Texto: Las Cerezas Rojas
de Emilia Pardo Bazán


Cuento


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Las Cerezas Rojas

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Fragmento de Las Cerezas Rojas

Las cerezas del gran cerezo eran tan gruesas y magníficas, y los relámpagos de risa carmesíes que acribillaban el follaje tantos y tan incitadores, que propuse al casero que me acompañaba subirse a unas piedras y coger cerezas para mí. Me admiró verle menear la cabeza negativamente. Conozco la complacencia de los labriegos en particular, y de los hombres en general, para obsequiar con lo que no es suyo y nada les cuesta.

—¿Qué ocurre? ¿Es que el dueño se enfadará? —pregunté, ante la cara fruncida y el gesto repentinamente serio del buen Morcego, tal era su alias.

—El dueño... No, señora, mi ama; el dueño no se sabe de él, y las cerezas ahí están para quien las quiera... —díjome en su fabla enfáticamente—. Seguras están, seguras... Sólo los mirlos...

—¿Entonces?

El aldeano calló. Fue su silencio uno de esos silencios profundos, pletóricos de sentido, que ellos saben guardar mejor que nadie, porque tan verbosos como son en ocasiones, tan mudos los vuelve el recelo de soltar palabras peligrosas o comprometerse refiriendo lo que es para reservado. Me di cuenta de que sería inútil pretender arrancarle lo que por lo visto tenía algo de secreto —secreto a voces, el murmullo de toda una humana selva—. Nadie ignorará en aquella comarca la razón de que las cerezas del gran árbol añoso no debían comerse; pero el hecho de contárselo a «un señor» era arriesgado para un labriego... Y resolví averiguarlo por el primer burgués que me encontrase.


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4 págs. / 8 minutos.
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Publicado el 3 de octubre de 2018 por Edu Robsy.


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