La Maga Primavera

Emilia Pardo Bazán


Cuento


Me tocó en la frente con su varita; desperté y contemplé un espectáculo digno de ser cantado por millonésima vez, después de tanto como ya lo han ensalzado los poetas.

Era el deshielo. De los montes fluía derretida y apresurada la nieve. Al resbalar por las laderas, iba cubriéndolas de vegetación: los gérmenes, estremecidos por la dulce humedad, bullían impacientes y rompían la negra costra de la tierra, vistiéndola un manto de terciopelo verde y afelpado, tupido y rozagante, que convidaba al sesteo y al idilio. En los vallecillos, bien resguardados del cierzo, que recogen el sol y lo beben con avidez, los frutales estaban literalmente bordados con flecos y moñitos de flor a la orilla de cada desnuda rama. No parece sino que murmuraban los cerezos y los manzanos: «En nosotros madrugan la poesía y la belleza. Nos envolvemos en esta delicada y primorosa túnica de encaje, antes de echar la hoja que ha de proteger el sabroso fruto. Prematuramente nos engalanamos; nuestras ropas de cristianar duran poco y en nuestra friolera blancura, en el tierno sonrosado de nuestras mejillas, en nuestra enfermiza precocidad, hay todavía mucho de la melancolía del invierno y de la nostálgica impresión de los días cortos. Así que llegue el estío nos verán robustos y sanotes, cargados de fruta».

En los jardines, las lilas hasta entonces sentidas y forzadas en el invernáculo, aspiraban con deleite olas de perfumes que él mecía en sus alas vibradoras. Las primeras rosas entreabrían su apretado capullo, y los crasos jacintos hacían sobre los cuadros el efecto de una decoración de frágil porcelana de Sajonia. Hubo un instante en que el aire fue más tibio y el sol más claro y dorado, y entonces vi una mariposa, que aleteando y como por juego, se posó en una mata de salvia rojiza; y me pareció, con sus alas de esmalte policromo, la Iris, la mensajera enviada por el cielo para decirnos que la naturaleza había resucitado.

¡Qué de júbilo, qué de rumores y de músicas invisibles en todas partes! Resonaban los bosques, no con el pavoroso murmullo propio de las noches de invierno, sino con una especie de concertante sonoro, armonioso y profundo; el mar, que antes gemía lúgubremente, ahora tenía, en el ruido con que se estrellaba en la playa, cadencias prolongadas e indefinibles, arrullos como de sirena; su color, antes de plomo, era el azul del zafiro oriental, y la luna, al reflejarse en él, lo envolvía en una red de plata de móviles anillos. Se diría que el mar vestía de fiesta también. Porque aquello era una fiesta universal, una fiesta en que tomaba parte la creación entera. Mirando hacia arriba noté que hasta las estrellas brillaban de un modo más dulce, y que el girar de las constelaciones tenía la majestad melodiosa de un himno órfico.

Sin embargo, en medio de tanto regocijo, yo descubría el renacimiento de la humanidad. La primavera, que alegra los bosques, los jardines, las montañas, el mar y el cielo, debía también inundar de gozo los mundos interiores y desconocidos de nuestro corazón.

Mientras discurría en esto, he aquí que a la puerta de una cabaña veo aparecerse una mocita como de diez y seis años, de corto zagalejo y descalzos pies, con una cántara de barro que sin duda iba a llenar de agua a la fuente vecina.

Salió pisando alegremente la fresca yerba, y se tendió en el florido y recóndito senderillo que conduce al manantial. De allí a poco, volvió por el mismo caminito, pero ya no venía sola: acompañábala un mocetón atezado y robusto, muy obsequioso a su rústica manera, y en cuya morena cara resplandecía un entusiasmo varonil.

El brazo de él rodeaba el talle de ella, que, encendida en rubor, bajaba los ojos al suelo; pero una involuntaria sonrisa entreabría sus labios de rubí. Andaban despacio, embriagados, y el agua de la cántara, que la moza inclinaba sin querer, se vertía gota a gota, humedeciendo la tierra.

También la humanidad, como la naturaleza, resucita al conjuro de la maga, pensé, absorta en un realizado ensueño.

Y cuando la idea de esta resurrección me sonreía como una promesa de ventura, se evaporaron las visiones, y sólo vi el calendario suspendido en la pared.

Señalaba la fecha del 21 de Marzo, pero lo que en aquel instante distinguí mejor, por los trazos de tinta roja, fue la cifra del año en que vivimos. ¡Año todo él de invierno, del invierno de mi existencia! ¿Por qué me había causado tamaño alborozo el que la primavera renaciese? Para mí no existía la maga.

Más infeliz cien veces que los seres inanimados, el hombre sólo dispone de un breve periodo en que sentir el influjo primaveral, y después ya no hay para él más que eternas noches y días brumosos y glaciales.


Publicado el 18 de marzo de 2021 por Edu Robsy.
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