Texto: La Bestia Humana
de Émile Zola


Novela


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La Bestia Humana

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Fragmento de La Bestia Humana

Por fin, a las ocho y diez, se presentó el señor Dabadie. Roubaud, que se había sentado, esperó silencioso para darle tiempo a que abriese el telegrama. Pero Dabadie no tenía prisa; deseaba, sobre todo, mostrarse amable hacia su subordinado, al que estimaba.

—¿Y qué, en París, todo ha marchado bien, por supuesto?

—Sí, señor, muchas gracias.

El jefe había abierto al fin el despacho, pero no leía todavía; continuaba charlando sonriente con Roubaud, quien sentía que su voz se hacía ronca con el violento esfuerzo que le costaba dominar una contracción nerviosa de la barbilla.

—Tendremos gran placer en tenerle con nosotros —prosiguió el señor Dabadie.

—Y yo, por mi parte, me siento muy contento de seguir al lado de usted —respondió Roubaud.

Y como el señor Dabadie se disponía a recorrer con la vista el telegrama, Roubaud le observó inquieto, con el rostro húmedo de sudor. Pero la emoción que esperaba no se produjo: el jefe terminó tranquilo la lectura del despacho y luego lo dejó sobre la mesa; evidentemente no se trataba más que de un simple detalle del servicio. En seguida continuó abriendo el correo, a tiempo que el segundo jefe, como de costumbre, le daba parte verbal de los acontecimientos de la noche y la mañana; pero esta vez Roubaud tuvo que buscar en su memoria antes de acordarse de lo que le había dicho su colega a propósito de los vagabundos sorprendidos en el depósito de equipajes. Se cambiaron algunas palabras más, y el jefe le despedía ya con un ademán, cuando entraron los dos jefes adjuntos, el de los almacenes y el del transporte de mercancías, para presentar sus informes. Roubaud vió que traían otro telegrama, que un empleado acaba de entregarles en el andén.


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429 págs. / 12 horas, 31 minutos.
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Publicado el 24 de marzo de 2017 por Edu Robsy.


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