Texto: Los Cinco Sentidos
de Emilia Pardo Bazán


Cuento


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Los Cinco Sentidos

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Fragmento de Los Cinco Sentidos

La mujer de Marck, muy hermosa, ayudó gentilmente al marido en la tarea de despabilar dinero; sus trajes, sus joyas, sus fiestas, fundían con soberano garbo aquellos lingotes de precioso metal forjados por el musculoso John, a golpe de martillo. Decíase que estaba la señora de Docksetter un poco detraquée, palabra que no sé si traducir por chiflada o por de la jícara. A la verdad, no me satisface ninguna de las formas, porque el detraquément no es propiamente la chifladura. Estar detraquée no es sólo tener los sesos barajados, sino algo peor: albergar un germen de perversión en el alma, un germencito que se desarrolla vivaz e invasor a la primera ocasión favorable.

Edgard se llamó el hijo menor de Marck, y nació endeble; con todo eso, se podía considerar dichoso, pues el mayor, Charlie, era raquítico y tenía en la cabeza una bolsa de agua: vivió poco, y todo el mimo y cariño se reconcentraron en el superviviente. Los disparates que se hicieron con motivo de aquella criatura, llenarían un libro. Nunca hubo soberano fabuloso ni príncipe hereditario más cuidado, más halagado, más defendido contra los roces y desacatos de la realidad. Plumas de colibrí mulleron su nido, y hojas, no de rosas, sino de raras orquídeas, fueron tapiz de sus piececillos cuando intentaban andar, como todas las criaturas. El temor de que pudiera caerse cohibió sus travesuras, y la excesiva idolatría de la madre le encerró en una especie de santuario, del cual no salió hasta que el azar le hizo doblemente huérfano: en un choque de trenes murieron juntos sus padres.


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3 págs. / 6 minutos.
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Publicado el 3 de octubre de 2018 por Edu Robsy.


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