El Rey y la Marea

Cuento al estilo oriental

Eduardo Robsy


Cuento, cuento infantil


Hace mucho, mucho tiempo había un rey llamado Sahar, cuyo reino era una hermosa isla en el centro de un mar tranquilo y benévolo.

Los padres de Sahar murieron cuando él era muy niño, y él quedó a cargo de unos preceptores extranjeros.

Con la ciencia y la sabiduría que aprendió de aquellos hombres hizo de su isla un próspero reino, en el que a nadie faltaba de nada, y todos eran felices estando bajo las órdenes de su joven rey.

En realidad, no todos eran felices en aquel reino: el propio monarca era infeliz aunque había procurado la felicidad a todo su pueblo.

El motivo de la infelicidad de Sahar era que su reino era pequeño, y el mar lo invadía con sus mareas cada día, haciéndolo más pequeño.

Preocupado por este asunto no hacía más que buscarle una solución, pero ¿cómo? —se preguntaba— ¿cómo se puede parar el mar? Y no dormía ni comía, no hacía más que dar largos paseos por la playa y arrojar piedras contra las olas, pensando una y otra vez en cómo detener las aguas.

Lo intentó todo: construyó diques, pero no soportaron el empuje del mar; rellenó las bahías con piedras, y nada consiguió: el mar seguía trepando hacia la costa.

Tal era su preocupación y su desvelo, que fue abandonando poco a poco los asuntos reales, encargando la administración de su reino a su principal visir.

Éste, hombre anciano y bondadoso, puso su mejor intención para sacar adelante los asuntos públicos, pero pronto descubrió que no podía, que sólo el rey Sahar era lo suficientemente sabio e inteligente para mantener la felicidad del reino.

Lo intentó todo para que el joven rey saliera de su silencio, pero Sahar, taciturno, no hacía más que pasear por la costa y murmurar palabras de rencor contra su peor enemigo, el mar.

Siguiéndole un día su visir, alcanzó a entender el motivo de sus preocupaciones, y sin ser capaz de hallar una solución, mandó emisarios por todo el país, e incluso a naciones vecinas, buscando a alguien que fuera capaz de detener la marea.

En vano buscaron los emisarios durante mucho tiempo, y el rey, lentamente, se consumía, enfermo en el alma por anhelar lo que no estaba en su mano hacer.

Así siguieron las cosas en aquel reino durante largos años, y la otrora alegre población fue marchándose, entristecida por el silencio de su rey, que no hacía más que mirar el inmenso azul, horrorizado en la pleamar, aliviado en la bajamar, hasta que un día llegó un mago que venía de oriente.

Conocedor de la aflicción del rey Sahar, le ofreció al visir una cura:

—Con esta estatuilla —dijo con marcado acento— se puede hablar con el espíritu del mar. Tuya será a cambio de su peso en oro.

Se trataba de una pequeña talla en madera de sándalo, muy olorosa, y que representaba un anciano tocando una flauta, ciego por el polvo de los años.

El visir, sin dudarlo, pagó el precio y se hizo con la estatuilla, y el mago le explicó cómo usarla:

—Hay que ir hasta la orilla del mar en una noche de luna llena y, poniendo la figura en la arena, esperar a que la alcance la marea y decir "espíritu del mar: muéstrate ante mí".

Dicho esto, el mago se esfumó en el aire con el oro pactado, dejando al viejo visir atónito.

El visir no podía contener su júbilo, porque por fin tenía lo que necesitaba para curar a su señor y que éste volviera a tomar con su firme mano las riendas del reino.

Tal era su contento e impaciencia, que el silente rey Sahar notó que algo ocurría.

Aquella misma semana hubo plenilunio, y poco antes de medianoche, con la luna llena bañando de luz el mar, fue el visir hacia la playa. Sin saberlo él, sigilosamente le seguía el rey Sahar, dispuesto a conocer la verdad de todo el asunto.

El visir colocó la figura como le había explicado el mago, y al tocarla la primera ola repitió la fórmula aprendida:

—Espíritu del mar: muéstrate ante mí.

Y tras decir esto apareció una enorme ola en el horizonte, avanzando rápidamente hacia la playa, y se detuvo en la misma orilla, surgiendo de ella la figura de un robusto hombre de largos cabellos y barbas azuladas, que dijo con voz sonora:

—Soy el espíritu del mar, ¿quién osa llamarme por mi nombre?

El visir, horrorizado ante la visión de tan peculiar ser, respondió con voz balbuciente:

—Yo, señor, soy el visir del reino, y mi señor, el rey Sahar, está enfermo por vuestra causa. Vuestras mareas invaden su reino y él no sabe detenerlas.

El espíritu del mar lanzó una larga carcajada, y después contestó:

—Nada puede parar el espíritu del mar. Allá donde llegue el mar, llego yo, y con mi abrazo salado tomo cuanto me place...

Y entonces se oyó un grito terrible a cortísima distancia y apareció el rey Sahar a la carrera, enarbolando su alfanje, con la que atravesó la figura del espíritu del mar, que se deshizo entre neblinas.

El mar, siempre tranquilo en aquellas costas, se tornó bravo e impetuoso, y se desató una tremenda tormenta, poblada de rayos y truenos, mientras ahar y su visir corrían hacia el palacio.

El rey estaba exultante, feliz al haber derrotado para siempre a su enemigo, y su visir estaba alegre por ver a su señor recuperado tan prontamente.

A la mañana siguiente, el visir fue muy temprano a despertar al rey, que todavía dormía, feliz y en calma tras mucho tiempo de vigilia e insomnios.

—Mi señor —dijo el visir—. Mirad por vuestra ventana.

Así lo hizo el rey y descubrió que donde antes estaba el mar solo se veía ahora una vasta llanura de arena, que se extendía, ininterrumpida, hasta el horizonte.

Corriendo hacia la playa, el rey no encontró allí más que la estatuilla de madera de sándalo, y comprobó, horrorizado, que el anciano que representaba la talla era él.

Una lágrima escapó entonces de sus ojos, y deslizándose por sus mejillas, cayó sobre la arena estéril.

Ése fue el último líquido que tocó las ardientes arenas de Al-Sáhara, la tierra de Sahar, y el mayor de los desiertos conocidos.

Dicen los beduinos que allí viven que, en las noches de luna llena, si uno presta mucha atención y guarda silencio, se puede oír aún el rumor de las olas.


Bilbao, octubre de 2001.


Publicado el 22 de abril de 2026 por Edu Robsy.
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