Nombrar la desolación

Poesía

Eduardo H. González


Poesía




 CIUDAD INFECUNDA


I
De asfalto hinchada,
la sustancia voraz demuele la arquitectura.
Edificada bajo ansiedades disolutas,
entre el escarnio de las manos furibundas,
la arquitectura es la hija hendida
de la ciudad infecunda.
Sonámbula ante el reclamo
de la permanencia,
la arquitectura cede al arbitrio
de la animosidad absoluta.

Servil,
cripta lícitamente abierta en la disforme
virulencia de los peatones.
Mínima,
el regocijo abastece las dádivas,
el rencor, el ocio hostil.

La ciudad acoge inmortales tragedias,
sólidas conflagraciones como disparos.

Cede la ciudad,
decimonónica
y trémula.

La ciudad revela largas decadencias
en que la arquitectura gesticula:
sus muecas desgajan el tiempo,
urden la inclemencia y la bastedad…



II
¿De quién es esa monserga
que habla de la soledad?
¿Acaso en sus párpados la angustia
asola la mirada y la monotonía
en su humildad peregrina
no ha provocado el regocijo del descanso?
¿Acaso mansamente los horizontes
permanecen alejados y la incertidumbre
ha recorrido los resquicios del alma?

No hablo de la potestad del silencio,
sino de la ternura con que acoge al hombre,
de la suerte primigenia de su destino,
de la gracia de caminar.

Se descifra el sufrimiento, el trágico suceso:
las luces del tumulto urden el abatimiento,
la ciudad se hunde en el desconsuelo.

La ciudad desfallece;
es el amparo en que el hombre no navega…



III
Hombres sin alba,
bajo el amparo de meretrices angustiadas,
en la hora angustiosa,
sin palabras venturosas,
desnacen en sus propios lamentos.

Ceden los muros,
resplandece la caída.
Es el hombre enconado, perverso.
La caída impone el veneno ardiente.
Es la destrucción,
el sobresalto, la vena amarga
de la ciudad vencida,
mortal,
ahogada.

El hombre es la sustancia mortífera,
la quebrada sensación.
Su pecho, como avispero incontrolable,
se inunda de heridas;
en ellas, se postra insomne…


IV
¡¡¡¿Qué sabe el hombre de la soledad?!!!

Camina arrinconando cuanto juzga estéril,
sus recuerdos son cándidos laberintos
censurando los horrores de sí mismo.
El hombre culpa al pasado que lo aísla;
sufre por los crímenes
que desde infante ha urdido.

Su soledad no existe.
El hombre tiende espacios piramidales.
Son las horas con su opacidad certera
la violenta permanencia de su inquietud.

Se advierten líricas liviandades,
agudas delectaciones y falsas miserias;
en ellas, el hombre,
falsamente proscrito,
renace en las calles
parturientas del sufrimiento,
en la vorágine que él mismo ha urdido.

La voluntad jamás dormita,
por el contrario,
acoge espirituales nerviosismos,
la perseverancia de la infinitud,
el otrora miedo incólume.
Se angustia el hombre;
peregrino de sí mismo camina
en la ciudad que jamás reposa;
enarbola el grave oficio
que a nadie conmueve: ser mortal…



V
En la dulcísima sangre del abandono
el hombre encubre la ruina,
la repulsión.
el odio.
En sus pupilas asciende,
impiadosa,
la muerte.

Sufre la arquitectura.
En el pecho codicioso del hombre se origina
la caída; y en el afecto, la ruptura.
Su falsa algarabía la orfandad encubre.

Viene la desazón, la ciudad es el amargo
vientre de la arquitectura que se tuerce.

Llega la ceguera, se ofusca el escarnio,
suscita iniquidades
y armas formuladas por la obsesión.
Es el hombre el fuego devastador;
es, también, letargo y martirio
y brusca hoguera.

Cede el hombre al amparo funesto
del odio que lo encumbra.
La ciudad acoge el silencio enhiesto.
Desfallece la arquitectura
bajo el oscuro manto que la alumbra…

VI
Un péndulo insondable es el hombre;
el tiempo, vértigo y sustancia
en que desahoga su frenesí:
los titubeos de su hálito,
la arborescencia de la voluntad
que no condesciende en dejarlo solo.

Se confirma la enérgica presencia
del hombre inicuo,
se consolida el mutismo,
el enfermizo desamparo
tiritando interminable.

La ciudad se postra ante la desolación;
acude al grito intemporal:
su reproche alimenta la hipocresía
del hombre que urde la penumbra del día…



DE LA CASA VIEJA



1
Agredidos bajo su techo
de lámina envejecida,
por sus paredes de salitre,
en el hartazgo que enfría el afecto,
evitando las ventanas
plenas de rechinidos,
la arrojamos al olvido.

Tormentosa de nuestros cuerpos
la contemplación semejaba un manto agrio;
alborotaba el soplo de la amargura,
partía la memoria.

La casa era un ahogo violento…



2
En la cocina mi madre
amansaba la carencia.
Sus ollas,
ennegrecidas por el carbón,
ardían como la necesidad.
Mi inconmovible madre,
necia de la ternura,
gozo de sus hijos,
bastón de mi padre.

Profetas del alimento,
misericordiosas
de la carne ausente
y las verduras tasadas;
las milagrosas del sabor:
cocina y madre,
ambas bendecidas
por el desconsuelo…



3
Sobrevivimos
entorpeciendo el recuerdo,
entre el desvelo y la privación,
sorteando la desdicha.
Las reminiscencias
quiebran la memoria,
atormentan nuestros cuerpos enflaquecidos,
atestiguan la fugacidad que recorremos.

En los albores del regocijo,
los párpados dictan la culpa:
ser niño era aceptar
la orfandad de mis padres;
ser padre era aceptar
la soga de la amargura.

Fortuitos
naufragábamos entre la mirada al silencio…



4
Ocultaba la infancia,
fervoroso del estómago vacío;
de la mirada sombría,
de la desnudez en las rodillas.

Solo,
casi vivo.

Agradecido de los pájaros,
de la claridad del vuelo
que amparaba mi tristeza.
Respetuosos y devotos cantores,
afanosos de otro horizonte,
consuelo de la urgencia
que tenía por ser niño…

5
Agrieté la niñez,
entumecido.

Salteador del tiempo,
espía de la casa.

Amparado del temor
albergué el quebranto.

El agobio, abundante,
resquebrajó la fe.

Las palabras
fueron un artificio;
por ellas,
nombré la desolación.

Huésped definitivo
de la pobreza…



6
El infortunio alumbró el alba.

Fui un signo apaleado
entre el viento y la ceniza,
niño en la tierra
de los sueños desmembrados,
indigno de la esperanza.

La casa quebrantó el afecto,
humedeció la compañía,
ejecutó la discordia:
sucio de la certidumbre;
con la voluntad oscurecida
alardeaba con el abatimiento
de mis padres…



7
Teníamos la casa porque Dios
nos consagró en la desidia.

La casa vieja, a la que nadie,
ni el más indigno ambicionaba poseer.

Herederos del alma enflaquecida,
niño y padres desventurados.

La casa perturbó el abrazo del día;
fue su desmesura la sentencia
que nos condujo al exilio de las plegarias;
en su vientre nos ahogamos reticentes.

Entre la desmesura de la ironía
la casa nos destinó a ser
el buen sabor en la boca del olvido…



8
Virgen sin devotos,
contra la que vociferamos;
impúdica de nosotros
y del aliento,
ahogaba los sueños,
justificaba el itinerario:
la infancia fue apenas un juego efímero;
las risas, muecas esculpidas por el azar;
el niño, el pasatiempo del infortunio.

Parturienta del día ignominioso,
la vieja casa urdió el calvario;
agrietó la cordura;
la casa vieja
fue una burlona y anacrónica
puta cobijándonos…



9
Un vergel ficticio
me oprimía:
compacto,
absurdo,
inútil;
sustentaba el vaivén de la intemperie,
el precipicio en que ardía.

El vergel era la estancia
de la niñez que nunca fue.
Era la hierba reseca
sometiendo mis latidos.

La casa vieja era un seco vergel
pronunciando mis desilusiones…



10
Nunca creímos en los anuncios,
en la comida regalada,
en la infancia.

Nunca hubo tiempo
para hacer propaganda a la niñez;
el afecto fue sólo una hojarasca
hendiendo las palabras.

La casa vieja fue el cadalso
que acribilló
interminablemente a mis padres.

En la vieja casa agonizaron los deseos;
el aura fue una hiedra angustiosa;
la contemplación, el signo de la pobreza…

11
La angustia
fue una leve sonata
antecediendo la muerte,
un sopor seduciendo la consciencia.

Insufrible, perversa, gozosa:
la angustia precedía al finiquito
porque oscurecía las caricias.
Fue un tropel de miseria
en que mis padres
cedieron a la congoja.
La angustia fue la insistencia
de la muerte avezada.

Pero no fue la nuestra.

Pretendida cuando la mirada fue vidrio
marcado por la suciedad,
la muerte que anhelábamos era otra:
caritativa,
solidaria,
definitiva…



12
La casa vieja
nunca me ofreció consuelo:
el techo no soportaba
las agrias señales;
la ventana no contenía
los fulgores del aire
que nos sofocaba;
el suelo se humedecía
hasta enfriarnos los anhelos.

La casa vieja
atestaba de recelos la esperanza.
Investida a borbotones
por el oscuro silencio,
era la confirmación del suelo
encharcado por la congoja
del tiempo,
la premura de ardientes gotas
encendiendo el frío,
la mezquina consagración
de los brazos diligentes.

Inundada de infames olores,
mi infancia
plañía en la mirada del día…



MICROCIUDAD



I
Concurren entre amargas algarabías,
en el desconsuelo que urde
la permanencia,
entre la consagración del temor.

Irremediablemente le pertenecen.

Desbordan en agitaciones
del desasosiego,
en resquicios patentando efugios
y pudores ensombrecidos.

Anegado,
entre sudores que oprimen la cordura,
el metro
aguija cuerpos
desmañados y hambrientos…



II
El metro,
microciudad socorrida
por insomnes transparencias:
el trajeado
y el maniatado de jeans deslavados;
el merolico que hurga
entre la desesperación de los usuarios;
la rubia simulada
de epidermis voluptuosa.

El metro,
ciudad-micro,
vena de la ciudad enorme,
voraz e ignominioso
vomita hombres enfermizos
y desérticas mujeres;
auspicia travesías malolientes…



III
Devora ocurrencias,
distancias vertiginosamente abatidas.
Destila su pesimismo
ardientes esencias de la frustración.

Balancea membranas sobre rieles
que alejan el afecto
¿o acercan el desamparo?

El metro
sublima entre los pasajeros el desafecto,
demuele las rodillas,
quebranta las pupilas.

Masas deformes regurgitan
arteras consagraciones;
es el hombre transitando
entre la impudicia de sus semejantes.

El destino es el trabajo mal pagado…



IV
El ruido desfigura la banalidad
de las nombradías;
las exuberancias encumbradas
en ilusorios sermones;
patenta limosnas del desconsuelo.

Transita el ruido con pasos certeros,
jadea en las axilas,
intoxica vagones
y encumbra en el escarnio.

Indigno y perdurable,
el metro
incita al escepticismo de la convivencia,
a la mordacidad del que rasura su cara
y ambiciona un auto que le evite
la compañía de sus semejantes…



V
El metro,
miope del dolor,
ampara hombres soeces
y mujeres famélicas del afecto;
refulge en sofocos del itinerario.

Pequeña ciudad atormentada
en que los hombres chirrían
entre el escarnio del alba.

El metro
es un funeral
incendiando la cordura;
una máquina virulenta
acercando a los trabajadores
a la ruina del trabajo.
Emputecidos por el salario,
los hombres ceden a las burlas
de quienes los contemplan.

El metro
pondera sobre sus ruedas
la desolación…



VI
La línea atrae,
oferta suicidios,
cautiva pesicismos,
vuelca presencias y ejecuta fastidios.

Impávida aviva el hambre
y entorpece el tránsito,
extasiada abre los brazos al deceso.

El metro
ampara ocurrencias,
la línea es una puta que jamás cede;
persiste en ella el atisbo
en que la muchedumbre se desploma…



VII
El desarraigo
promueve impunes contemplaciones,
promulga la decadencia
chirriantes certezas de la disipación.

Repiquetean bizarras displicencias,
los rieles
encarnan la frialdad de sus entrañas
al sufrimiento de los tobillos.
La miseria satura los vagones
de pudorosas anulaciones:
las mujeres vociferan sus embestidas
sobre hombres aherrojados
por la angustia…



VIII
Vuelca su náusea,
es la vorágine en que los pasajeros
declaran largas e infecundas reminiscencias.
Encumbra el rechinido del metal,
arde su apatía, consigna el artificio.
Fastidia el desgano,
alardea en sainetes de la frustración.

Persevera,
el metro
es un yugo que alardea
en reverberaciones del conformismo;
pulsan sus artilugios
desportillando los huesos del insomnio.

Oscilante,
lineal,
desmesurado,
el metro
musita comparsas
perpetuas e inicuas,
enciende alardes
interminables de la sinrazón…



IX
Vertiginosas avenidas auspician la ruina,
hatajos irascibles acogen la mordacidad
de insignes hombres;
entre extensos temores
oscurecen las calles que se agrietan
con el tufo de sus rencores;
colman los mamotretos de la hostilidad.

La oscuridad penetra entre el mediodía;
en la mirada quebradiza que sueña,
en sofocantes tedios
que paralizan las rodillas;
entre la voracidad
que quema las ilusiones
y entristece el derrotero…

X
Contemplativo,
contundente,
el metro
confabula con la miseria del obrero;
con el abatimiento del merolico;
en las ansias mordaces del asesino;
entre los sudores inicuos de la mujer.
Entre largos zumbidos
germinan oblicuos,
deletéreos,
sojuzgados,
los deseos.

El metro
erige desazones y encomiendas,
claroscuros en que las transparencias
asumen el anonimato…




Publicado el 2 de marzo de 2026 por Fernando Guzmán.
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