Viaje a la Luna

Cyrano de Bergerac


Novela, sátira



A Monseñor Tannegui, Regnault des Bois-Clairs

Caballero, secretario de los Reales Consejos y gran preboste de Borgoña y Bresse

Señor:

Cumplo ahora la última voluntad de un muerto que vos obligasteis en su vida con un señalado desprendimiento. Como era conocido por una infinidad de gente de espíritu por el fuego potente que ardía en el suyo, fue absolutamente imposible el que muchas gentes ignorasen la desgracia que una peligrosa herida, seguida de fiebre violenta, le produjo algunos meses antes de su muerte. Muchos han ignorado qué buen demonio velaba por él; pero ha creído él que el nombre no debía ser tan público como fue provechoso el lance. Vos fuisteis su amigo, vos le socorristeis con frecuencia y aun le habríais testimoniado muchas veces cuán bien sabréis vos cuánta necesidad tenía él de vuestro socorro; pero, ¿qué se ha de hacer, si otros hombres no hicieron como vos? ¿Y qué menos que os mostraseis así ante nuestro amigo, vos que también parecíais magnánimo con cien más que no eran de su temple? Era, pues, necesario imprimirlo, y que vuestra generosidad, distinguiéndole por encima de todos aquellos a quienes tiene obligados, hiciese ver, no solamente, como dice Aristóteles, que no había degenerado, sino que se había superado a sí misma en obsequio de tan gran personaje; así que, cuando durante su enfermedad vos tuvisteis la bondad de darle tantas pruebas de vuestra protección y amistad, deteniendo con vuestros cuidados y con las generosas asistencias que le prestasteis el curso de su mal, ya en términos tan violentos, le prestasteis una tan poderosa protección que le dio a él esperanzas de lograr la que poco antes de su muerte me encargó pediros para esta obra; por esta gran confianza y por estos últimos sentimientos juzgaréis, señor, los que por vos sentía, pues en este trance de la muerte es cuando la lengua habla como el corazón:


Nam verae voces tum demum pectore ab imo iliciumtur


Yo me he hecho intérprete del suyo, y tan de buen grado como solía participar igualmente en sus desgracias y en el bien que se le hacía. Por esta razón y por mi natural sentimiento yo soy en verdad, señor, vuestro muy humilde y devoto servidor.

Le Bret.

Prólogo

Lector, te doy la obra de un muerto que me ha encargado este cuidado, para demostrarte que no es un muerto cualquiera, Puesto que no está envuelto en los tristes harapos Que desolada sombra al sepulcro arrebata; que no se divierte haciendo vanos ruegos, tirando los muebles de una habitación o arrastrando cadenas por los graneros; que no apaga las velas de los sótanos, que no golpea a nadie, que no hace el coco ni causa pesadillas, ni, en fin, ninguna de esas extravagancias que, según dicen, hacen los muertos para espanto de necios; y que, al contrario de todo eso, está de mejor humor que nunca. Creo que esta manera de comportarse, tan extraordinaria y agradable en un muerto, no dejará espacio al disgusto de los más críticos y solicitará su favor para esta obra, porque más bien habría doble cobardía en insultar a manes tan llenos de virtud y cortesía y tan cuidados de la diversión y halago de los vivos. Pero sea de esto lo que sea, y aunque el crítico le reverencie o le muerda, creo que se ocupará más de su buen humor, que ha sido lo único de este mundo que se ha llevado al otro. Porque así, estando impasible ante todo lo demás, aunque le golpee mucho la común maledicencia, no ha de tenerlo en nada. No es que quiera (hablando ya sin burla) imponer a todos la obligación de juzgar como mis ojos lo hacen: sé yo muy bien que nadie lee a gusto cuando no se lee sin trabas de juicio. Por esto me parece bien que cada cual juzgue como le dieran a entender la flaqueza o la sabiduría de su ingenio; pero a los más generosos de éstos les pido que se dejen influir por mi pensamiento generoso.

Piensen ellos que no ha tenido más fin que el de divertirles, y que por esto ha descuidado algunas partes, para las cuales, por eso mismo, debe tenerse una atención muy despierta, pues así se le disculpará más fácilmente su circunspección, lo que él por su parte desearía y yo por la mía y la de los impresores.


Quid ergo?
Ut scriptor si peccat, idem librarius usque
Quamvis est monitus, venia caret.


Yo te confieso, a pesar de todo, que si yo hubiese tenido tiempo y no hubiese previsto muy grandes dificultades, hubiera examinado la cosa de muy buen grado, de modo que te pareciera más completa; pero he temido poner confusión o diferencias si pretendía cambiar el orden o suplir la deficiencia de algunas lagunas, mezclando mi estilo con el suyo, porque mi melancolía no me permite imitar su buen humor ni seguir los hermosos arrebatos de su imaginación, siendo como es mi alma tan estéril a causa de su frialdad. Es ésta una desgracia que ha ocurrido a casi todas las obras póstumas, cuando los que han querido ponerlas al día han tropezado con lagunas semejantes, con el temor (si hubiesen querido suplirlas) de no acoplar bien sus pensamientos con el del autor. Así ha ocurrido con las obras de Petronio; pues a pesar de eso no dejamos de admirar sus hermosos fragmentos, como admiramos todos los restos de la Roma antigua.

Es posible, sin embargo, que sin tomar en consideración todos estos reparos, el crítico, que nunca deja de herir soslayando el reproche que podría hacérsele si atacase a un muerto, cambiará solamente los objetos de sus recriminaciones y pretenderá censurarme los elogios de este libro, con el pretexto de que yo he tomado a mi cargo el cuidado de su impresión; pero de esa apreciación suya yo apelo desde ahora ante los sabios que siempre me excusarán la responsabilidad de los hechos ajenos, y me relevarán de la obligación de dar explicaciones de un puro capricho de la imaginación de mi amigo, puesto que él mismo no se hubiese cuidado de darlas más cumplidas de lo que ordinariamente las exigen las fábulas y las novelas.

Tan sólo diré, como argumento en su favor, que su quimera no está tan absolutamente desprovista de razón, ya que entre muchos hombres antepasados y modernos ha habido algunos que pensaron que la Luna era una tierra habitable y otros que realmente estaba habitada. Otros, menos osados en su juicio, que así parecía estar. Entre los primeros y los segundos, Heráclito ha sostenido que era una tierra envuelta en brumas; Xenofonte, que era habitable; Anaxágoras, que tenía colinas, valles, selvas, casas, ríos y mares, y Luciano, que había visto hombres con los cuales había conversado y que habían hecho la guerra a los habitantes del Sol; y cuenta esto con menos verosimilitud y con menos gracia que monseñor Bergerac. En éstas seguramente los modernos aventajan a los antiguos, puesto que los gansos que condujeron a la Luna al español, cuyo libro apareció hace algunos años, las botellas llenas de rocío, los cohetes voladores y el chirrión de acero de monseñor Bergerac son máquinas inventadas con más graciosa imaginación que el buque de que se servía Luciano para subir.

Finalmente, entre los últimos, el padre Mersenne, en el que todo el mundo que le conoció adivinó igualmente la ciencia profunda y la gran piedad que tuvo, ha dudado si la Luna sería o no una tierra a causa de las aguas que en ella veía, y pensó que las que rodean a la tierra en que vivimos podrían hacer conjeturar las mismas cosas a los que están de nosotros a una distancia de sesenta radios terrestres, como nosotros lo estamos de la Luna. Lo que puede tomarse como una especie de afirmación, porque la duda en un hombre tan sabio se funda siempre sobre una buena razón, o, por lo menos, sobre numerosas apariencias que equivalgan a esa buena razón. Gilbert se decide más concretamente en esta misma cuestión, pues pretende que la Luna sea una tierra más pequeña que la nuestra, y se esfuerza en demostrarlo por las conveniencias que existen entre aquélla y ésta. Enrique Leroy y Francisco Patricio son de esta opinión, y explican muy prolijamente sobre qué apariencias se fundan, sosteniendo, en fin, que nuestra Tierra y la Luna, a su vez, se sirven de Lunas recíprocamente.

Ya sé que los peripatéticos son de opinión contraria y que han sostenido que la Luna no podía ser una Tierra porque en ella no habitaban animales; que éstos no hubiesen podido existir de otro modo que por generación y corrupción, y que la Luna es incorruptible, que siempre se ha mantenido en una situación estable y constante y que no se ha observado en ella ningún cambio desde el génesis del mundo hasta el presente. Pero Hevelius les replica que nuestra Tierra, por más corruptible que a nosotros nos parezca, no ha durado menos que la Luna, en la que pueden haberse realizado corrupciones en que nosotros no hemos reparado nunca, porque han acaecido en las más pequeñas de sus partes tan sólo, y han alterado su superficie; como las que se producen en la superficie de nuestra Tierra, y que serían para nosotros imperceptibles si estuviésemos de ella tan alejados como lo estamos de la Luna. Añade otros varios razonamientos que confirma por un telescopio de su invención con el cual él dice (y la experiencia es sencilla y familiar) que ha descubierto en la Luna que las partes más brillantes y más espesas, grandes y pequeñas, guardan una justa proporción con nuestros mares, nuestros ríos, nuestros lagos, nuestras llanuras y montañas y nuestros bosques.

En fin, nuestro divino Gassendi, tan sabio, tan modesto y tan competente en todas estas cosas, queriendo divertirse, como creo que lo hicieron los otros, ha escrito sobre esta cuestión lo mismo que Hevelius, y añade que él cree que hay en la Luna montañas cuatro veces más altas que el Olimpo, según la medida de Anaxágoras; es decir, más de cuarenta estadios, que equivalen aproximadamente a cinco millas de Italia.

Todo esto, lector, podrá demostrarte cuán acreedor de alabanzas es Cyrano de Bergerac, pues, aun habiendo tantos grandes hombres que opinan como él, ha tratado graciosamente una quimera que aquéllos habían considerado demasiado seriamente; también tiene Cyrano el mérito de creer que hay que reír y dudar de todo lo que ciertas gentes aseguran con frecuencia tan grave como ridículamente. De suerte que yo le he oído decir muchas veces que él tenía tantos farsantes como con Sidias topaba (Sidias, nombre de un pedante que Teófilo, en sus fragmentos cómicos, hace reñir a puñetazos con un joven a quien el pedante asegura que odor in pomo non erat forma, sed accidens), porque creía que se podía dar ese nombre a los que disputan con la misma testarudez cosas tan inútiles.

El habernos educado juntos con un religioso del pueblo que tenía pequeños alumnos pensionistas nos había juntado en amistad desde nuestra adolescencia, y yo recuerdo la aversión que ya entonces tenía por aquel padre, que le parecía la sombra de un Sidias; porque dentro de la manera de pensar que Cyrano tenía le consideraba incapaz de enseñarle nada. De modo que hacía tan poco caso de sus lecciones y sus correcciones que su padre, que era un buen viejo gentilhombre bastante indiferente ante la educación de sus hijos y demasiado crédulo de sus quejas, le sacó de aquella clase bastante bruscamente, y sin pensar si su hijo estaría mejor en otro sitio le envió a París, donde le dejó hasta los diecinueve años bajo su buena fe.

Esta edad, en que tan fácilmente se corrompe nuestra natural manera de ser, y la gran libertad que tenía de hacer lo que le diese la gana, le arrastraron por una peligrosa pendiente en la cual me atrevería a decir que yo le detuve; porque habiendo terminado mis estudios, y queriendo mi padre que yo sirviese en la Guardia, le obligué a que entrase conmigo en la compañía de monseñor de Carbon de Castel-Jaloux. Los duelos, que en aquel tiempo parecían el camino más recto y rápido para darse a conocer, en pocos días le hicieron a él tan famoso que los gascones, que por sí solos casi formaban la totalidad de la compañía, le consideraron como el mismo demonio de la bravura y le contaban tantos combates como días tenía de servicio. Todo esto, sin embargo, no le apartaba de sus estudios, y un día yo le vi en un cuerpo de guardia trabajar en una elegía con la misma atención que hubiese podido tener en el gabinete de estudios más alejado del ruido. Algún tiempo después asistió al circo de Mouzon, donde recibió un sablazo en el cuerpo, y más tarde, una estocada en la garganta, en el sitio de Arras en 1640. Pero las incomodidades que sufrió en estos dos sitios, las que le causaron sus dos grandes heridas, los frecuentes combates que le daban reputación de valiente y de diestro, y que varias veces le hicieron ser segundo (pues jamás recibió una queja de su jefe), la poca esperanza que tenía de ser considerado si no era por su jefe, ante cuya autoridad su genio rebelde le incapacitaba para someterse, y por fin el gran amor que tenía por el estudio, le hicieron renunciar a la guerra que exige todo un hombre y que le hace tan enemigo de las letras como éstas son amantes de la paz. Yo te podía contar algunos de sus combates, que no eran duelos, como aquel en el cual de cien hombres armados para insultar en pleno día a un amigo suyo en el foso de la puerta de Nesle, dos con la muerte y siete más con grandes heridas pagaron la pena de su mal propósito. Pero aunque esto podría parecer fabuloso, a pesar de que sucedió a la vista de varias personas famosas que lo proclamaron bastante alto para impedir que nadie lo dude, creo no tener que decir más, puesto que tan complacido estoy de la hora en que abandonó a Marte para abandonarse a Minerva; quiero decir que durante ese tiempo renunció tan absolutamente a todo empleo, que el estudio fue el único al que se consagró hasta su muerte.

Por lo demás, él no limitaba su odio a la disciplina, a la que exigen los Grandes en cuya compañía nos habíamos alistado; antes bien, la extendía más ampliamente, alcanzando hasta las cosas que le parecían contradecir los pensamientos y las opiniones, para las cuales él quería gozar de tanta libertad como para los más indiferentes actos tenía; y trataba de ridículas a ciertas gentes que, valiéndose de la autoridad de un pasaje bien de Aristóteles o de cualquiera otro, pretenden con la misma audacia que los discípulos de Pitágoras con su magister dixit juzgar los más graves problemas aunque las experiencias sensibles y familiares les desmientan todos los días. Y no es que le faltase la veneración que debe tenerse por tantos y tan notables filósofos antiguos y modernos; pero la grande diversidad de sus escuelas y la sorprendente contradicción de sus opiniones le convencieron de que no debía poner fe en ninguno de sus partidos.

Nullius addictus jurare im verba Magistri Demócrito y Pyrrhon le parecían, apartando a Sócrates, los más razonables filósofos de la antigüedad; y esto porque el primero había puesto la verdad en tan obscuro lugar que era imposible verla, y Pyrrhon había sido tan generoso, que ningún sabio de su siglo le había rendido vasallaje a sus creencias, y tan modesto, que nunca había querido decidir nada concretamente. Añadía respecto de esos sabios que muchos de nuestros modernos no le parecían sino ecos de los otros sabios, y que muchas gentes que pasan por muy doctas parecerían muy ignorantes si les hubiesen precedido otros sabios. De suerte que, cuando yo le preguntaba por qué si así pensaba leía las obras ajenas, me decía que era para conocer los robos de los otros, y que si él hubiese sido juez de esa clase de crímenes los hubiese castigado con penas más rigurosas que las que se aplican a los grandes bandoleros de los caminos, porque siendo la gloria algo mucho más precioso que un traje, que un caballo y que el mismo oro, los que la consiguen por libros que componen con cosas que roban de otros eran como esos bandoleros de caminos que viven a expensas de los que desvalijan, y que si cada uno hubiese procurado decir lo que no habían dicho los demás las bibliotecas hubiesen sido menos numerosas, menos incómodas, más útiles, y la vida del hombre, aunque es muy corta, hubiese bastado para leer y saber todas las cosas buenas, y no que para encontrar una pasable es necesario leer cien mil que o no valen nada o se han leído ya en otro sitio una multitud de veces, y además nos hacen gastar el tiempo inútil y desagradablemente.

Sin embargo, nunca censuraba totalmente una obra cuando en ella encontraba algo nuevo, porque pensaba que esto era tan útil para la república de las letras como es útil para las tierras viejas el descubrimiento de otras nuevas; y la pléyade de los críticos le parecía insoportable, atribuyendo su apasionamiento para la acusación de todo a la envidia y al despecho que sentían viéndose incapaces de ninguna empresa (que siempre es laudable, aunque su virtud no responda enteramente a su empeño). Non ego paucis, decía él:


Non ego paucis
offender maculis quas aut incuria fudit
aut humana parum cavit natura.


«En efecto, si en un cuadro toleramos tantas sombras, ¿por qué no sufrir en un libro que haya algunos pasajes menos intensos que otros, puesto que, por la regla de los contrarios, el negro sirve muchas veces para hacer que el blanco brille más?»

Sin embargo, como no tenía más que sentimientos extraordinarios, ninguna de sus obras está incluida entre las vulgares. Su Agrippine empieza, se desarrolla y termina como todavía nadie intentara hacerlo. La dicción es totalmente poética, el asunto está bien escogido, los papeles son hermosos, los sentimientos romanos con todo el brío digno de tan gran nombre, el desenlace claro y tan bien practicada la regla de veinticuatro horas, que esta pieza puede pasar por un modelo de poema dramático.

Pero lo que en él era más admirable es que de la seriedad pasaba a las burlas con igual éxito.

Su comedia titulada El pedante burlado es una prueba muy decisiva y muy agradable; del mismo modo, muchas otras obras suyas, testimonio muy fiel de la universalidad de su alto espíritu. Yo había determinado unir a Viaje a la luna la Historia de la centella y La República del Sol, en la que con el mismo estilo con que probó que la Luna era habitable demostraba el sentimiento de las piedras, el instinto de las plantas y el razonamiento de los brutos, y aun estaba por encima de todo esto; pero un ladrón que registró su cofre durante su enfermedad me ha privado de esta satisfacción y a ti de acrecer tu solaz.

En fin, lector, Cyrano pasó siempre por un hombre de alto y raro espíritu. Y a este don la Naturaleza le añadió tan gran tesoro de buen sentido, que él sometió sus instintos tanto como quiso. De manera que no bebió vino más que alguna rara vez, porque, según él decía, el exceso en la bebida embrutece, y había que tener con su consumo tantas precauciones como con el del arsénico (que era con lo que él comparaba el vino), porque todo ha de temerse de tan gran veneno, sea cualquiera la forma que se le prepare; aunque no hubiera que temer sino lo que el vulgo llama quid pro quo, que siempre lo hace peligroso. No era menos moderado en el comer, pues siempre que podía rechazaba las salsas, creyendo que la vida mejor era la más sencilla y la menos alterada, lo cual probaba con el ejemplo de los hombres modernos, que viven tan corta vida, al revés que los de los siglos primeros, que según parece la disfrutaron tan larga por la mesura y simplicidad de su comida.

Quipe aliter tune orbe novo coeloque recenti Vivebant homines.

Estas dos buenas cualidades las acompañaba de un apartamiento tan grande del bello sexo, que puede decirse que nunca salió del respeto que el nuestro le debe. Y con todo esto tenía tal repugnancia a todo lo que le parecía interesado, que nunca pudo saber ni averiguar qué era una privada posesión, porque todas sus cosas eran menos suyas que de los conocidos suyos que las necesitasen. Con todo esto el cielo, que no es ingrato, quiso que de un gran número de amigos que tuvo en vida muchos le quisieran hasta su muerte y algunos también más allá de este mundo.

Sospecho, lector, que tu curiosidad, en bien de su gloria y la satisfacción de mi deseo, quiere que yo consigne el nombre de esos amigos a la posteridad; y de muy buen grado acepto, porque todos los que he de citar son de extraordinario mérito, pues él supo escogerlos muy bien. Muchas razones, y principalmente la cronológica, exigen que empiece por monseñor de Prada, en el cual se igualaban el mucho saber y la bondad del corazón, y a quien su admirable Historia de Francia hizo que tan justamente se le llamase el «Corneille-Tácito» de los franceses. Supo estimar de tal modo las admirables cualidades del señor de Bergerac, que después de mí fue el más antiguo de sus amigos y uno de los que se lo ha testimoniado con más largueza en multitud de circunstancias. El ilustre Cavois, que murió en la batalla de Lens; el valiente Brisailles, portaestandartes de la Guardia de Su Alteza Real, fueron además de justos estimadores de sus heroicos actos, testigos gloriosos y fieles camaradas de algunos. Me atrevo a decir que mi hermano y el señor de Zeddé, que se estimaban como valientes, y que le asistieron y fueron a su vez asistidos en algunos lances ocurridos en esa época a gentes de su oficio, comparaban su valentía a la de los más heroicos. Y si este testimonio puede parecer parcial por lo que respecta a mi hermano, todavía podría citar a un bravo de los de mayor gallardía: me refiero al señor de Duret de Monchenin, que le ha conocido y estimado muchísimo y no dejaría de confirmar lo que yo sostengo. Y podía añadir el nombre del señor de Bourgogne, maestre de campo del regimiento de Infantería de Su Alteza el príncipe de Conti, puesto que él presenció el combate sobrehumano de que os hablé y lo refirió juzgándolo con el adjetivo de intrépido, con el que ya siempre le llamó. Lo cual no permite que quede la menor sombra de duda, por lo menos en aquellos que conocieron a monseñor de Bourgogne, que era demasiado sutil para no distinguir lo que es acreedor de estimación y lo que no lo es, y cuyo saber era universalmente tan grande, que no le permitía equivocarse en cosas de esa naturaleza. El señor de Chavagne, que con tan agradable impetuosidad se adelanta siempre a los ruegos de aquellos a quienes quiere obligar; ese ilustre consejero señor Longueville—Goutier, que tiene todas las cualidades de un hombre acabado; el señor de Saint Gilles, en quien todo es efecto del mismo deseo de ser buen amigo, y que no es testigo pequeño de su valor y de su alma; el señor de Lignières, cuyas producciones son efecto de un fuego perfectamente hermoso; el señor Châteaufort, en quien la memoria y el juicio son tan de admirar como la aplicación tan dichosa que hace de toda su sabiduría; el señor de Billettes, que no desconocía nada, a los veinte años, de lo que otros tienen por mucha gloria conocer a los cincuenta; monseñor de la Morlière, cuyas costumbres son tan pulcras y tan encantadora su amistad; el señor conde de Brienne, cuyo hermoso espíritu tan bien responde a su alto origen, tuvieron por él toda la estima necesaria para que exista una buena amistad, de la cual se desvivieron todos ellos por darle muestras muy señaladas. Nada diré particularmente del señor abate de Villeloin porque no he tenido el honor de tratarle; pero puedo asegurar que el señor Bergerac se hacía lenguas de él y que había recibido muchas pruebas de su gran bondad.

Debiera añadir que para complacer a sus amigos, que le aconsejaban buscar un padrino para que le apoyase en la corte, o en otra parte, venció el gran amor que tenía a su libertad, y que hasta el día en que recibió en la cabeza el golpe de que os he hablado estuvo bajo los auspicios del señor duque de Arpajon, al cual dedicó todas sus obras; pero como durante su enfermedad le oí quejarse de abandono, no me he creído capacitado para juzgar si fue por la desdicha que tienen siempre todos los humildes y que también es común a los grandes, que no recuerdan los servicios que se les presta sino cuando los reciben, o si, por el contrario, no era más que un secreto del Cielo, que, queriendo separarlo tan pronto de este mundo, quiso también inspirarle el escaso disgusto de abandonar lo que nos parece más hermoso y que frecuentemente no lo es tanto como imaginamos nosotros. Sería injusto con el señor Rohault si no añadiese su nombre a una lista tan gloriosa, puesto que este ilustre matemático que ha hecho tan bellos estudios de física, y que no es menos estimable por su bondad y su modestia que por su saber, que le coloca por encima de todos, tuvo tan íntima amistad con Bergerac y se interesaba tanto por todo lo suyo, que fue el primero en descubrir la verdadera causa de su enfermedad y en buscar cuidadosamente, con todos sus demás amigos, el medio de librarle de ella. Pero el señor de Boisclairs, que pone todo su heroísmo hasta en los mínimos actos, creyó encontrar en el señor Bergerac una magnífica ocasión para satisfacer su generosidad, para dejar a otros la gloria, que se decidió a protegerle, y le protegió en efecto, en una ocasión tanto más útil a su amigo cuanto que el aburrimiento por su largo cautiverio le amenazaba con una pronta muerte, cuyo camino ya estaba comenzado por una fiebre violenta, triste preludio de su fin. Pero este amigo sin par interrumpió ese camino, deteniéndole en él durante un intervalo de catorce meses, durante los cuales le acogió en su casa; y hubiese tenido junto a la gloria que merecen tan grandes cuidados como le prodigó la de conservarle la vida, si sus días no hubiesen estado contados y limitados a los treinta y cinco años de su edad, que tuvo fin en el campo en casa del señor Cyrano, un primo suyo del cual había recibido grandes testimonios de amistad y cuyas conversaciones, tan sabias en la historia de los tiempos actuales y los viejos, le complacían sin límite. Por un deseo muy natural de cambiar de aire, que precede a la muerte y que es un síntoma casi cierto en la mayor parte de los enfermos, se hizo llevar a casa de este primo suyo, y allí, a los cinco días, entregó su alma.

Creo que es reconocer al señor mariscal de Gassion parte del honor que a su memoria se debe, decir que amaba a las gentes de espíritu y de corazón, que de las dos cosas era él rico, y que por el relato que los señores de Cavoy y de Guigy le hicieron del señor Bergerac quiso tenerle a su lado. Pero la libertad, de la que todavía era idólatra (pues fue mucho más tarde cuando se acogió a la protección del señor de Arpajon), nunca le consintió tener a este hombre sino como a un gran maestro; de suerte que prefirió no ser por él conocido y estar libre que ser querido, pero obligado; y este mismo carácter, tan poco preocupado por la fortuna y por las gentes de su tiempo, le hizo desdeñar varias amistades que la reverenda madre Margarita, que muy particularmente le estimaba, quería procurarle; parecía presentir que lo que en esta vida constituye nuestra felicidad no nos asegura nada la dicha de la otra. Este fue el único pensamiento que le ocupó hacia el término de sus días con la preocupación que enalteció todavía más madama de Neuvillete, esta mujer tan piadosa, tan caritativa, tan para los demás, siendo a la vez toda de Dios, y de la cual tenía él la honra de ser pariente por parte de la familia de los Berangers. De este modo el libertinaje, que a la mayor parte de los jóvenes seduce, le parecía a él un monstruo, para el que tuvo, como puedo aseguraros, desde entonces, toda la aversión que deben tener por él los que quieran vivir cristianamente. Yo, algún tiempo antes de su muerte, presentí ese gran cambio, porque un día, como le reprochara la melancolía que entonces demostraba en sitios donde antes acostumbraba a decir cosas regocijantes y divertidas, me contestó que era porque había empezado a conocer el mundo y se iba desengañando; que estaba ya en un estado de ánimo que le hacía prever que dentro de poco el día último de su vida señalaría el final de sus desgracias, y que realmente su más grande disgusto era no haberla empleado con más provecho:


Jam juvenem vides;


me decía,


instet cum serior aetas
Moerentem stultos praeteriisse dies.


«Y, en verdad, añadía, creo que Tibulo profetizaba mi estado cuando hablaba así, pues nadie sintió tanto como yo haber pasado tan inútilmente días tan gustosos.»

Tú, lector, debes perdonarme esta digresión, y si me extendí tanto sobre el mérito de un amigo, su muerte me disculpa de la que hubiese tenido por ser un vano adulador, aunque estas cosas no creo que dejen de gustar jamás. Y ahora, para proseguir la cita de las autoridades en las que se ha fundado, te diré que el demonio, del cual se hizo acompañar tan provechosamente en la Luna, no es nada inaudito, puesto que Talés y Heráclito han dicho que el mundo estaba lleno de esos seres.

Además, lo abona así lo que se ha publicado de Sócrates, de Dion, de Bruto y de tantos más; la pluralidad de mundos, de la que también nos habla, está confirmada por la opinión de Demócrito, que la ha sostenido; así como lo que dice del infinito y de los minúsculos cuerpos o átomos, de los que han hablado, después que este filósofo, Epicuro y Lucrecio.

El movimiento que atribuye a la Tierra no es tampoco nuevo, puesto que Pitágoras, Philolarco y Aristarco sostuvieron antes que giraba en torno del Sol, que situaban en el centro del mundo. Lisipo y varios más han dicho aproximadamente lo mismo; pero Copérnico, en el siglo pasado, ha sido quien más altamente lo ha proclamado, puesto que ha cambiado el sistema de Ptolomeo, antes seguido por todos los astrónomos, que ahora, en su mayor parte, aprueban el de Copérnico, más simple y más fácil, puesto que sitúa el Sol en el centro del mundo y la Tierra entre los planetas, en el sitio en que Ptolomeo daba el Sol; es decir, que hace girar en torno del Sol a la esfera de Mercurio, después a la de Venus, después la de la Tierra, al borde de la cual sitúa un epiciclo, sobre el cual hace girar a la Luna en torno de la Tierra y acabar esa revolución en veintisiete días, a más de la que le hace dar en torno al Sol durante un año.

Por otra parte, lector, he de confesarte que ese cambio me es indiferente, porque yo no sé nada de esas ciencias, que son demasiado abstractas para mí; y te aseguro que todo lo que yo sé no es más que algo de lo que recuerdo de alguna lectura de obras sobre este tema. Por esto declaro que con lo que he dicho de Copérnico no he querido ofender a Ptolomeo. Me basta que Coeli enarrant gloriam Dei, y que su admirable estructura me prueba que no son obra del hombre. Por más que Ptolomeo diga lo contrario, son lo mismo que siempre fueron; y sea el que fuere el cambio que Copérnico aportase han permanecido en el mismo sitio y con la misma función que les dio el Ser Supremo, que puede cambiarlo todo sin Él cambiar.

Al principio de este discurso he dicho lo que me había decidido a desarrollarlo; a continuación podrá saberse cómo y por qué he citado a todos esos sabios. Yo te ruego, lector, que te acuerdes, para justificar la poca o ninguna diferencia que yo tengo para las invenciones ajenas, en lo que pueden alterar la verdad de mi creencia.

Historia cómica o viaje a la luna

Estaba la Luna en el lleno y el Cielo despejado, y ya habían sonado las nueve de la noche cuando, regresando de Clamart, cerca de París (cuyo actual mayorazgo, el señor Cuigy, nos había obsequiado a mis amigos y a mí), los múltiples pensamientos que esa bola de azafrán nos sugirió fue divirtiéndonos durante nuestro caminar; porque con los ojos anegados en ese gran astro, ya lo consideraba alguien como una buhardilla del cielo; ya otros aseguraban que era la plancha con que Diana saca brillo a la pechera de Apolo, y otros creían que bien podría ser el Sol, que habiéndose despojado de sus rayos por la tarde miraba por un agujero lo que pasaba en el mundo cuando él no estaba alumbrándolo. «Y a mí, les dije yo, que me complace unir mis entusiasmos con los vuestros, me parece, sin que me seduzcan vuestras agudas hipótesis, con las que pretendéis distraer al tiempo para que pasa más de prisa, me parece, os digo, que la Luna es un mundo como este nuestro, y que a su vez la Tierra sirve de Luna a esa que veis vosotros».

Algunos de mis compañeros soltaron una gran carcajada cuando yo hube dicho tales razones.

«Puede ser, les repliqué yo, que en la Luna haya también algunos que en este momento se estén burlando de cualquiera que afirme que este globo nuestro es un mundo.» Pero por más que les quise convencer de que esa opinión mía era la de muchos grandes hombres, no conseguí que dejasen de reír, como lo estaban haciendo de muy buena gana.

No obstante, este pensamiento, cuya audacia agitaba mi espíritu afirmada por la contradicción de los otros, se fue afincando tanto en mi ánimo, que ya durante el resto del camino me quedé embarazado con mil definiciones de la Luna que no podía alumbrar; de suerte que, a fuerza de apoyar esta creencia burlesca con argumentos casi serios, ya faltaba poco para que yo me desdijese, cuando el milagro o la casualidad, la Providencia, la fortuna, o quizá lo que comúnmente se llama visión, ficción o quimera, o locura si se quiere, me suministró la ocasión que me inclinó a esta idea. Cuando llegué a mi casa, subí a mi estudio y encontré sobre la mesa un libro abierto que yo no había dejado allí. Era el de Cardán, y aunque no tuviese el propósito de leer, dejé caer los ojos, como si fuese por fuerza, sobre una historia de este filósofo que dice que estudiando una tarde a la luz de una candela vio entrar, filtrándose por las puertas cerradas, a dos grandes ancianos, los cuales, después de mucha preguntas que él les hizo, contestaron que eran habitantes de la Luna, y desaparecieron en diciendo esto. Me quedé tan sorprendido al ver un libro que había llegado hasta mi mesa él solo, sin que nadie lo dejara allí, y al ver que además se había abierto en aquella ocasión y precisamente por aquella página, que tomé todos estos incidentes encadenados como una inspiración que me obligaba a dar a conocer a los hombres que la Luna es un mundo. «¡Cómo —me decía yo a mí mismo —, después de estar hablando todo el día de una cosa, un libro que acaso es el único en el mundo donde estas materias se tratan tan detalladamente vuela de mi biblioteca a mi mesa, para abrirse precisamente por las páginas de tan inaudita aventura, y arrastra a mis ojos, como con una fuerza secreta, hasta él, y luego suministra a mi fantasía las reflexiones y a mi voluntad los propósitos que yo he formado! Sin duda —continué diciéndome a mi mismo — los dos viejos que se aparecieron al gran Cardán no eran otros que los que han cogido mi libro y lo han dejado en mi mesa abierto por esas páginas para ahorrarse conmigo la arenga que a Cardán le hicieron. ¿Pero — pensaba yo — no sabré resolver esta duda si no subo hasta allá? ¿Y por qué no? — me replico luego —. Prometeo en otro tiempo fue al Cielo y robó el fuego. ¿Acaso yo soy menos osado que él? ¿Y tengo motivos para no confiar en un éxito tan favorable como el suyo?»

A estas humoradas que acaso llaméis exceso de delirio febril, sucedió la esperanza de realizar un viaje tan encantador. Y alentado por esa esperanza me encerré en una casa de campo bastante solitaria, donde después de halagar mis sueños con algunos medios proporcionados a mi intento, he aquí cómo conseguí subir al Cielo.

En torno a mi cuerpo me había atado bastantes frascos llenos de rocío, sobre los cuales el Sol proyectaba tan ardientemente sus rayos que su calor, que los atraía como hace con las más grandes nubes, me levantó a tan grande altura, que por fin llegué a encontrarme por encima de la primera región. Pero como esa atracción me elevaba demasiado rápidamente, y como en vez de aproximarme a la Luna, como era mi deseo, todavía me parecía estar más lejos de ella que al principio, fui rompiendo algunos de mis frascos hasta que observé que mi peso sobrepujaba la atracción del calor e iba descendiendo sobre la tierra. No fue falsa mi opinión, puesto que en aquélla me encontré poco tiempo después. Teniendo en cuenta la hora que había salido, ya debía estar mediada la noche. Sin embargo, vi que el Sol estaba en lo más alto del horizonte, y que era mediodía. A vosotros dejo el pensar cuál no sería mi asombro: y fue tan fácil este asombro mío, que no sabiendo yo a qué atribuir este milagro, tuve la insolencia de imaginar que, como premio a mi atrevimiento, Dios, por una vez más, había detenido el curso del Sol a fin de alumbrar una empresa tan generosa. Todavía acreció mi atrevimiento el no conocer el país donde me encontraba, puesto que, según yo creía, habiendo ascendido derechamente debiera haber descendido al sitio mismo de mi partida. Y tal como estaba equipado encaminé mis pasos hacia una especie de choza en la que apercibí humo; y ya estaba de ella a un trecho de pistola cuando me vi rodeado por una cantidad numerosa de hombres completamente desnudos. Mucho parecieron espantarse de mi presencia, pues, a lo que yo creo, era yo el primer hombre que ellos viesen vestido de botellas. Y para alterar todavía más todos los pensamientos que ellos pudiesen tener acerca de este hábito mío, todavía estaba el ver que al andar apenas sí tocaba yo en el suelo; tampoco imaginaban ellos que a la menor inclinación que yo diese a mi cuerpo el ardor de los rayos del Sol me levantaría con mi rocío y que, aunque ya mis frascos no eran muchos, probablemente ante su vista me hubiesen levantado por el aire. Quise yo abordarles; pero como si su temor les hubiese cambiado en pájaros, vi cómo en un instante se perdían por la próxima selva. Aun pude coger a uno cuyas piernas sin duda le habían traicionado el corazón. A éste le pregunté (con bastante esfuerzo porque estaba yo lleno de ahogo) cuánto había desde allí hasta París, cómo y desde cuándo iba la gente en Francia desnuda de aquel modo y por qué huían ellos de mí con tanto espanto. Este hombre, con el cuál yo hablaba, era un anciano aceitunado que muy temeroso se hincó en seguida de hinojos ante mí y juntando las manos hacia lo alto por detrás de su cabeza quedó con la boca abierta y cerró los ojos. Largo tiempo estuvo murmurando entre dientes sin que yo pudiese entender nada de lo que decía; así que di en pensar que su lenguaje era tan sólo el ceceo quijarroso de un mudo.

Al poco tiempo de esto vi llegar una compañía de soldados a cajas batientes y observé que dos de ellos se separaban de sus filas y se dirigían hacia mí; y así, que estuvieron lo bastante cerca para oír mis razones, con las mejores que yo pude les pregunté dónde estaba. A las cuales ellos me respondieron: «Estáis en Francia; ¿pero quién ha sido el diablo que en ese estado os ha puesto y cómo es que nosotros no os conocemos? ¿Es que han llegado ya las naves? ¿Vais a dar aviso de ello al señor gobernador? ¿Y por qué razón habéis repartido vuestro aguardiente en tantas y tantas botellas?»

A todo esto yo les repliqué que no era el diablo quien en tal estado me había puesto; que si no me conocían no era cosa de extrañar, pues no podían ellos conocer a todos los hombres; que no sabía yo que el Sena condujese naves a París; que no tenía ningún aviso que dar al señor mariscal del Hospital, y que no llevaba nada de aguardiente en mis botellas. «¡Bah, bah! —me dijeron ellos, cogiéndome por un brazo—. ¿Os hacéis el valiente? Pues si nosotros no os conocemos, ya os reconocerá el señor gobernador». Me llevaron hacia sus filas y en ella me di cuenta de que realmente estaba en Francia, pero en la Nueva; de manera que al poco tiempo de todo esto fui presentado al virrey, que me preguntó cuál era mi país, cómo me llamaba y quién era; y así que yo le hube dado respuesta contándole la agradable aventura de mi viaje, sea que lo creyó, sea que fingió creerlo, tuvo la bondad de dar el encargo de que me aparejasen una habitación en su vivienda. Fue una gran dicha para mí encontrar un hombre con tan altas opiniones y que no se extrañase cuando yo le dije que era necesario que la Tierra hubiese girado durante mi ascensión, puesto que, habiendo comenzado a elevarme a dos leguas de París, había caído, siguiendo una línea casi perpendicular, en las tierras de Canadá.

Por la noche, cuando ya iba yo a acostarme, entró él en mi habitación y me dijo: «Nunca hubiese entrado yo a interrumpir vuestro descanso si no hubiese pensado que una persona que ha podido encontrar el secreto de andar tan largo camino en media jornada no posea también el de no cansarse. Pero no sabéis —añadió— la divertida disputa que por vuestra causa acabo de mantener con nuestros Padres. Creen ellos firmemente que con seguridad sois vos un mago. Y la mayor gracia que vos podríais obtener de ellos es que solamente os tuviesen por impostor. Porque, en verdad, ese movimiento que vos atribuís a la Tierra es una paradoja bastante delicada; en cuanto a mí, con franqueza os digo que lo que me impide que totalmente comulgue con vuestra opinión es el que aunque ayer salieseis de vuestro país, podéis haber llegado hoy a esta tierra sin que nuestro mundo haya girado; porque si el Sol os levantó merced a vuestras botellas, no os debió conducir hasta aquí, ya que, según Ptolomeo y los filósofos modernos, anda ese astro a la par que, según vos decís, anda la Tierra. Y, por otra parte, ¿qué grande probabilidad habéis visto vos para figuraros que el Sol permanezca inmóvil, siendo así que todos le vemos andar? Y ¿qué apariencia os afirma el que la Tierra gira tan rápidamente, sintiéndola nosotros bajo nuestros pies tan firme como la sentimos?» «Señor —le repliqué yo—, estas son las razones que aproximadamente nos obligan a prejuzgarlo de tal manera. En primer lugar, es de sentido común el creer que el Sol se ha afirmado en el centro del Universo, puesto que todos los cuerpos que en la Naturaleza viven necesitan de ese fuego radical, que habita en el corazón de este reino para poder satisfacer prontamente la necesidad de cada una de sus partes, y porque la causa de las generaciones es de razón que esté situada en el medio de todos los cuerpos para obrar sobre ellos con igualdad y más facilidad; del mismo modo la Naturaleza ha colocado sabiamente las partes genitales del hombre, las pepitas en el centro de las manzanas y todos los huesos en el corazón de la fruta a que pertenecen. Y, del mismo modo, la cebolla conserva al abrigo de cien telas que la envuelven el preciado germen del cual diez millones más han de ir sacando su vida; porque este fruto por sí sólo es ya un pequeño universo cuya semilla, más abrigada que las otras partes, es el Sol que a su alrededor esparce toda su tibieza conservadora de su globo; y ese germen, en esta metáfora, es el sol diminuto de ese mínimo mundo que lo calienta nutriendo la vida vegetal de su pequeña masa. Y admitido esto, digo yo que la Tierra, teniendo necesidad de la luz, del calor y de la influencia de este gran fuego, va girando en torno de él para recibir por igual en todas sus partes esa virtud que la conserva. Porque sería tan ridículo creer que este grande cuerpo luminoso giraba en torno de cualquier otro punto, como pensar, cuando vemos una alondra asada, que para así condimentarla ha sido necesario hacer girar la lumbre en torno de ella. Por otra parte, si fuese el Sol quien tuviera que hacer ese giro parecería que la droga necesitaba del enfermo, que el fuerte había de plegarse al débil, el magnate servir al humilde y que en lugar de que un barco fuese siguiendo las costas de una provincia fuera la provincia la que girara en torno del barco. Porque si os cuesta trabajo comprender cómo una masa tan pesada puede moverse, decidme, si os place, si los astros y los cielos que vos imagináis tan sólidos ¿son acaso menos pesados? Y aún nos es más fácil a nosotros, que estamos convencidos de la redondez de la Tierra, deducir de su figura la facilidad de su movimiento. Pero ¿por qué suponer al cielo redondo también, puesto que no podríais asegurarlo y puesto que entre todos los cuerpos tan sólo los que poseen figura esférica pueden moverse? No es que os reproche vuestras coordenadas, ni vuestros epiciclos, que no podríais vos explicarme claramente y a los cuales yo excluyo de mi sistema. Hablemos, pues, solamente de las causas naturales de este movimiento. ¿Por ventura estáis vos obligado a recurrir a las fuerzas que mueven y gobiernan vuestros mundos? Pero yo sin interrumpir el reposo del Ser Soberano, que sin duda ha creado la Naturaleza haciéndola perfecta y de cuya sabiduría es de esperar que la haya dejado bien acabada, de tal suerte que habiéndola creado para una cosa, para otra cualquiera no la haya hecho defectuosa; pero yo, decía, afirmo que los rayos del Sol con su influencia y actuando sobre su superficie hacen girar a la Tierra al moverla, como nosotros hacemos girar una esfera golpeándola con la mano, o también como los humos que evaporándose constantemente de su seno, por el lado que el Sol la mira, repercutidos por el frío de la región media, redundan encima, y necesariamente, como no la puede empujar más que sesgadamente, la hace así piruetear. La explicación de los otros dos movimientos todavía es menos embrollada. Imaginaros un poco si os place...» En diciendo estas palabras el virrey me interrumpió: «Prefiero disculparos de esa molestia; precisamente yo he leído sobre esta materia algunos libros de Gassendi. Mas ahora veréis lo que me contestó un día uno de nuestros Padres, que defendía vuestra opinión: «En efecto —decía él—, yo me imagino que la « Tierra gira, no por las razones que alega Copérnico, sino porque estando el fuego del infierno encerrado en el centro de la Tierra, los condenados, al querer huir del ardor de su llama, empujan contra su bóveda para librarse de él, y de este modo hacen girar a la Tierra como un perro hace girar a una cuba cuando corre encerrado dentro de ella».

Juntos alabamos algún tiempo este pensamiento como una simple ingeniosidad de este buen Padre, y finalmente el virrey me dijo que él se extrañaba muchísimo de que siendo el sistema de Ptolomeo tan poco probable fuese por todos tan bien acogido. «Señor —le contesté yo—, la mayor parte de los hombres que para juzgar suelen guiarse tan sólo de sus sentidos se han dejado persuadir por los ojos, y así como el que va en un buque navegando a lo largo de la costa cree que no es el buque el que anda, sino ésta, así los hombres al girar con la Tierra en torno del Cielo, han creído que era éste el que giraba en torno de ellos. Añadid a esto el orgullo insoportable de los hombres que están persuadidos de que la Naturaleza ha sido hecha tan sólo para ellos, como si fuese posible que el Sol, un gran cuerpo cuatrocientas treinta y cuatro veces más grande que la Tierra, no se hubiese encendido para otra cosa sino para madurar sus nísperos y sazonar sus coles. Según yo creo, nada dispuesto a tolerar sus insolencias, los planetas son mundos situados en torno del Sol, y las estrellas fijas, a su vez, son otros soles que tienen planetas en torno de ellos, es decir, mundos que nosotros no vemos porque su luz reflejada no podría llegar hasta nosotros. Porque ¿cómo si no, de buena fe, podríamos imaginar que esos globos tan espaciosos fuesen tan sólo campos desiertos y que en cambio el nuestro, sólo porque nosotros vivimos en él, haya sido creado para una docena de gentecillas soberbias? ¡Pues qué! ¿Porque el Sol acompasa nuestros días y nuestros años, sólo por eso ya vamos a pensar que ha sido creado para que su luz impida que vayamos dándonos de cabezadas contra las paredes? No, no; si este Dios visible alumbra al hombre no es sino por accidente, como la antorcha del rey, también por accidente, alumbra al esbirro que pasa por la calle». «Pero —me replicó él— si, como vos afirmáis, las estrellas fijas son otros tantos soles, podría de ello deducirse que el mundo era infinito, puesto que es verosímil que los pueblos de ese mundo que están alrededor de una estrella fija que vos suponéis un sol, descubren además otras estrellas fijas que nosotros no podríamos descubrir desde aquí, y así se seguiría hasta el infinito». «No lo dudéis —respondí yo—; así como Dios ha podido hacer inmortal el alma, ha podido hacer infinito el mundo, suponiendo que sea verdad que la eternidad es tan sólo una permanencia sin interrupción y el infinito una extensión sin límites.

Por otra parte, Dios, a su vez, sería finito si se supusiese que el mundo no era infinito, puesto que no podría ser o no habría nada, y puesto que Él no podría acrecer el tamaño del mundo sin añadir algo también a su propia extensión, empezando por estar allí en donde antes no estaba. Es, pues, preciso creer que así como nosotros desde aquí vemos a Saturno y a Júpiter, así también, si estuviésemos en alguno de estos dos mundos, descubriríamos muchos otros más que ahora no vemos, pues el Universo hasta el infinito está de este modo constituido».

«Pobre de mí — me replicó él —; por más que decís, no puedo comprender del todo ese infinito de que habláis». «¡Ah! —le dije yo—, decidme si acaso comprendéis mejor la nada que hay más allá de él.

Tampoco. Porque cuando penséis en esa nada os la imaginaréis, por lo menos, como viento o como aire, y eso ya es alguna cosa; pero el infinito, si no podéis comprenderlo en su universalidad, al menos lo concebís por partes, puesto que no es difícil imaginar más allá de la porción de tierra o de aire que nosotros vemos, fuego, otro aire y otra tierra. Por lo demás, el infinito no es otra cosa que un tejido sin límites de todo esto. Ahora bien; si me preguntáis de qué modo han sido hechos todos estos mundos, siendo así que la Santa Escritura habla tan sólo de uno, que creó Dios, yo os contestaré que no puedo discutir sobre este punto, porque si me obligáis a daros razones de lo que sólo mi imaginación las tiene, con esa demanda me dejáis sin palabras si no son las que necesito para confesaros que mi razonamiento en esta clase de problemas siempre dará preferencia a mi fe». Él me dijo que realmente su pregunta era censurable y que volviese yo a desenvolver mi idea. «De suerte —añadí yo entonces—, que todos estos otros mundos que no se ven o que tan sólo se distinguen confusamente no son más que la espuma de los soles que se purgan. Porque, ¿cómo podrían existir esos grandes fuegos si no estuviesen ligados a alguna materia que los nutriese? Por tanto, así como el fuego expulsa de su seno la ceniza que ahoga su llama, del mismo modo que el oro en su crisol se desprende, para purificarse, de la marcasita que debilita su quilate, y como nuestro corazón se desprende por medio del vómito de los humores indigestos que lo emponzoñan, así estos soles se limpian todos los días purgándose de los restos de las materias que estorban su fuego. Pero cuando ya hayan consumido esta materia que les mantiene, no dudéis que se extenderán dilatándose por todas partes para buscar otro pasto y que se unan a todos los mundos que hayan creado otras veces y principalmente a los que encuentren más cercanos; entonces estos grandes fuegos, rebullendo todos los cuerpos, los irán rechazando confusamente de todas partes como antes, y habiéndose purificado poco a poco empezarán a servir de soles a otros pequeños mundos que engendrarán, empujándolos más allá de sus esferas. Esto es, sin duda, lo que ha hecho que los pitagóricos predijeran la atracción universal. No es esto una fantasía ridícula. La nueva Francia, en cuyas tierras ahora estamos, es un ejemplo convincente. Este vasto continente de América es una mitad de la Tierra que, a pesar de nuestros predecesores que mil veces habían atravesado el Océano, aún no había sido descubierta, y antes, hasta puede afirmarse que no existía, como muchas islas, penínsulas y montañas que se han erguido sobre nuestro planeta cuando las herrumbres del Sol por él eliminadas han sido lanzadas bastante lejos y condensadas en masas bastante pesadas para ser atraídas hacia el centro de nuestro mundo, acaso en pequeñas partículas, o tal vez, de pronto, en grandes masas. No es esto muy absurdo, y quizá San Agustín lo hubiese

aplaudido si el descubrimiento de este país se hubiese realizado en su tiempo, ya que este grande personaje, cuyo genio con tan luminoso fuego estaba encendido, asegura que en su tiempo la tierra era achatada como un horno y que nadaba sobre las aguas como una media naranja. Pero si alguna vez tengo yo el honor de veros en Francia os haré notar, por medio de un excelente anteojo, que ciertas obscuridades que desde aquí parecen sombras son mundos que se están formando».

Mis ojos, que al acabar estas palabras ya se me iban cerrando, obligaron a salir al virrey. El día siguiente y otros sucesivos los pasamos en semejantes razones. Pero como algún tiempo después las vicisitudes de los asuntos de la provincia suspendieron nuestra filosofía, otra vez volví con el mayor empeño a mi deseo de subir a la Luna.

Tan pronto como ésta amanecía yo me iba por los bosques soñando en la realización y el éxito de mi empresa, y por fin en vísperas de San Juan, mientras todos estaban en el fuerte reunidos en consejo para determinar si se prestarían socorros a los salvajes del país en sus luchas contra los iroqueses, yo me fui solo por las espaldas de nuestra casa hasta la cima de una montaña no muy grande, donde veréis lo que me sucedió. Había construido yo una máquina y creía que sería capaz para elevarme todo lo que yo quisiera porque, no faltándole nada de lo que yo pensaba que era necesario, me senté dentro de ella y me precipité en el aire desde la cima de una roca; pero por no haber calculado bien las medidas me caí rudamente en el valle. Y aunque había quedado muy maltrecho, me volví a mi cuarto y sin encogérseme el ánimo, con algo de médula de buey me unté el cuerpo desde la cabeza hasta los pies, pues todo él lo tenía quebrantado. Y así que me tomé una botella de esencia cordial para fortificarme el corazón, volví en busca de mi máquina; pero ya no la hallé, pues ciertos soldados que habían sido enviados al bosque a cortar leña para encender las hogueras de San Juan, como toparan con ella casualmente, la habían llevado al fuerte, en donde tras algunas explicaciones de lo que pudiera ser, y habiendo descubierto el mecanismo del resorte, algunos dijeron que había que atarles muchos cohetes voladores, porque habiéndoles levantado muy alto, con su rapidez y agitando el resorte sus grandes alas, nadie dejaría de tomar esta máquina por un dragón de fuego. Yo estuve buscándola mucho tiempo, y la encontré por fin en medio de la plaza de Kevec, cuando ya iban a prenderle fuego.

Y tan grande fue mi dolor al ver en considerable peligro la obra de mis manos, que fui corriendo a coger el brazo del soldado que encendía el fuego.

Le arranqué la mecha y frenéticamente me metí en mi máquina para romper el artificio de que la habían rodeado. Pero ya llegué tarde, porque apenas hube metido los dos pies fui elevado hacia las nubes. El horror que me invadió no me consternó tanto ni alteró mis facultades hasta el punto de que no pueda acordarme de todo lo que en aquel momento me sucedió. Porque en el mismo instante en que la llama devoró parte de los cohetes que estaban dispuestos en grupos de seis por medio de una atadura que reunía cada media docena, otros seis se encendieron y luego otros seis, de tal modo que el salitre, al encenderse, al mismo tiempo que acrecía el peligro lo alejaba. Sin embargo, cuando ya estuvieron consumidos todos los cohetes, el artificio faltó, y cuando ya soñaba yo dejarme la cabeza pegada a cualquier montaña, sentí sin moverme casi que mi elevación continuaba y que libertándose de mí la máquina volvía a caer sobre la tierra. Esta aventura tan extraordinaria me abullonó el corazón con una alegría tan poco común que, transportado por verme fuera de un peligro seguro, tuve el atrevimiento de filosofar sobre esto, y buscando con la razón y con los ojos cuál pudiera ser la causa, advertí que mi carne estaba hinchada y todavía grasienta con la grasa de la médula que yo me había untado en las contusiones de mi porrazo; entonces me di cuenta de que cómo iba descendiendo y cómo la Luna durante este cuadrante había tenido costumbre de sorber la medula de los animales, se bebía la que yo me había untado, con tanta fuerza como era menor la distancia que de mí le separaba, y que no debilitaba en su vigor la interposición de nube alguna.

Cuando ya hube atravesado, según el cálculo que yo me hice después, mucho más de las tres cuartas partes del camino que separa la Luna de la Tierra, me vi de pronto dar con los pies en alto, y esto sin que me cayese de ninguna manera, y no me hubiese dado cuenta de ello, seguramente, si no hubiera notado gravitar sobre mi cabeza la carga pesada de mi cuerpo. Yo me daba muy buena cuenta de que no caía hacia la Tierra, porque aunque me encontrase entre dos lunas y aunque notase perfectamente que a medida que me acercaba a una de ellas me alejaba de la otra, estaba convencido de que la más grande era nuestro planeta, porque como al cabo de uno o dos días de viaje las refracciones alejadas del Sol venían a confundir la diversidad de los cuerpos y de los climas, se me aparecía ya solamente como una gran placa de oro.

Esto me hizo pensar que iba dirigiéndome hacia la Luna, y me confirmé en esta opinión cuando recordé que había empezado a caer a las tres cuartas partes de mi camino, porque, me decía yo para mis adentros, como esta masa es menor que la nuestra, es lógico también que su esfera de actividad sea de menor extensión y que, por consiguiente, haya sentido más tarde la fuerza de su centro.

En fin, después de haber gastado mucho tiempo en caer (a lo que yo imagino, porque la violencia del precipicio no me permitió observarlo bien) de lo más remoto de que me acuerdo es que me encontré con un árbol enredado entre tres o cuatro ramas bastante gruesas que yo había roto al caer y con la cara mojada por los sucos de una manzana que se me había reventado encima.

Por fortuna, este paraje era como bien pronto lo sabréis...

Así podréis imaginar que sin la circunstancia de este azar ya hubiese perecido mil veces.

Frecuentemente he reflexionado sobre la vulgar creencia de que al caer de un sitio muy alto antes de llegar a la tierra se ha perecido ahogado; y del hecho de mi aventura he deducido que miente esta vulgar creencia, o bien que el jugo enérgico de aquella fruta, que lo fue destilando en mi boca, llamara otra vez a mi alma a lo interno de mi cadáver todavía tibio y dispuesto para las funciones de la vida. En efecto; tan pronto como estuve en tierra se me fue el dolor del cuerpo antes que de mi memoria saliese; y el hambre que durante mi viaje había dado mucho que hacer a mi deseo, sólo me dejó en lugar suyo un recuerdo vago de haberlo perdido.

Tan pronto como me levanté y vi el más grande de los cuatro ríos que forman un lago al reunirse, el espíritu o el alma invisible de los simples que se exhalan sobre esta comarca vino a dar contento a mi olfato, y me apercibí de que los guijarros no eran duros ni toscos, sino que parecían tener la solicitud de ablandarse cuando por encima de ellos se caminaba. Vi después una estrella de cinco puntas de las cuales nacían unos árboles que por su altura enorme parecían levantar hasta el Cielo la meseta de una alta montaña. Y pasando mis ojos por ellos desde la raíz hasta el vértice de su copa y precipitándolos luego desde lo más alto hasta la raíz, dudaba si la tierra era la que lo soportaba, o si eran ellos los que llevaban la tierra colgada de sus raíces; su frente soberbiamente erguida parecía también plegarse como obligada por fuerza sobre la pesadez de los globos celestes, cuya carga parecía que gimiendo soportaban; sus brazos tendidos hacia el Cielo acreditaban abrazándolo pedir a los astros la benignidad íntimamente pura de sus influencias y recibirlos cuando todavía no perdieron su inocencia en el lecho de los elementos. Por doquiera las flores aquí, sin los cuidados de otro jardinero que la libre Naturaleza, con tan dulce aliento respiran, que aun siendo salvajes despiertan y halagan el sentido; aquí el arrebol de una rosa sobre el escaramuzo y el azul clarísimo de una violeta sobre el césped no dejan libertad a la que tienen los sentidos para escoger, y de tal modo rivalizan en belleza, que no se sabe cuál de ellas es la más hermosa; aquí la Primavera ordena todas las estaciones; aquí no crece planta venenosa sin que luego perezca en castigo a la traición que hizo al prado; aquí los riachuelos suavemente murmurando cuentan a los guijarros el viaje de su cristal; aquí mil pequeñas gargantas de pluma hacen sonoro el bosque con el ruido de sus melodiosos cantos; y la trinadora asamblea de estos músicos divinos y tan numerosa, que en este bosque cada hoja parece convertirse en el pico y la figura de un ruiseñor; y hasta el mismo eco, tanto contento recibe con sus canciones, que al oír cómo las repite pudiera pensarse que quería aprendérselas de memoria. Al lado de estos bosques se ven dos praderas cuyo gay verdor continuo ofrece a los ojos una esmeralda infinita. La confusa mezcla de colores con que la Primavera adorna a cien flores diminutas, funde todos los matices entre sí con tan agradable confusión, que no se sabe si estas flores, cuando un dulce céfiro las mueve, corren para huirse unas a las otras o lo hacen esquivando las caricias del viento que las agita. Muchas veces se creería que esta pradera es un Océano, porque, como el mar, no ofrece a la vista límite; de manera que mis ojos, asombrados de haberla recorrido hasta tan lejos sin descubrir su límite, condujeron hacia él mi entendimiento; y con éste, pensando si aquel límite sería la extremidad del mundo, quería persuadirse de que tan encantadores sitios acaso habían obligado al Cielo a unirse con la Tierra. En medio de un tapiz tan vasto y tan risueño corre a borbotones la plata de una rústica fuente, que corona sus bordes con un césped esmaltado de francesillas y de otras cien humildes flores que parecen apretarse para ver cuál de ellas se mirará primero en el cristal de la fuente; ésta todavía está en su cuna, pues no ha hecho más que nacer, y su rostro joven todavía no lo cruza ni un solo pliegue. Las grandes ondas que esparce y que vuelven mil veces a su seno muestran con cuánto disgusto sale esta agua de la tierra en que nace; y como si estuviese vergonzosa de sentirse acariciada tan cerca de su madre, rechazó murmurando a mi mano que la quería tocar. Los animales que hasta su borde venían para satisfacer la sed, más razonables que los de nuestro mundo, mostraban quedarse suspensos al contemplar la luz de pleno día en el horizonte, mientras veía el Sol en los antípodas, y no osaban inclinarse hacia su borde temerosos de anegarse dentro del cielo falso de la fuente.

He de confesaros que al ver tan bellas cosas me sentí estremecido por esos gratos dolores que, según se dice, siente el embrión al infundírsele el alma. Mi piel vieja se me cayó y me brotó otra nueva, con otro pelo más espeso y más suelto.

Sentí que mi juventud se encendía con una nueva llama y la cara se me tornaba bermeja y un tibio calor se mezclaba dulcemente a mi nativa frialdad, de modo que volvía hacia mi juventud quitándome lo menos catorce años.

Habría andado una media legua a través de un bosque de jazmines y de mirtos, cuando vi tendido en la sombra algo que se movía, y reparando en ello observé que era un adolescente cuya majestuosa belleza casi me impulsó a la adoración. Para impedírmela se levantó él: «¡No es a mí —me dijo—, sino a Dios a quien tú debes tus humildades!» «Reparad —le dije yo— que soy un hombre asombrado por tantos milagros y que no sabe ya a quién tributar sus adoraciones, porque vengo de un mundo que seguramente vos creéis que es una Luna, y cuando creo hallarme en otro que también es llamado Luna por mi país, me encuentro de pronto como en el Paraíso y a los pies de un Dios que no quiere ser adorado». «Quitando lo del nombre de Dios —me replicó él—, de quien yo no soy sino una criatura, verdad es la que decís; esta tierra es la Luna, la misma Luna que vosotros veis desde vuestro planeta; y este sitio por el que ahora andáis... Ahora bien; en aquel tiempo la imaginación del hombre era tan fuerte porque aun por nada había sido corrompida: ni por los libertinajes, ni por la crudeza de los condimentos, ni por la alteración de las enfermedades—, que estando excitado por el violento deseo de abordar este asilo, y como el cuerpo se tornase ligero por el fuego de este entusiasmo, fue hasta aquí elevado del mismo modo que algunos filósofos que estaban con su imaginación muy atraída por algún pensamiento han sido transportados a etéreas regiones por entusiasmos que vosotros llamáis éxtasis... Que la poca firmeza de su sexo hacía más débil y menos tibia, no hubiese tenido, sin duda, el ingenio bastante vigoroso para vencer con la moderación de su voluntad el peso de la materia, sino porque tenía muy poca... La simpatía, cuya mitad estaba todavía ligada a su todo, la llevó hacia él a medida que ascendía, del mismo modo que el ámbar sigue a la paja y como el imán vuelve al punto de atracción del cual se le separó, y atrajo esta parte de él mismo como el mar atrae a los ríos que salen de él. Y cuando llegaron a vuestra tierra se instalaron entre la Mesopotamia y la Arabia; algunos pueblos le han conocido con el nombre de... y otros con el de Prometeo, que los poetas supieron que había robado el fuego del Cielo porque a sus descendientes los engendró provistos de un alma tan perfecta como la que él poseía.

»De este modo, para habitar nuestro mundo, ese hombre dejó desierto este planeta; pero no quiso el Todopoderoso que una estancia tan dichosa quedase sin habitar: pocos siglos después permitió... Aburrido de la compañía de los hombres, cuya inocencia se corrompía, sintió deseos de abandonarles. Este personaje no juzgó segura retirada contra la ambición de sus parientes, que ya se disponían al reparto de vuestro mundo, sino la tierra dichosa de que ya tanto le había hablado su abuelo y de la cual nadie todavía conocía el camino... Pero le valió su imaginación; porque habiendo observado... llenó dos grandes vasijas, que luego cerró herméticamente, y se las ató por debajo de las alas.

En seguida el humo que tendía a elevarse y que no podía expansionarse a través del metal empujó las vasijas hacia lo alto, de modo que con ellas elevaron a tan grande hombre. El cual, cuando ya hubo ascendido hasta la Luna y mirado con sus ojos este hermoso jardín, sintió un desbordamiento de alegría casi sobrenatural que le demostró que éste era el lugar en que su abuelo había vivido antaño. Se desató prestamente las vasijas que se había ceñido,

como si fuesen alas, alrededor de sus espaldas, y lo hizo tan dichosamente que cuando aún no estaba a una altura de cuatro toesas por encima de la Luna se vio libre de sus elevadores. La altura, sin embargo, era bastante grande para dañarle en su caída, y así hubiese sucedido si sus ropas de gran vuelo no viniesen a hincharse con el viento, sosteniéndole suavemente hasta que descansó los pies sobre el suelo. En cuanto a las dos vasijas, ascendieron hasta un cierto espacio, en el que desde entonces permanecen. Estas vasijas son lo que vosotros llamáis hoy Las Balanzas.

»Preciso será que os cuente de qué manera llegué yo hasta aquí. Creo que no habréis olvidado mi nombre, porque anteriormente os lo he dicho.

Vos debéis sabor, pues, que vivía yo en las gratas orillas de uno de los más famosos ríos de nuestro planeta y que mi vida se deslizaba entre los libros tan dichosamente que aunque ya haya pasado no puedo ponerle ningún reproche. Sin embargo, cuanto más se encendían las luces de mi espíritu más crecía el deseo de conocer las que no tenía. Nunca los sabios me recordaron al ilustre Mada sin que la memoria de su filosofía perfecta me hiciese suspirar; y cuando ya desesperaba de poderla adquirir un día, después de estar soñando largo rato, tomé un imán que aproximadamente medía dos pies cuadrados y lo metí en un horno; después, cuando ya estuvo bien purgado, precipitado y disuelto, recogí su masa calcinada y la reduje al grosor que tiene aproximadamente una mediana bala.

»Luego de estas preparaciones hice construir una máquina de hierro muy ligera, en la cual me instalé..., y cuando ya estuve bien firme y bien apoyado en su asiento tiré mi bola de imán con violencia y hacia lo alto. Entonces la máquina de hierro que intencionadamente había hecho yo más maciza en el centro que en las extremidades, se fue elevando con un perfecto equilibrio porque por este sitio ascendía siempre más de prisa. Así, a medida que yo llegaba hasta el punto donde el imán me había traído, volvía a lanzar mi bola por encima de mí». «¿Pero cómo —le interrumpí yo entonces podíais vos lanzar vuestra bola tan derechamente sin que se torciese a uno u otro lado?» «Nada ha de maravillaros esto —me dijo él—, porque el imán, que una vez lanzado estaba en el aire, atraía hacia sí el hierro derechamente, y, por tanto, no podía yo desviarme en mi ascensión. Os diré, además, que aunque retenía la bola en mi mano no dejaba por ello de ascender, porque mi chirrión iba siempre en seguimiento del imán, que yo sostenía sobre mí; pero el ímpetu del hierro para unirse a mi bola era tan violento, que me hacía doblar todo mi cuerpo y quitarme el deseo de volver a intentar esta experiencia.

Era en verdad algo espantoso de ver, porque el acero de mi caja volante, que yo había pulimentado con mucha pulcritud, reflejaba en todas las direcciones la luz del Sol con tanta fuerza y tan gran brillantez que yo mismo me creía por todas partes rodeado de fuego. Finalmente, después de haber lanzado muchas veces mi bola, y volar hacia ella tras este lanzamiento, llegué, como a vos os ha pasado, a un término desde el cual caí en este mundo. Y porque en este instante yo retenía la bola entre mis manos apretándola mucho, la máquina, cuyo asiento me apresaba en virtud de su atracción, no me dejó libertad. El único temor que me quedaba era el de romperme el cuello; pero para evitarlo, yo tiraba mi bola de cuando en cuando para que la violencia de la máquina, disminuida por su atracción, fuese amortiguándose y haciendo que mi caída resultase menos dura, como en efecto pude lograrlo; porque cuando me vi a doscientas o trescientas toesas de la tierra, fui lanzando mi bola a un lado y otro de mi chirrión, ora aquí, ora allá, hasta que me hallé a prudente distancia; entonces la tiré por encima de mí, y como mi máquina la siguiese, yo la abandoné, dejándome caer por uno de sus lados con la mayor suavidad que pude y vine a dar sobre la arena, con lo cual el porrazo no fue tan violento como lo hubiese sido si cayera desde aquella altura.

»No quiero deciros el asombro que invadió a mi alma al ver estas maravillas que aquí existen, porque, aproximadamente, fue parecido al que acabo de ver que a vos os ha tenido suspenso...»

Apenas había yo gustado de ello cuando una nube espesa cayó sobre mi alma y ya no distinguí a nadie a mi alrededor y mis ojos no vieron en todo el hemisferio ni una huella siquiera del camino que había andado. Y a pesar de esto no dejaba yo de acordarme de todo lo que me había sucedido.

Cuando más tarde he reflexionado sobre este milagro he sospechado que la corteza del fruto que yo mordí no me había quitado totalmente el sentido, porque mis dientes al atravesarla se sintieron humedecidos con el jugo que ella recubría y cuya energía había disminuido el maleficio de la corteza.

Me quedé muy sorprendido de verme tan solo en un país que yo no conocía. En vano sobre él esparcía los ojos paseándolos por toda la Naturaleza; no les ofrecía consuelo la contemplación de ninguna criatura. Finalmente me determiné a seguir andando, hasta que la Fortuna me deparase la compañía de algunos animales o la de la muerte. Vino aquélla en mi ayuda, pues al cabo de un cuarto de legua encontré dos enormes animales de los cuales uno se detuvo ante mí y el otro se fue ligeramente a su albergue, o, por lo menos, así lo pensé yo, porque al poco tiempo le vi volver acompañado de setecientos u ochocientos más de su misma especie que en seguida me rodearon. Cuando pude observarlos de cerca advertí que en cuerpo y rostro eran a nosotros semejantes. Me hizo esto pensar en las sirenas, los faunos y los sátiros de que antaño me hablaba en sus cuentos mi nodriza. Aullaban frecuentemente con tanta furia, seguramente por la admiración que de verme sentían, que casi llegué a pensar si yo sería un monstruo. En esto, una de esas bestias-hombres, tomándome por el cuello como lo hacen los lobos que roban ovejas, me dejó sobre sus espaldas y me condujo a su ciudad, en la cual todavía quedé más suspenso que antes, al ver que eran hombres y que, sin embargo, todos ellos andaban en cuatro pies.

Cuando este pueblo me vio tan pequeño (pues ellos, la mayor parte, tenían doce codos de estatura) y con el cuerpo sostenido tan sólo por dos pies, no pudieron creer que fuese un hombre, porque pensaban que habiendo dado la Naturaleza a los hombres dos piernas y dos brazos, como a los animales, debían aquéllos usarlos como éstos. Y, en efecto, pensando yo después en esta creencia comprendí que tal disposición del cuerpo no era muy extravagante, pues, según yo recordaba, los niños, cuando todavía no tienen otra instrucción que la que les da la Naturaleza, andan en cuatro patas y sólo lo hacen en dos por la indicación de sus nodrizas, que los levantan sobre pequeños carricoches y les atan andaderas para que no caigan sobre el suelo como el único asiento en que la corporeidad de nuestra masa tiende a posarse.

Y decían ellos, según después me hice yo traducir, que infaliblemente yo era la hembra del animalito de la reina. Así, pasando por tal, o por cualquier otra cosa, fui conducido a la casa de la villa, en donde advertí por el rumor y los gestos del pueblo y de los magistrados que celebraban Consejo acerca de lo que yo podría ser. Cuando hubieron terminado su conferencia, cierto batelero que custodiaba las bestias raras suplicó a los regidores que me confiaran a su guarda, en tanto que la reina me requería para que fuese a vivir con mi macho. No opusieron ninguna dificultad, y este bufón me llevó a su casa, en donde me enseñó a hacer el gracioso, a saltar dando corvetas y a fingir muecas.

Y por las tardes hacía pagar ante su puerta un cierto precio a las gentes que querían verme.

Esto hasta que el Cielo, herido por mis dolores y disgustado de ver profanar el templo de su dueño, quiso un día, estando yo atado al extremo de una cuerda, con la cual el charlatán me hacía saltar para divertir a las gentes, oyese yo la voz de un hombre que en lengua griega me preguntaba quién era.

Mucho me extrañe al oír hablar en este país como en el mundo mío. Estuvo algún tiempo preguntándome, yo le contesté contándole totalmente mi empresa y el éxito de mi viaje. Él me consoló diciéndome esto que todavía recuerdo: «Pues bien, hijo mío, por fin halláis el castigo de las debilidades de nuestro planeta. Aquí, como allí, hay espíritus vulgares que no pueden sufrir que se piensen cosas no acostumbradas; pero sabed que se os da un trato recíproco porque si algún habitante de esta tierra hubiese descendido hacia la vuestra y hubiera tenido el atrevimiento de llamarse hombre, vuestros sabios le hubiesen ahogado como a un monstruo».

Seguidamente me prometió que informarla a la corte de mi desastre y añadió que tan pronto como habían llegado a él las noticias que acerca de mí corrían había venido para verme y me había reconocido como un hombre del mundo del que, según yo decía, era habitante. Porque en otro tiempo había él viajado y había permanecido en Grecia, donde era conocido por el nombre del Demonio de Sócrates. Me dijo también que al morir este filósofo él había cuidado e instruido a Epaminondas, en Tebas; que después, habiendo ido a tierra de romanos, la justicia le había ligado al partido del joven Catón; que al morir éste había pasado al de Bruto, y que, como estos personajes no habían dejado en este mundo sino el fantasma de sus virtudes, él determinó retirarse con sus compañeros a los templos y a las soledades. «Finalmente —añadió—, el pueblo de vuestra tierra se volvió tan estúpido y tan grosero, que mis compañeros y yo perdimos todo el placer que antes hablamos sentido instruyéndolo.

Seguramente habréis oído hablar de nosotros, pues la gente nos llamaba Oráculos, Ninfas, Genios, Fes, Dioses de fuego, Vampiros, Duendes, Náyades, Incubos, Sombras, Manes, Espectros y Fantasmas; y nosotros abandonamos vuestro mundo bajo el reinado de Augusto, un poco después de que yo me apareciese a Drusus, hijo de Livia, que hacía la guerra a Alemania, y le prohibiese adentrarse en esa guerra. No hace mucho tiempo que he ido allá por segunda vez. Hace cien años tuve el encargo de hacer un viaje. Anduve mucho por Europa y hablé con personas que acaso habréis conocido. Un día, entre otros, me aparecí a Cardán cuando estaba estudiando. Le ilustré acerca de muchas cosas, y en recompensa creo que me prometió que haría constar de quién había sacado los milagros que iba a ocuparse en escribir. Vi a Cornelio Agripa, al ábate Tritheim, al doctor Fausto, a La Brosse, a César y a una cierta colección de gentes jóvenes que el vulgo ha conocido con el nombre de Caballeros de la Roja Cruz, a los cuales yo enseñé muchas sutilezas y secretos naturales que sin duda les habrán hecho pasar por grandes magos.

»Conocí también a Campanella; fui yo quien le aconsejé, cuando estuvo bajo la Inquisición de Roma, para que acomodara el gesto de su cara y las posturas de su cuerpo a los que ordinariamente tenían aquellos cuyo interior necesitaba él conocer; y eso se lo aconsejaba para que de este modo llegase él a tener los pensamientos que esta misma situación había provocado en sus adversarios; porque mejor adiestraría él su arma cuando conociera la de sus contrarios. También comenzó a mi ruego un libro que nosotros titulamos de Sensu rerum. En Francia frecuenté la amistad de La Mothe, Le Vayer y de Gassendi; este último es tan filósofo escribiendo como el primero lo es viviendo. He conocido a muchos más que vuestro siglo considera divinos, pero no he encontrado en ellos más que mucho orgullo y mucha palabrería. Últimamente, yendo desde vuestro país hacia Inglaterra para estudiar las costumbres de sus habitantes, encontré a un hombre que era la vergüenza de su pueblo, porque ciertamente era una vergüenza para los grandes de vuestro Estado el no adorarle reconociéndole la virtud de cuyo trono es él monarca. Para abreviar su panegírico os diré tan sólo que en él todo es espíritu y todo corazón y que tiene todas esas cualidades que, con sólo poseer una, era suficiente en otro tiempo para ser proclamado un héroe: era Tristán el Eremita. Sinceramente os confieso que cuando vi tan alta virtud me lastimó que no fuese reconocida; por esto quise hacerle aceptar tres frascos: uno, lleno de aceite de talco; otro, de pólvora de proyectil, y el último, de oro potable; pero él los rechazó con un desdén tan generoso como el que Diógenes demostró al recibir las cortesías de Alejandro. En fin, nada puedo añadir al elogio de este grande hombre sino es el deciros que es el único poeta, el único filósofo y el único hombre libre que tenéis en la tierra. Éstas son las personas de fama que yo he tratado; las demás, por lo menos las que yo he conocido, están tan por debajo del hombre, que creo que algunas bestias están por encima de ellos.

»Por lo demás, yo no pertenezco ni a la Tierra ni a la Luna: he nacido en el Sol; pero como nuestro mundo algunas veces está demasiado poblado porque la vida de sus habitantes es muy larga y casi nunca hay en él guerras ni enfermedades, de vez en cuando nuestros magistrados envían a algunas colonias nuestras hacia los mundos de alrededor. A mí se me encargó que fuera al vuestro como jefe de las gentes que conmigo venían. Después he pasado a este mundo por las razones que os he declarado, y el motivo de que permanezca en él todavía es que sus habitantes son muy amantes de la verdad; que no hay pedantes; que los filósofos no se dejan convencer más que por la razón, y que ni la opinión de un sabio ni de la mayoría prevalecen sobre la opinión de un labrador cuando éste razona con tanto tino como ellos. Así, que en este país sólo tienen por insensatos a los sofistas y a los oradores».

Yo le pregunté cuánto tiempo vivían esos seres; él me contestó que tres o cuatro mil años, y prosiguió su plática de esta manera:

«Aunque los habitantes del Sol no son más numerosos que los de este mundo, frecuentemente semeja estar rebosante porque el pueblo posee un temperamento muy ardiente, es revoltoso y ambicioso y digiere mucho. Esto no debe pareceros cosa de maravillar; porque aunque nuestro planeta es muy grande y el vuestro muy pequeño, y aunque nosotros solemos morir a los cuatro mil años y vosotros al medio siglo, sabed que así como no hay tantas piedras como tierra, ni tantas plantas como piedras, ni tantos animales como plantas, ni tantos hombres como animales, de la misma manera debe haber menos demonios que hombres, porque así lo ordenan las dificultades que existen para la generación de un compuesto perfecto».

Yo le pregunté si ellos eran cuerpos iguales a nosotros; él me respondió que sí, que eran cuerpos, pero no como nosotros, ni como ninguna de las cosas que nosotros considerábamos cuerpos. Porque vulgarmente nosotros no llamamos de ese modo sino aquello que podemos tocar; me dijo también que, por lo demás, todo cuanto existía en la Naturaleza era cosa material, y que aunque ellos mismos lo fuesen, cuando querían hacerse ver de nosotros estaban obligados a tomar la apariencia de los cuerpos que nuestros sentidos son capaces de conocer; que esto era lo que a muchas gentes había hecho pensar que las historias que de ellos se contaban eran tan sólo efectos de sueños de extraviados, porque ellos no se aparecían sino de noche; y añadió que, como se veían obligados a hacerse ellos mismos el cuerpo del cual con toda prisa habían de servirse, no tenían con frecuencia tiempo para formarlo convenientemente y lo escogían ateniéndose solamente a un sentido que bien podía ser el oído, como las voces de los oráculos; bien la vista, como los fuegos fatuos y los espectros, o el tacto, como los íncubos; y que no siendo esta masa más que aire, el cual adaptaba al espesarse esta u otra forma, la luz, por efecto de su calor, los destruía como se ve que destruye una niebla dilatándola.

Tan extrañas cosas me contaba, que a mí me despertaron la curiosidad y el deseo de preguntarle por su nacimiento para saber si en el país del Sol el individuo salía a la luz del día por vías de generación y moría por algún desorden de su temperamento o ruptura de sus órganos. «Hay muy poca relación —me dijo él— entre vuestros sentidos y la explicación de estos misterios. Vosotros pensáis que lo que no podéis comprender pertenece al dominio de lo espiritual, o no pertenece a ninguno; pero éste es un falso pensar y prueba que en el Universo hay por lo menos un millón de cosas que, para ser de vosotros conocidas, necesitarían presentar ante vosotros un millón de órganos distintos.

Yo, por ejemplo, sé y conozco por mis sentidos la simpatía que existe entre el imán y el polvo, y sé a qué es debido el reflujo del mar, y sé también en qué se convierte el animal después de su muerte; vosotros los hombres, en cambio, no sabríais dar a estas altas razones otra que la de vuestra fe, porque os falta la comprensión de estos milagros, del mismo modo que un ciego no podría imaginar qué es la belleza de un paisaje, el color de un cuadro o los matices del arco iris; bien pudiera ser que los imaginase como algo palpable, como comida, como sonido o como olor. Del mismo modo si quisiera yo explicaros todo lo que yo percibo con los sentidos que a vos os faltan, os lo representaríais con los vuestros como algo que puede ser oído, visto, tocado, olido o saboreado y no sería, sin embargo, nada de eso».

En esto estaba de su discurso cuando mi batelero se apercibió de que las gentes empezaban a aburrirse de mi jerigonza, que no entendían y que les parecía un runrún inarticulado. Se puso a tirar de mi cuerda a más mejor, hasta que, hartos de reír los espectadores, asegurando que tenía tanto espíritu como las bestias de su país, fuéronse cada uno a sus casas. Con las visitas que este oficioso demonio me hacía endulzaba yo las durezas del mal trato de mi amo. Porque juzgad qué mal me hubiese entendido con las gentes que venían a verme no conociendo yo su lengua ni ellos la mía y considerándome además por un animal de los más ilustres entre la raza de los brutos. Y el desconocer las lenguas obedecía a que, como vosotros sabréis, en este país sólo se usaban dos idiomas: uno, que lo hablaba la grandeza, y el otro, que era patrimonio del pueblo. El primero, el de la grandeza, es tan sólo un conjunto de matices de tonos no articulados, poco más o menos parecidos a nuestra música, cantada sin letras; y a fe mía que es esto una invención muy armónica, muy útil y muy agradable, porque cuando les viene el cansancio del habla o cuando desprecian malgastar su garganta en este uso, cogen un laúd u otro instrumento y de él se sirven como de la voz para comunicarse su pensar; así, que muchas veces estarán hasta quince o veinte tratando en compañía de un asunto teológico, o de las dificultades de un proceso, y lo harán con el más armonioso concierto que puedan halagar oídos.

La segunda habla, que por el pueblo es usada, consiste en un estremecimiento de todos los miembros; pero no dicen acaso lo que uno se imagina porque tal vez ciertas partes del cuerpo vengan de suyo a expresar la totalidad de un discurso.

Por ejemplo: el agitar una mano, o una oreja, o un labio, o un brazo, o un ojo, o una mejilla, constituirán por sí solos una oración o un periodo con todas sus partes. Otros movimientos sirven para expresar una palabra, como el mostrar una arruga de la frente u otros diversos estremecimientos de los músculos, o el girar las manos, o el patalear, o el contorsionar los brazos. Así es que, cuando hablan, teniendo como tienen la costumbre de andar desnudos, sus miembros, acostumbrados a esta gesticulación para expresar sus ideas, de tal modo se remueven que ya no parecen hombres que hablan, sino cuerpos llenos de temblor.

Casi todos los días venía mi demonio a visitarme y las maravillas de su charla me hacían pasar sin enojos las violencias de su cautiverio. En fin, una mañana vi entrar en mi albergue a un hombree que no conocía y que habiéndome lamido durante mucho tiempo, suavemente me cogió de un mordisco por la remolacha y estirándome de una de las piernas, con lo que se ayudaba a sostenerme temeroso de que me hiriese, me cargó sobre sus espaldas, en las que me encontré tan muellemente y tan a mi gusto que, a pesar de la aflicción que me producía el verme tratado como una bestia, no tuve ningún deseo de salvarme. Además, estos hombres que andan a cuatro patas lo hacen con una velocidad muchísimo mayor que la nuestra, puesto que hasta los que son más pesados pueden alcanzar un ciervo en su carrera.

Mucho, a pesar de todo, me apenaba el estar sin noticias de mi cortés demonio; mas he aquí que en la noche de mi primera jornada, cuando llegué al sitio de descanso y estaba paseándome por el patio de la hospedería esperando que estuviese presta la comida, un hombre muy joven y bastante hermoso vino hasta mí y riéndose en las barbas me tiró al cuello sus dos pies de delante. Cuando ya le hube observado algún tiempo me dijo él en francés: «¿Cómo, ya no conoces a tu amigo?» Dejo a vuestra consideración pensar cuál sería el estado de mi ánimo, porque quedé tan suspenso que desde entonces pensé que todo el globo de la Luna, todo lo que me había sucedido y todo lo que yo veía no era sino arte de encantamiento; y este hombre bestia, que era el mismo que me había servido de montura, siguió hablándome con estas razones:

«Me habíais prometido que nunca perderíais la memoria de los buenos servicios que os tengo hechos, y sin embargo ¡parece que nunca me hayáis conocido! Pero viendo que no volvía yo de mi asombro, añadió: «Bueno; soy el Demonio de Sócrates». Estas palabras aumentaron mi asombro, y para sacarme de él, el Demonio me dijo: «Yo soy el Demonio de Sócrates que os ha divertido durante vuestra prisión y que, para seguir dispensándoos su favor, se ha revestido del cuerpo con el cual os llevó ayer». «Pero ¿cómo puede ser esto así —le interrumpí yo—, si ayer teníais una estatura tan considerable y hoy sois tan pequeño? ¿Si ayer teníais una voz débil y cortada, y hoy la tenéis clara y vigorosa? ¿Si ayer, en fin, erais un viejo muy encanecido, y hoy sois un hombre joven? ¡Cómo! ¿Así como en mi país la gente desde que nace camina hacia la muerte, los animales de este mundo van de la muerte hacia el nacer, y rejuvenecen cuando más viejos son?» «Tan pronto como hablé con el príncipe —me dijo él—, después de recibir la orden de conduciros a la corte, fui a buscaros allí donde estabais, y luego de haberos traído hasta aquí he sentido el cuerpo cuya forma había tomado yo, tan lleno de cansancio, que todos los órganos me negaban sus funciones ordinarias. Entonces me fui camino del hospital, donde encontré el cuerpo de un hombre joven que acababa de morir en virtud de un accidente bastante raro, y a pesar de ello bastante conocido en este país...; yo me acerqué a él fingiendo creer que todavía tenía movimiento y diciendo a los que estaban presentes que no había muerto y que lo que ellos consideraban como su muerte era tan sólo un letargo. Y dicho esto, y procurando no ser advertido, acerqué mi boca a la suya y por ella me introduje como un soplo. Entonces mi viejo cadáver cayó y, como si yo en realidad hubiese sido aquel joven me levanté dejando allí a los que presenciaron esto gritando: « ¡Milagro! ¡Milagro!». En esto vinieron a llamarnos a comer, y yo seguí a mi guía hasta una sala magníficamente amueblada, pero en la que no vi nada dispuesto para la comida. Tan gran carencia de vianda cuando ya estaba yo pereciendo de hambre me hizo preguntar a mi guía dónde habían puesto el cubierto. No tuve tiempo a escuchar lo que me contestó, porque tres o cuatro mozos, hijos del huésped, se acercaron a mí en aquel instante y con mucha ciudadanía me despojaron hasta de la camisa. Me dejó tan suspenso esta ceremonia, que no tuve ni siquiera alientos para preguntar a mis ayudas de cámara por la causa de este despojo. Ni sé siquiera cómo mi guía, al preguntarme con qué vianda quería empezar, pudo hacerme pronunciar estas dos palabras: «Un potaje». Apenas las había proferido cuando me llegó el olor del más suculento guisado que halagó narices de rico. Quise levantarme de mi sitio para averiguar el origen de tan halagüeño aroma; pero mi guía me lo impidió:

«¿Adónde queréis ir? —me preguntó—. Ya iremos luego de paseo, pero ahora es razón que comamos.

Acabad vuestro potaje y luego haremos que nos sirvan otra cosa». «¿Pero en dónde diablos está tal potaje? —le contesté yo montando en cólera casi—.

¿Os habéis apostado con alguien burlaros de mí todo el día?» «Es que yo creía —me contestó él— que en la ciudad en que antes estabais ya habríais visto a vuestro batelero o a cualquier otro comer sus viandas; por eso no os había advertido cómo se nutren aquí las gentes. Pues sabed desde ahora que no se nutren más que del olor. El arte de la cocina es encerrar en grandes vasijas, dispuestas para el caso, el aliento que de las viandas surte al guisarlas; y cuando se han concentrado muchas clases y diferentes gustos, según el apetito de los comensales, se abren las vasijas en que ese olor está contenido, y después se abren otras, y así hasta que la gente está ya sacia. Al menos que no hayáis vivido ya de esta manera, nunca podréis creer que la nariz, sin dientes y sin garganta, pueda servir para nutrir al hombre haciendo las veces de boca; pero yo quiero demostrároslo por vuestra propia experiencia».

No bien hubo él acabado de decirme esto, sentí entrar sucesivamente en la sala tan agradables vapores y tan sabrosamente nutritivos, que, en menos de un cuarto de hora sentí mi hambre del todo saciada. Y cuando nos levantamos mi acompañante me dijo: «No debe esto sorprenderos mucho, porque no es razón que habiendo vos vivido tanto no hayáis observado que en vuestro mundo los cocineros, los pasteleros y los reposteros, que comen menos que las personas que se dedican a cualquier otro oficio, están sin embargo más gruesos. ¿Y de dónde les vendría, si no fuese de este buen vapor que constantemente les rodea y penetra sus cuerpos y les nutre, de dónde les vendría os pregunto, ese bienestar? Por esto mismo las personas de este mundo gozan de una salud más vigorosa y más constante, porque su nutrición no deja casi excrementos, que son el origen de casi todas las enfermedades. Acaso a vos os haya sorprendido el que antes de la comida os hayan desnudado, pues esta costumbre no se usa en vuestro país; pero en éste está muy en boga, y se hace así para que el cuerpo se halle más dispuesto a la aspiración del humo». «Señor —le repliqué yo—, en eso hay gran apariencia de verdad, y yo mismo, por mi experiencia, he podido comprobarlo; pero os confieso que como no puedo desembrutecerme tan aprisa me sería muy grato aún poder tener entre mis dientes algún pedazo palpable». Prometió acceder a este deseo, pero no hasta el día siguiente, porque el comer tan luego de nuestro yantar, según me dijo, pudiera producirme una indigestión. Aún estuvimos hablando un rato y después subimos a nuestra habitación para acostarnos. Un hombre, en lo alto de la escalera, se presentó a nosotros y después de mirarnos atentamente me condujo a mí a una alcoba cuyo piso estaba cubierto con flores de azahar hasta una altura de tres pies, y a mi demonio le llevó a otra alcoba llena de claveles y jazmines. Viendo que yo me asombraba con toda esta magnificencia, me dijo que así eran las camas del país. Finalmente, nos acostamos cada uno en nuestra celda, y cuando ya estuve tendido sobre mis flores vi, al resplandor de una treintena de gruesos gusanos luminosos, cerrados en un vaso de cristal (pues éstas son las lámparas que en este país se usan), a los tres o cuatro muchachos que me habían desnudado durante la cena: uno de ellos púsose a acariciarme los pies, el otro los muslos, el otro el costado y el otro los brazos, y todos cuatro con tanto mimo y tan gran delicadeza, que al punto me sentí por completo dormido. Al día siguiente, con la luz del Sol, vi entrar a mi demonio. «Quiero cumpliros mi palabra —me dijo—; hoy desayunaréis más sólidamente que cenasteis ayer». Al oír estas palabras yo me levanté y él, cogiéndome de la mano, me condujo a un jardín que había detrás de nuestra posada, en el cual uno de los hijos del hostelero nos estaba esperando con un arma en la mano, casi en todo parecida a nuestros fusiles. Le preguntó a mi guía si yo quería una docena de alondras, porque los orangutanes (que por tal él me tenía) se nutrían con la carne de éstos pájaros. Apenas hube yo contestado que sí, cuando el cazador descargó un tiro de fuego y veinte o treinta alondras cayeron a nuestros pies, asadas y todo. «¡Aquí vendría como anillo al dedo pensé yo en seguida— lo que se dice en un refrán de nuestro mundo acerca de un país en que las alondras caigan asadas y todo!»

«No tenéis que hacer sino comer —me dijo mi demonio—, pues estos cazadores tienen la habilidad de mezclar con su pólvora y su plomo una cierta composición que mata, despluma, asa y condimenta gustosamente la caza». Recogí yo algunas que fiando en su palabra comí, y en verdad os digo que nunca en mi vida he probado nada tan delicioso. Después de este desayuno nos dispusimos a marcharnos, y con mil muecas que ellos estilan cuando quieren demostrar su afecto, nuestro huésped recibió un papel de mi demonio. Yo le dije si este papel era el pago de nuestro hospedaje. Él me dijo que no, que no debíamos nada y que el papel que le había dado no tenía sino versos. «¡Cómo! ¿Versos? —le repliqué yo—. ¿Los hosteleros son aquí amantes de la rima?» «Es —me dijo él— la moneda corriente del país, y el gasto que nosotros hemos hecho asciende a treinta dineros, que es lo que con estos versos acabo yo de darle. No creo haberme quedado corto, porque aunque hubiésemos permanecido aquí durante ocho días no habríamos gastado mas que un soneto, y yo tengo cuatro, más dos epigramas, dos odas y una égloga». «Ojalá quisiese Dios —le contesté yo— que en nuestro país se pagase con la misma moneda. Porque conozco yo muchos honrados poetas que se están muriendo de hambre y que echarían muy buenas carnes si se pagase a los fondistas con esa moneda». Yo le pregunté si los mismos versos, copiándolos, servían para pagarlo todo; él me contestó que no y me dijo: «Cuando el autor ha compuesto sus versos los lleva a la Casa de Moneda, donde los poetas jurados celebran su Consejo; y allí, los versificadores oficiales someten a su juicio las composiciones, y si son juzgadas como buenas se las tasan, no según su precio —es decir, que un soneto no vale siempre lo mismo que otro soneto—, sino por el mérito que en sí tiene; así es que cuando alguien muere de hambre prueba es de su majadería, porque las gentes de espíritu siempre pueden hacer fortuna». Yo admiré muy suspenso la juiciosa valoración que en este país se hacía, y mi demonio prosiguió sus razones de esta manera: «Pues aun hay gentes que ganan su vida de una manera muy distinta. Cuando se sale de su casa piden a proporción de los gastos un recibo para el otro mundo, y cuando se les da escriben en un gran registro que llaman el Gran Diario Mayor de Cuentas poco más o menos estas palabras: «Ítem, el valor de tantos versos librados en tal día a Fulanito de Tal, que me serán reembolsados según recibo adjunto con cargo a los fondos en que esos versos estén tasados»; y cuando se sienten en peligro de morir hacen romper estos registros a pedazos, los cuales se tragan porque creen que si no lo digiriesen bien no les aprovecharía para nada».

Esta charla no impidió que siguiésemos andando mi guía y yo, él a cuatro pies debajo de mí y yo a horcajadas encima de él. No iré detallando las aventuras que por el camino nos sucedieron; sólo os diré que finalmente llegamos a la ciudad en que el rey tiene su corte. Y luego que hube llegado me condujeron a palacio, donde los grandes me recibieron con más moderada admiración que mostró el pueblo cuando pasé por la calle. Pero en cambio los grandes no se diferenciaron del pueblo ni en considerarme con toda certeza como la hembra del animalillo de la reina. Así me lo manifestaba mi guía, que al propio tiempo confesaba no entender este enigma, porque no sabía quién era el pequeño animal de la reina. Pronto lo supimos los dos. Porque el rey, después de haberme mirado algún tiempo, mandó que trajesen el animal, y al cabo de media hora vi entrar en medio de un regimiento de monos que iban vestidos con gorguera y alto capirote un hombre pequeño, de parecida constitución a la mía, pues, como yo, andaba en dos pies. Tan pronto como me vio me abordó diciéndome: Criado, vuestra merced; yo contesté a su reverencia aproximadamente en los mismos términos. Pero, ¡ay!, tan pronto como nos vieron hablar juntos vinieron a confirmarse en sus prejuicios, y todavía se afirmaba más el éxito de esta conjetura porque todos los asistentes, al opinar sobre nosotros, aseguraron fervorosamente que nuestra charla era el gruñido con que demostrábamos la alegría de estar juntos; alegría que por instinto natural nos hacía siempre runrunear. Este hombrecito me contó luego que era europeo, natural de la Vieja Castilla, y que agarrándose a unos pájaros había encontrado el medio de hacerse conducir hasta la Luna, donde a la sazón estábamos, y que, como cayera en manos de la reina, ésta le había tomado como un mico, porque, por capricho, en este país visten a los micos a la usanza de los españoles. Que además, como al llegar él iba ya vestido así, no dudó la reina de que perteneciese a la raza de estos animales.

«La verdad es —le dije yo— que después de ensayar si les estarían bien a los micos todos los trajes que se estilaban no pudisteis encontrar otro más ridículo, y por eso le vestirían así. Porque si los reyes quieren tener micos, es tan sólo para reírse de ellos». A esto me contestó él que con mis razones demostraba no conocer la dignidad de su nación, y que esa dignidad era tan alta, que si el Universo producía hombres, tan sólo era para convertirlos en sus esclavos y que la Naturaleza no creaba nada que no fuese para dar a ella materias de satisfacción. Seguidamente me rogó que le contase cómo yo había podido atreverme a subir a la Luna sobre la máquina de que le había hablado. Yo le contesté que no tuve otro medio, puesto que él se había llevado los pájaros en que yo había pensado ir. Él se sonrió de esta broma, y al cabo de un cuarto de hora que entre los dos pasamos estas razones, el rey mandó a los guardianes de los monos que se nos llevasen, dándoles el mandato expreso de que nos acostásemos juntos el español y yo para multiplicar nuestra especie en su reino. Punto por punto se cumplió la voluntad del príncipe. Lo cual me dio a mí mucho contento, porque me producía placer encontrarme con alguien a quien hablar durante la soledad de mi recluimiento. Un día mi macho (puesto que se me tenía por su hembra) me contó que el motivo que verdaderamente le había obligado a recorrer toda la Tierra y finalmente a abandonarla, trasladándose a la Luna, no era otro sino que no había podido encontrar ni un solo país donde se consintiese la libertad de imaginación. «Sabed vos —me dijo— que si uno no lleva un bonete, aunque hable diciendo maravillas, si los doctores del paño no las juzgan así, uno es considerado idiota, o majadero, o cualquier otra cosa peor. En mi país me han querido condenar por la Inquisición porque en las mismas barbas de los pedantes me atreví a sostener que el vacío existía y que no había en el mundo una materia que fuese más pesada que otras. Yo le pregunté qué probabilidades tenía para mantener una opinión tan poco tolerada. «Para llegar al término de mi juicio —me contestó él— es necesario suponer que tan sólo existe un elemento, porque aunque nosotros veamos el agua, la tierra y el agua y el fuego separados entre sí, nunca se les encuentra en estado de tanta pureza que podamos creerlos separados. Cuando, por ejemplo, vosotros veis el fuego, lo que veis no es fuego, es agua muy dilatada; y el aire también es agua muy dilatada; y el agua a su vez es tierra que se funde; y la tierra, por su parte, es agua muy comprimida; de tal modo que, si seriamente estudiamos la materia, vendremos en conocer que es tan sólo una, que, como excelente cómico, hace el papel de varios personajes vistiéndose mil trajes distintos; si no fuese así, habría que admitir tantos elementos como cuerpos; y si me preguntáis por qué el fuego calienta y el agua enfría siendo los dos una misma materia, os contestaré que esta materia obra por simpatía, según la disposición en que se encuentra en el tiempo de su acción. El fuego, que no es otra cosa sino tierra, esparcida con más expansión aún que la necesaria para constituir el aire, procura cambiar en tierra, por simpatía, lo que encuentra. Así, el calor del carbón, que es el más sutil y el más apropiado para penetrar en los cuerpos, al principio resbala entre los polos del nuestro porque es una nueva materia que nos llena y nos hace exhalarnos en sudor; ese sudor, extendido por el fuego, se convierte en humo y se torna aire; este aire, todavía más fundido por el calor de las antiperístasis o de los astros vecinos y la tierra, abandonada por el fuego y partita, caen en el suelo; el agua, por otra parte, que no se diferencia del fuego sino en estar más comprimida, no nos quema nunca, porque como más apretada, por simpatía, tiende a condensar los cuerpos que encuentra, de tal modo, que el frío que nosotros sentimos es tan sólo el efecto de nuestra carne, que se repliega sobre sí misma, impulsada por la vecindad de la tierra o del agua que le obligan a parecerse. Ésta es la causa de que los hidrópicos, llenos de agua, conviertan en ésta todo el alimento que toman, y esto también hace que los biliosos cambien en bilis toda la sangre que forma su hígado. Suponiendo, pues, que no haya más que un elemento, es evidente que todos los cuerpos, cada uno según su constitución, se inclinen igualmente hacia el centro de la tierra.

»Pero me preguntaréis vos seguramente: ¿por qué razón el hierro, los metales y la madera llegan más pronto a ese centro que una esponja, sino porque ésta está llena de aire, que naturalmente tiende hacia lo alto? No es esa la exacta razón, y he aquí lo que yo os replicaría: aunque una roca caiga con más rapidez que una pluma, ambas tienen la misma inclinación por realizar ese viaje; pero una bala de cañon, si encontrase la tierra libremente agujereada, se dirigiría hacia su centro con más rapidez que una gran vejiga de viento, y la razón de esto está en que la masa de metal supone mucha tierra reconcentrada en una pequeña parte y, en cambio, el viento supone muy poca tierra repartida en mucho espacio; porque todas las partículas de las materias que contiene ese hierro, unidas unas a las otras, aumentan con la cohesión su fuerza, ya que apretándose únense muchas para combatir contra poco, pues una partícula de aire que igualase en grosor a la bala no la igualaría en calidad.

»Sin probar esto con tal serie de razones, ¿cómo, según vuestro entender, una pica, un puñal, una espada pueden herirnos? Pues no hallaréis otra causa si no es la de que el acero es de una materia cuyas partículas están más próximas y más apretadas unas a las otras, y, en cambio, vuestra carne, como lo demuestran sus poros y blandura, contiene poca materia repartida en muy gran lugar; y por esto, como la punta de hierro que lo hiere representa una gran cantidad de materia contra muy poca carne, la obliga a ésta a ceder ante su fuerza, lo mismo que un escuadrón bien formado y compacto fácilmente vence a un batallón menos apretado y más extendido. Por esto mismo una lupa de acero abrasado es más ardiente que un tronco de madera encendido, y se explica pensando que hay más fuego en la lupa, aun siendo de pequeño tamaño, porque le tiene adherido en todas las partes del metal, que en el tronco, que, por ser muy esponjoso, contiene siempre un vacío; y como el vacío no es más que una ausencia del ser, no resulta susceptible de adaptar la forma del fuego. Seguramente me objetaréis que yo os hablo del vacío como si lo hubiese probado, y que precisamente la afirmación de que el vacío no es más que la ausencia del ser es lo que hemos de discutir. Pues bien; esto es lo que yo voy a probaros, y aunque el hacerlo sea de una dificultad parecida a la de cortar el nudo gordiano, yo tengo el brazo bastante fuerte y seré el Alejandro de este nudo.

»Que me replique, pues, esa bestia vulgar —yo se lo suplico—, que me replique si sólo cree ser hombre porque le han dicho que lo es. Suponiendo que no haya más que una materia, como ya pienso haberlo demostrado suficientemente, ¿por qué causa se dilata y contrae a su gusto? ¿Por qué un pedazo de tierra a fuerza de condensarse, se vuelve piedra? ¿Es que las partes de esta piedra se han colocado unas dentro de otras de tal modo que allí donde se fija un grano de arena en el mismo sitio hay otro grano de arena? Esto no puede ser así, aun admitiendo sus principios, porque los cuerpos no se penetran; pero es indispensable que esta materia se haya reunido y, si queréis, se haya comprimido de suerte que venga a llenar algún lugar que antes estaba vacío.

»También me objetáis que es incomprensible que existiese la nada en el mundo y que nosotros estuviésemos en parte compuestos de esa nada; pues ¿por qué no? ¿No está el mundo entero rodeado por la nada? Puesto que esto me lo habréis de conceder, otorgadme también que con la misma facilidad el mundo puede tener la nada a su alrededor que en su seno.

»Ya sé yo muy bien que vais a preguntarme cómo es que el agua comprimida por la helada en un vaso lo hace reventar, y a decirme que esto sólo es explicable pensando que quiera impedir la producción del vacío. Pero yo os explicaré que eso sucede por la sola razón de que el aire de encima, que tiende, lo mismo que la tierra y el agua, hacia el centro, encuentra en el recto camino de ese país una hospedería vacante y quiere en ella establecerse; y si encuentra los poros de esa vasija, es decir, los caminos que conducen a esa habitación de vacío demasiado estrechos o demasiado largos o demasiado torcidos, complace su impaciencia rompiendo el vaso para llegar más pronto a su hospedaje.

»Pero sin que vaya a divertirme ahora contestando a todas vuestras objeciones, fácilmente me atrevo a decir que si no hubiese vacío no habría tampoco movimiento, o, de lo contrario, es necesario admitir la penetración de los cuerpos. Sería muy ridículo pensar que cuando una mosca empuja con el ala parte del aire, esta parte hace retroceder ante ella a otra, esta otra a otra y que de tal manera el movimiento del artejo posterior del insecto llegase a producir una abolladura detrás del mundo.

»Cuando ya no pueden ellos encontrar otros argumentos apelan al de la rarificación. ¿Pero cómo puede pensarse de buena fe que un cuerpo se rarifica, que una partícula de la masa se aleja de la otra, sin dejar un vacío? ¿No sería necesario que estos dos cuerpos que acaban de separarse hubiesen estado en el mismo tiempo, en el mismo sitio donde éste estaba y que con ello se hubiesen penetrado, entre sí, los tres? Ya sé yo muy bien que me replicaréis diciéndome que entonces cómo se explica que valiéndose de un tubo de absorción, de una jeringa o de una bomba se eleve el agua contra su natural inclinación de caer; pero a esto podré replicaros que si se logra violentarla no es tan sólo el miedo al vacío lo que la obliga a contravenir su camino, sino también que, estando unida al aire por una traba imperceptible, se eleva ella cuando se eleva el aire que la tiene abrazada.

»No es esto muy espinoso y difícil de comprender cuando se conoce la relación perfecta y el delicado encadenamiento de los elementos, porque si vos consideráis con atención ese barro que resulta del maridaje de la tierra y del agua, os encontraréis con que tal producto ya no es ni tierra ni agua, sino un cuerpo que viene a interceder en el contrato de estos dos enemigos; del mismo modo, el agua y el aire se envían recíprocamente una bruma que penetra los humores de aquélla y de éste para así mediar en su paz; y el aire se reconcilia a su vez con el fuego por medio de una exhalación intercesora que los une».

Creo que todavía pretendía él seguir su plática; pero entonces nos trajeron nuestro yantar y, como ya teníamos hambre, cerré mis oídos a sus discursos para abrir el estómago a las viandas que nos sirvieron.

Me aconteció que otra vez, estando los dos filosofando, pues ni al uno ni al otro nos gustaba hablar de cosas bajas, me dijo él: «Estoy muy disgustado de ver un espíritu del temple del vuestro, infectado por los errores del vulgo. Es preciso que sepáis que a pesar del pedantismo de Aristóteles, cuya palabra suena todavía en todas las clases de vuestra Francia, todo está en todo; es decir, que en el agua, por ejemplo, existe el fuego, y en éste, agua, y en el aire, tierra, y en ésta, aire. Y aunque esta opinión les haga abrir a los escolásticos unos ojos tan grandes como saleros, aún resulta más fácil de probar que de demostrar. Pues yo les preguntaría, ante todo, si el agua engendra pescado, y cuando me lo negaran: cavar un hoyo, llenarlo con el jarabe del aguamanil, y aunque todavía quisieran pasar a través de una criba para escapar a las sujeciones de los ciegos, yo me comprometo a que si al cabo de cierto tiempo no encuentran ellos el pescado, beberme todo el agua que del hoyo habrán tirado; pero si lo encuentran, como yo tengo por muy cierto, es una prueba convincente de que en él había sal y fuego. Por tanto, encontrar en seguida agua en el fuego no es empresa muy difícil, porque aunque escojan el fuego más separado de la materia, como es el de los cometas, siempre encontrarán mucho, puesto que si este humor untuoso de que están hechos, reducido a azufre por el calor de la antiperístasis que los alumbra, no encontrase un obstáculo a su violencia en la húmeda frialdad que lo atempera y la combate, se consumiría bruscamente como un relámpago. En cuanto a que hay aire en la tierra, no creo que vayan a negarlo, y si lo niegan es que no han oído hablar nunca de los espantosos estremecimientos que han agitado tan frecuentemente las montañas de Sicilia. Además de esto vemos que la tierra es absolutamente porosa y hasta lo son los granos de arena que la componen.

Sin embargo, nadie ha dicho todavía que estos hoyos estuviesen llenos de vacío; y a pesar de eso no parecerá mal que el aire habite en ellos. Me queda por demostrar que en el aire hay tierra; pero casi no creo digno empeñarme en este trabajo, pues de ello os habréis convencido muchas veces al sentir caer sobre vuestra cabeza esas legiones de átomos tan numerosas que acaban por exceder a las posibilidades de aritmética, ahogándola.

»Pasemos ahora de los cuerpos simples a los compuestos; éstos han de proporcionarnos argumentos mucho más frecuentes para demostrar que todas las cosas están en todas las cosas y no que se cambian unas en otras como lo indican vuestros peripatéticos; y quiero sostener en sus barbas que los principios se mezclan, se separan y vuelven a mezclarse directamente, de tal suerte, que aquello que había sido hecho agua por el Criador del mundo ya lo será siempre; yo nunca sostengo, como hacen ellos, una máxima si no la pruebo.

»Y para probarlo, coged si os place un leño o cualquier materia combustible y prendedle fuego; ellos dirán, cuando ya estará ardiendo, que lo que antes era madera se ha convertido en fuego; pero yo les replicaré que no; que no hay más fuego en el leño cuando está lleno de llamas que antes de acercarle la cerilla; sino que el fuego que estaba en el leño escondido y constreñido por el frío y la humedad a no extenderse ni obrar, al ser libertado por un elemento extraño concentra sus fuerzas contra la flema que le ahogaba y se ampara del campo que su enemigo ocupaba, acabando por mostrarse, ya libre de obstáculos, como triunfador de su carcelero.

¿Y no veis cómo el agua huye por las dos extremidades, caliente y humeante todavía por el combate que ha sostenido? Esta llama que vos veis cómo se levanta hacia lo alto es el fuego más sutil, el más libre de la materia y el que más presto está, por consiguiente, para volver a su elemento. Asciende unido, formando una pirámide, a cierta altura hasta penetrar la espesa humedad del aire que le opone resistencia; pero como al propio tiempo que asciende va libertándose poco a poco de la violenta compañía de sus huéspedes, cuando ya no encuentra nada que le repele en su paso, lo apresura libremente con descuido que a veces le ocasiona otra prisión, pues andando con esa prisa alguna vez se topa con una nube, y si ésta está unida a otras y forma con ellas una asamblea tan numerosa que logra hacer frente al vapor, se juntan y lo castigan; la muerte de los inocentes es con frecuencia el efecto de esta cólera animada de las cosas muertas. Si el fuego, al encontrarse embarazado entre estas crudezas importunas de la región media, no es bastante fuerte para defenderse, se abandona a merced del enemigo, que con su pesadez le obliga nuevamente a caer hacia la tierra. De este modo el desdichado prisionero acaso se encuentre dentro de una gota de agua al pie de una encina, donde el fuego animal tal vez ofrecerá a este pobre perdido el albergue de su seno; ved, pues, cómo vuelve al mismo estado del que salió algunos días antes.

»Y ahora veamos la suerte corrida por los demás elementos que componían nuestro leño. El aire se retira a su rincón, mezclado todavía con vapores, porque el fuego encolerizada y bruscamente lo persiguió en confusión. Y en este estado sirve de germen a los vientos, suministra la respiración a los animales, llena el vacío que la Naturaleza produce y acaso envuelto en una gota de rocío será sorbido y digerido por las hojas alteradas del árbol en cuyo leño prendimos nuestro fuego. El agua que la llama había sacado de nuestro tronco, elevada por el calor hasta la cuna de los meteoros, caerá transformada en lluvia, ya sobre nuestra encina, ya sobre otro árbol cualquiera; y la tierra, convertida en ceniza y curada luego de su esterilidad, acaso merced al nutritivo calor de un estercolero en que se la habrá echado, o a la sal vegetal de algunas plantas vecinas, o al agua fecunda de los ríos, volverá a encontrarse al lado de esta encina, la cual, por el calor de su germen, irá atrayéndola hasta lograr que forme parte de su totalidad.

»De este modo, ved cómo esos cuatro elementos, siguiendo una suerte común, se reintegran al mismo estado del que salieran días antes. Esto nos permite decir que en un hombre hay todo lo necesario para constituir un árbol y en un árbol todo lo necesario para constituir un hombre, y prosiguiendo de esta manera se encontrará que todas las cosas están en todas las cosas. Pero nos hace falta un Prometeo que saque de la Naturaleza, y nos la haga ver, eso que yo he dado en llamar materia primera».

He aquí las cosas con que distraíamos nuestro ocio. Realmente, este buen español tenía un gentil espíritu. Nuestras charlas, comúnmente, entretenían nuestras noches, porque durante las seis horas que van desde la mañana a la tarde la muchedumbre que venía a nuestra jaula para contemplarnos nos hubiese estorbado, pues algunos nos tiraban piedras y otros nueces y otros hierba. No se hablaba más que de las bestias del rey. Todos los días nos daban de comer a nuestras horas, y hasta el rey y la reina, preocupándose personalmente y con frecuencia de mi estado, venían a tocarme la barriga para ver si estaba embarazado, porque se consumían en el deseo extraordinario de reproducir la raza de estos pequeños animales. No sé si por prestar más atención que mi macho a las señas y a los tonos de los reyes aprendí más pronto que él a entender su lenguaje y hasta llegué a tartamudearlo un poco, lo cual hizo que se nos considerase de otra manera. Con lo cual se esparció luego por todo el reino la noticia de que se habían encontrado dos hombres salvajes más pequeños que los demás, a causa de los malos alimentos que en la soledad se les habían suministrado, y que por una deficiencia de la semilla de sus padres no tenían las piernas de delante bastante fuertes para poderse apoyar sobre ellas.

Esta creencia iba tomando suficiente fuerza para ser confirmada, y así hubiese ocurrido si los doctores del país no se opusieran a ella diciendo que era una vergüenza espantosa creer que no sólo las bestias, sino también los monstruos fueran de su especie. «Parecería mucho más natural —añadían los menos apasionados— que los animales domésticos participasen de los privilegios de la humanidad y, por consiguiente, de la inmortalidad, que el que estas ventajas las tenga una bestia monstruosa que dice haber nacido en no sé qué país de la Luna; y luego, ¡ver cuánta diferencia hay entre nosotros y él!

Nosotros andamos en cuatro pies porque Dios no quiso que una criatura suya tan perfecta se asentase en el suelo con apoyo menos firme, y tuvo miedo de que andando de otro modo le ocurriera alguna desgracia; por eso tuvo buen cuidado de asentarle sobre cuatro pilares para que no pudiera caerse. En cambio, no queriendo poner su mano en la constitución de esos dos despreciables brutos, los abandonó al capricho de la Naturaleza, la cual, no temiendo la pérdida de tan poca cosa, los apoyó en dos patas solamente.

»Hasta los pájaros —decían ellos— han sido mejor tratados. Porque al menos les ha sido dado el plumaje, con el que pueden substituir la debilidad de sus pies y lanzarse hacia el aire cuando nosotros los echemos de casa. En cambio, la Naturaleza, quitándoles los dos pies a estos monstruos ha impedido que puedan escaparse de nuestra justicia.

»Por otra parte, reparad un poco en la actitud de su cabeza, vuelta hacia el Cielo. Les ha puesto así la cabeza la escasez de medios con que Dios les dotó, pues esta postura suplicante acredita que ellos imploran al Cielo quejándose de que su creador les haya tenido en descuido y pidiéndole permiso para vivir de nuestras sobras. Pero nosotros tenemos la cabeza inclinada hacia abajo para contemplar los bienes de que somos señores, seguros de que en el Cielo no hay nada que pueda provocar la envidia de nuestra dichosa condición».

Todos los días oía yo en mi posada estas o parecidas razones, y tanto influyeron los doctores sobre todo el pueblo con su opinión, que faltó poco para que yo fuese considerado como un papagayo sin plumas; creían ellos, y hasta estaban persuadidos, de que como no tenía más que dos pies no era otra cosa que un pájaro. Lo cual hizo que se me metiese en una jaula por mandado especial del Consejo Supremo.

En la jaula, aunque el pajarero de la reina no faltaba día que no viniese a silbarme en la lengua como aquí se acostumbra hacer con los estorninos, me sentía de veras dichoso, porque nunca me faltaba la comida. Además aprovechándome de las burlas con que mis mirones me hinchaban los oídos, fui aprendiendo a hablar con ellos, y cuando ya estuve bastante entrenado en su idioma para expresar la mayor parte de mis concepciones empecé a referir las más sorprendentes. Ya las gentes no hablaban más que de la gentileza de mis palabras y de la estima que mi espíritu les inspiraba.

Esto hizo que el Consejo se viese obligado a mandar que se publicase un edicto por el cual se prohibía creer que yo tuviese razón, con una orden muy terminante para todo el mundo, cualquiera que fuese su condición, obligando a pensar que, aunque yo mostrase mucho ingenio, sólo era el instinto el que me lo hacia tener.

No obstante la publicación de este edicto, el concepto que de mí se tenía dividió a la ciudad en dos partidos. El que opinaba en mi favor fue engrosando de día en día, hasta que a despecho del anatema con el cual se había intentado atemorizar al pueblo, los que me defendían pidieron que se celebrase una asamblea de todos los Estados para resolver en ella esta controversia.

Mucho tiempo gastaron para ponerse de acuerdo en la selección de los miembros que habrían de opinar en la asamblea. Pero los árbitros pacificaron esta animosidad igualando el número de los contendientes, y ordenaron que se me llevase a la asamblea, como en efecto lo hicieron; pero me trataron con una severidad apenas imaginable. Los examinadores me preguntaron, entre otras cosas, varias de filosofía: yo les expuse con toda buena fe lo que en otro tiempo mi maestro me había enseñado; pero ellos no se cuidaron de refutármelo con razón alguna convincente. Como yo viese esto y que no podía contestar, alegué como último argumento los principios de Aristóteles, que tampoco me sirvieron de mucho, porque con dos palabras ellos me descubrieron su falsedad: «Este Aristóteles me dijeron— cuya ciencia tan apologéticamente realzáis, acomodaba sin duda los principios a su filosofía, en vez de acomodar la filosofía a los principios. Y aún tenía mucha más fe en sus opiniones que en las pruebas de los demás, o de sectas de que vos nos habéis hablado. Por esto al muy gran señor no le parecería mal que le besásemos las manos». Finalmente, como los examinadores viesen que yo no cejaba de gritar afirmando mi tesis y diciendo que ellos no eran más sabios que Aristóteles, y como me hubiesen prohibido discutir contra los que negaban sus principios, resolvieron en conclusión, por unánime voto, que yo no era un hombre, sino una especie de avestruz que andaba en dos pies, que llevaba la cabeza erguida y que quitado el plumaje no había ninguna diferencia entre el ave y yo. Visto lo cual, ordenaron al pajarero mayor que me llevase otra vez a la jaula. En ésta pasaba yo el tiempo bastante distraído, pues como ya conocía con corrección la lengua de estas gentes, toda la corte se divertía conmigo haciéndome charlar. Las hijas de la reina, entre otras muchachas, siempre me metían en la jaula algún mendrugo de pan, y una, la más gentil de todas, como concibiese alguna amistad por mí, se ponía llena de alegría cuando secretamente yo le hablaba de las costumbres y los regocijos de las gentes de nuestro mundo, y principalmente de las campanas y de otros instrumentos de música; y tanto se complacía de esto, que con lágrimas en los ojos me aseguraba que si alguna vez yo pensaba volver a nuestro mundo ella me seguiría de muy buen grado.

Un día, muy temprano, como yo me despertase sobresaltado, miré y vi que estaba ella tamborileando con sus dedos en los barrotes de mi jaula.

«Regocijaos —me dijo ella—, porque ayer en el Real Consejo se determinó declarar la guerra al rey , y yo espero que, favorecidos por el revuelo de los preparativos, y mientras nuestro monarca y sus gentes se marchan, tendré ocasión para aprovechar la de salvaros». «¿Cómo la guerra? —le interrumpí yo—.

¿También los príncipes de este mundo se riñen y combaten como los del nuestro? Andad, os lo ruego, habladme de su manera de combatir». «Cuando los árbitros elegidos por la opinión de los dos partidos —me dijo ella— han designado el tiempo que juzgan necesario para el armamento y la marcha y calculado el número de los habitantes, el día y el sitio de la batalla, y todo con tan escrupulosa medida que no haya en un ejército ni un solo hombre más que en el otro, y cuando han dispuesto que los soldados lisiados por una parte estén alistados todos en una compañía, y cuando se produzca el encuentro, los mariscales de campo tengan cuidado de enfrontarlos con otros lisiados, y que por otra parte los gigantes estén frente a los colosos, los esgrimidores frente a los hábiles en el juego de la espada, los valientes frente a los briosos, los débiles frente a los endebles, los delicados frente a los enfermos y los robustos frente a los fuertes, y ordenado que si alguien combatiese con otro enemigo que el que se le había designado, no pudiendo justificar que había sido por descuido, fuese condenado como cobarde, se libraba la batalla. La cual dada, se contaban los heridos, los muertos y los prisioneros. En cuanto a los desertores, no había que contarlos porque ninguno huía. Y si al final de todo esto las pérdidas por una y otra parte sufridas resultaban iguales, echábase a cara o cruz el decidir quién sería proclamado victorioso.

»Pero con haber ganado una de estas batallas, y aunque un reino deshaga al enemigo en buena lid, con esto nada se decide todavía, porque aún han de intervenir otros ejércitos más numerosos de sabios y hombres de talento, de cuyas disputas depende por completo el triunfo o servidumbre de los Estados.

»Un sabio se opone a otro sabio, un hombre de espíritu a otro hombre de espíritu, uno de juicio a otro de juicio. El triunfo que consigue un Estado con este género de lucha vale como tres victorias de fuerza armada. Después de la proclamación de la victoria se disuelve la asamblea y el pueblo vencedor escoge su rey, reconociendo al de los enemigos o proclamando al suyo».

Yo no pude evitar el reírme de esta escrupulosa manera de batallar; y como ejemplo de una política mucho más vigorosa alegué las costumbres de nuestra Europa, en donde el monarca procuraba no omitir ninguna de las ventajas que para vencer tenía. A lo cual ella me contestó con estas razones:

«Decidme, ¿vuestros príncipes no confirman a sus ejércitos con el derecho que les asiste?»

«Así es —le contesté—; y se les muestra la justicia de su causa». «¿Por qué, entonces, no escogen árbitros imparciales para llegar a un acuerdo? ¿Y si llegase el caso de que uno y otro ejército tuviesen igual derecho, por qué no se mantienen como estaban, o en una batalla rápidísima se discuten la provincia o la ciudad que es objeto de sus rivalidades?» «¿Pero cómo en vuestro país —le repliqué yo— observáis todos esos detalles en vuestros procedimientos de combate? ¿Es que no basta que los ejércitos tengan igual contingente de hombres?»

«Vos no tenéis piedad alguna —me contestó ella—. ¿Creeríais de buena fe haber vencido a vuestro enemigo cuerpo a cuerpo en el campo de batalla y ser ésta buena lid si vos fueseis vestido con una cota de malla y él no? ¿Si él tuviese tan sólo un puñal y vos un estoque, si él estuviese manco y vos en posesión de vuestros dos brazos?» «Sin embargo —le repliqué yo—, y a pesar de toda la igualdad que vos recomendáis a vuestros gladiadores, éstos nunca reñirán en condiciones análogas y proporcionadas, porque el uno será alto y el otro acaso sea bajo; éste tal vez diestro y aquél nunca habrá manejado la espada, y si el uno es robusto puede ser débil el otro. Y aun suponiendo que todas estas desproporciones no existiesen, y que tan hábil fuese el uno como el otro y tuviesen la misma fuerza, aun con todo esto, digo, no serían iguales, porque uno de ellos acaso tenga más arrojo que el otro. Y siendo así, el que por ese arrojo es impulsado no considerará el peligro y será bilioso y más sanguíneo, y tendrá el corazón bien apretado con todas las cualidades que constituyen el valor, y éste será como una espada más en sus manos, una espada que el enemigo no tiene y que a él le da fuerza para arrojarse sobre éste despreocupadamente y quitarle la vida al pobre hombre que prevé el peligro, cuyo calor le ahoga el respirar, y le dilata el corazón hasta el punto de que ya no puede comprimir en él las fuerzas necesarias para disipar ese mal que se llama cobardía. Y cuando vos alabáis a este hombre por haber matado con tanto valor a su enemigo, elogiando su arrojo, lo que realmente hacéis es alabarle un pecado contra naturaleza, puesto que todo su valor lo emplea en la destrucción. Y a propósito de esto os diré ahora que, hace de ello algunos años, se celebró una reunión en el Consejo de Guerra para establecer un reglamento más circunspecto y más concienzudo para regir los combates, y el filósofo que emitió su dictamen pronunció estas razones:

«Ya os imagináis, señores, haber igualado sabiamente las condiciones de los enemigos porque los habéis elegido exactamente fornidos, diestros y llenos de energía. Pero os diré que todo esto no es bastante; esto no es suficiente porque, en último término, será necesario que el vencedor tenga más destreza, más fuerza y más fortuna que el vencido. Ahora bien; si fue por destreza, seguramente heriría a su adversario en el sitio que éste menos lo esperaba, o con una rapidez que no era sospechable, o simulando que iba a atacarle por un sitio y luego atacándole por otro distinto. Y esto no es más que sacar ventaja, engañar o traicionar, y el engaño y la traición no deben atraer la estima de un verdadero gentilhombre. ¿Estimaréis que realmente fue vencido el enemigo cuando únicamente fue violentado por la fuerza excesiva de su vencedor? Indudablemente que no, por la misma razón que os obligaría a declarar que un hombre no había perdido la victoria, si rendido por habérsele caído encima una montaña no había tenido posibilidad de ganarla. Del mismo modo no es vencido aquel que en un momento determinado se ve en la imposibilidad de resistir a las violencias de su adversario. Por tanto si la victoria de ese enemigo fue debida a la casualidad, a la fortuna y no a él corresponde el lauro. Él no ha contribuido en nada, y el vencido no es más censurable que el jugador de dados que sobre diecisiete puntos ve hacer dieciocho».

»Con esto se le confesó a nuestro filósofo que tenía razón; pero que era imposible, según las apariencias humanas, poner orden en esto; que casi era mejor sufrir un pequeño inconveniente que incurrir en otros cien de mayor importancia».

Esta mañana no me dijo ella más porque temió que la encontrasen sola conmigo. Y no porque en este país el impudor constituya un crimen; al contrario, fuera de los delincuentes conocidos, todos los demás hombres tienen poder sobre todas las mujeres, del mismo modo que una mujer podría apelar a la justicia contra un hombre que la hubiese rechazado. Pero no quería visitarme públicamente, porque las gentes del Consejo habían dicho en su última asamblea que eran las mujeres principalmente las que afirmaban que yo era hombre, a fin de disculpar con este pretexto el mal deseo que las consumía de unirse con las bestias y de cometer conmigo, sin vergüenza ninguna, pecados contra la naturaleza. Esto hizo que yo tardase mucho en volverla a ver y que tampoco viese a ninguna otra de su sexo.

Sin embargo, alguien seguramente debió resucitar las discusiones sobre la definición de mi ser. Cuando ya no me cabía otra esperanza que la de morir en mi jaula, me volvieron otra vez a requerir para darme audiencia. Fui en ella preguntado, a presencia de muchísimos consejeros, acerca de algunos puntos de física, y mis respuestas, a lo que presumo, dejaron satisfecho a uno de ellos, porque el presidente me expuso con detalles sus opiniones acerca de la estructura del mundo; me parecieron éstas ingeniosas, y si no hubiese llegado a tratar de su origen, que él consideraba eterno, hubiese yo encontrado su filosofía mucho más razonable que la nuestra. Pero tan pronto como le oí mantener una fantasía tan extraña a cuanto nuestra fe nos enseña, yo rompí con él y me eché a reír de lo que decía, lo cual me obligó a confesarle que puesto que tan grandes disparates repetía, me inclinaba a creer que su mundo no era más que una luna.

«¿Mas no veis —me dijeron ellos— tierra, ríos y mar? ¿Cómo entonces decís eso?» «No importa —les repliqué yo—. Aristóteles asegura que es la Luna, y si vos hubieseis dicho otra cosa en las clases donde yo estudié os habrían silbado». Esto les hizo reír a grandes carcajadas. No hay que decir que causadas por su ignorancia; pero con todo y con eso me volvieron a llevar a mi jaula.

Mas otros sabios con mejor ingenio que los primeros, sabedores de que yo me había atrevido a decir que la Luna de donde venía era un mundo, creyeron que esto les proporcionaría un pretexto bastante justo para condenarme al agua, que es el tormento con que exterminan a los impíos. Para lo cual recurrieron en masa al rey y le expusieron sus quejas; el rey prometió hacerles justicia, y ordenó que yo fuese puesto en berlina.

Heme aquí, pues, por tercera vez fuera de mi jaula; entonces el más viejo de los doctores tomó la palabra y empezó la acusación contra mí. Yo ya no me acuerdo de su discurso porque me producía gran temor escuchar los temblores de su voz desordenada y porque además, para declamar, usaba un aparato cuyo ruido estridente me ensordecía: era una especie de trompeta que expresamente había él escogido para que su sonido enardeciese el espíritu de todos, levantándoles el deseo de mi muerte, a fin de que la emoción de este ruido impidiese que su razón obrara discretamente, como sucede en nuestros ejércitos, en los cuales la algarabía de las trompetas y de los tambores impide que los soldados reflexionen sobre la importancia de su vida. Cuando él hubo acabado su discurso yo me levanté para defender mi causa; pero en aquel momento vino a libertarme una aventura que seguramente ha de suspenderos el ánimo. Cuando ya yo tenía abierta la boca, un hombre que con dificultad pudo atravesar toda la muchedumbre vino a arrodillarse ante el rey y después ante su presencia se fue arrastrando de espaldas, andando así largo trecho.

No me extrañó mucho esta conducta, porque ya sabía yo que era la seguida por ellos cuando querían hablar en público. Yo contuve entonces mi discurso, y he aquí lo que pude oír del suyo:

«Justos: ¡Escuchadme! No podríais condenar a ese hombre, o mono, o papagayo, por haber dicho que la Luna es un mundo desde el cual él venía: porque si es hombre, aunque realmente no viniese de la Luna, como todo hombre es libre, ¿no lo es él también para imaginarse lo que le dé la gana? Pues qué, ¿podéis vos, acaso, obligarle a que vea las cosas como vosotros? Y aunque lo forcéis a decir que la Luna no es un mundo, lo mismo da; porque él lo dirá, pero no lo creerá; porque para creer cualquier cosa es necesario que ante la imaginación se presenten ciertas posibilidades que con mayor fuerza nos inclinen al sí que al no; y mientras vos no le indiquéis esas posibilidades y se las suministréis, o mientras ellas por sí mismas no se le ofrezcan ante su espíritu, aunque él os diga que lo cree, no lo hará así.

»Ahora os probaré que tampoco es condenable si vos le consideráis un animal.

»Porque si es un animal sin razón, ¿la tendríais vosotros en acusarle de pecar contra ella?

Él ha dicho que la Luna es un mundo. Ahora bien: las bestias obran tan sólo por instinto de naturaleza; luego esto son palabras de la Naturaleza y no suyas, y pensad que la Naturaleza misma que ha hecho el Mundo y la Luna no sabe lo que son y que vosotros, que sólo tenéis conciencia de lo que delante de vuestros ojos hay, lo sabéis con mayor certeza, es un ridículo disparate. Pero aun admitiendo que la pasión os hiciese renunciar a vuestros principios y aunque admitieseis que la Naturaleza no guiaba a sus bestias, no debéis sino afrentaros, por lo menos, de las muchas inquietudes que os causan los caprichos de una bestia. En verdad, señores, si os encontraseis a un hombre de edad madura que se preocupase de mantener el orden de un hormiguero y diese un papirotazo a una hormiga porque ésta hiciese caer a la compañera o aprisionase a una que hubiese robado a su vecina un grano de trigo, o llevara a los tribunales a otra que había abandonado sus huevos; si vieseis a un hombre así, digo, ¿no creeríais insensato que emplease su tiempo en menesteres tan por debajo de los que al hombre corresponden, pretendiendo sujetar a razón a los animales que no tienen uso de ella? ¿Cómo, pues, venerable asamblea, defenderéis el interés que en los caprichos de este animal os habéis tomado? Justos: he dicho».

En cuanto terminó su discurso una música extraña que parecía de aplauso resonó en toda la sala, y luego que todas las opiniones se debatieron durante un largo cuarto de hora, el rey dijo:

«Que de ahora en adelante sería considerado como hombre y en consecuencia puesto en libertad, y que la pena de ser ahogado sería permutada por una petición de perdón vergonzoso (pues en este país no existía el honroso) en la cual yo me desdeciría públicamente de haber sostenido que la Luna era un mundo por el escándalo que la novedad de esta opinión podía causar en el espíritu de los hombres débiles».

Una vez pronunciada esta sentencia se me llevó fuera del palacio y se me vistió, como en señal de ignominia, con extraña fastuosidad; se me subió a la tribuna de un magnífico chirrión y una vez conducido sobre él a la plaza de la Villa por cuatro príncipes que habían atado al yugo, he aquí lo que me obligaron a decir:

«Pueblo: Os declaro que esta Luna no es una Luna, sino un mundo, y que aquel mundo no es tal mundo, sino una Luna; esto es lo que el Consejo cree que debéis creer».

Cuando hube repetido estas mismas palabras en las cinco grandes plazas de la ciudad, yo vi a mi abogado que ya me tendía la mano para ayudarme a bajar. Me asombré mucho al verle y quedé muy suspenso al reconocerle: era mi Demonio. Estuvimos una hora abrazándonos. Me dijo: «Venid a mi casa, porque si fueseis a la corte ahora no os mirarían con buenos ojos. Por lo demás, es necesario que os diga que todavía estaríais en la jaula entre los monos, como vuestro amigo el español, si no hubiese yo proclamado entre las gentes la distinción de vuestro ingenio y reclamado contra vuestros enemigos y en favor vuestro la protección de los grandes». Dando yo fin a mis gracias entramos en su casa. Él me estuvo hablando, hasta que llegó la hora de la cena, de los resortes que había necesitado manejar para obligar a mis enemigos a deponer una persecución tan injusta, seducidos por los más fantásticos escrúpulos con que habían embaucado al pueblo. Cuando nos advirtieron que la comida estaba ya servida, él me dijo que, para depararme buena compañía, aquella noche había invitado a dos profesores de la Academia de esta ciudad para que comiesen con nosotros. «Yo les inclinaré a disertar sobre la filosofía que enseñan en este mundo y procuraré que atraído por este mismo tema venga, para que tengáis ocasión de verle, el hijo de mi huésped. Es un joven tan lleno de ingenio, que yo no he conocido a nadie que como el suyo le tuviese; sería un segundo Sócrates si él pudiese ordenar su talento y no ahogarle en el vicio las gracias con que Dios continuamente le regala; si no tuviese afición por el libertinaje, como la tiene, y además no hiciese de él una quimérica ostentación por el deseo de conquistar la reputación de hombre de espíritu.

Yo me hospedo aquí para aprovechar todas las ocasiones en que puedo instruirle». Y con esto se calló para dejarme a mí la libertad de discurrir; después hizo una seña para que me despojasen de las vergonzosas galas con que todavía estaba yo brillantemente adornado.

Los dos profesores a quienes estábamos esperando entraron casi luego y juntos fuimos a sentarnos en la mesa que ya estaba preparada, donde vimos al joven de quien mi guía me había hablado, que ya estaba comiendo. Ellos le hicieron una gran reverencia y le trataron con tan profundo respeto, que bien parecía reverencia del esclavo a su señor; yo le pregunté a mi Demonio la causa de esta consideración, y él me explicó que era debida a la edad del joven, porque en este mundo los viejos tenían todos sus respetos y todas sus deferencias para los jóvenes. Tanto es así, que los padres obedecían a sus hijos tan pronto como en la opinión del Senado de filósofos alcanzaban la edad de razón. «¿Os extraña una costumbre tan contraria a la de vuestro país? Convendréis, sin embargo, que no extraña ni repugna a la razón, porque, en conciencia, decidme: ¿Cuando un hombre joven y ardiente tiene la potencia de imaginar, juzgar y ejecutar, no es más capaz de gobernar una familia que un débil sexagenario, ya embrutecido, al cual la nieve de sesenta inviernos le ha helado la imaginación y ya no obra sino impulsado por eso que vosotros llamáis la feliz experiencia de los hechos, sobre los cuales no puede haber experiencia porque no son sino simples efectos de la casualidad en contra de todas las reglas de la economía de la prudencia humana? En cuanto a juicio no creáis que tiene más, aunque las gentes vulgares de vuestro mundo crean que es un dote de la vejez. Mas para desengañarse es necesario saber que lo que se llama prudencia en un viejo tan sólo es aprensión miedosa; miedo, miedo rabioso de hacer cualquier cosa, miedo que le obsesiona. De modo que cuando no ha corrido un peligro en el que un joven ha perecido, no es que él tuviese la noción de la catástrofe que iba a ocurrir, sino que le faltaba el fuego suficiente para iluminar esos nobles arranques que dan a los jóvenes su osadía. Porque en los jóvenes la audacia es como una prenda más que les lleva hacia el éxito de su destino, pues este ardor que facilita la prontitud y realización de una empresa es el que a ellos les impulsa a acometerla. Esto en cuanto a pensarla; en cuanto a ejecutarla creo que ofendería a vuestra inteligencia si con pruebas pretendiera convenceros. Vos sabéis que la juventud, sólo la juventud está dispuesta para la acción, y si no os hubieseis convencido de esto os ruego que me digáis: ¿cuando respetáis a un hombre valiente, no lo hacéis así porque puede vengaros de vuestros enemigos o de vuestros agresores? Y cuando un batallón de setenta eneros ha helado su sangre y matado de frío todos los nobles entusiasmos que arden en las personas jóvenes, decidme, ¿no es cierto que ya sólo le respetáis por hábito, pues ninguna otra consideración os impulsa a hacerlo? ¿Cuando ayudáis al más fuerte, no es para obligar su agradecimiento, por contribuir a una victoria que no le hubieseis podido disputar? ¿Pues por qué someteros a él cuando ya la pereza ha aniquilado sus músculos y debilitado sus arterias y apagado su fogosidad y sorbido la médula de sus huesos? Cuando adoráis a una mujer, ¿no es a causa de su belleza? ¿Por qué, pues, continuáis vuestras genuflexiones cuando la vejez la convierte en un fantasma que ya no representa sino una imagen horrenda de la muerte? Finalmente, cuando estimáis a un hombre espiritual es a causa de la vivacidad de su ingenio, que le hace penetrar en un confuso asunto, esclareciéndole; que en una asamblea del más alto prestigio asombraría con su buen decir, que con un solo pensamiento abarcaría toda la ciencia; pues bien, ¿por qué continuáis honrándole, cuando sus órganos gastados tornan imbécil su mente, pesada e importuna su compañía y cuando ya más bien se parece a la imagen de un Dios del Hogar que a un hombre de razón? Con todo esto, hijo mío, vendréis a considerar que es preferible que los jóvenes estén encargados del gobierno de sus familias a que lo estén los viejos. Así debéis sostenerlo, tanto más cuanto que según vuestras máximas Hércules, Epaminondas, Aquiles y César, que han muerto casi todos antes de los cuarenta años, no habrían merecido honor ninguno si, según vosotros pensáis, hubiesen sido demasiado jóvenes; aunque precisamente su juventud fuese la única causa de sus heroicas empresas, que no hubiesen podido realizar siendo viejos, porque les hubiese faltado el ardor y la destreza, merced a las cuales tuvieron tan grandes éxitos. Vos me replicaréis que todas las leyes de vuestro mundo hacen cumplir con cuidado ese respeto que se debe a los ancianos. Y es cierto; pero tened en cuenta que todos los que han introducido leyes han sido ancianos que temían que los jóvenes les desposeyeran con justicia de la autoridad que ellos les habían arrebatado... Vos no conserváis de vuestro arquitecto mortal nada más que el cuerpo; vuestra alma viene del Cielo, y sólo por casualidad no ha sido vuestro padre hijo vuestro, como vos lo soy suyo. ¿Podríais asegurar, por otra parte, el que no os haya él impedido heredar una corona? Quizá vuestro espíritu saliese del Cielo con el destino de dar vida al rey de los romanos en el vientre de la emperatriz; de camino, por una casualidad, encontraría vuestro embrión, y acaso para acortar el trecho se instaló en él. ¿Pero quién sabe si hoy no hubieseis podido ser obra de algún valiente capitán que os hubiese asociado a su gloria como a sus bienes? De este modo, puede que vos no le seáis más deudor a vuestro padre de la vida que os ha dado de lo que lo seríais del pirata que os condenara a galeras, de la comida que en ellas os diese. Y aun suponiendo que os hubiera engendrado rey, era lo mismo: porque un obsequio pierde su mérito cuando se hace sin escogerlo el que lo recibe. Se mató a César y se mató a Casio; sin embargo, Casio agradecerá su muerte al esclavo a quien se la pidió, y César no lo estará a unos asesinos que le obligaron a recibirla. ¿Vuestro padre consultó vuestra voluntad al abrazar a vuestra madre? ¿Os pregunto si os gustaba ver este siglo o preferíais esperaros hasta otro, y si os contentabais con ser hijo de un majadero o si ambicionabais serlo de un hombre ilustre? ¡Pobre de vos! ¡Erais el único a quien interesaba ese asunto y el único también al que no se le pedía la opinión! Acaso, entonces, si hubieseis sido encerrado en otra parte que en la matriz de las ideas de la Naturaleza y el nacer o no nacer hubiese sido sometido a vuestra opción hubieseis dicho a la Parca: «Mi querida damisela, toma el hilo de otro; ya hace mucho tiempo que yo estoy en la nada y prefiero seguir cien años así que empezar a ser hoy y tener que arrepentirme mañana». Y, sin embargo, tuvisteis que pasar por ahí por más que chillasteis para volver a la larga y negra casa de la que querían arrancaros. ¡Parecían querer demostraros que vos pedíais el ser!

«He aquí, ¡oh hijo mío!, las razones aproximadas que son causa del respeto que los padres tienen por sus hijos. Ya sé yo que acaso me he inclinado demasiado en favor de los jóvenes, haciendo más de lo que la justicia pide, y que en su pro he hablado más de lo que me dictaba mi conciencia. Pero para corregir el orgullo con que ciertos padres proclaman la debilidad de sus hijos, yo me he visto obligado a proceder como el labrador que, para enderezar un árbol torcido, lo inclina hacia el lado opuesto a fin de que al abandonarle encuentre en el equilibrio de las dos contorsiones su recta postura. Así, hice que los padres restituyesen a sus hijos lo que les debían, y para ello les quité mucho de lo que les pertenecía con el propósito de que otra vez se contenten con lo estrictamente suyo.

También sé que por hacer esta apología he caído en el odio de los ancianos; pero éstos debían recordar que antes que padres fueron hijos, y que es imposible que yo no haya hablado en su ventaja, puesto que ellos no nacieron milagrosamente en el cogollo de una col. Pero, en fin, sea de ello lo que fuese, cuando mis enemigos declarasen la guerra a mis amigos yo llevaría las de ganar, puesto que he servido a todos los hombres y sólo he perjudicado a la mitad».

Dichas estas palabras mi Demonio se calló y el hijo de nuestro huésped soltó la voz a semejantes razones: «Permitidme, puesto que me he informado por vuestro cuidado del origen de la historia de las costumbres y de la filosofía del mundo a que pertenece este hombre, que añada yo algunas palabras a las que vos acabáis de decir, probando que los hijos no están obligados al respeto de sus padres por el hecho de su generación, ya que sus padres por naturaleza estaban constreñidos a engendrarlos.

»La más estrecha filosofía de su mundo confiesa que es más ventajoso morir (pues que para morir es necesario haber nacido) que no ser. Ahora bien: puesto que no dando el ser a esa nada yo le sitúo en un estado peor que el de la muerte, soy más culpable de no engendrarlo que de matarlo. Tú, sin embargo, creerías, ¡oh hombrecito mío!, cometer un parricidio indigno de perdón si estrangulases a tu hijo, y en verdad sería enorme; pero es mucho más execrable no dar el ser a lo que puede recibirlo, porque este niño a quien tú para siempre robas la luz tuvo al menos el placer de gozarla algún momento y aun así no se vería privado de ella más que durante algunos siglos; pero, en cambio, ¿qué sería de esas cuarenta pequeñas nadas con las que tú podrías hacer cuarenta nuevos soldados para tu rey, si maliciosamente les impidieses abrirse a la luz y las dejases corromper en tus riñones, expuestas al azar de una apoplejía que te ahogase?...».

A lo que yo creo, esta contestación no satisfizo al pequeño huésped, pues movió negativamente la cabeza tres o cuatro veces; pero nuestro común preceptor se calló, porque la comida ya estaba presta a evaporarse.

Nos tendimos, pues, sobre unas colchonetas muy blandas cubiertas por grandes tapices y un criado joven cogió al más viejo de nuestros filósofos y lo condujo a una sala separada, donde fue nuestro Demonio a llamarle para que tan pronto como acabase de comer viniese con nosotros.

Esta rareza de comer aparte provocó mi curiosidad hasta el punto de inquirir el porqué: «Es que no le gusta —me dijo el Demonio— el olor de carne ni tampoco el de las hierbas, y sólo los tolera cuando han muerto naturalmente, porque si no les cree capaces de sentir el dolor». «No me deja eso tan suspenso —repliqué yo— ni me extraña que se abstenga de la carne y de todo cuanto tiene una vida sensitiva, porque en nuestro mundo los pitagóricos y algunos santos anacoretas han seguido ese mismo régimen; pero no atreverse, por ejemplo, a cortar una col de miedo a herirla me parece completamente ridículo». «Pues yo —replicó mi Demonio— creo muy justa su opinión.

»Y si no, decidme: la col, de la que vos habláis, ¿no es un ser viviente de la Naturaleza?

¿No es esta igualmente vuestra madre y la de la col? Y aun parece que con más generosidad atendió la Naturaleza la vida del vegetal que la del ser racional, porque ha sometido el nacimiento del hombre a los caprichos de su padre, que puede, según le plazca, engendrarlo o no; rigor que no ha querido sin embargo ejercer sobre la col; porque en vez de dejar a la discreción del padre el engendrar a sus hijos, como si supiese que la raza de la col perece con más facilidad que la de los hombres, fuerza a las coles cuando no lo hacen de grado a darse el ser unas a las otras y no les deja la libertad que da a los hombres que no se engendran sino por su capricho y que durante su vida no pueden reproducirse más de una veintena de veces; en cambio, a las coles les es dable llegar a producir más de cuatrocientas mil cada una. Decir, pues, que la Naturaleza ama más a los hombres que a la col es envanecernos y consolarnos vanamente, porque no siendo la Naturaleza capaz de pasiones, ni puede odiar ni amar a nadie; y si supusiésemos que fuese capaz de tener pasiones, seguramente tendría más ternuras por la col que las que vosotros le profesáis y no sabría ofenderla; antes bien, si pudiese, ofendería al hombre cuando éste quiere destruir la col.

Añadid a todo esto que el hombre no puede nacer sin crimen, siendo así que desciende del primer criminal; en cambio, todo el mundo sabe muy bien que la primera col en nada ofendió al Señor. ¿Y a pesar de esto decimos que nosotros estamos hechos a imagen y semejanza del Ser Supremo y la col no? Pues aun siendo esto verdad nosotros, mancillando nuestra alma, que es lo único en que nos parecemos al Ser Supremo, hemos borrado esa semblanza, puesto que nada hay tan contrario a Dios como el pecado. Y si nuestra alma ya no es imagen de la suya no le parecemos tampoco ni por los pies, ni por las manos, ni por la boca, ni por la frente, ni por las orejas más de los que esta col se le parece por sus hojas, por sus flores, por su tallo, por su troncho y por su cogollo. ¿No creéis vosotros, en verdad, que si esta pobre planta pudiese hablar nos diría cuando la cortamos: «¡Hombre, hermano mío!, ¿qué hice yo para merecer la muerte que me das? Yo creía que en las huertas, pues nunca vivo en tierras salvajes, podría estar segura; he desdeñado todas las sociedades menos la tuya, y, apenas me siembras en tu jardín, cuando para testimoniarte mi complacencia voy madurando, abro mis brazos y te ofrezco mis retoños granados, y como recompensa a toda esta bondad, ¿vas ahora a cortarme la cabeza?» He aquí lo que diría esta col si ella pudiese hablar. ¿Y porque no puede quejarse vamos nosotros a causarle todo el mal del que ella no puede defenderse? ¿Cuando encuentro a un miserable atado, puedo matarle sin cometer un crimen porque en ese estado ya no puede defenderse? Pienso que debe ser todo lo contrario, y que su debilidad agravaría mi saña, porque por muy pobre y privada de todos nuestros favores que esté esta criatura no merece la muerte que podemos darle. ¡Pues qué!, el único bien que la col posee de todos los que la Naturaleza prodiga es el vegetar, y ése ¿vamos a quitárselo? Ni el crimen de asesinar a un hombre es tan grave: porque un día podré resucitar adquiriendo otra vida y la col que nosotros cortamos quitándole la suya no resucitará ni puede ya esperar otra vida. Matando una col la aniquiláis totalmente y matando un hombre no hacéis sino cambiarle de morada. Y aún os digo más: puesto que Dios ama igualmente a todas sus criaturas y con equidad ha repartido sus bienes entre nosotros y entre las plantas, es justo que como a nosotros las queramos y las consideremos. Verdad es que nosotros nacimos primero, pero en la familia de Dios no hay derecho de primogenitura; de modo que si las coles no participan con nosotros del privilegio de la inmortalidad nos aventajarán sin duda por la posesión de otro que, con su grandeza, las recompense de la brevedad de su vida; quizá sea una inteligencia universal, un conocimiento perfecto de todas las cosas y de todas sus causas. Este es también el motivo por el cual ese sabio motor de la vida no les ha suministrado órganos semejantes a los nuestros y les ha dado tan sólo un simple rozamiento débil y a menudo equivocado; pero, en cambio, las dotó de otros más ingeniosamente creados, que sirven para el gobierno de sus especulativas charlas. Acaso vos me preguntaréis qué nos han comunicado las coles de esos grandes pensamientos suyos. Pero decidme si no nos han enseñado algo ciertos seres a los que nosotros consideramos inferiores, con los cuales no tenemos ninguna relación ni proporción, y cuya existencia conocemos tan dificultosamente como las maneras con que una col es capaz de expresarse con sus semejantes y no con nosotros, porque nuestros sentidos son demasiado débiles para penetrarlas en su fondo.

»Moisés, el más grande filósofo del mundo, que buscaba el origen del conocimiento de la Naturaleza en el origen de la Naturaleza misma, advertía esta verdad cuando hablaba del árbol de la ciencia, y quería seguramente enseñarnos por medio de este enigma que las plantas poseen con tanto privilegio como nosotros la filosofía perfecta. ¡Recordad, pues, vosotros, hombres, de todos los animales el más soberbio, que aunque una col al ser cortada por vosotros no dice ni una palabra, no deja por ello de pensar! Pero el pobre vegetal no tiene órganos adecuados para chillar como vosotros lo hacéis; no los tiene tampoco para quejarse ni para llorar; pero sí los tiene para plañirse del daño con que le castigáis y para hacer caer sobre vosotros la venganza del Cielo. Y si vos me preguntáis insistentemente cómo puedo yo saber que las coles tienen esos bellos pensamientos, yo os preguntaré cómo vos sabéis que no los tienen y cómo podéis saber que algunas de ellas, imitándoos, no diga por la tarde al encerrarse: «Soy, señor coliflor, muy humilde servidor de vuestra merced. —Col Repollo».

En esto estaba de su discurso cuando el mozo que se había llevado a nuestro filósofo le volvió a acompañar hasta nosotros. «¡Cómo! ¿Ya habéis comido?», le preguntó mi Demonio. Él contestó que sí; que había terminado los postres y que el fisiólogo le había permitido probar también nuestra cena. El joven huésped esperó que yo le preguntase la explicación de estas palabras misteriosas.

«Veo que esta manera de vivir os asombra —me dijo—. Sabed, pues, que en vuestro mundo no se cuidan de la salud, que gobernáis con más negligencia que nosotros y que nuestro régimen no es despreciable.

.»Aquí hay en todas las casas un fisiólogo que cuida del público, y que es aproximadamente lo que en vuestra tierra llamaríais un médico; pero nuestros fisiólogos tan sólo cuidan de los sanos, y para someterlos a algún tratamiento sólo tienen en cuenta nuestra proporción, la hechura y simetría de nuestros miembros, el dibujo de nuestro rostro, el color de la carne, la delicadeza del cutis, la agilidad de todo el cuerpo, y el matiz, la fuerza y la dureza del pelo. Hae e un momento, ¿no os habéis fijado en un hombre de corta estatura que os ha mirado? Pues era el fisiólogo de esta casa. Podéis tener certeza de que, después de reconocer vuestra complexión, habrá dispuesto la fuerza de la exhalación de vuestra comida. Fijaos y veréis cuán separado está el almohadón en que os hizo sentar de los demás almohadones nuestros. Seguramente os ha juzgado de temperamento muy distinto al nuestro, y ha temido que el olor que se evapora por estas espitas en nuestra nariz llegase hasta vos, o bien que el vuestro viniese hasta nosotros. Ya veréis cómo esta noche elegirá con la misma discreción las flores de vuestro lecho».

Durante todo este discurso yo hice señas a mi huésped para que procurase obligar a los filósofos a discutir acerca de algún capítulo de las ciencias que profesaban: era él demasiado amigo mío para negarse a dar inmediatamente nacimiento a la ocasión; por esto no os diré ni los discursos ni las plegarias que constituyeron la embajada de este ruego, porque hasta el suave matiz de lo que pudiera ser ridículo a lo que era serio fue demasiado imperceptible para poderlo imitar. Tanto solicitó, lector, que hablaron todos los doctores, y el último en hacerlo, después de decir muchas cosas, he aquí cómo continuó su plática:

«Quédame ahora por probaros que en un mundo infinito hay muchos infinitos. Imaginaos al Universo como un animal; que las estrellas, que son mundos, están en este gran animal, como otros animales que recíprocamente sirven de mundos a otros pueblos tales como nosotros, nuestros caballos, etcétera, y que nosotros, por nuestra parte, somos también mundos en relación con ciertos animales sin punto de comparación más pequeños que nosotros, como, por ejemplo, gusanos, piojos y arañas; que éstos a su vez son la tierra de otros más imperceptibles, y que así, del mismo modo que nosotros parecemos individualmente un gran mundo, puede suceder que a este pueblo pequeño nuestra carne, nuestra sangre, nuestros espíritus le parezcan tan sólo un tejido de pequeños animales que viven en nosotros prestándonos sus movimientos y dejándose ciegamente conducir por nuestra voluntad, que es para ellos como un cochero, nos conducen a su vez a nosotros, y reunidos producen esa actividad a la que hemos llamado la vida. Porque decidme: ¿hay alguna dificultad para creer que un piojo adapte la forma de vuestro cuerpo considerándolo como un mundo y que cuando uno de ellos vaya desde una de vuestras orejas hasta la otra sus compañeros piensen que ha viajado desde un extremo a otro de la tierra, o que ha ido desde un polo hasta el opuesto? Sin duda que no; estos pequeños seres considerarán vuestro pelo como la selva de su país, los poros llenos de secreción como fuentes, las úlceras como lagos o estanques, las postemas como mares, las fluxiones como diluvios, y cuando os peinéis de atrás hacia adelante y de adelante hacia atrás, considerará este movimiento de vuestro pelo como el flujo y reflujo del Océano.

La comezón ¿no prueba lo que estoy diciendo? La chinche que la produce, ¿no es uno de esos pequeños animales que ha abandonado la sociedad civil para establecerse como un tirano en su país? Y si me preguntáis por qué estos insectos son mayores que los otros, yo os replicaré preguntándoos a mi vez por qué los elefantes son más grandes que los hombres y los irlandeses mayores que los españoles. En cuanto a esa ampolla y a esa costra que vosotros ignoráis cómo se hayan producido, preciso es que nazcan por la corrupción de sus enemigos, a los que estos pequeños gigantes dan muerte, o porque la peste producida por la necesidad de los alimentos que los sediciosos han arrebatado haya dejado podrir en el campo pedazos de cadáver. También este tirano después de haber rechazado de su alrededor a los compañeros que habían fijado su cuerpo sobre el nuestro haya dado paso a la secreción, que al salir fuera de la esfera de la circulación de nuestra sangre se ha corrompido. Acaso se me pregunte por qué una chinche da vida a tantas otras; no es éste un problema muy difícil de concebir, porque de la misma manera que una insubordinación da ocasión a otra, así también estos pequeños pueblos de animales, movidos por el mal ejemplo de sus compañeros sediciosos, aspiran al mando cada uno de por sí y van encendiendo la guerra en torno, y con la guerra, la muerte y el hambre. Ahora bien, me diréis, ciertas personas están mucho menos martirizadas por las plagas de la comezón que otras. Sin embargo —os replicaría yo—, todas están igualmente llenas de estos pequeños animales, puesto que, según vos decís, son ellos los que nos dan la vida. Y así es la verdad; también habremos de observar que los flemáticos están menos pechados por el picor que los biliosos; porque esa raza de insectos, como simpatiza más con el clima que suele habitar, es menos activa en un cuerpo frío que en otro tibio por la temperatura de su región, donde ellos se agitan, rebullen y no saben estarse ni un momento quietos en un mismo sitio. Por esto el bilioso es más delicado que el flemático, pues estando su cuerpo agitado por esos insectos en muchas más de sus partes y siendo su alma objeto de su acción, es capaz de sentir por todas las partes en las que esa bestezuela se mueve; no así el flemático, que como no es suficientemente caluroso para hacer obrar en muchos sitios a esta pequeña familia, sólo tiene sensibilidad en pocos sitios. Y para probaros todavía más esta chinchería universal, no tenéis sino considerar que cuando estáis heridos acude la sangre rápidamente hacia vuestra lesión. Vuestros doctores afirman que en este caso la sangre es guiada por la Naturaleza, que previsoramente quiere socorrer las partes debilitadas; lo cual haría sostener que además del alma y del espíritu existía en nosotros una tercia substancia intelectual con órganos y funciones aparte. Por esto creo mucho más exacto decir que estos pequeños animales, cuando se sienten atacados, mandan pedir socorro a sus vecinos, y que cuando ese socorro les llega de todas partes y el país resulta insuficiente para acoger a tanta gente, o mueren de hambre o nos ahogan con su opresión. Esta mortalidad sucede cuando la postema ha madurado; porque como testimonio de que estos animales ya han muerto no hay sino considerar que la carne dañada pierde su sensibilidad; por esto, si frecuentemente la sangría ordenada para desviar la fluxión es conveniente, sucede así porque habiéndose perdido mucha fluxión por la abertura que esos animales intentaban ataponar desisten de ayudar a sus aliados, ya que entonces apenas si tienen potencia suficiente para defenderse a sí mismos».

Con estas razones terminó, cuando el segundo filósofo reparó en que nuestros ojos, fijos sobre los suyos, le invitaban a que él tomase entonces la palabra.

Y dijo: «Hombres: Como os veo curiosos por enseñar a este pequeño animal, nuestro semejante, estoy a la sazón escribiendo un tratado que me satisfacería mucho poder acabar, porque ha de dar muchas luces para la comprensión de nuestra física, y que trata de explicar el origen eterno del mundo. Pero como tengo mucha prisa en trabajar con mis sopletes (pues sin remisión mañana parte la ciudad), me perdonaréis durante algún tiempo, haciéndoos yo la promesa de que tan pronto como llegue la ciudad allí donde debe ir yo os satisfaré».

Pasadas estas palabras, el hijo del huésped llamó a su padre para saber qué hora era, y habiéndole contestado que eran las ocho dadas, le preguntó lleno de cólera por qué no les había avisado a las siete como él le mandó; que ya él sabía bien que las casas salían al día siguiente y que las murallas de la ciudad ya se habían puesto en camino. «Hijo mío —replicó el buen hombre—, se ha publicado antes de que os sentaseis a la mesa una prohibición terminante de salir antes de pasado mañana». «No importa —replicó el joven—; vos debéis obedecerme ciegamente sin penetrar en el sentido de mis órdenes y acordándoos tan sólo de lo que yo os mando. Andad, id en seguida en busca de vuestra efigie». Cuando la hubo traído, el hijo la cogió por el brazo y estuvo golpeándola más de un cuarto de hora. «¡Vaya, vaya!, tunante —le decía—, en castigo a vuestra desobediencia quiero que hoy sirváis de risa a todo el mundo, y para ello os mando que andéis en dos pies durante todo el tiempo que nos queda».

El pobre hombre se fue muy desolado y su hijo nos pidió perdón por su arrebato.

Aunque me mordiese los labios me costaba a mí mucho trabajo el no reírme de tan divertido castigo, y para no hacerlo desvié mi pensamiento de tan grotesca pedagogía, que seguramente hubiese provocado mi carcajada y le supliqué que me explicase lo que él entendía por ese viaje de la ciudad de que tanto me habían hablado, y me dijese, en fin, si las murallas y las casas andaban realmente. Él me contestó: «Mi querido extranjero: entre nuestras ciudades las hay viajeras y las hay sedentarias; las viajeras, como, por ejemplo, la que nosotros ahora habitamos, están hechas como voy a deciros. El arquitecto hace todos los palacios, como ya lo habréis visto, de ligerísima madera, y lo asienta sobre cuatro ruedas; en el espesor de uno de los muros coloca diez potentes fuelles, cuyos tubos pasan horizontalmente a través del último piso, desde el uno al otro muro, de suerte que cuando se quiere arrastrar a una de nuestras ciudades hacia cualquier parte, y es costumbre hacerlo en todas las estaciones para cambiar de aires, cada uno despliega sobre una de las fachadas de su morada gran cantidad de velas, que coloca delante de los fuelles, y después, articulando un resorte para que éstos funcionen, en menos de ocho días, con el continuo soplo que vomitan estos monstruos del viento, si se quiere las casas pueden ser conducidas a más de cien leguas a la redonda. En cuanto a las moradas que nosotros llamamos sedentarias, son casi en todo parecidas a vuestras torres, si no es que están hechas de madera y atravesadas por su centro por una muy grande y fuerte viga que va desde el sótano hasta el techo, permitiendo que éste pueda bajarse y levantarse según el gusto de sus moradores. Además, la tierra, bajo el piso de estas moradas está cavada en un hoyo tan hondo como la altura del edificio, y éste de tal modo construido, que tan pronto como las heladas empiezan a grisar el Cielo, puedan bajar las casas hasta el hoyo, donde permanecen al abrigo de las intemperies del aire. Pero luego que el dulce aliento de la Primavera suaviza la temperatura se levantan otra vez a la plena luz del día por medio de su gorda viga de que antes os he hablado».

Yo le rogué que ya que tan amable había sido conmigo, y puesto que la ciudad iba a partir al día siguiente, me dijese esta noche algo del origen eterno del mundo, del que me había hablado hacía poco. «Yo, en cambio, os prometo —le dije— que como recompensa, en cuanto vuelva a mi Luna, de la cual mi gobernador (y le indiqué a mi Demonio) os acreditará que vengo, extenderé vuestra gloria contando las maravillas que vos me digáis. Ya veo que os reís de esta promesa porque no creéis que la Luna, de la cual yo vengo, sea un mundo y que yo sea un habitante suyo; pero yo puedo aseguraros que los pueblos de aquel mundo que no creen que éste sea sino una Luna, se burlarán de mí cuando yo les diga que vuestra Luna es un mundo y que en él hay hombres y ciudades». Él me contestó con una sonrisa y habló de esta manera:

«Puesto que nos vemos obligados, cuando queremos demostrar el origen de este gran todo, a admitir como hipótesis tres o cuatro absurdos, de razón será adoptar el camino en que menos hayamos de topar con ellos. Con todo, os advertiré que el primer obstáculo que nos detiene es la eternidad del mundo; el espíritu de los hombres, como no ha sido suficiente fuerte para concebirla y no ha podido tampoco imaginar que este gran universo tan hermoso, tan bien ordenado, haya podido crearse a sí mismo, ha admitido el recurso de la creación; pero del mismo modo que el que queriendo librarse de la lluvia para no mojarse lo hiciese tirándose al río, ellos para salvarse se libran de los brazos de unos enanos y se confían a la misericordia de los de un gigante; y con todo no llegan a salvarse, porque esta eternidad que ellos quitan al mundo por no poderla comprender se la dan a Dios, como si Él tuviese necesidad de esa merced y como si fuese más fácil imaginarle así que de otro modo. Porque decidme, ¿se ha podido nunca concebir que de la nada pueda salir alguna cosa? ¡Ah!, entre la nada y un átomo tan sólo, existen proporciones tan infinitas que el más agudo ingenio no puede penetrarlas; y será necesario para escapar de este laberinto inexplicable que admitáis una materia eterna coexistente con Dios. Ya sé que me replicaréis que aunque vos de buen grado me concedáis esa materia eterna no os explicáis cómo el caos pueda ordenarse a sí mismo. ¡Ah!, pues ahora mismo voy a explicároslo.

»Preciso es, pequeño animal mío, que luego que netamente hayamos separado cada corpúsculo visible en una infinidad de corpúsculos invisibles, imaginemos que el Universo infinito no está compuesto sino de estos átomos infinitos, muy sólidos, muy incorruptibles, muy sencillos; unos cúbicos, otros paralelográmicos, otros angulares, otros redondos, otros puntiagudos, otros piramidales, otros exagónicos, otros ovales y todos ellos obrando distintamente y con movimiento acomodado a su figura. Y para demostrarlo colocad una bola de marfil perfectamente redonda sobre un plano muy suave; al menor empuje que la imprimáis estará un cuarto de hora sin pararse. Pues bien; os digo, además, que si esta bola fuese tan perfectamente redonda como lo son algunos de los átomos de que os he hablado y si la superficie en que la posáis estuviese perfectamente pulida, la bola no se detendría jamás. Pues si un artificio es capaz de imprimir a un cuerpo movimiento perpetuo, ¿por qué no hemos de conceder que pueda hacerlo también la Naturaleza? Y lo mismo ocurre con otras figuras; como la cuadrada que pide el perpetuo reposo y otras un movimiento lateral y otras un medio movimiento, que podríamos llamar de trepidación; y la redonda, cuyo destino es el rodar uniéndose con la pirámide, crea eso que nosotros llamamos fuego; porque no solamente el fuego se agita sin descanso, sino que atraviesa y penetra fácilmente las cosas. El fuego tiene además diferentes efectos según la abertura y calidad de los ángulos donde la figura redonda se junta; como, por ejemplo, el fuego de la pimienta es distinto que el fuego del azúcar y éste distinto del de la canela, y el de la canela al de clavo de especia, y éste distinto del de la chamusquina.

Por otra parte, el fuego, que es el constructor de las partes y del todo del Universo, ha recogido y desarrollado en una encina todos los elementos necesarios para componer esa encina. Vos me preguntaréis cómo la casualidad puede haber reunido en un lugar todas las cosas necesarias para producir la encina. A esto os contestaré que nada hay de maravilloso en que la materia así dispuesta haya formado una encina, sino que la verdadera maravilla hubiese sido que la materia de tal modo reunida no hubiese producido la encina, pues con unos pocos más o menos elementos distintos que se le hubiesen añadido, en vez de una encina hubiese sido un olmo, o un chopo, o un sauce; y con más elementos de otra materia ya hubiese sido una planta sensitiva, o una ostra de conchas, o un gusano, o una mosca, o una rana, o un gorrión, o un mono, o un hombre. Cuando al tirar los dados sobre una mesa resulta un saque de diez o de tres, de cuatro y cinco, o bien de diez, seis y uno, exclamaréis: «¡Oh qué milagro! Cada dado resulta precisamente con un número, habiendo podido resultar con tantos otros. ¡Oh qué gran milagro! Ahora van tres puntos seguidos. ¡Oh qué gran milagro! Precisamente ahora, dos fichas y la cara inferior de la otra ficha».

Pues yo estoy seguro de que siendo hombre de espíritu nunca vendréis en proferir esas exclamaciones, pues como los dados pueden formar una determinada cantidad de combinaciones de números, es muy lógico que al saque aparezca cualquiera de ellas al azar. Y si esto no os asombra, ¿cómo vais a asombraros de que esta materia al quemarse confusamente a merced del azar engendre un hombre u otro ser, puesto que en ella había tantas cosas necesarias para la vida del hombre como para la de otros seres? ¿Acaso ignoráis que más de un millón de veces ha sucedido que encaminándose esta materia por natural destino a formar un hombre se ha detenido en la mitad de su camino para formar ya una piedra, ya un pedazo de plomo, ya un coral, ya una flor, ya un cometa, y todo ello porque faltaban o sobraban ciertos elementos para llegar a constituir precisamente un hombre? Pues bien; del mismo modo que no hay que extrañarse que a los cien golpes de dados resulte un saque en pleno, tampoco hay que extrañarse de que una infinidad de materias, que cambian y se agitan constantemente, vengan a encontrarse para formar unos cuantos animales, o vegetales o minerales, que nosotros vemos. Es más: no sólo no hay que maravillarse, sino que es preciso considerar imposible que de toda esta agitación de la materia no venga a nacer determinada cosa y que ella no cause la admiración de algún aturdido que ignore cuán poco ha faltado para que no se formaran los cuerpos dichos.

Cuando el gran río llamado hace girar la muela de un molino o conduce los resortes de un reloj, y el riachuelo no hace sino deslizarse por su cauce, rebasándolo alguna vez, no diréis que el río tiene más espíritu. Porque vos sabéis que si hace todo lo que decís es porque ha encontrado las cosas dispuestas favorablemente para realizar tan grandes obras maestras; porque si no hubiese habido un molino en su cauce no hubiese podido pulverizar el trigo, y si no hubiese encontrado el reloj no hubiese señalado las horas; en cambio, si el pequeño riachuelo hubiese tenido semejantes encuentros, hubiese acometido iguales milagros. Pues lo mismo ocurre con este fuego que por su propia virtud se mueve, porque cuando encuentra los órganos a propósito para la agitación que es necesaria en el razonar, razona, y cuando sólo encuentra los necesarios para sentir, siente, y cuando sólo son propios para vegetar, vegeta; y si no lo creéis así, sacadle los ojos al hombre cuyo fuego espiritual le hace ver, y observaréis cómo pierde ese sentido del mismo modo que nuestro gran reloj dejará de señalar las horas si se le rompe el mecanismo de su movimiento.

»Finalmente, estos primeros e indivisibles átomos en torno a los cuales giran sin dificultad las dificultades más enojosas de la física, hasta la función de los sentidos, que nadie todavía ha podido concebir, yo la explico muy fácilmente por la intervención de los corpúsculos. Empecemos por la vista; por ser la más incomprensible merece que nosotros la consideremos con prioridad.

»Según yo creo, sucede que las túnicas del ojo, cuyas aberturas se asemejan a las del cristal, transmiten este polvo de fuego, llamado rayo visual.

Y es detenido por alguna materia opaca que lo rechaza devolviéndolo al seno del ojo; entonces, al encontrar en el camino la imagen del objeto que lo rechaza, y como esta imagen no es sino un número infinito de cuerpos pequeños que continuamente están en movimiento y se separan conservando idéntica la superficie del objeto por nosotros mirado, digo que esta imagen es por el fuego rechazada, y empujada vuelve hasta nuestro ojo. Ya sé que no dejaréis de replicarme que esa superficie es un cuerpo opaco muy prieto y que, sin embargo, en vez de rechazar los corpúsculos de que yo hablo los deja penetrar a través de su masa. Pero os replicaré yo a mi vez que esos poros están tallados formando la misma figura que tienen los átomos de fuego que la atraviesan, y así como una criba de trigo no sirve para cribar arena y una criba de arena no sirve para cribar trigo, así una caja de madera de abeto, aunque sea muy fina y permita que a través de ella penetren los sonidos, no consiente que la traspase la vista, y una pieza de cristal, aunque sea transparente y se deje penetrar por la vista, no puede ser traspasada por el tacto». En esto no pude yo contenerme y le interrumpí: «Un gran poeta y filósofo de nuestro mundo ha hablado después de Epicuro y éste después de Demócrito de estos pequeños cuerpos casi con las mismas razones que vos lo estáis haciendo; por esto no me sorprende nada vuestro discurso, y os pido que lo continuéis y me digáis cómo fundándoos en esos mismos principios podríais explicaros el ver vuestro cuerpo reproducido en un espejo». No es nada difícil —me contestó él—. Imaginaos que los fuegos de vuestro ojo, después de atravesar el espejo y encontrar detrás de él un cuerpo no diáfano, desandan el camino que recorrieron; y al encontrarse esos pequeños cuerpos andando en superficies iguales sobre el espejo los vuelven a llamar nuestros ojos, y nuestra imaginación, más ardiente que las otras facultades del alma, atrae hacia ella el más sutil, con el cual en su seno forma un retrato en miniatura.

»En cuanto al sentido del oído no es más difícil de comprender, y para ser más breve vamos a fijarnos tan sólo en la armonía de un laúd tocado por las manos de un maestro de teatro. Seguramente vos me preguntaréis cómo puede suceder que yo perciba de tan lejos una cosa que no veo.

¿Es que sale de nuestras cejas una esponja que se empapa con esa música para volver a nuestros oídos con ella? ¿O es que este músico engendra en mi cabeza otro musiquín con un laúd pequeño y obligado a cantarme como un eco las mismas canciones? Nada de esto; más sencillamente, este milagro procede de que la cuerda tensa acaba por golpear los pequeños cuerpos de que el aire está compuesto y los impulsa hasta nuestro cerebro, que se siente suavemente penetrado por esas peñas nada corporales, y cuando la cuerda está tirante su sonido es alto porque empuja los átomos más vigorosamente; y el órgano de este modo penetrado suministra a la fantasía los necesarios elementos para formarse su cuadro. Si esos elementos son pocos, sucede que, como nuestra memoria no ha tenido tiempo a terminar su imagen, nos vemos obligados a repetirle el mismo son, de modo que con los elementos que le suministran, por ejemplo, los compases de una zarabanda ella tiene bastante para terminar el cuadro de esa zarabanda. Pero esta operación no ha de maravillarnos tanto como aquellas por medio de las cuales, con la ayuda de un mismo órgano, nos sentimos inclinados ya a la emoción y al sentimiento de la alegría, ya al de la cólera... Y esto sucede cuando en este movimiento esos pequeños cuerpos se encuentran con otros que en nosotros se agitaban de la misma manera, o a los cuales su misma finura les hace susceptibles de tener ese mismo movimiento, pues entonces los pequeños cuerpos que acaban de llegar excitan a los huéspedes a moverse del mismo modo que ellos lo hacen; y así, de esta manera, cuando una canción violenta encuentra el fuego de nuestra sangre hace que éste se anime del mismo ímpetu y le impulsa a exteriorizarse: esto es lo que nosotros llamarnos ardor de valentía. Si el sonido es más dulce y tiene tan sólo la facultad de levantar una llama mucho más pequeña y débil haciéndola estremecer por los nervios, los miembros y los poros de nuestro cuerpo, entonces produce ese cosquilleo que se llama alegría. Lo mismo ocurre con el hervor de todas las demás pasiones, según que estos cuerpos pequeños sean lanzados más o menos violentamente sobre nosotros, según el movimiento que reciban por el encuentro de otras emociones y según los cuerpos ya existentes en nosotros que tengan que agitarse. Lo mismo ocurre con el oído.

»La demostración del tacto ya con todo esto no resulta difícil si se concibe que en toda materia palpable se produce una emisión perpetua de pequeños cuerpos, y que a medida que nosotros la tocamos va creciendo esa emisión, porque nosotros exprimimos esos corpúsculos de la misma materia como exprimimos el agua de una esponja al apretarla. Los duros dan al órgano del tacto la sensación de su solidez; los blandos, la de su suavidad; los ásperos, etc. Y si no fuese así no dejaríamos percibir con tanta finura y discernimiento por medio del tacto cuando tenemos las manos cansadas por el trabajo, o recubiertas de cal que, por no ser porosa ni animada, sólo con mucha dificultad transmite los alientos de la materia. Alguien querrá averiguar en dónde reside el órgano del tacto. Yo por mi parte creo que está esa residencia repartida por toda la superficie de nuestra masa, puesto que nuestro cuerpo siente en todas sus partes. Ahora bien; creo que cuanto más cerca de la cabeza está el miembro con que tocamos más sutil es la distinción de este sentido. Lo cual puede probarse recordando que cuando tenemos los ojos cerrados tocamos con las manos las cosas para percibirlas con más facilidad, porque si las tocásemos con el pie nos sería más difícil reconocerlas. Y esto sucede porque como nuestra piel en toda su extensión está cribada por pequeños poros, nuestros nervios, cuya materia no es más compacta, pierden durante su camino muchos de esos átomos, que se quedan detenidos en las pequeñas porosidades de su contextura y no llegan hasta el cerebro, que es el término de su viaje. Ahora me queda el hablaros del olfato y del gusto.

»Decidme; ¿cuando yo gusto un fruto no es porque él atraviesa el calor de mi boca? Confesadme que teniendo una pera entre sus elementos algunas sales que al disolverse se separan en pequeños cuerpos de otra figura que los que componen el sabor de una manzana es necesario que hieran nuestro paladar de modo muy diferente, del mismo modo que el sobresalto que me produce sentir mi piel atravesada por el hierro de una pica no es idéntico al que me hace sufrir la bala de una pistola, ni el de la bala de esta pistola igual al dolor que me produce ser atravesado por una flecha de punta cuadrada de acero.

»Del olfato no tengo nada que decir, puesto que los mismos filósofos confiesan que es causa de la continua emisión de pequeños cuerpos.

»Y ya, basándome en este principio, voy a explicaros la creación, la armonía y la influencia de los globos celestes y la innumerable variedad de los meteoros».

Se disponía él a continuar; pero el huésped viejo entró cuando él pasaba estas razones y le hizo pensar a nuestro filósofo en retirarse a descansar.

Venía con vasos llenos de gusanos luminosos para dar luz a nuestra sala; pero como estos insectos de fuego pierden su brillo cuando no están recientemente recogidos, y éstos ya tenían diez días, casi no alumbraban nada. Entonces mi Demonio, no queriendo que la asamblea se sintiese molesta, subió a su alcoba y volvió luego con dos bolas de fuego tan brillantes, que todos nos asombramos de que sosteniéndolas no se quemase los dedos. «Estas antorchas incombustibles —nos dijo él— nos alumbrarán mejor que vuestros vasos de gusanos; son rayos puros de Sol, a los que yo he quitado la fuerza de su calor, porque de otro modo las cualidades corrosivas de su fuego hubiesen herido vuestra vista, deslumbrándola. Yo he recogido estos rayos, he fijado su luz y la he encerrado en estas bolas transparentes que ahora veis. Esto no debe extrañaros nada, porque a mí, que he nacido en el Sol, no me es más difícil el condensar sus rayos que no son sino el polvo de este mundo, que os lo es a vosotros el recoger las partículas o átomos pulverizados de la tierra de este mundo». En esto, nuestro huésped envió a un criado para que acompañase a los filósofos, y como ya era de noche llevaba el criado una docena de globos luminosos colgados de sus cuatro pies. Nosotros (mi preceptor y yo) nos acostamos por mandato del fisiólogo. Esta vez me llevó a una habitación con violetas y lises y me hizo acariciar como de ordinario. Al día siguiente, a eso de las nueve, vi entrar a mi Demonio que, según me dijo, venía de palacio... Había sido llamado por una hija de la reina, que se había interesado por mí y le había hecho protestas de que persistía siempre en el propósito de comprometer mi palabra; es decir, que de muy buena gana, si yo quería llevarla, vendría conmigo hasta mi mundo.

«Lo que más me ha complacido —continuó el Demonio— es que, según he observado, el principal motivo de su viaje era el hacerse cristiana. Así es que le he prometido ayudarla en su propósito con todas mis fuerzas, inventando al efecto una máquina capaz para tres o cuatro personas y en la cual podréis iros juntos desde hoy. Yo voy a dedicarme seriamente a la realización de esta empresa, para la cual, y para que os distraigáis mientras yo no esté con vos, os dejo este libro. Lo traje hace tiempo de mi país natal; se titula Los Estados e Imperios de la Luna y contiene un apéndice que trata de la historia del diamante; también os dejo éste que yo creo mucho mejor; es el titulado Gran obra de los filósofos, que ha compuesto uno de los más ingeniosos espíritus del Sol. En esta obra se demuestra que todas las cosas son verdad y se declara el modo de unir físicamente los extremos verdaderos de cada contrario, como, por ejemplo, que el blanco es negro y que el negro es blanco; que una cosa puede ser y no ser al mismo tiempo; que puede haber una montaña sin valle; que la nada es algo, y que todas las cosas que existen, existen y no existen al mismo tiempo. Y lo que más maravilla es que todas estas inauditas paradojas las demuestra sin ningún razonamiento capcioso o sofístico.

»Cuando os canséis de leer podéis pasearos o entreteneros con el hijo de nuestro huésped; su espíritu está lleno de encantos. El único defecto que tiene es el de carecer de piedad. Si llegara por esto a escandalizaros o a alterar vuestra fe por cualquier razonamiento, no dejéis de venir en seguida a decírmelo, y yo os resolveré todas las dificultades. Otro os aconsejaría en este caso que abandonaseis su compañía; pero como el hijo de nuestro huésped es muy vanidoso, tengo la seguridad que consideraría este apartamiento como una fuga y se figuraría que nuestra creencia estaba desprovista de razón si vos os negaseis a escuchar la suya». En diciendo estas palabras me abandonó, y apenas hubo él salido púseme yo a considerar mis libros y sus estuches, es decir, sus cubiertas, que me parecieron admirables por sus riquezas; una de ellas estaba hecha con un solo diamante, cuyo brillo, por ser mucho mayor, en nada podía compararse con el de los nuestros; la otra parecía una monstruosa perla fundida en dos. Mi Demonio había traducido estos libros a la lengua de este mundo; pero yo, como no vi en ellos nada impreso, solo podré explicaros cómo estaban hechos estos dos volúmenes. Al abrir el estuche encontré no sé qué continente de metal muy parecido a nuestros relojes y llenos de no sé qué pequeños resortes y de máquinas imperceptibles. Era, en efecto, un libro; pero era un libro milagroso que no tenía ni hojas ni letras; era, en resumen, un libro, para leer el cual eran inútiles los ojos; en cambio, se necesitaban las orejas. Así, pues, cuando alguien quería leerlo no tenía más que agitar esta máquina con gran cantidad de movimiento en todos sus pequeños nervios y luego hacer girar la saeta sobre el capítulo que quería escuchar, y en haciendo esto, como si saliesen de la boca de un hombre, o de la caja de un instrumento de música, salían de este estuche de libro todos los sonidos distintos y claros que sirven como expresión de lenguaje entre los grandes pensadores de la Luna...

Cuatro de ellos llevaban sobre sus espaldas una especie de ataúd envuelto con un paño negro.

Yo le pregunté a uno que estaba mirándolo qué quería decir aquella comitiva en todo tan parecida a las pompas fúnebres de mi país; él me contestó que este criminal... y llamado por el pueblo por un papirotazo sobre la rodilla derecha, que había sido convicto y confeso, de envidia y de ingratitud había muerto el día antes, y que el Parlamento le había condenado hacía ya veinte años a morir en su cama y luego a ser enterrado. Yo me eché a reír, y como él me preguntase por qué lo hacía, le contesté: «Es que me asombra que lo que en nuestro país es como una bendición: una vida larga, una muerte sosegada, una sepultura honrada, constituya en el vuestro un castigo ejemplar». «¡Ah! —me contestó él—. ¿En vuestro país consideráis la sepultura como algo estimable? Sinceramente decidme si no creéis que es algo muy espantoso el que un cadáver ande a merced de los gusanos y esté abandonado a los sapos que le devoran las mejillas, es decir, que toda la peste venga a posarse sobre el cuerpo del hombre. ¡Dios mío! Sólo de pensar que después de muerto tendré la cara envuelta por un sudario y sobre la boca cinco pies de tierra ya no puedo respirar! Este miserable que ahora llevan a enterrar, como vosotros veis, además de la pena de ser enterrado en una fosa ha sido condenado a que le acompañen en comitiva ciento cincuenta de sus amigos, obligándoles, como castigo al cariño que pusieron en un envidioso y un ingrato, a estar en sus funerales con el rostro muy triste; y si los jueces no hubiesen tenido piedad de él pensando que sus crímenes más los había cometido por falta de espíritu que por sobra de maldad, les habrían obligado a llorar. Fuera de los criminales, se quema aquí a todos los muertos; y ésta es costumbre muy decente y muy razonable, porque como nosotros creemos que el fuego separa lo puro de lo impuro, pensamos que el calor une por simpatía el natural calor que ardía en el alma, dándole fuerza para elevarse perennemente hasta que llegue a un astro y tope con algún pueblo habitado por gentes más inmateriales y más inteligentes. Porque su temperamento debe hallar y participar de la pureza del globo que ellos habitan.

»Con todo, ésta no es la más hermosa manera de inhumar que nosotros usamos. Cuando alguno de nuestros filósofos llega a esta edad en que se siente ablandado nuestro espíritu, y el hielo de los años detiene los movimientos de nuestra alma, reúne a todos sus amigos en un suntuoso banquete, y luego que ha expuesto los motivos que le determinan a separarse del mundo y la poca esperanza que ya tiene de aumentar sus hermosas acciones con alguna otra que merezca ser suya, se le da permiso para que lo abandone, es decir, se le permite morir, o se le hace un ruego severo de que siga viviendo. Y si por mayoría de votos o al parecer de todos se le confía a su voluntad el deseo de la muerte, el filósofo avisa a sus amigos el día y la hora en que ha de dejar la vida; y entonces sus más allegados se purgan y se abstienen de comer durante veinticuatro horas; después cuando llegan a la morada del sabio, luego de haber ofrecido sacrificios al Sol, entran en su alcoba, en donde les espera el noble filósofo acostado en una cama de gala.

Todos llegan hasta él y le abrazan, y cuando se le acerca quién él más ama, luego de haberle besado con ternura, le apoya sobre su vientre, y uniéndose las bocas con un beso, el sabio con la diestra se hunde en el corazón un puñal. El amante amigo no separa los labios de los muy queridos hasta que no le siente expirar. Y cuando llega este momento extrae el hierro de su seno y cerrando la herida con su boca le sorbe la sangre, que sigue bebiendo hasta que le releva otro amigo, y luego otro y luego otro, y así todos los del cortejo. Y cuando han pasado cuatro o cinco horas de esto se les entrega a cada uno de los amigos una doncella de dieciséis o diecisiete años, y durante tres o cuatro días que con ellas se dedican a gustar los placeres del amor no se alimentan de otra cosa que de la carne del muerto, que hacen comer a las doncellas cruda y todo, para ver si como resultado de cien abrazos de los que pueda nacer alguien se logra la seguridad de que en el nacido reviva el amigo».

Yo interrumpí estas razones y advertí al que me las decía que tal proceder se asemejaba en mucho a ciertos usos de algún pueblo de nuestro mundo, y luego continué mi paseo, que fue tan largo, que al regreso ya hacía dos horas que me tenían preparada la comida. Me preguntaron el motivo que me había hecho llegar tan tarde. «No he tenido yo la culpa —le contesté al cocinero que me daba quejas—; he preguntado muchas veces en la calle qué hora era y todo el mundo como respuesta abría la boca, apretaba los dientes y volvía de lado la cabeza». «¿Y no sabíais vos —me replicaron todos los presentes—, no sabíais vos que con esto ya os estaban diciendo la hora?» «Sinceramente —le repliqué yo—, aunque ellos hubiesen estado un año con la nariz al Sol hubiese quedado yo sin saberlo».

«Pues es una costumbre —me replicaron— que les permite no gastar el reloj; porque con sus dientes forman un cuadrante tan exacto, que cuando quieren decirle a alguien la hora abren los labios y con la sombra de la nariz, que entonces se produce sobre los dientes, marcan como en un reloj de sol la hora que necesita saber el curioso preguntador. Y ahora, para que sepáis por qué en este país todo el mundo tiene la nariz grande, os diré que, tan pronto como la nodriza se acuesta, la madre coge al hijo y lo lleva ante el profesor del Seminario, y al cabo de un año justo, reunidos todos los peritos, si encuentran que su nariz es más corta que cierta medida por el síndico acordada, se le proclama chato y se le pone en manos de determinadas gentes encargadas de castrarlos. Seguramente vos me preguntaréis qué razón hay para cometer esta barbarie y cómo es posible que entre nosotros, que consideramos la virginidad como un crimen, establezcamos forzadas continencias. Pero sabed desde ahora que si lo hacemos nosotros así es porque durante una experiencia de treinta siglos hemos podido comprobar que una nariz grande es muestra de que el hombre es espiritual, cortés, afable, noble y liberal, y que, en cambio, una nariz pequeña revela cualidades contrarias. Por esto todos los chatos son convertidos en eunucos, porque la República prefiere no tener hijos a tenerlos y que se parezcan a esos padres». Seguía él hablando cuando vi yo entrar a un hombre con todo el cuerpo desnudo.

Inmediatamente yo me senté y me calé el sombrero para honrarle, porque en este país éstas son las más evidentes muestras de respeto con que puede acreditarse el que se tiene a la gente. «Nuestro reino —dijo— desea que antes de regresar a vuestro mundo tengáis a bien advertirlo a nuestros magistrados, porque un matemático acaba de decir en nuestro Consejo que si vos, al llegar a vuestro mundo, quisieseis construir cierta máquina que él os mostrará, con ella podría él unir vuestro globo al nuestro». A lo cual yo prometí acceder. «Pero cómo —le dije yo a mi huésped cuando el dicho mensajero se hubo marchado—, ¿podríais vos hacer el favor de decirme por qué este enviado llevaba ceñido a la cintura unos órganos vergonzosos modelados en bronce?» Ya había visto yo esto muchas veces cuando estaba encerrado en mi jaula; pero nunca me había atrevido a preguntar nada porque siempre estaba rodeado por las hijas de la reina, a quienes temía ofender si en su presencia hubiese llevado la conversación a tan bajos términos. Y a la pregunta que hice ahora me contestó el huésped: «Es que aquí las hembras, lo mismo que los machos, no son tan ingratos que enrojezcan al contemplar aquello con que fueron hechos; y las vírgenes no tienen vergüenza de amar en nosotros, en memoria de su madre Naturaleza, la única cosa que en nosotros la produce. Sabed, pues, que el amuleto con que este hombre se ciñe la cintura, y del cual pende como medalla la figura de un miembro viril, es el símbolo de caballero y la insignia que distingue al noble del villano». Esta paradoja me pareció tan extravagante, que no pude evitar de echarme a reír.

«Esta costumbre me parece muy extraordinaria —dije entonces—, porque en nuestro país lo que distingue a la nobleza es llevar una espada». Pero mi huésped, sin conmoverse, me dijo: «¡Ay hombrecito mío! ¿Cómo puede ser eso? ¿Los grandes de vuestro país pueden ser tan estragados que hagan gala del arma que caracteriza al verdugo, que no fue forjada sino para destruir y que, es, en fin, el jurado enemigo de todo lo que vive, y esconden en cambio un miembro sin el cual nosotros estaríamos al nivel de lo que no existe, de un miembro que es el Prometeo de cada animal y el reparador infatigable de las debilidades de la naturaleza? ¡Desdichada tierra en la cual los signos de la generación son ignominiosos y los de la destrucción son honorables! ¡Y vosotros llamáis partes vergonzosas a esos miembros y no pensáis que nada hay tan glorioso como el dar la vida, y nada en cambio tan realmente vergonzoso como el quitarla!» Mientras pasábamos todas estas razones no dejábamos de comer, y luego que nos levantamos nos fuimos al jardín para tomar el aire, y aquí, considerando cómo se engendraban y producían todas las cosas, me dijo: «No debéis vos ignorar, viendo que la tierra se hace un árbol y el árbol un cerdo y un cerdo un hombre, y puesto que esto os demuestra la tendencia de la Naturaleza hacia lo más perfecto, que todo aspira a llegar a ser hombre, siendo éste la esencia más acabada de las más hermosas mezclas y el más bien dispuesto, puesto que sólo a él le es dado reunir la vida racional y animal. Esto es tan evidente que nadie lo negaría a no ser un pedante, pues todos vemos que un ciruelo, merced al calor de su germen, va sorbiendo como por una boca y lo digiere luego el césped que le rodea; que un cerdo devora este fruto y lo convierte en substancia de su misma carne, y que un hombre se come el cerdo, da nuevo calor a su carne muerta, la une a sí y hace revivir a ese animal bajo una más noble especie. De modo que ese hombre que ahora veis acaso haya sido hace sesenta años un haz de hierba de mi jardín; y esto es tanto más probable cuanto que la opinión de la metempsicosis pitagórica, por tan grandes hombres afirmada, seguramente no ha llegado hasta nosotros sino para invitarnos a comprobar su verdad, cómo en efecto hemos podido descubrir que todo lo que vive y vegeta y llega finalmente en toda su materia al periodo de su perfección, después retrocede y se hunde en la inanidad para evolucionar de nuevo y desempeñar el mismo papel». Yo bajé muy satisfecho al jardín, y empezaba a decirle a mi compañero lo que mi maestro me había enseñado, cuando en esto llegó el fisiólogo para llevarnos a la refección y al dormitorio.

Al día siguiente, en cuanto me desperté, fui a buscar a mi antagonista para hacerle levantar.

«Es tan gran milagro —le dije yo— encontrar a un espíritu como el vuestro, tan genial, sumergido en el sueño, como ver el fuego sin acción». Él se molestó por esta torpe cortesía. «¿Es que no os arrepentiréis nunca —me dijo él con una cólera apasionada y a la vez cariñosa—, es que no os arrepentiréis nunca de usar esas palabras fantásticas? Sabed, pues, que tales vocablos ultrajan el nombre de filósofo, y que así como el sabio no ve nada en el mundo que no conciba, o que no crea poder concebir, debe rechazar todas esas expresiones de prodigios y milagros de la Naturaleza que han inventado los estúpidos para disculpar las debilidades de su inteligencia».

Yo me creí entonces obligado, en conciencia, a tomar la palabra para desengañarle. «Aunque —le dije— estéis muy obstinado en lo que decís, yo he visto que muchas cosas han sucedido sobrenaturalmente». «Así lo decís —me replicó él—; pero es que ignoráis que la fuerza de la imaginación es capaz de curar todas las enfermedades que vos atribuís a lo sobrenatural, merced a un cierto bálsamo natural que contiene todas las cualidades contrarias a las del mal que nos ataca; lo cual sucede cuando nuestra imaginación, advertida por el dolor, busca el remedio específico que conviene a su veneno. Por esta razón un médico muy hábil de vuestro mundo aconsejará al enfermo que busque más bien a un médico ignorante si le reputa muy sabio, que uno muy sabio si le reputase ignorante; y esto lo hace porque piensa que nuestra imaginación, ejercitándose en favor del bien de nuestra salud, con tal de que esté ayudada de algunos remedios, es capaz de curarnos; pero que los más poderosos serían muy débiles si la imaginación no los aplicase.

¿Os extraña a vos que los primeros habitantes de nuestro mundo viviesen tantos siglos sin tener ningún conocimiento de medicina? No, seguramente. ¿Y cuál pensáis que sería la causa, sino su naturaleza llena aún de fuerza y este bálsamo universal que aún no había sido suprimido por las drogas de vuestros médicos que ahora os consumen?

Así entonces, para llegar a la convalecencia no era necesario sino desearlo con todo el alma e imaginarse curado. De tal modo, la fantasía vigorosa de estos primitivos, sumergiéndose en ese bálsamo de aceite extraía de él su elixir; así que, aplicando su activo a su pasivo, se encontraban en un abrir y cerrar de ojos tan sanos como antes de enfermar; cosa que hoy en día no deja de hacerse, a pesar de la degeneración de la naturaleza, aunque en verdad se haga muy raramente, por lo que el pueblo lo juzga como un milagro. Yo no creo absolutamente en nada de eso, y me fundo para ello en que es más fácil que se equivoquen tantos doctores que no que suceda una cosa tan difícil. Porque yo les preguntaría: El enfermo de fiebres que acaba de curarse ha deseado ahincadamente durante su enfermedad, como es muy natural, el curarse y hasta ha hecho votos para lograrlo; ahora bien: era necesario que muriese, que siguiese enfermo o que se curase; si hubiese muerto se hubiera dicho que el Cielo con la muerte había querido poner término a sus penas, y hasta que con morirse se había curado de todos sus males como en su plegaria pedía; si hubiese permanecido enfermo, se hubiese dicho que no había tenido bastante fe; pero como ha curado, todo el mundo dice que es un milagro, y yo pregunto si no es mucho más probable que su fantasía, excitada por los violentos deseos de salud, ha obrado sobre todo su cuerpo. Porque supongamos que se haya salvado. ¿Por qué ir proclamando que es milagro, puesto que también vemos a muchas personas que se habían encomendado a la fe perecer miserablemente con todos sus votos?» «Pero al menos —le repliqué yo—, si eso que decís de tal bálsamo es verdad, no hay en ello sino una prueba muy evidente de la racionalidad de nuestra alma, puesto que, sin que ésta se valga de otros instrumentos de nuestra razón y sin apoyarse en el concurso de nuestra voluntad, por sí misma obra como si estando fuera de nosotros aplicase el activo al pasivo. Y, por otra parte, si separada de nosotros sigue siendo razonable, esto prueba que de todo punto es necesario que sea espiritual, y si admitís conmigo que es espiritual, habréis de concluir que es inmortal, puesto que la muerte tan sólo ocurre en el animal por el cambio de sus formas, cambio del que sólo la materia es susceptible». Entonces mi joven interlocutor, sentándose en la cama y haciéndome sentar a mí, dijo estas o muy parecidas razones: «En cuanto a que muera el alma de las bestias, que es corporal, no me asombra nada, puesto que no hay en ella, a lo que se ve y es muy probable, una armonía de las cuatro cualidades, una fuerza de sangre y una proporción de órganos bien concertados; pero lo que sí me asombra, y mucho, es que nuestra alma inteligente, incorpórea e inmortal, se vea obligada a salir de nuestro cuerpo por la misma causa que hace morir a la de un buey.

¿Acaso ha pactado con nuestro cuerpo que cuando reciba éste un sablazo en el corazón, un balazo en el cerebro o un machetazo en el cuerpo, abandone inmediatamente su casa? Y si el alma fuese espiritual y por sí misma tan razonable y hasta capaz de inteligencia, y esto lo mismo cuando está en nuestro cuerpo como cuando de él se separa, ¿por qué entonces los ciegos de nacimiento, con todas las grandes ventajas de esta alma intelectual, no pueden imaginarse lo que es el ver? ¿Es porque aún no se vieron privados por la muerte de todos los otros sentidos? ¡Pero cómo! ¿Suponer esto no es lo mismo que pensar que yo no puedo servirme de mi mano derecha porque tengo viva mi mano izquierda? Y, finalmente, para establecer una comparación justa y que destruya todo lo que habéis dicho, me contentaré con poneros el ejemplo de un pintor: éste no puede trabajar si no es con pincel; y os diré que al alma le ocurre exactamente lo mismo cuando no puede usar de los sentidos. Sí; pero —añadió él—...sin embargo, pretenden que esta alma, que tan sólo puede obrar imperfectamente a causa de la vida, pueda obrar con perfección cuando por nuestra muerte hayamos perdido todos nuestros sentidos. Y si me vienen diciendo que el alma no necesita de esos instrumentos para cumplir sus funciones, yo les replicaré que entonces es necesario coger un látigo y azotar a los ciegos «que hacen como si no viesen gota». Él quería continuar aduciendo tan impertinentes razones; pero yo le cerré la boca rogándole que se callase, lo que en efecto hizo por miedo a disputar, porque ya él veía que yo comenzaba a exaltarme. Él se fue luego y me dejó admirado de las gentes de este mundo, donde todos tienen, hasta el pueblo sencillo, tan espontáneo espíritu; al contrario de las gentes del nuestro, que tienen tan poco y aun éste les cuesta tan caro.

Finalmente, el amor por mi país, que poco a poco me iba quitando el gusto y la intención de haber vivido en éste, no me dejaban tiempo para soñar en otra cosa que en el deseo de marcharme; pero tantas dificultades se me presentaron para ello, que me puse muy triste. Mi Demonio se dio cuenta de esto, y como me preguntase por qué no parecía ya el mismo de siempre, yo francamente le dije la causa de mi melancolía; entonces él me hizo tan halagüeñas promesas para el bien de mi retorno, que en sus manos dejé por entero mi confianza. Di aviso al Consejo, que me envió a llamar y me hizo prestar juramento de que en nuestro mundo contaría las cosas que había visto en el de la Luna. Seguidamente se me dieron mis pasaportes, y mi Demonio, que me había provisto de las cosas necesarias para tan grande viaje, me preguntó en qué lugar de la Tierra quería yo arribar. Yo le dije que la mayor parte de los jóvenes acaudalados de París se proponían en seguida hacer un viaje a Roma, pensando que nada después de esto había que ver ni que nada tan hermoso pudiese hacerse. Y le añadí que en vista de esto mucho le encarecía el que aprobase que yo siguiera el ejemplo de esos jóvenes. «Pero —proseguí— decidme en qué máquina haremos el viaje y cuál sea el encargo que quiere hacerme el matemático que nos habló el otro día de unir este globo con el mío». «Del matemático no os fiéis —me dijo él—, que es hombre de mucho prometer y de muy poco cumplir. En cuanto a la máquina que ha de llevaros no es otra que la que os sirvió de carruaje para venir hasta la corte». «¿Pero cómo es posible? ¿El aire será suficientemente sólido para sostener vuestros pasos como la tierra los soporta? No creo que esto sea posible». «Es una cosa muy rara que vos creáis y no creáis al mismo tiempo.

¡Vamos! ¿Por qué los brujos de vuestro mundo, que van por el aire y conducen ejércitos, granizadas, nevadas, lluvias y otros meteoros semejantes de una a otra región, han de tener más poder que nosotros? Sed, sed más crédulo en mí, os lo ruego.

«Es verdad. He recibido de vos tantos favores como los recibieron Sócrates y tantos otros por quienes vos habéis tenido amistad, que debo confiarme a vos y lo hago abandonándome de todo corazón a vuestra voluntad». Apenas acabé yo de decir estas palabras cuando se levantó como un torbellino sujetándome entre sus brazos: de este modo me hizo pasar sin incomodidad todo ese grande espacio que nuestros astrónomos sitúan entre nuestro mundo y el de la Luna, travesía en que no tardamos más de día y medio; lo cual me hizo conocer la mentira que dicen quienes afirman que una muela de molino tardaría trescientos sesenta y tantos años en caer desde el Cielo, puesto que nosotros invertimos tan poco tiempo en caer desde el globo de la Luna hasta éste. Finalmente, al comenzar nuestra segunda jornada me di cuenta de que me acercaba a nuestro mundo. Ya iba yo distinguiendo Europa de África y éstas de Asia, cuando sentí el vaho del azufre que veía salir de una muy alta montaña: esto me espantó tanto que me desvanecí. Yo no puedo contaros lo que luego me pasó; pero cuando recobré el sentido me encontré envuelto entre nieblas sobre la pendiente de una colina, entre varios pastores que hablaban el italiano. Yo no sabía qué había sido de mi Demonio y pregunté a los pastores si acaso le habían visto. Me contestaron haciendo la señal de la cruz y me miraron aterrados como si fuese yo el mismísimo demonio. Pero como yo les dijese que era cristiano y les rogase por caridad que me condujesen a algún sitio donde pudiese descansar, me acompañaron hasta un pueblecito que distaba de allí una milla, en el cual, y apenas hube llegado, todos los perros, desde los más pequeños lanuditos hasta los mastines, se tiraron sobre mí, y me hubiesen devorado si no tuviese yo la fortuna de encontrar una casa donde me recogí. Pero esto no impidió que los perros prosiguiesen en su alboroto, de suerte que el dueño de la casa ya me miraba con malos ojos; y creo que, dado el escrúpulo con que la gente del pueblo considera estos accidentes como malos augurios, este hombre me hubiese abandonado como presa de aquellos animales si yo no hubiese advertido que la razón que los perros tenían para encarnizarse de tal modo contra mí era la de venir de donde venía, pues como ellos tenían la costumbre de ladrar a la Luna, notaban que yo venía de allí y que olía todavía a Luna, como los que luego que salen del mar todavía conservan algún tiempo el olor de la sal y el aire marinos. Para librarme de este mal aire me puse en una terraza y me sometí a la acción del Sol durante tres o cuatro horas; pasadas las cuales bajé, y los perros, como ya no sintiesen en mí el olor que los había hecho mis enemigos, no me ladraron más y se volvieron cada uno a su casa. Al día siguiente salí para Roma, y aquí vi los restos de los triunfos de muchos grandes hombres y de muchos grandes siglos; admiré las bellas ruinas y las hermosas restauraciones que en ellas han hecho los modernos. Y, finalmente, después de haber permanecido durante quince días en la compañía de M. de Cyrano, mi primo, que me prestó dinero para mi regreso, me fui a Civitavecchia y embarqué en una galera que me condujo hasta Marsella.

Durante este viaje tuve siempre el espíritu absorto por las maravillas del que acababa de hacer. Yo comencé a escribir las Memorias de aquellos tiempos, y cuando he acabado la tarea las he ordenado con todo el cuidado que me ha consentido poner en este trabajo la enfermedad que en la cama me detiene. Pero pensando que ya dará ella fin a mis estudios y a mis trabajos para cumplir la palabra que di al Consejo del mundo de la Luna, he rogado al señor Lebret, mi más querido e inolvidable amigo, que las dé al público, con la Historia de la República del Sol y la de La Centella y algunas otras obras de este jaez si logra que se las devuelvan quienes nos las han robado, cosa a que yo les conjuro y les pido que hagan de todo corazón.


Publicado el 24 de mayo de 2020 por Edu Robsy.
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