Aventuras de Cabeza de Piedra

Emilio Salgari


Novela



CAPÍTULO I. LA TRAICIÓN DE DAVIS

—¡Por todos los campanarios de Bretaña! ¡Abajo las armas u os arrojamos al lago, miserables!

—No, maestre «Cabeza de Piedra».

—¡Cómo! ¿No obedecéis? Somos cuatro contra cuatro, y yo solo valgo por dos.

—No nos asustáis; dadnos las dos cartas que habéis recibido del general Washington y del barón sir William McLellan, comandante del buque La Tonante.

—¿De dónde has sacado eso, maestre Davis? —vociferó «Cabeza de Piedra».

—Lo sé; y esas cartas no han de llegar al fuerte de Ticonderoga.

—Te han engañado como a un chino, maestre Davis. Y basta ya, ¡por cien mil cuernos de bisonte! ¡A mí, «Petifoque»; a mí, hessianos! ¡Arrojemos al agua a estos traidores!

—Maestre «Cabeza de Piedra» —dijo Davis—, no os aconsejo empeñar la lucha, porque estáis desarmados; mientras dormíais hemos quitado los pedernales de vuestros mosquetes.

—Entonces, ¿lo que queréis son nuestras vidas?

—No; lo que queremos son esas dos cartas, que debo remitir al general Burgoyne. Entregádnoslas y os dejaremos volver tranquilamente a Nueva York.

—¿Burgoyne? ¿Quién es?

—El nuevo general que ha tomado el mando de las fuerzas que acaudillaba Carleton. Pero hay otra persona más que desea esos documentos.

«Cabeza de Piedra» había empuñado su fusil por el cañón después de asegurarse de que, efectivamente, sus armas de fuego habían sido inutilizadas.

—Sigue, sigue —gritó—, no tenemos prisa; ¿quién es esa otra persona?

—Pues bien, es el marqués de Halifax.

—¿El hermano del barón McLellan?

—El mismo.

«Cabeza de Piedra» dejó escapar un rugido y dio dos pasos adelante, volteando furiosamente el pesado fusil.

El maestre de La Tonante era un hombre de hercúleas proporciones, que podía revalizar, en cuanto a desarrollo muscular, con un gorila africano. Su barba era entrecana e hirsuta. Lo que más llamaba la atención en él eran las enormes dimensiones de su cráneo, cosa corriente en los bretones.

«Cabeza de Piedra» había tomado parte muy activa en los combates contra los ingleses, luchando junto al barón McLellan, a la cabeza de los corsarios de las Bermudas.

Detrás de él veíase a un joven marinero, moreno, con ojos y cabellos negros, y a dos jóvenes de elevada estatura, rosado cutis, cabellos y bigotes rubios, y ojos azules; eran dos hessianos, soldados mercenarios, venidos de Alemania.

Frente a ellos veíase a sus cuatro contrarios: maestre Davis, hombre corpulento, de unos cuarenta años, con enorme barba oscura y tipo de mestizo; era un famoso guía canadiense, gran conocedor de todos los lagos de las regiones del Norte y al que el general Washington había tomado a su servicio creyéndole honrado y leal. Los otros tres eran también hombres fornidos, anchos de espaldas, estaturas gigantescas y facciones poco atrayentes.

Todos ellos eran canadienses y estaban armados de arcabuces, cuyas bocas apuntaban hacia los cuatro adversarios. Procuraban mantenerse firmes sobre sus piernas, porque la pequeña embarcación en que se hallaban navegaba a la deriva a impulso del fuerte oleaje.

—¡Acabemos! —gritó Davis—. ¡Vengan las cartas!

—¡Por todos los campanarios de Bretaña! ¿Cómo he de decirte que no tengo esas cartas? —repuso «Cabeza de Piedra», adelantando otro paso, que automáticamente avanzaron a su vez sus tres compañeros—… Lo único que tengo en el bolsillo es mi famosa pipa, en la que han fumado cuatro generaciones…

—¡Basta de chanzas!

En aquel momento, una gruesa ola vino a chocar contra el estribor del barco. Los canadienses retrocedieron.

—¡Dejad que uno de mis hombres se ponga al timón! —gritó Davis, atemorizado—. No estamos más que a una milla de la costa y acabaremos por naufragar.

—¡Bah! ¿Y qué significa un naufragio para un marinero? Es casi una diversión. No; ninguno de tus hombres empuñará la barra, porque no pasará a popa.

—Poned entonces a uno de los vuestros.

—Ca, amiguito; entonces no seríamos más que tres hombres contra cuatro bribones. No me conviene el trato.

Esta vez fue Davis quien lanzó un rugido de fiera.

—¡Por última vez, rendíos y dadme las cartas!

Pero «Cabeza de Piedra» no le dejo acabar. Con un salto de tigre, el bretón se lanzó de improviso sobre el traidor, intentando romperle el cráneo con la culata de su arcabuz.

Retumbó un disparo en el mismo instante en que una ola, más alta que las anteriores, barría la cubierta de la nave, haciendo perder el equilibrio a los canadienses, que no tenían las piernas tan fuertes como los marineros. Davis había hecho fuego al caer y la bala se perdió a lo lejos.

—¡Ya sois nuestros! —rugió «Cabeza de Piedra».

Los tres compañeros de Davis hicieron ademán de disparar; pero sus armas, mojadas por la ola, no prendieron, y los bandidos se vieron forzados a huir a proa para empuñar rápidamente sus hachas.

Ya creía «Cabeza de Piedra» tener en su poder al traidor Davis, cuando éste, con una habilidad inconcebible, lanzóse a los obenques y logró encaramarse a la punta del palo, sobre la cruceta.

—¡Por cien mil ballenas destripadas! —gritó el bretón—. Se me escapó, y no tenemos con qué fusilarlo. Ese hombre es más ágil que algunos monos de los que yo he visto en mis viajes a las costas africanas. ¿Qué te parece, «Petifoque»?

—Ten cuidado con los canadienses —repuso el joven—. Han cambiado los fusiles por las hachas de abordaje.

—Pero no se atreverán a atacarnos —exclamó el bretón, que también había cogido un hacha

—No pierdas de vista al bribón de Davis, que está cambiando la carga de su arcabuz.

—¡Cuerpo de ballena!… Tienes razón.

Y con voz tronadora gritó:

—En retirada al castillo de popa. Improvisad una barricada con los barriles cargados de harina y tocino que van en la bodega. ¡Vamos, de prisa!

Brincaron a través del puente, ligeros como ardillas, y se refugiaron en la popa.

Los dos hessianos hablaban poco, pero obraban mucho. Precipitáronse a la bodega y comenzaron a subir sobre cubierta barriles llenos de víveres, con los que formaron en seguida una barricada.

Entretanto, «Petifoque» se había lanzado sobre la barra del timón; ya era tiempo, pues el barco marchaba rápidamente a la deriva, como si alguna corriente le arrastrase, y el oleaje continuaba impetuoso, mientras que un vendaval terrible se desencadenaba, empujando enormes masas de densa niebla. La tempestad parecía próxima a estallar.

«Cabeza de Piedra», con los dos hessianos, se había escondido tras la improvisada barricada, y desde allí vigilaban los movimientos de Davis. El miserable había conseguido poner a salvo su grueso arcabuz, evitando que la ola lo mojara; y ahora, con las piernas bien apretadas en torno a la cruceta, a fin de resistir los bandazos de la nave, se ocupaba en cargar de nuevo su fusil.

No era operación fácil en aquella altura, a doce metros sobre cubierta, con las oscilaciones que experimentaba el mástil. Pero no podía tardar mucho en lograr su intento y, dada su puntería notabilísima, había peligro de que matase a alguno.

«Cabeza de Piedra» mandó arrimar tres o cuatro barriles ante la barra del timón para resguardar a «Petifoque», en cuyas manos estaba el gobierno del barco.

—Maestre «Cabeza de Piedra» —gritó Davis, que, al fin, había conseguido cargar su arcabuz—. ¿Estáis dispuestos a rendiros?

—Precisamente te lo iba a preguntar yo —dijo el bretón.

—¡Cómo!… ¿No veis que tengo un fusil en mis manos?

—¡Demasiado tarde, querido! Estamos protegidos por una barricada contra la que se estrellarán tus balas.

—De todos modos he de mataros —rugió Davis, furioso, apuntando al maestre con su arcabuz.

—¡A la una, a las dos, a las tres! —rio «Cabeza de Piedra»—. Este animal, si dispara, nos va a estropear algún tocino de los que hay en los barriles.

—O levantará una nube de harina —agregó «Petifoque» con zumba.

Los hessianos permanecían tranquilos junto a «Cabeza de Piedra». Ya sabían ellos que el bretón no era hombre que se dejara vencer fácilmente, y lo habían podido comprobar en múltiples y varias proezas que aquel diablo de hombre había realizado en unión de «Petifoque», burlándose de los ingleses en más de veinte ocasiones, aun sin ayuda de su comandante, el barón sir William McLellan, ni de la tripulación de La Tonante.

Hulbrik, el más joven de los dos hessianos, dio un fuerte tirón de la manga a «Cabeza de Piedra».

—¿Qué quieres? —preguntó éste.

Patre, yo hafer perdido de fista un canadiense.

—Se lo habrá llevado una ola…

—¡Oh, no; no creo yo, patre!…

—Déjame en paz y no quitemos ojo al mosquete de maestre Davis.

En aquel momento la tempestad empezó a estallar, arrojando sobre el barco ola tras ola.

—La tempestad nos favorece por un lado, porque impide hacer puntería a ese bribón, pero nos perjudica por otro. Ya no tenemos estabilidad, y el barco está en peligro —exclamó el bretón, que no podía permanecer mucho tiempo callado.

Una detonación retumbó en lo alto del mástil. Davis había disparado; pero, como era de prever, la bala fue a enterrarse en un gran barril lleno de harina.

El bretón lanzó una carcajada.

—Ríe, ríe —rugió Davis, rabioso—; no te reirías si este maldito barco no se moviese tanto. Yo soy un buen tirador.

—Ya lo hemos visto —repuso irónicamente «Petifoque»—; has destrozado un pobre barril de harina.

—Voy a matarte primero a ti —gritó Davis—, luego mataré a maestre «Cabeza de Piedra».

—¡Qué miedo! —exclamaron a una los dos bretones.

—Burlaos, burlaos… y esperad el tercer disparo; yo os aseguro que no ha de fallarme. ¡Ah, si los fusiles de mis canadienses no se hubieran mojado ya seríais nuestros!

—Diles que nos acometan con las hachas; los recibiremos cortésmente —dijo «Cabeza de Piedra».

Davis lanzó una exclamación y se apresuró a cargar de nuevo su arcabuz.

Mientras tanto, los dos canadienses seguían oprimiendo entre sus manos las hachas. Al tercero no había vuelto a vérsele. ¿Se habría ahogado o estaría escondido en la cámara? Aquella misteriosa desaparición empezaba a preocupar a «Cabeza de Piedra», que era desconfiado y receloso.

La nave, entretanto, seguía saltando desesperadamente sobre las olas y se acercaban más y más a la costa, arrastrada por el furioso oleaje.

«Petifoque» hacía esfuerzos sobrehumanos para evitar un choque.

—¿Cómo va eso, «Petifoque»? —interrogó el viejo lobo de mar.

—Mal, querido maestre —respondió el joven timonel—; me parece que acabaremos por rompernos la cabeza contra los arrecifes.

«Cabeza de Piedra» se quitó el grueso gorro de paño y se rascó furiosamente la cabeza.

—Pues, sea como sea, yo tengo que llevar las cartas —murmuró entre dientes—; ¡pero el fuerte está tan lejos!… ¡Más me hubiera valido quedarme en Nueva York, empinando el codo con los compañeros!

Encogióse de hombros, encasquetóse el gorro de un formidable puñetazo y miró ferozmente a Davis, que aún no había conseguido cargar de nuevo su fusil.

—Hay que acabar pronto —dijo—; así no podemos continuar. Ese pajarraco nos tiene inutilizados y sin poder cuidar de la embarcación. Será necesario ver si en la cámara hay algún fusil o alguna pistola. ¡Wolf!

—Buen patre —contestó al punto el hermano de Hulbrik—. ¿Qué querer?

—Baja a la cámara, busca bien y a ver si encuentras un arma de fuego. Hay que desalojar del nido a ese «papagayo», que nos tiene a raya con su mosquete. Aquí no hay nada que hacer por ahora.

—Está bien, patre.

—Vuelve antes que Davis pueda disparar de nuevo.

—Yo volar, buen patre —repuso el hessiano, largándose precipitadamente a la cámara.

Davis, al darse cuenta de la maniobra, empezó a despotricar como un condenado, intentando terminar la carga de su mosquete. Pero la operación se hacía cada vez más difícil por el violento movimiento del barco, y la pólvora se le escapaba de entre los dedos, con gran desesperación del bandido.

Wolf volvió al poco rato y salió de nuevo a la barricada.

—Buen patre —dijo—, yo haber encontrado dos pistolas de largo alcance.

—¿Fusiles no?

—Ninguno, buen patre.

—¿Están cargadas?

—Yo haber subido también pólvora y balas.

—Pues dáselas a Hulbrik, que tira mejor que yo. A mí que no me saquen de los cañones pesados; las armas ligeras no las siento en mis manazas de oso. Todo va bien.

—¡Qué bien ni qué diablos!… —gritó en aquel punto «Petifoque», que sudaba agarrado al timón y hacía esfuerzos desesperados e inútiles—. ¡Ya estamos en los escollos! Yo no puedo ya dominar las olas, que nos arrastran a la catástrofe…

—¡Por todos los campanarios de Bretaña!… —exclamó «Cabeza de Piedra»—. ¿Habremos de morir precisamente esta noche, cuando hemos escapado tantas veces a la metralla?

¡Patre, patre!

—¿Qué pasa ahora?

—Los otros dos canadienses haber desaparecido también…

—¡El diablo se los lleve!

—¡La quilla roza en los escollos!

—¡Maldición!

Un terrible golpe de mar levantó el barco, derribando a «Cabeza de Piedra» contra la barricada. Al mismo tiempo, Davis, que, por fin, había conseguido cargar su mosquete, hizo fuego. La bala pasó rozando la cabeza del bretón.

Hulbrik contestó con dos pistoletazos.

De lo alto del palo partió un grito y viose al bandido arrojar el arma, humeante aún, incorporarse sobre la cruceta, tomar impulso y lanzarse a las alborotadas aguas, bajo las que desapareció, levantando una montaña de espuma.

—¡Ya somos dueños del barco! —gritó «Cabeza de Piedra», lanzándose fuera de la barricada.

—¡A buena hora! —exclamó «Petifoque»—. La quilla está rajada y cada vez hay más escollos. ¡Nos hundimos! ¿Oyes ese ruido?

—¡Por los treinta cuernos de la taberna de Boston! Ni que estuviese sordo. ¡Ya lo creo que lo oigo!… La quilla se va trozo a trozo…

Una ola furiosa levantó en aquel momento el barco, arrojándolo sobre una doble hilera de escollos. Retumbó la embarcación estrepitosamente al chocar, y el palo mastelero se desplomó sobre la cubierta, cayendo al agua, donde quedó flotando sobre las descompuestas ondas.

—¡Estamos lucidos! —exclamó «Cabeza de Piedra» rascándose la nuca—. Esto se va por la posta… ¡En fin, gajes del oficio!

Y encogiéndose de hombros, como tenía por costumbre, contempló indiferente las agitadas olas, que se hinchaban amenazadoras.

CAPÍTULO II. EL NAUFRAGO

Hacía cincuenta años que Inglaterra había arrancado violentamente el Canadá a los franceses.

En seguida, temiendo la insurrección americana, los ingleses se apresuraron a construir enormes fuertes a las orillas de los lagos, entre los cuales el lago Champlain, aun siendo el más pequeño, era uno de los más importantes, por estar, por el río de San Lorenzo, en comunicación con el mar.

Pero los americanos, después de varias victorias y de conquistar a Nueva York, también lograron, mandados por el general Arnold, en el año 1775, hacerse dueños de todas las costas del lago y arrebatar a los ingleses todos los fuertes; el fuerte Ticonderoga se destacaba por la extensión de su recinto amurallado, su guarnición y su artillería. Washington colocó en él, para su defensa, tres mil hombres valerosos.

Los ingleses, por su parte, estaban resueltos a barrer a los «mendigos dé Washington», como llamaban con desprecio a los partidarios del dictador, y, en los principios de aquel crudo invierno, el general Burgoyne, veterano audaz y experimentado, curtido en cien combates, quedó encargado de esta empresa, para cuyo objeto llegaban ya numerosos buques ingleses repletos de irlandeses y de tropas mercenarias.

Entretanto, las guarniciones americanas, instaladas en los fuertes del lago Champlain, ignoraban el peligro que las amenazaba.

Pero el comandante de un buque corsario holandés que había logrado forzar la vigilancia de los navíos ingleses y anclar en la bahía de Nueva York avisó a Washington de la poderosa expedición de Burgoyne, que estaba a punto de abatirse sobre el lago Champlain.

Urgía enviar un correo de confianza al fuerte de Ticonderoga; pero las regiones circundantes al lago estaban habitadas por los terribles guerreros hurones y algonquinos, alistados por Inglaterra para matar, entre las más atroces torturas, a cuantos americanos tuvieran la desgracia de caer en su poder.

La empresa de avisar a Arnold y a Saint-Clair para que no se dejaran sorprender resultaba, pues, peligrosísima, y más aún por haber comenzado ya los rigores de un crudísimo invierno.

Entre tanto valiente fue elegido «Cabeza de Piedra», el famoso cañonero de La Tonante, popularísimo en América, y al que su jefe, McLellan, había propuesto sin vacilar.

El bretón emprendió la marcha escoltado por «Petifoque», los dos hessianos, que se habían hecho súbditos americanos, y tres canadienses dirigidos por Davis.

Este Davis, en quien Washington confiaba y a quien encargó guiase la expedición, era, en realidad, un traidor; estaba vendido a los ingleses y tenía por misión impedir que «Cabeza de Piedra» se avistase con Arnold y Saint-Clair, reteniéndole lejos del fuerte de Ticonderoga y robándole las cartas que le entregaran Washington y el barón McLellan.

La pequeña patrulla verificó sin contrariedades la travesía del Canadá hasta el lago, y logró salvar el encuentro de las tribus que había allí, siempre dispuestas a escapar y torturar a sus enemigos.

En Montreal, el guía Davis adquirió a bajo precio la barcaza ruinosa en que hemos conocido a los expedicionarios. «Cabeza de Piedra» hubiese deseado otro velero mejor; pero los más útiles se los habían llevado consigo los ingleses en su apresurado retroceso.

Ya en el lago, tripulando la ruinosa barca, habían navegado a la ventura durante algunos días, hasta que estalló la revuelta de los canadienses y Davis reveló su traición, a punto que el huracán se condensaba amenazador.

El resto ya se sabe.

* * *

—¡Por todos los campanarios de Bretaña! —exclamó «Cabeza de Piedra» al ver que la embarcación, atravesada sobre los escollos, amenazaba destrozarse por completo—. ¿Cómo nos las vamos a arreglar ahora, «Petifoque»? ¡No sospechaba el general que este bribón que nos dio por guía hubiese sido comprado por las guineas inglesas!

—O por el marqués de Halifax —dijo el joven marinero—. Aquí hay misterio.

—Ya hablaremos de eso más tarde, si conseguimos ganar la orilla y salvarnos. ¡Hulbrik!

—¡Estar aquí buen patre! —repuso al punto el hessiano.

—¿Estás seguro de haber matado al canalla ese con los dos pistoletazos?

Quisás herito, buen patre. Las pistolas falen poco, aunque tener largo el cañón. Yo haber hecho todo lo que he potito para romper la capesa al pripón, pero la parca salta mucho y ser difísil apuntar.

—Del salto que ha dado se debe de haber roto las costillas contra los bajos —dijo «Petifoque».

—Cuando cayó no estaba aún la barca contra los escollos y me temo que ese pripón, como le llama Hulbrik, haya tenido la suerte de salir ileso. Los habitantes de estas costas han sido siempre buenos nadadores.

—¿Y los otros?

—¡Qué sé yo, hijo mío! También han desaparecido, y quizá hayan conseguido llegar a la orilla. Menos mal que se han dejado aquí los fusiles y las municiones. ¡Qué idiotas! No se les ha ocurrido tirarlos al lago para dejamos inermes por completo.

—¿Y qué hacemos ahora. «Cabeza de Piedra»? La embarcación se ha quedado encaramada en algún escollo y debe de estar llena de agua.

—Tampoco hemos de quedarnos aquí —repuso el viejo bretón—; lo que me asusta es el peligro de los indios.

—Si los ingleses los han alistado…

—De eso no me cabe duda; y tener que habérnoslas con los hurones y los algonquinos me hace poca gracia. Ya sabes que esos salvajes no respetan las cabelleras, y no quisiera dejar la mía en sus manos. ¡Si aún se contentaran con quitarme mi famosa pipa! ¡Pero cualquiera se fía de semejante patulea!

—¿Ser muchos esos indios? —preguntó Wolf, que hablaba el inglés con más corrección que su hermano menor.

—Miles y miles —respondió «Cabeza de Piedra»—. Además de los hurones y los algonquinos hay que contar los ossinisolnos y los mandavas, que gozan de triste fama por su crueldad. Ese bergante de Davis, ¡el diablo le haya!, ha terminado su misión cuando nosotros apenas hemos comenzado la nuestra. Nos ha detenido cuando nosotros más confiados estábamos en que nos dirigíamos derechos al fuerte. Pero no ha conseguido quitarme lo que más le importaba.

—Mira, «Cabeza de Piedra», deja ya los indios y el mestizo y ocúpate en ver cómo nos conduces a la costa. ¡Este cascarón ya no hay quien lo mueva de aquí! —exclamó «Petifoque».

—Esperemos un poco a ver si cede la tempestad; todavía está muy oscuro.

—¿Y si nos lleva el oleaje?

—No digas tonterías. Los marineros no se dejan llevar así como así.

—¿Y los hessianos?

—Están ya hechos casi unos marineros también. Lo primero es ver si la barca está desfondada. Hulbrik, toma linterna y ven conmigo. ¿Hay alguna en la cámara?

—Sí, buen patre. Yo haber fisto.

—Pasa delante, y tú, «Petifoque», corta las drizas y los obenques del mastelero, que van pesando ya demasiado en la barca. Wolf, que tiene buenos brazos, te ayudará. Daos prisa; el Champlain no lleva trazas de encalmarse.

En efecto, el lago, hinchado por furiosas e ininterrumpidas ráfagas, ofrecía un aspecto cada vez más pavoroso. Olas formidables se formaban por todas partes y se estrellaban sobre la costa con espantosos mugidos.

Se avecinaba una de esas horribles borrascas que agitan los lagos canadienses con furia sin igual, y son allí más temible que en la mar, por la extraordinaria violencia del viento.

«Cabeza de Piedra» se apresuró a bajar a la cámara de popa, donde el hessiano le esperaba ya con una linterna encendida. El bretón estaba harto de presenciar borrascas en todos los mares del Globo, y de momento no le preocupaba la violencia del oleaje.

—¡Por todos los campanarios de Bretaña! —exclamó, abriéndose paso entre los barriles que obstruían la pequeña estancia—. ¡«Petifoque» tiene razón! Esta barca no será la que nos lleve al fuerte.

Mientras el hessiano sostenía en alto la linterna, él detúvose a escuchar, e hizo un gesto de abatimiento.

—Esto se complica —dijo—. La barca bebe cual una vieja borracha y no tenemos bomba a bordo. ¡Bah! Veamos, Hulbrik.

«Cabeza de Piedra» bajó los ocho peldaños de una pequeña escalera llena de bultos y jarcias que conducía a la bodega, y notó que sus pies se mojaban. A cada golpe de mar que se estrellaba contra la quilla de la embarcación, el agua entraba a borbotones por los puntales desquiciados.

—¡Cuerpo de una fragata destripada! ¡Magnífico golpe! —exclamó el viejo bretón—. Un diente de escollo ha penetrado a través de la quilla y no hay carpintero capaz de tapar semejante agujero.

—¿Nosotros no nafegar más, patre? —preguntó el hessiano.

—Por ahora es imposible.

¿Tónte encontrar una otra parca?

—¿Cómo quieres que yo lo sepa?… No creo que haya en el lago alguna de que echar mano.

—Tú ser preocupato, patre.

—Motivos tengo, hijo. Ese perro de Davis ha hecho fracasar nuestra empresa. ¡Ay, si no se hubiera matado y algún día me cayera entre las manos!… Bueno; aquí no tenemos ya nada que hacer. Vira de bordo y subamos a cubierta.

Y denostando volvió al puente con rapidez seguido por el fiel hessiano.

«Petifoque» y Wolf acababan de cortar las amarras que sujetaban el palo, y la embarcación, libre de aquel peso, se enderezó un poco, inclinándose a estribor, algo más resguardada de los continuos asaltos de las olas.

—¿Acabasteis? —preguntó el viejo bretón.

—Ya navega el mastelero por su cuenta —repuso «Petifoque».

—Ahora lo que pasa es que estamos inmovilizados.

—Y seguiremos estándolo si no nos construimos una almadía para poder siquiera llegar a la costa.

—Eso mismo he pensado yo. Pero mientras el lago no se calme, no será posible echarla al mar. Esperemos, pues.

—¿Resistirá la barca?

—Espero que sí. Pero tiene un peñasco embutido en la quilla.

—Me lo suponía —dijo «Petifoque»—. ¿Y qué piensas hacer, «Cabeza de Piedra»?

El viejo bretón sepultó sus manos callosas en los inmensos bolsillos de sus pantalones y contempló en silencio la costa, cubierta hasta donde abarcaba la vista, de abetos blancos altísimos, que inclinaban sus copas bajo el azote de las ráfagas, cada vez más violentas.

—Allí abajo —dijo al fin—, si no me engañan mis ojos, me parece distinguir la desembocadura de un río. Mientras fabricamos la almadía, convendría pensar en echarnos algo por el gaznate. Tú, Hulbrik, ve a ver si encuentras pemiles en algún barril; y tú, Wolf, encárgate de las galletas. Esos perros canadienses no nos han dejado cenar, y con la panza vacía pocos milagros se pueden hacer. «Petifoque», ve tú también a buscar algunas botellas. Davis embarcó tres o cuatro cajas en Montreal, y debe de quedar alguna.

—Eres un hombre admirable —dijo el joven marinero—. La embarcación está en peligro y piensas en comer…

—Hay que aprovechar el tiempo, amigo. Vamos, aprisa, ya que el lago nos ofrece una tregua. ¡Oh, ah! ¡Una luz!

—¿Dónde? —preguntó «Petifoque», dando un salto hacia delante.

—Acabo de distinguirla en este momento.

—¿Antes no ardía?

—No.

—¿Fuego o farol?

—Farol no es, de seguro. Es una fogata que arde en las orillas de la hendidura que he descubierto.

—Quizá se acaba de establecer por estos contornos algún campamento de indios.

—Lo único que puedo afirmar es que allí hay leña ardiendo y que el fuego se ha encendido en este mismo momento, pues hasta ahora no le había visto, a pesar de que todavía tengo buena vista.

—Ni yo tampoco, «Cabeza de Piedra». ¡Oh!

—¿Qué tripa se te ha roto?

—No se me ha roto nada; pero se me acaba de ocurrir que ese fuego bien pudieran haberlo encendido los canadienses para secarse. Con lo fría que está el agua, no han debido de llegar a la costa en muy buen estado.

—¡Ejem! —gruñó el viejo bretón, que seguía con los ojos fijos en el fuego—. Difícil lo veo. Antes bien, se tratará de alguna cabaña habitada por un colono. Ya sabes que hay algunos que viven en paz con los indios, a los que compran pieles, dándoles, a cambio, pólvora, armas y, sobre todo, licores.

—Ya escalparán a alguno de cuando en cuando.

—Por supuesto. El oficio ofrece pocos atractivos. Sin embargo, esos colonos realizan fabulosas ganancias, y vuelven a Francia riquísimos… los que consiguen volver.

—Que no serán muchos…

—Eso creo yo también. Los indios del Canadá son los más feroces de todos los de América del Norte, y no pueden ver a los hombres mal guisados.

—¿Cómo mal guisados?

—Sí. Dicen que el Gran Espíritu nos ha guisado mal, y, en cambio, a los negros los ha dejado que se tuesten demasiado.

—De modo que sólo ellos han estado en el horno el tiempo preciso.

—Y se vanaglorian de ello, y desprecian a los que, como nosotros, tenemos la tez a menudo blanca y sonrosada. ¡Eh, Hulbrik! ¿Va a estar pronto la comida?

—Sí, buen patre —repuso el hessiano. Haber encontrato tampién salchichas ahumadas y potellas de serfesa.

—Entonces, «Petifoque», podemos darle trabajo a los dientes.

—¿Con esta borrasca?

—¡Quién piensa en ello! Ya estamos hechos a las bromas del viento y del agua.

Los dos hessianos habían preparado la mesa detrás de la barricada, a fin de resguardarla de la furia de las olas, y los cuatro tripulantes dieron un asalto formidable a los pemiles y a las salchichas ahumadas, regándolos copiosamente con buena cerveza inglesa, que entonces superaba a la alemana.

Desde el mediodía anterior no habían podido probar bocado, pues Davis les había sorprendido en el preciso momento de preparar la cena.

Al terminar de comer, «Cabeza de Piedra» sacó su famosa pipa, la cargó con fuerte tabaco holandés llegado de contrabando a Nueva York, y la encendió, no sin trabajo, pues el viento, que antes parecía aplacarse, acababa de reanudar su carrera furiosa.

—Ahora —dijo— puedo deciros que, en efecto, llevo dos cartas, una de Washington y la otra de McLellan, que me las han confiado para entregárselas en propias manos a los comandantes del fuerte de Ticonderoga.

—¿Y cómo se habrá enterado Davis? —preguntó «Petifoque» apretando los dientes—. Quisiera yo explicarme este misterio,

—Aquí anda la mano del marqués de Halifax. Ese miserable, que dispone de grandes riquezas, debe de haber corrompido con sus guineas, no sólo a los canadienses, sino a algunos americanos de los que rodean a Washington.

—Así habrá sabido Davis la misión importante que te ha sido confiada.

—Misión que yo mismo ignoro casi por completo, pues ni el general ni el capitán me han dicho sino que llegue al fuerte y me guarde de los peligros.

—¡Sí, y nos agregan esa alhaja de Davis! —exclamó «Petifoque»—. ¡Ah, si lo llegamos a saber antes…!

—Se ve que los dos comandantes tenían plena confianza en él —prosiguió «Cabeza de Piedra» después de lanzar, una tras otra, tres grandes bocanadas de humo—. Ahora, lo que yo quisiera saber es cómo vamos a llegar al fuerte sin embarcación y sin guía.

—Los hombres como nosotros no se vuelven nunca atrás.

—Oye tú, «Petifoque», ¿por quién me tomas? ¿Acaso he pensado yo en volverme a Nueva York sin ver a Arnold y Saint-Clair y entregarles las cartas? Lo malo es que estamos molidos, y que no encontraremos amigos.

—¿Será cierto que los ingleses están a punto de llegar a esta región para reconquistar los fuertes?

—Eso ha dicho Davis, y debe de estar bien enterado.

—Entonces estamos expuestos a caer prisioneros antes de llegar a Ticonderoga y ser colgados de una antera de cualquier bergantín, como corsarios. ¡Bonita perspectiva!

—¡Bah! Todavía no nos han cogido los ingleses.

Vació su famosa pipa, bebióse otro sorbo de cerveza y se incorporó para mirar si la fogata brillaba todavía.

El lago despertaba de nuevo y el viento rugía con ímpetu creciente; terminada la tregua, la tempestad se desencadenaba con mil fragores, alborotando las aguas del Champlain.

«Cabeza de Piedra» sacó su reloj, y, no sin cierta dificultad, pudo apreciar la disposición de las manecillas.

—Las dos y veinte. Aún falta mucho para el alba. Esto va mal.

—«Cabeza de Piedra» —dijo en aquel momento «Petifoque» con voz alterada—, Wolf me acaba de decir que ha visto humo en la bodega y me parece provenir de proa.

—¡Cómo! ¿Fuego a bordo? ¿Y quién?…

—Quizá el canadiense que desapareció primero.

—¡Por todos los campanarios de Bretaña!… Tempestad y fuego… Esos miserables querían sencillamente destruir la barca. ¿Podría ocurrirnos nada peor?

—¡Y no tenemos ninguna bomba a bordo!

—Ya lo sé. Quizá habría alguna; pero ese perro de Davis la habrá mandado retirar cuando compró la tartana.

—¿Hay peligro de explosión?

—Las municiones están a popa, y el fuego tardará en llega al pañol. ¡Ea!, no perdamos tiempo, si no queremos morir antes del amanecer, ahogados o convertidos en tostadas.

—¿Qué piensa hacer?

—Intentaré botar una almadía. Tonto de mí, que debí aprovechar la tregua que nos ofrecía el lago. Ahora ya será tarde, pero haremos cuanto podamos para llegar a la costa. Tenemos cajas y barriles en abundancia, no faltan cables y ahí están las hachas.

En aquel instante llegaban los hessianos, que venían de la cámara grande de proa, de donde empezaba a salir humo.

Patre —dijo Hulbrik—, canatiemes hajer insentiato la parca; tota botega llena de fueco.

—¡Y no habernos dado cuenta hasta ahora! —exclamó «Cabeza de Piedra»—. Por lo visto, estaba incubándose.

—Ya hase llama, padre. Lencuas de fueco invaten botega.

—Es verdad —agregó Wolf—. Incendio avanzar rápidamente.

—¿Creéis imposible extinguirlo?

—Demasiado tarde. Ha llegado a los barriles de petróleo y aumenta por momentos.

«Cabeza de Piedra» se dio un fuerte puñetazo en el durísimo cráneo: empuñó el hacha y se lanzó a popa, hacia la barricada, gritando:

—Pronto ¡Hagamos una jangada!

—Si nos da tiempo para ello —agregó «Petifoque».

La borrasca volvía a recrudecer sus furores, levantando montañas de agua en el lago y aullando pavorosamente en las densas tinieblas.

Con todo, la barca, encallada en la arena como estaba y con la quilla mantenida en firme por el trozo de roca que tenía embutido, hubiera podido resistir aún algún tiempo. Pero al estallar el incendio, y aunque no fuese aquél un momento propicio para botar una almadía, no le quedaba a los náufragos el recurso de la elección.

Con prontitud pusieron todos manos a la obra, uniendo cajas y barriles y desclavando gruesos tablones de los muros, con los cuales formaron una pequeña plataforma.

«Cabeza de Piedra», cañonero, carpintero y perito en el manejo del hacha, pues durante sus largas navegaciones había construido buen número de balsas en diversos naufragios, dirigía el trabajo y clavaba y unía todos los objetos flotantes que encontraba en la cubierta del barco.

Afortunadamente, las gigantescas montañas de agua, que se estrellaban sobre el escotillón, penetraban en la cámara grande y detenían así el desarrollo del incendio.

Pero una humarada espesa continuaba subiendo, negra y hedionda, impregnada de grasa y petróleo, mientras sordos rumores se oían en la bodega, denunciando el estallido de barriles llenos de materias más o menos oleaginosas.

Mientras sus compañeros se aprestaban a lanzar al agua la balsa, «Cabeza de Piedra» recogió las tres carabinas de los canadienses, que el calor del incendio había secado a pesar de la continua invasión del agua. También cogió la de Davis, y acto seguido se precipitó en el pañol y, desafiando el humo, puso a salvo las cajas de municiones.

—¿Estamos listos? —preguntó, apresurándose a subir para que la pólvora no le estallase entre las manos, pues las chispas empezaban a irrumpir también por el escotillón de popa.

—Ya está todo ensamblado —repuso «Petifoque»—. Pero no estoy muy seguro de que lleguemos secos a la costa.

—Es de temer. ¡Ea! Lancémosla, bajemos y sostened firmes los cables. Me encargo de las armas, que en esta región son lo esencial.

—Y víveres, ¿no embarcamos? —preguntó Wolf.

—No vale la pena; las olas se los llevarían antes que pudiéramos aprovecharlos. No nos faltará caza en aquellos bosques.

Los náufragos comenzaron a bajar tablones, barriles y cajas, cuidando de no dejarse arrastrar por el oleaje, y descendieron a la primera fila de escollos, que emergían un metro aproximadamente de la superficie.

En aquel punto la profundidad era escasa; pero, a juzgar por la resaca, algo más lejos debía de ser mucha.

Los bretones y los hessianos, con el agua a la cintura, recogieron sus materiales flotantes y, después de una obstinada lucha con las aguas del lago, formaron una balsa como mejor pudieron, a despecho del huracán.

Apenas se habían tendido en los tablones, agarrándose a los barriles y las cajas, a fin de impedir que se los llevase un golpe de mar, cuando una luz siniestra brilló en el barco, seguida de un gran estruendo que repercutió a lo lejos bajo los árboles de la costa.

—¡Ah, canallas! —exclamó «Cabeza de Piedra»—. También nos querían hacer saltar. Cinco minutos de retraso y ¡adiós nuestros pobres huesos! El canadiense tan misteriosamente desaparecido debe de haber preparado una especie de mina. Por lo visto, Davis, al verse vencido y comprender que no podía quitarme las cartas, nos condenó a muerte.

A pesar de los saltos de las olas, el incendio se extendía con rapidez espantosa en la embarcación, completamente desarmada por la explosión.

—¡Cuerpo de mi amada pipa! —exclamó «Cabeza de Piedra», que no podía permanecer callado ni un minuto—. Estremece pensar en el regalito que nos tenían preparado esos antropófagos, peores que los indios.

—Habla menos y cuida más de que no te arrastre el agua —dijo «Petifoque».

—Siempre me ha gustado charlar, aun en medio de las peores borrascas. Nosotros, los de Batz, no podemos poner freno a la lengua.

—Fíjate en que estamos sobre la segunda fila de escollos y la resaca es aquí violentísima.

—¡Cuerpo de una fragata destripada! ¿Me crees ciego?

Y con la magnífica antorcha que nos alumbra, hasta un ciego se hubiera dado cuenta de ello.

—¿No saldremos volando por los aires con balsa y todo?

—No lo creo. Quizá se suelte algún barril o alguna caja; pero el conjunto resistirá victoriosamente el embate de las olas. ¡Eh, Hulbrik! ¿Qué tal?

—Muy bien, patre —contestó el hessiano—. Pero ser tato mojado.

—Ni más ni menos que tu hermano y todos nosotros.

La balsa, en su desesperada danza, veíase empujada hacia la segunda fila de escollos, entre los cuales quedaban amplios huecos que permitían el paso hasta de una barca grande.

—¡Pero si todo marcha de primera! —dijo «Cabeza de Piedra», que no se dejaba amedrentar por las terribles sacudidas que experimentaba la barca. Dentro de media hora estaremos en la costa y podremos visitar a aquellos caballeros que han encendido el fuego. ¡Ohé! Manteneos firmes; estamos en el paso más difícil.

La balsa, levantada por una ola gigantesca que la alcanzó con siniestros mugidos, salvó felizmente la segunda hilera de escollos, sin que se rompiera caja ni barril alguno de los que la componían.

En aquel momento el fuego que ardía en la barca se extinguió casi de improviso y los náufragos se hallaron en una oscuridad completa.

Pero, por una extraña suerte, la resaca los impulsaba precisamente en la dirección del fuego misterioso que ardía allá lejos, en la hendidura, y cuya luz bastaba para guiarlos.

—Ya os decía yo que todo terminaría bien —dijo «Cabeza de Piedra», utilizando un trozo de mástil de gallardete a modo de timón—. Lo peor vendrá luego. Para marineros de nuestra raza, un naufragio es apenas una broma que se tolera con gusto. Ahora, que a los lobos de mar que no hayan navegado mucho, este género de bromas les suelen costar caras. ¿Eh, «Petifoque»?

—¡Voto al diablo, maestre! ¡Cállate ya! —exclamó el joven, ocupado con los dos hessianos en estirar los cables, que se aflojaban al desaparecer algún barril o alguna caja.

—¿Hemos pasado?

—Sí; ya hemos dejado los escollos a unos cuatrocientos metros.

—Lástima que la barca se haya apagado tan pronto. Pero más o menos maltrechos, hemos de llegar a la costa. ¿La distingues tú?

—No veo más que aquella luz, maestre. La oscuridad en este momento es tan profunda, que ni siquiera puedo divisar los grandes pinos.

—Es que la niebla se abate sobre el lago.

—Ya estoy viendo que avanza con furia.

—Debía ir algo más despacio.

—Siquiera fuese para damos gusto.

En aquel momento, de la costa se elevó un cohete de luz azul que estalló con fragor, esparciendo en tomo suyo, a una distancia de cincuenta metros, un remolino de chispas polícromas.

—Nos hacen señales —gritó «Cabeza de Piedra»—. Ni los canadienses ni los indios tienen cohetes. ¿Si encontraremos al final quién nos dé hospitalidad? ¡Con la falta que nos hace un buen fuego!

Apenas terminó de hablar, cuando se oyeron dos fuertes detonaciones.

—Otra señal —dijo «Petifoque»—. ¡Cualquiera diría que se nos espera en la costa!

—Quien haya encendido aquel fuego debe de haber visto arder el barco. ¿Nos quedan más escollos que pasar?

—No veo ninguno.

—¿Quién tiene las armas y las municiones?

—Hulbrik.

—Ten cuidado, maestre Serfesa; no te las dejes arrebatar.

—No tener temor, patre —repuso el germano.

Entretanto, la balsa avanzaba a grandes saltos, empujada por las olas y el viento; los barriles y las cajas se entrechocaban; no obstante lo cual, los daños eran escasos.

Una ola gigantesca se apoderó de la balsa, la levantó con poderoso impulso y, entre mil rugidos, la despidió directamente hacia la hendidura. Allí, a merced de la resaca, la hizo oscilar bruscamente y la depositó, casi sin violencia, en una playa arenosa cubierta de árboles gigantescos.

—Corramos —gritó «Cabeza de Piedra»—, que si viene otra ola nos volverá a arrastrar hacia el lago.

Los cuatro hombres, tan milagrosamente salvados de las furias del Champlain, cogieron sus armas y se lanzaron a tierra.

Apenas habían andado cien pasos en dirección a la luz misteriosa, cuando una voz ronca y potente gritó:

—¿Quiénes sois? ¿Adónde vais?

Un hombre de proporciones gigantescas, armado de dos grandes arcabuces, surgió de improviso ante los náufragos, quienes, imposibilitados para servirse por el momento de sus armas de fuego, habían empuñado las hachas.

«Cabeza de Piedra» fingió encolerizarse.

—¿Cómo? ¿De modo que nos hacéis naufragar con vuestras señales y vuestro fuego y encima nos preguntáis quiénes somos, como si fuéramos ladrones? Somos marineros franceses y alemanes, perdidos en este lago y a quienes la tempestad ha arrojado a la costa.

—¿De dónde veníais?

—De Montreal.

—¡Ah! —dijo el desconocido—. Y ¿adónde ibais?

—Señor mío —dijo «Cabeza de Piedra», que empezaba a impacientarse—, me parece que tratáis de someternos a un verdadero interrogatorio, y no es éste el momento ni el sitio a propósito para dar explicaciones. Ved que estamos calados hasta los huesos y que sopla un vientecito que pela.

—Tenéis razón. Perdonad; pero como vivo aislado en medio de las grandes selvas canadienses, tengo derecho a enterarme de quiénes son las personas que debo hospedar.

—Puede que no os falte razón.

—Si no me engaño, sois bretón.

—Es verdad.

—Bretón era mi padre también. Seguidme. Si es cierto que mis señales y el fuego que he encendido os han hecho naufragar, trataré de compensar el mal que impensadamente os he causado. ¿Tenéis que recoger algo de la balsa?

—Retiraremos mañana los barriles y las cajas, si las olas no los desunen y se los llevan.

—Venid; comienza a llover.

Los cinco hombres se internaron bajo los grandes árboles, cuyas ramas doblegaba el furioso vendaval, y, después de recorrer unos quinientos pasos, se encontraron ante una vasta cabaña, construida con gruesos troncos, que le daban casi el aspecto de un fortín; estaba vivamente iluminada en su interior.

—Este es mi domicilio —dijo el desconocido—. Entrad, secaos y haceos cuenta de que os halláis en vuestra Bretaña.

—Donde la hospitalidad es sagrada —dijo «Cabeza de Piedra».

Atravesaron un pequeño puente levadizo tendido sobre un arroyuelo y entraron en la amplia cabaña.

CAPÍTULO III. JOR, EL CANADIENSE

El desconocido se aproximó al fuego que ardía bajo un vasto hogar de ladrillo, removió la leña y se mostró a plena luz.

Parecía tener unos cincuenta años. Sus cabellos estaban salpicados de numerosas canas; su barba era bastante larga, y sus ojos, que despedían vivos destellos, prestaban animación a los rasgos duros y enérgicos de su rostro.

Iba vestido de grueso paño azul oscuro, a usanza de marinero, pero calzaba mocasines indios de piel amarilla, de esos en los cuales los iroqueses y los algonquinos cuelgan a los lados, las cabelleras de sus enemigos.

A pesar de su edad, parecía haber conservado toda su fuerza y su agilidad.

«Cabeza de Piedra» y sus compañeros dirigieron una mirada en torno suyo y se convencieron de que habían entrado en uno de aquellos depósitos que los colonos canadienses poseen en gran número en la región del Champlain para dedicarse al tráfico de pieles con los indios.

En efecto, en la cabaña las había de todas clases: de lobo, de zorro, de coatí, de caribú, muy parecido al reno, y no faltaban tampoco de bisonte, cuidadosamente curtidas por los indios, maestros en el arte de conservar y dar flexibilidad a las pieles.

También se veían en aquel recinto cajas, barriles y barricas de todos los tamaños, probablemente llenos de víveres y objetos de cambio para los indios. Todo aquello formaba un gran montón, agrupado sin orden ni concierto en el fondo de la sala.

—Vos sois traficante, ¿verdad? —preguntó «Cabeza de Piedra».

—Comercio con los pieles rojas.

—Peligroso oficio, señor…

—Riberac.

—Hermoso apellido francés.

El desconocido se encogió de hombros, sonrió, arrastró una mesa al centro del recinto y, aun cuando la chimenea proyectaba una luz bastante viva, encendió un potente fanal de marina.

—No tengo sillas —dijo—; sentaos sobre los barriles y secaos al fuego como podáis. Con este frío resulta poco agradable estar empapados de agua.

—Estamos verdaderamente ateridos; pero aquí reina una temperatura excelente y pronto estaremos secos —repuso «Cabeza de Piedra».

El desconocido abrió una caja, sacó una botella y varios vasos, y empezó a llenarlos.

—Es ginebra mejor que la que suelo vender a los indios. Sólo la tengo para mí y para los amigos. Bebed la que queráis, que estoy bien provisto.

De una segunda caja sacó después tabaco, galletas y frutas secas.

—Servíos —dijo—. Desde ahora os considero como mis huéspedes, o, mejor dicho, como mis amigos. Aquí podéis permanecer cuanto tiempo queráis, ya que yo he sido el culpable del naufragio de vuestro barco.

Guardó silencio algunos instantes, y después, mirando a «Cabeza de Piedra», que se calentaba ante la lumbre y no parecía cuidarse de otra cosa que de secar su famosa pipa, le preguntó a quemarropa:

—¿No erais más en el barco?

—¿Cómo lo sabéis?

—Porque os he visto navegar un poco antes de ponerse el sol. Entre vosotros debe de haber habido lucha, porque más tarde he oído algunos disparos y gritos furiosos.

—Es que una parte de mi tripulación, formada por canadienses, capitaneados por un mestizo que se había comprometido a guiarnos por el lago, se ha rebelado y no sé cómo hemos podido escapar a una verdadera matanza, pues no teníamos más armas que unas hachas.

—¿Y los habéis obligado a arrojarse al lago? —preguntó el colono, que parecía muy interesado por el relato.

—Las olas los han arrebatado. Estaban a proa, que era bastante baja, y uno a uno han ido desapareciendo a nuestra vista.

—¿Se habrán ahogado?

—Malo estaba el lago en aquel momento…

—Entonces es seguro que ninguno de esos desgraciados habrá conseguido llegar a la costa.

—¡Desgraciados!… ¡Unos canallas! —gritó «Cabeza de Piedra»—. Los muy bribones habían preparado una mina en el fondo del barco para volamos. Menos mal que hemos podido salvarnos en una pequeña balsa en el instante mismo de la voladura.

—¿Tan perversos eran esos hombres? ¿Erais vos su comandante?

—Sí; y he cometido la tontería de tratar a esos bandidos como si hubieran sido excelentes marinos bretones, pagándoles espléndidamente.

—¿Erais vos quien pagaba, o acaso otra persona?

«Cabeza de Piedra» retiró de sus labios el vaso que acababa de llevarse a la boca y miró con desconfianza al colono.

—¿Por qué otra persona? —preguntó—. ¿Queréis explicarme esa pregunta?

—Algún americano, por ejemplo.

—A bordo de mi barco no venía ninguno.

—Está bien; ¿y adónde os dirigíais?

—Hacia el fuerte de Ticonderoga,

—¡Ah! ¿Ése que los ingleses se disponen a asaltar a toda costa?

—¿Me permitís una pregunta?

—Decid cuanto queráis.

—¿Estáis por los americanos o por los ingleses?

—Por ninguno de los dos bandos —contestó secamente el colono—. No me ocupo de otros asuntos que los míos, y me tiene sin cuidado el que unos y otros se destrocen. Yo he permanecido completamente apartado y extraño a esta maldita guerra.

—Maldita, ¿por qué?

—Porque los ingleses han alistado a los hurones y a los algonquinos, a los que ya no puedo vender ni un mal fusil ni un mal objeto, lo que constituía mi negocio. Y ya metidos en la guerra, el día menos pensado se descolgarán por aquí y me lo quitarán todo, incluso la cabellera.

—¿No sois amigo de esos indios?

—¡Amigo! ¡Cualquiera se fía de esa gente aunque se haya fumado con ellos veinte veces el calumet de la paz! Me han dejado tranquilo hasta ahora porque necesitaban venderme sus pieles a cambio de armas y licores; pero de no ser por esto, ¡sabe Dios el tiempo que hace que me habrían escalpado!

—¿Y ahora teméis que con pretexto de la guerra…?

—Temo la ruina. ¿Valía la pena de pasarse diez años metido en estos bosques, llenos de osos feroces, para quedarse a última hora sin un ochavo? ¡Bonito negocio!

—Venid con nosotros.

—¿Adónde?

—Al fuerte.

—¿Quién nos facilitará una embarcación capaz de afrontar la furia de este lago? Sólo los indios disponen de ellas; pero no seré yo quien se exponga a pedírsela.

—Entonces, ¿nos veremos obligados a quedarnos aquí? —dijo el bretón palideciendo—. ¡No olvidéis que nos esperan en Ticonderoga!

—¿Es urgente el mensaje?

—Urgentísimo, ya os lo he dicho.

—Es posible, pero no lo recuerdo; tengo siempre la imaginación ocupada en mis negocios y casi nunca presto atención a lo que me dicen.

—En fin, ¿qué me aconsejáis que haga?

—Que os quedéis. Aquí no os falta nada; tenéis pieles suaves y espléndidas, que os servirán de lecho. Ya os he dicho que pongo mi almacén a vuestra disposición.

—¿Y no podríamos llegar al fuerte dando la vuelta al lago? A nosotros no nos asusta el frío.

—Necesitaríais siete u ocho semanas y caeríais, fatalmente, en las garras de los indios.

—¡Cuerpo de un cañón reventado!… —exclamó «Cabeza de Piedra», tirándose de la barba nerviosamente—. ¿Qué hemos venido entonces a hacer aquí si no tenemos siquiera una barca?

—Yo aceptaría el consejo del señor Riberac —intervino «Petifoque»—. Ya que no podemos reanudar la marcha, quedémonos aquí.

—¿Y los ingleses? Arnold no estará prevenido del poderoso contraataque que proyectan.

—¿Quieres que pasemos el lago a nado con el frío de perros que hace? Nos han traicionado vilmente; esto es todo.

—¿Y si los indios vienen aquí?

—Nos defenderemos como osos grises, viejo maestre. Los fusiles y la pólvora no nos faltan y el almacén es sólido como un verdadero fortín. Como ves, hasta troneras tenemos.

—Tenéis razón —dijo el traficante—. Me haréis compañía y quién sabe si podré libraros de la furia sanguinaria de los indios, pues recuerdo ahora que gozo de la protección de la madre de uno de los más valerosos sakem, y si ella quiere podrá salvarnos a todos.

—¡Hum!… ¡Cualquiera se fía de semejante canalla, siempre sedienta de sangre! —dijo «Cabeza de Piedra».

El viejo bretón se había puesto en pie y daba vueltas por el almacén como fiera enjaulada, descargando puñetazo tras puñetazo en su inconmovible cabeza.

Giró tres o cuatro veces en torno a la mesa y paróse después gritando:

—¡Perro de Davis!… Si Hulbrik no te ha mandado a hacer compañía a los peces del lago y yo te encuentro algún día, las has de pagar. ¡Canalla vil, que has traicionado la causa americana!

En aquel preciso instante resonó en el almacén como una risa ahogada. «Cabeza de Piedra» dio un salto.

—¿Habéis oído? —preguntó con voz alterada.

—Yo no he oído nada —dijo el traficante, cuyo rostro se oscureció de repente.

—Yo, sí —dijo a «Petifoque», levantándose rápidamente, imitado por los dos hessianos.

—Como una risita, ¿verdad? —preguntó el maestre.

—Y me parece que salía de aquel lado —repuso el joven, indicando el montón confuso de pieles, barricas y cajas que ocupaba todo el fondo de la cabaña.

—También nosotros, patre —dijeron los dos hessianos.

—¿Qué decís a esto, señor Riberac? —preguntó el viejo bretón, que había empuñado rápidamente un hacha—. ¿Habrá entrado aquí algún animal durante vuestra ausencia?

—No lo creo —repuso el traficante—. Nunca ha entrado aquí ningún animal.

—Será mejor que nos aseguremos de ello.

—Me vais a revolver todo.

—Lo volveremos a poner en su sitio, no lo dudéis. Y además, ¿no sería posible que se hubiera escondido ahí algún indio para despellejarnos la cabeza, aprovechándose de nuestro sueño?

—No creo que los pieles rojas hayan despachado ya sus guardias avanzadas hasta estas orillas. Llegarán, sí, pero cuando lleguen los navíos ingleses.

—Decid lo que queráis; pero nosotros hemos de escudriñar bien toda esa parte del almacén —dijo «Cabeza de Piedra» con voz irritada—. Nos han jugado muchas malas partidas, y no tenemos grandes deseos de ser víctimas de otra por el estilo.

—¿Seréis capaces de dudar de mí?

—Nunca, señor Riberac.

—Si queréis distraeros esparciendo todas mis mercancías, hacedlo —dijo el traficante, un poco picado.

—No estropearemos nada; nos basta con sacar de su cubil a la bestia o al hombre que ha reído.

—Perderéis el tiempo.

—No importa. ¡A mí, compañeros!

El traficante hizo un gesto de fastidio y se sentó ante el fuego, encendiendo un cigarro de Maryland.

Los dos bretones y los dos alemanes se habían puesto a la obra apresuradamente, retirando cajas, cajones, barriles, gruesas cubas, que hasta entonces no habían visto, y rollos gigantescos de pieles. Se daban toda la prisa que podían para abrirse paso hasta la pared del fondo, hecha también de gruesos troncos.

Casi estaban seguros de encontrarse allí con alguna sorpresa.

Al cabo de una media hora vieron por fin realizado su intento, y no pudieron contener una exclamación de asombro. Detrás de las cubas había un hueco de buen tamaño, del cual no había creído prudente servirse el traficante, él sabría por qué.

«Cabeza de Piedra», que llevaba en la mano un farol, miró a su alrededor y notó que el pavimento estaba empapado de agua.

—¡Pero si el agua no debe de llegar hasta aquí! —dijo—. ¿Cómo explicar este misterio?

—¿Y para qué sirve aquella abertura, que sin duda conduce al exterior? ¿Es posible que el traficante desconociera su existencia? —dijo «Petifoque».

—¡Veamos…, veamos!… —repuso el viejo bretón, que comenzaba a inquietarse.

Llegó hasta la pared y descubrió un pasadizo abierto entre los troncos de árbol, de bastante amplitud para que pudiera entrar en el almacén hasta un oso gris.

—¿Una galería? —se preguntó—. ¿Por qué no la han tapado? ¡Ah, mira, mira, «Petifoque», el charco de agua llega hasta aquí!

Los bretones se contemplaron en silencio, diciendo después simultáneamente:

—Vamos a ver esto.

Cada vez más inquietos, se metieron en el pasadizo, que se abría casi a flor de tierra, con anchura y altura suficientes en toda su longitud, y se pusieron en camino, hacha en mano. Los alemanes los seguían, prontos a cualquier contingencia.

Diez o doce metros más allá encontráronse en plena selva.

—La bestia o el hombre que ha dejado oír aquella especie de risa ha tenido que salir por aquí —dijo el viejo bretón.

Levantó el farol y escrutó las tinieblas. El alba no apuntaba aún, porque el cielo estaba cubierto de inmensas nubes, las cuales se desgarraban de tiempo en tiempo para dejar caer gruesas gotas de lluvia.

—¿No ves nada? —preguntó «Petifoque».

—No —respondió «Cabeza de Piedra».

—¿Volveremos a preguntar al traficante si conocía la existencia de este pasadizo secreto?

—Espera un poco —dijo, inclinándose y proyectando sobre el terreno empapado de la lluvia la luz vivísima del farol—. ¡Eh, bergante!… —gritó.

—¿Qué has descubierto? —preguntó «Petifoque».

—Las huellas de dos zapatones de gruesos clavos. Y ya sabes que los pieles rojas no usan más que mocasines bien cosidos, sin adorno ni complemento alguno de metal. De modo que el hombre que ha salido del almacén por el pasadizo no puede ser más que un canadiense o un inglés. Los indios nada tienen que ver en este asunto.

—¿Y estás seguro de que el hombre cuyas son las pisadas ha salido precisamente del fortín del traficante?

—¡Por el burgo de Batz!… Las puntas de los zapatos señalan hacia la selva. Por consiguiente, el hombre que nos trae tan preocupados ha salido de la barraca de Riberac.

—¿Será el mismo de la risa?

—Lo sospecho.

—¿Y quién crees que pueda ser?

—Se me ha metido en la cabeza algo que no me sacará ya nadie.

—¿Qué sea Davis o alguno de sus canadienses?

—Eso es; que hayan intentado refugiarse en el almacén del traficante.

—También se me había ocurrido a mí. ¿Estará ya lejos el que perseguimos?

—No creo que haya tenido tiempo de sacarnos mucha ventaja. Si nos damos prisa, tenemos probabilidades de echarle el guante.

—Será una caza del hombre algo peligrosa. Ni siquiera tenemos un fusil.

—Llueve y no nos serviría de gran cosa.

Volvióse hacia los hessianos, y les dijo:

—Volveos al almacén para hacer compañía al señor Riberac, y tened cuidado, sobre todo, de que no intente escaparse,

Ese hombre no es franco, y acaso conoce a Davis. No digáis nada del pasadizo por ahora.

—Ya, patre —respondieron a coro los dos hessianos, girando sobre sus talones con rigidez militar.

«Cabeza de Piedra» empuñó firmemente su hacha con la diestra, sostuvo en la mano izquierda el farol y se lanzó hacia delante, siguiendo las huellas, que habían profundizado mucho en el terreno, empapado por la lluvia.

Llovía a mares, y de la parte del lago llegaban a sus oídos los formidables rugidos de la resaca. Un viento frío bajaba del Norte, aullando bajo los altos abetos y llevándose las hojas.

—Hermosa noche para cazar a un hombre —dijo «Cabeza de Piedra», que de cuando en cuando se inclinaba para examinar cuidadosamente las huellas del fugitiva——. De seguro estaría mejor junto al fuego, vaciando una botella de aquella ginebra, que es superior, y fumando mi pipa; pero necesito pillar a nuestro hombre, y lo seguiré hasta que lo detenga. Los bretones, aunque seamos marineros y tengamos la cabeza dura, también tenemos buenas piernas, que no se atrofian en el puente de nuestros navíos…

Caminaban apresuradamente, mirando atentos bajo los grandes árboles, que las ráfagas de viento sacudían de cuando en cuando con extrema violencia, prontos a caer sobre el fugitivo, que no debía de llevarles mucha delantera.

—Un esfuerzo, «Petifoque» —decía «Cabeza de Piedra»—. Verás cómo lo cogemos.

—¿Y adónde nos va a llevar?

—Aunque fuese al infierno iría a prenderlo, y… ¡oh!…

Había levantado el farol y el hacha, y miraba fijamente el tronco de un grueso pino negro de proporciones enormes. No era un coloso comparable a los pinos de California; pero de todos modos era un gigante.

—¡Eh, «Petifoque»! —gritó—. ¿No te parece ver un agujero o una brecha en la base de este árbol?

—Y tan vasta es la entrada que hasta un oso podría refugiarse dentro del pino, en el que la carcoma habrá hecho gran estrago.

—¿Qué dices de osos?

—¿No habremos estado siguiendo alguna bestia de cuatro patas?

—¡Sí, con zapatos claveteados! —dijo el veterano bretón—. Detrás de aquel pino hay una espesa caverna que no dejaremos de visitar. Espera un momento.

Bajóse y proyectó sobre el terreno los rayos del farol. Un grito de triunfo se escapó de sus labios.

—He aquí las huellas, que se dirigen precisamente hacia el pino. El muy fullero se ha escondido ahí y no se nos escapará.

—¿Y si tiene fusil?

—Con esta lluvia no le servirá de nada. Y aunque tenga un hacha, pronto le reduciremos a la impotencia.

—¡Prudencia, «Cabeza de Piedra»!

—No es momento oportuno para tenerla. Echaré mano del hombre, ya que no se trata de un oso. Suerte que ha encontrado este refugio; pero que no piense en írsenos de las manos.

Levantó de nuevo la linterna y dirigió el haz de luz hacia el agujero. El pino, como tantos otros de sus compañeros, se había abierto cerca de su base en una brecha atroz, devorado por la carcoma, que poco a poco llega a vaciar por completo esos grandes vegetales. Delante de la enorme grieta se extendía una masa cenagosa que despedía un penetrante olor a resina.

—¡Por la taberna de los Treinta Cuernos de Bisonte!… —susurró el sempiterno charlatán—. El amigo se ha buscado un soberbio refugio contra la lluvia y el frío. Pero no le durará mucho esta fortuna, porque ya estamos aquí nosotros.

Se adelantó algunos pasos, y junto a la grieta gritó:

—¡Eh! Ese señor que huye sin dar las buenas noches a los habitantes del fortín, ¿quiere hacernos el obsequio de enseñar el hocico?

Silencio absoluto.

—Entonces vamos a tener que poneros la mano encima —continuó «Cabeza de Piedra»—. Pero os advierto que estamos armados hasta los dientes y que no nos asusta un cuerpo a cuerpo al arma blanca. ¿Responderéis ahora?

El violentísimo ruido de la lluvia le respondió. En el interior del pino ningún sonido repercutió que se asemejase a la voz humana.

—¡«Cabeza de Piedra»! —dijo «Petifoque»—. ¿Si nos habremos llevado un chasco…?

—No, porque la caza que buscamos está ahí dentro.

—Entonces estará tomando café, ya que tú aseguras que se trata, en efecto, de un hombre.

—Es que tiene miedo.

Una voz ronca, furiosa, resonó en la concavidad del pino:

—¿Miedo yo?

—¡Ah, bergante! ¿Por fin te decides a abrir la boca? Pero, oye, «Petifoque», ¿no te parece haber oído esa voz antes de ahora?

—Claro que sí en la barca —repuso el joven marinero—. El que perseguimos debe de ser uno de los tres canadienses. Acuérdate de que uno de ellos hablaba un poco con la nariz.

—¡Con mil diablos…! ¡Ya sé entonces con quién nos las vamos a haber!

—Con Jor, el lugarteniente de Davis, ¿no es eso?

—Precisamente, «Petifoque». Es una captura importante, que nos explicará una porción de cosas. Señor Jor, ¿habéis acabado de tomar vuestro café?

—¡Idos al infierno…! —repuso el canadiense—. Contad con que también yo estoy armado y no me dejaré coger tan fácilmente como pensáis.

—¿Con pistolas, carabinas, machetes de abordaje y hachas?

—¡Basta, maestre «Cabeza de Piedra»!

—¡Ah, me reconocéis al fin! ¿Queréis tomaros la molestia de salir?

—No; me encuentro muy bien aquí dentro.

—Tienes razón que te sobra, bribón. Aquí fuera llueve a cántaros.

—Buscaos otro refugio. En esta selva abundan los pinos carcomidos. Y, además, aquí no hay sitio para vos.

«Cabeza de Piedra» dirigió por segunda vez la luz hacia el fondo del desgarrón y pudo ver el hueco de una amplia caverna leñosa, cubierta toda ella de polvo de resina y capaz de albergar veinte hombres.

—¡Apagad esa luz —rugió el canadiense—; me hace daño en los ojos!

—Ya se acostumbrarán. ¿Te decides a salir?

—No, y me defenderé; tened cuidado.

—Es que somos dos.

—Aunque fueseis cuatro, me resistiría.

—¡Fanfarria…! Tu voz nasal es ya temblona, lo cual es un indicio feo para un hombre que ha de medir sus armas con gente resuelta como nosotros.

—Probad a entrar, si sois, atrevidos…

—¡A mí, «Petifoque»…! Este bergante nos quiere asustar.

—Y además nos calamos hasta los huesos —añadió el joven marinero—. No para de llover.

—Pronto estaremos a cubierto.

El viejo bretón saltó por encima de los montones de polvo de madera carcomida y penetró en la caverna con el hacha en alto.

En medio de la pieza, bastante amplia, estaba uno de los tres canadienses de la barca, armado con su hacha.

Era un hombretón alto y robusto, con el rostro casi escondido bajo una espesísima barba roja, y ojos negrísimos, que despedían relámpagos amenazadores.

—Buenos días, señor Jor —dijo el viejo bretón con su acostumbrado tonillo irónico—. No tenéis idea de lo que me alegro volveros a ver. Pero hubiese preferido encontrar en lugar vuestro a Davis. ¿Podéis darme alguna noticia de él?

—¡No sé nada de Davis! —dijo el canadiense, que se había apoyado en la pared para no ser sorprendido por la espalda—. No le he vuelto a ver.

—¿De modo que no sabéis si está vivo o muerto?

—Cuando vi que la barca iba a estrellarse en los arrecifes me arrojé al agua. Davis quedó allí con mis otros dos compañeros.

—¿Así que no sabes que la barca se ha incendiado bajo nuestros pies y que en ella habían preparado una especie de mina?

—No estaba ya en la barca. Tenía que salvar ante todo el pellejo, y no vacilé en tirarme al lago.

—Pero habrás visto cómo voló.

—He visto una llamarada grande seguida de un estruendo fortísimo; pero no he podido precisar si era vuestra barca que estallaba o si se trataba de algún buque inglés.

—¡Naturalmente; aquí van a estar los navíos ingleses pisándome los talones!

—Ya los veréis dentro de algunas horas quizá, y os diré además que no podréis llegar a Ticonderoga.

—¿Por qué?

—Porque todos los comandantes ingleses han recibido orden de capturaros, vivo o muerto.

—¿Cómo lo sabes?

—Me lo ha dicho Davis.

—Sois unos redomados pillos —dijo el bretón—. Canadienses, es decir, franceses que os habéis dejado corromper por las guineas inglesas.

—Jamás he tenido en mis manos una moneda de oro inglesa. Davis era el que se entendía con ellos, y si se ha vendido, habrá sacado ventaja para él solo.

—¿A quién vas a contar esos cuentos? ¿A nosotros? Somos demasiado listos para creer semejantes tonterías.

—Me importa un bledo —repuso el canadiense—. ¿Queréis saber más? Pues entonces idos al diablo y dejadme en paz. En el incendio de la barca no he tomado parte; por tanto, no tenéis por qué guardarme rencor.

—¿Y la rebelión? Todos juntos habéis tratado de asesinarnos, canallas —dijo «Cabeza de Piedra».

—Eso sí que no. Se trataba de desembarazarnos de vos sin daros muerte.

—Entonces, ¿los disparos que nos ha hecho Davis eran pura broma?

—Yo no soy Davis —respondió el canadiense—. A mí no me habréis visto hacer fuego.

—No habéis hecho fuego porque vuestros fusiles estaban mojados.

—Con todo, hubiéramos podido intentarlo.

—Eso no se le dice a un maestre de cañón. ¡Davis, Davis; todo lo ha hecho Davis! ¿Y vosotros no sabíais nada de sus intenciones?

—Hablaba poco y no era amigo de hacer confidencias.

—¿Quién ha pagado a Davis?

—¡Ah, yo no lo sé!

—Apostaría algo a que lo sé yo.

—Decidlo.

—El marqués de Halifax, hermanastro del barón sir McLellan.

—¿Quiénes son esos señores?

—¡Cuerpo de una pipa rota! En toda América se sabe ya de memoria el odio que se profesan los dos hermanos por causa de una miss rubia: Mary de Wentwort.

—Nada sé.

—¿No has oído tampoco hablar de La Tonante, la nave corsaria de las Bermudas, que con sus piezas de gran calibre decidió la rendición de Boston a los americanos?

—Sí, vagamente.

—Total, que no sabes nada tú, que, siendo el lugarteniente de Davis, tienes que saber muchas cosas. ¡Síguenos!

—¿Adónde? —preguntó el canadiense, levantando el hacha.

—Al almacén del traficante, que ya conoces, porque antes de refugiarte aquí has estado escondido detrás de las cubas y de los rollos de pieles.

—No sé dónde está ese traficante. No he estado nunca en esta playa hasta ahora.

—¡Pero si hemos seguido tus huellas hasta aquí mismo…!

—Habéis soñado.

—¿Tratas de burlarte?

El canadiense se encogió de hombros y lanzó a «Cabeza de Piedra» una mirada feroz, inyectada en sangre.

—Pregúntaselo a mi compañero —dijo el viejo bretón.

—Sí; vos, antes de encontrar este refugio, estabais escondido en el depósito del traficante, del señor Riberac —confirmó «Petifoque».

—De seguro habéis bebido demasiado y vuestra vista os traiciona —repuso el canadiense resoplando.

—¿Cómo sabes tú, amigo, que hemos vaciado algunas botellas de ginebra mientras nos secábamos al fuego? —preguntó «Cabeza de Piedra».

—Lo supongo; porque no he visto nada.

—Pues yo creo, por el contrario, que tú conoces a ese misterioso tratante.

—Jamás le vi ni le he oído nombrar.

—¡Mientes desvergonzadamente, canalla!… Tú conocías la existencia de ese almacén, puesto que te has refugiado en él.

—¡Historias! —dijo el canadiense, encogiéndose de hombros con rabia.

Levantó su hacha y rugió ferozmente:

—¡Hacedme paso u os mato!

—¿Serás capaz?

—¡Defendeos, porque os atacaré!

—¡Si no hace falta!

«Cabeza de Piedra» se había lanzado como una centella sobre el bandido, estrechándolo con fuerza y derribándolo al punto; ya en el suelo, quitóle el hacha.

—Ya te lo dije que saldrías perdiendo al batirte con dos marineros que manejan mejor el hacha que la carabina.

—¡Dámela y verás cómo os hago pedazos…! —rugió el canadiense, a quien «Petifoque» tenía en el suelo.

—Debiste hacerlo antes —repuso «Cabeza de Piedra» sacando de uno de sus doce bolsillos un buen cabo de bramante alquitranado.

—¡Me habéis sorprendido!

—Siempre hacemos igual nosotros los corsarios. Si esperásemos los golpes del enemigo cruzados de brazos no existiría ya ninguno de nuestra especie.

—¿Y qué vais a hacer ahora de mí? —preguntó con voz ronca el canadiense, tratando de desasirse bajo la opresión vigorosa del joven marinero.

—Ahora vendrás con nosotros a beber una botella de ginebra en el fortín del señor Riberac, mientras nos secamos ante un buen fuego.

—¿No me mataréis?

—¿Nos has tomado por pieles rojas?

—No me fío de nadie.

—Basta la palabra de un bretón para tranquilizarse. Trae acá las manos.

—¿También me queréis atar?

—Cuando lleguemos al almacén te soltaremos.

—Os doy mi palabra de honor de que no trataré de huir.

—¡También los bandidos tienen honor! —dijo irónicamente «Cabeza de Piedra»—. ¡Qué extravagantes!…

—¿Acabaréis? —rugió el canadiense—. Yo no he sido nunca corsario.

—¡Eh, buen hombre! ¡Los corsarios tienen honor, pues combaten por la libertad de los pueblos oprimidos, y, sobre todo, son leales! ¿No quieres que te atemos las manos? Sea como quieres; pero habrás de ir delante de nosotros.

—¡Si no sé dónde está ese almacén!…

—Ya te lo indicaremos.

Dicho esto, cogió el hacha del canadiense y la lanzó contra la pared del árbol, con tal fuerza, que enterró en ella casi completamente la hoja.

—Desafío a cualquiera que la arranque de ahí —dijo—. Vamos, Jor no te amilanes. Ahora estás preso; pero no abandono la esperanza de que algún día caiga en mis manos también Davis. Dentro de una hora o cosa así amanecerá, y como los indios se han puesto ya en guerra, no conviene que nos vean por esta selva. Tú, que eres canadiense, sabes cuán crueles son los hurones y los algonquinos, y los otros indios salvajes forman parte de la cinco naciones del lago.

—Lo sé —refunfuñó Jor, levantándose rápidamente—. Prefiero ser vuestro prisionero a caer en manos de esas fieras, que no perdonan a nadie y mandan al otro mundo a sus desgraciadas víctimas entre los suplicios más atroces.

—¿Estás dispuesto a seguirnos? Ya ha cesado la lluvia, si no me engaño.

—Estoy a vuestra disposición —repuso el canadiense.

—Despacito. Abre primero tu casaca; podrías llevar escondida alguna pistola que te hubiese regalado precisamente el generoso traficante.

—No tengo más que mis puños.

—Que valen poco contra los míos, si quieres boxear.

—Y, además, como veis, aún estoy empapado de agua del lago. Un arma de fuego no me serviría —de nada.

—Pronto te secarás delante de un fuego estupendo. No falta leña en el fortín.

—Os sigo —dijo el canadiense rechinando los dientes—. Me doy por vencido.

—Ya era hora —repuso el bretón—. Anímate, que no te vamos a matar, aun cuando lo merezcas. «Petifoque», vigila a este hombre, tú que tienes las piernas más ágiles que yo.

El canadiense dudó aún; pero, al fin, tomó su partido. Comprendió que toda resistencia era inútil y podría acabar trágicamente.

—A vuestras órdenes —dijo.

Los tres hombres salieron de la caverna leñosa y se internaron en el bosque. «Cabeza de Piedra» alumbraba el camino con el farol en alto.

La lluvia violenta había cesado, pero la tempestad rugía aún, soplando de la parte del lago y sacudiendo con furia los pinos gigantescos, circundados de niebla espesa y frígidísima, próxima a congelarse.

—No sé por dónde ir —dijo el canadiense—. Ya os he dicho que no conozco este país.

—«Petifoque» irá delante —repuso el viejo lobo de mar—. Aunque tú has salido del fortín del traficante, digas lo que digas.

—¡Historias!

—Toma el farol, «Petifoque». Yo voy detrás de ese hombre con el hacha en alto. Si trata de largar el aparejo, lo aplasto.

—Os prometo seguiros dócilmente —dijo el canadiense—. Estoy en vuestras manos.

—¿Conoces el camino, «Petifoque»?

—Sí, maestre. Podré llegar al fortín sin equivocarme. ¿Entraremos por el pasadizo secreto?

—Por descontado. Por allí hemos salido y por allí volveremos a entrar.

Y murmuró después:

—Ahora vamos a ajustar las cuentas al buen señor de Riberac.

CAPÍTULO IV. EL BERGANTÍN INGLES

Mil obstáculos estorbaban la vuelta de los tres hombres al almacén.

Durante su estancia en la caverna, el viento había derribado muchos árboles de grandes dimensiones que les costaba trabajo salvar. La borrasca rugía sobre el lago, y las ráfagas, aullando sordamente, desgajaban gran número de ramas, mientras la lluvia reanudaba su furia, deshojando los árboles, heridos por gotas de un tamaño desconocido en nuestros climas.

Por último, las tinieblas, densísimas todavía, ocultaban la situación del almacén.

Los tres hombres, azotados continuamente por el viento y el agua, habrían recorrido apenas unos doscientos metros, tratando difícilmente de orientarse, cuando de la parte del lago se oyó el estampido de un cañonazo.

—Es una pieza del veintiocho —exclamó «Cabeza de Piedra», deteniéndose súbitamente—. El veintiocho es un cañón inglés.

—¿Habrá llegado ya algún navío de Burgoyne? —preguntó «Petifoque».

—Es probable —repuso el viejo bretón.

—¿Será algún explorador?

—Eso se lo preguntas al comandante que lo conduce.

—¿Tratarán de atracar aquí?

—No hay sitio a propósito; podemos estar tranquilos por ahora.

—¿Por qué por ahora?

—Porque si los ingleses están ahí no sé cómo vamos a llegar a Ticonderoga. Nos cortarán el paso por el lago y tendremos que permanecer en estos bosques con el peligro de los indios encima. Pero por algo somos bretones de La Tonante; ya saldremos. Por supuesto, yo no vuelvo a Nueva York sin haber cumplido mi misión. ¡Bumm…! Otro cañonazo… ¿Si estará en peligro ese navío? A lo mejor tropieza contra un peñasco y se destroza como nuestra barca.

—Tú, que tienes el oído más ejercitado que yo, ¿podrías decirme por el estampido a qué distancia se encuentra?

—A siete u ocho millas, por lo menos —repuso «Cabeza de Piedra»—. Dejémosle disparar y sigamos andando. Ya debemos estar cerca del pasadizo secreto.

—Le tenemos casi frente a frente —dijo el joven marinero.

—Apresurémonos, que ya nos ha vuelto a calar la lluvia y sopla un viento glacial.

En efecto, a los pocos pasos llegaron a la entrada del pasadizo.

—¿Lo conoces, Jor? —preguntó «Cabeza de Piedra» al canadiense—. Por aquí debes de haber salido tú.

—Nunca he visto esta galería. Desde que pisé tierra no he hecho más que dar vueltas por el bosque.

—Ta, ta, ta… Nos quieres hacer comulgar con ruedas de molino, grandísimo tunante. Tú serás muy vivo; pero nosotros no somos tan tontos. ¿Quieres que te diga una cosa?

—Decid lo que queráis.

—Pues te digo que debes de haber conocido al señor de Riberac.

—Ya os he dicho que jamás oí ese nombre —repuso el canadiense, que seguía de cerca a «Petifoque».

—No tardaremos en saberlo.

Recorrieron la corta galería, llena de humedad e impregnada de un moho de astillas y raíces corrompidas, y llegaron al almacén, en el que entraron por el hueco misteriosamente desocupado detrás de las grandes barricas y los paquetes de pieles.

Temiendo alguna sorpresa, «Cabeza de Piedra» agarró a Jor por una mano y paseó su mirada por el vasto recinto.

Los dos alemanes, sentados junto al fuego, fumaban sendos cigarros de Maryland; cada uno de ellos tenía a su lado una botella de ginebra.

El traficante, en tanto, paseaba en torno a la mesa con gesto sombrío.

—Señor Riberac, ya estamos de vuelta —dijo «Petifoque» sin soltar la linterna—. Tenemos que darle una noticia interesante.

—¿Habéis dado muerte a algún oso? —dijo el traficante, parándose en seco y arrugando el entrecejo—. Es fácil encontrar alguno por aquí, pues cuando llueve suelen salir de su cubil.

—Hemos capturado a un hombre —intervino «Cabeza de Piedra», empujando al canadiense—. ¿Lo conocéis?

Al ver a Jor, el traficante palideció; pero se repuso en seguida.

—Nunca vi esa cara.

—Sin embargo, en vuestro almacén se hallaba escondido.

—¡Oh…, es imposible! ¿Por dónde habría podido entrar?

—Por una galería abierta en el depósito y que desemboca en pleno bosque.

—¿Qué historias me estáis contando, maestre?

—Señor mío, historias reales.

—Cuando hace diez años adquirí este almacén, de otro francés, a quien los indios habían casi escapado, no advertí la existencia de pasadizo alguno. De haberlo visto, lo habría tapada a toda prisa; no tengo interés en facilitarles la entrada a los malhechores para que me asesinen durante mi sueño.

—Es extraño…

—Pues así es.

—Sin embargo, este hombre, que formaba parte de la tripulación de nuestra barca, ha sabido descubrirlo y refugiarse detrás de las cubas, donde ha dejado bien marcadas sus huellas.

—¿Es verdad? —preguntó el traficante mirando fijamente al, prisionero.

—Ya he dicho que ignoraba que aquí hubiese un fortín —repuso el canadiense, que se había sentado entre los dos hessianos, junto a la lumbre—. Me han prendido en el hueco de un pino carcomido, donde estaba descansando.

—Mientes —rugió «Cabeza de Piedra»—; hemos seguida tu rastro.

—La noche es demasiado oscura para seguir a un hombre.

—Pero teníamos un farol.

—Habréis seguido la pista de algún indio, no la mía.

—Pero ¿tú oyes esto, «Petifoque»?

—Se pasa de listo —respondió el joven marinero después de hacer una seña a los alemanes para que vigilasen estrechamente al prisionero—. Su sistema es negarlo todo. Dentro de poco nos dirá que tampoco ha conocido a Davis.

—Es probable —dijo el viejo bretón—. Pero ya le obligaremos a hablar, si es que quiere salir con vida de nuestras manos.

El traficante pegó un fuerte puñetazo sobre la mesa.

—Olvidáis que estáis en mi casa —interrumpió con violencia—. Yo he dado hospitalidad a hombres blancos y no a pieles rojas.

—Haremos lo que nos parezca —dijo resueltamente «Cabeza de Piedra»—. Por todos los campanarios de Bretaña, basta ya de traiciones…

Cerró la puerta del fortín y corrió el cerrojo.

—¿Acaso os he dado hasta ahora algún motivo de queja? —preguntó el traficante, algo impresionado por este gesto.

—No; pero parece que hemos caído en una verdadera emboscada.

—¿Por qué decís eso, marinero? —preguntó Riberac con voz alterada.

—Ya os lo diré más tarde. Por ventura, somos cuatro, y aunque los ingleses llegaran aquí, trabajo les costaría entrar.

—Los ingleses…

—¿No habéis oído dos veces tronar el cañón en el lago?

—Yo, no.

—¿Y tú, Hulbrik?

—El colpe haper hecho templar la casa.

—¿Y tú, Wolf?

—Los oídos me zumban todavía —dijo el otro alemán.

—Por lo visto, señor Riberac, sois sordo —dijo «Cabeza de Piedra», que empezaba a impacientarse—. Y ciego también, puesto que no reconocéis al hombre que vos mismo condujisteis aquí, ni visteis nunca el pasadizo. Habíamos de venir nosotros a descubrirlo.

—Ya me estáis molestando, marinero, y os ruego, por tanto, que abandonéis mi casa y busquéis otro asilo.

—Lo siento, pero está lloviendo y no podemos separarnos de esta chimenea, que despide un calorcillo tan agradable. Además, estamos calados hasta los huesos.

—No haberos movido de aquí.

—¿Para dejarnos, quizá, asesinar por el canadiense? Hemos preferido sacar de su cueva a este bellaco peligroso.

—Os repito que no conozco a este hombre, y que le veo ahora por primera vez en mi vida.

—Mentís los dos canallas —rugió «Cabeza de Piedra», empuñando el hacha—. Os conocéis perfectamente.

—¿Me vais a matar? —preguntó el traficante, que se había puesto más lívido que un cadáver.

—No somos pieles rojas; pero sí somos capaces de imitarlos.

—¿Qué queréis? ¿Mi almacén con todas sus riquezas? Aquí dentro, sólo en pieles, hay por valor de diez mil dólares.

—Que os hereden vuestros parientes. Los corsarios no son piratas. Hemos caído en una segunda emboscada. Ya le habrá costado al marqués de Halifax procurarse bribones de vuestra ralea.

—¿A mí me tratáis de bribón? —gritó enfurecido el señor Riberac.

—Y os lo repito cara a cara.

—Fuera de mi casa.

—No puede ser; no tenemos ganas de exponernos a coger algún resfriado. Aquí estamos muy bien; que vengan los ingleses y los indios; ya sabremos hacerles un recibimiento digno de ellos.

—¿De modo que me consideráis vuestro prisionero?

—¡Con mil bombas —gritó «Cabeza de Piedra»—; sois unos bandidos, y como a tales os hemos de tratar!

—Nos defenderemos —exclamó el traficante, dando un salto hacia la pared para descolgar un fusil.

Pero «Petifoque», que no le perdía de vista, le cortó el paso.

—¡Salteadores! —gritó el traficante, furioso—. A mí, Jor.

—¡Demonio, demonio! —dijo «Cabeza de Piedra»—. ¿Cómo es, querido señor Riberac, que de pronto habéis reconocido al canadiense? Os habéis vendido.

El traficante se mordió los labios con rabia. «Cabeza de Piedra» prosiguió:

—Decidme, pues, cómo es que de repente habéis recordado las relaciones que tenéis con este hombre.

—¡Idos con mil diablos! Estoy en mi casa —rugió el canadiense, echando espuma por la boca, tal era su furor—. Como no os marchéis haré que vengan los indios y os arranquen la caballera.

—¿Y cómo los avisaréis?

—Tengo en estas barricas algunos tambores que pensaba vender a los ingleses, y cuyo redoble es bien conocido de los hurones.

—¡Cómo que os vamos a dejar que los toquéis! Rendíos. Yo tomo posesión de vuestra casa en nombre del general Washington, quien me tiene concedidos plenos poderes.

—Vuestro general es un ladrón.

—Cerrad el pico, querido señor Riberac, y dejaos atar, no vayáis a escaparos.

—¿Atarme?

—Luego os meteremos en una de esas cubas. Reservamos a Jor idéntico alojamiento.

El traficante, lívido de cólera, inició otro movimiento hacia los fusiles; pero «Petifoque», rápido cual centella, le detuvo de nuevo.

—¡Bandidos —rugió—, y yo que os he acogido como amigos!

«Cabeza de Piedra» soltó una ruidosa carcajada.

—Como amigos… —exclamó —para entregarnos luego a los ingleses. Son amistades de las que más vale prescindir.

Durante este diálogo el canadiense no había pronunciado una palabra ni se había movido siquiera cuando el traficante solicitó su ayuda. Inmóvil junto al fuego, permanecía atento solamente a secarse y parecía resignado a su destino. Verdad es que no llevaba arma ninguna que pudiera serle de utilidad en la lucha.

—Wolf, Hulbrik, acercad dos cubas de las más grandes.

Los dos alemanes arrojaron sus cigarros, ataron al canadiense las manos a la espalda, a fin de que no pudiera aprovechar la ocasión para intentar algún golpe de audacia, y se deslizaron hacia el extremo del almacén, abriéndose camino entre las cajas y los rollos de pieles, que tiraban por alto.

El traficante se había dejado caer en una piel de oso que había detrás de la mesa, en el suelo, y, con la cabeza cogida entre las manos, murmuraba sin cesar:

—¡Asesinos! ¡Bribones!

«Petifoque», que estrechaba entre sus manos un fusil, cogido del armero, lo vigilaba, sentado en una caja.

—No os apuréis, señor Riberac —dijo «Cabeza de Piedra»—; no somos feroces, sino por el contrario, buena gente. ¿Queréis beber un vasito de vuestra excelente ginebra para reponeros?

—¡Idos al infierno!

—Todavía no, querido señor mío. Primero tenemos que hablar. ¿Podéis decirnos dónde están ahora los ingleses?

—Yo no he salido de aquí; nada sé.

—Decidme, pues, cómo y dónde habéis conocido a Jor.

—Nos encontramos un día a orillas del lago, durante una partida de caza.

—¿Cuándo?

—Hace lo menos un año.

—¿Y a Davis, el mestizo que guiaba nuestra barca?

—No le conozco; su nombre nada me recuerda.

—No os creo.

El traficante se levantó, se sentó junto a la chimenea, en una caja vacía, y dijo al cabo:

—Es cierto; también he conocido a ese espía de los ingleses.

—¿Dónde?

—En estas costas.

—¿Quién os lo ha presentado?

—El marqués de Halifax.

—Entonces, ¿el lord ha estado ya por esta parte del lago?

—Sí, para preparaos un lazo.

—¡Por todos los campanarios de Bretaña!… La tiene tomada conmigo ese gran señor, por lo que se ve. Señor Riberac, no olvidéis que soy francés, que vuestro padre también lo era y que por vuestras venas corre sangre francesa.

Una rápida conmoción alteró el rostro del traficante, cada vez más pálido.

—Mi padre murió en Montreal combatiendo a los ingleses —dijo finalmente—. Una bala de cañón lo partió por la mitad —agregó, con voz sorda.

—¿Y os habéis arrojado así en los brazos de los matadores de vuestro padre?… ¿Vuestro corazón no ha palpitado nunca al ver los tres colores de la bandera de Francia?

—Quizá…, pero entonces yo era un muchacho y la guerra había arruinado a mi familia; yo me he visto precisado a ceder ante el oro inglés para no morirme de hambre. Todos los canadienses han tenido que sucumbir a la ferocidad del leopardo de Europa si no querían ver sus casas arrasadas.

—¿Y por qué cuando el bravo Washington mandó a Arnold a esta comarca habéis permanecido quietos en vez de coadyuvar a la libertad americana? Aquí se venía a liberaros del pesado yugo de Inglaterra.

—Estábamos demasiado aterrorizados y las horcas tenían excesivo trabajo con todos aquéllos que osaban hablar de Washington. Las poblaciones de Quebec y Montreal han visto a muchos franceses mover las piernas en el vacío con la lengua fuera. ¿Es verdad, Jor?

—Sí —respondió el canadiense.

—Volvamos a lo nuestro —dijo «Cabeza de Piedra», tirándose con furia de las barbas—. ¿Es Davis quien ha preparado todo para perdernos?

—Quería solamente hacerse dueño de dos cartas que vos debíais llevar a Arnold y a Saint-Clair, inmovilizándoos en mi casa.

—Hasta que los ingleses vinieran a colgarnos —dijo el bretón con ironía.

El traficante creyó oportuno guardar silencio.

«Cabeza de Piedra» cargó su famosa pipa, encendióla, lanzó al aire tres o cuatro bocanadas de humo denso y continuó:

—¿De modo que se nos esperaba aquí?

—Todo estaba dispuesto para impediros llegar a Ticonderoga.

—Pero ¿Davis ha muerto?

—No le he vuelto a ver.

—¿Y tú, Jor?

—Tampoco —respondió el canadiense—. Yo abandoné la barca mucho antes de la voladura. Cuando me arrojé al agua, Davis hacía fuego contra vosotros desde lo alto del mastelero.

—¿Y por qué has huido?

—Acaso porque la sangre francesa se rebeló en mi interior. Me repugnaba servir a ese bruto de Davis, un mestizo con muy poca sangre blanca en sus venas. Viendo que trataba de asesinaros, me separé de él.

—¿Y tus otros dos compañeros?

—No sé nada de ellos, os lo juro. Quizá se hayan ahogado con el maldito mestizo, que nos había arrastrado a todos a la más infame de las traiciones. El lago estaba agitado por oleadas furiosas, y ni siquiera me explico cómo he podido llegar a la costa vestido como estaba.

—¿Y te has refugiado aquí?

—No lo niego; he huido por el pasadizo secreto, temiendo que me matarais.

—«Petifoque» —preguntó el viejo bretón—, ¿qué harías tú?

—Prender fuego al fortín y ponerme en marcha para Ticonderoga.

—¿Sin barcas?

—Iremos por tierra.

—Y perderemos mucho tiempo —dijo «Cabeza de Piedra».

Llegaremos al fuerte demasiado tarde para advertir a los dos valerosos comandantes del nubarrón que se les vienen encima. Señor Riberac, ¿qué nos aconsejáis que hagamos?

—No moveros de aquí —repuso el traficante—. Como os he dicho, los pieles rojas, y lo sé con toda certeza, están en camino hacia el lago para unirse con los ingleses. De modo que caeríais pronto en sus manos, tanto más cuanto que también he sabido que el marqués de Halifax ha prometido premio importante a quien os capture.

—¿Y si nos vienen a cercar?

—Os esconderemos dentro de aquellas grandes cubas, y como tengo amistades entre los sakem hurones, no creo que me sea difícil persuadirlos de que no os halláis aquí.

—¿Nuestro paso, por lo que decís, ha sido señalado a los indios?

—Así es, en efecto.

—¿Por quién?

—Por los agentes del marqués.

«Cabeza de Piedra» se tiró de las barbas con ira.

—¡Vaya una misión peligrosa! —dijo—. Sin barcas no nos será posible llegar nunca al fuerte. ¿No hay posibilidad de procurarnos una?

En este momento, no; pero quizá podríais apoderaros de alguna chalupa de la nave inglesa que ha disparado hace poco.

—¿Y de qué modo? No somos bastante fuertes para intentar un abordaje.

—Dentro de poco, cuando se calme el temporal, vendrá aquí un agente o un oficial del marqués, acompañado, de seguro, por algunos marineros.

—¿Lo esperabais, pues?

—Sí, os lo confieso.

—¿Para darles informes sobre nosotros?

—Precisamente.

—Regocíjate, «Petifoque»; nos hemos convertido en personajes importantes.

Un nuevo cañonazo retumbó en el lago.

—Tendré que responder —dijo el traficante—. Debo hacer tres disparos de fusil, que es la señal convenida.

—¿Y si no contestaseis?

—¡Oh, vendrían de todos modos para pedirme noticias de la barca que tripulabais!

—¡Cuerpo de trescientos campanarios!… ¡Está visto que quieren cazarnos! Pero los bretones somos siempre bretones, y no nos dejaremos cazar como ánades.

Los alemanes habían acercado dos cubas gigantescas y las habían abierto, sacando de su interior varios tambores enormes, como se usaban en aquella época.

Al ver los instrumentos, «Cabeza de Piedra» no pudo contener una sonrisa.

—Nos servirán —dijo—. Una vez abordé un navío con cuatro tambores solamente; pero los cuatro muchachos que redoblaban eran fuertes y sueltos de mano. ¡Ja, ja! Ya tengo pensado el chasco que he de dar a los ingleses para quitarles la chalupa. Batiremos una carga endiablada y les haremos huir sin darles tiempo a embarcarse, señor Riberac. Estamos dispuestos a pagároslas.

—No hace falta; sois franceses y debo pagar como es justo la mala acción que he cometido en unión de los canadienses y de Davis. Tengo excelentes carabinas inglesas y pistolas de mucho alcance, y pongo todo ello a vuestra disposición.

—Sois un traficante generoso —dijo «Cabeza de Piedra».

Riberac sonrió melancólico, y contestó:

—No olvido que hubierais estado en vuestro derecho matándome: generosidad por generosidad. Seguidme.

Se aproximó a un cajón voluminoso, lo abrió y mostró a los dos bretones carabinas y pistolas de fabricación inglesa, a no dudarlo, las mejores de aquel tiempo, con las municiones correspondientes, hábilmente dispuestas en grandes cuernos de bisonte y saquitos de piel oscura.

—Un pequeño arsenal —dijo «Cabeza de Piedra», eligiendo sin vacilar—. Armas de verdadera precisión; de esto entienda un poco. ¡Vamos, «Petifoque», y vosotros también, hessianos; no perdamos el tiempo, que los ingleses estarán aquí de un momento a otro! ¡Ah!, ¿y por qué parte entrarán?

—Por la puerta.

—¿No conocen el pasadizo secreto?

—No; solamente los canadienses lo conocían.

—Entonces llevaremos estos tambores a la galería. Nos servirán de mucho. Carguemos nuestras armas y esperemos la visita de los ingleses. «Petifoque» y yo nos ocultaremos tras los barriles y los rollos de pieles para vigilar de cerca a esa gente; y vosotros, Wolf y Hulbrik, nos esperaréis a la salida del pasadizo secreto. Ahora, señor Riberac, ¿queréis responder a las señales que hace el buque?

—Sería conveniente. Aunque yo permaneciese callado, el agente del marqués vendría igualmente.

—Así podremos verlo.

—Y oírlo.

—¿Sin vendernos?

—He cometido grandes errores contra vosotros y he de compensarlos jugando a los ingleses una mala pasada. Me siento completamente francés.

—Y de Jor, ¿podemos fiarnos?

—Ahora, sí. De Davis no respondería; pero aquél era un mestizo.

—No obstante, por precaución, se quedará «Petifoque» vigilándolo —dijo «Cabeza de Piedra».

—Haced como queráis. ¿Me acompañáis? Así veréis la nave que ha de estar pronto cerca de aquí.

—Una pregunta todavía.

—Decid.

—¿Estará en ese velero el marqués de Halifax?

—Muy fácilmente.

—¡Ah!… Pero no se atreverá a desembarcar.

—No lo creo.

El señor Riberac tomó el grueso arcabuz, abrió la puerta del fortín y salió al exterior, atravesando rápidamente el puentecillo.

El viejo bretón le seguía con sus armas ya cargadas: una carabina y dos pistolas de largo cañón y tiro doble.

El huracán parecía calmarse, pero el lago parecía estar aún muy revuelto, a juzgar por el mugido de las olas, que repercutía como el estampido de un cañón en la floresta inmensa. Una pequeña claridad aparecía por Oriente, abriéndose paso entre los jirones de vapor acuoso, en desenfrenada carrera por la atmósfera, impulsados siempre por un viento helado.

Los dos hombres caminaron en silencio durante diez minutos y llegaron al fin a la orilla del lago. Un hermoso bergantín de esbeltas formas, armado de dos docenas de cañones, se mecía al otro lado de los arrecifes, virando de bordo a cada momento.

—Es el navío inglés que esperaba —dijo Riberac—. ¡Son puntuales estos hombres para tratar sus asuntos!

—¿Lo ha visto usted antes?

—Sí, ha estado aquí hace tres semanas. Iba dando caza a vuestra embarcación.

—¿Y esa gente tan brava no ha sido capaz de darnos alcance?… ¡Y eso que llevábamos una barca destartalada que navegaba menos que un cangrejo!

—Os habrán perdido de vista. En estos últimos días el lado ha estado envuelto completamente por la niebla.

—Es verdad —asintió el bretón.

Sobre la proa del bergantín brilló una línea de fuego seguida de una fragorosa detonación.

El traficante esperó a que se extinguiese el eco, rumoreando bajo los altos pinos y los abedules, y descargó después su viejo arcabuz, apuntando hacia el lago. Volvió a cargar el arma y disparó otras dos veces.

El bergantín, aun cuando las aguas continuaban revueltas, se puso al pairo, o sea a través del viento, al otro lado de los arrecifes, contra los que se había estrellado la barca, y de su bordo lanzaron al espacio un cohete azulado.

—Todo va bien —dijo el traficante—. Me han entendido y dentro de poco tendremos en mi casa al agente del marqués. No conviene que nos encuentren aquí y nos vean. Por otra parte, ese hombre conoce el camino.

—Esperemos a que boten la chalupa —dijo «Cabeza de Piedra»—. Quisiera contar los marineros que han de tripularla.

—¿Para acometerlos?

—No entablaré combate, a fondo, estad seguro. Los haremos escapar simplemente por medio de una carga de tambores. El bergantín debe de llevar una tripulación numerosa, y si desembarcan todos, ¡pobres de nosotros!…

—Un hombre y seis marineros —dijo el traficante—. ¿Los veis?

—Nuestra empresa no ofrecerá muchas dificultades —repuso el viejo bretón.

Los del bergantín acababan de botar al agua una chalupa tripulada por siete hombres; la pequeña embarcación se dirigía rápida hacia la playa, luchando vigorosamente contra la resaca.

—Volvamos —dijo el traficante—. Voy a daros una prueba de que he abrazado para siempre la causa americana. Escucharéis todo cuanto me diga el señor Oxford.

—¿Es el agente del marqués?

—Sí; y a lo que parece, su brazo derecho.

—¡Si pudiésemos hacerlo prisionero!…

—Se os vendría encima toda la tripulación del bergantín, y os haría pasar un mal rato.

—Si me cogen me ahorcan, de seguro; el marqués nos odia a muerte a «Petifoque» y a mí. Le hemos hecho muchas ya. Veremos; ya me las compondré.

—Sed prudente; no olvidéis que solamente somos seis.

Acelerando el paso llegaron al almacén, entrando en él por el pasadizo secreto.

Los dos hessianos estaban sentados en los tambores y fumaban tranquilamente.

—Estad preparados a todo —les dijo «Cabeza de Piedra».

—Sí, patre —contestaron los dos valerosos soldados, dando una sonora palmada en las culatas de sus carabinas.

El traficante y el viejo cañonero, encontraron en la vasta sala, sentados junto al fuego, a «Petifoque» y a Jor, que charlaban como dos viejos amigos.

—Jor —le dijo Riberac—. Trae vasos y muchas botellas. Los ingleses se acercan, y ya sabes que esa gente está siempre más sedienta que esponjas.

—Y nosotros, «Petifoque», vamos a escondernos entre los rollos de pieles —dijo «Cabeza de Piedra»—. No nos dejemos ver, al menos por ahora.

—¿Son muchos los ingleses?

—Siete.

—Con unos cuantos disparos los derrotaremos.

—¡De ningún modo! Se llevarían la chalupa y no podríamos nunca atravesar el lago. Darán mejor resultado los tambores, redoblando en ellos cuando yo diga. Riberac, cuento con vuestra lealtad.

—Francia ayuda a los americanos, y nosotros, que somos canadienses, o, lo que es lo mismo, franceses, haremos otro tanto. Estad tranquilos y confiad en la rectitud de mis intenciones, de que también Jor participa.

—Ahora sí —dijo el marinero.

—¡Silencio! —dijo en aquel momento «Petifoque», aproximándose a la puerta—. Los ingleses llegan.

—¡Escondámonos! —dijo «Cabeza de Piedra».

En un instante los dos bretones atravesaron el almacén y desaparecieron tras las cajas, los barriles y los rollos de pieles.

Un momento después, los ingleses entraban en el fortín.

CAPÍTULO V. LA CARGA DE TAMBORES

La patrulla que el bergantín había desembarcado, no obstante el mal tiempo y los graves peligros que presentaba la resaca al acceso, se componía de siete hombres. Seis de ellos eran marineros de gallardas formas, rubios, sonrosados y de ojos azules, armados de carabinas y machetes de abordaje, gente que ya conocía el olor de la pólvora y a quienes no espantaría una sorpresa.

En cambio, el séptimo era un hombre de unos cincuenta años, con uniforme de oficial, aunque sin los vistosos galones de oro que usaban las gentes de mar procedentes de cualquiera de las Academias náuticas de Inglaterra.

Era alto, delgado, con los cabellos algo entrecanos, ojos de color de acero, rostro algo rugoso y cuidadosamente afeitado.

De su cintura pendían dos grandes pistolas de doble carga y una pequeña hacha.

El traficante se adelantó a recibirle, diciendo:

—Señor Oxford, podéis consideraros como si estuvierais en el bergantín. ¿Cómo está el marqués de Halifax?

El hombre flaco arrugó la frente, lanzó una rápida ojeada en su derredor, y viendo al canadiense, que continuaba sentado ante el fuego, dijo a Riberac con voz algo altanera:

—¿Quién es?

—El lugarteniente de Davis. Podéis hablar libremente. Lo sabe todo.

—¡Buen servicio nos han hecho los tales canadienses!… No han sido capaces de apoderarse de «Cabeza de Piedra».

—La tempestad los ha sorprendido, señor, y la barca se ha destrozado contra los peñascos. ¿No habéis visto los restos?

—Sí; pero debían de ser pésimos marineros los hombres de Davis. ¿Y dónde anda el mestizo?

—Aquí no ha llegado. Quizá se haya ahogado con dos de sus hombres, tras de haber preparado una mina en la proa de la barca y haberla hecho saltar en pedazos. Yo estaba en la playa y he visto la llamarada, primero, y después volar el puente.

—Han sido unos imbéciles —dijo el secretario del marqués—. Queríamos coger vivos a «Cabeza de Piedra» y a su compañero «Petifoque». De los traidores alemanes que han hecho causa común con los americanos no nos ocupábamos para nada; solamente habíamos preparado dos sólidos lazos para colgarlos.

Empujó con el pie una caja y se sentó junto a la chimenea, aceptando un vaso de ginebra que le ofrecía Jor.

—De modo que, por lo que he podido comprender, hemos perdido la partida —continuó con voz dura—. ¡Y el marqués no había reparado en gastos! ¿Vos no tendréis las dos cartas que le interesan?

—Yo no estaba a bordo de la barca. Mi puesto era aquí.

—¿Sabéis que de esas dos cartas depende todo el plan de guerra de los americanos en Ticonderoga?

—Me lo dijisteis, en efecto.

—Y además querríamos saber si el barón McLellan ha venido por aquí. Su hermano le espera para restituirle las dos estocadas que él recibió, primero en Boston y más tarde en Long Island. En suma, ¿no se sabe dónde ha ido a parar «Cabeza de Piedra»?

—Aquí no ha venido; pero sabemos que pudo dejar la barca antes de la voladura.

—¿Dónde estará? Las dos cartas que lleva consigo le son necesarias al marqués.

—Ni Jor ni yo lo sabemos.

—Se habrá refugiado en el bosque con sus compañeros.

—¿Se ha advertido a los indios iroqueses para que los capturen?

—Yo lo he hecho ya —repuso Riberac.

—¿Ya están en movimiento?

—Sí.

—¿Quién los manda?

—Un sakem, ya famoso, que se llama Caribú Blanco.

—¿De confianza?

—De toda la confianza que puede inspirar esa clase de gente.

—¿Habéis pagado a esos indios?

—He distribuido entre ellos todas las guineas que me entregasteis, así como las cajas llenas de armas de fuego.

El señor Oxford hizo un gesto de mal humor, bebióse otro vaso de ginebra, en lo que los seis marineros siguieron su ejemplo, y descargó un fuerte puñetazo sobre la caja que le servía de asiento.

—Algo bien distinto esperábamos de vosotros —dijo, colérico—. ¡Bien ha pagado el marqués, sin embargo!…

—¿Qué esperabais?

—Encontrar bien amarrados a «Cabeza de Piedra» y a «Petifoque» en vuestra casa.

—Como no han venido aquí, no hemos podido hacer nada. Y, por otra parte, ¡id a mediros con semejantes hombres! Son valientes y decididos.

—Bien lo sé. Si Washington contase con diez mil como ellos, hace tiempo que habríamos perdido todas nuestras colonias. Y el caso es que hay que apoderarse de «Cabeza de Piedra» sea como sea.

—Pero ¿dónde lo buscaremos?

—No se habrá ido al infierno, ciertamente —dijo el señor Oxford.

—Podría haberlo devorado algún oso. Vos no conocéis nuestras selvas, infestadas de animales ferocísimos.

El secretario del marqués se encogió de hombros.

—¡Bah!, ¡no son hombres que se dejen devorar como bistecs!

Dicho esto, miró a Jor, que continuaba destapando botellas y llenando los vasos de los marineros, sentados en cajas y barriles.

—¿Creéis que haya perecido Davis en el naufragio? —preguntó a Jor.

—Lo ignoro, señor. No lo he vuelto a ver. Además, yo me arrojé al agua antes que él para escapar a los hachazos de los bretones.

—Hay, pues, que confiar en que se ha salvado, pues nada admirablemente.

—Podía apostárselas con los castores, señor —contestó Jor—; pero no hay que olvidar que el lago estaba aguadísimo y la barca se encontraba junto a los arrecifes. Es fácil, pues, que le haya ocurrido alguna desgracia.

—¿Lo conocían los hurones?

—Sí; porque tiene parientes entre esos guerreros. Como ya sabéis, Davis es cruzado de blanco.

—Pero si se hubiera salvado habría venido en seguida aquí —dijo el traficante—. Yo le esperaba hace ya días.

El secretario del marqués apuró otro vaso, y preguntó después:

—Bien; ¿y qué hacemos? «Cabeza de Piedra» nos es absolutamente preciso.

—Que desembarque una compañía de soldados y que den una batida por el bosque. Yo no sabría daros otro consejo.

—Así lo diré al marqués. ¿Habéis tenido noticias de los americanos?

—Y por cierto poco tranquilizadoras para vosotros. Se dice que algunas bandas destacadas de Ticonderoga han desembarcado en tartanas y barcazas no muy lejos de aquí.

—¿Quién os lo ha dicho?

—Un cazador de osos, con quien me encontré hace tres días.

—De manera que corremos el peligro de ser sorprendidos de un momento a otro por esos perdularios…

—Podría ser.

—Quedaos aquí vos con Jor. Espero que no os harán daño aunque os capturen. Yo volveré a informar al marqués de cuanto sucede.

—Los americanos no fusilan a sus prisioneros —repuso Riberac—. Además, ya procuraremos no dejarnos prender.

—¡Ah, ese endiablado «Cabeza de Piedra»!… De cualquier modo acabará por caer en nuestras garras. El solo debe saber si vendrá aquí el barón McLellan para ayudar a Arnold y a Saint-Clair.

—Mientras no se le encuentre, nada sabremos, señor Oxford.

—Cuando vuelva a bordo, el marqués me hará una escena, pues él esperaba tener ya en su poder esas dos cartas. ¡Habrá tempestad en el bergantín, tempestad furiosa!

Diciendo esto, hizo seña a los marineros de levantarse.

—Vámonos —dijo—. No tengo grandes deseos de que me prendan los americanos, si es verdad que andan por estos contornos.

—Yo espero verlos llegar de un momento a otro —dijo Riberac—. La noche pasada oí a lo lejos el redoble de un tambor.

En aquel momento, tres o cuatro gruesos rollos de pieles cayeron al suelo y varias cajas cayeron encima de los barriles.

El secretario del marqués tomóse lívido y empuñó sus pistolas.

—¿Hay otras personas aquí? —preguntó con voz amenazadora al traficante.

—Que yo sepa, no. Las zorras entran a menudo y me revuelven todo para robarme. Siempre me hacen grandes daños y nunca he podido averiguar por dónde entran.

—¿No hay otra puerta allá en el fondo?

—Nunca la he visto.

—Habrán minado alguna galería royendo los troncos de vuestro almacén.

—No me he cuidado nunca de verlo. He tenido bastante en qué ocuparme, entre vosotros y los indios.

—O quizá los americanos se han abierto un paso para sorprenderos.

—Todo es posible. Para mis tratos con los pieles rojas tengo necesidad de ausentarme frecuentemente durante semanas enteras. ¡Diablo, otras balas que ruedan!… ¡Si las zorras, impelidas por el hambre, me estropean diez mil dólares de mercancías, vayan al infierno las guineas del marqués! De buena gana me hubiera largado hace tiempo, poniendo todo a salvo.

—El lord es generoso y sabrá recompensaros.

—¡Hum!… —gruñó el traficante.

—¡Respondo de ello! ¡Adelante, marinos; mirad a ver si se trata de zorras o de hombres que se oculten ahí! ¿Están cargadas vuestras carabinas?

—Sí —respondieron los seis ingleses, cuyas piernas se resentían a causa de la ginebra bebida.

—¡Andando, borrachos!… —gritó el secretario del marqués—. Cuando os halláis ante unas cuantas botellas os volvéis estúpidos y no servís ya para nada.

—¡Oh, también vos habéis bebido, señor! —dijo un marinero que ostentaba en la manga un galón rojo.

—No tanto como vos. ¡Obedeced u os haré ahorcar a todos!… Ya sabéis que el marqués no hace las cosas en chanza.

—¿Y si los americanos estuvieran escondidos tras esa especie de barricada y nos mataran a todos con una descarga a quemarropa?

—Ya nos hubieran sorprendido, y, además, no hay puerta alguna en el fondo. ¿No es cierto, Riberac?

—No, ninguna —respondió el traficante, que se había sentado con Jor al lado del fuego.

—Vamos, pues —dijo el galoneado marinero—. Demos gusto al señor Oxford si no queremos que nos obsequien después con un cabo de cáñamo bien apretado alrededor del gaznate.

Aun cuando no estaban muy seguros sobre sus piernas, los seis hombres se aproximaron a la alta barricada, con el dedo fijo sobre los gatillos de sus carabinas, preparados a responder a cualquier agresión; pero a los pocos pasos se detuvieron, mirándose unos a otros con ansiedad. Otras balas cayeron desde lo alto del montón, rodando acá y allá por la sala.

La palidez del señor Oxford aumentaba. Furioso, volvióse hacia el traficante, diciéndole:

—¡Vos escondéis gente en vuestra casa!…

—Ni Jor ni yo hemos visto entrar a nadie —repuso Riberac.

—Pues detrás de ese montón de pieles y cajones debe de estar oculto alguien.

—En verdad, no sé yo tampoco explicarme cómo esos rollos de pieles, que estaban tan bien colocados sobre las cajas y los barriles, hayan podido caerse.

—Idos a ver.

—Yo soy un comerciante y no un hombre de armas.

—Sí; pero ¡cuántas veces habréis combatido con los indios para librar la cabellera!

—Soy amigo de todas las tribus y no necesito…

Interrumpióse bruscamente, preguntando en seguida al secretario del marqués:

—¿Habéis oído?

—¿Un gruñido?

—Algún oso gris, acaso.

—¿Y por dónde habría entrado?

—Ya lo veremos. Por la puerta del almacén no ha sido.

Los seis marineros, que también habían oído aquel gruñido, retrocedieron renegando.

El señor Oxford lanzó un grito de cólera:

—¡Somos nueve y nos estamos aquí charlando estúpidamente! ¡Habré de ponerme a vuestra cabeza!

—Debéis hacerlo así —dijo el traficante, fingiendo que preparaba su viejo arcabuz—. Id delante y todos os seguiremos.

—¿Y si damos de manos a boca con algún gigantesco oso gris? Ya sabéis que estos tristones no retroceden aunque se vean atacados por veinte hombres, y que resisten todas las balas, que aplastan en su coraza de grasa.

—No penséis en ello. El techo no está desfondado, ni la pared tampoco; ¿por dónde habría podido entrar?

—Eso os pregunto yo.

—Y yo a vos —dijo Riberac—. Si fuera un oso, nos hubiera atacado ya mil veces.

—Y alguno de nosotros no podría contarlo ya —añadió Jor.

—De todos modos, hay que enterarse de lo que sea —dijo el secretario—. El marqués me está esperando y no es hombre que tenga paciencia.

Empuñó las pistolas y se adelantó resueltamente hacia la barricada, seguido de los seis marineros, que parecían más ebrios que nunca, quizá a causa del fuerte calor que reinaba en la estancia; el traficante y Jor iban detrás, riendo entre dientes, puesto que sabían de qué oso se trataba.

El secretario se aventuró en el pasillo que los hessianos habían hecho al transportar las dos grandes cubas; de repente, la barricada, que por fortuna se componía sólo de rollos de pieles, le cayó encima, cubriéndolo completamente.

—¡El oso, el oso!… —gritaron los marineros, dando un salto hacia atrás y derribando a su vez barriles y cajas.

Hicieron algunos disparos al azar y se precipitaron hacia el centro del amplio almacén, parapetándose detrás de la mesa que habían derribado, así como las dos grandes cubas llenas de tambores.

Riberac y Jor se quedaron solos.

—«Cabeza de Piedra» ha hecho honor a su cabeza —dijo el primero.

—Se ha llevado al secretario del marqués en nuestras narices —repuso el segundo.

—¡Y con qué maestría! Ninguno de nosotros lo hemos visto siquiera. Ese hombre es un verdadero diablo y su compañero no le va en zaga.

—¿Cómo nos libraremos de estos marineros?

—Aquí tenemos ginebra. Los embriagaremos si no se van.

—Me parece que preferirían volver al bergantín antes que quedarse aquí —respondió Jor.

—Vamos a ver qué le ha pasado al secretario.

—Que se lo han llevado, señor Riberac.

—Ya lo sé. «Cabeza de Piedra» lo tendrá en el pasadizo secreto. Es un hombre de acción ese bretón, que no vacila nunca.

Para tranquilizar un poco a los marineros, presa de un pánico enorme, entraron en la barricada y vieron a la entrada del pasadizo secreto a «Petifoque», que se reía con toda su alma.

—«Cabeza de Piedra», ¿ha hecho una de las suyas? —le preguntó Riberac.

—Se ha llevado al secretario del marqués.

—¿Qué quiere hacer de él?

—¡Yo qué sé! Ahora mandará batir tambores a paso de carga y se apoderará de la chalupa, que le es muy necesaria a él y acaso a vos también. Soplan malos vientos por este lado, ahora que los ingleses se preparan a invadir el Champlain. Si no nos refugiamos pronto en Ticonderoga, acabaremos mal, señor Riberac.

—En ello pienso —respondió el traficante—. Una cosa me desconsuela, y es dejar todas mis riquezas en poder de los indios, que jamás han conocido la gratitud.

—Alguien os resarcirá. El barón es tan rico como el marqués.

—¡Ohé!… —gritó en aquel momento el cabo de los marineros—. ¿Habéis encontrado al secretario?

Riberac y Jor saltaron a la barricada después de hacer señas a «Petifoque» de que esperara; el primero dijo:

—Ha desaparecido; algún oso debe de haberlo devorado.

—¿Habéis visto a la bestia?

—No; sin duda ha huido en seguida.

—¿Hacia dónde?

—Hemos encontrado una especie de subterráneo —dijo el traficante—. Lo habrán minado sin yo advertirlo, bien los indios o bien las fieras, atraídas por el olor de mis pemiles.

—¡Ah, guardáis pemiles aquí!… —gritaron los marineros.

—Y exquisitos.

—Traednos acá una caja. Ya que el secretario ha desaparecido, tengamos francachela —dijo el graduado—. El marqués nos aguardará. No hemos de ser siempre esclavos suyos.

—También tengo salchichones ahumados del propio Heidelberg y cerveza.

—¡Nada de cerveza! —aullaron los marineros—. ¡Ginebra, ginebra!

—Como queráis —dijo el traficante—. Tengo una buena provisión, que contaba haber vendido a las tripulaciones inglesas.

—Pero nosotros no pagaremos ni un chelín —gritó el graduado—. Somos seis, mientras que vosotros no sois más que dos.

—Os lo regalo —dijo Riberac.

—Sois un verdadero padre.

—Jor, trae unas cajas y da de comer a esta gente.

—Un momento, señor —dijo el graduado—. ¿Y si el oso vuelve? El señor Oxford tenía pocas chichas, y un oso gris apenas habrá tenido con él para dar que hacer a un diente.

—Hemos tapado la mina con dos cubas grandes, y por allí ya no podrá entrar ningún animal. Son cubas llenas de harina, que pesan dos quintales cada una.

Iba Jor a acercar una caja de pemiles, cuando hacia el pasadizo secreto se oyeron tambores batiendo furiosa carga.

—¡Los americanos! —gritó Riberac—. ¡Huid!… ¡Han tomado por la espalda el almacén!…

—¡Vámonos, vámonos! —mascullaron los marineros, que no tenían deseo alguno de combatir y que para nada se acordaban ya del secretario del marqués.

Saltaron por encima de la mesa y de los barriles, y se dirigieron a la puerta, que estaba abierta, jurando y renegando.

Entretanto, los tambores continuaban retumbando con ruido ensordecedor. Parecían conducir al ataque a un considerable destacamento de americanos. Riberac cerró la puerta, atrancándola; y dijo a Jor:

—Vamos a ver lo que hace «Cabeza de Piedra».

—¡«Cabeza de Piedra» está aquí! —dijo el bretón, apareciendo de improviso y lanzando contra la pared el voluminoso tambor—. ¿Se han marchado ya?

—Todos —repuso Riberac.

—Ante todo he de daros las gracias por vuestra lealtad.

—No es necesario. ¿Y el secretario del marqués?

—Me lo he llevado yo, después de ahogarlo casi para que no gritara. Puede servirnos de muy valiosa ayuda teniéndolo en nuestro poder.

—¿Y la chalupa?

—Ahora pensaremos en ella. ¡Qué diablo, dejadme respirar un poco!

Viendo sobre una de las cajas un vaso de ginebra, lleno aún, lo vació de un trago.

—Apagad el fuego —dijo— y vámonos de aquí.

El redoble del tambor había cesado. «Petifoque» y los dos hessianos debían de haber salido del pasadizo secreto, llevando consigo al secretario.

—Vamos —insistió «Cabeza de Piedra»—. Aquí no tenemos ya nada que hacer.

Con dos cubos de agua extinguieron la hoguera, para impedir que una chispa prendiese la pared, y después, con las armas en la mano, atravesaron el almacén a grandes zancadas y se internaron en el pasadizo secreto.

—¡«Petifoque»! —gritó «Cabeza de Piedra» al salir.

—Te esperaba —repuso el joven marinero, adelantándose.

—¿Y los dos hessianos?

—Llevan al secretario del marqués, más muerto que vivo.

—¿Estamos todos?

—Sí —dijo Riberac.

—Vamos ahora por la chalupa… Acaso nos ganaremos algunos cañonazos; pero es sabido que esas grandísimas bestias no dan fácilmente en el blanco. ¡Adelante!…

CAPÍTULO VI. BALAS INCENDIARIAS

Apenas había pronunciado «Cabeza de Piedra» su voz de mando, cuando vio aparecer a los dos hessianos en desenfrenada carrera, conduciendo casi a rastras al desgraciado secretario, bien sujeto por las muñecas.

—¡Padre —dijo Wolf—, los ingleses! ¡Nadie se mueva o nos haremos matar todos!

—¿Ha atracado otra chalupa? —preguntó el bretón con un gesto de ira.

—Y tripulada por dos docenas de marineros, lo menos, con maestros y oficiales.

—¿Han desembarcado ya?

—Sí; están atravesando el bosque, al parecer en dirección del almacén.

—¡Por todos los campanarios de Bretaña!… Hemos llegado demasiado tarde. ¿Y dónde refugiarse ahora?

—En el pino carcomido —dijo Jor—. A nadie se le ocurrirá irnos a buscar allá dentro.

—Pero no podremos apoderarnos de la chalupa.

—Volveremos más tarde por ella —dijo «Petifoque»—. No es ocasión ahora de enseñar los dientes a los ingleses. Además, hay que contar con los otros seis que vinieron antes, más o menos ebrios, pero armados también.

«Cabeza de Piedra» se arrancó algunos pelos de su encrespada barba.

—No nos dejemos sorprender —dijo Riberac—. Sería insensato hacer frente a más de treinta hombres.

—Tenéis razón. La partida no es nuestra por ahora. «Petifoque», coge los cuatro tambores.

—¿Nos han de servir todavía? —preguntó el joven marinero.

—Ya veréis; la carga siempre hace su efecto sobre los ingleses.

Volvieron a entrar en el pasadizo secreto, y con los cuatro tambores se internaron en el bosque para ocultarse en el gigantesco pino.

A lo lejos se oían las voces de los marineros del bergantín, llamando a voces al secretario del marqués y a los seis compañeros que le acompañaban; estos últimos, en cambio, no daban señales de vida.

Probablemente, bajo los efectos de la ginebra, habrían caído cerca de algún matorral y roncaban tranquilamente sin acordarse para nada de que debían volver al bergantín para advertir al marqués de la desgracia ocurrida a su secretario.

Jor se había puesto a la cabeza del grupo de fugitivos, pues era el único que conocía la situación exacta de la caverna leñosa; los dos bretones hubieran sido incapaces de llegar a ella por no conocer el lugar ni haber tenido la precaución de marcar los árboles la víspera, a fin de orientarse más tarde.

Atravesaron algunos matorrales espesísimos, formados en su mayor parte de abedules, cuya corteza sirve a los indios para fabricarse barcas muy esbeltas que resisten hasta las corrientes rápidas y, finalmente, se hallaron ante el refugio, capaz, como sabemos, de albergar veinte personas en caso preciso.

—Por el momento estamos a cubierto —dijo «Cabeza de Piedra»—. Pero hemos hecho una ligereza. Vos, señor Riberac, no habéis pensado en los víveres.

—No he tenido tiempo de ocuparme en ello —contestó el tratante—. Bastante me daban que hacer aquellos seis borrachos, que amenazaban saquear todo mi almacén.

—Yo esperaba que este asunto se presentara mejor —dijo el bretón—. Y nos hemos quedado sin chalupa y sin víveres. ¡Eh, «Petifoque», el Canadá no es país muy generoso para nosotros!

—Lo mismo creo —repuso el joven marinero—. Pero los bretones son bretones siempre, testarudos, y acaban siempre por salirse con la suya.

—Sí; cuando no les parten el alma a hachazos o los fusilan a quemarropa. ¡Jor!

—¡Maestre! —respondió al punto el marinero.

—¿Podrán descubrir nuestras huellas los ingleses? Aunque de todos modos, siempre tenemos con nosotros al secretario del marqués, que nos servirá para que vayan con tiento esos señores.

—También yo pensaba en ello. Voy a borrarlas —propuso Jor—, pues de otro modo, como la tierra está húmeda aún, les será fácil dar con ellas.

—¿No te descubrirán?

—No temáis; conozco muy bien la floresta, y si quieren darme caza les haré correr hasta perder el resuello completamente. Sobre las entenas valen algo; pero por tierra no son gran cosa.

—Mira que te esperamos, y no muy tranquilos, por cierto. Nos amenaza otro terrible huracán, si bien éste se desencadenará a tiros.

—Dejadme a mí, maestre. Dentro de media hora, o quizá antes, estaré de vuelta —respondió el compañero de David, tomando su fusil y desapareciendo en seguida tras la arboleda.

—No borra las huellas —dijo «Petifoque», inquieto.

—Lo hará de regreso —repuso «Cabeza de Piedra»—. ¿Y ahora, señor Oxford, podréis satisfacer nuestra curiosidad?

El secretario del marqués, sentado en un montón de serrín desprendido por la carcoma, bajo la vigilancia celosa de los dos hessianos, lanzó a su interlocutor una mirada feroz.

—Es inútil que atraveséis los ojos de ese modo, querido señor mío —dijo «Cabeza de Piedra»—. Los corsarios no se asustan por tan poca cosa.

—¿Qué queréis de mí? —preguntó el secretario con desfallecida voz.

—Ante todo, que nos digáis cuántos hombres montan el bergantín.

—No los he contado.

—¿Teníais, quizá, los ojos malos?

—Mucho.

—¿Entonces se os curaron de repente cuando el marqués os mandó en seguimiento mío?

—Certísimo. Al desembarcar os he visto muy bien. Sin duda son los efectos benéficos del aire resinoso de estos bosques.

—Este aire, querido, cura los pulmones, pero no los ojos. Os equivocáis si creéis que estáis hablando con un necio.

—Me alegro infinito.

—¿Por qué me tiene tanta ojeriza el marqués?

—Sé que tiene un grandísimo deseo de echaros mano a vos y a «Petifoque». Parece ser que tiene algunas cuentas añejas que ajustar con ambos. No debéis ignorarlo.

—Verdaderamente, le hemos hecho algunas trastadas, pero es que estábamos en plena guerra y no teníamos el raro capricho de bailar por vez postrera colgados de alguna entena de su navío. Vos hubierais obrado como nosotros. ¿Es cierto que el marqués está enterado de que el general Washington y el barón sir McLellan me han confiado dos cartas para los comandantes del fuerte de Ticonderoga?

—No sé nada de eso.

—¡Mentís! —dijo Riberac—. Me lo habéis dicho así hace algunas horas, en el fortín.

—No habréis entendido bien —respondió el secretario.

Y mirándole de hito en hito, añadió:

—Nos habéis traicionado, ¿no es verdad? ¡Y mi señor, que tanta confianza tenía en vos!…

—Soy canadiense, que es tanto como decir francés, y no inglés. Actualmente me declaro por la libertad americana.

—¿Vuestro compañero Jor piensa lo mismo?

—También él es canadiense.

—Bien habéis engañado a mi señor. No faltará alguna cuerda para vosotros tampoco, estad seguros de ello.

—Bien gordas, como los cables del ancla de salvación —indicó «Cabeza de Piedra» con ironía—. ¿Y no pensáis, señor mío, en que más fácil es que os ahorquemos a vos? Hay miles y miles de árboles en este bosque, bastante resistentes para no venirse abajo por el peso de vuestro liviano cuerpo. Por otra parte, a ningún marinero le falta nunca un trozo de calabrote.

—¿Y seríais capaces? —preguntó el secretario, palideciendo.

—Señor mío, nos atreveremos a todo con tal que el marqués nos deje paso libre para llegar al fuerte.

—¿Va a ceder ante seis hombres?

—Ya lo veremos. Yo confío en que hará lo que pueda por salvaros la piel.

—¿Así, pues, me ahorcaríais?

—Hay tiempo aún, señor —dijo «Cabeza de Piedra»—. Nosotros nunca tenemos prisa.

En aquel momento retumbaron algunos cañonazos, del lado del bergantín, seguidos por una descarga de fusilería, procedente, a no dudar, del segundo destacamento de marineros desembarcados.

—El marqués, que se interesa por vos y pide noticias vuestras. Debe de estar inquieto —dijo «Cabeza de Piedra».

Iba a responder el secretario, cuando «Petifoque» se lanzó hacia la entrada de la caverna, gritando:

—Aquí viene Jor corriendo. Parece que le siguen.

—¡Cuerpo de un cañonazo!… —exclamó «Cabeza de Piedra», levantándose rápidamente—. ¡Si se hubiera dejado sorprender!… No tendrá tiempo de disimular nuestras huellas y los ingleses vendrán pronto a sacarnos de nuestro escondrijo.

—Afortunadamente, contamos con el señor Oxford y con nuestros tambores.

El viejo bretón se había reunido con «Petifoque», el cual estaba ya fuera del recinto, armado con su carabina, pronto a hacer fuego.

Jor se acercaba corriendo como un gamo, dando de cuando en cuando grandes saltos para ganar terreno; traía también el fusil en las manos.

—Sí, le siguen, no hay duda —dijo el viejo maestre, cuyo semblante se ensombreció—. ¡Buen mirlo blanco es para dejarse coger! ¡Por si no basta que sea marinero, es también un verdadero canadiense!

—¿Nos quedaremos aquí, o huiremos?

—Esperaremos todavía, «Petifoque». Ya sabes que nunca tengo prisa y que siempre llego a tiempo para salvar las situaciones difíciles.

Riberac había salido también, seguido de Wolf. Hulbrik permanecía vigilando al prisionero.

Jor, siempre a la carrera, llegó en pocos minutos al pino gigante. A pesar del frío intenso, sudaba como un caballo después de cuatro leguas de incesante galope.

—¿Te siguen?

—Sí —contestó el marinero—. Me vienen pisando los talones una docena de marineros al mando de un oficial. Iba a entrar en el fortín para traeros víveres cuando me vieron y entraron tras de mí por el pasadizo secreto. Afortunadamente tuve tiempo de abrir la puerta que da sobre el puentecillo y de internarme en el bosque.

—¿Estarán aún lejos esos ingleses?

—No tardarán en llegar. Iban muy cerca de mí, guiados por mis huellas cuando la espesura les impedía verme.

—Esto se pone feo.

Reflexionó un momento, y dijo:

—Que Hulbrik se quede dando guardia al prisionero dentro del pino, y vamos nosotros a emboscarnos cerca de aquí con los tambores. No escasean aquí matorrales donde pudieran esconderse aunque fueran quinientos o seiscientos hombres. Hagamos la prueba.

—¿Tanta confianza tenéis en mis pobres instrumentos? —dijo Riberac, medio riéndose.

—¡Ah, muchísima!… Batiremos de nuevo furiosamente las pieles de asno, y ya veréis cómo logramos otro éxito mucho mayor. ¡Vamos, deprisa; y tú, Hulbrik, cuida del secretario del marqués! No temas, que si es necesario vendremos en seguida en tu ayuda.

—Si, patre —contestó el buen hessiano—. Yo quetarme aunque llecar palas.

—Ya sé que eres un valiente.

Cargaron con los tambores y desaparecieron en un espeso matorral de abedules y pinos, tomando posiciones detrás de un enorme tronco derribado por la vejez.

—¡Cuerpo de todos los campanarios de Bretaña!… —exclamó «Cabeza de Piedra», chasqueando los dedos—. Ya hemos encontrado una barricada. ¿Qué más podíamos desear? Entre tanta desgracia, siempre nos alcanza algún golpe de fortuna. ¡Ah, ya están ahí! Son trece… ¡Mal número para ellos!

Una patrulla de marineros, al mando de un oficial, y guiados, sin duda, por las pisadas de Jor, desembocó a unos trescientos metros del pino hueco. Avanzaban cautelosamente, con el fusil preparado, en previsión de una sorpresa. El resto del destacamento se habría quedado en el fortín, buscando al secretario del marqués.

—Señor Riberac, ¿sabéis tocar el tambor?

—Bien o mal, creo que sí podré hacer algo —repuso el traficante.

—¿Y tú, Jor?

—Algo entiendo. He sido soldado —repuso el marinero de la barca.

—Wolf y «Petifoque» conocen bien estas pieles de asno y les dejaremos batir carga los primeros. Esperad, sin embargo, a que yo lo ordene.

—¿Dónde vais? —preguntó el joven marinero, viéndole saltar la barricada.

—A charlar un rato con esos señores —respondió el viejo bretón. Déjame obrar; ya verás cómo me las compongo sin que una bala me agujeree el pellejo.

—Es una imprudencia.

El bretón ya no lo oía. Se había adelantado con la carabina preparada y salía del matorral. Los ingleses se habían detenido y examinaban cuidadosamente el terreno, buscando la pista dejada por Jor.

—Señores míos —gritó el maestre—. ¿Se puede saber dónde vais? Ya debíais saber que estas orillas del Champlain están en poder de los americanos. Si no os rendís, somos muchos miles y os haremos pedazos.

El oficial, un jovencillo rubio, se había incorporado de un salto, fijando en «Cabeza de Piedra» sus ojos azules. Sus marineros se levantaron asimismo, agrupándose detrás de su jefe.

—¿Quién sois? —preguntó el oficial.

—Soy el famoso maestre «Cabeza de Piedra», a quien el marqués conoce tanto; sabedlo, soy el que os cañoneaba desde La Tonante, echándoos abajo masteleros y pendones.

—¡Vos! —exclamó el inglés, tras larga vacilación.

—Yo mismo, a la cabeza de mis americanos, que están escondidos en el bosque.

—¡Os chanceáis!

—Ya nos hemos apoderado del señor Oxford.

—¡Ah, está en vuestro poder!

—Está bien vigilado y con una cuerda al cuello para colgarle tan pronto como intentéis adelantar un paso.

—¡El señor Oxford, vuestro prisionero!… —exclamó el oficial.

—Ya lo veréis.

—¡Adelante, mis marineros! —gritó el oficial—. Nuestros camaradas vienen detrás, dispuestos a ayudarnos.

—¿No os detenéis?

—No soy tan estúpido que crea que hay ahí tantos americanos.

—¡La carga, la carga! —rugió «Cabeza de Piedra», refugiándose rápidamente detrás del grueso tronco en que se habían hecho fuertes los suyos.

Los cuatro tambores redoblaron furiosamente, produciendo un estrépito ensordecedor al multiplicarse por el eco a favor de los grandes árboles. Parecía que batían carga en cincuenta pieles de asno, y no en cuatro solamente. Los ingleses, justamente impresionados, se detuvieron y retrocedieron a esconderse en los árboles, temiendo recibir una descarga. Tan sólo el oficial permaneció animosamente en su puesto, empuñando un machete de abordaje.

—¡Señor! —gritó «Cabeza de Piedra»—. ¿Seguiréis negando que los americanos están aquí? Antes no lo queríais creer.

—¡Pues bien, matadme! —repuso el inglés—. ¡Han muerto tantos en la guerra!…

—No somos caníbales de la Polinesia. Decid a vuestros hombres que no hagan fuego si quieren volver con vida a bordo del bergantín, y aproximaos aquí; pero tirad antes las dos pistolas que lleváis al cinto.

Los tambores habían dejado de sonar, de modo que los hombres se oían perfectamente.

El oficial dudó un largo rato, y avanzó unos cincuenta o sesenta pasos, después de hacer seña a sus hombres de permanecer quietos.

«Cabeza de Piedra» saltó por encima de la barricada y salió a su encuentro, acompañado de «Petifoque», que había dejado los palillos para tomar la carabina.

—Y bien, señor —dijo mientras seguía avanzando—, ¿os decidís a arrojar las pistolas? Mirad que la cólera es mala consejera, y en ocasiones induce a cometer tonterías. Os prometo no haceros prisionero. Si hubiera querido, me bastaba con haber lanzado doscientos o trescientos hombres sobre vosotros y haceros a todos prisioneros.

—¿Pero dónde están vuestros soldados?

—Bien emboscados los tengo.

—Sin embargo, nos habían asegurado que por esta parte no había americanos.

—Pues os han engañado, señor mío; ya lo veis.

—¿Y habéis prendido al señor Oxford?

—Precisamente.

—¿Con qué objeto?

—Con el de ahorcarlo, si el marqués de Halifax no acepta nuestras condiciones.

—¿Cuáles serían éstas?

—Darnos una chalupa de las grandes y la promesa de no importunarnos si enviamos algunos al fuerte de Ticonderoga.

—Conozco demasiado bien al lord; no aceptará nunca.

—Entonces abordaremos su navío e iremos en él.

—Vos habláis sin cesar; pero aún no me habéis mostrado al señor Oxford —dijo el oficial, impacientándose—. Quizá haya escapado a vuestra persecución.

—¿Lo creéis así? Esperad un poco.

Hizo portavoz con las manos y gritó con voz tronadora:

—¡Hulbrik, trae aquí al prisionero! Aquí estamos todos para protegerte: si disparan, morirán todos.

—En sequida, patre, opetecer —gritó el hessiano desde su escondite.

—Asegúrale primero las manos a la espalda.

Haper ya hecho.

«Cabeza de Piedra» y «Petifoque» se acercaron al gigantesco palo, tras el cual se había detenido el oficial sin darse cuenta de la abertura.

Hulbrik no tardó en salir, teniendo bien sujeto al secretario, a pesar de haberlo atado previamente.

—Señor oficial —dijo «Cabeza de Piedra»—, ¿conocéis al prisionero?

—¡El señor Oxford!… No esperaba encontrarlo vivo.

—Ya os he dicho que no somos caníbales de Polinesia. Ni nos dedicamos a ahorcar a la gente —repuso el viejo bretón—. Miradlo bien; goza de buena salud. ¿Os convencéis ahora de que está en nuestras manos?

—No estoy ciego.

—¿Queréis probar a libertarlo por la fuerza?

—¿Para sacrificar a todos mis hombres? Somos demasiado pocos; pero pronto llegará la escuadra de Burgoyne y entonces tendréis enfrente a diez mil hombres.

—Ni mis soldados ni yo pensamos esperarlos aquí, y al secretario no lo volveréis a ver. Si el marqués lo quiere rescatar en seguida, debe poner a mi disposición una chalupa y un salvoconducto para atravesar el lago.

—No aceptará, os lo digo yo; conozco muy bien al lord.

—Volved a bordo con todos vuestros hombres y referirle cuanto habéis visto y cuanto os he dicho. Os dejaremos reembarcar tranquilos, sin disparar un solo tiro.

—Sois demasiado generoso —dijo el oficial, a pesar suyo.

Miró al secretario del marqués, que se había sentado sobre un haz de viejas fibras leñosas; Hulbrik, armado de su carabina, no se separaba de él, atento al menor de sus movimientos.

—¿Debo obedecer, señor Oxford? —preguntó el oficial al prisionero.

—Haced lo que os parezca —dijo secamente el secretario.

—No es posible empeñar la lucha. Hay muchos hombres escondidos en el bosque, preparados para caer sobre nosotros.

—Yo no sé nada.

—Entonces vuelvo a bordo.

—¿Y cuándo regresaréis? —preguntó «Cabeza de Piedra».

—Lo más pronto posible —repuso el oficial.

—Os concedo dos horas; si no estáis aquí antes que transcurran, mandaré ahorcar al prisionero. Podéis retiraros; son las diez, y mi reloj es exacto como un cronómetro de marina. No dejéis hombres en tierra, pues si los sorprendemos, nos veremos precisados a fusilarlos.

El oficial recogió sus dos pistolas, envainó el machete de abordaje, hizo un ligero saludo y se unió a sus hombres, que habían permanecido ocultos tras los gruesos pinos. La patrulla se alineó y alejóse rápidamente en dirección a la playa.

Jor, Riberac y Wolf acudieron al punto.

—Esperemos ahora —les dijo «Cabeza de Piedra»—. Entretanto, los ingleses creen que la floresta está llena de americanos. Los tambores nos han hecho mejor servicio que si fueran piezas de treinta y dos. Y ya que somos dueños de la playa y que tenemos dos horas de tregua, hemos de pensar en nuestros estómagos. ¿No es así, señor Riberac?

—En mi almacén hay víveres en abundancia. Bien lo sabéis, pues los habéis probado.

—Yo me encargo —dijo «Petifoque».

—Os acompaño —exclamó Jor—. Iremos de prisa y nos traeremos aquí lo que podamos.

—Cuidado con las sorpresas —advirtió «Cabeza de Piedra»—. No hay que fiarse de los marineros ingleses.

—Abriremos bien los ojos —repuso «Petifoque»—. Además de que tenemos las piernas bien ligeras aún; ¿verdad, Jor?

—Ya lo creo —contestó el canadiense, echándose al hombro su fusil.

—Y atención si disparan algún cañonazo. El marqués es muy capaz de dejar que ahorquen a su secretario.

Y volviéndose a Riberac, añadió:

—Dejemos ahora este refugio, que no nos puede servir para nada, y vámonos selva adentro. El oficial lo ha visto y no tengo el menor deseo de hacerme cercar en ese agujero.

—Iba a proponérselo —dijo el traficante.

Se detuvieron aún algunos instantes, siguiendo con la vista a Jor y a «Petifoque», y cuando los vieron desaparecer en dirección al fortín volvieron al matorral, conduciendo con ellos al secretario, a quien desataron las manos.

Aunque el huracán había cesado en el Champlain, violentísimas ráfagas de viento, impregnadas de pequeños copos de nieve, soplaban entre el ramaje, rumoreando sordamente. Ante ellos huían, con las alas desplegadas, grandes cisnes canadienses, que alcanzan a veces treinta libras de peso, seguidos de grandes bandadas de ocas y patos silvestres, notablemente mayores que los que viven en los pantanos y lagos europeos. «Cabeza de Piedra», viéndolos abatir su gracioso vuelo hacia la tierra, meneaba la cabeza, murmurando:

—¿Estará el Champlain tan borrascoso durante todo el invierno?

Pasaron la barricada, y con ramas de abedul y largas tiras de corteza, desprendidas con facilidad, construyeron rápidamente una pequeña choza, bastante holgada para resguardarse de la nevisca.

No hace falta decir que a su alrededor yacían los famosos tambores que habían hecho escapar más que de prisa a los marineros del marqués. Podían servir para batir la tercera carga si otras tropas desembarcaban en número considerable.

Apenas habían preparado su refugio cuando Jor y «Petifoque» reaparecieron, llevando algunas cajas sobre sus hombros.

—¿No han saqueado mi almacén? —preguntó Riberac al joven marinero.

—Todo está aún en orden, señor. Pero tengo que daros una mala noticia —respondió «Petifoque».

—¿Qué es ello?

—Los ingleses han ahorcado a los seis marineros que escoltaban al señor Oxford.

—Los habrán sorprendido borrachos y quizá dormidos. Los ingleses no gastan chanzas con la disciplina. Son terribles.

—La culpa ha sido mía —dijo Riberac—. Y el caso es que si no los dejo beber incendian el almacén y nos dan fuerte a Jor y a mí. Sé muy bien cómo las gastan los marineros en tierra.

—¿Los demás han desaparecido todos? —preguntó «Cabeza de Piedra».

—Sí; marcharon hacia el bergantín —repuso «Petifoque»—. Los hemos visto reembarcar, y no han dejado más que a esos seis desgraciados, que el viento mece ahora en los extremos de las ramas de un gran pino.

—¿Cerca del fortín?

—A cuatrocientos o quinientos pasos.

—Es feroz ese marqués. Su hermanastro, el barón McLellan, no ha colgado nunca a ninguno de sus corsarios en la punta de los pendones. ¡Ah, ése es un hombre!… Bien es verdad que si por sus venas corre sangre inglesa, también corre sangre francesa.

—Maestre —dijo Riberac, mientras Jor, «Petifoque» y los dos hessianos abrían las cajas y sacaban pemiles, bizcochos, lenguas de bisonte ahumadas y algunas botellas—, ya me contaréis algún día por qué esos dos hermanos se odian tanto y vienen a encontrarse hasta América para matarse.

—Cuando comamos —respondió «Cabeza de Piedra»—. Hemos hecho una labor pesada, y además, el ilustrísimo secretario del marqués debe de tener hambre. No acostumbramos negar víveres a los prisioneros, como hacen a menudo los ingleses.

—Así dicen las malas lenguas —dijo Oxford, con voz siempre dura y altanera.

—Lo sé bien, señor mío, yo, que he sido por algunos días prisionero del marqués. Vosotros los ingleses preferís obsequiar con cuerdas enjabonadas a vuestros prisioneros, mejor que invitarlos a consumir raciones suficientes, a base de bizcocho y carne salada… acompañadas de buen vino.

—Ya veo que no estáis muerto.

—Había gentes de corazón que, a escondidas del marqués, no me dejaban carecer de nada. ¿Es verdad, «Petifoque», tú, que me hacías compañía?

—Verdad es, como un libro impreso —repuso el joven marinero, mientras cortaba en lonjas los pemiles y las lenguas, colocándolas sobre la tapa de una de las cajas—. Ni siquiera nos faltaba tabaco.

Patre —dijo Hulbrik—. Comita pronta. No dejar escapar esta trecua.

Un cañonazo retumbó en aquel momento, seguido inmediatamente de otros varios; una granizada de balas caía sobre la selva, con roncos silbidos, derribando a su paso gruesas ramas, que caían al suelo con gran estrépito.

—¡Buena tregua tenemos! —exclamó «Cabeza de Piedra»—. Apenas son las once y ya han roto las hostilidades. Señor Oxford, el marqués parece haberos abandonado a vuestro destino. ¿No lo creéis así?

El secretario contrajo su rostro, arrugó el entrecejo y apretó los dientes; pero permaneció silencioso.

—Dejémoslos desahogarse —dijo el artillero—. Lo siento por vos, señor Riberac.

—¿Por qué? —preguntó el traficante.

—Porque el bergantín comienza a lanzar balas incendiarias sobre vuestro almacén, con el fin de incendiarlo.

—¿Cómo sabéis que son balas incendiarias?

—Un viejo artillero no se engaña nunca. Los proyectiles secos hacen otro ruido.

—¡Ya sabía yo que no acabaría mi almacén de buena manera! —dijo el traficante—. Los ingleses, los indios o los mismos americanos hubieran acabado por dejarlo vacío. Hace ya tiempo que estaba persuadido de ello; pero he tenido la precaución de esconder en lugar seguro mis guineas, fruto de tantos años de peligros y fatigas, y siempre seré bastante rico.

—Justo —dijo «Cabeza de Piedra», que se había levantado, con una lonja de pernil y un bizcocho en las manos—. Los artilleros del bergantín han tomado vuestro fortín como objetivo. Se aprovechan de la breve calma que reina sobre el lago, y que acabará antes de la noche, porque cuando las ocas y los cisnes se refugian tierra adentro, es señal cierta de que la borrasca está próxima. Es pequeño este Champlain, pero siempre está colérico.

—Estamos en la mala estación —respondió el traficante, que se había sentado sobre el caído pino que servía de barricada, devorando un trozo de lengua ahumada, acompañada de bizcocho y remojando el condumio con una botella de vino blanco seco procedente de Francia. Parecía no preocuparse de su almacén, que a aquella hora seguramente habría recibido de seguro más de una bala incendiaria.

Todos se habían puesto a comer tranquilos, como si se encontraran lejos del alcance de cualquier pieza de artillería. El mismo señor Oxford se había dignado aceptar un salchichón.

Entretanto, los cañonazos se sucedían, sirviendo de blanco el fortín a todos ellos. Seguramente el marqués había decretado su destrucción, creyendo acaso que en él se encontraban los americanos. Más de veinte cañonazos habrían retumbado, repercutiendo intensamente bajo el ramaje del bosque, cuando «Cabeza de Piedra» señaló al traficante una nube de humo que se elevaba sobre el depósito.

—¿Cuánto perdéis? —preguntó.

—Cinco mil guineas —repuso Riberac—. Pero el marqués me ha dado el doble por vuestra captura.

—Entonces, no os podéis quejar.

—En absoluto.

—Lo siento por los pemiles, que se asarán alegremente, sin que los podamos probar —dijo el bretón—. Era cómodo para nosotros el almacén.

—¿Qué le haremos? Así es la guerra.

—¡Cuerpo de cien mil pipas rotas…, bien lo sé yo, que no he hecho otra cosa que combatir allende y aquende el Atlántico!

—Y siempre con una salud a prueba de bombas, ¿verdad? —gruñó el traficante, con la boca llena.

—He recibido cascos de metralla, y no pocos, pero ninguno me ha mandado al otro mundo a patronear una barca de Belcebú. Nosotros tenemos la cabeza dura y el pellejo lo mismo. Señor Riberac, vuestras provisiones se queman.

—Ya lo veo —repuso el traficante, sin dejar de comer—. Pero como no las podemos salvar, las doy por bien perdidas.

Una lengua de fuego atravesó los aires y fue a caer sobre el fortín, silbando, seguida de una lluvia de chispas, que se dispersó en los aires, en alas del viento.

Pasaron dos o tres minutos, al cabo de los cuales se oyó un formidable estampido. Las provisiones del traficante habían sido presa del fuego, haciendo estallar el depósito.

CAPÍTULO VII. EL DOMADOR DE OSOS

Una gigantesca nube de humo, a través de la cual surgían columnas de chispas, envolvía el fortín por todos lados, oscureciendo en algún momento hasta el mismo sol, que brillaba pálidamente, como si estuviese helado; después las llamas se desencadenaron con infinita violencia, despidiendo fuertemente, hasta el puentecillo, una lluvia de tizones ardiendo. Un olor acre se extendía rápidamente; olor de cuerpos grasos que se carbonizaban, con tanta más facilidad cuanto que junto a ellos se encontraban no pocas botellas de ginebra y de whisky, las cuales no se habrían librado tampoco del fuego.

Los cañonazos habían cesado. El bergantín reservaba sus proyectiles para más tarde. «Cabeza de Piedra» y sus camaradas observaban con mirada triste la obra devastadora del fuego, que ninguna bomba hubiese podido ya dominar.

—Ya estarán contentos —dijo el marinero volviéndose hacia el traficante, a quien aquel espectáculo había conmovido—. Ahora veréis que toman como mira el pino gigante, que les habrá señalado con toda precisión el oficialito. Estamos sin refugio alguno y amenaza tempestad.

—Otros árboles encontraremos, carcomidos como éste —repuso Riberac, dejando caer el trozo de galleta que se preparaba a triturar—. Me preocupa la caza que no dejarán de organizar los ingleses para intentar capturarnos. No estoy persuadido de que crean en la existencia de tantos americanos aquí.

—Y yo menos que vos —respondió el bretón—. ¡Mil hombres sin un cañón siquiera!… He ido demasiado lejos… Veamos, señores: ¿no hay otros depósitos por aquí cerca?

—Hay uno a más de cincuenta millas, pero los ingleses lo habrán destruido ya.

—¡Ah…, se me olvidaban los pieles rojas, aliados de los ingleses! Me parece que mi pelo cano está en peligro.

—Acaso no nos escalpen, ni nos amarren al palo del tormento, porque yo he sido el que los he alistado y me deben alguna obediencia.

—¿Andarán lejos?

—Menos quizá de lo que creéis. Estos cañonazos habrán hecho que apresuren la marcha. Tienen el oído muy fino esos hombres.

—¿Y los dejaréis unirse a los ingleses?

—Sería nuestra pérdida segura. Por eso os propondría partir de aquí cuanto antes e ir en busca del gran sakem de los iroqueses, a fin de impedir a las dos hordas que lleguen hasta el lago. Por ahora debéis renunciar a la idea de atravesar el lago y ver los muros de Ticonderoga.

—Ya me lo figuro. Ese perro de marqués no ha querido cederme una chalupa.

—Y el secretario, ¿lo ahorcamos?

—Sería una crueldad inútil. Lo llevaremos con nosotros —respondió «Cabeza de Piedra»—. Nunca se sabe: puede convertirse en un hombre útil, aun en el caso de que su patrón lo haya abandonado a su destino. El barón McLellan no hubiera procedido nunca así. En cambio, el marqués ha sido siempre un mal hombre, altivo y perverso.

—Tenéis razón —dijo el señor Oxford, que, siempre vigilado por Hulbrik, se había aproximado a ellos y escuchaba sus palabras—. Es un malvado que no merecía mi afecto. ¡Dejarme así sabiendo que me iban a ahorcar, sin hacer esfuerzo alguno para salvarme, cuando ya hace veinticinco años que estoy a su servicio!…

—Espero, por consiguiente, que os pasaréis a nuestro bando y que no os ocuparéis más de ese señor —dijo «Cabeza de Piedra»——. ¿Sois inglés vos?

—No; flamenco.

—Entonces podéis abrazar la causa americana como nosotros. Nunca estorba un partidario más. Los flamencos han sido siempre hombres de valor y espero que no lo seréis vos menos que vuestros compatriotas.

—Mi padre fue coronel.

—Entonces corre por vuestras venas sangre de bravo. Ya lo veremos en la prueba.

—Cumpliré con mi deber. Por otra parte, yo no he nacido para servir de secretario a un gran señor. Soy completamente vuestro y podéis contar conmigo. Yo os podré suministrar informes que os serán precisos.

—¿Sobre los movimientos de la escuadra inglesa?

—Y otras cosas más interesantes —respondió el secretario, cuyo rostro volvió a oscurecerse—. Si os…

Un cañonazo interrumpió bruscamente el diálogo. El bergantín había comenzado de nuevo el bombardeo, lanzando dos balas alquitranadas contra el gigantesco pino, tronchando una de sus gruesas ramas, que cayó al suelo con gran ruido.

—Ya me lo esperaba —dijo «Cabeza de Piedra»—. Ahora veréis cómo los ingleses hacen uso otra vez de balas incendiarias para destruir también nuestro segundo refugio. Toda la selva arderá, pues la forman árboles muy resinosos, a más de que el viento comienza a rugir de nuevo. Señor Riberac, será mejor que despejemos a toda prisa y que vayamos en busca de vuestro amigo indio…

—«Caribú Blanco» —dijo el traficante.

—Bonito nombre… ¡Correrá más que un caballo ese sakem!

—Ninguno de sus guerreros ha conseguido alcanzarlo.

—¡Vaya unas piernas!… Semejantes a las de los avestruces africanos.

Siete u ocho cañonazos siguieron al primero sin interrupción, y pronto se vio al pino gigante envuelto en llamas.

—¡Ah, el tirador maravilloso!… —exclamó «Cabeza de Piedra»—. Por dos veces ese hombre extraordinario ha logrado detener a La Tonante en plena carrera, inmovilizándose cuando el barón estaba a punto de abordar la nave del lord para salvar a Mary de Wentwort. ¿Cómo no se lo habrá llevado el diablo a disparar cañonazos al infierno? Señor Riberac, tomemos las de Villadiego. Aquí no se respira ya aire que nos convenga.

—Me parece que ha llegado el momento —dijo el traficante—. Pensad que los ingleses podrían desembarcar de un momento a otro algunas docenas de hombres, a fin de capturarnos.

El pino gigante ardía como una gigantesca antorcha por efecto de las balas incendiarias, que daban en él con matemática precisión. Hasta la caverna leñosa era presa del fuego, y de ella salían llamas como de un pequeño volcán. «Cabeza de Piedra» se dio un gran puñetazo en el cráneo, arrancándose después varios pelos de sus barbas rufas, y dijo:

—La lucha es imposible. Los tambores no nos servirán esta vez para asustar a los ingleses, que ya deben de tener bien abiertos los ojos.

—Pero nos los llevaremos —dijo Riberac—. Me servirán para atraer a los indios.

—¿No será una pesada carga? —dijo «Cabeza de Piedra»—. Los dos hessianos se encargarán de llevar los víveres que nos quedan. Por un par de días no nos faltarán el almuerzo ni la cena, ya que no podremos pensar en la comida. Después cazaremos osos.

—Y que hay muchos aquí —dijo Riberac—. En una sola semana maté cuatro, y todos ellos magníficos plantígrados negros.

Una nube de humo hediondo, impregnado de resina, que cortaba la respiración, comenzaba a abatirse sobre la pequeña patrulla. Otro pino ardía ya, crepitando, y por sus costados manaba la ardiente linfa. El fortín del traficante no era ya más que un montón de cenizas; pero los árboles que le rodeaban, ricos en resina, ardían ahora, retorciéndose con siniestros silbidos.

—Vámonos ya en busca del «Caribú Blanco» —dijo «Cabeza de Piedra»—. Confiemos en que será menos feroz que el marqués de Halifax. ¡Señores: partamos antes que el humo nos sofoque! Si el viento continúa soplando, Dios sabe cuántos pinos arderán. ¡En marcha!… Volveremos después, cuando todo haya acabado y el bergantín se haya estrellado contra los arrecifes, como lo espero.

—¿Intentaríais apoderaros del marqués? —preguntó Riberac.

—Si fuera posible, ya lo creo. No desespero de encontrarlo, como no desespero de llevar mis dos cartas a los dos comandantes del fuerte de Ticonderoga. ¿Qué importa que los huracanes se desencadenen sobre nosotros? Ya estamos bien acostumbrados, ¿verdad, «Petifoque»?

—En el asedio de Boston marchaba mejor la cosa —repuso el joven gaviero—. Allí, al menos, estaba la taberna de los Treinta Cuernos de Bisonte, siempre bien surtida.

—De fino peleón —dijo Hulbrik riendo—. Yo no saper como no ser muerto.

—Los alemanes tienen el pellejo duro —sentenció el viejo bretón—. Y basta de charlas. Hay que mover las piernas y dejar quietas las lenguas.

En torno a ellos comenzaban a caer torbellinos de chispas que el viento desprendía del gigantesco pino, arrastrándolas en vertiginoso remolino. El humo se hacía insoportable y provocaba en los siete hombres violentos accesos de tos. Los cañonazos, en tanto, no cesaban; violentos estampidos se sucedían, haciendo escapar a las bandadas de ocas y de cisnes y temblar a los otros volátiles. Las balas encadenadas cedían el turno a las incendiarias, lanzadas al acaso sobre la floresta, en todas direcciones. El bergantín del marqués debía de tener una fuerte provisión de proyectiles y de pólvora.

Los fugitivos cogieron sus famosos tambores y las cajas de víveres y traspusieron la barricada, alejándose rápidamente todos muy tristes. El único que quizá no lo estuviese era el señor Oxford, que hasta entonces había estado persuadido de que los dos corsarios mantendrían su palabra de colgarlo de cualquier rama a falta de pendón.

Caminaban de prisa, guiados por el traficante, que conocía el terreno mejor que otro alguno, Jor inclusive, saliendo de un matorral para entrar en otro. La marcha no era difícil, pues como es sabido, si los abedules crecen en grandes grupos, los pinos, pon el contrario, se elevan a alguna distancia entre sí, ya que necesitan mucha tierra para su desarrollo y para ahondar sus monstruosas raíces.

Durante unas dos horas el pequeño grupo continuó internándose hacia el corazón de la floresta sin límites, deteniéndose a descansar, cuando el cañón dejó de oírse y el contorno parecía tranquilo.

—¿Sabéis dónde estamos, señor Riberac? —preguntó «Cabeza de Piedra», que no podía permanecer más tiempo sin dar trabajo a la lengua.

—A unas diez millas del lago; dentro de poco nos hallaremos a orillas del Lib. Jor ha guiado bien.

—Mis piernas se resienten de la caminata —dijo el bretón, cargando su famosa pipa—. Verdaderamente, nosotros los marineros preferimos dejarnos llevar del viento, aunque esté de mal humor. ¿Creéis que el marqués haya desembarcado?

—Eso quisiera saber yo también —repuso el traficante.

—¡Oh, ya estará en tierra! —dijo el señor Oxford—. Tiene mucha prisa de cogeros por su cuenta, maestre.

—¿Siempre a causa de esas dos famosas cartas que tantos disgustos me están proporcionando? Decididamente, soy un correo torpísimo… Se ve que he nacido sólo para navegar y disparar cañonazos. ¿Nos dará caza?

—No lo dudéis, maestre.

—Entonces no nos queda otro recurso que guarecernos entre los indios.

—Ya os lo dije —dijo Riberac—. Corremos menos peligro.

«Cabeza de Piedra» miró al cielo, cada vez más nublado, y dijo:

—No estarán lejos tampoco los ingleses. Galerna, otra vez tendremos galerna, que pondrá en serio peligro el bergantín del marqués. ¡Ah, sí se destrozase contra los peñascos, como se ha despedazado mi barca…, entonces podríamos en absoluta prescindir de los indios!

—¿Queréis que aguardemos aquí?

—Yo os propondría, señor Riberac, volver al lago por otro camino. Con alguna prudencia, podríamos evitar un encuentro con los ingleses y vigilarlos de cerca.

—¿Para qué?

—Tengo una idea fija, y cuando una idea se me planta en la testa, ni las tenazas del compadre Belcebú podrían arrancármela.

—Comprendido. ¿Querríais tender un lazo al marqués?

—Aprovechando el huracán. Parece que vuestros indios se han adormecido en el sendero de la guerra.

—Sin embargo, ya debían de estar aquí —dijo el traficante—. Ea, pues, decidíos.

—Volvamos allá. No sé alejarme de ese lago, cuyas aguas bañan los muros de Ticonderoga. Si los indios vienen, nos prestarán su ayuda y nos apoderaremos de toda la tripulación del bergantín. ¿Qué dices tú, Jor?

—Que nuestra suerte ha de decidirse en las orillas del Champlain, y no en el fondo del bosque —dijo el canadiense—. Si la flotilla inglesa llega antes que nosotros, no veremos ya más a Arnold ni a Saint-Clair.

—¿Y a ti, qué te parece, «Petifoque»?

—Que el general Washington y nuestro comandante nos han encargado ir al fuerte, y no darnos paseos por el bosque —repuso el gaviero.

—Sea, pues —dijo Riberac—; volvamos al lago. Quizá tengáis razón en no querer alejaros de aquellas orillas.

Iban a levantarse, cuando una voz sonora gritó, en un francés bastante comprensible:

—¿Dónde van los hombres blancos? ¿No saben que los iroqueses de Caribú Blanco marchan por el sendero de la guerra, prontos a probar el filo de sus hachas?

Un indio surgió de improviso de un macizo de abedules enanos, que hasta entonces lo había ocultado. Era un hombre de mediana edad, entre los cuarenta y los cincuenta años, de estatura gigantesca y vigorosas formas. Vestía una gruesa casaca de paño azul oscuro, con adornos ya borrosos, y envolvía sus piernas en varias tiras de piel de gamo muy apretadas. Calzaba mocasines altos, asimismo de piel, adornados en las costuras exteriores con varias cabelleras, rubias en su mayoría. Una ancha faja de lana le ceñía las caderas robustas. Llevaba, además, un viejo fusil, con el cual apuntaba a los siete hombres con increíble audacia.

—¿Qué buscáis, señor indio? —le preguntó «Cabeza de Piedra», incorporándose de un salto y armando su carabina—. ¿Queréis un sorbo de excelente ginebra o una carga de plomo?

—Quiero saber quiénes sois.

—Rostros más o menos pálidos. Para algo tenéis dos buenos ojos plantados sobre vuestra roja nariz.

El indio sacudió su larga cabellera negra y tosca, enderezó las tres plumas con que la adornaba, y desviando su viejo arcabuz, continuó enfáticamente:

—Soy Águila Blanca, gran guerrero iroqués, que ha escalpado a más de veinte personas y a quien nadie osó nunca hacer frente.

—¿Blancas o rojas esas personas? —preguntó irónicamente «Cabeza de Piedra».

—De una y otra raza.

—Pues no me darías miedo, terrible guerrero, aun cuando sois más alto que yo.

El traficante se había adelantado y observaba al iroqués, que parecía retar a todos a algún terrible duelo a golpes de tomahawk.

—Nunca te vi en el campo de Caribú Blanco —dijo.

—Pero yo sí conozco a mi hermano blanco —repuso el indio.

—Entonces era inútil preguntarnos quiénes somos: amigos del gran sakem.

—El sakem no tiene ya amigos. Cuando marcha por el sendero de la guerra no atiende más que a hacer colección de cabelleras.

—¡Mientes! Caribú Blanco siempre fue leal, y además yo le he pagado para que estuviese a mis órdenes. ¿Dónde está?

—¡Oh!… —exclamó el indio—. Puede estar cerca o lejos.

—Tú debes de saber dónde se encuentra.

—Hace tres noches que abandoné su campamento.

—Tú serás un piel roja vagabundo, que acaso no perteneces a ninguna de las cinco naciones de las grandes selvas del Canadá. Debes de estar solo.

—¡Oh… mi hermano blanco se engaña! —dijo el indio—. ¿Es que mi piel no es roja? ¿Es que no llevo el hábito guerrero? ¡Dice que estoy solo!… ¡Te engañas! Detrás de aquel macizo de abedules tengo escondida una escolta que ha de espantarte.

—¡Hum!… —gritó «Cabeza de Piedra»—. Ya estamos hasta las narices de tus bravatas. Lo mejor que puedes hacer es conducirnos ante Caribú Blanco.

El indio lanzó al viejo bretón dos miradas relampagueantes, llenas de cólera; acercó después a su boca dos dedos y lanzó un largo silbido.

Inmediatamente, cinco gigantescos osos negros, de lucidísima pelambre y bien rehenchidos de grasa, desembocaron del matorral, dejando oír sonoros gruñidos. Ni cadenas ni cuerdas los sujetaban, y avanzaban manteniéndose firmes sobre sus patas traseras.

—¡Qué espléndida colección de osos! —exclamó «Cabeza de Piedra», sin espantarse a la vista de aquella inesperada aparición—. Las patas de estas bestias, estarán suculentas. Yo me encargo de ello.

Los cinco pantígrados se habían acercado al indio, rodeándolo, como si se preparasen a protegerlo contra cualquier inesperado ataque.

Hulbrik, «Petifoque», Wolf y el traficante habían preparado sus carabinas a toda prisa, prontos a empeñar una lucha desesperada, conscientes de tener que habérselas con animales formidables.

El secretario del marqués, que no tenía armas, había cogido un tambor y se había puesto a redoblar furiosamente. Entonces ocurrió algo extraordinario. Los cinco osos, al oír aquel estrépito, se pusieron a danzar alrededor del indio, haciendo grandes reverencias con toda gravedad. «Cabeza de Piedra» soltó una risotada fragorosa.

—¡Pero si os tengo dicho que los tambores serían nuestra salvación!… —exclamó al fin—. Mirad cómo bailan esas bestiazas; parece que les gusta la música. ¡Señor Oxford, redoble sin cesar!

El indio rugió furioso y se lanzó hacia el grupo, empuñando su hacha de guerra.

—¡Perros de rostros pálidos —aulló—, me habéis hechizado mis bestias!… ¡Qué Wakonda, el genio del mal, os maldiga!

—Cuidado, señor rojo —dijo «Cabeza de Piedra», que había enarbolado el hacha a su vez, aunque le hubiera sido fácil deshacerse de su adversario descargando contra él su carabina—; también yo sé manejar esta arma y pegar con fuerza.

—Váyanse los hombres blancos o lanzaré mis osos contra ellos.

—Mira cómo te obedecen.

En efecto, las cinco bestias habían abandonado a su patrón y danzaban en torno del secretario, manifestando su regocijo con largos gruñidos. Aquel tambor, que no cesaba de retumbar, parecía que los hubiese magnetizado. Águila Blanca emitió algunos gritos, seguidos de silbidos estridentes, pero los osos continuaban tranquilamente su danza grotesca.

—Estas fieras son nuestras —dijo «Cabeza de Piedra»— Mientras tengamos un tambor, no nos abandonarán.

—¡Tuyas!… —gritó el indio, con los ojos inyectados en sangre, y arrojando espuma por la boca.

—Como ves, no te hacen caso, señor piel roja.

—Porque me los habéis hechizado.

—¿Nosotros?… ¡De ningún modo! Es el tambor, que los ha domesticado de repente. Se ve que prefieren la piel blanca a la de color.

Águila Blanca levantó el tomahawk e hizo ademán de arrojarlo, pero retrocedió en seguida. Jor y «Petifoque» le habían apuntado y se preparaban a hacer fuego.

—Soy un guerrero.

—No; eres un bandido que vives en el bosque al acecho de cualquier pobre diablo para escalparlo. Si es verdad que perteneces a la tribu del gran sakem de los iroqueses, condúcelo aquí, pues es mi amigo.

—Sí, me voy —gruñó el indio—. Pero dadme antes mis osos.

Los osos, mientras tanto, se habían sentado sobre sus patas traseras y se entretenían en triturar algunos bizcochos que los alemanes les habían ofrecido.

Los redobles del tambor habían cesado. El indio silbó de varios modos, esperando que sus discípulos le siguieran; pero en vano… Por otra parte, allí estaban los tambores para retenerlos.

—¡Ah…, perros de rostros pálidos! —gruñó el indio con voz sofocada—. Pronto nos volveremos a ver.

Entróse furibundo en el macizo de abedules, desapareciendo pronto a la vista de los siete hombres blancos. En su precipitada fuga se olvidó de recoger el viejo fusil, que, por lo demás, le serviría de bien poco.

—He aquí una aventura verdaderamente extraordinaria —exclamó «Cabeza de Piedra»—. Coger así cinco grandes bestias, sin sacar de la empresa un solo arañazo, es cosa increíble.

—¿Y te fías tu de esas bestias? —preguntó «Petifoque».

¿No se arrojarán sobre nosotros cualquier noche para rompernos las costillas?

El viejo bretón permaneció silencioso. Observaba atentamente a los cinco osos, que terminaban de despedazar los últimos bizcochos entre gruñidos de satisfacción. Aproximóse a uno, levantó su enorme cabeza y lo miró intensamente.

—¿Qué haces? —preguntó «Petifoque»—. ¿Quieres que te arranque un brazo?

—Quiero ver si mi mirada es tan potente como la de mi abuelo. ¿No sabes tú que aquel bravo marino, en Juan Mayer, durante una invernada en los hielos, consiguió amaestrar no sé si mil quinientos o dos mil osos blancos?

—¿Sólo con los ojos?

—Nada más. Mi abuelo, de seguro habrá transmitido a mi padre algo de la extraña potencia de sus miradas, y siendo yo hijo de mi padre, tengo también derecho…

—A convertirte en un famoso domador en vez de un famoso marinero.

—¡Cáspita!… Mira cómo este animalucho trata de abrazarme y de lamerme. Lo he fascinado de golpe. Ahora sí que creo en la historia de mi abuelo, que tanto dio que hablar en Brest y en Caneale.

—Tened mucho cuidado, maestre —dijo el señor Riberac—. No hay que fiarse de esas bestias.

—Al indio no se lo han comido. ¡Ea, Nico, abre bien los ojos y mírame!

El oso sacudió la cabeza, sopló al rostro del bretón un hálito caliente y fétido y se puso a gruñir y alargar las patas, como si quisiera abrazar a su nuevo patrón.

—¡Qué cariñoso es! —dijo Jor, manteniéndose, no obstante, a prudente distancia—. El maestre puede confiar en sus ojos, como el señor Oxford en su tambor. Ya no hay que inquietarse.

«Cabeza de Piedra» se acercó a los otros osos, mirándolos fijamente a su vez y haciendo con las manos gestos extravagantes, y los canadienses y los alemanes no pudieron contener exclamaciones de asombro. También los cuatro plantígrados se habían levantado y se agrupaban apretadamente en torno del viejo bretón, haciéndole torpes reverencias y tratando de acariciarlo con sus patazas armadas de gruesas garras, bastante largas, aunque limadas. El quinto le había abrazado e intentaba lamerle el rostro, gruñendo sumisamente.

—¡Calma, calma!… —gritó el viejo cañonero, que no estaba muy seguro de la potencia de sus miradas magnéticas, y miraba con cierta inquietud aquellas bocazas enormes, pertrechadas de dientes amarillentos, de más de dos pulgadas de longitud—. ¡Basta por ahora!… Señor Oxford, tocad algunos redobles.

Iba a coger el aludido su tambor, cuando se vio a los cinco osos ensanchar el cerco y ponerse como a escuchar.

—Eh, «Cabeza de Piedra» —dijo «Petifoque»—. Dejemos esta compañía, poco de fiar, y escapemos. El indio nos va a jugar una mala pasada. ¡Al diablo tus ojos!

El bretón rascóse la cabeza, diciendo:

—Me parece que tienes razón. ¡Escapemos!

CAPÍTULO VIII. UNA NOCHE INFERNAL

Los siete hombres cargaron con tambores y cajas, y aprovechando el momento en que el vendaval reanudaba sus furores, haciendo caer las hojas de grandes pinos, echaron a correr con la esperanza de que los osos no los siguieran o se volvieran hacia el macizo de los abedules para reunirse con su primer patrón.

Esperanza vana. Los dóciles animales, tras una breve vacilación, se lanzaron en seguimiento del grupo, emitiendo gruñidos poco tranquilizadores. Corrían como «caribús», y en breve dieron alcance a «Cabeza de Piedra», que cubría la retirada confiado aún en la influencia de sus miradas.

—El indio intenta sorprendernos —dijo Jor—. Estoy seguro de que nos sigue y no pierde de vista a sus animales.

—También lo creo yo así —dijo Riberac—, y me parece que deberíamos hacer algún disparo.

—¿Y si se irritan? —dijo el bretón—. ¡Por todos los campanarios de Bretaña…, son muchos!…

Patre —gritó en aquel momento Hulbrik, que corría delante de todos, llevando a hombros una de las cajas—. Yo haper descubierto un otro refugio…

—Y el tronco no es menos grueso del que antes nos sirvió de albergue —añadió Wolf.

—¿Otra caverna leñosa?

—Sí, patre.

—¿Vasta?

—Aquí caper pien feinte hombres.

—¡Ah, no los dejaremos entrar! —dijo Riberac.

El buen tudesco se había detenido ante un pino diferente de los demás. Era una soberbia lambertina, de unos trescientos pies de altura, con el tronco hendido por su base. En torno a él se veían por el suelo centenares de frutos cónicos, de pie y medio de longitud, al parecer caídos del árbol, y llenos de almendras muy nutritivas y agradables después de asadas. Los indios las maceran también para obtener una especie de harina, que condimentan con el tocino de los osos.

—¡Qué coloso!… —exclamó «Cabeza de Piedra», después de rechazar con la culata de su carabina a los cinco plantígrados, que, por el momento, se volvían agresivos.

Sus compañeros se habían refugiado ya en el interior del gigantesco árbol, que ofrecía un asilo bastante más amplio que el utilizado por Jor cerca de la orilla del lago. También el nuevo albergue se encontraba cubierto de polvo leñoso, que desprendía un penetrante olor a resina, saludable, sí, pero molesto para hombres cuyos pulmones estaban habituados al aire del mar, mucho más vivificante y nada desagradable al olfato. Las aguas y el viento habían arrastrado gran parte de aquellos residuos, expulsándolos poco a poco de la hendidura, de modo que quedaba bastante espacio para establecer un buen campamento.

—Decididamente nos protege una buena estrella —dijo «Cabeza de Piedra», después de haber arrojado los tambores ante la cortadura, la cual, aunque muy alta, tenía una anchura apenas capaz para permitir el paso de dos hombres a la vez.

Este excelente asilo nos viene muy a propósito, pues el huracán vuelve a hacer de las suyas.

—Como ya os dije, hay muchos así en la floresta canadiense. La carcoma devora rápidamente los pinos más notables por su tamaño —dijo Riberac—. A mí no me sorprende en absoluto. ¡Cuántas noches me habré pasado durmiendo tranquilamente en alguna de estas cavernas leñosas, y!…

—Esperad un poco a contarnos el resto, señor —dijo el viejo bretón, lanzándose a la hendidura con la carabina firmemente sujeta por el cañón—. Ahí está el bribón de «Nico» empeñado en hacerme compañía, en lo cual no tengo el menor interés.

Sin embargo, no era sólo el oso bautizado con aquel extraño nombre el que quería resguardarse de las furiosas rachas de viento helado que pasaban silbando a través de la floresta. Los otros también pugnaban por franquear la entrada, enseñando sus garras y sus feroces dentaduras.

«Petifoque» y Jor se prepararon a ayudar al bretón, mientras Riberac, los dos hessianos y el secretario del marqués, retirando los tambores antes que las garras de los asaltantes pudiesen destrozarlos, batieron en ellos una marcha endiablada. Los osos, al oír los redobles, tornáronse extremadamente furiosos. Acaso los cuatro tambores a la vez eran demasiado para sus oídos. Los cinco plantígrados se incorporaron sobre sus patas traseras y, lanzando agudísimos gruñidos, se adelantaron hacia el hueco.

—Prueba tu fascinadora mirada —dijo «Petifoque» al bretón, no sin cierto tonillo de ironía.

—Ya no creo más en su eficacia —repuso el aludido, estampando a «Nico» la culata de su carabina en pleno hocico—. Por lo que veo, mi abuelo dejó a mi padre tan sólo una insignificante dosis de su famosa mirada, y a mí no me ha quedado casi nada.

—Pero antes te obedecían.

—Pues no sé explicártelo.

—¡Silencio! —dijo en aquel momento el traficante.

Entre los bramidos del viento había podido percibir algunos estridentes silbidos, lanzados a no pequeña distancia del refugio.

—¡Ah…, el indio!… —exclamó—. Ese miserable nos jugará una mala pasada si no conseguimos desembarazarnos de estas bestias, que le obedecen siempre.

—Probemos a matar a alguno —dijo «Cabeza de Piedra». «Nico», que me parece el más peligroso.

Ya había levantado su carabina, cuando los osos, como si se hubieran dado cuenta del peligro, saltaron rápidamente hacia atrás, guareciéndose entre las piñas que cubrían abundantemente el suelo.

—¡Ah, picaros!… —gritó «Petifoque»—. Tienen la intención de asediarnos.

—Ese perro de indio los ha amaestrado maravillosamente, no hay que ponerle peros —dijo Jor—. Obedecen a sus señales mejor que al sonido de la trompeta de los soldados.

—Menos mal que no son osos grises —dijo Riberac—. Ya nos habrían devorado; en cambio, los negros no se comen jamás a sus víctimas.

—¿Atacamos? —preguntó «Cabeza de Piedra», encolerizado—. Ya estoy harto de esas bestias.

—No os molestéis, maestre —dijo Jor—. Están muy gordos y difícilmente conseguirán nuestras balas dar muerte a alguno. Mirad cómo quitan la cáscara a los piñones y se comen la almendra. Mientras no nos ataquen, vale más dejarlos tranquilos. Al indio sí que quisiera sorprenderlo.

—Vete a dar un paseo por el bosque —propuso «Cabeza de Piedra»—. Si lo prendes te daré diez guineas.

—No me siento inclinado a dejar este refugio —repuso el marinero de la tartana—. Se está muy bien aquí en vuestra compañía. Aparte de que estoy seguro de no alcanzar el premio.

—¿Por qué?

—Porque me matarían los osos.

—Me parece que tienes razón —respondió el viejo maestre—. Ni yo me atrevería a salir, menos aún con este huracán.

La tempestad en aquel momento rugía con furia infernal, revolviendo los matorrales. Del Champlain venían continuamente ráfagas cada vez más poderosas, sacudiendo las ramas como si fueran haces de paja. El sol se había puesto. Los días de noviembre son brevísimos en el Canadá, y a las tres ya casi no se ve, especialmente en las regiones occidentales, cubiertas de bosques inmensos que se extienden hasta el Mackenzie, el gran río gigante, que les corta el paso.

—¿No podríamos enceder algún fuego, ahora que los osos parecen calmados? —preguntó el secretario del marqués—. Hace frío en esta caverna. Se estaba muchísimo mejor en mi camarote, a bordo del bergantín.

—Bonísima idea para espantar a esos bichos sin empeñar un combate que podría tener para alguno de nosotros consecuencias terribles —dijo «Cabeza de Piedra»— Deshaced las capas, hacinad las tablas fuera de la abertura, y prendedles fuego. Si podemos hacer una salida, no nos faltarán ramas muy resinosas. El viento las derriba a montones, y aún este coloso comienza a conmoverse.

—Los piñones también deben de arder como antorchas —dijo Riberac—. Los podemos coger casi sin salir.

—Probad, sin embargo, a salir para coger algunos. Veremos si los osos os dejan tranquilo sin tiraros algún zarpazo.

—¿Están aún en acecho?

—Ya lo creo, y a lo que parece se disponen a pasar la noche en nuestra compañía. Mientras, se entretienen deshaciendo almendras con espantosa rapidez.

—Osos tener mieto tel faeco —dijo Hulbrik, que con su hermano deshacía las capas—. En nuestros bosques escapar siempre del humo.

—Aquéllos son osos pardos —repuso el viejo bretón—. Pero es cierto que todas las bestias tienen miedo al fuego, incluso los leones. Señor Oxford, ¿qué será del bergantín con este tiempo de todos los diablos? En la orilla que nosotros hemos recorrido no hay atracadero posible, ¿verdad, señor Riberac?

—Solamente para chalupas puede haberlo —repuso el traficante—. De modo que mala suerte espera a los tripulantes de la nave que está junto a los arrecifes.

—Si no se interna en alta mar —dijo el secretario. El lord es un buen marino, que puede competir con su hermano el barón McLellan.

—Me disgustaría —dijo el viejo bretón—. Yo esperaba que las olas arrojasen al navío contra la costa y que se ahogara un buen puñado de marineros, sino el marqués mismo. ¡Ah… señores osos, buen apetito!… ¿No estáis aún hartos? Habéis encontrado aquí una cena alta como el campanario de Batz. Dejadnos al menos unas cuantas almendras; no seáis egoístas.

—Paso, patre —dijeron en aquel momento los dos alemanes, cargados de tablas—. Nosotros haser escapar las feas pestias.

—Tened cuidado no prendáis el pino.

—No puen otro patre.

Los dos valientes tudescos salieron escoltados por Jor y «Petifoque» y a cinco o seis metros del refugio formaron una pequeña hoguera. Los osos, entretenidos en devorar almendrucos, no se movieron, limitándose a gruñir en diversos tonos. Los dos hermanos, a despecho del viento, y valiéndose de una cuerda alquitranada, prendieron fuego a la hoguera y volvieron con sus protectores al refugio arbóreo.

Una llama vivísima quebró las tinieblas, que con espantosa rapidez habían descendido entretanto; la lumbre difundió un claror que ofrecía fulgores de sangre. Los animales quedaron como estupefactos al principio; después abandonaron las piñas, alejándose algunos metros, presas de una viva agitación.

—Salgamos —dijo «Cabeza de Piedra»—. Necesito matar a «Nico».

—Te seguimos —dijo Riberac—. Aprovechémonos de su sobresalto para tirar a alguno patas arriba.

Los siete hombres, bien armados, pues el secretario había recogido el fusil del indio, a pesar de su estado defectuoso, salieron de su escondite e hicieron una descarga. «Nico», al que «Cabeza de Piedra» había condenado a muerte sin apelación, fue el único que cayó. Todos lo habían tomado como hito, y el corpachón de la bestia recibió una buena carga de plomo. Los otros cuatro, espantados de las detonaciones, escaparon a galope desenfrenado, desapareciendo pronto bajo los árboles.

—Por lo menos, ya son cinco —dijo «Cabeza de Piedra», que empuñaba el hacha. Y aproximándose al monstruoso bruto, tendido cerca de la fogata, y viendo que daba aún algunas señales de vida, lo remató—. Mañana tendremos magníficas patas —continuó— que valdrán más que vuestros pemiles asados y que vuestras lenguas de bisonte, señor Riberac.

—También lo creo así—-repuso el traficante—. Pero apenas si ha comenzado la noche.

—¿Qué queréis decir?

—Que antes de mañana quizá nos ocurran cosas sorprendentes.

—¿Por causa del indio?

—¿Quién sabe? Yo no estoy tranquilo. Pensad también que los ingleses no están lejos.

—Los ingleses harto tienen con ocuparse de ellos mismos, pues han de hacer frente a la tempestad. El lago debe de estar revueltísimo y esta noche lo estará más aún. El marqués no tendrá muchas ocasiones de reírse.

—¿Esperáis que naufrague?

—Sí que lo espero —repuso «Cabeza de Piedra»—. Soy un viejo marinero y entiendo un poco en asuntos de huracanes. ¿Ohé, qué hacéis, amigos? ¿Alimentáis el fuego?

—Y asamos almendras —dijo «Petifoque», echando al fuego, ayudado por Jor y los tudescos, brazadas de piñas—. Hace un frío de perros y comienza a nevar a grandes copos. Nuestro refugio se caldeará un poco si continuamos echando leña al fuego. Si queréis, camaradas, podemos cenar. Las almendras despiden un perfume exquisito, y Jor, que es más entendido que yo, dice que están ya tostadas perfectamente.

—Para dar trabajo a mis dientes estoy siempre listo —respondió el viejo cañonero—. Hemos almorzado bien poco, con más abundancia de hierro candente que de pemiles y salchichones. Ni siquiera he tenido tiempo de catar las lenguas de bisonte ahumadas.

—Excelentes, maestre, te lo aseguro.

—Pues las he de probar ahora.

Jor y los dos tudescos acercaron algunos centenares de almendras a la entrada de la caverna, mientras «Petifoque» acumulaba en el fuego otras piñas, provocando una llamarada intensísima que se elevaba varios metros. Las largas ramas del pino impedían a la nieve llegar al suelo en un radio considerable en torno al árbol, manteniendo así el terreno casi despejado, aun por encima de la hoguera.

La noche, no obstante, avanzaba poco tranquilizadora. Las ráfagas se sucedían, acompañadas de impresionantes aullidos, desvastando los macizos de abedules y dé alisos, impotentes para resistir aquella furia. Hojas y ramas revoloteaban por los aires, cayendo al suelo para reanudar su endiablada marcha a través de la floresta, en incesante movimiento de rotación.

—Acaso haya sido nuestra fortuna encontrar al indio—~dijo «Cabeza de Piedra»—. Si hubiéramos reanudado la marcha hacia el lago, ¿habríamos hallado un refugio como éste, después de entretenerse los ingleses en destruir, no sólo el depósito, sino también el pino? Algún árbol, abatido sobre nosotros, nos habría matado o inutilizado.

Mientras hablaba no cesaba de comer, alternando las almendras con bocados que tiraba de media lengua dé bisonte. Los otros, por no ser menos, le imitaban a porfía. Riberac destapó un par de botellas de su famoso gin y ofreció a sus compañeros, los cuales, a pesar del fuego, que ardía a pocos metros de la base del pino, daban sendos tiritones por efecto del frío.

—Eso es lo que yo quería —dijo «Cabeza de Piedra»—. Vamos, pues, a calentarnos un poco la bodega.

Trasegó algunos sorbos, cargó su pipa y salió a encenderla en la lumbre de la fogata, que se ensanchaba rápidamente a favor de las innumerables piñas que a su alrededor yacían, caídas hacía mucho tiempo y bien secas, por consiguiente.

Apenas había podido saborear una bocanada y se disponía a regresar al árbol, cuando le pareció distinguir una sombra humana que corría a través de un matorral, en parte iluminado por la hoguera.

—¿Será el indio? —se preguntó.

Como sabía la habilidad que tienen los indios para lanzar sus hachas de guerra, aun a cincuenta pasos, con sin igual precisión, se apresuró a unirse a sus compañeros, los cuales se apretaban unos con otros para calentarse mejor.

—En guardia, amigos —dijo—. Esta noche no podremos dormir, de fijo. Juraría haber vuelto a ver a «Águila Blanca».

—¿Con sus osos? —preguntó Jor.

—No he visto a sus bestias; pero quizá no estén ya lejos y nos espíen, atentos a cualquiera señal de su patrón.

—Contaremos alguna historia para no cerrar los ojos —propuso «Petifoque».

—Bastará con que «Cabeza de Piedra» nos refiera una sola —dijo Riberac—. Pe seguro será interesantísima.

—¿Cuál? —preguntó el bretón, tomando asiento en un montón de polvo de madera carcomida.

—Me prometiste decirme algo a propósito del barón y del marqués de Halifax, y explicarme asimismo los motivos de su odio feroz.

—Es verdad; vosotros, que habéis prestado vuestro concurso tenéis derecho a saberlo. Y además, el señor Oxford me ayudará.

—Conozco quizá mejor que nadie esta historia —dijo el secretario del marqués—. Sabed ante todo que esos hombres son en verdad hermanos, aun cuando la madre de uno de ellos fuese duquesa de Argyle y la del otro una noble dama francesa.

»El viejo lord, que era muy excéntrico, un día, al quedar viudo de su primera mujer, partió para Francia, volvió a contraer matrimonio y tuvo de su segunda esposa al barón, el famoso corsario de La Tonante.

»Al estallar la guerra en Flandes, partió sin haber pensado en dar también a su segundo hijo el título de marqués de Halifax. Acaso el rey de Inglatera, por sugestión del primogénito, se lo impidió.

»El lord murió en el campo de batalla partido en dos por una bala de cañón española.

»El barón siempre creyó ser francés, pues su padre había adoptado otro nombre al abandonar su patria, y en cuanto al apellido de su segunda mujer, nada tenía de inglés.

»Transcurrieron algunos años. El bastardo, como más tarde lo llamó su hermano el marqués, sin pensar que en sus venas corriese sangre de los Halifax, porque era legítimo hijo de su padre, crecía valeroso en el ejercicio de las armas, al cuidado de un escudero francés, famoso espadachín; después, huérfano asimismo de madre, estudió náutica en un colegio de Brest, y nombrado capitán, armó en corso un navío.

»La guerra entre Francia e Inglaterra estaba por entonces en su apogeo y el joven capitán no tardó en ser famoso. Lo llamaban «el corsario de cabellos rubios», y no tenía rival.

»Las proezas hechas por él fueron tantas, que llegaron a impresionar al rey de Inglaterra y también a su hermano, que lo hacía vigilar muy de cerca por algunos fieles escoceses que se fingían de Francia.

»Se había convertido en el terror del canal de la Mancha y del mar del Norte, y ya nadie osaba trabar combate con él.

—Los ingleses huían de él como gavieros —dijo «Cabeza de Piedra»—. ¡Ah, qué bien los cañoneaba yo!… Entonces tenía la vista más segura, y cada vez que mis piezas de treinta y dos resonaban, hendían las naves corsarias con balas encadenadas, inmovilizándolas.

—Ya hacía cuatro años que el futuro barón devastaba las costas inglesas, cuando un día, mientras La Tonante se embonaba en Brest…

—No, en El Havre, señor Oxford —corrigió el maestre.

—Un enviado de su hermano le abordó, entregándole el nombramiento de barón de McLellan, signado por el rey de Inglaterra, con una carta de su hermano el marqués, en la que le rogaba abandonar a Francia y reunirse a él en el castillo de Argyle, situado en una isla de las Hébridas.

»Acaso dudó, pero cedió al fin, deseando conocer al primogénito que disfrutaba, por su parte, una alta investidura en la marina inglesa, y tiró al mar la bandera francesa que con tanto arrojo había defendido.

—Y fue su desgracia —dijo «Cabeza de Piedra».

—¿Por qué? —preguntaron Riberac y Jor.

—Porque su hermano no lo amaba; más bien alimentaba contra él una secreta envidia por la fama que se había creado como marino invencible. ¿Es verdad, señor Oxford?

—Justamente —repuso el secretario—. A pesar de todo, la acogida fue, en apariencia, muy cordial, y el barón cedió fácilmente a la proposición de abandonar para siempre la marina francesa y ayudar a la inglesa, que por entonces los necesitaba con toda urgencia.

»Quizá los dos hermanos, nacidos de distinta madre, hubieran podido con el tiempo llegar a entenderse si no hubiera surgido una mujer: Mary de Wentwort.

—¿Quién era? —preguntó Riberac.

—Una de las más hermosas perlas del Norte, dama de la nobleza escocesa, emparentada con los duques de Fife y de Lorme, las dos ramas de más rancio abolengo de la Inglaterra septentrional.

»El barón, que durante las tormentas invernales descansaba en el castillo de Argyle, la vio y se enamoró perdidamente de ella.

—No sé quién hubiera resistido a aquella belleza rubia de ojos azules —intervino «Cabeza de Piedra»—. Era la joven más espléndida de cuantas habitaban en Escocia.

—¿Y fue rechazado? —preguntó Riberac.

—Gozaba demasiado renombre como valeroso para que declinasen su pretensión —dijo el secretario—. Los dos jóvenes se amaron y el matrimonio fue convenido.

»El marqués, que constantemente estaba en la corte, apenas la vio, fue presa de un loco deseo de hacer de ella su propia mujer y concebió el infame designio de arrebatársela como fuese a su hermano.

»Había estallado por entonces la guerra en América y comenzaban las furiosas contiendas en torno a Boston, que el general Washington había jurado asaltar, por tratarse de una de las plazas más fuertes que los ingleses poseían.

»Se formó una fuerte escuadra para correr sin tardanza en ayuda de la amenazada ciudad, y el rey de Inglaterra confió su mando a Howe y al marqués de Halifax, también bravo marino.

—¡Ah, no como su hermano! —dijo «Cabeza de Piedra».

—Lo admito; pero era un valor no despreciable.

—Continuad, señor Oxford —dijo Riberac, que también había encendido su pipa—. Esta historia es muy interesante.

—El barón había salido para Edimburgo, y al volver no la encontró ya. El marqués, aprovechándose de su ausencia, la había raptado, conduciéndola consigo a Boston, a la fuerza.

—¡Ah, infame!… —exclamó Riberac—. ¡Y era la pro-metida de su hermano!…

—Lo llamaba el bastardo —dijo «Cabeza de Piedra»—. Y ahora, señor Oxford, dejadme continuar a mí.

—¿Se casó con ella el marqués? —preguntó el traficante.

—No —dijo el secretario—. A Mary de Wentwort le inspiraba miedo aquel hombre, y no pensaba sino en el barón.

»Era una muchacha enérgica, capaz de defender su causa contra aquel bruto, que se había conducido como un pirata.

»Tenía que convertirse en una McLellan; así estaba escrito en el gran libro del Destino.

—Ahora dejadme contar a mí —dijo el viejo bretón, que no podía disimular su emoción—. No olvidaré jamás la terrible cólera del barón, que se había visto engañado tan infamemente por su hermano mismo. La Tonante, por fortuna, estaba lista, y zarpamos para América, completamente decididos a arrancar a la rubia miss de las manos del miserable.

»La estación era pésima, pero conseguimos llegar a las Bermudas al tiempo que la flota de Howe y del marqués entraba con felicidad en Boston.

»Las Bermudas, como quizá sabréis, estaban habitadas por intrépidos corsarios, que se habían juramentado para ayudar a Washington en su áspera guerra contra la potente Inglaterra.

»Aquellos bravos marineros pusieron a nuestra disposición sus esbeltas naves, y una noche conseguimos forzar el bloqueo y echar el ancla bajo los muros de Boston, ya estrechamente cercada por todos lados y cubierta día y noche de balas americanas, que poco a poco iban derrocando sus fortificaciones.

»Allí, los dos hermanos, cuando la ciudad resistía aún, se encontraron frente a frente, y el marqués recibió de su hermano la primera estocada, que por poco no le mandó a reposar para siempre, y… ¡Ah!

«Cabeza de Piedra» se incorporó impetuosamente, mirando al inmenso brasero, en el que poco a poco se carbonizaba «Nico», a quien ninguno había pensado en arrastrar hasta el refugio.

—¡Los osos! —gritó—. Más tarde continuaremos esta historia. Ahora tenemos que pensar en conservar íntegras las magras. Ese perro de indio se ha propuesto engordar a sus osos a costa nuestra. Acaso haya conseguido hacerlos carnívoros. ¡Vamos, arriba todos!…

CAPÍTULO IX. EL RETO DEL OSO DE LAS CAVERNAS

En efecto, los cuatro plantígrados se habían presentado de improviso y daban vueltas en torno al fuego, lanzando rugidos de furor, molestos al encontrarse con aquel obstáculo, para ellos difícil de salvar.

Se incorporaban sobre sus patas traseras para mirar mejor dentro de la grieta del pino, y luego, presas de violentísima cólera, se revolcaban en la nieve, completamente insensibles al frío agudísimo y a las ráfagas, redoblando sus rugidos.

—Sin la fogata, esa canalla estaría ya aquí dentro —dijo «Cabeza de Piedra», oprimiendo entre sus dedos el gatillo de su carabina—. Es el indio quien los ha vuelto a conducir hasta aquí. No me había engañado.

—¿Probamos a batir los tambores? —preguntó «Petifoque».

—Deja en paz los pellejos de asno. Estoy seguro de que para nada nos aliviarían.

—Entonces, matémoslos a tiros.

—Despacio, amiguito. Son cuatro todavía.

—Pero, sea como fuere, hemos de desembarazarnos de ellos —dijo Jor—. No podemos descansar ni una hora siquiera con esos animalitos encima.

—No podemos hacer más que seis disparos a la vez, porque no cuento el mosquetón del indio, que empuña ahora el señor Oxford —dijo Riberac—. Podremos matar uno, o a lo sumo dos, pero los otros se nos echarán encima sin darnos tiempo a preparar las armas.

—Tenemos la hoguera.

—Pero podrán dar fácilmente la vuelta, Jor —repuso el traficante—. Si el indio los azuzase, ya estarían dentro del refugio.

—Lo mismo pensaba yo —dijo el viejo bretón—. La fogata no es tan extensa que no puedan rodearla por un lado o por el otro. Con todo, hay que decidirse. Ya estoy hasta los pelos de esos endemoniados bichos.

—Esperemos al amanecer —dijo Riberac—. Si se contentan con revolcarse en la nieve, dejémoslos tranquilos.

—Parece que ya se cansan de ese entretenimiento —dijo «Petifoque»—. Ya se han incorporado y se preparan a desafiar hasta el humo. Entre los mugidos del viento me ha parecido oír un silbido, una señal del indio, sin duda alguna.

—¡Si le echamos la vista encima a ese canalla!… —gritó furibundo «Cabeza de Piedra»—. Yo creo que ha vivido demasiado y va buscando la muerte. Estemos alerta.

Los cuatro plantígrados se habían acercado a la lumbre y siempre avanzando sobre sus patas traseras, para que su salto fuese más potente, y se disponían a rodearla por la derecha, en tanto que los silbidos de «Águila Blanca» se percibían más agudos cada vez.

—Señor Riberac —dijo—, éste es el momento de empeñarse a fondo. El alba está aún muy lejos para que la esperemos.

—Estoy conforme —repuso el traficante—. Disparemos, pues, las carabinas, y el hacha después. Señor Oxford, ¿podremos contar con su mosquetón?

—Ya lo veremos —dijo el secretario—. La culata pesa mucho y de algo me servirá.

Los osos se precipitaban rugiendo. En un instante los siete hombres se echaron a la cara sus armas y dispararon casi a quemarropa. Otro oso cayó esta vez; pero los tres restantes permanecían en pie, más o menos heridos, pero tanto más peligrosos por consiguiente.

Los plantígrados, excepto los blancos y los grises, no asaltan casi nunca; pero si los hieren, no vacilan en lanzarse a la desesperada sobre sus adversarios, validos de su fuerza y de la robustez de sus garras.

Los siete hombres, cuyas armas estaban descargadas y no a punto de cargarlas en el acto, se replegaron confusamente hacia el refugio, y una vez allí blandieron sus hachas. «Cabeza de Piedra» fue el primero en chocar con el primer asaltante, que perdía sangre en abundancia por una herida recibida en pleno hocico, y lo asaltó como si se hallara en el abordaje de un navío. De un terrible hachazo le cortó limpiamente una pata, haciéndole prorrumpir en espantosos aullidos. En seguida lanzóse contra el segundo.

«Petifoque», Jor, el traficante y los dos tudescos también se habían precipitado contra los peligrosos animales. El señor Oxford, por su parte, no teniendo hacha, recogía ramas incandescentes y las arrojaba a las fieras, haciendo llover sobre ellas una verdadera lluvia de chispas, mientras procuraba no abrasar a sus nuevos amigos.

Otro oso, espantosamente mutilado, sin orejas y con una mandíbula colgando, cayó para no levantarse más. Los otros dos, uno de ellos ya manco por obra de «Cabeza de Piedra», después de intentar en vano ahogar a sus adversarios, entre sus poderosas patas, espantados además de las chispas de fuego que le arrojaba el secretario del marqués, se decidieron, al fin, por emprender la retirada, a pesar de los silbidos estridentes del indio, dejando sobre la nieve un reguero de sangre.

—¡Dos menos! —dijo el viejo bretón, secando su hacha en un montón de hojas acumuladas por el viento—: Nico I y Nico II ¿No se habrá convencido aún el indio de que somos hombres que escapemos ante sus osos? Señor Riberac, ¿será el tal un hurón?

—Ni pensarlo —repuso el traficante—. Lo hurones combaten de frente, y ese miserable no osa siquiera presentarse ante nosotros. Es un indio cualquiera, expulsado de su tribu; más bien mandano o algonquino que hurón, y convertido ahora en un peligroso bandido.

—¿Será espía de los ingleses?

—Puede ser. ¿Quién podrá asegurarlo?

—¿Vamos a sacarlo de su escondite?

—¿Con esta oscuridad y este viento? Pensad que sus osos aún están en condiciones de hacernos frente, aunque bastante quebrantados.

—Nuestros fusiles servirán de poco dentro del matorral en que se oculta el indio —dijo Jor—. El señor Riberac tiene razón. Esperemos el alba antes de tomar una decisión. Ponerse en camino con este huracán, que rompe las ramas y hasta los árboles troncha, sería una locura. Ya que hemos descubierto otro refugio, aprovechémonos de él, al menos por esta noche.

Recogieron piñas, ramas y hojas y alimentaron la fogata, que despedía llamaradas altísimas; tornaron después a la brecha del gigantesco árbol y volvieron a cargar las carabinas.

Entre los aullidos del viento se oían los rugidos salvajes de los dos osos. Las pobres bestias no debían de hallarse muy a gusto después de recibir tantos hachazos y tantos proyectiles en pleno cuerpo.

«Cabeza de Piedra» encendió de nuevo su famosa pipa y se volvió asentar junto al señor Riberac que a su vez había encendido su último cigarro de Virginia. Los demás se habían sentado detrás de ellos y escuchaban, no sin ansiedad, los continuos gruñidos de las dos fieras, refugiadas probablemente en el macizo que servía de asilo a «Águila Blanca».

—¡Qué lástima no tener alguna de las pieles que os han destruido los ingleses! —dijo «Cabeza de Piedra», que, como ya sabemos, no podía dar reposo a la lengua.

—Nos pasaremos sin ellas —respondió filosóficamente el tratante—. Pero aún no ha terminado la historia del marqués de Halifax y el barón, ¿no es cierto?

—No; el señor Oxford la ha dejado en la mitad.

—Proseguid vos entonces, maestre.

—Seré breve. Nosotros estábamos sitiados en Boston, pues las trincheras americanas, cuyas baterías vomitaban día y noche un furioso fuego sobre la desgraciada ciudad, era imposible atravesarlas. Habíamos conseguido arrebatar al marqués la rubia miss, pero un mal día fuimos descubiertos. El marqués se había repuesto y no soñaba más que en ahorcar a su hermano.

—¿Es posible tal infamia?

—El verdugo de Boston, comprado por mí, lo salvó vaciando hábilmente la cuerda que debía hacerle bailar en el aire, y que se partió al peso del barón. En aquel momento los americanos se lanzaron vigorosamente al asalto, de modo que pudo ser salvado; pero mientras, el marqués consiguió apoderarse de la miss y trasladarla a bordo de su fragata, que se hallaba en medio de las incontables naves del almirante Howe. Cuando los ingleses se rindieron, con el derecho de embarcarse sin la artillería emplazada en los fuertes, nos apresuramos a montar La Tonante, anclada aún en el río Mistic. Hicimos en seguida rumbo a las Bermudas,' donde encontramos cuatro navíos corsarios armados por nobles franceses, los cuales arbolaban el pabellón americano, y con su concurso nos dimos a la caza de la muy excelente fragata del marqués.

—¿Y la pudisteis alcanzar y abordar?

—Le dimos alcance, sí; pero no pudimos abordarla, porque cuando más seguros estábamos de poderla expugnar fácilmente, dos balas encadenadas nos destrozaron el palo mayor, inmovilizándonos en plena carrera. Mary de Wentwort estaba perdida otra vez para el desgraciado barón. Apenas reparadas las averías emprendimos un largo crucero en busca de la fragata, que sabíamos navegaba hacia el Norte, en tanto que todas las naves de Howe, dirigidas hacia el Sur, naufragaban miserablemente entre las islas Antillas. Fue un crucero largo y terrible que duró muchas semanas; pero un día pudimos al fin saber que el marqués, con la muchacha, se había refugiado en la fortaleza de Sandy-Hook. A pesar de las protestas de la miss, había sido acordado el matrimonio, y se verificaría en la cripta de la capilla de San Jacobo. Ayudados por algunos amigos, invadimos una caverna que comunicaba con la inmensa iglesia, y cuando el sacerdote se preparaba a celebrar la ceremonia irrumpimos furiosos, empeñando una lucha terrible con los marineros y oficiales ingleses.

—¿De manera que no tuvo efecto?

—No, porque Mary Wentwort es hoy la esposa del barón McLellan. El lord, empero, aprovechó la confusión para llevarse a la joven y refugiarse a bordo de su fragata. Esperaba acaso mar adentro antes de nuestra llegada; pero no le dimos tiempo. Con nosotros teníamos cuatro navíos bien armados. Abordamos la fragata antes que pudiese acudir en su auxilio la guarnición de Sandy-Hook, y los dos hermanos se atacaron a punta de espada por segunda vez.

—Y le tocaría la peor parte al marqués, supongo.

—En efecto, salió con otra estocada; pero, sin duda, el barón, bastante más ducho en el manejo de las armas, no quiso terminar con su adversario, y de nuevo la quilla dura del marqués pudo resistir sus averías. Mientras tanto, Washington se había apoderado de Nueva York, derrotando por completo a los ingleses y poniéndoles en fuga precipitadamente. Nos dimos a la vela con dirección a dicha ciudad, y pocos días después la rubia miss se convertía en la baronesa de McLellan.

—El corsario fue demasiado generoso —dijo el traficante—. ¿Y por qué está el marqués ahora en el lago, mientras su hermano continúa en Nueva York?

—¿Usted lo sabe? Eso nadie más que el señor Oxford podría decirlo.

—Y lo diré —dijo el secretario, que había escuchado el relato desde su principio—. Porque está seguro de encontrar aquí a su hermano y darle muerte.

—¡El capitán abandonar Nueva York!… —exclamó «Cabeza de Piedra»—. No me habría enviado a mí con «Petifoque».

—Es que entonces lo mismo él que Washington ignoraban la fuerza de la flotilla inglesa que se prepara a atacar a Ticonderoga. Hará falta un hombre de mar capaz de encargarse del mando de las tartanas y bergantines americanos, y ya veréis cómo el capitán de La Tonante no tardará en acudir.

—¿Conduciendo consigo a su esposa?

—Así lo creo —prosiguió el secretario—. No estaría tranquilo dejándola en Nueva York. Hay allí muchos traidores vendidosaloro inglés. ¡Algo sé yo de eso!

—Me lo figuro —repuso «Cabeza de Piedra»—. ¿Aquí el capitán? ¡Ah, qué contento estaría si lo volviese a ver!…

Entonces es absolutamente preciso que cumpla la misión que me confiaron antes que él llegue.

—Esperad a que podamos disponer de una chalupa —dijo Riberac—. Si los iroqueses han bajado ya hasta el lago, podremos conseguir de ellos cuantas queramos. «Caribú Blanco» no es «Águila Blanca».

—Pero mientras, pasan los días y las naves inglesas invadirán el Champlain.

—¡Callad, callad!… —gritó Jor—. Una tribu india atraviesa el bosque. Apaguemos el fuego al instante. En vez de los iroqueses, pueden ser los mandanos o los algonquinos, guerreros harto feroces para que nos respetaran.

Todos se pusieron en pie y empujaron hacia el brasero montones de nieve, sofocándolo completamente. Las últimas chispas se habían disipado y una profunda oscuridad envolvía el pino, cuando se oyó en el macizo donde se habían refugiado los osos heridos resonar la poderosa voz de «Águila Blanca».

—El himno de guerra de los mandanos —exclamó Riberac—. Lo he vuelto a oír.

—Sí, sí, los mandanos —confirmó Jor—. ¡Oíd, Oíd! Os lo traduciré yo, que conozco muy bien todos los dialectos de los pieles rojas canadienses. «Águila Blanca» no era iroqués, como pretendía.

—¡Ah… dos veces canalla! —exclamó el viejo bretón.

El indio, para llamar seguramente la atención de sus compañeros, que desafiando el huracán de nieve bajaban hacia el lago con las otras tribus, empezó su belicoso discurso de este modo:

—Lugares que el sol ilumina con su luz y a los cuales presta su nocturno candelabro de los rayos pálidos… Lugares que veis crecer las hierbas, correr las aguas, rumorear los torrentes y retumbar las cataratas; escuchad todos: Sabed que nos movemos en son de lucha y que las hachas de guerra han sido desenterradas. Hombres somos nosotros, quienes vamos al encuentro de nuestros enemigos, que huirán como viles squiws (mujeres), ante nuestros tremendos golpes. Sí, como una mujerzuela pusilánime retrocede y tiembla como la serpíente; mis ojos despiden chispas bajo las breñas; nuestros enemigos, atemorizados con sólo oír nuestro himno de guerra, huirán como cervatillos, más cobardes aún que ellos. Huirán en los bosques, temblorosos a cualquier rumor de hoja que cae; dejarán caer sus vestidos y sus tomahawks, y cuando vuelvan, si aún vuelven con vida a sus poblados, la vergüenza y el desprecio los oprimirán. O en medio de las nieves y de los vientos gélidos, cuando los bosques desnudos y estériles no den más fruto, morirán de hambre. Mueran nuestros enemigos, que huirán del combate con el vientre henchida de hierbas, lejos de sus tiendas, sin amigos, sin consuelo, maldiciendo el día en que se pusieron en el sendero de la guerra contra nosotros, más valerosos. Nuestras hachas quedarán en sus aldeas como trofeo manifiesto y noble de nuestro valor. Si tienen arrestos para traérnoslas, cien cabelleras arrancadas y pintadas de varios colores adornarán nuestras tiendas, y cien prisioneros serán atados al palo del tormento para sufrir las más atroces torturas. Mas nosotros partimos… ¡Ah!… ¿Quién de nosotros volverá? Pobres niños, dulces esposas, ¡adiós!… Por vosotros, por vosotros solos nos es cara la vida; pero dejad de llorar. La batalla no espera, y acaso nos veréis pronto de nuevo. Bravos guerreros; pensad en vengar nuestra tribu de las ofensas padecidas y a vuestros jefes, si por desgracia cayeran guiándonos al ataque. Sofocad, haced que cese el grito terrible de nuestra sangre derramada, alzando contra el enemigo vuestras potentes hachas. Inundad con su sangre los bosques, testigos de nuestra victoria, para que no puedan decir a sus hermanos que no hemos destruido.

La robusta voz de «Águila Blanca» cesó entonces. A lo lejos, otra voz, no menos potente, había respondido:

—Los mandanos están en el sendero de la guerra; ya vienen dispuestos al combate.

—Señores —dijo a este punto Jor, palideciendo—. Huyamos pronto. «Águila Blanca» sabe que estamos aquí y nos hará prender en el acto.

—¿Y adónde ir? —preguntó «Cabeza de Piedra».

—Hacia el lago —repuso el canadiense—. Si los iroqueses han llegado ya, nos pondremos bajo su protección.

—¡Maldito país!… ¿Qué no podamos descansar seis horas siquiera?

—¡Escapemos! —dijo Riberac—. Los mandanos están ya muy cerca.

—Nos llevaremos aunque no sea más que alguna botella y un par de pemiles —dijo «Petifoque».

No había necesidad de recomendar tal cosa, pues los dos hessianos, que tenían interés por las comidas más o menos regulares, habían cargado ya con las lenguas de bisonte y salchichones, y el secretario del marqués, por su parte, también había embutido en sus amplios bolsillos un par de botellas.

Los siete hombres, que veían aproximarse rápidamente el peligro, dejaron el gigantesco pino y se lanzaron en desenfrenada carrera a través del matorral, sin preocuparse de los mugidos del viento ni de la nieve que ininterrumpidamente dejaba de caer.

Riberac había tomado el mando del grupo, por conocer los alrededores del lago mejor que Jor. Ya habían pasado felizmente tres o cuatro macizos de arces, cuando se oyó de nuevo la voz de «Águila Blanca».

—¡De prisa, mis pequeños, a ellos!…

El miserable se había dado cuenta de la fuga de los canadienses y corría detrás, seguido de dos osos, los únicos que le quedaban, pues el tercero seguramente había quedado muerto entre la espesura, con alguna bala en el cráneo.

—¡Deténganse los hombres blancos! —rugió, blandiendo furioso el hacha—. Mis compatriotas vienen corriendo, más ágiles que alces, y, si no obedecéis, os atarán al palo del tormento.

Sonó un tiro. «Cabeza de Piedra», deteniéndose un momento para apuntar, había herido a su perseguidor, qué cayó tendido en la nieve, entre sus dos osos.

—¡Muere, perro!… —gritó el terrible marino—. Ya habías vivido demasiado.

—¿Estás seguro de haberlo matado? —preguntó «Petifoque».

—Sé que lo he parado y que sus bestias se han agazapado junto a él. Por ahora me basta. Si lo he herido tan sólo y se cura, en otra ocasión no librará el pellejo. ¡Corramos… corramos!… Los mandanos están ya encima, y si nos cogen no tendrán misericordia.

Los fugitivos reanudaron su carrera bajo la tempestad de nieve, haciendo un llamamiento a todas sus fuerzas. En lontananza se oyeron algunos disparos, seguidos de agudísimos gritos, que parecían proceder de una jauría inmensa.

Siempre se ha escrito que los indios, cuando entonan su himno de guerra, aúllan de un modo terrible. No es así: ladran como perros, y tal himno nada tiene de espantoso.

—¡Corramos…! ¡Corramos!… —repetía incesantemente el viejo bretón, que todavía alardeaba justamente de una agilidad extraordinaria—. Mi cabellera es ya muy cana; pero, con todo, quiero conservarla.

Durante una hora corrieron desesperadamente, aguijoneados por el temor de ver caer sobre sus espaldas aquella horda de bárbaros sanguinarios; por un breve instante se detuvieron para tomar alientos y beber un sorbo de ginebra, con objeto de combatir el frío intenso que reinaba en el bosque.

Parecía que los mandanos se hubieran detenido a su vez o hubieran perdido la pista, porque la nieve había cubierto en seguida las huellas de los fugitivos.

—Señor Riberac —preguntó «Cabeza de Piedra», que resoplaba como una foca—. ¿Estamos aún lejos del lago?

Iba a responder el preguntado, cuando hacia la parte del Champlain se oyeron algunos cañonazos, como si una nave maltratada por la tempestad pidiese desesperadamente auxilio.

—¡El bergantín!… —exclamó «Petifoque».

—Sí, las que truenan son las piezas pequeñas de doce —dijo «Cabeza de Piedra»—. ¡Ah…, si pudiésemos llegar a tiempo para asistir al naufragio del navío y atrapar al maldito marqués!…

—Demasiado tarde —dijo Jor, deteniéndose bruscamente—. Los mandanos nos han tomado la delantera.

—Y más ligeros que los pieles rojas me parece que han estado otros, patre —dijo Wolf.

—¿Quiénes?

—El traficante, que iba delante de nosotros, ha desaparecido.

—¿No lo ves todavía?

—Yo haperlo fisto correr como un pisonte —se adelantó a decir Hulbrik.

—No; como un lobo —dijo el secretario del marqués.

—¿Nos habrá abandonado por salvar su cabellera o habrá ido en busca de los iroqueses? ¿Qué dices tú, Jor?

—Así lo espero —respondió el canadiense—. Conoce mejor que yo y que los mandanos estas orillas del lago y no dudo de volver a verlo.

—¿Y dices que estamos rodeados?

—Los pieles rojas, más ligeros que nosotros, nos tienen casi cercados. Ved sus líneas negras destacarse sobre la blancura de la nieve.

—¡Muerte y maldición!… —rugió el viejo cañonero—. ¡Qué tenga yo que dejar aquí mi cabellera!

—¿Y las nuestras, no las cuentas? —preguntó «Petifoque», que jamás perdía su habitual buen humor.

—Jor, ¿qué hacemos? ¿Presentar batalla?

El canadiense encogióse de hombros, y dijo, después de una pausa:

—Hay más de quinientos, con armas de fuego.

—¿No podían tardar aún media hora en alcanzarnos?

—No tienen callos en los pies —dijo «Petifoque».

—No chancees, bergante.

—¿Qué vamos a hacer? Dejaremos en manos de esos bandidos nuestras cabelleras.

—¿Yo dejarme escalpar? ¡De ningún modo!… No quiero volver un día a Batz sin un poco de pelo en mi dura testa.

—Tampoco me agradaría a mí presentarme en las laderas de Pontiguen con la cabeza pelada.

—¡Si no fuera más que la peladura!… —dijo Jor, visiblemente preocupado.

—Veamos —dijo el viejo bretón, mientras en el lago continuaban sonando cañonazos—. ¿No conoces a ningún jefe mandano?

—Conozco a muchos iroqueses y algonquinos; pero mandanos no conozco a ninguno —repuso el canadiense, cuyo rostro aparecía cada vez más sombrío.

—¿Y son de temer esos guerreros?

—Odian al hombre blanco porque ha exterminado los inmensos rebaños de bisontes. Mirad con qué perfección nos han encerrado. Estados cercados por todas partes.

—¡Dichoso el traficante!… Al menos él ha tenido tiempo de ponerse a salvo.

Apretadas filas de guerreros, con la rapidez del rayo, deslizándose sobre patines por la nieve deshecha, habían cerrado como en un círculo a los seis desgraciados, impidiéndoles toda retirada.

Iban vestidos de pieles, adornados con multitud de plumas de águila y de pavos salvajes, que les daban un aspecto pavoroso.

Además, sujetos, ellos sabrían cómo, llevaban cuernos de bisonte en la cabeza.

—¡Ah, qué figurones!… —dijo «Cabeza de Piedra»—. Y llevan los morros pintados, si no me engaño.

—Es un atavío de guerra —repuso Jor.

En aquel momento, un hombre de altísima estatura, como suelen ser todos los salvajes canadienses, se destacó de las filas y avanzó hacia los hombres blancos, blandiendo furiosamente su hacha de guerra.

—¡Ah!… —dijo en un francés inteligible—. ¡Sois los matadores de «Águila Blanca»!

—¿Ha muerto por fin ese bribón? —repuso «Cabeza de Piedra»—. Y los osos, ¿qué tal? Espero que le hayan seguido a las praderas celestes, por dar gusto al gran Manitú.

El indio, un sakem, a juzgar por su armamento formidable y por las tres plumas de águila que sobresalían detrás de los dos cuernos de bisonte, se había acercado rápidamente. Estaba armado de un fusil, hacha, cuchillo de escalpar, y a la izquierda llevaba un escudo ancho de piel de bisonte, solidísimo, destinado a parar los golpes de arma blanca.

—¡Soy «Oso de las Cavernas»!… —gritó—. Y me siguen más de quinientos guerreros. Soy un sakem famoso que ha arrancado más de veinte cabelleras.

—Pocas son para tanta fama —dijo «Cabeza de Piedra», yendo resueltamente al encuentro del jefe—. En cambio, yo, a cañonazos, he matado a más de quinientos ingleses.

—¡Oh!… Eres, pues, un gran guerrero.

—Que nunca tuvo miedo de ningún piel roja en el cuerpo a cuerpo.

—Mi hermano blanco no luchó aún conmigo.

—Hasta ahora no te tenido el honor de conocer a «Oso de las Cavernas».

—Eres un valiente.

—Por tal me tengo —repuso «Cabeza de Piedra»—. He asaltado muchos navíos, grandes pájaros volanderos, como los llamáis vosotros, y nadie fue capaz de herirme.

—¡Oh!

—¡Oh, oh!… ¡Si es verdad que eres un gran sakem, ven a medir tus armas conmigo, pedazo de pellejo mal cocido!

—Estoy dispuesto a ello, y si me vences, ahora que «Águila Blanca», mi sucesor, ha muerto, mi tribu te reconocerá como sakem y te obedecerá.

—¿Aunque tenga la piel de color de pan gris a medio cocer?

—No importa. A más de que yo estoy seguro de dar ante mi tribu otra prueba más de mi valor.

—Y si te mato, ¿tus guerreros no nos atarán al palo del tormento?

—El gran Manitú me oye y mis guerreros también; el Gran Espíritu, que reina en las praderas celestes, también me escucha. Si es verdad que te atreves a tanto como desafiar al sakem de los mandanos adelántate. Mis guerreros nos contemplarán.

—Espera, pues, que voy a arreglarte, aunque tengas un escudo de piel de búfalo —dijo «Cabeza de Piedra»—. Tu fusil no me importa. Es un mosquetón que probablemente no hará fuego con la humedad de esta noche.

—¡Estás loco, camarada!… —exclamó «Petifoque».

—Sea como fuere, de algún modo tenemos que salvarnos —respondió el viejo bretón—. Me ofrece la jefatura de su tribu si logro matarlo. Y ya sakem, ¡quisiera yo ver quién era capaz de tocarme el pelo de la ropa! Si muero en la demanda y algún día vuelves a Nueva York, y a Bretaña más tarde, contarás cómo ha muerto el viejo oso marino.

Abrió su casaca y, sacando de ella dos cartas provistas de gruesos sellos de lacre verde, las entregó al joven marinero.

—Para Saint-Clair y Arnold, si logras llegar a Ticonderoga.

—Maestre, piensa en lo que haces —dijo «Petifoque», presa de una viva emoción.

—¿Crees que me da pavor ese indio? El «Oso de las Cavernas» contra el Oso Marino. ¡Ya veremos quién es el más fuerte!

—Jor —dijo «Petifoque»—, ¿no se podría evitar esta lucha?

—Si el maestre la esquivase, todos los guerreros caerían sobre nosotros y ninguno saldríamos vivo de las manos de esos terribles torturadores —respondió el canadiense, no menos emocionado que su interlocutor—. Si el sakem me hubiese elegido, no vacilaría en aceptar el reto por salvarnos. Es cuestión de vida o muerte.

—Mejor ha sido que haya pensado en mí el Oso —dijo «Cabeza de Piedra»—. ¡Hacha por hacha!… Será un duelo terrible, pero no desespero de vencer. Estad atentos y dejad que me las arregle como pueda.

El sakem esperaba pacientemente, insensible al frío e indiferente a la nieve y a las ráfagas furiosas del viento, cada vez más iracundo; entretanto, se apoyaba en su viejo fusil.

—¡Amigos, adiós! —dijo «Cabeza de Piedra»—. Ahora veréis un espectáculo que quizá nunca contemplaron vuestros ojos.

Y avanzó resuelto contra el indio, blandiendo el hacha.

—Tira ese fusil —le dijo—. El mío podría matarte en el acto.

—Yo he retado a mi hermano pálido para que mida conmigo su arma blanca, y no la que truena —dijo «Oso de las Cavernas»—. Ya sé bien que me tocaba la peor parte, por ser el mío un viejo arcabuz.

—Conforme, querido. Si te mato, ocuparé tu puesto y seré el sakem de la tribu.

—Así lo he dicho.

—Y si yo caigo con el cráneo destrozado, ¿qué harás de mis compañeros?

—Decidirá el Consejo de sabios ancianos.

—Comprendido; es necesario que mueras para salvarme. Pronto estoy.

Arrojó lejos de sí la carabina y avanzó terrible contra el sakem, quien le esperaba a pie firme empuñando su tomahawk, ni más largo ni más pesado que el hacha del marinero, de mango esculpido y adornado en su extremo con un copete de cabellos humanos, arrancados probablemente a cualquier desgraciado canadiense sorprendido en las selvas.

CAPÍTULO X. «CABEZA DE PIEDRA», SAKEM

Las líneas de los mandanos fuéronse estrechando poco a poco a fin de impedir cualquier intento de fuga por parte de los hombres blancos; pero ninguno de aquellos formidables guerreros había lanzado un grito que pudiese constituir ofensa para los desgraciados prisioneros. Permanecían tranquilos apoyados en sus viejos mosquetones, no dudando un punto del triunfo de su sakem blanco si tuviese la impensada fortuna de esquivar los golpes del tomahawk indio.

Solamente uno se había aproximado a los combatientes. No llevaba armas ni parecía guerrero, porque era giboso, y llevaba muchas plumas, también iba cubierto de collarines formados con dientes de bestias feroces y de vértebras de serpientes. «Cabeza de Piedra» que lo había visto acercarse, dijo al punto el sakem, haciendo ademán de coger la carabina.

—¿Quién es? Si intenta ayudarte, lo fusilaré.

—Es el sacerdote de la tribu —respondió «Oso de las Cavernas»—. Jamás ha combatido, porque tiene mucho que hacer con el Gran Espíritu. Deja tu fusil; este hombre no intervendrá, ocurra lo que ocurra. Fíjate, no tiene más que amuletos.

—Está bien. Despachemos porque comienzo a sentir frío, y nada hay como dar golpes para entrar en calor. Veremos quién es, de aquí a pocos minutos, el sakem de tu tribu.

—¡Pronto! —repuso «Oso de las Cavernas»—. He dado muerte a más de veinte hombres blancos y no sé a cuántos iroqueses y algonquinos. ¡Soy invencible!

«Cabeza de Piedra» quitóse el gorro y se inclinó, diciendo:

—Estoy conmovido de tener que habérmelas con tan formidable hombre de guerra. Saludo antes al vencedor, porque después no podré hacerlo.

Pronunció las anteriores palabras con un deje de ironía. El maestre cañonero no era hombre que tuviese miedo de un despreciable indio.

—Mi hermano rojo tendrá que despojarse, del escudo —dijo—. Yo no lo tengo.

—Mi hermano blanco tiene razón —repuso el sakem.

—Mi hermano rojo deberá despojarse asimismo del cuchillo de escalpar, porque yo no tengo ninguno.

El sakem arrojó al suelo el escudo y el cuchillo y adelantó tres pasos, diciendo con voz furibunda:

—Tú charlas como una mujer. Ya hubiese yo matado a diez hombres.

—¡Bum!… Haces más ruido que las piezas de treinta y dos de La Tonante. Aquéllas, sin embargo, mataban a filas enteras de enemigos, mientras tu lengua aún no ha hecho sucumbir a ninguno. Acaso tu tomahawk sí.

—¿No crees, pues, que yo sea un gran guerrero?

—No tan famoso como tú mismo te figuras. Yo seré un sakem más terrible y más admirado que tú.

—¿Cuántos enemigos ha matado mi hermano blanco?

—Tantos, que ya no recuerdo el número.

—Yo no he visto las cabelleras de tus enemigos.

—¡Estúpido! —gritó «Cabeza de Piedra»—. Yo soy un hombre blanco y no un salvaje que escalpa a sus enemigos vencidos. Cuando mis cañones los despenaban, yo los arrojaba al mar para que sirvieran de pasto a los peces. Era más rápido. ¿Vamos a empezar ya, bravo guerrero?

—¡Oh, sí! Ya es hora.

—Espera un poco.

Quitóse la casaca de paño grueso, forrada de piel de nutria, y envolviendo en ella el brazo izquierdo, dio tres saltos de través con la agilidad de un mono, levantando el hacha.

La nieve seguía cayendo en grandes copos, girando en torbellino, mientras el viento proseguía lanzando horrendos mugidos. La floresta toda crujía horriblemente al choque de las ráfagas que venían del Champlain, desprendiendo a millares las ramas de los árboles. Solamente un piel roja y un bretón eran capaces de combatir en aquella noche horrible.

El sakem, al ver a «Cabeza de Piedra» saltar de aquel modo, lo había imitado, a fin de presentarle siempre el pecho.

—¡Camarada, mucho cuidado!… —gritó «Petifoque»—. Confiamos en ti, pero presérvate.

—He de tumbar a este salvaje —repuso el viejo bretón—. Tiene más miedo él que yo, os lo aseguro.

Dio tres saltos y cayó como un rayo sobre el sakem, que vacilaba, y lo atacó furiosamente, gritando:

—¡Tome mi hermano rojo este hachazo del hombre blanco para distraerse! ¡Muere ya!…

Las dos hachas se encontraron, despidiendo chispas, pero ninguno de los dos adversarios cayó.

El sakem había parado admirablemente el golpe dirigido a su cabeza o a su pecho.

—El «Oso, de las Cavernas» tiene las piernas firmes —dijo «Cabeza de Piedra», retrocediendo con presteza—. Eres un gran guerrero, pero soy más fuerte yo.

—¡Basta, mujerzuela!… —rugió el indio, que había creído terminar pronto con su adversario.

—¿Conque mujer?… —gritó el bretón—. ¡Mucho decir es eso!

Por segunda vez cayó sobre el sakem, levantando el brazo izquierdo, resguardado con la casaca. Un golpe terrible le hizo tambalearse, pero volvió a atacarle con rabia.

El tomahawk del indio se había enredado en los pliegues de la casaca, sin cortarla por completo.

«Cabeza de Piedra» aprovechó el momento para tirar a su adversario un golpe mortal. El hacha del marinero vibró un instante en el aire, sepultándose después con sordo rumor en la cabeza del indio. «Petifoque», Jor y sus compañeros lanzaron un grito estentóreo.

¡Victoria! ¡Victoria!

«Cabeza de Piedra» saltó hacia atrás con el tomahawk del indio prendido aún entre los pliegues de su casaca.

—¡Sí, compañeros, gritad victoria! —dijo con voz tonante—. He matado al coloso.

«Oso de las Cavernas», aunque tenía la cabeza abierta, permanecía aún en pie. Un ancho reguero de sangre le caía por el rostro. Tambaleándose un momento como un hombre ebrio, agitando locamente los brazos, dio dos vueltas sobre sí, y se desplomó al fin sobre la nieve, sepultándose en ella casi por completo. El sacerdote se aproximó a «Cabeza de Piedra», que se estaba poniendo de nuevo la casaca, y le dijo:

—La profecía se ha confirmado.

—¿Qué profecía? —preguntó el viejo bretón.

—El sacerdote que me educó, muerto hace ya muchos años, predijo que un día los mandanos tendrían por sakem un anciano de piel blanca.

—Lo habría soñado.

—«Vientre Obeso» era un gran sacerdote, que hablaba dos veces al mes con el Gran Espíritu.

—¿Y el buen Manitú le había dicho que un cierto «Cabeza de Piedra», venido de lejanas tierras, sería precisamente ese sakem blanco destinado a vosotros?

—Así debe ser.

—¿De modo que el jefe de vuestra tribu soy yo ahora?

—Has vencido al sakem rojo, a quien todos consideraban invencible, y todos, a partir de hoy, te obedecerán.

—¿Y si yo rehusase?

—Los guerreros te seguirán de todos modos por dondequiera que fueses.

—¿Cuántos son?

—Más de quinientos.

—¿Bravos todos?

—Hemos vencido muchas veces a los algonquinos y también a los iroqueses.

—¿Tenéis barcas?

—La tribu tiene su campamento junto a un río que desemboca en el lago, y no podría pasarse sin barcas. Tiene muchas piraguas, capaces de montar cada una más de quince hombres.

—¿Está helado el río?

—Aún no.

—Manda traer todas las barcas a la desembocadura del río. Tenemos que combatir contra hombres blancos que tripulan navíos.

—¿Casas flotantes?

—Llámalas como quieras, me es lo mismo. Di a los guerreros que acampen por ahora, pues no reanudaremos la marcha hasta que salga el sol.

—¿Y tus compañeros?

—¡Por cien mil campanarios!… ¿Querrías que los atásemos al palo del tormento? Son todos ellos parientes míos, muy valerosos. ¡El sakem soy yo, y basta! Sabré hacerme obedecer mejor que «Oso de las Cavernas». Y dime, ¿no tendrías alguna tienda para mí?

—Haremos levantarte una en seguida, gran sakem. También traeremos fuego, víveres y tabaco para ti y para tus parientes.

«Cabeza de Piedra» señaló hacia un dilatado grupo de altísimos pinos negros y dijo al sacerdote:

—Te aguardo allá. Estoy cansado de tanta nieve. Mis guerreros enterrarán el cadáver de su difunto jefe donde su cuerpo no pueda ser destrozado por los picos de las águilas blancas y de los dragones, o devorado por los lobos. Vuelve pronto.

Diciendo esto recogió la carabina, pendióse al cinto el tomahawk, que valía tanto o más que su hacha, y con sus compañeros se dirigió rápidamente hacia el grupo de pinos para ponerse a cubierto de los remolinos de nieve, que no cesaban un solo momento.

Cinco minutos después, veinte guerreros, guiados por el curandero, llegaron a todo correr, llevando sobre sus hombros grandes rollos de cortezas de abedules y estacas.

Los indios canadienses no hacen uso de tiendas de piel. El verdadero wigwam cónico, refugio característico de todas las demás tribus del Oeste, es desconocido entre ellos, a pesar de que anualmente matan un gran número de bisontes; pero de sus gigantescas pieles no se sirven sino para hacerse capotones o tapices.

Suelen preferir para sus tiendas la corteza de abedul o de olmo, que separan del tronco con rara habilidad, en un solo pedazo, convirtiéndola en una materia ligerísima y plegable como la tela. En sus expediciones guerreras llevan grandes cantidades de estas cortezas para improvisar chozas, pues el clima canadiense, en particular al Norte, es muy frío, Con algunas estacas clavadas en el suelo desenvuelven los pedazos de corteza, que se adaptan a cualquier forma, y a veces se construyen así verdaderas casitas, aunque siempre las dejan abiertas por un lado para dar salida al humo.

Los veinte guerreros levantaron en un instante una especie de sotechado, encendieron un buen fuego con ramas de pino saturadas de resina, cerraron tres lados para que la nieve no pudiese entrar profusamente y extendieron en el suelo grandes pieles de bisonte, mejores para su objeto que todos los tapices marroquíes de Rabat y los no menos célebres de los fabricantes persas en Ispahán y Teherán.

Algunos minutos después, otros diez guerreros se presentaron, trayendo una pata de oso asada, dulce de frambuesa en conserva, racimos de agraz y galletas de maíz.

—Gracias a Dios que tenemos casa —dijo «Cabeza de Piedra», despidiendo a sus guerreros con majestuoso ademán—. Dejadme solo y afilad en tanto vuestros tomahawks, pues pronto tendremos que combatir. Vaya también a descansar el sacerdote, pues no necesito por ahora de sus servicios.

—Gran sakem —dijo un viejo guerrero, deteniéndose bajo el dintel de la cabaña—, ¿a quién debemos nombrar tu segundo?

—Allá vosotros. Escoged al más fuerte y más inteligente y dejadme comer tranquilo.

Todos se retiraron, desapareciendo pronto entre remolinos de nieve.

«Cabeza de Piedra» salió de la choza para asegurarse de que nadie escuchaba desde fuera sus conversaciones; tiró de la tela de olmo destinada a cubrir el lado que aún quedaba abierto, a fin de que el viento no arrastrase mucha nieve dentro de la estancia, y se sentó al fuego, mirando a sus compañeros, sin pensar para nada en cenar.

—¿Qué pensáis vosotros de este nombramiento, que de un marinero ha hecho un jefe de guerreros salvajes? —dijo por fin.

—Que nos ha salvado a todos —dijo «Petifoque»—. Si hubieses renunciado habrían sido capaces de atarte al palo del tormento en vez de confiarte la jefatura de la tribu.

—¿Y qué hago yo con esta tropa, que no piensa más que en escalpar?

—¿Te olvidas del marqués?

—¡Ah… «Cabeza de Piedra», que la tienes llena de migotes! —dijo el viejo bretón, riendo—. En este momento ni me acordaba de él ni de la misión que a estos parajes me trae.

¡Pero si es mi fortuna verme convertido en un sakem…! Con quinientos hombres, valerosos a no dudar, se pueden hacer grandes cosas, y hasta llegar a Ticonderoga, ya que podemos contar con barcas. Quisiera saber dónde se ha metido Riberac. ¿Habrá ido a buscar a los iroqueses para conducirlos aquí?

—Es probable —dijo Jor.

—¿Y qué sucederá, si los iroqueses y los mandanos son enemigos que se odian a muerte? ¿He de lanzar a mi tribu contra los otros?

—Alguna vez las tribus de diversas naciones han sepultado el hacha de guerra y han sido amigos durante muchos años —dijo el canadiense—. Los hurones, por ejemplo, después de haber combatido a los iroqueses por más de un siglo, están ahora en buena armonía, y sus jefes han fumado juntos el calumet de la paz. ¿Por qué no habríamos de lograr otro tanto nosotros? Con mil guerreros podremos dar mucha guerra a los ingleses y salvar a la guarnición americana de Ticonderoga.

—¡Hum!… No hay que fiarse de estos hombres rojos.

—No, os engañáis; son más leales de lo que creéis.

—Entonces, ¿qué decidimos? —preguntó «Petifoque».

—Mañana, pase lo que pase, bajaremos al Champlain y haremos lo posible por capturar al marqués.

—Si es que ha desembarcado.

—Estoy bien seguro de que si el bergantín no se ha deshecho habrán encallado por lo menos. Hacían muchos disparos.

—¿Y si lográsemos apoderarnos de él?

—Lo mandaremos a Nueva York, para que su hermano le dé otra estocada.

—¿Quién se encargará de llevarlo?

—Vendría antes con nosotros a Ticonderoga. No me fío de entregarlo a mis guerreros de hocico rojo. Ese hombre sería capaz de corromperlos.

—No le dejaremos encima ni siquiera una guinea.

—Ni así me fío. Saint-Clair y Arnold nos darán una escolta mucho más segura. ¿Qué opina el señor Oxford?

—Que tenéis mucha razón —repuso el secretario del marqués.

—Ahora podríamos tomar un bocado y descabezar después un sueñecillo. No se está mal en esta cabaña de corteza de olmo. Abriga tanto como las pieles. ¡Eh!… ¿Qué es lo que tocan? ¿Es que mis guerreros, en vez de descansar, se ponen a bailar entre los remolinos de nieve?

—Son flautas tocando a muerto —dijo Jor—. Están celebrando el sepelio del sakem.

—¡Poblé diablo! Siento haberlo matado… Y por otra parte, no podía hacer otra cosa —dijo «Cabeza de Piedra»—. En su puesto me haré viejo, pues los bretones no naufragan sino de puro carcamal. Cuando mi abuelo cerró los ojos tenía casi cien años. Todavía soy yo muy joven para ir a disparar cañonazos al infierno.

—¡Con esos cabellos grises… —bromeó «Petifoque» —y esas arrugas!…

—Todavía no tengo un siglo. ¡Y basta! —repuso el viejo bretón, serio—. Aún estoy hábil como un gaviero, aunque tenga sobre la grupa un montón de primaveras. ¡Ea, pues!, vamos a catar esta pata de oso para vaciar nuestras botellas. Mira, «Petifoque», como se han animado de repente los ojos de los tudescos, ahora que iban a cerrarse. Estos jovenes tienen siempre un apetito fenomenal. Afortunadamente tenemos ahora cocineros indios que antes han de pensar en nosotros que en los guerreros.

Y tomando un cuchillo de manos de Jor, ya se disponía a trinchar la pata de oso, cuando a la entrada de la cabaña se oyeron voces femeninas.

—¿Quién viene a turbar el reposo del sakem blanco? —rugió «Cabeza de Piedra», furioso—. ¡Qué no podamos comer un bocado con tranquilidad!…

—Aquí están las mujeres del sakem, de «Oso de las Cavernas» —dijo Jor—. Lo menos son doce.

—¿Y qué quieren de mí?

—Como habéis matado al esposo, debéis tomarlas a todas con vos. Así es.

—¿Para qué?

—Es la costumbre de los mandanos.

—¿Convertirme yo en marido de doce mujeres? —gritó, espantado.

—Y no son muchas, en realidad —dijo Jor.

—¿Y que han de estar conmigo?

—Naturalmente.

—Las haré huir a pelotazos de nieve.

—Entonces los guerreros, que respetan a sus mujeres, aunque bárbaros, os mirarán de través. No os aconsejo hacer ningún desprecio a las viudas de «Oso de las Cavernas».

—Que entren, pues. Quiero al menos conocer a estas mujeres mías, con quienes jamás me he desposado ni me desposaré.

Jor levantó la tela que cubría el cuarto lado de la cabaña, y no doce, sino trece mujeres hicieron irrupción en ella, con grandes zalemas.

Las mujeres canadienses son mucho más hermosas que las que se encuentran en las tribus del Sur y de Occidente. Todas ellas tienen formas esbeltas, ojos bellísimos, muy expresivos y vivaces, líneas agradables, largos cabellos, muy negros y sobre todo una linda boca, siempre dispuesta a sonreír ante el esposo.

Las viudas del sakem llevaban vestidos muy vistosos, compuestos de casacas de piel de gamuza recamadas, fajas altas de seda, raras por entonces en el Canadá; túnicas de paño azul y mocasines de piel blanca con ribetes de variados colores. Todas ellas eran jóvenes y podían satisfacer incluso a un europeo.

—¡Mil rayos!… —clamó el sorprendido «Cabeza de Piedra», incorporándose de un salto—. ¡Nada menos que trece mujeres tenía «Oso de las Cavernas»! Ese número le ha acarreado desgracia… Si hubiera tenido doce tan sólo, acaso su tomahawk me hubiese partido la cabeza. ¡Trece!… ¡El fatídico número de Judas!

Las examinó una por una, mientras «Petifoque» y los dos tudescos se retorcían de risa, y se tiró de las barbas desconcertado.

—¡Picaro sakem!… —exclamó—. Después de todo, no tenía mal gusto.

—Muy bonitas, ¿verdad, maestre? —dijo el joven gaviero.

—¿Las quieres? Te las regalo todas.

—Me parece demasiado, camarada.

—Y además —dijo Jor— no aceptarían. Son las mujeres del gran sakem de rostro mal cocido y a él solamente guardarán fidelidad.

—¡Pero si no las quiero!… —rugió «Cabeza de Piedra»—. Nunca he querido cuestiones con mujeres blancas ni negras, ni amarillas, ni aceitunadas, ni rojas.

—Pues con todo, maestre, no tenéis otro remedio sino conservarlas, pues se trata de vuestro prestigio. Un gran sakem sin una docena de mujeres no sería respetado.

El viejo bretón tiró el gorro al suelo y se rascó rabiosamente la testa.

—¡Trece mujeres! —exclamó, con un gesto de horror—. ¡Si pudiera enviárselas a mis amigos de Batz!…

—No irían, os lo aseguro; siempre las tendréis pegadas a los calzones —dijo el canadiense.

—¿Y qué voy a hacer con ellas yo, mil diablos?…

—Os prepararán los alimentos, os coserán la ropa…

—¿Cuál? No tengo más que la puesta; mi equipaje se perdió con la tartana.

—Ellas os harán otra nueva antes que os quedéis en camisa.

—Me parece que te burlas de mí, Jor —dijo «Cabeza de Piedra».

—De ningún modo. Las mujeres se encargan de vestir a los guerreros, que sólo cuidan de sus ornamentos de plumas y de sus colores para prepararse al atavío de guerra.

—Camarada —dijo «Petifoque», sin dejar de reír—, no te empeñes en mostrarte más salvaje que un piel roja. Hace ya diez minutos que estas desgraciadas están ante ti tiritando de frío, y ni siquiera les has dicho que se sienten. ¿Dónde quédó la galantería francesa? Van a formar un mal concepto de todos nosotros.

—No he conocido más galantería que la de los masteleros —gruñó el bretón.

—Sé cortés y ofréceles algo. Todavía nos queda un poco de pata de oso, dos pemiles y salchichones ahumados.

—Los salchichones para los tudescos, que no pueden pasarse sin ellos.

—Dales los pemiles.

—Ocúpate tú de eso —dijo el bretón cargando su pipa.

—¿Y si se enamoran de mí?

—¡Ojalá!…

—¿Me dejas carta blanca?

—Te considero ya como marido efectivo.

—No; ahora no. Y además, trece son muchas. Ya que me lo permites, haré yo los honores de la casa. Seré tu ayudante de campo.

—Haz lo que quieras. Déjame fumar.

«Petifoque», ayudado de Jor, que no podía contener la risa, extendió delante de las viudas una gigantesca piel de bisonte, invitándolas a sentarse y a calentarse al fuego. Seguidamente les dio los restos de la cena, un par de jamones y una botella, la última, que «Cabeza de Piedra» hubiera preferido beberse él mismo. Jor había cortado en grandes lonjas los pemiles de puerco salado, agregando algunas galletas de maíz.

Las trece viudas, consoladas bien pronto de la pérdida de su primer esposo asaltaron la cena con voracidad casi bestial, disputándosela hasta a puñetazos. «Oso de las Cavernas» debía de haber hecho muchas economías en cuanto a los víveres destinados a sus mujeres.

—¡Qué apetito! —dijo «Petifoque», mirándolas con curiosidad, mientras permanecía en pie ante ellas, con las manos en los bolsillos—. ¿Cómo me las voy a arreglar yo para mantener a todas con mi paga de gaviero? ¡Al demonio!… Allá se las componga «Cabeza de Piedra».

—¡Eh, tú, bribonazo… que no soy sordo! —dijo el viejo bretón, fumando rabiosamente, y envolviéndose en una verdadera nube de humo acérrimo—. ¿Crees tú que un maestre cañonero gana bastante para dar de comer a trece mujeres?

De mi mesada no me quedó jamás una guinea.

—Porque bebías demasiado.

—¡Vete al diablo!… No me hagas rabiar más.

—¡Pero si aquí no tenéis que gastar nada, ya os lo he dicho! —dijo Jor—. La tribu proveerá de todo.

—¿Y te figuras tú que voy a terminar mis días en la orilla de este lago, siendo jefe de una banda de salvajes? A la primera oportunidad los planto a todos y volveré al mar, a disparar cañonazos contra los ingleses.

—Te llevarás las mujeres, ¿verdad? —inquirió «Petifoque».

—¿Quieres que me convierta en un lobo hidrófobo? ¡Al diablo mis mujeres, que yo no las he buscado! Otro sakem las tomará consigo.

—Poco galante eres, «Cabeza de Piedra».

—«Oso de las Cavernas» no lo habrá sido más. Y punto. ¿Vamos a dormir? Mañana, si amaina el temporal, partiremos.

Echó al fuego las cenizas de su pipa, y estirándose sobre la suave piel de bisonte acomodó los brazos debajo de su cabeza y cerró los ojos. Las trece mujeres, al ver dormir a su señor, creyeron conveniente imitarlo. La botella de ginebra quizá ayudó un poco a decidirlas. «Petifoque» cerró bien la cabaña y tumbóse al lado del canadiense. Los tudescos y el secretario del marqués ya roncaban. Fuera la tempestad rugía sin cesar, sacudiendo la cabaña, y la nieve seguía cayendo.

Todos dormían profundamente, hasta que, pasadas dos horas, el bretón, acostumbrado a dormir con ojos avizor y oído atento, creyó percibir dos sordos gruñidos.

—¡Por cien mil campanarios!… —exclamó, incorporándose bruscamente—. ¿No vamos a poder dormir esta noche? ¡Diferencia va de esto a los cuartos de guardia a bordo de La Tonante!

Por precaución empuñó el tomahawk, del sakem, y saltando por encima de sus compañeros dormidos, que roncaban descuidados, se acercó a la entrada de la cabaña, escuchando atentamente.

—¿Sueño o estoy borracho? Pero me parece estar bien despierto, y no he bebido tampoco más que algún vaso. Aquí, detrás de la tela, hay osos.

—¿Qué refunfuñas, «Cabeza de Piedra»? —preguntó en voz baja el joven gaviero, que en aquel momento se despertaba—. ¿Riñes a tus trece mujeres? ¡Déjalas dormir, hombre!

—Ven a escuchar, camarada —dijo el viejo bretón—. No se trata de mis mujeres ahora. Quieren entrar en nuestra casa.

—¿Serán los mandanos, que vengan a matarnos?

—Tampoco tienen que ser los indios. ¡Hay osos aquí fuera!

—¡Eh!… ¿Quieres asustarme?

—Sé bien que tienes valor hasta para vender el que te sobra; no hay para qué probarte.

—¿Cómo quieres que se atrevan los osos a asaltarnos en medio de un campamento guardado por quinientos guerreros?

—Pues así y todo, creo que no me engaño —dijo «Cabeza de Piedra»— ¿Oyes? Esos son gruñidos que no se pueden confundir con los aullidos de los lobos ni con el rugido de los jaguares.

—Me parece que no estás equivocado —dijo el joven marinero, cogiendo precipitadamente su carabina—. ¿Damos la alarma?

—No asustemos a mis graciosas mujeres —repuso, irónico, el bretón—. Vamos a ver si por casualidad nos hemos engañado.

Prendió de su cintura el tomahawk, enarboló una gruesa rama llameante, arma incomparable contra las bestias feroces que atacan de noche, y arrancó de un tirón el trozo de tela que servía de portada.

Un grito de estupor se escapó de sus labios.

Ante él, medio hundidos en la nieve, se hallaban los dos últimos osos de «Águila Blanca», y lo que era más extraordinario, cada uno de ellos llevaba colgado al cuello uno de los cuatro grandes tambores que Riberac había puesto a disposición de sus amigos, y que ninguno había pensado en llevar consigo en su precipitada fuga.

—¡Cuerpo de… una trompeta desafinada!… —masculló el bretón—. ¿Estoy soñando?

—Ni tú sueñas, ni yo tampoco —repuso «Petifoque»—. Éstos son los osos de «Águila Blanca», los compañeros de «Nico».

—¿Cómo están aquí?

—Como su patrón ha muerto, habrán seguido nuestras huellas. Ya sabes que nos demostraban cierta inclinación.

—Peligrosa. Hasta nos atacaron.

—Porque los impulsaba «Águila Blanca».

—¿Y los tambores? Son dos de los que llevábamos.

—No es posible engañarse.

—¿Quién se los habrá colgado al pescuezo?

—Quizá el mismo «Águila Blanca» antes de morir.

—No lo entiendo.

—Ni yo tampoco lo veo claro —dijo el joven gaviero.

—¿Los matamos?

—Tú dijiste que tu abuelo fascinaba a los osos polares.

—Así me lo contó mi padre.

—Acaso tus ojos posean aún algo de aquel extraño prestigio. ¿No eres tú su nieto?

—¿Y qué quieres que haga con esas bestias?

—La llevaremos con nosotros, y cuando nos falten víveres nos las comeremos una tras otra.

—Quizá tengas razón. Si los matásemos regalaríamos alga de carne a los mandanos, y mañana no tendríamos ni una pata siquiera.

—Y además, mira qué tranquilos están. Se diría que esperan de tu parte una caricia o una palabra cariñosa.

—O alguna sonata más bien —respondió el maestre, riendo—. Ya sabes que les agrada el redoble del tambor.

El señor Oxford se encargará de darles ese gusto. Cuando el secretario batía el pellejo de asno demostraban un regocijo sin igual, y, en cambio, su desagrado era evidente cuando redoblaban los tudescos.

Los dos osos, en efecto, permanecían quietos, sin hacer caso de la nieve, que amenazaba cubrirlos. De cuando en cuando bostezaban, lanzando bocanadas de aliento cálido y hediondo, y tendían el pescuezo, levantando los tambores.

—«Águila Blanca» los ha amaestrado maravillosamente, no hay que negarlo —dijo «Cabeza de Piedra»—. ¿Quién hubiera dicho que el viejo cañonero de La Tonante había de verse un día jefe de una tribu de salvajes y domador de osos?

—Y con trece mujeres —añadió maliciosamente «Petifoque».

—Cierra el pico; no me hables de eso.

Aproximáronse a las bestias, espléndidos osos negros, gordos y lucidos, que podían competir en alzada y peso con los mismos osos grises, y les acarició el hocico, quitándoles los tambores. Los dos osos mostraron satisfacción a gruñidos, y libres de la nieve que los cubría, se metieron en la cabaña.

El secretario del marqués y los dos hessianos se habían despertado, en tanto que las viudas del sakem seguían durmiendo plácidamente cerca del fuego, tendidas sobre la gigantesca piel de bisonte.

—Dejad los fusiles —dijo adelantándose rápido «Petifoque» al ver a los otros armar los gatillos—. Son amigos nuestros, compañeros de «Nico I».

CAPÍTULO XI. EL ASALTO AL BERGANTÍN

A la mañana siguiente, apenas amaneció, levantaron los mandanos el campo, dispuestos a seguir a su nuevo jefe. La nevada había cesado; pero el viento continuaba soplado a través de la floresta, impetuoso y glacial.

Guiados por el sacerdote y el lugarteniente, nombrado durante la noche, y que respondía al sobrenombre poco simpático de «Mancha de Sangre», bien constituido guerrero, con la cara surcada de varias cicatrices, se reunieron en torno de lar cabaña de «Cabeza de Piedra» y sus compañeros, aguardando la señal de partida. Como ya se ha dicho, eran más de quinientos, todos bien armados, aun cuando no pudiesen fiar mucho en sus viejos arcabuces, casi inservibles, ni en sus municiones.

El viejo bretón, acompañado de los dos osos, los dos alemanes, que redoblaban furiosamente los tambores; el secretario del marqués, Jor y «Petifoque», y seguido por sus trece mujeres, pasó revista a las filas, en formación bastante correcta, y dio en seguida orden de ponerse en marcha hacia el lago, ansioso de ver de nuevo a Riberac y de saber la suerte que el bergantín hubiese corrido. Seguía contando en la posibilidad de tender una celada al marqués y capturarlo con su navío antes que llegara la flotilla inglesa. Ahora contaba con barcazas y podía intentar un abordaje a la desesperada.

La gruesa columna atravesó la inmensa selva, guiada por «Mancha de Sangre», y después del mediodía llegó finalmente a la orilla del lago, en el sitio donde desaguaba un gran río que todavía no estaba helado. Veinte barcazas se encontraban reunidas en una pequeña ensenada, abrigada por una alta fila de peñascos negruzcos, que hacían imposible para un navío toda tentativa de atracar allí, tanto más cuanto que las aguas del lago seguían revueltas.

Los indios canadienses, que viven de continuo en las orillas de los ríos y de los lagos, son intrépidos constructores y bravos bateleros. Todos ellos disponen de chalupas capaces de embarcar treinta hombres cada una, de construcción ligerísima, pues para hacerlas se valen de cortezas de abedul. La armadura suele ser de madera de pino, bien arqueada, formando en los extremos puntas muy elevadas. Las cortezas de abedul se ligan después a la armadura por medio de filamentos vegetales solidísimos o con sutiles nervios de nutria y otros animales; con duelas componen luego una especie de departamento interno, y a esta construcción le dan, por último, una mano de resina.

Se deslizan tales barcos velozmente y ninguna chalupa inglesa ni americana podría competir con ellas, pues impulsadas con su máxima rapidez, parece que apenas estén en contacto con el agua. Para guiarlas se requiere una agilidad extremada, sobre todo, a causa de las frecuentes borrascas que estallan en los lagos y de las rápidas pendientes que interrumpen con gran frecuencia el curso normal de las aguas fluviales, verdaderos saltos de agua que los marineros europeos no osarían desafiar. Los naufragios menudean, pero es raro que los tripulantes perezcan en ellos, pues los indios canadienses son nadadores bien probados y resisten las más bajas temperaturas.

También tienen barcas más pequeñas, capaces para dos o tres personas, y que corrientemente usan las mujeres, que no ceden en nada a los hombres por lo que toca al manejo del remo.

«Cabeza de Piedra» y «Petifoque» revistaron también su escuadrilla, y parecieron quedar satisfechos.

—Hasta Ticonderoga podremos ir —dijo el viejo bretón—. Un poco ligeras son, pero deben de navegar mejor que cutters.

—¿Te atreverás a embarcar los osos? —preguntó «Petifoque».

—¡Ah, no; nunca haré semejante estupidez! Nos los comeremos antes. Además, de nada nos servirían.

—¿Pero a tus mujeres sí las embarcarás?

—De ningún modo… Las mandaré de nuevo a la tribu, diciéndoles que esperen mi regreso para no estar expuestas a los horrores de la guerra. Ahora mando yo, y veo que todos los guerreros, y aun el sacerdote mismo, me obedecen ciegamente, sin protestar jamás. Son muy simpáticos estos mandanos.

—O por lo menos, así lo parecen.

—Así será, «Petifoque». Por mi parte, en el fondo, no tengo en ellos una confianza ilimitada. Bueno, ¿y qué haremos ahora? ¿Buscamos a Riberac, para impedir que los iroqueses se nos echen encima, o damos una vuelta por el lago para ver si el bergantín del marqués ha resistido a la tempestad o si se ha destrozado?

—Maestre —dijo Jor—, ¿queréis que busque yo al traficante? Dejadme uno de vuestros tudescos. Nos encontraremos después junto al fortín incendiado.

—Te dejo a Wolf, que es más hábil que su hermano en el manejo de la carabina, sin decir por eso que Hulbrik no sea un tirador de primera fila. Nosotros remontaremos el pequeño curso de agua que desemboca junto al depósito. Estas barcas son de poco fondo y podrán salvarlos fácilmente.

—¿Os vais con todos los guerreros?

—No, me basta con veinte. No se trata por ahora más que de una pequeña exploración hacia los arrecifes donde la tartana se ha deshecho. Puedes irte, pues ya no nieva. Nos veremos esta noche seguramente, aquí o en las cercanías del fortín.

Llamó a «Mancha de Sangre» y diole orden de preparar la barcaza más ágil y fuerte, con un equipo de veinte remeros.

Los guerreros, en tanto, se habían acampado, construyéndose minúsculas cabañas, cubiertas, según costumbre, con telas de abedul y de olmo, y habían encendido fuego para calentarse y preparar el almuerzo.

«Cabeza de Piedra» y sus compañeros comieron en pie los últimos salchichones que les quedaban y tomaron puesto en la barcaza, donde ya los esperaba «Mancha de Sangre» con veinte de los mejores bateleros. El viejo bretón encendió su pipa y se sentó en el banco central, al lado de «Petifoque», mientras Hulbrik y el secretario del marqués se acomodaban en el banquillo de popa.

La embarcación, impulsada por veinte remos bien cortados, atravesó como una saeta la barra del río y hendió veloz las aguas del lago, siempre agitadísimas. Apenas dieron vuelta a un promontorio escarpado, cuando «Cabeza de Piedra» hizo seña a los remeros de que se detuvieran.

—Mira el bergantín —dijo a «Petifoque»—. ¿Me engañaba? Ha ido a encallar en los mismos escollos que han destrozado nuestra tartana. Los dos masteleros han caído ya y las olas barren la toldilla. No nos costará gran trabajo apoderarnos de ese cascarón.

—¿Estará la tripulación a bordo todavía? —preguntó el joven gaviero, que se había puesto en pie—. No veo a nadie.

—Se habrán refugiado bajo cubierta.

—No, porque por allí veo dos chalupas suspendidas de la grúa de proa, precisamente las mayores. El marqués está ahí con sus hombres.

—¿Y nos vamos a lanzar al abordaje?

—Sí, que para eso contamos con quinientos guerreros dispuestos a no dar paz a la mano si lo ordeno yo.

—¿Y cuántas barcas perderemos antes de asaltar el bergantín?

—Muchas, de fijo. Si las piezas inglesas trabajan con metralla en vez de escupir balas y bombas, no tendremos ventaja. Nuestras barcas se convertirán en cribas y sus despojos irán a juntarse con los restos de nuestra desgraciada nave. Menos mal que tenemos remeros habilísimos y estarán poco tiempo bajo el fuego enemigo. ¡Bah…, ya veremos esta noche! Procuraremos sorprender a la tripulación en sus hamacas.

—¡Huh!… Velarán, «Cabeza de Piedra».

—¿Quién sabe? Nos desembarazaremos del marqués, y después podremos cumplir nuestra misión y atracar felizmente en Ticonderoga. Ya verás cómo nuestros asuntos, de comprometidos, se tornan en francos. ¿Sabes lo que me inquieta?

—¿La vecindad-de los iroqueses?

—Lo adivinaste. ¿Sabrá detenerlos Riberac y hacerles fumar el calumet de la paz con mis guerreros? Ésa es la cuestión.

—¿Volvemos?

—Prefiero quedarme aquí vigilando el bergantín. Quisiera saber de cierto si la tripulación está aún a bordo.

—Esperemos, pues —contestó «Petifoque», disponiéndose a estirarse sobre el banquillo.

—Ven conmigo —dijo el viejo bretón—. Nos daremos un paseo por la orilla. Algún peñasco habrá más elevado que nos permita distinguir mejor lo que pasa en el bergantín.

Ordenó al piloto que hiciera retroceder la barcaza unos cien pasos, para que no pudiera ser vista por alguna chalupa que viniese al lago, y desembarcó en la orilla, acompañado de «Mancha de Sangre», Hulbrik y el joven gaviero. El secretario del marqués prefirió quedarse en la barca, bien envuelto en una enorme piel de bisonte.

Por todas partes se ofrecían a la vista números peñascos, confundiéndose con los abedules, que habían invadido hasta las dunas, pues a su crecimiento no es obstáculo tener las raíces casi sumergidas. Todos ellos eran de escasa altura; pero no se prestaban a un fácil acceso por los escarpados. «Cabeza de Piedra», a quien nada escapaba, distinguió pronto una roca que un tiempo debió de ser escollo y cuya cima descollaba a trescientos o cuatrocientos metros de altura. En sus laderas habían crecido numerosos árboles, que hacían la subida relativamente fácil para hombres cuya agilidad era notoria.

—Desde allí podremos observarlo todo —había dicho a «Petifoque».

En diez minutos, bordeando siempre los peñascos, llegaron a la roca, y después de asegurarse bien de que en los alrededores no había soldados ingleses acampados, treparon hasta la cima, cubierta de pequeños grupos de cerezos silvestres, nacidos al amparo de una plataforma de tierra bastante amplia. Ante ellos huyeron a la desbandada veinte o treinta halcones pescadores, precipitándose en las aguas del lago. Estos volátiles son formidables rapaces, que hacen terribles destrozos entre los peces y compiten en habilidad con las águilas blancas, numerosísimas igualmente en todas las orillas de los lagos canadienses.

«Cabeza de Piedra», llegado que hubo a la cima en unión de «Petifoque», contempló fijamente el bergantín, barrido de popa a proa por las ondas, con los masteleros caídos sobre la amura de estribor y apenas sujetos por algunas jarcias a punto de ser arrebatados a la desdichada nave.

—Hay humo… —exclamó.

—¿Dónde? —preguntó el joven gaviero.

—Sale de una de las postas de la batería del entrepuente. Ahora ya sabemos con certeza que queda gente a bordo.

—¿Estará también el marqués?

—Sin duda alguna —respondió «Cabeza de Piedra»—. Aunque… no me atrevo a confiarme. ¿Recuerdas las chalupas que montaba el bergantín?

—Cuatro, si la memoria no me es infiel.

—Pues no quedan más que dos, si bien son las mayores.

—¿Se habrá metido mar adentro el amigo, para ir al encuentro de la flotilla de Burgoyne?

—Lo sentiría muchísimo.

—Podrían las olas haberse llevado las otras dos barcas, arrojándolas sobre la orilla.

—No se ven flotar los restos. Esta noche tendremos noticias respecto al marqués. El bergantín no puede navegar, de modo que lo abordaremos y haremos un buen registro.

Se interrumpió bruscamente, levantándose como movido por un resorte, y se puso a escuchar atentamente.

—¿Me habré engañado? —se preguntó.

—¿Qué has oído?

—A lo lejos, un cañonazo —respondió el viejo bretón apretando los dientes.

—¿Habrán llegado los ingleses a Champlain?

—Sería para nosotros un serio obstáculo.

—Vamos, presta atención de nuevo. Yo no he oído nada.

—Tú no has sido cañonero. Cierra el pico y deja funcionar mis oídos. Hasta el aliento has de retener, si puedes.

—¿Para morir con los pulmones deshinchados?

—¡Vete al diablo, mozo de Poulignen! No es hora de chanzas.

—Ya mé callo.

«Cabeza de Piedra» escuchaba imperturbable, con las callosas manos a guisa de embudo acústico, para percibir mejor los rumores lejanos.

Cuatro o cinco minutos llevaría inmóvil cuando se dejó oír un estampido no muy fuerte, producido, al parecer, por un disparo de artillería.

—¿Y ahora has oído, «Petifoque»? —dijo el viejo bretón con un gesto de ira.

—Sí; ahora, sí —repuso el joven gaviero.

—Hay que tomar una resolución extrema, desesperada.

—¿Asaltar el bergantín antes que le lleguen refuerzos al marqués?…

—Y sin dejarlo para luego.

—¿Está muy lejos la nave que ha hecho los dos disparos?

—Cinco o seis millas, por lo menos.

—Con un oleaje tan fuerte no podrá llegar aquí pronto.

—Así lo creo. Vamos, pues, y guiemos a nuestros mandanos al abordaje.

A toda prisa descendieron de la peña, seguidos de sus compañeros, y ganando a todo correr la barca embarcáronse en ella.

—¡Al campamento! —había gritado «Cabeza de Piedra».

La embarcación partió rápida como una saeta, y un cuarto de hora después se detenía a la entrada del río, cubierta enteramente por la flotilla de barcas indias.

«Cabeza de Piedra» dio en seguida sus órdenes. Trescientos guerreros le acompañarían en la peligrosa expedición, escogidos entre aquéllos que poseían armas de fuego. Los otros debían permanecer vigilando el campo, pues era de temer un ataque súbito de los iroqueses, de los cuales no se tenía ninguna noticia, pues ni Jor ni Wolf habían vuelto de su expedición en busca del traficante, única persona capaz de inducir a aquellos salvajes a fumar el calumet de la paz con sus enemigos seculares.

—¡Vaya un apuro gordo!… —gesticulaba «Cabeza de Piedra», caminando a grandes pasos por la orilla del río, mientras los guerreros se embarcaban, dirigiéndose a «Petifoque», que a duras penas podía seguirle—. Los ingleses casi en las narices y sin saber qué intenciones traerán esos demonios de iroqueses, que pueden exterminar al resto de la tribu durante nuestra ausencia… Y no hay otro remedio sino abordar el bergantín. Si cojo por mi cuenta al marqués, nos vamos a entender Burgoyne y yo.

Patre —dijo a este punto Hulbrik, cortándole el paso—. Tus mujeres haper preparato sena.

—¡Qué se la coman ellas!… —rugió el bretón—. Nosotros tenemos que hacer cosa mejor.

—¿Y mi hermano?

—Ya volverá, supongo yo.

—¿Nada seriar, entonsesi?

—No; esta noche, ayuno. Salta a mi barca, que me será muy útil tu carabina.

—Sí, patre —repuso el buen tudesco—. Yo siempre opeteser.

Hacia las cuatro, cuando las primeras sombras de la noche comenzaban a abatirse con rapidez casi fulmínea sobre el lago y los bosques, la flotilla india, compuesta de veinte barcazas, abandonó silenciosamente las orillas del río.

«Cabeza de Piedra» ocupó su puesto junto a sus compañeros en la mayor parte de ellas, tripulada por treinta remeros preparados para trocar el remo por la carabina y el hacha.

La flotilla desembocó en el lago, sumido en tinieblas, que hacía más profunda una espesa niebla que comenzaba a descender. Las aguas estaban algo más tranquilas; pero junto a los arrecifes, la resaca continuaba fortísima, y las oleadas se deshacían con gran ímpetu y siniestro rumor. Había momentos en que diríase que sobre la playa disparaban cañonazos.

«Cabeza de Piedra» se situó en la alta proa de su barca, con «Petifoque» y Hulbrik, con la carabina preparada. El secretario del marqués, por el contrario, se mantenía prudentemente retirado hacia la popa, sobre el banquillo postrero. Bien es cierto que él no era hombre de armas tomar.

La escuadrilla, aunque en loca danza, salvó felizmente los escollos y enfiló hacia el bergantín cuya mole se acusaba confusamente, inmóvil sobre las rocas, que, al parecer, habían hendido su quilla.

—¿Ves tú otros navíos mar adentro?

—Hay mucha niebla allá abajo —repuso «Petifoque»—. Lo veo todo gris.

—Puedes decir que lo ves todo negro. Estas malditas tinieblas caen como si las aplastase alguna materia pesada. Pero ahí está el bergantín, que no se nos escapa.

—Tal vez podamos sorprender a la tripulación.

—Si yo estuviera a bordo no me sorprenderían, de seguro —repuso «Cabeza de Piedra»—. Los ingleses tienen una mala costumbre.

—¿Embriagarse, verdad? Ya, que tú no bebías más que agua cuando estabas en La Tonante.

—Bebía cuándo no había nada que hacer. ¡Por los cuernos!…

—¿Se ha abierto la barca?

—¡Han iluminado una cañonera en el bergantín!

—¿Una áola? No; se ve luz en otra a popa.

—¡Muy bien! Hay gente ahí dentro.

En aquel momento brilló un relámpago en la popa del bergantín, seguido de un formidable estampido. En lo alto atravesó el espacio el ronco zumbido de una bala de regular calibre.

—¡Nos han visto!… —gritó el maestre—. ¡Asnos!… ¡Metralla y no balas os harían falta!

—¡Sí, grítale fuerte para que cambien la melodía! —dijo «Petifoque»—. ¿Te propones enseñarles el medio de echarnos al fondo cuanto antes?

—¡Soy un animal!… ¡Ah, pero no tardará en silbar la metralla sobre nuestras cabezas! Esos cañoneros no serán tan bestias, digo yo.

En la toldilla del bergantín, libre ya de los embates de las olas, aparecieron algunos fanales. Entre la niebla se veían algunas sombras humanas agitándose cual fantasmas. Una voz de trueno gritó desde la popa de la nave, dominando el estrépito de la resaca:

—¿Quiénes sois?

—¡Ingleses! —respondió al punto «Cabeza de Piedra», que hablaba maravillosamente la lengua de los orgullosos isleños, dominadores de todos los mares, según ellos.

—¿Enviado de quién?

—De Burgoyne.

—¿Ha llegado ya el almirante?

—Se ha detenido en el salto del Lobo por no atreverse a seguir con esta oscuridad. Sus naves son de mucho calado, y no cree conveniente exponerlas a tocar en los escollos.

—¿Está ya el marqués con el almirante?

—¿El marqués? —gritó «Cabeza de Piedra»—. No lo hemos visto.

—Esta mañana ha partido.

—¿Para reunirse a nosotros?

—Sí; hemos encallado, y con otro huracán nuestro bergantín se irá al demonio —repuso el inglés—. Nos urgía socorro, y el marqués se embarcó en la chalupa mayor con veinte hombres.

—¡Pero si no lo hemos visto!

—Se habrá detenido en algún sitio para reparar averías. «Cabeza de Piedra» dejó escapar un rugido. El marqués se le escapaba cuando más seguro creía sorprenderlo con su bergantín… ¡Era demasiado! El viejo bretón estallaba de rabia.

—¡Echad las escalas! —gritó—. Registraremos el buque. ¡Quizá lo hayáis asesinado!…

—¿Atrevemos a tocar al lord?… ¡Somos marineros fieles nosotros, escoceses todos!

—¡Arrojad las escalas!…

—Despacio, señor mío —dijo el inglés—. Venís con barcas repletas de indios. ¿Por qué no tripuláis chalupas?

—Porque no nos hubieran servido en los bajos fondos.

—Entonces, volved mañana, cuando se os vea bien. No debo creer en vuestras palabras, por ahora al menos.

—¡Por cien mil fragatas destrozadas!… —rugió «Cabeza de Piedra», hecho un basilisco—. ¿No queréis recibirnos a bordo?

—No; esta noche, no —respondió el inglés con voz firme.

—Entonces, os abordaremos.

—Tenemos cañones y sabremos defendemos. Aún somos cincuenta aquí en este trasto. Volved hacia la costa, o mando hacer fuego.

—Demasiado tarde, querido…

Y volviéndose a sus trescientos guerreros, ordenó con voz estentórea:

—¡Arriba…, al abordaje!… ¡Abrid las filas!

—¡A las armas! —había gritado, por su parte, el inglés.

—¡Fuego la batería de babor! ¡A la cubierta los fusileros!…

Las veinte barcazas atacantes, rápidas como el rayo, abrieron sus filas para escapar mejor a la metralla, y enfilaron rápidamente hacia el bergantín. Los guerreros entonaron su himno de guerra y ataque que resonaba siniestramente en la tenebrosa y fría noche.

—¡Avante…, avante!… —gritaba a cada momento «Cabeza de Piedra»—. Dadme una prueba de vuestro valor.

Dos cañonazos partieron del bergantín, seguidos de una nutrida descarga de carabinas. Tres de las barcas, alcanzadas de lleno por la metralla, se deshicieron como papel mascado y desaparecieron bajo las aguas, dejando sobre la superficie algunas briznas de revestimiento interior. Pero las tripulaciones respectivas, aun cuando tuvieron muchos heridos, ganaron a nado las otras barcas, poniéndose a salvo.

Los ingleses habían tardado mucho en hacer uso de sus cañones. Apenas habían podido hacer aquellos dos primeros disparos, cuando la flotilla asaltante rodeó el bergantín. Con algunas descargas, «Cabeza de Piedra» obligó a los fusileros a refugiarse en las baterías, y, aprovechando una escala de cuerda pendiente de una arboladura derribada y sujeta de una grúa, trepó rápidamente por ella y saltó la amura, seguido de «Petifoque», Hulbrik y «Mancha de Sangre». Los indios habían puesto pie en los escollos y subían al abordaje, aullando y blandiendo desesperadamente sus hachas de guerra. En un momento, la tolva se vio llena de gente.

—¡Por vida de una pipa rota!… —exclamó «Cabeza de Piedra»—. Tienen redaños mis guerreros. Ni los cañones los hacen retroceder.

La escotilla central, la de proa y la del pañol estaban cerradas; los ingleses se habían hecho fuertes en el interior del bergantín, atracando por dentro los portillos a fin de impedir el paso al enemigo. Los mandanos corrían por el puente aullando y agitando sus armas, inflamados en belicoso ardor, saboreando de antemano el placer de escalpar a los ingleses y saquear de paso las provisiones del navío. Sin embargo, fácilmente se echaba de ver su desconcierto al no hallar a sus adversarios por parte alguna; pero allí estaba «Cabeza de Piedra» con sus compañeros, prontos a obrar con energía.

—¡Por todos los campanarios de Bretaña! —aulló—. Los ingleses se han metido en su agujero como viejos zorros azules… Pero no se escaparán, ¿eh, «Petifoque»?

—Echemos abajo los portillos de las escotillas —dijo el joven gaviero.

—Son fuertes como si fuesen de hierro.

—Tenemos sólidas hachas.

—Verdad es, hijo mío.

Patre, ¿qué haser?— preguntó Hulbrik, en tanto que los indios seguían gritando y lanzando, en su lengua, imprecaciones y amenazas a sus enemigos ocultos.

«Cabeza de Piedra» se mordía los puños, presa de furiosa cólera.

—La captura del bergantín y de los tripulantes que en él quedan no me importa ya —rugió—, sabiendo que el marqués ha podido huir en la chalupa mayor. ¡Por vida de mi benemérita pipa!… ¡Con qué placer hubiera pillado al bribón del lord y le hubiera metido en una jaula, como a una fiera, para hacer un buen regalo al capitán de nuestra pobre La Tonante…!

—Ya le echaremos mano, maestre; no temas —dijo «Petifoque».

—¡Toda mi vida habría de permanecer sakem, renunciando a volver a ver a mi querida Bretaña, y aguantaría a todas esas brujonas de mujeres anejas al cargo… si no me quedara la esperanza de atrapar, un día no lejano, a ese maldito milord!

En aquel momento, un estampido repercutió en los aires.

—¡Otro cañonazo! —exclamó el joven gaviero.

—Cañón de veintiocho, querido —respondió el maestre, esforzándose en atravesar con la mirada, a lo largo del lago, el espeso velo de la oscuridad y nieblas que cubrían el Champlain.

—¿Inglés, no?

—En efecto.

—¿Será ya la flotilla del general Burgoyne, maestre «Cabeza de Piedra»?

—Me lo temo.

—¡Maldición!… ¿Si estará aquí el barón, a la cabeza de los navíos?

—Mejor sería, si tuviéramos aquí la difunta La Tonante, con sus excelentes piezas de caza.

—Vanos deseos, querido.

—¡Por mi pipa de familia, bien lo sé!…

En aquel momento estallaron en la cubierta del bergantín nuevos gritos ensordecedores, que provenían de los mandanos, enfurecidos por la desaparición de los marineros ingleses.

—¡Ohé! ¿Qué diablos les pasa ahora? —preguntó «Cabeza de Piedra».

Patre —repuso Hulbrik—, los maníanos haper testrosato los portillos.

—¡Ah!

—Y haper infatito la poteca tel percantín.

—¡Desgraciados! Los arcabuces darán buena cuenta de ellos, pues los marineros estarán seguramente fortificados en la batería. ¿Dónde está «Mancha de Sangre»?

—Se ha puesto al frente de los indios, y con ellos está en el fondo de la nave —dijo «Petifoque»—. Lo acabo de ver a la luz que salía de aquel escotillón.

—¡Por cien mil fragatas a la bolina!… —vociferó el maestre—. Que no se diga nunca que «Cabeza de Piedra» ha dejado que un mandano le tome la delantera. ¡A mí, gaviero; a mí, Hulbrik, empuñad las armas; vamos a hacer una mermelada de ingleses!…

Aullidos espantosos, seguidos de descargas de fusilería o de choques de armas, hicieron eco a las voces del viejo cañonero. En la batería del bergantín se había empeñado una lucha furiosa entre indios e ingleses. Las muras interiores devolvían los sonidos como las paredes de una caja armónica. A los gritos guturales de los mandanos se mezclaban los rugidos, juramentos y amenazas de los marineros ingleses.

«Cabeza de Piedra», con «Petifoque» y el hessiano, iba a precipitarse en la bodega para tomar parte en el combate, cuando detúvose repentinamente.

—¿Qué ocurre? —preguntó «Petifoque».

—¿No habéis oído nada vosotros? —repuso el maestre.

—Yo, no.

—Ni yo tampoco.

—Es extraño.

—¿Por qué?

—Hubiera jurado que alguien me llamaba desde el lago.

—¡Diantre!… ¿Acaso te figuras que los peces del Champlain han aprendido tu nombre? —dijo «Petifoque», siempre dispuesto a chancearse del viejo bretón.

—¿Hay papagayos en el Poulignen? —chilló el maestre.

—Alguno que otro… —respondió, riendo, el gaviero.

—Entonces es que antes de salir de tu pueblo has robado la lengua a uno de ellos y le has hecho una que no puede estar parada, hasta que cualquier día…

Interrumpióse para prestar atención. Esta vez, entre el rumor de las olas del lago y los clamores que provenían del interior del barco, llegó distintamente a los oídos de los tres hombres una voz que decía:

—¡«Cabeza de Piedra»!… ¡«Cabeza de Piedra»…!

—¡Con miel mil diablos…, a mí me llaman!

—Es fertat, maestre —dijo Hulbrik.

—No me cabe la menor duda —confirmó «Petifoque»—, y comienzo a creer que soy un bestia…

—También yo pestia, también yo… —repitió el hessiano, en conmovedora solidaridad con el joven marinero.

En tanto, el maestre, olvidándose de indios e ingleses, muy ocupados en destrozarse mutuamente, se había precipitado hacia la amura de estribor, estirando el cuello y dirigiendo su mirada a la negrura.

—¡Ohé! ¿Quién me llama? —exclamó con voz de trueno.

—¡«Cabeza de Piedra» soy yo!…

—¿Dónde estáis? —volvió a oírse la voz.

—En el bergantín inglés.

—¡Venid al punto, maestre!

—¡Diablo! —murmuró «Cabeza de Piedra»—. Esa voz de hombre no me es desconocida.

—Ni a mí —dijo «Petifoque».

—Se diría…

—La voz de Jor, el canadiense.

—¿Habrán encontrado Wolf y él al traficante, y los tres juntos vuelven al campamento?

—¿Y los iroqueses?

—He ahí el punto oscuro de toda esta historia —masculló el viejo bretón, rascándose la cabeza con furia—. Si Riberac no ha conseguido convencer a esos pillastres de indios a fumar el calumet de la paz con mi tribu, te aseguro que mi cargo de sakem está corriendo un serio peligro.

—Y no digamos las trece mujeres —dijo el incorregible gaviero.

—¡Calla, mozo de Poulignen, que no es hora de chanzas! Mi dignidad de sakem y el poderío de la tribu que me obedece son cosas necesarias para el éxito de nuestra expedición.

—Es verdad; perdóname, maestre.

—Estás perdonado. Piensa, hijo mío, que sólo con la escolta de los mandanos y con su flotilla de barcas podremos llegar al fuerte de Ticonderoga y evitar un encuentro con la escuadra del general Burgoyne.

—Que, por cierto, aún no se ve…

—Pero se oye… Escucha…

Un nuevo cañonazo retumbó en el lago, más sonoro que los precedentes, lo que indicaba que las naves se aproximaban poco a poco, pero sin detenerse, en constante lucha con las olas y el viento contrarios.

—¡«Cabeza de Piedra»! —gritó la voz de antes, más próxima.

—¡Sí; es Jor! —repitió alguien al costado del bergantín, en el lago.

Al oír aquella especie de eco, los tres amigos se estremecieron.

—Éste que ha hablado es el secretario del marqués —dijo «Cabeza de Piedra».

—Rayos, pues, ¿de dónde sale?

—¡Por todos los campanarios de Bretaña, apuesto mi famosa pipa contra una botella de vino peleón a que el muy cobarde está escondido en el fondo de una barca arrimada al bergantín!

—¿Qué queréis, maestre? —repuso humildemente el secretario—. Yo no soy hombre de guerra…

—¿Por qué no os habéis quedado en el campamento?

—Me habéis conducido con vosotros contra mi voluntad.

—¡Ah, sí; lo había olvidado!

—¿Habéis terminado ya con los ingleses?

—Me parece que mis bravos mandanos están haciendo ahora colección de cabelleras.

En efecto, la lucha en el interior del bergantín parecía haber acabado, y, por cierto, con la peor parte para los marineros ingleses. Los indios estarían, sin duda, ocupados en escalpar a muertos, heridos y prisioneros, y en saquear despensa, camarotes y pañoles. El bergantín se hallaba materialmente invadido por aquella legión de diablos enfurecidos, que no habían oído los cañonazos de las naves ingleses o, al menos, no pensaban que de aquello se tratara.

«Cabeza de Piedra» no se atrevía a tomar una decisión, pues comprendía que estaba aún muy reciente su investidura de sakem para tener ya autoridad suficiente a arrancar a sus guerreros del placer del saqueo. En sus vacilaciones, vinieron a sorprenderle estas palabras, pronunciadas a unas cuantas docenas de metros de la nave:

—«¡Cabeza de Piedra», os juro que si no os embarcáis pronto con vuestros indios y tomáis tierra cuanto antes, estamos perdidos todos!…

CAPÍTULO XII. EL RELATO DE JOR

El viejo bretón se dio un gran puñetazo en la frente.

—¡Donosa aventura! —gritó—. Si Jor ha venido a advertirnos de algún peligro, no debemos perder tiempo, sino obedecerle. ¿Dónde está «Mancha de Sangre»?

—Con seguridad que está en la batería, entregándose al manejo del escalpelo.

—¡A las barcas en seguida! —gritó el maestre, asomándose a una de las escotillas del bergantín—. ¡«Mancha de Sangre», mis bravos mandanos…, subid al instante, que regresamos al campamento!… ¡Es vuestro sakem blanco quien os lo ordena! ¡Nos amenaza a todos un gran peligro!

Gritos guturales de llamada hicieron eco a las palabras de «Cabeza de Piedra», transmitiendo la orden del jefe. Por las escotillas comenzaron a salir los indios, con rostros alterados, torvos los ojos. Algunos sujetaban entre sus dientes cuchillos, y sobre sus hombros conducían sacos y envoltorios de objetos saqueados, o apretaban en sus manos armas cogidas a sus enemigo vencidos.

—¡Por todos los campanarios de Bretaña! —masculló el maestre—. Son excelentes guerreros estos súbditos míos. Creo que de todos los pobres marineros del bergantín no han dejado uno vivo.

—Salvo los que huyeron con el marqués antes de nuestra llegada.

—¡Cállate, «Petifoque», que cuando me acuerdo de ese grandísimo pillo me dan ganas de tomar a fuerza de puños todos los campanarios del mundo!

—No quisiera yo ser el campanero.

—Ni uno solo habría de quedar en pie.

—¡Pataplum…; ya los mató!

—¡Mozo maldito del Poulignen, no te burles o!… Ahora no tengo tiempo, pero ya habrá ocasión de tirarte de las orejas.

—¡Ah, sí! Estás abusando de tu autoridad de sakem.

—Al palo del tormento te haré atar, si es preciso.

—¡Huy qué miedo!…

Mientras aquellos diablos de hombres, en medio de tantos riesgos, se complacían en chancearse como si estuviesen en la tolda de una fragata en puerto, los mandanos se apresuraron a tripular sus barcas, que rodeaban el desmantelado bergantín. El maestre los animaba con gestos enérgicos y juramentos de los suyos.

Cuando el puente del bergantín estuvo desembarazado, tomó asiento con sus dos compañeros en la barca que les trajo, y en que aguardaba el bribón del secretario.

—¿Estamos todos? —gritó el bretón.

—Menos los que han muerto —repuso «Petifoque».

—La guerra es la guerra, y tiene sus necesidades, bien crueles, por cierto. ¡Avante, fuerza en los remos, y quiera Dios que podamos, a despecho de esta condenada oscuridad encontrar a nuestro bravo canadiense! ¡Ohé, Jor! ¿Dónde estáis? ¡Chillad como un mono rojo para que vuestra voz nos sirva de… estrella polar!…

La flotilla de los mandanos se había puesto en movimiento, ganando el mar adentro y enfilando prontamente la desembocadura del río.

El canadiense oyó las voces de «Cabeza de Piedra», dándole aquella rara recomendación.

—¡Aquí estoy! —gritó con todas sus fuerzas—. Dirigid hacia aquí vuestra barca para que salte en ella.

—¡Allá vamos, Jor! ¡Atención!…

En la oscuridad profundísima no era fácil maniobrar, orientándose para evitar colisiones; pero «Cabeza de Piedra», a más de un excelente cañonero, era un marino consumado, y dirigió la maniobra de su barcaza en forma tal, que a poca la hizo tocar con la embarcación en que Jor se encontraba. El canadiense no esperó ser invitado para saltar al lado del bretón.

—Y decidme —le preguntó solícito, el viejo maestre, sacudiéndole rudamente por los hombros—. Ya estáis de vuelta… ¿Habéis podido encontrar a Riberac?

—No.

—¡Por el burgo de Batz!… ¿Qué diablo le habrá pasado?

—Es un misterio…

—No me gustan los misterios. Prefiero las cosas cuanto más claras…

—Sí… Tenéis razón, maestre.

—Entonces, como no encontrabais las huellas del traficante, ¿habéis regresado al campamento con Wolf?

—No.

—¿Cómo no?

—He regresado yo solo.

—¿Y Wolf?

—Ha desaparecido.

Hulbrik, que escuchaba el rápido coloquio, al oír aquella respuesta, no fue dueño de reprimir una exclamación de angustia.

—¡Mi pobre hermano desaparecido!… —gimió—. ¡Oh Dios mío, qué desgracia!

—Tranquilízate, que le encontraremos —dijo «Cabeza de Piedra»—. ¡Por todos los campanarios de Bretaña, un hessiano no se deja devorar como si fuera un salchichón de Boston!…

—Es fertat, yo esperar un puen maestre «Cabesa de Pieira»…

—Que es, como tú sabes, sakem de una tribu de famosos guerreros.

—Maestre, me temo que vuestro cargo de jefe, con todos los honores anejos… —sugirió Jor.

—Incluso el de tener una docena de mujeres, o más… —interrumpió «Petifoque», incapaz de estar silencioso ni de dejar en paz a su viejo amigo a pesar de las amenazas de éste.

—… reposa sobre una especie de mina —continuó el canadiense, en tanto que el bretón descargaba un puñetazo en la espalda del burlón incorregible.

—No os comprendo bien —dijo «Cabeza de Piedra»—. Sólo me doy cuenta de que nos amenaza un doble riesgo. De una parte, la flota del general Burgoyne, y de otra, lo que vos…

Un nuevo cañonazo retumbó a lo largo, cortando la palabra del maestre.

—¡De prisa, muchacho! —dijo el viejo marinero—. Por ahora sólo se trata de señales…, de golpes en blanco… Si supieran o se imaginaran que estamos por aquí en una flotilla de barcas, ya veríais granizos de fuego.

Las embarcaciones indias continuaban su rápida marcha hacia la desembocadura del río. Los mandanos no entonaban ya su himno de guerra, y parecían todos ellos oprimidos por el presentimiento de una desgracia.

—Jor —exclamó bruscamente el maestre—, ¿qué ha ocurrido durante vuestra excursión en busca de Riberac?

—Os lo diré en pocas palabras —repuso el canadiense—. Como sabéis, Wolf y yo abandonamos el campamento indio, y no tardamos mucho en dar con las huellas de Riberac. Tengo mucha experiencia en estos menesteres y sé bien el oficio.

—¡Por vida de cien mil fragatas agujereadas, ya sé que sois famosos los canadienses!

—Bien. Una vez encontradas las huellas del traficante, nos hemos puesto en su seguimiento por el mismo camino. Continuamente nos alejábamos de las orillas del lago, internándonos en el bosque, que conozco como el fondo de mis bolsillos. No obstante, tenía como la sensación de algo misterioso oculto entre las espesuras de aquella vegetación, en torno a nosotros. Era una especie de presentimiento funesto que me oprimía el corazón. De repente, las huellas de Riberac aparecieron a nuestros ojos, confundidas con otras de un grupo de hombres que juzgué ser indios. Evidentemente, el traficante se había encontrado con los iroqueses, quizá con alguna patrulla exploradora, y se había unido a ellos. Observando mejor las huellas, pude comprobar que, además de las de Riberac, las había también de otro hombre blanco. Proseguí en mis investigaciones y descubrí algo que me hizo reflexionar: era un pedazo de tela blanca inglesa, como ningún indio suele usar, desgarrada a modo de tira y manchada de sangre, de suerte que era lógico pensar que hubiera servido de venda para cubrir alguna herida.

—Y que el herido, al cambiarla, había arrojado al suelo; es evidente —observó el maestre.

—¿Creéis?

—Sin duda alguna.

—Yo la mostré a Wolf, que hizo un gesto de desdén.

—¿Eh?

—¿Y sabéis por qué?

—¡Por el burgo de Batz, no fui nunca adivino!

—Porque hubiera preferido encontrarse una botella de cerveza y un buen pernil.

—Son bien glotones los hessianos y endiablados devora-dores —dijo «Cabeza de Piedra» riendo.

—Es fertat; hessianos estar clotones comilones —repuso Hulbrik—; pero también puenos compañeros fieles.

—Conformes, amigo mío. Tú y tu hermano habríais merecido nacer en el burgo de Batz.

—O en el de Poulignen —refunfuñó «Petifoque».

—¡Por todos los salchichones de maestre Taberna…, serían entonces tan charlatanes como tú!

—¡Pero si hace una hora que no abro el pico! —dijo el gaviero.

—Tenlo, pues, cerrado un poco todavía, para que Jor pueda continuar su relato.

—Enmudezco.

Y así diciendo, «Petifoque» dióse una manotada en la boca como para cerrarla.

—Púseme a examinar aquel jirón de tela —continuó entonces el canadiense—, y pronto pude darme cuenta de que se trataba de un trozo de pañuelo. En uno de sus ángulos veíase aún una letra del alfabeto, bastante mal marcado, como generalmente usa la gente ordinaria.

—¿Y qué letra era aquélla?

—Una D.

«Cabeza de Piedra» dejó escapar un sordo exabrupto.

—Me parece que dais demasiada importancia a una simple D. No os comprendo, querido —dijo después.

—Bah, ya lo comprenderéis más tárde. Continúo, pues. Yo sospeché al punto la verdad ante aquel descubrimiento, y confié mis suposiciones a Wolf, que se mostró preocupado. Comoquiera que fuese, estábamos en danza y habría que danzar…, esto es, encontrar a Riberac vivo o muerto. Reanudamos la marcha, siguiendo las numerosas huellas que a nuestros ojos se ofrecían, cuando bajo los árboles de la floresta resonó un canto breve, que a cualesquiera otros oídos hubiera parecido el de un pájaro, pero que a los míos, bien ejercitados del uso, se reveló en seguida como una señal.

»—En guardia, Wolf —dije a mi compañero—; nos espían con todo cuidado.

»—Yo no veo a nadie —me respondió el hessiano.

»—No importa; por instinto siento que cerca de nosotros hay enemigos escondidos.

»—¿Y son enemigos ciertamente? —me preguntó Wolf.

»—No cabe duda. Riberac está con ellos; si no nos ha traicionado es que está prisionero de ellos, y, por consiguiente, como se trata de los iroqueses, con toda seguridad, no ha conseguido inducirlos a fumar el calumet de la paz con los mandanos. Si de otra manera fuese, el traficante, al darse cuenta de nuestra presencia aquí, ya se habría presentado.

»Apenas había terminado de hablar, cuando detrás de los árboles aparecieron algunos rostros pintados con los colores de guerra, en tanto que una especie de espectro humano se presentó ante nosotros. ¿Y sabéis a quién semejaba aquel fantasma?

—¿A quién?

—A maestre Davis, que el general Washington os dio como guía.

—¡Por cien mil campanarios derrumbados!… —rugió «Cabeza de Piedra», dando un salto—. ¿Así, pues, ha resucitado ese bergante?

—O más bien no ha muerto.

—¡Qué todos los escorpiones de maestre Taberna lo puedan atenazar!… ¡Escapar al lago enfurecido, a las puntas de los escollos, después de haber recibido un buen pistoletazo, es suerte condenada que sólo sabe a bribones de su ralea!

—Davis tenía la frente vendada, y en su cara pálida se retrataba la crueldad —prosiguió el canadiense—. Al vernos juntos a Wolf y a mí, en su corazón se había despertado, sin duda, el furor de la venganza. Yo vi la situación desesperada. Comprendí que no nos quedaba otro recurso que escapar a preveniros, y dije a mi compañero:

»—Huyamos; es necesario que al menos uno de nosotros llegue vivo al campamento. La floresta está llena de iroqueses, que marchan sobre el sendero de la guerra.

»—Tomemos, pues, el lago.

»—Encomendaos a vuestras piernas, que no son malas, amigo Wolf. Y a propósito: ¿sabéis el camino…, al menos el que hemos traído?

»El hessíano se rascó la cabeza, consternado.

»—Bien —le dije—, no os apuréis, amigo mío; tomad aquella dirección; corred todo derecho, sin parar, y llegaréis al campamento de los nuestros y tracé en él aire un rápido gesto. Ahora, a la carrera, lo más de prisa que podáis. No os preocupéis de mí. Me sé estos lugares de memoria, y espero burlar la persecución de los indios.

»Wolf no se hizo repetir el encargo y se dio a la fuga en la dirección indicada. Yo hice lo mismo. Al vernos escapar, Davis, que sin duda había vacilado en atacarnos, sospechando que nuestra presencia escondiese una insidia, acaso una emboscada de los mandanos, lanzó una imprecación y me apuntó con el arcabuz, que, no recuerdo si os lo he dicho, tenía en sus manos. Yo pude oír la detonación y el silbido de la bala al pasar junto a mi cabeza.

»Ya estaba a salvo de aquel primer movimiento de hostilidad, y tal certeza puso alas en mis pies. A mis espaldas oía, sin embargo, estallar formidables clamores, y comprendí que los iroqueses nos perseguían. Pronto Wolf y yo nos perdimos de vista, y no he vuelto a saber nada de él. Al no encontrarlo en el campamento, temo que se haya perdido en la floresta sin límites o que haya tenido la desgracia de caer en manos de los iroqueses.

—¡Pobre hermano mío!… —gimió Hulbrik.

—Quizá haya llegado al campamento durante nuestra ausencia.

—Y vos, Jor, ¿cómo os habéis arreglado para escapar a la persecución de los indios enemigos? —preguntó «Petifoque».

—¡Qué diablo, dando quehacer a las piernas! —repuso «Cabeza de Piedra»—. ¿Te crees acaso, mozo del Poulignen, que nuestro valiente canadiense es un gandul de tu especie?

—Los mozos del Poulignen, señor sakem de los mandanos, son más ligeros que todos los cabezas duras de Bretaña —afirmó el gaviero con voz burlona.

—No, maestre «Cabeza de Piedra» —interrumpió el canadiense—; no me han bastado las piernas para ponerme a salvo. Verdad es que corro como un ciervo o como un alce; pero entre los iroqueses hay demonios que galopan como el viento y resisten a la carrera más que un caballo. Los más célebres son «Pie Veloz», «Alce Joven», «Piernas de Ciervo», «Alce Rojo», «Viento del Bosque», «Rayo que Viene» y otros que es inútil enumerarlos, aunque todos ellos tienen nombres característicos que responden a su calidad de corredores famosos.

»Esos demonios, famosos guerreros también, me seguían de cerca, y me habrían alcanzado si un fenómeno extraordinario, inexplicable para mí, no los hubiese detenido. Iba yo atravesando un macizo de abedules enanos, cubiertos de nieve, y comenzaba a sentirme angustiado por la fatiga y falto de aliento; cierto temor me oprimía el corazón, por la imposibilidad en que estaba de defenderme eficazmente y con ventaja, cuando una voz profunda y potente, que parecía descender de la altura, gritó:

»—Soy el Gran Espíritu, al cual todos los indios deben obedecer. Retrocedan los guerreros iroqueses y reúnan a los de su tribu, pues muchos son los peligros que la amenazan. El peligro menor debe despreciarse para hacer frente al mayor. La presa pequeña puede abandonarse para ir en busca de la más importante. ¡Huh, huh…, el Gran Espíritu ha hablado!

»Inmediatamente, mis perseguidores se detuvieron, y después de mirar alrededor suyo, estupefactos, evidentemente se cercionaron de que su dios les había hablado, ocultándose en el misterio a sus miradas para ponerles en guardia, y se prosternaron sobre la nieve, exclamando:

»—El Gran Espíritu ha hablado a sus hijos…, y ellos obedecerán a su potente voz.

»Os confieso, amigos míos, que creo poco en las divinidades indias y en sus milagros. El fenómeno, sin embargo, no se podía negar, tanto más cuanto que tenía lugar en una buena ocasión para mí, salvándome de una muerte indudable. Ello es que el suceso me reanimó, diome alientos y me impulsó con más ímpetu a la fuga. Y corrí, ¡ah…, cómo corrí!… Tras de mí no sentía ya a aquellos malditos iroqueses, pero temía verlos aparecer de nuevo en mi persecución. Además, quería estar en el campamento cuanto antes, para daros cuenta de mi descubrimiento.

—¡Ya…, la resurrección de Davis! —refunfuñó «Cabeza de Piedra».

—Estad seguro, maestre, que ese demonio hará lo posible por volveros a encontrar y por capturaros antes que lleguéis al fuerte de Ticonderoga.

—Es verdad, las cartas le traen en cuidado.

—Y la venganza.

—¡Por la barba de mi vieja pipa que le hemos de hacer alguna buena a ese señor! ¿No es así, «Petifoque»?

—¡Ya lo creo!

—Davis es un hombre que no perdona —continuó el canadiense— y que no olvida…, y, por otra parte, la herida que le habéis inferido, querido maestre, siempre le recordará al bretón y a sus amigos. Estoy seguro de que en este momento los iroqueses todos se preparan a atacar a vuestros mandanos, pues vuestra promoción al cargo de sakem, seguramente ya es sabida de las otras tribus indianas. Por esto he querido venir a buscaros.

—Y habéis hecho perfectamente.

—Porque, a más de la hostilidad propia de partidarios, existe el odio del espía del marqués de Halifax.

—¡Ah, por el burgo de Batz, que cuantas veces me nombráis al rival de mi valiente capitán me arde la sangre!

A través de la niebla que cubría el lago retumbaron de nuevo algunos cañonazos.

—¡Canastos!… —gruñó el canadiense al percibir en el aire cargado el rumor de los proyectiles—. Parece que nos cañonean con tino.

—Son los navíos ingleses, que tratan de orientarse —indicó «Cabeza de Piedra»—. Pero no ha de serles fácil con esta oscuridad.

Y al decir esto lánzó un suspiro.

—¿Qué os sucede, maestre? —le preguntó Jor.

—Pienso que si ahora estuviese viva y bien armada mi brava La Tonante, podríamos lanzarla en medio de los navíos ingleses y hacer con ellos una mermelada estupenda para los peces del Champlain.

—Pero —se lamentó «Petifoque»— sólo tenemos algunas frágiles barcas, con las cuales no podremos hacer gran crucero.

Mejor será no pensar en la pobre La Tonante, a la que ya hemos entonado el De profanáis.

—Pero su comandante, el valeroso barón McLellan, vive aún —continuó el viejo bretón, enérgico—, y con él están vivos y sanos los marineros supervivientes. Daremos aquel nombre querido a una corbeta que se parezca a la difunta, elegida entre las naves americanas, y con ella resucitaremos las glorias de los terribles corsarios de las Bermudas.

—¿En este vaso de agua que responde al nombre de lago Champlain? —dijo el joven gaviero, persistiendo en su mitad de hacer rabiar al maestre.

—¡Aquí o en cualquier parte, chiquillo impertinente! —masculló «Cabeza de Piedra», dando un soberbio puñetazo en la frisa de la barca, que acentuó el balanceo de ésta—. ¡Aquí o dónde sea, mientras los corazones sean siempre los de un día y existan enemigos de la libertad a quienes combatir, porque siento una extraordinaria antipatía hacia esos «mangos de escoba»! ¡Eh, amigos, creo que ya hemos llegado!

En efecto, la flotilla de los mandanos llegaba al campamento, descubriendo aquí y allá sus fuegos escondidos a través de las sombras. Las barcas fueron dirigidas a la ensenada, pequeña, pero resguardada por una hilera de altos peñascos, que servía de puerto de refugio, y los guerreros indios desembarcaron, alineándose pronto bajo las órdenes del lugarteniente «Mancha de Sangre», que conocía el sitio mejor que «Cabeza de Piedra» y sus acompañantes.

Ningún clamor sospechoso llegó a sus oídos del campamento mandano. Todo parecía estar en calma.

«Cabeza de Piedra», «Petifoque» y los otros comenzaron a creer que Jor hubiese exagerado en sus temores y que los hubiese interrumpido injustificadamente en la tarea de saquear el bergantín, cuando a lo lejos se oyó un disparo de arma de fuego, que parecía provenir del centro de la floresta de abedules enanos, que se extendía a lo largo del río hasta los ribazos del lago.

—¡Cuerpo de un campanario de Bretaña! —exclamó «Cabeza de Piedra»—. ¡Vaya una noche movida! De un lado, los cañones del general Burgoyne; de otro, los mosquetes iroqueses; no es, por cierto, música lo que nos falta, si queremos bailar. En marcha pues; vamos a marcar unos pasos de furlana, si así lo quiere el Destino.

CAPÍTULO XIII. IROQUESES Y MANDANOS

La nieve comenzaba a caer de nuevo, pero en copos escasos, que caían de las nubes como mariposas errantes y desmayadas, y volaban acá y acullá envueltos en las ráfagas que de cuando en cuando, impetuosamente, soplaban.

Nuestros amigos seguían indiferentes, hombres fundidos en materia que debía de tener las cualidades del hierro, insensibles o, por lo menos, resistentes al frío y al hambre, a la sed y al cansancio.

En cuanto a los mandanos, nacidos en aquel clima, aunque medio desnudos, no padecían sus rigores.

Hasta se cuenta que una vez, durante la dominación francesa en el Canadá, un gobernador enviado allá de Francia, para conciliarse al punto las simpatías de los jefes indios, dio una fiesta magnífica en un castillo construido con hielo, e invitó a los sakems junto a los oficiales, funcionarios civiles y señoras establecidas allí.

Todos los europeos acudieron a la fiesta bien cubiertos de pieles, pues acaecía lo relatado en un invierno crudísimo, y el propio gobernador se había ataviado de modo que parecía uno de aquellos osos hechizados por la mágica mirada de «Cabeza de Piedra».

Los sakems, por el contrario, se presentaron ostentando sus ornamentos, solemnes y decorativos, pero poco eficaces contra el frío. Al ver muchas partes del cuerpo de los canadienses completamente descubiertas, el gobernador maravillóse y preguntó a uno de los sakems:

—Pero cómo…, ¿no sentís frío y vais medio desnudo?

El jefe sonrió, y preguntó a su vez:

—Y vos, ¿por qué conserváis descubierto el semblante?

—Porque está curtido y no padece.

—Pues bien —afirmó el sakem—, nosotros somos todo faz.

El camino que «Cabeza de Piedra» y sus compañeros habían de recorrer para llegar al campamento no era muy cómodo; pero dando trabajo a las piernas se encontraron bien pronto en él.

Las mujeres, los niños y los guerreros que quedaron guardando el campo se hallaban agitados. Todos estaban en movimiento.

Los hombres blandían sus armas y se apelotonaban alrededor de algunos guerreros que parecían llegar en aquel momento del interior del territorio, interrogándoles a voces; pero al ver a «Mancha de Sangre», que corría delante de todos, y a los «rostros pálidos», como llaman a los europeos, todos se volvieron a ellos, saludándolos con manifestaciones de júbilo.

Jor comprendió lo que sucedía, y dijo al viejo maestre de La Tonante:

—Apenas llegué al campamento, y antes de acudir en vuestra busca, advertí a los mandanos del peligro en que estaban de ser atacados por los iroqueses, y les aconsejé enviar algunos exploradores, para que observaran los alrededores del campo y espiaran los movimientos del enemigo. Sin duda han puesto en práctica mi advertencia y los exploradores han vuelto ya con noticias precisas.

—Hay que interrogarlos —dijo «Cabeza de Piedra», cargando por décima vez su venerada pipa, en la que comprimió el tabaco más que de ordinario.

—Ya lo está haciendo «Mancha de Sangre» —advirtió el canadiense.

—Al fin sabremos, pues, qué significa la detonación que hemos escuchado hace poco.

—Quizá una señal.

—«Mancha de Sangre» viene hacia aquí.

—A decirnos cuanto sabe. Es su deber. ¿No soy yo acaso el sakem de los mandanos, o sea su jefe supremo?

Y así diciendo, «Cabeza de Piedra» se pavoneó cómicamente, e infló sus carrillos rugosos y abrasados por el sol y los vientos marinos, lanzando una violenta bocanada de humo en pleno rostro al secretario del marqués, que estaba próximo.

Al pobre diablo se le metió en su garganta y en sus ojos el humo acre de la famosa pipa, donde tantas generaciones de testas duras de Bretaña habían fumado, y comenzó a toser y a restregarse los ojos llenos de lágrimas, retorciéndose de tan grotesca manera, que Jor, «Petifoque» y el mismo Hulbrik, acongojado por la desaparición de su hermano, no pudieron contener la hilaridad.

—¡Por la punta del campamento de Batz!… —gritó «Cabeza de Piedra», que no se había dado cuenta de los efectos de su venerable pipa—. ¿Qué os pasa ahora, que parecéis marineros en puerto una hora después de haber retirado la paga?

Pero al ver la traza del secretario del marqués, cuya figura iluminaba el reverbero rojo de un buen fuego encendido ante la cabaña principal, comprendió la causa de las risas, y retirando la pipa de su boca la sacudió, riendo, sobre la palma de su mano izquierda.

—¡Ah, grandísimo tunante —dijo, meneando la cabeza—; no estás hecha para paladares delicados! Un poco de humo del que tú despides les hace daño. ¡Ea, vete a dormir, y déjame atender bien lo que viene a decirnos nuestro bravo lugarteniente «Mancha de Sangre»!

El buen guerrero mandano llegaba, en efecto, con la cara grave e impasible que suelen poner los indios en las grandes solemnidades.

—El valiente sakem blanco —dijo, deteniéndose frente a «Cabeza de Piedra»— escuche las palabras de su hermano menor «Mancha de Sangre». Él ha vencido a «Oso de las Cavernas», que era el más valeroso de los guerreros mandanos, y eso significa que el Gran Espíritu le acompaña y le ayudará en el combate. Ahora, un grave peligro amenaza a su tribu. Los iroqueses marchan por el sendero de la guerra contra los mandanos, y cuentan con fuerzas aplastantes. Su jefe es «Caribú Blanco», y su lugarteniente, «La Serpiente», que se desenrosca lentamente, el más astuto de todas las cinco naciones; y los guerreros que ellos conducen circundan ya nuestros campamentos, permaneciendo ocultos, aproximándose poco a poco, arrastrándose sobre la nieve, entre los árboles. Nuestros exploradores han advertido su presencia y la han señalado. ¿Acaso el valiente sakem blanco no oyó un disparo de carabina?

—¡Por todos los campanarios de Bretaña… —exclamó el viejo maestre—, todavía no me he quedado sordo!

—¿Cómo? —preguntó «Mancha de Sangre», poco habituado a la oratoria de nuestro bretón.

—Quiero decir a mi hermano rojo que he oído perfectamente el tiro. ¡Uf!… ¡Entre estos indios mal teñidos, que hablan, como tantos predicadores, en tercera persona; Hulbrik, que odia las uves y las bes; los canadienses, los flamencos, los americanos, los ingleses y el diablo a cuatro…, acabaré por hacer reventar de risa a las comadres de mi pueblo cuando me retire, si me dan tiempo! Y bien, ¿qué más quería decir a su sakem blanco el valiente «Mancha de Sangre»?

—Que aquel disparo lo hizo «Pata de Búfalo».

—No conozco a ese señor.

—¡Ah!…

—¿Es quizá un guerrero iroqués?

—No, mandano.

—¿Entonces de los nuestros? ¡Muy bien!

—«Pata de Búfalo» es valeroso; su cinto está adornado con muchas cabelleras arrancadas a sus enemigos muertos en el combate.

—Tanto gusto; me complace ver que mis guerreros son valientes. Pero ¿por qué ha hecho fuego?

—Para matar a un enemigo.

—¿Y acertó?

—Sí.

—Enhorabuena… ¿Acaso habrá expedido para el reino del compadre Belcebú a ese maldito Davis, que tiene el pellejo duro como la piel de un bisonte? En tal caso, dímelo, valiente «Mancha de Sangre», porque nombraré al punto a «Pata de Búfalo» almirante de la flota mandana.

Evidentemente, el lugarteniente se desconcertaba al oír explicarse al viejo maestre. Después de una breve vacilación, continuó:

—«Pata de Búfalo» ha matado a un iroqués… Y, no obstante, ninguno ha surgido para vengar su muerte, siguiendo al matador, aunque los enemigos estuvieran escondidos cerca de aquí.

—Bien; quiere decirse que les habrá dado miedo presentarse.

«Mancha de Sangre» meneó la cabeza.

—No —continuó—. En ello se ve la astucia de «Caribú Blanco» o de «La Serpiente» que se desenrosca lentamente. Los iroqueses quieren sorprendernos, haciéndonos creer que ningún peligro serio nos amenaza.

—Puede ser.

—Los guerreros mandanos están aguardando las órdenes de su sakem.

—Pues allá van; pocas, pero buenas… ¡Todos al puente…, quiero decir al puesto de combate! ¡Apenas esté el enemigo a tiro, fuego sobre él con todas las piezas…, esto es, con las carabinas, quien las tenga; con los arcos y las flechas, los demás! Pero, sobre todo, que cada cual esté preparado al abordaje en el momento oportuno y a mi voz de mando. ¡Huh! He dicho.

«Petifoque» se contenía el vientre, sacudido por la risa, al ver el rostro del pobre «Mancha de Sangre», que con la fijeza interrogativa de su mirada y la inmovilidad de su boca abierta demostraba claramente el doloroso estupor de aquél que no ha entendido un discurso trascendental.

Jor, que había escuchado sonriendo el coloquio, intervino para explicar al lugarteniente lo que «Cabeza de Piedra» había querido decir.

«Mancha de Sangre» lanzó entonces un grito gutural, dio un gran salto y se reunió a los guerreros mandanos, a los que comenzó a distribuir órdenes:

—Maestre —dijo «Petifoque», tan pronto como nuestros amigos se vieron algo aislados—, ¿no te parece que sería oportuno llevarse algo a la boca?

—Estar puena itea tel gafiero —se apresuró a apoyar el hessiano, a quien los bostezos del hambre amenazaban desquiciar las mandíbulas—. Estómaco fasío depilita fuersas, que es dañoso en patalla.

—Hulbrik habla como un sabio —intervino el canadiense—. Os aconsejo, por mi parte también, amigos míos, que reforcéis vuestros cuerpos con algunas vituallas, aprovechando esta tregua; no sé si dentro de poco no tendremos tiempo.

—¡Por vida de un campanario!… —exclamó «Cabeza de Piedra»—. También yo estoy de un humor de todos los diablos, y creo que depende de tanto ayuno. Pero ¿qué vamos a comer?

—No creo que sea cosa difícil encontrar algún pernil de oso —repuso Jor—, filetes de alce ahumados o un par de muslos de zarigüeya.

—¿Qué es eso?

—La zarigüeya es un mamífero marsupial, no mayor que un gato doméstico. Mis conocimientos zoológicos son muy limitados; pero una vez oí decir a un misionero francés que ese animal pertenece a la familia de los didelfos o zarigas. Es muy común en estas regiones y en toda América septentrional.

—¿Y es suculento?

—No está mal.

—Mejores son entonces los salchichones de maestre Taberna.

—A falta de aquéllos nos contentaremos con muslos de zarigüeya.

—Tanto más cuanto que aún tenemos que encontrarlos.

—Démonos, pues, a la caza de vituallas.

Como se comprenderá fácilmente, la tribu de los mandanos, aun contando, según la costumbre indiana, con los productos de la caza y de la pesca, muy abundante por entonces, especialmente en los ríos, ricos en salmones, hasta el punto de hacer de este pescado, excelente para nosotros, un alimento casi despreciado, no se había puesto en marcha a través de las selvas nevosas del Canadá sin una reserva de víveres. Razón por la cual cuando «Cabeza de Piedra» y sus camaradas entraron en la cabaña de corteza y pidieron de comer, las trece mujeres se precipitaron a la busca de viandas, y volvieron a poco con todo lo necesario para saciar el apetito más formidable. Nuestros amigos hicieron honor a los alimentos, aun cuando Hulbrik asegurase que no valían tanto como los salchichones consumidos el día anterior, y devoraron casi todo ávidamente, dejando poca cosa a las mujeres, que se disputaron a arañazos los residuos de la rápida comida.

—Y, ahora, esperemos que los señores iroqueses quieran enseñar la nariz —dijo «Cabeza de Piedra», encendiendo la pipa—. Su vecindad no es muy agradable, y prefiero terminar cuanto antes. Una chupada de pipa o tiros, me da lo mismo. ¿Qué decís vosotros, amigos?

—No tendremos que aguardar mucho, estad seguro —repuso Jor—. ¡Eh…, oíd, parece que me estaban escuchando! ¡Valiente escándalo!

Efectivamente, en la noche silenciosa, turbada sólo por las ráfagas de viento glacial y por los ecos del lago, se oyeron en tal punto formidables clamores, gritos descompuestos y detonaciones.

—¡Rayos!… ¡La batalla ha empezado! —rugió «Cabeza de Piedra», incorporándose de un salto, seguido por los demás—. Si al menos tuviésemos enfrente a los ingleses, haríamos mermelada con ellos. Los iroqueses, en cambio, son salvajes a quienes no conozco.

—Pero son aliados de Inglaterra —dijo Jor, examinando su carabina para cercionarse de que estaba lista.

—Cierto.

—Y, además —añadió «Petifoque»—, no hay que olvidar que con ellos está Davis.

—¡Por mil campanarios!… —vociferó el viejo bretón, excitado por aquellas palabras como un caballo al oír una charanga—. Ya no me acordaba de ese bribón; vamos a buscarlo entre las filas de los iroqueses…, y el primero de nosotros que lo descubra, que 16 envíe de cabeza al océano de peces hirviendo en que navega su compadre Belcebú. ¡Vamos fuera, gaviero de Poulignen; hagamos ver a estos pintarrajeados del Canadá cómo se baten los marineros franceses!

—Dispuesto estoy, maestre —grito «Petifoque», siguiendo a «Cabeza de Piedra», que salía a toda prisa de la cabaña.

Jor y Hulbrik hicieron lo propio.

El secretario del marqués de Halifax, por el contrario, al oír el estallido de aquel estrépito de voces salvajes y disparos, se sintió presa de un temblor súbito, que le hacía doblar las rodillas y le sujetaba los pies clavados en el suelo.

«¡Ah! —suspiró al fin, dejándose caer a plomo sobre algunas pieles de alce extendidas en el suelo—, ¡en qué fregados me he de ver envuelto yo, que no soy hombre de guerra!… Y todo por culpa de ese maldito marqués de Halifax, mi antiguo amo, que podía vivir tranquilo y santamente, y prefiere ir a buscar su malaventura y la de los demás. ¡Qué el diablo le lleve!…».

Y permaneció inmóvil, con la cabeza entre las manos, como para, preservar los oídos del confuso rumor de la pesca que de fuera llegabá hasta él, con los ojos fijos en el grupo formado por las trece mujeres del sakem, que se apretujaban unas contra otras, aunque, al parecer, menos espantadas que él.

Entretanto, «Cabeza de Piedra», «Petifoque», Jor y Hulbrik corrían hacia el punto donde la lucha parecía más encarnizada, esperando que allí se encontrase el jefe de los iroqueses, y con él, Davis.

Guiados por «Mancha de Sangre», que era un buen guerrero, los mandanos se habían formado en una terrible fila en torno del campamento, aprovechándose de todo cuanto por la naturaleza del terreno podía constituir un abrigo, distribuidos en secciones de arcabuceros y arqueros.

La noche, como ya se ha dicho, era oscura, y la neblina invadía la tierra; pero el reverbero de la blancura de la nieve, que lo cubría todo, despedía cierta luminosidad, que dejaba distinguir cuanto sucedía a alguna distancia.

Los iroqueses habían avanzado astutamente, sin revelar ni su maniobra ni el número. Los exploradores mandanos habían podido señalar su presencia, y nada más.

La grande extensión de los bosques enanos, que llegaban hasta las aguas del Champlain, favorecía la táctica de los iroqueses: permanecer ocultos durante su silencioso avance. Comprendiendo, no obstante, que ya no les era posible lanzarse por sorpresa sobre el campamento madano, a una señal convenida dieron frente a sus contrarios, arrojándose resueltamente sobre ellos. Éstos se dieron cuenta entonces de que los rodeaban por tres lados fuerzas enemigas en número doble por lo menos, aunque en valor individual fueran semejantes.

La única vía libre era la del río hasta la ensenada en que estaban amarradas las barcas. Pero esta circunstancia, favorable en cualquiera otra ocasión, en ésta les era absolutamente contraria, y acaso la más arriesgada, por la presencia de la flotilla inglesa en el lago.

Todo ello pensó en su cerebro «Cabeza de Piedra», dándose cuenta de la situación como marinero experto y lanzando de su pipa rabiosas bocanadas de humo, como si fuera la última vez que se fuera a servir de ella.

—Estamos bien cogidos… —murmuró—. Es necesario que dispersemos a la ligera a estos perros de iroqueses y nos retiremos al interior del bosque, porque me parece descubrir los pendones de las naves de Burgoyne, de los que penden tantas cuerdas como nudos escurridizos… perspectiva que me desagrada tanto como el palo del tormento usado por los salvajes de estos países.

Los pieles rojas de toda América son, o, mejor dicho, eran (pues esta raza aborigen se puede considerar exterminada por completo o absorbida por la inexorable civilización) hombres resueltos y formidables cuando se ponían «en el sendero de la guerra», como solían decir en su lenguaje metafórico y pintoresco.

El placer de la lucha era tal para ellos, que merecía cualquier sacrificio: el abandono de su tribu, de sus mujeres, de sus hijos, el afrontar rigores, penurias, fatigas y riesgos de toda especie, no los disuadía de marchar al combate con el mayor entusiasmo.

Entre tribu y tribu se mantenían perennes los rencores, que de cuando en cuando estallaban en sanguinarias luchas; pero el mayor odio se concentraba de común acuerdo sobre el hombre blanco, el ladrón civilizador.

Para dominar un odio tal, momentáneamente al menos, empleábase a menudo con éxito la deletérea agua de fuego, el aguardiente, la ginebra, y los ingleses, más que nadie, sabían distribuir estas bebidas con habilidad, con largueza, para ganar la amistad de las tribus indias más peligrosas.

Sirvan, pues, estas observaciones para explicar el encarnizamiento con que se combatía en las orillas del Champlain entre dos tribus de pelirrojos que nada tenían de distinto fuera del nombre.

La batalla se había hecho general. Los disparos se sucedían; las flechas atravesaban incesantemente el espacio, silbando y perdiéndose entre los árboles deshojados, cuando no alcanzaban y tendían en tierra, muerto o moribundo a un adversario.

En algunos puntos, la acción había degenerado en una lucha horrible cuerpo a cuerpo. Los viejos mosquetes, los arcabuces desencajados, se convertían en poderosas mazas, empuñadas con ambas manos por el grueso cañón; las lanzas golpearon con sus agudos hierros los escudos oblongos, buscando la carne; los tomahawks, arma de la raza, la formidable hacha nacional, martilleaban sin cesar. Y en medio del fragor imponente de las armas, espantosos aullidos salvajes hendían los aires, mezclados a los lamentos de los heridos y a las órdenes de los jefes.

El lugarteniente de los mandanos, «Mancha de Sangre», se comportaba como quien era. Como un condenado repetía los golpes, que hacían caer en tierra a cuantos adversarios se le aproximaban.

Pero también los iroqueses combatían con saña no menor. Su sakem, «Caribú Blanco», y su segundo, serpiente que se enrosca lentamente, eran dos guerreros colosales, de seis pies y tres pulgadas de estatura, nervudo cuerpo y rostro mechado a puras cicatrices. Al observar el estrago que en torno suyo producía «Mancha de Sangre», el primero de ellos atravesó las líneas de los suyos y vino a medir sus fuerzas con el lugarteniente de los mandanos.

En los demás puntos de la línea, las cosas se ponían mal para los mandanos. Una de las filas se vio rebasada y rota, y los iroqueses pudieron entrar en el campamento, preparándose para atacar a sus contrarios por la espalda y cogerlos entré dos fuegos.

«Cabeza de Piedra», que a todo atendía, se dio cuenta del peligro y concentró su cuidado en el punto débil. Un grito de furor se escapó de sus labios al ver a la cabeza de aquella columna de iroqueses a un hombre blanco, a quien al punto conoció.

—¡Davis! —rugió—. ¡A mí, mis amigos; a mí, «Petifoque», Hulbrik, Jor…; seguidme con cuantos mandanos podáis reunir! ¡Al abordaje, por cien mil corbetas hundidas; al abordaje contra esos bergantes, como si estuviésemos en la taza grande!…

Y metiéndose en el bolsillo la pipa, apagada ya, a la cual consideraba como un precioso amuleto, corrió al encuentro de los enemigos, que avanzaban blandiendo sus armas y lanzando aullidos de triunfo.

CAPÍTULO XIV. DAVIS VENCE

A los gritos y voces de llamada del maestre «Cabeza de Piedra», lanzados con voz de trueno, «Petifoque», Hulbrik y Jor, que se preparaban a lanzarse en lo más vivo de la pelea y a descargar sus carabinas sobre los iroqueses, se detuvieron un momento, echando a correr, por último, tras el viejo bretón.

A decir verdad, ninguno de ellos había descubierto a Davis entre los enemigos, porque el reflejo de la nieve no rompía la oscuridad hasta el punto de permitir a ojos ordinarios distinguir bien las personas y las cosas; pero «Cabeza de Piedra» alardeaba con justicia de poseer dos pupilas capaces de competir con las de un felino, y además había visto a Davis en el instante mismo en que éste atravesaba una zona iluminada por la claridad de una de las fogatas del campamento.

Davis, por su parte, también vio al viejo maestre de la pobre Tonante precipitarse sobre él, y acortó el paso. Llevaba en la siniestra mano una carabina, al parecer descargada, pues humeaba todavía, y su diestra empuñaba un hacha. Una fuerte columna de iroqueses armados de arcabuces, arcos y lanzas le seguían, dando caza a los mandanos que, dispersos, se batían en retirada.

Los fugitivos, al ver a su sakem con el canadiense y los dos europeos avanzar resueltamente hacia sus perseguidos, se avergonzaron de su actitud y se reunieron tras de aquellos hombres, que parecían no tener miedo del mismo diablo y de todos sus satélites.

De súbito, «Cabeza de Piedra» se detuvo, afirmando bien sus piernas y echándose la carabina a la cara gritó, apuntándole:

—¡Ahora nos toca a nosotros, maestre Davis! Duro tienes el pellejo, pero creo que no baste para escapar por tercera vez a una muerte que tienes bien merecida.

Y sin vacilar disparó.

«Petifoque», Hulbrik y Jor sabían que «Cabeza de Piedra» era un tirador casi infalible.

—Esta vez hemos despachado por fin al bribón —dijo el joven gaviero.

—¡Ja, ja!… —rió el hessiano—. Maestre Tavis estar hompre muerto.

—¡Os engañáis, amigos míos! —advirtió Jor, en tanto que «Cabeza de Piedra» profería uno de sus característicos denuestos.

—¿Cómo? —preguntó «Petifoque».

—Verlo allí, todavía en pie e ileso —dijo el canadiense.

—¿Davis?

—En persona.

—¿Es, pues, el demonio en carne y hueso?

—Me lo temo.

—Pues ahora lo vamos a ver.

Y así diciendo, apuntó a su vez «Petifoque» al espía de los ingleses, e hizo fuego.

Efecto de la alteración producida por el furor que sentía el joven marinero, o por la benéfica influencia de una misteriosa fortuna, el disparo de «Petifoque» no tuvo más éxito que el precedente, y la bala fue a romper la cabeza a un iroqués que no se esperaba tan triste obsequio.

Una fragorosa risotada hizo eco al disparo.

—¡Tiráis como bisoños! —se oyó la voz sardónica de Davis—. Desperdiciad así vuestras últimas balas… Ahora os tengo en mi poder, porque mis aliados, los iroqueses, os rodean y vencen en toda la línea.

—¡Cantas demasiado, gallito sin cresta! —respondió «Cabeza de Piedra»; y volviéndose rápido al hessiano y a Jor, añadió—: ¡Vosotros dos ahora; cuidado, hacedle cerrar el pico para siempre!

El canadiense y Hulbrik se dispusieron a cumplir como mejor pudieron el deseo del bretón, y apuntaron cuidadosamente a Davis con sus carabinas, cuando de pronto ocurrió algo curioso.

Sin que nuestros amigos se dieran cuenta, o al menos prestasen mucha atención, hacía algunos instantes que los iroqueses que seguían a Davis habían modificado algo su actitud, notándose en ellos ademanes de vacilación y casi de miedo. No debía espantarles, sin embargo, un peligro extraordinario, sino más bien algún extraño fenómeno.

Davis, por su parte, sí se dio cuenta del cambio verificado entre los suyos, y volvióse a inquirir la causa. Una violenta exclamación se escapó de sus labios.

—¡Con cien mil diablos!… —gritó—. ¿Qué peste son aquellas dos masas negras que se acercan aquí?

En efecto, dos figuras informes, monstruosas, negruzcas, se abrían paso entre los indios, corriendo a grandes saltos sobre la nieve en dirección a Davis y arrastrando cada una de ellas un objeto que, de cuando en cuando, al tropezar en algún obstáculo duro, dejaba oír un sonido prolongado, profundo y vibrante.

Apenas las dos movientes masas llegaron junto a Davis, se detuvieron, y alzándose sobre sus patas traseras en la nieve, se pusieron a gruñir sorda y ferozmente.

Todo esto ocurría casi al tiempo que Hulbrik y Jor se preparaban a disparar, y con tanta rapidez, que el tirador no había encontrado, en su asombro, fuerzas para moverse, huir o apercibirse a la defensa. Su mirada se fijó, con mezcla de terror e incredulidad, en sus dos desagradables vecinos, que se le presentaban tan inesperadamente, y dióse, al fin, cuenta de lo que se trataba.

—¡Osos!… —balbució, blandiendo maquinalmente el hacha—. ¡Osos y llevan tambores al pescuezo! ¡Por los cuernos de Belcebú, que creo estar soñando!

En efecto, eran los dos compañeros de «Nico», que interrumpidos en su reposo por el clamoreo de la batalla se habían apresurado a tomar parte en la sangrienta fiesta. Los dos discípulos de «Águila Blanca» no abrigaban, probablemente, intenciones hostiles contra Davis, pues aparecían bastante tranquilos. Sin duda esperaban alguna señal.

Pero el traidor no se dio cuenta de la pacífica actitud de las bestias, y creyendo en peligro su vida, descargó sobre el oso que tenía más cerca un terrible hachazo. El arma cortó una oreja al pobre animal, hiriéndole en el hombro y destrozando el tambor que tenía colgado al pescuezo. El oso lanzó un gruñido sordo de dolor y rabia, y chorreando sangre se lanzó contra su adversario, agitando las poderosas patas, amenazadoramente abiertas.

—¡Bien por mis osos!… —dijo «Cabeza de Piedra» al ver lo que sucedía—. Jor, Hulbrik, guardad vuestros proyectiles para mejor ocasión. Los compañeros de «Nico» se encargarán de despachar, por fin, a ese maldito mestizo.

—¡Y tú, que querías comerte esas bravas bestias!… —dijo «Petifoque», interesado a su vez en la emocionante escena.

El oso herido, lanzando sin cesar espantosos gruñidos y tiñendo con su sangre el blancor de la nieve, atacó a Davis con tremendo furor, tratando de oprimirlo entre sus enormes patazas y de morderlo, con las fauces anhelantes, rojas como el fuego, erizadas de dientes agudos y solidísimos.

Pero Davis no era hombre que perdiera la serenidad, aunque el peligro fuera excepcional. Con un vigoroso tirón consiguió sacar del tembor el hacha, cuyo mango no había soltado; y al ver que el otro oso, imitando a su compañero, se preparaba a atacarle, descargó un nuevo y más poderoso golpe sobre la cabeza del oso herido, gritando al mismo tiempo:

—¡A mí, iroqueses!… ¿Seríais acaso viles mujeres, y no valientes guerreros, dignos de gozar eternamente las delicias que el Gran Espíritu reserva en sus imponderables praderas a sus excelentes hijos?

Un clamoreo general de voces animadas se elevó entre los indios, que contemplaban la escena, indecisos. Las armas resonaron vacilantes, y algunos de los más animosos se adelantaron con idea de prestar ayuda a Davis.

—¡Cuerpo de una corbeta volada!… —gritó «Cabeza de Piedra» al advertir la maniobra—. El bribón es muy capaz de salir sin daño de las garras de los compañeros de «Nico».

—¡Cáspita!… Ya se ha librado del más intrépido de sus adversarios —dijo Jor—. ¿Lo veis, maestre?

En efecto, el oso con el cual luchaba Davis, herida en un punto vital por el hacha, diestramente manejada, había acabado por abandonar su presa, girando sobre sí mismo como un marinero viejo embriagado con ginebra.

—La buena suerte de ese traidor me pone furioso —masculló el bretón, mordiéndose el puño.

—Ya es demasiado —dijo «Petifoque».

—No —intervino el hessiano—. Secundo oso montar apuntaje Tafis.

A pesar del furor que le dominaba. «Cabeza de Piedra» no pudo contener la risa al oír en labios de Hulbrik aquella marinesca expresión, pronunciada con voz grave.

—¡Por el burgo de Batz!… —exclamo—. ¡Este bravo tudesco, ya que no puede ser marinero, se hace la ilusión de serlo… de boca!

—Yo amar mucho «Capesa te Pietra».

—Muchas gracias, amigo.

—Porque «Capesa te Pietra» estar erante marinero.

—¡Bah, no soy malejo! Hacemos lo que se puede, nosotros los bretones.

—¡Oh, cofrade modesto!… —criticó el mordaz «Petifoque», satisfecho de poder dar un picotazo a su viejo maestre.

—¡Calla, mozo del Poulignen, que he de hacer de Hulbrik un marinero de fama!

—Yo ser muy contento de poter estar gafiero… Yo estutiar muchas palapras de maestre «Capesa te Pietra».

—Y para adiestrarte, las aplicas a los osos del Canadá. Pero ¡mirad cómo se agarran los dos rivales!

—¡Con qué violencia se ha lanzado el oso contra Davis!…

—¡Si lo destrozara!…

—Esperémoslo así.

—Duro es como un trozo de mura.

—Pero los dientes del compañero de «Nico» aún serán más duros; no temas, «Petifoque».

—Parece que quiere vengar la derrota de su hermano. Se diría que sigue sus consejos.

—¡Bien, bien; el oso estrecha a Davis entre sus patas!

—¡Y lo oprime contra su enorme pecho con una fuerza!…

—Lo tritura, no hay más que ver.

—Aquí acaba el traidor.

—Y así no cometerá más delitos en este mundo.

—¿Y en el otro?

—¡Bah!… Tendrá que habérselas con Satanás…, que debe de ser mal patrón.

La situación de Davis era desesperada, en efecto, porque el oso, enfurecido a la vista de su compañero moribundo, se había arrojado contra el matador con inaudita violencia. Éste, rápido, asestó a la bestia un fuerte hachazo; pero erró el golpe y no le produjo más que una pequeña herida, que sólo sirvió para enfurecerla más.

Entretanto, simultáneamente a la escena que describimos con más lentitud que se desarrollaba, una más vasta y sangrienta proseguía: la de la lucha entre mandanos e iroqueses. La batalla se intensificaba en todos los puntos del campo entre imprecaciones feroces, choques de armas, gemidos y lamentos. La sangre corría en arroyos sobre el lienzo de nieve helada que cubría el suelo; muertos y heridos yacían por doquier.

Aquí un guerrero, después de derribar en tierra a su adversario y rematarlo con un golpe postrero de tomahawk, embriagado de su victoria, la vista de la sangre y la excitación salvaje de la batalla, se ensañaba en el cadáver.

Más allá, otros se aferraban en una tremenda lucha cuerpo a cuerpo, acribillándose mutuamente de heridas, y caían a tierra abrazados, rodando y golpeándose con rabia bestial, hasta exhalar el postrer suspiro, sin abandonar la presa. Todo servía de arma: la culata de los fusiles, el mango de las hachas o de las lanzas rotas, los dientes, las uñas, las cuerdas de estrangular. Los pieles rojas ponían en sus combates tanta ferocidad, que un espectáculo semejante despertaría espanto y repugnancia al más indiferente.

Ocupados en contemplar la lucha entablada por Davis contra los osos, nuestros amigos no habían prestado gran atención al desarrollo de la batalla, ni se habían cuidado de observar de qué lado se inclinaba la victoria. Les parecía que la única ventaja lograda por los iroqueses era la entrada de Davis y los suyos en el campamento, y sólo se preocupaban de rechazar al traidor y sus secuaces, poniendo frente a ellos a los mandanos, que, puestos en fuego momentos antes, se reunían y formaban a sus espaldas, mientras los dos osos se precipitaban contra Davis.

Pero la suerte se complacía en hacer rabiar a «Cabeza de Piedra», protegiendo del modo más visible a su detestado enemigo. Así cuando más creían verle sucumbir bajo el poderoso ataque del oso, contra el cual todo esfuerzo suyo parecía vano, un iroqués, más arriesgado que los otros, se lanzó contra la bestia, y apoyando en el tremendo corpachón la punta de su lanza, le atravesó la garganta con el largo hierro.

El animal, herido de muerte, cerró la enorme boca, cogiendo entre sus dientes la madera de la lanza hasta triturarla, estiró las patas y cayó a lo largo, dejando oír tan sólo un penosísimo murmullo.

Davis aprovechó la oportunidad para dar un salto atrás, lanzando a su salvador un «gracias» y una mirada más elocuente que la palabra misma. Ya se consideraba perdido, y quien le hubiese podido observar de cerca habría descubierto en su semblante, contraído dé terror y desesperación, los colores de la muerte.

—¡Estoy salvado!… —gritó en un arrebato de júbilo—. ¡Estoy salvado!…

—¡Todavía no, miserable!… —le respodió, con voz sofocada de ira, «Cabeza de Piedra»—. ¡A tiros, Jor, Hulbrik, matadle, como a un perro!…

El canadiense y el hessiano se habían echado a la cara sus armas y apuntaban. Los dos disparos retumbaron casi simultáneos. Un grito se oyó.

—¡Al infierno, grandísimo pillo!… —exclamó «Cabeza de Piedra» con un gesto enérgico—. ¡Ha llegado tu hora, maestre Davis!

Las dos carabinas habían producido pequeñas nubecillas de humo, que por un momento formaron una sola. Pero un golpe de viento las disipó al punto.

Esta vez el maestre de La Tonante se quedó mudo e inmóvil como una estatua de bronce.

—¿Por qué?

Lejos de ver a Davis rodar sobre la nieve, estremecido por los espasmos de la agonía, lo vio firme y salvo, desafiándole con su risa satánica.

Jor y Hulbrik permanecieron asimismo silenciosos e inmóviles, estupefactos de haber errado la puntería siendo tiradores infalibles.

—¡Salvo…, salvo aún!… —murmuró «Cabeza de Piedra», desconcertado—. Ese condenado, por fuerza ha hecho pacto con el diablo.

—¡Pero si yo he visto caer a alguien! —dijo Jor.

—El oso quizá.

—No.

—Entonces… ¡Diantre, pues es verdad; vuestros proyectiles han matado al iroqués que acababa de salvar a Davis de las fauces del postrer compañero de «Nico»! El desgraciado indio ha pagado por ese maldito.

—Esa es la gratitud de Davis —indicó «Petifoque»—. Yo, que estaba observando la escena, he visto al traidor esconderse tras del iroqués al ver que os servía de blanco, y así ha podido escudarse.

—Olvidando que le debía la vida.

—¡Canalla!… —rugió el canadiense.

—¡Ya nos volveremos a ver, grandísimo tunante! —gritó «Cabeza de Piedra».

—Antes que lo que quisierais, maestre —repuso Davis—. Al fin estáis en mi poder.

—¡Te engañas, traidor!

—Mirad alrededor, «Cabeza de Piedra»… Vuestros amigos los mandanos han sido derrotados.

—¡Mientes, miserable!

—¡Ah! ¿Entonces es que no tenéis ojos en la cara?

Volviéronse «Cabeza de Piedra» y sus tres compañeros a observar el lugar del combate, y, en efecto, vieron que los mandanos cedían terreno, y en algunos puntos huían en desbandada.

—¡Por vida de un campanario derrocado!… —exclamó el viejo lobo de mar—. Esta noche no se nos da nada bien.

—Tu cargo de sakem es un peligro —dijo irónicamente «Petifoque», que hubiera sido capaz de burlarse de la misma muerte si ésta se presentara en figura visible.

—¡Bah! ¡Ya me he despedido de él, tunantón! —replicó el viejo maestre.

—Pensemos, ante todo, en defendernos —dijo Jor, frunciendo el entrecejo.

—Me temo que ya sea demasiado tarde —dijo «Cabeza de Piedra».

—Entonces, corramos…

—¿Correr nosotros?

—Y pronto, si no queréis que los iroqueses den buena cuenta de vos.

—¿Huir?… ¿Dar a los mandanos, de quien soy jefe, y a sus enemigos el espectáculo de mi fuga? No, en mis días; estos salvajes pintarrajeados se formarían un concepto demasiado injurioso de la marina en general, y en particular de la bretona. ¿Sabéis lo que haré? Voy a cargar primero mi histórica pipa, la encenderé, y esperaré los acontecimientos fumando tranquilamente.

—¡Estás loco!…

—Cuando los iroqueses me hayan abierto el cráneo con su tomahawk, pedidles permiso para ver lo que tengo dentro. Os aseguro que encontraréis mi cerebro sano como… un pez.

—¡En retirada, maestre!

—No quiero oír a mis espaldas la risa de Davis.

—¡En nombre del cielo!…

—Es inútil. Marchaos vosotros, si queréis; yo me quedo. Soy el sakem de los mandanos y debo dar buen ejemplo a mis súbditos, ya que he aceptado la primera dignidad de la tribu.

—No seré yo quien te abandone, «Cabeza de Piedra» —gritó con entusiasmo «Petifoque»—. Si el Destino lo quiere, moriremos juntos, como juntos hemos vivido.

—Y yo querer ser cafiero con maestre «Capesa te Pietra» —intervino Hulbrik—, tispuesto a ir en otro mundo, lejos, lejos, aunque sea en los mares tel infierno.

—¿He de salvarme yo solo? —dijo el canadiense—. No tengo tanto apego a la vida que quiera conservarla a costa de una villanía. También me quedo.

Entretanto, Davis se había aproximado con sus indios, señalando a los cuatro hombres blancos y gritando:

—¡Cogedlos vivos; es necesario!

El desastre de los mandanos parecía completo. «Mancha de Sangre» debía de haber sucumbido, pues en el sitio donde combatía no se veía más que un montón de cuerpos ensangrentados.

Por la parte de los iroqueses, las pérdidas eran también considerables, al parecer; pero el triunfo era suyo e invadían el campo, aullando con salvaje alegría y persiguiendo ferozmente a los fugitivos.

La partida estaba perdida, cuando una voz, misteriosa como un eco, profirió las siguientes palabras:

—¡Hulbrik, hermano mío…, a mí, a mí!… ¡Ya vamos!…

«Cabeza de Piedra» y sus amigos oyeron el llamamiento y se estremecieron, olvidándose por un instante de los enemigos próximos a ellos, para escuchar ansiosamente.

—¡Wolf!… —llamó el hessiano, ebrio de alegría.

—Si viene solo no será mucha la ayuda —dijo el incorregible marinero.

—Pero ha gritado «¡Vamos!»; luego no viene solo —observó Jor.

—No conozco bien la Gramática —murmuró el maestre de La Tonante—. Pero «vamos» es plural a mis cortos alcances.

Como una especie de confirmación de las palabras del viejo cañonero, se oyó, de pronto, el estruendo de una descarga de fusilería. Gritos formidables estallaron en las filas iroquesas. Evidentemente habían disparado contra ellos.

En aquel momento, los indios de Davis cayeron sobre los cuatro blancos para sujetarlos y reducirlos a la impotencia. Pero nuestros amigos, volteando magistralmente las carabinas, rechazaron a los más audaces. Varias cabezas fueron hechas pedazos, rotas varias mandíbulas, y, entre los atacantes, alguno salió del encuentro con la nariz destrozada.

—¡Ja, ja! —celebró el viejo maestre—. Estos hocicos feos creen habérselas con pobrecitos terrestres. Les hemos de hacer ver cómo se comporta la marina, ¡cuerpo de todos los campanarios de…!

De pronto se detuvo, como si la lengua se le hubiera desprendido. Una voz, que produjo en él una conmoción brusca y extraordinaria, había gritado:

—¡Ohé, «Cabeza de Piedra», mi viejo maestre…, saca de paso todos tus campanarios!…

CAPÍTULO XV. LAS TRES INCÓGNITAS

El mutismo de nuestro héroe, precisa declararlo, duró pocos segundos.

—¡Esas palabras… —murmuró—, esas voces!… ¡A mí, «Petifoque», dame un puñetazo fuerte en la cabeza, para que me convenza de que no estoy soñando!

—¿Qué pasa, maestre? —repuso el joven gaviero, mientras se deshacía de un iroqués, más osado que los otros, asestándole hábilmente un golpe con la culata de su carabina.

—¿Qué pasa? ¿Me preguntas qué pasa? Por el burgo de Batz, ¿es que el frío te ha dejado sordo?

—No lo creo, tanto más cuanto que estoy entrando en calor gracias a estos diablos de iroqueses.

—Abre bien las escotillas, muchacho.

—Ya están de par en par.

—¿Y oyen ahora?

—Perfectamente… Oye tú, bandido… ¿se te ha antojado mi cabellera? Ahí va, en cambio, algo que te quitará las ganas de tenerla.

Estas palabras iban dirigidas a un iroqués que intentaba sujetar al gaviero y aturdirlo con un golpe de plano de tomahawk, y al que obsequió con un culatazo a dos manos, como antes se servían del espadón los antiguos guerreros. El indio no tuvo tiempo ni modo de evitarlo ni de pararlo, y lo recibió en plena cabeza. El desgraciado lanzó un gemido, agitó los brazos y cayó pesadamente a tierra, dando una vuelta sobre sí mismo.

Un grito de rabia se escapó de las gargantas iroquesas. «Petifoque» acababa de dar muerte a un lugarteniente.

Por su parte, Jor y Hulbrik trabajaban como mejor podían, a sendos culatazos, y, salvo algún que otro arañazo, se mantenían incólumes en medio de aquel infierno, pues demonios más que hombres parecían los combatientes: uno a otro se animaban con la voz y el ejemplo.

«Cabeza de Piedra» parecía haber perdido… la primera parte de su sobrenombre. Tiraba golpes espantosos a derecha e izquierda con el fin de abrirse paso, y vociferaba:

—¡Por aquí, mil goletas voladas…; por aquí «Petifoque», Hulbrik, Jor, vos también!… ¡Seguidme, vamos a su encuentro!… ¡Es él, él mismo!

Los otros tres, ocupados en el feroz encuentro, no habían podido comprender aún el motivo de la excitación del viejo maestre, y le obedecían casi por instinto, manteniéndose a sus costados.

—¿Dices que es él? —preguntó el gaviero entre dos golpes.

—¡Sí, sí, hijo mío!

—¿Wolf?… ¡Eh! ¿No comprendes?… He reconocido su voz.

—¡Ah, ah…, tú hablas de Riberac, que habrá logrado encontrar socorro para nosotros, después de escapar de los iroqueses!

—¡Nunca podrás ser más que un mozo del Poulignen!… ¿Crees tú que yo, el maestre «Cabeza de Piedra», me trastornaría de este modo tratándose de eso? ¡Mira los iroqueses cómo empiezan a perder la chaveta! ¡Eh, queridos, ahora, ahora os vamos a dar cabelleras calentitas!

Los iroqueses, atacados por la espalda por los misteriosos refuerzos llegados en ayuda de nuestros amigos, comenzaban a perder la petulancia que les dio su reciente victoria, y se desordenaban y huían como presas de pánico, mientras los mandanos, que ya se consideraban perdidos, reaccionaron, volviendo con mayor ímpetu y renovada confianza a la batalla.

Davis, al ver escapársele la presa que ya creía en su poder, denostaba de un modo repugnante; intentaba animar a los suyos para que asesinaran a los cuatro hombres blancos, antes que éstos pudieran salir del encierro. Pero los mandanos, comprendiendo que la salvación estaba allí donde el sakem mantenía la resistencia, acudían precipitadamente a su lado, formándole con sus amigos una especie de guardia.

Entre el fragor de la batalla, «Cabeza de Piedra» mantenía en tensión sus oídos, esperando que llegara de nuevo a ellos la voz que tanta impresión le hiciera; como si su cañón favorito hubiera reventado de improviso, y ya principiaba a creerse víctima de una ilusión acariciante, cuando el tumulto fue dominado por estas palabras:

—«Cabeza de Piedra», ¿dónde estás que no se te oye?… ¿Es que has enmudecido, acaso? Porque un marinero de tu casta no muere aquí sin hacerse oír…

—¡Por vida de mil campanarios, comandante! —rugió entusiasmado, el viejo maestre—. Tenéis razón, pero callaba para dar más fuerte y escuchar mejor si volvíais a llamarme, porque, en verdad tenía miedo de soñar.

—No sueñas, no, viejo amigo.

—¿Sois vos, pues, en cuerpo y alma?

—En persona.

—¡Viva!… Eh, tú, «Petifoque», ¿has comprendido ya quién es? ¿Te das cuenta ahora de quién era él?

—Espera, maestre, que me desembarace de este estúpido iroqués, que me está molestando demasiado… Ya está; creo que es el vigésimo que mando hacer compañía a Belcebú… ¿Decías, maestre?

—Que eres un bestia.

—Tal vez; pero muerdo de primera… pregúntaselo a los indios.

—No puedo, porque toman las de Villadiego.

—Ahora podremos entendernos.

—¿No oíste nada?

—¿Los clamores de la batalla te parecen… nada?

—Eso prueba solamente que no eres sordo.

—He creído entender también que hablabas con alguien; pero estaba tan ocupado haciendo salsa de iroqués…

—¡Y luego me llamas fanfarrón!…

—En fin, ¿qué es ello?

—Pues… ¡silencio en filas y atención, que el comandante William McLellan, nuestro comandante, está aquí!…

Alboreaba.

Aunque el cielo estaba aún cubierto de neblina espesa, que las ráfagas demasiado a ras de tierra no conseguían despejar, las tinieblas se habían aclarado poco a poco, y personas y cosas se hacían más distintas aún a cierta distancia. Del lago llegaban de cuando en cuando el eco de las mugientes olas o el zumbido de algún cañonazo.

Nuestros cuatro amigos se habían olvidado por completo del bergantín saqueado y de la flota inglesa, y ahora sólo se cuidaban de ver lo que sucedía en torno suyo. Los mandanos habían vuelto rápidamente sobre sus pasos, contraatacando vigorosamente, mientras que los iroqueses, acuciados por dos enemigos, de vencedores se tornaron en vencidos.

De repente, otra descarga de fusilería resonó al extremo del campo; horrendos gritos de terror, de rabia y muerte estallaron, y se vio una columna de iroqueses, y a su cabeza el mismo sakem, en precipitada fuga, dejando en tierra muchos muertos y heridos. En el espacio que dejaron libre los fugitivos avanzó a paso de carga una compañía de marineros americanos. El oficial que la guiaba corría delante de todos, blandiendo en sus manos la espada desnuda y una pistola humeante aún.

Era sir William McLellan en persona.

Al verle, más que por las últimas palabras proferidas por «Cabeza de Piedra», «Petifoque», Hulbrik y Jor, permanecieron inmóviles, como electrizados, mientras el maestre se enderezó, manteniéndose en rigurosa posición de «firmes».

—¡Por fin te encuentro todavía sano y salvo, mi leal! —dijo el comandante, besándole en las mejillas rugosas y abrasadas del sol y del aire salado del mar—. He tenido momentos terribles, creyendo no llegar a tiempo. ¡Ea, abrázame!

«Cabeza de Piedra» estaba tan conmovido, que no tuvo fuerzas para cumplir aquella agradable orden, aun cuando no le faltaron vivos deseos de obedecer.

—Mi comandante… —balbució.

—¿Qué tienes, hombre?

—¡Estoy tan confuso…, el respeto…, la disciplina!…

—¡Vamos! ¿Qué tonterías estás hablando? Aquí no estamos a bordo.

—Verdad; pero aun en tierra sois nuestro capitán… nuestro…

—A callar y obedecer, si no quieres que te denuncie al Tribunal de guerra por desobediencia a tu superior inmediato.

—¡Por vida de un campanario!… ¿Pues no estoy llorando como las comadres de Batz? —exclamó el viejo bretón, abrazando, al fin, rudamente al barón—. Pero no temáis, son lágrimas de alegría.

—Entonces son de aquéllas que consuelan el ánimo.

—Así es… Me siento feliz. ¡Mi comandante, si un día os hiciera falta la vida de un hombre, la mía…, contad conmigo; os la daré bendiciéndoos!

—Prefiero conservarla cuanto pueda.

—Si es a vuestro servicio, como queráis.

—Y ahora, vosotros tres —continuó el barón, desasiéndose del maestro y tendiendo la diestra a «Petifoque», Hulbrik y Jor—. Un buen apretón de manos, cual se merecen soldados fieles y valientes como vosotros. En cuanto a ti, Hulbrik fíjate que hay aquí alguien que reclama el derecho de abrazarte.

Grasias, mi comandante —repuso el hessiano, volviéndose rápido para dejarse estrechar por su hermano Wolf—. Yo estar muy contento, yo ser securo, yo te estar un tía cafiero.

Pasaron los primeros momentos de expansión, y mientras los mandanos, ayudados eficazmente por los marineros americanos, entre los cuales formaba un puñado de aquellos famosos corsarios de las Bermudas, de quien no se habrá olvidado seguramente el lector, rechazaban furiosamente a los iroqueses, que se batían en precipita fuga, «Cabeza de Piedra», «Petifoque», Jor y Hulbrik notaron que con el antiguo capitán de La Tonante y Wolf se hallaban otros tres personajes a quienes no conocían, pero que merecían ser examinados con interés.

El más notable era un hombre de arrogante presencia y estatura semejante a la de un granadero de Pomerania, como de cincuenta años, con aspecto de gentilhombre auténtico, al parecer francés, cuya persona respiraba lealtad, energía y valor, los tres mejores elementos para ganar, desde luego, las voluntades.

Tenía el rostro bronceado y algo enrojecido por el frío, facciones muy pronunciadas, ojos grises vivacísimos, jovial sonrisa, y llevaba el bigote y la barba al estilo de Richelieu. Vestía un gabán bien cubierto de magníficas pieles, pero de corte antiguo, y su sombrero tampoco respondía a los dictados de la moda.

De su costado pendía una espada larga, que podía haber pertenecido a alguno de sus antepasados, caballero del rey de Francia, y por la abertura de su gabán se veían asomar las culatas de copas de oro de dos gruesas pistolas.

El segundo personaje era un hombre membrudo, sobre la cuarentena, con ancha faz rasurada, ojos pequeños y muy brillantes, boca constantemente entreabierta por una sonrisa de bondad, sereno, convidando a la confianza y a la familiaridad. Vestía todo de negro, bajo la pelliza, y no llevaba armas. Su aspecto era el de un abate o el de un misionero consagrado a extender la religión cristiana entre los salvajes. Su resistencia física se hubiera dicho de hierro, y de oro, su salud espiritual; bastaba observarlo para convencerse de ello.

Estos dos hombres, tan distintos uno de otro, iban acompañados de un tercer personaje, que compartía con ellos sus demostraciones de afecto. Este era un perrazo corpulento y fuerte como un becerrillo, fogoso y dotado por la Naturaleza de un magnífico pelo largo, negro y lucido, que le preservaba a maravilla del frío y le daba un aspecto que despertaría la envidia de sus congéneres y el amor de las bellezas caninas.

Inútil es decir que los tres desconocidos causaron una gratísima impresión en el ánimo de nuestros amigos.

Sir William McLellan, terminadas las primeras expansiones de cordial camaradería, y en tanto los mandanos, ayudados eficazmente por los marinos, se dedicaban a la persecución de los iroqueses, ya en plena desbandada, preguntó:

—Vamos, «Cabeza de Piedra», ¿no te sorprende un poco verme por acá, cuando apuesto a que me suponías a cien leguas?

—¡Por el burgo de Batz!… —exclamó el bretón, sacando del bolsillo su famosa pipa y cargándola de tabaco, después de cerciorarse de que se conservaba incólume—. Yo no sé, mi comandante, si vuestra presencia me sorprende… Lo que sí sé es que me llena de júbilo, porque la deseaba ardientemente. Preguntad si no a «Petifoque» lo que le decía hace poco.

—¿Qué decías, vamos a ver?

—Pues… ¡Cuerpo de mil campanarios!… Si estuviera aquí el capitán de La Tonante, con nuestros bravos corsarios, haríamos un bocadillo con todos estos pillastres de iroqueses y mandaríamos después a hacer compañía a los peces del Champlain a la flota inglesa, y con ella al maldito…

—Continúa.

—Es vuestro hermano, comandante, pero no merece consideración.

—Ibas diciendo…

—… al maldito marqués de Halifax.

—¿Se encuentra, pues, aquí?

—Poco nos ha faltado para apoderarnos de él.

—¡Ah!…

—Desgraciadamente, cuando abordamos su bergantín él lo había abandonado para reunirse en una chalupa a los navíos del general Burgoyne, que cruzan mar adentro. ¿No oís? Deben de estar bien provistos de pólvora, para desperdiciarla así.

El barón había contraído el rostro al escuchar a «Cabeza de Piedra», y permanecía silencioso. El viejo bretón le puso en pocas palabras al corriente de los acontecimientos y de la situación.

—Nos volveremos a hallar frente a frente… —dijo de pronto, con acento alterado sir William McLellan—. ¡Ah, es bien triste la suerte que quiere mantener tan mortal odio entre dos hombres por cuyas venas corre la misma sangre! ¡Sea así, pues! Otra vez se encontrarán nuestras miradas centelleantes de furor y de venganza. Otra vez se cruzarán nuestros aceros buscando el cuerpo para herirlo de muerte. Pero será la última: uno solo ha de salir vivo de esta lucha salvaje, uno solo ¿Quién sucumbirá? Eso está escrito allá arriba, en la mente de Dios. Pero si el vencido fuese yo…, amigos míos, si así fuese, os confío a vosotros, que me amáis bien, la defensa la salvación de mi pobre Mary, pues ella todo lo preferiría a la malaventura de caer en manos del marqués de Halifax… Recordadlo bien…

«Cabeza de Piedra» descargóse tal puñetazo en la frente, que los huesos crujieron al golpe.

—¡Vencido vos!… —exclamó—. Vos, el comandante de aquella Tonante, que por mucho tiempo mantuvo señorío en el mar de las Bermudas…, imposible…; es una suposición que haría tragar a cualquiera otro que se atreviera a formularla aunque fuese más alto que el campanario de Batz. En cuanto a la baronesa McLellan…, con una seña bastaría para que cual-quiera de nosotros se arrojase aunque fuera a un horno encendido para darle gusto, ¿verdad, «Petifoque»?

—¿Y cómo no? —repuso el gaviero con jovial entusiasmo—. Somos franceses.

—Y, además, yo soy de Batz.

—Y yo del Poulignen.

Hulbrik, Wolf y Jor no decían nada; pero en sus conmovidos semblantes se notaba que hacían suyas las ideas de los dos marineros.

Durante el diálogo, el desconocido gentilhombre permaneció callado e inmóvil, escuchando, mientras su compañero se entretenía tirando de las orejas al perro, olvidado como los otros de la batalla que aún se desarrollaba no lejos de allí.

En aquella tranquilidad indiferente, olvidadiza, había algo de arrogante, de heroico, que impresionaba, dando idea del ánimo de aquellos hombres probados a todo.

De repente, el incógnito se adelantó algunos pasos, y con voz agradable, sonora y rotunda, dijo:

—En verdad, señores, yo estoy encantado de oíros, y me declaro satisfechísimo de haber encontrado en estas desoladas tierras compatriotas que honran con sus propósitos y, mejor aún, con sus actos a nuestra querida Francia. Porque yo soy francés, como vosotros, marineros, y me siento orgulloso de estrecharos las manos y llamaros mis amigos.

Y tendió su diestra mano, abierta, primero a «Cabeza de Piedra» y después a «Petifoque», los cuales devolvieron calurosamente el apretón, lanzando a voz en grito una exclamación que desde hacía mucho tiempo no había vuelto a oírse a orillas del Champlain:

—¡Viva Francia!…

—Señores —continuó el hidalgo francés—, para evitar a sir William McLellan la formalidad de una presentación en regla, que en estos lugares y en tal ocasión sería absurda, os diré quién soy, ya que de todos conozco, por lo menos el nombre.

»En mí veis a Godofredo Lespinois, barón de Clairmont, emigrado de Francia en su juventud por razones que acaso un día os serán conocidas, y hoy canadiense. En virtud de qué acontecimientos me encuentro aquí, en compañía de sir William McLellan, lo sabréis cuando tengamos ocasión de referirlo. A varias millas de distancia de aquí poseo un castillo, que se alzó sobre una peña rodeada por el agua del lago y unida a la tierra firme por una estrecha lengua de tierra. Yo os ofrezco en él hospitalidad y un refugio seguro, como ya lo he hecho a vuestro comandante y a su encantadora esposa.

—¡Cómo… —exclamó «Cabeza de Piedra»—, la baronesa está en el Canadá, y en un castillo del lago Champlain, no lejos de nosotros!…

—Sí, maestre mío —respondió sir William McLellan—. Mary ha querido seguirme a toda costa, asegurándome que tenía funestos presentimientos y que una separación habría de costarle la vida. Me he visto precisado a complacerla, permitiéndola venir a compartir conmigo los riesgos de una guerra feroz y las desventuras de un país desolado, en un clima espantoso.

—¡Por mil campanarios! —exclamó el bretón—. Si el marqués, vuestro hermano, lo supiera, no se daría tregua mientras no hubiera tomado el castillo, muerto a sus defensores y arrebatado a la baronesa. Precisa, pues, ocultar su presencia.

—¿Tienes miedo? —preguntó sir William con cierta vacilación.

—Por mí, no… Pero por la baronesa, yo también…

—¿Qué? Acaba…

—Nada, nada.

—¡Habla!

—Os suplico, mi comandante…

—Lo quiero.

—Tengo cierta inquietud, eso es.

—¡Ah!

—Presentimientos poco agradables. Pero ¡qué diantre! Parezco una mujerzuela del burgo de Batz, y «Petifoque» tiene razón al burlarse de mí.

Ya era día abierto, pero la niebla ocultaba aún a la mirada de nuestros amigos la expresión del lago Champlain.

Los iroqueses habían huido hacia el interior, y los mandanos, vencedores, tornaban en grupos trayendo consigo armas, bagatelas y cabelleras arrancadas a sus enemigos vencidos. Las pérdidas eran numerosas por ambas partes; pero, en su huida, los iroqueses habían sido diezmados y reducidos a tal estado, que en mucho tiempo no podrían pensar en el desquite.

Bajo un montón de cuerpos humanos, durante las pesquisas, se encontró el de «Mancha de Sangre», al parecer, muerto; pero el valiente vicesakem estaba sólo herido, aunque grave, y el compañero del barón de Clairmont aseguró que, dada la robusta constitución del guerrero indio, estaría restablecido en pocos días.

Todo marchaba, pues, a las mil maravillas, cuando «Cabeza de Piedra» lanzó una exclamación de espanto, mientras se palpaba por todo el cuerpo.

—¿Qué hay? ¿Qué sucede? —le preguntaron todos, ansiosos.

—¡Cuerpo de una corbeta volada!… —rugió el bretón—. ¡Lo que hay!… ¡Las dos cartas del general Washington y del barón…, las cartas con sello verde que había entregado a «Petifoque» cuando luché con «Oso de las Cavernas», y que el gaviero me devolvió después de mi triunfo!…

—¿Dónde están?

—No las encuentro…, ya no las tengo…, ¿comprendéis?

CAPÍTULO XVI. HACIA EL CASTILLO DE CLAIRMONT

En los rostros de los amigos del viejo maestre se dibujó la consternación que producían sus palabras. El incidente, sin duda alguna, era de excepcional gravedad. Es decir, que habían llegado allá; después de tantos peligros, habían luchado contra Davis y los iroqueses para salvar las dos cartas destinadas a Arnold y Saint-Clair, comandantes del fuerte de Ticonderoga y de pronto notaban, asombrados, que aquellas dos preciosas cartas, por una misteriosa fatalidad, habían desaparecido, cuando creían encontrarse en disposición de hacerlas llegar a su destino.

«Cabeza de Piedra» no sabía cómo explicarse su desaparición, y estaba desolado. Se arrancaba sus escasos cabellos o intentaba arrancárselos, pues estaban bien arraigados en su cabeza, y se las había con todos los campanarios de la tierra y todas las naves del mar, como si fuesen criaturas sensibles a sus reproches.

Sir William McLellan, que se había separado algo del gentilhombre francés, oyó la música del cañonero y se informó de la causa.

—¡Han desaparecido las cartas!… —exclamó, consternado, al enterarse—. ¡Diantre, es una verdadera desgracia! Pero no sería tanta si, al menos, pudiéramos saber que no han caído en manos de personas interesadas en aprovechar su contenido contra nosotros y contra la causa americana, sino que se han extraviado simplemente.

—Así espero que haya sucedido —se apresuró a decir «Cabeza de Piedra», aferrándose aquella esperanza como a una tabla de salvación—. Nadie puede habérmelas robado…; las debo de haber perdido yo tontamente, como si fuera una imbécil comadre de Batz, enamorada…

—Sí así es —continuó sir William— la situación no está comprometida irremisiblemente, y no debemos desesperar.

—Me consoláis, comandante… Muchas gracias.

—Sí, porque yo conozco de memoria el texto de las dos cartas, una de las cuales es mía, por lo demás…, y me será fácil recitarlas de corrido a los comandantes de Ticonderoga. Pero necesitamos llegar cuanto antes al fuerte americano.

—Yo os indicaré el camino más corto y más seguro —dijo Godofredo Lespinois, barón de Clairmont, que escuchaba el diálogo—. Seguidme al castillo. Allí discutiremos y proveeremos de todo.

—Como queráis.

Iban a ponerse en marcha, cuando «Cabeza de Piedra» dejó oír otra exclamación.

—¿Qué ocurre ahora? —preguntó sir William, un poco inquieto.

—¡Oxford!… —dijo el maestre, mirando en torno suyo.

—¡Oxford!… ¿Qué tiene que ver aquí en el Canadá, esta célebre sede la ciencia y de la enseñanza de Inglaterra?

—¡Cuerpo de un campanario!… —continuó «Cabeza de Piedra»—. ¿Lo habremos matado, o habrá huido el pillastre? Verdad es que no era muy intrépido, pero…

—¿Acabarás de explicarte y de decirme de quién estás hablando?

—¡Por el burgo de Batz, hablo del secretario del marqués!

—¿Cómo?

—¡Ah!, es cierto, mi comandante, que no sabéis cómo andan las cosas. Ahora os pondré al corriente de todo lo que olvidé deciros. Pero dejadme antes dar algunas órdenes a mis compañeros.

—Anda.

«Cabeza de Piedra» llamó a «Petifoque», Jor y los dos hessianos, y los encargó de buscar por todas partes al pusilánime Oxford; una vez hecho esto, volvióse a su capitán, y le dijo:

—En la premura de informaros de los acontecimientos que han tenido lugar durante nuestro viaje, me he olvidado de narraros la captura de mister Oxford y los cambios operados en su ánimo al verse abandonado en nuestro poder por su amo. Sabed, pues, cómo están las cosas.

El bretón refirió al barón lo que ya saben nuestros lectores.

Y continuó:

—Durante el asalto de los iroqueses, hemos perdido de vista al secretario del marqués. Pero eso no debe extrañar a nadie, pues es un cobardón que se asusta de un conejo. Mientras abordábamos el bergantín de su amo, ha permanecido oculto en el fondo de una barca para huir de las balas y no sentir siquiera su silbido. Ahora, de seguro que si no ha muerto de espanto se habrá refugiado en cualquier escondrijo a esperar el resultado de la batalla, o habrá puesto entre su persona y el campamento la mayor jactancia posible a fuerza de correr.

—¿Y crees sinceramente que se haya vuelto contra Halifax?

—Seguro; un hombre que ha estado a punto de ser colgado de una cuerda escurridiza, esperando en vano el auxilio de su amo, no puede seguir siendo fiel a la causa de éste.

—¡Quién sabe! Acaso su primer impulso ha sido ése; pero después, su propio interés puede haberle hecho fingir ante vosotros para sorprender vuestros secretos y tenderos cualquier asechanza.

—¡Diablo!

—Convendrá vigilarle…

—Yo tengo siempre los ojos bien abiertos.

—Nunca pienses de los demás como de ti mismo.

El maestre no respondió palabra, quedando pensativo.

En aquel momento se oyeron algunos gritos y risotadas en uno de los extremos del campamento.

—¡Miradlo!…

—¡Ya descubrimos la pieza!

—¡Arriba, cobardón; ánimo, conejo, que ya no hay peligro!

—¡Ja, ja, ja!…

—No haper nunca fisto hombre más mietoso.

Eran las voces de «Petifoque» y Hulbrik, que resonaban clamorosas.

Todas las miradas se volvieron hacia el lugar de donde partían, y vieron a los dos fieles compañeros del maestre de La Tonante alzar del suelo a un hombre y sostenerlo por los sobacos, empujándolo hacia delante con enérgica impaciencia.

—¡Cuerpo de mi vieja pipa de familia! —exclamó «Cabeza de Piedra» con alegría—. ¡Es él, Oxford, en carne y hueso!… Se había escondido para que nada le tocara ni por equivocación, Me alegra volver a ver a este pobre diablo y no haberle juzgado mal.

—Tanto mejor —dijo sir William—. Pues si nos es leal, podrá ser muy útil a nuestra causa.

—Estoy convencido de ello, mi comandante.

El secretario del marqués y sus dos guardianes llegaron al grupo.

Oxford estaba pálido y temblaba como un azogado; evitaba las miradas burlonas que se fijaban en él y demostraba una extraordinaria confusión.

El viejo bretón se adelantó hacia él y le tendió su manaza leal, gritando:

—¡Ea!, querido secretario, nunca seréis un héroe, pero sí un buen hombre, y me alegra veros de nuevo entre nosotros sano y salvo. ¡Vamos, serenidad, que estáis en presencia de sir William McLellan!

Oxford se estremeció y levantó sus ojos avergonzados. Entonces vio al barón, que lo examinaba con mirada escudriñadora y desdeñosa.

—¡Sir, perdonadme el triste espectáculo que os ofrezco con mi pusilanimidad! —balbució, inclinándose profundamente—. No soy hombre de guerra, y al primer chispazo de la batalla me he escondido debajo de un montón de pieles de alce y de oso, y allí he estado medio muerto de miedo; no sé cómo hubiera hallado fuerzas para salir de allí si «Petifoque» y Hulbrik no me hubiesen descubierto y sacado de mi escondite.

—Repóngase, mister Oxford —repuso el barón—. En vos el miedo no es falta; por consiguiente, nada tengo que perdonaros.

Al oír estas palabras, veladamente irónicas, el secretario del marqués de Halifax se mordió el labio, mientras un relámpago que nadie vio pasó por sus ojos, velados por las cejas.

—Señores —se apresuró a proponer sir William McLellan—, no perdamos más tiempo. Me corre prisa, como al señor de Clairmont, volver al castillo, donde personas queridas estarán en zozobra por causa nuestra. En marcha.

Ya era día claro, y todos los mandanos supervivientes estaban entregados a la labor de poner orden en el campamento.

—¿Sabéis lo que voy a hacer? —dijo «Cabeza de Piedra».

—Vamos a ver.

—Voy a reunir en asamblea a todos mis súbditos.

—Luego les voy a dirigir una especie de discurso.

—¿Con qué fin?

—Con el de manifestarles que ya estoy cansado de ser sakem y que renuncio al cargo.

—Falta saber si tus doce mujeres están contentas —observó el joven gaviero.

—Contentas o no, estoy ya hasta los pelos y decidido a plantar a los señores pelirrojos.

—Sería un error que tendríamos que lamentar amargamente —dijo con tono grave el canadiense Jor—. Los mandanos os adoran, maestre «Cabeza de Piedra»; os consideran como el hombre, el jefe que los ha de preservar de las iras de los iroqueses vencidos. Si los abandonáis vos y vuestros amigos, en este momento, se volverán contra vos, y serían muy de temer. Debéis tener paciencia y seguir siendo el sakem de los mandanos.

—¡Por vida de un campanario!…

—Además, este ejército de salvajes nos es útil, y puede serlo asimismo a la causa americana… Son carne de cañón. Los tendremos en las orillas del Champlain para oponerlos a los ingleses.

—Tenéis razón, después de todo. ¡Me sacrificaré!

—Al menos hasta que «Mancha de Sangre» esté en condiciones de sucederos.

—Además, no olvidemos que hay que salvar a Riberac.

—Es verdad.

—Si tenemos tiempo.

Explicaron el caso a sir William y al señor de Clairmont, quienes de consuno dieron la razón a Jor. Decidióse, pues, que «Cabeza de Piedra», con una escolta de guerreros indios, acompañara a sus amigos hasta el castillo para presentar sus homenajes a la baronesa de McLellan y pertrecharse de armas y municiones, que el señor de Clairmont tenía ocultas en secretos subterráneos. Seguidamente, con Jor y un destacamento de marineros, volvería a la tribu para ponerse en busca de Riberac, mientras «Petifoque» y los hessianos se quedarían con sir William, quien haría cuanto pudiese por llegar al fuerte de Ticonderoga, ya que las dos cartas se habían extraviado y era preciso comunicar de palabra el contenido de las mismas a los dos comandantes americanos.

Una vez convenido el plan, «Cabeza de Piedra» tomó consigo una veintena de guerreros mandanos, escogidos entre los mejores portados y decididos; hizo que Jor explicara a los demás la razón de su momentáneo alejamiento, por no estar muy al corriente del lenguaje indiano, y junto con sus amigos y los marineros, se puso en marcha hacia el castillo de Clairmont.

Por el camino, sir William explicó las causas de su aparición inesperada en las orillas del Champlain, las cuales referimos aquí porque dan idea exacta de la situación respectiva de los dos Estados beligerantes.

—Amigos míos —comenzó diciendo el animoso barón—: Dada vuestra prolongada ausencia del teatro principal de la guerra, seguramente ignoráis muchos de los acontecimientos ocurridos en estos últimos tiempos. En pocas palabras procuraré poneros al corriente de ellos.

»Ya sabéis que el ejército del general Washington está compuesto de tropas regulares a sueldo, que constituyen el llamado ejército continental, y de milicias voluntarias reclutadas en los distintos Estados. Las primeras, por desgracia, apenas si llegan a mil quinientos hombres; las segundas, si bien más numerosas y hábiles para seguir y molestar al enemigo, no saben resistir una batalla en campo abierto.

»Para mayor desgracia, desde los comienzos de este año, las enfermedades han causado a las tropas más daño que las espadas y fusiles ingleses; y Washington, mientras estaba en Morristow, se ha visto precisado a ordenar la inoculación de viruela a todos sus soldados, manteniendo secreta la operación para que los ingleses no se aprovecharan del estado de debilidad de los suyos para atacar su ejército y destruirlo.

»Ya avanzada la primavera, Washington se trasladó a Midlebrook para vigilar desde allí los movimientos de Howe. El general inglés, para sacarlo de aquella posición, fingió retirarse a la isla de los Estados, y, en efecto, envió a ella la artillería y los bagajes. Washington cayó en el lazo y salió de Midlebrook para hostigar a la retaguardia enemiga. Howe, entonces, deshizo el fingido movimiento, y dividiendo sus fuerzas en dos columnas, una a sus órdenes y otra al mando de Cornwallis, atacó a los americanos por dos puntos a la vez, buscando su exterminio, y lo hubiera conseguido si un batallón de nuestra infantería no hubiese encontrado a las tropas de Cornwallis, cuya misión consistía en atacar por la espalda a Washington, y empeñado resueltamente la lucha. Al fragor del combate, el dictador americano comprendió el engaño en que había caído, y hábilmente apresuró la retirada, volviendo a entrar en Midlebrook.

»Howe no se desanimó al verse descubierto. Dio órdenes de tener lista una flota, embarcó en ella a sus tropas y se hizo a la vela desde Sandy-Hook. ¿Dónde iba? Misterio. Washington dudaba, vigilante. Apenas supo que la flota se había mostrado ante la bahía de Delaware, sospechó que el objeto de la expedición fuese Filadelfia, y corrió sin perder tiempo en auxilio de esta ciudad.

»Pero Howe, sin duda, sabía que el Delaware estaba impracticable por las empalizadas y restos de navíos hundidos que lo obstruían; se dirigió, pues, a la bahía de Chesapeak y desembarcó a sus tropas en el cabo de Elk. Los dos ejércitos enemigos estaban frente a frente, a una distancia de siete millas tan sólo, separados por el río Brandywine.

»Entre los soldados de Washington se contaban hombres de la alta nobleza europea, que habían venido para combatir en nombre de la idea republicana. Los más notables entre ellos eran, o mejor dicho son, porque el Cielo ha querido conservarlos todavía al triunfo de la causa americana, el marqués de Lafayette, venido de Francia apenas cumplidos los diecinueve años, después de abandonar una esposa adorable y una corte llena de esplendores, para combatir como un simple soldado en las filas americanas.

—¡Por todos los campamentos de Bretaña! —exclamó «Cabeza de Piedra», enjugándose con el dorso de la mano los ojos humedecidos por lágrimas de alegría, al ver el honor que se hacía a un compatriota—. ¡Viva Francia!… Pero ese noble mozo merecía un buen grado en el Ejército. Yo lo habría nombrado…

—Mayor general, como lo nombró el Congreso americano —contestó sir William—, admirado del entusiasmo y de la modestia del joven marqués, que, al contrario que tantos otros, venía a pedir sencillamente un fusil y un puesto humilde, abandonando honores y comodidades de todo género en su patria.

—¡Viva América! —volvió a tronar el bretón en el colmo del entusiasmo, mientras los demás le hacían eco.

—El marqués de Lafayette, pues —prosiguió el barón—, y el conde Casimiro Pulawski, heroico defensor de la libertad de su patria, la desventurada Polonia.

—Perdonadme, sir —intervino el señor de Clairmont—, ¿no es este conde Polawski el polaco que hace algunos años osó arrebatar, a la cabeza de un puñado de valientes, al rey Estanislao, dentro de los mismos muros de la ciudad de Varsovia?

—El mismo.

—¡Ah, si los Estados Unidos contasen con algunos hombres como Lafayette, Pulawski y vos, sir William, y vuestros fieles…, verían su independencia adelantar a pasos de gigante!

—Yo nada temo —replicó el barón con resuelta y llana admiración—, mientras sepa vivo, vigilante y activo a aquél que responde al nombre de Jorge Washington.

Un respetuoso silencio siguió a las solemnes palabras de sir William, que lo aprovechó para reanudar su relato de esta suerte:

—En la mañana de aquel día fatal, el general Howe inició el ataque contra Washington, y con la táctica acostumbrada ordenó que la derecha del Ejército, mandada por Knyphausen, hiciera intención de pasar el río Brandywine por Chadsford, y la izquierda con lord Cornwallis, remontase rápida y calladamente el río, vadeándolo y sorprendiendo por la espalda a los republicanos. Y así pasaron las cosas.

»Pronto llegó a conocimiento del dictador americano aquella estratagema, y mandó a los suyos que pasaran a su vez el Brandywine y destrozaran a la división de Knyphausen. Pero en aquel punto llegó otro aviso desmintiendo el primero y haciendo pasar por falso lo que era cierto. Washington desistió de su atrevido designio, que le hubiera sustraído a Cornwallis, permitiéndole derrotar el ala opuesta del Ejército inglés. Los hechos hicieron patente, demasiado tarde, al general republicano cómo estaban las cosas, y le indujeron a enviar tropas a Sullivan contra Cornwallis.

»A las cuatro de la tarde se inició la batalla desesperadamente. Pero los ingleses y los mercenarios asiáticos, más numerosos y, hay que reconocerlo, dando a porfía prueba de su valor, dieron cuenta de los americanos, aun cuando éstos se batían como leones, introduciendo en sus filas el desorden y venciéndolos ya entrada la noche hasta obligarlos a retirarse a los buques próximos para buscar amparo más tarde en Filadelfia.

»Los nuestros perdieron mil cuatrocientos hombres entre muertos, heridos y prisioneros; los ingleses, quinientos. El marqués de Lafayette fue herido en una pierna; el conde Casimiro Pulawski se batió gloriosamente, y los otros oficiales franceses hicieron cuando pudieron para hacer menos desastrosa la derrota.

»Quien no conozca a Washington desesperaría de la suerte que espera a la independencia americana. El no desmintió su ánimo firme y mente altísima. Presentó batalla de nuevo en Frenkcreek; pero una lluvia copiosa mojó de improviso los toscos y destrozados arcabuces de los nuestros inutilizándolos, razón por la cual hubo de batirse en retirada con nuevas pérdidas.

»¿Qué debía hacer en situación tan apurada Jorge Washington? Los ingleses podían asaltar Reading, donde se encuentran los almacenes del Ejército, o Filadelfia. Nuestro general, no pudiendo defender ambas plazas, prefirió la utilidad a la vanagloria, y abandonó a su suerte a Filadelfia. Howe entró en esta última ciudad triunfalmente…; pero vosotros, amigos míos, podéis creer que la ocupación de esta ciudad acrecentó su gloria.

CAPÍTULO XVII. UNA SERIE DE AVENTURAS

Tras un breve silencio, durante el cual ninguno de los caminantes acortó el paso hacia el castillo de Clairmont, sir William continuó diciendo:

—Aun cuando yo no dude del éxito de la encarnizada guerra, he de reconocer que una extraña fatalidad nos persigue de continuo. Parece como si el Destino quisiera reconocer al pueblo de los Estados Unidos, como en sesión de 4 de octubre del pasado año estableció el Congreso que había de llamarse la Nueva Confederación, su derecho a la libertad y a la independencia sólo después de haberlo bien merecido.

»Después de los reveses gravísimos sufridos por Arnold en su campaña contra el general inglés Carleton en el Champlain, las noticias de Ticonderoga y del fuerte Eduardo llegadas al mando supremo fueron siempre inciertas y poco tranquilizadoras.

»Ya sabéis que el general Burgoyne, vuelto a Inglaterra al solo objeto de recabar para él el mando supremo del ejército de operaciones del Canadá, consiguió su propósito, y ahora domina en estas regiones con siete mil ingleses y mercenarios alemanes, cuatro mil gastadores canadienses y buen golpe de navíos y marineros, además de muchas tribus de pieles rojas, atraídas a fuerza de promesas.

»Burgoyne comenzó su campaña en el Canadá dirigiendo un manifiesto a las poblaciones para inducirlas a someterse espontáneamente, y manifestaba que venía a los territorios americanos con el intento de restablecer el orden y salvar de la anarquía a los buenos ciudadanos; pero si encontraba resistencia a sus buenos propósitos, se vería precisado a dejar en libertad de acción a las numerosas mesnadas de indios aliados, que convertirían este florido país en un desolado desierto.

»Estas son las noticias más dignas de crédito que tenemos, pues ya hace mucho tiempo que ninguno de los exploradores enviados aquí pudo volver; de Saint-Clair y Arnold tampoco hemos recibido mensaje alguno, y las noticias más contradictorias circulan a propósito de la suerte de las fortalezas americanas en el Canadá.

»Después de su partida, maestre «Cabeza de Piedra», tuvimos noticia de que el fuerte de Ticonderoga había sucumbido y su guarnición destruida, dispersa y apresada, y los supervivientes obligados a buscar refugio en otras fortalezas, en que les amenazaban grandes peligros. ¿Qué hay de cierto en todo ello? Yo creo que son falsas; pero no es fácil saber la verdad siendo las distancias tan enormes y tan escasos los medios de comunicación en este tiempo tan crudo.

»Sin embargo, al general Washington le preocupa mucho la situación; ha solicitado un oficial hábil y valiente para enviarlo aquí, mientras se dispone la flota de socorro, y ha tenido la bondad de escogerme. Yo he aceptado con verdadero entusiasmo, embarcándome en una pequeña corbeta a la que he bautizado con el nombre de la antigua.

¿La Tonante?

—Sí. La empresa no era fácil; había que burlar a toda costa la vigilancia de la flotilla de Burgoyne para pasar.

—Y habéis pasado.

—Sí maestre.

—¡Por el burgo de Batz, nunca hay nada difícil para los corsarios de las Bermudas!

—Pero tú también estás aquí sano y salvo…, y si tu tartana naufragó, no habrán sido ciertamente los cañones ingleses…

—No; los escollos del Champlain tuvieron la culpa.

—¿Lo ves?

—¡Eh, eh!, en primer lugar, yo soy vuestro maestre cañonero; por consiguiente, uno de los corsarios que no se detienen ante ningún obstáculo…

—Bien.

—Además, no he pensado en absoluto en la flota de Burgoyne, porque la creía aún lejos de Champlain. Lo cual significa que la fortuna me acompaña.

—No puedo decir yo otro tanto, querido «Cabeza de Piedra».

—¡Oh, oh!, ¿qué otra diablura os ha sucedido?

La Tonante

—La nueva, se entiende…

—¡Claro!

—¿Y bien?

—Maltratada por las ondas y rabiosamente batida por las ráfagas, mal gobernada por el piloto que Washington me había recomendado…

—¡Dios de Dios!… ¿Acaso ha naufragado también?

—No, gracias al cielo; ha tocado en un bajo, pero aún navega bien, tanto más cuanto que está internada en una especie de rada. Espero desencallarla pronto, en cuanto el Champlain se calme, como parece que sucederá en breve.

«Cabeza de Piedra» reflexionaba, preocupado.

—A mí Davis; a vos, comandante, un piloto que me da el corazón que era hermano gemelo de aquel pillastre —dijo después con voz sorda—. ¿Sabéis que el general Washington, excelente guerrero en tierra, es un detestable almirante? Cuando de marineros se trata, pone la mano en traidores o en pollinos.

—Por desgracia, así es; en traidores, especialmente —replicó sir William suspirando—. Muchos son los que le rodean, y no puede conocer a todos, para preservarse de sus asechanzas. Por si acaso, yo he hecho encadenar al piloto hasta que se justifique a satisfacción mía.

—¡Ojalá pudiéramos darle por compañero a maestre Davis!

—De ningún modo; que, si son cómplices, juntos podrían darnos mucho que hacer.

—Yo me cuidaría de su custodia.

—Bien está, viejo charlatán; déjame terminar mi narración.

—Perdonad, capitán.

Sir William sonrió y continuó:

—En la desgracia que nos envolvía con el choque de la corbeta tuvimos la buena fortuna de encontramos detenidos a poca distancia de una roca coronada por un viejo castillo, el cual, como habréis adivinado seguramente, no es otro que el de Clairmont, hacia el cual nos dirigimos. Yo ignoraba el verdadero estado del barco y temía un desastre irreparable por efecto de la furia de las olas.

»¿Qué iba a ser de Mary, mi esposa adorada? Esta era mi constante preocupación, mi pensamiento continuo, sin dejar por eso de tener presente mi deber de soldado. Pero ¿qué queréis? El corazón está siempre por encima de la mente, y a veces, más alto que la conciencia.

»En medio de tantas inquietudes vi avanzar resueltamente hacia nosotros una chalupa montada por algunos marineros vigorosos y por un hombre que llevaba el timón como un genio marino. Era el propietario del castillo, el señor de Clairmont, aquí presente, el cual, habiendo presenciado nuestro naufragio, se apresuró a ofrecemos sus servicios. Subió el experto timonel a bordo, y noté en él cierta desconfianza al principio, aun cuando tratase de disimularla; pero cuando supo que éramos del partido republicano y no del inglés, se mostró contentísimo y se puso a nuestra entera disposición.

»A mí me interesaba, antes que nada, poner a salvo a Mary; así es que acepté, desde luego, su proposición de conducirla al castillo, donde estaría bien segura y en la agradable compañía de nobles damas.

»Pero una viva sorpresa me esperaba al entrar en aquella mansión hospitalaria. ¿Quién te figuras tú, «Cabeza de Piedra», que vino a mi encuentro, turbado enteramente de la sorpresa?

—¡Cuerpo de un campanario, acaso!…

—Sí; él… Wolf, el valiente hessiano.

—¿Pero cómo se encontraba allí el hermano de nuestro Hulbrik? ¿Quizá le atrajo el tufillo de algún barril de cerveza o de vino… escorpionado? —dijo el viejo maestre riendo ruidosamente, mientras los demás le coreaban.

—No, maestre —continuó el barón con seriedad—. Si ese excelente joven no estropease menos las palabras de nuestra lengua o tuviese más inclinación a referir sus propios hechos, te contaría cosas no muy agradables.

—Yo me reía, comandante, porque sé que nuestros dos tudescos son jóvenes de un humor envidiable. Por lo demás, ya Jor me ha contado la persecución de los iroqueses, y a fe mía que yo también hubiera confiado mi vida a la velocidad de mis piernas.

—Pues bien, Wolf trató de atenerse lo mejor que pudo a las indicaciones y consejos del canadiense, por lo que supo decirme; pero toda su buena voluntad y el vigor de sus piernas, si bien sirvieron para sustraerle a los iroqueses, no le impidieron equivocar la dirección.

»Os advierto desde ahora, amigos míos, que al referiros todo esto y lo que aún oiréis, sustituyo, no solamente a Wolf, sino también al señor Clairmont; ya veréis el por qué.

»Wolf, al huir y perder la exacta noción del camino, se alejaba poco a poco de su meta y perdía tiempo y fuerzas. Llegó un momento en que se vio perdido e incapaz de seguir, forzado a tomar descanso en una floresta solitaria, desolada, desprovista de todo cuanto pudiera servir para reparar las energías de un pobre viajero extraviado. Ya se abandonaba, pues, a su mala suerte, cuando de pronto oyó un rumor lejano y vio aparecer a su vista dos bultos negros.

»Cualquier objeto móvil en la soledad, la sombra y el silencio, toma en la fantasía aspectos extraños. Pero Wolf es un joven de sólida mente y corazón sereno, y no se dejó engañar por la imaginación. Observó atentamente aquellos bultos negros, y pudo ver que se trataba de dos magníficos alces.

»Por si lo ignoráis, os diré que el alce es una especie de ciervo, mamífero, plenicorne, de la alzada de un caballo grande, sin igual en la carrera, más terrible que el toro más salvaje en el cornear, y con unas patas tan poderosas que desharía a coces un yunque. Sus cuernos son más cortos que los que suelen adornar la cabeza de su congénere el ciervo, pero de más espesor y con ramificaciones más extensas. Aquí va siendo cada vez más raro, a causa de la caza infatigable que se le da; y aunque es muy dócil cuando está tranquilo, odia la presencia del hombre, su perseguidor sanguinario, y con frecuencia lo ataca ferozmente.

—Conviene saberlo.

—¿No es verdad, maestre?

—Seguro; en cuanto vea un alce, procuraré largarme.

—Eso precisamente trató de hacer Wolf en cuanto vio a los dos enormes cuadrúpedos galopar resueltamente hacia él. Tenía la escopeta cargada, pero el arma significaba un golpe solo y se trataba de dos adversarios, y aun teniendo la suerte de derribar a uno de ellos con el primer disparo, siempre quedaba otro, del cual no había medio de defenderse. Confiar en las piernas no era posible teniendo encima a tan veloces brutos. Y entonces…

—¿Qué hizo Wolf?

—Con ligereza de pensamiento y de obra, se ocultó detrás del tronco de una encina centenaria que crecía a poca distancia de él y que lo cubría completamente.

—Muy bien.

—Los dos alces, en su galope desenfrenado, con la cabeza baja, al verlo desaparecer, se detuvieron, desconcertados. Wolf, por su parte, no los perdía de vista, asomado entre dos protuberancias que salían de uno de los lados del tronco y esperando aún que al no verlo se marcharan. Una de las bestias, la más corpulenta, venteó el aire con cierta desconfianza, volviendo a todas partes el humeante hocico, y, de repente, embistió contra la encina, en la que dio un terrible testarazo. El golpe fue tal, que Wolf creyó ver al animal caer al suelo revolcándose, con el cráneo en pedazos.

—¿Y no fue así?

—Se engañaba.

—¡Por el burgo de Batz! ¿Los alces del Canadá tienen entonces la cabeza tan dura como los bretones?

—Una cosa así…

—¡Ah!

—El alce se quedó como aturdido, y se retiró tambaleándose, pero aún sostenido en sus cuatro patas. Hubo un momento de tregua, durante el cual Wolf consideró serenamente la situación, que no tenía para él nada de halagüeña. La encina era su único refugio, y dando vueltas a su alrededor era únicamente como podría escapar a las embestidas de su enemigo. Pero ¿qué ocurriría si el otro alce entraba también en liza?

—¡Por mil campanarios, había para sudar frío!…

—Al ocultarse de uno, se descubría al otro.

—Así es.

—Urgía, pues, adoptar una resolución extrema…

—Meter una bala en el cuerpo a uno de los alces y dejarle inútil para la maniobra… Quitarlo de en medio, en suma.

—Por supuesto.

—¡Bravo por mi bebedor de cerveza!…

—Sin perder un segundo, Wolf sacó partido del desconcierto en que estaban los dos animales, examinó la carga de su carabina, y, viéndola en buen estado, apoyó el cañón del arma sobre una de las protuberancias de la encina, apuntó con toda calma e hizo fuego.

—Y ya estaba el alce agresor bien servido.

—No.

—¡Oh, oh!

Fue el compañero el que recibió el tiro en el ojo derecho y cayó a tierra como herido del rayo.

—¿Y el otro?

—El otro montó en un tremendo furor y de nuevo se lanzó contra la encina, pero galopando esta vez vertiginosamente en torno al árbol, del que arrancaba trozos de corteza a formidables cornadas. Wolf hacía prodigios de destreza, de agilidad y de sangre fría para salvarse de aquella furia, y poco a poco sentía que le abandonaban las fuerzas y que la muerte atroz se hacía inminente. Las patas del alce hacían salpicar la nieve hasta las ramas inferiores de la encina, y su hálito cálido azotaba como un soplo impetuoso al pobre hessiano.

»Wolf se estremecía y perdía terreno; el alce, por el contrario, crecía en vigor a medida que aumentaba su rabia, desahogándose de cuando en cuando con bramidos roncos y ganando terreno. De improviso, Wolf se sintió alcanzado, herido en un costado violentamente y lanzado al espacio. Una de las ramificaciones de la cornamenta le había enganchado por la mitad del cuerpo, penetrando bajo el robusto cinto de cuero. Nuestro pobre amigo se sintió perdido e instintivamente se aferró con los brazos y los dedos a los anchos cuernos del animal, cabalgando al mismo tiempo en el dorso poderoso. El alce, que esperaba estrellar contra el suelo a su adversario vencido y destrozarlo allí a coces, dio un salto formidable.

—¿Y Wolf?

—Firme y sereno siempre.

—Por mi vieja pipa, ¡cuánto me hubiera gustado ver la escena!…

—Sólo los árboles de la floresta la presenciaban.

—Los cuales no cuentan.

—Pero aquí está Wolf escuchándome, y ya ve que recuerdo bien los detalles que he podido sonsacarle, no sin trabajo.

El hessiano, que caminaba del brazo de su hermano, atento al relato, sonrió, inclinándose.

Sir William McLellan prosiguió:

—Dos o tres minutos duró la fiera lucha entre el animal, que quería librarse de su improvisado caballero, y éste, que de ninguna manera soltaba su presa, temiendo, con razón, ser víctima de su furia si caía. El alce, por último, en vista de la inutilidad de sus esfuerzos, pareció enloquecer por completo de furor, y se lanzó en una carrera ciega, fantástica; en una fuga espantosa, sin dirección ni objetivo, transportando sobre sus lomos al hombre, el cual se sujetaba con más fuerza que nunca a aquel meteoro vivo, temiendo a cada paso la muerte, e imposibilitado, no obstante de hacer tentativa alguna para salvarse.

»¿Cuánto duró aquella galopada sin igual? Wolf no podría decirlo. De pronto oyó ladridos, creyó ver figuras humanas agitarse confusamente, luego gritos, un disparo…, después se sintió lanzado en el vacío por un instante, y notó de repente la sensación de agua helada que lo envolvía de cabeza a pies… Por fin, nada…

—¿Perdió el sentido?

—Sí.

—¿Y cuándo lo recobró?…

—Se encontró en una habitación abrigada, en un lecho suave, rodeado de personas que lo contemplaban sonriendo amablemente. Y dos horas después estaba en condiciones de sentarse a una mesa bien servida, y aun de salir a mi encuentro cuando entraba yo en el castillo de Clairmont y de darme noticias vuestras.

—¿Qué había pasado, pues? —preguntó «Cabeza de Piedra», que comenzaba a hacerse un lío con tanta peripecia.

—La respuesta pudiera muy bien darla el señor Clairmont, pero prefiero hacerlo yo, porque él de seguro ocultaría, por modestia, al menos la mitad de la verdad.

»Los ladridos y los gritos que Wolf pudo percibir provenían de «Relámpago», este buen perro que viene aquí, y de los hombres que acompañaban al barón de Clairmont a su regreso al castillo. El valiente caballero francés se dio enseguida cuenta exacta de la trágica escena, y apuntando al alce con su carabina, seguro de no errar el tiro y derribarlo al punto, disparó. El animal, herido de muerte, tuvo aún fuerzas para proseguir su carrera por unos cuantos metros. Desgraciadamente, había llegado a la orilla del lago, en un punto alto, y se precipitó a plomo en aquella agua helada.

»Desde allí mismo presenciaba el choque de nuestra corbeta con el banco. Por un momento dejó de ocuparse de nosotros, y haciendo una seña a «Relámpago», se lanzó hacia el lago, seguido por el perro. Wolf, desvanecido, estaba a punto de ser engullido por las olas, que ya habían arrastrado con ellas al alce; pero «Relámpago» y su generoso dueño llegaron a tiempo de salvarlo y lo condujeron al castillo.

»El barón de Clairmont, que no quería perder la ocasión de hacer dos buenas acciones en un solo día, apenas trocó la ropa mojada por otra seca, vino a ofrecernos sus servicios.

»No contento con eso, apenas supo por Wolf que los iroqueses habían aprisionado o matado a vuestro amigo, un canadiense que se llama…».

—Riberac.

—Eso es; y que se disponían a atacar a los mandanos, me aconsejó organizar durante la noche una expedición de socorro con parte de mis corsarios y de sus criados, ofreciéndose como guía. Y ya sabéis, amigos míos, cuán útiles han sido sus iniciativas y su ayuda, y cuánta gratitud debemos a este noble hijo de Francia, que sabe ejercer con tanta honra los deberes de la hospitalidad.

Sir William calló y fue a estrechar la mano al barón de Clairmont, que con vivos ademanes trataba de protestar. Los demás circunstantes se descubrieron, en mudo homenaje, y «Cabeza de Piedra» exclamó:

—Señor barón, yo no tengo más que una vida y aún muy empeñada y ya un poco caduca. Sin embargo, creo que aún queda algún pedazo en buen estado para ponerlo a disposición de caballeros como vos. ¡Por el burgo de Batz, aceptad mi oferta, pues desde este momento os pertenece!… El antiguo maestre de La Tonante no tiene más que una palabra. Y ahora, adelante. ¡Viva Francia, viva América y mueran los ingleses!

CAPÍTULO XVIII. UNA SORPRESA EN EL LAGO

Nuestros amigos y su escolta, pasada la última espesura de abedules enanos, encontráronse a la vista de aquella parte del lago en que, a caballo sobre un altísimo peñasco, se elevaba el castillo de Clairmont.

Era éste una fortaleza al estilo francés, con un fuerte, cuatro torres en las esquinas, garitas y arimeces. Su aspecto no era muy guerrero y, al parecer, estaba desprovisto de artillería. La característica principal del edificio consistía en estar construido casi enteramente con una calidad de madera llamada férrea. Sólo en su base veíanse construcciones de piedra y cemento. El peñasco sobre el que se alzaba presentaba sus lados casi perpendicularmente al nivel del lago; era bastante elevado y estaba cubierto de vegetación espesa y lacustre, que daba al conjunto un aspecto algo triste y lúgubre. Pero el castillo, no obstante, con sus conos agudos y rematados en banderolas que el viento agitaba, prometía un asilo dulce, cómodo y acaso también alegre.

—En la garita más alta de la roca hay alguien que espera nuestra llegada —dijo el barón francés, observando con experta mirada su mansión.

—Es verdad —repuso sir William, turbado—. Me parece reconocer a mi adorada Mary… El corazón me dice que no me engaño.

—A su lado está la baronesa.

—Nos esperan con ansia.

—Lo creo.

—Apretemos el paso.

—No tengáis cuidado, sir McLellan; ya nos queda poco.

—Estoy impaciente por ver a mi esposa, por tranquilizarla, y también quisiera volver a mi buque para ponerlo a flote.

—Lo comprendo.

—Sois un hombre de corazón.

—¡Vamos!… Mirad, detrás de aquella espesura de árboles se encuentra la lengua de tierra que une la roca, mi dominio de buitre, y la orilla. Si el Champlain estuviese encalmado, bastaría una señal con este cuerno de caza para que mis marineros acudieran con las embarcaciones ocultas ahora en una pequeña cala invisible, lo que nos evitaría la mitad del camino. Pero el lago está agitado aún, y tendremos que renunciar a ello.

—A propósito… ¿Y la flota inglesa que cruza en este momento el lago?

—Parece que se haya cansado de gastar pólvora en salvas.

—Decidme, barón de Clairmont, ¿no habéis tenido nunca molestias de parte de los ingleses?

—Alguna he tenido…, pero he sabido rechazarlas dignamente.

—Así, pues, ¿cómo miran vuestra presencia en estos lugares?

—La toleran, en virtud de un decreto que he sabido arrancar al soberano inglés, mediante el cual se reconoce mi pleno derecho de posesión sobre el castillo de Clairmont. ¡Ah, sir, yo alimentaba una ilusión muy hermosa!

—¿Cuál?

—Reconquistar para Francia el Canadá.

—¡Oh, barón!…

—Sí, amigo mío, era una ilusión demasiado soberbia y vana, y por esto he tenido que sofocarla en mi pecho. Ahora soy partidario de la causa americana.

—Muy bien.

—Todo inglés que viene a visitar mi castillo, nunca sospecharía, por muy astuto que fuese, lo que en él se esconde.

—¡Me ponéis en curiosidad, señor Clairmont!…

—Callad; cada cosa a su tiempo.

—Como os plazca.

—Básteos saber, sir, que aquel castillo, semejante a un inofensivo juguete, es, por el contrario, una verdadera… máquina infernal.

Habían llegado a la banda de tierra tendida por la Naturaleza a través del lago. Entraron en ella y en breve estuvieron al pie de la entrada de madera férrea. Gritos de júbilo acogieron la vuelta de Clairmont y de sir William; la baronesa y Mary se arrojaron a los brazos de sus respectivos esposos, y dieron después la bienvenida a los nuevos huéspedes.

«Cabeza de Piedra», «Petifoque», Jor, los dos hessianos y Oxford siguieron a las habitaciones superiores al dueño de la casa. Los indios y los marineros, por su parte, pudieron descansar en una vasta estancia de servicio, situada en el piso bajo, donde pusieron a su disposición algunas pintas de excelente aguardiente, mientras los criados se despachaban a su gusto con cuantas provisiones hallaron en la despensa, que, digámoslo, estaba bien dotada de viandas.

Con intuición rápida, el señor de Clairmont comprendió que lo primero que convenía hacer para agradar a sus huéspedes era sentarlos a una mesa bien preparada, y así lo hizo. Aun cuando no lo confesasen, nuestros héroes tenían un hambre de perros, y no se hicieron rogar mucho para atacar a puras dentelladas pemiles de oso, muslos de zarigüaya, filetes de alce, morcillas, cecina y salmones que en abundancia dominaban en la mesa, entre voluminosas jarras y grandes vasos de sidra y cerveza, a la que, con toda preferencia, sobre todo Wolf y Hulbrik, lanzaban de cuando en cuando sus amorosas miradas, cuando la necesidad de comer les impedía bebería. Quien en menor grado hizo honor al pantagruélico banquete fue el ex secretario del marqués de Halifax. Evidentemente, el cobardón, mientras sus compañeros se batían contra los iroqueses, se había ocupado de llenar la panza para sostener el humillado ánimo.

La familia del barón de Clairmont se componía de su esposa, una dama nacida de un noble francés y de la hija de un jefe algonquino, unidos en matrimonio cuando el Canadá pertenecía aún a Francia; de dos hijos, el primero de los cuales, Enrique, joven, fuerte y de gallarda figura, según podían apreciar los huéspedes por un gran retrato al óleo que se veía en la casa, estaba ausente, por haber marchado a la caza de pieles; y el segundo, Carlos, que no contaría más que dieciséis o diecisiete años, se quedó en el castillo, conteniendo a duras penas los impulsos de su resuelto espíritu; y de una hija, Diana, que aún no tenía veinte años, graciosa como ninguna, rubia como el oro y de dulce aspecto y tierno corazón, una criatura adorable.

El señor de Clairmont era muy rico por la herencia de su esposa y la prosperidad de su comercio de pieles, el cual sufría a la sazón una crisis por haberse extendido al Canadá la guerra de independencia.

Tenía muchos servidores que lo adoraban, así como a todos los miembros de su familia; un puñado de algonquinos, fieles a toda prueba, dedicados principalmente a la caza, a la navegación lacustre y a la custodia del castillo; un capellán, el abate Rivoire, a quien los indios llamaban «el padre de la oración», hacía las veces de preceptor cerca de los hijos del barón, y era hombre de buena doctrina y de excelentes sentimientos, al par que valeroso y hábil en la caza y en la guerra, hasta el punto de prestarse a seguir a sus dos alumnos y aún al mismo barón en sus arriesgadas empresas, como en la expedición organizada para socorrer a «Cabeza de Piedra», pues él era el desconocido que acompañaba a Clairmont y McLellan al campo de los mandanos.

Había además algunas mujeres para el servicio personal de las señoras, y la más digna de observación entre ellas era Liseta, la camarera de la señorita Diana, una muchacha huérfana, hija de un emigrado francés, llena de vivacidad en toda su esbelta personilla, con una carita picaruela, iluminada por dos ojos en los que asomaba la bondad, cortejada por la malicia, la virtud y el más resuelto atrevimiento.

«Petifoque», que, en el vértigo de aventuras en que su vida había girado hasta entonces, nunca tuvo tiempo de contemplar a las mujeres a su sabor, se sintió, desde luego, atraído por aquella belleza fresca y exuberante, ingenuamente francesa, y comenzó a sentir dentro de sí una turbación no experimentada antes, un extraño palpitar, una conmoción suave en el fondo de su alma, mientras sus ojos, con involuntaria insistencia, se fijaban en Liseta, la cual, con la señorita de la casa, cuidaba del buen orden de servicio.

«Petifoque» era un joven agraciado, de arrogante porte, sin descaro, y aspecto franco e inteligente; a propósito para complacer. Liseta dióse, sin duda, cuenta de ello, y varias veces, sorprendida por las miradas de leal admiración del joven marinero, bajó los ojos, enrojeciendo, inútil es decirlo, no ciertamente de desdén, sino de íntimo placer.

El resto de aquel día y la sucesiva noche transcurrieron sin incidentes.

Sir William, antes de recogerse, quiso ver de nuevo la nave encallada, y había vuelto satisfecho porque el viento cedía y el lago iba poco a poco calmándose.

Mañana no habrá una ola ni pagando por ella un millón —dijo al regresar—. Así podré poner a flote la corbeta y pensar en la misión que Washington se ha dignado confiarme.

«Cabeza de Piedra», incansable, quería partir en busca de Riberac antes que la noche avanzase más; pero todos le aconsejaron descansar por lo menos doce horas, porque, después de todo, también él estaba hecho de carne y hueso como sus compañeros. Y el obstinado bretón cedió al fin no sin refunfuñar.

—¡Por todos los campanarios de Bretaña, los ingleses!… —chilló el viejo maestre, entre sueños—. ¡Todos al puente!… ¡Sin perder momento!

—¿Qué diablos cantas, chillón? —gruñó «Petifoque», volviéndose en su camastro al oírle, pues dormía en la misma estancia.

—¿No oyes esas voces?

—¿Y qué?… Estamos en un castillo.

—Pero aquí sucede algo.

—Tú sueñas, viejo mío.

—¡Hum!…

—Como te lo digo.

—Apuesto mi vieja pipa de familia contra un vaso de vino escorpionado a que no hemos de tardar mucho en recibir una visita de los ingleses.

—¡Bah! Pues les daremos la bienvenida, y en paz.

—Preferiría recibirlo al pie de mi cañón de caza.

—¿Pues a qué esperas, maestre sakem?

—Mozo del Poulignen, asoma siquiera una oreja y verás cómo te la dejo tan larga como la de un borrico.

—O sea… como la vuestra.

Y el joven marinero soltó la carcajada, satisfecho de la ocurrencia. «Cabeza de Piedra» dejó oír un sordo denuesto:

—¡Bribonazo, me faltas al respeto porque sabes que te quiero demasiado! —dijo después—. Pero por todos los campanarios de Bretaña, que me las has de pagar.

—¿Puedo saber cómo?

—Hablando mal de los marineros en general…

—¡Bah!…

—Y de los del Poulignen en particular…

—¡Oh, oh!

—Y de cierta doncella que responde al nombre de…

—¡Maestre!…

—… de Liseta… ¡Ah, ah, ah, don barbilindo, esta vez acerté! ¡Bah, no me hagas caso! Ya sabes que soy incapaz de hacerte el menor daño. Ea, dime dónde duermen Wolf y Hulbrik.

—Ahí, en la habitación contigua —repuso «Petifoque», levantándose.

—Parece que resuellan, en efecto… ¿Eh, quién anda ahí?

La puerta del cuarto abrióse para dar paso a un hombre.

—Estar yo, Hulbrik —respondió la voz del buen tudesco.

—Buenos días.

Puenos tías¿Saper, maestre «Capesa te Pietra», grande nofetat?

—¿Qué el Champlain se ha engullido la flota inglesa, con el marqués de Halifax, Davis y sus secuaces?

—No, no.

—¿Ha vuelto Riberac sano y salvo?

—Tampoco.

—¿Ha llegado una carga de salchichones?

—¡Oh…, eso sí que no!… El lago…

—¡Ah, sí, el lago!… ¿Acaso se ha convertido en un gran tonel de cerveza?

—Está helato, todo helato, en torno al castillo.

—¡Tú estás loco, Hulbrik!

—Yo nata loco, yo te sir fertat.

—¡Pero si eso es imposible! …

Y «Cabeza de Piedra», saltando del lecho, asomóse a la ventana. Un grito de asombro se escapó de sus labios. A través de una leve capa de niebla, que a lo lejos aparecía más espesa, veíase alrededor del castillo la superficie, del Champlain inmóvil, transformada en una inmensa losa de hielo.

—¡El lago, helado!… —exclamó el viejo maestre de La Tonante—. He aquí una cosa sorprendente. Quisiera ver la cara del general Burgoyne y sus marineros al ver sus cascarones cogidos en una ratonera. ¡Ah, por el burgo de Batz, qué ideas me están brotando aquí en la calabaza!… Se podría…, ya lo creo que se podría… Basta, pensaremos en ello cuando hayamos encontrado vivo o muerto a nuestro Riberac, ¿verdad, «Petifoque»?

—¿Pensaremos en qué? —preguntó el joven gaviero.

—En nada, yo me entiendo.

Pues si tú te entiendes, no digo esta boca es mía.

—¿Vesese hielo, hijo mío?

—Pues claro, no estoy durmiendo.

—Pues bien; ese hielo… ha encendido en mi cabeza un volcán de ideas maravillosas.

—¡Horror!…

—Mozo del Poulignen, no mereces ser mi confidente.

«Cabeza de Piedra», que mientras hablaba se había vestido con presteza, salió de la estancia y descendió al piso bajo del castillo, en donde halló dispuestos ya a los mandanos de su escolta, bien pertrechados de municiones y armas de fuego novísimas.

—¿Dónde está sir William? —preguntó a Jor, equipado como un perfecto cazador canadiense.

—Ha ido a reconocer la corbeta, acompañado del barón, pues teme que la congelación le haya ocasionado nuevos daños.

—Dios quiera que no.

—¿Vas a partir, maestre?

—Cuanto antes; sería una traición no intentar nada para rescatar a Riberac, o su cadáver, si lo han matado.

—Soy de vuestro parecer.

—Por lo pronto regresaremos al campamento mandano, y después daremos una vuelta por el sitio donde estuvo el fortín destruido por las bombas incendiarias de los cañones ingleses.

—¿Esperáis encontrar allí la pista de Riberac?

—No es improbable, si aún vive y ha podido escapar de los iroqueses.

—No comprendo lo que pueda hacer en el fortín devastado.

—Olvidáis que ha escondido allí sus guineas, que son fruto de largos años de privaciones y fatigas. Y un hombre, por muy desinteresado que sea, nunca abandona sin más ni más un tesoro acumulado a precio de sangre.

—Tenéis razón.

«Cabeza de Piedra» encendió su pipa, y llamando a un algonquino, le dijo:

—¿Sabes tú dónde ha encallado la corbeta?

—Lo sé, sakem blanco.

—Bueno; ¿sabrías conducirme?

—Cuando el sakem blanco quiera.

—Vamos, pues. ¿Venís, Jor?… Tengo un deseo loco de ver cómo es la nueva La Tonante.

Los tres hombres se pusieron en camino. Todos ellos llevaban patines, y se deslizaban rápidamente por la superficie sólida del lago. Llegados a la corbeta, cuya proa se había empotrado en un bajo, inclinándose un poco a estribor, subieron al puente, donde estaban el barón y sir William.

«Cabeza de Piedra», sintiendo, al fin, bajo sus pies los tablones de un navío de guerra real y efectivo, y viendo ante sus ojos cañones y escotillas, exhaló un gran suspiro de satisfacción.

—¡Se está bien aquí, por el burgo de Batz!… —exclamó, taconeando entusiasmado—. Esta corbeta no vale lo que La Tonante, de gloriosa memoria; pero aún puede hacer honor al terrible nombre que lleva. Es más pequeña que la otra, pero parece sólida y tiene cañones en abundancia que deben escupir metralla a maravilla. ¡Ah, por mil campanarios…, con qué gusto haría una prueba ahora contra esos tunantes de ingleses!

—No temas, maestre —dijo el barón McLellan, que había oído las palabras del enardecido bretón—; creo que pronto tendrás ocasión de hacerlo.

—¡Bah!…

—¿Lo dudas?

—Si no les nacen alas, me parece que las naves inglesas, apresadas como nosotros aquí, entre los hielos, no vendrán a saludarnos tan pronto.

—Pero el hielo puede disolverse de un momento a otro.

El señor de Clairmont sonrió al oír esto.

—Si el invierno se mantiene tan crudo como se anuncia, el Champlain permanecerá así mucho tiempo, acaso meses enteros.

—¡Ah, diablo!

—La congelación, que ya se ha verificado en la parte septentrional del lago, avanza paso a paso; la noche pasada ha ganado toda esta parte, y la venidera se extenderá al resto de lago.

—¿Y vos lo sabíais ya, barón?

—Por lo menos así lo esperaba.

—¡Diantre, la situación no es para tranquilizarse!… Yo debo hacer llegar al general Washington noticias ciertas respecto a la situación de Ticonderoga y sus fuerzas, y asimismo debo salir al encuentro de la flota americana para tomar el mando y conducirla contra los buques de Burgoyne en el Champlain.

—Ya hallaremos remedio para todo.

—En vos confío.

—En tanto, ved que la corbeta no ha sufrido daños.

—Todo lo contrario, pues el hielo, alzándola por su base, casi la ha desencallado.

«Cabeza de Piedra», por su parte, había pasado revista a toda la embarcación, y se frotaba las manos, satisfecho.

—Comandante —dijo a sir William—, he visto también al piloto encerrado en un camarote. Tiene una cara de traidor que dan ganas de darle de cachetes. ¡Hacedlo colgar al punto!

—Corres demasiado, maestre.

—¡Bah… haced como queráis!… Pero me temo que nos sea funesto.

—Estará bien vigilado.

—Y atentamente… Cuando regrese de la excursión en busca de Riberac, yo vendré aquí, a instalarme a bordo, porque sólo me encuentro a mis anchas entre piezas de artillería, palos de trinquete y de mesana, obenques y jarcias, y olor de brea y de pólvora; y cuando esté yo aquí…, lo veremos.

Todos volvieron al castillo.

Como se había convenido, «Cabeza de Piedra» y Jor, acompañados de seis marineros de la corbeta, cuya tripulación era doble, y de la escolta de mandanos, todos muy bien armados, se dirigieron al campamento indio, desde donde continuaron su marcha hacia el interior para buscar las huellas del desaparecido traficante.

CAPÍTULO XIX. UNA VISITA INOPORTUNA

Transcurrieron seis días sin que al castillo llegara noticia alguna de «Cabeza de Piedra» y sus compañeros. De los ingleses, tampoco se sabía nada, como tampoco de sus aliados indios, y no hay que decir que se carecía en absoluto de noticias fidedignas en cuanto a los fuertes ocupados por los republicanos en el Canadá, particularmente en cuanto al de Ticonderoga.

Al cuarto día de su permanencia en el castillo, sir William McLellan, viendo que el lago seguía helado, resolvió hacer la tentativa de llegar a Ticonderoga a pie, bordeando el Champlain hasta el punto en que surge la roca sobre la cual aún se eleva el fuerte. Ya se habían hecho todos los preparativos del viaje, y el barón se disponía a abrazar a su esposa, hecha un mar de lágrimas, y a sus amables anfitriones, cuando vieron avanzar en la dirección del castillo una patrulla de pieles rojas, guiada por un hombre, al parecer europeo.

Al distinguir el grupo, el barón de Clairmont lanzó una exclamación de júbilo, gritando:

—¡Es Enrique…, mi hijo mayor, que, al fin, regresa! Os confieso, ahora que puedo hacerlo, que abrigada inquietudes serias por su prolongada ausencia, y que más de una vez mi sonrisa tranquilizadora escondía las lágrimas y las ansias crueles de mi corazón de padre. Ya hacía más de un mes que mi hijo había partido hacia el Norte con un puñado de algonquinos de toda confianza para entregarse a la caza de pieles. Esperadlo, sir William; es muy probable que él os pueda dar informes preciosos.

—Así lo quiera el cielo.

Los cazadores llegaron al castillo cargados con el producto de su excursión cinegética, y el primogénito de Clairmont se arrojó en los brazos de los suyos, inclinándose después ante Mary McLellan y el esposo de ésta, mientras su padre hacía la presentación de sus huéspedes y le ponía al corriente de la causa por la cual éstos habían venido a su casa.

Cuando supo la misión encomendada a sir William, Enrique de Clairmont contrajo su frente y meneó la cabeza con inusitada gravedad.

—Temo, sir que vuestra empresa sea en gran parte estéril —dijo después—. De todos modos, podéis diferir vuestro viaje, pues yo os puedo dar noticias indudables acerca de lo que os interesa…; noticias que, por desgracia, no os han de agradar.

—Señor, me aterráis con vuestras palabras.

—La realidad de los hechos es, sin embargo, más grave que éstas.

—¿Qué ha pasado, pues?

—Me sorprende mucho que la verdad, después de tanto tiempo, no haya llegado hasta vos… ¡Ah, ese Burgoyne está de enhorabuena, pues ha conseguido tal resultado con su rigor cerrando toda vía a los informadores!

—Explicaos, por caridad; estoy en ascuas.

—¿Habéis estado alguna vez en Ticonderoga, sir?

—Nunca.

—Pero sabéis que esta fortaleza se encuentra…

—Sí, sobre una elevada roca, rodeada de agua por tres de sus lados poco propicios a un desembarco, a causa de los peñascos quebrados y poco practicables que los defienden; el cuarto lado, a su vez, está al abrigo de un profundo pantano.

—Así, es en efecto.

—La roca se encuentra en la ribera occidental del canal, por donde entran las aguas del Champlain, en el lago Jorge. En la orilla opuesta se levanta un monte fortificado…

—El monte Independencia.

—Justamente, que comunica con Ticonderoga por medio de un puente. Tres mil hombres, a las órdenes de los generales Saint-Clair y Arnold, estaban encargados de la defensa de estos lugares; otros tres mil, con el general Schuyler al frente, debían alojarse cerca del fuerte Eduardo.

—Todo ello es exacto. Pero ignoro…

—Cuanto ha sucedido de poco tiempo a esta parte, ¿verdad? Os lo diré en pocas palabras. Apenas llegado al Canadá, el general Burgoyne comprendió la necesidad de concentrar sus esfuerzos contra Ticonderoga, baluarte principal desde el cual los americanos podían tenerle en continuo jaque. Pero inclinado a perder el tiempo en un asedio en regla, el comandante inglés, al ver que los americanos no habían ocupado, por inadvertencia o por falta de hombres, la colina del Azúcar, que domina a Ticonderoga, ordenó a sus hombres que emplazaran en ella una batería, con el fin de abrasar la fortaleza americana desde la altura. Los ingleses, a costa de grandes fatigas, consiguieron escalar el monte, arrasar su cima y emplazar en ella seis cañones de grueso calibre, que sin pérdida de momento comenzaron el bombardeo de Ticonderoga… ¡Oh, sir! ¿Qué os pasa?… Estáis muy pálido.

—¡Oh, Dios mío, qué fatalidad! —exclamó el barón, dándose en la frente una palmada—. Una de las cartas que «Cabeza de Piedra» llevaba consigo para los comandantes de Ticonderoga, la del general Washington, contenía precisamente la perentoria orden de ocupar la colina del Azúcar antes que los ingleses tomaran la iniciativa. Burgoyne se nos ha adelantado, por desgracia, y ahora comprendo que todo se ha perdido.

—¡Ay, que así es! Saint-Clair, al ver que la defensa era inútil, embarcó los bagajes y las municiones, decidido a huir durante una noche oscura. Desgraciadamente, el incendio de una casa, provocado por imprudencia, iluminó de repente las tinieblas, y permitió a Burgoyne sorprender a los fugitivos, y aceleradamente se dispuso a perseguirlos. Las naves inglesas alcanzaron bien pronto a los barcos americanos, cargados con exceso, y los echaron a pique o los capturaron; la vanguardia de Burgoyne se puso en contacto con la retaguardia americana y diezmó sus filas, dispersando a los supervivientes. Parte de los regimientos americanos pudieron refugiarse en el fuerte Ana, y Saint-Clair, con el resto de los suyos, se refugió al abrigo del fuerte Eduardo, donde se encontraba Schuyler.

»Por suerte, los vencedores viéronse detenidos en su marcha por la dificultad de los caminos, que los fugitivos habían cortado en su retirada; y aún hoy, la marcha de los ingleses, con su imprescindible impedimenta, tiene que ser lenta por la naturaleza agreste del país, con sus landas, bosques, lagunas y barrancos; pero tienen de su parte a los canadienses realistas y muchas tribus indias, lo que forzosamente hace que Burgoyne sea el dominador del país entero, a tal punto que ningún emisario ha podido llegar hasta el dictador Washington. El general inglés tiene mucho interés en que no lleguen noticias, para atraer así hacia este lado pequeñas columnas de socorro y destruirlas fácilmente.

—Es necesario, pues, prevenir cuanto antes a Washington de la verdadera situación, por desesperada que sea.

—Apruebo vuestro parecer.

—¿Estáis bien seguro de los acontecimientos que me habéis narrado?

—En absoluto. He visto con mis propios ojos a fugitivos de Ticonderoga, y hasta socorrido a algunos, que después se refugiaron en el fuerte Ana.

Sir William meditó breves instantes. Después levantó la cabeza con resuelto ademán.

—Iré yo mismo —afirmó.

—¿Por tierra? —preguntó el barón de Clairmont.

—Forzosamente, ya que el lago y los ríos están impracticables.

—¡Pero vos, sir no conocéis el territorio, y a las pocas millas os perderéis en cualquier floresta!

—¡Diablo…, es verdad! Es necesario llevar un guía.

—No es cosa fácil.

El primogénito de Clairmont intervino:

—Os propondré una solución, y espero que la aceptéis, sir, y que mi padre no se oponga —dijo.

—¿Cuál?

—Ir yo mismo a informar a Washington, provisto de una carta vuestra.

—¿Seríais capaz?

—Sin duda, y bien seguro de llegar a mi destino sano y salvo. Conozco perfectamente el camino, y sea qué atenerme respecto a las estratagemas indias y a la astucia de los franceses para huir a la vigilancia inglesa.

—¡Por Dios, que sois un joven valeroso, y he de hablar con entusiasmo de vos al dictador americano!

—No os precipitéis demasiado, amigo mío —observó gravemente el señor de Clairmont—. Apruebo el designio de mi hijo Enrique, porque también yo deseo contribuir a la libertad de este generoso pueblo, que con tanta abnegación combate a sus opresores. Pero no se me ocultan los peligros que ha de afrontar, y las probabilidades de fracaso que su intento ofrece. Vaya, pues, y que la fortuna le acompañe. Dadle una sencilla carta de presentación que le acredite cerca del general Washington; yo, por viático, le daré mi bendición paternal.

Y el barón de Clairmont puso su diestra sobre la cabeza descubierta de Enrique y lo besó en la frente.

En aquel momento, sir William se estremeció, y de un salto se abalanzó a la puerta de la habitación en que se encontraban, abriéndola con violencia, y mirando hacia fuera descubrió a un hombre que, con la nariz pegada a los cristales de una ventana, parecía ocupado exclusivamente en la contemplación del lago helado, más allá de la roca.

—¿Qué hacéis ahí, Oxford?

El secretario del marqués, pues él era, en efecto, turbóse y se inclinó con prontitud.

Sir William…, esperando vuestras órdenes.

—Estabais escuchando nuestras conversaciones.

—Señor, no merezco la injuria de una sospecha tal.

—Quisiera estar persuadido de ello.

—Ya sé que vos sir, no creéis en mi sincera devoción a mis nuevos amigos… Ya he podido verlo.

—Tengo sobrada evidencia de que mi señor hermano, el marqués de Halifax, sabe escoger con demasiada habilidad a sus cómplices.

—Pero esta habilidad se destruye con la torpeza de abandonarlos en trances apurados, con lo que el amigo más devoto se convierte en el más decidido adversario.

El acento de Oxford al decir esto era sincero y firme. El barón McLellan pareció notarlo y se arrepintió de haberse dejado llevar de sus prevenciones pesimistas.

—¿Me habéis preguntado hace un instante, sir William, lo que hacía aquí? Pues bien, estaba observando aquella mancha negra que se vea lo lejos, sobre la superficie del Champlain, cada vez mayor y más cercana; lo que significa que avanza hacia el castillo.

—¡Una mancha negra!…

—Justamente, sir.

—Veamos.

El barón se aproximó a la ventana y miró a lo lejos.

—¡Oh! —exclamó al cabo—. Aquélla es una comitiva… ¿Quiénes pueden ser? ¿Quizá «Cabeza de Piedra», que vuelve?… Pero, no; mis ojos, avezados a ver en el mar las cosas a gran distancia, no me engañan. Se trata de europeos, probablemente cazadores… o acaso… ¡Mil diantres!… Advirtamos al barón.

El capitán de La Tonante entró apresurado en la estancia donde dejó a los dos Clairmont.

Al quedar solo, Oxford hizo un gesto de ira y amenaza y murmuró algunas palabras que nadie pudo oír, pero que debían de encerrar un grave significado.

Poco después, un criado algonquino acudió en busca del barón.

—¿Qué ocurre? —preguntó éste en cuanto estuvo en su presencia.

—¡Hombres blancos que vienen hacia el castillo!

—¿Cuántos son?

—¡Unos veinte!

—¿Náufragos o cazadores?

—Parecen oficiales y soldados ingleses.

—¡Por los cuernos de Satanás!…

Al oír este juramento, el único que el patrón se permitía en sus momentos de mayor contrariedad, el algonquino se inclinó e hizo ademán de retirarse.

—¡Espera!… —gritó su patrón—. ¿Dónde vas tan apresurado?

—¡A recibir a tiros a los ingleses!

—¿Estás loco?

—No; pero sé que mi buen patrón dice «¡Por los cuernos de Satanás!» cuando se debe dar batalla a un enemigo importuno.

—Bueno, pues tú, mi valiente algonquino, no harás nada de eso, sino que irás a ver qué quieren los desconocidos y vendrás a informarme al punto. ¿Has comprendido?

El piel roja se inclinó profundamente y salió.

—¿Qué hay? —preguntaron a un tiempo Enrique y sir William.

—Son ingleses —respondió el barón—. Pronto sabremos lo que quieren.

—¡Hum!…

—Seguramente no pensarán apoderarse de mi castillo siendo tan pocos.

El corsario estaba visiblemente preocupado. Recorría la estancia a grandes pasos, con las manos a la espalda y retorciendo los dedos, al mismo tiempo que de cuando en cuando juraba:

—¡Por San Patrick!…

Transcurrieron algunos minutos. De improviso reapareció el algonquino con una bandeja en la mano, y en aquélla un trozo de papel rectangular.

—¿Qué es, por fin?

—¡Uh!… —respondió el indio inclinándose y ofreciendo la bandeja.

—Una tarjeta de visita; veamos.

El señor Clairmont cogió el billete y lo miró por encima. Una viva exclamación de sorpresa le salió sin querer. Después miró fijamente a McLellan, que se había detenido.

Sir William… —dijo.

—¿Señor barón?

—Los ingleses, oficiales y soldados, piden hospitalidad.

—¡Ah!

—Pero no es eso lo que me asombra.

—¿Qué, pues?

—Una extraña coincidencia, tal vez fatal…

—No comprendo, señor barón…

—¿Sabéis quién manda a esos hombres?

—En verdad, no sé cómo podría conocerlo…

—Leed.

Y Clairmont tendió la tarjeta al corsario de La Tonante. Éste leyó y dejó escapar un sordo rugido. La tarjeta decía así:

«El marqués de Halifax solicita del propietario de este castillo, en nombre de Su Majestad el rey de Inglaterra, soberano y poseedor de este territorio, hospitalidad para sí y para los hombres, oficiales y soldados del ejército que lo acompañan».

—¡Mi hermano…, mi peor enemigo aquí, bajo el mismo techo que nos cobija a mí y a mi querida Mary!… —dijo McLellan, presa de la más viva agitación—. ¿Entonces es que el Destino lo quiere?

—Quizá —respondió como un eco el barón, a quien sir William había puesto al corriente de las razones de aquel odio existente entre él y el marqués de Halifax.

—¿Qué pensáis hacer? —preguntó el corsario, dominándose.

—Recibir a esos señores.

—Es justo; vos no podríais rechazarlos sin incurrir en un acto de abierta hostilidad contra Inglaterra…; un acto que, a más de perjudicial, sería inútil en estos momentos.

—Celebro que aprobéis mi conducta.

—Pero ¿y nosotros?… Pensad lo que acaecerá apenas el marqués se dé cuenta de mi presencia aquí en compañía de Mary Wentwort, mi esposa, a quien él amó y a quien acaso ama todavía. Él nos conoce a todos, a «Petifoque», a los dos hessianos y… a Oxford, su secretario, en quien no me atrevo aún a confiar…

—Cierto, cierto…

—Urge un remedio pronto.

—Sí.

—Abandonaremos el castillo en secreto y nos refugiaremos en la corbeta.

—Y allí os descubrirían en seguida… Valdrá más otra cosa… Esperad, ya encontré el medio. ¿Tenéis confianza en mí?

—Completa.

—Entonces, escuchadme, sir.

—Soy todo oídos.

El barón se aproximó a sir William y a Enrique, de modo que solamente los dos pudieron oír sus palabras, y durante algunos minutos habló rápida y concisamente. De cuando en cuando, Sus interlocutores hacían signos de aprobación u observaciones.

—¿De acuerdo entonces? —preguntó al fin el señor de Clairmont.

—Perfectamente.

—Pues seguid a mi hijo Enrique y reunid al momento a vuestros amigos, mientras recibo a los nuevos huéspedes…

—Que el cielo os envía.

—O más bien el infierno. Pero me consuela la idea de burlarme un poco de esos señores.

—¡Por San Patrick, barón, que he de ayudaros lo mejor que pueda!

—Cuento con ello. ¡Adiós, sir William!

—Vuestro servidor, mi noble amigo.

Se separaron.

Enrique de Clairmont, atravesando un largo corredor, condujo al corsario a una estancia deshabitada del castillo, provista de tres puertas, una de las cuales daba a una escalera secreta.

—Esperadme aquí, sir —le dijo—. Volveré al punto con milady, vuestra esposa, y con vuestros amigos.

—Id pronto, mi joven amigo.

Enrique alejóse, para volver al cabo de un cuarto de hora, conduciendo de su mano a Mary Wentwort, y seguido por «Petifoque», Hulbrik, Wolf y Oxford.

—Henos aquí, sir William —dijo el valiente joven—. Ya están los ingleses en el castillo. Mi padre los ha reunido a todos en el comedor de abajo, y puesto a su disposición víveres y licores. Ahora, a realizar nuestro plan, si nos da tiempo.

El corsario de La Tonante dirigió una mirada dominadora al gaviero, a los dos hessianos y al secretario de su hermano.

—Amigos —díjoles—, una patrulla inglesa acaba de llegar al castillo, aún no sabemos con qué fin, pidiendo hospitalidad por tiempo indefinido. Si nuestra permanencia aquí es descubierta por nuestros enemigos, sería inevitable una lucha que, aun cuando nos fuera favorable, comprometería irremisiblemente a la persona que nos ha dado asilo, haciéndole sospechoso de convivencia con los corsarios de las Bermudas y los republicanos de los Estados Unidos. Es preciso evitarlo, impidiendo que ninguno de los ingleses pueda reconocer en vosotros quiénes sois. Entre ellos, o, mejor, a su frente figura un hombre que nos conoce a todos y nos odia, el marqués de Halifax.

Sir William miraba fijamente a Oxford, y lo vio palidecer y estremecerse, al tiempo que una luz extraña brilló un instante en sus ojos entreabiertos.

—¡Él, aquí! —rugió «Petifoque», apretando los puños—. Comandante, si me dais permiso, voy a encontrarlo en medio de sus ingleses, le haré una bonita reverencia, y después lo estrangularé con la mayor delicadeza.

—Estar puena itea te mi amico cafiero —intervino Hulbrik, estrechando la diestra al joven marinero—. Yo ofreser mi ayuta para la operasión.

El semblante de sir William tornóse sombrío.

—Mis asuntos de familia —dijo— no debo ni quiero que se resuelvan sino por mí mismo. Pero no hablemos de eso; importa tratar de otra cosa. Entretanto, una advertencia y que ponga atención quien se crea aludido. Si a alguno de vosotros… le viniese a las mientes la idea de traicionarme…, tenga presente que ni las profundidades del Océano ni las escondidas entrañas de la tierra bastarían a sustraerle al castigo que mereciera.

«Petifoque» y los dos hessianos no resollaron; antes bien, permanecieron inmóviles, firmes sobre sus plantas, con sus ojos leales fijos en los del corsario, como diciendo:

—¿Ves?… Ciertas palabras no son para dichas a nosotros.

Oxford, por el contrario, adoptó un aire contrito, y con la cabeza baja aventuró sus excusas.

Sir William, creo que habéis formulado vuestra advertencia tan sólo por mí. ¿Qué teméis? ¿He dado algún motivo para que sospechéis de mis intenciones? Si me suponéis capaz de una felonía, os conjuro a que mandéis vigilarme, o mejor aún, a que me hagáis encerrar en una habitación secreta, de la cual no me sea posible salir durante la permanencia de los ingleses en el castillo. Así estaréis seguro de mí.

El discursillo fue dicho en un ingenuo tono de sinceridad, aunque no estuviera exento de una pequeña sombra de amarga ironía. A pesar de ello, el barón se sintió conmovido al oírlo, y acercándose al secretario, le dijo:

—No deseo otra cosa que concederos mi estimación, mister Oxford, y contaros en el número de mis amigos. Pensad en ello.

Y volviéndose al joven Clairmont:

—¿Vuestro algonquino?…

—Aquí viene justamente, sir.

En efecto, en aquel momento entraba en la habitación el piel roja que ya conocemos, cargado de ropas a usanza india, camisas de franela, capas pintadas, mocasines, collares de abalorios y huesecillos, cabelleras arrancadas con el escalpelo a otros indios muertos en combate, plumas policromas para fijar en el copete del cráneo, cuchillos y tomahawks. Dispuso todo aquel arsenal sobre una mesilla, y tomando de un cesto varias redomas de ocre y otra de tierra y pinceles, dijo:

—Ya estoy pronto.

Sir William comenzó entonces a hablar a los demás en voz baja, dándoles evidentemente explicaciones. ¿Cuáles fueron éstas?

Fácil será a nuestros lectores adivinarlo, cuando sepan que, una hora después, el algonquino y Enrique de Clairmont salían de la estancia acompañados de cuatro pieles rojas canadienses, a quienes nadie había visto en el castillo hasta entonces, en tanto que un quinto piel roja permanecía de centinela junto al umbral de la puerta, que en aquel momento se cerraba por obra de una mano blanca y bella, fácil de reconocer como perteneciente a Mary Wentwort.

—¿Y nuestros amigos? Desaparecidos misteriosamente…

CAPÍTULO XX. UN PISTOLETAZO

El barón de Clairmont acogió a los ingleses con la proverbial cortesía de su raza, aun cuando el estado de su ánimo le impulsara a cambiar con ellos, más bien que frases amables, estocadas o pistoletazos.

El marqués de Halifax se apresuró a explicar los motivos de su venida al castillo, diciendo:

—Yo iba a bordo de un bergantín, con el cual debía cumplir cierta misión, inútil de explicar ahora, señor Barón, y reunirme más tarde con el general Burgoyne, cuya flota, formada por numerosas y potentes naves —y el marqués recalcó bien los objetivos—, cruza en este momento el Champlain. Desgraciadamente, la tempestad que reinaba en el lago ha hecho naufragar mi barco y obligóme a buscar refugio, valiéndome de una chalupa, en una de nuestras corbetas, cuya presencia denunciaban los numerosos disparos de su artillería a través de la niebla. Tuve la buena suerte de hallar una, en efecto, y pronto me encontré a su bordo sano y salvo; la congelación del lago nos ha sorprendido, aprisionando nuestro navío. Inmovilizados por el hielo, con la perspectiva de una especie de invernada polar, y forzados a una inactividad reñida con nuestros caracteres y habitudes, nuestra existencia no se presentaba muy halagüeña, a decir verdad. Aún con todo, nos habríamos resignado si no tropezáramos con un gravísimo inconveniente.

—¿Cuál?

—Nuestras provisiones de licores, y sobre todo de ginebra, estaban casi agotadas, y como nosotros somos todos, desde yo al último muchacho, formidables bebedores, estábamos expuestos a una abstinencia molesta por demás. Por fortuna, uno de nuestros guías canadienses vino en nuestra ayuda, diciéndonos:

»—A cierta distancia de donde nos encontramos se eleva un castillo, propiedad del barón de Clairmont, perfecto caballero francés, amigo de Inglaterra, muy rico y propietario de despensas admirables provistas de continuo.

»La nueva fue para nosotros gratísima, señor de Clairmont.

»—¡Diantre! —nos dijimos—. ¿Y si fuésemos a hacer una visita a ese excelente caballero francés? Después de todo, se trata de un aliado nuestro, o, mejor dicho, de un súbdito del rey Jorge de Inglaterra, del cual somos soldados, defensores de sus santos derechos, manumitidos por un puñado de insensatos facinerosos… Dicho y hecho. Y aquí nos tenéis, señor barón…

—¿Para que os surta de licores que os hacen falta? —preguntó el aludido, con cierto viso de ironía.

—Y para tener el gusto de conoceros personalmente —repuso intencionado el marqués de Halifax—. Espero que nos haréis el honor de presentarnos a vuestra familia y amigos.

El barón se inclinó ligeramente, con cortés frialdad, y dijo a su hijo menor:

—Carlos, manda abrir el salón grande y conduce allá a estos señores.

—Está bien, padre mío —respondió el joven.

El señor de Clairmont se alejó. Carlos llamó a su criado indio y habló con él algunos instantes.

El marqués de Halifax volvióse a un oficial de aspecto repulsivo que no se había separado de su lado durante la escena, y cuyas facciones estaban medio ocultas tras la peluca y una hirsuta barbaza, y le dijo:

—La acogida no ha podido ser más cordial, me parece.

—Sí, señor marqués —respondió el otro.

—¿Te habrás engañado?

—Imposible.

—Lo juraría.

—¡Hum!…

—Lo he visto con mis propios ojos acudir en socorro de «Cabeza de Piedra» acompañado del barón de Clairmont, precisamente cuando los iroqueses estaban a punto de acabar con la última resistencia de los mandanos.

—¿Y crees que pueda estar también ella, Mary Wentwort, la mujer a quien amo todavía, a pesar de todo, y a quien he de arrebatar del lado de mi hermano, aun a costa de un delito sea cual sea?

—Sí, yo sé que una extranjera europea reside en el castillo… No puede ser otra que ella.

—Acaso te equivoques.

—No, no; el instinto me dice que estoy en lo cierto.

—¡Ah, si el infierno te escuchase!…

—Por otra parte…, pronto lo habéis de saber.

—¿Cómo?… ¿Viendo a esa dama extranjera?

—Al contrario, si no la veis.

—No acierto a comprenderte, maestre Davis.

—Pues es bien sencillo: si es efectivamente Mary Wentwort, el barón de Clairmont se guardará muy bien de presentárosla.

—Eres más listo de lo que yo me figuraba.

—¡Bah!…

—Por lo pronto, ya estamos en el castillo…

—Como los lobos en el redil.

—Y en él seremos los amos. ¿No es propiedad del rey Jorge, soberano del Canadá? ¿Y no somos nosotros sus legítimos representantes?

—No sé… si el rey, al saberlo, estaría muy satisfecho.

—¡Calla, insolente!

—Enmudezco.

—Esta noche, a favor de la niebla, vendrán los otros. Y mañana el castillo se verá rodeado por varios centenares de hombres y tendrán que rendirse a discreción.

—Sin embargo, me parece, por su aspecto, que el propietario es hombre de empuje.

—¡Bah, le haremos entrar en razón a pistoletazos si se le ocurre ponerse a las malas!

—Perfectamente.

—Por lo demás, yo no quiero otra cosa sino tener en mi poder a Mary Wentwort y a sir William McLellan.

—¿Y las dos cartas?…

—Han perdido a estas fechas mucha importancia. Sin embargo, siempre convendrá tenerlas para saber las intenciones de Washington y aprovecharnos de ellas en ventaja nuestra.

—Aún no he perdido la esperanza de cogerlas. Si está aquí sir William, con él estarán también sus fieles amigos.

—A propósito, ¿qué habrá sido de mi secretario Oxford? En verdad me temo que haya acabado mal, y siento remordí-miento por haberle dejado abandonado a su suerte…, pero no estaba yo mejor que él, entonces, entregado a las furias del lago. Me había dado pruebas de lealtad el infeliz, y siento haberle perdido.

Estas palabras fueron proferidas por el marqués de Halifax en tono más alto, al tiempo que Carlos volvía a entrar acompañado por algunos algonquinos con el rostro recién pintado y de extraño aspecto. Al ver y oír al marqués, dos de aquellos indios no pudieron contener un estremecimiento ni dejar de mirarlo fijamente, con distinta expresión, pero igual intensidad. La mirada de uno de aquellos pieles rojas se encontró con la del marqués de Halifax, que experimentó un sobresalto.

—¡Oh, oh —murmuró el miserable—, qué extraña impresión me causan esos ojos! Juraría haberlos visto en otro lugar.

El menor de los Clairmont interrumpió su reflexión diciendo:

—Señor marqués, ¿queréis seguirme con vuestros oficiales para ser presentado a mi madre, la baronesa?

—Con mucho gusto, joven —repuso el marqués—. Os sigo.

Subieron todos al piso superior y entraron en un salón ricamente amueblado, donde se hallaba la baronesa sentada junto a su hija Diana, y a su lado, en pie, su esposo y el hijo mayor, graves y solemnes. Hiciéronse las presentaciones, al final de las cuales volvióse el marqués al falso oficial, que, como ya sabemos, no era otro que maestre Davis, escapado a la muerte durante la persecución de los mandanos, y con una mirada pareció decirle:

—¿Ves? Mary de Wentwort no está, ni tampoco se ve huésped alguno europeo.

La conversación se hizo general, y el marqués de Halifax, atraído por las gracias de Diana, se colocó a su lado, cumplimentándola.

Todo el día transcurrió de este modo en una aparente cordialidad. Por ambas partes procedíase con astucia y disimulo. Los ingleses, acostumbrados a dominar en todas partes, consideraban el castillo como cosa propia, y lo recorrían de arriba abajo, con el pretexto de admirar el decorado; pero, en realidad, por una razón radicalmente opuesta. Maestre Davis era el más osado entre todos y el más astuto, y escudriñaba los lugares y las personas, fingiendo una amabilidad que no era natural en él.

Los lectores habrán comprendido desde el principio que sir William McLellan, «Petifoque», los dos hessianos y Oxford se habían transformada en pieles rojas, bajo la mano magistral del algonquino. Hulbrik había quedado encargado, en turno con su hermano Wolf, de velar día y noche por la seguridad de Mary Wentwort, escondida por prudencia; «Petifoque», por su parte, no debía perder de vista a Oxford, a quien no se había querido dar prueba de desconfianza encerrándole en una apartada habitación.

Así, pues, dondequiera que se hallase Oxford, podía verse la figura del joven marinero, celada por el disfraz indio.

¿Se daba cuenta el secretario del marqués de la vigilancia que era objeto? Difícil sería decirlo. Mostraba una absoluta indiferencia a cuanto sucedía a su alrededor, limitándose a representar su papel con el escrúpulo de un verdadero artista.

La noche había llegado, «Petifoque» y Oxford atravesaban un corredor, cuando el joven gaviero se detuvo sobresaltado, permaneciendo como en éxtasis. Una persona se acercaba a los dos falsos indios; era Liseta, más encantadora que nunca, que se dirigía a la cámara de su señora.

Conviene consignar aquí que «Petifoque», en los pocos días que llevara en el castillo, había hecho progresos en el campo del amor. Amaba a la simpática muchacha, y, lo que importaba más, sentíase correspondido con vivo transporte en su purísimo sentimiento.

Ahora bien: desde el primer instante en que los ingleses llegaron no había vuelto a tener ocasión de cambiar con Liseta ni una palabra dulce, ni un furtivo apretón de manos, lo que le entristecía. Razón por la cual, al verla aparecer de repente ante él, en un rincón solitario, el joven gaviero se olvidó de todo para no pensar sino en acercarse a ella, en decirle un mundo de cosas tiernas y bellas, como en su corazón las sentía, atropellándose las unas a las otras, y olvidándose de Oxford y de su misión, se acercó a la muchacha, deteniéndola atrevidamente y diciendo con voz natural:

—Señorita… Liseta, ¿me reconocéis?

—¡Ah, vos! —dijo ella.

—¡Sí, diantres; yo mismo!… ¿Os debo parecer ridículo verdad, disfrazado así?

—Ridículo, no; pero… estáis mejor con vuestras propias vestiduras.

—Entonces, ¿no os agrado?

—Sé quién sois, y, por tanto…

—Os comprendo y os lo agradezco.

Mientras los dos jóvenes empleaban su tiempo conversando plácidamente, el secretario del marqués se alejó más que de prisa, como si le importara no turbar el amoroso coloquio, o, más bien, huir de la compañía del marinero. Pronto se halló ante una puerta entreabierta, tras de la cual oyó varias voces que le hicieron estremecerse.

—¡Diablo!, uno de los que hablan es mi señor —balbució— y el otro… ¡Oh, juraría oír el acento ronco de maestre Davis! ¡Será posible!… ¡Si pudiese escuchar lo que dicen!…

Miró a su alrededor, y viéndose solo acercó un oído a la casi imperceptible rendija y prestó atención. En aquel momento estaba hablando el marqués de Halifax.

—¿Estás seguro de haber visto brillar la señal de fuego? —preguntaba.

—Como os estoy viendo —contestó maestre Davis.

—Entonces, ¿nuestros refuerzos estarán aquí dentro de poco?

—Dentro de una hora o dos, según lo convenido.

—Rodearán el castillo, y…

—Caerá en nuestras manos con todos sus habitantes. Ahí está la jovencita Clairmont, que vale un tesoro…; sois buen conocedor, lo he notado.

—Calla, no pienso sino en apoderarme de Mary Wentwort.

—La tendréis.

—Así lo espero… Y a propósito de los habitantes del castillo, me ha llamado la atención un algonquino cuya vista me ha causado una impresión singular. Sus ojos me recuerdan de un modo increíble los de mi secretario…

—¡Bah, no creo que se trate de él!… Antes me figuro que si sus enemigos no le han hecho mal se habrá muerto de miedo.

Apenas maestre Davis acababa de pronunciar estas palabras, cuando la puerta se abrió lentamente, y un indio se asomó* reclamando silencio con el índice de la mano diestra en los labios. Ambos interlocutores sofocaron una exclamación de sorpresa.

—¿Quién sois? ¿Qué queréis? —dijo el marqués de Halifax.

—¿Vuestro honor no me reconoce bajo esta máscara?

—¡Oxford!… ¿De modo que estáis aquí?

—¡Por caridad, señor marqués! ¿Estamos solos?

—Ya lo estás viendo… ¿Pero, cómo?…

—Ya habrá tiempo de explicarlo. Básteos saber por ahora que siempre os he sido fiel.

—¿Debo creerte?

—Os lo prometo por mi honor.

—¡Oh, vuestro honor!…

—No temáis, señor marqués; sin duda dice verdad —apuntó maliciosamente maestre Davis—. Sin duda ha escuchado nuestro diálogo, y, sabiendo que estamos a punto de apoderarnos del castillo, ha pensado en volver a seros fiel.

El secretario lanzó a Davis una ojeada venenosa, que confirmaba el acierto del mestizo, y prosiguió:

—Señor marqués, no os preocupéis de las causas de mi afecto y admitidlo de cualquier modo. Yo no he nacido hombre de guerra y, por tanto, confieso que estoy obligado a ponerme de parte del más fuerte. Por otra parte, odio a sir William McLellan, porque me ha despreciado y sospecha de mí.

—Por consiguiente, ¿es cierto que se encuentra aquí mi rival?

—Aquí está.

—¿Escondido?

—No; disfrazado de piel roja.

—¡Ah, bien!… ¿Y Mary de Wentwort, está asimismo en el castillo?

—Sí, escondida.

—¿Qué os dije yo? —preguntó de nuevo el marqués de Halifax.

—«Cabeza de Piedra» se halla lejos, en busca de Riberac.

—Que nos ha abandonado, pasándose al enemigo, ¿verdad?

—Justamente, con Jor, el canadiense.

—Sigue.

—«Petifoque» y los dos hessianos, Hulbrik y Wolf, están aquí, disfrazados como yo.

—Perfectamente… ¿Y no sabes nada de las cartas que «Cabeza de Piedra» tenía que llevar al fuerte de Ticonderoga?

En lugar de responder* el bandido metióse una mano en el pecho y volvió a sacarla con dos pliegos provistos de sellos verdes. Eran las cartas que «Cabeza de Piedra» había extraviado.

—¡Ah, por fin!… —murmuró el marqués, arrebatándoselas—. ¿Cómo te has valido?

—La casualidad lo hizo; en rigor, yo era sincero al ponerme de parte de vuestros enemigos, al verme abandonado de vuestro honor. Pero un día, «Cabeza de Piedra», al hacer un brusco movimiento, dejó caer las dos preciosas cartas, de las cuales me apoderé, esperando que pudieran ser útiles. Los acontecimientos que después se sucedieron fueron tales, y tan vertiginosa su sucesión, que el maestre olvidóse de los pliegos, hasta que al llegar sir William volvióse a acordar de ellos, demasiado tarde ya.

—¡Pero todavía no he llegado yo tarde para castigarte, traidor! —tronó en aquel momento una voz llena de cólera—. Justo es que recibas el precio de tu infamia.

Un disparo retumbó, seguido de un grito desgarrador y de la caída de un cuerpo al suelo. El marqués de Halifax y maestre Davis volviéronse rápidos, palideciendo y lanzando un verdadero rugido.

Sir William McLellan, vestido de algonquino, pero con la cabeza descubierta y el rostro alterado por el furor espantoso, pero fácil de conocer, se erguía en el umbral de una puertecilla abierta de improviso, y empuñaba aún en la mano derecha la pistola con que había destrozado el pecho del vil Oxford.

Hubo un instante de silencio, de inmovilidad, de expectación. Halifax y Davis echaron mano a la espada y montaron las pistolas que llevaban ocultas bajo el uniforme. El malaventurado secretario se revolcaba en el suelo en su propia sangre.

En sus facciones se retrataba la muerte.

Después oyéronse gritos, pasos apresurados, preguntas y órdenes transmitidas en inglés, francés o indio y no tardaron mucho en aparecer corriendo el barón de Clairmont, sus dos hijos, el abate Rivoire, «Petifoque», Wolf, criados algonquinos, todos armados, por una parte, y de otra, oficiales y soldados ingleses con las espadas desnudas y los fusiles preparados.

En breve hallóse la estancia invadida por aquellas personas, que se contemplaban amenazadora y resueltamente.

—¿Quién osa turbar la quietud de mi castillo? —tronó la voz sonora y majestuosa del señor de Clairmont—. ¿Acaso vos, marqués de Halifax?

—¿Con qué derecho me acusáis primero? —repuso el lord con altivez—. Es a vuestros amigos a quienes debéis dirigir vuestros reproches, señor. A los conspiradores contra Inglaterra, aliados de la revolución americana, traidores a la patria, a los cuales recibís, haciéndoos cómplice suyo…

—¡Caballero!…

—Sí; no me desdigo. Los que turban la tranquilidad de este asilo honrado… son los asesinos, los cobardes que se esconden bajo ridículos disfraces, no atreviéndose…

—¡Ah, basta, miserable embustero! —rugió, furioso, sir William—. Bien sabes que el capitán de los corsarios de las Bermudas siempre ha estado pronto a afrontar a sus adversarios con la cara descubierta. ¡Una espada, al momento, que quiero ver otra vez la sangre de ese hombre, para que apreciéis cuán se diferencia de la mía! Y haré pedazos después la hoja manchada con ella, para que no pueda envenenar a nadie.

—¡Bah, palabras, hermano bastardo!… —replicó sarcásticamente el marqués de Halifax—. Todo eso no quita nada al hecho de haber creído prudente ocultaros a nuestra llegada.

—Fui yo quien lo quiso —intervino el barón de Clairmont en noble tono—. Vuestras palabras, señor marqués, son injustas y, os plazca o no, indignas de un caballero y de un soldado leal.

—¡Ah! ¿Lo creéis así? —prorrumpió el lord con ira reconcentrada—. ¿Arrojáis vos también la máscara para formar con los enemigos de Inglaterra?

—¿Y cuándo fuimos nosotros, los franceses del Canadá, amigos de los ingleses? —replicó Enrique.

—¡Muy bien, muy bien! Nos encontramos, por tanto, en una guarida de revolucionarios, rebeldes a Su Majestad británica —prosiguió Halifax—. ¡Animo, pues! En nombre del rey Jorge, nuestro soberano y señor, os impongo la rendición y la entrega en mis manos del castillo, bajo pena de ser todos, hombres y mujeres, europeos e indios, pasados por las armas.

—A mi ver, milord —respondió con calma el barón de Clairmont—, os diré que os concedo cinco minutos para abandonar mi casa, si no queréis que se convierta en vuestra tumba.

—¡Temerario!… ¡Considerad!…

—Vuestras amenazas no me arredran.

—Dentro de unos instantes vuestro castillo estará rodeado por las tropas inglesas y puesto a hierro y fuego.

—Empresa de piratas.

—Los rebeldes han de ser tratados como tales.

—Nos defenderemos.

—Pensad en vuestras mujeres.

—No se espantan del fuego de los mosquetes y arcabuces. ¡Salid, marqués de Halifax!

—¡Rendios, barón de Clairmont!

—Dos minutos aún, y os haré arrojar desde lo alto de la roca.

—A las armas, pues.

—No tendréis que aguardar mucho para ver cómo se baten los franceses.

—¡Bah, no mejor que los ingleses!

—Os probaremos lo contrario.

—¡A nosotros…, por Inglaterra!

—¡A nosotros…, por Francia y América!

Había una firme decisión en estas últimas palabras del anciano caballero, casi un furibundo entusiasmo, un extraño anhelo de batalla y de venganza. Iba a entablarse la desesperada lucha, cuando sir William se adelantó, gritando:

—¡Deteneos!… Yo he lanzado un reto al marqués de Halifax, y quiero creer que no se negará a recogerlo, a menos que prefiera unir otro indigno título a los muchos que ya posee.

El insulto no podía ser más sangriento; el lord se sintió como sacudido físicamente, y dejó escapar una colérica exclamación.

—¡Ah, por vida de Satanás! —exclamó saltando hacia delante y poniéndose en guardia—. ¡Os mataré, señor corsario, os mataré!

—No adelantéis demasiado vuestros presagios —replicó sir William, adoptando a su vez una excelente guardia con la espada que el joven Carlos de Clairmont había puesto ligero en sus manos a su ansioso requerimiento.

—No tenéis derecho aún a creeros capaz de mandarme al tenebroso reino de los muertos.

—¡Basta de charla! Abridnos sitio, y despachemos.

—Dispuesto estoy.

Nadie había osado oponerse al duelo de aquellos dos hombres, que se despreciaban recíprocamente. Todos los presentes se arrimaron a las paredes para dejar el mayor espacio posible a los duelistas, y el singular encuentro comenzó.

CAPÍTULO XXI. LA BATALLA EN EL CASTILLO

Mientras tanto, el abate Rivoire había corrido junto al desgraciado Oxford, que continuaba retorciéndose en el suelo, inclinado sobre él lo observaba, meneando la cabeza.

—¡Cuánto sufro!… —balbuceaba el secretario, tratando de incorporarse en los brazos del ministro de Dios—. ¡Favor, por piedad; me muero!

—Encomendaos a Dios, infeliz —repuso Rivoire.

—¡Se acabó, lo presiento… —continuó el moribundo—, y lo tengo bien merecido!… ¡Qué Dios tenga misericordia de mí!

—La tendrá, no temáis.

—Perdono a sir William, a quien ruego me perdone. Pero ¿cómo será posible que el otro, mi señor, por quien muero, no haya tenido para mí ni una mirada, ni una palabra de afecto…?

Calló el moribundo, cuyas fuerzas le abandonaban por momentos. El sacerdote en el imperecedero gesto de comprensión y amor, arrodillóse y recitó las preces de los moribundos.

En el centro de la estancia, a la luz de las antorchas que los servidores del barón sostenían en sus manos, lord Halifax y el corsario de La Tonante habían cruzado los aceros, dirigiéndose furiosas miradas. Chocaron las armas en un silencio alterado tan sólo por el sonido metálico de las hojas al encontrarse y por el rechinar dejos dientes apretados. El asalto era impetuoso por ambas partes.

Halifax había ganado en habilidad después del último encuentro con su adversario, lo que indicaba que, en su esperanza de devolver al fiero barón su famosa estocada, se había perfeccionado en un largo y constante ejercicio con expertos esgrimidores. Pero sir William seguía siendo una espada de primera fuerza, y su contrincante tuvo que reconocerlo pronto; esto le puso aún más furioso, haciéndole perder mucha calma y mesura, que en el arte de la esgrima son elementos precisos. Varias veces trató de tenderse a fondo y atravesar al corsario de parte a parte, pero fue un juego inútil y perjudicial.

—Acabaréis evitándome trabajo y clavándoos vos mismo en mi espada —dijo sir William, al mismo tiempo que con una estupenda parada volvió por dos veces a cuarta la hoja del adversario, que se encontraba en tercia.

—No os inquietéis, sir —repuso Halifax, retrocediendo un paso—. No he renunciado a la idea de heriros.

—Pero no podréis hacerlo si no es valiéndoos de medios innobles.

—No soy un pirata, un despojador del mar.

—¿Lo decís por mí?

—¿Y por quién si no? —replicó Halifax, volviendo a tercia.

—¡Qué inculto sois, milord; confundís por supina ignorancia los corsarios, soldados leales, con los piratas, que son vulgares bandidos del mar! ¿Acaso no conocéis la Historia, al menos la contemporánea?

—¡Ah, basta!… Terminemos de una vez.

—No espero otra cosa que la ocasión —repuso el corsario, ejecutando una magnífica finta.

Halifax paró a tiempo el golpe; después, creyendo al adversario descubierto, tiróse a fondo recto y rápido como el rayo. El barón paró a su vez aquella ceñidísima estocada en cuarta y marchó sobre el agresor. El duelo era cada vez más impresionante por el ímpetu y la habilidad de que hacían gala los contendientes.

Halifax estaba con fogosa energía; pero los continuos y acelerados movimientos de su cuerpo, estirándose unas veces y encogiéndose otras como un ovillo, desviaban la línea de su espada, dando una ventaja considerable a McLellan, cuya hoja, impasible, relampagueante, terrible, ya rígida como una barra, ya flexible como un junco, se hallaba de continuo dominando al contrario acero, que se veía limitado a tender finta tras finta.

De improviso, Halifax intentó burlar el hierro de su enemigo; éste, con una parada soberbia, supo encontrar a un tiempo la insidiosa hoja, que resbaló estridente contra la suya, sin herirlo; rompió en seguida y con fantástica velocidad tendióse a fondo repetidamente.

Todos, al ver al marqués parar desatinada y torpemente aquella lluvia de acero, lo creían al cabo de su resistencia, vencido ya, cuando el lord pareció arrepentirse y, envolviendo llanamente el acero, detuvo el ya vacilante ímpetu del desconcertante marqués, liando su espada y haciéndola saltar a algunos pasos, al mismo tiempo que gritó:

—¡Estáis desarmado y en mi poder, señor marqués!…

Halifax rugió furioso, retrocediendo un tanto; después, olvidando todo deber de un caballero honrado y leal, gritó:

—Ya que no pude vencerte con mi espada…, muere a manos de mis soldados. ¡A mí, hijos de Inglaterra…; fuego sobre ese hombre; es un traidor, enemigo de la patria y del rey!

Los ingleses temblaron de coraje al contemplar a su jefe sirviendo de juguete tan a las claras; lanzaron furiosos gritos y aprestaron sus armas, prontos al asalto.

—¡Ah, no, por el cielo!… —exclamó sir William, al ver la traza de Halifax—. Vos no sois de mi raza, infame. Enemigo mío, os hubiese tolerado, y acaso estimado. Pero ¡ay de mí!, que os veo ahora en vuestro propio ser. ¡Sois un vil!…

—¡Sí, sí…, oh!… —se oyó como un eco una voz débil, como de ultratumba.

Volviéronse todos hacia el lado de donde procedía la voz, y yieron a Oxford entre los brazos del abate Rivoire, pintada en su semblante la marca de la muerte. El marqués de Halifax tornóse terriblemente pálido; la animadversión de quien moría por haberlo servido llegaba derecha a su conciencia, despertando en su triste espíritu el remordimiento, el terror de lo desconocido, como un presentimiento angustioso. Pasóse por la frente la mano derecha, como para espantar las sombras en ella aglomeradas, y rompió acto continuo en una risa forzada y penetrante.

—¡Señores, mister Oxford ha muerto! —dijo en aquel momento el sacerdote, incorporándose—. Ha muerto pidiendo perdón a aquéllos a quienes intentó causar daño.

—Le pordono —repuso con voz clara sir William McLellan.

—Yo hago por él algo mejor —gritó lord Halifax—. ¡Le vengo!

Y tomando de su cinto una pistola, apuntó al barón e hizo fuego. La mano le temblaba, y el proyectil, a pesar de la poca distancia, pasó un palmo más arriba de la cabeza del corsario, yendo a destrozar un espejo colgado en la pared de enfrente.

Este inesperado ataque, rapidísimo, fue la señal del combate. En pocos minutos el castillo, convertido en campo de batalla, no oyó más que tiros, gritos salvajes, voces de amenaza, denuestos, imprecaciones, intimaciones, gemidos de los que caían, chillidos de las espantadas mujeres. Los ingleses estaban bien armados, pero eran inferiores en número; además, tenían que habérselas con hombres que parecían nacidos con las armas en la mano y en el cuerpo el fuego de las batallas.

El corsario, el barón de Clairmont con sus dos hijos, «Petifoque», Hulbrik, Wolf y el algonquino se batían como leones, cazando a los ingleses, con sin igual precisión de tiro, y machacándolos con las culatas de los fusiles y con las espadas. Los ingleses, por su parte, se defendían como soldados valientes y habituados a la guerra; comprendiendo que sólo con permanecer unidos podrían oponer una resistencia eficaz a los defensores del castillo y mantener la situación hasta la llegada de los refuerzos que esperaban, atrincherándose cerca de la entrada del edificio, formando una barricada con cuantos muebles hallaron a mano.

Maestre Davis se había erigido en guardián de la puerta, para abrirla cuando fuera menester. Sir William y el barón se dieron cuenta de la maniobra y del peligro que para la seguridad del castillo representaba; pero ya era demasiado tarde, y por tal causa su esfuerzo diríase iba principalmente encaminado a expulsar de allí a los ingleses.

Afortunadamente, ninguno entre los suyos estaba herido, excepto Wolf, a quien un proyectil había tocado en el hombro izquierdo, si bien bastó una ligerísima cura para que volviera a combatir, sonriente, al lado de sus amigos.

Por el contrario, los mosquetes y las pistolas de la tropa inglesa habían hecho muchos estragos entre los criados indios del barón, los cuales, como ya sabemos, eran numerosos y casi todos algonquinos, devotos hasta el sacrificio por la familia Clairmont, y, sobre todo, por la baronesa, que en sus venas llevaba la sangre ardiente y generosa de sus jefes.

De los secuaces de Halifax, tres yacían muertos y otros cinco o seis estaban heridos más o menos gravemente; con todo, la resistencia, a favor de la barricada que los protegía, era obstinada y duraba más de lo que hubieran podido prever los batalladores del castillo.

—Es necesario destrozarlos antes que lleguen los refuerzos —dijo sir William al barón de Clairmont.

—Bastará un vigoroso esfuerzo por nuestra parte —repuso el anciano gentilhombre.

—El caso es que se encuentran bien a cubierto.

—¿Asaltamos la barricada?

—¡Ah, si tuviese!…

—¿Qué?

—Uno o dos de los cañones ligeros que monta mi corbeta…

—¡Buena idea!

—Sí; pero difícil de llevar a cabo.

—Yo tengo dos culebrinas.

—¡Debíais habérmelo dicho en seguida!

—No había pensado en ello, sir.

—¡Pronto! Mandad por ellas y emplacémoslas contra esos señores. ¡Por San Patrick, nos vamos a reír, señores ingleses!…

—Encargaos de hacer frente al enemigo. Voy yo mismo.

—Id con Dios, barón.

El caballero francés alejóse ligero, llevando tras sí a Hulbrik, que era muy vigoroso, y a algunos algonquinos, y los condujo al depósito secreto donde el barón tenía ocultas las armas y municiones. El hessiano vio algunos fardos de fusiles y pistolas, trofeos de espadas, y en un rincón dos cañoncitos y dos culebrinas.

—¿Estas aquellas culeprifias? —preguntó.

—Sí —repuso el noble anciano.

—Muy pien, yo llefar una teprisa.

—Y uniendo la acción a la palabra, aproximóse al pequeño monstruo de bronce y cargóselo a la espalda con la facilidad con que hubiera manejado un fusil.

—Yo ir —dijo después.

—¿Sabéis el camino?

—¡Oh, ya… aprentito!

—Idos, pues.

Munisiones.

—¡Ah, es verdad!… Vosotros dos, algonquinos, coged balas y pólvora y seguid a ese hombre.

Hulbrik emprendió el regreso a paso de carga; los dos indios corrieron tras él. Mientras tanto, el barón, con otros tres criados, se ocupó de la segunda culebrina; antes de salir, acercóse a una puertecilla cerrada, y con una llave que colgaba de su cinto la abrió y lanzó al interior una mirada indagadora.

—Todo está a punto —murmuró—. Si una desgracia irreparable debiese herirnos y obligarnos a tal extremo…, no he de vacilar. Esperemos aún… Acaso «Cabeza de Piedra» llegue a tiempo con sus mandanos… Además, ¿no me ha dicho Enrique que los algonquinos, siempre fieles a Francia, o más bien a mi mujer y a nuestra familia, al saber que los ingleses luchan en el Champlain, se han puesto en el sendero de la guerra y dispónense a venir aquí, para combatir a los iroqueses y demás aliados de Inglaterra? Así, pues, ahora sólo importa librarnos de tan molestos huéspedes para impedir que puedan abrir la puerta a los refuerzos que aguardan, y el cielo, que siempre ayuda las buenas causas, nos la prestará también esta vez.

De este modo, monologando entre dientes, el barón volvió a juntar las hojas de la puertecilla, sin en aquel momento cerrarla con llave.

—¿Estáis ya? —preguntó después a los algonquinos.

—Sí, patrón —contestaron éstos.

En efecto, dos de ellos habían cargado con la culebrina, y el tercero llevaba municiones. El señor de Clairmont tomó a su vez proyectiles y pólvora, y ordenó:

—En marcha, pronto.

No habían acabado de salir del depósito, cuando un estampido de artillería hizo retemblar el castillo.

—¡Oh, oh!… —exclamó, sonriendo, el barón—. Esta es la culebrina de nuestro hessiano, que comienza a hacer de las suyas… ¡Qué buen muchacho es ese Hulbrik! Hace su parte con la velocidad del rayo y la exactitud de un matemático.

Gritos horribles sucedieron al estampido del pequeño cañón; eran alaridos de dolor y de rabia, órdenes, imprecaciones, amenazas.

—¡Adelante, adelante!… —gritó el señor de Clairmont, apretando el paso—. Sin duda el juguetillo ha hecho su efecto, y los ingleses habran de decidirse por la rendición o se harán exterminar, sobre todo cuando entre rápidamente, ahora mismo, en funciones, el que nosotros…

De repente se detuvo, estremeciéndose.

—¡Diablo! ¿Qué sucede ahora? —murmuró al escuchar nuevos gritos, pero esta vez de júbilo, y a continuación una voz ruda, que no reconoció entre las que antes oyera, exclamar en inglés:

—¡Finalmente!…

Un pensamiento tremendo le hizo palidecer, a despecho de todo su valor.

—¿Serán ya los refuerzos ingleses?… ¡No, no; imposible!… El cielo no puede permitir tal desventura… Quizá fue sir William McLellan quien así habló en su lengua, con acento que yo no he reconocido por la excitación… ¡Sí, eso debe de ser!… Ha dicho «finalmente» al contemplar los efectos de la culebrina.

Apenas se hubo formulado este pensamiento lleno de esperanza, cuando vio venir corriendo hacia él a «Petifoque», vendándose la mano izquierda con un pañuelo blanco.

—¿Vos?… —le preguntó—. ¿Me buscáis acaso?

—Sí, señor barón —respondió el gaviero.

—¿Necesitáis la otra pieza de artillería?

—Me temo que ya sea tarde.

—¡Cómo!…

—Así es.

—Pero ¿qué ha sucedido, qué pasa?

—Un hecho gravísimo.

—Explicaos, joven.

—Los ingleses de lord Halifax…

—Acabad…

—Han recibido los refuerzos que esperaban.

—¡Maldición!…

—No había amenazado sin causa el marqués.

—Entonces…

—El castillo está rodeado por fusileros ingleses; Davis, a quien Belcebú estrangule y arrastre consigo al infierno, les ha abierto la puerta y muchos de ellos están entrando, bien armados y sedientos de batalla y de botín.

—¿Y sir William?

—Ha decidido entregarse a discreción, siempre que vos y vuestra familia quedéis a salvo.

—¡Hombre valeroso y noble!… Yo no pemitiré jamás ese sacrificio. Nos salvaremos o moriremos juntos.

—¡Así hablan los caballeros y los franceses auténticos!

—¿Estáis herido, «Petifoque»?

—¡Bah!, un rasguño; no os preocupéis, señor barón. Pensemos en el remedio.

—Eso es.

—Acabáis de decir «nos salvaremos».

—Justamente.

—Luego el remedio existe.

—Tal vez.

—¿Cuál?

—Una fuga.

—Muy duro es eso…

—Y yo os lo propongo temblando de coraje…

—Os comprendo.

—Pero es necesario salvar a milady Wentwort.

—La baronesa, ante todo; luego la señorita Diana y la pobre Liseta… ¿Qué hay que hacer?

—Acudid junto a sir William y ordenadle de mi parte que se bata en retirada hacia este lado, cerrando tras sí todas las puertas para estorbar la persecución enemiga.

—Corro, pues.

—Voy a traer aquí a las señoras. Apresuraos, «Petifoque».

Fuese el joven gaviero a comunicar la orden recibida, mientras el barón de Clairmont subía a la habitación en que se encontraban su esposa, su hija, la rubia Mary de Wentwort y Liseta, esperando, temblorosas, el final de los sucesos.

Los informes de «Petifoque» correspondían exactamente a la verdad. Los refuerzos esperados por el marqués de Halifax habían llegado y se disponían a adueñarse del castillo.

Al oír la orden de retirada que el joven gaviero le transmitía, sir William, preparado ya a efectuar su propósito de entregarse inerme a la sed de venganza de su hermano, hizo un signo afirmativo y miró en torno suyo. A su espalda, de par en par, había una puerta; junto a sí estaban los dos hijos del barón, los dos hessianos y los criados algonquinos, que, apostados tras de los muebles, derribados para formar una barricada opuesta a la que amparaba a los ingleses, cargaban mosquetes, arcabuces y pistolas, y esperaban a cada momento un enemigo que no se atrevía a mostrarse. La culebrina, después de soltar la primera descarga, que sin duda había sido fatal para los ingleses, esperaba ser cargada de nuevo.

El corsario volvióse a Enrique de Clairmont.

—Vuestro padre —dijo— me ordena batirme en retirada; él manda aquí, y soy yo el primero que le debo obediencia.

—Creo adivinar su designio… Dejadme hacer, sir.

Enrique de Clairmont levantóse, alzando las manos desarmadas y gritando:

—Cesad el fuego; nos rendimos, señor marqués de Halifax.

—¡Ah!, veo que os sentís al fin razonables —repuso burlonamente el lord—. ¡Soldados, abajo los fusiles!… Los corderillos disfrazados de leones se deciden a recobrar su verdadero ser.

Sir William dejó escapar un rugido de rabia; pero una mirada de Enrique, acompañada de una sonrisa enigmática, le calmaron.

—Retírense los demás por la puerta abierta, mientras simulamos rendirnos —susurró el joven Clairmont—. Cuando yo diga «fuera», imitadme y seguidme, sir.

—No temáis.

A la orden del joven barón, los otros se refugiaron rápidamente más allá de la puerta, envueltos en tinieblas.

Los ingleses, cada vez en mayor número, se abrían paso a través de la barricada, incitados por el marqués de Halifax, que les decía:

—Apoderaos de los hombres; no hagáis destrozos en los objetos del castillo, que nos repartiremos como botín de guerra; respetad a las mujeres… En cuanto a ti, maestre Davis, te confío el descubrimiento de Mary Wentwort, a quien conducirás a mi presencia.

El corsario, al oír estas palabras, apretó furiosamente los puños.

—¡Mary en poder de ese hombre!… —masculló—. Preferiría verla muerta a mis pies.

—No he perdido aún la esperanza de que todos nos salvemos —dijo Enrique.

—¿Es tiempo ya?

—Sí; los ingleses, al vernos solos, nos creen ya en su poder… ¡Fuera!

Al lanzar este grito, el hijo mayor de Clairmont abalanzóse de un salto a la puerta abierta, por la cual salieron los otros. McLellan le siguió. Una vez atravesado el umbral, volvió a juntar las hojas, diciendo:

—Apoyaos con todas vuestras fuerzas, sir William, mientras echo el cerrojo.

—Ya está.

—Bueno, ahora ya disponemos de algunos minutos para preparar la fuga. El castillo, ¡ay!, se ha perdido, pero al menos las personas están a salvo.

—¡Por San Patrick… —gimió el corsario—, yo soy causa de vuestra desventura!

—¡Oh, sir, esperábamos esta desagradable sorpresa de los soldados de Burgoyne apenas supimos que las fuerzas inglesas se concentraban en el Canadá, y, sobre todo, por la región de Champlain! Aun sin mediar el odio que os profesáis vos y vuestro hermano, nuestra suerte estaba decidida. Y por eso mi padre había preparado…

—¿Qué?

—Nada, nada; ya lo veréis. Vamos, pronto; busquemos a mi padre.

Los dos hombres internáronse en la habitación inmediata, mientras los ingleses se entregaban al furor, golpeando la puerta a fin de derribarla.

En pocos momentos, Enrique y sir William se hallaron junto al barón de Clairmont, a quien rodeaban la baronesa, Diana, Mary Wentwort y todos nuestros amigos, con los criados algonquinos supervivientes, todos armados y provistos de antorchas encendidas.

El anciano caballero estaba sombrío. Una profunda arruga le dividía la frente.

—Ni una palabra —dijo en tono grave y algo conmovido—, lo que importa es apresurarse. Seguidme.

Dirigióse hacia el depósito secreto de donde sacaran las culebrinas, y llegado que hubo a él hizo entrar a todos en el sombrío hueco al cual daba acceso la puertecilla que ya conocemos, y entrando a su vez, cerróla, corrió el cerrojo y miró a su alrededor.

Estaban en un subterráneo, con salida a una galería angosta, por la que marchaban ya los fugitivos, guiados por Enrique de Clairmont. En aquella cueva, de baja bóveda, veíanse toneles, barriles, tablas, esparcidos por todas partes. El noble francés dirigióse a uno de los rincones, cogió de encima de uno de los barriles un rollo de cuerda como de un dedo de gruesa, uno de cuyos extremos había sido introducido por un agujero en el propio barril, y por un momento lo tuvo en sus manos, contemplándolo, pensativo.

Lanzó de súbito un largo suspiro, sacudió después la cabeza con ánimo resuelto; un relámpago brilló en sus pupilas, y con seguro paso internóse en la galería, arrastrando tras de sí la cuerdecilla, que se desenrollaba conforme él iba alejándose, hasta que desapareció. Las tinieblas reinaban en el subterráneo; hubiérase dicho que la luz se extinguió engullida por las sombras, y nada volvió a oírse, sino el eco de los clamores producidos por los ingleses, dueños ya del castillo.

CAPÍTULO XXII. LA SORPRESA DEL BARÓN

La galería recorrida por los fugitivos se prolongaba en una especie de conducto subterráneo que, a juzgar por su dirección, seguía la lengua de tierra que unía la roca a la ir orilla del lago. El corredor era angosto, bajo y frigidísimo, por efecto de los carámbanos que pendían de su techo escabroso por el continuo destilar del agua al filtrarse.

La baronesa de Clairmont, su hija, Mary Wentwort y Liseta, forzadas a soportar aquella dura marcha, mostraban, a pesar de todo, una calma y una serenidad que despertaban la admiración de sus amigos, animándolos y disipando en gran parte las preocupaciones que los oprimían. El barón no les había alcanzado aún, y Enrique ordenó a su hermano y a «Petifoque» volver sobre sus pasos a fin de ver lo que sucedía, cuando el caballero apareció corriendo.

Grandes exclamaciones de júbilo acogieron su presencia. A la luz de las antorchas aparecía muy tranquilo, aunque pálido. La cuerdecilla que antes hemos visto en sus manos había desaparecido.

—¡Apresuraos, queridos míos! —dijo entreabriendo los labios en una sonrisa tranquilizadora—. El tiempo apremia y debemos salir cuanto antes de este conducto.

—¿Adónde vamos? —preguntó sir William.

—Por ahora a la orilla del Champlain, donde encontraremos el modo de escondernos en algún macizo de abedules o de pinos gigantes —repuso. Los ingleses, en tanto, nos estarán buscando en el castillo, y confío en que antes que se cansen de buscarnos suceda algo extraordinario que les impida molestamos, al menos por ahora.

—Desearía que os explicarais más claro.

—Perdonadme, sir William; quiero tener el gusto de prepararos una sorpresa que os agradará ciertamente, no temáis…

—Bien, entonces.

—Si os la revelase ahora, disminuiría en mucho su efecto…

—¡Qué de seguro ha de ser estupendo!

—Portentoso.

—Renuncio a las explicaciones.

—No os arrepentiréis.

—Pero estoy impaciente, señor barón.

—¡Bah! Vuestra espera no será larga, os lo aseguro.

—¿Cuánto nos queda aún de este camino subterráneo?

—Pocos minutos.

—Eso me consuela, porque, en verdad, prefiero estar al descubierto, tanto más cuanto que estoy…

—Proseguid, amigo mío.

—… cuanto que estoy un poco preocupado respecto a mi corbeta.

—¿Vuestra corbeta? ¡Mil diantres, pues me dais una buena idea ahora que habláis de ella!

—Probablemente la misma que se me ha ocurrido.

—¿Lo creéis?

—Veamos.

—Yo pensaba…

—Que fuésemos todos abordo de mi nueva Tonante.

—Justamente.

—Y aguardar allí el regreso de «Cabeza de Piedra».

—Eso es.

—El valiente maestre no puede tardar mucho en volver.

—A menos que le haya sucedido alguna desgracia.

—¿A él?… ¡Vamos, señor barón, bien se ve que no conocéis a ese diablo de hombre!

—Es probable.

—Ya veréis cómo, a fuerza de encorajinarse con todos los campanarios de la tierra y de jurar por su pipa de familia, ha encontrado el medio de salvar a Riberac y de llegar a tiempo de prestarnos su concurso.

—Nada deseo tanto como que así suceda.

—Entonces, convenidos. ¡A la corbeta!

—¡A la corbeta!

—A bordo están mis corsarios con algunos cañones excelentes; los ingleses tendrán plomo y hierro por comida y cena, si osan venir a molestarnos hasta allí.

—¡Hum!… Me parece que les va a ser difícil.

—Tanto mejor… Pero aún me preocupa una circunstancia muy grave. Recordad la misión que Washington me confiara: es necesario advertir al general de cuanto ha sucedido en estos últimos días. Las dos cartas que «Cabeza de Piedra» llevaba para entregar a Arnold y a Saint-Clair han perdido todo su valor; el plan de campaña está alterado, y precisa combinar otro nuevo, pues si se hiciera lo previsto en él, nos llevaría tan sólo a la ruina de la joven República. Burgoyne jugaría a cartas vistas y yo no podría sobrevivir a tanto contratiempo, cuya responsabilidad pesaría sobre mi conciencia por no haber intentado evitarlo a toda costa.

El barón de Clairmont asió la diestra al corsario apretándola con fuerza.

—He tomado mi decisión —dijo—. Dentro de poco podréis apreciar que ninguna consideración ni interés alguno me impiden en lo sucesivo declarar abiertamente mis sentimientos, que son de odio hacia los ingleses, de simpatía por la nueva República de los Estados Unidos. Desde este momento me consagro por entero a la causa de la libertad americana, junto con mis hijos y mis amigos. Dentro de pocas horas, Enrique, escoltado por algunos leales algonquinos, partirá para llevar a Washington, las noticias que consideréis urgentes.

—¡Ah, gracias! Eso me tranquiliza.

—En cuanto a nosotros…, haremos que los ingleses se den: cuenta de su error, al querernos enemigos a toda costa. ¡Cuidado, hemos llegado a la boca del camino subterráneo!

Una pálida claridad aparecía a través de una hendidura que parecía cortar las tinieblas. Los fugitivos se acercaron a ella y sir William pudo ver que se trataba de un espacio libre entre dos rocas, unidas de modo que formaban un pasaje casi invisible desde fuera, pero en realidad suficiente para cualquier persona.

El barón de Clairmont y el corsario salieron los primeros y se encontraron en la orilla del Champlain, en medio de una espesura de abedules enanos, cuyas descubiertas raíces estaban aprisionadas por el hielo. Frente a ellos se destacaba el castillo^ en toda su amplitud sobre el fondo gris del cielo, y a sus oídos llegaban los clamorosos gritos de los invasores, ebrios, sin duda, de la fácil victoria obtenida.

Los dos hombres miraron en torno suyo, cautos y atentos, y permanecieron por algunos instantes en expectativa.

—¡Nada…, nadie! —dijo sir William McLellan—. Evidentemente, todos los ingleses se han encerrado en vuestra castillo.

—¡Qué no tardará en servirles de tumba —repuso el barón de Clairmont con burlona sonrisa—. Ellos han destruido la quietud, la dicha de que gozaba en mi soledad, y yo les correspondo como se merecen! ¡Llamad a todos, sir! Es justo que todos disfruten de la sorpresa que les he preparado.

No tardaron los demás en salir, agrupándose en torno al noble anciano, rígido e inmóvil, con los ojos terriblemente fijos en su querido hogar abandonado, como esperando un extraordinario acontecimiento.

Pocos minutos de silenciosa expectativa transcurrieron. De repente, una llamarada monstruosa se elevó en el aire, enrojeciéndolo; una explosión comparable al estampido de centenares de cañones simultáneamente disparados sacudió con violencia las capas aéreas, estalló a lo lejos, y viéronse multitud de puntos negros, más o menos grandes, lanzados al espacio en todas direcciones, para caer después en una lluvia de fuego, de hierro, de astillas, de pedruscos. Parecía como si el peñasco sobre el cual se alzaba el castillo se hubiera encendido en un cráter espantoso, en virtud de uno de esos fenómenos telúricos que ninguna fuerza humana puede evitar, para librarse satánicamente de aquel peso que la mano del hombre le había impuesto.

Un grito unánime salió de las gargantas de nuestros amigos a la vista de aquel espectáculo.

—¡El castillo, volado!…

—¡Es horrible!… ¡Es horrible!…

—¿Pero cómo se explica?…

Lucieses estar calientes ahora —observó Hulbrik, frotándose las manos—. Nunca fisto un tan erante asado te incleses, ¿no es fertat, hermano Wolf?

—Sí —respondió el aludido.

—¡Lástima no estar aquí tampién maestre «Capesa te Pietra»! El sacar fuera todos sus campanarios, y tespués ensenter su fieja pipa con un tisón inclés.

Sir William permaneció como petrificado, sin poder precisar bien si en su estupor había más angustia que satisfacción.

—¡Ah, señor barón! —pudo decir al fin—. Sois un hombre tremendo, sabéis preparar sorpresas que espantan a hombres avezados a todos los peligros, a todas las emociones, como somos nosotros, los corsarios de las Bermudas. Con un solo golpe habéis aniquilado a todos vuestros actuales enemigos…

Y uno de ellos, su jefe, era, ¡ay!, hermano mío.

—Era indigno de vos, sir, y la justicia de Dios ha castigado por mi mano todas sus malas acciones.

—¡Ah, qué terribles vicisitudes ofrece la vida!… Tenía un hermano a quien hubiera amado como saben amar los hombres que en la contemplación de libres horizontes, de los cielos más vastos, de los océanos más azules, entre la soledad y la nostalgia enternecen su corazón, y elevan el espíritu a los sentimientos más dulces… Y me vi, por el contrario, forzado a odiarlo, porque minaba de continuo mi felicidad, porque buscaba incansable mi deshonor y mi muerte. Pero en este momento, ante su trágico destino, mi rencor se derrite como la nieve bajo los rayos del sol, para desaparecer y enternecerse en el perdón, en el pesar y en el llanto. ¡Sí…, porque vedlo: yo, el corsario, el hombre fuerte y a prueba de emociones, lloro como una mujercilla… y siento el corazón oprimido por extraña pesadumbre!

El barón callaba, acariciando maquinalmente la cabeza de su fiel perro, que uno de los algonquinos se cuidó de sacar del castillo al emprender la huida.

Sir William —dijo el abate Rivoire—, vuestros sentimientos son dignos de un buen cristiano y de un alma noble. Dios lo tendrá en cuenta para concederos la felicidad que tan bien merecéis y que tanto os la habéis ganado.

El corsario hizo un gesto de cortés protesta y dijo con resolución:

—Si nada os detiene aquí, tratemos de llegar cuanto antes a la corbeta. De seguro que a las damas no les parecerá mal un camarote bien resguardado para reponerse de las emociones sufridas y estar al abrigo del frío, que corta como una navaja barbera. Además, debo llevar la tranquilidad a mis marineros, que estarán ansiosos desde que han visto saltar el castillo por los aires.

—Reanudemos, pues, la marcha —dijo el barón—. Pronto estaremos allí.

Todos se pusieron de nuevo en camino.

—¿De modo que el castillo estaba minado? —preguntó sir William al señor de Clairmont, ya de camino.

—Sí, amigo mío, como lo estaba asimismo el paso que unía la isleta en que se alzaba a la orilla —repuso el anciano caballero—. Ya hace algún tiempo que abrigaba el presentimiento de que los ingleses no tolerarían mi presencia en el Champlain, y quise prevenirme, si no para la salvación, para la venganza.

El resto del camino permanecieron silenciosos; todos experimentaron la necesidad de reconcentrarse en sí mismos para poner orden en sus ideas, para reflexionar.

Cuando llegaron a la corbeta encontraron en el puente a todos los corsarios, excitadísimos, mientras el señor Howard, lugarteniente de sir William, observaba vigilante.

—¡Por San Patrick, señor Howard! —gritó McLellan adelantándose hasta la amura de estribor—. ¿Qué diablos estáis haciendo?

—¿Vos, mi comandante? —exclamó el teniente, en tanto que una explosión de vítores saludaba por parte de los marineros el regreso de su capitán—. ¿Luego estáis sano y salvo?

—Ya lo estáis viendo.

—¡Dios sea loado!… ¿Pero la voladura del castillo?…

—Provocada por nosotros.

—Perfectísimamente.

—Arrojad una escala.

—Ya está.

Subieron todos a bordo, e inmediatamente el señor Howard condujo a las señoras al castillo de popa, para indicarles sus camarotes. Sir William y los otros quedáronse en la toldilla.

—¿Hay algo nuevo? —preguntó aquél a un contramaestre timonel.

—No, comandante —repuso el lobo de mar—, salvo aquella cosa.

Y extendiendo el brazo indicó uno de los pendones de maestra, del cual pendía una forma oscura que tenía el aspecto de un cuerpo humano.

—¡Un ahorcado!… —exclamó sir William.

—Sí, comandante.

—¿Y quién es?

—El preso.

—¿El piloto?

—Eso es.

—Me explicarás cómo se han podido transgredir mis órdenes e infringir la disciplina, ejecutando en ausencia mía a un hombre a quien yo no había condenado.

El contramaestre no sabía qué contestar.

—Comandante —dijo por fin—, castigadnos a todos, pues somos culpables… Pero ¿qué queréis? Cuando oímos la explosión del castillo, donde sabíamos que estabais vos, creíamos que todo era obra de los ingleses, y se apoderó de nosotros tal furor, que para vengaros en alguien cogimos al piloto y lo pendimos de aquella antena, pues, en realidad, el culpable de vuestra supuesta muerte había sido él al tracionarnos. ¡Estábamos verdaderamente desesperados, creyéndoos muerto! El señor Howard se resistía, porque esperaba volver a veros, y juraba y perjuraba que un hombre como vos no podía morir tan estúpidamente… ¡Y tenía razón, mil bombas!… Ahora ya sabéis tanto como yo. Os hemos desobedecido porque os queremos demasiado bien…

Sir William guardó silencio, y reflexionó abstraído.

—¡Qué hombres!… —murmuró al cabo, suspirando. Y en voz alta añadió—: ¿Ha muerto ya el desventurado?

—Ya lo creo, mi comandante, hace rato.

—Pues ordena que metan su cadáver en un saco y que abran luego un agujero en el hielo para que el pobre diablo repose en paz en el fondo del lago. Es necesario olvidar…, y no quiero ver nada que despierte mi memoria.

—Se hará en seguida como lo mandáis, comandante —respondió el lobo de mar, alejándose con rapidez.

—Descendamos al cuarto —dijo el barón, dirigiéndose a quienes ahora tocaba ser huéspedes suyos—. Tenemos verdadera necesidad de paz para el espíritu y reposo para el cuerpo.

Todos le siguieron en silencio.

El resto de aquella noche infernal transcurrió sin incidentes, así como gran parte del siguiente día.

En las primeras horas de la mañana, Enrique de Clairmont había abandonado la nave, en compañía de una escolta de algonquinos y provisto de una carta de sir William para Washington, poniéndose en camino para llegar cuanto antes al cuartel general del dictador de la nueva República.

El barón y sus amigos estaban en el puente con las señoras, cuando un centinela apostado en el celacho gritó con la bocina:

—¡Alerta, patrulla a la vista!

—¿Indios o europeos? —preguntó a su vez el corsario, empleando la bocina.

—Aún no puedo distinguirlo.

—¡Fíjate bien!

—Ya lo estoy haciendo.

—¿Vienen hacia acá?

—Sí.

—Probablemente se trata de «Cabeza de Piedra», que vuelve.

—En efecto, a su vanguardia me parece reconocer ya hombres blancos. Pero…

—Acaba.

—Creo ver… ¡Por un millón de fragatas, comandante, en guardia!

—¿Qué es ello?

—Es que…

—Que son ingleses en carne y hueso. Mirad su enseña… ¡Si se abriera el hielo y se los tragara a todos!…

—¿Estás seguro?

—Ya no me cabe duda. Tengo una vista excelente.

—¿Cuántos serán?

—Lo menos doscientos.

—¿Soldados?

—Soldados y marineros, ahora los distingo mejor. Vienen todos armados y con bayoneta calada, como para una carga.

—¡Por San Patrick!… ¡Y «Cabeza de Piedra» sin dar señales de vida! —dijo sir McLellan—. ¿Le habrá sucedido alguna desgracia, como vos temíais, señor barón? Es evidente que desde algún barco de Burgoyne han oído la enorme explosión de esta noche, y han enviado un destacamento para que se entere de lo ocurrido.

—Eso creo yo también.

—Entonces los tendremos pronto encima, pero ahora no me dan gran cuidado. Mi navío es sólido como una fortaleza flotante, con un cerco de cañones y bastantes culebrinas y espingardas de fácil transporte, capaces de tener a raya a un ejército. No me faltan tampoco fusiles y municiones… y estoy por ahora bastante tranquilo.

—Sin embargo, no es cosa muy amena luchar a cada momento cuando se han de defender seres que nos son queridos.

—Soy de vuestro parecer, señor barón; pero estamos en plena guerra, y como en el baile, hay que bailar.

—Trataremos entonces de mantener la fama de la… escuela francesa, si bien mis cabellos blancos no me permiten hacerme ilusiones …¡Ja, ja!…

McLellan celebró a su vez la chanza alusiva, y dijo:

—Permitidme; voy a preparar a mis hombres, a fin de que reciban dignamente esta nueva visita…

—Como gustéis.

—¡Todos al puente! —gritó con voz de trueno el corsario.

Al oír la llamada, toda la tripulación, con el teniente Howard a la cabeza, vino a alinearse a lo largo de la amura, armada de mosquetes, pistolas y machetes de abordaje.

—¡Mis bravos! —les arengó sir William—. Una columna de ingleses está a la vista y se encamina hacia aquí, seguramente con intención de atacarnos. Yo os conozco bien, por haberos probado en cien arriesgadas empresas, de las cuales supisteis salir a mi lado con honor. Espero, pues, que también hoy sabréis estar a la altura de vuestra fama.

—¡Viva sir William! ¡Viva el corsario de las Bermudas! —vociferó, entusiasmada, la tripulación—. ¡Mueran los ingleses! …

—Gracias, amigos míos; y ahora, cada cual a su puesto. Los fusileros, detrás de la amura, los artilleros, a sus piezas. Haced fuego a la voz de mando y sin desperdiciar las municiones.

Los hombres de mar, a quienes se unieron los fugitivos del castillo, se apresuraron a obedecer. «Petifoque» y los demás hessianos pusiéronse juntos, colocando a su lado una docena de mosquestes y un montón de pistolas cargadas, con el intenta de hacer fuego continua y regularmente. Detrás de ellos, tres algonquinos tenían por misión volver a cargar las armas a medida que nuestros tres amigos se hubieran servido de ellas.

La espera no fue larga. De improviso, la cabeza de la columna inglesa surgió próxima a la nave. Sir William, que espiaba su llegada, palideció a su vista, y con su mano férrea apretó el brazo del barón, que junto a él estaba.

—Amigo mío —murmuró—, ¿sabéis quién manda esa tropa?

—No.

—Os lo diré yo… ¡El marqués de Halifax!

—¡Diablo! ¡Pues tiene el alma bien agarrada al cuerpo, y sin duda, le protege algún demonio, según es de afortunado!

—¡Y yo que había vertido piadosas lágrimas por su muerte!… Vedlo, por el contrario, aún frente a nosotros, más que nunca furioso y ardiendo en odio contra mí. Pero basta; os juro que todo escrúpulo se extinguió en mí, y que he de hacer cuanto pueda por matarlo.

—Y yo os ayudaré, sir.

La conversación fue interrumpida por la proximidad de tres soldados ingleses, uno de los cuales llevaba en la bayoneta una bandera blanca de parlamento, y de un oficial. La pequeña patrulla detúvose, formando frente a la corbeta. El oficial, con sus tres hombres, acercóse al buque, hasta donde creyó que su voz sería oída, y gritó:

—Solicito hablar con el comandante de este navío.

—Yo soy —respondió el corsario.

—¿Querríais decirme vuestro nombre?

—No tengo motivos para ocultároslo, caballero; soy el barón William McLellan.

—Entonces, sir, sois el que busco.

—¿Tenéis algo que decirme?

—Nada de parte mía; pero sí algo de parte del marqués de Halifax, mi comandante.

—¡Decid! —masculló sir William.

Sir, el marqués de Halifax se ha salvado de la explosión que ha destruido el castillo de Clairmont, dejando a todos los suyos bajo las humeantes ruinas. Él ha intentado llegar a pie a uno de nuestros buques, y ha tenido la fortuna de encontrarnos cuando veníamos a buscarle, inquietos al oír la explosión. Ahora se encuentra decidido a terminar para siempre el duelo que con vos sostiene y os propone un encuentro en las siguientes condiciones: vos y él os pondréis frente a frente a una distancia de treinta pasos, señalados por otras tantas pistolas puestas en el suelo a un paso de distancia entre sí; a cada paso cambiaréis un disparo, arrojando la pistola descargada, hasta que uno dé los dos muera. ¿Aceptáis?

—Acepto —dijo sir William con desdén.

El oficial hizo una reverencia y volvió sobre sus pasos.

CAPÍTULO XXIII. EL REGRESO DE «CABEZA DE PIEDRA»

Los preparativos de aquel extraño duelo, remate de una tremenda lucha sostenida durante años enteros por aquellos dos hombres valientes, no fueron muy largos. De la parte de los ingleses, algunos soldados llegaron hasta la mitad del espacio que existía entre la corbeta y las tropas adversarias y depositaron en el suelo, separadas un paso, quince pistolas.

«Petifoque», los dos hessianos y algunos marineros desembarcaron a su vez e hicieron la misma operación; de modo que entre la última pistola del marqués de Halifax y la última de sir William no quedaba más que un paso de distancia.

El corsario abrazó a Mary de Wentwort, que, para no conmoverlo, hacía titánicos esfuerzos para ocultar su angustia, intentando mostrarse tierna, sí, pero serena y confiada; después, el corsario estrechó la mano de sus amigos y dirigió un saludo a la tripulación.

—Si me ocurriese una desgracia —dijo—, no tratéis de vengarme; un duelo no es un asesinato, y quien vence debe ser respetado, mientras no haya cometido dolo. Tan sólo os ruego que defendáis contra cualquier insidia, contra todo peligro, a mi querida esposa.

—¡Lo juramos! —respondieron todos, comovidos.

—Gracias; y ahora… no os digo ¡adiós!, sino ¡hasta la vista! La razón me asiste, y el cielo estará conmigo.

Con dulce violencia sustrájose a los brazos de Mary y descendió rápidamente por la escala que pendía de la amura, dirigiéndose con ligero paso a su puesto, cara a su adversario, que ya se había colocado cerca de su primera pistola. Un oficial inglés actuaba de juez de campo; los testigos eran los tripulantes de la corbeta y las tropas ingleses.

—¡Preparaos! —dijo de pronto el árbitro—. ¡A las pistolas!

Simultáneamente, sir William y Halifax se inclinaron, empuñando la culata del arma que había a sus pies.

—¡Apunten!… —mandó el oficial.

Los dos adversarios se apuntaron, con pulso firme, sereno semblante y mirada fija y segura; indiferente la de sir William, turbia y brillante la del marqués de Halifax. En medio de un silencio lleno de expectación ansiosa, se oyó la voz postrera:

—¡Fuego!…

Dos disparos se oyeron, seguidos de dos silbidos agudos a través de las capas aéreas. Los adversarios continuaron rígidos e inmóviles. Ninguno de ellos había sido tocado.

—¡Adelante!… —dijo tras breve pausa el oficial; y cuando los dos enemigos hubieron avanzado un paso, repitió las órdenes.

Otras dos detonaciones rompieron el silencio. Pero esta vez un grito sofocado siguió al eco de aquéllas, y se vio al marqués de Halifax vacilar y llevarse una mano al costado. Algunos hicieron ademán de acudir a sostenerlo, pero el herido rechazó con el gesto su concurso.

—¡Sigamos! —dijo con voz un tanto débil, pero siempre cortante y llena de rencor—. El duelo no debe cesar hasta que uno de nosotros muera o no pueda disparar una pistola…, y yo no estoy aún en esas condiciones.

El duelo continuó; otros dos disparos repercutieron en los débiles ecos del lago helado.

Se oyó un gemido sordo, al mismo tiempo que el marqués de Halifax giraba sobre sí mismo y caía al suelo, mortalmente herido. Entonces sucedió algo que demostró la enorme vitalidad de aquel hombre.

El herido, haciendo desesperados esfuerzos, se arrastró hacia la pistola más próxima. Después de titánica lucha por no desfallecer, dada su extrema debilidad, consiguió aferrar la culata del arma y levantarla unos centímetros para tratar de disparar contra su enemigo, pero le sorprendió la muerte antes de conseguirlo…

Cuando sir William volvió a bordo de la corbeta, fue acogido con las más calurosas demostraciones de júbilo por su victoria, que para siempre le liberaba de un implacable enemigo. Mary Wentwort lo estrechaba en sus brazos, llorando de consuelo, y le decía las cosas más dulces y tiernas; el barón de Clairmont oprimía entre las suyas la mano derecha; «Petifoque» desahogaba su contento prodigando un mundo de galanterías a Liseta; Hulbrik expresaba a Wolf su contrariedad por la ausencia de «Cabeza de Piedra», a quien tanto hubiera complacido presenciar la escena, y todos los marineros bailaban alegremente y se mofaban de los ingleses, haciéndoles gestos de desafío.

De pronto se oyeron algunos disparos de mosquete; eran los ingleses, que contestaban a las burlas de los corsarios. Los proyectiles pasaron altos, pero fueron suficientes para que las hostilidades comenzaran. Los marineros de La Tonante volvieron a empuñar las armas más que de prisa, y abrieron un nutrido fuego de mosquetería contra sus adversarios, gritando con todos sus pulmones:

—¡Viva el corsario de las Bermudas!… ¡Viva la República americana!… ¡Abajo Inglaterra!

Pero los ingleses eran soldados de estima, y aun cuando las descargas de los corsarios hacían en sus filas grandes estragos, marcharon intrépidos al asalto de la corbeta. La nave, de pronto, se coronó de un relampagueo impresionante, y un estampido tremendo conmovió la atmósfera: eran los cañonazos del navío, que tomaban parte en la danza, sembrando la muerte entre los enemigos. Éstos, sin embargo, eran un número más de dos veces superior, y poseían excelente armamento; aguerridos y valientes por virtud natural, animados por el furor, avanzaban vigorosamente, sin cuidarse de los destrozos que en sus filas causaba el fuego contrario.

Así llegaron a las amuras de la corbeta, pero ya fuera del alcance de los cañones, y montaron al abordaje. Empeñóse entonces una lucha feroz; oíanse furibundos golpes incesantes; gritos formidables y juramentos mezclábanse al estampido de las detonaciones, llenando el aire de un clamor horrible, que el eco llevaba lejos sobre sus alas.

A despecho de la briosa defensa de los corsarios, varias decenas de ingleses consiguieron llegar al puente de la nave, conquistándolo palmo a palmo: y ya los corsarios comenzaban a dudar seriamente del resultado de aquella encarnizada lucha, cuando a lo lejos se oyeron innumerables gritos, y se vieron las orillas del Champlain cubrirse de infinitos puntos negros, cada vez mayores, los cuales tomaban forma humana, figura de indios que corrían gesticulando y lanzando penetrantes aullidos. Después, como un eco débil apenas perceptible, llegó a oídos de nuestros amigos una característica exclamación:

—¡Cuerpo de todos los campanarios de Bretaña!

Fue un rayo de sol en medio de las tinieblas, una sacudida eléctrica y un cuerpo desvaído.

—¡Es «Cabeza de Piedra», el maestre de La Tonante, que vuelve con sus mandanos y con los algonquinos!… ¡Viva, viva!… Un último esfuerzo… ¡Avante!

Los corsarios recobraron al instante la serenidad y se lanzaron furiosamente sobre sus contrarios, rechazándolos hasta el borde de las amuras.

—Pero ¿a qué seguir narrando una lucha que ya se decidía lentamente?

Media hora después, «Cabeza de Piedra» llegaba a la corbeta seguido de Jor y de Riberac, a quien encontrara encerrado en una choza, con las manos y los pies atados, en medio de una floresta que los iroqueses habían incendiado, condenando al traficante a la hoguera india.

Los ingleses fueron muertos unos, hechos prisioneros los demás. Sir William los desarmó y los envió inermes al general Burgoyne, diciéndoles:

—Combatís por una causa injusta: la de todos los opresores. No obstante, vuestra culpa no es nada en comparación con la de quienes os envían al matadero, como pobres seres sin valor. Por eso os dejo en libertad, asegurándoos un pronto retorno a vuestros hogares sanos y salvos. La libertad de América será pronto un hecho consumado; Dios mismo la quiere, y ninguna potencia humana será capaz de impedirlo. Saludo en vosotros al valor infortunado. ¡Id con Dios!

CONCLUSIÓN

La historia de la independencia de los Estados Unidos es sobradamente conocida para que la detallemos aquí, en árido resumen. Así, pues, dejaremos a un lado todo el período de tiempo transcurrido desde los acontecimientos relatados hasta la liberación de América, para volvernos a encontrar un día a bordo de un navío que se hacía a la vela para Europa.

Sobre este navío, que enarbolaba la enseña de los Estados Unidos de América, y en lo alto de la popa ostentaba, en letras doradas, el sobrenombre de La Tonante, se encontraban reunidos en el puente cuatro mujeres y algunos hombres.

Las mujeres eran Mary Wentwort, la baronesa de Clairmont, su hija y Liseta; los hombres eran sir William McLellan, el barón de Clairmont y sus dos hijos; «Cabeza de Piedra», «Petifoque», los hessianos Wolf y Hulbrik, Jor, Riverac y el abate Rivoire.

La dicha más completa se adivinaba en los semblantes de cada uno de estos personajes; su horizonte no ofrecía nubes. Todos charlaban alegremente. «Petifoque» permanecía junto a su joven esposa Liseta, en tanto que «Cabeza de Piedra» deambulaba a su alrededor, participando gozosamente de la felicidad de su amigo.

Hulbrik se mecía más que nunca en sus ensueños de futuro gaviero. Riberac contaba sus guineas, que halló intactas. Sólo Jor parecía preocupado.

Sir William le preguntó la causa.

—¡Bah, no es nada! Pienso en una circunstancia curiosa —respondió el canadiense—. En quién diablos pudo salvarme de los iroqueses que me perseguían cuando corría hacia el campamento de los mandanos.

Enrique de Clairmont, que lucía la divisa de coronel, como recompensa a los brillantes servicios prestados a la causa americana, soltó la carcajada.

—Fui yo, querido Jor —respondió—, quien os salvó de un modo misterioso, inaudito. Sin embargo, os lo explicaré: Yo soy ventrílocuo, y al ver correr tras de vos a los iroqueses, cuando me hallaba cazando pieles, me escondí hábilmente e hice descender mi voz desde lo alto, de manera que creyesen ser la del Gran Espíritu de los indios. Y así sucedió. ¿Comprendéis ahora?

Un coro de risas siguió a las palabras del gallardo jefe, y aquella muestra de unánime hilaridad resonó como la esquila serena de la felicidad con que la Providencia recompensaba una vida de peripecias, de abnegación y de heroísmo.


Publicado el 4 de marzo de 2017 por Edu Robsy.
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