El Panteón de los Años

Emilia Pardo Bazán


Cuento


Allá donde las eternas nieves cubren, como un casquete de plata, la extremidad de la tierra, y existen soledades dilatadísimas, sin rastros de vida, no ya humana, sino de toda clase, con gigantescos bloques de hielo, se ha formado el eterno edificio.

Se alzan colosales sus bóvedas transparentes, y su estilo arquitectónico recuerda en gran parte el de las construcciones atribuidas a los cíclopes. La puerta, la única puerta, es baja, y no existen ventanas, ni cornisas ni adornos. Dentro, salas y más salas, y, abiertos en el mismo hielo, nichos donde descansan los años difuntos. Fue el Padre Tiempo, el viejo temeroso, el siempre joven interiormente, el que se renueva a medida que se consume, quien trazó el plano y erigió los muros deslumbradores de este edificio misterioso, para dar en él sepultura magnífica a sus hijos, según van precipitándose en el abismo del no ser.

Millones de años yacen allí, y el mayor número ha transcurrido sin dejar huellas en la memoria de nadie. Antes de que el hombre, en el período del último terciario y el primer cuaternario, hiciese su aparición sobre la tierra, años infinitos, que no es posible calcular, habían caído silenciosamente en la fosa común, como caen las hojas en las grandes selvas desconocidas, y se amontonan formando capas de mantillo, donde brotará nuevos gérmenes. Padre amoroso, aunque devore a su progenie por necesidad ineludible, el barbado Kronos recogió a esos años oscuros y sin historia, y los llevó al palacio fúnebre y glacial. Ninguna inscripción señaló el sitio que ocuparon. Eran los años anónimos, en que todo fermentaba para las evoluciones y los cataclismos futuros.

Desde que un ser desnudo, inerme, débil, lloroso, temblante de hambre y de frío, apareció sobre la tierra, los años empezaron a tener carácter propio. Se lo prestó la lucha de aquel ser recién nacido con los elementos y con la materia. Era de presumir que ésta se tragase a aquél, pero sucedió lo contrario. A cada paso, el ser hacía una conquista. Ya sus noches no eran oscuras; ya su cuerpo, aterido, podía calentarse a un fuego que mantenía con especial cuidado, no dejándolo extinguirse jamás. Y a estos años bienhechores les puso el caduco Tiempo un letrero que decía así: «Años del Calor y de la Luz». Ocupaban una crujía larguísima, pues largos fueron también los períodos en que la Humanidad errante no tuvo más consuelo que la llama y la tea, al peregrinar en busca de caza y de regiones benignas donde reposar, ignorante aún de que podía alzar ciudades y labrar el suelo para recoger cosechas.

Cuando lo averiguó y lo puso en práctica, empezaron los años que el Tiempo llamó «de las Artes». En las jóvenes ciudades, en los templos que las consagraban, el arte florecía. Eran arte los adoratorios; arte, las residencias y palacios de los tiranos y de las cortesanas; arte, las armas con que se combatía; arte, los cuencos en los que se bebía; arte, las máscaras de oro que cubrían el semblante de los guerreros, cuando iban a dormir en los hondos sepulcros, un solo camafeo encerraba toda la espiritualidad de un pueblo, una copa, modelada sobre lo vivo, toda la belleza, recién revelada, de la mujer.

Y he aquí que sobrevienen otros siglos. El Tiempo recuerda cómo se inauguraron. Fue una noche estrellad y helada, en un portalillo semirruinoso, de una aldea de Palestina. Como tantos millares de siglos antes, había nacido un ser inofensivo, inerme. Los pastores, dejando sus majadas, acudían a adorarle, guiados por un astro puro. Llevaban ofrendas, corderos recentales, leche en colodras chicas, miel en panales, manteca, a fin de que se cumpliese lo profetizado: «Enmanuel se llamará, y comerá manteca y miel».

Y venían también a postrarse ante el Niño, unos Magos, procedentes de lejanos reinos. Porque el Niño no había venido solamente para aquellos zagales, sino para todos los hombres del mundo. Así lo entendían los Magos, de los cuales el uno era negro, como carbón. Desde el primer instante, no existía diferencia de razas. Al menos, no existía dentro de aquel Portal. El infante sonreía al de la testa lanosa, y la Mujer celestial descubría, con gracioso movimiento, sosteniendo el paño entre sus dedos de marfil, el corpezuelo del Redentor, para que el Negro lo recibiese.

Y el Tiempo nombró a estos años, a muchos años que fueron transcurriendo y en los cuales cada día se erigieron templos al Niño, en los ámbitos de la tierra, «años de la Redención». Y les dio el lugar más señalado y honroso, el centro del Panteón de los años. A este departamento llamó «La Catedral». Lo parecía, en efecto, por la forma de sus bóvedas y por las múltiples columnas de bloques de hielo que lo sustentaban.

Otro grupo de años, fuertes y resplandecientes, colocó el Tiempo en un salón espacioso, grandioso. Durante aquellos años, un mundo se añadió al ya conocido, al mundo clásico, autor y formador de civilizaciones. Otro, de incalculable extensión, despuntaba en las planchas de madera de que se servía un inventor extraordinario. Mientras los mediterráneos completaban el planeta cruzando el tenebroso Océano, los teutones daban vuelo de águila al espíritu, descubriendo la imprenta. Y el Kronos rotuló a estos años fecundos, asombrosos, «años de la invención». Y aún sepultados, creyó ver que rebullían, que se agitaban, que querían renacer; tal era su vitalidad. No estaba muy seguro de que fuesen cadáveres de años. Algo germinal, una electricidad singular, emanaba de su huesa, como el perfume de los santos cruza las piedras de sus sarcófagos. Dijérase que palpitaban como mariposas que rompen su crisálida y reciben el primer soplo de aire.

El Tiempo, reflexivamente, consideraba ahora a los años que siguieron a los de la invención. Y le sorprendía verles tan momificados y secos. Veía su fealdad, su triste catadura, y no acertaba qué calificación les convendría. Lo que más le preocupaba eran los últimos en fecha. Éstos venían en un estado verdaderamente espantable. Mutilados, acribillados de recientes cicatrices, con la cabeza colgando, con los ojos fuera de las órbitas, rotas las mandíbulas y encharcados de sangre renegrida, dijérase que acababan de descolgarles de algún cruento patíbulo. No les envolvía ni un sudario; su desnudez dolorosa no tenía más velo que aquella146 sangre chorreada por todo el cuerpo.

Siendo tan aterrador el aspecto de estos años, aún parecía más repugnante el del último. Porque éste, que acababa de caer en el abismo, ya, ni era cadáver ni momia, sino un esqueleto, cuya osamenta sólo cubría un pellejo árido, que a pedazos se desprendía. De relieve dejaba traslucir toda la armazón ósea. No podía dudarse: de hambre había fallecido aquel infeliz año. De hambre, de privaciones, de insuficiencia fisiológica… un movimiento de repugnancia y un enojo hizo Kronos al recoger, a las doce de la noche en punto, del último día, aquel miserable despojo orgánico. Los huesos se le deshacían en las manos, carcomidos y polvorientos. Enojado, lo dejó caer, rehusándole hasta los honores del sepulcro. Y, para consolarse, se puso a fantasear cómo sería el año que había nacido, al dar su postrer campanada el reloj, una ilusión de paternidad le estremecía la barba velida y el corazón fatigado de tanto procrear. El Año Niño sería fresco, grueso, rubio, riente, sano, con una piel de seda rosa y una faz de angelote. Y evocó su imagen, y quiso verle aparecer allí mismo, donde dormían sus mayores, donde él, a su vez, yacería. La ardiente esperanza que se deposita en las criaturas se cifraba ahora en el añito novel, recién nacido, que venía a cumplir las promesas y a consumar las reparaciones.

A la evocación del Padre de los Años, se presentó, en efecto, el de 1918. Llevaba esta cifra en la frente, y sólo por ella pudo reconocerle Kronos, que, atónito, le contemplaba. El Año acabado de nacer no tenía forma humana; era una sombría Esfinge de bronce, medio monstruo y medio fiera. Y el bronce de la Esfinge estaba caldeado por un fuego interno, inextinguible. Y el pedestal de la Esfinge era de mármol rojo, color de sangre. Y, a su alrededor, el suelo humeaba…


Publicado el 27 de febrero de 2021 por Edu Robsy.
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