La Mina

Emilia Pardo Bazán


Cuento


br>Cómo empieza y cómo acaba… todo, en España.

(Narracioncilla).


Era… ¡me acuerdo bien!, era Enero, y soplaba un remusgo guadarramesco que no había más que pedir, y colgaban del borde de los tejados cristalitos de hielo, picudos y relucientes como alcuzas hacia abajo.

Muy gratas parecen (–y claro está que si lo parecen, en este caso lo son—) muy gratas, —proseguiré reanudando el suelto hilo del párrafo— son aquellas bocanadas, emanaciones o vaho que en días de tan rigurosa temperatura exhalan los hoteles y cafés, y con las cuales se difunde turbia y pesada ola de vapor en el diáfano ambiente. A manera de anzuelo éntranse por la nariz, halagándola con suave calorcillo y aroma, y asaltado ya el sentido del olfato, muy heroico será el descendiente de Pelayo o del Cid que no se vaya en pos del cebo, colándose por aquellas puertas de Dios, tras de que brillan los espejos, calienta el gas y consuela y refocila el Moka… manchego.

Entréme yo pues… y al llegar aquí reparo que lo que voy contando semejará forjado en mi imaginación, por no ser propio de quien firma estas páginas eso de enjaretarse bonitamente en un café, y pedir una copa de anís y leerse El Globo; y otras publicaciones de muy honesto y discreto solaz para el entendimiento; pero es del caso advertir que el autor habla por boca de tercera persona, motivo para que titule su obra «Narracioncilla» y por señas que en lo del título anduvieron discordes los ingenios queriendo los unos se llamase Pequeña Narración (apoyados éstos en la autoridad de un poeta grande) y opinando los otros, que puesto que hay diminutivos en el habla castellana, verosímilmente para algo servirán.

¿En qué íbamos? ¡Ya, ya! Sentéme en el café, que era de los más concurridos y majos, y cátate que recibo sendas palmadas en los hombros, y veo la cara de un mi amigo, que se reía de la gracia. Maldita la que me hizo y con todo aún tuve ánimos para decirle:

—Majadero, ¡que te anuncies por tarjeta otra vez! ¿Dónde has estado?

—En Cavalacuatrera.

—¡Oiga! ¿Dónde es eso?

—¿Pero tú en qué siglo vives? ¿No sabes dónde es Cavalacuatrera?, ¿la Cavequator de los romanos?

—¡Uy!, no, no. ¿Está eso en el mapa?

—¡Anda, anda! ¿Pero hombre tú no lees el Correo Soriano?, ¿ni la Voz de Soria?, ¿ni la Soria Ilustrada?, ni…

—¡Ni las mantequillas!, por mi mal. ¿Qué tienes tú que ver con tanta Soria?

—¡Friolera! Un negocio magnífico, sin precedentes en la historia…

—¿De Soria?

—Hablo formalmente: es cosa admirable. Suponte tú que se han descubierto en el término de Cavalacuatrera, provincia de Soria, unos filones de cobalto y nickel… así como el puño de gordos. Allí se anda literalmente sobre miles de pesos. ¿Ves esta sortija?, es del mineral. Allí se ha organizado una empresa para explotar aquello… ¡Oro molido!

—¿Y tú serás accionista?

—Yo… te diré. Para eso, hacen falta fondos…

—¿Querrás acaso que te nombren abogado consultor?

—¡Pchs!, ¿qué vale eso?

—¿Pues qué Barrabás de pito tocas entonces?

—¡Yo!, lo esencial. Yo redacto artículos, pongo comunicados, sueltos, propago la idea… y no estoy a dos dedos de conseguir…

—¿Quién sabe? Ahora he venido a Madrid, porque ya comprendes: lo que aquí no se empolla… Es preciso que todo diario de la Corte hable de Cavalacuatrera y si no, mira:

Tomó a bulto un periódico de los muchos que en la mesa yacían y me lo señaló con el dedo. Era un artículo de fondo que comenzaba de esta guisa:

«La riqueza minera. Bajo el suelo que descuidados hollamos, esconde la madre tierra tesoros que…».

(Indulto a los lectores del resto).

Me apoderé de otro y vi que un suelto rezaba:

«Muy bien. Se nos asegura que en Cavalacuatrera (Soria) se organiza, gracias a la iniciativa de Dn. Periquito X (mi amigo e interlocutor) una sociedad para explotar el rico venero que…».

Otro noticiero y callejero:

«En Cavalacuatrera reina grande agitación. Hanse descubierto minerales preciosos en cantidad enorme y el honrado vecindario espera que…».

—¿Qué días ha que estás aquí? —pregunté a Perico.

—Veinticuatro horas.

—¿Y has redactado todo eso?

—¡Bah! Y estuve con el ministro de Fomento, con el Secretario, con el Presidente de la junta de Agricultura, industria y comercio, con el de la Sociedad económica de Amigos del País, con el del Congreso, con el Doctor Velasco, con el doctor Garrido… Y comí en Fornos, y visité la sección de mineralogía del gabinete de la Universidad, y dejé allí un ejemplar de mineral… y le regalé al Rector una sortija como esta… y ahora me voy a ver si veo al Profesor de química inorgánica porque lo de Cavalacuatrera se presta a una serie de artículos muy detenidos y razonados que publicará la Revista de…

Salíme con él, por hacerle un rato más compañía y siguióme hablando del filón, ¡que mal filón y mal año para su charla! Y como pasásemos ante una tienda o mejor diré covacha que en la calle de Sevilla verán cuantos tuvieren ojos, tocóme al codo murmurando

—¡Y cuán presto se construirán ahí relojes con mineral cavalacuatreño! Te haré fineza de uno.

Miré al interior de la tenducha, y vi que un hombre con el cabello cano trabajaba apaciblemente con pinzas y limas menudísimas, en el arte de relojero. Dábale en el rostro la luz del quinqué y resaltaban con ella sus facciones toscas pero inteligentes y el pliegue reflexivo del entrecejo. Tomaba y dejaba piezas del tamaño de una cabeza de alfiler, con paciencia de Sajón (que Sajón debía de ser si ya no mentían la barba y rasgos).

Separámonos allí Perico y yo, cogiendo él hacia la calle del Príncipe. Por ocho días le olfateé, sin verle, en lo mucho que se trompeteó en Madrid el grande hallazgo de Cavalacuatrera. Después, pasáronse seis meses en maravilloso silencio; no se volvió a mentar a Perico ni a la mina.

Hallándome en Julio a la puerta del bendito café (remolino y sirte peligrosa para todo varón de estas latitudes) vi que un apuesto caballero, apeándose de una americanilla, arrojó medio duro y un requiebro a una clavelera que le puso, quieras o no quieras, un reventón en el ojal. ¡Y conocí a mi Don Perico! Parecióme frescote, lucio y contento. Naturalmente le pregunté, lo primerito por la salud de las mágicas llanuras cavalacuatreñas.

—Bien, muy bien: —contestóme—. ¿Vas esta noche al concierto?

—Iré si gustas. Pero dime del nickel…

—¡Ah! Perfectamente. ¿Crees que puedo ir sin cambiarme de traje? Mozo, cerveza y limón.

—¿Pero y la mina?, acaba. ¿Ya no te acuerdas de la riqueza minera?

—¡Tienes unas cosas! ¿No me he de acordar? ¡Si soy el gerente de la Sociedad!

—¡Gerente! Pues explícame…

—Bueno, ya… ¡Ujujuy, válgame Dios y qué rubia va por la otra acera! ¡Y mira hacia acá!

—Yo, la verdad, tengo curiosidad… ¿Qué sueldo te corresponde?

—¡He!, cincuenta mil realazos… ¡Pero es un trabajo! ¡Calle!, ¿pues no dice aquí que Inglaterra se apodera de Chipre? ¡Yo siempre lo pensé! El Congreso de Berlín, en otras circunstancias…

Enredámonos en una intrincada disquisición diplomática, que fue continuando mientras, asidos del brazo, cruzamos las calles que conducen al Prado. Al atravesar la de Sevilla, un vivo rayo de luz que despidió el quinqué del relojero, me hizo mirar, como hacía seis meses, al interior del tugurio. Vestido con ligera blusa de dril, el buen hombre manejaba como siempre, sus chismecicos y trebejos.

En aquel instante, la claridad plateada de la luna de estío bañaba dulcemente las planicies y valles de Cavalacuatrera (Soria), y el rico mineral sepultado en sus entrañas.


Publicado el 18 de marzo de 2021 por Edu Robsy.
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