A lo Vivo

Emilia Pardo Bazán


Cuento


Era un pueblecito rayano, Ribamoura, vivero de contrabandistas, donde esta profesión de riesgo y lucro hacía a la gente menos dormida de lo que suelen ser los pueblerinos. Abundaban los mozos de cabeza caliente, y se desdeñaba al que no era capaz de coger una escopeta y salir a la ganancia.

Las mujeres, vestidas y adornadas con lo que da de sí el contrabando, lucían pendientes de ostentosa filigrana, patenas fastuosas, pañuelos de seda de colorines; en las casas no faltaba ron jamaiqueño ni queso de Flandes, y los hombres poseían armas inglesas, bolsas de piel y tabaco Virginia y Macuba. Al través de Portugal, Inglaterra enviaba sus productos, y de España pasaban otros, cruzando el caudaloso río.

Algunos días del año se interrumpía el tráfico y la industria de Ribamoura. El pueblo entero se congregaba a celebrar las solemnidades consuetudinarias, que servían de pretexto para solaces y holgorio. Tal ocurría con el Carnaval, tal con la fiesta de la Patrona, tal con los días de la Semana Santa. A pesar de ser éstos de penitencia y mortificación, para los de Ribamoura tenían carácter de fiesta; en ellos se celebraba, en la iglesia principal, espacioso edificio de la época herreriana, la representación de la Pasión, con personajes de carne y hueso, y encargándose de los papeles gente del pueblo mismo.

Venido de Oporto, un actor portugués, con el instinto dramático de la raza, organizaba y dirigía la representación; pero sin tomar parte en ella. Esto se hubiese considerado en Ribamoura irreverente. «Trabajaban» por devoción y por respeto tradicional a los misterios redentores; pero nunca hubiesen admitido a nadie mercenario, ni tolerado que hiciese los papeles nadie de mala reputación. Gente honrada, aunque contrabandease; que eso no deshonra. Ni por pecado lo daban en el confesionario los frailes.

Han corrido varios lustros desde la Semana Santa en que soliviantó a Ribamoura cierto rumor, salido no se sabía de dónde, que cundió de oreja a oreja y de silla a silla, bisbiseado y secreteado, pues nadie se resolvía a decirlo en alta voz, y, además, nadie tenía certidumbres que añadir a suposiciones, en ningún hecho concreto fundadas. Así, el runrún fue en parte reprobado por calumnioso. Sin embargo, escandalizaba. Tratábase de Antonia, la esposa del Nazario, «el Alerta», linda criatura que ya había desempeñado durante cuatro años el papel de Magdalena en el auto sacro de la Pasión. Era Nazario el más activo contrabandista, y por las festividades de Semana Santa tenía durmiendo un considerable alijo, allá lejos, a la otra margen del río, en casa de una confidente. Bronco y desapacible gesto, fiero y violento de condición, contrastaba Nazario con su mitad, muñeca de alabastro teñida con zumo de rosas. Cuando la mujer de Nazario hacía el papel de la de Magdala, causaba admiración, no sólo su belleza, sino su mata de pelo rubio, destrenzada sobre los hombros, ondeando hasta los pies.

El rumor insidioso atribuía a Antonia delito de amor, señalando como cómplice a un mozo sin oficio ni beneficios, hijo de un prestamista; un Daniel Pereira, de estirpe israelita, como tantos lo son en la frontera; un vago, que no hacía sino recitar y componer versos. Su tipo físico, semejante al de las efigies del Salvador, le señalaba principalísimo papel en el auto sacro. Los que sostenían la hipótesis del delito, aseguraban que durante los ensayos y representaciones fue cuando Antonia empezó a responder a las ojeadas de Daniel. Los defensores de Antonia aseguraban que era materialmente imposible su delincuencia. Vivía encerrada, vigilada, con su suegra y con una hermana de su marido; jamás salía sola ni a la iglesia; y en tales condiciones era poco cristiano suponer lo que constaba que no podía haber sucedido. Los malignos argüían que el diablo siempre arregla ocasiones, y apoyaban sus malicias en ciertas endechas que habían corrido manuscritas, obra de Daniel, en que se aludía a un amor imposible, se renegaba de la fatalidad y se ensalzaba el oro de unos cabellos. Los benignos contestaban que, justamente, si el amor se declaraba imposible, es que Antonia, la de Nazario, no tenía nada que echarse en cara. No cabía pensar en nadie más que en ella para el papel de la arrepentida pecadora. Además, ¿dónde estaban otros cabellos así?

¿Sospechó «El Alerta»? Siempre fuera del pueblo y por caminos y veredas los más de los días, no debía cuidarse de comadreos y chismes. Pero, defendiendo el hogar, la madre, vieja todavía fuerte, a pesar de los setenta y cinco, y la hermana, instintivamente celosa del oro de la cabellera, algo debieron percibir y algo susurrarían, en forma velada, con reticencias y repulgos femeniles. Al menos, esto se supuso. De positivo, no se llegó a saber.

Hacíanse en la vasta iglesia los preparativos, y se alzaba un tablado, alrededor del cual, colgaduras de rojo damasco formaban un telón de fondo anacrónico, pero solemne y de vistoso efecto. Se erigían tres cruces de madera obscura, sobre el montículo del Calvario. La longitud de la nave se destinaba a los espectadores.

La tarde del Viernes Santo fue llenándose la iglesia de un gentío ansioso de la emoción que se preparaba. No se cabía en el ancho recinto; la mayor parte de la concurrencia se quedaría sin ver. Hasta de Portugal, de los pueblecitos fronterizos, había venido gente. Hormigueaba la multitud, empujándose, como en prensa, y había sofocadas exclamaciones, suspiros de congoja, discusiones tan pronto iniciadas como terminadas por los murmullos desaprobadores del concurso, que quería anticipado silencio para oír las octavas y décimas del auto, los maternales quejidos de la Virgen, las frases doloridas de San Juan y la Magdalena, al pie de la cruz. Aún no empezaba el espectáculo; inmenso cortinón de tela negra cubría el escenario. Al fin, manos invisibles lo descorrieron, y el cuadro apareció, un artista hubiese censurado el tipo de San Juan, que personificaba un mozuelo afeminado, con peluquilla de rizos, y aun hubiese quedado descontento de la Virgen madre, que no sabía manejar el manto azul que envolvía su cuerpo de cuarentona, su ajada hermosura, rota y vulgar. En cambio, la figura del Redentor y la de la Magdalena eran dignas de pincel.

Antonia vestía una antigua túnica de brocado verde, rameada de oro, con cinturón de topacios, y caía por sus espaldas el espléndido desate de la cabellera, en ondas simétricas, como en las efigies bizantinas. Estaba pálida; al vestirse, al salir de casa, había notado algo singular en los ojos de las mujeres, algo extraño en el acento, siempre áspero, del esposo. De nada la acusaba su conciencia: los que la consideraban sin culpa tenían razón. Sólo de lo íntimo había salido, involuntario, algún reflejo a los ojos. La mirada, a pesar suyo, la había vendido. Y la había vendido cada año más, en aquella representación dramática, en que por fuerza tenía que alzar la vista hacia el que pendía del suplicio. Y ahora, son poderlo evitar, comprendiendo que se perdía, que cometía impiedad, que Dios debía castigarla, también miraba intensamente al que había escrito aquellos versos tan exaltados, al que tenía dulzuras y mieles, distintas de las rudezas de su hogar, una magia de poesía, ignorada, irrazonada, la atraía hacia el mozo, y sentía deseos de llorar verdaderas lágrimas ante su rostro fino, su barba ahorquillada, su pelo, que se había dejado crecer en bucles y que rebosaba bajo la corona de espinas inofensiva. El mirar descubría el corazón. Fácil era observarlo, y alguien lo observaba. Detrás del tablado, oculto, Nazario ya no podía dudar. La indignación estremecía su cuerpo, un desprecio furioso le sacudía, en temblores de odio. Por aquel judío, aquel cómico, con los dedos manchados de tinta, ofender a un hombre de temple, que se juega la vida a cada paso para traer a la malvada brincos y joyas, cruces y cadenas de oro de Oporto, piezas de lienzo, cortes de traje de seda. La desnudez a que obligaba a Daniel su papel en el auto, añadía al furor del esposo cruel mordedura de materiales celos. Su imaginación se poblaba de sombras, de ideas cínicas e injustas… «El Alerta» se deslizó por la esquina, detrás del tablado, y, cruzando una puertecilla de escape, pasó a la sacristía. No llevaba intención alguna: sólo huir de aquel cambio de miradas.

En la sacristía refrescaban con queso, bizcochos y tinto, José de Arimatea, Nicodemo, Longinos: los secundarios, que saldrían a escena después. Le ofrecieron un vaso y, ceñudo, lo trasegó. Contra la pared estaba apoyada la lanza de Longinos —una auténtica lanza de los tiempos de las guerras fronterizas—, con la cual haría el simulacro de traspasar el costado del Señor. La asió, sin que nadie reparase. Volvió a escurrirse, y, subiendo la escalerilla trasera que al tablado conducía, y apartando las colgaduras de damasco rojo, blandió el lanzón y ensartó, de un bote, al actor, mientras un alarido de espanto de la multitud atronaba la bóveda…


Publicado el 9 de mayo de 2021 por Edu Robsy.
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