Los Años Rojos

Emilia Pardo Bazán


Cuento


La cámara es espaciosa y sombría, con un amplio ventanal abierto a aquella hora crepuscular, la alumbran ya un velón antiguo, de latón martillado, de tres mecheros mortecinos, y la llama de la hoguera que cruje en una chimenea de piedra tallada, en cuyo liminar monstruos y figurillas burlescas se enlazan y luchan.

La llama devora el enorme tronco y las ramas secas, que crepitan al devorarlas el fuego, y se deshacen en ardiente brasa, cual inflamados rubíes. No basta, sin embargo, el calor de la hoguera activa y alegre para combatir la sensación glacial del aire de diciembre, entrando a su sabor por el ventanal románico. Y el viejo, que yace en una cama de alto dosel y trabajado copete, tirita y tiembla, dando mandíbula contra mandíbula, porque dientes no le restan. Es una especie de momia, seca y amojamada, un caso de extrema y apurada senectud; su cráneo calvo, como el pescuezo de un buitre, deja percibir la calavera al través de la piel, y su esternón, que jadea, marca la parrilla del costillaje. Es la ancianidad de un hambriento y de un hombre que ha sufrido mucho. Se encuentra, al parecer, en el período agónico; con el conocimiento medio perdido. Sus manos sarmentosas se crispan sobre el embozo de las sábanas. A veces realizan el movimiento del que intenta cazar una mosca volandera. A la cabecera del doliente, mejor diríamos del muriente, está un doctor que le examina como si contase lo que le resta de vitalidad, y lo pulsa de cuando en cuando, y hasta le vuelve los párpados, a fin de estudiar el globo del ojo. A cada reconocimiento, menea la cabeza, desesperanzado. Al fin, en voz imperiosa, lanza una orden.

—¡Ea, seor Año, bébame esta tisana y verá cómo se reanima!

Y viendo que el Año no contesta palabra, y sigue atrapando moscas al vuelo, toma la taza de la tisana, revuelve con una cucharita, y se aproxima otra vez.

—¡Beba, seor Año!... He disuelto aquí segundos, minutos... ¡He desmenuzado hasta una hora! El efecto es seguro. ¡Ábrame esa bocaza!...

No habiendo parecido entenderlo el Año expirante, el médico separó las quijadas que se entrechocaban, y puso la cuchara llena entre los resecos labios. Al pronto, dijérase que el licor resbalaba por un caño de madera; luego, la cabeza inerte se enderezó; los ojos medio vidriados se abrieron, despidiendo fulgor vital y la tez de arcilla se coloreó ligeramente. Una llamarada más fuerte brotó de la chimenea y tiñó de rojo vivo el semblante arrugado y cadavérico, y hasta las mismas sábanas. Parecía como si se chapuzase el enfermo en un baño de almagre.

—¿Qué me ha dado? —articuló con enojo—. ¿Es sangre humana? He oído decir que la sangre caliente cura a los enfermos y remoza a los ancianos... Pero yo no quiero remozarme, ¿lo oyes? Estoy cansado, estoy asqueado, y el olor de la sangre me persigue dondequiera... ¡Puah! ¡Puah! ¡Qué olor! Ha saturado mis membranas, se ha infiltrado en mi carne, en mis vísceras... Me ha envenenado después de haberme emborrachado afrentosamente. ¡Piedad! ¡No más sangre! ¡Llévate tu brebaje maldito, doctor!

—No es sangre, seor Año, lo que he dado a su merced. Es un poco de Tiempo; la soberana medicina de todos los dolores, de todas las penas, de los desfallecimientos todos. ¡Un poco de tiempo! Porque su merced yerra al creer que lo que le mata es el envenenamiento por la sangre. Le mata el tiempo, o, mejor dicho, la falta de él. Ésta es la fija, seor Año.

—¿No ves la sangre allí? —chilló de pavor el Año, señalando a la chimenea con su descarnado dedo—. ¿No la ves?

—Aquiétese, cálmese, que no hay tal sangre, a fe mía, sino la leña que arde bonitamente. Y no se apure tanto por la sangre que corre, que nunca faltará sangre humana, aunque la viertan a ríos. Como los racimos maduros en los meses otoñales; como la hierba en los prados por abril; como los peces en densos bancos en las aguas profundas; como las hojas de los árboles en primavera, renace y se multiplica la raza de los hombres, más numerosa después de las colosales catástrofes y las espantosas carnicerías. Puede el Amor más que la Muerte, y lo mismo que en los trigales el viento borra la huella del paso de una alimaña, el soplo del Amor borra el surco donde se entierran las víctimas de los grandes combates y las matanzas cruentas. ¡Arriba, seor Año, que no se acaba el mundo por esta vez!

No contestó el viejo sino con un largo gemido. Volviose hacia la ventana, como buscando aire que respirar. El espectáculo era magnífico, y permaneció como fascinado, absorto.

El poniente, que poco antes se teñía de nácar y oro fluido, iba encendiéndose, y al encenderse, cambiaba la forma de los nubarrones, donde una desatada fantasía dibujaba y modelaba extrañísimas figuras, engendros de pesadilla calenturienta, como si el terror de los pobres humanos, las angustias de su conciencia perturbada, las visiones de sus fiebres, navegasen en el cielo que iba a obscurecerse y en el horizonte que esplendía con los últimos rayos solares. Eran nubes siniestras, amenazadoras, tras de las cuales parecía suspensa una venganza divina, una cólera sobrenatural.

Un dragón de cresta lumbar dentada y furiosas abiertas fauces; una quimera cuyo cuerpo serpentino ondulaba perdiéndose y esfumándose; un león de melena de fuego, de patazas enormes, pronto a saltar sobre la quimera; un espectro envuelto en paños flotantes, sacando de entre los pliegues una mano esqueletada y más allá, confuso amasijo de combatientes, brazos armados, lanzas enhiestas, espadas blandidas, caballos al galope, humaredas, fondo de incendio, la ira empujando a las multitudes, la destrucción siguiéndolas... Y el Año, espantado, temblando más fuerte que nunca, hubo de exclamar:

—¡La guerra! ¡Sangre! ¡Sangre!

Su cuerpo flaco y mísero volvió a caer en el hueco de la cama, y una queja desesperada se exhaló de su laringe, mientras de sus áridos ojos salía una de esas lágrimas de la ancianidad, que parecen también viejas, que apenas fluyen... Una vocecita la sacó de su estupor.

—¡Papá!¡Papá!

Era un bebé rubiote, rollizo, como los que pintaba Rubens, un chicote norteño, ya con bíceps diseñados entre la blanda grasa de sus mollas.

El rostro del Año Viejo se iluminó un instante. Aquel tétrico rostro, nublado por tristezas infinitas, tuvo una irradiación de esperanza, una efusión bondadosa. Y, tendiendo los brazos acecinados, cogió la cabecita del angelote, y la acercó a sí, y en un transporte apasionado la besó calurosamente.

—¡Hijito mío!

El niño le miraba, dudoso entre llorar o reírse. Un gesto de indecisión aumentaba su belleza. Al fin, hizo un pucherito encantador y rompió a berrear. El doctor le amenazó con la mano abierta.

—No reprenderle —articuló el Viejo—. Tiene razón. ¡Cómo no ha de llorar al verme! ¡Si estoy todo ensangrentado; si aquí huele a sangre fresca de vivos y a sangre cuajada de muertos! ¡Si soy, entre mis hermanos, los Años de la Historia, el más rojo, el más rojo, el Año verdugo!

Y, en un acceso de rabia, el moribundo se ofendió el rostro con las uñas, y entonces sí que empezó a correr por sus mejillas una humedad viscosa, helada, semiseca también. El niño, ya aterrado, había retrocedido hacia la chimenea.

El reflejo de la lumbre le atrajo y sonrió, entre sus lágrimas, a la llama jubilosa, divertida, movible. El flamear de la lumbre tiñó de vivo sonrosado el corpezuelo desnudo, y el niño, como el Viejo, apareció todo rojo, del color de la Vida que se derrama, que vuelve fuera de las venas a su origen, a las fuerzas elementales.

Y el niño, que no se veía a sí mismo, farfulló en su media lengua:

—¡Papá, carnado!

A su vez el Viejo sollozó:

—¡Un año nuevo y también rojo! ¡No hay más que años rojos para el mundo!

Al través de la ventana pudo verse que el encendimiento de las nubes iba apagándose. Deshacíanse las figuras pavorosas de los dragos y endriagos; los anillos horribles de las quimeras y sierpes; la melena del león era un poco de vapor flotante y los sudarios que envolvían al espectro convertíanse en leves jirones, borrados y consumidos en la transformación del celaje. Y, suavemente, como esquife ligero que cruza un lago, en el firmamento sosegado y frío bogó la luciente hoz de la luna. Su luz de ensueño cayó sobre la cara del Viejo y las carnes del niño y las hizo de plata.

—Déjese de rojeces —opinó el doctor—. Ahora son los blancos dos años, ¿ve? No se apure nunca, que Dios mejora sus horas. Tras un día viene otro, no lo dude. Este chiquitín nos promete muchas sorpresas agradables. ¿Verdad, monín?

Y como el mismo gesto de dolor sin consuelo se dibujase en la anciana cara, el doctor salió un instante dejando solos al padre y al hijo. El Año moribundo bisbiseaba frases sin ilación: sin duda ascendía otra vez a su cerebro el delirio, compañero, o, mejor dicho, nuncio del coma... El niño le contemplaba medroso, acurrucado detrás de un sillón, chupándose un dedito, como si fuese un terrón de azúcar. ¿Qué decía papá? No lo podía entender...

—¡Basta, basta, basta de sangre! ¡Me ahogo! ¡Aire! ¡Me sube hasta la boca! ¡Puah! ¡Agua, agua pura y limpia, por compasión! ¡Agua!

El doctor entró en las puntas de los pies... Traía en la mano un ramo verde, cortado de un arbusto, y lo aseguró en el puñito del bebé, haciéndole que apretase. Luego le guió, medio a rastras, hasta el lecho del moribundo.

—Di papá, bebé...

A la voz adorada, el Año se fijó, abrió tanto ojo, vio el ramito que casi le metían por la nariz...

Una oleada de alegría inmensa envolvió al Viejo, súbitamente electrizado... Alzó los brazos y gritó desde el fondo de su ser:

—¡La paz! ¡La paz!

Y sin transición recayó sobre la almohada y una serenidad augusta bañó su semblante, que empezaba a helar la muerte.


Publicado el 2 de octubre de 2018 por Edu Robsy.
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