El Engaño

Emilia Pardo Bazán


Cuento


Acababa de fumarme el más sabroso de los cigarros del día, el que fumo meciéndome en el cierre de cristales de mi casa, después de la comida a la española embalsamada la boca por el gusto dominador del café y recreados los ojos por la vista, siempre nueva de la bahía, donde los barcos se cuelan como alciones en su nido; y una pereza deliciosa embargaba mis potencias cuando se entreabrió la portier y entró, agitado, mi amigo y consocio en varios círculos. Valentín Beleño. Sólo con mirarle comprendí que algo extraordinario le ocurría. Como yo, Valentín lleva una vida apacible y grata, en llana prosa; despacha su labor oficinesca, da su paseíto higiénico diariamente, conoce al dedillo la chismografía del pueblo de Marineda y ostenta el campeonato del juego de dominó. Comprendo, pues, que el caso será de muerto, o punto menos para que Beleño se propine tal sofoco.

En palabras picadas, descosidas, me informa. Tiene la culpa de toda esta ganga de viceconsulado que le ha caído encima y le trae atareadísimo, mientras no llega el nuevo cónsul a sustituir al que, envuelto en la bandera inglesa, duerme el sueño sin despertar, en el cementerio disidente, llamado por el vulgo «de los canes». A cada momento necesita Beleño lidiar con pasajeros y viandantes británicos, que desembarcan infaliblemente, aunque sólo dispongan de dos horas para hacerlo.

—¿Y creerá usted —añade Beleño— que esos malditos saltan a tierra para refrescar en los cafés o distraerse en el cine? ¡Quiá! La mayor parte de ellos toma un coche y se echa a correr el campo o a admirar los monumentos... ¡Monumentos en Marineda!... ¡Tres o cuatro iglesias de mala muerte y el faro! Y sacan el álbum, abren la boca y dibujan... En fin: ¡para mí, están locos!... El de hoy, que ha venido a bordo del Blue Star, no es inglés, sino inglesa —¡mujer guapa, por cierto!—, y figúrese usted que se empeña en que la he de acompañar a visitar el campo de batalla de Dorantes..., ¡que es una de las manías!...

Al oír lo de «mujer guapa» me eché a reír socarronamente. La señora de Beleño tiene fama de celosa, aun cuando mi amigo Valentín está en sus cuarenta y pico, asaz maduros y sin asomos de gallardía ni de travesura.

—¿Y usted quiere...? —pregunté, siempre risueño.

—Que venga usted también... Ande, hombre... Como usted ha recorrido esa zona levantando planos, conoce aquello mejor. Yo, a la verdad, dudo hacia dónde cae el dichosos campo de batalla, que Dios confunda.

—Mire usted, Beleño: yo iré, aunque estaba aquí mucho más a gusto; pero, franqueza: confiéseme que no quiere usted desazones en casa y me lleva de pararrayos...

—Bueno; será lo que sea... Ahí tengo el coche, y en él aguarda la inglesita...

—Hombre, deme usted cinco minutos para atusarme.

Y declaro que me atusé con esmero, y hasta eché unas gotas de Ideal en el pañuelo de seda marrón, exactamente parejo a la corbata. Cada uno tiene sus pretensiones... No era cosa de parecerle a la inglesita el coco. ¡Oh dolor! Momentos después de sentarme a su lado en el fondo del coche tuve que confesarme a mí mismo que había perdido el tiempo y las gotas de Ideal. Hermosa era, en efecto, la extranjera: la albura de su tez, la transparencia de sus pupilas grises, puntilleadas de oro; la abundancia de su pelo sedeño y tan rubio que parecía blanco a la claridad me encantaron; pero la inocente seriedad de sus modales, la indiferencia con que nos miraba sin vernos el exclusivo afán que demostraba por llegar al campo de batalla de Dorantes donde se verificó el hecho de armas realizado por tropas de España y de la Gran Bretaña unidas contra el invasor francés, me probaron que la turista no buscaba más guerra que aquélla cuyos recuerdos estaba evocando y que nuestras fatuidades de latinos se estrellaban, insospechadas, en una estricta formalidad anglosajona.

La inglesa declaró que había estado en México dos o tres años por negocios de su marido, y hablaba un español bastante comprensible. Venía con ella un niño, su hijo, choto fuerte y saludable, de ojos puros y labios en flor, que no se hartaba de mirar el camino que recorríamos. Y es que el camino lo merecía: a la izquierda, la ría, azul y brillante, como polvareda de cristal, con sus playales de arena blanca, que orlan pinos y alisos, mimbraleras y álamos argentados; a la derecha, una sarta caprichosa de casas de recreo, de cuyas tapias se desbordaba el ramaje de las coníferas y los ramilletes coralinos del geranio enredadera y la rosa de pitiminí. Pensábamos Valentín y yo exactamente lo mismo: que si la inglesa se contentase con este paseo delicioso, se lo agradeceríamos de todas veras. Lo malo era que no cesaba de preguntar por el campo de batalla, que renegado él sea, amén, toda vez que para llegar a pisarlo necesitábamos internarnos por tierras de labor, escalar un cerro empinado y, en suma, andar cerca de tres kilómetros por mal piso, bajo un sol picón, con calzado impropio de tales faenas y pies mal cuidados, no dispuestos para la marcha. No hubo remedio: llegó el momento de bajarse de la cómoda cesta y arremeter con la cuesta en dirección a Dorantes, siendo yo el guía y cicerone.

—¿Algún antepasado de usted tomó parte en la batalla? —no pude menos de exclamar, nervioso ya ante el interés de la turista.

—¡Oh! Todos los ingleses que ahí combatieron eran antepasados míos —declaró ella con gracia—. Cuando un inglés ha peleado por Inglaterra, los demás ingleses le creemos nuestro antepasado. ¿Verdad, Edward?

Y el rubio choto contestó flemáticamente:

—Yes, mother.

Seguimos trepando. Valentín Beleño sudaba y cojeaba. La viajera, animosa, andaba al paso largo e igual de una mujer bien formada, que calza holgadamente y usa ropa corta. Se me acercó Beleño y me interrogó con disimulo:

—¿Falta mucho para Dorantes?

—Kilómetro y medio —respondí, en igual tono.

—No estaremos de vuelta en casa, ni a las ocho... Yo voy reventando... ¡Demontres de chiflados estos ingleses!...

—¿Y qué le hacemos?

—¡Bah!, muy sencillo... Deles usted la batalla, ahí en ese primer grupo de árboles...

En efecto, al avistar el manchón de castaños y el altozano que detrás aparece, me detuve y exclamé:

—Aquí fue donde...

Se paró la inglesa, y con instintivo recelo murmuró:

—¿Aquí? Es extraño. Usted sabe que los franceses se atrincheraron en una ermita. ¿Y la ermita, señor?

Confuso, y arrastrado a la mentira por la fuerza de la mentira, balbucí:

—¿La ermita? La derribaron..., sí; la derribaron... hace poco...

—¡Oh! —gritó, dolorida, ella—. ¡La derribaron! ¡Muy mal hecho! De modo que aquí...

—Sí, aquí mismo..., donde crece ese laurel...

La casualidad había colocado allí un laurel magnífico, ya añoso, de los que parecen regados con sangre, aunque sólo los riegue el agua de la lluvia. El laurel disipó las últimas dudas de la bella viajera.

—Tú, recoge unas hojas, Edward —ordenó al chico, que, sacando reluciente cortaplumas, segó una ramilla del laurel gigante y se la guardó en el pecho—. Ahora, tú, besa el suelo, Edward —añadió la madre.

Y el chico se inclinó, se bajó, convencido y obediente, y apoyó su boca sana y ricamente dentada, incontaminada de tabaco, en el musgo del pradillo.

Una hora después regresábamos a la ciudad. Poníase el sol... No sé por qué, me acometió vaga tristeza. Acaso era remordimiento de haber engañado a un alma creyente; acaso la intuición confusa de que el alma engañada vale más que la mía.


Publicado el 1 de octubre de 2018 por Edu Robsy.
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