Memorias de un Vagón de Ferrocarrill

Eduardo Zamacois


Novela



I

Nací, por fortuna mía, vagón de primera clase, y mi ejecutoria acredita la reciedumbre y nobleza de mi origen. En las buenas estaciones provincianas, y más aún en las fronterizas, donde abundan los tipos cosmopolitas acostumbrados a viajar, mi aspecto prócer y la pátina obscura que me dieron, primero mis barnizadoras y luego la cruda intemperie y el polvo de los caminos, dicen mi largo historial vagabundo y atraen la curiosidad de las gentes.

Procedo de Francia, de los famosos talleres de Saint-Denis, pero fuí construído con materiales oriundos de diferentes países, y esta especie de “protoplasma internacional”—llamémoslo así—que me integra, unido a mi vivir errático, me vedan sentir fuertemente ese “amor a la patria”, en cuyo nombre la ciega humanidad se ha despedazado tantas veces.

La Compañía que me trajo a España pagó—con arreglo al cambio de aquel día—veinte mil duros por mí. Los merezco. Casi en totalidad estoy hecho con piezas de caoba y encina que, tras de perder toda el agua de sus fibras leñosas durante varios años de estadía en los secaderos, fueron severamente endurecidas bajo la llama del soplete; únicamente ciertos pormenores y adornos de mi individuo son de roble, y me cubre una tablazón de “teak”, madera muy semejante al pino que viene del Norte europeo, y es inaccesible a los cambios atmosféricos. Mi peso neto—quiero decir—cuando estoy vacío, excede de treinta y seis toneladas. Tengo más de diez y ocho metros de longitud y tres metros y cincuenta centímetros de altura, y la amplitud de mi techumbre cóncava posee una majestad de bóveda. Durante muchos meses numerosos forjadores, carpinteros, ebanistas, tapiceros, fontaneros, lampistas, electricistas, estufistas y cristaleros habilísimos, trabajaron en mi fabricación, y sus manos diestras maravillosamente fueron infundiéndome una solidez excepcional y una rara armonía de proporciones. Con justicia mis camaradas de ruta, a poco de conocerme, empezaron a llamarme El Cabal. Soy ancho, cómodo, y, no obstante la gravedad de mi armazón, tiemblo ágilmente, con sacudidas ligerísimas, sobre mi rodaje de cuatro ejes. No todos los coches de mi rango podrían jactarse de otro tanto. Existe entre nosotros una aristocracia que, sin vacilaciones, acusaré de advenediza: figuran en ella los vagones más jóvenes que yo, fabricados con tablas secadas imperfectamente. Yo les llamo vagones “de bazar”. Su aspecto es bueno, pero carecen de resistencia: pronto sus miembros se resienten del trabajo; crujen, gimen, sus puertas no cierran bien, sus ventanillas cesan de ajustar, sus muelles fatigados se desmoralizan... Además, por haber sido construídos de prisa y sin amor, les faltan ciertos detalles complementarios indispensables a su ornamentación y a la perfecta comodidad de los viajeros; y la verdadera distinción está en “el detalle”...

Las unidades de “primera clase” se dividen en dos categorías: yo pertenezco a la mejor, a la de más rancia y pura aristocracia, y las letras A A. que exornan mis portezuelas pregonan mi alcurnia. El “cuarto-tocador” ocupa uno de mis extremos, y en el centro—lugar el menos trepidante—llevo un “departamento-cama”. Mi interior, dividido en seis compartimientos, es bello y blando, acariciador, confortador, lleno de previsiones; femenino, en suma: los asientos, que fácilmente pueden ancharse y convertirse en lechos; los almohadones mullidos; la curvatura, propicia al descanso, de los respaldos; las abrazaderas, sobre las que el viajero podrá descansar un brazo; los ceniceros; la mesita que adorna la entreventana; las cortinas, que modifican la luz solar; los tubos de la calefacción; los timbres de alarma; los espejos biselados; los anuncios polícromos y las fotografías de lugares célebres, que exornan mi tránsito; el silencio y precisión con que las puertas se cierran y ajustan a sus marcos...; todo, en fin, descubre en mí un alma “de hogar”. En invierno, especialmente y de noche, cuando el frío escarcha los cristales y la máquina me envía a raudales generosos su calor, y todos mis inquilinos duermen, y las manos de los enamorados se buscan enceladas y febriles bajo las mantas, entonces mis compartimientos parecen alcobas sobre cuya tonalidad gris mis linternas, medio cerradas, semejantes a párpados indolentes, vertiesen una casi imperceptible llovizna de luz. ¡Bello y rotundo contraste!... Fuera de mí, el movimiento, la lucha, el peligro, la obscuridad, el fragor tronitronante de los puentes, el estrépito ensordecedor de los túneles, la lluvia, el granizo, la nieve, los vientos helados, la interminable conquista de la tierra; y, dentro, la paz, el reposo, el bienestar de las actitudes cómodas, el aire tibio, “la alegría de llegar”, con que cada alma viajera se echó a dormir. ¡Ah!... Cuando me autoinspecciono y me escucho vivir así, con esta doble vida tan plena, tan útil, pienso que yo, todo “mi yo”, acogedor y bueno, es un corazón.

No sabría determinar exactamente en qué momento mi personalidad comenzó, pues mi conciencia surgió, como en los niños, por grados insensibles. Con arreglo a un modelo, de los mejores, empezaron a construirme, pero sin ensamblar mis miembros, porque la vía francesa es veinte centímetros más angosta que la española, y mis constructores necesitaban transportarme a la Península, que era donde yo debía servir. Este es el período que podemos denominar fetal. Ya completamente terminado, pero inconexo, desarticulado y amorfo, traspuse la frontera sobre dos “trucks”, y llegué a Irún. Allí organizaron mis piezas, las unieron, las empalmaron y trabaron solidísimamente unas a otras, me encolaron, me enclavijaron, me barnizaron, me vistieron; allí mi figura adquirió la silueta, el equilibrio de perfiles, que habían de constituir mi personalidad. Soy, de consiguiente, español, puesto que “nací” en España, pero de origen francés.

Cuando, lentamente, con la suavidad de un lento despertar, fuí comprendiéndome separado de los cuerpos que me rodeaban y distinto a ellos; cuando la idea milagrosa del “Yo” me iluminó, semejante a una antorcha, y pude decir “soy... existo...” ya me hallaba montado sobre los recios mecanismos de ejes, ruedas, cojinetes y frenos, con que había de caminar después, y las entrañas capitales de mi forzudo corpachón, así como la techumbre y las ventanas, hallábanse acopladas y concluídas. Evidentemente—no puedo explicar de otro modo el veloz incremento de mi sentido íntimo—los dedos inteligentes de los herreros y carpinteros que construyeron mis piezas más robustas, minuto a minuto fueron dejando en mí latidos de pensamiento y de voluntad, y temblores de carne. Cada martillazo que me asestaban, era como un llamamiento que hacían a mi sensibilidad, embotada aún; las sierras me libraban de los trozos inútiles; las garlopas y las escofinas que pulían mi tablaje, me elegantizaban, y los tornillos de bronce con que aseguraban mis miembros eran como ideas que fuesen clavándose en mí.

Durante el impreciso amanecer de mi inteligencia, aquellos obreros me eran aborrecibles. Les odiaba y al propio tiempo les temía, porque según iban formando mi conciencia lo que hacían conmigo me causaba mayores sufrimientos. Muy de mañana ocho o diez de ellos penetraban en mí, armados de diversos instrumentos torturadores: éstos esgrimían sierras, aquél un escoplo, estotro un berbiquí, un formón, una repasadera, unas tenazas, un taladro o un martillo. El serrín, que es mi sangre, lo ensuciaba todo. Para ir encajando bien entre sí las diversas partes de mi armazón, mis verdugos me mutilaban, me oprimían y atarazaban de innumerables modos. Los repeledores ahondaban los clavos de suerte que sus cabezas desaparecían en mí; las garlopas insaciables me arrancaban la piel, que caía en virutas; las barrenas me traspasaban como remordimientos. Herido, raspado, tundido a golpes, mi cuerpo vibraba, y a cada nuevo martillazo mis entrañas magulladas parecían romperse. Así, a fuerza de porrazos y de dolor—como la conciencia en los hombres—nació mi conciencia.

Luego, aquellos bruscos jayanes de anchas espaldas y entrecejo hosco, fueron substituídos por obreros más minuciosos, silenciosos y pulidos, y menos crueles. Eran los ebanistas, los electricistas, los fumistas, los tapiceros, los cristaleros, los fontaneros, los broncistas y los pintores, de que antes hablé. Todos, a porfía, me raspaban, me limaban, me clavaban, me mordían... ¡no acababan de corregirme!... y cuando parecía que ya nada tenían que añadir, volvían a empezar: quién para “rectificar” una línea, me quitaba unas virutas, quién me ahincaba un tornillo... Todos, en una palabra, me hacían daño; pero yo comprendía que asimismo todos me hacían bien, y esta convicción me enfervorizaba. Más que el ansia de vivir, el noble deseo de ser bello iba encendiéndome como a esas mujeres que, a trueque de parecer bonitas, aceptan las peores torturas de la moda: el calzado estrecho, los pesados sombreros que dificultan en las sienes la circulación...

De día en día reconocíame más completo, más firme, más adornado y hermoso, en fin; y también más consciente. Yo era como un cerebro que va llenándose de ideas. Cada uno de aquellos obreros me daba—sin él saberlo—una partícula de su alma; estos elementos inteligentes y vibrantes, llenos de radioactividad, se acoplaban unos a otros y así mi espíritu, en estado de nebulosa todavía, iba surgiendo de la síntesis de todos ellos.

Al artístico prurito de ser bello, añadióse muy pronto otro de alcurnia moral superior: el de ser bueno, el de ser útil... Nació porque yo, desde el lugar en que me hallaba, veía pasar muchas veces al día los trenes que llegaban o salían de la estación; y al advertir que todas sus unidades, fuesen de primera, de segunda o de tercera clase, se parecían bastante a mí, deduje que en lo futuro mi misión sería, al igual de la suya, transportar gentes de un lado a otro.

Cuando los cristaleros ocuparon el vano de mis ventanas con magníficos cristales de una pieza, vibré de júbilo:

—Ya tengo ojos—me dije—y el polvo no podrá entrar en mí.

Cuando los estufistas tendieron a lo largo del corredor y bajo mis asientos los tubos de la calefacción, y los tapiceros me alfombraron y revistieron mi interior de mollares colchonetas, pensé:

—Los que viajen conmigo ya no sentirán frío.

Cuando me proveyeron de “aparatos de alarma”, sentí el consuelo de no hallarme desamparado; y cuando el electricista me impuso el dinamo y los hilos magos repartidores de la luz, parecióme que dentro de mí acababa de entrar el sol. Tengo mucho de humano: los conductos de la calefacción, verbigracia, son mis arterias; las tuberías y desagües de mi “cuarto-tocador”, mis intestinos; los hilos de la electricidad, mis nervios; mi voz, el traqueteo de mis músculos.

Un día cesaron de martillear en mí y de añadirme adornos. Mis fabricantes y “servidores”, puedo calificarles así, barrieron y sacudieron mi interior escrupulosamente, abrillantaron mis bronces, fregaron mis cristales hasta dejarlos tan impolutos que se confundían con el aire límpido, bruñeron el barniz de mis revestimientos y silenciaron, con grasas especiales, mis herrajes. ¡Divina juventud! Todo, dentro de mí, mostraba una alegría: el suave tinte gris-claro de los asientos; la blancura inmaculada de la sencilla labor de “crochet” que cubría los respaldos; las barras de acero de las redecillas destinadas a equipajes; los picaportes y las paredes relucientes, la densa alfombra roja y azul que tendía a lo largo de mi pasillo una lozanía de pradera...

Yo también estaba alegre; vibraba; tenía miedo. ¿Por qué?... ¿A qué?...

—Has empezado a vivir—me decía secretamente una voz.

Transcurrió otra noche. Amaneció; ¡oh, con qué sobresalto esperé aquella aurora! A mi alrededor se armaban otros muchos vagones traídos de Francia y el trajín de operarios era grande. De pronto varios hombretones, colocados detrás de mí, me empujaron, y, por primera vez...—¡oh, hechizo excelso de “la primera vez”!—mis ruedas voltearon poderosas y calladas sobre los rieles fulgentes. Un sol admirable de junio encendía el paisaje. Según avanzaba, todo en torno mío comenzó a cambiar: cuanto hasta allí me fué familiar se descomponía, y perspectivas nuevas surgieron ante mí.

La sensación de moverme, que todavía ignoraba, me produjo pasmo y regocijo delirantes. Hasta entonces yo había estado quieto, y ahora me movía. Aprecié mi fuerza. ¡El movimiento!... ¿Qué es el movimiento?... Yo era, en aquellos instantes, el mismo que había sido; y, sin embargo, era “otro”. Sin cambiar, tenía lo que nunca había tenido, y “siendo” con todo el imperio de un presente de indicativo, “me iba”. ¡Paradoja inexplicable!... Evidentemente los tagarotes que me impelían me transmitían su fuerza... ¡Luego la fuerza es algo capaz de separarse de la materia, ya que pasa de unos cuerpos a otros sin deformarlos! ¡Luego si el espíritu es fuerza, puede gozar de un vivir independiente y aparte!...

Advirtiéndome desligado de la tierra, recibí la revelación de mi destino, que era el de andar, sin echar raíces nunca. Yo, mientras mi vida vagabunda durase, sería a manera de protesta o de constante reacción contra la quietud de aquellos árboles que me dieron su madera; frente a su eterno reposo, mi eterno vagar; frente a su silencio, mi escándalo. Dentro de mí, ni los tornillos ni las caobas y encinas centenarias, gemían; todo estaba felizmente acoplado y justo; nada sobraba, nada tampoco permanecía ocioso; mi rodar era callado y elástico, y experimenté el orgullo de mi salud fuerte, de mi organismo bien constituído, de mi euritmia perfecta.

Continué alejándome de los talleres, y, por instantes, la alegría de existir y “de sentirme”, me embriagaba. Ya cerca de la Estación, y dispuestos junto a las líneas ferroviarias principales, había algunos viejos vagones sin ruedas, clavados en la tierra y convertidos en casetas de guardavías.

—Son coches inservibles—pensé.

Y no tuve para ellos ni una compasión.

Estremecimientos fortísimos de inquietud y de júbilo me sacudían y me impedían meditar. El aire era fresco, perfumado, y como empapado de luz. En torno mío, campos verdes inmensos, árboles... ¡muchos árboles!... que bajo la lumbrarada riente del sol parecían esmeraldas; caseríos blancos, techumbres rojas... un puente... y, al fondo, lejos, recortándose sobre el purísimo zafiro celeste, una procesión de montañas obscuras—los Pirineos—y al otro lado el mar...

—Pronto—me dije—conoceré todo eso... porque todo ello pasará junto a mí...

Sentíame vibrar, orgulloso, contento, dueño del mundo. Las rutas del horizonte iban a ser mías. Mi alegría, desbordante de vigor, era la del caballo de carreras que entra en un hipódromo.

II

Demasiado adivino la sorpresa que estas “confesiones” mías han de producir.

—¿Cómo?—exclamarán los hombres—¿Es posible que los objetos que estimamos inanimados gocen de una vida consciente y razonadora, análoga a la nuestra?

Así es, efectivamente; y yo procuraré explicar cómo la noción precisa de que “existo” nació en mí, y cómo vive cuanto parece muerto.

La Vida y la Muerte son los dos gestos, las dos máscaras, de una fuerza absoluta; y la Creación, como una serpiente de tres anillos correspondientes a los tres reinos de la Naturaleza. De consiguiente—y esto lo sé bien porque yo vengo de abajo, de los árboles y de las minas de hierro—la Muerte, realmente, no existe; la Muerte no es más que un “cambio de forma”, un “cambio de actitud”, que la Energía Única adopta para continuar viviendo. De otro modo: para la Vida—este substantivo debemos escribirlo siempre con mayúscula—morir es... mudarse de traje...

Desde la estructura de una piedra, a la estructura y composición del cerebro de Einstein, la inteligencia traza una escala con más peldaños que la célebre de Jacob; pero no dudemos de que el cerebro de Einstein tiene algo de piedra, ni tampoco de que en las piedras existen partículas infinitesimales, “micras” de luz, de la gran luz que brilla bajo el cráneo del famoso alemán. Mi cosmogonía es muy sencilla:

El Universo es una Fuerza infinita que ocupa lo infinito, e incesantemente trabaja sobre sí misma para mejorarse, con lo cual va acercándose a la Luz. Cuando todo el universo sea Luz, es decir: Inteligencia, Equilibrio, Serenidad, cesará el movimiento, y la Vida se inmergirá en el deleite de mirarse a sí misma, y entonces la Muerte “morirá”, porque nada sentirá la necesidad de renovarse.

Dicha Fuerza está formada por las miríadas de millones de astros que pueblan el espacio, cada uno de los cuales representa “una idea”, del cerebro infinito. Esas, que llamaré Ideas-Mundos, van y vienen, y se atraen y se encienden o apagan en el espacio, exactamente lo mismo que las pequeñas ideas del cerebro del hombre. Y, según transcurre el tiempo, esas Ideas-Mundos, gracias al constante trajín de la Muerte y de la Vida, van depurándose. Porque la Vida, en su concepto más alto—que es el que yo explico aquí—se reduce a la eterna aspiración de la materia a convertirse en espíritu.

Examinemos la historia de nuestro planeta, semejante, sin duda, a la de otros mundos:

En sus principios la geología lo presenta como una ingente hoguera. Todo él era fuego, es decir, verbo, acción, anhelo de ser, voluntad; una voluntad no es más que una antorcha. Cuando los vapores de aquel portentoso incendio se convirtieron en aguaceros torrenciales y la corteza terrestre empezó a solidificarse, nacieron los primeros minerales. La materia es la base, lo más torpe; y este cimiento, inseguro aún, tiembla, se resquebraja, vuelve a licuarse en las llamas, y de nuevo torna a enfriarse y resurge. Estos fueron los gestos rudimentarios, los balbuceos iniciales de la Muerte; la Muerte apareció la primera vez que una piedra perdió su forma. Millones de siglos después—el Tiempo prodiga su caudal—se inicia la aurora del reino vegetal. El organismo telúrico imperceptiblemente se complica, se enmaraña, se subdivide; la evolución cósmica marcha siempre de lo indefinido a lo rotundo, de lo nebuloso y homogéneo a lo heterogéneo y preciso. Lo que llamamos “inorgánico”—que no lo es “absolutamente”—se convierte en planta, y, a su vez, las plantas vuelven a la tierra. Es evidente que, conforme la Vida adelanta, la Muerte se perfecciona en su oficio. Tras el reino vegetal, que ha de servirle de alimento, llega el reino animal. La Muerte ríe, está contenta. Más tarde, infinitamente más tarde, nace el primer hombre; el hombre rudimentario, el instintivo, que se mueve dentro de las fronteras de la animalidad. La idea de civilización florece mucho después, y se exasperará de día en día, porque la Vida—como antes dije—es el anhelo insaciable que sufre la Materia de hacerse Espíritu.

Aclararé mi teoría con un ejemplo:

En el hombre—tuve ocasión de observarlo mil veces—la parte física declina con la edad. Admitiendo que un viejo y un joven posean idénticos grados de inteligencia, siempre el viejo demostrará en sus gustos mayor espiritualidad que el joven. La desorganización, la ruina, vienen de abajo, de la tierra: la vida que antes se extingue en el individuo es la sexual; luego, la estomacal o vegetativa; y cuando ya en él todo está derrumbado y casi a obscuras, el cerebro resplandece aún.

Lo propio acontece en el mundo: la materia se transmuta en vegetal, los vegetales en carne animal, y los elementos nutritivos de ésta, en actividad cerebral; una ostra puede ser inspiración en el cerebro de un ingeniero. Luego cuando ese cerebro, esa materia, que vivió en íntimo trato con el pensamiento, vuelva a la tierra, perfeccionará a la tierra, porque descomponiéndose en ella la transmitirá algo de su distinción. Y así yo afirmo que un aparato construído con tierra del cementerio del Padre La Chaise, ha de ser mejor, más sensible y preciso, más inteligente—para decirlo de una vez—que otro, al parecer igual, fabricado con elementos de un campo cualquiera.

La Tierra era, indiscutiblemente, en sus remotísimos comienzos, más torpe, “más bruta”, que lo es hoy. Hace veinte mil años Edison no hubiera podido inventar el fonógrafo, ni las ondas hertzianas se hubiesen producido, porque entonces la materia vibraba mal. Afortunadamente, esa materia ha muerto y resucitado millares de millones de veces, y cada una de sus existencias ayudó a sutilizarla y ennoblecerla.

Repetidas veces oí hablar a los hombres de “la clemencia” actual de sus costumbres.

—Antes—dicen—la humanidad era más cruel.

Ellos atribuyen esa mayor bondad a un mayor grado de cultura. Cierto: pero ¿no es la cultura una exasperación de la sensibilidad?... Poco a poco la materia—toda la materia—se ha vuelto más sensible: los animales, las plantas... ¡hasta las piedras!... sienten más que antaño. A la Civilización coopera todo: la Civilización no es más que el resultado de nuestro miedo a sufrir.

Las victorias milagrosas de la física y de la biología aflojan los nudos más apretados del Supremo Misterio, y poderes insospechados surgen timoneando el dinamismo de los átomos. Yo me hallo muy bien situado en la Vida para disertar acerca de todo esto, pues conozco a los hombres, y recuerdo asímismo el alma de los bosques y de las minas de donde procedo. Nada se pierde, nada es estéril, y hasta el ruido levísimo que una hoja seca produce al caer, repercute en el cosmos, porque un movimiento no concluye sin que otro movimiento empiece. ¿Quién no oyó hablar del vigor “intraatómico” de los cuerpos?... ¿Conocéis cuanto la psicometría enseña acerca de las “emanaciones de alma o de pensamiento”—las designaré así—que los seres vivos dejan en los objetos que parecen muertos? ¿Y las cábalas del coronel Rochas relativas a la llamada por él “exteriorización de la sensibilidad”?... ¿Habéis leído lo que el doctor Carlos Russ ha dicho respecto a la fuerza magnética de la mirada; o a la capacidad que, según el profesor Russell, tienen ciertas maderas, particularmente el pino escocés, la encina, el haya, el sicomoro y el ébano, de impresionar “en la obscuridad” las placas fotográficas?... ¿Y no sabemos también que los grabados en acero, transcurrido cierto tiempo, comunican su imagen al cristal que los cubre?...

En un día, lejano aún, pero que llegará, el hombre obtendrá la posesión de lo Absoluto; y ese día la humanidad traducirá la canción de los ríos, y el idioma de las montañas. ¿Cómo dudar de la Ciencia? Edison sujeta en un cilindro la voz de los muertos, y gracias a él los labios que ya no se mueven siguen hablando; Marconi lanza la palabra humana sobre los mares sin necesidad de hilos conductores; Friesse Greeve se apodera del movimiento y lo sujeta—¡oh paradoja!—en una cinta de celuloide, y Curie demuestra científicamente la posibilidad de que Moisés apareciese ante su pueblo con la profética frente orlada de luz.

Y si las vibraciones sonoras se detienen en los discos fonográficos, y las investigaciones de Russell prueban que los objetos fijan su imagen sobre aquella pared en que su sombra se proyectó durante varios años—lo que serviría para explicarnos la tristeza de los espejos antiguos—¿por qué asombrarse de que yo haya recogido algo de la vida de los incontables millares de personas que vivieron en mí?... ¿Visteis la expresión, rotundamente humana, que adquieren los guantes con el uso? Un guante, caído en el suelo, es como una mano cortada; la mano le transmitió su nerviosidad y su elocuencia, su alma...

Este es mi caso. A la sensibilidad inherente a las maderas de que estoy formado, debe añadirse la que recibí, por contagio, de los operarios que me construyeron. Yo retengo las imágenes, como las placas fotográficas, y recojo los sonidos al igual de los cilindros fonográficos, y asímismo soy accesible a las emociones del olfato, del tacto y del gusto. En mí, sin embargo, los órganos de la percepción no se hallan circunscriptos y delimitados, como en el hombre. En lugar de cinco sentidos, poseo un sentido que resume el funcionalismo de aquéllos: un sentido que, semejante a una epidermis, cubre todo mi cuerpo; un sentido que es mi alma, mi conciencia, mi Yo; y con el cual, a la vez, oigo, veo, huelo, palpo... y así “todo mi Yo” se halla íntegro y simultáneamente en cada una de mis partes. Mi psicología, aunque elemental, me satisface. Evidentemente la vida de relación en los animales es más activa, más intensa, pero esto mismo les agota y obliga a dormir; mientras yo, salvo momentos contadísimos, nunca tengo sueño, y así, viviendo menos que ellos, acaso viva más.

Todo lo que sé—muy poco—lo aprendí oyendo conversar a mis viajeros, y leyendo en los periódicos y en los libros que ellos leían. Cada persona que entraba en mí—y fueron muchas en los cuarenta años que llevo de existencia—era para mí una “idea nueva”. Espiaba sus actitudes, atendía a todas sus palabras, procuraba, en fin, aprendérmela de memoria... Y este estudio perseverante fué acercándome a ellas, e inculcándome una vida muy semejante a la humana.

Los hombres no sospechan nada de esto. Si en la paz de la noche, y hallándonos detenidos en cualquiera estación, alguno de mis miembros cruje, ellos nunca imaginan que en ese ruido pueda haber un dolor, un recuerdo o un comentario; ellos “oyen el silencio”, pero su sensibilidad no recoge lo que dice el silencio. A veces quieren comprender... pero no pasan de ahí. Muchas veces dos amantes, al hallarse solos, se han besado; y luego de besarse miraron a su alrededor, pareciéndoles que alguien podía haberles visto. ¡Lo cual era cierto, porque yo les había visto!... Pero esta emoción no pasó en ellos de la categoría de adivinación o presentimiento, y se borró en seguida.

Los autores gustan de escribir sus “Memorias” al empezar a sentirse viejos; en esa edad, delicadamente melancólica, en que la Vida, separándose un poco de ellos, se hace recuerdo.

Los présbitas no ven bien de cerca; a distancia, sí; y la presbicia no se presenta, en los hombres de vista normal, antes de los cuarenta años. Se la creería una compañera de la experiencia y del desengaño. Con lo cual la Naturaleza—ironista sutil—parece decirles:

—¡La Vida!... ¡No es que sea mala!... Pero, ya que no puedes seguirla, mírala desde lejos. Es mejor...

Yo, no hice esto: mi vida está escrita a trozos, rápidamente, desordenadamente, según la viví. Como ella, estas páginas son una improvisación.

III

Ha transcurrido mucho tiempo desde mi primer viaje, y mentiría si dijese que he sido feliz. La vida me maltrató bastante, trabajé sobrado y la realidad estuvo siempre en déficit doloroso con el ensueño. Vivir es echar a perder una ilusión.

Como nací aristócrata, detesto al populacho, en quien la inclinación a lo feo es instintiva. Aborrezco esos individuos, enriquecidos por una pirueta de la Fortuna, pero desprovistos de cultura social, que ensucian con el betún o el barro de sus botas y la grasa de sus meriendas la pulcritud de mis divanes, y tiran sus colillas encendidas, y escupen en mi alfombra. ¡Oh! La primera vez que recibí un salivazo, hubiese querido descarrilar, romperme en mil pedazos, morir...

También soy caprichoso y un poco artista, y por serlo me molestan la fiscalización que sobre mí ejercen los relojes de las estaciones, el automatismo invariable de mis movimientos y la monotonía de mis itinerarios prefijados y de mis caminos “oficiales”, anchos de un metro seiscientos setenta milímetros...

Porque mi vagar libérrimo es sólo aparente: la libertad es algo precioso que yo llevo y traigo, pero que no me pertenece; la libertad es para mí lo que el dinero para esos cobradores de los Bancos, que a diario manejan millones y andan medio descalzos; lo que el amor para las pobres “desnudables” que viven del amor y en el amor... ¡y sin amor!... Por eso, desde muy mozo, me hice fatalista, y los hombres, a examinar mejor los mecanismos íntimos de su vida, lo serían también, pues todas las voluntades, aun las más díscolas, recorren trayectorias inmutables, y hasta las mismas razas tienen—como nosotros—en su Destino, una locomotora que las arrastra.

En cambio, y esto me alivia y desquita de los sinsabores que dejo apuntados, he gustado plenamente las emociones turbadoras de los viajes, y el cariño abnegado, la solidaridad fraternal que liga a todas las unidades de un convoy, y es un derivativo de aquel otro inmenso amor sumiso que todos profesamos a la máquina.

Este cariño de sierva enamorada—cariño todo esclavitud—empecé a sentirlo aquel hermoso día de junio en que me llevaron a formar parte del expreso Madrid-Hendaya; distinción que—más tarde lo supe—me captó el odio de varios colegas que, aunque de clase distinguida, trabajaban en trenes de menos categoría. Lo cual demuestra que por todas partes hay envidias y celos, a pesar del gran consumo que de estas dos suciedades hacen los hombres...

A poco de hallarme fuera de los talleres, una de esas máquinas-pilotos, pequeñas, activas, que cuidan de ordenar los convoyes y son como las amas de llaves de las estaciones, apoderóse de mí y a través de un dédalo de rieles entrecruzados como los hilos de una malla, me arrastró hasta dejarme colocado sobre la ruta internacional. En seguida lanzó un silbido corto y se marchó resoplando; parecía regañar. Yo la miraba; me hacían gracia sus movimientos, su cuerpo achaparrado, en el que latía una vivacidad de mujer chiquita y hacendosa. Me quedé solo, junto al andén. En mi misma vía, detrás de mí, había otros vagones; delante, lejos, estaba la locomotora, la mía, “mi dueña”, la que debía guiarme hacia el horizonte. Hallábase al lado de un depósito de aguas, bebiendo: la acompañaban un furgón de equipajes y un sleeping-car. Su aspecto infundía miedo: era gigantesca, poderosísima y su dorso negro y sudoroso, bruñido por el sol, descollaba sobre la pirámide de carbón del “ténder”. Me pareció sentir el calor de sus entrañas incendiadas y latientes. Pertenecía a los colosos de la “serie cuatro mil”. La oí palpitar: respiraba autoridad, impaciencia, ímpetu...

—¿Me hará daño?—pensé.

Como a los niños, al nacer, la primera impresión que me daba la vida era de dolor.

Esperé largo tiempo; la tarde declinaba y mi interior iba poblándose de sombras. La máquina había desaparecido. De pronto la reví: se acercaba rodando hacia atrás, empujando al coche-cama que debía chocar conmigo. La prudencia de su marcha me tranquilizó: sin embargo, cuando comprendí que el golpe iba a producirse, temblé de pavura; hubiese querido huir... pero ¿cómo moverme?... Cuando recibí la topetada—breve, seca, como una orden—retrocedí varios metros; luego el vagón que me había empujado volvió a alcanzarme con un segundo empellón más suave, y continué retirándome hasta dar con los coches situados a mi espalda. Así, repentinamente, me reconocí colocado en el centro del convoy, compuesto de nueve unidades. Inmediatamente varios mozos de andén, con singular presteza acudieron a ligarme a mis dos compañeros de viaje más próximos, y entonces comprendí la utilidad de algunos miembros cuyo empleo desconocía. Las planchas metálicas que, al amparo de un fuelle, especie de túnel de cuero, establecían un tránsito entre ellos y yo, me produjeron, al cruzarse, la emoción de un apretón de manos; y los hierros y cadenas que, al sujetarnos unos a otros, parecían fortalecer nuestra amistad, fueron expresivos para mí como raíces o como dedos. No obstante, me sentía inquieto; aquellas compresiones, cada vez más enérgicas, me desazonaban; temía morir aplastado y, al propio tiempo, nacía en mí el orgullo de mi fuerza que, alternativamente, resistía y reaccionaba. La máquina—después supe que la llamaban “La Recelosa” por el miedo con que entraba en las curvas—comenzó a apretar los frenos; en seguida los aflojó y volvió a apretarlos, cerciorándose de su obediencia. Todas estas operaciones inesperadas y nuevas para mí, me sobresaltaban. Luego un calor, un terrible calor, me invadió, y otras extrañas sacudidas me estremecieron.

El jefe de tren vino a inspeccionarme seguido de un fontanero, de un electricista y de uno de esos empleados que en la jerga ferroviaria llaman “rutas”. Empezaron a reconocerme. La tubería de la calefacción quemaba; no podían poner en ella los dedos, y esto les satisfizo. El “aparato de alarma” funcionaba perfectamente; lo sentí en la violencia súbita con que las zapatas oprimieron mis ruedas. Mis examinadores hicieron girar las llavecitas de la luz, y me llené de claridad blanca; todos los cristales de mis ventanas subían y bajaban sin tropiezos; todas las puertecillas, de corredera, de mis compartimientos, cerraban bien; un torrente de agua limpia había invadido las cañerías y depósitos del cuarto-tocador.

—¡Bonito coche!—recuerdo que exclamó uno de aquellos hombres al marcharse.

Yo todavía no había osado comunicarme con ninguno de los camaradas entre quienes estaba; su edad, sus cuerpos cubiertos de cicatrices, su fatigada experiencia, me cohibían. Yo era un niño; yo, recién llegado, no tenía derecho a importunar a aquellos veteranos de los caminos. Ellos tampoco demostraban deseos de hablar. Un grave silencio pesaba sobre el convoy, iluminado y vacío. Al cabo—¡cuánto se lo agradecí!—el sleeping me habló:

—¿Qué dice el bisoño?...

—Tengo miedo—repuse.

Al coche que iba a la zaga mía, le interesó el diálogo.

—¿Qué ha contestado el novato?—interrogó.

Repetí.

—Digo que tengo miedo.

—¡Más miedo tendrás—exclamó el sleeping—cuando echemos a andar: tú no sabes lo que es ir aquí!... ¡Y ya puedes alegrarte de que te hayan puesto en el comedio del tren: es donde se camina mejor!...

Los viajeros iban llegando y repartiéndose a lo largo del convoy. Mi primer pasajero fué una mujer, lo que me pareció de buen agüero. Tras ella subieron otras muchas personas, y en pocos minutos mis redecillas para bagajes y mis asientos fueron ocupados. Pasaban diablas cargadas de baúles... Yo me sentía mal: la calefacción, la electricidad, el calor que irradiaban mis inquilinos, me causaban un desasosiego congestivo. Con impaciencia, aguardé la señal de marcha; ¡necesitaba aire!... A las siete, en punto, partimos. La máquina silbó.

—Ya nos vamos—observó el sleeping.

¡Irse!... Palabra divina y terrible en la que los conceptos de “ser” y de “no ser”, se dieron cita. Irse es convertir el Espacio en Tiempo, porque quien camina conforme va llegando va marchándose, y así realiza el milagro de no estar completamente en ningún sitio. ¡Y yo caminaba! Vi los andenes, que parecían resbalar hacia atrás; el arco de la marquesina de la estación que dibujaba una ceja enorme sobre el cielo crepuscular, los discos de señales en cada uno de cuyos cristales, blancos, verdes o rojos, había una advertencia...

Desde entonces, ¡cuántas enseñanzas y cuántas aventuras, me aportaron los años!... Conozco bien las principales regiones españolas, he atravesado todas las cordilleras, desde la Cantábrica a la Mariánica, y bajo mis ruedas han pasado todos sus ríos, desde el Bidasoa al Guadalquivir. Cerca de diez años consecutivos trabajé en la línea Madrid-Hendaya, una de las más bellas y más duras de la Península; luego pasé al “correo” de Galicia, y después de rodar una breve temporada sobre la vía de Asturias, la Compañía “Madrid, Zaragoza y Alicante” me compró y trabajé ocho años en la línea de Sevilla. Más tarde conocí la de Valencia. Ultimamente, y durante dos lustros, fuí uno de los nueve vagones del expreso Madrid-Barcelona. Asímismo he rodado por el litoral catalán hasta Cerbere. Tengo, pues, motivos sobradísimos para conocer el tumultuoso trajín de los caminos de hierro.

Hablaré primeramente de la máquina:

Antes las compañías ferroviarias imponían a sus locomotoras nombres de ciudades o de ríos. Con el ansia de velocidad que distingue a la vida moderna, aquella costumbre pintoresca se extinguió y los primitivos nombres fueron substituídos por números; los números hablan más de prisa que las letras. Pero nosotros, los vagones, continuamos designando a las máquinas con quienes hemos trabajado por medio de remoquetes o apodos inspirados en el carácter de aquéllas. Además de “La Recelosa”, cuyo miedo invencible a los abismos hacía sonreir al convoy, recordaré a “La Fanfarrona”, que murió en el terrible choque de Venta de Baños; “La Tirones”, llamada así por los muy fuertes que nos daba al arrancar, y los encontronazos que nos infligía al detenerse; la pobre frenaba mal y también finó trágicamente; “La Caliente”, que abrasaba, como ninguna otra, nuestros tubos de calefacción; “La Económica”, que sorprendía a los maquinistas y fogoneros por el poco carbón que gastaba; “La Impetuosa”, a quien desde un verano en que llevó a los Reyes a Santander la apodamos “La Casa Real”; aunque vieja, todavía trabaja; “La Regadera”, “La Enanita”, “La Millanes”, “La Sin-Miedo”...

No ofrecen los diccionarios palabras que expresen el aplomo ufano, la confianza optimista, que inspira a los vagones una de esas enormes locomotoras alemanas o yanquis cuyo precio no baja de doscientas mil pesetas, y que con su fuerza y sus ciento veinte toneladas de peso, así pueden inmovilizar al tren casi instantáneamente, como arrastrarlo a una velocidad de noventa y aun de cien kilómetros por hora. La máquina es el alma del convoy, su voluntad embestidora, su verbo. Todas las iniciativas y todas las responsabilidades, suyas son. Ella silbará pidiendo “vía libre”, ella sabrá si debe avanzar o detenerse, y de noche sus ojos enormes—uno blanco, otro púrpura—aclararán el misterio entintado de los caminos. Ella nos envía el calor sagrado y escucha los llamamientos de nuestros aparatos de auxilio. Ella nos impulsa y con sus frenos nos agarrota. Un espíritu heroico de sacrificio la obliga a marchar siempre delante, como venteando los riesgos de la ruta; muchas veces, al tomar una curva, se despeñó ella sola. En cambio, por donde pase, su séquito puede avanzar también. En los choques—más de uno he sufrido—ella fué la primera víctima, y en el acto su despedazada mole, bermeja y humeante, se irguió ante el convoy como un escudo. Ella es la unidad y los coches los ceros; los coches son “hembras”, aunque la gramática los incluya en el género masculino. Cuando ella emprende alguna carrera vertiginosa, nosotros la seguimos contentos y dóciles, transmitiéndonos fielmente el vigor que nos manda, y la retorcida columna de humo de su chimenea tiene, a nuestros ojos, la petulancia retadora de un airón. Desobedecerla equivaldría a morir. Pero, ¿quién discutiría sus órdenes cuando su fuerza es la del Destino. La locomotora es el macho, es el sol...

El cariño de unos vagones para con otros no reviste este aspecto admirativo: es tan sincero como aquél, pero más llano, más íntimo, más “de igual a igual”; que, al cabo, aunque los sleepings creen merecer más que nosotros, los de “primera clase”, como nosotros desdeñamos a nuestros camaradas de “segunda”, y éstos a los de “tercera”, y los “tercera” a los furgones, quienes a su vez entre sí se invectivan y desprecian según la calidad de las cargas que suelen transportar—pues nuestra vanidad, como la de los hombres, aun a lo mínimo se agarra para papelonear y empinarse—, lo cierto es que todos somos hermanos, pues ante el peligro valemos lo mismo, y que nuestra vulgaridad y pasividad nos obliga a constantes armonía y obediencia.

Las unidades de los trenes llamados “de lujo”, no se desenganchan casi nunca; tanto por efecto de la natural desidia de los individuos encargados de su limpieza, como por aquella escasez de “material rodante” de que frecuentemente se lamentan las Compañías. De manera que el convoy llegado a Madrid por la mañana, procedente, verbigracia, de Barcelona, será el mismo que, anochecido, tras nueve o diez horas de descanso, salga para la ciudad condal. Esto, indudablemente, aprieta los lazos de nuestro mutuo afecto, y una convivencia diaria de meses y aun de años, nos permite conocernos íntimamente. Sabemos cuándo vamos bien o mal frenados, cuándo las cañerías del vapor de agua están expeditas, cuándo la vía ofrece peligros y si alguno de nosotros, al subir una pendiente o al coger una curva, necesita ayuda... Yo, viajando en el “expreso” de Hendaya, llegué a conocer los cambios atmosféricos en los crujidos del vagón que rodaba delante de mí. Lo apodábamos “Doña Catástrofe”, por haber descarrilado varias veces, y todos, aunque le queríamos, nos burlábamos de él: era un viejo coche a quien las humedades norteñas afligieron mucho. Su tablazón se hinchaba, y en las épocas lluviosas el infeliz gemía y tenía, de derecha a izquierda, un vaivén particular que nunca me engañaba.

Los convoyes de los “mixtos” y de los “mercancías”, se reforman a cada momento: en unas estaciones les añaden coches, en otras se los quitan; son organismos de aluvión, desprovistos de majestad y pergeñados exclusivamente para servir al comercio y a los pobres viajeros de “tercera clase”. Su aspecto abúlico y cobarde de rebaño, siempre me ha inspirado pena. Sus locomotoras son viejas y las gobiernan los maquinistas menos hábiles; cada vagón tiene un color y un tamaño, y los destinados al acarreo de ganados exhalan olores pestilenciales. Cuando el tren hace alto, los coches, mal ligados, chocan violentamente entre sí. ¡Bien se advierte que son los parias de la Compañía y que, sobre trabajar sin gusto, no se quieren!...

Por el contrario, nosotros, los “distinguidos”, fraternizamos bien y somos aventureros y alegres, como una compañía de comediantes. Por tales se tenían mis excelentes compañeros de la ruta de Sevilla, y con términos de la amable farándula nos burlábamos en nuestros breves ratos de descanso. La locomotora era “La Empresa”; el furgón de cola, por ser el más viejo, lo llamábamos “El Barba”; un “primera” era “El Barítono”, y el sleeping, testigo presencial de innumerables escenas de alcoba, “La Primera Actriz”. A mí, aunque conocían mi verdadero nombre, por lo nuevo y buen mozo, me apodaron “El Representante”.

En las estaciones del tránsito cuchicheábamos:

—La Empresa parece cansada; hoy llegamos con treinta minutos de retraso.

—Quien está fatigadísima es La Primera Actriz.

—No habrá dormido.

—¿Cómo iba a dormir, si anoche subieron a ella, en Córdoba, unos recién casados?

Mucho he peleado, pero también mucho reí sobre todos los caminos de España. Sin embargo, el convoy que recuerdo con cariño más férvido, es el primero; el del expreso Madrid-Hendaya. Lo componían el coche-correo—el coche de las almas, porque en él sólo viajan ideas—; los dos furgones para equipajes, dos sleeping-cars, apellidados los “Hermanos Sommier”, y cuatro vagones de primera clase: “El Tímido”, que no podía curarse de su miedo a los túneles y años después acabó en el mismo descarrilamiento en que “La Tirones” halló la muerte; “Doña Catástrofe”, el decano; “El Presumido”, que se movía mucho, particularmente en la tierra llana; “El Misántropo”, a quien adjudicamos este epíteto por su escasísima inclinación a hablar, y yo. Todos ellos viven en mi memoria, y no puedo evocarlos sin emoción. Son mi infancia y a su lado, fortalecido por ellos—todos eran más viejos que yo—afronté los primeros riesgos.

¡Cuánta experiencia—que es sabiduría de “primera clase”—acumulé en el transcurso de mis largos éxodos!... ¡Cómo aprendí a conocer la vida y a desmenuzarla!... Yo he sido hostal ambulante de militares, de curas, de monjas, de comediantes, de estudiantes, de toreros, de ministros, de ladrones, de enamorados, de ricachos holgazanes, de hastiados que huían de sí mismos...; y tanto convivieron conmigo, tantas veces me rozó el aliento de sus lacerías y de sus ansias, que ahora la envidia, la ambición, la traición, la avaricia, la hipocresía, el disimulo... todo ese venenoso manojo de víboras que dormitan en el fondo del alma humana, me son familiares y... ¿a qué negarlo?... casi son mías también. Además, en esa “velocidad”, en esa inquietud perpetua, rasgo-cumbre de mi arquitectura moral, hay mucho de ansiedad, de impaciencia, de pavura, de furor...

No me sorprendería, pues, que a veces mis lectores se olvidasen de que es un vagón quien habla: porque mis confesiones son tan humanas, corren por ellas tantos jugos de maldad y de dolor, que obra de hombre parecen.

IV

¡Cuánto envejecen la lucha y el miedo a morir! Las emociones que nos da el peligro, ¡cuán hondamente se clavan en el alma!... Yo, al emprender mi primer viaje, era un niño, y al arribar a Madrid, catorce horas después, podía considerarme mayor de edad. Estaba cansado, cubierto de humo y de polvo, trágicamente sucio por fuera y por dentro, pero engreído de mi aguante. Toda una noche mis rodajes trabajaron sin recalentarse, y mi dínamo, mi calefacción y mis tuberías para la limpieza, funcionaron bien. Por tanto, mi valor, como el de los militares que fueron a campaña, estaba “probado”; lo que otro vagón hiciese, podía hacerlo yo. Mi personalidad, congestionada de amor propio, se había puesto en pie.

Todavía el furgón de cola corría bajo la marquesina de la estación de Irún, cuando El Tímido, que iba detrás de mí, comenzó a temblar. Su miedo me turbó.

—¿Sucede algo?—le pregunté.

—Los túneles—balbuceó—; ya empiezan... ¡horribles!... No puedo con ellos...

Callé: yo no sabía lo que eran túneles, ni lo que eran puentes... Además, no podía pensar: la locomotora aceleraba su marcha y yo ponía toda mi atención en rodar bien. La oí silbar; entre los ribazos acantilados, cada vez más altos, que bordeaban el camino, su grito tableteó ensordecedor. Inquirí:

—¿Por qué silba La Recelosa?...

El Tímido repitió:

—Los túneles... los túneles... ¡Hazte cuenta de que has muerto y de que te entierran!...

No pude oir sus últimas palabras, porque súbitamente vi, bajo mis ruedas, un vacío, lleno de claridad. Me sentí en el aire; me pareció volar...; sin embargo, allí el estrépito del expreso era mayor.

—¡Estamos sobre el Oyarzun!—gritó un sleeping.

Casi al mismo tiempo aquella claridad extraña, que venía de abajo, y la otra claridad, la del crepúsculo, se apagaron instantáneamente. Una horrible tiniebla nos envolvió; el ruido ensordecía; el humo de la máquina nos envolvía y lo sentíamos deslizarse sobre nuestras techumbres arremolinado, pegajoso y caliente. De pronto, también cual por arte de magia, el fragor que se apacigua, el soplo refrescante del aire libre, la alegría del cielo que empieza a estrellarse...

—¡Ya sabes lo que es un túnel!—me dijo el sleeping que iba a mi lado, y a quien mi inocencia divertía.

El Hermano Sommier se equivocaba: yo ignoraba aún lo que fuera un túnel; había penetrado en él tan inesperadamente y lo recorrí en un estado de aturdimiento tal, que “no lo vi”; mi conciencia acongojada no pudo apoderarse de la impresión. La imagen del puente tampoco reaparecía en mi espíritu diáfanamente. Preocupado con cuanto dentro de mí sucedía, las estaciones de Pasajes y San Sebastián me escaparon inadvertidas. En los diez y seis kilómetros que separan Tolosa de Beasaín, atravesamos cuatro túneles y cruzamos quince veces el Oria. Pero yo continuaba medio inconsciente: nuestra marcha era demasiado rápida, las sensaciones, todas, fuertes y nuevas, se sucedían y, acumulándose, se emborronaban. Mi mismo ahinco por entender, me impedía entender. Apenas veía, apenas oía. Añádase a esto que el miedo a descarrilar ocupaba todo mi espíritu: me sucedía lo que a los malos jinetes, que embarazados con el rendaje y los estribos, y temerosos de que la cabalgadura les tire al suelo, no atienden al paisaje.

Hasta más allá de Miranda de Ebro no empecé a serenarme. Desgraciadamente, con la serenidad me vino el miedo. Muchas veces llamamos heroísmo a una ceguera, y miedo a una mayor comprensión. ¡Y yo iba comprendiendo! Cruzar un puente era lanzar sobre dos cintas de hierro las trescientas toneladas que pesaba nuestro convoy; bordear un abismo confiándonos a la gracia resbaladiza y felona de una curva, era exponerse a despeñarnos; atravesar un túnel equivalía a echarse una montaña a cuestas. En los puentes, el expreso, cuya sombra temblaba allá abajo, sobre el cristal de algún río o el árido carrascal de una hondonada, tenía algo de pájaro; y, cuando se soterraba, algo de reptil: bajo la tierra, donde todo es negro, rezumante y húmedo, parecía un gusano; y en los viaductos, donde todo es luz, aire y libertad, parecía una saeta. En el horror de los túneles, se compadece a los mineros; en la alegría de los puentes, se envidia a los pájaros...

Ya en Castilla, a la sazón llena de luna—era próxima la media noche—la tranquilidad me volvió. Con su enorme horizonte sin ecos, la meseta ibérica invita a la contemplación. Por ella los trenes corren silenciosamente, el humo se va y el augusto reposo de la planicie satura las almas de equilibrio.

Al salir de Medina del Campo, donde un empleado, provisto de un farol, me examinó y aceitó las ruedas, yo me hallaba bien. Había recorrido, casi sin detenerme, más de cuatrocientos kilómetros y, sin embargo, no estaba cansado.

El sleeping se interesaba por mí; lo aprecié en la ayuda que, más de una vez, me prestó en los momentos difíciles del camino.

—¿Cómo marchas, chaval?—indagó.

—Bien.

—¿Te duele el cuerpo?

—No.

—Duro eres, muchacho, porque La Tirones, que nos arrastra desde Miranda, tiene muy brusco el trato.

Yo no me había percatado de que en Miranda de Ebro La Recelosa había sido substituída por La Tirones, más ligera y mejor corredora. El Hermano Sommier me informó de que este cambio era obligatorio, y de que en Avila volveríamos a cambiar de máquina.

—De Avila a Madrid—agregó—nos llevará La Caliente, que, como La Recelosa, pertenece a la “serie cuatro mil”. Es una de las locomotoras de mayor arrastre de la Compañía.

Enfrentábamos la estación de Ataquines, último pueblo de la provincia de Valladolid. El Tímido terció en el diálogo; mostrábase jovial:

—En pasando de Burgos—exclamó—lo mismo me da una máquina que otra. Yo adoro en Castilla; adoro esta tierra noble y franca—tierra sin dobleces—donde se camina en línea recta; en Castilla ves llegar el peligro, y puedes evitarlo. Pero en los países montuosos la muerte te hiere a traición: la montaña es el disimulo, la celada... Y no soy yo solo quien discurre así: pregúntaselo a El Presumido, que viene detrás, y que en cuanto pasamos de los tres túneles de La Brújula y cruzamos el Arlanzón, empieza a cimbrearse más que una tonadillera.

El Tímido y yo llegamos a ser camaradas fraternos. Procedía también de los talleres de Saint-Denis, y aunque llevaba más de veinte años en España, suspiraba por Francia, donde apenas hay túneles. Había sido reparado y barnizado varias veces, hasta que la intemperie y el humo lo pintaron de negro definitivamente.

Nuestros compañeros le creían neurasténico, pero no era la neurastenia, sino el reuma, lo que le afligía, y de ahí su miedo a viajar bajo tierra. Yo le quise mucho; tenía el andar ágil y nunca se hizo el remolón en las cuestas arriba.

Traspuesta Avila, la reliquia de las nueve puertas y de las noventa y seis torres, El Tímido me habló con terror evidente del viaducto de la Lagartera, al que seguían tres túneles de los cuales el último, llamado de Navalgrande, medía más de mil metros. Según mi colocutor, era un paso peligroso. Tanto dijo, que consiguió preocuparme.

—¡Calla ya!—le supliqué—; ¿qué mejoras con asustarme?

No me hizo caso: como todos los aprensivos, hallaba placer en transmitir su miedo.

—Tú has de verlo—repetía—, tú has de verlo; un día ese maldito nos tragará a todos.

Empezaba a clarear. Sin saber por qué, las agorerías de mi compañero me colmaron de espanto. ¿Y si su vaticinio se cumpliese? Me sentí roto, condenado a eterna podredumbre y a eterna sombra, bajo la montaña ingente, y quise huir. Di un tirón, para arrancarme de los rieles.

—¿Qué haces?—murmuraron malhumorados los sleeping.

Sin responder, realicé un segundo esfuerzo; prefería descarrilar a seguir. Ibamos a lanzarnos sobre el viaducto y La Caliente empezó a silbar; luego apretó los frenos y mis ruedas patinaron. Tuve un nuevo arranque de rebeldía, sin embargo.

—¿Qué haces, muchacho?—repitió el sleeping.

Y El Tímido:

—Sigue, sigue... En este oficio, se obedece o se muere. ¡Sigue!...

Un sleeping tiraba de mí; El Tímido me empujaba; La Caliente acababa de quitarme la voluntad. Furioso, convulso, arrastrado por el invencible imperativo de la inercia, crucé el viaducto; pero al entrever la boca del primer túnel inicié—no me explico cómo—un ademán de retroceso que se extendió desapaciblemente a todo el convoy. Merced a mi rebeldía hubo un tempestuoso entrechocar de topes. Detrás y delante de mí, un murmullo de desconfianza y de cólera se produjo: rezongaban el coche-correo, los furgones, Los Hermanos Sommier, El Tímido, El Presumido, Doña Catástrofe. Hasta El Misántropo protestó:

—¿Qué sucede? ¿Quién se para?...

Así, impelido, magullado, indefenso, me hundí en el túnel de Navalgrande, y cuando salí de él una alegría, que instantáneamente se resolvió en resignación y obediencia, me poseyó. Tuve vergüenza de mi cobardía. “Nunca más volveré a rebelarme”—decidí. Reanimado por esta noble determinación, me lancé a través del Puerto de Avila, gané las alturas de Herradón y a las siete exactamente de la mañana llegaba a Madrid.

Mientras nuestros pasajeros se marchaban, y los mozos de andén descargaban nuestros furgones, Los Hermanos Sommier me interrogaron:

—¿Cómo te sientes?...

—Bien—repuse.

Todo el convoy se preocupaba de mí.

—¿Estás cansado?

—No.

—¿Nada te duele?

—Nada.

¡Y era verdad! Mi salud era perfecta. En mi organismo atlético ni un solo tornillo se había movido. Mis compañeros me observaban, me admiraban.

—Propongo—dijo un sleeping—que a este buen mozo le llamemos El Cabal.

Todos asintieron; y así, sin otra ceremonia, quedé bautizado.

Sorprenden la unión en el esfuerzo y la comunidad de destinos, de los vagones; pero, indudablemente, lo mejor del viaje, a pesar de su fatigoso traqueteo, es el viaje mismo, y lo más dilecto de éste, su principio. Esa “primera estación” tiene para mí un interés turbador inexpresable. ¡Cómo la recuerdo!... Es de noche: un remusgo frío barre el bruñido asfalto del andén; algunos viajeros corren con sus bagajes, otros charlan en pequeños corrillos ante mis portezuelas abiertas. Dos guardias civiles pasan jaques bajo sus sombreros charolados; un viejo empuja un carricoche con almohadas que evocan sensaciones de fatiga y de sueño, y un farol donde se lee la palabra “Telégrafos”, trae al ánimo el temor de las malas noticias. Después pasan las sacas bicolores del Correo: allí van los periódicos, difundidores de la actualidad, y las cartas, con sus palpitaciones de amor o de ambición, que el tren irá luego dejando en las estaciones del tránsito cual si repartiendo fuese apretones de manos. Yo observo: la congoja de tantos corazones me atrae; todos los semblantes están emocionados, los ojos brillan enternecidos, la melancolía parece endurecer todas las bocas: es el momento más patético de los viajes que, separando a los hombres, parodian a la muerte.

Al dejar la estación de partida, el expreso se despereza malhumorado: siempre oímos alguna madera que cruje, algún gozne entumecido que protesta. Pero, a poco, los movimientos todos van acordándose: sin advertirlo los vehículos establecen un ritmo tan cadencioso, tan armónico, que a veces modula una canción; la luz puesta a la izquierda del furgón de zaga, nos anima; parece decirnos: “Vamos todos”. Rápidamente las ruedas se calientan y callan, y el convoy entero vibra con esa alegría aventurera—ansia instintiva de desplazamiento—que yo llamaría “el placer de irse”.

Los lectores de hábitos sedentarios quizás no aprecien estas divagaciones mías, y a fe que nada haré para que me entiendan, pues fracasaría; que, al cabo, se nace andariego como se nace artista: pero los vagabundos, mis hermanos, sí me comprenderán, y su adhesión me basta.

En su evolución mi alma ha seguido igual trayectoria que el alma de los niños. Como a éstos, primero me interesaron los paisajes, que poblaban mi memoria de imágenes sencillas y cuya psicología rudimentaria me impresionó en seguida: por romas y distraídas que fuesen mis dotes de observador, yo no podía confundir la desolación amarillenta—palidez de drama—de Castilla, con la alegría verde de la región vasca. Más tarde, mi curiosidad investigadora se orientó hacia los individuos. Yo he visto en esas pequeñas estaciones por donde los expresos pasan sin detenerse, caras rústicas sorprendentes, caras representativas, caras-síntesis que compendiaban toda la historia de una región. Esos rostros, esas siluetas, espumas de siglos, me traspasaron el ánimo y los recordaré mientras viva.

Declaro, no obstante, que el estudio del paisaje es asímismo trabajoso y difícil, y que mi conocimiento de las provincias hispanas, aunque limitado a lo poquísimo que desde una vía férrea puede divisarse, supone muchos años de labor. Los hombres—en su mayoría frívolos y fatuos—raras veces van más allá de la epidermis de las cosas. De esto me he persuadido oyendo charlar a mis huéspedes. Quién, por el mero hecho de haber vivido en Buenos Aires, habla de América, de toda América, como si “toda América” fuese Buenos Aires; quién, que aprendió trescientas palabras inglesas, dice: “Yo sé inglés”; y el turista que, por segunda vez, va a Madrid desde Hendaya, no se acerca a las ventanillas porque “ya conoce el camino”...

Exaspera tanta petulancia. Durante nueve o diez años—antes lo dije—he recorrido yo esa ruta, y aun no estoy cierto de conocerla completamente. En las personas, lo que nos impresiona más pronto son los rasgos; el análisis de las almas comenzará luego. De los paisajes, por el contrario, lo que primero nos cautiva es lo general, las grandes líneas: la montaña, la llanura, el mar... El atisbo de los pormenores—los pormenores son el puente, el túnel, el caserío que blanqueará, de súbito, detrás de un monte—viene después. ¿Cuándo los hombres reconocerán el misterio de exégesis que hay en todo?

Una memoria feliz puede asimilarse fácilmente los detalles de un itinerario. Cualquiera recuerda, por ejemplo, que viniendo de Irún y a la salida de un túnel, azulea la bahía de Pasajes; que más allá de San Sebastián está Hernani, cuna del soldado Juan de Urbieta, y que la célebre Garganta de Pancorbo es uno de los rincones agrestes más bellos del mundo: reconoceremos, desde muy lejos, las torres de la catedral burgalesa; y los perfiles de Dueñas, la triste, a pesar de la lozanía de sus aledaños; y el nutrido vaivén de viajeros que alienta los andenes de Miranda de Ebro, Venta de Baños y Medina del Campo; y la historia del Castillo de la Mota, donde César Borgia estuvo preso y acabó sus días Isabel la Católica; y cómo, desde antes de llegar a Pozuelo, la silueta—que forma horizonte—de Madrid, nos saldrá al camino. Muchos millares de personas saben todo esto; lo dicen las Guías...

Lo arduo y lo meritorio es acercarse al alma de las cosas, para lo cual necesitaremos escrutarlas innumerables veces, ya que “una vez” sólo podrá revelarnos “un aspecto” de la cosa estudiada. Dentro de cada paisaje, la indagación menos escrupulosa sorprenderá tres... cuatro... ocho paisajes desemejantes: según el lugar donde nos coloquemos, según sea de día o de noche, invierno o verano; según lo hallemos empapado en lluvia o bañado en sol, el panorama será otro. Más aún: habremos de sorprenderlo en circunstancias análogas de tiempo y de luz, y nuestras impresiones tampoco se reproducirán fielmente, debido a que los estados de alma del observador nunca son iguales. Véase, pues, cuán lejos vivimos de todo.

Al otorgarme la experiencia una distinción mental mayor, fué la humanidad la que me atrajo. Empecé mi examen por “el personal” de los expresos: el maquinista, el fogonero, el jefe de tren, que va en el furgón delantero y es responsable de cualquier accidente; el vigilante-directo, cuyo puesto es el furgón de cola; los vigilantes de ruta, y el interventor. Cuando creí conocerles bien, me apliqué al escrutinio y clasificación de los viajeros.

Así formé mi alma.

Mucho recibí de mis autores, de los que me hicieron; el subsuelo primitivo de mi conciencia suyo es: pero infinitamente más debo a ciertos individuos que peregrinaron conmigo. Las personas vulgares, al igual de los libros vulgares, nada enseñan, y, al par que su imagen se nos quita de delante, se nos ausenta del magín su recuerdo. Pero de otras me acordaré siempre, y el fuego de sus almas violentas me muerde aún. Yo he llegado a contagiarme de la “fiebre de oro” de los grandes agiotistas que he transportado de una ciudad a otra; y he conocido la inquietud sin sueño de cierto cajero que escapaba a Francia con medio millón de pesetas robadas a un Banco, y que, al ser detenido en Hendaya, se suicidó y manchó con su sangre uno de mis estribos. Y he vibrado carnalmente con algunos amantes que en las altas horas de la madrugada, cuando todos mis inquilinos dormían, hicieron de su compartimiento cámara nupcial; y también he tremado de dolor con la desesperación de un celoso que me tomó en Oviedo para ir a matar a una mujer que le había engañado. ¡Cómo sufría aquel hombre! Iba solo, y esta circunstancia me permitió acercarme mejor a su pena. A veces derramaba llanto copiosísimo, y era tan fuerte su congoja que parecía ahogarle; otras se mordía las manos y se apuñaba el rostro; a ratos permanecía inmóvil, y en la obscuridad sus ojos, terriblemente desorbitados, sus ojos que parecían estar contemplando un cadáver, eran fosforescentes...

La vida social ha cubierto a la humanidad de monotonía y de fastidio. ¡Ah! Pero yo aseguro que los hombres son interesantísimos cuando se creen solos. La soledad les viste de luz. Ningún libro maestro vale lo que un alma desnuda.

V

Yo apenas siento el fastidio de las largas caminatas, de que tanto suelen lamentarse mis compañeros, y es el cuidado que pongo en llevar siempre ocupada la atención, lo que me libera de él. Cuando me canso de mirar hacia fuera, hacia el paisaje, me aíslo en mí mismo para conocerme y oir lo que se charla dentro de mí.

La vida brinda, ciertamente, horas solemnes, momentos trágicos de primer orden: pero, en general, me parece altamente bufa; la trivialidad de la farsa debía corresponder a la pequeñez de las figuras, y no podía ser de otro modo. Todo esto me divierte. A veces, si me pudiese reir de lo que observo, lo haría a carcajadas. Mi propio yo, está impregnado de comicidad. Esta fuerza hilarante mía no procede de mi constitución—yo tengo toda la seriedad de un real mozo—, sino de la alogía que los hombres sembraron en mí.

Voy a explicarme:

Todas las noches, al salir de Madrid o de Irún, un empleado colgaba sobre las puertas de mis compartimientos unas láminas de metal que decían: “No fumadores” y “Reservado de señoras”. Cuando la afluencia de viajeros era corta, el empleado solía añadir un tercer rótulo, con esta única palabra misteriosa: “Alquilado”.

En los albores de mi vida, yo, inocente, reconocía gran importancia a estos detalles. Holguéme mucho, desde luego, de llevar conmigo un lugar donde no se fumase, porque el humo de los cigarrillos se adhería a mi tapicería y me molestaba casi tanto como el de la máquina. También aquel departamento para señoras solas me satisfizo, pues las mujeres no escupen y son, generalmente, más limpias y delicadas que los hombres. En cuanto al “Alquilado”, me llenó de inquietud novelesca. ¿Quién iría a viajar allí? ¿Un rey?... ¿Un millonario fugitivo?... ¿Un ladrón?... ¿Un enfermo?...

Poco a poco y graciosamente, estas bellas imaginaciones fueron resquebrajándose.

Una noche de invierno recogí en el andén de Briviesca a un caballero, de porte distinguidísimo. Se abrigaba con un gabán de pieles nuevecito, y llevaba en las manos un pequeño maletín. Este último detalle acabó de granjearle mis simpatías; yo aborrezco a esos viajeros tacaños que, para no abonar “exceso de equipaje”, abruman mis redecillas con portamantas, sombrereras y maletas pesadísimas. Aquel señor, después de mirar a un lado y a otro, penetró en el compartimiento de “No fumadores”, que iba vacío, y cerró la puerta. Después corrió las cortinillas y debilitó un poco la luz. Su semblante, barbado y aguileño, expresaba una honda satisfacción.

—Le gusta viajar solo y procura aislarse—meditaba yo—; ¡bien se advierte en él a un refinado!...

¡Cuál no sería mi sorpresa al verle abrir el maletín, sacar un “Londres”, largo de una cuarta, y encenderlo!... Indudablemente aquel caballero padecía un error. A serme posible, yo le hubiera gritado:

—¡Caballero, está usted mal colocado: ahí no se puede fumar!...

El viaje continuó monótono. Mis huéspedes dormían, o procuraban dormir. Yo corría con todas mis luces apagadas. La escarcha había plateado mis cristales y mi techumbre sentía el peso de la nieve. Hacía un frío terrible. Por suerte, con La Recelosa la calefacción trabajaba bien. Sin embargo, Doña Catástrofe, que rodaba a la zaga mía, se quejaba:

—Estoy helado—gemía—; todavía no he conseguido que mis ruedas entren en calor...

En Burgos recogí otros dos viajeros, también de traza principal. Les vi ambular por el pasillo, indecisos ante la impresión hostil de las puertecillas cerradas.

—Podemos meternos aquí—propuso uno de ellos—; no hay nadie.

Aludía al “Reservado de señoras”. Yo me estremecí; me sentía desobedecido y aquel atropello me removía la cólera. El otro replicó:

—Ahí, no; puede venir una viajera y... Oye: este “No fumadores” debe de ir vacío.

Yo pensé:

—¡Me alegro!... Porque así el señor del gabán tendrá que renunciar a su tabaco...

Abrieron la puerta y adelantaron, casi a tientas, en la penumbra. Entonces el caballero del gabán de pieles, que continuaba fumando, reanimó la luz. Los tres hombres se saludaron:

—Buenas noches...

Los recién llegados empezaron a desdoblar sus mantas; colocaron sus almohadas respectivas en los sitios que estimaron mejores; tenían sueño. Hubo un buen silencio, durante el cual unos y otros se observaban de reojo. “El caballero del gabán” creyó que la buena crianza le obligaba a decir:

—Si a ustedes les molesta el humo, dejaré de fumar.

Me quedé turulato al oir responder a los interpelados:

—¡De ninguna manera! Nosotros también somos fumadores.

Se sonreían mutuamente; se reconocían; el vicio que compartían les hermanaba. El señor del gabán y del rostro aguileño y barbado, continuó:

—Yo, siempre que viajo de noche, elijo el departamento de “No fumadores”, para poder tenderme y dormir, porque, en España, esa prohibición espanta al público.

Sus oyentes se echaron a reir, y cada cual encendió una “breva”.

—¡La misma cuenta nos hacemos nosotros!—exclamó el más viejo—. ¡Y ya ve usted cómo nos equivocamos todos!... En España lo prohibido es un adorno que les colgamos a ciertas acciones para hacerlas más dulces...

—En Italia—comentó “el señor del rostro barbado y aguileño”—es “vietato fumare” hasta en los cementerios—a cuyos pobres huéspedes parece que ya ningún daño había de hacérseles—y en los trenes a los “fumatori” se les obliga a cerrar la puerta de su departamento para que el humo no trascienda al pasillo. Esto da idea de la pésima calidad del tabaco italiano: ¡el nuestro es distinto!... Además, a nuestras mujeres—y esto es decisivo—las gustan los fumadores...

Minutos después se presentó el interventor: precisamente cuando llegó, el humo era tan denso que podía mascarse. Bajo la claridad de mis dos luces el aire aparecía azul. Uno de los viajeros, mientras le picaban su billete, preguntó burlón:

—¿Podemos seguir fumando?

El interventor sonrió y aceptó el tabaco que le ofrecían:

—Mientras a ustedes no les haga daño...

Al marcharse, volvió a cerrar la puerta y descolgó el rótulo de “No fumadores”, que deslizó en uno de sus bolsillos. Era un hombre comprensivo; un hombre “que se hacía cargo”... Yo estaba asombrado y furioso: pero después, ante tanta incongruencia, acabé por echarme a reir.

El “Reservado de señoras” también me dió otra desilusión.

A este departamento había subido en Madrid una joven alta cuya belleza—y acaso más que su belleza, su elegancia provocativa—llamaba fuertemente la atención de los hombres. Al subir mis estribos descubrió, adrede, tal vez, una pierna impecable, vestida de seda; un perfume raro, distinguido y fuerte, la seguía como una estela sensual. Iba a Hendaya; era francesa. Apenas el convoy emprendió su marcha, un camarero del dining-car empezó a recorrer el tren informando al público de que “la primera mesa iba a empezar”. No bien oyó el aviso mi huéspeda dejó sobre su asiento la novela que leía y con un andar fácil y elástico, se dirigió al comedor.

En más de una ocasión, los Hermanos Sommier, cuya experiencia en lances galantes nadie discutía, me habían asegurado que el coche-comedor, con las ocasiones que ofrece al coqueteo y la embriaguez de sus licores, era un tracero excepcional, maestro único en el arte piadoso de amañar voluntades.

—Un cinco por ciento de los matrimonios provisionales que ocupan nuestras camas—decían—se conocieron en él.

Según supe después—los vagones nos lo contamos todo—la protagonista del episodio que voy narrando acertó a sentarse en una de las mesitas llamadas “para dos”, frente a un tipo arrogante, rubio y joven metido en un traje de deporte. Parecía yanqui, y tenía ese rostro tranquilo, al par enérgico y dulce, de los grandes actores de film. Hubieron, sin duda, de simpatizar los dos mucho y aprisa, porque terminada la cena él acompañó a ella hasta su departamento. En seguida se despidieron cambiando algunas palabras que nadie podía oir si no era yo, que—según expliqué en otro lugar—veo y oigo por todos mis poros.

—En pasando Segovia—murmuró ella—puede usted venir...

Instantes después, Doña Catástrofe, malicioso y experto, me decía:

—Oye, Cabal: ¿viaja contigo una señorita francesa, rubia, muy bien perfumada?

—Sí; acaba de volver del comedor.

—¡La misma! ¿Reparaste en si la acompañaba un mocetón americano, con hechuras de boxeador?...

Mi respuesta afirmativa regocijó a Doña Catástrofe.

—¡Bravo!—exclamó jovial—; me juego una rueda a que esta noche le tienes ahí, de visita. ¡Ya me contarás!...

Efectivamente, más allá de Ontanares, el joven rubio reapareció. Al ver mi tránsito desierto, se le regocijaron y encandilaron los ojos. Con aire indiferente y aplomado llegó a la puerta donde la Aventura le esperaba.

—Entre...—susurró desde dentro una voz.

Admiré su juventud, su belleza saludable; admiré también su fortuna.

—Un hombre como él—pensé, jugando con la frase—es siempre un “reservado para señoras”...

Este enredo y otros muchos de análoga índole, me han cerciorado de que el “Reservado de señoras” es el lugar menos a propósito para que viaje una mujer sola.

En cuanto al “Alquilado”, diré que, habitualmente, es un compartimiento que los interventores procuran conservar vacío para, después de terminada la requisa de billetes, echarse a dormir tranquilos.

¿Y qué diré de mi cuarto-tocador, o de aseo, sino que es, de todas mis dependencias, la más sucia?...

Por lo que concierne a la limpieza, yo tengo divididos a los viajeros en tres categorías: los que se acicalan, pulen y friegan, como si estuviesen en un establecimiento de baños; los que con humedecerse el rostro ligeramente y enjabonarse las manos, tienen bastante; y los que ni siquiera se acuerdan de lavarse.

Del grupo primero hay uno—casi siempre hombre—que, no bien comienza a despuntar el día, sale de su departamento provisto de toda clase de utensilios de aseo, y se encierra—se atrinchera, mejor dicho—en el cuarto-tocador. Va, según costumbre, dispuesto a lavarse escrupulosamente, a afeitarse, a cambiarse de corbata y de ropa interior, y a pulirse las uñas.

Momentos después otro pasajero, animado de las mismas intenciones y provisto de un “neceser”, deja su “butaca”, llega al Water-Closet y al cerciorarse de que está ocupado, resuelve aguardar. Piensa: “Tengo el uno”... Y esta consideración le alivia. Pronto aparece un tercer viajero, luego otro, en seguida dos más... y todos, con igual aire cohibido, se acercan a la puertecilla del “tocador”, forcejean unos instantes con la cerradura, murmuran un “Está ocupado”, maquinal, y dócilmente van a tomar el número que les corresponde en la fila de los que esperan. Todos llevan algo en las manos: éste un peine, aquél una toalla, estotro una pastilla de jabón; quién lleva un periódico... y la necesidad que a cada cual mortifica pone en los rostros, soñolientos aún, una aflicción cómica. Transcurren diez, quince minutos; “la cola” comienza a impacientarse. Una voz interroga:

—¿Pero todavía no ha salido nadie?

Y los comentarios, de gusto dudoso, empiezan:

—El que esté dentro, debe de haberse muerto. Yo, hace un cuarto de hora que espero y soy “el quinto”...

—¡Quién sabe si es alguna señora la que se ha encerrado ahí para dar a luz!...

Al señor que ocupa la vanguardia de la fila, le divierte el mal humor general; no le importa que los descontentos sean muchos: él, siempre es “el uno”... Corren cinco minutos más; alguien habla de ir en busca del vigilante para despejar el misterio, que empieza a parecer folletinesco, del Water-Closet. De súbito, la puerta—¡oh!—del cuarto-tocador se abre y aparece un joven que mira a sus sucesores desapaciblemente, como reprochándoles la prisa, que, por causa suya, ha tenido que darse. Todos le observan de reojo con envidia, con odio. Aquel caballerete va perfectamente peinado, limpio y quitándose, con un pañuelo que acaba de desdoblar, los polvos con que, después de afeitarse, se secó la cara. Tras él, un fuerte olor a Agua de Colonia queda flotando, semejante a una ráfaga vernal, en la atmósfera densa—ambiente de alcoba—del pasillo.

VI

Los viajeros hablan frecuentemente, unos con otros, de “lo que se han divertido en el teatro”. No sé, fijamente, lo que es un teatro, ni lo sabré nunca: pero de cuanto he oído colijo que no me hace falta, pues yo mismo soy “un teatro”; porque toda la vida social es farsa, y dondequiera que haya dos hombres, o un hombre y una mujer, o dos mujeres, habrá un escenario.

Mediaba el mes de septiembre, el verano había sido lluvioso y frescachón, y la dispersión de bañistas empezó temprano.

En San Sebastián habían subido a mí el dramaturgo Ricardo Méndez-Castillo y una tonadillera, muy célebre entonces, llamada Conchita “la Bruja”. Vivían juntos desde hacía tiempo; yo les conocía por haberles transportado diferentes veces, y tanto ella, por graciosa y por linda, como él, por ocurrente y endiablado, me eran muy agradables. Les veía casi todos los años varias veces; ora en Madrid, o en Medina del Campo, esperando algún tren, o en Venta de Baños, cuando iban a Galicia, o en Miranda, porque sus asuntos teatrales les obligaban a desplazarse mucho. Cuando subían a mi convoy, antes de instalarse recorrían todos los vagones, buscando lugar a su gusto, y al cabo se quedaban conmigo. ¿Por qué? ¿Me reconocían acaso?... No, seguramente. Era porque yo, sin que ellos se percatasen, magnéticamente les atraía. Los hombres suelen decir: “Yo tengo la costumbre de ir a tal o cual sitio”. Y creen que la costumbre es una inclinación subconsciente de su espíritu que, arbitrariamente, les lleva a la realización de ciertos actos. No hay tal: la costumbre no nace en el hombre; la costumbre es una acción que le llega de fuera; es la captivación que ejercen sobre él los objetos—paredes, muebles, árboles—entre quienes vivió unas horas y a los que fué simpático. Una costumbre—señores psicólogos—no es más que la simpatía que el hombre deja en las cosas...

Sucedió, pues, que, como siempre, llamados sigilosamente por mí, Ricardo Méndez-Castillo y Conchita “la Bruja”, se instalaron en mí. Tras ellos subieron al mismo compartimiento una muchacha, bastante bonita y vestida modestamente, y un joven al que una frondosa guedeja negra, una chalina y un traje de pana con bolsillos “de fuelle”, daban un clásico perfil de artista montmartrés. Apenas sentados, pusiéronse a platicar en francés y con exaltación: felices de hallarse juntos, reían, se decían palabras al oído, se apretaban las manos...

Conchita “la Bruja” que, como todas las solteras, concedía al matrimonio mucha importancia, quiso saber la opinión del dramaturgo:

—¿Tú les crees—dijo—marido y mujer?

Sin vacilar, Ricardo repuso:

—Me parece que no.

A pesar de esta afirmación categórica, ella vacilaba; en su cerebro pueril, la indumentaria sencilla y el matrimonio, eran ideas similares. Para Conchita “la Bruja”, ser casada o ser virtuosa era algo así como andar sin corsé...

Con esta curiosidad, que sin razón la obsesionaba, la tonadillera no apartaba sus negros ojos de sus compañeros de viaje. Advirtió que representaban igual edad: este descubrimiento y su inclinación—muy frecuente entre mujeres descalificadas—a creer que fuera de la legalidad el amor no existe, la animaron a decir:

—Pues... yo te aseguro que esta muchacha es casada.

—Si lo es—interrumpió Ricardo que no tenía ganas de charlar—lo estará con otro.

Conchita “la Bruja” se echó a reir. Cuando ella y Méndez-Castillo volvieron de cenar, hallaron que en su compartimiento no había otra claridad que la muy exigua que llegaba del tránsito. La otra pareja no había ido al coche-comedor: acaso porque no anduviesen sobrados de dinero; quizás porque evitasen ser vistos. Conchita y Ricardo se alargaron en el asiento, el uno cerca del otro, dispuestos a dormir. Entretanto el galán del “completo” de pana y su compañera, insomnes, se despicaban. Para estar más juntos, ella, ladeando un poco el cuerpo, colocó ambas piernas sobre las rodillas de él. Creyendo a Ricardo y a Conchita dormidos, se besaban vorazmente; llegaron a cambiar más besos que palabras. Conchita “la Bruja” les observaba a través de la celosía que, entre sus párpados medio cerrados, tejían sus pestañas de ébano. Parecióla que sus espiados, a pesar del fervoroso cariño que se demostraban, discutían algo: él proponía, rogaba, insistía. Ella, cuyas pupilas tenían un brillo sensual, rehusaba. El porfiaba con tenacidad abrumadora:

—Sí, sí... ¡Un momento!... Sí...

Y ella:

—No me atrevo; calla... Serénate...

Hablaban bebiéndose los alientos, sin apenas mover los labios; como en éxtasis. Ya de madrugada él salió al tránsito, llegó hasta un departamento que iba vacío; volvió: sus ojos fulguraban felinamente.

—Ven—murmuró desde la puerta.

Ella hizo un ademán negativo, en el que había angustia. Comprendíase que su decisión de resistir se agotaba. El prosiguió, en voz imperceptible, casi con el aliento:

—No tengas miedo... no hay nadie...

Y ella:

—No me atrevo...

Tenía las manos frías, y estaba tan agitada que yo la sentía temblar en su asiento. El suplicaba, incansable, la voz turbia:

—Ven... ven...

La solicitada, lívida, los labios entreabiertos, rehusaba con la cabeza, y la penumbra infundía a su rostro una hermosura mística, fuerte, casi dramática; una bella expresión alucinante y fantasmal. Aunque agotado por el deseo, él aun pudo balbucir:

—Ven... Julieta... ¡en nombre de lo que nos hemos amado!... Julieta...

Estas palabras fueron victoriosas. La mujer se levantó, de puntillas, y salió al pasillo. Cogidos del brazo se marcharon.

Méndez-Castillo, que entre sueños había oído todo el diálogo, se incorporó:

—¡Gracias a Dios!—exclamó entre festivo y malhumorado—que el joven de la chalina llevó adelante su gusto: así, cuando vuelvan, no tendrán de qué hablar y nos dejarán tranquilos.

Con un azote despertó a Conchita “la Bruja”, que dormía:

—¿Ves?...

Ella abrió los ojos, asustada, buscando a los ausentes:

—¿Se han ido?...

—Sí—replicó el dramaturgo—; pero volverán. ¿Te convences ahora de que se quieren demasiado para ser matrimonio?...

A la mañana siguiente, al llegar a El Escorial, el joven del traje de pana y de la melena abundosa, se despidió de su compañera con un abrazo y un beso, algo ceremoniosos, saludó a Méndez-Castillo y a Conchita quitándose el sombrero, y bajó al andén. Concha que, siempre curiosa, se había asomado a una ventanilla para examinarle mejor, se maravilló de verle subir al vagón que venía a la zaga mía. La tonadillera dióse prisa en comunicarle a Ricardo su descubrimiento. Había tenido una revelación.

—Se ha despedido de ella y de nosotros—dijo—para despistarnos: pero sigue ahí detrás. ¡Ahora es cuando me convenzo de que no están casados!...

—Me figuro—contestó él—que la comedia no ha terminado aún: adivino una última escena.

Conchita “la Bruja” estaba interesadísima, y yo tanto como ella, o más... Cuando arribamos a Madrid, entre las muchas personas que esperaban al expreso Méndez-Castillo divisó en seguida, casi delante de mí y con la cara expectante del hombre que aguarda, que busca, al escultor Pedro Guisola, a quien yo también conocía por haberle llevado a Vitoria una vez. El dramaturgo, con agilidad juvenil, saltó al andén; los dos artistas se abrazaron; mediaba entre ellos una amistad antigua y fraternal.

—¡Pedro!...

—¡Querido Ricardo!... ¿De dónde vienes?

—De San Sebastián, con Conchita. ¿Tú qué haces aquí?

—Espero a mi mujer.

Pedro Guisola se adelantó cortés a estrechar la mano, sobrecargada de gemas, que Concha “la Bruja” le tendía desde una de mis ventanillas. Detrás de la tonadillera, Julieta, rígida, lívida, sonreía al escultor con una mueca indefinible, glacial...

—Pero... ¿qué es esto?—exclamó Guisola—; ¡oh, casualidad!...

La joven hacía signos afirmativos. Rápidamente Ricardo y Conchita “la Bruja” se miraron: en la mirada de ella había una risa; en la de él, que era un sentimental y quería a su amigo, había una lágrima.

—¡Pero si hicieron ustedes el viaje con mi mujer!...—concluyó el escultor.

Pedro Guisola ofreció a Concha una mano para ayudarla a bajar por mis estribos. A Julieta la recibió entre sus brazos, y mientras la besaba, repetía:

—¡Qué casualidad!... Las dos personas con quienes has viajado, son como hermanos para mí. ¡Qué casualidad!... Pero... ¿cómo no reconociste a Ricardo?... ¡Un escritor célebre, cuyo retrato está en todas partes!...

Con cierto entono—aquel hombre fué toda su vida un poco teatral—procedió a presentar a sus amigos. Para hacerlo, se descubrió ceremonioso:

—El célebre dramaturgo Méndez-Castillo...

Ricardo se inclinó.

—La famosísima Conchita “la Bruja”... Y, no digo más, porque su nombre, hecho de aplausos y de luz, no necesita elogios.

Y agregó, gravemente:

—Mi señora...

Concha y Julieta cambiaron un apretón de manos en el que, más que un saludo, latía una complicidad. Julieta comprendió: la tonadillera no diría nunca lo que había visto.

Todos reían; todos se mostraban encantados de conocerse. Pero, el único que en aquel momento era feliz y reía de corazón, era Pedro Guisola.

VII

Pronto hará seis años que recorro, casi a diario, la ruta Madrid-Hendaya, y a pesar de hallarme todavía adolescente, he corregido mucho aquel concepto pintoresco que, allá en los comienzos de mi oficio, me formé de la vida. Desde luego, al sentirme colocado inflexiblemente entre un vagón que me impele—y que, a su vez, es empujado—y otro vagón que me arrastra—porque a él también lo arrastran—he perdido la fe, tan bella, que tuve en el libre albedrío. ¡Hermosa y engañosa quimera!... Quien, por primera vez, habló de ti, ¿no comprendió que todo marcha concatenado; no vió que el hombre, la oruga, la estrella, son eslabones de una cadena, unidades del universal convoy?...

Convencido estoy de que todos los seres, así los de hábitos sedentarios, como los de existencia errática, viven lo mismo, poco más o menos: porque viajar no es sólo desplazarse físicamente, sino también aspirar, soñar, pues más que nuestro cuerpo es nuestra alma la que peregrina; de donde despréndese que muchos seres, sin moverse de su sitio, andan por todas partes, según a los astrónomos y a los artistas les sucede; y otros, aun estando en perpetuo movimiento, apenas se mueven, porque van y vienen con las lámparas del entendimiento apagadas. Lo cual demuestra, una vez más, que fuera de nosotros no queda nada, o queda muy poco.

Mi mocedad, sin embargo, se impone al monorritmo de las sensaciones: todavía me interesan los discos que avisan la contingencia peligrosa de las estaciones y de los cruces; el diferente modo de silbar de las locomotoras; la gracia con que la vía férrea contornea los montes; la febril comezón de correr, de llegar, que nos inspira la llanura; para nosotros un camino recto es como una estocada dada al horizonte: y, por encima de todo esto, la poesía alucinante, el embrujamiento folletinesco, de la niebla—la divina musa de los ojos cerrados—que en la tierra, como sobre el mar, cada dos pasos levanta ante nosotros la alquitarada angustia de una indecisión...

Continúo al servicio de La Caliente, de La Tirones y de La Recelosa; las quiero, y mis camaradas tanto o más que yo. Muéstranse fuertes, abnegadas, trabajadoras; sin ellas, nosotros valdríamos muy poco: nos falta la iniciativa, la decisión: por lo mismo, cuando en alguna estación del tránsito la locomotora nos deja para irse a realizar alguna maniobra, el convoy, solo y sin guía, experimenta la emoción de aislamiento de la mujer abandonada por su amante en un camino.

—Yo—suele decirme Doña Catástrofe—necesito saber que tenemos máquina; “sentirla”; su nombre no me importa. Soy como esas viudas que, con tal de no estar solas, se casan con cualquiera.

Doña Catástrofe y El Misántropo son los eruditos de la Compañía: por ellos supe las regias aventuras que dieron celebridad a la isla de Los Faisanes; y que Legazpi, el conquistador del archipiélago Filipino, nació en Zumárraga; y que Arévalo y Olmedo fueron, en los siglos medioevales, “las llaves de Castilla”...

Las pláticas de El Presumido que, a fuer de viejo, había elevado el modo de narrar anécdotas a la categoría de arte, tenían un cautivador interés pintoresco. El Presumido era uno de los primeros coches “de corredor” que llegaron a España.

—¡Si ustedes hubiesen conocido aquellos tiempos!—decía—; las locomotoras caminaban a paso de jumento, y los trenes descarrilaban o chocaban cada veinticuatro horas. Yo me desesperaba. En una ocasión viajó conmigo un señor ministro... o senador—no recuerdo bien—a quien todos sus amigos llamaban familiarmente “don José”. Salimos de Madrid y poco antes de llegar a Segovia don José, que fumaba asomado a una ventanilla, saludó a un señor—que luego supe le administraba varias haciendas—y que había ido a esperarle a caballo en un paso a nivel. A la salutación del prohombre correspondió el jinete descubriéndose con urbana reverencia, hecho lo cual reguló el andar de su cabalgadura a la marcha del tren. “¿Cómo van las sementeras?”—indagaba don José. Su colocutor contestaba:—“Da gozo verlas: si sigue lloviendo lo justo, como hasta aquí, tendremos buena cosecha.”—“¿Y la langosta?”—“No se ha presentado todavía, ni quiera Dios...” Así continuaron durante media hora, preguntando el uno y el otro respondiendo, hasta que, agotado el diálogo, el rústico exclamó:—“Bueno, don José: deme licencia para marcharme, porque la noche se nos viene encima y yo llevo prisa.” Y quitándose el sombrero y metiéndole las espuelas al caballo, salió delante.

También contaba que en Dueñas no existen mendigos, porque en la vieja ciudad donde Isabel la Católica y Fernando de Aragón se vieron por primera vez, se practica la tradición de que nadie, que no sea propietario de un burro, pueda casarse...

Con estas y otras historias de humor regocijado, El Presumido—notable embustero—solía edulcorarnos la monotonía de la ruta.

En general, nuestro oficio es aburrido porque las personas que van y vienen con nosotros lo son; nuestro tedio, reflejo exacto es del suyo; de sus bostezos, está hecho nuestro fastidio. Comparemos un vagón vacío a un cerebro: en tal caso, yo considero que cada persona que entra en mí es una idea; y la serie de personas que acojo en cada viaje, desde la estación arrancadero a la estación terminal, como la lectura de un libro lleno de tipos, lleno de ideas... Pero, insisto: si todas estas ideas son grises, son vulgares, ¿qué habrá conseguido con ellas mi espíritu si no es hacerse gris e impregnarse de vulgaridad?... Por dicha—si bien muy de tarde en tarde—los diablillos de lo Trágico o de lo Grotesco, nos salen al camino, y con algunas gotas del sabroso licor de lo Inesperado, nos animan a creer que la originalidad no se ha ido del mundo.

Aquella noche dejamos Madrid bajo un terrible nevazo. En Avila nevaba aún con mayor ahinco; la Sierra de este nombre, la de Malagón y la Paramera, habían perdido sus perfiles y simulaban una inmensa llanura. Un silencio nuevo, el hondísimo silencio de las cordilleras, nos rodeaba. Llevábamos retraso, apesar de tener “doble tracción”. En La Cañada, que señala el punto más elevado de la línea, La Caliente había patinado como nunca, y el frío era tan intenso que la luz roja del furgón de cola se apagó dos veces. Doña Catástrofe rezongaba maldiciones detrás de mí. Todos íbamos callados, enteleridos, y este descaecimiento nos dictaba ideas lúgubres.

En Avila, La Caliente—que apenas había hecho justicia a su nombre—se marchó, y el convoy quedó solo. En una vía lateral vi una máquina-piloto que—no me explico el olvido—había quedado a la intemperie. Su aspecto me entristeció: apagada, indefensa, en medio de la nieve, me pareció un viejo corazón detenido por la edad en las nieves, incalculablemente frías, de la experiencia y de los recuerdos. “Alguna vez—pensé—estaré yo así”. Y suspiré. ¡Es curioso! Muchas veces nuestro amor al prójimo no pasa de ser una compasión anticipada hacia nosotros mismos...

La Tirones tardaba; según oí decir a unos hombres, no tenía aún la presión necesaria debido a la temperatura, demasiado baja. Doña Catástrofe renegaba.

—Como ésa tarde mucho en venir—aludía a la máquina—voy a quedarme helado.

Al fin La Tirones se enganchó a nosotros, y, con cerca de una hora de atraso, partimos. La locomotora patinaba y parecía frenar peor que nunca.

—Esta maldita—meditaba yo—va a hacernos pasar esta noche un mal rato.

A cada momento, sin razón aparente, aceleraba su andar, o lo disminuía, por lo que los vagones nos entrechocábamos rudamente.

—La Tirones ha bebido y está borracha—decía El Presumido.

¡Calumnias! Poco a poco fué serenándose y nuestra marcha volvió a ser normal. Contemplado a vista de pájaro el tren, con sus techumbres blancas, debía de parecer un enorme ofidio arrastrándose bajo la nieve. Corríamos bien. Desde Avila a Sanchidrián ganamos cuatro minutos. El terreno se tranquilizaba, y cuando divisamos la fortaleza de Arévalo, a la que una crueldad de don Pedro de Castilla hizo famosa, sentimos que La Tirones, hasta entonces insegura, acababa de hacerse dueña del tren. Una tranquilidad, que pronto fué sueño y sopor, nos invadió. Durante largo rato todos corrimos acompasadamente, callados, medio dormidos...

Más allá de Viana y minutos antes de cruzar el Duero, la locomotora comenzó a silbar de un modo que nos despabiló a todos: silbaba, sin interrupción, con esos silbidos cortos que son señal de peligro inminente.

—¿Qué sucede?—nos interrogábamos unos a otros.

La circunstancia de haber vía doble, alejaba de nuestros espíritus el recelo de un choque. No obstante, algo anormal debía de ocurrir. El camino era casi recto y el ténder, cargado de carbón, nos impedía mirar hacia adelante. Nuestra angustia crecía; a pesar del frío intensísimo, algunos viajeros empavorecidos se asomaron a las ventanillas. Todos se preguntaban:

—¿Por qué grita la máquina así?

El ténder se lo dijo al furgón de cabeza:

—Un hombre acaba de arrojarse a la vía.

Y la noticia recorrió, con eléctrica celeridad, el convoy.

Tras un breve intervalo de silencio La Tirones, con dos silbidos, cortos y seguidos, mandó apretar los frenos, orden que cumplimentaron con celosa diligencia el jefe de tren y el guardafreno que ocupaba el último furgón. Pero esta buena voluntad unánime llegó tarde. La Tirones acababa de alcanzar al suicida, y el expreso se estremeció con miedo, con asco. Todos nosotros hubiéramos querido, para no mancharse las ruedas de sangre, saltar por encima del cadáver. ¡No era posible!... Y como los coches, al mismo tiempo que pasaban sobre el cuerpo, lo movían, cada vagón produjo en el muerto una nueva y espantosa mutilación. La Tirones le partió el pecho y los pies; las entrañas se escaparon y el corazón cayó, precisamente, sobre uno de los rieles, ante las ruedas del Presumido; yo le trituré el cráneo, y el chasquido de sus huesos lo oigo aún; mis otros compañeros le desmenuzaron en incontables pedazos la columna vertebral, las clavículas, las piernas, los brazos... Cuando entramos en el puente, todos llevábamos en nuestros herrajes sangre, sesos, jirones de carne, y todos nos sentíamos un poco asesinos. El convoy siguió: detrás, ya lejos, entre los dos rieles, el cuerpo torturado, apisonado, plegado, gelatinoso, revuelto con la tierra y la nieve, componía un montón amorfo, medio rojo, medio blanco...

Durante todo el viaje el recuerdo de la terrible escena me acongojó. El cadáver era el de un individuo como de treinta años, afeitado, vestido de obrero. Yo le vi... le vi bien, cuando, con mi primera rueda de la izquierda, le aplasté la cabeza; para mayor horror sus ojos, aunque muertos, parecían mirarme: los tenía desorbitados, eran azules y había en cada uno de ellos un cuajarón de sangre. ¿Pero, era cierto que yo hubiese aplastado el cráneo de aquel hombre?... Deseaba demostrarme lo contrario, y no podía. ¡Sí! Su cabeza crujió bajo mi peso enorme; yo la sentí ceder, abrirse, como una granada; mis ruedas, rompiendo aquella frente, habían apagado una luz.

Un fiero remordimiento me invadió; mi tablazón, siempre tan resignada, tan silenciosa, empezó a gemir. Sospechando lo que me sucedía, Doña Catástrofe trató de aliviarme:

—¡No te apures, Cabal!—exclamó—; ¿qué culpa tenemos de lo sucedido? Si ese hombre quiso matarse, allá él con su gusto. ¡Bah!... Esto no ha sido nada; por los caminos suceden lances peores; alíviate considerando que no ha de ser ésta la única vez que te manches de sangre.

Las reflexiones afectuosas, pero triviales, de mi camarada, no podían consolarme; cuando llegué a Hendaya me sentía enfermo, y la idea de que, veinticuatro horas más tarde, repasaría por el mismo lugar donde ocurrió el suicidio, agravaba mi malestar. A poder, hubiese pedido a los empleados del tren que me sacasen del convoy, para reposarme algunos días.

Entretanto nevaba... nevaba... como yo no he visto nevar nunca. Las gibas pirenaicas, los árboles, las casas, el puente internacional, todo había desaparecido bajo el mismo sudario blanco. La tierra, el cielo, el mar, se perdían en la melancolía del mismo color.

A media mañana, La Recelosa nos volvió a la “Noble y Leal, muy Benemérita y Generosa Villa de Irún”, donde debíamos descansar ocho o nueve horas. El expreso, como siempre, quedó solo, frío. Nuestro horizonte era reducidísimo; el monte San Marcial y los perfiles de Fuenterrabía, se escondieron en la niebla. Todo era muerto, todo era blanco...

Según había oído decir, el color del luto cambia según los pueblos: para los chinos, el color de la pena y de la muerte, es el amarillo; para los árabes, el violeta; para los europeos, el negro.

Yo pensé:

“¡El negro!... ¿Y por qué no el blanco?...”

La blancura ejemplar es la de la nieve, y la nieve es la muerte. A pesar de lo dictado por la costumbre, afirmo que lo blanco se halla más cerca del dolor que lo negro, y así, un entierro, bajo la obscuridad de la noche, parece menos triste que rodeado de la luz de la mañana, sobre un campo nevado.

Hay una oposición evidente entre el luto europeo y la psicología de los colores. El negro, que absorbe, codicioso, las siete mudanzas del espectro solar, es caliente: es el color del carbón, del hierro, de los cabellos juveniles. El mantillo, la tierra mejor, la más ardiente, la más fecunda, es negra. En Africa—aseguran—como en el Brasil, la naturaleza es tan vigorosa, tan abundante la germinación de sus savias genésicas, que obscurece el verde de los árboles. La raza más violenta, la más llena de instintos, es la negra. Shakespeare no comprendió que Otello tuviese los ojos azules.

Pero la nieve es la verdadera hermana de la muerte, y, de consiguiente, su símbolo más exacto. La frialdad de los cadáveres, esa frialdad penetrante, indescriptible, que nunca olvida quien la sintió, sólo a la frigidez agudísima de la nieve es comparable. También las mejillas muertas, las mejillas sin sangre, tienen color de nieve.

La quietud llama a la muerte, y la nieve es quietud. El sol deshace pronto a los cadáveres: los pudre, los llena de gusanos y, reducidos a polvo, los vuelve al torrente de la vida universal. La nieve, en cambio, adora a los muertos y durante años respeta su forma y hasta el último gesto de su agonía. A los pastores que en una noche de invierno equivocaron el camino y cayeron por un tajo, la nieve les recibió en su colchón de vellones blanquísimos, les cubrió, se adhirió bien a sus miembros, inmovilizó blandamente sus corazones, cerró sus párpados y dió a sus labios una expresión risueña. Dos, tres, cinco meses más tarde, cuando la primavera comenzó el deshielo y la voz de los torrentes resurgió gruñidora del fondo de los cauces, los cadáveres sonreían aún...

Semejante a la muerte, la nieve lo iguala todo: sus copos borran los linderos, y suavemente levantan el fondo de los abismos a la altura de las montañas. La nieve no consiente desigualdades, ni tolera preeminencias. Con ella cielo y tierra se esfuman en la inmensidad del mismo abrazo blanco. Es la gran justiciera. En invierno, hasta las cordilleras adquieren aspecto de llanura. Bajo su sudario todo calla, inmóvil: detiénese la savia en los troncos, hacen alto las aguas de los arroyos, conviértense los lagos en espejos. No hay vientos, ni colores: una especie de humareda yerta invade el espacio.

La nieve también es el silencio.

Bajo ella los campos, los andenes, los pueblos, pierden su voz. Diríase que una losa tumbal los cubre: nadie sale de su casa; las carreteras están desiertas; cesan los pregones; los tranvías, los vehículos, ruedan despacio; sobre el tapiz armiñado que cubre las calles, los transeuntes caminan sin ruido. Tal que un aroma funerario, una evaporación de paz asciende de la tierra. Las ciudades cobran perfiles de camposanto: de noche, bajo el lívido claror astral, los tejados rectangulares, blancos, oblicuos, parecen lápidas.

La nieve, manto esplendoroso del invierno; la nieve, enemiga de los vagabundos que limosnean de pueblo en pueblo; la nieve, que exaspera la voracidad de los lobos y los precipita sobre el vagabundo, es la muerte. Por eso debía ser el emblema del luto. La naturaleza lo quiere así. Cuando el sol se apague, la tierra, convertida en inmenso panteón, se cubrirá de nieve. Callarán los volcanes, dormirán los vientos y las olas, por primera vez, estarán en reposo. Se helará el mar. Todo quieto, todo frío, todo blanco...

A este punto llegaba de mis melancólicas elucubraciones, cuando el golpe seco, impaciente, que La Recelosa, ya dispuesta a partir, asestó al convoy, me reintegró a la realidad. Nuestras luces se encendieron y con el calor que la máquina nos enviaba fuimos recobrándonos: El Misántropo, El Tímido, El Presumido, los Hermanos Sommier, Doña Catástrofe, todos volvíamos a encontrar nuestro buen humor. El coche-comedor llamaba la atención con su alegría de festín: cristalería reluciente, manteles limpios, camareros de frac...

A la hora reglamentaria partimos, en busca de los seiscientos y tantos kilómetros que nos separaban de Madrid; y el desfile mareante de estaciones comenzó: Rentería, Pasajes, San Sebastián, Hernani, Urnieta, Andoaín, Villabona, Tolosa, Alegría, Legorreta, Villafranca, Beasaín, Ormaiztegui...

Después de El Pinar, alguien preguntó, inquieto:

—¿Os acordáis?

—Sí, sí—respondimos todos.

Sentíamos un recelo, una repugnancia, a pasar por el sitio trágico. No tardaríamos ni dos minutos en llegar. Apenas salimos del puente tendido sobre el Duero, La Tirones comenzó a silbar. ¿Por qué?... ¿Quería decirnos algo, o su grito era un saludo que, piadosa, dirigía al muerto?...

De pronto, casi a la vez, exclamamos:

—¡Aquí fué!...

Y el expreso, todo él, instintivamente, experimentó una sacudida que despertó a los viajeros.

VIII

Empezaba el verano. Según mis cálculos, a mediados de junio debíamos de estar, porque noches antes, desde la atalaya del Puente de los Franceses, sobre el Manzanares, habíamos visto los farolillos de colores y escuchado las músicas de la histórica y muy celebrada verbena de San Antonio de la Florida.

La hora de partir se avecindaba y la escasez de viajeros nos anunciaba un viaje sosegado, esperanza que repartió por el convoy cierta alegría. En virtud de no recuerdo qué maniobra, la disposición de los vagones se modificó, y yo fuí a parar a la cabeza del tren, a continuación del furgón delantero. Era la primera vez que me situaban tan a la vanguardia.

—¡Bien colocado vas, Cabal!—me gritó el compañero que había pasado a ocupar mi puesto.

—¿Por qué?—repuse.

—Porque ahí el polvo del camino te molestará menos, y el humo de la máquina, aun dentro de los túneles, pasará por encima de ti sin apenas tocarte.

—Más viejo eres que yo—repliqué—y motivos tendrás para hablar como lo haces: pero no me niegues que aquí las sacudidas de La Caliente han de sentirse más, y que, en caso de choque, la unidad más expuesta a morir soy yo.

Mi colocutor exclamó sentencioso:

—¿Y dónde viste tú que todas las circunstancias propicias, o todos los requisitos desfavorables anduviesen juntos? Repartidos están por el mundo en proporciones casi iguales, y así el arte de ser feliz consiste en acordarnos mucho de los buenos momentos, y de los malos nada o muy poco. Todo está preestablecido, Cabal; la vida universal es una operación matemática, en la que nunca sobra ni falta un número. El libro del Destino es el único libro en donde todo “está bien”.

No contesté. Me sentía optimista y ágil. La tibieza de la temperatura invitaba a andar; más allá de la marquesina, hecha de hierro, cinc y cristal, de la estación, la vastedad cerúlea del cielo comenzaba a poblarse de estrellas. Era una de esas noches en que el aire huele a tierra mojada, a resinas y a flores; en que los conejos, enamorados de la luna, brincan, como duendes felices, al paso de los trenes, y las rocas, sobre las que el musgo pinta facciones monstruosas, parecen caretas...

Mis viajeros no llegarían a doce. Asomada a una ventanilla había una señora trigueña, pechugona y nalguda, pero todavía esbelta, vestida con una falda azul y una blusa blanca. Sus antebrazos mórbidos, adornados de pulseras tintineantes, intrigaban la curiosidad de los mirones. Su esposo se había detenido a alquilar almohadas para el viaje y comprar periódicos. Era un hombre de estatura razonable y bien vestido, aunque sin elegancia. Representaba treinta y cinco años, y tenía todo el aspecto de un honrado burgués, rico y sólido. También me interesó cierto caballero, ya cincuentón, de aspecto prócer, de ojos claros y decepcionados—ojos que habían visto mucho—, que iba y venía escénicamente por el andén. ¿Por qué me preocupó aquel tipo? Sólo una vez miró a la señora de las pulseras, y por ese mismo cuidado que me pareció poner en no mirarla, yo hubiese jurado que estaba allí por ella.

La señora decía a su marido:

—Sube, Adelardo, que ya nos vamos; han dado la salida...

Demostraba inquietud. El subió a mí en el momento en que la locomotora, mansamente, arrancaba. Miré hacia atrás y me sorprendió no ver al caballero que minutos antes ocupó mi atención. Inmediatamente pregunté al compañero que me seguía:

—Oye, Misántropo: ¿va contigo un señor alto, de bigote canoso, vestido de gris... tipo cosmopolita... con los guantes, de color amarillo, metidos en la abertura del chaleco?...

—Ya sé quién dices—atajó El Misántropo—; viaja detrás de mí, en El Tímido. ¿Te interesa?

—Sí; porque creo que llevamos a bordo un marido engañado.

—¿Uno?—repitió—; ¡eres bondadoso! Si en cada tren no viajase más que un marido engañado, el Diablo no tendría qué hacer.

Don Adelardo y su cónyuge se habían sentado de espaldas a la máquina, y bajaron el cristal inmediato a ellos, lo que bastó a hacérmeles antipáticos, pues tengo horror al polvo. Si aborrezco el verano es porque todo el mundo viaja con las ventanillas abiertas. Oyéndoles hablar, comprendí en seguida que era él quien amaba y ella la que, misericordiosa, se dejaba querer. A cada instante, con solicitud un tanto empalagosa, él averiguaba: “¿Vas bien?... ¿Te molesta el aire?... ¿Quieres que te ponga la almohada detrás de la cabeza?...”

Su inferioridad era evidente. Ella rehusaba con un gesto, mientras sus labios abultadillos permanecían cerrados en un mohín imperceptiblemente desdeñoso. Yo meditaba:

—Si crees conquistarla con tus atenciones, estás equivocado: el Amor no se entrega a la cortesía, ni al talento, ni a la hermosura, ni siquiera al cariño; el Amor no paga, no corresponde; se da...; no le pidamos por caridad, ni buena educación, ni cariño, al dios; el Amor es un delicioso rebelde que, en las tres cuartas partes de las ocasiones, “no tiene razón de ser”...

Ella preguntó, a la vez displicente y afectuosa:

—¿Compraste algún libro?... Porque, cuando te vayas, me aburriré...

Contuvo un bostezo. El exclamó:

—¡Ah, sí!... Toma: es lo único que he podido hallar.

La ofrecía un volumen encuadernado delicadamente. La señora de la blusa blanca y de la falda azul, miró a su esposo de una manera indefinible. Hubo en sus bellos ojos húmedos como un epigrama...

—¿No habrá aquí nada malo?...

El semblante del marido expresaba satisfacción: aquella pregunta acababa de colmarle de confianza. Por su frente sentí pasar esta idea: “¡Qué bien se vive al lado de una compañera así!...”

—Creo que no—dijo—; el librero me aseguró que era una novela “para señoras”...

Este diálogo, aunque absurdo, no me sorprendió; lo absurdo es tan cotidiano, que lo de sentido común es lo que sorprende. Diferentes veces oí decir a mis huéspedes: “Se trata de un espectáculo al que no puede usted llevar a su señora.” O bien: “Ese libro, de que usted habla, no es para señoras...” No estoy muy cierto de la razón que acompaña a quienes así discurren: porque como los españoles, al par que hacen cuanto pueden por mantener a sus esposas en la ignorancia más completa, las erigen en árbitros de “lo que debe ser”, sucede que la mentalidad y la moral nacionales están representadas por unos cuantos millones de mujeres que no saben leer... ¡o que apenas comprenden lo que leen!... ¡Y así marcha el país!...

La esposa de don Adelardo había empezado a abrir el tomo con una horquilla, y leyó algunas páginas; luego, distraída, lo dejó en el asiento, se levantó para arreglarse el vestido y, al volver a sentarse, lo hizo sobre el libro, como para demostrar su confianza en aquella obra en la que no había pecado.

El matrimonio volvía de “la segunda mesa” cuando apareció el interventor; don Adelardo le saludó amistosamente, y de las palabras que entre ambos se cruzaron, deduje que el marido manejaba negocios de riesgo y significación, y que viajaba mucho. Mientras picaba los billetes, el interventor exclamó:

—¿De modo que usted se apea en Medina?

—Desgraciadamente—replicó don Adelardo—: Carmen, mi señora, va a San Sebastián, donde tiene parientes; con ellos pasará el verano. Yo, me quedo en Medina para ir a Salamanca; mis socios están montando allí una Fábrica.

A la una y minutos de la madrugada, hicimos alto en Medina del Campo. Usando de la soledad en que estaban, los dos esposos pudieron despedirse tiernamente. Ella le echó ambos brazos al cuello; él la tenía cogida por la cintura, y mientras la besaba en los labios, la contemplaba anhelante, la respiraba, parecía bebérsela.

—Mañana, temprano, apenas llegues, telegrafíame—rogaba el marido.

—Lo haré así; ¡como siempre!...

—¡De no recibir tu telegrama, iría a buscarte!

—¿Estás loco?... Y tú, en cuanto regreses a Madrid, avísame.

El balbuceaba, pálido, la voz enronquecida:

—Mi alma...

—Adiós—repetía la esposa—; adiós...

—¡Mi vida!...

—Ten cuidado; corre... que el tren se marcha.

Al cabo, tras un rudo esfuerzo que debió de hacerle daño en el corazón, él pudo arrancarse de los brazos sedeños, mórbidos, fragantes, que le enlazaban, y descendió al andén. Todavía volvieron a estrecharse las manos, hasta lastimárselas; y, de nuevo, florecieron en sus labios las frases acongojadoras de las despedidas:

—Te quiero; no me olvides...

—¿Cómo voy a olvidarte?... Adiós... adiós...

Por tres veces sonó una campana, La Tirones lanzó un silbido largo, y partimos.

Carmen, asomada a una ventanilla, movía su pañuelo y continuó agitándolo hasta después de haber perdido de vista el andén. Hecho esto se irguió, exhaló un suspiro de liberación y levantó el cristal. ¡Cuánto se lo agradecí!... En aquel instante, con una sonrisa triunfadora bajo el bigote rucio, detúvose ante la puerta del compartimiento el caballero del “completo” gris y de los ojos fatigados, que había inquietado mi maliciosa atención en la estación madrileña. Pero, ahora, me gustó más: era, en verdad, un hombre atrayente y de mundo.

—¡Carmen!—murmuró cruzando sus manos, de una gran distinción, con un gesto en el que, simultáneamente, había respeto y deseo.

Demostró la intención de instalarse a su lado. Ella, con un ademán, se lo impidió.

—Siéntate enfrente de mí—murmuró—y sé prudente; el inspector conoce a mi marido...

La escena era, al par, graciosa y amarga. Yo pensaba: “Como nosotros, esta señora, para hacer el camino, también cambia de máquina...”

Con lo mucho que hablaban no tardé en ponerme al tanto de quiénes eran y de la antigüedad de sus relaciones: él residía en la capital donostiarra, y había ido a Madrid para acompañar a su amante durante el viaje; todos los veranos hacía lo mismo. En cuanto a don Adelardo, apremiado siempre por graves responsabilidades comerciales, si alguna vez se excedió a ir con su mujer hasta Miranda de Ebro, fué para luego tomar la línea de Castejón a Zaragoza y Barcelona, donde tenía negocios. La firma de aquel hombre joven, simpático y buenazo, significaba un valor de varios millones.

¡Y, sin embargo—reflexionaba yo—, ella no le quiere!... El delito no era éste, sin embargo, porque dentro de la jaula formada con los barrotes de todos los prejuicios, de todos los juramentos y de todas las leyes, el pájaro azul de la ilusión canta victorioso, y no siempre queremos a quien debiéramos querer: el crimen de aquella mujer estaba en la traición. Decirle a su marido: “No te amo; separémonos”, hubiese sido un bello rasgo de voluntad, una nobleza: pero despedirle con besos y desde la ventanilla saludarle hasta perderle de vista, era una infamia. ¿Por qué preferiría aquel hombre, menos rico, seguramente, que su marido, y que representaba doce o quince años más que él?... No lo sé, ni es fácil que nadie, ni aun los mismos interesados, establezcan la lógica de estos súbitos y dramáticos vientos del espíritu. Lo único cierto es que muchísimas mujeres, después de hallar el marido—y ante el desengaño del matrimonio—suelen aplicarse a buscar el Amor; y que como de este mismo mal se quejan los hombres, la poligamia—dentro o no de los Códigos—es mundial: sin otra diferencia que la de que las leyes de la poligamia oriental obliga a cada hombre a mantener a “sus esposas”; mientras en Occidente cada hombre cuida—in pártibus—de las mujeres ajenas.

Este lance, a pesar de su gravedad, es, desgraciadamente, tan frecuente, tan vulgar, que yo no hubiese hablado de él a no ser por la originalidad de cierto episodio, de sabor vodevilesco, con que se adorna.

El verano había muerto. Una noche, de las últimas de septiembre, al llegar a San Sebastián en dirección a Madrid, vi a Carmen, “la señora de la falda azul y de la blusa blanca”, y a su amante, que esperaban el expreso. Apenas éste se detuvo, subieron a mí y, rapidísimamente, aprovechando una ocasión en que nadie les veía, cambiaron un beso; un buen beso fuerte y leal, cuyo calor me alcanzó. Ella partía sola; su marido la aguardaba en Venta de Baños. Al separarse, el amante entregó a su compañera una sortija.

—En recuerdo—murmuró—de estos tres meses. Dentro mandé cincelar algo muy nuestro. Procura que nadie la vea. Te la pondrás cuando volvamos a estar juntos.

Los ojos de la amada se iluminaron; brillaron de agradecimiento, de alegría infantil; acaso—¡oh, dolor!—hubo en ellos un poquito de codicia también...

Ya en su departamento, mientras rodábamos, Carmen examinó la sortija, que adornaban una esmeralda preciosa y un brillante, no muy crecido pero de luz extraordinaria. Nunca había visto otro ni más límpido ni mejor tallado. Sintió deseos de llorar, y sonrió; estaba hechizada; ¡oh, ella sabía tasar una joya!... Después—me parece que sin prisa—, dentro del aro de la sortija leyó: “Una noche en el mar.” La sentí pensar:

“Sí, fué una bonita noche... Pero Juan no debió grabar nada en la sortija, porque, según está, no me atrevo a usarla. ¡Vaya una tontería!... Esto lo discurre un estudiante... ¡pero, no él!... ¡Egoísta!... Sí; esto lo ha hecho por egoísmo, para que yo sólo pueda lucir la sortija cuando esté a su lado...”

No había querido calzarse los guantes y disimuladamente, temerosa de que los viajeros notasen su alegría, se miraba las manos. Las dos piedras eran lindísimas, y a porfía el brillante y la esmeralda se disputaban su corazón. Continuó meditando:

“Lo mejor será borrar esa inscripción comprometedora. Yo le diré a Juan que temía que Adelardo la viese... ¡Es una buena idea! Juan no se enfadará...”

El mucho precio y la belleza del obsequio la habían quitado el sueño, y hasta más allá de Miranda no empezó a advertir que la pesaban un poco los párpados. Suavemente iba adormilándose; sus compañeros de viaje habían extinguido mis luces. Volvió a despertarse, sin embargo: la idea, “tengo una sortija”, la sacudía, y las dos gemas llenaban su cerebro de claridad. Burgos había quedado atrás cuando Carmen se levantó en busca del cuarto-tocador. No podía estarse quieta, y la perspectiva de abrazar muy pronto a su marido contribuía también a electrizar sus nervios. Al salir del “Water-Closet”, se cruzó en el tránsito con dos viajeros. Volvió a su departamento y procuró dormir; imposible; todas las actitudes la desagradaban. Procesiones de recuerdos, unos graves, otros pueriles, y todos desmadejados y fragmentarios, cruzaban su espíritu y lo orientaban hacia distintos rumbos: el verano había sido placentero; el otoño, en Madrid, lo pasaría bien... Pensó en sus amigas... Bostezó. La vida siempre es un poco triste; ella, en general, estaba triste; se aburría; entonces, a no ser por la sortija...

La señora de la blusa blanca se miró las manos, y sofocó un grito. En la obscuridad la vi enrojecer, palidecer... ¡Había perdido la sortija!

—¡La he olvidado en el lavabo!—bisbiseó.

Echó a correr, calenturienta, por el pasillo. Sus pies, calzados con zapatos de muy alto tacón, se doblaban a cada momento con mi trepidar, y su cuerpo carnoso chocaba, como ebrio, contra las paredes. En una curva, el ímpetu centrífugo la despidió hacia fuera con tal brío, que, a no haber allí un pasamanos de hierro, me rompe un cristal. El llanto asomaba a sus ojos cuando llegó al “tocador”; estaba ocupado.

—¡Oh!—rugió desesperada.

Sus lágrimas, mal contenidas, corrieron. Esperó; pero, incapaz de atajar su impaciencia, a cada momento tamborileaba sobre la puerta con los nudillos. De súbito se reprimía, avergonzada; de súbito, también, volvía a llamar. Dentro, una voz exclamó, con acento extranjero:

—Calma... calma, por Dios: un poco de calma... que a este sitio nadie viene por gusto...

Abrióse la puerta y apareció una señora peliblanca, grave y flaca, con aspecto de institutriz inglesa. Carmen la detuvo:

—¿Ha visto usted una sortija?

—No, señora.

—Sí: una sortija...; lleva una esmeralda y un brillante...

Hablaba con imperio, como si acusase, y mirando a su interlocutora a los ojos. Esta hizo un ademán inocente:

—Acaso esté—dijo—; verdaderamente, yo no he mirado.

Y se marchó. Carmen registró el “Water-Closet”, examinó los rincones, arrastrando la fimbria de su falda por el suelo mojado y fétido; introdujo un dedo en el agujero de desagüe de la palangana; removió papeles...¡La joya no estaba!... Salió al corredor tambaleándose, aturdida, ¿Quién pudo llevársela? Pensó en aquellos dos hombres con quienes se había cruzado cuando regresaba a su compartimiento. Pero, ¿quiénes eran ni dónde buscarles, si no reparó en ellos?... Estaba febril.

—¿Qué hacer—repetía—, qué hacer?... ¡Ah, mi mala suerte!...

Acordóse del vigilante, que acaso sabría algo, y se precipitó en su busca. Lo halló tres vagones atrás, en El Misántropo. El vigilante nada había visto, pero prometió informarse; preguntaría...

—Que la sortija aparezca—dijo—, depende, como usted comprende bien, de la honradez de quien la haya encontrado.

—Yo creo—afirmó Carmen, a cuyo espíritu volvía la silueta de aquellos desconocidos que vió al salir del “tocador”—que la tiene un viajero de mi coche; o del coche que va delante del mío...

Esta idea se la inspiró la dirección, opuesta a la de la máquina, en que aquellos hombres caminaban. El vigilante ratificó su ofrecimiento de buscar, y ella tornó a su departamento. Los pies no la sostenían; iba rota...

Cuando el expreso entraba en la estación de Venta de Baños, Carmen, que iba acodada a una ventanilla, empezó, desde lejos, a saludar a su marido con un pañuelo. Antes de que el convoy se detuviese, ya don Adelardo había subido a mí y el matrimonio se abrazaba. Luego charlaron, interrogándose y contestándose ambos a la vez, mirándose a los ojos mientras se oprimían las manos.

Yo, entretanto, ponía a su conversación esta apostilla triste:

“El la quiere; y ella no le quiere, me consta; pero su cariño lo finge tan bien, que su mentira y la verdad del otro valen lo mismo...”

Se habían sentado, y para no molestar a los otros viajeros procuraron dormir. De pronto, ella tembló convulsivamente; el marido inquirió:

—¿Qué tienes?...

Carmen repuso:

—Los nervios; no es nada.

Mentía: era que la posibilidad de que el vigilante la restituyese la sortija, la había flagelado como un latigazo. “Yo debí decirle—pensó—que, de no dármela antes de llegar a Venta de Baños, se quedase con ella. Adelardo va a verla. ¿Cómo no preví esto?... ¡Soy una bruta!...”

Se apoderó de ella un miedo insensato; tenía los ojos hundidos y febriles. Su marido llegó a inquietarse.

Empezaba a clarear cuando apareció el vigilante.

—Señora, aquí está su sortija: la tenía un viajero del coche que corre delante.

Carmen, inesperadamente, con unas fuerzas que sacó no sabía de dónde, repuso:

—Esa sortija no es mía.

Al vigilante, la sorpresa le desquijaró la boca; quedóse idiotizado. Don Adelardo, maquinalmente, había cogido la joya; miró a su mujer:

—¿Es tuya?

—No.

El esposo leyó la inscripción: “Una noche en el mar”; examinó las piedras.

—¡Es bonita!—murmuró dirigiéndose a su consorte en voz muy baja—; bonita y buena; lo menos cinco mil pesetas habrá costado...

En su corazón la codicia había encendido su lámpara amarilla. Tranquilamente, sin embargo, devolvió al vigilante la sortija, diciéndole:

—No es nuestra.

El vigilante trató de insistir, pero vacilaba, aturdido: hasta llegó a pensar que la señora de la blusa blanca y de la falda azul que tenía delante, no era la misma con quien momentos antes estuvo hablando: “¿O las sortijas extraviadas serán dos?”—pensó. Desconcertado y receloso, pero vencido, pues no comprendía que nadie, caprichosamente, renunciase a lo suyo, tartamudeó algunas palabras de exculpación y se marchó.

—Te ha confundido con otra viajera—comentó don Adelardo.

—¡Sin duda!...

Empezaba a serenarse, y el buen color de las conciencias limpias volvía a su semblante. El esposo continuó:

—¡La sortija me gusta!... Es distinguida. Si su dueña se hubiese quedado en Miranda, o en Burgos, o en Venta de Baños... lo que nada tendría de particular, yo trataría de comprársela al vigilante. ¿Quieres?... La inscripción que lleva, se quita...

Ella asintió feliz, y él agregó, recreándose en redondear bien su pensamiento:

—O no se quita... Substituímos la palabra “mar”, por la de “tren”, y la inscripción pasa a ser nuestra: “Una noche en el tren”.

La esposa aprobó: el marido continuaba la obra del amante, y así la sortija, y lo que en ella se decía, pertenecía por igual a los dos. Tenía unos deseos furiosos de reir; como en las comedias, todo se desenlazaba plácidamente. Ya cerca de Madrid, don Adelardo buscó al vigilante y le ofreció quinientas pesetas por la sortija.

—Mi señora—explicó—se ha enamorado de ella.

El empleado aceptó el trato; acababa de acercarse un poco a la verdad: él no descifraba bien el misterio de aquella joya, pero estaba cierto de que pertenecía a la viajera “de la falda azul”.

Así terminó la aventura, y supongo que don Adelardo y su mujer continuarán dichosos.

De todo esto hablé mucho con mis camaradas. Yo estaba indignado: mi juventud se revolvía contra tanta falsía, contra la suciedad de tanto perjurio. El convoy reía; le divertía mi buena fe.

—De cosas peores—insistía El Presumido—ha sido testigo cualquiera de nosotros.

Hasta que Doña Catástrofe me pacificó con estas palabras sentenciosas:

—Reflexiona, Cabal: si de la vida suprimes la traición, ¿qué dejarás de ella?...

IX

Los vagones franceses, a fuerza de trasponer un día y otro nuestra frontera, acaban por chapurrear el castellano y aun el vascuence. A nosotros con su idioma, y por iguales razones, nos sucede lo propio.

Aquel anochecer, de los primeros de un mes de noviembre, los coches del expreso de París llegados a Irún, nos dieron una noticia inquietante.

—Estad prevenidos—dijeron—porque hoy traemos mala gente.

—¿Quiénes son?—indagamos.

—Cuatro bandidos de los más célebres.

—¿Sabe vuestra policía que venían a España?

—Nos parece que no.

Pedimos detalles.

—Todos visten bien y son jóvenes—respondieron nuestros cofrades traspirenaicos—; el mayor, probablemente, no habrá cumplido treinta años. Uno de ellos, apodado “el bello Raúl”, viene con nosotros desde París, y demuestra ser el jefe de la banda. Al segundo, que es italiano, le recogimos en Juvisy; antes de doctorarse en el crimen fué acróbata, y la más notable de sus hazañas no es la de haberse escapado del presidio de Toulón. Se llama Cardini. Sus otros dos compañeros, Jacobo Dommiot y Mauricio, nos esperaban en Burdeos. Han realizado el viaje en coches distintos, para mejor escapar inadvertidos; mas apenas traspusimos el Bidasoa y el convoy comenzó a disminuir su velocidad, todos, cumpliendo sin duda una consigna, saltaron a la vía.

El narrador concluyó:

—Por cierto que Cardini, el italiano, para distinguirse de sus compañeros, lo hizo dando una vuelta completa en el aire.

Entretanto los viajeros llegados de Francia iban tomando posesión de nuestros departamentos. Pasaban de cuarenta. ¿Irían entre ellos los cuatro facinerosos de que nos hablaban? Quisimos saber sus señas.

—“El bello Raúl”—nos respondieron—es el único que lleva bigote; tiene la color pálida, y sus facciones, a las que su remoquete alude, son de una notable perfección. Usa sombrero de fieltro blando. La anchura de su espalda dice su vigor extraordinario. Cojea un poquito, muy poco, al andar.

—¿Y Cardini?...

—El italiano es aceitunado, menudo, vibrante. Una vieja cicatriz le corta los labios, tan finos y sin color, que a su vez simulan otra cicatriz. Sus cómplices Mauricio, antiguo boxeador, y Dommiot, son de corta estatura también, y recios; verdaderos hércules. Jacobo Dommiot, especialmente, tiene bajo un cráneo casi microcéfalo un cuello de toro. Los tres visten gorras de viaje y trajes y gabanes obscuros, y están afeitados.

El tren francés se despidió deseándonos buena noche; regresaba a su país; y nosotros, a la hora señalada, partimos con rumbo a San Sebastián. Cierta inquietud folletinesca—trepidación de aventura—nos sacudía a todos. Unos a otros nos informábamos:

—¿Llevas contigo alguno de esos tipos, Presumido?

—No, afortunadamente. ¿Y tú, Misántropo?

—Tampoco.

Doña Catástrofe aseguró que llevaba a Cardini, pero en seguida rectificó: había confundido al italiano con un viajante catalán. Al cabo, y tras minuciosos cabildeos, dedujimos que los cuatro facinerosos se habrían quedado en Irún. ¿Con qué intenciones? Quizás para trasladarse a Madrid días después; o acaso en espera de cualquier barco de cabotaje que fuese a Santander o a Coruña. Esto último lo juzgamos más verosímil, porque ellos temían, probablemente, haber dejado huellas delatoras de su paso, y nada para borrar una pista como el mar.

Yo hubiese querido conocer a Jacobo Dommiot, el del cuello atorado; y a Mauricio, el boxeador; y a Cardini, el saltarín; y, más que a todos, al “bello Raúl”, cuya gallardía—si el remoquete que le señalaba era justo—debía de granjearle entre las mujeres tantas simpatías como su mismo oficio de bandido. Yo había visto muchos policías, pero nunca, a sabiendas, estuve cerca de un ladrón; conocía a los perseguidores, mas no a los perseguidos, y acaso por ser aquéllos muchos y éstos pocos, los segundos me atraían mejor. El policía—reflexionaba yo—tiene una importancia secundaria, un mérito adjetivo o derivado. No así el ladrón, pues si no hubiese ladrones no hubiera policías; al igual de las cerraduras, los policías se inventaron después de haberse cometido muchos robos. La celebridad de un policía procede del temible prestigio del facineroso a quien aprehendió, lo que demuestra cómo la notoriedad del uno es reflejo de la luz escandalosa con que el otro brilla. El ladrón representa lo substantivo: y como casi siempre es “un producto” de la injusticia colectiva, el público—aun en contra de sus intereses—en el teatro, lo mismo que en el cinematógrafo o en la novela, aplaude al ladrón...

Doña Catástrofe, que iba siguiendo mi monólogo, me atajó:

—Como tú opinas, Cabal, discurría yo de mozo; pero el ambiente en que nos movemos poco a poco me ha modificado el criterio. Lee los periódicos. En Francia, en Inglaterra, en Alemania, en los Estados Unidos, no hallarás ningún bandolero analfabeto: esos célebres bandidos internacionales que asaltan Bancos y desvalijan trenes, son hombres de imaginación extraordinaria, que escriben perfectamente y visten como gentlemen; que manejan toda clase de armas y conocen los deportes más rudos: la natación, la equitación y el boxeo; que entienden de química y saben preparar una bomba, y guiar un automóvil, y falsificar un cheque. Esos aventureros inverosímiles en quienes rivalizan la inventiva, el talento de organización y la audacia, y llevan en la memoria el horario de todos los “rápidos”, y los días de salida de todos los trasatlánticos, son folletinistas maravillosos que, con sus propios actos, que no con la pluma, escriben sus libros. En el extranjero, donde la ilustración y la buena alimentación han intensificado la vida, la carrera del crimen ha obtenido la categoría de “vocación”. Los que se dedican a él lo hacen conscientemente, razonadamente. Fíjate en lo que nos decían nuestros camaradas del expreso de París, respecto a esos cuatro malhechores que han traído: Cardini fué acróbata; Mauricio ha peleado en los rings; Jacobo Dommiot debe de tener también algún oficio; y del valimiento del “bello Raúl” no debemos dudar, pues ejerce jefatura sobre los otros. ¿Vas comprendiendo, Cabal?...

Yo le escuchaba complacido: parecíame que el viejo coche, que tanto había visto, tenía razón.

Doña Catástrofe continuó:

—Entre nosotros el bandolerismo acabó con “Pernales”: era un bandolerismo casi exclusivamente andaluz, un poco anarquista, un algo también quijotesco, que desposeía a los ricos en beneficio de los pobres, y andaba a caballo y vivía al aire libre. En el arte de robar con maña o por la fuerza, España—como en todo—se quedó rezagada. Nuestros ladrones son pobres diablos hambrientos, mal vestidos, que apenas saben escribir, ni conocen otra arma que el cuchillo rudimentario, y que se dedican a ladrones “por necesidad”. En el extranjero el bandolerismo lo ejercen los fuertes, los rebeldes, los perturbados por la utopía del inmediato “reparto social”; van a él por gusto, y esta vocación da a su ingrato oficio un pique novelesco. Robando creen verificar un derecho, y su convicción les infunde ante el fiscal una actitud de orgullo que luego las multitudes glosan admirativamente. En España no ha germinado todavía la atracción ácida del crimen: nuestro país produce pocos asesinos innatos; aquí únicamente cultivan el robo los vencidos de la vida, los “sin-trabajo”; y lo hacen avergonzados, como irían a pedir limosna; roban sin entusiasmo, pensando en que deben darles pan a sus hijos, y en que Dios, por esto mismo, les perdonará. Nuestros salteadores de caminos van cargados de escapularios, y antes de echar mano a la faca suelen persignarse. En esta tierra de santos, a la vez tan cruel y tan piadosa, entre el ladrón y el robado siempre hay una cruz...

Calló Doña Catástrofe porque íbamos a penetrar en un túnel, y El Tímido, que corría tras él, empezó a distraerle con aspavientos. Cuando salimos de la tierra, reanudó, con gran contentamiento mío, su disertación:

—Todo esto es causa de que en España el robo sea algo miserable, grotesco y sin la menor espiritualidad. La ignorancia y la nutrición insuficiente, acobarda a los hombres. Créeme, Cabal: una mala alimentación hace más por la tranquilidad pública que la Guardia Civil. Te referiré un episodio de que fuí testigo. Hace muchos años, una mañana, a poco de salir de Madrid, el guardafreno descubrió a un individuo que se había alebrado pecho abajo y cuan largo era sobre la techumbre del último furgón, creyendo que en aquella actitud nadie le vería. “Debe de ser un ladrón”—se dijo el guardafreno. Pudo mandar parar el tren, pero no quiso; era ágil y bravo, y pensó que, de aprehenderle por sí mismo, su hazaña podía valerle una recompensa. El bandido, al comprenderse descubierto, gateó hasta pasar al segundo coche. El guardafreno, desde la garita del furgón de cola, le ordenó que se entregase. El interpelado no contestó; le miraba. Entonces el otro, temerariamente, porque en aquellos instantes el expreso adelantaba a mucha velocidad, salió de la garita y, arrastrándose, dirigióse hacia el fugitivo. Este pasó al coche próximo; el guardafreno le seguía acortando la distancia que les separaba, y gritándole furioso: “¡Ríndete!... ¡Ríndete!...” Nosotros oíamos sus voces y atendíamos a las peripecias de la lucha con la emoción que puedes suponer. Llevábamos una marcha de más de ochenta kilómetros, y no comprendo cómo aquellos hombres no cayeron a la vía en el revuelo despedidor de alguna curva. Así, de vagón en vagón, recorrieron todo el convoy y llegaron a mí, que iba detrás del furgón de cabeza. El ladrón se sintió perdido, porque desde la máquina y por encima de la pirámide de carbón del ténder, el maquinista y el fogonero podían verle. Entonces, decidió resistir: tengo observado que, en los temperamentos inferiores, el heroísmo no suele ser cálculo oportuno, sino desesperación tardía, y por eso sucumben. El guardafreno volvió a intimarle, con gran entereza, la rendición. Los dos hombres se hallaban sentados—no les era posible mantenerse de pie—y a breve distancia uno de otro. El ladrón sacó un revólver y, siempre callado, apuntó a su enemigo. Lleno de temerario coraje, el guardafreno siguió adelante; el otro oprimió el gatillo, y el tiro no salió; el guardafreno avanzaba, buscando en el cuerpo a cuerpo su salvación. Por segunda vez el acosado apretó el gatillo inútilmente; el revólver no funcionaba. En aquel momento su enemigo conseguía asirle por las muñecas y, sin lucha, le desarmó. El ladrón se rindió a discreción, y en El Escorial fué entregado a la Guardia Civil. Pues yo sostengo que aquel pobre hombre animoso—si tú quieres—, pero escuálido, hambriento y sin otra arma que un revólver de baratillo, es un tipo representativo del bandolerismo nacional. ¿Tú crees que puede robarse en un expreso, con un arma así y subiéndose al techo de los vagones?... Eso no se le ocurre más que a un analfabeto. Para acometer esa aventura un ladrón extranjero hubiese comenzado por vestirse muy bien, instalarse en un coche-cama, y gastarse doscientas pesetas en una Browning; lances de tal naturaleza hay que realizarlos en “gran señor”; y luego, a media noche, aprovechando el fragor de un túnel, asesinar al vigilante de guardia. ¡Así se empieza!...

Le interrumpí para decirle:

—Oyéndote, cualquiera creería que los ladrones te gustan.

—Me gusta—replicó Doña Catástrofe—que cada cual conozca y descuelle en su oficio: que un ingeniero, por ejemplo, sepa tender un puente; y que un maquinista sepa guiar su locomotora; y que un policía sepa rastrear un delito, y que un bandolero sepa robar... porque el progreso de una nación nace del esfuerzo de todos sus ciudadanos, así de los muy buenos como de los muy malos. ¿No comprendes que los muy malos sirven, precisamente, de excelente estímulo a los muy buenos? Desgraciadamente vivimos en un momento histórico de color gris, en que todos los honrados son un poquito ladrones, y viceversa. Cabal: Castilla fué grande, fué gloriosa; pero hogaño está usada, triste, y su llanura se les ha metido a los hombres en el corazón.

Dicho esto, Doña Catástrofe, taciturno y endolorido por el frío, no habló más.

Todo el convoy, envuelto en niebla y en humo, avanzaba silencioso, maquinalmente y medio dormido; rodaba como si supiese, de una manera subconsciente, que su obligación era seguir adelante; un fenómeno análogo a esos hechos que los psicólogos califican de “memoria sensitiva”, en virtud de la cual a un hombre los pies le llevan adonde él, una vez, pensó ir; aunque luego, durante el trayecto, pensase en otra cosa.

En Burgos subió a mi compartimiento delantero un fraile de la orden franciscana, y aunque iba descalzo y fuese su sayal de grosera estameña, sus cabellos blancos, su rostro aguileño, la lividez marfileña de su cabeza y la pulcritud de sus manos y de sus pies, cantaban bien alto su distinción. El único asiento vacío que quedaba, lo ocupó el religioso, quien hubo de advertir la hostilidad sorda con que sus compañeros de viaje, todos fatigados y soñolientos, le acogían. Flexible y mundano, nada dijo, sin embargo. A poco llegó el interventor. El fraile le preguntó:

—¿Queda alguna cama?...

—Casualmente en este mismo coche tiene usted una. ¿La quiere? Le cobraré el “suplemento”.

—Muy bien: ¿puedo pasar ahora?...

—Cuando usted guste.

El religioso, muy amablemente—acaso con una leve ironía—, saludó a los viajeros y salió al pasillo, y el interventor tras él. Al fondo del departamento, casi a obscuras, una voz displicente lanzó este comentario:

—Los hombres que hacen voto de pobreza y, como en elogio de la miseria, andan descalzos, no debían viajar en “primera clase”... ¡y, mucho menos, en sleeping!...

Hubo risas disimuladas; la reflexión era exacta; aquel individuo, brusco sin duda, que había hablado, tenía razón. Algunos viajeros levantaron la cabeza para mirarle, satisfechos de que alguien hubiese dicho lo que ellos—mejor educados, tal vez—no se atrevieron a decir. Las personas toscas o brutas suelen aventajar a las discretas en sinceridad.

El fraile, entretanto, había comenzado a desnudarse; una vez desembarazado de su hábito y de sus sandalias, se acostó. Realmente, la extremada pobreza de su figura desentonaba en aquel ambiente confortable, mullido, lujoso...

Y a mi memoria volvieron las reflexiones que, momentos antes, Doña Catástrofe me había hecho.

—He aquí un hombre—pensé—que es fraile... ¡y no sabe ser fraile!...

X

Con motivo de un descarrilamiento importante ocurrido en la línea de Córdoba a Sevilla, mi familia—al convoy yo lo llamo “mi familia”—había comentado mucho los sinsabores de nuestro oficio. El Tímido y Doña Catástrofe opinaban que las únicas horas de tranquilidad completa que disfrutamos son las pasadas en la ociosidad de las estaciones terminales; cuando la máquina nos deja y sabemos que allí hemos de quedarnos: sólo entonces descansan nuestros rodajes, y se encalma la fiebre de los tubos para la calefacción, y el silencio y la certidumbre de que ningún peligro ha de herirnos extiende por nuestro cuerpo una somnolencia reparadora. Pero, mientras se camina, se sufre: el camino es la amenaza constante, la tragedia que acecha en cada cruce. Sobre el mar los barcos pueden luchar contra la muerte, detenerse, cambiar de rumbo, correr delante de la tempestad si no se creen capaces de resistirla. Nosotros, sujetos a la tiranía ineluctable de dos cintas de hierro, nada de esto sabemos hacer. Los barcos, si se hunden, es despacio; nuestro desastre, por el contrario, es instantáneo; el choque, el descarrilamiento, nos matan de un modo fulminante. Vemos llegar la muerte, y no sólo no nos es permitido esquivarla, sino que corremos hacia ella, y con nuestro propio ímpetu favorecemos su obra. Al Presumido, que en los albores de su vida había ambulado mucho por Andalucía, se le ocurrió la siguiente comparación, por desgracia exacta:

—Somos como los toreros: a un torero le ves sano y riéndose cinco minutos antes de la corrida, y cinco minutos después está de cuerpo presente. Así nosotros: ahora a mí, por ejemplo, nada me falta: mis ruedas trabajan bien, mis asientos son cómodos, todas mis ventanas cierran...; y puede ser que esta misma noche, antes de llegar a Segovia, me veáis convertido en astillas.

La desagradable conversación continuó hasta que La Caliente vino a recogernos, y bajo su recuerdo depresivo—un recuerdo al que se mezclaba algo supersticioso—salimos de Madrid. Yo iba malhumorado, presagiaba desdichas y siempre que la locomotora silbaba ante el enigma de la noche, lóbrega y húmeda, un gran frío—un frío que era miedo—me traspasaba. Delante de mí marchaba El Misántropo, más tiznado y callado que nunca; apenas oscilaba, y su andar monótono infundía sueño.

—Oye, Misántropo—le dije.

Pero no contestó, y yo, sin advertirlo, me quedé dormido. Al despertar no reconocí el sitio donde nos hallábamos: mis huéspedes dormían, y como todas las luces iban apagadas el tren adelantaba sin proyectar a sus lados claridad ninguna. La niebla era espesa; imposible orientarse; todo el camino parecía un túnel. A intervalos, cuando el fogonero abría el horno para proveerlo de carbón, el humo de La Caliente se teñía de rojo, y simulaba, sobre la tiniebla de la noche, una trenza ensangrentada. Unicamente el oído me informaba algo: por los diversos ruidos del expreso sabía cuándo cruzábamos un campo abierto, o cuándo corríamos entre montañas: de súbito me advertí sobre un puente; luego sentí que me hundía en un túnel; y esta espantosa ceguera aumentaba mi temor a morir.

El alto que hicimos en Segovia nos despertó a todos, charlamos y las luces del andén contribuyeron a reanimarme. Además, de allí en adelante, el camino era mejor. Cuando llegamos a Venta de Baños, llamaron mi atención unos treinta o cuarenta vagones que reposaban, como olvidados, en una vía de descarga: a unos les faltaba la techumbre, otros no tenían puertas ni estribos, y todos mostrábanse desconcertados, desvencijados, cual si hubiesen sufrido algún tremebundo magullamiento; muchos, cuya tablazón estaba completamente astillada, parecían esqueletos. Era un convoy trágico.

A mis preguntas, El Misántropo contestó:

—Estos coches están aquí provisionalmente, esperando a que los lleven a Valladolid, donde hay un taller de reparaciones.

Yo los miraba con horror; recordaba cuanto, al emprender el viaje, mis compañeros habían glosado a propósito de los descarrilamientos y de los choques. Aquellos vagones rotos, doloridos, casi inútiles, eran como una procesión de enfermos que aguardasen a la puerta de un hospital.

Finalmente la noche transcurrió sin que nos ocurriese desgracia ninguna, y con las luces primeras del amanecer y el cantar batallador de los gallos, la serenidad me volvió al cuerpo. Sin embargo, cuando a media mañana llegamos a Irún, ya de vuelta de Hendaya, mi cansancio y mi melancolía me inmergieron en un sueño profundo. De un tirón dormí varias horas.

Me despertó un encontronazo; por su rudeza comprendí que era La Recelosa, siempre arisca y vehemente, quien me lo daba. Acababa de hacerse dueña del convoy. Era noche cerrada y en el andén había bastante concurrencia.

—¡Ya era tiempo de que despertases, Cabal!—me gritó un compañero.

—¿Tanto he dormido?—pregunté.

—Toda la tarde.

Doña Catástrofe murmuró a mi lado, misterioso:

—Creo que hiciste muy bien en descansar, porque acaso esta noche no podamos dormir.

En el acto, telepáticamente, adiviné su pensamiento.

—¿Lo dices por los ladrones franceses?

—Sí.

—¿Les has visto?

—Dos de ellos están conmigo, en el mismo departamento, pero no se hablan: demuestran no conocerse.

Una áspera emoción de alegría y de susto me sacudió; una vibración semejante, tal vez, a la que produce en el público de las Plazas la salida del primer toro.

—¿Quiénes son?—dije.

—Por las señas que de ellos nos dió el expreso de Francia, uno debe ser Cardini, el italiano: cobrizo, cenceño, la expresión áspera... Le corta los labios una cicatriz que debieron pintársela a cuchillo.

—¡El mismo!—exclamé—; ¿y el otro?

—Es pequeño, y tiene la cabeza sanguínea y cuadrada, como los hombros. Creo que es Dommiot.

El Presumido reclamó la atención de Doña Catástrofe:

—¡Mira... mira!...

Yo miré también. En la puerta del restaurant de la estación, al que sus ventanas iluminadas daban un aspecto de fiesta, acababa de aparecer la figura simpática, ágil y fuerte, llena de novelesca armonía, del “bello Raúl”. Instantes después Mauricio, el boxeador, que salía de la Cantina, se le acercó; pero si algo hablaron fué rapidísimamente y sin mirarse.

—¿Crees que vendrán con nosotros, Catástrofe?—decía yo.

—Pienso que sí.

—¿Irán a asaltar el tren?...

Doña Catástrofe vacilaba; si tenía opinión, no quería emitirla. Insistí hasta arrancarle una respuesta que mi inquietud estimó poco categórica:

—Recuerda—dijo—lo que acerca de esta gente conversamos días atrás: si fuesen españoles, afirmaría rotundamente que “no”; tratándose de ladrones franceses... ¡la verdad!... no lo sé...

Yo me hallaba situado a la zaga del convoy: detrás de mí iban el coche-correo, con quien no tenía comunicación, y el furgón de cola. Delante llevaba a Doña Catástrofe, y seguidamente y por el orden en que los cito, al Presumido, El Tímido, El Misántropo y los dos Hermanos Sommier. Yo deseaba que Mauricio o el “bello Raúl”, viajasen conmigo, pero, por la dirección en que miraban, supuse que los vagones de vanguardia les interesaban más. En cambio muchos viajeros, recelando tal vez la posibilidad de un choque, me elegían a mí. La mayoría de mis plazas estaban ocupadas, y mis redecillas se curvaban bajo el peso de los equipajes. Entre mis huéspedes había dos turistas inglesas, flacas y de cabellos grises, que estudiaban en sus “Baedeker”; y un novillero andaluz, cuyo nombre no supe nunca, pero a quien conocía por haberle llevado aquel verano a las corridas de San Sebastián. Era un mocetón de gentilísima presencia y muy de arrestos, según demostraré más tarde.

Bajo la marquesina, a cuya cristalería las luces del andén comunicaban un júbilo argentino, resonaba un murmullo ininteligible de multitud: ruido de conversaciones, de pisadas; voces de gentes que se buscan y se despiden; pregones... Un muchacho gritaba los títulos de los diarios que acababan de llegar; a lo largo del expreso, la voz monótona de un individuo vestido con una blusa blanca, repetía:

—¡Almohadas de viaje!...

“El bello Raúl” y su cómplice subieron al tren en el preciso momento en que éste arrancaba: Raúl entró en El Misántropo; Mauricio, en El Tímido. Yo estaba inconsolable.

—¡Qué lástima!—suspiré.

Doña Catástrofe, que adivinó la razón de mi pena, me regañó:

—¡Cállate, Cabal!... Más vale así. ¿Para qué quieres exponerte a que esos desalmados, si por acaso acometiesen a los pasajeros, te dan un tiro?...

No contesté porque me hallaba en un estado de nerviosidad desconocido para mí; y supuse que mi sobresalto no debía de ser completamente irrazonado al cerciorarme de que mis compañeros, cuál menos cuál más, participaban de él. De extremo a extremo del expreso, como por un hilo eléctrico, nuestras impresiones iban y venían aceleradas y sigilosas. Yo le preguntaba a Doña Catástrofe:

—Oye: ¿qué hacen “esos”?...

—Jacobo Dommiot va leyendo un periódico.

—¿Y Cardini?

—No hace nada.

—¿Duerme?

—No: ni lee ni duerme: mira.

—¿A quién?—insistía yo que buscaba, en cada gesto de los malhechores, el prólogo de un drama.

—A nadie—replicaba paciente el anciano Doña Catástrofe—; Cardini no parece reparar en nadie, no mira a nadie: tiene la cabeza apoyada contra el respaldo y sus ojos insomnes miran delante de él, lo cual es mucho peor...

Transcurridos algunos minutos el veterano vagón, que, a fuer de viejo, era curioso, indagaba:

—Presumido, escucha: pregúntale al Tímido lo que hace Mauricio.

El Presumido, complaciente y a su vez ávido de saber, trasmitía la pregunta:

—Atiende, camarada: ¿duermes?... ¿No?... Responde, entonces: ¿qué hace Mauricio?

—Nada de particular: le llevo en el pasillo, fumando.

—¿Viaja contigo mucha gente?

—Voy completo.

—¡Buena ocasión para acabar aplastado bajo un túnel!... ¿Eh?...

—¡Cállate, salvaje!...

El Presumido gustaba de embromar a nuestro compañero, a quien, en memoria o como burla de sus muchos lamentos, solía apodar “Doña Quejido”. Este, para hacernos reir, demostraba enfadarse, pero no era así, y realmente se querían como hermanos.

Luego la curiosidad que nos recomía a todos no tardaba en contagiar al Presumido, quien, a su vez, preguntaba al Misántropo:

—¿Qué hace “el bello Raúl”?...

—Nada sospechoso: lleva la visera de su gorra sobre la nariz y los ojos cerrados.

—¿Duerme, efectivamente?

—No: pero parece procurarlo de buena fe, y ello me tranquiliza.

De este modo las noticias ambulaban por la cadena invisible que—semejantes a eslabones—formaban nuestras preguntas y respuestas. Aquellos cuatro bandidos nos obsesionaban, nos desvelaban: su vivir borrascoso les embellecía y servía de prestigioso basamento a sus figuras: les temíamos, les admirábamos y envidiábamos su estrella rebelde; entre tanta gente estaban solos y más alto que nadie; en sus armas llevaban sus fueros, sus pragmáticas; eran “los protagonistas” del convoy.

A espaciados intervalos, de punta a punta del tren, las mismas interrogaciones, tantas veces repetidas, y que eran como las llamas con que ardía nuestra curiosidad, volvían a correr.

—¿Qué hace Dommiot?

—Leer.

—¿Y el italiano?

—Cardini mira; y supongo que piensa cuando mira tanto.

—¿Y Mauricio?

—Fuma sin cesar; muéstrase receloso; acaba de prender su quinta pipa.

—¿Y Raúl?...

—“El bello Raúl” duerme... o lo finge...

Estábamos ciertos de presenciar aquella noche algo extraordinario, y nuestra inquietud era tan aguda que hicimos partícipes de ella a la mayoría de los trenes—mercancías o correos—que se cruzaban con nosotros. Las emociones, cuando son fuertes, poseen la virtud de democratizar; la emoción emplebeyece, tiende a la igualdad...

—Llevamos gente sospechosa—les gritábamos al pasar.

Ellos, que, por informes recogidos aquí y allá, en la ruta, sabían de quiénes les hablábamos, respondían:

—¿Son los cuatro franceses que ganaron la frontera hace unos días?

—Sí.

—¡Ah!... ¡Ya nos contaréis cuando volvamos a encontrarnos a la vuelta!...

—Sí... sí...

—¡Buena noche!...

—¡Buen viaje!...

Todos—ellos y nosotros—nos interpelábamos a la vez, las locomotoras silbaban, saludándose, como hacen los grandes barcos que se encuentran en alta mar, y de este modo la noticia del posible drama que peregrinaba con nosotros, volaba simultáneamente de norte a sur, y viceversa.

Mis inquilinos empezaban a rendirse al sueño: algunos no habían abierto los párpados desde San Sebastián; el novillero roncaba sonoramente, envuelto en su capa; hasta las inglesas lectoras guardaron sus libros, y en la misma actitud que tenían, con sólo ponerse una almohada sobre el hombro para reclinar la cabeza, dejaron que sus ojos cansados reposasen. En ningún departamento quedaba luz; los pasajeros, para disminuir el aire que siempre entra por las rendijas de las ventanas, habían corrido todas las cortinillas. Unicamente algunos trasnochadores continuaban en el pasillo, a despecho del frío, fumando. Eran los díscolos, los insomnes, para quienes mi corredor simbolizaba la calle, que tanto amaban. Sin embargo, el sueño, poco a poco, les echaba de allí, y les restituía a sus “butacas”. A las diez de la noche todo descansaba dentro de mí, y aquella paz, aquella quietud en que estaban mis ideas—creo haber dicho que cada viajero era una idea para mí—me daba la prestancia de una gran conciencia tranquila. En los otros coches, la mayoría de los pasajeros descansaba también. Yo, presintiendo un viaje de aventuras folletinescas, me había equivocado; “nuestros ladrones” no tenían propósitos belicosos, y eran aburridos como policías.

Al cuarto de hora de salir de Miranda de Ebro, Doña Catástrofe me comunicó esta observación:

—Cardini ha mirado su reloj de pulsera, y luego sus ojos y los de Jacobo Dommiot han cruzado una pregunta. En la obscuridad yo he visto sus pupilas brillar ansiosas y fieras. Es evidente que ambos se interrogaban respecto a la ejecución perentoria de algo que tienen pactado. Estoy intranquilo.

Al mismo tiempo El Presumido nos trasmitía el siguiente aviso que El Tímido y El Misántropo le comunicaban: “El bello Raúl” había salido al pasillo para leer la hora en su reloj. Mauricio también miró su reloj... Este sincronismo de movimientos iguales, demostraba que aquellos cuatro hombres procedían movidos por una consigna.

Casi a la vez, Jacobo Dommiot y el italiano salieron al corredor. Doña Catástrofe, por momentos más empavorecido, iba relatándome, uno a uno, todos estos detalles. Ya no dudaba de que los facinerosos se disponían a acometer a los viajeros.

—Son pocos—interrumpí—, no creo que se atrevan...

—He ahí mi miedo—replicó el viejo vagón—, que no operen solos, sino en combinación con otros salteadores que hayan hecho lo necesario para descarrilarnos. ¡Nada más fácil!...

Las cábalas de mi compañero me llenaron de zozobra; yo no quería morir. Pregunté:

—¿Es muy peligroso descarrilar?

—Según: en unos parajes, sí; en otros, no. Yo he descarrilado nueve veces, y en una de ellas me destrocé la mitad de las ruedas.

—Pero el maquinista y el fogonero—repliqué—no cesan de otear el camino; son como vigías, y si advirtiesen algún peligro maniobrarían para parar.

—Sí, que maniobrarían... ¿Y qué?... Llevamos mucha marcha, la noche es obscura y el peligro puede atajarnos en una cuesta abajo... o en una curva... Si estos bandoleros, efectivamente, resolviesen descarrilarnos, ten la certidumbre de que habrán sabido elegir el sitio. Además, La Tirones frena mal.

De nuestros temores participaba todo el convoy, y los minutos empezaron a parecernos muy largos. Nos cruzamos con un mixto.

—¿Hay novedad en la vía?—le gritamos.

—¡No!...—repuso.

Cada vez que pasaba un tren repetíamos nuestra pregunta, y la contestación alentadora era siempre la misma: la vía estaba expedita; podíamos seguir.

No cejaba, sin embargo, mi inquietud; antes acrecía; la idea de desriscarme me mordía, me enfriaba; llegó a dolerme el cuerpo. Doña Catástrofe que, por haberme conocido niño, me quería y hasta me cuidaba con amor paternal, intentó serenarme.

—No tiembles, Cabal: de haber descarrilamiento, serán los vehículos delanteros los que se fastidien. Nosotros, por ir a la cola, vamos seguros; y, aun de los dos, el mejor situado eres tú.

Al filo de la media noche supimos que “el bello Raúl” había salido de su coche para reunirse con Mauricio en el corredor del Tímido. Al pasar junto al antiguo boxeador, murmuró:

—Vamos.

Los dos malhechores pasaron al otro vagón, y El Tímido suspiró liberado. Al verles seguir adelante, El Presumido empezó a susurrarle a Doña Catástrofe:

—¡Ahí van!... ahí les tienes...

Y todo el tren, que espiaba los prolegómenos del lance y se sentía a salvo, comenzó a burlarse de la mala suerte del anciano vagón. De ocurrir un asesinato, un incendio o un robo, había de ser en él, que tenía, como los pararrayos, la virtud de atraer la desgracia.

Cardini y Jacobo Dommiot, al ver llegar a sus compañeros, caminaron delante de ellos y les esperaron en el tránsito metálico que unía a Doña Catástrofe conmigo. Les oí hablar y mientras se acabildaban, aquellas cuatro cabezas de ojos fulgurantes, de rasgos duros, de labios finos, palpitantes y sin color, estaban casi juntas. Raúl, concisamente, repartía órdenes:

—Ya sabéis que yo defiendo la puerta.

Todos afirmaron.

—Tú—prosiguió el jefe dirigiéndose a Cardini—te quedas en el pasillo.

El italiano asintió.

—Y vosotros, procurad maniobrar aprisa.

Hablaba a Dommiot y a Mauricio, los dos hércules de la banda.

—Y si alguno se resiste—concluyó—le dais un buen golpe. Conviene trabajar sin ruido. De las armas sólo debemos hacer uso en un caso muy extremo.

Dicho esto, todos penetraron en mí.

—¿Quién iba a creer, Cabal—musitó Doña Catástrofe—que la fiesta iba a ser en honor tuyo?...

“El bello Raúl”, armado de una Browning, quedóse custodiando el puente que me relacionaba con el vagón delantero. Sus tres camaradas avanzaron y Cardini, fiel a lo dispuesto por su jefe, permaneció en el pasillo y montó su pistola. Dommiot y Mauricio llegaron al fondo del tránsito, penetraron en el último compartimiento, dieron luz y, con bruscas sacudidas, despertaron a los durmientes. Jacobo Dommiot iba delante:

—Venga el dinero—decía—, ¡el dinero!... ¡Pronto!... ¡El dinero!... No intenten ustedes defenderse ni gritar, porque les mataríamos. Somos muchos.

Se expresaba aplomadamente y en un castellano bastante limpio.

—¡Venga todo!... El dinero... los alfileres de corbata... los relojes... las sortijas...

Jacobo Dommiot era el verbo; a su lado Mauricio, los puños cerrados y en actitud de boxear, era la acción; tras ellos, Cardini, lívido y ágil, les apoyaba con la breve y certera elocuencia de su Browning. Los viajeros, paralizados por el terror de la sorpresa, se rindieron a discreción; ni siquiera los que iban armados pensaron en defenderse; el asalto había sido instantáneo y el deseo de vivir se impuso a todos: quién entregaba su cartera y cuanto dinero llevaba en los bolsillos; quién, con la prisa de quitarse pronto las sortijas, se arrancaba a túrdigas la piel...; mientras las manos cortas y velludas de Dommiot iban de un robado a otro infatigables, insaciables... y Mauricio, siempre recogido sobre sí mismo, miraba a todos, con ojos circulantes, dispuesto a golpear. La operación terminó prestamente y en silencio. Sin volver la espalda, Mauricio y Dommiot regresaron al pasillo.

—No intenten ustedes salir al corredor ni pedir auxilio—advirtió Dommiot—porque les asesinaríamos.

Dicho esto apagó la luz—como invitando a los desvalijados a reanudar su sueño—y cerró la puerta. Seguidamente y de la misma traza, siempre callados y ejecutivos, irrumpieron en el compartimiento inmediato, donde la escena anterior se repitió puntualmente. Sin aspavientos ni voces, en medio de un absoluto silencio, los infelices viajeros, agarrotados bajo las cadenas del pánico—no hay ligaduras que sujeten mejor—se dejaban robar. Los más animosos entregaban cuanto tenían; pero en algunos el terror era tan agudo, que no podían mover los brazos, y Jacobo Dommiot, por sus propias manos, tuvo que registrarles. En menos de tres o cuatro minutos, unas ocho carteras, otros tantos relojes y alfileres de corbata, y más de quince sortijas, pasaron al bolsillo del ladrón. ¡Hermosa redada!... Entretanto, Cardini y “el bello Raúl” se comunicaban constantemente con los ojos. Los de Raúl decían:

—¿Sucede algo?

Y los del italiano:

—Nada: todo marcha bien.

Luego, a su vez, los ojos pequeños, pero espejeantes y habladores, de Cardini, interrogaban:

—¿Oyes algo? ¿Viene alguien?...

Y los del “bello Raúl”, que parecía tranquilo, replicaban:

—No...

Comprendí entonces por qué los astutos salteadores me eligieron para escenario de su hazaña, y admiré su pericia. Cualquiera de las unidades centrales del convoy se comunicaba, a la vez, con dos vehículos, y era más difícil de guardar que yo. En cambio yo, que no podía relacionarme con el coche-correo, iba medio aislado, y mis viajeros, para huir a otro vagón sólo podían hacerlo en una dirección y por una puerta; la misma que “el bello Raúl” defendería hasta la última bala.

El interés del drama crecía... crecía... y me embebía de modo que no podía responder palabra a lo que, sin interrupción y angustiosamente, mis compañeros me demandaban.

Al allanar el tercer departamento, y no bien Dommiot avivó las luces, una de las inglesas empezó a gritar; enloquecida procuró huir, pero Mauricio la asestó un puñetazo en la mandíbula que la derribó al suelo, sin conocimiento. Quedó atravesada en la puerta, la mitad del cuerpo en el pasillo; al caer el sombrero se la escapó de la cabeza, su pelo se esparció y Cardini, para sujetarla si por acaso volvía en sí, la puso un pie sobre los cabellos.

La otra inglesa parecía petrificada. Los demás viajeros también se mostraban inertes y dóciles.

—Las carteras, pronto... las sortijas... los alfileres de corbata... ¡no intenten ustedes resistir porque somos muchos!—repetía Dommiot.

Sin hacer caso de amenazas el novillero, que había tenido tiempo de prevenirse, acometió al ladrón. Jacobo Dommiot le dió en medio del pecho un golpe maestro, pero el torerillo era duro y agarrándose a su enemigo le derribó sobre el diván; el cuello de Jacobo Dommiot se cubrió de sangre. Como por la disposición en que se hallaban, ni Cardini ni Mauricio podían favorecer a su compañero, limitáronse a vigilar a los restantes viajeros fijamente, amenazadoramente, como significándoles: “Les aconsejamos no intervenir en la pelea; si permanecen ustedes neutrales, no les haremos daño”. Todos parecieron comprender, pues nadie se movió ni gritó. Las puertas de los dos departamentos saqueados, continuaban cerradas: evidentemente la Browning del italiano tenía una fuerza persuasiva extraordinaria. Transcurrió un minuto. Los que luchaban seguían asidos y revueltos, buscando jadeantes el modo de estrangularse. Dommiot parecía llevar la parte mejor.

—Pero, ¿no acabas con él?—murmuró Mauricio.

En este momento el novillero conseguía liberarse de los brazos que le oprimían, se irguió y dió un paso atrás. Tenía el mirar abrasador y en los pálidos labios un gesto homicida. Sacó un cuchillo y adelantó otra vez. Simultáneamente Mauricio y Dommiot le acometieron, y el boxeador recibió en un brazo una herida profunda. Los dos bandidos comprendieron que urgía concluir el pleito, y retrocedieron hasta la puerta.

—Tira—ordenó uno de ellos al italiano.

Y Cardini disparó, y el novillero cayó muerto. “El bello Raúl” se había agarrado, con todas sus fuerzas, a uno de mis “aparatos de alarma”, y los frenos funcionaron. El desenlace de la recia tragedia se precipitaba. Raúl, furioso, increpó a Cardini:

—¿Por qué has tirado?... ¿No recomendé que no hicieseis ruido?...

El italiano, que continuaba pisando sobre los esparcidos cabellos de la inglesa, replicó fríamente:

—Si no le mato, no acabamos en toda la noche.

La detonación y el desapacible chirriar de los frenos, despertaron al resto del pasaje. Una tras otra las puertas se abrían; varios viajeros salieron al pasillo. Raúl les gritó amenazándoles con su pistola:

—¡Atrás!... ¡Atrás!...

Y así les contuvo. Los cuatro bandidos se habían reunido en mi plataforma trasera, dispuestos a escapar apenas la marcha, por momentos más lenta, del convoy, lo permitiese. A lo largo del tren resonaban voces confusas, voces de zozobra; todos los vagones aparecían iluminados; el maquinista y el fogonero miraban hacia atrás, y el guardafreno, desde su furgón de cola, hacía con un brazo extraños aspavientos.

Súbitamente las puertas de mis compartimientos volvieron a abrirse, y un grupo de viajeros armados salió al pasillo. La inglesa yacía desvanecida, en el corredor. Muchas voces gritaban:

—¡Ladrones!... ¡Socorro!...

Sonaron tiros, y varias balas me traspasaron; los pasajeros disparaban contra los fugitivos.

—¡Abajo—decía Raúl—, pronto!...

Cardini, el primero, saltó a la vía, dió algunos traspiés y cayó de rodillas; en seguida se levantó y echó a correr. Tras él escapó Dommiot, quien, menos afortunado, rodó por el suelo algunos metros, aunque sin lastimarse. Mientras Mauricio bajaba al estribo, “el bello Raúl” hizo fuego contra sus acosadores, y un viajero cayó herido; los demás retrocedieron, y el malhechor huyó. En la noche inmensa y negra, noche fría y sin estrellas, las sombras de los cuatro fugitivos se borraron casi inmediatamente.

El expreso se había detenido, y una muchedumbre ruidosa y asustada me invadió. Al verme, retrocedía espantada. Había motivos: mi corredor, y más aún el departamento donde yacía el novillero, eran un lago de sangre.

XI

Esta tragedia de la que los periódicos, escandalizados, hablaron mucho tiempo, señala en mi biografía un segundo período. Aquel drama—¿quién hubiera podido sospecharlo?—marcó el término de mi juventud, modificó mi idiosincrasia, hasta allí superficial y novelera, me sugirió ideas nuevas, graves, trascendentes; ¡me envejeció!... Fué para mí, en suma, como ese primer gran aguacero que, de pronto, mata al verano.

Durante dos semanas estuve detenido en Burgos, a cuyos Juzgados correspondió el proceso incoativo del crimen consumado en mí. Me habían llevado a una vía lateral, junto a unas vagonetas cargadas de balasto, y allí me dejaron después de cerrar cuidadosamente todas mis puertas. Yo era algo sagrado. Cada cinco o seis días iban a visitarme varios señores—personas de cuenta, sin duda, a estimarles por la solicitud con que el personal de la estación les acogía—que después de examinar prolijamente, una vez y otra, las horribles manchas bermejas que me afeaban, y las huellas de mis muchos balazos, se marchaban rodeados de un aire de misterio.

Lo que más me afligió fué verme separado—de un modo que luego comprendí era definitivo—de mis compañeros. Cuando éstos, a la mañana siguiente de perpetrado el trágico asalto que dejo referido, llegaron a Madrid, fueron visitados por el Director y otros altos empleados de la Compañía, los cuales reconocieron que la mayoría de las unidades del convoy estaban “fatigadas” y, por tanto, necesitadas de arreglo. El tren, en el acto, quedó deshecho: El Tímido, El Presumido y Doña Catástrofe, pasaron al taller de reparaciones, y únicamente El Misántropo y los Hermanos Sommier, cuyo estado parecía satisfactorio, fueron a integrar el nuevo “equipo” que aquella noche La Caliente, primero, y luego La Tirones y La Recelosa, arrastrarían hasta Hendaya. Cuando aquella madrugada les vi pasar solos, junto a mí, experimenté un pena honda, intraducible; una especie de desgarradura. Ellos me saludaron emocionados. Yo les pregunté por nuestros “hermanos”; aquellos cuya vida de trabajo compartí durante más de nueve años.

—En Madrid quedaron—me dijeron.

—¿Qué tienen?

—Mucho desgaste: El Tímido llevaba la calefacción y los frenos estropeados; al Presumido deben arreglarle los asientos, y también los muelles, para que no se mueva tanto. Doña Catástrofe es quien está peor: a ese infeliz le duele todo, y lo menos tardará dos meses en salir de la enfermería.

Terminadas las diligencias judiciales, tan cachazudas siempre, fuí enganchado a la zaga de un “mercancías”, el cual, parándose en todas las estaciones, tardó más de veinticuatro horas en llevarme a Madrid. ¡Cuánto me aburrí durante aquel éxodo que a mí, acostumbrado a las grandes celeridades, me pareció interminable! ¡Qué vulgares se me antojaron mis compañeros de ruta, y qué insignificantes, qué horriblemente tristes, esos andenes ante los cuales mi aristocracia de “vagón de lujo” no se había detenido nunca!... Y entonces fué cuando empecé a comprender esta gran verdad: que para poder traspasar la epidermis de la vida, es indispensable vivir despacio.

Como mi salud continuaba siendo excelentísima, en el taller permanecí pocos días: los justos para que me cambiasen algunas alfombras y el forro de los asientos, y me cerrasen las heridas de los balazos. Seguidamente me trasladaron a la estación, y sin otras dilaciones metiéronme en la composición del “directo” que cubre en treinta y seis horas los ochocientos y tantos kilómetros del trayecto Madrid-Coruña.

No quiero recordar lo que sufrí. Los primeros viajes los hice sin cruzar la palabra con nadie. ¡Cuánto echaba de menos la rapidez y la limpieza de mi antiguo convoy!... Sin ser orgulloso, precisamente, mi distinción, mi selecta crianza, me vedaban allanarme a compartir la plebeyez de un tren correo. Los vagones rotulados de “primera clase”, habían nacido en España y eran, evidentemente, muy inferiores a mí. Y no hablaré de las unidades de “segunda”, pretenciosas y cursis; y menos de la grosería de las de “tercera”: vehículos pequeños, sucios, maltratados, apestando a humanidad... Me molesta el vulgacho y aborrezco también la mesocracia. Soy, desde la cuna, artista y prócer: adoro la elegancia, la alegría discreta, lo que es bello, lo que es rico... A mi mutismo, ellos, los muy ramplones, correspondían con mezquindades y desdenes propios de su estofa ruin: pasaban a mi lado sin saludarme, y luego, aunque comprendiesen que yo podía oirles, en sus corrillos murmuraban de mí. Mi procedencia exótica les molestaba, y cuando advirtieron que en las estaciones los viajeros distinguidos me preferían, su antipatía mudóse en odio. Por fortuna yo era el más fuerte de todos, y cuando la máquina, en sus maniobras, nos hizo chocar a unos con otros, puse gran esmero en lastimarles.

Mucho padecí, sin embargo, al extremo que pensé enfermar de tristeza. Andaba con el espíritu orientado hacia atrás; vivía de recuerdos; y como para estimar bien las cosas nada hay mejor que distanciarse un poco de ellas, en mi evocación los años idos se me ofrecían más placenteros y hermosos que nunca. Rememoraba límpidamente la ufanía loca con que en Irún, y por vez primera, salí al camino; el aspecto de aquellos aledaños bravíos, en los que los tonos graves de la tierra y del cielo se armonizan en un acorde de rara majestad; las casas de frontis obscuros y largos balconajes de madera, que a la hora de la sobretarde con sus ventanas iluminadas me hablaban de quietud; los valles arbolados, la altivez de los Pirineos, y más que otro monte ninguno el muy belicoso de San Marcial, que ha bebido sangre de los pueblos más fuertes de Europa. Recordaba asímismo mis emociones sobre el puente internacional, en cuyo comedio me parecía pertenecer, a la vez, a dos naciones, y tener dos almas; el recelo que me producían los discos y las campanas de las estaciones, y las distintas maneras con que las manos, según fuesen francesas o españolas, despedían al convoy: las manos francesas son más dulces; saludan mostrándonos la palma y bajando los dedos; quieren despedirnos y nos llaman; todavía—cuando ya no hay remedio, cuando ya nos vamos—quieren retenernos: mientras en las manos españolas, que vuelven hacia nosotros su dorso, el “adiós” es definitivo...

Tampoco podía olvidar un lance que, habiéndome causado al principio agudísimo miedo, luego me emocionó y removió hasta enternecerme.

Llevaba yo más de un año de vida ferroviaria, y conocía al dedillo todas las “señales” de la locomotora: sabía que ésta, con dos silbidos cortos y seguidos manda apretar los frenos, y aflojarlos con un pitido breve; que muchos silbidos cortos anuncian peligro inminente, así como que en los empalmes, o lugares donde las líneas se bifurcan, tres silbidos prolongados dicen que el tren tomará la vía de la derecha, y un solo silbido que seguirá la zurda, etc.

Corríamos aquella noche entre Villabona y Tolosa, cuando la máquina empezó a silbar como nunca lo hizo: no lanzaba la serie de silbidos rápidos que pregonan riesgo, sino que pitaba caprichosamente. El terror me sobrecogió. Los gritos ensordecedores del vapor eran tan pronto agudos como graves, y todos largos, desesperados, de una polifonía nueva y acongojadora. Pensé que íbamos a chocar con otro tren, o a despeñarnos en el Oria.

—¿Por qué la máquina grita así?—pregunté a un compañero.

—No te asustes—dijo—; el padre de nuestro maquinista vive cerca de aquí, y su hijo silba para que el viejo sepa que “no ocurre novedad”, y que se acuerda de él...

También citaré un episodio algo infantil, quizás, pero que me dió la primera impresión de la muerte.

Era una tibia mañana azul, de mayo o de junio; los prados se habían vestido de verde y sobre los hilos del telégrafo cantaban centenares de pájaros: en la blancura de las alquerías, en el murmullo de los regatos emigradores, en la jocunda lozanía de los árboles, triunfaba un júbilo de resurrección. Advertí, de pronto, que un pajarito, volando a la altura de mis ventanillas y paralelamente al tren, parecía divertirse en acompañarnos. Yo le oía piar alegremente; jugaba, parecía borracho de sol, era feliz... Luego, probando el vigor de sus alas, adelantó hasta situarse a la cabeza del convoy; después intentó remontarse para cruzar la vía; no pudo: al pasar sobre la máquina, la terrible columna de ardiente vapor que exhalaba la chimenea lo alcanzó, lo elevó, casi perpendicularmente, a considerable altura, y lo arrojó asfixiado, casi quemado, a un lado del camino. Yo lo vi caer exánime, y chocar contra el suelo...

—Lo ha matado—me dijo un compañero que había seguido, como yo, los incidentes del pequeño drama.

—¿Y ya no podrá moverse?—interrogué candoroso.

Mi colega se burló de mí.

—¿Eres tonto?... ¿Cómo quieres que se mueva?... ¿No acabas de oir que la máquina lo ha matado?...

Entonces me puse a reflexionar, y de mis meditaciones deduje que “morir era no moverse más”. Así brotó en mí la idea de la muerte.

¡Oh, aquellas escenas, aquellas conversaciones vibrantes de emotividad moceril, aquellos camaradas de mis primeros años, qué lejos están!... Ahora la vida se me aparece distinta, y en torno mío todo adquiere la tonalidad gris de mis asientos; ya nada es muy bueno ni muy malo; todo “está bien” y se parece a todo; el negro y el blanco se hicieron grises: el gris es el color de las conciencias usadas... y la mía empieza a estarlo.

Mas si es evidente que el tiempo nos arruina y satura de melancolía, también nos transforma, y al hacerlo sigilosamente se lleva aquellos mismos dolores que nos dió: de donde colijo que vivir no es envejecer, sino renovarse, y que la idea luctuosa de la vejez más visos tiene de espejismo que de realidad.

Digo esto a propósito de mi encuentro con El Misántropo y los Hermanos Sommier, en la estación de Madrid. Ellos me informaron de que Doña Catástrofe había vuelto a la vía de Hendaya con otro convoy, y que se cruzaban con él todos los días; y que El Tímido y El Presumido formaban parte del “rápido” de Asturias.

—Esos dos—añadieron mis camaradas—han progresado: ruedan menos que antes y viajan de día.

Luego preguntaron:

—¿Y tú, Cabal?... ¡Pobre!... Tú no tuviste suerte; tú no mereces estar en un “correo”.

Estas palabras, que meses atrás me hubiesen lastimado mucho, no me produjeron impresión. ¿Por qué? ¿Acaso mi sensibilidad se había embotado? ¿Era que la resignación penetraba en mí?...

—Mejor andaba con vosotros—repuse—pero tampoco diré que vivo mal. Es cierto que mis jornadas actuales son de treinta y seis horas, pero en cambio camino más despacio, por lo cual los peligros de la ruta no son tan graves...

¿Era el amor propio, la vanidad de no aparecer dolorido a los ojos de mis compañeros lo que me obligaba a hablar así?... No: era, sencillamente, porque, sin yo mismo advertirlo, había ido acoplándome al nuevo ambiente.

En los comienzos de aquella segunda etapa, lo extrañaba todo: las locomotoras, los coches, el camino, las paradas frecuentes y, a mi juicio, interminables.

Todos los hombres parecen iguales y son distintos, como las hojas del mismo árbol. Así las máquinas: todas las de una “serie”, en teoría, tiran semejantemente, y arrastran igual peso, y calientan y frenan de idéntico modo; y, sin embargo, yo respondo de que cada una arranca y frena y sirve la calefacción, de manera distinta. Al principio todo esto molesta: lo inesperado, lo que sorprende, siempre desazona un poco; luego, en fuerza de repetirse, dijérase que se domestica y convierte en costumbre, y ya lo toleramos y hasta es probable que presto nos guste. Así me acaeció con mis nuevas dueñas. Desde Madrid a Coruña, cambiamos de máquina cuatro veces. Es imposible precisar la cantidad exacta de carbón que se consume en cada kilómetro: esto depende de la naturaleza del terreno, del peso del convoy, de la dirección del aire—hay ocasiones en que el viento opone a la marcha del tren una resistencia inconcebible—; y, finalmente, del fogonero y de la acertada disposición interior de la máquina. Sin embargo, la locomotora que transportaba a mi “correo” desde Madrid a Valladolid asombraba a los peritos por el escaso carbón que gastaba, y de aquí su remoquete de La Económica. Pertenecía a la “serie cuatro mil”; había nacido en los talleres gigantescos de Granfenstaden, podía arrastrar hasta cuatrocientas toneladas, y tenía un caminar silencioso y seguido. De Valladolid a León nos llevaba La Impetuosa—por otro nombre La Casa Real—que frenaba casi instantáneamente, lo que producía en el convoy repercusiones muy desagradables. En León nos recogía La Triste, así apodada por lo callado de su caminar y las lúgubres inflexiones de sus silbidos; yo juro que nunca, ni antes ni después, he conocido otra locomotora que pitase igual. La trajeron de América, y era gigantesca; correspondía a la “serie cuatro mil quinientas”. Con ella arribábamos a Monforte, donde nos esperaba, bulliciosa y resoplante, La Enanita, que en la parvedad de su cuerpo llevaba la razón de su nombre.

Con todas ellas llegué a hermanar, pues basta acercarse a las cosas y atisbar el dolor en que viven, para comprender los móviles de sus acciones y disculparlas; porque comprender es perdonar...

Lo propio me acaeció con mis doce compañeros del convoy. En los comienzos se me manifestaron hostiles, especialmente el que rodaba delante de mí y a quien apellidaban Dos-Caras, por ser la mitad de “primera clase” y de “segunda clase” la otra mitad. Varias semanas convivimos sin hablarnos: él tiraba de mí, yo halaba del “segunda” que me seguía, cada cual cumplía su deber y así todos, mutuamente, nos pagábamos. Hasta que cierta noche, en la felonía de una curva y a causa de la helada, estuvimos abocados a descarrilar los dos. Con el miedo—enemigo de las etiquetas—yo le dije algo que demostraba mi interés hacia él; replicóme en seguida y con calurosa solicitud, y ya fuimos amigos. No me pesó. Dos-Caras, que había viajado harto, era bueno y muy querido en el convoy, por lo que su afecto me valió en seguida el de los otros coches. Mucho me alegré: sin embargo, ninguno de ellos descollaba: eran pobres vagones indisciplinados y vulgares, sin historia ni relieve.

Con las pequeñas estaciones del tránsito me sucedió igual: la vida, así la de los objetos que parecen inanimados como la de los hombres, es una constante adaptación, y yo me adapté. Mientras pertenecí a un “expreso”, apenas si llegué a conocer de vista esos andenes que, por minúsculos, mi lujoso convoy desdeñaba; ni concebía que ningún tren pudiera detenerse en ellos, ni siquiera que fuesen de utilidad. Detestaba los coches de carga, sucios y pesados; adoraba la velocidad y las paradas breves, y me reía de los “mixtos” cachazudos y de los “mercancías”, que aguardan media hora y aún más, en cada estación.

Cuando supe caminar despacio mi alma cambió, y mi carácter tornóse más dulce, y mi observación más minuciosa y sutil. La Naturaleza siempre es la misma, y no obstante, para los niños tiene un aspecto, y otro para los jóvenes, y una tercera expresión, completamente distinta, para los viejos. Y conmigo fué igual. El trayecto de Madrid a Venta de Baños, que recorrí durante cerca de dos lustros, y que creía no reservaba disimulos para mí, ahora me parecía nuevo. Era como un libro que yo hubiera jurado saberme de memoria, y que, en realidad, no hubiese leído. La mayoría de sus detalles me sorprendían con su novedad, y admiraba la grandeza de ciertos aspectos que veces innúmeras pasaron ante mis ojos y en los cuales no reparé: árboles, montañas, cañadas pintorescas, un torreón elevado en la cumbre de un cerro, un cementerio medio escondido en el declive de una loma...

A cada rato, me preguntaba:

—Pero... ¿es posible que esto, que ahora veo, haya estado aquí siempre?...

Y, según meditaba, es decir, según me ejercitaba en la preexcelente gimnasia de la autoinspección, mi “yo” crecía, porque nada reafirma ni ensancha tanto nuestra personalidad como la reflexión.

Esas estaciones pueblerinas que nunca figuran sobre el itinerario de los “expresos” ni de los “rápidos”, me divertían ahora, y llegué a sentirme feliz junto a sus andenes señeros. Me interesaban sus “cantinas”, a las cuales el pasaje sediento acudía a beber; los viejos mendigos, que el arado encorvó y convirtió en harapos humanos; las mozas que, con un vaso en la mano y un botijo sobre la cadera, pregonaban delante del convoy con voz musical:—“¡Agua! ¿Quién quiere agua?...” El empleado que gritaba mientras, sin prisa, iba cerrando nuestras portezuelas:—“¡Señores viajeros... al tren!...”

También me cautivaba el público allí congregado; gentes sencillas, efusivas, cargadas de mantas y de alforjas, que se precipitaban en masa al asalto de los coches de “tercera”, y los llenaban de alegre estrépito; multitud campesina que requebraba a las mujeres y solía llevar guitarras y aun cantar una copla—si el maquinista daba tiempo—y que esparcía a su alrededor un alboroto de feria.

¿Y qué diré de esas señoritas pueblerinas que todos los días, y generalmente a la hora del crepúsculo, acuden a la estación “a ver pasar el tren”?... A ellas no las interesan el “rápido”, ni los “expresos” que, soberbios, cruzan silbando y sin pararse. ¿Qué pueden importarlas esos lujosos convoyes, de alma cosmopolita, que corren envueltos en humo y con todas sus ventanillas cerradas, y a los que ellas, si alguna vez viajasen, no subirían? En cambio el “correo”, que se detiene dos o tres o cinco minutos, sí las atrae, porque acaso “lo inesperado”...—que es el amor que esperan—va en él: porque el “Príncipe Azul” de los cuentos ya no peregrina a caballo, sino en ferrocarril, pero no se ha ido del mundo... y “Ellas” lo saben.

Yo las veo divagar por los andenes, cogidas de la cintura y vestidas sencillamente de negro, de blanco o de rosa... según el tiempo, y el deseo de ideal que las agita me conmueve. Algunas, por su mayor belleza, llegaron a impresionarme excepcionalmente, y al acercarme a la estación donde estaban pensaba más en ellas. Todavía recuerdo a “la muchacha del lunar”, en Cercedilla; y a “la niña rubia”, de Venta de Baños...

Otra silueta que perdura en mi memoria es la de un preso a quien dos guardias civiles conducían esposado. Los curiosos le miraban ávidos: era “uno”, que se iba, que se lo llevaban, como a los muertos; “uno” que nadie volvería a ver... El, humillado, bajaba la frente. Los guardias, graves como sepultureros, y como éstos avezados a sacar de las ciudades lo nocivo, lo podrido, lo inútil, le seguían impasibles. Le vi subir a un coche de “tercera” y supe que le llevaban a la cárcel de Valladolid. Me impresionó la reconcentrada expresión de dolor, de vencimiento, de cólera estéril, de aquel hombre, y durante todo el camino pensé en él; en el bárbaro contraste entre sus muñecas esclavizadas y la emoción de libertad que sugiere la carrera de un tren.

Día por día la llaneza—no deliberada, sino espontánea—de mi carácter, me granjeaba afectos mejores entre mis compañeros. Las paradas largas, en vez de irritarme como antaño, me complacían, y supe hallar interesante la conversación de los “tercera”, y aun de los “mercancías”, porque hablándome de sus trabajos me informaban de particularidades nuevas para mí.

De este modo acabé por volver a sentirme feliz, con ese bienestar sólido que no es inocencia ni ceguera, sino razonamiento y equilibrio, y entonces reconocí que el secreto de la felicidad está en ser alegre y en amarlo todo.

XII

Como los trasatlánticos—según dicen—la vida ferroviaria, en sus distintos aspectos, brinda al observador exposiciones magníficas de caracteres y excelentes muestrarios de tipos. Yo miro constantemente fuera y dentro de mí, y conforme mi perspicacia se asotila, veo multiplicarse las figuras y vestirse de importancia cosas y hechos que antaño estimé baladíes. A mi alrededor el mundo me parece, simultáneamente, más sencillo en su esencia, y en su aspecto más polifacético, vario y heterogéneo: donde antes no distinguía nada o muy poco, ahora percibo mucho: una atención bien disciplinada vale un microscopio.

Entre las emociones que primero llegaron a mí, he consignado la que me produjeron los discos blancos, verdes y rojos, en la obscuridad de la noche; en cambio, en los banderines, de iguales colores, de los guardabarreras, no reparé hasta mucho después, quizás porque de día, bajo el imperio analéptico del sol, el peligro asusta menos. Luego reconocí mi injusticia, mi ingratitud, hacia esos empleados obscuros que, con calor, con frío o con lluvia, a la hora bochornosa de la siesta, en Castilla, y entre las nieves de las madrugadas cántabras, aguardan el paso de los trenes y con su banderín—como el espada con su muleta—parecen engañar a la Muerte y apartarla de nuestro camino. ¡Cuántas veces, en las noches de niebla, la locomotora marchaba despacio y pitando, y los vagones, empavorecidos, nos estrechábamos unos a otros, cuando, de súbito, la bandera blanca de un guardabarrera nos devolvió a todos la serenidad!... ¡Y cuántas veces también, en uno de esos momentos en que el sueño o la excesiva confianza parecen vendarle los ojos al maquinista, un banderín rojo nos atajó y detuvo a pocos metros del desastre!...

De ciertos guardabarreras me acuerdo como si les tuviese delante: cerca de Burgos había un mocetón de barbas mal rapadas y pelambrera intonsa, que nos miraba foscamente; parecía aborrecernos y cargarnos de maldiciones, y, sin embargo, sus banderines siempre nos fueron propicios. Había un cojo que parecía conocernos, pues nos sonreía a todos: a los Hermanos Sommier, al Misántropo, a Doña Catástrofe, a mí..., y su sonrisa era tan alegre como lo que su bandera blanca prometía. Hasta que una tarde en que—con razón—su banderín rojo mandó parar el expreso—vimos que también sonreía—, y desde entonces su placidez dejó de inspirarnos confianza. Tampoco he olvidado a una pobre mujer, parva y gorda, que vigilaba el paso a nivel de una carretera, cerca de Dueñas, y que siempre estaba embarazada...

De los tipos que yo llamo “de casa”—me refiero a los empleados que ambulan con nosotros—el principal, el más pintoresco, es el interventor.

A los interventores les debo muchos ratos deliciosos de hilaridad. Un buen interventor es, exactamente, lo contrario de un despertador: porque éste despierta al dormido cuando debe, y aquél cuando menos debiera hacerlo. Cien veces fuí testigo de la siguiente escena:

Empieza la noche y todos los viajeros duermen; ¡todos... menos uno!... Este infeliz está fatigadísimo, se cae de sueño, los huesos doloridos se le derrumban, y, sin embargo, sus ojos se niegan absolutamente a cerrarse. ¿Qué puede desvelarle así? ¿Algún remordimiento, tal vez... alguna ambición? No: mi sensibilidad me coloca muy cerca de él, y reconozco su alma limpia, blanca: no padece de celos, no teme nada, sus negocios marchan bien... Su única preocupación es descansar; ¡y no lo consigue!... Acaso, por obra de esos raros magnetismos a que las personas son tan accesibles, es, precisamente, la beatitud con que los demás pasajeros duermen y roncan, lo que a él le conserva tan despabilado...

A mí, que nací compasivo, su tortura me enternece: el compartimiento está a obscuras y en la sombra el desvelado suspira y roe maldiciones. Por mucho que rebusco, no comprendo su nerviosidad: la temperatura es buena, el asiento blando, nada cruje dentro de mí, freno sin ruido y tengo un rodar suave que no pierdo ni aun en los máximos arrebatos de velocidad. Mi huésped, sin embargo, continúa sin hallar aquella actitud grata que, poco a poco, ha de encalmarle. Su espíritu está lleno de luz; es como si dentro del cráneo se le hubiese quedado olvidado un rayo de sol. Monótonamente transcurre una hora. El insomne, la cabeza en la almohada y el cuerpo medio caído sobre el codo derecho, continúa llamando al sueño: pasan unos minutos, no logra su deseo y muda de actitud. Ahora es el codo izquierdo el que le sustenta: una mano se le ha enfriado y la mete en un bolsillo; el cuello le molesta y lo desabotona; le hormiguean las piernas; se le entumece un brazo; una bota le oprime: con objeto de olvidar estas importunidades, ora se alarga en su asiento, ya se recoge... De pronto siente—¡oh, alegría!—que los párpados empiezan a pesarle; sus esfuerzos van a ser recompensados; al fin, sigiloso, astuto, lentamente el duende divino del sueño se acerca. El viajero abre la boca, sus articulaciones y sus músculos se aflojan, y por instantes el traqueteo de mis ruedas le parece más lejano; todo se esfuma; la conciencia va apagando sus luminarias; ya sólo arde una luz, la más pequeña... y cuando este último fulgor se extinga, el espíritu dulcísimamente, se inmergerá en la sombra...

Y es entonces, en ese momento de indescriptible beatitud, cuando el viajero siente que le tocan en un brazo, y una voz que dice, con cierta impaciencia:

—¡Caballero... chist, caballero!... ¡El billete!...

Es el interventor. Este hecho se repite varias veces todas las noches. El interventor nunca aparecerá cuando el viajero está despierto, ni mucho después de haberse dormido, sino en el mismo divino instante de dormirse; con precisión tal, con exactitud tan estricta, que he llegado a sospecharles movidos por un mecanismo de relojería.

Habitualmente los viajeros reciben al inspector sin protesta; quizás algún viajante de comercio refunfuñe algo, pero sin excederse. Los pasajeros temibles son los pusilánimes—futuros enfermos, quizás, de delirio persecutorio—que, al subir a un tren, siempre lo hacen con el miedo a ser robados. Uno de éstos, en el trayecto de Palencia a Sahagún, no reconoció al interventor que le despertaba, y creyendo habérselas con un ladrón abalanzóse sobre él y de un puñetazo le partió la nariz. Los interventores, que ya conocen estas historias, van prevenidos.

Respecto de los viajeros hay mucho que escribir. Desde luego—y antes de entrometernos en particularidades—deben dividirse en dos grandes grupos; a saber: viajeros que “pagan billete”, y viajeros que “no pagan”. Pertenecen al primero el pasaje de “tercera” y de “segunda” clase; el menos atendido, precisamente; y al segundo, los señores de “primera”, para quienes, no obstante, son todos los respetos y flexibilidades de los empleados del convoy. La costumbre de viajar de balde en los ferrocarriles es tan antigua que constituye una especie de “lugar común” en la biografía de toda persona de cierto prestigio, al extremo de que pagar es casi una demostración de insignificancia. Yo lo observo: cuando llega la revisión de billetes, este viajero presentará un papel amarillo; aquél, un pase de color encarnado; otro, un “carnet” azul, o verde, o gris... cual si en cada uno de los siete colores del espectro hubiese una razón para no pagar. Y tan es así, que si el revisor tropieza—por casualidad rarísima—con un billete “entero”, apenas si podrá abstenerse de mirar a su dueño con una expresión hecha de desdén y de asombro, como diciéndole:

—¿Por qué se deja usted robar por las Compañías? ¿No le da a usted lástima tirar su dinero?...

He llegado a adquirir un conocimiento tan inmediato y justo de las personas, que, a poco de conocerlas, ya sé en qué categoría debo incluirlas. Las figuras rebeldes, las dueñas de una fuerte personalidad, escasean; algunas, muy pocas, viajaron conmigo; pero la mayoría de los tipos—no en cuanto tienen de epidérmico o formal, sino en lo substantivo—se parecen unos a otros asombrosamente, y son de muy fácil clasificación.

Entre las mujeres honestas—vayan solas o acompañadas—sólo admito dos tipos: las desenvueltas, que no parecen preocuparse de nadie, y acaso abusen de las cortesías debidas a su sexo para expugnar un asiento cómodo; y las tímidas, que no hablan con nadie, ni se atreven a cruzar las piernas, si están cansadas, ni son capaces de ir al cuarto-tocador si no es de madrugada y cuando suponen que nadie ha de verlas.

A los hombres su libertad les hace más variados y pintorescos.

Empezaré esta rápida enumeración por el viajero “madrugador”. Es un tipo que sólo existe en las estaciones de donde arranca el tren, en las llamadas “de cabeza de línea”, y es el primero que sube al convoy. La idea de pasar cómodamente la noche le obsesiona. Como los vagones aún están vacíos los recorre todos, buscando el mejor asiento: va, vuelve, tantea la solidez de las redecillas para equipajes, examina si las ventanillas cierran bien, palpa las colchonetas, se fatiga, se ensucia las manos... y, al fin, elige sitio. En seguida y para que los viajeros que lleguen después crean todo aquel compartimiento ocupado, empieza a repartir sus trebejos: aquí dejará un libro y un par de guantes; allí, la almohada y un gabán; acullá, una maleta... Luego se sienta, mira su reloj y reconoce con melancolía que todavía faltan cincuenta minutos para la salida del tren. De todos modos, no se arrepiente de haber corrido tanto; cree que la Suerte favorece a “los madrugadores”, y la idea de viajar solo le encanta: es un ingenuo. Poco a poco el andén se anima, el público afluye. A la vez todas las luces del convoy acaban de encenderse, y “el madrugador” experimenta la inquietud del fugitivo que se cree descubierto. En la puerta del compartimiento surge un viajero a quien aquellos objetos diseminados teatralmente no parecen intimidar.

—Caballero—pregunta—, ¿son de usted este libro y estos guantes?...

“El madrugador” no se atreve a mentir.

—Sí, señor.

Y, solícito, acude a recoger sus guantes y sus libros. El recién llegado saluda, sonríe y se instala.

A los pocos instantes aparece un tercer viajero; desde el pasillo observa y adivina que aquellos asientos van desocupados. Indaga:

—¿A quién de ustedes pertenece esta maleta?

“El madrugador”, que, esquivando aclaraciones, se había asomado a una ventanilla, se ve constreñido a volver la cabeza.

—Es mía, caballero—responde ruborizándose.

Y la retira. Así, una tras otra, todas las plazas se ocupan. “El madrugador” ha perdido su tiempo.

La idiosincrasia del viajero “soñoliento” es otra. A él no le importa que sus compañeros de viaje sean pocos o muchos, ni que haya mujeres. Nunca compra periódicos, y, por lo mismo, le tiene sin cuidado que las luces de su compartimiento alumbren mal. ¡Ni siquiera ha preguntado si el tren lleva coche-comedor! El viajero “soñoliento” no habla con nadie, y cualquier sitio lo estima bueno. Su única preocupación es dormir, quizás para que el viaje le parezca más corto. Aunque le empujen, aunque le pisen, no dirá nada; abrirá los ojos un momento y volverá a cerrarlos. Al principio de la noche, “el viajero soñoliento” ocupará un asiento; luego—si le dejan—ocupará dos; y, a la madrugada, tres. El sueño tiene en él una especie de virtud expansiva...

Tengo observado que, en ferrocarril, los hombres de mundo se apartan de las mujeres; ellos sabrán por qué: parece que, todo lo que tienen de deliciosas en el hogar, lo tienen en los viajes de molestas...

El viajero “galante”, pese a su experiencia, no puede vivir sin ellas, y las busca. Este tipo, marcadamente español, antes de sentarse recorrerá el convoy, y allí donde encuentre una señora bonita y que vaya sola, procurará instalarse. Seguidamente buscará el medio de hablarla: con esta intención la ofrecerá un periódico, o solicitará su permiso para encender un cigarrillo. Tratándose de una aventurera todo marchará bien, pues los caminos que a ellas guían son llanos y cortos; pero si la solicitada no es de las de “la cáscara amarga”, sino de las recatadas al par que inteligentes y acostumbradas a viajar, el seductor lleva el pleito perdido, al menos durante el curso de aquella primera entrevista. Generalmente los propósitos del galán y los de la perseguida, caminan encontrados: él querrá leer, y ella, ladinamente, se manifestará cansada y con deseos de apagar la luz; él intentará fumar, y ella, sin prohibírselo, pero con discretos tosiqueos, le obligará a tirar el cigarrillo. Si la temporada es la de verano, es posible que él tenga calor, pero acaso ella, ya de madrugada, se queje de frío, en cuyo caso el viajero “galante” se apresurará—en tanto se restaña el sudor—a cerrar las ventanillas. Si por el contrario la noche es de invierno, él, generosamente, ofrecerá a la dama su manta para que se abrigue mejor, y aun su almohada; y, con objeto de que repose más cómodamente, se aislará en un rincón, sin otro consuelo que el muy limitado de mirarla los pies. Y así, mordido inútilmente por los cortantes dientecillos de la tentación, sin fumar, sin dormir, sin dónde apoyar la cabeza y a obscuras, irán a saludarle las claridades prístinas del amanecer. Mas no haya miedo de que el viajero “galante” escarmiente; un éxito mediocre bastará a aliviarle de cien descalabros, y siempre, no bien la rosada aventura asome, incorregible volverá a empezar.

Con estos tiquismiquis y perfiles yo me divierto, y, al par, me instruyo mucho. En la intimidad de un viaje largo, aun los espíritus más herméticos llegan a descubrirse un poco. La desocupación de tantas horas les mueve a buscar consuelo en el diálogo; el fastidio les expone a decir palabras indiscretas, y, en un rapto de distracción o de abulia, el cansancio físico suele obligarles a cometer incorrecciones de actitud.

Personas vi que, tras una noche en ferrocarril, se manifestaban tan ecuánimes y amables como cuando subieron al vagón. Pero éstas son minoría. La descuidada mayoría no tarda en sufrir la necesidad, algo grotesca, de disponerse cómodamente: éste se aflojará el cinturón, aquél se quitará el cuello de la camisa, un tercero cometerá la grosería de descalzarse... ¡Lo que más odio!...

“Lo importante es ir a gusto”—discurre cada cual.

En esta prolija galería de siluetas—cómicas casi siempre—que me frecuentan, nunca falta “el señor que ronca”; al cual no debemos confundir con “el soñoliento”, ya presentado.

En un departamento hay seis personas, de las cuales dos, por hallarse en el centro y faltarles un ángulo cómodo sobre qué apoyarse, pasarán la noche moviendo la cabeza de atrás a adelante, o de izquierda a derecha. La expresión de estos movimientos responderá al temperamento de cada sujeto: los optimistas y bondadosos se manifestarán propicios a todo: “Sí... sí... sí...” En cambio, los pesimistas protestarán continuamente: “No... no... no...”

De mis huéspedes, uno es viejo y tiene bigote rubio; aquél es joven y luce una hermosa barba negra: de los dos caballeros sentados junto a las ventanillas, el colocado de espaldas a la máquina es muy delgado, y el otro muy gordo. Cada cual busca un medio de distracción: quién lee una novela, quién desdobla un periódico, quién se abisma en las páginas, repletas de nombres y de números impresos en caracteres microscópicos, de una Guía. A intervalos se observan recíprocamente, y, según transcurre el tiempo, parece envolverles una atmósfera de confianza mutua. Casi a la vez, todos han pensado:

“¡Lástima que seamos tantos! Si, en lugar de seis, fuésemos cuatro, podríamos acostarnos y dormir un poco”...

Gradualmente la lectura les cansa y los periódicos van quedando arrugados sobre las rodillas; algunos, con el trepidar del convoy, resbalan hasta el suelo.

De pronto uno de los dos señores que ocupan el comedio del compartimiento, es decir, el lugar más incómodo, el más ingrato, empieza a roncar. ¿Es posible? Momentos antes le vi apoyar la barbilla sobre el nudo de su corbata, e inmediatamente, sin transición ninguna, su respiración hízose sonora. Al principio, creí haber oído mal:

“Pero... ¿se ha dormido?...”—me pregunto.

Sí, duerme, no cabe duda; y, por instantes, el aire que absorbe y devuelve por boca y nariz, reafirma y complica su polifonía.

El pueblo, con su exacta agudeza y donoso humor proverbiales, señala en el roncar tres tiempos. En el primero—dice—“se sopla”; en el segundo, “se suspira”; en el tercero, “se pide pan”.

El viajero de que hablo marca estos tres tiempos exactamente. Comenzó soplando con el soplar lento, suave, indispensable para apagar una cerilla. A esta espiración apacible sucede luego un suspiro plácido: “¡aj!”... Finalmente, sus labios, juntándose y separándose cadenciosamente, como si saboreasen algo, piden “pan”... Después vuelve a soplar.

El rostro caído hacia adelante, la gorra o el sombrero ladeados, y las manos gordezuelas cruzadas sobre el vientre redondo, “el señor que ronca” repite beatífico:

—“¡Fu... aj... pan!... ¡Fu... aj... pan!...”

Los demás viajeros le miran sorprendidos, y a poco este asombro se convierte en envidia, y luego en antipatía, en odio... Evidentemente les molesta que, hallándose todos despabilados, alguien duerma así: aquel roncar tranquilo implica una superioridad, y es una ofensa a sus ojos insomnes. El despecho les impulsa a pensar en voz alta. Uno comenta, con irritación sorda:

—¡Qué atrocidad! Tiene una garganta que parece un serrucho. ¡Vaya un modo insolente de dormir!...

Otro responde:

—Para ser así es necesario carecer de sensibilidad. Yo, en el tren, no puedo cerrar los ojos.

—Ni yo.

El joven de la barba negra añade:

—Pues, como no despierte, vamos a pasar la noche en el Purgatorio. Es de los que duermen y no dejan dormir a nadie. ¡Qué falta de educación!...

Ajeno a cuanto de él murmuran, el durmiente prosigue feliz:

—“¡Fu... aj... pan!...”

Llegamos a una estación, y mis huéspedes creen que el movimiento brusco con que me he detenido despertará al roncador. ¡Mentirosa esperanza! En el profundo silencio de la parada sus ronquidos se oyen mejor. Ni las trepidaciones, ni el frío, le vencen. El señor delgado tiene un mal pensamiento:

—¿Y si abriésemos la ventanilla? Quizás una corriente de aire acabase con él...

Los circunstantes sonríen aprobadores, pero no se atreven; sería demasiado... El tren reanuda su correr crepitante, y “el señor que ronca”, privado de punto de apoyo, se estremece sobre sí mismo como un pelele: tiembla la prominencia adiposa de su vientre; tiemblan sus brazos, ahora inertes; y su cabeza, que no pierde el equilibrio, afirma... niega... duda... ¡Creeríasela colocada en un alambre!...

A la mañana siguiente, ya bien entrado el día, despierta y sus ojos miran asombrados a su alrededor. Su despertar es afectuoso y comunicativo. Bosteza, sonríe...

—Afortunadamente—exclama—ha pasado la noche. ¿Han descansado ustedes?...

Nadie contesta; pero los semblantes amustiados, las miradas sin brillo, de sus oyentes, dicen lo contrario.

—¿Ah?—prosigue—. ¡Caramba!... Yo tampoco he dormido.

El viajero delgado, y el gordo, y el anciano del bigote rubio, y el joven de la barba negra... le miran iracundos, y cada cual echa de menos su revólver. Hay descaros que deben replicarse a tiros.

Como en contraposición “al señor que ronca”, existe otro tipo que nunca falta tampoco, y es “el señor que no duerme”. Pero su figura—al revés de la otra—dice distinción, aristocracia, soberanía...

Dos minutos antes de arrancar el tren, cuando creía que ya nadie subiría a mí, llega un caballero. Es amable sin pecar de risueño, grave sin adustez.

—Buenas noches—murmura.

Coloca en la red su bagaje: un maletín, una sombrerera y un paraguas, todo muy pulcro y nuevecito, y para acomodarse no elige sitio, sino que acepta el más próximo. En seguida desdobla una buena manta a cuadros escoceses, con la que se envuelve las piernas y el cuerpo hasta la cintura, y se sienta erguido, los pies juntos y cruzadas las manos sobre el abdomen. Representa cincuenta años, talla mediana; el cabello y el bigote enteramente blancos; color pálido, perfil aguileño; la barbilla, limpiamente delineada, descubre voluntad. Tipo militar, en fin, de comandante para arriba. Sombrero hongo bien encajado sobre las negras cejas, de manera que no pueda torcerse a un lado ni a otro; gabán azul, muy cepillado; guantes de ante amarillo; el cuello de la camisa, blanquísimo, brilla a la luz.

Aquel hombre, de una impasibilidad atormentadora, no lee ni fuma: sus pupilas vivaces miran al espacio, examinan a los viajeros y, a intervalos, se detienen en mí. A su curiosidad distraída la mía responde. Más de una hora hace que estamos juntos, y todavía sus pies no se han movido, y los pliegues que, al sentarse, formó la manta con que se calienta, duran aún. Solamente la disposición de sus manos ha cambiado: la izquierda, que se hallaba debajo de la derecha, ahora está encima.

Poco a poco mis inquilinos se animan a charlar, y la conversación se generaliza: hablan mal de España, tópico malsano inevitable entre españoles, y el humo de los cigarrillos azulea el ambiente. Hay risas, interjecciones. Unicamente el caballero del nevado bigote permanece serio, callado y sin fumar, y su hermetismo envuelve un reproche. Súbitamente la parla cesa, y, bajo las primeras insinuaciones del sueño, cada quisque busca una actitud cómoda. Este hunde su cabeza en una almohada mientras ahoga un bostezo; aquél se arrebuja en su gabán; quién se cala mejor la gorra para quitarse de los ojos la luz; la euritmia se pierde...

Unicamente “el señor que no duerme” no se ha estremecido: tan sólo el orden de sus manos ha vuelto a cambiar: la diestra cubre a la otra. Nada parece molestarle: ni la rigidez de su cuello almidonado, ni el pertinaz temblequeo de mi caminar, ni la probable dureza del asiento. Con las alas, casi horizontales, de su sombrero hongo, colocado a plomo, su espíritu vertical parece dibujar una cruz. El celoso atildamiento de su indumentaria dice pulcritud: es limpio, es rígido, como una camisa de frac. Planchado no estaría mejor.

A mí mismo, tan avezado a conocer gentes, este viajero-tipo me inspira una admiración de la que participan los demás pasajeros. El caballero que está a su lado le interroga amablemente.

—Desearía tenderme un rato. ¿Le molesto a usted si coloco los pies sobre el asiento?

—De ninguna manera.

—¿No quiere usted acostarse? Podemos acomodarnos los dos muy bien.

—Muchas gracias.

Le ofrece un periódico:

—Si desea usted leer...

—Tampoco; gracias.

—¿Usted no duerme cuando viaja?

—Nunca.

Otro señor, que acaba de abrocharse las orejeras de su gorra debajo de la barba, le pregunta:

—¿Tiene usted inconveniente en que apaguemos la luz?

—Ninguno.

No se habla más, y el compartimiento se anega en tinieblas. La obscuridad, sin embargo, no es completa, y en la penumbra, aunque densa, veo fulgurar obstinados, implacables, los ojos “del señor que no duerme”. Aquellos ojos sin misericordia resisten al sueño, al silencio, al emperezamiento del monorrítmico tremar de mi marcha; y, lo más prodigioso: resisten a la terrible adormidera de la obscuridad. Nada les aflige. Pupilas inquisitivas, pupilas policíacas, ¿cómo podéis vencer a la sombra?... Pasa una hora, pasan dos: son las cinco de la madrugada y los ojos vigilantes, semejantes “al ojo de Dios”, de aquel hombre, permanecen abiertos.

A la mañana siguiente, bajo la luz solar que a raudales ufanos incendia mis cristales, los viajeros sacuden su sueño, se desperezan y comienzan a corregir el desaliño de sus trajes. Este recoge del suelo su cuello y su corbata; otro tiene alborotado el pelo, y la camisa le asoma por entre el chaleco y el pantalón...

Para ejemplo y vergüenza de todos, “el señor que no duerme” está según le conocieron la víspera. Catorce o diez y seis horas de viaje no descompusieron en una tilde el equilibrio severísimo de su individuo. Aquel éxodo penoso ha sido para su cuerpo lapidario, dulce y fácil como un paseo en tranvía.

Hemos llegado a la estación terminal, y mis huéspedes se apresuran a cerrar sus maletas. “El señor que no duerme” es el primero en dejarme: en un santiamén ha doblado su manta y recogido su maletín, su sombrerera y su paraguas.

—Buenos días—dice.

Y sale. Ni una mancha, ni una arruga lleva: el pantalón sin rodilleras, los puños limpios, intacto el lazo de la corbata, el sombrero a plomo...

¡Como si fuera a retratarse!...

XIII

Los individuos que en el anterior capítulo procuré describir, son “fundamentales” y les tropezamos en todos los viajes, como si la naturaleza conservase sus arquetipos o prototipos y hubiese obtenido de ellos millares de reproducciones que después repartió por los incontables caminos del mundo. Según dije, el elemento físico o plástico de estos perfiles, puede variar—y varía—hasta lo infinito: el viajero “galante”, el “madrugador”, “el señor que no duerme”... serán gruesos o delgados, boquirrubios o carinegros, viejos o jóvenes: esto, lo accidental, no tiene importancia: lo inmutable, lo que en ellos resurge inflexible, es su carácter, su personalidad arcana o espiritual, que ni ceja, ni se entibia, ni se curva.

Pero al lado de estas siluetas con rasgos manifiestos “de familia”, aparecen “los raros”, que por serlo escasean; las almas díscolas, las voluntades inadaptables que, al pasar, lo hacen irradiando a su alrededor un poco de inquietud. En ellos su misma vida interior, rotunda y férvida, les impone una cara “suya”, pues ya sabemos que el rostro es la tribuna adonde el alma se sube a hablar, y el púlpito es, casi siempre, espejo del orador. “El raro”, de consiguiente, impresionará, verbigracia, por su manera de mirar—aunque ni el tamaño ni el color de sus ojos sean extraordinarios—; por su modo de peinarse, de vestir, de cortar las páginas del libro que se dispone a leer; ¡por algo, en fin, undivago y filante, que le es privativo! Justamente su simpatía, el interés que despierta, provienen de ahí.

Yo he conocido a uno de esos “sobresaltados”, guerrilleros del amor y de la vida que permanecen al margen de las rutinas sociales y aun en las afueras del Código. Una mujer le perdió, y como muchas veces, en el espacio de tres años, viajó conmigo, y le sentí pensar y llorar, y tuve ocasiones de leer las cartas que ella y él se escribían, puedo decir que asistí a sus últimos momentos.

Fluctuaba su edad entre los veintiocho y los treinta años, y tenía—más tarde lo supe—un nombre españolísimo; un nombre trisílabo, grave y heroico, que sonaba a Romancero: se llamaba Rodrigo. Era de estatura mediocre y cenceño, pero vigoroso, a juzgarle por lo mucho que decían de su fuerza sus manos fibrosas y velludas, y la muy suelta agilidad de sus movimientos. Su semblante, cobrizo y aguileño, parecía el de un árabe, mientras el bigote rubio, de guías levantadas, y los grandes ojos verdes, muy diáfanos, eran holandeses; y de esta antítesis de rasgos provenía la llamativa originalidad de su rostro. La tez obscura acendraba la claridad de la mirada y la blancura de los dientes, que con su luz y en igual medida intensificaban el cobre de su piel. Había, pues, en él, dentro de una perfecta armonía, una magnífica contradicción de razas.

Residía don Rodrigo en la ciudad de Valladolid, y la noche—la madrugada, mejor dicho—en que le conocí, su figura, no bien apareció en el andén, sujetó mi atención. Había pocos viajeros. Le vi acercarse seguido del mozo que llevaba su equipaje, y subir a uno de los compartimientos de “primera clase” de Dos-Caras, que marchaba delante de mí: mas la intimidad del anciano vagón, tantas veces reparado, no debió de complacerle, por cuanto no tardó en apearse y venirse conmigo. Desde entonces don Rodrigo, siempre que esperaba el paso de mi “correo”, bien por ser yo el coche mejor del tren, o por obra de esa atracción que los objetos inanimados ejercemos sobre las personas que nos son gratas—y de la que ya he hablado—me prefería a mí.

En aquel nuestro primer encuentro, antes que la discreta elegancia y porte galán de mi huésped, fué la extremada agitación de su espíritu lo que me cautivó. La casualidad quiso que en el departamento por él elegido no hubiese nadie, y en la soledad su ánimo se descubría mejor. Merced a esta compleja sensibilidad mía que—según en otro capítulo queda explicado—es abreviatura de los cinco sentidos corporales del hombre, yo, simultáneamente, veía a don Rodrigo y le oía, y como la piel percibe el calor, de igual manera sus ideas y deseos, según iban produciéndose, llegaban a mí. Yo—no creo ocioso repetirlo—, a las personas que están quietas y piensan fuertemente, las comprendo mejor que si hablasen, porque su inmovilidad y su silencio, que en cierto modo las transforman en cosas inanimadas—para decirlo con las palabras que emplearía un mortal—las acerca a mi modo de ser.

Don Rodrigo iba en busca de su amante, a La Coruña. Se llamaba Raquel, y en la imaginación del enamorado la silueta de la mujer aparecía o se difuminaba, cual en virtud de una especie de sístole y diástole, de su memoria. La cabeza, especialmente, se precisaba nítidamente: tenía noguerados los cabellos, la boca recogida y los ojos negros y ustorios de las grandes sensuales. También se acusaba claramente una mano, la izquierda, en cuyos dedos soñaba una esmeralda y maldecía un rubí. Alternativamente aquella mano y aquel rostro continuaban ocultándose, o resurgían maravillosamente, como las imágenes en los “baños” de los fotógrafos.

Don Rodrigo pensaba... sin cesar pensaba, pero su pensar era rudimentario, esquemático, y unas cuantas palabras, muy pocas, lo reasumían. Yo las veía cruzar por el espíritu fervoroso del meditabundo: pasaban encendidas, quemantes como llamas, y semejantes a los caballitos de un Tío-Vivo parecían dar vueltas: se iban, volvían, tornaban a marcharse para resucitar en seguida obstinadas, imperiosas, alucinantes... A veces eran inconexas, a ratos hilvanaban frases, sílaba tras sílaba; parecían anuncios luminosos. Decían: “Raquel...” “Voy a verte...” “Raquel, tus labios tienen el dulzor de la vida, y tus ojos el color de la muerte...” “Raquel...” “Tus cabellos...” “Tus manos...” “¿Recibiste mi telegrama?...” “¿Sí?...” “Estarás aguardándome, como siempre, en la estación...” “Raquel...” “Yo, para verte antes, iré bien asomado a la ventanilla...” “Te abrazaré...” “¡Oh, mi carne de seda!...”

A intervalos, el amador, absorto, sonreía a ciertas ideas, y según su atención se detenía en una o en otra, la imagen correspondiente florecía como bañada en una luz milagrosa. Yo le acompañaba en aquel seguido y calenturiento imaginar, y contagiado de su impaciencia casi llegué a gozar y a sufrir con él. Dijo: “Estarás aguardándome...” y vi aparecer una mujer, de porte distinguido, envuelta en pieles. Dijo: “Tus labios...” y vi una boca encendida como un corazón. Dijo: “Tus nalgas...” y vi pasar una ola de carne rosada. Dijo: “Tus ojos...” y pensé que me hundía en un túnel...

Impaciente, don Rodrigo se levantó y salió al pasillo. Allí, ante aquel amanecer frío y perezoso de febrero, volvió a meditar en Raquel. Era feliz porque iban a estar juntos; de súbito se entristeció considerando que, más adelante, volverían a separarse. Luego pensó en la separación definitiva, en el viaje sin regreso de la muerte.

Miró al paisaje neblinoso, y sus miradas se detuvieron en un árbol. Instantáneamente se quedó triste. “Un día—suspiró—me bajarán a la tierra dentro de una caja. ¿Habré visto... estaré viendo ahora... el árbol cuya madera sirva para hacer mi ataúd? Porque es indudable que existe ya ese árbol, destinado a pudrirse conmigo. Y, cuando yo expire, de todas las palabras que conozco y de que me sirvo a diario, ¿cuál será la última que pronuncie?... ¡Parece imposible que los hombres sean tan vulgares que nunca reflexionen en esto...!”

Volvió a sentarse y mientras prendía un cigarrillo, sus ojos verdegay me examinaron. Me halló confortable.

—Es buen coche—dijo.

Casi al mismo tiempo, exclamó dándose una palmada sobre la rodilla:

—¡Vamos muy despacio!

Y a continuación recordó a Raquel; y al imaginársela lo hizo empezando por lo que de ella más le arrebataba. “Sus ojos...” “Sus cabellos...” “Sus labios...” “Sus manos...” De los labios pasaba, indefectiblemente, a las manos; y de las manos, a las caderas; en el seno pensaba pocas veces, y advertí que siempre, al recomponer la imagen de la Amada, seguía el mismo orden.

Cuando llegamos a la estación coruñesa, entre el centenar de personas que esperaban al “correo” vi una mujer de razonable estatura y bien sembrada, ojinegra; arrebujada en una capa de pieles. Una franca risa juvenil bañaba su rostro en luz.—“Raquel”—pensé. Antes de que el tren se detuviese, don Rodrigo saltó al andén y corrió a abrazarla, y yo vi cómo bajo la presión convulsiva de sus brazos, el talle doblegadizo de la Deseada ondulaba y cedía. Se besaron. Luego, apoyados el uno contra el otro, sin dejar de mirarse, se alejaron buscando la salida.

De todo esto hablé con Dos-Caras, que les conocía y me proporcionó algunos informes: por razones que mi compañero no supo darme, vivían separados; él en Valladolid, y ella en La Coruña, pero se reunían con mucha frecuencia, tan pronto en una ciudad como en otra.

—Son antiguos “clientes” míos—continuó Dos-Caras—; quiero decir, que ambos han viajado mucho conmigo, pues si ella no va a buscarle es porque él viene.

Me pareció adivinar en sus palabras un dejo despectivo que no me sorprendió, pues el viejo Dos-Caras aceptaba “a ruedas prietas” todas las ordenanzas de la moral corriente. Acaso también hablaban en él los celos y el despecho de ver que “sus clientes”—como él les llamaba—le dejaban por mí.

—Hace más de un año—dijo—que ambos se quieren. ¡Bah, ya se cansarán!... Ninguna de esas uniones libres duran; unas veces por culpa de ellas, otras por culpa de ellos. El matrimonio es lo único capaz de impedir que las mujeres y los hombres se separen. Por eso toda mujer que se marcha a vivir con un hombre, sin estar casada con él, es una tía.

Esta afirmación mezquina y unilateral, me desazonó; expresaba una intransigencia irritante.

—¡Calla, bárbaro!—le grité—: bien se advierte que te fabricaron con maderas de Castilla, y que en ellas esta tierra nuestra, tan dura—tierra de inquisidores—, infiltró su crueldad.

Dos-Caras mantuvo su opinión: solamente en las mujeres casadas puede haber amor; en “las otras”, en las amancebadas, no existe cariño; es interés, es vicio, lo que hay... Consiguió indignarme y me lancé a sustentar mi criterio con brioso ardimiento. En la lotería social, el matrimonio es “un premio” que, por concederlo la suerte y no la lógica, no acredita mérito ninguno en quien lo recibe. Hay aventureras que nacieron para tener un hogar, y señoras casadas con alma de perdidas.

—Mientras los hombres—proseguí—acaparen todos los empleos; mientras dispongan del dinero, llave de la vida; mientras impidan a sus compañeras ilustrarse, trabajar, desenvolverse; mientras “las conviden”...—¡palabra odiosa!—el amor, ejercítese a espaldas de la Ley o bajo su amparo, será para las pobres mujeres “un negocio”, una sucia operación de compraventa. Los hombres, egoístas, terriblemente egoístas, tienen agarradas a sus víctimas por el estómago. “Si sois nuestras—dicen—nosotros os vestiremos y os proporcionaremos alimentos; de lo contrario, moriréis de hambre.” Y “ellas” aceptan. El problema amoroso, de consiguiente, es, en su esencia, un pavoroso problema económico. La mujer que no ama, o que no se presta al amor, no come. ¡Y precisa comer! Las menos exigentes—con cariño o sin él—se entregan libremente; se venden al fiado; las más previsoras o las más afortunadas, piden mucho más: piden el matrimonio que, en caso necesario, las ayudará a exigir indemnizaciones; las que se casan “venden al contado”, porque la firma del marido representa dinero. Pero todas, solteras y casadas, se venden; esclavas del ambiente profundamente inmoral que las oprime y condena a convertir el lecho en oficina o mostrador, todas—¡y bien a pesar suyo!—llevan su porvenir en aquella parte del cuerpo sobre que se sientan...

Con estas exaltadas aseveraciones Dos-Caras se incomodó en términos que, perdiendo su ecuanimidad, me dijo palabras muy desagradables; redargüíle yo con pareja insolencia, y hubiésemos ido muy adelante en nuestro disgusto a no intervenir el “segunda” que rodaba detrás de mí y que, con frases amables y dichetes de feliz humor, acertó a reconciliarnos. Yo fuí quien primero aflojó el ceño.

—De hoy en adelante—exclamé—no volveremos a discutir: ¿para qué, si no habíamos de entendernos?... ¡Allá cada cual en su casa y con su opinión! Yo, aunque noble, soy un poco disolvente: me gustan los amores libres y los ladrones.

—Y a mí—replicó Dos-Caras—que soy tradicionalista, me gusta el matrimonio y la Guardia Civil.

Dos semanas después, una noche, Raquel y don Rodrigo reaparecieron. Iban a Valladolid. Ella hizo ademán de subir a Dos-Caras; él la detuvo; con un gesto me señalaba.

—Aquí iremos mejor—dijo—; es el vagón en que realicé mi último viaje.

Ella consintió en seguida con simpática vivacidad, y yo me estremecí satisfechísimo de tenerles tan cerca. Dos-Caras gruñó algo que no alcancé a entender, pero parecióme que, irónicamente, me felicitaba.

En el compartimiento que los amantes ocuparon, había dos personas. Ellos buscaron un ángulo, cerca del corredor, y, desde aquel mismo instante, la felicidad de hallarse juntos les aisló de todo. Mientras ella hablaba, él la miraba a los ojos, estremecimientos fugitivos agitaban sus labios, y con sus dedos velludos y largos impacientemente se retorcía el bigote. El platicar de Raquel era versátil, alegre, infantil; el de don Rodrigo, grave y vehemente; ella parecía amarle porque amaba a la vida; mientras él, más sombrío, efervorizaba su pasión con el miedo a la muerte. Evidentemente, el cariño del amante clavaba su arado más hondo. Ella reía fácilmente; él reía poco, y sus palabras recelosas eran como gemelos dirigidos hacia la interrogación del mañana; eran profundas, inquietaban; Raquel, escuchándole, me producía la impresión de una niña asomada a un pozo. ¡Oh, qué libro maravilloso podría componerse hilvanando las frases con que, inconscientemente, se emborrachaban los amantes!...

Recuerdo que don Rodrigo decía:

—Como todos los segundos, uno a uno, llevan a la muerte, así todas las mujeres que he conocido me acercaron a ti, porque todas tenían algo tuyo, y yo, que te presentía, sin sospecharlo te amaba en todas ellas. Y, cuando viajaba, no era el deseo de curiosear ciudades nuevas—como yo creía—lo que me desplazaba, sino el ansia de encontrarme contigo. Ahora tú eres para mí España, Francia, Italia, Suiza...; tú eres América... ¡Querría huirte, y me sería imposible! Tu recuerdo me rodea; te veo como un horizonte, y fatalmente todos los caminos me llevan a ti. ¿Quién escaparía a su horizonte? Raquel, mi Raquel... te adoro y te temo, porque siento que eres mi Destino.

Ella reía; el orgullo de comprenderse tan apetecida, la hacía feliz, y era en aquellos instantes como una diosa embriagada con el incienso quemado ante su altar. A mí, que estaba más cerca de su alma que don Rodrigo, aquella superficialidad, aquella risa, me infundían miedo: Raquel era una de esas mujeres, de cabeza pequeña, que no saben cómo muchas veces un gran amor es una cita que da la muerte.

De súbito el diálogo cambió de rumbo, y fué completamente alegre. Hablaron de sus planes y entonces supe que pensaban visitar el nunca bastante celebrado castillo de Simancas—hoy Archivo General del Reino—; fortaleza gloriosa semejante a un viejo guerrero cambiado en erudito.

Tras un breve silencio, ella, sin motivo, preguntó:

—¿Qué hora es?...

Don Rodrigo, informado de que sus compañeros de viaje dormían, contestó:

—Hora de darme un beso.

Rió ella, rió él y, silenciosamente, juntaron sus bocas. Transcurridos unos minutos, Raquel, maquinalmente, volvió a decir:

—Oye... ¿qué hora será?...

Y don Rodrigo:

—Hora de darme otro beso.

Volvieron a reir, pero ella, que empezaba a tener sueño, insistió:

—¡No... en serio!... Deseo saber la hora!...

El no respondió; mejor dicho: no habló con los labios, sino con sus largos ojos diáfanos y verdes, por los que había pasado una luz. Rápidamente salió al pasillo, se arrancó el reloj que llevaba en la muñeca y, por la ventanilla, que iba abierta, lo lanzó al vacío. No estaba incomodado; ¡al contrario!... ¡Nunca había sido más feliz que en aquel momento! Volvió a sentarse y sobre sus rodillas colocó a Raquel:

—Bésame—suspiró—; es la hora; la Eternidad no tiene para nosotros más hora que ésta; la de besarnos...

Sus manos buscaron afanosas entre las ropas de la Deseada, y su corazón latió violentamente: palideció, enrojeció, tornó a palidecer. Raquel parecía de ágata: su carne era dura, suave, fría...

Ocho o diez días después los dos amantes me esperaban en Valladolid. Don Rodrigo iba a despedir a Raquel, que regresaba a La Coruña. Al mes siguiente—y siempre conmigo—don Rodrigo fué a La Coruña, de donde volvió solo. Al otro mes sucedió lo propio: era un ambular ininterrumpido, un bello y angustioso no poder vivir distanciados: en la estación coruñesa era ella la que despedía, y en la vallisoletana era él: pero hubo ocasiones en que, incapaces de separarse, él la dió cortejo hasta La Coruña, y ella le acompañó a Valladolid.

Entretanto yo no sabía en qué se ocupaba don Rodrigo, ni la verdadera situación social de Raquel, ni tampoco acertaba con los móviles que les impedían unirse queriéndose tanto.

Este idilio, que a mí me apasionaba, hacía reir al viejo Dos-Caras.

—Estos dos simples—decía—con tanto ir y venir han hecho de nuestro “correo” un columpio; una especie de columpio a ras de tierra.

XIV

La llamada por los geógrafos Meseta Central de nuestra Península, comprende las dos Castillas, las provincias del antiguo reino de León y las de Extremadura, y traza un plano inclinado limitado al Norte por la cordillera Cantábrica, la de los maravillosos paisajes; al Este y Oeste, por la cordillera Ibérica y los Montes de Galicia, respectivamente; y al Sur, por la cordillera Mariánica, entre cuyas nudosidades fragosas se abren los caminos de Andalucía. Así, circundado de montañas, el macizo ibérico, tanto por su historial rojo como por su forma, parece un anfiteatro.

Frecuentemente he oído asegurar a personas doctas—ingenieros, sin duda—que viajaron conmigo, que en la época terciaria toda esta parte de nuestro país la cubrían lagos enormes que, al secarse, originaron terrenos sedimentarios dispuestos en estratos horizontales, algunos de notable espesor. De ahí, de la agonía de esos lagos que el subsuelo sediento se bebió, nació la llanura; esas planicies uniformes, encalmadas, con algo de agua dormida en su serenidad. Castilla es un mar hecho tierra; y acaso estimulados por la misma vastedad de sus horizontes, sus hombres descollaron entre los más peregrinadores y bravos del planeta, porque algo de marino había escondido en lo más arcano de sus almas. En la catorcena centuria aquellos campos aparecían cubiertos de selvas tupidísimas, en donde los magnates se ejercitaban en la caza del jabalí y del oso, y perseguían al ciervo. Hasta que, poco a poco, las guerras y el odio, genuinamente español, que el hombre rústico profesa al árbol, destruyó las frondas. Cuando éstas empezaron a escasear, las nubes huyeron y con ellas la lluvia, manantial de la vida, y el bosque mudóse en estepa; y mientras España se desangraba, fuera de sus fronteras, en guerras inútiles, sobre el solar patrio abandonado, desolado, cubierto de cardos silvestres y de pedruscos, parecía caer, semejante a una maldición, las cenizas humanas que los vientos recogían en el rescoldo de los autos de fe. Con cenizas no se abona el campo, y nuestros inquisidores no supieron abonarlo de otro modo; y así lo conocí yo, inhóspito y seco como aquellos mismos corazones que tanto batallaron sobre él.

El suelo castellano es cariparejo; quiero decir que, salvo ligeras variantes, su aspecto es idéntico sea cual fuere la estación del año. Abrasada por el sol en verano, aterida en invierno bajo la escarcha, azotada por los vientos, cortantes como cuchillos, que irrumpen por los nevados gollizos de los montes norteños, la llanura conserva inalterable ese color amarillento propio de las tierras que bebieron mucha sangre, y al que parece aludir una de las tres franjas del pabellón nacional. Las montañas, que fácilmente se cubren de verdura o que con la nieve, y en el solo espacio de una noche, se visten de blanco; las montañas cuya sonoridad cambia de continuo y parecen saltar a un lado y a otro de la vía, tienen muchos adeptos; son la mentira. Yo, no; yo prefiero la llanura, con su monotonía de oración: la llanura se imita siempre a sí misma; no sorprende, no entiende de artificios teatrales, ni colabora en la cobardía de las emboscadas; en ella al enemigo se le ve desde lejos: es fiel, es noble.

Alrededor de la Meseta Central las regiones ribereñas dibujan un anillo verde; y así, vista desde arriba, Castilla monda y triste es como el cráneo calvo de un dios ceñido de pámpanos. En el itinerario que ahora sigo, la zona alegre no comienza resueltamente hasta las inmediaciones de Palencia. Sin cesar, el camino intenta arrepentirse de cuanto hace, y digo esto porque apenas desciende cuando, sin transición, vuelve a subir, y corre de derecha a izquierda, como borracho. Las “montañas-rusas” con que el vulgo se divierte en las ferias, son una mala caricatura de lo que es un viaje a Galicia. ¿Quién contaría los puentes y los túneles, que siembran de sorpresas la ruta? Acabamos de salir de Castilla, y ya nos parece que la dejamos muy atrás: tal es la capacidad subyugadora de la nueva región que cruzamos, y el interés histórico de ciertos lugares.

Dejamos atrás la Tierra de Campos, que bien pudiera llamarse “granero de España”, sobre la cual se levantan, desde el siglo XII, las ruinas de dos que fueron poderosas fortalezas. Pasan Paredes de Nava, donde nació Alfonso de Berruguete; Cisneros, cuna del terrible Cardenal, y Sahagún, la romana, en que reposan los muy removidos huesos de Alfonso VI. El convoy llega a León, que más que con su catedral, modelo de arquitectura gótica, se enorgullece de haber visto nacer al guardador de Tarifa, don Alonso Pérez de Guzmán; luego a Veguellina, que se vistió de fama con el “paso honroso” que en la primera mitad del siglo XV mantuvo el muy bizarro Suero de Quiñones; y poco después, a Astorga, la Asturica Augusta, de los romanos, aquella que Plinio calificó de “ciudad magnífica”, y cuyas torres y murallas la infunden todavía un perfil militar.

Nos hallamos en las entrañas de los Montes de León, y vamos a penetrar en la región galaica por el llamado “Paso de Manzanal”, abierto entre las estaciones de Astorga y Ponferrada. Aturde y maravilla la facundia que los genios del paisaje derrocharon allí. A nuestro alrededor, incesantemente, la tierra, semejante a un mar flagelado por la tempestad, baja, trepa, se deprime y abarranca hasta convertirse en abismo, o se enarca y prodigiosamente gana las nubes; y hay en cada perfil cimero tanta vehemencia, tanto ritmo, que las montañas, especialmente en las noches de luna, parecen moverse. Esta sucesión inagotable de valles, de cañadas, de torrenteras abruptas y de montes, juegan con los vientos y, de hora en hora, mixtifican la temperatura: vamos rodando bajo un manto de estrellas, y súbitamente el cielo se entolda y cae un chaparrón; lo que no impide que, minutos después, lívida, triste, espectral, reaparezca la luna. Cubren las escarpadas vertientes bosques de robles, de castaños y de hayas; los manzanos abundan también, y en los parajes hondos y abrigados florecen el naranjo, el limonero, el granado, la higuera y el laurel. Ora el aire es frío, ora tibio; aquí la tierra estará cubierta de maíz, y de trigo o de vides un poco más allá; y, sin cesar, al paso del tren la serranía tendrá una luz especial, y una capacidad ecoica inesperada.

Por segunda vez hemos cruzado el río Tuerto, y ganamos la estación de Brañuelas, emplazada exactamente a mil metros sobre el nivel del mar. Seguimos para hundirnos en un largo túnel; la ruta—lo apreciamos muy bien—desciende rápidamente y cruzamos un segundo túnel y un tercero, y luego otro y otro... ¡hasta trece!... Según mis compañeros me aseguran, para salvar la distancia de un kilómetro, necesitaremos recorrer siete kilómetros. Nos hallamos en el sitio más peligroso de la vía. La Triste, nuestra máquina, no obstante su poder, jadea anhelante: también nosotros nos resentimos de la rudeza del camino; nuestros herrajes empiezan a recalentarse, y, de tanto usarlos, nos duelen los frenos.

De La Granja, donde nos detuvimos pocos minutos, arrancamos desconfiadamente para hundirnos en el túnel de El Lazo; un túnel siniestro donde muchos maquinistas y fogoneros estuvieron expuestos a morir asfixiados por el humo de la locomotora. Esta sensación de ahogo que los mismos viajeros suelen experimentar, aun cuando las ventanillas de los coches estén cerradas, se produce cuando el viento, por soplar en la misma dirección del tren, impide la salida, hacia atrás, del humo.

Continuamos bajando: hemos traspuesto los pequeños andenes de Torre, Bembibre, San Miguel de Dueñas, Ponferrada y Toral de los Vados, hasta que hartos de correr bajo tierra llegamos a Quereño, primera estación de Galicia.

La imaginación del paisaje, lejos de agotarse, se acalora, y por instantes compone perspectivas más rudas y bellas. Con facundia pasmosa se renueva y sin treguas se supera a sí misma. Los colores, especialmente, se han multiplicado; los verdes triunfan y flota en el aire un amable olor a tomillo y a tierra húmeda. Abundan los caseríos, las angosturas rocosas, los pequeños saltos de agua por los cuales, como por arterias cortadas, parece desangrarse la sierra.

El valle se estrecha y el río Sil y la carretera de La Coruña adelantan paralelamente a nosotros, y como alternativamente surgen y se esconden parecen jugar entre los árboles. Cruzamos los extensos viñedos de Rúa Petín; pasamos por Montefurado, en cuyas proximidades existe aún el túnel que construyeron los romanos para desviar el rumbo del Sil y poder recoger el mucho oro mezclado a las arenas del cauce primitivo; y tras un prolongado camino descendente que va en busca de la cuenca del Lemos, llegamos a Monforte, afamado baluarte de los Condes de Lemos, que de ellos tomó el nombre. La Triste se queda allí, y en adelante será La Enanita, bulliciosa y pinturera, menos fuerte que su hermana, pero mucho más ágil, la que pelee a la vanguardia del convoy.

Descansamos unos minutos y ¡adelante, otra vez! Más túneles; atravesamos uno que mide cerca de dos mil metros, y seguimos bajando, como atraídos por el mar; pasan las estaciones de Oural y Sarria, y la de Puebla de San Julián, donde la línea se rebela contra el imán humillador de la costa, y vuelve a repechar. La Enanita silba, resopla y a veces la desesperación que hay en su esfuerzo, nos hace reir.

—Trabaja, tumbona—comentan los coches—, que no tienes motivos para estar cansada. ¿Qué dirías si llevases, como nosotros, treinta horas de viaje?...

Un esfuerzo más nos planta en Lugo, donde reposamos: salvamos luego los ríos Calde y Ladra, tributarios del Miño, y el Parga; llegamos a la estación de Curtis, lugar muy conocido de los peregrinos que van a Santiago de Compostela; y luego a la célebre Betanzos, en cuyas puertas el espíritu del Islam dejó vestigios de su gracia. Después, y ya siempre caminando cuesta abajo, veremos pasar los andenes de Guísamo, Abegondo, Cambre, El Burgo, El Pasaje. Al fin aparece la estación terminal: La Coruña. ¡Oh! ¡Y con qué alegría, con qué irresistible necesidad de calma, hacemos alto bajo una marquesina, después de un viaje en el que mil veces sentimos resbalar la muerte junto a nuestras ruedas!...

A pesar de lo cual este recorrido me agrada: no solamente por su hermosura, de la que se hacen lenguas muchas personas que anduvieron por Suiza y conocen los rincones más agrestes del Tirol, sino por la clase de público que viaja conmigo. Como los vascongados, los gallegos son comedidos y limpios, y esta última cualidad, especialmente, les granjea mi simpatía; porque, a despecho de haber tenido que sufrir a tantos tipos ineducados, aún no pude acostumbrarme a que nadie me escupa, o deje en mis alfombras el barro de sus botas.

En medio de este ininterrumpido bordonear del centro a la periferia de España, y viceversa, mi vida es un poco monótona, porque las escenas—como las personas—se repiten.

En la estación inicial o de salida, todos los coches, barridos, sacudidos y con nuestros cristales recién fregados, nos mostramos alegres y flamantes. La máquina, bien engrasada, bien frotada, con todos sus mecanismos bruñidos y expeditos, también parece nueva. Súbitamente se abren dos o más puertas y los viajeros irrumpen en el andén y nos asaltan; con la descortesía de la impaciencia mujeres y hombres, a empellones, ganan nuestros estribos, y corren luego de un lado a otro, como enloquecidos, buscando un asiento. Entretanto los mozos de andén nos cargan de maletas, de sombrereras, de portamantas, de cestas con merienda, de bultos de todos colores y formas, que van metiendo apresuradamente, y como a destajo, por las ventanillas. Cada una de éstas parece una boca; cada estribo, una escalerilla de abordaje. Ya estamos abarrotados todos de personas y de equipajes, y apenas arranca el tren la multitud viajera se aquieta y empieza a dar muestras de ese aire de aburrimiento que conservará durante el camino. Un raro ambiente de monotonía, de fatiga, peregrina con nosotros. En las estaciones del tránsito nunca ocurre nada insólito: unos pasajeros se apean, otros suben... Las conversaciones de nuestros ocupantes son apacibles, y lánguidas y descuidadas todas sus actitudes: éste lee, aquél mira hacia el paisaje distraídamente, la mayoría dormita: a intervalos, un bostezo, un comentario rápido... Los soñolientos han cambiado de posición cien veces, y otras tantas el lector abrió y cerró su libro. Unicamente el cansancio y el silencio triunfan. De pronto, media hora antes de arribar a la estación terminal, como si hubiese recibido una corriente eléctrica, aquella muchedumbre desarticulada y abúlica, unánimemente reacciona. Con raro sincronismo, todos pensaron: “—Ya llegamos...” y esta idea les sacudió, les removió; los cuerpos se yerguen, los ojos se abren despabilados; quién se arregla el nudo de la corbata y con un pañuelo se desempolva el calzado; quién corre al cuarto-tocador a peinarse; quién se apresura a cerrar sus maletas. Las mujeres se asoman a las ventanillas, y las parece que, desde hace unos instantes, el tren corre más. Apenas hacemos alto, nuestros huéspedes nos dejan con la misma impaciencia y la misma alegría con que horas antes nos conquistaron; su aburrimiento se ha trocado en odio hacia nosotros, y quieren perdernos de vista cuanto antes. Hay quien, para no perder tiempo en bajar por el estribo, salta al andén desde la plataforma del coche. Los mozos de estación, infatigables, nos saquean, y los bagajes salen apretujándose por las ventanillas; los atadijos pequeños escapan en racimo. Cuando el convoy queda vacío los vagones aparecen manchados de mil modos y apestando a tabaco: los periódicos, arrugados, pisoteados, las almohadas sucias, las botellas vacías, las cortinillas caídas, nos dan el aspecto de un lugar donde acabara de librarse una batalla. Momentos después, los empleados de nuestra limpieza—mujeres y hombres—penetran en nosotros: porracean nuestros asientos para mullirlos; examinan sus muelles, recogen las cortinas, nos sacuden, nos barren... y, diez o doce horas más tarde... ¡volvemos a empezar!...

XV

Salí de La Coruña aquella noche de otoño llevando a Raquel, que iba a Valladolid, y a dos recién casados de los cuales—y a su tiempo debido—volveré a hablar. Marchaban estos a Madrid, y como el único “departamento cama” del correo era el mío y estaba retenido por tres señores desde la víspera, el flamante matrimonio hubo de resignarse con un compartimiento “de primera”. Hablaban parcamente, y a estimarles por el desvaimiento y mentecatez de sus ademanes parecían avergonzados de cuanto los amigos que fueron a despedirles al tren demostraban maliciosamente esperar de ellos.

De la novia, ni el cuerpo, ni los ojos, ni siquiera la juventud—no habría cumplido los veinte años—interesaron mi atención; era insignificante. Se llamaba Digna. El también se parecía a centenares de individuos que yo había visto. “¿De qué se habrá enamorado este hombre—meditaba yo—que es mozo y a quien su trabajo hubiera permitido aspirar a una compañera mejor?...” Como respondiendo a mi pregunta presentóse a mi memoria aquel viejo y triste adagio español según el cual “la suerte de la mujer fea la bonita la desea”; y es así, indudablemente, cuando el refrán lo dice. Mas, ¿dónde buscar la lógica del hecho?... Quizás en el recelo que muchos hombres tienen a cortejar a la mujer que, por hermosa, suponen muy recuestada y ufana de sí, y por tanto de difícil acceso; y ese miedo a quedar desairados les contiene, y les lleva a los pies de la fea, de quien esperan orgullosamente ser admirados.

—La humanidad—pensaba yo—va bien cubierta: de mentiras se viste por dentro, y de trapos por fuera, y de ambos disfraces necesita el amor. El desnudo es la verdad, y la ilusión pocas veces vivió de la verdad. Desnudar a una mujer o desnudar un alma es exponerse a hacer una caricatura. Por dicha suya, los hombres ignoran que en toda buena caricatura se esconde avergonzado un retrato maestro...

Mucho rato Digna y su marido estuvieron callados: se miraban a los ojos, se sonreían y se apretaban las manos. Yo leía en sus espíritus y su candor me divertía. El la deseaba, pero algo, más decisivo que su voluntad, le vedaba ningún gesto audaz, y esta lucha íntima le quitaba las ganas de hablar y le encendía los carrillos. Ella, la esposa, tenía miedo. Los dos, sin embargo, estaban contentos de hallarse allí, solos, después de un día de agitación calenturienta.

—¡Qué bien estamos ahora!—exclamó él.

Digna, confirmó:

—¡Muy bien!...

Callaron: nada nuevo tenían que decirse, y les pareció que hacía mucho tiempo que estaban casados. Sus compañeros de viaje se habían dormido, y ellos, a su vez, experimentaban cierto cansancio; a Digna se la caían los párpados.

El preguntó:

—¿Lástima de noche, verdad?

Envolvía su observación una impaciencia sexual que la mujer, delicadamente, fingió no advertir.

—¿Por qué?—dijo—; ¿no estamos juntos?

No atreviéndose a exponer su idea, el marido guardó silencio. Después:

—¿Me quieres?—indagó.

Tengo observado que los hombres siempre son los que aman menos, y los que más se preocupan de ser amados. Ella repuso, sencillamente:

—¿No lo sabes?...

Volvieron a estrecharse las manos, y tras un breve silencio él dijo algo triste, algo cobarde... que no entendí; y ella, de pronto, se echó a llorar y escondió el rostro contra el pecho del hombre. El exclamó desconcertado:

—¿Por qué lloras?... Di... ¿Por qué lloras?...

Digna no contestó; lo ignoraba; después lo atribuyó a sus nervios... En realidad lloraba instintivamente, lloraba de miedo ante el porvenir indescifrable, hecho de jeroglíficos sin solución; como lloran los niños ante las puertas de los cuartos obscuros. Una hora más tarde, casi abrazados, dormían los dos.

Pasó la noche. Al llegar a Madrid me crucé con Doña Catástrofe, mi viejo compañero, que se disponía a marchar.

—¿Te han dicho la hecatombe?—gritó.

—¿Cuál?—repuse inquieto.

—La del “rápido” de Gijón.

—No.

—Me la contaron anoche, en Irún. ¡Terrible! Más allá de Busdongo, momentos antes de salir del túnel de La Perruca, hubo un desprendimiento de tierras. El Presumido y otros se libraron; pero La Tirones y varios coches, entre ellos El Tímido, quedaron aplastados.

La noticia—divulgada al siguiente día por la Prensa—me causó un efecto desgarrador: aquella máquina y aquel coche, precisamente, representaban la mitad de mi juventud, y al desaparecer algo mío se iba con ellos. No supe qué responder; empecé a temblar...

—¿Te acuerdas—prosiguió el viejo vagón—del miedo que el pobre Doña Quejido, como le llamábamos para incomodarlo, le tenía a la tierra?

—Sí, que me acuerdo.

—Pues, ahí ves: nosotros decíamos que era una manía suya, y no había tal: era un presentimiento.

XVI

Muchos días estuve enfermo de tristeza; tanto porque consideraba la levedad de nuestra existencia, cuanto por el olvido y desdén en que los vivos tienen a sus muertos. Hasta que ladinamente los afanes del trabajo cuotidiano y la consideración egoísta de que yo también andaba expuesto a los riesgos más grandes, fueron aliviándome.

Contribuyó eficazmente a devolverme mi buen humor habitual una escena cómica que, durante varias semanas, proporcionó temas de vaya y de risa a todo el convoy.

Faltaban minutos escasos para que saliésemos de Madrid, cuando reparé en dos caballeros que hablaban por señas, a pocos pasos de mí. Sus ojos brillaban inusitadamente, sus labios se movían en silencio y sus manos gesticuladoras ora trenzaban los dedos, ora los encogían o estiraban tan pronto hacia abajo como hacia arriba. Estos complicados arrumacos los acompañaban, a veces, con agachadillos y exagerados movimientos de hombros.

—Son mudos—pensé.

Jamás había presenciado escena igual, y para convencerme de hallarme en lo cierto pedí a Dos-Caras su opinión.

—Sí—respondió—; son mudos. Al más alto le he visto varias veces, y aun creo que ha viajado conmigo.

Ambos tipos me fueron simpáticos, porque su silencio les aproximaba un poco a mí. “Un mudo—reflexionaba yo—es el tránsito entre los que sienten y hablan, y los que sentimos y no podemos hablar.” De los dos, uno iba afeitado y era rubio; el otro era pequeño, grueso y pelinegro, y adornaba su rostro de mejillas nacarinas—como de efebo—con una barbita recortada “en punta”.

Ya nos íbamos cuando el caballero de la barbita puntiaguda subió a mí, saludó desde una ventanilla con efusivos gestos a su amigo, y luego anduvo por el tránsito buscando un lugar donde instalarse. Mis huéspedes, en su deseo de viajar lo más cómodamente posible, fingían no percatarse de la afligida solicitud de sus miradas. Yo leía en sus almas egoístas:

—¡Un mudo!—rezongaban todos—; ¡bah; que se fastidie!...

Hasta que un viajero, más piadoso, le llamó con la mano y le señaló un asiento desocupado junto al suyo. El señor de la barbita recortada “a la francesa” agradeció la indicación, y para demostrarlo usó de expresivas zalemas. Inmediatamente distribuyó su equipaje en las redecillas, y, por señas, emprendió la parla con su amparador, que era mozo embigotado y de buen pergeño.

—¡Otro mudo!—pensé asombrado—: ¡también es casualidad! ¡Nunca había visto mudos y, de repente, conozco tres!...

Por la manera con que eran mirados comprendí que mis pasajeros estaban casi tan sorprendidos como yo. Entretanto los dos sigilosos interlocutores parecían encantados de hallarse reunidos y de hablar en un idioma que nadie entendía, y mutuamente se arrebataban la palabra, si no de los labios, sí de los dedos. No necesito decir que sus guiños y musarañas me eran totalmente intraducibles, mas no lo necesitaba, pues cuanto iban pensando de manera rectilínea y diáfana llegaba a mí, sílaba a sílaba. Su conversación era vulgar: ese diálogo vacío, desjugado, con que todas las personas, para mostrarse sociables y bien educadas, se importunan mutuamente en los viajes.

—¿Dónde va usted?

—A La Coruña.

—Lo celebro mucho: yo, también.

—Hay demasiado público; vamos a descansar mal.

—Sí; desgraciadamente somos muchos. ¿Usted duerme en el tren?

—Muy poco: de madrugada, únicamente.

—Como yo. ¡Es un asunto exclusivamente nervioso! Empiezo a pensar en que el interventor vendrá a despertarme, y ya me es imposible cerrar los párpados...

Una tregua. El señor de la barbita se cree obligado a ofrecer al joven del bigote un cigarrillo, aquél acepta y con motivo de estas recíprocas atenciones ambos se prodigan a porfía zalemas amables: sus labios y sus ojos sonríen, probablemente sus dedos sonríen también...

Ha transcurrido más de una hora, y llegamos a El Escorial, donde recogemos un viajero: un señor delgadito, pálido, de bigote canoso, que sube a mí. Creo conocerle. Al pasar ante el departamento donde van los dos mudos, exclama campechano:

—¡Salud, don Andrés!...

El caballero de la barbita negra y puntiaguda vuelve la cabeza, y responde:

—¡Don Juan, usted por aquí!...

Vivamente corre a estrechar la mano del aparecido. Los circunstantes están asombrados, y el joven del elegante pergeño más que nadie. La sorpresa le ha ensanchado los ojos: parece atento; parece escuchar; tiene la expresión iluminada de la persona que acecha detrás de una puerta...

—¿Va usted bien colocado?—inquiere don Juan.

—No—replica don Andrés—; he tenido la desgracia de ir a caer junto a un pobre sordomudo que no cesa de aburrirme con tonterías...

Todos los presentes sueltan la carcajada. Alguien pregunta:

—¿Pero usted no es mudo?...

Don Andrés también rie:

—¡No!—exclama un tanto despectivamente—; poco a poco: ¡yo, qué he de ser mudo!...

A su vez el joven del bigote, algo turbado por la cólera, exclama:

—¡Es que yo tampoco soy mudo, señor mío!

Nadie responde; entre mis huéspedes ha circulado una corriente de pánico; callan todos. Don Juan no comprende lo que ocurre, y ahora es a don Andrés a quien se le desorbitan los ojos y se le cae el labio. El joven del bigote, por momentos más airado y dueño de sí mismo, prosigue retador:

—En cuanto a eso de decir que yo le cuento a usted tonterías... ¡no se lo tolero!...

El señor de la barbita vacila, quiere retirar aquellas palabras que indudablemente son ofensivas, y su amigo don Juan y los demás viajeros intervienen en su favor calurosamente. Ante tal unanimidad de opiniones conciliadoras, el provocador amaina, la prudencia de unos y otros pone templanza en sus palabras, y al cabo llega el momento de las explicaciones pacifistas.

—Yo—dice don Andrés—sé hablar magistralmente con las manos, y a la estación había venido a despedirme un amigo, mudo de nacimiento.

—Y yo—interrumpió el joven embigotado—, que también conozco perfectamente el alfabeto mímico, al verle a usted hablar por señas, pensé: “Este señor es mudo.” Y así le llamé a usted con un gesto.

—¡Y yo creí que usted era mudo!—exclamó don Andrés.

—¡Estamos iguales!... Por lo demás, si no es de naderías, ¿de qué pueden conversar dos personas que no se conocen?...

Dicho esto, don Andrés y su colocutor diéronse las manos, y los espectadores del pintoresco lance comenzaron a reir y a glosarlo festivamente, con cuyas zumbas hiciéronme pasar un rato amenísimo. Luego, mientras descansábamos en Avila, le referí a Dos-Caras todo lo ocurrido, y tanta gracia le hizo, que a la mañana siguiente reía aún.

En Valladolid recogí a don Rodrigo y a Raquel, y apenas les tuve cerca, cuando me parecieron cambiados y como envejecidos; particularmente a él le hallé decaído, marchito, cual si una gran pena—los dolores pesan más que los años—le oprimiese.

Acomodáronse cerca el uno del otro, y en sus palabras y en las atenciones con que se agasajaban había dulzura; pero una dulzura triste, en la que un pensamiento severo y escondido diluía su amargor. Pronto comprendí que el hombre sufría de mal de celos: lo decían sus ojos, lo declaraban sobre todo sus manos, que, a ratos, apretujaban las de su compañera con arranques más de odio que de amor; un odio que la inquietud de separarse de ella encendía. Suavemente, como con lástima, Raquel preguntó:

—¿Qué tienes?...

El no contestó. Ella se le acercó más aún, lagotera, procurando sentir mejor el contacto de su hombro; pero su ternura envolvía algo de superioridad compasiva, tal vez un poquito—¡oh, muy poco!—de ironía, porque ella era la más fuerte, y únicamente los fuertes ríen bien.

Echándole el aliento de sus palabras al rostro, repitió:

—¿Qué tienes?... Háblame...

A su vez don Rodrigo la miró a los ojos y, nervioso, comenzó a retorcerse el bigote; sus dedos huesudos temblaban ligeramente. Bien se adivinaba que luchaba contra la fiera de su corazón.

—¿Por dónde empezaría la explicación de lo que tengo?—murmuró—. ¿La crees tarea fácil? Necesitaría hablarte de todo nuestro amor, puesto que el minuto presente es la suma, la síntesis, de estos tres años en que la única razón de mi vida fuiste tú. Sólo puedo jurarte lo siguiente: que cuando, al principio de conocernos, te quería poco, era feliz; que luego, al quererte más, mi felicidad aumentó; y que hoy, que te adoro, hoy que este cariño desborda de mi corazón, soy infinitamente desgraciado. ¿Comprendes esto?

Raquel callaba, oía; acaso en su atención hubo, durante una fracción de segundo, un ramalazo de miedo. Don Rodrigo prosiguió, siempre en voz muy tenue, y con aquella conquistadora exaltación lírica que aclaraba el bronce de su cara y le aceraba los ojos:

—En El anillo de los Nibelungos—¿te acuerdas?... lo vimos juntos—Venus dice a Tanhauser: “¡Nunca lograrás el reposo, ni alcanzarás la salvación! ¡Vuelve a mí, si buscas la paz! ¡Si buscas la salvación, vuelve a mí!...” Pero la diosa mentía; ¡dos veces mintió!... El alma no descansa en el amor; nuestra alma no se satisface con lo que tiene, por inmenso que sea; quiere lo que no tiene, busca lo que no ve...; y en eso, que “no ve”, están el demonio del presentimiento y los gusanos de la sospecha; nuestra pobre alma tiene su infierno en “lo que no ve”, porque las llamas de ese infierno abrasan y no alumbran.

Se interrumpió; temía ser indiscreto, descubrirse demasiado...

—¿A qué seguir?—exclamó—; ¿a qué hablarte de esto cuando, si tú llegases a penetrarte de la infinitud de mi amor, sin darte cuenta y como “empachada” de tanto cariño, irías cesando de quererme?...

Continuó hablando, pero a poco calló por figurársele que ella tenía sueño, y su silencio pobló su espíritu de nuevos fulgores. En el alma mansa y adormecida de Raquel yo no leía nada; en ella, pensamientos y deseos eran confusos; parecía un viejo manuscrito medio borrado. En cambio, el espíritu de don Rodrigo vibraba magnéticamente, sus ideas fulgían, una a una, con abrasadoras letras, y era imposible no verlas.

El hombre desconfiaba de su compañera: su inquietud no respondía a ninguna delación, ni se afirmaba sobre determinado indicio: aquella mujer le testimoniaba a diario su cariño, su solicitud vigilante y útil, su adhesión sin tibiezas; y, no obstante, recelaba de ella. Su tortura, como otras veces, al par que me hacía sufrir me admiraba.

—Algo esconde que no sabré nunca—meditaba—; es decir, hay en ella algo que quizás no esté escondido, pero que yo no veo. Si me dijesen: “Esa mujer es capaz de robar.” Diría: “Mentira.” Si me dijesen: “Esa mujer habla mal de ti.” Diría: “Mentira.” Pero si me dijesen: “Esa mujer te engaña...” No sabría qué responder. ¡He ahí mi suplicio! ¡Ah!... ¡Si yo pudiera mirar dentro de su conciencia, como miro su piel blanca!... ¡Pero ese milagro nunca se producirá!... En el abrazo supremo, todas las partes de los cuerpos enlazados coinciden: las frentes, los ojos, las bocas... Los corazones, no; éstos laten cada uno por un lado; la naturaleza no quiso que, ni aun en ese instante divino, las almas estuviesen juntas...

Prosiguió su indagatoria:

—No es posible que ella me quiera ciegamente, “por instinto”, como yo entiendo que quiere el verdadero amor. El amor es una descentración del espíritu, una enfermedad. Muchas veces el enfermo se dice: “Este amor no me conviene; debo desecharlo”... Y, en el mismo instante, siente recrudecerse más su cariño. Yo, desgraciadamente, soy de ésos. Pero Raquel, no; Raquel es demasiado inteligente, demasiado equilibrada, para entregarse así. El amor—ya lo dije antes—es ceguera, y en el cerebro de esa criatura hay excesiva claridad. La he observado bien; lo subconsciente significa en ella muy poco: su voluntad es razonada, su fantasía también lo es; ¡hasta su memoria, en la cual cada recuerdo, como los vocablos en los diccionarios, está en su sitio! Su razón, de consiguiente, ocupa y esclarece toda su alma; y el instinto es fotófobo, porque la luz lo mata... Entonces, ¿por qué esta mujer me quiere tanto?... O, de otro modo: ¿por qué, si verdaderamente no me quiere, con tanto empeño procura mostrárseme transida y cegada de amor?... Arbitrariamente no es, porque los nardos del capricho jamás florecieron en su jardín; luego su pasión ha de ser reflexiva, cimentada...

Al llegar a este punto, el apretado soliloquio parecía deshilacharse; don Rodrigo se extraviaba; comenzó su meditación partiendo del supuesto que el amor no razona, y tras mucho discurrir sacaba en limpio que Raquel le quería “porque razonaba”... Y apenas se sorprendió en flagrante delito de alogia, cuando obligó a su pensamiento a cambiar de rumbo. De pronto le pareció—¡cuántas veces le había parecido lo mismo!—que empezaba a comprender. Raquel se esmeraba en ofrecerle un gran amor, no para engañarle, sino por el solo dilecto deseo de realizar una obra de belleza, ya que un perfecto amor es lo único absolutamente artístico que existe. Ella amaba por estetismo, porque es bonito amar, mas no por hallarse prendada positivamente de la persona que la servía para hacer “obra de amor”, como el escultor puede gastar entera su vida en pulir y hermosear una estatua sin hallarse enamorado de ella. El amor es el Ideal, el dios colocado muy por encima del icono que lo representa. Amar infinitamente es acercarse a los héroes, sobresalir, porque sólo los elegidos, los “excepcionales”, son capaces de ser amados y de amar hasta la perdición. Decir: “Yo amo y sé hacerme amar con frenesí”, es más que decir: “Yo poseo toda la sabiduría o todo el oro de los hombres”. Amar es predicar armonía, repartir alegría; “hacer arte”, en fin...

—Lo que muchos inferiores realizan por instinto—continuaba discurriendo don Rodrigo—lo consigue Raquel con su superior inteligencia. Lo que otros pintan o escriben, ella lo vive. Yo acerté a cortejarla cuando su corazón sentía la necesidad de “producir belleza”, y materializó en mí su aspiración; otro hombre hubiese pasado entonces, y habría sido lo mismo; lo único que no hicieron los demás y yo sí, fué pasar a tiempo. ¿De qué asombrarnos, cuando en la inteligencia residen todas las capacidades del alma?... Un hombre valiente arrostra la muerte tranquilo, sin esfuerzo y sólo por la natural anchura de su corazón; y un cobarde inteligente verifica igual proeza por reflexión, para imponerse a la admiración de las muchedumbres con el ejemplo de una muerte heroica. El hombre no nació para volar, y vuela, sin embargo, porque su inteligencia le dió alas; no nació para nadar bajo el agua, y su inteligencia, no obstante, le permite hacerlo; y así y por razones parecidas, una persona puede no amar, y con su esclarecida inteligencia crear un amor...

No dijo más, y en la penumbra del departamento su rostro aguileño se me antojó demacrado, apagado, por una indefinible expresión de despedida. Luego cruzó las manos, como si orase, apoyó una mejilla sobre la cabeza de Raquel, y se quedó dormido.

Una semana después don Rodrigo regresó a Valladolid, y extrañé que su amada no fuese a despedirle.

—Estará enferma—pensé.

El me pareció más delgado y de peor color. Su nerviosidad se había exasperado: mientras el tren corría, don Rodrigo sufría considerando cómo aumentaba la distancia que le separaba de Raquel; cuando nos deteníamos en alguna estación su tortura se interrumpía; pero apenas emprendíamos la marcha nuevamente, su suplicio se reanudaba.

Durante aquel verano hizo cinco viajes, lo menos, a La Coruña, y cuando reaparecía en el andén de la estación gallega, siempre iba solo. Raquel ya no le acompañaba. Una mañana llegó a La Coruña, y el mismo día regresó a Valladolid. No llevaba equipaje, y entre sus cejas distinguí un pliegue obscuro, de mal agüero. Aquel hombre se parecía exteriormente al don Rodrigo que yo conocía, pero interiormente era otro.

Mientras rodábamos comuniqué a Dos-Caras cuanto había visto y observado en las relaciones de sus antiguos clientes. El veterano vagón tardó en responder.

—No sé—dijo—lo que pueda separarles; pero yo te aseguro que, de los dos, uno acaba mal.

—¿Por qué?

—Porque las mujeres desconocen la gravedad de los celos: para ellas las infidelidades no tienen importancia, acaso porque—allá en lo más íntimo—creen que su posesión, que los hombres tanto celebran, vale poco. Pero ellos piensan de opuesta manera, y los celos han matado más gente que los ferrocarriles.

Tras unos momentos de silencio, añadió:

—Dime la verdad, Cabal: y conste que no lo pregunto por curiosidad vana, sino para mejor orientarnos en el asunto que nos interesa: ¿tú te has manchado de sangre alguna vez?

—Sí.

—¿Por fuera o por dentro?

—Por dentro y por fuera.

Le referí el suicidio de aquel desconocido que se arrojó al paso de mi “expreso” entre la estación de Viana y el puente sobre el Duero, y la tragedia de los ladrones franceses, cerca de Burgos.

—Lo más grave, lo que decide de tu sino—replicó reposadamente Dos-Caras—, es lo del suicidio. ¿Qué edad tendrías cuando te ensangrentaste las ruedas?

—Probablemente menos de ocho años.

—¡Temprano se acercó la muerte a ti!...

Hablaba con énfasis de arúspice, y como yo le moliese a interrogaciones, agregó, sibilino:

—La sangre atrae la sangre, y yo veo en ti una jettatura de drama. Algún gato negro, cuando te construían, debió de aojarte. ¡Quisiera equivocarme, pero creo que de más de un crimen vas a ser testigo!...

Concluyó:

—Ahora es cuando afirmo que ese don Rodrigo no muere en su cama: le has comunicado tu maleficio.

Callé, no porque las palabras de mi compañero me hubiesen amedrentado, sino por considerarlas vacías de sentido. “Este badulaque—pensé—no concibe que los viajeros me prefieran a él y quiere vengarse de algún modo.” Desgraciadamente, a fines de aquel mismo año, los hechos que pusieron mi vida en desesperado peligro me demostraron que Dos-Caras, fuese por casualidad, o porque verdaderamente lo adornase el don profético, había hablado bien.

Salimos de la Corte en Nochebuena, con pasaje escaso—los ocupantes del convoy no llegarían a sesenta—y con un cielo transparente, magníficamente estrellado. La helada era terrible; ese aire de Madrid que, según un adagio muy cierto, “mata a un hombre y no apaga un candil”, parecía clavarnos en cada poro una aguja de cristal, y antes de una hora nuestras imperiales griseaban metálicamente bajo la luna, como cubiertas de azúcar cande. Ya en las alturas de Robledo de Chavela el tiempo cambió; escondióse la luna y la neblina nos escamoteó la alegría de faro de las estrellas. Desentumecióse el viento, el terrible enemigo, y nos sentimos envueltos en una turbonada de granizo, lluvia y humo, que nos ensució impíamente. Minutos después, la atmósfera volvió a despejarse un poco, y sobre el talud de un monte riscoso, como apoyada en él, reapareció la luna. Inmediatamente el espacio tornó a anubarrarse, y cuando entrábamos en Avila empezó a nevar. Tras los muros de la vieja ciudad resonaban voces de borrachos, alboroto de panderetas y roncar bárbaro de zambombas, que esparcían una vaga tristeza por los ámbitos lóbregos y mudos de la estación. Nacido para la vida errante, jamás he comprendido esas fiestas que oigo denominar “familiares”, y en las que son obligatorios los ruidos desapacibles y la embriaguez. Contribuía a malhumorarme la circunstancia de ser la unidad postrera del “correo”, por lo que la calefacción llegaba a mí muy debilitada. Dos-Caras me precedía, y me seguía un furgón; no podía ir peor situado.

Hostigado por el frío, Dos-Caras refunfuñaba:

—Los jefes de tren no se cuidan de su obligación: si cumpliesen con ella y se ocuparan del bienestar de los viajeros, ¿cómo permitirían que tú y yo, los dos coches mejores, fuésemos a la cola?... ¡Pensar que “los terceras” van más abrigados que nosotros!... ¡Eso es injusto!... ¿Qué asientos se pagan más caros? Los nuestros. ¿Qué vagones rinden más dinero a la Compañía? Los nuestros. De consiguiente, para nosotros deben reservarse los sitios mejores del convoy.

Me eché a reir.

—Respecto a que nosotros ganemos más dinero que “los terceras”—dije—habría mucho que hablar, pues bien sabes que la mayoría de nuestros inquilinos viajan de balde.

—Bien, sí—tartamudeó Dos-Caras—; pero eso no importa.

—Pienso como tú.

—No confundamos la utilidad de los hombres con su aristocracia. No reclamo gollerías: pido únicamente ser tratado con las consideraciones debidas a las unidades de nuestra categoría. Un tren es una imitación de la sociedad: la locomotora simboliza el Poder Público; “las terceras” son el pueblo; “las segundas”, la clase media; nosotros, la nobleza. “Las terceras” y “las segundas” deben trabajar para nosotros y vanagloriarse de nuestro lujo. La aristocracia—especialmente en los tiempos actuales—no aprovecha para nada, o sirve de muy poco, y, sin embargo, en el convoy de la vida es “la primera”; siempre fué así...

Continuamos platicando, y como nada abrevia tanto los caminos como un razonado charlar, de pronto nos percatábamos de que habíamos dejado atrás la estación de El Pinar, y que las luces que teníamos enfrente eran las de Valladolid. En el andén sólo había un viajero, don Rodrigo; el cual, como si hubiera estado aguardándome, no bien me vió, trepó a mí y se acomodó en el primer departamento que halló vacío. Acompañábase de un pequeño maletín de mano, que dejó sobre un asiento. Le examiné sondeándole. Su aspecto no había variado; pero su espíritu ardía de tal modo que, para no perder nada de lo que en él ocurriese, corté mi conversación con Dos-Caras. El alma de don Rodrigo era algo impermeable y rectilíneo: la memoria, la imaginación, la razón, habían desaparecido: de las cuatro grandes facultades que fijan los cuatro puntos cardinales del horizonte mental, sólo quedaba una: la voluntad; mas no como potencia susceptible de discernimiento, sino rígida y mudada en inexorable deseo. El alma, “toda el alma” de don Rodrigo, era una voluntad; o, mejor dicho, un fanatismo, un propósito: el propósito de asesinar a Raquel. Apenas se acercó a mí, leí su intención; y ya no pude leer más, porque en su corazón no había más...

Después que el interventor se hubo marchado, don Rodrigo sacó de sus bolsillos un puñal y una pistola. La punta, triangular y rutilante, de aquél la probó apoyándola en la palma de su mano izquierda; una gotita de sangre brotó en seguida. Satisfecho, guardó el arma, después de frotarla pulcramente con un pañuelo. Esta idea cruel le cruzó la frente: “Tú llegarás al fondo de su corazón: adonde yo no supe llegar”... Seguidamente desarmó la pistola, que era una Browning de las mayores: la desmontó, y examinó y limpió sus piezas una a una. Extrajo las balas del cargador, y volvió a restituirlas a su sitio parsimoniosamente, mientras pensaba: “Esta será la que me dé la paz; y si no es ésta será la otra, o la otra... Alguna ha de ser la que me libre... porque toda bala tiene algo de llave”...

Empezó a meditar con la cabeza echada hacia atrás, contra el respaldo; y tenía los ojos extrañamente abiertos, cual si aquellas reflexiones estuviesen escritas delante de él sobre algún lienzo...

—Lo que ese amigo anónimo me ha dicho, yo lo sospechaba... ¡casi lo sabía!... y, sin embargo, ¡cuánto daño me ha hecho!... ¿Tengo derecho a matar a Raquel?... Sí, porque yo no la quiero matar para vengarme de ella, sino para descansar de su amor: la mato porque la quiero demasiado y su amor me mata. ¡Dios mío!... ¡Qué feliz viviría yo si la quisiese menos!... De modo que yo, al asesinarla, lo haré serenamente, con la tranquilidad de quien, para salir de una habitación, abre una puerta. Después, si no pudiese suicidarme, me prenderían, me encerrarían en un calabozo... ¡Es igual!... Si ya no había de volver a verla, ¿para qué necesitaba la libertad?...

De su cartera sacó un telegrama, que leyó atentamente. Decía:

“Seguridad de verte mañana, devuélveme alegría. Te esperaré estación. Te adoro. Raquel”.

Don Rodrigo suspiró; quedóse callado, sin pensar, como idiota. En seguida reanudó su discurso:

—¡Me adora, dice!... Es cierto. Yo sé que me quiere, y, a pesar de quererme, la maldita quiere a otro. O, acaso sólo a mí quiere, lo que no la impide entregarse a otro amor. ¡Ella no miente! Su corazón es mío; el engañado es mi rival, porque ella no le quiere... Pero, si me quiere tanto, ¿cómo puede seguir a quien no quiere? ¿Cuál es la lógica de este absurdo?...

Violentamente se abalanzó sobre el maletín, del que sacó ocho o diez gruesos paquetes de cartas, atados con balduques.

—¡Las había olvidado!—murmuró—; ¡oh, qué ligereza! Es necesario destruirlas en seguida; no permito que nadie las lea: son suyas, son sagradas... ¡porque son suyas!...

Empezó a romperlas en sentido perpendicular a los renglones, para mejor desfigurar lo escrito; en esta tarea, a la que se aplicó ahincadamente, invirtió cerca de una hora; las cartas eran muchas; yo conté más de seiscientas, de las cuales las más pequeñas ocupaban dos y tres pliegos. También despedazó varios centenares de telefonemas. Y cuando todo estuvo reducido a trizas, abrió una ventanilla, se llenó ambas manos con aquellos pedacitos de papel, calientes como cenizas, en que una mano de mujer, día por día, fué escribiendo la biografía de su corazón, y los arrojó al espacio negro. Después lanzó otro puñado, y luego otro... y otro... En seguida se asomó a la ventana, y vió que la mayoría de aquellos trocitos de papel, atraídos por el vacío que la marcha del tren dejaba en pos de sí, volaban como ágiles mariposas blancas, detrás del convoy; parecían seguirle, acosarle, con la obstinación de los recuerdos; parecían vivir, y su ansiedad humana acongojó al amante: en el primer momento aquellos pedazos de papel eran muchos; rápidamente su número disminuyó porque venían al suelo, como fatigados; algunos, que habían conseguido detenerse en los salientes del furgón, arrebatados por el viento se marcharon también con el dolor de las hojas secas. Todavía revolaba uno, sin embargo; el último, el más tenaz: subía, bajaba, volvía a subir... “—¿Por qué resiste tanto?—don Rodrigo pensaba—; ¿querrá decirme algo?... ¿Qué palabra de salvación habrá escrita en él?...” Y continuó observándolo, hasta que cayó. Volvió a mirar. Ya no quedaba ninguno, y la historia que hubo en ellos se desvaneció, tal que un perfume, en la extensión ingrata del campo; lo que nació en el calor de una alcoba, moría en el viento y en la nieve. Don Rodrigo, con deseos de llorar, volvió la cabeza y subió el cristal. La primera puñalada de aquel drama, había sido para él y la sentía en el corazón.

Como demostrase intenciones de dormir, reanudé mi diálogo con Dos-Caras, a quien referí cuanto acababa de observar.

—¿Y crees tú—repuso—que matará a Raquel en la estación?

—Estoy seguro, porque es un impulsivo terrible y no sabrá contenerse.

—¡Con tal—gruñó—que, al disparar, lo haga de espaldas a nosotros!... Me haría poca gracia que me agujereasen de un tiro...

Había cesado de nevar y, al salir de Astorga, la niebla era tan espesa que los coches apenas nos veíamos unos a otros. Imposible distinguir las señales que nos hacían los discos; lloviznaba. Caminábamos a menos de cuarenta kilómetros por hora, y frecuentemente La Triste nos sobrecogía el ánimo con sus silbidos dolorosos. Minutos antes de cruzar el río Porqueros se detuvo, empezó a pitar y al cabo siguió con extraordinaria lentitud. La noche era absolutamente negra; sabíamos—porque las ruedas nos lo decían—que repechábamos, y nada más.

Dos-Caras me habló.

—¿Cabal, tienes miedo?

Respondí la verdad:

—Sí, viejo: tengo miedo; ¿y tú?...

—También; más que tú, porque tengo mayor experiencia. Es probable que el loco de don Rodrigo nos haya traído la mala sombra.

—¿Tú crees en brujerías?

—Creo—replicó—en que nadie sabe lo que se esconde detrás de la muerte, y en que si hay un espíritu interesado en salvar a Raquel podía suceder que don Rodrigo no llegase a La Coruña...

Sus palabras misteriosas me atemorizaron, y guardé silencio; pero como saliésemos del túnel del Lazo sin novedad, sentí renacer mi buen ánimo. La niebla, sin embargo, no cedía; llevábamos cuarenta minutos de retraso, y La Triste mantenía su andar cauteloso, a pesar de que el camino, en cuesta abajo, invitaba a correr.

—¿Tienes miedo todavía?—pregunté a mi compañero.

—Más miedo que nunca—repuso—; pues cuando la locomotora silba tanto es porque el maquinista no ve y no está seguro del camino.

A poco de salir de Ponferrada, nuestra marcha aumentó, lo que juzgué buena señal.

—Tendrá prisa el maquinista en llegar a Toral de los Vados, en donde debemos cruzarnos con el tren de Villafranca del Bierzo—comentó Dos-Caras.

En tal instante oímos varios silbidos, que parecían responder a los de La Triste, y en aquel silbar lejano había una angustia inolvidable.

—¡Un tren!—grité—¡Viene un tren!...

—El de Villafranca—gimió Dos-Caras.

—¿Vamos a chocar?... ¿Crees que vamos a chocar?...

No oí la contestación de mi compañero; un estremecimiento instantáneo y formidable recorrió el convoy, y los frenos inmovilizaron nuestras ruedas. La detención fué tan rápida, que, según me dijeron más tarde, la pirámide de carbón del ténder se fué hacia adelante, aplastando al maquinista y al fogonero. Pero el sacrificio de aquellos dos valientes no impidió la catástrofe. ¿Cómo describirla, si no la vi?... El choque de las locomotoras fué tan ingente, que quedaron empotradas la una en la otra, y al embestirse lo hicieron tan de frente que no llegaron a descarrilar. De nuestro convoy los tres primeros vagones quedaron reducidos a astillas; otros dos sufrieron gravísimos magullamientos, y Dos-Caras, aterrado por el ruido del encuentro, que sonó entre aquellas montañas con el estrépito de veinte cañones disparados a un tiempo, se desvaneció. Yo sufrí una terrible sacudida y perdí todos mis cristales; también se me desconcertaron las puertas, el depósito del agua y los tubos de la calefacción. Los equipajes rodaron por el suelo, y algunos saltaron de una redecilla a otra. Cuando, pasados los primeros instantes de pánico, comprendí que estaba salvo y pude mirar dentro de mí mismo, vi el cadáver de don Rodrigo tendido en medio del corredor, con la frente rota... Había chocado conmigo, y yo le había matado.

—He salvado a Raquel—pensé.

XVII

Este hecho señala en mi biografía un nuevo rumbo importante. Al siguiente día de la catástrofe, en la que hubo cinco personas muertas y más de treinta heridas, una máquina que en socorro nuestro enviaron de León, me trasladó, juntamente con Dos-Caras y otros compañeros que conservaban sus rodajes sanos, a los talleres de Valladolid, ante los cuales y a la intemperie estacionamos varias semanas, en tanto llegaba nuestro momento de ser reparados. Yo recordaba haber visto años atrás, en aquel sitio, una ringlera de coches enfermos; yo, que era mozo sólido, los miré con desdén; parecíame imposible descender a semejante postración; y ahora, al hallarme postrado como ellos, comprendí que el plano descendente de mi vida empezaba.

En los quince días que duró mi convalecencia, mis curanderos—carpinteros, fontaneros, cristaleros, ebanistas, electricistas, tapiceros, etc.—infligiéronme crueles padecimientos. Las averías y goteras de mi salud eran harto más serias de lo que yo imaginaba; el choque había sido formidable, y aquel bárbaro esfuerzo con que, a la vez, todas las unidades del convoy quisieron meterse, y como enchufarse, unas en otras, tundió todo mi cuerpo. En un instante quedé magullado, macerado, pero yo no lo sabía: los dolores empezaron después: me molestaban los flancos, el piso, la techumbre; particularmente las heridas de los balazos que recibí en el asalto del expreso de Hendaya, se habían abierto con el furibundo golpazo y me hacían sufrir bastante. A estos dolores localizados, añadíanse otros indecisos, generales y profundos, que por su misma vaguedad la cirugía de taller no podía combatir. Yo escuchaba discurrir a los carpinteros: unos decían que si mi armazón padeció tanto fué porque mi maderamen, cortado antes de sazón, presentaba hendeduras que disminuían su resistencia; el más viejo aseguraba que el lugar menos firme de mi individuo era el comedio del costado correspondiente al pasillo, y que motivaban tal debilidad varias rodaduras de mi tablazón; enfermedad gravísima que nace en el tronco del árbol y proviene de no haberse soldado completamente la capa de madera de un año con la del año anterior. Estas explicaciones me descubrieron que cierto vago desasosiego que de cuando en cuando me afligía y que yo traía observado se agravaba con la humedad, no provenía de un error de construcción, sino de mí mismo, de aquellos viejos árboles que me dieron el ser, y era, de consiguiente, algo así como una mala herencia.

Como en los días de mi nacimiento, mis manejadores volvieron a clavarme, a cepillarme, a ajustar mis ensambladuras, a oprimir mis tornillos, a corregir mis abolladuras a golpe de martillo: enderezaron los tubos de la calefacción, forraron de nuevo mis asientos, aseguraron las redecillas para equipajes, revistieron el cuarto-tocador, cuyos azulejos el choque había reducido a añicos; cubrieron mi tránsito de linoleum, y una vez bien bruñido, limpio y con los herrajes relucientes, volví a la circulación. Al salir del taller, mi cristalería y todo mi cuerpo, perfectamente barnizado de un color verdeobscuro, refulgía al sol. Mis camaradas me felicitaban.

—Sea enhorabuena—decían—; estás mejor que antes, más joven...

—¡Buen viaje, Cabal!—me gritó Dos-Caras, a quien sus reparadores aún no habían dado “de alta”.

Yo iba contento, aunque no tanto como en la “primera mañana” de mi historia: ahora ya era un buen galán experto, pintado, retocado, maquillado como un viejo verde; conocía a los hombres, y estaba cierto de que nada nuevo iban a enseñarme; mi regocijo no era la limpia, la inocente “alegría de vivir”, sino la vulgar “costumbre de vivir”. Además, me preocupaba aquel maleficio rojo que, según Dos-Caras, actuaba sobre mí. “La sangre llama a la sangre”—había asegurado el viejo compañero; y la Muerte, que me visitó cuatro veces en menos de veinte años, podía volver...

De Valladolid me rodaron hasta Madrid, donde estuve olvidado varios días, y luego me agregaron al “rápido” de Asturias en substitución de un “primera”, que, sin gloria, hallábase “de maniobras”, descarriló y se partió un eje. Este regreso a mis antiguos días de esplendor me causó gran satisfacción; equivalía a haber resucitado. Durante los siete u ocho años que formé en el correo de Galicia, donde los vagones no se comunicaban, mis fuelles estuvieron inactivos; yo los sentía anquilosarse poco a poco en la ociosidad, y eran para mí como esos muebles de lujo que hablan a sus dueños arruinados de un pretérito mejor. Al usarlos de nuevo, al apreciar cómo su esfuerzo me acercaba y ligaba a mis camaradas, el orgullo de clase tornó a cosquillearme: los “correos”, como los “mixtos”, son convoyes heterogéneos, trenes de acarreo, a quienes la mezcla de categorías sociales desposee de unidad; en ellos los vagones, aunque rueden juntos, no pueden hallarse verdaderamente unidos, porque se desprecian o se odian entre sí, como sus viajeros; mientras los “expresos” y los “rápidos”, cuyos coches tienen dimensiones iguales y peso análogo, trepidan menos, corren y frenan mejor, y representan un núcleo, una casta.

Sobre la línea de Asturias trabajé dos meses; lo suficiente para conocer la imponente hermosura selvática del Puerto de Pajares, que, desde Busdongo, donde empieza el célebre túnel de La Perruca, a la estación de Puente de los Fierros, es, según dictamen de muchos viajeros, uno de los parajes más bravos, ariscos y maravillosamente accidentados del mundo.

Cierta mañana, a poco de regresar a Madrid, supe que los guardavías tenían recibidas órdenes de trasladar todas las “primeras” del “rápido” asturiano a una vía de descarga. ¿Por qué? Ni mis compañeros ni yo sospechábamos el motivo de tal resolución. A la mañana siguiente, a la hora acostumbrada, vimos partir el “rápido”, que había sido “nuestro”, provisto de unidades nuevas, y con la pena de no marchar sufrimos la vergüenza de la preterición. A nosotros, veteranos del camino, se nos posponía a aquellos coches bisoños, probablemente mal construídos. Transcurrieron varios días; unos días de septiembre, lloviznosos y tristes, que agravaban nuestra pesadumbre. Nos sentíamos despedidos; estábamos cesantes. Pasó otra semana. Y, entretanto, el sempiterno ir y venir de los trenes, el traqueteo animador de las locomotoras resoplantes, el parlar misterioso de los discos, toda aquella enfebrecida existencia de estación, en fin, junto a la cual nuestra inmovilidad parecía aún más trágica.

Al cabo, una tarde recibimos la visita de tres señores, muy apersonados y de muy tacaña conversación, que iban a examinarnos; y por lo que hablaron supimos que la Compañía de ferrocarriles del Norte vendía doscientos vagones a la Compañía Madrid-Zaragoza-Alicante, y que en el lote figurábamos nosotros. Al reconocerme—y lo hizo con severa escrupulosidad—uno de aquellos caballeros exclamó:

—¡Este coche no parece malo!

El señor a quien dirigía la observación repuso:

—Lo repararon hace poco: puede decirse que está nuevo.

Reflexiones ambas que me entristecieron y ofendieron con la compasión que demostraban hacia mí. Mis examinadores, al justipreciarme, lo hacían recordando mis años de servicio, como convencidos de que no en mi presente, sino en mi propia historia, estaba mi mayor éxito. Respecto de esto no me era posible dudar, pues cuando de algún individuo u objeto decimos que “no parece malo”, es que tampoco lo juzgamos bueno. Fuimos aceptados, sin embargo, mis compañeros y yo, y otra mañana una máquina-piloto tiró de nosotros y, circunvalando la capital por líneas que jamás habíamos visto, nos dejó cerca de la estación del Mediodía, en un sitio desde el cual divisábamos la parte superior de un hermoso edificio, que más tarde supe era el Ministerio de Fomento.

Este cambio contrarió a todos mis camaradas, menos a mí. Realmente mi juventud más tenía de simulada que de real: el accidente de Toral de los Vados me había modificado: a intervalos experimentaba, aquí y allá, dolores profundos, y en las grandes velocidades mis vargueros gemían. A mí, antes tan sólido, tan callado, ahora todo me hacía suspirar: a veces era un eje lo que se quejaba, otras el marco de una puerta; en aquella parte, especialmente, donde mis últimos carpinteros habían creído sorprender varias rodaduras, mis maderas, no bien se recalentaban con el movimiento, producían un quejido monótono, fino, casi musical; algo parecido a ese “soplo” que los médicos escuchan en los corazones gastados. Era evidente que el reuma, el seguro enemigo de los organismos que empiezan a cansarse, iba infiltrándose en mí; las lluvias, y más aún la escarcha, me dañaban, así como los caminos en cuesta, que, desnivelándome, imponían a mis paredes un esfuerzo mayor; por todo lo cual me holgué de verme destinado al Mediodía, donde la llanura del terreno suaviza el trabajo, y el sol calienta con mejor ahinco, y el aire es más seco.

—Cualquiera de las líneas que llevan a Andalucía o a las regiones levantinas—pensé—será cordial para mí como una estación de invierno.

Grande fué mi alegría al verme añadido al expreso de Sevilla, que salía de Madrid a las ocho y veinte de la noche. Por la mañana—y como para borrar mi pasado—, dos hombres se ocuparon en substituir la mayoría de los anuncios y paisajes que exornaban mi corredor por otros correspondientes a la región Sur. A las bebidas espumosas del Norte, sucedieron los vinos de Jerez y de Málaga, y las fotografías de San Sebastián, Bilbao, La Coruña y Gijón, fueron reemplazadas por otras flamantes de Sevilla, de Granada y de Córdoba. Yo estaba inquieto y alegre, así por la novedad del camino, como por la curiosidad de conocer a mis compañeros de ruta.

A media tarde fuí colocado en el tercer lugar del convoy, empezando a contar por la cabeza. Detrás del primer furgón iba un “primera”, a quien, por hacer justicia a su color, llamaban El Negro; luego, yo; y a mi zaga otro “primera”, muy fachendoso y contento de sí, apodado El Majo, y que disfrutaba fama de matón, porque una vez, yendo de maniobras con la máquina, embistió contra dos “terceras” abandonados en una vía, y los descarriló. Tenía unos topes bruñidos y poderosos, hablaba campanudamente y con señalado ceceo andaluz, y gloriábase de poseer un peso neto de treinta y ocho toneladas. Estas circunstancias le erigieron en jaque del expreso, y todos, hasta los mismos coches-camas, le testimoniaban respeto.

Mientras llegaba la hora de partir, mis camaradas me dijeron sus nombres y quisieron, a su vez, saber quién yo era y de dónde venía. Sucintamente respondí a sus averiguaciones—pues nunca me gustó caminar de prisa en la amistad—; les manifesté haber servido cerca de nueve años en la línea de Hendaya, que más tarde pasé a la de La Coruña—callé que en un “correo”—y que después del choque de Toral de los Vados trabajé dos meses en la ruta de Asturias, de donde venía. Mi acento, marcadamente castellano, pero con inflexiones, a veces, gallegas y vascas, divertía a mis oyentes. Todos, para mirarme, adoptaban un empaque de superioridad; debí de parecerles desabrido, sencillote y hasta un poco tonto, quizás. Me sentí mal acompañado; aquellos majaderos se proponían amedrentarme para reir a mi costa; yo acababa de llegar y querían hacerme pagar la “novatada”; era algo de lo que—según muchas veces he oído contar—les sucede en las academias militares a los alumnos recién llegados.

—¡Buen chasco vais a llevaros!—meditaba yo.

Bruscamente, con su aire atropellador de perdonavidas, El Majo me interrogó:

—¿De dónde eres tú?

—¿Y tú?—repliqué en el mismo tono insolente.

—De Zaragoza.

—Yo nací en Saint-Denis.

—¿San... qué?...

—Saint-Denis—repetí.

—Franchute, entonces...

—No; franchute, no; francés. Y, desde que llegué a España, me llaman El Cabal, nombre que te explicará mi condición; y es que soy completo; o, lo que es igual: que, como nada me falta, nadie puede tener más que yo.

—Así debe ser—repuso El Majo.

Pero sentí que lo decía a regañadientes y que me guardaba rencor.

Habían dado la entrada en el andén a los viajeros de Andalucía; nuestros asientos comenzaron a ocuparse aceleradamente y las risas y voces del exuberante carácter meridional apresaron mi atención por completo. Nada sorprende tanto a los extranjeros, como este radical polifacetismo del alma española. Un viaje alrededor de España equivale a una excursión por cinco o seis países totalmente diversos. Cada región hispana tiene su carácter, su arquitectura, su música, sus bailes, sus trajes: los romanos no pudieron vencer a los cántabros, y vascos y astures—aunque muy distintos entre sí—conservan la sangre de los iberos primitivos; los gallegos son celtas; los andaluces y valencianos descienden de árabes; los godos, los francos y los fenicios, influyeron en Cataluña...; ¡y divierte observar cómo cada una de estas regiones proyecta en los andenes madrileños, a la hora de salida de sus respectivos trenes, una especie de aliento! Cada convoy es una prolongación de aquella provincia lejana que le impone su nombre, un reflejo de su alma. En el expreso de Hendaya, no obstante su cosmopolitismo, predominan las espaldas anchas y huesudas, las largas narices aguileñas, los pómulos descarnados y los ojos claros, de la raza vasca; los huéspedes de los convoyes galaicos y astures son hombres serios, prudentes y de trato a la vez respetuoso y cordial; se oye platicar en gallego y en bable mesuradamente, y suele haber para las mujeres que ambulan solas un respeto hidalgo. El Mediodía es más turbulento: en los expresos y correos que van a Barcelona—años después lo comprobé por mí mismo—sólo se habla catalán; en los de Valencia, valenciano, y andaluz en los de las líneas andaluzas. Por las noches, durante ese par de horas en que la mayoría de los trenes se va, cada una de las dos grandes estaciones ferroviarias de la Corte reasume el “plano moral” de media Península.

El buen humor español que, la verdad, nunca me pareció muy grande, es patrimonio exclusivo de las regiones frías: las provincias Vascongadas, Aragón, Galicia y Asturias son alegres: lo proclaman sus músicas, sus bailes, su inclinación a los deportes físicos, su potencia estomacal, y algo candoroso que preside los regocijos populares bajo las pomaradas norteñas. En cambio, Castilla, y más aún Andalucía—la vieja Vandalia—son tristes, como la llanura. El regocijo del andaluz es epidérmico; el andaluz se ríe con la piel; ríe por elegancia, por altruísmo, porque sabe que el dolor es desagradable; pero su carne, toda su carne sensual, es trágica. No incurramos en la vulgaridad, harto extendida, de confundir la alegría con la gracia. Un hombre puede ser muy gracioso y estar siempre muy triste, como aquel clown protagonista de un cuento célebre; o, por el contrario, hallarse de felicísimo humor y con muchas ganas de reir, y carecer absolutamente de gracia. Estos dos conceptos, no obstante su diversidad evidente, suelen enredarse en nuestro espíritu por obra de aquella costumbre—reflejo de nuestro egoísmo—que tenemos de creer a los demás en la misma disposición de ánimo que nosotros. Alguien, con sus donaires, pellizca nuestra hilaridad, y en el acto suponemos que también él se ríe; e, inversamente: calificaremos de triste a quien, por placentero que sea, no acierte a divertirnos. Así los andaluces, aunque en secreto lloren o se aburran, se nos antojan felices, pues poseen, como ningún otro pueblo de la tierra, el misterio de la buena risa. El contento es para ellos una especie de traje, y cada cual se esfuerza en comparecer mejor vestido que nadie: si éste triunfa con un dichete, aquél procurará acertar con dos: para el andaluz la gracia es la forma más usual de la filantropía. “A nuestro interlocutor—piensa—debo entretenerle, consolarle, ayudarle a olvidar sus penas, que más de una tendrá.” Al aludido le sucede lo propio, cada cual pone sobre su drama interior una pirueta, y así, del dolor secular—dolor de raza—de todos los andaluces, brota paradójicamente la eterna gracia proverbial de Andalucía.

Yo, en siete años que rodé por aquellas tierras inolvidables de Córdoba y de Sevilla, me divertí mucho con el inagotable picante humor de las charlas, la pimienta de las preguntas, la oportunidad traviesa—a veces corrosiva—de las réplicas, y toda aquella sal prodigada sin medida no bien la conversación se enciende.

La noche a que antes me refería—la de mi primer viaje a Sevilla—era una de las últimas de junio, y el mucho calor parecía desentumecer en todos el deseo de hablar. Peregrinaba con nosotros, rumbo a Cádiz, una compañía de comedias, y la mayoría de los actores se repartieron entre mis compartimientos y los del Negro. Todos, o casi todos, eran andaluces. La primera actriz, Matilde Manzano, a quien yo había llevado a San Sebastián y a La Coruña otros años, iba en el primer coche; el “galán joven”, cuyo nombre no pude saber porque sus camaradas le llamaban “Pedro Domecq” haciendo honor al mucho coñac que bebía, viajaba conmigo. Desde sus respectivas ventanillas, la Manzano y el comediante hablaban a gritos:

—¿Sabe usted a quién le dí un pellizco esta tarde?—decía él.

—A una gorda, sería.

—Se equivoca usted: a una flaca.

—¡Jesús, qué mal gusto!

—A Pilar Gil.

—No me diga usted dónde la pellizcó.

—Donde me pareció que tenía más carne.

—De todos modos llegaría usted al hueso en seguida.

—¿Que si llegué?... ¡Como que perdí la uña!...

El picante discreteo continuó. “Pedro Domecq” quería atraer a la actriz a su departamento; ella resistía y coqueteaba:

—Véngase usted aquí, criatura...

—¿Hay algún asiento desocupado?

—¿Pero usted cree que yo iba a ofrecerla un asiento, como a una vieja?

—¿Entonces, qué?

—Mis rodillas, que parecen hechas de plumas, por lo blandas.

—No me convienen.

—¿Iba usted a tener mucho calor?

—Demasiado frío, porque es usted muy fresco. Mejor voy aquí, y así no podrá usted negar después que ha venido siguiéndome toda la noche...

—No hay inconveniente, con tal de que en Cádiz se deje usted alcanzar.

Atajó el diálogo la aparición en el andén del empresario, que iba a despedir a su compañía. “Pedro Domecq” le interpeló en seguida, y por la confianza irreverente con que se trataban comprendí que eran amigos rancios:

—¿Qué quiere usted que le traiga de Sevilla, don Emilio?...

—Hombre... ¡qué sé yo!...

—Pida usted sin miedo, que con lo grandecita que tiene usted la boca ya puede hacerlo. ¡Venga! ¿Qué le traigo? ¿La Giralda?

—Como traer... me gustaría que trajeses un poquito más de gracia de la que te llevas.

—¡Eso es muy difícil!... ¿No le sería a usted igual que le trajese, para su uso particular, cien gramos, siquiera, de vergüenza?...

—¿Dónde ibas a comprarla?

—Yo preguntaría dónde la venden buena.

—Como quieras: pero considera, niño, que tú no entiendes de eso y van a engañarte...

En el momento de arrancar el tren, los alegres servidores de la farándula empezaron a aplaudir a don Emilio, que les saludaba con el sombrero.

—¡No gastéis los aplausos—repetía el empresario—; no los gastéis, que luego os harán falta!...

Desde todos los coches, muchos pañuelos blancos y muchas manos de mujer, decían “adiós”.

Apenas caminamos un poco, una ráfaga de aire oreó nuestro abrasado interior; el calor, no obstante, era fuerte, y las caras de mis huéspedes aparecían bruñidas y como barnizadas, por el sudor. Pasamos raudos ante las estaciones de Villaverde, de Getafe y de Pinto, en cuyo castillo corrieron las lágrimas de la Princesa de Eboli, y al detenernos en Valdemoro, “Pedro Domecq” empezó a llamar desde una ventanilla:

—¡Señorita Manzano!... ¡Señorita Manzano!...

La actriz se asomó:

—¿Qué quiere usted?...

—Hacerla una pregunta.

—Diga.

—¿No cree usted que hace un calor impropio de esta estación?...

Matilde Manzano se echó a reir, y con ella muchos pasajeros. De ventanilla en ventanilla volaban donaires; un buen humor pueril, una alacridad de feria, estremecía el convoy. Transcurrió otro cuarto de hora, y, al llegar a Aranjuez, nuevamente “Pedro Domecq” volvió a gritar:

—¡Señorita Manzano!... ¡Señorita Manzano!...

Por segunda vez, la gentil comedianta dejó ver su rostro picaresco:

—¿Qué necesita usted, fiebre tifoidea?...

—¿No piensa usted, como yo, que sigue haciendo un calor impropio de esta estación?...

Algunos de mis inquilinos habían pasado al dining-car, pero la mayoría, en la que figuraba “Pedro Domecq”, cenaba dentro de mí, lo cual, como siempre, alarmaba gravemente mi afición a la pulcritud.

Más allá de Castillejo, donde estacionamos dos minutos, empezó a herir mi atención la desolación de la llanura manchega, más triste aún que las planicies de la Nueva Castilla. Todo yacía muerto, horriblemente seco, bajo la luna lívida; lo que no era polvo, era piedra, y entre los repechos amarillentos sobre los cuales los viajeros, asomados a las ventanillas iluminadas, recortaban sus sombras, el estrépito del convoy resonaba como los ruidos en las casas desamuebladas. Aridos, pajizos, teñidos por una melancolía de osamenta, los pueblos de Villasequilla, Tembleque y Villacañas, fueron quedando atrás; mas no bien hacíamos alto, resonaba la voz irónica de “Pedro Domecq”, que indagaba:

—Señorita Manzano: ¿no cree usted que reina un calor impropio de esta estación?...

Desvelados por la temperatura bochornosa, muchos pasajeros celebraban con carcajadas aquella interrogación que, cuanto más repetida, mayor gracia parecía tener.

—¿Qué tal máquina llevamos?—pregunté al Negro.

—Superiorísima—contestó cayendo en seguida, a fuer de andaluz legítimo, del lado pintoresco de la hipérbole—; cuatro años hace que ruedo con ella y no me ha dado un disgusto. Frena bien y en invierno administra el calor como ninguna. Si no echase más agua que humo, sería perfecta; nosotros, por eso, la llamamos La Regadera. En Córdoba nos recogerá La Sabrosa: ¡un dije!... blanda, voluntariosa y suave; una locomotora que cuando dice “¡allá voy!”, parece una paloma...

Estas noticias me tranquilizaron: a pesar de ser bisoño en aquel expreso, me satisfacía hallarme entre vagones distinguidos, y con un “jefe de tren” y un “guardafreno” y “vigilantes” y “rutas”, a mi servicio, como antes, en mis años prósperos. La Regadera tenía un andar rítmico y cómodo, favorable al sueño; mis inquilinos iban sosegándose y su silencio me invitaba a dormir: la mayoría de mis luces estaban apagadas y una laxitud inefable me invadía: poco a poco dejé de oir, dejé de ver; mis sensaciones quedamente, como de puntillas, se alejaban... Una detención súbita me despertó; estábamos en Baeza y empezaba a clarear.

La voz, enronquecida por el coñac y el frío del amanecer, de “Pedro Domecq”, repetía inútilmente:

—¡Señorita Manzano..., señorita Manzano!... ¿Verdad que hace un calor impropio de esta estación?...

XVIII

Hecho a viajar, en pocas semanas mi bien ejercitada atención conoció detalladamente las particularidades y horizontes de la principal línea andaluza; y cuanto más recapacito en las sorpresas que me dió su estudio, pasmo mayor me causa la pluralidad de máscaras o facetas de la psicología hispana. Aquí, más que en ninguna otra nación, un monte, un río, una falla del terreno, poseen capacidades aisladoras inverosímiles. Conocer Andalucía, conocer Galicia, o Castilla, o Aragón, o Valencia... no faculta al extranjero a decir: “Conozco España”. ¿Y cómo no sería así cuando la variedad de pueblos, rudos y combativos, que por aquí pasaron, no pudiendo fundirse totalmente unos con otros, hicieron de ella, más que “un alma”, un increíble “racimo de almas”? Si aplicásemos a nuestra península las reglas de la metoposcopia, sacaríamos en limpio que España, con sus estepas tristes, desjugadas, amarillentas y rugosas, parece un viejo rostro cansado de llorar. Sus montes pelados, sus planicies estériles, sus ríos sin agua—aquellos mismos que hace siglos prodigaron su riqueza y hoy corren humildes como millonarios arruinados—, nos hablan de un larguísimo historial de guerras y de salvajes fanatismos, y los odios centenarios que separaron a unas ciudades de otras, aunque pulidos por la cultura, duermen todavía en lo inconsciente de la raza y hace de cada español un sujeto poco gobernable.

Como antes el carácter de las provincias Vascongadas, y luego el espíritu de la región gallega, así el alma andaluza, rápidamente, penetró en mí. Mis relaciones con El Majo continuaban siendo de las más ácidas, y estábamos ciertos de que acabaríamos golpeándonos, pues ni él renunciaba a sus pragmáticas de baratero, ni yo se las toleraba; en cambio, las restantes unidades del convoy me querían mucho, especialmente El Negro, que siempre iba a mi lado, y otro coche apodado El Rubio y no por su color, sino por el considerable número de ingleses que había viajado en él; ambos me profesaban conmovedora devoción, y se hacían lenguas cuando se trataba de elogiar mi sutileza en el arte de conocer, y mi memoria.

En los quinientos sesenta y tantos kilómetros que hay entre Madrid y Sevilla, los paisajes que más interesaron mi sensibilidad fueron los alrededores de Tembleque, por cuyas alturas, sembradas de molinos, pasa la línea que divide las cuencas del Guadiana y del Tajo. Vienen después las llanuras quijotescas de la Mancha; las tierras malditas—tierras de sal—de Villacañas; el castillo morisco de Alcázar de San Juan; el pueblo de Manzanares, construído sobre los belicosos cimientos de una fortaleza; y más adelante los de Valdepeñas y Santa Cruz de Mudela, famosos por sus inmensos viñedos. La estación de Almuradiel ocupa la altura máxima de la vía, que muy luego, al penetrar en la cuenca del Guadalquivir, empieza a descender, llega a Venta de Cárdenas y horada la cordillera Mariánica por el célebre desfiladero o garganta de Despeñaperros. Los túneles, las curvas peligrosas, los tajos tableteantes, se suceden, y corremos entre bloques gigantescos cortados perpendicularmente, como a cuchillo; peñascos áridos y obscuros, de una adustez castellana. Llegamos a Santa Elena, primera estación andaluza, y después de Vilches, a la que un viejo castillo señorea, y de Vadollano, descansamos cinco minutos en Baeza, arrancadero de los trenes para Granada y Almería. Pasan luego—y sólo he de citar las villas principales—Menjíbar, que fijó en tiempos pretéritos el límite de las Españas “citerior” y “ulterior”; Espelúy, en donde deben apearse los viajeros que vayan a Jaén; la iglesia, con trazas hoscas de alcazaba, de Villanueva de la Reina; Andújar, a la que sus alcarrazas y botijos dieron renombre; y más allá de Montoro y de Pedro Abad saludaremos las siete torres—diez veces centenarias—del castillo de Bujalance, construído a expensas del tercer Abderramán. Un poco más y ganamos Córdoba, triste, augusta y hermética—según el público decir—como un altar: y después Villarrubia, donde una vez don Pedro el Cruel escondió sus tesoros; Posadas, que acrecienta la blancura de sus edificaciones con el lozano verdor de sus tupidos naranjales; Peñaflor, que parece enorgullecerse de su nombre; Lora del Río, a la que sus trigales ponen un nimbo de oro; Tocina, de donde parte el ramal que guía a Mérida, la romana; y, finalmente, Brenes, en cuyo horizonte la Giralda, maravilla de Andalucía, parece rezar a la vez al Islam y a la Cruz...

Las apreciaciones, siempre justas, de mi mejor amigo El Negro, me ayudaron a registrar en los arcanos morales de las tierras por donde pasábamos.

—Pertenecemos—decía mi compañero—a un país milagroso; y lo califico así, pues vive a despecho de cuanto sus habitantes hicieron por destruirlo. De esa Castilla que tú has recorrido más que yo, la falta de árboles ahuyentó a los pájaros, que tanto benefician los campos, porque persiguen a los insectos; y como los árboles faltan, las nubes emigran y con ellas la lluvia, que todo lo enverdece. ¿Vas contando bien los eslabones de esta terrible cadena? En Castilla los cambios atmosféricos son atroces; la sequía te resquebraja, el polvo te ciega y, entretanto, la langosta fecundiza la tierra endurecida por la incuria de los hombres. Tú no imaginas el poder asolador de ese insecto: llega en nubes constituídas por millones de millones de individuos que, al caer, cubren los sembrados, borran los caminos, desnudan en pocos momentos a los árboles de su follaje y detienen los trenes. Hace un bienio la langosta nos paró al salir de Tembleque: no se veían los rieles y todo el campo, a nuestro alrededor, aparecía negro; la nube había acertado a caer justamente sobre la vía férrea, y como estos animalitos, al ser aplastados, expelen una baba oleaginosa, pronto la locomotora empezó a patinar. Era grotesco, era increíble, que unos bichitos así pudiesen tanto. La pobre Regadera despedía, como nunca, agua y vapor; jamás la habíamos visto tan furiosa. El maquinista, para ayudarla, echó en los rieles arena; pero ésta, al revolverse con el aceite de las langostas estrujadas, formó una masa que, adhiriéndose a nuestros rodajes, nos obligó a inmovilidad.

Calló los instantes que tardamos en franquear un puente, y continuó:

—En Andalucía, donde la actividad agrícola es algo mayor, la langosta no suele presentarse; pero si por allí no hay langostas, hay caciques, y no sabría explicarte cuál de estas dos calamidades me parece mayor. ¡Casi estoy por decir que al cacique le tiene miedo la langosta!...

—El cacique—interrumpí—descendiente caricaturesco del señor feudal, es un tipo que abunda en Castilla, en Galicia y, probablemente, en otras muchas partes.

—Sí—replicó El Negro—, el caciquismo es dolencia muy española; mas no puede ser grave en las provincias norteñas, donde la tierra está hermosamente dividida entre pequeños terratenientes; mientras la desventurada Andalucía, por obra del abandono o mala fe de nuestros gobernantes, languidece entre unas cuantas manos, generalmente ociosas. Aquí los terrenos mejores se dedican a ganaderías de reses bravas o a cotos de caza, y hay millares de braceros que necesitan emigrar en busca de trabajo. ¡Júralo conmigo, Cabal!... Nuestros hombres se van, no porque América les deslumbre con su oro, sino porque con su miseria España les despide. Cabal, en este país, quien no sea militar o fraile o político, o siquiera empleado de cierta categoría, debe marcharse. Aquí, los ricos no le dan al necesitado empleo, sino limosna; es más cómodo para ellos y, desde luego, más teatral.

Estas meditaciones resucitaron en mi memoria las que, a propósito de un tema bien diferente, me expuso una noche, saliendo de Hendaya, mi viejo amigo Doña Catástrofe. España se halla depauperada y abúlica; en este país nuestro, donde el gobernar no es un deber ingrato, sino un negocio, los pobres no pueden vivir; ¡ni siquiera robar!... Convencida de su desamparo, la legión trabajadora se encorva pasivamente bajo la autoridad del cacique y del cura. “Lo que me regatea el mundo—discurre—me lo dará el cielo.” Porque en los hombres la fe en el “más allá” crece según la fe en sí propios disminuye. Y, de este modo, llegan a la muerte sin haber vivido. La riqueza de una nación se mide por su agricultura, por sus minas, por sus fábricas; cada predio, cada filón, cada chimenea humeante, es una cifra...; y también, pero inversamente, por sus catedrales, sus cuarteles y sus alcázares. Esos mendigos que limosnean a la sombra de las torres de las iglesias, representan el verdadero cimiento de esas torres, porque lo que las levantó y mantiene en pie, es el dolor. ¡Ah!... ¿Cómo es posible que los espíritus progresivos no lean de corrido en todo esto?...

Platicando en este tono, en el que había más melancolía que apasionamiento, salimos de Sevilla aquella noche. Mediaba, si no recuerdo mal, el mes de septiembre. Viajaban conmigo, entre otras muchas personas, un oficial de Marina, que venía de Cádiz; cinco turistas yanquis, y un matrimonio español, al que cierto caballero, amigo de los dos—pero antes devoto de “ella” que de “él”, según demostraré luego—, prestaba escolta.

Lo que inmediatamente referiré, más que una escena es un diálogo; pero... tan expresivo, tan burlesco y, a la vez, ¡tan grave!... Quizás aquella conversación, que procuraré repetir textualmente, fuese el “prólogo” de alguna novela cuyo argumento yo había de ignorar, y—por lo mismo—al recordarlo me abstendré de reir. ¡Quién sabe! La vida, aunque es el único drama que los hombres estrenan sin ensayos, siempre es algo muy serio.

Así, parodiando a los autores de comedias y para mejor esconder mi personalidad de vagón atisbador y chismoso, presentaré a las figuras antes de dejarlas hablar.

Ida: veintiocho años. Lindo talle. Rubia. Tiene labios de ironía y unos bellísimos ojos claros, que si fueron optimistas alguna vez ya sólo conservan “la voluntad” de ser alegres. En todo su cuerpo largo y maestro en la delicada gracia de las actitudes melancólicas, persiste una laxitud alusiva a la idea que envuelve su nombre: Ida; un nombre triste como un adiós.

Don Alfonso: esposo de Ida. Cuarenta años; tipo desdeñoso y cordial a la vez; esto es: distinguido. Buena presencia. Viste de obscuro.

“El otro señor”—nunca oí su nombre—: la misma edad de don Alfonso. “Hombre de mundo”, alto y un poco triste. En las sienes, canas prematuras. Su rostro, afeitado, expresa bondad y cansancio: es una doble expresión muy frecuente, porque la bondad—entre los humanos—suele ser una de las expresiones de la fatiga. Traje y guantes grises. En la solapa un clavel recién cortado, rojo, trágico...

Al salir de Sevilla, don Alfonso ha tomado un billete para “la primera mesa”; “el otro señor” toma el suyo para “la tercera”; tanto porque dice haber almorzado tarde, como por no dejar sola a la señora. Ida nunca cena en los trenes; no puede; se marea. Por mi tránsito pasa un servidor del dining-car, que repite ante la puertecilla de cada departamento:

—Señores: la “primera mesa” va a empezar...

Don Alfonso.—(Levantándose.) Autorícenme ustedes a marcharme. (A ella.) ¿Te envío un té?

Ida.—(Dulcemente.) No, gracias.

Don Alfonso.—(Obsequioso.) Un té, bien azucarado... y con unas pastitas...

Ida.—Me haría daño; ¿no lo sabes? (Mirándole amorosamente.) Come bien tú; come por los dos...

Vase don Alfonso. Ida y “el señor del clavel encarnado”—que también así podemos designarle—quedan solos en su departamento. En torno suyo, sobre los asientos, hay libros, periódicos, almohadas de viaje... Ida, que se adivina espiada, registrada, por su acompañante, vuelve la cabeza y, sin querer, le mira. Yo me preparo a escuchar: siempre me ha divertido ver cómo los corazones buscan, para acercarse, los caminos más retorcidos, y su empeño en justificar su amor: lo único que no necesita ser justificado.

El.—En los trenes, de noche, no se puede hacer nada.

Ida.—Si la luz no fuese tan débil, yo leería. (Dirige a mis dos lámparas una mirada despectiva, que me ofende.)

El.—¿La gusta a usted leer?

Ida.—Según... (Pausa breve.) Los libros amenos no abundan. Es tan difícil hallar un libro interesante como conocer un hombre entretenido.

El.—(Con acento seguro.) ¿Verdad que son muy raros los hombres interesantes?

Ida.—Dos por mil.

El.—Exagera usted.

Ida.—¿Le parecen pocos?

El.—Muchos me parecen. Los hombres son aburridísimos: los menos, porque saben demasiado y abusan pedantescamente de sus conocimientos; los más, porque lo ignoran todo.

Los dos sonríen.

Ida.—Si las mujeres supiésemos eso a tiempo no nos casaríamos... o nos casaríamos muy tarde... ¡Yo me casé a los diez y siete años!

El.—Hizo usted bien: debemos casarnos temprano, porque así tendremos toda la vida para arrepentirnos de nuestro error.

Ida suspira.

El.—Yo, también soy un gran desengañado. (Corta pausa.) El mundo es monótono, gris... ¿No reparó usted en la afición de los individuos que, como yo, traspusieron la cuarentena, a vestirse de gris?... Porque es el único color que sus ojos experimentados ven en todas partes. (Otro silencio discreto.) De mozo, mi ilusión parecía un gigantesco y maravilloso jarrón de Sévres. ¡Cómo lucía! ¡Qué bien ocupaba y alegraba toda mi alma!... Hasta que un mal día chocó contra la realidad y se hizo añicos. Pensé morir. Después... ¡qué remedio!... me apliqué a buscar entre el drama de los pedazos rotos el pedazo mayor, decidido a contentarme con él.

Ida.—¿Lo halló usted?

El.—Todavía no. (Mirándola expresivamente a los ojos.) O, quizás, sí... ¡No lo sé!...

Ida.—¿Busca usted aún?

El.—Siempre.

Ida.—Entonces es usted feliz. Al menos, más feliz que yo. (Con un temblor, casi imperceptible, en la voz.) Yo... ¡ya no busco!

El.—Reaccione usted: si quiere usted ser dichosa, quiéralo fanáticamente, propóngaselo... y lo será usted. En una enorme mayoría de casos la dicha se reduce a un espejismo de nuestra voluntad.

Ida.—Tal vez... (Mueve la cabeza.) Pero, ¿a qué afanarnos en crear ese miraje, si, al cabo, quedaremos vencidos?... Recuerde usted que detrás de “Don Quijote”, símbolo de la ilusión, caminaba “Sancho”... ¡Como en la vida!

El.—(Fervoroso.) Porque somos cobardes. Luchemos; y, si el mundo nos derrota... ¡volvamos a luchar!

Callan, como otorgándose mutuamente una tregua. Sin que lo advirtieran, entre ambos acaba de brotar una simpatía. Yo lo siento bien, y me alegro. La Sabrosa ha esforzado su andar y en el silencio de los campos, empapados de luna, mis rodajes trajinan con mayor entusiasmo.

Ida.—¿Qué podría yo buscar? Nada. ¿Laureles?... No, porque no soy artista. ¿Dinero?... ¿Para qué?... ¿Amor...?

El.—(Interrumpiéndola vehemente.) ¡Sí, amor!

Ida.—El amor me está vedado: la sociedad me lo prohibe. Además, yo quise a mi esposo. ¿Cree usted que se puede querer más de una vez?

El.—Indudablemente, y apelo al testimonio del libro inmortal cuya autoridad invocó usted antes. ¿Cuántas veces salió “Nuestro Señor Don Quijote” en busca del Ideal? ¿No fueron tres?... (Animándose.) ¡Ah, si la persona de quien estoy enamorado me correspondiese!...

Ida.—¡Qué locura! Amar es esclavizarse.

El.—Cierto: ¿pero hay esclavitud comparable a la esclavitud del aburrimiento?

Ida.—¿Y las responsabilidades, no ya morales, sino económicas, que acarrea un amor?... (Risueña.) Oiga usted a los hombres...

El.—(Exaltándose.) ¡Miserables!... La mujer que no amamos, ciertamente nos pesa y estorba; pero la amada nos reanima y en toda ocasión nos sirve de trampolín y de impulso. La primera, es una carga; la segunda, una fuerza. Media entre ambas la diferencia que hay entre llevar nuestra merienda en la mano, a llevarla en el estómago.

Ida ríe. En aquel instante, cruza por delante del compartimiento el oficial de Marina, vestido de blanco: sobre la albura del uniforme, la botonadura y los galones dorados brillan marciales. El oficial es ventrudo y, al caminar, se esparranca para guardar mejor el equilibrio. Lleva una gran pipa entre los dientes, y la lumbre del tabaco tiñe de rojo el semblante carnoso del fumador. Ida y su acompañante continúan discreteando, pero en voz más confidencial.

El.—(Con un nuevo ardor en el acento.) El mundo objetivo no existe realmente: todo está en nosotros, Ida; todo depende de nosotros... y yo sostengo que usted, o cualquiera, puede ser feliz a condición de ser un poquito cruel. (Un silencio que empleará en recoger ideas.) ¿Conoce usted la admirable película de Pietro Fosco, El fuego?...

Ida hace un gesto negativo, y sus ojos claros, sorprendidos, ingenuos, parecen aniñarse con la curiosidad.

El.—Una mujer joven, bella, elegante, caprichosa y millonaria...; una mujer que lleva consigo completo el trágico ramillete de las tentaciones, saluda una tarde, en el campo, a un pintor. La pobreza, la hermosura adolescente y, más aún, la alta inspiración del artista, la interesan. “—Iré a tu casa—le anuncia—para conocerte mejor.” A la noche siguiente le visita. El, trémulo de emoción, ha exornado el estudio con flores: sobre la mesa y bajo una pantalla verde, arde una vieja lámpara de petróleo. Ella examina uno a uno los lienzos, la pluralidad inconcluídos, que decoran el taller, y por momentos muéstrase más enamorada del pintor. “—Tienes mucho talento—repite—; un extraordinario talento, y mereces vencer.” Informada de las circunstancias que obstaculizan la existencia del joven, añade: “—A tu madre la enviaremos cuanto dinero necesite, pero a condición de separarte de ella. Debes renunciar a todo, y dedicar al Arte tu alma entera. A cambio de ese sacrificio, yo te daré amor, laureles, fortuna... y serás tan dichoso que tu corazón, hoy sediento, no apetecerá nada...” El vacila; ¡es tan niño aún!... “—¿Y mi novia?”—interroga suplicante. “—Sacrifícala también: es indispensable que todo salte en pedazos para que tú triunfes.” Y prosigue: “—¿Cuánto tiempo arde esa lámpara con la luz que ahora tiene?” “—Ocho horas, señora.” “—¿Y te resignas a vivir en una penumbra tan triste?” “—¿Qué haré—replica El—si no puede alumbrar mejor?” “—Te engañas. Hay en tu lámpara una fuerza formidable que tú no conoces, pero yo, sí. ¡¡Mira!!...” Y, apoderándose de la lámpara, la estrella contra el suelo. Una llamarada de incendio inunda el taller, y el pintor, deslumbrado, cegado, por aquel resplandor de Ideal, sigue a la hechicera...

Ida.—(Temblando.) ¡Símbolo admirable!... ¡Oh! De emoción las manos se me han quedado frías.

El.—Delante de cada hombre sólo se extienden dos caminos: el camino de los resignados, y el de los rebeldes. Conviene escoger, y escoger pronto. ¿Qué preferiremos?... ¿Vegetar aburridamente bajo una luz vulgar, o arremeter contra todos los peligros y hacer de nuestra vida una hoguera?...

Ida.—No lo sé.

El.—Yo, sí; yo rompo mi lámpara. Las pasiones me atraen más por su intensidad que por su duración, pues no importa que la llamarada dure un instante si basta a enseñárnoslo todo. (Misterioso y profético.) Y es llegada la ocasión de seguir mi ejemplo. Ida: “rompa usted su lámpara”.

Ida.—No me atrevo...

Le mira aterrada, cual si sus ojos se inmergiesen en un abismo.

El.—“Rompa usted su lámpara”. (Sombrío.)

Ida.—¿Y después?

El.—No pregunte usted eso: la Felicidad no tiene futuro, no tiene “después”. Cuando el incendio le haya permitido a usted ver “lo infinito”, ¿para qué querría usted seguir viviendo? (Pausa.)

Ida.—(Con curiosidad pueril.) ¿Cómo termina el pintor su aventura?

El.—Malamente: porque acaba sus días idiota, en un manicomio, haciendo pajaritas de papel. (Transición.) Pero, ¿qué importa, si antes de caer en la idiotez fué famoso, rico y amado?...

El esposo de Ida, que vuelve del comedor, aparece inesperadamente:

—Buenas noches.

Ida lanza un pequeño grito.

Don Alfonso.—¿Soy importuno?... ¿De qué hablaban ustedes?...

Ida.—Como no te sentimos llegar... (Recobrándose.) Nuestro amigo me contaba el argumento de una película.

Don Alfonso.—En el coche inmediato he saludado a la marquesa de Guzmán; lleva a una de sus nietecitas enfermas; yo la dije que tú pasarías un momento a visitarla; ¿quieres?...

Ida.—(Levantándose.) Sí, sí; hiciste muy bien.

Don Alfonso.—(A su amigo.) Estaremos de vuelta antes de que usted se marche a cenar.

El señor del clavel encarnado.—Muy bien... (Saluda.)

El matrimonio sale; don Alfonso camina delante. Al franquear la puertecilla del compartimiento, Ida vuelve la cabeza y sonríe; y aquella mirada y aquella sonrisa, “el hombre del clavel encarnado” las recibe a la vez, tal que dos saetas, en el corazón.

XIX

Abril había empezado, y era increíble la cantidad de “turistas” españoles y extranjeros que las festividades de Semana Santa y Feria—célebres en el mundo—llevaban a Sevilla. A diario los trenes de todas las líneas andaluzas rebosaban gente, y a ello contribuía mucho la emisión circunstancial de billetes económicos de “ida y vuelta”, cuya gran baratura aun a los más poltrones estimulaba a peregrinar. Nuestros convoyes estaban rendidos del peso que transportaban a cada viaje; los coches, sea cual fuere su clase, así como las vagonetas y furgones, salían cargados de pasajeros, de equipajes, de mercancías y hasta de muebles. Hubo locomotoras que partieron de Madrid arrastrando más de trescientas cincuenta toneladas. En la estación central unos a otros nos informábamos del tráfico.

—¿Cómo iba esta mañana el “rápido”?...

—Lleno—respondía una voz.

—¿Y el “correo”?...

—Lleno también: salió con retraso, porque a última hora fué necesario añadirle dos “terceras”.

Todos los trenes caminaban así, incluso los “mixtos” flemáticos, a quienes apodábamos “los alcanzados”, porque siempre se quedaban atrás. Este exceso de trabajo nos fatigaba, pero al mismo tiempo nos excitaba, pues en la acción va envuelta siempre una alegría, y el buen humor bullicioso—algo plebeyo—de nuestros huéspedes, se transmitía a nosotros. El carácter, netamente andaluz, de los festejos que se celebraban, estimulaba el andalucismo de los viajeros: los andaluces exageraban su acento y “se comían” más letras que nunca, y hasta los oriundos de otras regiones, arrastrados por el ejemplo, procuraban imitarles. Mi expreso, desde el ténder al furgón de cola—y sobre todo en las curvas, que le dan una ondulación pintoresca—parecía una calle de Sevilla o de Córdoba; yo mismo, no obstante mi origen vasco-francés, empecé a hablar un poquito andaluz...

El “sábado de Gloria”, que disipa, con la algarabía de sus campanas, las sombras de la Semana de Pasión, el número de nuestros viajeros aumentó. Según la locución vulgar, en nuestro andén “no se podía dar un paso”. A ello contribuía el viajar con nosotros un gran torero y un ministro, tipos a quienes acaso por la largueza con que ganan su dinero, España, nación pobre, venera mucho. “Su Excelencia”—decían los periódicos de aquella mañana—se quedaría en Córdoba para asistir, en nombre del rey, a la colocación de una “primera piedra”, y luego estudiar “un problema”... ¡no supe cuál!... Yo le observaba: mi sencillez ha admirado siempre a esos prohombres que dedican su existencia a dirigir discursos a las piedras, como para probar su resistencia; a estudiar problemas y a esconder después, primorosamente, todo lo que saben.

El torero, uno de los más gloriosos de su época, iba más allá que “Su Excelencia”, pues marchaba a Sevilla a curarse la herida que en la plaza de toros de Valencia un espectador le produjo con una botella que arrojó al redondel.

Escoltaban al señor ministro varios periodistas y un numeroso núcleo de figuras parlamentarias. La mayoría de aquellos caballeros pasaban de los cincuenta años, platicaban mesuradamente, y vestían levita y sombrero de copa. Empecé a establecer relaciones entre la forma de esos sombreros, que únicamente usan las personas trascendentales, y la chimenea de nuestras locomotoras. ¿Estimularán la actividad cerebral, determinarán “un tiro” en las ideas?... “Su Excelencia” departía con todos, prodigaba saludos y su vientre y su rostro barbado, denotaban satisfacción. El público, al reconocerle, se detenía a mirarle, y él procuraba, en todo momento, tener una actitud tribunicia. Le rodeaba una atmósfera de éxito, y el personaje procuraba que a su renombre correspondiese su figura. Para el vulgo, la prestancia es talento.

“El teatro—reflexionaba yo—debe de ser algo así...”

El lidiador viajaba en mi departamento-cama, y le acompañaban su apoderado y los hombres de su cuadrilla, la mayoría sevillanos, más otras cincuenta o sesenta personas de condición social diversa, según sus maneras de hablar y de vestir hacían comprender. No llegaría el famosísimo “espada” Manuel González a los veinticuatro años, y tanto hablaban las muchedumbres de su arte, como de los dos millones de pesetas que llevaba ahorrados, y del rumbo de su vida. Apodábanle “El Meñique” por lo limitado de su estatura, y su abolengo gitano lo pregonaban la negrura azabachada de los ojos, el cobre de la piel, y la ágil flexibilidad y armónica disposición del cuerpo. Advertí que sus veneradores eran más numerosos que los de “Su Excelencia”, y que le miraban con mayor cariño y devoción menos interesada. Desde mis ventanillas, varios pasajeros le observaban también, y había en sus rostros una quietud de felicidad: aquel hombre moreno, enjuto y triste, les parecía el símbolo de la Andalucía que iban a visitar. La multitud se detenía a contemplarle, contenta de tenerle tan cerca, mientras recordaba aquellos domingos triunfales en que, vestido de oro y seda, jugó con la muerte. Yo juraría que hubo unos segundos en que el señor ministro, celoso de la popularidad del lidiador, insinuó el ademán de saludarle. El Meñique, entretanto, chupaba un mondadientes y discretamente entornaba los párpados, como si aquella exhibición le cohibiese...

Faltaban dos o tres minutos para la salida del expreso, cuando un viento de fronda cruzó tempestuoso por el andén. Lo levantaba un nutridísimo grupo de viajeros—más de treinta—que no hallaban asiento y buscaban al jefe de Estación para exigirle que añadiese al convoy otra “primera”. Aquellos señores, pálidos de impaciencia y de cólera, componían una manifestación antipatriótica, muy curiosa. Todos, a porfía, denostaban a España.

—¡Qué país!—vociferaban—; ¡esto sólo sucede aquí!...

El más enfurecido iba sin sombrero y repitiendo a gritos:

—¡Yo necesito llegar a Sevilla mañana!... ¡Si no llego, pierdo cuarenta mil duros!...

Uno decía:

—¡Da vergüenza ser español!

Y varios, a la vez:

—¡Sí, señor; da vergüenza!...

Hablando así mirábanse unos a otros, satisfechos de lucir su cosmopolitismo y su elegancia. Los manifestantes, a quienes seguía un centenar de desocupados, hallaron al jefe de Estación y al interventor del expreso cerca de mí, y en altas voces manifestaron su pretensión. Expúsoles el jefe, con bien concertadas palabras, la imposibilidad de complacerles por no haber coches disponibles. Uno replicó estúpidamente:

—¡Pues, los inventa usted!

Frase que, no obstante su ausencia de sentido, enardeció a todos aquellos señores notablemente. Los brazos se levantaban, arreció la gritería y las manos volvíanse amenazadoras. El caballero “de los cuarenta mil duros”, exclamó:

—¡Si yo no salgo para Sevilla esta noche, al director de esta Compañía le doy un tiro!

Un señor pequeñito decía, mirando a una y otra parte con ojos de tigre:

—¡Esto nos sucede porque no tenemos coraje! ¡Aquí no hay sangre!... ¡En Alemania el pueblo ya hubiese quemado la estación!

El jefe replicó mesurado:

—No, señores: ni en Alemania, ni en ningún país bien civilizado el público protesta, porque supone que cuando los empleados que están a su servicio no le complacen, es que no pueden.

Todos rugían:

—¡Es un abuso!... ¡Si no ponen un coche para nosotros, no dejaremos salir el tren!...

—¡La máquina—gritó el jefe para que todos le oyesen—no puede arrastrar más coches de los que lleva! ¡Ya lo saben ustedes!... Los señores que quieran marchar hoy, que vayan de pie!... Les autorizo. ¡No puedo hacer más!...

Los manifestantes replicaron:

—¡Pues, no sale el tren!... ¡No le dejaremos salir!...

El jefe, que durante la discusión había ido perdiendo terreno, reaccionó:

—¡Atrás todo el mundo!—ordenó de súbito—; ¡retírense ustedes... o me veré obligado a llamar a la guardia civil!

Los revoltosos, maquinalmente, retrocedieron algunos pasos; amainaban. El jefe repitió, avanzando:

—Esta parte del andén la necesito libre. ¡Atrás todo el mundo!

La multitud, acobardada, volvió a retroceder, silenciosa, con una humildad de rebaño. Yo pensaba: “—¡Cómo le hubiese gustado al pobre Dos-Caras ver todo esto!...” Al mismo tiempo sonó una campana, La Regadera silbó y el convoy se puso en movimiento. Asomado a una ventanilla, El Meñique saludó a sus amigos quitándose el sombrero, de ala plana, y vi que el celebrado lidiador era calvo.

—¡Viva Manuel!—gritó una voz desde el andén.

Muchas voces acaloradas repitieron:

—¡¡Viva!!...

Mientras “Su Excelencia”, desde su coche, sonreía al público, como si aquellas adhesiones de simpatía fuesen para él.

El Meñique asistió a la “primera mesa”, y la emoción que su presencia produjo en el dining-car debió de ser extraordinaria, porque al regresar a mí le seguían quince o veinte personas que viajaban en otros coches. Esquivando aquella adhesión pegajosa el matador entró en su departamento, donde se sentó; quitóse luego el sombrero, y bajo la luz su calva socrática brilló con una melancolía de marfil antiguo: en aquella posición su nariz aguileña parecía más larga, y su rostro cenceño, prematuramente aviejado por la inquietud, ofrecía, ora sobre los pómulos y el mentón, ya en las depresiones de las secas mejillas, todas las tonalidades del cobre.

Atento a cuanto el ilustre torero decía a sus amigos, pronto fuí conociendo los nombres de los que le custodiaban de más cerca. Sentado a su izquierda tenía a su apoderado, don Ricardo Fernán, persona, al parecer, de su mayor predilección; y a la derecha a un joven prócer, de charlar abundante y reir estentóreo, a quien unos y otros familiarmente llamaban “marquesito”. En el vano mismo de la puerta y ocupándola casi por completo con los hombros, permanecía Juanito Paisa; un notario joven de Sevilla, al que todos respetaban por su manifiesto ascendiente sobre Manuel. A Juanito le vestía el sastre de Manuel, y le calzaba el zapatero de Manuel, y su sombrerero era el de Manuel. Juanito Paisa era, por antonomasia, “el amigo de Manuel”, y se le conocía y consideraba por esto más que por su profesión, cual si el rasgo culminante de su biografía fuera haberse captado el afecto del matador. Por tanto, a Juanito Paisa no le molestaba que “el marquesito” estuviese arrellanado al lado de Manuel: si el aristócrata ocupaba aquel sitio era porque él, generosamente, se lo había cedido; él no quería “acaparar” a Manuel; un hombre como El Meñique se debía a la humanidad, y la felicidad conviene repartirla; pero estaba cierto de que, a la menor insinuación suya, “el marquesito” se habría levantado. Detrás de Juan Paisa, a lo largo de mi corredor, muchos curiosos se estrechaban con el deseo de ver al lidiador: los más pequeños, a pesar de mis temblequeos, se ponían de puntillas. Todas mis plazas iban ocupadas; hacía calor y la fuerte respiración de las ventanillas no bastaba a refrescar la atmósfera.

El tema de las conversaciones era el arte de Manuel González y su miedo a los toros. También se habló del hombre: un viajero le había encontrado más delgado que antes; otro le hallaba lo mismo; un tercero celebraba los brillantes que el espada lucía en la pechera. Se glosó largamente la herida por que cojeaba Manuel; la tenía en el pie derecho, a la altura del tobillo.

—Se la hicieron con una botella en el preciso instante de entrar a matar. Dicen los periódicos que ya le habían dado el “segundo aviso” y que el público se impacientaba.

Estas conversaciones que, por concerner a lugares y asuntos desconocidos para mí, yo traducía mal, me interesaban menos que el entusiasmo ingenuo de los platicadores, quienes por ocuparse de Manuel, hasta de sus propios asuntos se olvidaban. Esta unánime y férvida admiración me sorprendía; era nueva para mí; yo nunca había visto tantas almas vibrar a compás, y pensé que en una novela de costumbres taurinas, antes que al matador el papel capital debía adjudicársele a la muchedumbre, pues lo pintoresco, lo inverosímil dentro de los grados más agudos de la comicidad, lo bufo, en fin, está en la muchedumbre.

A lo largo de mi tránsito yo oía cuchichear:

—¿Qué hace ahora El Meñique?...

Esta curiosidad candorosa, que todos hallaban muy legítima, muy razonable, corría de unos viajeros a otros hasta la puerta donde “el amigo de Manuel”, cuya conocida privanza todos envidiaban, montaba una guardia sin sueño, y la respuesta venía en seguida:

—Está hablando de las corridas de Sevilla...

Y esta información era para todos tranquilizadora y dulce como una ráfaga de buen aire.

Luego circuló la noticia de que El Meñique había pagado siete mil pesetas por un caballo; después, que quería comprar un cortijo a orillas del Guadalquivir...; y durante larguísimo rato mis huéspedes no supieron hablar más que de caballos y de cortijos.

Un caballero, de buena traza y frondosos bigotes, que viajaba con su esposa y dos hijas, ya mujeres, dejó su asiento con propósito de saludar al Meñique.

—¿Volverás pronto?—le preguntó su mujer.

—En seguida.

Salió al corredor y, favoreciéndose con los codos, comenzó a abrirse paso; la tarea era ardua, porque la masa de viajeros allí estacionada apenas ofrecía suturas. Sin embargo, apoyándose en unos, empujando a otros suavemente, recurriendo con urbanas frases a la amabilidad general adelantando siempre de perfil, como si nadase contra corriente, el caballero “del frondoso bigote” consiguió acercarse a Juanito Paisa, cuya atención solicitó tocándole en un hombro. Paisa volvió la cara.

—Buenas noches; dispénseme usted: deseaba saludar a Manuel...

“El amigo de Manuel” fijó en el recién aparecido una mirada escrutadora, una mirada de portero. Indagó:

—¿Usted le conoce?

—No, señor... y quisiera tener ese gusto. Si usted le trata y puede presentarme...

Las mejillas de Juanito Paisa se arrebolaron de orgullo; destosió y sonrió jactancioso.

—¿Que si puedo presentarle?... ¡Ya lo creo! No podía usted haberse dirigido a nadie mejor que a mí. ¡Como que el mejor amigo suyo soy yo!... Pero tendrá usted la bondad de aguardarse un poquito, porque Manuel está hablando y le molesta que le interrumpan.

Muy paciente, el señor “del frondoso bigote” repuso:

—Esperaré...

Aquel aplazamiento le irritó unos segundos; en seguida se serenó: miró hacia atrás, comprendió el difícil camino que acababa de recorrer, y esta consideración le regocijó hondamente. Desde la posición conquistada podía ver al Meñique y hasta oír, de cuando en cuando, alguna palabra de las muchas que iba diciendo, y experimentó la satisfacción del hombre que se reconoce bien situado en la vida. Juanito Paisa le había vuelto la espalda. Transcurrieron doce o quince minutos, y el señor “del bigote frondoso” se creyó olvidado; los omoplatos de Paisa proyectaban sobre él una emoción de soledad; volvió a sentirse abandonado, casi desgraciado...; a punto estuvo de regresar a su compartimiento, pero pensó que su mujer y sus hijas le pedirían detalles de su conversación con El Meñique, y esto hízole variar de propósito. Sacando ánimos de su propia flaqueza, llamó la atención del “amigo de Manuel”.

—¿Podrá ser ahora?—murmuró lo más gentilmente que le fué posible—; porque... como mi familia me aguarda...

Juanito Paisa comprendió la tribulación de aquel hombre; por iguales zozobras había pasado él antes de llegar a ser, a fuerza de constancia y de pequeños sacrificios, el mejor amigo del matador... ¡y fué clemente!

—¡Ahora mismo!—exclamó—. ¡No se apure usted!...

Avanzó lo necesario, lo estrictamente necesario, para que el señor “del frondoso bigote” pudiese franquear la puerta, y agregó, dirigiéndose al torero:

—Manuel, dispensa: aquí hay un caballero empeñado en conocerte...

Manuel González se levantó; sus labios obscuros insinuaron un movimiento que no llegó a cuajar en sonrisa, y extendió su mano al recién llegado; aquella mano que se mojaba en sangre de toro todos los domingos.

—Celebro verle a usted tan bueno, amigo—dijo.

—Muchas gracias, igualmente—repuso, visiblemente turbado, el señor “del frondoso bigote”.

No dijo su nombre. ¿Para qué? Hubiera sido un rasgo de orgullo. Allí ni él ni los demás significaban nada; ante el matador glorioso no podía haber más que admiradores.

El Meñique añadió cortés, brindándole su asiento con un ademán:

—Si quiere usted descansar un rato...

—Muchas gracias... muchísimas gracias: sólo vine por tener el honor de saludarle...

Esta fineza la agradeció El Meñique con otro ademán. Después se creyó obligado a presentar a las dos personas con quienes se hallaba:

—Don Ricardo... “el marquesito”... un señor que quería conocerme...

El visitante, por momentos más cohibido, se inclinó varias veces. Hecho lo cual, y sin más preámbulos, ofreció al espada un riquísimo habano.

—Para que se lo fume usted a mi salud—dijo—; en el estanco de la estación no había nada mejor.

Manuel miró a su apoderado, sonrió y se guardó el obsequio en un bolsillo.

—Se agradece—murmuró.

Muy satisfecho de sí mismo, “el señor del bigote” volvió a estrechar la mano del diestro; despidióse de Juanito Paisa, agradeciéndole mucho el favor que acababa de hacerle, y de nuevo rompió a través de los viajeros que obstaculizaban mi corredor. Tras él, con admiración, la gente cuchicheaba:

—Es un amigo del Meñique...

Y las miradas envidiosas le seguían.

En Alcázar de San Juan una veintena de personas esperaban la llegada del expreso para saludar a Manuel, y “el ídolo” tuvo que asomarse a una ventanilla. Todos le preguntaban lo mismo:

—¿Y el pie?... ¿Cómo está el pie?...

—Va mucho mejor.

—¿Un botellazo, verdad?...

Con mucha flema, El Meñique repetía:

—Sí, un botellazo...

Su longanimidad, su elegante resignación, inflamaban en sus adictos su cariño hacia él.

—Si yo llego a estar allí—decían—, te juro que el bárbaro que te tiró la botella se la come...

El diestro no contestaba; parecía fatigado.

—Iremos a Sevilla, a aplaudirte—ofreció uno.

—Vamos todos y te sacaremos de la Plaza en hombros—exclamó otro.

Tristemente, Manuel González repetía:

—Muchas gracias; si tengo suerte...

Silbó La Regadera y empezamos a rodar. Entonces aquellos hombres corrieron a lo largo del andén; se empujaban, se atropellaban, mientras decían:

—¡La mano, Manuel!... ¡Dame la mano!...

Ninguno quería renunciar a este honor, y Manuel González procuró complacer a todos. Luego, mientras Juanito Paisa se precipitaba a cerrar el cristal de la ventanilla, noté que El Meñique movía y se miraba los dedos, como si le doliesen. Juanito, que no le quitaba ojo, también lo advirtió.

—¿Te han hecho daño, verdad?... ¡Pero si mil veces te recomendé que no le dieses a nadie la mano!...

Burlón y melancólico, Manuel suspiró:

—¿Y qué voy a dar, Juan?

—¡Das una rodilla!...—replicó el notario.

Por el corredor circuló la noticia de que El Meñique acababa de lastimarse, y muchos viajeros, que ya se habían sentado, volvieron al pasillo. Con gran regocijo de su corazón, “el amigo de Manuel” sintióse obligado a repartir explicaciones.

—A mí, si doy la mano—decía—no me sucede nada; pero a Manolo la gente le quiere demasiado y, sin intención, por supuesto, le estropean. El año pasado, en Madrid, al apearnos del tren, un admirador le cogió una mano, y con la alegría de verle empezó a apretársela... más... ¡más!... sin poder contenerse, como en un frenesí epiléptico, hasta que se la magulló de manera que al siguiente día no pudo torear.

Contempló al “ídolo” con humildes y enternecidos ojos.

—Por eso—terminó—apenas viene alguien a saludarle, me pongo a su lado: ¡yo no consiento que a un hombre tan bueno como él se le haga daño!...

Las sombras que el expreso proyectaba a un lado y otro, sobre los repechos, me indicaban que los huéspedes de los demás coches dormían, pues todos los vagones iban a obscuras. Unicamente mis ventanillas persistían iluminadas, y mis viajeros, como desvelados por la vecindad del matador, no pensaban dormir.

En Manzanares, donde El Meñique recibió de un grupo de adictos manzanareños vítores y parabienes conmovedores, subió a mí un individuo treintañal, pequeño y flaco, que, no bien columbró a Juanito Paisa, fuése a él con los brazos abiertos.

—¡Juanito... Juanito!...—repetía aquel señor conforme iba andando—. ¡Juanito!...

“El amigo de Manuel” pareció alegrarse de verle.

—¡Don Felipe!—exclamó.

Hubo, sin embargo, en su gesto cierta tibieza; fué un saludo de amo a criado; Juanito consideraba a don Felipe “inferior”.

—¿Adónde va usted?—agregó.

—A Sevilla, hijo mío; a la Feria. ¡Como todos los años!... ¡A ver a “ese hombre”, a esa maravilla!...

Referíase al Meñique. Paisa replicó orondo, con el orgullo de quien abre una caja de caudales:

—Ahí le tenemos.

—¡Ya lo sé!... Me habían dicho: “El Meñique viene en el segundo coche.” Y por eso me metí aquí. ¿Supongo que me presentará usted a él, verdad?...

—Ahora mismo.

—Usted ya sabe que lo merezco...

—¿Cómo si lo merece usted?—apoyó Juanito—: ¡más que nadie!... ¡Adentro!...

Penetraron en el compartimiento del torero.

—Manuel—dijo Paisa con un reposo que daba a sus palabras solemnidad—: voy a presentarte a un amigo “de los buenos”, a un partidario tuyo “verdad”. ¡Cuando yo te lo digo!...

El Meñique se levantó y estrechó la mano de don Felipe, que, con elegancia y desparpajo, se había descubierto. Aquel hombre era calvo también, y quedéme pasmado de su fraternal semejanza con el matador: tenía sus ojos negros, su tez cobriza, sus mejillas tristes, su perfil de águila...

—Te advierto—prosiguió “el amigo de Manuel”—que no es calvo; don Felipe no es calvo, pero se afeita la cabeza para parecerse más a ti.

El Meñique rió francamente.

—Hombre... ¡muchas gracias!

Y le examinaba; y cuanto más minuciosamente le detallaba más crecía en él la ilusión de hallarse ante un espejo.

—Así es—ratificó don Felipe—; yo me afeito la cabeza dos veces por semana, para asemejarme a usted más. Y cuando alguien me pregunta: “¿Es usted hermano del Meñique?...” siento que me hincho de satisfacción.

Ya sentados continuaron hablando, y don Felipe declaró tener guardados en álbumes y clasificados cronológicamente cerca de cuatro mil retratos de su lidiador favorito.

Era más de media noche.

Yo pensaba:

—¿Será posible que esta gente no tenga sueño?...

Jamás había presenciado vigilia tan larga.

En Valdepeñas, adonde arribamos con retraso, también esperaban al Meñique. Las escenas de Manzanares y de Alcázar de San Juan se reprodujeron fielmente; las preguntas eran siempre: “¿Cómo está la herida?...” “¿Fué un botellazo, verdad?...” A las que seguían varias palabras ofensivas para la madre de quien arrojó la botella. Después, parabienes, estrujones de manos, promesas de ir a Sevilla pronto, vítores... y el tren que se va.

Al salir de Valdepeñas Manuel pidió le preparasen la cama, pues quería dormir, y delegó en su apoderado el trabajo de recibir a cuantas personas o comisiones estuviesen aguardándole a lo largo de la ruta.

—Porque yo—declaró—no puedo tirar de mi cuerpo.

Aseguróle don Ricardo que nadie le molestaría, y con esta halagüeña perspectiva el matador despidióse de “sus íntimos”, y, cojeando, volvióse a su compartimiento. En el instante de cerrar la puerta, Juanito Paisa le llamó, metiendo los labios por la ranura, llena de luz, que aún quedaba entre el batiente y el marco. Juanito tenía celos de todos los amigos de Manuel, y no perdía ocasión de demostrarles que él era más obsequioso que ninguno y “el último” siempre con quien el diestro hablaba al ir a recogerse.

—¿Quieres algo, Manuel?—averiguó el notario.

—No, gracias.

—¿No se te ofrece nada?

—Nada.

Los grandes toreros, por lo mucho que en aquella y en otras ocasiones comprobé, tienen corta la conversación. “El amigo de Manuel” miraba al espada con cariño filial, con sorpresa, con arrobo: aquel hombre era su admiración, su alegría, su orgullo; era casi el “porqué” de su vida... y observándole languidecía como un “dilettante” de la pintura ante un cuadro maestro. Con ternura de mujer, preguntó:

—¿Para salir del tren, qué traje vas a ponerte?

—Este mismo.

Juanito Paisa apuntó un levísimo mohín de tristeza, y El Meñique abrió un poco la puerta; aquel guiño acababa de lastimarle en su presunción de mozo bien sembrado; en tal momento el amor propio le dolía más que el pie.

—¿Por qué dices eso?—exclamó.

—No sé... por nada...

—¡Habla, hombre! ¿No te gusta este traje?

Se examinaba: era un “completo” de color “marrón”, muy ceñido, que chorreaba majeza, obra de uno de los más afamados sastres sevillanos. A su vez Juanito le miraba con éxtasis, casi pesaroso de haber hablado.

—El traje “marrón”—pudo decir al fin—es perfecto, como todos los tuyos...

—¿Entonces?

—Pero es que lo has llevado dos días seguidos. Por eso, para entrar en Sevilla, me gustaría verte con el gris. ¡Tú no sabes cómo te “cae”!...

Manuel movía la cabeza; consideraba que, para complacer a su amigo, habría de molestarse en abrir la maleta. Juanito Paisa agregó:

—Con el traje gris estás... ¡vamos!... ¡Estás como con ninguno! ¿Iba yo a engañarte?

Desasido y paciente, El Meñique repuso:

—Bueno, hombre; duerme tranquilo: me pondré el traje gris...

Y cerró la puerta.

Para que el torero reposase mejor, don Ricardo Fernán, “el marquesito” y “el amigo de Manuel” se retiraron al departamento contiguo, dispuestos a dormir. Mis otros inquilinos también descansaban, y todas mis luces, excepto las del pasillo, donde quedaban algunos fumadores insomnes, fueron apagadas. Así llegamos a Venta de Cárdenas, donde, sin miedo a lo intempestivo de la hora, varios admiradores del lidiador esperaban. Yo les oía preguntar:

—¿Dónde estará Manuel?... ¿Vosotros no sabéis en qué coche vendrá?...

La circunstancia de hallarse los vagones en tinieblas les despistaba y empezaron a correr, desconcertados, delante del convoy. Les enfurecía el temor de no ver al “ídolo”. Algunos empezaron a gritar:

—¡Manuel, Manuel!...

El apoderado del Meñique y sus compañeros se miraban regocijados y llevándose un índice a los labios, dándose mutuamente la consigna de permanecer callados. Los venteños insistían en su demanda y con los nudillos golpeaban en las ventanillas de los coches; pero el expreso volvió a caminar y quedaron chasqueados. Lo propio acaeció en las estaciones de Santa Elena y Vadollano, y en la de Baeza un individuo, cansado de llamar al Meñique, lanzó una gruesa piedra contra mí y me rompió un cristal. El bárbaro fué detenido.

—El peligro está en Córdoba—decía don Ricardo.

Y “el amigo de Manuel” repetía, afligidísimo:

—¡Eso!... ¡En Córdoba, donde tenemos una parada de quince minutos! Allí no hay escape...

Sus tristes previsiones hallaron confirmación plena. Al entrar, ya casi de día, en la estación cordobesa, columbré una multitud de más de cuatrocientas personas, ávidas de ver al torero herido. Aquel humano enjambre avanzó al encuentro de la máquina, e instantáneamente formó en línea de batalla ante el convoy. A un: “¡Viva El Meñique!”, lanzado al aire por un pecho robusto, respondió un “¡¡Viva!!...” colectivo, ensordecedor y prepotente.

Los coches-camas persistían embozados en su obscuridad, pero en las “primeras” las luces lucían porque el trasiego de viajeros era considerable. Desde el furgón de cabeza al de cola, se oía repetir:

—¡Manuel!... ¿Dónde está Manuel?...

Otras voces discutían:

—Deben de venir con él su apoderado y Juanito Paisa.

—¿De qué Juanito Paisa hablas tú? ¿Del notario? ¡Ese está en Sevilla!...

—Te aseguro que viene aquí: Juanito Paisa es “el amigo de Manuel” y le acompaña a todas partes. ¡Me juego lo que quieras!...

Tanto arreció el vocerío de los manifestantes, que don Ricardo decidióse a mostrarse en una ventanilla. Paisa y “el marquesito”, contentísimos de exhibirse también, permanecían tras él, muy cerca.

—Buenos días, señores—dijo el apoderado sencillamente.

Sus palabras, aunque articuladas en voz baja, tuvieron la virtud mágica de llegar a todas partes, porque en el acto, la multitud corrió a congregarse delante de mí.

—Yo les agradezco a ustedes mucho—prosiguió don Ricardo—este rasgo de adhesión. ¿Qué querían ustedes? ¿Ver al Meñique?... No es posible, porque viene acostado.

A la vez, cruelmente, los oyentes replicaron:

—¡Que se levante!...

—Viene dormido; pasó muy mala noche...

—¡Despiértele usted!—gritaban a porfía unos y otros—; nosotros también pasamos mala noche. Por verle, la mayoría de los que estamos aquí no se ha acostado.

—Señores—insistió don Ricardo—; yo no me atrevo a despertar a Manuel; adviertan que se trata de un hombre herido...

—No importa—replicaron unánimes los espectadores—; una herida en un pie no es grave. ¡Dígale que se tire de la cama! ¡Queremos verle... queremos hablar con él!...

Consideraban que ya habían transcurrido ocho o diez minutos, y que el momento de salir el expreso era inminente. Empezaron a irritarse. ¿Se les desdeñaba?... Súbitamente la muchedumbre iba a enojarse, porque en el alma colectiva ni la admiración ni el odio tienen entrañas ni cauces fijos. Por fortuna don Ricardo comprendió a tiempo.

—Pues que se empeñan—gritó—esperen un momento. ¡Voy a rogarle que se levante!

Corrió, seguido de Paisa, a la cama de Manuel, que estaba despierto y de torcidísimo humor.

—¡Arriba, Manolo!—imploró don Ricardo—; ya me oíste pelear con ellos; no pude hacer más...

—Yo, no me levanto—masculló el torero.

—Harás muy mal; no necesitas vestirte; abrígate con la manta de viaje y asómate un momento; lo esencial es que te vean, que no crean que les desprecias... “Media Córdoba” está ahí...

Los admiradores del diestro volvían a gritar:

—¡Manuel!... ¡Sal!... ¡Viva El Meñique!...

Algunos empezaron a golpearme con sus bastones, para hacer ruido. Hubo una nutridísima salva de aplausos; después nuevas voces resonaron:

—¡Manuel!... ¡Queremos que se asome Manuel!

Detrás de don Ricardo, Juanito Paisa rogaba, compungido, al matador:

—Compláceles, Manolo; de no hacerlo considera que vas a captarte muchas enemistades, y que, un día u otro, has de venir a torear a Córdoba...

Con aire resignado, casi místico, El Meñique se incorporó en la litera.

—Os obedeceré con tal de que me dejéis tranquilo.

Levantóse cojeando y, envuelto en un kimono rojo y verde, se asomó a la ventanilla.

—Salud, señores...

Pequeño, flaco, cobrizo y calvo, y metido en aquel disfraz orientalesco, a la luz blanca del amanecer El Meñique debía de simular un icono. Muchos aplausos y vítores calurosos, acogieron su aparición. Inmediatamente prodújose un silencio absoluto. Los circunstantes, extasiados, contemplaban al “ídolo”; y él, a su vez, les miraba. Así transcurrieron ocho, nueve... diez segundos... ¡Curiosos fenómenos de la emoción!... Ya en presencia del maravilloso gladiador, nadie osaba despegar los labios, y los entendimientos estaban como paralizados. Hasta que en medio del hondo y general recogimiento, una voz dijo:

—¿Eso del botellazo qué ha sido?...

No contestó Manuel, y su rostro pálido de fetiche tampoco expresó nada. La escena tenía una suprema fuerza cómica. La misma voz continuó:

—Aquí todos hemos leído los periódicos: ¿de modo que es cierto que en Valencia quedaste muy mal?...

Mansamente, con ironía apacible y amarga, El Meñique repuso:

—¿Para preguntarme eso me habéis hecho levantar?...

Como nadie respondiese a observación tan justa, el torero añadió:

—Señores, se agradece la intención...

Y suavemente, sin cólera, levantó el cristal. En aquel momento partíamos y entonces, tibios, rezagados, sonaron algunos aplausos. El Meñique, dolorido en su carne y en su corazón, acaso con ganas de llorar, tiró el kimono al suelo y se volvió a la cama.

Aunque convencido de que Manuel González no era verdadero responsable de nada, yo le había cobrado mala voluntad: por causa suya, sus adictos de Córdoba me molieron a bastonazos, y en Baeza un salvaje, de una pedrada, me había roto un cristal. Era aquél uno de los viajes peores de mi vida. Este mal humor mío lo compartían mis inquilinos, a quienes las ovaciones tributadas al Meñique impedían dormir.

—Será la última vez—musitaban—que vuelva a viajar en compañía de un torero “de cartel”. ¡Vaya una noche!...

El caballero a quien he adjudicado el remoquete del señor “del bigote frondoso”, tampoco descansó bien; aunque no eran las voces ni el ruido, sino los remordimientos, los que le ahuyentaron el sueño. A este hombre excelente le torturaba el resquemor de que el tabaco con que obsequió al Meñique no hubiese resultado bueno, y a causa de ello el gran lidiador hubiese formado de su persona un concepto desfavorable. Aquel puro nefando, venenoso tal vez, era, ante los justicieros ojos de su conciencia, como un puñal clavado en el aparato respiratorio del matador. De esta inquietud hizo partícipes a su mujer y a sus hijas, quienes asímismo se atribularon. La esposa preguntó:

—¿Cuánto costó el puro?

—Tres pesetas; era de los más caros; pero se trata de una “marca” que yo no conozco...

—Debías haber comprado dos, para fumarte uno; y si el tuyo ardía bien, regalarle el otro.

—¡Tienes razón...—suspiraba el marido mordiéndose los labios—tienes razón!... ¿Cómo no se me ocurriría eso?...

Toda su familia sufría de este dolor, aterrada de la facilidad con que el descrédito puede herir a las personas. En el cerebro del hombre “del bigote abundante”, se había incrustado la siguiente consideración: “Antes El Meñique no tenía por qué despreciarme, y ahora sí...”

—¿Y si volvieses a visitarle—propuso la señora—con pretexto de informarte de su salud, y así... charlando... le preguntases si el puro le gustó?...

—¡Es una excelente idea, papá!—apoyaron las hijas.

Estas palabras, ungidas de discreción, prendieron en los ojos del ingenuo caballero una luz de esperanza.

—¡Tal vez tengáis razón!—exclamó a la vez receloso y contento—; las mujeres sois el Diablo: lo intentaré.

Eran más de las ocho de la mañana y trasponíamos la estación de Los Rosales, cuando “el señor del bigote” dejó su compartimiento resuelto a echar dudas a un lado.

En el pasillo encontró, precisamente, al Meñique, vestido de gris, y a Juanito Paisa, que chupaba un puro. “Para no detenerme mucho con ellos—pensó—fingiré dirigirme al cuarto-tocador...” Avivó el paso y procuró dar a su saludo una elegante ligereza.

—Buenos días, Manuel...

—Buen día—replicó el matador.

—¡Celebro hallarle solo! ¿Me permite usted una pregunta?

—Todas las que usted quiera hacerme.

—¿Cómo era el habano que le dí anoche?... El temor de que fuese malo no me ha dejado dormir.

El Meñique interrogó a Juanito Paisa:

—El habano que estás fumando, ¿no es el que me regaló el señor?

—El mismo—repuso Juanito—; ¡y es muy bueno!... ¡Palabra!...

—Los tabacos que me ofrecen—agregó el torero con su hablar parsimonioso habitual—yo los acepto para obsequiar a mis amigos; pero, yo, no fumo...

El señor “del frondoso bigote” balbuceó algunas frases vulgares de despedida y, por hacer algo, se metió en el cuarto-tocador. Estaba avergonzado.

XX

Los diarios de Sevilla informaron a sus lectores de que la víspera, y por efecto de una maniobra inhábil, el expreso de Madrid había salido con cerca de media hora de retraso; pero en el fárrago de hechos que rellenan la vida cotidiana el suceso escapó inadvertido, lo cual no me extrañó, pues los hombres creen que la vida consciente no se extiende más allá de ellos mismos. ¡Ah! Si supiesen leer ¡sólo un poco!... en el Misterio, hubieran reconocido que lo que creyeron choque fortuito de dos vagones, era un desafío.

Efectivamente, el tiempo, lejos de suavizar las asperezas de mis relaciones con El Majo, las había hecho más vidriosas y difíciles. Acostumbrado a ejercer hegemonía despótica sobre el convoy, mi enemigo no aceptaba que yo le tratase de igual a igual, y sin otras consideraciones ni reverencias que las mismas, exactamente, que él me tributaba; yo, por mi parte, no le consentía la menor insinuación autoritaria: éramos de la misma fuerza y de temple parecido, y, fatalmente, teníamos que pelear. No perdía ocasión de hostilizarme: en las estaciones del tránsito paraba súbitamente, para que yo me lastimase contra él; en las cuestas arriba se dejaba ayudar por mí, y una noche, cruzando Despeñaperros, intentó lanzarme fuera de la vía en una curva. La cobardía de su traición me encendió la cólera, y arrastróme a decirle los peores insultos.

—Eres—le dije—un majadero y un villano, y hemos de matarnos.

—Iba a proponértelo—repuso muy engallado.

—Pues en la primera ocasión será, y poco he de poder si no te expulso del convoy.

Estábamos, pues, desafiados, y pendientes del lance todos los coches. Hasta las máquinas supieron la noticia, y huelga añadir que unánimemente las simpatías se hallaban de mi parte. Era seguro que El Majo, profesional de la baratería, no me tenía miedo; pero tampoco me lo inspiraba él a mí, y si ya no habíamos liquidado cuentas fué por ausencia de ocasión. Presentóse ésta al cabo en la estación de Sevilla, una tarde, con motivo de un sleeping que, por averías, debía ser retirado del “expreso”.

Sucedía que cuando La Sabrosa andaba de maniobras, bien porque tuviese que beber agua o proveerse de carbón, o ayudar a empujar algún “mercancías”, siempre iba sola; esto era lo frecuente. A veces, sin embargo, llevábase consigo al primer furgón, y también al Negro; y así yo siempre me quedaba quieto y unido a “la cola” del convoy. En la tarde a que me refiero el mozo que acudió a fraccionarnos, bien por equivocación o porque así se lo hubiesen mandado—me inclino a creer lo primero—en vez de separarme del Negro, según solía, me apartó del Majo, y así nos proporcionó la oportunidad de pelear que tanto ansiábamos, pues nada se parece a la sed, ni hace mejores migas con el insomnio, que el deseo de venganza. Mientras nos desunían, mi rival me advirtió:

—Pues te corresponde la ofensiva, tómala con coraje.

—Luego me dirás—contesté orgulloso—si supe complacerte.

Y seguí a la máquina. Nuestro duelo había de ser, forzosamente, rapidísimo: limitábase al choque, más o menos rudo, que tendríamos después, al reunirnos; de consiguiente todo nuestro odio, todo nuestro futuro crédito también, debían concentrarse en un golpe supremo y decisivo. Para impedir que el maquinista—como siempre hacía—regulase el movimiento aproximativo de las dos partes del “expreso”, precisaba interesar a La Sabrosa en el desafío y erigirla en una especie de “juez de campo”. Por medio del Negro, del furgón de cabeza y del ténder, hablé con ella, y no bien cruzamos algunas palabras cuando su voluntad estuvo de mi parte.

—Es indispensable—la dije—que cuando volvamos atrás y yo me halle a cincuenta o sesenta metros del Majo, fuerces tu velocidad, para lo cual arréglatelas de modo que tu “regulador” no funcione, pues de lo contrario el maquinista te obligará a ir despacio.

—Lo haré así—repuso La Sabrosa—; pero, la verdad: ¿tienes muchos deseos de topar con El Majo?

—Quiero—exclamé vehemente—partirle el cuerpo.

—Vamos a dar un escándalo...

—No importa, pues que en ese escándalo va envuelta una lección. Conviene escarmentar a los perdonavidas.

—Pues, prepárate, Cabal, y reúne bien tus ímpetus—replicó La Sabrosa—porque ya volvemos.

Había bebido lo necesario y recogido seis mil kilos de carbón, y engrasada y reluciente retrocedía con su suave y poderoso rodar señorial. Desde otros carriles muchos vagones me observaban, y por la expectante atención que en ellos había les comprendí advertidos del lance. Aquellas miradas, en cada una de las cuales había un mordisco para mi amor propio, redoblaron mis ánimos: sentí que toda mi tablazón se contraía y endurecía, semejante a un músculo; que mis pernos y tornillos se apretaban, y que, a la vez, en sus marcos respectivos, todas mis puertas y ventanas se disponían al golpe.

—Apóyate en mí, Cabal—murmuró a espaldas mías El Negro.

Al término de la vía mi rival me aguardaba, y en cada uno de sus topes, redondos como puños, había una criminal amenaza. Sólo nos separaban cincuenta metros cuando el maquinista quiso dar contramarcha; pero La Sabrosa no amainó su velocidad; inquieto el maquinista afianzó ambas manos al volante, y por segunda vez fué desobedecido. Los frenos también parecían rebelados; el choque iba a ser terrible; varios empleados corrieron hacia la locomotora, gritando:

—¡Atrás... atrás!...

El maquinista, muy pálido, explicaba a voces:

—¡No puedo!... ¡No obedece!...

Al encontrarme con El Majo, le dije:

—¡Aguanta, si puedes!...

Y cerré contra él, sirviendo a mi destructora intención con todo mi peso. Lo hice descarrilar: primero fueron sus cuatro ruedas delanteras las que se salieron de la vía; luego su cuerpo comenzó a inclinarse y segundos después perdía el equilibrio y se desplomaba sobre un costado, al aire todos sus rodajes; como muerto. Su imperial, en casi toda su longitud, quedó abierta. Yo, con asombro y regocijo de mis camaradas, permanecí firme: ni una sola de mis piezas se estremeció; ni siquiera mi dínamo padeció. De aquella refriega, en la que, sin culpa, el fogonero y el maquinista quedaron heridos, yo salí únicamente con los cristales rotos.

Tres días permanecí ocioso, en tanto me arreglaban la cristalería y un carpintero remachaba algunos clavos que, con la percusión, habían sacado la cabeza de la madera como para enterarse de lo acaecido; y luego me añadieron a otro “expreso” recién formado; un convoy lleno de ese proverbial buen humor andaluz tan rico en hipérboles y en símiles dichosos. Mis compañeros se titulaban “cómicos”, y algo de esto recuerdo haber dicho en otro capítulo de estas “Memorias”. La máquina que trabajaba entre Sevilla y Córdoba era La Empresa; el coche-cama, La Primera Actriz; entre las unidades de “primera” había un Galán, un Apuntador, una Característica, un Barba... En cuanto a mí, aunque sabían mi nombre y mi reciente lance me enmarcaba de prestigio, empezaron a llamarme El Representante, por lo urbano y bien dispuesto que todos me hallaron, y con tan buena gracia lo hacían que ni una vez quise protestar.

Con estos excelentes camaradas rodé largo tiempo, y su optimismo y sus agudezas me proporcionaron muchos ratos amables. ¿Qué habrá sido de ellos? Todavía mi salud continúa recia, pero comprendo que el espíritu ha cambiado, y lo advierto en la desgana con que hablo, pues según las cosas—con los años—van perdiendo importancia a mis ojos, día tras día y en proporción igual me cuesta mayor trabajo discurrir con entusiasmo acerca de ellas. “Todo desmaya, todo envejece”...—pienso—; y la tristeza y el cansancio, entrañas de la vida, insensiblemente penetran en mí. He adquirido una capacidad nueva y útil para acercarme a lo que parece pequeño y conocer su profundidad, y merced a este don, el mundo lo imagino más caudal y variado que antes. A ello atribuyo la resurrección de ciertas imágenes que, durante tres o cuatro lustros, mi misma turbulencia juvenil mantuvo desechadas y como cubiertas de polvo en los últimos rincones de la memoria.

Por ejemplo: siendo muy mozo, llegué un anochecer autumnal a un pueblo vasco. ¿Era Andoaín? ¿Era Urnieta?... ¿Hernani, quizás?... Poco importa: sólo sé que llovía bien, que hacía frío y que el aguacero tamborileaba sobre las techumbres y los cristales del convoy. Lejos, en el paisaje neblinoso, fulgían algunas luces. Olía a jaras. Detrás de la pequeña estación, de pronto, resonó un rasgueo de guitarras, y una voz varonil, entonada y caliente, empezó a cantar un zorcico. Aquel crepúsculo húmedo, aquel porfiado llover, aquella tonadilla triste... ¡qué bien rimaban!... La copla parecía diluirse en el paisaje lloroso, y el paisaje, a su vez, sollozaba en la canción. ¿Por qué ahora, después de tantos años, este delicado recuerdo vuelve a mí?...

Por movedizo y vagabundo quizás, me interesaban los ríos, cuyas aguas sólo nos dicen adiós una vez; y más que los ríos, que realizan la paradoja de los que estando siempre en marcha nunca acaban de irse, los caminos.

¡Oh! ¡Esos caminos que, de noche, bajo el livor astral, simulan cauces secos!... ¿Quién no sufrió su poesía arcana?... Ellos significan mucho más que un lazo de unión entre dos pueblos: parodia dichosa son del Tiempo, porque como él están a nuestro lado, y delante... y detrás; y como él no cambian, y, sin embargo, jamás hubo sobre ellos dos puntos exactamente iguales; y, como él, en fin, no se mueven y parece, no obstante, que se van. Asímismo constituyen, al igual del Tiempo, el vehículo de lo más malo y de lo más dulce: por ellos ambulan la Gloria y la Suerte; por ellos vienen las novias de los hombres, vestidas de blanco; por ellos, tras la diosa Aventura, se fueron los hijos, y los padres pasaron en un coche negro... Son también la experiencia, y por eso, sin hablar, guían; y mientras el campo uniforme calla, ellos, al peregrino que equivocó su rumbo, le dicen: “¡Sígueme!”...

Si la tierra, con todas aquellas divisiones que la geografía política determina, representa “el rostro de la humanidad”, los caminos marcan los pliegues o surcos de ese rostro. Las emociones, siguiendo una vez y otra trayectorias idénticas, llegan a pintar arrugas en la cara del hombre, como las gentes rústicas, ambulando sin otro guía que su instinto, bocetaron los primeros caminos; y su intuición fué certera, pues generalmente el lápiz del ingeniero ratificó más tarde, sobre el papel, el rumbo que en el campo verde dejaron los pies descalzos del patán. En las fisonomías inteligentes y movibles abundan las arrugas, como en las naciones muy trabajadas por el progreso hay muchos senderos. Para las impresiones, los surcos de la piel son los caminos del semblante; para los vagabundos, los caminos son las arrugas de la tierra.

Caminos de hierro, por los que, con una velocidad de ochenta y de noventa kilómetros por hora, corre la vida; caminos carreteros, limpios, señoriales, que devanáis vuestra cinta gris bajo el amparo de la Ley; caminos de herradura que, atravesando bosques, guardáis en vuestra línea ondulante un gesto incierto y trovador; caminos cubiertos, suspendidos atrevidamente entre el llano y el acantilado del monte; veredas serranas que, trepando unas veces, descendiendo otras, bordeáis el espanto de los abismos y conserváis—semejante a un perfume silvestre—la indecisión del primer viajero; rutas, en fin, sea cual fuere vuestra categoría y preeminencia, con que el horizonte responder parece a la insatisfecha impaciencia de los hombres: ¿quién no ha sentido vuestro imán; quién nació tan sordo de corazón que no oyese vibrar, en lo más recogido de su alma, vuestra voz sirena?... ¿Y cuál es vuestra poesía que lo magnificáis todo de manera que, hasta el mismo mar, cuando la luna tiende sobre él su calzada de plata, se ofrece más bello?...

¡Ah!... Si yo pudiese hablarles a los humanos les exhortaría a no languidecer, ni un instante, en el estéril reposo de las vidas quietas, sino a marchar constantemente, así por los caminos del mundo, como tras las ideas y las pasiones, caminos del espíritu. Yo les diría: “Hombres, viejos o jóvenes: desead, moveos, renovaos sin sueño, adorad los caminos: tened siempre un rumbo para vuestros pies, llevad siempre encendida en el alma, a modo de brújula, una ambición. Por mucho que hayáis luchado, acordaos de que la Muerte, cuando llegue a vosotros, os debe hallar en pie”...

Esto que digo de los caminos, explica mi cariño a los árboles, que reparten el bien y mueren en silencio, y tienen la dulzura de la filosofía panteísta.

No hablaré de aquellos que cubren los parajes solitarios y, amparándose unos a otros, forman bosques espesos: los castaños, los robles, los nogales, los alcornoques, los pinos siempre verdes, las encinas—mis abuelas—torcidas como raíces, los olivos descendientes de los que florecían en el huerto donde Jesús se dejó atar las manos. Todos ellos viven apartados del tráfago humano y parecen felices: lozanean a su alrededor altos herbazales que, defendiendo la frescura del suelo, los benefician; por las mañanas, sus frondas sin polvo y mojadas de rocío tienen la fuerte alegría verde del mar. En verano, a la hora sin brisas de la siesta, el canturreo lascivo de las cigarras los adormece, y de noche, bajo la melancolía lunar, sus sombras, alargadas sobre la tierra, parecen almas. Así viven siglos: nadie los molesta; de tarde en tarde, un cazador furtivo, un grupo de contrabandistas, un tren que huye a lo lejos...

Tampoco hablaré de aquellos árboles que embellecen los jardines públicos. Alineados, podados, monótonos, no tienen la altivez ni la melancolía arisca de los otros, sus hermanos del bosque: antes muéstranse débiles y tristes, cual conscientes de su esclavitud. Son, no obstante, verdaderos mimados de la fortuna, y servidores uniformados vigilan su reposo, y limpian sus troncos de vegetaciones parasitarias y de insectos nocivos; se los abona, se los riega, se los rodea de césped, y cuanto les circunda es alegre, porque la muchedumbre que acude a los paseos sólo va a solazarse. Quizás estribe en esto mi desdén hacia ellos; me parecen empleados del ayuntamiento; no me interesan...

Entero mi amor lo consagro a los árboles olvidados de la suerte, a los árboles-parias, a los árboles trágicos, que el hombre o la casualidad sembraron al borde de los caminos. Nadie los defiende, nadie los cuida; y ellos, sin embargo, no vegetan egoístamente como los otros, sino que, bondadosos, extienden su ramaje sobre la aridez de la carretera por donde el dolor de la vida pobre, de la vida triste, pasa lentamente, y amparan al peregrino y defienden del sol a las bestias cargadas. Nunca pude ver sin emoción esas hileras de árboles que en la sequedad de la planicie castellana derivan hacia el horizonte marcando las ondulaciones de un camino. Parecen marchar tras de un entierro, y en su ramaje ralo que sombrea a intervalos la ruta polvorienta, hay un ascetismo. ¡Qué tristeza la suya, tan honda! Solos, abandonados, nadie acudirá a levantarlos si el huracán los derriba, ni los desembarazará de la cizaña, ni lavará el polvo calizo que mata su fronda, ni les dará un poco de agua cuando sus raíces, bajo el sol de agosto, mueran de sed. Nada los defiende. El carretero cortará de ellos la vara que necesita para apalear su ganado, y al pie de su tronco los pastores, en las noches de invierno, encenderán la hoguera con que han de calentarse. Eucaliptos, higueras, álamos erectos, chopos llenos de gracia, acacias plateadas... no merece perdón el ingrato que arranque a vuestro ropaje una sola hoja. Si sois bellos y buenos, si dais hermosura al paisaje y salud al hombre, ¿quién exigirá más de vosotros?...

Esta asotilada inclinación mía hacia los desvalidos y los humildes, me ha ayudado a bucear más hondo en el alma humana, y colocado en disposición de discernir matices sentimentales que antaño no hubiese visto; mi sensibilidad actual alcanza un campo de acción mayor que nunca. En una palabra: me he refinado, me he pulido. Gracias a ello comprendí la dolorosa agudeza emocional del episodio que narraré a continuación y que sin titubeos coloco entre los más bellos de mi vida.

Empezaban a sentirse los primeros fríos de un mes de octubre; día tras día el añil celeste se debilitaba, y por los campos corrían temblores amarillentos. Algunas hojas secas habían caído ya, y el serojo empezaba a llenar de dolor las zanjas. Era la estación en que los trenes regresan a la Corte cargados de veraneantes, y se marchan vacíos.

Aquella noche, al salir de Madrid, sólo llevaba conmigo cinco pasajeros. Me interesó uno de ellos por su aspecto decaído. Aparentaba cincuenta años, pero acaso tuviese muchos menos: era alto, esquelético, encorvado, trémulo, y al andar se apoyaba en un bastón de muletilla que asía con una mano flaca, húmeda, impaciente, con esa fiebre—deseo de agarrarse a todo—que pone en los dedos la agonía. Aquel hombre, a quien nadie fué a despedir, alquiló cuatro almohadas y se instaló junto al corredor y de espaldas a la máquina. Tuvo un largo y angustioso ataque de tos, y empapó en sangre un pañuelo. Yo creí que se acostaría; pero mantúvose sentado, acaso porque en esta posición respiraba mejor. Poco a poco ordenó a su alrededor las almohadas: una, a la altura de los riñones; otra, detrás de la cabeza; las dos restantes, debajo de los brazos. Hecho esto pareció descansar, y suavemente, como aliviado, entornó los párpados; mas apenas sus ojos—que eran grandes y ardientes—se apagaron, cuando me pareció que su rostro pajizo cubríase de nueva lividez, y que su nariz aguileña se afilaba, y sus pómulos salientes se acentuaban más; y advertí también que entre el bigote lacio y las descuidadas barbas, la boca, de labios blancos, había quedado abierta. Así, enfundado en un viejo gabán, con el perfil vuelto hacia arriba y una boina que, ajustándole las sienes, realzaba la convexidad del frontal, mi huésped parecía un cadáver.

—No tardarás en bajar a la tierra—pensaba yo.

De vez en vez, molestado por mis traqueteos, abría los ojos, tosía, escupía en su pañuelo y tornaba a adormecerse; aunque no era el sueño, sino la flaqueza y total ruina de su organismo, lo que le inmovilizaba. Pronto le olvidé.

En el andén de Alcázar de San Juan vi una mujer de buena estatura, de cabellos castaños y vestida de luto, a quien en seguida reconocí. ¡Era Raquel!... Y la silueta ensangrentada del infeliz don Rodrigo pasó, semejante a un remordimiento, por mi memoria. En los cuatro años transcurridos desde entonces la silueta de mi antigua “cliente”—como hubiera dicho Dos-Caras—había mejorado. La encontré más esbelta y ágil que antaño, y también más triste; indudablemente el luto la espiritualizaba, la embellecía.

“¿Vestirá así por “él”?...”—me dije.

Y seguí meditando, mientras la observaba:

“¡Si supieras que este vagón, que crees no conocer, es el mismo que tantas veces te llevó y te trajo de La Coruña a Valladolid! ¡Si supieses que yo, leyendo en el pensamiento de tu amante, que te adoraba, muchas veces te vi desnuda!... ¡Si el corazón pudiera explicarte que me debes la vida, porque fuí yo quien mató a tu hombre la noche, precisamente, en que él iba a matarte!...”

Raquel se acercó a la “Biblioteca”, a comprar algo que leer, y la oí platicar con la vendedora. La joven había pedido obras de Leonardo Ruiz-Fortún, escritor entonces muy en boga. En los armarios, a la vista, no quedaba ninguna, por lo cual la vendedora púsose a registrar en un arcón: sus manos, conocedoras y diligentes, avezadas a manejar libros, iban de un volumen a otro.

—¡Bien sabía—exclamó, incorporándose—que quedaban varias! Tome usted: Silencio... Es una novela que las señoras piden mucho.

Raquel suspiró: porque aquella obra tenía para ella un recuerdo:

—La he leído...

—Vea, otra: El amigo íntimo.

—También la he leído; conozco casi toda la producción de Ruiz-Fortún; es mi autor predilecto.

—Otra... la última: Años de paz.

—¿Ah?... ¿Es nueva?...

—Acaba de ponerse a la venta; la recibimos ayer.

Con aire desasido Raquel abonó el importe del volumen, que empezó a hojear, y cuando, de pronto, acertó con ese “paisaje interior”, de irisada y taladrante observación, que todos los dilettanti del libro buscan en la obra recién comprada, sus ojos—¡ah, prodigios del arte!—fulgieron de emoción.

Inmediatamente se acercó al “expreso”, que ya se iba, y, sin vacilar, obediente a la sugestión arcana de las cosas, subió a mí y fué a colocarse—dando el rostro al camino—en el departamento donde viajaba el enfermo de que hablé antes. Era el mismo compartimiento en que don Rodrigo hizo su postrer viaje, y la decisión rectilínea—voz de fatalidad—con que penetró en él, pudiendo haber elegido otro, me calofrió. Yo hubiese querido decirla: “Raquel: el coche que ahora te lleva a Andalucía es antiguo conocido tuyo; es el que tú y tu Rodrigo llamabais “nuestro vagón”. Yo sé cómo besas, y doy fe de cuánto él te quiso; yo le he oído dudar de tu cariño y le he visto romper tus cartas. También le vi muerto: donde su cuerpo estuvo tendido, tú, ahora, sin saberlo, acabas de poner los pies; hubo sangre suya ahí, por donde tú has pasado”...

Raquel, después de sentarse cerca de una ventanilla, miró a su alrededor; esto es, “me miró”. Seguidamente y acaso bajo mi influencia, pensó en el amante muerto, y por su frente resbaló una melancolía. En su espíritu leí este nombre: “Rodrigo”; y, a continuación, aparecieron los ojos claros y el bigote rubio del sin ventura. Suspiró y su conciencia se llenó de obscuridad. Yo la miraba con cariño: si la hubiese visto acompañada de otro hombre, la habría odiado; pero iba sola, y aquel afecto que, tras de tanto tiempo, dedicaba al amado, me la hacía simpática. Y volví a pensar: “¿Por quién llevará luto?...” De su mano izquierda, que exornaban antaño una esmeralda y un rubí, la esmeralda faltaba, como si su dueña hubiera querido dar a entender así que la esperanza había emigrado de su corazón.

Raquel observó unos momentos el cielo límpido y estrellado. Después sacó de un “neceser” una plegadera de marfil y oro, y con una parsimonia, que era una caricia, comenzó a cortar las hojas del libro: lo hacía con esmero, con amor... En seguida emprendió la lectura, e interesada, tanto por el estilo apasionado como por el asunto, leyó, de un tirón, lo menos veinte páginas.

Bruscamente el viajero que llamaré “de las cuatro almohadas” comenzó a toser; a cada nuevo esfuerzo se incorporaba, jadeante, lívido, como si fuese a dictar su última voluntad, mientras con una mano desesperada se arañaba el pecho.

—Es un tísico—monologueó Raquel—; un incurable...

Y, aunque piadosa, apartó con disgusto los ojos del desconocido, que proyectaba un perfil macabro sobre mi fondo gris.

Nuevamente reanudó su lectura.

En aquel momento el autor trazaba, con rasgos magistrales, el hechizo perezoso de una siesta andaluza: Eran las tres de la tarde de un día de agosto: “Alicia”, la heroína, esperaba a su amante escondida entre las persianas del balcón; del cielo azul descendía una ola de fuego; en el sosiego provinciano de la calle un pianillo de manubrio desgranaba las notas de un vals sensual; en las ventanas y sobre los arriates de las azoteas, las macetas de claveles y de nardos ardían, como llamas, bajo el sol; y en aquella orientalesca borrachera de calor y de luz, el corazón de Alicia volaba hacia el campo, donde todo es saludable y violento...

Por segunda vez Raquel miró a su compañero de viaje. El infeliz tosía y se ahogaba; gruesas gotas de sudor perlaron su frente; sus ojos se desorbitaron con la angustia. Después, ya calmado, volvió a reclinar la cabeza hacia atrás y sus mejillas, empurpuradas momentáneamente por la asfixia, recobraron su lividez. Raquel pensó, egoísta:

“Este pobre hombre me da asco. Si no se duerme cambiaré de coche”...

Tornó a su lectura, y rápido el superior espíritu de Ruiz-Fortún, su autor favorito, volvió a poseerla: como un brujo la dominaba, la aturdía. Había en el verbo del gran artista, adorado de las mujeres, una emoción quemante y como irisada, dotada de milagroso vigor. Todo era en él pasión, ímpetu, amor romántico y exaltado. Leonardo Ruiz-Fortún era un griego que resucitaba en el cansado occidente el espíritu optimista de la vieja Hélade. De sus libros, el pesimismo, que es cobardía, estaba proscripto, y todos sus personajes eran audaces y hermosos como héroes...

Embelesada, Raquel cerró lentamente sus largos ojos negros... y, de súbito, la imagen lejana de don Rodrigo ocupó unos segundos su memoria. Humilló la cabeza; se quedó triste, con esa segura melancolía que emana del fastidio; hacía tiempo que esta disposición depresiva de alma la visitaba.

“Me aburro—pensó—y aburrirse, cuando estamos solos, equivale a no hallarnos satisfechos de nosotros mismos; es “odiarnos” un poco...” Luego, una idea pintoresca turbó agradablemente su espíritu: “¿Cómo sería Ruiz-Fortún?...” ¡Ah! De haberle ella conocido, seguramente le hubiese amado.

Llegábamos a Santa Cruz de Mudela, donde mudábamos de locomotora; eran más de la una de la madrugada. El hombre “de las cuatro almohadas”, a quien mis luces daban una apariencia espectral, sufrió un nuevo acceso de tos, y Raquel hizo sobre sí misma un esfuerzo para no oirle. Momentos después reanudó su soliloquio:

“Sí; el autor de Años de paz tenía razón: no todo en el mundo es podredumbre y felonía. El vulgacho es lodo, pero sobre la gentuza egoísta y sórdida campean voluntades diamantinas y espíritus horros de impureza, que saben hacer de la vida una plegaria excelsa; y Ruiz-Fortún pertenecía a esos elegidos...”

La tos del paciente, que sonaba lúgubre como una voz salida de la tierra, quebrantó transitoriamente el hilo áureo de aquellas meditaciones. La joven tuvo un nuevo gesto de impaciencia y de asco. Luego su fantasía volvió a piruetear y pensó en escribir a Ruiz-Fortún explicándole la desolación de su espíritu y la admiración—veneración, más bien—que hacia él sentía; y como el novelista, a fuer de cumplido caballero, se apresuraría a contestarla, era seguro que llegarían a ser amigos... amantes, quizás... En este punto de su laborioso discurrir la figura del escritor, por primera vez, la preocupó, pues ella jamás habría podido enamorarse de un hombre feo. ¡No!... La naturaleza no gusta de dejar sus obras inconcluídas: los artistas divinos y deformes, como Leopardi, son, afortunadamente, muy raros. Y Raquel se tranquilizó al convencerse de que Leonardo Ruiz-Fortún tendría, como lord Byron, una hermosa cabeza juvenil, grave y triste...

En Venta de Cárdenas subieron a mí y se instalaron en el departamento donde iba Raquel dos viajeros, que debían de ser madrileños por lo que de su acento y conversaciones pude colegir. Transcurrió la noche. A la mañana siguiente, al llegar a Córdoba, el señor “de las cuatro almohadas” se incorporó, saludó con una sonrisa glacial a sus compañeros de viaje, y salió al corredor. Caminaba inclinado, tembloroso, y, al andar, arrastraba un pie. Tras él, en el departamento, quedó flotando un olor a hospital. Cuando descendió al andén y le vi alejarse, de espaldas a mí, pensé: “Ya siempre te veré así, porque tú no vuelves...”

Mi asombro fué enorme al oír que uno de los dos pasajeros que viajaron con él desde Venta de Cárdenas decía a su amigo:

—¿Conoce usted a ese que acaba de salir?

—No.

—Leonardo Ruiz-Fortún.

—¿El novelista?

—El mismo: creo que el pobrecito se quedará en Córdoba...

Raquel, que, como yo, había seguido este diálogo, a durísimas penas reprimió un grito. ¿Era posible que aquel tuberculoso, aquella lamentable piltrafa de la vida, fuese el mismo escritor de inspiración férvida, de propósitos anchos, de estilo recio, con quien ella horas antes, precisamente, había soñado? ¿Cómo en un cuerpo exangüe, casi muerto, podía alojarse un espíritu así?... ¿O era que, tal vez, la misma implacable brasa del alma había roído la carne hasta consumirla?...

“¡La naturaleza es ciega! ¿Para qué fantasear? ¿Para qué esforzarnos en ser dichosos?”—discurría Raquel.

Tras una pausa, fríamente, por la ventanilla, tiró el libro al espacio.

XXI

En unas revistas ilustradas olvidadas sobre mis asientos, he leído artículos laudatorios acerca de la última obra del escultor montañés Pedro Juan, el cual, cuando yo trabajaba en la línea de Hendaya, viajó diferentes veces conmigo hasta Miranda de Ebro, y de cuyo rostro aguileño y palidísimo, flaco, como consumido por las brasas de sus ojos extraordinarios, recuerdo muy bien. Los críticos celebraban con un ahinco que acreditaba la sinceridad de sus elogios, la expresión, la emoción palpitante, “la elasticidad de carne viva”—palabras suyas—que el artista genial trasmitía a la piedra...

Sin duda todos aquellos ditirambos eran justos, y yo los aprovecho para fortificar lo que en diversos pasajes de este libro expuse a propósito de las vibraciones de inteligencia, de voluntad, de memoria y de sensibilidad física, que el hombre comunica a cuantos objetos le acompañan habitualmente. Si un escultor, por ejemplo, con sólo el esfuerzo de su inspiración y de sus manos, infunde a un pedazo de mármol el calor de su alma, ¿cómo negar esa constante y certera “transfusión de alma”—llamémosla así—con que a lo largo de los años las personas, soslayadamente, vivifican sus trajes, sus muebles y las habitaciones en que habitan? Sin maliciarlo el hombre divide su tesoro vital en dos partes, de las cuales se reserva la mayor, y la otra, que se le escapa por los ojos, y por la punta de los dedos y con el calor de su propio cuerpo, es la que reparte, la que difunde alrededor suyo y queda adherida a las cosas. He ahí el por qué los trajes recién salidos de las sastrerías son “fríos”, por bien confeccionados que estén; y por qué las novelas autobiográficas, por sencillo que sea su argumento, apasionan más y obtienen mayor número de lectores, que las imaginadas, fruto exclusivo del arte y de la inventiva de su autor. Esta vida adquirida, esta vida pegadiza gracias a la cual siento y hablo, donación subconsciente es de los hombres, y si ellos lo supiesen sus escritores comprenderían que la historia, por ejemplo, de “un billete de Banco”, que pasó por millares de manos y pudo servir así para pagarle las medicinas a un enfermo como para comprar a un asesino, bien merece los honores de ser llevada al papel. Diré más: estos libros de “Memorias” son, por su misma índole y composición, más difíciles de escribir que las novelas; agotan: porque en cada novela sólo hay un argumento y uno o dos protagonistas, mientras en una existencia tan agitada como la mía, en cada nuevo personaje que aparece surge un nuevo protagonista y con él, quizás, un nuevo enredo. Un libro de “Memorias” equivale a una sucesión de novelas.

En mi biografía hay millares de meses tediosos, absolutamente idénticos, que no hubiese querida vivir; pero, afortunadamente, de cuando en cuando la Aventura, la divina bruja de los ojos verdes, me miraba, y su roce era tan eficaz, tan excelso, que aunque sólo durase horas bastaba a consolarme de mi fastidio de varios años. Acordándome de aquellas muchachitas que, cuando yo rodaba sobre la línea de Galicia, salían a verme a los andenes del tránsito, yo pensaba:

“Me parezco a ellas en lo de esperar; ellas aguardaban todos los días la visita de lo Extraordinario, y yo también. Yo soy, dentro de mi esfera, como una pequeña estación en donde, tarde o temprano, el tren de lo Imprevisto se detendrá ‘un minuto’”...

El hada Sorpresa, tacaña por temporadas hasta la sordidez, tiene a ratos prodigalidades excesivas. Su alma es histérica, ilógica, y, por lo mismo quizás, adorable. Ora no da nada, ora da muchísimo; ¿pero si repartiese sus dones más proporcionadamente, no nos parecerían menos sabrosos?...

Los dos hechos que voy a narrar se desarrollaron, uno a continuación del otro, desde la noche de un veinticuatro de diciembre—es la segunda Nochebuena notable que recuerdo—y la mañana del día veintiséis: el primero es un episodio lírico, plácido; un duetto al par sensual y romántico que, si terminó conforme sus mantenedores se obligaron delante de mí a desenlazarlo, reducido quedó a un bellísimo cuento; pero que si tuvo “segunda parte”, sirvió de primer capítulo a una novela cuyo desenlace ignoro. El otro episodio es un enredo trágico, una cabriola siniestra, una visión de pesadilla: aquél era “blanco”; éste negro; aquél tenía el color de los azahares nupciales, y éste el tono obscuro de la sangre coagulada. Aquella vez a la Aventura—artista portentosa—la bastaron treinta y seis horas para hacer un “Rembrandt”.

Salí de Madrid, como todos los años me sucedía durante las festividades navideñas, con escaso pasaje. No llegarían mis ocupantes a ocho. En mi segundo departamento viajaban una mujer y un hombre: yo les había oído hablar en el andén; él se hallaba próximo a mí, alquilando una almohada, cuando ella le abordó para preguntarle:

—Caballero... ¿puede usted decirme si este es el tren de Almería?

Tenía una voz dulce, armoniosa; una voz “húmeda”...—no acierto a calificarla mejor—; una voz idílica, hecha para hablar de amor y decirle al Deseo “que sí”...

Clavó él en la desconocida una mirada buída, hambrienta, de gavilán; un mirar con el que la desnudó y la palpó y la registró, por igual, el cuerpo y el alma.

—Sí, señora; este es el tren...

Y añadió afirmativo:

—Tomaré una almohada para usted.

—Bien, muchísimas gracias...

Buscó apresuradamente su portamonedas para abonar el importe de aquel ofrecimiento, pero él ya había pagado.

—Es igual—dijo con una sonrisa y un ademán elegantes—; ¡es igual!...

Uno tras otro subieron a mí, y él, personalmente, colocó primero las maletas de su compañera de viaje, y luego las suyas, en mis redecillas. Ella parecía agradablemente impresionada, al par que cohibida; la eficaz devoción con que era servida la colocaba, por agradecimiento, en un cierto estado de inferioridad ante aquel caballero lleno de iniciativas oportunas. Claramente yo leía en su alma. Pensaba: “Yo me iría a otro coche porque este señor se inmiscuye demasiado en mis asuntos, pero como le debo el alquiler de la almohada... ¡Y es simpático!... Lástima que me mire así, como si quisiese comerme...; aunque es posible que lo haga sin segunda intención. En fin, si así no fuese, siempre hallaré modo de pararle los pies...”

Fluctuaba la edad de la viajera entre los treinta y los treinta y cinco años: era trigueña, ojinegra, antes abastada que escurrida de formas, vestía esmeradamente, parecía presumir—y a fe que podía hacerlo—de tener la pierna linda y el pie menudo y bien calzado, y era, en suma, lo que por estilo conciso y pintoresco el pueblo español denomina “una real moza”.

El, flexible, alto y correctamente trajeado, aparentaba igual edad, y sus manos pulidas y su semblante aguileño, prematuramente fatigado, hablaban de un pretérito aristocrático. No parecía, sin embargo, enfermo de desgana, por cuanto en seguida prendió y mantuvo el fuego de la conversación con privilegiada elocuencia, orientando el diálogo hacia donde quería, y expresándose con franqueza y acierto desusados.

—¿Me dijo usted que iba a Almería?—preguntó.

—Sí, señor. ¿Usted también?

—No, señora: yo debía ir a Huelva...

Ella hizo un gesto vago: no comprendía cómo un tren que fuese a Almería pasase por Huelva, o viceversa; creyó haber entendido mal. El sonreía en silencio, dando tiempo a que su colocutora se percatara de su hilaridad y se extrañase de ella. Así fué: la joven, curiosa, indagó:

—¿De qué ríe usted?...

—De una pequeña travesura que he cometido y usted inmediatamente me perdonará. Usted sabrá que la línea de Almería y Granada arranca en la estación de Baeza...

Ella movió la cabeza afirmativamente, y con la ansiedad de la explicación que esperaba su rostro parecía más bello.

—El tren en que vamos—prosiguió el viajero—pasa por Baeza a las tres y cuarto de la madrugada, y el de Almería no sale hasta las nueve o las diez...

—¡Qué horror!...

—El tren que debió usted tomar no era éste, el “expreso” de las ocho y veinte, sino el “correo” que sale cuarenta minutos después, a las nueve, y llega a Baeza a las seis y media. Hubiera usted podido dormir cómodamente en él hasta esa hora, y así la espera hasta el momento de tomar el “correo” de Almería habría sido más corta.

Ella, un tanto molesta, replicó:

—¡Naturalmente!... ¿Por qué no tuvo usted la bondad de explicarme todo eso cuando aún era tiempo?

—Por egoísmo.

—No le comprendo.

—Por egoísmo, sí, señora: por no privarme del placer de viajar con usted.

Hallábanse sentados frente a frente, y podían mirarse bien a los ojos.

—¡Caballero—exclamó la joven embridando mal su despecho—en el fondo de esa galantería no hallo más que una impertinencia inexcusable!

Se había puesto roja y, como antes la ansiedad, ahora la hermoseaba el despecho. El contestó con una naturalidad desconcertante, por lo sincera:

—No se enoje usted conmigo, porque sería inútil. Todo cuanto está sucediendo y ha de suceder esta noche, es inevitable. Medite usted en el alcance de ese concepto, según los casos, divino o maldito: “lo inevitable”. Señora: no por la fuerza de mis manos, que antes me cortaría que emplearlas en contra de usted, sino por dictados de la simpatía que ya existe entre ambos, y que es la más irrecusable de las órdenes, ni usted estará mañana en Almería, ni yo llegaré mañana a Huelva.

Ella inquirió, atónita:

—¿Por qué?...

—Porque usted misma, dentro de un rato y en virtud de una maravillosa revolución que ya está verificándose en su alma, sentirá, como yo, la necesidad de abrir en nuestros respectivos viajes un paréntesis de veinticuatro horas. Sobre la realidad monótona de esos rincones provincianos adonde nos dirigimos, acaso más que por nuestra propia alegría para repartir alegría entre los seres que nos aman, está el ensueño, la casualidad novelesca de habernos encontrado.

Ella, a la vez escandalizada y seducida, creyóse obligada a protestar en nombre de su honestidad; pero él, por momentos más apremiante y buen tracista, la redujo a silencio:

—¿No juzgaría usted desfavorablemente—decía—a quien, después de comprar un billete de teatro, no fuese a ver la función? Pues he ahí el caso de quien, teniendo un billete para el teatro de la Vida... ¡no entra en la vida!... Y usted, desde que cruzamos las primeras palabras, tiene un billete para ese teatro; se lo dió la madre Aventura... la mejor de las madres... ¡aprovéchelo usted!... Créame; cuando la Casualidad ríe junto a nosotros, debemos imitarla...

Repelió ella estas teorías con vigor, pero yo, que leía en su conciencia, me maravillaba de la ninguna fe de sus opiniones, y de la rapidez con que su gaitero colocutor la había ganado la voluntad. Tan fué así que, una hora más tarde, el diálogo había cambiado el grave entrecejo de la polémica por la sonrisa pícara del coqueteo, y enfrentábamos Castillejo cuando ella y él, sentados ya el uno al lado del otro, se apretaban las manos con una vehemencia que aceleró el latir de sus pulsos. Verdaderamente el galán, sabiendo mostrarse con oportunidad alegre o melancólico, optimista o desengañado, era un emérito cazador de almas.

—Todo nos acerca—insistía—y, más que la soledad, el misterio, lleno de intimidad familiar, de la Nochebuena. Es la noche en que todos se abrazan, en que nadie, ni aun los más infelices están solos...; la noche que los hijos calaveras aprovechan para volver a su hogar y ser perdonados... Y por eso, por ser esta noche de perdón, usted escuchó mis ruegos misericordiosa. Acompañémonos, defendámonos mutuamente de la soledad... ¡abriguémonos contra el espantoso frío de no ser amados por quien quisiéramos serlo!...

Hizo ademán de escuchar, y unos segundos permaneció así, el cuello erguido, las pupilas fulgentes; y agregó misterioso y festivo:

—¿Oye usted lo que dice el vagón?... En este momento nuestro coche corre con un traqueteo trisílabo, y en esos tres tiempos de su marcha yo percibo distintamente las tres sílabas del imperativo más dulce: “Quié-re-le...” “Quié-re-le”... El vagón aconseja a usted quererme; no se lo aconseja; se lo manda... “Quié-re-le...” No piense usted ni un instante en desobedecerle, porque podría irritarse y descarrilar. ¡Oigale!...

La tercería que el diestro embaucador me achacaba en su amoroso pleito me hizo gracia, y desde luego le deseé la victoria. Divertida y risueña, la joven escuchó también. Luego exclamó:

—¡Es cierto!... Ya le oigo... ¡Ah, es maravilloso!... pero me ordena todo lo contrario de lo que usted supone; usted ha traducido mal... Usted percibe tres sílabas y yo distingo cuatro... El vagón dice: “No le cre-as...” “No le cre-as...” “No le cre-as...”

El se inclinó sobre las manos que la Deseada tenía cruzadas a la altura del pecho, y, lentamente, devotamente, con unción mística, las besó. Volvió a incorporarse, acercó su rostro al de ella y mirándola intensamente a los ojos:

—El vagón dirá—murmuró—lo que tu corazón quiera hacerle decir; porque todas las interrogaciones y todas las respuestas de la vida están en nuestro propio corazón. Fuera de nosotros no hay nada. Cuando tú crees que el mundo te ha dicho algo, es que tu alma se ha contestado a sí misma.

La joven no respondió, y toda su belleza se cubrió de melancolía, circunstancia que juzgué bonísimo agüero para él, pues nada como la Melancolía mulle las camas que luego deshace el Amor. Hubo una corta tregua. ¿Qué hacía ella?... ¿Soñaba... escuchaba?... Al fin, lánguidamente, con aquella su voz suave de derrota, de entrega, que tanto me había impresionado, y como hablándose a sí misma, murmuró:

—Usted tenía razón: el vagón dice: “Quié-re-le...” “Quié-re-le...”

Y cerró los párpados, que él, férvido, se apresuró a besar. Cerca de un minuto permaneció así, sumido en el éxtasis de aquella felicidad. Después, sin apartar los labios de donde tan a su gusto los tenía apoyados, preguntó:

—¿Oyes bien lo que el vagón te manda?

—Sí—replicó ella reclinando su cabeza enajenada sobre el pecho del hombre—; antes no le oía... pero ahora sí...

—¿Por momentos le comprendes mejor, verdad?...

—Mejor—repitió—, mejor... Creo que ya toda mi vida he de estar oyéndolo...

Y, feliz de sentirse vencida, y como para agradecerle el bien que la hizo limpiando su alma de escrúpulos, le echó al cuello los brazos.

El expreso acababa de detenerse, y ante los coches apagados y herméticos, una voz indolente pregonaba:

—¡Alcázar de San Juan!... ¡Cambio de tren para las líneas de Valencia, Alicante, Cartagena y Murcia!...

Ibamos, como en la jerga ferroviaria se dice, “a la hora”; eran las once y diez.

El enamorado habló, susurrante:

—Todo parece caminar al compás de nuestro deseo. Nos quedaremos en Valdepeñas, adonde llegaremos a las doce menos cinco. Inmediato a la estación hay un hotel. Aún podemos ir a la Misa del Gallo... y completar así nuestra Nochebuena... una Nochebuena que recordaremos toda nuestra vida.

El convoy volvía a moverse, y el estremecimiento que tuve al arrancar restituyó a la Seducida la conciencia de sus deberes.

—¿Qué dice usted?... ¡Yo no puedo quedarme en Valdepeñas!

Parecía despertar de un letargo profundo, y había espanto en sus ojos. El indagó, sereno:

—¿Por qué?... ¿No quieres?...

—Sí; querer, sí quiero... Pero es que en Almería está aguardándome mi...

No concluyó la frase, porque él, rápido, con una mano la cerró la boca.

—¡Calla!—suplicó—; pues no quiero saber quién te aguarda. ¿Son tus padres?... ¿Tu marido?... No necesito saberlo... ni tú debes decírmelo. Pero considera que esas personas, a quienes con un telegrama puedes tranquilizar, te aguardarán siempre... ¡Abarca bien la significación de esa terrible palabra: “siempre”!... Mientras la aventura que yo te ofrezco no espera, porque sólo es un sueño...; un bello sueño que se desvanecerá con esta noche; mi amor es como esos encantamientos de los cuentos de hadas, que se rompen no bien el día despierta...

Ella le miraba asombrada; no le comprendía.

—¿Y después?—interrogó.

—No entiendo: ¿qué significa ese “después”?...

—Más adelante, ¿cómo haríamos para vernos?... Usted me dijo que iba a Huelva: ¿reside usted allí?...

—No pienses en eso: que no te interese saber dónde yo vivo, como a mí no debe interesarme dónde habitas tú: Huelva, Almería, Madrid... ¿qué importa, si nuestra noche de hoy no ha de repetirse nunca y si jamás volveremos a saber el uno del otro?...

Calló unos instantes, sinceramente entristecido, tal vez. Los hermosos ojos negros de la Deseada se habían humedecido.

—¡No volver a vernos!—suspiró.

—Nunca—afirmó él—; porque en eso... ¡sólo en eso!... estriba el secreto de amarnos siempre. ¿No reconoces que, entre todas las personas que llenan tu biografía, te sientes, como yo, un poco sola?... Lo cual significa que ninguna logró acercarse completamente a tu alma. ¿Qué adelantaría yo, de consiguiente, informándome de tus ocupaciones, y de con quién habitas, y de todo ese fárrago de monotonía, de tristeza, “de prosa”, en fin, qué pinta de gris tu vivir cotidiano? Si a mí sólo me cautiva tu espíritu, ¿a qué preocuparme de cuanto permanece fuera de él?... Haz tú lo mismo. Yo no quiero, óyelo bien, “no quiero” saber nada de ti, ni siquiera tu nombre, porque el nombre es una “materialización” del alma; algo que la vulgariza, que la ensucia un poco; y, además, porque llegando a mí y marchándote sin quitarte el antifaz del anónimo, no ofenderemos a las personas que, a su modo, te aman. Date a mí esta noche, que más adelante, en el ingrato filar del tiempo, no llamaremos Nochebuena, sino “Noche-Unica”; y mañana, en trenes distintos, huyamos el uno del otro.

Seguía ella sin interpretar bien lo que el desconocido la proponía; pero su corazón, impulsivo y sentimental, ya le amaba.

—Te quiero—balbuceó—, te quiero, dueño...

Su violenta confesión tuvo más de sollozo que de alegría. El replicó:

—Nos querremos siempre, y voy a explicarte la razón. Di: desde tu primera juventud, ¿no acariciaste la alegría de pertenecer a un hombre que te adoraba y en quien tú adorabas?

La ingenua exclamó:

—¡Es cierto!

—¿Tenía un semblante determinado ese hombre?

—No.

—¿Cómo se llamaba?

Ella repuso, sorprendida de cómo aquel breve diálogo esclarecía su comprensión, todavía remisa:

—No lo sé; nunca le puse nombre.

—¿Ves?... Luego, si jamás tuvo cara ni nombre, ¿por qué no sería yo?... Y eso, puntualmente, me sucede contigo. Si, dóciles a la universal rutina, nos dijésemos nuestros nombres, en el acto tendríamos un punto de semejanza con los millones de mujeres y de hombres tocayos nuestros; mientras que, manteniéndonos innominados, tú siempre serás para mí “Ella”... ¿comprendes?... la “Sin Nombre”... la “Unica”..., y yo, para ti, igual...

Desfallecida, emborrachada por el pique novelesco de aquella aventura, la joven repetía:

—Lo que tú quieras... decide tú...

—Mañana, después de haber sido muy dichosa, ¿tendrás resolución para irte?...

Y, como no obtuviese respuesta, añadió:

—Bien; así me gusta; no te pesará... porque más adelante, cuando tu experiencia madure, reconocerás que el más esforzado amor dura menos que nuestra breve vida, y es con relación a ella—¡oh, dolor!—como un traje “que nos hubiesen cortado pequeño”...

Estábamos en Valdepeñas. Una voz anunciaba:

—¡Valdepeñas!... ¡Un minuto!...

Instantáneamente los dos enamorados se levantaron, acelerándose en recoger sus equipajes.

—¿Oyes?—exclamó él triunfante—: la felicidad pasa, y para llevarnos consigo nos otorga un minuto. ¡Lo justo!...

Bajaron al andén y les vi dirigirse, con andar célere, hacia la puerta de salida de la estación.

A lo lejos, en la obscuridad fría y estrellada de la noche, las campanas volteaban felices anunciando que Jesús había abierto los ojos...

XXII

Al Barítono, que rodaba delante de mí, le referí por pasatiempo el original idilio que acababa de presenciar.

—¡Dichoso tú!—interrumpió desabridamente—, pues tuviste la suerte de tropezar con gente limpia. ¡Si supieras cómo voy!...

—¿Qué te sucede?...

—No me lo preguntes; estoy como para que me metan en lejía ocho días seguidos.

Le rogué que no mortificase por más tiempo mi curiosidad, y que desembuchase sus cuitas procurando desfigurar la verdad lo menos posible; y dije esto, porque tenía entre nosotros fama merecidísima de fantaseador y embustero.

—Sucede—explicó—que viaja conmigo el tipo más extravagante y gracioso que puedes soñar. Va solo, y cuando se quitó el gabán advertí que iba vestido de “smoking”. “¿De dónde sale este hombre?”—pensé. Es pequeño y rubio, muy rubio, casi albino; usa monóculo; parece inglés, pero es español, acaso del riñón de Castilla la Vieja, porque, al hablar, ni de milagro se come una letra. Apenas dejamos Madrid, extrajo de un maletín una suculenta merienda, dos botellas de vino de Rioja, otras dos de Champagne y un frasco de Ginebra. Sirvióse a continuación una copa de “Rioja”, y con mucha elegancia y enfática ceremonia se puso en pie: “Señores—exclamó dirigiéndose a unos circunstantes imaginarios—: yo agradezco infinito esta comida que la cortesía de todos organizó en mi honor; y lo agradezco tanto más efusivamente, cuanto que el pasar solo esta Nochebuena hubiera sido muy doloroso para mí. Queridos amigos: yo brindo a vuestra salud, y hago votos por que el año próximo, en esta misma fecha, volvamos a estar juntos.” Llevóse la copa a los labios, bebió parsimoniosamente y en seguida comenzó a batir palmas, tributándose una calurosa ovación. “Está ofreciéndose un banquete a sí mismo”—pensaba yo. Con empaque correcto y frío de gentleman, “el hombre del monóculo” se sentó, desdobló su servilleta y empezó a comer. A intervalos demostraba sostener con los comensales más próximos a él diálogos breves, para lo cual se interrogaba y respondía urbanamente:—“¿Otra rodajita de salchichón, marqués?”—“Muchas gracias.”—“¿Una copita de vino, don Eugenio?”—“Se acepta, sí, señor; ¡y con mucho gusto!...”—“Salud, don Eugenio.”—“¡Salud, señores!...” Cada vez que libaba, esto es, de tres en tres minutos, se ponía de pie. No por esto dejaba de charlar.—“Para obsequiarme—decía—no podían ustedes haber elegido lugar más a propósito. Este hotel es bueno, la cocina excelente, y desde ese mirador, si hubiese luna, veríamos un paisaje magnífico. Cuando llegué aquí, hace unos momentos, estaba triste; pero ya mi melancolía se desvaneció y dentro del corazón oigo sonar un cascabel. ¡Oh, qué bella es la vida para el hombre que, cual yo, consigue verse a todas horas rodeado de amigos decidores y fraternos!...”—“¡Bravo!... ¡Viva don Eugenio!...”—“Mil gracias, compañeros: y, pues las dos botellas de Rioja, rendidas bajo nuestras caricias, yacen exánimes, opino que bebamos Champagne.”—“¡¡Muy bien!!...”

—Con la maestría de un viejo camarero—prosiguió contando El Barítono—don Eugenio, que así debe de llamarse mi huésped, destapó una benemérita botella de Clicquot, sonó una detonación, un chorro de espuma mojó mis asientos y en mi techumbre recibí un taponazo. El hombre “del monóculo y del smoking” tornó a levantarse: su diestra, que ya empezaba a temblar, sostenía una copa llena de sol hasta los bordes.—“¡Señores—exclamó—: con este vino, rubio como las trenzas de María Antonieta; con este vino que lleva en su alegre frivolidad la imagen de lo que nuestra vida debía ser, brindemos por la gloria de Francia!...”—“¡Hurra!... ¡Bravo!...” Don Eugenio se inclinó:—“Gracias, hermanos: que la Borrachera sea con vosotros...” Tales disparates los decía muy serio, sin sonreir ni una vez y dentro de la más impecable corrección de ademanes, cual si estuviese, efectivamente, entre personas de su mayor respeto. Esta farsa la prolongó más de una hora: poco a poco se enrojecían sus mejillas, y sus ojos brillantes empezaron a divagar. La embriaguez le invadía y la lengua se le enredaba, como los pensamientos. Olvidado de las sombras que le acompañaban, habló consigo mismo. Le pesaban los párpados y tenía, para levantarlos, que hacer un gran esfuerzo.—“¿Quieren ustedes más vino?—monologueaba—; ¿no?... ¿Por qué?... ¿Nadie responde?... ¿Eh?... ¿Nadie responde?...” Abrió los ojos.—“¡Ah!... ¿Todos se han ido?... ¡Cobardes; tenían miedo a emborracharse y se han ido!... Bueno; me es igual. Beberé yo solo: afortunadamente, para hacer de mi cabeza lo que quiero, no necesito a nadie... Venga champagne...” Destapó la segunda botella y un chorro de vino le empapó la pechera.—“Gracias—continuó—, este frío hace bien...” De un puntapié arrojó, hasta el tránsito, la maleta que hasta allí retuvo entre las rodillas y le había servido de mesa.—“¡Se acabó el banquete!—exclamó—; ya no estoy en un hotel, sino en mi casa; una casa que se mueve, que está borracha, como yo... ¿Qué hora será?...” Con mucho trabajo halló su reloj.—“Las once y cuarenta minutos. ¡Bravo!... A las doce iré a la Misa del Gallo...” Este propósito echó raíces en su espíritu, y lo repitió cien veces. Permanecía sentado, y mis traqueteos, que yo procuraba fuesen rudos, le zarandeaban sobre sí mismo con mucha gracia: tan pequeñito, tan rubio, con los carrillos encendidos, el monóculo, la corbata ladeada y vestido de smoking, parecía un muñeco. Al intentar servirse otra copa de champagne, se apercibió de que la botella estaba vacía.—“¿También tú has muerto?...”—exclamó. La inspeccionó al trasluz; la agitó en el aire, y su silencio le convenció de que no quedaba champagne. Entonces, con un gesto triste de desengaño, la tiró al suelo.—“Vete—gruñó—, no te necesito; perdiste tu alegría; estás más seca que un corazón. Pero no creas, ingrata, que estoy solo: mira, me acompaña éste...—empuñó el frasco de la Ginebra—; ¿qué te habías figurado?... ¿Que iba a serte fiel?... ¡Nunca!... Hay muchas bebidas, como hay muchos amores. ¡Cambiemos... renovémonos!... Nuestra vida no puede reducirse a adorar en una sola mujer, ni a beber una sola clase de vino; la vida es una suma...—reía—: una suma de amores y de botellas...” Quedó silencioso y como amodorrado, unos minutos; de súbito le vi recobrarse. Miró su reloj. La idea de ir a la Misa del Gallo le obsesionaba. Inmediatamente cogió el frasco de la Ginebra. “—Yo también—barbotó—sé rezar... aunque a mi modo. Jesús mío: por tu divina tontería de querer redimirnos...” Llevóse el frasco a la boca y trasegó un buen buche. “—Por los azotes que recibiste atado a la columna...” Otro buche. “—Por las tres caídas que sufriste en tu calle de Amargura...” Tercer buche. “—Por la corona de espinas que te pusieron...” Nuevo trago. “—Por la herida de tu costado...” Otro, y van cinco. De repente se desplomó sobre el asiento, el frasco cayó al suelo y la poca ginebra que quedaba en él me la bebí yo. El pobre hombre empezó a llevarse las manos a la cabeza; estaba lívido. “—Qué mal me encuentro—balbuceaba—, me duelen las sienes... tengo náuseas... parece que voy a morirme...” Mis zarandeos agravaban su padecer. Comprendí que el calor contribuía a marearle y que intentó incorporarse para abrir una ventanilla; pero el desdichado no podía moverse. Levantó la cabeza y sus ojos agónicos fueron de un lado a otro, buscando quizás el timbre de alarma. En mi vida fuí testigo de una borrachera más ejemplar. Yo no cesaba, ni un instante, de mirarle la boca... ¡ya supondrás por qué!...

El pobre Barítono hizo un gesto de asco, que me removió las entrañas.

—¡Cállate!—interrumpí.

—Hasta que las arcadas que sufría produjeron su efecto natural. ¡Maldita sea mi suerte!...

—Motivos tienes para renegar y darte a los diablos, compañero—le repliqué—; pero reconoce que un tipo que tiene el “humor inglés” de endosarse un smoking para ofrecerse a sí mismo un banquete en un vagón de ferrocarril, es extraordinario.

—Conformes; mas si lo que te he contado te sucede a ti, que eres tan limpio, revientas de rabia. ¡Si le vieses ahora!

—¿Qué hace?

—Duerme. Se ha caído del asiento y yace en el suelo, sobre un charco de vino. Parece una vasija rota...

Así charlando acabamos el viaje, y cuando a las ocho y minutos de la mañana La Sabrosa nos dejó en la estación de Sevilla iba ya tan cansado que, apenas los mozos encargados de mi limpieza terminaron de barrerme y fregarme, cuando me quedé sumido en sueño profundísimo. Un empujoncillo del Barítono me despertó nueve o diez horas después; era de noche y me sorprendió ver en uno de mis departamentos “de cabeza” un viajero acostado; me sorprendió porque aún faltaban dos horas, lo menos, para la salida del “expreso”, y advertí que, según costumbre, todas mis puertas estaban cerradas. ¿Cómo entonces aquel individuo pudo meterse allí?...

“Será algún empleado de la Compañía”—pensé. El recuerdo de lo que el Barítono me había referido la víspera, y la circunstancia de hallarnos en la fecha subsiguiente a la de Navidad, me movieron a sospechar que aquel intruso estuviese borracho.

“Bien podía suceder—me dije—que fuese amigo del inspector, y éste le hubiese encerrado a dormir aquí.”

Aquel hombre hallábase tendido en el asiento contrario al lado de la máquina—hago hincapié en este detalle por ser esencial—; era delgado y de corta estatura; llevaba pantalón negro y botas de charol, nuevecitas, y la cabeza perfectamente escondida entre la visera de una gorra de viaje, que debía de estarle muy grande, y el cuello levantado de un gabán de color gris. Lo que antes hirió mi atención fué que tuviese ambas manos sepultadas en los bolsillos del abrigo. Había en aquel hombrecito algo de muñeco. Después de observarle un rato, mi atención, como sucede siempre que creemos haber examinado bastante una idea u objeto, se distrajo y comenzó a mariposear sobre todos los pequeños incidentes que a mi alrededor se producían.

Empezaban a llegar viajeros, y yo estaba cierto de que, como otros años, el pasaje sería reducidísimo. Enfrente de mí había un caballero de aspecto distinguido y atrayente, pero que tenía “cara de muerto”. Quiero decir, que su rostro, grave y amarillo, inducía a pensar en la muerte, al igual que otros semblantes, por una u otra razón, mueven a pensar en la vida. Este hecho es innegable. A cada rato oímos decir:—“Fulano ha muerto.” Y la noticia no nos sorprende; la hallamos natural, porque ya, de siempre, en nuestra imaginación, le habíamos visto difunto. En cambio, nos dicen:—“Mengano falleció anoche...” Y nos negamos a creerlo, porque en Mengano todo era fuerza, risa, expansión... En esto mi espíritu observador pocas veces falla. Yo, por ejemplo, veo pasar a un individuo con el sombrero puesto, y, sin saber por qué, me digo:—“Ese señor debe de ser calvo.” O bien:—“Ese señor debe de ser tartamudo...” Y, ¡casualidad extraña!, nunca me equivoco.

Pues bien: el señor “de la cara de muerto”, que largo rato había permanecido en el andén como esperando a alguien, que al cabo no llegó, un minuto antes de partir el “expreso” trepó a mí, seguido de un mozo que resoplaba bajo dos pesadísimas maletas, y fué a instalarse en el compartimiento donde “el hombre de la gorra” continuaba dormido.

—Buenas noches—dijo al entrar.

El mozo, con mucho esfuerzo, colocó el equipaje sobre una de mis redecillas, que gimió; y se fué. Casi al mismo tiempo, apareció el interventor.

—Si el caballero no está bien aquí—dijo—puede pasar a otro departamento: el coche va casi vacío.

El interpelado repuso:

—Muchas gracias.

—Seguramente en otro lado cualquiera iría usted mejor.

El viajero acaso iba a ceder; lo leí en su rostro; pero miró su impedimenta, consideró su peso, e instantáneamente se reafirmó en su intención de no moverse. Además, hacía frío; mucho frío...

—Gracias—dijo—, aquí no somos más que dos personas y podremos dormir bien.

El interventor parecía indeciso, y renovó su oferta.

—Viajar solo siempre es agradable. Las maletas, si usted me autoriza, puedo transportarlas yo mismo...

Su porfía empezaba a molestarme, tanto más cuanto que aquel hombre, de rostro traicionero y obscuro, siempre me había sido antipático. Mi huésped, irritado también, le replicó muy seco:

—Prefiero quedarme aquí.

El interventor se marchó, para regresar a poco con una tablita, que decía “Alquilado”, y que colocó a la entrada del compartimiento.

—De este modo—explicó—podrán ustedes descansar, seguros de que nadie ha de molestarles...

Para corresponder a tanta fineza, el viajero quiso darle un duro, pero el interventor se negó a aceptarlo; y después de picar el billete del señor “de la cara de muerto”, se marchó, sin pedirle el suyo al “hombre de la gorra”. ¿Por qué? Esto me inquietó, y como no hallase la explicación que buscaba, volví a pensar:

“Serán amigos...”

Transcurridos unos minutos, empecé a sentir que, a pesar mío, “el hombre de la gorra” me preocupaba. ¿Cómo dormía tanto? Mi correr tronitronante le sacudía extrañamente; sus brazos, sus piernas, parecían rotos. Pero lo que más encandilaba mi curiosidad era su rostro invisible, con el mento apoyado y cual ahincado sobre el pecho. Contribuía a aguijar mi sobresalto la frecuencia con que, a cada momento, el interventor, o un “ruta”—que prestaba servicio en otro coche—, o los dos, recorrían mi tránsito. ¿Qué buscaban allí?... Y en sus ojos mi sagacidad descubrió un terror, una angustia. También al viajero “de la cara de muerto” le chocó aquel ir y venir insólito.

—Me espían—pensó.

Las estaciones de Guadajoz, de Lora del Río, de Palma y de Posadas, habían quedado atrás. El interventor, al fin, se marchó a hacer la requisa de billetes; el “ruta” también se fué. Yo empecé a tener miedo: adivinaba la vecindad de algo inexplicable, la secreta presencia de una amenaza. Me dije: “Este hombre, con cara de difunto, es un aojador.”

Hasta que, de súbito, ocurrió lo que yo vagamente esperaba. En una curva, la inercia arrancó al pasajero del gabán gris del asiento y lo tiró al suelo: con el cachapazo, la gorra se le fué hacia atrás, y las manos se le salieron de los bolsillos. Las tenía amoratadas, convulsionadas, tumefactas, y el rostro horriblemente maquillado por la asfixia. Aquel hombre no estaba dormido ni borracho, sino muerto: le habían estrangulado.

Al verle caer así, con ese ruido turbio y esa pesadez que sólo tienen los cadáveres, el viajero “de la cara de muerto” lanzó un grito y se puso de pie; su semblante, convertido bajo el imperio del terror en espantosa máscara, era indescriptible. ¡Ah, cuántos fotógrafos hubiesen querido retratarle!... Yo, que le espiaba, paso a paso seguí las mutaciones rapidísimas, más breves que segundos, que experimentó su espíritu. Su primer movimiento fué precipitarse sobre el timbre de alarma; pero, en el acto, casi sin transición, se arrepintió. Se vió detenido, envuelto en un proceso resonante, acusado, tal vez, de homicidio... Y tuvo miedo. El infeliz miraba al difunto como si él, realmente, le hubiese asesinado: su mandíbula temblaba, los ojos, horripilados, se le salían de las órbitas. ¿Qué hacer?... Una idea folletinesca le iluminó el cerebro. El “expreso” acababa de salir de la estación de Córdoba, y antes de volver a detenerse transcurriría cerca de una hora. Rápido el señor “de la cara de muerto” se asomó al pasillo para cerciorarse de que allí no había nadie; inmediatamente regresó a su departamento, abrió una ventanilla, cogió el cadáver y, a empellones, lo precipitó a la vía. Levantó en seguida el cristal, se sentó y aparentó leer en un libro.

En aquel instante reaparecían el interventor y el “ruta”, y aún me estremece la lividez espectral que les desfiguró al encontrar solo al viajero “de la cara de muerto”. Les vi apoyarse al uno contra el otro, temblando, y sus labios se tiñeron de violeta. Sus piernas se doblaban. Querían hablar, y la voz les faltaba. “Estos son los que han matado ‘al hombre de la gorra’”—pensé.

Por su parte, el viajero de la faz mortuoria, les miraba de hito en hito, casi tan asustado como ellos. Al cabo, el interventor, aunque ahogándose, pudo balbucear:

—Señor... ¿el caballero que iba aquí?...

El interpelado repuso fríamente:

—No sé; salió hace un momento...

Al oir estas palabras, que envolvían algo sobrenatural, los dos miserables, seguros de hallarse en presencia de un milagro, se retiraron sin contestar.

Al otro día, los periódicos de la noche dijeron que un millonario argentino, recién desembarcado en Cádiz y que se dirigía a Madrid, fué robado y asesinado en el “expreso” de Sevilla durante el trayecto de Córdoba a Montoro, y que los criminales habían lanzado el cadáver a la vía.

Nunca la pobre Justicia supo más.

XXIII

Como los soldados en tiempo de guerra, los vagones estamos obligados a socorrernos mutuamente en el peligro y a “cubrir” las bajas que los choques, los descarrilamientos, los incendios o, sencillamente, la vejez y el mucho uso, causan en los convoyes.

El choque, tristemente famoso, de Chinchilla, donde el correo de Valencia y un mixto procedente de Cartagena se encontraron, y en el que finaron su vida de trabajo once coches—la mayoría de pasajeros—, diseminó una inquietud por toda nuestra red ferroviaria. Los talleres de reparaciones restituyeron a la circulación algunos vagones; varios trenes, que llamaré “clásicos” por integrarlos siempre las mismas unidades, fueron descompuestos cumpliendo órdenes de la Dirección General, y sus coches pasaron de unos convoyes a otros. Esta marejada nos alcanzó a nosotros también, y de resultas el Barítono y yo tuvimos que despedirnos de La Empresa, del Primer Actor y demás veteranos camaradas de nuestra supuesta farándula, para entrar al servicio del “correo-expreso” de Valencia, que sale de Madrid a las nueve y treinta y cinco minutos de la noche.

Este cambio de horizontes nos satisfizo mucho, no sólo por el bien fundado deseo de conocer esa huerta valenciana que luce, junto a la seca amarillez del macizo ibérico, como una esmeralda, sino también por la blandura del clima y la suavidad y brevedad del camino: cuatrocientos noventa kilómetros de tierra llana, a nadie asustan.

Como sobre la línea andaluza, El Barítono continuaba rodando delante de mí, y aunque por la menor categoría del tren que ahora servíamos nos habían quitado el puente que nos ligaba antes, el hallarnos entre unidades desconocidas contribuyó a anudar mejor los lazos de nuestro viejo afecto. Lo que antes nos sorprendió fué el dialecto valenciano, que no tardamos en traducir, y pronto reconocimos que los oriundos de la región levantina es gente muy alegre y decidora, pero sin que esa turbulenta alacridad que les dió el sol excluya de ellos la templanza en las palabras, ni la cortesía. Esto y los incidentes del camino nos proporcionaban abundantes motivos de conversación, y así, mirando y glosando lo que observábamos, entretuvimos agradablemente muchas jornadas.

Más allá de Getafe, donde la vulgaridad oficial se opuso a que el genio de Julio Antonio elevase a “Nuestro Señor Don Quijote” un monumento, el camino, hasta Alcázar de San Juan, nos era conocido. Luego la ruta se vistió para nosotros de novedad. Sucesivamente vimos pasar, a la luz de la luna y en filar pintoresco, Campo de Criptana, que parecía decirnos adiós con los brazos de sus molinos; los trigales de Socuéllamos y el magnífico encinar que inspiró al “hidalgo manchego” su discurso a propósito de “la edad de oro”; Villarrobledo, que de los robledales que la circundan tomó nombre; Minaya, que evoca gestas del Mío Cid; y pasado Albacete, célebre por sus fábricas de armas, Chinchilla, a la que su penal, instalado en un castillo cimero, prende un nimbo amargo; y luego Almansa, antiguo baluarte de la planicie castellana, con su castillo mondo, escueto y blancuzco, como una osamenta, cerca del cual Felipe V, con las manos tintas en sangre austríaca, aseguró sobre sus sienes la corona; y diez y ocho kilómetros después, el caserío de La Encina, rodeado de desolación.

Hasta allí prolonga Castilla su adustez, su secura, su amarillez de viejo rostro hidalgo; pero, traspuesto el andén de Fuente la Higuera y los dos túneles que lo siguen, el paisaje varía y pronto la jocunda feracidad levantina empieza a metérsenos alma adentro. Huyen hacia atrás Mogente, la morisca; las ruinas gloriosas de Montesa y Játiba—la Sætabis romana—pueblo romántico y artista, cuna de los Borgia y del Españoleto, en cuyo formidable castillo, que señorea el monte Bernisa, padecieron duro cautiverio los Infantes de la Cerda y el duque de Calabria. De minuto en minuto el paisaje se embellece y los prístinos resplandores del amanecer lo matizan prodigiosamente: bosques feracísimos de naranjos y de granados se acercan al camino y, en las curvas, parecen cerrarnos el paso. A veces, el viajero que extendiese un brazo por una ventanilla, podría tocarlos. Ya el pueblecito de Carcagente, al que sus palmeras infunden una engurria tropical, quedó atrás; cruzamos el Júcar, y a la derecha mano, desgranando su caserío por las sinuosidades de una quiebra, aparece Alcira, con una gracia y una policromía de acuarela.

A cada momento, mi compañero El Barítono me decía:

—¡Mira!...

Y yo, a mi vez, le replicaba:

—¡Mira!...

Y ninguno de los dos nos fatigábamos de admirar.

Embriaga la luz: a veces, los colores se favorecen y exaltan recíprocamente; otras, se estorban: la tierra, según su calidad, se muestra cubierta de hierbas, o es dorada, o roja, y sobre el suelo abermejado la fronda de los naranjos, de los limoneros, de las higueras y de los almendros, parece más obscura. A un lado y otro de la vía se columbran pueblecitos blancos, con la deslumbrante albura de las nieves arribeñas; y también esas casitas rústicas, de paredes celosamente enjalbegadas y techumbre en forma de capucho, que los valencianos llaman “barracas”, y dan al paisaje una dulzura criolla. El sol, pintor formidable, trabaja a brochazos ingentes: junto al ramalazo ocre, la mancha púrpura, o la verde, o la añil...; y alrededor de esta huerta que ofusca y ciega, en el confín grandioso, Valencia, la capital, que traza a ras de tierra una línea blanca; los perfiles azules de Sierra de Cullera y Sierra de las Agujas, y el lago de La Albufera, que parece desvanecerse en el zafiro del mar. El aire es fresco, sano, fuerte, y yo lo aspiro con delicia. Aquel inmenso horizonte es un pulmón.

Corridos los primeros días—siempre expugnables a las emociones—, El Barítono y yo íbamos acoplándonos al medio, y conforme esta insensible adaptación se verificaba declarábamos el parecido de todos los hombres y lugares en cuanto han de más substantivo, y la esencia cierta del alma universal, tan monótona bajo el proteísmo de sus apariencias, volvía a penetrarnos. Sobre la línea valenciana se repetían las figuras y escenas que vi cuando ambulaba, años atrás, por los caminos de Andalucía, de Galicia, de Asturias o de Hendaya: con superficiales variantes, los cuadros, los individuos... ¡hasta las palabras!... eran iguales; lo que nos demostró que, desgraciadamente, mucho antes de que la vida acabe se extingue en nosotros el interés de vivir...

No pretendo negar con esto la acción educativa y asotiladora—este es su mejor calificativo—de la experiencia: ella me enseñó a inclinarme para conceder a lo pequeño su mérito; ella agudizó mi sensibilidad y me puso en condiciones de apreciar ciertos episodios que antaño no supe ver. Para decirlo en una palabra: ella me “elegantizó”, ya que la elegancia, en su esencia, se reduce al don de saber observar. Y al Barítono, que rondaba los treinta años, sucedíale lo propio, pues la Humanidad es un libro tan sabio, tan hondo, que no empezamos a comprenderlo sino después de leerlo varias veces.

Hasta entonces, verbigracia, no reparé en los estudiantes, tipo emigrador que reiteradas veces y siempre a fines de verano, había pasado junto a mí. Como la golondrina anuncia el estío, el estudiante pregona la vecindad del invierno. Vuelven con él a las capitales de provincia—y especialmente a la Corte—la alegría de las calles, el alboroto de los teatros que se abren, de las hospederías y de los cafés; simbolizan los estudiantes el ruido, la esperanza, la risa del Mañana triunfante.

Comprendí el mérito de aquella silueta, por primera vez, en Carcagente, donde nos deteníamos seis minutos. Recuerdo que el estudiante aquel se llamaba Pedro: parecía haber cumplido los veinte años, y tenía el talle flexible, reideros los labios, habladores los salientes y negrísimos ojos, y la tez bronceada por los aires mogrebinos de la huerta. Varias personas le rodeaban, entre ellas su padre, que le observaba con enternecimiento tranquilo: era un señor bajito y apacible, que—según le oí decir—sólo estuvo en Madrid una vez, y que creía tener de la vida un concepto exacto. “Todas las cosas, hoy unidas—pensaba—, mañana se separarán.” Y se encogía de hombros: como él dejó a su padre, ahora su hijo le dejaba a él. ¡Nada más natural, puesto que el olvido corre por las venas disuelto en la sangre!... Pero la madre del mozo no conocía esa resignación, y a cada momento sus viejos ojos, que hacía días no cesaban de llorar, volvían a enternecerse. Pedro miraba al espacio azul, desde donde las golondrinas y los vencejos parecían despedirle con sus ásperos gritos de independencia, y sorprendíale que en su corazón, sutibundo de libertad, no hubiese dolor.

La máquina silba; nos vamos... El estudiante abraza y besa a su padre, que reprime su dolor pensando: “Es preciso.” La madre, más impulsiva, le moja el rostro con sus lágrimas y, sin que nadie lo advierta, le desliza en un bolsillo un sobre con dinero. Todos los circunstantes hablan al mozo y le despiden a la vez, y una lluvia de consejos cae sobre su frente loca como agua lustral. Le recomiendan que escriba, que sea juicioso, que estudie mucho...

Pedro se arranca de aquellos brazos con que “el pasado” le sujeta aún, y sube a mí. Asomado a una ventanilla agita un pañuelo despidiéndose, al mismo tiempo que de sus familiares, del paisaje, de la iglesia, con sus campanas de voz inolvidable, y de aquellos árboles a cuya sombra leyó tantos libros que le entristecieron hablándole de escenas bellas y remotas. Pedro se sienta, registra en sus bolsillos, y sus dedos tropiezan con un sobre. Sorprendido rompe la nema y aparecen doscientas... trescientas pesetas... “Es mi madre—comprende—quien me las ha dado.” Pero el destino de aquel dinero no debe de ser grave, pues si lo fuese, ella no se lo hubiese entregado a hurtadillas... y el estudiante comprende que las pobres madres, por inocentes lugareñas que sean, conocen mejor la vida y están más cerca de la juventud que cualquier hombre.

Una explosión febril de júbilo le enajena: al fin va a ver Madrid, la gran cosmópolis, con su Universidad, su Ateneo preclaro, sus coliseos, sus bailes, sus casinos, sus centros todos de sabiduría y de perdición... Y ríe: fuera de aquel tren que le lleva, nada le preocupa. Levanta el rostro, mira hacia el campo, se pasa una mano por los cabellos...; ante su ambición desbridada todo el mundo le parece un camino.

Otra silueta en la que tampoco había reparado bastante es la del mendigo; perfil muy español, por cierto...

Hemos parado en una pequeña estación castellana; uno de esos apeaderos, casi anónimos, apostados a la entrada de un túnel. La tarde se desmaya: por el espacio azul navegan nubecillas manchadas de carmín y de ópalo; el sol dora la cúpula de la iglesia; un aguilucho, suspendido en la inmensidad luminosa, describe, sin batir las alas, círculos homocéntricos, y su blanca pechuga parece de plata.

En el andén hay un ciego, viejo y alto, sarmentoso; la costumbre de humillarse ante el dolor encorvó su espalda; un pañuelo negro—heredero del turbante morisco—ciñe su frente; viste remendado traje de paño pardo, y cubre con zahones sus músculos cenceños; va descalzo, y sus manos, de dedos nudosos, parecen desesperadas.

—Una limosna, por amor de Dios, para quien ya no ve...—repite orientando hacia el convoy sus ojos muertos.

En el silencio su voz humildosa tiene una cadencia conmovedora, y algunas monedas caen a sus pies. Ante su figura mística los turistas suelen acordarse de los brazos queridos que les esperan, y sus almas experimentan vagamente la superstición de que la buena voluntad del pordiosero puede evitarles algún mal tropiezo. Frecuentemente—¡oh, vergüenza!—una limosna no pasa de ser una cobardía. Ya nos marchamos, ya todas las ventanillas se cerraron. Entonces el mendigo, apoyándose en su báculo, retorna al pueblo, y al verle alejarse considero que si la línea del ferrocarril es una corriente de riqueza, aquel camino que él sigue parece un brazo; el brazo con que la aldea miserable pide limosna a los trenes.

Un año y dos meses trabajé sobre la ruta de Valencia, en la que nada desagradable ni extraordinario me aconteció, y una mañana, hallándome en Madrid, supe que aquella noche El Barítono y yo saldríamos para Barcelona en un “mixto” y con la tablilla de “No admite viajeros”. El furgón que me trajo estas noticias—un viejo catalán que yo conocía hacía tiempo—me aseguró que se nos destinaba a la línea de Port-Bou, donde, a la salida del túnel internacional, la furia del viento había descarrilado dos “primeras”.

Díme prisa en comunicarle al Barítono cuanto acababan de decirme, y su regocijo fué espejo del mío: él también era de origen francés, y, como yo, se holgaba de rever el país natal. Asímismo estimulaba nuestro júbilo el deseo que teníamos ambos de conocer Barcelona, y que ya considerábamos irrealizable porque los “expresos” que van a Cataluña son los de “mejor material”—como en la fraseología ferroviaria se dice—y nosotros íbamos siendo viejos.

El día lo pasamos inquietos, temerosos de que alguna contraorden nos volviese a nuestro antiguo derrotero; mas no ocurrió así: a media tarde una máquina-piloto vino a sacarnos del convoy valenciano, que nos vió marchar con envidia, y ya cerrada la noche salimos para la Ciudad Condal.

Este viaje lento, sembrado de paradas interminables y devanado bajo la serenidad tibia de una noche de septiembre, es el más hermoso de mi vida. Lo embellecía mi reposo interior, la satisfacción de no llevar a nadie dentro de mí: mis luces iban apagadas, mis puertas cerradas con llave; todas mis tuberías y mis asientos descansaban también: yo era como una conciencia sin remordimientos, como un corazón sin afanes. De idéntico bienestar disfrutaba El Barítono, y frecuentemente nos sonreíamos y estrechábamos el uno contra el otro, felicitándonos por nuestra ventura.

—Fíjate—decía mi compañero—en que, por primera vez, nuestros dueños nos llevan, nos pasean, sin exigirnos que transportemos a nadie. Somos, pues, verdaderos viajeros.

—¿Te duele algo?—le preguntaba yo.

—Nada: cuando voy muy cargado, sí, suele darme en el segundo compartimiento un dolor que me abate bastante; pero ahora me siento ágil y con ganas de correr, como un muchacho. ¡Si supieras qué elasticidad conservan mis muelles todavía!...

Yo quería al Barítono. Después del Tímido, del Presumido, del Misántropo, de Doña Catástrofe y de los Hermanos Sommier, mis colegas fraternos del “expreso” de Hendaya, ningún compañero había sabido apoderarse tanto como éste de mi amistad; ni siquiera el viejo Dos-Caras, de quien, por quisquilloso y autócrata rancio, anduve siempre un poco distanciado. Por los años en que yo servía sobre la línea de Francia él trabajaba en la de Asturias, y asistió al hundimiento del túnel donde La Tirones y El Tímido hallaron la muerte. Después rodó mucho tiempo por el camino de Galicia con el “expreso”. Aunque nunca habíamos hablado, El Barítono me conocía de cruzarse conmigo a lo largo de la vía gallega, y, según me manifestó, siempre consideró que la Compañía, al incluirme en un “correo”, era injusta con un vagón de mi importancia. Estas palabras—¿a qué negarlo?—me halagaban, y en medida igual me predisponían a reconocer las cualidades eminentes de mi camarada. El Barítono se parecía a mí en el elástico vigor de sus movimientos, en la hermosa conformidad de sus perfiles, en su boato interior, en su elegancia... y si no llegué a considerarle idéntico a mí fué tal vez porque mi presunción y mi orgullo—mis dos grandes defectos—nunca me permitieron ver claro en los demás.

Aquella noche, rodando a la cola de un “mixto” cuya lentitud y torpe manera de frenar nos hacía reir, volvimos a entretenernos mutuamente con el relato de lo que cada cual había visto, y los cuadros y personas que llenaron nuestra existencia ambulante acudieron en muchedumbre. Al cabo reconocimos que, si bien de la misma edad, mi historia era harto más accidentada que la suya, y esto reafirmó el ascendiente que desde siempre ejercí sobre él.

En Barcelona descansamos tres días; allí volvieron a limpiarnos, y después de reconocer todos nuestros mecanismos nos engancharon a la cabeza del “expreso de lujo” que sale, a las ocho y cincuenta minutos de la mañana, para la frontera. ¿Qué diré de la alegría, plena de juventud, que experimentamos al sentirnos llevar?...

—¡Ya nos vamos, Cabal!—me gritó El Barítono.

—Sí, viejo—repuse—; ya nos vamos, y antes de cuatro horas estaremos en Francia.

Como le pareciese que mis palabras no encerraban bastante calor, exclamó:

—¿No te alegras?

—Sí, que me alegro; ¡mucho!...

En realidad, yo comprendía el cariño a la patria menos que él, y así mi regocijo no igualaba al suyo. El continuó poniéndole risueñas apostillas a su contento, y hasta me descubrió su esperanza—completamente irrealizable—de rodar algún día sobre los caminos franceses.

—Y si me encuentran viejo—suspiró—que me envíen a un taller de reparaciones y me conviertan en “tercera”.

—¿Serías capaz—interrumpí enojado—de degradarte hasta ese extremo?

—Yo, sí: yo, con tal de ver París, lo acepto todo.

Después se quedó triste.

—Oye, Cabal: esto de regresar a Francia, después de tanto tiempo y cuando ya somos casi viejos, ¿no será un mal síntoma?

—¿Síntoma de qué?...

—Agüero o anuncio de muerte. Tengo bien observado que numerosas personas que vivieron expatriadas sintieron de súbito el anhelo de volver a su país, y apenas lo satisficieron cuando la muerte les sorprendió... ¡exactamente como si aquel deseo hubiera sido la voz con que la tierra, donde fueron a nacer, les llamase!... Nosotros vamos, venimos... devoramos millones de kilómetros... nos creemos libres... somos como los pájaros... hasta que un día la tierra, nuestra madre, nos llama... ¡y hay que obedecerla!... Cuando nosotros, hace mucho tiempo, salimos de Francia, fué por un puente, en medio de la luz y del aire... ¿te acuerdas?... Y ahora regresamos a ella por un túnel, bajo la tierra... Cabal: ¿tú no crees que exista en esto un maleficio?...

No supe qué argüirle, pues parecióme que tenía razón, y una suave melancolía descendió sobre los dos. ¡Morir!... ¿Qué desesperante tiniebla envuelve esa palabra? ¿Morir es descender, irse... o es regresar a la estación de salida?... Un largo momento permanecí silencioso y como traspasado de frío; pero luego el paisaje, con sus perspectivas de hermosa violencia, reanimó mi optimismo. Caminábamos bien: a su hora las estaciones de Gerona, la heroica; de Flassá y de Figueras, cuyo presidio puso un colofón a tantas vidas, quedaron atrás. En seguida el suelo, que ya comenzaba a inquietarse, se enardece, se encrespa furioso, y las primeras estribaciones pirenaicas asoman. La enorme cordillera detrás de la cual España y Francia se atrincheran, azulea más lejos, y sus cimas parecen galopar hacia el Norte.

—¡Los Pirineos!—grita El Barítono.

—Sí—repito emocionado—. ¡Los Pirineos!... ¡No son éstos los que yo conocía; sin embargo, con qué gusto los veo!...

Y, desde el cabo de Creus hasta el de Higuer, mi pensamiento va y vuelve. Corremos entre la montaña y la costa, y el mar está tan cerca que, a veces, sus olas rompen espumeantes al pie de la vía. Un poco más y llegamos a Port-Bou, donde nos detenemos media hora; siete minutos después estamos en Cerbere. ¡Francia!... La bandera ha variado; pero yo, que no pienso como El Barítono, creo que, pues todos los trenes—vayan o vengan—han de salir de un túnel, es allí, bajo la tierra, donde la sociedad futura debía sepultar definitivamente el concepto retrógrado de “patria”. Ese túnel, para mí, es una lección.

Veinte días nada más ambulé sobre la ruta de Port-Bou. Una tarde, al regresar a Barcelona, supe que había ocurrido un descarrilamiento cerca de Calatayud, y que el “expreso” de Madrid se reformaba.

A la mañana siguiente, temprano, unos guardavías se acercaron al Barítono y a mí, y les oímos hablar:

—¿Son éstos los dos coches que llegaron ha poco de Valencia?—preguntó alguien.

—Sí—repuso otra voz—, y hay que desengancharlos.

Cuando el convoy iba hacia la frontera, El Barítono marchaba delante de mí; a la vuelta sucedía lo contrario, y, por esta circunstancia, yo fuí el elegido.

—Nos separan, Cabal—gimió mi compañero.

—Sí, hermano—repuse conmovido—y no imaginas cuánto voy a echarte de menos...

Aquellos hombres desenlazaron las cadenas que nos sujetaban, levantaron el puentecillo metálico que nos unía y se dispusieron a empujarme.

—En este momento—exclamó El Barítono—envejecemos un poco los dos: separarse es morir...

—O disponerse a vivir otra vez—interrumpí animoso—; ¡y más vale creer esto último!... ¡Que seas dichoso, que la ventura te acompañe siempre!

El repuso, magnífico y sacerdotal:

—Que la felicidad marche contigo.

Aquella noche, en el “expreso de lujo” de las ocho menos once minutos, salí para Madrid. Meses después supe que mi camarada había sido alcanzado y muerto por una locomotora, en Cerbere. ¡Tenías razón, pobre hermano! Tu deseo de volver a Francia era una cita que te daba la tierra.

XXIV

Si yo tuviese tiempo y memoria—y paciencia también—para trasladar al papel siquiera la cuarta parte de mis recuerdos, mis confesiones ocuparían varios volúmenes. ¡Desfilaron ante mí tantos horizontes, tantos episodios, tantas figuras!... Y este mismo vivir bordonero, exasperó mi acuidad sensorial, pues la función crea el órgano, y así las impresiones renovadas son a los nervios lo que al músculo el ejercicio físico. A más intenso y perseverante meditar, mayor inteligencia.

El tesoro emotivo de los años tempranos perdura intacto en mí. Todavía recuerdo, sin que las imágenes hayan palidecido, la alborotada impaciencia de los primeros viajes; la avidez retozona con que mis ruedas bisoñas se deslizaban sobre la brillantez de los rieles; el entusiasmo temerario con que acometíamos las cuestas arriba; el vértigo clamoroso de los descensos a través de campos borrachos de flores y de sol; el riesgo elegante de las curvas trazadas por los ingenieros sobre el dorso de los precipicios; la embriaguez de las carreras vertiginosas, cuando ensordecía el viento y La Caliente, o La Recelosa, o La Triste—cualquiera de mis antiguas dueñas—atrafagada y jadeante, nos arrastraba a ochenta y cinco o noventa kilómetros por hora. Y evoco también conmovido la mansedumbre de los crepúsculos gallegos, la melancolía grave de las sobretardes castellanas, la evaporación neblinosa—aroma de humedad—que desdibuja las lejanías norteñas, el profundo silencio rústico de esas estaciones minúsculas donde nuestra locomotora, fatigada, cubierta de tizne y sudor, se detuvo a beber.

Hay nombres de ciudades y de pueblos que resuenan en los tímpanos sutiles de la memoria con la dulzura de un nombre de mujer; y ese poder de evocación que, según oí decir a los hombres, ejerce sobre ellos la música, lo tienen para mí ciertos pregones: algunos resumen capítulos enteros de mi vida.

Dentro de mí oigo gritar:

“—¡Venta de Baños!... ¡Cambio de tren para las líneas de Santander, Asturias y Galicia!...”

Y reveo el paisaje, las máquinas latientes, las andanas de vagones dispuestos a partir, los viajeros que preguntan y corren de un convoy a otro.

O bien:

“—¡Miranda de Ebro!... ¡Cambio de tren para los viajeros de Bilbao, Logroño, Castejón, Pamplona, Zaragoza y Barcelona!...”

Y la maravillosa Sierra de Pancorbo se levanta delante de mí.

La voz evocadora grita:

—“¡Buenos quesos de Burgos!...”

Y pasa la histórica ciudad, con su caserío obscuro sobre el que la catedral levanta el encaje prodigioso de sus dos torres.

—“¡Puñales y navajas de Albacete!...”

Es la Mancha, de color ocre, desarbolada y adusta, y también la ilusión verde de la región valenciana, que va acercándose.

—“¡Tortas de Alcázar!...”

Son las noches frías, el aire que corta, la lluvia ingrata.

—“¡Agua!... ¡Agua fresca, agua!... ¿Quién quiere agua?...”

Es Castilla, es la tierra que abrasa, son los vagones cuyas imperiales vahean bajo el fuego del sol, el emparrado mezquino que sombrea el brocal de un pozo casi seco...

Así, pensando en todo esto, creo rejuvenecerme, y el espíritu cumple el milagro de vivir muchas veces lo que la materia torpe sólo conoció y gozó una vez.

La línea de Madrid a Barcelona es más dura y ciento noventa y cinco kilómetros más larga que la de Valencia; pero, comparada con la de Galicia o la de Irún, es llana y accesible como un andén. Componen el “expreso” una máquina, natural de Grafenstaden, correspondiente a la “serie cuatro mil”, de más de trece metros de longitud, y a la que sus manejadores apodan La Quisquillosa, por ser—al igual de los caballos blandos de boca—muy sensible a cualquiera indicación, y así se detiene o corre con violencias súbitas, como si estuviese enfadada; y nueve unidades: dos sleeping, dos furgones, un coche-correo y cuatro “primeras”, de las cuales al que me sigue llaman El Viejo, lo que me contristó un poco cuando, charlando con él, averigüé que teníamos la misma edad. El dining-car es, en nuestro convoy, algo pegadizo, pues el que enganchan en Madrid se queda en el pueblecito soriano Arcos de Jalón, y el que sale con nosotros de Barcelona no pasa de Mora la Nueva.

La heterogeneidad moral que presentan, con respecto unas de otras, las diversas regiones españolas, y de la que ya he hablado, vuelve a sorprenderme aquí. El público que ahora viaja conmigo no se parece al valenciano, y menos al andaluz; acaso sean el andaluz y el catalán los dos temperamentos españoles más desemejantes. Este pueblo me gusta: viste bien, es serio, callado, laborioso, enérgico; sus mujeres son gruesas y altas, y se enjoyan con cuidado, y los hombres tienen la expresión voluntaria y hablan de negocios. Al salir de Madrid, sin embargo, la psicología del pasaje no es rotundamente pura; tiene una veta aragonesa que persistirá hasta Zaragoza. Traspuesto el Ebro, la raza de los fenicios hispanos aparecerá limpia, y el idioma castellano habrá muerto, como arrojado a la vía por inútil.

En cuanto al camino, sin ser de los más bellos, es interesante, y se acerca a ciudades, ruinas y perspectivas, acreedoras a recordación.

Por ejemplo: Torrejón de Ardoz, entre cuyas roídas murallas las familias ducales de los Olivares y de los Alba tienen su sepultura; Alcalá de Henares, cuna de Miguel de Cervantes y de Catalina de Aragón; Guadalajara, ganada a los moros por Alvar Fáñez, el amigo del Cid; Sigüenza, fundada por Roma; la alcazaba de Medinaceli, y otras fortalezas diseminadas por aquellos alrededores rocosos y que en otro tiempo defendieron el tránsito del Valle del Ebro a Castilla; la morisca Calatayud; Zaragoza, la ibérica y la heroica, cuyas dos catedrales—El Pilar y La Seo—vemos, al cruzar el puente, reflejarse en el río; Caspe, que una vez decidió del porvenir de España; Reus, Pobla, San Vicente...

A través de un bosque de pinos marítimos la vía férrea se aproxima al Mediterráneo y el paisaje cobra belleza mayor. Pasa Villanueva y Geltrú, rodeada de viñedos lujuriantes, y más allá de Sitges el expreso, que corre bordeando la costa acantilada, enfila, sin interrupción, tantos túneles, que podría decirse que camina soterrado. Estos túneles ofrecen numerosas hendeduras, especie de saeteras abiertas sobre la alegría del mar latino, y su luz, que fulge por ráfagas ante nosotros, son como ideas optimistas que esclareciesen a intervalos la tiniebla de un espíritu triste. Enfrentamos luego las fragosas costas de Garraf, y entre tantas rocas nuestros rodajes restallan y crepitan con ensordecedor trajín. A la izquierda, en aquel lontano confín donde el cielo simula pedirle a la tierra un punto de apoyo, azulean los fastigios de Montserrat; y al fondo, manchando de blanco el horizonte desde la falda del monte Tibidabo al baluarte de Montjuich, la urbe barcelonesa, ceñida de fábricas cuyos millares de chimeneas parecen los tubos de un órgano que entonase, desde el amanecer, la misa del Trabajo; la única cierta...

Pronto se cumplirá el cuarto aniversario de mi llegada a esta línea, y nada digno de ser publicado me ha sucedido aún. ¿Por qué? Jamás mi vida fué tan pacífica. ¿A qué debo atribuir esta calma? ¿Será porque voy haciéndome viejo? ¿Acaso porque la Aventura, cansada de protegerme, huye de mí?... ¡Oh, dolor! El silencio que acompaña a la ancianidad parece una emanación, un contagio, del Eterno Silencio; como si, al igual que los ríos meten su corriente en el mar, la Muerte proyectase su tristeza en la Vida...

En las otras regiones que conozco las gentes viajan por placer, por turismo, para tomar baños en las playas de San Sebastián o de La Coruña, o para asistir, a mediados de abril, a las corridas de toros de Sevilla. En la línea catalana se viaja por necesidad, por negocio; mis huéspedes son gentes laboriosas y ordenadas, para quienes la vida es una actividad lógica y no un pasatiempo. No son bruscos, según el vulgacho de otras provincias cree, sino diligentes en la acción; no son avarientos, sino emprendedores y productores. Como dentro de la idiosincrasia total de nuestra Península, puede aseverarse que Andalucía representa la fantasía y la gracia, Cataluña simboliza la acción, el impulso codicioso y perseverante. Bilbao y Valencia la imitan, la siguen de muy cerca... pero Cataluña es, hasta el momento actual, “la voluntad” de la España futura. En esta tierra fuerte a los hombres se les estima por su energía, por su producción útil; aquí, en los trenes, un torero no llama la atención, y, lógicamente, un ministro interesa menos aún que un espada.

En Reus, donde nos deteníamos ocho minutos, recogí una mañana a un matrimonio. Podía frisar el marido en los cuarenta y cinco años, y la esposa, que nunca debió de ser bonita, manifestaba pocos menos. Los dos eran vulgares por el tipo, por la expresión de sus semblantes pasivos, por su indumentaria... No obstante, me impresionaron; estaba seguro de conocerles, y me eché a discurrir:

“¿Dónde les he visto?... ¿Cuándo?... ¡Debe de hacer mucho tiempo!...”

Dediqué atención a lo que hablaban, en voz muy baja, cual avergonzados de tener algo que contarse.

La mujer decía:

—Yo creo que la señora Nicasia cuidará las gallinas...

—Es de suponer.

—Y que regará el jardín conforme la expliqué...

—Sí, sí, lo regará; no te atormentes.

Las respuestas del marido eran pacificadoras, cordiales. Pequeño, el vientre abultado y las piernas y los brazos muy cortos, aquel hombre sencillo y carirredondo, irradiaba buena fe. Dijo corridos unos instantes:

—Ya nuestro Alejandro estará levantándose para ir a la estación.

—Si recibió tu telegrama...

Ella recelaba siempre; él creía.

—¿Por qué no había de recibirlo?...

Después de un silencio, la mujer exclamó:

—¡Pobre hijo mío!...

El esposo suspiró, movió la cabeza...; volvió a suspirar:

—Sí; es muy triste educar un hijo para que luego la patria nos le quite así. En fin, no desesperemos: el comandante me ha prometido colocar al muchacho en una oficina, de mecanógrafo, para que no le saquen al campo...

De lo que hablaron colegí que vivían en algún hotelito de las afueras de Reus, y que aquel Alejandro, hijo suyo, debía marchar a una guerra que España sostenía en Marruecos, y de la cual, de tarde en tarde, los periódicos publicaban telegramas.

—¡Pobre mujer y pobre hombre!—pensé.

Les observaba con una atención en la que había más misericordia que curiosidad.

—Afortunadamente—seguí discurriendo—, los hombres, junto a la idea de “patria” ponen la idea del “honor militar”; al lado de los prejuicios que les atormentan, los pobres colocan otros prejuicios, igualmente falsos, pero consoladores... ¡y así van viviendo!...

De pronto—¡oh, dragados increíbles de la memoria!—reconocí en mis huéspedes a aquellos recién casados que una noche, y en vida todavía de don Rodrigo, trasladé de La Coruña a Madrid; los mismos que, torpes y vergonzosos, después de oprimirse las manos y como si ya “se lo hubiesen dicho todo”, se quedaron dormidos. Ahora les veía claramente, conforme entonces se me aparecieron: ella, pequeña, alaciada, feílla; él, pacato, gordezuelo y congestionado dentro del traje estrenado aquel día y que parecía estarle un poco estrecho. ¡Ah, mudanzas dolorosas del tiempo!... ¡Y cuán cambiados les encontré; qué viejos, qué fofos, qué tristes!...

—¿Es posible—exclamé—que él haya dedicado entera su vida a ella, y ella toda la suya a él? ¿Es verosímil que cada alma se resigne así a sólo leer en otra alma en la cual, por cierto, nada hay que leer?...

Empecé a tejer cábalas: ellos se casaron hacía, próximamente, veintiún años; su hijo, de consiguiente, tendría veinte años... o diez y nueve... ¿Qué pudieron hacer los dos en tanto tiempo?... Vi pasar sobre sus cabellos grises las horas monótonas, los días apacibles, idénticos, como uniformados, sin otra alegría que su amor—que no era “el amor”, sino una pobre atracción grave, tibia, casi mecánica—. Perdieron su humilde vida así, esperando... ¿Qué?... ¡Ah, muy poco!... Si era de noche aguardaban a que fuese de día; y por las mañanas, la hora del almuerzo; y después de almorzar, la hora de cenar; y, terminada la cena, la hora de dormir... y siempre igual, pareciéndoles que, con ver crecer a su hijo, hacían bastante. Probablemente, ambos se conllevaron bien, aunque sin ímpetus, y ahora de sus corazones, semejantes a frascos de esencias que hubiesen quedado destapados, el deseo de vivir—aroma de las almas—se había desvanecido. ¡Qué ocaso tan triste!...

Hube de suspirar muy recio, porque El Viejo me preguntó:

—¿De qué te lamentas, Cabal?... Anda y no seas cojigoso, que ya llegamos.

Hícele partícipe de mis observaciones, y de la pena que me producían los estragos del tiempo. Tuvo un gesto de empaque y suficiencia.

—Cosas más graves—repuso—he visto yo. ¡Envejecer! ¡Eso les sucede a todos!... ¡Ah, si yo quisiera hablar!... Te juro que, aquí donde me ves, de mi vida podría sacarse una novela.

Me eché a reir con tan bonísmo arranque que amostacé a mi interlocutor.

—¿A cuento de qué viene esa algazara?—atajó.

—Me río—le repliqué sin cortar el chorro de hilaridad que me removía el cuerpo—de lo vulgar que eres. Acabas de hablar como un hombre. ¿No lo sabías?... Apenas dos de nuestros viajeros charlan media hora y simpatizan, uno de ellos exclama, siempre con una leve melancolía en la voz, como si el recordar fuese un dolor para él: “Mi historia es una novela.” A otros les parece que un volumen no es bastante, y dicen: “En mi historia hay argumento para tres o cuatro novelas...”

Mi camarada, más humillado que avergonzado, repuso:

—¿Y qué?...

—¡Nada!... Que para aliviarte del peso de tu biografía busques a otro, porque yo no la aguanto.

—¿No crees que la vida de cualquier hombre, como la tuya... como la mía... es una novela?...

—Posiblemente.

—¡Luego tengo razón!...

—Mira, Viejo—exclamé—; no te amontones y medita lo que voy a decirte: como la mayoría, por no asegurar la totalidad, de los hombres son vulgares; como no saben vivir, sucede que esa novela que tú atisbas en ellos necesariamente ha de ser mala; y, por lo tanto, que si cada ciudadano... ¿me oyes?... cayese en la tentación de escribir su historia, nadie volvería a comprar un libro.

Amohinado gruñó:

—Si nada te ha sucedido... te felicito.

—¡Al contrario!—interrumpí vivamente—; si no hablo es porque mucho me sucedió. Las almas, Viejo, son como los ríos: cuanto más profundos, más callados...

Así terminó la escaramuza.

XXV

Mi biografía, toda mi biografía, como si el Destino la hubiese dividido a hachazos, ofrece los aspectos más incongruentes y separados: junto al fragmento ligero y azul, el capítulo rojo; al lado del episodio sentimental o picante, la palidez torva del drama.

Durante aquel último cuadrienio yo había empezado a aburrirme un poco: hallaba mi vivir demasiado uniforme, y achacaba esta escasez de emociones a mis años, que iban siendo muchos. “¡La Aventura ya no me quiere!...”—discurría yo en mis soliloquios, constelados de melancolías y de recuerdos. Y daba por definitivamente acabado el libro de mi vida, cuando la terrible y divina musa “de los ojos de esmeralda”, la que con sus sorpresas envejeció mis miembros de hierro y caoba, tornó a mirarme. Y... ¡de qué modo, con qué fuerza trágica!...

Es una página bermeja y ardiente, como un folletín.

Estábamos en Madrid, y las manecillas del reloj luminoso—ojo de la Estación—que preside el vaivén de los trenes, iba a darnos la orden de partir. Eran las diez y ocho y quince. Todos los coches, apretados fraternalmente unos contra otros, esperábamos la señal: teníamos encendidas las luces; la calefacción, alta; los frenos, bien graduados; las ruedas, engrasadas y prontas al movimiento: La Quisquillosa resoplaba prepotente, y el latir de sus ijares estremecía el convoy. Un viento frigidísimo barría los andenes, casi desiertos, pues era día “de Difuntos” y en fecha tan señalada y que entraña, al decir del vulgo, cierto maleficio, nadie quiere viajar. Los huéspedes del expreso no llegarían, en total, a cuarenta. ¡Mejor!... Vayan estos viajes, relativamente descansados, en alivio y desquite de aquellos en que la aglomeración de forasteros y de equipajes nos obligan a transportar, a cada uno, siete y ocho toneladas de peso.

A la hila del tren, una voz lenta pregonaba:

—¡Almohadas de viaje!...

Y era su cadencia tan monótona, tan lánguida, que invitaba a dormir.

De mis compartimientos tres estaban vacíos. En otro había un matrimonio cincuentón y de empaque burgués, al que la presencia de varios parientes, que fueron a despedirle, retenía asomado a una ventanilla.

Especialmente en invierno estos saludos me molestan mucho, porque me enfrían. Además, son de una hipocresía repugnante, pues, en la generalidad de los casos, todos, así los que se quedan como los que se van, desean separarse. Ya se dijeron cuanto necesitaban decirse; ya varias veces se estrecharon las manos... ¡y el tren no sale!... ¿Qué hacer?...

—Pero... ¡márchense ustedes!—suplican los viajeros.

Los otros responden:

—De ningún modo...

—Nos da pena verles ahí; están ustedes molestándose.

—No es molestia, es placer...

—¡Cuánta amabilidad!...

Las “frases hechas”, los “lugares comunes” de la cortesía y de la emoción, van... vienen... El protocolo de las despedidas ordena que—en un momento determinado—las cabezas varoniles se descubran, y los pañuelos salgan del bolsillo para saludar, y los ojos se nublen de tristeza: y para que este cuadro surta el efecto conmovedor apetecido, indispensable será que el convoy arranque. También las siguientes recomendaciones parecen absolutamente necesarias:

—“Tengan ustedes buen viaje...”

—“¡No dejen ustedes de telegrafiar; no se lo perdonaríamos!”

—“Ya saben que pueden disponer de nosotros.”

—“¡Sí, sí!... ¡Muchas gracias!... ¡Hasta la vuelta!...”

¡Ah!... Cuando considero el mezquino valer de los hombres, sus falsedades, sus perjurios, sus tracerías y el eterno carnaval de sus almas, siento tentaciones de descarrilar.

A la hora exacta, el jefe de estación dió “la salida” al expreso; silbó la locomotora, y partimos. ¡Espantosa noche! La lluvia había formado grandes charcos entre los rieles, y apenas dejamos atrás la marquesina que guarece los andenes, un furioso huracán de nieve nos envolvió. Por dicha, nuestro “visitador en ruta” cerró pronto una portezuela del coche-cama inmediato, que había quedado abierta, y por la cual penetraba una avendavalada manga de aire que iba helándonos a todos. El vagón que corría delante de mí, y al que apellidábamos El Pez, por lo ligero, se quejaba de un eje; yo lo oía chirriar.

—Eso es—hícele observar—un poco de frío; apenas llevemos rodando un rato y entres en calor se te pasará.

Habíamos traspuesto las estaciones mínimas de Vallecas y Vicálvaro, y las amenas praderas de San Fernando, y ya veíamos acercarse las luces tristes y diseminadas de Torrejón. Pasado Alcalá, La Quisquillosa aceleró su correr, y la calefacción aumentó. ¡Qué delicia!... Aquellas oleadas de vapor eran para nosotros lo que para el caminante aterido un vaso de alcohol. El eje de mi compañero cesó de dolerse.

—¿Mejoras?—averigüé.

—Sí—repuso—; ya estoy bien.

—Pues, tira, hermano; porque El Viejo es un maula, y de no ayudarme tú no podré con él.

Hizo lo que yo le pedía, y se lo agradecí: era fuerte y bueno, y más joven que yo; con lo que declaro que me aventajaba en punto a lealtad y buena fe. Vivir es malearse...

Los andenes de Meco y Azuqueca huyeron de nuestro lado como sombras; en Guadalajara hicimos, según costumbre, un alto de cinco minutos, y seguidamente salimos para Fontanar.

El dining-car había apagado sus luces temprano, pues el pasaje, malhumorado, cenó de prisa, que nada acorta tanto la duración de las sobremesas como la melancolía. Los escasos inquilinos de los vagones-camas también mostrábanse soñolientos. En los coches de mi clase, los largos tránsitos aparecían desiertos y fantasmales, sacudidos por la marcha crepitante del convoy. Pasaron las estaciones de Junquera, Humanes, Espinosa, Jadraque, Matillas... y en Sigüenza, la vetusta, recogí un viajero. Distinguí su silueta mucho antes de que llegásemos a la estación, pues en el andén solitario no había más persona que la suya. Era un hombre como de treinta años, bien vestido y de gentil presencia, y advertí una nerviosidad, una precipitación de fuga, en su modo de ganar mi estribo y abrir la portezuela. Aquel individuo, evidentemente, huía de alguien: sus pupilas fulgían como las del “bello Raúl”, como las de Dommiot, como las de Cardini, el italiano... Ya en el pasillo, bajó un cristal y sacó la cabeza, observando espaciosamente a un lado y otro, cual receloso de que alguien hubiera subido al convoy; y así, en esta actitud de vigilancia implacable, permaneció hasta que dejamos la estación y comenzó a ser procelosa la velocidad de nuestro correr.

Entonces buscó uno de mis departamentos vacíos, y un gesto que hizo y el suspiro que se le escapó de la garganta me descubrieron su satisfacción de hallarse solo. Reducíase su bagaje a un maletín pequeño, que colocó en la red, y a un portamantas cuyas correas empezó a deshebillar. Sin razón, y acaso por obra sigilosa de un presentimiento—esto lo razoné más tarde—, redujeron mi curiosidad a esclavitud la lozana juventud de mi huésped, la vivacidad de sus grandes ojos novelescos, la abundancia de sus cabellos negros y naturalmente ondulados, la sólida complexión de su espalda y la elegante anatomía de sus manos y de sus pies.

—He aquí un hombre—medité—con quien el Amor no debe ser esquivo...

Apareció el interventor y pude enterarme de que el nuevo viajero iba a Barcelona. Al quedarse solo, el desconocido extinguió las dos luces del compartimiento, cerró la puerta y corrió todas las cortinillas. Hecho esto se acomodó en un ángulo, arrebujóse en su manta y alargó ambas piernas sobre el asiento. Volvió a suspirar, como quien sufre una pena o un temor secretos, y apagó en mi cenicero el cigarrillo que estaba fumando. En la obscuridad su figura desapareció casi por completo: únicamente sus botas de charol, flamantes—bien lo recuerdo—recogían no sé qué vagarosa claridad que llegaba a ellas desde el pasillo, y yo las veía fosforear en la tiniebla como azabaches. ¿Quién era aquel tipo, qué interés podía haber en su vida? Le comparé con don Rodrigo y le juzgué, incontestablemente, más hermoso que el amante de Raquel, pero también menos distinguido, porque era menos “raro”. Minutos después le oí roncar sonoramente y, yo mismo, traspuesta la estación de Arcos, me quedé dormido. Muchas veces los viejos vagones, con nuestra inveterada costumbre de rodar en traílla, y la seguridad de que la locomotora cuida de nosotros y no nos dejará equivocar la ruta, caminamos inconscientemente, y es este automatismo lo que nos permite ratos sabrosos de duermevela.

Una voz que gritaba:

—¡Alhama!... ¡Un minuto!...

Interrumpió a medias mi reposo: pero La Quisquillosa recobró su marcha y mis poros, mal despabilados, volviéronse de nuevo impermeables a la sensación, y mi conciencia tornó a inmergirse en las negruras insondables del no pensar.

Mucho tiempo transcurrió antes de que un pregón y una ruda presión de los frenos, me despertasen. Por añadidura mi vagón zaguero—El Viejo—acababa de darme, al detenerse, un fuerte encontrón; sin duda iba dormido. Reconocí la estación de Calatayud, callada y horriblemente triste bajo un abundantísimo aguacero. Ni un ruido. El jadear de la máquina desgarraba el silencio, y turbaba como el latir de un corazón. Al mismo tiempo, me pareció ver una sombra que trepaba al último “primera”, por el lado de la entrevía, lo cual me demostró que quien fuese cuidaba de no ser visto, y acaso intentaba viajar sin billete.

Media hora más tarde llegaba a mí con pasos aduendados y por el tránsito que me ligaba al Viejo, una mujer alta, de líneas esbeltas, que disimulaba sus facciones bajo un alucinante manto negro. Un extraño soplo trágico la animaba, la precedía...; la vi adelantarse por el corredor y unos segundos pude admirar sus manos blancas, la energía aguileña de su rostro, y el nimbo leonino que ceñían a su frente sus cabellos dorados: unos cabellos encrespados y magníficos, calientes y luminosos como hilos de sol. Brillaban con resplandor propio; vivían; no recuerdo haber visto nunca otros más bellos...

La desconocida detúvose ante mi primer departamento, cuya puerta descorrió suavemente; encendió una luz, miró rápida y, sin ruido, volvió a cerrar. En el departamento contiguo hizo lo mismo: abrió la puerta, asomó la cabeza, esquivóse de nuevo... Era evidente que buscaba algo. De repente asocié aquella pesquisa a la figura del viajero que subió a mí en Sigüenza.

—Le busca a él...—pensé.

Y tuve miedo, pues adiviné que algo siniestro iba a consumarse. Sobresaltado llamé la atención de mi compañero.

—Escucha, Viejo, y ayúdame a salir de dudas: ¿has visto pasar una mujer alta, vestida de negro?

—Sí; subió al tren en Calatayud, por la parte de la entrevía...

—La misma.

—Como si viniese huyendo...

—¡Exacto—exclamé—, todo eso lo pensé yo!...

—En el último vagón permaneció un buen rato; pasó después al otro, y luego a mí, donde el interventor la pidió el billete.

—¿Llevaba billete?

—Hasta Barcelona. En mi pasillo aguardó a que el interventor se fuese, y entonces registró, uno a uno, mis departamentos. Tiene cara de loca. Después se marchó. ¿Sabes dónde está?

—Aquí.

—¿Contigo?

—Sí.

—¿Qué hace?

—Busca.

La dama enlutada, efectivamente, proseguía su investigación, y en el tránsito solitario y bajo el claror pálido y trepidante de las lámparas, su silueta cobraba una virtud fantasmal. En su rostro lívido, sus ojos negros tenían la expresión del drama. El Destino, lo Inevitable, miraban con ellos.

El Viejo, intrigado, me preguntó:

—¿Se fué ya?

—No.

—¿Qué hace ahora?...

—Busca... ¡calla!... déjame ver...

La misteriosa desconocida empujaba en aquel instante la portezuela del departamento donde “el viajero de Sigüenza”—le designaré así—dormía. ¡Oh, si yo hubiese podido despertarle!... Fueron unos segundos espantosos, uno de esos momentos en que nos parece oir a la Muerte caminar de puntillas, y dentro de nosotros toda nuestra alma acongojada adquiere el perfil de una interrogación.

La intrusa, apenas encendió, tornó a apagar, y, favorecida por la claridad del corredor, avanzó. Su brazo derecho extendido, que ahora, bajo el manto, parecía una enorme ala maléfica, esgrimía un puñal cuya hoja limpia pintaba en la penumbra un sutil triángulo de luz. Agachóse para mejor ver, y ahogando el aliento. Adelantó la cara, en cuya lividez eucarística los labios temblaban... Luego, con recio ímpetu, apoyó su mano izquierda en la boca del durmiente, para a la vez que le impedía gritar y le tapaba los ojos, obligarle a echar la cabeza hacia atrás; y cuando le tuvo así, mudo y cegado y con la garganta bien de manifiesto, de un solo golpe cruel le degolló. Hundióse el cuchillo hasta la cruz, y, al salir, por la herida brotó un chorro caudal de sangre, purpúreo y ancho como una lengua.

Segura de haberle matado, la homicida, con repentina presencia de ánimo, enredó al alfiler que brillaba en la corbata del finado un largo cabello negro que preparado traía con este objeto, tiró el arma a un rincón y escapó. Al llegar al término del pasillo penetró en el cuarto-tocador, se lavó las manos y volvió a salir. Nadie la había visto. Sin perder instante abrió mi portezuela correspondiente a la entrevía, bajó al estribo y saltó a tierra fácilmente, pues íbamos llegando a la estación de Casetas y el convoy corría a menos de un cuarto de marcha.

Sentado, el occipucio apoyado contra una de mis cabeceras, la víctima, lívida y bermeja a la vez, no se había movido. A su alrededor y como nimbando su blancura mortal, todo aparecía tinto en sangre: el diván, el respaldo, la alfombra...

La presencia de aquel cadáver cuyo rostro, de minuto en minuto, era más blanco, me causaba indecible terror; añádase a esto la sensación de la sangre que me empapaba y rápidamente iba enfriándose. Sentía miedo, pena... y también un poco de asco. En los primeros instantes sólo compadecí al hombre; luego díme a meditar en la matadora, y a tener piedad de su dolor. ¿Qué desesperada historia se había desenlazado allí?... Y aquel cabello negro, ¿con qué objeto fué enredado en la corbata de la víctima, y a quién perteneció?... Instintivamente mi conciencia hidalga poníase de parte de la mujer y votaba en favor suyo.

“Cuando ella se decidió a segarle la garganta—pensé—es porque antes él, a mansalva, la habría acuchillado el corazón. Entre amantes, una puñalada es muchas veces la liquidación de una deuda.”

Apenas el expreso salió de Casetas, referí al Pez y al Viejo lo ocurrido, y aquél tanto se asustó con la idea de que un muerto le seguía, que comenzó a cabecear y a querer zafarse de mí. Un buen tironazo que le administré, para castigarle, le devolvió el juicio. No se enfadó por ello.

—¿Está muy pálido el cadáver?—balbuceaba.

—Mucho; parece de cera; parece también que el rostro se le ha enflaquecido.

—¿Y frío?... ¿Notas tú que está frío?...

—Sí: el frío de su carne es, por instantes, mayor: rato hace que traspasó sus ropas y empezó a invadirme... Ahora me penetra y llega muy hondo dentro de mí. ¡Es horrible!...

La noticia corrió velozmente de punta a punta del convoy, y los datos aportados por mis compañeros ratificaron cuanto, momentos antes, El Viejo me había dicho. La desconocida emprendió su trágico éxodo agarrándose a uno de los estribos del último vagón, en cuyo cuarto-lavabo estuvo encerrada más de una hora, de lo cual nuestro camarada coligió que aquella mujer, no obstante su bonísima traza, escondía un misterio. Después dejó su escondite, ojeó todos los departamentos y pasó al segundo coche, donde hizo lo mismo.

—Yo, cuando la vi adelantar por mi pasillo—exclamó El Viejo—tan alta, tan delgada y envuelta en aquel largo manto negro entre cuyos pliegues los ojos la relucían como linternas, pensé que la Muerte había entrado en mí.

—¡Y era cierto que entraba—comenté—, porque el amor y la codicia son las dos sonrisas de la Muerte: cuando la Muerte no quiere asustar a los hombres y sí sólo perderles, se hace Dinero o se hace Mujer!...

En Zaragoza, donde debíamos permanecer veintiún minutos mientras cambiábamos de máquina, sólo recogimos tres pasajeros, que subieron a los coches-dormitorios, situados a la cabeza del tren. Eran las dos de la madrugada. La Quisquillosa, que no pasaba de allí, se había desligado de nosotros, y el convoy quedó inerte y como acéfalo. Todos los vagones, inmergidos en tinieblas, parecían dormir, amodorrados por el cansancio y el frío. El Viejo y El Pez también se habían sosegado. Solamente yo velaba, y, a poder, hubiera pedido socorro con resonantes voces. Aquel difunto, cuyo rostro adquiría aún, por momentos, una albura de sudario, me helaba: ni don Rodrigo, ni aquel argentino tan misteriosamente asesinado en la línea de Sevilla, tenían su expresión: yo no quería verle, y, sin embargo, ni un segundo mi curiosidad se apartaba de él. Como acabó sin agonía, la muerte no había desconcertado la paz de sus facciones: los labios quedáronle entreabiertos, y la visera de la gorra le tapaba los ojos; pero los dedos de sus manos yertas y blancas—más que blancas, traslúcidas—sobre el fondo purpúreo de su traje cubierto de sangre tenían una expresión fascinante: estaban torturados, contraídos, retorcidos espantosamente: raíces parecían...

Un golpe inesperado me reveló que La Ronca—padecía este remoquete por lo mal que silbaba—se había unido a nosotros. Ibamos a partir, y me alegré, porque el movimiento debilita la voz de las ideas. En seguida... lo de siempre: una campana, un pito, una voz soñolienta, automática, que ordena: “Señores viajeros... ¡al tren!...”, la locomotora que lanza un alarido corto y bufa, y el convoy que recobra su andar...

El crimen perpetrado entre Calatayud y Casetas se descubrió al hacerse la nueva requisa de billetes, ya pasado El Burgo. Inmediatamente el inspector manejó el timbre de alarma, y el expreso paró. Por segunda vez la noticia, semejante a una mariposa roja, voló de un extremo a otro del tren: despertados insólitamente todos los viajeros, algunos a medio vestir, precipitáronse fuera de sus departamentos y corrieron a mí. En mi corredor los curiosos se apiñaban, se oprimían y alargaban el cuello, con el ansia impaciente de ver. Los que hubieron la fortuna de obtener un puesto frente al teatro del atentado, enmudecían de espanto y no sabían disuadir los ojos del cadáver, cuyas facciones, ya endurecidas, parecían, bajo mis luces, de transparente mármol.

Como nada podía hacerse, el revisor cerró el compartimiento y el convoy persiguió su camino a gran velocidad para recobrarnos del tiempo perdido. En Caspe nos detuvimos, y por teléfono el jefe de estación llamó al Juzgado, que inmediatamente acudió y procedió al “levantamiento del cadáver”. Secundado por el escribano, el juez tomó circunstanciada declaración al inspector, al “ruta” y a varios pasajeros. El interrogatorio fué baldío; nadie sabía nada. Lo único cierto era que el asesinado tomó el tren en Sigüenza con propósito, según su billete de viaje acreditaba, de ir a Barcelona.

En la cartera de la víctima se halló una cédula extendida a nombre de Antonio del Rey, varias cartas, a las que, por abreviar tiempo, no se dió lectura, y cuarenta mil pesetas en billetes del Banco: detalle este último que evidenciaba no ser el robo el móvil del asesinato. El juez advirtió en seguida el largo cabello negro—cabello de mujer joven—prendido al alfiler de corbata del finado, lo que estimó un dato revelador precioso; también examinó cuidadosamente el cuchillo, que era nuevecito y de los mejores y más bellos que producen los famosos armeros toledanos. En el acto, la presunción de un crimen por celos iluminó el espíritu de los circunstantes.

—¡Y es una mujer morena—exclamaron a coro—quien le ha matado!...

Alguien dijo que ninguna mano femenina era capaz de asestar una puñalada así. Pero el voto contrario y unánime del público movióle pronto a cambiar de opinión. Mujer tenía que ser la autora del crimen. ¿Cómo, si no, explicar la presencia de aquel cabello? Precisamente ese cabello era “el hilo” del sangriento ovillo, el rastro que la homicida olvidó tras sí. A este dato añadíase otro no menos significativo, a saber: la primorosa belleza del cuchillo: era un arma genuinamente femenina, elegante y de persona rica. A un hombre, para vengarse, no se le ocurre comprar un objeto tan lindo.

Alrededor de la imagen de una mujer “morena y joven”, por todos aceptada, los comentarios se devanaron inagotables.

“Ella” debió de subir al tren en Sigüenza, sin que “El” lo advirtiese; aunque, de estar noticiosa de su viaje—suposición muy admisible—pudo salirle al encuentro en la estación de Arcos, o en la de Alhama... y, hallándole dormido, le degolló. Después se quedaría en Calatayud...

La razón del crimen volvía obsesionante a los espíritus. Evidentemente, aquella mujer había matado por celos. Antonio del Rey, al recibir la puñalada, no se defendió; acaso la muerte fué tan instantánea en él que se adelantó al dolor; finó sin sufrir: lo proclamaban así sus ojos cerrados y la serenidad y compostura de su actitud.

Respecto del cabello enredado al alfiler de la corbata, alguien dijo—y sus palabras merecieron la aprobación general—que, una vez su venganza satisfecha, “Ella”, como Salomé, sentiría el deseo de besar los labios yertos del adorado—¿no anduvieron el Amor y el Crimen siempre juntos?—y, al inclinarse para hacerlo, sus cabellos se agarraron al alfiler y una hebra, que sería brújula entre las manos de la Justicia, quedó prendida en él. El señor juez se acordaba de Teseo, y estaba encantado...

Asistiendo a estas divagaciones folletinescas, pero muy verosímiles, de la imaginación popular, yo me desesperaba. ¿Cómo decirles?... “La criminal es rubia; su cabeza parece una brasa: ese cabello negro de cuyo hallazgo tanto se ufanan ustedes, lejos de ser un rastro, es una traición, una trampa, un ardid, para despistar...” El único que lo sabía todo era yo, y no podía hablar. ¡Ah! ¿Cuándo los hombres que tantos inventos inútiles hicieron, descubrirán el modo de comunicarse con los objetos que comparten su vida?... ¿Habría robos si las cajas de caudales supieran pedir socorro? ¿Habría adulterios si hablasen las alcobas? ¿Cómo los sabios acosadores tenaces de la Verdad, no pensaron en esto?... Porque entonces... ¡sí que la Mentira se iría del mundo!...

Al dar el Juzgado por terminadas sus diligencias, unos camilleros se llevaron el cadáver del desdichado Antonio del Rey, y yo, con las portezuelas cerradas, fuí desenganchado del convoy y trasladado a una vía lateral, en espera de las futuras investigaciones que el señor juez instructor se proponía practicar en mí.

—¡Te han fastidiado, Cabal!—me dijo El Viejo—; los hombres, para consolarse de no prender al asesino, te prenden a ti... y tardarán en soltarte.

El expreso arrancó de Caspe con dos horas de retraso. ¿Cómo decir el frío de silencio, el dolor de abandono, que me produjo verlo marchar?...

El resto de la mañana estuve durmiendo, bajo la lluvia. Al siguiente día padecí un severo registro, y tres días después otro. El juez, asesorado por el escribano, el alguacil y dos personas más, reconstituyó—y declaro que con bastante exactitud—la escena del crimen: la posición en que se hallaba la víctima al recibir el golpe; la estatura probable de la agresora, a quien todos supusieron alta; y luego examinaron prolijamente los rincones del compartimiento, y mis estribos, con la esperanza de sorprender en ellos algún vestigio esclarecedor del misterio. Una aguja descubierta por el alguacil bastó para que todos aquellos señores se perdiesen en nuevas e inútiles divagaciones, pero no añadió luz ninguna al sumario.

¡Cómo me aburría! ¿Por qué no me sacaban de allí?... Las jóvenes caspolinas que acostumbraban a pasear por el andén, no cesaban de ir a verme. Se detenían a corta distancia de mí, sosteniéndose unas a otras por el talle, y luego, a pasos lentos, daban una vuelta a mi alrededor. Mi imponente tamaño, mi lujo y mis cortinillas caídas, como en señal de duelo, sobre el enigma bermejo que había en mí, impresionaban teatralmente la fantasía popular.

—Aquí ha sido...—se decían mis mirones.

No pasaban de ahí; y, al marcharse, caminaban despacio y volviendo la cabeza, para mirarme. En Burgos, adonde me llevaron después del asalto del expreso de Hendaya, me sucedía lo mismo.

Pero esta notoriedad no me consolaba de mis días de inacción. Cada veinticuatro horas, febril y ruidoso, pasaba mi convoy, y mis compañeros, dichosos con su libertad, me dirigían burlas inocentes.

—¡Bien te diviertes, gandul!—decían.

Una semana más tarde y con la etiqueta de “No admite viajeros”, fuí reincorporado al expreso y trasladado a Barcelona, donde substituyeron los forros ensangrentados de mi asiento y del respaldo por otros nuevos. ¡Cómo lo agradecí! La alfombra no la reemplazaron, sino que la lavaron cuidadosamente. Una pequeña mácula de sangre, no obstante, quedó en ella; pero tan debilitada y poco visible, que los “inspectores del material” consideraron que pronto los mismos viajeros acabarían de limpiarla con la suela de sus zapatos. Estos recuerdos me estremecen aún. ¿No hay algo truculento en el destino de esa sangre, que fué juventud, esperanza, calor... ¡vida, en fin!... y que luego una multitud pisotea, indiferente, y se lleva en los pies?...

Volví a la circulación, y desde mi primer viaje tuve ocasiones de convencerme de que el asesinato de Antonio del Rey seguía encadenando la atención de la Prensa y del público. El crimen guardaba su misterio. Las declaraciones de los familiares de la víctima poco ayudaron a esclarecer el enigma: se supo que Antonio del Rey tenía en Madrid una amante italiana, rubia y alta, artista de café-concierto, llamada Emma Sansori; y también que pensaba casarse con una joven morena, de notable belleza, unigénita de un banquero que residía en Barcelona. Al principio, la pública opinión señaló a la Sansori como autora del crimen; pero ella consiguió demostrar que la noche de autos la pasó en Madrid; además, el oro de su pelo la protegía; su cabellera gritaba su inocencia... Entonces la Justicia enderezó sus investigaciones por otros derroteros, y detuvo a una aventurera a quien Del Rey conoció el verano anterior en el Casino de San Sebastián, y a su hermana. Esta nueva pista tampoco dió resultados provechosos. La Policía avanzaba entre sombras, y se perdía. Desechada la suposición de que el asesino fuese un hombre, el fantasma de una mujer joven y de pelo negro renació triunfal. Aquel cabello detenido, al parecer casualmente, en la corbata de la víctima, se enredaba a los pies de la Justicia como un grillete y no la permitía andar.

Transcurrieron nueve o diez meses, que en esto de filar aprisa el tren de la Vida nos da ejemplo a todos...

Una tarde, minutos antes de dejar Barcelona, oí vocear los periódicos “con el crimen de ayer”. ¿Qué nuevo drama era aquél? Desde el último asesinato de que fuí testigo, la “crónica roja” ejercía una atracción morbosa sobre mí.

—Luego sabré de qué se trata—pensé.

Ya he dicho que, de cuanto sucede en el mundo, yo me informo por lo que oigo conversar a los viajeros, o leyendo en los diarios olvidados sobre mis asientos.

A poco de emprender el viaje, mi curiosidad empezó a ser satisfecha: varios pasajeros glosaban animadamente el sangriento suceso, cuyo relato campaba bajo titulares llamativas en la primera página de los periódicos. La muerta era una señorita, de la mejor sociedad barcelonesa, y que se hallaba en vísperas de contraer matrimonio. Se llamaba Mercedes Eloy. Según los reporteros, el día del crimen, por la mañana, Mercedes recibió una carta, que—al decir de una criada—la joven leyó con ademanes marcadísimos de inquietud, y se presume fuera un anónimo que la invitaba a una cita. Durante el almuerzo, la madre de Mercedes notó que ésta tenía los ojos enrojecidos, como de haber llorado. Al anochecer, la señorita Eloy, vestida sencillamente, salió de su casa diciendo que iba a la iglesia del Carmen y volvería en seguida. Su portera la vió subir a un coche. Horas después, en un rincón solitario y umbrío del Parque, aparecía su cadáver, con dos puñaladas, una de ellas en el corazón.

Comentando el hecho, añadía un periódico:

“Hay personas que atraen la tragedia como los pararrayos atraen la cólera de las nubes. Nuestros lectores no habrán olvidado que la señorita Mercedes Eloy fué novia de aquel don Antonio del Rey, asesinado misteriosamente en el expreso de Madrid.”

Esta apostilla fué para mí una revelación. Vi claro.

—“Entonces—exclamé—es Emma Sansori quien la ha matado.”

No me era posible dudar. La italiana habíase impuesto una tarea exterminadora, que cumplió hasta el final: primero, “El”; luego, “Ella”... ¡Oh, Italia!... País de arte y de pasión, tierra caliente donde la venganza tiene la fuerza de un culto bárbaro, ¡qué fielmente te retratas, a veces, en tus hijos!...

Y llego al desenlace de este folletín, que parece escrito por la misma inexorable mano de la Fatalidad.

Días después salía yo con mi convoy de Barcelona, y en el Apeadero de Gracia subió a mí una mujer de estatura elevada, rubia, vestida de rigurosísimo luto, a quien reconocí en el acto: era Emma Sansori. ¿Y cómo no reconocerla si había visto sus ojos, y los ojos en que una vez leímos el deseo de matar no se olvidan nunca?... Quizás por haber adelgazado parecióme más alta, y advertí que, en virtud de inexplicables mixtificaciones psicofísicas, el dolor en su rostro se había hecho belleza. Luego examiné sus manos lívidas, nerviosas y torturadas, como remordimientos; especialmente aquella mano derecha, dos veces criminal, en la que la Muerte parecía haber dejado una llave...

La Sansori examinó uno a uno mis departamentos, que por azar rarísimo iban casi vacíos, y fué a instalarse en el mismo, precisamente, donde—pronto haría un año—apuñaleó a su amante. ¿Quién la guió allí? ¿Por qué eligió aquel sitio y no otro? ¿Fué casualidad, o resultado de esas atracciones subconscientes que los objetos, testigos de un crimen, ejercen sobre el criminal?... Y, ante tales coincidencias alucinantes, ¿quién negaría que, desde que nace, cada alma lleva en sí su destino?...

Ya muy tarde, pasada la estación de Reus, Emma Sansori—como si magnéticamente mis pensamientos llegasen a ella—comenzó a darse cuenta de dónde estaba. Larguísimo rato había permanecido inmóvil, el mirar perdido en el espacio. De súbito la estremeció el choque de un recuerdo, y miró en torno suyo. Después se levantó, lanzó una ojeada rápida al desierto corredor, cerró la portezuela y tornó a sentarse. Dos veces cambió de lugar: primero se puso de espaldas a la máquina, luego de frente. Yo, que no cesaba de observarla, comprendía que su nerviosidad iba en “crescendo” alarmante. Los labios silenciosos de su alma repetían, sin cesar, un nombre: “Antonio”... “Antonio”...; y como en el espíritu de don Rodrigo vi tantas veces reflejarse la figura de Raquel, así en el de Emma apareció la cabeza—únicamente la cabeza—del asesinado, con una blancura de hostia en las mejillas, los párpados cerrados, y una tremenda puñalada roja, todavía sangrienta, en el cuello. Cuando esta tétrica imagen se borraba, la conciencia de la Sansori se obscurecía de modo tal que no quedaba en ella ni un mínimo resquicio de luz. De súbito las tres sílabas del nombre adorado y aborrecido, se encendían: “An-to-nio”...; y nuevamente, cual si resurgiese de la tiniebla de la tumba, el rostro exangüe del degollado volvía a dibujarse. Empezó a hablar con él: “¿Por qué no abres los ojos? ¿No quieres verme?...” Pero los ojos continuaron herméticos. Por su cerebro cruzó, semejante a un pájaro negro, esta sospecha: “¿Sería este el vagón donde le maté?...” El instinto la llevó al sitio que Del Rey ocupó, y lo examinó cuidadosamente; miró luego la alfombra, en la que aún subsistía, aunque muy desvanecida, una huella de la sangre, y sus manos dibujaron un ademán de horror: sobre el manto que cubría su cabeza, sus dedos de cera se crisparon agonizantes. Con el ansia de ver mejor, se hincó de rodillas en el suelo. Entonces comprendió; había reconocido el lugar: fué allí mismo... Aquella mancha era de sangre; de la sangre que ella adoró y por la que hubiese dado la suya...

Se levantó, ahogando un grito, y su figura enlutada pareció alargarse y tocar al techo. En sus ojos desorbitados la Locura acababa de encender sus luces amarillas. La Sansori quiso escapar al corredor y tropezó con la puerta, y la rudeza del golpe—que a mí también me hizo daño—la derribó sobre un asiento. Por segunda vez intentó salir, y volvió a chocar contra el recio cristal, y a caer. Pareciéndola que unos brazos invisibles la sujetaban por detrás, perdió valor. Juntó las manos, sus labios lívidos temblaron y se derrumbó de hinojos.

—Antonio... Antonio... Antonio...—musitó tres veces.

De un salto se incorporó; consiguió, al fin, abrir la puerta, y salió al pasillo. Miró a un lado y otro: nadie. Parecía haber recobrado su serenidad, pero su alma estaba en tinieblas.

—Va a suicidarse—pensé.

Y en el acto me convencí de haber acertado. Iba a suicidarse. Hay momentos en que las resoluciones adquieren tal intensidad, que son visibles sobre las frentes como un cartel pegado a un muro.

Emma Sansori ganó mi plataforma delantera, abrió la portezuela contraria al lado de la entrevía, y con un fuerte salto se arrojó al espacio. Cruzábamos un puente. La enorme ráfaga de viento que levantaba la marcha del tren la arrancó el manto de los hombros y esparció su melena dorada. Instantáneamente su cuerpo, vestido de negro, se borró en la infinita opacidad nocturna; no así sus cabellos, que flamearon unos segundos, semejantes a una llama, en la ingente tiniebla, y fueron como un coágulo de sol que bajase al abismo.

Nadie la vió.

En aquellos momentos el expreso, enloquecido, como si huyese de sí mismo, corría a noventa kilómetros por hora.

XXVI

Otros tres años de vida monótona pasaron sobre mí, y ellos quisieron que, definitivamente, en el reloj de mi modesto destino sonase la hora otoñal. No me sorprendió. Desde la catástrofe de Toral de los Vados, yo, aunque reparado escrupulosamente, no volví a sentir aquel extraordinario bienestar—salud de atleta—de mis tiempos prístinos. Mi pendencia con El Majo también me dañó, y de las heridas que los “apaches” franceses me infirieron, me resentía de cuándo en cuándo. Las nieblas vascas, las humedades gallegas, los calores y sequías de Castilla, los esfuerzos que los caminos en cuesta—sea ascendente o descendente—exige de nuestra armazón, el recio vibrar de las marchas aceleradas, el tráfago de pasajeros, la fatiga de nuestros tabiques sobrecargados de equipajes, y el mismo cansancio que llevan consigo las emociones, lentamente habían desconcertado mis órganos capitales. La elasticidad de mis rodajes, la actividad de mis tubos de calefacción, la alegría de mis lámparas—¿a qué negarlo?—no eran las mismas. Las puertas de mis compartimientos no se ceñían, como antes, a sus marcos; los cristales de mis ventanillas no ajustaban; mis asientos eran menos blandos; la palangana y el espejo de mi “water-closet” estaban rotos, y usado y manchado deplorablemente el linoléum de mi tránsito: en las fotografías policromas del corredor, en la obscura pátina de mi techumbre ahumada, en la melancolía de las cortinillas, en “no sé qué” de viejo, de desengañado, de triste, que había en todo mi cuerpo, yo comprendía que mi biografía iba acabándose.

El arreglo que me hicieron en los talleres de Valladolid apaciguó mi mal sin extirparlo, pues para las injurias del tiempo no se inventó remedio: yo, cuando mis curanderos me devolvieron a la vida rodante, parecía un veterano de los campos de batalla, cubierto de cicatrices; o un “viejo verde”, bizmado, recompuesto, que llevase los cabellos pintados y postiza la dentadura... y era natural, de consiguiente, que mi contrahecha y fingida mocedad durase poco. Acabaron con ella el sol, la lluvia, la escarcha, el relente...

Agréguese a esto el archivo de recuerdos—y quien dijo recuerdos, dijo melancolías—que ambulaban conmigo.

Los polos del alma son la imaginación y la memoria: la imaginación es “la facultad callejera” que busca, que sueña, que descubre o inventa caminos; y la memoria, “la dueña de la casa”, que escrupulosamente anota y clasifica lo sucedido: la primera es artista y mudable; la segunda, burguesa y quietista, y mientras aquélla derrocha y se disipa y se adorna con cascabeles, su hermana va cargada de llaves y hace números.

En mí, acaso precisamente porque anduve mucho, mi fantasía peregrinó poco, y mi memoria adquirió preponderancia excepcional. Mi retentiva es formidable, y dentro de mí los recuerdos mantiénense limpios, precisos, con sus mínimos colores y detalles. Nada he olvidado: en los cristales de mi memoria las añejas imágenes reaparecen nítidas, vivaces, rotundas; recordar equivale, para mí, a hojear un álbum de postales iluminadas.

Esa rara capacidad que en todo momento me sitúa frente por frente de mi propia vida, me hace sufrir mucho. Pienso, a cada rato: “Yo he rodado sobre el cuerpo de un hombre; yo—aunque sin voluntad—maté a don Rodrigo; yo sentí cómo el bandido Cardini pisaba sobre los cabellos de una mujer desvanecida en el suelo de mi corredor; y vi tirar un cadáver a la vía, y degollar a Antonio del Rey, y presencié el salto mortal de Emma Sansori...” Y considerando que conmigo ambularon en distintas épocas Méndez-Castillo, Conchita “la Bruja”, aquella Carmen “de la falda azul y de la blusa blanca”, Raquel, “los recién casados de La Coruña”, los amantes “sin nombre”, de Valdepeñas, y otras muchas personas, me digo: “Yo, que tanto viajo, soy, a mi vez, como un camino: todo en el mundo es un camino, pues todo sirve para que todo se vaya...”

Con esa aterradora lentitud con que opera lo Inevitable, el fracaso ha penetrado en mí: día tras día mis largueros de encina y caoba se pandean, y el revestimiento de “teak” que me sirvió hasta aquí de broquel se agrieta; mis movimientos son ruidosos, ingratos, y a intervalos, en los ángulos de mis maderas crujen cual viejos huesos faltos de sinovia, o chirrían con algarabías ornitológicas. Hay en mí como un ruido de muletas...

De nada de esto hablo con mis colegas, a pesar de hallarles tan malparados como yo. Ya en diversas ocasiones oímos rezongar a los empleados que nos limpian: “Este material está inservible, pero como la Compañía sólo piensa en ganar dinero, no lo remuda.” El público, que antes me prefería entre todos los vagones de mi convoy, también empieza a murmurar. Muchas veces, por ejemplo, un matrimonio ha subido a mí, y después de examinar mis departamentos el marido ha dicho: “Este coche es demasiado viejo; vámonos al otro...” ¡Razón tienen para arrumbarme! Ultimamente agrietóse mi techumbre en la parte correspondiente al “cuarto-cama”, y se formó una gotera que, afortunadamente para el viajero, no caía a plomo, sino resbalaba por un tabique, sobre el que dejó una huella bochornosa; una mancha cuyos contornos amarillentos recordaban la de los continentes en las cartas geográficas. La mayoría de mis inquilinos, refunfuñaba: “¡Qué vergüenza! ¡Este coche está inhabitable!...” Algunos llamaban al vigilante de ruta, para demostrarle mi laceria. Yo pensaba, aterrado:

—Cuando me declaren definitivamente inservible, ¿qué será de mí? ¿Me destinarán a ser quemado?

Pronto supe a qué atenerme. El Viejo, El Pez y yo, que ofrecíamos, aproximadamente, los mismos síntomas de ancianidad y derrota, fuimos desenganchados en Barcelona de nuestro expreso, y trasladados a Zaragoza, desde cuya Estación de Madrid—llamada también del Sepulcro por su proximidad al Campo de este nombre—nos llevaron a unos vastísimos talleres de reparaciones que yo desconocía. Varios días quedamos unidos y ociosos, hasta que un lunes, muy de mañana, nos separaron y yo fuí rodado hasta una especie de cocherón que la actividad de innumerables martillos llenaba de estrépito.

“Este es nuestro “spoliarium”—me dije—; mi historia de gladiador de los caminos, aquí acaba.”

Pero no era destrozarme sino infiltrarme una segunda juventud, lo que manos diestras y buenas—o más que buenas codiciosas de arrancarle a cada coche inválido su máximo de producción—pretendían hacer conmigo.

A la vez una docena de obreros, éstos tapiceros y otros ebanistas, me atacaron, y las sierras, los taladros, las escofinas, las garlopas, los formones, las barrenas, las repasaderas... todos aquellos instrumentos supliciadores que conocí en mi infancia, y cuyos terribles dientes de acero no había olvidado, tornaron a morderme. Según la fiebre que ponían en su labor aquellos hombres parecían trabajar a destajo, y hubiese creído que sólo anhelaban destruirme a no haberles oído decir: “Este coche todavía está bien; quedará como nuevo.”

Consolado y fortificado por estas palabras, me resigné a sufrir. “No son mis asesinos—pensé—sino mis cirujanos; sus golpes no me matan, me curan; lo que ellos supriman de mi cuerpo será lo inútil, lo podrido, lo irreparable, lo que absolutamente debe irse”... Y, con esta convicción, me entregué a la alegría de volver a vivir, y dí por alegres cuantos dolores me amenazaban.

Mis curanderos arrancaron todo mi linoléum, bajo el cual aparecieron algunos trozos usadísimos de alfombra; asímismo se llevaron mis colchonetas, mis respaldos y mis redecillas para equipajes, y desarmaron mis asientos: las cortinillas, las abrazaderas, los espejos, los anuncios, las mesitas de las entreventanas, los ceniceros... ¡todo desapareció!... Del “compartimiento-dormitorio” no quedó nada. Rápidamente iban dejándome hueco, mondo, y mi armazón enjuta adquiría aspectos de esqueleto. Ahora, sobre este vacío, mi imperial parecía más alta; la luz que llenaba mis ventanillas era cruda, desapacible, y advertí que, como en las casas desalquiladas, dentro de mí el menor ruido era campanudo y resonante.

Procedieron después mis operadores a reforzar los ocho ángulos máximos de mi cuerpo: cambiaron clavos, reafirmaron los tornillos, substituyeron las maderas que por su desgaste excesivo ya no ajustaban bien, enderezaron a martillo y a fuego las piezas que pandearon la humedad o el continuado esfuerzo, suprimieron todas las hendeduras de mis costados, taparon todas las quiebras o rajas de mi techumbre. A lo único que no tocaron fué a la tubería de la calefacción, ni a los hilos de la luz. Otro día me desmontaron, instaláronme sobre tres caballetes y se llevaron mis rodajes, lo que celebré, porque estaban desnivelados y sus muelles necesitadísimos de reparación. Yo sentía ganas de cantar, ganas de reir; yo era feliz como el muchacho a quien han prometido un traje y unos zapatos nuevos...

Esta inmensa alegría—júbilo de resurrección, ufanía de renacimiento—da la medida fiel del tremendo dolor, hecho de humillación, de vergüenza y de rabia, que experimenté al cerciorarme de que la Compañía me reformaba no con el propósito elegante de mantenerme en mi categoría de vagón de “primera clase”, sino para convertirme en humilde “tercera”.

Sin respeto a mi historia, querían degradarme, confundirme con el vulgacho, imponerme el desairado papel del noble “venido a menos”. De despecho y de cólera rompí a llorar, y transido de tristeza pasé la noche, hasta que las hadas misericordiosas de la reflexión y de la esperanza vinieron a consolarme. “¿A qué te preocupas de tus pergaminos?—decía aquélla—; lo importante es vivir, ser jocundo, ser sano...” Y, la segunda: “¿Qué sabes tú de los buenos ratos que te esperan aún?...”

Terminada su obra de demolición, mis operarios comenzaron a restaurarme. Para facilitar la circulación del aire, la parte superior de los lienzos que antes aislaban mis departamentos quedó suprimida; el lugar de mis antiguas redecillas, con sus barras de acero tan firmes y tan sutiles a la vez, lo ocuparon sólidos entrepaños de madera; y mis divanes grises, aquellos cuya blandura conoció la hermosura y recogió el calor de tantas mujeres elegantes, fueron reemplazados por sólidos bancos. Todo cuanto en la época feliz de mi nacimiento hube de mollar, de voluptuoso, de femenino, iba a tenerlo ahora de varonil e inhospitalario. No cambió la disposición o fundamental arquitectura de mis departamentos, pero sí su apariencia. Sobre mis ventanillas, en vez de cortinas hubo persianas; a mis cabeceras, antes tan blandas, sucedieron otras de madera; mis abrazaderas, mis mesitas y mis ceniceros, desaparecieron, y en el rectángulo que antaño ocuparon mis espejos colocaron un “Reglamento de los ferrocarriles de España”, impreso en caracteres minúsculos y harto prolijo y difuso para un país donde el ochenta por ciento de sus habitantes no sabe leer. Esto, desde luego, me pareció muy gracioso, y, por lo inoportuno, “muy español”. Mis paredes quedaron revestidas por una tablazón vertical, muy fuerte, de pino, mis suelos entarimados, y todo—solado, techo, tabiques, asientos—pintado de un color amarillo obscuro que, luego de bien barnizado, adquirió notable prestigio. Lucía bien: mostraba una sencillez plebeya, sana y chillona. Luego revocaron de verde todo mi exterior, borraron aquellas A. A. que durante más de treinta y cuatro años proclamaron mi aristocracia, y por dos veces escribieron sobre mis flancos un igualitario y muy cristiano número “tres”.

—¿Cómo ha de ser?—meditaba yo—; ¡paciencia! Están vistiéndome de blusa...

Otro día me trajeron unos rodajes flamantes, que me parecieron excelentísimos, y no bien me instalaron sobre ellos cuando experimenté el bienestar resultado de la simplicidad y del vigor de mi nueva categoría social. Yo era como un prócer arruinado, como un “gran señor” que, ganado por el ambiente democrático de su época, y para seguir viviendo, hubiese aceptado un empleo.

De los talleres de Zaragoza, donde permanecí seis meses, salí sin que ni El Pez ni El Viejo me viesen, de lo que me congratulé, y cuando fuí enganchado al rápido que lleva “primeras” y “terceras” y sale de Madrid para Barcelona los martes, jueves y sábados, a las nueve y veinte minutos de la mañana, todos los vagones me miraban, y su modo de observarme me descubría una estimación unánime. Las “primeras” pensaban:

—¡Qué distinguido es!...

Y los “terceras”:

—¡No parece de los nuestros!...

Seguro de la nobleza de mi origen, entre los unos y los otros yo pasaba ufano. Ahora, como antes, yo era “El Cabal”...

Después de medio año de reposo y de encierro, aquel primer viaje me causó extraordinaria alegría. Como antaño, de mozo, fué el paisaje lo que antes me cautivó. Por la mañana no me cansé de mirar los árboles, las casas, los repechos áridos sobre los cuales el sol proyectaba las sombras de los coches y de la máquina, con su largo penacho de humo. Toda la tarde corrimos por la llanura: siempre igual paisaje mezquino, las mismas aldehuelas de color arcilloso, las mismas carreteras polvorientas, y, como horizonte, una línea de montes fragosos; mientras nosotros, los esclavos de la vía férrea, adelantábamos por el mismo camino recto... recto... inexorable como una orden. Las viejas impresiones, tan amadas, se repetían exactas. Anochecido llegamos a una pequeña estación—¿qué importa el nombre?—, donde permanecimos “un minuto”. La gente nos mira, nos envidia; nos envidia porque nos vamos, y, como en todas partes, un grupo de muchachas endomingadas sonríe a los viajeros. Suenan una campanada y un silbido: partimos... Ahora el campo se ha cubierto de sombras: nada se ve, pero el estrépito de nuestra carrera, los ecos que responden a los ¡alertas! de la locomotora, dicen que el panorama ha cambiado y que rodamos entre montañas. A intervalos, cuando el fogonero abre el horno para echar carbón en él, la entraña ardiente de la máquina arroja, a derecha e izquierda de la vía, un lampo rojizo que parece un presagio. La dirección del viento ha cambiado; hace frío; luego empieza a llover, y el agua y el carbón mezclados nos ensucian deplorablemente. Todo es húmedo, todo es negro... De pronto, la emoción calofriante de un puente tendido sobre un tajo cuyo fondo no se ve; después, la tiniebla de un túnel: grita el vapor, vamos cuesta abajo y los frenos arrancan a nuestras ruedas alaridos horrísonos; asordece el fragor con que nuestros topes se golpean, y la montaña granítica tiembla y parece abrirse. Al fin salimos de su entraña, y, bajo la lluvia, la huída delirante continúa a través de otros montes y sobre otros puentes...; hasta que, al día siguiente, recogidos ya en el reposo de la estación terminal, el sol, con su calor, nos enjuga y nos limpia.

XXVII

Todas estas impresiones, que yo de antiguo conocía, sólo me entretuvieron durante las veintiséis horas de mi viaje primero. Quienes me interesaron y divirtieron grandemente fueron mis nuevos huéspedes, tan distintos de aquel mundo de aristócratas, empleados distinguidos, militares de graduación, artistas, toreros en boga y comerciantes ricos, que me habían frecuentado. Mi público de ahora lo componían “los de abajo”: obreros, trabajadores del campo, soldados, criadas, emigrantes... ¡los que tocaron a más en el reparto del universal dolor!...

Al principio me molestaban: les aborrecía porque iban descalzos, en su mayoría; porque olían a sudor; porque hablaban a gritos y se empujaban unos a otros, así para subir como para bajar, y salpicaban la conversación más trivial de interjecciones y blasfemias; les odiaba por ir siempre cargados de alforjas pestilentes y de gallinas; porque se estiraban los brazos y trataban a las mujeres sin respeto, y ahincaban clavos en mis paredes para colgar sus atadijos, y me emporcaban horriblemente con sus salivazos y los residuos de sus meriendas.

Después, según fuí conociéndoles, comencé a estimarles: de sus toscas apariencias nada quiero explicar; peores no podían ser; su salvaje rudeza constituía entre ellos donaire y testimonio de masculinidad. Yo les oía discurrir: decir de alguien que era “muy bruto”, equivalía a considerarle muy noble, muy sin doblez, muy llano, muy bravo, “muy hombre”, en suma... Pero bajo esta caparazón troglodítica las almas—¡oh, milagros de la raza!—se conservaban limpias y, aunque violentas, las señoreaba una innata hidalguía: eran afectuosas, generosas, sencillas, y en tocándolas en los registros del valor o de la caridad, todas respondían. Así en poco tiempo conseguí perdonarle sus groserías a ese pueblo infeliz que, si peca de ineducado y analfabeto, es porque nadie se cuidó de educarle, y si anda—con escándalo de los extranjeros que nos visitan—sin camisa y descalzo, no es porque huya del trabajo, sino porque la rapacidad del caciquismo, de un lado, y de otro la incomprensión y dejadez de sus gobernantes, le tienen desnudo.

El pueblo, por ventura de los que lo mandan, es inconsciente; quiero decir que no mide bien su infelicidad, ni ha noción precisa del dolor que le rodea, ni de las mil negaciones seculares que pesan sobre él; nunca meditó—¿cómo, si nadie le enseñó a pensar?—que la vida es algo más que un jornal y una mujer... Y, merced a eso, a que no discurre, es bullicioso y comunicativo, y fraterniza pronto.

¡Lástima que los prohombres de la política siempre que salen de Madrid lo hagan en coche-cama! Pues a viajar en “tercera”, siquiera una vez, habrían podido acercarse al infinito dolor nacional y experimentado el sonrojo de sus torpezas y el ansia de remediar tanto daño, convencidos de que ser ministro en un país como el nuestro, o es una vergüenza o es un sacrificio. Hubieran sufrido, como yo, con la incultura y total abandono de esa plebe, y visto correr el río de lágrimas que dejan tras sí los emigrantes que se lleva el hambre y los millares de soldados que pide la guerra. ¡Ah, señores políticos! ¡Si ustedes supiesen cómo se llora en los andenes de los pueblos, cómo la desesperación retuerce los brazos y hace gritar, y cómo las madres, las esposas y las hijas maldicen al tren que se lleva a sus hombres... y corren luego tras él hasta caer, ensangrentadas, sobre los rieles!...

Estos cuadros de sufrimiento me ayudaron a estudiar la psicología del pueblo hispano, que pide al milagro la salud que no halla en la tierra. Yo, en cierta ocasión, llegué a Barcelona cargado de emigrantes que iban a embarcarse, unos para Buenos Aires, otros para Cuba, y al día siguiente regresé a Madrid abarrotado de peregrinos que volvían de Roma. Lo he observado: en las almas el dolor aumenta las calorías de la fe, y cuanto mayor es el abatimiento económico de un país, con mejor éxito sus congregaciones religiosas organizan peregrinaciones y romerías. Lourdes y Roma son los dos grandes Sanatorios adonde los enfermos de la fe acuden a remediarse; aunque tengo entendido que las curas que allí se realizan no son definitivas, pues, transcurrido algún tiempo, los pacientes necesitan volver...

A pesar de la amargura de estas consideraciones, no negaré que mi vida actual es más ruidosa y pintoresca que lo fué nunca. Antes yo ambulaba a través de España lleno de silencio; mis clientes eran discretos, reservados y elegantes, y la elegancia siempre conversó en voz baja: aquellas personas se parecían, sonreían sin ruido, gesticulaban sobriamente y casi siempre se hallaban de acuerdo en toda clase de cuestiones. En mis huéspedes de ahora el buen humor, como la cólera, son estridentes; sus emociones no conocen matices ni perspectivas; todas, las pequeñas como las grandes, son “primeros términos”; diríase que llevan el corazón a flor de piel. A porfía gritan, bracean, se atropellan, fraternizan o riñen: no conocen la brida.

Yo me recreo mucho con ellos. Vamos a detenernos “un minuto” en una estación, que puede ser Torralba, o Ariza, o Puebla de Híjar... y desde que “entramos en agujas” veo cómo cuatro o cinco individuos sobrecargados de alforjas, de mantas, de botijos y cestas, y a quienes quince o veinte personas más van a despedir, corren, sin saber exactamente por qué, a lo largo del andén. Nerviosamente todos gritan, se apretujan y sus brazos se mueven como aspas: las mujeres son pequeñucas y cetrinas; los hombres, enjutos y de color terroso también, llevan chaquetas y calzones cortos de paño pardo, y a falta de sombrero se ciñen con un pañuelo la rapada cabeza. Apenas el convoy se detiene, aquella multitud, que no sabe leer, arremete instintivamente contra las unidades de lujo, por parecerles mejores. El interventor y los rutas les gritan:

—¡Ahí no, brutos!... ¡A “tercera”!... ¡Ustedes a “tercera”!...

Ellos miran a una y otra parte, afligidísimos, desorientados; al fin, comprenden, y en avalancha se precipitan sobre mí. Yo voy “completo”; no queda en mí un solo asiento vacío, y, sin embargo, mis ocupantes, a pesar de comprender que con esto perjudican su comodidad, se aperciben a favorecer a los que llegan. En los vagones de categoría no existe esta hermosa solidaridad: los pasajeros son fríos, individualistas, y, lejos de ayudarse, procuran estorbarse oponiéndose mutuamente una resistencia pasiva. Las gentes “de tercera”, por el contrario, se sacrifican unas a otras, y con recias voces sinceras se llaman:

—¡Aquí, aquí es!...—gritan los de dentro.

Y echando el cuerpo fuera de las ventanillas ayudan a izar las desvencijadas maletas, los cestos llenos de frutas, las botas hinchadas de vino, los colchones repletos de ropas y atados con cuerdas, los incontables bultos de diversos colores y perfiles que constituyen la impedimenta de sus nuevos compañeros de viaje. Estos, entretanto, apresuradamente, se despiden de sus familiares: los ojos, así de los que se van como los de quienes se quedan, se arrasan en lágrimas vehementísimas; los brazos se enlazan y las manos se crispan sobre los cuellos.

—¡Hija de mi alma!...

—¡Madre, otro beso!...

Al principio estos adioses me enternecían, me parecían definitivos; más tardé, cuando supe que muchas veces el viajero que así se despedía debía quedarse en la estación inmediata, la ninguna razón de aquella desbordada pena me inspiraba risa.

El tren rueda otra vez. Voy totalmente lleno de personas y de bultos, y mi ambiente, impregnado antes de olores agradables, apesta ahora a gallinas, a pescado, a melones, a queso... De los viajeros que no hallaron plaza, unos se han acomodado sobre sus trebejos, otros permanecen de pie, y todos, a la vez, fuman y hablan. Nadie quiere ignorar lo que concierne a su vecino, y recíprocamente se descubren y confiesan sus nombres, sus ocupaciones, la familia que tienen, el lugar adonde se dirigen y el porqué de su viaje...

De pronto, uno exclama:

—¡Moño!... ¡No diga usted más!... ¡Ya sé con quién estoy hablando!...

A su interlocutor, con esta adivinación súpita, se le alegra el rostro.

—¿Usted no es don Fulano?...

—Ese es mi nombre.

—¿El casado con la Mengana, la del almacén de comestibles de junto a la iglesia?

—El mismo.

—¡Acabáramos, hombre!... ¡Bien decía yo que nos habíamos visto en alguna parte!...

Entretanto, y si la hora de comer es llegada, las meriendas salen de sus cestas, las botellas y las botas de vino corren de mano en mano, y la virtud expansiva del mosto acelera la labor de simpatía que inició la conversación. El pueblo español es dadivoso, no obstante su pobreza, y cada cual brinda, de corazón, a los circunstantes lo poco que tiene: éste ofrece un racimo de uvas, aquél una hogaza, estotro una tortilla o un plato de patatas al horno; quién reparte cigarrillos... Con el regocijo que acarrea el buen beber, las lenguas no sosiegan, cunde la hilaridad, se habla de unos compartimientos a otros, se oye el rasgueo de una guitarra, y pronto aquella multitud, unida por la vida de pobreza común a todos, parece una familia. Un grupo de mozos ha empezado a batir palmas; suena una copla...

En este momento aparece el revisor, y, a la vez, fulminante, virulenta, surge una disputa. ¿Por qué?... No se sabe. En “primera” las trifulcas son raras; en “tercera” no, porque aquí todo es impulso. Una voz, sin gritar, con esa templanza que usan los hombres para retar a la Muerte, ha dicho:

—Yo, cuando el caso llega, le parto el pecho al Hijo de Dios.

Y otra voz, igualmente mesurada, ha respondido:

—Vamos a verlo, si usted quiere, ahora mismo.

Todos los viajeros se han puesto de pie, y el cantador, por oír, no ha terminado su copla. Las mujeres, acostumbradas a obedecer, dóciles, con una docilidad de muchos siglos, no se mueven de sus asientos y esperan, sin miedo, a que pase el drama. Por fortuna, el revisor interviene a tiempo: grita, amenaza con mandar detener el expreso y llamar a la Guardia Civil—yo volví a acordarme de Dos-Caras—y, al cabo, se impone: los beligerantes se encalman, sus rostros se suavizan y una frase graciosa, lanzada por cualquiera, pone término venturoso a la cuestión. El interventor, sin embargo, insiste; quiere consolidar su obra de pacificación:

—Antes de pegarse—dice con aire autoritario—cada cual debe hallarse convencido de sus derechos, y para eso es necesario conocer el “Reglamento de los ferrocarriles”. ¿Por qué no se toman ustedes el trabajo de leerlo? ¿No lo tienen ustedes ahí?...

Su diestra extendida señala hacia un “Reglamento” colocado debajo de uno de los entrepaños para bagajes. Unánimes los circunstantes siguen con los ojos aquel ademán, y hay un silencio. Alguien, de pronto, exclama regocijado:

—¿Que leamos en ese cuadro?... ¡Vaya una gracia! Por mí, puede llevárselo la Compañía: ¡yo no sé leer!...

Otro añade:

—¡Toma!... ¡Ni yo tampoco!...

La concurrencia rompe a reir, y yo me apresuro a seguir su ejemplo por no llorar ante la alegría de tanta ignorancia.

Otro de los pequeños episodios de que entonces fuí testigo, y que juzgo digno de recordar por la enseñanza que hay en él, es el viaje de un joven matrimonio belga que recogí en Barcelona. Se dirigían a Madrid. Fueron de los primeros en subir a mí, con el deseo evidente de poder instalarse bien, y ambos se acomodaron cerca de una ventanilla y dando el rostro al camino, pues la esposa—luego lo supe—se mareaba. Llevaban una maleta, una cajita de bombones y una botella con agua, y todo lo colocaron sobre el entrepaño de los equipajes y en el lugar correspondiente a sus asientos. Eran dos tipos de traza insignificante, pero sus vestidos obscuros, aunque modestísimos y harto usados, estaban perfectamente limpios. Ella era pequeña, delgadita y medio rubia, y el único atractivo de su cara pecosa estaba en la expresión complaciente de los ojos. La nariz, la boca, no valían nada, y sus manos secas, que habían trabajado mucho—las uñas lo decían—, tenían inclinación a cruzarse. El marido también era parvo, y había algo cómico en su fisonomía, de pómulos rosados y alargada por una barbita negra, cortada en punta, sobre el lazo flotante de una chalina. Sus botas toscas, recién embetunadas, relucían bajo el asiento. El cogió una de las manos tristes de su compañera, y preguntó:

—¿No tendrás hambre?

Ella repuso, sonriendo:

—No; el azúcar alimenta...

Y, al mirarse dulcemente, parecían besarse con los ojos.

Sin interrupción, mis inquilinos habituales, las mujeres y los hombres de las grandes cestas malolientes y de las repletas alforjas, iban invadiéndome con gran alboroto, y apenas entraban cuando asaltaban las ventanillas para recoger los trebejos que sus acompañantes les alargaban desde el andén. Excitados por la ufanía del viaje todos hablaban alto, se interpelaban a gritos, reían y cruzaban entre sí las interjecciones más crudas. Bajo el esfuerzo impaciente de tantos pies, algunos desnudos, mi solado crujía. Las mujeres, en su mayoría despeinadas, eran gordas, o lo parecían con las numerosas faldas que llevaban encima; muchos hombres, aunque la mañana no era calurosa, iban en mangas de camisa y calzaban alpargatas. En una santiamén mis plazas quedaron ocupadas, y mis entrepaños cargados, hasta la altura de mi techumbre, de cajones y de bultos. En mi tránsito, varios atadijos de mantas, una silla, dos jaulas de perdiz y algunos enseres de cocina metidos en una artesa, formaban barricada. Mis viajeros, con la satisfacción de hallarse ya colocados, hicieron tribuna de mis ventanillas. Una voz gritaba:

—¡Vámonos, maquinista, que ya es hora!...

Y otra:

—¡Arrea, hombre!... ¡Que en Caspe está aguardándome mi suegra!...

Estas y otras sandeces eran premiadas con grandes risotadas. Ante aquel vulgacho impetuoso y desbridado, el matrimonio extranjero permanecía cohibido y con los pies recogidos debajo del asiento. Su hermetismo, la pulcritud de sus trajes y cierta distinción que en ellos había, molestaba secretamente el amor propio de los viajeros de aquel compartimiento. Se reconocían inferiores, lo cual les irritaba. A la esposa la encontraban fea, y al marido ridículo. Les parecía, además, que, tanto ella como él, “se daban importancia”. Empezaron a murmurar, pero lo bastante alto para que los aludidos les oyesen, como buscando con ellos pendencia.

—Son muy “finos” para venir aquí—dijo uno.

—Pues, si no les gustamos—replicó destempladamente una mujerona—, que se vayan a “primera”, que nadie les ha llamado...

“La Millanes”, nuestra máquina—había sido bautizada con el apellido de su maquinista—, silbó y partimos. ¡Alegría general!... Alguien sacó una bota, llena hasta la espita de buen vino aragonés.

—¿Quién quiere?—voceó.

Varias manos se adelantaron, como sedientas.

—Creo—dijo un viejo—que nadie ha de rehusar.

La bota pasó de unos a otros, y con tal amor la acogieron todos que cuando volvió a su dueño había perdido la mitad del peso. Aquél, sin embargo, la presentó al matrimonio:

—¿No beben ustedes?...

Lo hizo rudamente. El esposo, muy amable, contestó:

—Muchas gracias.

Y ella repitió:

—Gracias...

La mujer que habló antes, comentó, provocativa:

—Me alegro: la culpa no es de ellos, sino del tonto que quiere obsequiarles.

Alguien dijo:

—Es que en su país no tienen la costumbre de beber así.

La mujer replicó:

—¡Moño!, pues que se vayan a su tierra!...

No obstante, el aspecto modoso y cortés de los extranjeros iba ganando la simpatía de todos. Transcurrió la mañana, durante la cual, por dos veces, la esposa había comido bombones y trasegado algunos sorbos de agua. No llevaban merienda, y esto me indujo a suponer que su situación era precaria, lo que me conmovió. Acaso no llevaban dinero ninguno...

A mediodía el pasaje sintió hambre y cada cual echó mano de sus vituallas, y de las cestas y de las rollizas alforjas emergieron tortillas de patatas, huevos duros, latas de conserva, chorizos extremeños, lonjas de jamón serrano, racimos de uvas y grandes trozos de pan que las navajas cortaban en rebanadas. Volvieron a circular las botas en zarabanda regocijadora, y las botellas cantaron sobre los labios sutibundos.

Un hombrachón, con faja y zahones y en mangas de camisa, que se hallaba sentado enfrente de los belgas, les ofreció pan, sardinas y unos pimientos riojanos que aseguró quemaban como el fuego. El matrimonio, en quien el buen parecer se sobreponía al apetito, rehusó, aunque sin convicción. La voz antipática de la mujerona que parecía haberles declarado la guerra, intervino:

—¡No porfiadles!... ¡Si no quieren!...

“El hombre de los zahones” exclamó airado:

—¡Silleta, pero si no tienen qué comer! ¡Están chupando azúcar toda la mañana!... ¿Vamos a dejarles morir de hambre?...

Y encarándose con el belga, repitió:

—¡Coman ustedes, moño, remoño... que aquí en España lo que se ofrece es de voluntad!...

Entonces, con repentina alegría, los invitados aceptaron, y esto sirvió de señal para que un chaparrón de municiones de boca cayese sobre ellos. Con vehemencia conmovedora cada cual se aceleraba a darles de lo que comía: quién un pedazo de chorizo, quién un trozo de carne prensada entre dos rebanadas de pan, o un muslo de pollo, o unas manzanas asperiegas...

Los belgas parecían contentísimos, y con el poco castellano que chapurreaban y gentiles inclinaciones de cabeza, procuraban corresponder a tan larga hidalguía. La mujer era la más emocionada, acaso porque fué la que mejor comió y bebió: la brillaban los ojos y tenía empurpuradas las mejillas y la risa fácil. “El hombre de los zahones” dijo al marido:

—¡Remoño... y no querían ustedes comer!... ¡Mire usted a su esposa: hasta guapa se ha puesto!...

Los forasteros, con sólo mostrarse amables, se habían granjeado las voluntades, y cada cual se propuso extremar sus cuidados para con aquellas dos personas, que seguramente echarían muy de menos su país. La tarde pasó, y cuando la noche nos alcanzó, allá por Sigüenza, la generosa escena del almuerzo se repitió. Terminada la colación, “el hombre de los zahones” preguntó al belga:

—¿Quieren ustedes almohadas?...

—No, muchas gracias...

El extranjero, comedido siempre, no quería molestar.

—¡Moño, tanta silleta con molestar! ¡Pero si no molestan ustedes!... ¡Si tenemos gusto en servirles!...

Así era, en efecto: un viajero les buscó dos almohadas; otro, una manta...

—¿Quieren ustedes más?—decían.

—No, no... ¡muchas gracias!...

Como las almohadas eran largas, el matrimonio se acomodó sobre una de ellas; la otra les sirvió de respaldo, y con la manta se cubrieron hasta más arriba del pecho. Habían comido bien, y la felicidad de sus estómagos les sugería ideas risueñas; amorosamente se estrechaban las manos. El indagó:

—¿Te sientes bien?

—Sí. ¿Has visto qué buena gente es ésta?

—Muy buena.

—Al principio, esta mañana, les tenía miedo; pero ahora, no: son toscos, pero buenos. ¿Quieres que te diga una cosa? Empiezo a querer a España...

Continuaron hablando, y a cada momento, ella a él, o él a ella, se preguntaban: “¿Estás bien?...” La mujer se había descalzado, y él la palpó los pies para cerciorarse de que no los tenía fríos. Después, dulcemente, quedáronse dormidos con las cabezas juntas.

Los circunstantes, desde sus rincones respectivos, les miraban, diciéndose: “¡Cuánto se quieren!...” Y luego volvían la cara hacia sus mujeres, como asombrados de no haberlas querido así nunca.

Yo pensaba:

“No; ellos no se aman más que vosotros amáis a vuestras esposas: es que se aman con mayor ternura. En España los cariños son grandes, violentos; aquí las pasiones llegan al sacrificio, llegan al crimen... pero no saben acariciar, no saben mimar... y la ternura está en la caricia suave. En España—yo lo he visto—en las relaciones de padres a hijos, de marido a mujer, la ternura no existe, quizás porque siempre hubo en la tierra nuestra demasiado dolor...”

Entretanto, sentía con júbilo que todas aquellas personas, pertenecientes a dos razas distintas, habían sabido mostrarse recíprocamente lo mejor que en ellas había; y así, a la lección de dulzura, de los belgas, los españoles—tan pobres y tan ricos—supieron responder con un ejemplo de generosidad.

Cuatro años hace que sirvo como “tercera”, y estoy cierto de que la humanidad que ahora me frecuenta no es muy divertida. Su variedad, a primera vista tan abigarrada, es epidérmica; en el fondo, mis huéspedes de hoy se parecen extraordinariamente a los inquilinos de los sleeping-car: los mismos apetitos, las mismas figuras... de lo que deduzco que la aristocracia es una plebe bien vestida.

Hay un tipo, sin embargo, privativo de los coches de “tercera”, y que por su relieve y la frecuencia con que se manifiesta, merece recordación. Me refiero al “gracioso”.

“El viajero gracioso”, para “producirse” como hombre de humor ocurrente y cáustico, necesita tener público, porque la presencia de muchas personas acucia su ingenio. Tiene el ademán seguro, la réplica colorista y ágil, la voz entonada, y sabe muchos cuentos, casi todos picantes. Pasa ya de la segunda juventud y la costumbre de andar por el mundo le dió aplomo. Empieza por trabar palique con las personas que halla cerca de él, y si sus dichetes son bien acogidos no tarda en ponerse de pie y charlar con todos.

Para triunfar pronto, “el viajero gracioso” sigue el camino más llano: el autobiográfico. Sus primeros epigramas contra sí mismo irán dirigidos, y su vida y figura servirán de blanco a su verbo dicaz. Generalmente el público ríe esta íntima exhibición de defectos, reales o fingidos. Enardecido “el viajero gracioso” poco a poco se convierte en histrión, y con recursos grotescos o a fuerza de desparpajo, suple la pobreza de su vena cómica. Si alguien le dirige un comentario agudo, sabrá contestar en seguida. Casi siempre las mujeres miran con simpatía el preopinante, mitad orador, mitad payaso: al cabo, representa la desenvoltura, la picardía; es algo imprevisto que sobresale, que brilla. Cuando el tren llega a una estación, “el gracioso” monopoliza una ventanilla y dice tonterías a los mirones del andén. Sus burletas tienen gracia unas veces, otras no; pero todas son reídas, porque en la psicología colectiva la hilaridad es una “cuesta abajo”.

Más tarde, cansado de satirizarse a sí propio, “el gracioso” dirige sus dardos contra otro pasajero. Este cambio de escena regocija al público. El “agredido”, ante el ridículo que le amenaza, se defiende con frases incoherentes. La hilaridad general arrecia. “El viajero gracioso” triunfa definitivamente: se le aplaude, se le ofrece vino. Las mujeres le llaman, quieren tenerle cerca, porque a su lado se creen protegidas.

Esta boga envidiable no es duradera. Ha cerrado la noche y, de pronto, “el viajero gracioso” calla: ha dicho cuanto sabía y está cansado, agotado. Inútilmente le buscarán la boca; ya pueden morderle la paciencia, que no hablará.

—Tengo sueño—declara—; basta de broma; ahora voy a dormir.

Y, envuelto en su manta, se tiende cuan largo es; una cesta o unas alforjas le servirán de almohada. Como ha sabido hacerse simpático a la comunidad, nadie le estorba. Luego se le oye roncar. Entonces, desde un compartimiento vecino, una voz ingrata pregunta:

—¿Pero, al fin se durmió?

—Sí.

—¡Demos gracias a Dios!...

Instantes después, todos le han olvidado.

A propósito de este “tipo” referiré una breve escena triste; o, lo que es lo mismo, grotesca; porque de lo grotesco, si lo exprimimos bien, siempre caerá una lágrima.

Rato hacía que estacionábamos delante de un pequeño andén, aguardando un cruce. Mis huéspedes se impacientaban. De súbito un viajero, medio en serio, medio en broma, dijo en voz muy alta algo que fué muy reído, y casi inmediatamente lanzó otro donaire que también arrancó carcajadas unánimes. Haciendo un esfuerzo sobre sí mismo, aquel individuo consiguió obtener de su ingenio una tercera frase feliz, más dichosa, tal vez, que las anteriores. Asombrados, todos le miraron. ¿Quién podía hablar tan agudamente?... Mujeres y hombres habíanse levantado para conocer al viajero ocurrente, y la general simpatía estalló en una nutridísima ovación de risas y de aplausos.

Presencié entonces algo desolador. Aquel hombre, trastornado de repente por los vapores del éxito, enrojeció y perdió el dominio de sí mismo. Sin saber lo que hacía, se puso en pie; sus ojos brillantes iban de un lado a otro; fué como si se le hubiese extraviado el juicio. Desatóse su lengua y rompió a hablar casi sin ilación. A tente bonete dijo un chiste, que nadie comprendió; luego otro, que asímismo pasó inadvertido; lanzó tres o cuatro más, que también fracasaron... Ante el silencio severo del público, empezó a desconcertarse; las ideas se le barajaban. ¿Por qué antes hizo reir y ahora no?... Y se disponía a insistir, cuando una voz cruel le detuvo:

—¡Bueno, hombre, bastante!... ¡Cállate!... ¿No ves que no diviertes?...

Y “el gracioso”, que ya no tenía gracia, se sentó aturdido, y no habló más. Quedó obscurecido. Sólo yo observé el rubor de sus mejillas, la humildad de sus ojos bajos. Unos minutos el menguado saboreó las mieles del éxito, y, al ir a gozar de ellas, sus laureles se deshojaron. Su pena era la del cantante que, de súbito, pierde la nota que le hizo célebre; el dolor de la mujer que fué muy deseada... y dejó de serlo.

XXVIII

Dos años después, un descarrilamiento acaecido entre las estaciones de Vallecas y Vicálvaro, sirvió de inesperado colofón a mi historia. ¡En verdad que no maliciaba tan cercano el fin!... Me sucedió lo que a esos ancianos, enteros todavía que, al salir de su casa, tropiezan o resbalan y se fracturan el cráneo contra el suelo. Así yo: arranqué de Madrid aquella mañana, contento, como siempre, y, de súbito—acaso porque mis frenos no me moderasen y embridasen lo necesario—mis ruedas se salieron de la vía y me abalancé por un terraplén, arrastrando en mi desgracia a los dos coches que me seguían. El cachapazo, del que resultó un viajero muerto, fué ingente. Al perder mi equilibrio caí sobre el costado derecho, a pesar de lo cual el impulso que me animaba me arrastró ocho o diez metros por el suelo: en seguida giré sobre mi imperial con un trágico revoltijo interior de pasajeros y de bagajes, y volví a tenderme para inmediatamente recobrarme y quedar, al fin, sobre mis ruedas.

Pero... ¡en qué estado!... Con el techo roto por varias partes, los flancos doblados, desencajadas las puertas, las tuberías y el dínamo hechos pedazos, las piezas vitales torcidas... ¡y aún debo felicitarme de que mi arquitectura, en su conjunto, resistiese!...

Varios días permanecí abandonado sobre aquel declive, en cuya tierra blanda mi rodaje iba hundiéndose poco a poco, y al lado de mis compañeros de infortunio, de los cuales uno, menos sólido que yo, quedó totalmente destruído. Al romperse, la agonía le dió un escorzo lúgubre, y, de noche especialmente, bajo el livor astral, su armazón magullada, desprovista de tablas, tenía un perfil de esqueleto. ¡Cuánto padecí!... Habíamos quedado a varios metros debajo de la vía, por la cual los trenes continuaban pasando, llenos de gentes y de luces, y yo veía la curiosidad, no siempre compasiva, con que sus viajeros se asomaban a vernos. Nuestra desgracia era para ellos un entretenimiento, casi un regocijo, y nos señalaban con el ademán. Estábamos a fines de octubre, y el frío, apenas declinaba el sol, era considerable. De los dos camaradas que descarrilaron conmigo, ninguno hablaba, y su silencio acrecentaba el espanto de mi situación. Hallábame con una de mis plataformas empotrada en el suelo, desmantelado, a obscuras, todos los cristales hechos añicos, y por mis ventanillas indefensas el viento y la terrible escarcha de las horas madrugueras me traspasaban.

Al cabo, una máquina-piloto vino a recogerme, y, valiéndose de una fortísima maroma, haló de mí, en tanto desde lo alto de la vía muchos hombres lograban, con auxilio de cuerdas, mantenerme en posición vertical. Vacilando, sintiendo a cada momento que el equilibrio me abandonaba, tropezando con las piedras y enredándome en los hierbajos que obstaculizaban el repecho, conseguí verme izado hasta el camino férreo, y cuando mis ruedas tomaron nuevamente posesión de los rieles experimenté una alegría de resurrección, un júbilo de náufrago, porque la vía era para mí una playa...

Lentamente, pues mis gravísimas heridas me vedaban todo movimiento acelerado, fuí reconducido a Madrid, y en un carril de descarga inmediato a los talleres de reparaciones, y expuesto a la intemperie, me dejaron. A mi alrededor había varios centenares de coches inútiles, unos de pasajeros, otros de carga, que daban a aquella parte de la estación una extraña fisonomía de ciudad. Eran luchadores vencidos, eslabones dispersos de antiguos trenes, comparsas dóciles de viejas locomotoras ya apagadas. En lo desvencijados y maltrechos se me parecían fraternalmente; y como algunos me conocían de vista o por haber trabajado conmigo, y sabían mi pasado aristocrático, pronto cundió entre ellos la noticia de mi aparición. Yo les oía cuchichear.

—Han traído al Cabal...—decían.

—Sí.

—¿Quién es?...

—Ese grande, el pintado de verde; descarriló hace poco y lo han remolcado medio muerto...

Y la leyenda de mis lances sobre las líneas de Hendaya, de Galicia y de Sevilla, iba de unos a otros. Para evitarme el trabajo de hablar, me encerré en una actitud displicente. El relente de las largas noches de invierno y la lluvia que, a través de mis resquebrajaduras, caía libremente dentro de mí, recrudecían mis dolores. No hay carcoma que destruya como la humedad, ni lepra que roa como el abandono. A mí, la quietud me consumía: hora tras hora mis maderas se combaban, mis rodajes se enmohecían. Una noche, dos ratas—animal que yo no conocía—treparon a mí y me mordieron.

El año acabó, y todo en torno mío continuó igual. Mis compañeros de destierro y de hospital—que de ambas tristezas participaba el rincón en que estábamos—no se quejaban; apenas si, muy de rato en rato, cambiaban algunas palabras; parecían muertos. Mi carácter rebelde se desesperaba en aquella paz. “¿Por qué no vienen a buscarnos?—me decía—; ¿no es preferible que, de una vez, nos reduzcan a leña, a dejarnos podrir aquí?...” La intemperie minaba mi salud metódicamente y, al cabo, no hubo parte de mi cuerpo que no me doliese: los días de buen sol me secaban, los lluviosos me empapaban, y con estas alternativas mis graves heridas seguían abriéndose.

Una mañana recibimos la visita del director “del material”, a quien acompañaban dos individuos, y en su manera despectiva de mirarnos leí nuestra sentencia de muerte. No nos repararían porque no valíamos el dinero que costaría arreglarnos. Pertenecíamos a la sección de “incurables”, y éramos como esos enfermos a quienes ya no se medicina, porque es inútil. Caminando poco a poco por entre aquellas fúnebres andanas de coches moribundos, el señor director se acercó a mí y—lo que no hizo con ningún otro—se paró a examinarme. Sentí que sus ojos duchos, ojos de cirujano, me registraban bien.

—Este fué un buen “primera”—dijo.

Uno de sus acompañantes repuso:

—Sí; pero después lo reformaron y lo hicieron “tercera”. Es muy viejo; ha trabajado mucho: mire usted por aquí cómo está...

Empinándose señalaba, por una rotura de mi flanco, mi suelo despedazado.

—¡Bien lo veo!—replicó el director—; ¡lástima de coche! Los que ahora se construyen son muy inferiores...

Y se marcharon. “¡Ahora, sí—suspiré—que mi historia ha acabado!” En medio, no obstante, de este dolor recibí una alegría: la satisfacción de que aquellos hombres, al mismo tiempo que me condenaban a morir, hubiesen proclamado mi mérito. Desfondado, despintado, ratonado, torcido, sucio... todavía era bello, todavía conservaba vestigios de mi antiguo poder, y aún podía decir: “A mí me llamaron El Cabal...”

Pasó todo el invierno, aparecieron con abril las primeras alegrías vernales, y, al despertarme de un sueño que, según cálculos que luego hice, debió de durar varias semanas, vi que unas hierbas, nacidas debajo de mí, se enlazaban a mis ruedas, semejantes a esas ligaduras con que el reuma sujeta las piernas de los paralíticos. No sé qué amor, qué cariñoso deseo de retenerme adiviné en ellas, y su pequeño amor me conmovió: “Ya no te irás de nosotras”—parecían decirme.

Pero a mi Destino aventurero no le plugo que yo finase allí, y después de darme a conocer la lucha, quiso darme la paz.

A principios de junio, una mañana, se acercaron a mí ocho o diez hombres, empleados en la estación. El que parecía capataz preguntó a un viejo que iba a su lado:

—¿Es este coche el que le pidió usted al director, señor Juan?

Me designaba con el gesto. El señor Juan repuso ufano:

—¡Sí; este mismo! Este...

—Buena casa va usted a tener—replicó el capataz, zumbón.

—No será mala; ya verás, en cuanto yo la arregle a mi gusto, qué bien queda.

Entre todos rodaron los coches situados delante de mí, y luego me empujaron, haciéndome pasar de unas vías a otras, hasta llevarme delante del camino de hierro principal. Yo bendecía mi sino, que decretó hacer de mí, hasta el último instante, una cosa útil.

“Van a convertirme en vivienda”—pensé—. Y recordé aquellos ancianos vagones, trocados en casucas de guardavías, que una mañana—la primera de mi vida—vi al salir de la estación de Irún.

En pocos días fuí despojado de mis ruedas y de mis topes, y arrastrado al sitio a que me destinaban, y en el cual, y para mi mejor instalación, hallé dispuesto un entarimado, de dos palmos de alto, que había de servirme de apoyo o basamento.

La prisa y cuidado con que los carpinteros emprendieron la tarea de mi transfiguración, me dijo que trabajaban cumpliendo órdenes de la Compañía, la cual, reformándome, halló manera de ahorrarse la construcción de una vivienda. Por tercera vez los martillos, los formones, las barrenas, las sierras amputadoras, me torturaron. Todos mis asientos fueron suprimidos, y de cada dos de mis compartimientos, quitando el tabique o lienzo que los separaba, hicieron uno. El lavabo fué convertido en despensa, y en el cuarto-cama instalaron una cocina de hierro, a cuya chimenea dieron salida por un agujero circular que me abrieron en la techumbre. En mi costado correspondiente al corredor, y que enfrentaba la vía, sólo dejaron tres ventanas, con sus batientes de cristales; las restantes desaparecieron, así como a mis antiguas puertecillas de corredera sucedieron otras mayores y con goznes. Una de mis plataformas quedó mudada en lavadero, y la otra continuó sirviendo para entrar en mí. Después me pintaron el techo de rojo, y las ventanas y la puerta de blanco, lo que dió extraordinaria animación a mis cuatro fachadas revocadas de verdegay. Me parecía a esas casitas, de fabricación alemana, con que juegan los niños.

Una mañana, rayando el día, aparecieron detrás de un carro, cargado de muebles, mis nuevos inquilinos; “los últimos”, sin duda...

Componían la familia: el señor Juan, empleado en la Compañía Madrid-Zaragoza-Alicante desde hacía más de medio siglo; su hijo Roberto, esposo de María Luisa, y dos nietos: Lolita, que ya empezaba a mocear, y Miguelín, de tres años.

Toda aquella copiosa impedimenta, nueva para mí, me interesó muchísimo: sin perder detalle vi armar las camas, y el funcionamiento de los cajones de una cómoda, y cómo adornaban mi interior con fotografías y modestos espejos de marco dorado, y la distribución que daban en la cocina a los trebejos de guisar. El moblaje fué discretamente repartido: en la habitación—llamémosla así—destinada al matrimonio, se colocaron el lecho más ancho y la cómoda; en la otra dispusieron la mesa de comer y la cama de Lolita; y en la tercera, que conservaba sus dimensiones primitivas y era, de consiguiente, la menor, el catre donde habían de dormir el señor Juan y Miguelín. Antes de mediodía el pequeño ajuar estaba ordenado, y yo no me cansaba de observar toda aquella vida íntima, uniforme, recogida, que sólo de lejos conocía. Hasta entonces no empecé a saber cómo el tiempo se desliza lento en los hogares, ni cómo se lavaba la ropa, ni cómo se encendía la lumbre y se preparaba una comida.

El hallarme, no suspendido en el aire, como antes, sino bien pegado a la tierra, me infundía una ignorada y confortadora impresión de quietud, de estabilidad: me sentía más a plomo y dueño de mí mismo, cual si mi personalidad hubiese crecido. ¡Qué diferencia entre mi abrigado bienestar actual y aquellas implacables noches de olvido y de frío que siguieron a mi descarrilamiento! El alma de mis habitantes iba invadiéndome rápidamente: a la semana de tenerles en mí, la humedad me dejó: yo olía a dormitorio y a cocina; olía a hogar... y estaba contento de oler así.

—Voy aburguesándome—pensaba.

Acabó de rendirme a discreción la voluntad, el buen carácter de aquellas gentes. El señor Juan, que era guardabarrera, sólo se ocupaba de coger el banderín con que daba “paso” a los trenes; Roberto, carpintero de oficio, trabajaba todo el día en los talleres de la Estación; María Luisa, que estaba embarazada, era una mujercita dulce, hacendosa y un poco triste, que siempre andaba sacudiéndome; Lolita también me cuidaba mucho, y las inocentes travesuras de Miguelín, unas veces me enternecían y otras me hacían reir.

La tarde de un sábado, Roberto trajo sobre una carretilla buen número de cañas y de listones, con los cuales, y aprovechando el asueto del día siguiente, construyó junto a mí un emparrado. Otro domingo me rodeó de una cerca alta, de cuatro o cinco palmos, entre la cual y yo mediaba un espacio como de tres metros, que las manos hadadas de Lolita poblaron en seguida de flores, y así tuve un jardín minúsculo y gracioso como un juguete. Hizo más la muchacha: exornó mis ventanas con trepadoras que sembraba en vasijas rotas o en latas que fueron de pimientos; y plantó junto a mí una hiedra que creció en poco tiempo e invadió la mayor parte de mi techumbre, dándome un pintoresco aspecto de gruta; y yo pude verme poco después en una postal, obra de un fotógrafo amigo de mis huéspedes, y quedé sorprendido—por no decir enamorado—de mi carácter rústico.

Hallábame enclavado a medio kilómetro de la Estación, y muy cerca de la gran arteria ferroviaria por donde corren los trenes de Barcelona, de Andalucía y de Valencia, que tantos recuerdos tenían para mí: veía pasar las máquinas raudas, ululeantes, tempestuosas, y perdidas en su torbellino negro las siluetas de los fogoneros, teñidos dantescamente de rojo por el incendio del horno; veía huir cuajados de luces los “expresos” veloces, los “correos”, los “mercancías” interminables y obscuros; oía la voz sibilante de las locomotoras, las cornetas de los guardavías, el fragor de los convoyes... y no experimentaba nostalgia ninguna. Un día, en una “cuatro mil” que pasaba, reconocí a La Regadera; también descubrí a Dos-Caras, disfrazado de “tercera”, en el “mixto” de Alicante, y mi regocijo de verles fué absolutamente limpio. Me holgaba de que continuasen viviendo su vida, la que fué mía también; mas no sentía deseos de rodar a su lado. Vi asímismo al Rubio, al Negro, a la Primera Actriz, al Barba... y a otros varios camaradas que iban y venían con el terrible anhelo de siempre, y tuve cierta misericordia de su servidumbre inexorable. Medité: “Ellos se mueven, y yo no: ¿pero acaso la tierra me esclaviza más que a ellos el movimiento?...”

Mucho tiempo aquellos viejos compañeros fueron y tornaron sin fijarse en mí; luego, como mi situación de vagón inmóvil les sorprendiese, comenzaron a examinarme, y al cabo me reconocieron. El que antes cayó en la cuenta de quién yo era, fué Dos-Caras. Una mañana, al pasar, me gritó:

—¿Eres tú, Cabal?

—Yo soy, viejo—le repliqué.

Y no tuvo tiempo de decirme más porque su convoy iba de prisa. La noticia de hallarme convertido en habitación cundió rápidamente, llevada por los trenes, y todos mis amigos, unos burlones, otros compasivos, me preguntaban:

—Adiós, Cabal; ¿te aburres mucho?

Yo siempre contestaba:

—No; no me aburro.

—¿Eres feliz?

—Sí, lo soy: nunca lo fuí más...

¡Y era cierto!... Pues hogaño, merced, precisamente, a la soledad que me circundaba, podía descender más hondo en el misterio de la vida. Las personas que traté antes permanecían a mi lado unas horas, cuando más una noche; mientras estas de ahora envejecían conmigo: yo las veía dormir, comer; yo las oía hablar... y su experiencia era mía también, íntegra.

Con esta quietud volvía a parecerme a mis antecesores, los árboles. La tierra me atraía, y, cosido a ella, conforme el tiempo filaba, insensiblemente, hallábame mejor. Empezaba a comprender la poesía de las fiestas domésticas, la razón de la Nochebuena, la enorme fuerza emotiva y pensante del silencio; porque mientras la materia reposa es cuando fulgen mejor las luminarias del espíritu. Considerando la vejez desvalida del señor Juan, y oyendo hablar a su hijo, supe cómo a lo largo de los siglos el capitalista perpetúa en el obrero, su hermano, el fratricidio de Caín, y vislumbré el mecanismo del tinglado social, esa rueda trágica en que el salario se transmuta en pan, y el pan en esfuerzo y dolor que luego serán salario otra vez. Vi a María Luisa dar a luz, y me expliqué el amor; y observando a Miguelín, divertido en alinear soldaditos de plomo, echar barquitos en el agua enjabonada de la artesa y arrastrar por el jardín ferrocarriles de hojalata, me dí cuenta de que en este mundo—de las paradojas y de los viceversas—el niño juega y se ríe con lo mismo que hace llorar al hombre.

Va para tres años que soy hogar, y no echo de menos, ni en un ápice, mis mocedades trashumantes: el tercer vástago de María Luisa y de Roberto, se cría muy bien; Lolita ya tiene novio, y a esto atribuyo que cante tanto por las mañanas; Miguelín aprendió a escribir y se divierte en eternizar su nombre en mis paredes. Todo esto, que ya forma parte de mí mismo, me regocija y me acompaña. Voy pareciéndome al señor Juan. Tengo algo de abuelo, y soy feliz con estos seres que crecen a mi lado, con las flores que me rodean, con la hiedra que me cubre y parece traerme un abrazo de la tierra.

Mis antiguos hermanos del camino, todos los días me dicen algo:

—¿Querrías venirte con nosotros, Cabal?

—¿Para qué—les respondo—, si en ningún punto del mundo en que os halléis vuestro horizonte será mayor que el mío?

Efectivamente: No estoy hastiado, sino satisfecho, y no deseo, porque conocí el movimiento y gusté la quietud; todo lo que hay: y porque llegué a viejo... y ser viejo es hallarse en condiciones de recordar y de perdonar, y nada más dilecto que el recuerdo, ni más elegante que el perdón. La Vida es buena, pues siendo tan breve, proporciona tres grandes goces: en la niñez, el anhelo de vivir; en el “presente de indicativo”, de la juventud, la alegría de vivir; en la vejez, el placer generoso de ver vivir a los demás.


Madrid, octubre 1922.


Publicado el 5 de agosto de 2020 por Edu Robsy.
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