Desojar una margarita implica también el hecho de elegir un camino entre muchos, algo que tarde o temprano hemos de hacer en la vida, en nuestras sendas cotidianas. Es inevitable desojar margaritas para esto o aquello, y requiere valor el lanzarse al vacío de lo que vendrá después de este primer paso a gatas de bastón. Sucede cuando nos vemos capaces de elegir por nosotros mismos lo que deseamos, cuando crecemos y nos independizamos de nuestros antiguos apoyos, al menos en parte y es un riesgo, el de triunfar o caer, el de aprender en cualquier caso de nuestros triunfos o nuestras catástrofes.
Desojar una margarita implica madurar, implicar desear llevar a cabo una vida futura con otra persona, un nuevo inicio, una evolución constante, pues nunca dejamos de desojar margaritas hacia este u otro destino, todos campos de niebla por mucho preveamos más o menos lo que nos espera. Nunca, nunca, dejaremos de desojar margaritas en ningún aspecto, pues la Vida es Elección queramos o no, voluntaria o involuntaria, común o propia, pero el hombre es una animal condenado a ser libre, es preso, pues, de una margarita de un corazón de latidos de tic-tac, y de tropezar con la misma piedra de sus errores en infinitas ocasiones, y quizá uno de sus errores pretenda ser el no querer concebir que la vida, como sufrimiento, superación, supervivencia y evolución, es un continuo proceso de desojar margaritas, pues lo hace padecer en el tormento de la duda del antes, del ahora y del después de la elección de una margarita, el contar sus pétalos, el arrancarlos uno a uno, y el comprobar el resultado de su elección, en la que, a pesar de las apariencias, nunca hay caballo perdedor en esta carrera adelante…
