CIUDAD INFECUNDA
I
De
asfalto hinchada,
la sustancia voraz demuele la
arquitectura.
Edificada bajo ansiedades disolutas,
entre el
escarnio de las manos furibundas,
la arquitectura es la hija
hendida
de la ciudad infecunda.
Sonámbula ante el
reclamo
de la permanencia,
la arquitectura cede al
arbitrio
de la animosidad absoluta.
Servil,
cripta
lícitamente abierta en la disforme
virulencia de los
peatones.
Mínima,
el regocijo abastece las dádivas,
el
rencor, el ocio hostil.
La ciudad acoge inmortales
tragedias,
sólidas conflagraciones como disparos.
Cede
la ciudad,
decimonónica
y trémula.
La ciudad
revela largas decadencias
en que la arquitectura gesticula:
sus
muecas desgajan el tiempo,
urden la inclemencia y la bastedad…
II
¿De
quién es esa monserga
que habla de la soledad?
¿Acaso en
sus párpados la angustia
asola la mirada y la monotonía
en
su humildad peregrina
no ha provocado el regocijo del
descanso?
¿Acaso mansamente los horizontes
permanecen
alejados y la incertidumbre
ha recorrido los resquicios del
alma?
No hablo de la potestad del silencio,
sino de
la ternura con que acoge al hombre,
de la suerte primigenia de
su destino,
de la gracia de caminar.
Se descifra el
sufrimiento, el trágico suceso:
las luces del tumulto urden el
abatimiento,
la ciudad se hunde en el desconsuelo.
La
ciudad desfallece;
es el amparo en que el hombre no navega…
III
Hombres
sin alba,
bajo el amparo de meretrices angustiadas,
en la
hora angustiosa,
sin palabras venturosas,
desnacen en sus
propios lamentos.
Ceden los muros,
resplandece la
caída.
Es el hombre enconado, perverso.
La caída impone
el veneno ardiente.
Es la destrucción,
el sobresalto, la
vena amarga
de la ciudad vencida,
mortal,
ahogada.
El
hombre es la sustancia mortífera,
la quebrada sensación.
Su
pecho, como avispero incontrolable,
se inunda de heridas;
en
ellas, se postra insomne…
IV
¡¡¡¿Qué
sabe el hombre de la soledad?!!!
Camina arrinconando
cuanto juzga estéril,
sus recuerdos son cándidos
laberintos
censurando los horrores de sí mismo.
El hombre
culpa al pasado que lo aísla;
sufre por los crímenes
que
desde infante ha urdido.
Su soledad no existe.
El
hombre tiende espacios piramidales.
Son las horas con su
opacidad certera
la violenta permanencia de su inquietud.
Se
advierten líricas liviandades,
agudas delectaciones y falsas
miserias;
en ellas, el hombre,
falsamente proscrito,
renace
en las calles
parturientas del sufrimiento,
en la vorágine
que él mismo ha urdido.
La voluntad jamás dormita,
por
el contrario,
acoge espirituales nerviosismos,
la
perseverancia de la infinitud,
el otrora miedo incólume.
Se
angustia el hombre;
peregrino de sí mismo camina
en la
ciudad que jamás reposa;
enarbola el grave oficio
que a
nadie conmueve: ser mortal…
V
En
la dulcísima sangre del abandono
el hombre encubre la ruina,
la
repulsión.
el odio.
En sus pupilas asciende,
impiadosa,
la
muerte.
Sufre la arquitectura.
En el pecho codicioso
del hombre se origina
la caída; y en el afecto, la ruptura.
Su
falsa algarabía la orfandad encubre.
Viene la desazón,
la ciudad es el amargo
vientre de la arquitectura que se
tuerce.
Llega la ceguera, se ofusca el escarnio,
suscita
iniquidades
y armas formuladas por la obsesión.
Es el
hombre el fuego devastador;
es, también, letargo y martirio
y
brusca hoguera.
Cede el hombre al amparo funesto
del
odio que lo encumbra.
La ciudad acoge el silencio
enhiesto.
Desfallece la arquitectura
bajo el oscuro manto
que la alumbra…
VI
Un
péndulo insondable es el hombre;
el tiempo, vértigo y
sustancia
en que desahoga su frenesí:
los titubeos de su
hálito,
la arborescencia de la voluntad
que no
condesciende en dejarlo solo.
Se confirma la enérgica
presencia
del hombre inicuo,
se consolida el mutismo,
el
enfermizo desamparo
tiritando interminable.
La ciudad
se postra ante la desolación;
acude al grito intemporal:
su
reproche alimenta la hipocresía
del hombre que urde la penumbra
del día…
DE LA CASA VIEJA
1
Agredidos
bajo su techo
de lámina envejecida,
por sus paredes de
salitre,
en el hartazgo que enfría el afecto,
evitando las
ventanas
plenas de rechinidos,
la arrojamos al
olvido.
Tormentosa de nuestros cuerpos
la
contemplación semejaba un manto agrio;
alborotaba el soplo de
la amargura,
partía la memoria.
La casa era un ahogo
violento…
2
En la
cocina mi madre
amansaba la carencia.
Sus
ollas,
ennegrecidas por el carbón,
ardían como la
necesidad.
Mi inconmovible madre,
necia de la ternura,
gozo
de sus hijos,
bastón de mi padre.
Profetas del
alimento,
misericordiosas
de la carne ausente
y las
verduras tasadas;
las milagrosas del sabor:
cocina y
madre,
ambas bendecidas
por el desconsuelo…
3
Sobrevivimos
entorpeciendo
el recuerdo,
entre el desvelo y la privación,
sorteando la
desdicha.
Las reminiscencias
quiebran la
memoria,
atormentan nuestros cuerpos enflaquecidos,
atestiguan
la fugacidad que recorremos.
En los albores del
regocijo,
los párpados dictan la culpa:
ser niño era
aceptar
la orfandad de mis padres;
ser padre era aceptar
la
soga de la amargura.
Fortuitos
naufragábamos entre
la mirada al silencio…
4
Ocultaba
la infancia,
fervoroso del estómago vacío;
de la mirada
sombría,
de la desnudez en las rodillas.
Solo,
casi
vivo.
Agradecido de los pájaros,
de la claridad del
vuelo
que amparaba mi tristeza.
Respetuosos y devotos
cantores,
afanosos de otro horizonte,
consuelo de la
urgencia
que tenía por ser niño…
5
Agrieté
la niñez,
entumecido.
Salteador del tiempo,
espía
de la casa.
Amparado del temor
albergué el
quebranto.
El agobio, abundante,
resquebrajó la
fe.
Las palabras
fueron un artificio;
por
ellas,
nombré la desolación.
Huésped definitivo
de
la pobreza…
6
El
infortunio alumbró el alba.
Fui un signo apaleado
entre
el viento y la ceniza,
niño en la tierra
de los sueños
desmembrados,
indigno de la esperanza.
La casa
quebrantó el afecto,
humedeció la compañía,
ejecutó la
discordia:
sucio de la certidumbre;
con la voluntad
oscurecida
alardeaba con el abatimiento
de mis padres…
7
Teníamos
la casa porque Dios
nos consagró en la desidia.
La
casa vieja, a la que nadie,
ni el más indigno ambicionaba
poseer.
Herederos del alma enflaquecida,
niño y
padres desventurados.
La casa perturbó el abrazo del
día;
fue su desmesura la sentencia
que nos condujo al
exilio de las plegarias;
en su vientre nos ahogamos
reticentes.
Entre la desmesura de la ironía
la casa
nos destinó a ser
el buen sabor en la boca del olvido…
8
Virgen
sin devotos,
contra la que vociferamos;
impúdica de
nosotros
y del aliento,
ahogaba los sueños,
justificaba
el itinerario:
la infancia fue apenas un juego efímero;
las
risas, muecas esculpidas por el azar;
el niño, el pasatiempo
del infortunio.
Parturienta del día ignominioso,
la
vieja casa urdió el calvario;
agrietó la cordura;
la casa
vieja
fue una burlona y anacrónica
puta cobijándonos…
9
Un
vergel ficticio
me
oprimía:
compacto,
absurdo,
inútil;
sustentaba
el vaivén de la intemperie,
el precipicio en que ardía.
El
vergel era la estancia
de la niñez que nunca fue.
Era la
hierba reseca
sometiendo mis latidos.
La casa vieja
era un seco vergel
pronunciando mis desilusiones…
10
Nunca
creímos en los anuncios,
en la comida regalada,
en la
infancia.
Nunca hubo tiempo
para hacer propaganda a
la niñez;
el afecto fue sólo una hojarasca
hendiendo las
palabras.
La casa vieja fue el cadalso
que
acribilló
interminablemente a mis padres.
En la
vieja casa agonizaron los deseos;
el aura fue una hiedra
angustiosa;
la contemplación, el signo de la pobreza…
11
La
angustia
fue una leve sonata
antecediendo la muerte,
un
sopor seduciendo la consciencia.
Insufrible, perversa,
gozosa:
la angustia precedía al finiquito
porque oscurecía
las caricias.
Fue un tropel de miseria
en que mis
padres
cedieron a la congoja.
La angustia fue la
insistencia
de la muerte avezada.
Pero no fue la
nuestra.
Pretendida cuando la mirada fue vidrio
marcado
por la suciedad,
la muerte que anhelábamos era
otra:
caritativa,
solidaria,
definitiva…
12
La
casa vieja
nunca me ofreció consuelo:
el techo no
soportaba
las agrias señales;
la ventana no contenía
los
fulgores del aire
que nos sofocaba;
el suelo se
humedecía
hasta enfriarnos los anhelos.
La casa
vieja
atestaba de recelos la esperanza.
Investida a
borbotones
por el oscuro silencio,
era la confirmación del
suelo
encharcado por la congoja
del tiempo,
la premura
de ardientes gotas
encendiendo el frío,
la mezquina
consagración
de los brazos diligentes.
Inundada de
infames olores,
mi infancia
plañía en la mirada del día…
MICROCIUDAD
I
Concurren
entre amargas algarabías,
en el desconsuelo que urde
la
permanencia,
entre la consagración del
temor.
Irremediablemente le pertenecen.
Desbordan
en agitaciones
del desasosiego,
en resquicios patentando
efugios
y pudores ensombrecidos.
Anegado,
entre
sudores que oprimen la cordura,
el metro
aguija
cuerpos
desmañados y hambrientos…
II
El
metro,
microciudad socorrida
por insomnes
transparencias:
el trajeado
y el maniatado de jeans
deslavados;
el merolico que hurga
entre la desesperación
de los usuarios;
la rubia simulada
de epidermis
voluptuosa.
El metro,
ciudad-micro,
vena de la
ciudad enorme,
voraz e ignominioso
vomita hombres
enfermizos
y desérticas mujeres;
auspicia travesías
malolientes…
III
Devora
ocurrencias,
distancias vertiginosamente abatidas.
Destila
su pesimismo
ardientes esencias de la frustración.
Balancea
membranas sobre rieles
que alejan el afecto
¿o acercan el
desamparo?
El metro
sublima entre los pasajeros el
desafecto,
demuele las rodillas,
quebranta las
pupilas.
Masas deformes regurgitan
arteras
consagraciones;
es el hombre transitando
entre la impudicia
de sus semejantes.
El destino es el trabajo mal pagado…
IV
El
ruido desfigura la banalidad
de las nombradías;
las
exuberancias encumbradas
en ilusorios sermones;
patenta
limosnas del desconsuelo.
Transita el ruido con pasos
certeros,
jadea en las axilas,
intoxica vagones
y
encumbra en el escarnio.
Indigno y perdurable,
el
metro
incita al escepticismo de la convivencia,
a la
mordacidad del que rasura su cara
y ambiciona un auto que le
evite
la compañía de sus semejantes…
V
El
metro,
miope del dolor,
ampara hombres soeces
y
mujeres famélicas del afecto;
refulge en sofocos del
itinerario.
Pequeña ciudad atormentada
en que los
hombres chirrían
entre el escarnio del alba.
El
metro
es un funeral
incendiando la cordura;
una
máquina virulenta
acercando a los trabajadores
a la ruina
del trabajo.
Emputecidos por el salario,
los hombres ceden
a las burlas
de quienes los contemplan.
El
metro
pondera sobre sus ruedas
la desolación…
VI
La
línea atrae,
oferta suicidios,
cautiva pesicismos,
vuelca
presencias y ejecuta fastidios.
Impávida aviva el
hambre
y entorpece el tránsito,
extasiada abre los brazos
al deceso.
El metro
ampara ocurrencias,
la línea
es una puta que jamás cede;
persiste en ella el atisbo
en
que la muchedumbre se desploma…
VII
El
desarraigo
promueve impunes contemplaciones,
promulga la
decadencia
chirriantes certezas de la disipación.
Repiquetean
bizarras displicencias,
los rieles
encarnan la frialdad de
sus entrañas
al sufrimiento de los tobillos.
La miseria
satura los vagones
de pudorosas anulaciones:
las mujeres
vociferan sus embestidas
sobre hombres aherrojados
por la
angustia…
VIII
Vuelca
su náusea,
es la vorágine en que los pasajeros
declaran
largas e infecundas reminiscencias.
Encumbra el rechinido del
metal,
arde su apatía, consigna el artificio.
Fastidia el
desgano,
alardea en sainetes de la frustración.
Persevera,
el
metro
es un yugo que alardea
en reverberaciones del
conformismo;
pulsan sus artilugios
desportillando los
huesos del insomnio.
Oscilante,
lineal,
desmesurado,
el
metro
musita comparsas
perpetuas e inicuas,
enciende
alardes
interminables de la sinrazón…
IX
Vertiginosas
avenidas auspician la ruina,
hatajos irascibles acogen la
mordacidad
de insignes hombres;
entre extensos
temores
oscurecen las calles que se agrietan
con el tufo de
sus rencores;
colman los mamotretos de la hostilidad.
La
oscuridad penetra entre el mediodía;
en la mirada quebradiza
que sueña,
en sofocantes tedios
que paralizan las
rodillas;
entre la voracidad
que quema las ilusiones
y
entristece el derrotero…
X
Contemplativo,
contundente,
el
metro
confabula con la miseria del obrero;
con el
abatimiento del merolico;
en las ansias mordaces del
asesino;
entre los sudores inicuos de la mujer.
Entre
largos zumbidos
germinan oblicuos,
deletéreos,
sojuzgados,
los
deseos.
El metro
erige desazones y
encomiendas,
claroscuros en que las transparencias
asumen
el anonimato…
