Las Dos Lafayette

Concepción Gimeno de Flaquer


Artículo



Estudio dedicado al honorable doctor Adán Cárdenas, Exmo. Sr. Presidente de la República de Nicaragua.

I

Las mujeres Lafayette han sido dignas de este apellido, que hicieron ilustre en Francia diplomáticos, generales y políticos.

¡Mademoiselle de Lafayette! ¡Madame de Lafayette! He aquí dos encantadoras figuras del siglo decimoséptimo.

Mademoiselle de Lafayelle tuvo la breve vida del meteoro; fue un astro que brilló un momento en la corte de Luis XIII, extinguiéndose rápidamente en Chaillot.

Madame de Lafayette vive todavía, está en sus obras; a ellas debe la inmortalidad.

Mademoiselle de Lafayette no tiene historia; su vida es un poema compuesto de tres cantos: una mirada, una lágrima y un adiós. Este poema pudiera escribirse con el ala de un ángel en la hoja de una azucena.

Luisa de Lafayette hallose ligada a Luis XIII por un afecto platónico. El cardenal Richelieu, queriendo romper los inocentes amores de este rey con Mademoiselle de Hautefort, porque la influencia de esta bella joven le era fatal, procuró llamar la atención del misántropo rey hacia los encantos de Luisa: el débil monarca, que abandonaba antiguos afectos con la misma facilidad que creaba nuevos, cedió cual siempre, a la voluntad del cardenal, y sustituyó a su favorita. Mademoiselle de Lafayette reemplazó a Mademoiselle de Hautefort.

La mayor parte de los amores de Luis XIII fueron tan platónicos, que no vacilamos en denominarle el rey de los castos amores. Más que almas ardientes, necesitaba almas tiernas, amigas íntimas, no queridas.

Mademoiselle de Lafayette, que no estaba dotada de extraordinaria hermosura, pues su mérito consistía en la gracia, no carecía en absoluto de regularidad de facciones, y pudo hacer buen papel a pesar de ser morena, en la época que se denominó «el reinado de las rubias», por hallarse en moda los áureos cabellos. El rey la quería por su lealtad; entre las amadas de los reyes pocas son las que se han hallado desprovistas de vanidad o ambición, pocas las que han amado al hombre en el rey. Tres mujeres ocuparon un buen lugar en el corazón de Luis XIV: Madame de Montespan, Madame de Maintenon y Luisa de La Vallière; de estas tres, solo Luisa de La Vallière le amó tiernamente, las otras dos tenían más talento que corazón. Luisa de Lafayette como Luisa de La Vallière, ofrece el ejemplo de un amor perfecto, desinteresado. Modestas ambas sonrojábanse de los homenajes debidos a la munificencia real. Hablando Madame de Sevigné de Mademoiselle de La Vallière, cuando la hicieron duquesa, se expresa en estos términos: «Esa tímida y simpática joven, está avergonzada de ser favorita, de ser madre y de ser duquesa».

El destino de Luisa de Lafayette tiene alguna semejanza con el de Luisa de La Vallière; las dos vieron un cetro a sus pies, las dos fueron olvidadas por sus regios amantes, las dos trocaron las inquietudes de sus agitadas existencias por el reposo de la vida monástica. Cuando Luisa de La Vallière asaltada por los remordimientos se refugió en el claustro, Luis XIV, indignado, quiso destruir el convento, y fue personalmente a sacarla de allí; más tarde, al repetirse el mismo caso, envió un emisario; después la dejó entrar.

Cuando Luisa de Lafayette habló a Luis XIII por vez primera de retirarse al convento de la Visitación, el rey, fuera de sí, dijo quería hacerse monje; a la segunda vez contestole que no quería luchar contra Dios.

¡Ofensiva resignación para una mujer amante, por muy piadosa que esta mujer sea!

Luisa de Lafayette sepultose en un convento cuando aún tenía alas; Luisa de La Vallière encerrose en el claustro cuando ya las había perdido. Mademoiselle de La Vallière entró en el claustro para expiar una culpa; Mademoiselle de Lafayette por no cometerla.

Luisa de La Vallière es una rosa deshojada; Luisa de Lafayette es una flor en capullo que desaparece del invernadero social sin abrir su broche.

El ataúd de Luisa de Lafayette tuvo una palma y una corona de azahares; el féretro de Luisa de La Vallière solo tuvo una corona ducal.

Mas volvamos a Luis XIII: el monarca que tenía gran confianza en la discreción y en la reserva de Mademoiselle de Lafayette, pues no desconocía su sincero afecto, expansiábase con esta acerca del dominio que hacía pesar sobre él el cardenal. Luis XIII nunca quiso a Richelieu, le temió. «L'homme rouge», como es denominado por algunos historiadores, equivocose a pesar de su proverbial astucia, al buscarle a Mademoiselle de Lafayette el favoritismo de que gozó, pues esta, más que una aliada del cardenal, fue una enemiga.

Madame de Moteville opina que Luisa desarrolló el odio hacia Richelieu en el corazón del rey. Mademoiselle de Lafayette pensaba que el rey estaba deshonrado al dejarse avasallar por el cardenal, y como quería verdaderamente a su regio amante, no podía ver con indiferencia el dominio que sobre él ejercía el más intrigante de los palaciegos.

Richelieu luchó en vano por ganarse la amistad de la favorita del rey; ella tuvo más firmeza que todos los cortesanos, pues estos le referían al cardenal cuanto Luis XIII decía contra él.

En momentos de peligro, Luisa demostró un valor moral por el cual no brilló ninguno de los aduladores del rey.

El enorme hastío que abrumaba la existencia del platónico amante de Luisa, disipábalo esta, y por tal motivo hízose la graciosa joven necesaria a su existencia. Los tiernos lazos entre Mlle. de Lafayette y el Monarca, que solo duraron dos años y medio, hubiéranse prolongado más tiempo a no sentir Luis XIII una fogosa exaltación que alarmó la virtud de Luisa. El casto, el tímido, el delicado amante que había satisfecho su pasión con sonrisas y miradas, atreviose a proponer una cita a su amada en el palacio de Versalles, solitario a la sazón por hallarse la corte en París. La virtuosa joven, que desde algún tiempo presentía este desenlace, contestole que había resuelto hacerse religiosa. Tan súbita vocación desconcertó al ilustre amante, el cual llamó a diferentes obispos para que averiguasen si era sincera. Luisa perseveró en la idea de encerrarse en el claustro.

La despedida entre los amantes verificose en el castillo de Saint Germain. Emocionose el monarca hasta verter lágrimas, perdiendo la serenidad que había tenido al decirla que no quería luchar contra Dios; mas la firmeza de la honrada joven no se quebrantó ante el dolor de su amante.

La bella Luisa de Lafayette, encanto de los salones del Louvre, renunció a los placeres de la corte desapareciendo de ella y cambiando su nombre por el de Sor Angélica, religiosa de la Visitación.

La superiora de Chaillot entabló una correspondencia epistolar con el rey, en la cual jamás se escribió la criminal palabra, la palabra amor. Esta correspondencia inquietaba a Richelieu, el cual consiguió leerla sobornando al portador, al frágil Boisenval. Interceptando algunas cartas y valiéndose de distintos ardides, realizó su deseo de enfriar esta amistad noble y pura que no se manchó nunca ni en la corte ni en el claustro.

Luisa de Lafayette murió en Chaillot, en el convento de la Visitación, en 1664, contando cincuenta años de edad.

II

Algunos años sobrevivió a Mlle. de Lafayette la distinguida literata Magdalena Pioche de La Vergne, esposa del conde de Lafayette hermano de la virtuosa Luisa.

La condesa de Lafayette con Madame de Maintenon y Madame de Sevigné, forma la gala literaria de ese brillante siglo que vio nacer a Moliére y Racine. Boileau creía que la condesa de Lafayette era la «femme de France qui avail le plus desprit et qui ecrivait le mieux».

Su padre, hombre de talento, diola por preceptores a los eruditos Ménage y Rapin, que la enseñaron literatura francesa e italiana y que la hicieron conocer el latín.

Madame de Sevigné atribuía a la condesa de Lafayette, una divine raison, que realmente no le falló jamás; el entendimiento de Madame de Sevigné era tan brillante como sólido el de la condesa de Lafayette. Las dos amigas inseparables, que tanto brillaron en la sociedad de Luis XIV, demostraron que pueden mirarse frente a frente dos celebridades femeninas, sin que sus ojos fulguren rayos destructores.

El alma de Madame de Lafayette estaba templada para los afectos suaves y tranquilos; de ahí su culto por la amistad, de allí los estrechos lazos entre ella y La Rochefoucauld. El trato de la escritora moderó algún tanto el pesimismo del austero moralista, autor de las Máximas. Por eso decía ella con más ternura que jactancia: «La Rochefoucauld m'a donné de l'esprit, mais j'ai reformé son coeur». El escéptico La Rochefoucauld afirmaba antes de conocer a Madame de Lafayette, que no había encontrado el amor más que en las novelas; creemos que después de conocerla, rectificó. Tratando antes a Madame de Lafayette, no hubiera lanzado a los vientos de la publicidad como aforismo infalible, la siguiente frase: «L'esprit de la plupart des femmes sect plus à fortifier leur folie que leur raison». Amor o amistad, el lazo que unió a estos dos seres superiores, fue un lazo encantador que les prestó inspiración a los dos, como sucedió con la marquesa de Chatellet y Voltaire. En el periodo álgido de este afecto escribieron juntos La Princesse de Cléves, para cuya obra dio La Rochefoucauld el contingente de su experiencia, de su profundo conocimiento del mundo, y a la cual prestó la elegante escritora las poéticas bellezas soñadas por su fantasía, su buen gusto, su elegante estilo y su delicado sentimentalismo.

La amistad de Madame de Lafayette cambió en el caballero de la Fronda, en el severo moralista, el prisma a través del cual juzgaba los hombres y las cosas. Dos nombres ilustres aparecen indeleblemente grabados en el corazón de la atildada escritora: el de La Rochefoucauld y el de Enriqueta de Inglaterra. Esta princesa la distinguió extraordinariamente. Hízola su confidente, su favorita. Conociola la elegante escritora en el convento de Chaillot, al visitar a Luisa de Lafayette; cuando la joven princesa salió de este retiro para casarse con el duque de Orleans, hermano de Luis XIV, continuó tratando a su amiga con la misma familiaridad.

Madame de Lafayette ha escrito un magnífico libro titulado: Histoire de Madame Henriette d'Angleterre, en el cual presenta a esta bella princesa adornada de los mayores encantos en páginas muy brillantes. Respecto del envenenamiento de la princesa que algunos atribuyen a su marido, Felipe de Orleans, no hace la más leve mención y más bien se desprende de su relato que la princesa tuvo muerte natural. Enriqueta de Inglaterra murió en los brazos de su apasionada amiga.

Pudo escribir esta las más auténticas memorias, porque la princesa le revelaba todos los secretos de la corte.

Madame de Lafayette reformó la novela; diole un carácter real que no tenía, conciliando el idealismo con la verdad de la vida práctica. Su estilo conciso posee elegancia y vigor; sus cartas a Madame de Sevigné constan de cuatro o seis líneas cada una; tenía tanto horror al estilo epistolar, que llegó a decir, hablando de las cartas de los enamorados, que si un amante la hubiera obligado a escribirle todos los días extensas cartas, lo hubiera abandonado. Sus principales obras son: Histoire de Madame Henriette d'Angleterre, Zaide, La Princesse de Montpensier, La Princesse de Cléves, y Mémoires de la Cour de France.

La condesa de Lafayette ha tenido entre sus apologistas a Madame de Sevigné, Huet, Segrais y Lafontaine.

La ilustre escritora nació en 1634 y murió en 1693.


México, mayo de 1880.


Publicado el 13 de octubre de 2020 por Edu Robsy.
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