Texto: Las Armas del Arcángel
de Emilia Pardo Bazán


Cuento


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Las Armas del Arcángel

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Fragmento de Las Armas del Arcángel

Y siguió su camino, sin añadir otra palabra.

Miguel quedó en mayor confusión. Como nadie ignora, el Arcángel, general de las milicias celestes, es un modelo de elegancia guerrera. Con las ricas piezas de su cincelada armadura hacen juego las sedas joyantes de sus túnicas, los brocados de sus mantos, las flotantes garzotas y rizados plumajes de sus cimeras, los broches áureos de sus botines. ¿Desnudo? Eso es bueno para Francisco, el del remendado sayo ceniciento, vestidura de siervo y de mendicante. El radioso Arcángel, el caballeresco paladín de la ardiente espada, ¿qué aventuras puede acometer sin armas y sin galanos arreos?

Y el Arcángel volvió ante el Trono y exoró a Cristo nuevamente.

—Soy un combatiente, Señor... Sin armas no sé pelear.

—Hágase como deseas —consintió el Hijo del Hombre.

Miguel, intrépido, hirviendo en entusiasmo generoso, voló a revestirse lo mejor de su arsenal y a convocar sus huestes. No es la armadura de Miguel de esas pesadas y férreas medievales, ruidosas al moverse, como la del otro paladín San Jorge. Al contrario: se distingue por la ligereza, la gracia, la solidez exquisita de su materia y de su forma, y aparentemente desdeña proteger el noble cuerpo. La gola no oculta el cuello torneado; el peto y espaldar son dos joyas, delicadas como tales; el yelmo deja desbordarse la fluida cabellera, y el broquel apenas abarca la comba del gallardo pecho. Lo único terrible es la espada, de puño de rubíes y hoja de llama viva, ondeante, serpeante; aquella misma hoja ante la cual huyeron del Paraíso, corridos y afrentados, el padre Adán y la madre Eva...


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3 págs. / 5 minutos.
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Publicado el 3 de octubre de 2018 por Edu Robsy.


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