Todavía escucho su voz aguda y, al recibir una orden, junto los talones. Ya ves, todavía no soy libre; sigo siendo un soldado… ¡Qué horror! —concluyó alegremente—. ¿Amarás a un soldado?

Marie le tomó la mano.

—Pobre pequeño, que no tuvo infancia; ahora me corresponde a mí hacerlo reír y divertirlo.

Llegaba la noche. Regresaron a Viena. A solas, Marie se entregó al miedo. Su relación era conocida. ¿Cuánto tiempo tardaría la noticia en propagarse y llegar finalmente hasta los oídos de su madre? Mirara donde mirase, no veía más que catástrofes inminentes.

Sin embargo, tuvo que dejar partir a Rodolfo, su único apoyo. En el último momento, como prueba de su gran amor, él retrasó veinticuatro horas su partida hacia Abbazia.

IV EL ANILLO DE HIERRO



A todos sus temores se añadió uno nuevo. ¿Cómo podía un corazón enamorado no inquietarse ante la idea de aquel encuentro a solas en Abbazia? ¿No pondría la princesa todo su empeño en reconquistar a su esposo? Marie seguía recibiendo mensajes llenos de ternura. ¿Era eso suficiente para tranquilizarla?

Se repetía las palabras de Rodolfo, aquellas con las que le había prometido unir sus destinos. Esas frases tan magníficas, tan llenas de pasión cuando él las pronunciaba, parecían, bajo la atmósfera de la Salezianergasse, haber perdido todo su calor. Allí, ante ella, solo estaban esas palabras inertes, sin brillo, sin fuerza. No podía encontrar consuelo en ninguna parte. Al despedirse de ella, Rodolfo la había prevenido contra el peligro de confiar cualquier cosa a la condesa Larisch.

Regresó de una ausencia de casi quince días más enamorado que cuando se había marchado. La distancia de Marie le había resultado insoportable. En su vida ardiente, ella aportaba frescura; literalmente, tenía sed de ella. Sus relaciones seguían siendo puras, pero lo que sentía era, sin embargo, una necesidad física. La conversación ligera de aquella joven tan hermosa, sus risas, sus inocentes caricias relajaban los nervios irritados del príncipe. Ya no podría prescindir de ella.

Al principio, quizá había pensado divertirse con ella como con tantas mujeres coquetas que sabían por qué acudían a él y a quienes no había que decepcionar. Pero desde su primer encuentro comprendió que Marie era diferente y mucho más valiosa. Desde entonces, maravillado por aquello que él llamaba un milagro, la había respetado. Y ahora se había jurado hacerla su esposa, fueran cuales fueran los obstáculos.

Apenas llegó a Viena, tuvo que partir hacia Praga. Solo pudo verla de lejos en la Ópera. Pero, dos días más tarde, era domingo, la hábil condesa Larisch la llevó a la Hofburg hacia las siete de la noche.

Marie estaba al límite de sus fuerzas. Se había prometido ocultar su tristeza ante un hombre desgraciado que necesitaba alegría a su alrededor. Pero esta vez la ausencia había sido larga y cruel. Cuando vio a Rodolfo, ya no pudo dominarse. No consiguió contener las lágrimas y, arrojándose a los brazos de su amado, le dijo:

—¿Estaré siempre separada de ti? Ya no puedo vivir.

El tono de aquella voz, el sentimiento desgarrador de la fragilidad de su amor, siempre amenazado, y también la turbación de sentir el cuerpo de Marie tan cerca del suyo, lo dominaron. Rodolfo olvidó los juramentos que se había hecho. Marie, inundada de felicidad de pronto, no opuso resistencia.



___________



Desde el día en que se pertenecieron el uno al otro, Rodolfo comprendió que ya no tenía un solo minuto que perder para asegurar su futuro común. El mundo entero unido contra ellos no lograría separarlos. Ya no era tiempo de palabras. Se lanzó a la acción.

Esa misma noche, al regresar de la Ópera, escribió una carta al Papa. En ella exponía su situación respecto a su esposa: la imposibilidad de que ella diera un heredero a la dinastía y el desacuerdo entre ambos, tan grave que un escándalo era inminente, ya fuera porque ella partiera a Bélgica en medio de una escena pública, ya porque él mismo la abandonara, incapaz de soportar por más tiempo la vida en común.

Dejaba a Su Santidad juzgar cuáles serían las funestas consecuencias de aquella situación para la Casa de Habsburgo, para el Estado y para la Iglesia. Le suplicaba, por tanto, que tuviera a bien declarar la anulación de su matrimonio con la princesa Estefanía.

Esta carta autógrafa, redactada con bastante habilidad aunque escrita bajo el impulso febril del momento, salió de Viena al día siguiente por medio de un amigo seguro del príncipe, encargado de entregarla personalmente al Papa.

Cuando recuperó la serenidad, Rodolfo consideró aquella iniciativa demasiado arriesgada.

«No hay una posibilidad entre diez de obtener lo que pido —se dijo—. Pero aunque solo hubiera una entre mil, debo intentarlo».

Partía dos días después hacia Budapest. La víspera acudió en secreto a casa de su primo, el archiduque Juan Salvator. No se habían vuelto a ver desde aquella velada dramática que había puesto fin a la relación entre dos seres hechos, en muchos aspectos, para comprenderse, pero que en otros, no menos importantes, se enfrentaban por completo debido a su propia naturaleza.

Aquel día, la antigua amistad que los unía borró sus diferencias. Conversaron una vez más con el corazón abierto. Se abordaron cuestiones políticas, porque ninguno de los dos era un hombre privado y porque incluso su vida íntima estaba, por desgracia, ligada a la del Estado.

El archiduque Juan quedó impresionado por la palidez y el nerviosismo de su primo, que parecía encontrarse al límite de sus fuerzas. Si algún testigo indiscreto hubiera escuchado detrás de la puerta, se habría horrorizado al oír varias veces la palabra muerte, que parecía marcar el ritmo de aquella conversación.

Cuando Rodolfo se marchó, el archiduque lo abrazó fraternalmente y le dijo:

—Solo tú me retienes aquí; si desaparecieras, debes saber que no permanecería ni un día más en este maldito país.

El sábado 19 de enero, Rodolfo regresó de Budapest por la mañana. Había citado a Marie en su casa. Ella se sorprendió cuando, al separarse de la condesa junto a la pequeña puerta de hierro, vio que Loschek la conducía por un camino que no conocía.

—El príncipe tiene audiencias esta mañana —dijo el viejo servidor—. Recibirá a la baronesa en un salón contiguo a aquel donde recibe habitualmente.

La condujo a una amplia estancia con paneles de estilo Luis XV, blancos y dorados. Unas banquetas tapizadas, un escritorio antiguo y otros muebles ocupaban un lado del salón. En la otra parte había un escritorio moderno de estilo inglés, un sofá y dos sillones de cuero, ocultos tras un gran biombo.

Rodolfo no estaba allí. Pero unos minutos después, Marie oyó voces detrás del biombo. La puerta se abrió. Rodolfo corrió hacia ella.

—Esta mañana tengo obligaciones, amor mío —dijo—. Perdóname, pero quería verte enseguida y por eso te cité aquí. Solo debo recibir todavía a una delegación y después estaré libre… Mientras tanto, tengo algo para ti.

Sacó del bolsillo un anillo de hierro pulido, trabajado con esmero, y se lo entregó a Marie.

—Mira en el interior. Ya sabes que soy muy hábil con las inscripciones.

Marie leyó:

«13 de enero de 1889, I. L. V. B. I. D. T.»

—Solo comprendo la fecha, y me encanta —dijo, lanzando a Rodolfo una mirada llena de ternura—. Pero léeme lo demás.

Rodolfo, con voz grave, leyó:

—«In Liebe vereint bis in dem Tode» (Unidos por el amor hasta la muerte).

Marie se estrechó contra él. No podía hablar. Las palabras de aquel mago resonaban dentro de ella, evocando una visión que contemplaba fascinada. Él había sabido adornar la muerte con una extraña belleza al unirla al amor.

¿Sería ella la que los uniría para la eternidad?

Levantó los ojos hacia Rodolfo, que la estrechaba contra sí.

—Te seguiré adonde quieras, amado mío.

Unos pequeños golpes sonaron en la puerta.

—Es Loschek —dijo Rodolfo—, no te preocupes.

En efecto, era Loschek, quien anunciaba que la delegación esperaba en el salón contiguo.

—No tardaré mucho —le dijo a Marie—. Solo el tiempo de decir algunas banalidades a esa buena gente. No tengas ningún temor aquí. No corres ningún peligro. Loschek es quien te protege.

Salió y Marie quedó sola.

Se sentía como desprendida de sí misma. Una sola palabra pronunciada por Rodolfo le había abierto el acceso a un mundo desconocido. Aquel mundo estaba protegido de las tormentas de la tierra. Una atmósfera serena lo envolvía. Las inquietudes y los tormentos que la consumían no atravesaban su umbral. Allí no existían ni desgarramientos ni luchas, ni la cruel ausencia ni la separación para la que no hay remedio. Era el reino de la paz y de la unión eternas.

Feliz, perdida en sus pensamientos, un ruido de voces la hizo estremecer. Venía de una pequeña puerta situada detrás del biombo. La puerta se abrió. Escuchó una voz femenina que decía:

—¿Dónde estabas, Loschek? Te busqué en el pequeño apartamento de mi hijo.

Después se oyó la voz, muy turbada, de Loschek.

—¡Que Su Majestad me perdone! El príncipe recibe aquí esta mañana y yo lo he acompañado.

Marie, oculta detrás del biombo, temblaba.

—¿Cómo regresó de Budapest?

La voz, esta vez, se había acercado.

—El príncipe se encuentra bien… Sin duda necesita un poco de descanso, pero no es nada grave.

Marie, paralizada por el miedo, comprendía que Loschek hacía todo lo posible por impedir que la emperatriz avanzara más dentro del salón. Quizá conseguiría mantenerla detrás del biombo.

—Le dirás que he venido a informarme sobre su salud.

—El príncipe quedará muy conmovido por la solicitud de Su Majestad.

Hubo un silencio. Marie ya creía estar salvada cuando la voz femenina volvió a decir:

—Quiero dejarle unas palabras sobre su escritorio.

Unos pasos rápidos resonaron sobre el parquet y la emperatriz, al llegar al pequeño escritorio inglés, vio a Marie, roja de vergüenza y confusión, sin saber qué actitud adoptar. Dudó un instante y luego, con la más exquisita cortesía, dijo:

—Le ruego me disculpe por haberla molestado, señorita.

Y volviéndose rápidamente hacia Loschek, cuyo rostro mostraba el mayor embarazo:

—Debiste advertirme que había alguien aquí, torpe… Puedes dejarnos.

Loschek salió.

Los ojos de la emperatriz volvieron hacia Marie, quien, ya recuperada, hacía finalmente una profunda reverencia.

—Quería tener noticias de Rodolfo. De todos modos, le escribiré unas palabras, si usted me lo permite.

Se sentó ante el escritorio, dejó su abanico, buscó una pluma y papel. Entonces miró a Marie.

—¿Ha visto usted a mi hijo esta mañana, señorita?

—Sí, señora —respondió Marie con voz muy baja, haciendo otra reverencia.

—¿Tiene al menos buen aspecto?

—Me pareció un poco cansado.

—¡Pobre muchacho! —dijo la emperatriz levantándose y hablando consigo misma—. Los destinos son ciegos. Él no estaba hecho para la vida que yo le di.

Su voz, la manera de acentuar ciertas palabras, incluso el sentido mismo de lo que decía, evocaron para Marie el recuerdo de Rodolfo de una forma tan viva que el miedo desapareció de su interior y dejó paso a la emoción.

La emperatriz tomó nuevamente su abanico. Se dirigió hacia la puerta. ¿Iba a marcharse así? Ahora Marie deseaba que permaneciera un poco más. Sentía que, en aquel mundo hostil, quizá tenía allí una aliada.

Sin embargo, después de una breve vacilación, la emperatriz tomó una decisión. Regresó junto a Marie y dijo:

—Nunca nos habíamos encontrado, señorita; ya no salgo. Sin embargo, sé quién es usted. Nuestros caminos no debían cruzarse, pero puesto que el azar nos ha reunido, quiero aprovechar este instante. Siéntese usted ahí.

Le indicó un sillón. Ella misma se sentó en el sofá. El abanico se movió durante unos instantes; con un rápido movimiento del pie acomodó el bajo de su vestido negro; miraba a Marie.

—Es usted aún más hermosa de lo que me habían dicho… ¡Y qué joven es!… ¿Qué edad tiene? Todavía se puede preguntar eso.

—Tengo diecisiete años, señora.

—¡Diecisiete años! —repitió la emperatriz—. ¿Es posible tener diecisiete años?…

Se detuvo un momento y luego, olvidándose nuevamente de Marie, añadió:

—A los diecisiete años yo ya estaba casada, y ya era desgraciada. Sin embargo, era joven —volvió a mirar a Marie— y hermosa, como usted.

Marie se atrevió a decir:

—Su Majestad sigue siendo hermosa.

—Como una mujer vieja.

Aquellas palabras, pronunciadas con énfasis, parecían sellar la piedra del sepulcro donde desde hacía mucho tiempo estaba enterrada su juventud. Marie no se atrevía a levantar los ojos. Escuchaba el lento movimiento del abanico.

La emperatriz continuó:

—¡Qué esplendor tiene la juventud, qué encanto! Nos batimos inútilmente contra los años. Para conservar una figura, ¡cuántas luchas! Pero esas mejillas redondas e infantiles, esos ojos vivos, ese hechizo, ¿dónde encontrarlos cuando desaparecen?… No hay nada hermoso ni verdadero salvo la juventud. Los jóvenes no se equivocan. Todo cuanto hacen está bien… El mundo les pertenece. ¡Habría que morir joven!…

Permaneció aún un instante siguiendo sus propios pensamientos. Después, con otro tono, dijo:

—Le pido perdón, señorita; me he dejado llevar por mis sueños en voz alta, como una persona que vive desde hace mucho tiempo en la soledad… Me marcho… No conviene que mi hijo nos encuentre aquí juntas. Me alegra haberla visto. Ahora sé que es usted hermosa y que no hay maldad en usted… Quisiera que mi hijo fuera feliz. Le quedan pocos años para serlo. ¡Y, sin embargo, eso es lo único que importa!… Pero es difícil alcanzar la felicidad cuando se es príncipe. Muchas veces siento compasión por él… No se lo digo. Estas muestras de ternura no conducen a nada… Vivimos en un triste palacio… Usted parece aquí una flor. No vuelva. El aire es malo en este lugar. Las flores se marchitan muy pronto entre nosotros… Permítame abrazarla, hija mía. Está usted muy cerca de mi corazón.

Se levantó, tomó a Marie entre sus brazos y la besó en la frente. Luego salió rápidamente, con la cabeza erguida. El vestido de seda crujía a su paso.

Marie, vencida por la emoción, se dejó caer sobre el sofá y, con la cabeza entre las manos, lloró suavemente.

Entretanto, la gran puerta de doble hoja se abrió sin que Marie lo advirtiera y Rodolfo apareció hablando con la delegación que se encontraba en la segunda habitación.

—Señores, les agradezco su visita y les digo: «Hasta pronto».

La puerta se cerró detrás de él.

Entró, vio a Marie tendida llorando como una niña. Se acercó a ella, la acarició y le preguntó la causa de aquellas lágrimas.

Marie, rápidamente consolada pero aún conmovida, le relató la escena que acababa de ocurrir.

—Estaba tan asustada que no pude pronunciar una sola palabra. Sentía miedo, y sin razón alguna. De inmediato comprendí que ella, al menos, no deseaba separarnos. Pero hay en ella —no sé cómo explicártelo— algo grandioso y distante, también misterioso, como si conociera cosas que nosotros ignoramos... Emplea palabras muy sencillas y, sin embargo, su significado es profundo... No creas que intentó asustarme. Al contrario, fue muy bondadosa conmigo, incluso tierna. ¿Lo creerías? Me besó... Tal vez vislumbraba grandes desgracias acechándonos y cedió a un impulso de piedad. No lo dijo, pero se reflejaba en su manera de ser, en su forma de mirarme y de guardar silencio... Cuando salió, yo estaba tan turbada que me eché a llorar, sin motivo, ya ves, como la tonta que soy... Sin embargo, Rodolfo —continuó ella, rodeándole el cuello con los brazos—, soy feliz; solo existe una verdadera desgracia: la separación. Pero el anillo que me has dado hoy me tranquiliza.





















V RUMORES



Comenzaban a circular rumores en los círculos mejor informados de la corte y de la ciudad. «No es cierto —decían algunos— que el príncipe imperial solo encuentre placer en los excesos. Esta vez ama…». Los más perspicaces añadían que aquello no era cosa de ayer y que las fiestas en casa de Sacher no eran sino una máscara destinada a ocultar la verdad al público. Se admiraba el doble juego del príncipe y la elegante manera con que había logrado engañar a la opinión.

Pero ¿a quién amaba? Ahí comenzaban las divisiones. Unos afirmaban que una hermosa joven había conquistado el corazón de un hombre que, hasta entonces, jamás lo había entregado. Otros negaban con la cabeza, con aire escéptico. ¿A quién se le haría creer que un hombre como el príncipe imperial se contentaría con una pequeña ingenua de rostro angelical, por hermosa que fuese? ¿Bastarían unas miradas intercambiadas en la Ópera, un encuentro furtivo en el Prater —sobre este hecho todos coincidían— para satisfacer a aquel hombre hastiado de todo? En cuanto a verla en privado, eso no podía ni pensarse. La joven cuyo nombre se murmuraba nunca había sido vista sola en ninguna parte, sino siempre en compañía de su madre o de la condesa Larisch (al mencionar este nombre, dos o tres personas para quienes la sociedad vienesa no tenía secretos intercambiaban miradas cómplices, pero, por razones evidentes, guardaban silencio). Había que admitir, pues, que aquella hermosa joven, cuyo encanto nadie negaba que hubiera cautivado al príncipe, era ella misma una pantalla. ¿Destinada a ocultar qué?... Ahí era donde los sabuesos más astutos perdían el rastro. Se hablaba de una gran dama polaca de nacionalidad alemana, una espía, sin duda; o, si la palabra parecía demasiado fuerte, una agente de aquel diabólico canciller de hierro que, descontento con las ideas liberales mostradas por el príncipe, quería conducirlo por un camino de terciopelo hacia sus propios designios. Para otros, finalmente, una pequeña burguesa de belleza celestial había trastornado de tal manera la cabeza principesca que el Imperio y la Corona ya no le parecían más que simples adornos comparados con la posesión de aquella humilde persona.

Fuera cual fuese la verdad, todos coincidían en reconocer que esta vez el inconstante, el inaprensible, había quedado prendado definitivamente. En cuanto a las consecuencias que aquello traería para el Estado, la Corona, la dinastía, los partidos políticos, la oposición y el gobierno, el ejército y para él mismo, ni siquiera era posible calcular su importancia, pues eran demasiado complejas, inciertas y cambiantes.

Y, sin embargo, demasiadas personas pronunciaban el nombre de la pequeña baronesa Marie Vetsera para que aquello no llegara a oídos de nuestros dos protagonistas. El conde Hoyos, que sentía por el príncipe una amistad sincera y que se mantenía alejado de toda intriga cortesana, creyó conveniente advertirle. Para su gran sorpresa, el príncipe le respondió simplemente:

—Le agradezco la advertencia, Hoyos. En efecto, amo a esa joven. Pero cuento con usted para desmentir cualquier rumor en el que su nombre aparezca relacionado con el mío.

En cuanto a Marie, tuvo una experiencia que le abrió los ojos. Entraba en la Ópera antes de que se levantara el telón y recorría el pasillo de los palcos, delante de su madre y de su hermana. En la puerta entreabierta de un palco, dos damas, amigas de la baronesa Vetsera, conversaban. Marie se dirigió hacia ellas para saludarlas. Aquellas señoras, que le daban la espalda, hablaban con tanta animación que no distinguieron detrás de ellas los pasos ligeros de la joven. Marie ya las rozaba al pasar. Oyó su propio nombre y el del príncipe heredero… En ese mismo instante, las damas la vieron y se quedaron calladas de golpe. A pesar de su experiencia en sociedad, no pudieron ocultar cierta turbación. Marie, por su parte, permaneció desconcertada. La llegada inmediata de la baronesa Vetsera puso fin a aquel malestar que apenas había durado un segundo, pero un segundo demasiado largo.

Si este incidente hubiese ocurrido un mes antes, habría inquietado profundamente a Marie. Aquella noche apenas la afectó. Se sentía juguete de fuerzas temibles, fuera de su control, que la arrojarían, viva o muerta, no sabía hacia dónde. ¿Qué importaba que en Viena se hablara de su relación con el príncipe? Pasaría tiempo antes de que aquello llegara a oídos de su madre, pues aquellos rumores carecían de fundamento sólido. ¡Tiempo! Ya no hacía planes ni siquiera para tres días después. ¿Quién podía decir dónde estaría dentro de un mes o incluso dentro de una semana?

Rodolfo estaba ausente una vez más, por cuarenta y ocho horas. Eso era lo que importaba. ¿Qué noticias traería a su regreso? ¿Tendría un telegrama de Roma? Su vida pendía del extremo de aquel hilo.

Cuando el príncipe regresó de dos días de caza en el castillo de Orth, junto al Danubio, no encontró la respuesta tan esperada del papa. Por otra parte, había que creer que lo que había oído en la Hofburg lo había llevado a extremar las precauciones para sus encuentros con Marie. Temiendo un escándalo provocado por la princesa heredera, quien mediante algunas palabras de doble sentido le había hecho comprender que no ignoraba su relación actual, no se atrevió a hacer venir a Marie a su casa. Pidió, por tanto, a su complaciente prima que se la llevara al Prater aquella misma noche. A las nueve de la noche, en invierno, el Prater era un lugar seguro para una cita.

En el landó de Bratfisch, Marie tuvo la sorpresa de encontrar a un Rodolfo que, si no estaba alegre, al menos se mostraba tranquilo y hablaba de todo con una serenidad que ella no le conocía. Él la envolvió con un extremo de su gran abrigo; ella se acurrucó entre sus brazos y se estrechó contra él, temblando de frío. En el mundo entero, solo ella le importaba. Aquella noche no pedía nada más a la vida. Los rumores que crecían a su alrededor no llegaban hasta él; no concedía ninguna importancia a las amenazas veladas de su esposa, y la respuesta del papa seguía tardando. Pues bien, si el papa rechazaba ayudarlo, prescindiría del papa.

—Mientras esté seguro de ti —le dijo tiernamente a Marie—, nada podrá realmente alcanzarme.

Puede imaginarse la alegría de Marie al escuchar aquellas palabras. ¿No habría soportado acaso las torturas del infierno con tal de oírlas de labios del hombre que amaba?

La noche los rodeaba. A lo lejos se divisaban las luces de la ciudad enemiga. El frío escarchaba los cristales del carruaje que transportaba, por un breve instante, a dos seres olvidadizos de todo, salvo de la dicha suprema que experimentaban al estar juntos.















VI EMPERADOR Y SOLDADO



El sábado 26 de enero debía ser, pensaban ellos, un día feliz: se verían dos veces, una hora por la mañana en secreto, en la Hofburg, y por la noche en el baile que ofrecía el embajador de Alemania, el príncipe de Reuss. María hacía su debut en sociedad. Rodolfo asistiría, al igual que la princesa imperial. María había preparado el más elegante de los atuendos. Llevaría en el cabello la media luna de diamantes que había pertenecido a su madre y, en el dedo, el primer anillo que Rodolfo le había regalado. A su madre le había dicho que era un obsequio de su querida amiga, la condesa Larisch, con motivo de su presentación en sociedad.

Pero la rueda del destino giró de un modo muy distinto al que ellos esperaban.

Aquella mañana encontró a Rodolfo preocupado y, aunque él se esforzaba por ocultárselo, ella lo conocía demasiado bien para no advertirlo. No tenía noticias de Roma. ¿Bastaba eso para explicar su tristeza? María hizo todo lo posible por disiparla. Recurriendo a un medio que tantas veces le había dado resultado, comenzó a hablar de los días felices que les aguardaban cuando Rodolfo, después de renunciar a sus dignidades y a sus derechos, llevara junto a ella, lejos de Austria, la vida de un simple ciudadano.

Ninguna perspectiva resultaba más seductora para el príncipe. Si el papa concedía la anulación, seguiría siendo príncipe imperial, con todo el cortejo de deberes, funciones, responsabilidades y preocupaciones que aquella posición tan elevada y única llevaba consigo. Sin duda esperaba obtener entonces el consentimiento de su padre para contraer un matrimonio morganático con María. ¿Lo conseguiría? A María aquella idea la inquietaba.

—No existe la felicidad pública —solía decir.

Pero vivir ocultos, lejos de las miradas del mundo... ¡qué atractivo tenía ese sueño para ambos!

Aquel día retomó una conversación que habían sostenido muchas veces.

—¿Sabes? —dijo—. Me preocupa que termines aburriéndote si permaneces sin hacer nada. No estás acostumbrado a una vida ociosa.

—Veinte años de descanso apenas bastarán para librarme del cansancio que llevo dentro. ¿Adónde iremos?

Y los dos emprendieron, con la imaginación, un viaje que los llevó desde Andalucía hasta el País Vasco, de Argel a Normandía, de las islas del Pacífico a Ceilán.

María concluyó:

—Después de todo, ¿qué importa el lugar? El paraíso es dondequiera que no tenga que separarme de ti.

Rodolfo la besó.

—¡Te encerraré en tu prisión!

María volvió a un asunto más concreto.

—¿Has olvidado que hace mucho tiempo me prometiste mostrarme el bosque en invierno? ¿Cómo voy a confiar en un hombre que no cumple sus promesas?

—El próximo lunes y martes iré de cacería a Mayerling, en pleno bosque de Viena, ya en las montañas. Allí tengo un pequeño pabellón de caza. Me encantaría pasar contigo esos dos días. Pero, por ahora, es imposible, por desgracia.

—¡Qué feliz sería allí! Pero cuidado, Rodolfo; si me llevas, jamás volveré a Viena.

—Entonces queda acordado. Cuando ya no tengamos que separarnos, te llevaré.

En ese momento se oyó en la puerta el leve rasguño con el que Loschek acostumbraba anunciarse. El humor del príncipe cambió en un instante.

—¿Lo ves? —dijo a María—. No me dejan en paz. Todos están confabulados contra mí... ¿Qué les he hecho? ¿No podrían olvidarse de mí siquiera por un día?... Entra —gritó a Loschek.

El anciano sirviente apareció.

—¿Qué ocurre ahora para que vengas a interrumpirme?

La voz del príncipe dejaba traslucir su inquietud.

—Monseñor, un ayudante de campo de Su Majestad solicita hablar con Vuestra Alteza.

Rodolfo se volvió hacia María.

—Pasa un momento a mi habitación. Seguramente no es nada importante, pero debo recibirlo.

María desapareció y Loschek hizo pasar al oficial. Venía a comunicar al príncipe que el emperador deseaba verlo sin demora en su despacho.

Antes de que el ayudante de campo terminara de hablar, Rodolfo comprendió que su padre lo hacía llamar por el más grave de los motivos y que aquella entrevista decidiría el curso de su vida.

—Voy con usted —dijo.

El oficial se retiró. Rodolfo abrió la puerta a María. Ella advirtió que su rostro había cambiado y reflejaba una profunda preocupación.

—Debo ir a ver a mi padre. Sus conversaciones suelen prolongarse bastante. No puedo pedirte que esperes, amor mío.

María se alarmó.

—¿Quiere hablarte de mí?

—No es probable. Me ha mandado llamar por unos tediosos asuntos del servicio.

Pero María no se dejó convencer.

—¡Tengo miedo!

Rodolfo la estrechó entre sus brazos.

—No temas, querida. Ya sabes que nadie puede separarnos. En el peor de los casos, iremos juntos a Mayerling, aunque sea para no volver jamás... Intentaré enviarte una nota esta tarde. Y si no lo consigo, esta noche, en la embajada, encontraré la manera de hacerte comprender cómo marchan las cosas entre nosotros.

Se besaron apasionadamente.

__________



Pocos minutos después, Rodolfo entraba en el despacho del emperador. Era una amplia estancia de aspecto austero, donde jamás se cambiaba un solo mueble de lugar. Las sillas y los sillones estaban alineados como una formación de soldados; no había un solo papel fuera de sitio sobre las mesas o el escritorio, ni una pluma o un lápiz que no se encontrara exactamente donde debía estar. La habitación recibía luz de dos grandes ventanas con cortinas verdes que caían rectas hasta el suelo. Cuando entró, dejaban pasar la apagada claridad invernal de un cielo gris y encapotado.

Aquel día tenía las más serias razones para temer la entrevista con su padre y, como dudaba de tener la fortaleza necesaria para afrontar el enfrentamiento que lo esperaba, un profundo malestar se apoderó de él, creciendo hasta hacerse casi insoportable. Aquel despacho frío le pareció un campo de batalla donde dos adversarios iban a enfrentarse en un combate que podía terminar con la muerte de uno de ellos. ¡Ay! Designado de antemano como la víctima de aquella extraña contienda, temía que los nervios lo traicionaran. ¿Qué armas emplearía su padre? Nunca antes habían abordado entre ellos una cuestión semejante. No podía imaginar desde qué ángulo el emperador iniciaría la conversación.

«Con tal de que se mantenga en el terreno administrativo», pensó.

El emperador estaba sentado ante su escritorio, vestido con el uniforme de diario de mariscal de campo. Sus escasos cabellos, las patillas y el bigote eran completamente blancos. Unos gruesos anteojos descansaban sobre su nariz prominente. Leía un documento de gran formato, siguiendo cada línea con un lápiz.

Con un gesto de la mano indicó a su hijo que esperara un momento y tomara asiento.

Rodolfo lo observaba como si hiciera mucho tiempo que no lo veía. Sin embargo, había cenado con él la noche anterior.

«Ha envejecido mucho —pensó—, y apenas tiene sesenta años. Pero, después de todo, ¿alguna vez fue realmente joven? Es un viejo burócrata, encargado de los asuntos de la firma Habsburgo. Pasa el día entero hundido entre papeles. Ahora tomará el expediente “Rodolfo contra María”, y nuestra preciosa vida será discutida como si se tratara de elegir entre dos tipos de tela para confeccionar los uniformes del ejército.»

Entretanto, el emperador había terminado de leer el documento. Abrió un cajón, lo guardó cuidadosamente, dejó el lápiz y lo alineó junto a otros de distintos colores que ya estaban allí. Luego se quitó los anteojos, los limpió, los guardó en su estuche y colocó este exactamente en el lugar que le correspondía, entre el tintero y los lápices.

Hecho esto, volvió la mirada hacia su hijo y comenzó a hablar con una voz monocorde, desprovista de toda emoción.

—Esta mañana he recibido una carta del Vaticano que me ha sorprendido. Es una carta personal del Santo Padre, que no ha pasado por las oficinas de la Curia. Su contenido permanece, por tanto, en secreto entre Su Santidad y yo.

«El tono administrativo. Ya lo sabía», pensó Rodolfo, irritado desde el primer momento. El fastidio que le producía la voz monótona de su padre superaba incluso la ansiedad por conocer la respuesta de la que dependía su vida.

—Así he sabido —continuó Francisco José— que el 14 de enero de este año escribiste directamente al Santo Padre acerca de un asunto del que nunca me habías hablado.

El emperador miró a su hijo, esperando una respuesta. Rodolfo se limitó a decir:

—Es un asunto estrictamente personal, padre.

—Precisamente ahí radica tu error —prosiguió la voz impasible del emperador—. Ese asunto no puede, bajo ninguna circunstancia, considerarse personal. Afecta a los más altos intereses del Estado. El Santo Padre así lo ha entendido, puesto que me dirige a mí la respuesta a la carta que le escribiste. Una solicitud como la que presentaste solo podía provenir de mí, como jefe de la familia y emperador, investido, en virtud del pacto que regula esta materia, de una autoridad absoluta.

En ese punto, el emperador se complació durante unos momentos en hacer eruditas consideraciones jurídicas sobre el estatuto que, desde 1839, había fijado sabiamente los derechos y prerrogativas del jefe de la familia. Con sutiles razonamientos examinó la interesante cuestión de si el emperador estaba sujeto a dicho pacto o si, por su condición de jefe de la Casa, se hallaba por encima de él. Parecía invitar a Rodolfo a compartir su admiración por la prudencia con que Fernando I y sus consejeros habían redactado aquel documento.

Rodolfo hervía de impaciencia. Cuando, por fin, el emperador guardó silencio, preguntó con evidente ansiedad:

—¿Y esa respuesta...?

El emperador lo miró con cierta sorpresa.

—¿Acaso no te han bastado estos pocos minutos aquí para conocerla?... Es negativa, hijo mío; es negativa...

Movía la cabeza con aire de aprobación, como si confirmara una decisión plenamente acertada. Todavía creyó oportuno añadir algunas reflexiones de carácter general.

Pero Rodolfo ya no lo escuchaba.

Ahora que conocía la respuesta del papa, comprendía que, en el fondo, nunca había creído que pudiera ser distinta. Había actuado apremiado por las circunstancias. Un hombre que solo tiene dos caminos para escapar de la muerte prueba ambos. Descubre que uno de ellos es un callejón sin salida. Queda el otro: partir con María...

En ese momento esperó que su padre no fuera más allá. Aún no habían librado el combate y, sin embargo, ya se sentía abrumado por el cansancio. Necesitaba un poco de descanso y preparar en secreto su huida...

Pero el emperador tenía un tema que desarrollar y lo hacía con toda calma.

«¡Qué lentitud! —pensó Rodolfo—. ¡Es un anciano!»

Durante un instante sus ojos se detuvieron en las orejas de su padre. Siempre le habían parecido grandes. ¿Habrían crecido todavía más? La piel tenía el aspecto reseco del pergamino. No parecía circular sangre alguna por ellas.

«Están muertas —se dijo Rodolfo—. Quizá un día se le caigan.»

La ocurrencia lo divirtió.

El emperador hizo una pausa. Hubo un momento de silencio. Rodolfo, creyendo que la audiencia había terminado, se levantó.

Con un gesto rápido, su padre lo detuvo.

—Aún no he terminado.

Se tiró del bigote, señal infalible de que estaba irritado.

«Ahora sí —pensó Rodolfo—. Vamos a luchar.»

El rostro sonriente de María apareció ante sus ojos y, de inmediato, se sintió lleno de fuerza.

—Nunca he tenido que hablar contigo de tu vida privada —el tono del emperador había cambiado—, y habría preferido no hacerlo jamás. Pero hoy las circunstancias son tales que es el emperador, y no el padre, quien debe intervenir. Tienes una relación...

En ese punto Rodolfo no pudo contenerse. Su paciencia había sido puesta a prueba durante demasiado tiempo. Olvidó el respeto que debía a su padre y respondió bruscamente:

—¿Acaso soy el único?

Con una autoridad seca, pero sin perder la serenidad, el emperador prosiguió:

—Aquí solo se trata de ti. No has sabido mantener esa relación en secreto. Has cometido graves imprudencias. Incluso tu esposa está al tanto de ella, y sabes perfectamente a qué peligros nos expone. Tenemos motivos para temer un escándalo. Personas en nuestra posición no pueden permitirse un escándalo. Y, tal como marchan las cosas, el escándalo es inevitable... Ese escándalo recaerá sobre nuestra Casa...

Al pronunciar esa palabra, tan cargada de significado para él, la voz del emperador cobró mayor firmeza.

—Estamos rodeados de enemigos. Son muchos los que desean aprovechar cualquier circunstancia que pueda debilitar a la monarquía. ¿Quieres comprometer, por tu frivolidad, la obra secular a la que hemos consagrado nuestros esfuerzos?

Demasiadas palabras de aquel breve discurso herían a Rodolfo. ¿Cómo escuchar sin indignación que llamaran «relación» a la unión eterna entre María y él? ¿Cómo soportar que calificaran de «frivolidad» unos sentimientos capaces de desafiar a la muerte?

La ira comenzaba a dominarlo. Sin embargo, hizo un esfuerzo y consiguió conservar la calma.

El emperador esperaba una respuesta.

—¿No tienes nada que decir?

—¿Qué quiere de mí?

—Quiero que rompas con la señorita Vetsera.

Aunque lo esperaba, escuchar aquel nombre hizo estremecerse a Rodolfo. Le pareció que resonaba por toda la gran habitación silenciosa y que hasta los muebles vibraban con él. Solo el emperador permanecía sombrío e impasible, con la mirada fija en su hijo.

A Rodolfo la emoción le oprimía la garganta y le impedía hablar. Se limitó a negar lentamente con la cabeza.

Entonces el emperador dijo:

—Creo que no me has comprendido.

Esta vez Rodolfo habló. Al principio su voz era apagada, pero poco a poco fue cobrando intensidad.

—Su petición no me ha sorprendido. Cuando mandó llamarme, ya sabía lo que iba a decirme. ¿Romper con...?

Vaciló un instante. Pronunciar el nombre de María delante de su padre le parecía un sacrilegio. ¿«La señorita Vetsera»? ¿Existía acaso una señorita Vetsera? Se corrigió.

—¿Romper...? Es imposible. Ni siquiera lo piense. No crea que hablo llevado por la ira. Llevo meses enfrentándome a esta misma cuestión. Y, sin embargo, he hecho un descubrimiento; sí, un gran descubrimiento: solo tengo una vida y quiero ser... Casi me avergüenza decírselo, porque quizá esta palabra nunca se ha pronunciado en esta casa... quiero ser feliz.

Se interrumpió, porque creyó advertir que su padre lo observaba con curiosidad.

«Debo parecerle el más extraño de los animales», pensó Rodolfo.

Se sintió completamente liberado y continuó con un tono en el que se percibía un leve matiz de insolencia.

—Me sorprende que me obligue a tomar una decisión. Con toda la sabiduría y la experiencia que ha acumulado, imaginaba que me permitiría encontrar una forma de vida que conciliara deberes opuestos: los que tengo hacia usted y los que tengo hacia mí mismo. ¿Es realmente imposible?

El emperador negó lentamente con la cabeza. Golpeteaba el escritorio con la punta de un abrecartas. Era la única señal de nerviosismo que dejaba entrever. Aquel golpeteo constante irritó a Rodolfo. Comprendió que no había ganado ni un palmo de terreno. De pronto decidió pasar al ataque.

—No me aferro al poder; el ambiente que se respira en él está envenenado. Durante mucho tiempo creí que podía ser útil. Sus consejeros, padre, me arrebataron esa ilusión...

—No hay consejeros —replicó el emperador—. Estoy yo.

—Da lo mismo. A pesar de todos mis cargos, a pesar de todas las tareas que desempeño, me siento inútil en este Imperio. No represento más que un papel decorativo; ya no creo en lo que hago. Por eso renuncio a ello. Que yo sepa, no existe ninguna ley que me prohíba hacerlo.

El abrecartas cayó secamente sobre el escritorio.

—¿Qué es lo que estoy oyendo? —dijo el emperador con voz airada—. Olvidas que tienes una misión que cumplir y...

Rodolfo no le permitió continuar.

—Otro la cumplirá. ¿Sería acaso la primera vez, entre los Habsburgo, que la sucesión pasara a una rama colateral? Mi primo Francisco Fernando ocupará mi lugar y lo hará perfectamente. Él tiene ideas que no inquietan a nadie, mientras que las mías son consideradas peligrosas. En los círculos del gobierno me miran con desconfianza. Verán con gusto mi partida.

—No te irás.

La respuesta fue tajante. El rostro de Rodolfo enrojeció, pero todavía hizo un esfuerzo por dominarse.

—Podría no haber nacido; podría morir mañana. La monarquía seguiría existiendo. Con mis primos dispone usted de una reserva inagotable de hombres...

—Basta de sofismas —interrumpió el emperador.

—¡Pero no son sofismas! —replicó Rodolfo—. ¿No lo ha comprendido después de una hora de discusión? ¡Por fin he encontrado la felicidad y no renunciaré a ella! Si no me permite disfrutarla ocupando una posición oficial, me convertiré en un simple ciudadano.

—¿Y de qué vivirás?

La pregunta cayó con toda precisión y dejó a Rodolfo sin respuesta por un instante. Miró a su padre con furia.

—¿Quiere decir que me privará de todo medio material para subsistir? Puede hacerlo, pero sería un proceder indigno.

—¡Calla! No tengo por qué responder a tus preguntas... Actuaré como considere más conveniente.

—Tenga cuidado. Frente a los obstáculos que pone en mi camino, existe otra salida...

El emperador negó lentamente con la cabeza. Golpeteaba el escritorio con la punta de un abrecartas. Era la única señal de nerviosismo que dejaba entrever. Aquel golpeteo constante irritó a Rodolfo. Comprendió que no había ganado ni un palmo de terreno. De pronto decidió pasar al ataque.

—No me aferro al poder; el ambiente que se respira en él está envenenado. Durante mucho tiempo creí que podía ser útil. Sus consejeros, padre, me arrebataron esa ilusión...

—No hay consejeros —replicó el emperador—. Estoy yo.

—Da lo mismo. A pesar de todos mis cargos, a pesar de todas las tareas que desempeño, me siento inútil en este Imperio. No represento más que un papel decorativo; ya no creo en lo que hago. Por eso renuncio a ello. Que yo sepa, no existe ninguna ley que me prohíba hacerlo.

El abrecartas cayó secamente sobre el escritorio.

—¿Qué es lo que estoy oyendo? —dijo el emperador con voz airada—. Olvidas que tienes una misión que cumplir y...

Rodolfo no le permitió continuar.

—Otro la cumplirá. ¿Sería acaso la primera vez, entre los Habsburgo, que la sucesión pasara a una rama colateral? Mi primo Francisco Fernando ocupará mi lugar y lo hará perfectamente. Él tiene ideas que no inquietan a nadie, mientras que las mías son consideradas peligrosas. En los círculos del gobierno me miran con desconfianza. Verán con gusto mi partida.

—No te irás.

La respuesta fue tajante. El rostro de Rodolfo enrojeció, pero todavía hizo un esfuerzo por dominarse.

—Podría no haber nacido; podría morir mañana. La monarquía seguiría existiendo. Con mis primos dispone usted de una reserva inagotable de hombres...

—Basta de sofismas —interrumpió el emperador.

—¡Pero no son sofismas! —replicó Rodolfo—. ¿No lo ha comprendido después de una hora de discusión? ¡Por fin he encontrado la felicidad y no renunciaré a ella! Si no me permite disfrutarla ocupando una posición oficial, me convertiré en un simple ciudadano.

—¿Y de qué vivirás?

La pregunta cayó con toda precisión y dejó a Rodolfo sin respuesta por un instante. Miró a su padre con furia.

—¿Quiere decir que me privará de todo medio material para subsistir? Puede hacerlo, pero sería un proceder indigno.

—¡Calla! No tengo por qué responder a tus preguntas... Actuaré como considere más conveniente.

—Tenga cuidado. Frente a los obstáculos que pone en mi camino, existe otra salida...

Un largo silencio siguió a la amenaza implícita en aquellas palabras. Francisco José apoyó los codos sobre el escritorio y, con un gesto que le era habitual cuando necesitaba reflexionar, hundió la cabeza entre las manos.

Rodolfo se había puesto de pie y, olvidando todo protocolo, caminaba de un extremo a otro del despacho. Su decisión estaba tomada. Conquistaría su libertad; de lo contrario... La idea de abandonar a María ni siquiera cruzó por su mente. Partirían juntos, cualquiera que fuese su destino. Nadie rompería el vínculo que los unía.

Rodolfo se sentía tan cansado que anhelaba el descanso definitivo. ¿Por qué no abandonaba en ese mismo instante aquel despacho helado? ¿Qué esperaba todavía? Era absurdo seguir luchando cuando existía una región, de tan fácil acceso, donde toda lucha terminaba y reinaba la paz eterna. Tuvo una visión tan serena y tan atrayente de aquel país encantado, situado más allá de los límites del mundo terrenal, que la conservó hasta el final de aquella penosa escena.

Por fin el emperador se incorporó. Se acercó a su hijo y, poniéndole una mano sobre el hombro, lo condujo hacia un sofá.

—Sentémonos. Ya no habla el emperador. Hablemos como padre e hijo.

El gesto y el tono sorprendieron a Rodolfo. No se dejó conmover. Sin duda se trataba de una maniobra de su padre, viejo político experto en el arte de manejar a los hombres. Se prometió permanecer atento y no dar un solo paso en falso. Sin embargo, respondió a la invitación con un entusiasmo que al emperador le pareció sincero.

—Nada podría darme mayor gusto.

El emperador lo hizo sentarse a su lado.

—Eres mi hijo, mi único hijo. Te quiero y, no sé por qué, nunca hemos tenido la oportunidad de hablar con el corazón abierto, como padre e hijo. Ya sabes que no dispongo de tiempo para mí.

Suspiró.

—¡Cuánto trabajo, cuántas preocupaciones!

Continuó hablando con un tono familiar. Evocó su vida desde los dieciocho años, en medio de la tormenta que entonces barría Europa y derribaba dinastías como castillos de naipes; recordó cómo su lámpara era la primera en encenderse en una Viena que aún dormía; habló de cuarenta años consagrados a un trabajo cotidiano, ingrato e incesante; de la vejez que ahora pesaba sobre él y de no haber conocido un solo día de descanso.

Hablaba con suavidad, sin lamentarse, sin intentar engrandecerse. Pero, a partir de aquellos recuerdos, expuestos con aparente sencillez, Rodolfo fue formándose poco a poco una idea completamente nueva de su padre.

«Qué hábil es —pensó—. Nunca lo había imaginado.»

Entonces recordó una frase de un escritor moderno:

«Los Habsburgo son artistas por naturaleza.»

Aquellas palabras siempre lo habían sorprendido. Y ahora descubría, para su asombro, que su padre poseía verdadero talento. En ese momento lo admiraba; sin embargo, la decisión que había tomado desde el comienzo de aquella entrevista seguía siendo la misma.

Entretanto, el emperador continuó:

—Representamos, hijo mío, una casa de siglos de antigüedad. En los círculos de oposición que frecuentas... ¡oh!, no te lo reprocho —se apresuró a añadir—; ese es, precisamente, el papel del príncipe heredero... allí juzgan mi política con muy poca indulgencia. Quienes no ejercen el poder rara vez piensan más allá del presente. Yo, en cambio, como un eslabón de una larga cadena de hombres consagrados a la misma tarea, estoy obligado a pensar en las generaciones que vendrán cuando nosotros hayamos desaparecido. Mis pueblos no siempre comprenden el porqué de mis actos, pero me han otorgado su confianza porque, aunque sea de manera instintiva, perciben que su emperador y rey trabaja desinteresadamente por su bienestar... Si abandonáramos nuestro puesto, hijo mío, si la dinastía desapareciera, esos pueblos, hoy unidos, se dividirían y terminarían combatiéndose en luchas fratricidas. En lugar del imperio próspero y magnífico que tus antepasados construyeron pieza por pieza, no quedaría más que un puñado de pequeños Estados, débiles, inseguros, amenazados en sus fronteras por poderosos vecinos y viviendo con el temor constante del día de mañana... Comprendes bien, Rodolfo, que no puedes rebatir lo que acabo de decirte.

En otra circunstancia, Rodolfo habría disfrutado iniciando, por primera vez, una discusión política con el emperador. Pero ahora era demasiado tarde. Ya no se trataba de cuarenta millones de personas ni del Imperio, sino de María y de él. Su desasosiego aumentó. Se veía enfrentado a un adversario hábil, que había escogido cuidadosamente el terreno del combate. Allí sería derrotado sin remedio. Lo mejor sería romper la conversación, marcharse...

Sin embargo, por debilidad, optó por ganar tiempo y respondió:

—Quizá sea un gran engaño trabajar para el porvenir. Los pueblos nunca están satisfechos; siempre se quejan, siempre son ingratos. ¿Quién puede saber lo que ocurrirá? Un huracán puede abatirse sobre nosotros desde el norte. ¿Está realmente destinada a perdurar para siempre nuestra dinastía, después de más de mil años de existencia?

—No lo sé —respondió el emperador—, y a veces incluso lo dudo. Tal vez yo sea el último emperador. Pero nuestro deber no cambia por ello. Un soldado no discute la orden que recibe. Pronto llegará tu turno de relevarme. Cuento contigo...

Con voz apagada, como si hablara consigo mismo, Rodolfo dijo:

—Lo único que importa es que alguien tome el relevo. Si un soldado falta, otro ocupa su lugar.

Aquellas palabras hicieron estremecerse al emperador. ¿Era realmente su hijo, un Habsburgo, quien hablaba de ese modo? Estaban allí, sentados muy cerca el uno del otro, dos hombres de la misma sangre. Y, sin embargo, entre ellos se abría un abismo. Permaneció inmóvil, con la mente en blanco, sin saber qué responder.

En ese momento ocurrió un pequeño hecho inesperado. Desde la Franzensplatz se escucharon los toques de clarín que anunciaban el relevo de la guardia. Desde hacía cuarenta años, el emperador tenía la costumbre de contemplar el paso del batallón que, a esa misma hora, acudía al palacio. Fuera cual fuese el trabajo que estuviera realizando —una audiencia o un consejo que presidiera—, lo interrumpía, se acercaba a la ventana y su corazón de soldado encontraba placer en ver desfilar a aquellos magníficos soldados que preparaba para la defensa del Imperio.

Aquel día, como todos los anteriores, respondió al llamado de los clarines y se dirigió a la ventana. Rodolfo lo siguió casi maquinalmente. El alegre sonido de la música militar penetró en ambos y transformó el ambiente hostil del despacho. Ya no había allí un emperador y un príncipe heredero enfrentados, sino dos hombres de armas que contemplaban, con la mirada experta de profesionales, un espectáculo que conocían bien

—Es el regimiento de cazadores del Tirol —dijo el emperador—. ¡Qué porte! ¡Cuánta agilidad!

—Son hombres de Merano y de Innsbruck —añadió Rodolfo—. Resisten muy bien el cansancio. Y nunca se quejan.

—Ya ves que, con el nuevo reglamento, se han logrado grandes avances en la instrucción de los reclutas. La mayoría de esos hombres apenas lleva seis meses en el cuartel. Y, aun así, los resultados son evidentes.

Conversaban de ese modo, como dos hombres que habían vestido el uniforme desde la infancia y jamás se lo habían quitado. Por un momento habían olvidado sus diferencias.

De pronto, el emperador tomó a su hijo del brazo.

—Tú eres soldado, y yo también lo soy. Podemos entendernos... Mira a esos muchachos. Son jóvenes; tienen toda la vida por delante... No me conocen y nada esperan de mí. Para ellos apenas represento la obligación del servicio militar... Pues bien, si mañana surgieran dificultades, si un huracán del norte, como tú dices, se abatiera sobre nosotros, y yo necesitara de ellos, responderían a mi llamado; sí, todos, hasta el último, y me entregarían lo más valioso que poseen: ¡su sangre!... ¿Has pensado alguna vez en eso, Rodolfo? ¿Y tú, hijo mío...?

Mientras su padre hablaba, la exasperación de Rodolfo alcanzó su punto máximo. El emperador interpretaba, con una habilidad extraordinaria, precisamente la melodía que hacía vibrar las fibras más sensibles de su espíritu. Había algo desleal en recurrir a semejantes medios. Parecía como si hubiera hecho acudir deliberadamente a una banda militar para dar mayor fuerza dramática a sus argumentos, del mismo modo que, en los viejos melodramas, los trémolos de la orquesta conmueven los nervios del público en los momentos culminantes.

«No voy a dejarme vencer —pensaba—. Pero ¿cómo escapar de esto?...»

Ya no escuchaba a su padre. En su mente resonaban las palabras que este había pronunciado unos minutos antes:

«Actuaré como considere más conveniente.»

Era la expresión que el emperador empleaba cuando aplazaba una petición que ya había decidido rechazar. En ocasiones, dentro de la familia, incluso bromeaban con esa frase cuando el ambiente lo permitía. Tenía, por tanto, un significado muy preciso: el emperador, único dueño de toda la fortuna y de todas las rentas de la Casa de Habsburgo, no le daría un solo centavo si abandonaba Austria...

«Actuaré como considere más conveniente» era un chantaje para obligarlo a romper con María; un chantaje absurdo, porque sus dos vidas ya eran una sola. Aquel emperador de cabeza dura y corazón seco lo comprendería demasiado tarde, cuando los viera morir juntos...

Pero, a pesar de la ira que hervía en su interior, Rodolfo conservaba una absoluta lucidez. Debía recurrir a la astucia, porque su padre no lo dejaría salir de allí sin arrancarle una promesa. ¿Qué valor podía tener un juramento obtenido en semejantes circunstancias? Era una cuestión sobre la que cabía discutir. Sin embargo, aun presionado por la necesidad, no quería faltar a su palabra. Debía encontrar una salida y prometer únicamente aquello que realmente pudiera cumplir...

Era, en el fondo, una cuestión de palabras. ¿Quién tenía la culpa? El propio emperador, cegado por su obstinación.

Desde aquel instante, Rodolfo comenzó a maniobrar para conquistar el derecho a morir, con la misma sangre fría, el mismo valor y la misma destreza con que cualquier otro habría luchado por conservar la vida.

Todo ese torrente de pensamientos cruzaba por su mente mientras su padre seguía hablando. Finalmente, el emperador concluyó con una frase tomada, una vez más, de su lenguaje habitual:

—Entonces estamos de acuerdo, Rodolfo.

—Queda un punto por aclarar —respondió el príncipe, adoptando deliberadamente el tono empleado por su padre—. ¿Podré volver a ver a la señorita Vetsera? No puedo despedirla como usted destituye a uno de sus ministros. Sería una crueldad completamente innecesaria.

El rostro del emperador se iluminó y estuvo a punto de esbozar una sonrisa. En efecto, se sentía bastante orgulloso de la elegancia con que se desprendía de un ministro que había dejado de merecer su confianza. El interesado, después de una audiencia cordial, salía convencido de gozar del mayor favor. Al regresar a su casa encontraba una carta de renuncia que no le quedaba más remedio que firmar.

—No me opongo a que la veas una vez más.

—¿A solas? —preguntó Rodolfo.

—A solas, si así lo deseas, aunque esos encuentros suelen ser muy penosos. Siempre es más prudente evitarlos.

Rodolfo sintió que la ira volvía a apoderarse de él al oír a su padre hablar de ese modo.

—Eso es asunto mío —replicó con voz contenida.

—Como prefieras. Véanse, pero que sea la última vez. Quiero tu palabra.

—Se la doy.

El emperador se puso de pie. Por un instante tuvo el impulso de estrechar a su hijo entre sus brazos. Pero el rostro de Rodolfo estaba pálido y contraído, y sus ojos ardían con tal intensidad que Francisco José se limitó a suspirar y concluyó, con su acostumbrado tono administrativo:

—Puedes retirarte.







VII MAYERLING



Aquel sábado 26 de enero de 1889, el embajador de Alemania, el príncipe Enrique VII de Reuss, ofrecía la fiesta más brillante de la temporada. Allí se encontraba la familia imperial: el príncipe heredero y la princesa Estefanía, los archiduques y las archiduquesas, el cuerpo diplomático, la corte, los altos funcionarios, los jefes del ejército, las bellezas más deslumbrantes de la doble monarquía. Vestidos de gala y uniformes resplandecientes; amplias faldas desplegadas, casacas bordadas en oro, diademas heredadas que solo abandonaban sus estuches tres o cuatro veces al año, condecoraciones prendidas sobre viejos pechos, perlas, diamantes, ríos de joyas, collares, pendientes, aretes, solitarios... ¡Cuántos destellos brillaban bajo el cristal de las lámparas! La orquesta de Johann Strauss interpretaba sus valses más ligeros. Era un instante de tregua y descanso, de lujo y placer, de olvido y distensión en medio de la dura lucha por la existencia; una sonrisa entre tantas muecas: un baile.

¿Quién habría podido creer que allí había dos personas condenadas a muerte? Apenas les quedaban tres días de vida. Y, sin embargo, habían acudido al baile. Uno de ellos era el personaje más importante de la reunión: Su Alteza Imperial y Real, el príncipe heredero Rodolfo. La otra era la joven más hermosa, más seductora y también la más joven de la velada —apenas tenía diecisiete años—: la baronesa María Vetsera, que aquella noche hacía su presentación en sociedad. Vestía un traje azul pálido, llevaba una media luna en el cabello, un broche de diamantes y un anillo en la mano. Era amable, encantadora, cautivaba todos los corazones. Diez jóvenes elegantes, nobles y ricos deseaban casarse con ella. Pero ella había elegido comprometerse en secreto con la muerte.

El príncipe se mostraba de excelente humor. Reía, bromeaba y cortejaba a las damas. Intercambió unas palabras con María Vetsera. En ese momento muchas miradas estaban puestas sobre ellos; ya saben, por todas las historias que circulaban... ¡pero no había que creer ni una sola! ¡Qué naturalidad la de él! ¡Qué gracia la de ella! ¿Qué se dijeron? Solo pudo oírse esto, después de los cumplidos de rigor que el príncipe sabía dirigir con tanta elegancia cuando se acercaba a una mujer hermosa:

—El lunes y el martes iremos de cacería a Mayerling.

Eso fue todo. No, realmente no había nada sospechoso. Conversaron apenas un minuto; luego se separaron y desaparecieron entre el vaivén del baile. ¿Dónde volverían a encontrarse?

¿Era posible conservar tanta serenidad y tanta despreocupación a las puertas de la muerte? Sin duda ignoraban que iban a morir. Esa debía de ser la sencilla explicación de su alegría aquella noche, tan espontánea y sincera; de la felicidad que iluminaba los hermosos ojos de aquella muchacha.

No. No lo ignoraban.

Ellos mismos habían escrito su destino en el libro del porvenir. La entrevista de aquella mañana con el emperador lo había decidido todo. Partirían hacia Mayerling y allí...

María lo había sabido apenas unas horas antes, por una nota de Rodolfo, llena de ternura y de amor, casi alegre ante la idea de escapar de aquel mundo que los atormentaba. Por ahora solo pensaba en una cosa: viviría junto a él, completamente sola, durante uno o dos días, lejos de todos. Bastaba ese pensamiento para iluminar su joven rostro. Esa noche él la encontraba hermosa; ella lo fascinaba y sentía deseos de estrecharla entre sus brazos.

Aquel baile era, realmente, el más magnífico de todos.

El conde Hoyos la sacó a bailar. Desde que sabía que Rodolfo le profesaba amistad, María lo veía con simpatía. También bailó con Miguel de Braganza, primo del príncipe heredero. Él también la cortejaba; se habría casado con ella al día siguiente si ella hubiese aceptado. Le ofrecía una existencia fácil y principesca por toda Europa... Rechazar un matrimonio tan brillante tenía, para ella, un cierto encanto. Aquella noche solo albergaba pensamientos ligeros, y todos le resultaban agradables.

De pronto, las parejas dejaron de bailar.

¿Qué sucedía?

La princesa heredera recorría los salones del brazo del embajador de Alemania. A su paso, los hombres se inclinaban y las mujeres hacían profundas reverencias.

María y Miguel de Braganza se detuvieron.

La princesa avanzaba respondiendo a los saludos. Era alta, corpulenta; jamás había recuperado la figura después del nacimiento de su único hijo. A los ojos de María carecía de belleza, de gracia y también de ternura. Había llevado a la desesperación a un príncipe sin igual en toda Austria, la esperanza de los pueblos de la doble monarquía; lo había condenado a muerte.

Aquellos pensamientos cruzaron velozmente la mente de María y la llenaron de ira.

La princesa estaba ya a solo tres pasos. Miró fijamente a María con curiosidad, casi con desafío.

¿Cómo soportar semejante insolencia?

Muchas miradas se volvieron hacia aquel encuentro entre la esposa y la mujer a quien se decía que era su rival.

Un paso más.

Las damas que rodeaban a María hicieron la reverencia; los hombres inclinaron la cabeza. La mirada de la princesa se posó sobre María...

Pero María permaneció inmóvil.

Sus piernas no se doblaron, como exigía la etiqueta. Mantuvo la cabeza erguida y sostuvo la mirada de su enemiga.

La princesa y el embajador continuaron su camino.

Entonces un murmullo comenzó a propagarse de grupo en grupo; pasaba de un oído a otro, se deslizaba entre los asistentes, bajo los cristales de las lámparas, sobre los divanes tapizados, mezclándose con las alegres notas de un vals de Strauss y con el tintinear de las copas de champaña...

Dos días después.

Un crepúsculo de invierno. Un cielo cubierto de nubes empujadas por el viento; una franja rosada en el horizonte occidental, sobre las montañas; las ramas de los abetos cargadas de nieve a medio derretir; un pequeño conjunto de edificios rodeados por un muro, en la ladera de una colina. Desde allí la vista dominaba un valle donde unas cuantas casas se agrupaban alrededor de una iglesia de agudo campanario, mientras más allá se elevaban las pendientes cubiertas de bosques.

Era Mayerling, el pabellón de caza situado a cuarenta kilómetros de Viena.

Pertenecía al príncipe heredero.

Rodolfo y María recorren un sendero que serpentea entre el bosque. Él ha enlazado su brazo con el de la joven. Es una imagen fiel de la realidad: aunque es él quien la guía, al mismo tiempo se apoya en ella. Se escuchan los golpes secos de un pájaro carpintero que horada la corteza de una haya, o su estridente carcajada cuando los paseantes lo obligan a levantar el vuelo. El sendero asciende con bastante pendiente. De vez en cuando, María se detiene.

—Estoy sin aliento —dice, tomando la mano de Rodolfo y colocándola sobre su corazón.

El príncipe siente sus rápidos latidos a través del abrigo de nutria que la envuelve. La vida fluye con plenitud en aquel joven cuerpo...

—Me gustaría perderme, Rodolfo, pero contigo es imposible. Conoces personalmente cada uno de estos árboles y parecen hacer guardia a nuestro alrededor. No puedo sentir miedo.

Siguen caminando. No creen necesario hablar. No les asustan sus pensamientos silenciosos; no tienen secretos el uno para el otro. María se funde con aquel bosque invernal que desde hacía tanto tiempo soñaba conocer.

Al fin deben regresar. La noche ha caído por completo. A lo lejos titilan dos o tres luces del pueblo. Unos pasos más y llegan al pabellón de caza.

Hay una habitación bastante amplia que sirve a la vez de salón y comedor. Está decorada con trofeos y grabados de cacería. Y flores. ¡Cuántas flores! Nunca habían recibido a María con semejante homenaje. ¿No era ella misma semejante a aquellas rosas apenas abiertas que estaban destinadas a marchitarse?

Rodolfo corre una cortina. Detrás se encuentra el pequeño dormitorio. Un amplio lecho ocupa casi todo el espacio. Más allá hay un cuarto de aseo.

—Eso es todo —dice con cierto aire de disculpa—. ¿Te parece suficiente?

Ella se arroja a su cuello para ocultar el rubor que enciende sus mejillas.

María ha escapado de su casa llevando únicamente un pequeño bolso, como si hubiera salido a hacer unas compras por Viena. En el cuarto de aseo encuentra ropa de dormir, una elegante bata de casa adornada con velo y encajes blancos, y un encantador par de zapatillas ribeteadas con plumón de cisne. Rodolfo ha pensado en todo. Ella vuelve a besarlo, agradecida de que haya querido verla hermosa para la cena.

En otro tiempo, aquella cena con los compañeros de cacería de Rodolfo, el príncipe Felipe de Coburgo y el conde Hoyos, la habría inquietado. Pero ella y Rodolfo ya estaban lejos del mundo. Para ellos ya no existían ni la etiqueta ni el qué dirán. María sigue tuteando a su amado. ¿Cómo es posible que, al oírla hablarle así, nadie comprenda que está a las puertas de la tumba? Nadie advierte nada. Resulta casi extraño.

La cena transcurre alegremente. Bratfisch, a quien han hecho venir, silba melodías populares con tanta gracia y picardía que María no puede dejar de reír.

Todos se retiran temprano a descansar, pues al día siguiente hay jornada de caza y será necesario levantarse muy temprano. Por desgracia, el tiempo es espantoso. La tormenta azota la montaña. Tal vez la jornada quede arruinada.

Por primera vez, después de mil caricias, María conoce la dulzura de quedarse dormida entre los brazos de Rodolfo.

Se despierta tarde y lo encuentra aún a su lado.

Su sorpresa se convierte en asombro.

¡No ha salido de cacería!

No piensa separarse de ella ni un solo instante. Afuera, ráfagas de nieve y lluvia azotan los árboles, que parecen gemir bajo el viento. Él bromea con ella, juega, la provoca con ternura. ¡Qué feliz es al verlo tan afectuoso y despreocupado!

Después del almuerzo aprovechan una breve mejoría del tiempo para volver a pasear por el bosque.

Ya tienen costumbres de una vida compartida.

María observa a Rodolfo tranquilo. El pliegue de preocupación que antes surcaba su frente ha desaparecido. Solo el pasado, cargado de inquietudes, le inspiraba temor; pero ahora los ojos de Rodolfo, como los suyos, están vueltos hacia el futuro.

Por un instante vuelve a pensar en todo aquello que él abandona por amor a ella...

Un día contempló, en la cámara del tesoro, la corona de Carlomagno, de oro macizo e incrustada de piedras preciosas. Mira a Rodolfo de reojo e imagina aquella cabeza tan querida bajo la corona milenaria.

«¡Qué hermoso se vería! Y todo por mi causa...»

No piensa en lo que ella misma sacrifica: la flor divina de su juventud, el terror de la última hora, ya tan cercana.

Solo siente alegría al pensar que acompañará a Rodolfo adonde él ya decidió ir.

¿Acaso podía dejarlo emprender solo ese viaje del que nadie regresa?

Gracias a la presencia de la mujer que ama, él es feliz...

Le preocupa que el crepúsculo afecte a aquel ser tan querido y enfermizo. Enseguida manda traer lámparas.

—Quisiera escribir una carta —dice Rodolfo.

Ella lo mira con inquietud.

«¿Todavía tiene asuntos pendientes? ¿Aún sigue aferrándose a la vida que está a punto de abandonar?»

Él comprende sus pensamientos sin que ella pronuncie una sola palabra.

—Solo a mi madre... Hay un cementerio en el bosque, muy cerca de aquí, en Alland. Quisiera que nos enterraran allí, uno al lado del otro. Quienes sufran el tormento de un amor imposible nos llevarán flores y rezarán sobre nuestra tumba. Siempre estará cubierta de flores y, mientras descansemos, escucharemos las palabras que los enamorados susurren junto a nosotros.

María también escribe: a su madre, a su hermana y a su hermano. Les pide perdón por marcharse de aquel modo. Su vida ha quedado unida para siempre a la de Rodolfo. No les han permitido vivir en paz en este mundo. Emplea palabras tiernas e ingenuas. Ruega a su hermano que no llore y le promete velar por él desde el otro mundo.

Llega la hora de la cena. Solo está presente Hoyos. El príncipe de Coburgo, que ha regresado a Viena, ha avisado a Rodolfo que no podrá asistir al banquete familiar al que lo esperaban en el Hofburg.

Por fin llega la noche.

Permanecen abrazados, en silencio, o intercambiando las mil ternuras que solo los enamorados saben decirse.

María no sabe qué ha decidido Rodolfo.

¿Cuándo llegará el final?

No se lo pregunta.

Vencida por el cansancio, se acurruca entre sus brazos y murmura:

—¡Ah! Ojalá no volviera a despertar nunca.

Y pierde el conocimiento.

El sueño deja inmóvil un beso sobre sus labios entreabiertos.

Duerme, confiada, feliz como una niña.

La noche envuelve a María.

La noche envuelve a Rodolfo.

Ella sueña y sonríe.

No percibe que, a su lado, un cuerpo se mueve y se aparta; no oye un gemido ahogado, ni el ruido de un cajón al abrirse, ni el seco chasquido del acero...

No ve, a la incierta claridad que se filtra por la ventana, acercarse sigilosamente, con pasos de lobo, al Rey de los Espantos.

__________



El primer disparo de revólver despertó a Loschek, que dormía no muy lejos de su señor. Todavía aturdido por el sueño, no logró adivinar de dónde había provenido la detonación. Seguramente algún cazador...

Aun así, se levantó.

Cuando llegaba al vestíbulo que precedía al dormitorio del príncipe, un segundo disparo resonó detrás de la puerta.

Se lanzó hacia ella para abrirla.

Estaba asegurada con el cerrojo.

En ese momento apareció el conde Hoyos. Entre los dos la derribaron.

___________



Sobre la cama yacía María Vetsera, cubierta de rosas.

La muerte, fulminante, la había sorprendido mientras dormía.

No había hecho un solo movimiento.

__________

Atravesado sobre la cama yacía Rodolfo, hasta entonces príncipe heredero de Austria-Hungría, con el cráneo horriblemente destrozado por un disparo de revólver efectuado en la sien derecha.













































EPÍLOGO



Aquel miércoles por la mañana, poco después de las once, la señora Schratt, tan elegante y alegre como de costumbre, anunció su llegada para visitar a la emperatriz, que la esperaba. Esta la recibió en su dormitorio y pronto se entabló una conversación distendida entre aquellas dos mujeres tan distintas, unidas, sin embargo, por la intimidad que ambas compartían con el emperador. La señora Schratt tenía el don de divertir a la emperatriz.

En ese momento se abrió la puerta que comunicaba con el salón de recepción y entró una de las damas de honor, la más cercana a la emperatriz, la señora de Ferenczi. A pesar de su habitual dominio de sí misma, tenía el rostro desencajado. La emperatriz, señalándola con una sonrisa a la señora Schratt, comentó entre risas:

—Mírela. Siempre dramatiza todo. Seguro viene a anunciarme que una de mis pieles se la han comido las polillas.

La broma no produjo el efecto esperado.

El rostro pálido de la señora de Ferenczi permaneció inmóvil. Se acercó a la emperatriz con una carta en la mano. Al observarla con mayor atención, la emperatriz sintió de pronto un escalofrío y se puso de pie.

—¿Qué ocurre?

La señora de Ferenczi hacía inútiles esfuerzos por hablar. Aterrada, la emperatriz la sujetó por los hombros. Sin pronunciar palabra, la interrogaba con la mirada. La pobre dama de honor, temblando como una hoja, reunió por fin fuerzas para decir:

—El conde Hoyos acaba de regresar de Mayerling...

Se interrumpió.

Los ojos de la emperatriz la devoraban.

Al cabo de unos instantes añadió con una voz apenas perceptible:

—¡Ha ocurrido una desgracia espantosa!... ¡El príncipe heredero ha muerto!...

Por muy valerosa que fuera, la emperatriz vaciló al recibir aquel golpe. La señora Schratt corrió a sostenerla. Entre ella y la señora de Ferenczi lograron reanimarla.

La emperatriz poseía un espíritu firme. Apenas recuperó el aliento, preguntó con voz alterada por los detalles.

¿Un suicidio?...

Se estremeció al recordar el trágico final de tantos miembros de su familia...

El príncipe había arrastrado consigo a la joven baronesa Vetsera...

Tomó la carta de manos de la señora de Ferenczi y leyó las primeras palabras:

«Madre querida, he matado...»

No pudo continuar.

Sin decir una palabra, ocultó el rostro entre las manos y rompió a llorar.

Después se incorporó.

—El emperador... Debe saberlo de inmediato.

Y, volviéndose hacia la señora Schratt, preguntó:

—¿Cuál de las dos irá a decírselo?

Las dos mujeres se miraron.

¿Quién se atrevería a entrar en el despacho del emperador llevando semejante noticia?

Permanecían allí, angustiadas, vacilantes, con el corazón destrozado, cuando, precisamente en ese instante, oyeron unos pasos crujir sobre los cuatro escalones de madera que separaban los aposentos del emperador de los de su esposa.

—Es él —murmuró la emperatriz.

Y se acercó a la señora Schratt.

La puerta se abrió y apareció el emperador.

En su rostro surcado de arrugas se dibujaba la expresión satisfecha de un escolar que logra escapar del aula por unos minutos.

La emperatriz fue resueltamente a su encuentro y, con infinita dulzura, pero sin intentar suavizar la verdad, le comunicó en pocas palabras la terrible noticia.

Durante unos instantes, el emperador pareció no comprender.

Su mirada iba de su esposa a la señora Schratt, interrogándolas a ambas con unos ojos vacíos.

Luego, completamente abatido, se dejó caer pesadamente sobre un sofá.

Durante largo rato permaneció sentado entre su esposa y la señora Schratt, que sostenían una mano cada una.

No hizo el menor esfuerzo por contener el dolor que lo aplastaba.

Se sentía herido como padre, como creyente y como emperador.

Todavía resonaban en su memoria las palabras que Rodolfo le había dicho durante la discusión del sábado anterior:

—Frente a las dificultades que usted pone ante mí, existe otra salida...

No había creído en aquella amenaza.

Y, sin embargo, había visto la palidez de su hijo y el fuego de ira que ardía en sus ojos.

Había actuado, como solía decir, «de la manera más conveniente».

Pero los acontecimientos lo habían sobrepasado.

¡Un suicidio!

¡Su hijo, su único hijo, su única esperanza, se había quitado la vida!

Era algo monstruoso, incomprensible...

Bastaba pensar en ello para sentir vértigo.

¿Y la Iglesia?

¿Qué haría?

¿Comparecería Rodolfo ante el Juez Supremo sin haber sido purificado por las oraciones y los ritos prescritos?

¿Pagaría un extravío de un instante con una eternidad de tormentos?

¿Y la monarquía?

¿Sobreviviría a semejante golpe la paciente obra secular de la Casa de Habsburgo?

Hacia donde dirigiera la mirada, solo veía catástrofes.

Los preciosos minutos transcurrían y él permanecía inmóvil.

Era indispensable tomar decisiones de inmediato.

El conde Hoyos lo esperaba en su despacho.

Allá, en Mayerling, el cadáver de Rodolfo seguía junto al de aquella joven...

Se secó las lágrimas que corrían por sus mejillas envejecidas, besó a su esposa y a la señora Schratt y se dirigió, lentamente, hacia sus aposentos.

Pronto comenzaron a salir órdenes desde el Hofburg.

El hombre de mayor confianza del emperador, el ministro-presidente, el conde Taaffe, llegó desde el Reichsrat hacia la una y media de la tarde. El prefecto de policía y los miembros del gabinete civil también se presentaron. En medio de la consternación y el desconcierto, se tomaron medidas apresuradas.

El conde Szecsen de Temerin, alto funcionario de policía; uno de los médicos del emperador, el profesor Wiederhofer; y otros dignatarios de la corte partieron sin demora hacia Mayerling, de donde traerían de regreso el cuerpo del príncipe. En cuanto a María Vetsera, se impartió la orden más cruel...

Ya estaban de vuelta a la una y cuarto de la madrugada. Rodolfo fue expuesto en sus aposentos, que daban al Patio de los Suizos. Nadie tomó en cuenta el deseo que había expresado a su madre de ser enterrado en el pequeño cementerio rural de Alland, junto a María.

Para el Hofburg, María no existía.

María nunca había existido.

Rodolfo, en su habitación colmada de flores, yacía sobre una cama de campaña. Una manta de seda roja lo cubría hasta el rostro. La cabeza estaba envuelta en un paño blanco que ocultaba el destrozo del cráneo.

Alrededor del Hofburg comenzó a reunirse el pueblo. La multitud, cada vez más numerosa, se conmovía profundamente. Como la policía era insuficiente para restablecer el orden, fue necesario hacer intervenir al ejército. Hubo varios heridos y un muerto.

La fatalidad parece exigir que todo gran acontecimiento —ya sea un duelo o un nacimiento ilustre— reclame un sacrificio humano.

Una vez más se cumplía esa ley oscura, extraña, pero innegable: un hombre moría porque el príncipe heredero había muerto.

La versión oficial sostenía, por el momento, que había sucumbido a la rotura de un aneurisma.

Sin embargo, aquella misma noche se practicó la autopsia.

A pesar de todas las precauciones adoptadas, ya no fue posible ocultar el suicidio.

El informe de los médicos se publicó el viernes 1 de febrero. Concluía que el príncipe se había quitado la vida a consecuencia de un trastorno pasajero de sus facultades mentales.

Apoyándose en ese informe, el emperador envió al papa un telegrama de dos mil palabras solicitando exequias religiosas para su hijo. Era un asunto que le desgarraba el corazón, una cuestión de la mayor importancia. Su hijo necesitaba urgentemente las oraciones de la Iglesia.

El Vaticano vaciló.

¿Cómo conceder honras fúnebres religiosas a un suicidio tan notorio?

El emperador envió un nuevo telegrama.

Si la Iglesia le negaba aquel último consuelo, estaba decidido a abdicar.

Finalmente, el papa León XIII, pese a la oposición del cardenal Rampolla, secretario de Estado, accedió a la petición y autorizó los funerales religiosos.

Las exequias se celebraron con gran solemnidad el 5 de febrero, a las cuatro de la tarde, y el cuerpo de Rodolfo fue conducido a la Iglesia de los Capuchinos, donde descansaban los Habsburgo y también el duque de Reichstadt, incorporado a la familia imperial austríaca.

La emperatriz, la princesa Estefanía y las archiduquesas no estuvieron presentes.

Asistieron, en cambio, a un oficio religioso celebrado en la capilla del palacio.

El emperador pareció conservar un dominio absoluto de sí mismo.

Al llegar, dirigió una rápida mirada a la concurrencia para asegurarse de que todo estuviera dispuesto conforme al protocolo.

Durante la misa permaneció impasible.

Solo se derrumbó unos momentos después, cuando, ya en la cripta, abierto el féretro, el gran mariscal de la corte, el príncipe de Hohenlohe, presentó los restos de su hijo al prior de la orden y preguntó solemnemente:

—¿Reconoce usted los restos mortales del difunto Rodolfo, archiduque de Austria y, en vida, príncipe heredero de la Corona?

El padre guardián respondió con la fórmula tradicional:

—Sí, la reconozco y, desde este momento, velaremos piadosamente por ella.



__________



Abandonemos la cripta donde tantas grandezas humanas reposan reunidas en torno a la tumba de un príncipe a quien el amor condujo hasta la muerte; dejemos que, sobre aquellos muros helados, sigan ondeando los tapices adornados con las armas imperiales; dejemos que las almas errantes de aquel sepulcro se conmuevan y reciban a la desdichada víctima que llega hasta ellas aún bañada por la sangre de su juventud.

Volvamos ahora a María Vetsera, abandonada en el lugar donde fue asesinada.

Nada iguala la crueldad con que fueron tratados los restos mortales de aquella encantadora joven.



__________



El lunes 28 de enero, cuando María partió hacia Mayerling, la condesa Larisch-Wallersee regresó a la calle Salesianergasse. Fingía estar fuera de sí por la angustia.

Según contó, María había huido aprovechando un momento en que ella, ocupada en una tienda, la había dejado sola. Al parecer, había dejado una nota anunciando que iba a arrojarse al Danubio.

Es fácil imaginar el estupor, el espanto y el dolor de la baronesa Vetsera al escuchar un relato tan inesperado, para el que nada la había preparado.

La condesa tranquilizó a su amiga y, al mismo tiempo, la atormentó de otra manera al decirle sin rodeos:

—María no se ha suicidado. Ha huido con el príncipe heredero, de quien está locamente enamorada.

—¡Pero si apenas lo conoce! —intervino la señora Vetsera.

Entonces la condesa Larisch-Wallersee, sin mencionar en absoluto el papel que ella misma había desempeñado en aquella intriga, de la que había sido el alma, le reveló la relación entre María y el príncipe heredero.

La señora Vetsera no daba crédito a lo que oía.

¡Su hija, a la que casi nunca perdía de vista, todavía una muchacha, convertida en la amante del príncipe heredero, cuando todo los separaba!

Había que encontrar a la fugitiva sin perder un instante.

Quiso acudir de inmediato al ministro-presidente, el conde Taaffe, a quien conocía personalmente. La condesa logró disuadirla.

El conde era demasiado conocido en los círculos sociales y la historia acabaría divulgándose.

Ella misma iría a ver al prefecto de policía.

No dejaba de repetir:

—He perdido a María; tengo que encontrarla.

En efecto, acudió al prefecto de policía, quien respondió que solo pondría en marcha a la policía si se presentaba una denuncia formal. Solo la madre podía interponerla. Además, añadió que, si sus hombres llegaban a dar con el príncipe heredero, se verían obligados a detener la investigación de inmediato, pues no tenían autoridad para seguirlo.

La señora Vetsera envió a su hermano, Alejandro Baltazzi, acompañado por la condesa.

Aquella nueva gestión tampoco dio resultado.

Temiendo el escándalo y confiando, a cada momento, en que María regresaría a casa, la baronesa no se decidía a presentar la denuncia.

¿Dónde estaba el príncipe heredero?

Mandó preguntar por él en casa del conde Hoyos, su compañero de cacerías.

El portero respondió que ignoraba dónde se encontraba cazando su señor.

La condesa se ofreció entonces a obtener información en el Hofburg.

Regresó aquella misma noche.

Rodolfo estaba cazando en Mayerling con sus amigos.

Volvería a la noche siguiente para asistir a una cena familiar en la corte.

Así transcurrió la noche.

María no regresó.

A la mañana siguiente, la condesa Larisch consideró prudente abandonar Viena y regresar a su castillo.

La desdichada señora Vetsera acudió nuevamente al prefecto de policía.

Este recibió con evidente escepticismo la versión que la condesa había dado sobre la desaparición de la joven. Conocía bien a las personas implicadas y preguntó bruscamente:

—¿Está usted segura de la condesa?

La baronesa puso en sus manos una denuncia por el secuestro de su hija.

El prefecto insistió una vez más en que, si llegaban a encontrar el rastro del príncipe heredero, la vigilancia terminaría de inmediato.

Con el paso de las horas, la desesperación de la señora Vetsera fue en aumento.

Llegó incluso a pensar en arrojarse a los pies del emperador.

Como no pudo obtener una audiencia con él, consiguió ser recibida por el conde Taaffe.

Este ya había sido informado por el prefecto de policía.

Aconsejó a la señora Vetsera que tuviera paciencia.

No era seguro que la señorita Vetsera estuviera en Mayerling.

Aquella misma noche él cenaría en el Hofburg.

Allí vería al príncipe.

Entonces sería mucho más fácil continuar la investigación.

La señora Vetsera no comprendía aquellas dilaciones.

Suplicó al conde que hablara personalmente con el príncipe.

Él respondió que sus relaciones con Rodolfo no eran tan estrechas como para permitirse intervenir en sus asuntos privados.

Añadió que, si las sospechas de la baronesa resultaban fundadas, la emperatriz era la única persona capaz de abordar ese asunto con su hijo y de ejercer alguna influencia sobre él.

—Si esta noche asiste a la cena, mi jefe de detectives lo seguirá al salir, aunque debo confesar que me resulta profundamente desagradable inmiscuirme en los asuntos privados del príncipe heredero.

Pasó otra noche sin que la señora Vetsera encontrara un solo instante de tranquilidad.

A la mañana siguiente recibió una carta de la señora Larisch que aportaba una prueba concreta de la relación entre María y Rodolfo.

Ya no cabía duda.

Pese a las oportunas reservas de los altos funcionarios, era evidente que su hija había partido con él.

La baronesa seguía sin tener noticias del conde Taaffe.

¿Acaso no había visto al príncipe la noche anterior en el Hofburg?

¿Por qué guardaba silencio?

Incapaz de soportar por más tiempo la angustia y la incertidumbre, se dirigió al palacio al final de la mañana y pidió ver a la señora de Ferenczi, con quien mantenía cierto trato.

Esta la recibió después de una espera bastante larga.

Le dijo que el conde Taaffe ya la había puesto al corriente de la situación, pero omitió mencionar que acababa de enterarse del trágico final de los dos amantes.

La baronesa le suplicó que le consiguiera una audiencia con la emperatriz, quien seguramente sabía dónde se encontraban el príncipe y María y aún podía impedir que estallara el escándalo.

La señora de Ferenczi respondió con evasivas.

Dijo que ya era demasiado tarde, que el escándalo era inevitable, pero que, aun así, Su Majestad recibiría a la señora Vetsera.

Tras pronunciar aquellas palabras, cargadas de un oscuro presagio, se alejó, dejando a la baronesa desconcertada.

Pocos minutos después entró la emperatriz.

Estaba pálida, con el rostro endurecido por el dolor.

Se acercó a la señora Vetsera, le tomó la mano y dijo:

—Nuestros hijos ya no están.

Las palabras tan profundamente humanas de la emperatriz llegaron al corazón abatido de la señora Vetsera. En ellas se unían, en una misma angustia, dos madres igualmente golpeadas por la desgracia.

Sin embargo, la emperatriz, procurando olvidarse de sí misma, hablaba del terrible golpe contra el emperador, golpe cuya magnitud y consecuencias aún eran imposibles de medir.

La señora Vetsera salió de aquella audiencia tan conmovida que solo al llegar a su casa advirtió que la emperatriz no le había dado ningún detalle sobre las circunstancias en que María y el príncipe habían encontrado la muerte.

El martirio de la señora Vetsera apenas comenzaba.

A media tarde, mientras aguardaba de un momento a otro un aviso del Hofburg indicándole cuándo le sería entregado el cuerpo de su hija, un alto funcionario de la corte solicitó ser recibido.

Con un lenguaje ambiguo y pérfido, le dio a entender que sería prudente abandonar Viena de inmediato. Las circunstancias de la muerte del príncipe no tardarían en hacerse públicas y existía el temor de que el pueblo, que adoraba a Rodolfo, estallara en cólera.

La señora Vetsera lo miraba sin comprender.

Entonces el funcionario explicó que la baronesa María Vetsera había envenenado al príncipe heredero y luego se había quitado la vida.

Ya se había reservado para la señora Vetsera un compartimento en el tren nocturno con destino a Venecia.

Muda de terror, abatida por aquel último y cobarde golpe, se resignó.

Partiría esa misma noche, sin esperar el regreso de su cuñado, el conde Stockau, que había salido hacia Mayerling a primeras horas de la tarde.

Pero la desdichada mujer había sobreestimado sus fuerzas.

Enferma, se vio obligada a bajar del tren en Reifling, donde pasó la noche.

Al regresar a Viena a la mañana siguiente, jueves 31 de enero, el conde Stockau le contó lo que había logrado averiguar en Mayerling.

El príncipe y María habían muerto por disparos de revólver.

Nada permitía imaginar que María hubiera asesinado al príncipe; por el contrario, todo parecía indicar que Rodolfo había matado a María antes de quitarse la vida.

Además, al conde se le había negado la entrada al castillo y la entrega del cuerpo de su sobrina.

Solo más tarde supo la verdadera razón de la inaceptable intervención del funcionario enviado por el Hofburg.

Se temía que la señora Vetsera fuera a Mayerling para reclamar los restos de su hija.

Por ello se decidió hacerla abandonar Viena ese mismo día.

Ya se ha visto de qué manera aquel funcionario cumplió tan detestable misión.

Cabe esperar que él haya sido el único responsable de los métodos empleados con la señora Vetsera.

Mientras tanto, ella seguía esperando las instrucciones del Hofburg para dar sepultura a su hija.

Al igual que el emperador, era una mujer creyente; como él, deseaba que su hija recibiera las oraciones de la Iglesia.

¿Qué cuidados habían prodigado a aquella pobre muchacha? ¿Qué manos la habían preparado para su último descanso? ¿Quién velaba su cuerpo en aquel castillo desierto?

Aquellas preguntas sin respuesta le desgarraban el corazón.

A primeras horas de la tarde llegó su cuñado, el conde Stockau, enviado por el emperador.

Traía consigo una carta del príncipe heredero para ella.

Le sería entregada con la condición de que empeñara su palabra de honor de devolverla inmediatamente al conde, quien debía llevarla de regreso al emperador.

La señora Vetsera lo prometió y recibió la carta.

Solo el sobre estaba escrito de puño y letra del príncipe.

En su interior había tres cartas de María, fechadas el martes 29 de enero: una dirigida a su madre y las otras dos, a su hermana y a su hermano.

La primera decía:

«Querida madre:

Perdóname por lo que he hecho... No puedo resistirme al amor... Quiero ser enterrada junto a él en el cementerio de Alland... Soy más feliz en la muerte que en la vida.»

A su hermana le escribía:

«Partimos con alegría hacia el misterioso más allá. Piensa en mí de vez en cuando. Sé feliz y cásate únicamente por amor. Yo no pude hacerlo y, como no podía resistirme al amor, me voy con él.

María.

No llores; soy feliz. Todo aquí es maravilloso y me recuerda a Schwarzau. Acuérdate de la línea de la vida en mi mano. Una vez más, adiós. Cada 13 de enero, lleva una flor a mi tumba.»

A su hermano le escribió:

Querido hermano: Adiós. Velaré por ti desde el otro mundo, porque te quiero mucho. Tu fiel hermana.

Después de leer aquellas últimas líneas de su hija, la baronesa Vetsera devolvió las cartas al emperador. Una hora más tarde, este se las hizo llegar nuevamente por medio del conde Stockau; podía conservarlas.

Al mismo tiempo, la emperatriz le enviaba, de parte de Rodolfo, una fotografía de Mayerling, en la que las ventanas de la habitación que ambos habían ocupado estaban señaladas con una cruz trazada con tinta.

Finalmente, el conde Stockau recibió la orden de partir de inmediato hacia Mayerling y dar sepultura a María en el cementerio cercano a Heiligenkreuz, dependiente del monasterio del mismo nombre. Debía llevar consigo un poder legal firmado por la madre de la fallecida.

Las instrucciones necesarias para el entierro ya habían sido transmitidas al monasterio.

La presencia de la señora Vetsera en las exequias, que debían celebrarse de noche y en el más absoluto secreto, estaba terminantemente prohibida.

Las inflexibles órdenes del Hofburg prohibían al conde llevar un ataúd o un sudario. Solo podía viajar desde Viena hasta Mayerling en un carruaje común. El sacerdote tampoco debía acompañarlo. Encontraría el ataúd y el sudario en la casa mortuoria del cementerio de Heiligenkreuz. Allí lo esperaría un alto comisario de policía.

La crueldad gratuita de aquellas órdenes abatió a la señora Vetsera.

¿Habría podido soportar el agotamiento y el horror de semejante viaje?

Firmó los poderes solicitados y el conde Stockau partió en carruaje junto con su cuñado, el barón Alejandro Baltazzi.

Hacía ya mucho que había caído la noche cuando llegaron al castillo.

Llamaron a la puerta, pero nadie respondió.

Tras esperar más de media hora, llegó otro carruaje procedente de Viena.

De él descendieron el consejero áulico Slatin, representante del gran mariscal de la corte, y uno de los médicos del emperador, el profesor Auchenthaler.

Ellos sí lograron que les abrieran.

Rompieron los sellos colocados en la puerta de la habitación donde se encontraba el cuerpo de María.

¡Qué espectáculo los aguardaba!

María yacía casi desnuda sobre una cama.

Desde la mañana anterior la habían trasladado allí apresuradamente y habían arrojado sobre su cuerpo, sin ningún orden, un montón de prendas para cubrirla.

Nadie había tenido con la difunta el menor gesto de piedad.

Sus ojos seguían abiertos.

Nadie había limpiado el torrente de sangre que había brotado de su boca.

Permanecía tendida, rígida por la muerte, con la cabeza ladeada.

Nadie velaba junto a ella.

Se redactó un acta en la que se hacía constar que se trataba de un suicidio, aunque el orificio de la bala, que había penetrado por detrás de la oreja izquierda, demostraba con toda evidencia que había sido asesinada.

Los tíos de María fueron obligados a firmar aquel documento. De lo contrario, el entierro no podría celebrarse; sería inevitable abrir una investigación y el escándalo alcanzaría proporciones aún mayores.

Por fin, el doctor Auchenthaler y un criado prepararon el cuerpo para el entierro.

Hubo entonces un detalle particularmente atroz.

Fue necesario vestir aquel cadáver rígido con el mismo traje de calle con el que María, llena de alegría, había llegado a Mayerling.

Cuando estuvo lista, peinada y con el sombrero puesto, sus dos tíos la tomaron cada uno por un brazo y, sosteniéndola entre ambos, la bajaron por la escalera en medio de la noche, como si aún estuviera viva.

El Hofburg, en su insensibilidad y crueldad, no quería que en Mayerling hubiera un cadáver junto al del príncipe heredero.

Seis meses después, la baronesa Vetsera solicitó al emperador autorización para publicar, únicamente para algunos amigos, los documentos de los que me he servido en esta obra y que muestran el verdadero carácter de María y las circunstancias reales de su muerte.

La respuesta del emperador, entregada a la señora Vetsera el 19 de julio de 1889 y redactada por el ayudante general, el conde Eduardo Paar, deja entrever que lamentaba, aunque tardíamente, las medidas que él mismo había ordenado:

«Por mucho que Su Majestad lamente el dolor que las disposiciones adoptadas para el entierro de su desdichada hija hayan podido causar al corazón de una madre afligida, también es preciso tener en cuenta la indescriptible confusión que reinaba en el lugar de la tragedia, la rapidez con que debían tomarse las decisiones y la urgencia de las medidas que era necesario adoptar.»

Los dos hombres acomodaron a María entre ellos en el carruaje, que emprendió el camino de montaña hacia Heiligenkreuz, situado a unos seis kilómetros.

Debido a los profundos surcos del camino, el cuerpo se balanceaba con cada sacudida, inclinándose unas veces hacia la izquierda y otras hacia la derecha, completamente rígido.

El viaje se retrasó por el mal tiempo.

El camino estaba cubierto de hielo y fue necesario volver a herrar los caballos, que resbalaban continuamente.

Antes de llegar a Heiligenkreuz, un alto comisario de policía, el barón Gorupp, detuvo el carruaje, subió junto al cochero y le ordenó dirigirse directamente al cementerio, situado al final de una avenida arbolada, a cierta distancia del camino principal.

Se conserva el acta redactada por el comisario de policía Habrda relativa al entierro de María Vetsera. Este documento, hallado entre los papeles del conde Taaffe, fue publicado por la Neue Freie Presse el 11 de octubre de 1922. En él se relatan todos los macabros detalles del traslado del cuerpo desde Mayerling hasta Heiligenkreuz y de la inhumación.

Solo cerca de la medianoche el cuerpo fue llevado a la pequeña casa mortuoria, donde lo envolvieron en un sudario y lo colocaron en un ataúd fabricado apresuradamente por el carpintero del monasterio.

Gran parte de la noche transcurrió entre la firma y el registro de los documentos oficiales.

La lluvia, la niebla y el hielo dificultaban el trabajo de los sepultureros.

Al amanecer, los propios tíos de María y los dos comisarios de policía tuvieron que ayudar a bajar el ataúd a la fosa.

El prior del monasterio asistió a la sepultura, pronunció una oración sobre la tumba y le impartió su bendición.

Mucho tiempo después, la baronesa Vetsera obtuvo autorización para trasladar el cuerpo de su hija a Viena.

No hizo uso de ese permiso.

María permaneció en aquel tranquilo cementerio rural donde, por fin, había encontrado el descanso.

La señora Vetsera mandó construir una capilla en memoria de su hija.

Bien habría podido grabar en sus muros estas piadosas palabras de Shakespeare:

«No perturbemos su espíritu. Dejémoslo seguir su camino. Sería hacerle daño intentar retenerlo por más tiempo en el sendero de este mundo bárbaro.»

Amboise, 21 de febrero de 1929.





Sobre esta edición


Obra original: Mayerling – Claude Anet , 1930.

Traducción libre

Se autoriza su libre impresión, difusión y/o comercialización.




Publicado el 26 de julio de 2026 por Fernando Guzmán.
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