Texto: El Sueño

Émile Zola


Novela


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El Sueño

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Fragmento de El Sueño

Había enhebrado la aguja con una hebra de oro para pasarla. Pero se rompió nada más dar la primera puntada y tuvo que volver a deshilar, rascando un poco de oro que tiró al cartón de los desperdicios, que también correteaba por el bastidor.

—¡Ah! ¡Por fin! —dijo cuando consiguió clavar la aguja.

Se hizo un gran silencio. Hubert había empezado a tensar un bastidor. Había dispuesto los dos enjulios sobre el ristrel y sobre el caballete, frente a frente, para colocar al hilo la seda carmesí de la capa que Hubertine acababa de coser a los ribetes del bastidor. Introdujo los listones en las mortajas de los enjulios donde los fijó con cuatro clavos. Luego, después de hacer los nudos necesarios a derecha e izquierda, terminó de tensar retirando los clavos hacia atrás. Se le oyó golpear la tela, que resonaba como un tambor con la punta de los dedos.

Angélique se había convertido en una bordadora rara cuya destreza y buen gusto maravillaban a los Hubert. Aparte de lo que le habían enseñado, ella aportaba su pasión, que daba vida a las flores, fe a los símbolos. En sus manos, la seda y el oro se animaban, una grandeza mística elevaba los adornos más insignificantes; se entregaba por entero a su labor con su imaginación en continuo despertar y su creencia en el mundo de lo invisible. Algunos de sus bordados habían conmocionado tanto la diócesis de Beaumont, que un sacerdote arqueólogo y otro aficionado a la pintura habían ido a verla y quedaron extasiados ante sus vírgenes, a las que comparaban con las figuras ingenuas de los primitivos. Era la misma sinceridad, el mismo sentimiento del más allá, como ceñido por la minuciosa perfección de los detalles. Tenía el don del dibujo, un verdadero milagro que, sin profesor, sólo con su estudio nocturno, a la luz de la lámpara, le permitía a menudo corregir los modelos, apartarse de ellos y dejarse llevar por su fantasía creando con la punta de su aguja. De manera que los Hubert, que consideraban que la ciencia del dibujo era necesaria para una buena bordadora, se eclipsaban ante ella a pesar de su veteranía en el oficio. Terminaron convirtiéndose modestamente en meros ayudantes que le encargaban todos los trabajos de lujo para los que ellos se limitaban a preparar el fondo.


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225 págs. / 6 horas, 34 minutos / 37 visitas.
Publicado el 24 de marzo de 2017 por Edu Robsy.