Capítulo I: El Comienzo De Mi Vida
Nací en el año 1632, en la ciudad de York, en el seno de una buena familia, aunque no procedente de aquel país. Mi padre era un extranjero de Bremen que primero se estableció en Hull. Había amasado una considerable fortuna mediante el comercio y, una vez retirado de sus negocios, se trasladó a vivir a York, donde contrajo matrimonio con mi madre, cuyos parientes llevaban el apellido Robinson, una familia muy respetable de aquella región. Por ellos fui llamado Robinson Kreutznaer; pero, debido a la corrupción habitual de las palabras en Inglaterra, acabamos siendo llamados —e incluso nosotros mismos nos llamamos y escribimos nuestro nombre— Crusoe; y así fue como siempre me llamaron mis compañeros.
Tenía dos hermanos mayores. Uno de ellos era teniente coronel de un regimiento inglés de infantería en Flandes, anteriormente comandado por el famoso coronel Lockhart, y murió en la batalla cerca de Dunkerque contra los españoles. Qué fue de mi segundo hermano jamás lo supe, del mismo modo que mis padres jamás supieron qué fue de mí.
Siendo el tercer hijo de la familia y no habiendo sido educado para oficio alguno, mi mente comenzó muy pronto a llenarse de pensamientos errantes. Mi padre, que era ya de avanzada edad, me había procurado una educación suficiente, dentro de lo que suelen ofrecer la enseñanza doméstica y una escuela rural gratuita, y deseaba destinarme al estudio de las leyes; pero yo no quería otra cosa que hacerme a la mar. Aquella inclinación me arrastraba con tanta fuerza, en contra no solo de la voluntad sino incluso de las órdenes de mi padre, y contra todas las súplicas y persuasiones de mi madre y de otros amigos, que parecía existir algo fatal en aquella propensión natural, encaminándome directamente hacia la vida de miseria que habría de sobrevenirme.
Mi padre, hombre prudente y serio, me dio graves y excelentes consejos contra aquello que preveía como mi propósito. Una mañana me llamó a su habitación, donde permanecía recluido por culpa de la gota, y me habló largamente y con gran vehemencia sobre el asunto. Me preguntó qué razones, aparte de un mero deseo de vagar, tenía para abandonar la casa paterna y mi patria, donde podría establecerme favorablemente y tendría la perspectiva de labrar mi fortuna mediante la aplicación y el esfuerzo, llevando una vida cómoda y placentera. Me dijo que eran los hombres desesperados por un lado, o aquellos destinados a grandes y ambiciosas empresas por el otro, quienes se lanzaban al extranjero en busca de aventuras, ya fuese para elevarse mediante la audacia o para hacerse famosos en empresas fuera de lo común; que aquellas cosas estaban o demasiado por encima de mí o demasiado por debajo; y que mi condición pertenecía al estado medio, o lo que podría llamarse el rango más alto de la vida modesta, la cual, según había comprobado por larga experiencia, era la mejor condición del mundo y la más adecuada para la felicidad humana. No estaba expuesta a las miserias y penalidades, al trabajo y sufrimiento que afligen a las clases trabajadoras de la humanidad, ni tampoco se veía atormentada por el orgullo, el lujo, la ambición y la envidia que aquejan a las clases superiores.
Me dijo que podía juzgar la felicidad de aquel estado por una sola cosa: que era precisamente la condición de vida envidiada por todos los demás; que incluso los reyes habían lamentado con frecuencia las desgraciadas consecuencias de haber nacido para grandes destinos y habían deseado encontrarse en el punto medio entre los extremos de la pobreza y la grandeza; y que el hombre sabio había dado testimonio de ello como estándar de la felicidad cuando rogó no poseer ni pobreza ni riquezas.
Me pidió que observara aquello y descubriría siempre que las calamidades de la vida recaían principalmente sobre las clases altas y bajas de la humanidad, mientras que la condición media sufría menos desastres y no estaba expuesta a tantas vicisitudes como las otras dos. Tampoco padecía tantas enfermedades ni inquietudes, ya fueran del cuerpo o del espíritu, como quienes, por una vida viciosa, llena de lujo y excesos, o por el contrario por el duro trabajo, la falta de necesidades básicas y una alimentación pobre e insuficiente, atraían sobre sí mismos las enfermedades como consecuencia natural de su modo de vida.
Decía que la condición media estaba hecha para toda clase de virtudes y toda clase de satisfacciones; que la paz y la abundancia eran compañeras inseparables de una fortuna moderada; que la templanza, la moderación, la tranquilidad, la salud, la vida social, las recreaciones agradables y todos los placeres deseables eran bendiciones propias de aquel estado de vida. De este modo —decía— los hombres atravesaban el mundo silenciosa y apaciblemente, y lo abandonaban también con serenidad, sin verse agobiados por los trabajos físicos ni mentales; sin venderse a una vida de esclavitud por el pan de cada día; sin verse acosados por circunstancias confusas que roban la paz al alma y el descanso al cuerpo; ni consumidos por la envidia o el ardiente deseo de grandezas ambiciosas. Antes bien, deslizándose cómodamente por el mundo, podían saborear dulcemente las alegrías de la vida sin sus amarguras, sintiéndose felices y aprendiendo cada día a reconocerlo con mayor claridad.
Después de esto me insistió encarecidamente, y con el más afectuoso de los tonos, que no cometiera la imprudencia propia de la juventud ni me precipitara hacia miserias contra las cuales parecían haberme protegido tanto mi naturaleza como la posición en la que había nacido. Me dijo que no tenía necesidad alguna de buscar mi sustento; que él velaría por mí y procuraría encaminarme debidamente hacia aquella condición de vida que acababa de recomendarme; y que, si aun así no lograba ser feliz y vivir con comodidad, ello solo podría deberse a mi destino o a mis propios errores. Añadió que nada tendría que reprocharse, pues ya había cumplido con su deber al advertirme contra decisiones que sabía perjudiciales para mí.
En suma, me aseguró que haría grandes cosas por mí si aceptaba permanecer en casa y establecerme según sus deseos; pero que no tendría parte alguna en mis desgracias alentándome a marcharme. Y para concluir, me puso como ejemplo a mi hermano mayor, a quien había dirigido las mismas fervientes súplicas para impedirle marchar a las guerras de los Países Bajos, aunque no consiguió persuadirlo, pues sus deseos juveniles lo impulsaron a ingresar en el ejército, donde encontró la muerte. Y aunque afirmó que nunca dejaría de rezar por mí, se atrevió también a decirme que, si daba aquel insensato paso, Dios no me bendeciría y llegaría el día en que tendría tiempo de arrepentirme de haber despreciado sus consejos, cuando quizá ya no habría nadie que pudiera ayudarme a remediar mi situación.
Observé en esta última parte de su discurso —verdaderamente profética, aunque supongo que mi padre mismo no lo sabía— que las lágrimas corrían abundantemente por su rostro, especialmente cuando habló de mi hermano muerto. Y cuando mencionó que algún día tendría tiempo para arrepentirme y no encontraría ayuda alguna, se sintió tan conmovido que interrumpió sus palabras y me dijo que tenía el corazón demasiado lleno para continuar hablando.
Aquel discurso me impresionó sinceramente, y en verdad, ¿quién podría no haberse sentido afectado? Resolví no pensar más en partir al extranjero y establecerme en casa conforme al deseo de mi padre. Pero, ¡ay!, pocos días bastaron para disipar todas aquellas resoluciones. En resumen, para evitar nuevas insistencias de mi padre, decidí al cabo de unas semanas huir definitivamente de él. Sin embargo, no actué con tanta precipitación como mi primer impulso parecía exigir. Escogí un momento en que mi madre se hallaba más animada de lo habitual y le confesé que mis pensamientos estaban tan completamente volcados en conocer el mundo que jamás podría dedicarme con verdadera resolución a otra cosa; que mi padre haría mejor en concederme su consentimiento antes que obligarme a partir sin él.
Le dije que ya tenía dieciocho años, edad demasiado avanzada para entrar como aprendiz en un oficio o como pasante de abogado; y que estaba seguro de que, incluso si lo hiciera, acabaría huyendo de mi patrón antes de completar mi aprendizaje para embarcarme en el mar. Añadí que, si ella hablaba con mi padre y lograba que me permitiera realizar un solo viaje al extranjero, entonces, si regresaba y no me agradaba aquella vida, no volvería a partir jamás; y prometí compensar con doble diligencia el tiempo que hubiese perdido.
Aquello hizo montar en cólera a mi madre. Me dijo que sabía perfectamente que sería inútil hablar a mi padre de semejante asunto; que él conocía demasiado bien cuál era mi verdadero interés como para consentir algo tan perjudicial para mí; y que le sorprendía que pudiera seguir pensando en tales cosas después de la conversación que había tenido con mi padre y de las bondadosas y tiernas palabras que sabía él me había dirigido.
En definitiva, me dijo que, si estaba empeñado en arruinarme, nada podría hacerse para evitarlo; pero que podía estar seguro de que jamás obtendría su consentimiento. En cuanto a ella, no tendría parte alguna en mi destrucción, y nunca podría decir que mi madre había estado dispuesta cuando mi padre no lo estuvo.
Aunque mi madre se negó a mencionarle el asunto a mi padre, más tarde supe que le había contado toda nuestra conversación; y que mi padre, profundamente afligido, le dijo con un suspiro:
—Ese muchacho podría ser feliz si permaneciera en casa; pero si se marcha al extranjero, será el miserable más desdichado que jamás haya nacido. No puedo dar mi consentimiento.
No fue sino hasta casi un año después cuando finalmente rompí las ataduras; aunque durante todo ese tiempo me mantuve obstinadamente sordo a cualquier propuesta de dedicarme a algún oficio, y discutía frecuentemente con mis padres por su firme oposición a aquello que sabían era la inclinación natural de mi espíritu. Pero cierto día, hallándome en Hull —adonde había ido casualmente y sin intención alguna de escapar en aquel momento—, sucedió que uno de mis compañeros estaba a punto de partir hacia Londres en el barco de su padre y me animó a acompañarlos con el habitual señuelo de los hombres de mar: que el viaje no me costaría nada.
No consulté más ni a mi padre ni a mi madre, ni siquiera me molesté en avisarles; los dejé enterarse como pudieran, sin pedir la bendición de Dios ni la de mi padre, sin considerar circunstancias ni consecuencias y, Dios sabe, en una hora aciaga. Así, el 1 de septiembre de 1651, embarqué en un navío con destino a Londres.
Creo que jamás las desgracias de un joven aventurero comenzaron tan pronto ni duraron tanto como las mías. Apenas habíamos salido del Humber cuando el viento empezó a soplar y el mar a agitarse de la manera más espantosa; y como nunca antes había estado en el mar, me sentí indescriptiblemente enfermo de cuerpo y aterrorizado de espíritu. Entonces comencé a reflexionar seriamente sobre lo que había hecho y sobre cuán justamente me alcanzaba el juicio del Cielo por haber abandonado perversamente la casa de mi padre y desobedecido mis deberes.
Todos los buenos consejos de mis padres, las lágrimas de mi padre y las súplicas de mi madre acudieron nuevamente y con fuerza a mi memoria; y mi conciencia, que aún no había alcanzado el grado de endurecimiento al que después llegaría, me reprochaba el desprecio hacia sus advertencias y el incumplimiento de mis deberes hacia Dios y hacia mi padre.
Mientras tanto, la tormenta aumentaba y el mar se embravecía enormemente, aunque nada parecido a lo que he visto muchas veces después, ni siquiera a lo que vi pocos días más tarde. Pero entonces era suficiente para impresionarme, pues no era más que un joven marinero sin experiencia alguna. Esperaba que cada ola fuera a tragarnos, y cada vez que el barco descendía —o al menos así me lo parecía— el profundo valle de olas, pensaba que jamás volveríamos a levantarnos.
En aquella agonía de espíritu hice numerosos votos y resoluciones: que si Dios tenía a bien salvarme la vida en aquel viaje, y si alguna vez volvía a poner el pie sobre tierra firme, regresaría inmediatamente a casa de mi padre y jamás volvería a subir a un barco mientras viviera; que seguiría sus consejos y nunca volvería a precipitarme en miserias semejantes.
Entonces comprendí claramente la sabiduría de sus observaciones acerca de la condición media de la vida: cuán tranquila y cómodamente había vivido siempre, sin verse jamás expuesto a tempestades en el mar ni a dificultades en tierra. Y resolví que volvería a casa de mi padre como un verdadero hijo pródigo arrepentido.
Aquellos pensamientos prudentes y serenos permanecieron conmigo mientras duró la tormenta e incluso durante algún tiempo después. Pero al día siguiente el viento disminuyó y el mar se calmó, y comencé poco a poco a acostumbrarme. Aun así permanecí sombrío durante toda aquella jornada, pues seguía algo mareado. Sin embargo, al caer la noche el tiempo despejó por completo, el viento cesó y siguió una tarde deliciosamente apacible. El sol se puso completamente despejado y volvió a salir igual a la mañana siguiente; apenas soplaba viento alguno, el mar estaba tranquilo y la luz del sol brillando sobre él ofrecía, según pensé, la vista más encantadora que jamás había contemplado.
Había dormido bien durante la noche y ya no me sentía mareado, sino alegre y maravillado al contemplar aquel mar que el día anterior había sido tan terrible y embravecido y que tan poco después podía mostrarse tan apacible y agradable.
Y entonces, para impedir que mis buenas resoluciones perduraran, se acercó a mí mi compañero —el mismo que me había persuadido para marcharme— y, dándome unas palmadas en el hombro, me dijo:
—Bueno, Bob, ¿cómo te encuentras después de eso? Apostaría a que anoche estabas muerto de miedo cuando sopló aquella simple racha.
—¿Llamas a eso una simple racha? —respondí—. Fue una tormenta terrible.
—¿Una tormenta, necio? —replicó él—. ¿Llamas tormenta a eso? ¡No fue nada! Danos un buen barco y mar abierto y no nos preocuparemos por una ráfaga semejante. Pero tú no eres más que un marinero de agua dulce, Bob. Vamos, déjanos que tomemos un poco de ponche y olvidemos todo esto. ¿No ves qué tiempo tan magnífico hace ahora?
Para abreviar esta triste parte de mi historia, seguimos el camino habitual de todos los marineros: se preparó el ponche y yo acabé medio ebrio. Y en aquella sola noche de desenfreno ahogué todo mi arrepentimiento, todas mis reflexiones sobre mi conducta pasada y todas mis resoluciones para el futuro.
En resumen, así como el mar había recuperado su calma y suavidad tras la tormenta, también la agitación de mis pensamientos desapareció; olvidé mis temores de ser tragado por las aguas y regresó el curso de mis antiguos deseos. Olvidé por completo los votos y promesas que había hecho en mi angustia.
Es cierto que todavía tenía algunos momentos de reflexión; pensamientos serios intentaban de vez en cuando volver a mí. Pero yo los rechazaba y me sacudía de ellos como si fueran una enfermedad; entregándome a la bebida y a la compañía, pronto conseguí dominar el regreso de aquellos arrebates —pues así los llamaba— y en cinco o seis días había logrado una victoria sobre mi conciencia tan completa como cualquier joven que resolviera no dejarse perturbar por ella pudiera desear.
Sin embargo, aún me aguardaba otra prueba; y la Providencia, como suele hacer en tales casos, decidió dejarme completamente sin excusa. Porque si no aceptaba aquello como una liberación, la siguiente sería tal que hasta el peor y más endurecido de nosotros reconocería tanto el peligro como la misericordia recibida.
Al sexto día de navegación llegamos a Yarmouth Roads. Como el viento había sido contrario y el tiempo calmado, apenas habíamos avanzado desde la tormenta. Allí nos vimos obligados a echar el ancla y permanecimos fondeados, pues el viento seguía soplando en contra —es decir, desde el sudoeste— durante siete u ocho días. Durante ese tiempo muchos barcos procedentes de Newcastle entraron también en aquel fondeadero, utilizado comúnmente como refugio donde las embarcaciones aguardaban vientos favorables para remontar el río.
Sin embargo, no habríamos permanecido allí tanto tiempo de no haber sido porque el viento soplaba con demasiada fuerza y, tras cuatro o cinco días de espera, arreció violentamente. Aun así, como aquel lugar era considerado tan seguro como un puerto, el fondeadero era bueno y nuestros aparejos de fondeo muy resistentes, los marineros permanecían tranquilos y sin la menor preocupación por el peligro, pasando el tiempo entre descanso y diversiones, a la manera de la gente de mar.
Pero al octavo día, por la mañana, el viento aumentó todavía más y toda la tripulación fue puesta a trabajar para abatir los masteleros y asegurar todo cuanto fuera posible, de modo que el barco resistiera el temporal con la mayor estabilidad. Hacia el mediodía el mar se levantó de forma espantosa; nuestro navío se hundía de proa entre las olas, embarcando enormes cantidades de agua, y más de una vez pensamos que las anclas habían cedido. Entonces el capitán ordenó largar el ancla de respeto, de modo que quedamos sostenidos por dos anclas a proa, con los cables soltados hasta su máxima extensión.
Para entonces soplaba ya una verdadera y terrible tormenta; y empecé a ver terror y espanto incluso en los rostros de los propios marineros. El capitán, aunque vigilante y ocupado en todo lo necesario para salvar el barco, al pasar junto a mí entrando y saliendo de su camarote murmuraba varias veces para sí mismo:
—¡Señor, ten misericordia de nosotros! ¡Estamos perdidos! ¡Estamos completamente perdidos!
Durante aquellas primeras horas de confusión yo permanecía aturdido, tumbado en mi camarote, situado en la entrecubierta, y apenas puedo describir mi estado de ánimo. Me costaba recuperar el arrepentimiento inicial que tan evidentemente había pisoteado y endurecido dentro de mí. Pensaba que el amargor de la muerte ya había pasado y que aquello no sería como la primera tormenta; pero cuando el propio capitán pasó junto a mí y dijo que todos pereceríamos, me invadió un espanto terrible.
Salí entonces de mi camarote y miré hacia afuera; jamás contemplé espectáculo tan espantoso. El mar levantaba olas tan altas como montañas y rompía sobre nosotros cada tres o cuatro minutos. Y cuando lograba mirar alrededor, no veía más que desolación. Dos barcos anclados cerca de nosotros habían cortado sus mástiles al ras por ir demasiado cargados; nuestros hombres gritaban que otro navío, fondeado aproximadamente a una milla de distancia, se había hundido.
Otros dos barcos, arrancados de sus anclas, habían sido empujados mar adentro sin control alguno y sin conservar un solo mástil en pie. Las embarcaciones más ligeras resistían mejor, pues sufrían menos el embate de las olas; aunque dos o tres de ellas pasaron muy cerca de nosotros, arrastradas por el viento y navegando únicamente con la vela de cebadera.
Hacia el anochecer, el primer oficial y el contramaestre rogaron al capitán de nuestro barco que permitiera cortar el trinquete, cosa a la que él se resistía mucho; pero el contramaestre insistió en que, si no lo hacían, el navío se iría a pique, y finalmente el capitán consintió. Una vez cortado el trinquete, el palo mayor quedó tan suelto y hacía estremecer tanto la nave, que se vieron obligados también a cortarlo, dejando así la cubierta despejada.
Cualquiera puede imaginar en qué estado me hallaba yo en medio de todo aquello, siendo apenas un joven marinero y habiendo sentido ya antes semejante espanto por una tormenta mucho menor. Pero si ahora puedo expresar los pensamientos que me asaltaban entonces, diré que el horror que sentía por haber abandonado mis primeras convicciones y haber regresado a las perversas resoluciones iniciales era diez veces mayor que mi miedo a la muerte misma. Y todo ello, unido al terror de la tormenta, me sumió en un estado imposible de describir con palabras.
Pero lo peor aún no había llegado. La tempestad continuó con tal furia que los propios marineros confesaban no haber visto jamás otra igual. El barco era sólido, pero iba muy cargado y se balanceaba pesadamente entre las olas, de modo que los marineros exclamaban a cada momento que acabaría hundiéndose. En una cosa tuve ventaja: no sabía qué significaba exactamente que un barco se fuera a pique hasta que lo pregunté.
Sin embargo, el temporal era tan violento que vi algo poco frecuente: al capitán, al contramaestre y a otros hombres más sensatos que el resto rezando y esperando a cada instante que el barco desapareciera bajo las aguas. A medianoche, en medio de todas nuestras desgracias, uno de los hombres que había bajado a inspeccionar regresó gritando que el barco hacía agua; otro añadió que ya había cuatro pies de agua en la bodega. Entonces llamaron a toda la tripulación a las bombas de achique.
Al escuchar aquellas palabras sentí que el corazón se me detenía dentro del pecho, y caí hacia atrás sobre el borde de la cama de mi camarote. Sin embargo, los hombres me sacudieron y me dijeron que, si antes había sido inútil para cualquier tarea, al menos era tan capaz como cualquier otro de accionar una bomba. Así que me levanté y me puse a trabajar en ella con todas mis fuerzas.
Mientras hacíamos esto, el capitán, al ver algunos barcos carboneros ligeros que, incapaces de resistir la tormenta, habían tenido que cortar amarras y dejarse llevar mar adentro, y que pasaban cerca de nosotros, ordenó disparar un cañón como señal de auxilio. Yo, que no comprendía lo que aquello significaba, pensé que el barco se había partido o que había ocurrido alguna catástrofe terrible. En resumen, el espanto fue tal que caí desmayado.
Y como en aquel momento cada hombre debía preocuparse únicamente de salvar su propia vida, nadie prestó atención a lo que me ocurría; otro marinero ocupó mi lugar en la bomba y, apartándome con el pie, me dejó tendido creyendo que estaba muerto. Pasó bastante tiempo antes de que recuperara el sentido.
Seguimos trabajando; pero el agua continuaba aumentando en la bodega y resultaba evidente que el barco acabaría hundiéndose. Y aunque la tormenta comenzó a disminuir un poco, era imposible que la nave pudiera mantenerse a flote hasta alcanzar puerto alguno, de modo que el capitán siguió disparando cañones pidiendo ayuda.
Finalmente, un barco ligero que había resistido la tormenta fondeado delante de nosotros se atrevió a enviarnos un bote. Fue con grandísimo peligro que la embarcación consiguió acercarse; pero nos era imposible subir a ella o mantenerla junto al costado del navío. Al final, los hombres del bote, remando con todas sus fuerzas y arriesgando sus vidas para salvar las nuestras, lograron acercarse lo suficiente para que nuestros marineros les arrojaran una cuerda con un flotador atado. Después de mucho esfuerzo y peligro consiguieron sujetarla, y nosotros los fuimos acercando hasta popa, donde finalmente pudimos embarcar todos en el bote.
Una vez dentro, comprendimos que era inútil intentar regresar al barco que nos auxiliaba, así que todos acordamos dejar que el bote derivara y remar únicamente para acercarnos cuanto fuera posible a la costa. Nuestro capitán prometió además que, si el bote se destrozaba contra la orilla, él indemnizaría a su dueño.
Así, entre remos y corrientes, avanzamos hacia el norte, inclinándonos hacia tierra casi hasta Winterton Ness.
No habíamos estado fuera de nuestro barco ni siquiera un cuarto de hora cuando lo vimos hundirse; y entonces comprendí por primera vez lo que realmente significaba que un navío se fuera a pique en el mar.
Debo admitir que apenas tuve valor para levantar la vista cuando los marineros me dijeron que el barco se hundía; pues desde el instante en que prácticamente me arrojaron al bote —más que subir yo por voluntad propia— sentí el corazón muerto dentro de mí, en parte por el terror y en parte por la angustia causada por los pensamientos de lo que todavía me aguardaba.
Mientras nos encontrábamos en aquella situación —los hombres aún luchando con los remos para acercar el bote a tierra— podíamos distinguir, cuando las olas elevaban nuestra embarcación, a numerosas personas corriendo por la playa dispuestas a socorrernos en cuanto llegáramos cerca de la costa. Pero avanzábamos lentamente, y no conseguimos alcanzar tierra hasta después de dejar atrás el faro de Winterton, donde la costa gira hacia el oeste en dirección a Cromer y la tierra amortigua un poco la violencia del viento.
Allí logramos entrar y, aunque no sin grandes dificultades, conseguimos llegar todos sanos y salvos a tierra firme. Más tarde caminamos hasta Yarmouth, donde, como hombres desdichados, fuimos tratados con gran humanidad, tanto por los magistrados de la ciudad —que nos proporcionaron buen alojamiento— como por varios comerciantes y propietarios de barcos, quienes incluso nos dieron dinero suficiente para viajar a Londres o regresar a Hull, según prefiriéramos.
Si en aquel momento hubiese tenido la sensatez de volver a Hull y regresar a casa, habría sido feliz, y mi padre —como en la parábola de nuestro bendito Salvador— habría matado el ternero cebado para celebrar mi regreso; pues al enterarse de que el barco en el que yo había partido se había perdido en Yarmouth Roads, pasó mucho tiempo antes de que tuviera la certeza de que yo no había muerto ahogado.
Pero mi mala estrella me empujaba adelante con una obstinación irresistible; y aunque en numerosas ocasiones mi razón y mi juicio más sereno me gritaban que volviera a casa, no tenía fuerzas para hacerlo. No sé cómo llamar a esto, ni me atreveré a afirmar que se trate de un decreto secreto e irresistible que nos impulsa a convertirnos en instrumentos de nuestra propia destrucción, aun viéndola claramente ante nosotros y precipitándonos hacia ella con los ojos abiertos. Ciertamente, solo alguna desgracia inevitable, de la que me fuera imposible escapar, pudo empujarme hacia adelante contra los serenos razonamientos y persuasiones de mis pensamientos más íntimos, y contra dos advertencias tan evidentes como las que había recibido en mi primer intento.
Mi compañero, el mismo que antes había contribuido a endurecerme y que era hijo del capitán, se mostraba ahora mucho menos atrevido que yo. La primera vez que me habló después de llegar a Yarmouth —lo cual no ocurrió hasta dos o tres días más tarde, pues habíamos sido alojados en distintos lugares de la ciudad— noté que su tono había cambiado. Me preguntó con aire melancólico cómo me encontraba y, tras contarle a su padre quién era yo y cómo había emprendido aquel viaje únicamente como prueba antes de aventurarme más lejos, su padre se volvió hacia mí con gesto grave y preocupado.
—Joven —me dijo—, usted no debería volver a hacerse a la mar jamás. Tome esto como una señal clara y visible de que no está destinado a ser hombre de mar.
—¿Y usted, señor? —pregunté—. ¿No volverá a navegar?
—Ese es otro asunto —respondió—. Navegar es mi profesión y, por tanto, mi deber. Pero usted hizo este viaje únicamente como prueba, y ya ha visto qué muestra le ha dado el Cielo de lo que puede esperar si persiste. Tal vez todo esto nos haya sucedido por su causa, como ocurrió con Jonás en el barco de Tarsis. Dígame, ¿quién es usted y por qué decidió hacerse a la mar?
Entonces le conté parte de mi historia; y cuando terminé, él estalló en una especie de arrebato extraño:
—¿Qué habré hecho yo —exclamó— para que semejante desdichado subiera a mi barco? ¡No volvería a poner un pie en la misma nave que usted ni por mil libras!
Aquello fue, como ya he dicho, un arrebato nacido de la agitación que todavía le causaban las pérdidas sufridas, y fue mucho más lejos de lo que realmente le correspondía decir. Más tarde, sin embargo, volvió a hablarme muy seriamente, exhortándome a regresar junto a mi padre y a no tentar a la Providencia para mi propia ruina. Me dijo que podía ver claramente la mano del Cielo levantada contra mí.
—Y, joven —añadió—, créame: si no regresa, vaya donde vaya no encontrará más que desastres y decepciones, hasta que las palabras de su padre se cumplan sobre usted.
Nos separamos poco después, pues apenas respondí a sus palabras, y nunca volví a verlo; no sé siquiera adónde fue.
En cuanto a mí, llevando algo de dinero en el bolsillo, viajé por tierra hasta Londres. Y tanto durante el trayecto como después de llegar allí tuve numerosas luchas internas acerca de qué rumbo debía tomar en la vida y si debía volver a casa o regresar al mar.
En cuanto a regresar al hogar, la vergüenza se alzaba contra los mejores pensamientos que acudían a mi mente. Inmediatamente imaginaba cómo se burlarían de mí los vecinos, y sentía vergüenza no solo ante mis padres, sino ante cualquiera que me conociera. Desde entonces he observado muchas veces cuán incongruente e irracional es el carácter común de la humanidad, especialmente el de los jóvenes, respecto de la razón que debería guiarlos en tales casos: pues no se avergüenzan de pecar, y sin embargo sí se avergüenzan de arrepentirse; no sienten vergüenza de acciones por las cuales justamente deberían ser considerados necios, pero sí del arrepentimiento que podría devolverles la estimación de hombres sensatos.
En esta situación permanecí durante algún tiempo, sin saber qué medidas tomar ni qué clase de vida seguir. Y aunque una fuerte resistencia interior me impedía regresar a casa, cuanto más tiempo permanecía lejos más se desvanecía el recuerdo de las desgracias que había sufrido; y a medida que aquel recuerdo se debilitaba, también desaparecía el poco deseo que aún conservaba de volver, hasta que finalmente abandoné por completo esa idea y comencé a buscar una nueva travesía.
Capítulo II: Esclavitud Y Fuga
Aquella influencia funesta que me había apartado por primera vez de la casa de mi padre —la misma que me precipitó hacia la vaga y mal concebida idea de hacer fortuna y que grabó aquellas fantasías con tanta fuerza en mi mente como para volverme sordo a todo buen consejo, así como a las súplicas e incluso a las órdenes de mi padre—, digo, aquella misma influencia, fuese lo que fuese, puso ante mis ojos la más desafortunada de todas las empresas; y terminé embarcando en un navío con destino a la costa de África o, como vulgarmente la llamaban nuestros marineros, un viaje a Guinea.
Fue una gran desgracia para mí que, en todas aquellas aventuras, nunca me enrolara verdaderamente como marinero. Aunque quizá habría tenido que trabajar algo más que los demás, también habría aprendido las tareas y deberes propios de un marinero raso, y con el tiempo podría haber llegado a convertirme en oficial o teniente, si no incluso en capitán. Pero, como siempre parecía destinado a escoger el peor camino, así ocurrió también entonces; pues llevando dinero en los bolsillos y buenas ropas sobre mis espaldas, embarcaba siempre con el atuendo de un caballero, de modo que no desempeñaba tarea alguna a bordo ni aprendía realmente a hacer nada.
Tuve la fortuna, en primer lugar, de encontrar en Londres bastante buena compañía, cosa que no suele sucederle a jóvenes tan descarriados y desorientados como yo era entonces; pues el demonio rara vez deja de tenderles alguna trampa desde muy temprano. Sin embargo, conmigo no ocurrió así. Conocí al capitán de un barco que había comerciado en la costa de Guinea y que, tras haber tenido mucho éxito allí, estaba decidido a volver. Aquel capitán, habiendo tomado simpatía por mi conversación —que por aquel entonces no resultaba desagradable— y oyéndome decir que deseaba conocer mundo, me propuso acompañarlo en el viaje sin gasto alguno por mi parte. Sería su compañero de mesa y de camarote; y si llevaba conmigo alguna mercancía, podría aprovechar todas las ventajas que el comercio permitiera. Tal vez, añadió, podría incluso encontrar alguna oportunidad favorable.
Acepté la oferta, y entablando una estrecha amistad con aquel capitán —hombre honrado y de buen trato— hice el viaje con él llevando una pequeña inversión propia, la cual, gracias a la honradez desinteresada de mi amigo, aumentó considerablemente. Invertí unas cuarenta libras esterlinas en pequeñas mercancías y baratijas que el capitán me indicó comprar. Había reunido aquel dinero con ayuda de algunos parientes con quienes mantenía correspondencia y quienes, sospecho, lograron convencer a mi padre o al menos a mi madre de contribuir con aquella suma para mi primera aventura comercial.
Este fue el único viaje que puedo llamar exitoso entre todas mis empresas, y se lo debo por completo a la integridad y honradez de mi amigo el capitán. Bajo su tutela adquirí también un conocimiento competente de matemáticas y de las reglas de navegación; aprendí a llevar el cálculo del rumbo del barco, hacer observaciones astronómicas y, en resumen, a comprender varias cosas necesarias para un marino. Porque, así como él disfrutaba instruyéndome, yo disfrutaba aprendiendo. En pocas palabras, aquel viaje me convirtió tanto en marinero como en comerciante; pues regresé con cinco libras y nueve onzas de polvo de oro procedentes de mi inversión, lo cual me produjo en Londres, al volver, cerca de trescientas libras esterlinas. Y ello llenó mi espíritu de aquellos pensamientos ambiciosos que después terminarían consumando mi ruina.
No obstante, incluso en aquel viaje sufrí mis desgracias; particularmente el hecho de estar constantemente enfermo, víctima de una violenta calentura causada por el excesivo calor del clima, pues nuestro principal comercio se realizaba en la costa comprendida entre los quince grados de latitud norte y la línea ecuatorial misma.
Me había convertido ya en comerciante de Guinea; y mi amigo, para mi gran desgracia, murió poco después de su regreso. Decidí entonces repetir el mismo viaje y embarqué en la misma nave bajo el mando de quien había sido su primer oficial en la expedición anterior y que ahora ocupaba el puesto de capitán.
Aquel fue el viaje más desdichado que jamás haya emprendido hombre alguno. Aunque no invertí las cien libras completas de mi recién adquirida fortuna —de modo que conservaba aún doscientas libras depositadas en manos de la viuda de mi amigo, quien se comportó conmigo con absoluta honestidad—, caí en terribles calamidades.
La primera fue esta: mientras nuestro barco seguía rumbo hacia las Islas Canarias, o más bien entre aquellas islas y la costa africana, fuimos sorprendidos al amanecer por un corsario turco de Salé, que inmediatamente se lanzó en nuestra persecución desplegando toda la vela posible. Nosotros también desplegamos toda la vela que podía soportar nuestros mástiles y vergas para intentar escapar; pero al ver que el pirata ganaba terreno y que sin duda nos alcanzaría en pocas horas, nos preparamos para combatir. Nuestro barco llevaba doce cañones y el corsario dieciocho.
Hacia las tres de la tarde logró alcanzarnos y, equivocándose en la maniobra, se quedó atravesado a nuestra aleta en vez de situarse a popa, como pretendía. Eso nos permitió apuntarle ocho de nuestros cañones y descargar una andanada que lo obligó a apartarse momentáneamente, aunque respondió al fuego y disparó además abundantes perdigones con los cerca de doscientos hombres que llevaba a bordo. A pesar de ello, ninguno de nuestros hombres resultó herido, pues todos se mantuvieron bien cubiertos.
El corsario se preparó para atacarnos de nuevo y nosotros para defendernos. Pero en el segundo abordaje logró situarse sobre nuestro otro costado y lanzó sesenta hombres a nuestra cubierta, quienes comenzaron inmediatamente a cortar y destrozar velas y aparejos. Nosotros los rechazábamos con disparos, medias picas, barriles de pólvora y todo cuanto encontrábamos a mano, logrando desalojarlos dos veces de cubierta. Sin embargo, para abreviar esta triste parte de mi relato, nuestro barco quedó inutilizado, tres de nuestros hombres murieron y ocho resultaron heridos, por lo que finalmente nos vimos obligados a rendirnos. Fuimos llevados prisioneros a Salé, puerto perteneciente a los moros.
El trato que recibí allí no fue tan terrible como había imaginado al principio. Tampoco fui conducido tierra adentro a la corte del emperador, como les ocurrió a otros de nuestros hombres; sino que el capitán corsario me retuvo como parte de su botín personal y me convirtió en su esclavo, pues yo era joven, ágil y útil para sus tareas.
Ante aquel repentino cambio de fortuna —de comerciante a miserable esclavo— quedé completamente abatido. Entonces recordé las palabras proféticas de mi padre, quien me había dicho que sería desgraciado y no tendría a nadie que me auxiliara; y pensé que aquello se había cumplido ya de forma tan absoluta que mi situación no podía empeorar. La mano del Cielo me había alcanzado, y estaba perdido sin remedio. Pero, ¡ay!, aquello no era más que un anticipo de las miserias que aún habría de sufrir, como se verá más adelante en esta historia.
Como mi nuevo amo me había llevado a vivir a su casa, yo esperaba que me llevara consigo cuando volviera a hacerse a la mar, creyendo que tarde o temprano tendría la desgracia de ser capturado por un buque de guerra español o portugués, y que entonces yo recobraría la libertad. Pero aquella esperanza se desvaneció pronto; porque cuando él salía al mar me dejaba en tierra cuidando su pequeño jardín y realizando las tareas más humildes de los esclavos domésticos. Y cuando regresaba de sus expediciones, me ordenaba dormir en la cabina para vigilar el barco.
Durante todo aquel tiempo no pensaba en otra cosa que en escapar y en hallar algún medio para lograrlo; pero no encontraba método alguno que tuviera la menor probabilidad de éxito. No había nadie con quien compartir mis planes ni que quisiera arriesgarse conmigo: no había allí otro esclavo inglés, irlandés o escocés aparte de mí. Así, durante dos años enteros, aunque muchas veces me complacía imaginando la fuga, jamás tuve una perspectiva real que me animara a intentarla.
Pasados aproximadamente dos años ocurrió algo inesperado que volvió a despertar en mí la vieja idea de recuperar la libertad. Mi amo, permaneciendo más tiempo de lo habitual en tierra sin preparar su barco —según oí decir, por falta de dinero—, solía salir a pescar una o dos veces por semana, e incluso más cuando el tiempo era favorable, utilizando la lancha del navío. Siempre nos llevaba consigo a mí y a un joven morisco para remar, y conseguíamos divertirlo bastante. Además, resulté muy hábil pescando, tanto que en ocasiones me enviaba únicamente con un moro, pariente suyo, y con el muchacho —al que llamaban morisco— para conseguir pescado para su mesa.
Ocurrió cierta vez que, habiendo salido a pescar en una mañana tranquila, se levantó una niebla tan espesa que, aunque no nos encontrábamos ni a media legua de la costa, la perdimos completamente de vista. Remamos sin saber hacia dónde ni en qué dirección durante todo el día y toda la noche siguiente; y cuando llegó la mañana descubrimos que, en vez de acercarnos a tierra, habíamos remado mar adentro y nos encontrábamos al menos a dos leguas de la costa.
Con todo, logramos regresar sanos y salvos, aunque con gran esfuerzo y cierto peligro; pues el viento comenzó a soplar con bastante fuerza al amanecer. Y además, estábamos todos muertos de hambre.
Pero nuestro amo, advertido por aquel incidente, decidió tomar mayores precauciones en el futuro; y teniendo aún consigo la chalupa del barco inglés que había capturado, resolvió no volver a salir a pescar sin una brújula y algunas provisiones. Ordenó entonces al carpintero de su barco —que también era un esclavo inglés— construir una pequeña cabina en medio de la embarcación, semejante a la de una barcaza, con espacio detrás para gobernar el timón y manejar la escota mayor, y un lugar delante donde uno o dos hombres pudieran trabajar las velas.
La embarcación navegaba con una vela que nosotros llamábamos "vela guaira", y la botavara pasaba por encima de la cabina, la cual era baja y recogida, pero lo bastante cómoda para que él pudiera acostarse dentro junto con uno o dos esclavos. También tenía una mesa para comer y pequeños compartimentos donde guardaba botellas con las bebidas que consideraba oportunas, además de pan, arroz y café.
Salíamos frecuentemente a pescar en aquella lancha; y como yo era especialmente hábil capturando peces para él, nunca iba sin mí. Ocurrió que cierto día había dispuesto salir en aquella embarcación, ya fuera por recreo o para pescar, acompañado de dos o tres moros de cierta importancia en la ciudad, para quienes había preparado abundantes provisiones. Por ello había enviado la noche anterior al bote una cantidad mucho mayor de alimentos de la habitual y me había ordenado preparar tres escopetas con pólvora y munición, pues además de pescar deseaban divertirse cazando aves.
Dejé todo listo tal como me había indicado y esperé a la mañana siguiente con el bote completamente limpio, los estandartes desplegados y todo dispuesto para recibir a los invitados. Pero poco después mi amo subió a bordo solo y me dijo que sus amigos habían pospuesto la salida debido a ciertos asuntos imprevistos. Me ordenó entonces que, como de costumbre, saliera con el hombre y el muchacho a pescar para ellos, pues sus amigos cenarían aquella noche en su casa; y me indicó que, tan pronto como obtuviera suficiente pescado, regresara inmediatamente.
Me dispuse a obedecer; pero en aquel mismo instante mis antiguas ideas de liberación volvieron a cruzar mi mente con fuerza, pues ahora veía que probablemente tendría una pequeña embarcación completamente bajo mi control. Apenas mi amo se marchó, comencé a aprovisionarme, no para una simple jornada de pesca, sino para un viaje. Y aunque no sabía hacia dónde navegaría —ni siquiera me detuve a pensarlo—, mi único deseo era escapar de aquel lugar.
Mi primer plan consistió en fingir ante el moro que necesitábamos algunas provisiones para nosotros, pues le dije que no debíamos atrevernos a comer del pan de nuestro amo. Él respondió que tenía razón y trajo al bote una gran cesta de bizcochos marineros y tres jarras de agua fresca.
Yo sabía dónde guardaba mi amo una caja de botellas que, por su apariencia, era evidente que había sido tomada de algún barco inglés capturado; y aproveché mientras el moro permanecía en tierra para llevarlas discretamente al bote, como si hubieran estado allí desde antes. También introduje una gran cantidad de cera de abeja, que pesaría cerca de medio quintal, junto con cuerda, hilo, un hacha, una sierra y un martillo; todo lo cual nos sería de enorme utilidad más adelante, especialmente la cera para fabricar velas.
Además, puse en práctica otro pequeño engaño del que él cayó inocentemente víctima. Su nombre era Ismael, aunque también lo llamaban Muley o Moely; así que le dije:
—Moely, las armas de nuestro amo están a bordo. ¿No podrías conseguir un poco de pólvora y munición? Tal vez podamos matar algunas alcámias —unas aves parecidas a nuestras zarapitas— para nosotros. Sé que guarda los suministros del artillero en el barco.
—Sí —respondió él—, traeré algo.
Y efectivamente regresó con una gran bolsa de cuero que contenía cerca de libra y media de pólvora, quizá más, además de otra bolsa con cinco o seis libras de perdigones y algunas balas. Lo puso todo dentro del bote.
Al mismo tiempo yo había encontrado más pólvora de mi amo en la gran cabina y llené con ella una de las grandes botellas de la caja, que estaba casi vacía, vertiendo el contenido restante en otra botella. Así, provistos ya de todo lo necesario, zarpamos del puerto para ir a pescar.
La fortaleza situada en la entrada del puerto nos reconoció y no prestó atención alguna a nuestra salida. No habíamos avanzado más de una milla cuando recogimos parte de la vela y nos dispusimos a pescar. El viento soplaba del norte-noreste, justamente en dirección contraria a mis deseos; pues si hubiera soplado del sur habría estado seguro de alcanzar la costa de España y quizá incluso la bahía de Cádiz. Pero mi resolución era firme: soplara el viento hacia donde soplara, abandonaría aquel horrible lugar y dejaría el resto al destino.
Después de pescar durante algún tiempo sin capturar nada —porque cuando algún pez mordía mi anzuelo yo evitaba recogerlo para que el moro no lo viera— le dije:
—Así no conseguiremos nada. Nuestro amo no quedará satisfecho. Debemos alejarnos más de la costa.
Él, sin sospechar nada, estuvo de acuerdo. Como se encontraba en la proa, desplegó las velas; y yo, que llevaba el timón, hice avanzar la embarcación casi una legua más mar adentro. Entonces fingí detenerme para pescar de nuevo. Entregué el timón al muchacho y avancé hacia donde estaba el moro; inclinándome como si fuera a tomar algo detrás de él, lo sorprendí pasando el brazo bajo su cintura y lo arrojé al mar.
Emergió inmediatamente, pues nadaba como un corcho, y comenzó a suplicarme que lo recogiera, prometiéndome que me seguiría hasta cualquier parte del mundo. Nadaba tan rápido tras el bote que pronto habría conseguido alcanzarnos, pues apenas soplaba viento alguno. Entonces entré en la cabina, tomé una de las escopetas y apuntándole le dije que no le había hecho daño y que tampoco se lo haría si permanecía tranquilo.
—Pero —añadí— nadas perfectamente bien y el mar está en calma. Haz lo posible por llegar a la costa y no te haré ningún daño. Sin embargo, si te acercas al bote te atravesaré la cabeza de un disparo, porque estoy decidido a recuperar mi libertad.
Al oír esto se dio la vuelta y nadó hacia la costa. No tengo duda de que llegó fácilmente, pues era un excelente nadador.
Habría estado dispuesto incluso a llevar conmigo a aquel moro y arrojar al muchacho al mar, pero no me atreví a confiar en él. Cuando el moro desapareció, me volví hacia el chico —a quien llamaban Xury— y le dije:
—Xury, si me eres fiel, haré de ti un gran hombre; pero si no te llevas la mano al rostro y juras decirme siempre la verdad —es decir, jurar por Mahoma y por la barba de tu padre—, tendré que arrojarte también al mar.
El muchacho me sonrió con tanta inocencia que me fue imposible desconfiar de él. Juró serme fiel y seguirme a cualquier parte del mundo.
Mientras el moro seguía aún a la vista nadando hacia tierra, dirigí inmediatamente el bote mar adentro, navegando hacia barlovento para que pensaran que me dirigía hacia el estrecho de Gibraltar —como cualquiera habría supuesto razonablemente—; pues nadie imaginaría que habíamos puesto rumbo al sur, hacia la verdadera costa bárbara, donde naciones enteras de negros podrían rodearnos en sus canoas y destruirnos, y donde no podríamos desembarcar sin ser devorados ya fuera por bestias salvajes o por hombres aún más salvajes.
Pero en cuanto cayó la noche cambié de rumbo y navegué directamente hacia el sur-sureste, inclinando un poco la derrota hacia el este para no perder de vista la costa. Y con un viento favorable y constante y un mar tranquilo avanzamos tan rápidamente que, al día siguiente hacia las tres de la tarde, cuando distinguí tierra por primera vez, calculé que nos encontrábamos al menos ciento cincuenta millas al sur de Salé; completamente fuera de los dominios del emperador de Marruecos y, en realidad, de cualquier otro reino cercano, pues no vimos señal alguna de habitantes.
Sin embargo, tal era el terror que me inspiraban los moros y tan grande el miedo de volver a caer en sus manos, que no quise detenerme ni acercarme a tierra ni echar el ancla. El viento continuó siendo favorable y seguí navegando de aquella manera durante cinco días. Después cambió hacia el sur, y concluí que, si alguno de nuestros barcos nos perseguía, probablemente ya habría abandonado la búsqueda. Entonces me atreví a acercarme a la costa y eché el ancla en la desembocadura de un pequeño río, aunque ignoraba por completo cuál era, en qué país me encontraba o qué pueblo habitaba aquellas tierras.
No vi a nadie ni deseaba ver a nadie. Lo principal que necesitaba era agua fresca. Entramos en aquella ensenada al anochecer, resueltos a nadar hasta tierra tan pronto como oscureciera por completo para explorar el lugar. Pero apenas cayó la noche escuchamos tan espantosos ladridos, rugidos y aullidos de criaturas salvajes —sin saber siquiera de qué clase eran— que el pobre Xury estuvo a punto de morir de miedo y me suplicó que no desembarcáramos hasta el amanecer.
—Bien, Xury —le respondí—, entonces no lo haremos. Aunque quizá de día encontremos hombres tan peligrosos para nosotros como esos leones.
—Entonces nosotros dar disparo escopeta—dijo Xury riendo— y hacerlos huir.
Aquel era el inglés que Xury había aprendido conviviendo con nosotros los esclavos. Sin embargo, me alegró ver al muchacho tan animado y le di un trago de licor —tomado de las botellas de nuestro amo— para reconfortarlo.
Después de todo, el consejo de Xury era acertado y decidí seguirlo. Echamos nuestra pequeña ancla y permanecimos quietos toda la noche. Y digo quietos porque no dormimos en absoluto; pues al cabo de dos o tres horas vimos enormes criaturas —no sabíamos cómo llamarlas— de distintas especies bajar hasta la orilla del mar y meterse en el agua, revolcándose y bañándose para refrescarse. Y lanzaban unos aullidos y gritos tan espantosos que jamás había oído cosa semejante.
Xury estaba terriblemente asustado, y la verdad es que yo también lo estaba; pero ambos sentimos aún más miedo cuando oímos a una de aquellas enormes criaturas acercarse nadando hacia nuestro bote. No podíamos verla, pero por el sonido de su respiración comprendimos que se trataba de una bestia monstruosamente grande y feroz. Xury dijo que era un león, y bien podía serlo por lo que yo sabía; el pobre muchacho me suplicó entonces que levantáramos el ancla y huyéramos remando.
—No, Xury —le respondí—; podemos cortar el cable del ancla, dejar la boya y salir mar adentro. No podrán seguirnos demasiado lejos.
Apenas había pronunciado aquellas palabras cuando distinguí a la criatura —fuera lo que fuese— a apenas dos remos de distancia, lo cual me sobresaltó enormemente. Sin embargo, me acerqué de inmediato a la puerta de la cabina, tomé mi arma y disparé contra ella. Al instante dio media vuelta y nadó de regreso hacia la costa.
Pero resulta imposible describir los horribles ruidos, los espantosos gritos y aullidos que se levantaron tanto en la orilla como tierra adentro al sonido del disparo; algo que me hizo pensar que aquellas criaturas jamás habían oído antes el estampido de un arma de fuego. Aquello me convenció de que no había forma alguna de desembarcar en aquella costa durante la noche; y cómo atrevernos a hacerlo de día era otra cuestión igual de difícil, pues caer en manos de salvajes habría sido casi tan terrible como caer en las garras de leones y tigres. Al menos, así de grande era nuestro temor.
Fuera como fuese, necesitábamos desembarcar en algún lugar para conseguir agua, pues no nos quedaba ni una pinta en el bote. La cuestión era cuándo y dónde hacerlo. Xury me dijo que, si yo lo dejaba ir con una de las vasijas, él buscaría agua y me traería un poco.
Le pregunté por qué debía ir él y no yo, quedándose él en el bote. El muchacho respondió con tanto afecto que desde entonces no pude evitar quererlo.
—Si hombres salvajes venir —dijo—, ellos comerme a mí y usted huir.
—Bien, Xury —respondí—, iremos los dos; y si aparecen hombres salvajes, los mataremos. No se comerán a ninguno de nosotros.
Entonces le di un pedazo de bizcocho marinero y un trago de licor de las botellas de nuestro amo que mencioné antes. Acercamos el bote a la costa tanto como nos pareció prudente y avanzamos hasta tierra llevando únicamente nuestras armas y dos recipientes para agua.
No me atreví a alejarme demasiado de la embarcación por temor a que descendieran canoas llenas de salvajes río abajo; pero el muchacho, al divisar una zona baja a aproximadamente una milla tierra adentro, se encaminó hacia allí. Poco después lo vi correr de regreso hacia mí. Pensé que lo perseguía algún salvaje o que había sido atacado por una bestia feroz, así que corrí en su ayuda. Pero al acercarme observé que llevaba algo colgado sobre los hombros: era una criatura parecida a una liebre, aunque de distinto color y patas más largas, que había abatido de un disparo.
Nos alegramos muchísimo, y además resultó ser una carne excelente. Pero la mayor felicidad de Xury era anunciarme que había encontrado agua fresca y no había visto "hombres salvajes".
Más tarde descubrimos que no habría sido necesario alejarnos tanto en busca de agua, pues un poco más arriba de la ensenada donde estábamos el agua se volvía dulce cuando bajaba la marea, la cual penetraba solo una corta distancia río arriba. Llenamos entonces nuestras vasijas, cenamos la liebre que había cazado Xury y nos preparamos para continuar el viaje, sin haber encontrado señal alguna de presencia humana en aquella región.
Como ya había navegado una vez por aquella costa, sabía perfectamente que las Islas Canarias y también las Islas de Cabo Verde no quedaban demasiado lejos del litoral. Pero como no tenía instrumentos para calcular nuestra latitud y tampoco recordaba con exactitud la de aquellas islas, ignoraba hacia dónde debía dirigirme o en qué momento debía alejarme mar adentro para buscarlas. De otro modo, probablemente habría podido encontrarlas sin demasiada dificultad.
Mi esperanza era que, si continuaba navegando junto a la costa hasta alcanzar la zona donde comerciaban los ingleses, encontraría alguno de sus barcos en sus rutas habituales y podrían recogernos y socorrernos.
Según mis mejores cálculos, el lugar donde nos encontrábamos debía de pertenecer a esa región situada entre los dominios del emperador de Marruecos y las tierras de los negros: una zona desierta y despoblada, habitada únicamente por fieras salvajes. Los negros la habían abandonado y se habían desplazado más al sur por temor a los moros, mientras que los moros tampoco consideraban digno habitarla debido a su esterilidad. Y, en verdad, ambos pueblos la evitaban por la enorme cantidad de tigres, leones, leopardos y otras criaturas feroces que vivían allí. Los moros la utilizaban solamente para cazar, internándose en ella como si marcharan a la guerra, con dos o tres mil hombres a la vez.
Y en efecto, durante cerca de cien millas a lo largo de aquella costa no vimos otra cosa que tierras desiertas e inhabitadas durante el día, ni escuchamos nada por la noche aparte de los rugidos y aullidos de las bestias salvajes.
Una o dos veces durante el día creí distinguir el Pico de Tenerife, la elevada cima de la montaña de Tenerife en las Canarias, y tuve grandes deseos de aventurarme mar adentro para intentar llegar allí. Pero después de probarlo dos veces, los vientos contrarios me obligaron a regresar hacia la costa; además, el mar estaba demasiado agitado para una embarcación tan pequeña como la nuestra. Así pues, decidí mantener mi plan original y continuar navegando junto al litoral.
En varias ocasiones me vi obligado a desembarcar para conseguir agua fresca después de abandonar aquel lugar. Recuerdo especialmente una vez en que, muy temprano por la mañana, anclamos bajo un pequeño promontorio bastante elevado. La marea comenzaba a subir y decidimos esperar antes de avanzar más.
Xury, cuyos ojos parecían mucho más atentos que los míos, me llamó en voz baja y me dijo que sería mejor alejarnos un poco de la costa.
—Porque mire —dijo—, allí hay monstruo terrible acostado junto a aquella colina, dormido.
Miré hacia donde señalaba y vi efectivamente una criatura aterradora: era un enorme león tumbado junto a la orilla, bajo la sombra de una parte de la colina que sobresalía ligeramente sobre él.
—Xury —le dije—, irás a tierra y lo matarás.
Xury me miró horrorizado.
—¿Yo matar? ¡Él comerme de un bocado!
Eso era lo que quería decir. No insistí más y le ordené quedarse quieto. Tomé entonces nuestra arma más grande, de calibre casi igual al de un mosquete, y la cargué con una buena cantidad de pólvora y dos balas gruesas. Después cargué otra arma con dos balas normales y la tercera —pues teníamos tres en total— con cinco proyectiles más pequeños.
Apunté lo mejor que pude con la primera arma tratando de acertarle en la cabeza; pero el león descansaba con una pata levantada sobre el hocico y los proyectiles impactaron en la pierna, cerca de la rodilla, rompiéndole el hueso. La bestia se incorporó rugiendo; pero al descubrir que tenía la pata destrozada volvió a caer y logró ponerse en pie únicamente sobre tres patas, lanzando entonces el rugido más espantoso que jamás he escuchado.
Me sorprendió un poco no haberle acertado en la cabeza; sin embargo, tomé inmediatamente la segunda arma y, aunque el animal ya comenzaba a moverse, disparé otra vez y esta vez lo alcancé en la cabeza. Tuve así la satisfacción de verlo desplomarse casi sin emitir sonido alguno, aunque todavía agitándose en los estertores de la muerte.
Entonces Xury cobró ánimo y me pidió permiso para desembarcar.
—Bien, ve —le respondí.
El muchacho saltó al agua y, sosteniendo una pequeña escopeta en una mano mientras nadaba con la otra, llegó hasta la orilla. Acercándose al animal, apoyó el cañón junto a su oreja y volvió a dispararle en la cabeza, acabando definitivamente con él.
Aquello sí que era una presa digna de admiración, aunque no un alimento útil; y lamenté mucho haber desperdiciado tres cargas de pólvora y munición en una criatura que no podía servirnos de comida. Sin embargo, Xury dijo que quería quedarse con alguna parte del animal, y subiendo al bote me pidió el hacha.
—¿Para qué, Xury? —pregunté.
—Yo cortar su cabeza.
No logró cortarle la cabeza, pero sí le arrancó una pata y la llevó consigo. Era descomunalmente grande.
Entonces pensé que quizá la piel del león podría resultarnos útil de alguna manera y decidí intentar despellejarlo. Así que Xury y yo nos pusimos manos a la obra. Debo admitir que él era mucho más hábil que yo en aquel trabajo, pues yo apenas sabía cómo hacerlo.
Nos llevó prácticamente todo el día, pero finalmente conseguimos quitarle la piel. La extendimos sobre el techo de nuestra cabina y el sol la secó completamente en dos días. Más adelante me sirvió de lecho para dormir.
Capítulo III: Naufragio En Una Isla Desierta
Después de aquella parada continuamos navegando hacia el sur durante diez o doce días, subsistiendo con gran moderación a base de nuestras provisiones, que comenzaban ya a escasear considerablemente. Solo nos acercábamos a tierra cuando era absolutamente necesario para conseguir agua fresca. Mi propósito era alcanzar el río Gambia o el Senegal; es decir, cualquier punto cercano al Cabo Verde, donde esperaba encontrar algún barco europeo. Y si no lo conseguía, no sabía qué otro camino podía tomar aparte de buscar las islas o perecer allí entre los negros.
Sabía que todos los barcos procedentes de Europa que navegaban hacia la costa de Guinea, Brasil o las Indias Orientales pasaban por aquel cabo o por aquellas islas. En resumen, toda mi fortuna dependía de una sola posibilidad: encontrar algún barco o morir.
Después de mantener este rumbo durante unos diez días más, comencé a notar señales de que aquellas tierras estaban habitadas. En dos o tres lugares vimos personas de pie en la costa observándonos mientras pasábamos. También pudimos distinguir que eran completamente negras y estaban desnudas.
En una ocasión pensé en acercarme a tierra, pero Xury resultó ser más prudente que yo.
—No ir, no ir —me dijo.
Sin embargo, aproximé el bote un poco más a la costa para intentar comunicarme con ellos, y observé que corrían junto a la orilla siguiéndonos durante bastante distancia. Advertí que no llevaban armas, salvo uno de ellos, que sostenía una vara larga y delgada que Xury identificó como una lanza, capaz de ser arrojada a gran distancia con notable precisión. Por ello mantuve cierta distancia, aunque traté de hablarles mediante señas lo mejor que pude, haciéndoles entender especialmente que necesitábamos comida.
Ellos me hicieron señales para que detuviera el bote y prometieron traernos algo de comer. Entonces arrié parcialmente la vela y permanecimos quietos. Dos de ellos corrieron tierra adentro y regresaron menos de media hora después trayendo dos trozos de carne seca y cierta clase de grano, propio de aquella tierra. No sabíamos qué era ni una cosa ni la otra, pero estábamos dispuestos a aceptarlo.
La dificultad consistía en cómo recibirlo, pues yo no me atrevía a desembarcar y ellos parecían temernos tanto como nosotros a ellos. Sin embargo, encontraron una solución segura para todos: dejaron los alimentos en la playa y se alejaron bastante, esperando a que nosotros los recogiéramos antes de acercarse nuevamente.
Les hicimos señales de agradecimiento, aunque no teníamos nada con qué recompensarlos. Pero justo entonces surgió una excelente ocasión para devolverles el favor.
Mientras permanecíamos cerca de la costa aparecieron dos enormes criaturas descendiendo desde las montañas hacia el mar, una persiguiendo furiosamente a la otra —o eso nos pareció—. No sabíamos si se trataba de un macho persiguiendo a una hembra, ni si jugaban o luchaban; tampoco podíamos saber si aquello era habitual o extraordinario, aunque creo que se trataba de lo segundo. Primero, porque aquellas bestias feroces rara vez aparecían de día; y segundo, porque vimos que la gente se aterrorizó, especialmente las mujeres.
El hombre que llevaba la lanza no huyó, aunque todos los demás sí lo hicieron. Sin embargo, las criaturas no atacaron a ninguno de los negros, sino que se lanzaron directamente al agua y comenzaron a nadar como si solo buscaran divertirse. Finalmente una de ellas comenzó a acercarse a nuestro bote más de lo que yo esperaba.
Yo estaba preparado, pues había cargado mi arma con toda rapidez y ordené a Xury cargar las otras dos. En cuanto la bestia estuvo a tiro disparé y le acerté directamente en la cabeza. Se hundió de inmediato en el agua, aunque volvió a salir casi enseguida, agitándose y sumergiéndose repetidamente como si luchara desesperadamente por vivir, y así era en realidad. Intentó llegar hasta la orilla, pero entre la herida mortal y el agua que la ahogaba murió justo antes de alcanzarla.
Es imposible describir el asombro de aquellas pobres gentes ante el ruido y el fuego de mi arma. Algunos parecieron morir de miedo y cayeron al suelo aterrorizados. Pero cuando vieron a la criatura muerta flotando en el agua y les hice señales para que se acercaran a la orilla, recobraron el ánimo y comenzaron a buscarla.
Yo localicé el lugar donde estaba gracias a la sangre que teñía el agua y, con ayuda de una cuerda que até alrededor de su cuerpo y lancé a los negros, consiguieron arrastrarlo hasta tierra. Descubrieron entonces que se trataba de un magnífico leopardo, hermosamente manchado y de extraordinaria belleza. Los negros levantaban las manos admirados, preguntándose con qué clase de poder había logrado matarlo.
La otra criatura, espantada por el fogonazo y el estruendo del disparo, nadó rápidamente hacia tierra y huyó hacia las montañas de donde había venido. Desde aquella distancia no pude distinguir qué animal era exactamente.
Pronto comprendí que los negros deseaban comer la carne del leopardo, y decidí permitírselo como una muestra de amistad. Cuando les hice entender mediante señas que podían quedárselo, se mostraron enormemente agradecidos. Se pusieron inmediatamente a trabajar sobre el animal; y aunque no tenían cuchillos, con simples trozos de madera afilada lograron despellejarlo tan fácilmente —o incluso mejor— como nosotros habríamos hecho con cuchillos.
Me ofrecieron parte de la carne, pero la rechacé, indicándoles que se la regalaba toda a ellos. En cambio, les pedí por señas la piel, la cual me entregaron de muy buena gana. Además, me trajeron más provisiones de las suyas, que acepté aunque no comprendía exactamente qué eran.
Luego les hice señales de que necesitábamos agua. Les mostré una de nuestras vasijas boca abajo para indicarles que estaba vacía y que deseaba llenarla. Llamaron entonces a algunos de sus compañeros y aparecieron dos mujeres llevando un gran recipiente de barro cocido, probablemente endurecido al sol. Lo dejaron junto a nosotros del mismo modo que antes, y envié a Xury a tierra con nuestras jarras para llenarlas.
Las mujeres, igual que los hombres, iban completamente desnudas.
Ya provistos de raíces, grano —fuera cual fuese— y agua, nos despedimos de aquellos negros amistosos y continuamos nuestro viaje durante once días más, sin acercarnos nuevamente a la costa. Finalmente vi que la tierra se internaba considerablemente en el mar, extendiéndose unas cuatro o cinco leguas delante de nosotros. Como el mar estaba muy tranquilo, me mantuve bastante alejado para rodear aquel cabo.
Al doblarlo, aproximadamente a dos leguas de tierra firme, distinguí claramente más tierra mar adentro. Entonces comprendí —como efectivamente era cierto— que aquel debía de ser el Cabo Verde y aquellas las islas conocidas con el mismo nombre.
Sin embargo, estaban muy lejos, y yo no sabía qué decisión tomar; pues si se levantaba un viento fuerte, quizá no conseguiría alcanzar ni el cabo ni las islas.
Mientras me hallaba en esta incertidumbre, sumido en profundas reflexiones, entré en la cabina y me senté, dejando a Xury al timón. De repente el muchacho gritó:
—¡Amo, amo, barco con vela!
El pobre chico estaba fuera de sí del miedo, creyendo que debía tratarse de alguna embarcación enviada por su antiguo amo para perseguirnos. Pero yo sabía que nos encontrábamos demasiado lejos para eso.
Salté inmediatamente fuera de la cabina y distinguí no solo el barco, sino que además se trataba de una nave portuguesa. Por su rumbo pensé al principio que se dirigía hacia la costa de Guinea para comerciar con negros; pero al observar mejor su trayectoria comprendí que navegaba hacia otro destino y que no pensaba acercarse a tierra.
Entonces dirigí nuestro bote mar adentro cuanto pude, decidido a intentar comunicarme con ellos.
Aunque izamos toda la vela posible comprendí que no lograría interceptarlos antes de que desaparecieran. Pero cuando ya comenzaba a desesperar, ellos debieron descubrir mediante sus catalejos que se trataba de un bote europeo, probablemente perteneciente a algún barco naufragado, pues redujeron velas para permitirme alcanzarlos.
Aquello me devolvió el ánimo y, como aún llevaba a bordo el estandarte de mi amo, lo agité como señal de auxilio y además disparé un arma. Más tarde me dijeron que vieron el humo, aunque no llegaron a oír el disparo.
Ante aquellas señales, muy amablemente detuvieron su marcha y esperaron por nosotros. Aproximadamente tres horas después logré llegar hasta ellos.
Me preguntaron quién era en portugués, español y francés, pero yo no entendía ninguno de aquellos idiomas. Finalmente un marinero escocés que viajaba a bordo me habló en inglés.
Le respondí y le expliqué que era inglés y que había escapado de la esclavitud de los moros en Salé. Entonces me invitaron a subir a bordo y me recibieron con enorme bondad, junto con todas mis pertenencias.
Fue para mí una alegría indescriptible —como cualquiera podrá imaginar— verme así liberado, según lo consideraba entonces, de una condición tan miserable y casi desesperada como aquella en la que me encontraba; y de inmediato ofrecí al capitán del barco todo cuanto poseía como recompensa por haberme salvado. Pero él, con gran generosidad, me respondió que no aceptaría nada de mí, y que todo lo que llevaba sería entregado sano y salvo cuando llegáramos al Brasil.
—Porque —me dijo— te he salvado la vida en las mismas condiciones en que yo desearía ser salvado. Y puede ocurrir que algún día me encuentre en una situación semejante. Además, cuando te lleve al Brasil, tan lejos de tu patria, si te quitara lo poco que tienes, morirías allí de hambre; y entonces no haría más que arrebatar la vida que acabo de salvarte. No, no, señor inglés; te llevaré por caridad, y esas cosas te servirán para sostenerte allí y para costear tu regreso a casa.
Tan caritativo fue en sus palabras como exacto en cumplirlas; pues ordenó a los marineros que nadie tocara nada de lo que me pertenecía. Después tomó todo bajo su custodia y me entregó un inventario preciso de mis bienes, para que me fueran devueltos íntegramente, hasta las tres vasijas de barro.
En cuanto a mi bote, era realmente bueno, y el capitán así lo reconoció. Me dijo que deseaba comprármelo para usarlo en su barco y me preguntó cuánto quería por él. Le respondí que había sido tan generoso conmigo en todo que no podía poner precio a la embarcación y que lo dejaba enteramente a su criterio. Entonces me dijo que me entregaría un pagaré por ochenta piezas de a ocho, pagaderas en el Brasil; y que, si allí alguien ofrecía más por el bote, él cubriría la diferencia. También me ofreció otras sesenta piezas de a ocho por mi muchacho Xury, cosa que me costó mucho aceptar; no porque me disgustara que el capitán se lo llevase, sino porque me repugnaba vender la libertad del pobre muchacho, que me había ayudado tan fielmente a recuperar la mía. Sin embargo, cuando le expliqué mis motivos, reconoció que eran justos y me propuso un acuerdo: se comprometería formalmente a concederle la libertad en diez años si se hacía cristiano. Ante esto, y viendo que Xury estaba dispuesto a ir con él, consentí en cedérselo.
Tuvimos una travesía muy buena hasta el Brasil y llegué a la Bahía de Todos los Santos aproximadamente veintidós días después. Y así me vi una vez más libre de una de las condiciones más miserables de la vida; aunque ahora debía decidir qué haría conmigo mismo.
Jamás podré olvidar el trato generoso que me dio aquel capitán. No quiso aceptar nada por mi pasaje; me dio veinte ducados por la piel de leopardo y cuarenta por la del león que llevaba en el bote; hizo que todas mis pertenencias fueran entregadas puntualmente, y compró además cuanto estuve dispuesto a venderle: la caja de botellas, dos de mis armas y parte del bloque de cera de abeja, pues con el resto había fabricado velas. En resumen, obtuve alrededor de doscientas veinte piezas de a ocho por toda mi carga, y con ese capital desembarqué en el Brasil.
No llevaba mucho tiempo allí cuando fui recomendado a la casa de un hombre honrado y de buen carácter, semejante al capitán, que poseía un ingenio, como allí lo llaman; es decir, una plantación y un molino de azúcar. Viví algún tiempo con él y gracias a eso aprendí el modo de cultivar y producir azúcar. Viendo lo bien que vivían los plantadores y la rapidez con que se enriquecían, resolví que, si conseguía licencia para establecerme allí, me convertiría también en plantador; mientras tanto, pensaba encontrar la manera de hacerme enviar el dinero que había dejado en Londres. Con este propósito, obtuve una especie de carta de naturalización y compré toda la tierra sin cultivar que mis medios podían permitirme, formando un proyecto de plantación y establecimiento acorde al capital que esperaba recibir desde Inglaterra.
Tenía un vecino portugués, natural de Lisboa aunque hijo de padres ingleses, cuyo nombre era Wells y que se hallaba en circunstancias muy semejantes a las mías. Lo llamo mi vecino porque su plantación lindaba con la mía, y convivíamos de manera muy amistosa. Tanto su capital como el mío eran modestos, y durante unos dos años cultivamos más para alimentarnos que para comerciar. Sin embargo, poco a poco comenzamos a prosperar y nuestras tierras empezaron a rendir; de modo que, al tercer año, plantamos algo de tabaco y cada uno preparó una gran extensión para sembrar caña al año siguiente. Pero ambos necesitábamos ayuda, y entonces comprendí más que nunca el error que había cometido al separarme de mi muchacho Xury.
Mas, ¡ay!, para alguien que rara vez había obrado correctamente, cometer una nueva falta no tenía nada de extraño. No me quedaba otro remedio que continuar adelante. Había terminado por dedicarme a una ocupación completamente ajena a mi inclinación natural y directamente opuesta a la vida que deseaba; precisamente la vida por la cual había abandonado la casa de mi padre y despreciado todos sus consejos. En realidad, estaba llegando exactamente a aquella condición intermedia, o al grado superior de la vida modesta, que mi padre me había recomendado desde un principio; y muchas veces me decía a mí mismo que habría podido lograr aquello mismo en Inglaterra, entre mis amigos, sin necesidad de recorrer cinco mil millas para hacerlo entre extraños y salvajes, en una región desierta y tan lejana que nadie en el mundo tuviera noticia alguna de mí.
Así contemplaba mi situación con el más profundo pesar. No tenía con quién conversar salvo, de vez en cuando, aquel vecino; no había otro trabajo que el de mis propias manos; y solía decir que vivía exactamente como un hombre abandonado en una isla desierta, sin más compañía que él mismo. Pero cuán justa es la Providencia —y cuánto deberían reflexionar los hombres sobre ello— cuando comparan su estado presente con otros peores, pues el Cielo puede obligarlos a hacer el intercambio y convencerlos de la felicidad pasada mediante la experiencia de la desgracia. Digo, pues, que fue muy justo que aquella vida verdaderamente solitaria en una isla desolada, sobre la cual yo reflexionaba entonces como mera comparación, terminara convirtiéndose en mi destino; yo, que tan injustamente había comparado con ella la existencia que llevaba en aquel tiempo, una existencia en la cual, de haber perseverado, con toda probabilidad habría llegado a ser muy próspero y rico.
Ya había organizado en cierta medida los planes para continuar con mi plantación cuando mi bondadoso amigo, el capitán portugués que me había recogido en el mar, se dispuso a regresar, pues el barco había permanecido allí cerca de tres meses, cargando mercancías y preparándose para el viaje. Entonces, al contarle que aún tenía una pequeña fortuna en Londres, me dio este consejo, tan amistoso como sincero:
—Señor inglés —me dijo, pues así acostumbraba llamarme—, si me entrega cartas y un poder formal, junto con instrucciones para la persona que guarda su dinero en Londres, indicándole que envíe sus bienes a Lisboa, a quienes yo disponga y en mercancías apropiadas para este país, yo le traeré aquí el producto de ellas en mi regreso, si Dios lo permite. Pero, dado que los asuntos humanos están sujetos a cambios y desgracias, le aconsejo que disponga solamente de cien libras esterlinas, que según me dice representan la mitad de su capital, y deje correr el riesgo únicamente sobre esa parte; de modo que, si llega sin problemas, podrá enviar el resto después, y si se pierde, aún contará con la otra mitad para sostenerse.
El consejo era tan prudente y tan amistoso que no pude menos que reconocerlo como el mejor camino posible; así que preparé las cartas para la dama con quien había dejado mi dinero y el poder para el capitán portugués, tal como él deseaba.
Escribí a la viuda del capitán inglés relatándole detalladamente todas mis aventuras: mi esclavitud, mi huida y la manera en que había encontrado al capitán portugués en el mar; le hablé de la humanidad con que me había tratado, de la situación en que me hallaba entonces y de todas las instrucciones necesarias para hacerme llegar mis bienes. Cuando este honrado capitán llegó a Lisboa, encontró el medio, a través de algunos comerciantes ingleses establecidos allí, de enviar no solo la orden, sino también un relato completo de mi historia a un comerciante en Londres, quien se lo presentó eficazmente a la viuda. Ella no solo entregó el dinero, sino que además envió de su propio bolsillo un generoso obsequio al capitán portugués en agradecimiento por la humanidad y caridad que había tenido conmigo.
El comerciante de Londres invirtió aquellas cien libras en mercancías inglesas, según las indicaciones del capitán, y se las envió directamente a Lisboa; desde allí el capitán las transportó sin contratiempos hasta el Brasil. Entre ellas, sin que yo se lo hubiera pedido —pues era todavía demasiado inexperto en los negocios para pensar en ello—, tuvo el cuidado de incluir toda clase de herramientas, piezas de hierro y utensilios necesarios para mi plantación, que me resultaron de grandísima utilidad.
Cuando llegó aquel cargamento pensé que mi fortuna estaba hecha, pues la alegría que me produjo fue inmensa; y mi buen administrador, el capitán portugués, había empleado las cinco libras que mi amiga le había enviado como obsequio para él en comprarme y traerme un sirviente contratado por seis años, sin aceptar compensación alguna, salvo un poco de tabaco que yo insistí en regalarle y que era de mi propia cosecha.
Y eso no era todo; pues como mis mercancías eran manufacturas inglesas —paños, telas, bayetas y otras cosas particularmente valiosas y apreciadas en el país— encontré la manera de venderlas con grandísima ventaja; tanto, que podía decir que poseía más de cuatro veces el valor de mi primer cargamento, y me hallaba ya infinitamente por encima de mi pobre vecino en el progreso de mi plantación. Lo primero que hice fue comprar un esclavo negro y también un sirviente europeo; quiero decir, otro además del que el capitán me había traído de Lisboa.
Pero, así como la prosperidad mal empleada suele convertirse en el instrumento mismo de nuestras mayores desgracias, así ocurrió conmigo. Al año siguiente mi plantación prosperó extraordinariamente: produje cincuenta grandes rollos de tabaco en mis propias tierras, más de lo que había intercambiado por artículos necesarios con mis vecinos; y aquellos cincuenta rollos, cada uno de más de cien libras de peso, fueron curados cuidadosamente y almacenados a la espera del regreso de la flota de Lisboa. Y entonces, creciendo mis negocios y mis riquezas, mi cabeza comenzó a llenarse de proyectos y empresas que estaban más allá de mis posibilidades, como suele suceder incluso con los hombres más capaces en los negocios, llevándolos muchas veces a la ruina.
Si hubiese permanecido en el estado en que entonces me encontraba, habría tenido ocasión de disfrutar de todas aquellas felicidades para las cuales mi padre me había recomendado tan insistentemente una vida tranquila y retirada, y cuya dicha había descrito tan acertadamente al hablar de la condición intermedia de la vida. Pero otras cosas me aguardaban, y yo continuaba siendo el obstinado artífice de todas mis miserias. Y, para agravar aún más mi culpa y redoblar los reproches que más tarde tendría tiempo de hacerme en medio de mis desgracias futuras, todos aquellos infortunios nacían de mi persistente y necia inclinación a vagar por el mundo y perseguir aventuras, contrariando las más claras oportunidades de asegurar mi bienestar mediante una vida honrada y sencilla, conforme a los medios y perspectivas que tanto la naturaleza como la Providencia parecían ofrecerme como deber.
Así como una vez me había rebelado contra mis padres, tampoco pude contentarme ahora con permanecer disfrutando de la prometedora visión de convertirme en un hombre rico y próspero en mi nueva plantación; no, debía abandonarlo todo para seguir el deseo imprudente y desmedido de enriquecerme más rápidamente de lo que la propia naturaleza de las cosas permitía. Y de ese modo volví a precipitarme en el más profundo abismo de miseria humana en que hombre alguno haya caído jamás, o al menos que pudiera soportarse conservando la vida y la salud.
Llegaré ahora, paso a paso, a los detalles de esta parte de mi historia.
Puede suponerse que, tras haber vivido ya cerca de cuatro años en el Brasil y prosperar favorablemente en mi plantación, no solo había aprendido el idioma, sino que había trabado amistad y relaciones tanto con otros plantadores como con los comerciantes de San Salvador, que era nuestro puerto. Y en mis conversaciones con ellos les había relatado con frecuencia mis dos viajes a la costa de Guinea, la manera de comerciar allí con los negros y lo fácil que resultaba adquirir en aquella costa, a cambio de bagatelas tales como cuentas de vidrio, juguetes, cuchillos, tijeras, hachas y pedazos de cristal, no solo polvo de oro, granos de Guinea, colmillos de elefante y otras mercancías semejantes, sino también negros en gran número para el servicio de las plantaciones del Brasil.
Escuchaban siempre mis relatos con gran atención, pero sobre todo la parte referente a la compra de esclavos negros; pues en aquel tiempo aquel comercio apenas comenzaba a desarrollarse y, hasta donde existía, se hallaba limitado por los asientos o permisos concedidos por los reyes de España y Portugal, monopolizados además por compañías privilegiadas. Por ello, se introducían pocos esclavos, y estos alcanzaban precios exorbitantes.
Ocurrió entonces que, hallándome un día en compañía de varios comerciantes y plantadores conocidos míos, y hablando muy seriamente de estas cuestiones, tres de ellos vinieron a verme a la mañana siguiente. Me dijeron que habían reflexionado mucho sobre lo que yo había contado la noche anterior y que deseaban hacerme una propuesta secreta. Después de exigirme absoluta discreción, me confesaron que tenían intención de armar un barco para viajar a Guinea. Todos poseían plantaciones, igual que yo, y sufrían especialmente la falta de trabajadores. Como aquel comercio no podía practicarse abiertamente —ya que no podían vender públicamente a los negros cuando regresaran— deseaban hacer un solo viaje, desembarcarlos discretamente y repartirlos entre sus propias plantaciones. En resumen, querían saber si aceptaría ir como supercargo del barco, encargado de dirigir el comercio en la costa de Guinea; y me ofrecían una parte igual de los esclavos obtenidos, sin que yo tuviera que aportar capital alguno.
Debo reconocer que era una oferta excelente… si hubiese sido hecha a alguien que no tuviera ya una propiedad y una plantación propia que atender, una plantación que avanzaba de manera prometedora y que disponía de un buen capital invertido en ella. Pero para mí, que ya estaba establecido y no necesitaba otra cosa que continuar tres o cuatro años más como había comenzado, y después hacer venir desde Inglaterra las otras cien libras restantes —con lo cual difícilmente habría dejado de valer tres o cuatro mil libras esterlinas, y aumentando continuamente—, pensar siquiera en semejante viaje era la decisión más absurda que un hombre en mi situación pudiera tomar.
Pero yo, nacido para ser el destructor de mí mismo, no podía resistir aquella propuesta más de lo que había podido resistir mis primeras ansias de vagar por el mundo cuando los sabios consejos de mi padre fueron inútiles conmigo. En pocas palabras, les respondí que aceptaría con todo mi corazón, siempre que ellos se comprometieran a cuidar de mi plantación durante mi ausencia y a disponer de ella según mis instrucciones en caso de que yo pereciera. Todos accedieron a ello y firmaron contratos formales comprometiéndose a cumplirlo. Por mi parte, redacté un testamento en regla, disponiendo de mi plantación y de todos mis bienes en caso de muerte; nombré heredero universal al capitán del barco que me había salvado la vida, obligándolo, no obstante, a distribuir mis propiedades conforme a lo indicado en mi testamento: una mitad de los beneficios sería para él y la otra debería enviarse a Inglaterra.
En resumen, tomé todas las precauciones posibles para conservar mis bienes y mantener mi plantación. Si hubiera empleado siquiera la mitad de esa prudencia en considerar mis propios intereses y juzgar lo que debía o no debía hacer, ciertamente jamás habría abandonado una empresa tan próspera, dejando atrás todas las perspectivas probables de una vida floreciente, para embarcarme en un viaje por mar, acompañado de todos sus peligros habituales, sin contar las razones particulares que tenía para esperar desgracias especiales sobre mí mismo.
Pero fui arrastrado por mis impulsos y obedecí ciegamente los dictados de mi fantasía antes que los de mi razón; y así, el barco fue preparado, la carga abastecida y todo dispuesto, según el acuerdo, por mis socios en la expedición. Subí a bordo en una hora funesta, el 1 de septiembre de 1659, exactamente ocho años después del día en que abandoné a mi padre y a mi madre en Hull, decidido a rebelarme contra su autoridad y a actuar como un necio contra mis propios intereses.
Nuestro barco era de unas ciento veinte toneladas, llevaba seis cañones y catorce hombres, además del capitán, su muchacho y yo. No transportábamos una gran carga de mercancías, salvo aquellas bagatelas apropiadas para comerciar con los negros: cuentas de vidrio, pedazos de cristal, conchas y otras pequeñeces, especialmente espejitos, cuchillos, tijeras, hachas y objetos semejantes.
El mismo día en que embarqué, levamos anclas y navegamos hacia el norte siguiendo nuestra propia costa, con intención de cruzar hacia la costa africana cuando alcanzáramos entre diez y doce grados de latitud norte, pues ese parecía ser el rumbo habitual en aquellos tiempos. Tuvimos muy buen tiempo, aunque un calor excesivo, durante toda nuestra travesía junto a la costa, hasta llegar a la altura del Cabo de San Agustín. Desde allí, alejándonos más mar adentro, perdimos de vista la tierra y navegamos como si fuéramos hacia la isla Fernando de Noronha, manteniendo rumbo noreste por norte y dejando aquellas islas al este.
Siguiendo ese curso cruzamos la línea ecuatorial en unos doce días y, según nuestra última observación, nos encontrábamos a siete grados y veintidós minutos de latitud norte, cuando un violento tornado o huracán nos arrebató por completo toda noción de nuestra posición. Comenzó desde el sudeste, giró hacia el noroeste y luego se estableció en el nordeste, soplando con tal violencia que durante doce días enteros no pudimos hacer otra cosa que dejarnos llevar, corriendo ante el viento, permitiendo que nos arrastrara adonde quisieran el destino y la furia de los vientos; y durante esos doce días no hace falta decir que esperaba cada día ser tragado por el mar, ni tampoco ninguno de los que iban en el barco esperaba salvar la vida.
En medio de esta angustia, además del terror de la tormenta, uno de nuestros hombres murió de calentura y otro hombre, junto con el muchacho, fue arrastrado por la borda. Hacia el duodécimo día, cuando el tiempo calmó un poco, el capitán hizo una observación lo mejor que pudo y descubrió que nos hallábamos aproximadamente a once grados de latitud norte, pero con una diferencia de veintidós grados de longitud al oeste del Cabo de San Agustín; de modo que comprendió que estábamos sobre la costa de Guayana, o la parte norte de Brasil, más allá del río Amazonas, hacia el río Orinoco, comúnmente llamado el Gran Río. Entonces comenzó a consultarme sobre qué rumbo debíamos tomar, pues el barco hacía agua y estaba gravemente dañado, mientras él pensaba regresar directamente a la costa de Brasil.
Yo me opuse firmemente a ello; y examinando junto a él las cartas de la costa americana, concluimos que no había ningún territorio habitado al que pudiéramos recurrir hasta llegar al círculo de las Islas del Caribe, y por eso resolvimos dirigirnos hacia Barbados; pues manteniéndonos alejados mar adentro, para evitar la corriente del Golfo de México, esperábamos poder lograrlo en unos quince días de navegación; mientras que era imposible continuar nuestro viaje hacia la costa africana sin ayuda tanto para el barco como para nosotros mismos.
Con este propósito cambiamos el rumbo y navegamos hacia el noroeste por oeste, esperando alcanzar alguna de nuestras islas inglesas, donde yo confiaba hallar socorro. Pero nuestro viaje estaba destinado a otro final; porque estando en la latitud de doce grados y dieciocho minutos, una segunda tormenta cayó sobre nosotros y nos arrastró nuevamente hacia el oeste con la misma violencia, alejándonos tanto de toda ruta humana, que aunque nuestras vidas se salvaran del mar, corríamos más peligro de ser devorados por salvajes que de regresar jamás a nuestra patria.
En esta situación desesperada, mientras el viento seguía soplando con gran fuerza, uno de nuestros hombres gritó temprano en la mañana:
—¡Tierra!
Y apenas habíamos salido de la cabina para mirar, con la esperanza de descubrir en qué parte del mundo nos encontrábamos, cuando el barco encalló sobre un banco de arena y, al detenerse tan bruscamente, el mar rompió sobre él con tal violencia que esperamos perecer todos de inmediato; y fuimos arrojados precipitadamente a nuestros camarotes para resguardarnos de la espuma y el rocío del mar.
No es fácil para quien jamás se haya hallado en semejante situación describir o imaginar la consternación de los hombres en tales circunstancias. No sabíamos dónde estábamos ni sobre qué tierra habíamos sido arrojados: si era una isla o el continente, si estaba habitada o no. Aunque la furia del viento había disminuido un poco, seguía siendo tan grande que ni siquiera podíamos esperar que el barco resistiera muchos minutos sin hacerse pedazos, a menos que, por una especie de milagro, el viento cambiara de dirección inmediatamente.
En resumen, permanecimos mirándonos unos a otros, aguardando la muerte a cada instante y preparándonos todos para el otro mundo; pues poco o nada más podíamos hacer. Nuestro único consuelo —y todo el consuelo que teníamos— era que, contra nuestras expectativas, el barco aún no se había roto y que el capitán decía que el viento comenzaba a disminuir.
Sin embargo, aunque el viento parecía calmarse un poco, el barco había quedado firmemente encallado en la arena y era imposible esperar que pudiera liberarse, de modo que nos hallábamos en una situación verdaderamente terrible y no teníamos otra cosa en qué pensar sino en salvar nuestras vidas del mejor modo posible. Teníamos un bote en la popa antes de la tormenta, pero primero quedó destrozado al golpear contra el timón del barco y luego se soltó, hundiéndose o siendo arrastrado mar adentro; así que no podíamos esperar nada de él.
Teníamos otro bote a bordo, pero cómo echarlo al mar era algo dudoso. Sin embargo, no había tiempo para discutirlo, pues imaginábamos que el barco se haría pedazos de un momento a otro, y algunos aseguraban que ya estaba roto.
En medio de esta angustia, el contramaestre tomó el bote y, con ayuda del resto de los hombres, logró bajarlo por el costado del barco; y entrando todos en él, nos abandonamos —once personas en total— a la misericordia de Dios y al mar embravecido; porque aunque la tormenta había disminuido considerablemente, el mar seguía rompiendo con furia terrible sobre la costa, y bien podía llamarse den wild zee, como dicen los holandeses al mar durante una tormenta.
Y ahora nuestra situación era verdaderamente miserable; pues todos veíamos claramente que el oleaje era tan violento que el bote no podría resistir y que inevitablemente nos ahogaríamos. En cuanto a desplegar velas, no teníamos ninguna, y aun si las hubiéramos tenido, nada habríamos conseguido con ellas; así que remábamos hacia tierra con el corazón oprimido, como hombres que marchan hacia la ejecución; porque sabíamos perfectamente que, al acercarse a la costa, el bote sería hecho añicos por el rompimiento del mar.
No obstante, encomendamos nuestras almas a Dios con el mayor fervor; y mientras el viento nos empujaba hacia la orilla, nosotros mismos acelerábamos nuestra destrucción remando hacia tierra con todas nuestras fuerzas.
Ignorábamos cómo era la costa: si de roca o de arena, si abrupta o poco profunda. La única esperanza racional que podíamos concebir era encontrar alguna bahía, golfo o desembocadura de río donde, por gran fortuna, pudiéramos introducir el bote o ponernos al abrigo de la tierra y quizá hallar aguas tranquilas. Pero nada semejante apareció; y cuanto más nos acercábamos a la costa, más terrible parecía la tierra que el mismo mar.
Después de haber remado —o más bien sido arrastrados— cerca de una legua y media, según calculábamos, una ola gigantesca, semejante a una montaña, vino rugiendo por nuestra popa y claramente nos anunció el golpe final. Nos golpeó con tal violencia que volcó el bote de inmediato; y separándonos tanto del bote como unos de otros, no nos dio tiempo siquiera para exclamar: "¡Oh Dios!", porque todos fuimos tragados por el mar en un instante.
Nada puede describir la confusión de pensamientos que sentí al hundirme en el agua; pues aunque nadaba muy bien, no conseguía liberarme de las olas para tomar aliento, hasta que aquella ola, habiéndome empujado —o más bien arrastrado— una gran distancia hacia la costa, y agotando finalmente su fuerza, retrocedió y me dejó sobre tierra casi seco, aunque medio muerto por el agua que había tragado.
Conservé suficiente presencia de ánimo, así como algo de aliento, para comprender que estaba más cerca de tierra firme de lo que esperaba; así que logré ponerme en pie e intenté avanzar hacia la costa tan rápido como pude antes de que otra ola regresara y volviera a arrastrarme. Pero pronto comprendí que era imposible evitarlo; pues vi al mar venir tras de mí tan alto como una enorme colina y tan furioso como un enemigo contra el que no tenía medios ni fuerzas para luchar.
Mi única tarea era contener la respiración y elevarme sobre el agua si me era posible; y así, nadando, conservar el aliento y guiarme hacia la orilla. Mi mayor preocupación era que el mar, así como me arrastraba una gran distancia hacia tierra cuando avanzaba, no me llevara de nuevo mar adentro cuando retrocediera.
La ola que volvió sobre mí me sepultó de inmediato a unos veinte o treinta pies de profundidad dentro de su propia masa, y podía sentir cómo me arrastraba hacia la costa con una fuerza y rapidez enormes, llevándome una gran distancia; pero contuve la respiración y me ayudé a nadar hacia adelante con todas mis fuerzas. Estaba a punto de reventar por aguantar el aliento, cuando, al sentir que ascendía, noté para mi alivio inmediato que mi cabeza y mis manos salían por encima de la superficie del agua; y aunque no pude mantenerme así ni siquiera dos segundos, aquello me alivió enormemente, me devolvió el aliento y me dio nuevo valor.
Volví a quedar cubierto por el agua durante bastante tiempo, aunque no tanto como para no poder resistirlo; y cuando sentí que la ola había perdido fuerza y comenzaba a retroceder, avancé contra el retorno del agua y volví a sentir tierra bajo mis pies. Permanecí quieto unos instantes para recuperar el aliento y esperar a que el agua se retirara; luego eché a correr con todas las fuerzas que tenía hacia la orilla. Pero ni siquiera eso logró librarme de la furia del mar, que volvió a precipitarse tras de mí; y dos veces más fui levantado por las olas y arrastrado hacia adelante como antes, pues la costa era muy llana.
La última de aquellas dos veces estuvo a punto de ser fatal para mí; porque el mar, llevándome como antes, me lanzó —o más bien me estrelló— contra una roca con tal violencia que quedé sin sentido y, en verdad, incapaz de salvarme por mí mismo. El golpe en el costado y el pecho me dejó sin aliento por completo; y si la ola hubiera regresado inmediatamente, sin duda habría muerto ahogado. Pero recobré un poco el sentido antes del regreso de las olas y, viendo que volvería a quedar cubierto por el agua, resolví aferrarme a un trozo de roca y contener la respiración, si era posible, hasta que la ola retrocediera.
Ahora bien, como las olas ya no eran tan altas como al principio por estar más cerca de tierra, mantuve mi agarre hasta que la fuerza del agua disminuyó, y entonces corrí de nuevo, lo que me acercó tanto a la costa que la siguiente ola, aunque pasó sobre mí, ya no logró arrastrarme consigo. Con la siguiente carrera alcancé finalmente tierra firme, donde, para mi gran consuelo, trepé por los acantilados de la orilla y me senté sobre la hierba, libre del peligro y completamente fuera del alcance del agua.
Ya estaba en tierra y a salvo, y comencé a alzar la vista y agradecer a Dios por haberme salvado la vida, en una situación donde apenas unos minutos antes casi no había esperanza alguna. Creo que es imposible expresar con exactitud los éxtasis y transportes del alma cuando alguien es salvado, por así decirlo, de la misma tumba; y ahora ya no me sorprende la costumbre de llevar un cirujano cuando a un condenado, con la soga ya al cuello y a punto de ser ejecutado, le llega un indulto en el último instante; pues no me extraña que le hagan una sangría inmediatamente, para que la sorpresa no le quite los espíritus vitales del corazón y lo mate.
"Las alegrías repentinas, igual que las penas, confunden al principio."
Caminé por la orilla levantando las manos y, por así decirlo, todo mi ser envuelto en la contemplación de mi salvación; haciendo mil gestos y movimientos imposibles de describir; pensando en todos mis compañeros que se habían ahogado y en que no hubiera quedado ni una sola alma con vida excepto yo; pues jamás volví a verlos, ni señal alguna de ellos, aparte de tres sombreros, una gorra y dos zapatos que no formaban par.
Volví la mirada hacia el barco encallado y, con la espuma y el oleaje tan enormes, apenas podía distinguirlo de lo lejos que estaba; y pensé: "¡Dios mío! ¿Cómo fue posible que lograra llegar a tierra?"
Después de consolar mi ánimo con la parte favorable de mi situación, empecé a mirar a mi alrededor para ver en qué clase de lugar me encontraba y qué debía hacer a continuación; y pronto mis consuelos disminuyeron, pues comprendí, en una palabra, que había sido una salvación terrible. Estaba empapado, no tenía ropa seca para cambiarme, ni nada que comer o beber que me reconfortara; tampoco veía ante mí otra perspectiva que perecer de hambre o ser devorado por las fieras. Y lo que particularmente me afligía era no tener arma alguna, ni para cazar y matar algún animal que me sirviera de alimento, ni para defenderme de cualquier criatura que quisiera matarme para alimentarse de mí.
En resumen, no tenía conmigo más que un cuchillo, una pipa de tabaco y un poco de tabaco en una cajita. Ésas eran todas mis provisiones; y aquello me sumió en tal agonía mental que por un tiempo corrí de un lado a otro como un loco. Al caer la noche, empecé a considerar con el corazón oprimido cuál sería mi destino si en aquel país había animales feroces, pues éstos suelen salir por la noche en busca de presa.
El único remedio que entonces se me ocurrió fue subir a un árbol espeso y frondoso, parecido a un abeto aunque lleno de espinas, que crecía cerca de mí, y donde resolví pasar la noche mientras pensaba al día siguiente de qué muerte habría de morir, porque todavía no veía ninguna esperanza de vida. Caminé aproximadamente un estadio desde la orilla para ver si encontraba agua dulce para beber, lo cual conseguí para mi gran alegría; y después de beber y poner un poco de tabaco en mi boca para mitigar el hambre, regresé al árbol y trepé en él, procurando acomodarme de modo que, si me dormía, no cayera.
Luego corté un palo corto, parecido a una porra, para defenderme; y allí instalé mi refugio. Como estaba extremadamente fatigado, me dormí profundamente y descansé, creo yo, con más comodidad de la que pocos habrían podido hacerlo en mi situación; y desperté sintiéndome más renovado con ello de lo que jamás me había sentido en una circunstancia semejante.
Capítulo IV: Primeras Semanas En La Isla
Cuando desperté, ya era pleno día; el tiempo estaba despejado y la tormenta había amainado, de modo que el mar no rugía ni se encrespaba como antes. Pero lo que más me sorprendió fue que el barco había sido levantado durante la noche del banco de arena donde yacía, por la creciente de la marea, y había sido empujado casi hasta la roca que mencioné al principio, aquella contra la que fui tan maltratado por el golpe de las olas. Como esto quedaba aproximadamente a una milla de la costa donde yo estaba, y el barco parecía mantenerse todavía derecho, deseé hallarme a bordo de él, aunque fuera solo para salvar algunas cosas necesarias para mi uso.
Cuando descendí de mi alojamiento en el árbol, volví a mirar a mi alrededor, y lo primero que encontré fue el bote, que yacía, arrojado por el viento y el mar sobre la tierra, a unas dos millas a mi derecha. Caminé por la costa cuanto pude para llegar hasta él; pero encontré entre el bote y yo una lengua o entrada de agua de aproximadamente media milla de ancho. Así que regresé por el momento, más interesado en alcanzar el barco, donde esperaba encontrar algo para mi subsistencia inmediata.
Poco después del mediodía encontré el mar muy tranquilo, y la marea había bajado tanto que pude acercarme a menos de un cuarto de milla del barco. Y allí experimenté una renovada aflicción; pues vi claramente que, si nos hubiéramos quedado a bordo, todos nos habríamos salvado; es decir, todos habríamos llegado sanos y salvos a tierra, y yo no habría quedado tan miserablemente abandonado, privado por completo de toda compañía y consuelo como ahora lo estaba. Esto hizo que las lágrimas acudieran nuevamente a mis ojos; pero como de ello obtenía poco alivio, resolví, si era posible, llegar hasta el barco. Así pues, me quité la ropa —pues el calor era extremo— y me lancé al agua.
Pero cuando llegué al barco, mi dificultad fue aún mayor, pues no sabía cómo subir a bordo; ya que, al estar encallado y elevado sobre el agua, no había nada a mi alcance de donde pudiera sujetarme. Nadé alrededor de él dos veces, y la segunda vez descubrí un pequeño trozo de cuerda, que me sorprendió no haber visto antes, colgando tan bajo junto a las cadenas de proa que, con gran dificultad, logré aferrarme a ella; y con ayuda de esa cuerda conseguí subir a la parte delantera del barco.
Allí descubrí que el barco estaba abierto y tenía mucha agua en la bodega; pero estaba tan recostado sobre un banco de arena dura, o más bien de tierra, que la popa permanecía elevada sobre el banco y la proa baja, casi tocando el agua. Gracias a esto, toda la parte trasera estaba libre, y todo cuanto había allí permanecía seco; pues, como puede suponerse, mi primera tarea fue registrar y ver qué estaba arruinado y qué se había conservado.
En primer lugar, encontré que todas las provisiones del barco estaban secas e intactas. Y, sintiéndome muy dispuesto a comer, fui al cuarto del pan, llené mis bolsillos de bizcochos y los fui comiendo mientras atendía otras cosas, pues no tenía tiempo que perder. También encontré algo de ron en la gran cabina, del cual tomé un buen trago, y verdaderamente lo necesitaba para animarme ante lo que tenía por delante. Ahora no necesitaba más que un bote con el cual transportarme muchas cosas que preveía serían muy necesarias para mí.
Era inútil quedarse sentado deseando aquello que no podía obtenerse; y aquella necesidad extrema despertó toda mi aplicación. Había en el barco varios vergajos de repuesto, además de dos o tres grandes maderos y uno o dos masteleros sobrantes; resolví ponerme a trabajar con ellos, y arrojé por la borda cuantos pude manejar, atando cada uno con una cuerda para que no se alejaran flotando.
Hecho esto, descendí por el costado del barco y, atrayéndolos hacia mí, até cuatro de ellos juntos por ambos extremos lo mejor que pude, formando una especie de balsa. Luego coloqué sobre ellos dos o tres tablones cortos atravesados, y descubrí que podía caminar encima bastante bien; aunque no soportaba mucho peso, pues las piezas eran demasiado ligeras. Así que me puse a trabajar y, con una sierra de carpintero, corté un mastelero de repuesto en tres partes y las añadí a mi balsa, con muchísimo esfuerzo y trabajo. Pero la esperanza de proveerme de cosas necesarias me alentaba a hacer más de lo que hubiera sido capaz en cualquier otra ocasión.
Mi balsa era ya lo bastante fuerte para soportar un peso razonable. Mi siguiente preocupación fue qué cargar en ella y cómo preservar lo que colocara allí del oleaje del mar. Pero no tardé mucho en decidirlo. Primero coloqué sobre ella todos los tablones y tablas que pude conseguir; y, tras pensar bien qué era lo que más necesitaba, tomé tres cofres de marineros, los forcé y vacié, y los bajé a mi balsa.
El primero de ellos lo llené con provisiones, a saber: pan, arroz, tres quesos holandeses, cinco piezas de carne seca de cabra —de la que habíamos vivido mucho durante el viaje— y un pequeño resto de grano europeo que habíamos guardado para unas aves que llevábamos a bordo, aunque las aves habían sido sacrificadas. Había también algo de cebada y trigo mezclados; pero, para mi gran decepción, descubrí después que las ratas se lo habían comido o echado a perder todo.
En cuanto a las bebidas, encontré varios cajones de botellas pertenecientes a nuestro capitán, en los que había algunos licores medicinales; y, en total, unas cinco o seis galones de aguardiente. Las coloqué aparte, pues no había necesidad de meterlas en los cofres, ni tampoco espacio para hacerlo.
Mientras hacía esto, observé que la marea comenzaba a subir, aunque muy calmadamente; y tuve la mortificación de ver cómo mi abrigo, mi camisa y mi chaleco, que había dejado en la orilla sobre la arena, se alejaban flotando. En cuanto a mis pantalones, que eran solo de lino y abiertos hasta la rodilla, había nadado a bordo con ellos puestos, junto con las medias.
Sin embargo, esto me impulsó a registrar el barco en busca de ropa, de la cual encontré suficiente; aunque no tomé más de la necesaria para mi uso inmediato, pues había otras cosas que atraían mucho más mi atención: ante todo, herramientas para trabajar en tierra. Y fue después de una larga búsqueda que encontré el cofre del carpintero, el cual resultó ser, en verdad, un premio utilísimo para mí, y mucho más valioso en aquel momento que un cargamento entero de oro. Lo bajé intacto a mi balsa, sin perder tiempo en examinarlo, pues sabía en general lo que contenía.
Mi siguiente cuidado fue conseguir armas y municiones. En la gran cabina había dos excelentes escopetas de caza y dos pistolas. Las aseguré primero, junto con algunos cuernos de pólvora, una pequeña bolsa de munición y dos viejas espadas oxidadas. Sabía que había tres barriles de pólvora en el barco, aunque ignoraba dónde los había guardado el artillero; pero tras mucho buscar los encontré: dos de ellos secos y en buen estado, mientras que el tercero había sido alcanzado por el agua. Los dos buenos los llevé a mi balsa junto con las armas.
Y entonces me consideré bastante bien abastecido, y comencé a pensar cómo llegaría a tierra con todo aquello, pues no tenía ni vela, ni remo, ni timón; y la menor racha habría volcado toda mi navegación.
Tenía, sin embargo, tres motivos de aliento: primero, un mar tranquilo y sereno; segundo, la marea creciente, que avanzaba hacia la costa; y tercero, el poco viento que soplaba me empujaba también hacia tierra. Así pues, habiendo encontrado dos o tres remos rotos pertenecientes al bote —y además de las herramientas del cofre, dos sierras, un hacha y un martillo— me lancé al mar con toda aquella carga.
Durante una milla aproximadamente mi balsa avanzó muy bien, aunque observé que se desviaba un poco del lugar donde yo había desembarcado anteriormente; por lo cual deduje que existía alguna corriente de agua que penetraba hacia el interior y, en consecuencia, esperé encontrar allí algún arroyo o río que pudiera servirme de puerto para desembarcar mi carga.
Y tal como lo imaginé, así fue. Se abrió ante mí una pequeña entrada de tierra, y advertí que una fuerte corriente de marea penetraba en ella; de modo que guié mi balsa lo mejor que pude para mantenerla en medio de la corriente.
Pero allí estuve a punto de sufrir un segundo naufragio que, de haber ocurrido, creo sinceramente que me habría destrozado el corazón. Pues, ignorando por completo la costa, mi balsa encalló por uno de sus extremos sobre un banco poco profundo y, al no estar encallada por el otro, estuvo a punto de que toda mi carga se deslizara hacia la parte flotante y cayera al agua.
Hice cuanto pude, apoyando mi espalda contra los cofres, para mantenerlos en su sitio; pero no fui capaz de empujar la balsa con toda mi fuerza, ni tampoco me atrevía a moverme de la posición en que estaba. Así permanecí, sosteniendo los cofres con todas mis fuerzas, cerca de media hora; durante la cual la subida del agua fue nivelándome poco a poco. Y poco después, al seguir creciendo la marea, mi balsa volvió a flotar; entonces la empujé con el remo hacia el canal y, avanzando río arriba, terminé por hallarme en la desembocadura de un pequeño río, con tierra a ambos lados y una fuerte corriente de marea penetrando en él.
Miré a uno y otro lado buscando un lugar adecuado donde desembarcar, pues no quería ser arrastrado demasiado río arriba; ya que aún conservaba la esperanza de divisar algún barco en el mar, y por ello resolví establecerme lo más cerca posible de la costa.
Por fin descubrí una pequeña ensenada en la orilla derecha del arroyo, hacia la cual guié mi balsa con gran esfuerzo y dificultad, y al fin logré acercarme tanto que, tocando fondo con el remo, pude empujarla directamente hacia dentro. Pero aquí estuve a punto de volver a perder toda mi carga en el mar; porque aquella orilla era bastante empinada, es decir, inclinada, y no había lugar donde desembarcar sin que un extremo de mi balsa, al tocar tierra, quedara tan alto y el otro tan bajo, como antes, que nuevamente pondría en peligro la carga. Lo único que podía hacer era esperar hasta que la marea estuviese en su punto más alto, manteniendo la balsa firme junto a la orilla con el remo, como si fuese un ancla, cerca de un terreno llano que yo esperaba que el agua cubriese; y así sucedió. Tan pronto como hubo suficiente agua —pues mi balsa calaba alrededor de un pie— la empujé sobre aquella superficie plana, y allí la aseguré o amarré, clavando en tierra mis dos remos rotos, uno a cada lado y cerca de cada extremo; y así permanecí hasta que la marea bajó, dejando mi balsa y toda mi carga seguras en tierra.
Mi siguiente tarea fue explorar el país y buscar un lugar apropiado para establecer mi vivienda, y dónde guardar mis bienes para protegerlos de cualquier accidente. Aún no sabía dónde estaba; si en el continente o en una isla; si estaba habitada o no; si corría peligro por bestias salvajes o no. Había una colina a no más de una milla de mí, que se alzaba muy alta y escarpada, y que parecía dominar otras colinas que se extendían hacia el norte formando una especie de cordillera. Tomé una de las escopetas de caza, una pistola y un cuerno de pólvora; y así armado emprendí el ascenso hasta la cima de aquella colina para explorar, donde, después de mucho esfuerzo y dificultad, descubrí mi destino, para mi gran aflicción: estaba en una isla rodeada completamente por el mar; no se veía tierra alguna excepto algunas rocas muy lejanas, y dos pequeñas islas, menores que esta, situadas aproximadamente a tres leguas hacia el oeste.
Descubrí también que la isla en la que me hallaba era árida y, por lo que podía juzgar, deshabitada, salvo quizá por bestias salvajes, aunque no vi ninguna. Sí vi abundancia de aves, pero no conocía sus especies; y ni siquiera cuando las cazaba podía saber cuáles eran aptas para comer y cuáles no. En mi regreso disparé contra un ave grande que vi posada sobre un árbol al borde de un gran bosque. Creo que aquel fue el primer disparo que se oyó allí desde la creación del mundo. Apenas disparé, innumerables aves de muchas clases se levantaron de todas partes del bosque, lanzando chillidos y gritos confusos, cada una según su propio canto, aunque ninguna de ellas me resultó conocida. En cuanto al ave que abatí, pensé que era una especie de halcón, por el color y la forma de su pico; pero no tenía garras ni uñas distintas de las comunes. Su carne era carroña y no servía para nada.
Satisfecho con este descubrimiento, regresé a mi balsa y me puse a trabajar para llevar mi carga a tierra, tarea que me ocupó el resto del día. Qué hacer conmigo mismo durante la noche no lo sabía, ni tampoco dónde descansar, pues temía acostarme sobre el suelo sin saber si alguna bestia salvaje podría devorarme, aunque después descubrí que en realidad no había motivo para tales temores.
Sin embargo, como pude, me atrincheré rodeándome con los cofres y tablas que había llevado a tierra, e improvisé una especie de choza para pasar aquella noche. En cuanto a comida, aún no veía cómo procurármela, salvo porque había visto dos o tres criaturas parecidas a liebres salir del bosque donde había abatido el ave.
Entonces empecé a considerar que aún podría sacar muchísimas cosas útiles del barco, especialmente parte del aparejo y las velas, así como otros objetos que podrían llegarme bien; y resolví hacer otro viaje al navío, si era posible. Y como sabía que la primera tormenta fuerte terminaría por destrozarlo completamente, decidí dejar de lado cualquier otra tarea hasta sacar de él todo cuanto pudiera. Entonces celebré un consejo —es decir, conmigo mismo— acerca de si debía llevar nuevamente la balsa; pero aquello parecía impracticable, así que resolví ir como antes, cuando bajara la marea; y así lo hice, con la única diferencia de que me desnudé antes de salir de mi choza, quedándome solo con mi camisa a cuadros, unos calzones de lino y unos zapatos ligeros.
Subí al barco como antes y preparé una segunda balsa; y, habiendo aprendido de la experiencia anterior, ni la hice tan incómoda ni la cargué tanto, aunque aun así traje varias cosas muy útiles para mí; primero, encontré en los almacenes de los carpinteros dos o tres sacos llenos de clavos y púas, un gran gato mecánico, una o dos docenas de hachas y, sobre todo, aquel utilísimo objeto llamado piedra de afilar. Todo esto lo aseguré, junto con varias cosas pertenecientes al artillero, particularmente dos o tres barras de hierro, dos barriles de balas de mosquete, siete mosquetes, otra escopeta de caza, un poco más de pólvora, un gran saco lleno de munición pequeña y un enorme rollo de plomo laminado; aunque este último era tan pesado que no pude izarlo para pasarlo por la borda.
Además de estas cosas, tomé toda la ropa de los hombres que pude encontrar, una vela de repuesto del trinquete, una hamaca y algo de ropa de cama; y cargando todo ello en mi segunda balsa, lo llevé sano y salvo a tierra, para mi gran consuelo.
Durante mi ausencia de la costa tuve cierto temor de que al menos mis provisiones hubiesen sido devoradas; pero cuando regresé no encontré señal alguna de visitante, salvo una criatura parecida a un gato montés que estaba sentada sobre uno de los cofres. Cuando me acerqué, se apartó un poco y luego se quedó inmóvil. Permanecía sentada muy tranquila e indiferente, mirándome fijamente a la cara, como si tuviera deseos de conocerme. Le apunté con mi arma, pero como ella no entendía qué significaba aquello, no mostró el menor temor ni intentó huir; entonces le lancé un pedazo de bizcocho, aunque, dicho sea de paso, no me sobraban precisamente, pues mis reservas no eran grandes. Sin embargo, le di un trozo; ella se acercó, lo olfateó, lo comió y luego me miró —como si quisiera más—; pero yo le agradecí su compañía y no pude darle más, así que finalmente se marchó.
Después de llevar a tierra mi segunda carga —aunque tuve que abrir los barriles de pólvora y traerlos por partes, pues eran demasiado pesados al tratarse de grandes toneles— me puse a construirme una pequeña tienda con la vela y algunos postes que corté para ese propósito; y dentro de aquella tienda coloqué todo lo que sabía que podría estropearse con la lluvia o el sol. Luego apilé todos los cofres y barriles vacíos formando un círculo alrededor de la tienda, para fortificarla contra cualquier ataque repentino, ya fuese de hombres o de bestias.
Cuando terminé esto, bloqueé la entrada de la tienda con algunas tablas por dentro y un cofre vacío colocado verticalmente por fuera; y extendiendo una de las camas sobre el suelo, colocando mis dos pistolas junto a mi cabeza y el arma larga a mi lado, me acosté por primera vez y dormí muy tranquilamente toda la noche, pues estaba extremadamente cansado y agotado; porque la noche anterior apenas había dormido, y había trabajado duramente durante todo el día trasladando aquellas cosas desde el barco y llevándolas a tierra.
Tenía ahora, creo yo, el mayor almacén de toda clase de objetos que jamás hubiese reunido un solo hombre; pero aun así no me sentía satisfecho, pues mientras el barco siguiera erguido en aquella posición pensaba que debía sacar de él todo cuanto pudiera. Así que cada día, cuando bajaba la marea, subía a bordo y traía alguna cosa más; pero especialmente la tercera vez traje tanto del aparejo como pude, además de todas las cuerdas pequeñas y cordeles que encontré, junto con un pedazo de lona de repuesto destinada a reparar las velas cuando fuese necesario, y también el barril de pólvora mojada. En resumen, traje todas las velas, poco a poco; aunque tuve que cortarlas en pedazos y traer solo cuanto podía cargar cada vez, pues ya no servían como velas, sino únicamente como lona.
Pero lo que me dio todavía mayor satisfacción fue que, finalmente, después de haber realizado cinco o seis viajes como aquellos y cuando ya pensaba que no quedaba nada en el barco que mereciera el esfuerzo de sacar, encontré un gran tonel de pan, tres grandes barriletes de ron o aguardiente, una caja de azúcar y un barril de harina fina; aquello me sorprendió muchísimo, porque ya había perdido toda esperanza de hallar más provisiones que no estuviesen arruinadas por el agua. Vacié enseguida el gran tonel de pan y fui envolviendo el contenido, paquete por paquete, en trozos de vela que corté para ello; y, en resumen, logré llevar todo aquello sano y salvo a tierra.
Al día siguiente hice otro viaje y, habiendo ya saqueado el barco de todo cuanto era portátil y fácil de sacar, comencé con los cables. Cortando el cable principal en trozos manejables, conseguí llevar a tierra dos cables y una amarra, junto con todo el hierro que pude obtener; y después de cortar la verga del trinquete y la del mesana, además de todo cuanto pude usar para fabricar una gran balsa, la cargué con todos aquellos objetos pesados y partí. Pero mi buena fortuna empezó entonces a abandonarme; porque aquella balsa era tan incómoda y estaba tan sobrecargada que, después de entrar en la pequeña ensenada donde había desembarcado el resto de mis bienes, y no pudiendo manejarla con tanta destreza como las anteriores, volcó, arrojándome a mí y a toda mi carga al agua. En cuanto a mí, no sufrí gran daño, pues estaba cerca de la orilla; pero respecto a la carga, una gran parte se perdió, especialmente el hierro, del cual esperaba sacar gran provecho. Sin embargo, cuando bajó la marea logré recuperar la mayor parte de los trozos de cable y algo del hierro, aunque con infinito trabajo; pues tuve que sumergirme repetidas veces para recogerlo, tarea que me fatigó enormemente. Después de esto continué yendo cada día al barco, trayendo cuanto podía conseguir.
Llevaba ya trece días en tierra, y había subido once veces al barco, durante las cuales había sacado todo cuanto razonablemente podía esperarse que un solo hombre fuese capaz de transportar; aunque estoy convencido de que, si el tiempo calmado hubiese continuado, habría desmantelado el barco entero pieza por pieza. Pero cuando me preparaba para subir por duodécima vez, noté que el viento comenzaba a levantarse; sin embargo, aproveché la marea baja para subir a bordo y, aunque pensaba haber registrado la cabina tan minuciosamente que no quedaba nada más por encontrar, descubrí un pequeño armario con cajones, en uno de los cuales hallé dos o tres navajas de afeitar, unas tijeras grandes y unos diez o doce buenos cuchillos y tenedores; en otro encontré alrededor de treinta y seis libras en dinero: algunas monedas europeas, algunas brasileñas, algunas piezas de a ocho, parte en oro y parte en plata.
Sonreí para mis adentros al ver aquel dinero.
—¡Oh, basura! —dije en voz alta—. ¿De qué me sirves? No vales para mí ni siquiera el esfuerzo de recogerte del suelo; uno de esos cuchillos vale más que todo este montón. No tengo la menor utilidad para ti; quédate donde estás y húndete al fondo como una criatura cuya vida no merece ser salvada.
Sin embargo, pensándolo mejor, decidí llevármelo; y envolviendo todo aquello en un trozo de lona, empecé a pensar en construir otra balsa. Pero mientras me preparaba para ello, vi que el cielo comenzaba a cubrirse de nubes y el viento aumentaba; y en menos de un cuarto de hora soplaba ya una fuerte brisa desde la costa. Entonces comprendí inmediatamente que era inútil intentar fabricar una balsa con el viento alejándose hacia el mar; y que mi obligación era regresar antes de que subiera la marea, pues de otro modo quizá no podría volver a tierra. En consecuencia, me dejé caer al agua y nadé a través del canal que separaba el barco de los bancos de arena, no sin bastante dificultad, tanto por el peso de las cosas que llevaba conmigo como por la agitación del agua; pues el viento aumentó muy rápidamente y, antes de que la marea estuviera completamente alta, ya soplaba una tormenta.
Pero conseguí regresar a mi pequeña tienda, donde permanecí acostado, rodeado de todas mis riquezas y completamente seguro. El viento sopló con violencia toda la noche y, a la mañana siguiente, cuando miré hacia afuera, ¡he aquí que el barco ya no se veía! Me sorprendí un poco, aunque pronto me consolé pensando que no había perdido el tiempo ni disminuido mis esfuerzos para sacar de él todo cuanto pudiera serme útil; y que, en realidad, quedaba muy poco a bordo que yo hubiera podido rescatar, aun disponiendo de más tiempo.
Desde entonces abandoné toda idea de volver a pensar en el barco o en cualquier cosa que permaneciera en él, salvo aquello que pudiera llegar arrastrado hasta la costa tras el naufragio; como, en efecto, ocurrió más adelante con varios restos, aunque me fueron de poca utilidad.
Mis pensamientos se ocuparon entonces enteramente en asegurarme contra posibles salvajes, si es que alguno aparecía, o contra bestias salvajes, si las había en la isla; y tuve muchas reflexiones sobre el método que debía emplear y sobre qué clase de vivienda construir: si debía hacerme una cueva bajo tierra o levantar una tienda sobre ella; y, en resumen, resolví hacer ambas cosas, cuya forma y descripción quizá no sea impropio relatar.
Pronto descubrí que el lugar donde me encontraba no era adecuado para establecerme, porque estaba en un terreno bajo y pantanoso, cerca del mar, y creía que no sería saludable, especialmente porque no había agua dulce cerca; así que resolví buscar un sitio más sano y más conveniente.
Consideré varias cosas que, dadas mis circunstancias, me parecían necesarias: primero, salud y agua dulce, que ya he mencionado; segundo, refugio contra el calor del sol; tercero, seguridad contra criaturas feroces, ya fueran hombres o bestias; y cuarto, una vista hacia el mar, para que, si Dios enviaba algún barco a la vista, yo no perdiera ninguna oportunidad de salvación, pues todavía no estaba dispuesto a abandonar por completo aquella esperanza.
Mientras buscaba un lugar apropiado para ello, encontré una pequeña llanura al lado de una colina elevada, cuya cara orientada hacia aquella explanada era tan escarpada como el muro de una casa, de modo que nada podía caer sobre mí desde arriba. A un lado de la roca había una cavidad, erosionada ligeramente hacia dentro, parecida a la entrada o puerta de una cueva; aunque en realidad no existía ninguna cueva ni abertura en la roca.
Sobre el césped llano, justo frente a aquella hendidura, resolví levantar mi tienda. La explanada no tenía más de cien yardas de ancho y aproximadamente el doble de largo, y se extendía como un prado frente a mi puerta; al final descendía irregularmente hacia los terrenos bajos cercanos a la costa. Estaba situada en el lado N.N.O. de la colina, de modo que permanecía protegida del calor del sol durante casi todo el día, hasta que este se ponía hacia el O.S.O., aproximadamente, que en aquellos países coincide casi con el atardecer.
Antes de levantar mi tienda tracé un semicírculo frente a la cavidad, que abarcaba unas diez yardas de radio desde la roca y veinte yardas de diámetro de extremo a extremo.
Dentro de aquel semicírculo clavé dos filas de fuertes estacas, hundiéndolas en la tierra hasta que quedaron tan firmes como pilotes; la parte que sobresalía del suelo medía más de cinco pies y medio y estaba afilada en la punta. Las dos filas apenas distaban seis pulgadas una de otra.
Luego tomé los trozos de cable que había cortado del barco y los coloqué en hileras, uno sobre otro, dentro del círculo, entre ambas filas de estacas, hasta la parte superior; además coloqué otras estacas por el interior, inclinadas contra ellas, de unas dos pies y medio de altura, como refuerzos de soporte. Aquella cerca era tan sólida que ni hombre ni bestia podían entrar o pasar sobre ella. Todo esto me costó muchísimo tiempo y trabajo, especialmente cortar los postes en el bosque, transportarlos hasta allí y clavarlos en la tierra.
La entrada a este recinto no la hice mediante una puerta, sino mediante una pequeña escalera para pasar por encima; escalera que, una vez dentro, retiraba tras de mí. Así quedaba completamente cercado y fortificado, según pensaba, contra todo el mundo; y en consecuencia dormía seguro por las noches, cosa que de otro modo no habría podido hacer; aunque, como después descubrí, no había necesidad de tantas precauciones contra los enemigos que imaginaba.
Dentro de esta cerca o fortaleza trasladé, con infinito trabajo, todas mis riquezas, provisiones, municiones y herramientas, de las cuales ya he dado cuenta; y levanté una gran tienda que, para protegerme de las lluvias —que en cierta época del año son muy violentas allí— hice doble: una tienda más pequeña en el interior y otra mayor cubriéndola por encima; y sobre esta última coloqué una gran lona impermeable que había salvado entre las velas.
Desde entonces dejé de dormir, al menos por un tiempo, en la cama que había traído a tierra, y pasé a hacerlo en una hamaca, que era muy buena y pertenecía al contramaestre del barco.
Dentro de aquella tienda coloqué todas mis provisiones y todo cuanto pudiera estropearse con la humedad; y habiendo así encerrado todos mis bienes, cerré la entrada, que hasta entonces había dejado abierta, y empecé a entrar y salir, como dije antes, por medio de la pequeña escalera.
Después de terminar esto, comencé a abrirme paso dentro de la roca; y sacando toda la tierra y piedras que excavaba a través de mi tienda, las fui acumulando dentro de mi cerca, formando una especie de terraza, de manera que elevé el suelo interior alrededor de pie y medio; y así me construí una cueva justo detrás de la tienda, que me servía como bodega o sótano de mi vivienda.
Me costó muchísimo trabajo y muchos días llevar todas estas cosas a la perfección; y por ello debo retroceder ahora a otros asuntos que también ocuparon mis pensamientos. Sucedió al mismo tiempo, después de haber planeado levantar mi tienda y construir la cueva, que durante una tormenta de lluvia surgida de una espesa nube oscura apareció un repentino relámpago, seguido de un gran trueno, como naturalmente ocurre. No me sorprendió tanto el relámpago como la idea que cruzó mi mente con la misma rapidez que él: ¡mi pólvora! Sentí que el corazón se me hundía al pensar que, de un solo estallido, toda mi pólvora podría destruirse; y de ella dependían, según creía, no solo mi defensa, sino también mi sustento. Ni siquiera estaba tan preocupado por mi propio peligro, aunque si la pólvora hubiese explotado jamás habría sabido qué me había destruido.
Tal impresión causó esto en mí que, apenas pasó la tormenta, dejé de lado todos mis trabajos de construcción y fortificación y me dediqué a fabricar bolsas y cajas para separar la pólvora y guardarla en pequeñas cantidades, esperando que, pasara lo que pasara, no explotara toda al mismo tiempo; y además mantenerla tan separada que fuera imposible que una parte incendiara la otra. Terminé este trabajo en aproximadamente quince días; y creo que mi pólvora, que en total pesaba unas doscientas cuarenta libras, quedó dividida en no menos de cien paquetes. En cuanto al barril que se había mojado, no temía peligro alguno de él; así que lo coloqué en mi nueva cueva, a la cual, en mi imaginación, llamaba mi cocina; y el resto lo escondí aquí y allá entre agujeros en las rocas, procurando cuidadosamente que la humedad no pudiera alcanzarlo y marcando con precisión dónde había guardado cada parte.
Durante el intervalo de tiempo en que hacía todo esto, salía al menos una vez al día con mi escopeta, tanto para distraerme como para ver si podía matar algo adecuado para comer y, en la medida de lo posible, familiarizarme con lo que producía la isla. La primera vez que salí descubrí enseguida que había cabras en la isla, lo cual me produjo una gran satisfacción; pero esto vino acompañado de una desgracia para mí: eran tan ariscas, tan astutas y tan veloces, que era la cosa más difícil del mundo acercarse a ellas. Sin embargo, no me desanimé por ello, pues no dudaba de que tarde o temprano podría abatir alguna, como en efecto sucedió poco después; porque, una vez que descubrí más o menos los lugares que frecuentaban, empecé a acecharlas de esta manera: observé que, si ellas me veían en los valles mientras estaban sobre las rocas, huían aterrorizadas; pero si estaban pastando en los valles y yo me hallaba sobre las rocas, no me prestaban atención alguna. De ahí concluí que, por la disposición de sus ojos, su vista estaba orientada hacia abajo y no distinguían fácilmente los objetos que estaban por encima de ellas. Así que, desde entonces, adopté este método: siempre subía primero a las rocas para situarme más alto que ellas, y de ese modo conseguía con frecuencia un buen tiro.
El primer disparo que hice contra aquellas criaturas mató a una cabra hembra que tenía un cabritillo mamando de ella, lo cual me afligió profundamente; porque cuando la madre cayó, el pequeño permaneció inmóvil a su lado hasta que me acerqué y la levanté. Y no solo eso, sino que cuando cargué el cuerpo de la cabra sobre mis hombros, el cabritillo me siguió hasta mi empalizada. Entonces dejé a la madre en el suelo, tomé al pequeño en brazos y lo llevé dentro de mi cerca, con la esperanza de criarlo domesticado; pero no quiso comer, así que me vi obligado a matarlo y alimentarme también de él. Aquellos dos animales me proporcionaron carne durante mucho tiempo, pues comía con moderación y procuraba conservar mis provisiones, especialmente el pan, tanto como me era posible.
Habiendo ya establecido mi vivienda, comprendí que era absolutamente necesario disponer de un lugar donde encender fuego y conseguir combustible. Lo que hice para ello, así como la manera en que amplié mi cueva y las comodidades que construí, lo relataré detalladamente en su momento; pero ahora debo hablar un poco de mí mismo y de mis pensamientos sobre mi forma de vida, que, como puede suponerse, no eran pocos.
La perspectiva que tenía de mi situación era desoladora; pues no había naufragado en aquella isla sino después de haber sido arrastrado, como ya dije, por una violenta tormenta, completamente fuera de la ruta prevista de nuestro viaje y a una enorme distancia —cientos de leguas— de las rutas habituales del comercio humano. Tenía, pues, razones de sobra para considerar aquello como un designio del Cielo: que en aquel lugar desolado y de aquella manera miserable habría de terminar mi vida. Las lágrimas corrían abundantemente por mi rostro cada vez que hacía estas reflexiones; y algunas veces llegaba incluso a reprocharme por qué la Providencia habría de arruinar así por completo a Sus criaturas y volverlas tan absolutamente miserables, tan abandonadas y privadas de toda ayuda, tan enteramente abatidas, que apenas parecía razonable dar gracias por una vida semejante.
Pero siempre acudía a mi mente algún pensamiento que reprimía aquellas ideas y me reprendía; y recuerdo particularmente un día en que, caminando junto a la orilla del mar con mi escopeta en la mano, me hallaba profundamente melancólico pensando en mi condición presente, cuando la razón pareció hablarme de este modo:
"Bien, es cierto que estás en una situación desdichada; pero dime, ¿dónde están los demás? ¿No erais once en la barca? ¿Dónde están los otros diez? ¿Por qué no se salvaron ellos y pereciste tú? ¿Por qué fuiste tú el escogido? ¿Es mejor estar aquí o allá?"
Y al decir esto señalé hacia el mar. Todos los males deben considerarse junto con el bien que contienen y con los males aún peores que podrían acompañarlos.
Entonces volvió a ocurrírseme cuán bien provisto estaba para mi subsistencia, y cuál habría sido mi situación si no hubiese sucedido —algo que tenía una probabilidad entre cien mil— que el barco se desprendiera del lugar donde encalló por primera vez y fuese arrastrado tan cerca de la costa, dándome tiempo para sacar de él todas aquellas cosas. ¿Qué habría sido de mí si me hubiera visto obligado a vivir en el estado en que llegué inicialmente a tierra, sin medios de subsistencia ni instrumentos para procurármelos?
—Especialmente —dije en voz alta, aunque hablándome a mí mismo—, ¿qué habría hecho sin una escopeta, sin municiones, sin herramientas para fabricar o trabajar nada, sin ropa, cama, tienda o cualquier tipo de refugio?
Y ahora tenía todo aquello en cantidad suficiente y me encontraba en buen camino de arreglármelas para vivir incluso cuando se agotaran mis municiones; de modo que tenía una perspectiva tolerable de subsistir sin padecer necesidades mientras viviera. Porque desde el principio pensé en cómo prevenir los accidentes que pudieran ocurrir y prepararme para el futuro, no solo para cuando se acabaran mis municiones, sino incluso para cuando mi salud y mis fuerzas comenzaran a debilitarse.
Confieso que nunca había imaginado que mis municiones pudieran destruirse de un solo golpe —es decir, que la pólvora pudiera explotar por causa de un rayo—; y por eso me impresionó tanto el pensamiento cuando vi relámpagos y escuché truenos, como mencioné antes.
Y ahora, al estar a punto de entrar en la melancólica relación de una vida silenciosa, tal vez como jamás se haya oído otra igual en el mundo, continuaré narrándola desde su comienzo y en el debido orden. Según mis cálculos, fue el 30 de septiembre cuando, de la manera ya relatada, puse pie por primera vez en aquella horrible isla; el sol, encontrándose entonces en el equinoccio de otoño, estaba casi directamente sobre mi cabeza, pues calculé, mediante observación, que me hallaba a nueve grados y veintidós minutos al norte de la línea ecuatorial.
Después de haber permanecido allí unos diez o doce días, se me ocurrió que perdería la cuenta del tiempo por falta de libros, pluma y tinta, y que incluso llegaría a olvidar los días del Sabbath; pero para evitarlo, grabé con mi cuchillo sobre un gran poste, en letras mayúsculas —haciendo de él una gran cruz— y lo clavé en la orilla donde había desembarcado por primera vez. La inscripción decía:
"Desembarqué aquí el 30 de septiembre de 1659."
En los lados de aquel poste cuadrado hacía cada día una muesca con mi cuchillo; cada séptima muesca era el doble de larga que las demás, y la primera de cada mes era aún más larga que aquella. De este modo llevaba mi calendario y la cuenta de las semanas, los meses y los años.
Debo señalar además que, entre las muchas cosas que traje del barco en los distintos viajes que, como ya relaté, hice hasta él, obtuve varios objetos de poco valor, pero no menos útiles para mí, que omití mencionar anteriormente; entre ellos, particularmente, plumas, tinta y papel, varios paquetes pertenecientes al capitán, al contramaestre, al artillero y al carpintero; tres o cuatro brújulas, algunos instrumentos matemáticos, cuadrantes, catalejos, cartas náuticas y libros de navegación, todo lo cual amontoné sin saber siquiera si llegaría a necesitarlos. También encontré tres excelentes Biblias, que habían venido conmigo desde Inglaterra y que llevaba entre mis pertenencias; algunos libros portugueses; y entre ellos dos o tres libros de oraciones católicas, además de otros libros más, todos los cuales guardé cuidadosamente.
Y no debo olvidar que en el barco había también un perro y dos gatos, cuya notable historia quizá tenga ocasión de contar más adelante; pues me llevé conmigo a ambos gatos, mientras que el perro saltó del barco por sí mismo y nadó hasta la orilla al día siguiente de mi primer viaje con provisiones. Fue durante muchos años un fiel compañero; no había nada que él pudiera traerme que yo necesitara, ni compañía que no pudiera ofrecerme. Solo me faltaba que pudiera hablar conmigo, pero eso era imposible. Como dije antes, encontré plumas, tinta y papel, y los administré con el mayor cuidado; y mostraré que, mientras tuve tinta, llevé mis registros con mucha exactitud, pero una vez que se acabó no pude continuar, pues me fue imposible fabricar tinta por ningún medio que se me ocurriera.
Y esto me recordó que, pese a todo lo que había acumulado, aún me faltaban muchas cosas; y entre ellas, tinta, así como una pala, un pico y una azada para cavar o mover tierra; agujas, alfileres e hilo. En cuanto a la ropa de lino, pronto aprendí a prescindir de ella sin demasiada dificultad.
La falta de herramientas hacía que todos mis trabajos avanzaran lentamente; y pasó casi un año entero antes de que terminara por completo mi pequeña empalizada o cerca alrededor de mi vivienda. Los postes o estacas, tan pesados como apenas podía cargarlos, requerían mucho tiempo para ser cortados y preparados en el bosque, y aún más para transportarlos hasta mi hogar; de modo que a veces empleaba dos días en cortar y llevar una sola de aquellas estacas, y un tercer día en clavarla en tierra. Para ello utilicé al principio un pesado trozo de madera, aunque después recordé una de las barras de hierro; pero incluso con ella el trabajo de clavar aquellos postes seguía siendo sumamente laborioso y tedioso.
Pero ¿qué motivo tenía yo para preocuparme por la lentitud de cualquier trabajo, teniendo todo el tiempo del mundo para realizarlo? Además, no tenía otra ocupación, una vez terminado aquello, al menos ninguna que pudiera prever, aparte de recorrer la isla en busca de alimento, cosa que hacía, en mayor o menor medida, todos los días.
Ahora comencé a considerar seriamente mi condición y las circunstancias a las que me veía reducido; y puse por escrito el estado de mi situación, no tanto para dejarlo a quienes pudieran venir después de mí —pues era poco probable que tuviera muchos herederos— sino para librar mis pensamientos de cavilar constantemente sobre ella y afligir mi ánimo. Y como mi razón empezaba ya a dominar mi desaliento, procuré consolarme cuanto pude y poner el bien frente al mal, para distinguir mi caso de otros peores; y así establecí, con toda imparcialidad, como un deudor y un acreedor, los consuelos de que disfrutaba frente a las miserias que padecía, de esta manera:
Mal.
He naufragado en una isla horrible y desolada, sin esperanza alguna de salvación.
He sido separado y apartado, por así decirlo, de todo el mundo, para ser miserable.
Estoy separado de la humanidad: un solitario, desterrado de la sociedad humana.
No tengo ropa con qué cubrirme.
Estoy sin defensa ni medios para resistir la violencia de hombres o bestias.
No tengo un alma con quien hablar ni que me reconforte.
Bien.
Pero estoy vivo; y no me he ahogado, como todos los demás de la tripulación.
Pero también he sido apartado del resto de la tripulación para ser preservado de la muerte; y Aquel que milagrosamente me salvó de ella puede librarme también de esta condición.
Pero no estoy muriendo de hambre ni pereciendo en un lugar estéril incapaz de ofrecer sustento alguno.
Pero me encuentro en un clima cálido donde, aun si tuviera ropa, difícilmente podría soportarla.
Pero he sido arrojado a una isla donde no veo animales salvajes que puedan dañarme, como los que vi en la costa de África; ¿y qué habría sido de mí si hubiera naufragado allí?
Pero Dios hizo que el barco se acercara lo suficiente a la costa como para que pudiera sacar de él muchas cosas necesarias, las cuales no solo satisfacen mis necesidades presentes, sino que podrían permitirme sostenerme incluso mientras viva.
En conjunto, aquello era una prueba indudable de apenas existe en el mundo una condición tan miserable que no tenga también algo positivo por lo cual dar gracias; y que esto sirva como enseñanza, tomada de la experiencia de una de las situaciones más desdichadas de este mundo: que siempre podemos encontrar en ella algo que nos consuele y que colocar, en el balance entre el bien y el mal, del lado favorable de la cuenta.
Habiendo ya acostumbrado un poco mi ánimo a aceptar mi condición, y dejando de mirar constantemente hacia el mar para ver si podía divisar algún barco —digo, abandonando ya tales pensamientos—, comencé a dedicarme a organizar mi manera de vivir y a hacer mi situación tan llevadera como me fuera posible.
Ya he descrito mi vivienda, que consistía en una tienda levantada al pie de una roca, rodeada por una sólida empalizada de postes y cables; pero ahora podría llamarla más bien una muralla, pues levanté contra ella una especie de pared de césped y tierra, de unos dos pies de espesor por la parte exterior; y algún tiempo después —creo que al cabo de año y medio— coloqué vigas inclinadas desde aquella pared hasta la roca y las cubrí con ramas de árboles y cuanto pude conseguir para protegerme de la lluvia, que descubrí era, en ciertas épocas del año, extremadamente violenta.
Ya he contado cómo llevé todas mis pertenencias dentro de aquella empalizada y a la cueva que había excavado detrás de mí. Pero debo añadir también que, al principio, aquello no era más que un montón confuso de objetos, los cuales, al no estar ordenados de ninguna manera, ocupaban todo el espacio; apenas tenía sitio para moverme. Así que me dediqué a ampliar mi cueva y a excavar más profundamente en la tierra, pues la roca era arenosa y blanda, y cedía fácilmente al trabajo que realizaba sobre ella. Cuando me sentí razonablemente seguro de las bestias salvajes, excavé hacia un lado, a la derecha, penetrando en la roca; luego, girando nuevamente hacia la derecha, continué excavando hasta salir al exterior y abrí una puerta que daba fuera de mi empalizada o fortificación. Esto no solo me proporcionó entrada y salida, al servir como una puerta trasera hacia mi tienda y mi almacén, sino que además me dio más espacio para guardar mis bienes.
Y entonces comencé a aplicarme a fabricar las cosas necesarias que más echaba en falta, particularmente una silla y una mesa; pues sin ellas me era imposible disfrutar de las pocas comodidades que tenía en el mundo. No podía escribir, comer ni realizar varias otras tareas con igual satisfacción sin una mesa; así que me puse manos a la obra. Y aquí debo observar necesariamente que, así como la razón es el fundamento y el origen de las matemáticas, del mismo modo, al medir y ordenar todas las cosas mediante la razón y ejerciendo sobre ellas el juicio más racional posible, cualquier hombre puede llegar, con el tiempo, a dominar cualquier arte mecánica.
Yo jamás había manejado una herramienta en toda mi vida; y, sin embargo, con el tiempo, gracias al trabajo, la dedicación y el ingenio, descubrí finalmente que no había cosa que no pudiera fabricar, especialmente si hubiera dispuesto de más herramientas. Aun así, fabriqué una gran cantidad de objetos incluso sin herramientas, y algunos únicamente con una azuela y un hacha, probablemente de una manera jamás utilizada antes, y ello con infinitos esfuerzos. Por ejemplo, si necesitaba una tabla, no tenía otro recurso que talar un árbol, colocarlo de canto frente a mí y desbastarlo con el hacha por ambos lados hasta dejarlo tan delgado como una tabla, para luego alisarlo con la azuela. Es cierto que, por este método, apenas podía obtener una sola tabla de un árbol entero; pero no tenía otro remedio que la paciencia, del mismo modo que no podía evitar la enorme cantidad de tiempo y trabajo que requería fabricar una tabla o un tablón. Sin embargo, mi tiempo y mi esfuerzo valían tan poco para cualquier otra cosa, que bien podían emplearse en ello.
Con todo, fabriqué primero una mesa y una silla, como ya he dicho, utilizando los trozos de madera que había traído del barco sobre mi balsa. Luego, cuando logré preparar algunas tablas más, construí grandes estantes, de aproximadamente pie y medio de ancho, colocados uno sobre otro a lo largo de un lado de mi cueva, para guardar todas mis herramientas, clavos y piezas de hierro; en una palabra, para ordenar cada cosa en su lugar y poder encontrarla fácilmente. También clavé trozos de madera en la pared de roca para colgar mis escopetas y todo aquello que pudiera suspenderse; de modo que, si alguien hubiera podido ver mi cueva, habría parecido un gran almacén general de todas las cosas necesarias. Y tenía todo tan a mano, que me producía un gran placer contemplar mis bienes tan ordenados y, sobre todo, ver cuán abundante era mi provisión de objetos indispensables.
Fue entonces cuando comencé a llevar un diario de mis trabajos cotidianos; pues, en verdad, al principio me hallaba demasiado apresurado, no solo por el trabajo, sino también por la gran turbación de mi espíritu; y mi diario habría estado lleno de cosas melancólicas. Por ejemplo, habría tenido que escribir algo como esto:
"30 de septiembre.—Después de haber alcanzado la costa y escapado de morir ahogado, en vez de agradecer a Dios por mi salvación, tras haber vomitado la gran cantidad de agua salada que había tragado y haber recobrado un poco las fuerzas, corrí de un lado a otro por la orilla, retorciéndome las manos y golpeándome la cabeza y el rostro, lamentando mi desgracia y gritando: ‘¡Estoy perdido, perdido!’, hasta que, agotado y desfallecido, me vi obligado a tenderme en el suelo para descansar, aunque no me atreví a dormir por miedo a ser devorado."
Algunos días después, incluso después de haber subido al barco y sacado de él todo lo que pude, todavía no podía evitar subir a la cima de una pequeña colina y mirar hacia el mar, con la esperanza de divisar algún navío; entonces imaginaba distinguir una vela a gran distancia, me llenaba de esperanza, y después, tras mirar fijamente hasta quedar casi ciego, la perdía por completo y me sentaba a llorar como un niño, agravando así mi miseria con mi propia necedad.
Pero habiendo superado en cierta medida aquellos pensamientos, y habiendo ya organizado mi casa y mi vivienda, fabricado una mesa y una silla, y dispuesto todo a mi alrededor de la mejor manera posible, comencé a escribir mi diario; del cual daré aquí una copia (aunque en él volverán a aparecer muchas de estas mismas cosas) mientras me duró la tinta; pues, una vez agotada, me vi obligado a abandonarlo.
Capítulo V: Construyendo Una Casa — El Diario
30 de septiembre de 1659.—Yo, el pobre y miserable Robinson Crusoe, habiendo naufragado durante una terrible tormenta mar adentro, llegué a esta triste y desdichada isla, a la que di el nombre de "Isla de la Desesperación"; todo el resto de la tripulación pereció ahogada, y yo mismo apenas conservaba la vida.
Pasé el resto del día lamentándome de las miserables circunstancias en las que me hallaba; a saber: no tenía alimento, casa, ropa, armas ni lugar al cual huir; y, desesperando de todo auxilio, no veía delante de mí otra cosa que la muerte, ya fuera devorado por fieras salvajes, asesinado por salvajes o muerto de hambre por falta de comida. Al acercarse la noche dormí en un árbol, por miedo a las bestias salvajes; pero dormí profundamente, aunque llovió toda la noche.
1 de octubre.—Por la mañana vi, para mi gran sorpresa, que el barco había sido levantado por la marea alta y arrastrado nuevamente hacia la costa, mucho más cerca de la isla; lo cual, por un lado, me dio algún consuelo, pues al verlo todavía derecho y no hecho pedazos, esperaba que, si el viento calmaba, podría subir a bordo y sacar de él algo de comida y otras cosas necesarias para mi alivio; pero, por otro lado, renovó mi dolor por la pérdida de mis compañeros, pues imaginaba que, si todos hubiésemos permanecido a bordo, habríamos podido salvar el barco, o al menos no se habrían ahogado todos como sucedió; y que, de haberse salvado los hombres, quizá habríamos construido un bote con los restos del navío para llegar a alguna otra parte del mundo. Pasé gran parte del día atormentándome con estas reflexiones; pero al fin, viendo el barco casi seco, avancé por la arena cuanto pude y luego nadé hasta él. Ese día continuó lloviendo, aunque sin viento alguno.
Del 1 al 24 de octubre.—Todos estos días los ocupé enteramente en múltiples viajes para sacar del barco cuanto pudiera, transportándolo a tierra sobre balsas con cada pleamar. También llovió mucho durante esos días, aunque con algunos intervalos de buen tiempo; al parecer, era la estación lluviosa.
20 de octubre.—Volqué mi balsa y todas las cosas que llevaba sobre ella; pero como estaba en aguas poco profundas y la mayor parte de los objetos eran pesados, recuperé muchos de ellos cuando bajó la marea.
25 de octubre.—Llovió toda la noche y todo el día, acompañado de algunas ráfagas de viento; durante ese tiempo el barco se hizo pedazos, pues el viento sopló algo más fuerte que antes, y ya no volvió a verse, excepto sus restos durante la marea baja. Pasé el día cubriendo y asegurando los bienes que había salvado, para que la lluvia no los arruinara.
26 de octubre.—Caminé casi todo el día por la costa buscando un lugar donde establecer mi vivienda, muy preocupado por protegerme de cualquier ataque nocturno, ya fuese de fieras o de hombres. Hacia la noche escogí un sitio apropiado bajo una roca y marqué un semicírculo para mi campamento, el cual resolví reforzar con una obra, muro o fortificación hecha con dobles estacas, revestidas por dentro con cables y por fuera con césped.
Del 26 al 30 de octubre trabajé muy duramente transportando todas mis pertenencias a mi nueva vivienda, aunque durante parte del tiempo llovió con extrema violencia.
31 de octubre.—Por la mañana salí al interior de la isla con mi escopeta para buscar alimento y explorar el país; maté una cabra, y su cabrito me siguió hasta casa, aunque más tarde también tuve que matarlo porque no quería comer.
1 de noviembre.—Levanté mi tienda bajo una roca y pasé allí la primera noche, haciéndola tan grande como pude, con estacas clavadas para colgar mi hamaca.
2 de noviembre.—Coloqué todos mis cofres, tablas y los maderos que habían formado mis balsas, y con ellos hice una empalizada alrededor de mí, un poco dentro del lugar que había señalado para mi fortificación.
3 de noviembre.—Salí con mi escopeta y maté dos aves parecidas a patos, que resultaron muy buenas para comer. Por la tarde me puse a fabricar una mesa.
4 de noviembre.—Esta mañana empecé a organizar mis horarios de trabajo, de salidas con la escopeta, de sueño y de distracción; es decir, cada mañana salía con mi arma durante dos o tres horas, si no llovía; luego trabajaba hasta aproximadamente las once; después comía lo que tenía para vivir; y desde las doce hasta las dos dormía, pues el calor era excesivo; luego, por la tarde, volvía a trabajar. El trabajo de este día y del siguiente consistió enteramente en fabricar mi mesa, pues todavía era un pésimo artesano, aunque el tiempo y la necesidad pronto me convirtieron en un trabajador manual bastante competente, como creo que sucedería con cualquier otro hombre.
5 de noviembre.—Este día salí con mi escopeta y mi perro, y maté un felino salvaje; su piel era bastante suave, pero su carne no servía para nada. A cada criatura que mataba le quitaba la piel y la conservaba. Al regresar por la orilla del mar vi muchas clases de aves marinas que no conocía; también me sorprendieron, y casi me asustaron, dos o tres focas que, mientras yo las observaba sin saber bien qué eran, se lanzaron al mar y escaparon.
6 de noviembre.—Después de mi paseo matutino volví a trabajar en mi mesa y la terminé, aunque no quedó a mi gusto; sin embargo, poco tiempo después aprendí a mejorarla.
7 de noviembre.—Desde este día comenzó a establecerse el buen tiempo. Los días 7, 8, 9, 10 y parte del 12 (pues el 11 fue domingo) los dediqué enteramente a hacer una silla, y con mucho esfuerzo logré darle una forma tolerable, aunque nunca llegó a satisfacerme; incluso durante el proceso la desarmé varias veces.
Nota.—Pronto descuidé la observancia de los domingos; pues, al omitir la marca correspondiente en mi poste, olvidé qué día correspondía a cuál.
13 de noviembre.—Este día llovió, lo cual me refrescó enormemente y enfrió la tierra; pero vino acompañado de terribles truenos y relámpagos, que me asustaron muchísimo por miedo a que mi pólvora explotara. Tan pronto como terminó la tormenta resolví dividir toda mi pólvora en tantos pequeños paquetes como fuese posible, para evitar que estuviera en peligro.
14, 15 y 16 de noviembre.—Pasé estos tres días haciendo pequeños cofres o cajas cuadradas que pudieran contener una o dos libras de pólvora a lo sumo; y, guardándola en ellas, las escondí en lugares tan seguros y apartados unos de otros como me fue posible. En uno de esos tres días maté un gran pájaro que era bueno para comer, aunque no supe cómo llamarlo.
17 de noviembre.—Este día empecé a cavar detrás de mi tienda en la roca, para ampliar el espacio y aumentar mi comodidad.
Nota.—Había tres cosas que necesitaba muchísimo para este trabajo; a saber: un pico, una pala y una carretilla o cesta; así que suspendí mi labor y me puse a considerar cómo suplir esa carencia y fabricar algunas herramientas. En cuanto al pico, utilicé las barras de hierro, que eran suficientemente adecuadas, aunque pesadas; pero lo siguiente era una pala o azadón, absolutamente indispensable, pues en realidad no podía hacer nada eficazmente sin ella; aunque no sabía qué clase de pala fabricar.
18 de noviembre.—Al día siguiente, mientras buscaba por el bosque, encontré un árbol de la misma madera, o muy semejante, que en Brasil llaman "árbol de hierro" por su extrema dureza. De él, con gran trabajo y casi arruinando mi hacha, corté un trozo y lo llevé a casa también con mucha dificultad, pues era extremadamente pesado. La dureza excesiva de aquella madera y la falta de mejores medios hicieron que tardara muchísimo en fabricar aquella herramienta; poco a poco logré darle forma de pala o azadón; el mango quedó exactamente como los de Inglaterra, salvo que la parte inferior no tenía refuerzo de hierro, de modo que no duraría tanto; sin embargo, me sirvió bastante bien para los usos que necesitaba. Nunca, creo yo, se fabricó una pala de semejante manera, ni se tardó tanto en hacerla.
Seguía teniendo otra carencia: necesitaba una cesta o una carretilla. Una cesta no podía hacerla de ningún modo, pues no tenía ramas flexibles para fabricar mimbre —al menos aún no las había encontrado—; y en cuanto a la carretilla, imaginaba que podría hacer todo excepto la rueda; pero no tenía idea de cómo fabricarla, ni sabía cómo empezar; además, no tenía manera posible de hacer los pernos de hierro para el eje. Así que abandoné la idea y, para transportar la tierra que sacaba de la cueva, fabriqué algo parecido a las artesas que usan los obreros para llevar mortero a los albañiles. Esto no me resultó tan difícil como fabricar la pala; y, sin embargo, esa artesa, la pala y el intento fallido de construir una carretilla me ocuparon no menos de cuatro días; es decir, sin contar mi paseo matutino con la escopeta, que rara vez dejaba de hacer, y del cual casi siempre regresaba con algo adecuado para comer.
23 de noviembre.—Como mi otro trabajo había permanecido detenido mientras fabricaba estas herramientas, una vez terminadas continué mi labor y, trabajando diariamente según me lo permitían mis fuerzas y el tiempo, pasé dieciocho días enteros ensanchando y profundizando mi cueva, para que pudiera guardar cómodamente todas mis pertenencias.
Nota.—Durante todo este tiempo trabajé para hacer esta habitación o cueva lo bastante espaciosa como para servirme de almacén, despensa, cocina, comedor y bodega. En cuanto a mi dormitorio, seguí utilizando la tienda; excepto que, a veces, durante la estación lluviosa, llovía con tanta fuerza que no podía mantenerme seco, lo que me llevó más tarde a cubrir todo el espacio dentro de mi empalizada con largos postes colocados a modo de vigas, apoyados contra la roca, y cubiertos con juncos y grandes hojas de árboles, como si fuera un techo de paja.
10 de diciembre.—Comencé ya a pensar que mi cueva o bóveda estaba terminada, cuando de pronto (parece que la había hecho demasiado grande) una gran cantidad de tierra se desplomó desde la parte superior de uno de los lados; tanta, que, en pocas palabras, me aterrorizó, y no sin razón, pues si hubiera estado debajo, jamás habría necesitado sepulturero. Ahora tenía mucho trabajo que rehacer, porque debía sacar toda la tierra suelta; y, lo que era aún más importante, debía apuntalar el techo para asegurarme de que nada más volviera a derrumbarse.
11 de diciembre.—Ese día me puse manos a la obra en consecuencia, y coloqué dos soportes o postes verticales hasta el techo, con dos tablas atravesadas sobre cada poste. Terminé esto al día siguiente; y colocando más postes con tablas, en aproximadamente otra semana dejé el techo asegurado, y los postes, alineados en filas, me sirvieron como divisiones para separar las distintas partes de la casa.
17 de diciembre.—Desde este día hasta el 20 coloqué estantes y clavé clavos en los postes para colgar todo aquello que pudiera colgarse; y ahora empecé a tener cierto orden dentro de mi morada.
20 de diciembre.—Entonces llevé todo al interior de la cueva y comencé a amueblar mi casa; levanté algunas tablas a modo de aparador para ordenar mis provisiones. Pero las tablas comenzaban ya a escasearme. También me fabriqué otra mesa.
24 de diciembre.—Llovió toda la noche y todo el día. Imposible salir.
25 de diciembre.—Lluvia durante todo el día.
26 de diciembre.—No llovió, y la tierra estaba mucho más fresca y agradable que antes.
27 de diciembre.—Maté una cabra joven y herí a otra en una pata, de modo que pude atraparla y llevarla a casa atada con una cuerda; cuando la tuve conmigo, le vendé y entablillé la pierna rota.
Nota Bene—La cuidé con tal esmero que sobrevivió, y la pierna sanó tan fuerte como antes; pero, debido a que la atendí durante tanto tiempo, se volvió mansa y pastaba en el pequeño prado frente a mi puerta sin querer marcharse. Esta fue la primera vez que consideré criar algunos animales domesticados, para tener alimento cuando se agotaran mi pólvora y mis municiones.
28, 29 y 30 de diciembre.—Grandes calores y ninguna brisa, de modo que no se podía salir excepto al anochecer en busca de comida; este tiempo lo dediqué a poner todas mis cosas en orden dentro de la casa.
1 de enero.—Continuaba haciendo mucho calor; pero salí temprano y tarde con mi escopeta, y permanecí quieto durante las horas centrales del día. Esa tarde, internándome más en los valles que se extendían hacia el centro de la isla, descubrí que había abundancia de cabras, aunque extremadamente ariscas y difíciles de alcanzar; sin embargo, resolví intentar si podía hacer que mi perro las cazara.
2 de enero.—En consecuencia, al día siguiente salí con mi perro y lo lancé contra las cabras, pero me equivoqué, porque todas se volvieron contra él; y él también comprendió perfectamente el peligro, pues no quiso acercárseles.
3 de enero.—Comencé mi cerca o muro, el cual, continuando aún temeroso de ser atacado por alguien, resolví hacer muy grueso y resistente.
Nota Bene—Como este muro ya fue descrito anteriormente, omito deliberadamente lo que decía el diario; baste decir que empleé nada menos que desde el 2 de enero hasta el 14 de abril trabajando, terminando y perfeccionando esta muralla, aunque no tenía más de unas veinticuatro yardas de longitud, formando un semicírculo desde un punto de la roca hasta otro, a unas ocho yardas de distancia de ella, quedando la puerta de la cueva en el centro, detrás del muro.
Durante todo este tiempo trabajé muy duramente; las lluvias me impedían trabajar muchos días, e incluso a veces semanas enteras; pero pensaba que jamás estaría completamente seguro hasta que el muro estuviese terminado. Y apenas puede creerse con cuánto trabajo indecible se hacía todo, especialmente sacar los pilotes del bosque y clavarlos en tierra; pues los hice mucho más grandes de lo que realmente necesitaba.
Cuando el muro estuvo terminado, y la parte exterior doblemente cercada, con un muro de césped levantado junto a ella, comprendí que, si alguna gente desembarcaba allí, no percibiría nada parecido a una vivienda; y fue muy acertado haberlo hecho así, como podrá observarse más adelante en una ocasión muy notable.
Durante este tiempo hacía diariamente mis recorridos por los bosques en busca de caza siempre que la lluvia me lo permitía, y en estas caminatas descubrí frecuentemente algo u otro que me resultaba ventajoso; en particular, encontré una especie de palomas silvestres que no anidaban en árboles como las palomas torcaces, sino en huecos de las rocas, al modo de las palomas domésticas. Tomando algunas crías, intenté domesticarlas, y lo conseguí; pero cuando crecieron, se alejaron volando, quizá al principio por falta de alimento adecuado, pues no tenía nada que darles. Sin embargo, encontraba con frecuencia sus nidos y recogía las crías, que eran muy buena comida.
Y ahora, al administrar mis asuntos domésticos, descubrí que me faltaban muchas cosas que al principio creí imposible fabricar; y, en efecto, algunas lo eran. Por ejemplo, nunca pude hacer un barril con aros. Tenía uno o dos pequeños toneles, como ya mencioné antes; pero jamás logré aprender a fabricar uno semejante, aunque dediqué muchas semanas a intentarlo. No conseguía ajustar correctamente las tapas ni unir las duelas con la precisión suficiente para que retuvieran el agua; así que terminé abandonando también ese empeño.
Además, sufría una gran falta de velas; de modo que apenas anochecía, lo cual generalmente ocurría hacia las siete, me veía obligado a acostarme. Recordé el trozo de cera de abeja con el que había hecho velas durante mi aventura africana; pero ahora no tenía nada semejante. El único remedio que encontré fue guardar el sebo de las cabras que mataba y, con un pequeño recipiente de barro cocido al sol, al que añadí una mecha hecha con estopa, fabriqué una lámpara; esta me proporcionaba luz, aunque no una luz clara y estable como la de una vela.
En medio de todos mis trabajos sucedió que, revolviendo entre mis cosas, encontré una pequeña bolsa que, como insinué antes, había estado llena de grano para alimentar aves de corral; no para este viaje, sino anteriormente, según supongo, cuando el barco había venido desde Lisboa. El pequeño resto de grano que quedaba en la bolsa había sido completamente devorado por las ratas, y no vi dentro más que cáscaras y polvo; y como deseaba usar la bolsa para otra cosa (creo que para guardar pólvora, cuando la dividí por temor a los rayos, o algún uso semejante), vacié aquellas cáscaras bajo la roca, a un lado de mi fortificación.
Fue poco antes de las grandes lluvias recién mencionadas cuando arrojé allí aquel desperdicio, sin prestarle atención ni recordar siquiera haber tirado nada en ese lugar; cuando, aproximadamente un mes después, vi algunos pequeños tallos verdes brotando de la tierra, los cuales imaginé que podían pertenecer a alguna planta desconocida para mí. Pero me sorprendí y quedé absolutamente maravillado cuando, poco tiempo más tarde, vi surgir unas diez o doce espigas, que resultaron ser cebada verde perfecta, exactamente de la misma clase que la europea; más aún, como la cebada inglesa.
Es imposible expresar el asombro y la confusión que este hecho produjo en mis pensamientos. Hasta entonces no había actuado sobre ningún fundamento religioso; en realidad, tenía muy pocas nociones de religión en mi mente, y no había considerado nada de cuanto me había sucedido de otro modo que como azar, o, como solemos decir ligeramente, lo que agrada a Dios, sin investigar siquiera los fines de la Providencia en estos acontecimientos ni Su designio al gobernar el mundo. Pero después de ver crecer cebada allí, en un clima que yo sabía impropio para el cultivo del grano, y especialmente sin saber cómo había llegado allí, aquello me impresionó profundamente; y comencé a pensar que Dios había hecho crecer milagrosamente aquel cereal sin ayuda de semilla sembrada, y que lo había dispuesto únicamente para mi sustento en aquel lugar salvaje y miserable.
Esto conmovió un poco mi corazón y me hizo derramar lágrimas; y comencé a sentirme bendecido al pensar que semejante prodigio de la naturaleza hubiera ocurrido en mi favor. Y aquello me parecía aún más extraño porque vi cerca de allí, junto al costado de la roca, otros tallos dispersos, que resultaron ser arroz, el cual reconocí porque lo había visto crecer en África cuando estuve allí.
No solo creí que aquello era una manifestación directa de la Providencia para sostenerme, sino que, convencido de que habría más, recorrí toda esa parte de la isla donde había estado antes, inspeccionando cada rincón y debajo de cada roca en busca de más grano; pero no encontré ninguno. Finalmente recordé que había vaciado allí la bolsa de alimento para gallinas; y entonces el milagro comenzó a desvanecerse ante mis ojos. Debo confesar también que mi gratitud religiosa hacia la Providencia divina disminuyó al descubrir que todo aquello no era sino algo perfectamente natural; aunque debería haberme mostrado igualmente agradecido por una providencia tan extraña e inesperada como si hubiera sido milagrosa. Porque realmente fue obra de la Providencia que diez o doce granos de cereal permanecieran intactos cuando las ratas habían destruido todo el resto, como si hubiesen caído del cielo; así como también que yo los arrojara precisamente en aquel lugar, donde, protegido por la sombra de una alta roca, brotaron inmediatamente; mientras que, si los hubiera arrojado en cualquier otro sitio en aquella época, habrían sido quemados y destruidos.
Guardé cuidadosamente aquellas espigas, y puedo asegurarlo, cuando llegó su temporada, que debió ser a finales de junio; y almacenando cada grano, resolví sembrarlos todos de nuevo, esperando obtener con el tiempo una cantidad suficiente para proveerme de pan. Pero no fue hasta el cuarto año cuando pude permitirme comer siquiera una mínima parte de aquel cereal, y aun entonces solo muy moderadamente, como contaré más adelante en su debido momento; pues perdí toda la primera siembra por no haber observado la estación apropiada: la sembré justo antes de la estación seca, y así no brotó en absoluto, o al menos no como lo habría hecho de otro modo; de lo cual hablaré en su lugar correspondiente.
Además de esta cebada, había también, como ya dije, unas veinte o treinta espigas de arroz, las cuales conservé con el mismo cuidado y para el mismo propósito: hacerme pan, o más bien alimento; pues descubrí maneras de cocinarlo sin necesidad de hornearlo, aunque después de algún tiempo también logré hacerlo.
Pero volvamos a mi diario.
Trabajé excesivamente duro durante aquellos tres o cuatro meses para terminar mi muro; y el 14 de abril lo cerré completamente, ideando entrar en él no por una puerta, sino que accedía mediante una escalera que me permitía franquear el muro, para que no hubiera señal alguna de vivienda en el exterior.
16 de abril.—Terminé la escalera; así que subía por ella hasta la parte superior, luego la recogía tras de mí y la hacía descender por dentro. Esto constituía para mí un recinto completamente seguro; pues dentro tenía espacio suficiente, y nada podía alcanzarme desde fuera, a menos que antes lograra escalar el muro.
Al día siguiente de haber terminado esta muralla estuve a punto de ver todo mi trabajo destruido de una vez, y a mí mismo muerto. Sucedió así: mientras me encontraba ocupado en el interior, detrás de mi tienda, justo a la entrada de mi cueva, me sobresaltó algo verdaderamente espantoso y sorprendente; de pronto advertí que la tierra se desmoronaba desde el techo de mi cueva y desde el borde de la colina que tenía sobre mi cabeza, mientras dos de los postes que había colocado en la cueva crujían de manera aterradora. Me asusté profundamente; pero no pensé en la verdadera causa de aquello, creyendo solamente que el techo de mi cueva se había derrumbado, como había sucedido antes en parte. Y temiendo quedar enterrado allí dentro, corrí hacia mi escalera; pero no sintiéndome seguro ni siquiera allí, pasé por encima del muro, por miedo a que fragmentos de la colina rodaran sobre mí.
Apenas había puesto pie sobre terreno firme, comprendí claramente que se trataba de un terrible terremoto; pues el suelo sobre el que estaba tembló tres veces, con intervalos de unos ocho minutos entre cada sacudida, y con tal violencia que habría derribado el edificio más sólido que pudiera imaginarse sobre la tierra. Además, un enorme fragmento de la cima de una roca situada aproximadamente a media milla de mí, junto al mar, se desplomó con un estruendo tan espantoso como jamás había oído en mi vida. Percibí también que el mar entero había sido violentamente agitado por ello; y creo que las sacudidas fueron más fuertes bajo el agua que en la isla misma.
Me hallaba tan atónito por el fenómeno en sí, no habiendo experimentado jamás algo semejante ni hablado con nadie que lo hubiese hecho, que quedé como muerto o estupefacto; y el movimiento de la tierra me revolvía el estómago como si estuviera siendo zarandeado en el mar. Pero el estrépito de la roca al caer me despertó, por así decirlo, y sacándome de aquel estado de estupor me llenó de horror. Entonces no pensé sino en la colina desplomándose sobre mi tienda y todos mis bienes domésticos, enterrándolo todo de una vez; y esto abatió mi alma por segunda vez.
Después de la tercera sacudida, y al no sentir ninguna otra durante algún tiempo, empecé a recobrar valor; aunque todavía no tenía ánimo suficiente para volver a cruzar mi muro, temiendo quedar sepultado vivo. Permanecí sentado en el suelo, profundamente abatido y desconsolado, sin saber qué hacer. Durante todo este tiempo no tuve el menor pensamiento religioso serio; nada más que el habitual: "¡Señor, ten misericordia de mí!", y aun eso desapareció cuando todo hubo terminado.
Mientras permanecía allí sentado, observé que el cielo se cubría y se volvía sombrío, como si fuera a llover. Poco después el viento comenzó a levantarse gradualmente, hasta que en menos de media hora sopló un huracán espantoso; el mar se cubrió súbitamente de espuma y oleaje; la costa fue azotada por las rompientes; los árboles eran arrancados de raíz, y la tormenta fue terrible. Esto duró cerca de tres horas, tras las cuales empezó a disminuir; y dos horas más tarde reinaba ya una calma completa, comenzando entonces una lluvia torrencial.
Todo ese tiempo permanecí sentado en el suelo, lleno de terror y abatimiento, cuando de pronto pensé que aquellos vientos y lluvias eran consecuencia del terremoto, y que el terremoto mismo ya había pasado; así que podía aventurarme a volver a mi cueva. Con este pensamiento mi ánimo comenzó a revivir; y la lluvia, además, contribuyó a persuadirme, de modo que entré y me senté en mi tienda. Pero la lluvia caía con tanta violencia que mi tienda estaba a punto de venirse abajo; y me vi obligado a refugiarme en la cueva, aunque muy temeroso e inquieto por miedo a que se derrumbara sobre mi cabeza.
Esta lluvia violenta me obligó a emprender un nuevo trabajo: abrir un desagüe a través de mi nueva fortificación, como una especie de alcantarilla, para dejar salir el agua, que de otro modo habría inundado mi cueva. Después de permanecer algún tiempo dentro de ella y comprobar que no seguían nuevas sacudidas, empecé a tranquilizarme. Entonces, para levantar mi ánimo, que verdaderamente lo necesitaba mucho, fui a mi pequeña provisión y tomé un pequeño sorbo de ron; aunque siempre lo hacía con gran moderación, sabiendo que una vez agotado no tendría más.
Continuó lloviendo toda aquella noche y gran parte del día siguiente, de manera que no pude salir; pero estando ya mi mente más calmada, comencé a pensar qué sería mejor hacer. Llegué a la conclusión de que, si la isla estaba expuesta a terremotos semejantes, no podría vivir dentro de una cueva, sino que debía considerar la construcción de una pequeña choza en un lugar abierto, rodeándola con un muro como había hecho allí, para protegerme de animales salvajes o de hombres; pues concluí que, si permanecía donde estaba, tarde o temprano acabaría sepultado vivo.
Con estos pensamientos resolví trasladar mi tienda del lugar donde se encontraba, justamente bajo el precipicio colgante de la colina; pues si esta volvía a sacudirse, caería sin duda sobre mi tienda. Pasé los dos días siguientes, el 19 y el 20 de abril, pensando dónde y cómo trasladar mi morada. El temor de ser tragado vivo hacía que nunca pudiera dormir tranquilo; y, sin embargo, el miedo de acostarme al aire libre sin ninguna defensa era casi igual de grande. Pero aun así, cuando observaba cómo todo estaba tan ordenado, cuán agradablemente oculto me hallaba y cuán seguro parecía estar, me resultaba muy penoso pensar en mudarme.
Entretanto se me ocurrió que llevaría muchísimo tiempo realizar semejante traslado, y que tendría que resignarme a permanecer donde estaba hasta haber preparado un nuevo campamento y asegurarlo suficientemente para mudarme allí. Así, con esta resolución, me tranquilicé por un tiempo y decidí trabajar con toda rapidez en levantar un muro de pilotes y cables, etc., formando un círculo como el anterior, y colocar mi tienda dentro una vez terminado; pero mientras tanto me arriesgaría a permanecer donde estaba hasta que estuviera listo y habitable. Esto ocurrió el 21 de abril.
22 de abril.—A la mañana siguiente comencé a considerar los medios para llevar a cabo este plan; pero me encontré en grandes dificultades respecto a mis herramientas. Tenía tres grandes hachas y abundancia de hachuelas (pues las llevábamos para comerciar con los indios); pero de tanto cortar y trocear madera dura y nudosa, todas estaban llenas de melladuras y sin filo. Y aunque poseía una piedra de afilar, no podía hacerla girar y afilar las herramientas al mismo tiempo.
Esto me dio tanto en qué pensar como a un hombre de Estado ante una gran cuestión política, o un juez a decidir sobre la vida o muerte de un hombre. Finalmente ideé una rueda con una cuerda para hacer girar la piedra con el pie, dejando ambas manos libres.
Nota.—Nunca había visto nada semejante en Inglaterra, o al menos no me había fijado en cómo funcionaba, aunque después observé que allí es algo muy común; además, mi piedra de afilar era muy grande y pesada. Esta máquina me costó una semana entera de trabajo para perfeccionarla.
28 y 29 de abril.—Dediqué estos dos días enteros a afilar mis herramientas, funcionando muy bien mi máquina para hacer girar la piedra.
30 de abril.—Al advertir que mi pan llevaba ya bastante tiempo escaseando, hice un recuento de él y me reduje a un solo bizcocho al día, lo cual me afligió profundamente.
1 de mayo.—Por la mañana, mirando hacia la orilla del mar durante la marea baja, vi algo sobre la playa más grande de lo habitual, que parecía un barril. Cuando me acerqué, descubrí que era un pequeño tonel y dos o tres fragmentos del naufragio del barco, arrastrados hasta la costa por el reciente huracán. Y al mirar hacia el propio pecio, me pareció que sobresalía más fuera del agua que antes.
Examiné el barril que había llegado a la playa y pronto descubrí que era un barril de pólvora; pero había entrado agua en él, y la pólvora se había endurecido como piedra. Sin embargo, lo hice rodar un poco más hacia tierra firme por el momento, y continué avanzando por la arena, acercándome cuanto pude al pecio del barco para buscar algo más.
Capítulo VI: Enfermo Y Atormentado Por La Conciencia
Cuando bajé al barco, descubrí que había cambiado de lugar de una manera extraña. El castillo de proa, que antes estaba enterrado en la arena, había sido levantado al menos seis pies; y la popa, que se había roto en pedazos y separado del resto por la fuerza del mar poco después de que dejé de registrarlo, había sido arrojada, por decirlo así, hacia un lado; y la arena se había acumulado tan alto en el lado de la popa, que donde antes había una gran extensión de agua —de modo que no podía acercarme al naufragio a menos de un cuarto de milla sin nadar— ahora podía llegar caminando hasta él cuando la marea estaba baja. Al principio esto me sorprendió, pero pronto concluí que debía haber sido causado por el terremoto; y así como aquella violencia había abierto más el barco que antes, también muchas cosas llegaban diariamente a la orilla, desprendidas por el mar y arrastradas poco a poco por el viento y las aguas hasta tierra firme.
Esto desvió por completo mis pensamientos del proyecto de mudar mi vivienda, y me dediqué con gran empeño, especialmente aquel día, a buscar si podía encontrar alguna manera de entrar en el barco; pero descubrí que nada podía esperarse por ese lado, pues todo el interior estaba atascado de arena. Sin embargo, como ya había aprendido a no desesperar de nada, resolví desmontar cuanto pudiera del barco, convencido de que cualquier cosa que sacara de él me sería útil de una u otra manera.
3 de mayo.—Comencé con mi sierra y corté una viga que, según pensé, sostenía parte de la cubierta superior o alcázar; y cuando la corté, retiré toda la arena que pude del lado que estaba más alto; pero la marea empezó a subir y me vi obligado a abandonar por entonces.
4 de mayo.—Fui a pescar, pero no atrapé ni un solo pez que me atreviera a comer, hasta que me cansé de aquel entretenimiento; y justo cuando iba a desistir, pesqué un joven delfín. Había fabricado una larga línea con hilo de cuerda, pero no tenía anzuelos; aun así, frecuentemente atrapaba suficientes peces para cuanto deseaba comer; todos los cuales secaba al sol y comía secos.
5 de mayo.—Trabajé en el naufragio; corté otra viga y logré sacar de la cubierta tres grandes tablones de abeto, que até juntos y dejé flotar hacia la orilla cuando subió la marea.
6 de mayo.—Trabajé en el naufragio; saqué varios pernos de hierro y otras piezas metálicas. Trabajé muy duro y regresé a casa muy cansado, pensando en abandonar aquel trabajo.
7 de mayo.—Volví al naufragio, no con intención de trabajar, sino porque descubrí que el peso del barco había terminado de derrumbarlo, debido a las vigas cortadas; varias partes parecían haberse soltado, y el interior de la bodega estaba tan abierto que podía verse dentro; aunque estaba casi lleno de agua y arena.
8 de mayo.—Fui al naufragio y llevé una barra de hierro para hacer palanca en la cubierta, que ahora estaba completamente despejada de agua y arena. Levanté dos tablones y los traje también a la orilla con ayuda de la marea. Dejé la barra en el barco para el día siguiente.
9 de mayo.—Fui al naufragio y, usando la barra, logré abrirme paso dentro del casco. Toqué varios barriles y los aflojé con la palanca, aunque no pude abrirlos. También encontré un rollo de plomo inglés y logré moverlo, pero era demasiado pesado para retirarlo.
10 al 14 de mayo.—Fui todos los días al naufragio; obtuve gran cantidad de maderos, tablas y tablones, además de dos o tres quintales de hierro.
15 de mayo.—Llevé dos hachas para intentar cortar un trozo del rollo de plomo, colocando el filo de una hacha y golpeándolo con la otra; pero como estaba sumergido aproximadamente pie y medio en el agua, no podía dar un golpe lo bastante fuerte para hundir el hacha.
16 de mayo.—Había soplado un fuerte viento durante la noche, y el naufragio parecía aún más roto por la violencia del agua; pero permanecí tanto tiempo en el bosque buscando palomas para comer, que la marea me impidió ir al barco aquel día.
17 de mayo.—Vi algunos restos del naufragio arrastrados hasta la costa, a gran distancia de mí, cerca de dos millas; resolví ver qué eran, y descubrí que se trataba de una pieza de la proa, pero demasiado pesada para llevármela.
24 de mayo.—Todos los días, hasta hoy, trabajé en el naufragio; y con gran esfuerzo logré aflojar algunas cosas tanto con la palanca, que la primera marea alta hizo salir flotando varios barriles y dos cofres de marineros; pero el viento soplaba desde tierra, y nada llegó a la costa aquel día excepto algunos maderos y un gran barril que contenía carne de cerdo del Brasil; aunque el agua salada y la arena la habían echado a perder. Continué este trabajo todos los días hasta el 15 de junio, excepto el tiempo necesario para procurar alimento, lo cual acostumbraba hacer mientras la marea estaba alta, para estar listo cuando bajara. Para entonces ya había conseguido suficiente madera, tablones y piezas de hierro como para construir un buen bote, si hubiese sabido cómo hacerlo; y además logré reunir, en distintos momentos y fragmentos, cerca de un quintal de láminas de plomo.
16 de junio.—Bajando hacia la orilla del mar encontré una gran tortuga. Era la primera que veía; lo cual, según parece, fue solamente mala suerte mía y no defecto del lugar ni escasez de ellas; porque si hubiese estado en el otro lado de la isla, habría podido conseguir centenares cada día, como descubrí más adelante; aunque quizá me habrían costado demasiado caras.
17 de junio.—Pasé el día cocinando la tortuga. Encontré dentro de ella unos sesenta huevos; y su carne fue entonces para mí la más sabrosa y agradable que había probado en toda mi vida, pues desde que llegué a aquella horrible isla no había comido otra carne que la de cabras y aves.
18 de junio.—Llovió todo el día y permanecí dentro. En aquel tiempo sentí la lluvia fría y tuve algo de escalofríos, lo cual sabía que no era común en aquella latitud.
19 de junio.—Muy enfermo y temblando, como si hiciera frío.
20 de junio.—No descansé en toda la noche; violentos dolores de cabeza y calentura.
21 de junio.—Muy enfermo; casi muerto de miedo ante la consideración de mi triste estado: estar enfermo y sin ayuda alguna. Oré a Dios por primera vez desde la tormenta frente a Hull, aunque apenas sabía lo que decía ni por qué, pues mis pensamientos estaban completamente confundidos.
22 de junio.—Un poco mejor; aunque bajo terribles aprensiones por la enfermedad.
23 de junio.—Mucho peor otra vez; frío y escalofríos, y luego un fuerte dolor de cabeza.
24 de junio.—Mucho mejor.
25 de junio.—Un acceso de calentura muy violento; el ataque duró siete horas: primero escalofríos y luego calor, seguido de débiles sudores.
26 de junio.—Mejor; y como no tenía nada que comer, tomé mi escopeta, aunque me sentía muy débil. Sin embargo, maté una cabra, y con gran dificultad la llevé a casa; asé una parte y la comí. Me habría gustado guisarla y hacer caldo, pero no tenía olla.
27 de junio.—La calentura volvió con tanta violencia que permanecí en cama todo el día, sin comer ni beber. Estaba a punto de perecer de sed; pero tan débil que no tenía fuerzas para levantarme ni para conseguir agua. Volví a orar a Dios, aunque deliraba; y cuando no deliraba, era tan ignorante que no sabía qué decir. Sólo permanecía acostado clamando:
—¡Señor, mírame! ¡Señor, compadécete de mí! ¡Señor, ten misericordia de mí!
Supongo que no hice otra cosa durante dos o tres horas; hasta que, disminuyendo el acceso de calentura, me dormí y no desperté hasta muy entrada la noche. Cuando desperté, me encontré mucho más aliviado, aunque débil y con una sed insoportable. Sin embargo, como no tenía agua en mi morada, me vi obligado a permanecer allí hasta la mañana, y volví a dormirme.
En este segundo sueño tuve un terrible sueño: pensé que estaba sentado en el suelo, fuera de mi empalizada, donde había permanecido cuando la tormenta sopló después del terremoto; y vi a un hombre descender de una gran nube negra, envuelto en una brillante llama de fuego, y posarse sobre la tierra. Todo él resplandecía como una llama, de manera que apenas podía soportar mirarlo; su semblante era indescriptiblemente terrible, imposible de expresar con palabras. Cuando tocó el suelo con sus pies, pensé que la tierra temblaba como lo había hecho durante el terremoto, y todo el aire parecía lleno de relámpagos de fuego.
Apenas hubo tocado tierra, avanzó hacia mí con una larga lanza o arma en la mano, dispuesto a matarme; y cuando llegó a una pequeña elevación, a cierta distancia, me habló —o escuché una voz tan espantosa que es imposible describir el terror que me produjo. Todo lo que pude entender fue esto:
—Puesto que todas estas cosas no te han llevado al arrepentimiento, ahora tú debes morir.
Al decir estas palabras, pensé que levantaba la lanza que tenía en la mano para matarme.
Nadie que llegue a leer este relato esperará que yo sea capaz de describir los horrores de mi alma durante aquella terrible visión. Quiero decir que, aun siendo un sueño, soñé realmente aquellos horrores. Tampoco es posible describir la impresión que quedó en mi mente cuando desperté y descubrí que no había sido más que un sueño.
¡Ay de mí!, no poseía entonces ningún conocimiento divino. Lo que había recibido de las buenas enseñanzas de mi padre se había desgastado por una ininterrumpida serie de ocho años de vida marinera y perversidad, y por el constante trato con hombres que, como yo, eran malvados y profanos en el más alto grado. No recuerdo haber tenido, durante todo ese tiempo, ni un solo pensamiento que tendiera siquiera a elevar mi mirada hacia Dios o a volverla hacia mi interior para reflexionar sobre mi propia conducta; antes bien, una especie de estupidez del alma, sin deseo del bien ni conciencia del mal, me había dominado por completo; y yo era todo lo que puede suponerse de la criatura más endurecida, irreflexiva y perversa entre nuestros marineros comunes; sin poseer el menor sentimiento, ni del temor de Dios en el peligro, ni de gratitud hacia Dios en la salvación.
Al relatar lo ya sucedido de mi historia, esto se creerá con mayor facilidad cuando añada que, a través de todas las miserias que hasta entonces me habían acontecido, jamás tuve siquiera un pensamiento de que fueran la mano de Dios, o de que constituyeran un justo castigo por mi pecado —mi conducta rebelde hacia mi padre— o por mis pecados presentes, que eran grandes; ni siquiera las consideré un castigo por el curso general de mi vida malvada. Cuando me hallaba en aquella desesperada expedición por las desiertas costas de África, nunca pensé qué sería de mí, ni elevé deseo alguno a Dios para que guiara mis pasos o me librara de los peligros que evidentemente me rodeaban, tanto de fieras voraces como de salvajes crueles. Vivía completamente indiferente a Dios y a la Providencia; actuaba como una simple bestia, guiado sólo por los impulsos de la naturaleza y por el dictado del sentido común, y aun eso apenas. Cuando fui rescatado y recogido en el mar por el capitán portugués, quien me trató con justicia, honor y caridad, no sentí en mi interior el menor agradecimiento. Y cuando más tarde naufragué, arruinado y en peligro de ahogarme en esta isla, me hallaba igual de lejos del remordimiento o de considerar aquello como un juicio divino. Solía decirme únicamente que era un pobre desgraciado nacido para ser siempre miserable.
Es cierto que, cuando llegué por primera vez a esta orilla y descubrí que toda la tripulación había perecido mientras yo me había salvado, experimenté una especie de éxtasis y exaltación del alma que, de haber sido auxiliada por la gracia de Dios, quizá habría llegado a convertirse en verdadera gratitud; pero terminó donde había comenzado: en una simple alegría vulgar, o, mejor dicho, en el contento de seguir con vida, sin la menor reflexión acerca de la extraordinaria bondad de la mano que me había preservado y escogido para salvarme mientras todos los demás perecían, ni investigación alguna de por qué la Providencia había sido tan misericordiosa conmigo. Era exactamente la misma clase de alegría común que suelen sentir los marineros cuando logran alcanzar tierra firme después de un naufragio, alegría que ahogan en el siguiente tazón de ponche y olvidan casi inmediatamente; y así fue el resto de mi vida.
Incluso cuando más adelante, tras reflexionar debidamente, llegué a comprender mi condición —cómo había sido arrojado a aquel horrible lugar, fuera del alcance de la humanidad, sin esperanza de socorro ni perspectiva de redención— apenas advertí alguna posibilidad de sobrevivir y de no morir de hambre, toda sensación de aflicción desapareció; y comencé a sentirme bastante tranquilo, aplicándome a las tareas necesarias para mi preservación y sustento, muy lejos de considerar mi situación como un juicio del cielo o como la mano de Dios contra mí: tales pensamientos rara vez entraban en mi cabeza.
El crecimiento del grano, como mencioné en mi Diario, ejerció al principio cierta influencia sobre mí y comenzó a inspirarme cierta seriedad, mientras creí que tenía algo de milagroso; pero tan pronto desapareció aquella idea, toda la impresión que había producido se desvaneció también, como ya he señalado. Incluso el terremoto, aunque nada podía ser más terrible por naturaleza ni señalar con mayor claridad hacia el Poder invisible que gobierna tales cosas, perdió todo efecto sobre mí apenas pasó el primer espanto. No tenía mayor conciencia de Dios o de Sus juicios —y mucho menos de que mi desgracia proviniera de Su mano— que si hubiese vivido en la condición más próspera imaginable.
Pero ahora, cuando empecé a enfermar y una visión pausada de las miserias de la muerte comenzó a presentarse ante mí; cuando mi espíritu empezó a desfallecer bajo el peso de aquella fuerte enfermedad y la naturaleza se agotó por la violencia de la calentura, entonces la conciencia, que había dormido durante tanto tiempo, comenzó a despertar, y empecé a reprocharme mi vida pasada, en la que tan evidentemente, por medio de una maldad extraordinaria, había provocado la justicia de Dios para que descargara sobre mí castigos igualmente extraordinarios y me tratara de manera tan severa.
Estas reflexiones me oprimieron durante el segundo o tercer día de mi enfermedad; y la violencia tanto de la calentura como de los terribles reproches de mi conciencia arrancaron de mis labios algunas palabras semejantes a una oración dirigida a Dios, aunque no puedo decir que fueran verdaderas plegarias acompañadas de deseos o esperanzas: eran más bien la voz del puro miedo y la angustia. Mis pensamientos estaban confundidos, las convicciones pesaban enormemente sobre mi mente, y el horror de morir en una condición tan miserable llenaba mi cabeza de vapores y espantos; en aquella agitación de mi alma no sabía qué podía expresar mi lengua. Más bien eran exclamaciones como éstas:
—¡Señor, qué criatura tan miserable soy! Si enfermo, moriré sin remedio por falta de ayuda; ¿y qué será de mí?
Entonces las lágrimas brotaron de mis ojos y no pude decir más durante largo rato.
En ese intervalo acudieron a mi memoria los buenos consejos de mi padre, y enseguida aquella predicción que mencioné al comienzo de esta historia: que si daba aquel paso insensato, Dios no me bendeciría y más adelante tendría tiempo de lamentar haber despreciado sus consejos cuando ya no hubiese nadie que acudiera en mi ayuda.
—Ahora —dije en voz alta— las palabras de mi querido padre se han cumplido; la justicia de Dios me ha alcanzado, y no tengo a nadie que me ayude ni me escuche. Rechacé la voz de la Providencia, que misericordiosamente me había colocado en una posición de vida donde podía haber sido feliz y vivir tranquilo; pero no quise reconocerlo por mí mismo ni aprender de mis padres la bendición que aquello representaba. Los dejé llorando mi locura, y ahora soy yo quien debe llorar sus consecuencias. Desprecié la ayuda y el apoyo de quienes habrían elevado mi condición y habrían hecho mi vida fácil; y ahora tengo dificultades con las que ni siquiera la naturaleza puede sostenerme: sin asistencia, sin ayuda, sin consuelo y sin consejo."
Entonces clamé:
—¡Señor, sé mi ayuda, porque me hallo en gran aflicción!
Ésta fue la primera oración, si es que así puede llamarse, que hice en muchos años.
Pero vuelvo a mi Diario.
28 de junio.—Habiendo descansado un poco gracias al sueño que tuve, y habiendo desaparecido por completo el acceso de calentura, me levanté; y aunque el miedo y el terror producidos por mi sueño eran muy grandes, consideré que el acceso volvería al día siguiente y que aquél era el momento de procurarme algo que me fortaleciera y sostuviera cuando enfermara otra vez. Lo primero que hice fue llenar de agua una gran botella cuadrada y ponerla sobre mi mesa, al alcance de mi cama; y para quitarle el frío enfermizo al agua, le añadí aproximadamente un cuarto de pinta de ron y lo mezclé todo.
Después tomé un pedazo de carne de cabra y lo asé sobre las brasas, aunque apenas pude comer un poco. Caminé un rato, pero me sentía muy débil y, además, profundamente triste y abatido bajo el peso de mi miserable condición, temiendo el regreso de la calentura al día siguiente.
Por la noche cené tres huevos de tortuga, que asé entre las cenizas y comí, como solemos decir, "en su propia cáscara"; y éste fue el primer alimento sobre el cual pedí la bendición de Dios que yo pudiera recordar en toda mi vida.
Después de comer intenté caminar, pero me encontraba tan débil que apenas podía cargar la escopeta, pues nunca salía sin ella; así que avancé sólo un poco y me senté en el suelo, contemplando el mar, que se extendía tranquilo y sereno frente a mí.
Mientras permanecía allí sentado, acudieron a mi mente pensamientos como éstos:
"¿Qué son esta tierra y este mar que tanto he visto? ¿De dónde proceden? ¿Y qué soy yo, y qué son todas las demás criaturas, salvajes y domésticas, humanas y animales? ¿De dónde venimos?"
"Sin duda todos hemos sido creados por algún Poder secreto que formó la tierra y el mar, el aire y el cielo."
"¿Y quién es ese Poder?"
Entonces la respuesta surgió de manera natural:
"Es Dios quien ha creado todo."
"Bien; pero si Dios ha creado todas estas cosas, entonces también las guía y gobierna; y gobierna asimismo todo cuanto las concierne; porque el Poder que pudo crear todas las cosas ciertamente debe poseer también el poder de dirigirlas."
"Y si es así, nada puede suceder dentro del gran círculo de Sus obras sin Su conocimiento o sin Su voluntad."
Y si nada sucede sin Su conocimiento, Él sabe que yo estoy aquí y conoce esta terrible condición en que me encuentro; y si nada ocurre sin Su voluntad, entonces Él ha dispuesto que todo esto me acontezca.
Nada vino a mi mente capaz de contradecir aquellas conclusiones; y por eso se impusieron sobre mí con mayor fuerza todavía: debía ser necesariamente que Dios había ordenado todo aquello; que había sido conducido a aquella miserable situación por Su dirección, siendo Él el único que tiene poder no sólo sobre mí, sino sobre todo cuanto ocurre en el mundo.
Inmediatamente surgió otro pensamiento:
"¿Por qué me ha hecho esto Dios? ¿Qué he hecho yo para ser tratado así?"
Mi conciencia me reprendió de inmediato por aquella pregunta, como si hubiese blasfemado; y me pareció escuchar una voz que me decía:
—¡Desgraciado! ¿Preguntas qué has hecho? Mira hacia atrás y contempla una vida espantosamente malgastada, y pregúntate más bien qué es lo que no has hecho. Pregunta por qué no fuiste destruido hace mucho tiempo. ¿Por qué no te ahogaste en la rada de Yarmouth? ¿Por qué no moriste en el combate cuando el barco fue capturado por el corsario de Salé? ¿Por qué no fuiste devorado por las fieras en la costa de África? ¿O por qué no pereciste aquí, cuando toda la tripulación murió excepto tú? ¿Y todavía preguntas qué has hecho?
Quedé mudo ante estas reflexiones, como un hombre atónito, y no tuve palabra alguna que decir; ni siquiera para responderme a mí mismo. Me levanté pensativo y triste, regresé a mi refugio y trepé por encima de mi empalizada como si fuera a acostarme; pero mis pensamientos estaban profundamente turbados y no tenía inclinación alguna a dormir. Así que me senté en mi silla y encendí mi lámpara, pues comenzaba a oscurecer.
Y como el temor al regreso de mi enfermedad me aterrorizaba enormemente, recordé de pronto que los brasileños no emplean otro remedio que el tabaco para casi todas las enfermedades; y yo tenía en uno de los cofres un trozo de tabaco en rollo, completamente curado, y también algo de tabaco verde, aún sin curar del todo.
Fui, sin duda guiado por el Cielo; pues en aquel cofre hallé un remedio tanto para el alma como para el cuerpo. Abrí el cofre y encontré lo que buscaba: el tabaco; y como también estaban allí los pocos libros que había salvado, saqué una de las Biblias que mencioné antes, y que hasta entonces no había tenido ni tiempo ni inclinación de abrir. Digo, pues, que la tomé y llevé tanto esta como el tabaco a la mesa. Qué uso darle al tabaco en mi enfermedad no lo sabía, ni tampoco si era bueno para ella o no; pero hice varios experimentos con él, como si estuviese resuelto a que de una manera u otra debía surtir efecto. Primero tomé un pedazo de hoja y lo mastiqué en la boca, lo cual, en verdad, al principio casi me aturdió el cerebro, siendo el tabaco verde y fuerte, y no estando yo acostumbrado a él. Luego tomé un poco y lo dejé en remojo una o dos horas en algo de ron, resuelto a beber una dosis al acostarme; y finalmente quemé un poco sobre una sartén de brasas, y mantuve la nariz tan cerca del humo como pude soportarlo, tanto por el calor como casi hasta la sofocación. Durante esta operación tomé la Biblia y empecé a leer; pero tenía la cabeza demasiado alterada por el tabaco para soportar la lectura, al menos en aquel momento; solo que, habiendo abierto el libro al azar, las primeras palabras que se presentaron ante mí fueron estas: "Invócame en el día de la angustia, y yo te libraré, y tú me glorificarás".
Estas palabras se ajustaban mucho a mi situación, e hicieron cierta impresión en mis pensamientos al leerlas, aunque no tanta como después; porque, en cuanto a ser librado, aquella palabra no tenía, por así decirlo, ningún sentido para mí: la cosa me parecía tan remota, tan imposible según mi manera de entender las cosas, que comencé a decir, como los hijos de Israel cuando Dios les prometió carne para comer: "¿Podrá Dios poner mesa en el desierto?" Así empecé yo a decir: "¿Podrá Dios mismo librarme de este lugar?" Y como durante muchos años no apareció esperanza alguna, esta idea prevaleció muy a menudo en mis pensamientos; pero, aun así, aquellas palabras dejaron una profunda impresión en mí, y meditaba sobre ellas con frecuencia.
Ya era tarde, y el tabaco había, como dije, entorpecido tanto mi cabeza que me sentía inclinado a dormir; así que dejé la lámpara encendida en la cueva, por si necesitaba algo durante la noche, y me fui a la cama. Pero antes de acostarme hice algo que jamás había hecho en toda mi vida: me arrodillé y pedí a Dios que cumpliera en mí aquella promesa, que si lo invocaba en el día de la angustia, Él me libraría. Después de terminar mi oración, rota e imperfecta, bebí el ron en el que había dejado el tabaco en remojo, el cual estaba tan fuerte e impregnado del sabor del tabaco que apenas pude tragarlo; inmediatamente después me acosté.
Pronto sentí que se me subía violentamente a la cabeza; pero caí en un sueño profundo y no desperté más hasta que, por la posición del sol, debían de ser cerca de las tres de la tarde del día siguiente; más aún, hasta el día de hoy estoy parcialmente convencido de que dormí todo el día y toda la noche siguientes, y hasta casi las tres del día posterior; pues de otro modo no sé cómo habría perdido un día en mi cuenta de los días de la semana, como descubrí algunos años después; porque, si lo hubiese perdido al cruzar y recruzar la línea, habría perdido más de uno; pero ciertamente perdí un día en mi cuenta, y jamás supe de qué manera. Sea como fuere, al despertar me encontré extraordinariamente reconfortado, y mi ánimo vivo y alegre; cuando me levanté estaba más fuerte que el día anterior, y el estómago mejor, pues tenía hambre; y, en resumen, no tuve acceso alguno al día siguiente, sino que continué notablemente mejor. Esto ocurrió el 29.
El día 30 fue, naturalmente, mi día de recuperación, y salí con mi escopeta, aunque no quise alejarme demasiado. Maté una o dos aves marinas, parecidas a ánsares, y las llevé a casa; pero no tenía mucho ánimo de comerlas, así que comí algunos huevos más de tortuga, que eran muy buenos. Aquella noche repetí el remedio que había supuesto me hizo bien el día anterior —el tabaco remojado en ron—, solo que no tomé tanto como antes, ni mastiqué hojas ni acerqué la cabeza al humo; sin embargo, no me encontré tan bien al día siguiente, que fue el primero de julio, como esperaba estarlo; pues tuve un ligero amago del acceso de frío, aunque no fue mucho.
2 de julio.—Repetí el remedio de las tres maneras; y me administré una dosis igual que la primera vez, doblando la cantidad que bebí.
3 de julio.—El acceso desapareció para siempre, aunque no recuperé todas mis fuerzas hasta varias semanas después. Mientras recobraba vigor, mis pensamientos volvían constantemente sobre aquel pasaje de la Escritura: "Yo te libraré"; y la imposibilidad de mi liberación pesaba mucho sobre mi mente, impidiéndome esperar realmente en ella. Pero mientras me desanimaba con tales pensamientos, se me ocurrió que meditaba tanto en mi liberación de la principal aflicción, que desatendía la liberación que ya había recibido; y fue como si me viera obligado a preguntarme cosas como estas: ¿Acaso no he sido librado, y maravillosamente además, de la enfermedad; de la condición más miserable imaginable, y tan terrible para mí? ¿Y qué reconocimiento he tenido por ello? ¿He cumplido yo con mi parte? Dios me había librado, pero yo no lo había glorificado; es decir, no había reconocido ni agradecido aquella liberación como tal. ¿Y cómo podía esperar una liberación mayor?
Esto conmovió profundamente mi corazón; e inmediatamente me arrodillé y di gracias a Dios en voz alta por haberme recuperado de mi enfermedad.
4 de julio.—Por la mañana tomé la Biblia; y comenzando por el Nuevo Testamento, empecé a leerla seriamente, imponiéndome leer un rato cada mañana y cada noche; no atándome al número de capítulos, sino leyendo mientras mis pensamientos permanecieran interesados en ello. No pasó mucho tiempo desde que me entregué seriamente a esta tarea hasta que encontré mi corazón más profunda y sinceramente afectado por la maldad de mi vida pasada. La impresión de mi sueño revivió; y las palabras: "Todas estas cosas no te han llevado al arrepentimiento" cruzaban gravemente mis pensamientos. Rogaba fervorosamente a Dios que me concediese arrepentimiento, cuando ocurrió providencialmente que, precisamente aquel día, leyendo las Escrituras, llegué a estas palabras: "A este ha exaltado Dios por Príncipe y Salvador, para dar arrepentimiento y remisión". Dejé caer el libro; y levantando al cielo tanto el corazón como las manos, en una especie de éxtasis de alegría, exclamé en voz alta:
—¡Jesús, hijo de David! ¡Jesús, excelso Príncipe y Salvador! ¡Concédeme arrepentimiento!
Fue la primera vez que pude decir, en el verdadero sentido de las palabras, que había orado en toda mi vida; porque ahora oraba con conciencia de mi condición, y con una verdadera esperanza fundada en las Escrituras y en el aliento de la Palabra de Dios; y desde entonces, puedo decir, comencé a esperar que Dios me escucharía.
Entonces empecé a interpretar aquellas palabras mencionadas antes —Invócame, y yo te libraré— en un sentido muy distinto del que jamás había entendido; pues antes no concebía otra liberación que la de escapar del cautiverio en que me hallaba; porque aunque en verdad estaba libre dentro de aquel lugar, la isla era ciertamente para mí una prisión, y en el peor sentido imaginable. Pero ahora aprendí a comprenderlo de otra manera: ahora miraba hacia atrás, a mi vida pasada, con tal horror, y mis pecados me parecían tan espantosos, que mi alma no buscaba de Dios otra cosa que la liberación del peso de culpa que aplastaba todo mi consuelo. En cuanto a mi vida solitaria, no significaba nada; ni siquiera rogaba ser rescatado de ella, ni pensaba en ello; carecía de toda importancia en comparación con aquello. Y añado esta parte aquí para insinuar a quienquiera que la lea, que cuando lleguen a un verdadero entendimiento de las cosas, encontrarán que la liberación del pecado es una bendición mucho mayor que la liberación de la aflicción.
Pero dejando esta parte, vuelvo a mi Diario.
Mi condición comenzó entonces a ser, aunque no menos miserable en cuanto a mi modo de vida, sí mucho más llevadera para mi espíritu; y teniendo mis pensamientos dirigidos, mediante la lectura constante de las Escrituras y la oración a Dios, hacia cosas de naturaleza más elevada, hallé en mi interior un gran consuelo que hasta entonces desconocía; además, recuperándose mi salud y mis fuerzas, me afané en procurarme todo lo que necesitaba y en hacer mi forma de vida tan ordenada como pude.
Desde el 4 hasta el 14 de julio estuve principalmente ocupado en caminar poco a poco con mi escopeta en la mano, como un hombre que recobra las fuerzas después de una enfermedad; pues apenas puede imaginarse cuán abatido estaba y a qué debilidad me había reducido. El remedio que empleé era completamente nuevo, y quizá jamás había curado antes unas calenturas; ni tampoco puedo recomendar a nadie que lo practique basándose en este experimento: porque aunque eliminó el acceso, contribuyó más bien a debilitarme; pues durante algún tiempo sufrí frecuentes convulsiones en los nervios y en las extremidades. Aprendí también de ello, particularmente, que salir durante la estación lluviosa era lo más perjudicial para mi salud, especialmente en aquellas lluvias acompañadas de tormentas y huracanes; porque así como la lluvia que caía en la estación seca casi siempre venía acompañada de tales tempestades, descubrí que aquella lluvia era mucho más peligrosa que la que caía en septiembre y octubre.
Capítulo VII: Experiencias Agrícolas
Ya llevaba más de diez meses en aquella desdichada isla. Toda posibilidad de librarme de aquella condición parecía haberme sido completamente arrebatada; y estaba firmemente convencido de que jamás había puesto pie allí criatura humana alguna. Habiendo asegurado ya mi morada, según creía, enteramente a mi gusto, sentí un gran deseo de explorar la isla con mayor perfección y descubrir qué otras producciones podía hallar, de las cuales aún nada conocía.
Fue el quince de julio cuando comencé a hacer un reconocimiento más particular de la isla misma. Primero remonté el arroyo donde, como ya insinué, había llevado mis balsas a tierra. Descubrí, después de avanzar unas dos millas, que la marea no subía más allá y que no era sino un pequeño riachuelo de agua corriente, muy fresca y buena; pero como aquella era la estación seca, apenas había agua en algunas partes; al menos, no la suficiente para correr en corriente visible.
En las orillas de aquel arroyo hallé varias sabanas o praderas agradables, llanas, suaves y cubiertas de hierba; y en las partes elevadas de ellas, junto a las tierras más altas, donde el agua, según podía suponerse, jamás desbordaba, encontré gran cantidad de tabaco verde, creciendo con tallos grandes y muy vigorosos. Había diversas otras plantas de las cuales no tenía idea ni conocimiento alguno, y que quizás poseían virtudes propias que yo era incapaz de descubrir.
Busqué la raíz de mandioca, con la que los indios de aquellas regiones hacen su pan, pero no pude encontrar ninguna. Vi grandes plantas de áloe, aunque no comprendía sus propiedades. Vi también varias cañas de azúcar, pero silvestres y, por falta de cultivo, imperfectas. Me contenté por entonces con estos descubrimientos y regresé, meditando conmigo mismo qué camino podría tomar para conocer la virtud y utilidad de los frutos o plantas que descubriese; pero no logré llegar a ninguna conclusión, pues, en suma, había observado tan poco mientras estuve en Brasil, que conocía muy poco de las plantas del campo; al menos, muy poco que pudiera servirme en mi actual aflicción.
Al día siguiente, el dieciséis, tomé nuevamente el mismo camino; y, después de avanzar algo más de lo que había ido el día anterior, encontré que el arroyo y las sabanas terminaban, y que el terreno se volvía más boscoso que antes. En esta parte hallé distintos frutos; y particularmente encontré melones sobre el suelo, en gran abundancia, y uvas en los árboles. Las vides se habían extendido, en efecto, sobre los árboles, y los racimos de uvas estaban entonces en su punto, muy maduros y ricos.
Aquello fue un descubrimiento sorprendente, y me alegré muchísimo de hallarlas; pero la experiencia me advirtió que debía comer de ellas con moderación, recordando que, cuando estuve en tierra en Berbería, el comer uvas causó la muerte de varios ingleses que eran esclavos allí, provocándoles flujos y calenturas. Sin embargo, descubrí un excelente uso para aquellas uvas: secarlas al sol y conservarlas como se conservan las pasas; lo cual pensé que sería, como en efecto resultó ser, saludable y agradable de comer cuando ya no hubiese uvas frescas.
Pasé allí toda aquella tarde y no regresé a mi habitación; siendo esta, por cierto, la primera noche, por así decirlo, que dormía fuera de casa. Durante la noche recurrí a mi primera invención: me subí a un árbol, donde dormí bien; y a la mañana siguiente continué con mi exploración, viajando cerca de cuatro millas, según pude calcular por la longitud del valle, manteniéndome siempre hacia el norte, con una cadena de colinas al sur y otra al norte.
Al final de aquella marcha llegué a una abertura donde el terreno parecía descender hacia el oeste; y un pequeño manantial de agua fresca, que brotaba de la ladera de la colina junto a mí, corría en dirección opuesta, es decir, directamente hacia el este. El paisaje se veía tan fresco, tan verde, tan floreciente, todo en una constante verdura y lozanía de primavera, que parecía un jardín cultivado.
Descendí un poco hacia aquel delicioso valle, contemplándolo con una secreta clase de placer, aunque mezclado con mis otros pensamientos aflictivos, al considerar que todo aquello era mío; que yo era rey y señor absoluto de toda aquella tierra, y tenía derecho de posesión sobre ella; y que, si pudiera transmitirla, podría dejarla en herencia tan completamente como cualquier señor de una finca en Inglaterra.
Vi allí abundancia de cocoteros, naranjos, limoneros y cidros; pero todos silvestres, y muy pocos daban fruto, al menos en aquel momento. Sin embargo, las limas verdes que recogí no solo eran agradables al paladar, sino también muy saludables; y más tarde mezclé su jugo con agua, obteniendo una bebida muy sana, fresca y refrescante.
Comprendí entonces que tenía bastante trabajo reuniendo y llevando provisiones a casa; y resolví almacenar uvas, así como limas y limones, para abastecerme durante la estación lluviosa, que sabía se aproximaba.
Con este propósito, reuní un gran montón de uvas en un lugar, otro más pequeño en otro, y una gran cantidad de limas y limones en un tercero; y, tomando unas pocas de cada uno conmigo, emprendí el regreso a casa, decidido a volver más tarde con una bolsa o saco, o cualquier cosa que pudiera fabricar, para transportar el resto.
Así pues, después de pasar tres días en aquel viaje, regresé a casa —pues ya debía llamar así a mi tienda y a mi cueva—; pero antes de llegar, las uvas se habían echado a perder. La riqueza del fruto y el peso de su propio jugo las habían aplastado y deshecho, de modo que servían para poco o nada. En cuanto a las limas, estaban buenas, aunque solo pude traer unas pocas.
Al día siguiente, que era el diecinueve, regresé habiéndome fabricado dos pequeñas bolsas para traer a casa mi cosecha; pero me sorprendí al llegar al montón de uvas, que tan hermosas y abundantes estaban cuando las recogí, al encontrarlas todas dispersas, pisoteadas y arrastradas de un lado a otro; algunas aquí, otras allá, y muchísimas comidas y devoradas.
Concluí de ello que debía de haber por allí algunas criaturas salvajes responsables de aquello; aunque no sabía cuáles eran. Sin embargo, viendo que no podía almacenarlas en montones, ni tampoco transportarlas en sacos sin que se aplastasen bajo su propio peso, tomé otro camino. Reuní una gran cantidad de uvas y las colgué de las ramas exteriores de los árboles, para que se curasen y secasen al sol; y en cuanto a las limas y limones, traje conmigo tantos como podía cargar.
Cuando regresé de aquel viaje, contemplé con gran placer la fertilidad de aquel valle y lo agradable de su situación; la seguridad contra las tormentas que ofrecía aquella parte del terreno, y la abundancia de bosque; y llegué a la conclusión de que había escogido para fijar mi morada la peor parte de toda la isla.
En conjunto, comencé a considerar la posibilidad de trasladar mi habitación y buscar un lugar tan seguro como aquel donde me encontraba entonces, si era posible, dentro de aquella región agradable y fértil de la isla.
Este pensamiento ocupó mi mente durante mucho tiempo, y me sentí extraordinariamente inclinado hacia ello por un tiempo, pues el encanto del lugar me tentaba mucho; pero cuando reflexioné con mayor detenimiento, consideré que ahora me hallaba junto al mar, donde al menos existía la posibilidad de que algo ocurriera en mi favor, y que la misma desgracia que me había traído hasta allí podría traer también a otros desdichados al mismo sitio. Y aunque era muy improbable que tal cosa sucediera alguna vez, encerrarme entre las colinas y bosques del centro de la isla equivaldría a anticipar mi cautiverio y convertir aquella posibilidad no solo en improbable, sino en imposible; y que, por lo tanto, no debía trasladarme bajo ningún concepto.
Sin embargo, estaba tan enamorado de aquel lugar, que pasé allí gran parte de mi tiempo durante el resto del mes de julio; y aunque, después de reflexionarlo mejor, resolví no mudarme, sí me construí una pequeña especie de cenador, rodeándolo a cierta distancia con una sólida empalizada formada por un doble seto, tan alto como podía alcanzar, bien afirmado y relleno entre medias con matorrales; y allí dormía muy seguro, a veces dos o tres noches seguidas, entrando siempre por encima mediante una escalera. Así llegué a imaginar que poseía una casa de campo y otra junto al mar; y este trabajo me ocupó hasta comienzos de agosto.
Apenas había terminado mi cerca y comenzaba a disfrutar del fruto de mi trabajo, cuando llegaron las lluvias y me obligaron a permanecer en mi primera habitación; pues aunque me había fabricado una tienda semejante a la otra, utilizando un trozo de vela y extendiéndola bien, no tenía la protección de una colina que me resguardase de las tormentas, ni una cueva detrás donde refugiarme cuando las lluvias eran extraordinarias.
Hacia comienzos de agosto, como he dicho, había terminado mi cenador y comenzaba a disfrutar de él. El tres de agosto descubrí que las uvas que había colgado estaban completamente secas y, en efecto, se habían convertido en excelentes pasas al sol; así que comencé a bajarlas de los árboles, y fue muy afortunado haberlo hecho, porque las lluvias que siguieron las habrían arruinado y yo habría perdido la mejor parte de mi alimento para el invierno; pues tenía más de doscientos grandes racimos.
Apenas las hube bajado todas y llevado la mayor parte a mi cueva, comenzó a llover; y desde entonces, es decir, desde el catorce de agosto, llovió más o menos todos los días hasta mediados de octubre; y algunas veces con tanta violencia, que no pude salir de mi cueva durante varios días.
En esta estación me sorprendió mucho el aumento de mi familia. Había estado preocupado por la pérdida de una de mis gatas, que había huido de mí o, según pensaba, había muerto, y no tuve más noticias de ella hasta que, para mi asombro, regresó a casa hacia finales de agosto acompañada de tres gatitos.
Esto me pareció aún más extraño porque, aunque había matado con mi escopeta a un gato salvaje, como yo lo llamaba, pensaba que era una especie completamente distinta de nuestros gatos europeos; pero las crías resultaron ser de la misma raza doméstica que la gata vieja; y como ambas gatas eran hembras, aquello me pareció muy singular.
Sin embargo, a partir de aquellos tres gatos llegué más tarde a verme tan infestado de gatos, que me vi obligado a matarlos como si fueran alimañas o bestias salvajes, y a expulsarlos de mi casa tanto como me fue posible.
Desde el 14 de agosto hasta el 26 hubo lluvias incesantes, de modo que no podía salir, y ahora tenía gran cuidado de no mojarme demasiado. Durante este encierro comencé a verme escaso de alimentos; pero aventurándome a salir en dos ocasiones, un día maté una cabra, y el último día, que fue el veintiséis, encontré una tortuga muy grande, lo cual fue para mí un verdadero festín. Mi alimentación quedó entonces regulada así: comía un racimo de pasas para el desayuno; un trozo de carne de cabra o de tortuga para la comida, asado al fuego —pues, para mi gran desgracia, no tenía ningún recipiente en el cual hervir o guisar cosa alguna—; y dos o tres huevos de tortuga para la cena.
Durante este confinamiento bajo mi cubierta a causa de la lluvia, trabajaba diariamente dos o tres horas ampliando mi cueva y, poco a poco, la fui excavando hacia uno de los lados hasta llegar al exterior de la colina, donde abrí una puerta o salida que daba más allá de mi cerca o muralla; de esta manera podía entrar y salir por allí.
Sin embargo, no me sentía completamente tranquilo quedando tan expuesto; pues, tal como había dispuesto antes mi vivienda, me hallaba enteramente encerrado y protegido, mientras que ahora me parecía estar abierto y expuesto a cualquier cosa que quisiera entrar sobre mí; aunque tampoco lograba percibir que existiera criatura alguna a la que temer, siendo la mayor bestia que hasta entonces había visto en la isla una cabra.
30 de septiembre.—Había llegado ya al desdichado aniversario de mi desembarco. Conté las marcas de mi poste y descubrí que llevaba en tierra trescientos sesenta y cinco días. Guardé aquel día como un solemne ayuno, dedicándolo por entero al ejercicio religioso, postrándome en tierra con la más seria humillación, confesando mis pecados ante Dios, reconociendo Sus justos juicios sobre mí y rogándole que tuviera misericordia de mí por medio de Jesucristo; y, sin probar el menor alimento durante doce horas, hasta la puesta del sol, entonces comí una torta de bizcocho y un racimo de uvas, y me acosté, terminando el día tal como lo había comenzado.
Hasta entonces no había celebrado Sabbath alguno; pues, como al principio no tenía sentimiento religioso en mi espíritu, había dejado, al cabo de cierto tiempo, de distinguir las semanas haciendo una marca más larga de lo ordinario para el día del Sabbath, y así realmente no sabía cuál era cada día. Pero ahora, habiendo contado los días como queda dicho, descubrí que llevaba allí un año; por lo cual dividí el tiempo en semanas y aparté cada séptimo día como Sabbath; aunque descubrí, al final de mis cuentas, que había perdido uno o dos días en mi cálculo.
Poco tiempo después comenzó a faltarme la tinta, y me resigné a usarla con mayor moderación, escribiendo únicamente los sucesos más notables de mi vida, sin continuar ya un registro diario de las demás cosas.
La estación lluviosa y la estación seca empezaban ahora a presentárseme con regularidad, y aprendí a dividirlas para prepararme conforme a ellas; aunque adquirí toda mi experiencia antes de poseerla, y lo que voy a relatar fue uno de los experimentos más desalentadores que hice.
Ya he mencionado que había conservado cuidadosamente las pocas espigas de cebada y arroz que tan sorprendentemente encontré brotar, según creía, por sí mismas; y calculo que habría unas treinta matas de arroz y unas veinte de cebada. Pensé entonces que aquel era el momento apropiado para sembrarlas, después de las lluvias, estando el sol en su posición austral, alejándose de mí.
En consecuencia, removí un trozo de tierra lo mejor que pude con mi pala de madera y, dividiéndolo en dos partes, sembré mi grano; pero mientras sembraba se me ocurrió casualmente que no debía sembrarlo todo de una vez, pues ignoraba cuál era la estación apropiada para ello, así que sembré apenas dos terceras partes de la semilla, reservando aproximadamente un puñado de cada especie.
Más tarde fue para mí un gran consuelo haber obrado así, porque ni un solo grano de lo que sembré aquella vez llegó a prosperar; pues los meses secos que siguieron, no habiendo recibido la tierra lluvia alguna después de sembrada la semilla, no tuvieron humedad suficiente para favorecer su crecimiento, y no brotó en absoluto hasta que regresó nuevamente la estación húmeda; entonces creció como si acabara de ser sembrada.
Al ver que mi primera siembra no crecía, lo cual atribuí fácilmente a la sequía, busqué un terreno más húmedo para hacer otra prueba; excavé un pedazo de tierra cerca de mi nuevo cenador y sembré allí el resto de mi semilla en febrero, poco antes del equinoccio de primavera; y como las lluvias de marzo y abril la regaron abundantemente, brotó de manera muy favorable y produjo una cosecha bastante buena.
Pero como solo me quedaba una parte de la semilla y no me atrevía a sembrarla toda, la cantidad final fue pequeña, y mi cosecha entera no llegó a más de medio celemín de cada clase.
Sin embargo, gracias a este experimento llegué a dominar perfectamente el asunto y supe con exactitud cuál era la estación adecuada para sembrar, comprendiendo además que podía esperar dos épocas de siembra y dos cosechas cada año.
Mientras aquel grano crecía hice un pequeño descubrimiento que más tarde me fue útil. Tan pronto terminaron las lluvias y el tiempo comenzó a estabilizarse, lo cual ocurrió hacia noviembre, hice una visita al interior, a mi cenador; y aunque hacía varios meses que no iba, encontré todo exactamente como lo había dejado.
El círculo o doble seto que había construido no solo permanecía firme e intacto, sino que las estacas que había cortado de ciertos árboles que crecían por allí habían echado brotes y largas ramas, tanto como suele hacerlo un sauce el primer año después de haber sido podado. No sabía qué nombre dar al árbol del que procedían aquellas estacas.
Me sorprendió, y al mismo tiempo me agradó mucho, ver crecer aquellos jóvenes árboles; y los podé y guié para que crecieran tan uniformes como me fuera posible. Apenas puede creerse cuán hermoso aspecto llegaron a adquirir en el término de tres años; pues aunque el seto formaba un círculo de unas veinticinco yardas de diámetro, los árboles —pues ya podía llamarlos así— pronto lo cubrieron por completo, formando una sombra perfecta, suficiente para cobijarse bajo ella durante toda la estación seca.
Esto me decidió a cortar más estacas y hacer otro seto semejante en forma de semicírculo alrededor de mi muro —quiero decir, el de mi primera vivienda—, lo cual hice; y colocando los árboles o estacas en doble hilera, a unas ocho yardas de mi primera cerca, crecieron rápidamente, sirviendo primero como excelente abrigo para mi habitación y, más tarde, también como defensa, según referiré a su debido tiempo.
Descubrí entonces que las estaciones del año podían dividirse, no en verano e invierno como en Europa, sino en estaciones lluviosas y estaciones secas, generalmente de esta manera:
La mitad de febrero, todo marzo y la mitad de abril: lluviosa, hallándose entonces el sol sobre el ecuador o cerca de él.
La mitad de abril, todo mayo, junio y julio, y la mitad de agosto: seca, estando entonces el sol al norte de la línea.
La mitad de agosto, todo septiembre y la mitad de octubre: lluviosa, habiendo el sol regresado nuevamente.
La mitad de octubre, todo noviembre, diciembre y enero, y la mitad de febrero: seca, hallándose el sol al sur de la línea.
Las estaciones lluviosas duraban a veces más o menos tiempo, según soplasen los vientos; pero esta fue la observación general que hice.
Después de haber comprobado por experiencia las malas consecuencias de salir bajo la lluvia, procuré proveerme de alimentos con anticipación, para no verme obligado a salir, y permanecía dentro de casa cuanto me era posible durante los meses húmedos.
En aquel tiempo encontré abundante ocupación, muy apropiada además para la estación, pues tenía gran necesidad de muchas cosas que no podía procurarme sino mediante duro trabajo y constante aplicación; particularmente intenté de muchas maneras fabricarme una cesta, pero todas las varas que conseguía para ello resultaban tan quebradizas que no servían para nada.
Me fue entonces de gran ventaja que, cuando era muchacho, solía deleitarme observando trabajar a un cestero en la ciudad donde vivía mi padre, viendo cómo fabricaban sus obras de mimbre; y siendo yo, como suelen ser los muchachos, muy entrometido para ayudar y gran observador de la manera en que trabajaban aquellas cosas, e incluso prestando a veces una mano, había adquirido así completo conocimiento de los métodos empleados. Nada me faltaba salvo los materiales; cuando se me ocurrió que las ramas del árbol del cual había cortado las estacas que luego brotaron quizás fueran tan flexibles como los sauces y mimbres de Inglaterra, y resolví probar.
En consecuencia, al día siguiente fui a mi casa de campo, como yo la llamaba, y cortando algunas de las ramas más pequeñas descubrí que servían perfectamente para mi propósito, tanto como podía desear. Así pues, regresé la siguiente vez preparado con un hacha para cortar gran cantidad de ellas, lo cual hice fácilmente, pues había abundancia.
Las puse a secar dentro de mi cerco o empalizada y, cuando estuvieron listas para usarse, las llevé a mi cueva; y allí, durante la estación siguiente, me ocupé en fabricar, lo mejor que pude, una gran cantidad de cestas, tanto para transportar tierra como para guardar o almacenar cualquier cosa según la necesidad. Y aunque no quedaron muy hermosas, sí resultaron suficientemente útiles para mis propósitos.
Así, más adelante procuré no carecer nunca de ellas; y conforme mis trabajos de mimbre se deterioraban, hacía otros nuevos, especialmente cestas fuertes y profundas para guardar mi grano en lugar de sacos, cuando llegase a tener cierta cantidad.
Habiendo dominado esta dificultad, y después de invertir muchísimo tiempo en ella, me dispuse a ver si podía suplir otras dos necesidades.
No tenía recipientes capaces de contener líquidos, excepto dos pequeños barriles, casi llenos de ron, y algunas botellas de vidrio —unas comunes y otras cuadradas, destinadas a contener agua, aguardiente y cosas semejantes—. No poseía siquiera una olla para hervir nada, salvo un gran caldero que había salvado del barco, demasiado grande para los usos que yo deseaba darle; esto es, preparar caldo o guisar un pequeño trozo de carne aparte.
La segunda cosa que deseaba muchísimo tener era una pipa de tabaco, pero me resultaba imposible fabricarla; aunque finalmente encontré también un medio para ello.
Me ocupé durante todo el verano, o estación seca, en plantar mis segundas filas de estacas o pilotes y en aquellos trabajos de cestería, cuando otro asunto vino a absorberme más tiempo del que podría imaginarse que yo tuviera disponible.
Capítulo VIII: Examinando La Situación
Ya he mencionado antes que tenía un gran deseo de conocer toda la isla, y que había remontado el arroyo hasta el lugar donde construí mi enramada y desde donde tenía una abertura que daba al mar, en el otro lado de la isla. Resolví entonces atravesarla por completo hasta alcanzar aquella costa; así que, tomando mi escopeta, un hacha, mi perro y una mayor cantidad de pólvora y municiones de la habitual, además de dos tortas de bizcocho y un gran racimo de uvas pasas en mi bolsa como provisiones, emprendí el viaje.
Después de pasar el valle donde estaba mi enramada, según he contado antes, llegué a divisar el mar hacia el oeste; y, siendo un día muy claro, distinguí perfectamente tierra a lo lejos —no sabía si era una isla o un continente—, pero se elevaba considerablemente, extendiéndose desde el oeste hasta el oeste-suroeste, a una enorme distancia; según mis cálculos, no podía hallarse a menos de quince o veinte leguas.
No podía saber qué parte del mundo sería aquella, salvo que debía de pertenecer a América y, según deduje de todas mis observaciones, probablemente estaba cerca de los dominios españoles y quizá enteramente habitada por salvajes; donde, de haber desembarcado, me habría encontrado en peor situación que la actual. Por ello, me resigné a los designios de la Providencia, que comenzaba ya a reconocer y creer que ordenaba todas las cosas para bien; digo que tranquilicé mi espíritu con este pensamiento y dejé de atormentarme con deseos inútiles de hallarme allí.
Además, tras reflexionar un poco sobre el asunto, consideré que, si aquella tierra era la costa española, tarde o temprano vería alguna embarcación pasar o regresar por allí; y si no lo era, entonces se trataba de la costa salvaje situada entre los territorios españoles y el Brasil, donde habitan los peores salvajes; pues son caníbales o antropófagos, y no dejan de asesinar y devorar a cuantos seres humanos caen en sus manos.
Con estas reflexiones avancé muy despacio. Hallé que aquel lado de la isla era mucho más agradable que el mío: los campos abiertos o sabanas eran hermosos, adornados de flores y hierba, y abundaban en excelentes bosques. Vi multitud de loros, y deseé mucho atrapar uno, si era posible, para domesticarlo y enseñarle a hablar conmigo. Después de bastante esfuerzo, conseguí capturar un loro joven; lo derribé con un palo y, tras recogerlo, lo llevé a casa. Pasaron algunos años antes de que lograra hacerlo hablar; pero, finalmente, le enseñé a llamarme por mi nombre con mucha familiaridad. Y el incidente que siguió después, aunque insignificante, resultará muy entretenido cuando llegue el momento de contarlo.
Disfruté enormemente de aquel viaje. Encontré en las tierras bajas liebres —o al menos eso creí que eran— y zorros; pero diferían mucho de todas las especies que había visto antes, y nunca me decidí a comerlos, aunque maté varios. No tenía necesidad de aventurarme a ello, pues no me faltaba alimento, y además de muy buena calidad; especialmente de estas tres clases: cabras, palomas y tortugas, que, sumadas a mis uvas, habrían permitido abastecer una mesa mejor que la del mercado de Leadenhall, proporcionalmente al número de comensales. Y aunque mi situación era bastante deplorable, tenía grandes motivos para agradecer no verme reducido a extremos por falta de comida, sino más bien disponer de abundancia, incluso de ciertos manjares.
En este viaje nunca recorría más de dos millas diarias en línea recta, aproximadamente; pero daba tantos rodeos y vueltas para observar cuanto podía descubrir, que terminaba bastante fatigado al llegar al lugar donde resolvía pasar la noche. Entonces me acomodaba en un árbol o me rodeaba con una fila de estacas clavadas verticalmente en el suelo, ya fuera de un árbol a otro o formando un círculo, de modo que ningún animal salvaje pudiera alcanzarme sin despertarme.
Tan pronto como llegué a la costa del mar, me sorprendió comprobar que había elegido para vivir el peor lado de la isla; pues allí la playa estaba cubierta de innumerables tortugas, mientras que en el otro lado apenas había encontrado tres en un año y medio. También había una infinidad de aves de muchas especies, algunas que ya había visto y otras completamente nuevas para mí, muchas de ellas de excelente carne, aunque desconocía sus nombres, salvo las llamadas pingüinos.
Habría podido abatir tantas como hubiese querido, pero era muy cuidadoso con mi pólvora y municiones; por ello prefería matar una cabra, si podía conseguirlo, pues me proporcionaba mejor alimento. Y aunque había muchas más cabras allí que en mi lado de la isla, resultaba mucho más difícil acercarse a ellas, ya que el terreno era llano y despejado, y podían verme mucho antes que cuando yo me hallaba entre las colinas.
Confieso que aquella parte de la isla era mucho más agradable que la mía; sin embargo, no sentí el menor deseo de mudarme, porque, una vez establecido en mi morada, esta se había vuelto natural para mí, y durante todo el tiempo que permanecí allí me sentía como si estuviera de viaje y lejos de casa. No obstante, continué recorriendo la costa hacia el este, unas doce millas según supongo, y entonces clavé un gran poste en la orilla como señal, resolviendo regresar a casa y emprender mi próxima expedición por el otro lado de la isla, hacia el este de mi vivienda, rodeándola hasta volver a encontrar aquel poste.
Tomé un camino diferente para regresar del que había seguido al ir, pensando que podía mantener siempre la isla a la vista y que me sería imposible perder mi primera morada observando el terreno; pero descubrí mi error, pues tras avanzar unas dos o tres millas descendí a un valle muy amplio, rodeado de colinas cubiertas de bosque, de manera que no podía orientarme más que por el sol; y ni siquiera así, a menos que conociera exactamente su posición a aquella hora del día.
Para colmo de mi desgracia, el tiempo se volvió brumoso durante tres o cuatro días mientras permanecía en el valle, y al no poder ver el sol vagué muy incómodamente, hasta que por fin me vi obligado a buscar nuevamente la costa, hallar mi poste y regresar por el mismo camino por el que había venido. Después, avanzando lentamente, emprendí el regreso a casa, pues el calor era extremo y mi escopeta, las municiones, el hacha y las demás cosas que llevaba me resultaban muy pesadas.
En este viaje mi perro sorprendió a un cabrito y se lanzó sobre él; yo corrí para sujetarlo, logré atraparlo y salvarlo vivo de las fauces del perro. Tenía un gran deseo de llevármelo a casa, si podía, pues muchas veces había pensado si no sería posible criar uno o dos cabritos y así formar un pequeño rebaño de cabras domesticadas, que pudieran abastecerme cuando se me acabaran la pólvora y las municiones.
Le fabriqué un collar a la pequeña criatura y, con una cuerda hecha de hilaza de cáñamo —de la cual siempre llevaba un poco conmigo—, lo conduje, aunque con cierta dificultad, hasta mi enramada; allí lo encerré y lo dejé, pues ansiaba muchísimo regresar a casa, de la que llevaba ausente más de un mes.
No puedo expresar la satisfacción que sentí al volver a mi vieja choza y tenderme en mi cama-hamaca. Aquel pequeño viaje errante, sin morada fija, me había resultado tan desagradable, que mi propia casa, como yo la llamaba, me parecía un verdadero asentamiento en comparación con aquello; y todo cuanto me rodeaba se volvió tan confortable, que resolví no alejarme jamás demasiado mientras me correspondiera permanecer en la isla.
Descansé allí durante una semana para reponerme y regalarme después de mi largo viaje; y gran parte de ese tiempo la dediqué al importante asunto de fabricar una jaula para mi Poll, que comenzaba ya a convertirse en un auténtico animal doméstico y a familiarizarse conmigo. Después empecé a pensar en el pobre cabrito que había dejado encerrado dentro de mi pequeño cercado, y resolví ir a buscarlo o al menos llevarle algo de comida. Fui, pues, y lo encontré exactamente donde lo había dejado, ya que, en efecto, no podía escapar, aunque estaba casi muerto de hambre por falta de alimento. Corté ramas de árboles y arbustos y se las arrojé; luego, tras alimentarlo, lo até como antes para llevármelo. Pero el hambre lo había vuelto tan manso que no tuve necesidad de sujetarlo, pues me seguía como un perro; y como yo lo alimentaba constantemente, la criatura llegó a ser tan cariñosa, tan dócil y tan apegada a mí, que desde entonces se convirtió también en uno de mis animales domésticos y jamás volvió a abandonarme.
Había llegado ya la estación lluviosa del equinoccio de otoño, y celebré el 30 de septiembre de la misma manera solemne que el año anterior, siendo el aniversario de mi desembarco en la isla. Llevaba ya allí dos años, sin más esperanza de liberación que el primer día de mi llegada. Pasé toda aquella jornada en humildes y agradecidos reconocimientos de las muchas y maravillosas misericordias con que mi condición solitaria había sido acompañada, y sin las cuales habría podido ser infinitamente más miserable. Di gracias humildes y sinceras porque Dios se había dignado mostrarme que era posible ser más feliz en esta soledad que en la libertad de la sociedad y en todos los placeres del mundo; que Él podía suplir enteramente las carencias de mi estado solitario y la falta de compañía humana mediante Su presencia y las comunicaciones de Su gracia a mi alma, sosteniéndome, consolándome y animándome a confiar aquí en Su providencia y esperar después Su presencia eterna.
Fue entonces cuando comencé a sentir claramente cuán más feliz era la vida que ahora llevaba, aun con todas sus miserias, que la vida malvada, maldita y abominable que había llevado en el pasado. Ahora cambiaron tanto mis penas como mis alegrías; mis deseos mismos se transformaron, mis afectos tomaron otro rumbo y mis placeres se volvieron completamente distintos de los que tenía al llegar a la isla o incluso durante los dos años anteriores.
Antes, cuando caminaba cazando o explorando el país, la angustia de mi alma por mi condición estallaba de repente dentro de mí, y sentía desfallecer el corazón al pensar en los bosques, las montañas y los desiertos en los que me hallaba; en cómo era un prisionero encerrado con los eternos barrotes y cerrojos del océano, en una soledad inhabitable y sin redención posible. Incluso en medio de la mayor serenidad de ánimo, aquello irrumpía sobre mí como una tormenta y me hacía retorcer las manos y llorar como un niño. A veces me asaltaba en mitad del trabajo, y entonces me sentaba de inmediato, suspirando y mirando al suelo durante una o dos horas; y esto era aún peor para mí, porque si hubiese podido desahogarme en lágrimas o en palabras, el dolor habría disminuido después de agotarse.
Pero ahora comencé a ejercitarme en pensamientos nuevos: leía diariamente la palabra de Dios y aplicaba todos sus consuelos a mi situación presente. Una mañana, sintiéndome muy triste, abrí la Biblia en estas palabras: "No te dejaré ni te desampararé jamás." Inmediatamente comprendí que aquellas palabras eran para mí; ¿por qué, si no, se me habrían presentado de aquella manera precisamente en el instante en que me lamentaba de mi condición, como alguien abandonado por Dios y por los hombres?
—Bien, entonces —me dije—, si Dios no me abandona, ¿qué mal puede importar o qué importancia tiene que el mundo entero me abandone, cuando, por otra parte, aunque poseyera el mundo entero, si perdiera el favor y la bendición de Dios, no habría comparación posible en la pérdida?
Desde ese momento empecé a concluir en mi interior que era posible ser más feliz en esta condición abandonada y solitaria de lo que probablemente habría sido en cualquier otro estado de la vida. Y con ese pensamiento estuve a punto de dar gracias a Dios por haberme traído a este lugar. No sé qué fue, pero algo sacudió mi espíritu ante esa idea, y no me atreví a pronunciar aquellas palabras.
—¿Cómo puedes convertirte en semejante hipócrita? —me dije incluso en voz alta—. ¿Cómo fingir agradecimiento por una condición de la que, aunque te esfuerces en contentarte con ella, preferirías ser librado con toda tu alma?
Así que me detuve allí; pero, aunque no podía decir que agradecía a Dios el hallarme en aquel lugar, sí le daba gracias sinceramente por haber abierto mis ojos, por medio de aquellas providencias aflictivas, para ver la condición anterior de mi vida, lamentar mi maldad y arrepentirme. Nunca abría ni cerraba la Biblia sin que mi alma bendijera a Dios por haber inspirado a mi amigo en Inglaterra, sin orden alguna por mi parte, a empacarla entre mis pertenencias, y por haberme ayudado después a salvarla del naufragio del barco.
Así, y con esta disposición de ánimo, comencé mi tercer año; y aunque no he dado al lector una relación tan detallada de mis trabajos en este año como en el primero, puede observarse en general que rara vez permanecía ocioso, pues había dividido regularmente mi tiempo según las distintas ocupaciones diarias que tenía ante mí.
Primero: mis deberes para con Dios y la lectura de las Escrituras, a la que destinaba constantemente algún tiempo tres veces al día.
Segundo: salir con la escopeta en busca de alimento, lo que generalmente me ocupaba tres horas cada mañana cuando no llovía.
Tercero: ordenar, cortar, conservar y cocinar lo que había cazado o capturado para mi sustento; esto consumía gran parte del día.
También debe considerarse que, hacia el mediodía, cuando el sol estaba en el cenit, el calor era demasiado intenso para salir; de modo que apenas disponía de unas cuatro horas por la tarde para trabajar. A veces, no obstante, cambiaba mis horarios de caza y de trabajo, trabajando por la mañana y saliendo con la escopeta por la tarde.
A este corto tiempo destinado al trabajo debe añadirse la enorme fatiga de todas mis labores; las muchas horas que, por falta de herramientas, de ayuda y de habilidad, me exigía cualquier tarea. Por ejemplo, tardé cuarenta y dos días completos en fabricar una tabla para una larga repisa que necesitaba en mi cueva; mientras que dos aserradores, con sus herramientas y un banco de sierra, habrían podido sacar seis tablas iguales del mismo árbol en medio día.
Mi situación era esta: debía derribar un árbol grande, porque la tabla que necesitaba tenía que ser ancha. Me tomó tres días talar aquel árbol, y otros dos cortar las ramas y reducirlo a un tronco o pieza de madera. Con un trabajo indescriptible de hachazos y cortes fui rebajando ambos lados hasta convertirlos en astillas, hasta que comenzó a ser lo bastante ligero para moverlo; entonces le di vuelta y alisé uno de sus lados de extremo a extremo, dejándolo plano como una tabla; luego, volviendo ese lado hacia abajo, trabajé el otro hasta dejar la plancha de unas tres pulgadas de espesor y lisa por ambos lados. Cualquiera puede imaginar el trabajo de mis manos en una tarea semejante; pero el esfuerzo y la paciencia me ayudaron a superar aquello y muchas otras cosas. Señalo esto en particular únicamente para mostrar la razón por la cual tanto de mi tiempo se consumía con tan poco trabajo hecho; es decir, que aquello que con herramientas y ayuda habría sido una labor pequeña, para mí solo y trabajando a mano era una tarea inmensa que requería un tiempo prodigioso. Pero, aun así, con paciencia y trabajo logré salir adelante en todo lo que mis circunstancias me obligaban a hacer, como se verá en lo que sigue.
Me encontraba entonces, en los meses de noviembre y diciembre, esperando mi cosecha de cebada y arroz. El terreno que había cavado y preparado para ellos no era grande; pues, como ya observé, mi semilla de cada uno apenas superaba la cantidad de medio celemín, ya que había perdido una cosecha entera por sembrar en la estación seca. Pero ahora mi sembrado prometía muy bien, cuando de pronto descubrí que estaba en peligro de perderlo todo otra vez a causa de enemigos de diversas clases, de los cuales apenas era posible defenderlo; primero, las cabras y aquellas criaturas salvajes que yo llamaba liebres, las cuales, al probar la dulzura de los brotes, se tendían allí día y noche tan pronto como estos aparecían, y los devoraban tan al ras que no les daban tiempo de crecer y echar tallo.
No vi otro remedio para esto que cercar el terreno con una empalizada; lo cual hice con muchísimo trabajo, y más aún porque requería rapidez. Sin embargo, como mi tierra cultivable era pequeña y proporcional a mi cosecha, logré cercarla por completo y de manera segura en unas tres semanas; y, después de disparar contra algunos de aquellos animales durante el día, puse a mi perro a vigilar el sembrado por las noches, atándolo a una estaca junto a la entrada, donde permanecía ladrando toda la noche; así, al poco tiempo, los enemigos abandonaron el lugar, y el grano creció fuerte y sano, comenzando a madurar rápidamente.
Pero así como las bestias me habían arruinado antes cuando los cereales estaban aún en brote, las aves amenazaban ahora con arruinarme cuando ya estaba en espiga; pues, al pasar junto al terreno para ver cómo prosperaba, encontré mi pequeña cosecha rodeada de pájaros, de no sé cuántas especies, que permanecían allí como esperando a que yo me marchara. Inmediatamente disparé contra ellos, pues siempre llevaba mi escopeta conmigo. Apenas había disparado cuando se levantó una pequeña nube de aves que ni siquiera había advertido, escondidas entre el propio sembrado.
Aquello me afectó profundamente, porque preví que en pocos días devorarían todas mis esperanzas; que moriría de hambre y jamás volvería a conseguir una cosecha; y no sabía qué hacer. Sin embargo, resolví no perder mi grano, si era posible, aunque tuviera que vigilarlo día y noche. Primero entré al sembrado para examinar los daños ya causados, y encontré que habían estropeado una buena parte; pero como el grano aún estaba demasiado verde para ellas, la pérdida no era tan grande, y el resto prometía todavía una buena cosecha si lograba salvarlo.
Me quedé allí para recargar mi escopeta y, cuando me alejé, pude ver fácilmente a los ladrones posados en todos los árboles que me rodeaban, como si solo aguardaran a que me hubiera ido; y el resultado demostró que así era. Pues apenas desaparecí de su vista, comenzaron a bajar una a una nuevamente sobre el sembrado. Me sentí tan irritado que no tuve paciencia para esperar a que llegaran más, sabiendo que cada grano que se comían equivalía, por decirlo así, a un pan entero para mí en sus consecuencias; de modo que, acercándome otra vez a la cerca, disparé de nuevo y maté a tres de ellas. Era precisamente lo que deseaba; así que las recogí e hice con ellas lo mismo que hacemos en Inglaterra con los ladrones notorios: las colgué en cadenas como escarmiento para los demás. Es imposible imaginar el efecto que aquello produjo, porque las aves no solo dejaron de acercarse al grano, sino que, en suma, abandonaron toda aquella parte de la isla, y nunca más volví a ver un pájaro cerca del lugar mientras mis espantapájaros permanecieron colgados allí. Como puede suponerse, me alegré muchísimo de ello; y hacia finales de diciembre, que era nuestra segunda cosecha del año, recogí finalmente mi grano.
Me vi en grandes dificultades por no tener una hoz o una guadaña para cortarlo, y todo lo que pude hacer fue fabricarme una, lo mejor posible, a partir de una de las espadas anchas o machetes que había salvado de entre las armas del barco. Sin embargo, como mi primera cosecha era pequeña, no tuve demasiada dificultad en segarla; en resumen, la recogí a mi manera, pues no corté sino las espigas, llevándolas luego en una gran cesta que había fabricado, y allí las desgranaba con las manos; y al final de toda mi cosecha descubrí que, de mi medio celemín de semilla, había obtenido cerca de dos bushels de arroz y unos dos bushels y medio de cebada; es decir, según mi cálculo, pues entonces no tenía medida alguna.
No obstante, aquello fue para mí un gran estímulo, y comprendí que, con el tiempo, Dios tendría a bien proveerme de pan. Y aun así, me hallé nuevamente desconcertado, pues no sabía ni cómo moler mi grano para convertirlo en harina, ni siquiera cómo limpiarlo y separarlo; ni, una vez hecho harina, cómo hacer pan con él; y aunque supiera hacerlo, tampoco sabía cómo cocerlo. Todas estas dificultades, unidas a mi deseo de conservar una buena cantidad en reserva y asegurarme un suministro constante, me llevaron a decidir que no probaría nada de aquella cosecha, sino que la reservaría íntegramente como semilla para la estación siguiente; y mientras tanto dedicaría todos mis estudios y horas de trabajo a realizar aquella gran tarea de procurarme trigo y pan.
Puede decirse con toda verdad que entonces trabajaba por mi pan. Creo que pocas personas han reflexionado sobre la extraña multitud de pequeñas cosas necesarias para producir, preparar, curar, elaborar y terminar este único artículo que es el pan.
Yo, reducido a un puro estado de naturaleza, lo descubría cada día para mi desaliento; y lo comprendía más y más a cada hora, aun después de haber obtenido el primer puñado de grano para sembrar que, como ya he dicho, brotó inesperadamente y casi milagrosamente.
Primero, no tenía arado para remover la tierra, ni pala ni azadón para cavarla. Bien, esto lo resolví fabricándome una pala de madera, como ya he contado; pero aquello hacía mi trabajo de una manera verdaderamente rudimentaria; y aunque me costó muchísimos días construirla, por falta de hierro no solo se desgastaba pronto, sino que además hacía mi trabajo más duro y mucho peor ejecutado. Sin embargo, soporté aquello y me resigné a realizarlo pacientemente, aceptando las deficiencias del resultado. Cuando el grano estaba sembrado, no tenía rastrillo, de modo que me veía obligado a pasar yo mismo por encima del terreno arrastrando una pesada rama de árbol para arañarlo, por así decirlo, más que para rastrillarlo o nivelarlo. Y cuando el grano crecía y maduraba, ya he mencionado cuántas cosas me faltaban para cercarlo, protegerlo, segarlo o cosecharlo, secarlo y llevarlo a casa, trillarlo, separarlo de la paja y conservarlo. Luego necesitaba un molino para molerlo, cedazos para cernirlo, levadura y sal para convertirlo en pan, y un horno para cocerlo; pero de todas estas cosas logré prescindir, como se verá más adelante; y aun así el grano era para mí un consuelo y una ventaja inestimables. Todo esto, como dije, hacía que cada tarea fuera laboriosa y tediosa; pero no había remedio. Tampoco consideraba mi tiempo perdido, porque, según la manera en que lo había distribuido, cierta parte de cada día estaba destinada a estos trabajos; y como había resuelto no utilizar nada del grano para pan hasta tener una cantidad mayor almacenada, disponía de los seis meses siguientes para dedicarme enteramente, mediante trabajo e ingenio, a procurarme los utensilios necesarios para realizar todas las operaciones indispensables para convertir el grano, cuando lo tuviera, en un alimento apto para mi uso.
Capítulo IX: Un Bote
Pero antes debía preparar más tierra, pues ahora tenía suficiente semilla para sembrar más de un acre de terreno. Antes de hacerlo, tuve al menos una semana de trabajo para fabricarme una pala, la cual, una vez terminada, resultó ser una herramienta miserable, muy pesada y que requería el doble de esfuerzo para usarla. Sin embargo, logré salir adelante con ella, y sembré mi grano en dos grandes parcelas llanas, tan cerca de mi vivienda como me pareció conveniente, cercándolas con una buena empalizada, cuyas estacas fueron cortadas de la misma madera que había plantado antes y que sabía que crecería; de modo que, en el plazo de un año, tendría un seto vivo que apenas necesitaría reparaciones. Este trabajo me tomó no menos de tres meses, porque gran parte de ese tiempo correspondía a la estación lluviosa, durante la cual no podía salir.
Dentro de casa, es decir, cuando llovía y no podía salir, encontraba ocupación en diversas labores; observando siempre que, mientras trabajaba, me entretenía hablando con mi loro y enseñándole a hablar. Muy pronto le enseñé a reconocer su propio nombre y, finalmente, a pronunciarlo bastante alto: "Poll", que fue la primera palabra que escuché en la isla pronunciada por otra voz distinta de la mía. Sin embargo, esto no era propiamente mi trabajo, sino más bien un alivio para él; pues ahora, como he dicho, tenía entre manos una tarea importante, que era la siguiente:
Hacía mucho tiempo que pensaba en fabricar, de una forma u otra, algunas vasijas de barro, las cuales necesitaba muchísimo, aunque no sabía cómo conseguirlas. No obstante, considerando el calor del clima, no dudaba que, si lograba encontrar arcilla, podría fabricar recipientes que, secados al sol, fueran lo bastante duros y resistentes para soportar el uso y contener cualquier cosa seca que necesitara conservarse así; y como esto era indispensable para almacenar maíz, harina y demás, resolví hacer algunos tan grandes como pudiera, adecuados únicamente para permanecer inmóviles como tinajas, destinadas a guardar aquello que colocara en ellas.
Haría reír o quizá compadecería al lector contar cuántas torpes maneras intenté para preparar aquella pasta; qué objetos tan extraños, deformes y feos fabriqué; cuántos se hundieron y cuántos se resquebrajaron, porque la arcilla no era lo bastante firme para sostener su propio peso; cuántos se agrietaron bajo el excesivo calor del sol por haberlos expuesto demasiado pronto; y cuántos se deshicieron apenas intenté moverlos, tanto antes como después de secarse. En una palabra, después de trabajar duramente para encontrar la arcilla, extraerla, amasarla, llevarla a casa y modelarla, apenas pude fabricar dos grandes y horribles objetos de barro —pues no puedo llamarlos jarras— tras casi dos meses de trabajo.
Sin embargo, como el sol coció aquellas dos piezas hasta dejarlas muy duras y secas, las levanté con muchísimo cuidado y las coloqué dentro de dos grandes canastos de mimbre que había fabricado expresamente para ellas, a fin de que no se rompieran; y como entre la vasija y el cesto quedaba algo de espacio, lo rellené con paja de arroz y cebada. Pensé que aquellas dos piezas, destinadas a permanecer siempre secas, podrían servirme para guardar mi grano seco y quizá también la harina cuando lograra poder triturarlo.
Aunque fracasé repetidamente en mi intento de fabricar grandes recipientes, tuve mejor éxito haciendo objetos más pequeños, como pequeñas ollas redondas, platos planos, jarras, cazuelas y otras piezas semejantes que mis manos lograban modelar; y el calor del sol las endurecía perfectamente.
Pero nada de esto resolvía mi verdadero problema, que era conseguir una vasija capaz de contener líquidos y resistir el fuego, cosa que ninguna de aquellas piezas podía hacer. Sucedió, después de algún tiempo, que habiendo encendido un fuego bastante grande para cocinar mi carne, al ir a apagarlo cuando terminé, encontré entre las brasas un fragmento roto de una de mis vasijas de barro, cocido tan duro como una piedra y rojo como una teja. Me sorprendió agradablemente verlo, y me dije a mí mismo que, sin duda, si un pedazo roto podía cocerse así, también podrían cocerse piezas enteras.
Esto me llevó a pensar cómo debía manejar el fuego para cocer algunas vasijas. No tenía idea de un horno de alfarero ni de cómo esmaltarlas con plomo, aunque tenía algo de plomo conmigo; pero coloqué tres grandes cazuelas y dos o tres ollas unas sobre otras, formando una pila, y acomodé la leña alrededor, con un gran montón de brasas debajo. Alimenté el fuego constantemente por los lados y por arriba hasta ver que las vasijas se habían puesto completamente al rojo vivo, y observé que no se agrietaban en absoluto. Cuando vi que estaban totalmente encendidas, las dejé en aquel calor durante cinco o seis horas, hasta que advertí que una de ellas, aunque no se había roto, comenzaba a derretirse; pues la arena mezclada con la arcilla se fundía debido a la violencia del fuego y habría terminado convirtiéndose en vidrio si continuaba. Así que fui disminuyendo gradualmente el fuego hasta que las piezas comenzaron a perder el color rojo; y vigilándolas toda la noche para que el calor no disminuyera demasiado rápido, por la mañana tenía tres excelentes —aunque no hermosas— cazuelas y otras dos ollas de barro cocidas tan perfectamente como podía desearse, una de ellas incluso esmaltada por el derretimiento de la arena.
Después de este experimento, ya no necesité ningún tipo de utensilio de barro para mi uso; aunque debo admitir que, en cuanto a la forma de aquellos objetos, eran bastante defectuosos, como cualquiera puede imaginar, considerando que no tenía otro modo de fabricarlos que el mismo con que los niños hacen pasteles de barro, o como una mujer haría pasteles sin haber aprendido jamás a preparar masa.
Nunca una alegría causada por algo tan insignificante igualó la mía cuando descubrí que había logrado fabricar una olla de barro capaz de resistir el fuego; y apenas tuve paciencia para esperar a que se enfriara antes de colocar una de ellas nuevamente sobre las llamas con agua dentro para hervir algo de carne, lo cual hizo admirablemente bien; y con un trozo de cabrito preparé un caldo bastante bueno, aunque me faltaban avena y otros ingredientes necesarios para hacerlo tan bueno como me hubiera gustado.
Mi siguiente preocupación fue conseguir un mortero de piedra para machacar o triturar grano; pues en cuanto a un molino, no había esperanza alguna de alcanzar tal perfección con un solo par de manos. Para suplir esta necesidad me encontré en gran dificultad, pues entre todos los oficios del mundo, estaba tan poco capacitado para ser cantero como para cualquier otro, y además no tenía herramientas apropiadas. Pasé muchos días buscando una piedra suficientemente grande para vaciarla y convertirla en mortero, pero no encontré ninguna, salvo las que estaban incrustadas en la roca sólida, y no tenía medios para extraerlas ni tallarlas; además, las rocas de la isla no eran lo bastante duras, sino de una piedra arenosa y quebradiza, incapaz de soportar el golpeo constante de una pesada mano de mortero sin desmoronarse o mezclar arena con el grano.
Así que, después de perder mucho tiempo buscando una piedra adecuada, abandoné la idea y resolví buscar un gran bloque de madera dura, lo cual resultó mucho más sencillo. Encontré uno tan grande como mis fuerzas podían mover, le di forma redondeada por fuera con mi hacha y mi hachuela, y luego, con ayuda del fuego y de un trabajo infinito, ahuequé su interior, tal como los indígenas del Brasil fabrican sus canoas. Después hice una gran mano de mortero, pesada y resistente, con la madera llamada palo de hierro, y la dejé preparada para cuando obtuviera mi próxima cosecha de grano, la cual me proponía moler —o más bien machacar— para convertirla en harina y hacer pan.
Mi siguiente dificultad consistió en fabricar un cedazo o tamiz para cernir la harina y separarla del salvado y de la cáscara; pues sin eso no veía posible obtener pan. Este era un problema dificilísimo incluso de imaginar, ya que no poseía nada semejante al material necesario para hacerlo; quiero decir, una tela fina y resistente por donde pudiera pasar la harina. No me quedaba lino alguno salvo algunos harapos; tenía pelo de cabra, pero no sabía hilarlo ni tejerlo, y aunque hubiera sabido, carecía de herramientas para trabajarlo. La única solución que encontré fue recordar que, entre la ropa de los marineros salvada del barco, había algunos pañuelos de algodón y muselina; con pedazos de ellos fabriqué tres pequeños cedazos suficientemente adecuados para el trabajo, y así me las arreglé durante algunos años; cómo resolví después este problema lo contaré en su debido momento.
La cuestión de hornear fue lo siguiente que debí considerar, y cómo haría pan una vez tuviera grano; pues, en primer lugar, no tenía levadura. Respecto a eso, no había forma de remediarlo, así que no me preocupé demasiado. Pero en cuanto al horno, aquello sí me causaba gran inquietud. Finalmente descubrí también un método para solucionarlo, y fue el siguiente:
Fabricé algunos recipientes de barro muy anchos y poco profundos, de unos dos pies de diámetro y no más de nueve pulgadas de profundidad. Los cocí al fuego como había hecho con las demás piezas y los reservé. Cuando quería hornear, encendía un gran fuego sobre mi hogar, el cual había pavimentado con algunas baldosas cuadradas hechas y cocidas por mí mismo, aunque en realidad no eran exactamente cuadradas.
Cuando la leña se había consumido bastante y quedado convertida en brasas encendidas, las extendía sobre el hogar hasta cubrirlo completamente y las dejaba allí hasta que el suelo quedaba muy caliente. Entonces retiraba todas las brasas, colocaba mis panes sobre el hogar y cubría todo con uno de aquellos recipientes de barro invertidos; luego amontonaba las brasas alrededor por fuera para conservar y aumentar el calor. Así, tan bien como en el mejor horno del mundo, horneaba mis panes de cebada, y en poco tiempo me convertí también en un bastante buen pastelero; pues preparaba varias tortas y pudines de arroz, aunque nunca preparé tartas propiamente dichos, ni tenía con qué rellenarlos, suponiendo que hubiera querido hacerlos, salvo carne de aves o de cabra.
No es de extrañar que todas estas tareas ocuparan la mayor parte del tercer año de mi estancia allí; pues debe observarse que, entre una y otra, también tenía que atender mi nueva cosecha y mis labores agrícolas. Recogía el grano era su temporada, lo llevaba a casa lo mejor que podía y lo almacenaba aún en espiga, dentro de mis grandes cestas, hasta tener ocasión de desgranarlo, ya que no tenía piso donde trillarlo ni instrumento alguno con qué hacerlo.
Y ahora, en verdad, al aumentar mi provisión de grano, realmente necesitaba construir graneros más grandes; necesitaba un lugar donde almacenarlo, porque el incremento de la cosecha me producía ya tanta cantidad, que tenía cerca de veinte bushels de cebada y otro tanto o más de arroz; tanto, que resolví empezar a usarlo libremente, pues hacía mucho tiempo que se me había acabado el pan. Asimismo, decidí averiguar qué cantidad sería suficiente para alimentarme durante todo un año, y sembrar solamente una vez por año.
En conjunto, descubrí que aquellos cuarenta bushels de cebada y arroz eran mucho más de lo que podía consumir en un año; así que resolví sembrar anualmente la misma cantidad que había sembrado la vez anterior, esperando que ello bastara de sobra para proveerme de pan y demás necesidades.
Mientras todas estas cosas sucedían, mis pensamientos, como puede suponerse, volvían una y otra vez hacia aquella tierra que había divisado desde el otro lado de la isla; y no dejaba de albergar deseos secretos de encontrarme allí, imaginando que, viendo tierra firme y un país habitado, podría encontrar algún medio de avanzar más lejos y quizá, finalmente, hallar una vía de escape.
Pero durante todo ese tiempo no consideré debidamente los peligros de semejante empresa, ni el riesgo de caer en manos de salvajes, quizá mucho peores que los leones y tigres de África; pues, si una vez caía en su poder, corría más de mil probabilidades contra una de ser asesinado y quizá devorado, ya que había oído que los habitantes de la costa del Caribe eran caníbales o antropófagos, y sabía por mi latitud que no debía hallarme lejos de aquellas costas. Y aun suponiendo que no fueran caníbales, podrían igualmente matarme, como ya había sucedido con muchos europeos caídos en sus manos, incluso cuando eran grupos de diez o veinte hombres; mucho más yo, que estaba solo y apenas podía defenderme. Todas estas cosas, digo, que debí haber considerado cuidadosamente —y que más adelante sí acudieron a mi pensamiento— no me produjeron al principio ninguna inquietud; mi mente estaba enteramente dominada por la idea de alcanzar aquella costa.
Entonces deseé tener conmigo a mi muchacho Xury y el bote con vela guaira con el que había navegado más de mil millas por la costa africana; pero aquello era inútil. Después pensé en ir a examinar el bote del barco, que, como ya he dicho, había sido arrojado muy lejos sobre la playa por la tormenta cuando naufragamos por primera vez. Permanecía casi en el mismo lugar donde había quedado al principio, aunque no exactamente; la fuerza de las olas y los vientos lo había volteado casi boca abajo contra una elevada franja de arena áspera, lejos del agua.
Si hubiese tenido manos suficientes para repararlo y volver a lanzarlo al mar, el bote habría servido perfectamente, y habría podido regresar al Brasil con bastante facilidad. Pero debí prever que me sería tan imposible darle la vuelta y colocarlo nuevamente sobre su quilla como mover la isla entera. Sin embargo, fui al bosque, corté palancas y rodillos y los llevé hasta el bote, resuelto a intentar lo que pudiera; diciéndome a mí mismo que, si tan solo lograba ponerlo derecho, podría reparar los daños sufridos y convertirlo en una excelente embarcación para hacerme a la mar.
No escatimé esfuerzos en aquel trabajo inútil, y creo que pasé tres o cuatro semanas dedicado a ello; finalmente, al comprobar que mis fuerzas eran insuficientes para levantarlo, me puse a cavar la arena por debajo, intentando socavarlo para hacerlo caer, colocando trozos de madera para empujarlo y guiarlo en la caída.
Pero cuando terminé aquello, fui incapaz de volver a moverlo, ni de meterme debajo de él, mucho menos arrastrarlo hacia el agua; de modo que me vi obligado a abandonar el intento. Y sin embargo, aunque desistí de la esperanza de utilizar aquel bote, mi deseo de aventurarme hacia tierra firme aumentó en vez de disminuir, precisamente porque los medios para lograrlo parecían imposibles.
Esto me llevó finalmente a pensar si no sería posible fabricarme una canoa o periagua, como las que construyen los nativos de aquellas regiones, incluso sin herramientas o, por así decirlo, sin manos, a partir del tronco de un gran árbol. No solo me pareció posible, sino fácil, y me complacía enormemente imaginarlo, creyendo además disponer de muchas más ventajas para ello que cualquier negro o indígena; sin considerar en absoluto las dificultades particulares que yo padecía y ellos no —es decir, la falta de manos para moverla una vez construida y llevarla al agua—, una dificultad mucho mayor para mí que todas las consecuencias derivadas de la carencia de herramientas para ellos.
Pues, ¿de qué me habría servido elegir un enorme árbol en el bosque y derribarlo con gran esfuerzo, si luego lograba darle forma exterior de bote y vaciarlo por dentro mediante fuego o herramientas hasta convertirlo en una embarcación, para finalmente dejarlo exactamente donde lo había encontrado, incapaz de lanzarlo al agua?
Cualquiera habría pensado que, mientras fabricaba aquella embarcación, la reflexión sobre mis circunstancias debía haberme llevado inmediatamente a preguntarme cómo la pondría en el mar; pero mis pensamientos estaban tan obsesionados con el viaje que pretendía realizar en ella, que jamás consideré cómo sacarla de tierra. Y, en realidad, era mucho más fácil para mí dirigirla cuarenta y cinco millas mar adentro que moverla cuarenta y cinco brazas sobre tierra hasta el agua.
Me puse a trabajar en aquella embarcación de la manera más insensata que hombre alguno con uso de razón haya podido hacerlo. Me complacía con el proyecto sin detenerme a pensar si alguna vez sería capaz de llevarlo a término; no porque la dificultad de botarla no acudiera a mi mente, sino porque acallaba inmediatamente toda reflexión respondiéndome tontamente: "Primero constrúyela; ya encontraré algún medio para moverla cuando esté terminada."
Era este un método completamente absurdo; pero el ardor de mi imaginación prevaleció, y me puse manos a la obra. Derribé un cedro, y dudo mucho que Salomón tuviera uno semejante para construir el Templo de Jerusalén. Medía cinco pies y diez pulgadas de diámetro junto al tocón, y cuatro pies y once pulgadas a los veintidós pies de altura, tras lo cual comenzaba a estrecharse antes de dividirse en ramas.
No fue sin un esfuerzo infinito que derribé aquel árbol. Pasé veinte días enteros cortándolo y golpeándolo en la base; otros catorce días me tomó desprenderle las ramas y la enorme copa extendida, labor que realicé con hacha y hachuela y un trabajo indescriptible. Después de esto, necesité un mes para darle forma y reducirlo hasta asemejarlo al fondo de un bote, de manera que pudiera flotar correctamente sin volcar. Luego me costó casi tres meses más vaciar el interior y trabajarlo hasta convertirlo en una verdadera embarcación; tarea que realicé sin ayuda del fuego, únicamente con mazo y cincel y a fuerza de trabajo agotador, hasta transformarlo en una muy hermosa periagua, lo bastante grande para transportar a veintiséis hombres y, por consiguiente, más que suficiente para llevarme a mí y todo mi cargamento.
Cuando terminé aquella obra, me sentí extraordinariamente complacido con ella. El bote era realmente mucho mayor que cualquier canoa o periagua hecha de un solo árbol que hubiera visto en toda mi vida. Bien puede imaginarse el lector cuántos golpes fatigantes me costó; y no tengo duda de que, si hubiera logrado ponerla en el agua, habría emprendido el viaje más descabellado y menos probable de realizar que jamás haya intentado hombre alguno.
Pero todos mis artificios para llevarla hasta el agua fracasaron, aunque me costaron también un trabajo infinito. La canoa yacía a unas cien yardas del agua, y no más; pero el primer inconveniente era que estaba cuesta arriba con respecto a la ensenada. Pues bien, para vencer este desaliento resolví cavar la superficie de la tierra y hacer así una pendiente. Comencé esta labor, y me costó prodigiosos esfuerzos (aunque, ¿quién escatima fatigas cuando tiene en vista su liberación?); pero, una vez terminada esta dificultad, todo seguía casi igual, pues no podía mover la canoa más de lo que había podido mover la otra embarcación. Entonces medí la distancia del terreno y resolví abrir un dique o canal para hacer subir el agua hasta la canoa, ya que no podía bajar la canoa hasta el agua. Comencé, pues, este trabajo; y cuando me puse a calcular qué profundidad debía tener, qué anchura, y cómo sacar toda la tierra excavada, comprendí que, con las únicas manos de que disponía —las mías—, me habría llevado diez o doce años concluirlo; pues la orilla era tan alta que, en el extremo superior, el canal tendría que haber tenido por lo menos veinte pies de profundidad. Así, al fin, aunque con grandísima reluctancia, abandoné también aquel intento.
Esto me afligió profundamente; y entonces comprendí, aunque demasiado tarde, la insensatez de comenzar una obra antes de calcular el coste y antes de juzgar correctamente nuestras propias fuerzas para llevarla a cabo.
En medio de este trabajo cumplí mi cuarto año en aquel lugar, y celebré mi aniversario con la misma devoción y con tanto consuelo como antes; pues, mediante el estudio constante y la seria aplicación a la Palabra de Dios, y con la ayuda de Su gracia, había adquirido un conocimiento distinto del que antes poseía. Ahora concebía diferentes ideas acerca de las cosas. Veía el mundo como algo remoto, con lo cual ya nada tenía que hacer, de lo cual nada esperaba y, en verdad, nada deseaba; en una palabra, ya no tenía relación alguna con él, ni parecía probable que volviera a tenerla jamás. Así lo contemplaba, como quizá lo contemplemos algún día después de esta vida: como un lugar en el que había vivido, pero del cual ya había salido; y bien podía decir, como el padre Abraham a Dives: "Entre tú y yo hay un gran abismo establecido".
Ante todo, aquí estaba apartado de toda la maldad del mundo; no tenía ni los deseos de la carne, ni los deseos de los ojos, ni la soberbia de la vida. Nada tenía que codiciar, porque poseía todo aquello de lo que era capaz de disfrutar. Era señor de toda aquella propiedad; o, si me complacía en pensarlo así, podía llamarme rey o emperador de todo el país del cual tenía posesión. No había rivales; no tenía competidor alguno, nadie que disputase conmigo la soberanía ni el mando. Habría podido producir cargamentos enteros de trigo, pero no tenía uso para ello; así que hacía crecer únicamente lo que consideraba suficiente para mis necesidades. Tenía abundancia de tortugas, aunque una sola bastaba para cuanto podía aprovechar; tenía madera suficiente para construir toda una flota de barcos; y uvas en cantidad bastante como para fabricar vino o secarlas en pasas y cargar con ellas esa flota cuando estuviese construida.
Pero solo me servía aquello que podía usar. Tenía suficiente para comer y satisfacer mis necesidades, ¿y qué significaba para mí todo lo demás? Si mataba más carne de la que podía consumir, el perro o los animales salvajes debían comérsela; si sembraba más grano del que podía gastar, terminaba echándose a perder; los árboles que talaba quedaban pudriéndose en el suelo; no podía aprovecharlos sino como combustible, y aun para eso solo los necesitaba al cocinar mis alimentos.
En una palabra, la naturaleza y la experiencia me enseñaron, tras madura reflexión, que todos los bienes de este mundo solo son buenos para nosotros en la medida en que podemos usarlos; y que, por mucho que acumulemos para dejarlo a otros, disfrutamos únicamente aquello de lo que podemos servirnos, y nada más. El hombre más avaro y miserable del mundo se habría curado de su codicia de encontrarse en mi situación; pues poseía infinitamente más de lo que sabía qué hacer con ello. No tenía motivo alguno de deseo, salvo por ciertas cosas que no poseía y que, aunque en realidad eran bagatelas, me habrían sido de gran utilidad. Tenía, como ya insinué antes, una cantidad de dinero, tanto oro como plata, de unas treinta y seis libras esterlinas. ¡Ay!, allí yacía aquella miserable e inútil riqueza; no tenía para mí el menor uso. Muchas veces pensé que habría dado un puñado entero de aquel dinero por una gruesa de pipas de tabaco, o por un pequeño molino de mano para moler mi grano; más aún, lo habría dado todo por semillas de nabo y zanahoria por valor de seis peniques traídas de Inglaterra, o por un puñado de guisantes y habas, o por una botella de tinta. Tal como estaban las cosas, no obtenía de aquellas monedas la menor ventaja ni beneficio; allí permanecían en un cajón, cubriéndose de moho con la humedad de la cueva durante las estaciones lluviosas; y si el cajón hubiese estado lleno de diamantes, habría sido exactamente lo mismo: no tendrían ningún valor para mí, porque no tenían utilidad alguna.
Había logrado ya que mi modo de vida fuese mucho más fácil en sí mismo de lo que había sido al principio, y también más llevadero para mi mente y mi cuerpo. Frecuentemente me sentaba a comer con gratitud, admirando la mano de la Providencia divina, que había extendido así mi mesa en medio del desierto. Aprendí a mirar más el lado luminoso de mi condición y menos el oscuro; a considerar lo que disfrutaba antes que aquello de lo que carecía; y esto me proporcionaba a veces consuelos secretos que no puedo expresar. Lo menciono aquí para recordar a las personas descontentas que no saben disfrutar cómodamente de lo que Dios les ha dado, porque ven y codician algo que Él no les ha concedido. Todos nuestros descontentos por aquello que nos falta me parecían nacer de la falta de gratitud por lo que poseemos.
Otra reflexión me fue también de gran utilidad, y sin duda lo sería para cualquiera que cayera en una desgracia semejante a la mía; y consistía en comparar mi condición presente con lo que al principio había esperado que fuese; más aún, con lo que ciertamente habría sido si la buena Providencia de Dios no hubiese dispuesto milagrosamente que el barco fuese arrojado cerca de la orilla, de modo que no solo pudiera alcanzarlo, sino también transportar a tierra cuanto saqué de él para mi alivio y consuelo; pues sin ello me habrían faltado herramientas para trabajar, armas para defenderme, pólvora y municiones para conseguir alimento.
Pasaba horas enteras, podría decir días completos, imaginando con los colores más vivos cómo habría actuado de no haber obtenido nada del barco. Cómo no habría podido conseguir alimento alguno, excepto peces y tortugas; y que, dado que tardé mucho en encontrar cualquiera de ellos, probablemente habría perecido antes. Que, de haber sobrevivido, habría vivido como un verdadero salvaje; que si hubiera matado una cabra o un ave mediante alguna estratagema, no habría tenido forma de desollarla ni abrirla, ni separar la carne de la piel y las entrañas, ni cortarla; sino que habría tenido que desgarrarla con los dientes y arrancarla con las uñas, como una bestia.
Estas reflexiones me hicieron muy consciente de la bondad de la Providencia para conmigo y muy agradecido por mi situación presente, con todas sus dificultades y desventuras; y esta consideración también quisiera recomendarla a quienes son propensos, en medio de sus miserias, a decir: "¿Hay aflicción semejante a la mía?". Que consideren cuánto peores son las situaciones de otras personas, y cuánto peor podría haber sido la suya, si así lo hubiese dispuesto la Providencia.
Tuve además otra reflexión que me ayudó también a consolar mi ánimo con esperanza; y fue comparar mi situación presente con lo que merecía y, por tanto, tenía razones para esperar de la mano de la Providencia. Había llevado una vida espantosa, completamente privada del conocimiento y del temor de Dios. Mi padre y mi madre me habían instruido bien; tampoco habían escatimado esfuerzos en mis primeros años para infundir en mi espíritu un santo temor de Dios, el sentido de mi deber y la comprensión de lo que la naturaleza y el fin de mi existencia exigían de mí. Pero, ¡ay!, al entregarme desde muy joven a la vida marinera —que de todas las vidas es la más desprovista del temor de Dios, aunque Sus terrores estén siempre ante quienes la viven—; digo, al caer tan pronto en la vida y compañía de marineros, aquel poco sentimiento religioso que había conservado fue ridiculizado y arrancado de mí por mis compañeros de mesa; por el endurecido desprecio del peligro y por la constante familiaridad con la muerte, que se volvió habitual debido a mi prolongada ausencia de toda oportunidad de tratar con personas distintas de mí mismo o de oír algo bueno o encaminado al bien.
Tan vacío estaba de todo lo bueno, y aun del más mínimo sentido de lo que era o debía ser, que en las mayores liberaciones que recibí —como mi escape de Salé; el haber sido recogido por el capitán portugués; el haber prosperado tan favorablemente en el Brasil; el haber recibido el cargamento desde Inglaterra, y cosas semejantes—, nunca tuve siquiera las palabras "¡Gracias a Dios!" ni en la mente ni en los labios; ni tampoco, en las mayores angustias, tuve el pensamiento de orar a Él o de decir: "¡Señor, ten misericordia de mí!"; no, ni siquiera mencionaba el nombre de Dios salvo para jurar o blasfemar.
Durante muchos meses, como ya he observado, tuve terribles reflexiones acerca de mi vida pasada, malvada y endurecida; y cuando miraba a mi alrededor y consideraba las particulares providencias que me habían acompañado desde mi llegada a aquel lugar, y cómo Dios había obrado generosamente conmigo —pues no solo me había castigado menos de lo que mis iniquidades merecían, sino que además había provisto abundantemente para mí—, esto me dio grandes esperanzas de que mi arrepentimiento había sido aceptado y de que Dios aún guardaba misericordia para mí.
Con estas reflexiones fui disponiendo mi ánimo, no solo a resignarme a la voluntad de Dios respecto a mi situación presente, sino incluso a sentir un sincero agradecimiento por mi condición; y comprendía que yo, que aún seguía siendo un hombre vivo, no debía quejarme, puesto que no recibía el castigo merecido por mis pecados; que gozaba de tantas misericordias que jamás habría tenido razón para esperar en aquel lugar; que no debía volver a lamentarme de mi suerte, sino alegrarme y dar gracias cada día por aquel pan cotidiano que nada menos que una multitud de prodigios había podido traerme; que debía considerar que había sido alimentado mediante un milagro tan grande como aquel por el cual Elías fue alimentado por los cuervos, o más bien por una larga sucesión de milagros; y que difícilmente habría podido nombrar un lugar en la parte inhabitable del mundo donde hubiera sido arrojado con mayor ventaja para mí: un sitio donde, si por un lado carecía de compañía —que era mi aflicción—, por otro no encontraba bestias feroces, ni lobos rabiosos ni tigres que amenazaran mi vida; ni criaturas venenosas o ponzoñas que pudieran dañarme; ni salvajes que me asesinaran y devoraran. En una palabra, así como mi vida era por un lado una vida de tristeza, por otro era una vida de misericordia; y nada me faltaba para hacer de ella una vida confortable, salvo lograr que el sentimiento de la bondad de Dios para conmigo y de Su cuidado sobre mí en esta condición se convirtiera en mi consuelo cotidiano. Y después de hacer un justo uso de estas consideraciones, mi tristeza desapareció y dejé de sentirme desdichado.
Había pasado ya tanto tiempo allí que muchas de las cosas que había llevado a tierra para auxiliarme estaban ya consumidas o muy deterioradas y próximas a acabarse.
Mi tinta, como ya he dicho, se había terminado hacía algún tiempo, salvo una pequeñísima cantidad que fui alargando con agua poco a poco, hasta quedar tan pálida que apenas dejaba rastro negro sobre el papel. Mientras duró, la utilicé para anotar los días del mes en que me ocurría algún hecho notable; y entonces, repasando el tiempo pasado, recordé una extraña coincidencia de fechas en las diversas providencias que me habían sucedido, y que, de haber sido supersticioso y dado a considerar ciertos días como fatales o afortunados, habría tenido motivo para contemplar con gran curiosidad.
En primer lugar, observé que el mismo día en que abandoné a mi padre y mis amigos y huí a Hull para hacerme a la mar, ese mismo día, años después, fui capturado por el corsario de Salé y reducido a esclavitud; el mismo día del año en que escapé del naufragio del barco en los bancos de Yarmouth, ese mismo día, años más tarde, logré escapar de Salé en una embarcación; y el mismo día del año en que había nacido —es decir, el 30 de septiembre—, ese mismo día veintiséis años después mi vida fue salvada milagrosamente al ser arrojado a esta isla. Así, mi vida pecaminosa y mi vida solitaria comenzaron ambas en un mismo día.
La siguiente cosa que comenzó a faltarme, después de la tinta, fue el pan; quiero decir, el bizcocho que había sacado del barco. Lo racióne hasta el último extremo, permitiéndome solo una torta de pan al día durante más de un año; y aun así permanecí casi otro año entero sin pan antes de obtener grano propio, y tenía grandes razones para agradecer siquiera haber conseguido eso, pues obtenerlo había sido, como ya he dicho, poco menos que milagroso.
También mi ropa empezó a deteriorarse. En cuanto a ropa blanca, hacía mucho que no tenía ninguna, salvo algunas camisas a cuadros que encontré en los cofres de otros marineros y que conservé con sumo cuidado; porque muchas veces no podía soportar otra prenda más que una camisa. Y me fue de gran ayuda que, entre toda la ropa de los hombres del barco, hubiera casi tres docenas de camisas. Había también varios gruesos capotes marineros, pero resultaban demasiado calurosos para vestirlos; y aunque es cierto que el clima era tan ardientemente cálido que no parecía haber necesidad de ropa, no podía andar completamente desnudo —aunque hubiese tenido inclinación a ello, que no la tenía—, ni soportaba siquiera la idea, aun estando completamente solo. La razón de que no pudiera ir desnudo era que no soportaba tan bien el calor del sol con el cuerpo descubierto como llevando alguna prenda encima; es más, el calor me llenaba frecuentemente la piel de ampollas. En cambio, con una camisa puesta, el aire mismo circulaba y silbaba bajo la tela, refrescándome el doble que si no llevase nada. Tampoco logré jamás acostumbrarme a salir bajo el sol sin gorra o sombrero; el calor del sol, cayendo con tanta violencia en aquel lugar, me provocaba enseguida dolor de cabeza al dar directamente sobre mi cabeza descubierta, hasta el punto de volverlo insoportable; mientras que, al ponerme el sombrero, el mal desaparecía de inmediato.
A partir de estas consideraciones empecé a pensar en arreglar un poco los harapos que todavía llamaba ropa. Había desgastado todos los chalecos que poseía, y mi ocupación entonces consistió en intentar fabricar chaquetas con los gruesos capotes marineros que aún conservaba y con otros materiales de que disponía. Así me puse a trabajar como sastre, o mejor dicho, a remendar torpemente, pues hice una labor verdaderamente lamentable. Sin embargo, logré confeccionar dos o tres chalecos nuevos que esperaba me durarían bastante tiempo. En cuanto a pantalones o calzones, apenas conseguí hacer unos muy miserables, hasta mucho después.
He mencionado que conservé las pieles de todos los animales de cuatro patas que mataba, y las colgué estiradas con palos al sol; de este modo algunas quedaron tan secas y rígidas que servían de poco, aunque otras resultaron muy útiles. Lo primero que fabriqué con ellas fue un gran gorro para la cabeza, con el pelo hacia afuera para repeler la lluvia; y me salió tan bien, que después me hice un traje completo con aquellas pieles: un chaleco y unos calzones ceñidos en la rodilla, ambos bastante holgados, pues más que abrigarme necesitaban mantenerme fresco. No debo omitir reconocer que estaban hechos miserablemente; porque si era mal carpintero, era todavía peor sastre. Aun así, me las arreglé muy bien con aquellas prendas; y cuando salía y llovía, el pelo de mi chaleco y de mi gorro, colocado hacia afuera, me mantenía bastante seco.
Después de esto dediqué muchísimo tiempo y trabajo a fabricar un paraguas; en verdad lo necesitaba enormemente y tenía gran deseo de hacerlo. Había visto paraguas en el Brasil, donde resultan muy útiles por los grandes calores, y aquí sentía el calor con igual intensidad o mayor, por estar más cerca del ecuador. Además, como me veía obligado a pasar mucho tiempo al aire libre, era un objeto sumamente útil tanto para la lluvia como para el sol. Me costó un mundo de esfuerzos y tardé mucho antes de conseguir algo que pareciera mantenerse firme; es más, aún después de creer haber encontrado el método correcto, estropeé dos o tres antes de fabricar uno que me satisficiera. La principal dificultad estaba en hacerlo plegable. Podía abrirlo sin problema, pero si no podía cerrarse y recogerse, no me servía para transportarlo de otra manera que sosteniéndolo sobre mi cabeza, y eso no era práctico. Sin embargo, al fin, como he dicho, logré hacer uno bastante aceptable y lo cubrí con pieles, dejando el pelo hacia arriba, de modo que repelía la lluvia como el tejado de un cobertizo y protegía del sol tan eficazmente que podía caminar bajo el mayor calor con más comodidad que antes incluso en el tiempo más fresco; y cuando no lo necesitaba, lo cerraba y lo llevaba bajo el brazo.
Así vivía yo con bastante comodidad, pues mi espíritu se hallaba enteramente sereno gracias a haberme resignado a la voluntad de Dios y haberme entregado por completo a la disposición de Su providencia. Esto hizo mi vida más agradable de lo que podría haber sido en sociedad; porque cuando comenzaba a lamentar la falta de conversación humana, me preguntaba a mí mismo si este conversar mutuamente con mis propios pensamientos y —espero poder decirlo— incluso con Dios mismo, mediante breves exclamaciones y oraciones, no era acaso mejor que el mayor disfrute posible de la sociedad humana en el mundo.
Capítulo X: Domesticando Cabras
No puedo decir que, después de esto, durante cinco años me ocurriera algo extraordinario; viví siguiendo el mismo curso, en la misma situación y lugar que antes. Las principales ocupaciones a las que me dedicaba, además de mi trabajo anual de sembrar cebada y arroz y de preparar mis pasas —de ambas cosas mantenía siempre suficiente reserva para un año entero—, eran, junto con mis salidas diarias con la escopeta, una tarea más: la construcción de una canoa, que finalmente logré terminar; de modo que, cavando un canal de seis pies de ancho y cuatro de profundidad, logré llevarla hasta el arroyo, a casi media milla de distancia. En cuanto a la primera, aquella tan inmensamente grande que hice sin considerar previamente, como debía haber hecho, cómo sería capaz de botarla al agua, jamás pude llevarla hasta el mar ni acercar el agua a ella, de modo que me vi obligado a dejarla donde estaba, como un recordatorio que me enseñara a ser más prudente la próxima vez. En efecto, la segunda vez, aunque no pude encontrar un árbol tan adecuado para ello y me hallaba en un lugar donde no podía acercar el agua a menos de casi media milla, como ya he dicho, al ver finalmente que era posible, nunca abandoné el proyecto; y aunque me tomó cerca de dos años terminarla, jamás lamenté mi trabajo, pues conservaba la esperanza de poseer por fin una embarcación para aventurarme mar adentro.
Sin embargo, aunque mi pequeña periagua quedó terminada, su tamaño no correspondía en absoluto al propósito que había tenido en mente cuando fabriqué la primera; me refiero a aventurarme hasta tierra firme, que se encontraba a más de cuarenta millas de distancia. Así pues, el reducido tamaño de mi bote contribuyó a poner fin a ese proyecto, y dejé de pensar en él. Pero, ya que tenía una embarcación, mi siguiente idea fue dar la vuelta a la isla; pues, como ya había estado en el otro lado una vez, atravesando la tierra como he descrito anteriormente, los descubrimientos que hice en aquel pequeño viaje despertaron en mí un gran deseo de conocer otras partes de la costa. Ahora que poseía un bote, no pensaba en otra cosa que en navegar alrededor de la isla.
Con este propósito, y para hacerlo todo con prudencia y reflexión, instalé un pequeño mástil en mi bote y fabriqué también una vela con algunos trozos de las velas del barco que había guardado y de las cuales tenía abundante provisión. Después de colocar el mástil y la vela, y probar la embarcación, descubrí que navegaba bastante bien. Luego fabriqué pequeños compartimientos o cajas en ambos extremos del bote, para guardar provisiones, utensilios, municiones y demás cosas, y mantenerlas secas tanto de la lluvia como del rocío del mar; además, hice en el interior un pequeño compartimento largo y hueco donde pudiera colocar mi escopeta, con una tapa abatible para protegerla de la humedad.
También fijé mi sombrilla en la popa, encajada como si fuera un mástil, de modo que quedara sobre mi cabeza y me protegiera del calor del sol, a manera de toldo; y así, de vez en cuando, hacía pequeños viajes por mar, aunque nunca me alejaba mucho ni de la costa ni del pequeño arroyo.
Finalmente, deseoso de contemplar toda la circunferencia de mi pequeño reino, resolví emprender mi travesía. Preparé entonces mi embarcación para el viaje, cargando dos docenas de panes —o más bien tortas— de cebada, una vasija de barro llena de arroz tostado, alimento del que consumía bastante, una pequeña botella de ron, medio cabrito, pólvora y municiones para cazar más comida, y dos grandes capotes de marinero de aquellos que, como ya mencioné, había salvado de los cofres de los marineros; uno lo llevaba para acostarme sobre él y el otro para cubrirme durante la noche.
Era el 6 de noviembre, en el sexto año de mi reinado —o de mi cautiverio, como se prefiera—, cuando partí en este viaje; y descubrí que era mucho más largo de lo que había imaginado. Pues, aunque la isla en sí no era muy grande, cuando llegué al lado oriental encontré una gran barrera de rocas que se extendía unas dos leguas mar adentro, algunas visibles sobre el agua y otras sumergidas; más allá de ellas había un banco de arena que permanecía seco otra media legua, de manera que me vi obligado a alejarme bastante de la costa para rodear aquel cabo.
Cuando las descubrí por primera vez, estuve a punto de abandonar la empresa y regresar, pues ignoraba hasta qué punto aquello me obligaría a internarme en el mar; y sobre todo dudaba de cómo lograría volver. Así que eché anclas; pues había fabricado una especie de ancla con un pedazo de garfio roto que recuperé del barco.
Una vez asegurado el bote, tomé mi escopeta y desembarqué, subiendo a una colina que parecía dominar aquel cabo desde donde pude observar toda su extensión y decidir si debía continuar.
Mientras contemplaba el mar desde aquella altura, percibí una corriente fuerte, y en verdad furiosísima, que corría hacia el este y pasaba muy cerca del cabo; y presté aún más atención a ello porque comprendí que existía el peligro de que, al entrar en ella, me arrastrara mar adentro con tal fuerza que ya no pudiera regresar jamás a la isla. Y en verdad, de no haber subido antes a aquella colina, creo que así habría sucedido; pues existía la misma corriente al otro lado de la isla, solo que comenzaba más lejos de la costa, y además observé un fuerte remolino bajo la orilla. De modo que lo único que debía hacer era salir de la primera corriente, y pronto entraría en aquel remolino.
Permanecí allí, sin embargo, durante dos días, porque el viento soplaba con bastante fuerza desde el este-sudeste, y al oponerse directamente a la corriente producía un fuerte oleaje sobre el cabo; por lo tanto, no era seguro acercarse demasiado a la costa a causa del rompiente, ni alejarse mucho por la fuerza de la corriente.
Al tercer día, por la mañana, habiendo amainado el viento durante la noche y estando el mar en calma, me aventuré. Pero sirva esto de advertencia a todos los oficiales temerarios e ignorantes: apenas hube llegado al cabo, cuando todavía no me hallaba ni a la longitud de mi bote de la orilla, caí de pronto en aguas muy profundas y atrapado por una corriente semejante al desagüe de un molino. Arrastró mi bote con tal violencia que cuanto hacía no bastaba siquiera para mantenerlo al borde de la corriente; sentí cómo me llevaba cada vez más lejos del remolino, que quedaba a mi izquierda. No soplaba viento alguno que pudiera ayudarme, y todo cuanto podía hacer con los remos no servía de nada.
Entonces comencé a darme por perdido; pues, como la corriente rodeaba ambos lados de la isla, sabía que a pocas leguas de distancia volverían a unirse, y entonces estaría irremediablemente perdido. No veía posibilidad alguna de evitarlo, de modo que no tenía ante mí otra perspectiva que perecer, no ahogado —porque el mar estaba bastante tranquilo—, sino morir de hambre. Había encontrado, es cierto, una tortuga en la costa, casi tan grande que apenas podía levantarla, y la había arrojado dentro del bote; también llevaba una gran vasija de agua fresca, una de mis ollas de barro. Pero ¿de qué servía todo eso, siendo arrastrado hacia el inmenso océano, donde con toda seguridad no habría costa, tierra firme ni isla alguna en mil leguas a la redonda?
Entonces comprendí cuán fácil le resulta a la providencia de Dios hacer aún peor la condición más miserable del hombre. Miré hacia atrás, hacia mi desolada y solitaria isla, y me pareció el lugar más agradable del mundo; toda la felicidad que mi corazón podía desear consistía en volver a poner los pies en ella. Extendí los brazos hacia la isla con anhelo desesperado.
—¡Oh, feliz desierto! —exclamé—. Jamás volveré a verte. ¡Oh, miserable criatura! ¿A dónde voy?
Entonces me reproché mi ingratitud y el haberme quejado de mi condición solitaria; pues ahora, ¡cuánto habría dado por estar nuevamente en aquella costa! Así, nunca comprendemos el verdadero estado de nuestra situación hasta que se nos muestra por medio de su contrario, ni sabemos valorar lo que poseemos hasta que lo perdemos.
Resulta casi imposible imaginar el terror en que me hallaba, siendo arrastrado lejos de mi querida isla —pues así me parecía ahora— hacia el vasto océano, a casi dos leguas de distancia, y sumido en la más absoluta desesperación de volver a recuperarla jamás. Sin embargo, trabajé con todas mis fuerzas, hasta quedar casi exhausto, manteniendo el bote tan al norte como me era posible, es decir, hacia el lado de la corriente donde se hallaba el remolino. Hacia el mediodía, cuando el sol cruzaba el meridiano, creí sentir una ligera brisa en el rostro proveniente del sur-sudeste. Esto reanimó un poco mi corazón, especialmente cuando, media hora más tarde, comenzó a soplar una suave y agradable brisa.
Para entonces me encontraba ya a una distancia aterradora de la isla, y si hubiese aparecido la más mínima niebla o nubosidad, habría quedado perdido también por otro motivo; pues no llevaba brújula a bordo y jamás habría sabido cómo dirigir el rumbo hacia la isla si hubiera dejado de verla aunque solo fuera un instante. Pero el tiempo permaneció despejado, y me apresuré a levantar nuevamente el mástil y desplegar la vela, navegando hacia el norte cuanto podía para salir de la corriente.
Apenas había izado el mástil y la vela, y el bote comenzaba a avanzar, cuando noté, incluso por la claridad del agua, que la corriente estaba a punto de cambiar; pues donde esta era tan fuerte, el agua aparecía turbia. Al percibir luego que el agua se aclaraba, comprendí que la corriente disminuía; y pronto observé, hacia el este, a media milla aproximadamente, el oleaje rompiendo contra unas rocas. Descubrí que aquellas rocas hacían que la corriente se dividiera nuevamente; y mientras la mayor fuerza de ella corría más hacia el sur, dejando las rocas al nordeste, otra parte regresaba rebotando contra las rocas y formaba un poderoso remolino que volvía a correr hacia el noroeste con una corriente muy rápida.
Quienes saben lo que significa recibir un indulto cuando ya tienen la soga al cuello, o ser rescatados de unos ladrones justo cuando iban a asesinarlos, o quienes han pasado por extremos semejantes, podrán imaginar la inmensa alegría que sentí entonces y con cuánta felicidad conduje mi bote hacia la corriente de aquel remolino; y el viento, que además refrescaba cada vez más, me permitió desplegar la vela con entusiasmo, avanzando alegremente impulsado tanto por el viento como por la fuerte corriente bajo la embarcación.
Aquel remolino me hizo retroceder cerca de una legua directamente hacia la isla, aunque aproximadamente dos leguas más al norte que la corriente que inicialmente me había arrastrado mar adentro. Así, cuando finalmente me aproximé a la isla, me encontré frente a la costa septentrional, es decir, en el extremo opuesto de aquel desde donde había partido.
Cuando había avanzado algo más de una legua gracias a aquella corriente o remolino, descubrí que esta había perdido fuerza y ya no me impulsaba más. Sin embargo, observé que, al encontrarme entre dos grandes corrientes —la del lado sur, que me había arrastrado mar adentro, y la del norte, situada aproximadamente a una legua al otro lado—, en la estela de la isla el agua permanecía al menos tranquila y sin fluir en ninguna dirección. Y como todavía soplaba una brisa favorable, continué gobernando directamente hacia la isla, aunque ya no avanzaba con la misma rapidez que antes.
Hacia las cuatro de la tarde, hallándome entonces a menos de una legua de la isla, advertí que la punta rocosa que había ocasionado aquel desastre se extendía, como ya describí, hacia el sur y desviaba la corriente aún más hacia ese lado; de manera que, naturalmente, había formado otro remolino hacia el norte. Descubrí que este era muy fuerte, aunque no corría exactamente en la dirección de mi ruta —que era directamente al oeste—, sino casi por completo hacia el norte. No obstante, como soplaba un viento fresco, crucé aquel remolino en diagonal hacia el noroeste; y al cabo de aproximadamente una hora llegué a menos de una milla de la costa, donde, encontrando aguas tranquilas, pude alcanzar tierra sin dificultad.
Una vez en la orilla, caí de rodillas y di gracias a Dios por mi salvación, resolviendo abandonar para siempre toda idea de obtener mi libertad por medio de mi bote; y, después de refrescarme con algo de comida, acerqué la embarcación a la costa, dentro de una pequeña ensenada que había descubierto bajo unos árboles, y me tendí a dormir, completamente agotado por el esfuerzo y las fatigas del viaje.
Me hallaba entonces muy confundido respecto a cómo regresar a casa con mi bote. Había corrido tantos riesgos y comprendía demasiado bien el peligro como para intentar volver por el mismo camino por el que había salido; y lo que pudiera encontrar al otro lado —es decir, en la costa occidental— lo ignoraba por completo, y no tenía deseo alguno de arriesgarme de nuevo. Así pues, resolví que a la mañana siguiente avanzaría hacia el oeste siguiendo la costa, para ver si no existía algún arroyo o ensenada donde pudiera dejar mi fragata a salvo y recuperarla más adelante si la necesitaba.
Después de recorrer unas tres millas bordeando la costa, llegué a una excelente entrada o bahía, de cerca de una milla de ancho, que se estrechaba hasta convertirse en un pequeño riachuelo, donde encontré un puerto muy conveniente para mi bote, tan adecuado que parecía un pequeño dique construido expresamente para él. Allí lo introduje y, tras dejarlo perfectamente asegurado, desembarqué para explorar el lugar y averiguar dónde me encontraba.
Pronto descubrí que había pasado apenas un poco más allá del sitio donde había estado anteriormente, cuando crucé a pie hasta aquella costa. Así que, sin sacar del bote nada más que mi escopeta y mi sombrilla —pues hacía un calor insoportable—, emprendí la marcha. El camino resultaba bastante agradable después de un viaje como el que acababa de realizar, y al caer la tarde llegué a mi antigua enramada, donde encontré todo tal y como lo había dejado; pues siempre la mantenía en buen orden, siendo, como ya he dicho, mi casa de campo.
Salté la cerca y me tendí a la sombra para descansar mis miembros, pues estaba extremadamente fatigado, y me quedé dormido. Pero juzgue quien lea mi historia qué sorpresa debí sentir cuando fui despertado de mi sueño por una voz que repetía varias veces mi nombre:
—¡Robin, Robin, Robin Crusoe! ¡Pobre Robin Crusoe! ¿Dónde estás, Robin Crusoe? ¿Dónde estás? ¿Dónde has estado?
Al principio dormía tan profundamente, agotado por remar —o bogar, como suele decirse— durante la primera parte del día y caminar durante la segunda, que no desperté por completo; adormecido, creí estar soñando que alguien me hablaba. Pero como la voz continuaba repitiendo:
—¡Robin Crusoe! ¡Robin Crusoe!
finalmente desperté del todo y, al principio, me sobresalté terriblemente, levantándome lleno de espanto. Pero apenas abrí los ojos vi a mi Poll posado sobre lo alto de la cerca, e inmediatamente comprendí que era él quien me hablaba; pues solía dirigirme a él exactamente con aquel tono lastimero y enseñarle esas mismas palabras. Las había aprendido tan perfectamente que se sentaba sobre mi dedo, acercaba el pico a mi rostro y decía:
—¡Pobre Robin Crusoe! ¿Dónde estás? ¿Dónde has estado? ¿Cómo llegaste aquí?
y otras frases semejantes que yo mismo le había enseñado.
Sin embargo, aunque sabía que era el loro y que no podía tratarse de nadie más, me tomó bastante tiempo serenarme. Primero me maravilló cómo había llegado hasta allí; y luego, cómo era posible que permaneciera precisamente en aquel lugar y en ningún otro. Pero, convencido finalmente de que no podía ser otro que el honrado Poll, me tranquilicé; y extendiendo la mano mientras lo llamaba por su nombre:
—¡Poll!
la sociable criatura acudió a mí y se posó sobre mi pulgar, como acostumbraba hacer, continuando con sus parloteos:
—¡Pobre Robin Crusoe! ¿Cómo llegaste aquí? ¿Dónde habías estado?
como si estuviera loco de alegría por volver a verme; y así me acompañó de regreso a casa.
Había tenido ya suficientes aventuras marítimas por un tiempo, y durante muchos días no hice otra cosa que permanecer quieto, reflexionando sobre el peligro en que me había encontrado. Me habría alegrado muchísimo tener de nuevo mi bote en mi lado de la isla; pero no veía manera posible de traerlo de regreso. En cuanto al lado oriental de la isla, que había rodeado, sabía perfectamente bien que no debía aventurarme de nuevo por allí; el simple pensamiento hacía estremecer mi corazón y helar mi sangre. Y respecto al otro lado de la isla, ignoraba cómo serían allí las corrientes; pero suponiendo que estas golpearan la costa occidental con la misma violencia con que pasaban por la oriental, correría el mismo riesgo de ser arrastrado alrededor de la isla, como antes había estado a punto de ser alejado de ella para siempre. Así pues, con tales pensamientos, me resigné a permanecer sin bote, aunque me hubiera costado tantos meses de trabajo construirlo y muchos más ponerlo en el mar.
En este dominio de mi carácter permanecí cerca de un año, viviendo una existencia muy tranquila y retirada, como bien puede suponerse; y hallándose mis pensamientos mucho más serenos respecto a mi situación, y completamente consolado al resignarme a los designios de la Providencia, llegué a pensar que, salvo por la falta de compañía, vivía realmente muy feliz en todos los aspectos.
Durante este tiempo mejoré notablemente en todos los oficios mecánicos a los que mis necesidades me obligaban a dedicarme; y creo que, de haber sido necesario, me habría convertido en un muy buen carpintero, especialmente considerando las pocas herramientas de que disponía.
Además de esto, alcancé una perfección inesperada en mi alfarería y logré idear un torno rudimentario, que encontré infinitamente más fácil y útil; pues gracias a él podía fabricar objetos redondos y bien formados, mientras que antes mis piezas eran verdaderamente horribles de contemplar. Sin embargo, creo que nunca me sentí más orgulloso de una de mis obras ni más satisfecho con un descubrimiento que cuando logré fabricar una pipa para fumar tabaco. Aunque resultó un objeto muy feo y tosco, y solamente quedó roja por el fuego, como el resto de mis piezas de barro, era sólida y resistente, y permitía aspirar el humo; aquello me proporcionó un enorme consuelo, pues siempre había sido fumador. Existían pipas en el barco, pero al principio las olvidé, sin pensar que hubiera tabaco en la isla; y después, cuando regresé a buscar más cosas en el barco, ya no pude alcanzarlas.
También progresé mucho en mi cestería y fabriqué abundantes cestas útiles, tan buenas como mi ingenio me permitía hacerlas. Aunque no eran muy elegantes, resultaban extremadamente prácticas y cómodas tanto para almacenar cosas como para transportarlas. Por ejemplo, si mataba una cabra lejos de casa, podía colgarla de un árbol, despellejarla, prepararla, cortarla en pedazos y llevarla en una cesta hasta mi vivienda; lo mismo hacía con las tortugas: podía cortarlas, sacar los huevos y uno o dos trozos de carne —más que suficiente para mí—, llevarlos en la cesta y dejar el resto atrás. Además, grandes y profundas cestas servían como depósitos para mi grano, que siempre desgranaba en cuanto estaba seco y curado, guardándolo luego en enormes canastos.
Comencé entonces a notar que mi pólvora disminuía considerablemente; esta era una carencia imposible de remediar, y empecé a pensar seriamente qué haría cuando se agotara por completo; es decir, cómo podría cazar cabras sin ella. Como ya he contado al hablar de mi tercer año en la isla, había criado y domesticado un cabrito, y esperaba conseguir un macho cabrío; pero jamás logré hacerlo hasta que mi cabrita se convirtió en una cabra vieja. Y como nunca tuve corazón para sacrificarla, finalmente murió de pura vejez.
Pero encontrándome ya en el undécimo año de mi residencia, y como he dicho, viendo que mis municiones comenzaban a escasear, me dediqué a estudiar algún método para atrapar y enlazar cabras, a fin de ver si no podía capturar algunas vivas; y particularmente deseaba una cabra preñada. Con este propósito fabriqué trampas para enredarlas; y creo que más de una vez cayeron en ellas, pero mis aparejos no eran buenos, pues no tenía alambre, y siempre encontraba las trampas rotas y el cebo devorado.
Finalmente resolví probar con fosas. Cavé varios hoyos grandes en la tierra, en lugares donde había observado que las cabras acostumbraban alimentarse, y sobre aquellos hoyos coloqué enrejados hechos por mí mismo, cargándolos además con gran peso. Varias veces puse espigas de cebada y arroz seco sin activar la trampa; y pude percibir fácilmente que las cabras habían entrado y comido el grano, pues veía las huellas de sus patas. Por fin, una noche preparé tres trampas, y al ir a revisarlas a la mañana siguiente las hallé todas aún en pie, aunque el cebo había desaparecido; aquello fue muy desalentador.
Sin embargo, modifiqué mis trampas; y, para no cansar al lector con detalles, una mañana, al ir a inspeccionarlas, encontré en una de ellas un gran macho viejo; y en otra, tres cabritos: un macho y dos hembras.
En cuanto al viejo macho, no supe qué hacer con él; era tan feroz que no me atreví a entrar en la fosa junto a él, es decir, para sacarlo vivo, que era justamente lo que deseaba. Habría podido matarlo, pero ese no era mi propósito ni habría servido a mi fin; así que simplemente lo dejé salir, y huyó como si estuviera fuera de sí por el terror. Pero entonces no sabía lo que aprendí después: que el hambre puede domesticar a un león. Si lo hubiese dejado allí tres o cuatro días sin alimento, y luego le hubiese llevado agua y un poco de grano, habría llegado a ser tan manso como uno de los cabritos; pues las cabras son criaturas extremadamente sagaces y dóciles cuando se las trata bien.
Sin embargo, por el momento lo dejé ir, sin saber hacerlo mejor en aquel entonces; luego fui hacia los tres cabritos y, atándolos juntos con cuerdas uno por uno, logré con cierta dificultad llevarlos hasta mi morada.
Pasó bastante tiempo antes de que quisieran alimentarse; pero arrojándoles algo de grano dulce logré tentarlos, y comenzaron a amansarse. Entonces comprendí que, si esperaba procurarme carne de cabra cuando ya no tuviese pólvora ni municiones, criar algunas domesticadas sería mi único recurso; quizá podría tenerlas cerca de mi vivienda como un rebaño de ovejas.
Pero entonces se me ocurrió que debía mantener separadas las cabras domesticadas de las salvajes, pues de lo contrario aquellas volverían siempre al estado salvaje al crecer; y el único modo de lograrlo era disponer de un terreno cercado, bien protegido con setos o empalizadas, de manera que las de dentro no pudieran escapar ni las de fuera entrar.
Aquello representaba una gran empresa para un solo hombre; sin embargo, como veía que era absolutamente necesario hacerlo, mi primera tarea fue encontrar un terreno apropiado, donde hubiese pasto para alimentarlas, agua para beber y sombra para protegerlas del sol.
Quienes entiendan de cercados pensarán que tuve muy poca previsión cuando elegí un lugar que, en efecto, reunía todas aquellas condiciones —una llanura abierta o sabana, como la llaman nuestros colonos de las Indias Occidentales— atravesada por dos o tres pequeños arroyos de agua dulce y cubierta de árboles en uno de sus extremos. Digo que se reirán de mi prudencia cuando sepan que comencé a cercar aquel terreno de tal manera que mi seto o empalizada habría debido medir no menos de dos millas de circunferencia.
Y la locura no estaba tanto en la extensión, pues aunque hubiera tenido diez millas alrededor, probablemente habría tenido tiempo suficiente para terminarla; sino en que no consideré que mis cabras serían tan salvajes dentro de un espacio tan amplio como si hubiesen tenido toda la isla para sí, y que dispondría de tanto terreno para perseguirlas que jamás lograría atraparlas.
Había comenzado ya mi cerca y avanzado quizá unos cincuenta pasos cuando este pensamiento acudió a mi mente; así que me detuve de inmediato y resolví, para empezar, encerrar un terreno de unos ciento cincuenta pasos de largo y cien de ancho; pues, además de bastar para mantener todas las cabras que razonablemente pudiera tener durante bastante tiempo, siempre podría añadir más terreno a medida que el rebaño creciera.
Aquello sí fue actuar con cierta prudencia, y me puse manos a la obra con ánimo. Me llevó cerca de tres meses cercar la primera parcela; y mientras no estuvo terminada, mantuve atados a los tres cabritos en la mejor parte del terreno, acostumbrándolos a pastar cerca de mí para que se familiarizaran conmigo. Muy a menudo iba a llevarles espigas de cebada o puñados de arroz y los alimentaba con mi propia mano; de manera que, cuando el cercado estuvo concluido y los dejé sueltos, me seguían de un lado a otro balando tras de mí por un puñado de grano.
Esto respondió perfectamente a mi propósito, y al cabo de un año y medio poseía un rebaño de unas doce cabras, contando los cabritos; y dos años después tenía ya cuarenta y tres, sin incluir varias que había capturado y sacrificado para alimentarme. Después de eso cercé cinco terrenos distintos para alimentarlas, con pequeños corrales donde encerrarlas cuando necesitaba atraparlas, y puertas que comunicaban unos cercados con otros.
Pero aquello no fue todo; pues ahora no solo tenía carne de cabra cuando quería, sino también leche, cosa que, en verdad, ni siquiera había imaginado al principio y que, cuando se me ocurrió, fue para mí una sorpresa sumamente agradable. Así establecí mi pequeña lechería, y llegué a obtener a veces uno o dos galones de leche al día.
Y así como la Naturaleza, que provee alimento a toda criatura, le enseña también naturalmente el modo de aprovecharlo, yo, que jamás había ordeñado una vaca —mucho menos una cabra— ni había visto hacer mantequilla o queso salvo cuando era niño, tras innumerables ensayos y fracasos, conseguí finalmente hacer tanto mantequilla como queso; también obtuve sal —aunque descubrí que el calor del sol la formaba parcialmente para mí sobre algunas rocas marinas— y nunca más volví a carecer de ella.
¡Cuán misericordiosamente puede nuestro Creador tratar a Sus criaturas incluso en aquellas circunstancias en que parecen hundidas en la destrucción! ¡Cómo puede endulzar las providencias más amargas y darnos motivo para alabarlo aun en las mazmorras y las prisiones! ¡Qué mesa había sido preparada para mí en aquel desierto, donde al principio no veía otra cosa que perecer de hambre!
Capítulo XI: Encuentro Con Una Huella Humana En La Arena
Habría hecho sonreír a un estoico verme a mí y a mi pequeña familia sentados a la mesa. Allí estaba yo, su majestad, príncipe y señor de toda la isla; tenía las vidas de todos mis súbditos bajo mi mando absoluto; podía ahorcar, castigar, conceder libertad o quitarla, y entre todos mis súbditos no había un solo rebelde. Luego, habría sido digno de verse cuán semejante a un rey cenaba yo, completamente solo, servido por mis criados. Poll, como si hubiese sido mi favorito, era el único autorizado a hablarme. Mi perro, ya viejo y achacoso, que no había encontrado criatura alguna con la cual perpetuar su especie, se sentaba siempre a mi derecha; y dos gatos, uno a cada lado de la mesa, aguardaban de vez en cuando algún bocado de mi mano, como señal de especial favor.
Pero aquellos no eran los dos gatos que traje conmigo al desembarcar, pues ambos habían muerto y yo mismo los había enterrado cerca de mi morada; sin embargo, uno de ellos había criado con no sé qué clase de animal, y estos dos eran descendientes que había logrado domesticar, mientras que los demás se volvieron salvajes en los bosques y acabaron siendo una molestia; pues a menudo entraban en mi casa y me saqueaban, hasta que finalmente me vi obligado a dispararles y maté a muchos de ellos; al fin terminaron por alejarse. Con semejante servidumbre y en tal abundancia vivía yo; y no podría decirse que me faltara nada excepto compañía; y de eso, algún tiempo después, estuve a punto de tener demasiado.
Yo seguía algo impaciente, como ya he mencionado, por volver a utilizar mi bote, aunque muy poco dispuesto a correr nuevos peligros; y así, unas veces me sentaba a imaginar medios para llevarlo alrededor de la isla, y otras me resignaba a vivir perfectamente satisfecho sin él. Pero tenía una extraña inquietud en el ánimo que me impulsaba a volver al extremo de la isla donde, como he contado en mi última excursión, subí a la colina para observar la costa y el curso de la corriente, a fin de saber qué debía hacer; aquella inclinación crecía cada día más, hasta que resolví ir por tierra, siguiendo la orilla del mar. Así lo hice; pero si alguien en Inglaterra hubiese encontrado a un hombre como yo, seguramente se habría asustado o habría soltado una gran carcajada; y muchas veces, cuando me detenía a contemplarme, no podía evitar sonreír al imaginarme atravesando Yorkshire con semejante atuendo y semejante equipaje. Permítaseme, pues, bosquejar mi figura.
Llevaba un enorme gorro informe hecho de piel de cabra, con una solapa que caía por detrás, tanto para protegerme del sol como para desviar la lluvia y evitar que corriera por mi cuello, pues nada hay tan perjudicial en aquellos climas como la lluvia sobre la carne cubierta por la ropa.
Vestía una chaqueta corta de piel de cabra, cuyos faldones me llegaban aproximadamente hasta la mitad de los muslos, y unos calzones abiertos por las rodillas del mismo material; estaban confeccionados con la piel de un viejo macho cabrío, cuyo pelo colgaba tan largo a ambos lados que, a modo de pantalones anchos, me llegaba hasta media pierna. No tenía medias ni zapatos, pero me había fabricado algo que apenas sabría cómo llamar: una especie de borceguíes que cubrían mis piernas y se ajustaban a ambos lados con correas, semejantes a polainas, aunque de la forma más bárbara imaginable, como ocurría en verdad con el resto de mis vestiduras.
Llevaba ceñido un ancho cinturón de piel de cabra seca, sujeto con dos correas del mismo cuero en lugar de hebillas; y, en una especie de funda a cada lado, colgaban, en vez de espada y daga, una pequeña sierra y un hacha, una a cada costado. Tenía además otro cinturón, menos ancho y sujeto del mismo modo, que me cruzaba el hombro; y al final de este, bajo el brazo izquierdo, colgaban dos bolsas, ambas hechas también de piel de cabra: en una llevaba la pólvora y en la otra la munición. A la espalda cargaba mi cesta, al hombro mi escopeta y sobre la cabeza una gran sombrilla de piel de cabra, pesada, torpe y feísima, aunque, después de todo, era el objeto más necesario que poseía, inmediatamente después de mi arma.
En cuanto a mi rostro, su color no era tan parecido al de un mulato como podría esperarse de un hombre que no tenía el menor cuidado de sí mismo y vivía a nueve o diez grados del ecuador. Una vez dejé crecer mi barba hasta cerca de un cuarto de vara; pero, como disponía de suficientes tijeras y navajas, la había recortado bastante, excepto el bigote, que arreglé a la manera de unos enormes mostachos mahometanos, semejantes a los que había visto usar a ciertos turcos en Salé, pues los moros no los llevaban así, aunque sí los turcos. No diré que aquellos mostachos fueran tan largos como para colgar en ellos mi sombrero, pero sí tenían un tamaño y una forma lo bastante monstruosos como para parecer espantosos en Inglaterra.
Pero todo esto viene poco al caso; pues, respecto de mi figura, tan pocas personas podían observarme que aquello carecía de toda importancia, y no diré más sobre ello. Con semejante indumentaria emprendí mi nueva expedición, y permanecí fuera cinco o seis días. Viajé primero por la costa del mar, directamente hacia el lugar donde había fondeado mi bote por primera vez para subir a las rocas; y como ahora no tenía embarcación que cuidar, atravesé tierra adentro por un camino más corto hasta la misma altura donde había estado anteriormente. Desde allí, mirando hacia las puntas de las rocas que se adentraban en el mar y que me había visto obligado a rodear con mi bote, me sorprendió ver el océano completamente tranquilo y apacible: sin remolinos, sin movimiento, sin corriente alguna más que en cualquier otro sitio.
Quedé sumamente desconcertado ante aquello y resolví dedicar algún tiempo a observarlo, para comprobar si el fenómeno no era causado por las mareas; pero pronto comprendí de qué se trataba: la marea baja, que corría desde el oeste y se unía a la corriente de las aguas de algún gran río de la costa, debía de ser la causa de aquella corriente; y, según el viento soplase con más fuerza desde el oeste o desde el norte, aquella corriente se acercaba más o menos a la orilla. Esperé allí hasta el atardecer, subí nuevamente a la roca y entonces, cuando la marea comenzó a bajar, vi claramente la corriente tal como antes, sólo que más alejada de la costa, aproximadamente a media legua; mientras que en mi caso había pasado pegada a tierra y me había arrastrado a mí y a mi canoa, cosa que en otra ocasión no habría sucedido.
Esta observación me convenció de que no tenía más que vigilar el flujo y reflujo de la marea, y podría fácilmente conducir mi bote alrededor de la isla otra vez; pero cuando pensé en poner aquello en práctica, me invadió tal terror al recordar el peligro en que había estado, que no pude considerarlo nuevamente con paciencia. Por el contrario, tomé otra resolución, más segura aunque más laboriosa: construir, o más bien fabricar, otra periagua o canoa, y así tener una para cada lado de la isla.
Debe entenderse que para entonces poseía, por así decirlo, dos plantaciones en la isla. Una era mi pequeña fortificación o tienda, con el muro junto a la roca y la cueva detrás, la cual para entonces había ampliado hasta convertirla en varias habitaciones o cavernas interiores, unas dentro de otras. Una de ellas, la más seca y espaciosa, que tenía una salida más allá de mi empalizada —es decir, más allá del punto donde el muro se unía a la roca—, estaba completamente llena de las grandes vasijas de barro que ya he descrito, y de catorce o quince enormes cestas capaces de contener cinco o seis bushels cada una, donde almacenaba mis provisiones, especialmente mi grano: parte aún en espiga, cortado cerca de la paja, y otra parte ya desgranada a mano.
En cuanto a mi empalizada, hecha, como dije antes, con largas estacas o pilotes, aquellas estacas habían crecido como árboles y para entonces eran tan grandes y se extendían tanto, que no quedaba la menor señal visible de vivienda alguna detrás de ellas.
Cerca de esta morada, aunque algo más hacia el interior y en terreno más bajo, estaban mis dos parcelas de cultivo, que mantenía cuidadosamente sembradas y trabajadas, y que me daban sus cosechas a su debido tiempo; y siempre que necesitaba más grano tenía junto a ellas más tierra tan fértil como aquella.
Además de esto, tenía mi casa de campo, donde ya poseía también una plantación bastante aceptable; pues, en primer lugar, estaba mi pequeña glorieta, como solía llamarla, que mantenía en buen estado; es decir, cuidaba constantemente el seto que la rodeaba para conservarlo a la altura acostumbrada, con la escalera siempre colocada por dentro. Los árboles, que al principio no eran más que estacas, se habían vuelto fuertes y altos; los podaba regularmente para que se extendieran, crecieran espesos y salvajes y produjeran una sombra más agradable, cosa que ciertamente conseguían a mi gusto.
En medio de aquel lugar mantenía siempre levantada mi tienda, hecha con un pedazo de vela extendido sobre postes colocados con ese propósito, y que jamás necesitaba reparación ni renovación. Bajo ella me había preparado una especie de lecho o diván con las pieles de los animales que había cazado, junto con otras cosas suaves y una manta de nuestro equipo de cama del barco que había logrado salvar, además de un grueso capote para cubrirme. Y allí, cada vez que tenía motivo para ausentarme de mi residencia principal, ocupaba mi morada campestre.
Junto a este lugar tenía también mis cercados para el ganado, es decir, para mis cabras, y me había tomado un trabajo inconcebible para vallar y asegurar aquel terreno. Estaba tan empeñado en mantenerlo intacto, por temor a que las cabras escaparan, que no descansé hasta llenar el exterior de la cerca con pequeñas estacas clavadas tan juntas unas de otras, que parecía más una empalizada que un seto, y apenas quedaba espacio para pasar la mano entre ellas; lo cual, después, cuando aquellas estacas brotaron —como todas hicieron durante la siguiente estación lluviosa—, convirtió el cercado en una barrera tan sólida como un muro, e incluso más fuerte que cualquiera de piedra.
Pero esto daba testimonio de que yo no era ocioso, y de que no escatimaba esfuerzo alguno para lograr cuanto me pareciera necesario para mi cómodo sustento; pues consideraba que mantener una cría de animales domesticados tan a mi alcance sería para mí un almacén viviente de carne, leche, mantequilla y queso mientras permaneciera en aquel lugar, aunque hubiesen de ser cuarenta años; y que conservarlos a mi alcance dependía enteramente de perfeccionar mis cercados hasta tal punto que pudiera estar seguro de mantenerlos reunidos; lo cual conseguí de manera tan efectiva con este método, que cuando aquellas pequeñas estacas comenzaron a crecer, las había plantado tan juntas que me vi obligado a arrancar algunas después.
En aquel lugar tenía también mis viñas, de las cuales dependía principalmente para mi provisión invernal de pasas, y que jamás dejaba de conservar con sumo cuidado, pues constituían el manjar más agradable y exquisito de toda mi dieta; y en verdad no sólo eran agradables, sino también medicinales, saludables, nutritivas y refrescantes en extremo.
Como este sitio se hallaba asimismo a medio camino entre mi otra morada y el lugar donde había dejado mi embarcación, generalmente me detenía y dormía allí cuando iba hacia ella, pues visitaba mi bote con frecuencia; y mantenía en muy buen estado todo lo relativo a él. Algunas veces salía en él para distraerme, pero nunca más emprendí viajes peligrosos; apenas me alejaba una o dos pedradas de la costa, tan temeroso estaba de ser arrastrado otra vez por las corrientes, los vientos o cualquier otro accidente fuera de mi conocimiento. Pero ahora llego a una nueva escena de mi vida.
Sucedió un día, hacia el mediodía, cuando me dirigía hacia mi embarcación, que quedé extraordinariamente sorprendido al ver la huella de un pie humano desnudo sobre la orilla, claramente marcada en la arena. Me quedé inmóvil como herido por un rayo, o como si hubiera visto una aparición. Escuché, miré a mi alrededor, pero no pude oír ni ver nada; subí a un terreno elevado para observar más lejos; recorrí la costa hacia un lado y hacia el otro, pero todo fue en vano; no podía distinguir ninguna otra huella aparte de aquella. Volví nuevamente hacia ella para examinarla mejor y observar si no sería imaginación mía; pero no había lugar para tal duda, pues allí estaba exactamente la marca de un pie: los dedos, el talón y cada parte perfectamente delineada. Cómo había llegado allí, no lo sabía, ni podía siquiera imaginarlo; pero después de innumerables pensamientos confusos, como un hombre completamente turbado y fuera de sí, regresé a mi fortificación sin sentir, como suele decirse, el suelo que pisaba, aterrado hasta el extremo, volviendo la vista atrás cada dos o tres pasos, confundiendo cada arbusto y cada árbol, e imaginando que cada tronco distante era un hombre. Y no es posible describir las múltiples formas que mi imaginación espantada daba a las cosas, las ideas salvajes que brotaban a cada instante en mi mente, y las extrañas e inexplicables fantasías que me asaltaron durante el camino.
Cuando llegué a mi castillo (pues así creo que empecé a llamarlo desde entonces), me precipité dentro de él como alguien perseguido. No puedo recordar si entré subiendo la escalera, tal como había sido dispuesta al principio, o si pasé por la abertura en la roca que yo llamaba puerta; ni siquiera pude recordarlo a la mañana siguiente, pues jamás liebre asustada corrió a su escondite, ni zorro huyó a su madriguera, con mayor terror del que yo sentí al refugiarme allí.
No dormí nada aquella noche; y cuanto más lejos me hallaba de la causa de mi miedo, mayores eran mis aprensiones, cosa algo contraria a la naturaleza de estos casos, y especialmente al comportamiento habitual de todas las criaturas dominadas por el temor; pero estaba tan perturbado por mis propias ideas espantosas, que no hacía sino forjarme las más sombrías imaginaciones, aun cuando me encontraba ya muy lejos del lugar. A veces imaginaba que debía de ser el diablo, y la razón misma parecía apoyarme en esa suposición; pues ¿cómo podría cualquier otra figura humana haber llegado hasta aquel sitio? ¿Dónde estaba la embarcación que la hubiese traído? ¿Qué señales había de otras pisadas? ¿Y cómo era posible que un hombre hubiese llegado allí? Pero luego, pensar que Satanás tomara forma humana en un lugar semejante, donde no podía existir motivo alguno para ello, salvo dejar la huella de su pie detrás de sí, y aun eso sin propósito alguno, pues no podía estar seguro de que yo llegara a verla, me hacía inclinarme hacia la opinión contraria. Consideraba además que el demonio habría encontrado mil medios mejores para aterrorizarme que aquella simple huella; y que, viviendo yo al otro lado de la isla, jamás habría sido tan necio como para dejar una señal en un lugar donde había diez mil probabilidades contra una de que yo la descubriese, y precisamente en la arena, donde la primera ola fuerte del mar la habría borrado por completo. Todo aquello me parecía incompatible con la naturaleza misma del hecho; y también con las ideas que comúnmente tenemos acerca de la sutileza del diablo.
Muchas reflexiones semejantes me ayudaron a desechar todo temor de que se tratase del demonio; y concluí finalmente que debía de ser una criatura mucho más peligrosa; a saber, alguno de los salvajes de la tierra firme vecina que, habiéndose aventurado mar adentro en sus canoas, y arrastrados por las corrientes o por vientos contrarios, hubiesen llegado a la isla, desembarcado en ella y luego partido de nuevo hacia el mar; quizá tan poco deseosos de permanecer en aquella isla desierta como lo habría estado yo de encontrarme con ellos.
Mientras estas reflexiones daban vueltas en mi mente, agradecía profundamente en mi interior haber tenido la fortuna de no hallarme por allí en aquel momento, o de que ellos no hubiesen visto mi embarcación, pues de haberla visto habrían concluido que había habitantes en el lugar y quizá habrían buscado más adelante hasta encontrarme. Entonces terribles pensamientos atormentaron mi imaginación: que tal vez habían descubierto mi bote y sabían que había gente en la isla; que, siendo así, regresarían seguramente en mayor número y me devorarían; y que aun si no me encontraban, descubrirían mis cercados, destruirían todo mi maíz y se llevarían mi rebaño de cabras domesticadas, de modo que acabaría pereciendo de pura necesidad.
Así, mi temor desterró toda mi esperanza religiosa, toda aquella antigua confianza en Dios fundada en la maravillosa experiencia que había tenido de Su bondad; como si Aquel que hasta entonces me había alimentado milagrosamente no pudiera también preservar, con Su poder, las provisiones que Su bondad me había concedido. Me reproché mi pereza por no sembrar más grano cada año del necesario para sostenerme hasta la siguiente cosecha, como si ningún accidente pudiera impedirme disfrutar del fruto que estaba aún sobre la tierra; y consideré tan justo aquel reproche, que resolví para el futuro almacenar provisiones para dos o tres años por adelantado, de modo que, ocurriera lo que ocurriera, no pereciera por falta de pan.
¡Qué extraño tejido es la vida humana bajo la Providencia! ¡Y por qué ocultos resortes son agitadas nuestras pasiones conforme cambian las circunstancias! Hoy amamos lo que mañana odiamos; hoy buscamos lo que mañana evitamos; hoy deseamos lo que mañana tememos, y aun aquello cuya sola idea nos hace temblar. Esto se ejemplificó en mí de la manera más viva imaginable; pues yo, cuya única aflicción había sido creerme desterrado de la sociedad humana, solo, rodeado por el océano sin límites, separado del resto de los hombres y condenado a lo que llamaba una vida silenciosa; yo, que me consideraba como alguien a quien el Cielo no juzgaba digno de contarse entre los vivos ni de aparecer entre las demás criaturas de Dios; yo, para quien ver a un semejante habría parecido como volver de la muerte a la vida, y el mayor beneficio que el Cielo, después de la salvación misma, pudiera concederme; yo digo que ahora temblaba ante la sola posibilidad de ver a un hombre, y estaba dispuesto a hundirme bajo tierra ante la simple sombra o señal silenciosa de que un ser humano hubiese puesto el pie en la isla.
Tal es la desigual condición de la vida humana; y esto me proporcionó después abundantes y curiosas reflexiones, cuando me hube recobrado un poco de mi primera sorpresa. Consideré que aquella era la posición en la vida que la infinitamente sabia y buena Providencia de Dios había determinado para mí; y que, así como yo no podía prever los fines de la sabiduría divina en todo aquello, tampoco debía disputar Su soberanía; pues Él, como Creador mío, tenía un derecho indiscutible a gobernarme y disponer de mí absolutamente según le pareciera conveniente; y además, siendo yo una criatura que le había ofendido, tenía igualmente el derecho de condenarme al castigo que estimase justo; y que mi deber era someterme y soportar Su indignación, porque había pecado contra Él. Reflexioné luego que Dios, quien no sólo era justo sino omnipotente, había considerado oportuno castigarme y afligirme de esa manera, pero que también era capaz de librarme; y que si no juzgaba conveniente hacerlo, mi deber indiscutible era resignarme absoluta y enteramente a Su voluntad; y, por otra parte, también era mi deber esperar en Él, orarle y atender tranquilamente a los dictados y disposiciones de Su providencia cotidiana.
Estos pensamientos ocuparon muchas horas, días, y aun podría decir semanas y meses; y no puedo omitir un efecto particular de mis meditaciones en aquella ocasión. Una mañana temprano, hallándome en la cama y lleno de pensamientos acerca del peligro que corría por la presencia de salvajes, advertí que aquello me perturbaba profundamente; entonces acudieron a mi mente estas palabras de la Escritura: "Invócame en el día de la angustia, y yo te libraré, y tú me glorificarás." Al instante me levanté de la cama con ánimo renovado; mi corazón no sólo se sintió consolado, sino que me vi guiado y animado a orar fervorosamente a Dios por mi liberación. Después de haber orado, tomé mi Biblia y, al abrirla para leer, las primeras palabras que se presentaron ante mí fueron: "Espera en el Señor y cobra ánimo, y Él fortalecerá tu corazón; espera, digo, en el Señor." Es imposible expresar el consuelo que esto me proporcionó. En respuesta, cerré el libro agradecido, y ya no volví a sentir tristeza, al menos por aquella causa.
En medio de todas estas cavilaciones, temores y reflexiones, se me ocurrió un día que todo aquello podía no ser más que una mera quimera de mi imaginación, y que aquella huella podía ser la marca de mi propio pie cuando desembarqué de mi bote. Esto me animó un poco, y empecé a persuadirme de que todo había sido una ilusión; que no era otra cosa que mi propia huella. ¿Y por qué no podía yo haber pasado por allí desde el bote, así como ahora iba hacia él? Consideré también que de ningún modo podía decir con certeza dónde había pisado y dónde no; y que, si al final aquello no era más que la impresión de mi propio pie, yo había representado el papel de esos necios que inventan historias de espectros y apariciones, y luego se asustan de ellas más que nadie.
Entonces comencé a cobrar ánimo y a aventurarme nuevamente fuera de mi castillo, pues llevaba ya tres días y tres noches sin salir de él, de modo que empezaba a faltarme la comida; dentro apenas tenía unas tortas de cebada y agua. Además, sabía que mis cabras necesitaban ser ordeñadas, lo cual solía ser mi entretenimiento de la tarde; y las pobres criaturas sufrían mucho y se hallaban muy incómodas por la falta de ello. En efecto, aquello estuvo a punto de arruinar a algunas y casi secó por completo su leche.
Animándome, pues, con la creencia de que aquello no era sino la marca de uno de mis propios pies, y de que verdaderamente podía decirse que me asustaba de mi propia sombra, volví a salir y fui hasta mi casa de campo para ordeñar mi rebaño. Pero si alguien hubiera visto con qué miedo avanzaba, cuántas veces miraba detrás de mí, cómo estaba listo a cada instante para dejar caer mi cesta y echar a correr por salvar la vida, habría pensado sin duda que me perseguía una conciencia culpable o que acababa de sufrir el más terrible de los espantos; y así era, en verdad.
Sin embargo, continué bajando de este modo durante dos o tres días y, como no vi nada, empecé a sentirme algo más confiado y a pensar que en realidad todo había sido producto de mi imaginación. Pero no pude convencerme por completo hasta volver de nuevo a la playa, ver aquella huella y medirla con la mía, para comprobar si existía alguna semejanza que me asegurase que era realmente mi pie.
Mas cuando llegué al lugar, en primer término me pareció evidente que, cuando dejé mi bote allí resguardado, no pude haber estado en tierra en aquel sitio ni cerca de él; y, en segundo lugar, al medir la huella junto a mi pie, descubrí que la mía era muchísimo más pequeña. Ambas cosas llenaron de nuevas imaginaciones mi cabeza y me devolvieron el miedo con renovada intensidad, de tal manera que temblaba de frío como si tuviera calentura. Regresé otra vez a mi casa, plenamente convencido de que algún hombre —o varios hombres— habían estado en la isla; o, en suma, de que la isla estaba habitada y que podía ser sorprendido antes de advertirlo; y no sabía qué medidas tomar para mi seguridad.
¡Oh, qué ridículas resoluciones toman los hombres cuando están dominados por el miedo! Este los priva del uso de los medios que la razón les ofrece para aliviarse. Lo primero que me propuse fue derribar mis cercados y devolver todo mi ganado domesticado al bosque, no fuera que el enemigo los descubriera y entonces frecuentara la isla con la esperanza de encontrar el mismo botín o uno semejante. Después pensé en desenterrar mis dos campos de maíz, para que no hallasen allí semejante grano y no se sintieran tentados a volver. Luego se me ocurrió destruir mi enramada y mi tienda, para que no viesen vestigio alguno de habitación y no se vieran impulsados a buscar más lejos con el fin de encontrar a quienes vivían allí.
Tales fueron las meditaciones de aquella primera noche después de haber regresado a casa, mientras los temores que habían invadido mi mente permanecían aún frescos y mi cabeza llena de fantasías. Así, el miedo al peligro resulta diez mil veces más terrible que el peligro mismo cuando este se presenta ante nuestros ojos; y descubrimos que el peso de la ansiedad es mucho mayor que el mal por el cual nos angustiamos. Y lo peor de todo era que, en esta tribulación, no tenía el consuelo que esperaba obtener de aquella resignación que solía practicar.
Me parecía ser como Saúl, que se lamentaba no solo de que los filisteos estuvieran sobre él, sino también de que Dios lo hubiese abandonado; porque ahora no tomaba los medios adecuados para serenarme, clamando a Dios en mi angustia y descansando en Su providencia, como antes había hecho para mi defensa y liberación. Si lo hubiese hecho, al menos habría soportado este nuevo sobresalto con más ánimo y quizá lo habría afrontado con mayor resolución.
Esta confusión de pensamientos me mantuvo despierto toda la noche; pero por la mañana me quedé dormido y, habiéndose fatigado mi mente con tantas agitaciones y agotado mis espíritus, dormí profundamente y desperté mucho más sereno de lo que había estado antes.
Entonces empecé a reflexionar con calma y, razonando conmigo mismo, concluí que esta isla —tan extraordinariamente agradable y fértil, y no tan distante del continente como había visto— no estaba tan completamente abandonada como yo imaginaba; que, aunque no hubiese habitantes establecidos en ella, podían llegar de vez en cuando embarcaciones procedentes de la costa, ya fuera deliberadamente o arrastradas por vientos contrarios; que yo llevaba allí ya quince años sin haber visto jamás ni la menor sombra o figura humana; y que, si alguna vez llegaban allí por accidente, lo más probable era que partiesen tan pronto como les fuera posible, puesto que nunca habían considerado establecerse allí.
También pensé que el mayor peligro que podía suponer era el desembarco casual de algunas personas extraviadas provenientes del continente; quienes, siendo probable que hubiesen llegado contra su voluntad, tampoco permanecerían allí mucho tiempo, sino que se marcharían de nuevo tan pronto como les fuese posible, rara vez pasando una noche en tierra por temor a perder la ayuda de las mareas y la luz del día para regresar. Por tanto, no tenía otra cosa que hacer sino pensar en algún refugio seguro en caso de que viera desembarcar salvajes en la isla.
Entonces comencé a arrepentirme profundamente de haber excavado mi cueva tan grande como para abrir otra salida, la cual, como dije antes, quedaba más allá del punto donde mi fortificación se unía a la roca. Tras meditarlo detenidamente, resolví construir una segunda fortificación en forma de semicírculo, a cierta distancia de mi muro, justamente donde había plantado una doble fila de árboles unos doce años antes, de los cuales ya hice mención. Como aquellos árboles estaban plantados muy juntos, apenas necesitaban unos cuantos postes más entre ellos para hacerlos más espesos y resistentes, y así mi muralla quedaría terminada en poco tiempo.
De este modo tenía ahora una doble muralla; y reforcé la exterior con trozos de madera, viejos cables y todo cuanto pude imaginar para hacerla fuerte. Abrí en ella siete pequeños agujeros, apenas lo bastante grandes para sacar el brazo. Por la parte interior, engrosé la muralla hasta unos diez pies de ancho, llevando continuamente tierra desde mi cueva y acumulándola al pie del muro, pisándola después para afirmarla.
A través de aquellos siete agujeros dispuse los mosquetes —de los cuales ya mencioné que había logrado rescatar siete del barco—. Los coloqué como si fueran cañones y los monté sobre armazones que los sostenían a modo de cureñas, de forma que podía disparar las siete armas en apenas dos minutos. Muchos meses agotadores me llevó terminar esta muralla, y aun así jamás me consideré completamente seguro hasta verla concluida.
Cuando estuvo acabada, planté todo el terreno exterior, a gran distancia alrededor de mi muro, con tantas estacas y varas de aquella madera semejante al mimbre, que tan fácilmente echaba raíces, como podían caber. Creo que llegué a plantar cerca de veinte mil, dejando un espacio bastante amplio entre ellas y mi muralla, para poder ver al enemigo y para que ellos no hallasen refugio entre los jóvenes árboles si intentaban acercarse a mi fortificación exterior.
Así, en el plazo de dos años tuve una espesura cerrada; y en cinco o seis años poseía delante de mi morada un bosque tan increíblemente espeso y fuerte que era absolutamente infranqueable. Ningún hombre, fuese quien fuese, habría podido imaginar jamás que existiera algo detrás de él, y mucho menos una habitación.
En cuanto al medio que había ideado para entrar y salir —pues no dejé ningún acceso visible—, consistía en colocar dos escaleras: una hasta una parte baja de la roca, que luego se quebraba dejando espacio para apoyar otra escalera sobre ella. Así, una vez retiradas ambas escaleras, ningún hombre vivo podía descender hasta mí sin hacerse daño; y aun si lograban bajar, todavía se encontrarían fuera de mi muralla exterior.
De esta manera tomé todas las precauciones que la prudencia humana podía sugerir para mi propia conservación; y se verá más adelante que no estaban del todo faltas de justificación, aunque en aquel momento yo no previera nada más allá de lo que mi propio miedo me hacía imaginar.
Capítulo XII: Un Refugio En Una Cueva
Mientras hacía esto, no descuidaba del todo mis otros asuntos; pues me preocupaba mucho mi pequeño rebaño de cabras. No sólo eran para mí una provisión segura en toda ocasión, y comenzaban ya a bastarme sin necesidad de gastar pólvora ni munición, sino también sin la fatiga de salir a cazar las salvajes; y me habría disgustado perder aquella ventaja y tener que volver a criarlas todas desde el principio.
Con este propósito, después de largas reflexiones, no pude imaginar más que dos maneras de conservarlas: una era encontrar otro lugar conveniente donde cavar una cueva subterránea y encerrarlas allí cada noche; y la otra, cercar dos o tres pequeños trozos de tierra, alejados unos de otros y tan ocultos como me fuese posible, donde pudiera mantener media docena de cabras jóvenes en cada sitio; de manera que, si alguna desgracia caía sobre el rebaño principal, me fuese posible volver a criarlo con poco trabajo y en poco tiempo. Y aunque esto requería mucho esfuerzo y dedicación, me pareció el plan más razonable.
En consecuencia, dediqué algún tiempo a buscar las partes más retiradas de la isla; y escogí una que era tan secreta como mi corazón podía desear. Era un pequeño terreno húmedo, en medio de un bosque espeso y hondo, donde, como ya he contado, estuve a punto de perderme una vez al regresar por aquel camino desde la parte oriental de la isla. Allí encontré un claro de cerca de tres acres, tan rodeado de árboles que parecía casi un cercado hecho por la propia naturaleza; al menos, no requería ni de lejos tanto trabajo para cerrarlo como el otro terreno en el que tanto me había afanado.
Inmediatamente me puse a trabajar en aquel lugar; y en menos de un mes lo había cercado de tal manera que mi rebaño —o hato, como quiera llamársele—, que ya no era tan salvaje como podría suponerse al principio, quedó bastante seguro dentro de él. Así pues, sin más demora, trasladé allí diez cabras jóvenes y dos machos; y una vez instaladas, continué perfeccionando la cerca hasta dejarla tan segura como la otra, aunque esto último lo hice con más calma y me llevó muchísimo más tiempo.
Todo aquel trabajo lo emprendí únicamente a causa de la inquietud que me producía la huella de un pie humano; pues hasta entonces jamás había visto criatura humana alguna acercarse a la isla. Y ya llevaba dos años viviendo bajo aquella desazón, la cual, en verdad, hacía mi vida mucho menos cómoda de lo que había sido antes, como bien podrá imaginar cualquiera que sepa lo que es vivir constantemente atrapado en el temor del hombre. Y debo añadir también, con pesar, que la turbación de mi espíritu comenzó a afectar incluso sobre el aspecto religioso de mis pensamientos; porque el miedo y el terror de caer en manos de salvajes y caníbales pesaban tanto sobre mi ánimo, que rara vez lograba hallarme en la disposición adecuada para dirigirme a mi Creador; al menos, no con aquella calma serena y resignación del alma que antes acostumbraba sentir. Más bien oraba a Dios como quien se halla bajo una gran aflicción y presión de espíritu, rodeado de peligros y esperando cada noche ser asesinado y devorado antes del amanecer.
Y debo atestiguar, por experiencia propia, que un ánimo de paz, gratitud, amor y afecto es una disposición mucho más apropiada para la oración que la del terror y la turbación; y que, bajo el temor de un mal inminente, un hombre no está más preparado para el consuelo que debe hallar en el acto de orar a Dios, de lo que lo está para arrepentirse en un lecho de muerte; pues estas perturbaciones afectan al espíritu del mismo modo en que otras afectan al cuerpo; y la turbación del alma debe ser necesariamente una incapacidad tan grande como la del cuerpo, y aun mayor; ya que orar a Dios es propiamente un acto del espíritu, no del cuerpo.
Pero volvamos a mi relato. Después de haber asegurado así una parte de mi pequeño rebaño, recorrí toda la isla buscando otro lugar apartado donde establecer un depósito semejante; y, vagando más hacia el extremo occidental de la isla de lo que jamás había hecho hasta entonces, mientras observaba el mar, creí distinguir una embarcación a gran distancia. Había encontrado uno o dos catalejos en uno de los cofres de los marineros que logré salvar de nuestro barco, pero no los llevaba conmigo; y aquello estaba tan lejos que no pude discernir qué era, aunque lo observé hasta que mis ojos no pudieron resistir más. No sé si realmente era una barca o no; pero cuando descendí de la colina ya no pude verla, y abandoné el asunto, aunque resolví no volver a salir nunca sin un catalejo en el bolsillo.
Cuando bajé de la colina hacia el extremo de la isla —adonde, en verdad, nunca había llegado antes—, comprendí enseguida que la visión de la huella de un pie humano no era algo tan extraño en la isla como yo había imaginado; y que, de no haber sido una providencia especial el haber naufragado precisamente en el lado de la isla al que los salvajes jamás acudían, habría sabido fácilmente que nada era más frecuente que las canoas procedentes del continente³, cuando se alejaban demasiado mar adentro, acabasen arribando a aquel lado de la isla en busca de refugio. Asimismo, como a menudo se enfrentaban y combatían entre sí en sus canoas, los vencedores, después de tomar prisioneros, los llevaban a aquella costa donde, conforme a sus horrendas costumbres, pues todos eran caníbales, los mataban y se los comían; de lo cual hablaré más adelante.
Cuando descendí de la colina hasta la orilla, como ya dije, en el extremo sudoeste de la isla, quedé completamente confundido y horrorizado; y me es imposible expresar el espanto que invadió mi alma al ver la playa cubierta de cráneos, manos, pies y otros huesos humanos. Observé particularmente un lugar donde se había encendido fuego y un círculo cavado en la tierra, como una gallera, donde supuse que aquellos miserables salvajes se habían sentado para celebrar sus festines humanos sobre los cuerpos de sus semejantes.
Me hallaba tan sobrecogido por la visión de aquellas cosas, que durante un buen rato no pensé en peligro alguno para mí mismo; todas mis aprensiones quedaron sepultadas bajo la idea de semejante grado de brutalidad inhumana e infernal y ante el horror de la degradación de la naturaleza humana, de la cual, aunque había oído hablar muchas veces, nunca había tenido antes una visión tan cercana. En resumen, aparté el rostro de aquel espectáculo espantoso; el estómago comenzó a revolvérseme y estuve a punto de desmayarme, cuando la naturaleza descargó aquel trastorno de mi cuerpo; y después de vomitar con una violencia extraordinaria, me sentí algo aliviado, aunque no pude soportar permanecer allí ni un instante más. Así pues, subí de nuevo la colina tan rápido como pude y caminé hacia mi morada.
Cuando me hallé algo lejos de aquella parte de la isla, me detuve un momento, aún aturdido; y luego, recobrándome, alcé los ojos con toda la emoción de mi alma y, con lágrimas abundantes, di gracias a Dios por haberme arrojado en una parte del mundo donde estaba separado de criaturas tan horribles como aquéllas; y porque, aunque yo había considerado mi condición presente como muy miserable, me había concedido, sin embargo, tantos consuelos en ella, que aún tenía más motivos para agradecer que para lamentarme. Y sobre todo, porque incluso en aquella miserable situación me había confortado con el conocimiento de Sí mismo y con la esperanza de Su bendición; felicidad ésta más que suficiente para compensar todas las miserias que había sufrido o pudiera sufrir.
Con este espíritu de gratitud regresé a mi castillo y comencé a sentirme mucho más tranquilo respecto a la seguridad de mi situación que nunca antes; pues observé que aquellos miserables nunca acudían a la isla en busca de nada que pudiesen obtener allí; quizás no buscaban, no necesitaban o no esperaban hallar cosa alguna en aquel lugar. Y sin duda habían recorrido muchas veces la parte boscosa y cubierta de la isla sin encontrar nada que les resultara útil. Yo llevaba ya casi dieciocho años allí y jamás había visto antes la menor huella de criatura humana; y bien podría permanecer otros dieciocho años tan oculto como hasta entonces, siempre que no me descubriera yo mismo ante ellos, cosa para la cual no tenía la menor necesidad; siendo mi único propósito mantenerme completamente escondido donde estaba, a menos que encontrara criaturas mejores que caníbales ante quienes darme a conocer.
Sin embargo, concebí tal horror hacia aquellos salvajes desgraciados de los que he hablado, y hacia la desdichada e inhumana costumbre de devorarse unos a otros, que continué melancólico y sombrío, manteniéndome casi encerrado dentro de mi propio círculo durante cerca de dos años después de esto. Y cuando digo "mi propio círculo", me refiero a mis tres plantaciones: es decir, mi castillo, mi casa de campo —a la que llamaba mi enramada— y mi cercado en el bosque. Tampoco atendía este último para otro uso que el de servir de corral para mis cabras; pues la aversión que la naturaleza me inspiraba hacia aquellos infernales miserables era tal, que temía verlos tanto como ver al mismísimo demonio.
Durante todo ese tiempo ni siquiera fui a inspeccionar mi bote, sino que comencé más bien a pensar en fabricar otro; porque no podía soportar la idea de intentar traer el primero alrededor de la isla hasta mí, no fuese a encontrarme con alguna de aquellas criaturas en el mar; en cuyo caso, si hubiese caído en sus manos, bien sabía cuál habría sido mi destino.
Sin embargo, el tiempo, y la satisfacción que tenía al saberme fuera de peligro de ser descubierto por aquella gente, comenzaron poco a poco a disipar mi inquietud respecto de ellos; y empecé a vivir de nuevo de la misma manera tranquila y serena que antes, con la sola diferencia de que ahora usaba mayores precauciones y mantenía los ojos más atentos a cuanto me rodeaba, por temor a ser visto por alguno de ellos; y particularmente era mucho más cuidadoso al disparar mi arma, no fuese a suceder que alguno de ellos, hallándose en la isla, llegase a oírla. Fue, por tanto, una verdadera providencia para mí el haber conseguido criar una raza domesticada de cabras, pues ya no tenía necesidad de cazar por los bosques ni de dispararles; y si después de esto capturaba alguna, era mediante trampas y lazos, como había hecho anteriormente. Así, durante dos años después de aquello, creo no haber disparado una sola vez mi escopeta, aunque jamás salía sin ella; y aún más: como había salvado del barco tres pistolas, siempre llevaba conmigo dos al menos, sujetas en mi cinturón de piel de cabra. También pulí uno de los grandes sables que había sacado del navío y me fabriqué un tahalí para llevarlo colgado; de manera que, sumando a la descripción anterior de mi persona el detalle de las dos pistolas y la espada ancha que pendía de mi costado, aunque sin vaina, presentaba un aspecto verdaderamente formidable cuando salía al exterior.
Continuando así las cosas durante algún tiempo, como ya he dicho, parecía haber vuelto, salvo por aquellas precauciones, a mi antigua manera de vivir: tranquila y sosegada. Todo ello me llevaba cada vez más a comprender cuán lejos estaba mi condición de ser verdaderamente miserable, si se la comparaba con la de otros hombres; más aún, con muchas otras circunstancias de la vida que Dios habría podido disponer para mí. Esto me hizo reflexionar acerca de cuán pocas lamentaciones habría entre los hombres respecto de su suerte, si, en lugar de compararse siempre con quienes viven mejor para alimentar sus quejas y murmuraciones, comparasen su condición con la de aquellos que están peor, y así aprendiesen a ser agradecidos.
Como en mi estado presente no había realmente muchas cosas que me faltasen, llegué a pensar que los temores que había padecido por causa de aquellos salvajes miserables y la preocupación constante por mi propia conservación habían embotado mi ingenio para procurar mis propias comodidades; y abandoné un proyecto que en otro tiempo había ocupado seriamente mis pensamientos: intentar convertir parte de mi cebada en malta y luego probar a fabricarme cerveza. Era, en verdad, una idea caprichosa, y muchas veces me reprendí a mí mismo por semejante simplicidad; pues pronto advertí que me faltaban varias cosas indispensables para elaborar cerveza, imposibles de conseguir para mí. En primer lugar, barriles donde conservarla; cosa que, como ya he mencionado, nunca logré fabricar, pese a haber dedicado no sólo días, sino semanas y aun meses enteros intentando hacerlo, sin resultado alguno. Además, no tenía lúpulo para preservarla, ni levadura para fermentarla, ni caldera o recipiente de cobre donde hervirla. Y, sin embargo, a pesar de carecer de todo aquello, creo sinceramente que, de no haberse interpuesto los miedos y terrores que me inspiraban los salvajes, habría emprendido la tarea y quizá incluso la habría llevado a término; pues rara vez abandonaba algo sin concluirlo una vez que había decidido comenzarlo.
Pero ahora mi imaginación seguía un rumbo muy distinto; porque día y noche no podía pensar en otra cosa que en cómo destruir a algunos de aquellos monstruos en medio de sus crueles y sangrientos festines, y, si era posible, salvar a la víctima que trajeran allí para sacrificarla. Haría falta un volumen mayor que toda esta obra para describir todos los planes que concebí —o, mejor dicho, incubé— en mis pensamientos para destruir a aquellas criaturas, o al menos aterrorizarlas lo suficiente como para impedirles volver jamás. Pero todo ello resultaba inútil; nada podía surtir efecto a menos que yo mismo estuviese allí para ejecutarlo. ¿Y qué podía hacer un solo hombre contra veinte o treinta de ellos juntos, armados con dardos o arcos y flechas, que manejaban con tanta puntería como yo mi escopeta?
A veces pensaba en cavar un hoyo bajo el lugar donde encendían su fuego y colocar allí cinco o seis libras de pólvora, de modo que, al prender ellos la hoguera, ésta hiciese estallar la carga y volase por los aires a todos los que estuviesen cerca. Pero, por un lado, me desagradaba desperdiciar tanta pólvora en ellos, pues mis reservas se reducían ya aproximadamente al contenido de un barril; y, por otro, tampoco podía estar seguro de que explotase en el momento preciso para sorprenderlos. En el mejor de los casos, aquello apenas serviría para arrojarles el fuego a la cara y asustarlos, pero no bastaría para hacerles abandonar el lugar. Así que deseché aquella idea.
Después imaginé que me colocaría al acecho en algún sitio conveniente, con mis tres armas cargadas con doble munición, y que, en mitad de su sangrienta ceremonia, descargaría el fuego sobre ellos, seguro de matar o herir quizá a dos o tres con cada disparo; y luego, lanzándome sobre ellos con mis tres pistolas y mi espada, no dudaba de que, aunque fuesen veinte, acabaría con todos. Esta fantasía ocupó mis pensamientos durante varias semanas; estaba tan lleno de ella, que muchas veces soñaba con ello, y algunas veces soñaba incluso que iba ya a dispararles mientras dormía.
Llegué tan lejos en mi imaginación, que dediqué varios días a buscar lugares apropiados donde emboscarme, como he dicho, para vigilarlos; y acudía con frecuencia al mismo sitio, que comenzaba ya a resultarme familiar. Pero mientras mi mente se hallaba llena de pensamientos de venganza y de la idea de pasar a espada a veinte o treinta de ellos, por así decirlo, el horror que me inspiraba aquel lugar y las señales de aquellos bárbaros devorándose unos a otros alimentaban aún más mi odio.
Finalmente encontré un sitio en la ladera de una colina donde quedé convencido de que podría esperar con seguridad hasta divisar alguna de sus embarcaciones aproximándose; y desde allí, antes incluso de que estuviesen listos para desembarcar, podría deslizarme sin ser visto entre unos matorrales, en uno de los cuales había una cavidad bastante grande para ocultarme por completo. Allí podría sentarme a observar todos sus sangrientos actos y apuntar tranquilamente a sus cabezas cuando estuviesen tan juntos que resultase casi imposible errar el disparo, o dejar de herir al menos a tres o cuatro de ellos con la primera descarga.
Resuelto, pues, a llevar a cabo mi propósito, preparé dos mosquetes y mi escopeta ordinaria de caza. Los dos mosquetes los cargué con dos balas grandes cada uno y cuatro o cinco balines menores, aproximadamente del tamaño de balas de pistola; y la escopeta la cargué con casi un puñado de perdigones gruesos para cisne. También cargué mis pistolas con unas cuatro balas cada una; y, en esta disposición, bien provisto de munición para una segunda y tercera descarga, me preparé para mi expedición.
Después de haber trazado así el plan de mi empresa y de haberlo ejecutado en mi imaginación, comencé a realizar cada mañana mi recorrido hasta la cima de la colina que distaba de mi castillo —como yo lo llamaba— unas tres millas o más, para ver si lograba distinguir alguna embarcación en el mar aproximándose a la isla o dirigiéndose hacia ella. Pero empecé a cansarme de aquella dura tarea después de haber mantenido la vigilancia constante durante dos o tres meses, regresando siempre sin descubrimiento alguno; pues en todo ese tiempo no apareció la menor señal, no ya en la costa o cerca de ella, sino en todo el océano hasta donde alcanzaban mi vista o mi catalejo.
Mientras continuaba con aquellas visitas diarias a la colina para observar el horizonte, mantuve también el vigor de mi propósito, y mi espíritu parecía hallarse continuamente dispuesto para una ejecución tan terrible como la de matar a veinte o treinta salvajes desnudos por una ofensa que, en realidad, jamás había examinado con detenimiento en mi conciencia, más allá de la pasión inicial que despertó en mí el horror ante aquella costumbre antinatural de los habitantes de aquel país; gentes que, al parecer, habían sido abandonadas por la Providencia, en la sabia disposición del mundo, a no tener otra guía que sus propias pasiones corrompidas y abominables; y que, por consiguiente, habían sido dejadas —quizá durante siglos— para cometer semejantes horrores y practicar costumbres tan espantosas, a las cuales nada sino una naturaleza enteramente abandonada por el Cielo y arrastrada por alguna degeneración infernal habría podido conducirlas.
Pero entonces, cuando, como he dicho, comencé a cansarme de aquellas excursiones inútiles que durante tanto tiempo y tan lejos había realizado cada mañana en vano, empezó también a cambiar mi opinión sobre el propio acto; y comencé, con pensamientos más fríos y tranquilos, a considerar en qué empresa estaba a punto de embarcarme; con qué autoridad o llamado pretendía erigirme en juez y verdugo de aquellos hombres como si fuesen criminales, cuando el Cielo había juzgado conveniente tolerarlos impunes durante tantos siglos, permitiendo que fuesen, por así decirlo, ejecutores de Sus juicios unos contra otros; hasta qué punto aquellos hombres eran realmente ofensores contra mí, y qué derecho tenía yo a intervenir en aquella sangre que derramaban indiscriminadamente unos sobre otros.
Debatía esto conmigo mismo una y otra vez de la siguiente manera:
—¿Cómo sé yo cuál es el juicio de Dios en este caso particular? Es evidente que esta gente no comete tales actos considerándolos un crimen; sus conciencias no los reprenden ni su entendimiento los acusa de culpa alguna. No saben que sea una ofensa, y por tanto no la cometen desafiando deliberadamente la justicia divina, como hacemos nosotros en casi todos los pecados que cometemos. Ellos no consideran mayor crimen matar a un cautivo tomado en guerra que nosotros matar un buey; ni creen peor comer carne humana que nosotros comer carne de carnero.
Cuando reflexioné un poco sobre esto, se siguió necesariamente que yo estaba ciertamente equivocado; que aquellas gentes no eran asesinos en el sentido en que antes las había condenado en mis pensamientos, del mismo modo que tampoco son asesinos aquellos cristianos que con frecuencia dan muerte a los prisioneros tomados en batalla; o que, más frecuentemente aún, pasan a espada tropas enteras sin conceder cuartel, aun cuando hayan arrojado las armas y se hayan rendido.
Además, se me ocurrió que, aunque el trato que se daban unos a otros fuese brutal e inhumano, en realidad aquello nada tenía que ver conmigo: aquellas personas no me habían causado daño alguno; y que, si intentaban atacarme, o si yo veía necesario lanzarme contra ellos para mi inmediata conservación, entonces podría decirse algo en mi favor; pero que, mientras permaneciese fuera de su poder y ellos no tuviesen conocimiento alguno de mi existencia, ni, por consiguiente, designio alguno contra mí, no podía ser justo que yo los atacase. Obrar de ese modo equivaldría a justificar la conducta de los españoles en todas las barbaridades cometidas en América, donde destruyeron millones de aquellas gentes; quienes, aunque idólatras y bárbaros, y aunque practicasen diversos ritos crueles y sangrientos, tales como sacrificar seres humanos a sus ídolos, eran, sin embargo, completamente inocentes respecto de los españoles. Y el exterminio de aquellos pueblos ha sido considerado con el mayor horror y abominación incluso por los propios españoles, así como por todas las demás naciones cristianas de Europa, como una simple carnicería, una crueldad sangrienta y antinatural, injustificable ante Dios y ante los hombres; y por ello, el mismo nombre de español ha llegado a ser tenido por terrible y espantoso entre todas las personas de humanidad o de compasión cristiana; como si el reino de España fuese particularmente célebre por producir una raza de hombres desprovistos de toda ternura y de las entrañas de piedad hacia los desdichados, cualidad que suele considerarse señal de nobleza de espíritu.
Estas reflexiones me hicieron verdaderamente detenerme y quedar como suspendido en mis propósitos; y poco a poco fui abandonando mi designio, concluyendo que había tomado una resolución equivocada al decidir atacar a los salvajes, y que no era asunto mío entrometerme con ellos, a menos que me atacasen primero; y aun entonces, mi deber era, si fuese posible, evitarlo. Por otro lado, razonaba conmigo mismo que aquél era precisamente el camino no para salvarme, sino para arruinarme y destruirme por completo; pues, a menos que estuviese seguro de matar no sólo a todos los que se hallasen en tierra en aquel momento, sino también a todos los que llegasen después a desembarcar allí, bastaría con que uno solo escapase para contar a sus compatriotas lo sucedido, y entonces regresarían por millares para vengar la muerte de los suyos, de modo que yo no haría más que atraer sobre mí una destrucción segura, para la cual, en mi situación presente, no tenía la menor necesidad.
En suma, concluí que ni por principios ni por prudencia debía involucrarme de modo alguno en aquel asunto; que mi deber consistía, por todos los medios posibles, en mantenerme oculto ante ellos y no dejar el menor rastro por el cual pudiesen sospechar que existía criatura viviente alguna en la isla; quiero decir, criatura con forma humana.
La religión vino también a unirse a esta resolución prudente; y me convencí de muchas maneras de que estaba completamente fuera de mi deber cuando urdía todos aquellos planes sangrientos para destruir criaturas inocentes; inocentes, quiero decir, respecto de mí. En cuanto a los crímenes que cometían unos contra otros, nada tenía yo que ver con ellos; eran asuntos de pueblos enteros, y debía dejarlos a la justicia de Dios, que es el gobernador de las naciones y sabe cómo, mediante castigos colectivos, hacer recaer justa retribución sobre las culpas de una nación y enviar juicios públicos sobre quienes pecan públicamente, por los medios que mejor le plazcan.
Todo esto me pareció entonces tan claro, que nada me produjo mayor satisfacción que el hecho de no haber sido permitido que llevase a cabo algo que ahora veía con sobrados motivos habría sido un pecado no menor que el asesinato deliberado, de haberlo cometido. Y di gracias humildemente, de rodillas, a Dios por haberme librado así de la culpa de sangre, suplicándole que me concediese la protección de Su providencia para no caer en manos de los bárbaros, o para no alzar yo mi mano contra ellos, a menos que tuviese un llamado más claro del Cielo para hacerlo en defensa de mi propia vida.
Permanecí en esta disposición de ánimo durante casi un año después de aquello; y tan lejos estaba de desear ocasión alguna para acometer sobre aquellos miserables, que en todo ese tiempo no subí una sola vez a la colina para observar si aparecía alguno de ellos o para averiguar si habían desembarcado allí, no fuese a suceder que me sintiese tentado a renovar mis antiguos planes contra ellos o alentado por alguna ventaja favorable a atacarlos.
Lo único que hice fue trasladar mi bote, que se hallaba en el otro lado de la isla, llevándolo hasta el extremo oriental, donde lo oculté en una pequeña ensenada que encontré al pie de unas rocas elevadas y donde sabía, a causa de las corrientes, que los salvajes no se atreverían —o al menos no querrían— acercarse jamás con sus canoas.
Junto con el bote retiré todo lo que había dejado allí perteneciente a él, aunque no fuese indispensable para el simple hecho de navegar: a saber, un mástil y una vela que yo mismo había fabricado, y una especie de ancla que, en realidad, apenas merecía tal nombre; sin embargo, era lo mejor que había podido construir de esa clase. Todo aquello lo retiré para que no quedase ni la menor sombra de indicio, ni apariencia alguna de embarcación o de habitación humana en la isla.
Además de esto, me mantuve, como ya he dicho, más retirado que nunca, y rara vez salía de mi refugio excepto para mis ocupaciones habituales: ordeñar mis cabras y atender mi pequeño rebaño en el bosque, el cual, hallándose en la parte opuesta de la isla, estaba fuera de peligro; pues es cierto que aquellos salvajes que ocasionalmente frecuentaban la isla jamás venían con intención de buscar nada en ella y, por consiguiente, nunca se internaban lejos de la costa. Y no dudo que pudieron haber desembarcado muchas veces después de que mis temores me volviesen precavido, así como también antes.
En verdad, al recordar todo aquello, sentía horror al pensar cuál habría sido mi situación si me hubiese topado con ellos y hubiese sido descubierto antes de tomar tales precauciones; cuando andaba prácticamente indefenso y armado sólo con una escopeta que a menudo llevaba cargada únicamente con perdigones pequeños, recorriendo la isla entera, mirando y rebuscando por todas partes para ver qué podía encontrar. ¡Qué sorpresa habría sido para mí si, en lugar de descubrir simplemente la huella de un pie humano, hubiese visto quince o veinte salvajes persiguiéndome, sin posibilidad alguna de escapar a causa de la rapidez con que corrían!
Pensar en ello me abatía el alma y angustiaba mi espíritu hasta tal punto, que no lograba recobrarme fácilmente; pues imaginaba qué habría podido hacer yo en semejante situación, y comprendía que no sólo habría sido incapaz de resistirles, sino que ni siquiera habría tenido suficiente sangre fría para hacer aquello mismo que acaso hubiera podido intentar; mucho menos lo que ahora, después de tanta reflexión y preparación, me creía capaz de realizar.
Después de meditar seriamente sobre estas cosas, caía a menudo en una profunda melancolía que algunas veces duraba largo tiempo; pero finalmente resolvía todo aquello en agradecimiento a la Providencia que me había librado de tantos peligros invisibles y me había preservado de males de los cuales no habría podido salvarme por mí mismo de ninguna manera, porque ni siquiera tenía sospecha de su existencia o posibilidad.
Esto renovó una reflexión que ya muchas veces había acudido a mi mente en tiempos anteriores, cuando comencé por primera vez a percibir las misericordiosas disposiciones del Cielo en los peligros que atravesamos durante esta vida; cuán maravillosamente somos librados cuando nada sabemos de ello; cómo, cuando nos hallamos en una perplejidad —como solemos decir—, dudando si tomar un camino u otro, una secreta insinuación nos dirige precisamente hacia aquel rumbo que no pensábamos seguir; y aun cuando la razón, nuestra inclinación y quizá nuestros asuntos nos llamasen en sentido contrario, una extraña impresión en el espíritu, procedente de no sabemos qué causa ni impulsada por no sabemos qué poder, prevalece sobre nosotros y nos hace ir por un camino distinto; y más tarde se descubre que, de haber seguido aquel otro camino que pensábamos tomar y que incluso creíamos deber tomar, habríamos quedado arruinados y perdidos.
A partir de ésta y muchas reflexiones semejantes, establecí después como regla fija de mi conducta que, siempre que sintiese aquellas secretas advertencias o impulsos interiores que me inclinaban a hacer o no hacer algo, o a tomar un camino en lugar de otro, jamás dejaba de obedecer aquel dictado secreto; aunque no conociese otra razón para ello que la presión o insinuación que permanecía en mi mente.
Podría dar muchos ejemplos del éxito de esta conducta a lo largo de mi vida, pero especialmente durante la última parte de mi estancia en esta desdichada isla; además de muchas otras ocasiones que probablemente habría advertido, si entonces hubiese visto con los mismos ojos con que veo ahora. Pero nunca es demasiado tarde para volverse sabio; y no puedo menos que aconsejar a todos los hombres reflexivos, cuyas vidas estén marcadas por incidentes tan extraordinarios como los míos —o aun cuando no lo estén tanto—, que no desprecien tales advertencias secretas de la Providencia, cualquiera que sea la inteligencia invisible de la que procedan. No discutiré esto, y quizá ni siquiera pueda explicarlo; pero ciertamente constituyen una prueba de la comunicación entre los espíritus y de una secreta relación entre aquellos que están revestidos de cuerpo y aquellos que no lo están; prueba tan convincente que me resulta imposible negarla. Y tendré ocasión de ofrecer algunos ejemplos notables de ello en el resto de mi solitaria residencia en este lugar desolado.
Creo que el lector de esto no juzgará extraño que confiese que todas estas ansiedades, estos peligros constantes en los que vivía y la preocupación que ahora pesaba sobre mí pusieron fin a toda invención y a todos los planes que había concebido para mis futuras comodidades y conveniencias. Me ocupaba ahora más de mi seguridad que de mi alimento. Ya no me atrevía siquiera a clavar un clavo o cortar un trozo de madera, por temor a que el ruido pudiera ser oído; mucho menos dispararía una escopeta por la misma razón. Y, sobre todo, me resultaba insoportablemente inquietante encender fuego alguno, no fuese a suceder que el humo —visible desde gran distancia durante el día— me delatase.
Por esta razón trasladé aquella parte de mis tareas que requería fuego, tales como cocer vasijas, fabricar pipas y otras semejantes, a mi nuevo refugio en el bosque; donde, después de haber permanecido algún tiempo, encontré, para indecible consuelo mío, una verdadera cueva natural en la tierra, que se internaba profundamente y en la cual, me atrevo a decir, ningún salvaje —aunque hubiese llegado hasta la entrada misma— habría tenido el valor de aventurarse; ni tampoco, en verdad, hombre alguno, salvo uno que, como yo, nada necesitase tanto como un retiro seguro.
La entrada de aquella cavidad se hallaba al pie de una gran roca, donde, por mero accidente —diría yo, si no viese ahora abundantes motivos para atribuir todas estas cosas a la Providencia—, estaba cortando unas gruesas ramas para hacer carbón vegetal. Y antes de continuar debo explicar por qué me dedicaba a fabricar carbón, lo cual era porque temía producir humo cerca de mi habitación, como ya he dicho; y, sin embargo, no podía vivir sin cocer mi pan, cocinar mi carne y otras tareas semejantes. Así pues, ideé quemar madera allí, tal como había visto hacer en Inglaterra, cubriéndola bajo césped hasta convertirla en carbón seco; y después apagaba el fuego y conservaba aquel carbón para llevarlo a casa y realizar los demás trabajos para los cuales necesitaba fuego, sin peligro de producir humo. Pero esto es sólo un inciso.
Mientras cortaba madera en aquel lugar, advertí que detrás de un espeso matorral de arbustos bajos había una especie de hueco. Sentí curiosidad por mirar dentro y, entrando con dificultad por la abertura, descubrí que era bastante amplio; es decir, lo suficiente para permanecer de pie en él, e incluso quizá para otra persona conmigo. Pero debo confesar que salí de allí con mucha más prisa de la que había empleado en entrar; porque, al mirar más adentro de aquel sitio, completamente oscuro, vi dos grandes ojos brillantes de alguna criatura —fuese hombre o demonio, no lo sabía— que relucían como dos estrellas, pues la tenue luz que penetraba desde la entrada de la cueva se reflejaba directamente en ellos.
Sin embargo, después de detenerme un momento, recobré el ánimo y comencé a llamarme mil veces necio, pensando que quien temía ver al demonio no era digno de vivir veinte años solo en una isla; y que bien podía imaginar que no existía en aquella cueva nada más espantoso que yo mismo.
Así pues, cobrando valor, tomé un tizón encendido y me precipité de nuevo al interior con la rama ardiendo en la mano. Apenas había dado tres pasos cuando volví a asustarme casi tanto como antes; pues oí un fuerte gemido, semejante al de un hombre aquejado de dolor, seguido de un sonido entrecortado, como palabras pronunciadas a medias, y luego otro profundo suspiro.
Retrocedí de inmediato y quedé tan sobrecogido por la sorpresa, que un sudor frío me recorrió todo el cuerpo; y si hubiese llevado sombrero, no respondería de que mis cabellos no lo hubiesen levantado de mi cabeza. Pero reuniendo una vez más mi ánimo como pude, y alentándome al considerar que el poder y la presencia de Dios están en todas partes y son capaces de protegerme, avancé de nuevo; y alzando un poco el tizón por encima de mi cabeza, vi tendido en el suelo a un monstruoso y espantoso macho cabrío viejo, que estaba, como solemos decir, escribiendo su testamento, jadeando por la vida y muriendo, en efecto, de pura vejez.
Lo moví un poco para ver si podía hacerlo salir, y trató de levantarse, pero no fue capaz de incorporarse; y pensé para mí que bien podía quedarse allí, pues si a mí me había causado semejante espanto, con mayor razón asustaría a cualquiera de los salvajes, si alguno de ellos llegaba a ser lo bastante atrevido como para entrar mientras el animal conservase aún algo de vida.
Ya recuperado de mi sobresalto, empecé a observar el lugar a mi alrededor y descubrí que la cueva era bastante pequeña; quiero decir, tendría unos doce pies de ancho, aunque sin forma regular alguna, ni redonda ni cuadrada, pues jamás mano humana había trabajado en ella, sino únicamente la de la Naturaleza.
Observé también que al fondo había una abertura que se internaba más todavía, pero era tan baja que me obligaba a avanzar arrastrándome sobre manos y rodillas; y como ignoraba adónde conducía, desistí por entonces, pues no llevaba vela alguna, aunque resolví regresar al día siguiente provisto de velas y de una caja de yesca que había fabricado utilizando el mecanismo de uno de los mosquetes, con algo de pólvora inflamable en la cazoleta.
En consecuencia, al día siguiente regresé llevando conmigo seis grandes velas hechas por mí mismo —pues ya fabricaba muy buenas velas con sebo de cabra, aunque me costaba mucho conseguir mechas, usando a veces jirones de tela o fibras de cuerda, y otras veces la corteza seca de una planta semejante a las ortigas—; y, entrando en aquel estrecho pasadizo, me vi obligado a avanzar a cuatro patas, como ya he dicho, durante casi diez yardas, lo cual, dicho sea de paso, me pareció una empresa bastante atrevida, considerando que ignoraba hasta dónde podía conducir o qué habría más allá.
Cuando logré atravesar aquel paso angosto, descubrí que el techo se elevaba considerablemente, quizá hasta unos veinte pies; pero jamás, me atrevo a decir, se contempló en toda la isla espectáculo tan magnífico como el que ofrecían las paredes y el techo de aquella bóveda o caverna, que reflejaban hacia mí cien mil destellos procedentes de la luz de mis dos velas. Qué fuese aquello incrustado en la roca —diamantes, otras piedras preciosas, o quizá, como más bien sospeché, vetas de oro—, no lo sabía.
El lugar en que me encontraba era una cavidad o gruta de lo más agradable, aunque completamente oscura; el suelo era seco y llano, cubierto de una especie de pequeña grava suelta, y no había en él criatura nauseabunda o venenosa alguna; tampoco se advertía humedad en las paredes ni en el techo. La única dificultad consistía en la entrada; pero como aquel sitio representaba seguridad y precisamente el refugio que yo necesitaba, consideré que aquello mismo era una ventaja. De modo que me sentí verdaderamente feliz con aquel descubrimiento y resolví, sin demora, trasladar allí algunas de las cosas que más me preocupaban; particularmente decidí llevar mi depósito de pólvora y todas mis armas de reserva: es decir, dos escopetas de caza —pues tenía tres en total— y tres mosquetes —ya que poseía ocho de éstos—; así dejé en mi castillo solamente cinco, montados sobre mi empalizada exterior como piezas de artillería y listos para ser retirados en caso de cualquier expedición.
Con ocasión de este traslado de municiones, abrí el barril de pólvora que había recogido del mar y que se había mojado; y descubrí que el agua había penetrado tres o cuatro pulgadas desde el exterior hacia el interior de la masa de pólvora, la cual, apelmazándose y endureciéndose, había protegido el interior como una cáscara protege su almendra, de modo que hallé cerca de sesenta libras de excelente pólvora en el centro del barril.
Aquello fue para mí un descubrimiento sumamente agradable en aquel momento; así que trasladé todo allí, sin conservar conmigo en el castillo más de dos o tres libras de pólvora, por temor a cualquier sorpresa. También llevé a la cueva todo el plomo que me quedaba para fabricar balas.
Me imaginaba entonces semejante a uno de aquellos antiguos gigantes de quienes se decía que habitaban cuevas y cavernas en las rocas, donde nadie podía alcanzarlos; pues me persuadí de que, aunque quinientos salvajes saliesen en mi busca, jamás lograrían descubrirme allí; o que, aun descubriéndome, no se atreverían a atacarme en semejante refugio.
El viejo macho cabrío que encontré agonizante murió en la entrada de la cueva al día siguiente de mi descubrimiento; y me resultó mucho más fácil cavar allí mismo un gran hoyo, arrojarlo dentro y cubrirlo de tierra, que arrastrarlo fuera. Así pues, lo enterré allí para no sufrir el hedor de su cadáver.
Capítulo XIII: Naufragio De Un Barco Español
Me hallaba ya en el vigésimo tercer año de mi residencia en aquella isla, y me encontraba tan naturalizado a aquel lugar y a aquella manera de vivir, que, si tan sólo hubiese podido gozar de la certeza de que ningún salvaje acudiría jamás allí para perturbarme, habría estado dispuesto a capitular por pasar el resto de mis días en aquel sitio, hasta el último instante, cuando me tendiese a morir como el viejo macho cabrío de la cueva.
Había llegado también a procurarme algunas pequeñas diversiones y entretenimientos que hacían pasar el tiempo mucho más agradablemente que antes. En primer lugar, había enseñado a hablar a mi Poll, como ya he mencionado; y lo hacía de manera tan familiar, pronunciando las palabras con tanta claridad y precisión, que me resultaba sumamente agradable. Vivió conmigo no menos de veintiséis años. Cuánto tiempo pudo vivir después, no lo sé, aunque tengo entendido que en el Brasil creen que estas aves alcanzan los cien años.
Mi perro fue para mí un compañero fiel y afectuoso durante no menos de dieciséis años, y finalmente murió de pura vejez.
En cuanto a mis gatos, se multiplicaron, como ya he dicho, hasta tal punto que al principio me vi obligado a matar a varios de ellos para impedir que me devorasen a mí y a cuanto poseía; pero finalmente, cuando desaparecieron los dos viejos que había traído conmigo, y después de pasar mucho tiempo ahuyentándolos y negándoles todo alimento junto a mí, se volvieron salvajes y huyeron al bosque, salvo dos o tres favoritos que conservé domesticados; y a las crías de éstos, cuando las tenían, siempre las ahogaba. Y todos ellos formaban parte de mi familia.
Además de éstos, mantenía siempre conmigo dos o tres cabritos domésticos, a los que enseñé a comer de mi mano; y tenía también otros dos loros que hablaban bastante bien y que también me llamaban "Robin Crusoe", aunque ninguno como el primero; ni tampoco puse en ellos el mismo empeño que había dedicado a aquél.
Poseía igualmente varias aves marinas domesticadas, cuyo nombre ignoraba, que había capturado en la costa y a las que corté las alas; y como las pequeñas estacas que había plantado delante de la muralla de mi castillo habían crecido ya formando un espeso bosquecillo, aquellas aves vivían entre los árboles bajos y anidaban allí, lo cual me producía gran satisfacción.
Así pues, como ya he dicho antes, comenzaba a sentirme muy contento con la vida que llevaba, siempre que hubiese podido librarme del temor de los salvajes. Pero el destino había dispuesto otra cosa; y quizá no sea inútil que todos aquellos que lleguen a conocer mi historia hagan esta justa observación a partir de ella: cuántas veces, en el curso de nuestras vidas, el mal que más procuramos evitar y que, una vez caídos en él, nos parece el más terrible, resulta ser precisamente el medio o la puerta de nuestra liberación, gracias al cual únicamente podemos ser levantados de la aflicción en que hemos caído.
Podría dar muchos ejemplos de ello a lo largo de mi extraordinaria vida; pero en ninguna parte se mostró de manera más notable que en las circunstancias de los últimos años de mi residencia solitaria en esta isla.
Era entonces el mes de diciembre, como ya he dicho, en mi vigésimo tercer año; y siendo aquella época el solsticio austral —pues no puedo llamarlo invierno—, coincidía precisamente con el tiempo de mi cosecha, lo cual me obligaba a pasar bastante tiempo fuera, en los campos. Una mañana, saliendo muy temprano, incluso antes de que amaneciese por completo, me sorprendió ver la luz de una hoguera en la costa, a unas dos millas de distancia de mí, hacia aquella parte de la isla donde antes había observado la presencia de salvajes; y no en el otro lado, sino, para mi gran aflicción, en el mismo lado donde yo me encontraba.
Quedé terriblemente sobresaltado al contemplar aquello y me detuve de inmediato dentro de mi arboleda, sin atreverme a salir, temiendo ser descubierto; y, sin embargo, tampoco encontraba paz permaneciendo oculto, pues pensaba que, si aquellos salvajes vagaban por la isla y descubrían mis sembrados, ya fuese el trigo en pie o segado, o cualquiera de mis trabajos y mejoras, concluirían enseguida que había habitantes en aquel lugar y no descansarían hasta encontrarme.
En semejante extremidad regresé inmediatamente a mi castillo, retiré la escalera tras de mí e hice que todo, visto desde fuera, pareciese tan salvaje y natural como me fue posible.
Después me preparé en el interior, poniéndome en disposición de defensa. Cargué todos mis cañones, como yo los llamaba —es decir, mis mosquetes montados sobre mi nueva fortificación—, así como todas mis pistolas; y resolví defenderme hasta el último aliento, sin olvidar encomendarme seriamente a la protección divina y rogar fervientemente a Dios que me librase de las manos de aquellos bárbaros.
Permanecí en esta disposición durante unas dos horas y empecé a impacientarme por obtener noticias del exterior, pues no tenía espías que enviar. Después de permanecer todavía algún tiempo sentado, meditando sobre lo que debía hacer en aquella situación, ya no pude soportar por más tiempo permanecer en la ignorancia; así que coloqué mi escalera contra el lado de la colina donde había un terreno llano, como ya he referido, y luego, retirándola de nuevo tras de mí, la volví a colocar y subí hasta la cima. Sacando entonces mi catalejo, que había llevado expresamente conmigo, me tendí boca abajo sobre el suelo y comencé a observar el lugar.
Descubrí enseguida que había nada menos que nueve salvajes desnudos sentados alrededor de un pequeño fuego que habían encendido, no para calentarse —pues el clima era extremadamente caluroso y no necesitaban tal cosa—, sino, según supuse, para preparar alguna de sus bárbaras comidas de carne humana que habían traído consigo, viva o muerta, no podría decirlo.
Tenían junto a ellos dos canoas que habían sacado a tierra; y como entonces la marea estaba baja, me pareció que aguardaban el regreso de la pleamar para marcharse de nuevo.
No es fácil imaginar la confusión que me produjo aquella visión, sobre todo al verlos desembarcar en mi lado de la isla y tan cerca de mí; pero cuando consideré que su llegada debía efectuarse siempre aprovechando la corriente de la marea descendente, me tranquilicé después un poco, convencido de que podía moverme con seguridad durante el tiempo de la marea creciente, siempre que ellos no hubiesen desembarcado antes. Y habiendo hecho esta observación, continué mis labores de cosecha con mayor serenidad.
Tal como esperaba, así sucedió; pues tan pronto como la marea comenzó a dirigirse hacia el oeste, los vi embarcarse todos y alejarse remando —o pataleando, como solemos decir—. Debo añadir que, durante más de una hora antes de partir, estuvieron danzando, y pude distinguir claramente sus posturas y gestos con ayuda de mi catalejo.
Por más cuidadosamente que observé, no pude percibir otra cosa sino que estaban completamente desnudos, sin la menor prenda que los cubriese; aunque no logré distinguir si se trataba de hombres o de mujeres.
Tan pronto como los vi embarcados y alejándose, tomé dos escopetas sobre mis hombros, dos pistolas en mi cinturón y mi gran espada al costado, sin vaina; y, con toda la rapidez que me permitían mis fuerzas, me dirigí hacia la colina desde donde había descubierto por primera vez aquellas señales. Y cuando llegué allí —lo que no me llevó menos de dos horas, pues iba muy cargado de armas y no podía avanzar deprisa—, advertí que habían existido en aquel lugar otras tres canoas de los salvajes; y mirando más lejos, vi que todas navegaban juntas mar adentro, rumbo al continente.
Aquello fue para mí un espectáculo espantoso, especialmente cuando, al bajar hasta la costa, pude contemplar las señales de horror que aquel siniestro trabajo había dejado tras de sí: la sangre, los huesos y restos de carne humana que aquellos miserables habían devorado entre alegría y diversión.
Me sentí tan lleno de indignación ante aquella visión, que desde entonces empecé a meditar seriamente la destrucción de los próximos que viese allí, fuesen quienes fuesen y por numerosos que fueran.
Parecía evidente que las visitas que hacían a la isla no eran muy frecuentes, pues transcurrieron más de quince meses antes de que volviese a aparecer alguno de ellos en aquella costa; es decir, durante todo ese tiempo no vi ni señales ni huellas de su presencia. Porque, en cuanto a la estación lluviosa, es seguro que entonces no salen al mar, al menos no tan lejos.
Y, sin embargo, durante todo ese tiempo viví lleno de inquietud, a causa del temor constante de que pudiesen sorprenderme; de donde deduzco que la expectativa del mal es más amarga que el sufrimiento mismo, sobre todo cuando no existe posibilidad alguna de librarse de semejante temor.
Durante todo este período me hallaba dominado por un espíritu homicida y empleaba la mayor parte de las horas —que habrían debido destinarse a mejores ocupaciones— en trazar planes para sorprender y atacar a aquellos salvajes la próxima vez que los viese, especialmente si se dividían en dos grupos, como había ocurrido la última vez. Y no consideraba en absoluto que, aunque matase a un grupo —supongamos diez o doce hombres—, todavía tendría que matar otro grupo al día siguiente, o la semana siguiente, o el mes siguiente, y luego otro más, y así sucesivamente hasta el infinito; de modo que acabaría siendo tan asesino como ellos por ser antropófagos, y quizá mucho más aún.
Pasaba entonces mis días en gran perplejidad y angustia de espíritu, esperando que tarde o temprano caería en manos de aquellas criaturas despiadadas; y si alguna vez me aventuraba a salir, no era sin mirar constantemente a mi alrededor con el mayor cuidado y cautela imaginables.
Y ahora comprendí, para mi gran consuelo, cuán afortunado había sido al procurarme un rebaño domesticado de cabras; pues no me atrevía bajo ningún concepto a disparar mi escopeta, especialmente cerca del lado de la isla donde acostumbraban venir aquellos salvajes, no fuese a alarmarlos; y si llegaban a huir de mí, estaba seguro de que regresarían pocos días después con doscientas o trescientas canoas, y entonces bien sabía yo lo que podía esperar.
Sin embargo, transcurrieron todavía un año y tres meses antes de que volviese a ver salvajes; y entonces los encontré nuevamente, como pronto referiré. Es verdad que pudieron haber venido una o dos veces durante aquel tiempo; pero o bien no permanecieron mucho, o al menos yo no los vi. Pero en el mes de mayo, según pude calcular, y en el vigésimo cuarto año de mi permanencia allí, tuve un encuentro muy extraño con ellos, del cual hablaré en su debido lugar.
La perturbación de mi ánimo durante aquel intervalo de quince o dieciséis meses fue muy grande; dormía inquieto, soñaba constantemente sueños espantosos y muchas veces despertaba sobresaltado en mitad de la noche. Durante el día, profundas inquietudes abrumaban mi espíritu; y por las noches soñaba con frecuencia que mataba a los salvajes y con las razones por las cuales podría justificar hacerlo.
Pero dejemos esto a un lado por ahora. Fue a mediados de mayo, el día dieciséis, creo, según podía calcular mi pobre calendario de madera —pues continuaba marcándolo todo sobre el poste—; digo, pues, que fue el dieciséis de mayo cuando sopló durante todo el día una tormenta de viento muy violenta, acompañada de abundantes relámpagos y truenos, y seguida de una noche extremadamente tempestuosa.
Ignoraba cuál pudiera ser la causa particular de aquello; pero mientras leía la Biblia y me hallaba entregado a pensamientos muy serios acerca de mi situación presente, me sorprendió el sonido de un disparo de cañón, o eso creí, procedente del mar.
Aquello fue, sin duda, una sorpresa de naturaleza muy distinta a cualquiera de las que había experimentado antes; porque las ideas que despertó en mi mente eran completamente diferentes. Me levanté con toda la rapidez imaginable y, en un instante, coloqué mi escalera en el punto medio de la roca y la retiré tras de mí; luego, subiendo por segunda vez, alcancé la cima de la colina justo en el momento en que un destello de fuego me hizo aguardar un segundo disparo, que efectivamente oí medio minuto después. Por el sonido comprendí que provenía de aquella parte del mar donde la corriente me había arrastrado tiempo atrás con mi bote.
Consideré inmediatamente que debía tratarse de algún barco en peligro y que quizá tuviesen otra embarcación acompañándolos, de modo que disparaban aquellas piezas como señales de socorro para obtener ayuda. Y tuve entonces la suficiente presencia de ánimo para pensar que, aunque yo no pudiera auxiliarlos, quizá ellos sí podrían ayudarme a mí.
Así pues, reuní toda la madera seca que pude encontrar a mano y, formando una buena y considerable hoguera, la encendí sobre la colina. La madera estaba seca y ardió vigorosamente; y aunque el viento soplaba con gran fuerza, el fuego se mantuvo vivo, de manera que estaba seguro de que, si realmente había algún barco allí, necesariamente verían mi señal.
Y no cabe duda de que la vieron; pues apenas comenzó mi hoguera a elevar sus llamas, oí otro disparo, y después varios más, todos procedentes de la misma dirección. Alimenté el fuego durante toda la noche hasta el amanecer; y cuando el día estuvo completamente claro y el aire comenzó a despejarse, vi algo a gran distancia mar adentro, exactamente al este de la isla; pero no pude distinguir si era una vela o solamente el casco de un barco, ni siquiera con ayuda de mi catalejo: la distancia era excesiva y el tiempo seguía todavía algo brumoso, al menos en alta mar.
Observé aquel objeto repetidas veces a lo largo de todo el día, y pronto advertí que no se movía; de modo que concluí inmediatamente que se trataba de un barco anclado. Y como puede suponerse que estaba ansioso por asegurarme de ello, tomé mi escopeta y corrí hacia el lado meridional de la isla, hacia las rocas donde tiempo atrás la corriente me había arrastrado. Cuando llegué allí, hallándose ya el tiempo completamente despejado, pude ver claramente, para mi gran tristeza, el naufragio de un barco que había sido arrojado durante la noche contra aquellas rocas ocultas que yo mismo había descubierto cuando navegaba en mi bote; rocas que, al frenar la violencia de la corriente y formar una especie de contracorriente o remolino, habían sido precisamente la causa de mi salvación en la situación más desesperada y sin esperanza en que jamás me hubiese hallado en toda mi vida.
Así, lo que constituye la salvación de un hombre se convierte en la destrucción de otro; pues parecía que aquellos hombres, quienesquiera que fuesen, ignorando por completo la existencia de aquellas rocas, y hallándose éstas enteramente cubiertas por el agua, habían sido arrojados contra ellas durante la noche, mientras el viento soplaba con fuerza desde el ENE.
Si hubiesen visto la isla —como necesariamente debo suponer que no sucedió—, habrían intentado, según pensé, salvarse alcanzando la costa con ayuda de su bote; pero el hecho de que disparasen cañones pidiendo socorro, especialmente después de ver, según imaginaba, mi hoguera, llenó mi mente de numerosas conjeturas.
A veces pensaba que, al divisar mi señal, podrían haberse lanzado al bote intentando alcanzar la orilla, pero que el mar, sumamente embravecido, los habría hecho naufragar. Otras veces imaginaba que quizá hubiesen perdido el bote antes, cosa que podía suceder de muchas maneras; particularmente por el choque de las olas contra el barco, que a menudo obliga a los marineros a destrozar su embarcación auxiliar o incluso arrojarla ellos mismos al mar.
En ocasiones suponía también que quizá viajaban acompañados de otro barco u otros barcos, y que éstos, al advertir las señales de socorro, habrían recogido a la tripulación y se la habrían llevado. Y otras veces imaginaba que todos se habían hecho a la mar en su bote y que la corriente, la misma que me había arrastrado antiguamente, los había empujado hacia el vasto océano, donde nada podía aguardarlos salvo la miseria y la muerte; y que quizá, para entonces, estarían pensando en el hambre y en la posibilidad de verse obligados a devorarse unos a otros.
Pero todas éstas no eran más que conjeturas; y en el estado en que me encontraba, nada podía hacer sino contemplar la desgracia de aquellos pobres hombres y compadecerlos. Sin embargo, aquello tuvo para mí este buen efecto: me dio todavía más motivos para dar gracias a Dios, que había provisto tan feliz y cómodamente para mí en medio de mi desolada condición; y que, de entre las tripulaciones de dos barcos naufragados en aquella parte del mundo, no hubiese preservado otra vida que la mía.
Aprendí una vez más a observar que rara vez la providencia de Dios nos coloca en una situación tan baja o en una miseria tan grande que no podamos hallar algo por lo cual dar gracias, ni descubrir a otros en circunstancias peores que las nuestras.
Tal era ciertamente el caso de aquellos hombres, respecto de los cuales ni siquiera podía suponer razonablemente que alguno hubiese sobrevivido; nada hacía posible esperar lo contrario, salvo únicamente la remota posibilidad de que otro barco de la misma flotilla los hubiese recogido. Y aquello no pasaba de ser mera posibilidad, pues no vi la menor señal o apariencia de semejante cosa.
No puedo expresar con ninguna fuerza de palabras la extraña ansiedad que sentí en el alma al contemplar aquel espectáculo, exclamando a veces así:
—¡Oh, si al menos uno o dos, aunque fuese una sola alma, se hubiese salvado de aquel barco y hubiese logrado llegar hasta mí, para que yo pudiera tener un compañero, un semejante con quien hablar y conversar!
En todo el tiempo de mi vida solitaria jamás experimenté un deseo tan ardiente y vehemente de la compañía de mis semejantes, ni un pesar tan profundo por carecer de ella.
Existen ciertos resortes secretos en los afectos humanos que, una vez puestos en movimiento por algún objeto presente ante nuestros ojos, o incluso sólo traído a la mente por la imaginación, arrastran el alma con tal ímpetu hacia aquello que desea, que la ausencia de dicho objeto se vuelve insoportable.
Así eran mis fervientes deseos de que al menos un hombre se hubiese salvado. Creo que repetí las palabras: "¡Oh, si hubiese sido aunque sólo uno!", mil veces; y tan profundamente se conmovieron mis deseos, que al pronunciarlas mis manos se cerraban con fuerza y mis dedos se clavaban en las palmas de tal manera que, si hubiese sostenido algo blando entre ellas, lo habría hecho pedazos involuntariamente; y los dientes me rechinaban con tanta violencia unos contra otros, que durante algún tiempo no podía separarlos de nuevo.
Que los naturalistas expliquen estas cosas, así como sus causas y su modo de obrar. Yo sólo puedo describir el hecho, que resultaba sorprendente incluso para mí mismo, aunque ignorase de dónde procedía; sin duda era efecto de mis ardientes deseos y de las vivas imágenes formadas en mi mente acerca del consuelo que me habría proporcionado la conversación de uno de mis semejantes cristianos.
Pero no estaba destinado a ser así; pues, hasta el último año de mi permanencia en la isla, jamás llegué a saber si alguno se había salvado de aquel barco. Y sólo tuve el dolor, algunos días después, de ver llegar a la costa el cadáver de un muchacho ahogado, en el extremo de la isla más cercano al naufragio.
No llevaba otra ropa que un chaleco de marinero, unos calzones de lino abiertos por las rodillas y una camisa azul también de lino; pero nada que pudiera indicarme siquiera de qué nación era. No tenía en los bolsillos más que dos piezas de a ocho y una pipa de tabaco; y esta última valía para mí diez veces más que las monedas.
El mar estaba entonces en calma, y sentí un gran deseo de aventurarme con mi bote hasta el naufragio, sin dudar de que podría encontrar allí algo útil para mí. Pero aquello no era lo que más me impulsaba; lo que verdaderamente me inquietaba era la posibilidad de que aún quedase algún ser vivo a bordo cuya vida pudiera salvar; y que, salvando aquella vida, pudiera también consolar la mía hasta el más alto grado.
Este pensamiento se aferró tan profundamente a mi corazón, que no pude hallar reposo ni de día ni de noche, sino que me vi obligado a aventurarme con mi bote hasta el barco naufragado. Y confiando el resto a la providencia de Dios, llegué a pensar que aquella impresión era tan poderosa en mi espíritu que no podía resistirla; que necesariamente debía proceder de alguna dirección invisible, y que faltaría a mi propio deber si no acudía.
Bajo el influjo de aquella impresión, regresé apresuradamente a mi castillo, preparé todo para mi viaje, tomé una cantidad de pan, una gran vasija de agua fresca, una brújula para guiarme, una botella de ron —pues todavía me quedaba bastante— y una cesta de pasas; y así, cargándome con todo lo necesario, bajé hasta mi bote, saqué el agua que había dentro, lo puse a flote, cargué en él toda mi provisión y luego volví otra vez a casa por más cosas. Mi segunda carga consistió en un gran saco de arroz, el paraguas para sostenerlo sobre mi cabeza y protegerme del sol, otra gran vasija de agua y unas dos docenas más de pequeños panes o tortas de cebada, además de una botella de leche de cabra y un queso; todo lo cual transporté hasta el bote con gran trabajo y sudor. Y, rogando a Dios que dirigiera mi viaje, partí, remando o impulsando la canoa a lo largo de la costa, hasta llegar por fin al extremo de la isla en el lado nordeste.
Y entonces debía lanzarme al océano y decidir si me atrevía o no a aventurarme. Observé las rápidas corrientes que corrían constantemente a ambos lados de la isla a cierta distancia, y que me resultaban terribles por el recuerdo del peligro en que había estado anteriormente; y mi corazón comenzó a desfallecerme, pues preví que, si era arrastrado por cualquiera de aquellas corrientes, sería llevado muy lejos mar adentro, quizá fuera del alcance o incluso de la vista de la isla; y entonces, siendo mi bote tan pequeño, bastaría con que se levantara una ligera ráfaga de viento para que estuviese perdido irremediablemente.
Estos pensamientos oprimieron tanto mi ánimo que empecé a abandonar mi empresa; y, tras arrastrar el bote hasta una pequeña ensenada de la costa, descendí de él y me senté sobre una elevación del terreno, muy pensativo y angustiado, debatido entre el miedo y el deseo respecto a mi viaje. Mientras meditaba, advertí que la marea había cambiado y que comenzaba la creciente; por lo cual mi partida resultaba imposible durante varias horas. Entonces se me ocurrió subir al punto más elevado que pudiera encontrar y observar, si era posible, cómo corrían las mareas y corrientes cuando entraba la pleamar, para juzgar si, en caso de ser arrastrado en una dirección, no podría esperar ser impulsado de regreso por otra, con la misma rapidez de las corrientes.
Apenas surgió esta idea en mi mente cuando posé la vista sobre una pequeña colina desde la cual se dominaba suficientemente el mar en ambas direcciones, y desde donde podía observar claramente el curso de las corrientes y de qué modo debía guiarme para el regreso. Allí descubrí que, así como la corriente de la bajamar pasaba cerca de la punta sur de la isla, la corriente de la pleamar entraba pegada a la costa del lado norte; de manera que no tenía más que mantenerme junto al lado norte de la isla durante el regreso y todo saldría bien.
Animado por esta observación, resolví partir a la mañana siguiente con la primera subida de la marea; y, acomodándome para pasar la noche en mi canoa bajo el capote que ya mencioné, me hice a la mar. Primero avancé un poco hacia mar abierto, completamente al norte, hasta comenzar a sentir el beneficio de la corriente, que corría hacia el este y me arrastraba a gran velocidad; aunque no con tanta violencia como la corriente del lado sur había hecho anteriormente, hasta el punto de quitarme por completo el control del bote. Antes bien, con un firme gobierno de mi remo, avancé directamente hacia el naufragio y, en menos de dos horas, llegué hasta él.
Era un espectáculo desolador. El barco, que por su construcción parecía español, había quedado firmemente encajado entre dos rocas. Toda la popa y el alcázar estaban destrozados por el mar; y como el castillo de proa, que había quedado atrapado entre las rocas, había chocado con enorme violencia, el palo mayor y el trinquete se habían venido abajo, es decir, estaban quebrados desde la base. Sin embargo, el bauprés permanecía intacto, y la proa parecía aún sólida.
Cuando me acerqué al barco apareció un perro sobre él que, al verme llegar, comenzó a gemir y ladrar; y tan pronto como lo llamé, se arrojó al mar para venir hacia mí. Lo subí al bote, pero lo encontré casi muerto de hambre y sed. Le di una torta de pan, y la devoró como un lobo hambriento que hubiera pasado quince días sin alimento entre la nieve; luego le di un poco de agua fresca y, de habérselo permitido, se habría reventado bebiéndola.
Después de esto subí a bordo; pero lo primero que encontré fueron dos hombres ahogados en la cocina, o castillo de proa, con los brazos estrechamente enlazados uno alrededor del otro. Concluí —como en efecto era probable— que, cuando el barco encalló en medio de la tormenta, el mar rompía sobre él con tanta violencia y continuidad que los hombres no pudieron resistirlo y murieron asfixiados por el constante embate del agua, igual que si hubiesen estado sumergidos bajo ella.
Aparte del perro, no quedaba en el barco nada con vida; ni tampoco vi mercancías que no hubiesen sido arruinadas por el agua. Había algunos toneles de licor, ya fuese vino o aguardiente, situados más abajo en la bodega, y que, al haber bajado la marea, podía distinguir; pero eran demasiado grandes para moverlos. Vi varios cofres, que supuse pertenecían a algunos marineros, y logré meter dos de ellos en el bote sin examinar qué contenían.
Si la popa del barco hubiese permanecido fija y la parte delantera se hubiese desprendido, estoy convencido de que habría hecho un magnífico viaje; pues por lo que hallé en aquellos dos cofres tenía razones para pensar que el barco llevaba una gran riqueza a bordo; y, si puedo juzgar por el rumbo que seguía, debía de venir de Buenos Aires o del Río de la Plata, en la parte meridional de América, más allá del Brasil, con destino a La Habana, en el golfo de México, y quizá luego a España. Sin duda transportaba un gran tesoro, aunque en aquel momento no servía de nada a nadie; y qué había sido de la tripulación yo no lo sabía entonces.
Además de aquellos cofres, encontré un pequeño barril lleno de licor, de unos veinte galones, que logré meter en mi bote con mucha dificultad. Había también varios mosquetes en la cabina y una gran polvorera con unas cuatro libras de pólvora dentro; en cuanto a los mosquetes, no tenía necesidad de ellos, de modo que los dejé allí, aunque sí me llevé la pólvora. También tomé una pala para el fuego y unas tenazas, que me hacían muchísima falta, así como dos pequeñas marmitas de bronce, una olla de cobre para preparar chocolate y una parrilla; y con esta carga, además del perro, emprendí el regreso, pues la marea comenzaba nuevamente a llevarme hacia casa.
Aquella misma tarde, aproximadamente una hora antes del anochecer, llegué de nuevo a la isla, cansado y agotado hasta el extremo. Pasé la noche en el bote y, a la mañana siguiente, resolví guardar todo lo que había obtenido en mi nueva cueva, en vez de llevarlo hasta mi castillo. Después de refrescarme un poco, desembarqué toda la carga y comencé a examinarla en detalle.
El barril de licor resultó ser una especie de ron, aunque no como el que teníamos en Brasil; y, en resumen, no era nada bueno. Pero al abrir los cofres encontré varias cosas de gran utilidad para mí. Por ejemplo, en uno hallé un magnífico estuche con botellas de una clase extraordinaria, llenas de licores medicinales, excelentes y muy finas; cada botella contenía alrededor de tres pintas y estaba rematada con plata. Encontré también dos recipientes de excelentes frutas confitadas o dulces, tan bien cerrados que el agua salada no los había estropeado; y otros dos iguales, aunque estos sí estaban arruinados por el agua.
Encontré algunas camisas muy buenas, que me fueron muy bien recibidas; y alrededor de una docena y media de pañuelos blancos de lino y pañuelos de cuello de colores; los primeros me resultaron especialmente agradables, pues era sumamente refrescante limpiarme el rostro con ellos en un día caluroso.
Además de esto, cuando llegué al cajón del cofre, encontré en él tres grandes bolsas de piezas de a ocho, que sumaban aproximadamente mil cien monedas en total; y en una de ellas, envueltos en papel, había seis doblones de oro y algunas pequeñas barras o cuñas del mismo metal, que supuse pesarían cerca de una libra en conjunto.
En el otro cofre había algunas ropas, aunque de poco valor; pero, por las circunstancias, debía de pertenecer al ayudante del artillero, aunque no había pólvora en él, salvo dos libras de pólvora fina y refinada, guardadas en tres frascos, probablemente destinadas a cargar sus escopetas de caza cuando fuese necesario.
En definitiva, obtuve muy poco de utilidad real en aquel viaje; pues, en cuanto al dinero, no tenía para mí la menor utilidad: era como el barro bajo mis pies, y habría entregado todo aquello por tres o cuatro pares de zapatos y medias inglesas, cosas que necesitaba enormemente, pero que no había tenido en mis pies desde hacía muchos años. Es cierto que ahora había conseguido dos pares de zapatos, que saqué de los pies de dos hombres ahogados que vi en el naufragio, y encontré otros dos pares más en uno de los cofres, lo cual me alegró mucho; pero no eran como nuestros zapatos ingleses, ni en comodidad ni en utilidad, pareciéndose más a lo que nosotros llamamos zapatillas ligeras que a verdaderos zapatos.
En el cofre del marinero encontré alrededor de cincuenta piezas de a ocho en reales, aunque nada de oro; supuse que pertenecía a un hombre más pobre que el otro cofre, que parecía ser propiedad de algún oficial.
Sea como fuere, cargué todo aquel dinero hasta mi cueva y lo guardé allí, tal como había hecho anteriormente con el que traje de mi propia embarcación; aunque, como ya he dicho, fue una gran lástima que la otra parte del navío no hubiese venido a parar a mis manos, pues estoy convencido de que podría haber cargado mi canoa varias veces con dinero. Y pensé entonces que, si alguna vez lograba regresar a Inglaterra, bien podría permanecer allí seguro hasta que volviera a buscarlo.
Capítulo XIV: Un Sueño Hecho Realidad
Después de haber llevado todas mis cosas a tierra y puesto todo a buen recaudo, regresé a mi bote y lo conduje remando o impulsándolo con el remo a lo largo de la costa hasta su antiguo puerto, donde lo dejé guardado; luego me dirigí lo más rápidamente posible a mi vieja morada, donde hallé todo seguro y tranquilo.
Comencé entonces a descansar nuevamente, a vivir según mis antiguas costumbres y a ocuparme de los asuntos de mi pequeña familia; y durante algún tiempo viví con bastante tranquilidad, salvo que permanecía más vigilante que antes, observaba con mayor frecuencia y salía menos al exterior. Y si alguna vez me aventuraba con cierta libertad, era siempre hacia la parte oriental de la isla, donde estaba bastante convencido de que los salvajes nunca llegaban, y donde podía moverme sin tantas precauciones ni aquella pesada carga de armas y municiones que llevaba siempre conmigo cuando iba hacia el otro lado.
Viví en esta condición cerca de dos años más; pero mi desdichada cabeza, que parecía destinada a hacer miserable a mi cuerpo, estuvo durante todo ese tiempo llena de proyectos y planes acerca de cómo podría, si era posible, escapar de aquella isla. A veces pensaba en hacer otro viaje al naufragio, aunque la razón me decía que allí no quedaba nada que valiera el riesgo de la travesía; otras veces pensaba en explorar una dirección, luego otra; y creo sinceramente que, si hubiera tenido el bote con el que escapé de Salé, me habría aventurado mar adentro rumbo a cualquier parte, sin saber siquiera adónde.
He sido, en todas mis circunstancias, un recordatorio para aquellos que padecen la plaga general de la humanidad, de la cual, según creo, proviene la mitad de sus miserias: me refiero a la incapacidad de sentirse satisfechos con la condición en que Dios y la Naturaleza los han colocado. Pues, sin volver a mi situación primitiva y al excelente consejo de mi padre —oponerme al cual fue, por así decirlo, mi pecado original—, mis errores posteriores del mismo género fueron los que me condujeron a esta miserable situación.
Porque si aquella Providencia, que tan felizmente me había establecido en Brasil como plantador, me hubiese bendecido con deseos moderados, y yo hubiera sido capaz de contentarme con prosperar gradualmente, a estas alturas —quiero decir, en la época en que me encontraba en esta isla— podría haber sido uno de los plantadores más importantes del Brasil. Más aún: estoy persuadido de que, gracias a las mejoras que había realizado en tan poco tiempo como viví allí, y al crecimiento que probablemente habría obtenido de haber permanecido, habría llegado a valer cien mil moidores. ¿Y qué necesidad tenía yo de abandonar una fortuna establecida, una plantación floreciente y bien provista, que mejoraba y aumentaba constantemente, para convertirme en sobrecargo de un viaje a Guinea destinado a traer negros, cuando la paciencia y el tiempo habrían incrementado tanto nuestras posesiones en casa que habríamos podido comprarlos a nuestra propia puerta, de manos de aquellos cuyo oficio consistía precisamente en traerlos? Y aunque ello hubiese costado algo más, la diferencia de precio no valía en absoluto el riesgo tan enorme que corríamos.
Pero así como este suele ser el destino de las cabezas jóvenes, también la reflexión sobre semejante locura suele convertirse en el ejercicio de los años posteriores o de la costosa experiencia del tiempo; y así ocurría conmigo entonces. Sin embargo, tan profundamente había arraigado aquel error en mi carácter, que no podía resignarme a mi situación, sino que continuamente meditaba sobre los medios y la posibilidad de escapar de aquel lugar. Y para conducir con mayor placer al lector hacia la parte restante de mi historia, quizá no sea impropio dar cuenta de las primeras ideas que concebí acerca de este insensato proyecto de fuga, y de cómo y sobre qué fundamentos actué.
Debo ser imaginado ahora retirado en mi castillo, después de mi reciente viaje al naufragio, con mi fragata guardada y asegurada bajo el agua, como de costumbre, y mi situación restablecida tal como estaba antes. Poseía, ciertamente, más riquezas que antes, pero en realidad no era más rico; pues no tenía mayor uso para ellas del que tenían los indios del Perú antes de la llegada de los españoles.
Era una de aquellas noches de la estación lluviosa, en el mes de marzo del vigésimo cuarto año desde que puse pie por primera vez en aquella isla de soledad. Estaba acostado en mi cama o hamaca, completamente despierto, gozando de muy buena salud, sin dolor alguno, sin enfermedad ni molestia corporal, ni tampoco mayor inquietud de espíritu que la habitual; pero me era imposible cerrar los ojos, es decir, dormir; no pegué ojo en toda la noche, salvo de la manera que voy a referir.
Es imposible describir la innumerable multitud de pensamientos que atravesaron aquella gran avenida del cerebro que es la memoria durante el transcurso de aquella noche. Recorrí toda la historia de mi vida en miniatura, o resumidamente, como podría decirse, hasta mi llegada a esta isla, y también todo el tiempo que había vivido en ella desde entonces.
Mientras reflexionaba sobre el estado de mi situación desde que había llegado a tierra en esta isla, comparaba la dichosa disposición de mis asuntos durante los primeros años de mi estancia aquí con la vida de ansiedad, temor y preocupación que había llevado desde que vi la huella de un pie en la arena. No es que dejara de creer que los salvajes hubieran frecuentado la isla durante todo ese tiempo, y que quizá varios cientos de ellos hubiesen desembarcado allí en ocasiones; pero yo nunca lo había sabido y, por tanto, era incapaz de sentir aprensión alguna al respecto. Mi satisfacción era completa, aunque el peligro fuese el mismo; y era tan feliz ignorando el riesgo como si jamás hubiese estado realmente expuesto a él.
Esto dio lugar en mi mente a muchas reflexiones provechosas, y particularmente a esta: cuán infinitamente buena es la Providencia que, en el gobierno de la humanidad, ha puesto límites tan estrechos a la vista y al conocimiento de las cosas; pues aunque el hombre camina en medio de miles de peligros cuya contemplación, si le fuese revelada, turbaría su razón y abatiría su espíritu, se le mantiene sereno y tranquilo ocultándole los acontecimientos y haciéndole ignorar los riesgos que lo rodean.
Después de que estas ideas me entretuvieron durante algún tiempo, comencé a reflexionar seriamente sobre el verdadero peligro en que había vivido durante tantos años en aquella misma isla, y sobre cómo había vagado con la mayor seguridad y tranquilidad posibles, cuando quizá no había habido más que la ladera de una colina, un gran árbol o la llegada casual de la noche entre mí y la peor de las destrucciones; a saber: caer en manos de caníbales y salvajes, quienes me habrían capturado con el mismo propósito con que yo atraparía una cabra o una tortuga, y habrían considerado tan poco crimen matarme y devorarme como yo consideraba matar una paloma o un zarapito.
Me calumniaría injustamente a mí mismo si dijera que no estaba sinceramente agradecido a mi gran Protector, a cuya singular protección reconocía, con profunda gratitud, que debía todas aquellas liberaciones desconocidas; y sin cuya ayuda habría caído inevitablemente en sus manos despiadadas.
Cuando estas reflexiones terminaron, mi mente permaneció durante algún tiempo ocupada en considerar la naturaleza de aquellas miserables criaturas —quiero decir, los salvajes— y cómo podía suceder en el mundo que el sabio Gobernador de todas las cosas abandonara a alguna de Sus criaturas a semejante inhumanidad; más aún, a algo tan inferior incluso a la brutalidad misma como devorar a los de su propia especie. Pero como estas meditaciones concluían entonces en especulaciones inútiles, se me ocurrió preguntarme en qué parte del mundo vivían aquellos miserables; cuán distante estaba la costa de donde venían; qué los llevaba a aventurarse tan lejos de su hogar; qué clase de embarcaciones tenían; y por qué no podría yo organizar mis asuntos de manera que pudiera llegar hasta allá, así como ellos llegaban hasta mí.
Ni siquiera me preocupé por considerar qué sería de mí una vez que llegara; qué me ocurriría si caía en manos de aquellos salvajes; o cómo podría escapar de ellos si me atacaban. Tampoco pensé en absoluto cómo sería posible alcanzar la costa sin ser atacado por alguno de ellos y sin posibilidad alguna de defenderme; ni, en caso de no caer en sus manos, qué haría para procurarme alimento o hacia dónde dirigiría mi rumbo. Ninguno de estos pensamientos, digo, llegó siquiera a cruzar mi mente; pues toda mi atención estaba fija únicamente en la idea de cruzar en mi bote hasta el continente.
Consideraba mi situación presente como la más miserable posible; pensaba que no podía arrojarme a nada peor que la muerte; y que, si lograba alcanzar la costa continental, quizá encontraría auxilio, o podría bordearla como había hecho en la costa africana hasta llegar a algún país habitado donde pudiera hallar socorro; y después de todo, tal vez encontraría algún barco cristiano que me recogiese. Y si lo peor llegaba a suceder, al menos podría morir, lo cual pondría fin de una vez a todas aquellas miserias.
Obsérvese bien que todo esto era fruto de un espíritu perturbado, de un temperamento impaciente, vuelto casi desesperado por la larga duración de mis sufrimientos y por la decepción que había experimentado en el naufragio al que había subido a bordo, donde había estado tan cerca de obtener aquello que más ardientemente deseaba: alguien con quien hablar y de quien pudiera obtener alguna noticia del lugar donde me encontraba y de los medios probables para mi liberación.
Me hallaba enteramente agitado por estos pensamientos; toda la calma de espíritu que antes poseía, toda mi resignación a la Providencia y mi espera confiada en los designios del Cielo parecían suspendidas; y era como si no tuviera poder alguno para dirigir mi mente hacia otra cosa que no fuese el proyecto de un viaje al continente, idea que se apoderó de mí con tal fuerza y con un deseo tan impetuoso que resultaba imposible resistirse a ella.
Cuando vi esto, y había agitado mis pensamientos durante dos horas o más con tal violencia que me puso la sangre en ebullición y el pulso me latía como si tuviera calentura, únicamente por el extraordinario fervor de mi ánimo respecto a ello, la Naturaleza —como si hubiese quedado fatigado y exhausto por los mismos pensamientos— me arrojó en un sueño profundo. Cualquiera habría pensado que soñaría con ello; pero no fue así, ni soñé nada relacionado con ello, sino que soñé que, al salir por la mañana de mi castillo, como de costumbre, veía en la playa dos canoas y once salvajes desembarcando, y que traían consigo a otro salvaje al que iban a matar para comérselo; cuando, de repente, el salvaje que iban a matar se soltaba de ellos y echaba a correr para salvar la vida. Y soñé que corría hacia mi pequeño y espeso bosquecillo, delante de mi fortificación, para esconderse; y que yo, al verlo solo y no percibir que los otros lo perseguían por aquel lado, me mostraba ante él y, sonriéndole, le daba ánimos. Él se arrodillaba ante mí, como suplicándome ayuda; entonces yo le mostraba mi escalera, lo hacía subir y lo llevaba a mi cueva, y se convertía en mi sirviente. Y tan pronto como conseguía a aquel hombre, me decía a mí mismo:
—Ahora sí podré aventurarme al continente, porque este sujeto me servirá de primer oficial y me dirá qué debo hacer, adónde ir en busca de provisiones y adónde no debo ir por temor a ser devorado; qué lugares puedo frecuentar y cuáles debo evitar.
Desperté con aquel pensamiento y quedé bajo impresiones de alegría tan inexpresables ante la perspectiva de mi escape en el sueño, que la decepción que sentí al volver en mí y descubrir que no había sido más que un sueño fue igualmente desmedida en sentido contrario, y me sumió en un gran abatimiento de espíritu.
Sin embargo, a partir de esto llegué a la conclusión de que la única manera de intentar mi liberación era procurar capturar a un salvaje; y, si era posible, debía ser uno de aquellos prisioneros a quienes hubiesen condenado a ser devorados y trajeran allí para matarlos. Pero estos pensamientos seguían acompañados de una dificultad: que era imposible llevar aquello a cabo sin atacar a toda una partida de ellos y matarlos a todos; y esto no solo era una empresa desesperada, que bien podía fracasar, sino que, además, yo seguía teniendo grandes escrúpulos acerca de la legitimidad de hacerlo; y el corazón me temblaba al pensar en derramar tanta sangre, aunque fuese para mi liberación. No necesito repetir los argumentos que se me ocurrieron en contra, pues eran los mismos ya mencionados antes; pero aunque ahora tenía otras razones que alegar —a saber: que aquellos hombres eran enemigos de mi vida y me devorarían si pudieran; que librarme de aquella muerte en vida era la más alta forma de preservación propia, y que actuaba en defensa propia tanto como si me estuvieran atacando de verdad, y cosas semejantes—, digo que, aunque todo esto argumentaba a favor de ello, el pensamiento de derramar sangre humana para obtener mi libertad me resultaba espantoso, y durante mucho tiempo no pude reconciliarme con él de ninguna manera.
No obstante, al fin, después de muchas disputas secretas conmigo mismo y de grandes perplejidades al respecto —pues todos aquellos argumentos, en uno y otro sentido, lucharon largo tiempo en mi cabeza—, el vehemente y dominante deseo de libertad terminó por imponerse a todo lo demás; y resolví, si era posible, hacerme con uno de aquellos salvajes, costara lo que costase. Lo siguiente era idear el modo de hacerlo, y esto, en verdad, era muy difícil de decidir; pero como no lograba hallar ningún medio probable, resolví permanecer al acecho para observarlos cuando desembarcaran, y dejar el resto al azar de los acontecimientos, tomando las medidas que la oportunidad me ofreciera, sucediese lo que sucediese.
Con estas resoluciones en mente, me dediqué a vigilar tan a menudo como me era posible; y, en verdad, con tanta frecuencia que acabé profundamente cansado de ello, pues pasó más de un año y medio en espera; y durante gran parte de ese tiempo iba casi todos los días al extremo occidental y a la esquina suroeste de la isla para buscar canoas, pero ninguna aparecía. Esto me desanimaba mucho y comenzaba a inquietarme sobremanera, aunque no puedo decir que, en este caso, ello hubiese disminuido mi deseo, como sí había ocurrido en otro tiempo; antes bien, cuanto más parecía retrasarse, más ansioso estaba por conseguirlo. En una palabra, ya no me preocupaba tanto evitar la vista de aquellos salvajes y ocultarme de ellos, como ahora deseaba encontrármelos. Además, me imaginaba capaz de dominar a uno, o incluso a dos o tres salvajes, si lograba capturarlos, hasta el punto de convertirlos enteramente en esclavos míos, obligados a hacer cuanto les ordenase, y de impedir que pudieran hacerme daño en ningún momento.
Durante mucho tiempo me complací con este asunto; pero seguía sin presentarse ocasión alguna: todas mis fantasías y proyectos quedaban en nada, porque durante mucho tiempo ningún salvaje se acercó a mí.
Cerca de un año y medio después de haber concebido estas ideas —y tras tanto cavilar sobre ellas que, por falta de ocasión para ponerlas en práctica, casi las había reducido a la nada—, una mañana me sorprendió ver no menos de cinco canoas juntas en la playa, en mi lado de la isla, y a toda la gente que pertenecía a ellas desembarcada y fuera de mi vista. El número de ellos arruinó todos mis planes; porque, al ver tantos, y sabiendo que por lo general venían cuatro o seis, o a veces más, en cada embarcación, no sabía qué pensar ni cómo tomar medidas para atacar yo solo a veinte o treinta hombres. Así que permanecí quieto en mi castillo, perplejo y desconsolado.
Sin embargo, me puse en la misma disposición para un ataque que había preparado anteriormente, y estaba listo para entrar en acción si se presentaba alguna oportunidad. Después de esperar bastante tiempo, escuchando para oír si hacían algún ruido, finalmente, impaciente en extremo, dejé mis armas al pie de la escalera y trepé hasta la cima de la colina por mis dos plataformas, como de costumbre; cuidando, no obstante, de que mi cabeza no sobresaliera por encima de la loma, para que ellos no pudieran descubrirme de ningún modo. Allí observé, con ayuda de mi catalejo, que no eran menos de treinta; que habían encendido un fuego y que estaban cocinando carne. Cómo la cocinaban no lo sabía, ni qué clase de carne era; pero todos estaban bailando alrededor del fuego con no sé cuántos gestos y figuras bárbaras, a su manera.
Mientras los observaba, percibí con mi catalejo a dos miserables desgraciados arrastrados fuera de las canoas, donde al parecer los habían dejado apartados, y ahora los traían para sacrificarlos. Vi que uno de ellos cayó inmediatamente, derribado, supongo, con una maza o espada de madera, pues ese era su modo de proceder; y dos o tres más comenzaron enseguida a abrirlo para prepararlo para su cocina, mientras la otra víctima quedaba de pie por sí sola, hasta que estuvieran listos para ella.
En ese mismo instante, el pobre infeliz, al verse algo libre y desatado, sintió que la Naturaleza le inspiraba esperanzas de vida, y arrancó a correr de entre ellos con increíble velocidad por la arena, directamente hacia mí; quiero decir, hacia aquella parte de la costa donde se hallaba mi morada. Debo reconocer que me espanté terriblemente al verlo correr en mi dirección; y especialmente cuando, según me pareció, vi que toda la partida lo perseguía. Entonces esperé que aquella parte de mi sueño estuviese haciéndose realidad, y que sin duda se refugiaría en mi bosquecillo; pero no podía confiar en absoluto en mi sueño hasta el punto de creer que los otros salvajes no lo seguirían hasta allí y lo encontrarían.
No obstante, mantuve mi posición, y mis ánimos comenzaron a recobrarse cuando advertí que no eran más de tres los que lo perseguían; y me animé aún más al ver que les sacaba gran ventaja en la carrera y ganaba terreno considerablemente; de modo que, si lograba resistir media hora más, veía claramente que escaparía por completo de todos ellos.
Entre ellos y mi castillo se encontraba el arroyo que mencioné a menudo en la primera parte de mi historia, donde desembarqué los cargamentos del barco; y vi claramente que el fugitivo tendría necesariamente que atravesarlo a nado, o el pobre desgraciado sería capturado allí mismo. Pero cuando el salvaje que escapaba llegó al arroyo, no le dio la menor importancia, aunque la marea estaba alta en ese momento; se lanzó al agua y lo cruzó nadando en unas treinta brazadas, poco más o menos; luego salió a tierra y continuó corriendo con extraordinaria fuerza y rapidez.
Cuando las tres personas llegaron al arroyo, descubrí que dos de ellas sabían nadar, pero la tercera no; esta se quedó de pie en la otra orilla mirando a los demás, sin avanzar más, y poco después regresó lentamente. Lo cual, como sucedió después, fue muy bueno para él al final.
Observé que los dos que cruzaron a nado eran todavía más del doble de lentos atravesando el arroyo que el hombre que huía de ellos. Entonces acudió a mi pensamiento, con gran fuerza y de manera irresistible, que aquel era el momento de conseguirme un sirviente y, quizá, un compañero o ayudante; y que la Providencia me llamaba claramente a salvar la vida de aquella pobre criatura.
Bajé de inmediato las escaleras con toda la rapidez posible, tomé mis dos armas —pues ambas estaban al pie de la escalera, como ya he dicho antes— y, subiendo otra vez con la misma prisa hasta la cima de la colina, crucé en dirección al mar; y, tomando un atajo muy corto y todo cuesta abajo, me situé entre los perseguidores y el perseguido, gritando en voz alta al fugitivo. Este, al volver la vista atrás, se asustó al principio tanto de mí como de ellos; pero yo le hice señas con la mano para que se acercara y, mientras tanto, avancé lentamente hacia los dos que lo seguían.
Entonces me lancé de golpe sobre el primero y lo derribé con la culata de mi escopeta. Me resistía a disparar, porque no quería que los demás lo oyeran; aunque, a aquella distancia, no habría sido fácil oírlo, y además, al no ver el humo, no habrían sabido qué pensar de ello.
Una vez derribado aquel individuo, el otro perseguidor se detuvo, como espantado, y yo avancé hacia él; pero al acercarme vi enseguida que llevaba arco y flecha, y que estaba preparándose para dispararme. Así pues, me vi obligado a dispararle primero, lo cual hice, matándolo con el primer tiro.
El pobre salvaje fugitivo, aunque vio caer muertos a sus dos enemigos, según creía, estaba tan aterrado por el fuego y el estruendo de mi arma, que permaneció inmóvil como una estatua, sin avanzar ni retroceder, aunque parecía más inclinado a seguir huyendo que a acercarse.
Volví a llamarlo y le hice señas para que avanzara, cosa que entendió fácilmente; se acercó un poco, volvió a detenerse, luego avanzó un poco más y volvió a detenerse otra vez. Entonces pude ver que temblaba, como si hubiese sido hecho prisionero y estuviera a punto de ser ejecutado, igual que sus dos enemigos.
Le hice nuevas señas para que se acercara y le di todas las muestras de ánimo que pude imaginar; y él fue aproximándose cada vez más, arrodillándose cada diez o doce pasos en señal de agradecimiento por haberle salvado la vida. Yo le sonreía, lo miraba con amabilidad y le hacía señas de que siguiera acercándose. Por fin llegó junto a mí; entonces volvió a arrodillarse, besó el suelo, puso la cabeza contra la tierra y, tomándome por el pie, colocó mi pie sobre su cabeza; aquello, según parecía, era señal de jurarme obediencia como esclavo para siempre.
Lo levanté, lo traté con afecto y procuré animarlo cuanto pude. Pero todavía quedaba más trabajo por hacer; pues advertí que el salvaje al que había derribado no estaba muerto, sino solamente aturdido por el golpe, y comenzaba a recobrar el sentido. Entonces señalé hacia él y le mostré a mi salvaje que aquel hombre no había muerto.
Al oír esto, me dirigió algunas palabras y, aunque no pude entenderlas, me resultaron agradables al oído, pues eran el primer sonido de voz humana que escuchaba, aparte de la mía propia, en más de veinticinco años.
Pero no era momento para tales reflexiones; el salvaje derribado se había recuperado lo bastante como para sentarse en el suelo, y advertí que mi salvaje comenzaba a sentir miedo. Al ver esto, apunté al hombre con mi otra escopeta, como si fuera a dispararle. Entonces mi salvaje —pues así lo llamaré desde ahora— me hizo una señal pidiéndome prestada la espada que llevaba desnuda en un cinturón al costado; se la entregué, y apenas la tuvo en sus manos, corrió hacia su enemigo y de un solo golpe le cortó la cabeza con tanta destreza que ningún verdugo de Alemania lo habría hecho con mayor rapidez ni mejor.
Aquello me pareció muy extraño en alguien que, tenía razones para creerlo, jamás había visto una espada en su vida, salvo sus propias espadas de madera; aunque después supe que fabrican esas espadas de madera tan afiladas, tan pesadas y de una madera tan dura, que con ellas pueden cortar cabezas y brazos de un solo golpe.
Cuando terminó, regresó hacia mí riendo en señal de triunfo, me devolvió la espada y, acompañándose de abundantes gestos que yo no comprendía, la depositó ante mí junto con la cabeza del salvaje al que había matado.
Pero lo que más lo asombraba era cómo había matado yo al otro indio desde tan lejos; así que, señalándolo, me hizo señas pidiéndome permiso para acercarse a él, y yo le indiqué como pude que fuera. Cuando llegó junto al cadáver, permaneció allí como fuera de sí, contemplándolo; primero le daba vuelta hacia un lado, luego hacia el otro; observó la herida que la bala le había hecho, justo en el pecho, donde había abierto un agujero sin derramar mucha sangre, pues había sangrado interiormente y estaba completamente muerto.
Recogió entonces el arco y las flechas y regresó conmigo; yo me dispuse a marcharme y le hice señas de que me siguiera, indicándole que podían venir más tras ellos.
Entonces él me hizo señales de que enterraría los cuerpos en la arena para que los demás no los vieran si venían siguiéndolos; y yo le indiqué de nuevo que lo hiciera. Se puso manos a la obra; y en un instante había cavado con las manos un hoyo en la arena suficientemente grande para enterrar al primero, arrastrándolo hasta allí y cubriéndolo después. Hizo lo mismo con el otro; creo que había enterrado ambos cuerpos en menos de un cuarto de hora.
Luego lo llamé y me lo llevé, no a mi castillo, sino directamente a mi cueva, en la parte más apartada de la isla; de modo que no permití que mi sueño se cumpliera en aquella parte en que él encontraba refugio en mi bosquecillo.
Allí le di pan y un racimo de pasas para comer, y un trago de agua, pues comprobé que realmente estaba muy agotado por la carrera; y después de haberlo reconfortado, le hice señas para que fuese a acostarse y dormir, mostrándole un lugar donde había puesto algo de paja de arroz y una manta encima, donde yo mismo dormía a veces; así que la pobre criatura se tendió y se quedó dormida.
Era un hombre bien parecido y apuesto, de constitución perfectamente proporcionada, con miembros rectos y fuertes, aunque no demasiado grandes; alto y de buena figura; y, según calculo, de unos veintiséis años de edad. Tenía un semblante muy agradable, no feroz ni hosco, sino que mostraba algo muy varonil en el rostro; y, sin embargo, también poseía toda la dulzura y suavidad de un europeo, especialmente cuando sonreía.
Su cabello era largo y negro, no crespo como lana; la frente muy alta y amplia; y sus ojos mostraban gran viveza y un brillo penetrante. El color de su piel no era enteramente negro, sino más bien cobrizo; aunque no de ese tono amarillento y desagradable de los brasileños, virginianos y otros naturales de América, sino de una especie de color oliva oscuro y brillante, que tenía algo muy agradable, aunque difícil de describir.
Su rostro era redondo y lleno; la nariz pequeña, no achatada como la de los negros; tenía una boca muy bien formada, labios finos y unos dientes hermosos, bien alineados y tan blancos como el marfil.
Después de haber dormitado, más que dormido, durante aproximadamente media hora, volvió a despertarse y salió de la cueva hacia donde yo estaba, pues me hallaba ordeñando mis cabras en el cercado que tenía allí cerca. Apenas me vio, vino corriendo hacia mí y volvió a tenderse en el suelo, dando todas las señales posibles de una disposición humilde y agradecida, haciendo muchos gestos extraños para demostrarlo. Finalmente, apoyó la cabeza completamente en el suelo, junto a mi pie, y colocó mi otro pie sobre su cabeza, tal como había hecho antes; y después de esto me hizo todas las señales imaginables de sumisión, servidumbre y obediencia, para hacerme entender que me serviría mientras viviera. Yo le comprendí en muchas cosas, y le hice saber que estaba muy complacido con él. Poco después comencé a hablarle y a enseñarle a hablar conmigo; y lo primero que hice fue darle a entender que su nombre sería Viernes, por ser el día en que le había salvado la vida. Lo llamé así en recuerdo de aquel día. Asimismo, le enseñé a decir "amo" y le hice comprender que ése sería mi nombre. También le enseñé a decir "sí" y "no", y a entender el significado de ambas palabras. Le di un poco de leche en una vasija de barro, y le mostré cómo la bebía yo y cómo mojaba el pan en ella; luego le di una torta de pan para que hiciera lo mismo, cosa que imitó enseguida, haciéndome señales de que le parecía muy buena.
Permanecí allí con él toda aquella noche; pero en cuanto amaneció le indiqué que viniera conmigo y le hice entender que le daría algo de ropa; cosa que pareció alegrarle mucho, pues estaba completamente desnudo. Mientras pasábamos por el lugar donde había enterrado a los dos hombres, señaló exactamente el sitio y me mostró las marcas que había hecho para volver a encontrarlos, haciéndome señales de que debíamos desenterrarlos y comerlos. Ante aquello mostré gran enojo, expresé mi horror, hice ademán de vomitar solo de pensarlo y le indiqué con la mano que se alejara, lo cual hizo inmediatamente, con gran sumisión.
Entonces lo conduje hasta la cima de la colina para ver si sus enemigos ya se habían marchado; y sacando mi catalejo miré atentamente, distinguiendo claramente el lugar donde habían estado, aunque ya no quedaba señal alguna de ellos ni de sus canoas; de modo que era evidente que se habían ido, abandonando a sus dos compañeros sin molestarse siquiera en buscarlos.
Pero yo no quedé satisfecho con este descubrimiento; antes bien, teniendo ahora más valor y, en consecuencia, más curiosidad, llevé conmigo a mi Viernes, poniéndole la espada en la mano y el arco y las flechas a la espalda, que vi manejaba con gran destreza; además le hice cargar una escopeta para mí, mientras yo llevaba otras dos. Y así marchamos hacia el lugar donde aquellas criaturas habían estado, pues deseaba averiguar algo más acerca de ellas. Cuando llegamos, la sangre se me heló en las venas y el corazón se me encogió ante el horror del espectáculo; verdaderamente era una visión espantosa, al menos para mí, aunque Viernes no parecía darle importancia. El lugar estaba cubierto de huesos humanos, el suelo teñido de sangre y grandes trozos de carne esparcidos aquí y allá, medio devorados, mutilados y chamuscados; en suma, todas las señales del festín triunfal que habían celebrado allí después de una victoria sobre sus enemigos. Vi tres cráneos, cinco manos y los huesos de tres o cuatro piernas y pies, además de abundantes restos humanos. Y Viernes, por medio de señas, me hizo entender que habían traído consigo cuatro prisioneros para devorarlos; que tres de ellos habían sido comidos y que él mismo —señalándose— era el cuarto; que había habido una gran batalla entre ellos y el rey vecino, de cuyos súbditos, al parecer, él era uno, y que habían hecho numerosos prisioneros, los cuales fueron llevados a distintos lugares por quienes los capturaron en el combate, para ser devorados como aquellos miserables habían hecho allí con los que trajeron consigo.
Hice que Viernes reuniera todos los cráneos, huesos, trozos de carne y cualquier otro resto, los amontonara y encendiera sobre ellos una gran hoguera, reduciéndolos por completo a cenizas. Noté que Viernes todavía sentía cierta inclinación por aquella carne y que seguía siendo caníbal por naturaleza; pero mostré tal horror ante la sola idea y ante la menor apariencia de ello, que no se atrevió a manifestarlo más; pues, de alguna manera, le había hecho entender que lo mataría si volvía a intentarlo.
Cuando terminó todo esto, regresamos a nuestro castillo; y allí me puse a trabajar para mi Viernes. Ante todo, le di un par de calzones de lino que había encontrado en el cofre del pobre ayudante del artillero, aquel que hallé en el naufragio y del que ya he hablado; con algunas modificaciones le quedaron bastante bien. Después le hice una chaqueta de piel de cabra, tan buena como me lo permitía mi habilidad —pues para entonces me había convertido en un sastre bastante aceptable—; además le di un gorro hecho de piel de liebre, muy cómodo y no poco elegante. Así quedó, por el momento, razonablemente bien vestido, y se mostró muy complacido de verse casi tan bien vestido como su amo.
Es cierto que al principio se movía torpemente con aquellas prendas: los calzones le resultaban muy incómodos, y las mangas de la chaqueta le rozaban los hombros y la parte interior de los brazos; pero aflojándolas un poco allí donde decía que le molestaban, y acostumbrándose poco a poco a ellas, acabó llevándolas con bastante naturalidad.
Al día siguiente, después de regresar con él a mi choza, empecé a pensar dónde alojarlo; y para poder atenderlo bien sin dejar de sentirme completamente seguro, le hice una pequeña tienda en el espacio vacío entre mis dos fortificaciones, dentro de la más exterior y fuera de la primera. Como allí había una puerta o entrada hacia mi cueva, construí un verdadero marco de puerta con tablas y le puse una puerta, colocándola en el pasadizo, un poco hacia dentro de la entrada; y haciendo que la puerta se abriera hacia el interior, la atrancaba por la noche, retirando también mis escaleras; de modo que Viernes no podía llegar hasta mí dentro de mi muralla más interior sin hacer tanto ruido al pasar que necesariamente habría de despertarme. Pues mi primera empalizada tenía ya un techo completo hecho con largos postes, que cubrían toda mi tienda y se apoyaban contra la ladera de la colina; sobre ellos había colocado ramas más pequeñas, a modo de listones, y todo estaba recubierto con una gruesa capa de paja de arroz, resistente como juncos. Y en la abertura por donde se entraba o salía mediante la escalera había colocado una especie de trampilla que, si alguien intentaba abrirla desde fuera, no se abriría en absoluto, sino que caería produciendo gran estrépito. En cuanto a las armas, todas las guardaba de mi lado cada noche.
Pero no necesitaba en absoluto tantas precauciones; pues jamás hombre alguno tuvo un sirviente más fiel, afectuoso y sincero que Viernes lo era para mí: sin pasiones, sin malhumor ni dobles intenciones, completamente entregado y obligado conmigo; sus afectos estaban ligados a mí como los de un hijo a su padre. Y me atrevo a decir que habría sacrificado su vida para salvar la mía en cualquier ocasión. Las numerosas pruebas que me dio de ello disiparon toda duda y pronto me convencieron de que no necesitaba tomar precaución alguna por mi seguridad respecto a él.
Esto me daba con frecuencia ocasión de observar, y además con asombro, que aunque a Dios, en Su providencia y en el gobierno de las obras de Sus manos, le haya placido privar a una gran parte del mundo de Sus criaturas de los mejores usos para los cuales sus facultades y las potencias de sus almas están destinadas, sin embargo les ha concedido las mismas capacidades, la misma razón, los mismos afectos, los mismos sentimientos de bondad y gratitud, las mismas pasiones y resentimientos ante las injurias, el mismo sentido de la sinceridad, la fidelidad y todas las aptitudes para hacer y recibir el bien que nos ha dado a nosotros; y que, cuando Él quiere ofrecerles ocasiones de ejercitar tales dones, están tan dispuestos —o más aún— a emplearlos correctamente como nosotros mismos.
Esto me volvía a veces muy melancólico, al reflexionar, según se presentaban las ocasiones, cuán miserable uso hacemos nosotros de todas esas facultades, aun teniendo nuestras capacidades iluminadas por la gran lámpara de la instrucción, el Espíritu de Dios, y por el conocimiento de Su palabra añadido a nuestro entendimiento; y me preguntaba por qué había querido Dios ocultar ese mismo conocimiento salvador a tantos millones de almas que, si podía juzgarlo por este pobre salvaje, quizá habrían hecho mejor uso de él que nosotros.
De ahí, algunas veces, me dejaba llevar demasiado lejos, hasta el punto de cuestionar la soberanía de la Providencia y, por decirlo así, poner en tela de juicio la justicia de una disposición tan arbitraria de las cosas, que oculta esa luz a unos y la revela a otros, y aun así espera el mismo deber de ambos. Pero acababa reprimiendo tales pensamientos con esta conclusión: primero, que nosotros no sabemos según qué luz o ley deban ser juzgados esos hombres; pero que, siendo Dios necesariamente, y por la naturaleza misma de Su ser, infinitamente santo y justo, no podía ser sino que, si esas criaturas eran condenadas a la separación de Él, fuese por haber pecado contra aquella luz que, como dice la Escritura, era ley para ellos mismos, y según reglas que sus propias conciencias reconocerían como justas, aunque el fundamento de ellas no nos haya sido revelado; y segundo, que así como todos somos barro en manos del alfarero, ninguna vasija puede decirle: "¿Por qué me has hecho así?"
Pero volvamos a mi nuevo compañero. Yo estaba sumamente complacido con él y me propuse enseñarle todo cuanto pudiera hacerlo útil, hábil y servicial; pero sobre todo enseñarle a hablar y a comprenderme cuando le hablaba. Y fue el discípulo más apto que jamás hubo; particularmente porque era tan alegre, tan constantemente diligente y se mostraba tan satisfecho cuando lograba entenderme o hacerse entender, que conversar con él me resultaba sumamente agradable. Ahora mi vida comenzaba a hacerse tan llevadera que llegué a decirme a mí mismo que, si pudiera estar seguro de no volver a tener más salvajes que temer, no me importaría no abandonar jamás el lugar donde vivía.
Capítulo XV: La Educación De Viernes
Después de haber pasado dos o tres días de regreso en mi castillo, pensé que, para apartar a Viernes de su horrible manera de alimentarse y del gusto propio de un caníbal, debía hacerle probar otra clase de carne; así que una mañana lo llevé conmigo al bosque. En efecto, había salido con la intención de matar un cabrito de mi propio rebaño, llevarlo a casa y prepararlo; pero mientras caminábamos vi una cabra echada a la sombra, con dos cabritos pequeños sentados junto a ella. Sujeté a Viernes.
—Espera —le dije—. Quédate quieto.
Y le hice señas para que no se moviera. Inmediatamente apunté con mi escopeta, disparé y maté a uno de los cabritos.
La pobre criatura, que desde cierta distancia me había visto matar a aquel salvaje que lo perseguía, su enemigo, aunque sin saber ni poder imaginar cómo lo había hecho, quedó profundamente sorprendido; temblaba y se estremecía, y miraba con tal asombro que pensé que iba a desplomarse allí mismo. No había visto al cabrito al que disparé, ni comprendía que lo hubiese matado, sino que abrió su chaleco apresuradamente para tocarse el cuerpo y comprobar si no estaba herido; y comprendí enseguida que pensaba que yo había decidido matarlo a él. Porque vino, se arrodilló ante mí y, abrazándome las rodillas, dijo muchas cosas que no entendí; aunque pude ver fácilmente que el sentido de todo aquello era suplicarme que no lo matara.
No tardé en encontrar la manera de convencerlo de que no quería hacerle daño; lo levanté tomándolo de la mano, me reí de él y, señalando al cabrito muerto, le hice señas de que corriera a recogerlo. Así lo hizo; y mientras aún estaba maravillado observando cómo había sido muerto el animal, volví a cargar mi arma.
Poco después vi un gran pájaro, parecido a un halcón, posado sobre un árbol y a tiro de escopeta; así que, para que Viernes comprendiera un poco mejor lo que yo hacía, lo llamé de nuevo a mi lado y le señalé el ave, que en realidad era un loro, aunque yo creí al principio que era un halcón. Señalando alternativamente al loro, a mi escopeta y al suelo debajo del pájaro, para que entendiera que pensaba hacerlo caer, conseguí explicarle que iba a dispararle y matarlo. En consecuencia, disparé y le indiqué que mirara; inmediatamente vio caer al loro.
Quedó nuevamente como espantado, a pesar de todo lo que yo le había explicado; y advertí que su asombro era aún mayor porque no me había visto introducir nada dentro del arma, sino que imaginaba que debía existir en aquella cosa alguna misteriosa fuente de muerte y destrucción capaz de matar hombres, bestias, aves o cualquier cosa, estuviera cerca o lejos. El asombro que esto produjo en él fue tal, que tardó muchísimo tiempo en desaparecer; y creo sinceramente que, de haberlo permitido, me habría adorado a mí y a mi escopeta.
En cuanto al arma misma, no quiso ni tocarla durante varios días; aunque, cuando estaba solo, le hablaba y conversaba con ella como si pudiera responderle. Más tarde supe por él que hacía para pedirle que no lo matara.
Bueno, cuando su sorpresa comenzó a disminuir un poco, le indiqué que fuera a recoger el ave que había abatido. Lo hizo, aunque tardó un rato, porque el loro, al no haber muerto del todo, había revoloteado una buena distancia desde el lugar donde cayó. Sin embargo, terminó encontrándolo, lo recogió y me lo trajo. Y como ya había advertido antes su ignorancia acerca de las armas de fuego, aproveché para volver a cargar la escopeta sin dejar que me viera hacerlo, de modo que estuviera preparada para cualquier otro blanco que pudiera presentarse; aunque en aquella ocasión no apareció nada más.
Así que llevé a casa el cabrito y, esa misma tarde, le quité la piel y lo corté lo mejor que pude; y teniendo una olla adecuada para ello, herví o guisé parte de la carne e hice un caldo bastante bueno. Después de empezar a comer, le di también a mi hombre, quien pareció muy complacido y lo encontró excelente; pero lo que más le extrañó fue verme echarle sal. Me hizo señas de que la sal no era buena para comer; y poniéndose un poco en la boca, mostró tal repugnancia que comenzó a escupir y a hacer gestos de náusea, enjuagándose luego la boca con agua fresca. Por mi parte, tomé un poco de carne sin sal y fingí escupir y mostrar desagrado por la falta de sal tanto como él lo había hecho con la sal misma; pero no dio resultado: nunca logró acostumbrarse a la sal ni con la carne ni en el caldo; al menos no durante mucho tiempo, y aun entonces apenas en muy poca cantidad.
Después de haberlo alimentado así con carne hervida y caldo, resolví agasajarlo al día siguiente asando un trozo del cabrito. Lo hice colgándolo frente al fuego con una cuerda, tal como había visto hacer a muchas personas en Inglaterra: clavé dos postes, uno a cada lado del fuego, y otro atravesado por encima, atando la cuerda al travesaño para que la carne girase continuamente.
Viernes admiró muchísimo aquello; pero cuando probó la carne asada, encontró tantas maneras de decirme cuánto le gustaba, que me fue imposible no entenderlo. Finalmente logró expresarme, tan bien como pudo, que jamás volvería a comer carne humana, cosa que me alegró muchísimo escuchar.
Al día siguiente lo puse a trabajar desgranando trigo y cerniéndolo del modo en que yo acostumbraba hacerlo, como ya he contado antes; y pronto comprendió cómo hacerlo tan bien como yo, especialmente después de ver para qué servía aquello y que era para hacer pan. Porque luego le mostré cómo hacía yo el pan y cómo lo cocía; y en poco tiempo Viernes fue capaz de realizar todo aquel trabajo tan bien como yo mismo.
Comencé entonces a considerar que, teniendo ahora dos bocas que alimentar en lugar de una, debía preparar más terreno para la cosecha y sembrar una mayor cantidad de grano de la que acostumbraba. Así que marqué una parcela más grande y empecé a cercarla del mismo modo que antes; trabajo en el que Viernes no sólo colaboró con gran voluntad y esfuerzo, sino también con alegría. Yo le expliqué para qué era: que aquel maíz serviría para hacer más pan, porque ahora él estaba conmigo y necesitábamos suficiente alimento para ambos.
Pareció comprender perfectamente aquello, y me dio a entender que creía que yo soportaba mucho más trabajo por causa suya del que antes tenía para mí solo; y que él trabajaría con más empeño para ayudarme si yo le decía lo que debía hacer.
Fue aquel el año más agradable de toda la vida que llevé en aquel lugar. Viernes empezó a hablar bastante bien y a entender el nombre de casi todo lo que yo necesitaba mencionar, así como de todos los lugares a los que lo enviaba; y hablaba muchísimo conmigo, de modo que, en resumen, comencé a encontrar nuevamente algún uso para mi lengua, la cual, en verdad, había tenido muy poca ocasión de emplear antes.
Además del placer de conversar con él, encontraba una satisfacción singular en su propia persona: su sencillez y sinceridad sin fingimiento se hacían más evidentes para mí cada día; y llegué verdaderamente a querer a la criatura. Por su parte, creo que él me amaba más de lo que jamás había amado nada en toda su vida.
En cierta ocasión tuve deseo de probar si sentía alguna inclinación por regresar a su propia tierra; y como ya le había enseñado suficiente inglés como para responder casi cualquier pregunta, le pregunté si la nación a la que pertenecía nunca vencía en la guerra. A esto sonrió y dijo:
—Sí, sí, nosotros siempre pelear mejor.
Es decir, quería decir que siempre salían victoriosos en combate. Así comenzó entre nosotros la siguiente conversación:
—Si ustedes siempre vencen, ¿cómo fue entonces que te tomaron prisionero, Viernes?
—Mi nación vencer mucho, aun así.
—¿Cómo vencer? Si tu nación los vencía, ¿cómo fue que te capturaron?
—Ellos más muchos que mi nación, en lugar donde yo estar; ellos tomar uno, dos, tres, y yo. Mi nación vencer mucho a ellos en otro lugar, donde yo no estar; allí mi nación tomar uno, dos, gran mil.
—Pero entonces, ¿por qué los tuyos no fueron a rescatarte de manos de tus enemigos?
—Ellos correr, uno, dos, tres, y yo, y hacer ir en canoa; mi nación no tener canoa entonces.
—Bien, Viernes, ¿y qué hace tu nación con los hombres que capturan? ¿También se los llevan y se los comen, como hicieron éstos?
—Sí, mi nación comer hombres también; comer todos.
—¿Y adónde los llevan?
—Ir otro lugar, donde ellos querer.
—¿Vienen hasta aquí?
—Sí, sí, venir aquí; venir otros lugares también.
—¿Has estado aquí con ellos?
—Sí, yo estar aquí.
Señaló la parte noroeste de la isla, que, al parecer, era el lado frecuentado por los suyos.
Por esto comprendí que mi Viernes había estado anteriormente entre los salvajes que acostumbraban desembarcar en la parte más alejada de la isla para aquellas mismas ceremonias antropófagas por las que él había sido traído ahora; y algún tiempo después, cuando reuní el valor suficiente para llevarlo a aquel lado de la isla —el mismo que ya he mencionado antes—, reconoció inmediatamente el lugar y me dijo que había estado allí una vez, cuando se comieron a veinte hombres, dos mujeres y un niño. No podía decir veinte en inglés, pero los contó colocando tantas piedras en fila y haciéndome señas para que las contara.
He relatado este pasaje porque introduce lo que sigue: después de esta conversación le pregunté qué tan lejos estaba nuestra isla de la costa, y si las canoas no se perdían a menudo. Me respondió que no había peligro, que nunca se perdían canoas; pero que, una vez un poco mar adentro, había una corriente y un viento que siempre iban en una dirección por la mañana y en otra distinta por la tarde.
Comprendí entonces que no hablaba más que de las corrientes de la marea, al subir y bajar; aunque más adelante entendí que aquello era ocasionado por el inmenso flujo y reflujo del gran río Orinoco, en cuya desembocadura o golfo, como descubrí después, se hallaba nuestra isla; y que la tierra que yo veía hacia el oeste y el noroeste era la gran isla de Trinidad, situada al norte de la boca del río.
Le hice a Viernes innumerables preguntas acerca del país, de sus habitantes, del mar, de la costa y de las naciones vecinas; y me respondió todo lo que sabía con la mayor franqueza imaginable. Le pregunté cómo se llamaban las distintas naciones de su pueblo, pero no pude obtener otro nombre que el de caribes; de donde deduje fácilmente que se trataba de los caribes que nuestros mapas sitúan en la región de América que se extiende desde la desembocadura del Orinoco hasta Guayana y más allá, hacia Santa Marta.
Me contó que mucho más allá de la luna —es decir, más allá del lugar donde se pone la luna, lo que debía ser al oeste de su tierra— vivían hombres blancos y barbados, como yo; y señaló mis grandes patillas, que ya he mencionado antes. También dijo que aquellos hombres habían matado "muchísimos hombres" —ésa fue su expresión—; y por todo ello comprendí que hablaba de los españoles, cuyas crueldades en América se habían difundido por toda aquella región y eran recordadas de padres a hijos por todas las naciones.
Le pregunté si podía decirme cómo podría yo salir de aquella isla y llegar hasta esos hombres blancos. Me respondió:
—Sí, sí, ir en dos canoa.
No pude entender lo que quería decir ni lograr que me lo explicara hasta que, con gran dificultad, descubrí que se refería a una embarcación grande, tan grande como dos canoas juntas.
Esta parte de la conversación de Viernes comenzó a agradarme mucho; y desde entonces alimenté algunas esperanzas de que, tarde o temprano, podría encontrar ocasión para escapar de aquel lugar, y de que este pobre salvaje podría ayudarme a conseguirlo.
Durante el largo tiempo que Viernes llevaba ya conmigo, y mientras aprendía a hablarme y a entenderme, no dejé de procurar sentar en su mente las bases del conocimiento religioso. En particular, una vez le pregunté quién lo había creado. La criatura no me entendió en absoluto y creyó que le preguntaba quién era su padre; pero abordé la cuestión de otro modo y le pregunté quién había hecho el mar, la tierra por donde caminábamos, las colinas y los bosques.
Me respondió:
—Un Benamuckee, vivir más allá de todo.
No sabía describir nada acerca de aquella gran persona, salvo que era muy vieja; "mucho más vieja", decía, "que el mar o la tierra, que la luna o las estrellas".
Entonces le pregunté: si aquel anciano había creado todas las cosas, ¿por qué no lo adoraban todas las cosas? Él adoptó una expresión muy seria y, con perfecta inocencia, respondió:
—Todas cosas decir O a él.
Le pregunté si las personas que morían en su país iban a algún lugar. Contestó:
—Sí; todos ir con Benamuckee.
Entonces le pregunté si también iban allí aquellos a quienes se comían. Respondió:
—Sí.
A partir de estas cosas comencé a instruirlo en el conocimiento del verdadero Dios. Le expliqué que el gran Creador de todas las cosas vivía allá arriba, señalando hacia el cielo; que gobernaba el mundo con el mismo poder y providencia con que lo había creado; que era omnipotente y podía hacerlo todo por nosotros, darnos todo y quitarnos todo. Y así, poco a poco, fui abriéndole los ojos.
Escuchaba con muchísima atención y recibía con agrado la idea de Jesucristo enviado para redimirnos, así como la manera de dirigir nuestras oraciones a Dios y el hecho de que Él podía oírnos incluso desde el cielo.
Un día me dijo que, si nuestro Dios podía escucharnos más allá del sol, debía ser un Dios más grande que su Benamuckee, quien vivía apenas un poco más lejos y, aun así, no podía oírlos hasta que ellos subían a las grandes montañas donde habitaba para hablarle.
Le pregunté si él había ido alguna vez allí para hablar con él. Respondió:
—No; jóvenes nunca ir. Sólo viejos ir.
A esos viejos los llamaba Oowokakee; es decir, según me hizo entender, sus religiosos o sacerdotes. Ellos subían para decir O —así llamaba él al acto de rezar— y luego regresaban y comunicaban al pueblo lo que Benamuckee había dicho.
Por esto observé que un clero movido por intereses propios existe incluso entre los paganos más ciegos e ignorantes del mundo; y que la política de hacer de la religión un misterio para conservar la veneración del pueblo hacia el clero no se encuentra solamente entre los romanos, sino quizá en todas las religiones del mundo, incluso entre los salvajes más brutales y bárbaros.
Intenté desenmascarar aquel engaño ante mi Viernes y le expliqué que aquello de que sus ancianos subieran a las montañas para decir O a su dios Benamuckee era una impostura; y aún más lo era volver diciendo lo que éste había respondido. Le dije que, si recibían alguna respuesta o hablaban con alguien allí, debía tratarse de un espíritu maligno.
Entonces entré en una larga conversación con él acerca del diablo: su origen, su rebelión contra Dios, su enemistad con el hombre y la razón de ella; cómo se había establecido en las regiones oscuras del mundo para ser adorado en lugar de Dios y como si fuera Dios; y las muchas estratagemas de las que se servía para engañar a la humanidad y conducirla a la ruina. Le expliqué cómo tenía acceso secreto a nuestras pasiones y afectos, y cómo adaptaba sus trampas a nuestras inclinaciones, de manera que nosotros mismos llegamos a convertirnos en nuestros propios tentadores y corremos hacia nuestra destrucción por elección propia.
Descubrí que no era tan fácil imprimir en su mente nociones correctas acerca del diablo como lo había sido acerca de la existencia de Dios. La naturaleza apoyaba todos mis argumentos para mostrarle la necesidad de una gran Primera Causa, de un Poder supremo que gobierna, de una Providencia secreta que dirige todas las cosas, así como la justicia y conveniencia de rendir homenaje a quien nos creó y cosas semejantes. Pero nada de esto aparecía en la idea de un espíritu maligno: su origen, su naturaleza y, sobre todo, su inclinación al mal y a inducirnos también a hacerlo.
Y la pobre criatura llegó una vez a desconcertarme de tal manera, mediante una pregunta completamente natural e inocente, que apenas supe qué responderle.
Yo había estado hablándole largamente del poder de Dios, de Su omnipotencia, de Su aversión al pecado y de cómo Él es fuego consumidor para los obradores de iniquidad; de cómo, habiéndonos creado a todos, podía destruirnos a nosotros y al mundo entero en un instante. Él me escuchó todo el tiempo con enorme seriedad.
Después de esto le expliqué cómo el diablo era enemigo de Dios en los corazones de los hombres y empleaba toda su malicia y habilidad para frustrar los buenos designios de la Providencia y arruinar el reino de Cristo en el mundo, y cosas semejantes.
—Bueno —dijo Viernes—, pero tú decir Dios muy fuerte, muy grande; ¿no ser Dios más fuerte, más poderoso que diablo?
—Sí, sí, Viernes —respondí—; Dios es más fuerte que el diablo. Dios está por encima del diablo y por eso rezamos a Dios para que lo aplaste bajo nuestros pies y nos dé fuerzas para resistir sus tentaciones y apagar sus dardos de fuego.
—Pero —dijo de nuevo— si Dios más fuerte, más poderoso que diablo malo, ¿por qué Dios no matar diablo y hacer que no haga más maldad?
Quedé extraordinariamente sorprendido ante esta pregunta; y, después de todo, aunque ya era un hombre viejo, no dejaba de ser un joven teólogo, poco preparado para resolver dificultades semejantes. Al principio no supe qué responderle; así que fingí no haberlo oído y le pregunté qué había dicho. Pero él estaba demasiado ansioso por obtener respuesta como para olvidar su pregunta, de modo que la repitió con las mismas palabras entrecortadas.
Para entonces ya me había repuesto un poco y le dije:
—Dios lo castigará severamente al final; está reservado para el juicio y será arrojado al abismo, donde morará entre fuego eterno.
Esto no satisfizo a Viernes. Volvió a insistir, repitiendo mis palabras:
—"Reservado al final"; yo no entender… ¿por qué no matar diablo ahora? ¿Por qué no matar hace mucho tiempo?
—Podrías preguntarme también —respondí— por qué Dios no nos mata a ti o a mí cuando hacemos cosas malas que lo ofenden. Somos conservados con vida para arrepentirnos y recibir perdón.
Meditó un rato sobre ello.
—Bueno, bueno —dijo al fin, con mucho sentimiento—, eso bien… entonces tú, yo, diablo, todos malos, todos guardar vivos para arrepentirnos, Dios perdonar todos.
Aquí volvió a dejarme completamente vencido; y aquello me sirvió de prueba de cómo las simples nociones de la naturaleza, aunque pueden conducir a criaturas razonables al conocimiento de un Dios y del culto que se debe al Ser Supremo como consecuencia natural de nuestra condición, no bastan para formar en el alma el conocimiento de Jesucristo y de la redención comprada para nosotros; de un Mediador del nuevo pacto y de un Intercesor ante el trono de Dios.
Nada, digo, excepto una revelación venida del Cielo, puede formar estas cosas en el alma; y por ello el evangelio de nuestro Señor y Salvador Jesucristo —es decir, la Palabra de Dios y el Espíritu de Dios prometido como guía y santificador de Su pueblo— son los instructores absolutamente necesarios para que las almas de los hombres alcancen el conocimiento salvador de Dios y de los medios de salvación.
Por tanto, desvié la conversación que mantenía con mi hombre, levantándome apresuradamente como si alguna súbita ocupación me llamara fuera; y, después de enviarlo a buscar algo bastante lejos, rogué seriamente a Dios que me concediese la capacidad de instruir para salvación a este pobre salvaje; que asistiera, por medio de Su Espíritu, al corazón de aquella pobre e ignorante criatura para recibir la luz del conocimiento de Dios en Cristo, reconciliándole consigo mismo; y que me guiase para hablarle de tal modo, conforme a la Palabra de Dios, que su conciencia fuese convencida, sus ojos abiertos y su alma salvada. Cuando volvió junto a mí, entablé con él una larga conversación acerca de la redención del hombre por medio del Salvador del mundo y de la doctrina del Evangelio predicado desde el cielo; esto es, del arrepentimiento para con Dios y de la fe en nuestro bendito Señor Jesús. Luego le expliqué, lo mejor que pude, por qué nuestro bendito Redentor no tomó para sí la naturaleza de los ángeles, sino la descendencia de Abraham; y cómo, por esa razón, los ángeles caídos no tuvieron parte en la redención; que Él vino solamente por las ovejas perdidas de la casa de Israel, y otras cosas semejantes.
Dios sabe que tenía más sinceridad que conocimiento en todos los métodos que empleé para instruir a esta pobre criatura; y debo reconocer —cosa que creo hallarán todos los que obren movidos por el mismo principio— que, al exponerle estas cuestiones, en realidad me instruía y enseñaba a mí mismo en muchas cosas que antes no conocía o no había considerado plenamente, pero que acudían de manera natural a mi entendimiento mientras las examinaba para informar a este pobre salvaje; y sentí más fervor en mi búsqueda de tales verdades en esta ocasión que en ningún otro momento de mi vida. De modo que, fuese o no este pobre y salvaje desdichado beneficiado por mí, yo tenía sobradas razones para agradecer que hubiese llegado a mi lado; mis penas se hicieron más ligeras; mi morada se volvió para mí confortable más allá de toda medida; y cuando reflexionaba que, en esta vida solitaria a la que había sido confinado, no sólo había sido movido a elevar yo mismo los ojos al cielo y a buscar la Mano que me había conducido hasta allí, sino que ahora también era hecho instrumento, bajo la Providencia, para salvar la vida —y quizá, por cuanto yo sabía, el alma— de un pobre salvaje, llevándolo al verdadero conocimiento de la religión y de la doctrina cristiana, para que pudiese conocer a Cristo Jesús, en quien está la vida eterna; digo que, cuando meditaba en todas estas cosas, una secreta alegría recorría cada parte de mi alma, y frecuentemente me regocijaba de haber sido traído a este lugar, que tantas veces había considerado la más terrible de todas las aflicciones que podían haberme sobrevenido.
Continué en este estado de agradecimiento durante todo el resto de mi estancia; y la conversación que ocupaba las horas entre Viernes y yo fue tal que hizo que los tres años que vivimos juntos allí fueran perfectamente y completamente felices, si es que algo semejante a la felicidad completa puede darse en este mundo sublunar. Aquel salvaje era ahora un buen cristiano, mucho mejor que yo; aunque tengo razones para esperar, y bendigo a Dios por ello, que ambos éramos igualmente penitentes y consolados, penitentes restaurados. Allí teníamos la Palabra de Dios para leer, y no estábamos más alejados de Su Espíritu para instruirnos que si hubiésemos estado en Inglaterra. Siempre procuraba, al leer las Escrituras, hacerle comprender, en la medida de mis posibilidades, el significado de lo que leía; y él, a su vez, mediante sus serias preguntas e indagaciones, me convirtió —como ya he dicho— en un mejor estudioso de las Escrituras de lo que jamás habría sido mediante mi sola lectura privada. Otra cosa que tampoco puedo dejar de observar aquí, a partir de la experiencia en esta retirada parte de mi vida, es cuán infinita e inexpresable bendición es que el conocimiento de Dios y de la doctrina de la salvación por Cristo Jesús estén expuestos tan claramente en la Palabra de Dios, y sean tan fáciles de recibir y comprender, que así como la simple lectura de las Escrituras me hizo capaz de entender lo suficiente de mi deber como para conducirme directamente a la gran obra del arrepentimiento sincero por mis pecados, y a aferrarme a un Salvador para vida y salvación, llegando a una reforma constante en mi conducta y a la obediencia a todos los mandamientos de Dios, y esto sin maestro ni instructor humano alguno; del mismo modo, esa misma instrucción sencilla bastó para iluminar a esta criatura salvaje y llevarla a ser un cristiano como pocos he conocido iguales en mi vida.
En cuanto a todas las disputas, altercados, contiendas y controversias que han tenido lugar en el mundo acerca de la religión —ya sea sobre sutilezas doctrinales o sobre formas de gobierno eclesiástico—, todas ellas nos eran completamente inútiles; y, por cuanto aún puedo ver, también lo han sido para el resto del mundo. Nosotros teníamos la guía segura hacia el cielo, a saber, la Palabra de Dios; y teníamos, bendito sea Dios, el consuelo de contemplar al Espíritu de Dios enseñándonos e instruyéndonos por medio de Su palabra, guiándonos a toda verdad y haciéndonos a ambos dispuestos y obedientes a la enseñanza de Su palabra. Y no puedo advertir el menor provecho que el mayor conocimiento de los puntos disputados de la religión —que tanta confusión han causado en el mundo— nos habría aportado, aun cuando hubiésemos podido alcanzarlo. Pero debo continuar con la parte histórica de los acontecimientos y tomar cada cosa en su debido orden.
Después de que Viernes y yo llegamos a conocernos más íntimamente, y de que él pudo comprender casi todo cuanto yo le decía y hablarme con bastante fluidez, aunque en un inglés entrecortado, le di a conocer mi propia historia, o al menos aquella parte relacionada con mi llegada a este lugar: cómo había vivido allí y cuánto tiempo llevaba en él. Le revelé el misterio —pues así lo era para él— de la pólvora y las balas, y le enseñé a disparar. Le di un cuchillo, del que quedó maravillosamente complacido; y le hice un cinturón con una presilla colgante, como las que en Inglaterra usamos para llevar el sable corto; y en la presilla, en lugar de un sable, le puse una pequeña hacha, que no sólo servía tan bien como arma en algunos casos, sino que además resultaba mucho más útil en otras ocasiones.
Le describí el país de Europa, particularmente Inglaterra, de donde yo provenía; cómo vivíamos, cómo adorábamos a Dios, cómo nos comportábamos unos con otros y cómo comerciábamos en barcos hacia todas las partes del mundo. Le di cuenta del naufragio en el que yo había estado embarcado y le mostré, tan aproximadamente como pude, el lugar donde yacía el barco; aunque para entonces estaba completamente destrozado y desaparecido. Le enseñé también los restos de nuestra embarcación, la que perdimos al escapar y que en aquel tiempo yo no había podido mover con todas mis fuerzas, pero que ahora estaba casi deshecha por completo. Al ver aquel bote, Viernes permaneció largo rato pensativo, sin decir palabra. Le pregunté qué era aquello que tanto meditaba. Finalmente dijo:
—Yo ver bote así venir al lugar de mi nación.
Durante un buen rato no comprendí lo que quería decir; pero al fin, examinando con más detenimiento sus palabras, entendí que una embarcación semejante había llegado a la costa del país donde vivía: es decir, como luego me explicó, había sido arrojada allí por una tormenta. Imaginé de inmediato que algún barco europeo debía de haber naufragado en aquellas costas y que el bote se habría soltado y derivado hasta tierra; pero fui tan torpe que jamás pensé en hombres escapando de un naufragio y llegando allí, y mucho menos de dónde podrían haber venido; así que me limité a pedirle una descripción del bote.
Viernes me describió la embarcación bastante bien; pero me hizo comprenderle mucho mejor cuando añadió, con cierta vehemencia:
—Nosotros salvar hombres blancos del ahogarse.
Entonces le pregunté inmediatamente si había hombres blancos —como él los llamaba— en aquella embarcación.
—Sí —dijo—; el bote lleno de hombres blancos.
Le pregunté cuántos eran. Los contó con los dedos y me dijo que diecisiete. Entonces le pregunté qué había sido de ellos.
Me respondió:
—Ellos vivir, ellos morar con mi nación.
Esto dio origen a nuevos pensamientos en mi mente; pues inmediatamente imaginé que aquellos podían ser los hombres pertenecientes al barco que naufragó a la vista de mi isla —como ahora la llamaba—, y que, después de que la nave chocara contra la roca y vieran que estaba inevitablemente perdida, se habían salvado en su bote y habían desembarcado en aquella costa salvaje entre los salvajes. A raíz de esto le pregunté con mayor detenimiento qué había sido de ellos. Me aseguró que aún vivían allí; que llevaban cerca de cuatro años en aquel lugar; y que los salvajes los dejaban en paz y les daban víveres para subsistir. Le pregunté cómo era posible que no los hubiesen matado y devorado. Él respondió:
—No, ellos hacer hermano con ellos;
es decir, según entendí, habían hecho una tregua. Luego añadió:
—Ellos no comer hombres sino cuando hacer guerra pelear;
esto es, que jamás devoraban hombres salvo a aquellos que venían a combatir contra ellos y eran capturados en batalla.
Pasó bastante tiempo después de esto, cuando hallándonos en la cima de la colina situada al lado oriental de la isla —desde donde, como ya he dicho, había descubierto en días despejados el continente de América—, Viernes, estando el tiempo muy sereno, miró con gran atención hacia tierra firme; y, con una especie de arrebato, comenzó a saltar y bailar, llamándome a gritos, pues yo me hallaba a cierta distancia de él. Le pregunté qué ocurría.
—¡Oh, alegría! —dijo—. ¡Oh, contento! ¡Allí ver mi tierra, allí mi nación!
Observé en su rostro una extraordinaria expresión de placer; sus ojos brillaban y todo su semblante revelaba una extraña ansiedad, como si deseara volver cuanto antes a su propio país. Esta observación despertó en mí multitud de pensamientos, y al principio me hizo sentir menos tranquilo respecto a mi nuevo hombre Viernes de lo que había estado hasta entonces; pues no dudaba de que, si Viernes lograba regresar a su nación, no sólo olvidaría toda su religión, sino también toda obligación hacia mí, y estaría muy dispuesto a contar a sus compatriotas la historia de mi existencia y volver quizá con cien o doscientos de ellos para darse un festín conmigo, en el que acaso se mostraría tan alegre como solía hacerlo cuando devoraban a sus enemigos capturados en la guerra. Pero fui profundamente injusto con aquella pobre y honrada criatura, de lo cual me arrepentí mucho después. Sin embargo, mientras mis celos crecían y duraron varias semanas, me mostré más cauto y menos familiar y afectuoso con él que antes; en lo cual también obraba equivocadamente, pues aquella criatura honesta y agradecida no albergaba pensamiento alguno que no estuviese conforme con los mejores principios, tanto de un cristiano religioso como de un amigo fiel, como más tarde pude comprobar para mi plena satisfacción.
Mientras duró mi desconfianza, puede asegurarse que todos los días procuraba sonsacarle para descubrir si abrigaba alguno de los nuevos pensamientos que yo sospechaba; pero encontré que cuanto decía era tan honrado e inocente, que nada pude hallar que alimentase mis sospechas; y, pese a toda mi inquietud, terminó por conquistarme enteramente de nuevo. Ni siquiera advirtió que yo me sentía incómodo, por lo cual tampoco podía sospechar de él engaño alguno.
Un día, paseando por la misma colina, aunque el tiempo estaba brumoso sobre el mar y no podíamos divisar el continente, lo llamé y le dije:
—Viernes, ¿no deseas volver a tu tierra, a tu nación?
—Sí —respondió—; yo estar muy contento de volver a mi nación.
—¿Y qué harías allí? —pregunté—. ¿Volverías a ser salvaje otra vez, a comer carne humana y a comportarte como antes?
Me miró lleno de preocupación y, sacudiendo la cabeza, dijo:
—No, no; Viernes decirles vivir bien; decirles rezar a Dios; decirles comer pan de maíz, carne de ganado, leche; no comer hombre nunca más.
—Entonces —le dije—, te matarán.
Él adoptó un semblante serio ante aquello y luego respondió:
—No, no; ellos no matarme; ellos querer aprender con gusto.
Quería decir que estarían dispuestos a aprender. Añadió además que habían aprendido mucho de los hombres barbados que llegaron en el bote.
Entonces le pregunté si desearía volver con ellos. Sonrió ante la pregunta y me dijo que no podía nadar tan lejos. Le respondí que le construiría una canoa. Entonces me dijo que iría si yo iba con él.
—¿Yo ir? —exclamé—. ¿Por qué? ¡Me devorarían si fuese allí!
—No, no —dijo él—; yo hacer que ellos no comerle; yo hacer que ellos quererle mucho.
Con esto quería decir que les contaría cómo había matado a sus enemigos y salvado su vida, y así lograría que me amaran. Luego me relató, lo mejor que pudo, cuán bondadosamente habían tratado a los diecisiete hombres blancos, o hombres barbados —como los llamaba—, que habían llegado allí en desgracia.
Desde entonces, confieso que nació en mí el deseo de aventurarme hasta el continente y averiguar si podría unirme a aquellos hombres barbados, de quienes no dudaba que fueran españoles o portugueses; pues estaba convencido de que, si conseguíamos reunirnos, hallaríamos algún medio para escapar desde allí, encontrándonos ya en tierra firme y siendo un grupo considerable, mucho mejor de lo que yo podría hacerlo desde una isla situada a cuarenta millas de la costa, solo y sin ayuda alguna. Así pues, después de algunos días, llevé de nuevo a Viernes a trabajar y, a modo de conversación, le dije que le daría un bote para regresar a su nación; y, conforme a ello, lo conduje hasta mi fragata, que yacía en el otro lado de la isla, y después de vaciarla de agua —pues siempre la mantenía hundida para conservarla—, la saqué y se la mostré; y ambos entramos en ella. Descubrí entonces que era un hombre sumamente diestro manejándola, y conseguía hacerla avanzar casi el doble de rápido que yo.
Cuando estuvo dentro, le pregunté:
—Bien, Viernes, ¿iremos ahora a tu nación?
Se mostró muy desanimado ante mis palabras; y comprendí que era porque pensaba que el bote era demasiado pequeño para una travesía tan larga. Entonces le dije que tenía uno mayor; y al día siguiente lo conduje hasta el lugar donde yacía la primera embarcación que construí, aquella que nunca pude llevar al agua. Dijo que era suficientemente grande; pero como yo no había cuidado de ella y llevaba allí abandonada veintitrés años, el sol la había resquebrajado y secado hasta pudrirla. Viernes dijo que un bote semejante serviría perfectamente y podría llevar "mucho bastante comida, bebida, pan"; pues así era su manera de hablar.
Capítulo XVI: Rescate De Los Prisioneros De Los Caníbales
En definitiva, para entonces estaba tan resuelto en mi proyecto de cruzar con él al continente, que le dije que iríamos a fabricar una embarcación tan grande como aquella, y que él regresaría en ella a su tierra. No respondió ni una palabra, sino que adoptó un semblante muy serio y triste. Le pregunté qué le ocurría. Él me preguntó entonces:
—¿Por qué amo enojado con Viernes? ¿Qué hizo Viernes?
Le pregunté qué quería decir con aquello. Le aseguré que no estaba enfadado con él en absoluto.
—¿No enojado? —dijo, repitiendo varias veces las palabras—. ¿Por qué mandar a Viernes lejos, a su nación?
—Pues, Viernes —le respondí—, ¿acaso no dijiste que deseabas estar allí?
—Sí, sí —contestó él—, desear que ambos allí; no desear Viernes allí y amo no allí.
En pocas palabras, no quería siquiera pensar en ir allá sin mí.
—¿Que yo vaya allá, Viernes? —dije—. ¿Y qué haría yo allí?
Se volvió hacia mí con viveza.
—Usted hacer mucho bien —dijo—; usted enseñar hombres salvajes ser buenos, sobrios, hombres mansos; usted decirles conocer a Dios, rezar a Dios y vivir nueva vida.
—¡Ay, Viernes! —respondí—. No sabes lo que dices; yo mismo no soy más que un hombre ignorante.
—Sí, sí —replicó él—; usted enseñarme a ser bueno, usted enseñarles a ser bueno.
—No, no, Viernes —le dije—; tú irás sin mí. Déjame aquí vivir solo, como hacía antes.
Pareció confundirse de nuevo al oír aquellas palabras; y, corriendo hacia una de las hachas que acostumbraba llevar, la tomó apresuradamente y me la entregó.
—¿Qué debo hacer con esto? —le pregunté.
—Usted matar Viernes —dijo él.
—¿Y por qué habría de matarte?
Respondió con rapidez:
—¿Por qué mandar lejos a Viernes? Mejor matar Viernes, no mandar lejos a Viernes.
Lo dijo con tanta vehemencia que vi lágrimas asomar a sus ojos. En suma, advertí tan claramente el extremo de su afecto hacia mí y la firme resolución que tenía de no separarse jamás de mí, que desde entonces —y muchas veces después— le aseguré que nunca lo enviaría lejos mientras quisiera quedarse conmigo.
En definitiva, así como descubrí por todas sus palabras un afecto sincero y constante hacia mí, también comprendí que el fundamento de su deseo de volver a su país residía en el profundo apego que sentía por su gente y en la esperanza de que yo pudiera hacerles algún bien; cosa que, por mi parte, jamás había imaginado ni pensado emprender.
Sin embargo, continuaba muy inclinado a intentar mi fuga, fundando mis esperanzas en lo que había averiguado acerca de aquellos diecisiete hombres barbados. Así pues, sin más demora, me puse a trabajar con Viernes para encontrar un gran árbol adecuado que pudiéramos derribar y convertir en una gran periagua o canoa capaz de emprender el viaje.
Había en la isla árboles suficientes para construir toda una pequeña flota, no sólo de periaguas o canoas, sino incluso de buenos y grandes navíos; pero mi principal preocupación era hallar uno tan cerca del agua que pudiéramos botarlo fácilmente una vez terminado, evitando así el error que cometí la primera vez.
Por fin, Viernes eligió un árbol; pues descubrí que él conocía mucho mejor que yo qué clase de madera era la más apropiada. Hasta el día de hoy no sabría decir qué árbol era aquel que talamos, salvo que se parecía mucho al que llamamos fustete, o quizá a la madera de Nicaragua, pues tenía un color y un olor muy semejantes.
Viernes quería ahuecar el tronco quemándolo para convertirlo en embarcación; pero yo le mostré cómo trabajarlo con herramientas. Después de enseñarle a utilizarlas, lo hizo con gran destreza; y, tras cerca de un mes de duro trabajo, terminamos la canoa y quedó muy bien hecha, especialmente cuando, con nuestras hachas —cuyo manejo le enseñé—, tallamos y dimos forma al exterior hasta dejarlo como una verdadera embarcación.
Después de eso, aún nos costó cerca de quince días arrastrarla, por así decirlo, pulgada a pulgada y sobre grandes rodillos hasta el agua; pero una vez en ella, habría podido transportar veinte hombres con gran facilidad.
Ya flotando, aunque era tan grande, me asombró ver con qué destreza y rapidez mi Viernes sabía manejarla, girarla y remar en ella.
Le pregunté entonces si se atrevería a cruzar el mar en aquella embarcación.
—Sí —respondió—; nosotros cruzar muy bien, aunque soplar viento fuerte.
Sin embargo, yo tenía además otro propósito del que él nada sabía: fabricar un mástil y una vela, y equiparla con ancla y cable.
En cuanto al mástil, fue fácil conseguirlo. Elegí un joven cedro recto que hallé cerca del lugar y del que abundaban muchos en la isla; y puse a Viernes a derribarlo, indicándole cómo debía cortarlo y darle forma.
Pero la vela quedó enteramente a mi cuidado. Sabía que aún conservaba velas viejas, o más bien pedazos de velas; aunque, después de tenerlas conmigo durante veintiséis años y no haberlas conservado con demasiado cuidado —pues jamás imaginé que volvería a necesitarlas para algo semejante—, no dudaba de que estarían podridas; y, en efecto, la mayoría lo estaban.
No obstante, encontré dos piezas que parecían todavía aprovechables, y con ellas me puse a trabajar. Con muchísimo esfuerzo y una costura muy torpe, como es natural por falta de agujas, terminé confeccionando una especie de vela triangular bastante fea, semejante a lo que en Inglaterra llamamos vela guaira, con una botavara abajo y un pequeño botalón arriba, como las que suelen usar los botes largos de nuestros barcos y las que yo sabía manejar mejor, pues era similar a la del bote en el que escapé de Berbería, según relaté en la primera parte de mi historia.
Me llevó casi dos meses completar este último trabajo, es decir, aparejar y ajustar los mástiles y las velas; pues las terminé de manera bastante completa, añadiéndoles un pequeño estay y una vela de proa para ayudarnos si debíamos navegar contra el viento. Y, sobre todo, fabriqué un timón en la popa para gobernarla.
Yo era un carpintero naval muy torpe; pero, comprendiendo la utilidad e incluso la necesidad de semejante cosa, me dediqué con tal empeño que finalmente logré construirlo, aunque, considerando todos los intentos fallidos y artificios inútiles que hice antes, creo que me costó casi tanto trabajo como fabricar la propia embarcación.
Cuando todo estuvo terminado, hice que mi Viernes aprendiera lo referente a la navegación de mi bote; pues, aunque sabía remar una canoa perfectamente, ignoraba por completo el uso de las velas y del timón. Y fue extraordinario ver cuánto se maravillaba al observarme maniobrar la embarcación en el mar mediante el timón y cómo la vela cambiaba de lado y se hinchaba de un modo u otro según el rumbo que seguíamos.
Digo que, al contemplar aquello, permanecía como un hombre atónito y maravillado. Sin embargo, con un poco de práctica logré familiarizarlo con todo ello, y terminó convirtiéndose en un marinero experto, excepto en lo relativo a la brújula, de la cual apenas pude hacerle comprender algo.
Por otra parte, como en aquellas regiones había muy pocos días nublados y rara vez o nunca se formaban nieblas, la brújula resultaba menos necesaria, pues las estrellas se veían siempre durante la noche y la costa durante el día, salvo en la estación lluviosa, cuando nadie deseaba aventurarse ni por tierra ni por mar.
Había entrado ya en el vigesimoséptimo año de mi cautiverio en aquel lugar; aunque los tres últimos años, durante los cuales tuve conmigo a esta criatura, deberían casi excluirse del cómputo, pues mi vida había cambiado por completo respecto a todo el tiempo anterior.
Celebré el aniversario de mi llegada con el mismo agradecimiento a Dios por Sus misericordias que al principio; y si entonces tenía motivos para agradecerle, mucho mayores eran ahora, pues había recibido nuevas pruebas del cuidado de la Providencia sobre mí y alimentaba grandes esperanzas de ser pronto y eficazmente liberado. En efecto, tenía una convicción invencible de que mi liberación estaba cercana y de que no pasaría otro año en aquel lugar.
Continué, sin embargo, con mis labores habituales: cavando, sembrando y cercando como de costumbre. Recogí y sequé mis uvas, e hice todas las demás tareas necesarias igual que antes.
Entretanto llegó la estación lluviosa, durante la cual permanecíamos más tiempo bajo techo que en otras épocas. Habíamos guardado nuestra nueva embarcación tan segura como pudimos, llevándola al arroyo donde, como dije al principio, desembarcaba mis balsas desde el barco; y arrastrándola hasta la orilla en la marea alta, hice que mi Viernes excavara un pequeño dique, apenas lo bastante grande para contenerla y lo bastante profundo para darle agua suficiente para flotar.
Después, cuando bajó la marea, levantamos un fuerte terraplén en la entrada para impedir el paso del agua; así quedó seca respecto a las mareas del mar. Y para protegerla de la lluvia colocamos tantas ramas de árboles encima, tan espesas, que quedó cubierta casi como una casa con techo de paja.
Así aguardamos los meses de noviembre y diciembre, en los cuales tenía planeado emprender mi aventura.
Cuando comenzó a establecerse la estación seca, y con el buen tiempo volvió también el pensamiento de mi proyecto, me dediqué diariamente a preparar el viaje. Lo primero que hice fue apartar cierta cantidad de provisiones como reserva para nuestra travesía; y tenía la intención de abrir el dique y botar nuestra embarcación al agua en el plazo de una o dos semanas.
Una mañana estaba ocupado en algo relacionado con ello cuando llamé a Viernes y le ordené que fuese a la orilla del mar para ver si podía encontrar una tortuga marina o terrestre, cosa que solíamos conseguir una vez por semana, tanto por los huevos como por la carne. Viernes no había tardado mucho en marcharse cuando regresó corriendo y saltó por encima de mi muro exterior o empalizada como si apenas tocara el suelo con los pies; y antes de que tuviera tiempo de hablarme, exclamó:
—¡Oh, amo! ¡Oh, amo! ¡Oh, tristeza! ¡Oh, malo!
—¿Qué ocurre, Viernes? —pregunté.
—¡Oh, allá! —dijo él—. ¡Una, dos, tres canoas; una, dos, tres!
Por aquella manera de hablar concluí que eran seis; pero, al preguntarle mejor, descubrí que sólo eran tres.
—Bien, Viernes —le dije—, no tengas miedo.
Así traté de animarlo cuanto pude. Sin embargo, vi que el pobre muchacho estaba terriblemente aterrorizado; pues no podía pensar sino que habían venido a buscarlo y que lo despedazarían para comérselo. Temblaba de tal modo que apenas sabía qué hacer con él.
Lo consolé lo mejor que pude y le dije que yo corría tanto peligro como él, y que me comerían a mí igual que a él.
—Pero —añadí—, Viernes, debemos decidirnos a luchar contra ellos. ¿Puedes pelear, Viernes?
—Yo disparar —dijo él—; pero venir muchos, gran número.
—Eso no importa —respondí—; nuestras armas asustarán a aquellos que no matemos.
Entonces le pregunté si, en caso de que resolviera defenderlo, él me defendería a mí, permanecería a mi lado y haría exactamente lo que yo le ordenase.
—Yo morir cuando amo decir morir —contestó.
Fui entonces a buscar una buena dosis de ron y se la di; pues había administrado tan cuidadosamente mis reservas que todavía me quedaba bastante. Después de beberlo, hice que tomara las dos escopetas de caza que acostumbrábamos llevar, y las cargué con gruesos perdigones de cisne, tan grandes como pequeñas balas de pistola.
Luego tomé cuatro mosquetes y los cargué con dos balas gruesas y cinco balines cada uno; y mis dos pistolas las cargué con un par de balas cada una. Colgué mi gran espada, desnuda como de costumbre, junto a mi costado, y entregué a Viernes su hacha.
Una vez preparado de este modo, tomé mi catalejo y subí a la ladera de la colina para descubrir cuanto pudiera. Pronto observé por medio del cristal que había veintiún salvajes, tres prisioneros y tres canoas; y que todo su propósito parecía ser celebrar un banquete triunfal con aquellos tres cuerpos humanos. ¡Festín verdaderamente bárbaro! Aunque no era más de lo que ya había observado que acostumbraban hacer.
Noté también que habían desembarcado, no donde lo hicieron cuando Viernes escapó, sino más cerca de mi arroyo, donde la costa era baja y un espeso bosque descendía casi hasta el mar.
Esto, unido al horror que me producía la inhumana misión de aquellos miserables, me llenó de tal indignación que descendí de nuevo hasta Viernes y le dije que estaba resuelto a bajar y matarlos a todos; preguntándole si me apoyaría.
Para entonces ya había superado en parte el miedo, y como el ron le había levantado algo el ánimo, se mostró muy animoso y volvió a decirme que moriría cuando yo le ordenara morir.
En aquel arrebato de furia repartí entre ambos las armas que había cargado. Di a Viernes una pistola para que la llevase en el cinturón y tres armas de fuego sobre el hombro; yo tomé otra pistola y las otras tres armas. Así equipados, emprendimos la marcha.
Metí en el bolsillo una pequeña botella de ron y entregué a Viernes una gran bolsa con pólvora y balas. En cuanto a las órdenes, le mandé que permaneciera muy cerca detrás de mí y que no se moviese, disparase ni hiciera nada hasta que yo se lo ordenara; y, mientras tanto, que no pronunciase una sola palabra.
Con esta disposición di un rodeo hacia la derecha de casi una milla, tanto para cruzar el arroyo como para internarme en el bosque, de modo que pudiera acercarme a ellos hasta quedar a tiro antes de ser descubierto, cosa que, según había visto con el catalejo, resultaba fácil de conseguir.
Mientras hacía aquella marcha, volvieron a mi mente mis pensamientos anteriores y comencé a moderar mi resolución. No quiero decir con ello que sintiera temor por su número, pues siendo hombres desnudos y miserablemente armados, era evidente que yo les aventajaba, aun estando solo.
Pero empecé a preguntarme qué derecho, qué motivo o incluso qué necesidad tenía yo de mancharme las manos de sangre atacando a personas que ni me habían hecho daño ni pensaban hacérmelo; personas que, respecto a mí, eran inocentes y cuyas costumbres bárbaras no eran sino su propia desgracia, siendo una señal de que Dios había abandonado a aquellas naciones de esa parte del mundo a semejante brutalidad e inhumanidad; pero eso no me autorizaba a erigirme en juez de sus actos, y mucho menos en ejecutor de la justicia divina.
Cuando Dios considerase oportuno, Él mismo tomaría la causa en Sus manos y castigaría a aquellas gentes mediante una venganza nacional por sus crímenes nacionales; pero, mientras tanto, aquello no era asunto mío.
Era cierto que Viernes podía justificadamente atacarlos, pues era enemigo declarado de aquellos hombres y se hallaba en estado de guerra con ellos; pero no podía decir lo mismo respecto de mí.
Todas estas reflexiones se impusieron con tal fuerza en mi ánimo durante el camino, que resolví únicamente acercarme lo suficiente para observar su bárbaro festín, y actuar después según Dios me guiara; pero que, salvo que surgiese algo que constituyera un llamamiento más claro del que hasta entonces tenía, no me entrometería.
Con esta resolución penetré en el bosque y, con toda la cautela y silencio posibles, avanzamos —Viernes siguiéndome pegado a los talones— hasta llegar al borde del bosque más próximo a ellos, quedando solamente una esquina de la arboleda entre nosotros y los salvajes.
Allí llamé suavemente a Viernes y, señalándole un gran árbol situado justo en aquel ángulo del bosque, le ordené que fuese hasta él y me dijera si desde allí podía ver claramente lo que hacían.
Así lo hizo y regresó inmediatamente para decirme que podían verse perfectamente; que todos estaban alrededor del fuego, comiendo la carne de uno de sus prisioneros, mientras otro yacía atado sobre la arena, un poco apartado de ellos, y que lo matarían después.
Aquello inflamó mi alma entera.
Me dijo además que aquel hombre no pertenecía a su nación, sino que era uno de los hombres barbados de los que me había hablado, aquellos que habían llegado a su tierra en la embarcación.
Me llené de horror al oír mencionar al hombre blanco y barbado; y acercándome al árbol, pude distinguir claramente con mi catalejo a un hombre blanco tendido sobre la playa, con las manos y los pies atados con juncos o algo semejante, y comprendí que era europeo, pues llevaba ropa.
Había otro árbol y un pequeño matorral más allá, unos cincuenta pasos más cerca de ellos que el lugar donde me encontraba; y, rodeando un poco el terreno, vi que podía llegar hasta allí sin ser descubierto y quedar entonces a media distancia de tiro.
Contuve, pues, mi pasión, aunque en realidad estaba indignado en extremo; y retrocediendo unos veinte pasos, avancé detrás de unos arbustos que se extendían hasta el otro árbol. Desde allí llegué a una pequeña elevación del terreno que me ofrecía una vista completa de ellos a unas ochenta yardas de distancia.
Ya no tenía un instante que perder; pues diecinueve de aquellos horribles salvajes estaban sentados en el suelo, todos apiñados unos junto a otros, y acababan de enviar a los otros dos a degollar al pobre cristiano y llevar quizá sus miembros, uno a uno, hasta el fuego; y en ese momento se inclinaban para desatar las ligaduras de sus pies.
Me volví hacia Viernes.
—Ahora, Viernes —le dije—, haz exactamente lo que yo haga.
Viernes respondió que sí.
—Entonces, Viernes —continué—, haz precisamente lo que me veas hacer; no falles en nada.
Dejé en el suelo uno de los mosquetes y la escopeta, y Viernes hizo lo mismo con las suyas. Luego apunté con el otro mosquete hacia los salvajes, ordenándole que hiciera igual. Después le pregunté si estaba preparado.
—Sí —respondió.
—Entonces dispara —dije; y al mismo tiempo disparé yo también.
Viernes apuntó mucho mejor que yo; pues del lado al que él disparó mató a dos e hirió a otros tres; mientras que yo maté a uno e herí a dos más.
Como es de imaginar, quedaron sumidos en una espantosa confusión. Todos los que no estaban heridos se pusieron de pie de un salto, sin saber hacia dónde correr ni hacia dónde mirar, pues ignoraban de dónde procedía su destrucción.
Viernes mantenía los ojos fijos en mí para observar cuanto hacía, tal como le había ordenado; de modo que apenas realizado el primer disparo, arrojé el arma al suelo y tomé la escopeta, y Viernes hizo lo mismo. Me vio montar el arma y apuntar, y él repitió exactamente mis movimientos.
—¿Estás listo, Viernes? —pregunté.
—Sí —contestó.
—¡Entonces fuego, en nombre de Dios! —grité.
Y con eso disparé de nuevo contra aquellos miserables atónitos, mientras Viernes hacía lo mismo.
Como nuestras armas estaban cargadas con lo que llamo perdigones de cisne o pequeñas balas de pistola, sólo vimos caer a dos hombres; pero tantos quedaron heridos que corrían de un lado a otro lanzando alaridos y gritos como criaturas enloquecidas, todos ensangrentados y la mayoría miserablemente heridos; de ellos, otros tres cayeron poco después, aunque todavía no estaban muertos.
—Ahora, Viernes —dije, dejando las armas descargadas y tomando el mosquete que aún estaba cargado—, sígueme.
Él lo hizo con gran valentía; y entonces salí precipitadamente del bosque y me mostré a la vista, con Viernes pegado a mis talones. Apenas advertí que me habían visto, grité con todas mis fuerzas y ordené a Viernes que hiciera lo mismo; y corriendo tan rápido como pude —lo cual, dicho sea de paso, no era mucho, cargado de armas como iba— me dirigí directamente hacia la pobre víctima, que, como he dicho, yacía sobre la playa, entre el lugar donde ellos estaban sentados y el mar. Los dos verdugos que estaban a punto de comenzar con él lo habían abandonado al oír nuestra primera descarga y habían huido aterrorizados hacia la orilla, saltando dentro de una canoa; y otros tres hicieron lo mismo. Me volví hacia Viernes y le ordené adelantarse y dispararles; él me comprendió al instante y, corriendo unos cuarenta pasos para acercarse más, abrió fuego contra ellos. Creí que los había matado a todos, pues vi que caían amontonados dentro de la embarcación; aunque dos de ellos se levantaron poco después. Sin embargo, mató a dos e hirió al tercero, que quedó tendido en el fondo de la canoa como si estuviera muerto.
Mientras mi Viernes disparaba contra ellos, saqué mi cuchillo y corté las ligaduras que sujetaban al pobre prisionero; y desatándole las manos y los pies, lo levanté y le pregunté en lengua portuguesa quién era. Él respondió en latín: Christianus; pero estaba tan débil y desfallecido que apenas podía mantenerse en pie o hablar. Saqué mi botella del bolsillo y le hice señas para que bebiera, cosa que hizo; y le di también un pedazo de pan, que comió. Luego le pregunté de qué nación era, y respondió:
—Español.
Y cuando se hubo repuesto un poco, me dio a entender, con todas las señas posibles, cuánto me debía por haberlo librado.
—Señor —le dije, reuniendo todo el español que pude—, hablaremos después; ahora debemos pelear. Si os queda alguna fuerza, tomad esta pistola y esta espada, y defendedos.
Las tomó con gran agradecimiento; y apenas tuvo las armas en las manos, como si le hubieran infundido nuevas energías, se lanzó sobre sus verdugos como un furioso y en un instante derribó a dos de ellos. Pues, en verdad, todo había sido tan repentino para aquellos miserables, y estaban tan espantados por el estruendo de nuestras armas, que caían al suelo de puro terror y desconcierto, sin más capacidad de huir que la que sus propios cuerpos tenían para resistir nuestros disparos. Y eso mismo ocurrió con los cinco a quienes Viernes había disparado desde la canoa; porque así como tres cayeron heridos, los otros dos cayeron simplemente de miedo.
Yo conservaba todavía mi arma cargada sin disparar, queriendo reservarla, ya que había entregado mi pistola y mi espada al español; así que llamé a Viernes y le ordené correr hasta el árbol desde donde habíamos hecho el primer disparo y traer las armas descargadas que habíamos dejado allí. Él lo hizo con gran rapidez; y luego, entregándole mi mosquete, me senté a recargar todas las demás armas, diciéndoles que acudieran a mí cuando necesitaran más.
Mientras cargaba aquellas piezas, se produjo un combate feroz entre el español y uno de los salvajes, que lo atacó con una de sus grandes espadas de madera, la misma arma con la que iban a matarlo antes de que yo lo impidiera. El español, que era tan valiente y resuelto como puede imaginarse, aunque estaba débil, sostuvo la lucha bastante tiempo y logró abrirle dos grandes heridas en la cabeza; pero el salvaje, que era un hombre robusto y vigoroso, se le echó encima y logró derribarlo, aprovechando su debilidad, y estaba arrancándole mi espada de la mano cuando el español, aunque estaba debajo, soltó prudentemente la espada, sacó la pistola del cinturón y disparó al salvaje atravesándole el cuerpo, matándolo en el acto antes de que yo, que corría a socorrerlo, pudiera llegar hasta él.
Viernes, ya libre de actuar a su gusto, persiguió a los fugitivos sin más arma que su hacha; y con ella remató a los tres que, como he dicho antes, habían caído heridos al principio, así como a todos los demás que pudo alcanzar. El español vino entonces hacia mí pidiéndome un arma, y le entregué una de las escopetas de caza, con la que persiguió a dos de los salvajes e hirió a ambos; pero como no podía correr, lograron internarse en el bosque, donde Viernes siguió tras ellos y mató a uno, aunque el otro era demasiado ágil para él y, pese a estar herido, se arrojó al mar y nadó con todas sus fuerzas hasta reunirse con los dos que quedaban en la canoa. Así, aquellos tres de la canoa —junto con uno herido, del que no sabíamos si vivía o no— fueron los únicos de los veintiún salvajes que escaparon de nuestras manos.
La cuenta total fue la siguiente: tres muertos con nuestra primera descarga desde el árbol; dos muertos con la segunda; dos muertos por Viernes en la canoa; dos muertos por Viernes entre los primeros heridos; uno muerto por Viernes en el bosque; tres muertos por el español; cuatro encontrados muertos aquí y allá, a causa de las heridas o rematados por Viernes durante la persecución; y cuatro escapados en la canoa, uno de ellos herido, si no muerto: veintiuno en total.
Los que iban en la canoa remaron con todas sus fuerzas para salir del alcance de nuestras armas; y aunque Viernes les hizo dos o tres disparos, no advertí que alcanzara a ninguno. Viernes quería con insistencia que tomáramos una de las canoas y los persiguiéramos; y, en verdad, yo mismo estaba muy inquieto por haberlos dejado escapar, pues temía que llevaran la noticia a los suyos y regresaran quizá con doscientas o trescientas canoas para devorarnos simplemente por el peso de su número. Así que consentí en perseguirlos por mar; y corriendo hacia una de sus canoas, salté dentro y ordené a Viernes que me siguiera. Pero apenas entré en la embarcación descubrí con sorpresa a otra pobre criatura tendida allí, atada de pies y manos, igual que el español, destinada al sacrificio y casi muerta de terror, sin saber qué ocurría; pues no había podido siquiera asomar la cabeza por encima del borde de la canoa, tan fuertemente estaba amarrado por el cuello y los tobillos, y llevaba tanto tiempo así que apenas le quedaba vida.
Corté de inmediato las correas trenzadas o juncos con que lo habían sujetado y traté de ayudarlo a levantarse; pero no podía ni sostenerse ni hablar, y gemía de la manera más lastimosa, creyendo todavía, al parecer, que solo lo habían desatado para matarlo. Cuando Viernes llegó junto a él, le ordené que le hablara y le anunciara que estaba libre; y sacando mi botella, le hice darle un trago al pobre desgraciado, lo cual, junto con la noticia de su liberación, le devolvió un poco de vida, de manera que pudo incorporarse en la canoa. Pero cuando Viernes lo oyó hablar y le vio el rostro, habría conmovido a cualquiera hasta las lágrimas contemplar cómo lo besaba, lo abrazaba, lo estrechaba contra sí, lloraba, reía, gritaba de alegría, saltaba, danzaba y cantaba; luego volvía a llorar, se retorcía las manos, se golpeaba el rostro y la cabeza, y enseguida otra vez cantaba y brincaba como un hombre fuera de sí. Pasó bastante tiempo antes de que pudiera lograr que me hablara o me explicara qué sucedía; pero cuando recobró un poco la calma, me dijo que aquel hombre era su padre.
No me es fácil expresar cuánto me conmovió ver el éxtasis y el afecto filial que agitaban a aquel pobre salvaje al reencontrar a su padre y verlo librado de la muerte; ni puedo describir siquiera la mitad de las demostraciones de cariño que siguieron después. Entraba y salía de la canoa continuamente; y cuando estaba junto a él, se sentaba a su lado, abría su pecho y sostenía la cabeza de su padre apretada contra él durante largos minutos para reconfortarlo; luego tomaba sus brazos y tobillos, entumecidos y rígidos por las ataduras, y los frotaba y masajeaba con las manos. Yo, comprendiendo la situación, le di un poco de ron de mi botella para que lo usara al frotarlos, lo cual les hizo mucho bien.
Este asunto puso fin a nuestra persecución de la canoa con los otros salvajes, que ya casi habían desaparecido de nuestra vista; y fue una suerte para nosotros no haber continuado, pues menos de dos horas después comenzó a soplar un viento tan fuerte —y antes de que hubieran recorrido siquiera una cuarta parte del trayecto— que continuó toda la noche, además procedente del noroeste, es decir, justamente en contra de ellos; de modo que no pude imaginar que su canoa hubiese sobrevivido ni que lograran alcanzar su costa.
Pero volviendo a Viernes: estaba tan ocupado con su padre que no tuve corazón para apartarlo de él durante un buen rato; aunque después, cuando pensé que ya podía dejarlo un momento, lo llamé y vino hacia mí brincando, riendo y rebosando de alegría. Entonces le pregunté si le había dado pan a su padre. Sacudió la cabeza y dijo:
—No; perro feo comer todo él solo.
Entonces saqué una torta de pan de una pequeña bolsa que llevaba conmigo precisamente para eso y se la di; también le ofrecí un trago para él, pero no quiso probarlo y se lo llevó a su padre. Llevaba además en el bolsillo dos o tres racimos de pasas, así que le di un puñado para su padre. Apenas le hubo entregado las pasas, lo vi salir de la canoa y echar a correr como si estuviera embrujado; jamás vi hombre más veloz sobre sus pies. Corrió con tal rapidez que desapareció de mi vista en un instante; y aunque lo llamé y grité tras él, fue inútil: se había marchado. Sin embargo, al cabo de un cuarto de hora lo vi regresar, aunque no tan velozmente como había ido; y al acercarse advertí que reducía el paso porque traía algo en la mano.
Cuando llegó hasta mí descubrí que había corrido hasta nuestra morada para traer una jarra o vasija de barro con agua fresca para su padre, y además dos tortas o panes más. El pan me lo entregó a mí, pero el agua la llevó directamente a su padre; aunque como yo también estaba muy sediento, bebí un poco. Aquella agua reanimó más al anciano que todo el ron y los licores que le había dado antes, pues estaba desfalleciendo de sed.
Cuando su padre hubo bebido, lo llamé para saber si quedaba algo de agua. Dijo que sí; y le ordené que se la diera al pobre español, que la necesitaba tanto como su padre; y le envié también una de las tortas de pan que Viernes había traído, pues el español estaba realmente muy débil y descansaba sobre un lugar cubierto de hierba, bajo la sombra de un árbol; además, sus miembros estaban rígidos y muy hinchados por las crueles ligaduras con que había sido atado. Cuando vi que, al llegar Viernes con el agua, el hombre se incorporó, bebió, tomó el pan y comenzó a comer, me acerqué a él y le di un puñado de pasas. Él alzó la vista hacia mí con todas las muestras de gratitud y agradecimiento que podían reflejarse en un rostro; pero estaba tan débil, pese al esfuerzo que había hecho en la pelea, que no podía sostenerse en pie. Intentó levantarse dos o tres veces, pero realmente no podía, pues los tobillos estaban tan hinchados y doloridos que apenas los soportaba; así que le pedí que permaneciera sentado y ordené a Viernes que le frotara los tobillos y los bañara con ron, tal como había hecho con los de su padre.
Observé que la pobre y afectuosa criatura, cada dos minutos, o quizá menos, mientras permanecía allí, volvía la cabeza para comprobar si su padre seguía en el mismo sitio y en la misma postura en que lo había dejado sentado; y finalmente descubrió que ya no se le veía. Entonces se levantó de un salto y, sin decir una palabra, corrió hacia él con tal velocidad que apenas podía percibirse que sus pies tocaran el suelo; pero al llegar encontró únicamente que se había tendido para aliviar sus miembros doloridos, de modo que Viernes regresó enseguida junto a mí. Entonces hablé con el español y le dije que permitiera a Viernes ayudarlo a levantarse, si podía, y conducirlo hasta la embarcación, pues después lo llevaríamos a nuestra morada, donde yo cuidaría de él. Pero Viernes, que era un hombre robusto y fuerte, cargó al español sobre sus espaldas, lo llevó hasta la canoa y lo depositó suavemente sobre el borde de la misma, con los pies hacia el interior; luego, levantándolo del todo, lo acomodó junto a su padre. Acto seguido volvió a saltar fuera, empujó la embarcación al agua y la hizo avanzar remando por la orilla más rápido de lo que yo podía caminar, aunque soplaba un viento bastante fuerte; así los llevó a ambos sanos y salvos hasta nuestro arroyo, y, dejándolos allí en la canoa, salió corriendo para traer la otra.
Al pasar junto a mí le hablé y le pregunté adónde iba. Me respondió:
—Ir por otra canoa.
Y partió como el viento; en verdad, jamás vi hombre ni caballo correr como él. Había llevado la otra canoa al arroyo casi tan pronto como yo llegué por tierra; luego me hizo cruzar en ella y después fue a ayudar a nuestros nuevos huéspedes a salir de la embarcación. Pero ninguno de los dos podía caminar, de modo que el pobre Viernes no sabía qué hacer.
Para remediarlo, me puse a pensar y, llamando a Viernes para que les dijera que se sentaran en la orilla mientras venía hacia mí, improvisé rápidamente una especie de camilla sobre la cual acostarlos; y entre los dos los transportamos hasta arriba.
Pero cuando llegamos al exterior de nuestra muralla o fortificación, nos vimos en peor situación que antes, pues era imposible hacerlos pasar por encima, y yo estaba resuelto a no desmontarla. Así que volví a ponerme manos a la obra y, en unas dos horas, Viernes y yo construimos una tienda bastante cómoda, cubierta con viejas velas y, por encima de ellas, con ramas de árboles; estaba situada en el espacio comprendido entre nuestra cerca exterior y el bosquecillo de árboles jóvenes que yo había plantado. Allí les preparamos dos lechos con lo que tenía a mano, esto es, buena paja de arroz cubierta con mantas para acostarse y otras mantas para cubrirse.
Mi isla estaba ahora poblada, y me consideraba muy rico en súbditos; y a menudo me divertía reflexionando cuán semejante a un rey parecía. Ante todo, todo el país era de mi propiedad, de modo que tenía un derecho indiscutible de dominio. En segundo lugar, mis gentes estaban completamente sometidas: yo era señor absoluto y legislador; todos me debían la vida y estaban dispuestos a entregarla, si hubiera sido necesario, por mí. Resultaba notable, además, que solo tenía tres súbditos, y pertenecían a tres religiones diferentes: mi Viernes era protestante; su padre, pagano y caníbal; y el español, papista. Sin embargo, concedía libertad de conciencia en todos mis dominios. Pero esto es solo un inciso.
Tan pronto como aseguré a mis dos débiles prisioneros rescatados, y les proporcioné refugio y un lugar donde descansar, empecé a pensar en abastecerlos. Lo primero que hice fue ordenar a Viernes que sacara de mi rebaño particular una cabra joven, entre cabrito y adulta, para sacrificarla. Le corté el cuarto trasero y, troceándolo en pedazos pequeños, puse a Viernes a hervirlo y guisarlo; y preparé para ellos un plato excelente, os lo aseguro, de carne y caldo. Como cocinaba al aire libre, pues no encendía fuego dentro de mi muralla interior, llevé todo a la nueva tienda y, tras colocar allí una mesa para ellos, me senté a comer mi propia cena en su compañía y, en la medida de mis posibilidades, los animé y reconforté. Viernes actuaba como mi intérprete, especialmente con su padre y también con el español, pues este hablaba bastante bien la lengua de los salvajes.
Después de haber cenado —o más bien, tomado la cena tardía— ordené a Viernes que tomara una de las canoas y fuera a recoger nuestros mosquetes y demás armas de fuego, que habíamos dejado en el lugar de la batalla por falta de tiempo; y al día siguiente le ordené también que fuera a enterrar los cadáveres de los salvajes, que yacían expuestos al sol y pronto comenzarían a despedir mal olor. Asimismo le mandé sepultar los horribles restos de su bárbaro festín, tarea que yo no podía soportar hacer por mí mismo; más aún, no podía ni tolerar verlos si pasaba por aquel lugar. Todo lo cual cumplió puntualmente, borrando incluso cualquier rastro de que los salvajes hubieran estado allí; de manera que, cuando regresé después, apenas pude reconocer el sitio, salvo por la esquina del bosque que señalaba el lugar.
Entonces empecé a conversar un poco con mis dos nuevos súbditos; y, en primer lugar, pedí a Viernes que preguntara a su padre qué opinaba sobre la huida de los salvajes en aquella canoa, y si debíamos esperar que regresaran con una fuerza demasiado grande para que pudiéramos resistirla. Su primera opinión fue que los salvajes de la embarcación jamás podrían sobrevivir a la tormenta que se levantó aquella noche después de partir, sino que necesariamente habrían perecido ahogados o habrían sido arrastrados hacia el sur, a otras costas donde corrían tanto peligro de ser devorados como de morir en el mar si naufragaban; pero en cuanto a lo que harían si lograban llegar sanos y salvos a tierra, dijo no saberlo. Sin embargo, opinaba que habían quedado tan espantosamente aterrorizados por la manera en que fueron atacados, por el estruendo y el fuego, que probablemente dirían a los suyos que todos habían muerto por el trueno y el relámpago, y no por mano humana; y que los dos seres que habían aparecido —Viernes y yo— eran espíritus celestiales, o furias, descendidos del cielo para destruirlos, y no hombres armados. Aseguró saberlo porque los había oído gritarlo unos a otros en su lengua; pues les resultaba imposible concebir que un hombre pudiera lanzar fuego, hacer sonar truenos y matar a distancia sin siquiera alzar la mano, como acababa de ocurrir. Y aquel viejo salvaje tenía razón; pues más tarde supe, por otras vías, que los salvajes nunca volvieron a intentar acercarse a la isla: tan aterrorizados quedaron por los relatos de aquellos cuatro hombres —porque según supe sí sobrevivieron al mar— que creyeron que cualquiera que se acercara a aquella isla encantada sería destruido por el fuego de los dioses. Sin embargo, yo nada sabía de esto entonces; y por eso permanecí durante mucho tiempo en continua inquietud, manteniéndome siempre alerta con todo mi ejército; pues, siendo ahora cuatro, me habría atrevido a enfrentarme a un centenar de ellos en campo abierto en cualquier momento.
Capítulo XVII: Visita De Los Amotinados
Sin embargo, al cabo de algún tiempo, como no aparecieron más canoas, el temor de que regresaran fue desapareciendo; y comencé de nuevo a considerar mis antiguos proyectos de viajar al continente, tanto más cuanto que el padre de Viernes me aseguró que podía confiar en un buen recibimiento por parte de su nación si decidía ir. Pero mis pensamientos quedaron algo suspendidos cuando mantuve una conversación seria con el español y comprendí que había otros dieciséis hombres —españoles y portugueses— que, tras haber naufragado y logrado escapar hasta aquella costa, vivían allí en paz con los salvajes, ciertamente, pero padeciendo una extrema necesidad de provisiones y, en verdad, luchando por conservar la vida.
Le pregunté todos los detalles de su viaje y descubrí que pertenecían a un barco español que se dirigía desde el Río de la Plata hasta La Habana, con órdenes de dejar allí su cargamento —compuesto principalmente de cueros y plata— y traer de regreso cuantos productos europeos pudieran encontrar. Me contó que llevaban a bordo cinco marineros portugueses, recogidos de otro naufragio; que cinco de sus propios hombres se ahogaron cuando el barco se perdió por primera vez; y que los demás habían escapado tras infinitos peligros y penalidades, llegando casi muertos de hambre a aquella costa de caníbales, donde esperaban ser devorados en cualquier momento.
Me dijo que conservaban algunas armas, pero que eran completamente inútiles, pues no tenían ni pólvora ni balas; el agua del mar había echado a perder toda la pólvora salvo una pequeña cantidad, que emplearon al desembarcar para procurarse algo de alimento.
Le pregunté qué creía que sería de ellos allí, y si habían concebido algún plan para escapar. Respondió que habían celebrado muchas deliberaciones al respecto; pero que, al no poseer embarcación ni herramientas para construir una, ni provisiones de ningún tipo, todas sus discusiones terminaban siempre en lágrimas y desesperación.
Entonces le pregunté cómo creía que recibirían una propuesta mía encaminada a facilitar su huida; y si, en caso de hallarse todos aquí, no podría llevarse a cabo. Le confesé francamente que lo que más temía era su traición y el mal uso que pudieran hacer de mí si ponía mi vida en sus manos; pues la gratitud no es una virtud inherente a la naturaleza humana, y los hombres no siempre ajustan su conducta a las obligaciones recibidas, sino más bien a las ventajas que esperan obtener. Le dije que sería muy duro convertirme en el instrumento de su liberación para que después me hicieran prisionero en Nueva España, donde un inglés estaba destinado sin remedio a convertirse en víctima, cualquiera que hubiera sido la necesidad o accidente que lo hubiera llevado allí; y que prefería ser entregado a los salvajes y devorado vivo antes que caer en las despiadadas garras de los sacerdotes y ser conducido ante la Inquisición.
Añadí que, por otra parte, estaba convencido de que, si todos ellos se encontraran aquí, podríamos, con tantas manos trabajando juntas, construir una embarcación lo bastante grande para transportarnos a todos, ya fuera hacia el Brasil, al sur, o hacia las islas o la costa española, al norte; pero que si, en pago por ello, después de haber puesto armas en sus manos, me llevaban por la fuerza entre los suyos, podrían recompensar mi bondad con malos tratos y empeorar aún más mi situación.
Él me respondió con gran franqueza y sinceridad que su condición era tan miserable, y estaban tan profundamente conscientes de ello, que creía imposible que llegaran siquiera a concebir la idea de tratar injustamente a quien contribuyera a su salvación; y que, si yo lo deseaba, iría junto con el anciano salvaje a verlos, hablaría con ellos sobre el asunto y volvería después para traerme su respuesta. Añadió que impondría condiciones solemnes: que juraran obedecerme absolutamente como su comandante y capitán; que prestarían juramento sobre los santos sacramentos y el Evangelio de serme fieles, y de dirigirse únicamente al país cristiano que yo eligiera; y de obedecer por completo mis órdenes hasta desembarcar sanos y salvos en el lugar que yo determinase. Incluso aseguró que me traería un contrato firmado por todos ellos con ese propósito.
Luego me dijo que él mismo juraría primero no apartarse jamás de mi lado mientras viviera, hasta que yo se lo ordenara; y que derramaría la última gota de su sangre en mi defensa si entre sus compatriotas se producía la menor falta de fidelidad. Me aseguró que todos eran hombres honrados y civilizados, reducidos a la mayor miseria imaginable, sin armas, sin ropa y casi sin alimento, viviendo únicamente a merced de los salvajes y sin esperanza alguna de regresar jamás a su patria; y que estaba seguro de que, si yo emprendía su rescate, vivirían y morirían por mí.
Con estas garantías resolví aventurarme a socorrerlos, si ello era posible, y enviar al viejo salvaje y al español para tratar con ellos. Pero cuando ya teníamos todo preparado para la partida, el propio español presentó una objeción tan prudente por un lado y tan sincera por otro, que no pude menos que reconocer la sensatez de su razonamiento; y, siguiendo su consejo, aplazamos la liberación de sus compañeros por lo menos seis meses.
El caso era este: llevaba ya cerca de un mes con nosotros, durante el cual le había mostrado de qué manera, con ayuda de la Providencia, había asegurado mi subsistencia; y vio claramente las reservas de trigo y arroz que había acumulado. Aunque eran más que suficientes para mí solo, no bastaban, sin una rigurosa economía, para sostener a mi familia, ahora aumentada a cuatro personas; mucho menos serían suficientes si sus compatriotas —dieciséis, según él decía, todavía vivos— llegaban a reunirse con nosotros; y menos aún alcanzarían para aprovisionar nuestra embarcación, si construíamos una, para viajar hasta alguna colonia cristiana de América.
Por ello me dijo que consideraba más prudente que él y los otros dos se dedicaran primero a cavar y cultivar más tierra, sembrando toda la semilla que yo pudiera ahorrar, y esperar otra cosecha antes de traer a sus compañeros; de este modo tendríamos suficiente grano para alimentarlos cuando llegaran, pues la necesidad podría tentarlos a discordias o a creer que solo habían salido de una dificultad para caer en otra peor.
—Ya sabéis —dijo— que los hijos de Israel, aunque al principio se alegraron de ser liberados de Egipto, acabaron rebelándose incluso contra el mismo Dios que los había salvado, cuando les faltó pan en el desierto.
Su cautela era tan oportuna y su consejo tan acertado, que no pude sino sentirme muy complacido con su propuesta, del mismo modo que estaba satisfecho de su fidelidad; así que los cuatro nos pusimos a cavar, tan bien como nos permitían las herramientas de madera de que disponíamos. Al cabo de aproximadamente un mes —cuando llegó el tiempo de la siembra— habíamos limpiado y preparado suficiente terreno para sembrar veintidós bushels de cebada y dieciséis vasijas de arroz, que era, en resumen, toda la semilla que podíamos permitirnos emplear; de hecho, apenas nos quedó la suficiente para nuestro propio sustento durante los seis meses que debíamos esperar hasta la cosecha, contando desde el momento en que apartamos la semilla para sembrar; pues no debe suponerse que el grano permaneciera seis meses bajo tierra en aquel país.
Teniendo ahora compañía suficiente, y siendo nuestro número bastante grande para no temer a los salvajes, salvo que acudieran en cantidades enormes, recorríamos libremente toda la isla siempre que lo considerábamos necesario; y como la idea de nuestra fuga o liberación ocupaba constantemente nuestros pensamientos, me resultaba imposible apartar de mi mente los medios para lograrla.
Con ese propósito señalé varios árboles que consideré apropiados para nuestro trabajo y envié a Viernes y a su padre a talarlos; luego encargué al español, a quien había comunicado mis planes, que supervisara y dirigiera la labor. Les mostré con cuánto trabajo infatigable había convertido un enorme árbol en tablones individuales, e hice que procedieran del mismo modo, hasta fabricar cerca de una docena de grandes tablas de buen roble, de casi dos pies de ancho, treinta y cinco pies de largo y entre dos y cuatro pulgadas de grosor: cualquiera puede imaginar el prodigioso esfuerzo que aquello requirió.
Al mismo tiempo procuré aumentar cuanto pude mi pequeño rebaño de cabras domesticadas; y para ello enviaba un día a Viernes y al español, y al siguiente iba yo mismo con Viernes —pues nos turnábamos— y así conseguimos cerca de veinte cabritos jóvenes para criarlos junto al resto; porque siempre que matábamos a la madre, conservábamos las crías y las añadíamos al rebaño.
Pero, sobre todo, cuando llegó la estación de secar las uvas, hice colgar tal cantidad de ellas al sol que, estoy convencido, de haber estado en Alicante, donde se preparan las pasas al sol, habríamos podido llenar sesenta u ochenta barriles; y aquellas pasas, junto con nuestro pan, constituían gran parte de nuestra alimentación; y era, os lo aseguro, una comida excelente, pues son extraordinariamente nutritivas.
Ahora era tiempo de cosecha, y nuestra siembra se encontraba en muy buen estado. No había sido la más abundante que yo hubiera visto en la isla; pero, aun así, bastaba perfectamente para nuestros propósitos, pues de los veintidós bushels de cebada recogimos y trillamos más de doscientos veinte; y el arroz produjo en proporción semejante. Aquello constituía provisiones suficientes hasta la siguiente cosecha, incluso aunque los dieciséis españoles hubiesen estado conmigo en la isla; o, si hubiéramos estado listos para emprender el viaje, habría abastecido con gran abundancia nuestro barco para llevarnos a cualquier parte del mundo; es decir, a cualquier región de América.
Cuando hubimos almacenado y asegurado nuestro depósito de grano, nos pusimos a fabricar más cestería, es decir, grandes canastos en los que conservarlo; y el español era muy hábil y diestro en aquella labor, y a menudo me reprochaba que no hubiera hecho antes algunas defensas hechas con aquel tipo de entramado; pero yo no veía necesidad de ello.
Y ahora, teniendo ya abundantes provisiones para todos los huéspedes que esperaba, di permiso al español para cruzar al continente y ver qué podía hacer con los compañeros que había dejado allí. Le encargué estrictamente que no trajera consigo a ningún hombre que no jurase antes, en presencia suya y del viejo salvaje —el padre de Viernes—, que de ninguna manera dañaría, combatiría ni atacaría a la persona que encontraran en la isla, la cual había tenido la bondad de enviar por ellos para procurarles la salvación; sino que, por el contrario, lo apoyarían y defenderían contra cualquier intento semejante y que, dondequiera que fueran, permanecerían completamente sometidos y obedientes a sus órdenes. Y todo esto debía ponerse por escrito y firmado de su propia mano. Cómo pensaban hacerlo, cuando yo sabía perfectamente que no tenían ni pluma ni tinta, era una cuestión que ninguno de nosotros se molestó en considerar.
Con estas instrucciones, el español y el viejo salvaje, padre de Viernes, partieron en una de las canoas en las que podría decirse que habían llegado —o más bien habían sido traídos— cuando vinieron como prisioneros destinados a ser devorados por los salvajes. Di a cada uno un mosquete con su llave de chispa y unas ocho cargas de pólvora y munición, recomendándoles que economizaran ambas cosas cuidadosamente y no las usaran sino en casos de verdadera urgencia.
Aquello era para mí una ocupación alegre, pues eran las primeras medidas reales que tomaba en vista de mi liberación después de veintisiete años y algunos días. Les proporcioné provisiones de pan y uvas secas suficientes para ellos durante muchos días, y bastantes también para todos los españoles durante unos ocho días; y, deseándoles buen viaje, los vi alejarse, habiendo convenido antes una señal que deberían mostrar a su regreso para que yo pudiera reconocerlos desde lejos antes de que desembarcaran.
Partieron con un viento favorable el día de luna llena, según mi cuenta, en el mes de octubre; pero en cuanto al cálculo exacto de los días, una vez que lo perdí jamás pude recuperarlo del todo; ni siquiera había conservado con precisión el número de los años como para estar completamente seguro de acertar, aunque después, cuando revisé mis cuentas, descubrí que, en efecto, había llevado correctamente el cómputo de los años.
Habían pasado no menos de ocho días esperándolos cuando ocurrió un accidente extraño e inesperado, de una naturaleza quizá jamás oída en la historia.
Dormía profundamente una mañana en mi choza cuando mi Viernes entró corriendo y gritó en voz alta:
—¡Amo, amo! ¡Han venido, han venido!
Me levanté de un salto y, sin pensar en el peligro, apenas tuve tiempo de vestirme antes de atravesar mi pequeño bosque, que por entonces había crecido tanto que ya parecía una espesura. Digo que fui sin pensar en el peligro, pues salí sin armas, cosa que jamás acostumbraba hacer. Pero me sorprendí enormemente cuando, al volver los ojos hacia el mar, vi de inmediato una embarcación a cerca de legua y media de distancia, aproximándose a la costa con una vela triangular, de las que llaman vela guaira, y con un viento bastante favorable que la empujaba hacia tierra. Observé además que no venía del lado del continente, sino del extremo más meridional de la isla.
Al ver esto, hice volver a Viernes y le ordené que permaneciera oculto, pues aquellas no eran las personas que esperábamos y todavía no sabíamos si se trataba de amigos o enemigos.
Después fui a buscar mi catalejo para observarlos mejor; y habiendo retirado la escalera, subí a la cima de la colina, como solía hacer cuando sospechaba de algún peligro y deseaba tener una vista más clara sin ser descubierto.
Apenas había puesto el pie en lo alto cuando distinguí claramente un barco fondeado a unas dos leguas y media de distancia, al SSE., y no más allá de legua y media de la costa. Según mi observación, era claramente un barco inglés, y el bote parecía ser una lancha inglesa.
No puedo expresar la confusión en que me encontraba. La alegría de ver un barco —y uno que tenía razones para creer tripulado por compatriotas míos y, por consiguiente, amigos— era tan grande que no sabría describirla; pero, aun así, ciertas dudas secretas me asaltaban —no sé de dónde provenían— y me impulsaban a mantenerme alerta.
Lo primero que se me ocurrió fue preguntarme qué podía hacer un barco inglés en aquella parte del mundo, puesto que no era ruta hacia ninguna región donde los ingleses mantuvieran comercio; y sabía que no había habido tormentas capaces de arrastrarlo allí por accidente. Y si verdaderamente eran ingleses, lo más probable era que no hubieran venido con buenas intenciones; y que me convenía más continuar como estaba antes que caer en manos de ladrones y asesinos.
Que nadie desprecie las advertencias secretas y los avisos de peligro que a veces se nos conceden cuando creemos que no existe posibilidad alguna de amenaza real. Que tales avisos nos son dados, pocos de los que hayan observado atentamente las cosas podrán negarlo; que proceden de un mundo invisible y de cierta comunicación entre espíritus, tampoco podemos dudarlo; y si su tendencia parece ser advertirnos del peligro, ¿por qué no habríamos de suponer que provienen de algún agente benévolo —sea supremo o subordinado, no es esa la cuestión— y que nos son enviados para nuestro bien?
El presente caso me confirmó plenamente en la justicia de este razonamiento; pues, si aquella secreta advertencia —viniera de donde viniera— no me hubiera hecho prudente, habría estado inevitablemente perdido y en una situación mucho peor que la anterior, como pronto se verá.
No había permanecido mucho tiempo en aquella posición cuando vi el bote acercarse a la costa, como buscando una ensenada donde pudieran entrar cómodamente para desembarcar. Sin embargo, no avanzaron lo suficiente para descubrir el pequeño brazo de mar donde antiguamente desembarcaba mis balsas, sino que encallaron el bote en la playa, a cerca de media milla de mí; cosa muy afortunada para mí, pues de otro modo habrían desembarcado prácticamente a mi puerta y pronto me habrían expulsado de mi castillo, además de saquear cuanto poseía.
Cuando estuvieron en tierra quedé plenamente convencido de que eran ingleses, o al menos la mayoría; uno o dos me parecieron holandeses, aunque después resultó no ser así. Eran once hombres en total, de los cuales observé que tres estaban desarmados y, según me pareció, prisioneros. Cuando los primeros cuatro o cinco saltaron a tierra, sacaron del bote a aquellos tres cautivos.
Uno de ellos hacía los gestos más apasionados de súplica, aflicción y desesperación, hasta el punto de parecer casi fuera de sí; los otros dos levantaban a veces las manos y mostraban también gran preocupación, aunque no con la misma violencia que el primero.
Quedé completamente desconcertado ante aquella escena y no podía imaginar qué significaba.
Viernes me gritó en inglés, tan bien como pudo:
—¡Oh, amo! ¡Ver ingleses comer prisioneros igual que salvajes!
—¿Cómo, Viernes? —le dije—. ¿Crees que van a comérselos?
—Sí —respondió Viernes—, ellos comerlos.
—No, no, Viernes —contesté—; temo, ciertamente, que quieran asesinarlos, pero puedes estar seguro de que no se los comerán.
Durante todo ese tiempo yo no tenía aún idea de cuál era realmente el asunto, sino que permanecía temblando de horror ante el espectáculo, esperando a cada instante que aquellos tres prisioneros fueran asesinados. Más aún: en una ocasión vi a uno de aquellos villanos levantar el brazo con un enorme sable, como lo llaman los marineros, o espada, dispuesto a descargarlo sobre uno de los pobres hombres; y esperé verlo caer de un momento a otro, ante lo cual sentí que toda la sangre de mi cuerpo se helaba en mis venas.
Deseé entonces con toda el alma que el español y el salvaje que había partido con él estuvieran allí, o que yo tuviese alguna manera de acercarme sin ser descubierto y ponerme a tiro de aquellos hombres, para poder salvar a los tres cautivos; pues no veía que los demás tuviesen armas de fuego. Pero otra idea acudió entonces a mi mente.
Después de observar el trato brutal que aquellos insolentes marineros daban a los tres hombres, vi a los demás dispersarse por la isla, como si quisieran explorar el lugar. Observé también que los tres prisioneros tenían libertad para ir donde quisieran; pero se sentaron juntos en el suelo, profundamente abatidos, con el aspecto de hombres completamente desesperados.
Aquello me hizo recordar la primera vez que yo mismo llegué a aquella costa y empecé a mirar a mi alrededor; cómo me di por perdido, cómo observaba todo con angustia y confusión, qué terribles temores me asaltaban, y cómo pasé la noche subido a un árbol por miedo a ser devorado por las fieras.
Así como yo aquella noche nada sabía del auxilio que habría de recibir cuando las tormentas y la marea acercaron providencialmente el barco a tierra —gracias a lo cual fui alimentado y sostenido durante tantos años—, así también aquellos tres pobres hombres desamparados ignoraban cuán segura estaba ya su salvación, cuán cerca tenían el socorro y cuán verdaderamente se hallaban en condiciones de ponerse a salvo, precisamente en el momento en que se creían perdidos y sin esperanza.
Tan poco vemos delante de nosotros en este mundo, y con tanta razón debemos depender alegremente del gran Creador del universo, quien no abandona jamás por completo a Sus criaturas, sino que incluso en las peores circunstancias siempre les deja algo por lo que dar gracias; y muchas veces se encuentran más cerca de la liberación de lo que imaginan; más aún, son conducidos a ella precisamente por los medios que parecen llevarlos a su destrucción.
Era justamente la pleamar cuando aquellos hombres desembarcaron; y mientras vagaban observando qué clase de lugar era aquel, permanecieron allí descuidadamente hasta que la marea descendió y el agua retrocedió considerablemente, dejando el bote varado sobre la arena.
Habían dejado a dos hombres en la embarcación, quienes, según descubrí después, habían bebido demasiado aguardiente y se quedaron dormidos. Sin embargo, uno despertó un poco antes que el otro y, viendo que el bote estaba tan encallado que no podía moverlo, comenzó a gritar llamando a los demás, que andaban dispersos por la isla. Todos acudieron enseguida; pero estaba completamente fuera de sus fuerzas volver a echar el bote al agua, pues era muy pesado y la playa de aquel lado era una arena blanda y fangosa, casi como arenas movedizas.
En aquella situación, como auténticos marineros —que quizá sean los hombres menos inclinados a pensar en el porvenir— abandonaron el asunto y volvieron a dispersarse tranquilamente por la isla. Incluso oí a uno de ellos decir en voz alta a otro, apartándolo del bote:
—Déjala ahí, Jack, ¿quieres? Flotará con la próxima marea.
Aquello confirmó plenamente mi sospecha acerca de la nacionalidad de aquellos hombres.
Todo este tiempo permanecí oculto con el mayor cuidado, sin atreverme a salir de mi fortaleza más allá de mi puesto de observación cerca de la cima de la colina; y me alegraba enormemente pensar cuán bien fortificado estaba mi refugio.
Sabía que no faltaban menos de diez horas para que el bote volviera a flotar; y para entonces ya sería de noche, lo que me daría mayor libertad para observar sus movimientos y escuchar sus conversaciones, si las tenían.
Mientras tanto me preparé para el combate, como había hecho antes, aunque con más precaución, pues sabía que esta vez me enfrentaba a otra clase de enemigos distinta de la anterior.
Ordené también a Viernes —a quien ya había convertido en un excelente tirador— que se armara completamente. Yo tomé dos escopetas de caza y le entregué tres mosquetes. Mi aspecto, ciertamente, debía de ser bastante terrible: llevaba puesto mi formidable abrigo de piel de cabra, junto con el gran gorro que ya he mencionado; una espada desnuda colgaba de mi costado, dos pistolas iban en mi cinturón y una escopeta descansaba sobre cada hombro.
Mi intención, como dije antes, era no intentar nada hasta que anocheciera; pero hacia las dos de la tarde, siendo el momento de mayor calor, observé que todos se habían internado en el bosque y, según supuse, se habían echado a dormir.
Los tres pobres hombres, demasiado angustiados por su situación como para poder dormir, se habían sentado bajo la sombra de un gran árbol, aproximadamente a un cuarto de milla de mí y, según creía, fuera de la vista de los demás.
Entonces resolví darme a conocer y averiguar algo sobre su situación.
Avancé inmediatamente como ya he dicho, con mi Viernes siguiéndome a cierta distancia, tan bien armado como yo, aunque sin presentar un aspecto tan extraño y fantasmal como el mío.
Me acerqué a ellos cuanto pude sin ser descubierto y, antes de que alguno me viera, les grité en español:
—¿Quiénes sois, caballeros?
Se levantaron sobresaltados al oír mi voz; pero quedaron diez veces más confundidos cuando me vieron y contemplaron la extraña figura que yo ofrecía.
No respondieron palabra alguna; más bien me pareció que estaban a punto de huir de mí, cuando les hablé en inglés:
—Caballeros —dije—, no os asombréis de verme; quizá tengáis cerca un amigo cuando menos lo esperabais.
—Entonces debe de haber sido enviado directamente del cielo —me respondió uno de ellos con gran gravedad, quitándose al mismo tiempo el sombrero—; porque nuestra situación está ya más allá de toda ayuda humana.
—Toda ayuda viene del cielo, señor —respondí—; pero ¿podéis indicar a un extraño la manera de ayudaros? Porque parecéis hallaros en gran aflicción. Os vi cuando desembarcasteis; y cuando parecíais suplicar a los brutos que venían con vosotros, vi a uno de ellos levantar la espada para mataros.
El pobre hombre, con lágrimas corriendo por el rostro y temblando como alguien fuera de sí, respondió:
—¿Estoy hablando con Dios o con un hombre? ¿Sois realmente un hombre o un ángel?
—No tengáis temor por eso, señor —le dije—; si Dios hubiera enviado un ángel para socorreros, habría venido mejor vestido y armado de otra manera de la que veis en mí. Abandonad vuestros temores; soy un hombre, un inglés, y estoy dispuesto a ayudaros. Como veis, sólo tengo un sirviente; tenemos armas y municiones. Decidnos con franqueza: ¿podemos serviros? ¿Cuál es vuestra situación?
—Nuestra situación, señor —dijo él—, es demasiado larga de contar mientras nuestros asesinos están tan cerca de nosotros; pero, en resumen, yo era el capitán de ese barco. Mi tripulación se ha amotinado; apenas pude persuadirlos de no asesinarme, y finalmente me abandonaron en esta desolada isla junto con estos dos hombres: uno es mi oficial y el otro un pasajero. Esperábamos perecer aquí, creyendo el lugar deshabitado, y aún no sabemos qué pensar de él.
—¿Dónde están esos brutos, vuestros enemigos? —pregunté—. ¿Sabéis adónde han ido?
—Allí descansan, señor —respondió señalando un espeso grupo de árboles—. Mi corazón tiembla al pensar que quizá nos hayan visto u oído hablar; porque si es así, ciertamente nos asesinarán a todos.
—¿Tienen armas de fuego? —pregunté.
Respondió:
—Sólo tenían dos escopetas, y una de ellas la dejaron en el bote.
—Entonces —dije— dejad lo demás en mis manos. Veo que están todos dormidos; sería fácil matarlos a todos. Pero ¿preferís que los tomemos prisioneros?
Me respondió que había entre ellos dos villanos desesperados con quienes apenas era seguro mostrar misericordia; pero que, si esos dos quedaban reducidos, creía que todos los demás volverían a obedecer.
Le pregunté cuáles eran. Contestó que a aquella distancia no podía distinguirlos, pero que obedecería cualquier orden que yo le diera.
—Bien —dije—, retirémonos fuera de su vista y de su oído, no sea que despierten; y entonces decidiremos qué hacer.
Así que volvieron conmigo de buena gana, hasta que el bosque nos ocultó por completo.
—Escuchadme, señor —le dije entonces—; si arriesgo mi vida para salvaros, ¿estáis dispuesto a aceptar dos condiciones?
Se adelantó a mis propuestas diciéndome que tanto él como el barco, si eran recuperados, quedarían completamente bajo mi dirección y mando en todo; y que, si el barco no se recuperaba, viviría y moriría conmigo en cualquier parte del mundo adonde yo quisiera enviarlo. Los otros dos hombres dijeron lo mismo.
—Bien —respondí—; mis condiciones son sólo dos. La primera: mientras permanezcáis conmigo en esta isla, no pretenderéis autoridad alguna aquí; y si pongo armas en vuestras manos, me las devolveréis siempre que yo lo exija y no haréis daño alguno ni a mí ni a los míos en esta isla, sino que obedeceréis mis órdenes en todo. La segunda: si el barco es recuperado o puede recuperarse, me llevaréis a mí y a mi hombre a Inglaterra sin exigirnos pasaje alguno.
Él me dio todas las seguridades que la imaginación o la fe de un hombre podían idear de que cumpliría aquellas exigencias tan razonables; y además, que me debería la vida y lo reconocería en toda ocasión mientras viviese.
—Bien, entonces —dije—, aquí tienen tres mosquetes, con pólvora y balas; díganme ahora qué creen ustedes que conviene hacer.
Mostró todas las pruebas de gratitud que le fue posible, pero se ofreció a dejarse guiar enteramente por mí. Le dije que me parecía muy arriesgado intentar nada; pero que el mejor método que se me ocurría era disparar contra ellos de una vez mientras yacían allí, y que, si alguno no moría en la primera descarga y ofrecía rendirse, podríamos perdonarle la vida, dejando así el resultado enteramente en manos de la Providencia de Dios, para que dirigiese el tiro.
Él respondió, con mucha modestia, que le repugnaba matarles si podía evitarlo; pero que había entre ellos dos villanos incorregibles, autores de todo el motín del barco, y que, si escapaban, estaríamos perdidos igualmente, porque subirían a bordo y traerían consigo a toda la tripulación para destruirnos.
—Bien, entonces —dije—, la necesidad justifica mi consejo, pues es el único medio de salvar nuestras vidas.
Sin embargo, viendo que aún vacilaba en derramar sangre, le dije que fuesen ellos mismos y lo manejasen según les pareciese más conveniente.
En medio de esta conversación oímos que algunos de ellos despertaban, y poco después vimos a dos ponerse en pie. Le pregunté si alguno de ellos era cabecilla del motín.
—No —respondió.
—Entonces —dije—, pueden dejarles escapar; parece que la Providencia los ha despertado expresamente para salvarles la vida. Ahora bien, si los demás se les escapan, será culpa vuestra.
Animado con esto, tomó el mosquete que le había dado y se colocó una pistola en el cinturón; sus dos compañeros hicieron lo mismo, cada uno con un arma en la mano. Los dos hombres que iban con él avanzaron primero y produjeron cierto ruido, al cual uno de los marineros que estaba despierto se volvió; y, al verlos acercarse, gritó a los demás. Pero ya era demasiado tarde, porque en el mismo instante en que gritó, dispararon; quiero decir, dispararon los dos hombres, pues el capitán reservó prudentemente su propia arma.
Habían apuntado tan bien a los hombres que conocían, que uno cayó muerto en el acto y el otro quedó gravemente herido; aunque no muerto todavía, se levantó de un salto y llamó desesperadamente a los demás para que le ayudasen. Pero el capitán se acercó a él y le dijo que era demasiado tarde para pedir ayuda, que más valía que rogase a Dios el perdón de su villanía; y diciendo esto le derribó de un golpe con la culata del mosquete, de modo que no volvió a hablar más.
Quedaban otros tres hombres en el grupo, y uno de ellos fue herido levemente. Para entonces yo ya había llegado; y cuando vieron el peligro en que se hallaban y que era inútil resistirse, pidieron misericordia. El capitán les dijo que les perdonaría la vida si le aseguraban aborrecer la traición de que se habían hecho culpables y juraban serle fieles para recuperar el barco y después llevarlo de regreso a Jamaica, de donde habían venido.
Le hicieron todas las protestas de sinceridad que podían desearse, y él estuvo dispuesto a creerles y perdonarles la vida; cosa a la que yo no me opuse, con la condición de que permaneciesen atados de pies y manos mientras estuviesen en la isla.
Mientras esto sucedía, envié a Viernes con el contramaestre del capitán a asegurar el bote y traer los remos y las velas, lo cual hicieron; y poco después regresaron tres hombres rezagados que, afortunadamente para ellos, se habían separado del resto. Al oír los disparos y ver que el capitán, que antes era su prisionero, se había convertido ahora en su vencedor, también ellos se rindieron para ser atados; y así nuestra victoria quedó completa.
Ahora quedaba que el capitán y yo nos informásemos mutuamente de nuestras circunstancias. Comencé yo primero y le relaté toda mi historia, la cual escuchó con una atención rayana en el asombro, especialmente por la manera maravillosa en que había sido provisto de víveres y municiones. Y, en efecto, como mi historia era toda una colección de prodigios, le impresionó profundamente.
Pero cuando reflexionó sobre sí mismo y sobre cómo parecía que yo hubiese sido preservado allí expresamente para salvarle la vida, las lágrimas rodaron por su rostro y no pudo pronunciar una palabra más.
Terminada esta conversación, lo conduje a él y a sus dos hombres a mi vivienda, haciéndoles entrar exactamente por donde yo salía, es decir, por la parte superior de la casa; allí los reconforté con las provisiones que tenía y les mostré todas las ingeniosas disposiciones que había hecho durante mi larguísima permanencia en aquel lugar.
Todo cuanto les mostré y todo cuanto les dije les pareció absolutamente asombroso; pero, sobre todo, el capitán admiró mis fortificaciones y la perfección con que había ocultado mi retiro mediante una arboleda de árboles que, plantados ya hacía casi veinte años y creciendo mucho más rápido que en Inglaterra, se habían convertido en un pequeño bosque tan espeso que era imposible atravesarlo salvo por el único lado donde yo había dejado mi estrecho y sinuoso pasaje de entrada.
Le dije que aquel era mi castillo y mi morada; pero que tenía también una casa de campo, como la tienen la mayoría de los príncipes, a donde podía retirarme cuando fuese necesario, y que se la mostraría en otra ocasión. Por el momento, nuestro asunto principal era considerar cómo recuperar el barco.
Él estuvo de acuerdo conmigo en eso, pero me confesó que se hallaba completamente desconcertado respecto a las medidas que debíamos tomar, pues todavía quedaban veintiséis hombres a bordo, quienes, habiendo participado en una maldita conspiración por la cual habían perdido sus vidas ante la ley, estarían ahora endurecidos por la desesperación y continuarían adelante, sabiendo que, si eran sometidos, serían llevados a la horca tan pronto llegasen a Inglaterra o a cualquiera de las colonias inglesas. Por tanto, no era posible atacarlos con un número tan reducido como el nuestro.
Reflexioné durante algún tiempo sobre lo que había dicho y hallé que era una conclusión muy razonable; y que, por consiguiente, debíamos resolver algo rápidamente, tanto para atraer a los hombres del barco hacia alguna trampa que permitiera sorprenderlos como para impedir que desembarcasen y nos destruyesen.
Entonces se me ocurrió de inmediato que, al cabo de poco tiempo, la tripulación del barco, extrañada por la ausencia de sus compañeros y del bote, enviaría necesariamente otra embarcación para buscarlos; y que quizá entonces vendrían armados y serían demasiado fuertes para nosotros. El capitán admitió que aquello era muy razonable.
Entonces le dije que lo primero que debíamos hacer era inutilizar el bote que estaba en la playa, para que no pudiesen llevárselo; y sacar de él todo cuanto hubiese, dejándolo tan inservible que no pudiera siquiera flotar.
Así pues, subimos a bordo, retiramos las armas que habían quedado allí y todo lo demás que encontramos; esto era: una botella de aguardiente, otra de ron, algunos bizcochos marineros, un cuerno con pólvora y un gran trozo de azúcar envuelto en un pedazo de lona —habría unas cinco o seis libras de azúcar—. Todo aquello me fue muy bien recibido, especialmente el aguardiente y el azúcar, de los cuales llevaba muchos años sin tener nada.
Cuando hubimos llevado todas estas cosas a tierra —pues los remos, el mástil, la vela y el timón del bote ya habían sido retirados antes—, abrimos un gran agujero en el fondo de la embarcación, de modo que, aun cuando viniesen con fuerza suficiente para dominarnos, no pudiesen llevársela.
En verdad, no tenía demasiadas esperanzas de que pudiéramos recuperar el barco; pero mi idea era que, si se marchaban sin el bote, no dudaba de que podría volver a acondicionarlo para llevarnos a las Islas de Sotavento y visitar en el camino a nuestros amigos los españoles, pues seguían aún muy presentes en mis pensamientos.
Capítulo XVIII: El Barco Recuperado
Mientras preparábamos así nuestros planes, y después de haber, a pura fuerza, arrastrado la chalupa hasta lo alto de la playa, tan arriba que la marea no pudiera llevársela aun en pleamar, y además haberle abierto un agujero en el fondo demasiado grande para taparlo rápidamente, estábamos sentados deliberando qué hacer, cuando oímos que el barco disparaba un cañón y hacía señales con su enseña para llamar de vuelta a la chalupa; pero ninguna embarcación se movió. Dispararon varias veces más e hicieron otras señales. Finalmente, cuando todas sus señales y disparos resultaron inútiles, y vieron que la chalupa no regresaba, observamos con ayuda de mi catalejo que arriaban otra embarcación y remaban hacia la costa; y, al acercarse, descubrimos que en ella venían no menos de diez hombres, todos armados con armas de fuego.
Como el barco estaba anclado a casi dos millas de la costa, podíamos observarlos perfectamente mientras avanzaban, e incluso distinguir claramente sus rostros; pues la marea los había desviado un poco hacia el este de donde había quedado la otra chalupa, y por eso costeaban la orilla para desembarcar en el mismo sitio donde habían arribado los primeros y donde permanecía la embarcación averiada. Gracias a ello, digo, pudimos verlos muy bien, y el capitán reconoció a todos los hombres que venían en la chalupa. Me dijo que entre ellos había tres hombres muy honrados, de quienes estaba seguro que habían sido arrastrados a la conspiración por el resto, intimidados y dominados por ellos; pero que el contramaestre, que al parecer era el principal oficial entre los amotinados, y todos los demás, eran tan violentos como cualquiera de la tripulación, y sin duda estaban desesperados en aquella nueva empresa. Temía mucho que fueran demasiado poderosos para nosotros.
Yo sonreí y le dije que hombres en nuestras circunstancias ya estaban más allá del alcance del miedo; que, viendo que casi cualquier condición imaginable era mejor que aquella en que se suponía que nos encontrábamos, debíamos considerar que tanto la muerte como la vida podían significar igualmente una liberación. Le pregunté qué opinaba de mi propia situación, y si acaso una liberación no merecía correr ciertos riesgos.
—¿Y dónde queda, señor —le dije—, su convicción de que fui preservado aquí expresamente para salvarle la vida, idea que hace poco tanto le animaba? Por mi parte, solo encuentro una cosa desafortunada en toda esta perspectiva.
—¿Cuál es? —preguntó él.
—Pues —respondí—, que según usted dice, entre ellos hay tres o cuatro hombres honrados a quienes habría que perdonar; porque si todos pertenecieran al grupo de los malvados, pensaría que la Providencia los ha entregado directamente en sus manos. Porque tenga por seguro que todo hombre que ponga pie en tierra será nuestro, y vivirá o morirá según cómo se comporte con nosotros.
Como dije esto con voz firme y semblante resuelto, advertí que aquello le infundió gran ánimo, y nos entregamos vigorosamente a nuestra tarea.
Desde el primer momento en que apareció la chalupa acercándose desde el barco, habíamos considerado separar a nuestros prisioneros; y, en efecto, los aseguramos cuidadosamente. A dos de ellos, de quienes el capitán desconfiaba particularmente, los envié con Viernes y uno de los tres hombres rescatados a mi cueva, donde estaban lo bastante lejos como para no ser oídos ni descubiertos, y además incapaces de encontrar la salida del bosque aunque lograran soltarse. Allí los dejaron atados, pero con provisiones; y se les prometió que, si permanecían tranquilos, serían liberados en uno o dos días; pero que si intentaban escapar serían ejecutados sin misericordia. Prometieron pacientemente soportar su encierro y agradecieron mucho el buen trato recibido, especialmente porque se les había dejado comida y luz; pues Viernes les proporcionó velas —de las que nosotros mismos fabricábamos— para su comodidad; y ellos ni siquiera sabían si no era el propio Viernes quien montaba guardia en la entrada.
Los demás prisioneros recibieron mejor trato; dos de ellos permanecieron maniatados, ciertamente, porque el capitán no podía confiar en ellos; pero los otros dos fueron admitidos a mi servicio, por recomendación del capitán y tras jurar solemnemente vivir y morir con nosotros. De modo que, contando con ellos y con los tres hombres honrados, éramos ya siete hombres bien armados; y no dudaba de que podríamos enfrentarnos sin problema a los diez que venían, sobre todo considerando que el capitán aseguraba que entre ellos también había tres o cuatro hombres honestos.
Tan pronto como llegaron al lugar donde se hallaba la otra chalupa, hicieron encallar la suya en la playa y todos desembarcaron, arrastrándola además tierra adentro; cosa que me alegró mucho ver, pues temía que prefirieran dejarla fondeada a cierta distancia con algunos hombres custodiándola, lo cual nos habría impedido apoderarnos de ella.
Una vez en tierra, lo primero que hicieron fue correr hacia la otra chalupa; y era fácil advertir su enorme sorpresa al encontrarla despojada, como ya dije, de todo cuanto contenía, y además con un gran agujero abierto en el fondo. Después de quedarse un rato contemplándola con desconcierto, comenzaron a lanzar fuertes gritos y alaridos, llamando con todas sus fuerzas para ver si podían hacerse oír por sus compañeros; pero todo fue inútil. Luego se reunieron formando un círculo y dispararon una descarga de sus armas de fuego, cuyos ecos resonaron en todo el bosque.
Pero tampoco aquello sirvió de nada; los hombres de la cueva, estábamos seguros, no podían oírles; y los que permanecían bajo nuestra vigilancia, aunque sí escucharon perfectamente los disparos, no se atrevieron a responder.
Quedaron tan desconcertados por aquella sorpresa que, según nos contaron después, resolvieron regresar inmediatamente al barco y comunicar que todos los hombres habían sido asesinados y que la chalupa había sido inutilizada. Así pues, botaron de nuevo su embarcación y se embarcaron todos otra vez.
El capitán quedó terriblemente alarmado, e incluso abatido, al pensar que regresarían al barco y levarían anclas, dando por perdidos a sus compañeros; con lo cual perdería definitivamente el barco que tanto esperaba recuperar. Pero muy pronto quedó tan asustado por la situación contraria.
No hacía mucho que habían partido cuando advertimos que todos volvían nuevamente hacia la costa; pero ahora habían adoptado una nueva resolución, tomada al parecer tras deliberar entre ellos: dejar tres hombres en la chalupa y que los demás desembarcaran para internarse en la isla en busca de sus compañeros.
Aquello fue un gran contratiempo para nosotros, porque no sabíamos qué hacer; pues capturar a los siete hombres que venían a tierra no nos serviría de nada si permitíamos escapar la chalupa, ya que los tres que quedaran en ella regresarían remando al barco, y entonces los demás seguramente levarían anclas y se harían a la mar, perdiéndose toda esperanza de recuperar el navío.
Sin embargo, no nos quedaba más remedio que esperar y ver qué rumbo tomaban los acontecimientos.
Los siete hombres desembarcaron, mientras los tres que permanecían en la chalupa la alejaron un trecho de la costa y echaron anclas para aguardarlos; de manera que nos era imposible alcanzarlos allí.
Los que vinieron a tierra permanecieron juntos, avanzando hacia la cima de la pequeña colina bajo la cual se hallaba mi morada; y podíamos observarlos perfectamente, aunque ellos no podían vernos. Habríamos deseado mucho que se acercaran más, para poder dispararles, o bien que se internaran más en la isla, para poder salir de nuestro escondite.
Pero cuando alcanzaron la cresta de la colina, desde donde podían contemplar a gran distancia los valles y bosques que se extendían hacia la parte noreste —la zona más baja de la isla—, comenzaron a gritar y llamar hasta quedar exhaustos; y, no queriendo aventurarse demasiado lejos de la costa ni separarse unos de otros, terminaron sentándose juntos bajo un árbol para deliberar.
Si hubieran decidido dormirse allí, como había hecho el otro grupo antes que ellos, nos habrían facilitado completamente la tarea; pero estaban demasiado inquietos y llenos de temor ante algún peligro desconocido como para atreverse a dormir, aunque no supieran realmente qué era aquello que tanto temían.
El capitán me hizo entonces una propuesta muy acertada durante aquella deliberación; a saber: que quizá los hombres volverían a disparar otra descarga para intentar que sus compañeros los oyeran, y que nosotros debíamos lanzarnos sobre ellos justamente en el momento en que hubiesen descargado sus armas, pues entonces seguramente se rendirían y podríamos capturarlos sin derramamiento de sangre.
La idea me agradó, siempre que pudiera ejecutarse estando nosotros lo bastante cerca como para alcanzarlos antes de que recargaran sus armas. Pero la ocasión no se presentó; y permanecimos largo rato inmóviles, muy indecisos acerca del camino que debíamos tomar.
Finalmente les dije que, en mi opinión, nada podría hacerse hasta la noche; y que entonces, si no regresaban a la chalupa, quizá podríamos encontrar el modo de interponernos entre ellos y la costa, y así emplear alguna estratagema con los hombres que permanecían en la embarcación para atraerlos también a tierra.
Esperamos mucho tiempo, aunque con gran impaciencia por verlos moverse; y nos inquietamos sobremanera cuando, después de una larga deliberación, los vimos levantarse todos y dirigirse hacia el mar. Parecía que el temor que les inspiraba aquel lugar era tan grande que habían resuelto volver al barco, dar por perdidos a sus compañeros y continuar el viaje que tenían previsto.
Tan pronto como advertí que se encaminaban hacia la costa, comprendí —como efectivamente era— que habían abandonado la búsqueda y pensaban regresar al barco; y el capitán, apenas le comuniqué mis sospechas, estuvo a punto de desfallecer de angustia. Pero enseguida concebí una estratagema para hacerlos volver, la cual resultó exactamente como deseaba.
Ordené a Viernes y al contramaestre del capitán que atravesaran el pequeño arroyo hacia el oeste, en dirección al lugar donde los salvajes habían desembarcado cuando Viernes fue rescatado; y tan pronto como alcanzaran una pequeña elevación, aproximadamente a media milla de distancia, debían gritar con todas sus fuerzas y esperar hasta comprobar que los marineros los oían; luego, en cuanto éstos respondieran, debían contestarles otra vez y, manteniéndose fuera de la vista, rodear la zona, respondiendo siempre a los gritos de los otros, para atraerlos lo más adentro posible de la isla y de los bosques; después debían regresar hacia mí siguiendo los caminos que yo les había indicado.
Los marineros estaban precisamente a punto de embarcar cuando Viernes y el contramaestre comenzaron a gritar. Los oyeron de inmediato y, respondiendo a voces, corrieron por la costa hacia el oeste, siguiendo el sonido. Pero se vieron detenidos por el arroyo, pues el agua estaba demasiado alta para cruzarlo, y llamaron entonces a la chalupa para que los pasara al otro lado, exactamente como yo había previsto.
Cuando estuvieron al otro lado, observé que la chalupa se internó bastante en el arroyo, como en un pequeño puerto natural; entonces hicieron bajar de ella a uno de los tres hombres para que acompañara al grupo, dejando únicamente a dos en la embarcación, la cual amarraron al tocón de un pequeño árbol junto a la orilla.
Aquello era precisamente lo que yo deseaba.
Dejando a Viernes y al contramaestre encargados de su tarea, tomé conmigo a los demás y, cruzando el arroyo fuera de la vista de los marineros, sorprendimos a los dos hombres antes de que pudieran darse cuenta: uno estaba tendido en la orilla y el otro permanecía en la chalupa. El hombre de tierra estaba entre dormido y despierto y apenas comenzaba a incorporarse cuando el capitán, que iba delante, se abalanzó sobre él y lo derribó de un golpe. Después gritó al hombre de la chalupa que se rindiera o moriría en el acto.
No hicieron falta demasiados argumentos para convencer a un solo hombre de rendirse cuando vio a cinco hombres sobre él y a su compañero derribado. Además, éste resultó ser uno de los tres que no habían participado tan decididamente en el motín como los demás, por lo que no sólo se rindió fácilmente, sino que después se unió sinceramente a nosotros.
Mientras tanto, Viernes y el contramaestre desempeñaron tan bien su papel con los otros que lograron llevarlos, respondiendo a sus gritos desde distintas direcciones, de colina en colina y de bosque en bosque, hasta cansarlos completamente y dejarlos tan lejos que era imposible que alcanzaran la chalupa antes del anochecer; y, de hecho, ellos mismos regresaron agotados cuando volvieron junto a nosotros.
Ahora no nos quedaba más que esperar a los hombres en la oscuridad y caer sobre ellos para asegurarnos completamente de su captura.
Pasaron varias horas desde el regreso de Viernes antes de que ellos retornaran a la chalupa; y podíamos oír a los primeros, mucho antes de que llegaran, llamando a los rezagados para que se apresuraran; también los escuchábamos responder, quejándose de lo cansados y doloridos que estaban y de que no podían avanzar más rápido. Aquellas noticias nos alegraron mucho.
Finalmente llegaron hasta la chalupa; pero es imposible describir la confusión que sintieron al encontrarla varada en el arroyo, con la marea ya baja, y a sus dos hombres desaparecidos.
Los oíamos llamarse unos a otros de la manera más lamentable, diciéndose mutuamente que habían llegado a una isla encantada; que o bien había habitantes en ella que terminarían asesinándolos a todos, o bien demonios y espíritus que los arrastrarían y devorarían.
Volvieron a gritar, llamando a sus dos compañeros por sus nombres una y otra vez, pero no recibieron respuesta.
Al cabo de un rato pudimos verlos, gracias a la escasa luz que aún quedaba, correr de un lado a otro retorciéndose las manos como hombres desesperados; luego se sentaban en la chalupa para descansar, volvían a bajar a tierra y comenzaban otra vez a caminar sin rumbo, repitiendo continuamente lo mismo.
Mis hombres deseaban ardientemente que les permitiera caer sobre ellos de inmediato en la oscuridad; pero yo quería capturarlos con cierta ventaja, para perdonar la vida al mayor número posible; y especialmente no deseaba arriesgar a ninguno de los nuestros, sabiendo que los otros estaban bien armados.
Resolví esperar para ver si se separaban; y para asegurar mejor nuestra posición, acerqué más la emboscada y ordené a Viernes y al capitán que avanzaran arrastrándose sobre manos y pies, lo más pegados al suelo posible, para evitar ser descubiertos y acercarse cuanto pudieran antes de disparar.
No llevaban mucho tiempo en aquella posición cuando el contramaestre, principal cabecilla del motín y ahora el más abatido y desmoralizado de todos, avanzó hacia ellos acompañado por otros dos hombres de la tripulación. El capitán estaba tan ansioso de tener a aquel bribón principal a su alcance que apenas podía contenerse para dejarlo acercarse lo suficiente y asegurarse el disparo, pues hasta entonces sólo le habían oído hablar.
Pero cuando estuvieron cerca, el capitán y Viernes se incorporaron de golpe y dispararon.
El contramaestre cayó muerto en el acto. El segundo hombre recibió un disparo en el cuerpo y cayó junto a él, aunque no murió hasta una o dos horas después; y el tercero echó a correr.
Al oír los disparos avancé inmediatamente con todo mi ejército, que ahora se componía de ocho hombres: yo mismo, general en jefe; Viernes, mi teniente general; el capitán y sus dos hombres; y los tres prisioneros de guerra a quienes habíamos confiado armas.
Caímos sobre ellos en plena oscuridad, de modo que no podían distinguir nuestro número; e hice que el hombre que habían dejado en la chalupa, y que ahora era uno de los nuestros, los llamara por sus nombres para intentar llevarlos a parlamentar y quizá obligarlos a rendirse bajo ciertas condiciones; cosa que salió exactamente como deseábamos, pues era fácil imaginar que, dadas sus circunstancias, estarían muy dispuestos a capitular.
Así pues, aquel hombre gritó con todas sus fuerzas:
—¡Tom Smith! ¡Tom Smith!
Tom Smith respondió de inmediato:
—¿Eres tú, Robinson?
Pues al parecer reconocía su voz.
El otro contestó:
—Sí, sí; por el amor de Dios, Tom Smith, arrojen las armas y ríndanse, o todos morirán ahora mismo.
—¿Y ante quién debemos rendirnos? ¿Dónde están? —preguntó Smith.
—Aquí están —respondió el otro—; aquí está nuestro capitán con cincuenta hombres. Llevan dos horas persiguiéndolos; el contramaestre está muerto, Will Fry herido y yo soy prisionero. Si no se rinden, están perdidos.
—¿Nos darán cuartel entonces? —preguntó Tom Smith—. Si es así, nos rendiremos.
—Iré a preguntarlo, si prometen rendirse —dijo Robinson.
Entonces consultó al capitán, y el propio capitán gritó:
—¡Smith! ¡Smith! Reconoces mi voz. Si arrojan inmediatamente las armas y se someten, se les perdonará la vida a todos… excepto a Will Atkins.
Al oír esto, Will Atkins gritó:
—¡Por Dios, capitán, tenga misericordia de mí! ¿Qué he hecho yo? ¡Todos han sido tan culpables como yo!
Lo cual, dicho sea de paso, no era cierto; pues aquel Will Atkins había sido el primero en sujetar al capitán cuando comenzó el motín, tratándolo brutalmente mientras le ataban las manos y lo insultaban.
Sin embargo, el capitán le respondió que debía rendirse incondicionalmente y confiar en la misericordia del gobernador; refiriéndose a mí, pues todos me llamaban gobernador.
En resumen, todos depusieron las armas y suplicaron que se les perdonara la vida; y envié al hombre que había parlamentado con ellos, acompañado de otros dos, para que los ataran. Después, mi gran ejército de cincuenta hombres —que en realidad, contando a aquellos tres, no pasaba de ocho— avanzó y tomó posesión de ellos y de su chalupa; aunque yo mantuve fuera de la vista a otro hombre y a mí mismo por razones de Estado.
Nuestro siguiente trabajo fue reparar el bote y pensar en cómo apoderarnos del barco; y en cuanto al capitán, ahora que tenía tiempo para parlamentar con ellos, les reprochó la villanía de lo que habían hecho contra él, y la maldad aún mayor de sus intenciones posteriores, y cómo aquello debía conducirlos inevitablemente, al final, a la miseria y la desgracia, y quizá hasta a la horca. Todos parecían muy arrepentidos y suplicaban con insistencia que les perdonaran la vida. En cuanto a eso, él les dijo que no eran prisioneros suyos, sino del gobernador de la isla; que ellos habían creído haberlo abandonado en una isla desierta e inhabitada, pero que Dios había dispuesto las cosas de tal manera que la isla estaba habitada, y que el gobernador era un inglés; que podía mandarlos ahorcar a todos allí mismo si así lo deseaba; aunque, como ya les había concedido cuartel, suponía que los enviaría a Inglaterra, donde serían juzgados conforme a la justicia, excepto Atkins, a quien, según dijo, el gobernador había ordenado advertir que se preparara para morir, porque sería ahorcado a la mañana siguiente.
Aunque todo aquello no era más que una invención suya, produjo exactamente el efecto deseado; Atkins cayó de rodillas rogando al capitán que intercediera ante el gobernador para salvarle la vida; y todos los demás le suplicaban, por amor de Dios, que no los enviara a Inglaterra.
Entonces comprendí que había llegado la hora de nuestra liberación, y que sería muy fácil conseguir que aquellos hombres colaboraran sinceramente en la recuperación del barco; así que me retiré en la oscuridad para que no vieran qué clase de gobernador tenían, y llamé al capitán. Cuando lo llamé, a cierta distancia, uno de los hombres recibió la orden de hablar de nuevo y decirle al capitán:
—Capitán, el comandante lo llama.
Y enseguida el capitán respondió:
—Díganle a su excelencia que voy inmediatamente.
Esto los dejó aún más asombrados, y todos creyeron que el comandante estaba allí mismo con sus cincuenta hombres.
Cuando el capitán llegó junto a mí, le expuse mi plan para apoderarnos del barco; le agradó muchísimo y resolvió ponerlo en práctica a la mañana siguiente. Pero, para ejecutarlo con mayor habilidad y asegurar el éxito, le dije que debíamos dividir a los prisioneros, y que él debía tomar a Atkins y a otros dos de los peores hombres, y enviarlos atados a la cueva donde estaban los demás. Esta tarea fue confiada a Viernes y a los dos hombres que habían desembarcado con el capitán. Los condujeron a la cueva como si fuera una prisión; y en verdad era un lugar lúgubre, sobre todo para hombres en su situación.
A los demás los envié a mi enramada, como yo la llamaba, de la cual ya he dado una descripción completa; y como estaba cercada y ellos permanecían atados, el lugar era suficientemente seguro, considerando que dependían de su buena conducta.
A la mañana siguiente envié al capitán a hablar con ellos; en una palabra, para ponerlos a prueba y decirme después si creía que podían ser dignos de confianza para subir a bordo y sorprender al barco. Les habló del daño que le habían hecho, de la situación miserable en la que se encontraban y de que, aunque el gobernador les había perdonado la vida por lo ocurrido hasta entonces, si eran enviados a Inglaterra terminarían colgados en cadenas; pero que, si se unían a una empresa tan justa como recuperar el barco, él obtendría del gobernador la promesa de su perdón.
Cualquiera puede imaginar con cuánta rapidez aceptaron semejante propuesta hombres en tal condición; se arrodillaron ante el capitán y prometieron, con las más solemnes imprecaciones, que le serían fieles hasta la última gota de sangre, que le deberían la vida y lo seguirían por todo el mundo; y que lo reconocerían como a un padre mientras vivieran.
—Bien —dijo el capitán—, debo ir a contarle al gobernador lo que dicen y ver qué puedo hacer para convencerlo de que consienta.
Así que vino a darme cuenta del ánimo en que los había encontrado, y aseguró que creía sinceramente que serían fieles. Sin embargo, para estar completamente seguros, le dije que regresara y eligiera a cinco de ellos, y que les dijera que, para demostrarles que no necesitaba hombres, escogería a esos cinco como asistentes, mientras el gobernador retendría a los otros dos, y a los tres enviados prisioneros al castillo —es decir, mi cueva—, como rehenes de la fidelidad de aquellos cinco; y que, si se mostraban traidores durante la ejecución del plan, los cinco rehenes serían colgados vivos y encadenados en la orilla.
Aquello pareció severo y los convenció de que el gobernador hablaba en serio; sin embargo, no tenían otra alternativa que aceptarlo; y ahora era asunto de los propios prisioneros, tanto como del capitán, persuadir a los otros cinco de cumplir con su deber.
Nuestras fuerzas quedaron entonces organizadas de esta manera para la expedición: primero, el capitán, su primer oficial y el pasajero; segundo, los dos prisioneros del primer grupo, a quienes, gracias a las recomendaciones del capitán, había devuelto la libertad y confiado armas; tercero, los otros dos que hasta entonces había mantenido atados en mi enramada, pero que, a petición del capitán, acababa de liberar; cuarto, estos cinco últimos puestos en libertad; de modo que en total eran doce hombres, además de los cinco que conservábamos prisioneros en la cueva como rehenes.
Pregunté al capitán si estaba dispuesto a aventurarse a bordo con aquellas fuerzas; pero en cuanto a mí y a mi Viernes, no consideraba apropiado que nos moviéramos, pues aún quedaban siete hombres atrás; y ya teníamos bastante trabajo con mantenerlos separados y proveerles alimento. Respecto a los cinco de la cueva, resolví mantenerlos bien vigilados; aunque Viernes iba dos veces al día a llevarles lo necesario, y los otros dos llevaban provisiones hasta cierta distancia, donde Viernes debía recogerlas.
Cuando me mostré ante los dos rehenes, lo hice acompañado del capitán, quien les dijo que yo era la persona designada por el gobernador para vigilarlos; y que era voluntad del gobernador que no se movieran a ninguna parte sin mi autorización; y que, si lo hacían, serían llevados al castillo y puestos en cadenas. De modo que, como nunca les permitimos verme en calidad de gobernador, ahora aparecía ante ellos como otra persona distinta, y hablaba del gobernador, de la guarnición, del castillo y de otras cosas semejantes en toda ocasión.
El capitán ya no tenía otra dificultad que preparar sus dos botes, reparar la avería de uno de ellos y tripularlos. Nombró al pasajero capitán de uno, con cuatro hombres; mientras él mismo, el primer oficial y otros cinco iban en el otro; y organizaron todo muy bien, pues llegaron junto al barco alrededor de la medianoche.
En cuanto estuvieron a distancia de ser oídos desde el barco, hizo que Robinson les gritara diciendo que habían encontrado a los hombres y el bote, aunque habían tardado mucho en hallarlos, y otras cosas semejantes, entreteniéndolos con conversación hasta acercarse al costado del barco; entonces el capitán y el primer oficial subieron primero, armados, y derribaron inmediatamente al segundo oficial y al carpintero con las culatas de sus mosquetes, secundados fielmente por sus hombres. Luego aseguraron a todos los que estaban en la cubierta principal y en la toldilla, y comenzaron a cerrar las escotillas para mantener abajo a los que se hallaban bajo cubierta; mientras el otro bote y sus hombres, entrando por la proa, aseguraban el castillo de proa y la escotilla que descendía a la cocina, haciendo prisioneros a los tres hombres que encontraron allí.
Cuando todo estuvo hecho y la cubierta asegurada, el capitán ordenó al primer oficial, acompañado de tres hombres, irrumpir en la cámara de popa, donde se encontraba el capitán rebelde; este, habiendo dado la alarma, se había levantado y, junto con otros dos hombres y un muchacho, había tomado armas de fuego. Cuando el primer oficial abrió la puerta con una palanca, el nuevo capitán y los suyos dispararon valientemente contra ellos, e hirieron al primer oficial con una bala de mosquete que le quebró un brazo, además de herir a otros dos hombres, aunque sin matar a ninguno.
El primer oficial, pidiendo ayuda a gritos, irrumpió de todos modos en la cámara, pese a estar herido, y con su pistola disparó al nuevo capitán en la cabeza; la bala le entró por la boca y salió detrás de una de sus orejas, de modo que no volvió a pronunciar palabra. Entonces los demás se rindieron, y el barco fue recuperado por completo sin que se perdiera ninguna otra vida.
Tan pronto como el barco quedó asegurado de aquella manera, el capitán ordenó disparar siete cañonazos, que era la señal convenida conmigo para anunciarme su éxito; y podéis estar seguros de que me alegré muchísimo al oírla, pues había permanecido vigilando en la orilla hasta cerca de las dos de la madrugada. Después de escuchar claramente la señal, me tendí a descansar; y como aquel había sido para mí un día de enorme fatiga, dormí profundamente, hasta que me sorprendió el estruendo de un disparo de cañón; y enseguida, despertando sobresaltado, oí a un hombre llamarme por el nombre de:
—¡Gobernador! ¡Gobernador!
Reconocí inmediatamente la voz del capitán; y cuando subí a la cima de la colina, allí estaba él, señalando el barco mientras me abrazaba entre sus brazos.
—Mi querido amigo y libertador —dijo—, ahí está vuestro barco; porque ahora es enteramente vuestro, y también lo somos nosotros y todo cuanto pertenece a él.
Dirigí la vista hacia el barco, y allí estaba anclado, a poco más de media milla de la costa; pues habían levado el ancla tan pronto como se hicieron dueños de él y, aprovechando el buen tiempo, lo habían acercado hasta fondearlo justo frente a la desembocadura del pequeño arroyo; y estando la marea alta, el capitán había acercado la pinaza hasta el lugar donde yo había desembarcado mis primeras balsas, de modo que llegó prácticamente hasta mi misma puerta.
Al principio estuve a punto de desfallecer de la sorpresa; porque veía mi liberación realmente puesta en mis manos, todo dispuesto con facilidad, y un gran barco listo para llevarme adonde quisiera ir. Durante algún tiempo no fui capaz de responderle una sola palabra; y si él no me hubiera sostenido entre sus brazos, habría caído al suelo.
El capitán comprendió mi emoción y enseguida sacó una botella de su bolsillo y me ofreció un trago de cordial que había traído expresamente para mí. Después de beberlo, me senté en el suelo; y aunque aquello me ayudó a recobrarme, pasó todavía un buen rato antes de que pudiera pronunciar una palabra.
Mientras tanto, el pobre hombre se hallaba casi tan transportado de alegría como yo, aunque no bajo la misma sorpresa; y me decía mil cosas bondadosas y afectuosas para serenarme y devolverme el ánimo. Pero tal era el torrente de gozo que llenaba mi pecho, que todos mis sentidos quedaron confundidos; al final rompí a llorar, y poco después recuperé el habla. Entonces me tocó a mí abrazarlo como a mi libertador, y juntos nos regocijamos.
Le dije que lo consideraba un hombre enviado por el Cielo para salvarme, y que toda aquella sucesión de acontecimientos parecía una cadena de prodigios; que tales cosas eran testimonios de una mano secreta de la Providencia gobernando el mundo, y prueba de que los ojos de un Poder infinito podían penetrar hasta el rincón más remoto de la tierra y enviar auxilio a los miserables cuando así le placía.
No olvidé elevar mi corazón en agradecimiento al Cielo; y ¿qué corazón habría podido dejar de bendecirlo, cuando no solo había provisto milagrosamente para mí en semejante desierto y en tan desolada condición, sino cuando toda liberación debía reconocerse siempre como procedente de Él?
Después de conversar un rato, el capitán me dijo que me había traído algunos pequeños refrigerios de los que el barco podía ofrecer, y de los cuales aquellos miserables que habían sido durante tanto tiempo sus dueños no habían logrado despojarlo.
Entonces llamó en voz alta al bote y ordenó a sus hombres desembarcar las cosas destinadas al gobernador; y, en verdad, era un presente como si yo no fuera a marcharme con ellos, sino como si hubiera de permanecer todavía viviendo en la isla.
Primero me trajo una caja de botellas llenas de excelentes licores medicinales; seis grandes botellas de vino de Madeira —cada botella contenía dos cuartos—; dos libras de magnífico tabaco; doce buenas piezas de carne de vaca del barco y seis piezas de cerdo, además de un saco de guisantes y cerca de un quintal de bizcochos marineros. También me llevó una caja de azúcar, otra de harina, un saco lleno de limones, dos botellas de jugo de lima y muchísimas otras cosas.
Pero además de todo eso —y lo que para mí era mil veces más útil— me trajo seis camisas nuevas y limpias, seis muy buenos pañuelos para el cuello, dos pares de guantes, un par de zapatos, un sombrero y un par de medias, además de un excelente traje suyo que apenas había usado; en resumen, me vistió de pies a cabeza.
Era un regalo tan amable y agradable como cualquiera puede imaginar para alguien en mis circunstancias; aunque jamás hubo cosa semejante tan incómoda, extraña y molesta de llevar como aquellas ropas me resultaron al principio.
Pasadas estas ceremonias y una vez que todas aquellas buenas provisiones fueron llevadas a mi pequeño aposento, comenzamos a deliberar sobre lo que debía hacerse con los prisioneros; pues valía la pena considerar si podíamos aventurarnos a llevarlos con nosotros o no, especialmente a dos de ellos, a quienes el capitán conocía como incorregibles y rebeldes hasta el último extremo; y el capitán decía saber que eran tan grandes bribones que no había forma de obligarlos a obedecer, y que, si se los llevaba consigo, tendría que hacerlo cargados de hierros, como malhechores, para entregarlos a la justicia en la primera colonia inglesa a la que arribaran. Advertí que el propio capitán estaba profundamente preocupado por ello.
Entonces le dije que, si lo deseaba, yo me encargaría de hacer que aquellos dos hombres pidieran ellos mismos quedarse en la isla.
—Me alegraría muchísimo de ello —dijo el capitán—, con toda mi alma.
—Bien —respondí—, haré que los traigan y hablaré con ellos por vos.
Así pues, hice que Viernes y los dos rehenes —pues ya habían sido liberados, habiendo sus compañeros cumplido su promesa— fueran a la cueva y condujeran a los cinco hombres, todavía atados, hasta la enramada, donde debían mantenerlos hasta mi llegada.
Algún tiempo después fui allí vestido con mi nuevo atuendo; y entonces volví a ser llamado gobernador. Una vez reunidos todos, y hallándose el capitán conmigo, ordené que los hombres fueran llevados ante mí y les dije que había recibido un relato completo de su villano comportamiento hacia el capitán, de cómo habían robado el barco y se preparaban para cometer nuevos actos de piratería; pero que la Providencia los había atrapado en sus propios caminos y habían caído en la fosa que habían cavado para otros.
Les hice saber que, siguiendo mis órdenes, el barco había sido recuperado; que en ese momento estaba fondeado en la rada; y que pronto podrían ver cómo su nuevo capitán había recibido el pago de su villanía, pues lo hallarían colgado de una verga del barco.
En cuanto a ellos, quería saber qué tenían que decir para que yo no los ejecutara como piratas sorprendidos en flagrante delito, puesto que, por mi comisión, no podían dudar de que tenía autoridad para hacerlo.
Uno de ellos respondió en nombre de los demás que nada tenían que alegar, salvo que el capitán les había prometido la vida cuando fueron capturados, y que humildemente imploraban mi misericordia.
Pero les dije que no sabía qué misericordia podía mostrarles; porque, por mi parte, había resuelto abandonar la isla con todos mis hombres y había obtenido pasaje con el capitán para regresar a Inglaterra; y en cuanto al capitán, no podía llevarlos a Inglaterra de otra manera que como prisioneros encadenados, para ser juzgados por motín y robo del barco; cuya consecuencia —debían saberlo muy bien— sería inevitablemente la horca.
Así pues, no sabía qué sería mejor para ellos, a menos que prefirieran afrontar su destino permaneciendo en la isla. Si así lo deseaban, como yo tenía libertad para abandonar el lugar, me inclinaba a perdonarles la vida, siempre que creyeran poder arreglárselas allí en tierra.
Parecieron muy agradecidos por aquella propuesta y dijeron que preferían mil veces arriesgarse a quedarse allí antes que ser llevados a Inglaterra para ser ahorcados. Así quedó resuelto el asunto.
Sin embargo, el capitán fingió algunas dudas, como si no se atreviera a dejarlos allí. Entonces aparenté irritarme un poco con él y le dije que aquellos hombres eran mis prisioneros y no suyos; y que, puesto que les había ofrecido semejante favor, cumpliría mi palabra; y que, si él no quería consentirlo, yo mismo los pondría en libertad tal como los había encontrado; y si no le agradaba, podía volver a capturarlos si lograba alcanzarlos.
Ante esto se mostraron extremadamente agradecidos, y en consecuencia los dejé libres y les ordené retirarse a los bosques, al lugar de donde habían venido; y les prometí dejarles algunas armas de fuego, municiones y ciertas instrucciones para que pudieran vivir bastante bien si así lo deseaban.
Después de esto me preparé para subir a bordo del barco; pero dije al capitán que permanecería aquella noche en tierra para arreglar mis cosas, y le pedí que entretanto regresara al barco, mantuviera todo en orden y enviara el bote a buscarme al día siguiente; ordenándole además, bajo cualquier circunstancia, que hiciera colgar del palo mayor al capitán rebelde muerto, para que aquellos hombres pudieran verlo.
Cuando el capitán se marchó, hice venir nuevamente a los hombres a mi aposento y hablé seriamente con ellos acerca de su situación. Les dije que creía que habían tomado la decisión correcta; que, si el capitán se los hubiera llevado, sin duda habrían terminado ahorcados.
Les mostré al nuevo capitán colgando del palo mayor del barco y les dije que no debían esperar un destino diferente.
Cuando todos declararon su disposición a quedarse, les dije entonces que les revelaría la historia de mi vida en la isla y les enseñaría cómo hacer su existencia allí más llevadera.
Así pues, les relaté toda la historia del lugar y de mi llegada a él; les mostré mis fortificaciones, la manera en que hacía el pan, cultivaba el grano y curaba las uvas; y, en una palabra, todo cuanto era necesario para que pudieran vivir cómodamente.
También les hablé de los diecisiete españoles cuya llegada esperaba, para quienes dejé una carta, e hice que prometieran tratarlos como iguales entre ellos mismos.
Aquí conviene señalar que el capitán, que llevaba tinta a bordo, quedó muy sorprendido de que jamás se me hubiera ocurrido fabricar tinta con carbón y agua, o con alguna otra cosa, considerando que había logrado hacer otras tareas mucho más difíciles.
Les dejé mis armas de fuego; a saber: cinco mosquetes, tres escopetas de caza y tres espadas. Conservaba todavía más de un barril y medio de pólvora, pues después del primer año o dos había usado muy poca y no desperdiciaba nada.
Les di una explicación detallada de cómo manejaba las cabras y les enseñé a ordeñarlas, engordarlas y hacer mantequilla y queso.
En resumen, les transmití cada parte de mi propia experiencia; y les dije que convencería al capitán de dejarles además otros dos barriles de pólvora y algunas semillas de huerta, las cuales les confesé que yo mismo habría agradecido muchísimo tener en mis primeros tiempos.
También les entregué el saco de guisantes que el capitán me había traído para comer, y les recomendé encarecidamente que los sembraran y multiplicaran.
Capítulo XIX: Regreso A Inglaterra
Habiendo hecho todo esto, los dejé al día siguiente y subí a bordo del barco. Nos preparamos inmediatamente para zarpar, aunque no levamos anclas aquella noche. A la mañana siguiente, muy temprano, dos de los cinco hombres llegaron nadando hasta el costado del barco y, lanzando las más lamentables quejas contra los otros tres, suplicaron, por amor de Dios, que se les permitiera subir a bordo, pues de otro modo serían asesinados; y rogaron al capitán que los acogiera aunque fuera para ahorcarlos de inmediato. Ante esto, el capitán fingió no tener autoridad para decidir sin mí; pero, después de algunas dificultades y tras sus solemnes promesas de enmienda, fueron admitidos a bordo y, algún tiempo después, severamente azotados y escarmentados; tras lo cual demostraron ser hombres honestos y tranquilos.
Poco tiempo después, se ordenó que el bote regresara a tierra aprovechando la marea alta, llevando las cosas prometidas a los hombres; y el capitán, a petición mía, añadió también sus cofres y sus ropas, lo cual recibieron con mucha gratitud. Yo también los animé diciéndoles que, si alguna vez estaba en mi poder enviar un barco para recogerlos, no me olvidaría de ellos.
Cuando me despedí de aquella isla, llevé conmigo a bordo algunas reliquias de mi estancia: el gran gorro de piel de cabra que había confeccionado, mi sombrilla y uno de mis loros; tampoco olvidé llevarme el dinero que había mencionado anteriormente, el cual había permanecido tanto tiempo inútil junto a mí que se había oxidado o deslustrado, y apenas parecía plata hasta después de frotarlo y manipularlo un poco; así como también el dinero que encontré en el naufragio del barco español. Y así abandoné la isla el 19 de diciembre del año 1686, según el registro del barco, después de haber permanecido en ella veintiocho años, dos meses y diecinueve días; siendo liberado de esta segunda cautividad el mismo día del mes en que había escapado por primera vez, en aquel bote largo, de entre los moros de Salé. En esta embarcación, después de un largo viaje, llegué a Inglaterra el 11 de junio de 1687, tras haber estado ausente treinta y cinco años.
Cuando llegué a Inglaterra era tan absolutamente extraño para todo el mundo como si jamás hubiera sido conocido allí. Mi benefactora y fiel administradora, a quien había dejado mi dinero en custodia, seguía viva, aunque había sufrido grandes desgracias; se había quedado viuda por segunda vez y vivía en extrema pobreza. Yo la tranquilicé completamente respecto a lo que me debía, asegurándole que no le causaría la menor molestia; antes bien, en gratitud por el cuidado y fidelidad que me había mostrado antaño, la ayudé cuanto me lo permitían mis escasos recursos; aunque, en verdad, por entonces apenas podía hacer mucho por ella. Sin embargo, le prometí que jamás olvidaría su antigua bondad hacia mí; y efectivamente no la olvidé cuando más adelante tuve medios suficientes para socorrerla, como se verá en su debido momento.
Después viajé a Yorkshire; pero mi padre había muerto, y mi madre y toda la familia habían fallecido, excepto dos hermanas y dos hijos de uno de mis hermanos. Y como hacía ya mucho tiempo que me daban por muerto, no se había hecho provisión alguna para mí; de manera que, en resumen, no encontré nada que pudiera aliviarme o ayudarme, y el poco dinero que tenía no bastaba para establecerme en el mundo.
Sin embargo, recibí una muestra de gratitud que no esperaba. El capitán del barco a quien tan felizmente había liberado y cuya nave y cargamento había salvado al mismo tiempo, dio tan excelente cuenta a los propietarios de cómo había salvado la vida de la tripulación y recuperado el barco, que estos me invitaron a reunirme con ellos y con otros comerciantes interesados; y todos juntos me hicieron un cumplido muy generoso por el asunto y me entregaron un obsequio de casi doscientas libras esterlinas.
Pero, después de muchas reflexiones sobre las circunstancias de mi vida y lo poco que aquella suma podía hacer para establecerme, resolví ir a Lisboa y averiguar el estado de mi plantación en el Brasil y qué había sido de mi socio, quien, con razón, debía de haberme dado por muerto hacía muchos años. Con este propósito tomé pasaje para Lisboa, donde llegué en abril siguiente, acompañado de mi Viernes, quien me siguió con absoluta honestidad en todas aquellas andanzas y se mostró siempre como un servidor fidelísimo.
Al llegar a Lisboa, averigüé, para mi gran satisfacción, el paradero de mi viejo amigo, el capitán portugués que me había rescatado en el mar frente a las costas de África. Ya era anciano y había abandonado la navegación, dejando su barco en manos de su hijo, quien, aunque tampoco era joven, continuaba dedicado al comercio con el Brasil. El anciano no me reconoció, y en verdad yo apenas lo reconocí a él; pero pronto refresqué su memoria y él la mía cuando le dije quién era.
Después de algunas efusivas expresiones sobre nuestra antigua amistad, le pregunté, como es natural, por mi plantación y por mi socio. El anciano me dijo que hacía unos nueve años que no iba al Brasil; pero que podía asegurarme que, cuando partió de allí, mi socio aún vivía, aunque los administradores que yo había asociado con él para cuidar de mi parte habían muerto ambos. Añadió, sin embargo, que creía que recibiría excelentes noticias acerca del progreso de la plantación; pues, dado que se me consideraba generalmente naufragado y muerto, los administradores habían entregado las cuentas de los beneficios correspondientes a mi parte al fiscal del reino, quien las había destinado —en caso de que jamás apareciera a reclamarlas— en una tercera parte para el rey y las otras dos terceras partes para el monasterio de San Agustín, destinadas al socorro de los pobres y a la conversión de los indios a la fe católica. Pero que, si yo aparecía o alguien reclamaba en mi nombre, la herencia me sería restituida; aunque las rentas o beneficios anuales ya distribuidos en obras de caridad no podrían devolverse.
También me aseguró que tanto el administrador de las rentas del rey como el mayordomo del monasterio habían vigilado cuidadosamente que el poseedor de la plantación —es decir, mi socio— rindiera cada año una cuenta fiel de los beneficios, de los cuales ellos recibían regularmente mi mitad.
Le pregunté si sabía hasta qué punto había prosperado la plantación y si creía que valía la pena ocuparme de ella; o si, en caso de viajar allá, encontraría alguna dificultad para recuperar mi legítima mitad. Me respondió que no podía decir exactamente cuánto había aumentado la plantación; pero sí sabía que mi socio se había vuelto extremadamente rico gracias a su parte. Y que, según recordaba haber oído, la tercera parte correspondiente al rey de mi mitad —la cual, al parecer, había sido cedida a otro monasterio u orden religiosa— producía más de doscientos moidores al año.
En cuanto a mi derecho a recuperar pacíficamente la posesión, dijo que no existía la menor duda, puesto que mi socio estaba vivo para testificar mi título y mi nombre seguía inscrito en los registros del país. Añadió además que los herederos de mis dos administradores eran personas honestas, honorables y muy ricas; y que probablemente no solo me ayudarían a recuperar mi propiedad, sino que también encontraría en sus manos una suma considerable perteneciente a mi cuenta, correspondiente a los beneficios obtenidos mientras sus padres ejercieron la administración, antes de entregar los bienes, lo cual —según recordaba— había ocurrido aproximadamente durante doce años.
Me mostré algo inquieto y preocupado al escuchar aquello, y pregunté al viejo capitán cómo había sido posible que los administradores dispusieran así de mis bienes, sabiendo que yo había dejado testamento y que lo había nombrado a él, el capitán portugués, como heredero universal, etcétera.
Él me respondió que aquello era cierto; pero que, como no existía prueba alguna de mi muerte, no podía actuar como ejecutor testamentario hasta recibir noticias ciertas de mi fallecimiento. Además, dijo, no deseaba inmiscuirse en un asunto tan remoto. Era verdad, añadió, que había registrado mi testamento y presentado su reclamación; y que, si hubiera podido obtener alguna noticia cierta de si estaba vivo o muerto, habría actuado mediante procuración, tomando posesión del ingenio —nombre que allí daban al molino o fábrica de azúcar— y habría dado instrucciones a su hijo, que se hallaba entonces en el Brasil, para administrarlo.
—Pero —continuó el anciano— hay una noticia que debo darle, y quizá no le resulte tan agradable como las demás. Creyendo que usted había perecido, y compartiendo todo el mundo esa misma creencia, su socio y los administradores me ofrecieron rendirme cuentas, en su nombre, de las ganancias de los primeros seis u ocho años, las cuales yo recibí. Como por entonces hubo grandes gastos para ampliar las instalaciones, construir un ingenio y comprar esclavos, aquello no ascendió ni de lejos a lo que produjo después. Sin embargo —dijo el anciano—, le daré cuenta exacta de todo cuanto he recibido y de cómo lo he administrado.
Después de algunos días más de conversaciones con este viejo amigo, me presentó las cuentas correspondientes a los primeros seis años de ingresos de mi plantación, firmadas por mi socio y por los comerciantes administradores. Dichos beneficios habían sido entregados siempre en mercancías, a saber: tabaco en rollos y azúcar en cajas, además de ron, melaza y otros productos propios de un ingenio azucarero. Según aquellas cuentas, descubrí que las rentas aumentaban considerablemente cada año; aunque, como ya he dicho, los gastos habían sido tan elevados al principio que las primeras ganancias resultaron escasas. Sin embargo, el anciano me mostró que aún me debía cuatrocientos setenta moidores de oro, además de sesenta cajas de azúcar y quince grandes rollos dobles de tabaco, todo lo cual se había perdido en su barco cuando este naufragó rumbo a Lisboa, unos once años después de que yo hubiera adquirido la plantación.
El buen hombre comenzó entonces a lamentarse de sus desgracias y de cómo se había visto obligado a emplear mi dinero para reparar sus pérdidas y comprar una participación en un nuevo barco.
—Sin embargo, mi viejo amigo —dijo—, no le faltará ayuda en su necesidad; y tan pronto como mi hijo regrese, quedará plenamente satisfecho.
Dicho esto, sacó una vieja bolsa y me entregó ciento sesenta moidores portugueses de oro; y, además, poniendo en mis manos los documentos de propiedad del barco en el que su hijo había partido hacia el Brasil —del cual él poseía una cuarta parte y su hijo otra—, me los entregó como garantía del resto de la deuda.
Me sentí demasiado conmovido por la honradez y bondad de aquel pobre hombre como para soportarlo sin emoción; y, recordando lo que había hecho por mí, cómo me había recogido en el mar y cuán generosamente me había tratado en todas las ocasiones, y particularmente cuán sincero amigo seguía siendo para mí en aquel momento, apenas pude contener las lágrimas ante sus palabras. Por eso le pregunté si sus circunstancias le permitían desprenderse de tanto dinero entonces, y si aquello no le ocasionaría dificultades.
Él respondió que no podía negar que quizá lo estrechara un poco; pero que, al fin y al cabo, aquel dinero me pertenecía, y tal vez yo lo necesitara más que él.
Todo cuanto decía aquel buen hombre rebosaba afecto, y apenas podía contener las lágrimas mientras hablaba. En resumen, tomé solamente cien de los moidores y pedí pluma y tinta para darle un recibo; después le devolví el resto, diciéndole que, si alguna vez recuperaba la posesión de mi plantación, también le devolvería aquella suma —como en efecto hice más adelante—; y que, en cuanto a la escritura de venta de su parte en el barco de su hijo, de ningún modo la aceptaría. Le dije que, si llegaba a necesitar dinero, ya había comprobado suficientemente que era un hombre demasiado honrado como para dejar de pagarme; y que, si no lo necesitaba y llegaba a recibir lo que él mismo me hacía esperar, jamás volvería a tomar un solo penique suyo.
Cuando todo aquello concluyó, el anciano me preguntó si quería que me pusiera en el camino adecuado para reclamar mi plantación. Le respondí que pensaba ir personalmente al Brasil. Él dijo que podía hacerlo si así lo deseaba; pero que, si no quería viajar, existían medios suficientes para asegurar mi derecho y disponer inmediatamente que las rentas fueran destinadas a mi uso. Y como en el puerto de Lisboa había barcos casi listos para partir hacia el Brasil, me hizo registrar oficialmente mi nombre, acompañado de una declaración jurada suya afirmando que yo seguía vivo y que era la misma persona que originalmente había tomado aquellas tierras para establecer la plantación. Una vez autenticado todo debidamente ante notario y adjuntado un poder legal, me indicó que lo enviara, junto con una carta escrita por él, a un comerciante amigo suyo en el lugar; y después me propuso permanecer con él hasta recibir respuesta.
Jamás hubo procedimiento más honrado que el seguido en virtud de aquel poder; pues en menos de siete meses recibí un gran paquete enviado por los supervivientes de mis antiguos administradores, los comerciantes para cuya cuenta yo había salido originalmente al mar. En dicho paquete venían incluidas las siguientes cartas y documentos:
Primero, una cuenta corriente de los beneficios de mi hacienda o plantación desde el año en que sus padres habían ajustado cuentas con mi viejo capitán portugués, correspondiente a seis años; y el saldo aparecía a mi favor por mil ciento setenta y cuatro moidores.
Segundo, otra cuenta correspondiente a cuatro años más, durante los cuales conservaron los bienes en sus manos antes de que el gobierno reclamara la administración de los mismos como pertenecientes a una persona desaparecida, situación que ellos llamaban "muerte civil". El saldo de esta segunda cuenta, dado el aumento del valor de la plantación, ascendía a diecinueve mil cuatrocientos cuarenta y seis cruzados, equivalentes aproximadamente a tres mil doscientos cuarenta moidores.
Tercero, una cuenta del prior de San Agustín, quien había recibido las rentas durante más de catorce años; pero, no pudiendo justificar lo que había sido entregado al hospital, declaró muy honradamente que aún conservaba ochocientos setenta y dos moidores sin distribuir, los cuales reconocía pertenecerme. En cuanto a la parte del rey, nada fue restituido.
Había también una carta de mi socio felicitándome con gran afecto por seguir vivo, dándome cuenta de cuánto había prosperado la plantación y de lo que producía anualmente; con detalles sobre el número de parcelas o acres que poseía, cómo estaban cultivados y cuántos esclavos trabajaban en ella. Y, trazando veintidós cruces a modo de bendición, me decía que había rezado otras tantas Ave Marías para agradecer a la Santísima Virgen el hecho de que yo siguiera vivo. Me invitaba con gran insistencia a regresar y tomar posesión de lo que era mío; y mientras tanto me pedía instrucciones acerca de a quién debía entregar mis bienes si yo no acudía personalmente. Terminaba con una sincera muestra de amistad, tanto suya como de toda su familia; y me enviaba además, como regalo, siete magníficas pieles de leopardo que, al parecer, había recibido desde África por medio de otro barco suyo enviado allí, el cual, evidentemente, había tenido mejor fortuna que el mío. También me mandó cinco cajas de excelentes dulces y cien piezas de oro sin acuñar, algo más pequeñas que los moidores.
En la misma flota, mis dos comerciantes administradores me enviaron mil doscientas cajas de azúcar, ochocientos rollos de tabaco y el resto de las cuentas en oro.
Podía decir ahora, verdaderamente, que el final de Job había sido mejor que su principio. Es imposible expresar la agitación de mi corazón cuando me vi rodeado de tanta riqueza; pues, como los barcos del Brasil llegaban siempre en flotas, las mismas naves que trajeron mis cartas trajeron también mis mercancías; y los bienes ya estaban seguros en el puerto antes incluso de que las cartas llegaran a mis manos.
En una palabra, palidecí y me sentí enfermo; y, de no haber corrido el anciano a buscarme un cordial, creo que la repentina sorpresa de aquella alegría habría abatido mi naturaleza y habría muerto en el acto. Incluso después de aquello continué muy enfermo durante varias horas, hasta que llamaron a un médico y, al conocerse parcialmente la verdadera causa de mi mal, ordenó practicarme una sangría; tras lo cual experimenté alivio y me recuperé. Pero estoy convencido de que, si no hubiese dado salida de aquella conmoción de los ánimos, habría muerto.
De repente me encontré dueño de más de cinco mil libras esterlinas en dinero efectivo, además de poseer una plantación en el Brasil —pues así podía llamarla con justicia— que me producía más de mil libras anuales, tan segura como cualquier propiedad territorial en Inglaterra. En resumen, me hallaba en una situación que apenas sabía comprender ni cómo disponerme a disfrutar.
Lo primero que hice fue recompensar a mi primer benefactor, mi buen viejo capitán, quien había sido caritativo conmigo en mi desgracia, bondadoso en mis comienzos y honrado conmigo al final. Le mostré todo lo que había recibido y le dije que, después de la Providencia del Cielo, que dispone todas las cosas, era a él a quien debía cuanto poseía; y que ahora recaía sobre mí recompensarlo, lo cual haría cien veces más de lo merecido.
Así pues, en primer lugar le devolví los cien moidores que me había entregado; después hice venir a un notario y le ordené redactar una renuncia o descargo completo respecto a los cuatrocientos setenta moidores que él había reconocido deberme, de la forma más firme y absoluta posible. Tras ello, hice redactar un poder autorizándolo a recibir las rentas anuales de mi plantación; y nombrando a mi socio responsable de rendirle cuentas y enviarle los beneficios, por medio de las flotas habituales, en mi nombre. Finalmente, añadí una cláusula concediéndole cien moidores anuales durante el resto de su vida, pagaderos con los beneficios de la plantación; y cincuenta moidores anuales a su hijo después de él, también de por vida. Y así recompensé a mi viejo amigo.
Ahora debía considerar qué rumbo tomar después y qué hacer con la fortuna que la Providencia había puesto en mis manos; y, en verdad, tenía ahora más preocupaciones sobre mi cabeza que en mi vida en la isla, donde nada necesitaba salvo aquello que poseía, y nada poseía salvo aquello que necesitaba; mientras que ahora tenía una gran responsabilidad, y mi problema consistía en cómo asegurarla. Ya no tenía una cueva donde esconder mi dinero, ni un lugar donde pudiera permanecer sin llave ni cerradura hasta cubrirse de moho y herrumbre antes de que alguien quisiera tocarlo; por el contrario, no sabía dónde guardarlo ni en quién confiar. Mi viejo protector, el capitán, ciertamente era un hombre honrado, y ése era el único refugio que tenía. Además, mis intereses en el Brasil parecían llamarme allí; pero ahora no sabía cómo pensar siquiera en ir hasta haber arreglado mis asuntos y dejado mis bienes en manos seguras. Al principio pensé en mi vieja amiga la viuda, de quien sabía que era honesta y justa conmigo; pero ya era anciana y pobre y, por lo que sabía, podía incluso estar endeudada; de modo que, en resumen, no veía otra salida que regresar yo mismo a Inglaterra y llevar conmigo toda mi fortuna.
Pasaron, sin embargo, algunos meses antes de que tomara esta resolución; y así, del mismo modo que había recompensado plenamente, y para su satisfacción, al viejo capitán que había sido mi benefactor, comencé también a pensar en la pobre viuda, cuyo marido había sido mi primer protector, y ella misma, mientras le fue posible, mi fiel administradora e instructora. Así pues, lo primero que hice fue conseguir que un comerciante de Lisboa escribiera a su corresponsal en Londres, no sólo para pagar una letra, sino también para buscarla y entregarle cien libras de mi parte, además de hablar con ella y aliviarla en su pobreza, asegurándole que, si yo vivía, volvería a recibir más ayuda. Al mismo tiempo envié cien libras a cada una de mis dos hermanas en el campo; pues aunque no estaban en la miseria, tampoco gozaban de buena situación: una había enviudado, y la otra tenía un marido mucho menos bondadoso de lo que debía ser. Pero entre todos mis parientes y conocidos aún no encontraba a nadie a quien me atreviera a confiar la mayor parte de mi fortuna para poder ir al Brasil dejando mis asuntos seguros detrás de mí; y esto me causaba gran inquietud.
En una ocasión tuve intención de ir al Brasil y establecerme allí, pues, en cierto modo, me había naturalizado en aquel país; pero tenía ciertos escrúpulos relacionados con la religión que, poco a poco, me hicieron desistir. Sin embargo, no fue la religión lo que me impidió ir allí por entonces; porque así como durante todo el tiempo que viví entre ellos no tuve reparo en profesar abiertamente la religión del país, tampoco lo tenía ahora; sólo que, habiendo pensado más últimamente en estas cuestiones que antes, cuando empecé a considerar la posibilidad de vivir y morir entre ellos, comencé a lamentar haberme declarado papista, y pensé que quizá no fuera la mejor religión en la que morir.
Pero, como he dicho, no era ésa la principal razón que me alejaba del Brasil, sino el hecho de que realmente no sabía con quién dejar mis bienes; así que finalmente resolví ir a Inglaterra, donde, si lograba llegar, concluía que podría hacer algunas amistades o encontrar familiares dignos de confianza; y, en consecuencia, me preparé para partir hacia Inglaterra con toda mi riqueza.
Para disponer las cosas antes de mi regreso, resolví primero —pues la flota del Brasil estaba ya lista para zarpar— responder de manera adecuada a las justas y fieles noticias que había recibido de allí. Así, escribí en primer lugar al prior de San Agustín una carta llena de agradecimiento por su rectitud y por la oferta de los ochocientos setenta y dos moidores que no habían sido distribuidos, de los cuales le rogué destinara quinientos al monasterio y trescientos setenta y dos a los pobres, según creyera conveniente; pidiéndole además las oraciones del buen padre por mí, y cosas semejantes. Después escribí una carta de agradecimiento a mis dos fideicomisarios, con todas las muestras de reconocimiento que merecían tanta justicia y honestidad; en cuanto a enviarles algún presente, estaban muy por encima de necesitarlo. Finalmente escribí a mi socio, reconociendo su diligencia en mejorar la plantación y su integridad en aumentar el valor de la plantación; dándole instrucciones para el manejo futuro de mi parte conforme a los poderes que había dejado a mi protector, a quien le pedía que remitiera cuanto me correspondiera hasta recibir nuevas órdenes mías más precisas; asegurándole que mi intención no era sólo ir a reunirme con él, sino establecerme allí el resto de mi vida. A esto añadí un generoso presente de sedas italianas para su esposa y sus dos hijas —pues el hijo del capitán me había informado que las tenía—, junto con dos piezas de excelente paño inglés, de lo mejor que pude encontrar en Lisboa, cinco piezas de bayeta negra y algunos encajes de Flandes de considerable valor.
Habiendo así arreglado mis asuntos, vendido mi cargamento y convertido todos mis bienes en buenas letras de cambio, la siguiente dificultad fue decidir de qué manera ir a Inglaterra. Aunque estaba más que acostumbrado al mar, sentía por entonces una extraña aversión a viajar por vía marítima, y sin embargo no podía explicar la razón; pero aquella dificultad crecía tanto en mi ánimo que, aunque llegué incluso a embarcar mi equipaje para partir, cambié de parecer, y no una sola vez, sino dos o tres.
Es cierto que había sido muy desgraciado en el mar, y esto podía explicar en parte mi repugnancia; pero nadie debe despreciar los fuertes impulsos de sus propios pensamientos en asuntos de tanta importancia: dos de los barcos que había escogido para viajar —quiero decir particularmente escogidos entre todos los demás—, habiendo incluso colocado mis pertenencias en uno y acordado el pasaje con el capitán del otro, acabaron ambos en desastre. Uno fue capturado por los argelinos, y el otro naufragó en el cabo Start, cerca de Torbay, pereciendo todos sus pasajeros excepto tres; de modo que en cualquiera de ellos habría terminado sumido en la desgracia.
Después de verme tan atormentado por estas dudas, mi viejo oficial, a quien confiaba todos mis pensamientos, me insistió encarecidamente en que no viajara por mar, sino que fuera por tierra hasta La Coruña y cruzara el golfo de Vizcaya hacia La Rochelle, desde donde el viaje por tierra hasta París, y luego a Calais y Dover, sería fácil y seguro; o bien subir hasta Madrid y atravesar Francia completamente por tierra. En una palabra, llegué a sentir tal prevención contra viajar por mar —excepto entre Calais y Dover— que resolví hacer todo el trayecto por tierra; lo cual, como no tenía prisa y el gasto no me preocupaba, resultaba además mucho más agradable. Y para hacerlo aún más placentero, mi viejo capitán me presentó a un caballero inglés, hijo de un comerciante de Lisboa, que deseaba viajar conmigo; después se unieron también dos comerciantes ingleses más y dos jóvenes caballeros portugueses, estos últimos con destino únicamente a París; de modo que éramos seis viajeros y cinco sirvientes. Los dos comerciantes y los dos portugueses se conformaban con compartir un criado entre cada dos para ahorrar gastos; y en cuanto a mí, llevé conmigo a un marinero inglés como sirviente, además de mi Viernes, que era demasiado extranjero para desempeñar adecuadamente ese papel durante el viaje.
De esta manera partí de Lisboa; y como nuestro grupo iba bien montado y armado, formábamos una pequeña tropa, cuyo capitán tuvieron el honor de nombrarme, tanto porque yo era el hombre de mayor edad como porque llevaba dos sirvientes y, en realidad, había sido el origen de todo el viaje.
Así como no os he importunado con ninguno de mis diarios marítimos, tampoco pienso cansaros ahora con los de tierra; aunque no debo omitir algunas aventuras que nos sucedieron durante este largo y difícil trayecto.
Cuando llegamos a Madrid, como todos éramos extranjeros en España, quisimos permanecer allí algún tiempo para ver la corte española y cuanto mereciera observarse; pero como ya era el final del verano, nos apresuramos a continuar nuestro camino y partimos de Madrid hacia mediados de octubre. Sin embargo, al llegar a los confines de Navarra, nos alarmaron en varias poblaciones del camino con noticias de que había caído tanta nieve en la parte francesa de las montañas que varios viajeros se habían visto obligados a regresar a Pamplona, después de intentar cruzarlas con extremo peligro.
Cuando llegamos a la propia Pamplona, comprobamos que así era en efecto; y para mí, que siempre había estado acostumbrado a climas cálidos y a países donde apenas podía soportar llevar ropa encima, el frío resultaba insoportable; y, en verdad, no era más doloroso que sorprendente haber salido apenas diez días antes de la Vieja Castilla, donde el tiempo no solo era templado, sino muy caluroso, y sentir de inmediato un viento procedente de los montes Pirineos tan penetrante y tan severamente frío, que se volvía intolerable y amenazaba con entumecer y gangrenar nuestros dedos de manos y pies.
El pobre Viernes se asustó de verdad cuando vio las montañas completamente cubiertas de nieve y sintió aquel clima helado, algo que jamás había visto ni experimentado en toda su vida. Y, para empeorar las cosas, cuando llegamos a Pamplona continuó nevando con tanta violencia y durante tanto tiempo, que la gente decía que el invierno había llegado antes de tiempo; y los caminos, que ya eran difíciles antes, se volvieron completamente intransitables; pues, en una palabra, la nieve se acumulaba en algunos lugares con demasiada profundidad para poder viajar, y al no estar endurecida por el hielo, como sucede en los países del norte, no se podía avanzar sin correr el riesgo de quedar enterrados vivos a cada paso.
Permanecimos nada menos que veinte días en Pamplona; cuando, viendo que el invierno se acercaba y que no había ninguna esperanza de mejoría —pues era el invierno más severo que se había conocido en toda Europa en memoria de los hombres—, propuse que nos dirigiéramos a Fuenterrabía y allí tomáramos un barco hacia Burdeos, pues el trayecto por mar era muy corto. Pero mientras consideraba esto, llegaron cuatro caballeros franceses que, habiendo quedado detenidos en el lado francés de los pasos montañosos, del mismo modo que nosotros en el español, habían encontrado a un guía que, atravesando el país cerca de la cabecera del Languedoc, los había conducido a través de las montañas por caminos donde la nieve apenas les había causado molestias; pues, según dijeron, allí donde encontraron nieve en abundancia, esta estaba lo bastante endurecida como para sostenerlos a ellos y a sus caballos.
Mandamos llamar a este guía, quien nos dijo que se comprometía a conducirnos por el mismo camino, sin peligro por la nieve, siempre que estuviéramos suficientemente armados para protegernos de las bestias salvajes; pues, según explicó, durante aquellas grandes nevadas era frecuente que algunos lobos aparecieran al pie de las montañas, vueltos feroces por la falta de alimento, ya que el suelo permanecía cubierto de nieve. Le respondimos que estábamos bastante bien preparados para enfrentarnos a criaturas como aquellas, si él podía garantizarnos protección contra cierta clase de lobos de dos patas, de quienes nos habían dicho que debíamos cuidarnos especialmente, sobre todo del lado francés de las montañas. Nos aseguró que no existía ningún peligro de esa clase en la ruta que íbamos a tomar; así que aceptamos gustosamente seguirlo, como hicieron también otros doce caballeros con sus sirvientes, algunos franceses y otros españoles, quienes, como ya dije, habían intentado continuar el viaje y se habían visto obligados a regresar.
Partimos, pues, de Pamplona con nuestro guía el 15 de noviembre; y, en verdad, me sorprendió que, en lugar de seguir adelante, regresara directamente con nosotros por el mismo camino por el que habíamos venido desde Madrid, unas veinte millas; tras cruzar dos ríos y llegar a una región llana, nos encontramos de nuevo en un clima templado, donde el paisaje era agradable y no se veía nieve alguna; pero de pronto, desviándose hacia la izquierda, se aproximó a las montañas por otro camino; y aunque es cierto que las colinas y precipicios parecían espantosos, hizo tantos rodeos y nos condujo por senderos tan sinuosos, que pasamos insensiblemente la altura de las montañas sin quedar demasiado obstaculizados por la nieve; y de repente nos mostró las agradables y fértiles provincias del Languedoc y la Gascuña, todas verdes y florecientes, aunque todavía a gran distancia, y aún nos quedaba por recorrer un camino áspero.
No obstante, nos sentimos algo intranquilos cuando vimos que nevaba durante un día entero y una noche con tal intensidad que no podíamos avanzar; pero el guía nos pidió que estuviéramos tranquilos, pues pronto habríamos dejado aquello atrás. Y, en efecto, comprobamos que cada día comenzábamos a descender y a dirigirnos más al norte que antes; así que, confiando en nuestro guía, seguimos adelante.
Faltaban unas dos horas para el anochecer cuando, yendo nuestro guía algo adelantado y fuera de nuestra vista inmediata, surgieron de repente tres enormes lobos y, tras ellos, un oso, desde un paso hundido junto a un espeso bosque; dos de los lobos se lanzaron contra el guía y, de haber estado mucho más adelantado que nosotros, habría sido devorado antes de que pudiéramos socorrerlo; uno de ellos se abalanzó sobre su caballo y el otro atacó al hombre con tal violencia que no tuvo tiempo ni presencia de ánimo para sacar su pistola, sino que comenzó a gritar y pedirnos ayuda con todas sus fuerzas.
Mi Viernes, que cabalgaba junto a mí, recibió la orden de adelantarse para ver qué sucedía. En cuanto Viernes alcanzó a divisar al hombre, gritó tan fuerte como él:
—¡Oh, amo! ¡Oh, amo!
Pero, como un hombre valiente, cabalgó directamente hasta el pobre hombre y, con su pistola, disparó al lobo en la cabeza, el mismo que lo estaba atacando.
Fue una suerte para el pobre hombre que se tratara de mi Viernes; pues, acostumbrado en su tierra a criaturas semejantes, no sentía miedo alguno, sino que se acercó mucho antes de disparar; mientras que cualquiera de nosotros habría disparado desde más lejos y quizá habría errado el tiro o puesto en peligro al propio hombre.
Pero aquello bastaba para aterrorizar a un hombre más valiente que yo; y, en efecto, alarmó a toda nuestra compañía cuando, con el estampido de la pistola de Viernes, oímos a ambos lados los más lúgubres aullidos de lobos; y el ruido, multiplicado por el eco de las montañas, nos hizo creer que había una cantidad prodigiosa de ellos; y quizá no fueran tan pocos como para que no tuviéramos motivos de temor.
Sin embargo, como Viernes había matado a aquel lobo, el otro, que se había aferrado al caballo, lo soltó inmediatamente y huyó sin causarle daño alguno, pues afortunadamente había mordido la cabeza del animal, donde las piezas metálicas de la brida habían quedado atrapadas entre sus dientes. Pero el hombre fue quien resultó más herido; pues la fiera rabiosa lo había mordido dos veces, una en el brazo y otra un poco por encima de la rodilla; y aunque había intentado defenderse, estaba a punto de caer al suelo debido al descontrol de su caballo cuando Viernes llegó y abatió al lobo.
Es fácil suponer que, al oír el disparo de la pistola de Viernes, todos aceleramos el paso y cabalgamos tan deprisa como nos lo permitía el difícil camino, para ver qué ocurría. En cuanto salimos de entre los árboles, que antes nos impedían la vista, comprendimos claramente lo sucedido y cómo Viernes había liberado al pobre guía; aunque al principio no distinguimos qué clase de criatura era la que había matado.
Capítulo XX: La Lucha De Viernes Con Un Oso
Pero jamás se había librado una pelea con tanta valentía y de una manera tan sorprendente como la que siguió entre Viernes y el oso, la cual nos proporcionó a todos —aunque al principio sentimos temor y sorpresa por él— la mayor diversión imaginable.
Como el oso es una criatura pesada y torpe, y no galopa como el lobo, que es rápido y ligero, tiene además dos características peculiares que, por lo general, determinan su comportamiento. La primera es que, respecto a los hombres —que no constituyen su presa habitual, pues no suele atacarlos a menos que ellos lo ataquen primero, salvo que tenga un hambre excesiva, como probablemente ocurría entonces, estando el suelo cubierto de nieve—, si uno no se mete con él, él tampoco se mete con uno; pero entonces es preciso tratarlo con mucha cortesía y cederle el paso, porque es un caballero muy delicado: no se apartará ni un solo paso de su camino ni siquiera por un príncipe; más aún, si de verdad se le teme, lo mejor es mirar hacia otro lado y seguir avanzando; pues a veces, si uno se detiene, permanece quieto y lo observa fijamente, él lo toma como una ofensa. Pero si se le arroja o lanza cualquier cosa, aunque no sea más que un palito del grosor de un dedo, se considera ultrajado y deja cualquier otro asunto de lado para perseguir su venganza, y no descansará hasta obtener satisfacción en cuestión de honor: esa es su primera cualidad. La segunda es que, una vez ofendido, jamás abandonará la persecución, ni de día ni de noche, hasta haberse vengado, sino que seguirá a su enemigo a buen paso hasta darle alcance.
Mi Viernes había socorrido a nuestro guía y, cuando llegamos junto a él, estaba ayudándolo a desmontar, pues el pobre hombre se hallaba tanto herido como aterrorizado, cuando de pronto vimos aparecer al oso saliendo del bosque; y era un monstruo enorme, el mayor que yo había visto jamás. Todos nos sobresaltamos un poco al verlo; pero cuando Viernes lo divisó, era fácil advertir la alegría y el valor en el rostro del muchacho.
—¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! —exclamó Viernes tres veces, señalándolo—. ¡Oh, amo! ¡Déjeme estrecharle la mano! ¡Yo hacerlos reír mucho!
Me sorprendió ver al muchacho tan complacido.
—¡Necio! —le dije—. ¡Te devorará!
—¡Devorarme! ¡Devorarme! —repitió Viernes dos veces—. ¡Yo devorarle a él! ¡Yo hacerle reír mucho! ¡Todos quedarse aquí, yo mostrarles buena risa!
Dicho esto, se sentó en el suelo, se quitó las botas en un instante y se puso un par de zapatos ligeros —como llamamos a esos zapatos planos que ellos usan y que llevaba guardados en el bolsillo—; entregó su caballo a mi otro sirviente y salió disparado con su escopeta, veloz como el viento.
El oso caminaba lentamente y no parecía dispuesto a molestar a nadie, hasta que Viernes, acercándose bastante, comenzó a hablarle como si el animal pudiera entenderlo.
—¡Eh, tú! ¡Eh, tú! —dijo Viernes—. ¡Yo querer hablar contigo!
Nosotros lo seguimos a cierta distancia, pues ya habíamos descendido al lado de Gascuña de las montañas y nos encontrábamos dentro de un inmenso bosque, donde el terreno era llano y bastante abierto, aunque salpicado aquí y allá de árboles dispersos.
Viernes, que, como solemos decir, "le pisaba los talones al oso", lo alcanzó rápidamente, tomó una gran piedra y se la arrojó, acertándole justo en la cabeza; pero le hizo tan poco daño como si la hubiera lanzado contra un muro. Sin embargo, aquello cumplió perfectamente el propósito de Viernes, pues el pícaro estaba tan libre de miedo que lo hizo únicamente para provocar al oso y conseguir que lo siguiera, y así hacernos reír, como él decía.
En cuanto el oso sintió el golpe y lo vio, se volvió y comenzó a perseguirlo, dando larguísimas zancadas y avanzando con una rapidez extraordinaria, tal que habría obligado a un caballo a galopar moderadamente. Viernes echó a correr como si se dirigiera hacia nosotros en busca de ayuda; así que todos resolvimos disparar al unísono contra el oso y rescatar a mi hombre, aunque yo estaba enfadado con él por habernos traído al oso encima cuando este marchaba tranquilamente por otro camino; y sobre todo me irritaba que hubiera dirigido la bestia hacia nosotros para luego salir huyendo. Por eso le grité:
—¡Perro! ¿Así es como pretendes hacernos reír? ¡Ven aquí y toma tu caballo para que podamos abatir a esa criatura!
Él me oyó y respondió a gritos:
—¡No disparar, no disparar! ¡Quedarse quietos y ustedes reír mucho!
Y como la ágil criatura corría dos pasos por cada uno del oso, de pronto se desvió hacia un lado y, al ver un gran roble apropiado para su propósito, nos hizo señas para que lo siguiéramos; luego, redoblando la velocidad, trepó con gran agilidad al árbol, dejando su escopeta en el suelo, a unas cinco o seis yardas del tronco.
El oso llegó pronto al árbol y nosotros lo seguimos a cierta distancia. Lo primero que hizo fue detenerse junto al arma, olfatearla y dejarla donde estaba; luego comenzó a trepar al árbol, escalando como un gato a pesar de su enorme peso. Yo estaba asombrado ante la locura —como me parecía— de mi hombre y no veía absolutamente nada de qué reírse, hasta que, viendo al oso subir por el árbol, nos acercamos todos cabalgando.
Cuando llegamos al pie del árbol, Viernes se encontraba ya en el extremo delgado de una gran rama, y el oso había avanzado hasta más o menos la mitad de ella. En cuanto el oso alcanzó la parte donde la rama era más débil, Viernes exclamó:
—¡Ja! ¡Ahora ustedes ver yo enseñar al oso a bailar!
Y comenzó a brincar y sacudir la rama, haciendo que el oso empezara a tambalearse; pero el animal se detuvo y miró hacia atrás, intentando averiguar cómo regresar. Entonces sí que reímos de buena gana.
Pero Viernes estaba lejos de haber terminado con él; pues al verlo inmóvil volvió a hablarle, como si supusiera que el oso entendía inglés:
—¿Qué pasa? ¿No venir más lejos? Por favor, venir más lejos.
Entonces dejó de sacudir la rama, y el oso, como si hubiera comprendido sus palabras, avanzó un poco más; en ese momento Viernes empezó nuevamente a saltar, y el oso volvió a detenerse.
Pensamos entonces que era un buen momento para dispararle en la cabeza, y gritamos a Viernes que se quedara quieto para que pudiéramos abatir al oso; pero él respondió con insistencia:
—¡Oh, por favor! ¡Oh, por favor! ¡No disparar! ¡Yo disparar después!
Quería decir "dentro de un momento".
En resumen, Viernes hizo bailar tanto al oso, y el oso se mostró tan inseguro sobre la rama, que tuvimos risas suficientes; pero seguíamos sin imaginar qué pretendía hacer aquel muchacho; pues al principio creímos que esperaba sacudir al oso hasta hacerlo caer, pero descubrimos que el animal era demasiado astuto para eso, ya que no avanzaba lo bastante como para precipitarse al suelo, sino que se aferraba firmemente con sus enormes garras y patas anchas, de modo que no podíamos imaginar cuál sería el desenlace ni dónde estaría finalmente la broma.
Pero Viernes nos sacó pronto de dudas; pues al ver que el oso seguía aferrado a la rama y no había forma de convencerlo de avanzar más, dijo:
—Bueno, bueno. Tú no venir más lejos, yo ir. Tú no venir a mí, yo venir a ti.
Y diciendo esto, se deslizó hacia el extremo más fino de la rama, donde ya se arqueaba bajo su peso, y se dejó bajar suavemente, resbalando por ella hasta quedar lo bastante cerca como para saltar al suelo; enseguida corrió hacia su escopeta, la recogió y permaneció inmóvil.
—Bien, Viernes —le dije—, ¿y ahora qué harás? ¿Por qué no le disparas?
—No disparar —dijo Viernes—, todavía no; yo disparar ahora, yo no matar; esperar, darles una risa más.
Y, en efecto, así fue; porque cuando el oso vio que su enemigo había desaparecido, retrocedió desde la rama donde estaba, aunque lo hizo con gran cautela, mirando hacia atrás a cada paso y reculando hasta alcanzar el tronco del árbol; luego, descendió del mismo modo, con la parte trasera por delante, aferrándose con las garras y moviendo una pata cada vez, muy lentamente.
En ese preciso instante, justo antes de que pudiera apoyar una de sus patas traseras en el suelo, Viernes se acercó sigilosamente, colocó el cañón de su arma junto a la oreja del oso y le disparó, matándolo en el acto.
Entonces el pícaro se volvió hacia nosotros para comprobar si nos reíamos; y al ver, por nuestras expresiones, cuánto nos había divertido, empezó él mismo a reír a carcajadas.
—Así matamos osos en mi tierra —dijo Viernes.
—¿Así los matáis? —respondí yo—. Pero si no tenéis armas de fuego.
—No —dijo él—, no armas; pero disparar muchas flechas largas.
Aquello nos proporcionó una gran diversión; pero seguíamos en un paraje salvaje, nuestro guía estaba bastante herido y apenas sabíamos qué hacer; además, los aullidos de los lobos no dejaban de resonar en mi mente; y, en verdad, salvo el ruido que una vez oí en la costa de África, del cual ya he hablado anteriormente, jamás escuché nada que me llenara de tanto horror.
Estas cosas, junto con la llegada de la noche, nos hicieron desistir; de lo contrario, como Viernes habría querido, sin duda le habríamos quitado la piel a aquella monstruosa criatura, que bien valía la pena conservar. Pero aún nos quedaban cerca de tres leguas por recorrer, y nuestro guía nos apremiaba; así que lo dejamos allí y continuamos nuestro viaje.
El suelo seguía cubierto de nieve, aunque no tan profunda ni tan peligrosa como en las montañas; y aquellas criaturas voraces, según supimos después, habían descendido al bosque y a las llanuras, empujadas por el hambre en busca de alimento, y habían causado grandes estragos en las aldeas, donde sorprendían a los campesinos, mataban muchísimas ovejas y caballos, e incluso a algunas personas.
Teníamos que atravesar un lugar peligroso, y nuestro guía nos dijo que, si aún quedaban más lobos en la región, seguramente los encontraríamos allí; era una pequeña llanura rodeada de bosques por todos lados, y un desfiladero largo y estrecho, o sendero angosto, que debíamos cruzar para salir del bosque, tras lo cual llegaríamos a la aldea donde pensábamos hospedarnos.
Faltaba media hora para la puesta del sol cuando entramos en el bosque, y poco después del anochecer llegamos a la llanura. En el primer bosque no encontramos nada, excepto que, en un pequeño claro que no tendría más de dos estadios de ancho, vimos a cinco enormes lobos cruzar el camino a toda velocidad, uno tras otro, como si estuvieran persiguiendo alguna presa que tenían a la vista. No nos prestaron atención y desaparecieron en pocos momentos. Entonces nuestro guía, que, dicho sea de paso, era bastante miedoso, nos pidió que permaneciéramos preparados, pues creía que venían más lobos.
Mantuvimos las armas listas y los ojos atentos; pero no vimos más lobos hasta atravesar aquel bosque, que tendría casi media legua, y entrar en la llanura. Apenas llegamos allí tuvimos motivos de sobra para mirar a nuestro alrededor. Lo primero que encontramos fue un caballo muerto; es decir, un pobre caballo que los lobos habían matado, y al menos una docena de ellos trabajaban sobre él. No podría decirse que lo estuvieran devorando, sino más bien royendo los huesos, pues ya habían acabado con toda la carne. No nos pareció prudente molestarlos en su festín, y ellos tampoco parecieron prestar demasiada atención a nosotros.
Viernes habría disparado contra ellos, pero no se lo permití bajo ningún concepto; porque comprendí que probablemente tendríamos más problemas de los que imaginábamos.
No habíamos cruzado ni la mitad de la llanura cuando comenzamos a oír el aullido de los lobos en el bosque a nuestra izquierda, de una manera espantosa; y poco después vimos cerca de un centenar que venían directamente hacia nosotros, todos juntos, y la mayoría avanzando con una regularidad propia de un ejército dirigido por oficiales experimentados.
Apenas sabía cómo recibirlos; pero comprendí que la única manera era formar una línea cerrada, y así lo hicimos al instante. Para que no quedaran demasiados espacios entre nosotros, ordené que disparara solamente un hombre de cada dos, mientras los otros permanecían listos para efectuar una segunda descarga inmediata si los lobos seguían avanzando. Después, quienes hubieran disparado primero no debían intentar recargar sus fusiles, sino mantenerse preparados con una pistola en cada mano; pues todos íbamos armados con un fusil y un par de pistolas cada uno.
De este modo podíamos hacer seis descargas, disparando por turnos la mitad de los hombres; aunque por el momento no fue necesario, porque al primer fuego el enemigo se detuvo por completo, aterrorizado tanto por el estruendo como por las llamas. Cuatro de ellos, alcanzados en la cabeza, cayeron muertos; varios más resultaron heridos y se alejaron sangrando sobre la nieve.
Observé que se habían detenido, aunque no retrocedían de inmediato; entonces, recordando que me habían dicho que incluso las fieras más feroces temían la voz del hombre, ordené a toda la compañía que gritara con todas sus fuerzas. Y comprobé que aquello no era del todo falso; porque al escuchar nuestros gritos comenzaron a retirarse y darse la vuelta.
Mandé entonces disparar una segunda descarga contra su retaguardia, lo que los hizo echarse a correr y huir hacia el bosque. Aquello nos dio tiempo para recargar las armas nuevamente; y, para no perder ni un momento, seguimos avanzando.
Pero apenas habíamos terminado de cargar los fusiles y de prepararnos otra vez, cuando oímos un ruido terrible en el mismo bosque a nuestra izquierda, aunque algo más adelante, justamente hacia donde nos dirigíamos.
La noche se acercaba y la luz comenzaba a volverse sombría, lo que empeoraba nuestra situación; pero el ruido aumentaba tanto que pudimos distinguir claramente que eran los aullidos y chillidos de aquellas criaturas infernales. Y de pronto advertimos tres grupos de lobos: uno a nuestra izquierda, otro detrás de nosotros y otro al frente; de modo que parecía que nos habían rodeado.
Sin embargo, como todavía no nos atacaban, continuamos avanzando tan rápido como podían trotar nuestros caballos, aunque el terreno, muy accidentado, apenas permitía un trote fuerte.
Así llegamos a divisar la entrada de un bosque por el que debíamos pasar, al otro lado de la llanura; pero nos sorprendimos enormemente cuando, al acercarnos al sendero o desfiladero, vimos una multitud confusa de lobos apostados justo en la entrada.
De repente, en otra abertura del bosque, oímos el disparo de un arma; y, mirando hacia allí, vimos salir un caballo ensillado y embridado, corriendo como el viento, perseguido a toda velocidad por dieciséis o diecisiete lobos. El caballo les llevaba ventaja; pero suponíamos que no podría mantener aquel ritmo mucho tiempo, y no dudábamos de que acabarían alcanzándolo. Y sin duda así ocurrió.
Pero entonces contemplamos un espectáculo horrendo; porque al llegar a la entrada por donde había salido el caballo encontramos los cadáveres de otro caballo y de dos hombres, devorados por aquellas bestias voraces. Uno de ellos era, sin duda, el mismo hombre cuyo disparo habíamos oído, pues junto a él yacía un fusil recién disparado; pero en cuanto al hombre, la cabeza y toda la parte superior del cuerpo habían sido devoradas.
Aquello nos llenó de horror, y no sabíamos qué camino tomar; pero las propias criaturas resolvieron pronto nuestra indecisión, porque comenzaron a reunirse a nuestro alrededor con la esperanza de conseguir presa. Y creo sinceramente que había cerca de trescientos lobos.
Por fortuna para nosotros, a la entrada del bosque, y no muy lejos de allí, yacían algunos grandes troncos de árboles talados el verano anterior y abandonados allí, supongo, a la espera de ser transportados.
Conduje a mi pequeño destacamento entre aquellos troncos y, colocándonos en línea detrás de uno particularmente largo, aconsejé a todos desmontar y usar aquel tronco como parapeto, formando un triángulo, o tres frentes, dejando a los caballos en el centro.
Lo hicimos, y fue una gran suerte haberlo hecho; porque jamás vi una carga tan furiosa como la que aquellas criaturas lanzaron contra nosotros en aquel lugar. Avanzaron con una especie de gruñido salvaje y treparon sobre el tronco que servía de parapeto como si se abalanzaran directamente sobre su presa; y aquella furia parecía provenir principalmente de haber visto nuestros caballos detrás de nosotros.
Ordené a los hombres disparar como antes, uno sí y otro no; y apuntaron con tal precisión que varios lobos cayeron muertos en la primera descarga. Pero era necesario mantener un fuego continuo, porque venían sobre nosotros como demonios, empujando los de atrás a los de adelante.
Después de la segunda descarga de fusilería pensamos que se detenían un poco, y yo esperé que retrocedieran; pero solo fue un instante, pues otros avanzaron de inmediato. Entonces hicimos dos descargas con las pistolas; y creo que entre aquellas cuatro tandas de fuego habíamos matado diecisiete o dieciocho lobos y dejado tullidos al doble, pero aun así continuaban avanzando.
No quería gastar la munición demasiado deprisa; así que llamé a mi otro sirviente —no a Viernes, porque estaba mucho mejor ocupado, cargando con increíble destreza mi fusil y el suyo mientras combatíamos— y le entregué un cuerno de pólvora, ordenándole que trazara una larga línea de pólvora a lo largo del tronco.
Así lo hizo, y apenas tuvo tiempo de apartarse cuando los lobos llegaron hasta allí, algunos subiéndose sobre el tronco. Entonces yo acerqué una pistola descargada a la pólvora y la hice estallar.
Los lobos que estaban sobre el tronco quedaron abrasados, y seis o siete de ellos cayeron, o más bien saltaron entre nosotros impulsados por el fuego y el espanto; pero los despachamos al instante. Los demás se asustaron tanto por las llamas —que la oscuridad de la noche, ya casi cerrada, hacía aún más terribles— que retrocedieron un poco.
Aproveché entonces para ordenar que disparáramos las últimas pistolas en una sola descarga, y después lanzamos un enorme grito.
Ante aquello los lobos dieron media vuelta, y nosotros salimos inmediatamente contra cerca de veinte que habían quedado heridos y se debatían en el suelo, cayendo sobre ellos con las espadas, tal como esperábamos; porque los chillidos y aullidos que lanzaban fueron perfectamente comprendidos por sus compañeros, de manera que todos huyeron y nos dejaron en paz.
Habíamos matado, entre unos y otros, cerca de sesenta lobos; y de haber sido de día habríamos matado muchos más. Una vez despejado así el campo de batalla, seguimos adelante, pues aún nos quedaba casi una legua por recorrer. Mientras avanzábamos oíamos varias veces a aquellas criaturas voraces aullar y chillar en los bosques, y algunas veces nos parecía ver algunas de ellas; pero la nieve deslumbraba tanto nuestros ojos que no podíamos estar seguros.
Al cabo de una hora más llegamos al pueblo donde debíamos hospedarnos, y lo encontramos sumido en un terrible estado de alarma y completamente armado; pues, según supimos, la noche anterior los lobos y algunos osos habían irrumpido en la aldea y habían sembrado tal terror entre los habitantes que se habían visto obligados a montar guardia día y noche, especialmente durante la noche, para proteger su ganado y, en realidad, también a las personas.
A la mañana siguiente nuestro guía se hallaba tan enfermo, y sus heridas tan inflamadas y doloridas, que no pudo continuar el viaje; de modo que tuvimos que tomar otro guía allí mismo y seguir hacia Toulouse, donde encontramos un clima templado, una región fértil y agradable, sin nieve, sin lobos ni nada semejante.
Pero cuando contamos nuestra historia en Toulouse, nos dijeron que aquello no era nada extraordinario en los grandes bosques al pie de las montañas, especialmente cuando la nieve cubría el suelo; aunque se mostraron muy sorprendidos de que un guía hubiese aceptado conducirnos por allí en una estación tan rigurosa, y afirmaron que era un milagro que no hubiéramos sido todos devorados.
Cuando les contamos cómo nos habíamos colocado formando un círculo con los caballos en el centro, nos reprocharon mucho aquella decisión, diciendo que era cincuenta contra uno que hubiéramos perecido todos; porque la vista de los caballos había enfurecido tanto a los lobos, al ver en ellos su presa. Nos explicaron que, en otras circunstancias, aquellas bestias realmente temen a las armas de fuego; pero que el hambre extrema las había vuelto insensibles al peligro, y que el deseo de alcanzar a los caballos les había hecho perder todo temor.
Añadieron que, si no hubiésemos logrado contenerlos mediante el fuego continuo y finalmente mediante la estratagema de la línea de pólvora, lo más probable era que nos hubieran despedazado; mientras que, si nos hubiéramos mantenido montados y hubiéramos disparado como jinetes, los lobos no habrían considerado a los caballos tan completamente suyos mientras vieran hombres sobre ellos. También nos dijeron que, incluso al final, si hubiéramos permanecido unidos y abandonado los caballos, las bestias se habrían lanzado con tal avidez sobre ellos que nosotros probablemente habríamos escapado sanos y salvos, sobre todo siendo tantos hombres armados.
Por mi parte, jamás en mi vida había sentido tan intensamente el peligro; porque ver a más de trescientos demonios venir rugiendo hacia nosotros, con las fauces abiertas para devorarnos, sin ningún refugio ni lugar adonde retirarnos, me hizo darme por perdido. Y, siendo sincero, creo que nunca más tendré deseos de volver a cruzar aquellas montañas; preferiría recorrer mil leguas por mar, aunque supiera con certeza que encontraría una tormenta cada semana.
No tengo nada fuera de lo común que relatar sobre mi paso por Francia; nada que otros viajeros no hayan contado ya con mucha más habilidad de la que yo podría hacerlo. Viajé desde Toulouse hasta París y, sin detenerme demasiado, continué hasta Calais, desde donde desembarqué sano y salvo en Dover el 14 de enero, después de haber atravesado una temporada de frío extremadamente rigurosa.
Había llegado por fin al punto culminante de mis viajes, y en poco tiempo tuve conmigo toda mi recién descubierta fortuna, pues las letras de cambio que llevaba fueron pagadas sin dificultad.
Mi principal guía y consejera confidencial fue mi buena y anciana viuda, quien, agradecida por el dinero que yo le había enviado, consideraba que ningún esfuerzo ni cuidado eran demasiado grandes cuando se trataba de ayudarme; y yo confiaba en ella tan plenamente que me sentía completamente tranquilo respecto a la seguridad de mis bienes. Y, en verdad, tuve la fortuna, desde el principio hasta el final, de contar con la integridad intachable de aquella excelente mujer.
Y entonces, habiendo decidido vender mi plantación en el Brasil, escribí a mi viejo amigo en Lisboa, quien, tras ofrecerla a los dos mercaderes supervivientes de mis antiguos administradores, residentes en el Brasil, consiguió que aceptaran la oferta y remitieran treinta y tres mil piezas de a ocho a uno de sus corresponsales en Lisboa para pagarla.
A cambio, firmé el documento de venta en la forma que me enviaron desde Lisboa y lo remití a mi anciano amigo, quien me hizo llegar las letras de cambio por treinta y dos mil ochocientas piezas de a ocho correspondientes a la propiedad, reteniendo únicamente el pago de cien moidores anuales para él mientras viviera, y cincuenta moidores anuales después para su hijo durante toda su vida, tal como yo les había prometido, y que la plantación debía satisfacer como una renta perpetua.
Y así he relatado la primera parte de una vida de fortuna y aventuras; una vida marcada por los caprichosos designios de la Providencia y por una variedad de sucesos como pocas veces el mundo habrá visto semejante; una vida que comenzó de manera insensata, pero que terminó mucho más felizmente de lo que jamás me atreví a esperar.
Cualquiera habría pensado que, hallándome en medio de una fortuna tan extraordinaria, ya no volvería a exponerme a nuevos peligros; y, ciertamente, así habría sido si otras circunstancias hubiesen coincidido. Pero yo estaba habituado a una vida errante; no tenía familia ni muchos parientes; y, aunque era rico, no había formado nuevas amistades íntimas. Además, aunque había vendido mi propiedad en el Brasil, no podía sacar aquel país de mi mente y sentía un gran deseo de volver a viajar; sobre todo, no podía resistir la fuerte inclinación que tenía de regresar a mi isla y averiguar si los pobres españoles seguían vivos allí.
Mi verdadera amiga, la viuda, me disuadió con insistencia; y logró influir en mí hasta el punto de impedirme partir nuevamente durante casi siete años. Durante ese tiempo tomé bajo mi cuidado a mis dos sobrinos, hijos de uno de mis hermanos; al mayor, que ya poseía algunos bienes propios, lo eduqué como a un caballero y le aseguré una herencia adicional tras mi muerte. Al menor lo coloqué bajo el mando de un capitán de barco; y cinco años después, viendo que era un joven inteligente, valiente y emprendedor, le conseguí un buen navío y lo envié al mar. Y fue precisamente este joven quien, más adelante, me arrastró de nuevo, aun siendo ya viejo, hacia nuevas aventuras.
Mientras tanto, me establecí parcialmente en Inglaterra; pues, antes que nada, me casé, y el matrimonio no resultó ni desventajoso ni desagradable para mí. Tuvimos tres hijos, dos varones y una hija; pero al morir mi esposa, y regresar mi sobrino con éxito de un viaje a España, mi deseo de volver a viajar, unido a sus insistentes ruegos, acabó por convencerme de embarcarme con él como comerciante particular rumbo a las Indias Orientales. Esto ocurrió en el año 1694.
Durante aquel viaje visité mi nueva colonia en la isla y vi a mis sucesores, los españoles. Supe entonces toda la historia de sus vidas y de los villanos que yo había dejado allí; cómo al principio maltrataron a los pobres españoles; cómo después se reconciliaron, volvieron a enemistarse, se unieron nuevamente y se separaron otra vez; y cómo finalmente los españoles se vieron obligados a emplear la fuerza contra ellos. También conocí cómo quedaron sometidos a los españoles y cuán honestamente estos los trataron: una historia que, de ser relatada con detalle, estaría tan llena de variedad y sucesos extraordinarios como la mía propia.
Especialmente notables fueron sus combates contra los caribes, que desembarcaron varias veces en la isla; así como las mejoras que realizaron en ella. Cinco de aquellos hombres incluso hicieron una expedición al continente y regresaron con once hombres y cinco mujeres como prisioneros; de manera que, cuando yo llegué, encontré cerca de veinte niños pequeños viviendo en la isla.
Permanecí allí unos veinte días y les dejé provisiones de toda clase, particularmente armas, pólvora, municiones, ropa, herramientas y dos artesanos que había llevado conmigo desde Inglaterra: un carpintero y un herrero.
Además de esto, dividí las tierras entre ellos, reservándome la propiedad general de toda la isla, pero entregando a cada uno las parcelas acordadas; y después de arreglar todos sus asuntos y comprometerlos a no abandonar el lugar, los dejé allí.
Desde allí pasé al Brasil, donde compré una pequeña embarcación y la envié a la isla con más personas; y en ella, además de otras provisiones, envié siete mujeres, escogidas entre las que consideré adecuadas para servir o para convertirse en esposas de quienes quisieran tomarlas. En cuanto a los ingleses, les prometí enviarles mujeres desde Inglaterra, junto con un buen cargamento de artículos necesarios, si se dedicaban seriamente al cultivo de la tierra; promesa que después no pude cumplir.
Aquellos hombres demostraron ser muy honestos y trabajadores una vez sometidos al orden y después de que sus propiedades fueron delimitadas. También les envié desde el Brasil
cinco vacas, tres de ellas preñadas, algunas ovejas y varios cerdos, que para mi siguiente visita se habían multiplicado considerablemente.
Pero todas estas cosas, junto con la historia de cómo trescientos caribes llegaron a invadirlos y destruyeron sus plantaciones; de cómo combatieron dos veces contra aquella multitud y fueron derrotados al principio, muriendo uno de ellos; y de cómo finalmente una tormenta destruyó las canoas enemigas, permitiéndoles acabar con casi todos los supervivientes, recuperar sus plantaciones y continuar viviendo en la isla…
Todo esto, junto con algunos incidentes muy sorprendentes de mis propias aventuras durante los diez años siguientes, lo relataré con mayor detalle en la Segunda Parte de mi Historia.
