Texto: A Fuego Lento

Emilio Bobadilla


Novela


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A Fuego Lento

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Fragmento de A Fuego Lento

—Y a pesar de todo —dijo el alcaide— no falta quien se escape.

—¿Cómo? —exclamó Baranda.

—Cierta vez un negro —continuó el alcaide— se evadió perforando el muro del calabozo con una lima. Andando, andando, se internó en el bosque. Allí derribó un árbol sobre cuyo tronco se arrojó al agua. De pronto se oyeron gritos lastimeros. Era que un caimán le había llevado una pierna. Mutilado y desangrándose permaneció agarrado al tronco hasta que vino una canoa y le salvó. No duró más que un día. El caimán le había tronchado la pierna con grillo y todo.

No lejos de la cárcel de detenidos estaba la de mujeres. Era un a modo de solar con barracas de madera, sembrado aquí y allá de anafes con planchas, catres de tijera abiertos al sol, bateas y hamacas. Unas lavaban y, al enjabonar la ropa, la camisa se las rodaba hasta el antebrazo, dejando ver unas tetas flacas semejantes al escroto de un buey viejo. Otras planchaban o daban de mamar a su mísera prole o preparaban el rancho de los presos. Algunas, las menos, canturreaban, mientras se peinaban delante de un pedazo de espejo. Muchas eran queridas de los empleados del penal. En el centro del solar una palmera solitaria bosquejaba su sombra de cangrejo suspendido en el aire.


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208 págs. / 6 horas, 5 minutos / 41 visitas.
Publicado el 8 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.