La mañana, como de encargo. Desde las últimas horas de la noche, y durante toda la madrugada, había llovido, no lo que se dice a cántaros, sino terca y silenciosamente; ese llover que parece que no va a cesar nunca… El suelo, un puro lodazal; y en él patullaban, calados, los «de la cola».
Se hallaban allí desde el romper del día, sin perder el buen humor la mayor parte; diciendo chirigotas y resignados a la espera, hasta que Dios les deparase el pan nuestro… ¡Y qué pan!
La víspera, gritos de indignación y dichetes irónicos habían saludado a las microscópicas libretas, de mínimas dimensiones y, por contera, mal elaboradas. ¡Feliz, así y todo, quien las podía obtener!
El caso era llevar algo al domicilio, donde la vuelta de coleros y coleras era esperada como el santo advenimiento. De ellos se aguardaba el alimento maravilloso, el que sustituye a todos los demás: la pasta del trigo. ¡Bueno es el coci, y no despreciemos a las judías con colorado; pero el pan! Donde hay chicos, ¡nada como el pan! Vaya usted en las familias a remediarse sin él. Y es un guiso que está hecho: ni carbón, ni aceite se gasta.
—¿Verdá, usted señá Remigia? —preguntaba la señá Ponciana, alias la Mantecosa, que tenía un cajón de verdura en el mercado—. A las creaturas, su buen zoquete de pan…, y los míos, proecillos, dos días ha que no lo prueban. ¡Por las patas debíamos ahorcar a los que armaron tal huerga; condenaos!
De acuerdo estaba la señá Remigia, la chalequera. Lo peor, perder horas y horas por la gracia del panecillo. Y ella con su madre enferma de gri, y allá sola, con los chicos, que más enredan que cuidan. Qué demoniuras no harían en libertad, aquellos barrabases. ¡Y para más, con hambre, ángeles míos! Se le quemaba a la señá Remigia la sangre al verse sujeta en la cola, oyendo burradas, porque los fantoches de los hombres están siempre para ello. Pero si un desahogado la fastidiaba mucho, no se iría sin una manguzá.
Mientras formulaba el belicoso propósito, la cola crecía y se extendía, como anillos de negruzco gusano, a lo largo de la calle, contra la blancura de las casas, ante las tiendas que de mala gana comenzaban a abrirse, reflejando, en la lentitud de la operación, el temor de sus dueños a la posible invasión del gentío. Sin embargo, el gusano aparecía pacífico, sin aviesas intenciones. No se veían puños cerrados coléricamente; no se oían airadas blasfemias. Más bien se bromeaba, con la estoica resignación que el pueblo español muestra en las pruebas y en las fatigas. Lo violento vendría —lo sospechaban todos— cuando los huelguistas se convenciesen de que habían perdido la huelga, y se echasen a la calle a armar bronca.
En cuanto a las víctimas de la anormalidad, las amas de casa con prole, los padres de familia que tenían que llevar el grano en el pico, allí estaban bajo el aguacero monótono, aguardando a pie firme, en el desabrigo de la aburrida mañana de noviembre.
El gotear continuo de las nubes, pesadito, lento, insufrible, iba poco a poco agotando la risueña paciencia de la cola. El cansancio de permanecer de pie o mal sentado, en cajones, en cestas volcadas, sobre un retal de estera rota o un pingajo de manta, algunos sobre las losas, recogiendo la humedad en nalgas y muslos; la molestia de los empujones y la tensión del ánimo en espera del panecillo, que sabe Dios a qué hora caería del cielo; el hambre, combatida tan sólo por el trago de alcohol del amanecer, todo iba engendrando un estado de ánimo más sombrío, pesimista. ¡Qué vida, córcholis! Más valía estar en presidio… Sacudían su ropa ensopada, y caían al suelo lagrimillas de agua escurriendo de las gorras, del pelo, de las orejas, de los dedos rígidos. Las mujeres se despojaban del pañuelo para volver a colocarlo, tieso, arrugado, sobre el moño. Los que poseían un paraguas, aún se defendían. Eran pocos, y el artefacto solía justificar la chunga de las bravías: «Oiga usté, ¿es de rejilla? ¿Lo usa pa colador?».
Entre las que callando soportaban, y no tomaban parte en la algarabía, podía verse a una mujer todavía joven, que no sería mal parecida a no estar tan demacrada y flaca. Por el bulto que hacía su mantón raído y de indefinibles tonos, se adivinaba que traía consigo un niño de pecho; mas no era posible ver la cara del nene, tal era el cuidado con que le resguardaba del agua la madre. Hubo, sin embargo, un momento en que el mantón se entreabrió, y fue para meterle al chico en la boca un pecho flácido, entre balbuceos y sugestiones de ternura.
—Mama, tú, rey de la gloria… Aquí, tapadito…
Quien estuviese más próximo al grupo humilde, el infante agasajado en andrajos, la nodriza mal cubierta por trapos que dejaban pasar la llovizna y el hielo de la esquiva mañana, no hubiera podido oír el suave glugluteo que hace la leche al correr por la garganta de los mamones. Ni se percibía el lengüetear dulce, el ruidillo glotón de los labios. Una vecina de cola exclamó:
—¡Jesús, y qué paz tiene el ángel de Dios!
En voz dolorida, contestó la madre:
—Es que está malito…
Aparte de este suspiro, también la madre tenía paz. No se quejaba, no manifestaba impaciencia. No obstante, parecía rendirla el cansancio. Y se fue doblando, para sentarse en la acera cubierta de barro. Su cara consumida, en que los ojos negros, rasgados, ardían febriles, se descomponía bajo la glacial impresión de las piedras mojadas y duras. Sus dientes castañeteaban, y constante estremecimiento sacudía la débil caña de su anguloso cuerpo.
Ante ella, de pie, un chulillo como de quince años la miraba entre apiadado y curioso. Y al fin, desliando su bufanda —lo más positivo de su indumentaria como defensa contra la crudeza de la intemperie—, el chulillo la tendió a la mujer.
—Póngala del revés, que por el derecho es una sopa —advirtió.
Estúpida de sufrimiento, sin dar siquiera las gracias, la mujer aceptó y cubrió, con la gruesa tela en que aún humeaba el calor de su bienhechor desconocido, el corpezuelo del nene. Nadie se fijó en el episodio. Había sucedido algo que hizo desperezarse y bullir a la cola.
Al punto del mediodía, un pálido rayo de sol acababa de entreabrir el gris celaje y, como por encanto, lució un poco de claridad en las almas exhaustas, abrumadas por la espera penosa. Hubo dicharachos, sonaron piropos a las mujeres, se pellizcaron y empujaron los chiquillos, y hasta los guardias, los adustos guardias, que por lo bajo renegaban de la cola y de quien la inventó, desarrugaron el ceño, se pasaron la mano por los híspidos bigotes, salpicados de lluvia, y gruñeron algo cordial. Y, como si la benignidad de la tierra coincidiese con la del cielo, una voz, a lo lejos, lanzó:
—¡Ya abren la tahona! ¡Ya abren!
En efecto, un dependiente, entreabriendo con prudencia el cierre metálico, asomaba cauteloso, sosteniendo una saqueta hinchada de panecillos, calientes aún. Los habían fabricado soldados de Ingenieros, ayudados por el tahonero y sus hijos. Las manos les temblaban al amasar, de miedo a las amenazas y coacciones de los huelguistas. Y aquella cinta humana, desarrollándose a lo largo de la acera, les causaba extraña inquietud, como si en ella viesen un peligro y el ansia de tantos famélicos fuese otro género de coacción que les forzase a seguir amasando, enhornando, para saciar tantos estómagos, tantas necesidades colectivas.
La mágica voz de «¡Yaaaa aaabren!» corrió como sacudida eléctrica. Algunas bravías, Remigia, la Ponciana, intentaron avanzar más de la cuenta y se ganaron la ovación correspondiente, y no pocos arrempujones y burlas. La infeliz que cobijaba al niño no se movió. ¡Parecía atontada, como si aguardase a que hacia ella viniese el pan andando solo! Su protector, el chulillo, fue quien la llamó a la realidad, gritándole:
—¡Eh, señora, que nos movemos! Póngase de pie; ¿quiere que la ayude?
La alzó con trabajo: estaba entumecida; sus junturas parecían oxidadas. Se enderezó al fin con un gemido sordo. Y su primera idea fue desemburujar al nene, a ver si por fin se animaba a mamar.
—¡Alza!… Rey del mundo…, sol mío…, toma, toma…
Sobre el seno, tibio por el aflujo de la leche, una sensación de rara frialdad aterró a la madre. La cara del niño era un pedazo de nieve lívida.
Un chillido de espanto, desgarrador, salió de la boca de la mujer. Tan vibrante y desesperado fue que se rompió la cola, y varios colistas se arremolinaron, indiferentes al reparto, ante la dramática curiosidad. Y el chillido se convirtió en palabras:
—¡Mi nene! ¡Socorro! ¡Se ha muerto! ¡Se ha muerto!