Texto: Los Hércules
de Duque de Rivas


Crónica, Artículo


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Los Hércules

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Fragmento de Los Hércules

Muy linda y elegante debía de estar cuando toda la nobleza sevillana concurría a ella, y sólo a ella, porque no había otro paseo ni punto de reunión, siendo, por tanto, el terreno de la belleza y del lujo y el teatro del trato ameno y de los conciertos amorosos. La Alameda entonces sería cual una especie de jardín de encantamiento con tanto brial de brocado, con tanto manto de tafetán de Florencia, con tanto encaje de Flandes, con tantas plumas y sombrerillos, con tantas ropillas de varios y risueños terciopelos o de espléndidos y brillantes rasos, con tantas calzas de diferentes colores, con tantas capas bordadas. tantos hábitos, tantas cadenas, tantas tocas y sombreros con cintillos, toquillas y penachos; tantos extranjeros, soldados, frailes, estudiantes; con tanta dama, tanta tapada, tanto valentón, tanto donaire, tanto ceceo, tanto amorío, tantos celos, tanto chasco y tanta trapería. ¡De cuánto lance y compromiso habrá sido escena! ¡Qué espacioso campo hallaría entonces su mencionada inclinación! ¡Cuánto habrá hecho rabiar a madres y a tías, a maridos y añejos amantes! La gota tan gorda les habrá hecho sudar a los señores Hércules. Allí, sin duda, en la tal Alameda, ahora vieja y entonces muchacha, se encontraron más de cuatro veces las dulces y tiernas miradas del divino Herrera y de la hermosa condesa de Gelves, y acaso al anochecer le deslizó entre los pliegues del manto algún dulcísimo soneto de los que en nuestros días ha publicado don Tomás Sánchez. Y tal vez ella, en cambio, le metió en el guante el número y señas de la casa de cierta beata costurera adonde tenía que ir a la mañana siguiente. Allí, entre aquellos árboles, que ahora, como viejos, parecen tan regañones y tienen cara de pocos amigos, pero que lozanos y galancetes entonces estaban, habrá suspirado mil veces tras alguna gallarda tapada don Juan de Jáuregui, y estudiaría lances y chistes para sus comedias y haría sus observaciones Juan de la Cueva. Y Rioja, arqueando las cejas, habrá contemplado las romanas columnas. Y leído sus versos jocosos a sus amigos Baltasar de Alcázar. Y Murillo mil veces, al oír tocar a oraciones en el campanario de San Lorenzo, se pararía, se quitaría el chapeo y rezaría las avemarías muy devotamente; y puede que en uno de aquellos momentos se le ocurriese la Virgen de la Faja, o la Concepción de Capuchinos. Y ¿si sería en la Alameda Vieja, y al pie de los Hércules, donde topó Cervantes


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11 págs. / 19 minutos.
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Publicado el 14 de mayo de 2019 por Edu Robsy.


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