El Hombre del Hotel Carlton

Edgar Wallace


Novela



I

Hubo un hombre llamado Harry Stone, conocido también por Harry el Valet, que fue un detective hasta que le desenmascararon, lo que sucedió a los tres meses aproximadamente de haber entrado en el C. I. D. del Departamento de Policía de Rodesia. Pudo ser procesado; pero en esa época esta sección especial de la Policía no tenía ningún deseo de hacer pública la falta de honradez de sus agentes; así que cuando una noche se marchó por el correo de Capetown no se molestaron en hacerle volver.

Harry se dirigió hacia el Sur, llevándose cerca de trescientas libras esterlinas ilícitamente ganadas, con la esperanza de encontrar a Lew Daney, que era un buen compañero y un gran artista, aunque poco afortunado.

Pero Lew se había marchado hacía mucho tiempo, y precisamente estaba en aquellos momentos organizando y llevando a cabo una serie de correrías más pintorescas y mucho mejor preparadas que su intento contra el National Bank de Johannesburg.

Harry volvió a Rodesia por la ruta de Beira, atravesando el Massi-Kassi hasta Salisbury, lo cual fue su desgracia, porque el capitán Timothy Jordán, jefe del C. I. D. de la Policía de Rodesia, le hizo el honor de visitarle personalmente en el hotel.

—Está usted inscrito como Harrison, pero su nombre es Stone. Y a propósito: ¿cómo está su amigo Lew Daney?

—No sé lo que quiere usted decir —dijo Harry el Valet.

—Sea como sea —contestó Tim, sonriendo—, el tren para territorio portugués sale dentro de dos horas. ¡Tómelo!

Harry no discutió. Estaba desconcertado, porque nunca se había tropezado con Tiger, Tim Jordán, aunque había oído hablar de este activo joven y sabía de memoria las hazañas que de él se referían.

Tiger, que era un hombre bastante rico, podía permitirse el lujo de ser concienzudo. Había hecho un detenido estudio de las fotografías de los indeseables que llegaban a su poder y se impuso a sí mismo la obligación de ir a esperar todos los trenes de viajeros que llegaban y vigilar sus salidas, y en casi todos encontraba a alguien que no deseaba siguiera corrompiendo el agradable aire de Southern Rodesia, y la fotografía de Harry había llegado a Salisbury casualmente entre los asuntos del día.

En Beira, mister Stone tomó un barco de la East Coast que hacía la travesía entre Durban y Grenock. Pero habían ocurrido algunos sucesos en Londres por los cuales era conveniente que el exdetective buscase otro puerto de entrada que no estuviese bajo la observación directa de Scotland Yard, que aunque estaba extraordinariamente ocupada en esa época, podía dedicar algunos agentes a vigilar las llegadas de los transatlánticos y hacer un cariñoso recibimiento al vagabundo, que regresaba deseoso de ahorrarse la recepción.

Pocos días después de alquilar Harry una casa respetable en Glasgow, el chief constable Cowley, de Scotland Yard, citó a una conferencia a los jefes inspectores.

—Éste es el segundo atraco importante en tres semanas —dijo—. Es la misma banda la que ha hecho los dos trabajos, y si no se han escapado con una gran cantidad de dinero, ha sido por su probada mala suerte.

Se refería al estudiado asalto del Northern Counties Bank.

Un guarda de noche y un policía ciclista que recorría los alrededores fueron asesinados a sangre fría, y una de las cajas, abierta. Los ladrones consiguieron poco por sus trabajos. El día anterior fue trasladada una gran suma de dinero a causa de «una información recibida».

—Uno de la banda cantó —dijo Cowley—. No ha debido de hacerlo por la recompensa ofrecida, porque no la ha reclamado. Me figuro que es un caso de venganza. Con los datos que tenía la Policía, es lamentable que hayan dejado escapar la cuadrilla.

El asalto al Northern Counties Bank fue seguido inmediatamente por el negocio del Mersey Trust, en que se jugaban doscientas mil libras en lingotes de oro.

—Es el golpe mejor organizado que recuerdo —dijo Cowley con entusiasmo de conocedor—. Todo estaba perfectamente preparado. Si el contador del cliente no hubiera sido testarudo retardando la entrega del oro durante una hora por haber traspasado los documentos, se hubieran apoderado de él.

—Infiero, señor —dijo el chief inspector Pherson, que hablaba gravemente, aun cuando no era sarcástico—, que habrá leído usted el relato de la Prensa diaria.

Cowley se rascó la nuca, irritado.

—Naturalmente —contestó.

Scotland Yard estaba molesta, porque ninguna de las fuerzas de Policía le había consultado siquiera.

—¿Por qué Scotland Yard? —preguntó el chief constable de Blankshire—. ¿No tenemos también nosotros un C. I. D.? ¡Qué tontería!

Era un militar, jefe de la Policía, un C. B. E., un D. S. O. Cowley sabía que tenía más esprit de corps) que prenez garde); pero esta idea probablemente era un prejuicio.

Los chief constables) de los distritos de fuera de Londres no estaban obligados a consultar a Scotland Yard. Ésta no podía mezclarse en la administración de la Policía local. No pidieron su consejo en el caso del Northern Counties ni en el asunto del Mersey. El chief constable de Nortshire dijo:

—Si no podemos hacer este trabajo nosotros solos, debemos ser quemados. Tenemos también nuestro C. I. D. y confío en que «más sabe el loco en su casa…». Recuerdo hace algunos años, cuando mandaba una brigada en Poona…

Los cinco que estaban sentados alrededor de la gran mesa en Scotland Yard examinando mapas y los datos que habían recogido de modo extraoficial, nunca habían estado en Poona y era probable que ninguno de ellos mandase una brigada, a no ser que fuese una brigada de bomberos.

—El tercero se acerca —dijo Cowley—. Esto, en mi opinión, es una serie: hay señales de una larga preparación y de un metódico estudio. ¿Quién es el artista?

El artista era Lew Daney, y nadie pensaba en él, porque en aquel momento era desconocido de la Policía, aunque había un exdetective que le conocía muy bien.

El día que Harry Stone se convenció de que en Escocia no encontraba otra cosa que incrédulos hombres de negocios (trabajaba entonces en el negocio fraudulento de una mina de oro), dieron el tercer golpe, y entonces sí que pudieron adjudicarse cierto éxito.

El Lower Clyde Bank tenía un suntuoso edificio en la ciudad de Glasgow. Entre las nueve de la noche de un nublado jueves y las cuatro de la madrugada de un viernes aún más nublado, la caja número dos fue abierta y robada. Contenía unas ciento doce mil libras en moneda inglesa; pero lo más importante era que guardaba también la suma de diez millones de reichmarks depositados por el Chemical Bank de Dusseldorf; depósito hecho en cumplimiento del contrato que tenía con el North British Chemical Trust. Este depósito estaba constituido por diez mil billetes de mil marcos, y se hallaba encerrado en dos cajas de acero, cada una de las cuales guardaba cinco mil billetes en paquetes de mil.

Había en él dos guardas de noche, Mc. Cali y Erskine, que desaparecieron. El haber dejado de repetir las señales que a cada hora tenía que hacer al Cuartel General de la Policía fue lo que hizo que ésta acudiese al Banco. No los encontraron sino tres horas más tarde, en un ascensor que había sido parado entre dos pisos y puesto fuera de servicio, inutilizándolo. Ambos estaban muertos por disparos hechos a boca de jarro.

Solamente un hombre podía haber dado informes que hubieran tenido algún valor para la Policía. Harry Stone tuvo la buena suerte aquella tarde de encontrar un escocés para el que, entre las siete de la tarde y las dos de la mañana, las luces de la ilusión brillaban alegremente. Había escuchado sin aliento la historia que Harry le contó acerca de la mina de oro escondida entre los repliegues de Magalies Berge (de donde nunca había salido otra cosa que tabaco), y le condujo a sus magníficas habitaciones, donde Harry dibujó planos; porque Harry era un hombre instruido; hablaba tres idiomas y podía dibujar un número infinito de mapas, si le convenía hacerlo. Sus planos adornaron su historia de modo tan convincente, que casi tuvo el cheque en el bolsillo. Como era un artista, no apresuró las cosas; dijo buenas noches a su huésped a las tres de la madrugada y se dirigió andando hacia su casa.

Vio al borde de la acera un coche grande que marchaba despacio, y se detuvo al tiempo que él pasaba. Después, andando rápidamente hacia él, vio venir a un hombre, al que examinó la cara de un vistazo con el rabillo del ojo. Alguien que conocía… ¿Quién era? Anduvo media docena de pasos y después se volvió. Al primer hombre se le había unido otro que llevaba un saco; un tercero se acercó atravesando a todo correr la calle. Pareció que desaparecían a la vez en el interior del coche, al tiempo que éste daba la vuelta y escapaba a toda velocidad.

¡Lew Daney! Tenía bigote cuando Harry le conoció. Éste silbaba ahora. ¡Lew había dado un golpe! No era prudente encontrarse en los alrededores del lugar de las hazañas de Lew. Éste tenía revólver, y no sentía repugnancia en hacer uso de él. Harry no deseaba ser cogido y encerrado por la Policía y que ésta le interrogase acerca de una de las fantásticas aventuras de Lew.

Sintió un gran descanso al llegar a su casa. Leyó los detalles del crimen en las primeras ediciones de los periódicos de la tarde del día siguiente, y se quedó asombrado del alcance del robo. Se azaró por la actitud de su futuro socio capitalista; porque el rico escocés, que había estado tan acogedor y tan entusiasta con respecto a la mina oculta en los repliegues del Magalies Berge, se había vuelto extrañamente cuerdo, moderado y escéptico en la fría mañana y no parecía dispuesto a firmar el cheque ni a hacer nada, a no ser arrojar a Harry de su despacho.

Mister Stone se dirigió hacia el Sur. Existía un medio de sacar dinero aprovechándose de lo que sabía. Pero no pensó en dirigirse al Banco, a la Policía o a cualquiera otra de las poco provechosas fuentes de recompensa. El golpe de Lew Daney había sido grande; tenía que participar de él. Pero antes era preciso encontrar a Lew Daney, y éste era un asunto que exigía la mayor paciencia.

* * *

Harry el Valet vivía en Londres desde hacía quince días cuando Mary Grier llegó a Escocia con un billete de tercera clase de ida y vuelta, una libra esterlina para gastos, un librito de apuntes para anotar muy cuidadosamente en qué gastaba la libra y tres cheques extendidos por diferentes cantidades para ajustar una reclamación hecha en contra de mister Awkwright por un agente de Bolsa.

—Puedo decirle que es usted mi sobrina y que yo no estoy bien de la cabeza —le había dicho mister Awkwright con la mayor tranquilidad—. Además es un estafador…; todos esos agentes lo son; y si cree que no hay manera de sacar mucho, tomará lo que le den como liquidación. No enseñe el cheque hasta que esté dispuesto a liquidar, y regatéele lo más posible, hasta llegar al más pequeño, si puede.

Mary ya había arreglado estas cuentas en otras ocasiones. Un negocio sucio y desagradable; pero las colocaciones no eran fáciles de conseguir y hablando en términos generales, mister Awkwright no resultaba un mal jefe.

Tres horas después de su llegada a Londres se entrevistó con el agente. Le cogió él la mano casi paternalmente y trató de besarla. Salió del despacho un poco abochornada y sin aliento, pero con un recibo por cien libras pudo liquidar una deuda de cuatrocientas, y no tuvo siquiera precisión de mentir; la patética carta de mister Awkwright suplió la necesaria patraña.

Mary no pensó ni mejor ni peor de los hombres a causa de esta experiencia, que no era infrecuente. Tenía esa pálida belleza que es tan atractiva para algunos hombres. Era delgada y de bonita figura, podía andar y estar en pie con soltura, se vestía por poco dinero y daba la impresión de que un vestido de cuatro guineas acababa de salir de un modisto de Savile Row.

Estaba un poco molesta; pero no se sentía manchada; otros hombres habían tratado de besarla antes, hombres de todas clases y edades… Los casuales huéspedes de mister Awkwright, por ejemplo, acostumbraban entrar de improviso en la biblioteca, cerrar descuidadamente la puerta y deslizar distraídamente sus brazos alrededor de sus hombros, y eran todos personas respetables, incluso un abogado de Londres. Solamente uno la había tratado siempre con respeto.

Odiaba este arreglo de deudas que la extrema tacañería de mister Awkwright la obligaba a hacer; pero cada día se volvía más y más escéptica.

Regresó al pequeño y modesto hotel de Bloomsbury, donde tenía su alojamiento, para recoger la carta que había traído de Escocia. En el salón de lectura encontró un ejemplar de un periódico de la mañana y consultó las entradas y salidas de los barcos. El Canarvon Castle debía entrar aquella mañana, y probablemente ya había llegado. Mister Awkwright le había dado una lista con los nombres de cuatro hoteles, a uno de los cuales sería probable que fuese su sobrino. Todos eran muy caros.

Su sobrino, según decía desabridamente mister Awkwright, escogía invariablemente los hoteles fuera del alcance de sus recursos. Por suerte, llamó primero al Carlton y se ahorró varias monedas de dos peniques.

El capitán Timothy Jordán había llegado; preguntó si podría hablarle, y después de una pequeña espera:

—¡Diga! —dijo una voz desagradable—. ¿Es usted, coronel?

Mary Grier se sonrió.

—No, soy un simple soldado —contestó—. ¿Es el capitán Timothy Jordán? Yo soy la secretaria de mister Awkwright.

—¡Oh! ¿Del tío Benjamín? ¿Desde dónde habla usted?

Mary se lo dijo.

—Pensé que era desde Escocia —contestó la voz—. ¿Está él en la ciudad?

Mary le explicó que mister Awkwright estaba en ese momento en Clench House.

—Tengo una carta para usted, capitán Jordán. Mister Awkwright me ordenó verle y averiguar cuándo piensa usted ir a Escocia.

—Dentro de unos días —fue su respuesta—. Y ¿cuándo vendrá usted al Carlton? Es usted miss Grier, ¿verdad? Es usted «muy interesante y un gran gusto»; son palabras de mi bendito tío, que me ha escrito acerca de usted. Venga y almorzaremos.

Mary dudó. Estaba ansiosa de conocer al sobrino de su jefe. Mister Awkwright había hablado sin reserva alguna sobre el tema de los parientes desagradables.

—No estoy segura de tener tiempo —contestó al fin—; quizá me sea difícil.

—Si viene, no se olvide de preguntar por Timothy Jordán; hay en el hotel dos huéspedes de la gran tribu de Jordán. Pregunte por Timothy y rechace cualquier sustituto.

—Timothy Jordán —repitió Mary, y oyó un pequeño ruido detrás de ella.

Al volverse vio a un hombre parado en el pasillo, de espaldas a ella y evidentemente esperando la vez para usar el único teléfono que había en el hotel. No podía verle la cara. Llevaba un sombrero hongo echado hacia atrás y el cuello del abrigo levantado. Cuando más tarde se cruzó con él, también se las arregló para que sólo le viese por detrás.

Harry Stone sintió más sorpresa que alarma al saber que su enemigo estaba en Londres. Después de todo, Tim Jordán podría ser un personaje en Southern Rodesia, pero no era más que un hombre en las aceras de Haymarket. Sin embargo, podía ocurrir algo desagradable si era reconocido, especialmente porque Harry aquella mañana había conseguido encontrar a su hombre, y este hombre se llamaba dinero, libras que gastar, dólares francos que jugar en Montecarlo, marcos para mantenerle con lujo en el Tirol.

Esperó hasta que desapareció Mary, y después fue al teléfono y pidió un número. Tuvo que esperar un rato hasta que el hombre por el que había preguntado se puso al aparato.

—Es Harry Stone el que habla —dijo en voz baja—. ¿Podré verle en algún sitio esta noche?

Hubo un largo silencio. El que estaba en el otro extremo hizo preguntas innecesarias.

—Seguramente —contestó—. ¿Cómo está usted, Harry?

—Admirablemente —dijo Harry con volubilidad—. Reuní algún dinero antes de salir de El Cabo. Salgo para Australia la semana que viene y me gustaría hablar con usted antes de irme.

—¿Desde dónde está usted hablando? —preguntó después de una pausa.

Harry le dio el nombre del hotel y el número del teléfono. Lew Daney meditó al oírlo.

—Haga su equipaje y márchese de ahí esta noche. Yo le daré alojamiento. Puede usted enviar sus cosas a la consigna de una estación. ¿Conoce usted Londres?

—Bastante bien —contestó Harry.

—Reúnase conmigo esta noche, a las diez, en Hampstead. Vaya más allá de Spantards, unas doscientas yardas hacia Highgate. Le estaré esperando en la acera.

Harry Stone colgó el auricular muy satisfecho con el principio de su aventura. Había meditado mucho tiempo antes de adoptar este medio de aproximación. Lew no era un hombre al que pudiera uno acercarse de improviso; era un asesino, y aunque en el llamativo edicto en que se ofrecía la recompensa no se le atribuía el asesinato de los dos vigilantes nocturnos, existía un premio de cinco mil libras por su captura.

Harry aquella noche arregló, su maleta cuidadosamente, engrasó un revólver de cañón corto y salió. Al pasar por el hall distinguió a la bonita muchacha que había visto aquella mañana. Sin duda se marchaba del hotel, porque su maleta estaba preparada y esperando. Le interesaba porque era amiga de Tiger Tim. Se preguntaba con qué clase de intimidad. Le gustaría hacerse amigo suyo. Seria una gran jugada el vengarse de Tiger por medio de su amiga.

Depositó su maleta en la estación de King’s Cross y se dirigió a Hampstead por el tren subterráneo. Debía tener cuidado. Si Lew supiese que le había reconocido al salir del Banco… Pero estaba en Londres y no en África del Sur.

Llegó al sitio de la cita y se encontró solo. Era una noche cruda; caía una llovizna helada y el pavimento del asfalto estaba resbaladizo. Echó una ojeada a la iluminada esfera de su reloj; eran las diez menos cinco minutos. ¿Le engañaría Lew? No sería propio de él.

Pasaron dos coches rápidamente y después apareció un tercero que marchaba despacio pegado a la acera. Harry Stone sacó el revólver del bolsillo y se lo deslizó en la manga. El coche se detuvo enfrente de donde él estaba esperando; era un coche americano cerrado.

—¿Es usted Harry?

Era la voz de Lew.

—Entre.

Harry abrió la puerta y se hundió en el asiento al lado de su antiguo compinche, con el que había compartido una celda en la cárcel central de Pretoria, en los días en que la prisión estaba demasiado llena.

—Reconocí su voz en cuanto la oí.

Lew puso el coche en marcha a moderada velocidad.

—¿Ganando mucho, Harry? ¿Hizo una buena limpia?

—Unas veinte mil… —comenzó diciendo Harry.

—Es usted un embustero —dijo el otro con calma—. ¡Le conozco muy bien! Si hubiera usted ganado veinte mil libras, habría comprado el Ditz. No estaría usted en un hotel de mala muerte de Blomsbury. ¿Dejó usted su maleta en la estación? ¡Magnífico!

Harry el Valet, que era un trabajador rápido, empezó su historia:

—Quería tener una breve conversación con usted —le dijo—. Tengo un gran proyecto para el que necesito algún dinero. Usted está bastante bien…, y yo estoy arruinado…, y pensé que quizá podría usted ayudarme. Los amigos me dijeron que ha hecho usted buenos negocios…

Oyó la risa entre dientes del hombre del volante.

—¿Qué amigos? No hay nadie en Londres que sepa nada acerca de mí, Harry. Usted sabe que he hecho un buen negocio, ¡y cuán bueno!

—Sólo lo que me han dicho… —empezó Harry.

—¡Usted sabe lo que ha visto precisamente! Le reconocí aquella noche de Glasgow. ¿Anda usted detrás de las cinco mil libras de premio, o quiere más dinero que ése?

Harry no dijo nada.

—Vamos a mi casa en Barnet y hablaremos —prosiguió Lew—. Soy un hombre razonable. Nunca doy de cabezadas contra los obstáculos cuando se presentan, y usted es uno de ellos. Además, nunca he sido avariento. Tengo seiscientas mil libras…, y todo en dinero y en sitio seguro; de modo que la cuestión de repartir con usted no me causa trastorno alguno. Hay suficiente para usted, para mí y para el resto de la banda. Todos están fuera del país, y por cierto, no saben tanto como usted. No saben que yo soy Lew Daney.

—¿Dónde tiene usted oculto el botín? —preguntó Stone audazmente.

Fue una pregunta que invitaba a una mentira o a una respuesta ofensiva; sin embargo, Lew Daney contestó con la mayor franqueza y con todo género de detalles. Tan clara fue la descripción, que podía haber dibujado un plano del lugar. Harry escuchaba incrédulamente, y sólo se dio cuenta de que el hombre decía la verdad cuando comprendió que nada podía ganar mintiendo. Después de todo, Lew no necesitaba haber acudido a la cita.

Estaban ahora en el campo. El coche marchaba despacio. De pronto Lew apagó los faros y siguió corriendo con las luces de población solamente.

—No quiero llamar mucho la atención —dijo—. Llegaremos al camino nuevo dentro de un minuto, y hay un policía en el cruce.

Pasaron al policía y avanzaron suavemente a lo largo de la superficie de hormigón de la nueva carretera, manteniéndose siempre cerca de la cuneta.

De repente brilló una luz en el salpicadero, precisamente enfrente de donde Harry estaba sentado.

—¿Le molesta? —preguntó el otro fríamente—. Quiero verle bien. Supongo que no será tan tonto que haya venido sin un revólver.

Harry miró hacia abajo: Lew tenía una de las manos en el volante; la otra descansaba en su regazo empuñando la culata de una pistola automática de cañón largo, con la que encañonaba al pasajero.

—Se sorprenderá al saber que le he dicho la verdad, ¿eh? Pues se la he dicho porque voy a hacer imposible el que usted la cuente a cualquier otro. ¡No hay participación para usted, Harry! Va usted a ser, podríamos decir, otro de los misteriosos asesinatos de Londres. Ha estado usted buscándome, ¿verdad? ¡Y yo le he estado buscando a usted! ¡Conozco su pasado…! ¡Chivato! Ha cantado usted dentro de la prisión y fuera de ella.

Echó una mirada al espejo retrovisor colocado a su mano derecha. No se veían luces detrás de él y ninguna delante.

Cinco minutos más tarde, un coche grande que se dirigía a Cambridge adelantó a un coche parado a un lado del camino. Cerca había una ancha extensión de agua. El coche permaneció allí durante media hora y en todo este tiempo el hombre que debía ocuparlo estuvo sumamente atareado.

Cerca de la margen del lago había unos cuantos botes de recreo, tirados en la orilla con la quilla hacia arriba. El botar uno no fue asunto muy difícil. El llevarlo hasta el centro a unas doscientas yardas de la orilla con sólo la ayuda de una tabla no era tan fácil, esencialmente llevando una carga muy pesada que yacía en la proa. Pero el trabajo más costoso de todos fue el volver el bote a la orilla y colocarlo en la misma forma, con la quilla hacía arriba.

El remero volvió al coche y se tranquilizó al no encontrar a su lado ningún policía ciclista esperándole. Se enjugó el húmedo rostro con un pañuelo de seda perfumado Lew Daney siempre había sido un poco dandi, y sentándose al volante volvió el coche hacia el Norte y desapareció en la noche.

* * *

Tim Jordán hizo una visita a Scotland Yard, que resultó una pérdida de tiempo. Aquella mañana había recogido todos los ejemplares de periódicos atrasados que pudo conseguir y hecho un cuidadoso estudio de Lower Clyde Bank, y tenía una hipótesis.

Tuvo la mala suerte de encontrarse con un oficinista que no estaba interesado en crímenes sino desde un punto de vista estadístico.

—Me temo, capitán Jordán, que no podré darle ninguna información. El chief constable volvió ayer de Glasgow.

—¿Tiene usted la ficha de Lew Daney? —inquirió Jordán—. Comprendo lo que piensa al ver un extraño entremetido inmiscuirse en sus asuntos, pero ¡éste es uno de los trabajos de Lew Daney, o yo soy un holandés! Está reclamado en Johannesburg por un crimen semejante, sin asesinato, y los procedimientos son idénticos.

El hombre de la oficina suspiró.

—Sí, sí… Estoy seguro. Anóteme el nombre, ¿quiere? Pediré informes al Departamento de fichas.

En total, una mañana perdida.

Alguien vio a Tim entrar impetuosamente a través de la puerta giratoria del Garitón y subir las anchas escaleras saltando los escalones de tres en tres. El capitán Jordán no tenía ninguna prisa extraordinaria; en realidad, se dirigía a cambiarse de zapatos.

—Ése —dijo el observador a su compañero—, ¡es el Tigre!

—¡Qué dramático! ¿Está en algún circo? —le pregunto una señora joven que estaba, con él, bastante aburrida.

Le explicó la especial posición del capitán Timothy Jordán.

—Es un policía en Rodesia. Los nativos dicen que nada y caza como uno de ellos… Un muchacho muy inteligente. ¿Le he contado alguna vez la historia del almacenista que fue asesinado en Mándalas?

El que hablaba era un millonario africano, persona de alguna importancia; ella fingió un hipócrita interés y escuchó.

Tim Jordán se estaba mudando. Había desembarcado hacía menos de treinta horas, y tenía citas con su sastre, su banquero y su abogado; una invitación para el almuerzo con su antiguo coronel, y para la cena con un matrimonio que había conocido en el barco. Hubiera preferido que fuese con la muchacha cuya voz había oído por teléfono. Se sentía enfadado con ella por haber dejado la carta de su tío sin presentarse ella misma para que la viese. Sin embargo, estaba muy contento de encontrarse en Londres, y cantaba con toda su voz, que no era muy buena.

Cuando estaba en plenos escarceos vocales, entró el botones.

—¡Jelf! ¿Quién es Jelf?

Miró disgustado al pedazo de papel que le puso delante, y después recordó.

—Súbale, ¿quiere?

Entró Jelf, un hombre de corta estatura, reservado y tan respetuoso como lo sería cualquiera que solicitara una colocación.

—¿Quién le ha dicho que necesitaba un chofer?

El hombrecillo se movió nerviosamente.

—He trabajado para mister Van Tyl. Oí que venía usted a Inglaterra y pensé que quizá le gustaría usar mi coche. Puede hacer ochenta millas.

—¿Mister Van Tyl?

Tim conocía a veinte Van Tyl en África del Sur y no muy bien a ninguno de ellos.

—Él le conoce a usted, señor; me dijo que llegaba usted de África y que le gustaría un coche veloz.

—¿Cómo supo usted cuándo llegaría yo? —preguntó Tim.

—Vi su nombre en la Compañía de vapores.

El capitán Jordán se echó a reír.

—Está bien —le dijo—. Merece usted algo por su atrevimiento; veremos ese viejo coche suyo. Tráigalo —dijo, contemplando el techo— el miércoles, a las siete en punto. ¿Conoce usted Escocia?

—Muy bien, señor —dijo el hombre ansiosamente.

—Bueno; me marcho a las seis de la mañana y si su coche es como usted dice, se lo alquilaré. ¿Por qué se ha afeitado usted el bigote?

El hombre se quedó sorprendido.

—No… No comprendo, señor —balbució.

—Usted tenía bigote hasta hace muy poco tiempo, y se lo afeitó. Se lo ha atusado usted dos veces desde que está aquí. ¿Usa siempre lentes?

—Siempre, señor —dijo el hombre—, pero mi vista es muy buena.

Tim le contempló durante un largo rato meditando.

—Está bien. Probablemente es usted un ladrón, pero no importa. ¿Por qué se imaginan ustedes que pueden desfigurarse con cambiar el aspecto del labio superior?

—Yo no soy un ladrón, señor —protestó el hombre—. Tengo una reputación…

—Estoy seguro que la tiene —interrumpió Tim—. Traiga el coche a la hora que le he dicho. Más tarde, durante el día, le vio y le satisfizo. Volvió de la comida aquella noche un poco desilusionado, porque la gente que se tropieza uno a bordo pierde, generalmente, un setenta y cinco por ciento de su atracción cuando se la trata en tierra, y la comida había sido un fastidio.

—Una señora desea verle, señor.

—¿Una señora? —preguntó, y después se le ocurrió la idea—. ¿Una tal miss Grier?

—No, señor; se llama mistress Smith. Miró más allá de Tim y una señora que estaba sentada en un sofá se levantó y vino hacia ellos. Era alta, agraciada y admirablemente vestida. Tim calculó que tendría alrededor de los treinta años.

—¿Quería usted verme? —le preguntó.

Asintió ella con la cabeza, miró al portero, que estaba a un lado, y después preguntó en voz baja:

—¿Podría verle en su cuarto? Tenía una voz agradable, profunda y hermosa. Tim dudó. Un caballero no recibía a una mujer en un salón privado a las siete de la noche.

—No quiero ser vista hablando con usted —dijo ella—. Es muy importante. Tim sonrió.

—Está bien. Perderá usted su buen nombre. ¡Venga conmigo!

Subieron en el ascensor. Abrió la puerta de su departamento y la invitó a pasar. Fue ella la que cerró la puerta, que él había dejado abierta de par en par.

—Usted es el capitán Jordan, del C. I. D… de Rodesia, ¿verdad? Mi nombre es Lydia Daney. Se quedó contemplándola.

—¿La mujer de Lew Daney?

Ella bajó la cabeza.

—La mujer del hombre que hizo el trabajo de Glasgow —dijo fríamente—. Me figuré que le gustaría saber eso.

* * *

Tim Jordán contempló a la mujer.

—¡Usted es el demonio! Entonces, ¿es que fue Daney?

Ella bajó la cabeza asintiendo.

—Está en Londres, en algún sitio. Trato de encontrarle. ¿Le molesta el humo?

Sacó de su bolso una pitillera adornada con brillantes, la abrió y Tim le ofreció una cerilla.

—Estoy casada legalmente con Lew Daney —dijo ella—. Quizá le sorprenda que él haya hecho algo legal en su vida…, pero esto es verdad.

—¿Por qué se ha dirigido usted a mí? —preguntó Tim bruscamente.

Ella se encogió de hombros.

—Sabía que estaba usted en Londres. Lew habla frecuentemente de usted. Precisamente hoy habló.

—¿Está en la ciudad?

Movió la cabeza, afirmando.

—Estaba. Y una tal miss Grier también… Miss Grier…

Hablaba despacio.

Tim recordó ahora… que era la muchacha del teléfono.

—… ha venido de Escocia.

Mistress Daney arrojó un anillo de humo hacia el techo y no apartó los ojos de él hasta que se deshizo.

—Es la secretaria de un viejo caballero de Escocia y la novela de la juventud de Lew.

Había un poco de acritud en la última frase.

—Y ¿ésa es la razón para la denuncia? —preguntó Tim.

Bajó ella despacio la cabeza.

—Ésa es la razón de la denuncia —repitió—. He soportado muchas cosas de Lew. Ha sido muy generoso en la cuestión de dinero, aunque he tenido mis tiempos difíciles. Pero cuando un hombre llega en su indiferencia a decirle a su mujer que quiere a otra y le ofrece dinero para conseguir el divorcio… Ya ve qué respetable se está haciendo Lew… La cuestión dinero desaparece, capitán Jordán.

—¿La muchacha vino a la ciudad para verle…?

Ella sacudió la cabeza.

—No, si usted cree a Lew, y es el mayor embustero del mundo, aunque de cuando en cuando dice la verdad con mala intención; ella ni siquiera sabe la conmoción que le ha causado en su joven corazón.

—Se encontró con él en… algún sitio. Es un caso de amor al primer encuentro… ¡y él tiene cincuenta años por lo menos!

—¿Ha estado ella en África?

Negó con la cabeza.

—Quítese de la cabeza la idea de que Lew es un trabajador africano. Se fue a El Cabo cuando las cosas estaban demasiado mal para él. Durante muchos años ha estado planeando grandes empresas en este país. África fue sólo un intermedio. No estuvo allí ni un año.

—Y estaba enamorado antes de ir, me lo ha dicho él; y dice la verdad, capitán Jordán. Tiene una manera de hablar cuando dice la verdad, que no puede uno equivocarse, si le conoce.

Terminó el cigarrillo; era uno de esos cigarrillos rusos en los que la mitad es boquilla; lo tiró a la chimenea y sacó otro.

—No voy a contarle toda la historia de mi vida, pero existen muchas razones por las cuales Lew debía portarse bien conmigo, y he decidido que es mejor que se vaya.

—¿Al cadalso, en realidad?

Ella asintió.

—Al cadalso —repitió—. Esto no parece indicar que esté muy cuerda, pero me siento cruel acerca de esto.

Se levantó, fumando aún, y paseó de un extremo a otro por la habitación.

—¿Conoce usted a un hombre llamado Stone?

—¿Harry el Valet? —Tim afirmó con la cabeza.

—Está en Londres…, supongo.

—¿Quiénes son los otros miembros de la banda? —interrumpió Tim.

El gesto de ella expresó indiferencia.

—No lo sé. Nunca le pregunté quiénes eran. Cambia de ayudante… Nunca está mucho tiempo con la misma cuadrilla.

Arrojó al fuego el segundo cigarrillo sin terminarlo.

—Eso es todo —le dijo—. Puede usted ir a Scotland Yard con esta información; pero si se dirigen a mí, le haré parecer como tonto. Por lo que he oído, a usted le gusta cazar solo. Bueno; pues ahora tiene una oportunidad. Quizá mañana cambie de manera de pensar y le diga a Lew que se lo he contado a usted, en cuyo caso hará usted bien en permanecer escondido. Probablemente me matará; pero no hay razón alguna para que usted muera también.

—Muchas gracias por sus alentadoras, palabras —contestó Tim, y la acompañó hasta la puerta.

Durante dos horas permaneció sentado pensando en el asunto. Era muy poco lo que podía llevar a Scotland Yard; ni siquiera sabía dónde poco encontrar a la mujer. Toda la historia podía ser mentira y el hecho de que confirmaba sus teorías le hacía juzgarla con más rigurosidad.

En las primeras horas de la mañana llegó, con su veloz coche. Tim lo examinó y por segunda vez lo aprobó. Se sentó al lado del conductor.

—¿Conoce usted el camino de Glasgow a Kinross?

—Como mi casa, señor. Este verano he hecho allí varias excursiones…

—Está bien, vámonos —dijo Timothy Jordán; después añadió—: ¿Conoce usted, por casualidad Clench House?

El hombre movió la cabeza.

—Tengo idea de que está cerca de Rumble Bridger, señor; pero no estoy seguro. Hay muchas casas grandes en el territorio, y allí viven familias de la más alta aristocracia.

—La persona con la que voy a pasar el fin semana no es una aristócrata…, ni mucho menos —dijo Jordán ásperamente.

* * *

Llamaban aquel sitio Clench House porque, según decían, Ben Clench era visible desde la pequeña colina de detrás. Estaba situado entre Kinross y Glasgow, y tenía varias historias. Allí había existido un castillo. Se veían aún sus cimientos entre pinos, un cuarto de milla al norte de la casa. Los arqueólogos tenían diversas teorías, y los historiadores de la localidad que preparaban guías para el uso de los ignorantes visitantes del Sur, daban rienda suelta a su imaginación y mezclaban en ello a Bannockburn.

Era un edificio grande y feo, de fachada escueta y depresiva, situado detrás de una tapia de piedra. Adosado a uno de sus lados había un monstruoso garaje que, según todos los relatos, en algún tiempo había sido una capilla y daba la impresión de que le faltaba algo del otro lado. Alardeaba de tener cementerio propio; varios montones grandes de tierra detrás del huerto y un fuerte mausoleo de granito con inscripciones gálicas, que las inclemencias de centenares de años habían borrado.

Mister Awkwright nunca cesó de quejarse del sitio.

Era un hombre viejo y delgado, que se lamentaba continuamente; de rostro arrugado, muy rico, muy tacaño y que odiaba a Escocia. Con la misma intensidad odiaba a Inglaterra; Francia entraba en la categoría de poco agradable, lo mismo que Holanda, Egipto, Montecarlo e Italia. Nunca había vivido en otra parte. Se había casado en su juventud con una tal miss Brodie; en esto fundaba su linaje escocés; usaba el vestido nacional de los Brodies, sin ningún derecho para ello; comía el potaje de Escocia haciendo gestos, y hubiera asistido a la iglesia si hubiera encontrado alguna a la que le gustase concurrir; como compensación, hacía los rezos en familia dos veces al día. Encontraba difícil tener criados, pero no tan difícil tener a Mary Grier, que era su secretaria. Muchachas jóvenes, y más si son bonitas y bien educadas, sin medios de vida, son más fáciles de encontrar que cocineras. Y Mary estaba sujeta por algo más fuerte que un contrato. No dejaba el servicio de mister Awkwright por la misma razón que un preso no deja la cárcel. Había sido condenada a su servidumbre quizá para toda la vida.

Stocker no asistía a los rezos, porque aunque estaba en la casa, no pertenecía a la familia. Era una de las permanencias que mister Awkwright había tomado con el contrato de arriendo. No podía despedirle sin despedirse él mismo de su residencia, que había alquilado amueblada, a un precio ridículamente barato, a los agentes de Londres de mister Ledbetter, el propietario ausente.

Mister Ledbetter pasaba la mayor parte del tiempo en climas más cálidos. Era, según decía Stocker el mayordomo, un gran viajero. Stocker era un hombre grandote, más bien grueso, con un rostro ancho y carnoso y ojos azules poco inteligentes. Estaba, según decía, con mister Ledbetter desde que era así de alto. La mayor parte de estas cosas se las decía a la linda secretaria de mister Awkwright.

Mary sonreía.

—Sus conocimientos son extensos y extraordinarios, mister Stocker —le decía.

Él asentía tristemente.

—Hay poca gente en el mundo que yo no conozca, miss, incluyendo testas coronadas. Me he pasado la vida haciendo estudios de seres humanos, aunque no llame a mister Awkwright un ser humano.

Mary tomaba el té sola en el grande y frío salón de recibo. Mister Awkwright había ido a Glasgow para consultar con su cansado corredor de Bolsa. Era un jugador en pequeño, que especulaba con margen en cantidades infinitesimales. Además, le interesaban las carreras de caballos y hacía complicadas apuestas con un jugador profesional de Glasgow, no perdiendo nunca más que unos chelines por día y ganando la mayor parte de las veces.

Acostumbraba emplear las tardes, después de los rezos en familia, en estudiar la forma de los caballos que corrían al día siguiente, ayudando sus cálculos con informes privados; porque recibía por término medio unos seis telegramas o cartas urgentes de gentes que, mediante una pequeña remuneración, suministraban la flor y nata de los informes de las cuadras a una escogida lista de clientes. Poco era lo que pasaba en el mundo referente a las carreras que él no supiese. Ésta era una de sus ilusiones.

Mary se acordó de algo que había oído en el autobús viniendo de la estación.

—¡Stocker! —le llamó al tiempo que él salía del cuarto—. Mister Ledbetter, ¿es un filántropo?

Él arrugó el entrecejo.

—¿Un qué, miss?

—¿Suele hacer regalos?

Stocker sonrió.

—No, miss. Mister Ledbetter es un hombre muy prudente.

—Entonces, ¿cómo es que mister Awkwright pudo alquilar Clench House por un precio tan ridículamente bajo?

Stocker entró de nuevo muy despacio.

Mister Ledbetter es muy particular, miss. Prefiere cobrar un precio bajo a un anciano caballero como mister Awkwright, que uno elevado a alguno de esos atolondrados jóvenes que vienen para la temporada y convierten la casa en una cervecería. ¿Quién es ese caballero que llega hoy, miss?

Mary se levantó, sintiéndose culpable al recordar.

—¡Oh! El capitán Jordán. Prometí ocuparme de su cuarto…

—Está todo preparado, miss. Viene de África, ¿verdad?

—Sí; es sobrino de mister Awkwright.

—Está en el Ejército, ¿eh? —dijo Stocker meditabundo, frotándose la maciza barbilla con la mano—. Es curioso, miss; pero la vida de soldado nunca me atrajo. Tenía un hermano menor en los Granadier Guarde, pero desertó.

La muchacha movió la cabeza.

—No, él está en la Policía… La Policía de África del Sur. Es algo así como un commissioner).

—¡Curioso! —dijo Stocker.

Era su expresión favorita e indicaba su asombro.

—¡Qué curioso, miss! En la Policía, ¿eh? Apostaría que es un buen destino. Nunca he estado en África. Un primo mío, un joven llamado Elbert Smith tuvo un empleo en un campo de té o como se llame eso…

—Plantación —indicó Mary.

Stocker asintió.

—Curioso que esté en la Policía. Apuesto a que es un caballero inteligente.

Mary no estaba muy segura de esto. Había ocasiones en que Tim Jordán era el más brillante de los sobrinos de mister Awkwright, y otras en que era un derrochador y un perdido. Dependía mucho del humor que tuviera el anciano cuando hablaba de él y de la cantidad de dinero que Tim necesitara para pagar sus cuentas y demás pormenores de su vida… Por mister Awkwright pudo deducir Mary que Tim era una especie de pensionado favorecido, que dependía de su cariñoso tío y cuyas extravagancias llevaban a éste a la ruina. Debía saber más tarde que mister Awkwright era el guardián oficial del muchacho, de veintiocho años aún, el albacea testamentario de su padre y su cajero hasta que tuviese treinta años. El viejo había hecho uno de esos testamentos excéntricos y Tim Jordán se sometió a la afrenta con paciencia ejemplar. Mary descubrió esto a la hora de conocerle. Llegó en un coche lleno de barro en el momento en que ella subía a vestirse para la cena.

Poco tiempo después, mister Awkwright telefoneó que aquella noche no regresaría a la casa, y dio detalladas instrucciones acerca de la actitud que ella debía observar con el visitante.

—No hay necesidad de esperarle; él es capaz de arreglárselas solo. Y no tiene usted que hablar de mis asuntos, Mary. ¿Me entiende?

Mary suspiró.

—Sí, comprendo —contestó.

—Y no conteste a ninguna de las preguntas que haga respecto a usted.

Mary escuchó sumisa y se volvió al comedor, en donde el joven fumaba su primer cigarrillo después de la comida.

—¿Podría pedirle como favor especial que no le diga a mister Awkwright que me ha contado la historia de sus intrépidas aventuras? —le preguntó.

Tim sonrió complacido.

—¿Ha sido ésa su impresión? Me parece que soy un jactancioso. ¡Y yo que pensé que me iba a aburrir tanto en este horrible lugar!

Tim era un joven interesante; el pelo de sus sienes aparecía ligeramente gris (había contado a Mary todo lo referente a la leona que había saltado sobre él a través de la ventana del bungalow). Su piel era morena y limpia; los ojos, brillantes y risueños. Para Tim Jordán la vida era el más divertido de los espectáculos.

—Cuando vi el mausoleo —prosiguió— ¡se me encogió el corazón!, y después, de la abierta boca de la tumba, ¡salió la luz! Me voy a quedar aquí tres meses.

—Usted se irá cuando yo le diga que se vaya… El sábado —dijo Mary—. Permítame decirle de nuevo que soy uno de los servidores de la casa y que la última orden que he recibido de mister Awkwright es que por ninguna circunstancia debía consentir familiaridad alguna. Hasta ahora ha sido usted muy…, muy bueno.

Encendió otro cigarrillo y contempló las vigas del techo.

—Es casi lo mismo que vivir en el claustro de la parroquia, ¿no es verdad? ¡Este lugar es un infierno para pasar la vida! Me figuro que lo alquilarían barato. El tío Ben debe de tener un millón de libras… No se haga incrédula; es inmensamente rico. Yo soy el único al que no le importa una jota a quién dejará su dinero. ¿Conoce usted a alguno de los parientes de su mujer? ¡Son horribles! Ella era una Brodie… ¿No se lo ha dicho él? ¿Le ha visto usted alguna vez bailar el Highland Fling? Puede hacerse abominablemente escocés. Todas estas gentes del Sur, que proclaman al Highlands su patria chica, se hacen de esta manera… Tienen gaiteros que andan alrededor de la mesa… ¿No tiene él un gaitero?

Mary movió la cabeza.

—No le pagaría. ¡Pero apostaría a que tiene selecciones de gaita en el gramófono!

Tim era de la clase de hombres a los que se conoce en seguida o no se los conoce nunca. Cuando llegó le cogió la mano y la besó, asegurando con toda tranquilidad que ella era su prima, cosa que en otro hubiera sido intolerable.

Miró por encima de su hombro al vigilante Stocker.

—¿Ha atendido usted a mi chofer? —le preguntó secamente.

—Sí, señor —contestó Stocker—. Su cuarto está preparado, pero no le he visto. Después que encerró el coche se fue al pueblo.

Tim Jordán le favoreció con una sonrisa de satisfacción.

—Entonces —ordenó— puede usted retirarse, amigo. Si deseo más café, llamaré al timbre.

Stocker se retiró.

—No puedo soportar que los criados estén en pie detrás de mí —replicó Tim—, desde que cierto día en Umtali… Pero ya estoy alardeando otra vez. Y ahora, cuénteme todo lo que mi pariente ha dicho de mí.

—Existe una cosa así como lealtad al jefe —dijo ella, y él se rió al oírla.

—¡No deje que una pequeña cosa como ésa se interponga! Es un pájaro viejo. ¿No le ha dicho que soy un pariente pobre? Generalmente lo hace así. Sea respetuosa conmigo… Soy muy rico… Quizá no tan rico como el desaparecido Creso, pero sí razonablemente rico.

—¿Cuándo vuelve usted a África? —preguntó Mary.

—Nunca —fue su rápida contestación—. He dejado el servicio. No se lo he dicho aún al tío Ben, pero lo sabrá a su debido tiempo. He alquilado un piso en Londres y voy a vivir la vida de un elegante. He ido hoy a Scotland Yard para tratar de convencerlos de que me hiciesen commissioner: pero me dejaron helado y aún no he entrado en calor.

Tim la miró fríamente.

—A propósito: ¿conoce usted a un hombre llamado Daney?

Creyó que no había oído la pregunta y se la repitió. Mary contemplaba abstraída la pared.

—No, nunca he oído hablar de él —contestó firmemente.

—Es curioso, porque…

Se calló y levantándose, se dirigió, sin hacer ruido, hacia la puerta; de un tirón la abrió de repente. Stocker estaba detrás.

—Precisamente, señor, iba a entrar; señor, señor… —empezó disculpándose.

—Precisamente, estese fuera —dijo Tim.

Se quedó pensativo, después de esto; pero con una muy pequeña incitación prosiguió hablando de sí mismo.

—Quiero dedicarme al verdadero objeto de mi vida, que es el encontrar a los hombres malvados y averiguar por qué lo son.

—En otras palabras: ¿quiere usted ser detective? Es encantador.

—No sea burlona —le amonestó Tim—. He tenido muy buen éxito en África. Mi nombre se cotiza alto. Tengo todas las cualidades inherentes a un buen oficial de Policía…

—¿Se incluye en ellas la modestia? —preguntó Mary.

Él negó con la cabeza.

—No; la modestia es una estúpida afectación.

—Bastante gente sufre ese mal —sugirió Mary.

Tim sonrió.

—Yo, no.

Le intrigaba esta muchacha. Creyó conocerla desde el momento que la vio, como sospechó que ella le conocía a él; pero cada hora que pasaba en su compañía añadía un signo de interrogación en contra de este juicio.

Por encima del dominio de sí mismo y de su tranquilidad adivinaba la capacidad de la hábil secretaria particular; pero había algo más que eso. Ella era… Se detuvo buscando la descripción exacta. «Profunda», era la palabra; pero encerraba un significado demasiado siniestro. Le daba la impresión, que a él como oficial de Policía no era extraño que le produjese, de que vivía una vida y ocultaba otra. Solamente que al fingir tenía éxito y sus primeros clientes habían fracasado miserablemente al tratar de mantener el engaño.

Era un maestro en el arte de los interrogatorios.

—Sí, tengo familia… Madre y una hermana.

—¿En Escocia?

Le miró ella detenidamente.

—No; en Escocia, no. Tienen una casa fuera de Londres. Mi madre está inválida. La he visto cuando estuve en la ciudad.

Apretó los labios con fuerza cuando terminó de hablar. Tim comprendió que ella no le había dicho de sí misma más de lo que quería decir.

Después, de pronto, al inclinarse ella por encima de la mesa para encenderle un fósforo, vio algo en su brazo.

—Eso fue una herida bastante seria —le dijo.

Retiró ella la mano rápidamente y se bajó la manga. La cicatriz empezaba pocas pulgadas por encima de la muñeca y subía hacia arriba, hasta perderse de vista. Observó que enrojecía y se tornaba pálida después.

—Sí, me corté yo misma —explicó sin aliento—. Se me escapó el cuchillo cuando estaba… cortando pan… ¿Tiene más preguntas que hacer?

—Lo siento —contestó él, y en realidad lo sentía.

El color volvió de nuevo a sus mejillas, y sonrió.

Mister Awkwright me dijo que no contestase a ninguna de sus preguntas —le dijo con su antiguo aire de ligereza.

Miró el reloj de esfera majestuosa, que estaba sobre la repisa de la chimenea, y añadió:

—Me voy a acostar pronto. ¿Quiere usted ocuparse del chofer?

—Dígame una cosa —dijo al tiempo que ella se levantaba—. ¿Por qué se ha enterrado usted con mi fosilizado pariente? Tiene que haber muchas colocaciones…

—Me figuro que las hay —interrumpió ella.

Se dirigió hacia la puerta, pero dio la vuelta.

—¿Conoce usted bien a mister Awkwright? —le preguntó.

Tuvo que confesarle que sólo había visto al viejo tres veces en su vida.

—No, realmente no sé nada acerca de él, a no ser que ha estado casado dos veces y que tuvo un hijo, que murió. Sé que es tan mísero como un avaro de comedia…

La muchacha le hizo callar.

—Tiene muchas cosas que son admirables —insinuó.

Mary se fue a acostar poco después de las diez. El cuarto del capitán Jordán estaba tres puertas más allá del de ella, y estaba quedándose dormida cuando oyó sus rápidos y apagados pasos a lo largo del corredor y el suave golpe de su puerta al cerrarse. Se durmió, y al despertar de nuevo le pareció que lo hacía instantáneamente, aunque habían pasado varias horas.

Se sentó en la cama con el corazón latiéndole aceleradamente. Algo la había despertado, algún mal sueño que no podía recordar.

Escuchó: no se oía ruido alguno; pensó que debía de haber sido su imaginación, y recobrando el aliento se deslizó de nuevo debajo de la ropa. La ventana estaba un poco abierta; afuera había bruma y por entre ella brillaba la luna.

Podía ver cómo pequeños jirones de niebla entraban despacio a través de la ventana abierta y pensó levantarse y cerrarla.

Entonces…

Oyó de nuevo. No era una llamada, sino una especie de arañazo y como un gemido. Saltando de la cama, encendió la luz, corrió hacia la puerta y de un tirón la abrió. Al hacer esto un hombre cayó casi en sus brazos.

A la media luz vio su rostro cadavéricamente pálido y después cómo por debajo de la mano con que se apretaba el cuello corría la sangre. Mary gritó.

Trató de sostenerle; pero se le escurrió entre los brazos hasta el suelo. Oyó pisadas rápidas en el pasillo, y Tim Jordán entró.

Se agachó sobre una de sus rodillas al lado del hombre.

—¡Qué raro! —dijo con su rápida y cortada manera de hablar—. ¡Jelf!… ¡Mi chofer! ¿Qué habrá sucedido?

El hombre estaba completamente vestido. Sus zapatos, mojados y llenos de barro.

—¿Buscaremos un médico? —preguntó ella temblorosa.

Sacudió él la cabeza.

En ese instante el hombre abrió los ojos; su mirada vagó un momento de uno a otro, descansando, al fin, en la horrorizada muchacha; sus labios se abrieron.

—¡Lo hizo él! —balbució—. El hombre del que la salvamos.

Tim la vio vacilar y la cogió en el momento en que se caía. La llevó en brazos fuera del cuarto, dejándola al cuidado de una de las criadas. Cuando volvió al lado de Jelf, había muerto.

Stocker, en mangas de camisa, fue corriendo desde su cuarto al piso bajo; Jordán le pidió que le prestara una lámpara eléctrica, y alumbrándose con ella siguió las huellas de sangre que corrían lo largo del pasillo.

Las huellas terminaban en una pequeña puerta profundamente embutida en la pared.

La puerta estaba cerrada sin echar la llave y daba paso a una escalera privada que conducía a un patio detrás de la casa. Jordán volvió a su cuarto, se vistió rápidamente y siguió las huellas de sangre. Pasaban a través de una verja abierta que daba al jardín y aquí se perdían en el suelo húmedo.

Algo brilló a la luz de su linterna; agachándose, lo recogió. Era una pequeña pitillera de oro, y estaba abierta. En su interior tenía una inscripción:

«A Lew, de su mujer».

* * *

Examinando la pitillera cuidadosamente a la luz de la lámpara que llevaba, Tim vio que una de las cubiertas interiores estaba suelta, y metió por la ranura la punta de su navaja, levantando una pequeña lámina de oro, que estaba sujeta con bisagras.

En el reverso de ella se veían media docena de grupos de figuras que no se distinguían por el exterior, y en el fondo que ella ocultaba había una palabra: Tresor. Todo ello estaba primorosamente grabado.

Ahora vio de una manera clara el significado de las figuras. En total, unas doce líneas.

Stocker llegó con café caliente a tiempo de ver a Tim guardarse la pitillera en un bolsillo.

—¿Ha encontrado usted algo, señor? —le preguntó—. ¡Es horrible lo que ha sucedido!

—¿Dónde está miss Grier? —preguntó Tim.

—Ha ido al cuarto de huéspedes. Una de las doncellas me dijo que se estaba vistiendo. ¿Conocía usted al hombre, señor?

Había un leve tono de ansiedad en su voz, que la tragedia de aquella noche podía explicar.

—Nunca le había visto antes. Le contraté hace un par de días —dijo Tim.

Stocker se rascó la barbilla, pensativo.

—Supongo que ni por casualidad habrá hecho declaración de ninguna especie —sugirió más bien que preguntó.

—Ninguna.

—A la muchacha que estaba al otro lado de la puerta le pareció oírle hablar —insistió Stocker.

—¿Qué muchacha?

—La doncella… La primera que bajó.

—Dijo algo que casi era ininteligible —contestó Tim.

¿Se equivocó u oyó realmente dar un pequeño suspiro al rollizo hombre y fue prueba del descanso que su afirmación le produjo lo que apareció en sus ojos?

—El pobre mister Awkwright se disgustará cuando sepa esto —dijo—. No le gustan las cosas desagradables, y no me sorprenderá que esto le mande a la cama para una semana.

—¿Cuánto tiempo hace que mister Awkwright vive aquí?

Stocker miró hacia arriba, a las vigas del techo.

—Hace cuatro años; pero a temporadas. Tomó la casa, estuvo fuera durante seis meses y volvió de nuevo. ¿Por qué, señor?

Tim no satisfizo su curiosidad. Le indicó con la cabeza que se fuera; pero Stocker se hizo el distraído.

—Perdone que pregunte, señor; pero usted fue el primero en llegar al sitio cuando esto sucedió. ¿Podría usted decirme si miss Mary tenía su puerta abierta?

Tim se quedó mirándole con asombro.

—No lo sé. ¿Por qué lo pregunta?

—Me lo preguntaba a mí mismo —dijo Stocker.

Miró más allá de Tim e hizo un movimiento hacia adelante.

—¿Quiere usted algo, miss?

—Nada; gracias. Stocker.

Mary Grier había entrado en el cuarto; muy tranquila, muy dueña de sí misma y si pudiera prescindirse de la palidez de su rostro, sin síntoma alguno de la terrible prueba que había sufrido.

Se sentó al lado opuesto de la mesa de comedor a que Tim estaba sentado, cogió un cigarrillo de una cajita de plata que estaba a su lado y lo encendió. Tim notó que la mano que sostenía el fósforo no temblaba.

—Sí. Creo que tomaré un poco de café.

Tim esperó hasta que el hombre se marchó.

—¿Conocía usted a Jelf?

—No le recuerdo —dijo—. No creo haberle visto nunca, al menos a sabiendas de que era él.

—¿Qué quería decir cuando habló de una persona, de la cual la salvó a usted?

Arrojó ella una espiral de humo por encima de la mesa.

—Quería decir lo que dijo precisamente —fue su tranquila respuesta—. Hace unos tres años fui atacada por un hombre en el camino de Kinross. Creo que estaba borracho —alargó un brazo y se lo descubrió—. Tenía un cuchillo —se tocó delicadamente la larga cicatriz—. Le había dicho que me hice esto en un accidente casual: pero no es verdad. No tenía el menor deseo de recordar un suceso muy desagradable. Creo que me hubiese matado de no estar cerca aquellos dos hombres.

—Y ¿uno de ellos era Jelf? —preguntó sorprendido.

—No lo sé —repuso ella, y decía la verdad—. Era casi de noche; al hombre que me recogió y me trajo a casa fue…, fue al único que en realidad vi.

—¿Quién fue el hombre que la atacó?

Mary miró hacia abajo, al extremo encendido de su cigarrillo.

—Me temo no poder decírselo. Era un extraño.

—¿Lo notificó usted a la Policía? —preguntó él.

Tuvo un momento de duda.

—No. No quería que mi nombre apareciera en los periódicos. Pero si lo hubiera hecho estaría ahora mucho más contenta.

La miró con asombro.

—No me ha parecido que estuviera usted descontenta.

—Y no lo estoy —contestó ella sonriendo.

—Y ¿fue el mismo hombre el que esta noche mató a Jelf? —Siguió Tim.

—¡Por Dios, no hable usted de ello, capitán Jordán! —suplicó.

Su voz se quebró y Tim descubrió entonces algo del temor que su disimulo ocultaba.

—No quiero hablar de ello… Y no hablaré. Si me hace usted preguntas, saldré de la habitación.

Alargó él su mano y cogió las de ella.

—Entonces no le haré preguntas —prometió.

Stocker entró en ese momento y sirvió el café. Permanecieron en silencio hasta que él salió.

—Estaba ansioso de saber si su puerta estaba cerrada.

Mary movió la cabeza.

—Lo sé. Tiene mucho interés en eso, en que cierre mí puerta.

—¿Por qué? —preguntó Tim.

Encendió ella otro cigarrillo. Esta vez su mano temblaba.

—¡Es horrible! ¡Horrible! —dijo en voz baja—. ¿No ha venido aún la Policía?

—No tardarán mucho —contestó él—. Se pusieron en camino en cuanto les telefoneé.

La muchacha levantó hacia él su mirada rápidamente y estuvo a punto de hablar; pero, al parecer, cambió de manera de pensar.

—Iba usted a decir…

Sacudió la cabeza dudando y le contempló de nuevo, con una mirada larga y escudriñadora.

—Sospecho que usted pensará que lo que le voy a preguntar es algo extraordinario; es usted agente de Policía y no puede usted comprender…, no, no; no le preguntaré nada.

—Creo que haría mejor preguntándolo —dijo Tim despacio—. Cuando venga la Policía, usted no querrá que yo repita lo que el hombre dijo. Jelf…, quiero decir.

Los ojos de Mary se abrieron un poco más.

—¿Cómo sabía usted eso? —preguntó anhelante, y él se echó a reír.

—Mi reconocido instinto; de cualquier modo sería un poco embarazoso para usted que yo repitiese lo que el hombre dijo en su delirio. Quizá algún día me considere digno de sus confidencias.

De nuevo abrió ella los labios para hablar; pero por segunda vez los cerró con firmeza.

—Quizá lo haga —dijo después de una pausa.

Una cosa le chocó como curiosa; ella no hizo ninguna referencia a mister Awkwright, ni al efecto que este espantoso suceso podría causarle. Mister Awkwright era un hombre anciano; ya hacía unos años que parecía decrépito y un golpe como éste podía acarrearle las más serias consecuencias.

A decir verdad, Tim Jordán sentía cierto temor por este viejo que nunca le había mostrado ni el más pequeño cariño o amistad; más bien nunca había ocultado a su pupilo que consideraba esta tutela como una de las pruebas de su vida.

Tim sabía muy poco acerca de él, excepto que era un hombre reservado y suspicaz, y que tenía distracciones muy raras y de poca monta. Había sido jugador durante toda su vida. Sin embargo, era un hombre de vida muy ordenada, un astuto especulador cuando se trataba de verdaderos negocios.

La Policía llegó cuando Mary terminaba su tercer cigarrillo, y le hizo pasar una hora desagradable, durante la cual contestó a preguntas que parecían inoportunas (y muchas de ellas lo eran), y reconstruyó, para mejor inteligencia de los policías, la tragedia que había presenciado.

Al mismo tiempo que éstos se marchaban fue sacado el cuerpo de Jelf. El doctor que vino con ellos describió la herida como producida con un cuchillo impulsado con gran fuerza. El asesino debió de atacar a su víctima por detrás y darle la puñalada antes que Jelf tuviera oportunidad de defenderse. No había lesión alguna ni en sus manos ni en ninguna otra parte de su cuerpo.

Tim salió a la puerta para ver marchar el último coche de la Policía, y cuando volvió al comedor encontró a Mary echada sobre la mesa, con la cabeza entre los brazos, medio dormida.

La llevó a la cama, ordenando a una de las criadas la acompañase. Se dirigió después a su cuarto, tomó un baño y a las cinco estaba de vuelta en el comedor.

—No, gracias, señor —dijo Stocker cuando le indicó que debía irse a acostar también—. Duermo muy poco y ya son más de las cinco. Los criados no van a servir para nada; y mejor será que espere levantado para que atienda las cosas. Me permito aconsejarle que se tome unas cuantas horas de…

—Ciertamente puede usted —dijo Tim alegremente—. Y como ya le he dado permiso, no le daré la violenta contestación que, de otra manera, sería inevitable. No; tan pronto como haya luz saldré a examinar los alrededores.

II

Amaneció una mañana brumosa; pero no tuvo dificultad en seguir la pista que había visto durante la noche. Una cosa era cierta: Jelf conocía la casa. Había encontrado el pasaje secreto del piso principal y debió de abrirlo con una de las dos llaves maestras que encontraron en su bolsillo cuando registraron su ropa.

Otro de los descubrimientos fue que Jelf tenía en su poder unas quinientas libras en billetes de Banco, de modo que no parecía haber razón apremiante que le obligase a solicitar el empleo de chofer.

Cerca de donde había encontrado la pitillera, Tim descubrió un pañuelo de seda manchado de sangre, y recordó que el chofer lo mostraba ostentosamente en el bolsillo superior izquierdo de la americana. Aquí podría haber una explicación del descubrimiento de la pitillera de oro.

El hombre había sacado el pañuelo, y al hacerlo, salió la caja con él. Ésta contenía tres o cuatro cigarrillos y ninguna otra pista, a no ser las figuras grabadas.

No pudo encontrar más huellas al otro lado del camino; pero andando unas cincuenta yardas llegó a una portilla de madera, cerrada con cadenas, que daba paso al cementerio, una tapia muy baja cercaba éste, y después de rebuscar arriba y abajo en un vano esfuerzo, para encontrar las huellas, Tim saltó la pared y anduvo por el campo cubierto de hierba y entre los montículos y losas medio rotas dedicadas a la gloria de las desaparecidas generaciones.

Había oído hablar del mausoleo y lo había visto desde lejos. Era una construcción de granito con techo de piedra. En uno de los lados había una inscripción ya borrosa, rudamente esculpida e imposible de descifrar. Las puertas, sin embargo, fueron colocadas en época más reciente; eran de bronce, de unos cinco pies de alto y dos y medio de ancho. Tenían una breve inscripción en relieve.


THOS BRODIE ESQ.
DE 70 AÑOS
UNIVERSALMENTE RESPETADO
 

En la arcada de las puertas había otra inscripción en letras más pequeñas.


ESTAS PUERTAS FUERON ERIGIDAS
POR LOS NIETOS DE THOS BRODIE
A LA MEMORIA DE UN BUEN HOMBRE
Y DE UN GRAN BIENHECHOR
 

El final de la tumba donde las puertas de bronce estaban colocadas miraba hacia dentro del cementerio visto desde el camino. Debía de haber sido una tumba de familia. Allí debían de estar enterradas generaciones de Brodies. Tim empezó a comprender la especial atracción que tenía esta austera casa para mister Awkwright, un Brodie por matrimonio.

Una alta pared separaba el cementerio de los campos de alrededor de la casa, y a no ser por el portillo y el fácil procedimiento de saltar por encima de la tapia parecía no tener otra entrada.

Se marchaba ya, cuando algo atrajo su atención, y, agachándose, recogió tres cigarrillos sucios. Estaban hechos por un fabricante de Londres, probablemente de encargo, porque no eran de la clase que se vende al público en general. Además de esto, tenían especial interés para Tim, porque eran compañeros exactos de los que había encontrado en la pitillera de Jelf. Estaban juntos, como si los hubieran tirado a propósito; ninguno había sido encendido, y en cada uno de ellos notó la pequeña depresión hecha por la banda de goma que dividía la pitillera. Jelf los dejó caer allí; había estado en el cementerio la noche antes.

Tim empezó a registrar buscando manchas de sangre, y recorrió toda la pared examinando cada piedra, sin éxito alguno.

Mientras volvió despacio hacia la casa, entre la bruma apareció una muchacha que venía a su encuentro. Era Mary Grier.

—Por supuesto, no me he acostado —dijo ella desdeñosamente, y después añadió más seria—: ¿Ha encontrado usted algo?

—Nada —contestó él—, excepto esto.

Le enseñó los cigarrillos y le contó el hallazgo de la pitillera. Ella no hizo comentario alguno.

—¿Ha encontrado usted a alguien? Quiero decir si hay señales del asesino —preguntó Mary con ansiedad.

—No. Se escapó. La Policía está haciendo investigaciones en todos los pueblos. Aún es demasiado pronto para que pueda comunicar los resultados; pero me imagino que no tardarán en encontrarle.

—Espero que no le encuentren —dijo Mary en voz baja y se volvió para irse, cuando él la cogió por el brazo.

—¿Por qué dice usted eso, Mary?

Se sonrió ella forzadamente.

—No lo sé…; nervios, me figuro; o probablemente, que tengo un instinto criminal. Una vez robé setenta libras, no se ría… Lo hice, setenta libras en billetes de Banco que saqué de una caja fuerte; estaba desesperada, no se imagina usted lo desesperada que estaba.

Estaba sobreexcitada, tan cerca del histerismo, que su emoción podía confundirse con él, y Tim comprendió que decía la verdad. En alguna ocasión había robado setenta libras y este recuerdo era una obsesión, y ahora tenía que dejarlo escapar cuando sus nervios estaban de punta y ella a punto de quebrarse.

—Robó usted setenta libras, ¿eh? —dijo Tim riendo entre dientes—. Eso no es nada. Yo una vez robé mil; somos compañeros criminales, Mary y ninguno de los dos ha sido descubierto…

—Yo lo fui —las palabras le salían a golpes—, casi tan pronto como las robé, y no hubo escape para mí. No pude mentir siquiera.

Respiraba anhelante, y cuando la cogió por el brazo vio que temblaba.

—Paseemos —dijo él con autoridad, y ella obedeció, colocándose a su lado—. Le dije que durmiera y no lo ha hecho usted. Por eso está usted tan nerviosa. Hace una mañana hermosa… Vamos a comer algo.

Cerca de la casa ella le dijo con más calma que había telefoneado la noticia a mister Awkwright y que éste llegaría en seguida.

—No creo que desayunaré —añadió—. Es muy temprano… Realmente, voy a tratar de dormir.

La dejó al pie de la ancha escalera que subía desde el frío y sombrío hall.

—Creo que la señorita es muy prudente.

Tim se volvió con sobresalto. No había visto a Stocker en las sombras.

—¡Oh! ¿Lo cree usted así? —le dijo, y su tono no era de los más amistosos—. ¿De dónde ha salido usted?

—Entré detrás de usted, señor. Ha estado usted en nuestro cementerio.

—¿Cómo lo sabe usted? —preguntó Tim secamente.

No podían haberle visto desde la casa, porque la niebla era aún bastante espesa.

—Seguí a miss Mary cuando salió y le vi a usted —dijo Stocker fríamente.

—¿Por qué la siguió usted?

El grueso mayordomo sonrió.

—Después de lo que sucedió durante la noche, no creí que fuese muy seguro para la señorita andar sola por ese camino solitario y me tomé la libertad de ir detrás de ella.

«A esto no había réplica», pensó Tim.

—¿Estaba usted aquí hace algunos años, cuando miss Grier fue atacada por un hombre en el camino?

Stocker asintió con la cabeza.

—Sí, señor. Siempre he estado aquí desde que mister Awkwright alquiló la casa. Lo recuerdo perfectamente bien, señor. Yo hice a la señorita la primera cura.

—¿Encontraron alguna vez al hombre que la hirió?

—No puedo recordarlo —dijo Stocker con una placentera sonrisa—. Pero más bien me parece que se escapó.

—¿Le ha dado mister Awkwright órdenes de tener cuidado de ella?

—No, señor; mister Awkwright nunca ha expresado su manera de pensar sobre este asunto.

A las siete en punto llegó el propio Awkwright; un hombre viejo, pálido y tembloroso, con voz dura, ojos que miraron suspicaz y penetrantemente a Tim y al alerta Stocker, y unos modales que eran, por naturaleza, antagónicos a los de la Humanidad.

—¿Qué quiere decir todo esto? —hablaba rápidamente y con insospechado vigor—. Jordán; traer aquí un chofer y que lo asesinen, y en mi casa. ¿Qué quiere decir todo esto? No era necesario para ti venir aquí. Te escribí y te dije que no era necesario; podías haber visto a mi abogado en la ciudad; si no hubieras venido, no hubiera sucedido esto. ¿Dónde está miss Grier?

—Está acostada, señor —dijo Stocker.

—Llámela…, la necesito. Tengo algunas cartas muy importantes que escribir.

—Y ella tiene un sueño muy importante que dormir —dijo Tim fríamente—. Díctemelas a mí, escribo bastante bien en taquigrafía.

El viejo le puso mala cara, dudó y después añadió:

—Ven a mi estudio.

Tim le siguió a lo largo del pasillo hasta dentro de un cuarto desordenado. Su único derecho al nombre que el viejo le había dado era debido a que aquí estudiaba la forma de los caballos de carreras.

Tim se hallaba perplejo; Benjamín Awkwright fingía. Estaba seguro de ello desde el momento que entró en la casa y empezó a hacer preguntas y comentarios. ¿Por qué fingía? ¿Qué es lo que tenía que ocultar? Todos estos modales fanfarrones y bravatas eran sólo de momento; el verdadero mister Awkwright se delataba por la palidez del rostro, el temblor de sus manos y la patética calda de su mandíbula.

—Siéntate, Jordán —dijo el viejo, y se dejó caer en su cómoda silla de despacho, con un suspiro—. Siento que haya sucedido esto; pero no puede remediarse; supongo que no tendrás idea de quién mató a tu hombre.

—Ninguna —dijo Tim.

—¿Ocurrió en la casa?

Tim movió la cabeza.

—No; en el camino. Parece un asesinato sin objeto alguno. No se lo he dicho a la Policía; pero antes de morir Jelf dijo que había sido acuchillado por el mismo hombre que atacó a miss Grier.

—¿Qué?

El viejo Awkwright se puso en pie de un salto, contemplando con ojos que echaban lumbre al joven. Su rostro se había vuelto lívido de repente. En sus ojos, completamente abiertos, se veía el horror que no podía ocultar.

—¡Eso es mentira! —balbució—. Ella no me dijo eso… Y me lo hubiera dicho —tan repentinamente como se había levantado se dejó caer sobre el escritorio.

Tim creyó que se había desmayado; pero el viejo, por señas, rechazó sus ofrecimientos de ayuda.

—Estoy bien —murmuró—, indigestión… Siéntate, siéntate, Jordán.

Parecía haberse encogido; su rostro, descolorido, parecía aún más arrugado.

—Cuéntamelo todo. No te preocupes por mí, Jordán; estoy un poco trastornado esta mañana. A mi edad… ser sacado de la cama con estas espantosas noticias…

Tim Jordán le contó brevemente la historia y el viejo le escuchó sin interrumpirle.

—¿Conoces algo acerca de ese Jelf? —preguntó con voz trémula al terminar Tim su narración—. ¿Quién era? ¿De dónde provenía? ¿Por qué lo empleaste? Esto es lo que has hecho siempre, toda tu vida. Nunca te has preocupado de mi lo más mínimo… Despreocupado, egoísta.

Trataba de excitarse hasta ponerse furioso; pera a través de su ira se veía el miedo y la angustia de su imaginación, que no podía ocultar. Tim reconoció también la animosidad que el viejo le había mostrado siempre.

—Desearía con toda mi alma no haberte visto nunca ni saber de ti —prosiguió con violencia—. ¿Por qué me dio tu padre la carga de tus asuntos? Voy a poner fin a esto. Mis abogados lo arreglarán contigo.

Tim se quedó asombrado de su vehemencia, aunque se daba cuenta de que su tutor estaba, por el momento, desequilibrado por el espantoso suceso que había ocurrido en la casa.

La mandíbula del viejo se cayó aún más dolorosamente.

—Odio este país. Odio esta casa. Dios no ha sido bueno conmigo. La vida ha sido una maldición para mí.

Tim se escapó, y el destrozado viejo no notó que se había ido.

Salió al jardín, si así podía llamársele; anduvo a lo largo del frente de la casa y llegó hasta la gran puerta de la capilla garaje.

Estaba ésta separada de la casa. Era un edificio de altas paredes, con ventanas columnadas que en algún tiempo habían tenido valiosísimas vidrieras.

La construcción era muy vieja. Las paredes de granito estaban deterioradas y en algunos sitios cubiertas por hiedra. Anduvo alrededor del edificio y volvió hasta la puerta grande, donde con sorpresa encontró a Stocker.

—Un misterioso y viejo lugar, señor —dijo éste sonriendo—. Data del siglo doce, según dicen. Hubo aquí un castillo… —Se hizo descriptivo.

Stocker se metió la mano en el bolsillo, sacó una llave e introduciéndola en la cerradura, la hizo girar, y tirando de ella abrió una de las hojas de la puerta. Tim entró. Esperaba encontrar un sucio montón de viejas cubiertas, latas de gasolina y piezas de recambio; pero el interior del garaje estaba en un notable estado de orden.

Había en él dos automóviles: un Roadster grande, cubierto por una lona impermeable, y otro coche más pequeño y un tractor de campo de aspecto potente, montado sobre ruedas orugas.

—¿Dónde está el coche de Jelf? —preguntó.

—Se lo llevó al pueblo, señor, mister Ledbetter es muy particular en lo que se refiere a guardar coches extraños en este garaje. Una vez tuvimos un fuego, o mejor dicho, casi tuvimos un fuego como consecuencia del descuido de un chofer.

—¿De quién es ese coche? —Tim señaló al Roadster grande protegido con la lona.

—De mister Ledbetter, señor. Hace muchas excursiones cuando está en casa. El más pequeño pertenece a mister Awkwright.

—¿Y el tractor?

Stocker sonrió.

—Ése es nuestro, señor. Pensábamos cultivar algún terreno. Tenemos unos cien acres y mister Ledbetter compró el tractor; pero después cambio de modo de pensar.

Tim examinó la poderosa máquina. Detrás del asiento del conductor, y colgando por la trasera del tractor, había un rollo de alambre de acero. La máquina debía de haber trabajado muy poco; en las orugas no había señales de barro. Preguntó al mayordomo.

—No, señor, nunca ha estado en el campo. Yo quería que mister Ledbetter lo vendiera, pero es un poco raro; nunca vende las cosas que ha comprado. Ha llegado a rehusar una gran oferta por la casa, mucho más de lo que vale. Observo que está usted mirando al candado y la cadena; ésa es otra de las rarezas de mister Ledbetter; no le gusta usar las cosas hasta que ha decidido cómo han de ser empleadas.

—De modo que si usted quisiera sacar el tractor, ¿no podría?

—Nunca quiero sacar el tractor; no sé nada de agricultura.

Tim salió del garaje sin que, al parecer, le hubiera impresionado nada. Pero a no ser que mister Ledbetter hubiese estado en la casa en aquellos días, Stocker mentía, porque en el macizo piso de piedra se veían claramente las señales de rodadas recientes.

* * *

Tim Jordán había contado con marcharse de Clench House pocos días después de su llegada; pero la muerte de Jelf hizo necesaria una investigación judicial en la que tenía que prestar declaración.

Vio muy poco a Mary el primer día; los tres cenaron juntos casi en silencio; mister Awkwright miraba ceñudo a la muchacha cada vez que intentaba entablar conversación. Después de la comida se la llevó a su estudio, y Tim perdió la esperanza de volverla a ver aquella noche; pero precisamente cuando pensaba irse a la cama volvió ella con aspecto muy cansado. Mirándola atentamente notó que había llorado, aunque debía de haber recurrido a toda clase de procedimientos para tratar de ocultarlo; pero a Tim no le engañaba.

Tenía algo que decirle; comprendió que había vuelto con este objeto cuando ella cambió su puesto al extremo de la mesa y se sentó enfrente de él.

—Capitán Jordán, mister Awkwright dice que la investigación judicial terminará, en lo que se refiere a usted, pasado mañana. ¿Piensa usted volver a Londres?

—Sí —dijo sorprendido—; pero creía que debía quedarme una semana.

Mary sacudió la cabeza.

Mister Awkwright espera que puede arreglarse el modo de que declare usted…

—¿Quiere deshacerse de mí? —le interrumpió bruscamente.

—¿No quiere usted irse? —contestó ella—. Debía usted considerarse dichoso. ¡Si yo pudiera…! —Se calló de repente.

—¿Si usted pudiera marcharse? ¿Por qué no lo hace?

Mary respiro anhelante.

—No sea absurdo. ¿Por qué he de querer irme?

Sacó de una bolsita que tenía delante de ella un pedazo de papel.

—Cuando vuelva usted a Londres, ¿hará que sus abogados vean a los de mister Awkwright y arreglen la transferencia de su dinero? Está deseando… —Dudó buscando la palabra.

—¿Deshacerse de mí? —respondió él, y Mary se sonrió débilmente.

—Algo parecido a eso.

Le miró largo rato.

—¿Va usted a decírmelo? —le preguntó Tim amablemente, y ella se sobresaltó.

—Decirle, ¿el qué? No tengo nada que decir.

—Tiene mucho que decir —contestó él—; pero en este momento cree usted que no puede.

Mary se levantó de pronto, con brusquedad.

—Quisiera que regresara usted a Londres. Hablo en serio. No puede usted hacer nada bueno en este lugar, y presumo que su presencia aquí molesta a mister Awkwright.

—¿Le molesta a usted? —preguntó él.

Hubo una pequeña pausa.

—Sí —dijo, casi desafiándole—. Me molesta un poco.

—Pero ¿por qué?

Mary no podía o no quería contestarle.

—¿Espera usted otro asesinato?

Acababa de hacer una pregunta estúpida… y un poco cruel. El efecto que causó sobre la muchacha fue notable. Su rostro se puso más pálido de lo que estaba.

—¿Cómo puede usted decir eso? —preguntó a su vez, y volviéndose rápidamente, salió casi corriendo del cuarto.

Tim Jordán se quedó intrigado; sentía la desagradable impresión de que había levantado de pronto una piedra y veía escurrirse por debajo los más extraños reptiles que la imaginación del hombre haya jamás concebido.

¿Qué papel representaba la muchacha en todo esto? ¿Quién era el hombre que la había herido una vez? Stocker podría decirlo; pero comprendía la futilidad de interrogar al mayordomo. Quizá fuese mejor seguir el consejo de Mary y llevar sus equipajes a la posada más cercana, porque comprendía que no se deseaba tanto que él se volviese a Londres como que se fuera de la casa.

La investigación judicial requería dos o tres días; pero él podría contribuir muy poco a la suma de datos que la Policía tenía ya en su poder de los hechos importantes.

Aquella noche, cuando se retiró a la cama, cerró la puerta con llave, cosa rara en él; pero su sueño no fue interrumpido; cuando se despertó, el sol entraba a través de su ventana, y, vistiéndose, bajó las escaleras, atravesó el jardín y salió al camino.

La tarde anterior había entregado a la Policía la pitillera de oro; pero antes fue al pueblo en busca de un fotógrafo e hizo fotografiar cuidadosamente la inscripción. No hizo mención de los cigarrillos encontrados en el cementerio; ésta era su pista particular. Había tomado la resolución de trabajar independientemente de los investigadores oficiales; pero aún se encontraba ante una especie de dilema en lo que se refería a dónde y cuándo debía comenzar.

Examinó la fotografía ampliada que había conseguido; pero no encontró inspiración en ella. Cuando volvió a la casa después de su paseo, Stocker había colocado un solo desayuno sobre la mesa del comedor. El hombre grueso estaba alegre.

—¿Ha encontrado usted algo, señor?

Le molestaba que este hombre diese por sentado que él buscaba información.

—¿Por qué he de encontrar yo algo?

—Creí que estaba usted muy interesado en el asunto, señor. Como es usted oficial de la Policía, lo encontraba natural. Mi opinión particular es que el asesinato ha sido cometido por un vagabundo; en estos tiempos han rondado individuos de mal aspecto por estos alrededores.

—Esto está bastante claro, ¿verdad? —dijo Tim secamente—. Uno de ellos era un asesino. ¿Conocía usted a Jelf?

—Jelf. ¿Quiere usted decir a ese desgraciado hombre? No, señor. Nunca le había visto. En realidad, no le he visto nunca, porque habló con una de las muchachas de la cocina y se llevó el coche al pueblo antes que le pudiese ver.

—¿No ha ido usted por casualidad al pueblo?

—No, señor.

Tim sonrió.

—Y si yo le dijese que le habían visto a usted a unos cientos de yardas de aquí, después de oscurecer, disputando con Jelf, ¿qué diría usted? Ha sido usted visto por dos personas. Creo que es verdaderamente justo decirle a usted que éstos son los informes que tiene la Policía, y que me los comunicaron anoche.

Stocker no se mostró en manera alguna perturbado.

—¿Era Jelf? —preguntó fríamente—. Es verdad que tuve un pequeño disgusto con un hombre que me encontré por casualidad, y que estaba bastante borracho. Creí que era de aquí. ¿De modo que era Jelf?

No parecía desconcertado con las noticias; pero Tim descubrió en él algo así como aumento de su cautela. Tuvo un indefinible cambio, tanto en su actitud como en su conversación, y aunque se mantenía, al parecer, indiferente, Tim observó que, en realidad, estaba alerta, con todas sus defensas preparadas contra una sorpresa.

—Esto le enseña a usted cómo un hombre completamente inocente puede verse complicado —dijo—. El hombre tropezó conmigo cuando yo volvía a casa. Invariablemente yo doy un pequeño paseo antes de retirarme; traté de evitarlo, pero él tenía intención de armar pelea. Me molesté, y admito que probablemente le dije cosas de las que en estas circunstancias me arrepiento. Eventualmente siguió su camino y yo regresé a casa. ¿De modo que era Jelf? —repitió por tercera vez—. Jamás le hubiera relacionado con el pobre hombre que fue asesinado.

—¿A qué hora sucedió eso? —preguntó Jordán.

Stocker miró al techo.

—Debían de ser cerca de las once. Precisamente después que usted se fue a la cama.

Más tarde, cuando llegó la Policía, interrogaron a Stocker, y parecieron satisfechos con la explicación que dio. Ésta tuvo alguna corroboración en otros informes recibidos. Jelf había pasado la tarde en una pequeña taberna, donde bebió licor y se sintió, en verdad, con deseos de pelea.

El día fue muy aburrido para Tiger Tim Jordán. Almorzó solo, y no vio a Mary Grier hasta última hora de aquella tarde. Ella pasó la mayor parte del día detrás de la cerrada puerta del estudio de mister Awkwright; al parecer, éste era un hombre que tenía una gran cantidad de asuntos, porque Tim oyó la máquina de escribir trabajando cada vez que pasó por delante de la ventana del estudio con la esperanza dé ver a la muchacha.

El chief constable llegó con la Policía y dijo a Tim que no haría objeción alguna a que se fuese, siempre que estuviese dispuesto a volver para prestar declaración en la suspendida investigación judicial.

Jelf le había dado una dirección en Londres, que él comunicó a Scotland Yard; pero que no sirvió para aclarar nada. Era un pequeño cuarto amueblado, en South London, que la victima no había ocupado desde hacía una semana.

Un registro de las pocas cosas de su pertenencia no dio ninguna otra pista en cuanto a su identidad.

Tim venía del teléfono del hall cuando vio a la muchacha. Se dirigía rápidamente hacia el arranque de las escaleras, y al parecer, no muy deseosa de verle, porque se habría cruzado con él con un simple saludo de cabeza, a no ser porque él se detuvo delante de ella.

—¿Cuándo voy a verla? —le preguntó.

—No lo sé; estoy muy ocupada.

Parecía estar muy cansada, y él no tuvo valor para pedirle que se quedase, y se volvió a la soledad del salón. No hacía mucho tiempo que estaba allí cuando entró Stocker.

—Preguntan por teléfono por usted, señor.

—¿Es la Policía?

—No. No lo creo, señor. Es una señora que no quiso decir su nombre.

—¿Una señora?

Se levantó rápidamente y salió al hall. Alguien preguntó en voz baja si era el capitán Jordán. Y cuando hubo contestado afirmativamente, añadió:

—¿Puedo verle?

—¿Quién es? —preguntó él.

La voz le era conocida, pero por el momento no podía identificarla.

Mistress Daney. ¿Podría usted venir al camino de Glasgow? Encontrará mi coche esperándole. Creo que tengo algo muy interesante que decirle.

Tim dudó.

—Está bien —dijo al fin—. Iré a verla. ¿Cuánto tengo que andar hasta encontrarla?

—No mucho —dijo la voz, y se sintió el ruido del auricular al ser colgado.

El coche de Jelf estaba en poder de la Policía; pero los propietarios del garaje, comprendiendo la situación de Jordán, ofrecieron alquilarle un coche siempre que lo deseara. Les telefoneó, y a los diez minutos estaba un coche a la puerta. Tuvo que recorrer unas cinco millas, y en las afueras de un pueblecito se encontró con un coupé grande parado a la orilla del camino. Detuvo su coche, se apeó y anduvo las cincuenta yardas que los separaban.

Mistress Daney estaba sentada al volante. Aun a la cruda luz del día era una mujer hermosa, aunque mucho más vieja que lo que él había creído en su primera entrevista.

Le abrió la portezuela.

—Entre —le dijo.

Echó una ojeada a través de la ventanilla de la parte de atrás de la capota.

—¿Esperará su chofer?

Tim asintió con la cabeza.

—Aquí un hombre ha sido asesinado… Un hombre llamado Jelf. ¿No es verdad? ¿Le conocía usted? Su verdadero nombre es Jaffrey.

—¿Cómo lo sabe usted? —preguntó él rápidamente.

—Porque le he visto —su voz indicaba absoluta tranquilidad—. Ha sido bastante brutal; pero la Policía me ha dejado verle. Les dije que quizá pudiera identificarle. Walter Jaffrey. Era uno de los de la cuadrilla de mi marido. Estuvo en el asunto de Mersey. Pero Lew riñó con él. Jaffrey no se portaba bien y Lew le despidió. Acostumbraba conducir el coche para la huida. Yo le previne a Lew contra él.

—¿Por qué ha venido usted aquí? —preguntó Tim de pronto.

—Estoy deseando encontrarme con Lew —contestó ella—. Quiero darle una oportunidad más. Sabía que donde estuviese Mary Grier estaría Lew.

—¿Sugiere usted que su marido mató a ese hombre?

Se rió ella despreciativamente y sacudió la cabeza.

—Pregunte a Mary Grier quién le mató. Ella lo sabe.

III

—¿En realidad, le odia usted tanto como eso? —preguntó Tim.

Le miró ella durante un rato y después se echo a reír.

—No odio mucho a nadie, a no ser a Lew, y no podría decirle por qué le odio sin darle material para sus memorias; pero no podría usted utilizarlo… si las publicase en un periódico serio.

Se inclinó hacia adelante, apretó un resorte en al salpicadero y se abrió un pequeño panel. Dentro había cigarrillos en un depósito de cristal. Sin duda esta señora fumaba incesantemente, porque su provisión era grande. Cogió un cigarrillo, lo encendió y cerró de golpe el panel. Tim alargó su mano.

—Perdone —apretó el resorte de nuevo—. Coja los que quiera.

—¿Me permite coger dos?

—Veintidós, si usted quiere. No son de marca corriente, así que no los examine usted; son muy caros; pero Lew es muy espléndido en estas cosas.

Tim guardó uno de los cigarrillos en su pitillera y encendió el otro. Eran exactamente iguales los que había encontrado en el cementerio y en la pitillera.

—Quiero terminar este asunto de Lew —prosiguió ella—; en realidad, no porque esté celosa, sino porque me ha humillado. Una vez traté de matarle, pero el revólver falló. Cuando se encuentre con él, se lo contará.

La miraba con interés. Era bonita; un poco cruel, terriblemente pervertida; sus ojos tenían el color y la dureza de los zafiros. Iba vestida con lujo y lo pagaba; tenía una figura perfecta. El coche que guiaba era un Phantom Rolls del último modelo. En una de sus manos, que llevaba sin guante, refulgía un brillante azul, que calculó en diez quilates y de un valor de dos mil libras.

De repente ella preguntó:

—¿Cuánto sabe usted?

—¿Acerca de qué?

—Acerca de Mary Grier. Por lo pronto: ¿es bonita?

—¿No la ha visto usted? —preguntó sorprendido.

Ella negó con la cabeza.

—En realidad, no tengo curiosidad por verla. ¿Es bonita? —repitió.

—Sí —dijo él con entusiasmo, y ella se echó a reír suavemente.

—¿Sabe usted mucho acerca de su vida?

—No… Prácticamente, nada.

—Usted es Tiger Tim Jordán, ¿verdad? Lew tuvo gran interés por usted; oyó hablar mucho de usted en África y le evitaba; no estoy muy segura de que no haya entrado nunca en su jurisdicción.

Le observaba con ojos en que se reflejaban la calma y el regocijo.

—Usted está enamorado de ella… ¡Qué interesante! ¡Usted y Lew enamorados de la misma mujer!

Se echó hacia atrás en el acolchado asiento y se rió en silencio.

—Eso me alegra —continuó—; le dará un poco de interés…; perdóneme si le hablo con cierta pedantería. Me he educado en una Universidad y el inglés tenía mi preferencia. Casi estoy tentada a decirle que, considerándolo todo, creo haré mejor dejando que usted solo haga sus propios descubrimientos… Quizá encuentre usted más distracción en ello.

De pronto su calmoso e insolente tono se transformó en otro de gran ansiedad.

—¿Tiene usted alguna idea de por qué vino aquí Jelf? Usted le trajo como chofer suyo; pero deduzco, por lo que he leído en los periódicos de Glasgow, que no sabía usted nada acerca de ese hombre; su nombre es…; bueno, ya se lo he dicho. ¿Por qué deseaba venir, a Clench House? Esto me preocupa un poco.

—¿Qué es lo que quiere usted decir?

—Quiero decir que no hubiera venido a Clench House si hubiera pensado que Lew podía estar en un radio de cien millas…; pero no fue Lew quien le mató. Lew mata a tiros; es su debilidad… Es rapidísimo en sacar el arma y tirador certero. Nunca usa el cuchillo. Debió de ser el otro.

—¿Qué otro? —preguntó Tim.

No contestó en un rato; miraba hacia adelante a través del parabrisas, inconsciente de su presencia.

—Voy a Glasgow —dijo de pronto, y le dio el nombre de su hotel—. ¿Me llamará al teléfono si sucediese algo?

Cuando ella volvió a mirarle, él sonreía.

—¿Se divierte usted?

—Mucho —contestó—. ¿Puede usted explicarme quizá por qué he de molestarme en mantenerla informada, a usted, que es la mujer de un hombre al que buscan por robo y asesinato?

—¿Puede usted explicarme quizá —le imitó ella— por qué me tomo yo todas estas molestias para informarle y salvarle la vida? Puede dejar de reírse, porque hablo en serio. Se lo digo yo. Fui a verle en Londres en un arrebato de rabia. Odiaba a Lew y quería vengarme. Había oído hablar mucho de usted; no tenía idea de que fuese usted tan… —Buscó la palabra— delicado. ¿Puedo llamarle así? Soy una mujer bastante impulsiva; simpatizo con las personas o las odio desde el primer momento que las veo. Usted más bien me agrada.

Sus ojos azules estaban clavados en él. En su dura boca aparecía una extraña sonrisa.

—De modo que he matado dos pájaros con una sola piedra.

—¿Soy yo el segundo pájaro?

—Exactamente —contestó ella.

Se inclinó hacia uno de los lados y abrió la portezuela.

—Ahora puede usted irse.

Al moverse para salir, ella se agachó y le cogió por el brazo.

—Puede besarme si quiere —le dijo.

Tim se rió entre dientes.

—¡Aparte de mí Satán!

Saltó al camino, cerrando de golpe la puerta.

—¿Asustado? —preguntó burlona.

—Muerto de miedo —dijo Tim—. ¡Continúe su viaje a Glasgow antes que me haga perder la cabeza!

Marchó, saludándole con la mano.

—¡Adiós, sir Galahad!

Tim permaneció en medio del arroyo observando el coche hasta que no fue más que un punto en la larga recta del camino; después se volvió a su coche muy pensativo.

Esto era algo nuevo para él. Muchas mujeres habían traicionado a sus hombres antes que ésta; pero los traicionaban en un impulso de arrebatadora ira. Esta clase de delación forma parte del trabajo diario de la Policía; pero nunca se había tropezado con el delator a sangre fría, con la mujer que, calculando todas las consecuencias, planeaba el enviar a su marido al cadalso. Sus agravios debían de haber sido muy grandes; sin embargo, los celos no podían explicar completamente su actitud.

Sólo había una explicación posible: que trabajaba de acuerdo con el hombre que decía odiar y empleaba aquel pretexto para ganarse la confianza de Tim Jordán.

Sabía muy poco acerca de Lew Daney, a no ser que era un brillante trabajador; y hubiera sido muy extraño en un hombre de esta clase que se atrajese la atención y arrojase sospechas sobre sí mismo en relación con un crimen tan serio como el asesinato de Jelf.

Cuando volvió a la casa pidió una conferencia telefónica con Londres, y habló con el chief constable Cowley, al que conocía ligeramente. Contó los más importantes detalles del caso.

—¿El asesinato de Jelf? No nos han pedido que intervengamos. Hemos tenido aquí sus huellas dactilares y le hemos identificado; es un hombre llamado Jaffrey; ha sido condenado dos veces como forzador de cajas fuertes.

—¿Conoce usted a Lew Daney? —preguntó Tim.

Oyó una exclamación de sorpresa.

—¿Lew Daney? ¿Ha vuelto a Inglaterra? Lo último que supimos de él era que estaba en África del Sur. Sí, conozco a Lew muy bien —añadió el chief constable sombríamente—. A propósito: ¿se lo encontró usted en África del Sur?

Cuando Tim contestó negativamente, le preguntó de nuevo:

—¿Y a su mujer? Una bonita muchacha.

—Entonces manténgala alejada de usted —dijo Cowley—, o se va usted a ver envuelto en algo más serio que un caso de divorcio. Tiene la divertida costumbre de engañar a su marido durante seis meses del año y sentirse horriblemente arrepentida de ello los otros seis, y generalmente, las personas con quien le engaña suelen sentirlo mucho.

Le hizo una breve descripción de mistress Daney, que no fue precisamente una alabanza a su conducta privada.

Tim subió a su cuarto para anotar los nuevos datos del asunto. Era costumbre suya llevar una especie de libro índice de los detalles; en él anotaba hasta los más nimios, relacionados con cualquier crimen que le interesase, aunque no estuviese él mismo ocupado en su investigación.

Mistress Daney le desconcertaba; pero le atraía el contacto con lo desconocido. Y en este caso lo desconocido era su vida privada y su especial asociación con el misterioso Lew Daney. Pensó pedir a Scotland Yard que le proporcionasen una fotografía del hombre y más amplios detalles sobre su vida; pero haberse olvidado de hacerlo no era de gran importancia, porque no sólo no tenían en Scotland Yard la fotografía y los detalles que él necesitaba, sino que ellos mismos habían empleado muchos años en estériles pesquisas para conseguir esos datos.

Al mirar casualmente a través de la ventana, al tiempo que secaba la última página de sus notas, vio a Mary Grier paseando sola en el jardín. Separaba la vista de la ventana cuando creyó ver algo que se movía por detrás de un seto en el otro extremo del jardín. Miró cuidadosamente, y a poco vio ascender una ligera espiral de humo; bajó las escaleras en pocos segundos y saltó al jardín. A Mary no se la veía desde donde él estaba; pero el seto se encontraba a media docena de yardas, y cruzando rápidamente, y sin meter ruido, dio la vuelta alrededor del escondrijo…

Era Stocker. De la comisura de los labios colgaba un largo cigarro; tenía las manos metidas en los bolsillos, en desacuerdo con su costumbre profesional, y un profundo ceño ensombrecía su ancho rostro. Se sobresaltó al aparecer Tim; sacó las manos de los bolsillos y se quitó el cigarro de la boca.

—Fumando un cigarro antes de cenar, señor —dijo de buen humor.

—¿Y sin perder de vista a miss Grier? —sugirió Tim.

El hombre bajó la cabeza, asintiendo.

—Y sin perder de vista a miss Grier —remitió—. No me gusta que la señorita esté sola fuera de casa cuando se aproxima la noche.

—¿Es esto idea de mister Awkwright? —preguntó Tim.

El ayuda de cámara sacudió la cabeza, negando.

—No, señor, es idea mía. ¿Me permite fumar un cigarrillo?

Tim asintió, y Stocker volvió el cigarro a sus labios.

—Soy un buen vigilante —dijo—. Debía haber sido detective.

—Tendremos que hacerle —dijo Tim, recogiendo su ironía; pero Stocker rehusó con un gesto.

—No piense en ello, señor. Soy demasiado honrado para entrar en la Policía.

—Habla usted como un antiguo presidiario —dijo Tim, y Stocker sonrió complacido.

—Está bien… Lo soy. Si fuese detective —prosiguió—, emplearía mi vida haciendo el bien. ¡Imagínese, señor, yo diciendo esto! Lo que quería decir es que daría un consejo amistoso a las personas que obrasen mal.

—Mejor sería que las detuviese —dijo Tim, divertido.

—¿Lo cree usted así, señor? Yo lo dudo. En este momento pensaba en las personas cumplidoras de la ley…, oficiales de la Policía y otras así.

—Usted me daría un consejo, ¿no es eso? Y ¿cuál sería?

Stocker se quitó el cigarro de la boca, miró a la ceniza como preguntándole, y volvió a poner la colilla entre los dientes.

—Les aconsejaría que tuviesen mucho cuidado con los cuentos que oían. Porque una señora guíe un lujoso Rolls-Royce, no es necesariamente una… señora. La determinada mujer en que yo pienso, señor, es tan de fiar como un gato montes.

—Me siguió usted esta tarde, ¿verdad?

—¡Es curioso que lo haya adivinado! Su rostro era una máscara; y a no ser por el fulgor de sus ojos, no se hubiera podido sospechar su sarcasmo.

—En cierto modo le seguí. Fui en el portaequipajes del coche que alquiló usted, y, en verdad, ¡fue un paseo muy desagradable!

—¿Por qué me siguió usted? —preguntó Tim con calma. Stocker alzó las cejas y suspiró.

—El respirar el aire fresco a nadie le sienta mal. Me tomé la libertad, señor, de dar un paseo a hurtadillas.

—¿Conoce usted a la señora?

—De oídas —dijo Stocker—. Excúseme, señor; voy a ver lo que hace la señorita.

—Yo le evitaré el trabajo —dijo Tim.

Encontró a la muchacha en el extremo más apartado del jardín. La tarde estaba fría, y Mary vestía un pesado abrigo de lana, y, al parecer, le molestó su intromisión en sus solitarias meditaciones, porque no le invitó a quedarse, y después de un fracasado intento para entablar conversación, le anunció su intención de volver a casa. Él se colocó a su lado.

—¿Por qué es usted tan poco sociable? —le preguntó.

—¿Lo soy? Pues no pretendo serlo.

—¿Qué es lo que le pasa, en realidad? —preguntó Tim—. ¿Es acaso el hombre…?

Mary alzó la vista hacia él rápidamente.

—¿Qué hombre?

No era éste el momento oportuno para buscar confidencias.

—Cualquiera —dijo él, atreviéndose—. Yo, Stocker, Awkwright…

Una leve sonrisa apareció en los labios de Mary.

—¡Pobre Stocker! ¿Entra él en esto?

Trató de detenerla en el hall; pero ella se excusó y subió a su cuarto. Tim se preparó a pasar otra velada en soledad, por lo que se sorprendió agradablemente cuando al bajar a cenar se encontró a mister Awkwright sentado a la cabecera de la mesa, con la muchacha a su derecha. Mister Awkwright estaba malhumorado y un poco brusco; pero antes de la mitad de la comida se habla dulcificado un tanto, y condescendió a hablar de su entretenimiento favorito, porque no hacía un secreto de su extraña debilidad.

Tim se asombró de lo mucho que el viejo sabía acerca de caballos y de jockeys, de las particularidades de los entrenadores y de las excentricidades de algunos famosos pura sangre. Desde donde Tim estaba sentado alcanzaba a ver dos puertas, una que daba al hall y otra la de servicio, y durante la comida tuvo ocasión de vigilar al ayuda de cámara.

Stocker, en el desempeño de sus funciones, era un criado perfecto. Tenía la benevolencia del viejo criado de familia y daba la impresión de competencia. Una o dos veces Tim trató de mirarle a los ojos, pero no lo consiguió. Stocker mantenía siempre fija en otra parte su impasible mirada; aunque Tim hubiese podido jurar que le vigilaba.

Se retiraba después de colocar los lavafrutas y platos y puesto la fruta en la mesa, cuando mister Awkwright le llamó.

—Stocker, ¿quién era ese forastero que estaba en el cementerio esta tarde?

Stocker se volvió rápidamente.

—No he visto a ningún forastero. ¿Cómo era? —preguntó con viveza.

El tono fue tan distinto del que empleaba habitualmente, que la muchacha le miró sorprendida.

Se dio cuenta, y en un segundo recobró sus antiguos modales.

—Alguno de los detectives, me figuro, señor.

—Esta tarde no han estado aquí los detectives —dijo la muchacha.

—¿Acaso el capitán Jordán?

—¡Qué tontería! —dijo el viejo, impaciente—. ¿No cree usted que conocería al capitán Jordán si lo viese? El hombre que digo vino en un coche pequeño, se apeó cerca de la entrada y saltó la tapia. Estaba cerca de la tumba grande.

Las cejas de Stocker se fruncieron en un ceño.

—¿Cuánto tiempo estuvo allí, señor?

—Ni siquiera cinco minutos. Se volvió al coche y se fue, pasando por delante de la casa; le vi desde el hueco de mi ventana.

—¿Alto?

—Sí, era alto; creí que era el mismo que estuvo con usted el otoño pasado…, su amigo de Londres.

Tim vio a la muchacha alzar de pronto la cabeza y sus ansiosos ojos buscar los de su mayordomo.

—¿Vio usted, por casualidad, el coche? —preguntó Stocker—. ¿Era de dos asientos?

El viejo asintió impaciente con la cabeza.

—Me parece que sí.

Stocker ya no sonreía. Durante el resto de la comida no dio muestras de su mecánica alegría. Su rostro estaba serio; Tim comprendió que detrás de sus oscuros ojos su pensamiento trabajaba de prisa sobre algo. ¿Quién era el misterioso visitante del ayuda de cámara, por el cual Mary sentía más que un casual interés?

Clench House empezaba a ponerle nervioso; pero al mismo tiempo que la situación se hacía cada vez más confusa, se hacía más firme su determinación de quedarse y ver el final de la misma.

Llegaron al café; mister Awkwright se hizo locuaz al hablar de su tema favorito. En cuanto a Mary, no decía una palabra; permaneció sentada muy derecha, con las manos en su regazo y alzando muy rara vez los ojos de la mesa; en una o dos ocasiones observó Tim que la mirada del viejo se dirigía hacia ella y en su expresión había un signo de ansiedad.

Tim había pedido un poco más de café, y el ayuda de cámara estaba sirviéndole otra taza, cuando sintió una conmoción en el hall exterior y un alboroto de gritos dominados por una voz áspera y estridente.

Stocker se encontraba en el extremo de la mesa más alejado de la puerta, y tenía que dar una vuelta completa antes de llegar a ella. Se abalanzó rápidamente, pero no llegó a tiempo. La puerta se abrió de golpe, y apareció en ella, tambaleándose, una mujer alta y seca; su rostro estaba enrojecido y hablaba torpemente. Permaneció allí, con las manos en las caderas, mirando con mal gesto a los reunidos.

—Bien. ¡Aquí están ustedes! —dijo gritando—. ¡Y yo también estoy aquí! ¡No se acerque a mí, Stocker, o le rompo la cara!

Su voz era dura y recordaba el acento de Cockney. Por su aspecto, Tim supo que era capaz de llevar a cabo la amenaza, y en realidad, cuando Stocker la cogió por el brazo, se soltó de un tirón y le dio un golpe en el pecho que le echó hacia atrás.

Mary, pálida como un cadáver, se había levantado y estaba enfrente de la mujer, con las manos a la espalda, agarrando el borde de la mesa El viejo Awkwright, en pie, se inclinaba hacia adelante moviendo su arrugado rostro.

—No esperaba usted verme, ¿verdad? He venido para decirle que he terminado. Me vuelvo a Londres en el tren de esta noche; es una vida de perros la que llevo. ¡Usted, joven, haga su vil trabajo! Yo ya tengo suficiente… Voy a…

En este momento Stocker saltó sobre ella, la cogió por uno de los hombros con un poderoso apretón y con su otra manaza le tapó la boca. La levantó como si fuera un chiquillo, medio la tiró fuera del cuarto y de un portazo cerró la puerta detrás de ella. Tim oyó los apagados gritos del marimacho e intentó dirigirse a la puerta; pero de pronto le cogieron por el brazo.

—No vaya… ¡Por favor, no vaya! ¡Quédese aquí!

Mary se colgaba de él; su entristecido rostro estaba blanco como el papel.

—Atienda a mister Awkwright.

El viejo estaba hundido en su silla y echado sobre la mesa con la cabeza sobre un brazo. Tim creyó que habría sufrido un colapso; pero al oír las palabras de la muchacha levantó su rostro y le volvió despacio en dirección de la puerta. El ruido en el exterior había cesado, pero Stocker no había vuelto.

—Es una antigua protegida mía que está borracha —dijo el viejo con voz aguda y temblona—. Y ahora, Mary, creo que debemos hacer los rezos de familia. Me parece que mi sobrino no ha asistido a nuestros rezos cotidianos.

IV

Fue en el estudio donde estas tres personas tan extrañamente distintas se arrodillaron a rezar sus devociones. A Tim le parecía aquello como si fuera un sueño.

A la terminación de las mismas, la muchacha le siguió hasta el hall.

—Gracias por haber sido tan bueno —le dijo en voz muy baja.

—¿Me lo va usted a contar? —preguntó él en el mismo tono.

Mary negó con la cabeza.

—¿Tiene usted alguna razón especial que la obligue a guardar el secreto de otra persona?

—Es un secreto mío —contestó ella—. Véngase al comedor; las doncellas ya lo habrán arreglado y podremos fumar.

—¿Y hablar? —sugirió él.

—Y hablar —asintió Mary bajando la cabeza—; pero nos limitaremos a hacerlo de cosas prudentes.

Tim no podía por menos que admirar el dominio que ella tenía sobre sí misma. El color había vuelto a sus mejillas; se reía de cualquier broma, como si no tuviera preocupación alguna.

—Es usted admirable.

—¿Yo? —Frunció los rojos labios—. Me alegro de parecer admirable a alguien. Se llevará usted a África un curioso recuerdo nuestro, capitán Jordán.

—Me llamo Tim —indicó él.

—¿Tim? Sí, es mucho más común que otros nombres. ¿No es cierto? Pero ¿tratará usted de pensar bien de nosotros?

—No vuelvo a África. He decidido tomar un departamento en el Carlton, y me quedaré en Londres hasta que me aburra. Cuando Londres me aburra volveré a Clench House.

Mary sacudió la cabeza; pero él prosiguió:

—¡Oh, sí, volveré! Aquí hay un verdadero misterio. Probablemente media docena.

Mary sonrió al oír esto.

—¿Cada día trae uno nuevo? —preguntó.

—Casi —contestó él.

Habló ella proféticamente, porque después que se retiró, Tan subió a su habitación e hizo un descubrimiento importante. La ventana estaba completamente abierta. Cuando encendió la luz vio que todos los cajones de su dormitorio habían sido sacados y su contenido arrojado sobre la cama. Su maleta la habían roto para abrirla, aunque no había necesidad de hacerlo; pero el ladrón, probablemente, creyó que estaba cerrada.

Tocó el timbre, y cuando al fin acudió la doncella (el servicio en Clench House no era muy bueno) mandó buscar a Stocker.

—Creo que mister Stocker está fuera —dijo la doncella escocesa que atendió a la llamada—; pero iré a ver.

Poco después de salir entró Stocker. Estaba un poco desgreñado; la pechera de su camisa blanca estaba arrugada y manchada y tenía un arañazo en la cara, que había sido curado con yodo hacía unos momentos.

Evidentemente, esperaba ser interrogado acerca de la mujer, porque empezó a decir:

—Es una borracha…

Y en esto su mirada se fijó en el desorden que había en la habitación.

—¿Qué es esto, señor?

—Eso es lo que yo quiero saber. Debe de haber sucedido mientras estábamos cenando.

Stocker se dirigió ala ventana y miró hacia abajo:

—Aquí hay una escalera —dijo—. ¿Le falta a usted algo?

—No se lo puedo decir aún.

Tim registró el cuarto, y después de un rato de minuciosa búsqueda echó de menos algo muy importante: su libro.

—¿Contenía algún valor? —preguntó Stocker ansiosamente.

—Nada; solamente unas notas relativas al asunto Jelf.

El ayuda de cámara abrió las puertas del armario grande, miró debajo de la cama, y dando muestras de una sorprendente agilidad, saltó por la ventana y descendió por la escalera hasta el suelo.

—¿Quiere usted una luz?

—La tengo, señor.

Los rayos de una lámpara eléctrica alumbraban el suelo. Tim le vio cruzar el parque siguiendo alguna pista; a poco volvió y subió al cuarto.

—El ladrón buscaba algo; éste no es un robo con escalo ordinario. ¿Ha observado usted que todos sus bolsillos están vueltos del revés? ¿Está usted seguro de que no le falta ninguna otra cosa?

Tim negó con la cabeza.

—¿Qué es esto?

Stocker recogió un recorte de periódico que estaba sobre el tocador, lo leyó y sin decir una palabra, se lo pasó al capitán Jordán.

La única pista que el asesino dejó fue una pitillera de oro con la inscripción: «A Lew, de su mujer». Fue encontrada por un forastero que en estos días era huésped de mister Awkwright.

—¿Encontró usted una pitillera? —preguntó Stocker.

—Sí, la entregué a la Policía.

—«A Lew, de su mujer» —repitió Stocker, y contrajo los labios—. ¡Es raro!

—¿Le conoce usted? —preguntó Tim.

Stocker no contestó categóricamente.

—No he oído nunca su nombre. Juraría que estuvo en la casa antes; veamos los otros cuartos —de repente se le ocurrió una idea—: ¿Dejó usted la luz encendida cuando fue a cenar?

Tim bajó la cabeza, asintiendo.

—¡Oh! Eso lo explica todo. Por supuesto, él comprendió que usted era el visitante, por sus maletas. Perdone, señor.

Bajó a los cuartos de los criados. Tim se encontró con él en el hall.

—Una de las doncellas dice que un hombre le preguntó qué huésped había en la casa. Ella no sabía su nombre; pero le dijo que usted era sobrino de mister Awkwright. Esto debe de haber sucedido cuando usted salió esta tarde. Capitán Jordán, ¿cómo era la pitillera?

Tim se la describió. Sin duda no le era desconocida, porque cuando terminó la descripción, dijo:

—Parece la misma.

—Déjeme hablar lisa y claramente, Stocker. ¿Conoce usted a Lew Daney?

—Existe muy poca gente que yo no conozca —dijo Stocker con su mejor sonrisa—, y menos aún de los que no hablo jamás.

—Stocker, ¿tiene usted idea de quién puede ser el que registró mi habitación?

—No tengo la menor idea, señor… Y le puedo asegurar que por una vez en la vida digo la verdad —dijo Stocker.

A las once de aquella noche la casa estaba silenciosa, y Tim, después de leer todos los periódicos escoceses y una revista ilustrada de hacía un mes, subió a acostarse, y nunca se sintió con menos sueño. No se desnudó, sino que corriendo las pesadas cortinas, encendió la luz y se echó sobre la cama. Las doncellas habían arreglado la habitación, ordenando de nuevo sus equipajes, y Stocker le proporcionó la nueva maleta para reemplazar la que había sido rota.

Londres y el Carlton le atraían en estos momentos. Deseaba marcharse de este aburrido y triste sitio de muerte, y si no fuera por Mary… Dejó colgar sus piernas por uno de los bordes de la cama y se sentó de mal humor. No era un hombre impresionable. Algunas mujeres entraron y salieron en su vida, pero sin dejar muy profundas huellas. Muchas habían sido hermosas, la mayor parte interesante; pero ninguna había producido sobre él el efecto de la secretaria del tío Benjamín.

Era una vida extraña la que ella vivía; pero ¿no existían miles y cientos de miles de muchachas en las mismas condiciones que vivían con menos ventajas morales y físicas? Servidumbre significa… servidumbre, con todas sus inherentes incomodidades y humillaciones, y Mary Grier, se dijo a sí mismo, no estaba en situación diferente a cualquier otra muchacha que dependiese, para ganarse la vida, de los caprichos de un malhumorado señor.

Oyó dar la media en el reloj del hall y estaba más despierto que cuando subió a acostarse. Calzándose los zapatos, cogió una pequeña y achatada linterna eléctrica de encima de la mesa, se puso el abrigo y el sombrero, y saliendo del cuarto sin hacer ruido alumbró su camino escaleras abajo, hasta la puerta principal. Se sorprendió al encontrar que no estaba echada la llave ni corridos los cerrojos, a pesar de que Mary le había dicho que ésta era una de las más rígidas órdenes de mister Awkwright.

Abrió la puerta, salió y la cerró detrás de él. Hacía una noche clara, más bien fría; el cielo estaba limpio y lleno de estrellas. En la parte de atrás de la casa no se veían luces desde el camino. Se dio cuenta de que seria muy embarazoso que Stocker bajase y en su ausencia echase el cerrojo a la puerta. Significaba esto que tendría que despertar a los criados o pasar la noche al aire libre. Lo último, sin embargo, no le horrorizaba. No se sentía cansado en lo mínimo, y cuando encendió su pipa sintió una especie de satisfacción que no había sentido desde que había llegado a Clench House.

Paseó a lo largo de la carretera, dejando la casa a la derecha. Vio el grisáceo brillo del granito donde estaba el antiguo cementerio; más allá, a la derecha, había un pequeño bosquecillo de árboles, separado del camino por una zanja de poca profundidad. Era, según le había dicho la muchacha, parte de la finca de mister Awkwright. Parecía más cerrado por la noche que a la luz del día.

A unas cien yardas de la tapia del patio existía un estrecho camino de carro que, partiendo de la carretera, atravesaba el bosque y se dirigía hacia las colinas del horizonte.

Sacó de su bolsillo la linterna y alumbró el camino. No se veía a nadie… Obrando movido por un impulso se volvió y siguió el camino de carro a través del bosque. Corría éste derecho unas cien yardas, hasta que terminaban los árboles, y después se volvía a la izquierda. Más allá había un pedazo de tierra que en algún tiempo remoto debió de estar cultivado, porque aún podía verse dónde habían estado los surcos.

Ningún ruido turbaba el silencio, excepto el grito de algún búho lejano. Alumbró el campo y asustó a una liebre que se había agazapado en un surco al aproximarse él. Durante un momento permaneció allí temblorosa, contemplando con oscuros ojos la luz, y después, emitiendo un ruido extraño, se volvió y saltó en la oscuridad.

Regresó al camino de carro, y había llegado de nuevo al bosque cuando al otro extremo del camino vio aparecer dos tenues luces y oyó el ruido de un automóvil. Permaneció esperando. Las luces desaparecieron, y en su lugar brilló la roja luz del faro piloto de un coche que venía marcha atrás hacia él.

Pensó que podía ser un coche de la Policía, porque precisamente ahora la Policía estaba muy activa, aunque no había razón para que se detuviesen tan lejos de la casa. La luz roja se apagó y oyó una puerta cerrarse suavemente.

Cuando llegó a donde estaba el coche, sus ocupantes se habían ido. Tenía matrícula de Londres y era un coupé de alto precio. Estaba cubierto de polvo y las ruedas llenas de barro. Alumbró el interior con su linterna; pero no vio nada que le diera la menor idea de su propietario.

Se dirigió de prisa hacia el camino; pero el conductor había desaparecido. Volvió y examinó el coche de nuevo; sin duda alguna, no era de los di la Policía. Miró el cuentakilómetros y vio que señalaba doce mil millas, aunque no había nada que indicase la longitud de su reciente viaje.

Ésta no era más que una minúscula pieza en el rompecabezas de Clench House. La mayor podía ser la mujer borracha que había entrado en la casa aquella noche y que de una manera tan poco ceremoniosa fue arrojada fuera por Stocker; aunque por el momento lo más desconcertante de todo era Mary Grier.

¿Cuál era el misterio de la herida de su brazo? ¿Dónde había encontrado a Jelf antes? ¿Quién era el otro que había matado al chofer? De pronto se le ocurrió que el otro podía ser este hombre misterioso que llegaba en la oscuridad de la noche y escondía el coche en el bosque.

Apretó el paso; al hacerlo oyó el zumbido del motor de un coche que venía de los alrededores de la casa. Manteniéndose pegado a la tapia se dirigió cautelosamente hacia adelante. Después oyó una voz; era la de mister Awkwright.

—Envuélvase bien, querida. ¿Tiene usted una manta, Stocker?

—Sí, señor —contestó éste.

Se oyó el ruido de la portezuela del coche, y a través de la abierta verja del camino de entrada pasó el coche grande que había visto en el garaje. Stocker iba al volante con un cigarro entre los dientes. No pudo distinguir ni a Mary Grier ni al viejo. El coche dio la vuelta y le adelantó, aumentando la velocidad. Durante un momento estuvo tentado de volver corriendo a donde estaba parado el coche del forastero y seguirlos; pero cambió de idea.

Stocker, mister Awkwright y Mary Grier… ¿Quién era el misterioso cuarto?

Regresó por el camino de entrada, andando sobre el descuidado borde de hierba, y al volver una esquina apareció ante su vista el sombrío garaje; cerca estaban las escaleras de piedra que el moribundo Jelf había subido tambaleándose. Las subió cautelosamente; la puerta, en lo alto, estaba cerrada.

Recordó que había otro coche, uno pequeño que conducía la muchacha. Podía tomarse la libertad de seguir tan lejos como le fuese posible a las personas que hacían tan rara excursión a tan extraña hora.

«Las puertas del garaje estarán cerradas», pensó, pero podía dar la casualidad de que Stocker se hubiese olvidado de tomar esta precaución. Probó la puerta grande y se sorprendió al ver que cedía a su empuje.

Al abrirla vio dentro, durante la fracción de un segundo, el resplandor de una luz. Alumbró sólo por brevísimo espacio de tiempo. Había alguien, y este alguien sabía que él estaba en la puerta. Abrió más ésta y con la linterna en la mano, se metió dentro.

—¿Hay alguien ahí? —gritó—. Soy el capitán Jordán.

Oyó una exclamación y encendió la linterna. Sus rayos mostraron la parte inferior de unos pantalones a rayas. Antes que pudiera levantar la linterna, de un golpe se la quitaron de la mano y su atacador se abalanzó hacia la puerta. Tim salto a él y le cogió por el cuello. En este momento el asaltante le asestó un golpe que, por suerte para él, le dio debajo de la mandíbula. Tim Jordán se tambaleó hacia atrás; pero antes que pudiera recobrarse, su asaltador se había ido y la puerta se había cerrado de golpe detrás de él.

Tim la empujó, pero no se movió. Con la ayuda de una cerilla encontró la linterna que había dejado caer. Afortunadamente, la bombilla no se había roto. Examinó la puerta, tratando de ver cómo funcionaba la cerradura. No había manilla que pudiera hacer girar desde dentro. Su situación, sin embargo, no era seria, porque sospechaba que dentro de muy poco tiempo Stocker volvería con Mary y el viejo.

Con la ayuda de la luz hizo una breve inspección, y la primera cosa que vio fue un pesado abrigo que, evidentemente, había dejado el intruso tirado sobre el coche pequeño. El segundo descubrimiento lo hizo un poco más tarde: el fuerte candado unido a la cadena, que mantenía inmóvil el tractor, estaba tirado por el suelo. O el intruso tenía una llave o había forzado la cerradura.

En una esquina del garaje había una escalera de mano, en la que ya había reparado antes; posiblemente la utilizaban para limpiar las ventanas. La colocó sobre la pared, y subiendo por ella consiguió abrir una de armellas. Bajó otra vez, hacia el suelo del garaje, cogió el abrigo, y subiendo de nuevo la escalera lo arrojó por la ventana, a través de la cual logró deslizarse. Afortunadamente para su tranquilidad había observado que la capilla estaba rodeada por un ancho macizo de jardín, y se dejó caer en la tierra blanda, sin daño alguno.

El abrigo podía esperar: lo tiró sobre unas matas y fue en persecución del ladrón. Cuando salió afuera vio que el coche se desviaba del camino de carro y marchaba en la dirección que Stocker había tomado.

Ahora se reprochaba a sí mismo no haber obedecido al impulso que tuvo de utilizar el coche hasta que hubiese sabido quién era el propietario.

Mientras miraba vio la luz del faro piloto torcer violentamente hacia la derecha y después a la izquierda: por último el coche se detuvo. Tim Jordan tenía algo de corredor; echó a correr hacia el coche, y había recorrido la mitad de la distancia que le separaba de su presa cuando vio un fogonazo y llegó hasta él el ruido de un disparo; inmediatamente el coche se fue.

La bala no llegó hasta él; el hombre no había disparado a su perseguidor. Tim ya no corrió, sino que siguió al paso, y a poco llegó al sitio donde el coche se había detenido, según comprobó por las señales que dejaron sus ruedas. No se veía a nadie, e intrigado, dio la vuelta.

Llegaba al final del cementerio cuando vio a alguien moviéndose entre las sombras del bosque, y envió la luz en esa dirección. Lo que descubrió fue tan inesperado y le alarmó tanto, que casi dejó caer la linterna. Era la figura de un hombre alto, de cara pálida, macilento, con una barba rala en la barbilla. Vestía solamente un par de pantalones y una camisa oscura; su cabello estaba revuelto. Un par de ojos oscuros miraban ferozmente a Tim.

—¡Hola! ¿Quién es usted?

—Apague esa luz… ¡Apáguela! —gritó el hombre—. ¡Maldito sea usted!

Tim vio el brillo del acero al tiempo que el hombre atacaba, y se echó a un lado en el instante preciso. Antes que pudiera serenarse, el hombre del cuchillo había desaparecido en el bosque.

Tim saltó la cuneta y fue detrás de él. De pronto su luz se apagó. Perseguir a un hombre armado a través de un bosque oscuro era correr un gran peligro. Apresuradamente desatornilló la cabeza de la linterna y apretó la bombilla; pero la luz no se encendió.

Volver a la casa por otra linterna parecía inútil, y sin embargo, era el único partido que podía tomar. Volvió al camino, y manteniéndose en el centro de él, corrió hacia Clench House. La puerta principal estaba sin asegurar. Entró y encendió las luces al tiempo que subía corriendo las escaleras hasta su habitación; pocos minutos más tarde corría de nuevo hacia el bosque, esta vez con un revólver en el bolsillo. Como había esperado, su registro resultó vano. El asesino de medianoche había desaparecido.

Tim Jordan podía reconstruir la escena que había presenciado. El ladrón desconocido se había tropezado en el camino con esta extraña figura, se echó a un lado para evitarlo y después se vio obligado a detenerse. Fue atacado por el hombre salvaje y disparó para defenderse. De una cosa estaba Tim seguro ahora: el hombre de la barba era el asesino de Jelf.

Volviendo a la casa recogió el abrigo y lo subió a su habitación. Era un pesado abrigo de pelo de camello, muy usado. Sobre el bolsillo interior encontró la etiqueta del sastre, y al leerla se quedó admirado. Aparecía en ella el nombre del sastre, y por debajo, escrito con tinta de marcar: «L. Daney. Esq. 703, Jermyn Street».

V

Registró minuciosamente los bolsillos. En uno de ellos había un par de guantes sucios; en otro, una caja de cigarrillos casi vacía y una caja de fósforos de madera. El bolsillo interior le proporcionó una pista más importante: encontró un papel doblado y una carterita. Desdobló el papel, y silbó. Era una página arrancada de su cuaderno de notas, la página en que había copiado la inscripción de la pitillera de oro de Lew Daney.

De modo que el ladrón era el hombre que había entrado en su habitación la noche anterior y registrado sus equipajes en busca de algo, y lo que este algo era lo sabía ahora: era la pitillera.

Abrió la cartera, que estaba casi vacía, y sacó su contenido cosa por cosa. Lo primero que tropezaron sus dedos fue con una llave de extraordinaria delgadez. Se diferenciaba de las demás que había visto siempre porque la cabeza era de esmalte negro.

Evidentemente, era la llave de una cerradura de seguridad. Había también una tarjeta, en la que estaba escrito: «Mary Grier, Clench House, 14 octubre de 1929». El descubrimiento de mayor interés, sin embargo, fue el de un recorte de periódico, que era el tercero y último objeto que contenía la cartera. El tipo de imprenta le parecía conocido. Miró el reverso del mismo y vio que era, como ya estaba convencido de ello, un recorte del Hue and Cry, el órgano oficial de la Policía. Era solamente una gacetilla, una de las muchas que aparecen en las columnas de un periódico:

Reclamado por fraude: Harry Stone, alias Héctor Winter, alias Harry Levara, conocido también por Harry el Valet. Infórmese al chief constable de Scotland Yard o a cualquier estación de Policía. Descripción…

El periódico había sido cortado por aquí; pero esto no era lo más importante del recorte, porque escritas, atravesadas y con caracteres floridos, estaban las palabras: «Muerto el 23 de marzo». ¡Harry el Valet! Y entonces se acordó del hombre que tenía ese nombre en África del Sur; el falso policía que él había hecho salir del país. Quizá no fuera él mismo, porque era un apodo muy corriente; podía recordar, por lo menos, tres Harrys famosos que, a causa de su profesión, les habían puesto el mote del Valet.

¡De modo que Harry él Valet había muerto! ¿Quién era el dueño de esta cartera tan preciosa en cuanto a fechas? ¿Por qué se molestaba en llevar con él este recorte de periódico?

Volvió a meter los objetos en la cartera y la encerró bajo llave en su cajón. Mientras hacía esto oyó el ruido de un coche, y apagando la luz, descorrió las pesadas cortinas y miró a través de la ventana. Dos débiles luces se veían a la entrada de la calzada; pasaron despacio, hasta perderse de vista hacia el garaje. Corrió de nuevo las cortinas, encendió la luz y saliendo al oscuro pasillo buscó la llave de la luz y la encendió.

Estaba parado en el iluminado hall cuando entró Mary seguida de mister Awkwright. Se quedó paralizada al verle. Estaba pálida, con los ojos hundidos, y le contempló con una mirada de muda desesperación que le llegó al corazón.

Mister Awkwright cerró la puerta detrás de él, y sin apartar un momento su mirada del rostro de Tim. se quitó despacio su pesado abrigo.

—Hemos estado de paseo —dijo en voz alta—; a menudo salimos de paseo en automóvil por la noche… ¿Verdad, miss Grier?… Le quita a uno las telarañas de la cabeza.

Su voz era chillona y temblorosa; aparecía patéticamente viejo.

—Creí que estaría usted acostado, Jordán —prosiguió, y con una inclinación de cabeza pasó por delante de Tim y subió las escaleras.

Mary Grier no se movió. Esperó hasta que el viejo se perdió de vista.

—¿Por qué no está usted acostado? —preguntó en voz baja—. ¿Ha salido usted?

Tim asintió moviendo la cabeza.

—¿Era usted el hombre que estaba en la calzada? Le vi cuando pasamos.

—No era el hombre parado en la calzada; en realidad, yo estaba al otro lado de la calzada —dijo—. ¿Qué es lo que ocurre, Mary?

—Nada.

Puso un pie en el primer escalón y permaneció en esa actitud durante un segundo.

—Venga al comedor —dijo al fin—. Stocker volverá pronto; nos hará calé.

La siguió hasta el comedor, esperó a que encendiera la luz y entró detrás de ella. Mary cerró la puerta.

—¿Nos ha seguido usted?

Tim negó con la cabeza.

—¿Qué hacía usted fuera?

—También yo quería un poco de aire fresco —dijo Tim fríamente; y después añadió con más seriedad—: ¿No le pone nerviosa esta casa, Mary? A mí, sí.

—Yo no tengo nervios —su tono era casi brusco—. No se preocupe de mí… Vuélvase a Londres.

Tim se echó a reír.

—Eso casi parece un consejo.

—Lo es —dijo ella con una fuerte contracción de sus labios.

—¿Hay algún peligro?… Si me permite usted ser tan melodramático —preguntó él.

Mary bajó la cabeza.

—Sí; pero creo que ha pasado por ahora.

Al oír Mary los pasos de Stocker en el hall, salió y habló con él.

Cuando volvió a la mesa, Tim le preguntó:

—¿Conoce usted bien a sus vecinos?

Ella se detuvo.

—No muy bien. ¿Por qué?

—Creí ver a uno de ellos esta noche —dijo él—; un caballero de aspecto especialmente desagradable, con una escasa barba. Bastante joven, me parece.

Mary clavó los ojos en él.

—¿Habló con usted? —Le costó un gran esfuerzo hacer la pregunta.

—Tenía un cuchillo —añadió Tim.

No contestó nada por el momento, y después preguntó:

—¿Es cierto?

Dirigiéndose hacia la mesa, arrastró una silla y se sentó. La mano que alargó para coger un cigarrillo no temblaba. Tim se maravilló de sus nervios de acero, porque si algo había cierto era que estaban sometidos a tal tensión que parecían a punto de romperse.

—Se encuentra una con gentes extrañas en Escocia —dijo ella—. ¿Quién era?

La miró él largo rato, y después dijo.

—Era el hombre que mató a Jelf. Creo yo.

La muchacha levantó hacia él sus ojos rápidamente.

—En ese caso, supongo que se lo dirá usted a la Policía.

—Estoy pensándolo… Usted robó una vez setenta libras, ¿verdad? —Mary inclinó la cabeza—. Creí que era una broma cuando me lo dijo la primera vez. Pero comprendo que decía usted la verdad. ¿Se las robó usted al tío Benjamín?

De nuevo inclinó la cabeza, afirmando:

—Eran para una buena causa —dijo.

Por detrás de la cínica ligereza de su comentario se encontraba latente el nerviosismo, una tormenta largo tiempo contenida, y que podía estallar en cualquier minuto, a la menor provocación. Sin embargo, no se cerraban sus ojos y tenía la actitud serena; al parecer, era completamente dueña de sí misma.

—Ahora creo que tendrá usted que volver a Londres —dijo, y en su voz había un ligero temblor.

—Me temo que sí.

Separó la mirada de ella, y la dejó vagar por el cuarto para darle tiempo a que se serenase.

—Volveré al Carlton. Me han ofrecido un departamento muy bonito, y precisamente ahora siento debilidad por el lujo. No podía dormir bien; por eso salí.

Era preciso mentir de un modo convincente o tendría una temblorosa, asustada y llorosa mujer entre sus brazos; y esta idea le atemorizaba.

—Las camas son excelentes; el aire, magnífico; pero la falta de la fama de mi tierra natal empieza a ponerme nervioso.

—¿Leopardos o tigres? —preguntó ella.

—Leopardos. La miró con el rabillo del ojo. Su labio inferior temblaba, y él comprendió que aquella noche debían de haber puesto sobre ella una nueva e intolerable carga.

—Mantengamos la conversación en un nivel por encima de la ratería —dijo él.

Stocker entró con un vaso de agua, que colocó frente a la muchacha.

Lo bebió ávidamente. La mano que alzó el vaso temblaba; pero ni él ni Stocker hicieron comentario alguno. ¿Se dio éste cuenta de ello? Vigilaba a Tim constantemente, y en su mirada, impregnada de amenazas, había una nueva sospecha.

—Está bien, Stocker —suspiró, y dejó el vaso sobre la mesa—. Traiga el café para mister Jordan. ¿Le molestará tomarlo a solas? Me voy a acostar.

Se levantó de la mesa y sin decir adiós, salió de la habitación.

Stocker permaneció vigilante.

—Está bien, Stocker —dijo Tim; pero el hombre no se movió.

—Perdóneme, señor.

Tim alzó la vista.

—¿Estuvo usted en el garaje esta noche por casualidad?

Tim asintió con la cabeza.

—Sí; estuve en el garaje.

—¿Abrió usted la puerta?

—No; estaba abierta. Entré, y la puerta se cerró detrás de mí.

—Estaba abierta, ¿verdad? —Stocker se rascó la barbilla, pensativo—. ¿Me permite, señor, preguntarle quién la abrió?

—Me gustaría saberlo. Tengo una idea aproximada, pero no estoy seguro. Había un hombre allí cuando yo llegué. Vi su linterna, y entré detrás de él, pero se escapó antes que pudiera cogerle.

Los suspicaces ojos de Stocker escudriñaron los suyos.

—¿Sabe usted quién era, señor? Tim negó con la cabeza.

—No. ¿Tiene usted mucho interés?

—Naturalmente, señor. Estoy al cuidado de la casa y soy responsable ante mister Ledbetter de todas las pérdidas —dijo Stocker suavemente—. ¿No vio usted al hombre?

—No; pero creo que puedo decirle quién era.

Tim le observaba ahora con tanta atención como antes lo había sido él.

—Un hombre llamado Lew Daney.

Ni un músculo del rostro de Stocker se contrajo.

—¿Lew Daney?… No sabía que estaba en Escocia.

—¿Le conoce usted?

Una pequeña inclinación de cabeza fue la respuesta de Stocker.

—De oídas. Según todas las noticias, es una mala persona. ¿Por qué cree usted que era mister Daney?

Tim bebió de un sorbo su café y se levantó de la mesa.

—Suba —le dijo.

El mayordomo le siguió hasta la habitación, y Tim encendió la luz.

—Se dejó este abrigo.

Stocker no hizo más que mirarlo; no intentó examinar la prenda. La impresión que Tim recibió fue la de que, sin duda alguna, lo había reconocido inmediatamente.

—Voy a decirle algo, Stocker.

El joven se sentó en la cama e indicó una silla al criado, invitación que éste fingió no ver.

—Hay algo extraño en esta casa, y usted sabe qué es. No sé nada acerca de su mister Ledbetter, pero supongo que tendrá un representante en Londres…

—Los señores Kean. Colfax, Mortimer and Grenue, de Lincoln Inn Fields —dijo Stocker instantáneamente—. Y perdone la interrupción.

—Daney ha estado aquí antes, y alguien más ha estado también…; el hombre que acuchilló a miss Grier, al que usted conoce; un hombre de cara pálida y con una barba rala. Yo soy policía, Stocker, y naturalmente, sospecho de la mayor parte de las personas, y con franqueza le digo que sospecho de usted. No creo la historia que ha contado de que sólo riñó con Jelf porque estaba borracho. Creo que usted sabe quién cometió el asesinato. ¿Fue nuestro amigo de barba escasa y rostro pálido?

Stocker se encogió de hombros.

—Cuando le digo que no lo sé, señor, quiero decir eso. Puedo tener mis sospechas, como usted las tiene… ¿Había algo en los bolsillos?

Miraba el abrigo. Durante un segundo, Tim dudó; después, levantándose, abrió el cajón, sacó la cartera y sacudió su contenido sobre la mesa.

—¿Me permite verlo, señor?

Cosa rara; no cogió la llave lo primero, como esperaba Tim. Miró la tarjeta y después el recorte.

—Harry el Valet —leyó.

—Harry Stone. ¿Le conoce usted?

Stocker negó con la cabeza.

—No, señor; no le conozco, aunque tengo idea de haber oído hablar de él.

Dio la vuelta al recorte del periódico.

—Está muerto. ¿Conoce usted la letra? ¿Es de Lew Daney?

Stocker no contestó. Con mucho cuidado volvió a colocar los tres artículos en la cartera, y la apartó sobre la mesa, lejos de él.

—No conozco la letra de mister Daney —dijo.

Su voz era franca; sus ojos tenían una curiosa expresión, que Tim no había visto antes. La sospecha había desaparecido; en aquella mirada había tal dureza, que transformaba por completo su rostro.

—No he hablado aún con la Policía —dijo Tim— porque más bien estoy tentado de seguir este caso extraoficialmente. Vengo a Clench House para pasar unos días con mister Awkwright; en Londres se me presentó un hombre y se me ofreció como chofer, y trae un coche, que hemos descubierto más tarde que no era suyo, sino que había sido alquilado en un garaje de Londres. La noche de su llegada evita encontrarse con usted. Más tarde es usted visto riñendo con él, y mucho más tarde le encuentran asesinado.

—¿Por mí? —preguntó Stocker secamente.

—No estoy sugiriendo eso. Estoy dispuesto a creer que usted no sabe nada acerca del asesinato, aunque la Policía puede pensar de otro modo. Usted conoció a Jelf, por supuesto. Su nombre era Jaffrey. Era un compañero de Lew Daney, y por algún tiempo miembro de su banda. Stocker sonrió sombríamente.

—Enteramente parece como si mistress Daney hubiese hablado.

—¿Sabe usted que estuvo aquí? —preguntó Tim Jordán rápidamente.

El hombre asintió, bajando la cabeza.

—¡Oh, sí! Sé que ha estado aquí, señor. Me parece que ya lo he dicho en otra ocasión que me tomé la libertad de salir de paseo sentado en el portaequipajes. Una mujer muy peligrosa, señor, si me permite decírselo, y que yo evitaría si fuese usted, capitán Jordán.

Alargó la mano hacia la cartera, pero cambió de idea; y después, con una brusca inclinación de cabeza, salió de la habitación.

Durante una hora, Tim permaneció sentado en la cama, tratando de anudar cinco pequeños cabos misteriosos, uno de los cuales era el robo de las setenta libras, que había convertido a Mary Grier de una secretaria a sueldo en la esclava de Benjamín Awkwright. Porque esto era la explicación de todo. Este viejo la tenía en su poder y podía obligarla a obedecer en la mayor parte de las cosas.

Se desnudó despacio y se acostó. Tenía la rara condición patológica de poder dormir y, sin embargo, permanecer alerta. Poseía un sentido especial, al que llamaba su pájaro centinela, en recuerdo de ese extraño pajarito que vigila el sueño del cocodrilo y le despierta en los momentos de peligro. Aunque estaba profundamente dormido, sabía que la puerta se había abierto y quién era el que había entrado. Sin embargo, no se movió hasta que Mary Grier le sacudió con suavidad por un nombro; entonces se despertó del todo.

—Lo siento —dijo ella sin aliento—, pero tengo miedo…; hay alguien en el jardín…, debajo de mi ventana.

Saltó de la cama en un instante. Poniéndose el batín, se dirigió a la ventana, y miró hacia afuera. No se veía a nadie.

—¿Está usted segura…? —empezó él.

Apenas acababa de decir estas palabras, cuando vio una figura cruzar la calzada y desaparecer en la oscuridad.

—No podía dormir. Estaba asomada a la ventana —dijo ella—, y de pronto le vi entre la hierba.

—¿Es alguien que usted conoce?

Mary negó con la cabeza.

—¿Stocker?

—No, no era Stocker. Un hombre más alto.

—¿En qué dirección iba?

Ella señaló.

—¿Hacia el garaje? ¡Entonces ha vuelto! ¡Oiga!

Oyeron las débiles pulsaciones de un automóvil y el zumbido de un motor, que iba haciéndose cada vez menos perceptible.

—Se marcha —dijo Tim.

Estaban juntos, en pie, al lado de la ventana, cuando de repente ella agarró su brazo.

Otra figura había aparecido, moviéndose vacilante en dirección de la casa; alguien que se tambaleaba de un lado para otro, como si estuviera borracho. Se inclinó, cayéndose hacia adelante, con una mano en la cabeza; y entonces le reconoció Tim, que bajó a todo correr las escaleras, y abriendo de golpe la puerta principal, cogió al hombre por un brazo y lo metió dentro.

Era Stocker, aunque costaba trabajo reconocerle a través de la sangre que cubría su rostro.

—Está bien —balbució, desplomándose en una silla.

Tim vio que, atada a la muñeca, llevaba una larga tira de cuero, y en el extremo de ella un revólver. Sus ropas estaban sucias y cubiertas del barro de donde había caído.

Mary voló escaleras arriba y volvió con una jofaina de agua y una toalla, y juntos le lavaron la herida. Tim hizo un rápido examen, y no encontró señales de fractura; pero la herida era extensa y presentaba muy mal aspecto.

VI

Fue Mary la que llamó por teléfono al médico, que llegó media hora después y cosió y vendó la herida, confirmando el diagnóstico de Tim. Mientras él hacía esto, con la ayuda de una doncella que Mary había despertado, ella fue a la puerta a esperar a Tim, que había salido a hacer una investigación. Volvió con noticias interesantes.

—Por alguna razón Stocker decidió pasar la noche en el garaje. Tuvo la intuición que yo no tuve, la de comprender que volvería por el abrigo. Encontré allí una silla Windsor y un par de colillas. A Stocker, indudablemente, le fue difícil permanecer despierto, y quizá dormía cuando entró el hombre.

Mary le miró asombrada.

—¿Volvió por su abrigo? ¿Quién?

Brevemente le contó su aventura de la noche anterior.

—Pero ¿quién era él?

—Lew Daney —dijo Tim, y ella se quedó silenciosa.

—¿Le conoce usted?

Esta vez aceptó el desafío.

—Sí; le conozco —dijo, con calma—. Es el hombre que me socorrió cuando fui atacada. Él y Jelf estaban juntos, y hubiera sido asesinada, a no ser por él.

—¿Le ha vuelto a ver desde entonces? —preguntó Tim.

Mary inclinó la cabeza.

—Sí, una vez en Londres. Estaba yo arreglando algunos asuntos de mister Awkwright y él me envió unas flores. Me llamó por teléfono y me preguntó si quería ir con él al teatro. No fui; pero aquella noche, cuando volvía al hotel, le encontré esperándome.

Tim dudó si hacerle la pregunta que tenía en la punta de la lengua.

No tenía derecho alguno para interrogarle, pero…

—¿Le hizo el amor alguna vez, Mary? —dijo de pronto, y ella le miró llena de asombro.

—No… ¡Qué absurdo! Es mucho más viejo que yo. Estuvo muy amable, muy cariñoso.

—¿Le reconocería usted de nuevo?

—¡No! —dijo rápidamente—. Me salvó la vida, y tengo una deuda con él. Identificarlo, ¿quiere usted decir? ¡No, no lo haría! Después he oído decir que… es una mala persona, y lo sentí mucho.

—Un asesino —dijo Tim quietamente, y ella inclinó la cabeza.

—Sí, lo sé. Y ni aun así le identificaría. Me figuro que es debido al fondo criminal que hay en mí.

—¡Tiene usted la obsesión de las setenta libras!

Mary sonrió falsamente.

—Nunca me permitirán olvidarlo —dijo amargamente—; ni siquiera…

Y entonces Tim hizo algo que no tenía intención de hacer: enlazó su cintura con su brazo y la atrajo hacia sí. Por un momento permaneció apoyada sobre él, con los oíos medio cerrados, respirando anhelante. La mejilla rozaba con la barbilla de Tim, y los labios de éste buscaban los de ella; pero Mary se soltó de sus brazos con un esfuerzo que le hizo dar de espaldas contra la pared.

—No, no. Por favor, no haga eso…; realmente no es honrado.

El médico se presentó a tiempo. Tim le acompañó hasta la puerta y la cerró detrás de él; al volver se encontró con que Mary se había marchado.

Stocker estaba en su reducida habitación, medio apoyado contra la cama y completamente despierto. El hombre tenía un sombrío sentido humorístico.

—Dispénseme, señor. ¿No hay un adagio latino que dice: Quién vigila al vigilante…?

—Lo hay —dijo Tim—. ¿Reconoció usted al hombre que le golpeó?

Stocker hizo una mueca desagradable.

—No, señor, no le vi. Si le hubiese visto, le hubiera matado. He debido de quedarme transpuesto, porque la primera cosa de que me acuerdo es de un hombre tropezando con mis piernas. Estuve en el garaje toda la noche.

—Lew Daney, ¿por casualidad? —sugirió Tim, acercando una silla a la cama.

—Quizá —dijo el otro—. No dejó tarjeta.

Tim encendió un cigarrillo para el herido y otro para sí mismo.

—Por poco hago con usted una cosa sucia, Stocker. Mientras estaba usted casi inconsciente estuve a punto de tomarle las huellas digitales…; pero, al fin, el sentimiento del deber me impidió aprovecharme de su estado.

—Yo le evitaré el trabajo, señor —dijo Stocker, arrojando una espiral de humo—. He estado preso dos veces; pero no ha sido en los quince años últimos. Una vez por robo con escalo y otra por fraude. Hubiese usted averiguado que Stocker es mi verdadero nombre.

—¿Lo sabe mister Ledbetter?

Stocker sonrió.

—¡Oh, si, señor; lo sabe! Se lo dije cuando me colocó. Sí, señor; soy un antiguo canalla… Usted lo adivinó cuando me vio. Hay muchos como yo en la comarca, trabajando honradamente.

—¿Cuánto tiempo hace que está usted encargado de esta casa?

—Unos ocho años —dijo Stocker—, que han sido ocho años de mi vida perdidos, y no puedo malgastarla.

—¿Conocía usted a Jelf?

Mister Stocker se volvió muy franco.

—Sí, le conocía. Pero usted está hablando como un hombre y no como un oficial de la Policía, ¿verdad, capitán Jordán? Si es así, le contaré muchas cosas.

—Así es —dijo Tim.

—Jelf y yo estuvimos juntos en la cárcel. Él no sabía que yo estaba aquí. Nunca había estado antes cerca de Clench House. Y esto se lo digo honradamente, capitán Jordán. Conozco a Lew Daney. Fue muy bueno conmigo hace muchos años, y sabía que Jelf pertenecía a su banda. Lew trabajó con tres compañeros en el asunto de Glasgow. Uno de ellos fue herido por el guarda de noche; la Policía no sabe esto, porque Lew se llevó el revólver. No creyeron que la herida tuviese importancia, y el hombre pudo andar y entrar en el coche que Lew tenía esperando y escaparse con la banda; pero murió un cuarto de hora más tarde. Esto fue lo que dijo Jelf. Después riñó con Lew por no sé qué asunto, y Lew le echó dándole dos mil libras por su trabajo. Jelf siempre fue un poco entremetido, y quería más informes que los que Lew estaba dispuesto a darle; esto es lo que Jelf me dijo.

—Usted está mezclado en ello también. ¿No es así? ¿Fue usted el tercero? Stocker sonrió.

—¿Yo, señor? ¡No por Dios! Yo no me mezclo en esa clase de juegos, pero estoy enterado de la mayor parte de las cosas que suceden, mister Ledbetter es uno de los mejores jefes que se puede tener: no me proporciona molestias; gano además, unas cuantas libras en otros trabajos; de modo que ¿para qué molestarme y ser un ladrón? Este lugar es una especie de hogar para un hombre como yo. Le digo todo esto…

—Porque es usted un hombre que piensa rápidamente —le interrumpió Tim—, y no está completamente seguro de que no le haya tomado las huellas dactilares. Podría saber todas estas cosas que me está usted contando ahora por el Departamento de fichas de Scotland Yard.

Stocker se rió entre dientes y estremeciéndose, se llevó una mano a la vendada cabeza.

—Daría algo por encontrar a esa persona.

—¿Era Daney?

—No lo sé: No he visto a Daney hace años, no hubiera podido verle esta noche. Pero Daney no hubiera asustado a miss Grier…

Enmudeció, como si comprendiese que había hablado demasiado.

—¿Por qué no la asustaría?

Stocker se quedó silencioso por un momento.

—Bueno. Parece ser, señor, que evitó que esta señorita fuese acuchillada. Él y Jelf estaban en los alrededores por una coincidencia…

—Hay demasiadas coincidencias en estos asuntos —dijo Tim— Stocker le miró pensativamente.

—Hay unas cuantas —dijo—, y ahora, si usted me lo permite, señor, trataré de dormirme.

—¿Tenía usted instrucciones de mister Daney para cuidar de miss Grier?

—No he visto a Daney hace años —dijo Stocker, y volviéndose de un lado, cerró los ojos para aparentar que se dormía.

Cualesquiera que fueran los planes que Tim tuviera, se desbarataron en la mañana, cuando recibió un telegrama de sus abogados de Londres solicitando su presencia. Fue en automóvil hasta Glasgow, y allí tomó el tren de la noche para Londres. En el Carlton se encontró con un considerable montón de correspondencia esperándole, pero no se preocupó de esto hasta que vio a su abogado.

Este caballero le retuvo una hora, y al final de todo este tiempo le informó que sería necesaria su presencia en Londres al día siguiente y probablemente, al otro también.

—Hemos estudiado detenidamente sus asuntos, mister Awkwright los ha mantenido en excelente orden; es usted un hombre relativamente rico, capitán Jordán.

—No lo seré demasiado —dijo Tim—; precisamente ahora sueño con una preciosa casa en Brook Street, con baños-piscinas y bellamente decorada.

—Me temo que tenga usted que quedarse en el Carlton durante uno o dos años —dijo el abogado.

—¿Conoce usted a alguien en Scotland Yard? —preguntó Tim de pronto.

El abogado conocía a buen número de personas, incluso el chief constable, por fortuna. Tim se marchó con una carta de presentación para mister Cowley, y encontró al gran hombre desocupado.

Cowley era grueso, de cara roja y aspecto aletargado. Nadie podría sospechar por su aspecto que era el más hábil aprehensor de ladrones de toda Inglaterra. Hablaba despacio, bebía grandes cantidades de cerveza y parecía que nunca estaba haciendo nada de particular.

—Me alegro de verle, capitán Jordán. Temo que le tratamos muy rudamente la primera vez que usted vino a Scotland Yard, pero tenemos un departamento especial para recibir a los detectives de ocio, y el torpe que le recibió no tenía idea de que usted era uno de los nuestros. ¿Jelf? Sí; tenemos su ficha y la de Lew Daney.

Oprimió un timbre y ordenó al ayudante que se presentó:

—Suba al archivo de fichas y recoja estos detalles.

Escribió unas cuantas palabras en una hoja de papel, y después que el hombre se fue, añadió:

—No nos han llamado para el asunto de Clench House, y dudo de que nos llamen. Es un curioso enredo. Jelf trabajó con Daney, y estoy casi seguro de que estuvo en el asunto de Glasgow, lo que quiere decir que Daney está en alguna parte de los alrededores. ¿Ha visto usted a su mujer?

Tim dijo que sí, y aquel hombrón se echó a reír.

—Las delaciones de esa mujer han mantenido a mi secretario más ocupado que cualquier otro ser humano en el mundo. Desgraciadamente, nunca habla en el momento oportuno. Lo hace cuando Lew ha desaparecido y ella cree que se ha ido de picos pardos al continente; entonces es de lo más locuaz, y nunca ha dicho nada que valga dos cuartos.

Brevemente esbozó la vida de Daney: hombre de cultura, artesano de talento, que trabajó durante tres años en la fábrica de cajas fuertes de Wolverhampton, y sabía más acerca de cerraduras y manera de forzarlas que cualquier otro hombre del mundo.

—Dicen que si le dejasen podría forzar una caja o un cuarto blindado sin ayuda de nadie.

—¿Es grabador?

Cowley bajó varias veces la cabeza asintiendo.

—Ésa es su chifladura; algunos de los dibujos que ha hecho valen dinero. Lew es un hombre inteligente en todos los sentidos, y le aseguro a usted una cosa, capitán Jordán: ese hombre no está a cien millas de Clench House.

—¿Qué aspecto tiene? —preguntó Tim.

—Se lo diré cuando bajen los documentos.

Cosa rara; el legajo que el ayudante bajó no añadió mucho a lo que él sabía. No había fotografía, y el hecho de que el hombre no hubiera pasado por las manos de la Policía quitaba mucho valor a los datos. La descripción de él era vaga y casi podría servir para cualquier hombre que uno se tropezase en la calle.

—La única cosa que puedo decirle de él, que no está aquí, es que es muy rico —dijo Cowley—. En realidad, creo que es uno de los pocos ladrones del mundo que ha hecho productivo el robo. Estuvo fuera del país durante un año: en el África del Sur; pero usted sabe eso. Es raro que no se encontrase con él.

Cowley bajó con él las escaleras hasta los portales del Yard, de aquellas puertas que no se cerraban nunca ni de día ni de noche.

—Nosotros tenemos el interés de meros observadores simplemente —dijo—. Ni aun en el caso del robo de Glasgow fuimos consultados. Pero si Daney fue el autor y está metido en este asunto de Jelf, necesita usted andar con cuidado; es el único, conocido como ladrón armado, que opera en el país; es tan inteligente como un mono y tan peligroso como el diablo. A no ser que tenga usted algún interés particular, yo dejaría tranquilo a mister Daney y ¡me alejaría de su mujer!

VII

Tim recordó esta advertencia, sonriéndose, cuando volvió al Carlton y leyó las cartas, porque la segunda que abrió era de esa señora. Por lo visto, tenía un piso en Penson Court, una calle de lujo cerca de Green Park, y la carta era una breve y urgente invitación para que fuese a verla lo más pronto posible.

Había sido escrita el día que él llegó a Londres.

Una de dos: o mistress Daney estaba bien informada en cuanto a sus movimientos, o era una buena adivinadora. A pesar de las advertencias del jefe de Policía, decidió satisfacer su curiosidad, y después del almuerzo hizo la visita.

Su «taxi» se detuvo en mitad del Lower Regent Street a causa del tráfico; de nuevo fue detenido en Piccadilly Circus y al final del Bond Street. Miraba distraído a través de la ventanilla, cuando se fijó en un coche, uno de los muchos que desde Bond Street entraban en Piccadilly.

Marchaba despacio, y Tim miró sin curiosidad a su interior. Lo que vio le hizo enderezarse. Reconoció instantáneamente a la mujer que lo ocupaba. Era la mujer borracha que había visto en Clench House; pero ahora iba bastante bien vestida, probablemente cuerda, y con seguridad, alegre, porque se reía a más no poder de alguna broma del joven que iba sentado a su lado, el joven de rostro pálido y barba rala, pero ahora bien vestido y con una sonrisa en su rostro inteligente.

Volvió él la cabeza en la dirección de Tim, y sus miradas se encontraron. No dio señales de haberle reconocido y el coche pasó. Tim miró hacia atrás por la pequeña ventanilla trasera del «taxi» y comprendió que sería inútil intentar alcanzar a esta extraña pareja. Se quedó asombrado e intrigado. No podía haberse equivocado; nunca olvidaba los rostros que veía; tenía la seguridad de que ésta era la borracha hombruna que había irrumpido en Clench House, y el hombre, la salvaje criatura que anteriormente le había amenazado con un cuchillo en el camino.

Una cosa dedujo: el coche había recorrido una larga distancia. No era posible distinguir su color debajo de la capa de polvo gris que lo cubría. Estaba un poco más que preocupado cuando llegó a Penson Court. Mistress Daney vivía en uno de los pisos más caros; se percató de ello cuando el ascensor se detuvo en el segundo piso. Siguió a un botones uniformado a lo largo de un pasillo, muellemente alfombrado, hasta una puerta de caoba, que se abrió casi al mismo tiempo que el botones apretó el timbre. Una joven doncella, elegantemente vestida de uniforme, le condujo al salón, amueblado al estilo moderno, con pocos muebles, pero lujosos.

—Anunciaré a la señora que está usted aquí —dijo la doncella.

—Aún no sabe usted quién soy yo —sonrió Tim, La doncella inclinó la cabeza.

—Usted es el capitán Jordán. La señora le espera desde esta mañana.

La señora entró al momento. Vestía una negligé de color gris; aunque el gris no es un color usado con frecuencia por las mujeres de más de treinta años, servía para suavizar ciertas líneas duras de su rostro, que Tim, imparcialmente, había notado en su última entrevista.

—Siéntese, Jordán —le indicaba con la mano un sofá—. Temía que no hubiese usted vuelto de Escocia. ¿Cómo ha dejado usted a Mary? No se ponga de mal humor… En realidad, no estoy tan celosa de la muchacha como antes. He sido bastante cruel con Lew. Cuando estoy degustada con él, no pienso las mentiras que digo. Ha sido tan bueno conmigo, que fui una malvada al tratarle como lo hice.

Tim escuchaba y no intentó ocultar su contento. Ésta era la mistress Daney para la que Cowley le había preparado: una arrepentida mistress Daney. Una mujer singular, casi quimérica para él.

—Nos vamos al continente. Le he puesto un telegrama.

—¿Sabe usted dónde está?

—He puesto un telegrama —repitió ella.

De pronto se le ocurrió una idea.

—Comprendo. ¡En la columna de las agonías!

Ella se quedó un poco desconcertada.

—Bien…, sí. Cuando Lew y yo tenemos una desavenencia y se marcha y yo no sé dónde está, le llamo por medio de los periódicos. Pero no le busque, mister Smarty, porque Lew y yo tenemos clave; él sabe dónde puede encontrarme exactamente y usted no podría averiguar ni en mil años si era en Boulogne o en Constantinopla. Y mañana habrá un aviso para mi, que dirá: «O. K. Me reuniré contigo». Tampoco se moleste en buscar éste.

Paseó ella de un lado a otro del cuarto, con un codo apoyado en la palma de la mano y un largo cigarrillo de boquilla de oro entre sus dedos blancos.

—Desde la primera vez que le vi me gustó usted —dijo con tranquilidad—, ¡pero ahora me importa usted tanto como el papel de la pared! Le digo esto en caso de que haya venido aquí haciéndose ilusiones.

—Me hago muchas ilusiones —dijo Tim—; pero no en el sentido de hacerle el amor. Voy a la Policía…

—Acaba usted de venir de allí —dijo ella—. Estuvo usted en Scotland Yard esta mañana. Yo iba en automóvil a lo largo del Embankement y le vi salir.

—¿Sabe usted dónde está su marido en este momento?

Ella movió la cabeza, negando, y Tim continuó:

—Estaba en Escocia hace unos días… Dejó su abrigo a mi cuidado. Cuando le vea, puede usted decírselo.

—¿Su abrigo? ¿Dónde lo encontró usted?

Tim comprendió que quizá obrase muy rudamente, pero se lo dijo. Cuando llegó a la descripción del ataque de Stocker, ella abrió la boca con asombro.

—Lew no hace eso. ¿Por qué ha de hacerlo? —protestó—. No maltrataría a Stocker… No me haga más preguntas estúpidas… ¡Por supuesto, que no lo haría! Algo raro ha ocurrido allí. ¿Stocker no le ha dicho nada? No lo hará. Tiene que haber sido el loco… Vive a cinco millas. ¿Encontró usted su casa? Es una casita en la montaña. El loco del bosque…, quiero decir el hombre que intentó asesinar a miss Grier. Lew le salvó la vida, y así fue como empezó su interés por ella.

—El loco está en Londres —dijo Tim—. Acabo de verle con una mujer.

—¿En Londres? ¿Dónde?

—Para ser exacto, en Piccadilly Circus; la mujer…

—Es su guardián; mistress Smith. No tiene importancia, a pesar de todo.

Sus ojos se entornaron.

—Le gusta a usted la muchacha, ¿verdad, Jordán? ¡Tenga cuidado!

Él se echó a reír.

—Desde que regresé a este país no he hecho otra cosa que tener cuidado —dijo—. Y ¿de quién tengo que guardarme: de Lew Daney o del caballero loco?

—De ambos —advirtió—. No sé lo que le habrá usted hecho a Lew. ¿Le detuvo usted alguna vez en África del Sur?

Tim negó con la cabeza, le he visto.

—Se fue con una muchacha del teatro —dijo ella—. Hice todo lo que pude para que le arrestasen en Capetown; pero ahora me alegro de que no lo hicieran. Ésa es la debilidad de Lew. Ahora está loco por Mary Grier… Al menos, lo estaba. No le duran más que unos seis meses, a lo sumo, por regla general. ¡Es un demonio! ¿Cuánto tiempo va usted a estar en Londres?

Tim se lo dijo.

—Le llamaré por teléfono mañana por la mañana. No, no soy americana; pero he estado en Nueva York durante dos años, en el coro del Folies. Allí fue donde conocí a Lew. Le telefonearé y le diré si todo va bien.

—Con lo cual quiere usted decir que Lew está acorralado y que se marchan ustedes de paseo al continente —dijo Tim—. Ahora lo que yo diría es que estaría bien seguro dentro de una celda de la Estación de Policía de Canon Bow.

Ella sonrió despreciativamente.

—Esa clase de hombres no entran en las Estaciones de Policía —dijo.

Su actitud había cambiado por completo; la dejó muy desanimada y preocupada; casi esperaba que le llamase en el transcurso del día; pero no supo nada de ella hasta las siete de la mañana siguiente, cuando una llamada telefónica le sacó de la cama.

—No he sabido nada —le dijo. El tono de su voz era agudo, chillón y agitado—. No hay ni una sola línea en los periódicos… Nunca me ha hecho eso.

¿Por qué se molestaba en telefonearle? No podía imaginársela. Probablemente, hubiera sido asimismo difícil para ella el explicárselo. Mistress Daney tenía los nervios de punta.

—¿Quiere usted venir a verme esta tarde? —le preguntó—. Eso, no; mejor será que vaya yo al Carlton.

Antes que pudiera contestar, ella colgó el auricular. Tim se levantó de la cama y pidió el té del desayuno. Era muy temprano para estar levantado en Londres, donde no tenía negocio alguno y nada en qué matar las largas y aburridas horas que le separaban de Mary Grier.

Terminaba su desayuno cuando de nuevo sonó el timbre del teléfono.

—Conferencia con Escocia —dijo la central.

Esperó. Era Mary; reconocía su voz.

—¿Es usted, capitán Jordán?… ¿Le es posible venir en seguida? ¿Puede usted venir en aeroplano?

—¿Qué ha sucedido? —preguntó ansioso.

Tim podía oír su respiración anhelante, y después:

Mister Awkwright ha desaparecido —dijo Mary.

Una hora más tarde un aeroplano se elevó en Stag Lane y se dirigió hacia el Norte. Descendió en Catterlick para aprovisionarse antes de continuar su viaje. Tim llegó al aeródromo poco después de las dos y encontró a la muchacha esperándole en su cochecito. Mientras recorrían las diez millas que los separaban de Clench House le contó escuetamente lo sucedido.

Había dejado a mister Awkwright trabajando en su estudio. Se encontraba un poco mejor del trastorno sufrido cuando el asesinato, y volvía a su ocupación favorita. El libro que leía sobre la forma de los caballos, y una cuartilla en la que aparecían desarrollados ciertos oscuros cálculos, estaban sobre su escritorio cuando Stocker entró. Stocker, al encontrar la habitación del viejo desocupada y el lecho sin tocar, salió en busca de su señor.

Las luces del estudio estaban encendidas y las ventanas cerradas, con los cerrojos echados, cuando entró en el cuarto. Además del libro y los papeles había sobre el escritorio un pequeño revólver, que el viejo sacaba siempre cuando trabajaba solo.

Mister Awkwright tenía una silla de balanza que se inclinaba hacia atrás de un modo alarmante. La encontraron tirada en el suelo; pero no había ninguna otra señal de desorden. Stocker, al hacer un rápido registro del cuarto, descubrió que le faltaba otra cosa. Todas las noches, antes de retirarse para irse a acostar o a cualquiera otra de sus ocupaciones, Stocker dejaba al alcance de la mano del viejo una pequeña y cuadrada linterna de mano eléctrica, para que éste pudiese ver por las escaleras, al irse a acostar, en caso de que las luces estuviesen apagadas. La linterna faltaba.

Inmediatamente fue y despertó a Mary, y juntos registraron los patios. Había llovido durante la noche, y en el sendero, enarenado, y las calzadas, que estaban, por economía, hechas deficientemente sobre un subsuelo arcilloso, en cuya superficie, blanda como la masilla, las pisadas dejaban huellas profundas, no había trazas del paso de mister Awkwright. Estaba calzado con zapatillas; en un rincón del cuarto estaba el par de zapatos de nieve que usaba siempre que salía. Nadie los había tocado.

—¿Avisó usted a la Policía? —preguntó Tim.

Mary movió la cabeza.

—No. Tiene costumbre de salir de improviso sin decírselo a nadie.

Por primera vez supo Tim la debilidad del viejo por las carreras de caballos. Con preferencia iba a Ayr durante la noche.

—Pero no hay carreras en Ayr —insistió Tim.

Mary estaba muy pálida y preocupada. Nunca la había visto tan agitada.

—Estuve a punto de telefonear al comisario, pero temí poner en ridículo a mister Awkwright.

La siguió al estudio. Habían dejado el cuarto como lo habían encontrado. Mary le hizo notar la falta de la linterna, detalle más significativo aún, porque las luces estaban encendidas cuando Stocker entró en el cuarto. El viejo Awkwright era económico hasta el grado de la tacañería.

Tim examinó el escritorio. Vio el libro sobre la forma y no encontró dificultad en comprender el significado de los cálculos.

—¿Oyó usted algún ruido durante la noche?

Mary dudó.

—Sí; pero siempre estoy oyendo ruidos en esta casa.

—¿Cómo era?

—Pareció como que alguien se caía. Mi habitación está precisamente debajo del estudio.

Stocker se mantenía retraído desde la llegada de Tim. Estaba muy agitado cuando llegó a la presencia del capitán Jordán.

—No sé nada más que lo que la señorita le ha dicho. La silla estaba tirada donde la ve usted ahora.

—¿Estaba usted acostado? —preguntó Tim.

Stocker negó con la cabeza.

—No, el dolor de la herida me tenía despierto. Estuve sentado en la cocina hasta las tres de la mañana.

—¿No oyó usted nada?

—Nada en absoluto.

Tim recorrió la casa; pero fracasó de nuevo, porque no encontró señal alguna de pisadas hasta que llegó al garaje, donde vio unas que, indudablemente, eran de Stocker. Cuando le acusó de haber estado allí después de la noche, el mayordomo confesó haber hecho una ligera investigación particular.

—Anduve sobre la hierba —contestó cuando le preguntaron que cómo no se veían sus pisadas—. Le diré, capitán Jordán, ¡que no quiero correr más riesgos con el pájaro que me hizo esto!

Se tocó con cuidado su frente vendada.

—¿Cree usted que ha sido el mismo hombre el que se ha llevado a mister Awkwright?

Stocker no respondió inmediatamente.

—Sólo puedo decir esto —repuso al fin—: sea quien sea el que me golpeó a mí y el que haya secuestrado a mister Awkwright, ¡no es Lew Daney!

Su voz era vehemente; en su tono había una vibrante nota de excitación.

Stocker miró por encima de él.

—Porque —dijo después— Lew Daney es mi hermano… ¿No se lo ha dicho su mujer?

VIII

—¿Su hermano? —respondió Tim, incrédulo.

Stocker inclinó la cabeza.

—Dane Stocker, ése es su nombre. Le llamaban Daney cuando era un muchacho, y por eso le llaman Daney ahora. Probablemente se da usted cuenta, capitán Jordán, de que él fue quien salvó a miss Grier. Estaba aquí de visita en esa época. Él y Jelf… No, no, miento; yo no conocía a Jelf.

—¿Cuándo vio usted a su hermano por última vez?

Stocker le miró fijamente.

—No pienso decirle eso. Después de todo, es mi hermano, y no es de mi incumbencia el cogerle.

—¿En los dos últimos meses? —insistió Tim.

El hombre movió la cabeza.

—No tengo informes que darle, capitán Jordán; pero le repito que Daney no tocará un cabello de mister Awkwright, simplemente por respeto a miss Grier. Daney es un asesino. Si alguna vez le prende usted, irá camino del cadalso. Es el único asesino de verdad que hay en el país.

Dijo esto con cierto orgullo, que sonó de una manera extraña en los oídos de Tim Jordán.

—No me importa decirle que lo primero que pensé cuando Jelf fue asesinado, fue que Daney había venido detrás de él, porque era un delator que había tratado de venderle. Estuvieron juntos en el asunto de Glasgow, y no quedó satisfecho de su parte. Porque nunca la recibió —añadió con satisfacción.

—¿Recibió usted la suya? —preguntó Tim bruscamente.

Stocker sonrió.

—Yo no estuve en eso, capitán Jordán. Me parece que le he dicho ya que ahora soy honrado. Desde que estoy empleado con mister Ledbetter he dejado los asaltos y los robos.

Dijo esto con una suavidad que Tim no había observado antes.

Telefoneó a la policía, y cuando llegó hicieron un minucioso registro de toda la casa. Mary explicó las costumbres particulares de mister Awkwright, y parecieron inclinados a aceptar su sugestión de que el viejo se había marchado a uno de sus excéntricos viajes. Ya otra vez, según les refirió, se había marchado a medianoche y no volvió en seis días.

—¿Cuándo vuelve usted a Londres? —le preguntó Mary, después que la Policía se fue.

—¿Quiere usted que me vaya?

Mary negó con la cabeza.

—No… Quiero que se quede. Sucede algo espantoso en esta casa, capitán Jordán… Bueno, Tim, si lo prefiere así. Temo la llegada de la noche. Y también Stocker está preocupado y se sobresalta a cualquier ruido.

Stocker, en realidad, se conducía de una manera muy extraña. Se vieron muy poco aquel día; una de las criadas dijo que estaba durmiendo en su habitación.

Al oscurecer llegó a Glasgow un pequeño camión cubierto, y lo metieron en el garaje. Tim presenció su llegada por casualidad. Volvía de un largo paseo y vio meter el camión en el garaje, bajo la vigilancia de Stocker. Era nuevo, acabado de salir de las manos del fabricante, y Stocker le explicó que lo habían pedido hacía un mes.

—Teníamos uno, pero se destrozó —dijo.

Tim no dijo nada; pero más tarde se puso al habla por teléfono con el fabricante que lo había vendido, y supo que era uno de los que tenían en existencia, que Stocker le había comprado el día anterior, pagándolo al contado.

Con el pretexto del camión entró en el garaje, y notó que una esquina de la tablilla de la matrícula estaba rota… El chofer del fabricante no había calculado bien un saliente de ladrillo del interior del garaje, con el que chocó; Stocker tomó el desperfecto filosóficamente.

—Si se preocupa usted con los chóferes descuidados, se le partirá el corazón —dijo.

Vio a Tim mirar el tractor.

—Eso le intriga, ¿verdad, señor? Mister Ledbetter es así. Compra toda clase de máquinas raras y luego las vende. Una vez tenía aquí seis coches, ninguno de los cuales usó nunca. Íbamos a cultivar la tierra, pero nada se hizo.

—Ya veo que tiene usted la cadena en las ruedas.

—Sí, señor —contestó Stocker sin mirarle—. No puedo comprender por qué el individuo aquél se la quitó la otra noche. Probablemente lo iba a robar; pero no es muy fácil vender un tractor.

—¿Qué es eso? —preguntó Tim. Señalaba el techo envigado. Por vez primera veía un garfio grande que estaba clavado en una de las vigas, en un extremo del garaje.

—Nunca he sabido para qué era, señor —contestó Stocker—. Dicen que en tiempos pasados usaron esta vieja capilla para colgar a la gente. Quizá por eso pusieron el gancho.

Nada sucedió aquella noche. Llovió fuertemente, y Tim sospechó, sin estar seguro de ello, que Stocker se la había pasado vigilando fuera de la casa, porque en la alfombra del hall había manchas de barro.

El día siguiente fue abrumador; interrumpido solamente por la llegada del inspector de Policía, que vino a averiguar si habían sabido algo nuevo de mister Awkwright.

Tim y la muchacha estaban almorzando. Les servía una de las doncellas. Stocker estaba acostado; envió recado de que no se sentía bien. Fue una comida triste. Mary estaba más silenciosa que de ordinario. La atmósfera del sitio empezaba a poner nervioso a Tim Jordán.

—Me parece que voy a llevarla a Londres —dijo de repente.

—¿Por qué? No me será posible ir hasta que sepa de mister Awkwright, y además, no quiero ir a Londres.

Se sorprendió de su vehemencia.

—Es preferible a Clench House en un día como éste —dijo Tim.

Mary movió la cabeza.

—Tengo que quedarme hasta que… —Se detuvo—. ¿Cree usted que le haya sucedido algo grave a mister Awkwright?

Antes que Tim pudiese responder, entró Stocker inesperadamente. Indicó a la doncella que saliese de la habitación.

—Acabo de saber de mister Awkwright —dijo—. Desea que usted, miss, y el capitán Jordán se reúnan con él en el hotel St. Enoch.

—¿Telefoneó? —preguntó Tim con sorpresa y alivio.

—Sí, señor. No tengo duda de que era él. Dijo que estaría allí a las cinco, esperándolos en el vestíbulo.

Tim oyó a Mary suspirar.

—¡Gracias a Dios! —dijo ésta suavemente.

La llevó en automóvil hasta Glasgow, y a las cinco estaban parando en el hall de St. Enoch. El encargado no sabía nada de mister Awkwright, y afirmaba, con seguridad, que no estaba alojado en el hotel; pero esto no sorprendió a Mary. Mister Awkwright, invariablemente, escogía los alojamientos baratos y hacía uso de los hoteles, e incidentalmente de su papel de escribir, cuando quería dar una cita.

Esperaron durante una hora; pero mister Awkwright no dio señales de vida; a las seis y media, Tim condujo a la muchacha de vuelta a Clench House a través de la cegadora cortina de agua producida por la tormenta.

Había un solo criado en la casa: la cocinera. Ella les explicó que Stocker había dado a los demás criados medio día de permiso. Tim y la muchacha se miraron sorprendidos.

—¿Dónde está Stocker? —preguntó Tim.

La cocinera no lo sabía; pensó que quizá estaría en su habitación. Tim encontró que el cuarto del mayordomo estaba cerrado. No contestaron a sus llamadas; pero después de algún tiempo encontró una llave, con la que pudo abrir.

La habitación estaba vacía. Los cajones de la cómoda habían sido sacados y vaciados. Había señales de que Stocker se había llevado todos sus efectos con precipitación.

—Por esto es por lo que quería que fuésemos a Glasgow…, para tener el campo libre —dijo, convencido, Tim.

Salió de la casa y fue al garaje; la puerta no estaba cerrada con llave. Encendió la única luz que había y examinó el interior; el camión nuevo no estaba; pero lo que más le extrañó a Tim fue que el tractor, situado antes contra la pared más alejada, estaba ahora cerca de la entrada; la cadena con que se ataban las ruedas estaba tirada en el suelo. Había señales evidentes de que el tractor había sido usado aquella tarde.

Algo en el suelo atrajo su atención. Buscó una linterna eléctrica en la casa y examinó la mancha. Era sangre… Tres pequeños goterones del tamaño de medias coronas.

Hizo otro descubrimiento: en una esquina del garaje había una caja de hojalata barnizada que había sido abierta; contenía algunas medicinas y sin duda, era uno de esos botiquines de urgencia que se encuentran en la mayor parte de las casas. Dos vendas debían de haber sido sacadas de ella y empleadas, porque encontró los papeles azules en que vienen envueltas, hechos una bola, cerca del sitio donde estaba la caja; el yodo también había sido usado; el frasco estaba roto en el suelo.

Volvió a buscar a Mary y le contó lo que había encontrado. Ella se quedó tan intrigada como él.

—La herida de la cabeza estaba curada —dijo Tim pensativamente—. Pudo golpearse otra vez; pero eso explicaría difícilmente las señales de sangre en el suelo.

Un poco más tarde tuvo noticias de los erráticos movimientos de Stocker. La cocinera tenía un hijo pequeño que vio a Stocker hacer varios viajes al cementerio. El que el chiquillo lo hubiera presenciado era debido a que se había portado mal con su madre y había escapado de la casa para evitarse el castigo, refugiándose de la lluvia bajo un pequeño cobertizo, desde el cual se tenía una vista limitada de la vieja tumba.

Tim hizo entrar al chiquillo y le interrogó; pero no le dio otros detalles sino que había visto desaparecer a Stocker varias veces dentro del cementerio y que cada una de sus visitas duró unos diez minutos; la última vez que entró llevaba bajo el brazo un rollo de cuerdas, pero no lo traía cuando regresó; el muchacho tenía otra noticia importante que ofrecer: había oído el ruido y la trepidación del motor puesto en movimiento, y por dos veces oyó el ruido del escape.

Tim se puso al habla con la Policía y pudo averiguar los movimientos del camión: había sido visto al pasar por un pueblo pequeño e iba seguido por un coupé, que marchaba tan despacio como él.

—¡Todo esto es muy raro! —dijo Tim—. El coupé me preocupa; éste me parece ser nuestro misterioso amigo. La Policía quiere saber si deben mandar una circular con la descripción del camión; pero yo no creo que podamos hacer eso. Stocker tiene todos sus derechos para sacar lo que está bajo su custodia, y no me siento inclinado a meterme en sus asuntos hasta que sepa un poco más. De cualquier modo, querida, usted asegurará su puerta esta noche, y que le guste o no Londres, allí irá usted mañana por la noche.

Se levantó al amanecer y se dirigió al cementerio. El secreto del sombrío lugar era el mausoleo de granito con su nueva inscripción. Examinó la plancha de metal cuidadosamente y trató de forzarla hacía atrás, pero era tan fuerte como el granito que la rodeaba.

Se marchaba ya, cuando algo observó en una letra «O» que atrajo su atención. Era una estrecha abertura de una media pulgada de largo y no más de un dieciseisavo de pulgada de ancho; abrió un cortaplumas y metió la hoja por ella, y entonces su significado se le apareció de repente y echó a correr hacia la casa, volviendo con la delgada llave que había encontrado en el bolsillo del gabán. Se ajustaba perfectamente, y dio la vuelta con un ligero ruido; pero nada sucedió. Apoyó su hombro contra la losa, empujándola; pero ésta permaneció tan inmóvil como antes.

Después, por casualidad, uno de sus dedos se apoyó en una de las letras…, la «T» de la primera palabra. Se hundió hacia dentro hasta quedar a nivel con el metal que la rodeaba. Probó la letra siguiente; ésta no cedió; una por una apretó todas, las letras. En la segunda palabra, la «R» cedió a su presión. «¡Treausure!»: ésta era la palabra clave, y estaba formada con una letra de cada palabra de la inscripción. Cuando a su presión cedió la última, oyó un chasquido, y empujando la losa, ésta cedió hacia atrás.

Delante de él había un estrecho tramo de escaleras que bajaban hasta perderse de vista. Cerró la puerta, regresó a la casa para coger una linterna y volviendo, continuó sus investigaciones.

Tuvo cuidado de no cerrar la puerta de bronce detrás de él, colocando una cuña de madera para impedir que se cerrase, aunque vio que esta precaución era innecesaria, porque en la parte interior de la losa había una pequeña manilla de acero que servía para abrir la puerta desde dentro.

Descendió las escaleras; contó treinta peldaños hasta llegar a un suelo de piedra.

Se encontraba en una cámara grande y abovedada, a lo largo de cuyas paredes laterales corrían tres anaqueles de piedra. No había duda en cuanto a su sombrío carácter, aunque en alguna época remota debieron de ser sacados los muertos. En el extremo más lejano de la cámara había una reja de hierro enmohecido, que estaba entornada. Al otro lado de ésta se encontraba un pasadizo estrecho y alto de techo, que siguió. Su longitud parecía interminable. Calculó que habría andado unas cien yardas, cuando observó que de repente torcía a la izquierda y después hacia la derecha otra vez. De nuevo seguía derecho y terminaba en una puerta con barras de hierro, que estaba abierta.

Se encontraba ahora en una gran cueva. Alumbrando con su linterna hacia arriba vio muy por encima de él lo que debían de ser las losas de piedra del suelo del garaje. Una especialmente llamó su atención, porque parecía estar articulada con bisagras para servir de trampa. Los bordes de la piedra estaban biselados, y podía formarse una idea del espesor del piso del garaje.

La cueva no estaba completamente vacía. Había dos largas cajas cerradas por grapas de hierro. Abrió una, vio algo envuelto en un papel aceitado. Quitó éste y apareció una pequeña ametralladora americana. Debajo de ésta había otra. Habría unas seis en la cueva y apiladas contra la pared, unas veinte cajas de municiones. En otra caja encontró unas cuantas bandejas de municiones de repuesto.

Alumbrando con su linterna a lo largo del suelo vio señales claras de dónde habían estado hasta poco antes las cajas, y ahora empezó a comprender el secreto que encerraba la mansión de Clench House.

Midió aproximadamente el tamaño de las cajas y se quedó intrigado. ¿Cómo habían podido meter allí las ametralladoras y las cajas desaparecidas? El pasadizo era demasiado estrecho; era humanamente imposible llevar objetos de ese tamaño y forma por esos pasadizos tan estrechos.

Pero el misterio de Clench House ya no era un misterio, y la identidad de mister Ledbetter quedaba revelada. Ésta era la casa de Daney, que había amueblado y alquilado a un precio ridículo a cualquier respetable inquilino, dejando a Stocker encargado de guardar el tesoro que estaba escondido en esta cueva para acallar las averiguaciones que un curioso policía pudiera hacer sobre la identidad de mister Ledbetter.

En uno de los extremos de la cueva había otra verja de hierro y un pasadizo más ancho, que corría unas doce yardas antes de volverse también hacia la izquierda. Aquí hizo un curioso descubrimiento: a lo largo de la pared corría un tramo de escalones de piedra, sin pasamanos, que se dirigían hacia la brumosa oscuridad de arriba y terminaban cerca del techo.

Estaba a punto de subir cuando su pie tocó algo, y mirando hacia abajo vio una linterna eléctrica. Las lentes estaban hechas pedazos, y la barnizada caja rota. Parecía como si hubiese caído desde una altura.

¡La de mister Awkwright! Reconoció la linterna por la descripción que de ella había hecho Mary. Cuidadosamente registró el suelo. Había una mancha oscura cerca del pie de las escaleras. Otro grupo de manchas a la altura del escalón catorce. Subió con precaución, pues era una ascensión peligrosa por falta de pasamanos y lo gastado de los escalones. Éstos se hicieron más lisos al llegar a lo alto; allí terminaban en una plataforma de piedra.

A su izquierda había un tosco panel de madera, y unidos a él dos potentes resortes. Tiró de éstos y los sintió ceder. Empleando toda su fuerza dio un tirón, y se abrió de repente, dándole un golpe que a poco le hace caerse del sitio en que estaba, en que apenas cabían sus pies.

Tim pasó a través del agujero y se encontró en el estudio de mister Awkwright.

IX

Apenas acababa de entrar en el cuarto cuando se abrió la puerta y entró Mary Grier. Se detuvo despavorida al verle.

—¿De dónde diablos viene usted…? —empezó a decir; pero al fijarse en el agujero abierto se quedó atónita—. ¿Cómo ha encontrado eso?

Se acercó rápidamente a la oscura abertura, y hubiese caído dentro de ella si él no la detiene.

—Quédese donde está… Es un poco peligroso —dijo Tim.

Intentó cerrar el panel y forcejeó, sin conseguirlo. Al principio pensó que estaba sujeto; pero descubrió que el manejo del resorte que lo mantenía en su sitio cuando estaba cerrado era rápido y un poco peligroso; porque al forcejear por segunda vez, el panel se cerró de golpe, y apenas tuvo tiempo de quitar la mano.

Apretó el panel sin resultado, pero cuando empujó con el hombro se abrió de repente.

—Esto es lo que debió de sucederle a Benjamín Awkwright —dijo con calma—. Debió de echarse hacia atrás en su silla y caer contra el panel. Éste se abrió y él cogería la linterna para inspeccionar. La encontré al pie de las escaleras.

Mary no pudo hacer otra cosa que mirarle asombrada.

—¿Le ha encontrado usted?

Él movió la cabeza.

—No —dijo, y le explicó el resultado de sus investigaciones—. Mi hipótesis es que bajó las escaleras, pasó a través del pasadizo y llegó al mausoleo. Me figuro que es posible abrir la puerta desde dentro, pero no he intentado hacerlo.

—Pero ¿adónde ha podido ir? —preguntó la muchacha.

A esto Jordán no podía ofrecer idea alguna.

Entraron juntos en el garaje y empezaron un minucioso registro del suelo. A poco encontró lo que esperaba… Una anilla de hierro empotrada en las losas. No la había visto antes porque la situación del tractor la ocultaba. Registrando la caja de herramientas del tractor encontró un alambre de acero un poco más grueso que una cuerda de piano, pasado por una polea y unido por uno de sus extremos a un gancho. Cogió una escalera que estaba en una esquina del garaje, y apoyándola contra la pared, subió por ella, llevando consigo la polea, que colgó del garfio que había visto clavado en las vigas del techo. Descendió y quitando la escalera, puso en marcha el tractor y le hizo andar despacio hacia atrás, hasta que estuvo a pocos pasos de la pared.

Se apeó para atar uno de los extremos del cable al enganche del tractor y meter el gancho del otro en la anilla que había en la piedra del suelo. Despacio echó a andar el tractor hacia adelante. El alambre se puso tirante y la trampa de piedra se levantó despacio hasta quedarse vertical.

Se dirigió hacia el oscuro agujero y miró hacia abajo.

—Ése es el lugar del tesoro —dijo Tim—, y por aquí fue bajado el botín de Daney, sacado luego por su hermano, mister Stocker.

—¿Su hermano? —dijo ella, sin creer lo que estaba oyendo.

—Eso me dijo él y no tengo razón para dudarlo. No creo que Daney tenga confianza en nadie, a no ser en su hermano.

El tractor servía, en realidad, de fuerza motriz de una grúa para levantar esa losa, que de otra manera sería imposible mover, y le permitía meter y sacar objetos pesados en la cámara de abajo.

—Stocker no debía de conocer la existencia de la escalera del estudio, porque si no, no hubiera salido a la calle y al cementerio cada vez que quería ir a la cámara. Una cosa que me intriga es por qué se molestaba en llevar un rollo de cuerda. Sacarlo todo sin ayuda de nadie debe de haber sido un trabajo pesadísimo.

—¿Qué había allí? —preguntó ella.

Tim sonrió.

—El oro de las Indias —dijo—. Un poco más de un cuarto de millón, la mayor parte en dinero alemán.

Mary le miró con la boca abierta.

—¿El dinero que robaron del Banco? —preguntó, asombrada.

—Y más aún —contestó él—. Hay bastantes robos en los que Daney está mezclado, pero sólo sabemos de los espectaculares. Este hombre es el criminal más peligroso que ha habido en este país, y quizá en Inglaterra, y las ametralladoras son muy significativas. Daney es un hombre importante en su clase de negocios, y probablemente se hará aún más importante. Temo hemos de ver los gans invadiendo Inglaterra, si no le prenden.

Mary movió la cabeza con desaliento.

—No lo comprendo. Le he visto una vez… Era de lo más considerado.

—Y muy enamorado de usted —dijo Tim con calma.

Le miró arrugando el ceño.

—¿Habla usted en serio?… Enamorado de mí. ¡Qué tontería: le he visto una sola vez!

—Tengo motivos para creer que está muy enamorado de usted, Mary, y creo que usted debe saberlo. No es una ofensa que esté enamorado de usted… Esto se lo digo con toda sinceridad; por el contrario, me parece la cosa más natural.

Estaba parado al borde de la trampa abierta, y miró hacia abajo.

—No la cerraremos; la Policía debe ser notificada, y temo que Clench House no sea habitable para usted. Tendrá usted que venirse a Londres conmigo.

Mary negó con la cabeza.

—No quiero ir a Londres… por ahora —añadió.

—¿Por qué ahora no?

—Quiero decir hasta que encuentre a mister Awkwright —contestó rápidamente.

Mister Awkwright iba a ser encontrado a los pocos minutos. Los alcanzó una doncella cuando estaban a la mitad del camino de regreso a la casa; el teléfono estaba sonando; un agente de la Policía quería ponerse al habla con Tim Jordán: era el superintendente.

—¿Es usted, capitán Jordán? Hemos encontrado a Awkwright. Está en el depósito de cadáveres del hospital de Hamilton.

Tim se quedó silencioso por un momento.

—¿Cómo ha llegado hasta allí?

—Un médico de Hamilton oyó sonar su timbre. Cuando fue a la puerta se encontró al viejo tirado en el pórtico de la casa. Aún estaba vivo; pero evidentemente estaba cercano su fin; tenía fracturado el cráneo. Alguien había intentado vendarle.

—¿A qué hora ocurrió eso?

—A hora avanzada de la tarde, poco antes de oscurecer. Llovió durante todo el día, y una pesada niebla cubría el suelo; al parecer, nadie vio al viejo. Seguramente no podría andar hasta la casa del médico, por lo que debió de ser dejado allí por alguien.

—Creo que lo comprendo todo —dijo Tim después de pensar un momento—. ¿Quiere usted venir? He hecho uno o dos descubrimientos importantes, que me figuro interesarán a la Policía de Glasgow.

Le contó brevemente lo que había encontrado.

—No me cabe ninguna duda que éste es el cuartel general de Daney y que todo el botín de Glasgow lo trajo aquí. Ahora se dirige hacia el Sur, y puedo darle una descripción del camión en que lo lleva y del hombre que lo conduce.

Dos horas después, una larga fila de coches parados estaba delante de Clench House, y en el comedor, los jefes de Glasgow y los detectives de las tuerzas de la comarca confrontaban sus averiguaciones.

Nadie conocía a Daney; pero en contestación a una llamada telefónica urgente hecha a Scotland Yard, el chief constable Cowley enviaba por aeroplano un oficial con todos los datos e informes que tenía en su poder y ya había dado órdenes a todos los jefes constables de Inglaterra.

El interrogatorio de Mary Grier fue breve; no podía añadir nada a lo que ellos ya sabían. Tim le evitó la espeluznante escena de identificar al muerto, yéndose a Hamilton para atender a la investigación que acababa de abrirse y hacer la identificación antes que se suspendiera.

El doctor en cuya casa había sido encontrado el desgraciado viejo era un hombre muy servicial, que insistió en llevar a Tim de vuelta a Clench House y le ofreció su «auto», un potente Roadster.

—Si va usted a Londres en él, me hará usted un favor —le dijo—; yo iré a la semana que viene en el tren; aborrezco los viajes largos por carretera.

Tim casi había decidido el irse por tren, pero el ofrecimiento del «auto» le convenció.

Amanecía la mañana siguiente cuando llamó a la puerta de Mary, y una hora más tarde, después del desayuno, empezaron su largo viaje.

Tim quería conocerla mejor; quizá quería que ella le conociese a él. Puede ser que la perspectiva de la larga compañía a que el viaje por carretera los obligaba fuese el factor decisivo. Corrieron velozmente entre la niebla de la mañana y más tarde, entre los esplendores del sol. Durante la primera hora del viaje ninguno habló.

Tim tenía la intención de hacer el viaje en un día, y el coche daba esperanzas de que esto pudiera ser.

A no ser con respuestas monosilábicas, Mary Grier no habló hasta mucho después de pasar la línea divisoria entre Inglaterra y Escocia. Habían salido de una sucia ciudad de Lancashire; de nuevo llegaban a campo abierto, y el aire estaba ya limpio de humo; Mary le dijo:

—Usted es pariente de mister Awkwright. ¿Sabe usted si ha dejado testamento?

Tim movió la cabeza.

—En cuanto a ser uno de sus parientes, no estoy ni remotamente emparentado con él. Mi padre era uno de sus amigos, esto es todo. ¿Era muy rico?

—Creo que sí —contestó ella—. Debe de haber dejado testamento.

Después de una larga pausa, añadió:

—Va a tener terribles dificultades, aunque lo haya hecho.

—¿Por qué? —preguntó sorprendido.

Pero Mary no le dio explicación alguna.

—¿Qué es lo que va usted a hacer? —preguntó Tim.

Mary sacudió la cabeza.

—No lo sé.

—¿Es absolutamente necesario que siga usted trabajando? —Y con gran sorpresa suya ella le contestó que no.

—¿Tiene usted una renta propia?

Mary dudó.

—Creo que sí.

—¿Le prometió mister Awkwright dejarle algún dinero?

Mary asintió.

—Sí. Dijo que me dejaría cien mil libras contestó simplemente, dejándole boquiabierto.

—¡Gran Dios! ¡Cien mil libras!

—Así dijo.

Tenía en la punta de la lengua el preguntarle: «¿Por qué?», pero se contuvo.

Poco después se detuvieron por segunda vez desde que habían empezado el viaje, y después que Tim hubo vigilado el aprovisionamiento de gasolina, entró en el comedor de la pequeña posada donde Mary tomaba el té e intentaba, a la fuerza, comerse un sandwich.

—Voy a decirle algo muy egoísta —dijo, al tiempo que se sentaba ante una más sustanciosa comida.

—¿Qué es? —preguntó ella.

—Espero que si le ha dejado esas cien mil libras no se convertirá usted en una de esas ricas solteronas que llenan los hoteles de Europa.

Mary sonrió débilmente.

—¿Por qué no?

—Porque conozco a alguien que la quiere —dijo, y Mary apartó sus ojos de él.

Alargó su mano y cogió la de Mary; pero ella se soltó.

—No quiero que hable usted así —dijo, un poco sin aliento—; la vida es terriblemente difícil para mí ahora… No me la haga más dura.

—Termine su té —dijo él, firmemente—. Yo he terminado; soy un bruto al hablarle de esta manera.

Su viaje, después de esto, no fue tan bueno por averías del motor. Cerca de Crewe el motor empezó a fallar en dos cilindros, y entraron a paso de tortuga en Grantham cuando empezaba a oscurecer.

—Debía haber seguido el camino de Holyhead —manifestó Tim—; pero esto no hubiera mejorado el motor.

Entregó el coche a los mecánicos; después de cenar salió con la muchacha a las calles de Grantham a dar un paseo, y por no tener nada mejor que hacer entraron en un «cine»; eran las diez y media cuando salieron, después de una noche bastante aburrida, y se volvieron despacio hasta el hotel.

—¿Cree usted que Daney hizo eso? —preguntó Mary inesperadamente.

—¿Matar a mister Awkwright? No. No tengo ninguna duda de lo que ha sucedido. Intentó bajar aquellas infernales escaleras, le faltó pie y cayó. Stocker le encontró cuando estaba recogiendo el tesoro y por pura humanidad le llevó en el camión hasta el doctor más cercano. ¿Recuerda que le dije lo de las vendas que faltaron de la caja botiquín? Esto explica también lo del rollo de cuerda; lo usó en parte, para subir al viejo desde la cámara, y en parte, para subir él mismo por ella y salir de la trampa antes de echar hacia atrás el tractor.

Mary suspiró con fuerza.

—Parece que pesa una maldición sobre Clench House.

—Sí —dijo Tim—, y su nombre es Daney… Daney, que nunca ha vacilado en matar. Y aunque es inocente en lo que se refiere al pobre mister Awkwright, y según creo también en lo que se refiere a Jelf, el dinero de la cueva ha sido el responsable de las dos muertes. Jelf vino conmigo con el propósito…

Estaban paseando por el arroyo. De pronto, Tim la cogió por el brazo y la arrastró hasta la acera. Un coche con las luces apagadas pasó como un relámpago. Tim se volvió, y al entrar aquél en el círculo de luz proyectada por el farol de la calle lo reconoció.

—¡Es el camión! —gritó—. ¡El camión de Stocker!

Mientras hablaba pasó otro coche…, el coupé de Daney, blanco de polvo, pero inconfundible.

X

Como una sombra pasó el coche de Daney detrás del camión. A los pocos segundos ambos se habían perdido de vista y Tim se repuso del asombro que por un momento le paralizó.

Pasaba un «taxi»; lo llamó, y en él se dirigió a la estación de Policía más próxima. Solamente había un suboficial de guardia, y por lo visto, no tenía órdenes relativas al camión: pero cuando Tim le explicaba entró el jefe de los detectives y en pocas palabras le contó a éste lo que había visto.

—Hemos recibido el aviso con retraso esta tarde. Por algún error no nos lo enviaron antes —dijo el inspector—. Llamaré por teléfono a todos los pueblos de los alrededores… ¿Puede usted describir de nuevo el coche?

Tim dictó una breve descripción del camión y del coche que lo seguía.

—Será fácil cogerlos en el Great North Road —dijo el inspector—; la única dificultad está en ponerse en contacto con las patrullas.

Dos horas más tarde Tim dejó a la muchacha en el salón que había tomado y volvió a la estación de Policía, donde supo que no habían sido vistos ni el camión ni el coupé.

—Probablemente dejarían el camino principal. Le llamaré, capitán Jordán, si se averigua algo.

Era pasada la medianoche cuando Tim volvió al hotel y encontró a la muchacha adormilada delante del fuego que había mandado encender en el salón, porque la noche era fría. Le contó las novedades y la envió a acostarse, y a pesar de lo avanzado de la hora consiguió hablar por teléfono con Scotland Yard.

Tuvo la suerte de encontrar a Cowley en su despacho y el chief constable escuchó, sin comentario alguno, hasta que Tim terminó.

—No podemos obrar eficazmente hasta que entren en la zona de Londres, y esto vendrá a ser al clarear el día, si siguen hasta aquí. Pondré una barrera de vigilancia en todas las entradas principales. Creo que entrarán por el lado de Essex. ¿No vio usted al hombre del «auto»?

—¿Daney? No —dijo Tim—; y de verle, no le hubiera reconocido. Le he visto una sola vez.

Estaba dándole las buenas noches y a punto de colgar el auricular, cuando Cowley le llamó de nuevo.

—Por cierto, la Policía de Escocia dice que primitivamente había tres cajas de ametralladoras, y que una de éstas debe de estar en el camión. Fotografiaron el suelo del sótano, y la negativa muestra el sitio donde estuvo la tercera caja; es exactamente del mismo tamaño que las otras.

—Esto es interesante… y sin embargo, Stocker no parece ser de esa clase de hombres, aunque sea hermano de Daney.

—¡Abuela de Daney! —contestó despreciativamente—. Daney nunca tuvo hermano. Si le dijo eso fue una, invención desesperada para alejar de él las sospechas. Stocker es uno de los tres hombres que robaron el Banco de Glasgow. Ha sido el guardián del tesoro y el brazo derecho de Daney. Parece como si se hubieran estado engañando el uno al otro y Stocker se hubiera escapado con el botín. No quisiera estar en su lugar si era el «auto» de Daney el que le seguía.

Cuando Tim volvió al salón, Mary Grier, que había estado haciendo preparativos para el viaje, se había retirado. Fue hasta la puerta de su cuarto y le dio las buenas noches, yéndose inmediatamente a acostar.

La fatiga de haber conducido todo el día y la excitación de la noche le mantuvieron completamente despierto.

Se sentía tan capaz de dormir como de escribir poesías. Malgastó dos horas sumido en ligeros sueños y cada vez que despertaba y miraba a las manillas del reloj le parecía que apenas se movían.

A las tres y media se levantó, encendió la chimenea de su dormitorio y acercando una silla ante ella, se sentó, intentando leer; pero a poco le fue venciendo el sueño, y cuando estaba a punto de quedarse dormido le pareció oír unas ligeras pisadas por delante de la puerta, lo que le hizo despertar de nuevo y escuchar; pero como no volvieron a repetirse, pensó que había soñado. Se despertó entumecido, helado, cuando la doncella le trajo el agua caliente y el té de la mañana, y no se encontraba del mejor humor cuando saludó a Mary en el salón privado.

Mary, por el contrario, estaba tan alegre y fresca como jamás la había visto.

—Ha tenido usted una visita madrugadora —le dijo, indicándole una carta que estaba sobre la mesa. Había sido traída por un propio; la dirección estaba escrita a mano. Lo mismo que la carta que contenía. Empezaba bruscamente, sin ningún encabezamiento:


No meta sus narices en los asuntos de otros, Jordán, porque puede perderlas. Está usted en vacaciones… Disfrute de ellas y no mezcle los negocios con las diversiones.

L. D.
 

Miró la carta con asombro.

—¿Estaba aquí cuando usted entró?

Mary afirmó con la cabeza. Tim tocó el timbre, y cuando llegó el camarero recibió una nueva sorpresa.

—Debe de haber sido traída durante la noche, señor. La doncella la encontró sobre la mesa cuando vino a limpiar el cuarto y la puso sobre la chimenea. Yo la volví a colocar sobre la mesa cuando la vi.

Tim sacó un lápiz de su bolsillo y raspó la blanca mina, dejando caer el polvo sobre el papel y frotó luego cuidadosamente con un algodón su superficie; pero no aparecieron señales de huellas, digitales; el sobre no daba tampoco pista alguna en cuanto a la identidad del remitente.

—Lew Daney, me figuro. Entonces ha debido de volver. Pero ¿cómo demonios supo que yo estaba aquí?

Mientras se desayunaron hablaron de lo ocurrido, y después Tim bajó para sacar su «auto» de la jaula en que lo había visto encerrar por la noche, cuando lo trajeron del taller de reparaciones. Era la que estaba situada frente al patio y a la arcada de entrada de la calle. Metió la llave, la dio vuelta, y al abrir la puerta se quedó paralizado durante un minuto. El coche había desaparecido, y en su lugar estaba el coupé, cubierto de barro, que había visto persiguiendo al camión por las calles de Grantham.

—¡Maldita sea!

El encargado del garaje contemplaba el coche asombrado.

—Ése no es el suyo, señor.

—No cabe duda de que no es el mío —dijo Tim sombríamente—. ¿Quiere usted telefonear?… No. yo lo haré. Ayúdeme a sacar este coche.

Sacó el coupé al empedrado del patio. Abrió la portezuela y empezó un cuidadoso registro. La primera cosa que saltó a su vista fue una mancha grande e irregular en el forro beige de uno de los almohadones. La tocó delicadamente con la punta de los dedos. No era reciente. Aceite o… No era aceite, podía jurarlo; pero el que fuese sangre era una explicación demasiado melodramática.

Dejando al hombre al cuidado del coche, con orden de que nadie se acercase a él, volvió a entrar en el hotel. En dos palabras explicó la situación a la muchacha y telefoneó a la Dirección de Policía. Después volvió al abandonado coupé.

Por lo único que le preocupaba el robo del coche era porque no era suyo. El encargado del garaje llamó al guarda de noche, que francamente reconoció que se había dormido desde la una hasta las cinco y que no había oído nada. Las viejas puertas del patio nunca se cerraban.

La única información de algún valor la proporcionó una criada de la posada que tenía su habitación encima de la arcada y que había pasado la noche en vela. Hacia las tres menos cuarto oyó entrar un coche y poco después salir otro del patio. No le extrañó, porque los automovilistas tenían la costumbre de llegar a Grantham a cualquier hora del día o de la noche. Estaba completamente seguro de que un coche entró antes que el otro saliera.

Tim examinó el coupé. Había muy poco espacio en su interior para llevar grandes paquetes; pero era evidente que algo pesado había sido colocado allí, porque el salpicadero estaba arañado y una ventanilla rota; y el cuero de la capota tenía dos profundas señales, como si la esquina de una caja hubiera estado apoyada contra ella.

De modo que Daney no viajaba de vacío. ¿Trabajarían los dos hombres de acuerdo, y habría otro escondite en Escocia que Daney hubiese recogido al mismo tiempo que su ayudante?

Detrás del asiento encontró una maleta y en ésta hizo un descubrimiento importante: un rollo de municiones cargado y que evidentemente eran de los rifles automáticos. Sin duda, al pasar los efectos del coupé al coche de Tim se olvidaron de esto. En las circunstancias presentes el consejo del chief constable Cowley no dejaba de tener valor.

Cuando terminaba de hacer el registro llegó la Policía; pero no añadieron nada más a la suma de sus descubrimientos. Ningún policía de guardia durante la noche dijo haber visto el coche, aunque era muy posible, pensó Tim, que como no esperaban volver a ver el coche en Grantham, se fijaron muy poco en los «autos» que pasaron antes de amanecer.

¿Por qué se había tomado Daney el trabajo de volver a cambiar de coche? Los mecánicos probaron el coupé, pero no encontraron ninguna avería; el motor funcionaba perfectamente y el depósito de gasolina estaba lleno hasta sus tres cuartas partes.

—Creo que la explicación de esto es sencilla —dijo el inspector—. Sabía que la Policía buscaría este coche y que no se preocuparía de otro cual quiera. Y me imagino que esto explica también su nota. No sabía que estaba usted aquí hasta que abrió la primera jaula… Un niño puede forzar la cerradura con una horquilla… Y se encontró con su coche. Pero ¿cómo averiguó que era suyo? ¿Dejó usted algo en él?

Tim pensó y recordó que había dejado una maleta vacía que tenía marcado su nombre.

—Eso lo explica —dijo el inspector—; aunque no tenía necesidad de molestarse, porque a la entrada del hall del hotel está escrito su nombre… y el número de su habitación.

Fue al hotel para hacer averiguaciones, sin dudar de que sus suposiciones fueran exactas.

—No hay portero durante la noche; el guarda de noche del garaje hace ese trabajo, y ha confesado que estaba dormido. Daney entró seguramente en busca de comida, porque la despensa ha sido robada. Se llevó un par de hogazas, un jamón y algunas botellas de cerveza. Debe de serle difícil encontrar alimentos. Vería su nombre en la pizarra y escribió la carta…, que por cierto, está escrita en papel del hotel. Ha tenido usted suerte de que la dejó en el salón y no le visitó personalmente.

—También él la ha tenido —dijo Tim enseñando los dientes.

Cuando contó la historia completa a la turbada muchacha, le dijo:

—Tendré que alquilar un «auto». Y creo que después de todo esto tendré que comprarme uno.

El alquilarlo no presentó dificultad alguna, aunque el coche que consiguió no era lo suficientemente bueno para llevarlos hasta Londres. Decidió seguir inmediatamente a Stanford: pero de nuevo la marcha de los sucesos se cruzó en su camino y paralizó su viaje.

El coche que había alquilada era un antiguo ejemplar del tipo más ruidoso de una marca americana; pero como marchaba veloz y era cómodo, se resignó con los desagradables ruidos que hacía antes que acabasen de salir de Grantham.

Eran cerca de las nueve de la mañana cuando el coche dominó la cresta de una colina envuelta en jirones de niebla.

¿Dónde estaría Daney? Hizo un cálculo; como le llevaba casi cuatro horas de ventaja, tiempo casi suficiente para llegar, estaría en Londres, si el coche no había fallado y había seguido el camino directo. Una vez en Londres, sería casi imposible seguirle la pista.

Mary Grier se había vuelto a sumir en el silencio de la mañana anterior y apenas hablaba. Iba sentada rígidamente en un rincón del coche meditando en su insoluble problema, mucho más difícil ahora que nunca.

Habían subido la colina y bajaban por el otro lado, cuando Tim vio delante de ellos, en medio del camino, un hombre con los brazos extendidos haciendo señas para que parasen el coche. Sacó del bolsillo una automática y dejó caer la mano que la empuñaba sobre sus rodillas apretadas. Al acortar el coche la marcha, el hombre se acercó y Tim vio entonces que era un pacífico trabajador, y poniéndole el seguro, se guardó el revólver en el bolsillo.

El hombre parecía excitado; su rostro estaba rojo y sus ojos muy abiertos. Dijo algo balbuciendo al chofer, y entonces Tim abrió la portezuela de la limousine y se apeó.

—¿Qué sucede? —preguntó.

—Ha ocurrido un accidente —el hombre señalo hacia adelante; estaba sin aliento de la carrera dada—. Le he visto cuando bajaba Parks Hill en dirección de la cantera. Se me ocurrió mirar hacia allí y vi al camión que debió de estrellarse contra la barrera de madera, rompiéndola… Siempre dije que aquí ocurriría un accidente.

—¿Cuándo sucedió? —preguntó Tim.

El hombre suponía que hacía poco tiempo, porque aún salía humo de los restos destrozados.

¡Un camión! Tim señaló al hombre el asiento al lado del chofer y dio orden de seguir adelante. Bajaron una cuesta y subieron otra, y cuando el hombre indicó, el coche se detuvo. Tim vio una abertura en la valla de madera. Detrás de ella había una suave pendiente que terminaba en otra valla también rota. Tim miró hacia abajo. A cincuenta yardas de profundidad, entre las piedras recubiertas de musgo de la abandonada cantera, estaban los restos del «auto» de Stocker.

Mary le hubiera seguido; pero él le dijo que se volviese al coche. Dando un gran rodeo, descendió un tosco tramo de escaleras labradas en las paredes de la cantera. Sí, era el camión de Stocker, y… en aquel momento Tim lo descubrió. Stocker había sido lanzado fuera de los restos. Estaba lejos de ellos, tirado de espaldas, con los brazos extendidos y en su rostro había una enigmática sonrisa. No era víctima de un accidente de automóvil; había sido herido dos veces por arma de fuego; los disparos, hechos a boca de jarro, le atravesaban la cabeza y debió de morir mucho antes que el coche dejase la carretera y se despeñase hasta estrellarse en el fondo de la cantera.

XI

Todos los bolsillos de sus ropas habían sido vueltos del revés. No había necesidad de hacer un registro: el que le mató lo había hecho, y a conciencia.

Tim volvió a subir hasta donde había dejado el coche y se dirigió al pueblo más próximo para dar cuenta de su hallazgo. El camión estaba casi vacío; se aseguró de ello antes de irse. Ninguna de las cajas que llevaba fue encontrada entre los restos. Tim no se extrañó; le hubiera sorprendido lo contrario.

Cuando llegaron a Peterborough dijo:

Creo que tomar el tren es lo más indicado. Nuestro viaje resulta demasiado excitante, y pasará un tren expreso para Londres dentro de un cuarto de hora.

Mary recibió una fuerte impresión cuando se enteró del asesinato, y durante el resto del viaje permaneció sentada, rígida y helada de terror. Ahora, al hablar por primera vez de ello, preguntó:

—¿Fue muerto de un disparo? ¿Está usted seguro de ello? No… —Dudó.

—No, apuñalado…, no. ¿Por qué piensa usted siempre que es él? —preguntó Tim con suavidad.

Mary se sobresaltó.

—¿Quién?

Los colores del rostro se le iban y venían.

—El hombre que la hirió a usted…, el que mató a Jelf.

De nuevo se puso pálida.

—No… No pensé que fuese él —dijo tartamudeando—. No podía haber sido…; aunque odiaba a Stocker porque le pegó una vez.

De pronto, en un momento, con su manera característica, se repuso de su pánico.

—Estoy un poco nerviosa y medio dormida —dijo—. ¡Creo que la idea de tomar el tren es la mejor que ha tenido usted estos días!

Se habían sentado y el pito del jefe había sonado ya, cuando un hombre pasó a lo largo del andén por delante de la ventanilla de su coche. Tim, que leía muy interesado el periódico de la mañana, acabado de comprar, se dio cuenta, sin embargo, de que el viajero le había mirado fijamente durante un segundo; pero cuando levantó la vista en dirección del extraño, éste había desaparecido.

—¿Quién diablos era, quién?

Mary alzó la vista de su periódico.

—¿Quién diablos era quién?

—El hombre que pasó.

Ella movió la cabeza.

—No he visto a nadie.

—Yo no le vi…, le sentí. Y debo de haberle visto de un modo distraído. Llevaba un abrigo gris a cuadros.

El tren arrancó en ese momento, y Tim se dedicó a su periódico. El hombre del abrigo a cuadros volvió a su pensamiento una o dos veces durante el viaje. Cuando estaba a poca distancia de Londres paseó a lo largo de todo el tren; pero no vio nada que se pareciese a un abrigo a cuadros.

En Londres se presentó una situación bastante delicada. La madre y la hermana de Mary Grier vivían allí, y cuando Tim le hizo su proposición, esperaba que ella la rechazase sin titubear. Pero, con gran sorpresa suya, después de pensarlo un momento, Mary aceptó.

—Si, me quedaré en el Carlton. Creo que podré sufragarlo. No quiero quedarme con mi familia. Mi madre es adorable, lo mismo que Anne, mi hermana, y prefiero estar con ellas mejor que con nadie. Pero con ellas es… —Dudó un momento—. Si alguien quisiera encontrarme, estaría seguro de hallarme allí.

—¿El alguien es…? —preguntó Tim; pero Mary fingió no oír la pregunta.

—El Carlton es tan eminentemente plutocrático que a nadie se le ocurrirá buscarme allí. No será necesario notificar… —Se calló de pronto—. Sí; por supuesto, los abogados del pobre mister Awkwright deben saberlo. Pero yo iré a verlos; he traído todos sus papeles.

La vio instalarse confortablemente en una habitación del mismo piso en que estaba su departamento, y se dirigió a Scotland Yard, donde encontró a Cowley ocupado en un consejo. En cuanto le anunciaron su nombre, Cowley saltó para invitarle a la reunión.

—Precisamente es usted el hombre que deseábamos ver. A propósito: su coche lo han encontrado abandonado tres millas al sur de Newark, sin desperfectos casi, aunque parece que fallan dos cilindros.

—Siempre le ha ocurrido eso —dijo Tim injustamente—. ¿Ha encontrado usted a Daney? Cowley negó volviendo la cabeza. —En estos momentos estamos tratando de arreglar una cita con su mujer; pero resulta un poco difícil, por el hecho de que ella ha empaquetado todos sus trastos, aunque, dicho sea de paso, había alquilado el piso amueblado y ha desaparecido repentinamente esta mañana; lo que quiere decir que tiene una cita con Lew Daney.

Tim volvió al hotel, y en la soledad de su cuarto meditó sobre las posibilidades de la situación. Había intervenido en muchos casos criminales, pero no habían sido crímenes de ciudad. Se encontraba en una nueva atmósfera en un mundo nuevo, y estaba fascinado, no sólo por los problemas y misterios que Clench House presentaba, sino también por otro factor: el del peligro personal, que presentía más bien que reconocía.

Si únicamente hubiera tenido que enfrentarse con Lew Daney en persona, el asunto se hubiera simplificado. Estaba ante un hombre que podía ser el criminal más grande de su tiempo, un organizador de brillantes procedimientos y cruel en la acción. Dispersados por Inglaterra tenía escondites, en los cuales podía refugiarse a la primera señal de peligro, y mistress Daney ya se había unido a él en uno de ellos. Evidentemente, el encontrar a la mujer era el primer paso.

XII

La señora que a sí misma se llamaba mistress Daney tenía tanto derecho a este nombre como a cualquier otro que adoptase. Gill Daney era una señora que había vivido con gran lujo toda la vida. Para Tim Jordán era algo exótico. Nunca se había tropezado con su tipo; pero en su círculo, era aceptado como un producto normal de su ambiente. La conocían a ella y a sus antecedentes; sabían que durante toda su vida había estado coleccionando joyas costosas y que calculaba él valor de los brillantes hasta el céntimo. Podía apreciarlos y tasarlos sin equivocarse. Y en los brillantes había puesto desde muy joven su confianza. Brillantes grandes, fáciles de vender; joyas con un mínimo de montura y un máximo de pedrería. Poseía quizá la colección más valiosa de todas las mujeres de su clase.

Le gustaba Daney; le tenía también un poco de miedo; pero tenía un secreto orgullo de tener sobre él un poder que duraba más que el de otra mujer alguna. Una vez le tuvo miedo y se escapó con pánico ciego, después de una de sus espasmódicas delaciones. Pero él la perdonó y se sintió más segura que nunca.

El no saber de él, ni aun por medio de las columnas de la Prensa (su usual medio de comunicación en estas circunstancias), la alarmó menos que la molestó. La noche de la muerte de Stocker recibió un telegrama. Era muy corto:

Esté en Severn mañana por la tarde. Urgente.

El telegrama no tenía firma; no había necesidad de ello.

Conocía Severn, donde había pasado un mes feliz; allí conoció a mistress Colton, mujer de un ingeniero de la India. Era una deliciosa casita entre Amersham y Beaconsfield, en la parte más bonita de Bucks. Podría haber servido de modelo si los detalles de su construcción se hubieran publicado alguna vez, porque Lew la había proyectado por sí mismo de modo que pudiera vivirse en ella sin servidumbre. Tenía toda clase de aparatos eléctricos y se había gastado una considerable suma de dinero en traer la energía desde la línea principal. No tenía criados; el jardín lo cuidaba, por contrato, un florista de los alrededores, y las únicas visitas que recibían eran las del cartero, que traía las inevitables circulares, y las de los proveedores, que venían en vano en busca de pedidos.

Esta casa guardaba importantes secretos en la caja de acero empotrada en la pared del dormitorio principal; porque Lew tenía una debilidad: era un gran escritor de memorias y soñaba que si llegaba el estallido final y la suerte se le volvía en contra, publicaría una autobiografía que asombraría al mundo y obtendría el derecho a ocupar el puesto más importante en los anales del moderno mundo criminal.

Era la vanidad que formaba parte de la manera de ser de todos los criminales importantes. Sobre su persona guardaba apuntes y notas que podrían serle fatales caso de ser capturado.

La noche que encontró a Harry el Valet, revelándole el secreto de Clench House y de su tesoro, jugando con él como un gato niega con un ratón, haciéndole entrever la tierra de promisión antes que una bala terminase con todas las esperanzas de alcanzar sus delicias, había sido uno de los característicos gestos de este egoísta criminal.

En favor de mistress Daney hay que decir que nunca mostró la menor curiosidad por conocer los asuntos privados de Lew. Se preocupaba únicamente de ellos en cuanto directa o indirectamente la afectaban a ella; su prosperidad, su éxito, la cantidad de remuneración que se derivaba de sus aventuras, todas estas cosas eran importantes, porque representaban dinero y aumento del número de joyas que guardaba en el Banco.

Quería a Lew y algunas veces estaba absurdamente celosa de él. Ésta era la parte humana que había en ella. También comía y bebía. Nunca se molestó en pensar en su porvenir; éste estaba asegurado en la caja fuerte del Banco. La posibilidad de que Lew fuese capturado y encarcelado largo tiempo significaba muy poco. Daría lugar a una escena emocionante; pero tal posibilidad le interesaba solamente en cuanto envolvía su propia seguridad y bienestar.

También tenía sus vanidades. A Tim Jordán le aborrecía. Fue en el tren, no a Amersham ni a Beaconsfield, sino a Watford. Aquí alquiló un «taxi» y se dirigió a la casa. El chofer llevó sus dos maletas hasta la puerta, y ella esperó en el umbral hasta que él se marchó; entonces abrió y entró.

La ventilación de la casa era tan perfecta, que a pesar de haber estado deshabitada durante ocho meses, no tenía olor a humedad y muy poco polvo. En media hora la hacendosa mujer había puesto en orden la casa y encontrado tiempo de visitar el garaje, que corría a todo lo largo de la casa y al que podía entrarse lo mismo por delante que por detrás. El gran Spahz de Lew estaba tan inmaculado como el día que él lo había llevado allí. En la bolsa del coche había dos sobres y en cada uno de ellos un pasaporte extendido a diferentes nombres. Cartas de negocios dirigidas al dueño; todo lo necesario para demostrar la identidad de Lew si llegaba la necesidad de escapar repentinamente.

Cerró con llave por dentro las puertas a prueba de polvo y volvió a la casa a través de una pequeña puerta que comunicaba con la cocina. Creía, aunque no estaba segura de ello, que Lew tenía otras dos casas como ésta. Lew había hablado de ellas casualmente, pero no le dijo su situación, y ella no hizo preguntas, lo que era uno de sus encantos para Lew.

Empleó la tarde en quemar la correspondencia acumulada que estaba en un gran montón, en el pasillo, debajo del buzón de correos. No era una gran lectora, a no ser de cierta clase de periódicos que, como ella decía gráficamente, la enteraban de toda clase de porquerías.

Lew no había dicho a qué hora vendría, y ella no se molestó en disponer nada para él. Se preparó una comida con los innumerables frascos y latas de que estaba llena la despensa subterránea, en la que incluyó pan fresco, que llevaba en la casa por lo menos nueve meses. Limpió la mesa, metió los platos en el fregadero eléctrico y se sentó a hacer su trabajo de tapicería.

Eran las diez cuando oyó detenerse un coche delante de la casa; torció luego despacio y entró por la verja abierta, parándose delante del garaje. Apagó la luz y miró por debajo del borde de la persiana. Se abrió la puerta del garaje y el coche entró. Se dirigió hacia la puerta privada de la cocina a recibir a su marido; pero éste no entró por allí Oyó sus pasos en la entrada, y corriendo por el oscuro pasillo abrió la puerta.

—Entra, querido —dijo.

Y entonces una mano la cogió por el cuello y apagó sus gritos.

—Voy a darle una cosa para que tenga algo que contarle a Jordán —dijo una voz amenazadora; y por primera vez en su vida sintió la mujer miedo a la muerte y se desplomó de pronto en sus brazos.

XIII

Para Tim Jordán fue aquélla una de las noches más aburridas que pasara en Londres. Mary se acostó temprano con dolor de muelas y no tenía ganas de salir del hotel. La había visto muy poco. La muchacha pasó toda la tarde con los abogados de mister Awkwright, y si supo algo acerca del testamento del excéntrico viejo no se lo dijo a Tim.

A la mañana siguiente, muy temprano, el abogado vino de nuevo, y Mary salió con él. Tim leyó cuidadosamente todos los relatos que pudo recoger del asesinato de Stocker; pero ninguna nueva pista había aparecido. Una teoría sostenida por un periódico de Midland llamó su atención.

Es posible que el asesino escondiese el producto del robo antes de abandonar el coche. Parece no existen dudas de que el hombre regresó a Londres por tren».

Tim recordó al hombre del abrigo a cuadros y se preguntó si sus vagas sospechas no estarían justificadas. Nada se sabía de mistress Daney, y las noticias de Scotland Yard eran confusas y desalentadoras.

Volvió a su habitación hacia las once y trató de escribir algunas de las veinte cartas que debía haber contestado. La necesidad era urgente, lo mismo que la oportunidad, porque el correo para África salía al día siguiente. Pero por alguna razón no podía reconcentrar su pensamiento en el trabajo. Tenía la irritante sensación de estar a la parte de fuera en el juego que más le gustaba. Scotland Yard era una institución magnífica. Hubiera sido un gran filósofo si, alejado de Scotland Yard, hubiera admirado sus trabajos sin ser parte en ellos, tan independiente que podría molestarse cuando aparentemente hubieran fracasado. No se daba cuenta de que Scotland Yard es el amo de Londres y el criado de las provincias; que no puede moverse fuera de su zona particular sin ser invitado a hacerlo. No sabía nada de las envidias que existían o más justo sería decir del «espíritu del Cuerpo» de los cuerpos locales, que tenían tal fe en su propio poder para realizar las investigaciones, que el recurrir a Scotland Yard les parecía un gesto innecesario, y no precisamente adulador para ellos.

Vació una caja de fósforos sobre la mesa redonda y los colocó en pequeños y curiosos diagramas que representaban la marcha de los sucesos. Aquí estaban Clench House y el chofer que había muerto tan repentina y estúpidamente. Aquí estaba Stocker, el amable y cortés mayordomo, representante de un ausente propietario. Una figura digna de alabanza; ni aun Tim sospechó que fuese el guardián del botín del robo escondido en la casa, inmune a toda sospecha a causa de su inquilino.

Aquí estaba el misterioso joven de la barba es casa, que andaba a campo traviesa con el cuchillo en la mano dando cuchilladas. Aquí estaba mistress Daney (empleó cuatro fósforos para representar a mistress Daney), una persona increíble, dispuesta a delatar a su marido y llevarle al cadalso por la más absurda de las sospechas. Aquí estaba el viejo mister Awkwright, muerto de algo que podría haber sido un accidente, pero que más probablemente era un asesinato: Colocó tres fósforos haciendo un dibujó como de un cadalso; esto era Daney. Lejos de su contagio, con seis fósforos hizo una estrella… Y sólo había una estrella en el firmamento humano para Tim.

Y mientras él pensaba, ella dormía tranquilamente tres cuartos más allá, en el corredor. Era quizá la más misteriosa de todos; heredera de cien mil libras, si el viejo Awkwright no había cambiado de manera de pensar; una muchacha sin tiempo para amar, sana, práctica y muy humana. Y muy encantadora.

Lew Daney ahora… Alargó el cadalso y añadió un fósforo representando la cuerda; artísticamente arregló la trampa y colocó una figura sobre ella: Lew Daney.

El timbre del teléfono sonó y Tim alargó la mano y alcanzó el aparato. Era la voz de la telefonista.

—Hay una llamada urgente para usted, capitán Jordán. ¿Quiere usted recibirla?

—¡Póngala! —contestó.

Se sintió un ruido, y después:

—¿Jordán? ¿Es usted, capitán Jordán?

—Soy yo. Es mistress Daney, ¿verdad?

—Por Dios, venga en seguida… Una casita llamada «Severn», entre Beaconsfield y Amersham…

Por encima de su voz y dominándola llegaba una serie de golpes a intervalos, el ruido de alguien martillando una puerta. Con sus últimas palabras sintió un estruendo.

—¡Capitán Jordán! —gritaba ella—. ¡Socorro!… Es…

La palabra que trataba de decir se apagó en su garganta. Oyó caer el auricular y el choque de algo contra la pared; después alguien volvió a colocarlo en su sitio: pero hasta que recogieron el auricular siguió oyendo los apagados gritos de la mujer estrangulada.

El chief constable Cowley le había dado el número de su teléfono privado y le llamó a los pocos minutos contándole la historia.

—Oficialmente, nada podemos hacer; pero le mandaré un hombre y un coche de la brigada; después de todo, nos interesa. Daney tanto como cualquier otro y correré el riesgo de una reprensión. No pierda el tiempo; estarán a la puerta del Carlton casi tan pronto como usted.

¿Era «Seven» o «Severn» lo que ella había dicho?… Beaconsfield era el punto más próximo, según descubrió después de hacer un rápido examen en el mapa, dándose cuenta al fin de que estaba perdiendo el tiempo, porque la Policía lo sabría.

Cogió una linterna pequeña, se puso un sombrero viejo y bajó corriendo las escaleras. Como Cowley le había prometido, apenas llegaba a la puerta giratoria del hotel, cuando el coche de la brigada se detuvo. Iba un hombre en el asiento del conductor y otro detrás, que abrió la portezuela para que él entrase, y se le presentó asimismo como el sargento Weeler.

—He situado ese lugar, «Severn». ¿No es así, capitán Jordán?

Encendió la luz, y con extraordinaria destreza desenrolló un mapa.

—Es un mapa oficial y la casa está señalada… Aquí está —indicó un punto—. No he podido averiguar quién es el propietario; no he tenido tiempo de telefonear. Es la clase de sitio que Daney usaría como escondite.

—El chief constable ha hablado con usted, ¿no es cierto?

—Sí; en realidad he estado buscando a mister Daney todo el día. ¿Está usted seguro de que era ella?

—Completamente seguro —dijo Tim con cierto énfasis.

Weeler silbó musicalmente para sí mismo durante un rato.

—Siempre están peleándose, como perro y gato. Una vez casi le cogemos a consecuencia de eso.

De pronto, sin advertencia alguna, añadió:

—¿Conoce usted a un hombre llamado Harry el Valet?

—Le conozco, sí; le conocí en el África del Sur.

Weeler inclinó la cabeza repetidas veces…

—El chief constable me dijo algo de eso, capitán; estamos haciendo una investigación acerca de él.

—¿Qué es lo que ha hecho? —preguntó Tim, pero sin gran interés.

—Nada —fue la extraña respuesta—. Es una indagación de un abogado. Un tío suyo ha muerto en Australia y le ha dejado unas trescientas mil libras. Pero no ha sido visto desde el día en que miss… ¿Cuál es su nombre? La señorita que está con usted en el Carlton, en la habitación novecientos siete. Tim se echó a reír.

—¿Se refiere usted a miss Grier?

—Eso es… El día que estuvo en Londres, él vivía en el mismo hotel que la señorita. Salió aquella noche y no se le ha vuelto a ver desde entonces. Hemos tenido la buena suerte de encontrar a un hombre que trabajó con él en uno o dos fraudes y nos ha proporcionado una lista de sitios donde será más fácil que podamos hallarle; pero hasta ahora no hemos dado con él.

—No es esto muy extraño, ¿verdad? El sargento silbó de nuevo.

—En realidad, lo es. Cuando conocemos a nuestro hombre, le encontramos siempre. Los crímenes que no se descubren son cometidos por gente desconocida. Como regla general, Harry no es muy difícil de encontrar. Dice tener una cantera de ladrillos de oro; su industria principal es la de embaucar a los infelices y timarles; y, hablando en general, la Policía de provincias nos ayuda más en esta clase de crímenes que en ninguna otra; pero desde la noche que salió del hotel de Bloomsbury, donde la señorita estaba alojada, no se le ha vuelto a ver.

Volaban a través de Acton en un espacio de tiempo extraordinariamente corto desde que habían salido del Carlton.

—¿No corre usted peligro —preguntó Tim— yendo solo a prender a este hombre?

—¿A quién, a Daney? No se preocupe; no estará allí. ¿No le dijo usted al jefe por teléfono que la mujer había dicho el lugar de la casa? Él debió de oírlo. Lo único que podemos esperar es que en su prisa haya dejado algo que le delate. Debemos recordar también que todo ello puede no ser más que un engaño. Quizá demos con la casa de cualquiera que nunca haya oído hablar de Daney. La amiga de Lew no es incapaz de meternos en una encerrona; pero, además, no estamos solos —se rió y miró hacia atrás.

Siguiendo su ejemplo, Tim vio un coche a cincuenta yardas del suyo y que marchaba a la misma gran velocidad.

—Van cuatro hombres allí y se sorprenderá usted al saber que van armados, conociendo el pacífico carácter de la Policía inglesa. Hay ciertas cosas relativas a la Policía inglesa que le sorprenderían si usted las conociera —añadió un poco maliciosamente.

Scotland Yard sale siempre en su defensa, anticipándose a las críticas que así, con frecuencia, no llegan a hacerse.

Antes de llegar a Beaconsfield torcieron a la derecha; no cabía duda de que el conductor conocía el país tan bien como Londres. Arriba y abajo de las colinas, volaban a través de pueblecitos dormidos; una vez pasaron por una curiosa y antigua ciudad con su Ayuntamiento construido sobre pilares.

—Amersham —dijo Weeler brevemente.

El chofer gritó algo por encima de su hombro.

—Hemos ido demasiado lejos. Vamos a tomar un atajo a la izquierda.

Pareció que daban una vuelta completa al pueblo y salieron a otro camino largo y pendiente. Diez minutos más tarde, el coche disminuyó la marcha y se detuvo delante de una bonita entrada flanqueada por macizos de boj.

—Hemos llegado —dijo Weeler, saltando fuera—. «Severn».

Se dirigió rápidamente por el camino de grava hasta la puerta principal. La casa estaba a oscuras; el segundo coche había llegado y de él descendían tres o cuatro hombres, que, sin recibir instrucciones, se dirigieron a derecha e izquierda de la casa rodeándola.

—Aquí no hay nadie —dijo Weeler.

Apretó el timbre y le oyó sonar dentro.

—Intentemos por el garaje.

La puerta del garaje estaba cerrada. Alumbró con su lámpara la calzada de grava, pero no vieron huella alguna. Cogiendo una piedra, la arrojó contra la ventana de la que creyó era el dormitorio. Se rompió el cristal con estrépito; pero ninguna voz indignada pidió explicaciones.

Weeler trajo del coche un maletín de cuero y sacando tres piezas de su interior, las atornilló unas con otras.

—Haremos un pequeño escalo. Ésta es una de las cosas que nos hacen ser mal vistos por la gente.

Tim señaló el pórtico.

—Si me ayudan ustedes, creo que podré alcanzar la ventana —dijo—. Puede ser accesible.

Weeler se agachó, ofreciéndole sus rodillas y las manos entrelazadas, y en un momento Tim estuvo en el tejado plano del pórtico, tentando por dentro para soltar el pestillo de la ventana, que estaba entreabierta. Se encontró en un cuarto desnudo y desamueblado. Con la ayuda de su linterna, encontró la llave de la luz y la encendió. Salió al oscuro pasillo; no se sentía ruido alguno en la casa. A su izquierda estaba la puerta del dormitorio principal.

La primera cosa que vio fue un sombrero de mujer tirado en medio de la habitación. Encontró de nuevo el interruptor de la luz e iluminó el cuarto. Aquí había señales de lucha. Las ropas del lecho y el colchón estaban tirados en el suelo. En la chimenea encontró un zapato de mujer con una de las correas rota. Alguien había hecho allí una desesperada resistencia. Después vio el teléfono tirado, y volviéndose hacia la puerta, notó que la cerradura estaba saltada. Fue a este cuarto donde la mujer había escapado y desde donde había pedido socorro, y dentro de este cuarto la había seguido su asaltador.

—Hay mucho de bruto en Daney —dijo Weeler, contemplando el mudo testimonio de la lucha—. Dé vuelta a esa almohada, Johnson. ¿Manchas de sangre?… ¿No? Está bien: haremos un minucioso registro.

Bajó corriendo la estrecha escalera y pasó de habitación en habitación. Tim fue por su parte a registrar la cocina y volvió casi inmediatamente.

—Hay una puerta de hierro que da al garaje —dijo—. La han dejado abierta. Allí hay un coche viejo que parece haber viajado mucho. Sin duda alguna, había otro, pero no está.

Examinaron las cerraduras de las puertas del garaje y las abrieron, pero no hallaron pista alguna. ¿Dónde estaba la mujer? Registraron la casa desde la guardilla hasta el sótano, y después, pacientemente, buscaron por el jardín y el invernadero, pero no encontraron rastro de mistress Daney.

—Stocker podría decirnos algo si estuviera vivo —dijo Tim—; y una de las cosas que podría decirnos sería cuántos escondites como éste tiene Lew Daney preparados para una rápida fuga. ¿Cuántas Clench House habrá en Inglaterra alquiladas por gentes que nada sospechan y que no se dan cuenta de que materialmente viven sobre un volcán?

Weeler bajó la cabeza asintiendo.

—Ésa es también la teoría de Cowley —dijo—. Mister Awkwright por lo que he oído, y perdóneme si es pariente de usted, era un hombre bastante tacaño, y existe la posibilidad de que Daney consiguiera que el viejo le alquilara otra casa a precio ridículamente barato en los alrededores de Londres. ¿Podría usted indicarnos alguien que pudiera conocer los asuntos privados del viejo? ¿Miss Grier, quizá?

Tim recordó que una vez Mary le había dicho que mister Awkwright tenía alquilada una pequeña finca cerca de Londres, a la que, sin embargo, iba muy rara vez. Se lo dijo después, de una cena aburrida, una noche, cuando él intentaba entablar conversación; le preguntó casualmente cómo se las arreglaba mister Awkwright para sostener los criados, y ella contestó que Stocker iba con él algunas veces. Esto sólo podía significar una cosa: que la casa era de Daney. Podía ser «Severn»; pero Mary había hablado del sitio como «un lúgubre lugar», y esta descripción no encajaba.

Recordó que Mary tembló al hablar de la casa de mister Awkwright en Londres, y que cambió rápidamente de conversación.

—Espero que miss Grier pueda decirnos mucho —dijo Tim.

—Llámela por teléfono —indicó Weeler; pero Tim dudó.

—Sería vergonzoso despertarla —contestó, y Weeler se sonrió sombríamente.

—Sería mucho más vergonzoso dejar escapar a Daney. Con toda seguridad, ha tomado el camino directo de su escondite, y me gustaría saber cuál es ese camino, porque, o mucho me equivoco, o encontramos el cuerpo de mister Daney tirado en una de sus cunetas.

Tim llamó a la central; cortó en seco la fría pregunta de por qué había dejado descolgado el auricular y se hizo conectar con el Carlton. Las telefonistas de éste tenían órdenes terminantes de no comunicar ninguna llamada a la muchacha. Ella misma dio las órdenes antes de retirarse a su habitación.

—Siento que tenga usted que despertarla; pero es muy importante —dijo Tim dando su nombre.

Esperó largo rato.

—No contestan del número novecientos siete —dijo la telefonista por fin.

—Llame otra vez —ordenó Tim—. O, mejor, póngame en comunicación con el portero.

El portero dio más informes.

—¿Miss Grier, señor? Salió media hora después que usted se marchó. Un caballero joven y una señora vinieron a buscarla.

—¿Salió? —repitió Tim incrédulamente.

—¿Cómo se llamaban los que fueron a buscarla?

Mister Awkwright —fue la pasmosa respuesta—. Un caballero joven con una barba pequeña.

De la impresión casi dejó caer el auricular de la mano.

—¿Ha dicho si volvería?

—No, señor; no dijo nada. Se llevó una maleta. Se fueron en un Daimler. La señorita parecía que no quería ir; se quedó en la acera durante mucho tiempo hablando. Fue la otra señora la que la convenció.

El rostro de Tim estaba muy pálido. Cuando se volvió hacia el detective y le repitió la conversación, Weeler le escuchó en silencio, y después dijo:

—Creo que debemos estar los dos en Londres, capitán Jordán.

Tim volvió al Carlton con el corazón encogido. El portero no pudo hacer otra cosa sino repetir lo que ya le había dicho. Tim subió a la habitación de la muchacha y echó una rápida ojeada a su alrededor. Indudablemente la muchacha había estado acostada, porque las ropas del lecho estaban desordenadas. Se había vestido de prisa, y, más aún, había hecho la maleta mucho más de prisa todavía. Cuando llegó a su habitación encontró aligo que le sirvió de consuelo. Metida por debajo de la puerta había una carta. La letra era de Mary, y decía:

Tengo que irme. Espero volver dentro de unos días; pero si vuelvo, quiero que se olvide usted de que nos hemos conocido. La dirección de mi madre es: 7, Selwyn Avenue, en North Circular Road. Se lo digo porque sé que será usted bueno con ellas si alguna vez le necesitan.

Estaba firmada: «Mary», y debajo: «Le quiero muchísimo».

Leyó la carta repetidas veces, sin percatarse de su objeto. Llamaron a la puerta, y Weeler entró.

—Me prometió usted un trago —dijo.

Era un hombre de cara fresca, demasiado joven para su categoría, y del tipo del detective que lleva consigo los rastros de una educación escolar.

—¿Es una carta de miss Grier?

A pesar de la posdata, Tim se la entregó, y Weeler la leyó atusándose su bigotillo.

—Creo que es hora de que tomemos alguna resolución enérgica.

XIV

Durante toda la noche la brigada móvil anduvo de garaje en garaje buscando el Daimler gris. Era un registro que, como Weeler había dicho, no estaba completamente exento de peligro; Tim Jordán no conocía nada, en realidad, acerca de la muchacha o de sus amistades particulares. No había crimen ni pecado alguno en que los amigos de Mary fuesen a verla por la noche y le rogasen que aceptase su hospitalidad con preferencia a un hotel, tanto más cuanto que estaba en la dudosa situación de ser huésped de un hombre joven al que conocía hacía muy poco tiempo.

El registro, sin embargo, prosiguió sin éxito alguno. Al principio, Weeler pensó que sería un coche alquilado; pero el color del mismo le previno en contra de ello. Era mucho más pequeño que los que generalmente se alquilan, y esto precisamente lo debía de hacer mucho más fácil de descubrir, porque un Daimler, con su radiador característico, puede ser reconocido aun por los profanos.

Tim estaba satisfecho; también estaba un poco maravillado por la energía de la Policía en un caso que ellos mismos admitían no consideraban de importancia. Weeler se explicó:

—A estas horas todos los garajes de Londres saben que buscamos un Daimler gris…, y eso es lo que estamos haciendo. Pero al mismo tiempo revisamos todos los coches que pudieran ser de Daney. Es casi imposible creer que, dados los sucesos, él sea tan loco que tenga confianza en un garaje. Pero en nuestro oficio ocurren cosas raras, y es precisamente lo improbable lo que ocurre siempre.

Tim había dado una exacta descripción del pálido joven de la barba y de su compañera, de facciones duras. No tenía cargo alguno en contra de aquel hombre, a no ser que estuviese dispuesto a hacer arduas declaraciones referentes al ataque cometido contra él cerca de Clench House y aun en este caso, la ley necesitaba cierta confirmación que él no podía ofrecer.

—Probablemente, el portero del hotel se había equivocado. El joven se presentó como amigo de mister Awkwright, o bien de algún modo emplearía el nombre de Awkwright para persuadir a la muchacha a que bajase. Cuando pensó sobre esto tuvo que confesarse que debía de haber tenido una razón mucho más poderosa para inducir a la muchacha a que dejase el hotel aquella noche y le escribiese una carta como la que le había escrito. A la mañana siguiente, temprano, fue a ver a la madre de Mary Grier. Vivía en una pequeña casa cerca de North Circular Road. Era una mujer agradable, que a las claras se veía tenía una gran confianza en su hija.

—Mary me cuenta poco de sus asuntos —le dijo—; pero es tan habilidosa, que nunca me preocupo de ella; ha sido muy buena con nosotras. En realidad, capitán Jordán, si no hubiera sido por ella, no sé qué hubiera sido de nosotras. Desde que tuvo dieciséis años nos sostiene a mí y a su hermana.

La casa estaba sencilla, pero agradablemente amueblada. En la sala descubrió un retrato de la muchacha, el primero que veía, y al contemplarlo, sintió una pequeña emoción.

Mientras se dirigía de vuelta al hotel, desdobló el periódico que había llevado con él y que no había hojeado aún. En medio de la primera página encontró un interesante epígrafe en grandes titulares:


¿CONOCE USTED A HARRY EL VALET?
UN EX LADRÓN HEREDA UNA FORTUNA CUANTIOSA.
PERO NO ES HALLADO.
LA POLICÍA BUSCA AL HEREDERO
 


Harry Stone, alias el Valet, es muy conocido de la Policía colonial, continental e inglesa. Esto es una cosa peligrosa para dicha, porque Harry el Valet ha heredado una gran fortuna de un tío…, uno de esos oportunos tíos que van a Australia y amasan una fortuna para dejarla luego a inesperados herederos.
Pero la verdad acerca de Harry el Valet y sus deplorables antecedentes debe ser dicha, pues es el único medio por el que puede ser hallado. Porque Harry el Valet, debido a su propia profesión, es a la vez cauteloso y retraído.
Nuestro corresponsal en Glasgow dice que es muy conocido en la ciudad, donde trató de vender una mina de oro a un simple, pero desconfiado es escocés, y como consecuencia de ello, fue hecha una denuncia en contra suya y dada una orden de detención, que aún no ha sido cumplida. Estuvo en Londres hace pocas semanas, y el nombre del hotel en que vivió es conocido por la Policía. Pero de repente, como por magia, desapareció de la faz de la tierra.
Anoche, a última hora, la Policía recogió una maleta que dejó en la consigna de la estación la noche de su desaparición. No ha sido reclamada desde entonces, y contiene los efectos que un viajero suele necesitar, lo que hace suponer que no ha salido de Inglaterra.
Harry, hago el favor de ponerse en relación ya sea con la Policía (la que, a pesar de que no está dispuesta a perdonarle sus delitos, le ayudará, sin embargo, a conseguir una cuantiosa fortuna), o con los señores Dothing, Dothing & Cleep, en Austin Friars 111.
 

Tim sonrió al leer esto, aunque no estaba de humor para ello. Había visto a Harry una vez y conocía su fama. No tardaría mucho en aparecer y arriesgar el tiempo de prisión que le correspondiese por sus conocidos y desconocidos crímenes; y luego Tim se imaginaba haría una vida desenfrenada, disipando su patrimonio en unos cuantos años.

Hacía pocos minutos que estaba de vuelta en el hotel, cuando el botones llamó a su puerta.

—Una señora y un caballero desean verle, capitán Jordán —dijo.

—¿Le han dicho cómo se llaman? ¿Le dieron su tarjeta?

—No, señor; dijeron que deseaban verle particularmente para un asunto que es de gran importancia.

Tim pensó durante un momento.

—Hágalos subir —dijo—. Puede usted decirles antes que suban que si tienen algo para vender no estoy en el mercado.

Tenía muchas visitas de hombres y mujeres también, que deseaban interesarle en miles de proyectos; ese pequeño mundo intermedio entre el honrado y el criminal que se manifiesta con absurdos e imposibles proyectos, le había enviado numerosos representantes desde su llegada. Le interesaban y aumentaban la suma de sus conocimientos. Empezaba a comprender lo poco que sabía acerca de los hombres y especialmente de aquéllos cuya ocupación era aligerar a la Humanidad de su riqueza superflua.

Escribía unas notas en su diario, cuando se abrió la puerta y entraron.

—Siéntense, hagan el favor.

Oyó cerrarse la puerta, y entonces alzó la vista, e instantáneamente se puso en pie. Conoció en seguida al hombre joven, de barba, que permanecía en pie al otro lado de la mesa, y con la misma facilidad, reconoció a la mujer, que había visto una vez con los brazos en jarras en pie en el umbral de la puerta del comedor de Clench House, borracha y desafiadora.

—Buenos días, capitán Jordán —la voz del joven era suave y sedosa: la voz de un hombre de refinamiento y cultura—. Nos encontramos de nuevo y en circunstancias mucho más agradables que en la última ocasión.

Tim recobró el dominio de sí mismo y contempló al joven fijamente.

—¿La última ocasión fue en…?

—En el camino de Clench House; me temo que estaba un poco nervioso. En realidad, reconozco que estaba un poco perturbado.

—¿Estaba usted también así cuando se encontró con Jelf, el chofer?

El joven miró rápidamente a la mujer, sin dejar de sonreír.

—Jelf, el chofer; Martha, ¿quién es?

—Nunca ha visto a Jelf —contestó la mujer con sequedad—. Tenga cuidado con lo que dice, señor.

El joven de la barba bajó la cabeza, asintiendo.

—Estoy en todo de acuerdo con la querida Martha —dijo—. Tenga cuidado con lo que dice, señor —se rió suavemente—. ¿Puedo sentarme? Muchas gracias.

Arrastró una silla y se sentó; la mujer permaneció en pie y él le indicó que cogiese una silla.

—Usted me conoce, ¿no es cierto?

—De vista, sí; pero no tengo la menor idea de quién es usted —contestó Tim.

—Mi nombre es Awkwright… Willie Awkwright. Usted conoció a mi padre.

Tim no pudo hacer otra cosa que mirarle con asombro.

—¡Awkwright! No sabía que mister Awkwright tuviese un hijo.

Sonriéndose siempre, Willie se volvió hacia la mujer.

—Digo bien, ¿verdad, Martha? El difunto mister Benjamín Awkwright, ¿no era mi padre?

Ella asintió y él se dirigió de nuevo a Tim.

—Temo ser el último de esa antigua rama; llevo la sangre de los Brodies, de los Awkwright y otras nobles e históricas familias.

De nuevo se volvió para obtener su aprobación.

—Estoy en lo cierto, ¿verdad, Martha?

—¡Por supuesto! ¡Tienes razón, Willie! —contestó otra vez con voz tonante—. Tengo la partida de nacimiento y todo lo necesario para probarlo.

Hoy, por la mañana, iremos a ver a los abogados para todo lo referente a la herencia del viejo. No quería que Willie viniese a verle; pero me dice que tiene usted algún dinero invertido en los negocios de mister Awkwright.

—No —contestó Tim—; no tengo dinero invertido en los negocios de mister Awkwright, cualesquiera que éstos sean. Pero usted me asombra. ¿Por qué no he sabido nunca nada de usted?

Willie Awkwright miró a la mujer como interrogando.

—¿Por qué no ha sabido nunca de mí, Martha?

—Porque el diablo del viejo odiaba a su hijo… Ésta es la razón. De su misma sangre…

—Usted vino anoche —dijo Tim— e indujo a miss Grier a que se fuera con usted. ¿Sabe usted que la Policía le busca?

—¡Déjelos que busquen! —dijo la mujer, alborotando—. Sí, vinimos, y ella se fue; y más aún: no volverá. Era una bonita situación: una mujer casada viviendo en un hotel con un caballero joven.

—¿Una mujer casada? —preguntó Tim con gran asombro.

Willie Awkwright sonrió.

—Mary Grier es mi mujer… ¿No lo sabía usted? —preguntó.

XV

Tim se sentó de golpe. Sus pensamientos se confundían. Sobre la indignación, la duda y el desencanto sobresalía la horrible certeza de que Awkwright decía la verdad.

—Sí, estamos casados —dijo Awkwright, y de nuevo sonrió misteriosamente.

—Mary no es lo que se llama una buena esposa; en realidad, capitán Jordán, es muy mala esposa. No me respeta; me odia —y una vez se detuvo y miró a la mujer—. ¿Debo decírselo, Martina?

—Creo que es mejor decírselo —su voz era muy dulce—. Una vez trató de envenenarme. ¿Es un descubrimiento para usted, capitán Jordán?

Tim entornó sus ojos.

Su voz denotaba simpatía, y la mujer le miró con repentina sospecha.

—¿Alguna vez amaestró perros para que le siguiesen?

El joven la miró sorprendido.

—Sí. ¿Cómo sabía usted eso? —preguntó con avidez—. Dos perros negros…

—¡Willie! —La voz de la mujer era dura y amenazadora—. No le cuente nada más. Ha sido usted un loco en venir aquí.

Pero él no la oía.

—Dos perros negros…, horribles, que se escondían detrás de los árboles, y cuando se iba por ellos, desaparecían. Ella los domesticaba. Siempre dije que era ella. Me alegro de encontrar a alguien que lo ha comprendido.

—¿Y la telegrafía sin hilos? —preguntó Tim con dulzura.

—Sí, sí; Mary usaba eso —su voz temblaba; los ojos ya no sonreían.

—¡Por la noche, cuando no lo esperaba…, enviaba los rayos a través de uno! ¿No es maravilloso, Martha? Él lo sabe.

La mujer se colocó a su lado, sobresaliendo por encima de él; sus ojos, azul pálido, miraban tristemente a Tim.

—¿Para qué lo excita? —le preguntó—. Es muy delicado; debía usted saberlo. Vivió en la Argentina durante años.

Una luz iluminó a Tim.

—¡La Argentina! Seguramente allí fue donde aprendió el manejo del cuchillo…

—¡Cállese!, ¿quiere? —rugió la mujer—. ¿No ve que le está haciendo hablar?

—Y voy a hacerle hablar a usted un poco más —dijo Tim—. ¿Dónde está miss Grier?

Mistress Awkwright —dijo la mujer.

—¡No me importa que la llame miss o mistress Awkwright…! ¿Dónde está? Iré con usted a traerla.

—¡Oh! ¿De verdad? —La mandíbula de la mujer indicaba firmeza—. ¿Qué derecho tiene usted a inmiscuirse entre marido y mujer?

—Tengo perfecto derecho a interponerme entre una muchacha y un maniático —contestó Tim.

Se arrepintió de la dureza, porque el rostro del joven se arrugó con una mueca de dolor.

—Lo siento; pero haré lo que he dicho. Este muchacho padece manía persecutoria. Está tan loco como una cabra.

—¡Está tan cuerdo como yo! —gritó la mujer.

Absolutamente tan cuerdo como yo y como usted…

—¡Mucho más cuerdo que usted!

Tim bajó la cabeza despacio repetidas veces.

—Comprendo. Por supuesto, será difícil que pueda heredar la fortuna de su padre, ¿no es así? Tienen ustedes poca suerte: usted y Harry el Valet. Le diré lo que puedo hacer, mistress

—No se preocupe de mi nombre —dijo la mujer.

—La llamaré mistress Marina. Ése es uno de sus nombres. Haremos un arreglo. Déjeme ir con usted y traer a miss Grier, y no me haré odioso cuando se discuta la cuestión de la locura de este muchacho. Deduzco que usted quiere su parte de botín, y aunque es criminal, por mi parte no pondré obstáculos en su camino.

—Trata de quitarme mi mujer, Martha. Willie Awkwright de repente se había puesto muy agitado.

—No le permitirá hacerlo, ¿verdad? Después de todo, me casé legalmente con ella y me ha prometido quedarse en casa. Si no lo hace…

—¿Quiere usted callarse?

La ferocidad de su tono hizo callar al joven.

—¿Tiene usted otra habitación?

Tim se dirigió a su cuarto y lo abrió. Ella entró, cerró la puerta exterior, se guardó la llave en el bolsillo, examinó las ventanas y volviendo, hizo señas a Willie para que entrase.

—Quédate aquí, Willie, mientras yo hablo con mister Jordán —dijo.

Willie entró obediente y ella cerró la puerta detrás de él.

—Ahora, señor, hablaré con usted claramente. El viejo obligó a Mary Grier a casarse con Willie. Creyó que así recobraría la razón. Está así desde que era niño, y yo le he cuidado. Ella nunca hubiera aceptado, pero hizo una tontería…

—Robó setenta libras —dijo Tim con calma.

Martha abrió sus ojos desmesuradamente al oírle.

—¿Se lo ha dicho ella?

—No…, siga.

—Los casó un cura escocés; pero al volver de la iglesia, él se enfureció y mister Awkwright y yo pasamos un gran trabajo para salvar a la muchacha de la muerte. Nunca ha vivido con él desde entonces; pero le ha visto alguna vez que otra. La presencia de ella le calma; en realidad, a él le gusta mucho. Ahora hay una fuerte cantidad que deja el viejo —prosiguió con brutal franqueza—, y cuando usted dijo que yo quería mi parte tenía usted razón. He vivido en un infierno durante los últimos ocho años, con este hombre, y tengo derecho a algo más que lo que gano.

—¿Dónde está miss Grier? —preguntó Tim.

Mistress Awkwright —corrigió la otra—. No puede usted cambiar eso mientras no se divorcien, y permítame decirle, joven, que si encierran a este muchacho en un asilo nunca podrá divorciarse. Usted conoce las leyes, y si tiene idea de casarse con ella, mejor será que se le quite de la cabeza. He cuidado locos durante toda mi vida, y él seguramente vivirá hasta los ochenta años. Sólo hay una esperanza para usted; éste ha sido el motivo por el que pensé que era una buena idea venir a verle, aunque al principio me oponía. Dele al muchacho oportunidad de coger su dinero y yo arreglaré el divorcio. Acaba usted de decir que lo haría si dejaba volver a la muchacha… ¿Lo hará usted?

Tim negó con la cabeza.

—Parecía fácil entonces. Lo que me pide usted es conspirar para violar la ley.

Paseó nerviosamente por el cuarto, con las manos metidas en los bolsillos y la barbilla hundida en el pecho. Era una tentación terrible. O violaba la ley o no podía salvar a Mary Grier de este horror que pesaba sobre ella.

De pronto, hizo una pregunta a la mujer, que negó sacudiendo la cabeza.

—Nunca han estado solos. No me he atrevido a correr ese riesgo.

—¿Dónde vive usted?

Martha enseñó los dientes al sonreírse.

—No sea gracioso.

—Pero lo sabré antes que el testamento se abra.

—Muchas cosas pueden suceder antes que el testamento se abra —dijo ella significativamente, y él comprendió la amenaza; le miraba con aire pensativo—. Le diré una cosa, capitán Jordán —continuó despacio—: el divorcio no tendrá dificultades. Estaba casado, antes de casarse con miss Grier…, con una muchacha mestiza de Buenos Aires. Casados por un cura. Puedo probarlo; pero recorrerá usted toda la Argentina y no encontrará pruebas sin mi ayuda.

—¿Qué le ha sucedido a la muchacha?

La mujer sonrió enigmáticamente.

—Vive —contestó—; al menos, vivía cuando Willie se casó con miss Grier. Precisamente en ese momento vivía.

Mientras él continuó en sus nerviosos paseos, vio a la mujer echar una ansiosa ojeada a la puerta detrás de la cual estaba el joven, e inclinó la cabeza en actitud de escuchar.

—¿Fue él el que la hirió?

La mujer asintió.

—Al viejo nunca le gustó que el muchacho estuviese alejado de él. Después que volvió de la Argentina, su padre se las compuso para conseguir una casita cerca de donde él vivía… Teníamos una en el bosque, cerca de Clench House.

—Y ¿dónde están ustedes ahora? —preguntó Tim de nuevo.

Ella movió la cabeza.

—No se moleste intentando hacerme hablar, capitán Jordán. Le repito que estoy harta de este trabajo. Me pone los nervios de punta; en dos ocasiones ha intentado matarme, y eso no tiene ninguna gracia.

—¿Cuál es su proyecto? —preguntó Tim.

—Legalizar el testamento, ésta es la palabra, ¿verdad? Y tan pronto como esto esté arreglado y me entregue lo que debe darme y a miss Grier la parte a que tiene derecho, meterle en un asilo.

—Eso es bastante inhumano —dijo Tim—. Y ¿a qué tiene derecho miss Grier?

—A la cuarta parte de la herencia. El viejo se lo prometió después del ataque de Willie. La hubiera matado a no ser por un hombre llamado Daney y otro que estaba en los alrededores. No sé lo que estaban haciendo en el bosque merodeando a aquellas horas de la noche. Fue una suerte para Mary el que se encontrasen allí, porque si no la hubiese matado.

—Deme veinticuatro horas para pensarlo —dijo Tim—, y prométame que entre tanto…

—Puede usted confiar en mí y decirle a sus amigos de la Policía que no tienen necesidad de vigilarme ni de hacer averiguaciones acerca del Daimler. Pertenece a Willie y no necesitan seguirme hasta casa, porque el sitio adonde iré cuando salga de ver a los abogados no es donde vivo.

—¿Puede usted llevar un mensaje a miss Grier?

Ella dudó.

—Sí, si usted no le dice nada de lo que yo le he contado acerca de la primera mujer.

Escribió rápidamente una nota a la muchacha, la metió en un sobre y se la entregó a la mujer. Ésta fue a la puerta y llamó a Willie, que salió con la misma alegre sonrisa.

—¿Ha estado usted en África, capitán Jordán? Bonito país África…

—Dígale adiós al capitán Jordán.

La mujer fue a la puerta y la abrió.

—¿Le enseñaron algo como esto en África?

Tim vio alzarse su mano con la rapidez del rayo; algo pasó silbando al lado de su cabeza; oyó un golpe detrás de él, y volviéndose vio un cuchillo que temblequeaba clavado en la pared. El joven, en la puerta, estaba convulso de risa.

—No se asuste. Si hubiera querido matarle, no hubiera fallado.

Atravesó la habitación, arrancó el cuchillo de la pared y se lo guardó en alguna vaina escondida. En un momento desapareció la extraordinaria pareja. Tim se quedó en pie contemplando el agujero de la pared y preguntándose si mister Willie Awkwright en realidad no intentó herirle.

XVI

Tim tenía un problema que no ofrecía fácil solución. Su educación y carácter hacían imposible que aceptara la proposición de la mujer. Pero ésta era la realidad escueta; Mary Grier estaba casada con un bígamo que era, sin duda alguna, un asesino y sin duda alguna también, un peligroso maniático. Había visto el aspecto de sus ojos e instantáneamente le diagnosticó como un perturbado mental.

De modo que éste era el secreto de mister Awkwright, la explicación de aquellos misteriosos viajes a medianoche que siguieron a la llegada de la borracha Martha a Clench House.

Mary, desesperada, en una ocasión robó setenta libras, un acto de locura que había pagado de una manera bien triste. Éste era el precio que el tacaño viejo había exigido de su obediencia. Deliberadamente la sacrificó a sangre fría y se la entregó a su desequilibrado hijo, dándose cuenta exacta de las consecuencias que esto podría acarrearle.

A Tim se le encogió el corazón. Odiaba al viejo a pesar de estar muerto. Su deber estaba claro: era notificar a las autoridades que el heredero de mister Awkwright no estaba en condiciones de administrar la herencia. Pero hacer esto mientras Mary siguiera bajo el poder de ese hombre y su guardiana era exponerla a un peligro en el que no quería pensar.

De una cosa estaba seguro: el «auto» gris estaría vigilado, y en esto estribaba la única posibilidad de encontrar a la muchacha. Llamó a Cowley y le refirió la parte de conversación que le pareció conveniente.

—Sé que han estado a verle —dijo Cowley, que no mostraba sorpresa—; uno de mis hombres sigue al coche, y ahora mismo acaba de telefonearme que están en Lincoln Inn. Están viendo a un abogado.

—Yo, particularmente, deseo saber dónde viven —dijo Tim.

—Usted, particularmente, desea saber dónde está Mary Grier —contestó Cowley con frialdad—, y no será difícil averiguarlo.

Pero era demasiado optimista. A las cuatro de aquella tarde el «auto» gris fue recogido por un chofer y conducido a un garaje del West End… Willie Awkwright y la mujer salieron del edificio por otra puerta y se marcharon en un «taxi».

XVII

En todas las provincias, en casi todas las ciudades le enseñan al visitante algún edificio, terminado o no, que es conocido en la localidad como la locura de alguien. La locura de mister Jennings, que está perpetuada en los alrededores de New Barnet, era debida a un arquitecto que amasó una fortuna edificando pequeñas e incómodas casas.

Se le ocurrió una alegre mañana a mister Jennings que el tipo de edificio que más se necesitaba era el de una casa de campo de pisos. Decía que los habitantes de las casas de pisos son una, raza aparte, y se sienten desgraciados y solitarios si se los mete en una casa aislada. Había concebido la idea de edificar en el corazón de la parte más solitaria de New Barnet, en un punto casi inaccesible, sus casas de campo de pisos.

No se diferenciaban de ninguna otra clase de casas de pisos, sino en su situación. Al principio existía un restaurante y el propietario de la casa proveía el servicio. Pero, desgraciadamente, nadie quería vivir en ellos. Los alquileres eran demasiado elevados. Su situación no era muy buena, y cuando a la muerte del excéntrico mister Jennings se pusieron en venta, las compró por una bicoca un caballero, que amuebló el piso bajo, convirtió uno de los departamentos en garaje y construyó dos calzadas de modo que fuera posible acercarse al edificio en dos direcciones.

Gastó casi tanto dinero en las mejoras como en la compra del edificio; pero era un hombre que miraba más allá. Era necesario que alguno de los cuatro departamentos que quedaban se alquilase.

Stocker dijo una vez casualmente a mister Awkwright que «había una verdadera ganga entre los pisos amueblados que se ofrecían en Londres», y mister Awkwright mordió el anzuelo, porque necesitaba un sitio, no para él, sino un retiro aislado para su hijo, de cuyo recuerdo trataba siempre de librarse.

Nunca hubo otros inquilinos; el resto de los pisos se cerró y nunca se volvieron a abrir. Si alguien deseaba ver uno, se encontraba con un pequeño cartel que decía se dirigiesen a un agente de la localidad, que automáticamente contestaba que los pisos estaban alquilados. Para Lew Daney este sitio siempre había sido El Nueve. Era uno en la cadena de escondites que había establecido antes de empezar sus trabajos de Mersey.

El piso que el viejo Awkwright había alquilado (y que sólo una vez había visto) era, en realidad, dos departamentos convertidos en uno. Mary ocupaba la habitación mayor del combinado piso desde su llegada. Realmente era suya toda esta sección, porque Martha y el joven vivían en el otro cuerpo de la casa.

Había pasado un día espantoso tratando de olvidar agradables y desagradables recuerdos que aparecían y reaparecían en su imaginación, sin poder borrarlos por completo, porque se mezclaban con sus pensamientos, por vulgares que éstos fuesen.

Ya era hora avanzada de la tarde cuando Martha llamó a la puerta. Mary descorrió el cerrojo y le hizo entrar.

—Está durmiendo —dijo la mujer—. ¡Gracias a Dios que no necesita hacer mucho para cansarse! Tengo una carta para usted.

La sacó de su bolso y Mary la contempló intrigada.

—¿De quién es? —preguntó.

—Del hombre del Carlton.

—¿El capitán Jordán?

Martha afirmó con la cabeza.

—¿Le ha visto usted?

—Sí, le he visto.

—¿Le vio Willie también? No debía usted haber hecho eso. Sabe todo lo referente a…

—Ahora sabe mucho más —dijo Martha sombríamente—. Tuve que decirle algunas cosas.

La muchacha se puso pálida.

—Que yo estaba… ¿Que estaba casada con él?

Martha encogió sus anchos hombros.

—¿Por qué no? —preguntó fríamente—. No hay nada terrible en estar casada; ¿hay algo? Tenía que hacer callar a ese entrometido. Ha hecho circular la descripción del Daimler y me han detenido tres veces cuando iba a la ciudad. Gracias a Dios que está inscrito en el garaje, y no con esta dirección. Está enamorado de usted… Supongo que usted lo sabe, ¿no?

Los colores volvieron al rostro de la muchacha.

—Sí, creo que lo está —dijo Mary y Martha hizo una mueca de burla.

—¡Bonita cosa para dicha por una señora casada! No deje que él lo sepa —y con un violento movimiento de cabeza señaló la puerta.

—¿Estuvo él… tranquilo? —preguntó Mary.

—Sí, estuvo bastante tranquilo en el despacho de los abogados. Temí no ocurriese así. Pero con Jordan hizo su juego con el cuchillo…, y eso que le había registrado cuidadosamente antes de salir. Es tan mañoso como un mono.

—¿Hirió al capitán Jordán? —preguntó asustada.

—¡No sea tonta! He visto el testamento; el viejo no le ha dejado nada.

—¿De veras? —Mary Grier se quedó indiferente.

—El testamento dice simplemente que su hijo deposite a nombre de su mujer la cantidad de cien mil libras tan pronto como se liquide la herencia. Es curioso que el viejo nunca quisiera admitir que Willie era incapaz de atender sus asuntos particulares.

Mary Grier se dirigió a la ventana y contempló el triste paisaje y después el pequeño patio enlosado de la parte de atrás del edificio. Llovía. Vio a un hombre con un impermeable cruzar el patio y desaparecer dentro de una pequeña chabola, volviendo luego con un cubo de carbón. Le vio sólo durante un segundo antes que desapareciese de su vista.

—¿Quién vive abajo? —preguntó.

Martha alzó las celas.

—¿Hay alguien viviendo abajo? Siempre ha habido un piso amueblado, pero nunca he visto a nadie viviendo en él. ¿Quién era?

Fue a la ventana, y levantándola, se inclinó hacia afuera.

—Ya le dije que había oído entrar un «auto» anoche —dijo Mary.

—Quizá sea su amigo Daney. —Martha la miraba con malicioso interés.

—Parece usted atraerlos, querida… ¡Locos y ladrones! Su mujer publica a todos los vientos que él está enamorado de usted. Bajaré y lo averiguaré si usted quiere. Conozco al hombre.

—¿Cómo sabe usted que su mujer contaba esa historia tan estúpida? —preguntó entonces la muchacha.

—Stocker me lo dijo. ¿Le ha visto usted últimamente?

—Ha muerto —contestó Mary.

La mujer abrió la boca, asombrada.

—¿Muerto? —dijo incrédulamente; y en cuatro palabras Mary le refirió lo que había sucedido en el Great North Road.

Aquella mujer de facciones rudas recibió una sacudida. Era fácil adivinar lo que pensaba cuando exclamó:

—El no tiene nada que ver en eso. Estuvo conmigo constantemente y nunca usó armas de fuego Sabía que Stocker era un sinvergüenza, pero no sabía de qué calaña. ¡De modo que aquello era… el cuartel general de Daney! Eso explica muchas cosas. Siempre sospeché que allí sucedía algo extraño. Willie se escapó de casa la noche que robaron el Lower Clyde Bank; estuve buscándole en el bosque hasta el amanecer y vi llegar por el camino de Glasgow el coche grande y entrar en Clench House; me extrañó y me quedé pensando qué ocurriría.

Volvió a mirar por la ventana.

—Quizá sea él —dijo—. Ojalá no le vea Willie. Daney le golpeó el día que le atacó a usted, y Willie nunca olvida esas cosas. Hablaba de él el otro día.

—¿Acerca de quién hablaba el otro día?

Willie Awkwright apareció en el umbral de la puerta.

—La he oído, Martha. Willie nunca olvida… Ese hombre me dio un golpe en la boca, ¡bruto! ¿Está aquí?

Su instinto animal suplía su falta de razón. Rápidamente se dirigió a la ventana y miro hacia afuera.

—Abajo vive un hombre. ¿Es Daney? —Sus ojos brillaban—. ¡Daney!… un hombre terrible… He leído lo que dicen de él los periódicos. Ha matado a otros… Usa armas de fuego. ¿Se acuerda, Martha? ¡Aquí! —Se palpó delicadamente la mandíbula, como si aún sintiese los efectos del golpe.

—Vuélvase a su habitación, Willie. Creí que estaba durmiendo.

—No puedo dormir. Hay una mujer gritando en alguna parte de la casa y me he asustado.

Martha le miró con viveza. Como en muchos idiotas, sus sentidos estaban enormemente agudizados. Su oído era casi microfónico; su vista tan aguda, que podía distinguir objetos que estaban fuera del alcance de cualquier persona de vista normal.

—¿Una mujer gritando? No sea tonto. No hay ninguna mujer en la casa, a no ser Mary y yo.

Willie miró a hurtadillas a la muchacha.

—¿Has gritado tú, querida?

Alargó la mano para coger las de ella, pero Mary las retiró.

—No hay mujer menos cariñosa que tú —le dijo con amable reproche—. Y ¡me gustas tanto…!

Su mano se posó sobre su brazo, y Mary se sonrió y apresuradamente le echó hacia atrás. Entonces, de pronto, Willie empezó a hablar en español, que era una de sus costumbres, y la mujer le respondió a tropezones en el mismo idioma. Fuese lo que fuese lo que dijo, le persuadió para que se volviera a acostar.

Martha se ausentó durante un cuarto de hora, y cuando volvió preguntó a Mary:

—¿Ha oído usted algún grito?

Mary movió la cabeza.

—Ninguno —contestó—. Creo que es pura imaginación.

—Tiene un oído maravilloso —insistió Marina—. Cada vez que Big Ben toca, lo oye él.

No se quedó satisfecha, y aquella noche descendió al piso bajo y llamó a la puerta del piso ocupado. No contestaron. Apretó el timbre; debía de estar desconectado, porque no le sintió sonar. Sin convencerse aún, salió y dio la vuelta a la manzana. No vio; sin embargo, ninguna señal de luz, y volvió al lado de Mary a contarle el resultado negativo de sus investigaciones. Mientras hablaba oyó el ruido de una puerta al cerrarse.

—Eso ha sido alguien que salía del piso de abajo —dijo, y corriendo al cuarto de enfrente miró hacia el patio.

Un coche estaba parado enfrente de la carcomida barandilla. Vio la figura de un hombre, que entró rápidamente en él. Se marchó despacio, y pronto se perdió de vista.

—¿Sería Daney y habría allí una mujer? —dijo Martha pensativamente.

XVIII

El capitán Jordán compró un pequeño automóvil inglés, y en compañía del sargento Weeler empleó la tarde en hacer visitas infructuosas. Recorrió todas las manzanas de casas en la parte norte de Londres, sin obtener, sin embargo, la menor pista del escondite de Mary Grier.

Volvió por el camino de Pinchley y entró por Avenue Road, muy cansado. El coche que iba delante de él le marcaba el paso. Al salir del parque, a través de Clarence Gate, el conductor del coche que él seguía sacó una mano por la ventanilla, indicando parada.

Tim había reparado ya en el «auto», un poderoso Spanz, y ahora observó algo más. El brazo que salía por la ventanilla estaba cubierto por una manga gris oscura a cuadros. No dijo nada a Weeler, que le había rogado le dejase en la esquina de Baker Street (vivía por los alrededores), y cuando el sargento se bajó, Tim aceleró la marcha y salió en persecución del Spanz. Cientos de personas llevarían abrigos grises oscuros y a cuadros y sin embargo, cuando él lo vio en Newark, con el rabillo del ojo, aquel abrigo se le quedó grabado como algo extraño, y podía jurar que éste era él mismo.

El Spanz torció a la derecha, entrando en Oxford Street, y después en Hyde Park. Dio la vuelta alrededor de Hyde Park Corner y continuó por Pimplico con Tim a sus alcances. Al fin llegaron al Gread West Road. Tim se preguntó por qué no había venido hasta aquí por el North Circular.

Al final de la primera sección del camino el coche torció por el Bath Road. Eran cerca de las once cuando pasó a través de Slough, y bordeando el Tradinn Estate torció por un estrecho camino hacia Burnham.

Tim se mantenía ahora a una distancia más respetuosa: no era fácil perderlo de vista y no era necesario mantenerse tan próximo.

No perdió de vista el faro piloto cuando pasaban por Bourne End y en el paso a nivel hacia Maidenhad. De nuevo torció de una manera brusca y se volvió en un círculo en la dirección que había venido, llegando al camino de la montaña y torciendo de nuevo hacia Woburn.

Después desapareció misteriosamente.

Tim llegó a un trecho recto del camino; pero no se veía al «auto». Detuvo el suyo cerca del ferrocarril, porque las barreras estaban cerradas, y tuvo que esperar cinco minutos; apenas cruzó el paso a nivel, decidió volverse por donde había venido.

Dio la vuelta y encendió sus faros para facilitar la operación. Los rayos de luz cayeron sobre algo que dio un brillante reflejo. Había algo oculto por una valla y un montón de maleza. Detuvo el «auto», se apeó y fue a investigar. Era el Spanz. El radiador aún estaba caliente; había sido metido hacia atrás por un camino lateral y a través de una calzada, hasta una casa aparentemente deshabitada, una casa cuyos inquilinos estaban durmiendo en ese momento. No encontró señales del conductor.

Volviendo hasta su coche, apagó la luces, y abriendo una portilla que daba a un campo hizo entrar su «auto», escondiéndolo detrás de un árbol. El hombre tendría que volver a su «auto», y Tim se sentó y esperó.

La misteriosa conducta del chofer podía tener una explicación perfectamente lógica: podía ser una visita secreta a alguien que no deseaba publicidad.

Tim se sentó en la portilla y esperó. Pasó media hora, una hora, y entonces oyó el ruido de pisadas en la calzada de grava, y deslizándose al suelo, se escondió en la sombra. Un hombre pasó por delante de él y desapareció detrás de la valla donde estaba el Spanz. A poco, Tim oyó el ruido del motor, y corriendo atravesó el camino precisamente en el momento en que salía el «auto».

—¡Eh!, ¿puedo ayudarle?

La luz reflejada del salpicadero iluminó el rostro del hombre, y éste podía ver a Tim claramente; durante un segundo se encontraron sus miradas.

—No, gracias —dijo el conductor de mala gana; volvió la cabeza hacia un lado y torció su «auto» en dirección al paso a nivel.

Apenas lo cruzó, las barreras se cerraron. Tim dudó; se dirigió a su coche y lo puso en marcha. En este momento estaba muy pensativo.

Tenía su «auto» en el camino y cavilaba si volver a la izquierda o a la derecha, cuando oyó un agudo silbido y después otro, y haciendo marchar el coche en la dirección del sonido encontró un policía que estaba parado en la acera con el silbato en la boca.

—Vaya usted al teléfono y llame a la estación de Policía; dígales que han robado el Cookaham Bank. ¿Quiere usted, señor?

Tim hizo lo que le ordenaron, y regresando, encontró al policía acompañado de otros dos. Se dio a conocer; pero no pudo averiguar más que lo que ellos sabían, o sea que una ventana del Banco había sido forzada. El ladrón, al escaparse, tocó el timbre de alarma, que aún seguía sonando cuando llegaron al Banco, un minúsculo edificio cuadrado, casi aislado, en la esquina de un campo. Era el más solitario y pequeño Banco que Tim recordaba haber visto.

El director había oído la señal de alarma y se unió a ellos cuando estaban haciendo cálculos sobre la cuantía de las pérdidas. Los calmó respecto a eso rápidamente.

—No había más de quinientas libras en el Banco —dijo—, y dudo que se las hayan llevado. Sólo una cuadrilla grande, con aparatos modernos, podría abrir la caja, y esto no les compensaría.

—Se ha visto a un hombre salir por la parte de atrás del Banco —dijo uno de los policías, y se volvió hacia Tim—. ¿No se cruzó con usted?

El director del Banco ahorró a Tim la necesidad de contestar, abriendo la puerta. Le siguieron dentro y descubrieron que el ladrón, cuyos procedimientos habían sido primitivos, sólo había descerrajado algunos cajones. Dejó pruebas de su presencia en un talón de pagos que cogió de una de las mesas. Por el reverso había escrito con lápiz:


¡Qué miserable Banco! ¡He perdido el tiempo!

L. D.
 

—¿A qué vino? Es para mí un rompecabezas —dijo el director.

No lo era para Tim. Hizo unas cuantas averiguaciones y prestó declaración, diciendo lo que sabía, que era que había adelantado a un coche que iría en dirección contraria, un coche que pudo describir, y después llevó al director hasta su casa.

—Nunca hemos tenido un robo así antes. ¿Qué habrá traído a Lew Daney a un sitio como Cookaham?

—¿Ha oído usted hablar alguna vez de Lew Daney?

—¡Oh!, sí; he oído hablar de él. Nos han avisado. Todos los Bancos conocen a Lew Daney. Se equivocó de día. Si hubiera abierto la caja mañana, se hubiera llevado cinco o seis mil libras. Se están haciendo grandes edificios por aquí, y nosotros pagamos los cheques de los jornales. Debió de ser interrumpido, porque no intentó forzar la caja.

Ésta era otra de las hipótesis del director.

Tim no dijo nada. Tenía sus teorías particulares y no veía claro; se convenció mientras volvía tranquilamente hacia Bath Road. Seguía el camino de Burnham y llegaba al pie de Hedsor Hill, cuando un «auto» que bajaba a toda marcha por el estrecho camino de la izquierda pasó por detrás de él, y en el momento que Tim aumentaba su velocidad pasó a su lado. Era el Spanz. Apenas acababa de reconocerlo cuando tres lenguas de luego salieron del asiento del conductor; una bala rompió el parabrisas y otra le pasó por debajo de la barbilla, saltándole el cuello de la camisa.

Involuntariamente, Tim volvió el volante hacia la izquierda y se detuvo con un estrépito de cristales rotos al estrellarse el radiador contra una trinchera. El Spanz se escapó a toda velocidad y desapareció en lo alto de la cuesta.

El ladrón del Banco le había estado esperando todo este tiempo pacientemente, y casi consiguió su propósito. Esto era lo más parecido a un ataque de una gang, de Chicago, y nunca se había visto antes en Inglaterra.

Las piernas de Tim no estaban muy firmes cuando se bajó para reconocer los desperfectos del radiador. Afortunadamente, eran pequeños: uno de los faros estaba destrozado, y el radiador, abollado; pero puso en marcha el motor y vio que no tenía avería alguna.

Subió despacio la cuesta, evitó pasar por Burnham y siguió un camino directo que le llevó a Bath Road. En Slough se detuvo e hizo pesquisas. Habían visto un Spanz grande y le tomaron el número por exceder el límite legal de velocidad.

—Iba, por lo menos, a setenta —dijo el inspector de guardia—, y eso es excesivo aun a medianoche, porque siempre hay mucho tráfico en Bath Road y una locura como ésa puede causar un serio accidente.

No tenía necesidad de anotar el número del coche; Tim ya lo había hecho. Cuando llegó a Londres se tomó la libertad de telefonear a Cowley, que estaba acostado, y explicarle con todo detalle lo que había visto.

—La mujer de Daney es ahora la llave de la situación —dijo él—. Quizá haya muerto. Por otra parte, si está viva, probablemente estará más propicia a cantar que nunca.

El chief estuvo pensando largo rato.

—Vaya a verme mañana, a las once, a Scotland Yard —le dijo—. No salga del hotel hasta las ocho de la mañana; para esa hora yo habré dispuesto que le acompañen. El Spanz nos servirá de pista para encontrarle; pero si tiene alguna inteligencia en su cabeza lo abandonará esta noche.

El chief habló proféticamente; el potente coche fue recogido en el Thames Embankment, a cien yardas de Scotland Yard, a las cuatro de la madrugada; mientras tanto, su dueño había estado muy ocupado.

Era un hombre de infinitos recursos; estaba, además, ayudado por una gran imaginación, y el día anterior había pasado por una de las pruebas más terribles de su vida. Tim ignoraba esto; era una de la cosas que Scotland Yard sabía, pero que no le decía.

Un hombre había ido a ver a los agentes en Londres de un Banco alemán, ofreciéndoles cincuenta billetes de mil marcos para su cambio en moneda inglesa. Pero todos los Bancos de Inglaterra revisaban cuidadosamente los billetes de mil marcos y sospecharon inmediatamente del hombre. El botín del robo del Lower Clyde Bank consistía, principalmente, en billetes de este tipo. El cajero rogó muy cortésmente al hombre que esperase mientras consultaba con el director. Cuando volvió, el hombre había desaparecido. No demostraba una gran inteligencia al hacer esto, pensó Scotland Yard, y sospechó que a Daney le hacía falta dinero.

La descripción que del hombre hizo el cajero era vaga. Cuando los Big Five discutieron el asunto, estuvieron de acuerdo que quizá no fuese el insuperable ladrón por sí mismo el que había intentado cambiar los billetes, sino algún agente suyo.

Esto sucedió antes que Tim Jordán hiciera sus revelaciones a mister Cowley.

XIX

Existe en Londres una clase de la sociedad fija que es designada vagamente con el título de Underworld, pero que la Policía, con un poco de buen humor, pero exactamente, llama los regulars. Sus hombres, que conocen íntimamente todas las cárceles de casi todos los condados de Inglaterra y pueden hablar de las comidas y de las ventajas y desventajas de cada una de ellas, son ladrones, rateros, embaucadores, y sus ayudantes, allanadores de moradas, bandidos, estafadores profesionales y todos los grados superiores de la hermandad de pedigüeños por carta.

La Policía los conoce y ellos conocen a la Policía. Entre la ley y los sin ley existe una camaradería que el ciudadano que acata las leyes no comprende. Sin embargo, de esta camaradería depende el éxito de la Policía en su incansable lucha contra el crimen. Por la misma razón que los obreros sin trabajo se alegran del fracaso de las obras que dejan a otros hombres sin trabajo, criminales momentáneamente inocentes se alegran asimismo de los fracasos y envidian los éxitos de sus compañeros más afortunados.

Johnny Time era un charlatán callejero de profesión. Había sido condenado varias veces por pasar cheques falsos: Vivía en intervalos de honradez vendiendo en los mercados de las plazas y en las esquinas de las calles un preparado para curar el catarro más rebelde en una noche; y lo curioso era que resultaba eficaz; y hubiera podido, a no ser por su innata holgazanería, que es la base de todas las profesiones criminales, disfrutar de una honrada renta como resultado de su oratoria.

Johnny Time trabajaba en el norte de Inglaterra, casi siempre en Manchester. Era recién llegado a Londres, de modo que Scotland Yard sabía muy poco acerca de él. Existe una población criminal flotante a la cual es difícil mantener vigilada, y aunque había oficiales locales del C. I. D. que conocían a Johnny y su especialidad, su presencia en Londres nunca fue discutida en los altos concilios del servicio policiaco.

Johnny no tenía dinero. Acababa de salir de la prisión de Strangeways después de dieciocho meses de trabajos forzados; reunió cuanto dinero pudo recocer y se sacudió de los pies el polvo de Lancashire. Nació y se crió en Cockney, y era curioso que uno de su clase hubiese tenido tanto éxito en una ciudad que no tenía gran simpatía por los londinenses.

Estaba caído por completo y había llegado a la indignidad de alquilar una cama en un Rowton House, cuando encontró a su nuevo jefe. El hombre que le detuvo al salir de la taberna El Racimo de Uvas, en Tabard Street, era para Johnny Time un caballero, según su somera clasificación. Hablaba y vestía bien, era próximamente de su misma edad y contextura, y la primera impresión que recibió el expresidiario fue la de ser víctima de persecución policíaca; en otras palabras: que el hombre que se le había acercado era un detective.

En pocos minutos de conversación se desvanecieron las sospechas de Johnny. El caballero hablaba claro y terminante, conocía los antecedentes de Johnny, incluso la estafa de la carta de crédito, que era lo más saliente en el arte de Johnny Time, y que dicho accidentalmente le proporcionó la mayor condena de todas las que había cumplido.

Un «auto» los esperaba en la esquina de la oscura calle, y el caballero condujo a su nuevo recluta fuera de la ciudad; mientras marchaban despacio por caminos poco frecuentados se reveló a sí mismo como un hombre que necesitaba un compañero.

—No se preocupe de quién soy —le dijo, contestando a la natural curiosidad de Johnny Time—. Puede usted llamarme Smith… mister Henry Smith. La cuestión es… ¿Quiere usted hacer el trabajo? Le entregaré a usted cincuenta libras, lo suficiente para que se compre alguna ropa, y le pagaré veinte a la semana.

—Podré darle mi dirección esta semana —dijo el agradecido Johnny.

—No necesito su dirección; tengo aquí una tarjeta en la que le indico seis sitios donde podrá encontrarme cada día de la semana; iré siempre a la misma hora… Ocho cuarenta y cinco de la noche… Y cada día será distinto. Quiero que pase usted algún dinero por mí.

—¿Falso? —preguntó Johnny con duda.

—No sea tonto. No. Es dinero bueno y en grandes cantidades; quizá le mande a usted a París y a Berlín. Veremos qué tal lo hace.

Por el pensamiento de Johnny empezaron a flotar imágenes agradables. El otro debió de adivinar su pensamiento.

—Si me engaña, le descubriré en seguida y le mataré. No se haga ilusiones acerca de eso, mister Time… Le meteré tres balas en el estómago, y ése será su fin. No le digo esto para asustarle, esto es corriente en mí. Si usted se porta bien conmigo, tendrá mucho dinero para usted…, miles; y le pagaré después de cada operación. Si usted me delata, le daré la misma medicina que si se escapa.

Las prisiones son el hogar de las grandes leyendas, y la leyenda de Daney sobrepujaba a todas las demás. Johnny Time hizo una pregunta.

—No, no soy Daney; soy uno de sus hombres; tiene una docena trabajando… Soy mister Smith. ¡Recuerde esto y no lo olvide!

Johnny había obtenido muy buenos resultados. Era trabajo pesado y cansado el cambiar moneda extranjera por inglesa, y fue quizá un gran error el arriesgar los cincuenta billetes en la sucursal del Deutsche Bank, de Lombard Street.

—Por poco me cogen; mejor será esconderse durante una o dos semanas —dijo Johnny Time.

Su compinche consideró el asunto.

—¿Ha estado usted alguna vez en Berlín? Bien, prepárese a partir pronto —le dijo—. Vaya a uno de los mejores hoteles. Le mandaré el dinero en pequeños paquetes, y tan pronto como lo cambie usted manda billetes ingleses o americanos. No recibirá una nueva remesa mientras el dinero no regrese a Inglaterra.

Apenas dejó a su ayudante, cambió de manera de pensar. Johnny recibió una nueva tarjeta con otras instrucciones, diciéndole dónde le encontraría. Estas instrucciones fueron más desgraciadas para él de lo que podía pensar. Le pagó generosamente aquella noche, porque al mismo tiempo que cambiaba el dinero había producido dos obras de arte, a entera satisfacción de «mister Smith».

XX

Johnny Time era un hombre cauto; pero hasta los criminales más precavidos pueden ser charlatanes en su enigmática vida.

Hablaba misteriosamente de su nuevo patrón y llevaba en el bolsillo pruebas palpables de su generosidad.

Precisamente por este tiempo un detective de Scotland Yard detuvo a Johnny por suponerle relacionado en el negocio de una carta de crédito fraudulenta, asunto que estaban trabajando en la City. Johnny, con toda humildad, se prestó a ser interrogado y vuelto a interrogar, seguro de su inocencia. Y estaba dispuesto a exponer sus propias teorías en cuanto al autor de la misma.

Al final de la entrevista, un tercer detective que estaba presente, pero que había hablado muy poco, le hizo unas cuantas preguntas sobre un asunto que le tocaba muy de cerca.

—Alguien ha tratado de pasar billetes de mil marcos en la City; por la descripción que tengo se parece mucho a usted, Johnny.

—¿Qué es un marco? —preguntó Johnny distraídamente.

—No exagere —dijo el detective amablemente—. Usted sabe lo que es un marco, y juraría que usted sabe cómo son los billetes de mil marcos. Probablemente tiene usted unos cuantos escondidos.

Johnny levantó los brazos, como invitándole.

—Regístreme —dijo—. ¡Vamos, regístreme!

El detective no aceptó la invitación.

—Voy a decirle algo, Johnny: el hombre que robó esos billetes hizo una gran faena en Glasgow, y hay una recompensa de cinco mil libras por su arresto.

—No sé nada acerca de… —empezó Johnny.

—Ya sé que la recompensa no le tienta; su conciencia está por encima de ella. Y ¿qué son cinco mil libras para un hombre que paga el impuesto de utilidades que usted paga? Pero es fácil de ganar, usted lo sabe, Johnny; basta que usted me diga: «Fulano y Mengano», para que tenga el dinero tan seguro como si estuviese ya en su cuenta del Banco de Inglaterra.

A Johnny le interesó esto, pero no lo dijo. Hay cierto honor entre los ladrones, o por lo menos, en cierta clase de ladrones. Johnny no pertenecía a esta clase y nunca había encontrado a nadie que perteneciese. Aparentó no saber nada.

—Ahora pienso en ello y recuerdo haber leído algo acerca de él, mister Smallwood —dijo—. Fue en uno de esos periódicos de penique. Se escapó con un montón de pasta, ¿no?

—Con bastante —dijo el detective Smallwood—, y no consiguieron pasarla. No hay Banco en toda Europa que reciba diez mil marcos de un cliente sin hacerle una serie de preguntas; sé que usted es el hombre que trató de pasarlos.

Johnny protestó.

—Está bien, no trataremos más de ello. Pero si usted tiene alguna información que nos ayude a capturarlo, no necesitará robar ni un día más; en otras palabras: no le será preciso trabajar en toda su vida. Piénselo.

Johnny lo pensó durante todo el camino hasta su nuevo domicilio. Siempre había sospechado que su patrón era uno de los grandes criminales y que esa clase de gente no se detiene ante el asesinato. Sin embargo, no sería difícil cogerlo en su coche y, lo que era más importante, ponerse fuera de su alcance antes que empezase a disparar. La Policía podía rodear el coche por los cuatro costados y detenerle, y todo lo que Johnny tenía que hacer era descubrir el sitio de la cita; cinco mil libras eran un buen pellizco.

Entró en la biblioteca pública; pero no encontró nada acerca del robo del Banco. Como era un hombre muy concienzudo, se fue a Fleet Street y hojeó los periódicos archivados. El detective no había mentido: cinco mil libras eran, realmente, la recompensa. Rebuscando cuidadosamente día tras día, descubrió que el nombre del hombre era Daney. Al parecer, los policías no lo habían sabido al principio; lo averiguaron más tarde… En realidad, hacía muy poco tiempo.

Daney… Daney… Rebuscó en su memoria. No conocía a nadie llamado Daney, pero no tenía por qué. Solamente las gentes de su propia calaña le eran familiares. Recordó, sin embargo, que la última vez que estuvo en la cárcel tuvo un compañero que hablaba con entusiasmo de Lew Daney y había ponderado su generosidad.

Johnny pensó el asunto toda aquella noche; después tomó un ómnibus a Scotland Yard, y durante dos horas habló con franqueza a mister Smallwood y su jefe. Tim Jordán escuchaba interesado.

—En alguna parte cerca de Barnet, ¿no es eso? Es raro. Precisamente acabo de descubrir una manzana de casas, llamada la Locura de Jennings. ¿Ha oído usted hablar de ellas? Cowley movió la cabeza.

—Cada manzana de casas es la locura de alguien. Por qué no vive la gente en casas con bonitos jardines es para mí un enigma.

Tim no dijo nada, pero aquella noche decidió vigilar esa extraña y aislada morada.

Ya había anochecido cuando Johnny Time salió de Scotland Yard, en el Embankment. Se quedó dudando si debía ir a Whitehall o tomar un ómnibus en dirección a su casa, o bajar hasta Savoy Hill a ver a un amigo que trabajaba en el Strand. Se decidió a ir al Savoy Hill.

Tenía una cita con Daney para la noche siguiente; pero Smallwood le había dicho que no era necesario que volviese a Scotland Yard y que los últimos detalles los arreglarían en una pequeña taberna en Holborn. Johnny Time estaba contento. El chief constable le había echado un largo sermón sobre lo que debía hacer con el dinero, que Johnny escuchó con respeto, pero sin interés. Tenía ideas propias sobre la materia, y en ellas estaba incluido un viaje a París, un piso en Shaftesbury Avenue e innumerables aventuras agradables.

Apenas llegaba a la esquina de Savoy Hill, cuando un coupé apareció por detrás de él y se acercó a la acera.

—¿Es usted, Johnny?

Mister Time se sobresaltó. Era la voz de su patrón.

—¡Hola! —dijo tartamudeando.

—Entre, ¿quiere?

La portezuela se abrió de golpe, y Johnny se encontró encañonado por una automática.

—No grite, ni arme escándalo, ni trate de escaparse, o acabo con usted.

Johnny miró, muerto de miedo, a su alrededor. Había un policía a una docena de yardas regulando el tráfico en la esquina de Savoy Hill; pero no se atrevió a hacer un movimiento.

—¿A qué viene esto, mister? ¿Cuál es su nombre…? —empezó.

—¡Entre!

Johnny tropezó en el estribo al subir y se dejó caer en el asiento al lado del conductor, respirando trabajosamente. El hombre se inclinó de aquel lado y cerró la puerta.

—¿Cómo están en Scotland Yard? —preguntó al arrancar de pronto el coche hacia adelante, a lo largo de Embankment.

—La verdad de toda esto es —dijo Johnny, ansioso de establecer su inocencia— que fui llamado sobre un caso de falsificación. Creyeron que yo estaba mezclado en ello.

—Lo sé todo. Estuvo usted allí ayer. Pero no fue por eso por lo que volvió, Johnny. ¿Tiene usted la tarjeta en el bolsillo?

Johnny la sacó mecánicamente. Era la tarjeta en que estaba anotadas las cifras de aquella semana.

—Le dije que no la llevase encima, ¿no fue así?, sino que la guardase en casa. ¿Por qué la llevó a Scotland Yard?

—La tenía por casualidad —contestó Johnny evasivamente—. ¿Adónde vamos?

—Vamos a mi casa para hablar un poco.

Marcharon mucho tiempo sin cruzar una palabra.

Por fin, Johnny dejó escapar su pensamiento tratando de defenderse.

—No creerá usted que he ido a Scotland Yard para nada que se refiera a usted, ¿verdad, patrón?

—Sí, lo creo —el hombre del volante rió entre dientes—. Usted fue ayer a la Redacción de un periódico… Allí fue donde le vi. Me intrigó lo que andaría buscando y me acerqué por detrás. ¡Cinco mil libras de premio! Naturalmente, he estado dando vueltas alrededor de Scotland Yard todo el día. Cinco mil libras son un montón de dinero.

—Para los que lo necesitan —dijo Johnny con aire virtuoso—; hablando por mí mismo, le diré que todo el oro del mundo no me haría vender a un hombre.

Cuando llegaron a Barnet estaba oscuro como boca de lobo. Una ráfaga fuerte de viento apagó un farol próximo a la casa. El coche bajó una larga calzada de hormigón que conducía al sótano con mucha precaución.

Mary Grier, a través de la ventana de su habitación a oscuras, vio la débil luz del salpicadero al aparecer el coche. Después se ocultó. La calzada pasaba por detrás de la tapia del jardín. Mary no conocía la existencia del garaje que había debajo del pavimento de cemento del patio.

Mary estaba prisionera; tenía la puerta cerrada y las ventanas firmemente sujetas, excepto una que tenía barrotes. Martha había salido, dejando probablemente al joven que tenía a su cuidado bajo llave.

—Hoy tiene uno de esos días malos, pero se le pasará para el viernes. Y entonces tendrá que ir con él al despacho del abogado. Tan pronto como reciba la pasta.

—¿La pasta? —repitió, la muchacha.

—El dinero —dijo la mujer con impaciencia—. Nos entenderemos con él, y se acabarán todos sus pesares, querida.

La muchacha adivinó la verdad.

—¡Oh!, ya veo… Por eso estoy aquí. ¿Tengo que probar que está cuerdo?

—Algo parecido. Si se presenta sin su mujer, a la que se hace referencia en el testamento, los abogados empezarán a hacer averiguaciones, y antes que nos demos cuenta el testamento irá a… —Se embrolló buscando la palabra.

—¿A los Tribunales? —sugirió la muchacha.

—Eso es. He visto hoy a los abogados, y ¡qué clase de preguntas me hicieron! ¿Conoce usted a un hombre llamado Stone? Mary movió la cabeza.

—Ése es otro que tiene una fortuna esperándole. Un verdadero ladrón. Me preguntaron si usted le conocía.

—¿Por qué he de conocerle? —preguntó la muchacha.

—Estuvo usted viviendo en el mismo hotel cuando vino a Londres. Los mismos abogados tienen los dos casos y están haciendo averiguaciones. Yo supongo que usted era aquella Mary Grier. ¿No? Si, estoy segura que lo era. Dijo el nombre del hotel, y Mary asintió. —Tengo que encerrarla esta noche por su propio bien. Está bastante excitado; pero no hará daño, descargará su berrinche consigo mismo.

Mary estuvo sentada a la ventana durante largo rato. Lejos había una línea de ferrocarril, y a intervalos vio ráfagas fugaces de luz pasar despacio a través del campo y desaparecer; algunas veces dos trenes venían en direcciones opuestas y se cruzaban. Ésta era su única distracción…; ésa y la luz del salpicadero del «auto», que pasó silencioso, como un fantasma, al resguardo de la tapia.

Se desnudó y se puso sus ropas de noche. Oyó dar las diez en el reloj, las once después y cansada y helada, se acostó.

Estuvo mucho rato pensando en todo lo que había sucedido en el poco tiempo transcurrido desde que Tim Jordán entró en su vida. Después, fatigada, dio una vuelta, y al hacerlo miró a la ventana.

El corazón se le paralizó al instante. Vio confusamente dibujada en la ventana la figura de un hombre. Estaba en pie en la estrecha cornisa que corría a la altura del piso, y con cautela tentaba el marco de la ventana. Le reconoció instantáneamente, y saltó del lecho; sus piernas casi no la sostenían. Era su marido.

—¡Váyase! ¡Por favor, váyase! —le dijo.

Mary le vio sacudir la cabeza, y después, sin decir una palabra, dar un puñetazo al cristal, cuyos pedazos saltaron violentamente alrededor de ella.

—No se asuste —hablaba suavemente, tratando de animarla—; me aburría en mi cuarto.

Fría y deliberadamente arrancaba los puntiagudos pedazos de vidrio del marco de la ventana y los dejaba caer al patio. En poco tiempo los quitó todos, y con asombrosa agilidad se deslizó por ella. Mary se quedó muda de horror y espanto, y cuando él le habló no pudo articular palabra.

—Esa vieja del diablo me ha dejado solo… Es una buena cosa estar delgado, ¿verdad? Se puede uno escurrir a través de todo. Muchos no se hubieran atrevido a andar por esa cornisa. Por poco me caigo una vez.

Se dirigió a la puerta donde estaba el interruptor de la luz y la encendió; su rostro estaba cadavérico y sus grandes ojos brillaban de un modo horrible.

—¡Qué sitio! —dijo despectivamente mirando con desdén alrededor del cuarto—. Cuando tengamos el dinero tendrás una casa magnífica, Mary…, con mármoles, las más finas sedas de la India, preciosas alfombras persas…

Se acercó a ella y le pasó el brazo por la cintura; la muchacha se quedó rígida de terror.

—¿Cuánto tiempo hace que estamos casados, ángel mío? Debe de hacer años, y nunca he estado ni diez minutos a solas contigo.

Le cogió el rostro con sus manos, que estaban heladas, y lo alzó hacia el suyo, contemplándola encantado.

—¡Eres preciosa! —suspiró—. Sueño contigo. ¿Te lo ha dicho la vieja?

Mary tuvo que invocar la ayuda de todas sus reservas de valor y fuerza. Amablemente le separó de su lado.

—Salgamos de este cuarto —le dijo, y su voz le extrañó a ella misma—; se ahoga uno aquí; no soy lo bastante inteligente para poder abrir la puerta.

—No se necesita ser listo; lo que se necesita es fuerza…, la fuerza de un león.

Examinó la cerradura.

—La llave está por fuera —dijo—. Siempre la deja así…; teme perderla.

Se volvió, le hizo señas de que se acercase y dijo, bajando la voz:

—Hay una mujer en esta casa; la he oído gritar. ¿La oyó usted?

Mary sacudió repetidas veces la cabeza, afirmando.

—Sí —su voz temblaba—; creo que debemos buscarla. ¿No piensa lo mismo?

La contempló largo rato; la puerta ya no le preocupaba.

—No quiero a nadie más que a ti —dijo.

Mary, desesperada, pasó por delante de él hacia la puerta.

—Si tuviera fuerza, rompería esto —dijo, y sus palabras, como ella intentaba, volvieron su pensamiento errante hacia la cerradura.

Levantó la silla y de dos golpes destrozó uno de los entrepaños de la puerta y pasó su brazo por el agujero. Mary oyó el ruido de la cerradura al abrir él la puerta.

—¡Ahí tienes! —le dijo—. Podía haber hecho lo mismo en mí cuarto, pero no me dejó nada con qué hacerlo; tiene hasta la cama atornillada al suelo. ¡El diablo de la vieja! Algún día le cortaré el cuello. Será una cosa graciosa.

Había una luz encendida en el solitario descansillo.

—Ése es mi cuarto —señaló la puerta de enfrente.

Dio vuelta a la llave y abrió la puerta por completo; pero ya bajaba Mary por la mitad del primer tramo de las escaleras.

—¡Mary, Mary! —gritó furioso—. ¡Vuélvete, mala bestia! ¿Adónde vas?

Ciega bajaba las escaleras volando; apenas se daba cuenta de qué iba descalza y de que sólo llevaba encima un camisón y la bata que había cogido cuando se dirigió a la ventana.

—¡Vuelve! —gritó él.

Mary llegó al piso bajo antes que pudiera pensar que estaba allí; podía escapar por la puerta de la calle; pero él la hubiera alcanzado. Bajó otro tramo de escaleras y llegó a un pasadizo enlosado de piedra; corrió a lo largo de él; al final había una puerta que estaba abierta; entró por ella, se volvió buscando la cerradura en la oscuridad, y entonces, en el momento que él se arrojaba sobre la puerta, sus dedos tropezaron con el cerrojo, y lo corrió inmediatamente.

Mary se encontró en una habitación subterránea, que olía a gasolina y aceite. Había en ella un «auto»; podía notar el calor del mismo. Andando a ciegas hacia adelante tocó sus aletas y la barnizada caja; detrás del «auto» había una pesada puerta de madera, que era la entrada del garaje; buscó la cerradura, pero no pudo encontrarla. Durante todo este tiempo el loco golpeaba en la puerta por la que ella había entrado, furioso, gritando cada vez más fuerte.

Palpando a lo largo de la pared descubrió por casualidad un interruptor, y lo hizo funcionar. Instantáneamente el garaje se iluminó mediante una lámpara colgada del techo. Vio el manillar de la cerradura, le dio vuelta, y al empujar se abrió la puerta. Se volvió para echar una última mirada a la barrera que había entre ella y el vengativo maniático y vio algo que la dejó helada de terror.

Tirado en el suelo del garaje había un hombre muerto. Una vieja manta de viaje cubría sus piernas; la cabeza y el pecho los tenía descubiertos. Parecía contemplarla a través de sus ojos medio cerrados. Dio un grito y salió a todo correr; volando por la inclinada pendiente, llegó sin aliento al camino.

Había corrido media docena de yardas cuando alguien salió de la sombra de uno de los lados y la cogió por el brazo. Gritó y luchó con él con todas sus fuerzas, que se iban agotando.

—No quiero hacerle daño —dijo una voz y se desplomó desmayada en sus brazos, porque era Tim Jordán.

XXI

Cuando Mary recobró el conocimiento por primera vez se encontró en un coche y vestida con un pesado abrigo, cuyas mangas eran demasiado largas para ella. No se daba cuenta de otra cosa, a no ser que el brazo de alguien rodeaba su cintura. Esta impresión se desvaneció en el olvido, y cuando despertó de nuevo estaba acostada en la cama; un lecho muy estrecho en una habitación sencilla de paredes desnudas. Había allí una mujer con uniforme de enfermera, escribiendo en un block de notas que sostenía apoyado en una de sus rodillas.

Mary permanecía muy inquieta; a poco la puerta se abrió y entró Tim Jordán. Miró al reloj y después al lecho; pero no se dio cuenta de que ella había recobrado el conocimiento hasta que le llamó. Se dirigió rápidamente a su lado.

—Está usted en el Cottage Hospital —dijo—. No tiene usted nada de importancia, excepto que ha recibido una impresión muy fuerte. ¿Cómo están sus pobres pies?

Mary se sonrió de la incongruencia de la pregunta, y después, por el dolor, se dio cuenta de que él tenía sus razones para hacerla.

—No, no están muy mal —dijo Tim—; un poco cortados. ¿Se siente usted con fuerzas bastantes para contestar a unas preguntas? La Policía está deseosa de conseguir una información exacta. ¿Venía usted de Jennings Buildings?

—Creo que sí —asintió Mary, extrañándose del tono ronco de su voz.

—¿Puede usted decirme ahora rápidamente lo que sucedió? Hace más de una hora que está usted aquí y no hemos podido hacer nada.

En realidad, poco podía hacerse, como ya había pronosticado Cowley por teléfono.

—Todo se reduce a esto —le había dicho Tim—: esta muchacha se ha escapado de su marido, y esto apenas es un caso para intervención de la Policía. Si nos dijese que sucedía algo extraño en Jennings Buildings, entonces podríamos obrar. Aunque este hombre esté loco, no tenemos autoridad para intervenir, a no ser que le encontremos vagando por las calles.

Mary tenía la cabeza más despejada ahora y fue capaz de contarle la visita de su marido y su huida. Por un extraño capricho de su memoria, se había borrado de sus recuerdos el incidente más espantoso de su loca huida, y sólo cuando él la interrogó acerca del aspecto del garaje lo recordó y se echó a temblar.

—¡Oh! —dijo abriendo la boca con terror—. El hombre muerto.

Tim la contempló asombrado.

—¿Qué hombre muerto?

—Estaba en el suelo… ¡Espantoso!

Pasó algún tiempo antes que se calmase lo suficiente para poder contarlo. Cowley podía ser escéptico en cuanto a su autoridad para intervenir entre marido y mujer, pero había tenido la precaución de destacar unos agentes para que vigilasen el hospital, y Tim contó a éstos la historia.

Miss Grier puede, por supuesto, imaginarse todo esto. La enferma dice que está nerviosa. Pero creo que vale la pena averiguar lo que hay de verdad.

Su coche los llevó enfrente de Jennings Buildings, que estaba a oscuras.

Todo lo que la Policía sabía de aquella casa era que dos familias la ocupaban y que una de éstas vivía en el piso bajo, con el nombre de Scrummit.

Tim apretó el timbre del piso bajo durante mucho tiempo, pero no obtuvo respuesta; al apretar el timbre que comunicaba con el piso alto, la puerta se abrió.

—¿Quién es? ¿Eres tú?

Aunque no podía verla, reconoció la voz.

—¿Es la mujer que está al cuidado del joven mister Awkwright? —preguntó Tim.

—Sí. ¿Quién es?

Su voz era estridente, pero con un matiz de miedo.

—Es el capitán Jordán, ¿verdad? ¿Ha visto usted… a mister Awkwright? Espere un momento que encienda la luz.

Volvió a entrar en el hall con ese objeto, y ellos entraron detrás de ella. Cuando se encendieron las luces, Tim vio que estaba vestida como si hubiese llegado de la calle. Tenía su grotesco y juvenil sombrero echado hacia atrás y la rica piel de zorro que rodeaba su cuello estaba suelta.

—Se ha marchado —dijo— miss Grier… mister Awkwright también. ¿Quiere usted subir?

Subieron detrás de ella las escaleras sin alfombra.

—Mire —dijo cuando llegaron al descansillo, y le señaló la puerta rota—. Esto debe de ser cosa suya… Dios sabe lo que habrá hecho. Me figuro que habrá entrado por la ventana a su habitación. No hay señales de sangre.

Sus dientes castañeteaban; Tim vio que tenía miedo, verdadero pánico.

—Puede haberse caído al patio. He estado llamando a la puerta de los vecinos de abajo; pero no me oyen y no sé por dónde entrar al patio.

—¿Cuánto tiempo hace que ha vuelto usted?

—Hace diez minutos —contestó ella—. Estuve en el teatro. No ha podido salir por la ventana.

Registraron rápidamente la habitación. Tim vio las ropas de Mary y ordenó que las empaquetaran y las llevasen al hospital.

—Mary está allí, ¿verdad? —preguntó Martha ansiosamente—. ¿Está herida? ¿La atacó él?…

—La encontré en la calle.

—Y a él, ¿le ha visto a usted?

Tim negó con la cabeza.

Bajaron de nuevo. La entrada del piso bajo estaba en la misma planta; pero no obtuvieron respuesta a sus repetidas llamadas.

—Hay otra puerta por la parte de atrás —dijo la mujer—. Creo que da al sótano.

—Está también cerrada y con los cerrojos echados.

—Probaremos por el garaje —dijo Tim Jordán.

Y saliendo por la puerta principal encontraron la bajada de cemento y a poco las puertas del garaje. Estaban cerradas, con una cerradura de seguridad; pero uno de los detectives, sacando una llave especial para sacar modelos, que encajaba en la cerradura, la ennegreció con negro de humo y con esto sacó el patrón de la cerradura.

Se la llevó a la casa, y en poquísimo tiempo, con una lima, hizo la llave. El primer intento para abrir la puerta falló. Volvió a la casa, y limándola de nuevo, en un segundo intento la llave giró en la cerradura y la gran puerta se abrió.

En el garaje no había coches; pero en el centro de él y en el suelo yacía algo cubierto con un pedazo de saco.

—Ése es el hombre muerto —dijo uno de los detectives reposadamente.

Echó hacia atrás el saco y descubrió el rostro; Tim Jordán se quedó atónito, con los ojos abiertos de espanto.

El matrimonio de Mary Grier quedaba deshecho violentamente, porque el rostro que le miraba desde el suelo era el de Willie Awkwright.

XXII

Durante largo tiempo reinó un profundo silencio en aquella casa de muerte.

—Aquí pasa algo —dijo uno de los detectives—. ¿Dijo la señorita que era su marido?

Tim exhaló un suspiro y se limpió su frente sudorosa.

—No podía ser él. ¿No es así? —preguntó Tim—. De acuerdo con el relato de miss Grier, él estaba al otro lado de la puerta, golpeándola, cuando ella salió del garaje.

Se dirigió a la puerta para ver si estaba abierta. No tenía echada la llave, y empujándola la abrió y salió al estrecho pasadizo que la muchacha había descrito. Siguiendo éste, llegó hasta la otra puerta, que también estaba sin cerrar. Alumbró con su linterna eléctrica hacia el interior y entró. Era la cocina.

Los procedimientos de Lew Daney casi siempre eran los mismos. Sus huidas iban invariablemente de la cocina al garaje.

No había aquí otra cosa que un hornillo y señales de una comida guisada por un aficionado: platos sucios con restos de huevos y jamón y una botella de cerveza yacía sobre la mesa. Cruzó la cocina hasta otra habitación anexa, que era una especie de cuarto de servidumbre bastante sucio y desarreglado. De aquí partía un tramo de escaleras hasta un pequeño hall, que corría paralelo con el pasillo de entrada a la casa. A él daban tres cuartos sencillamente amueblados y en todos ellos había pruebas de su reciente ocupación.

Una de las habitaciones le interesó especialmente. Las ventanas tenían persianas cerradas; el mobiliario consistía en una cama, un par de sillas y un tocador; en éste encontró salpicaduras de polvos y una barrita de carmín. Había una vieja fragancia de un exótico perfume que le indicaba que la habitación había sido usada por una mujer, y descubrió una nueva prueba de esto en uno de los cajones del armario: un par de medias de seda atadas. Éstas fueron las únicas pruebas de ropa que encontró; ni siquiera quedaba un cepillo de dientes que pudiera delatar la identidad de la persona que había vivido allí.

Encendió las luces. Tim y dos de los detectives llevaron a cabo un seguro y más sistemático registro de la habitación, mientras el tercero iba al teléfono más cercano a comunicar con Scotland Yard.

El registro del piso no reveló nada, excepto una caja de cartuchos para pistola automática, que estaba sin abrir y que Tim encontró en el casillero de un escritorio americano, en lo que evidentemente era el comedor. Entregaba aquéllos a la Policía cuando se acercó a Martha, que esperaba en el piso de arriba. Envió a uno de sus hombres para que le comunicase la noticia; pero volvió diciendo que había desaparecido.

—Tengo idea de que nos siguió hasta el garaje, capitán Jordán. De cualquier modo, alguien dejó la puerta abierta de par en par, y yo estoy seguro que la cerramos.

Poco después de esto llegó un médico con la ambulancia e hizo un breve examen del cadáver. Awkwright había sido herido a poca distancia…, por la espalda.

—El asesino debió de llegar por detrás y disparar sin aviso.

—Weeler fue el primer hombre de Scotland Yard que llegó al sitio. Estuvo terminante en su hipótesis, que Tim compartió.

—Han matado aquí a dos hombres esta noche. El primero fue el que miss Grier vio; con toda seguridad no era su marido; éste estaba vivo cuando ella salió del garaje. Las dos balas que mataron a Awkwright están al otro lado de la puerta que estaba golpeando… Acabo de encontrarlas. Hacía demasiado ruido para el dueño del revólver, que le mató sin piedad. ¿Quién era el hombre que estaba en el suelo? Tenemos que encontrarlo.

—¿Y la mujer? —insinuó Tim.

—No cabe duda de que mistress Daney estuvo aquí y que ha estado prisionera en el cuarto cerrado.

Weeler examinó la habitación. De cualquier modo, ella se marchó sin lucha de ninguna clase. No hay señales de violencia; la cama está hecha y los cajones de la cómoda los han vaciado con calma. Ella no intentó marcharse apresuradamente. La barra de carmín es vieja, y casi terminada; una de las medias está zurcida; por lo visto, habrían arrinconado aquel par para quemarlo.

—¿Tiene marcas del lavadero? —preguntó Tim. Weeler sonrió.

—Conoce usted muy poco a las mujeres —contestó—; las medias es una prenda que raramente dan a lavar. No. Éstas son completamente inútiles como medio de identificación. Las medias siempre lo han sido.

En las primeras horas de la mañana siguiente Weeler interrogó a la muchacha. Se había repuesto casi por completo y escuchó con calma la noticia de la muerte de su marido. Cuando Weeler le hizo una pregunta, movió la cabeza.

—No, no era él el del suelo. ¿Cómo podía ser él?

Le indicó Weeler que su memoria podía estar trastornada; pero de nuevo negó con la cabeza.

—No, estaba completamente bien; era otro hombre, estoy completamente segura de ello.

Sólo pudo dar una vaga descripción del «auto» que había visto en el garaje: pero, en cambio, les proporcionó una pista importante. Se había levantado muy temprano todas las mañanas, desde que vivía en Jennings Buildings, y pasado la mayor parte de su tiempo en la ventana. En las primeras horas de la mañana del día anterior vio un coupé Rolls que apareció por detrás de la tapia y desapareció al llegar a su límite visual.

—¿Un coupé Rolls? —repitió Tim, pensativo—. Eso me suena a familiar. ¿Quién lo guiaba?

Mary no había visto al conductor. Ni siquiera estaba segura de que el coche hubiera salido de la casa.

—Hay un solo sitio de donde pudiera venir, y es el garaje. ¿Lo vio usted volver?

—No —contestó Mary.

Amplió ella esta información con un detalle más significativo.

La tana del asiento de atrás del coupé iba medio abierta, como si el hueco fuera ocupado con equipajes. Vio al coche entre las seis y las siete de la mañana. Era muy hermoso y a la vista parecía nuevo.

Tim hizo una señal a Weeler.

—Es el de mister Daney. Conozco el coche; lo vi en Escocia.

Weeler hizo un movimiento de impaciencia.

—Mejor hubiera sido que hubiese dicho eso antes, capitán Jordán. Podría haber hecho una investigación en los garajes. Quizá no sea tarde aún; debe de haber guardado el coche en alguna parte. No hay muchos coupés Rolls de señora corriendo por ahí, y éste no puede pasar inadvertido.

—¿Aparentaba tener prisa?

—No —contestó la muchacha.

—¡Hum! —dijo Weeler—. Eso no parece indicar que la mujer se escapase. Más bien parece como si… ¿No vio usted el equipaje? ¿Podía ser un paquete, por lo que usted pudo ver, miss Grier?

—Podía haber sido cualquier cosa —dijo Mary—. Sólo sé que la tapa estaba medio abierta, porque rompía la línea del coche.

Ya se había hecho circular una descripción de Martha, y las primeras ediciones de los periódicos de la tarde le hacían un llamamiento para que se presentase en la Dirección General de Policía. Existían razones suficientes para que este llamamiento fuese desatendido. Tim supo por medio de los abogados que el joven tenía un considerable depósito en el Banco, y éste, que consistía en ocho mil libras, había sido retirado por Martha el día anterior. Ni un solo céntimo de este dinero pudo encontrarse en la casa ni en los bolsillos del hombre asesinado. Más aún: solamente muy pocas de sus cosas fueron encontradas en el edificio Evidentemente, también Martha estaba preparada para una rápida huida en caso de que sus planes fracasasen.

El abogado estuvo durante todo el tiempo de la visita muy comunicativo.

—Debe de haber sacado muy buen dinero con su tutela —dijo—. El viejo mister Awkwright fue, lo que es raro en él, generoso, y como insistía en que el joven estaba perfectamente curado, no puso obstáculo a que manejase la considerable herencia que su madre le dejó. Martha debió de hacer muy buenos negocios, y ésta es la razón por la cual le será difícil ponerse en contacto con ella. Varias veces indiqué al viejo Awkwright lo peligroso que era permitir a este muchacho tener cuenta corriente grande en el Banco; pero era muy susceptible en la cuestión de la cordura del joven.

Tim llegó al Carlton aquella tarde muy cansado. Acababa de salir del baño y estaba corriendo las cortinas antes de acostarse, cuando le subieron un telegrama. Aquel día había enviado varios telegramas y recibido respuesta a algunos de ellos; abrió éste creyendo que era contestación a uno de los que había puesto, pero cuando leyó el mensaje quedo completamente asombrado, ya que era de quien menos esperaba. Decía así:

Regreso mañana a la ciudad. Quisiera verle.

Era de mistress Daney, y estaba fechado en París.

XXIII

Vino a verle a la tarde siguiente; fría, despreocupada y admirablemente vestida, como siempre. Le saludó sin embarazo alguno.

—Temo haberle dado mucho trabajo aquella noche que le telefoneé —dijo, arrastrando las palabras.

Estaba en pie delante del espejo del salón, examinándose a si misma rigurosamente.

—La verdad es que Lew es absurdamente celoso y había descubierto un antiguo enamorado de mí Y además estaba, naturalmente, muy molesto conmigo por hablar tanto con usted.

Tim la contemplaba, si no con admiración, al menos con interés.

—Por Lew me figuro que quiere usted decir su marido.

—Naturalmente —asintió ella—. Se incomodó mucho porque le telefoneé a usted que estaba en Severn, y yo estoy de acuerdo con él que esto fue imperdonable. Pero estaba aterrorizada. Se pone loco, furioso… Pero hicimos las paces aquella noche…

—¿Pué por esto por lo que la tuvo prisionera en Jennings Buildings?

Le contempló ella durante un rato sin contestarle.

—No diga cosas absurdas. No estaba prisionera; podía haberme marchado cuando hubiera querido.

—¿Por eso gritó usted?

Le vio apretar los labios hasta formar con ellos una línea recta.

—Está usted imaginándose cosas… —dijo ella—. Me marché, por mi propia voluntad, hace pocos días…

—Con toda exactitud: hace dos días. Ha tenido usted el tiempo justo de llegar a París y ponerme el telegrama. Y ahora, mistress Daney, quizá pueda, usted decirme algo acerca de los dos hombres muertos en el garaje.

—¿Los dos… hombres… muertos?

La mano que tenía apoyada en la mesa temblaba.

—No entiendo.

—Los dos hombres muertos en el garaje. Hemos encontrado uno, el joven mister Awkwright; el otro… ha desaparecido.

Su mirada, que expresaba asombro y desconcierto, le demostró que no sabía nada de esto.

—No sé de qué habla usted. Nunca he estado en… ¿Cómo se llama ese sitio?… Jennings Buildings.

Tim vaciló ante su cambio de postura; pero no tuvo más remedio que aplaudir su vivo ingenio. No había más prueba de que ella había confesado haber estado en este lugar que su palabra; nadie la había visto allí. No había indicio alguno que pudiera relacionarla con Jennings Buildings.

—He estado viajando por el país, en el «auto»… Dejé a Lew después que tuvimos nuestro disgustillo y me fui a París…, como ha dicho usted, hace dos días.

Tim se rió entre dientes.

—Tiene usted una imaginación ágil, mistress Daney —dijo—. Usted sabe que podríamos averiguar la hora de su llegada a París. Usted fue allí desde Jennings Buildings. Dígame: ¿quién era el hombre?

Miró ella fuera de la ventana, sin mover un músculo de su rostro.

—Cuéntemelo todo —dijo—. Me encantan los horrores. ¿Ha dicho usted que uno era mister Awkwright, el muchacho loco? ¿Sabe usted quién era el otro?

Estaba ansiosa de noticias, pero creyó prudente aparecer indiferente. La historia de los dos hombres muertos la había impresionado y asustado al mismo tiempo.

Veía él tan claro como la luz que ella no sabía nada de esas muertes: debían de haber ocurrido después de su marcha. La impresión que Tim tenía era que se habían introducido en uno de sus proyectos, del que la tragedia no formaba parte.

—¿La he molestado? —le preguntó.

Ella movió la cabeza despacio.

—Nada me molesta, y además, no lo creo. Es usted un policía, y éstos mienten con facilidad.

—¿Por qué gritó? —preguntó Tim.

Ella fingió no darse cuenta de la pregunta.

—¿Le pegó?

Le miró rápidamente, entornando los ojos.

—Si alguna vez me pegan, no grito: ¡mataré! —contestó—. No tengo el temperamento de un ángel precisamente.

—¿Quién era el otro hombre?

—No lo sé. Pensé que usted me ayudaría. ¿Había allí otro hombre?

No le contestó a esto.

—Quizá le matase el joven mister Awkwright —dijo—. Está loco. Mató a Jelf… Supongo que lo habrá usted sabido por los periódicos.

La observaba Tim con gran atención y podía ver los esfuerzos que hacía para apartar su imaginación del misterio del garaje. Inconscientemente Tim la ayudó.

—Usted me ha dicho que estaba celoso de un hombre.

—¿Quién…, Lew? Por supuesto que estaba celoso. Era de un antiguo enamorado mío. Pude haberme casado con él.

Miraba a la mesa, evitando su mirada y procurando dominarse cada vez más.

—¿Conoce usted a Harry Stone? —preguntó Tim. Alzó la vista instantáneamente.

—¿Harry el Valet? —Inclinó la cabeza—. Le conozco. ¿Por qué? Es un viejo, amigo mío; el hombre de quien Lew está tan celoso.

—¿Le ha visto usted en Londres?

Intentó mirarle de frente, pero no pudo.

—Le he visto una o dos veces —dijo—. Tuve una carta suya el otro día. Ha estado enfermo. Lew consiguió apoderarse de la carta y armó un escándalo.

—Ha estado enfermo Harry, ¿eh?

Ella asintió.

—Decía que iba a heredar una fortuna y que cuando muriese me dejaría mucho dinero.

—¿Quizá todo? —preguntó Tim.

—No sé sí todo, pero sí bastante. Cuando Lew leyó la carta, se puso furioso. Pensó que un hombre no me dejaría ese dinero a no ser… Usted sabe lo que gentes como Lew pueden pensar. No sé lo que voy a hacer; por esto es por lo que he venido a verle. Creo que un consejo de un hombre como usted vale mucho.

Abrió de un golpe su bolso, sacó un sobre grande y de él una hoja de papel doblada.

—Me envió esto diciéndome que lo guardase o lo mandase a mis abogados.

Tim tomó el papel mirando a la mujer, que no se inmutó. El documento era sencillo; decía:

«Dejo todo lo que pueda tener cuando muera a Millicen Jane Lessford».

—¿Quién es ella?

—Soy yo —dijo mistress Daney firmemente.

Tim miró de nuevo el documento.

—No encuentro mención alguna de Daney.

—Es que ése no es mi nombre —contestó ella fríamente.

—¿Un nom de mariage?

—No sé lo que eso significa, pero me figuro que es algo desagradable. Sea lo que sea, mi contestación es: «sí».

Tim miró la firma y los nombres de los testigos.

—Son las dos asistentas que van a hacer la limpieza del piso.

El nombre completo de mister Stone estaba escrito en una sola plumada; era una firma característica; Tim tenía buena memoria para la grafología y había visto el nombre de Stone firmado exactamente de la misma manera en una acusación en contra suya… Precisamente en la hoja de acusación que dio lugar a la separación de Harry el Valet de la Rodesia Pólice Force.

—Casi podía ser la suya —le dijo con burla.

Ella sonrió y movió la cabeza.

—¡Oh, es la suya de verdad! ¡Pobre muchacho!

—¿Qué le sucede?

—No lo sé, no me lo quiso decir. Tenía algo en su cabeza que le preocupaba.

—Entonces, ¿le ha visto usted? —preguntó Tim rápidamente.

Ella inclinó la cabeza asintiendo.

—Le vi hace dos días; por eso fui a París. Volvimos juntos.

—¿Volvía, quizá, a reclamar su fortuna? —preguntó Tim secamente.

—¿Por qué ha de venir él? Le buscan por dos crímenes. Hasta que tenga eso arreglado no va a venir a ponerse en manos de la Policía.

Tim esperó que ella le dijese algo más; pero parecía no tener más explicaciones que darle.

—Según eso, ¿usted viene a sentar el hecho de que es la heredera de Harry el Valet, caso de que le suceda a éste alguna desgracia?

Ella se encogió de hombros.

—Le he contado esto de pasada. En realidad, he venido a verle a usted, amor mío.

Sus ojos brillaron con buen humor, y cuando mistress Daney se reía era una mujer muy hermosa.

—¡Aléjese de mí, sirena! —dijo Tim agradablemente—. No quiero darle más celos a Lew. ¡Pobre Lew!

—¿Por qué es pobre? —preguntó secamente.

—Por perder a una mujer tan encantadora y leal, y precisamente cuando ella está en camino de la fortuna. Y ahora pienso que lo mejor será que vaya a Scotland Yard; quieren hacerle unas cuantas preguntas.

Sonriéndose, recogió su bolso.

—Eso no me preocupa ni poco ni mucho —dijo—. El dar ideas a policías torpes ha sido mi ocupación durante muchos años.

XXIV

Dejó a Tim intrigado, aunque no del todo. Ella no lo sabía entonces, no era posible que lo supiese.

Tim había visto su ficha en Scotland Yard. Nunca había sido condenada; pero sí estuvo a punto de serlo y hasta se había visto delante de un juez en Old Bailey hacia diez años y se libró de un veredicto de culpabilidad por puro sentimentalismo de un Jurado…; y el sentimentalismo es una de las más raras cualidades en un Jurado de Old Bailey.

Pasar completamente inadvertido en Londres o en cualquier otra gran ciudad es imposible. Puede uno ser visto y olvidado. Cualquier trivial accidente, como una cadena reluciente o unos pantalones grises combinados con un abrigo verde pueden impresionar indeleblemente a una persona observadora y olvidadiza. El estímulo del interés pone en movimiento la memoria.

Nadie sabe lo muy interesado que Scotland Yard puede estar en el caso. Es frecuente observar, en el caso de un asesinato importante y pintoresco, que los jefes de Scotland Yard se reúnen en consulta en el lugar del suceso o en una habitación que da al Thames Embankment, donde el chief constable tiene un despacho. Sus movimientos, sus pensamientos y sus palabras son solicitadas por todos. Las fotografías de las cabezas del Yard aparecen en los periódicos, y cuando se termina el caso, ya sea con la detención del asesino o con el fracaso de conseguir su pista, el público se figura que se sumen en una especie de reposo soñoliento, del que son despertados únicamente por el siguiente suceso sensacional, que excita la imaginación popular.

Pero estas conferencias se celebran día y noche no sólo acerca de asesinatos, sino muchas veces sobre el más trivial de los crímenes. Los investigadores salen a buscar y vuelven con informes; el atestado aumenta y se convierte en un segundo, y nadie, fuera del imponente edificio, tiene conocimiento ni la más ligera idea de la actividad que dentro continúa.

El atestado de la causa de Harry el Valet había aumentado considerablemente, y la combinación del abrigo verde y los pantalones grises habían dado lugar a muchas investigaciones. El empleado de la consigna, la doncella del hotel, el criado siempre ocupado, que también hacía de portero y limpiabotas en el hotel, todos aportaron sus informes; pero todos ellos insistían en los pantalones grises y el abrigo verde.

Excitaron la memoria del chofer del «taxi» para que se acordase. Un policía de Hampstead Heath había visto pasar, a la luz de un farol de la calle, los pantalones grises y el abrigo verde, y se acordaba perfectamente de ello, aunque había pasado mucho tiempo. Poco después, un preso que cumplía la primera parte de su condena de tres años en Wandeworth Prison dijo que quería hacer una declaración.

Fue a Scotland Yard, y como todos los presos son embusteros y se aprovechan de cualquier causa para atenuar el tedio de sus monótonas vidas, el chief constable Cowley leyó la declaración, se rascó la cabeza y dijo algo de un modo grosero. Y no obstante…

—Consulte su ficha —encargó—. ¿Cuándo fue condenado este hombre y cuál fue la noche del robo?

Este hombre había forzado la entrada en una casa de la carretera que va de Spantards a Hoghgate. Robó alguna plata y le capturaron una semana después por la indiscreción de una amiga. Trajeron su ficha y Cowley la examinó.

—Dice la verdad. Fue la noche en que Harry desapareció —dijo.

Brevemente su declaración fue al tenor de que salía de la casa donde había robado, cuando vio a un hombre parado en la acera, evidentemente esperando a alguien. Por su aspecto, le pareció un detective, y en cuanto le vio se escondió detrás de un seto recién plantado. No era frondoso, como no suelen serlo recién plantados, y por entre sus ramas podía ver al hombre. A poco vio un «auto» que marchaba muy despacio. Llevaba las luces amortiguadas, pero, aun así, pudo ver los pantalones grises y el abrigo verde. El hombre entró en el coche, que se fue despacio. Oyó hablar a dos hombres al pasar el coche, pero no recordaba lo que decían o no lo había oído.

El hombre que estaba esperando no tenía equipaje de ninguna clase. Podía parecer curioso que este hombre considerase que valiera la pena de tomarse el trabajo de hacer declaración de ninguna clase sobre un asunto tan poco importante, pero debe uno recordar que las cárceles son la cuna de infinitas habladurías y que investigaciones juiciosamente hechas dentro de sus sombrías paredes producen muy buenos resultados.

Tim estaba sentado en su habitación del Carlton cuando le llamaron por teléfono desde Scotland Yard.

—Venga a verme, ¿quiere? —dijo Cowley—. Y trataré de convencerle de que mire con mejores ojos a Scotland Yard.

Protestó Tim de que su manera de pensar acerca de Scotland Yard era elevada; pero exageraba un poco. Compartía con todos los jefes de Policía que no tenían relaciones muy estrechas con Scotland Yard cierto desprecio humorístico por la leyenda de su infalibilidad. A decir verdad (y él era el primero en reconocerlo), había venido a Inglaterra con la idea de que su experiencia y entrenamiento serían de gran valor para este moribundo sistema de investigación.

Su respeto no se aumentó por su pronta negativa a aceptar sus servicios. A regañadientes reconoció esto más tarde, cuando, sentado en el despacho del chief constable, examinó los interesantes datos extendidos delante de él.

—Tengo que confesarle —dijo Cowley— que usted nos ha proporcionado lo que pudiéramos llamar clave de las investigaciones Mire: aquí están los movimientos de Harry el Valet. Salió del hotel… Aquí está la hora exacta, al minuto… Pué a la oficina de la estación y dejó la maleta; se dirigió a Hampstead Heath. Estaba en este punto a las diez y treinta y siete, y fue recogido por el coupé de Daney. En este sitio —sacó un croquis— fue visto el coche por un automovilista que pasaba, a las once y siete. Estaba parado a un lado del camino.

En el croquis había una cruz, y cerca de la cruz, un pequeño círculo azul.

—Aquí hay un lago —dijo Cowley—. Se pueden alquilar botes, y en días señalados y de fiesta se puede pasear en lancha de motor. El coche fue visto más tarde aquí —señaló con un lápiz un punto marcado con una «C»—. El conductor estaba solo, y hubo una circunstancia muy especial que será muy significativa para usted. No hubieran visto al conductor cerca del cruce de caminos en Welwyn, a no ser por este hecho; el camino estaba resbaladizo, marchaba a bastante velocidad y al parecer, no vio la señal del policía; frenó para evitar un coche que atravesaba el cruce y dio un preciso patinazo que le hizo dar dos vueltas que le dejaron mirando en la dirección porque había venido. El policía se acercó a él, pero antes que llegase al coche, éste siguió su camino. El policía jura que sólo había en él un hombre; de modo que algo le ocurrió al otro, y esto sólo puede suceder en un sitio —señaló la cruz cerca del lago—. Si hubiésemos tenido todos estos datos al poco tiempo de haber sucedido, podríamos haber cogido a nuestro hombre. Pero nadie necesitaba encontrar a Harry el Valet o averiguar por qué desapareció hasta que apareció la herencia. Y entonces hemos necesitado un montón de investigaciones ¿Qué piensa usted ahora de Scotland Yard?

—Todos mis respetos son para ella —dijo Tim—. ¿Han seguido ustedes su pista más allá de ese punto…?

Cowley movió la cabeza.

—No; desde ahí tenemos que tratar con la Policía local, y a no ser que el conductor se estrellase o se rompiese la cabeza, no tendrían noticia de nada; además, que había llegado ya al Great North Road, que es una calle muy transitada a todas horas del día o de la noche.

Dobló el mapa y se lo guardó en el bolsillo.

—¡De modo que mistress Daney se ha presentado y con testamento perfectamente en regla! Es interesante. Esa gente pronto va a necesitar dinero.

—Tiene mucho. Es difícil suponer que lo malgastaran…

—Han perdido hasta el último penique. Hemos encontrado casi todo el botín en Jennings Buildings. Encontramos las armas y unas cien mil libras en el doble fondo del foso del garaje en Severn. Otra cantidad muy considerable se recuperó en Clench House. Ésta también estaba escondida debajo del piso de piedra. La losa era fácil de levantar y sin embargo, no se lo llevó. ¿No le parece esto raro?

—Debiera parecérmelo, pero no me lo parece —dijo Tim enigmáticamente—. ¿Adónde vamos desde aquí, chief?

—Ya hemos ido —dijo Cowley sombríamente— con garfios y dragas, y me parece que vamos a encontrar algo muy feo.

La cosa fea no la encontraron ni aquel día ni al siguiente. En realidad, no la encontró la Policía, sino una lancha ordinaria de motor, que sacó algo a la superficie. El conductor de la lancha lo vio antes que volviera a hundirse, y se negó a volverlo a ver, cuando, al fin, la Policía lo sacó a la luz del día.

XXV

Tim Jordán volvió al Carlton un poco impresionado por la confirmación de sus sospechas. Encontró tiempo para llamar a la casa de convalecientes donde habían llevado a Mary y se alarmó un poco cuando le dijeron que había salido en automóvil, pensando lo habría hecho sola, pero se tranquilizó más tarde al saber que un hombre del Yard la había acompañado.

Cowley vino a verle.

—Éste es el final de un largo camino de investigaciones —dijo—. El caso es: ¿cree usted que mistress Daney lo sabe? Por mi parte, creo que no. Sin embargo, ha ocurrido algo muy raro la semana pasada, que me tiene intrigado.

—¿La ha visto usted? —preguntó Tim.

—No pensará usted que vive en el domicilio que le dio, ¿verdad? —preguntó con un dejo de sarcasmo en el tono—. No; está por ahí, en alguna parte, y espero encontrarla. Desearía darle autoridad para hacer arrestos… Hacerle constable especial, o cosa así. Va a ser una captura bastante difícil.

—¿Más que de costumbre? —preguntó Tim.

Cowley asintió.

—Sí; este hombre vuela. ¿No lo sabía usted? Teóricamente podemos vigilar todos los aeródromos y todos los aeroplanos de Inglaterra. Pero cualquier campo grande con un barracón puede ser un aeródromo, y se puede comprar un aeroplano pequeño tan fácilmente como un automóvil pequeño. ¡Los venden hasta de segunda mano! Y no se olvide que parte del botín del robo del Lower Clyde Bank estaba en billetes de Banco franceses, cuya pista es imposible seguir. Calculo que tendría muy cerca de veinte mil libras en dinero contante y sonante, y con veinte mil libras se puede hacer mucho. Me sorprendería que a estas horas no hubiese hecho algo. Puede que tenga recursos mayores de los que nos figuramos.

Le explicó que, durante años, Daney había establecido depósitos en Inglaterra y Escocia, y que en cada uno de ellos probablemente habría escondido una fuerte cantidad, en previsión de cualquier contingencia.

—Puede que no sean cantidades gigantescas, pero de seguro que son grandes. Uno de estos días escribiré la historia de Daney, y me criticarán, por pintarle como un supercriminal. Pero es el título más justo que puede dársele.

—¿Cree usted que tiene un aeroplano? —preguntó Tim.

—No tengo ninguna duda de ello —dijo el chief enfáticamente—. ¿Cómo salió mistress Daney de Inglaterra y cómo volvió? Podía haber hecho el viaje por tren y barco, aunque, en realidad, los servicios del Canal están tan vigilados en estos momentos, que es humanamente imposible que ella hiciese el viaje por mar y ferrocarril. Dos de los hombres vigilantes en Dover la conocen de vista. El hombre del Folkestone la detuvo hace años por sospechar que estaba mezclada en uno de los trabajos más espectaculares de Lew…, el que le hizo irse a África. No: no ha podido hacer el viaje por tren; de modo que tenemos que suponer que, si no en el área de Londres, al menos en las casas de campo de nuestro hombre tiene un pequeño aeródromo, y éste es el sitio que necesitamos encontrar.

Tomaron el té juntos, y Cowley le dio a conocer más detalles acerca de los procedimientos de la Policía. Antes de separarse le dio un consejo:

—Si es usted un hombre prudente y tiene deseos de una vida larga y dichosa, quédese en el hotel después que se ponga el sol —dijo—. Si de alguien está ansioso de vengarse, es de usted, y usted sabe por qué.

Del asunto del macabro hallazgo en el lago Circular Road no se supo más sino que el cuerpo de un hombre había sido sacado del agua.

El crimen del día y que intrigaba a los lectores de los periódicos de la noche era el «misterio del garaje». Un periodista atrevido relacionó la muerte del joven Awkwright con la de su padre, y el misterio de ambas tragedias fue explotado en toda su magnitud.

Cuando bajaban, Cowley pidió un periódico al encargado del ascensor, y los dos hombres se quedaron en el hall leyendo el relato.

—Está casi bien —dijo Cowley, dándole el periódico a Tim—. ¿Va usted a la calle?

—Voy a ir a la casa de convalecientes… —empezó Tim.

—Puedo evitarle el trabajo —dijo Cowley—. He hecho que trajeran a esa señorita a la ciudad —se sonrió al ver la consternación del joven—. No está detenida, ni cosa tan dramática como eso, pero puede haber visto algo en Jennings Buildings, sin darse cuenta de lo que veía. Si está en condiciones de identificar a nuestro escurridizo amigo, se encuentra casi en tanto peligro como usted. La dirección es: trescientos siete, Welbeck Street, y encontrará usted uno de mis hombres de guardia fuera de la casa.

Mary ocupaba sola un saloncito. A la vista era la señora de mejor salud que hubiera estado en una casa de convalecientes; estaba, sin embargo, según ella misma decía, un poco nerviosa. Tim pensó que quizá se opusiese a hablar de su desagradable experiencia y evitó la conversación, hasta que ella misma empezó a hablar de Jennings Buildings.

Nunca había visto a los inquilinos del piso bajo, y Martha nunca se los había descrito; había oído gritar, y su descripción confirmaba la interpretación de mister Daney.

—Parecía como si alguien estuviese furioso, más que si estuviese asustado.

—¿En realidad, una virago gritando? —dijo, y ella bajó la cabeza asintiendo.

Mary estaba más bien impresionada que desconsolada por la muerte de su marido.

—Creo que siempre ha estado un poco loco. Mister Awkwright me contó muchas cosas de él después que nos casamos.

Tim supo entonces muchas de las circunstancias en que el matrimonio se proyectó y se llevó a cabo.

—Era ineludible. Yo cogí las setenta libras. Le había rogado a mister Awkwright que me prestase el dinero; mi madre estaba en un estado desesperado; los agentes de apremio estaban en casa, y a mi hermana pequeña la habían expulsado de la escuela por falta de pago. No quiero hablar en contra de Benjamín Awkwright, pero tengo la impresión de que premeditadamente me tentó. Jamás había dejado el dinero por encima de las mesas; pero desde el momento que le dije que estaba en tal necesidad, lo encontré constantemente debajo del papel secante o en los cajones abiertos de su escritorio, y por fin, un día, después de un desesperado telegrama de mi madre cometí ese espantoso hecho. Estaba loca de ansiedad. Pero apenas cogí el dinero y lo metí en un sobre cuando lo echó de menos y me acusó inmediatamente. No pude hacer otra cosa que devolvérselo; después pasé cuatro horas infernales. Me veía acusada y a mi madre en la cárcel. En la tarde de aquel día me hizo su proposición. Tenía un hijo que necesitaba una mujer; me dijo que estaba enfermo y que sólo quería una compañera. Eran nuevas para mí el que tuviese un hijo.

—¿Le dijo que el muchacho estaba loco?

Mary negó con la cabeza.

—No…, eso lo supe más tarde, al volver de la ceremonia. Mister Awkwright dijo que, si me casaba con él, sacaría a mi madre de todos sus compromisos y me daría una fuerte suma; en realidad, fueron unas trescientas libras, que le ayudaron a seguir viviendo. Conocía tan bien las circunstancias en que se encontraba mi madre, que comprendí debió de haber leído mi correspondencia, con ella. Todas las cartas iban a su estudio incluidas en el paquete de correos, y era muy sencillo para él abrirlas, si era tan ruin; y me temo que era un gran bellaco. No diré que me agradó el ofrecimiento, pero lo acepté inmediatamente. No me detuve a pensar, porque si lo hubiera hecho me habría dado cuenta de que un hombre rico no fuerza a su secretaria a casarse con su hijo, a no ser que exista algo muy particular en él. Éste es el final de la historia en cuanto a mi matrimonio se refiere; nunca estuve sola con él más de cinco minutos. Me daba terror. En cualquier otra parte que mister Awkwright habitara tenía otra casa o departamento que ocupaba su hijo.

Era evidente, por lo que ella le había dicho, que Stocker, que era el brazo derecho de mister Daney, no sabía nada de esta situación familiar, hasta que una noche, en un ataque de locura, y cuando Daney, Stocker y Jelf estaban en el bosque, el loco la atacó, persiguiéndola por la plantación, cuchillo en mano. Fue entonces cuando Stocker se mezcló en ello. Daney era una hombre impresionable; vio a la muchacha cuando estaba desvanecida en el suelo, y se enamoró de ella. Ésta era su manera de ser. Probablemente, exageró su repentina pasión para molestar a su mujer. Mary podía decirle muy poco acerca del temible Lew. Le había visto dos veces y sin embargo, no había reparado en él; se encontró con él por casualidad, al atardecer, cerca de Clench House. Siempre fue amable y considerado, y había llegado hasta ofrecerle pagar por el divorcio. Probablemente, había razón para el disgusto de mistress Daney con su marido.

Tim salió de la casa de convalecientes cuando la enfermera le dijo de repente que ya había excedido el tiempo autorizado de visita en más de una hora. Se dirigió en automóvil a Jennings Buildings esperando encontrar allí a Cowley o Weeler, pero tropezó con un policía que no le conocía y que no le permitió entrar en una zona prohibida para el público en general.

Cuando volvió al Carlton, encontró a Cowley que salía.

—Quiero hablar con usted —le dijo—. Véngase al Yard.

Fueron juntos en coche a lo largo de Embankment, y el chief subió delante de él hasta su habitación.

—Lea esto.

Sacó de un cajón cerrado un telegrama; lo habían transmitido desde Ostende, y estaba firmado: «Crimms».

—Es el hombre que tenemos de puesto en Ostende —dijo Cowley.

Tim leyó:

Esta mañana, a las siete, se encontró el cuerpo de un hombre en las dunas, entre Ostende y Niuport, muerto de un balazo disparado a boca de jarro; cerca de su mano se encontró un revólver. Por papeles y una carta que tenía en el bolsillo, su nombre parece ser Harry Stone…

—¿Harry el Valet? —dijo Tim, abriendo la boca asombrado.

—Harry el Vale t —repitió Cowley sombríamente.

—Es una muerte providencial, ¿eh? ¡Estando mister Daney en posesión de la última voluntad y testamento de tan interesante testador! Mis hombres han hablado por teléfono y se han hecho dictar la carta. No necesito decirle que está dirigida a mistress Daney. Apretó un timbre y dijo al ordenanza que entró:

—Pregunte al inspector Smith si tiene la carta que se encontró cerca del cadáver hallado en la costa de Bélgica.

Durante un momento, después que el hombre salió del cuarto, se quedó en silencio.

—¡De modo que se trataba de esto! —dijo Tim, y silbó.

—Así es —repitió Cowley—. Estoy ansioso de leer esa carta. No había llegado cuando salí de la oficina. A propósito: ¿ha oído usted hablar alguna vez de Johnny Time?

Tim negó con la cabeza.

—Es un pequeño falsificador que una o dos veces ha formado entre gangs grandes, pero la mayor parte del tiempo se limita a falsificar informes y certificados para chóferes que no tienen ninguno que merezca la pena. Creía que usted le conocía. Tim se acordó entonces.

—¡Seguro! Era el que iba a denunciar a este hombre. Le dio a usted una cita…

—A la que no fue —dijo el chief—. Johnny Time nos ha dado muchas citas que no cumplió. En realidad, el ochenta por ciento de los informadores que llegan aquí reventando con informes desaparecen antes de hacer sus declaraciones.

En este momento apareció nuevamente el ordenanza y colocó una hoja de papel delante del chief constable.

Cowley sacó sus lentes, se los colocó y leyó:

—«Querida mía» —empezó.

—Ésta es nuestra mistress Daney.

Siento el causarle tantas molestias; pero la verdad es que no puedo seguir viviendo sin usted. Es usted fiel a su marido y por esto la respeto; pero esta larga espera me destroza el corazón. Recientemente he heredado mucho dinero, como usted sabe, y le he enviado mi único testamento, en el que todo se lo dejo a usted. Espero que le sea más provechoso a usted que me ha sido a mí…

—Oigan, muchachos —dijo el chief ojeando las líneas—. Un relato breve, pintoresco y absolutamente falso de su vida y de la persecución policíaca que le llevó a su carrera de crimen. ¿Quieren que se lo lea?

—No tenemos gran interés —dijo Tim.

—Tendremos aquí el original esta noche o mañana temprano —dijo Cowley—. Le interesará esta posdata:

Le aconsejo que vaya a ver al capitán Tim Jordán, de la Rodesian Pólice. Le aconsejará, porque es un hombre honrado, y aunque me trató mal en África del Sur, no le guardo rencor.

—Por lo que le doy las gracias —dijo Tim.

Cowley encerró la copia en su escritorio.

—La escena está preparada para el interesante acto final —dijo—, y espero que no haya desgracias.

—¿Es probable que las haya?

Cowley inclinó la cabeza.

—Estamos ahora metidos en uno de los momentos más difíciles de la vida de este hombre. Una muerte más o menos no ha de preocuparle; usa revólver y seguirá el antiguo lema criminal: «No se puede ser ahorcado más que una vez». Es de noche; haré que un hombre le acompañe a su casa.

—No hay necesidad alguna —dijo Tim—. Puedo tomar un «taxi» en Whitehall.

—Tomará el «taxi» aquí —Cowley apretó el timbre—. Y esperará en este despacho hasta que esté preparado esperándole. Esta noche no quiero correr riesgos innecesarios. Vuélvase a su hotel, cene y reúnase conmigo en la estación Victoria. Tomaremos el barco de la noche para Ostende y desembrollaremos el pequeño misterio que a ambos nos tiene intrigados.

XXVI

Tim volvió al Carlton al tiempo que su rotonda se llenaba de comensales. Subió en el ascensor. Su habitación estaba a una docena de pasos a lo largo del corredor. Abrió la puerta del salón, entró y automáticamente, levantó la mano buscando el conmutador de la luz. Se sintió el ruido de éste, pero la luz no se encendió. Lo intentó en otro, pero la llave dio la vuelta sin obtener resultado. «Probablemente, los plomos fundidos», pensó.

Había otra llave de luz cerca de la puerta de su dormitorio. Atravesó el cuarto a oscuras con la mano levantada, buscando la llave, cuando la puerta del pasillo, a través de la cual entraba la única luz que había en el cuarto, se cerró, dando un portazo. Alguien estaba dentro.

Tim se llevó la mano al bolsillo de atrás del pantalón, pero en el momento que sus dedos apretaban la culata de su revólver, una línea de fuego atravesó la oscuridad. El estampido fue ensordecedor. Se dio cuenta de que algo le había arrancado el extremo de la oreja, y aunque no sentía dolor, se llevó a ella la mano y la sintió mojada.

En el momento que sacaba el revólver recibió un golpe en la cara que le tiró contra la pared. En un segundo se repuso y se agarró al hombre. No podía ver nada; luchaba ciega y salvajemente con su asaltador, que no dependía solamente de sus puños. Al darse el golpe contra la pared se le cayó el revólver de la mano, y mientras luchaba le buscaba con los pies.

Perdiendo el equilibrio, cayó, con estrépito, contra el biombo, situado delante de la chimenea. En ese momento el que forcejeaba con él disparó dos veces a ciegas, y, abriendo de un tirón la puerta del dormitorio, entró y la cerró tras de sí.

Tim se puso en pie vacilante, cruzó el cuarto tambaleándose y después de un minuto, consiguió abrir la puerta. El camarero que pasaba, al verle con el rostro manchado de sangre, por poco deja caer los platos que llevaba.

—Traiga una luz pronto —dijo Tim. El muchacho entró corriendo en el cuarto y tuvo la buena suerte de coger una lámpara de mesa que estaba en el escritorio de Tim. Era la única a la que no habían quitado la bombilla. Las luces de su dormitorio estaban intactas, y Tim pudo apreciar sus heridas.

Faltaba un pedazo de la parte superior de su oreja; su rostro estaba magullado y tenía una herida por encima de la sien izquierda que sangraba de un modo alarmante, pero que, según vio, no era muy importante.

Un rápido examen descubrió los movimientos de su asaltador. Había sido visto al salir del dormitorio de Tim; era un caballero vestido irreprochablemente con traje de etiqueta, con un ligero abrigo echado al brazo. Llevaba sombrero de copa, y al bajar las escaleras, encendió tranquilamente un cigarro. En el piso de abajo nadie le había visto. El espectáculo de un hombre bien vestido en el Carlton no era extraño. Atravesó la rotonda y salió a Pall Mall, y de aquí en adelante se perdió su pista.

Un médico curó las dos heridas y le hizo las recomendaciones de costumbre; pero Tim tenía otro proyecto que el de irse a la cama y permanecer tranquilo. Llamó a Cowley por teléfono a su casa y le contó lo que había sucedido.

—Lo esperaba —dijo el chief—. Hizo usted una locura al marcharse a su casa sin uno de mis hombres. Veré de que no se quede usted sin un… —Dudó buscando la palabra.

—¿Un guardia? —insinuó Tim—. No creo que lo necesite; a estas horas estará lejos de aquí.

—¡No lo crea usted! —amonestó Cowley—. A estas horas sabe que esta usted vivo, y precisamente no debía usted estarlo, para su conveniencia y seguridad.

No era una advertencia tonta. Tim cenó de prisa, arregló su maleta y llamando a un «taxi», ordenó al chofer que le llevara a la estación Victoria. El coche dio la vuelta a Trafalgar Square, pasó por Almiralty Arch, y estaba a la mitad de la subida del Mall, cuando un coche grande le alcanzó, y poniéndose a su lado, los echó hacia la acera. El chofer dejó escapar un torrente de protestas violentas y dio un frenazo. Al hacer esto, el hombre que ocupaba el asiento del conductor del otro coche disparó cuatro tiros al interior del «taxi». Antes que los asombrados viandantes o el policía de servicio pudieran intervenir, el enorme coche tomó de nuevo el centro de la calzada, y huyendo a toda velocidad en dirección de Buckingham Palace, desapareció.

Aunque Tim estaba ileso, había un herido: un motorista, que iba siguiendo al «taxi», había sido atropellado por el automóvil y yacía sin sentido a un lado del camino. No estaba herido gravemente, a pesar de que su «moto» estaba destrozada.

A Tim le detuvo la Policía; pero explicó lo urgente de sus asuntos con Cowley, y cuando lo hacía, un hombre se abrió paso entre la multitud y habló en voz baja al policía. Luego cogió por un brazo a Tim y se lo llevó a un lado.

—Está bien, capitán Jordán; pertenezco al Yard, lo mismo que el hombre que le seguía; es un detective motorista. Mister Cowley dio órdenes de que no le perdiéramos de vista. Hay media docena de los nuestros estacionados entre el Carlton y la estación Victoria.

Faltaban pocos minutos para la salida del tren, cuando Tim entró corriendo en la estación, y hasta que arrancó éste no fue capaz de terminar la historia de su aventura.

—Nuestro amigo no es inteligente, pero es un buen trabajador —dijo Cowley—. No está en el tren, pero no me sorprenderá mucho si nos espera en Ostende o… en Dover.

Cuando llegaron a este puerto, hora y media más tarde, Cowley tuvo una conferencia con el agente de Scotland Yard que día y noche vigilaba este puerto. Nadie de las señas del asesino se había embarcado; pero, antes de zarpar, se hizo un cuidadoso registro, y el Jean Van Roebeck fue registrado de proa a popa con grandes molestias para muchos pasajeros que se habían retirado a descansar.

Al tiempo que el barco salía despacio fuera de bahía, Cowley hizo una confesión:

—Tengo miedo —dijo—. ¿Ha tenido usted miedo alguna vez, Jordán? Si me dice usted que no, es usted un embustero.

—¿De qué tiene usted miedo?

Cowley movió la cabeza.

—No lo sé. Hemos llegado al punto crítico de un caso muy importante, y el hombre que tratamos de llevar a la barra no se va a preocupar mucho ni por su vida ni por la mía. Y cosa curiosa, aunque ocupo un importante puesto y por mi cargo no debo tener miedo, me doy cuenta de que tengo mujer e hijos que agradecerían el funeral que la fuerza de la Policía me haga; pero que les parecería que no era una gran compensación por la pérdida de un buen marido y un padre cariñoso.

—Usted se chancea —dijo Tim.

Cowley apretó los labios.

—En cierto modo, sí; pero pienso que antes que cojamos a nuestro hombre, en realidad tendremos mucho trabajo. No espero que se escape, pero podría suceder. He telegrafiado a los jefes de Policía de todas las ciudades de importancia de la costa entre Dunquerque y Ostende que estén alerta si ven algún aeroplano; pero sé que hay veinte o treinta sitios donde se puede aterrizar de noche. Existe una playa grande de arena dura y la marea estará baja a las tres en punto. Si tiene un compañero, puede dejarle allí, y el aeroplano regresar a Inglaterra antes de amanecer. Si no lo tiene, será más fácil lanzar el aeroplano al mar después de descender en él.

En las frías horas antes de amanecer, Tim se despertó y subió a cubierta, preparándose para desembarcar. De los hombres que se reunieron en el muelle la mitad eran miembros de la fuerza de detectives de Bélgica, y su jefe saludó calurosamente a Cowley. Habían trabajado juntos durante la guerra y eran viejos amigos.

—No hay nada misterioso en este suicidio —dijo monsieur Poiccart—. No hemos podido averiguar dónde vivía en Ostende; pero ha debido de vivir aquí bastante tiempo. Encontramos en su bolsillo un viejo ejemplar de la Independence Belge y un periódico francés.

—Ambos pueden haber sido comprados en Londres. Un artístico retoque, pero no muy convincente. ¿Tiene usted el revólver?

—En mi despacho —dijo el belga—. Lo hemos probado, y por lo que hemos podido juzgar, es la pistola con que se cometió el suicidio. Una sola cápsula se había descargado. No puedo decirle nada más, querido amigo, porque usted encargó especialmente que no se moviese el cadáver. Le hemos dejado en las dunas y he puesto algunos agentes de Policía de guardia para que nadie le tocase. Lo único que he hecho es tomar sus huellas digitales, como usted pidió, y éstas las puede usted ver en mi despacho.

—Creo que tengo un facsímil de ellas en mi bolsillo —dijo Cowley.

En la Estación Central de Policía la tarjeta de huellas dactilares fue colocada sobre la mesa, delante del chief constable, y éste la comparó con una tarjeta más pequeña que sacó de su cartera. Tim, que tenía algunos conocimientos de dactilografía, vio inmediatamente que eran idénticas.

—¡Hum! —dijo Cowley—. No cabe duda alguna acerca de esto. ¡Ese hombre era un estúpido! ¿No ha oído hablar nunca del sistema de huellas dactilares, o se imagina que puede hacer pasar una suplantación como ésta sin que la Policía se tome el trabajo de hacer investigaciones?

—¿No es un suicidio? —preguntó el interesado Poiccart.

Cowley negó con la cabeza.

—No; es un asesinato, y no se cometió en Bélgica. El cadáver había sido visto ya por una señora; yacía en el suelo de un garaje en Barnet.

Tan pronto como fue de día se dirigió con dos automóviles, llenos de policías, al lugar donde yacía el cadáver e hizo una breve inspección del macabro cuerpo extendido en la arena.

Cowley permaneció un largo rato contemplando al hombre muerto, y después movió la cabeza.

—Así vino a terminar el pobre Johnny Time —dijo—, un pobre ladronzuelo que se metió en caza mayor y sólo llevó la peor parte. Muerto de un balazo a boca de jarro, probablemente en el coche que le llevó a Jennings Buildings, fue transportado en aeroplano disfrazado con las ropas de Harry el Valet. Nuestro amigo debe de haber planeado esto cuidadosamente. Note usted que los dos son de la misma estatura casi.

Interrogó rápidamente al jefe de la Policía belga.

—¿No han visto ustedes algún aeroplano?

—Ninguno, mister Cowley; hemos tenido nuestras patrullas vigilando a lo largo de la costa desde las tres. Se oyó el ruido de un aeroplano volando muy alto, que pudo, por supuesto, haber descendido. Desgraciadamente, si aterrizó en la arena no dejaría huellas, porque desde entonces la marea ha subido. En realidad, no fue visto y quizá fuese el aeroplano alemán del correo de la noche, que pasa a lo largo de la costa y se mete tierra adentro en Zeebrugge.

Después de dar instrucciones para el traslado del cadáver, volvieron al hotel, donde Cowley había reservado dos habitaciones.

—El próximo movimiento será de mistress Daney; me intriga cómo recibirá esto.

Más tarde, durante la mañana, llegaron por aeroplano los periódicos de Londres, y Tim los leyó con interés, porque a las siete de la tarde del día anterior Scotland Yard había hecho un detallado relato de lo que encontraron en el lago y de lo que esto significaba. Cowley habló por teléfono con Londres aquella mañana y celebró varias conferencias con los oficiales de la Policía belga. Relató el resultado de estas conversaciones a Tim.

—No hay señales de esa persona en Londres, y el aeroplano que oyeron a las dos y media no era el del correo. Pasó sobre Margate un poco antes de las dos, cuando uno de los aparatos terrestres contra ataques aéreos estaba haciendo prácticas de exploración. Descubrieron el aeroplano, pero éste esquivó la luz. No era un aeroplano oficial ni de viajeros, y hasta ahora no han podido encontrar su puerto de origen… No es que esto importe mucho. Se hace una enorme cantidad de contrabando en esta época; las sedas, en particular, entran en balas, y podría ser uno de los aeroplanos de los contrabandistas. Las estaciones de la costa han sido avisadas, pero no nos han dado parte de que el aeroplano haya vuelto… Lo que quiere decir, amigo mío, que no vaya a pasearse a las dunas sin ir acompañado por un par de agentes de monsieur Poiccart.

Aquella tarde, a primera hora, cuando bajó la marea, se descubrió el misterio del aeroplano desaparecido. Unos pescadores dieron la noticia de que habían visto a milla y media de la playa la cola de un aeroplano. En ese punto la playa baja muy gradualmente y no había más de doce pies de agua en marea baja. Se envió un remolcador inmediatamente para recoger el aeroplano, lo que no resultó tan difícil como se había pensado. Entre el remolcador y los pescadores lo arrastraron a la playa.

Aparecía intacto, excepto la hélice, que estaba rota, y un técnico, que lo examinó, fue de opinión que lo lanzaron al mar, rodando por su propia fuerza, desde un punto enfrente precisamente a donde se encontró. Un examen cuidadoso de la arena corroboró esta hipótesis. La verdadera pista, sin embargo, se encontró cuando Tim practicó un minucioso registro del fuselaje. Atada debajo del asiente encontró una cajita forrada de cuero. Forzaron su cerradura y vieron que contenía unos cuantos artículos de tocador, de oro, grabados con un monograma.

—Eso es de mistress Daney. Debe de saber volar también. Han hecho poner dobles mandos —dijo Cowley—. De modo que ambos están aquí.

Era fácil comprender que en la oscuridad se olvidasen de la caja. Probablemente mistress Daney tenía otro maletín con sus joyas, del cual se ocupaba más especialmente.

La noticia circuló de ciudad en ciudad, desde Aachen hasta Brujas, y la maquinaria de investigación de la Policía belga se puso en marcha. En alguna parte del país había dos asesinos: uno de ellos tres veces asesino y el otro su cómplice. Todos los hoteles recibieron una notificación oficial y la descripción de la pareja buscada.

—Pueden, por supuesto, escaparse a Holanda. Se puede ir fácilmente en automóvil. Pero yo creo que están por los alrededores —dijo Cowley—. No pueden marcharse, a no ser por tren o automóvil, y donde estén en este momento allí tendrán que quedarse…, y están en Ostende; de esto estoy seguro.

Knoche, ciudad de la frontera, notificó que ningún coche había pasado a Holanda, excepto los que de costumbre hacían el viaje de un país a otro. Las patrullas francesas dijeron lo mismo. En Brujas no se consiguió nada; en Bruselas, el asunto era distinto. Era una gran ciudad y las diligencias del registro tenían que ir despacio.

—Me quedaré otro día —dijo Cowley—; he pedido por telégrafo los documentos de extradición y deben llegar esta noche.

Tim dio un paseo antes de la cena a lo largo de las dunas y se sintió divertido, aunque un poco molesto, al observar que era el centro de una partida de policías, vestidos de paisano, que le rodeaban; pero se veía tan claramente, que los buenos ciudadanos de Ostende tenían la impresión de que era un peligroso criminal dando un paseo.

Cenó con Poiccart y Cowley en el salón que tenía tomado en el hotel. La temporada no había empezado; uno o dos hoteles estaban abiertos, y esto, según explicó Poiccart, hacía mucho más fácil el registro de la ciudad.

Había, sin embargo, un gran número de pensiones que, aunque legalmente estaban obligadas a notificar la llegada de cualquier forastero, podían, quizá por la propina que los fugitivos pudieran darles, pasar por alto tan importante orden.

Eran las once cuando se retiraron los dos jefes, y Tim se sentó a escribir una carta. El hotel estaba silencioso; el único ruido que hasta él llegaba era el murmullo de la marea, que subía barriendo las arenas de la playa.

Su dormitorio daba al salón; casi terminaba su carta cuando le pareció sentir ruido. Se levantó y escuchó; lo oyó de nuevo… El apagado crujido de unos pasos furtivos. Sin hacer ruido, atravesó la habitación y apagó las luces. Después, con un revólver en una mano y una linterna eléctrica en la otra, se acercó a la puerta. De repente la abrió de un tirón y alumbró con la linterna.

—¡Manos arriba! —dijo lleno de asombro.

Durante un momento no reconoció a la vivaracha figura, vestida con un mono de mecánico, que estaba parada al pie de la cama.

—¿Quién es usted?

—Está bien —dijo una voz burlona—. No dispare, capitán Jordán. Supe que tenía usted mi maletín de joyas y decidí venir a buscarlo.

—¿Quiere usted apagar esa luz? —prosiguió mistress Daney—. Me hace daño a los ojos.

—Lo siento —dijo Tim sardónicamente.

Se echó hacia atrás seguido de la mujer, que entró en el salón.

—Puede usted encender las luces —dijo él—. Si intenta abrir la puerta, no seré responsable de mis actos.

—No se preocupe —dijo mistress Daney.

Se dirigió tranquilamente hacia la llave de la luz, y cuando el cuarto estuvo iluminado volvió a la mesa y se sentó. Estaba bastante pálida, con grandes ojeras, y aunque conservaba sus antiguos modales insolentes, se veía que estaba muy nerviosa.

—¿Puedo fumar un cigarrillo? No tengo ninguno. Y bien: ¿tiene usted aquí el maletín de mis joyas? —le preguntó, mientras él le alargaba su pitillera.

—Está en el hotel. Debía usted haber entrado en el cuarto. ¿Cómo entró usted?

—Por el balcón —contestó lacónicamente—. Usted tiene un balcón, y hay otro encima, y un poste de hierro. Es fácil. En otro tiempo, cuando Lew hacía pequeños trabajos, yo le ayudaba.

—¿Cómo evitó a los detectives?

—¡No me haga reír! ¡Esos tontos! He vivido en el hotel constantemente… Ésta es la parte cómica. ¡Han registrado ustedes todos los hoteles de la ciudad menos éste!

—¿Y su amigo?

No contestó; sus ojos miraban al vacío.

—Él y yo hemos sido muy buenos amigos a temporadas, durante muchos años. No ha sido el mejor de los hombres; pero Lew tenía muchas cosas en los viejos tiempos que eran maravillosas. No me creería si le dijese que en un tiempo estuve enamorada de él… Deme lumbre.

Encendió una cerilla y se le acercó. La mano que sostenía el cigarrillo temblaba.

—Romántica, ¿verdad? Lo mismo que en las novelas… ¡Tonterías! Le adoraba y esto es todo. Siempre hemos tenido nuestras peleas, pero siempre terminaban bien y fue generoso conmigo.

—En otras palabras: en realidad, ¿estaba usted enamorada? —preguntó Tim cuando ella dejó de hablar.

Mistress Daney asintió.

—Algo parecido a eso; realmente estaba enamorada. No supe cuán enamorada hasta que… Bueno; esto no tiene importancia.

—¿Por qué no notificaron su estancia en el hotel? ¿Están en combinación con usted?

Ella negó con la cabeza.

—Resido aquí desde hace quince días, yendo y viniendo. He hecho viajes a París y Bruselas; pero no dejé la habitación, y naturalmente, no me consideran como recién llegada. Hablo perfectamente el francés y creen que tengo esa nacionalidad.

Fumó en silencio durante un rato. Los ojos de Tim se dirigieron al teléfono y ella adivinó sus pensamientos.

—No necesita llamar a Cowley todavía —dijo—. Quiero calmarme un poco.

Otra larga pausa.

—¿Quién era ese hombre…, el hombre de las dunas?

—Un hombre llamado Johnny Time —dijo Tim, y ella asintió:

—Me figuré que era él. Era un pendolista, ¿verdad?

—¿Con eso quiere usted decir un falsificador? Sí.

—Escribió dos bonitas cartas… —contuvo la respiración—, que yo creí eran de Lew. Lo he descubierto hace unas horas. Naturalmente, creí que eran de Lew, tan astutamente estaban escritas, y la letra podía pasar por suya. Por supuesto, cuando vi los periódicos esta mañana lo comprendí todo. El no sabe que he visto los periódicos. Éste es el lado cómico suyo; comete errores y hace cosas que Lew nunca hubiera hecho. Y eso es porque toma cocaína.

—¿Es toxicómano? —dijo Tim interesado.

—Lo era —corrigió ella, mientras sacudía cuidadosamente la ceniza del cigarrillo—. Y cuando no puede dormir toma veronal… a paletadas. Le dije que un día se equivocaría, y así ha sucedido. Pero así me ha evitado muchos disgustos.

Tim se incorporó en la silla.

—Siéntese —dijo ella—. Fui a matarle después que leí el periódico, pero la Naturaleza llegó antes.

—¿Dónde está? —preguntó Tim.

Alargó la mano para coger el teléfono.

—Si llama a Cowley, no le diré nada. ¡Tengo los nervios de punta!

Hizo un expresivo gesto.

—No podría aguantar a Cowley en este momento. Le prefiero a usted, Tim Jordán. Deme otro cigarrillo.

Tim le alargó uno y se lo encendió.

—Esto está mejor. Creo que el fumar cigarrillos es como una especie de droga; pero es agradable. No tenía idea de que Daney hubiese muerto; me parece que sé lo que sucedió. Daney siempre tuvo un poco de miedo a Harry el Valet; le había hecho una o dos trastadas y sabía que Harry estaba en Londres. Mejor dicho, Harry le encontró; pero yo soy bastante buen adivino; Lew le recogió en Hampstead Heath, y no tengo la menor duda de que Lew deseaba que apareciese su esquela mortuoria. Harry disparó primero.

Hizo una pausa y tragó saliva; en sus ojos brillaron las lágrimas.

—No sé lo que Lew le diría; pero probablemente todo lo concerniente a Clench House y el sitio donde estaba el dinero. Acostumbraba hacer cosas así. Jugaba con ellos como el gato con el ratón; esto mismo me lo ha hecho a mí varias veces…; pero Harry disparó primero. Relacioné todas estas cosas cuando leí los periódicos de esta mañana y supe que habían sacado del lago el cadáver de Lew. Por supuesto, Harry se fue al Norte para recocer el botín. Conocía el secreto de la tumba y todo lo relativo al almacén de debajo del garaje. Debió de saberlo por los papeles de Lew (según todas las apariencias, le desnudó antes de arrojarle al agua); en ellos encontró todos los detalles de los varios depósitos que Lew había establecido por todo el país. Sabía la manera de entrar en el sitio donde estaba el dinero. Lew tenía un diario y siempre lo llevaba con él; ésta es una de las muchas tonterías que hizo. Me figuro que habría escrito mucho acerca de mí, de modo que no le fue difícil el cogerme en Severn, como lo hizo. Pasé una semana infernal con ese hombre antes que me enseñara una carta de Lew, en que me decía que estuviera tranquila e hiciese lo que Harry me mandase. Como una estúpida, lo creí… Pensé que Lew estaba escondido en el Continente y que Harry actuaba por él; no llegué a esta situación sin haber tenido grandes peleas; creo que Harry me hubiera matado a no ser por su natural instinto de caballero.

Se sonrió débilmente.

—¿Dónde está? —preguntó Tim.

—Se lo diré más tarde. Fui esta mañana con un revólver a matarle cuando estaba acostado; pero la Naturaleza y el veronal habían trabajado un poco más de prisa. ¿Hay algo más que necesite que le aclare?

—¿Sabía usted el asesinato de Johnny Time?

—No, ni el del joven Awkwright; para entonces ya me había marchado. Harry no podía disponer del dinero. Tenía un gran proyecto para dejármelo muriendo él y nombrándome su heredera. Pero yo no sabía exactamente cómo lo iba a hacer. No podía imaginarme que mataría a sangre iría a un pobre diablo; pero esto fue lo que hizo, y mató al joven Awkwright porque no podía estar tranquilo. El testamento es verdadero… Está escrito por Harry, no le será difícil probar eso.

Tim alcanzó el teléfono y esta vez ella no protestó. Siguió fumando, contemplando de mal humor la pared.

—Ha sido una desgracia para Harry —dijo cuando él terminó su conversación con Cowley—. Le encontrará usted en uno de los cuartos de los criados, en el último piso; él hablaba el francés también. Hemos estado aquí varias veces, pasaba por mi chofer y criado.

—¿Está muerto? —preguntó Tim.

Inclinó ella la cabeza asintiendo.

—Usted sabía quién era, ¿verdad? Usted le reconoció en alguna parte, me figuro. Por esto es por lo que él tenía tantos deseos de hacerle desaparecer. Salimos de Inglaterra pocas horas después que usted viniera al Continente. Tenía un pequeño aeródromo propio… Había servido en el Cuerpo de Aviadores de East África, y Lew y yo hemos volado mucho. Todo esto era muy embarazoso para Harry, que conocía todos los secretos de Lew, pero no sabía utilizarlos. No sabía nada acerca de Stocker, hasta que se encontró cara a cara con él.

Cowley vino poco después, y dos hombres se la llevaron a la Comisaría de Policía. Durante todo el día siguiente la interrogaron, pero ella no cambió en un ápice su declaración. Harry el Valet estaba muerto… Realmente muerto esta vez y por un accidente. Apareció el farmacéutico que le había proporcionado el veronal. Había suficientes pruebas de que era un toxicómano y faltaban indicios de premeditación.

—No sé que acusación podremos hacer contra esta mujer, ni aquí ni en Inglaterra —dijo Cowley—. Era su cómplice; pero creo que puede probar que obró siempre a la fuerza. Más bien lo siento por ella.

—¿Lo siente usted? —dijo el hombre del Carlton—. Valet deja algo más de medio millón, y el testamento que hizo para engañar a las autoridades sigue siendo legal, y la persona que hereda ese dinero, ¿es la señora que le da a usted lástima?

Tim Jordan salió de Bélgica en el primer barco preparado a zarpar. Estaba ansioso de reunirse con Mary Grier.


Publicado el 19 de octubre de 2017 por Edu Robsy.
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