Inauguramos nuestras entrevistas a los escritores nacionales sobre cinematografía con la opinión que, sobre ese particular, en forma rápida y sintética, nos expresó Ricardo Rojas. Hoy toca el turno a Horacio Quiroga, escritor suficientemente conocido por los lectores de nuestra revista, por sus colaboraciones frecuentes en los periódicos, por sus libros de cuentos —originales y profundos que le han creado una personalidad vigorosa y salvaje, de un Kipling americano. Es un amigo del cine. Es poco frecuente encontrar en los escritores de su época un entusiasmo tan sincero y cordial por el séptimo arte como el que ha demostrado siempre el autor de El Salvaje.
Lo entrevistamos en el consulado uruguayo, en donde desempeña un cargo administrativo.
No ignoramos que existe, entre los escritores “pasadistas”, una animadversión general hacia el cine. Tratamos de investigar, de boca de Quiroga, cuál es la causa de ese desdén injustificado por el nuevo arte. Quiroga nos dice:
—Esa animadversión por parte de los intelectuales y, muy particularmente de los artistas, ha llamado siempre nuestra atención. Cuantas veces hemos solicitado la impresión de los compañeros sobre la capacidad dramática del cine, se nos ha respondido con frialdad ligera. Muchos de ellos ignoran de él todo, menos que se exhiben para goce de sus sirvientas películas de cowboys. Otros, han ido varias veces al cine, sin ver otra cosa que tonterías. Los más declaran que el tal nuevo arte no pasa de un simple espectáculo populachero, con eficacia exclusiva sobre la gruesa psicología popular. Algunos, por fin, condescienden con rubor a confesar su gusto por el cinematógrafo. No ven en él más que un entretenimiento visual. Pero arte dramático, con su poesía y psicología, no.
—¿Y en qué se basan para restar interés dramático y pasional al cine?
—Es que, en la escena muda —nos dice— falta el elemento primordial de la manifestación y el análisis psicológico: la palabra. Sin embargo, en un arte de representación como el teatro y el cine, ¿es acaso imprescindible el empleo de la palabra para todas las circunstancias? Se nos dirá que por la palabra se llega al alma y se sale de ella, y que no podemos conocerla de otro modo; de no ser así, mucho antes que el cine, la pantomima habría ya realizado el drama mudo. Sin embargo, son cosas distintas. La pantomima es una caricatura de la expresión y el cine pretende, por lo contrario, ser la expresión misma.
—¿Cree usted que el teatro es superior al cine como expresión de realidad?
—El teatro es la simulación de la vida, real o irreal, que se lleva a cabo entre lienzos movibles de papel y que se realiza por medio de personas y aun de animales. Está constreñido, por su carácter de ficción, a fingirlo todo: desde los personajes, que casi nunca son del aspecto, estatura y edad exigidos, hasta el ambiente en que se mueven, que no es ni por asomo tal ambiente, sino otro de papel pintado.
—¿A qué se debe esa creencia tan general del cine como sucedáneo del teatro?
—A que cuando se creó el cine no se vio en él más que una simple modificación o sucedáneo de la escena teatral. Y se tuvo la certeza de que jamás se apartaría de las normas artísticas creadas y estilizadas por el teatro. Las primeras proyecciones fueron, en efecto, un simple remedo de las representaciones teatrales: breves situaciones de conflicto, historias dramáticas con personajes de otras épocas, todo ello sobre un fondo simplemente sentimental. Por rápido que fuese el acto que nos ofrecía la pantalla, había ya en él, informes, los elementos de un drama. Faltaban entonces las leyendas. Aquellos episodios participaban de la pantomima, cuya identidad con el cine —mudo por esencia— fue para los hombres de la época un dogma del que jamás podría apartarse la pantalla; y en mínima escala del teatro, cuya palabra y expresión enfática no se atrevía aún a adoptar.
—¿Hubo algunos progresos después de ese periodo precario del cine?
—Sí; algunos años más, y el cine daba un gran paso en la composición de sus historietas. Aumentaban los incidentes de estas; se había creado la leyenda, lo que permitía morigerar no poco los gestos y ademanes a que recurría la mímica para decir que aquí, allí, arriba, abajo, dentro de nuestro corazón, pasa algo.
—¿Cuáles son, a su juicio, los elementos principales aportados por el cine?
—El cine ha aportado, a la representación, un elemento por cuya simulación el teatro se ha debatido desesperadamente hasta hoy. Este elemento es la realidad del escenario. La presentación de una casa de sólidas y reales paredes, cuando en un interior se trata; de un jardín o una perspectiva de montaña, si así lo exige del drama; de un barco, de una fábrica, de un cementerio, de una tempestad, si en tal ambiente deben moverse los personajes, todas esas cosas y fenómenos reales, vistos, tocados, habitados y sentidos, con una dosis mínima de ilusión, constituyen la fuerza exclusiva que ha llevado al cine al primer plano entre los espectáculos de arte. Llegamos así, de la verdad del escenario, a la sobriedad de la expresión, calidad por excelencia del cine como arte interpretativo.
—¿Quiénes le parece que son los que han comprendido mejor el sentido del arte cinematográfico?
—Precisamente la anterior comprobación lleva naturalmente a otra, que es la siguiente: los únicos hombres que durante largos años han comprendido las diferencias radicales entre cine y teatro son los americanos. Ellos han creado el drama cinematográfico en toda su capacidad realizando, cada vez que las exigencias lo permitían, una obra de arte puro, y estilizando el resto en ñoñerías de desenlace —fatalmente optimista— que parecen haber heredado, punto por punto, la cursilería sentimental de las novelas angloamericanas. Pero aun en estas cintas, que forman el noventa y cinco por ciento de las que se exhiben, imperan elementos nobles: la verdad del escenario, cien veces puesta de relieve; la naturalidad de los movimientos, de los ademanes, de los gestos, de todas las acciones y expresiones trasplantadas a la pantalla tal como son en la vida.
—¿Hay alguna demostración práctica de la diferencia de la escena teatral y cinematográfica?
—Las diferencias capitales entre cine y teatro han quedado perfectamente deslindadas en la práctica, toda vez que un gran actor de la escena ha actuado en el filme. Creemos que, sin excepción, todos ellos han forzado el juego fisonómico permitido en la pantalla.
—¿Cuáles son los artistas norteamericanos que más le interesan?
—Me reservo la opinión para más adelante.
—¿Le gusta Charles Chaplin?
—No.
—¿Y Buster Keaton?
—Más que Chaplin.
Nos despedimos de Horacio Quiroga, agradeciéndole las interesantes declaraciones que sobre cinematografía nos hiciera.
