Tal era su preocupación y su desvelo, que fue abandonando poco a poco los asuntos reales, encargando la administración de su reino a su principal visir.
Éste, hombre anciano y bondadoso, puso su mejor intención para sacar adelante los asuntos públicos, pero pronto descubrió que no podía, que sólo el rey Sahar era lo suficientemente sabio e inteligente para mantener la felicidad del reino.
Lo intentó todo para que el joven rey saliera de su silencio, pero Sahar, taciturno, no hacía más que pasear por la costa y murmurar palabras de rencor contra su peor enemigo, el mar.
Siguiéndole un día su visir, alcanzó a entender el motivo de sus preocupaciones, y sin ser capaz de hallar una solución, mandó emisarios por todo el país, e incluso a naciones vecinas, buscando a alguien que fuera capaz de detener la marea.
En vano buscaron los emisarios durante mucho tiempo, y el rey, lentamente, se consumía, enfermo en el alma por anhelar lo que no estaba en su mano hacer.
Así siguieron las cosas en aquel reino durante largos años, y la otrora alegre población fue marchándose, entristecida por el silencio de su rey, que no hacía más que mirar el inmenso azul, horrorizado en la pleamar, aliviado en la bajamar, hasta que un día llegó un mago que venía de oriente.
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