El Desquite de Sandokán

Emilio Salgari


Novela



Primera parte. Sandokan

1. El asalto a la «kotta»

Un relámpago cegador, que dejó ver durante unos instantes las nubes tempestuosas empujadas por un viento furiosísimo, iluminó la bahía de Malludu, una de las más amplias ensenadas que se abren en la costa septentrional de Borneo, más allá del canal de Banguey. Siguió un trueno espantoso que duró bastantes segundos y que semejó el estallido de veinte cañones.

Los altísimos pombo de enormes naranjas, las espléndidas arengas saccharifera., los upas. de jugo venenoso, las gigantescas hojas de los bananos y de las palmas denticuladas se doblegaron y luego se contorsionaron furiosamente bajo una ráfaga terrible que se adentró con ímpetu irresistible en la inmensa selva.

Ya hacía bastantes horas que había caído la noche, una noche oscurísima que solamente iluminaban de vez en cuando, a intervalos larguísimos, los relámpagos.

Parecía como si estuviera a punto de estallar uno de esos formidables ciclones, tan temidos por todos los isleños de las grandes tierras de la Sonda, y sin embargo algunos hombres, indiferentes a la furia del viento, de los truenos y de los inminentes aguaceros, velaban bajo las tenebrosas selvas que circundaban toda la profunda ensenada de Malludu. Cuando un relámpago rasgaba las tinieblas se divisaban sombras humanas alzarse en medio de los matorrales y alargar sus miradas bajo aquella luz, y cuando el trueno cesaba en su fragor en medio de las nubes tempestuosas se oían palabras en la selva:

—¿Nada todavía?

—¡No!

—¿Qué hace Sambigliong?

—No ha vuelto.

—¿Lo habrán matado?

—No es hombre que se deje atrapar. ¡Un viejo malayo como él…!

—El Tigre de Malasia se impacientará.

—¿Por qué? ¡Bien sabe que tarde o temprano apresará a ese perro de Nasumbata…! Y después, ¡fíate de los dayakos. de tierra! ¡Son más viles que los negros!

Una voz imperiosa dominó aquel charloteo.

—¡Silencio! ¡Cubrid las llaves de vuestras carabinas!

Otro vivísimo relámpago desgarró en aquel momento las tinieblas, haciendo centellear por algunos instantes, por debajo de las gigantescas hojas, los cañones de numerosas carabinas y el espléndido acero de los parang. y de los kampilang. pendientes de la cintura de aquellos hombres emboscados.

En aquel momento una ráfaga furiosa azotó la selva, torciendo no sólo las ramas, sino incluso los troncos delgados y elásticos de las palmas, y haciendo danzar desordenadamente las lianas rotang. y los larguísimos nepentes, cuyas flores, en forma de vaso, habían sido ya arrancadas.

Comenzaba a llover; pero no caían simples gotas. Eran auténticos chorros de agua, los cuales, al caer sobre las hojas, originaban un fragor semejante al del granizo grueso.

De repente, en medio del formidable ruido de la tempestad, se dejó oír una voz seca:

—¡Aquí estoy, Tigre de Malasia!

Un viejo malayo de rostro bastante arrugado, que vestía un simple sarong. de algodón rojo, el cual, ciñéndole los costados, descendía hasta las rodillas, y que empuñaba una espléndida carabina india con la culata taraceada con laminillas de plata y de nácar, había surgido de improviso de un espeso matorral.

—¡Sambigliong! —exclamaron varias voces—. ¡Por fin…!

Otro hombre se adelantó desde un grupo de troncos de pimenteros silvestres.

Era un magnífico tipo de borneano, de unos cincuenta años, con el rostro bastante bronceado, ojos negrísimos y todavía llenos de fuego.

Su barba y sus cabellos, que llevaba largos, apenas eran entrecanos.

Vestía como un raja malayo o indio: casaca de seda azul con bordados de plata, abierta por delante de modo que mostraba una camisa de seda blanca; amplios calzones, ala turca, ceñidos a los costados por una alta faja de terciopelo negro con flecos de oro; botas altas de tafilete rojo con la punta retorcida. Tenía en su mano una carabina inglesa de dos cañones y en la faja llevaba dos pistolas y una corta cimitarra en cuya empuñadura brillaba un diamante tan grande como una avellana.

—Ya era hora de que llegases, Sambigliong —dijo, mientras se arreglaba el turbante de seda, para que el viento no se lo arrebatase.

—La selva es muy tupida ante nosotros. Tigre de Malasia —respondió el viejo malayo—, y he tenido que avanzar con extrema prudencia. Sabes, patrón, que ante la kotta. de los dayakos hay siempre fosos sembrados con puntas de flecha envenenadas con el upas.

—¿Cuántos fosos has atravesado?

—Tres, patrón.

—¿Has visto centinelas en las empalizadas de la kotta?

—Solamente dos.

—¿Cuántos hombres crees que albergue el poblado?

—No más de doscientos.

—¿Has visto alguna pieza de artillería?

—Sí, un mirim.

—Esos cañones de latón valen poco —observó el Tigre de Malasia tras un breve silencio—. Nosotros ya los conocemos, ¿verdad, Sambigliong?

—Y podemos decir también que las espingardas. son infinitamente mejores —dijo el viejo malayo.

—Esperemos a que pase el huracán y después comenzaremos el ataque. ¡Ay si Nasumbata logra escapársenos y llegar junto al raja de Kin-Ballu! Y además desearía tenerlo en mis manos antes de que lleguen aquí Yáñez y Tremal-Naik.

—¿Llegarán pronto?

—No deben de estar lejos —respondió Sandokán—. Toma veinte hombres y ve a emboscarte detrás de la kotta. Atrápalos a todos, porque estoy seguro de que Nasumbata será el primero en echar a correr.

—¿Cuándo comenzarás el ataque, patrón?

—Más pronto de lo que crees. Me preocupa una cosa…

—¿El mirim?

—No, los fosos —respondió el Tigre de Malasia—. Mis cincuenta hombres están descalzos y si ponen un pie sobre una flecha envenenada nadie los salvará. El upas no perdona, y los dayakos de la selva lo usan y aun abusan de él.

—Haz construir puentes volantes, patrón.

Sandokán, o sea el Tigre de Malasia, como lo llamaban los bornéanos de las costas occidentales de la inmensa isla, hizo un gesto como para decir: «En eso ya he pensado yo; no te preocupes».

Luego añadió:

—A tu puesto, viejo Sambigliong: respeta sólo a las mujeres y a los niños. Ve a tomar tus veinte hombres y déjame por ahora tranquilo. Esperemos a que cese esta lluvia.

Le dirigió un gesto de despedida y volvió a introducirse entre los espesos matorrales, que, afortunadamente, estaban protegidos por un grupo de bananos cuyas hojas no tenían menos de cuatro metros de longitud por uno y medio de anchura.

En vez de calmarse, el huracán aumentaba espantosamente. Vivísimos relámpagos se alternaban con truenos formidables y aguaceros.

De vez en cuando una ráfaga, con una fuerza inaudita, que parecía que levantase las aguas de la bahía de Malludu, se abatía con mil silbidos sobre la selva, con aullidos horribles, desgajando ramas y troncos y enmarañando las espesas redes de rotang y de calamus..

Los malayos permanecían inmóviles, absolutamente impasibles bajo aquel diluvio. Sólo tenían una preocupación, que era la de mantener bien cubiertas las llaves de sus carabinas bajo el sarong doblado, a fin de que no se mojasen las cápsulas.

Transcurrió otra media hora durante la cual los relámpagos, los truenos y las ráfagas continuaron sin interrupción, llevando el desorden a la selva, cuando compareció otro hombre, que se precipitó hacia el lugar donde se había refugiado el Tigre de Malasia.

—Patrón Sandokán —dijo—, me manda Sambigliong.

—¿Están en sus puestos los hombres?

—Sí, patrón. Se han emboscado formando una cadena tras la kotta y te aseguro que no pasará nadie.

—No era necesario que me avisase —respondió Sandokán, el formidable jefe de los piratas de Mompracem.

—Pero vengo a darte otra noticia.

—Habla, Sapagar.

—Entre los truenos hemos oído una detonación que nos parece originada por algún cañón.

Sandokán se había levantado presurosamente, presa de una viva agitación.

—¿De dónde provenía ese disparo? ¿De la kotta?

—No, patrón; de la bahía.

—¿Habrá sido asaltada nuestra chalupa? Me parecería imposible en una noche como ésta.

—El tiro debe de haberse disparado muy lejos, patrón.

—¿Habrán llegado ya Yáñez y Tremal-Naik y con ese disparo han querido avisarnos?

—No sabría decírtelo. Tigre de Malasia —respondió Sapagar.

Sandokán reflexionó un momento y luego dijo:

—Llévate contigo dos hombres, no más, ya que mi columna está quedándose bastante débil; acércate a la playa y embárcate en la chalupa. Deja, sin embargo, los praos. anclados.

—¿Y luego, patrón?

—Explora la bahía y, si ves un yate detenido en cualquier lugar, ven en seguida a avisarme. Yo ya estaré para entonces dentro de la kotta. Vete y no pierdas tiempo.

Luego, mientras el malayo salía corriendo, empuñó la cimitarra y gritó:

—¡Adelante, tigres de Mompracem! ¡Sambigliong nos espera tras la kotta!

Treinta hombres medio desnudos, armados de carabinas y de kriss., esos terribles puñales; de hoja ondulada, de una longitud de más de un pie y que suelen tener la punta envenenada; y de parang, los pesadísimos sables que acaban en forma acanalada y que de un solo golpe decapitan incluso a un toro, habían salido de los matorrales y se habían dispuesto en dos filas.

—¿Están cargadas vuestras carabinas? —preguntó Sandokán.

—Sí, jefe.

—¿Están dispuestos los puentes volantes para los fosos? —Sí, jefe.

—Adelante y tened cuidado dónde ponéis los pies. Sambigliong me ha avisado de que hay flechas envenenadas disimuladas alrededor de la kotta.

Los treinta hombres se pusieron en marcha, en el mayor silencio, precedidos por su jefe.

Continuaba tronando y los relámpagos no habían cesado todavía. Pero no llovía.

Pese a todo, el viento de vez en cuando se adentraba bajo la inmensa selva virgen, ululando siniestramente y arrancando hojas, frutas y ramas. La pequeña columna avanzó durante unos diez minutos, deslizándose con cautela entre tronco y tronco, cuando la voz del jefe se hizo oír.

—¡Alto! ¡La kotta está ante nosotros! ¡Listos para el asalto!

A la luz vivísima de un relámpago había aparecido el poblado a una distancia de apenas doscientos pasos.

Los dayakos que habitan los grandes bosques de Borneo no construyen sus poblados sencillamente, como hacen los malayos y los javaneses.

Como quiera que siempre están en guerra con una u otra tribu o contra los negros del interior, porque no tienen otra preocupación que engrosar su colección de cráneos humanos, abren en medio de la espesa selva un calvero más o menos amplio y, construidas las cabañas, se apresuran a proveerlo de fuertes empalizadas, que generalmente tienen una altura de tres o cuatro metros.

Para hacer más difíciles las sorpresas, excavan también dos e incluso tres profundos fosos dentro de los cuales acumulan masas de ramas espinosas, obstáculos casi insuperables para gente que no ha tenido jamás el hábito de llevar calzado.

Además, en algunas zonas de tierra plantan puntas de flecha envenenadas con el jugo del upas. Tales fortalezas, puesto que pueden llamarse verdaderamente así, no son, por consiguiente, fáciles de expugnar.

Con todo, los malayos que estaban a punto de asaltar el poblado eran hombres que conocían muy bien las kottas borneanas; por ello, ante la orden lanzada por el Tigre de Malasia, adelantaron ocho puentes volantes, formados por ligeras tablas, con los que atravesar sin riesgo las zonas peligrosas sembradas de aquellas terribles flechas envenenadas.

—Cuando levantéis los puentes observad atentamente el terreno —dijo Sandokán—. ¿Tenéis los bambúes para la escalada?

—Sí, capitán.

—¡Entonces, adelante!

Los puentes, que medían cuatro metros de longitud por dos de anchura, fueron emplazados sobre el terreno y los treinta malayos, ya seguros, gracias a aquel modo ingenioso de rebasar el último tramo y llegar sin ningún peligro hasta los fosos, comenzaron su avance en el silencio más profundo.

Había cesado el huracán. En las regiones ecuatoriales las tempestades estallan con inaudita violencia, pero son de brevísima duración.

El agua que derraman sobre la tierra en aquellas dos o tres horas es incalculable y ¡ay si no ocurriese así! Si los huracanes fuesen muy raros, las selvas no podrían resistir el gran calor y todo ardería.

Solamente el viento continuaba ululando bajo los grandes árboles, cubriendo así los débiles rumores producidos por los malayos en su avance. Una vez que la columna había pasado y se había examinado atentamente el terreno, los treinta hombres llevaban más adelante los puentes, ya que tenían necesidad de ellos para cruzar los fosos.

La zona que podía esconder las flechas fue atravesada así sin que los centinelas, vigilantes en las empalizadas de la kotta, se percatasen de nada.

Ante los malayos se presentó el primer foso, bastante profundo, de una anchura de tres metros y lleno de ramas espinosas. ¡Ay si los asaltantes hubieran tenido que atravesarlo con los pies desnudos! Ciertamente que ninguno habría logrado llegar a las empalizadas. Y detrás de aquél había otros dos.

—¡Adelante los puentes! —Mandó el Tigre de Malasia, que ni por un momento apartaba los ojos de la empalizada—. No hagáis ruido.

En aquel mismo momento se oyó una voz muy aguda que gritaba:

—¡Alarma!

Uno de los centinelas que vigilaban junto a la empalizada debía de haber oído el rumor producido por el primer puente lanzado a través del foso y llamaba a los guerreros dayakos para la defensa.

—No os mováis —dijo en seguida Sandokán—. Cuerpo a tierra y manteneos dispuestos para hacer una descarga.

Los malayos, acostumbrados a las guerras de emboscada, obedecieron rápidamente tendiéndose sobre los puentes.

Dentro del poblado se oía a hombres gritar y se veían centellear fuegos.

Poco después bastantes hombres, armados con cerbatanas y parang, aparecieron en lo alto de las empalizadas, empuñando antorchas en sus manos.

Se cruzaban preguntas y respuestas.

—¿Dónde están?

—Escondidos en la selva.

—¿No te has confundido?

—He oído caer algo en el foso.

—¿No habrá sido un babirusa o algún cerdo salvaje?

—¿O un maias?

—No he visto ningún gorila.

—¿Está cargado el mirim?

—Sí.

—Haced un disparo.

Algunos hombres habían acudido hacia un ángulo de la kotta, donde surgía un pequeño cobertizo destinado seguramente a proteger la pequeña pieza de artillería.

—No hagáis nada —susurró Sandokán a los hombres más cercanos—. Pasad la orden.

Transcurrieron algunos instantes y luego un relámpago desgarró las tinieblas seguido por una detonación bastante fuerte que repercutió largamente bajo la selva.

El mirim había hecho fuego.

Lo habían disparado al azar, más con la esperanza de espantar a los asaltantes que de alcanzarlos, porque los malayos, protegidos por la lóbrega sombra proyectada por las gigantescas hojas de las palmas, eran totalmente invisibles.

El mirim disparó tres veces, lanzando su bala de dos o tres libras, a través de la selva, a diversas alturas; luego se suspendió el fuego, que no había dado ningún resultado apreciable.

Sandokán, dándose cuenta de que los dayakos de la kotta no tenían ningún deseo de desperdiciar sus municiones, que, muy probablemente, no eran abundantes, hizo lanzar a través del primer foso dos puentes.

—¡Pasad! —mandó a media voz.

Una docena de malayos atravesaron el foso, llevándose con ellos otros cuatro puentes volantes.

El mirim tronó por cuarta vez y su bala no se perdió, pues partió por la mitad a un malayo de la retaguardia.

Gritos terribles resonaban sobre las empalizadas:

—¡Ya vienen…! ¡Atacad! ¡Empuñad los kampilang!

—¡Y nosotros también! —Gritó Sandokán—. ¡Fuego la retaguardia! ¡Adelante los puentes!

Una formidable descarga de mosquetería respondió a la orden. Mientras los malayos de vanguardia arrojaban rápidamente los puentes volantes, el grueso había abierto fuego en dirección a la pieza de artillería, para obligar a los sirvientes a abandonarla.

Las carabinas indias, armas óptimas por su precisión, no tardaron en hacer estragos entre los artilleros.

Sobre las empalizadas se agrupaba un buen número de guerreros del poblado gritando espantosamente y lanzando, con sus cerbatanas, nubes de dardos.

Sandokán, que estaba siempre en vanguardia, atravesó rápidamente los tres fosos, cubiertos por los puentes volantes, y se adelantó hasta situarse bajo la empalizada.

—¿Está dispuesta la mecha? —preguntó a los hombres que lo seguían.

—Sí, capitán.

—Situad aquí el petardo. Esta pared de madera se derrumbará como un castillo de naipes. Mientras uno de sus hombres avanzaba corriendo contra los troncos que formaban la empalizada, Sandokán alzó la carabina y, viendo pasar a dos hombres que llevaban antorchas encendidas, los fulminó con un magnífico disparo doble.

Realizado esto, mientras la retaguardia continuaba disparando para poner en fuga a los guerreros, quienes no cesaban de lanzar flechas envenenadas, volvió a pasar los puentes, seguido inmediatamente por la vanguardia, a fin de no correr el peligro de saltar junto con la empalizada.

Los dayakos, aunque blanco de las carabinas de los malayos, se defendían con furor, disparando de vez en cuando algún tiro de mirim y algún arcabuzazo.

Los salvajes habitantes de los bosques bornéanos son valerosísimos y desprecian la muerte.

Ni siquiera el cañón los espanta, pues están habituados a embarcar en praos costeros, los cuales siempre llevan, si no piezas de artillería de grueso calibre, por lo menos grandes espingardas.

Sandokán y sus malayos, una vez vueltos atrás por los puentes, se habían metido nuevamente en la espesa selva en espera de que se produjera la explosión.

Los dayakos, creyendo que aquellos misteriosos enemigos, espantados por la acogida que habían tenido, se habían decidido a batirse en retirada, habían cesado de lanzar flechas y de disparar el mirim.

—Jefe —dijo aproximándose a Sandokán un viejo malayo, de aspecto feroz, que empuñaba fieramente un pesadísimo parang—, ¿crees que cederá la empalizada? Los dayakos emplean tablas de teka y ya sabes lo resistente que es esta madera.

—El petardo derrumbará los tablones y las traviesas al mismo tiempo —respondió el Tigre de Malasia.

—¿Estará Nasumbata dentro de la kotta?

—Ya verás cómo dentro de unas horas estará en mis manos. Advierte a mis hombres que se precipiten rápidamente al asalto apenas sobrevenga la explosión. Aunque ciertamente Sambigliong está listo para impedir el paso a los fugitivos. Ah, me olvidaba de una cosa. ¿Tienen antorchas mis hombres?

—Sí, jefe.

—¿Bien secas?

—Así lo espero.

—Que las enciendan y prendan en seguida fuego a las cabañas. —Serás obedecido.

En aquel instante se oyó un estallido violentísimo y una llamarada se elevó en la base de la empalizada.

El petardo había estallado con inaudita violencia, destrozando tablones y traviesas y lanzando por los aires a tres o cuatro guerreros dayakos.

La voz de Sandokán tronó inmediatamente:

—¡Al ataque, tigres de Mompracem!

Los malayos se lanzaron a través de los puentes, derrumbando con ímpetu irresistible la empalizada desvencijada por la explosión, y se precipitaron dentro de la kotta empuñando los parang y los kampilang, al tiempo que gritaban a voz en cuello:

—¡Rendíos!

Dos docenas de guerreros dayakos intentaron detenerlos, mientras de las cabañas salían, corriendo y gritando, mujeres y muchachos, tratando de escapar por las puertas opuestas o de ponerse a salvo en la selva que circundaba la pequeña fortaleza.

Todos aquellos dayakos eran magníficos tipos, de alta estatura, tez amarillenta, adornados con brazaletes de latón y cobre y armados con kampilang de acero natural, un metal que sólo se encuentra en Borneo.

Para su defensa solamente llevaban grandes escudos de piel de búfalo o de babirusa.

Pero se necesitaba más que eso para detener a los tigres de Mompracem, los piratas más formidables del mar de la Sonda.

Se trabó un feroz combate a golpes de kampilang y de parang, mientras algunos malayos, provistos de teas, prendían fuego a las cabañas ya desalojadas de mujeres y niños.

Sandokán, viendo que los fuertes guerreros resistían tenazmente los asaltos incesantes de sus hombres, llamó a la retaguardia, ocupada en retirar los puentes, y con unos pocos disparos de carabina decidió a su favor la suerte de la lucha.

Aunque los dayakos habían recibido refuerzos de otros guerreros, cedieron el campo y se dieron a la fuga precipitada entre las cabañas ardiendo.

Los malayos no se preocuparon de perseguirlos, sabiendo que Sambigliong los esperaba en el borde de la selva con un fuerte destacamento de tigres de Mompracem.

—Registrad las cabañas que aún no han sido incendiadas —mandó Sandokán, quien procedía cautamente manteniendo en alto su carabina—. En cualquier lugar sacaremos de su cubil a ese perro de Nasumbata. Si ha escapado, caerá en manos de Sambigliong.

Los malayos se habían precipitado por las calles de la fortaleza iluminada por las llamas y se habían puesto a registrar febrilmente las viviendas.

De vez en cuando disparaban algún tiro de fusil contra los dayakos, quienes, probablemente dándose cuenta de la emboscada que los esperaba en la selva, habían ocupado la empalizada opuesta, lanzando nubes de flechas con sus cerbatanas.

De repente resonó un grito:

—¡Ahí está! ¡Huye!

—¿Quién? —preguntaron varios.

—¡Nasumbata…!

—¡A él! ¡A él! ¡Atrapadlo!

—¡Y vivo! —tronó la voz del Tigre de Malasia.

Un hombre que vestía un simple padjon, o sea una especie de sayo de algodón que desde la cintura le llegaba hasta los pies, había saltado de una cabaña, empuñando una gran pistola de larguísimo cañón y un kriss de hoja ondulada.

Ágil como un tigre, había pasado ante los malayos de vanguardia con la velocidad de una flecha, intentando alcanzar una de las puertas de la kotta para ponerse a salvo en el bosque.

Sandokán lo había visto.

—¡Quietos todos! —gritó—. Ese hombre es mío.

Alzó su espléndida carabina de dos cañones. El fugitivo continuaba corriendo a través de la plaza central de la kotta, saltando a derecha y a izquierda para no ofrecer a los malayos un blanco seguro.

Resonó un tiro de fusil y el hombre cayó, llevándose una mano a la pierna izquierda.

El Tigre de Malasia había hecho fuego.

Los malayos estaban a punto de precipitarse sobre el herido, pero su jefe los detuvo rápidamente con un gesto enérgico.

—Vosotros ocupaos de los dayakos —dijo—. No han abandonado todavía el poblado y podrían volver para el desquite. Dejadme a mí despachar este asunto.

En efecto, los defensores de la kotta, seguros de que en la selva les esperaban otros enemigos, se habían reunido en la empalizada de poniente, que estaba provista de una especie de pequeños puentes, y parecía que se preparaban para disputar desesperadamente el paso a los primeros asaltantes.

Sandokán se acercó al herido manteniendo empuñada la carabina, dispuesto a fulminarlo con un segundo disparo en el caso de que opusiera resistencia.

—Arroja la pistola y el kampilang —le dijo—. Ahora estás en mis manos y no te volverás a escapar.

El dayako continuaba en tierra, estrechando con una mano la pierna que debía de haber sido destrozada por la bala.

A la intimación de Sandokán respondió con un grito de furor, y luego alzó la gran pistola.

—¡Arrójala! —Repitió el jefe de los malayos—. Aún puedes salvar la piel.

—No me dejarás con vida —respondió el herido rechinando los dientes.

—Dependerá de las respuestas que me des.

El dayako dudó un momento y luego lanzó lejos el arma. Sandokán extrajo del cinturón un silbato de oro y lanzó una nota estridente.

Acudieron tres o cuatro malayos que estaban saqueando las cabañas que se habían librado del incendio.

—Atad a este hombre; vendadle la pierna herida lo mejor que podáis y transportadlo a la vivienda del jefe del poblado.

Cargó tranquilamente la carabina y se dirigió hacia la empalizada ocupada por los defensores de la kotta.

Los malayos habían comenzado a disparar de nuevo, decididos a desalojarlos o a obligarlos a la rendición.

También desde la otra parte del círculo los hombres de Sambigliong disparaban de vez en cuando algún tiro.

—¡Arrojad las armas y os prometo la vida! —gritó el jefe de los malayos a los vencidos—. Si no os rendís prenderé fuego a la kotta y os fusilaré del primero al último. Es el Tigre de Malasia quien os habla.

Al oír aquel nombre, popularísimo y al mismo tiempo bastante temido en todas las costas del Borneo septentrional, los dayakos dejaron caer los kampilang, las cerbatanas y los kriss.

—¡Haced prisioneros a esos hombres! —dijo Sandokán a los malayos—. ¡Ay del que les toque un solo cabello! Dejad libres a las mujeres y los niños y llamad a Sambigliong y su tropa.

Tomó la carabina con su mano derecha, empuñándola como si fuese a emprender una carrera, pero en lugar de ello se dirigió a la primitiva vivienda del jefe de la kotta. Interiormente se prometió arreglar todas sus cuentas pendientes con el desalmado Nasumbata.

2. Los piratas dayakos

La cabaña del jefe de la kotta estaba situada en la plaza, completamente aislada de las demás, y solamente difería de ellas por su amplitud y su altura. Como todas las viviendas de los pueblos salvajes, tenía forma cónica y estaba formada por ramas más o menos estrechamente entrelazadas y cubiertas de hojas de banano y de palma, dispuestas en capas de modo que impidieran pasar la lluvia.

El interior consistía en una sola habitación circular, con piso cubierto de bellas esteras pintadas toscamente.

El mobiliario era sencillísimo: vasijas de terracota, caparazones de tortugas marinas y dos lechos formados por capas de hojas superpuestas.

Había, sin embargo, una especie de palco, apoyado contra la pared, bien provisto de cráneos humanos: el museo de la tribu.

Los dayakos del interior son todos grandes cazadores de cabezas, incluso obligatoriamente, porque ningún joven guerrero puede casarse sin regalar por lo menos un par de cráneos humanos a su joven consorte.

Basta con que la colección de la tribu se aumente con otro par de cabezas. Nadie investiga cómo se las ha procurado el joven guerrero.

Nasumbata yacía sobre una capa de hojas, vigilado por cuatro malayos, con los brazos atados a la espalda y la pierna destrozada envuelta en un pedazo de padjon.

Era un hombre de unos treinta años, de formas ágiles y al mismo tiempo vigorosas, con la piel casi amarillenta y las facciones finas y bellísimas, ya que los dayakos son los hombres más guapos de todas las islas de Malasia.

Al ver entrar a Sandokán tuvo un sobresalto y por sus ojos negrísimos pasó como un relámpago de terror.

—Ahora hablaremos nosotros dos, amigo —dijo el jefe de los malayos sentándose en un rollo de esteras y poniéndose la carabina entre las piernas—. Ciertamente que tú no esperabas verme tan pronto. ¿Por qué has desertado, después de haber venido a la isla de Gaya a suplicarme que te enrolase en mis bandas?

—Porque quería volver a mis grandes bosques y ver de nuevo a mi tribu —respondió el herido.

—¡Mientes! —Gritó Sandokán—. En tu precipitada fuga te has olvidado en tu cabaña una hoja de palma en la que se habían trazado unos signos que un dayako adicto a mí ha logrado descifrar.

Nasumbata hizo una mueca y sufrió un estremecimiento nervioso.

—Una hoja… —balbuceó luego mirando al Tigre de Malasia con turbación.

—¿Cuánto te ha prometido el raja del lago para venir a espiar mis movimientos y sorprender mis designios?

—¿El raja del lago? —balbució el herido.

—Sí, el del lago de Kin-Ballu, el raja blanco que desde hace tantos años se sienta sin que nadie le estorbe en el trono de mis padres y que quizá creía que yo había renunciado para siempre a vengar las muertes de mi padre, mi madre, mis hermanos y mis hermanas. Si ese miserable aventurero, fugitivo de no sé qué penitenciaría inglesa, no hubiese sublevado con no sé qué artes diabólicas a los dayakos del lago contra mi viejo padre, yo no habría llegado a ser el formidable pirata de Mompracem que todos conocen; ¿me comprendes, Nasumbata?

—¿Y has esperado tanto? —Preguntó el prisionero—. Yo era un muchacho cuando tu familia fue exterminada por aquel aventurero.

—No tenía fuerzas suficientes.

—Y sin embargo te has convertido en el terror de los mares de Malasia y has hecho temblar incluso al sultán de Varauni. ¿No has vencido también a James Brooke, el poderoso raja de Sarawak?

—¿Cómo lo sabes?

—Al lago llegaba alguna noticia de tus grandes empresas.

—Llevadas por los espías de aquel miserable, situados a lo largo de la costa e incluso en Labuan, ¿no es verdad? —Dijo Sandokán—. Sé que me hacía vigilar estrechamente y quizá fue él quien me azuzó contra los ingleses para que yo perdiese mi isla.

—No lo sé. Tigre de Malasia —respondió Nasumbata, cuya frente se iba ensombreciendo.

—¿Cuánto te ha pagado ese infame por espiarme?

—Estás equivocado, señor.

—Es inútil que continúes negando. Aquella hoja te ha traicionado. En ella se señalaban el número de mis hombres y de mis barcos y había también el nombre de Yáñez. Debes de haber escuchado alguna noche las conversaciones que tenía con mis lugartenientes, y a la primera ocasión has huido para avisar al raja blanco.

—No tienes ninguna prueba de que sea yo quien grabara aquellos signos en la hoja de palma.

—Los dayakos de mar y los malayos no usan ese sistema; y de los dayakos del interior sólo estabas tú en mis bandas… —respondió Sandokán—. Y además, mis viejos tigres de Mompracem me son demasiado fieles para urdir tal traición. Tú has visto con tus propios ojos cuánto me adoran: para ellos soy una divinidad guerrera y no un hombre.

El herido hizo una segunda mueca, pero en seguida repuso con voz bastante firme:

—Yo no sé nada: como te he dicho, señor, he dejado la isla de Gaya porque experimentaba ya desde hacía tiempo la nostalgia de mi pueblo. Soy un dayako del interior y no de mar, y amo mis grandes bosques y mi cabaña. En cuanto a la hoja, puede haber sido grabada por cualquier otro. ¿Cómo puedes saber que he sido yo?

—¿Dónde se encuentra tu poblado? —preguntó Sandokán.

—Lejos, muy lejos, en medio de las grandes selvas que se extienden más allá del gran lago.

—¡Entonces, tú conoces el camino que lleva a Kin-Ballu!

—No hay caminos.

—Ya lo sé; pero tú podrías guiarnos a través de los bosques y conducirnos al lago.

El herido le miró con los ojos entornados y luego, tras un instante de silencio, añadió:

—Sí, si me curo, pero sólo te guiaré a ti y a un pequeño destacamento.

—¿Por qué? —indagó Sandokán.

—Los grandes bosques son posesión de las tribus de los kaidangan, las cuales son las más numerosas y las más feroces que se encuentran hacia el norte. Si avanzases con un gran destacamento, difícilmente podrías escapar a sus ataques y tu cabeza iría a hacer compañía a muchas otras.

—Eso no es cuestión tuya. Jamás he temido a los cortadores de cabezas.

—Yo me preocupo de la mía y no tengo ningún deseo de perderla.

—Eres astuto como un verdadero salvaje —dijo Sandokán—. Confías en engañarme y en manejarme como a un títere, pero te equivocas de medio a medio, amigo. Reanudaremos esta conversación más tarde.

Se volvió hacia los cuatro malayos y les dijo:

—Entablillad la pierna de este hombre; luego le construiréis una litera y lo transportaréis a la costa.

Estaba a punto de salir cuando entró Sapagar, uno de sus lugartenientes, el mismo que había mandado a la bahía de Malludu para que intentase saber de qué parte habían llegado aquellos lejanos cañonazos.

—¿Asaltan nuestra flotilla? —le preguntó Sandokán.

—No, patrón: la chalupa de vapor y los praos no están amenazados por nadie y nuestras tripulaciones vigilan a lo largo de la costa.

—¿Quién ha disparado, pues, aquel cañonazo?

—Hemos oído dos más, jefe, y me parece que venían de frente a la bahía. He explorado un par de millas, aunque el agua estaba muy agitada y zarandeaba furiosamente a la gran chalupa, y no he visto ningún fanal hacia el norte.

—Y, sin embargo, tengo la esperanza de que aquellos disparos sean del yate de Yáñez —respondió Sandokán, que se había quedado pensativo—. ¡Bueno! Dentro de una hora apuntará el alba y veremos qué sucede en la desembocadura de la bahía. Avisa a Sambigliong que permanezca aquí con veinte hombres, guardando a los prisioneros; reúne a los otros y pongámonos en seguida en marcha hacia la costa. Estoy impaciente por llegar allí.

El lugarteniente partió corriendo, mientras los cuatro malayos construían una camilla con bambúes y ramas entrelazadas para transportar al herido.

Sandokán extrajo de su amplia faja una riquísima pipa adornada de perlas y pequeñas esmeraldas, la llenó de tabaco y la encendió con un tizón que todavía llameaba ante una cabaña en ruinas.

Apenas había aspirado cinco o seis bocanadas de humo cuando reapareció Sapagar conduciendo a dos docenas de hombres.

—Estamos listos, jefe —dijo al Tigre de Malasia.

—¿Ha colocado centinelas Sambigliong? Esta kotta puede ser muy preciosa para nosotros.

—Todos están en sus puestos.

—Rodead la camilla del herido y vigilad que no se escape. Este bandido, incluso con una pierna rota, podría jugarnos una mala pasada. ¡Vamos, en marcha!

La pequeña columna salió por la brecha abierta por el pe tardo y se adentró en la selva tenebrosa, apretando el paso.

Cuatro hombres caminaban ante Sandokán, quien no había apagado la pipa para señalar el camino y evitar cualquier sorpresa por parte de los habitantes de la selva.

El camino fue recorrido rápidamente y sin malos encuentros. Sólo algún animal surgió ante la vanguardia desapareciendo rápidamente entre los matorrales, algún tigre, alguna pantera negra o quizás algún inocuo babirusa.

Comenzaban entonces a disiparse las tinieblas cuando Sandokán y sus hombres llegaron a una pequeña cala que se abría en el extremo meridional de la vasta bahía de Malludu.

Anclados cerca de la playa había una gran barcaza de vapor de doscientas o más toneladas (armada con una ametralladora situada a proa, sobre un perno giratorio, para batir diferentes puntos del horizonte, y con dos grandísimas espingardas colocadas a babor y estribor de la rueda del timón) y cuatro praos de guerra, con puentes y arboladuras inmensos, armados de mirim y larguísimas espingardas.

Sandokán produjo con su silbato de oro una nota larguísima y casi en seguida un malayo, que vigilaba a bordo de la barcaza, saltó a tierra.

—¿Has oído otros cañonazos? —le preguntó el Tigre de Malasia con tono preocupado.

—Sólo cuatro.

—¿Cuándo?

—Hace dos horas.

—¿Luego nada?

—No, jefe.

—¿De qué dirección venían las detonaciones?

—Del norte de la bahía.

—¿Y no has visto nada? —Absolutamente nada.

—¿Está a toda presión la máquina de la barcaza?

—Siempre, jefe.

—¡A bordo! —Gritó Sandokán, volviéndose hacia sus hombres—. Vamos a ver quién ha disparado esos cañonazos.

Como un relámpago los malayos saltaron al convés de la gran chalupa, ya ocupada por una docena de hombres salidos presurosamente por las escotillas de proa y popa.

—¡Adelante, máquinas! —mandó el jefe de los tigres de Mompracem.

Resonó un silbido agudo y la barcaza se hizo a la mar con una velocidad de catorce o quince nudos, dirigiéndose hacia el norte.

En aquel preciso momento aparecía el sol, lanzando sus rayos por encima de las inmensas selvas que se extendían por todas las costas orientales de la vastísima bahía.

Las aves marinas alzaban su vuelo en gran número, volando sobre aguas centelleantes de reflejos de color de púrpura, y grandes tiburones saltaban mostrando sus formidables colas y sus enormes bocas, siempre abiertas y erizadas de filas de dientes terribles.

Sandokán se había apoyado en la ametralladora, que, como hemos dicho, se encontraba en el castillo de proa, y alargaba su mirada hacia el norte con la esperanza de descubrir la nave que había disparado durante la noche aquellos cañonazos.

Había vuelto a encender su espléndido chibouk, pero no fumaba con su acostumbrada calma. Parecía que aspiraba rabiosamente el humo.

Sapagar, su lugarteniente, estaba cerca de él masticando una nuez de areca y escupiendo de vez en cuando un gran chorro de saliva roja.

Todos los demás estaban, por el contrario, apoyados en las bordas de babor y estribor, con las carabinas hacia el mar, como si esperasen ser asaltados de un momento a otro.

Apenas había transcurrido un cuarto de hora cuando una detonación retumbó hacia la entrada de la bahía, seguida inmediatamente por un nutrido fuego de fusilería.

Sandokán había depositado el chibouk encima del pequeño cabrestante.

—¿Es ése el cañón que decías? —preguntó a Sapagar.

—Sí, jefe —respondió el lugarteniente.

—¿A qué distancia crees que lo han disparado?

—A una media docena de millas.

Sandokán se mojó con un poco de saliva el pulgar de la mano derecha y lo levantó.

—Viento de poniente —dijo luego—. Apostaría mi cimitarra contra un kriss a que se combate en la bahía de Kudat. ¿No habrán asaltado los dayakos de tierra a los dayakos de mar para abastecer sus museos de cabezas humanas? Allí estaré yo también, queridos, y la ametralladora os calentará bien las espaldas. Querido Sapagar, haz cargar las espingardas con media libra de clavos. No matan, pero ponen en fuga.

Luego, volviéndose al timonel, gritó:

—¡Barra a barlovento! ¡Derechos a la bahía de Kudat!

Otro cañonazo resonó en aquel instante seguido por una descarga de fusiles.

—¡Parece que el asunto es serio! —Dijo Sandokán a Sapagar—. No son simples señales. Allí se combate y fieramente. ¿No habrán asaltado a Yáñez y Tremal-Naik? ¡Por mil diablos…! ¡Ay de ellos!

—Deberían haber llegado.

—Así creo.

—Con los indios del Assam.

—Yáñez no llegará solo. Un raja tiene millares y millares de guerreros y estoy seguro de que traerá un refuerzo considerable… ¡Otro cañonazo!

—Y otra descarga, jefe.

—¡Maquinista, alimenta las calderas: tengo prisa!

Esta orden era completamente inútil, porque los maquinistas y fogoneros competían en arrojar paladas de carbón a los hornos.

La barcaza se deslizaba como una golondrina marina, brincando y resoplando. Un bramido sonoro sacudía sus costados y bajo la popa el agua rebullía espumeante, atormentada por los golpes precipitados de la hélice.

—¡Todos a sus puestos de combate! —gritó Sandokán en el momento en que retumbaba otro cañonazo. Se subió al cabrestante para dominar con su mirada un espacio más vasto y oteó atentamente hacia el norte, allí donde se abría la bahía de Kudat.

—¿Nada, patrón? —preguntó Sapagar luego de unos instantes.

—Me parece divisar humo —respondió el Tigre de Malasia—. Hay un promontorio que me impide ver lo que sucede al otro lado.

—¿Y praos?

—Ninguno, por ahora. Ve a traerme mi carabina. También yo quiero hacer algún disparo.

Durante otros quince minutos la barcaza continuó su furiosa carrera, resoplando y vomitando por su chimenea inmensas nubes de humo negrísimo; luego se dejó oírla voz de Sandokán:

—¡Maquinista, disminuye la marcha! Y tú, timonel, vigila: hay escollos ante nosotros. Dos hombres al sondeo: ¡listos!

La barcaza había llegado casi al lado de un alto promontorio que impedía divisar la entrada de la pequeña bahía de Kudat.

Justamente detrás de aquel alto acantilado tronaba el cañón y resonaban las descargas de mosquetería. Ciertamente, a corta distancia se estaba combatiendo.

—¡A la ametralladora, Sapagar! —Tronó el Tigre de Malasia—. ¡Seis hombres a las espingardas y no ahorréis los clavos!

Armó la carabina y la apuntó hacia el promontorio.

Los disparos se sucedían unos a otros, alternándose con violentísimas descargas de fusilería. De vez en cuando se oían también detonaciones secas, que parecían producidas por gruesas espingardas o por mirim.

—Se trata de un auténtico ataque contra algún buque encallado —dijo Sandokán a Sapagar—. Hay armas modernas y armas antiguas que combaten juntas. ¿Quiénes serán los asaltados?

—¿Se habrán enfrentado dos tribus de piratas? —Preguntó el lugarteniente—. Ya sabes que son frecuentes los combates entre los dayakos de mar.

Sandokán sacudió la cabeza.

—No —dijo luego—, están en juego armas indias o por lo menos europeas. Sé distinguir muy bien un disparo de mirim o de espingarda de un disparo de una auténtica pieza, y así también la detonación de una carabina de la de un viejo arcabuz… ¿Dónde se habrán metido que no se dejan ver todavía?

—Veo humo, señor.

—¿Dónde?

—Sale de detrás del promontorio —respondió Sapagar.

En aquel momento se oyeron gritos espantosos. Parecía que centenares y centenares de hombres se animasen recíprocamente a intentar un osado abordaje.

—Son dayakos —dijo Sandokán—. ¡Ah, bribones! ¡Os las tendréis que ver con nosotros!

La barcaza bordeaba en aquel momento el promontorio, lengua de tierra bastante elevada, cubierta de palmas inmensas y que tenía ante ella un número infinito de agudos escollos, peligrosísimos para cualquier embarcación.

Los cañonazos aumentaron rápidamente y era furioso el estruendo de la fusilería.

Los tigres de Mompracem olfateaban ávidamente el olor de la pólvora y a cada descarga se estremecían.

El instinto feroz y guerrero de la raza malaya se despertaba con todo su poderío.

Se diría que por sus rostros pasaban en aquel momento estremecimientos terribles.

La barcaza, que navegaba lentamente para no chocar contra aquella multitud de escollos, dobló finalmente el promontorio y se presentó ante la entrada de la bahía.

En aquel momento se libraba una terrible batalla cerca de aquel espacio abierto, a poniente de la vastísima ensenada de Malludu.

Próximo a un islote estaba detenido un magnífico yate aparejado como goleta, de un desplazamiento de doscientas o trescientas toneladas, y desde su puente una veintena de hombres disparaban desesperadamente contra quince o veinte praos que lo habían rodeado.

De los puentes de los pequeños y velocísimos veleros se alzaban gritos espantosos y grupos de hombres, casi desnudos, armados de parang, kampilang y grandes mosquetones, se agitaban ferozmente intentando por todos los medios subir al abordaje.

Los hombres del yate se defendían desesperadamente, alternando cañonazos con furibundas descargas de mosquetería.

En medio de ellos, tieso en el pequeño puente de mando, un hombre blanco, de gran estatura, con una espesa barba entrecana, vestido con un traje medio europeo y medio indio, con un gran turbante en la cabeza, disparaba de vez en cuando sus largas pistolas manteniendo entre sus labios un cigarrillo apagado.

Parecía como si se encontrase, en vez de en medio de un combate, en una divertidísima fiesta.

Sandokán, que en seguida lo había visto, gritó a voz en cuello.

—¡Yáñez! ¡Mi hermanito blanco! ¡Tigres de Mompracem, al ataque! ¡Al ataque!

Los praos dayakos, habiéndose percatado en seguida de la presencia de la barcaza de vapor, en lugar de huir, habían formado rápidamente dos escuadras para hacer frente al doble enemigo.

Los siete u ocho más grandes se habían estrechado alrededor del yate de Yáñez, lanzando sobre la cubierta de éste nubes de flechas y disparando algunos tiros de arcabuz; los otros se habían hecho a la vela corriendo al encuentro de la barcaza.

—¡Haz hablar a la ametralladora! —Ordenó Sandokán—. Rápidos a las espingardas.

Una serie de detonaciones rompió el aire, apagadas BXX seguida por gritos espantosos. El terrible instrumento de destrucción comenzaba su trabajo fulminando a los pequeños veleros y sus tripulaciones.

Los tigres de Mompracem hacían el fuego aún más mortífero con sus carabinas.

Se había trabado la batalla con gran impulso por ambas partes, porque parecía que los dayakos estaban resueltos a llegar al abordaje, seguros de que una vez sobre el puente llevarían las de ganar, ya que eran tres o cuatro veces más numerosos.

Pero tenían enfrente a los dos campeones más formidables de la piratería malaya, que habían tomado parte en centenares de combates, a cuál más sangriento.

El yate y la barcaza oponían una resistencia maravillosa y con descargas tremendas mantenían alejados a los asaltantes, impidiéndoles llegar al abordaje.

Tres veces los praos se lanzaron con gran ímpetu contra la barcaza, desafiando la metralla y los tiros de espingarda y carabinas de los tigres, y otras tantas veces se vieron obligados a retroceder.

Viendo ante sí un espacio libre, Sandokán decidió intentar a su vez el ataque para unirse al yate.

—¡A toda máquina! —mandó—. ¡Destrozad lo que se ponga delante!

La barcaza tomó impulso y avanzó en medio de los pequeños veleros, los cuales estaban batiéndose en retirada, rechazados por el fuego infernal de la ametralladora y las dos espingardas.

No obstante, uno de los mayores, con numerosa tripulación, no tardó en volver a la carga intentando cortar el paso a la barcaza.

—¡Más velocidad! —gritó Sandokán.

La gran chalupa de vapor, cuyo casco era de hierro, embistió furiosamente al velero y le destrozó el costado derecho.

Sin embargo, no decayó el ánimo de los dayakos e intentaron arracimarse en las bordas de la barcaza para saltar al abordaje, pero la ametralladora fulminó a siete u ocho casi a quemarropa.

Los otros, viendo acudir a los malayos armados de parang, se arrojaron al agua, mientras el prao se volcaba quedando con la quilla al aire y hundiendo su inmensa arboladura.

El camino, por lo menos en aquel momento, estaba libre.

La barcaza se deslizó como una flecha entre los restantes veleros, disparando a babor y estribor, y se detuvo cerca del yate, el cual estaba encallado en el extremo de un pequeño banco de arena.

El hombre blanco que vestía un traje medio indio y medio europeo se inclinó sobre la barandilla del pequeño puente de mando, imitado por otro hombre vestido completamente de indio y que tenía la piel bronceada con alguna tonalidad amarillenta.

—¡Buenos días, Sandokán! —gritaron al unísono, mientras sus hombres no cesaban de hacer fuego.

—¡Buenos días, Yáñez! ¡Salud, amigo Tremal-Naik! —Respondió el Tigre de Malasia—. ¿Estáis anclados o encallados?

—Encallados —aclaró Yáñez—. No te preocupes por ello, la marea alta nos pondrá a flote.

—Cuento con mi barcaza y me será fácil volveros a poner en condiciones. ¿Necesitáis ayuda a bordo?

—No por ahora, hermanito.

—Ahora unamos nuestras fuerzas para desembarazarnos de estos bandoleros. Les daremos una lección que recordarán durante mucho tiempo. Estad atentos a no dejarlos subir a bordo. Si ponen los pies en cubierta, seremos nosotros los que pasaremos un mal rato.

Aunque habían experimentado gravísimas bajas y tenían más de una embarcación malparada, los dayakos volvían a la carga, más furiosos que nunca, resueltos a acabar todo con un golpe desesperado.

Al principio fue un duelo de tiros de espingarda, de ametralladora y de cañón, porque el yate llevaba dos pequeñas piezas colocadas a babor y estribor de la toldilla.

En un segundo tiempo, los dayakos, que no tenían nada que ganar, ya que poseían malas armas de fuego, comenzaron a formar una línea de cerco para coger en medio a las dos embarcaciones enemigas y acabar con sus tripulaciones a golpes de kampilang.

—¡Yáñez! —Gritó Sandokán, que no había abandonado la barcaza, aunque tenía ardientes deseos de abrazar a sus dos amigos—. Despeja la parte de babor; lo defenderé yo del abordaje desde mi lado. ¿Quieres algún buen cañonero? Tengo de sobra.

—Tengo a Kammamuri en las piezas. Figúrate que he hecho de él mi general de artillería…

—¡Ah!, ¿te lo has traído contigo?

—No podría vivir lejos de Tremal-Naik.

—Mientras charlamos se nos echan encima, ¡cuidado!

—¡Estos también gritan como ocas!

—Hagámosles callar, Yáñez.

—¡Fuego de andanada, Kammamuri! ¡Suéltales un tiro doble! ¡Eh, vosotros, mojad un poco los cañones de vuestras carabinas u os quemaréis los dedos!

Yáñez había subido de nuevo al pequeño puente de mando, seguido de Tremal-Naik, y se había puesto a mirar tranquilamente los praos, que habían comenzado ya a estrechar el cerco.

La barcaza y el yate habían reanudado la infernal música con un crescendo formidable.

Cuando la ametralladora y las espingardas callaban, eran las carabinas de los malayos y de los indios las que entraban en juego y no dejaban tiempo a los dayakos para recuperarse.

De vez en cuando algún mástil de los praos se derrumbaba con gran estruendo, aplastando las bordas y golpeando o lisiando a no pocos hombres, o bien se precipitaban sobre la cubierta velas y aparejos, sepultando a los combatientes.

Enormes nubes de humo envolvían a la barcaza y al yate, amenazando con asfixiar a los malayos e indios; y en medio de aquellas nubes estallaban por todas partes relámpagos y salían en formidables detonaciones.

Sin embargo, los dayakos no cesaban el cerco, como no cesaban tampoco de hacer tronar sus espingardas.

Estaban ya a punto de abordar la barcaza, la cual, como era más baja de borda, se prestaba mejor para un abordaje, cuando se oyeron algunos disparos retumbar justamente a popa de los pequeños veleros.

—¡Eh, Sandokán!, ¿quién nos trae refuerzos? —gritó Yáñez, que disparaba con una magnífica carabina de dos cañones.

—¿No ves nada tú, que estás más alto? —preguntó el Tigre de Malasia.

—El humo me lo impide.

—¡Sapagar!

—¡Patrón!

—Que suspendan un momento el fuego.

—Pero tenemos a los dayakos encima, patrón.

—Déjalos que se acerquen. ¡No ganarán nada! Quieren probar nuestros parang y se los haremos catar.

—¡Deteneos! —Gritó Sapagar—. ¡Empuñad los sables! ¡Atacamos!

Después saltó sobre el cabrestante de proa, atravesando el humo que el viento dispersaba lentamente.

—¡Nuestros praos! —exclamó un momento después—. Cañonean a los dayakos por la espalda.

—¡Reanudad la música! —Tronó Yáñez, que lo había oído—. ¡Cubrid de clavos y plomo a esa canalla!

Se reanudó el fuego con mayor furia.

Un prao dayako intentó abordar a la barcaza por la proa, lanzando sus veinte hombres al abordaje.

Sandokán se lanzó contra los asaltantes como un verdadero tigre, seguido por una docena de sus hombres, y les cerró el paso. Bastaron unos cuantos golpes de parang y algún pistoletazo para decidir a los dayakos a batirse en retirada.

En el mismo instante dos mástiles del prao caían a través del puente, abatidos por dos cañonazos disparados desde el yate.

Aquello fue la señal de una derrota completa. Los pequeños veleros, en gran parte maltrechos, rompieron el cerco, viraron más que de prisa y, aprovechando la brisa septentrional, se alejaron hacia poniente, saludados por una última andanada disparada desde la barcaza.

3. El retorno a la costa

La batalla había durado más de una hora, con notables pérdidas por ambas partes y gran derroche de municiones.

Pero la peor parte le había correspondido a la flotilla de los dayakos, la cual había perdido dos embarcaciones y había resultado con cuatro o cinco completamente destrozadas.

También habían caído muchos piratas, y se veían muchos cuerpos humanos flotar alrededor de los pecios, en espera de que los tiburones, siempre numerosísimos en las aguas de Malasia, acudieran a devorarlos.

Mientras los tigres de Mompracem se apresuraban a lanzar al agua sus muertos y a curar a sus heridos, Sandokán había subido rápidamente al puente del yate, donde Yáñez y Tremal-Naik lo esperaban ansiosamente.

Aquellos tres hombres formidables, que tantas audaces empresas habían llevado a cabo juntos en Borneo y en la India, se abrazaron afectuosamente.

—No creía poder veros tan pronto, queridos amigos —expresó el Tigre de Malasia.

—Y nosotros no esperábamos encontrarte aquí —respondió Yáñez—. ¿Oísteis, pues, nuestros cañonazos?

—Me avisaron alrededor de medianoche de que se hacía fuego. ¿Cuánto ha durado, en definitiva, el ataque?

—No ha comenzado hasta el alba —informó Yáñez—. Pero habíamos hecho fuego repetidas veces durante la noche para mantener alejados algunos praos sospechosos. Tú ya sabes cómo conozco a estos piratas costeros.

—¿Y Surama?

—Gobierna tranquilamente su Assam, adorada por el pueblo y por los grandes. Ha experimentado un gran disgusto cuando yo, príncipe consorte, he partido; pero como tú la has ayudado a conquistar el trono, yo no podía permanecer sordo a tu llamada y te traigo cuarenta guerreros assamés es, elegidos entre los mejores. Valen tanto como tus malayos.

—De ello respondo yo —dijo Tremal-Naik riendo—; yo, que soy ministro de la guerra y generalísimo de las tropas.

—Mientras yo soy, señor Sandokán, generalísimo de toda la artillería assamesa —declaró una voz alegre detrás de ellos.

—¡Ah, Kammamuri! —exclamó Sandokán estrechando la mano al fiel maharata de Tremal-Naik—. Donde va tu patrón estás tú siempre.

—Los terribles acontecimientos de la jungla negra nos han unido para siempre. Tigre de Malasia —respondió el maharata.

—¡Ah!… Explícame una cosa —requirió en aquel momento Yáñez, volviendo a encender su cigarrillo—. Nos habías dado cita en la isla de Gaya. ¿Por qué no has esperado nuestra llegada? Afortunadamente habías tomado la precaución de dejar instrucciones muy claras para nosotros.

—Porque han ocurrido algunas cosas que podrían comprometer la reconquista del trono de mis padres —respondió Sandokán—. Ya volveremos a hablar de ello más tarde. Por el momento ocupémonos de nuestro yate, que no tiene intención de moverse. Pero, ¿y Darma? ¿Y sir Moreland?

—Mi hija se encuentra en Colnibo con su marido —dijo Tremal-Naik—. Han prometido venir a vernos a la corte de Assam; ¿verdad, Yáñez?

—Y ese día prenderé fuego a mi trono —replicó el portugués, riendo.

—¿Te aburre, pues? —preguntó Sandokán.

—Si no amase a Surama, volvería aquí y dejaría con mucho gusto Assam y a todos los assameses. No somos hombres nosotros para llevar una vida tranquila. Hemos envejecido entre los gritos de guerra de los malayos y de los dayakos y el humo de la artillería, y añoro siempre Mompracem.

—¡Calla, hermanito! —dijo Sandokán con voz quebrada—. ¡Calla!

Se había pintado una viva emoción en su rostro varonil y apretaba los puños, mientras su frente se ensombrecía.

—¡Mompracem! —Continuó luego con un callado sollozo—. No vuelvas a abrir la herida que siempre sangra. Pero, ¡quién sabe si un día no volveré a pensar también en mi isla! Bueno, no hablemos más: éste no es el momento.

Dicho esto, se pasó dos o tres veces la mano por la frente, como para apartar recuerdos lejanos y bastante desagradables, y luego se inclinó sobre la borda de babor y gritó:

—Sapagar, ¿está a toda presión la máquina?

—Sí, patrón.

—Prepara una maroma, la más gruesa que tengamos. Ve rápido: los dayakos podrían volver con refuerzos y nos hemos quedado casi sin municiones.

—En seguida, patrón.

Entonces volviose a Yáñez:

—¿Has hecho sondar el agua?

—No hay más que tres pies. Es solamente la proa la que está encallada; la popa flota.

—¿Cuándo habéis encallado?

—Una hora antes de medianoche.

—¿Has cambiado de lugar el lastre?

—He hecho llevar por lo menos tres quintales a proa.

—¿Sube la marea?

—Desde hace un par de horas.

—Me parece, en efecto, que el casco experimenta algún estremecimiento. Ahora veremos —dijo Sandokán—. Temo que esos malditos dayakos se hagan de nuevo a la mar. Esos bribones se resignan difícilmente a las derrotas y son excesivamente vengativos. Probemos.

Descendió rápidamente por la escala y saltó a la barcaza, la cual se estremecía poderosamente bajo los golpes precipitados de los émbolos y de la hélice.

Se arrojó una sólida maroma desde la tolda del yate que fue asegurada en la popa de la barcaza; luego la máquina se puso a resoplar fuertemente y la tracción comenzó, al principio lentamente y luego con gran ímpetu.

Desde lo alto del puente Yáñez observaba la operación en compañía de Tremal-Naik y de Kammamuri.

La maroma se había tensado extraordinariamente, pero el yate resistía a la tracción de la barcaza, aunque sus hombres habían desplegado las dos cangrejas para ayudar al intento de desembarrancarlo.

De repente se elevó un grito de la tripulación de la barcaza. La máquina estaba a punto de vencer la resistencia de las arenas.

Se vio al yate al principio inclinarse ligeramente a estribor, y después deslizarse dulcemente por el mar. Ya flotaba perfectamente y podía volver a navegar con sus velas.

—¿Tienes vías de agua a proa, Yáñez? —gritó Sandokán.

—Ninguna —respondió el portugués—. Antes de que me asaltasen los dayakos ya había hecho visitar la sentina.

—Haz virar y sígueme sin retrasos. Veo allí, hacia la playa, reunirse algunos praos.

—Ahora no nos alcanzarán —afirmó Yáñez—. Mi yate es un velero de primera clase que puede desafiar a cualquier embarcación, malaya o dayaka.

Continuaba soplando una ligera brisa del norte, suficiente para un velero que llevaba cangrejas y escandalosa muy grandes.

En pocos instantes el yate hizo ciaboga y reanudó su ruta, escoltado a poca distancia por la barcaza de vapor y los dos praos malayos.

Sandokán se había puesto a observar junto con Sapagar. Algo debía de suceder en los pueblos dayakos alineados en la costa y casi a medias sepultados por una soberbia vegetación.

Se oían gritos agudísimos estallar de vez en cuando, en medio de uno u otro grupo de cabañas, y se oían también tiros de arcabuz que debían de ser señales.

En una profunda hendidura de la costa se veía navegar lentamente otros praos, haciendo extrañas evoluciones; no eran los que habían sido derrotados poco antes, porque no venían de poniente.

—¡En el fondo de todo esto está la mano de ese maldito inglés! —Afirmó Sandokán—. Hemos sido traicionados, querido Sapagar, a pesar de las precauciones que habíamos tomado para guardar nuestro secreto. Estoy más que seguro de que a estas horas en Kin-Ballu se conoce nuestro avance.

—Y sin embargo hemos capturado a Nasumbata —observó el malayo.

—Quizá hemos llegado demasiado tarde. Antes de que podamos llegar al lago tendremos que pasarlo muy mal. Pero somos bastante numerosos y no nos faltan ni las armas ni las municiones. A sus dayakos de tierra opondremos nuestros dayakos de mar de Tiga y nuestros malayos en compañía de los guerreros de Yáñez…

Se sentó sobre la espingarda de babor, sacó su chibouk, lo llenó y, después de haberlo encendido, se puso a fumar plácidamente.

Yáñez, en la popa de su yate, fumaba su eterno cigarrillo, sin preocuparse, según parecía, de los dayakos que durante la noche le habían dado tanto quehacer.

A mediodía la barcaza y el yate llegaban al fondeadero situado en el extremo meridional de la bahía de Malludu.

Echadas las anclas y botadas las chalupas, las tripulaciones desembarcaron ante una docena de cabañas construidas como mejor se había podido, con ramas y hojas de bananos y palmas.

Sandokán, Yáñez, Tremal-Naik y Kammamuri marcharon a ocupar la más amplia, que estaba guardada por un destacamento de malayos formidablemente armados.

En el interior, echado en un montón de hojas secas, estaba Nasumbata, con las manos atadas y la pierna herida cuidadosamente vendada.

—¿Quién es este hombre? —preguntó Yáñez, observándolo con extrema atención.

—El que me ha traicionado y me ha obligado a zarpar de Tiga sin esperar tu llegada —respondió Sandokán.

—¡Cómo! ¿Hay traidores entre tus hombres?

—No es uno de los viejos tigres de Mompracem.

—En efecto, no lo había visto jamás.

—Comamos ahora; después nos ocuparemos de este hombre.

En medio de la cabaña se había extendido una bellísima estera alegremente multicolor, formada por hojuelas y fibras de rotang, y alrededor de ella algunos cojines de seda roja.

Sandokán dio una palmada y Sapagar compareció inmediatamente, seguido por algunos malayos, que llevaban soberbios pescados asados, galletas y botellas.

—Os ofrezco todo lo que en este momento poseo —dijo el Tigre de Malasia—. Estamos escasos de víveres.

—Y nosotros no menos que tú —dijo Tremal-Naik—. Nuestro viaje ha durado más de lo que creíamos. La India no está próxima a Borneo.

—¿Os habéis embarcado en Calcuta?

—Sí, Sandokán —respondió Yáñez—, y, aunque la travesía no ha sido tempestuosa, sin embargo ha durado mucho.

—¿Dónde habéis comprado el yate?

—En Rangoon, para no suscitar sospechas entre las autoridades inglesas.

—Hagamos honor a la comida. Si no es variada, por lo menos es abundante.

En unos pocos minutos devoraron los manjares, copiosamente regados con excelentes botellas que se habían desembarcado del yate.

Estaban encendiendo las pipas y cigarrillos cuando entró Sambigliong, el viejo tigre de Mompracem, saludado alegremente por Yáñez, Tremal-Naik y Kammamuri.

—¿Qué novedades hay? —preguntó Sandokán, que de repente se había sentido inquieto.

—Durante vuestra ausencia han ocurrido cosas que no logro explicarme.

—¿Te han comido una media docena de hombres? —interrogó Yáñez bromeando—. Ya sabes que los dayakos del interior, además de ser terribles coleccionistas de cabezas humanas, tampoco desdeñan un bistec de sus enemigos.

—Mis malayos no han visto todavía ningún antropófago —respondió Sambigliong.

—Explícate mejor, pues —dijo Sandokán.

—En la selva que se extiende por detrás de la kotta hemos oído, por lo menos tres veces, un redoble prolongado. Si estuviera todavía en la India, diría que eran personas que tocaban algún enorme hauk.

—¿Es eso todo? —preguntó Yáñez—. Podrías mandar a esos músicos alguna botella para que recuperen un poco las fuerzas.

—Hay algo más, señor Yáñez.

—¿Has visto al diablo?

—No bromees, hermano —le dijo Sandokán—. No sabemos todavía qué sorpresa nos prepara ese perro aventurero que desde hace quince años se sienta en el trono de mis antepasados. Continúa, viejo Sambigliong.

—Hacia el alba, cuando mis hombres, después de haber dispuesto bastantes centinelas en las empalizadas de la kotta, se preparaban para reposar un poco, pareció como si un huracán violentísimo se desencadenase en la selva. Se oían fragores espantosos, que parecían producidos por el precipitarse de un número infinito de plantas, mientras entre las espesas redes de los rotang y los nepentes brillaban luces fugaces.

—¿Estaba calmado el tiempo?

—Muy calmado, patrón; había cesado completamente la tempestad y no había una nube en el cielo.

—¿Has oído algún tiro de fusil? —preguntó Tremal-Naik.

—Ninguno.

—¿Y gritos humanos? —indagó Sandokán.

—Tampoco.

—Era una serenata de nueva clase —dijo Yáñez volviendo a encender un cigarrillo y llenándose un vaso.

—¿Han permanecido tranquilos los prisioneros? —volvió a preguntar Sandokán después de un breve silencio.

—No se han movido. He probado a interrogarles y todos me han respondido que no han oído nada.

—Llévate otros veinte hombres, haz desembarcar un par de espingardas de nuestros praos y retorna a la kotta —dijo el Tigre de Malasia—. Esa pequeña pero sólida fortaleza nos es absolutamente necesaria.

—¿Y qué he de hacer de los prisioneros?

—Por ahora vigilarlos estrechamente y cuidar de que no huya ninguno, aunque ya estoy seguro de que el raja de Kin-Ballu está enterado de todo. Y ahora volvamos a chuparnos de Nasumbata. Creo, Kammamuri, que tendrás que trabajar. Siempre has sido famoso por tu forma de obligar a los prisioneros a hablar.

—¡No sería un maharata! —respondió el indio con una sonrisa cruel.

—Nos has dado bastantes pruebas en la India de tu valentía —dijo Yáñez—. De ello podría decir algo aquel pobre ministro assamés que raptamos.

—¿Cómo has podido conocer tú mis proyectos, que no eran conocidos para la mayor parte de mis hombres?

—Una noche escuché tu conversación —confesó Nasumbata—. Estabas con Sambigliong y Sapagar.

—¡Espía canalla! —murmuró Yáñez.

—¿Has tenido el suficiente tiempo para advertir al raja? —preguntó Sandokán.

Nasumbata tuvo una ligera vacilación, pero luego, viendo que los ojos del Tigre de Malasia se hacían amenazadores, no lo pensó más.

—He mandado un correo —confesó.

—¿Al raja?

—Sí, señor.

—¿Con qué encargo?

—Con el de avisarle de tu llegada y tu desembarco.

—¿Por qué no has partido hacia el lago?

—Quería vigilar tus movimientos.

—¿Crees que el raja del lago ha tomado las medidas para impedirme la travesía de las grandes selvas?

—Ciertamente; y no sé si lograrás ver las orillas del lago.

—¡De eso respondemos nosotros plenamente! —Aseguró Yáñez—. Hemos derribado otros tronos y no será ciertamente ese hombre el que detenga nuestra marcha. ¿Conoces tú el camino?

—Sí, señor.

—¿Cuánto necesitará este hombre para curarse? —preguntó a Sandokán.

—La herida no es grave. Y además, si es necesario, lo haremos transportar.

—Seguidme, amigos —invitó Yáñez—. Hay algunas cosas que este hombre debe ignorar por ahora.

Vaciaron otra botella, volvieron a encender pipas y cigarrillos y salieron, mientras dos malayos entraban para vigilar estrechamente al prisionero.

En la playa los malayos y los assameses indios estaban desembarcando los pocos víveres que habían quedado en la bodega del yate y armaban las inmensas velas de los praos, las cangrejas y las escandalosas.

Sólo la barcaza estaba todavía con las máquinas a presión, como si tuviese de un momento a otro que hacerse a la mar.

—Subamos al yate —dijo Yáñez—. Por lo menos nadie sabrá lo que proyectemos.

—¿De quién desconfías? —inquirió Sandokán.

—¡Nunca se sabe…! Desde que me he convertido en príncipe consorte dudo de todo y de todos.

Subieron a una chalupa y llegaron al yate, que se encontraba anclado a sólo veinte brazas de la playa, porque en aquel lugar el agua era muy profunda.

Atravesando el puente, descendieron a las cámaras donde había un bellísimo salón, con las paredes cubiertas de seda azul y dos amplias ventanas que se abrían en el espejo de popa, a babor y estribor del timón.

Alrededor había pequeños divanes de terciopelo azul y en medio una mesa tallada, con taracea de marfil y plata.

Del techo pendía una bellísima lámpara de bronce, de estilo indio, cuyos candelabros estaban formados por trompas de elefante entrelazadas con auténtico buen gusto.

Un indio de alta estatura, bastante moreno, más bien delgado, con ojos muy negros y ardientes y el rostro encuadrado por una barba negra y ligeramente encrespada, completamente envuelto en un amplio dootèe. de percalina floreada, se mantenía en pie en el extremo del salón, como si esperase alguna orden.

—Puedes irte, Sidar —le dijo Yáñez, saludándole con un gesto de la mano—. Por el momento no te necesitamos.

—¿Quién es ese hombre? —le preguntó Sandokán, cuando el indio hubo traspasado la puerta.

—Nuestro mayordomo o, mejor dicho, nuestro chitmudgar..

—¿De confianza?

—Por completo.

Se habían sentado alrededor de Nasumbata y continuaban fumando.

El desgraciado había permanecido silencioso, aunque lo había oído todo, ya que la lengua malaya, que ya hablaban también corrientemente Tremal-Naik y Kammamuri, le era tan familiar como la dayaka.

Sin embargo, sus ojos, inquietos, se habían fijado con cierta angustia en el Tigre de Malasia.

—¿Estás dispuesto a confesar? —le preguntó Sandokán—. Te advierto que hay un hombre que de todas formas te hará hablar y que vencerá fácilmente tu obstinación.

—Lo que sabía ya lo he dicho, señor —respondió el dayako—. He dejado tu isla porque era presa del deseo poderoso de volver a ver mi poblado y a mis compatriotas del interior.

—Ya me lo has dicho, pero tampoco ahora soy tan tonto como para creerte. Es muy diferente lo que queremos saber, a menos que quieras probar los mordiscos del fuego o del acero, o estallar con el vientre lleno de agua. Si quieres, te dejamos elegir.

—Como ves, mi amigo Sandokán es generoso —dijo Yáñez irónicamente—. Vamos, suelta la lengua antes de que perdamos la paciencia.

—No he visto jamás al raja del lago —declaró el herido—. Os lo juro por todas las divinidades de la selva.

—Entonces habrás visto a algún mensajero suyo —insinuó Sandokán.

—No; tampoco.

—Kammamuri, este hombre no quiere soltar la lengua. Lo dejamos en tus manos.

—Patrón —observó el maharata volviéndose hacia Tremal-Naik—, ¿te acuerdas de Manciadi, aquel a quien hicimos gritar en la jungla negra? Tampoco él quería decidirse a hablar, pero ¡cómo gritaba cuando el fuego enrojecía sus pies!

—Haz lo que quieras —respondió el indio.

El maharata agarró al herido por los brazos, lo arrastró a un ángulo de la cabaña y le cubrió los pies con hojas secas.

—¿Qué haces? —preguntó el desgraciado, que hacía esfuerzos prodigiosos para ahogar el dolor que le causaba la herida.

—¡Te quemo las piernas! —Respondió fríamente el maharata—. Así tu herida se cicatrizará más pronto.

Había ya encendido un fósforo y se preparaba para prender fuego a las hojas, cuando el dayako con un grito lo retuvo.

—¡No! ¡No! —exclamó—. Me destrozarías para toda la vida.

—¿Hablarás, pues? —le preguntó Sandokán.

—Sí, señor.

—¿Y lo confesarás todo?

—Todo.

—¿Es, pues, el raja del lago quien te ha pagado para traicionar mis secretos?

—No puedo negarlo.

—Kammamuri, dale un vaso de ginebra para que recobre un poco las fuerzas.

El maharata arrojó el fósforo y se dispuso a obedecer.

Cuando Nasumbata hubo vaciado el vaso, hizo que lo apoyaran contra la pared de la cabaña, mientras Sandokán y sus compañeros volvían a rodearlo para no perder una sola palabra de su confesión.

4. La traición del «chitmudgar»

Nasumbata se mantuvo un momento en silencio, quizás todavía un poco dudoso entre hablar claro o buscar algún nuevo engaño; luego se decidió, temiendo que Kammamuri pusiese en acción la amenaza.

—Ya que ahora estoy completamente a vuestra merced —dijo finalmente— seré franco, a condición de que me prometáis la vida.

—Corres demasiado, querido —le dijo el Tigre de Malasia—. Podrás obtener cuanto pidas, pero tan sólo cuando tengamos la prueba de que no nos has engañado. Y ahora vomita todo lo que escondes en el saco.

—Cuando os he dicho que no conocía al raja blanco del lago os he mentido —dijo Nasumbata.

—Me lo había imaginado. ¿Cuándo lo has visto?

—Hace unos cinco meses.

—¿Dónde?

—En las orillas del lago.

—¿Es ya viejo?

—Sí, tiene una larga barba gris y la frente bastante arrugada, pero me parece bastante robusto.

—¿Es verdad que tiene dos hijos?

—Dos jóvenes de sangre mezclada, altos y fuertes como toros, que tuvo de una princesa dayaka de Labuk.

—¿Qué encargo te había dado?

—Que me uniese a ti en la isla de Gaya, ya que sabía que habías vuelto de un largo viaje.

—¿Cómo se enteró de que yo y mis amigos nos habíamos embarcado para la India?

—Eso no lo sé —respondió Nasumbata.

—¿Qué temía de mí? —preguntó Sandokán.

—Que tú y tus malayos os presentarais de improviso en las orillas del lago.

—Y sin embargo durante muchos años le he dejado tranquilo, aunque la idea de reconquistar el trono de mis antepasados y de vengar a mis padres, mis hermanos y mis hermanas me había atormentado constantemente durante mi largo exilio.

—Parece, señor, que no se había engañado, porque tú estás aquí y supongo que no habrás desembarcado en esta bahía sólo para cazarme a mí.

—Entonces podemos hablar. ¿Qué querías decirme?

—Quería preguntarte si crees que tienes fuerzas suficientes para conquistarte también tú un trono.

—¿Cuántos éramos cuando destronamos al feroz raja del Assam? Quizá menos que ahora; y, sin embargo, con nuestra astucia logramos dar a Surama la corona que esperaba.

—¿Cuál es, pues, tu proyecto?

—Atravesar los grandes bosques, aunque tuviera que hacer doble camino, llegar a las orillas del lago y sorprender a ese miserable que tiene conmigo una terrible deuda de sangre.

—¡Y matarlo, por supuesto! —dijo Tremal-Naik.

—¡Ese hombre no podrá esperar de mí gracia ninguna! —respondió Sandokán con voz lúgubre.

—Conozco vagamente esa tutoría sangrienta —dijo Tremal-Naik—. Pero me gustaría conocer todos los detalles. Supongo que no partiremos hoy mismo.

—Tengo necesidad de asegurarme sobre todo de la neutralidad del raja de Labuk, para poner a cubierto nuestras embarcaciones. Un día a ese pequeño príncipe pirata le hice un servicio y espero que no lo habrá olvidado. No tocaremos tierra antes de tres días, también porque quiero asegurarme de las oscuras intenciones de mi enemigo. Estoy seguro de que ya se ha olido algo: el asalto de los dayakos es una prueba evidente de ello.

—Entonces tienes tiempo de narrarme tu triste historia —dijo el indio—. A veces de un detalle insignificante puede brotar una gran idea.

—Y hacer que modifiquemos el plan —añadió Yáñez.

Sandokán se había puesto en pie, con el ceño fruncido, el rostro alterado por una cólera terrible y los puños cerrados.

Sus ojos espléndidos lanzaban relámpagos y parecía que un estremecimiento sacudía todo su cuerpo.

—¡He aquí al Tigre de Malasia de hace quince años! —Murmuró Yáñez—. Me parece verlo todavía cuando desde lo alto del acantilado de Mompracem lanzaba su desafío al leopardo inglés. El rugido del Tigre de Malasia hacía entonces temblar a Labuan.

Sandokán se había detenido de pronto, golpeando la mesa con su formidable puño.

—¡Haz que me traigan de beber, Yáñez! —Gritó con voz ronca—. ¡Necesito apagar la llama que me hace arder la sangre!

Kammamuri se levantó y abrió la puerta.

—¡Sidar! —llamó—. Botellas y copas.

El indio, que estaba sentado en el primer escalón de la escalerilla, en espera de órdenes, se alzó prestamente y poco después entraba en el salón llevando lo que le habían pedido.

Kammamuri destapó una botella de un licor color rubí y llenó cuatro copas de cristal con arabescos de oro.

Sandokán vació de un trago el recipiente que Yáñez le tendía y luego comenzó:

—Han transcurrido unos veinte años desde aquella época funesta. Desde hacía dos siglos los Sandokán, que pertenecían a una casta guerrera del levante borneano, se asentaban en el trono de Kin-Ballu. Mis antepasados habían conquistado un vastísimo reino en el corazón de la gran isla, agregando todas las tribus de los dayakos independientes del norte y asentándose en el Kin, el más grande y más bello lago que pueda encontrarse aquí. Mi padre, gran guerrero también, había extendido sus conquistas hasta el mar y quién sabe hasta dónde las habría hecho llegar sin la imprevista aparición de un hombre blanco, raza fatal para la malaya y tantas otras. ¿De dónde venía? Nunca lo supe con precisión, pero tengo graves motivos para creerlo algún bandido, algún evadido de cualquier penitenciaría inglesa. Se dijo que había arribado a la bahía de Labuk durante una noche de tempestad y que algunos dayakos costeros, en lugar de decapitarlo y colocar su cabeza blanca en la empalizada de su kotta, le habían dejado con vida, creyéndole probablemente, a causa de su tez pálida, un genio del mar. Sea verdadera o no esta historia, el hecho es que aquel bandido, con no sé qué artes, logró atraerse las simpatías de una gran tribu de dayakos, los cuales trataban de hacerse independientes. Un mal día estalló una violenta revolución en las costas y avanzó amenazadoramente en dirección a las grandes selvas. Mi padre, advertido de que un hombre blanco iba a la cabeza de numerosas tribus, levantó un ejército y se puso en campaña con sus famosos guerreros. Mis tres hermanos y yo le acompañábamos. Las grandes selvas se vieron ensangrentadas muchas veces. Se luchaba con furor en las orillas de los ríos y en medio de los pantanos, con matanzas horrendas por ambas partes. Sin embargo, el hombre blanco ejercía una extraña influencia sobre nuestros dayakos. Probablemente el oro inglés tenía su parte en aquella rebelión, porque nuestros adversarios estaban armados con fusiles, que hasta entonces nunca habían poseído, mientras nuestros guerreros no tenían más que kampilang y sumpitan., o sea, cerbatanas. No transcurría día sin que desertase o se pasase al enemigo algún destacamento, fascinado por la presencia de aquel miserable, o corrompido por las promesas de armas de fuego o de ricos regalos. No tardaron en sucederse las derrotas, a pesar de las terribles cargas dirigidas por mi padre, y una noche nos encontramos asediados en la kotta que servía de capital. Catorce días duró la resistencia y luego una noche las empalizadas fueron derribadas y los rebeldes se esparcieron por el poblado comenzando una matanza espantosa. Mi padre se había retirado a un pequeño vallado, junto con mi madre, mis dos hermanas y mis hermanos y un pequeño grupo de guerreros armados con viejos arcabuces. Teníamos cinco cabañas, una de las cuales servía de polvorín, y logramos, antes del asedio, obtener una veintena de libras de pólvora del raja de Labuk. Se organizó sólidamente la defensa, mientras en torno a nosotros los rebeldes, ebrios de sangre y de matanzas, azuzados por el hombre blanco, mataban, decapitaban a los habitantes e incendiaban sus cabañas. Terminada la matanza, se volvieron contra nosotros creyendo que nos vencerían fácilmente. Éramos pocos, pero todos valientes y resueltos a vender caras nuestras vidas. El primer asalto fracasó. Acogidos por un fuego infernal, los dayakos, pese a las incitaciones y promesas de aquel bandido, se dieron a la fuga y durante varios días no intentaron volver a la ofensiva. La presencia de mi padre, que tenía fama de ser el más esforzado guerrero de Kin-Ballu, debía de haber reducido mucho su valor. Durante tres semanas resistimos valerosamente. También mi madre y mis hermanas habían tomado parte en la defensa, disparando sus fusiles contra los miserables que, de vez en cuando, especialmente por la noche, trataban de incendiar las empalizadas del minúsculo fortín. Un día el hombre blanco, desesperando de atraparnos por la fuerza, nos mandó un parlamentario para proponer a mi padre que se dividiesen el reino. Estábamos exhaustos con tanta vigilia, y los víveres y las municiones comenzaban a escasear; además, una parte de nuestros guerreros había caído bajo las balas de los adversarios. Se decidió la rendición para salvar por lo menos a las mujeres, y abrimos las puertas al vencedor para entablar tratos acerca de la división del reino. El inglés maldito nos invitó a un gran banquete y durante él se llevó a cabo la horrenda matanza, Estábamos a los postres del mismo cuando muchos de aquellos guerreros armados de kriss se precipitaron sobre nosotros como bestias feroces. Vi a mi padre caer degollado, luego a mi madre, luego a mis hermanos y a mis hermanas, y vi sus cabezas ensangrentadas clavadas en las puntas de las lanzas… ¿Me habéis comprendido? ¿Me habéis comprendido?

Un grito salvaje, que parecía el rugido de un auténtico tigre malayo, había desgarrado el pecho de Sandokán, el formidable pirata de Malasia, que durante tantos años había hecho temblar a ingleses y holandeses y palidecer incluso al sultán de Varauni, el más poderoso de Borneo.

Se había inclinado como una bestia feroz, con los brazos extendidos, el rostro espantosamente alterado por un odio imposible de describir y con ojos llameantes.

Parecía como si quisiera lanzarse contra alguna sombra que vagaba ante él.

—Hermano, ¿qué haces? —dijo Yáñez alzándose rápidamente y poniéndole una mano en el hombro.

Al oír aquella voz, el pirata se levantó y se pasó varias veces la mano por la frente, que estaba totalmente inundada de sudor.

—¡Qué horrible visión! —Murmuró luego con voz ronca—. Me parece verlo ante mí… Pero un día lo veré, ¡vaya si lo veré! Y entonces, ¡ay de él y de sus hijos! Lo mismo que él fue implacable con mi padre, mi madre, mis hermanas y mis hermanos, será implacable con él el Tigre de Malasia. ¡Yáñez, dame de beber! Tú recuerdas cuántas noches he pasado en nuestra cabaña de Mompracem, en nuestro nido de águilas, desde cuya cima dominábamos todo el mar que bañaba la maldita Labuan. ¿Cuánto bebía aquellas noches? Era el recuerdo de mi familia asesinada que me atormentaba. Han pasado años y años y yo siempre he permanecido sordo al grito tremendo lanzado por mi padre en el momento en que el kriss de un miserable dayako se hundía, por orden de aquel aventurero, en su cuello. Ahora, ¡basta! Antes de que me sorprenda la vejez quiero vengar a mi familia… ¡Ah, lo destrozaré así…!

Había retirado de la pared una carabina india y después de apoyar su cañón en una rodilla, con un esfuerzo hercúleo la había roto, arrojando las dos piezas a derecha e izquierda con violencia.

—Cálmate, hermano —repitió Yáñez con voz dulce.

Sandokán casi le arrancó de las manos la copa que le tendía y la vació de un trago, como si fuese agua.

Tremal-Naik y Kammamuri lo miraban sin hablar, profundamente impresionados por la terrible cólera que brotaba del corazón del fiero pirata.

—¡Continúa! —le instó Yáñez cuando le pareció que se había calmado un poco.

—Era el más ágil y también el más aguerrido de mis hermanos —reanudó su relato Sandokán después de una larga pausa—. Por instinto desconfiaba y había advertido a mi padre que se mantuviera en guardia y que no hiciera participar en aquel banquete de sangre a mi madre y a mis hermanas. Cuando vi a los sicarios del maldito inglés precipitarse, con gritos feroces, hacia la mesa, comprendí en seguida lo que iba a ocurrir. Había llevado conmigo el kampilang y un par de pistolas indias. Viendo caer a mi padre, hice fuego contra sus asesinos; después empuñé el pesado sable y me abrí paso a golpes, con la esperanza al menos de llegar a tiempo para salvar a mi madre y a mis hermanas y degollar al traidor. ¡Era demasiado tarde! Además, ante mí tenía una muralla humana erizada de armas. ¿Cómo logré atravesarla y ganar la selva? Nunca lo supe. Pero no me dejaron tranquilo: todo lo contrario A aquel bandido le era necesaria la vida del futuro Tigre de Malasia para no ver un día surgir ante él al vengador de los asesinados. Fue una carrera furiosa a través de la$ inmensas selvas del oeste, pues yo había pensado alcanzar la frontera del sultanato de Borneo, la única que quedaba abierta, puesto que todas las orillas del lago estaban ya en manos del usurpador y todo el norte estaba cerrado para mí. Viví como los maias, nuestros gigantescos simios de la isla central, realizando a menudo recorridos aéreos entre los árboles de las inmensas selvas para hacer perder mis huellas a los cazadores que me seguían sin tregua, alimentándome de frutas y de raíces e incluso de serpientes. Tres veces estuve a punto de caer en manos de los que tan ferozmente me perseguían, como si yo, en vez de príncipe, fuese una bestia feroz; luego cesó la caza. Probablemente creyeron que yo había muerto agotado en el fondo de la selva, pero se engañaban. Atravesé el sultanato, descendí hacia el mar y después de haber llegado a ser el amigo de una turba de malayos, ya dedicados a la pequeña piratería, desplegué el vuelo hacia Mompracem, entonces desierta. El resto ya lo sabéis.

Sandokán se había detenido. El fuego intenso que momentos antes brillaba en sus ojos poco a poco se había apagado.

Un fuerte temblor sacudía todavía sus miembros.

Vació otra copa y luego, volviéndose hacia Yáñez, le dijo con voz casi calmada:

—La barcaza está dispuesta para hacerse a la mar. ¿Crees que los dayakos que nos han asaltado estén atravesándose a la salida de la bahía?

—Me parece que ya se han llevado lo suyo, y si se sintieran realmente con bastantes fuerzas, ya habrían venido aquí.

—También opino así —dijo Tremal-Naik—. Y, además, tu barcaza, querido Sandokán, puede desafiar en una carrera a cualquier prao y a cualquier giong. Si los dayakos todavía quieren darnos caza, los haremos correr e incluso los tomaremos por blanco. Tus espingardas valen veinte veces más que las de los piratas.

—Es mediodía —dijo el Tigre de Malasia después de haber consultado un maravilloso reloj colocado en una ménsula de ébano ribeteada de oro—. Antes de que se oculte el sol estaremos en la bahía de Labuk. Vamos, amigos; la barcaza está siempre a toda presión.

—¿Cuándo podremos estar de vuelta? —preguntó Yáñez.

—Mañana por la noche estaremos aquí.

—¿No correrán ningún peligro nuestros hombres? Me has dicho que había muchos dayakos en la selva.

—Mientras Sambigliong se mantenga en la kotta no tengo ningún temor. Está bien fortificada y no se puede tomar por asalto cuando la defienden treinta piratas de Mompracem. Seguidme: respondo de todo.

5. Un muerto que resucita

Hacía unos minutos que había partido la barcaza cuando Sidar, el mayordomo de Yáñez, después de haber ordenado a la tripulación del yate que bajase a tierra para emprender la construcción de otras cabañas, descendió a la cámara.

Brillaba una extraña llama en los ojos del indio, mientras su rostro dejaba entrever una extraña preocupación.

Se detuvo un momento en el salón, se bebió un vasito del licor que había quedado todavía en la botella y luego abrió la puerta de una de las cabinas laterales, lanzando un silbido agudo, semejante al que lanza la cobra, la terrible serpiente de las junglas indias, cuando es presa de la cólera.

Un silbido igual, que parecía provenir de debajo del piso, le respondió en seguida.

—No duerme —murmuró Sidar—. Entonces debe de haberlo escuchado todo. Esto me ahorrará la explicación.

Cogió un gancho de hierro, lo introdujo en un agujero y con un pequeño esfuerzo movió una tabla del pavimento, descubriendo un escotillón de medio metro cuadrado.

Sahib, puedes salir —dijo entonces el indio—. Finalmente estamos solos.

—¡Ya era hora! —respondió una voz que venía de debajo del piso—. Ya no aguantaba más.

—Te creo, Sahib. Ciertamente que un faquir no hubiera podido resistir tanto como tú.

—Y yo no soy un faquir.

Apareció una cabeza y luego un cuerpo humano, y un hombre saltó afuera con una agilidad más que extraordinaria.

No era un indio, sino un europeo de alta estatura, piel blanquísima, que resaltaba más aún a causa de una larga barba negrísima que le encuadraba el rostro.

Tenía las facciones regulares, la nariz aquilina y ojos negros ardientes, con cierta dureza y crueldad.

Como todos los europeos que habitan las regiones calurosísimas del Asia meridional, iba vestido con una ligerísima franela blanca. Sin embargo, en la cabeza, en vez de casco colonial de médula de bambú, llevaba un casquete rojo con una gruesa borla de lana azul, semejante a la que suelen llevar los griegos.

Apenas salido de aquella abertura, estiró sus miembros al tiempo que parpadeaba varias veces como si sus pupilas no pudieran enfrentarse de golpe con la intensa luz que entraba por la ventana abierta; luego dijo:

—He aquí venganzas que cuestan caras. Veintidós días de prisión y siempre inmerso en la oscuridad. Solamente un griego como yo puede resistir semejante prueba.

—¿Qué puedo ofrecerte, Sahib? —preguntó Sidar.

—Bebería muy a gusto uno de esos cafés que saben preparar en Esmirna y en Constantinopla, pero tú no sabe siquiera qué es. Tráeme cualquier líquido infernal que me entone. Supongo que tu patrón tendrá botellas. Un raja jamás se pone en viaje si no va primeramente bien provisto.

—¿Ginebra?

—¡Vaya por la ginebra!

El indio abrió un pequeño armario y presentó al europeo una copa y una botella casi llena.

—¿Adónde han ido? —preguntó, después de haber vaciado un par de copas.

—A ver a cierto sultán de Labuk —respondió Sidar.

—¿Quién es?

—Parece que sea amigo del hombre terrible que manda a los piratas malayos.

—¿No vendrá nadie a molestarnos?

—No, porque he mandado a toda la tripulación a tierra he retirado la escala. Estamos solos, Sahib.

—¿No han tenido ninguna sospecha de mi presencia a bordo de este yate?

—¿Cómo, Sahib? Cuando mandaron a Rangoon para comprar esta embarcación te hice preparar secretamente el escondite y nadie ha sabido nada. Podrías permanecer a bordo años enteros con plena tranquilidad.

—¡Valiente porvenir me ofreces, chitmudgar! —protestó el europeo, que parecía exasperado—. Yo no soy una rata para vivir en el fondo de una bodega. Luego, ¿me creen muerto en la corte de Assam?

—Nadie ha vuelto a hablar de ti.

—¡Imbéciles! ¿No se han preocupado de buscar mi cuerpo?

—No lo habrían encontrado, porque, apenas te vi caer, aprovechando la confusión que reinaba en aquel momento en el palacio te retiré en seguida.

—¡Estúpidos! Se necesitaba algo más que dos o tres balas para matar al valido del raja. Los griegos tienen la piel dura y la de Teotokris es más dura que la de todos los griegos del archipiélago. ¡Me creen muerto…! Querido señor Yáñez, príncipe consorte de Surama, ¡algún día os haré ver que todavía estoy vivo! ¡Por todas las furias del infierno! Daré golpe por golpe, y vengaré a aquel desgraciado exraja de Assam, que se extingue lentamente soñando con ser el esposo de Surama. Cuando yo haya derribado a estos hombres será un juego para mí arrebatar el trono a aquella mujer. ¡No saben todavía quién es Teotokris el griego…! Sidar, dame un cigarro. Hace veintitrés días que no fumo. El chitmudgar tomó del armario una caja de laca llena de cigarrillos de distintas clases y de cigarros. El griego tomó un rokok., un pequeñísimo cigarro enrollado en una hoja de nipa, delicioso, y luego se echó en una cómoda silla de bambú poniendo una pierna sobre la otra.

—Ahora hablemos de nuestros asuntos, Sidar —dijo, después de haber lanzado al aire tres o cuatro bocanadas de humo perfumado.

—Estoy a tus órdenes, Sahib —respondió el indio—. ¿Has Oído lo que ha contado hace poco el Tigre de Malasia?

—No se me ha escapado una palabra —respondió el griego—. Se diría que estos hombres son conquistadores de tronos.

—¿Qué piensas de todo esto?

—Que jamás se me ha ofrecido una ocasión mejor para vengarme de estos aventureros y sobre todo de Yáñez. ¿Has logrado saber quién es su adversario?

—Mi patrón no tiene secretos para mí y por eso nada puede escapárseme. Van muy lejos, por lo que parece, hacia un lago que se llama Kin-Ballu, que yo jamás había oído nombrar antes de ahora.

—Eres un estúpido, Sidar. Borneo no es ni la India ni Assam. Tampoco yo sé dónde se encuentra, pero, si lo ignoramos nosotros, no será desconocido para los salvajes que habitan esta isla. Se trata de tropezar con alguno de ellos, conquistar su confianza con regalos o dinero y hacerme conducir hasta el raja blanco, el que estos bribones quieren destronar, como a aquel pobre Shindia.

—Yo podría conseguir a tal hombre —dijo Sidar.

—¡Tú!

—Sí, Sahib. He sabido que estos piratas han hecho prisionero a un dayako que había sido encargado, por lo que he podido comprender, de espiarlos por expresa voluntad del raja del lago.

—¿Estás seguro de lo que dices?

—Oí cómo Sandokán lo relataba a mi patrón.

—¿Has visto a ese dayako?

—Sí, Sahib.

—¿Y qué te ha parecido?

—Me parece muy avispado e inteligente.

—¡Por todas las furias del infierno! ¿Tendré tanta suerte? ¿Cómo podría yo ver a ese hombre?

—Es muy sencillo —respondió Sidar—. Cuando mi patrón está ausente soy yo el que manda. ¿Quién me impide decir a los malayos que lo vigilan que lo traigan a bordo del yate para mayor seguridad?

—¿Y cuando vuelva Yáñez?

—Yo no estaré ciertamente aquí, patrón. Si tú partes, yo te sigo. Me has prometido vengar al ex raja de Assam, que fue siempre generoso conmigo: mata al usurpador y mi cuerpo y mi alma serán tuyos, Sahib.

—¿Quién vigila a ese hombre?

—Hay dos malayos en la cabaña —le informó Sidar.

—Querrán subir también ellos a bordo.

—¿Y qué?

—Nos servirán de estorbo.

El indio se quitó de una oreja un anillo más bien grueso y tocó una pequeña muesca, mostrando un agujerito.

—¡Aquí hay bastante para adormecer a diez hombres! —dijo.

—¿Logrará comprendernos el prisionero? —preguntó el griego.

—Todos los hombres del Tigre de Malasia hablan la lengua inglesa —respondió el indio—. Si ese prisionero, como he oído contar, ha formado parte de la banda de los piratas, bien o mal la comprenderá también él, creo yo.

—Es una carta peligrosa la que me propones jugar —se inquietó el griego—. Se podría perder de un solo golpe toda la partida.

Tomó otro rokok, lo encendió y durante algunos minutos fumó en silencio, frunciendo de vez en cuando la frente y agitando nerviosamente la pierna que apoyaba sobre la Otra.

—¿Cuándo volverán? —Preguntó de repente al indio, que mantenía siempre ante él una actitud respetuosísima.

—Mañana por la noche, Sahib.

—¿Estás seguro de poder conducir aquí al dayako?

—Supón que mi patrón, junto con el Tigre de Malasia, me hubieran dado esta orden antes de partir. ¿Quién lo pondría en duda?

—Eres astuto como los levantinos —dijo el griego.

—No sé quiénes son.

—No importa ahora. ¿Qué hora es?

—Son las tres, Sahib.

—Ve a intentar el golpe.

—¿Estás decidido, Sahib?

—Sin ese hombre no podría hacer nada, y sin un guía seguro y fiel no lograríamos llegar hasta el raja del lago; y es preciso que lo vea. Es allí donde el usurpador del trono de Assam tendrá que arreglar cuentas conmigo.

—Debo advertirte, Sahib, que ese hombre tiene una pierna destrozada y no sé cómo podrá guiarte en el interior de esta inmensa tierra.

—¿Quién se la ha destrozado?

—El Tigre de Malasia.

—Tomaremos gente a sueldo y lo haremos transportar. Tendremos tiempo para pensar en esto. Cierra la puerta con dos vueltas de la llave, haz traer a ese hombre al camarote próximo a éste y déjame que me preocupe yo de pensar en el resto. Deja aquí la botella y también los cigarros y vuelve pronto.

Mientras el indio se apresuraba a salir, cerrando la puerta con doble vuelta, el griego encendió un tercer rokok, bajó la cortina de seda roja de la ventana, para no exponerse al peligro de ser divisado por algún hombre de la tripulación, y se puso a pasear por el estrecho camarote.

—Ya tenía ganas de estirar las piernas —murmuró—. Veintitrés días, casi siempre inmóvil y en completa obscuridad como un topo… ¡Es verdad que las venganzas hay que pagarlas a veces demasiado caras…! Mi querido señor Yáñez, creíais que yo estaba muerto y ya no os ocasionaría ninguna molestia… ¡No conocéis a los griegos del archipiélago, señor mío! He perdido la terrible partida que habíamos entablado en Assam, aquella partida que me ha retirado los favores de aquel pobre raja y que os ha dado a vos la corona, pero ahora jugaremos otra. Seré un adversario implacable y doblemente peligroso, porque vos ignoráis de qué parte sobrevendrá el peligro. ¡Extraño destino! Nacido pescador de esponjas, termino mi existencia entre príncipes más o menos salvajes.

El griego se alisó su larga barba negra con visible satisfacción y volvió a encender el tercero o cuarto cigarrillo, entornando los ojos como si tuviera la intención de descabezar un sueño.

Había transcurrido media hora cuando un golpe violento contra el maderamen del barco le hizo alzarse. Parecía como si una chalupa hubiera abordado la embarcación.

Arrojó el rokok ya apagado, se acercó silenciosamente a la ventana, alzó la cortina de seda y lanzó al exterior una rápida mirada. No se había engañado. Una ballenera había chocado con el yate en las cercanías de la escala, que había quedado bajada.

Solamente iban cuatro hombres a bordo: el indio, dos malayos provistos de remo y un salvaje de color amarillo bronceado, que estaba tendido en una especie de palanquín apoyado sobre los dos bancos de en medio.

—Este Sidar es más taimado y más resuelto de lo que yo creía —murmuró Teotokris—. ¡Cualquiera comprende a estos indios! Parecen estatuas de bronce impasibles mientras tienen en las venas sangre no peor que los levantinos… lo tengo en el puño y haré de él lo que quiera.

Se retiró lentamente, dejando caer con precaución la cortina y volvió a sentarse diciendo:

—Esperemos.

Oyó girar las garruchas, luego a dos personas caminar por el puente y después pasos que descendían la escalera de la cámara y la voz de Sidar que decía:

—Aquí, en este camarote, estará más seguro que en tierra. Es un hombre demasiado precioso y mi patrón tiene interés en mantenerlo en su poder. Y además aquí hay dos piezas de artillería y, si sus amigos intentan llevárselo, tendrán que contar con la metralla.

—¡Un auténtico bribón! —Murmuró el griego—. Si el pobre Shindia hubiera tenido diez hombres como éste, es muy probable que no hubiera perdido tan estúpidamente la corona de Assam.

Oyó cerrarse las puertas y luego la llave que giraba en la cerradura.

—¿Eres tú? —preguntó en voz baja.

—Sí, Sahib —le tranquilizó Sidar, también a media voz.

—Entra.

La puerta se abrió silenciosamente y apareció Sidar diciendo:

—Hecho, patrón.

—¿Te han hecho alguna observación?

—No, Sahib; por el contrario, han aprobado plenamente mi proceder.

—¡Imbéciles…! ¿Está débil el herido?

—Se diría que está mejor que tú o que yo —respondió Sidar—. Estos salvajes poseen una fuerza de ánimo excepcional.

—¿Has intentado hablarle en inglés?

—Sí; y me ha comprendido perfectamente —respondió el indio.

El griego respiró como si se hubiera quitado una losa de encima del pecho.

—En ello estribaba mi duda —murmuró—. ¡Ahora veremos, príncipe consorte de Assam! Veremos cómo atraviesas las grandes selvas que conducen al lago misterioso.

Luego, volviéndose a Sidar, preguntó:

—¿Qué hacen los dos malayos que vigilan al prisionero?

—Beben —respondió el indio guiñando los ojos.

—¿La muerte o el sueño?

—El sueño.

—Es lo mismo —murmuró el griego—. ¿Cuánto tiempo pasará antes de que se adormezcan?

—Apenas media hora.

—Llena el vaso y dame otro cigarrillo.

Arrastró, sin hacer ruido, la silla ante la ventana, alzó un poco la cortina de seda, encendió el rokok que le tendía Sidar y pareció como si se sumergiese en profundos pensamientos, mirando distraídamente la infinita extensión del mar centelleante de luces.

Sidar se había colocado detrás de él, siempre en espera de órdenes. Se comprendía que el griego ejercía sobre el indio una influencia ilimitada.

Apenas había transcurrido media hora cuando ambos fueron arrancados de sus meditaciones por un golpe sordo que parecía producido por la caída de un cuerpo humano sobre el piso del camarote próximo. El griego se levantó de pronto.

—¡Uno se ha desplomado! —exclamó.

—Esperemos al otro, Sahib —respondió Sidar.

—¿No dará la alarma?

—No estará en condiciones ni siquiera de levantarse. El narcótico que poseo actúa rápidamente; quita no sólo las fuerzas, sino también la voz. ¡Bien! También ha caído el otro. Ven, Sahib: ahora estamos seguros de no tener testigos incómodos.

Abrió la puerta, subió la escala adelantándose hasta el puente para cerciorarse de que nadie había llegado a bordo y luego descendió rápidamente y entró en el camarote próximo.

El griego le había seguido inmediatamente, empuñando, como precaución, un puñal largo y afiladísimo. Sobre una camilla, estrechamente atado, yacía Nasumbata. En tierra, uno cerca del otro, con las manos en torno a dos botellas ya completamente vacías se encontraban los dos malayos de guardia. El narcótico debía de ser muy poderoso, porque ambos tenían la rigidez de los cadáveres.

—¿No se despertarán aunque oigan hablar? —preguntó Teotokris a Sidar.

—Tardarán por lo menos unas veinticuatro horas o quizás treinta —respondió el indio—. Podrías cantar, bailar y hasta hacer sonar el tam-tam.

El griego miró a Nasumbata, que parecía no poco impresionado por aquella visita inesperada y por la caída de los dos malayos de guardia.

—¿Comprendes la lengua inglesa? —le preguntó.

—Bastante —respondió el dayako.

—Nosotros sabemos quién eres.

Nasumbata abrió sus ojos manifestando gran estupor.

—Y hemos hecho conducirte aquí para liberarte —continuó el griego—, porque somos enemigos de los hombres que te han detenido.

—¿Vosotros? —se extrañó el salvaje.

—Sabemos que tú eres el hombre encargado de advertir al raja del lago acerca de la expedición que está organizando el Tigre de Malasia contra él.

—¿Quién te lo ha dicho, señor?

—No te preocupes de ello, lo sabemos y basta. ¿Tú quieres ser libre y reemprender tu marcha hacia el misterioso lago?

—¿Y me lo preguntas? Me salvas la vida, porque estoy seguro de que el Tigre de Malasia no perdonará mi traición.

—Pero pongo condiciones.

—Habla, señor.

—¿Conoces a ese raja?

—Sí; he sido uno de sus guerreros.

—¿Es verdad que es un hombre blanco?

—Es inglés.

—¿Sabrías guiarme hasta él?

—El camino de los grandes bosques no lo ignora Nasumbata.

—Si prometes prepararme un encuentro con el raja del lago, esta noche serás libre.

—Lo juro por Datara.

—¿Quién es?

—Mi dios.

—Vaya por el señor Datara —dijo el griego—. ¿Pero estás herido?

—El Tigre de Malasia me ha destrozado una pierna.

—¿Cómo podremos transportarte a través de la selva?

Nasumbata sonrió.

—Todos los dayakos de la costa me conocen —dijo. Haz que me conduzcan al poblado que te diré, señor, donde tengo bastantes parientes, y organizaremos una pequeña caravana de porteadores.

—¿Se podrán también tomar a sueldo unos guerreros?

—¡El dayako ha nacido para la guerra! —sentenció Nasumbata.

—¿Quieres decir que pagando podré conseguir una escolta?

—Tan numerosa como quieras, especialmente con mi apoyo.

—Entonces haremos sudar de miedo a los enemigos del raja del lago. Mientras tanto, conviene que sepas que yo en un país muy lejano y que quizás hayas oído nombrar, la India, he sido un gran guerrero.

—Basta verte para creerte sin ninguna prueba —concedió el dayako—. Y además todos los hombres blancos son grandes guerreros.

—¿Aceptas entonces mi proposición? —preguntó el griego.

—¿Quién rehusaría la libertad que salva la vida, señor?

—¿Está lejos tu poblado?

—Escasamente a dos horas.

—¿Sabrías colocarte en una chalupa?

—Me bastan los brazos.

—Esperemos a que se ponga el sol y las tinieblas envuelvan el mar. Puedes descansar hasta ese momento.

—Gracias, señor. ¿Y estos dos malayos? ¿No se despertarán?

—Actúa como si estuvieran muertos. Nos volveremos a ver más tarde.

Salió el griego, seguido por Sidar, que no había pronunciado una sola palabra y volvió a su camarote.

Levantó un momento la cortina y miró hacia la playa. Los malayos y la tripulación del yate estaban terminando la construcción de las cabañas, sin ocuparse de los veleros que se balanceaban dulcemente prendidos en sus anclas a menos de cuarenta metros del desembarcadero.

—Todo va bien —murmuró.

Paseó durante algunos minutos por el camarote con el rostro ensombrecido y luego, deteniéndose bruscamente ante Sidar, le preguntó:

—El yate tiene un pequeño depósito de pólvora, ¿no es verdad?

—Sí, Sahib —respondió el indio—. ¿Por qué me haces esta pregunta?

—¿Dónde se encuentra? —inquirió de nuevo el griego en vez de contestar.

—Debajo de las cámaras.

—¿Quién tiene la llave?

—Yo.

—Muéstramelo.

—¿Qué quieres hacer, Sahib?

—Dejar al príncipe consorte de la rani. de Assam un mal recuerdo de mi fuga. ¡Qué diablos! ¿Creías que yo me iba a ir como un ladrón sin botín? Vosotros los indios a veces sois algo estúpidos; y sin embargo os las dais de ser astutos. Tendríais que tomar alguna lección de los griegos del archipiélago. Bueno, muéstrame el depósito de pólvora.

Sidar se inclinó sin responder; sacó del pequeño armario una llave e hizo señas al griego para que lo siguiera.

Salieron de los alojamientos, pasaron a la bodega haciendo correr una tabla y descendieron a la sala de popa, que estaba iluminada por una linterna a fin de que la tripulación, en el caso de un imprevisto retornó de los dayakos que los habían asaltado en la bahía de Kudat, pudieran proveerse rápidamente de municiones para las dos piezas de artillería.

—Es aquí —dijo Sidar señalando la puerta.

—Abre —ordenó el griego descolgando la linterna.

Obedeció el indio y se hallaron en seguida en una oscura cabina llena de pequeños barriles con aros de hierro y de cajas medio llenas de proyectiles y metralla.

—¿Hay mechas aquí? —preguntó Teotokris.

Sidar le indicó un barrilete que estaba casi lleno.

El griego tomó una de las más largas, depositó la linterna, para no correr el peligro de saltar por los aires y golpeó con los nudillos algunos recipientes.

—¡Éste! —dijo—. Debe de haber por lo menos treinta libras de pólvora de cañón. ¡Qué estupenda llamarada…!

Retiró con precaución el tapón y dejó salir media libra del terrible explosivo.

—¿Qué haces, Sahib? —preguntó Sidar, espantado.

—Preparo mi mina —respondió el griego enterrando en el montón un extremo de la mecha—. ¡Verás qué espectáculo! Pero se entiende que lo veremos desde lejos.

—¿Saltará el barco?

—Es lo que deseo.

—¿Y esos dos malayos?

—¡Que se los lleve el diablo al infierno! No tengo tiempo de ocuparme de ellos.

Midió atentamente la mecha sirviéndose de los dedos.

—Durará cinco o seis minutos —dijo luego—. Cuando el yate salte por los aires estaremos muy lejos, y éste será el primer saludo que daré a esos bribones que me han hecho perder una posición envidiable cerca del raja de Assam. Dejó oír una risa estridente, burlona, y, ya fuera de la santabárbara., volvió a su camarote. Sidar le había seguido.

—Mira si hay algo que comer —dijo Teotokris—. No cuentes con mis reservas de víveres, pues casi se han agotado. Salió el indio y al poco rato volvió llevando un cesto con un soberbio jamón, galletas y una botella de vino. Se sentó el griego ante una mesita, cogió un cuchillo y se puso a cortar generosas lonchas que dispuso en capas sobre algunas galletas que había encontrado en el fondo del cesto. Principió a comer sin prisa, regando la cena con vasos de vino de España. Cuando hubo terminado, el sol ya había desaparecido y las tinieblas habían caído sobre el mar y costa borneana.

—¿Quieres más, Sahib? —preguntó el indio.

—Otro rokok y luego ve a preparar la chalupa.

—Está dispuesta.

—Sujeta un grueso calabrote a la polea del ancla para que el prisionero pueda descender.

—¿Y luego?

—Pon armas en la chalupa, todas las que puedas encontrar.

—La armería está bien provista.

—Y un barril de pólvora y un saco o dos de balas. En los grandes bosques nos serán necesarios.

—Tus órdenes serán cumplidas.

El griego lo despidió con un gesto y luego volvió a tumbarse en la poltrona de bambú saboreando el cigarro.

Por la ventana abierta entraban soplos de aire fresco, perfumado. En la lejanía los malayos y los indios del yate canturreaban, mezclando sus voces con el rumor de la resaca.

Extraños centelleos, que tan pronto se hacían más intensos como se desvanecían bruscamente, aparecían sobre el mar.

Medusas y noctilucas salían a flote a miríadas., aclarando las aguas que se habían vuelto de color de tinta.

El griego continuaba fumando, respirando de vez en cuando, a pleno pulmón, el aire nocturno.

De repente se levantó.

A lo lejos aparecía una luz descolorida, cambiando las tintas del agua: era el primer cuarto de luna que ascendía dulcemente por el horizonte.

—¡Sidar! —llamó.

Entró el indio, que probablemente había estado sentado a la puerta del camarote.

—¿Está todo dispuesto? —le preguntó.

—Sí, Sahib.

—Vamos a recoger al herido.

—Sígueme.

Entraron en el camarote contiguo.

Nasumbata estaba despierto y se agitaba impaciente por marcharse.

El griego cortó sus ataduras, lo cogió en brazos y lo llevó al puente con la misma facilidad con que habría transportado a un niño.

—Baja tú primero, Sidar —dijo Teotokris—. ¿Están las armas en la chalupa?

—No falta ninguna.

—Prepara tres carabinas. Podremos necesitarlas. Luego situó al dayako sobre la borda, aconsejándole: —Agárrate a la maroma y déjate deslizar. Ten cuidado con que no se te escape ningún grito.

—Aunque perdiera la pierna herida no hablaré.

—¿Y tú, Sahib? —preguntó Sidar.

—Sólo te pido medio minuto —respondió el griego—. La mecha me espera desde hace un par de horas.

—Ten cuidado en no saltar también tú por los aires.

—Conozco las mechas —le tranquilizó el griego. Volvió a descender rápidamente a las cámaras, entró en el pequeño almacén de pólvora, encendió la linterna que había tomado al pasar y prendió fuego a la mecha. Cuando la vio chisporrotear y la oyó crepitar lanzando al aire algunos puntos luminosos, se levantó, apagó la linterna y se precipitó escaleras arriba. Nasumbata y Sidar ya estaban en la chalupa. El griego se agarró al calabrote y en un abrir y cerrar de ojos llegó junto a sus compañeros.

—¡A los remos, Sidar, y rema fuerte! —apremió—. La explosión será violentísima.

La ballenera se deslizó rápidamente por las aguas, dirigiéndose hacia levante. En la playa, malayos e indios cantaban alrededor de las hogueras, sin sospechar nada.

Habían terminado la cena y probablemente se preparaban para alguna danza nocturna.

La ballenera, impulsada por dos pares de remos enérgicamente manejados, se había alejado ya unas doscientas cincuenta brazas cuando un relámpago cegador desgarró de improviso las tinieblas, seguido por un trueno espantos.

Una inmensa nube de humo se elevó hacia el cielo y luego se abatió sobre el mar bajo un golpe de viento.

El yate de Yáñez había saltado por los aires.

6. Los misterios de las selvas vírgenes

Hacia el crepúsculo del día siguiente la barcaza de vapor retornaba a la bahía de Malludu, llevando a Sandokán, Yáñez, Tremal-Naik, Kammamuri y quince malayos.

Para todos ellos fue apenas soportable la noticia de que el yate había saltado en pedazos junto con Nasumbata, chitmudgar y los dos malayos de guardia, porque no podían saber exactamente cómo habían ocurrido las cosas.

Los cuatro hombres, después de haber interrogado a malayos e indios, se habían reunido en la playa mirando hacia el lugar que veinticuatro horas antes ocupaba el yate.

—Bien, Yáñez —habló Sandokán, que parecía un poco preocupado—, ¿qué dices de este inesperado desastre?

—¡Por Júpiter! —exclamó el portugués, que no parecía menos impresionado ni menos sorprendido—. Me pregunto si estás seguro de todos tus hombres.

—¿Cuándo estabas con los tigres de Mompracem creíste que pudiera haber algún traidor?

—Nunca, hermano. Para ellos tú has sido siempre una especie de semidiós.

—Entonces, si ha habido un traidor, no debes buscar entre mis malayos —aseguró Sandokán.

—Es lo que pensaba en este momento —respondió Yáñez.

—¿Estabas seguro de tu chitmudgar?

—¡Fíate de estos indios! Cuando crees que te son fidelísimos, te la juegan, ¡y cómo…!

—Entonces prefiero a mis malayos y mis dayakos.

—¡Eh!, que me parece que un dayako te ha dado ya quebraderos de cabeza.

—¡Era un falso dayako!

—Yo no sé si era falso o no. Sólo sé que el yate ha saltado por los aires y que nuestro querido Nasumbata ha desaparecido.

—Ha volado con el yate…

—¿Quién te lo asegura, Sandokán?

—¿Dudarías de ello?

Yáñez puso una mano sobre el hombro derecho del Tigre de Malasia y le dijo, sonriendo:

—Hermano, antes eras más desconfiado.

—¿Qué quieres decir, Yáñez?

—Que ese bribón de chitmudgar y Nasumbata nos la han jugado.

—¿Por qué motivo? —preguntó Tremal-Naik—. Tu mayordomo te tenía afecto, o por lo menos lo parecía.

—Por lo menos lo parecía —repitió Yáñez—. Bien dicho.

—¿Tenías alguna duda de él? —inquirió Sandokán.

—Ninguna hasta ayer por la mañana, pero ¿quién es capaz de comprender el corazón de los indios? Lo he intentado varias veces y sólo he logrado comprender el de dos: el de Tremal-Naik y el de Kammamuri.

—¡Ah, Yáñez! —exclamó Tremal-Naik, riendo.

—Tienes razón —dijo Sandokán—. Entonces, ¿adónde quieres ir a parar?

—A que no veo absolutamente claro este asunto del yate.

—¡Yo sí lo veo!

—¿Qué quieres decir, Sandokán?

—Que ha saltado por los aires y que ahora se encuentra a quince metros bajo el agua.

—Por conclusión, hermano.

—Pero evidentísima.

—No lo niego —concedió Yáñez.

—¿Estaba bien provista tu caja?

—No contenía más que siete u ocho mil rupias.

—Que habrán pasado al bolsillo de tu fiel chitmudgar.

—Es probable, Sandokán.

—Entonces lleguemos a una conclusión.

—Tú primero.

—Ahora que tu yate ya no existe, podemos desdeñar la protección del pequeño sultán de Labuk, puesto que mi barcaza y mis praos pueden ascender cómodamente por el Malludu. Ahorraremos camino y estaremos incluso más seguros.

—¿Sabes dónde acaba ese río?

—Lo ignoran incluso los dayakos. Pero sé que se adentra en la isla y que su curso no es corto. A bordo de nuestras embarcaciones podremos defendernos mejor y evitar sorpresas desagradables. Si, como supongo, el raja del lago ha sido ya advertido de nuestros proyectos, no dejará de dificultarnos la marcha con todos los medios a su alcance, y tú sabes lo peligrosas que son estas espesas selvas.

—Nunca me han agradado las emboscadas —dijo Yáñez—. He preferido combatir siempre al descubierto.

—Y yo, que soy hijo de la jungla, pienso como tú —añadió Tremal-Naik.

—Entonces podremos partir —decidió Sandokán—. No dejemos tiempo al raja del lago para organizar la defensa.

—¿Y la kotta que has conquistado?

—No nos puede servir, Yáñez —respondió el Tigre de Malasia—. Está demasiado lejos del lago.

—Pienso que podría servirnos de punto de apoyo en el caso de que nos viéramos obligados a batirnos en retirada. Cincuenta hombres, guiados por nosotros y bien armados, pueden ser suficientes para desbaratar a los súbditos de ese bergante.

—Quizá no estés equivocado. Encarguemos a Sambigliong que mantenga la fortaleza con una veintena de hombres. Vamos, apresurémonos.

En seguida se dieron las órdenes a los malayos y a los indios y se mandó un correo a Sambigliong, para que enviase a la costa una decena de sus hombres y defendiese la kotta hasta la vuelta de la expedición. A mediodía, después de la comida, la barcaza remolcaba los praos dirigiéndose lentamente hacia el Malludu, amplio curso de agua aún no explorado, pero que se adentra centenares de millas en la inmensa isla. Sandokán, Yáñez y Tremal-Naik habían ocupado su lugar en la barcaza, la cual, como estaba provista de puente, no carecía de camarotes, mientras los praos, que eran pequeños veleros, estaban totalmente desprovistos de ellos. Los malayos se contentan generalmente con el attap[19a], pequeño cobertizo que se erige entre los dos árboles del trinquete mayor, y que basta para abrigarlos de aquel clima calurosísimo interrumpido por furiosos aguaceros. A las dos la escuadrilla llegaba a la desembocadura del río, bastante amplia, aunque sembrada de innumerables bancos de arena cubiertos por una soberbia vegetación, y comenzaba la ascensión sin haber notado a su alrededor nada extraordinario.

Los dayakos que habían asaltado el yate no se habían dejado ver más, quizás por miedo a sufrir otra derrota más desastrosa. Sin embargo, su ausencia no daba seguridades a Sandokán ni tampoco a Yáñez. Ambos estaban casi seguros de volverlos a ver en algún lugar, ya que conocían el carácter vengativo de aquellos indomables isleños.

—Si Nasumbata no ha saltado con el yate, los azuzará contra nosotros —había advertido Sandokán.

Rebasada la barra sin haber visto a ningún ser viviente, ya que las costas septentrionales de Borneo están muy poco pobladas por causa de las incesantes correrías de los piratas, flotilla avanzó por el río.

El curso de agua, de una anchura de unos doscientos metros, se desarrollaba mostrando sus orillas cubiertas por inmensos bosques, que formaban como dos paredes impenetrables, dada la espesura de la vegetación.

A derecha e izquierda se erguían inmensas arengas saccharifera, bananos monstruosos que avanzaban sus espléndidas hojas en todas direcciones, cavoli palmisti., pombo cargados de naranjas, tan gruesas como la cabeza de un niño, mangostanes., cedros gigantescos y también abundantes upas, los árboles que esconden bajo su corteza el veneno que no perdona y del que los dayakos se sirven para mojar las puntas de sus flechas.

Loros rojos, cacatúas blanquísimas con un bello mechón amarillo y terengulones de dorso color de esmeralda, el vientre amarillo dorado y la cola azul, saltaban de rama en rama y entre los rotang, mientras en las copas parloteaban ruidosamente turbas de papagayos de plumas multicolores.

—¡He aquí un verdadero paraíso para los cazadores! —observó Yáñez, que estaba sentado en la proa de la barcaza haciendo gran consumo de cigarrillos—. ¡Qué lástima tener tanta prisa!

—Ya tendrás tiempo para desfogarte más tarde —respondió Sandokán, que estaba a su lado—. Este río no debe de ser muy largo y nos veremos obligados a dar un largo paseo por la selva. El lago está lejos.

—¿Y qué haremos de los praos y la barcaza? —preguntó Yáñez con evidente preocupación.

—El país está poco poblado y siempre encontraremos algún lugar para esconderlos. ¿No te acuerdas cuando llegamos a Labuan? Siempre hemos vuelto a encontrar nuestras embarcaciones.

—¡Con tal de que no nos espíen!

—¿Y quiénes?

—A ese maldito Nasumbata lo tengo siempre ante mi vista.

—No tenemos ninguna prueba de que todavía esté vivo.

—La explosión del yate no me ha dejado convencido. Es imposible que haya saltado por sí mismo.

—Nasumbata tenía una pierna rota, Yáñez.

—Puede haber tenido cómplices.

—Sí, tu chitmudgar.

—Sin embargo me resisto a creer que ese hombre me haya traicionado. Y además ¿con qué objeto? No puede conocer al raja del lago, porque jamás ha estado en Borneo.

—Esto es un misterio, amigo mío, que quizás un día aclaremos. De que hay algún traidor estoy más que seguro. Que sea Nasumbata u otro no lo sé. Esperemos y veamos.

En aquel momento un agudo grito se elevó de la orilla izquierda, seguido por un ruido que parecía producido por el golpear de un gigantesco tam-tam. Sandokán y Yáñez se habían levantado inmediatamente, asiendo las carabinas que estaban apoyadas en la borda, al alcance de la mano.

Los malayos e indios los habían imitado en seguida, apuntando al mismo tiempo las espingardas hacia las dos orillas.

—¿Qué sucede, amigos? —preguntó Tremal-Naik corriendo hacia la proa.

—¿Ha sido algún animal el que ha proferido ese grito?

—Sí, un animal que luego se divierte tocando el tam-tam —ironizó Yáñez—. ¿No has visto jamás en tu jungla negra bestias tan extraordinarias?

—No, de verdad —respondió el indio—. ¿Habrá sido alguna señal?

—¡Ciertamente! —Afirmó Sandokán—. Apostaría un prao contra una simple canoa a que los dayakos que nos han presentado batalla han desembarcado en la desembocadura del Malludu antes que nosotros y ahora nos siguen marchando a través de los bosques.

—No me asombraría —dijo Yáñez—. Si quieren asaltarnos, tendrán que echarse a nadar.

—Nos esperarán en las orillas.

—No tenemos ninguna necesidad de desembarcar.

—Te equivocas, Yáñez.

—¿Por qué, Sandokán?

—Nuestras provisiones de carbón no durarán más de cuarenta y ocho horas y, si queremos seguir adelante, nos veremos obligados a descender a tierra para buscar leña.

—¡Por Júpiter! No había pensado en este inconveniente. Afortunadamente, somos numerosos y, aunque hemos perdido el yate, no nos faltan las armas pesadas.

—¡Calla! —exclamó en ese momento Tremal-Naik.

Se había dejado oír de nuevo un grito agudísimo, seguido una vez más por aquel ruido extraño que parecía producido por un gran martillo que se dejase caer con todas las fuerzas sobre una chapa de cobre o bronce.

—Este fragor viene ahora de la orilla derecha —apreció Yáñez—. Los bribones se dan respuesta.

—¡Y señalan nuestra presencia! —añadió Sandokán.

—¿Estarán preparando alguna asechanza? —preguntó Tremal-Naik.

—Ciertamente, no pasaremos la noche tranquila —contestó Sandokán—. Parece como si estuviesen resueltos a presentarnos batalla antes de que nos adentremos en las tierras del raja del lago. Afortunadamente los dayakos no poseen más que pésimas armas de fuego y sus cerbatanas sólo tienen un alcance limitado… ¡Eh, maquinista, si es posible apresura la marcha! No hagas demasiadas economías de carbón. Hay selvas inmensas para quemar sin pagar una rupia.

La barcaza avanzaba con regular velocidad, aunque remolcaba a los praos, manteniéndose siempre en medio del río para evitar cualquier sorpresa, pero no tardó en acelerar su marcha.

Las orillas se mantenían siempre cubiertas de árboles de dimensiones extraordinarias, envueltos en tupidas redes de rotang y nepentes, en medio de las cuales, de vez en cuando, hacían acto de presencia los sciamang, los simios más horrendos de las grandes islas de Malasia, que tenían la frente huidiza, los ojos extraordinariamente hundidos, la nariz ancha y aplastada, grandísima la boca y la garganta provista de un papo monstruoso que sólo se dilata cuando la bestia se pone a gritar.

Por el contrario, tienen la pelambre bellísima, de un negro intenso que se alarga por debajo de las ancas.

Tan insolentes como los otros cuadrúmanos, se divertían haciendo muecas y lanzando sobre el puente de la barcaza y sobre los praos fruta podrida y ramas que rompían con sus agudos dientes.

También de vez en cuando hacían su aparición los volátiles, atravesando el río con velocidad fulminante. En su mayor parte eran espléndidos tucanes., de enorme pico amarillo, que culmina en una especie de acento, los cuales saludaban a los navegantes con gritos estridentes, que hacían sobresaltarse a Tremal-Naik y Kammamuri. El sol estaba ya a punto de desaparecer detrás de los altísimos árboles que formaban, hacia poniente, una barrera casi insuperable, cuando por tercera vez se dejaron oír el grito y el ruido que habían alarmado a Sandokán y Yáñez.

Simios y aves habían escapado de repente, desapareciendo en las profundidades de la selva.

—¡Por Júpiter! —Exclamó Yáñez—. ¿Nos irán a ofrecer un concierto los dayakos?

—Sí, pero a base de escopetazos —respondió Sandokán, que observaba atentamente las dos orillas—. Esos bribones nos siguen, corriendo como babirusas.

—¿Creerán que nos espantan con sus formidables sones? Nosotros también hemos visto instrumentos musicales que arrancan gritos de dolor a quien los oye. ¿Y si probásemos a hacer cantar a tu ametralladora, hermano? Dispara en abanico: se podrían alcanzar las dos orillas.

—¿Para masacrar inútilmente los rotang y los nepentes? No, Yáñez, no malgastemos las municiones.

—Sin embargo, estas señales me irritan.

—Antes eras más prudente.

—Entonces no era raja —respondió el portugués riendo.

—¿Son, pues, tan fácilmente irritables los príncipes indios?

—Así parece, hermano. Es, probablemente, cuestión de ambiente.

—Trata de ser todavía un tigre de Mompracem y…

Sandokán se interrumpió bruscamente viendo al portugués alzarse, con un salto de pantera, hacia la borda de la proa de la barcaza.

—¿Qué te pasa, hermano? —preguntó Sandokán, viendo a Yáñez arrojar rápidamente al río el cigarrillo que estaba fumando y empuñar el fusil.

—Quiere ofrecernos un asado de simio —dijo Tremal-Naik.

Yáñez no respondió. Parecía que con el cañón de su carabina seguía algo que se desliaba entre la vegetación de la orilla derecha.

—¡Ha desaparecido! —Dijo con desánimo, bajando el arma—. ¡Qué astutos son estos dayakos! Serían capaces de competir con los cuadrúmanos en cuanto a agilidad.

—¿Qué has visto, pues, Yáñez? —interrogó Sandokán, que había armado precipitadamente su carabina de dos cañones, mientras cuatro malayos se habían abalanzado hacia la ametralladora.

—Una sombra deslizarse a través de los rotang.

—¿Una sombra humana?

—¡Por Júpiter! ¡No tengo ojos de gato! El sol se ha ocultado ya y no es fácil distinguir lo que se mueve en las orillas del río.

—Entonces puedes haber confundido un maiascon un hombre —dijo Sandokán.

—¿Qué es un maias? —se mostró curioso Tremal-Naik.

—Un orangután, alto como una persona y peligrosísimo.

—¡También él es músico! —dijo Yáñez—. Estos bosques son maravillosos. ¡Producen música las hojas, los frutos, los troncos e incluso las flores! Comienzo a hartarme de estos conciertos misteriosos.

—Y yo tanto como tú, Yáñez —se solidarizó Sandokán.

—Mientras se contenten con hacernos oír silbidos y golpes de tam-tam, dejémosles en paz —dijo Tremal-Naik—. No son peligrosos.

—¿Y ese disparo? —inquirió Yáñez.

En la selva de la orilla izquierda había resonado un arcabuzazo y se había oído silbar una bala por encima de ellos.

Sandokán gritó:

—Fondead anclas y manteneos dispuestos a hacer tronar las espingardas y la ametralladora.

La barcaza de vapor se detuvo inmediatamente describiendo una media virada a babor.

Los malayos y los assameses se habían lanzado a las bordas sobre las que se habían colocado los petates enrollados apretadamente.

Las anclas se habían fondeado con rapidez fulminante y se había hecho un profundo silencio a bordo de las embarcaciones inmovilizadas en medio del río.

Solamente se oía el murmullo de la corriente que espumeaba alegremente entre las plantas que crecían por sus orillas.

—Este silencio no me tranquiliza en absoluto —confesó Yáñez a Sandokán.

—Tienes razón, amigo. Se diría que esconde alguna traición.

—Y, sin embargo, no se ve avanzar ninguna barca o prao.

—Esperan el momento oportuno para echársenos encima.

—Estos condenados ríos de Borneo son siempre peligrosos. He pasado algunos momentos apurados cuando remontaba el Kabatuán para ir a libertar a Tremal-Naik y Darma; y también allí se sucedían las traiciones.

—Éste es el verdadero país de los traidores —respondió Sandokán.

—¿Qué hacemos, pues?

—Esperemos.

—Esto es aburrido, Sandokán.

—No quiero arriesgar mi barcaza en esta oscuridad y correr el peligro de destrozarla contra cualquier roca.

—¡Calla!

—¿Otro grito?

—No: escucha atentamente. Son los ladridos de un perro.

—¿Y qué es, pues, ese fragor?

Hacia el curso alto del río habían oído como una zambullida que parecía producida por la caída de algún árbol gigantesco.

—¿Habéis oído? —preguntó Tremal-Naik aproximándose a los dos piratas.

—Puede que no signifique nada —comentó Sandokán—. En las grandes selvas los árboles viejos caen con frecuencia.

—¡Hum! —dudó Yáñez, moviendo la cabeza—. ¿Han de caer justamente en el río?

Estaba a punto de responder Sandokán cuando se oyeron otras dos o tres zambullidas.

—¿Se están precipitando selvas enteras en el Malludu? —se preguntó Yáñez—. El asunto me parece bastante extraño.

—¡Sapagar! —gritó Sandokán.

—Aquí estoy, capitán —respondió el malayo precipitándose a proa.

—Toma dos hombres y sondea atentamente el río.

—¿Reanudamos la marcha? —apuntó Yáñez.

—Avanzaremos a marcha lenta —respondió el Tigre de Malasia—. No debemos permanecer aquí sin hacer nada mientras nuestros enemigos quizás están preparándonos alguna sorpresa. Esos árboles deben de ser cortados por los parang y los kampilang de los dayakos.

—¿Con qué objeto? —se interesó Tremal-Naik.

—Quizás con la intención de cortarnos el paso o de construir balsas. ¡Maquinista, avanza lentamente! Y vosotros, malayos e indios, estad preparados para abrir fuego.

—Entonces podemos fumar otro cigarrillo —dijo Yáñez, sentándose en la borda con la carabina entre las rodillas—. ¿Quién sabe si luego no tendremos tiempo? La barcaza había reanudado su marcha remolcando a los praos. Sin embargo, avanzaba con extrema prudencia, mientras Sapagar y sus dos hombres sondeaban el fondo del curso de agua. Solamente resonaba a bordo la voz del lugarteniente del Tigre de Malasia.

—Siete pies… Nueve pies… Timonel, la barra a estribor…, bancos a babor…, ¡adelante!

En la parte alta del río continuaban las zambullidas en un crescendo impresionante. Parecía que centenares de parang y de kampilang trabajaban rabiosamente contra los árboles de las dos orillas. De vez en cuando cesaban aquellos ruidos ensordecedores durante unos minutos y luego los grandes troncos Volvían a precipitarse en mayor número todavía.

—¿Qué quieren hacer, pues, esos bribones? —preguntó Yáñez, que empezaba a perder su calma habitual—. Me gustaría saberlo.

—Tratan de impedirnos el paso: esa es mi opinión —adujo Tremal-Naik.

—El río es ancho, amigo, y se necesitarían demasiados árboles para hacer la navegación imposible a una barca de vapor. Pasaremos de todas formas y les daremos…

Una orden seca lanzada por Sapagar le cortó la palabra.

—¡Maquinista, detente!

La hélice cesó inmediatamente de funcionar mientras la barcaza se desviaba a babor, amenazando con lanzarse contra los praos.

—¡Abajo el ancla! —gritó Sandokán, quien, afortunadamente, se había dado cuenta del peligro.

Se fondeó a proa un ancla y sus uñas se sujetaron sólidamente en el lecho fangoso del río.

—¡Eh, Sapagar!, ¿has visto al diablo? —preguntó Yáñez.

—Los troncos comienzan a descender en gran número, señor —explicó el malayo.

—Dejad los fusiles y tomad las pértigas y los remos —vociferó Sandokán—. ¡Atentos a los choques!

Las tripulaciones apoyaron las carabinas contra las bordas y se proveyeron de pértigas de madera y remos, para alejar los árboles que arrastraba la corriente, bastante fuerte en aquel lugar.

Un enorme tronco capitaneaba una veintena de otros menores amenazando hundir la barcaza y los pequeños veleros, los cuales también habían anclado.

Diez o doce malayos se habían precipitado a proa de la barcaza de vapor para rechazar aquellos peligrosísimos obstáculos, cuando una andanada de flechas pasó por encima de los puentes, seguida por algunos arcabuzazos.

—¡Ah, los bergantes! —Gritó Yáñez, que se había protegido inmediatamente tras la borda—. ¡Este ataque no me lo esperaba!

Agarrados a las ramas de los árboles, con sus cuerpos sumergidos casi hasta la cintura, numerosos dayakos intentaban acercarse a los pequeños veleros y abordarlos por sorpresa.

Los malayos e indios, pasado el primer instante de estupor, se habían lanzado hacia sus carabinas, mientras la ametralladora, manejada con fulminante rapidez por el Tigre de Malasia, comenzaba a hacer oír sus secas detonaciones.

Por doquier resonaban gritos espantosos: en medio del río, en las orillas, bajo la selva, acompañados por disparos.

Era un ataque en plena regla el que intentaban los dayakos.

—¡Levad anclas! —ordenó Sandokán, dominando con su voz metálica y resonante aquel griterío infernal—. ¡A todo vapor, maquinista! Sapagar, tú sigue con el sondeo.

—Comienza a hacer calor —afirmó Yáñez, armando su carabina—. ¡Malditos diablos!

Los troncos continuaban llegando en número extraordinario. Eran verdaderamente árboles completos, en su mayor parte pombo, Arengas saccharifera, mangostanes y cosnarinas de dimensiones colosales, y entre sus ramas se ocultaban los asaltantes, prontos para lanzarse al abordaje de la flotilla.

Mientras la barcaza continuaba el remolque, describiendo bruscos zigzags para evitar los choques de aquellos colosos y para mantener alejados a los dayakos, los indios malayos disparaban a mansalva y las espingardas tronaban lanzando nubes de clavos. Tampoco la ametralladora se estaba callada un solo instante y rompía las ramas de los árboles fulminando a los hombres que se escondían entre ellas.

La batalla se hacía cada vez más sangrienta y también eran muchos los indios y malayos que caían a bordo de la barcaza y de los pequeños veleros. Un enorme tronco que descendía justamente por el centro del río, guiado probablemente por dayakos que se mantenían medio sumergidos, en determinado momento fue a embestir a la chalupa de vapor, cerrándole completamente el paso.

Inmediatamente treinta o cuarenta diablos treparon por la embarcación y se asomaron amenazadoramente por las amuras de proa.

—¡Eh, Sandokán! —llamó Yáñez, que no cesaba de hacer fuego con su calma habitual, abatiendo un hombre con cada disparo, valientemente imitado por Tremal-Naik y Kammamuri, dos tiradores verdaderamente maravillosos—. Hay carne en abundancia para tu ametralladora.

Una descarga formidable siguió a sus palabras. Los proyectiles, vomitados en gran cantidad por la terrible boca de fuego, fulminaron a los asaltantes a quemarropa e hicieron saltar al agua a los supervivientes.

Pero en aquel momento el enorme tronco embistió a la barcaza con gran ímpetu, haciendo resonar amenazadoramente su forro metálico.

El casco se inclinó rápidamente hacia proa y chorros de agua pasaron, con gran ruido, bajo la cubierta. Yáñez y Tremal-Naik palidecieron. Si entraba el agua, significaba que el choque había producido alguna vía.

El portugués se lanzó hacia Sandokán, quien no cesaba de hacer funcionar la ametralladora contra los altos troncos que descendían en gran cantidad por el río y tras los cuales gritaban los asaltantes, sin dejar de lanzar aludes de flechas, probablemente envenenadas, y de disparar bastantes arcabuzazos.

—¡Nos hundimos! —gritó.

—¿Quién? —preguntó el Tigre de Malasia.

—¡La barcaza ha sido desfondada!

—¡No es posible!

—¡Una vía de agua!

Un grito resonó por debajo del convés.:

—¡La máquina se apaga!

Luego el maquinista y los dos fogoneros se precipitaron fuera de la bodega y se apresuraron hacia Sandokán.

—¿Qué te pasa, Urpar? —preguntó el formidable pirata, con voz alterada.

—Ha cedido alguna chapa. Tigre de Malasia, y los fuegos se apagan —informó el maquinista.

—¿Está inundada la bodega?

—Sí, capitán.

—¡Y estos gusanos de la selva nos rodean por todos partes! Yáñez, te confío la ametralladora.

—¿Qué quieres hacer, hermano?

—Sólo nos queda batirnos en retirada.

—¿Hasta dónde?

—Hasta el islote que hemos rebasado hace media hora. Advierte a las tripulaciones de los praos que corten las amarras de remolque y que piensen en su propia salvación.

A continuación, gritó a toda voz:

—¡Manteneos firmes, tigres de Mompracem! ¡Adelante con las espingardas y las carabinas! Yo respondo de todo. ¡A mí, Sapagar! Tráete los hombres del sondeo.

De un salto se precipitó en la bodega, cuya escotilla había quedado abierta, mientras sus hombres redoblaban el fuego e intentaban alejar los troncos que los dayakos, nadando furiosamente, se empeñaban en lanzar contra la barcaza.

En un abrir y cerrar de ojos atravesó la bodega llena de barriles y grandes bultos que contenían provisiones y municiones y llegó a proa, seguido por Sapagar y los dos sondeadores, que habían encendido rápidamente sendas antorchas.

El agua escurría a través del tablazón en grandes cantidades, con un gorgoteo siniestro.

—¡Es una verdadera vía de agua! —apreció Sandokán.

Arrebató a uno de sus hombres una antorcha y avanzó resueltamente, mientras en cubierta se alternaban las ráfagas, con los tiros de espingardas y carabinas, haciendo estremecerse a todo el casco, y los gritos eran ya espantosos.

Un gran chorro de agua irrumpió a babor de la roda. Una chapa había quedado hundida por el choque del colosal árbol y la barcaza amenazaba con llenarse rápidamente.

—Herida mortal —murmuró Sapagar—. Y no hay hospitales aquí, como en Labuan.

—Tratemos de remendarla como mejor podamos —respondió Sandokán—. Hay colchones en los cuatro camarotes de popa. Traédmelos en seguida.

—No se mantendrán por mucho tiempo, capitán.

—Me basta con un cuarto de hora. ¡Vamos! Date prisa.

El lugarteniente y los dos sondeadores atravesaron corriendo la bodega, se precipitaron a los camarotes de popa y un poco después volvieron llevando cada uno un colchón y mantas.

Sandokán tomó uno, lo enrolló rápidamente y lo introdujo a la fuerza en la vía de agua. Los tres hombres lo ayudaban como podían y acumularon tras el colchón bocoyes. y fardos.

—¿Lista? —preguntó Sandokán.

—El agua entra menos violentamente, capitán —informó Sapagar—. Podremos resistir algún tiempo.

—A cubierta, amigos: nuestra presencia es ahora más necesaria arriba que aquí. Corramos; ¡el combate arrecia!

7. El asalto de los gaviales[25]

El combate arreciaba en verdad y amenazaba incluso con acabar no demasiado bien para los tigres de Mompracem y para los assameses que Yáñez había traído de la India.

El ataque de los dayakos, muy bien logrado, contra aquellas embarcaciones que habían intentado abordar en la bahía de Kudat, continuaba con feroz ahínco por parte de los isleños, que parecían resueltos a vengar la derrota sufrida.

Los troncos continuaban descendiendo, chocando no solo contra la barcaza, sino también contra los praos, cuyo maderamen no podía ofrecer gran resistencia.

Centenares de hombres, protegidos por las tinieblas, los empujaban, tratando de desfondar los costados de los pequeños veleros. Y no pensaban únicamente en destruirlos, sino que disparaban de vez en cuando bastantes arcabuzazos y lanzaban gran número de dardos.

Los malayos e indios, que ya habían comprendido que la barcaza corría el peligro de hundirse, habían cortados los remolques; y como el viento faltaba en absoluto iban a la deriva, defendiéndose ferozmente.

No cesaban en absoluto de tronar las espingardas con un fragor ensordecedor, y las carabinas les hacían eco destruyendo a bastantes asaltantes.

Desgraciadamente, los troncos seguían descendiendo como si millares y millares de leñadores no cesasen de hacer caer al agua trozos de selva, y los choques se sucedían unos a otros.

La barcaza, ya medio llena de agua, con la máquina apagada, iba a la deriva como un cuerpo muerto. No obstante, la ametralladora no dejaba de tronar, porque Yáñez no había perdido todavía un ápice de su calma ni tampoco Tremal-Naik.

Cada tronco que intentaba acercarse era fulminado por una andanada de clavos y un buen número de enemigos se precipitaba al agua entre gritos que no parecían humanos.

¡El valor de los dayakos era en verdad extraordinario!, pese a las bajas sufridas, se encarnizaban ferozmente contra la pequeña flotilla, como si se hubieran jurado destruirla antes de que pudiera llegar a las fuentes del Malludu.

—¿Cómo va eso, Yáñez? —se interesó Sandokán compareciendo en cubierta.

—¡Por Júpiter! —Exclamó el portugués—. El raja del lago debe de haber embrujado a estos salvajes. Aunque en el Kabatuán me han hecho sudar de miedo, no ha sido de esta forma. ¿Qué habrá prometido ese bribón a esta canalla?

—Probablemente, nuestras cabezas.

—Todavía no están encerradas en sus cestos.

—Y espero que tampoco lo estén mañana.

—Pero estamos completamente derrotados. Un prao tiene un costado desfondado.

—¿Se ve el islote?

—Todavía no, Sandokán.

—Y, sin embargo, no debe de estar muy lejos. ¿No te parece?

—Espera un poco que ametralle a estos pillos; parece como si se hubieran prometido subir a bordo y bailar la danza de los kampilang con nuestras cabezas. ¡Para vosotros, bribones! ¡Esto calmará un poco vuestra furia sanguinaria!

La ametralladora reanudó su música infernal apoyada por cinco o seis disparos de espingardas y una descarga de carabinas.

Los dayakos se apresuraron a ocultarse tras los troncos gigantescos que la corriente arrastraba contra la flotilla pero gran número de aquellos furibundos asaltantes des apareció para no volver jamás a flote.

Los gaviales del río tendrían una opípara cena, abundantísima.

—¡Ahora gritan como monos rojos! —exclamó Yáñez—. La metralla escalda y también agujerea, queridos. No se bromea con las balas ni tampoco con los clavos.

Por un momento el ataque se detuvo. Parecía como si los dayakos comenzaran a cansarse de aquellas graniza das de plomo y hierro y vacilaran.

Los troncos que estaban a punto de aplastar la flotilla guiados por los nadadores, se trasladaron lateralmente siguiendo el hilo de la corriente.

Pero sólo fue una breve pausa, porque aparecieron otros árboles también llenos de asaltantes, impacientes por entrar en la lid y probar la agudeza de los clavos.

—Sandokán, me parece que la cosa comienza a ponerse fea para nosotros —adujo Yáñez—. Estos bergantes son peores que las sanguijuelas.

—Sin embargo, no desespero de vencer más tarde o más temprano a estos piratas de agua dulce —afirmó Sandokán.

—La barcaza continúa haciendo agua, amigo.

—Haré poner en la vía otro colchón.

—Los praos se alejan de nosotros. Son más ligeros y derivan más rápidamente que nosotros.

—Las carabinas y las espingardas serán suficientes para cubrir la distancia. Ten la ametralladora: vuelvo a la bodega para reforzar el tapón que he puesto en la vía de agua. No hagas economías de plomo. Tenemos abajo cartuchos y pólvora para hacer saltar a toda la flotilla.

Los dayakos, como si hubieran comprendido que la presa se les escapaba, volvieron a la carga, empujando furiosamente los troncos.

Se enfrentaban con la muerte con un coraje admirable, en nada aterrorizados por las graves bajas que habían sufrido y que aún tenían que sufrir.

La mosquetería crepitaba incesantemente a bordo de la barcaza y de los pequeños veleros, y las espingardas no cesaban de lanzar terribles andanadas de metralla, que, por lo demás, no obtenían gran éxito, porque los astutos dayakos no se dejaban ver hasta que no se encontraban a tiro de cerbatana.

Ya comenzaban de nuevo a chocar formidablemente contra los costados de la flotilla cuando gritos agudísimos se elevaron a bordo del último prao, que ya estaba lleno de agua como la barcaza, puesto que había resultado con su tablazón desfondado.

—¡Tierra! ¡El islote!

—¡Por fin…! —exclamó con alivio Yáñez soltando otra andanada. ¡Con tal que no naufraguemos todos…!

—Lo que significaría nuestro fin —evidenció Tremal-Naik, quien, junto con Kammamuri, le ayudaba en el manejo de la ametralladora.

Sandokán reapareció en aquel momento en cubierta seguido por Sapagar y los sondeadores.

Habían metido otro colchón en la vía de agua, retirando el primero, ya totalmente empapado.

—¿El islote? —preguntó.

—Sí —respondió Yáñez.

Se lanzó hacia popa y se inclinó sobre la borda, sin cuidarse de las flechas que de vez en cuando atravesaban silbando el puente. A cuatrocientos metros surgía el islote, un brazo de tierra que no tenía más de doscientas cuarenta brazas de longitud POR sesenta de anchura y que estaba cubierto por una densísima vegetación, muy oportuna para mantener una larga defensa.

El último prao había encallado ya en los bancos de arena que rodeaban el islote y se había tumbado sobre un costado desfondándose completamente.

Pero su tripulación había llevado las dos espingardas a la orilla del islote, junto con bastantes cajas de municiones, y había reanudado bravamente el fuego.

Los otros praos tuvieron peor suerte.

Arrastrados por la corriente, privados de dirección, fueron a su vez a embarrancar, chocando entre sí.

—¡Desastre completo! —se lamentó Yáñez—. ¡Buen principio para conquistar un reino! ¡En Assam hemos sido más afortunados!

Sandokán había asistido impasible a la destrucción de su flotilla.

Le bastaba con que sus hombres se hubieran salvado y que al mismo tiempo hubieran puesto a salvo las armas y sobre todo las espingardas, con las que contaba para hacer frente a las bárbaras hordas del raja del lago.

A su vez, la barcaza, que había logrado con su ametralladora detener nuevamente a los dayakos, derivaba rápidamente, girando de vez en cuando sobre sí misma a causa de su peso excesivo.

Pese al colchón introducido en la vía de agua, ésta no había cesado de entrar en gran cantidad, anegando соmpletamente las máquinas, que, como ya se ha dicho, habían cesado de funcionar.

Estaba a punto de chocar con los bancos, cerca de los praos naufragados tan miserablemente, cuando fue presa de un remolino, que la lanzó fuera de su ruta.

Sandokán profirió una imprecación.

La isla se les escapaba.

—¡Saltad al agua! —ordenó—. ¡En seguida! ¡La corriente nos arrastra!

Los indios y los malayos, que formaban la tripulación en un abrir y cerrar de ojos se lanzaron por encima de las bordas a los bancos.

Sandokán, Yáñez, Tremal-Naik y Kammamuri estaban a punto de imitarlos, cuando un nuevo remolino alejó bruscamente la barcaza, lanzándola hacia la orilla izquierda.

—¡Salta! ¡Salta! —apremió Tremal-Naik.

Yáñez, que estaba cerca de él, le detuvo rápidamente.

—¡Mira! ¡Los gaviales!

Mandíbulas enormes, armadas de formidables dientes dispuestos en dos largas filas, habían hecho su aparición cerca de la barcaza, listas para agarrar a los imprudentes que osasen dejar aquel peligroso refugio. Eran veinte o treinta gaviales, parientes próximos de los cocodrilos y los caimanes, de una longitud de cinco a seis metros y dotados de una voracidad más que extraordinaria. En todos los ríos de las grandes islas malayas pululan estos feroces saurios, y ¡ay del desgraciado que llegue a probar sus dientes de acero! Tremal-Naik y Kammamuri, que ya se habían subido a las bordas, habían saltado hacia atrás, espantados por la imprevista aparición de aquellos monstruos.

—¡Sólo nos faltaba esto! —exclamó el ex cazador de la jungla negra.

—¡No te lamentes! —le dijo Sandokán—. Son nuestros aliados en este momento.

—¿Por qué?

—Se lanzarán contra los dayakos y detendrán su asalto.

—Pero estamos a punto de hundirnos.

—Espero que nos mantengamos todavía a flote por algún tiempo.

—¿Y adonde iremos a parar?

—Embarrancaremos en cualquier playa. Deja a los dayakos y probemos la resistencia de las escamas de los gaviales. Obliguémosles a remontar el río. Allí encontrarán presas más abundantes que aquí. Mientras se preparaban para disparar contra los saurios, las tripulaciones de los praos, una vez ganada la orilla del islote, se enfrentaban animosamente con los asaltantes.

Habían llevado a tierra todas las espingardas y, resguardados bajo los árboles y en medio de los matorrales, mantenían un fuego vivísimo, poniendo a prueba el coraje de los asaltantes.

Sapagar, el lugarteniente del Tigre de Malasia, que había tenido tiempo de ganar la costa con la tripulación de la barcaza, los había organizado rápidamente para hacer frente a los adversarios, en espera de la vuelta de sus jefes.

Pero esta vuelta era muy incierta, puesto que la barcaza, aunque estaba llena de agua hasta la cubierta, continuaba su camino siguiendo siempre el hilo de la corriente.

A veces parecía que de un momento a otro se hundiría, luego volvía a flote un poco, unas veces a proa y otras a popa, y después de algún que otro giro sobre sí misma reanudaba el descenso.

Sandokán, Yáñez y sus dos amigos, al no ver ya alrededor de las bordas medio sumergidas las feas cabezas de los gaviales, habían suspendido sus disparos para no malgastar inútilmente sus municiones, aunque habían tenido la precaución de salvar de la inundación una caja de cartuchos y colocarla en lo alto del cabrestante de proa.

En pie sobre las bordas, escuchaban atentamente las descargas que resonaban en el islote, preguntándose con profunda angustia si los dayakos, batidos en su frente por las carabinas y las espingardas y asaltados en sus flancos por aquella tropa de saurios glotones, se habían decidido finalmente a abandonar la partida.

—Me parece que disminuyen los disparos —observó de repente Yáñez—. ¿Será por efecto de la distancia o porque los dayakos han recibido ya lo suyo?

—Las espingardas ya casi no disparan —manifestó Sandokán.

—¿No será que han matado a nuestros hombres? —conjeturó Tremal-Naik.

—Mis malayos son de acero de Borneo, que es el mejor que existe —se enorgulleció el Tigre de Malasia—. Cuando tienen una carabina entre las manos y un parang, no se dejan matar ni por mil dayakos.

—Y también mis assameses son valientes —añadió Yáñez—. Han sido escogidos entre los montañeses.

—Entonces los dayakos están en retirada —predijo Kammamuri—. Ya no oigo más que algún tiro aislado.

—No temo por mis hombres —afirmó Sandokán—. Nadie podrá desalojarlos del islote. Por el contrario, somos nosotros los que nos encontramos navegando en pésimas aguas.

—¡Puedes decir incluso que sumergidos en ellas! —Puntualizó Yáñez—. Me llegan hasta las rodillas. ¿Cuándo se decidirá a detenerse esta carcasa? ¿Y si echásemos el ancla?

—Han desaparecido ambas.

—Entonces acabaremos en la bahía.

—Esta barcaza no puede durar tanto, Yáñez.

—Y sin embargo continúa flotando, aunque esté tan llena de agua como para estallar.

—Son las cajas de los víveres y los barriles de municiones los que nos sostienen. Cuando se deshagan, lo que no tardará mucho en suceder, nos iremos a pique.

—Y los gaviales se comerán nuestras piernas —añadió Kammamuri.

—Por ahora no los veo a nuestro alrededor —dijo Yáñez—. Han corrido todos a roer los pies de los dayakos. ¡Eh…!

La barcaza había experimentado una brusca sacudida y se había elevado hacia popa, lanzando hacia proa el agua que cubría la cubierta, con el ímpetu de la riada que se desborda.

La corriente la había empujado en aquel momento hacia la orilla izquierda de la que ya no distaba más de una veintena de metros.

—Hemos chocado —dijo Sandokán—. Estad preparados para ganar la orilla.

—¡Hay escollos a popa! —previno Kammamuri, que, manteniéndose en equilibrio sobre la borda de babor, había alcanzado la toldilla.

—¿A flor de agua? —indagó Yáñez.

—Sí, patrón.

La barcaza permaneció un momento detenida, chocando y volviendo a chocar contra aquellos obstáculos, y luego por décima vez, giró sobre sí misma y escapó del abrazo de los escollos.

—Ni siquiera éstos nos quieren —ironizó Yáñez, que ya estaba dispuesto a saltar al agua antes de que desapareciese la embarcación.

—¿Continuará todavía bastante tiempo esta carrera? —se preguntó Sandokán, que parecía bastante irritado—. Se aleja cada vez más del islote y, con ello, de nuestros hombres.

—Por lo menos nos debemos de haber alejado siete u ocho millas —calculó Yáñez.

—¡Y no poseer ni un remo para empujar esta carcasa hacia la orilla…!

—Ha desaparecido con el timón. Apostaría que también la hélice está en el fondo del río.

—Para hacer correr más a los gaviales —añadió Kammamuri.

—¡Y echárnoslos encima! —Exclamó Tremal-Naik, que avanzaba hacia la borda de popa—. ¡Llegan más y éstos no deben de haber probado aún los bistecs de los dayakos!

—¡Atención a no poner el pie en cubierta! —previno Sandokán.

—Ni siquiera en las bordas nos encontraremos seguros hermanito —dijo Yáñez—. ¡Si empiezan a coletazos, estamos perdidos!

Siete u ocho gaviales, procedentes de las profundidades del río, habían rodeado la barcaza, intentando subir a la cubierta.

Debían de estar muy hambrientos para intentar semejante ataque, porque, por lo general, huyen cuando el hombre no los importuna.

No menos estúpidos que sus parientes africanos, giraban y volvían a girar alrededor de la barcaza mostrando sus formidables mandíbulas y chocando contra las bordas con sus escamas óseas. Habían pasado dos veces ante las aberturas de las amuras que se encontraban a mitad de la cubierta sin siquiera darse cuenta de ellas.

Pero de un momento a otro podían descubrirlas y subir fácilmente a bordo.

—Amigos —dijo Yáñez—, ya que no los tenemos todavía entre los pies, pongámonos a salvo.

—¿Quieres saltar al agua? —Preguntó Sandokán—. Te advierto que yo no cometeré jamás semejante locura.

—Tampoco yo tengo ningún deseo de trabar conocimiento con estos gaviales. Sé lo que valen cuando están hambrientos.

—Entonces ¿qué quieres hacer?

—Fíjate qué imbéciles somos.

—Gracias.

—Tenemos la chimenea y las cuatro mangas de ventilación, que nos servirán magníficamente de apoyo y nos quedamos aquí en espera de que un coletazo nos arroje a las bocas de estos inmundos saurios.

—¡Yáñez, eres un genio! —celebró Tremal-Naik.

—Lo sé desde hace mucho tiempo.

—¡Arriba todos! —gritó Sandokán.

Los cuatro hombres saltaron a cubierta y se lanzaron hacia la chimenea del vapor, que se elevaba tres metros más, rodeada por cuatro mangas de ventilación y sujeta por cinco sólidos cables metálicos.

En un abrir y cerrar de ojos Sandokán y sus compañeros treparon a toda prisa poniéndose completamente a salvo de los coletazos de los gaviales. Bien a punto, porque un saurio había logrado descubrir finalmente el paso abierto en la borda central de babor y con un coletazo había subido a la cubierta. En el mismo instante otro subía por la parte opuesta.

—Buenas noches, señores —bromeó Yáñez quitándose cortésmente su sombrero de paja—. Sin embargo, os advierto que habéis llegado demasiado tarde para tomar parte en la cena, porque ya nuestras chuletas están a salvo en la despensa de la máquina.

Un estallido de risas siguió a estas palabras.

—Señor Yáñez —mantuvo el tono Kammamuri—, invítelo para otro día.

—Estás loco, maharata. Pienso ofrecerles un piscolabis a base de plomo y no tardaré ni medio minuto.

Las dos bestias se habían detenido una frente a otra como si estuvieran asombradas de encontrarse en aquella superficie oscilante y no hallar ya las presas que antes debían de haber advertido en pie sobre las bordas.

Mientras tanto, otras seis o siete se habían alzado hasta cubierta batiendo ruidosamente con sus formidables colas el puente metálico de la barcaza.

—Parecen de pésimo humor —dijo Yáñez—. ¡Ya lo creo Ver desaparecer de golpe chuletas de Europa, de Malasia y de la India! ¡Un antropófago también habría quedado muy desilusionado!

—Estás bromeando —observó Sandokán—, y no piensas que si la barcaza se va a pique caeremos entre sus mandíbulas.

—¡Pero si continúa flotando magníficamente…!

—Y mientras tanto nos alejamos cada vez más de nuestros hombres.

—Son numerosos y por eso no tengo ninguna inquietud por ellos. En tierra, atrincherados en medio de los árboles y con las espingardas, harán frente a los dayakos sin experimentar grandes bajas. Cuando termine esta cómica aventura iremos a unirnos con ellos y reanudaremos nuestra marcha.

—¿A través de las selvas? —inquirió Tremal-Naik.

—En lo que a mí respecta, son más seguras que los ríos —expresó el portugués, que, incluso en las más difíciles Circunstancias mantenía su inalterable buen humor—. Y además, ¿no contamos con una reserva en la costa? Sambigliong tiene una treintena de hombres y una fortaleza en su poder, ¿verdad, Sandokán?

—No temo nada por Sambigliong —afirmó el Tigre de Malasia—. La kotta es muy sólida y tiene consigo treinta malayos de probado valor.

—Entonces, todo va bien —concluyó Yáñez—. Regalemos algunas migajas a estas bestias, para calmarles un poco el hambre. Si resultan un poco indigestas, peor para ellos, Colocó sólidamente los pies en la manga de ventilación, se apoyó en el gran tubo, tomó la carabina de dos cañones que llevaba en bandolera y, después de haberse asegurado que los pistones estaban en su sitio, apuntó cuidadosamente al gavial mayor.

—Si no lo mato, me comprometo a comérmelo vivo y entero —bromeó.

—Entonces serás tú el que tendrá la indigestión —dijo Tremal-Naik, que también se preparaba para disparar.

—Un raja de Assam no puede sufrir indigestiones —dijo Sandokán seriamente.

—Y entonces tampoco mi patrón que es su primer ministro —añadió Kammamuri.

—¡Callaos, charlatanes! —Intervino Yáñez—. Si me hacéis reír no puedo apuntar a mi bestia.

—Destrózale un ojo y las migajas le entrarán en el cerebro —dijo el Tigre de Malasia.

—¡Nada de eso! ¡Prefiero hacerle comer mi bala cónica. Ya veréis qué salto da! ¡Me mira como si saborease de antemano mis chuletas! ¡Para ti, canalla!

El cabecilla de los saurios, un monstruo de más de cinco metros de longitud y probablemente más hambriento que los otros, dada su mole, se había aproximado a la manga de ventilación en la que se mantenía el portugués, y mostraba sus enormes mandíbulas, lanzando de vez en cuando roncos relinchos.

—¡Qué feo eres! —Exclamó Yáñez—. No tienes derecho a vivir.

Bajó la carabina y le apuntó entre las fauces abiertas. Resonó una detonación seca, seguida de un «¡viva!».

El gavial, alcanzado en plena boca, se levantó de golpe sobre su cola monstruosa, llegando casi al nivel de la manga de ventilación, abriendo espantosamente sus formidables mandíbulas erizadas de dientes, y luego cayó sobre el puente de la barcaza, como si hubiera sido fulminado por una descarga eléctrica. Pero no estaba muerto, pues tales bestias, al igual que los cocodrilos, los caimanes e incluso los tiburones, gozan de una vitalidad extraordinaria.

Permaneció algunos minutos como atontado y estupefacto por aquella insólita comida, luego sé levado casi verticalmente sobre su cola y se puso a dar una serie de saltos tan extravagantes como para que estallase de risa incluso el hombre más serio y más grave de todo el orbe.

Tan pronto se desplomaba sobre la cubierta, desencajando sus enormes mandíbulas, como se volvía a levantar, contorsionándose como una monstruosa pitón, para volver a caer, permaneciendo algunos minutos inmóvil; y después de un instante de descanso, de nuevo se erguía, como si hubiera sido mordido por una tarántula, y reanudaba sus ridículas contorsiones.

—¡Por Júpiter! —Profirió Yáñez, que se reía a mandíbula batiente, a pesar de la gravedad de la situación—. No es capaz de digerir ese maldito pedazo de plomo que le he regalado. Si tuviese un poco de bicarbonato de sosa, se lo regalaría de buena gana, de la pena que me da verlo tan desasosegado. Desgraciadamente, los dayakos carecen absolutamente de boticarios.

—Probemos si este otro que está a su lado y lo mira como pasmado tiene el estómago más robusto —dijo Tremal-Naik—. Será un experimento interesantísimo.

—Estáis bromeando y no pensáis que, si la barcaza se hunde de un momento a otro, esas bestias probarán sus dientes en nuestras carnes en lugar de en el plomo —reprobó Sandokán, que era el único que no se reía, preocupado más que los otros por la suerte de sus hombres.

—Mientras flote todo irá bien —respondió el portugués—. ¿Qué quieres más, hombre descontentadizo?

—Si se abren las cajas y los barriles, esta masa de hierro irá a pique, y aquí el río debe de ser profundo.

—Todavía no se han abierto, hermanito. Te toca a ti, Tremal-Naik. Después probará Kammamuri.

El indio apuntó a su vez la carabina, una espléndida arma del Punjab, de dos cañones, con taracea de nácar en la culata, y apuntó atentamente al saurio que Yáñez le indicaba y que estaba observando, como aturdido y espantado, los saltos diabólicos de su compañero, preguntando quizás a su obtuso cerebro la explicación de aquellas sorprendentes contorsiones.

También él tenía las mandíbulas desencajadas en espera de alguna presa.

Resonaron dos disparos casi al mismo tiempo y dos balas cónicas se incrustaron en la garganta del saurio, junto con las estopas ardiendo.

El monstruo cerró de golpe las mandíbulas, agitó furiosamente la cola, pareció encogerse y luego permaneció inmóvil.

—¡Un buen tiro! —Celebró Sandokán—. Lo has fulminado, querido Tremal-Naik.

—Yo y los cocodrilos nos conocemos —respondió el indio—. Así los trataba cuando era cazador en la jungla negra. Una bala en la garganta y otra en el paladar, de modo que penetre en el cerebro, y el asunto ha concluido.

—Después de un tiro tan maravilloso, deberíamos ofrecerte un gran cargo —dijo Yáñez.

—¿Cuál? ¿El de matador de gaviales? Renuncio desde ahora —respondió Tremal-Naik riendo.

—Quizá sean buenos para los dayakos, pero no para nosotros.

—¿Y entonces?

—Te nombramos gran cazador de nuestra caravana.

—Aceptado.

En aquel instante la barcaza experimentó un nuevo choque y volvió a girar sobre sí misma.

—¡Eh! —se alarmó Yáñez—. ¿Nos hundimos?

—No lo parece —respondió Tremal-Naik.

—Sin embargo, sería un buen momento para detenernos —opinó Sandokán—. Estamos ya demasiado alejados de nuestros hombres. Ya hace cuatro horas que descendimos por el río.

—Con un paseo a través de los bosques sabremos alcanzarlos —observó Yáñez.

La barcaza volvía a girar sobre sí misma, balanceándose peligrosamente por causa también de los saltos de los gaviales.

Parecía que las malditas bestias habían enloquecido. Corrían por la cubierta, cayendo todas a la vez, unas veces a babor y otras a estribor, desequilibrando la embarcación.

—¡Estos bergantes quieren echarnos a pique! —dijo Yáñez—. ¡Eh, Kammamuri, derrocha tú también algún cartucho!

—En seguida, capitán.

—Y tú también, Sandokán. En este momento son más peligrosos estos gaviales que todos los dayakos de Borneo tanto de tierra como de mar.

—Si ello te causa placer, estoy dispuesto.

—¿Placer? Se trata de salvar nuestra piel, amigo mío. Vamos, abramos fuego antes de que la barcaza se destroce y se hunda y nosotros caigamos entre las mandíbulas eternamente abiertas de estas bestias.

Después de haber chocado contra algún banco escondido bajo las aguas, la barcaza había reanudado su marcha aunque muy lenta, porque la corriente debía sufrir entonces la influencia de la marea alta, que a menudo se hacía sentir incluso a algunos centenares de millas, incluso más de la desembocadura de los cursos de agua, especialmente en las regiones ecuatoriales. Oscilaba siempre arriesgadamente, a causa de los formidables saltos de los gaviales, que parecían espantados de encontrarse encerrados entre las bordas de la embarcación. Estando casi totalmente privados de inteligencia, como sus parientes de África y América, aunque corrían alrededor de la chimenea y de las campanas de ventilación, lo mismo que cuando habían subido a bordo, no lograban descubrir los dos pasos abiertos entre las bordas de babor y estribor.

Sandokán, Yáñez y sus compañeros, impacientados por desembarazarse de aquellos peligrosos vecinos que podían, en el momento del naufragio, que ya era inminente, echarse sobre ellos y devorarlos, habían abierto un fuego formidable.

Sin embargo, no todas las balas producían heridas mortales; por el contrario, a menudo rebotaban en las placas óseas y se perdían.

Tremal-Naik se llevaba siempre la palma, famoso cazador de tigres en la jungla negra. Esperaba pacientemente a que las bestias abriesen las mandíbulas y con una doble descarga las fulminaba.

Ya cuatro saurios más habían ido a hacer compañía a los primeros y a bordo no quedaban más que tres, cuando la barcaza, que se arrastraba por la orilla izquierda, se volcó bruscamente a estribor con un ruido formidable, deteniéndose de golpe.

—¡Se ha desventrado contra una roca! —gritó Yáñez, que apenas había tenido tiempo para agarrarse al borde superior de la chimenea.

—¡Y está a punto de hundirse! —Les alertó Sandokán—. Afortunadamente, el agua no parece profunda.

—Pero nos esperan los gaviales.

—¡Pero aún estoy yo aquí! —alardeó Tremal-Naik—. No son más que tres. ¿Resiste la barcaza?

—Se hunde lentamente —informó Yáñez—. Sólo tienes un minuto de tiempo.

—Será suficiente.

Un gavial dedicaba sus esfuerzos a izarse sobre una manga de aire, con grandes coletazos, pero deslizándose continuamente por el hierro, que no ofrecía presa para sus zarpas.

Tremal-Naik le hizo engullir de un golpe las dos balas de su carabina, las estopas, las llamas y el humo.

La pobre bestia se revolcó dos o tres veces sobre su torso emitiendo una especie de ronco relincho, y luego ya no se movió.

—¡Para ti, patrón; está cargada! —gritó Kammamuri ofreciéndole el arma que tenía en sus manos.

El ex cazador de la jungla negra hizo fuego sobre el segundo gavial, y lo fulminó, y luego, cogiendo la carabina de Yáñez, disparó contra el tercero con igual suerte.

—¡Asunto concluido! —exclamó—. Podemos descender.

—¡Eres un cazador maravilloso! —le dijo Yáñez.

—¡Saltad! —Les instó en aquel momento Sandokán—. La barcaza está cansada de flotar.

8. La caza del «maias»

En efecto, se hundía la barcaza, si no rápidamente, al menos de manera continuada. Amenazaba de un momento a otro volcarse a estribor, donde gravitaban los grandes cuerpos de los saurios fulminados por las terribles descargas de los cuatro valientes aventureros.

Yáñez había sido el primero en saltar al puente, sobre el que ya había por lo menos un pie de agua, y se había apresurado a adueñarse de la caja llena de municiones depositada en lo alto del cabrestante de proa.

Los restantes no tardaron en seguirle.

—¿No se hunde todavía? —se extrañó Yáñez—. Es una barcaza verdaderamente maravillosa.

—El agua continúa subiendo —observó Tremal-Naik.

—Aunque muy lentamente —añadió Sandokán—. Todavía no se han abierto los bocoyes, por lo que parece.

—Pero descendemos —evidenció Kammamuri—. Las bordas ya están bajo el agua.

—Sólo estamos a quince metros de la orilla —dijo Yáñez—. ¿Tienes miedo de atravesar un arroyuelo?

—Si estuviéramos en la otra parte no lo llamarías así, Yáñez.

—¿No me llamas nunca raja, bergante? ¡Soy el príncipe Consorte de la rani de Assam!

Una risotada siguió a la respuesta.

—¡Vaya, hermano; estás soberbio! —dijo Sandokán.

—¡Por Júpiter! El general de la artillería assamesa me reclama.

Otro golpe, seguido de un crujido metálico, interrumpió su frase, indudablemente bromista.

—Su Majestad se hunde —gritó Kammamuri—. ¡Salvemos al rajá de Assam!

—¡Que el diablo te lleve! —Vociferó Yáñez—. Un tigre de Mompracem no tiene necesidad de la ayuda de todos los indios del Indostán. Todavía no he olvidado que soy un pirata de la vieja escuela. ¿De acuerdo? Al agua, amigos.

—Espera un poco, Yáñez —le detuvo Sandokán—. Todavía no nos hemos ido al fondo.

La barcaza se elevó un momento hacia proa, osciló durante algunos instantes, dio una vuelta sobre sí misma, crujiendo siniestramente bajo el peso de las máquinas y las calderas, y luego las aguas invadieron su cubierta, corriendo sobre ella como un torrente y arrastrando los cadáveres de los gaviales.

La inmersión sólo tuvo una duración de pocos segundos, Había, sin duda, un banco bajo la barcaza y el casco se había detenido sobre el fondo arenoso, dejando sobresalir la mitad de las bordas.

—He aquí un magnífico naufragio —dijo Yáñez—. Si todos los buques que se hunden terminaran así se podría decir que los marineros son afortunados.

—Sí; cuando no hay tiburones ni gaviales —puntualizó Sandokán—. Tomemos las municiones y tratemos de ganar la costa. Hay bancos que se prolongan hacia estribor.

—Desalojemos —apremió Tremal-Naik—. Hemos permanecido demasiado tiempo a bordo de esta ruina.

—En una compañía poco alegre —añadió Yáñez—. Me parece incluso imposible haber salvado mis piernas. ¡Ah, estos ríos de Borneo…! ¡Los detesto!

—Pero estás vivo —dijo Tremal-Naik.

—Amigo, los tigres de Mompracem tienen la piel muy dura. ¿No sabes que nuestra piel ha estado sometida a prueba de cocodrilos, serpientes y gaviales?

—Parloteáis como tucanes —sentenció Sandokán.

—Te equivocas, hermano —respondió Yáñez, estallando en una ruidosa carcajada—. Los tucanes chirrían como las ruedas que jamás han sido engrasadas.

—Entonces, chirriáis como ruedas mal engrasadas y os mantenéis ociosos.

—Ya sabes que siempre he sido flemático como un inglés.

—Veamos si podemos alcanzar la orilla, sin mojar nuestras armas y la caja de municiones. Estoy impaciente por llegar junto a mis malayos.

—Y yo junto a mis súbditos —añadió Yáñez—. ¿Qué harían sin su raja?

Se habían aproximado a la borda de estribor, arrojando por encima de ella los cuerpos de los gaviales para abrirse paso.

La suerte protegía decididamente a los cuatro aventureros, porque una serie de pequeños bancos fangosos, apenas cubiertos por un pie de agua, se extendía desde el gran banco que había hecho naufragar a la barcaza.

—Podemos tomar tierra —dijo Kammamuri—. Pero ¿no habrá otros gaviales escondidos entre las cañas que cubren las riberas?

—A estas horas todos habrán escapado hacia el alto curso del río —le tranquilizó Sandokán—. Estas bestias huelen la comida a grandes distancias. No encontraríamos uno en un recorrido de veinte millas.

Esperaron a que Tremal-Naik recargase su carabina y luego descendieron al banco, que estaba formado por una espesa capa de arena que no cedía bajo el peso de un hombre.

Saltando por encima de los pequeños canales en los que el agua se precipitaba gorgoteando sordamente, los dos tigres de Mompracem y los dos indios lograron llegar felizmente a la orilla, la cual, después de una pequeña barrera de cañas, estaba cubierta por altísimos árboles que entrecruzaban estrechamente sus ramas y sus desmesuradas hojas.

Comenzaba a alborear.

Las estrellas se esfumaban rápidamente y las tinieblas, densas bajo la inmensa bóveda de vegetación, se desvanecían como por encanto, al tiempo que una luz rosácea se difundía por el cielo.

Comenzaban ya a despertarse los pájaros, y podían oírse mil gritos jocosos que saludaban la inminente aparición del astro diurno.

A través de las ramas pasaban, rápidas como saetas, las espléndidas palomas coronadas por plumas de un azul dorado; en medio de las hojas de los bananos circulaban bandas de papagayos, y bellísimas cacatúas de moño amarillo o carmesí hacían su tocado matutino; en la copa de los altísimos durion. los tucanes rinocerontes, llamados por los indígenas calaos, agitaban briosamente sus monstruosos picos coronados por una ridícula excrecencia cartilaginosa en forma de una pera alargada, lanzando gritos estridentes que hacían sobresaltar a los dos indios.

Una vez llegados a los primeros árboles, Yáñez y Sandokán se habían detenido, poniéndose a escuchar.

—Parece que todo está tranquilo —dijo el primero, quien, sin embargo, había armado su carabina como precaución—. ¿Temías que los dayakos nos hubieran seguido?

—Sí —confesó Sandokán—. Ya sabes lo tozudos que son los dayakos, especialmente los de tierra. Con tal de añadir una cabeza a su colección no escatiman fatigas ni peligros.

—¡Los conocemos ya hace tantos años!

—No nos conviene ponernos en seguida en marcha. Quiero asegurarme primeramente de que la selva está desierta.

—Apruebo totalmente tu prudencia, hermanito. En alguna ocasión te habrías lanzado con la cabeza baja, como un toro sediento de sangre, a través de estos árboles.

—Entonces era más joven —adujo Sandokán sonriendo.

—Señores —propuso Kammamuri—, ya que nos detenemos aquí, podríamos buscar comida. Los tucanes son excelentes. Los he comido a montones cuando mi patrón tenía su factoría en Kabatuán.

—No quiero disparos de fusil, amigo —argumentó Sandokán—. Sería peligroso atraer sobre nosotros la atención de los dayakos.

—Entonces nos contentaremos con hacer acopio de fruta, Voy a buscarla.

—No te alejes demasiado —recomendó Yáñez—. Aquí deben de abundar los tigres, las panteras blancas y las grandes serpientes.

—Conozco a esos señores y a esas señoras —respondió el maharata.

Mientras los dos tigres de Mompracem y Tremal-Naik improvisaban en la orilla del río un pequeño campamento, construyendo un pequeño attap, o sea un ligero cobertizo compuesto por unos pocos bastones y algunas monstruosas hojas de banano, el indio se adentró resueltamente en la selva, teniendo la carabina bajo el brazo, pronto a servirse de ella.

Los árboles frutales, más allá de la primera zona formada casi exclusivamente por bananos salvajes que extendían sus enormes hojas a seis e incluso siete metros por encima del tronco, abundaban de manera prodigiosa.

Había grupos de mangostanes, cargados de frutos exquisitos que se derriten en la boca como un helado y que parecen reunir el aroma de mil flores; grupos de durion cuyas ramas se curvan bajo el peso de sus frutos gruesos como la cabeza de un niño, pero erizados de terribles púas que producen heridas dolorosísimas y a veces incluso mortales; pombo que ofrecen naranjas colosales y nepelium. qué producen frutos llenos de una pulpa blanca, casi transparente, agridulce, alrededor de una gruesa semilla.

El maharata estaba a punto de escoger la planta más bella, cuando al volverse le pareció que veía una sombra humana pasar rápidamente entre los troncos de los árboles y desaparecer, con fulminante velocidad, en medio de un enorme montón de piper nigrum..

—¿Un dayako? —se preguntó, armando rápidamente su carabina—. El capitán tenía razón al detenerse.

Estaba a punto de avanzar unos pasos cuando oyó un silbido extraño. Instintivamente bajó la cabeza y se arrojó detrás del tronco de un glugo, creyendo que le habían lanzado alguna flecha.

No oyendo, al pasar algunos minutos, ningún rumor más, se separó del tronco protector y miró a su alrededor.

—Nada —dijo para sí—. Y, sin embargo, juraría por Siva y Brahma que ha pasado un dardo por encima de mi cabeza.

Observó atentamente los troncos cercanos y tuvo que convencerse de que no se había lanzado ninguna flecha.

—¡Esto es muy extraño! —pensó—. Retirémonos y vayamos a avisar al capitán.

Comenzó a retroceder lentamente, teniendo siempre los ojos fijos en el enorme grupo de piper nigrum, temiendo ver salir de él, de un momento a otro, a algún grupo de aquellos famosos cortadores de cabezas; así llegó al margen de la selva.

Sandokán, Yáñez y Tremal-Naik estaban sentados bajo el attap., fumando tranquilamente y charlando.

—¿Has encontrado comida? —preguntó el portugués viendo aparecer antes de lo previsto al maharata.

—Vuelvo sin ni siquiera una banana —respondió Kammamuri.

—Sin embargo, en esta gran selva no debe de faltar la fruta.

—En efecto, abunda, señor; pero los dayakos no permiten recogerla.

—¿Los dayakos? —inquirió Sandokán alzándose—. ¿Ya están aquí, Kammamuri?

—He visto una sombra humana que pasaba ante mí a menos de cincuenta pasos y fíe oído también el silbido de una flecha dirigida probablemente contra mí.

—¿Dónde?

—Al otro lado de esa espesa vegetación.

—¡Por Júpiter! —Se exaltó Yáñez, también puesto en pie—. ¿Habrá algún espía de la tribu que nos ha hecho cara? Es preciso no dejarlo escapar.

—¿Está lejos el lugar? —preguntó Sandokán.

—Apenas a quinientos metros.

—Recoge la caja de municiones y guíanos en seguida, Kammamuri. Si ese bribón va a dar la alarma, antes de la noche tendremos encima centenares de cortadores de cabezas.

Derribaron el attap para que no quedase ninguna huella de su parada, y se adentraron en la selva, deteniéndose di vez en cuando detrás de los troncos de los árboles para observar y escuchar.

Del suelo surgían raíces monstruosas, que culebreaban en todas las direcciones y, entrelazándose con los rotang Y los calamos, hacían difícil el avance.

De las hojas escapaban enjambres de dracos., bellos lagartos voladores, de no más de veinte centímetros de largo, con la cola aplastada, que infestan las selvas de Borneo.

Como están provistos en sus costados de una especie de paracaídas, formado por una membrana que extienden en el acto de comenzar el salto, pueden recorrer trayectos de veinticinco a treinta metros.

Sandokán, que iba a la cabeza del pequeño destacamento, observaba atentamente, además de los lagartos, también los pájaros, papagayos, cacatúas y argus[30a] gigantes, bellísimas aves de la familia de los faisanes, con una cola desmesurada, y parecía asombrado de verlos tan tranquilos.

—Si hubiera hombres emboscados, no se quedarían aquí a cantar —argumentó—. ¿Qué has visto, Kammamuri?

Avanzando lentamente, con infinitas precauciones, llegaron finalmente ante la gigantesca mancha de vegetación formada por piper nigrum dentro de la cual debía de haberse escondido el dayako divisado por el indio.

Esas plantas que producen la pimienta salvaje, no peor que la otra, son trepadoras como las viñas, a las que se asemejan, y forman agrupaciones enormes, ricas en racimos que tienen bayas rojas no más gruesas que un guisante, y son tan espesas que a veces es difícil atravesarlas.

—¿Estaba ahí dentro ese hombre? —preguntó Sandokán a Kammamuri.

—Sí, capitán —afirmó el maharata.

—Rodeemos el grupo y hagámosle salir de su escondrijo… Tú, Yáñez, ve por la izquierda junto con Tremal-Naik; yo iré por la derecha con Kammamuri. Si el hombre intenta escapar, haced fuego sin misericordia.

—Preferiría hacerlo prisionero —manifestó Yáñez—. Podríamos hacerlo hablar y saber así si es el raja del lago el que nos lanza encima toda esta legión de demonios furibundos. Ven, Tremal-Naik, y pon atención para no recibir ninguna flecha. El upas no perdona y nadie puede salvar al hombre que recibe un dardo envenenado. Cinco minutos de agonía y luego la partida para el otro mundo.

Se separaron, tomando diversas direcciones.

La mancha de vegetación cubría un centenar de metros cuadrados de superficie y en su centro se erguían cuatro o cinco durion de enorme y altísimo tronco, cargados de frutos enormes y erizados de formidables pinchos, proyectiles peligrosísimos incluso para hombres que llevan sombreros de paja muy amplios y muy espesos.

Yáñez, después de haber recorrido treinta o cuarenta pasos, se detuvo en el borde de aquel enorme agrupamiento de sarmientos e intentó adentrarse en él.

De repente Tremal-Naik, que se había detenido algunos metros atrás, manteniendo la carabina en sus brazos para estar más dispuesto a protegerlo, lo vio retroceder bruscamente.

—¿Qué has visto? —le pregunta.

—¡Kammamuri no se ha engañado! —respondió el portugués, empuñando rápidamente el fusil.

—¿Está ahí en medio el hombre?

—He visto cómo se agitaban los sarmientos en la proximidad de los durion.

—¿Intentará huir ese dayako?

—Están Sandokán y Kammamuri al otro lado y no lo dejarán escapar sin saludarlo con un par de tiros.

—¿Era un hombre?

—No he podido verlo.

—¿Qué quieres hacer?

—Penetrar en el grupo de árboles —respondió Yáñez resueltamente— y alcanzarlo o abatirlo.

—No será fácil atravesar ese caos de vegetación. Una jungla india no es tan espesa.

—Con un poco de paciencia lo lograremos. La guerra de emboscadas no es por cierto muy agradable ni fácil, pero aquí se combate de otra manera. Borneo es el país de las asechanzas y las sorpresas. Cuida bien dónde pones los pies: puede haber serpientes entre este follaje.

—Soy amigo de las serpientes —respondió el indio.

Yáñez pasó por debajo de las plantas sarmentosas manteniendo una mano en el gatillo de la carabina, para que ninguna rama pudiera dispararla, y avanzó cautelosamente en medio de aquella masa de intrincada vegetación.

Tremal-Naik lo seguía a dos pasos de distancia, mirando sin descanso a derecha e izquierda, para vigilar sus flancos y prevenir algún tiro de cerbatana.

De vez en cuando Yáñez se detenía, poniéndose a escuchar, y luego reanudaba la marcha sin hacer ruido.

Acostumbrado a las caminatas a través de los espesísimos bosques de la gran isla, que tantas veces había atravesado junto con Sandokán y los tigres de Mompracem, podía aventajar en ello incluso a los sanguinarios dayakos.

Cuando había recorrido cuatrocientos o quinientos metros se detuvo, reteniendo a duras penas una exclamación:

—¡Qué gran chasco!

—¿Qué has dicho? —preguntó Tremal-Naik.

—Que Kammamuri se ha equivocado.

—¿Por qué?

—Estamos dando caza a un hombre de los bosques en lugar de a un dayako.

—No te comprendo.

—Es un maiaslo que ha visto, y no un hombre.

—¿Uno de esos feos orangutánes?

—Sí, Tremal-Naik.

—Es fácil confundirlos con auténticos salvajes.

—No digo lo contrario.

—¿Lo has visto?

—Se ha refugiado en medio de ese grupo de durion que surge en el centro de la mancha de vegetación.

—Volvamos atrás y avisemos a Sandokán y Kammamuri —propuso el indio—. No tenemos tiempo que perder, ni tenemos que exponernos a peligros, especialmente en estos momentos.

—También yo lo creo así —respondió el portugués—. Que vaya a hacerse matar por los dayakos.

Estaban a punto de volver sobre sus propios pasos, no teniendo nada que ganar en una lucha contra aquellos formidables simios, cuando llegó un grito a sus oídos:

—¡Socorro, capitán!

—¡Kammamuri! —exclamaron a dúo el portugués y el indio, palideciendo.

Se oyó un disparo de carabina, luego otro, disparados desde la parte opuesta del gigantesco grupo de árboles, y luego nada. Sólo silencio.

—¡Corramos, Tremal-Naik! —apremió Yáñez.

Intentaron lanzarse a la carrera, pero pronto se vieron obligados a menguar su furia, ya que los sarmientos, unidos con los robustísimos rotang, oponían una increíble resistencia y no cedían ante los choques.

Afortunadamente, en un sitio u otro existían pequeños pasos, que permitían a una persona poderse adentrar sin excesiva dificultad, a condición de que no tuviera demasiada prisa.

Luchando contra todos estos obstáculos, los dos aventureros en menos de un minuto pudieron llegar hasta el grupo de los durion.

A sus ojos se ofrecía un espectáculo terrorífico.

En una de las ramas bajas de aquellos árboles enormes estaba Kammamuri, blandiendo uno de esos cuchillos indios de hoja curva y alargada, llamados tarwar., y frente a él un monstruoso simio, de casi un metro y medio de altura, amplia faz, pecho enormemente desarrollado, cuello corto y rugoso provisto de un saco que la bestia puede hinchar a voluntad, ojos pequeños, hocico alargado y el cuerpo cubierto por un pelo más bien escaso, enmara* nado y de color rojizo oscuro.

El maharata, con las piernas estrechando la rama, amenazaba al monstruo, lanzando cuchilladas en todas las direcciones y gritándole en el morro:

—¡Canalla! ¡Te mato!

El maiaslanzaba agudos silbidos, que a veces se cambiaban en aullidos espantosos, semejantes a los de una ternera aterrorizada, y alargaba sus enormes brazos vellosos intentando aprehenderlo y clavarle en la cara sus uñas. ¡Ay de él si hubiera logrado cogerlo! Porque los orangutánes de Borneo, igual que los gorilas del continente africano, poseen una fuerza tan prodigiosa que pueden luchar con ventaja contra veinte hombres y arrancar de un solo golpe las mandíbulas a los gaviales, que son sus enemigos mortales.

—¡Aguanta, Kammamuri! —gritó Yáñez, que había sido el primero en llegar ante el grupo de los durion. Estaba a punto de levantar su carabina cuando a poca distancia resonaron dos disparos.

El maias, alcanzado, se irguió de repente aullando horriblemente, aullido que resonó por mucho tiempo bajo la bóveda de follaje, y luego se agarró al tronco del árbol y desapareció con la rapidez del rayo en medio de la espesa hojarasca.

—¡Sandokán! —llamó Yáñez.

—Heme aquí —respondió el Tigre de Malasia deslizándose entre los piper nigrum y los rotang. Su carabina humeaba todavía.

—¡Nada de dayakos! —Exclamó el jefe de los piratas de Mompracem—. Los prefiero a estas bestias. ¡Eh, Kammamuri! Puedes bajar.

El maharata había abandonado ya la rama y se deslizaba por un grupo de nepentes.

—¡Ah, patrón! —murmuró el pobre diablo, que se había vuelto grisáceo, es decir, palidísimo—, ¡qué bestia tan fea…! Me he enfrentado varias veces con los tigres de la jungla negra, cocodrilos, pitones, incluso rubdira mandali., cuyo mordisco hace sudar sangre, pero jamás he experimentado una emoción semejante.

—Te había dicho que no te alejases de mí —le recordó Sandokán—. Sospechaba a medias que, en vez de un dayako, se trataba de un maias. Abunda en estas selvas.

—¿Te ha subido al árbol? —preguntó Tremal-Naik.

—Me ha asido como si fuese una pluma, poniéndome bajo su axila derecha, pero no estaba solo.

—¿Cómo? ¿Eran dos? —quiso saber Yáñez.

—Sí, capitán. He hecho fuego sobre ambos sin alcanzarlos, según parece; luego, mientras uno se llevaba la caja de municiones, el otro me transportó al árbol. Había perdido la carabina y menos mal que conservaba el tarwar indio, Al sentir que le pinchaba los brazos, el monstruo me soltó, así que pude refugiarme en esa rama donde me habéis encontrado.

—¿Y el que ha cogido las municiones? —se interesó Sandokán.

—Se ha escapado por el durion y no lo he visto más.

—¿Sería la hembra del maias, Sandokán? —preguntó Yáñez.

—Estoy seguro.

—No podemos dejarle la caja. Para nosotros ahora las municiones valen más que los diamantes.

—Así lo creo yo también —manifestó el Tigre de Malasia.

—Es necesario recuperarla.

—Y la recuperaremos, Yáñez. Somos cuatro y podemos disponer de ocho balas. Kammamuri, ve a buscar tu carabina.

—No debe de estar muy lejos, capitán —observó el indio.

—Cuida de no tener otro encuentro.

—Tengo mi tarwar.

Mientras el maharata se alejaba, Sandokán miró hacia el durion, en medio de cuyas frondas había desaparecido el orangután después de haber recibido aquellos dos disparos. Era un árbol de dimensiones más que extraordinarias, con un tronco derecho y liso, con poquísimas ramas en su base y muchísimas, por el contrario, en la copa, que formaba una especie de sombrilla.

Son árboles que se encuentran a menudo en las selvas de Borneo y, como hemos dicho, dan frutos gruesos como la cabeza de un niño y están erizados de pinchos agudísimos, duros como el acero, que producen heridas dolorosísimas y a veces incurables.

Generalmente tienen forma oblonga, con cáscara verde amarillenta, reticulada, que se separa fácilmente cuando el fruto ha llegado a su madurez, dividida en cinco segmentos, cada uno de los cuales contiene varias simientes desarrolladas en una pulpa blanca cubierta de película. Estas simientes son comestibles, pero los europeos que las prueban por primera vez experimentan una repugnancia invencible, ya que exhalan un insoportable olor a ajo y queso podrido. ¡Pero qué gusto se experimenta cuando se logra vencer tal repugnancia! El mejor helado no resiste la comparación.

Lo extraño es que los perros se muestran golosísimos ante estos frutos y tampoco las fieras los desdeñan.

—Estaba seguro de que no me engañaba —dijo Sandokán, después de haber rodeado el árbol, ampliando su investigación—. Los maiastienen el nido arriba.

—¿Un nido? —se asombró Tremal-Naik.

—Y muy alto.

—¿Se divisa?

—Sí, si te alejas. Se encuentra a unos veinte metros del suelo.

—¿Lograremos sacarlos de su nido? —preguntó Yáñez.

—No dejaré en sus manos la caja de municiones —afirmó Sandokán.

En aquel momento reapareció Kammamuri.

—¿Has encontrado tu carabina? —Se interesó Tremal-Naik.

—Hela aquí, patrón —contestó el maharata recogiéndola del suelo.

—¿Está en buen estado?

El indio estaba a punto de responder cuando Yáñez dio un salto, gritando:

—¡Fuera! ¡En guardia! Si nos alcanzan no iremos lejos.

9. La sorpresa nocturna

En la copa del gigantesco árbol se oían aullidos espantosos, acompañados por crujidos que crecían en intensidad y caía una verdadera tempestad de enormes frutos.

Los dos maias, macho y hembra, habiéndose percatado sin duda, de la presencia de los intrusos, se agitaron furiosamente, pateando las ramas cargadas de frutas con la esperanza de golpearles con ellas.

Yáñez, Sandokán y sus compañeros, dándose cuenta a tiempo de aquella granizada mortal, habían salido corriendo inmediatamente para ponerse a salvo bajo los espesísimos sarmientos de los piper nigrum.

—¿Se habrán vuelto rabiosas esas bestias? —preguntó Kammamuri, que parecía un poco espantado después de su terrible aventura.

—No te desearía que te encontrases ante ellos en estos momentos —respondió Yáñez—. Si no se les molesta, por lo general huyen del hombre y se van por su propio camino. Pero cuando los maiasse ven asaltados, se hacen extraordinariamente peligrosos. No dejes que te agarre por segunda vez, porque no respondería de tu vida.

—Intentemos dispararles a distancia —propuso Sandokán, que apuntaba hacia arriba con su carabina—. Si las hojas no escondiesen su nido, a estas horas alguno habría caído a nuestros pies con los miembros fracturados.

—¿Has dicho nido? —se extrañó por segunda vez Tremal-Naik—. Me parece que los cuadrúmanos no son pájaros.

—Es verdad; pero son verdaderos nidos esas plataformas, de una solidez a toda prueba, que se construyen justamente en la copa de los árboles más altos, con ramas muy gruesas que no ceden fácilmente y que a veces son impenetrables incluso para las balas.

—Me parece que veo a uno de esos feos simios —dijo Yáñez, alzando la carabina.

—Dispárale —instó Sandokán.

—Despacio, hermano. Quiero estar bien seguro de mi tiro. Sabes que si sólo resultan heridos se vuelven furiosos, y entonces pueden incluso enfrentarse con diez hombres.

—¿Lo ves todavía?

—No, ha desaparecido. Se divierten arrojándonos los durion. Bueno, más tarde tendremos una abundante comida… ¡Eh, los de arriba! ¿Os habéis vuelto locos?

—¿No se habrá vuelto súbitamente celoso el macho a causa de la caja de municiones? —dijo Tremal-Naik.

—Nos la arrojaría y el asunto habría concluido —respondió Sandokán.

En efecto, parecía que los dos orangutánes se hubieran vuelto furiosos. Sacudían terriblemente las ramas, haciendo precipitarse al suelo una verdadera granizada de aquellos deliciosos y sin embargo peligrosos frutos; pateaban la alfombra que les servía de nido como si quisieran aplastarla, y soltaban silbidos estridentes y a veces aullidos formidables, que repercutían extrañamente bajo las infinitas bóvedas de follaje de la gran selva.

Los cuatro aventureros, en nada aterrorizados por todos aquellos clamores, se habían puesto a dar vueltas alrededor del gigantesco durion espiando el momento oportuno para hacer un buen disparo.

Sin embargo, se mantenían alejados, para no recibir en el cráneo algún fruto, porque los dos orangutánes, no contentos con sacudir las ramas, de vez en cuando los lanzaban con las manos intentando alcanzar a sus adversarios.

Pero el grupo de los piper nigrum era tan espeso que difícilmente aquellos proyectiles espinosos lograban tocar el suelo y rebotaban en todas direcciones, abriéndose y dejando caer las grandes castañas que contenían.

—¡Eh, Sandokán! —Dijo Yáñez, que había dado ya más de veinte vueltas—, comienzo a estar cansado de estos paseos circulares, con el peligro de sentirme romper en cualquier momento la cabeza. ¿No habría algún modo de arrojarlos de su nido?

—Invéntalo tú, que siempre has tenido espléndidas ideas —respondió el Tigre de Malasia.

—¡Ya lo tengo!

—Me lo imaginaba.

—Ya que esos gigantescos bribones no se deciden a dejarse ver, iré yo a buscarlos.

—¿Trepando por el durion?

—No soy tan loco, ¡por Júpiter! Me importa todavía conservar mi cabeza.

—Entonces, explícate mejor.

Yáñez, en lugar de responder, se dirigió hacia un buà nanghei, bellísimo árbol que crecía aislado a unos treinta metros del grupo de los durion, que produce frutos semejantes a los del árbol del pan, pero tan grandes que a menudo hacen falta dos hombres para que los lleven colgados de un bambú.

—¿Quieres seguirme, Tremal-Naik? —preguntó—. Hay rotang y calamus que penden muy numerosos de las ramas y cuando lleguemos a cierta altura podremos ajustar las cuentas a esos dos condenados orangutánes que se obstinan en no devolver lo robado. Tú que eres un tirador maravilloso los pondrías en seguida fuera de combate.

—Y si descienden, les esperaremos nosotros, ¿verdad, Kammamuri? —dijo Sandokán—. Con cuatro balas bien colocadas se puede echar por tierra incluso a un elefante.

El portugués, seguido por Tremal-Naik, se agarró a un grupo de rotang que pendía de una rama del buà nanghei y comenzó a izarse con la agilidad de un gaviero, mientras Sandokán y Kammamuri se escondían tras el tronco, dispuestos a disparar contra los dos gigantescos monos.

El alboroto no parecía cesar en la copa del durion.

Los dos orangutánes continuaban aullando a voz en cuello, golpeándose de vez en cuando el tórax, que resonaba como un tambor de madera.

No cesaban de caer los frutos y algunos lanzados por los dos monos llegaban incluso a las cercanías del bua, pero sin que ello detuviese la ascensión del portugués y del indio, que procuraban mantenerse al otro costado del tronco.

Cuando hubieron alcanzado una gran rama que se extendía horizontalmente a más de treinta metros del suelo, Yáñez miró hacia la copa del durion.

Los dos maiaseran perfectamente visibles, a aquella altura.

En la plataforma, formada por gruesas ramas puestas en cruz con cierta habilidad, saltaban como si hubieran sido presa de un imprevisto acceso de locura, sin parar de silbar y aullar.

De vez en cuando se adelantaban, con furioso ímpetu, en medio de las ramas del árbol y las sacudían para hacer caer los frutos que todavía permanecían en ellas.

Tenían el pelo rojizo encrespado, fulgurantes los ojos y el papo enormemente hinchado.

—¡Mira que son feos! —exclamó el indio, que se había unido al portugués.

—¡Y muy peligrosos! —añadió éste.

—¿Podremos derribarlos con un tiro de carabina?

—Sí y no.

—¿Están, pues, acorazadas estas bestias?

—En verdad, no, pero pueden resistir bastantes balas. Un día vi huir a uno, a pesar de que había sido saludado con más de diez tiros disparados a muy corta distancia.

—¡Veamos! —dijo Tremal-Naik.

El macho, reconocible por su mayor corpulencia, se había lanzado a las ramas del durion y no cesaba de sacudirlas, intentando romperlas, para arrojarlas después a la cabeza de los asaltantes.

Aullaba espantosamente e hinchaba el papo para hacer más agudos los sonidos.

Tremal-Naik se acomodó en la rama, alzó la carabina apoyándola en otra rama que se prolongaba por encima de él y apuntó con mucho cuidado.

Un instante después se oyeron dos disparos.

El maiaslanzó un aullido ronco, que parecía el rugido de un león, y luego realizó un gran salto cayendo entre las ramas de un durion que se alzaba a cinco o seis metros de distancia de la plataforma, desde donde se puso a descender por el tronco con una velocidad asombrosa sirviéndose de manos y pies.

—¡Sandokán, atención! —alertaron a dúo Yáñez y Tremal-Naik.

—¡Lo esperamos! —respondió el Tigre de Malasia.

—¡Abajo, Tremal-Naik! —ordenó el portugués.

Los dos hombres se agarraron al manojo de rotang y se dejaron deslizar hasta tierra. Casi en el mismo instante saltaba también el orangután en medio de los piper nigrum.

Era espantoso verle. Tenía todo el pecho empapado de sangre, erizada la pelambre, los ojuelos fulgurantes como si tuviera en lugar de las pupilas carbones ardientes.

Alzó los formidables brazos, al tiempo que lanzaba un aullido cavernoso, y luego se lanzó contra los cuatro aventureros que lo esperaban a pie firme con las carabinas a punto.

Con un salto gigantesco cayó cerca de Tremal-Naik, que no había tenido tiempo de recargar el arma, e intentó agarrarlo como comprendiendo que le debía a él las heridas.

Con un movimiento fulminante Sandokán le cerró el paso y le disparó, casi a quemarropa, sus dos tiros.

El orangután, nuevamente herido, dio dos o tres vueltas sobre sí mismo con rapidez vertiginosa, escapando a los tiros de Kammamuri y luego, viendo a Yáñez que se encontraba sólo a tres o cuatro pasos de distancia, se le echó encima rabiosamente.

Pero había encontrado la horma de su zapato.

El portugués, que lo mismo que el Tigre de Malasia no hacía sus primeras armas en aquel tipo de caza peligrosísima, se lanzó inmediatamente detrás de un tronco de durion para evitar el choque.

El orangután, loco a causa de las heridas recibidas, se lanzó tras él, persiguiéndolo, pero se encontró con que el cazador tenía su carabina apuntada contra él.

Abrió las mandíbulas y agarró los dos cañones creyendo que los trituraría como si fueran cañas de azúcar.

En seguida retumbaron dos detonaciones.

El maiasse había tragado las dos cargas y su gran cabeza había estallado como una calabaza.

Permaneció un momento derecho, mirando a su asesino con sus ojuelos relampagueantes, agarrando todavía los cañones de la carabina, y luego bajó la cabeza sobre el pecho, dejó caer inertes sus larguísimos brazos y se derrumbó sobre sí mismo.

Las dos balas le habían atravesado el cerebro y destruido completamente la laringe.

—¡Un golpe maestro! —Celebró Sandokán, que estaba recargando precipitadamente su carabina, imitado por Tremal-Naik y Kammamuri—. Hermano, tienes una sangre fría verdaderamente excepcional.

—¡Se trataba de salvar la piel! —Respondió el portugués—. Si me llega a alcanzar con sus zarpas me arranca la nariz, los ojos, la boca y quizá hasta las orejas.

—¡Se escapa! —gritó en aquel momento Kammamuri.

—¿Quién? —preguntaron todos al unísono.

—¡La maias! ¡Y escapa con nuestra caja!

—¡Por Júpiter!

—¡Por Siva!

La hembra del orangután, aprovechando el momento en que ninguno le prestaba atención, se había dejado deslizar a lo largo del tronco del durion y escapaba a todo correr a través de los piper nigrum.

No tendría importancia si hubiera huido sola, pero, por el contrario, por capricho o por una simpatía inexplicable, llevaba consigo la caja de los cartuchos que Sandokán tanto apreciaba, y no sin motivo.

A los cuatro hombres se les escapó un grito:

—¡Vamos, cacémosla!

Se lanzaron a través de la vegetación, disparando algunos tiros de carabina, que sólo lograron aumentar la carrera de la maias.

—¡Se nos escapa! —gritaba Yáñez, que hacía esfuerzos sobrehumanos para romper los rotang y los calamus que le cerraban el paso.

—¡No la perdáis de vista! —Recomendaba Sandokán—. No debemos perder nuestra provisión de municiones.

—¡Corta las lianas, Kammamuri! —vociferaba Tremal-Naik—. Golpea con tu tarwar. ¡Ábrenos paso!

El maharata hacía lo que podía para formar un sendero a través de la vegetación, sacudiendo golpes formidables a los sarmientos intrincadísimos de los piper nigrum, los rotang, los calamus y las ramas de los matorrales que crecían por doquier bajo los racimos rojizos, pero no lograba su intento.

Se hubiera necesitado el hacha de un titán para romper aquella muralla vegetal que oponía por todas partes una resistencia muy tenaz.

Mientras tanto, la maiashabía huido rápidamente sin abandonar su preciosa carga.

Subía con rapidez increíble por los árboles, saltaba de sarmiento en sarmiento, como si fuese una pelota de goma, pasaba por encima de las madejas de plantas parásitas como si fueran puentes volantes y ganaba cada vez más terreno. Sandokán, Yáñez e incluso Tremal-Naik le habían disparado bastantes tiros, sin lograr alcanzarla.

La agilísima simia se movía con tal rapidez que desafiaba la puntería de los mejores cazadores del mundo.

—¡Detente, bestia maldita! —tronaba Yáñez.

—¡Ladrona! ¡Devuélvenos la caja que nos has robado! —gritaba Kammamuri, exasperado.

Era malgastar el aliento. La maiascontinuaba su rapidísima fuga sin abandonar la caja de municiones.

Una vez que hubo llegado al borde de la mancha de vegetación, se subió a un árbol y desapareció de la vista de sus perseguidores.

—¡Es nuestra! —alborotó Kammamuri.

—¿Quién te lo ha dicho? —preguntó Sandokán, que se afanaba también en cortar sarmientos y fibras vegetales a golpes de cimitarra.

—Conozco el árbol en que se ha refugiado.

—¿Y crees encontrarla allí arriba? Hay millares y millares detrás de ése. A estas horas la bestia ha alcanzado la selva y ya no será fácil sacarla de su guarida. Los maiassaltan de un árbol a otro mejor que los monos más ágiles y quién sabe qué ventaja tendrá ya sobre nosotros.

—¿Y la dejaremos marchar?

—¡Eso ya lo veremos!

Ellos también habían logrado llegar al borde de la mancha de vegetación y se habían detenido bajo el árbol en el que se había refugiado la maias.

Era un magnífico pombo, muy alto, de follaje verde oscuro y bastante tupido.

Sandokán dio dos o tres vueltas alrededor del tronco mirando hacia arriba y no vio nada.

—Me lo había imaginado —dijo.

A pocos metros del árbol comenzaba la gran selva. El orangután debía de haberse subido a otro árbol y alejado sin dejar ninguna huella.

—¡Vaya pejiguera! —exclamó Yáñez, que parecía muy contrariado—. ¿Debemos dejarla escapar, Sandokán?

—¿Cuántas balas tienes?

—Media docena.

—¿Y tú, Tremal-Naik?

—Llevo mis dos últimos cartuchos en la carabina.

—Lo mismo que yo —dijo Kammamuri.

—Y yo no poseo más que vosotros. ¿Quién osaría con una docena de cartuchos atravesar esta selva infestada de bestias feroces y muy probablemente de dayakos? Esa caja nos es absolutamente necesaria, amigos.

—Nuestros hombres deben de tener abundantes municiones —observó Tremal-Naik.

—Así lo espero, pero están por lo menos unas veinte millas lejos de nosotros —respondió Sandokán—. Nos llevará tiempo el poder llegar hasta ellos. Tú no conoces nuestras selvas.

—¡Y las sorpresas que esconden! —añadió Yáñez.

—¿Lograremos hacernos con esa ladrona? —preguntó Kammamuri.

—No desespero —dijo Sandokán—. Estoy seguro de que esta noche la maiasvolverá a su nido.

—Y perderemos diez o doce preciosísimas horas —apreció Tremal-Naik.

—No te preocupes por nuestros hombres. Hasta que nos vean volver no dejarán el islote.

—Y además, son numerosos y han podido desembarcar las espingardas —añadió Yáñez—. Los dayakos tienen bastante miedo ante esas armas.

—Y los dirige uno de mis más valientes piratas. Sapagar vale tanto como Sambigliong. Marchémonos o la maiasno volverá.

—Vayamos a acampar en la orilla del río —propuso Yáñez—. Allí tendremos por lo menos alguna probabilidad de procurarnos comida.

Después de haber permanecido algunos minutos todavía a la escucha, rodearon la mancha de vegetación por el exterior y se dirigieron hacia el río, que no estaba muy lejos. Un calor sofocante reinaba bajo las infinitas bóvedas de vegetación, sin un solo soplo de viento. Parecía que del suelo surgían llamas.

Las aves habían desaparecido. Sólo cantaban entre el follaje los lagartos, los gekko., así llamados por sus gritos, y en los charcos dormitaban, medio sumergidos, los beroá., otra especie de lagartos que a menudo alcanzan la longitud de dos metros y que son absolutamente inofensivos, pese a su tamaño.

Al cabo de un cuarto de hora, los cuatro aventureros llegaron a la orilla del curso de agua, casi frente al lugar donde se encontraba, medio sumergida, la barcaza.

—¿Se ve a alguien? —preguntó Sandokán a Yáñez, que había llegado antes que los demás.

—Todo está tranquilo aquí —contestó el portugués.

—Parece que los dayakos han renunciado a seguirnos.

—Se habrán detenido cerca del islote. Busquemos comida.

—Es lo que estaba a punto de proponerte, señor Yáñez —afirmó Kammamuri.

Pero la comida fue muy parca, porque se compuso sólo de enormes naranjas, de búa mamplan, mangos de mala calidad que tenían un mal sabor de resina, y de durion.

Una vez apagada su sed en el río, levantaron otro attap y se refugiaron debajo para descabezar un pequeño sueño, vigilados por Kammamuri, que había declarado que no tenía en absoluto necesidad de cerrar los ojos y divertirse oyendo cantar a los gekko, que se encontraban en gran número por los aledaños.

El sueño de los tres aventureros, que no truncó ningún acontecimiento, se prolongó casi hasta el ocaso del sol. Pero el maharata no había permanecido inactivo durante todas aquellas horas y había preparado una cena inesperada para todos, que consistía en una soberbia tortuga que había sorprendido entre los cañaverales del río y que había asado sabiamente.

—Es el momento de ir a apostarnos —dijo Yáñez, cuando la tortuga hubo desaparecido en sus estómagos—. La maiaspuede haber vuelto ya a su nido.

—Avanzad con la mayor cautela —aconsejó Sandokán—. Si se nos escapa, no la volveremos a encontrar.

Derribaron por segunda vez el attap, arrojando los bastones y las hojas al río, y se pusieron en marcha en el momento en que el sol desaparecía detrás de los grandes árboles y comenzaban a hacerse densas las tinieblas bajo el boscaje.

Sandokán se había puesto en cabeza y avanzaba lentamente, pasando entre enjambres de grandes luciérnagas, especie de lampyris., que las mujeres dayakas y malayas suelen encerrar dentro de campanas de un vidrio muy delgado para utilizarlas como lamparillas.

Reinaba un profundo silencio en la gran selva, roto sólo de vez en cuando por el grito ronco lanzado por algún kubang, bestia que cuenta con dos amplias membranas en los costados, unidas con las patas anteriores y posteriores, que le permiten hacer vuelos de veinticinco o treinta metros.

Era todavía demasiado pronto para los animales feroces.

La pequeña expedición atravesó paso a paso la distancia que separaba la mancha de vegetación del río y finalmente llegó a los piper nigrum.

—¿Estará? —preguntó Tremal-Naik en voz baja.

—Estoy seguro de que sí —respondió Sandokán.

—¿Cómo podremos saberlo?

—Esperemos a que salga la luna; no debe de tardar.

—¿Tomaremos posiciones en el pombo? —preguntó Yáñez.

—Desde allí arriba haremos fuego —repuso Sandokán.

—Patrón —intervino Kammamuri—, ¿quieres que vaya a asegurarme de que esa bestia se encuentra realmente arriba? ¿No es verdad que roncan fuertemente?

—Muy fuerte.

—Hay calamus que penden alrededor del durion y yo todavía estoy muy ágil.

—¿Te sientes con valor?

—No llegaré hasta el nido.

—Con tal de que la maiasno se percate y te lance encima algún fruto.

—Nos los han lanzado ya todos, señor.

—Ve, si quieres, y nosotros estaremos listos para hacer fuego —aceptó Sandokán.

Kammamuri se desembarazó de la carabina, colocó el tarwar entre sus dientes y se agarró a un haz de calamus que pendían de las ramas más altas del durion.

Los calamus desempeñan el papel, en Borneo y en todas las otras islas de Malasia, de las lianas, aunque pertenecen a la familia de las palmas.

Sólo tienen unos pocos centímetros de diámetro, pero alcanzan longitudes verdaderamente extraordinarias. Las hay que llegan hasta los trescientos metros.

Son, además, de una solidez a toda prueba y sostienen incluso a bastantes hombres sin ceder.

Como todos los indios, Kammamuri era insuperable trepando y podía dar ventaja al mejor gaviero de los mares de Malasia. En pocos momentos llegó a la rama de la que pendían los calamus y se izó sobre ella, moviendo las hojas poco a poco para no atraer la atención de la peligrosa bestia.

El nido se encontraba diez metros más arriba. Como hemos dicho era una especie de plataforma de tres o cuatro metros cuadrados, compuesta de robustísimas ramas dispuestas con cierto arte.

Kammamuri esperó algunos instantes, aguzando el oído, y luego, tranquilizado por el profundo silencio que reinaba en la copa del durion, se agarró a otro haz de lianas y reanudó su ascensión.

Debajo, al pie del gigantesco árbol, Sandokán, Yáñez y Tremal-Naik vigilaban atentamente, con las carabinas apuntadas al aire.

Cuando el maharata había ascendido cuatro o cinco metros llegó a sus oídos un sordo murmullo.

—¡Está allá arriba! —murmuró—. Con esto me basta.

Estaba a punto de dejarse deslizar, ya que había averiguado lo que quería, cuando oyó crujir las ramas de la plataforma.

El maharata se quedó rígido, apretado contra el tronco del árbol, no osando moverse ya. Estaba espantado, temiendo que la bestia de un instante a otro se le echase encima y le lanzase al vacío.

Las ramas continuaban crujiendo como si la maiasse moviese en uno y otro sentido. Los murmullos no cesaban tampoco: quizá la bestia había olfateado la presencia del enemigo y comenzaba a inquietarse.

Kammamuri mantenía sus ojos fijos en los bordes de la plataforma y casi no osaba ni respirar.

De repente le pareció ver asomar una cabeza entre el follaje que se extendía por debajo del nido, pero fue una visión rapidísima.

Las ramas gimieron todavía unos instantes y luego volvió el silencio.

—¡Creía que había llegado mi última hora! —Susurró el pobre maharata—. De muy poco me hubiera servido el tarwar.

Se dejó deslizar poco a poco, procurando no sacudir la rama, y llegó felizmente al segundo haz de calamus.

Ya no tenía nada que temer, pues se encontraba bastante cerca del suelo. Se deslizó un poco más y cayó entre sus tres compañeros que le esperaban ansiosamente.

—¿Está? —inquirió Sandokán.

—Sí, patrón; está allá arriba —informó Kammamuri.

—Estaba seguro de que había vuelto a su nido. Quizás habrá subido con ella el cadáver del macho. Intentemos ver si desciende.

—¿No vamos a tomar posiciones en el pombo? —demandó Yáñez.

—Más tarde, en el caso de que no logremos sacarla de su nido. Kammamuri, para ti el honor del primer disparo, ya que has sido el primero en desafiar el peligro. ¿Ves la plataforma?

—Sé dónde se halla, señor. Bastará disparar a lo largo del tronco.

—Tira.

El maharata alzó la carabina e hizo fuego en dirección a la plataforma.

Aún no se habían apagado los ecos de la detonación cuando se oyó allí arriba un grito agudísimo y luego el aplastamiento de ramas.

Parecía como si una masa enorme se precipitase a través del follaje del gigantesco árbol.

—¡Atrás! —gritó Sandokán.

Apenas se habían alejado cuando cayó un cuerpo, con siniestro fragor, ante el árbol, y permaneció inmóvil.

—¡La hemos matado! —gritó alborozado Kammamuri.

—¡Estás loco! —Dijo Sandokán—. Todavía está allí arriba. ¿No oyes cómo ruge?

—¿Qué es, pues, lo que ha caído? —preguntó Tremal-Naik.

—Ha lanzado el cadáver de su compañero —explicó Yáñez—. Ahora descenderá: ¡Estad en guardia! ¡Estará loca de rabia!

Allá arriba se oyeron una serie de mugidos espantosos y luego una gran sombra apareció en el borde de la plataforma.

—¡No disparéis! —Recomendó Sandokán viendo a Tremal-Naik y Kammamuri alzar precipitadamente las carabinas—. ¡Haced fuego sólo a quemarropa!

La maiasdebía de haber divisado a sus adversarios a la luz de la luna que empezaba en aquel momento a aparecer.

Saltó a una rama más baja y luego se puso a descender aprovechando las madejas de los gomuti. y los calamus con rapidez fulminante.

—¡Tiene la caja! —observó Kammamuri.

—Dejadla llegar a tierra —ordenó Sandokán—. Si la suelta, perderemos la mitad de nuestras municiones. Apretaos en tomo a mí.

La maiascontinuaba su descenso, unas veces aullando y otras mugiendo. A unos diez metros del suelo se soltó y cayó de pie.

Había levantado la caja para servirse de ella como un proyectil, pero no tuvo tiempo de poner en práctica su amenaza.

Partieron cuatro disparos, seguidos inmediatamente de otros tres.

Acribillada a balazos, porque los aventureros habían disparado casi a quemarropa, la pobre bestia cayó de rodillas llevándose las manos a la cabeza.

No obstante, intentó levantarse de nuevo, pero le traicionaron las fuerzas y se desplomó al lado del cadáver aplastado de su compañero.

—Esta sí que es una caza verdaderamente emocionante —se entusiasmó Tremal-Naik, mientras Kammamuri se apoderaba de la preciosa caja—. La caza de tigres ataca menos los nervios.

—Es verdad —respondió Yáñez—. Estos hombres de los bosques son más terribles incluso que los rinocerontes. Sandokán y yo, durante nuestras caminatas a través de las selvas del sultanato de Varauni, nos hemos encontrado más de una vez frente a estos orangutánes y, sin embargo, jamás he logrado mantenerme tranquilo en el momento de hacer fuego.

—Amigos —dijo el Tigre de Malasia—, ahora que hemos recuperado nuestras municiones pensemos en unirnos lo más pronto posible a nuestros hombres. La noche es bastante clara y realizaremos una magnífica marcha.

—Si las fieras nos dejan tranquilos —rezongó Kammamuri—. Creo que aquí hay más que en las selvas indias.

—Hay cuatrocientos cartuchos en la caja —respondió Sandokán—. Más que suficientes para batir en retirada a elefantes, rinocerontes, tigres y panteras negras… ¡Ábrela y surtámonos!

El indio, ayudándose con el tarwar, forzó la tapa; todos se proveyeron abundantemente de municiones y volvieron la espalda a la mancha de los piper nigrum, dirigiéndose al río, decididos a bordearlo hasta el islote.

10. Los búfalos salvajes

La noche era magnífica.

Había surgido ya la luna y proyectaba, en aquella inmensa masa de vegetación, torrentes de luz azulada, formando bajo los huecos de las gigantescas bóvedas grandes manchas centelleantes.

De la parte del río soplaba una fresca brisa, que hacía susurrar a las enormes hojas de las palmas, los cocos y los bananos silvestres.

En aquel océano de luz revoloteaban, como cegados por tanto esplendor, grandísimos murciélagos de alas extraordinariamente desarrolladas, hocico de zorra y el cuerpo peludo. A lo lejos mugía sordamente el Malludu, rompiéndose contra las orillas y en medio de los cañaverales que cubrían los islotes.

Sandokán, habituado a recorrer las selvas desde niño, se había orientado rápidamente y guiaba a sus compañeros hacia levante.

No había transcurrido media hora cuando se encontraron nuevamente a la orilla del Malludu, unas millas más arriba del lugar donde había naufragado la barcaza.

El río centelleaba como un gigantesco curso líquido de bronce fundido y tenía resplandores soberbios, que de vez en cuando quedaban rotos por la brusca aparición de alguna banda de gaviales hambrientos.

—Todo está tranquilo —observó Sandokán—. Intentaremos seguir el río mientras podamos.

Descansaron unos minutos y después reanudaron la marcha, bordeando la inmensa selva.

Ya no reinaba el silencio bajo los grandes árboles. Las fieras habían dejado sus guaridas y se aprestaban a la caza.

De vez en cuando un grito agudo resonaba siniestramente en la profundidad de la inmensa vegetación, propagándose bajo las bóvedas de follaje, seguido por sonidos extraños e impresionantes.

Tan pronto eran silbidos estridentes, que se sucedían con rapidez prodigiosa, como ladridos, al igual que si legiones de perros correteasen bajo los árboles; a veces eran barritos fortísimos que anunciaban la presencia de alguna banda de elefantes.

Sandokán y Yáñez, habituados ya a estos ruidos, no se preocupaban en absoluto; por el contrario, Tremal-Naik y Kammamuri, aunque habían vivido algunos años en las orillas del Kabatuán, no podían disimular que estaban algo impresionados y a cada momento armaban sus carabinas, temiendo probablemente un imprevisto ataque.

—Dejad en paz vuestras armas —recomendaba Yáñez—. Mientras gritan o hacen ruido no asaltan. Si hubiera aquí alguna pantera negra o algún tigre no anunciaría su presencia; os lo aseguro.

Habían recorrido ya algunas millas, siempre siguiendo la orilla del río, cuando Sandokán, que se encontraba en cabeza, se detuvo de golpe asiendo rápidamente la carabina que llevaba en bandolera.

A breve distancia se oían gritos estridentes y zambullidas como si un enorme corpachón se debatiese entre las aguas del Malludu.

—¡Eh, Yáñez! —Llamó Tremal-Naik—, parece como si hubiera alguna bestia poco tranquila en la vecindad.

—Que me coma un cocodrilo una pierna si ese animal que silba de esa forma no es un rinoceronte. ¿Qué piensas, Sandokán? ¿Tengo razón o no?

—Sí, no puede ser más que un rinoceronte —respondió el Tigre de Malasia—. Avanzad despacio y en silencio. Esas bestias son muy peligrosas cuando están rabiosas.

—¡Yo lo sé bien! —Adujo Yáñez—. Poco faltó en Assam para que uno de ellos me destripase.

Los silbidos continuaban cada vez más estridentes, acompañados de ciertas notas agudísimas que sonaban algo así como «¡niff, niff!».

No había duda de que un drama se desarrollaba en la orilla del Malludu.

Sandokán había frenado su marcha y se había acercado al borde de la selva, para ponerse a salvo en los árboles en caso de que algún peligro amenazase a sus compañeros.

Conocía demasiado bien la brutalidad feroz de aquellos gigantescos animales para no tomar sus correspondientes precauciones.

Recorridos otros ciento cincuenta pasos, por segunda vez se detuvo el pirata ante el tronco de un durion, que extendía sus enormes ramas hasta la orilla del río.

—¡Aquí está! —dijo—. No se encuentra ciertamente en una situación agradable.

—¿Quién? —preguntó Yáñez.

—El rinoceronte.

—¿Entonces no me había engañado?

—No, Yáñez.

Un enorme animal de toscas formas, con un larguísimo cuerno encima del hocico, todo él embadurnado de fango, se debatía desesperadamente en medio de las cañas que cubrían los bajos fondos del río.

Alrededor de él tenía ocho o diez monstruosos gaviales, que trataban de morderle las patas hundidas en la arena.

—¡Pobre bestia! —Condoliose Kammamuri—. Está inmovilizada por el fango.

—Arenas movedizas —dijo Sandokán—. No podrá salir del río. Se hunde lenta y continuamente.

—¿Lo permitiremos? —preguntó el maharata.

—Prueba a levantarlo —respondió Tremal-Naik riendo—. Se precisarían dos elefantes.

—Abreviémosle por lo menos la muerte.

—Alto ahí, Kammamuri —intervino Yáñez—. Los cartuchos son demasiado valiosos en este momento.

El pobre rinoceronte había caído justamente en un banco de arena sin fondo y los gaviales, percatándose de su crítica situación, lo habían asaltado furiosamente para devorar algo de su carne antes de que desapareciera definitivamente.

Las voraces bestias le arrancaban tiras de piel, que engullían de golpe, a pesar de su enorme espesor, y metían sus hocicos en los costados ensangrentados, sin preocuparse de las terribles cornadas que el pobre mutilado lanzaba en todas direcciones. Lo devoraban vivo, poco a poco, para arrancarlo de la tumba de arena.

—¡Que el diablo se lo lleve! —Exclamó Yáñez—. No perdamos nuestro tiempo asistiendo a la agonía de ese bruto. No vale más que los tigres y las panteras negras.

—Que se las apañe como pueda, si es capaz —dijo Sandokán—. Tampoco a mí me gustan esas feas bestias. Adelante, amigos; y abrid bien los ojos. Los dayakos de tierra no deben de estar lejos.

Dejaron al desgraciado rinoceronte luchando con los glotones gaviales, que redoblaban sus asaltos, y reanudaron la marcha siguiendo siempre la orilla del río.

Los árboles se sucedían cada vez más numerosos y espesos, obligando al pequeño destacamento a alejarse, de vez en cuando, del Malludu.

En la selva resonaban aullidos. Parecía que centenares de fieras se hubieran puesto a cazar y que combatiesen furiosamente entre sí.

Tan pronto eran aullidos espantosos que resonaban siniestramente bajo las infinitas bóvedas de follaje como eran silbidos estridentes junto con poderosos bramidos, o bien silbidos y extraños gorgoteos.

Los insectos, sin duda, tenían también su papel en aquel concierto ensordecedor.

Ya habían recorrido los cuatro aventureros algunas millas más, manteniéndose siempre en el borde de la selva, cuando Sandokán se detuvo de nuevo.

—¿Otro rinoceronte devorado vivo? —bromeó Tremal-Naik.

El Tigre de Malasia, en lugar de responder, se inclinó hacia tierra y se puso a escuchar.

—¿No oyes tú nada, Yáñez? —preguntó, después de unos instantes de silencio.

—Se diría que cae desde lo alto una masa de agua —opinó el portugués, que también escuchaba atentamente.

—Y, sin embargo, no hemos visto ninguna catarata en el Malludu —observó Sandokán.

—Es verdad —confirmó Kammamuri.

—¿Quién puede producir este extraño fragor? —se preguntó el Tigre de Malasia.

—No puede ser un salto de agua —puntualizó Yáñez—. Por el contrario, me parece que avanza a través de la selva una multitud de animales.

—¿Elefantes?

—¡Yo qué sé!

También Tremal-Naik y Kammamuri se habían puesto a escuchar, intercambiando en voz baja algunas palabras.

—¿Qué decís vosotros, los indios? —Les interpeló Yáñez—. Veamos si sois más astutos que nosotros.

—Hay animales marchando a través de la selva —respondió Tremal-Naik.

—¿Cuáles? —preguntó Sandokán.

—Seguro que no se trata de elefantes. El paso es más ligero.

—¿Serán entonces simios?

—No bromees, amigo —rogó Tremal-Naik—. Existe un peligro y quizá gravísimo. No serán sólo diez o quince animales los que avanzan.

—Mejor así: tendremos una comida más abundante.

—¡Diablo de hombre! ¡Siempre se está riendo!

—¿Quieres que llore, cuando tengo en mis manos una buena carabina?

—Busquemos un árbol —dijo en aquel momento Sandokán—. Si no sabemos qué animales están acercándose a través de la selva, es conveniente que tomemos a tiempo nuestras precauciones. Supongo que no serán ratones voladores.

En el borde de la selva no había, por desgracia, plantas robustas. Todo aquel trecho estaba cubierto por giunta wan, especie de plantas trepadoras que se retuercen unas alrededor de las otras, de modo que forman grupos colosales, pero de poca consistencia.

—¡Bah! —Exclamó Sandokán—. ¡No creo que se trate de paquidermos! ¡De todas formas, amigos, vamos arriba!

El sordo fragor se aproximaba lenta y continuamente, parecía en verdad, como había afirmado Yáñez, que una multitud de animales marchase a través de la inmensa selva.

De vez en cuando los cuatro aventureros oían extraños ruidos, como los de las olas cuando se estrellan contra una playa.

—¿Y bien, Yáñez? —consultó Sandokán, que se mostraba un poco preocupado.

—Es indudable que son animales los que avanzan —respondió el portugués—. Pero tampoco creo yo que sean elefantes, aunque tales gigantescos paquidermos sean bastante numerosos en las selvas de Borneo.

—Me asalta una duda.

—¿Cuál?

—En cierta ocasión asistí a una enorme emigración de búfalos.

—¿Son tan peligrosos como los búfalos indios? —preguntó Tremal-Naik.

—Más salvajes todavía, si es posible —respondió Sandokán—. Los búfalos de esta isla no tienen miedo ni siquiera a una columna de guerreros.

—De eso sé yo algo —afirmó Yáñez—. Lo he experimentado en las selvas de Labuan.

—¡Arriba! —ordenó Sandokán.

Se agarraron a las plantas trepadoras, que se enredaban entre sí, y ascendiendo unos cuantos metros se pusieron a salvo.

La mancha de vegetación se extendía por más de cien metros cuadrados, con abundancia de los usuales rotang y nepentes, que mostraban sus maravillosos vasos multicolores que albergaban agua, más o menos limpia, pero siempre potable. Lo malo es que no podían ofrecer resistencia a la invasión de grandes animales.

—Esperemos que no se den cuenta de nuestra presencia —arguyó Yáñez—. ¡Si los animales que avanzan fuesen elefantes, pobres de nuestras costillas!

—¿Crees, pues, que sean verdaderamente paquidermos? —preguntó por segunda vez Tremal-Naik.

—Te lo diré cuando aparezcan —respondió el portugués—. Por ahora ten dispuestos los cartuchos.

—Si puedo me los ahorraré.

—¡Callad! —Dijo en aquel momento Sandokán—. Están forzando su paso por la selva.

El fragor aumentaba rápidamente. Se oía cómo caían matorrales y eran aplastadas las ramas bajo unas presiones potentísimas.

Masas enormes debían de atravesar la tupida vegetación. De repente, Yáñez gritó:

—¡Ya lo tengo!

—¿Qué? —se interesó Sandokán.

—He oído un mugido.

—¿Dónde?

—¡Y otro! Sí, son búfalos salvajes los que avanzan.

—Peligrosos animales —dijo Sandokán—. Si se dan cuenta de nuestra presencia, nos asaltarán tan furiosamente que destrozarán de golpe todo este gigantesco agrupamiento de árboles. Que nadie haga fuego: os lo recomiendo. Va en ello nuestro pellejo.

—¿Son, pues, más terribles que los indios? —volvió a preguntar Tremal-Naik.

—Indudablemente no son mejores —respondió Yáñez—. Los dayakos los temen más que a los rinocerontes.

—¿Emigran a menudo?

—Sí, y en manadas enormes. ¡Y ay de las caravanas que encuentran a su paso! Las asaltan con furia increíble y no dejan vivo ni un solo hombre.

—Ya están aquí —anunció en aquel instante Sandokán—. Manteneos bien agarrados a las plantas, porque, sin duda, recibiremos sacudidas poderosas.

Una manada de animales, formada por unos cincuenta gigantescos búfalos, de formas mastodónticas, con el hocico corto y amplia frente, armada con dos cuernos que se curvaban hacia atrás, avanzaba lentamente a través de la floresta abriéndose paso a testarazos.

Debía de ser la vanguardia, porque a lo lejos se sentían resonar mugidos y también caer árboles, aplastados ciertamente por los solidísimos cuernos de unos animales tan pesados y robustos.

—Son casi tan grandes como rinocerontes —observó Tremal-Naik—. Los de la India no tienen esta mole.

Una vez ante el conglomerado de plantas trepadoras, la vanguardia se detuvo un momento para buscar un paso y luego, al no encontrarlo, retrocedieron para tomar impulso.

—¡Manteneos firmes! —dijo Sandokán—. No respondo de la vida del que caiga.

—¡Tampoco de ésta teníamos que librarnos! —farfulló Yáñez—. ¿Cuándo podremos llegar al lado de nuestros hombres y caminar hasta el lago?

En aquel momento cargaban los búfalos salvajes con furia increíble, la cabeza baja y los cuernos por delante.

Pareció que pasase a través de la vegetación un ciclón espantoso.

Aquellas enormes masas, lanzadas como gigantescos arietes, derribaron las plantas trepadoras, trazando un enorme surco y destrozando todo lo que encontraban a su paso.

Giunta wan, calamus, rotang y nepentes caían por todas partes, enrollándose como monstruosas serpientes.

La carga había sido dirigida hacia el lugar donde se habían refugiado los cuatro aventureros.

¡Fue un momento terrible! Los cuatro hombres, aunque sólidamente agarrados, se sintieron volar por los aires como si hubiera estallado una mina bajo ellos.

Yáñez, Sandokán y Tremal-Naik volvieron a caer entre las espesas redes formadas por las plantas trepadoras: pero el pobre Kammamuri no tuvo tiempo de agarrarse nuevamente a los sarmientos y fue a caer a horcajadas de un gigantesco toro de pelambre negrísimo.

Se oyó resonar un grito, confundido entre los mugidos de las bestias.

—¡Patrón! ¡Socorro!

—¡Ha caído el maharata! —gritó Yáñez.

—¿Dónde? —se interesaron Sandokán y Tremal-Naik.

—¡Allí…! ¡Mirad!

Llegó hasta ellos la misma voz de antes.

—¡Patrón! ¡Socorro!

En medio de la manada vieron en aquel momento al pobre maharata, a horcajadas sobre el toro, agarrado desesperadamente a los larguísimos cuernos.

—¡Kammamuri! —gritaron—. ¡Kammamuri!

El indio no tuvo tiempo de responder. El toro, sorprendido al sentirse encima aquel peso insólito y creyendo quizá que algún tigre o alguna pantera le habían agredido, se había lanzado en una carrera desesperada a través de la selva, seguido por toda la vanguardia.

Atravesaron en un momento aquel grupo de plantas trepadoras y desaparecieron en las tinieblas con un fragor formidable.

—¡Está perdido! —Exclamó Yáñez—. ¡Bajemos!

Pero Sandokán le retuvo rápidamente.

—¡No cometamos locuras! —recomendó—. Viene avanzando el grueso de la horda. ¿Quieres que te machaquen?

—¿Y ese desgraciado?

—Dejémosle galopar, por ahora —respondió Sandokán—. Kammamuri no es lerdo y sabrá, en el momento oportuno, salir del lío sin contar con nosotros. ¿Qué dices tú, Tremal-Naik?

—Que no siento demasiada inquietud por mi maharata —agregó el indio que, en efecto, aparecía bastante tranquilo—. Estoy seguro de que no se dejará llevar muy lejos.

—Con tal de que los camaradas del toro no lo maten a cornadas —dijo Yáñez, más bien inquieto.

—El animal en estos momentos los habrá dejado atrás. ¡Galopaba como si tuviera fuego bajo el vientre! —Observó Sandokán—. Dejemos pasar el grueso ahora; más tarde nos ocuparemos de Kammamuri.

El grueso de la manada, formado por lo menos por dos centenares de hembras, con unos cincuenta terneros, surgía en aquel momento de la floresta dirigiéndose hacia la mancha de vegetación, en la que ya les habían abierto camino.

Eran magníficas bestias, de pelambre negro con algunas manchas blancas, de aspecto salvaje y armadas también con cuernos formidables.

Eran menos corpulentas que los machos que formaban la vanguardia, pero, no obstante, de mayor longitud y altura que nuestras vacas.

Desfilaban en grupos a través del gran surco abierto entre las plantas trepadoras, deteniéndose algunos instantes para mordisquear las hojas y las hierbas, y luego a su vez desaparecieron en las lúgubres profundidades del inmenso follaje, haciendo resonar en el aire sus sordos mugidos.

—La emigración debe de haber acabado —dijo Sandokán, después de haber escuchado atentamente durante unos minutos—. Podemos descender y buscar a Kammamuri.

—¿Lograremos encontrarlo? —se inquietó Yáñez.

—Tan sólo tendremos que seguir el camino abierto por los toros de vanguardia y no nos equivocaremos.

—¿Y si ese maldito toro hubiera tomado otra dirección?

—Volverá, tarde o temprano, a reunirse con los demás. Estos animales saben como nosotros que no es prudente ir en solitario a través de estas selvas, que sirven de refugio a panteras negras y a bastantes tigres… Vamos, amigos; por ahora no tenemos nada que temer.

Abandonaron su refugio aéreo y se dispusieron a seguir las huellas dejadas por los búfalos.

En su carga impetuosa, la vanguardia había abierto un cómodo sendero que se alejaba del río. Estaba atestado de jóvenes árboles destrozados, ramas, hojas descomunales y festones de plantas parásitas, pero, a pesar de todo, muy practicable y que permitía a los tres aventureros avanzar con cierta velocidad.

Sin embargo, temiendo la vuelta de los animales emigrados, prudentemente de cuando en cuando hacían paradas y se ponían a escuchar.

Llevaban ya caminando una buena media hora, apresurando cada vez más el paso, cuando oyeron de improviso un disparo, seguido casi inmediatamente por otro.

—¡La carabina de Kammamuri! —exclamó Tremal-Naik deteniéndose de repente.

—Sí, no te equivocas —añadió Yáñez—. Es tu maharata quien ha hecho fuego.

—Habrá matado al búfalo —dijo Sandokán— para impedirle que le llevase demasiado lejos.

—Vamos a avisarle de nuestra presencia —indicó Tremal-Naik—. ¿Desde qué distancia puede haber disparado?

—Desde no más de media milla —respondió Yáñez—. Contéstale en seguida.

El indio levantó su carabina y disparó un tiro; luego otro tras un intervalo de veinticinco o treinta segundos.

Un momento después, ante su estupor, oyeron cinco disparos, uno tras otro, mucho más débiles.

—¡Cinco disparos! —Exclamó Sandokán—. ¿Qué significan? ¿Quién puede haberlos disparado?

—Yo apostaría que son tiros de pistola y no de carabina —apreció Yáñez, que parecía extraordinariamente inquieto.

—Y Kammamuri no tenía ninguna arma corta —añadió Tremal-Naik.

—Prueba a disparar también tú un tiro, Yáñez —observó Sandokán—. Veamos si responden todavía; y tú, Tremal-Naik, vuelve a cargar a toda prisa tu arma. En esto hay algún misterio.

Obedeció el portugués, pero aquel tercer disparo de carabina quedó sin respuesta.

—¿Qué habrá sucedido? —se preguntó Tremal-Naik con voz angustiada—. ¿Habrán sorprendido a Kammamuri los dayakos?

—Los de tierra no poseen armas de fuego —informó Sandokán—. Prefieren sus cerbatanas y sus flechas envenenadas con el jugo del upas.

—No discutamos más, amigos —dijo Yáñez—. Ahora sabemos ya aproximadamente de dónde han partido los disparos. Corramos.

—No con tanta furia, hermano. Pueden estar por aquí los dayakos y hacernos caer en una emboscada. Tomemos nuestras precauciones y sobre todo intentemos no hacer ningún ruido.

—Tienes razón, Sandokán —respondió Tremal-Naik—. Esta inmensa selva se presta demasiado bien a las asechanzas.

Reanudaron su marcha, siguiendo aún el camino practicado por los búfalos, porque se dirigía precisamente en dirección al punto donde se habían disparado los siete tiros.

Sandokán miraba hacia adelante, Yáñez y Tremal-Naik vigilaban los dos bordes de la floresta, el uno a la derecha y el otro a la izquierda.

Había vuelto a reinar el silencio bajo los grandes árboles. Solamente de vez en cuando un aullido lo rompía, y era a gran distancia.

Los tres hombres caminaban bastante rápidos, con la vista y el oído alerta, y los dedos en el gatillo de sus carabinas, temiendo en cualquier instante ver surgir ante ellos algún destacamento de aquellos terribles habitantes de los bosques, temibles coleccionistas de cabezas humanas.

Una gran preocupación turbaba su espíritu, aunque fueran hombres ya avezados a todas las aventuras y a todas las sorpresas.

¿Quién podía haber disparado aquellos cinco pistoletazos? Los dayakos, ciertamente, no podían haber sido, ya que se servían de sus espingardas, sus mirim y los lilá instalados en sus praos, armas que los javaneses y los de Sumatra, sus vecinos, usaban desde hacía ya trescientos años.

¿Había sido quizás algún europeo perdido en medio de la infinita selva y que había acudido en socorro del maharato?

Sandokán había comenzado a refrenar su paso. Por instinto, presentía que le esperaba alguna emboscada, quizá tendida con habilidad.

—Despacio, Yáñez —dijo—. ¿Qué te parece si comenzamos una de aquellas famosas marchas aéreas con que se la pegábamos tan bien a los ingleses de Labuan? Ahora ya somos prácticos en tales audacias; ¿no es verdad? Y creo que Tremal-Naik, habituado a atravesar las espesas junglas de las Sunderbunds, no encontrará dificultad en seguirnos.

—¿Se trata de asirse a los calamus? —preguntó el indio, mirando alrededor con aire dubitativo.

—Y de pasar a través de la selva sin atraer la atención de los enemigos, si los hay.

—Ya no soy joven; sin embargo, creo que estoy todavía bastante ágil.

—Sobre todo, nada de apresuramientos ni ruidos.

—Seguiré vuestros movimientos.

—Arriba, Yáñez —dijo Sandokán—. Es el único modo de eludir las emboscadas. Acuérdate de nuestras marchas aéreas en Labuan.

—Déjame hacer.

La selva en aquel lugar estaba formada en su mayor parte por plantas trepadoras y plantas parásitas, entrelazadas de modo que componían redes gigantescas que hubieran sido sin duda la delicia de una banda de muchachos.

Primero Sandokán y luego los otros dos subieron rápidamente y comenzaron su marcha aérea en el mayor silencio.

Antes de avanzar probaban, con pequeños golpes, la solidez de las ramas y de las plantas parásitas, y luego se lanzaban para asirse a las más próximas.

Algunos mugidos, que provenían de cualquier punto de la densísima mancha de vegetación, les advirtieron que finalmente habían dado alcance a los búfalos emigrantes.

—¿Estará el toro que ha raptado a Kammamuri todavía junto a la manada? —Se preguntó Sandokán—. Por lo que parece, el misterio se complica.

—Si los búfalos se han detenido, quiere decir que no hay dayakos —argumentó Yáñez.

—¡Sin embargo, esos cinco pistoletazos no los habrán disparado los árboles!

—Eso es precisamente lo que me da qué pensar, querido Sandokán.

—Continuemos nuestra marcha. Si los dayakos estuvieran aquí, los búfalos salvajes, que son extraordinariamente suspicaces, no se hubieran detenido.

—Eso es lo que pienso yo también —dijo Tremal-Naik.

Sandokán se agarró a una madeja de rotang y reanudó su avance, deslizándose de liana en liana.

Había recorrido otros cien metros cuando se le escapó un ligero grito.

—¡Está aquí!

—¿Quién? —preguntaron a la vez Yáñez y Tremal-Naik.

—El toro.

—¿Dónde?

—Aquí, justamente bajo nosotros.

—¿Es posible?

—Mira hacia el hueco que ha abierto la vanguardia. ¡No soy ciego!

Yáñez y Tremal-Naik se inclinaron a través de una madeja de sólidos calamus y divisaron en efecto una enorme masa oscura tumbada cerca de un grupo de plantas gumíferas.

—¿Es ese toro el que ha raptado a Kammamuri? —preguntó el portugués.

—Estoy seguro de no equivocarme —dijo Sandokán.

—¿Lo habrá matado Kammamuri?

—Eso es lo que ahora comprobaremos —replicó el Tigre de Malasia—. Las balas de carabina producen heridas mucho más profundas que las de pistola, y nosotros, gente de guerra, sabemos mucho de ello.

—¿Debemos bajar? —inquirió Tremal-Naik.

Sandokán estaba a punto de contestarle cuando le puso una mano en el hombro al Indio y susurró rápidamente:

—¡Alto! ¡No te muevas!

—¿Qué ocurre ahora? —preguntó Yáñez en voz baja.

—¿Veis como hemos hecho bien en preferir el camino aéreo? Viene alguien.

—¿Quiénes?

—Exploradores dayakos. Que nadie se mueva y que nadie haga fuego sin órdenes mías.

Dos sombras humanas avanzaban, casi arrastrándose bajo aquellas gigantescas moles de vegetación, deslizándose entre las raíces que culebreaban, como serpientes colosales, por el suelo.

No se necesitaba mucho para reconocer que eran dos hijos de los bosques, dos terribles coleccionistas de cabezas humanas, porque estaban casi completamente desnudos y armados con esos largos tubos de bambú llamados sumpitan, soplando en los cuales lanzan flechas envenenadas con el upas.

Avanzaban con infinitas precauciones, deteniéndose de vez en cuando para aplicar el oído a tierra a fin de recoger mejor los rumores más débiles.

Se habían detenido nuevamente bajo los calamus y los nepentes que ocultaban a los tres aventureros, quizás para descansar un poco.

—¡Nada todavía! —había exclamado uno, plantando rabiosamente en tierra la cerbatana, que estaba provista en su extremo superior de una punta de lanza—. Y sin embargo, tienen que pasar por aquí.

—¡Con tal de que no hayan pasado ya! —respondió el otro—. ¿Eran tres?

—Sí, porque a uno lo hemos capturado nosotros.

—¿Habrán seguido la marcha de los búfalos salvajes?

—¿Con qué objeto?

—Para procurarse carne.

—No hemos oído otros tiros de fusil.

—Dirijámonos hacia el río. Su meta debe de ser el islote en que se han refugiado sus hombres. En cualquier lugar los sorprenderemos y los alcanzaremos con nuestras flechas.

—Ten cuidado de no matar al hombre blanco.

—Ya me han advertido. No perdamos tiempo.

Los dos dayakos, después de haber mirado a derecha e izquierda, se adentraron de nuevo en la selva, abandonando el hueco abierto por los búfalos salvajes.

—¡Ha sido hecho prisionero! —Se lamentó Tremal-Naik, cuando cesaron todos los ruidos—. ¡Mi pobre Kammamuri!

—Me lo había imaginado —dijo Yáñez.

—¿Qué haremos ahora?

—¿Qué? ¿Y lo preguntas? —Exclamó el Tigre de Malasia con estupor—. Ya que nuestros hombres se encuentran todavía en el islote, nos ocuparemos de tu fidelísimo servidor, Tremal-Naik. No tenemos la costumbre de abandonar a los amigos.

—¿Dónde lo habrán conducido?

—Esos dos dayakos han dejado huellas. Las seguiremos y veremos dónde acaban. Descendamos y vayamos a ver con qué arma han matado a este toro. Quiero sobre todo aclarar el misterio de estos cinco pistoletazos.

—Yo también —dijo Yáñez.

Se mantuvieron todavía algún tiempo a la escucha y luego, tranquilizados por el profundo silencio que reinaba en la inmensa selva, se dejaron deslizar por los calamus para llegar felizmente a tierra.

El búfalo yacía sobre su costado derecho, casi apoyado en un grupo de plantas. Le sobresalía la lengua y un reguero de sangre había salido de su boca.

—Debe de ser éste —observó Yáñez—. Es totalmente negro, con una mancha blanca en el dorso.

—Observemos las heridas —respondió Sandokán—. Dos, cuatro, cinco orificios y todos en el flanco izquierdo, uno junto a otro. Son heridas producidas por balas redondas de pistola y no proyectiles cónicos de carabina. ¿Quién puede haberlo matado?

—¿No hay heridas producidas por la carabina de Kammamuri? —preguntó Tremal-Naik.

—No veo ninguna.

—¿Contra quién habrá hecho fuego?

—Probablemente contra los dayakos que le perseguían.

—Pero no veo a ningún muerto.

—Esos salvajes tienen la costumbre de llevarse consigo a sus muertos, para sepultarlos en sus kotta —aclaró Yáñez.

—¿Habrán decapitado a mi pobre servidor?

—No lo creo, Tremal-Naik —dijo Sandokán, que parecía reflexionar intensamente—. ¿Sabéis, queridos amigos, qué pienso yo en estos momentos?

—¡Habla! —apremiaron al unísono el portugués y el indio.

—Que con los dayakos había algún hombre blanco.

—¡Es imposible! —exclamó Yáñez.

—¿Por qué, hermano? Me han dicho que el raja del lago tiene dos hijos y uno de ellos podría haber llegado aquí para interferir a tiempo en nuestro avance. Sigamos las huellas de estos dos espías y veamos adonde van a parar. No las dejaremos hasta que hayamos sabido qué le ha ocurrido al bravo Kammamuri.

—¿Y nuestros hombres? —preguntó Tremal-Naik.

—Hasta que no nos vean volver no dejarán el islote, te lo aseguro —afirmó el Tigre de Malasia—. Tienen armas y municiones: pueden defenderse y matar. ¡Vamos, en marcha!

11. La reaparición del «Griego»

Como ya hemos dicho, Kammamuri, lanzado al aire por el choque formidable de la vanguardia de los toros, no había tenido la suerte de sus compañeros de asirse en seguida a los rotang y nepentes.

Habiendo caído a través de un gran hueco de la red vegetal, se había desplomado desde una altura de media docena de metros y caído afortunadamente, después de un par de piruetas sobre sí mismo, justamente a horcajadas de una magnífica bestia.

Como no había perdido su sangre fría y había comprendido que no saldría ciertamente vivo si se dejaba deslizar hasta el suelo, rápidamente se había agarrado a los cuernos con toda su energía.

El animal, creyendo sin duda que había sido asaltado por algún tigre o alguna pantera negra, se había precipitado en una carrera vertiginosa mugiendo desesperadamente, seguido por toda la vanguardia.

Aquella fuga constituía, por lo menos por el momento, la salvación del indio. Como tenía la carabina en bandolera y las municiones bien seguras, se había echado a lo largo del lomo del toro y se dejaba transportar en aquella carrera desenfrenada. El animal corría furiosamente, desarraigando con ímpetu irresistible los matorrales que le impedían el paso y haciendo saltar de golpe rotang y nepentes.

Las ramas, arrancadas con violencia, flagelaban cruelmente al pobre indio, pero aquel valiente se guardaba mucho de abandonar su extraña cabalgadura.

Saltar, lanzado a aquella carrera, le habría sido ciertamente fatal.

—Se cansará de correr —murmuraba el indio—. No tiene una máquina de vapor en el vientre.

La vanguardia se había quedado ya retrasada y quizá se había desviado, abandonando a su compañero a su destino.

Kammamuri ya no oía los mugidos de todos aquellos animales galopantes; sólo oía el aplastamiento de ramas y arbolillos, tronchados o, mejor, casi segados por el furibundo animal.

Ya llevaba más de media hora de duración aquella carrera, siempre al mismo ritmo y Kammamuri, asustado, comenzaba a preguntarse dónde acabaría y cómo podría detenerla, cuando el toro se precipitó en un amplio estanque de agua, que formaba una especie de charca unida quizás al Malludu por algún canal.

—¿Dónde me lleva ahora este infernal animal? —Se preguntó el indio—. Si no lo fulmino con dos tiros, quién sabe dónde iremos a rompernos el cuello.

Estaba a punto de empuñar el fusil cuando se dio cuenta de que el toro se había puesto a nadar.

—¡Oh! —murmuró—, el agua es aquí profunda y quizás debajo haya arenas movedizas. Es mejor esperar a que llegue a la orilla.

El búfalo avanzaba ligero, con renovado vigor a causa del baño. Pero seguía siendo presa de una vivísima inquietud y, de vez en cuando, sacudía sus lomos para desembarazarse de aquel caballero, aunque todavía no había recibido de él ningún zarpazo.

De repente, Kammamuri lo vio detenerse y lanzar un prolongado mugido.

—¿Estará a punto de hundirse? —se preguntó.

Alzó la cabeza y miró alrededor con cierta angustia porque le había asaltado la sospecha de que en aquella charca se encontrasen los gaviales glotones que había visto en el Malludu, lo que no era improbable, porque estos congéneres de los cocodrilos africanos habitan también los estanques fangosos además de los grandes ríos.

Se tranquilizó en seguida al no ver emerger a ninguno de aquellos largos y sutiles hocicos armados de formidables dientes.

—¡Y sin embargo este toro debe de haber olfateado algún peligro! —murmuró—. Me basta con que me lleve a tierra, y luego que se vaya con Siva o con Visnú, poco me importa.

En efecto, el búfalo no parecía tranquilo. Tan pronto se apresuraba a nadar con furia, llevando la cabeza alzada para no tragar el agua fangosa de la charca, como, por el contrario, se detenía bruscamente, lanzando coces en todas direcciones y emitiendo mugidos cada vez más roncos.

Algunas manchas de sangre ascendían a intervalos a la superficie a lo largo de los flancos del pobre animal, tiñendo el agua de un rosa pálido.

—¡Ahora lo comprendo! —Pensó de repente Kammamuri, que procuraba por todos sus medios no dejar las piernas colgando—. Son las sanguijuelas las que lo martirizan. ¡Arre, moreno, adelante si quieres salvar tu piel! Nada puedo hacer por calmar tus dolores. ¡Arre, vamos, llévame pronto a tierra!

Sacó de su cintura el tarwar, y pinchó un poco al animal cerca de las orejas.

El búfalo sacudió la testuz, emitiendo un mugido ronco, y apresuró su carrera, es decir, su nado.

Cinco minutos después llegaba a la orilla opuesta y se lanzaba nuevamente a una carrera desenfrenada a través de la vegetación.

De sus costados sangrantes caían puñados de sanguijuelas gordísimas, las cuales iban en seguida a aplastarse en medio de las altas yerbas en espera de una nueva presa, ya que las de Borneo están acostumbradas a vivir indiferentemente en el fondo de los pantanos o en los bosques.

El búfalo, recuperado su vigor por aquel largo baño, había reanudado su carrera más endiablada que antes, como si sus fuerzas hubieran aumentado considerablemente pese a la sangría.

Había encontrado ante él un sendero, abierto por algún rinoceronte o algún elefante, y corría por él como una tromba marina.

Ya llevaba una veintena de minutos de galope cuando Kammamuri, que ya se disponía a fulminar con una descarga de carabina a aquel terrible corredor, que no mostraba intenciones de detenerse, oyó gritar una voz en purísima lengua india.

—¡Alto!

Se volvió rápidamente y vio a bastantes individuos lanzarse fuera de la selva armados de kampilang, cerbatanas y parang.

—¡Los dayakos! —gritó.

Como tenía ya la carabina en sus manos, la apuntó rápidamente contra aquellos salvajes que acudían aullando e hizo fuego, sin ni siquiera tomarse la molestia de apuntar.

Oyó dos gritos, y luego cinco disparos, uno tras otro.

El búfalo salvaje, acribillado de balas, se encabritó para caer luego de costado, golpeándose la cabeza contra un grueso árbol.

Kammamuri, lanzado por los aires, realizó dos saltos de campana hacia adelante y cayó al suelo, donde quedó sin conocimiento.

Cuando el desgraciado volvió en sí, ya no se encontraba al lado del toro.

Siete u ocho hombres lo llevaban en una especie de angarillas formadas por ramas de árbol y hojas entrelazadas.

Tenía las piernas y brazos estrechamente atados con cuerdas vegetales y alrededor del cuerpo una especie de red de fibras de coco, que le envolvía por completo, impidiéndole cualquier movimiento.

Detrás de las angarillas trotaban unos treinta dayakos, que llevaban enormes aros de cobre en las orejas y faldas de un tejido azul turquesa.

Todos iban armados con cerbatanas y parang pesadísimos, con las puntas acanaladas.

Kammamuri, que conocía muy bien la lengua de aquellos salvajes, ya que había permanecido mucho tiempo en el Kabatuán junto con Tremal-Naik, que había fundado allí una gran hacienda, destruida luego por aquellos feroces hijos de la selva, alzó la cabeza y preguntó a uno de los portadores de las angarillas:

—¿Adónde me lleváis?

El dayako sacudió la cabeza, esbozó una ligera sonrisa y no respondió nada.

—¿Estás sordo? —gritó Kammamuri exasperado—. Te he preguntado dónde me lleváis.

—Pregúntaselo al orang-kaja[36a] (señor) —respondió el salvaje.

—¿Quién es ese señor?

—Un hombre blanco.

—¿El raja del lago?

—No: aquel está demasiado viejo para moverse.

—¿Dónde está ese orang-kaja?

—Sigue a la retaguardia.

—Ve a llamarlo.

—Tenemos demasiada prisa en este momento —adujo el salvaje.

—¿Y tendré que permanecer así mucho tiempo?

—No sé nada.

—Eres un estúpido.

—Ve a decírselo al orang-kaja.

—Más bien será un orangután. Vuestros jefes se parecen a los maias.

El dayako se encogió de hombros y no respondió. Verdaderamente, Kammamuri mentía, porque los dayakos son los hombres más guapos y mejor constituidos que se encuentran en las grandes islas del archipiélago malayo.

De elevada estatura y facciones bellísimas, formas casi siempre hercúleas, tez apenas bronceada, compiten victoriosamente con los malayos, los buguises, los macassarenses y, sobre todo, los negritos y los eta.

Los salvajes aceleraban cada vez más su carrera, adentrándose en la gran selva. Parecía que se mantenían alejados del río, o así al menos lo suponía el prisionero.

Comenzaba a rayar el día cuando llegaron ante un pequeño poblado fortificado, una kotta rodeada de altísimas empalizadas y defendida por profundos fosos llenos de sarmientos espinosos, obstáculos casi invencibles para quienes tienen la pésima costumbre de caminar con los pies descalzos.

Pasaron por un puente volante lanzado sobre aquellas peligrosas aberturas y entraron, siempre a la carrera, en la fortaleza, donde se detuvieron ante una amplia cabaña que se erguía en la gran plaza, circundada por viviendas de menor tamaño.

Le quitaron a Kammamuri la red, le soltaron las ataduras que le apretaban las piernas y lo lanzaron brutalmente al interior de la vivienda, gritándole:

—¡Date prisa, gandul! Ya te hemos llevado bastante; pero tu cabeza lucirá más tarde en nuestra colección.

—¡Que antu y Buan (genios malos de los dayakos) os lleven al infierno! —respondió el desgraciado indio.

La cabaña estaba casi vacía, ya que en ella sólo había algunas esteras multicolores y alguna pieza de cerámica, pero Kammamuri percibió en seguida, no sin una profunda angustia, una especie de palco en el que se mostraban tres o cuatro docenas de cabezas humanas, sabiamente disecadas.

—¡Buen lugar! —dijo—. ¿Querrán asustarme simplemente, o mi cabeza tendrá que ir, tarde o temprano, a hacer compañía a esos cráneos? Como soy indio, seguramente sería envidiada por las restantes tribus.

Estaba contemplando aquella horrible colección cuando oyó detrás de él una voz que decía en pura lengua assamesa:

—¿Podemos hablar un poco, señor secretario del generalísimo de Assam? Estaréis asombrado de encontrarme aquí, ¿verdad?

Kammamuri dio un salto hacia atrás, al haber reconocido en seguida a quien así le hablaba.

—¡Por Siva! —exclamó, volviéndosele gris la tez; es decir, palidísima—. ¡El favorito del ex raja de Assam!

—Sí, el griego Teotokris.

El estupor de Kammamuri era tal que durante algunos minutos no fue capaz de articular palabra.

El griego lo miraba, sonriendo irónicamente, contento por el espanto que se traslucía de las facciones alteradas del maharata, manteniendo sus manos sobre las culatas de dos espléndidas pistolas, de cañón doble, con taraceas de nácar.

—¡Vos! —murmuró finalmente con voz entrecortada.

—¿Os sorprende encontrarme en Borneo?

—¿Cómo habéis llegado aquí?

—Esto es un secreto que sólo me pertenece a mí.

—¿No me estaré equivocando?

—No lo creo, porque soy realmente el griego Teotokris, el ex favorito del raja de Assam.

—Sin embargo, todavía creo estar soñando.

—Dentro de poco lo veremos.

—¿Qué queréis decir?

En lugar de responder, el griego se fue a un ángulo de la cabaña, tomó un enorme caparazón de tortuga, le dio la vuelta y se sentó encima, diciendo:

—Ahora podemos hablar, señor secretario del generalísimo de Assam. ¿Queréis también tomar asiento?

—No tengo necesidad de él —respondió el maharata.

—¿Dónde habéis dejado a vuestro patrón y señor?

—En la desembocadura del río.

—No comencéis a mentir, señor secretario —dijo el griego, siempre irónico—. Aunque es verdad que vuestra barcaza de vapor ha escapado al asalto de mis dayakos y que la corriente se la ha llevado, no es menos verdad que yo no creo que haya llegado a la barra del Malludu. No os habría sorprendido aquí, en plena selva, señor secretario del generalísimo.

Kammamuri miró al griego, que continuaba sonriendo irónicamente, y luego le dijo con voz airada:

—Parece que os place mucho bromear, ¿verdad, señor Teotokris?

—¿No era acaso el favorito de aquel desgraciado raja que tanto se complacía con las personas alegres? Pero no intentéis cambiar de conversación, señor secretario del generalísimo. Os había preguntado dónde se encuentra vuestro patrón.

—¿Tanto os interesa saberlo?

—¡Bah, me importa muy poco! Quien me interesa es el otro.

—¿Quién?

—El nuevo raja, ese bribón portugués, ese miserable aventurero que ha querido luchar contra mí. Ese perro no conoce todavía a los griegos del archipiélago y no sabe lo vengativos que somos. Podemos morir, pero antes dejamos siempre un terrible recuerdo.

—Lo habéis llamado miserable aventurero —dijo Kammamuri, que había recuperado poco a poco su sangre fría—. Ignoráis, pues, la fuerza que posee ese hombre y en cuántas batallas ha combatido, junto con su compañero, aquí en la India.

—¡Ah! ¿Estáis hablando, secretario del generalísimo, del que se hace llamar pomposamente el Tigre de Malasia? También arreglaré cuentas con ese canalla; ¡no lo dudéis!

—Si esos dos valientes estuvieran aquí, no osaríais hablar de esta forma.

—¡Oh, no tengo miedo de esos dos aventureros!

—¡Ya lo probasteis el día en que el señor Yáñez, en la corte del raja de Assam, os metió tres buenas pulgadas de acero en el pecho! —Recordó Kammamuri—. ¿Os acordáis, señor Teotokris?

Los ojos del vengativo hijo del archipiélago griego brillaron como una llama siniestra y sus facciones se alteraron espantosamente.

Con un rápido gesto se abrió el jubón, desgarró rabiosamente su camisa y puso al descubierto su pecho.

—¡Aquí está la cicatriz! —Dijo luego con voz entrecortada por la ira, mostrando una señal blanquecina que se destacaba en su piel morena de pescador de esponjas—. Sólo desaparecerá con mi muerte; pero con mi muerte tendrá que desaparecer también el hombre a quien se la debo.

—Será un poco difícil —observó Kammamuri—. El señor Yáñez y él Tigre de Malasia son hombres capaces de volver el mundo al revés.

El griego estalló en una risotada.

—¿Lo creéis así, señor secretario del generalísimo?

—Llamadme simplemente Kammamuri —respondió el maharata, fastidiado por aquella continua ironía—. También podéis dejar de lado el tratamiento, porque todos me han tuteado siempre, ya que jamás he sido raja, ni de Assam ni de Bengala y mucho menos de las grandes islas malayas.

—Tienes razón: hablaremos así más de prisa. Las florituras estropean a veces las conversaciones.

Sacó de un bolsillo una magnífica pitillera de oro, con iniciales de brillantes y esmeraldas, regalo del ex raja de Assam, tomó un cigarrillo y lo encendió con toda calma.

—Hablemos —dijo luego, echando al aire una bocanada de humo perfumado.

—Llevamos ya media hora haciéndolo, señor Teotokris, sin llegar a ninguna conclusión.

—Porque tú no has querido —respondió el griego—. Por lo demás, yo no tengo prisa.

—¿Qué queréis, pues, de mí?

—Saber dónde está escondido el nuevo raja de Assam y por qué motivo ha dejado el reino y ha venido a meterse en estas selvas.

—Ya os he dicho que se encuentra justamente aquí.

—No me basta —dijo el griego—. Quiero saber dónde se han refugiado. Sé que ya solamente son tres.

—Que valen por trescientos.

—Aunque valiesen por tres mil, no me interesaría, porque puedo disponer con un simple gesto de diez mil dayakos.

—¿Quién os los facilitará? —preguntó Kammamuri, irónicamente.

—El raja blanco del lago de Kin-Ballu.

—¿Os habéis convertido en su generalísimo?

—Pudiera ser —admitió Teotokris—. Pero esto no te concierne a ti. Hoy soy el más fuerte, y basta.

—¡Podríais engañaros, señor! El raja de Assam, mi patrón, y él Tigre de Malasia tienen todavía un buen número de guerreros que se ríen de vuestros famosos dayakos.

—¡Que salgan del islote si son capaces! Un día u otro el hambre les obligará a pasar a una u otra orilla, y allí encontrarán su tumba.

—Corréis demasiado, señor Teotokris. El río abunda en gaviales y en tortugas, y no se morirán de hambre, os lo aseguro. Son hombres capaces incluso de nutrirse sólo con hojas de árbol.

—¿Quiénes sois vosotros? —gritó el griego furibundo.

—Hombres capaces de todo.

—¡Por mi muerte! Veremos si en la cabaña aérea sabrás tú alimentarte con las hojas que cubren el techo.

—Probaremos, en cuanto sepa a qué os referís, señor ex favorito del raja de Assam.

—¡Mil demonios del infierno! Ahora eres tú el que tratas de bromear y reírte de mí.

—¿Yo? —Exclamó Kammamuri—. De ninguna manera, señor. Soy un pobre siervo y nada más, y no tengo la costumbre de bromear con los peces gordos, sean indios o europeos.

—¿Quieres acabar ya? —aulló el griego.

—¿Acabar qué, señor Teotokris?

—De cambiar de conversación.

—No sé qué queréis decir, señor mío.

—¡Por la muerte de todos los rinocerontes de la Tierra! Quiero saber dónde se encuentra el raja de Assam.

—Pregúntaselo al búfalo que me ha traído. ¿Sé yo adonde me ha conducido? Me encontraba en un árbol; caí encima de una bestia que derrumbaba a cornadas la selva y no sé adónde he ido a parar.

—¿Y tus compañeros?

—Se han cuidado muy bien de dejarse caer —respondió Kammamuri—. Han sido más astutos o más afortunados que yo, señor. No os estoy contando cuentos.

—Te creo, porque he sido yo quien ha matado al búfalo salvaje junto con Nasumbata. Ha caído como una pera madura bajo los disparos de nuestras pistolas. Por lo demás, me hubiera gustado traerlo aquí y arrancarle una buena chuleta para mi comida. Se la comerá algún otro, pero al hacerlo caerá en la trampa.

—¿Quién? —preguntó Kammamuri.

—¡Basta, señor mío! Los griegos del archipiélago no tienen la costumbre de revelar todos sus pensamientos al primero que pasa. ¿Tú no sabes, pues, dónde se han refugiado el raja de Assam y sus compañeros?

—No; ya os lo he dicho.

Teotokris arrojó la colilla del cigarrillo, encendió otro y luego, después de un breve silencio, volvió a hablar:

—Te crees fuerte, y no lo eres en absoluto. Dentro de algunos días nos volveremos a ver, queridísimo amigo. Te advierto que las hojas de banano y de arenga saccharifera que cubren el techo de la cabaña aérea serán un poco duras, incluso para tus dientes.

Dio una palmada; cuatro dayakos, que probablemente estaban en el exterior en espera de una llamada, entraron empuñando terribles parang de acero, centelleantes como espejos.

El griego se limitó a hacer un ademán.

Los cuatro guerreros agarraron brutalmente a Kammamuri y lo empujaron afuera, gritando amenazadoramente.

—¡No sois nada amables, pedazos de arguilak! —dijo el indio, intentando rebelarse.

Le asieron, le arrojaron sobre las angarillas, le envolvieron en la red y se lo llevaron fuera de la kotta, entre los gritos amenazadores de las mujeres y los muchachos que se agolpaban en los reductos de la pequeña fortaleza.

—¿Me hará cortar la cabeza ese perro griego? —Pensó Kammamuri—. Esperemos que no sea tan feroz conmigo, ya que mi único delito es ser siervo de mi patrón.

Cuatro dayakos llevaban las angarillas, seguidos por otros dos, que llevaban sobre sus hombros dos horcas, de mango larguísimo, que terminaban en una especie de «V» formada por rotang y ramas espinosas.

Eran brandil., las terribles horcas que ponen en el cuello de los prisioneros o de los locos para impedirles que hagan ningún movimiento.

En todas las grandes islas de Malasia abundan los locos, a consecuencia del abuso que hacen del opio, lo que desencadena en aquellos desgraciados una verdadera furia sanguinaria que se denomina amok. Para reducirlos, los indígenas han inventado esta extraña horca.

Las rústicas angarillas giraron alrededor de la empalizada de la kotta y se detuvieron ante una extraña construcción que bien se hubiera podido llamar observatorio o, por lo menos, una casa aérea.

Encima de una triple columna de bambúes de no menos de quince metros de alto, entrelazados y atados entre sí mediante rotang y sólidamente plantados en el terreno, se erguía una cabaña formada por esteras y hojas de banano con el techo muy saliente.

Cacatúas de moño amarillo y rosado causaban estrépito, encaramadas en unos bastones plantados en los cuatro ángulos de la cabaña, retenidas quizá por delgadas lianas.

Un dayako libró a Kammamuri de la red, le desató los brazos y luego le dijo brevemente:

—Sube.

—¿Dónde? —preguntó el maharata, asombrado.

—Allí arriba.

—¿A esa jaula?

—Debes obedecer.

—No soy un mono.

—No importa: es la orden.

—¿Qué debo hacer allí arriba?

—No lo sé.

—¿Domesticar quizás a esas cacatúas?

—Eso no me concierne —respondió el dayako.

—¿Así que tengo que subir?

—Y rápido, si no quieres que probemos nuestros brandil en tu cuello.

—Dime, por lo menos, dónde se encuentra la escalera, porque no la veo.

El salvaje le mostró dos grandísimos y gruesos bambúes, con profundas muescas a una distancia de dos palmos entre sí.

—He comprendido —dijo Kammamuri—. A estos salvajes les gusta la gimnasia de los orangutánes. Vamos a ver que hay en esa jaula. Allá arriba no faltará una buena vista, y la experiencia debe de ser ciertamente interesante.

El maharata se agarró a los bambúes y comenzó a subir, mientras los dayakos lo seguían con la mirada, agitando sus relucientes parang-ilang. y los brandil de modo poco tranquilizador.

Quizás les disgustaba no cortar allí mismo aquella cabeza, que, dada su tez, tan distinta de la amarillenta de sus compatriotas, no dejaría de producir un bello contraste en sus colecciones.

En un par de minutos Kammamuri llegó a una especie de plataforma que se extendía bajo la cabaña aérea, formada por sutiles bambúes estrechamente entrelazados y que servían como de base, y luego de un salto se encaramó a la pequeña galería que giraba alrededor de aquella extraña construcción.

—¿Qué clase de prisión es ésta? —se preguntó—. He pasado dos años en las orillas del Kabatuán con mi patrón, pero jamás he visto estas jaulas suspendidas entre el cielo y la tierra. Servirían estupendamente para la cría de pájaros.

Recorrió toda la galería y, habiendo encontrado una pequeña puerta, entró no sin cierta aprensión.

El suelo de la cabaña aérea estaba lleno de hojas secas, que formaban verdaderos montículos. Faltaban totalmente los muebles; no había siquiera un vaso de barro para el agua.

—¿Querrá ese griego bribón dejarme morir de hambre y sed? —se preguntó el desgraciado, estremeciéndose.

Apenas había dado unos pasos cuando vio levantarse uno de aquellos montones y un hombre que tenía la piel casi negra apareció, diciendo en lengua dayaka un poco torpe:

—¿Tuan-uropa[38a]?

Con esta denominación todos los salvajes de las grandes islas malayas designan a los hombres que no pertenecen a su raza. Kammamuri no respondió: miraba atentamente a aquel hombre, que parecía como si se hubiera despertado en aquel momento, preguntándose con qué clase de individuo tendría que habérselas.

No debía de ser un dayako, porque en lugar de ser de alta estatura, era muy bajo, apenas de un metro y medio, y en vez de tener la piel amarillenta la tenía oscurísima.

Además, las facciones eran completamente distintas. Tenía la cabeza grande, envuelta en vendas ensangrentadas, que dejaban ver en algunos sitios mechones de cabellos negros y crespos, la nariz corta, con los orificios muy anchos, grande la boca, labios gruesos sin ser abultados, pequeño mentón y el cuerpo frágil con los hombros casi curvados.

No era necesario un gran conocimiento de las razas malayas para reconocer en aquel feo homúnculo[38b] uno de los salvajes que viven en el interior de las grandes islas malayas, en medio de las selvas más espesas, y a los que se denomina comúnmente negritos o negritos etas.

Difieren completamente, tanto por el tipo como por sus costumbres, de los battiasis de Sumatra, los tagalos de las Filipinas, los dayakos de Borneo y los malayos; y, sin embargo, su raza está bastante difundida, porque se los encuentra incluso en África meridional y central y en las islas andamanesas que tan cercanas están de la India. ¿Cómo se han dispersado por el mundo estos pigmeos, que no se parecen a ninguna otra raza? Misterio. Ningún científico ha podido hasta ahora explicar cómo se encuentran simultáneamente en las grandes islas malayas y en el continente negro, que está tan lejano.

Kammamuri, como ya hemos dicho, no había contestado en seguida, tan sorprendido había quedado de encontrar en aquella jaula aérea a personaje tan extraño surgido de uno de aquellos montones de hojas secas.

—¿No Tuan-uropa? —preguntó el negrito viendo que el indio no se decidía a abrir la boca.

—Nada de uropa —respondió Kammamuri—. ¿Qué haces aquí?

—Espero a estar curado —dijo el negrito, que parecía no tener muchas dificultades respondiendo en lengua dayaka.

—¿Para irte?

El negrito esbozó una mueca e hizo tintinear rabiosamente los aros de latón que adornaban sus flacos brazos.

—Me han roto la cabeza de un golpe de parang-ilang —respondió luego—. Una cabeza partida no puede hacer buen papel en la cabaña del jefe de los dayakos. Cuando me haya curado me decapitarán.

—¿Quién?

—Los dayakos.

—¡Ah, canallas! —se indignó Kammamuri—. No creía que llegasen en su ferocidad hasta tal punto. ¿Dónde te han capturado?

—En la selva, mientras perseguía a un tapir.

—¿Cuándo?

El salvaje alzó las manos, contó los dedos varias veces y luego sacudió la cabeza como si quisiera renunciar a aquel cálculo demasiado difícil para las razas primitivas.

—No sé —dijo después.

«Estos pobres no tienen siquiera noción del tiempo —pensó Kammamuri—. Además, no me interesa en absoluto».

Recorrió la cabaña y luego, dirigiéndose hacia el negrito, que le seguía atentamente con su mirada, le preguntó:

—¿Te traen de comer?

—No.

—¿Y de beber? —Nunca.

—¿Y cómo has podido resistir tantos días?

El negrito alzó los hombros y no respondió.

«Ahora comprendo —pensó Kammamuri—. El griego no bromeaba cuando me dijo que devorase las hojas que cubren el techo de la cabaña. ¡Por Siva, Brahma y Visnú! He visto cacatúas sobre los bastones. Al menos durante algunos días la comida está asegurada… ¿Y el patrón? ¿Y el señor Yáñez? ¿Y el Tigre de Malasia? ¿Qué pensarán de mí? ¡Por la muerte de Kali, yo no quiero morir de hambre y de sed en este palomar! Este mono no me parece nada estúpido. Si a mí me interesa mi piel, a él le interesará poner a salvo su cabeza y me ayudará. Sólo hace falta bajar; cosa facilísima cuando los guardianes duermen; si es que duermen».

Salió de nuevo, mientras el negrito arrancaba de las paredes de la cabaña fibras de nueces de coco que formaban aquellas esteras rústicas, pero de una solidez a toda prueba.

En la kotta algunos indígenas y muchas mujeres, acompañados de grupos de muchachos, iban y venían por los estrechos senderos del poblado; en el lado opuesto, a una distancia de quinientos o seiscientos metros, serpenteaba el río, interrumpido de vez en cuando por islotes boscosos.

Kammamuri miró bajo la cabaña aérea y distinguió a cuatro guerreros sentados en tierra, alrededor de una gigantesca olla circundada por algunos tizones.

«Parece que hacen bien la guardia —murmuró el maharata—. ¿Serán peores estos bribones que los thugs de las Sunderbunds? ¡Ya veremos! Mientras tanto, podríamos pensar en la comida. Hace ya diez horas que estoy en ayunas y quién sabe cuántos días lleva así ese pobre salvaje».

Recorrió nuevamente la pequeña galería y luego, habiendo encontrado un bambú más alto que los otros y que sobresalía del techo, se puso a trepar por él.

En unos bastones plantados en las hojas secas de banano que formaban el techo estaban encaramadas ocho espléndidas cacatúas de plumas blanquísimas con moños amarillo-anaranjados o delicadamente rosados, con las patas atadas con delgadísimos rotang.

«¿Serán divinidades? —Se preguntó el maharata—. ¡Bah, no será tanto! Quizá se encuentren mejor en nuestro estómago. ¡Perro griego, no seré yo quien coma hojas secas del techo! No comeré asados, pero por algunos días no reventaré de hambre como tú esperabas».

12. La fuga milagrosa

El maharata había trepado por el techo, arriesgándose a realizar un espantoso salto mortal, y manteniéndose bien sujeto a las traviesas y a las ligaduras de las gruesas hojas de arengas saccharifera y de bananos, amontonadas en capas, había logrado llegar hasta los volátiles.

—Queridos pájaros —dijo—, lo lamento por vosotros; pero el hambre no razona y además os han creado para llenarnos el vientre.

Las cacatúas protestaron estrepitosamente, aleteando y tratando de picotear al hambriento. Pero el maharata no era hombre que se espantase por tan poco. Alargó las manos, agarró al volátil más grande y lo estranguló.

—Por hoy bastará —dijo luego, retrocediendo con prudencia—. No consumamos de una sola vez nuestras provisiones. Y el salvaje que me hace compañía deberá contentarse con la cabeza y las tripas. ¡No se ha expuesto en absoluto al peligro de romperse el cuello!

Llegó al borde del techo y se dejó caer suavemente en la pequeña galería, manteniendo bien agarrado al desgraciado volátil.

Estaba a punto de entrar en la cabaña cuando oyó en tierra golpes sonoros, que repercutían en los bambúes entrecruzados que formaban el soporte.

Kammamuri se inclinó sobre el pequeño parapeto de la galería y vio a los cuatro dayakos de guardia cortar con grandes golpes de parang las dos larguísimas pértigas que servían de escalera.

—¡Nos quitan los medios de descenso! —Murmuró, haciendo una mueca—. Se ve que el griego tiene intención de retenerme aquí arriba hasta que el hambre me lleve al kailasson de Siva. Pero son estúpidos estos dayakos. Todavía se puede bajar dejándose deslizar a lo largo de los bambúes y saltando de traviesa en traviesa. Será un ejercicio muy peligroso, pero lo acometeré sin vacilaciones apenas llegue el momento oportuno. Es absolutamente necesario que me reúna con mis patrones y que les advierta de la presencia de este maldito griego.

Entró en la cabaña y se quedó muy sorprendido al ver al negrito extraer de una hendidura de, un grueso bambú que hacía como de viga maestra de la casa, pequeños insectos blancuzcos, y comérselos con envidiable apetito.

—¿Qué haces? —le preguntó.

—Mi comida —respondió el salvaje riendo.

—¿Qué es?

—Son laron..

El maharata no pudo retener un estallido de risa.

—¿Es con estas larvas con lo que te alimentas?

—Los cuatro gruesos bambúes están llenos de ellas.

—¿Cómo han podido poner las termitas sus huevos ahí adentro?

—¿Habrán sido las hormigas? —preguntó el negrito.

—¿Quién quieres que haya sido, pues?

—Los dayakos.

—¿Para que no te faltase comida?

—Las larvas se desarrollan muy rápido y cuando son grandes devoran vivos a hombres y animales. Ciertamente, las han puesto ahí adentro para que me arranquen la carne, y obtener, sin ninguna preparación posterior, mi cráneo perfectamente vacío.

—¡Ah, canallas! —Gritó Kammamuri.

—Pero yo no las dejaré desarrollarse —añadió el negrito, quien al tiempo de hablar no cesaba de engullir puñados de larvas. Ya que las he descubierto, las consumo. ¿Quieres, orang (señor)?

—Prefiero mi pájaro —rehusó el maharata, haciendo un gesto de asco.

—Y yo mis laron —declaró el negrito.

Las laron, que, como hemos dicho, no son otra cosa que las larvas de las termitas, constituyen para los malayos y los dayakos un plato óptimo y ambos pueblos hacen un enorme consumo de ellas.

Para ellos es una especie de arroz animal que comen casi siempre crudo. A veces lo aderezan con una mezcla de gambas saladas y machacadas.

Mientras el negrito, con un pedazo de madera, forzaba las hendiduras de los grandes bambúes, ya hechas anteriormente por los dayakos, y hacía caer en una hoja puñados de larvas, Kammamuri se había puesto a desplumar la cacatúa, que era de carnes abundantes. Si hubiera podido encender fuego, ¡qué magnífica comida habría hecho! Desgraciadamente no disponía de eslabón ni de yesca; y además no habría osado exponerse a peligro tan grave.

Una sola chispa habría bastado para destruir en pocos instantes aquella cabaña, formada por hojas secas y ramas no menos secas.

—Si quieres, te ofrezco la cabeza y las tripas —dijo, cuando hubo limpiado bien el volátil.

El negrito hizo una mueca de repugnancia, e incluso de espanto.

—¿Cómo? ¿No comen cacatúas en tu país? —se extrañó Kammamuri.

—Sí, pero no éstas —respondió el negrito—. Estas son antu.

—Espíritus malvados, quieres decir. ¿Por qué las han atado aquí arriba?

—Para que se lleven consigo nuestras almas, supongo.

—En espera de que ésta coja la mía, yo devoraré su cuerpo —respondió el maharata.

Aunque le repugnaba algo, impulsado por el hambre mordió el volátil y se puso a devorarlo; pero dejó un poco para la cena, ya que no había gran abundancia de cacatúas en lo alto de la cabaña.

—Ahora —añadió dirigiéndose al negrito, que también había terminado su comida— se podría buscar el medio de irnos. ¿Vigilan también de noche los dayakos?

—Siempre.

—¿Cuántos?

—Cuatro.

—¿Tienen encendido el fuego?

—Sí, orang.

—¿No has intentado nunca huir?

—Es demasiado pronto.

—¿Qué quieres decir?

El negrito miró al maharata con cierta desconfianza.

—Se diría que me ocultas algo —insinuó el maharata, que se había dado cuenta—. ¿No soy también un prisionero como tú, condenado a morir de hambre?

—Es verdad, orang —admitió el negrito.

Se aproximó a un montón de hojas secas, hundió en él sus manos y mostró al maharata, asombrado, una cuerda blanca, no más gruesa que un dedo, hilada magníficamente y extraordinariamente larga.

—¿Quién la ha hecho? —preguntó Kammamuri.

—Yo.

—¿Tú has llevado a cabo esta labor? ¡Pero esto es algodón!

—Areng —puntualizó el negrito.

Para el indio esto constituyó una revelación. Las planta que los dayakos y también los malayos llaman areng son las más preciosas que crecen en aquellos climas, después de las del coco y el árbol del pan.

Son palmas soberbias, rematadas por elegantes plumas, apreciadas sobre todo porque, practicando una incisión en el tronco, se obtiene un licor azucarado llamado toddy. claro y límpido, del que se extrae un jarabe muy apreciado que aventaja bien al azúcar y que, fermentado, produce un licor embriagador, conocido con el nombre de twak.

Estas preciosas plantas no se limitan a producir un litro de líquido cada día, sino que rinden otros servicios a los malayos y a los dayakos, porque su tronco, igual que el del sagú[40a], contiene una sustancia harinosa que puede servir para fabricar una especie de pan, mientras que de sus hojas se extraen unas fibras muy resistentes que se emplean en la fabricación de cuerdas.

El maharata no tuvo necesidad de preguntar al negrito cómo había podido procurarse todo aquel material ya que todas las hojas secas que atestaban la cabaña aérea e incluso las del techo eran restos de hojas de areng, ya privadas de sus fibras. ¿Cuánto tiempo había empleado el prisionero en trenzar aquella cuerda? ¿Y cuánta paciencia había necesitado? Kammamuri, demasiado contento al sentir en sus manos aquel cordel, no se preocupó de preguntárselo.

—¿Llega hasta tierra? —preguntó al negrito, que parecía orgulloso de su trabajo.

—La he probado ya dos veces durante la noche pasada.

—¿No te han visto los guardianes?

—Hubieran subido para llevársela.

—¡A veces soy tonto! —Se recriminó Kammamuri—. Esperemos a la noche. Si tienes sueño, puedes acostarte. No te necesito.

Colgó su medio volátil de una rama que sobresalía de la pared y se asomó a la pequeña baranda.

El pobre hombre parecía bastante preocupado y no cesaba de preguntarse, con viva angustia, qué les habría ocurrido a sus patronos.

¿Habrían logrado escapar del choque de los búfalos y de los dayakos aguijoneados por el griego en su persecución?

Este pensamiento no dejaba de atormentarle, aunque sabía de qué cosas eran capaces aquellos tres formidables hombres que habían subvertido un reino, destruido la terrible federación de los thugs. indios y hecho temblar incluso a las flotas inglesas de los mares de Malasia.

Miró hacia la kotta y no distinguió a nadie. Se hubiera dicho que antes de amanecer toda la población se había lanzado a la selva, quizás a la caza de Sandokán, Yáñez y Tremal-Naik.

Incluso las mujeres y los niños habían desaparecido. Solamente bajo la cabaña aérea vigilaban cuatro hombres, sentados debajo de un pequeño attap construido con unos pocos bastones y tres o cuatro enormes hojas de banano.

«¿Habrán sido sorprendidos mis amos? —Se preguntó con ansiedad—. No; no es posible —continuó poco después moviendo la cabeza—. No son hombres que caigan estúpidamente en una asechanza y más sin consumir por lo menos sus municiones. Si no he oído ningún disparo de carabina, eso quiere decir que se encuentran todavía libres… ¡Desgraciada expedición! La de Assam comenzó mejor».

Se acodó en la baranda, esperando pacientemente que la jornada transcurriese, temiendo siempre oír de un momento a otro cualquier descarga de fusil.

El negrito, atiborrado de larvas de termitas, roncaba con beatitud, sin preocuparse de su cabeza, que figuraría en cualquier palco si la fuga no resultaba.

No ocurrió nada durante aquellas diez horas. Los cuatro guardianes no habían cesado de charlar bajo el attap, lanzando sólo de vez en cuando alguna mirada hacia aquella especie de altísima jaula; en el poblado no había vuelto a aparecer nadie.

—Que aguanten algunas horas más e intentaremos la fuga —dijo Kammamuri—. No me volveré a adentrar en la floresta sin armas.

El sol se había ocultado ya y aumentaba la oscuridad. De la parte del río soplaba una fresca brisa cargada de mil deliciosos perfumes y detrás de los cañaverales gorgoteaba la corriente.

Kammamuri entró en la cabaña y encontró al negrito ocupado en atracarse otra vez de larvas.

—Abandona tus laron —le dijo—. Es hora de actuar.

—¿Nos vamos?

—Dame la cuerda. ¿Será bastante resistente?

—La he tejido yo y basta, orang —respondió el negrito.

—¡Ah, comprendido! Tú eres el cordelero de la tribu, según parece.

—¿Duermen los dayakos, orang?

—Tres de ellos, sí: el cuarto está encendiendo el fuego.

Tomó la cuerda, probó su solidez durante bastante tiempo y luego, satisfecho del examen, anudó sólidamente un cabo a uno de los cuatro gruesos bambúes que formaban los cuatro ángulos de la cabaña.

—¿Y las armas? —dijo—. Tendremos necesidad por lo menos de un garrote. ¡Ah!, en el techo hay uno; arrancaré esos sobre los que están encaramadas las cacatúas. Mientras tanto, tú vigila al guardián, amigo.

—Sí, orang —asintió el negrito.

Kammamuri salió de nuevo, se agarró a los bambúes de la baranda y se encaramó en el techo. Se disponía a avanzar cuando oyó que los volátiles cacareaban y los vio, en la semioscuridad, aletear furiosamente.

—¿Qué sucede ahora? ¿No habrán sido puestos aquí estos pajarracos de mal agüero para dar la alarma a los hombres de guardia? ¡Por Siva y Visnú! ¡Quisiera estrangularlos a todos!

Se había acercado ya a las cacatúas cuando sintió un mordisco doloroso en una rodilla y luego otro en el extremo de un dedo.

Se detuvo de súbito mirando entre las hojas enormes que cubrían el techo, pero la oscuridad era, si no muy profunda, bastante intensa para poder descubrir en seguida un animal o un insecto de pequeñas dimensiones. De pronto sintió su frente cubrirse de un sudor helado.

—¡Las termitas! ¡Devoran a las pobres cacatúas, antes de quitarnos a nosotros la piel y la carne a jirones! Si no tuviéramos la cuerda, mañana nadie quedaría aquí vivo. ¡Miserables! Las han introducido en los bambúes.

Arrancó rabiosamente dos bastones, y a golpes abatió a los volátiles para que con sus gritos no atrajeran la atención de los guardianes y luego descendió rápidamente.

—¡Escapemos! —Apremió al negrito, que lo esperaba con la cuerda en la mano—. Nuestra habitación está a punto de ser invadida por las termitas.

—¡Feas y malas bestias! —comentó el negrito—. Siempre hambrientas.

—¿Qué hace el guardián?

—Está preparándose el siri.

—¿Dónde?

—Cerca del fuego.

—Veamos: quiero estar seguro de mis cálculos antes de intentar la evasión. ¿Ha regresado alguien a la kotta?

—Nadie, orang.

—Magnífico.

Se asomó al pequeño parapeto de la baranda. Tres de los cuatro guardianes dormían bajo el attap; el cuarto estaba en cuclillas ante una hoguera, muy ocupado en prepararse un buen bocado de siri.

El siri es una especie de coca boliviana, compuesta por una hoja aromática de piper betel, nuez de pinang, o sea de trecha chatecu, un poco de jugo concentrado de la araucaria gambir y una pizca de cal viva.

Como los isleños de las grandes tierras malayas no tienen la costumbre de fumar, mastican esa mezcla fortísima, que no tiene más propiedades que las de estropear los dientes y enrojecer la saliva.

El dayako estaba tan ocupado en la preparación de su siri, que no pensaba en dar, por lo menos de vez en cuando, una ojeada a la cabaña aérea. Probablemente estaba completamente seguro de la imposibilidad de una evasión después de haber cortado las dos pértigas que servían de escalera.

—¡Éste es el momento! —Determinó Kammamuri—. Si dejamos perder esta ocasión no volveremos a encontrar otra igual. La kotta está todavía desierta y tres de los guardias dormidos. Les daremos una tunda de garrotazos.

Dejó descender la cuerda, por la parte contraria de la cabaña aérea, para evitar que los descubriesen y les asaltasen con golpes de cerbatana o de parang-ilang.

—Bajo yo primero —exclamó, volviéndose al negrito—. Soy mucho más robusto que tú, si no más ágil.

Remetió el bambú en la amplia faja que le ceñía los costados, se asió a la cuerda y se dejó deslizar silenciosamente, tratando de evitar las traviesas de bambú que se cruzaban por debajo de la casa aérea.

Sin embargo, se vio obligado a detenerse a la mitad del descenso, porque había una especie de plataforma formada por un entrelazado de nerviaduras de hojas que mantenía unidos todos los bambúes de la construcción.

El dayako de guardia, ocupado en prepararse su mezcla, no se había percatado de nada, tal era la prudencia que había empleado el indio al realizar su primer descenso.

Ya se sabe que los hindúes son famosos por sus escaladas, sus descensos, así como por los hurtos que cometen. Ningún ladrón podría competir con ellos, porque son capaces incluso de robar el colchón sobre el que duerme un hombre, sin despertarlo.

Kammamuri, como maharata, no valía menos que sus demás compatriotas.

Permaneció unos pocos segundos en el entrelazado, y luego, después de haberse asegurado de que el dayako no había advertido ningún ruido, reemprendió el descenso.

Un cuarto de minuto después tocaba el suelo y se lanzaba rápidamente detrás de un matorral que crecía a poca distancia.

Había agarrado un bastón con las dos manos, resuelto emprender la lucha contra los cuatro vigilantes.

Alzó sus ojos hacia la casa aérea y distinguió confusamente una forma humana que descendía también por la cuerda.

Era el negrito que realizaba su descenso, no menos resuelto también él a entablar una lucha feroz para salvar su cráneo de la colección del jefe de la kotta, sin duda interesantísima, pero nada agradable para el pobre salvaje.

Kammamuri, escondido entre los bambúes que se entrecruzaban estrechamente en la base de la cabaña aérea, vigilaba al guardián que parecía que no se había dado cuenta de nada, ya que continuaba preparando bocados de siri para ofrecerlos probablemente a sus compañeros.

Finalmente, el negrito llegó a tierra a su vez y dijo en voz baja a Kammamuri:

—¡Huyamos, orang!

—¿Así, armados sólo con bastones? ¡Estás loco! ¿Quién se aventuraría a adentrarse inerme por la noche en la gran selva llena de animales feroces? ¡Ven y golpea fuerte…!

Se metieron en medio de la gigantesca maraña de bambúes, avanzando sobre la punta de los pies y, deslizándose entre las traviesas, llegaron a pocos pasos de la hoguera.

El dayako les daba la espalda y estaba cortando en pedazos nueces de areca. Cerca de él tenía el parang-ilang, espléndido sable de acero con la punta acanalada, y una cerbatana con un haz de flechas probablemente envenenadas con el upas o con el jugo del cetting, que es aún más mortal que el primero, porque, una vez introducido en la sangre, interrumpe al instante la circulación y causa la muerte en unos pocos instantes.

—Para mí el parang —susurró Kammamuri al negrito—, y para ti la cerbatana.

Empuñó con fuerza el bambú, cayó sobre el guardián y le propinó tal golpe en la cabeza que lo derribó, sin que hubiese emitido el menor grito.

Recoger las armas y las flechas y huir en dirección al río, seguido por el negrito, fue cuestión de un momento.

Llegado ante los primeros árboles que formaban como una faja a lo largo de las orillas del Malludu, bastante profunda y muy intrincada, se detuvo un instante para cerciorarse de si los otros tres dayakos que dormían bajo el attap se habían lanzado en su persecución.

En efecto, se habían despertado, pero en lugar de ponerse en seguida a la búsqueda de los fugitivos, estaban trepando, con agilidad de monos, por los bambúes que sostenían la cabaña aérea, saltando de vez en cuando de traviesa en traviesa. Querían asegurarse, sin duda, de si los prisioneros se encontraban todavía allí arriba antes de comenzar su búsqueda.

—Saludad en mi nombre a las cacatúas —dijo el indio—. ¡Dale a las piernas, negrito!

—¿Dónde quieres ir?

—Quiero ganar el río, sobre todo. Sé adónde se han dirigido mis compañeros y es más probable que los encuentre en el Malludu que en medio de la gran selva. Además, debo llegar al islote.

Se habían puesto a correr, uno empuñando el parang-ilang y el otro la cerbatana, a cuyo interior ya había hecho pasar una flecha formada por una delgadita cañita de bambú, de veinte centímetros de longitud, provista en su extremo de una espina y que con un poderoso soplo podía lanzar hasta la no despreciable distancia de cuarenta metros.

La carrera precipitada a través de aquella maraña de espesísima selva duró un cuarto de hora y luego el maharata se detuvo.

El río discurría, rumoreando quedamente, a sólo unos pasos, estrechado entre dos orillas atestadas de gigantescas cañas palustres.

—Orang —dijo el negrito—, no te detengas aquí.

—¿Por qué?

—Los dayakos deben de haberse puesto a la caza tras nuestras huellas.

—¿Las habrán descubierto?

—Estoy bien seguro.

—¿Sabes emplear tu sumpitam[41a] (cerbatana)?

—Soy un jefe de tribu.

—¡Anda! Había creído que eras fabricante de cuerdas.

—Yo no marro nunca cuando apunto con la sumpitam.

—¿Qué me aconsejas hacer?

El negrito le indicó los cañaverales y dijo:

—¡Allí!

—¿Y los gaviales?

—El agua es demasiado baja y el fango profundo; por eso no podrán venir a comerse nuestras piernas.

—Estos salvajes son más astutos que los kateri[41b] (demonios indios) —murmuró Kammamuri.

Descendieron por la orilla, abriéndose paso por entre los matorrales que la invadían, y se detuvieron frente a los cañaverales. El negrito arrancó un bambú, tanteó primeramente el fondo para asegurarse de la resistencia del fango y luego, satisfecho de aquella exploración, hizo señas a Kammamuri para que se adentrase entre las cañas.

—¿Y tú no vienes? —preguntó el indio viendo que el negrito no le seguía.

—Te alcanzaré más tarde, orang. Es necesario vigilar los movimientos de los dayakos. Conozco las selvas y sé pasar a dos pasos del enemigo sin que me descubra.

—Si ves entre los dayakos a un hombre blanco, lánzale una flecha a él antes que a ningún otro.

—¿Un Tuan-uropa?

—Sí.

—La primera será la suya.

Dicho esto, el negrito volvió a ascender por la orilla y desapareció entre los matorrales, sin producir el menor ruido. Kammamuri continuó avanzando a través de las inmensas cañas, tanteando el fondo con la punta del parang-ilang. A medida que se alejaba de la orilla, el espesor del fango y el nivel del agua aumentaban, de modo que, llegado cierto momento, se encontró sumergido hasta la cintura.

—Bastará —dijo.

Con unos pocos sablazos hizo caer una media docena de cañas para que le sirvieran de apoyo y se sentó en aquella especie de balsa, teniendo los ojos fijos en la orilla y manteniendo bien alerta los oídos. A sus espaldas el río gorgoteaba filtrándose entre los cañaverales; más lejos, por el contrario, la corriente libre no cesaba de rumorear.

Aquellos eran los únicos ruidos que se oían entre las tinieblas, porque también toda la gran vegetación estaba silenciosa como si todos los animales nocturnos, por alguna causa misteriosa, hubieran huido mucho más lejos para buscar sus presas. Pero Kammamuri, que conocía por su gran experiencia las sorpresas que esperan al hombre en los márgenes de las grandes selvas y sobre todo en las orillas de los ríos, no estaba muy tranquilo ante aquel silencio. Continuaba con los oídos alerta y abría los ojos todo lo que podía, como si temiese un asalto imprevisto. De repente se estremeció.

Olfateando el aire había recogido un agudo olor salvaje, ese olor especial que emanan las bestias feroces y que jamás se les escapa a los viejos cazadores de las regiones ecuatoriales. Le había llegado a la nariz en alas de la ligera brisa que soplaba de la otra parte del río.

—Este no es el olor de los dayakos —murmuró, descendiendo precipitadamente de la pequeña balsa y apoyando los pies en el fondo fangoso del río—. He cazado demasiados años en las Sunderbunds indias del Ganges y no puedo engañarme. A breve distancia de mí hay algún tigre o alguna pantera manchada o negra que busca su cena entre el cañaveral. ¡Si por lo menos estuviera aquí el negrito para ayudarme! Sus flechas envenenadas podrían servir mejor que mi parang-ilang.

Escrutó en todas direcciones empuñando el pesado sable con las dos manos, y no distinguió nada.

—¡Sin embargo, algún animal intenta sorprenderme! —Murmuró de nuevo—. Mi nariz ha estado siempre en buen estado y ha recogido a menudo ese olor que conozco tan bien.

Se mantuvo inmóvil durante algunos minutos, presa de una ansiedad fácilmente comprensible, no sabiendo de qué parte le podía llegar el peligro; luego comenzó a retroceder lenta y silenciosamente para buscar un refugio entre los matorrales de la orilla.

Había ya dado tres o cuatro pasos cuando oyó un aleteo y vio pasar sobre su cabeza, con velocidad fulminante, una de esas grandes pelargopsis. acuáticas, provistas de enorme pico rojo, que desapareció hacia la selva.

—¡Mala señal! —Auguró Kammamuri, cuya inquietud iba en aumento—. Ese pajarraco no habría alzado su vuelo a estas horas si no hubiera sido molestado. ¡Y el negrito sin llegar! ¿Habrá sido ya decapitado por los dayakos o devorado por algún tigre?

Hizo de nuevo un breve alto, aguzando cuanto podía los oídos y percibió, ante sí, un ligero roce. Parecía como si algún animal intentase abrirse paso en el cañaveral con las máximas precauciones.

La orilla estaba todavía demasiado lejos para poderla alcanzar y además al indio no le convenía volver la espalda al peligro. Si tenía ante él, como suponía, un tigre o una pantera, lo mismo daba permanecer en el agua, porque no lo dejaría escapar sin intentar un vigoroso asalto.

Buscó con los pies un fondo más sólido para no correr el peligro, en el momento supremo, de resbalar; hundió bien sus piernas para asegurarse el equilibrio y esperó intrépidamente la aparición de su misterioso, y probablemente muy hambriento, adversario.

El roce, siempre ligerísimo, continuaba y no venía siempre de la misma dirección. El animal no podía, ciertamente, avanzar a sus anchas e intentaba encontrar los pasos más fáciles.

Kammamuri, recogido sobre sí mismo para ofrecer menos blanco en el caso de un asalto fulminante, mantenía el parang derecho ante sí, empuñándolo con las dos manos, para que le sirviese mejor como arma defensiva y ofensiva.

Había transcurrido otro minuto cuando distinguió, a través de las altas cañas, dos puntos luminosos, de una fosforescencia verdosa que en seguida se fijaron en él.

—¡Ojos de pantera! —murmuró—. ¡Los conozco!

En aquel mismo instante se oyó hacia la orilla como un estrépito de ramas rotas y luego una zambullida, como si se hubiera arrojado al agua un hombre.

Los dos puntos luminosos desaparecieron de inmediato y Kammamuri vio muy claramente cimbrearse las cañas con rapidez detrás de ellos.

¿Espantada por aquel rumor la pantera se batía en retirada hacia el curso libre del Malludu? Por lo menos, así lo parecía.

Seguro de no ser inminentemente asaltado, Kammamuri retrocedió a su vez rápidamente, saliendo del cañaveral, y se encontró frente a frente con el negrito, quien le dijo con voz jadeante:

—Vienen.

—¿Los dayakos? —preguntó el indio.

—Sí; han descubierto nuestras huellas y las siguen.

—¿Cuántos son?

—Tres.

—¿Los que dormían bajo el attap?

—Deben de ser ellos.

—¿Crees que nos descubrirán?

—El cañaveral es espeso y no podrán seguir nuestras huellas en el agua.

—Pero el cañaveral ya no es seguro.

—¿Por qué? —preguntó el negrito asombrado.

—Si hubieras tardado un poco más en llegar, me habría asaltado una pantera.

El salvaje permaneció un momento silencioso y luego, mirando su cerbatana, dijo:

—Prefiero las fieras a los cortadores de cabezas. Y además, ¿no tengo la sumpitan? Las flechas están envenenadas y matarán a la una y a los otros. Rápido, orang, al cañaveral.

13. La caverna de las pitones

No había un momento que perder. Aunque una pantera, manchada o negra, discurriera en medio de los cañaverales en busca de alguna presa, era ciertamente menos peligrosa que aquellos tres dayakos, que pronto podían ser diez, quince e incluso muchos más.

Los dientes de las fieras son indudablemente peligrosísimos, pero más lo son aún las flechas mojadas en el jugo del upas o del cetting, contra las que no hay ningún antídoto. El indio y el hijo de la selva atravesaron rápidamente el cañaveral y se lanzaron hacia el gran curso del río.

El negrito precedía al maharata, manteniendo la cerbatana a la altura de su boca, listo para lanzar contra la terrible y hambrienta fiera la flecha mortal.

Pero no podían avanzar a sus anchas. Cada dos o tres pasos se detenía para escuchar, luego abría con delicadeza las cañas y no daba un paso adelante si no estaba bien seguro de no distinguir ningún punto luminoso. Llegados cerca de la gran corriente del Malludu, el negrito, que no había cesado de investigar el fondo fangoso, se volvió a Kammamuri preguntándole:

—Orang, ¿sabes nadar?

—¿Por qué me lo preguntas? —preguntó el indio.

—Si los dayakos exploran el cañaveral, nos veremos obligados a abandonarnos a la corriente y atravesar el río.

—Un curso de agua, aunque sea ancho, jamás me ha dado miedo. Sin embargo, preferiría permanecer en esta orilla.

—Ya veremos, orang —respondió el hijo de la selva—. En el agua se borran las huellas. Tratemos de no dejarnos ver.

—Y de no dejarnos comer por la pantera.

—Ya te he dicho que eso es cosa mía, orang.

Formaron un lecho de cañas, rompiéndolas en varios trozos, y se sentaron uno cerca del otro esperando la aparición de los dayakos o de la fiera. La luna comenzaba a surgir, proyectando su luz azulada en el río, y se alzaba sobre los grandes árboles parpadeando extrañamente entre las ramas.

Las aguas centelleaban cada vez más vivamente y de la orilla opuesta continuaban llegando a intervalos soplos de aire fuertemente impregnados del agudo perfume de las flores de la «bella de noche», o sea la sunda matune, que también quiere decir «árbol triste», porque sus flores sólo se cierran tras el ocaso del sol.

Transcurrieron quince o veinte minutos sin que nada ocurriese; luego, de repente, el negrito le dio con el codo a Kammamuri, diciéndole:

—¿Los ves, orang?

—¿A quiénes?

—A los dayakos.

—¿Dónde están?

—Descendiendo por la orilla.

—Tienes una vista prodigiosa. Yo no distingo nada.

—Se arrastran entre los matorrales e intentan no dejarse ver, orang.

El indio se irguió y miró atentamente hacia la orilla. Vio, en efecto, surgir tres hombres de improviso en medio de los últimos grupos de vegetales y avanzar cautamente hacia el cañaveral.

—¡Bribones! —murmuró—. No han perdido nuestro rastro, ni siquiera durante la travesía del bosque. Veremos si saben encontrarlo también en el fondo del río.

Los dayakos se habían detenido y parecía que deliberaban sobre lo que debían hacer. Finalmente, uno descendió al río, mientras los otros mantenían sus cerbatanas a la altura del mentón a fin de estar más a punto de lanzar sus flechas mortales.

El que había descendido al agua comenzó en seguida a explorar el fondo, realizando frecuentes zambullidas.

—¿A que logra encontrar nuestras huellas? —dijo Kammamuri al negrito, que había abandonado la balsa sumergiéndose hasta el pecho.

—No lo sé —respondió el salvaje, que parecía bastante preocupado—. Será necesario perder una flecha.

—Explícate mejor.

—Matarlo en el momento en que esté emergiendo. Sus compañeros podrán creer muy bien que se lo ha llevado un gavial.

—¿Estás seguro de tu puntería?

—Te he dicho que soy un jefe, orang —insistió el negrito.

Estaba a punto de cambiar de posición para hacer más fácil su tiro, cuando a sus oídos llegó el leve rumor que venía de la parte del río y no ya de la orilla ocupada por los dayakos.

—¿Has oído? —preguntó a Kammamuri.

—Se han movido las cañas, ¿no es verdad?

—Sí, orang.

—Es la pantera, estoy seguro. Esta maldita bestia vendrá a estropearnos el asunto.

—Dejaré al hombre para ocuparme de la pantera —resolvió el negrito—. Por el momento es la más peligrosa.

—¿No traicionará nuestra presencia?

—Las flechas de las sumpitan son silenciosas. Agáchate todo lo que puedas, orang.

Kammamuri se arrodilló en el fondo, de manera que sólo emergía la cabeza y el cuello.

El negrito le imitó en seguida.

Continuaba el rumor. Al parecer, la pantera no quería marcharse del río sin su cena.

El negrito mantenía una inmovilidad absoluta. Esperaba el momento oportuno para lanzar su proyectil antes de que sobreviniese el ataque. Era precisamente éste el que quería prevenir, ya que el impulso de las panteras es casi siempre inevitable.

Kammamuri estaba listo para prestarle ayuda con su pesado y afiladísimo parang, que empuñaba con fuerza.

De improviso cesó el roce y los dos puntos luminosos reaparecieron a menos de quince pasos.

—¡Ahí está! —susurró el indio.

—La veo —respondió el negrito.

Aproximó rápidamente a sus labios la cerbatana, apuntó unos instantes y luego se oyó un silbido apenas perceptible.

La flecha envenenada había partido.

Transcurrieron algunos momentos y luego un aullido ronco, furioso, interrumpió el silencio que reinaba en el cañaveral. La pantera comenzaba a experimentar los terribles efectos del cetting, veneno mucho más rápido y más seguro que el producido por el upas.

—¡Alcanzada! —susurró aliviado Kammamuri.

—Ya te he dicho que yo era un jefe —repitió el negrito.

La pantera se debatía furiosamente, respirando con estertores y destrozando ferozmente las altas cañas que se encontraban al alcance de sus zarpas.

Durante unos quince segundos los aullidos se sucedieron sin interrupción, y luego se oyó una zambullida. El animal debía de haberse arrojado al río, quizás con la esperanza de que el agua calmase sus atroces sufrimientos.

—¡Ya no saldrá! —dijo el negrito riendo—. Ocupémonos ahora de los dayakos.

—¡Eres un valiente! —Exclamó Kammamuri—. Jamás hubiera creído que una flecha tan pequeña pudiese poner fuera de combate a tan formidable fiera.

Ambos se habían vuelto, dirigiendo sus miradas hacia la orilla.

Los dos dayakos de guardia estaban todavía en su lugar; por el contrario, el tercero, el que exploraba el fondo, había desaparecido.

—¿No lo ves tú? —preguntó Kammamuri mirando a su alrededor.

—No, orang.

—¿Se lo habrá llevado consigo algún gavial mientras nos enfrentábamos con la pantera?

—Habríamos oído algún grito.

—¿Estará ya en el cañaveral e intentará sorprendernos por la espalda?

—¡Mira! —dijo el negrito.

—¿Qué?

—También los dos dayakos bajan al río y no están solos.

—¿Van acompañados?

—Hay otros hombres que se arrastran entre los matorrales, orang, huyamos o nos apresarán.

—¿Atravesaremos el río?

—No tenemos otra escapatoria.

—¿Y los gaviales?

—Quizá duerman todavía. Sígueme, orang, si te importa salvar la cabeza.

Se habían puesto en movimiento a través del cañaveral para llegar a su borde y precipitarse en la corriente.

Ya estaban a punto de abrirse paso en medio de las últimas filas cuando el negrito detuvo bruscamente a Kammamuri y alzó la sumpitam.

—¿Otra pantera? —preguntó con un hilo de voz el indio.

—No, el dayako que exploraba el cañaveral —informó el negrito.

—¿Cómo ha hecho para llegar a nuestras espaldas mientras hace poco estaba frente a nosotros?

—Silencio, está avanzando. Agáchate y déjame actuar.

Kammamuri, que ya tenía plena confianza en la habilidad maravillosa de su pequeño compañero, obedeció.

Se oía, de vez en cuando, gorgotear el agua a través de los enormes grupos de cañas, pero de una manera distinta del rumor que produce la comente al romperse.

Era, sin duda, el dayako quien producía aquel rumor.

El negrito, escondido entre las cañas, parecía una fiera al acecho. Había pasado a través de dos tallos la terrible y silenciosa arma y sólo esperaba la aparición del odiado enemigo para actuar resueltamente.

Todos sus miembros estaban encogidos, como si se preparase a dar un salto, y sus ojos brillaban como carbones encendidos.

Ya tenía en la boca la cerbatana e inflaba lentamente los carrillos. Otro debilísimo silbido hendió los aires, seguido por dos gritos desesperados:

—¡Apang! ¡Apang! (¡Padre! ¡Padre!).

El desgraciado debía de haber sido alcanzado y en el espasmo supremo invocaba a su padre, que quizá permanecía en la otra orilla junto con el otro guardián de la casa aérea.

Un aullido hizo eco a la desesperada invocación del moribundo.

—¡Al agua, orang! —apremió el negrito—. El hombre está tocado y dentro de poco habrá acabado.

—¿Vienen los demás?

—Avanzan entre las cañas.

—Brilla la luna y nos delatará, amigo.

—No importa: saltemos.

Los dos hombres atravesaron como un relámpago las últimas filas de cañas y se lanzaron al río poniéndose a nadar vigorosamente.

—No pierdas el sable, orang —recomendó el negrito al aparecer a flote.

—Me lo he cruzado en la cintura. Cuida de tu sumpitan, que es más precisa que mi parang-ilang.

—¡Antes perderé la vida que mi arma!

En aquel momento gritos feroces estallaron entre el cañaveral que acababan de dejar.

—¡Ahí están!

—¡Echad mano a las sumpitan!

—¡Venguémoslo!

—¡Cortémosles las cabezas!

Kammamuri y el negrito, casi instintivamente, se habían metido bajo el agua para no recibir media docena de flechas envenenadas.

Siendo ambos valientes nadadores, recorrieron un trayecto de cincuenta o sesenta metros manteniéndose bajo el agua, escapando así a las andanadas de dardos, envenenados, tomaron una rápida bocanada de aire y volvieron a sumergirse. El agua era profunda en medio del Malludu, de modo que pudieron realizar otro largo recorrido y llegar a un islote de arena, que les había cerrado el paso.

—Orang —dijo el negrito—, no te detengas aquí. Los dayakos están en el agua y nos persiguen.

—Ya los oigo bracear —respondió Kammamuri, respirando a pleno pulmón—. Esos bergantes harán todo lo que puedan para adueñarse de nuestras cabezas.

—Corre, orang.

Atravesaron en un abrir y cerrar de ojos el banco de arena, pasando por encima de la cola de un monstruoso gavial adormecido, que ni siquiera se había dignado abrir los ojos, y volvieron a lanzarse a la corriente.

Sólo cien metros los separaban de la orilla opuesta, que aparecía también cubierta por un inmenso boscaje.

—Apresúrate, orang —dijo el negrito volviendo a la superficie—. Continúan persiguiéndonos.

—Les llevamos ya una notable ventaja.

Se pusieron de nuevo a nadar rabiosamente, haciendo esfuerzos prodigiosos para llegar a la orilla antes de que la alcanzasen los dayakos.

La segunda travesía del último brazo del Malludu se realizó con rapidez fulminante y los dos fugitivos, atravesando una triple línea de cañas, treparon apresuradamente por la orilla, para lanzarse sin pensarlo en medio de la selva.

—¿Adónde vamos? —preguntó Kammamuri.

—Tú sígueme, orang —respondió el negrito, que corría como un gamo—. Sé dónde se encuentra un refugio seguro.

—¿Está lejos?

—¡Sígueme! —se limitó a responder el hijo de los bosques.

A lo lejos resonaban los gritos de los perseguidores, pero después de algunos minutos cesaron bruscamente.

Los dayakos debían de haber atravesado también el río y haberse lanzado bajo los árboles. Habría sido una imprudencia señalar su presencia. Kammamuri y el negrito continuaron su carrera precipitada durante una veintena de minutos, y luego el primero se detuvo diciendo:

—Yo no puedo continuar de este modo. Ya no puedo más, amigo.

—Estamos ya en el refugio.

—¿Qué es? ¿Una cabaña?

—Una inmensa caverna.

—¿Estaremos por lo menos seguros ahí adentro?

—Sí, pero cuando me haya fabricado un angilung..

—¿Qué es?

—Una bestia que suena —respondió el negrito.

—¿Y qué harás con ese angilung?

—Sin ese instrumento no se puede entrar en la caverna.

—¿Hay genios maléficos, kateri, como los llamamos nosotros los indios?

—No te comprendo, orang. Sígueme y no digas una palabra más. Los dayakos ya deben estar en plena carrera.

—Vosotros tenéis las piernas de acero, pero también los indios son famosos corredores.

—Dame tu parang-ilang —dijo el negrito—. Lo necesito.

A pocos pasos había un enorme grupo de bambúes gigantes. El hijo de los bosques cortó uno, lo examinó durante algunos instantes y luego lo partió nuevamente.

—¡Hecho! —Dijo recogiendo un pedazo de unos treinta centímetros de longitud—. He aquí un bellísimo angilung. Corramos, orang: ¡los dayakos no deben de estar lejos!

Se habían puesto a correr furiosamente a través de la selva, arrojándose en medio de los calamus y los rotangs.

El negrito, que parecía conocer de maravilla la floresta, no se desviaba jamás.

Kammamuri hacía esfuerzos prodigiosos para mantenerse tras él y no cesaba de decir al hombrecillo:

—¿Quieres hacerme reventar? ¡Aminora un poco la marcha, condenado salvaje!

Eran palabras desperdiciadas, porque el negrito continuaba su carrera endiablada, saltando por encima de los árboles abatidos por los huracanes o por encima de los matorrales, con la agilidad de un tigre. De repente se detuvo.

—Ya estamos —dijo.

—¿Dónde? —preguntó Kammamuri con voz entrecortada.

—En el refugio.

—No veo más que árboles ante nosotros.

En lugar de responder, el negrito le tomó el parang y se puso a hacer incisiones en el trozo de bambú que no había abandonado, cortándolo primero por un extremo y luego haciendo bastantes muescas profundas en toda su longitud.

—¿Qué haces? —preguntó Kammamuri, que no lograba comprender nada.

Estaba a punto de restituirle el parang el negrito cuando dos disparos de fusil resonaron a corta distancia, seguidos de un clamor ensordecedor.

Kammamuri dio un salto.

—¡Disparos de carabina…! —exclamó—. ¡Los tigres de Mompracem!

—Huyamos, orang —propuso el negrito—, mi angilung está listo y adormecerá a las grandes pitones.

—Escapa tú si quieres, pero yo no lo haré —respondió el indio—. Los hombres que han hecho fuego son amigos míos. Los dayakos no tienen «cañas que truenan».

Los gritos habían cesado bruscamente, lo mismo que los disparos.

Kammamuri, presa de una fortísima emoción, escuchaba atentamente. También el negrito se había puesto a la escucha, pero el pobre diablo temblaba como si hubiera sido víctima de una fortísima fiebre.

Aquellas detonaciones debían de haberlo asustado mucho.

Llevaban ya unos minutos esperando cuando otro tiro se dejó oír a una distancia de trescientos o cuatrocientos metros y luego, después de un brevísimo intervalo, siguieron otros dos disparos.

—¡Son ellos! —gritó Kammamuri—. Corramos, negrito.

Se lanzó como un loco a través del bosque, gritando a voz en cuello:

—¡Patrón! ¡Señor Yáñez! ¡Señor Sandokán! Le respondió una nueva descarga seguida de un vocerío ensordecedor.

—¡Patrón! ¡Patrón! —repitió el maharata, que se dirigía en una carrera desenfrenada al lugar donde sonaban los disparos.

De entre un densísimo grupo de bananos se alzó una voz:

—¿Quién llama?

—¡Soy yo! ¡Kammamuri!

Respondieron tres gritos y un instante después tres hombres saltaban desde debajo de las gigantescas hojas que cubrían los matorrales: eran Tremal-Naik, Sandokán y Yáñez, empapados de agua y embadurnados de barro hasta los pelos.

—¡Todavía vivo! —exclamó Tremal-Naik, precipitándose hacia su fiel siervo.

—¡Pero por milagro, patrón! —respondió Kammamuri, que parecía haber enloquecido de alegría.

—Dejaos de cumplimientos —dijo Yáñez—, y trabajad con las piernas. ¡Tenemos a los dayakos a nuestra espalda!

Kammamuri se había dirigido hacia el negrito, que observaba con gran curiosidad a aquellos hombres.

—Condúcenos en seguida al refugio, amigo —le rogó.

—Espera un momento que hagamos otra descarga para detenerlos un poco —dijo Sandokán—. Los tenemos demasiado cerca.

En medio de la vegetación se oía a los hombres correr desesperadamente, golpeando con sus kampilang las plantas parásitas que dificultaban su avance.

Sandokán y sus compañeros hicieron una descarga y luego se lanzaron detrás del negrito y Kammamuri.

Atravesaron con impulso irresistible siete u ocho enormes grupos de lianas y luego se detuvieron ante una roca colosal, que parecía como si se prolongase muchos centenares de metros en medio de la gran selva.

El negrito se precipitó hacia un montón de matorrales, abriéndose rápidamente paso.

—Ven, orang —dijo a Kammamuri—. Aquí está el refugio y todavía tengo el angilung.

Una hendidura altísima y apenas de un metro de ancha se ofrecía a las miradas de los fugitivos.

—¡Adentro! —gritó el negrito—. Confiad en mí.

Clamores feroces resonaban en aquel momento entre las plantas, y a no mucha distancia. Los dayakos, detenidos un instante por la descarga, habían reanudado la persecución, resueltos a capturar a los fugitivos.

—Kammamuri, ¿adónde nos conduce este hombrecillo? —preguntó Yáñez.

—Confiad en él, capitán —contestó el maharata—. Me ha dado tales pruebas de fidelidad y de coraje que lo seguiría hasta el kailasson de Siva, si me guiase.

—Entonces no hagamos preguntas —dijo Sandokán, que miraba continuamente a sus espaldas—. Debe bastarnos para salvar nuestras cabeza, que corren en este momento gravísimo peligro.

El negrito había entrado ya, llevando en la mano su flauta de bambú.

—Es una caverna —dijo Yáñez.

—Así me lo parece —respondió Sandokán.

—¿No nos asediarán aquí los dayakos? Tú tienes la palabra, Kammamuri.

—Dejad obrar al negrito, señores —respondió el indio.

—¿Dejarle obrar? ¡Por Júpiter! ¿Qué es este olor? Se diría que dentro hay legiones de serpientes…

—No debéis espantaros, señor Yáñez —respondió el maharata—. El negrito tiene un angilung.

—¿Qué es?

—Supongo que será un instrumento muy poco diferente de la flauta que usan nuestros sapwallah. hindúes.

—¿Hay también aquí encantadores de serpientes?

—Así parece, señor Yáñez.

—Hubiera preferido un buen paquete de cigarrillos.

—Fumarás una serpiente —dijo Sandokán riendo.

—¡Qué pésimo tabaco me ofreces, hermano! No lo fumaría ni siquiera un cazador de cabezas.

—¡Silencio! —impuso en aquel momento el negrito, volviéndose hacia Kammamuri.

Los cinco hombres habían entrado en la caverna, avanzando a tientas, porque faltaba totalmente la luz en aquel antro tenebroso, aunque fuera brillaba la luna.

—Se diría que estamos descendiendo al infierno —comentó Yáñez, que se había dado cuenta de que el terreno descendía rápidamente.

—Te he dicho que te calles —observó Sandokán.

—Tengo la carabina cargada.

—No sabemos qué peligros nos amenazan.

En aquel instante sonaron algunas notas en la oscuridad, notas dulcísimas, que tenían algo de extraño.

—¿Quién toca? —preguntó Tremal-Naik.

—El negrito —respondió Kammamuri.

—¿Por qué?

—No lo sé.

—¿Quiere atraer a los dayakos? —Se excitó Yáñez—. Adviértele que tengo un par de balas en los cañones de mi carabina.

—Déjale actuar, señor. Tiene más miedo de los cazadores de cabezas que nosotros; os lo aseguro.

Las notas continuaban, cada vez más dulces y más lánguidas. Se hubiera dicho que en la caverna se había escondido uno de esos sapwallah hindúes que saben adormecer o despertar, a su antojo, a las terribles serpientes que infestan las junglas indias.

—¡Eh, Kammamuri! —dijo el portugués, que sospechaba de todo y de todos—. ¿Qué hace tu salvaje?

—Esperad, señor Yáñez. Pronto tendremos la explicación de este misterio. El negrito es astuto, os lo digo yo, y si toca es porque tiene sus motivos.

—¡Será algún mago extraordinario! —añadió Yáñez irónicamente—. Preferiría, ya que tiene tanto poder, que en vez de tocar secase mis cigarrillos.

—Se ha mojado también mi tabaco —dijo Sandokán.

—Y el mío tanto como el tuyo —se lamentó Tremal-Naik.

—Eh, Kammamuri, pregunta a tu hombre misterioso si podría procurarnos un poco de fuego para secar nuestro tabaco.

El maharata estaba a punto de responder cuando Yáñez se lo impidió.

—¿Qué olor es éste? —preguntó.

—Yo te lo diré —respondió Tremal-Naik—. Por algo he sido durante tanto tiempo un gran cazador de serpientes en la jungla negra. Este perfume es de serpientes. ¡Y de alguna especie grande!

—¡Por Júpiter!

—Y también sin Júpiter —dijo Tremal-Naik.

—Entonces yo no sigo adelante, especialmente con esta oscuridad.

—¡Tampoco yo! —se solidarizó Sandokán, que tenía una repugnancia instintiva hacia los reptiles, cualquiera que fuese la familia a la que pertenecieran.

En aquel momento el negrito había cesado de tocar la flauta y se había apoyado contra la pared de la caverna.

—¿Qué haces ahora? —preguntó Kammamuri, que estaba cerca de él—. ¿Qué está sucediendo?

—Las pitones —respondió el hombre de los bosques.

—¿Quieres decir grandes serpientes?

—Sí, orang.

—¿Dónde están?

—Pasan por delante de nosotros.

—¿Y nosotros?

—No corremos ningún peligro, orang. Tengo en mi mano el angilung.

—¿Sabes tú guiar a las serpientes?

—Sí, orang.

—¡Eres un hombre maravilloso! —se admiró Kammamuri—. Fabricas cuerdas, matas hombres y domas a los reptiles… ¿Y ahora qué ocurrirá?

—Impediré a los dayakos que entren en la caverna.

—¿Y si forzasen el paso?

—Se encontrarán ante centenares de pitones gigantescas.

—¿Están saliendo las serpientes?

—Espera un momento: yo las guiaré.

Volvió a ponerse en los labios la flauta de bambú y se dirigió lentamente hacia la entrada de la caverna, tocando de manera extraña.

—Se diría que es un tomrill de cualquier sapwallah hindú, —dijo Tremal-Naik—. ¿Hay también encantadores de serpientes en Borneo?

—No me extrañaría —respondió Yáñez—. Lo mismo que en la India, se encuentran también en África septentrional y en América central.

—Parece como si estuviésemos en plena India —dijo Tremal-Naik.

Kammamuri se había situado detrás del negrito, que continuaba avanzando hacia la entrada de la caverna.

—Ese hombre quiere atraer la atención de los dayakos —observó Yáñez un poco inquieto—. ¿Querrá traicionarnos?

—Déjale actuar —dijo Sandokán—. Quizá tiene más deseos que nosotros de no perder la cabeza bajo el filo de un kampilang.

—Pero con esa maldita flauta los atraerá.

—Tendrá sus motivos.

—Sí, perdernos.

—Espera, pues, impaciente hermano.

El negrito continuaba tocando, cambiando de vez en cuando el tono. Se oía un rumor extraño bajo las bóvedas de la caverna.

Se hubiera dicho que masas pesadas, provistas de escamas óseas, se arrastrasen por el sonoro suelo de aquel antro tenebroso.

Sandokán, Yáñez y Tremal-Naik escuchaban, no sin cierta aprensión.

Se puede ser valiente hasta la locura, pero ciertos misterios que se desarrollan en la oscuridad producen siempre una gran impresión y sacuden los corazones más valerosos.

—¿Qué sucede? —preguntó el portugués, que comenzaba a impacientarse—. Yo ya tengo bastante de esta música, que me parece que me destroza los nervios, y de estos rumores. ¿Comprendes algo tú, Sandokán?

—Comprendo solamente que ante nosotros debemos tener un sapwallah, si no indio, por lo menos borneano, ya que estamos en Borneo y no en Bengala —respondió tranquilamente el Tigre de Malasia.

—¿Y tú, Tremal-Naik?

—Yo sólo oigo una especie de tomrill que suena casi como los de mis compatriotas.

En aquel momento las notas que desde hacía unos instantes se habían hecho dulcísimas, con debilísimas esfumaduras, cesaron bruscamente y luego una sombra se acercó a los tres hombres, diciendo.

—Se han adormecido cerca de la entrada —dijo Kammamuri. ¡Qué sorpresa para los dayakos si quieren entrar!

—¿Quiénes? —preguntaron a la vez Yáñez, Sandokán y Tremal-Naik.

—¡Las pitones! —respondió el maharata.

—¿Qué estás diciendo? —inquirió Yáñez.

—El negrito es un gran tunante, como ya os he dicho, y no vale menos que cualquiera de nuestros mejores sapwallah. Parecía como si llevase a los campos una manada de pavos y, por el contrario, conducía a serpientes tan monstruosas como no las he visto igual ni siquiera en las Sunderbunds del Ganges.

—¿Dónde estamos nosotros, pues?

—En la caverna de las pitones, señor Yáñez. ¡Oh, tenemos centinelas que, cuando se enderecen, harán mover las piernas a esos feos dayakos que quieren nuestras cabezas; y en la huida, no creo que se rezague Teotokris!

(La acción iniciada en esta obra sigue en El desquite de Sandokán).

Segunda parte. El desquite de Sandokan

14. El asedio

Si hubiese estallado una granada a los pies de los dos tigres de Mompracem y del viejo cazador de la jungla no habría producido ciertamente tanto efecto como aquel nombre que había pronunciado casi con indiferencia Kammamuri.

Teotokris, el condenado griego, el antiguo favorito del rajá de Assam, que tantos tropiezos les había creado, se encontraba en Borneo, a la cabeza de las salvajes hordas de los dayakos

Sandokán había sido el primero en recobrarse del estupor inmenso que había producido aquel nombre.

—¿Qué has dicho, Kammamuri? —preguntó—. Repítenos ese nombre.

—Sí, Teotokris está aquí, señores —dijo el indio.

—¡Es imposible! —exclamaron al unísono Sandokán, Tremal-Naik y Yáñez.

—Sí, Teotokris está aquí —repitió Kammamuri.

—¿Quién te lo ha dicho? —preguntó Yáñez.

—¿Que quién me lo ha dicho? ¡Lo he visto con mis propios ojos!

—¡Tú!

—Sí, señor Yáñez. Fue él quien me capturó y mató al búfalo salvaje de cuatro disparos de pistola, cuando corría por la selva.

—¿No te habrás equivocado? —preguntó Sandokán—. Tal vez era uno de los dos hijos del rajá del lago de Kin-Ballu.

—Lo conozco demasiado bien, capitán, y no puedo equivocarme —respondió Kammamuri—. Era Teotokris en persona. Fue él quien me encerró en la choza aérea donde he encontrado a este bravo negrito.

—Has traído contigo una serpiente venenosa, mi querido Yáñez —dijo Sandokán.

—¿Pero cómo ha llegado hasta aquí ese perro rabioso? —se preguntó el portugués.

—Desde luego, no será él quien nos lo diga. El hecho es que se encuentra aquí, y a mí me preocupa más ese hombre que todos los dayakos juntos.

—Sandokán, tengo una sospecha.

—¿Cuál, Yáñez?

—Puede que fuera él quien me voló el yate.

—No me sorprendería, pero en ese caso debe de haber tenido un cómplice.

—Que yo creo haber identificado —dijo Tremal-Naik.

—El chitmudgar, ¿verdad, amigo? —preguntó Sandokán.

—Sí —contestó el indio.

—¡Sin embargo, me parecía muy leal! —dijo Yáñez.

—¡Bah! ¡Fíate de la gente de Assam! —respondió el Tigre de Malasia sonriendo—. Tengo muy poca confianza en tus súbditos. El yate volado misteriosamente, tu chitmudgar desaparecido, el griego aquí… Una bonita traición.

—¡Pero yo les arrancaré el corazón a esos perros! —gritó Yáñez, furioso.

—Primero necesitamos sus cuerpos, y no sabemos, por lo menos de momento, dónde están. ¡Ah, tengo otra sospecha…!

—Habla.

—Puede ser que el griego haya conseguido corromper también a ese bribón de Nasumbata y se lo haya llevado. La compañía al completo.

—Pero también nosotros estamos al completo ahora —dijo Tremal-Naik.

—Quisiera disponer de mis malayos y también de los assameses de Yáñez para dar una furiosa batalla a ese miserable de Teotokris que viene a inmiscuirse en mis asuntos.

—Un día u otro lo tendremos en nuestras manos y acabaremos de verdad con él —respondió el portugués—. ¡Y nosotros que creíamos haberlo matado…!

—Yo lo vi caer sobre un montón de cadáveres —afirmó Sandokán—. Debía de haber recibido varios disparos.

—Y he aquí que nos lo encontramos de nuevo en nuestro camino y más vivo que nunca. Es cierto que en Europa los griegos tienen fama de poseer una piel muy dura.

—Y aquí tenemos la prueba —dijo Tremal-Naik.

En aquel momento regresaba Kammamuri, que se había alejado de nuevo hacia la salida de la caverna.

—¿Nos traes alguna novedad?

—Los dayakos han llegado ante la caverna.

—¿Son muchos? —preguntó Yáñez.

—No he podido verlos porque están escondidos entre las plantas.

—¿Has visto al griego?

—Ese bribón se guardará bien de que le veamos.

—Y el negrito, ¿qué hace?

—Vigila sus pitones.

—¿Hay muchas?

—Por lo menos diez docenas, y todas gigantescas. Mientras tengamos esos terribles centinelas ante la caverna no debemos temer nada.

—Sin embargo, existe la posibilidad de un asedio —dijo Sandokán—, y si nos inmovilizan aquí adentro, no sé qué haremos, aunque se podría, en un caso desesperado, sacrificar a alguno de esos gigantescos reptiles.

—¡Puah, Sandokán! —exclamó Yáñez con repugnancia.

—¿Acaso en Sarawak no comiste saltamontes fritos?

—Eran otros tiempos —dijo Yáñez, soltando una carcajada.

—Claro, entonces no eras el príncipe consorte de la hermosa raní de Assam.

—Es cierto, Sandokán.

—¡Ah, cómo se estropean los hombres cuando se acercan al trono!

—¡Al diablo contigo, hermano!

—Un hermano que ya tiene la barba canosa como yo —dijo Tremal-Naik.

Las notas agudas del angilung interrumpieron bruscamente aquella alegre conversación.

El negrito había vuelto a tomar su instrumento y tocaba de nuevo con gran fuerza.

—¡Ese hombre nos traiciona! —dijo Sandokán—. Con su maldito instrumento advierte a los dayakos de que estamos aquí, encerrados como en una jaula.

—Os engañáis, Tigre de Malasia —respondió Kammamuri—. Ese buen hombre lleva sus vanguardias hacia la entrada de la caverna.

—Confío más en mi carabina que en esos reptiles.

—No conviene bromear con esas pitones —dijo Tremal-Naik—. Yo no quiero tener que vérmelas con ellas por nada del mundo. Cuando esos reptiles abrazan ya no sueltan. Decídmelo a mí, que he pasado mi juventud en las Sunderbunds del Ganges. A todo el mundo le dan miedo.

—¡Yo también las conozco! —respondió Sandokán—. Pero no impedirán un asedio.

—Eso es cierto.

—Y más teniendo en cuenta que no tenemos nada que llevarnos a la boca —añadió Yáñez—. Ni siquiera los famosos saltamontes fritos de Sarawak.

—Que ahora, aunque te has convertido en príncipe consorte, devorarías sin un solo gesto repugnancia.

—Es probable, amigo. Dejemos las bromas y vamos a ver qué hacen esos dayakos. Empiezan a hacerse pesados.

—Se ve que les atraen mucho nuestras cabezas —dijo Tremal-Naik.

—¡Con razón! ¡Sería una colección magnífica! Una cabeza europea, una borneana auténtica, una bengalesa y una maharata. Ningún jefe de kotta podría igualarla.

Tomaron las carabinas y avanzaron cautelosamente hacia la salida de la caverna, pero después de recorrer quince o veinte metros se detuvieron bruscamente con un gesto de repugnancia.

Una masa enorme de gigantescas serpientes yacía allí, ondulando con cada nota que salía del angilung del negrito.

¿Cuántas habría? Nadie podía decirlo, pues reinaba todavía una profunda obscuridad en la inmensa caverna.

De vez en cuando aquella masa se sacudía bruscamente, como si estuviese electrizada, y algunas cabezas se erguían bruscamente silbando para luego bajar de golpe.

—¡Por Júpiter! —exclamó Yáñez, retrocediendo—. ¿Quién se atrevería a cruzar esa barreda? Por mi parte, yo declino el honor.

—En efecto, es un obstáculo insuperable y terriblemente peligroso —añadió Sandokán—. Esos reptiles valen, al menos por el momento, más que dos docenas de espingardas. Mientras sigan ahí ningún dayako pondrá los pies en esta caverna.

—¡Es un espectáculo horripilante! —dijo Tremal-Naik—. En las Sunderbunds he encontrado a veces grupos de serpientes, pero nunca tantas. ¿Cómo se han reunido aquí?

—Quizás han venido buscando un poco de fresco y al encontrarlo han anidado aquí —dijo Yáñez—. Ya sabes que comen a larguísimos intervalos y duermen mucho. En la selva debe de haber suficientes presas para alimentar a estos reptiles colosales, que no piden demasiado para su vientre.

En aquel momento cortó el aire un ligero silbido apenas perceptible.

—¡Cuidado! —dijo Sandokán—. Los dayakos nos han oído y se permiten el lujo de regalamos alguna flecha envenenada.

Los cuatro hombres, con un movimiento fulminante, se habían lanzado hacia la pared de la derecha.

Mientras tanto, el negrito, que se había dado cuenta también de que los enemigos trataban de alcanzar, tirando a ciegas, a alguno de los asediados, se tiró al suelo, detrás de la enorme masa de las serpientes.

Se oyó un segundo silbido y después un tercero. Comenzaban a llover las flechas, lanzadas por las sumpitam de los cazadores de cabezas, pero sin resultados, pues ni siquiera a las pitones podían herir, ya que estaban defendidas por sólidas escamas.

—¿Y si disparáramos algún tiro? —preguntó Tremal-Naik dirigiéndose al Tigre de Malasia.

—¿Para qué? —dijo Sandokán—. Ahorremos nuestras municiones. Podríamos echarlas de menos más tarde, aunque nuestros hombres deben de poseer varias cajas.

—Dejemos que malgasten sus flechas —observó Yáñez—. No tendrán siempre upas a mano… Eh, Kammamuri, ¿qué hace el negrito, que ya no lo oigo tocar?

—Mira sus serpientes, señor —contestó el indio—. No quiere empujarlas ni azuzarlas demasiado por miedo de que salgan de la caverna y no sirvan ya como obstáculo. Ya os he dicho que es listo, aunque sea un homúnculo.

—¡Es un salvaje y basta! —dijo Tremal-Naik.

Las flechas continuaban entrando, chocando contra las escamas de las pitones, sin que éstas se inmutaran por aquel ligero granizo.

El negrito, tendido detrás de la enorme masa, no se movía, pero seguía con su instrumento en la boca, preparado para despabilar e irritar a sus colosales serpientes si los dayakos se atrevían a forzar la entrada.

Sandokán y sus compañeros, pegados a la pared y con las carabinas cargadas, esperaban a que los enemigos se decidieran a atacar.

—Aguardarán al amanecer —dijo Yáñez.

—Y entonces retrocederán —respondió el Tigre de Malasia—. Cuando se den cuenta de la presencia de los reptiles perderán toda esperanza de entrar.

—Y nos asediarán —añadió Tremal-Naik.

—Es lo que más me preocupa —respondió Sandokán—. Deben de ser muchos, y no nos será fácil abrimos paso con sólo tres carabinas. ¡Ah, si tuviera aquí a mis malayos…! ¡Qué carga daría!

—¿Crees que estarán todavía en el islote? —preguntó Tremal-Naik.

—Conozco bien a mis hombres. Hasta que me vean volver no abandonarán su posición. Es gente capaz de morir en sus puestos.

—Les extrañará bastante no vernos volver.

—Conocen los tropiezos de la guerra y saben tener paciencia. Además, es probable que Sapagar haya mandado hombres a una u otra orilla para saber qué ha ocurrido con nuestra embarcación. Estoy completamente tranquilo por lo que a ellos se refiere. Los encontraremos a todos unidos, listos para reanudar la marcha hacia el Kin-Ballu… ¡Oh! ¿Qué sucede ahora? Kammamuri, pregúntale a tu amigo si las pitones están cansadas de mirar hacia la salida de la caverna sin triturar a nadie entre sus formidables anillos.

El negrito se había puesto a tocar de nuevo y era una verdadera música guerrera la que salía de su bambú, haciendo retumbar toda la inmensa caverna. Las pitones, rápidamente despabiladas y electrizadas por aquella extraña música, volvían a reptar silbando furiosamente.

—El negrito las lanza al ataque, por lo que parece —dijo Yáñez.

—¿Tratan de entrar en la caverna los dayakos? —se preguntó Sandokán, lanzándose hacia adelante empuñando la carabina.

La música continuaba, cada vez más estridente y furiosa. Parecía que sonasen no una, sino diez flautas.

Se oyó un inmenso aullido ante la entrada de la caverna. No era el aullido salvaje que anuncia un ataque, sino un grito de miedo. ¿Se habían dado cuenta los dayakos de la presencia de los formidables reptiles? Era probable.

—¡Una descarga! —gritó Sandokán.

Tres relámpagos desgarraron las tinieblas, seguidos por tres detonaciones que el eco de la caverna centuplicó. Parecía que se hubieran hecho tres disparos de espingarda.

Fuera se oyeron clamores espantosos que duraron unos segundos y después se hizo de nuevo el silencio. También el angilung del negrito callaba y las pitones habían dejado de silbar.

—¿Qué intentaban, Kammamuri? —preguntó Sandokán.

—Sorprendernos, señor —respondió el maharata, que se mantenía detrás del negrito.

—¿Y han huido ante las pitones?

—Como conejos, señor.

—Lo creo. ¿Los ves?

—Se han escondido de nuevo entre los matorrales.

—¿Has visto al griego?

—No.

—El bribón no expondrá tan fácilmente su piel —dijo Yáñez—. Son listos, los pescadores del archipiélago.

—Preferiría que fueran estúpidos —observó Sandokán—. Ese sinvergüenza nos jugará, cuando menos lo esperemos, alguna mala pasada… ¡Eh…! ¿Qué hacen nuestros sitiadores?

Todos se habían puesto a escuchar. Parecía como si sobre la caverna caminase alguien y golpease las rocas con parang y kampilang.

—¿Tratarán de abrirse paso por arriba? —se preguntó Sandokán con inquietud.

—Se diría que están efectuando algún trabajo misterioso —respondió Yáñez, que no dejaba de escuchar atentamente—. Eh, Kammamuri, llama al negrito. Sus serpientes pueden prescindir por un momento de su cometa.

—¿Qué quieres saber de él? —preguntó Tremal-Naik.

—Espera: no quiero acabar mis días aquí adentro como una momia egipcia, por Júpiter.

El negrito, llamado por Kammamuri, dejó a sus pitones, que habían vuelto a arrellanarse en la entrada de la caverna, y se presentó, diciendo:

—Aquí estoy, orang.

—¿No se moverán tus serpientes sin ti? —preguntó Yáñez.

—Mientras no oigan el angilung no saldrán de su letargo.

—Entonces podemos hablar sin exponernos al peligro de una inesperada invasión por parte de los dayakos.

—Ya han visto a las pitones y no se atreverán a avanzar.

—Magnífico, mi pequeño hombre de los bosques. ¿Conoces esta caverna?

—Me refugié en ella una vez junto con toda mi tribu para escapar a una furiosa persecución por parte de una gruesa columna de cazadores de cabezas.

—¿No tiene ninguna salida?

—No, orang, sólo la entrada.

—¿Estás seguro de lo que dices?

—La he explorado toda; sin embargo, mi tribu consiguió escapar del asedio sin dejar una sola cabeza en manos de los dayakos.

—¿Existe entonces otro paso?

—Un agujero, orang, o, mejor dicho, una hendidura.

—Por la que podríamos pasar también nosotros.

—No, orang; los tuan-uropa son demasiado grandes.

—Pero tú pasaste.

—Sí.

—¿Dónde está ese agujero?

—Al fondo de la caverna.

Yáñez se volvió hacia sus compañeros, diciendo:

—¿Ninguno de vosotros tiene una mecha?

—Yo tengo un trozo de cuerda embreada, pero debe de estar muy mojada —dijo Tremal-Naik—, y no prenderá.

—¿Quieres fuego, orang? —preguntó el negrito, que se esforzaba por no perderse una sola sílaba.

—Sí, hombrecillo.

—Lo tendrás, orang. Cuando se refugió aquí, mi tribu trajo leña, y no se gastó toda.

—Pero que no podremos encender —dijo Tremal-Naik—. Nuestras yescas también están mojadas.

—A él no le harán falta —respondió Sandokán—. Basta con que encuentre dos trozos de bambú y la llama brillará. Los salvajes de Borneo no conocen ni la yesca ni el eslabón, y mucho menos los fósforos.

El negrito se había alejado, siguiendo la pared de la derecha. Su ausencia no duró más que unos minutos.

—¡He aquí el fuego! —dijo.

Después, dirigiéndose a Kammamuri, añadió:

—Dame tu parang.

Tenía en la mano dos pedazos de bambú consumidos parcialmente por el fuego.

Tomó el pesado sable del maharata y, como comenzaba ya entonces a entrar un poco de luz por la abertura de la caverna, pues había despuntado el alba, rompió primero uno y después el otro de dos maneras diferentes.

—Ya está —dijo Sandokán a Tremal-Naik—. Dentro de poco tendremos luz.

—¡No sé! —dijo el indio—. Me gustaría saber cómo.

—Se trata de algo muy simple, amigo. El negrito ha cortado los dos bambúes por la mitad, en sentido vertical, para obtener dos bordes cortantes. En la superficie convexa de uno ha hecho una muesca por la que desliza rápidamente el borde del otro. Si la leña está bien seca, el polvo producido por la fricción se incendia fácilmente y se produce el fuego. ¿Ves?

El negrito se había apoyado contra la pared y frotaba rabiosamente los dos trozos de bambú, dejando caer al suelo una lluvia de chispas.

Debajo había colocado fragmentos de leña bien seca y hojas.

Salía humo, que se desvanecía lentamente.

Inesperadamente brilló una llama iluminando a los cinco hombres.

El negrito dejó caer los dos trozos de bambú, fue a recoger más leña y alimentó el fuego, no sin producir cierta agitación entre las pitones.

—¿Escaparán? —preguntó Yáñez, que no quería perder la protección de aquella masa de reptiles.

—No temas, orang —contestó el negrito—. Con mi angilung las detendré y tranquilízate. Esos bichos son nuestra salvación.

—No parece que los dayakos tengan intenciones de dejarnos. Los oigo romper rocas sobre nuestras cabezas.

—Ya sé lo que quieren hacer, orang. También cuando me refugié aquí dentro con mi tribu nos encerraron.

—¿Os encerraron has dicho? —preguntó Sandokán.

—Sí, orang. La caverna está cubierta por rocas enormes que hasta un niño podría hacer rodar fácilmente cavando un pequeño canal. Si los dayakos trabajan encima de nuestras cabezas quiere decir que se preparan para dejar caer ante la entrada trozos de roca y encerramos.

—Has dicho que conoces otra salida.

—Que temo que no servirá para vosotros.

—No importa: basta con que pueda salir uno de nosotros. ¿Está encendido el tizón?

—Sí, orang.

—Enséñame ese agujero por el que ha huido toda tu tribu.

—Ven. No está muy lejos.

El negrito había puesto en el fuego dos ramas resinosas encontradas entre la leña acumulada por su tribu antes de atrincherarse en la enorme caverna y se había puesto en camino agitándolas continuamente con un movimiento circular, para mantener viva la llama.

Avanzó unos doscientos pasos, siguiendo siempre la pared izquierda, y luego se detuvo ante un cúmulo de rocas que se elevaba casi hasta el techo.

—El agujero está allí arriba —dijo.

—Apaga tus antorchas —ordenó Yáñez.

El negrito golpeó las dos ramas contra la pared y entonces se vio en lo alto un orificio luminoso, bastante redondo.

Despuntaba el alba; quizás el sol había salido ya, y aquella hendidura era muy visible.

—¿Es por ahí por donde huyó tu tribu? —preguntó Sandokán.

—Sí, orang.

—Kammamuri, sube por ese montón de rocas y mira si podemos pasar por ese orificio.

—¡Vaya! —exclamó Yáñez—. Hemos hecho mal en engordar.

—No todo se puede prever —contestó el Tigre de Malasia—. Además, aún no tenemos barriga.

El maharata había trepado ya por las rocas, atraído por aquel agujero luminoso que prometía libertad, y el negrito lo había seguido.

—¿Sirve? —preguntó Tremal-Naik, que seguía atentamente los movimientos de su fiel servidor.

—No, señor —contestó el maharata con voz ronca—. Sólo un negrito, y muy delgado, podría pasar. ¡Malditos sean Shiva, Visnú y también Brahma!

—¡Eh, blasfemo! —gritó Yáñez—. ¡Te denunciaré a los brahmanes de Assam!

—Haced lo que queráis, señor, pero ni vos ni yo conseguiremos pasar.

—Desde luego, pues soy el más gordo de todos —contestó el portugués, pero no perdía nunca, ni siquiera en las peores circunstancias, su buen humor—. Es una lata convertirse en rajá.

—Y en príncipe consorte de una soberbia raní —añadió Sandokán.

—¡Diablos! Parece, hermano, como si tuvieras celos de mi poder.

—¡Haría mal! ¿No estás tú aquí, junto con Tremal-Naik, para darme un reino diez veces más extenso que el tuyo? ¿De qué podría quejarme?

—De no estar delgado como ese negrito para escapar de esos perros dayakos.

—Ah, eso sí, hermano.

—¿Y bien, Kammamuri? —gritó Tremal-Naik.

—No se puede pasar, señor.

—¿Ni siquiera dejando tiras de piel?

—Sería necesario dejar todas las costillas, señor.

—Y nosotros no las queremos perder —dijo Yáñez—. Haríamos un mal papel ante los sitiadores… Y el hombre de los bosques, ¿dónde está?

—Ya ha pasado —contestó Kammamuri.

—¿Cómo? ¿Está ya fueran?

—Se ha deslizado por el agujero como un pez.

—¡Afortunado mortal…! ¿Escapará?

—No, señor Yáñez. Es un buen hombre y volverá en seguida.

En efecto, en cuanto pronunció esas palabras el negrito se descolgó de nuevo por el orificio.

—¿Has visto a los dayakos? —le preguntó en seguida Sandokán.

—Sí, orang. Están a tres o cuatrocientos pasos de distancia.

—¿No te habrán visto?

—Oh, no, orang. La colina está cubierta por espesos matorrales.

—¿Qué estaban haciendo?

—Trabajan alrededor del charco negro.

—¿El charco negro? ¿Qué es?

—Yo tampoco lo sé, orang. Es un gran hueco lleno de un líquido viscoso que despide un olor insoportable.

Sandokán se volvió hacia Yáñez, que había sacado la cabeza por el agujero y parecía aspirar violentamente el aire.

—¿Comprendes algo, hermano? —le preguntó.

El portugués retiró la cabeza y miró a sus compañeros con cierta inquietud. En vez de contestar a Sandokán preguntó:

—¿No habéis observado nada mientras cruzábamos la gran caverna?

—¿Que las paredes están formadas por masas de piedra amarilla? —preguntó Tremal-Naik.

—Exacto.

—¿Adónde quieres ir a parar? —preguntó Sandokán.

—Nos encontramos dentro de una azufrera..

—¿Y bien? Esto no me explica qué es esa cuenca llena de materia negra de la que ha hablado ahora el negrito.

—Iba a decir que cerca de los yacimientos de azufre no es difícil encontrar bolsas de nafta.

—No sé exactamente qué es la nafta. Sólo he oído contar que se enciende con facilidad y que los dayakos a veces la usan para fijar mejor el upas en las puntas de sus flechas.

—Entonces has entendido algo —dijo Yáñez—. Ahora quisiera saber por qué los asediantes trabajan alrededor de ese depósito de nafta.

Miró al negrito, que estaba en pie ante él, escuchándole atentamente.

—¿Has visto un tuan-uropa entre los dayakos? —le preguntó.

—Sí, orang.

—¿Qué hacía?

—Estaba señalando unas líneas en tierra con la punta de un kampilang.

—¡Ah, miserable griego! —gritó Yáñez con una inesperada sacudida de ira.

—¿Qué te pasa ahora? —preguntó Sandokán.

—He comprendido su infernal proyecto. No podemos perder un momento si queremos escapar de una muerte espantosa.

—¿Te has vuelto loco? —preguntó Sandokán.

En vez de contestar, el portugués hurgó en sus bolsillos, sacó un librito y un lápiz, arrancó con precaución una hoja, pues el papel estaba aún un poco mojado, y escribió rápidamente unas líneas.

Cuando acabó, sin decir nada a sus compañeros, que lo miraban con creciente estupor, lo dobló y lo puso en la mano del negrito diciéndole:

—Irás en seguida al río, lo remontarás corriendo hasta que encuentres un islote ocupado por una tribu de hombres armados de cañas que truenan y vestidos como nosotros. Allí cruzarás el Malludu gritando bien fuerte: «¡Tigre de Malasia, Yáñez…!». No olvides estos nombres o correrás el peligro de recibir una docena de trozos de plomo en pleno pecho. Al primero que encuentres le entregarás esta carta, pero es necesario que te des prisa. Si cumples bien tu misión te regalaré una caña que truena y te enseñaré a usarla. ¿Podemos contar con tu amistad?

—Yo soy un amigo de los orang —contestó el negrito con voz grave—. Haré todo lo que quieras.

—No te dejes sorprender por los dayakos.

—Están demasiado ocupados para fijarse en mí.

—Ve, amigo, y no te olvides de los nombres.

—No, no, orang: Tigre de Malasia y Yáñez.

Trepó hasta el borde del orificio que les comunicaba con el exterior, desprendiendo en el empeño algunas piedras que rodaron a sus pies; cuando logró afianzar sus manos en los bordes, de un ágil salto salió de la cueva —encierro mortal de nuestros amigos— y echó a correr refugiándose tras los matorrales para no ser visto. En la mente del negrito estaban muy claras las ideas: en primer lugar la necesidad de escapar con vida del lugar, en segundo la férrea decisión de cumplir la palabra dada y entregar el mensaje; y en tercero, la esperanza de ser algún día propietario de una de aquellas poderosas cañas tronantes que le habían prometido como recompensa.

15. Entre el fuego y las pitones

Yáñez había sacado la cabeza por la hendidura y escuchaba con gran atención, aspirando fuertemente el aire de vez en cuando.

Resonaban con extraña regularidad golpes sonoros producidos por el choque violentísimo de los pesados parang y de los kampilang contra las rocas que cubrían la enorme caverna.

Parecía que los salvajes hijos de los bosques de Borneo se hubieran transformado, bajo la dirección del maldito griego, en expertísimos mineros.

Sandokán, Tremal-Naik y Kammamuri, que quizá no habían comprendido aún el terrible peligro que los amenazaba, esperaban pacientemente a que el portugués terminase sus observaciones.

Pasaron unos minutos y Yáñez retiró la cabeza. Su cara estaba tan descompuesta que Sandokán se extrañó.

—¿Qué pasa? —preguntó—. En tantos años que hemos sido compañeros no te he visto nunca tan preocupado. Explícate, hermano.

—El asunto es más grave de lo que creéis —contestó Yáñez—. Ese perro griego es más astuto que todos sus compatriotas juntos, y temo que nos haga pasar por una prueba terrible. Ya he adivinado su proyecto.

—Que quizás no sea tan terrible como tú crees —dijo Tremal-Naik.

—Puede que más. Es el azufre que cubre las paredes de la caverna el que me preocupa. De la nafta no me preocupo, pues el espesor de las rocas es bastante grande. Serán las pitones las que lo pasarán mal.

—¿Qué temes? —preguntó el Tigre de Malasia.

—Ese bribón trata de abrasamos vivos.

—¡Ah…!

—Sígueme, Sandokán.

Yáñez bajó rápidamente por aquella masa de rocas, tomó las dos ramas resinosas que ardían todavía y las acercó a la pared, que estaba cubierta por una densa capa de azufre en estado granuloso.

—¡Esto es lo que me asusta! —le dijo a Sandokán—. ¿Quién nos salvaría si esto se prendiese?

—¿Y cómo quieres que se prenda? —preguntó el Tigre de Malasia—. No seremos nosotros quienes encendamos hogueras al lado de las paredes.

—Se encargará de ello Teotokris.

—¿Él? ¡Si se encuentra fuera…! ¡Que intente cruzar la línea de las pitones!

—No es necesario. Cuenta con la nafta. Ven, puesto que no crees todavía en el terrible peligro que nos amenaza.

Avanzó velozmente hasta el centro de la gran caverna, deteniéndose ante otra masa de rocas puras recubiertas de azufre.

—¿Oyes? —preguntó a Sandokán.

—Sí, golpean la pared externa con los kampilang.

—¿Qué crees que harán los dayakos?

—Lo ignoro.

—Intentan abrir un orificio.

—¿Para qué?

—Para que entre la nafta incendiada —contestó Yáñez.

—¿Y encender el azufre?

—Exacto.

—Compadezco a estas pobres pitones.

—¿Y nosotros? El azufre producirá vapores tan asfixiantes que no los podremos soportar.

—¡Maldito griego! —exclamó Tremal-Naik—. ¿Querrá realmente asfixiarnos aquí adentro?

—Quizás asarnos vivos —contestó Yáñez—. Las paredes recubiertas de azufre prenderán y esta caverna se convertirá en un infierno donde nosotros nos asaremos alegremente.

—No, no demasiado alegremente, señor Yáñez —dijo Kammamuri.

—¿Y dejaremos que Teotokris continúe sus trabajos sin crearle contratiempos? —preguntó Sandokán—. Tú que siempre has sido un hombre de recursos infinitos deberías idear algún medio de desbaratar el siniestro proyecto del antiguo favorito del rajá de Assam. Si lo tuviese en mis manos despacharía en seguida el asunto.

—Pero no lo tienes, y a mí, por mucho que me rompa la cabeza, no se me ocurre un medio de proporcionártelo.

—¿Se habrá agotado tu extraordinaria fantasía?

—No lo creo, pero choca con obstáculos insuperables.

—¿No se puede ensanchar el orificio? —preguntó Tremal-Naik.

—¿Con qué instrumentos? —preguntó Sandokán.

—Con el parang de Kammamuri.

—Se partiría contra la roca, amigo, o por lo menos al cuarto de hora quedaría completamente inservible. Bajo la capa de fósforo hay basalto. Prueba a romperlo, si eres capaz.

—Entonces sólo tenemos una esperanza: la llegada de nuestros hombres.

—¡Todo estriba en eso! —exclamó Yáñez—. Por otra parte, me pregunto, no sin inquietud, si conseguirán llegar a tiempo y si el negrito logrará encontrarlos.

—Conozco a los salvajes de los grandes bosques y sé lo inteligentes que son, a pesar de su pequeña estatura y su fisonomía nada interesante —dijo Sandokán—. Si nuestros hombres se encuentran todavía en el islote, el amigo de Kammamuri sabrá encontrarlos y les entregará el mensaje. Le has escrito a Sapagar, ¿verdad?

—Sí, Sandokán.

—Es un hombre inteligente y valiente como un tigre. Si está todavía vivo lanzará a sus hombres hacia la orilla y vendrá a liberamos.

—¿Y si lo han matado? —preguntó Tremal-Naik.

—¿Quieres asustarme, amigo? —preguntó Sandokán, en cuya frente se había formado una profunda arruga—. No; es imposible que mis hombres, apoyados por los assameses y por tres o cuatro espingardas, hayan cedido ante el ímpetu de las hordas dayakas. Los míos son verdaderos demonios.

—Y también mis assameses son valientes, pues han sido escogidos entre los montañeses —añadió Yáñez.

Entre los cuatro hombres reinó un breve silencio, interrumpido sólo por los golpes de kampilang y de parang de los dayakos.

Los terribles cazadores de cabezas no habían interrumpido su trabajo. Varias docenas de grandes espadas trataban de horadar el techo de la caverna para dejar caer la nafta incendiada y prender fuego al azufre que incrustaba las paredes. El griego, al parecer, había jurado hacer desaparecer para siempre al príncipe consorte de la hermosa raní de Assam.

—¿Cuánto tiempo necesitarán para agujerear el techo? —preguntó finalmente Sandokán a Yáñez.

—No sé qué espesor tiene —respondió el portugués—. Pero sin duda tendrán mucho trabajo, aunque sean numerosos. La roca tiene una gran solidez, y sus armas se gastarán fácilmente.

—¡Y no podemos hacer nada…! —exclamó Tremal-Naik.

—¿Quieres acaso intentar salir?

—Están las pitones en medio.

—Es cierto; lo había olvidado —contestó Yáñez—. ¿Qué hacen esos reptiles?

—Dormitan, señor Yáñez —dijo Kammamuri.

—¡Qué eternas dormilonas! ¡Parece que las hayan creado sólo para tragar y dormir!

—Y también para triturar al incauto que se deje sorprender —añadió Kammamuri—. En la jungla negra escapé, aún no sé cómo, de sus irresistibles abrazos.

Un gesto enérgico de Sandokán interrumpió su conversación.

—¿Cuántos hombres crees que hay entre nosotros? —preguntó el pirata a Yáñez.

—Sin duda muchos.

—¿Crees que los dayakos terminarán su trabajo antes de que oscurezca?

—No conozco el espesor del techo, amigo. ¿Qué quieres intentar?

—Quisiera provocarlos para ver si son muchos.

—¿Quiénes?

—Los dayakos.

—¿E intentar una carga a fondo?

—Esa es mi idea —respondió Sandokán—. No puedo quedarme aquí inactivo. Ese trabajo misterioso que están efectuando los dayakos bajo la dirección del miserable griego me irrita.

—¿Y cómo cruzarás la barrera de las pitones? Ya no está el negrito con su angilung para hacerlas retroceder, hermanito.

—¡Canallas! —rugió—. ¡Si mis hombres llegan a tiempo os despedazaré a todos, malditos dayakos, sin ninguna compasión! ¡He de matar al griego antes de lanzarme hacia el Kin-Ballu!

—¿Estas excitado, hermanito? —preguntó Yáñez, que había recobrado en seguida su sangre fría.

—¡Tengo unas ganas tremendas de matar! —respondió Sandokán.

El Tigre de Malasia, no domado todavía por los años, el terrible tigre que había sembrado el terror por todas las costas occidentales de Borneo y había hecho temblar incluso al leopardo inglés anidado en Labuán, lanzaba su grito de guerra.

Si en aquel momento hubiese podido atacar, ni siquiera cincuenta dayakos habrían podido resistir su ímpetu extraordinario.

Desgraciadamente en aquel momento se encontraba prácticamente impotente, pues la barrera presentada por la enorme masa de pitones lo habría detenido en seguida.

—Yáñez —preguntó con voz ronca—. ¿Es éste el final?

—¿El final de quién?

—El nuestro.

—¡Por Júpiter! Aún no estamos muertos, hermano, y no veo razón para desesperamos. Los dayakos no han horadado todavía el techo y no veo caer la nafta incendiando estas malditas masas de azufre. ¿Cómo estás siempre tan rabioso? Aquí no estamos en Labuán, y no son ingleses los que tenemos delante.

—Es al griego al que quisiera matar.

—¡Por Júpiter! Yo no volveré con Surama sin llevar conmigo la piel de ese canalla bien rellena de paja.

—¡Si consiguiésemos salir vivos de esta trampa…! —exclamó Tremal-Naik.

—Tú tienes la palabra, Yáñez —dijo Sandokán.

El portugués no contestó en seguida. Seguía escuchando los golpes de parang y de kampilang que, con rabia creciente, daban los dayakos contra el techo de la caverna.

—Tomemos precauciones —dijo inesperadamente—. Asegurémonos una buena ventilación. Si todo este azufre se incendia puede asar hasta a un elefante, después de asfixiarlo… Venid, amigos.

—¿Adonde? —preguntó Sandokán, que tenía los ojos inyectados en sangre.

—Hacia la abertura.

—¿Quieres intentar salir?

—Hemos engordado demasiado, mi querido amigo, y la roca es demasiado dura… ¡Bah! Ya veremos.

Por el amplio orificio de la caverna entraba una vaga luz, pues el sol estaba ya bastante alto sobre el horizonte y hacía superfluas las ramas resinosas, que se habían apagado ya, pero en la hoguera había todavía tizones y no faltaba leña.

Yáñez se aproximó a las serpientes, que dormitaban unas contra otras formando una monstruosa barrera.

Al no tenerlas ya hechizadas el angilung del hijo de los bosques, habían reanudado su letargo, pero seguían constituyendo para los sitiadores un obstáculo insuperable, pues al primer ataque se espabilarían, y entonces nadie conseguiría dominarlas, tal vez ni siquiera la flauta del negrito.

—¿Qué quieres intentar, Yáñez? —preguntó Sandokán—. Tú tienes alguna idea.

—Sí, quisiera provocar un asalto de los dayakos.

—No serán tan estúpidos como para dejarse atrapar. Ya se deben de haber dado cuenta de que no pueden entrar ni siquiera con parang y sus kampilang.

—Tratemos de irritarles.

—¿Y las pitones?

—Que salgan de una vez por todas y se lancen contra esos canallas. Si yo supiera tocar el tomril. o algún instrumento similar no estaría ya aquí, y el griego tendría por lo menos diez pitones enroscadas alrededor de su cuerpo. Cuando vuelva a Assam haré que me enseñe esa música algún famoso sap…

—¡Si vuelves!

—Ahora eres tú el pájaro de mal agüero —contesto Yánez, esforzándose en sonreír—. ¡Por Júpiter! Aún no estamos muertos, y la nafta que ese bribón griego quisiera echar sobre nuestras cabezas no ha encontrado paso todavía.

Se había acercado a la masa de pitones y miraba atentamente por la amplia abertura.

—¡Centinelas ante nosotros! —dijo—. Podemos dar un buen golpe. Veremos si estas eternas dormilonas reanudan su marcha aún sin el tomril o el angilung.

Se arrodilló, montó la carabina, apuntó un momento y disparó. Un aullido replicó a la detonación, seguido por un horrible concierto de silbidos. Las pitones, molestas por aquel disparo a tan corta distancia, levantaron la cabeza estirando al mismo tiempo sus cuerpos.

—¡Ah, qué feos son! —exclamó Yáñez, saltando rápidamente hacia atrás mientras cruzaban la abertura siete u ocho flechas.

Sandokán, que se había tendido en tierra, en medio de dos rocas que le protegían los flancos, disparó a su vez la carabina, contestándole también un grito muy agudo. Un dayako que había cometido la imprudencia de descubrirse para lanzar mejor su dardo envenenado había dado un salto, cayendo exangüe entre los matorrales que hasta entonces lo habían ocultado.

—Dos menos —dijo Yáñez.

—Y ya que hemos comenzado hay que continuar —añadió Sandokán.

—¿Y las pitones?

—Deja que silben. Tienen derecho a divertirse un poco también. Vamos, Tremal-Naik, pero cuidado con las flechas. ¡Ese maldito upas no es cosa de broma!

Retumbó un tercer disparo de carabina.

Las serpientes, asustadas por los disparos, parecían enloquecidas. Se erguían impetuosamente, tocando con sus cabezas el techo de la caverna, se desenroscaban agitando furiosamente sus colas y se lanzaban a derecha y a izquierda tratando de envolver con sus potentes anillos a los que interrumpían su tranquilidad.

A cada disparo se lanzaban hacia el lado opuesto, hacia la salida de la caverna, pero sin decidirse a dejar el lugar.

—Es inútil —dijo Yáñez tras gastar cuatro o cinco cartuchos—. Estas holgazanas no quieren moverse.

—Y los dayakos han comprendido que sus flechas no sirven contra nuestras armas de fuego y se han puesto, a cubierto —añadió Sandokán—. Reservemos nuestras municiones para mejor ocasión.

—Es lo que te quería proponer —dijo Tremal-Naik—. Hay demasiados matorrales y árboles ante nosotros.

En aquel momento cayó de lo alto una lluvia de rocas a pocos pasos de Kammamuri, que asistía al combate mirando melancólicamente su inútil sable.

—¡Han abierto el orificio! —gritó Yáñez, retrocediendo rápidamente—. ¡Cuidado!

Todos se habían pegado rápidamente a la pared de la caverna, mirando hacia arriba.

En efecto, los dayakos habían conseguido agujerear el techo de la caverna después de tres o cuatro horas de trabajo febril.

—¿Dejarán caer la nafta o se conformarán con lanzarnos sus flechas envenenadas? —preguntó Sandokán.

—¡Teotokris no será tan estúpido! —contestó Yáñez—. ¡Para qué servirían los dardos si tenemos la posibilidad de evitarlos refugiándonos en el fondo de la caverna!

—¿Entonces, dentro de poco entrará un río de fuego?

—E incendiará el azufre.

—¿Y nosotros?

—Lo único que podemos hacer es refugiamos alrededor de la abertura que nos ha indicado el negrito.

—¿Podremos resistir o moriremos asfixiados?

—Es lo que me preguntó —contestó Yáñez, que, quizás por primera vez en su vida, parecía profundamente impresionado.

—¿Terminaremos nuestros días aquí?

—Ya te he dicho que no estamos muertos todavía.

—Pero, ¿qué esperas?

—¿Y el negrito? ¿Lo has olvidado?

—¿Y si lo hubiesen matado?

—Entonces, adiós a todo, mi querido Sandokán. Contra el destino no siempre se lucha ventajosamente.

—¡Y yo habré sido la causa de tu ruina!

—No te preocupes.

—Debería haberte dejado en Assam, sin hacerte venir para ayudarme a conquistar un trono que, además, no deseo demasiado. ¡Si se hubiera tratado de Mompracem…!

—Basta, Sandokán; ¡retirémonos, amigos!

—¿Y las pitones? —preguntó Kammamuri.

—Dentro de media hora estarán cocidas —contestó Yáñez.

—Y entonces entrarán los dayakos —dijo Kammamuri.

—¿Descalzos por un mar de fuego? No serán tan estúpidos, amigo.

Recargaron rápidamente las carabinas y se retiraron hacia el otro extremo de la caverna mientras del pequeño agujero continuaban cayendo trozos de roca y se oían los parang y kampilang golpeando con rabia creciente.

Al parecer los dayakos trabajaban febrilmente para ensancharlo de forma que la nafta cayera abundantemente y convirtiese la cueva en un cráter volcánico.

Los cuatro asediados llegaron al fondo de la caverna y escalaron el montón de rocas hasta el orificio por el que había pasado el negrito.

—¿Sigue estando libre? —preguntó Sandokán a Yáñez.

—Sí —contestó el portugués—. El griego aún no se ha dado cuenta de la existencia de este paso.

—Si pudiéramos ensancharlo para sorprender a los dayakos por la espalda…

—Ya te he dicho que sacrificaríamos inútilmente el parang de Kammamuri. Lo único que podemos hacer es esperar la llegada de nuestros hombres.

—¡Una agonía atroz! —dijo Tremal-Naik.

—No podemos contar más que con ellos, amigo. Nuestros medios se han agotado por completo. Manteneos todos cerca de esta boca de aire y llenáos bien los pulmones.

Casi inmediatamente dejó escapar un grito.

Un relámpago había iluminado la caverna, seguido por un extraño ruido que parecía producido por la caída de un chorro de agua sobre un suelo de piedra.

—¡La nafta ardiendo! —exclamó—. ¡La prueba terrible!

Los resplandores se sucedían y el río de fuego se precipitaba por el agujero abierto por los kampilang y los parang de los dayakos y se extendía hacia las pitones por la pendiente del suelo.

Se difundía por la cueva un olor agudo, pestilente.

—¡Ah, perro griego! —rugió Sandokán—. ¡Y no poderte tener en mis manos, infame!

A la entrada de la caverna, las pitones, que experimentaban el primer contacto con el fuego, se debatían desesperadamente, silbando de forma espantosa.

Las infelices, sorprendidas durmiendo por el líquido ardiente, se erguían y después caían agitando frenéticamente la cola.

Algunas, más afortunadas, habían tenido tiempo de liberarse de sus compañeras y se habían precipitado fuera de la caverna; otras huían hacia la roca en la que se habían reunido Yáñez, Tremal-Naik, Sandokán y Kammamuri, pero muchas se asaban, emanando un olor nauseabundo de carne quemada.

—¡Ya estamos en el infierno! —dijo Yáñez, que conservaba todavía una calma prodigiosa—. ¡Amigos, no dejéis que lleguen hasta aquí las pitones! ¡Usad las carabinas! ¡Apuntad a la cabeza!

Siete u ocho gigantescos reptiles, huyendo del fuego que se extendía continuamente, amenazando con fundir las masas de azufre que cubrían las paredes, estaban ya ante la roca y trataban de escalarla.

Debían de haberse dado cuenta de que allí arriba existía una salida, pero a los asediados no les convenía que saliesen por aquel orificio, pues habrían puesto en guardia a los dayakos y atraerían la atención del griego.

—¡Disparemos, amigos! —gritó Yáñez, que se había percatado antes que nadie del gravísimo peligro.

Disparó contra la pitón que reptaba a la cabeza del grupo y la hizo caer con el cráneo destrozado.

Sandokán y Tremal-Naik se prepararon para imitarlo, y Kammamuri lanzaba golpes de sable en todas direcciones.

Se sucedían los disparos y los reptiles caían uno a uno, rodando hacia abajo.

Mientras tanto aumentaba la luz en la caverna. La nafta, que entraba en gran cantidad, como un riachuelo de lava o de plomo fundido, continuaba extendiéndose y comunicando su fuego al azufre.

Flotaban vapores asfixiantes, impulsados por el aire que entraba por la gran abertura.

Los asediados tosían furiosamente y sus ojos se llenaban de lágrimas.

—Yáñez —dijo Sandokán mientras la última pitón, alcanzada por dos disparos, caía sin vida—. ¿Es éste el final?

—No sé —respondió el portugués con voz alterada—. Me parece que la cosa se pone muy mal, y, no sé por qué, en este momento pienso en Surama.

—Yo te he perdido, hermano —exclamó el Tigre de Malasia con voz trémula.

—No digas eso —contestó Yáñez entre dos golpes de tos—. El griego no nos ha visto expirar todavía.

—¡Pero no se puede resistir más! —dijo en aquel momento Tremal-Naik—. Se acerca la muerte.

—Acerca la cabeza al agujero.

—Ya no entra aire —respondió Kammamuri.

Yáñez lanzó una mirada hacia la amplia caverna.

¡Estaba envuelta en llamas! Las paredes se fundían al entrar en contacto con la nafta incendiada, como si fueran de mantequilla, y el fuego se extendía inexorablemente, avanzando hacia la roca en la que se habían refugiado los cuatro asediados.

De aquel líquido incendiado salían oleadas de un humo áspero, sofocante, cada vez más denso.

—¿Y bien, Yáñez? —preguntó ansiosamente Sandokán.

El portugués movió la cabeza y dijo:

—Me temo que ésta es la muerte. ¡Bah, la guerra siempre es peligrosa!

Hurgó en sus bolsillos; sacó un paquete de cigarrillos, tomó uno y se lo puso en la boca, mordiéndolo rabiosamente.

—¡Si por lo menos pudiese encenderlo! —exclamó—. Esperaré a que el fuego esté más cerca.

16. Los malayos atacan

Mientras Sandokán y sus compañeros corrían el peligro de morir, quemados o asfixiados, dentro de la fatal caverna, el negrito galopaba desesperadamente para llegar al río.

Deslizándose cautamente entre los matorrales que cubrían la colina había conseguido huir sin que le descubrieran los dayakos que trabajaban alrededor del charco de nafta y llegar hasta el llano.

Como todos los hombres primitivos, sabía orientarse en seguida sin necesidad de brújula. Aun con cielo nublado habría conseguido encontrar la dirección exacta.

Una vez llegado a la selva había empezado a correr con la agilidad de un cervatillo, apretando bien el trozo de papel y repitiendo los nombres de Yáñez y Tigre de Malasia para no olvidarlos.

Dos horas después, sin dejar de correr, llegaba al Malludu.

El río estaba en aquel lugar completamente desierto. Sólo bandadas de pájaros volaban de una orilla a otra lanzando agudos chillidos como para saludar al astro diurno que iba a surgir por encima de las grandes selvas.

El negrito se detuvo un momento, bebió un sorbo de agua, tomó una banana y volvió a salir corriendo.

Remontaba el río manteniéndose dentro de los cañaverales para no exponerse al peligro de que lo sorprendieran o de recibir por los flancos alguna flecha envenenada. Había comprendido que la salvación de sus nuevos amigos dependía de su prudencia y de sus piernas.

Acostumbrado a vivir en las grandes selvas, luchando continuamente contra los dayakos, era prudente, y no le faltaban rapidez y resistencia.

Hacía más de media hora que trotaba cuando oyó una detonación mucho más fuerte que la que había retumbado en la caverna.

—Este disparo debe de ser de los tuan-uropa —murmuró—. Los dayakos no deben de estar lejos, y tampoco el islote.

Dejó los cañaverales y se internó en la selva, imaginando que los dayakos ocupaban las dos orillas del río.

Unos minutos después oyó una segunda detonación, más aguda que la primera. ¿Eran los malayos de Sandokán y los assameses de Yáñez que barrían con disparos de espingarda las orillas del río para mantener alejados a sus implacables enemigos? Probablemente.

El negrito avanzaba ahora con gran prudencia, deteniéndose frecuentemente para escuchar.

Cuando volvía a hacerse un profundo silencio reanudaba su carrera para detenerse de nuevo trescientos o cuatrocientos pasos más adelante.

Mientras tanto se sucedían los disparos de espingarda, cada vez más nítidos, pero a largos intervalos.

Disparaban a muy poca distancia del borde de la selva.

El negrito aumentaba sus precauciones. No se atrevía ya a correr, aunque lo desbaba intensamente al pensar en el gravísimo peligro que corrían sus amigos.

Se detenía con más frecuencia y a veces se ponía a andar a gatas entre los matorrales y las masas de rotang y pimienta salvaje, temiendo encontrarse de un momento a otro ante alguna banda de dayakos.

Había recorrido así cerca de medio kilómetro más cuando se desvió bruscamente, volviendo con rapidez a la densa maleza.

Había visto hombres emboscados en la orilla del río, armados de sumpitan y kampilang.

Eran los dayakos que vigilaban a los malayos y a los assameses hechos fuertes en el islote en espera de que volvieran sus jefes.

Los disparos de espingarda retumbaban bajo las infinitas arcadas de la selva, pero no se trataba de una verdadera batalla, pues las carabinas estaban calladas.

Los asediados se divertían atormentando a los sitiadores, barriendo los cañaverales con una tempestad de clavos y balas.

El negrito, que había localizado ya la posición del islote, indicada por las nubes de humo producidas por las pequeñas piezas de artillería, se desvió, adentrándose cada vez más en la selva, y después, cuando consideró que había pasado la zona ocupada por los dayakos, volvió hacia el río, avanzando siempre con gran prudencia.

Mientras caminaba no dejaba de repetir los dos nombres: Tigre de Malasia y Yáñez.

Tras llegar al cañaveral sin encontrar a nadie, se colocó entre los labios la hoja de papel, se colgó en bandolera la cerbatana, se aseguró bien el haz de flechas sobre la cabeza para que el agua no estropease el veneno que cubría sus puntas, ya que el upas es muy soluble, y se metió lentamente en el río.

Los disparos de espingarda retumbaban hacia el curso bajo; por consiguiente, el salvaje hijo de los bosques, magnífico nadador como todos sus compatriotas, no tenía más que confiarse a la corriente y mantenerse alejado de las orillas.

Afortunadamente, el Malludu tenía en aquel lugar más de trescientos metros de anchura y las flechas de los dayakos no podían herirle, pues el alcance de los sumpitan es inferior a los cuarenta o cincuenta metros. Se había puesto a nadar vigorosamente sin preocuparse demasiado de los posibles gaviales que pudiera haber en los alrededores. El islote estaba ante él.

Grupos de hombres vestidos como Yáñez y Kammamuri iban y venían entre los cañaverales y los matorrales que lo cubrían, sin demasiada prisa.

De vez en cuando se veía un resplandor y se elevaba una nube de humo.

Era una espingarda que continuaba sus disparos contra la orilla izquierda a intervalos casi regulares.

Nadando sumergido casi totalmente, el negrito había llegado ya a un centenar de pasos del islote cuando un malayo se puso a gritar:

—¡Alarma!

La respuesta fue inmediata.

—¡Tigre de Malasia! ¡Yáñez!

Al oír aquellos nombres, malayos y assameses se precipitaron hacia la orilla empuñando las carabinas.

—¿Quién eres? —gritó Sapagar.

—¡Tigre de Malasia y Yáñez, orang! —repitió el negrito, que nadaba vigorosamente.

Aquel orang fue una revelación para Sapagar. Habían comprendido en seguida que el nadador hablaba la lengua dayaka y que probablemente no entendía la malaya, que conocían sólo los habitantes de las costas y sobre todo los dayakos lant, es decir, los dayakos de mar.

—¡Sal! —le dijo, ya no en lengua malaya.

El negrito, que lo había comprendido ya perfectamente, llegó a la orilla con cuatro brazadas mientras una de las cuatro espingardas dispuestas frente al campamento lanzaba un huracán de clavos y balas contra los dayakos emboscados en los cañaverales para desviar su atención.

—¿De dónde vienes? —preguntó Sapagar mientras todos los demás rodeaban al nadador.

En vez de contestar, el negrito se sacó de los labios el trozo de papel que le había dado Yáñez y se lo tendió. Sapagar lo leyó rápidamente, pues estaba escrito en lengua malaya, y lanzó un grito como de fiera herida.

—Amigos —gritó después—, nuestros jefes están encerrados en una caverna y corren el peligro de morir quemados vivos. Hay que pasar el río y hundir las líneas de los dayakos. ¡Tigres de Mompracem, salvemos al Tigre de Malasia y al Tigre blanco!

Un viejo malayo se adelantó. Era un superviviente de aquellos terribles piratas de Mompracem que habían hecho temblar al sultán de Varauni y a los ingleses de Labuán.

—Hay que cortar todos los árboles de esta isla y construir primero balsas para transportar las espingardas y las municiones —dijo—. Que veinte hombres despejen la orilla mientras los nadadores cruzan el río.

—¡Así se habla, Karol! —exclamó Sapagar—. Ordenas como si fueras el Tigre de Malasia. ¡Rápido, amigos! Haremos una carnicería de dayakos.

Veinte malayos, con los parang en el puño, comenzaron a derribar furiosamente los árboles que encontraban mientras otros cortaban gran cantidad de rotang, que podían servir perfectamente como cuerdas.

Los assameses, en cambio, se habían colocado frente al cañaveral ocupado por los dayakos y disparaban para echarlos de allí, con gran desconcierto del negrito, que no había oído nunca tanto estruendo.

En menos de un cuarto de hora se habían acumulado en la orilla unos cuarenta troncos.

Los malayos, expertísimos marineros, los echaban al agua de cuatro en cuatro o de cinco en cinco y los ataban rápidamente, formando balsas muy sólidas en las que llevaban espingardas y cajas de municiones.

Aunque se habían perdido los praos, se había salvado todo lo que contenían, y los asediados poseían, además de gran cantidad de alimentos, una buena provisión de municiones que habría podido envidiar el rajá blanco del lago.

Sapagar supervisaba el embarque, incitando con gritos y blasfemias a malayos y assameses, a pesar de que tanto los primeros como los segundos trabajaban con gran energía, sabiendo ya perfectamente que la vida de sus jefes dependía de su rapidez.

Finalmente se lanzaron al río dos balsas que llevaban las cuatro espingardas, que los malayos no querían abandonar de ninguna manera, una decena de cajas de municiones y víveres para unas semanas.

—¡Mantened el fuego! —gritó Sapagar a los assameses—. Cruzaréis el río después de nosotros. ¡A mí, viejos y gloriosos tigres de Mompracem! ¡El gran jefe nos espera!

Treinta hombres entraron entonces en el río levantando las carabinas y las municiones para que no se mojaran y se pusieron a nadar velozmente hacia la orilla del Malludu mientras los assameses, divididos en dos grupos, mantenían un fuego muy intenso.

Diez o doce hombres empujaban las balsas, pues el lugarteniente del Tigre de Malasia contaba especialmente con las espingardas para barrer a los dayakos.

El paso del río se llevó a cabo felizmente. Los cazadores de cabezas, alcanzados por las descargas incesantes de los assameses, habían abandonado los cañaverales, refugiándose en los bosques.

Ya habían comprendido que sus sumpitan, aunque cargadas con flechas envenenadas, no podían competir con aquellas armas de fuego que lanzaban sus proyectiles a mil doscientos y hasta a mil quinientos metros de distancia.

Una vez llegados a la orilla, los malayos desembarcaron rápidamente las espingardas, las municiones y los víveres y, para que los dayakos comprendieran que estaban dispuestos a presentar batalla, efectuaron tres o cuatro disparos contra el borde de la selva.

Los assameses, seguros ya de que no los molestarían, se habían echado al agua también.

Acostumbrados a cruzar los ríos gigantes de su país, no les resultaba nada difícil pasar el Malludu, que no es más que un riachuelo comparado con el Ganges y el Brahmaputra.

Las balsas habían llegado ya y las cuatro espingardas, montadas sobre trípodes, se habían dispuesto inmediatamente en batería para cubrir de metralla a los asaltantes en caso de que intentaran un contraataque, pero nadie había ofrecido resistencia.

Las armas de fuego habían vencido en seguida a las sumpitan, a pesar de que éstas tenían flechas envenenadas mucho más temibles que las balas de plomo.

Sapagar había abordado al negrito, que había sido uno de los primeros en llegar.

—¿Dónde está la caverna? —le había preguntado de forma un poco brusca.

—Tendremos que cruzar la gran selva.

—¿Cuándo podremos llegar?

—Antes de que el sol haya llegado a la mitad de su recorrido.

—¿Puedes guiarnos?

—Soy un hombre de los bosques.

—Marcha detrás de la primera fila de mis hombres.

Después, alzando la voz, bramó:

—¡Las espingardas a hombros! ¡Batid la selva! ¡Los malayos delante y los demás a la retaguardia! ¡Cargad! ¡Rechazad el asalto!

Comenzaban a llegar flechas, pero sin tocar a la nutrí da vanguardia de malayos.

Los dayakos, impotentes para resistir, se retiraban, no sin intentar cortar el paso.

Cuatro descargas, disparadas por veinte hombres, barrieron el borde de la selva, causando sin duda grandes bajas entre los feroces cazadores de cabezas; después los malayos, que formaban la vanguardia, se lanzaron al ataque empuñando los parang.

Fue una carga completamente inútil. Los dayakos, sorprendidos por aquella carga furiosa, y asustados por los mortales efectos de las espingardas y de las carabinas, escapaban por todas partes, refugiándose de matorral en matorral.

Algún grupo, apoyado firmemente en la densa maleza, trataba de vez en cuando de ofrecer resistencia al avance de los malayos, que seguían marchando a la cabeza de la columna, pero a las primeras descargas se dispersaba con gran rapidez.

Poco tenían que envidiarles en cuestión de velocidad los conejos y liebres salvajes.

Mientras tanto la columna continuaba avanzando a paso de carrera. El negrito señalaba el camino sin equivocarse en la orientación.

—Adelante, orang —decía constantemente a Sapagar—. Tus amigos están en peligro.

Y el lugarteniente del Tigre de Malasia no dejaba de gritar a sus hombres:

—¡Fuego! ¡Fuego! ¡Despejad el bosque! ¡Los jefes nos esperan!

Los dayakos no resistían ya. Continuaban huyendo por la selva, aullando como locos pero sin detenerse, para que no les diezmaran las carabinas.

Por otra parte, los malayos no escatimaban municiones, y tampoco los assameses. Cuando el terreno lo permitía, los bravos súbditos del rajá de Assam colocaban en batería las espingardas y cubrían de clavos y balas la selva, haciendo salir a los dayakos que trataban de ocultarse.

Aquella carrera furiosa guiada por el negrito, que parecía haberse acostumbrado ya al estruendo infernal de las armas de fuego, duró un par de horas y después se detuvo bruscamente. La columna había llegado ante una abertura cubierta por densos matorrales, sobre los que ondeaban grandes nubes de vapor.

—¡Están allí dentro! —dijo el negrito a Sapagar, que estaba a su lado.

—¿Quién? ¿El Tigre de Malasia y Yáñez?

—Sí, orang.

—¿Se están quemando entonces?

—No lo sé —contestó el negrito.

En aquel momento cayó sobre los malayos, que seguían en cabeza, una descarga de flechas, pero sin alcanzarlos.

Por la colina bajaba una turba de hombres semidesnudos empuñando kampilang y parang.

Sapagar lanzó un grito:

—¡Atención al ataque!

Después añadió:

—¡Nuestros jefes están allí dentro y quizás se están quemando! ¡Adelante los tigres de Mompracem por el Tigre de Malasia y los assameses por el señor Yáñez! ¡Las espingardas en batería! ¡A la carga!

Doscientos o trescientos dayakos se precipitaban colina abajo con los parang y los kampilang levantados, creyendo que podrían dar cuenta fácilmente de aquellos hombres.

Cuatro ráfagas de metralla disparadas por las espingardas, colocadas en batería con maravillosa rapidez, detuvieron su ímpetu. Eran clavos y balas que se metían bajo la piel, produciendo heridas ciertamente muy dolorosas, si no mortales.

Las primeras líneas vacilaron y se detuvieron un momento; después se dispersaron hacia ambos lados refugiándose tras los matorrales.

—¡Fuego con las carabinas! —bramó Sapagar, viendo que el grueso continuaba la carrera—. ¡Fuego a discreción! ¡Disparad y preparaos para cargar! ¡Barramos a estos canallas y salvemos a nuestros jefes!

Una descarga terrible batió de flanco a los dayakos, derribando a varias docenas.

Entre los asaltantes se produjo una nueva tregua. Habían llegado ya a la base de la colina, casi ante la entrada de la caverna, pero no se atrevían a continuar el asalto.

Aquellas dos filas de hombres, sólidas como dos barras de hierro, que disparaban con una calma extraordinaria, sin dar un paso atrás y sin dejarse asustar por los horribles clamores, habían impresionado a todos.

Aquella segunda pausa fue fatal, pues los hombres encargados de las espingardas habían tenido tiempo de recargar las grandes armas.

Otra descarga de metralla cayó, casi a quemarropa, sobre los asaltantes, aniquilando la segunda línea y derribando varias docenas más de hombres.

—¡Empuñad los parang! —gritó Sapagar—. ¡A la carga, amigos!

Los sesenta hombres se lanzaron como uno solo a la carga profiriendo temibles rugidos.

Los malayos empuñaban los pesados sables bornéanos y los assameses los cortos y afiladísimos tarwar de su país, más ligeros pero no menos temibles, en un combate cuerpo acuerpo.

Fue una carga espantosa, terrible, irresistible. Los sesenta hombres entraron como una cuña de hierro en medio de la masa de los dayakos, lanzando tajos a diestro y siniestro, mientras las cuatro espingardas, servidas por sólo cuatro artilleros, batían las alas con un último disparo.

Los feroces cazadores de cabezas, no pudiendo resistir un ataque así, se dispersaron por completo, escapando por todas partes.

No ofrecían ya ninguna resistencia. Se lanzaban como locos hacia los matorrales o la selva, en pequeños grupos.

La derrota era completa.

—¿Dónde están los orang? —preguntó Sapagar al negrito, mientras los malayos y assameses reanudaban el fuego con las carabinas y las espingardas para evitar un retorno ofensivo.

—En la caverna —contestó el hijo de las selvas.

—Pero allí está el fuego.

—Y también los orang están dentro.

—¡Ah, infelices! —gritó Sapagar—. ¿Cómo arrancarlos de ese mar de fuego?

—Hay un paso en la colina que tendríamos que ensanchar a golpes de kampilang.

—¡Llévanos en seguida! Tal vez podamos llegar a tiempo… ¡A mí veinte hombres! ¡Que los otros continúen disparando! ¡Salvemos a los jefes!

Veinte malayos se estrecharon a su alrededor mientras los demás, apoyados vigorosamente por los assameses, lanzaban contra los matorrales una lluvia de balas.

Los dayakos, aunque completamente derrotados, no habían renunciado del todo a la lucha y trataban de reorganizarse, incitados ciertamente por el griego, por Nasumbata y por el ex chitmudgar de Yáñez.

Pero los disparos de espingarda menguaban fácilmente sus filas.

Cada vez que se presentaba un fuerte grupo lo dispersaba una andanada de clavos y balas.

Sapagar, el negrito y los veinte malayos, protegidos por el fuego intensísimo de sus compañeros, escalaron rápidamente las rocas. El depósito de nafta estaba en llamas, y un torrente de líquido ardiendo continuaba cayendo por el agujero abierto en el techo de la caverna.

Los dayakos, bajo la dirección del griego, habían excavado un canal y la materia incendiada caía por allí.

Densas nubes de vapores pestilentes envolvían la cima de la colina.

Los malayos cruzaron rápidamente aquella barrera asfixiante, tapándose la nariz y conteniendo la respiración, y llegaron ante la abertura por la que había escapado el negrito.

Se oyó en seguida una débil voz:

—¡A nosotros, tigres de Mompracem!

Sapagar lanzó un grito de alegría.

—¡El capitán!

Por el orificio sobresalía una cabeza: era Sandokán, que se esforzaba sin éxito por pasar.

—¡Ah, señor! —gritó Sapagar.

—¡Pronto, amigo! —dijo el Tigre de Malasia—. El fuego nos alcanza y mis compañeros se han desvanecido.

—Retírate, señor, resiste unos minutos… ¡Compañeros, ensanchemos este agujero!

Veinte parang, enérgicamente manejados, atacaron la roca, haciendo saltar montones de esquirlas.

El temor de ver morir a su jefe, al que querían como a una divinidad del mar, centuplicaba las fuerzas de los veinte hombres.

Dos minutos bastaron para que los sables ensancharan considerablemente la abertura.

Sapagar metió por ella los brazos y sacó a Sandokán, medio asfixiado ya.

—Ahora los otros —dijo el pirata después de aspirar una larga bocanada de aire puro.

Cuatro malayos pasaron de uno en uno por el agujero y saltaron a la roca.

Yáñez, Tremal-Naik y Kammamuri yacían uno sobre otro, desvanecidos ya.

Toda la caverna estaba en llamas. Resplandores azulados la iluminaban de un extremo a otro y nubes de humo asfixiante se elevaban hacia el techo, haciendo irrespirable el aire.

La nafta había llegado a las paredes y el azufre se fundía como si fuese mantequilla.

Las rocas crujían y se calcinaban, produciendo un calor espantoso que aumentaba por momentos. La caverna se había transformado en una especie de volcán donde se fundía el azufre, la nafta y las piedras.

Los cuatro malayos sacaron primero a Yáñez, después a Tremal-Naik y finalmente a Kammamuri, apresurándose después a escapar a su vez, pues la mezcla ardiente había llegado ya a la base de la roca.

Sapagar hizo que colocaran a los tres hombres sobre la hierba, le tomó a un malayo una cantimplora que contenía todavía unos sorbos de bram., un licor muy fuerte obtenido por fermentación del arroz y mezclado con azúcar y el jugo de algunas palmeras viníferas, y vertió unas gotas en sus gargantas.

El efecto fue inmediato. Yáñez, antes que los demás, tosió ruidosamente, estornudó y después abrió los ojos diciendo:

—¡Por Júpiter! ¿Me quieren asfixiar?

—Te están salvando, Yáñez —dijo Sandokán, que se había levantado ya.

—¡Vaya, creía estar ya muerto! ¿De dónde han salido estos malayos?

—Son mis hombres.

—¿Y mis assameses?

—Combaten frente a la colina, señor Yáñez —respondió Sapagar.

—¿Sin mí?

—Déjame a mí, Yáñez —dijo Sandokán, que había recogido la carabina y desenfundado la cimitarra—. Tú descansa un momento: ya me encargo yo de darles una terrible lección a los dayakos. Que se queden diez hombres protegiendo a mis amigos. ¡A mí, Sapagar! ¡No veo más que sangre!

Las facciones alteradas del jefe de los tigres de Mompracem denotaban una cólera terrible. Los dayakos tenían mucho que temer de una carga de aquel hombre formidable.

El combate no había cesado todavía. Los dayakos, aunque derrotados continuamente y ya más que diezmados, continuaban resistiendo en los espesos matorrales que rodeaban la caverna incendiada con terrible saña.

Esos guerreros son los más valerosos de los que viven en las grandes islas de Malasia y tienen un desprecio absoluto hacia la vida.

En cuanto cesaban las descargas salían de sus escondites para intentar furiosos contraataques, pero éstos abortaban en seguida ante las descargas de metralla de las espingardas y el fuego de las carabinas. Sandokán, seguido por Sapagar y por una decena de malayos, se había lanzado colina abajo gritando a los assameses:

—¡A la carga, valientes! ¡Aniquilemos a estos canallas! Mientras las espingardas continuaban tronando formó rápidamente dos columnas de asalto y las condujo hasta los matorrales.

Fue una carga más espantosa que la primera.

Los dayakos, viendo lo que se les venía encima, no resistieron al choque y por tercera o cuarta vez se dispersaron como una manada de gacelas, refugiándose en las profundidades de la inmensa selva.

Sandokán iba a lanzarse tras ellos cuando, al pasar por un matorral, tropezó con una especie de camilla formada por ramas y en la que yacía un hombre. Dejó escapar un grito de furor:

—¡Nasumbata! ¡Ah, perro!

Había levantado ya la cimitarra para partirle el cráneo al traidor, que lo miraba con gran miedo, con ojos extraordinariamente dilatados, pero no dejó caer el golpe.

—No —dijo—, la muerte sería demasiado dulce.

Y dirigiéndose a Sapagar, que llegaba a la cabeza de un grupo de assameses, añadió:

—Hazte cargo de este hombre y encárgate de que lo lleven a la colina. He de decirle cuatro palabras a este traidor antes de echarlo al depósito de la nafta. ¡Retiraos, amigos! ¡Tomemos posiciones encima de la caverna!

17. El poblado de los negritos

El combate había terminado ya y probablemente no se reanudaría.

Los dayakos, completamente derrotados por los disparos de espingarda, las descargas incesantes de las carabinas y la última carga guiada por Sandokán, habían renunciado ya a intentar contraataques contra los demonios de Mompracem y los montañeses que Yáñez había traído de la India, hombres tan resistentes como los demás a pesar de su delgadez y de su aspecto no demasiado aguerrido.

Las dos columnas, tras asegurarse bien de que entre los matorrales no había más que cadáveres, se habían batido rápidamente en retirada para ayudar a los hombres encargados de las espingardas.

Los dayakos debían haber abandonado, al menos por el momento, la empresa, que, evidentemente, consideraban muy superior a sus fuerzas y también a su valor.

Cuando Sandokán llegó al orificio, del que salían ya densas nubes de humo pestilente, encontró a Yáñez de pie sobre una alta roca, con las manos en los bolsillos y el cigarrillo entre los labios.

—¡Qué paliza! —exclamó el portugués, después de lanzar una bocanada de humo—. Me he divertido mucho viendo escapar a esos bribones dayakos. Se baten maravillosamente también mis assameses y compiten muy bien con tus malayos. Surama se alegrará cuando le diga que sus súbditos han hecho proezas también en las selvas de Borneo.

—¡Eres incorregible! —respondió Sandokán riendo—. Acabas de escapar a la muerte y estás ya dispuesto a bromear…

—Ya no recuerdo haber estado en esa sima infernal, hermanito. El humo de este excelente cigarrillo, perfectamente secado por ese espantoso calor, me ha hecho olvidarlo todo. ¿Se habrán ido realmente los dayakos?

—Creo que por ahora no tienen ninguna intención de volver. Hay más de cincuenta muertos entre los matorrales y todos bien rellenos de clavos y balas. Con nuestras cuatro espingardas haremos maravillas en las orillas del Kin-Ballu.

—¿Y el griego?

—Nadie lo ha visto.

—Y, sin embargo, debía de estar con ellos.

—Lo sabremos en seguida. Hay una persona que nos lo va a decir.

—¿Quién?

—Nasumbata.

—¿El traidor que había desaparecido con mi chitmudgar? —preguntó Yáñez con gran estupor—. ¿No había saltado junto con mi yate?

—Parece ser que no, pues lo he pescado aún vivo entre la maleza.

—Ah, maldito bribón… ¿Está aquí?

—Lo traerán dentro de un momento.

—¿Tiene aún la pierna rota?

—Si la tuviese sana no se habría quedado para que le atrapáramos. ¡Ahora llega! ¡Nos divertiremos!

Los malayos y assameses habían ocupado ya la colina, colocando en batería las cuatro espingardas y mandando pequeñas vanguardias por los lados de la caverna ardiente.

Su primer acto había sido obstruir el canal que llevaba del depósito de nafta al agujero abierto por los dayakos, para que el techo de la gran caverna no se calcinase por completo y acabase derrumbándose bajo sus pies; después los malayos, maestros en cuestión de construcciones pequeñas y ligeras, habían montado con hojas, ramas y bastones una docena de cómodos attap. para que sus compañeros de armas y sus jefes se protegieran de los implacables rayos del sol.

Mientras tanto, cuatro hombres habían transportado a Nasumbata, después de atarlo firmemente, pues, aunque tenía la pierna herida, no se fiaban ya de aquel bribón.

—Ah, aquí está nuestro amigo —dijo Yáñez al verlo—. ¿Cómo está la pierna, viejo malandrín?

El traidor no contestó. Sus facciones estaban alteradas por un terror indescriptible, los ojos dilatados y los cabellos erizados.

Un temblor fortísimo sacudía de vez en cuando sus miembros y las cuerdas vegetales que lo ataban.

Tremal-Naik y Kammamuri se habían acercado también.

—A este canalla le debemos nuestra media cocción —dijo el primero.

—A él, en cambio, lo coceremos por completo —observó el segundo—. Me encargo de tirarlo al azufre hirviendo. Haremos un apetitoso asado.

Nasumbata miró con miedo al feroz maharata y sus dientes rechinaron lúgubremente. Sandokán se dirigió a los cuatro malayos que habían transportado hasta allí la camilla, diciendo:

—Vamos bajo un attap. Ya hemos tenido bastante calor, y no queremos experimentar ahora las quemaduras del sol.

—En efecto —dijo Yáñez—, preferiría una bañera llena de agua helada. Es una pena que no esté aún en mi palacio de rajá.

Los malayos volvieron a levantar la camilla y transportaron al traidor bajo un amplio techado, improvisado con unos pocos bastones y gran número de hojas de bambú, que medían cerca de seis metros de longitud por uno de anchura. Sandokán y sus compañeros los habían seguido, sentándose alrededor de la camilla sobre una densa capa de hojas muy frescas y perfumadas.

—Ahora, amigo, ya que he tenido la suerte de volverte a encontrar, hablemos —añadió, dirigiéndose a Nasumbata—. Hacía mucho tiempo que deseaba charlar contigo.

Se sacó de la faja el magnífico chibouk, se aseguró con mucha flema de que el tabaco estaba bien seco, lo cargó y aspiró unas cuantas bocanadas de humo sin perder de vista un instante la cara demacrada del traidor, como si experimentase gran alegría por su indescriptible terror.

Yáñez lo había imitado en seguida, encendiendo su segundo cigarrillo.

—Escúchame bien, Nasumbata —dijo Sandokán—; quizá puedas salvar todavía el pellejo, pero debes contestar a todas mis preguntas. Si vacilas un instante o me doy cuenta de que tratas todavía de engañarme haré que te echen a la caverna y te aseguro que no saldrás vivo de allí.

—Cuando haya hablado me matarás de todas formas —replicó el dayako—. Por otra parte, no quiero negarte el derecho a hacerlo.

—¡Canalla! —bramó Sandokán—. ¿Cuándo ha mentido el Tigre de Malasia?

—Pregúntame.

—¿Quién conducía a los dayakos?

—Un hombre blanco.

—¿Sabes su nombre?

—He oído que le llamaban Teo…, Teo…

—Teotokris, ¿verdad?

—Sí.

—¿Quién le llamaba así?

—Un indio que estaba a bordo del yate.

—¡Mi chitmudgar! —gritó Yáñez.

—No sé lo que quieres decir. Sólo sé que aquellos dos hombres, el indio y el blanco, eran amigos y se entendían perfectamente.

Sandokán miró a Yáñez, que parecía fulminado por aquella inesperada revelación.

—Ja, ja, hermano —le dijo con un ligero tono irónico—, parece que tus súbditos no son demasiado fieles.

—¡Le arrancaré la piel, por Júpiter!

—Corres demasiado.

—Algún día lo encontraré, te lo aseguro.

—¿Cómo puede ser que tú, que has sido siempre tan astuto y prudente, hayas ido a escoger como chitmudgar a un amigo del griego o del antiguo rajá de Assam? Me extraña muchísimo.

—No conocemos a fondo más que a dos indios —contestó Yáñez—. Tremal-Naik y el leal Kammamuri.

—Gracias por tu buena opinión —dijo el ex cazador de la jungla negra riendo.

—Reanudemos nuestra interesantísima conversación —dijo Sandokán dirigiéndose a Nasumbata—. ¿Así que el hombre blanco conducía a los dayakos?

—Sí.

—¿Por qué no se ha dejado ver?

—Se mantenía siempre en la retaguardia.

—¿Por qué?

—Tenía miedo de vosotros, mucho miedo.

—¡Ah, bribón! No se atrevía a enfrentarse cara a cara con nosotros. ¿Y fue él quien hizo prender fuego a la nafta?

—Sí.

—¿Y abrir el agujero?

—También.

—¿Quería acabar con nosotros?

—Quemaros dentro de la caverna.

—¡Perro! —exclamó Yáñez—. ¡Esos griegos son terribles en sus venganzas! Pero hay una cosa que aún no nos has aclarado, mi querido cojo. ¿Por qué escapaste y voló mi yate?

—El hombre blanco lo hizo estallar como una bomba —respondió Nasumbata.

—¿Pero dónde estaba ese bribón? ¿Cómo llegó hasta aquí?

—En vuestro yate.

—¿Estaba en mi yate? —gritó Yáñez.

—Estaba escondido bajo los camarotes de popa.

—¡Por Júpiter! ¿Quién te lo ha dicho?

—El hombre blanco y también su amigo indio.

—Estabas en buena compañía, Yáñez —dijo Sandokán—. Yo en el lugar de Teotokris habría prendido fuego a la pólvora y habría volado el yate antes de que llegase a la bahía.

—Se ve que los griegos son más listos que tú, hermano —respondió el portugués—. No se sentía suficientemente fuerte para resistir a una explosión. Si saltaba yo debía saltar también él y más alto que yo, pues se encontraba más cerca de la santabárbara.

—Es cierto —reconoció Sandokán.

—Y ahora dime, Nasumbata, ¿dónde ha ido mi chitmudgar, o sea, el indio que acompañaba al hombre blanco?

—Se ha presentado ante el rajá del lago, acompañado por un jefe dayako.

—¿Para qué? —preguntó Sandokán.

—Para advertirle de que un hombre blanco asumía el mando de sus tropas combatientes en las fronteras.

—¡Ah, miserable! ¿Lo has vuelto a ver?

—No, el lago está lejos.

—¿Obedecen los dayakos al hombre blanco?

—Los hombres que tienen un rostro pálido ejercen siempre gran autoridad sobre los hombres de color —respondió Nasumbata.

—¿Y los dayakos lo han nombrado jefe en seguida?

—En seguida.

—Tú has estado otras veces en el lago. No lo niegues.

—No lo niego.

—¿Tiene muchos guerreros el rajá?

—Eso dicen.

—¿Posee muchas armas de fuego?

—Muchos kampilang y muchas sumpitan.

—¿Y mirim o lilá?

—Nunca he visto esas grandes armas de fuego.

—¡Ah, entonces nos veremos las caras! —respondió Sandokán.

Aspiró otras tres o cuatro bocanadas y después dijo:

—Creo, Nasumbata, que has nacido realmente bajo una buena estrella. Otro hombre en tu lugar, caído en mis manos, ya no estaría vivo. Había decidido echarte en el azufre de la caverna y ahora te concedo la vida. Pero ten en cuenta, Nasumbata, que yo no soy hombre que la conceda dos veces, y tú lo sabes. El Tigre de Malasia ha derrochado a veces vidas humanas cuando sus guerreros no merecían vivir… ¿Has visto al rajá?

—Sí, hace seis meses.

—¿Un buen dayako no se equivoca nunca de camino?

—Nunca.

—Me llevarás al lago: ése es el precio de tu vida. Si no aceptas haré que te echen a la caverna, y en un minuto no habrá quedado ni un hueso de tu esqueleto.

—Haré lo que quieras, señor. He cometido la equivocación de dejarme engañar por las promesas de aquellos dos hombres blancos y del indio.

—Está bien. ¿Crees que los dayakos nos tenderán otra emboscada?

—Sé que el rajá del lago ha dado órdenes a todos sus guerreros de empuñar las armas y cortarte el paso, dándoles a entender que eres el cazador de cabezas más famoso de toda la isla. En tu avance encontrarás sin duda sorpresas poco agradables.

—¡De eso me encargo yo! —observó Sandokán.

Había dirigido la mirada hacia un rincón del attap y había visto al negrito, que había asistido, completamente olvidado, al coloquio.

—Ven, buen hombre —le dijo—. ¿Dónde se encuentra tu poblado?

—En el camino que conduce al lago, orang —respondió el pigmeo.

—Me han dicho que eres un jefe.

—Mandaba una pequeña tribu.

—¿Está lejos?

El negrito meditó un momento, se miró los dedos, contó una y otra vez y después hizo un gesto de impaciencia.

—No lo sé —dijo—, pero llegaremos pronto.

—¿Conoces el camino?

—Nosotros sabemos siempre qué camino hemos de tomar.

—¿Nos conducirás a tu poblado?

—Sí, orang.

Yáñez llamó a uno de los cuatro malayos que habían llevado a Nasumbata hasta el attap y que se habían quedado fuera de guardia.

—¿Habéis salvado las reservas de municiones? —le preguntó.

—Sí, capitán. Tenemos dos cajas de armas de fuego.

—Bien, dame tu carabina.

En cuanto la tuvo en sus manos, Sandokán se la tendió al negrito, diciéndole:

—Esta es un arma que vale más que todas las sumpitan de los dayakos porque mata a gran distancia. Mis hombres te enseñarán a utilizarla. Eres un valiente, te lo dice un tuan-uropa.

—Eres grande, orang —respondió el negrito con voz conmovida—. Cuando quieras mi cabeza no ofreceré resistencia.

—¡No sabría qué hacer con cabezas! —dijo Sandokán estallando en una carcajada—. No soy un coleccionista empedernido como esos bribones de dayakos. Consérvala sobre tu cuello tanto tiempo como puedas.

Era mediodía, la hora de la comida.

Sapagar, que conocía perfectamente las costumbres de su terrible señor, había mandado a algunos malayos a las selvas cercanas, apoyados por una fuerte escolta de assameses, para que volvieran con abundante fruta, pues a aquella hora tan calurosa no se podía contar con caza.

Sandokán, Yáñez y sus dos compañeros, ya muy sobrios por naturaleza, acogieron bien los durion, los pombo, las bananas y los mangos, y después, tras charlar un rato y recomendar a los malayos que estaban de guardia que no perdiesen de vista un solo momento a Nasumbata, se tumbaron sobre los suaves y perfumados lechos de hojas. Habían decidido ya no ponerse en marcha hasta que atardeciese, entre otras cosas para evitar un nuevo ataque por parte de los dayakos, cosa que no era improbable considerando que los mandaba el griego.

El día pasó sin ninguna señal de alarma.

Los salvajes cazadores de cabezas, plenamente derrotados, debían haberse alejado para preparar quizás en la inmensa selva alguna nueva emboscada.

En cuanto se hubo ocultado el sol, los malayos y los assameses despejaron la colina para comenzar el avance hacia el lago.

La gran caverna ardía todavía con gran furia, secando rápidamente las hierbas y plantas que crecían en la colina.

Por los dos orificios y la entrada de la caverna salían masas pestilentes de vapor que silbaban siniestramente.

En el interior se oían de vez en cuando estruendos formidables, como si las paredes, calcinadas por el azufre, se derrumbaran.

Sapagar había organizado una fuerte vanguardia formada por una veintena de hombres entre malayos y assameses y apoyada por dos espingardas, ya muy temidas por los dayakos a causa de los huracanes de clavos que lanzaban.

El negrito, que había asegurado que conocía perfectamente la gran selva, iba con ellos.

Los otros seguían en dos filas indias, llevando las municiones, las armas de recambio, las otras dos espingardas y a Nasumbata, cuya pierna no estaba aún curada.

Sandokán y sus amigos precedían a las dos columnas, detrás de la vanguardia, fumando tranquilamente y charlando con animación.

Acostumbrados a todas las aventuras, habían olvidado ya el terrible momento pasado en la caverna ardiente.

La selva era muy densa y enmarañada. Eran sobre todo el rotang y las demás plantas parásitas las que, unidas a las enormes raíces que salían del suelo, hacían difícil la marcha. Los veinte parang de la vanguardia no permanecían inactivos ni un instante y cortaban rabiosamente todos los obstáculos, que podían facilitar también magníficas emboscadas a los dayakos, más acostumbrados a éstas que a combatir en campo abierto.

A medianoche, cuando la luna iluminaba majestuosamente la gran selva, la columna se detuvo a descansar en un pequeño claro tras mandar centinelas en varias direcciones para prevenir algún posible ataque.

Sin embargo, no turbaron el descanso ni los enemigos ni las fieras, aunque se habían oído a no mucha distancia los rugidos de los tigres malayos, tan peligrosos y astutos como los indios, y los roncos gruñidos de alguna pantera negra.

—Esta calma me inquieta más que una descarga de carabinas —dijo Yáñez a Sandokán en el momento en que la columna se preparaba para reanudar la marcha—. Me parece imposible que el griego haya renunciado tan pronto a atormentamos y que los dayakos, a los que tanto les gustan las emboscadas, hayan abandonado definitivamente la gran selva.

—Yo estoy completamente seguro de que nos siguen —respondió el Tigre de Malasia—. Ya verás como antes o después nos los encontraremos. El rajá del lago tiene mucho interés en detenemos antes de que lleguemos a las fronteras de su reino. Quizá no todas, las tribus le son leales, y alguna o muchas podrían acordarse de mi padre, su antiguo rajá, y de mí.

—¿Esperas una insurrección?

—Por ahora no cuento más que con nuestros hombres y nuestras armas. Ya veremos lo que ocurre cuando grite a la cara de los dayakos del lago: «Venid a combatir contra el hijo de Kaidangan si os atrevéis». Espero que no hayan olvidado todavía el nombre de mi padre.

—¿Sucederá lo que ha sucedido en Assam?

—Eso espero —respondió Sandokán con voz preocupada—. Pero yo seré menos generoso que tú y que Surama, pues no dejaré sobre sus hombros la cabeza del hombre que destruyó a mi familia y me robó el reino.

—No quisiera encontrarme en el pellejo de ese pobre rajá.

—Sabes que aquí las venganzas son terribles.

—¡Claro! ¡Estamos en el país de los cortadores de cabezas!

La columna se había puesto de nuevo en marcha, abriéndose un surco profundo en la interminable selva.

Avanzaba siempre en el mismo orden: veinte hombres delante, apoyados por dos espingardas, y los demás detrás, en dos filas, con las carabinas montadas, preparados para responder a cualquier ataque y ametrallar a hombres y árboles juntos.

La selva parecía haberse despertado inesperadamente. Bajo las bóvedas que formaba la maleza se oían mil extraños ruidos.

Animales que no se podían distinguir bien, ya que la luna se había ocultado, huían velozmente ante la vanguardia, quebrando ruidosamente las ramas; más lejos las ranas croaban desgañitándose, y resonaban los lúgubres y temibles rugidos de los tigres en busca de presa o los silbidos chillones de los rinocerontes.

Pero la columna continuaba tranquilamente su marcha, sin impresionarse por la presencia de todas aquellas fieras.

Sólo los dayakos la preocupaban un poco, pues era probable que hubieran preparado alguna emboscada para detenerla. Aquellos temores no eran infundados. Hacía dos horas que caminaba, cortando plantas, cuando el negrito que la conducía se detuvo bruscamente, gritando:

—¡Quietos todos! ¡Que nadie dé un paso!

Yáñez y Sandokán, viendo detenerse a la vanguardia, habían avanzado en seguida.

—¿Qué pasa? —preguntó el primero.

—Los dayakos han pasado por aquí y han cavado una trampa —respondió el hijo de las selvas.

—¡Una trampa!

—No pongas el pie sobre esta porción de terreno, orang. Debajo hay un hueco.

—¿Cómo lo sabes?

El negrito, en vez de responder, tomó una gruesa rama que yacía a su lado, arrancada probablemente por algún impetuoso golpe de viento, y la lanzó contra el suelo.

Este se desgarró y la rama desapareció en una profunda zanja.

—¿Has visto, orang? —preguntó el negrito con una sonrisa de triunfo.

—Era la boca del lobo —dijo Yáñez—. ¿Crees que la han cavado para nosotros o para que caiga algún búfalo o algún rinoceronte?

El negrito se agachó, arrancó algunas de las cañas que se habían colocado sobre la zanja para que disimulasen la trampa y mordió una sin limpiar siquiera la tierra que la envolvía en parte.

—Caña fresca —observó—. La han preparado hace poco, y no cabe duda de que han sido los dayakos.

—¿Habrán adivinado esos bribones nuestra dirección? —se preguntó Sandokán, que parecía bastante preocupado.

—¿Estás completamente seguro, amigo —inquirió Yáñez—, de que esta trampa la han preparado los dayakos para que cayésemos en ella?

—Necesitaría una antorcha —respondió el negrito.

—¡Sapagar! —gritó Sandokán—. Búscanos una rama resinosa y enciéndela inmediatamente.

El lugarteniente mandó diez o doce hombres en varias direcciones y unos minutos después se presentó llevando unas ramas que ardían quizá mejor que una antorcha.

—Aquí está, capitán —dijo.

El negrito las tomó, se arrastró con precaución hasta el borde de la trampa, tanteando con una mano el terreno por miedo de que hubiese enterradas puntas de flecha envenenadas con upas o con cetting, y después miró al fondo.

—¿Qué? —preguntó Yáñez.

—No han plantado más que un palo —respondió el negrito.

—¿Qué quieres decir?

—Que es una trampa preparada para caza mayor y no para hombres. No deben de haber sido los dayakos los que la han cavado.

—¿Quién, entonces?

—Quizá mis compatriotas —dijo el negrito—. Ya no estamos muy lejos del poblado.

—¿Podemos, pues, reanudar la marcha? —preguntó Sandokán.

—Sí, orang.

—¿Cuándo podremos llegar a tu poblado?

El negrito miró las estrellas, meditó unos instantes y respondió:

—Antes de que salga el sol.

—¡Adelante! —mandó el Tigre de Malasia a sus hombres, que vigilaban atentamente los dos bordes de la selva, manteniendo un dedo en el gatillo de las carabinas.

—La columna se puso en marcha por tercera vez, siempre en el mismo orden. Sandokán y Yáñez se habían colocado ahora a la cabeza de la columna a pesar de las ardientes advertencias de Sapagar, que temía que cayese sobre sus jefes una nube de flechas envenenadas.

Pero vigilaba el negrito, un hombre que, acostumbrado a vivir en la selva y siempre alerta, valía más que un perro de guardia.

Comenzaban a difundirse por el cielo los primeros reflejos del alba cuando el hijo de las selvas se detuvo bruscamente, tomó el angilung, que no había abandonado, y lanzó unas notas agudísimas.

—¿Qué haces? —le preguntó Yáñez, siempre desconfiado.

—Hemos llegado a mi poblado, orang —respondió el hombrecillo—, y despierto a mis súbditos. Mira allí arriba, en aquellos árboles: ¿los ves?

18. Los sargentos instructores

Los negritos de Bornee, como los de Filipinas, de las Célebes, de Palaván y de otras grandes islas del mar sino-malayo, conscientes de su debilidad para ofrecer una resistencia adecuada a sus enemigos, que parecen experimentar una verdadera satisfacción exterminándolos, como si fueran espíritus maléficos, no construyen en el suelo sus poblados.

Con el fin de prevenir imprevistos asaltos y carnicerías prefieren, con razón, formar sobre plantas altísimas sólidas plataformas y levantar sobre éstas refugios que no se pueden llamar siquiera cabañas, pues no son más que unos simples techados abiertos a todos los vientos y a las furiosas lluvias que de vez en cuando, aunque a largos intervalos, caen sobre aquellas regiones ecuatoriales e intertropicales.

Por supuesto, esas pintorescas construcciones, que curiosamente se encuentran también a orillas del Orinoco, uno de los ríos gigantes de Sudamérica, no los protegen completamente de sorpresas desagradables, pues los feroces coleccionistas de cabezas humanas de vez en cuando talan o incendian la selva, y entonces no queda nada de los poblados aéreos. Lo que no es obstáculo para encontrar luego los cráneos de sus desgraciados pobladores, más o menos intactos, y los dayakos no piden más, pues no son como los neozelandeses, que ponían gran cuidado en conservar incluso las facciones de los enemigos vencidos.

El poblado aéreo del negrito se componía de media docena de inmensas plataformas y unos cincuenta techados formados por ramas entrelazadas y gigantescas hojas de banano y de arenga saccharifera.

Al oír las notas estridentes del angilung, varios hombres de piel negra y cabello crespo habían aparecido por los bordes de las plataformas empuñando lanzas cortas y cerbatanas, preparados para defenderse. Viendo a su jefe, al que creían perdido, lanzaron un alarido de alegría que encontró eco bajo los techados.

—Subid, orang —dijo el hijo de las selvas, dirigiéndose a Yáñez y Sandokán—, le debo la vida a uno de vuestros hombres y en mi poblado tendréis todo lo que poseen mis súbditos.

Desde lo alto de las plataformas habían echado una especie de escalera formada por fortísimos rotang.

El negrito se encaramó primero con una agilidad de mono, seguido inmediatamente por Sandokán, Yáñez y Tremal-Naik.

En cambio, los malayos y assameses, para no congestionar el poblado, habían improvisado en seguida un pequeño campamento bajo los enormes árboles que sostenían las plataformas, colocando ante todo las espingardas en los cuatro lados de la maleza que rodeaba al poblado.

—Preferiría una cabaña en tierra —dijo Yáñez a Sandokán, que le precedía—. No sé cómo estaremos allí arriba.

—Realmente no son muy cómodos —respondió el Tigre de Malasia—. Conozco los poblados de los negritos y sobre todo los suelos de sus techados. Procura no romperte las piernas. Nosotros llevamos botas, mientras que estos hijos de las selvas no las han conocido nunca y poseen la agilidad de los monos.

Sandokán estaba en lo cierto, pues cuando Yáñez puso los pies sobre la primera plataforma se detuvo muy sorprendido, lanzando cuatro o cinco maldiciones a su Júpiter. Las plataformas no estaban cubiertas por tablas, como parecía. La estructura era muy robusta y estaba apoyada firmemente en sólidas ramas, pero el suelo estaba formado por bambúes colocados a la distancia de medio pie, o tal vez más, entre uno y otro.

—¡Por Júpiter! —exclamó Yáñez—. Es una verdadera trampa en la que se corre el peligro de romperse las piernas, como has dicho. Estos salvajes cuando quieren pasear se ven obligados a hacer una gimnasia infernal.

—Están acostumbrados a ello —respondió el Tigre de Malasia.

—¡Pero si llevasen zapatos! Desgraciadamente en este país no se conocen.

—No harían fortuna los zapateros.

—No me cabe la menor duda.

—¿Empezamos a saltar?

—Saltemos —respondió Yáñez, que hacía unos momentos que olfateaba, con cierto agrado, un olor exquisito que salía de uno de los techados lleno de mujeres atareadas.

Iba a comenzar su gimnasia cuando vio a varios negritos que llegaban con grandes tablas. Sin duda habían comprendido la dificultad de sus invitados y se apresuraban a colocar puentes para hacerles menos cansado el avance por las grandes plataformas.

—¡Vaya! —exclamó Yáñez—. ¡Qué amables son estos salvajes…!

—No sigas llamándoles salvajes —le dijo Tremal-Naik riendo.

—Tienes razón, amigo.

Pasaron por los puentes y llegaron a uno de los primeros techados, donde se encontraba el negrito rodeado por algunos hombres de baja estatura, casi desnudos y con extraños tatuajes en sus cuerpos: eran los notables o los guerreros más famosos de la tribu.

Cubrían los bambúes esteras muy gruesas formadas por nervaduras de arengas saccharifera para no exponer a los aventureros a alguna grave caída.

El negrito ofreció ante todo a sus nuevos amigos, en rudimentarias tazas de arcilla cocida, el kalapa., bebida refrescante que se encuentra dentro de los cocos; después cuatro mujeres trajeron un jabalí cocinado entero mientras unos muchachos ofrecían cazos llenos de laron, las larvas de las termitas, y de ud-ang[49a], una mezcla repugnante de pequeños crustáceos secados y pulverizados junto con peces dejados antes al sol para que fermenten y se pudran, pese a lo cual es apreciada por los gourmets de Borneo, ya sean malayos, dayakos o negritos.

—Mi tribu os ofrece, orang, lo mejor que posee —dijo el negrito.

—¿Y nuestros hombres? —preguntó Yáñez.

—He hecho que asen para ellos dos babirusas capturadas ayer por la mañana —respondió el jefe—. No pasarán hambre.

—¿Y tu tribu?

—Por hoy se conformará con frutas de la selva. No te preocupes, orang, y come.

Los tres aventureros, que hacía unas treinta horas que no comían, no se hicieron rogar y festejaron el jabalí asado, regándolo con no pocas tazas de excelente bram, licor fortísimo extraído del arroz fermentado y del jugo de ciertas palmeras, que se parece bastante al sam-sciù de los chinos. En cambio, los notables o guerreros célebres, o lo que fuesen, habían empezado a comer las larvas de termitas y el ud-ang que Yáñez, Sandokán y Tremal-Naik habían descartado inmediatamente.

Habían terminado la comida y comenzaban a humear las pipas y los cigarrillos cuando Yáñez, que parecía atormentado por un pensamiento, se dio una fuerte palmada en la frente diciendo:

—¡Tengo una idea!

Sandokán y Tremal-Naik se habían vuelto hacia él, interrogándolo con la mirada.

—Sí, una idea —repitió el portugués.

—Si ha nacido en tu cerebro debe de ser muy buena —dijo el Tigre de Malasia—. Tu cerebro ha sido siempre fertilísimo en hallazgos extraordinarios. Explícate.

En vez de contestar, Yáñez se dirigió al negrito, preguntándole:

—¿De cuántos guerreros dispone tu tribu?

—De unos cuarenta, orang. Los cazadores de cabezas la diezmaron cruelmente el año pasado.

—¿Son valientes, por lo menos?

—Se han batido siempre muy bien.

—¿Crees que si permaneces aquí estás resguardado de las bandas dayakas que recorren la selva?

—Es posible, orang, que destruyan mi tribu de un momento a otro. Cuando hayáis partido vosotros, que tenéis tantas cañas que truenan, los cazadores de cabezas caerán sin duda sobre nosotros para vengarse de que yo os he servido de guía. ¡Los conozco demasiado bien!

—¿Quieres seguimos hacia el lago? Nosotros nos encargaremos de protegerte a ti, a tus hombres, a tus mujeres y también a los niños.

En los ojos negrísimos del hijo de las selvas brilló un relámpago de alegría.

—¿Lo harás, orang? —preguntó conmovido.

—Y enseñaré también a tus hombres a usar las cañas que truenan. Tenemos un par de cajas de carabinas, ¿verdad, Sandokán?

—Suficientes para armar a todos estos hombres —respondió el Tigre de Malasia.

—¿Apruebas mi idea?

—Por completo, Yáñez. Ya te había dicho antes que debía de ser muy buena. Disparen bien o mal, no se pueden despreciar cuarenta bocas de fuego. Nos estorbarán las mujeres y los niños.

—Haremos de ellos porteadores y porteadoras de víveres —respondió Yáñez.

—Le encuentras respuesta a todo —dijo Sandokán—. ¡Diablo de hombre!

—No soy un diablo, sino un rajá indio —dijo, bromeando, el portugués.

—¿Pero quién adiestrará a estos salvajes que no han tenido nunca en sus manos un fusil? —preguntó Tremal-Naik.

—¿Quién? Kammamuri y yo —contestó Yáñez—. Sandokán no tiene ninguna prisa por colocarse en la cabeza la corona de rajá del Kin-Ballu, una corona que probablemente no conseguirá encontrar ni siquiera en el fondo del lago, por lo que podemos detenernos unas semanas para instruir a estos negritos. Tengo esperanzas de hacer de ellos óptimos soldados que efectuarán tan bien las maniobras como los soldados portugueses y holandeses. ¡Uno…, dos…, en fila…, adelante…, corriendo…, carguen…, apunten…, fuego a discreción…! ¡Por Júpiter, sería un magnífico sargento instructor!

—¡Un gran general! —dijo Tremal-Naik—. Me parece escuchar a sir John Dukley dirigiendo las maniobras de los cipayos en la magnífica explanada del fuerte William.

—¡He aquí a un hombre realmente maravilloso! —dijo Sandokán estallando en una carcajada—. Verás, mi querido Tremal-Naik, cómo sabrá convertir a estos salvajes en soldados más disciplinados que mis malayos y mis assameses. ¡Es una pena que se haya convertido en rajá!

Aquel primer día pasado en el poblado aéreo de los negritos transcurrió alegremente, regado con bastante abundancia por bram y kalapa.

También los malayos y assameses, acampados alrededor de los gigantescos árboles, gozaron de la hospitalidad de aquellos pobres negritos.

Por la tarde en las plataformas se organizó incluso un baile, en el que se guardaron bien de participar los jefes de la piratería y los assameses, que calzaban botas para no exponerse al peligro de romperse las piernas.

Sandokán no se olvidó de tomar después del anochecer grandes precauciones con el fin de evitar cualquier sorpresa por parte de los dayakos, que no habían dado señales de vida.

Desconfiaba mucho del griego, cuyo espíritu vengativo conocía ya perfectamente. Por fortuna, disponía de los cuarenta guerreros del negrito, a los que colocó como centinelas avanzados y leales en la gran selva, para prevenir a sus malayos y a los assameses de Yáñez de un ataque inesperado.

Además, las cuatro espingardas, cargadas hasta la boca de clavos de cobre y fragmentos de vidrio, estaban preparadas para acoger debidamente a los feroces cazadores de cabezas.

Pero aquellas precauciones fueron completamente inútiles, pues la noche transcurrió muy tranquila y todos pudieron gozar de un buen sueño, cosa que necesitaban urgentemente.

Unas horas después del amanecer Yáñez estaba en pleno ejercicio de sus funciones de sargento instructor.

Su voz retumbaba como una trompeta bajo la bóveda de los grandes árboles, arrancando con frecuencia carcajadas de Tremal-Naik y Sandokán, que desde lo alto de las plataformas asistían al espectáculo junto con las mujeres de la tribu.

—¡Uno…, dos…, en fila…, a la derecha…, izquierda…, carguen…, apunten…, fuego…, al asalto…! ¡Hurra por el Tigre de Malasia!

Y no bromeaba el portugués. Cuando un guerrero no se movía con rapidez caía sobre la espalda del desmañado una lluvia de palos, plenamente aprobada por el jefe de la tribu.

Sin embargo, aquellos pobres salvajes, a pesar de sus buenos deseos de convertirse en dignos guerreros del tuan-uropa, parecían tener la cabeza muy dura, pues después de un par de horas sabían aún menos que antes y no habían conseguido todavía marchar en columna. Quizá no comprendían completamente las órdenes que el portugués daba, acompañadas de palos.

—¡Por Júpiter! —exclamó Yáñez, que hacía dos horas que se tostaba bajo un sol de fuego—. ¿Tendré que abandonar mi famosa idea?

Miró hacia las plataformas.

Sandokán y Tremal-Naik, tumbados a la sombra de los grandes árboles, al borde del poblado aéreo, con sendas pipas en la boca, lo miraban sonriendo irónicamente.

—Parece como si se divirtieran con mis esfuerzos prácticamente inútiles —dijo—. ¡Kammamuri, ven!

El maharata, que gozaba también del insólito espectáculo a la sombra de un árbol, conteniendo con dificultad la risa, escupió la nuez de areca que estaba masticando y avanzó diciendo con voz grave:

—Presente, general.

—¡Por la muerte de Júpiter! —gritó Yáñez un poco exasperado—. Me parece que todos os estáis burlando de mí.

—En absoluto, general.

—Te he nombrado instructor de las tropas assamesas porque perteneces a la más brava casta guerrera de la India.

—Cierto, señor Yáñez.

—Pero no te he visto dirigir a mis súbditos.

—Cierto, señor Yáñez.

—Adiéstrame, pues, a estos salvajes, que parecen tener un cerebro muy cerrado. ¡Yo ya tengo bastante!

—Se precisa un buen bambú para infiltrar en sus cráneos las maniobras de los cipayos.

—El jefe te lo permite.

—Entonces, dejadme a mí. Os aseguro, señor Yáñez, que dentro de ocho días estos hombres efectuarán las maniobras como el primer regimiento de fusileros de Bengala.

—¡Vete al diablo! —gritó Yáñez—. Si no lo consigues, te relevaré del cargo de instructor de los regimientos assameses, palabra de honor.

Se agarró a la escalera formada por fibras de rotang y subió hacia el poblado aéreo mientras Kammamuri gritaba, desgañitándose, a los atontados salvajes:

—Marchen…, alto…, formad…, ¡por la muerte de Shiva, de Visnú, de Brahma y de todos los kateri de la India! ¡Adelante…, alto…, rodilla en tierra…, fuego…, carguen…, rompan filas…, en columna…, al ataque! ¡Barred a los dayakos sin darles cuartel!

19. El asalto de los rinocerontes

Ocho días después, malayos, assameses y negritos abandonaban el poblado aéreo y el campamento para reanudar su marcha hacia el Kin-Ballu.

La columna estaba muy bien ordenada, pues Kammamuri, a fuerza de gritos y bastonazos había conseguido, cosa increíble, transformar a los cuarenta guerreros del jefe en verdaderos soldados, que no habrían desmerecido al lado del primer regimiento de fusileros de Bengala, con gran sorpresa de Yáñez, Sandokán y Tremal-Naik.

Decididamente, también aquel leal servidor del ex cazador de la selva negra había nacido… general de los estados maharatas, o, por lo menos, excelente sargento instructor.

Una treintena de mujeres y otros tantos muchachos seguían a la columna llevando víveres y municiones y protegidos por una fuerte retaguardia mandada por Sapagar.

Los dayakos no habían dado señales de vida, pero todos sentían por instinto que aquellos feroces cazadores de cabezas no debían de haber abandonado la gran selva y la vigilaban desde lejos.

En varias ocasiones por la noche los negritos que montaban guardia alrededor del campamento habían visto sombras humanas deslizarse entre los grandes árboles y los rotang y desaparecer con velocidad fulminante sin dejar casi ninguna señal. El vengativo griego no había abandonado, ciertamente, su vigilancia.

Sin embargo, la columna, provista de casi un centenar de bocas de fuego y apoyada por las cuatro espingardas, tenía, por el momento, muy poco que temer, aunque los negritos no eran más que malos reclutas que cerraban los ojos cada vez que disparaban las carabinas.

Durante cuatro días la columna continuó tranquilamente su marcha, sin ser molestada en ninguna de sus etapas y permitiéndose incluso el lujo de dar alguna batida para proveerse de carne; pero hacia el anochecer del quinto, cuando en la lejanía comenzaban ya a delinearse netamente sobre el horizonte incendiado las altas cimas del Kaidangan, una cordillera que surge casi a medio camino entre la bahía del Malludu y el Kin-Ballu, un acontecimiento, aunque no inesperado, la detuvo bruscamente.

La columna iba a acampar en un pequeño claro abierto tal vez por una carrera de elefantes, pues yacían en el suelo numerosos troncos de árbol que parecían violentamente partidos, cuando el negrito, que guiaba siempre a la vanguardia y observaba todo con atención, se aproximó a Kammamuri, por el que sentía un cariño especial, diciéndole con su voz gutural:

—¡El enemigo!

—¿Dónde? —preguntó el maharata desconcertado, pues hasta entonces no había notado nada alarmante.

—Desciende del Kaidangan.

—¿Tienes dos anteojos fijados a tus pupilas?

—No sé lo que son esas cosas —respondió ingenuamente el hijo de la selva.

—No es necesario que en este momento te explique qué clase de bichos son. Otra vez será. ¿Dónde está el enemigo? No lo veo.

—Baja por la montaña, ya te lo he dicho, orang.

—¿Por qué parte?

—¿No ves allá arriba unos puntos luminosos corriendo?

—Son luciérnagas.

—Te equivocas, orang.

—¿Qué crees que son entonces?

—Grandes animales.

—¿Que llevan antorchas en la boca?

El salvaje hizo un gesto de impaciencia.

—No bromees, orang —dijo con voz grave—. Dentro de poco estarán aquí y barrerán nuestro campamento. Los cazadores de cabezas están detrás de esos bichos.

—¡Que Shiva me ahogue en el mar de leche de la gran serpiente si entiendo a este hombre! —exclamó Kammamuri—. Quizás el Tigre de Malasia, que conoce este país mejor que yo y que comprende mejor que yo la lengua de estos hombres, pueda entender algo más.

Dejó al negrito, que seguía mirando con cierta preocupación las pendientes boscosas del Kaidangan, y fue a informar a los jefes de la expedición de lo que había oído. Sandokán, Yáñez y Tremal-Naik, que marchaban con el grueso de la columna, llegaban en aquel momento al claro, en el que los malayos, ayudados por los assameses de la vanguardia, habían construido ya con rapidez varios attap para resguardarse de la humedad de la noche, que produce con frecuencia la llamada fiebre de los bosques o fiebre negra, enfermedad que en menos de veinticuatro horas manda al otro mundo al hombre más robusto.

—Si el negrito no está tranquilo es que nos amenaza algún peligro —dijo Sandokán tras escuchar atentamente a Kammamuri—. Yo conozco a estos hijos de la selva y sé que su instinto no les abandona nunca. ¿Dónde están esos fuegos?

—Bajan por las montañas.

—¿Y tú crees que son luciérnagas?

—A mí me lo parecen.

—Estamos a un par de millas de la base del Kaidangan. ¿Cómo pretendes, mi querido Kammamuri, distinguir a tanta distancia un insecto fosforescente?

—¿Es que tus ojos se han convertido de repente en anteojos de marina? —preguntó Yáñez—. A veces Brahma, Shiva y Visnú hacen milagros desconcertantes.

—En los que no he creído nunca —añadió Tremal-Naik.

—Vamos a ver estos misteriosos fuegos —concluyó Sandokán.

El negrito se había encaramado a un betel cuyo delgado tronco tenía quince o veinte metros de altura y, agarrado a las larguísimas hojas, oteaba con atención la llanura que se extendía más allá de la selva hasta la base de la montaña.

—¿Qué ves? —le preguntó Sandokán.

—Los fuegos.

—¿Qué son?

—Todavía no lo sé, orang —contestó el hijo de la selva.

Ahora corren a gran velocidad por la llanura.

—¿No son luciérnagas?

—No, orang: son grandes animales.

—No he visto nunca animales grandes luminosos.

—Espera, orang.

—¿Entiendes algo de este asunto, Yáñez? —pregunto Sandokán, dirigiéndose al portugués, que estaba comiendo tranquilamente una magnífica banana que le había ofrecido Sapagar.

—Nada, hermanito.

—¡Y sin embargo este negrito no puede equivocarse!

—Será como tú dices.

—Parece que te interesa más la banana que el peligro que nos amenaza —dijo Sandokán.

—De momento sí: es realmente exquisita. No las he comido tan buenas ni siquiera cuando estaba en la corte de Surama.

—Saca alguna conclusión.

—Esperemos.

—¿Pero qué crees que serán esos fuegos?

—Cometas.

En aquel momento se oyó un disparo seguido por un grito.

—¿Quién ha disparado, Sapagar? —gritó Sandokán.

Varios malayos y no pocos assameses se precipitaron hacia un tupido matorral que se alargaba hacia uno de los cuatro ángulos del campamento.

Se oían voces en las tinieblas.

—¡Buen disparo!

—¡Una bala en la frente!

—¡Los bribones están cerca!

—¡No, era un espía!

—Bien muerto está.

Sandokán, Yáñez y Tremal-Naik se precipitaron hacia el matorral.

—¿A quién habéis matado? —preguntó el primero, abriéndose paso.

—A uno de esos malditos dayakos, señor —respondió Sapagar, que había sido uno de los primeros en acudir—. Ese perro nos espiaba y tal vez esperaba la ocasión propicia para lanzarnos unas docenas de flechas envenenadas.

—¡Échalo a los tigres o a las panteras!

—¡A las armas! —gritó en aquel mismo momento el negrito.

—¡Vaya! —exclamó Yáñez—. Esta noche no se puede dormir ni fumar un cigarrillo. Bueno, la verdad es que nuestras carabinas corren el peligro de oxidarse. ¡Eh, Kammamuri, tú que has sido el sargento instructor de estos salvajes, haz que formen de modo más o menos regular! Yo me encargo de mis assameses.

—¡No! —gritó Sandokán—. Ya he comprendido de lo que se trata. Es una vieja estratagema de los dayakos de estas regiones. ¡Rápido! Ocupad las ramas de los árboles más robustos y estad preparados para abrir fuego. Primero los niños y las mujeres.

—¿Qué nos echan encima esos canallas? —preguntó Yáñez, que conservaba su calma habitual y no parecía tener mucha prisa por ponerse a salvo.

—No pierdas tiempo, hermano —respondió el Tigre de Malasia—. Sígueme allá arriba, entre las ramas de ese magnífico pombo. Resistirá los embates de esas bestias.

—¿De qué bestias? Estás muy enigmático.

En vez de contestar, Sandokán se lanzó hacia el gigantesco árbol, se agarró a los festones de rotang y de nepentes y trepó rápidamente, seguido inmediatamente por Tremal-Naik y Sapagar, que ayudaba a Nasumbata.

También los demás se encaramaban precipitadamente a las plantas más fuertes, entre los chillidos de las mujeres y los niños.

Al verse solo, Yáñez creyó conveniente imitar aquella maniobra de cuadrumanos y llegó lentamente donde estaba Sandokán.

—Ahora me explicarás qué espantoso cataclismo está a punto de caer sobre nosotros —dijo el pirata una vez se hubo acomodado en la horquilla de una gruesa rama.

—¿No oyes?

—Sí, un estruendo lejano que parece producido por el galope desenfrenado de un número considerable de pesados animales y que nosotros oímos ya cuando asistimos a la emigración de los búfalos.

—Pero esta vez no se trata de búfalos, sino de animales mucho más narigudos.

—¿Narigudos? —exclamó el portugués mirándole con estupor—. ¿Elefantes?

—No, rinocerontes; y estoy segurísimo de que no me equivoco.

—¿Crían esas bestias los dayakos de tu país? Es algo que desconocía.

—Los utilizan para la guerra, y los que capturan en las trampas los reservan para lanzarlos contra sus enemigos. Comprenderás perfectamente, Yáñez, que es muy difícil resistir esas cargas, especialmente si tienen lugar en una llanura.

—¿Y cómo los azuzan y dirigen?

—Con fuego. Ahora verás en acción a los conductores de esos bichos. Los rinocerontes han entrado ya en la selva y se dirigen hacia nosotros.

—No me preocupan.

—Claro, porque estás seguro encima de un árbol que resistiría el embate de diez elefantes.

—Puede ser, Sandokán —respondió Yáñez.

A poca distancia se oían golpes tremendos y fuertes resoplidos.

Los rinocerontes corrían desesperadamente, enfurecidos por los hombres que los azuzaban.

—¡Preparad las armas! —gritó Sandokán a sus hombres, que se encontraban encaramados, en pintoresco desorden, en las gruesas ramas de los altos árboles.

—Y sobre todo no olvidéis haceros con comida abundante —añadió Yáñez—. La carne de los rinocerontes no es tan mala como dicen.

El estruendo aumentaba por momentos, en un crescendo impresionante. Bajo los árboles se veían como líneas de fuego cruzándose, separándose y uniéndose de nuevo.

—Eh, Sandokán —dijo Yáñez, que no estaba nunca callado más de diez minutos—, tú que pareces conocer el modo de guerrear de estos condenados cazadores de cabezas, ¿no podrías explicarme la presencia de esos fuegos?

—Eso es precisamente lo que hace terribles a los rinocerontes, amigo.

—¿Cómo?

—Todos esos bichos llevan ensartado en el cuerno un haz de bambúes secos.

—Entiendo. Al correr, la llama se reanima y las pobres bestias se queman la nariz y la frente.

—Y quedan cegados.

—¡Son listos esos salvajes!

—Ya están aquí.

—Estamos preparados para recibirlos.

Los rinocerontes habían llegado ya a muy poca distancia y se precipitaban por la selva con ímpetu irresistible, unidos entre sí por sólidas cadenas de hierro.

Los desventurados animales llevaban ensartados en el cuerno haces de leña untada con resina; los seguían unos cincuenta dayakos que los espoleaban despiadadamente con largas lanzas.

Los árboles tiernos y los matorrales caían segados por las cadenas, y cuando la manada topaba con un gran árbol que ni siquiera los elefantes podían derribar, los animales se desplomaban patas arriba lanzando berridos ensordecedores, pues aquellas caídas provocaban lluvias de chispas que producían quemaduras muy dolorosas.

Aquél era el momento más difícil para los dayakos, pero aquellos bribones conseguían a golpes de lanza que los animales volvieran a tomarla dirección deseada.

La manada que iba a arrasar el claro se componía sólo de unos quince rinocerontes, pero si hubieran sorprendido a los malayos, a los assameses y a los negritos bajo los attap habrían hecho una carnicería. Habrían pasado sobre sus cuerpos y sin duda habrían destripado o lanzado por los aires a un buen número, dado el furor que los poseía.

Afortunadamente el negrito había dado la alarma a tiempo y Sandokán había intuido inmediatamente el peligro.

Después de otra caída ante un grupo de durion y casuarinas., cuyos troncos gruesos y fuertes no habían cedido, los rinocerontes se lanzaron furiosamente por el campamento, barriendo los ligeros techados construidos por los malayos, pero fueron a chocar contra otro grupo de grandes plantas.

Se vio entonces un espectáculo horripilante. Los pobres animales, que debían de haber perdido la visión por la incesante lluvia de chispas que caía de los haces de bambúes ensartados en su cuerno nasal y que no se habían apagado todavía, detenidos bruscamente en su loca carrera, se encabritaron como si se hubieran vuelto locos y se lanzaron unos sobre otros, en una confusión indescriptible, quemándose recíprocamente.

Los dayakos encargados de conducirlos iban a lanzarse contra ellos para obligarles a reanudar la carrera cuando resonó la voz metálica de Sandokán, imponiéndose por un momento sobre los bramidos horripilantes de los colosos.

—¡Fuego contra los hombres!

Resonaron, una tras otra, tres descargas.

Malayos, assameses y negritos disparaban furiosamente.

Los dayakos, asustados por aquel estruendo y por los silbidos de los proyectiles, abandonaron a los rinocerontes y escaparon velozmente, dejando tras ellos una decena de cadáveres.

—¡Pensad en la comida! —gritó Yáñez, que ni siquiera se había dignado desperdiciar una bala.

Los rinocerontes se habían puesto en pie y estaban casi todos libres, pues en aquel último y formidable choque se habían roto las cadenas que los unían.

Sin embargo, uno de ellos había quedado tendido contra el colosal tronco de un durion, pues en la desesperada carga se había partido el cráneo y su hocico se chamuscaba, emanando un olor nauseabundo de carne quemada.

Bastaron unos disparos para poner en fuga a los demás y despejar el campamento, que había quedado en condiciones deplorables, pues ni un solo attap permanecía en pie.

—¡Terminó la fiesta! —dijo Yáñez, pidiéndole un cigarrillo a Tremal-Naik—. En este momento quisiera ver la cara de ese perro griego. No estará muy contento por el fracaso de esta nueva modalidad de carga. Podemos bajar, Sandokán.

—Creo que podemos acampar ya sin peligro. Supongo que los dayakos no tendrán a su disposición otra manada de rinocerontes. De momento nos dejarán tranquilos, aunque espero de ellos otras sorpresas. El rajá del lago nos disputará furiosamente el terreno.

Se agarraron a los rotang y calamus y se descolgaron hasta el suelo. Los malayos, assameses y negritos los habían precedido y se habían lanzado contra el rinoceronte empuñando los parang, poniéndose a trabajar para despedazarlo, lo que no era tan fácil como puede parecer, pues esos animales tienen una piel tan resistente que pueden desafiar impunemente las balas de los viejos fusiles, y costillas tan firmes que ponen a prueba las mejores hachas.

Mientras tanto, algunos malayos se encargaban de reconstruir los attap, trabajo mucho más fácil que el descuartizamiento del coloso.

—Eh, Sandokán —dijo Yáñez, siempre de buen humor—, ¿no volverán los rinocerontes? Si están ciegos es probable que vuelvan a molestarnos.

—No se puede descartar ese peligro —respondió el Tigre de Malasia—. Pero esperemos que hayan huido y no vengan ya por aquí.

—De cualquier modo, estaremos preparados para recibirlos —añadió Tremal-Naik, que estaba tranquilamente tumbado bajo el primer attap reconstruido.

—Esperemos que nos dejen cenar sin contratiempos —dijo Yáñez—. ¿Y los dayakos?

—No te preocupes por ellos —dijo Sandokán—. Deben tener un miedo terrible, y por ahora, después de ver la inutilidad de su intento de destruimos, nos dejarán tranquilos. Los encontraremos más adelante. Eh, Sapagar, te recomiendo la cena. No será demasiado delicada, pero nos la comeremos de todas formas. Estamos acostumbrados a la caza mayor.

Los negritos, ayudados por sus mujeres, habían recogido ya leña en abundancia y habían encendido siete u ocho hogueras, suficientes para asar una docena de búfalos salvajes.

Se asaban ya enormes trozos de carne chisporroteando alegremente.

A pesar de que en las proximidades podía haber dayakos todavía, los muchachos recogían mangos, pombos, bananas y durion, trepando con la agilidad de los monos a los árboles más altos.

Sapagar, en cambio, estaba ocupado asando para sus señores anchas tajadas de frutos de árboles del pan, que, aunque no sabían a pan de trigo, podían pasar por tajadas de calabaza cocinada al horno con un ligero sabor de alcachofa.

La noche se presentaba espléndida. Brillaba la luna e inundaba con sus rayos azulados el claro, y de las montañas cercanas descendían de vez en cuando soplos de aire fresco y perfumado. En la gran selva reinaba un profundo silencio, roto sólo por el ligero murmullo de las frondas.

—Es una noche deliciosa, que recuerda las tibias y perfumadas de Assam, ¿verdad, Tremal-Naik? —dijo Yáñez.

—Yo, la verdad, estoy ocupado oliendo el perfume del asado —respondió el indio—. He visto demasiadas en la jungla negra; pero precisamente las más hermosas solían ser las más peligrosas.

—¡Te estás convirtiendo en un pájaro de mal agüero! —dijo el portugués—. Estos indios se vuelven fúnebres cuando dejan de ver el Ganges.

—Aún no ha salido el sol.

—Si estuviese en mi mano le mandaría un mensaje para decirle que no apareciera hasta después de las nueve… ¡Ah, aquí está Sapagar! ¿Quién diría que la carne de un rinoceronte exhala un olor tan apetitoso cuando está bien asada?

—Yo, que la he comido con frecuencia cuando era todavía casi un niño —respondió Sandokán.

—Tú eras entonces medio salvaje y no podías opinar. Aquí hay un hombre civilizado, un tuan-uropa, como nos llaman los malayos a los europeos, y a mí me corresponde dar una opinión exacta sobre si los rinocerontes son realmente suculentos; en caso afirmativo daré órdenes a mis grandes cazadores de Assam de capturar por lo menos uno cada semana y a mi primer cocinero le encargaré que lo cocine entero y perfectamente si quiere permanecer en la corte de Surama, la mujer del príncipe consorte.

—Y rajá en parte —dijo Tremal-Naik.

—Mejor dicho, maharajá —dijo Sandokán.

Sapagar, seguido por cuatro o cinco mujeres negritas, había aparecido bajo el attap llevando triunfalmente bajo una doble hoja de banano un asado colosal, suficiente para veinte personas, mientras sus ayudantes traían, también sobre hojas de banano, anchas rebanadas del fruto del árbol del pan asadas y pirámides de pombos y bananas.

—¡Esto es un verdadero banquete! —exclamó Yáñez—. ¿Se podría conseguir también, señor mayordomo o chef, un poco de vino?

—Hemos descubierto, señor, una arenga saccharifera, y mis hombres están exprimiéndola.

—Si alguna vez te decides a venir a la corte de Assam te nombraré primer cocinero de la corte.

—Prefiero trabajar con el parang, señor —respondió el malayo riendo—. Es más emocionante.

—¡Carnicero y bandido! Renuncias a una posición honrosa para seguir siendo pirata.

—¡Como si tú no lo hubieses sido nunca! —dijo bromeando Sandokán.

—Entonces defendíamos Mompracem contra los leopardos ingleses.

Al oír nombrar a su isla una sombra oscureció la frente de Sandokán.

—¡Ya está conmovido! —dijo Yáñez, que se había dado cuenta.

—¿Sabes que daría todo el reino de mis antepasados por un solo trozo de aquella tierra?

—Ahora preocúpate por conquistar aquél.

—Sí, por ahora.

—Y dale una buena dentellada a este asado. Ya tendremos tiempo de hablar de ese asunto, que también a mí me interesa.

Le pidió a Tremal-Naik el tarwar y se puso a cortar en lonchas el trozo de rinoceronte.

Se habían puesto a comer con buen apetito, acompañando la carne, un poco coriácea pero sabrosa, con frutos del árbol del pan y alguna banana, cuando a poca distancia resonó un silbido estridente, seguido por un fragor de ramas y árboles.

—¡Vuelven los rinocerontes! —gritó Yánez, saltando hacia su carabina—. ¡Nos han aguado la cena!

20. Cargas furiosas

Los malayos, assameses y negritos que estaban refocilándose con la carne de rinoceronte alrededor de las gigantescas hogueras se habían incorporado rápidamente, lanzándose hacia las carabinas, pues tampoco a ellos les había pasado inadvertido aquel amenazador resoplido.

Si se hubiera tratado de un solo animal tal vez no se habrían preocupado demasiado, pero sabiendo que muchos otros vagaban por la selva completamente ciegos el asunto se volvía inquietante.

Aquellos animales, irritados por las quemaduras, podían de un momento a otro volver sobre sus pasos y arrollar el campamento y a los acampados, sin que ninguna fuerza humana pudiese detener su impulso poderoso. No obstante, los árboles seguían ofreciendo un segurísimo refugio.

Uno por lo menos de aquellos desventurados animales merodeaba por las proximidades del campamento y desahogaba su rabia y sus dolores contra los matorrales y las plantas de tronco delgado.

Se oían crujidos que se hacían cada vez más nítidos y el sonoro golpear de la cadena contra los troncos.

—Creo —dijo Yáñez— que estos animales nos molestarán más ahora que cuando asaltaban el campamento. Aunque no nos ven, sabrán orientarse por el olfato, y los cazadores me han asegurado que los rinocerontes lo tienen finísimo.

—Es cierto —confirmó Tremal-Naik.

—Y precisamente por eso estoy decidido, si se presenta la ocasión, a acabar con esos peligrosos animales —dijo Sandokán—. Sapagar, haz que las mujeres y los niños se refugien en los árboles, y nosotros preparémonos para combatir, por ahora, a ese bicho que se divierte arrancando plantas. Siempre será uno menos que se lanzará sobre la columna cuando reanudemos la marcha.

Esperó a que se cumpliese su orden y después se puso en marcha intrépidamente hacia la selva, seguido por Yáñez, Tremal-Naik y media docena de malayos elegidos entre los mejores tiradores, mientras los otros se disponían en una doble fila, mandados por Sapagar y Kammamuri, para cortarle el paso al animal y fulminarlo antes de que pudiese cruzar el claro.

Continuaba el estruendo en medio de la densa maleza de arecas, entrelazada estrechamente con haces de grandes calamus.

Al parecer el animal había quedado aprisionado y al no encontrar la salida, pues debía de haber perdido la vista, intentaba abrirse camino a cornadas.

—Lo sorprenderemos ahí dentro —dijo Sandokán, que avanzaba cautelosamente.

Iba a agarrarse a los calamus, pues tampoco él había encontrado una abertura, cuando oyó al rinoceronte lanzar una especie de bramido, seguido inmediatamente por otro más ronco y menos sonoro.

—¿Qué pasa, Sandokán? —preguntó Yáñez mientras en el interior de la maleza se percibía con claridad el ruido producido por árboles y matorrales al romperse—. Parece como si se estuviera librando un terrible combate bajo esas gigantescas hojas.

—El rinoceronte debe de haber sido asaltado —dijo el Tigre de Malasia.

—¿Por quién?

—Por alguna pantera que estaba emboscada. No os acerquéis a la maleza: apuntad las carabinas y estad preparados para abrir fuego.

El rinoceronte lanzaba bramidos horripilantes y resoplidos agudísimos, a los que respondían siempre roncos rugidos que no se parecían en nada a los formidables e impresionantes de los tigres de Borneo, más pequeños que los indios pero no menos sanguinarios.

Los troncos de los sagú y de las arecas oscilaban amenazadoramente, como si los golpease una catapulta con ímpetu irresistible, y las gigantescas hojas se agitaban borrascosamente, como si hubiera estallado inesperadamente un huracán.

Sandokán, viendo que ninguno de los combatientes conseguía abrirse paso, a pesar de los prudentes consejos de Yáñez y Tremal-Naik, con su habitual temeridad se agarró a los calamus, sosteniendo la carabina por la correa con los dientes.

Trepó tres o cuatro metros y luego bajó rápidamente.

—¿Qué? —preguntaron Yáñez y Tremal-Naik.

—No me había equivocado: una pantera negra ha atacado al rinoceronte —respondió el Tigre de Malasia.

—¡Pobre bicho! —exclamó el portugués—. Ha perdido la vista y ahora siente sobre el lomo las uñas de esa fiera, duras como el acero… ¿Se abre paso o no?

—Está esforzándose furiosamente por escapar de esa trampa. Se ha metido en una verdadera red de rotang, y tendrá que sudar mucho para salir de ella. Tened cuidado: os podría embestir. Ese gran animal estará furioso.

—En lo que a mí se refiere —dijo Yáñez—, me preocupa más la pantera que el rinoceronte. Yo dispararé mis dos balas contra ella y…

Un estruendo formidable interrumpió su frase.

El rinoceronte, con un último y más potente impulso, había conseguido salir de su prisión vegetal y corría por el claro llevando sobre su lomo, estrechamente agarrada, a una soberbia pantera negra, que no dejaba de desgarrar ferozmente con dientes y garras la dura piel de su enemigo.

Sandokán, Yáñez, Tremal-Naik y los seis malayos se apartaron apresuradamente para no correr el peligro de que los arrollase el rinoceronte o les atacase la pantera, que en aquel momento podía resultar más temible que el pobre ciego.

Retumbó sonora bajo los árboles la voz del portugués:

—¡Para mí la piel negra y suave; para vosotros la dura!

Y se oyó una descarga cuyo eco resonó en la gran selva.

El rinoceronte, alcanzado probablemente por varias balas, se encabritó bruscamente, mostrando su cuerno nasal, medio consumido ya por el fuego, y después cayó bruscamente al suelo, agitando desesperadamente sus patas macizas.

La pantera, más ágil, había saltado hacia un lado y miraba a los cazadores con sus ojos fosforescentes.

—Es mía —dijo Yáñez, que había reservado sus proyectiles.

Y apuntó la carabina.

La fiera, sorprendida al encontrarse ante tantos hombres, estaba agazapada y gruñía sordamente, aunque se disponía a intentar un ataque desesperado.

Yáñez, tranquilo como si se encontrase ante un blanco cualquiera, había apuntado ya hacia ella. Resonaron, una tras otra, dos detonaciones secas.

La pantera se revolcó dos veces por el suelo, gruñendo; después, aunque perdía sangre abundantemente por el hocico y por el lomo, se incorporó con un movimiento rapidísimo y, haciendo acopio de sus últimas fuerzas, se lanzó contra el grupo de los cazadores, que estaban en aquel momento recargando las armas.

Sandokán, que conocía la extraordinaria vitalidad de aquellas fieras, se mantenía en guardia, aunque tenía gran confianza en la habilidad del portugués.

Extraer la cimitarra y cortarle el paso a la fiera fue cosa de un solo instante. El arma brilló y cayó con gran fuerza, cortándole limpiamente la cabeza al enfurecido animal.

—¡Por Júpiter! —exclamó Yáñez con cierto estupor—. ¿Es que se necesita un cañón para derribar a estos animales?

—Esperaba algo así —respondió Sandokán—. Conozco la vitalidad extraordinaria de estas fieras.

—Pueden competir con los tiburones.

—En efecto, Yáñez.

—Es una pena no tener un poco de frío.

—¿Por qué?

—Esa magnífica piel podría servirme.

—Como te pertenece, haré que la preparen y la utilizarás durante la noche para protegerte de la humedad del terreno. Cuanto más avancemos más terrenos pantanosos encontraremos, y no sentirás tenerla. Nos ocuparemos de ello mañana por la mañana. Me parece que ahora tenemos derecho a descansar un poco después de tantos acontecimientos.

—No hemos comido el postre.

—¡Ah, Yáñez! ¿Cuándo dejarás de ser tan despreocupado? —dijo Tremal-Naik.

—Cuando tenga cien años —respondió el portugués—. ¡Por Júpiter! Aún no estoy decrépito… Comeremos la fruta mañana como desayuno.

Volvieron al campamento, donde los malayos, assameses y negritos seguían esperando la carga del rinoceronte, hicieron bajar de los árboles a las mujeres y los niños, dispusieron una doble guardia en los linderos de la selva y después de charlar un rato con el jefe de los negritos y con Nasumbata, se tumbaron sobre las frescas hojas sin olvidar colocar al lado las carabinas y las armas blancas.

También aquella noche transcurrió tranquilamente.

Los rinocerontes debían de haberse alejado mucho, y los dayakos, después de la dura lección encajada, habían comprendido ya que se encontraban ante una columna muy resistente y formada por hombres decididos a defenderse hasta el final, y parecían haber renunciado, de momento por lo menos, a emprender una eficaz ofensiva.

Al amanecer, Sandokán, seguro ya de que había impresionado profundamente a los guerreros del rajá blanco después de la inútil carga de los rinocerontes, daba la señal de partida y la columna reanudaba su marcha para llegar a las pendientes del Kaidangan, donde esperaba descansar unos días antes de continuar hacia las montañas del Kin-Ballu para descender después hacia el lago del mismo nombre. Sin embargo, hay que decir que nadie estaba seguro de que aquella marcha fuera a terminar sin alguna otra extraña peripecia.

Especialmente Sandokán, Yáñez y Tremal-Naik esperaban a cada paso alguna sorpresa desagradable por parte del griego o de los rinocerontes que corrían desesperadamente por las selvas.

En efecto, hacía un par de horas que marchaba la columna por una densa selva, formada casi exclusivamente por bananos salvajes, cuyas inmensas hojas formaban una semipenumbra, cuando la nutrida vanguardia, formada por malayos y negritos, se detuvo bruscamente una vez más, formando de manera más o menos regular.

—¡Es una magnífica marcha de emboscadas! —dijo Tremal-Naik—. ¿Para cuántos días tendremos todavía?

—Hasta que lleguemos a orillas del lago —respondió Yáñez.

Sandokán se había apresurado por llegar a la vanguardia mandada por Kammamuri.

—¿Qué esperas, amigo? —le preguntó—. Imagino que no habrás hecho detenerse a nuestros exploradores para demostrar tu habilidad como instructor. No sería el momento adecuado.

—No, señor —respondió el maharata—. Las maniobras se hacen en tiempos de paz y no en tiempos de guerra. La selva está agitada.

—¡Pero si en este momento no sopla ni la más ligera brisa!

—Y, sin embargo, la selva no está tranquila.

—¿Estarán avanzando los dayakos?

—Creo más bien, capitán, que se trata una vez más de esos malditos rinocerontes, que no saben adónde ir.

—No quisiera tener sus ojos, amigo. Deben de estar ciegos.

—¿Oyes, señor?

Mientras la pequeña formación conservaba una inmovilidad absoluta, manteniendo las carabinas apuntadas por todas partes, incluso contra el grueso de la columna, pues el instructor de las tropas assamesas había enseñado, especialmente a los negritos, que tenían que colocarse en cuatro líneas, Sandokán se puso a escuchar, colocándose las manos detrás de las orejas para recoger mejor los más leves ruidos.

—¡Saccaroa! —murmuró finalmente levantándose—. Tienes un oído finísimo, mi querido Kammamuri. No en balde has vivido en las Sunderbunds tantos años con tu señor… Hay animales corriendo por la selva.

—Son esos simpatiquísimos rinocerontes —dijo Yáñez, que se había unido a ellos—. ¡Qué bichos tan encantadores!

—Creo que lo has acertado, hermano —respondió Sandokán.

—Ya te había dicho que teníamos que exterminarlos antes de dar la orden de avanzar.

—¿Y por qué no has ido tú a asirlos por el cuerno?

—¡Por Júpiter! ¿Y me preguntas por qué? Si los haces de leña que les habían regalado los dayakos se lo habían quemado ¿por dónde querías que los asiese?

—Por la cola —dijo Tremal-Naik, que había llegado también a la vanguardia.

—Y tú, gran cazador de las Sunderbunds, ¿por qué no has ido a asirlos por la nariz?

—Porque la deben de tener quemada por el fuego.

—Es cierto, amigo —respondió Yáñez con aire serio—; y la cola estaba demasiado lejos del cuerno. Otra vez será, cuando vuelva yo a nacer con la fuerza de Sansón.

—¿Quién es ése? —preguntó Tremal-Naik.

—Un personaje que los indostánicos no han conocido nunca. Tú no eres cristiano ni has leído historia sagrada.

El indio iba a contestar cuando un grito, o, mejor dicho, una orden seca lanzada por Kammamuri, el instructor de los guerreros de los bosques, interrumpió aquella extraña conversación.

—¡Formar en doble hilera!

—¡Pero ése no es un general nacido para mandar! —exclamó Yáñez—. ¿Qué quiere decir esa orden? ¡Pobres tropas assamesas! ¡Y los maharatas se jactan de ser los mejores guerreros de la India!

Pero con gran sorpresa vio cómo la vanguardia rompía el cuadrado con gran precisión y rapidez y se disponía en dos líneas, una de rodillas y otra de pie, en posición de fuego, presentando un frente muy sólido.

—Hace un momento estaba calumniando a mi sargento instructor —dijo, entre serio y jocoso, a Sandokán y Tremal-Naik—, y ahora me veo obligado a retirar esas afirmaciones injuriosas para un hombre de armas… ¡Kammamuri —gritó después—, te nombro en este campo de batalla coronel de las tropas de la raní de Assam! Morirás como un gran mariscal.

—Prefiero vivir muchos años como sargento instructor —respondió el maharata.

—Coronel he dicho.

—Bien, alteza; coronel.

Una gran carcajada siguió a aquella cómica respuesta. Aquellos hombres extraordinarios se divertían alegremente ante un peligro que podía ser gravísimo. Mientras tanto continuaba el estruendo en la densa selva. Parecía que aquellos animales enloquecidos se lanzasen en todas direcciones, sedientos de muerte y destrucción.

No cabía la menor duda de que eran los mismos rinocerontes que los dayakos habían lanzado a la carga la noche anterior, pues de vez en cuando se oían los bramidos formidables que lanzan sólo cuando están furiosos; de ordinario no se les oye más que una especie de resoplido algo estridente.

—¡Parece que haya veinte catapultas en medio de esas plantas! —murmuró Yáñez—. Sin embargo, los dayakos no han sabido fabricar nunca esas antiquísimas máquinas, por lo que en ese aspecto estoy completamente tranquilo.

En aquel momento sonaron a su espalda grandes gritos, seguidos por varios disparos de carabina.

El grueso de la columna escapaba, sin dejar de disparar, precedido por las mujeres y los niños, que chillaban desesperadamente.

Sandokán, Yáñez y Tremal-Naik se habían lanzado hacia adelante mientras Kammamuri ordenaba a su vanguardia otro cambio de frente.

Entre los árboles, guiados por su instinto, habían aparecido tres rinocerontes con el cuerno nasal medio consumido por el fuego y trozos de cadenas atados a las piernas, y tras un breve titubeo se habían lanzado furiosamente contra la columna; y no debían de estar solos, pues en la selva se seguían oyendo extraños ruidos.

Un rinoceronte había caído en seguida ante las primeras descargas, pero los demás aunque seguramente habían recibido vanos impactos, habían continuado su carrera.

La columna se había desmembrado. Incluso los malayos, el gran núcleo de la expedición, habían huido, refugiándose tras los troncos de los árboles por miedo a que les embistiesen los terribles cuernos de aquellos animales.

Sandokán y sus dos compañeros hicieron frente con decisión a uno de los dos supervivientes, mientras Kammamuri ordenaba disparar una docena de tiros contra el tercero.

—¡Apuntad a los ojos! —gritaba el Tigre de Malasia—. ¡Y al cuello!

Partieron seis disparos formando casi una sola detonación y cayó también el segundo rinoceronte. El tercero, en cambio, había pasado corriendo desenfrenadamente ante la vanguardia, aguantando la descarga y volviendo a internarse en la selva, no sin dejar por el camino grandes manchas de sangre.

—¡Vaya! —exclamó Yáñez, que recargaba tranquilamente su carabina—. Parece ser que esos animales se han convertido realmente en los aliados de los dayakos; y, sin embargo, no deberían estarles muy agradecidos a los que los han cegado. En este mundo ya no se entiende nada.

—Pero yo entiendo una cosa —dijo Sandokán.

—¿Qué?

—Que el asunto no ha terminado aún, pues hay más animales en la maleza que tratan de abrirse paso para llegar hasta nosotros.

—No parecen ciegos.

—¡Ya verás cómo se nos echan encima! Es completamente necesario exterminarlos; si no los matamos a todos, no nos dejaran un momento de descanso.

—Entonces déjame a mí —propuso Yáñez—, ¡Coronel Kammamuri…!

—Presente alteza —respondió el maharata, que, después del inesperado ascenso, parecía haber recordado final— mente que al portugués le correspondía aquel título pomposo.

—Toma el mando de toda la columna y haz que formen las mujeres y los niños en medio. Nosotros combatiremos en primera línea y nos reservarás el puesto de máximo peligro.

—Sí, alteza.

—Esto es toda una comedia —dijo Sandokán a Tremal-Naik—. Este Yáñez no cambiará nunca, ni siquiera cuando se lo lleve la muerte… si puede con él.

Mientras tanto, Kammamuri lanzaba órdenes tajantes a diestro y siniestro y se había formado el cuadro, dejando dentro a las mujeres de los negritos y a sus pequeños. Como buen estratega, el maharata había reforzado especialmente el frente que cubría la parte de selva donde corrían los rinocerontes. Yáñez y sus amigos se habían colocado en primera línea, de pie, en la postura clásica de los cazadores que esperan a la presa, mientras que todos los malayos se habían arrodillado tras dejar cruzados ante ellos los parang y los kriss de punta envenenada. El asalto de las molestas bestias no podía tardar. Parecían, si no visto, haber olfateado por lo menos al enemigo. En realidad, si hubieran tenido delante a los dayakos en vez de a los malayos, assameses y negritos, les habrían atacado igualmente.

El primero que salió de la selva fue un colosal rinoceronte cuyo hocico estaba terriblemente quemado. De su cuerno no quedaba más que un trozo de medio pie de longitud, mientras que originariamente debía alcanzar por lo menos un metro. Una descarga de los hombres de la primera línea, que estaban arrodillados, bastó para dejarlo fuera de combate.

El animal, que debía de encontrarse ya en pésimas condiciones de salud, se encabritó bajo aquella tempestad de balas que le agujereaba la gruesa piel y cayó de costado para no levantarse. Atraídos tal vez por las detonaciones, otros dos, que habían conseguido encontrar el camino abierto por el coloso, se habían precipitado a su vez contra la formación, lanzando su grito de guerra, pero no habían tenido mejor suerte.

La segunda línea los había fusilado antes de que pudieran recorrer la mitad de la distancia, derribándolos uno al lado del otro.

—¡Por Júpiter —dijo Yáñez—, estos hombres combaten como héroes! Haremos algo grande con nuestros guerreros cuando lleguemos a las orillas del Kin-Ballu.

—¿Tú crees, hermano? —preguntó Sandokán, que estaba a su lado.

—Tenemos hombres que resistirán maravillosamente las peores cargas.

—Ya lo veremos.

—¿Lo dudas?

—¡Oh, no!

Una nutrida descarga ahogó sus voces. Otros rinocerontes, descubierto el camino, se lanzaban al ataque en grupos de tres o cuatro, pero la formación resistía y continuaba fulminándolos.

Cuando un animal, aunque gravemente herido, trataba con un último esfuerzo de llegar a las primeras filas, los malayos se lanzaban contra él empuñando los parang y lo remataban desgarrando la piel durísima del animal. Yáñez, Sandokán y Tremal-Naik, los mejores tiradores de la columna, intervenían a tiempo con descargas siempre acertadas.

La batalla continuó durante más de media hora. Cada cinco o diez minutos atacaban dos o tres rinocerontes y caían antes de llegar al cuadro.

Se levantaba ya una montaña de carne ante los valientes, que arriesgaban con firmeza sus vidas para salvar a las mujeres y los niños encerrados en medio de la formación.

—Al parecer, ha terminado ya la batalla y podemos reanudar nuestra marcha hacia el Kaidangan —dijo Yáñez—. Ya no oigo sus resoplidos en la maleza. Tenemos ante nosotros diez o doce cadáveres que harán las delicias de los tigres y las panteras. ¡Qué banquete para esas fieras, y ganado sin dar un solo zarpazo! ¿Reanudamos nuestra marcha, Sandokán? Empiezo a encontrarla divertida.

—Como te parezca.

—Kammamuri —gritó el portugués—, haz que rompan las líneas, reorganiza la columna, lanza cuatro o cinco de tus curiosas órdenes y vamos a cazar las cacatúas del Kaidangan. Sandokán asegura que son muy grandes y de carnes delicadas. Vamos a ver si tiene razón.

21. El asalto al «Kaindangan»

Los previsores malayos y los negritos, que conocían Borneo mucho mejor que los assameses, sus selvas y sus páramos extensísimos, tras cortar una veintena de gigantescas patas de rinoceronte (que podían pasar, hasta cierto punto, por enormes jamones de haber estado ahumadas), reanudaron la marcha, siguiendo las órdenes de Sapagar y Kammamuri, deseosos de descansar completamente seguros en las laderas o en la cumbre del Kaidangan, ya muy próximo.

Tras desembarazarse de aquellos molestos rinocerontes podían ahora avanzar tranquilos, pues lo único que podían temer era un asalto por parte de los dayakos mandados por el griego, eventualidad poco probable, de momento por lo menos, en opinión de Sandokán y Yáñez.

Hasta el amanecer no llegó la columna al pie del Kaidangan.

Aunque lo llamen cordillera, no es más que un pico aislado, de dimensiones enormes, que no llega ciertamente a los mil metros de altitud, con anchas laderas cubiertas por espesos bosques.

Era la etapa que Sandokán, profundo conocedor de la región, había fijado para la gran pausa, pues quería conceder a la columna un merecido descanso después de tantas peripecias. Había escalado ya multitud de veces en su juventud aquella montaña, por lo que le resultó sumamente fácil encontrar una especie de quebrada por la que entró su columna.

La ascensión fue larga pero no difícil, y hacia las dos de la madrugada los malayos, que formaban la vanguardia, llegaron a la cima, donde había una pequeña meseta que parecía hecha a la medida para acampar cómodamente.

Los negritos, que habían recogido ya ramas de árbol y hojas enormes, pues el último trecho del cono carecía de bosques, se apresuraron a montar los attap ayudados por los malayos, mientras Yáñez y Sandokán, que habían subido a una alta roca, examinaban atentamente la llanura que se extendía a sus pies.

Hacia el sur, en dirección al lago, no había ya bosques. El terreno formaba suaves ondulaciones cubiertas por una hierba muy alta, al parecer interrumpida sólo por alguna mancha de bambúes o algún grupo de árboles frondosos.

—Es el gran llano —dijo Sandokán—; y lo tendremos que recorrer durante muchos días antes de llegar al lago. Y en él nos esperarán sin duda los dayakos.

—¿Entre esas altas hierbas? —preguntó Yáñez con su habitual flema, volviendo a encender el cigarrillo, que se le había apagado.

—Estoy completamente seguro.

—Esperemos que no nos pase algo parecido a lo que nos ocurrió en las junglas de Assam. ¿Te acuerdas, Sandokán? Faltó poco para que nos asaran a todos.

—No he olvidado esa desagradable aventura —contestó el Tigre de Malasia—. Sin embargo, esas hierbas no estarán tan secas como las de las llanuras indias. Lo que es evidente es que no cruzaremos el llano sin alguna sorpresa desagradable.

—¿Y adonde han huido esos malditos dayakos? ¿Nos habrán abandonado realmente por ahora? Me parece imposible.

Sandokán sonrió.

—¿Abandonado? —dijo después—. ¿Quién puede pensar tal cosa? Yo no, desde luego. Cuando menos lo esperemos nos caerán encima. Como sabes, el dayako sólo conoce la guerrilla de emboscadas, y cuando nos encontremos entre esas hierbas no economizará flechas envenenadas. Dejaremos descansar por ahora unos días a nuestros hombres, pues quiero que estén frescos y preparados para cualquier acontecimiento. Mientras tanto, Kammamuri podrá aprovechar para adiestrar mejor a sus negritos.

—¡Mi coronel hará milagros! —respondió Yáñez riendo—. Se ha convertido en un famoso instructor de reclutas, aunque sean negros y salvajes.

Bajaron de la roca y llegaron al attap que les había asignado Sapagar, y que era más alto y espacioso que los demás, y se tumbaron sobre un lecho de hojas tras darle instrucciones a Kammamuri para que mandara centinelas hasta la mitad del cono, cerca del borde de los bosques. La noche transcurrió muy tranquila, sin ninguna alarma. Los dayakos no dieron señales de vida.

¿Se habían retirado definitivamente hacia el lago, para concentrar la defensa alrededor de los grandes poblados del rajá blanco, o bien esperaban una buena ocasión para entablar batalla? Eso es lo que se preguntaban, no sin inquietud, Sandokán, Yáñez y Tremal-Naik. También el día fue muy tranquilo. No se vio ningún grupo en el llano ni se descubrió ningún dayako en los bosques que cubrían las laderas.

Kammamuri no había perdido el tiempo. Mientras los malayos y assameses se entregaban al ocio, él había asumido de nuevo sus funciones de sargento instructor, enseñando a los negritos quién sabe qué extraordinarios movimientos.

Pasaron así otros dos días. Sandokán, aunque deseaba ardientemente avanzar con resolución hacia el lago, no se decidía a lanzar a su columna por el llano. Deseaba ante todo saber algo acerca del enemigo.

Había mandado patrullas a la extensa llanura para enterarse de si se preparaban emboscadas entre las altísimas hierbas, pero en vano; todas habían vuelto sin haber encontrado ningún dayako.

Sin embargo, por instinto presentía la proximidad del enemigo, y lo mismo le ocurría a Yáñez. Pasaron otras veinticuatro horas en una angustiosa espera. Las provisiones se habían terminado ya. En los bosques no había ya fruta; las patas de rinoceronte habían desaparecido y la cima del Kaidangan no ofrecía nada comestible.

—Partamos —dijo Yáñez el cuarto día—. No tengo ningún deseo de morir de hambre mientras veo allí abajo, entre la alta hierba, tapires, babirusas y búfalos salvajes en gran número.

—Esperemos a mañana —respondió Sandokán, que parecía muy nervioso—. Mandaré una veintena de cazadores a batir los bosques. La noche será oscura, pues no hay luna, y podrán hacer buenas presas.

—Empiezo a aburrirme.

—Y yo tanto como tú.

—Y mi carabina se queja de permanecer tanto tiempo inactiva.

—La mía protesta tanto como la tuya.

—¿Tendrán los dayakos miedo de atacamos?

—Ya lo sabremos —contestó Sandokán—. Vamos mientras tanto a cenar.

—No tenemos más que un cesto de bananas.

—De momento bastarán. Hemos cenado menos aún en otras ocasiones. Ordena a Kammamuri que escoja a los cazadores.

—Creo que la caza no será muy abundante.

—Quién sabe si no será abundante la otra.

—¿Qué quieres decir?

—Esperemos —respondió Sandokán.

La cena fue realmente muy escasa aquella noche, especialmente para los hombres que formaban la columna, y también un poco triste. Parecía haber desaparecido el buen humor de los días anteriores. Incluso Yáñez, aquel tipo admirable que bromeaba incluso ante los peligros más graves, parecía preocupado.

—Te has puesto demasiado serio —le dijo Sandokán cuando se acabaron las bananas y los cazadores se pusieron en marcha por las laderas de la montaña.

—Debe de ser el tiempo —respondió el portugués.

—¿O sientes tú también que va a ocurrir algo grave? —preguntó Tremal-Naik.

—¡Qué caras tan largas tenéis! Parecéis gente que acompaña al cementerio a un cortejo fúnebre. ¡Esto no puede seguir así! —exclamó Yáñez—. Detesto a las personas melancólicas.

Encendió un cigarrillo y salió, dirigiéndose hacia la roca que servía en cierto modo de observatorio. La escaló lentamente y se sentó en la punta, lanzando, con lentitud estudiada, nubecillas de humo.

Iba a cambiar el tiempo. Nubes negrísimas, repletas de Iludía, avanzaban hacia el gran lago con cierta rapidez. Reinaba una gran calma sobre la enorme llanura, pero era una calma que irritaba a los hombres y quizá también a los animales. La atmósfera estaba cargada de electricidad y ponía a todos nerviosos. Yáñez miró sucesivamente el cielo, la llanura ya oscura y el campamento.

Los malayos, assameses y negritos vivaqueaban, junto con las mujeres y los niños, alrededor de hogueras gigantescas, charlando y fumando.

Por las laderas del Kaidangan se oía de vez en cuando algún disparo de fusil. Los cazadores mataban toda la caza que se ponía a tiro de sus carabinas.

—¡Tendremos una noche pésima! —gruñó, lanzando una última nubecilla de humo—. Huracán y preocupaciones. ¡Por Júpiter! ¿Qué va a suceder? Sin embargo, Sandokán no es hombre que se impresione fácilmente. ¿Estará a punto de estallar el globo terráqueo?

Una descarga lo hizo incorporarse.

Llegaban gritos de abajo.

—¡A las armas! ¡A las armas!

Lanzó el cigarrillo y corrió roca abajo gritando:

—¡Sandokán! ¡Sandokán!

La voz de Kammamuri retumbaba fuertemente en la oscuridad que había envuelto ya a la montaña:

—¡Rápido, negritos…! ¡Formad…! ¡Preparados para cargar…! ¡Veinte hombres a la derecha…! ¡Veinte a la izquierda…! ¡Apunten…!

Continuaban oyéndose disparos por las laderas del monte, cada vez más nítidos. Al parecer los cazadores se batían rápidamente en retirada, no sin presentar de vez en cuando una eficaz resistencia. Los malayos y assameses se habían lanzado hacia las carabinas, deshaciendo los haces, mientras otros abrían rápidamente algunas cajas de municiones que estaban a cubierto bajo un attap casi impermeable.

—¡Eh, Sandokán! —dijo Yáñez, acercándose al famoso pirata, que daba órdenes a diestro y siniestro—. ¿Se hunde el mundo?

—¡Parece que va a hundirse la montaña! —respondió el Tigre de Malasia.

—¿Quiénes son los gigantes que han emprendido hazaña tan colosal?

—Los dayakos, que llegan en bandadas.

—Si se trata de ellos vuelvo a encender mi cigarrillo.

—No bromees, Yáñez. Si el griego se atreve a atacar debe estar bien seguro de lo que hace. Lanzará contra nosotros centenares de hombres.

—Es decir, les hará subir la montaña.

—Eso es.

—Lo cual no será tan fácil, hermano.

Continuaban los disparos por las pendientes del gigantesco monte. Las detonaciones resonaban en las quebradas.

Parecía que estuviesen estallando granadas por todas partes.

Sandokán había tomado el mando de la columna.

—¡Emplazad las espingardas! —había gritado—. ¡Abrid la caja de la metralla…! ¡No disparéis hasta que los cazadores hayan llegado a la meseta! ¡Kammamuri, coloca a tus hombres en cuatro frentes…! ¡Las mujeres y los niños bajo los attap!

Los disparos se iban haciendo más numerosos y fuertes. Los cazadores se batían en retirada rápidamente, sin cesar de hacer fuego.

De vez en cuando, en la profunda oscuridad, se oían estruendos ensordecedores que se confundían con los primeros truenos.

Relampagueaba y tronaba hacia el gran lago y las nubes continuaban acercándose, impulsadas por vigorosos soplos de un viento muy caliente.

Los malayos, assameses y negritos que habían permanecido en el campamento se habían dividido en cuatro grupos, y cada uno de éstos tenía delante una espingarda, manejada por cuatro artilleros de los praos. Las mujeres y los niños se habían refugiado bajo los techados en ansiosa espera del resultado de la batalla, que se presentaba larga y terrible.

Sandokán, Yáñez y Tremal-Naik recorrían sin descanso los frentes de combate, más irritados por no poderse lanzar aún contra el enemigo que preocupados. No eran hombres que temblasen ni siquiera ante los mayores peligros. Habían pasado por demasiados durante su vida aventurera para impresionarse por aquel ataque nocturno, que probablemente no sería el último.

—¡Por Júpiter! —exclamó Yáñez, que estaba escuchando atentamente los disparos que resonaban en las oscuras cañadas—. ¿Qué hacen nuestros cazadores? ¿Disparan contra cientos de babirusas y tapires o contra los dayakos?

—Te puedo asegurar que no son animales los que caen bajo los disparos de esas carabinas, sino hombres —respondió Sandokán.

—¡Que se retiren, entonces!

—Tratarán de hacerlos volver a la selva. Ya sabes que mis malayos no ceden hasta el último momento.

—Pero mis nervios están en tensión.

—Ellos no pueden saberlo, Yáñez. Por otra parte, tampoco los míos están completamente calmados.

En aquel momento apareció un hombre en la explanada gritando:

—¡No disparéis!

Era Sapagar, que había mandado el pelotón de cazadores.

—¿Contra qué animales tiran tus hombres? —preguntó Yáñez avanzando hacia él.

—Contra animales de dos patas, señor —respondió el lugarteniente del Tigre de Malasia, jadeando afanosamente—. Se lanzan al asalto del Kaidangan.

—¡Oh! —exclamó el portugués—. ¿Se han vuelto locos los dayakos?

—No lo parece, señor. Ni siquiera el plomo los detiene.

—Los detendrán las espingardas —dijo Sandokán—. ¿Son muchos?

—No lo sé, capitán. Salen en grupos de los bosques y os aseguro que no escatiman flechas envenenadas. Afortunadamente nuestras balas tienen un alcance mucho mayor y se puede combatir a gran distancia sin demasiado peligro.

—¿Se repliegan tus hombres?

—Están sólo a doscientos pasos de aquí. Disputan el terreno palmo a palmo.

Sandokán se llevó a la boca el silbato de oro que llevaba sobre la faja roja y lanzó tres silbidos estridentes. Era la señal de retirada.

Casi inmediatamente cesaron los disparos y unos minutos después aparecieron los treinta cazadores. La batida, a pesar de la sorpresa preparada por los dayakos, no había sido infructuosa, pues volvían con cuatro babirusas y siete u ocho feos monos llamados narigudos, pues tienen una nariz monstruosa muy repugnante, ya que tiene un color rojo y suele estar agrietada. Era una reserva valiosísima en aquellos momentos, que permitiría a la columna resistir unos días de asedio sin padecer hambre.

Además, no había que preocuparse por la falta de agua, pues casi en el centro de la meseta había una especie de estanque formado probablemente por las lluvias, en cuyas aguas Yáñez, que lo había explorado, había visto varios grandes anfibios, de más de un metro de longitud, que los malayos llaman bewak o selira.. También éstos podían servir en caso de necesidad, por lo menos para los negritos y sus familias.

Sandokán agregó los cazadores a los cuatro grupos, recomendándoles que no desperdiciaran municiones y tiraran sólo sobre seguro; después llamó a Sapagar, indicando a Yáñez y Tremal-Naik que le siguieran.

—Como tenemos un momento de tregua y no ha comenzado todavía el asalto al Kaidangan podemos cambiar impresiones. Me has dicho que no conoces las fuerzas de los dayakos.

—No, capitán.

—Si se atreven a atacarnos también aquí arriba, después de las durísimas lecciones que les hemos dado, deben de ser sin duda muy fuertes. Ya saben que disponemos de un buen número de bocas de fuego pequeñas y grandes.

—Eso me parece a mí también —dijo Yáñez, al que no se le escapaba ni una sílaba.

—Aún no pueden haber cubierto todo el Kaidangan, pues tiene una base demasiado ancha —prosiguió Sandokán—. Por otra parte temo que el maldito griego, de acuerdo con los hijos del rajá del lago, haga aquí el supremo esfuerzo para interrumpir nuestro avance.

—¿Lanzando a los dayakos al asalto del monte? —preguntó Tremal-Naik.

—No, asediándonos.

—Pero tenemos todavía fuerzas suficientes para romper las líneas de los sitiadores —observó Yáñez.

—Es probable, pero gastaríamos muchas municiones y sufriríamos muchas bajas. ¿Y cómo nos abasteceríamos?

—¿Dónde quieres llegar, hermano?

—A que es completamente necesario que alguien vaya hasta la bahía y haga avanzar a marchas forzadas a Sambigliong y a sus hombres con la mayor carga de municiones posible. ¿Qué sucedería si llegásemos a orillas del lago sin carga de metralla y sin una bala? Nuestros parang y nuestros kriss no bastarían para impresionar a los habitantes de los poblados.

—¿Quieres que vaya a buscarlo y lo traiga? —preguntó Sapagar.

—Es lo que quería proponerte —respondió Sandokán—. Dos hombres hábiles, rápidos y prudentes podrían cruzar las líneas de los dayakos, especialmente durante esta noche de tempestad.

—¿Por qué dos?

—Te quiero proporcionar un guía fiel y seguro que conozca bien la región: el jefe de los negritos.

—Dame tus últimas instrucciones y partiré —dijo el valeroso lugarteniente de los viejos tigres de Mompracem.

—¿Has observado, hacia el norte, una colina aislada?

—Sí, capitán.

—¿A qué distancia crees que se encuentra?

—A menos de tres millas.

—Luego podrías llegar allí entre las dos y las tres de la madrugada.

—Espero que incluso un poco antes —respondió Sapagar.

—Lo primero que deberás hacer es llegar a aquella elevación y encender una hoguera.

—¿Para qué? —preguntó Yáñez.

—Para que estemos seguros de que has pasado las líneas de los sitiadores. Resistiremos hasta que veamos esa señal y después trataremos de bajar por el monte, a ser posible inadvertidos. Si conseguimos llegar a la llanura quedaremos citados en la cumbre de la montaña Kin-Ballu, no te olvides. Allí esperaremos a Sambigliong, a sus hombres y las municiones.

—Adelante, amigo: el jefe de los negritos está dispuesto a guiarte.

—¡Que los genios buenos protejan a mis jefes! —dijo el lugarteniente.

Se colocó la carabina en bandolera, sacó el parang, agarró entre los dientes el kriss sinuoso y desapareció en la oscuridad.

Comenzaba entonces a llover. Grandes gotas caían con un ruido extraño, chocando fuertemente contra las rocas, y en la lejanía el trueno aumentaba en intensidad, retumbando siniestramente.

Curiosamente no relampagueaba.

Yáñez, Sandokán y Tremal-Naik habían vuelto a las posiciones avanzadas protegiendo con sus chaquetas las llaves de las carabinas.

Malayos, assameses y negritos seguían en sus puestos y esperaban intrépidamente el ataque de las hordas dayakas, preparados para lanzar contra ellos sus huracanes de metralla. Sobre las cuatro espingardas habían construido pequeños attap, deshaciendo otros, pues no disponían de material suficiente.

Todos se habían puesto a escuchar, pero ningún ruido traicionaba la marcha de los enemigos. Sólo el trueno retumbaba entre las nubes de tormenta que un viento cada vez más cálido impulsaba en una desenfrenada carrera.

Continuaban cayendo las gotas con ruido monótono y la oscuridad parecía aumentar por momentos. Las nubes descendían hacia la cima del Kaidangan, envolviéndolo poco a poco en una ligera niebla.

Inesperadamente, cuando comenzaba a crepitar la lluvia, se oyó un grito:

—¡A las armas! ¡Ahí está el enemigo!

Después resonó un disparo. Un centinela avanzado se había replegado rápidamente hacia la meseta.

Formas humanas, confusas en la niebla, trepaban silenciosamente por las pendientes del monte, lanzando las primeras andanadas de flechas.

—¡Que cada uno de nosotros tome el mando de un grupo! —ordenó fríamente Sandokán dirigiéndose a Yáñez, Tremal-Naik y Kammamuri—. Hemos de resistir hasta que veamos la señal.

Después, levantando la voz, añadió:

—Ahorrad, si es posible, balas, pero no escatiméis clavos. ¡Preparados para abrir fuego!

Resonaron dos disparos de espingarda, causando un espantoso griterío. Los malayos, que se encargaban de aquellas largas bocas de fuego, habían comenzado a ametrallar a las hordas que se lanzaban al asalto del Kaidangan, incitadas probablemente por el griego y los dos hijos del rajá del lago.

Se produjo un breve silencio y después entraron en acción las carabinas. Se sucedían las descargas, compitiendo con la potente voz del huracán, alternándose con los disparos de espingarda. Los cuatro grupos, cada uno de ellos mandado por un jefe, formados por malayos, assameses y negritos, habían entablado resueltamente el combate, decididos a vender cara la vida.

Protegidos por las enormes rocas, que cubrían la altiplanicie y formaban trincheras casi inexpugnables, no tenían que temer demasiado, de momento por lo menos, a las flechas envenenadas, que llevaban casi siempre una dirección vertical a causa de la pendiente del Kaidangan.

Durante un cuarto de hora se oyó un estruendo continuo, ensordecedor. En dos ocasiones nutridas bandas de dayakos se habían presentado en los lindes de la meseta intentando una carga a golpes de kampilang, pero los huracanes de clavos lanzados por las cuatro espingardas las habían hecho retroceder, obligándolas a retiradas más que precipitadas. Y no combatían sólo los malayos, assameses y negritos. Las mujeres salvajes, junto con sus hijos mayores, habían tomado también parte en la lucha, lanzando a las cabezas de los asaltantes una verdadera lluvia de piedras más o menos gordas y tan peligrosas como las balas de las carabinas.

Acostumbradas a defender sus poblados aéreos y a combatir al lado de sus maridos y sus hijos, aquellas intrépidas mujeres desafiaban las flechas envenenadas y la tempestad para cumplir con su deber.

Los dayakos, que debían haber sufrido numerosas bajas, después de efectuar un último esfuerzo, saludado por cuatro disparos de espingarda casi simultáneos y una cuarentena de tiros de fusil, se habían retirado precipitadamente a las selvas que cubrían las laderas del Kaidangan, pues habían comprendido ya la imposibilidad de conquistar su cumbre con sus ataques con armas blancas. En su bando no se habían oído más que escasísimos disparos, procedentes, probablemente, del griego y de los hijos del rajá del lago.

—¡Parece que ya tienen bastante! —dijo Yáñez a Sandokán—. Estoy seguro de que esta noche no volverán al ataque.

—¿Y mañana? —preguntó el Tigre de Malasia.

—Los haremos retroceder una vez más por las laderas del Kaidangan.

—¿Y pasado mañana?

—Lo mismo, ¡por Júpiter!

—¿Y las municiones? ¿Durarán eternamente?

—Sé que ése es nuestro problema. ¿Qué piensas hacer?

—Esperar la señal y después partir.

—Hace más de una hora que salió Sapagar.

—No llegará a la altura antes de las tres de la madrugada.

—Pues esperemos. Pero ¿crees que conseguiremos escapar de los dayakos?

—No me cabe la menor duda.

—Y ese Nasumbata ¿no nos causará contratiempos? ¿Quién lo llevará?

—Lo dejaremos aquí. Que se las entienda con su amigo griego y tu chitmudgar. Ya no sé qué hacer con él. Me ha dicho lo que quería saber y ahora no tenemos tiempo de ocupamos de los inválidos.

—Esperemos que los dayakos lo confundan con uno de nuestros hombres y lo decapiten —dijo Yáñez—. Su cabeza le pesa ya demasiado sobre los hombros y hace tiempo que debería figurar en alguna colección de cráneos.

Mientras hablaba seguía a Sandokán, que se dirigía hacia la roca que servía como observatorio. La lluvia continuaba cayendo y una profunda oscuridad envolvía las llanuras circundantes. Se habría visto en seguida un punto luminoso que apareciese por el norte. Los centinelas avanzados, salidos de los cuatro grupos después de la retirada de los dayakos, continuaban disparando de vez en cuando sus carabinas para que el enemigo comprendiera que en la pequeña meseta no se descuidaba la vigilancia.

Sandokán y Yáñez se habían puesto a observar. Ya no se veía la colina, pues, como hemos dicho, la envolvía la oscuridad. Pasó una hora sin que los dayakos reanudasen el ataque, pero volvió a sonar la voz de los centinelas.

—¡A las armas!

22. La retirada al Kim-Ballu

Sandokán y Yáñez se habían precipitado roca abajo decididos a presentar una desesperada resistencia en espera de la señal, pues no querían intentar el descenso sin tener la seguridad de que Sapagar y el jefe de los negritos estaban ya libres de peligro.

El éxito de la expedición podía depender ya de aquellos dos hombres. Un refuerzo de veinte malayos, curtidos por toda clase de batallas terrestres y navales y además cargados de municiones, no era cosa despreciable en una lucha que podía deparar, a orillas del misterioso lago, desagradables y gravísimas sorpresas.

Los cuatro grupos habían respondido en seguida a la alarma dada por los centinelas con cuatro sonoras descargas de espingarda, cubriendo de clavos las laderas del Kaidangan.

Los dayakos debían haber experimentado el efecto de aquella andanada, pues los disparos provocaron agudísimos gritos de dolor.

Las carabinas no tardaron en entrar en acción por segunda vez. Se sucedían las descargas cuando las espingardas iban a ser recargadas.

La meseta parecía un cráter. Lo que sorprendía a Sandokán y a Yáñez era el comportamiento de los negritos.

Aquellos pequeños hombres, quince días antes todavía salvajes y perfectamente desconocedores del uso de las armas de fuego, combatían magníficamente, compitiendo con los malayos y assameses.

Formados en dos líneas, esperaban que los dayakos, sus mortales enemigos, apareciesen delante de las rocas para fulminarlos casi a quemarropa. Ciertamente se estaban tomando un terrible desquite, gracias a la superioridad de sus armas y al apoyo de sus formidables compañeros, mientras tanto las espingardas disparaban sin descanso, confundiéndose sus detonaciones con los truenos que resonaban entre las nubes y abriendo entre los asaltantes grandes brechas que no siempre se cerraban.

A pesar de las pérdidas enormes que sufrían, los dayakos no renunciaban a sus intentos. Rechazados, volvían a la carga más furiosos que antes, tratando de llegar al cuerpo a cuerpo, cosa que no deseaban en absoluto ni los malayos ni los assameses, demasiado inferiores numéricamente para resistir un enfrentamiento tan terrible.

Hacía media hora que sonaban las descargas, con gran derroche de municiones, cuando hacia la mitad de la ladera se oyeron varios gongs.

—¿Qué significa eso? —se preguntó Yáñez, que Manejaba una de las cuatro espingardas—. Es una señal.

En aquel momento se oyó a Sandokán gritar:

—¡El fuego! ¡El fuego de Sapagar! ¡Barred a estos canallas! ¡Ala carga!

Los cuatro grupos iban a lanzarse hacia adelante empuñando los parang cuando cesaron bruscamente las vociferaciones de los dayakos.

—Eh, Sandokán —gritó Yáñez—, ¿contra quién quieres cargar?

—¡Contra los dayakos, saccaroa!

—¡Pero si se están retirando!

—¿Huyen?

—Y más rápidos que los babirusas. Creo que ya han tenido bastante y no se sienten capaces de soportar más duchas de clavos. Deben tener ya muchos bajo la piel.

—Entonces es el momento de levantar el campo —dijo el Tigre de Malasia—. No obstante, tratemos de engañarlos. Los ataques se han hecho siempre en este frente, lo que quiere decir que por esta parte intentarán mañana un esfuerzo supremo y que por eso tendremos que vigilarla de forma especial.

—Cierto —respondió Yáñez.

—Haz que desmonten los attap y enciendan hogueras a cierta distancia una de otra. Los dayakos creerán que hemos establecido aquí nuestro campamento, mientras que nosotros escaparemos por la otra parte. Descenderemos en una sola fila, de uno en uno. Que los negritos vayan delante con Kammamuri, pues son más rápidos y hábiles que nosotros; después irán los malayos con las espingardas, conducidos por mí, y tú tomarás el mando de los assameses junto con Tremal-Naik. ¿De acuerdo?

—Completamente.

—Diles que guarden silencio. El griego puede haber colocado centinelas también en las laderas occidentales y eso es lo que tenemos que evitar.

—¿Y si se dan cuenta de nuestra retirada?

—Nos lanzaremos contra las líneas dayakas con ímpetu desesperado y nos abriremos paso con los parang. Nuestros hombres son valerosos y tengo plena confianza en ellos.

—Y yo también, Sandokán —respondió Yáñez.

—Haz lo que te he dicho mientras yo voy a decirle un par de cosas a Nasumbata.

—¿Quieres realmente dejarlo aquí?

—Ese hombre sería un impedimento.

Se dirigió hacia un attap, donde habían colocado al traidor, con los brazos aún atados y la pierna herida vendada.

—Te perdono la vida —le dijo Sandokán—, aunque tendría el derecho de quitártela; pero los años han calmado la ferocidad del Tigre de Malasia.

—Gracias, capitán.

—Nosotros partimos y tú te quedarás aquí, pues no podemos ocupamos de los heridos. No nos sobran brazos.

—Como quieras, capitán.

—Una última pregunta.

—Te escucho, capitán.

—Confío en tu sinceridad.

—Te debo la vida.

—¿Dispone de muchas armas de fuego el rajá del lago? —Sólo posee una docena de carabinas y un lilá.

—Está bien: ahora déjate amordazar. Me veo obligado a tomar precauciones.

—Como quieras, capitán.

Sandokán desató la larga faja de seda roja que le ceñía las caderas, desgarró un pedazo y amordazó estrechamente al traidor, dejándole libre la nariz para que no corriera el riesgo de morir asfixiado.

—¡Adiós! —le dijo después, bruscamente—. Y procura que no te encuentre de nuevo entre mis enemigos, pues esta vez sería inexorable.

Cuando dejó el attap siete u ocho hogueras ardían sobre las rocas que rodeaban la meseta y la columna, dispuesta en fila india, estaba preparada para iniciar el descenso del Kaidangan.

Como había ordenado, los negritos se encontraban en la vanguardia, pues aquellos hombrecillos estaban acostumbrados a las marchas nocturnas por la selva y poseían además un oído finísimo que les permitía captar, aun a notables distancias, los más débiles ruidos; seguían los malayos, que llevaban las espingardas desmontadas, y finalmente los assameses con las últimas cajas de municiones y algo de caza que no habían querido dejar para que la aprovecharan los dayakos.

Sandokán pasó rápidamente revista a la columna y después ordenó:

—¡Adelante!

El huracán estallaba entonces con gran violencia, con un ruido sordo. Comenzaba a caer la lluvia a cántaros y el viento aullaba alrededor de los últimos picos del Kaidangan. De vez en cuando brillaba un relámpago entre las nubes tormentosas, volviendo después, aún más densa, la oscuridad.

La larga columna descansó un momento en el borde occidental de la meseta y después los negritos, conducidos por el subjefe de la pequeña tribu y por Kammamuri, comenzaron el descenso.

Por aquel lado la montaña era muy empinada y los bosques llegaban más arriba que por las demás partes, pero el descenso se efectuaba con mucho orden entre el ruido de la lluvia y los estruendos ensordecedores de los truenos. Cada vez que un relámpago rompía las tinieblas todos los hombres, las mujeres y los niños se lanzaban rápidamente a tierra para que no les vieran los centinelas dayakos que podían vigilar los bordes de la selva y después reanudaban su marcha silenciosa, con los oídos atentos y los ojos bien abiertos.

En la cumbre del Kaidangan continuaban ardiendo con resplandores rojos las hogueras. En la lejanía brillaba todavía en la oscuridad el fuego encendido por Sapagar y el jefe de los negritos.

A las dos de la madrugada la columna que avanzaba por las laderas del monte como una monstruosa serpiente llegaba felizmente a los primeros árboles. No se había dado ninguna alarma. Probablemente los dayakos, engañados por las hogueras y temiendo algún inesperado contraataque por parte de los asediados, habían reunido a todos sus grupos dispersos por las laderas para poder resistir mejor el choque.

—¡Parece que todo va bien! —dijo Yáñez, llegando donde estaba Sandokán, que había ordenado un breve descanso para mandar algunos exploradores.

—¡Tengo la esperanza de haber engañado a ese perro griego! —respondió el Tigre de Malasia.

—¿No crees que haya centinelas por aquí?

—Si hay alguno acabaremos con él a golpes de parang. Ordena a tus hombres que nadie dispare, suceda lo que suceda. Quiero llegar a la llanura sin atraer la atención del grueso de los dayakos. La pendiente es demasiado pronunciada para colocar en batería las espingardas, que constituyen nuestra fuerza principal.

En aquel momento volvían los cuatro negritos mandados como exploradores.

—¿Nada? —preguntó Sandokán a Kammamuri, que había hablado rápidamente con los pequeños hombres de la selva.

—No hay dayakos, señor —respondió el maharata.

—¿Están seguros?

—Esos salvajes difícilmente se equivocan —dijo Yáñez—. Lo sabes mejor que yo.

—¡Adelante! —ordenó Sandokán.

La columna se internó resueltamente en la vegetación que cubría las laderas del Kaidangan. Seguía lloviendo a cántaros y el viento se enredaba bajo las bóvedas vegetales, torciendo ramas y hojas y aullando con mayor fuerza.

Brillaban relámpagos seguidos de truenos estremecedores, pero los fugitivos no se preocupaban ya; es más, acogían con agrado aquellos inesperados resplandores que le permitían descubrir a los centinelas dayakos si se encontraban escondidos bajo los árboles o entre los matorrales. Habían dejado atrás la zona descubierta y era ya difícil que les sorprendiesen.

Continuó el descenso durante una hora más, entre plantas gigantescas cuyos troncos macizos no temblaban ni siquiera bajo las potentes ráfagas de viento.

La columna no estaba más que a trescientos o cuatrocientos metros de la llanura cuando pasó de boca en boca una palabra, transmitiéndose rápidamente hasta el último hombre.

—¡Alto!

Yáñez dejó a los assameses y se aproximó a Sandokán.

—¿Nos habrán cortado la retirada? —le preguntó.

—No creo —respondió el Tigre de Malasia.

—¿Por qué entonces esta pausa precisamente ahora que hemos terminado prácticamente el descenso?

—Esperemos a Kammamuri. Está en la vanguardia con los negritos y vendrá a decimos algo. Mantén reunidos a tus hombres.

—Está Tremal-Naik con ellos y me fío completamente de él. Vale por un general.

—Tal vez necesitemos lanzar a la carga a algún grupo. Estamos ya lejos y con todo este estruendo que producen los truenos y el viento nadie podría distinguir una descarga de fusiles. Ahí está Kammamuri, si no me equivoco. Ahora sabremos quién nos ha detenido.

En efecto, el maharata subía rápidamente la montaña para llegar donde estaban sus jefes mientras ordenaba a los hombres que formaban la columna que tuviesen preparadas las armas.

—¿Qué novedades hay, Kammamuri? —preguntó Sandokán.

—Hay una pequeña guardia de dayakos emboscada en la base de la montaña, entre las altas hierbas.

—¿Nos han descubierto?

—No; los negritos la han visto a la luz de un relámpago.

—¿Has dicho que es pequeña? —preguntó Yáñez.

—Sólo unos pocos hombres.

—Déjame a mí, Yáñez —dijo Sandokán.

Se dirigió a sus malayos.

—Dejad en el suelo las espingardas y seguidme —les ordenó—. No quiero ningún disparo, no lo olvidéis. Atacaremos con los parang y los kriss. Tú, Yáñez, ten preparados a los assameses para que acudan a mi llamada, aunque espero no necesitarlos. ¡A mí, tigres de Mompracem!

Los malayos estaban ya preparados para seguirle. Habían descargado las espingardas y los trípodes, se habían colocado en bandolera los fusiles y habían desenvainado los pesados y brillantes sables.

Sandokán se colocó a su cabeza mientras los negritos se acurrucaban formando un grupo compacto bajo las inmensas hojas de un banano para protegerse de la lluvia, que no dejaba de caer impetuosamente. Los assameses, en cambio, habían permanecido en pie para poder acudir con más rapidez en caso de que hubiera necesidad de sus tarwar. Pero Yáñez estaba tan seguro de que no tendría que intervenir que había encendido un cigarrillo. Ya antes de dejar el pico había mandado abrir su caja particular, donde había hecho amontonar miles de cigarrillos para no aburrirse demasiado durante el descenso de la montaña.

Mientras tanto, Sandokán y sus malayos se deslizaban silenciosamente como sombras entre los árboles, escondiéndose tras los enormes troncos cuando algún relámpago iluminaba la escena.

Querían caer por sorpresa sobre los dayakos y aniquilarlos antes de que pudieran emitir ningún grito.

Con aquella lluvia torrencial los salvajes no se esperaban ciertamente un ataque, sobre todo considerando que creían que sus enemigos estaban en la cumbre del monte. Pasando de tronco en tronco el grupo no tardó en llegar a la llanura. Sandokán y sus hombres habían observado ya exactamente a la luz de los relámpagos el lugar donde se encontraba emboscada la pequeña guardia.

—¡Atención! —dijo a sus malayos, que le seguían de cerca, impacientes por entrar en acción—. No son más que siete u ocho y no debéis dejar escapar a ninguno.

Se internaron entre las altísimas hierbas, arrastrándose como serpientes, y llegaron sin ser vistos a pocos pasos del grupo de dayakos. Éstos estaban acurrucados unos contra otros para refugiarse de la lluvia que continuaba cayendo.

Sandokán esperó unos minutos para que sus hombres tuvieran tiempo de agruparse y después se lanzó hacia adelante con la cimitarra levantada gritando:

—¡A ellos, tigres de Mompracem!

Los dayakos, al oír esa orden, se habían incorporado rápidamente para rechazar aquel fulminante ataque, pero era ya demasiado tarde.

Se entabló un furioso combate, pues también aquellos terribles cazadores de cabezas eran unos magníficos guerreros.

Los treinta malayos acabaron fácilmente con aquel pequeño grupo. Dos minutos después la pequeña guardia yacía en su totalidad sin vida entre las altas hierbas, mezclando su sangre con la lluvia torrencial.

Sandokán sacó el silbato de oro y lanzó una nota agudísima.

Inmediatamente negritos y assameses descendieron corriendo por el último trecho del Kaidangan, reuniéndose al borde de la inmensa llanura.

—¿Ya está? —preguntó Yáñez.

—Han caído todos —respondió Sandokán.

—No me gusta matar así.

—¡Era necesario, Yáñez! Por otra parte, si ellos hubieran podido sorprendemos a nosotros, dentro de quince días nuestras cabezas adornarían la cabaña de algún jefe.

—Eso es cierto, y yo no deseo de ninguna forma dejar aquí mi cráneo. La raní de Assam lloraría demasiado si perdiese a su príncipe consorte.

—¿Piensas mucho en Surama?

—¡Por Júpiter! ¡Es mi mujer! ¿Continuamos, hermano?

—A toda marcha. ¿Dónde están las espingardas?

—Las traen mis assameses.

—Corramos, Yáñez, y corramos mucho. Mañana el griego asaltará de nuevo la cumbre del Kaidangan y cuando se dé cuenta de nuestra fuga organizará una caza despiadada por estas inmensas llanuras. No podremos consideramos seguros hasta que hayamos escalado el Kin-Ballu.

—¿Una marcha larga?

—Un centenar de kilómetros.

—¡Vaya! Tres días de marcha por lo menos con estas condenadas hierbas.

—Trataremos de reducirlos a dos. ¿Está formada la columna?

—Están todos preparados.

—¡Que sigan delante los negritos!

—Ya están en cabeza.

—¡En marcha, pues!

Se pusieron en camino entre aquellas altísimas hierbas, que resultaban tan engorrosas que Sandokán mandó una decena de assameses a la cabeza de la columna para que abriesen una especie de surco con sus afiladísimos tarwar, que se prestaban mucho mejor para ello que los pesados parang.

Las mujeres de los negritos llevaban a los niños a sus espaldas para que no se perdieran, cosa facilísima con aquella oscuridad y en aquel caos vegetal.

La lluvia había cesado, pero el huracán no se había calmado todavía. Seguían resonando los truenos con gran estrépito y sobre la llanura caían de vez en cuando ráfagas de viento impetuosísimas, doblando las hierbas gigantescas. Todos apretaban el paso al máximo, incluso los malayos que llevaban las largas y pesadas espingardas y las cajas de municiones.

Era necesario ganar terreno antes de que los dayakos se dieran cuenta de la fuga milagrosa de sus enemigos y organizaran la persecución.

Sandokán no deseaba en absoluto una batalla en campo abierto, pues conocía perfectamente el valor y el ímpetu salvaje de sus enemigos.

El alba los sorprendió a una docena de millas del Kaidangan, pues las últimas las habían recorrido casi corriendo, poniendo a dura prueba las piernas de las mujeres, aunque aquellas pequeñas salvajes están acostumbradas a las marchas larguísimas para escapar a los ataques de los cazadores de cabezas.

Sandokán ordenó una breve pausa, pues no quería agotar completamente a la columna.

Mientras sus hombres acampaban como mejor podían junto con los malayos y negritos y descuartizaban un babirusa para devorarlo crudo, ya que se había prohibido terminantemente encender fuego para no indicar al enemigo la dirección que seguían y para evitar también el peligro de incendiar las altas hiedas que estaban en parte ya secas, Yáñez, con Sandokán y Tremal-Naik, volvió atrás unos cuatrocientos o quinientos metros, llegando a una pequeña ondulación del terreno.

Desde allí podían observar mejor el Kaidangan y quizás también descubrir los movimientos de los enemigos si marchaban en grandes columnas.

El gigantesco pico se erguía majestuoso, con la cumbre dorada por los primeros rayos del sol naciente.

Ya no ardían las hogueras. La lluvia torrencial caída durante la noche debía de haberlas apagado mucho antes.

No obstante se veían delgadas columnas de humo en los bordes de los bosques que se encaramaban por las laderas del coloso.

—Están todavía acampados nuestros enemigos —dijo Sandokán, que tenía una vista muy aguda a pesar de su edad—. Parece ser que aún no se han dado cuenta de nada y siguen creyendo que estamos en la cumbre del Kaidangan.

—Y llevamos ya una buena ventaja —añadió Yáñez.

—Que desaparecerá poco a poco, hermanito. Los dayakos son grandes corredores; no llevan más carga que sus armas y la cesta para colocar la cabeza del primer enemigo que consiguen matar, mientras que nosotros tenemos a las mujeres y a los niños, las cajas de municiones y las espingardas.

—Es cierto, Sandokán, pero aún no han atacado la cumbre, luego tienen aún que empezar la persecución. Tal vez esperen hasta esta tarde para intentar una sorpresa.

—Sería una gran suerte para nosotros —comentó Tremal-Naik.

—Esperemos tenerla —respondió el Tigre de Malasia—. Yo quisiera encontrarme ya en el Kin-Ballu, reforzado por Sambigliong y sus hombres. Bueno, ya veremos: aún no estamos muertos.

Volvieron al campamento y comieron unos trozos de tocino cortados del vientre del babirusa. Como no tenían nada mejor, acogieron sin gestos de desagrado aquel pobre manjar.

Sin duda habrían preferido un buen asado, pero, como hemos dicho, la prudencia había aconsejado a Sandokán prohibir severamente que se encendiera fuego.

Una hora después la columna reanudaba su marcha hacia el sur para llegar lo antes posible al segundo monte.

El huracán se había calmado y el sol derramaba torrentes de fuego sobre la vasta llanura, absorbiendo rápidamente la humedad.

Por encima de las altas hierbas ondeaba una ligera niebla que se dispersaba después en grandes cortinas que el viento matutino hacía desaparecer.

A mediodía ya no se veía el Kaidangan. ¿Se habían puesto ya en marcha los dayakos o bien vivaqueaban todavía por sus laderas, esperando la noche para volver a intentar el asalto? Eso se preguntaban, con cierta preocupación, Sandokán, Yáñez, Tremal-Naik y Kammamuri.

¿Cómo saberlo?

Todos, empero, sentían por instinto que tenían ya a sus espaldas a las sanguinarias hordas, ansiosas de aplastar en la llanura a la pequeña columna.

Por la tarde se habían recorrido más de cincuenta kilómetros, pero todos estaban exhaustos, especialmente las mujeres, que no habían dejado a sus pequeños, y los portadores, de las espingardas.

Se imponía un largo descanso, pues la noche anterior nadie había podido dormir.

Sandokán hizo cortar las hierbas en un vasto trecho e improvisar un campamento, y, como precaución ante un posible ataque de los dayakos, hizo colocar las cuatro espingardas en los ángulos.

La vigilancia se les confió a los negritos, que parecían menos cansados, y a algunos malayos.

Los demás, tras devorar los restos del babirusa, se dejaron caer sobre montones de hierba, al lado de las carabinas. Yáñez, Sandokán y Tremal-Naik se instalaron detrás de las cajas de municiones que se habían colocado de forma que los protegieran del viento nocturno y, después de fumar y charlar un poco, se durmieron también aunque les atormentaba la posibilidad de que les siguieran las hordas del rajá del lago.

Hacía varias horas que dormían los acampados cuando los malayos que vigilaban junto con los negritos despertaron a Sandokán.

—Jefe —dijo uno de ellos—, de la llanura salen columnas de humo.

El Tigre de Malasia, que dormía con un ojo abierto, pues esperaba un ataque de un momento a otro, se incorporó, sacudiendo a Yáñez y a Tremal-Naik, que roncaban tranquilamente.

—Parece que el griego casi nos ha alcanzado —les comunicó.

—¡Que Belcebú se lo lleve al infierno! —respondió el portugués, que parecía estar, contra su costumbre, de mal humor—. Soñaba que estaba en la corte de Assam, en mi lecho dorado, con cuatro pavos reales disecados en los ángulos con las alas y las colas desplegadas. ¿Qué quiere ese molesto pescador de esponjas?

—Te digo que va a alcanzamos —dijo Sandokán.

—Comienza a fastidiarme realmente. Hay que meterle en el cráneo una veintena de gramos de plomo.

—¿Cómo? ¡Un centenar! —exclamó Tremal-Naik.

—¡Una descarga de metralla!

—Ve tú, Yáñez, y dispárasela —respondió Sandokán.

—De momento no tengo intención de hacerlo —dijo el portugués, desperezándose—. ¡Ah, qué fastidio!

—Eh, hermano, ¿duermes todavía?

—Me hubiera gustado continuar mi sueño. La corte, mi lecho dorado, los cuatro pavos reales…

—Y tu cabeza haciendo muecas en alguna cabaña dayaka —dijo Sandokán.

—¡Eso no, por Júpiter! ¿Y Surama? ¡Cómo lloraría mi mujer si no volviera su Sahib. blanco!

—Entonces deja el jergón de hierbas y reanuda la marcha.

—¡Por Júpiter! ¡Vamos a convertirnos en judíos errantes! —replicó Yáñez.

—No sé lo que son —respondió Sandokán, que se había puesto muy serio—. Sé que hay que caminar, o, mejor dicho, correr, para subir al Kin-Ballu antes de que se nos echen encima los dayakos.

—¿Has comprendido, Tremal-Naik? —preguntó el portugués, incorporándose y tomando la carabina—. Caminar siempre, día y noche. Es así como Sandokán conquista reinos. Cuando yo derroqué a la vieja dinastía de Assam caminé mucho menos. ¿Te acuerdas?

—Sin embargo, hemos pasado por mayores aventuras —respondió el ex cazador de la jungla negra.

—Sí, algo más brillantes —dijo Yáñez—. La India no es Borneo.

—Es un país maravilloso —observó Sandokán—. Ven a ver aquellos fuegos que brillan en el lejano horizonte.

—¡Por Júpiter! ¿Será leña o hierba seca que se quema?

—Encendida por los dayakos.

—Ya te he dicho que comienzan a fastidiarme.

—Y vendrán también por tu cabeza, hermano.

—¡Oh, no tan pronto!

—Ven a verlos.

Yáñez se incorporó con dificultad y avanzó entre las hierbas cortadas a pocos centímetros del suelo.

Se elevaban a gran distancia columnas de humo rojizo, que se inclinaban de vez en cuando al soplar la brisa nocturna.

Eran diez, quince, incluso veinte. Detrás de aquellos fuegos se extendía sin duda un gran campamento.

—¿Los ves, Yáñez? —preguntó Sandokán.

—¡Por Júpiter! No estoy ciego.

—Y yo tampoco —añadió Tremal-Naik.

—Han dejado el Kaidangan y han acampado en la llanura.

—La caza ha comenzado —respondió el portugués, con su calma habitual. Tenía que ocurrir. ¿Qué quieres hacer?

—Reanudar la marcha.

—¿Resistirán nuestros hombres?

—No bromees, Yáñez.

—Sabes que muy pocas veces estoy serio, aunque en Assam haya pasado por inglés.

—Un inglés que amenazaba matar hasta al dueño del hotel —dijo Tremal-Naik.

—Tienes razón: lo había olvidado —respondió Yáñez, estallando en una sonora carcajada.

—¿Os quedan todavía fuerzas en las piernas? —preguntó Sandokán.

—Yo todavía no estoy del todo inválido —contestó el portugués.

—Y yo tampoco —añadió Tremal-Naik.

—Entonces levantemos el campo.

Volvieron apresuradamente y dieron órdenes a los centinelas de que despertaran a todos.

Menos de cinco minutos después la columna estaba preparada para ponerse de nuevo en marcha. Sólo los niños gritaban, aunque sus madres intentaban hacerles comprender la gravedad de la situación.

—¡Vamos, un último esfuerzo! —dijo Sandokán a sus hombres—. Mañana por la noche acamparemos en el Kin-Ballu y a lo mejor podremos ver desde allí el lago de mis antepasados… ¿Siguen a la cabeza los negritos?

—Sí, Tigre de Malasia —respondió Kammamuri—. Siguen bajo mi puño de hierro.

—Da la señal, coronel —dijo Yáñez—. Ya te has olvidado de que eres un gran militar…

—No, alteza.

—En marcha, pues.

23. En el Kin-Ballu

La columna, aunque agotada, se había puesto de nuevo en marcha a través de aquella interminable llanura d hierba que recordaba a las inmensas estepas del Turquestán. En la depresión que descendía hacia el gran lago de norte de Borneo reinaba un calor pesado que presagiaba algún huracán.

Pero ninguna nube vagaba por el cielo transparentísimo, constelado por miles de estrellas brillantes.

En la lejanía hipaban los grandes sapos de los pantanos, y de vez en cuando se oía el rugido de algún tigre hambriento, rabioso por no haber podido encontrar todavía su cena.

De vez en cuando un soplo de aire calentísimo, que venía de las regiones meridionales, pasaba por la llanura, quitando la respiración y doblando las altas hierbas con un murmullo nada desagradable, pero que alarmaba a los negritos, que esperaban ver surgir en cualquier momento de entre la vegetación a los cazadores de cabezas.

Aquella segunda marcha, más veloz que la primera, duró hasta el amanecer; después negritos, assameses y malayos se dejaron caer al suelo. Sandokán, Yáñez y Tremal-Naik, tampoco podían más.

Sin embargo, ante ellos, a unas cuarenta millas, se delineaba sobre el fondo purísimo del cielo, levemente teñido de azul, una cumbre aislada: era el Kin-Ballu, una montaña enorme, que lleva el mismo nombre del lago aunque la separan de él más de doscientas millas.

—¡Conformémonos por ahora con verlo! —dijo Yáñez a Sandokán, que lo observaba atentamente, con las manos extendidas sobre los ojos para protegerlos de los fuertes rayos del sol.

—¡Nuestra salvación está allí arriba! —respondió el Tigre de Malasia.

—Con tal de que no nos asedien de nuevo.

—Tendremos tiempo de proveemos de víveres. Cuando lleguemos batiremos la llanura, que, como has visto, está llena de caza, y esperaremos a los refuerzos.

—¿Podrá llegar hasta nosotros Sambigliong?

—Desde esa cumbre podremos verlo de lejos —respondió Sandokán—. Veremos si los dayakos, atrapados entre dos fuegos, saben resistir. También Sambigliong tiene cuatro espingardas colocadas en las trincheras de la kotta y no será tan estúpido como para dejarlas allí. Es un hombre viejo, pero sigue siendo astuto como un verdadero malayo. Yo cuento con esas bocas de fuego que siembran tan bien clavos y chatarra. Creo que son más útiles que los lilá y los mirim.

—En efecto, hacían sudar mucho a los ingleses de Labuán cuando trataban de molestar a nuestros praos de Mompracem —respondió Yáñez.

—Vamos a descansar un poco, hermano. Nos lo hemos merecido.

—Si pudiera dormiría veinticuatro horas.

—Y despertarías con la cabeza dentro de una cesta dayaka —respondió Sandokán—. Confórmate con tres horas, ni una más. Tengo prisa por llegar al Kin-Ballu.

Volvieron lentamente al campamento. Todos roncaban ruidosamente a excepción de ocho o diez centinelas que debían relevarse cada hora y que vigilaban las cuatro espingardas ya montadas y colocadas en los cuatro ángulos del claro. Kammamuri había hecho ya preparar para ellos una suave yacija formada por una espesa capa de hierba fresca.

Sin embargo, no se había montado ningún attap, pues en aquellas llanuras no había plantas de alto tronco y hojas gigantes.

En cuanto se hubieron tumbado, los tres jefes de la columna se pusieron a roncar ruidosamente, seguros de que nadie les molestaría.

Al mediodía Kammamuri, siempre incansable, hizo incorporarse a sus negritos con una serie de curiosas órdenes.

Los malayos y assameses, despertados por aquellos gritos, no tardaron en imitar a los pequeños salvajes de las selvas de Borneo.

Se desmontaron en seguida las espingardas y la columna se reordenó rápidamente y se volvió a poner en movimiento, apretando el paso.

Todos intuían que las hordas dayakas debían de haberse lanzado por la llanura con la esperanza de sorprenderlos antes de que pudieran llegar al Kin-Ballu.

Pero si éstas tenían buenas piernas, los negritos, malayos y assameses no tenían nada que envidiarles.

Las columnas de humo descubiertas al amanecer habían desaparecido, lo que hacía suponer que los terribles cazadores de cabezas habían levantado ya el campo para reanudar la persecución.

—¡Nos siguen! —dijo Sandokán, que se volvía hacia atrás con frecuencia—. Los presiento.

—Pero deben de estar aún lejos.

—Esos condenados correrán.

—Corramos también nosotros y conservemos nuestra notable ventaja.

—Pero ellos están más descansados, pues han pasado la noche en las laderas del Kaidangan, mientras que nosotros estábamos en marcha.

—Estas cuatro o cinco horas de descanso nos han devuelto bastante las fuerzas. Mira cómo caminan las mujeres, a pesar de que llevan niños a la espalda.

—Ya veremos si resisten hasta el Kin-Ballu —contestó Sandokán, moviendo la cabeza.

—Nosotros las ayudaremos. Las municiones no se han terminado todavía y nuestros hombres están preparados para ametrallar a los dayakos.

—Tú siempre optimista.

—Y, como ves, con mi optimismo he conquistado un reino; me he convertido en un rajá y me he casado con la más hermosa raní de la India.

—Siempre tienes razón, Yáñez, y renuncio a discutir contigo —respondió el Tigre de Malasia riendo—. Eres realmente un hombre maravilloso.

—Y tú el más terrible de los hombres. No malgastemos nuestro aliento, hermano, en charlas inútiles, y reservemos todas nuestras fuerzas para las piernas… ¡Qué lejos parece siempre ese maldito Kin-Ballu!

—No llegaremos hasta después del amanecer.

—Y tendremos que escalarlo también.

La columna continuaba su marcha rapidísima. Era una verdadera carrera, que agotaba en especial a las mujeres, cargadas con sus niños, y a los portadores de espingardas.

No obstante nadie se quejaba y todos hacían esfuerzos sobrehumanos para llegar lo antes posible a la montaña, que parecía alejarse cada vez más, en vez de aproximarse.

A las tres de la tarde Sandokán hizo que la columna efectuara una breve pausa y, como por la mañana, volvió atrás con Yáñez y Tremal-Naik para subir a otra ondulación del terreno que se delineaba a unos centenares de metros del campo.

Sin embargo, aquella exploración no dio ningún resultado.

La gran llanura parecía desierta y ninguna columna de humo manchaba el luminoso horizonte.

—¿Habrán renunciado a la persecución?

—Son demasiado testarudos y tienen demasiado interés en detenemos antes de que lleguemos a orillas del lago —contestó Sandokán.

—Y, sin embargo, se les debería ver desde aquí —observó Tremal-Naik.

—Se deslizan a través de las hierbas, siguiendo probablemente el sendero abierto por nosotros —opinó Sandokán.

—No pareces tranquilo, hermano —observó el portugués.

—Es cierto, Yáñez. Tengo miedo de que me cerquen en esta llanura.

—No somos pocos…

—Pero no sabemos de qué fuerzas dispone el griego. Esa es la incógnita.

—Que se despejará cuando lleguemos al Kin-Ballu. Desde allí podremos saber por fin cuántos hombres ha lanzado tras nosotros el rajá del lago.

—Con tal de que podamos llegar antes de que nos caigan encima. Nuestros hombres no podrán resistir mucho tiempo una marcha como ésta.

—Los indios son buenos corredores y yo respondo plenamente de mis assameses. ¿No ves lo secos y musculosos que son? Los elegí cuidadosamente.

—Tampoco mis malayos son unos perezosos, y tú lo sabes, pues los conoces como yo.

—Entonces todo irá bien —concluyó Yáñez, que nunca dudaba de nada.

El descanso no duró más que media hora. Aunque agotados y hambrientos, ya que las provisiones se habían terminado la noche anterior, todos se mostraron dispuestos a reanudar la marcha, incluso las mujeres. No obstante, se había difundido ya entre todos cierta inquietud, aunque los tres jefes y Kammamuri conservaban una gran calma, más aparente que real.

—¡Adelante los judíos errantes! —dijo Yáñez, que era tal vez el único que conservaba su eterno buen humor—. El que tenga hambre que se apriete bien el cinturón y concentre todas sus energías en las piernas. En la guerra nunca han sido agradables las retiradas, pero nosotros nos tomaremos una colosal revancha en el Kin-Ballu.

La columna se volvió a poner en marcha, precedida siempre por los negritos, que parecían realmente incansables.

Aquel último trecho de llanura requirió más de cuatro horas de marcha rapidísima y se recorrió en condiciones bastante buenas y sin que los dayakos dieran ninguna sorpresa.

El Kin-Ballu se erguía ya ante la columna, con sus laderas macizas cubiertas por densos bosques, llenos sin duda de caza.

Bajaban grandes torrentes, murmurando y saltando, subdividiéndose en miles de pequeñas cascadas y escondiéndose bajo las altas hierbas de la llanura.

Como el Kaidangan, el Kin-Ballu no es más que un gigantesco pico de mil doscientos o mil trescientos metros de altura, completamente aislado.

Es al sur del lago donde empiezan a formarse las cordilleras, uniéndose a la de los montes de Cristal, que forma la columna vertebral de la isla.

La parte septentrional no tiene más que unos cuantos picos aislados, en su mayoría de origen volcánico.

La columna se había detenido al pie de la montaña, pues no se sentía con fuerzas para acometer la ascensión después de una marcha tan larga. Por otra parte, no corría ninguna prisa. Al parecer los dayakos se habían quedado atrás, y las densas selvas estaban allí, preparadas para ofrecer una magnífica protección a Sandokán y sus hombres.

—Por fin podemos tomar aliento y fumar en paz un cigarrillo —dijo Yáñez al Tigre de Malasia y a Tremal-Naik—. Esta fuga se hará famosa.

—Fuga no —matizó Sandokán—; llámala marcha.

—Está bien: marcha estratégica.

—Y llevada a cabo maravillosamente —añadió Tremal-Naik.

—Gracias a la fortaleza de nuestras piernas —respondió el portugués, que fumaba voluptuosamente—. ¿Y no se podría cenar? Coronel Kammamuri, pregunta al sargento encargado de los víveres qué cena puede ofrecemos esta noche. En el ejército assamés hay siempre uno que, si no se preocupa por los soldados, lo hace al menos por sus jefes y sus vientres.

El maharata, que estaba tumbado tranquilamente a pocos pasos de distancia, aspirando el aire fresco de la montaña, se incorporó rápidamente diciendo:

—Lo siento mucho, alteza, pero el sargento encargado de los víveres ha desaparecido misteriosamente sin dejamos siquiera una miserable cacatúa.

—¡Qué pobre consolación! —exclamó Tremal-Naik—. Eso no compensará la falta de cena.

—Mandaremos a alguien a buscar fruta —dijo Sandokán—. Espera a que esta pobre gente descanse un poco más.

No los agotemos por completo.

—Y mientras tanto pongamos algún palillo bajo nuestros párpados para que no se cierren en seguida —añadió Yáñez—. Ni siquiera los cigarrillos consiguen mantenerme despierto. ¿Habrán encontrado esos perros dayakos el secreto para no dormir? Haré que me lo enseñen si…

No pudo acabar. Se dejó caer hacia atrás y un momento después roncaba.

—Dejémoslo dormir —dijo Sandokán a Tremal-Naik, que bostezaba constantemente—. Y tú, si quieres, puedes hacer lo mismo. Ya velaré yo con Kammamuri y los negritos. De momento no creo que haya peligro. También los dayakos deben estar cansadísimos, y además tenemos detrás la selva y la montaña.

Se sentó sobre una roca despeñada del monte, se colocó entre las piernas su magnífica carabina, llenó su pipa y comenzó a fumar con la mirada puesta en la tenebrosa llanura.

Kammamuri, junto con diez negritos, vigilaba también un centenar de pasos más adelante, cerca de las cuatro espingardas ya colocadas sobre una peña que se alargaba en forma de cachalote.

En la llanura no había ni una señal de vida. No se oían rugidos de fieras ni hipidos de sapos. Sobre el obscuro horizonte no se destacaba ninguna columna de humo, signo evidente de que los dayakos no habían acampado.

También el silencio de las fieras y de los batracios era una prueba de que entre las altas hierbas avanzaban grandes grupos de personas.

Habían pasado tres o cuatro horas cuando Sandokán vio a Kammamuri retroceder rápidamente y aproximarse.

—¿Los dayakos? —preguntó el Tigre de Malasia, incorporándose.

—Hemos descubierto pinitos luminosos que brillan entre la hierba, capitán —contestó el maharata.

—¿Lejos?

—Sí.

—¿Has dado orden a los negritos de que retiren las espingardas?

—Ya las están trayendo.

—Despierta a todo el mundo: es necesario subir al Kin-Ballu. Cuando lleguemos a la cumbre podremos esperar tranquilamente a Sambigliong. Cuida sobre todo de las cajas de municiones.

—Yo respondo de ellas, Tigre de Malasia.

No habían pasado dos minutos cuando la columna estaba ya ordenada de nuevo y avanzaba por las ásperas y boscosas laderas del Kin-Ballu.

Sólo uno había protestado contra aquella inesperada partida: Yáñez, que se había hecho ilusiones de dormir veinticuatro horas seguidas incluso ante los ojos de los dayakos.

Se sucedían los bosques y de los densos matorrales salían gran cantidad de animales. Ningún cazador había llegado nunca hasta las laderas de aquella montaña.

Sandokán, que no temía ya una sorpresa por parte de sus enemigos, había lanzado a sus malayos hacia los flancos con la orden de disparar sobre todos los animales que se pusiesen a tiro.

Para asegurarse una posición óptima necesitaba también una gran provisión de víveres para poder resistir hasta la llegada de refuerzos, que podían retrasarse por causas independientes de su voluntad.

Se oían frecuentes disparos y ante los malayos, que eran todos habilísimos tiradores escogidos, caían en gran número animales terrestres y grandes volátiles, como los argus y los tucanes gigantes y los buceros..

Mientras tanto el grueso de la columna continuaba la agotadora ascensión escalando de vez en cuando enormes rocas que formaban magníficos reductos naturales facilísimos de defender.

Después de cinco horas los negritos y los assameses llegaban a la cima de la montaña, que terminaba, al igual que el Kaidangan, en una pequeña meseta ceñida también por enormes rocas. Una sola torrentera muy empinada y recorrida por un impetuoso curso de agua, descubierta por casualidad por los negritos, conducía hasta allí.

Los otros lados parecían casi inaccesibles.

—¡Es un verdadero fortín! —dijo Sandokán, que había abarcado de un solo vistazo la cima de la montaña—. Cuando hayamos colocado nuestras espingardas frente a la garganta barreremos con descargas de metralla las hordas dayakas.

—En efecto, es una posición magnífica —respondió Yáñez—; una verdadera posición estratégica, como dicen los generales europeos.

—Donde podremos descansar a nuestras anchas.

—Y donde podré dormir mis veinticuatro horas, o por lo menos eso espero.

—Te estás volviendo perezoso, Yáñez.

—La corte de Assam ha estropeado al antiguo pirata. Allí dormía doce horas en mi suave lecho dorado e incrustado de nácar y rubíes. Un rajá está obligado por el protocolo a hacer larguísimos descansos para recuperarse de las grandes preocupaciones que ocasiona el gobierno de un Estado.

—¡Ya, tú tenías muchas! —dijo Tremal-Naik bromeando.

—Era el consejero de mi mujer, la raní —respondió el portugués con cómica gravedad.

Los malayos comenzaban a llegar en grupos llevando sobre sus robustas espaldas ciervos, babirusas, aves e incluso monos.

Casi todos habían cazado algo más o menos grande, asegurando así víveres para la columna durante bastantes días con tal de que se encontrase la forma de conservarlos a pesar de los tórridos rayos solares.

Sandokán, Tremal-Naik y Yáñez, tras explorar las otras laderas de la montaña para prevenir alguna desagradable sorpresa y asegurarse de que los intentos de invasión sólo podían efectuarse por la parte de la torrentera, hicieron colocar las espingardas frente a la entrada de ésta; mandaron a algunos hombres a acampar a orillas del curso de agua y dejaron a los demás en plena libertad, pues no había entonces nada que temer.

Pudo más el hambre que el cansancio y el sueño. Las mujeres, siempre infatigables, habían recogido ya mucha leña más o menos seca y habían encendido varios fuegos, detrás de las rocas para que los dayakos no pudieran verlos.

Fueron descuartizados dos babirusas y pronto se difundió por el aire un exquisito olor de carne grasa que puso a todos de buen humor.

El intendente se había encargado de hacer asar para sus señores dos soberbios argus, que no parecían ser inferiores a los faisanes.

Una vez devorada la cena, malayos, assameses y negritos cayeron unos junto a otros, completamente vencidos por el cansancio de los esfuerzos gigantescos efectuados los días anteriores.

Tampoco los jefes habían podido resistir, y no habían tardado en imitarles. Sólo la pequeña vanguardia, que vivaqueaba a orillas del torrente, velaba por la seguridad de todos, pero haciendo esfuerzos dolorosos para mantener abiertos los ojos.

Solamente el ruido de las aguas que se precipitaban por la torrentera rompía el silencio. No se había efectuado ni un solo disparo, ni en la montaña ni en la llanura.

Al día siguiente los assameses, malayos y negritos pudieron también descansar y recuperar por completo sus fuerzas.

No se había producido el ataque que esperaban. Parecía que los dayakos no tuviesen prisa alguna por internarse en aquella garganta que tal vez conocían ya y sabían que no era de fácil acceso, especialmente si la defendían aquellas temidas grandes bocas de fuego que les habían causado tantas bajas. Sin embargo, habían acampado ya en la llanura, casi en la base de la montaña. Algunos exploradores maridados por Sandokán habían podido verlos, a pesar de que se mantenían escondidos entre las altas hierbas y no habían encendido hogueras.

—¡De nuevo un asedio! —dijo Yáñez, que había avanzado casi hasta la mitad de la montaña acompañado de Tremal-Naik y una pequeña escolta—. Ese bribón griego prefiere hacemos morir de hambre para no sacrificar más hombres. ¿Lo conseguirá?

—Nuestros cazadores no dejan de batir los bosques y traer caza y las mujeres continúan cortando y secando carne en grandes cantidades. Me preocupa más el avance de Sambigliong. Si los dayakos se dan cuenta, destruirán con facilidad a su grupo.

—Sapagar recibió instrucciones al respecto. Cuando veamos brillar a lo lejos tres fuegos o elevarse tres columnas de humo bajaremos también nosotros por la montaña y le abriremos camino.

—Pero no llegará muy pronto.

—No, porque tendrá que avanzar con las debidas precauciones, mi querido Tremal-Naik.

—¿Habrán dejado atrás alguna columna los dayakos para cubrirse la retaguardia?

—Esa gente no tiene generales y no saben hacer otra cosa que avanzar. Volvamos arriba: podríamos caer en alguna emboscada.

El tercer día no fue diferente de los demás. No se produjo ningún ataque, salvo alguna flecha lanzada contra los cazadores que batían sin descanso las laderas de la montaña para incrementar las provisiones y algún disparo de carabina como respuesta.

Sin embargo, los dayakos comenzaban a mostrarse abiertamente. Sus hordas, seis o siete veces más numerosas que la columna de Sandokán, se habían dividido poco a poco, formando cinco o seis campamentos alrededor de la base de la montaña.

No querían que los asediados les engañasen otra vez desapareciendo sin dejar rastro. Decididamente el griego era gran amigo de los sitios y prefería mantenerse alejado para no recibir algún disparo de fusil. En realidad tenía buenas razones para ello, pues sabía ya que los tres jefes de la columna eran excelentes tiradores.

Sandokán mantenía día y noche numerosos centinelas en las peñas más altas de la cumbre para que avisasen en seguida de la llegada de Sambigliong si ésta se producía, aunque consideraba prácticamente imposible que los refuerzos llegaran tan pronto.

Pasaron otros tres días. De vez en cuando se producían escaramuzas en los bordes de la selva, pues los dayakos estaban cansados de aquella pausa demasiado prolongada que no les proporcionaba ninguna cabeza que meter en sus cestas, siempre preparadas.

Entre las posiciones avanzadas se cruzaban de vez en cuando flechas envenenadas y balas, y, como se puede imaginar, no eran las cerbatanas las ganadoras, pues assameses, malayos y negritos procuraban no aproximarse demasiado a los campamentos enemigos. Pero aquella falta de ataques no satisfacía a Sandokán, Yáñez y Tremal-Naik.

Los tres comenzaban a cansarse de aquel asedio que no daba ningún resultado salvo el de agotar las provisiones demasiado pronto. Los animales terrestres y las aves, asustados por los disparos y la abundancia de cazadores, comenzaban a escasear, pues también los dayakos cazaban para comer.

Hacia el atardecer del séptimo día, mientras los acampados estaban devorando su no muy abundante cena, Sandokán vio a los exploradores subir rápidamente por el barranco. Parecían presas del pánico.

—Parece ser que hay alguna novedad —dijo Yáñez, levantándose rápidamente, seguido por Tremal-Naik y Kammamuri que, en calidad de coronel nombrado en el campo de batalla, comía y cenaba ya con los jefes.

Llegó rápidamente donde estaba Sandokán, que se encontraba de pie a la entrada de la torrentera observando la llanura.

—¿Se mueven? —le preguntó.

—Escucha.

En la llanura resonaban disparos de fusil.

—¿Sambigliong? —preguntó Yáñez palideciendo.

—Sí, está llegando.

—¿Y las señales?

—No habrá tenido tiempo de hacerlas.

—¿Y nosotros?

—¡Atacaremos! —contestó el Tigre de Malasia.

Después, levantando la voz, gritó:

—¡Que las mujeres y los niños permanezcan en el campamento! ¡Que se formen dos columnas de asalto y se hagan bajar las espingardas por la torrentera! Es el momento que asegurará nuestra marcha hacia el lago ¡Venceremos o moriremos!

En un momento las dos columnas de asalto, formadas por una mezcla de malayos, assameses y negritos, estuvieron preparadas y descendieron por la torrentera siguiendo las orillas del curso de agua.

No se habían olvidado las espingardas.

En la llanura, invadida ya por las tinieblas, parecía librarse una verdadera batalla. Los disparos de fusil resonaban sin cesar, cubiertos de vez en cuando por el fragor de varias espingardas.

Todos estaban ya seguros de que se trataba de Sambigliong.

Sandokán, Yáñez y Tremal-Naik bajaban por la montaña a tumba abierta, impacientes por participar en la lucha, y las mujeres, siguiendo las instrucciones, encendían en las rocas más altas numerosos fuegos para indicar a Sambigliong el lugar donde se encontraba el campamento.

Una banda de dayakos, relativamente poco numerosa, subía por la torrentera, quizá con la intención de entretener a la columna de Sandokán hasta que sus compañeros aplastasen en la llanura a la de Sambigliong más que para presentar batalla o asaltar la cumbre del Kin-Ballu.

Pero habían calculado mal sus fuerzas.

Dos nutridas descargas de carabina bastaron para dispersarlos sin que tratasen siquiera de ofrecer resistencia.

—¡Kammamuri! —gritó Sandokán mientras los asaltantes huían precipitadamente—. Haz que coloquen las espingardas en los reductos naturales para cubrir toda la llanura ¡A mí todos los demás! ¡Yáñez, Tremal-Naik, poneos a la cabeza de los assameses y negritos y cojamos por la espalda a esos canallas…!

Mientras el maharata, llevando consigo a diez o doce hombres, buscaba los lugares más adecuados para colocar las grandes bocas de fuego, la columna había reanudado su carrera, disparando de vez en cuando contra los dayakos que escapaban ante ella.

En la llanura se combatía ferozmente; pero lo que asombraba a Sandokán y a Yáñez era la cantidad de disparos que se oían.

Parecía que la pequeña columna de Sambigliong hubiese aumentado extraordinariamente por arte de magia.

Los dos jefes no tenían tiempo en aquellos momentos para hacer suposiciones al respecto.

No tenían más que una preocupación: la de llegar quizá demasiado tarde en ayuda de su lugarteniente, y aceleraban el paso, conduciendo a sus hombres con ímpetu increíble y disparando sin descanso contra los dayakos, que no conseguían ordenarse e intentar un contraataque.

La columna, al llegar a la llanura, se lanzó hacia adelante mientras los malayos gritaban con todas sus fuerzas:

—¡Mompracem! ¡Mompracem!

Varios centenares de hombres corrían caóticamente alrededor de un grueso contingente de hombres armados que mantenían un fuego muy intenso, haciendo con cada descarga grandes huecos entre los asaltantes.

Al oír aquellos gritos de «¡Mompracem! ¡Mompracem!», el grupo se precipitó contra las columnas que lo cercaban, gritando:

—¡Adelante los viejos tigres!

Para no herir a los amigos había hecho suspender el fuego y empuñar los parang.

Los dayakos, viéndose cercados por dos frentes, se desbandaron en todas direcciones aullando espantosamente.

Ningún obstáculo se oponía ya a la unión de las dos columnas.

Mientras la retaguardia reanudaba el fuego, Sambigliong se lanzó hacia Sandokán, seguido por Sapagar y el jefe de los negritos.

—¡Mi capitán! —gritó—. ¡Señor Yáñez!

—¡Querido amigo! —respondió el Tigre de Malasia, mientras también sus hombres disparaban contra los dayakos que huían y las espingardas situadas en los reductos naturales batían la llanura con una tempestad de clavos y balas—. Pero ¿qué refuerzos me traes? De veinte habéis aumentado por lo menos hasta doscientos.

—Las explicaciones después, capitán. —Tienes razón.

Después, elevando la voz, bramó:

—¡Retirada! ¡El Kin-Ballu nos espera!

24. Otra emboscada del «Griego»

Las dos columnas, ya reunidas, habían reanudado su marcha hacia las selvas de la montaña, protegidas por las espingardas manejadas por Kammamuri y sus diez hombres.

Los dayakos, siempre valientes, no habían tardado en reordenarse como mejor pudieron e intentaban volver nuevamente a la carga, para destruir a sus formidables adversarios antes de que hubieran podido encontrar un asilo seguro en la cima del Kin-Ballu.

Por lo demás, eran esfuerzos inútiles ya, pues en pocos minutos las dos columnas se encontraban en medio de los bosques.

Las cuatro espingardas de Sambigliong se habían colocado en seguida en batería con las de Kammamuri y comenzaban a abrir fuego, apoyadas por más de trescientas carabinas.

Por consiguiente, el ímpetu de los dayakos quedó en seguida detenido y aquellos salvajes, convencidos ya de haber perdido la jomada, se replegaron en confusión ante aquel huracán de plomo y hierro que hacía verdaderos estragos.

—¡Creo que la batalla ha terminado! —dijo Sandokán, que dominaba la situación desde lo alto de una roca, junto con el inseparable Yáñez—. Durante algún tiempo los cazadores de cabezas y el griego nos dejarán tranquilos, al menos eso espero. Ordena a Kammamuri que haga retirar la espingarda a la desembocadura del barranco y nosotros alcancemos la cima.

—No se puede hacer otra cosa —concedió el portugués, que observaba en aquel momento, más que a los dayakos, su sombrero atravesado por una flecha, probablemente envenenada, sin manifestar sin embargo la mínima emoción por el peligro del que había escapado.

—¿Y Sambigliong?

—Aquí estoy, señor Yáñez —respondió el viejo malayo, que en aquel momento estaba trepando por la roca.

—¿De dónde has sacado todos esos hombres? —le preguntó Sandokán—. Te he dejado veinte hombres y me traes ciento cincuenta o doscientos.

—Exactamente ciento setenta y dos, capitán —puntualizó el malayo—. Una docena de esos valientes ha quedado en el campo de batalla.

—¿Quiénes son? ¿Dayakos?

—Los de la kotta, capitán. Yo me aburría; y luego he pensado que vosotros quizás tendríais un día u otro necesidad de socorros y los he enrolado a sueldo e instruido magníficamente. Os aseguro que se sirven ahora de las carabinas mejor que de sus sumpitam.

—Ya hemos visto la prueba —admitió Yáñez—. Eres un hombre tan valioso como Kammamuri. También ese demonio de maharata ha tenido la misma idea y ha transformado a unos miserables negritos en bravísimos guerreros.

—Me lo ha dicho Sapagar —respondió Sambigliong—. Espero que estéis contentos de ver acrecentado mi modesto destacamento.

—Con trescientos hombres a mi mando, dirigidos por mis malayos, me sentiría capaz de conquistar medio Borneo —declaró Sandokán—. Ahora me siento bastante más tranquilo que antes y sólo tengo un deseo: el de llegar lo más pronto posible a las orillas del lago, vengar la matanza de mi familia y volver a tomar posesión del trono de mis antepasados.

—¡Y yo el de mandar al infierno, y esta vez para siempre, al señor Teotokris! —añadió Yáñez—. Y esta vez me cercioraré bien de que haya muerto realmente. No deseo que resucite de nuevo. Podría ocasionar molestias incluso a mi mujer e introducir el descontento en Assam.

—Cuida de que no se te escape, Yáñez —observó Sandokán—. Ese hombre es un zorro redomado.

—Si no fuese un zorro no sería griego. Vamos, lleguemos a nuestro campo y concedamos a este valiente viejo y a sus hombres un poco de reposo. La marcha ha sido larga, ¿verdad, Sambigliong?

—De una sola vez, señor Yáñez.

—¿Y qué noticias hay de la costa? —preguntó Sandokán.

—Todo está tranquilo en la bahía de Malludu.

—¿Y mi pobre yate? —demandó Yáñez.

—Está hundido completamente en la arena y ya no se le distingue.

—La raní es rica —dijo el portugués, riendo.

—Y tú no menos que ella —añadió Sandokán.

Había comenzado la retirada hacia la cima del Kin-Ballu bajo la dirección de Tremal-Naik y Kammamuri, aunque ya no amenazaba ningún peligro a las dos columnas, dado que los dayakos, después de aquel solemne revés, habían desaparecido. A medianoche los trescientos y pico de hombres alcanzaban felizmente la cumbre y acampaban entre las numerosas cajas de municiones que los hombres de Sambigliong habían llevado consigo y que no habían abandonado ni siquiera durante el duro combate.

Todos los víveres disponibles, un poco escasos a decir verdad, se pusieron a disposición de los hombres de Sambigliong, que tenían más derecho a ellos después de una marcha tan fatigosa, que había durado cuatro días y cuatro noches casi sin interrupción.

Sandokán, Yáñez, Tremal-Naik y el viejo malayo, después de haberse asegurado de que una fuerte vanguardia vigilaba hacia la mitad del barranco, apoyada por las ocho espingardas, y después de haber tomado un piscolabis, se habían reunido bajo un attap para sostener un auténtico consejo de guerra.

Pese a la derrota sufrida por las hordas dayakas, no se podía decir todavía que hubiera acabado la campaña. Más de doscientas millas separaban todavía del lago a los conquistadores y probablemente otras y quizá más terribles sorpresas podían esperarlos en la segunda y mayor llanura, que terminaba en las orillas del gigantesco lago.

Yáñez, siempre de buen humor, fue el primero en tomar la palabra.

—Somos el Estado Mayor de la columna —empezó con su acostumbrada gravedad cómica—, y por consiguiente nos corresponde solamente a nosotros asumir la responsabilidad de esta campaña. Por lo menos así hablan los generales de los ejércitos europeos.

—Se diría que también tú has sido general europeo —dijo Sandokán.

—Lo era mi abuelo. Los Gomera han sido siempre hombres de guerra y han defendido ardorosamente las fronteras de Portugal, y tú sabes que yo soy un Gomera.

—Lo sé, Yáñez. ¿Qué harías en mi caso?

—Perseguiría a los dayakos en su retirada y caería sobre las orillas del lago para no dar tiempo al rajá de ordenar la resistencia.

—Sin embargo, no sabemos si esos condenados cazadores de cabezas se han decidido a largarse.

—¿Qué quieres que hagan aquí? ¿Que intenten el asalto del Kin-Ballu? El griego que los guía no será tan estúpido de azuzarlos otra vez contra nosotros, ahora que tenemos a nuestras órdenes una columna formidable y que hemos duplicado nuestras armas de fuego de gran alcance. Apostaría mi corona de rajá de Assam contra un kriss cualquiera a que nosotros, antes del alba, veremos alzarse columnas de humo en los campamentos dayakos, pero hacia el sur y quizá muy al sur.

—Bien dicho —aprobó Tremal-Naik, que aspiraba lentamente el humo de su pipa.

—Esperemos verlas —declaró Sandokán—. No nos moveremos de aquí si antes no tenemos la certeza de que los dayakos se baten en retirada hacia el lago.

—Y harás bien —aprobó Yáñez—. Cuando lleguemos al gran lago, si logramos atravesar la segunda llanura baja, tendremos un nuevo consejo de guerra.

Sandokán había levantado la cabeza y lo miraba fijamente con sus ojos negrísimos, que destellaban todavía con vivas llamaradas a pesar de su edad.

—Se diría que temes alguna otra sorpresa en la segunda llanura que se extiende hasta las costas del lago.

—No lo niego.

—Somos numerosos ahora.

—¿Y si el griego maldito, acordándose de lo que ha ocurrido en las junglas de Assam, repitiese el juego? ¿Quién saldría vivo de un brasero tan colosal? Las hierbas son altas en la llanura y están casi secas.

—Espera un momento —dijo Sandokán.

Salió del attap, se mojó el pulgar de la mano derecha y lo alzó por encima de sí.

—Viento de poniente —informó luego al volver—. Muy bien: no esperaba tanta suerte.

Y se volvió hacia Kammamuri, que estaba acurrucado cerca de Tremal-Naik.

—Reúne a cien hombres —le dijo— y mándalos a incendiar las hierbas de la llanura. No seremos nosotros los que caigamos asfixiados o quemados, sino los dayakos que no tengan las piernas ligeras. Así es cómo se puede evitar el peligro de morir asado como un babirusa o una buena pata de rinoceronte…

—De buena memoria… —le interrumpió Yáñez—. Y así el consejo de guerra, por lo menos por esta noche, ha terminado. Pasaremos una noche magnífica.

—¡Si no quieres gozar de un espectáculo maravilloso! —dijo Tremal-Naik—. Un mar de vegetación en llamas no es una diversión de la que se pueda gozar todos los días.

—Entonces podemos encender otro cigarrillo y vosotros recargar las pipas. ¡Lástima no tener un trago de algún licor, aunque fuese destilado por el compadre Belcebú!

—Os engañáis, señor Yáñez —intervino Sambigliong, quien, como Kammamuri, todavía no se había acostumbrado a llamarlo «alteza»—. Mi cantimplora está aún casi llena de bram y del mejor: os lo aseguro.

—He aquí un hombre previsor. Si vienes un día conmigo a Assam te nombraré gran cantinero de la corte.

—Prefiero Malasia, señor Yáñez, aunque la India sea un país maravilloso —respondió el viejo pirata de Mompracem, ofreciéndole una cantimplora bastante voluminosa.

—Entonces te erigirás en el gran cantinero del rajá bronceado del lago, ¿verdad, Sandokán? No me rechazarás este placer.

—Si quieres, le nombraré incluso coronel como a Kammamuri —respondió Sandokán.

En aquel momento comenzaron a elevarse desde abajo columnas de humo, que lamían las altas copas de los árboles que cubrían los flancos del Kin-Ballu. Kammamuri y sus hombres habían incendiado las yerbas altas de la llanura y las llamas, alimentadas por el viento de poniente que tendía a aumentar, se extendían con rapidez prodigiosa.

—¡Eh, Sandokán! —dijo Yáñez—, ¿no corremos peligro de asarnos? ¿Y si se incendian los bosques del Kin-Ballu?

—El suelo en el que crecen es demasiado húmedo y además las llamaradas se alejarán rápidamente de nosotros.

Todos se habían puesto en pie, incluidos los malayos de Sambigliong y los dayakos de la kotta, para asistir a aquel espectáculo extraordinario. Resplandores rojizos atravesaban las nubes de humo, que engrosaban a ojos vistas. Parecía que bajo ellas hirviese un volcán en plena erupción.

Subían a gran altura y luego se desgarraban de golpe, ondeando de manera extraña.

Sin embargo, el viento las rechazó en seguida hacia levante y entonces ante las miradas de los espectadores apareció un verdadero mar de fuego.

Las hierbas, altísimas y ya casi secas, ardían como si fuesen fósforos retorciéndose y restallando.

Inmensas llamaradas en forma de cortina se elevaban y descendían iluminando siniestramente la noche, mientras por el aire volteaban nubes de chispas, que, al caer más adelante, provocaban nuevos incendios.

Animales de todas las especies huían en confusión a través de la llanura, arrancados bruscamente del sueño por aquel insólito resplandor.

Una gran manada de elefantes galopaba desesperadamente hacia el sur, lanzando barritos ensordecedores, mezclada con bastantes rinocerontes, los cuales, en aquel momento, no pensaban en utilizar sus terribles cuernos contra sus mortales enemigos.

El cielo era sanguíneo, como si lo iluminase una aurora boreal.

El fuego se ampliaba cada vez más, alejándose del Kin-Ballu, y desprendía un calor intensísimo, hasta el punto de que los espectadores, aunque estaban situados en un lugar tan elevado, se veían obligados a resguardarse los ojos con las manos.

—He aquí el infierno —dijo Yáñez—, pero el infierno de los dayakos. Me gustaría ver cómo trota en este momento el griego detrás de sus hordas. Si las llamas pudieran alcanzarlos, nos ahorraríamos muchas fatigas y también muchos peligros.

—Será un poco difícil —respondió Sandokán—. A estas horas deben de huir más rápidos que los babirusas.

—Ha sido una buena jugada la que le hemos hecho al amable Teotokris.

—Y también a tu chitmudgar.

—Que nos evita correr el riesgo de asamos. Estoy seguro de que el griego habría vuelto a intentar el juego con el que a punto estuvo de ganar en las junglas de Assam.

—Ese era mi temor, Yáñez: ahora te lo confieso francamente. Todas esas hierbas secas me preocupaban y no poco.

—Dejemos que ardan y vámonos a dormir. El espectáculo durará demasiado y prefiero cerrar los ojos sobre una buena capa de hojas frescas y perfumadas.

Muchos hombres, especialmente los malayos de Sambigliong y los dayakos, le habían precedido y roncaban como otros tantos tubos de órgano.

Los dos jefes siguieron su consejo y se acurrucaron bajo el attap, mientras el incendio continuaba inflamándose con furia creciente, alejándose hacia levante, o sea en dirección al gran lago.

Sin embargo, durante toda la noche continuó la lluvia de cenizas. En las capas superiores alguna corriente soplaba quizás en dirección opuesta y hacía volver atrás los rescoldos, con la consiguiente intranquilidad de los acampados.

Al día siguiente persistía el incendio todavía a grandísima distancia. En el horizonte se elevaban grandes columnas de humo, signo evidente de que el fuego no había cesado en su avance demoledor.

Un calor intensísimo ascendía de la inmensa llanura cubierta de cenizas todavía candentes. ¡Ay de la columna si hubiera osado descender a aquel horno!

Afortunadamente, Sandokán no tenía ninguna prisa por reconquistar el trono de sus padres y además no quería reanudar sus movimientos sin que antes los refuerzos que le habían llegado se hubieran repuesto de las fatigas pasadas.

Por otra parte, la vida era cómoda allí arriba. Los cazadores batían sin descanso los bosques de la montaña, en los que se había refugiado un gran número de animales después del incendio de la pradera, y las mujeres hacían destilar el dulce jugo de las arengas saccharifera, plantas que abundan en las laderas del coloso; también abundaban el tabaco y los cigarrillos, porque Sambigliong no se había olvidado de llevar con él una buena cantidad junto con las cajas de las municiones.

Se necesitaron tres días para que el suelo se enfriase y permitiese a los pies desnudos de los malayos, dayakos y negritos afrontar impunemente las cenizas: solamente los assameses iban calzados.

Además, muy probablemente la hierba debía todavía de arder cerca de las orillas del lago.

Finalmente, una mañana se dio la señal de partida y la larga columna descendió por los barrancos del Kin-Ballu para reanudar su marcha hacia el lago, resuelta a jugar la, última y, probablemente más peligrosa, partida contra el rajá blanco.

La marcha no sería de las más fáciles, porque la elevada capa de cenizas que cubría la infinita llanura cegaba a los aventureros y casi los sofocaba.

Los dos primeros días transcurrieron sin encuentros. Ningún dayako se había dejado ver.

En la mañana del tercero, cuando la columna caminaba por un terreno bajo que parecía que en tiempos había sido el fondo de algún gran lago, unido quizá con el otro al que se dirigían, la vanguardia, formada por negritos y dayakos al mando de Sambigliong y Kammamuri, se detuvo bruscamente, con no poca sorpresa de Sandokán y Yáñez, que hasta entonces no habían notado nada extraordinario.

—¿Habrán descubierto salvajes escondidos bajo las cenizas? —dijo el portugués—. Habrían escogido un pésimo lecho para descansar.

—¡Temo que sea otra cosa! —respondió Sandokán, cuyo ceño se había fruncido—. Vamos a ver.

Mientras se detenía el grueso de la columna, los dos jefes llegaron apresuradamente a la altura de los hombres de vanguardia, que parecían ocupados en observar atentamente la capa de cenizas que cubría el suelo.

—¿Qué pasa, Sambigliong? —preguntó Sandokán—. ¿Una nueva sorpresa?

—Pasa, señor, que por debajo de la capa de cenizas corre agua.

—¿Agua? —exclamó Yáñez—. ¿Cómo es posible, después de que el huracán de fuego ha pasado por esta llanura?

—No lo sé, señor Yáñez.

—¿Correrá por aquí algún torrente? —preguntó Sandokán.

—No, capitán. Es como un velo de agua que se extiende por doquier. Mirad aquí.

Sambigliong avanzó unos pasos y se detuvo ante algunos pequeños agujeros que se habían llenado ya lentamente de agua.

—¿De dónde crees que proviene? —le consultó Yáñez a Sandokán.

—Del lago —respondió el Tigre de Malasia sin dudar.

—Nosotros nos encontramos en una profunda depresión del suelo y en esta estación las aguas del Kin-Ballu están por lo general muy altas a causa de las grandes lluvias que ya deben de caer en su interior.

—¿Se habrá desbordado?

—¿O habrán abierto los dayakos y el griego un canal para intentar ahogarnos en la llanura? —preguntó Sandokán, en lugar de responder.

—¡Por Júpiter! ¿Quieres espantarme, hermano?

—Es sólo una suposición mía.

—¿Tendrá ahora una verdadera pasión por los canales ese griego de mal agüero? Ya hizo excavar uno para encerramos en aquella azufrera. ¿Querrá intentar ahogamos como ratas? Tendré que matarlo.

—Siempre lo dices pero no lo matas —dijo Sandokán bromeando.

—¡Ponlo en mis manos y verás cómo te lo dejo!

—Ahí está precisamente el punto débil de la cuestión, amigo. Tampoco yo, si pudiera agarrarlo, lo dejaría escapar. Sin embargo, no desespero de capturarlo en las orillas del lago.

—Es la segunda vez que me lo dices y mientras tanto el bribón está todavía libre.

—También tienes tú razón, Yáñez —aceptó Sandokán sonriendo—. Vamos, debemos tomar una decisión: o desviamos hacia levante o seguir adelante.

—Desviamos sería como prolongar la marcha algunos centenares de millas, supongo.

—Sí, Yáñez, porque esta llanura tiene una extensión inmensa. Quizás el fuego no se ha apagado todavía allá lejos.

—Entonces prefiero tirar adelante, ocurra lo que ocurra. Y además somos como pequeños tiburones y no hay ninguno, en mi opinión, que no sepa nadar.

—Avancemos, pues —concluyó Sandokán—. Eh, Kammamuri, da la orden de reanudar la marcha.

La vanguardia reemprendió en seguida su marcha y el grueso de la columna que escoltaba a las mujeres y a los muchachos negritos la imitó.

Pero cuanto más avanzaban más aumentaba la humedad del suelo, convirtiendo las cenizas en un verdadero fango pegajoso que cansaba bastante a hombres y a mujeres.

Era como si el agua se filtrase desde el subsuelo por millares y millares de poros invisibles, o como si algún gran lago subterráneo se extendiese bajo las cenizas. Una gran inquietud se había adueñado de todos. Especialmente Sandokán, que conocía ya la región mejor que nadie, parecía muy preocupado.

Aquella noche no fue posible formar un campamento. No había ni árboles, ni hojas, ni yerba, porque el huracán de fuego había destruido todo en su carrera vertiginosa y el terreno era fangoso.

Solamente los jefes tuvieron un cobertor cada uno, sobre el que se extendieron sin poder defenderse de la humedad. Otros se acomodaron como pudieron sobre las cajas de municiones, pero los afortunados fueron muy pocos. La mayoría se acurrucó en medio del fango teniendo sobre el pecho la carabina y el parang.

Al día siguiente la marcha se hizo más difícil todavía. El agua rezumaba en mayor cantidad y en ciertos lugares cubría la capa de cenizas varios centímetros.

—Explícame, pues, este misterio —dijo Yáñez a Sandokán, mientras atravesaban una zona baja cubierta enteramente de agua.

—Te repito que en ello está la mano de Teotokris —aseguró el Tigre de Malasia—. Es él quien ha hecho inundar estas llanuras.

—Qué feo asunto, si los dayakos cayeran encima de nosotros justamente ahora. Las espingardas se hundirían y no nos serían de ninguna utilidad.

—Tampoco ellos se encontrarían en buenas condiciones para presentamos batalla —razonó Sandokán—. Trescientas carabinas son algo, Yáñez, y por ahora yo no temo ningún asalto. Tengo ya en mi mano el trono de mis padres y la vida del asesino que destruyó a mi familia. Nuestra gente es aguerrida y no dejará que se rompan sus líneas por las flechas de las sumpitan, ni por los parang y los kampilang de los dayakos. Sólo temo las sorpresas.

—Y ésta es una.

—Sí, Yáñez, y que nos procurará bastantes molestias.

—Acabaremos transformándonos en auténticos gaviales, porque el fango y el agua aumenta cada vez más.

—Esta zona baja no se prolongará hasta las costas meridionales de Borneo —respondió Sandokán—. A poniente del lago comienza la cadena de los montes de Cristal y allí el agua no nos alcanzara. Si se hace necesario, nos desviaremos, por ahora continuemos nuestra marcha.

Pero la marcha hacía sudar enormemente a los malayos, assameses, negritos y dayakos de la costa.

El espesor del fango aumentaba cada vez más y el agua no cesaba de rezumar. Los hombres se hundían hasta la rodilla y los muchachos y las mujeres hasta casi el vientre.

Afortunadamente no se trataba de arenas movedizas, porque bajo la capa de cenizas el terreno era duro y compacto.

El velo de agua continuaba extendiéndose, aumentando de hora en hora. Más adelante, la llanura debía de estar completamente anegada.

El problema mayor seguía siendo el del acampamento.

¿Cómo podrían descansar si faltaban plantas y hojas para alzar refugios, especialmente para las cajas de municiones? Esta era la gran preocupación de todos.

Pero una buena estrella debía de proteger a los viejos piratas de Mompracem, porque, cuando la columna marchaba fatigosamente desde hacía seis horas, en el lejano horizonte, que centelleaba con una luz intensísima, se divisaron formas vagas que parecían árboles.

—¡Un bosque! —exclamó de repente Yáñez, mientras la vanguardia prorrumpía en gritos de alegría.

—Así parece —admitió lacónicamente Sandokán.

—¿Cómo puede haber escapado al terrible incendio que ha devastado la llanura?

—Lo sabremos cuando estemos allí.

La esperanza de poder acampar finalmente bajo los árboles, en un terreno seco, había infundido nuevas fuerzas a la columna.

Todos marchaban febrilmente, impacientes por llegar a aquella especie de oasis perdido en medio del mar dé fango.

Eran verdaderamente árboles, no muchos, pero árboles, aunque no mostrasen sus inmensas hojas empenachadas o dentadas. Parecían troncos carbonizados que habían quedado en pie por verdadero milagro.

Los hombres ya tenían el agua hasta las caderas, pero el fondo, aunque bastante fangoso, era sólido, y no presentaba traza de arenas movedizas.

A las seis de la tarde los aventureros, completamente extenuados en sus fuerzas y hambrientos, porque no habían tenido tiempo todavía de echar mano de las pocas provisiones que quedaban, llegaron a una pequeña altura, sobre la que se mantenían derechos unos cuarenta troncos de árbol medio carbonizados por el huracán de fuego y privados absolutamente de hojas.

¡En aquel momento, era la salvación!

25. Sobre puntas de flecha envenenadas

No se trataba realmente de una altura, sino de una simple ondulación del terreno, de una longitud de algunos centenares de metros y no más ancha de una docena, que emergía del fango y el agua un par de metros. Las plantas, casi todas de gran tallo, habían resistido el incendio, aun perdiendo, como ya se ha dicho, todas las hojas, las cortezas y los rotang y los calamus que las envolvían y que quizá las habían preservado de una total destrucción.

Un número extraordinario de cacatúas, argus y tucanes rinocerontes se había refugiado en las ramas medio carbonizadas. Aquellos volátiles parecían todavía entorpecidos por el espanto que habían experimentado y no se movieron al ver llegar a la columna.

La comida estaba asegurada. En efecto, los malayos y los assameses, que eran los mejores tiradores, no dejaron escapar la ocasión para procurársela.

Mientras los negritos, ayudados por sus mujeres y los dayakos, preparaban el campamento, resonaron formidables descargas en toda la ondulación haciendo caer una verdadera lluvia de volátiles.

Sandokán, Yáñez y Tremal-Naik se habían dirigido mientras tanto a la otra parte de la pequeña altura para echar una mirada a la amplia llanura. Desde allí el agua se extendía hasta perderse de vista, elevándose sobre la capa de cenizas unas cuantas pulgadas.

—¿Una verdadera inundación, pues, Sandokán? —preguntó Tremal-Naik.

—Ya lo ves —respondió el Tigre de Malasia.

—Y que sigue en aumento —añadió Yáñez—. Pero hay una cosa que me sorprende y que no logro comprender.

—¿Cuál? —preguntó Sandokán.

—¿Por qué esta agua sube tan lentamente? Ya hace casi dos días que marchamos y debería haber alcanzado un nivel considerable.

—Este misterio sólo podría explicártelo Teotokris; pero tengo la sospecha de que en ello se esconde otra nueva traición.

—¿Cuál?

—No sabría decírtelo; pero siento por instinto que no será el agua la que nos dará molestias.

—Me parece que caminamos ahora a tientas, como los ciegos.

—No se caminaba mejor en Assam —recordó Sandokán—, y sin embargo triunfamos en nuestro intento.

—Desde luego la guerra es la guerra.

La comida se anunciaba con un aroma de asado. Cacatúas, argus y tucanes se asaban más o menos bien ensartados en las baquetas de hierro de las carabinas que se encargaban de hacer girar constantemente los muchachos y muchachas de la pequeña tribu negrita.

Los asados se vieron, sin embargo, mal regados por el agua fangosa, con gran pesadumbre de Yáñez, que ya estaba habituado a los vinos escogidos de las cantinas reales de Assam.

Una detención de veinticuatro horas en aquel terreno seco, donde hombres, mujeres y muchachos podían dormir con comodidad, sin temer sorpresas, hizo recuperarse completamente a la columna.

—Dormid lo que podáis —había ordenado Sandokán, que dudaba bastante de poder llegar a las tierras altas antes de treinta o cuarenta horas.

Y todos habían obedecido, roncando como lirones desde la mañana a la noche y desde la noche a la mañana, despertándose sólo para mordisquear alguna ala de cacatúa o alguna cabeza de tucán.

Durante la detención, ninguna noticia de los dayakos, ni del griego, ni del chitmudgar de Yáñez y mucho menos del rajá del lago.

Parecía que todos aquellos bribones hubieran desaparecido quizá para organizar las últimas resistencias en las orillas del Kin-Ballu. El agua, aunque bastante lentamente, no había cesado de subir y cubría toda la infinita llanura.

—Antes de que aumente más, marchémonos —dijo Sandokán a Yáñez y Tremal-Naik—. Si permanecemos aquí acabaremos por comernos a los niños y niñas negritos, ahora que ya se han acabado todos los volátiles. Tenemos demasiadas bocas para mantener.

Se formó la columna y descendió a la tierra baja inundada, pero procediendo bastante lentamente a causa del fango, siempre muy tenaz.

La precedía como explorador el segundo jefe de los negritos, armado por un bastón para asegurarse de la resistencia que ofrecía el fondo. Al cuarto de hora escaso de marcha, él negrito que precedía a la vanguardia en una veintena de metros lanzó un grito agudísimo y dio un salto hacia atrás.

Cuando algunos de sus compañeros estaban a punto de correr hacia él le oyeron gritar:

—¡No…, deteneos…, flechas envenenadas!

Sandokán y Yáñez acudieron rápidamente, mientras la vanguardia se detenía, mostrando signos de vivísimo terror. El negrito había alzado el pie izquierdo y miraba, con ojos desorbitados, algunas gotas de sangre que le brotaban del talón.

Viendo avanzar a los dos jefes, les dijo con voz angustiada:

—¡No avancéis más, orang!

—¿Por qué? —preguntó Sandokán.

—Los dayakos han plantado flechas en el fondo y deben de estar envenenadas. Siento el aliento de la muerte.

—Nosotros no tenemos nada que temer —respondió Sandokán, acudiendo hasta el desgraciado—. Llevamos los pies calzados.

Tomó entre sus brazos al negrito y lo transportó en medio de la vanguardia.

El jefe de la tribu acudió prestamente e hizo un gesto de descorazonamiento.

—¿No conoces ningún remedio? —le preguntó Sandokán.

—El upas es siempre mortal y no se conocen remedios, orang —respondió—. Este hombre está perdido.

—Si tuviésemos bebidas alcohólicas se podría intentar salvarlo —dijo Sandokán—. A veces he logrado arrebatar a la muerte a hombres heridos por flechas envenenadas. ¿Te acuerdas, Yáñez?

—Sí —asintió el portugués—, pero era debido a heridas ligeras y además no poseemos ni siquiera un sorbo de ron. ¡Pobre hombre…!

Dos malayos habían envuelto al desgraciado en una manta y lo sostenían. La muerte avanzaba rápidamente.

El herido había perdido ya el sentido y temblaba como si le hubiese asaltado una fuerte fiebre. De vez en cuando era presa de espasmos y su boca se abría como si quisiera devolver algo.

¡Era cuestión de pocos minutos! El terrible veneno que los dayakos extraen de las plantas llamadas upas y que a menudo mezclan con el jugo del gambir, para hacerlo más poderoso, influye rápidamente en el sistema circulatorio y en el sistema nervioso provocando convulsiones tetánicas. Como ocurre con el curare., el terrible veneno preparado por los salvajes brasileños para hacer sus flechas mortales, para el upas y para el gambir tampoco se ha encontrado ningún antídoto.

Parece que el principio venenoso de estas dos últimas siniestras plantas consiste en un alcaloide vegetal unido a un ácido que aún no se ha determinado bien y a una substancia colorante.

Todos los hombres de la columna, mudos y tristes, se habían reunido alrededor del moribundo, que no cesaba en sus vómitos y espasmos. De su pecho surgía a intervalos un silbido ronco y la respiración se volvía más difícil.

—¡Pobre hombre! —repetía Yáñez, que asistía impotente a aquella agonía.

De repente el moribundo tuvo un sobresalto, ensanchó espantosamente la boca haciendo crujir sus mandíbulas, desorbitó los ojos y se abandonó entre los brazos de los dos malayos que lo sostenían.

—¡Está muerto! —dijo Sandokán suspirando—. Hubiera preferido que esta desgracia le hubiera tocado a alguno de mis hombres, que están preparados desde hace mucho tiempo para los peligros de la guerra.

Se volvió hacia el jefe de los negritos, quien, quizá más habituado que los hombres de Sandokán a aquellas desgracias, no parecía demasiado conmovido, y le dijo:

—Toma seis hombres, lleva el cadáver al islote y hazlo sepultar profundamente para que los tigres o las panteras no lo puedan devorar.

—Sí, orang —respondió el jefe.

—Por el momento nos detendremos aquí.

—¿Qué haremos ahora? —inquirió Yáñez, cuando se hubo alejado el fúnebre destacamento—. Si el fondo está sembrado de puntas de flechas envenenadas no podremos avanzar más que nosotros y mis assameses. Los otros están descalzos.

—Esto es lo que debe de haber pensado el griego para diezmar nuestra columna.

—¿Y si intentásemos desviamos?

—¿Sabes tú en qué extensión han plantado los dardos envenenados? —preguntó Sandokán—. ¿Cómo descubrirlos bajo esta capa de agua y de fango?

—¡Sería imposible! —observó Tremal-Naik, que asistía a la conversación.

—Entonces no nos queda otra cosa que volver atrás y esperar a que las aguas se retiren o sean absorbidas por el calor solar —dijo Yáñez.

—¿Y adónde retiramos?

—A aquella especie de islote.

—¿Para morimos de hambre?

—Tienes razón, Sandokán.

—Tengo otra idea.

—¿Cuál?

—Derribar ocho o diez troncos de árbol y formar puentes móviles que lanzaremos sobre las flechas. Los hemos empleado otras veces.

—Nuestro avance se hará muy lento.

—Lo aceleraremos cuando lleguemos a las tierras altas —respondió Sandokán—. Por otra parte, ya te he dicho que no tengo prisa en llegar a ser rajá. Me basta con triunfar en mi intento y vengar a mi padre, mi madre y mis hermanos.

—Y los vengarás.

—No tengo ninguna duda —afirmó Sandokán, cuyos ojos se habían iluminado con una llama siniestra—. Son muchos los años que espero el terrible momento.

—¡Y a mí no me gustaría encontrarme en la piel del rajá del lago! —dijo Tremal-Naik.

—Actúa como quieras —concluyó el portugués—. Tampoco yo tengo prisa en volver a Assam: Surama es paciente y deja que su Sahib blanco se divierta y ayude a sus viejos amigos. ¿No soy el príncipe consorte? ¡Diablos…! ¡Por Júpiter que sigo siendo el rajá de Assam!

Diez minutos después la columna desandaba el camino recorrido por la mañana, al no poder acampar en aquel fango cubierto por una capa de agua tan elevada, especialmente con las cajas de municiones y las espingardas con sus respectivos trípodes.

Cuando llegó al islote, porque ya podía llamarse así, dado que aquel trozo de tierra estaba circundado de agua, el pobre segundo jefe de los negritos había sido ya sepultado y sus compañeros estaban exterminando a los últimos tucanes y cacatúas, para asegurar a la columna por lo menos un poco de cena, no muy abundante por cierto. Doscientos hombres, a las órdenes de Kammamuri y Sapagar, abatieron los árboles a golpes de parang y de kampilang para formar puentes volantes, mientras los demás se apresuraban a formar balsas, atando los troncos con sus fajas.

Aunque no fue una cosa fácil, antes de que el sol se ocultase la columna poseía ya cuatro puentes de una decena de metros de largo por cuatro o cinco de ancho, sobre los cuales podían muy bien pasar los hombres desprovistos de calzado, transportándolos cada vez más adelante, encima de las flechas envenenadas, sin correr ningún riesgo.

A las nueve de la noche, con una espléndida luna, la columna abandonaba el islote avanzando cautelosamente por la llanura inundada.

Los dayakos y los malayos llevaban los puentes volantes para que no se fatigasen los assameses, a quienes les esperaba el trabajo más duro, es decir, el de llevarlos sobre las puntas de las flechas, ya que, como hemos dicho, eran los únicos calzados.

Llegados al lugar donde el pobre segundo jefe de los negritos había resultado herido, se lanzaron los puentes encima de la capa de fango, ya que no había bastante agua, por lo menos en aquel momento, para hacerlos flotar.

Comenzaba la terrible marcha. Malayos, dayakos y negritos pasaban, se concentraban en el puente de cabeza y esperaban a que los assameses transportasen más adelante los otros puentes para abrirles camino. El avance era lentísimo y fatigoso, sobre todo para los indios, aunque éstos de vez en cuando cedían sus calzados a los malayos o a los dayakos para poder descansar un poco.

Yáñez, Sandokán y Tremal-Naik, que usaban altas y fortísimas botas de mar, impenetrables para las puntas de las flechas, formaban la vanguardia. Ningún peligro les amenazaba, porque la llanura se extendía ante ellos cubierta por algunos palmos de agua y completamente desierta. Con aquella luz lunar se hubiera descubierto inmediatamente a un hombre y no se habría salvado ciertamente del tiro de aquellas tres carabinas que difícilmente marraban su blanco.

Parecía que los dayakos habían cubierto el suelo con una cantidad extraordinaria de flechas, porque los tres jefes sentían, a cada paso que avanzaban, crujir bajo la gruesa suela de sus botas las puntas, de los dardos envenenados.

—¡Qué bandidos! —dijo Yáñez—. Querían destruirnos…

—¡Así es cómo los dayakos hacen la guerra! —respondió Sandokán.

—¡Si no hubiéramos tenido buenas suelas, vaya final!

—¿Están en buen estado las tuyas?

—Piel de rinoceronte, querido, con un espesor de tres dedos.

—Me mandarás una docena de pares cuando vuelvas a Assam.

—¡Cómo…! Un cargamento completo para ti y tus hombres —dijo Tremal-Naik—. Así, por lo menos, no correrán ya ningún peligro.

—Dudo que puedan habituarse —objetó el Tigre de Malasia—. Haré un regalo a los monos de las selvas.

Bromeando así los tres valientes continuaron su marcha, mientras sus hombres no cesaban de transportar los puentes volantes.

Al amanecer, la columna, exhausta por tantos esfuerzos, descansó sobre las balsas, encalladas en medio del fango, porque el agua continuaba siendo demasiado baja para que pudieran flotar. La comida fue muy escasa, aunque Yáñez y Tremal-Naik habían dado muerte a un regular número de aves acuáticas.

La jornada transcurrió tranquila. No se señaló la presencia de ningún destacamento enemigo en ninguna dirección.

Probablemente, el griego había contado con la eficacia indiscutible de las flechas envenenada^ no había creído que debía incomodarse más, ya que pensaba como cosa cierta qué ningún hombre de la columna saldría vivo de la emboscada.

Hacia la noche, se reanudó la fatigosa marcha con los puentes volantes, mientras Yáñez, Sandokán y Tremal-Naik avanzaban en descubierta, con la esperanza de descubrir algún destacamento enemigo.

La noche fue cansadísima para todos. Los assameses cedían de vez en cuando sus calzados a los malayos y dayakos para que continuasen el avance de los puentes.

Tampoco aquella noche el enemigo hizo acto de presencia, con mucho pesar para Yáñez, que comenzaba a aburrirse.

—¡Mira que haber dejado a mi bella raní y la corte de Assam para marchar entre aguas y pantanos sin disparar tiros de carabina! ¡Vaya fastidio! ¿No te parece, Sandokán?

El Tigre de Malasia no contestaba y continuaba la marcha escrutando la lejanía.

Trataba de descubrir las tierras altas que surgían alrededor del gran lago, porque era en aquellas tierras donde se decidiría la suerte de aquella dura y fatigosísima campaña.

Durante tres días más marchó la columna casi sin interrupción a través de aquella inmensa llanura, haciendo avanzar los puentes volantes, y luego llegó finalmente, por completo extenuada, a las altas tierras por las que tanto suspiraban.

La gran planicie, a pesar de la traición urdida por el griego, se había atravesado con la pérdida de un solo hombre, el desgraciado segundo jefe de la tribu de negritos. Bosques inmensos, ricos de hojas y sombra, se extendían ahora ante los aventureros, surcados por torrentes rumorosos y habitados ciertamente por una abundante fauna salvaje.

—¡He aquí el paraíso terrenal! —dijo Yáñez, mientras los malayos y los dayakos construían apresuradamente algunos attap, y los negritos, ayudados por sus mujeres y los assameses, rodeaban el campamento, que había elegido Sandokán, con montones de ramas espinosas para impedir cualquier sorpresa.

—Te aseguro, querido, que ya no podía más y estaba a punto de enviar al diablo hasta el trono de tus antepasados.

—Ya sabes que Borneo no es la India —respondió Sandokán—. Y también para la conquista del trono de tu bella raní las hemos pasado muy mal. ¿Acaso has olvidado ya todo aquello?

—El amor hace olvidar tantas cosas —dijo Tremal-Naik—. ¿No te has dado cuenta, Sandokán, de que nuestro portugués añora la corte de Assam?

—¡Ya lo creo!, con todos aquellos cocineros, cantineros, criados, guardias barbudos, aquellas salas maravillosas, aquellas turbas de bayaderas. danzando todas las noches en los patios de palacio… ¡Ah, Yáñez! Assam y el poder te han echado a perder.

—¡Por Júpiter! —gritó Yáñez, después de lanzar una risotada—. ¿Es que no os he demostrado hasta hoy que poseía dos piernas de hierro, que continuaba siendo un tirador temido y que sabía comer o cenar con un apretón del cinturón? ¡Me quieres humillar! Ponme delante una tribu de dayakos y verás si sabré preparártela con salsa blanca, roja o verde.

—¡Ya lo sabemos! —dijo Tremal-Naik—. Continúas siendo el terrible compañero del famoso Tigre de Malasia.

—¿Aunque sea el príncipe consorte de la bella raní de Assam?

—Sí, Yáñez —respondió Sandokán—. Te has vuelto un poco murmurador.

—Porque en la corte de Assam, en voz baja o en voz alta, se murmura siempre —dijo Yáñez—. Dejemos las bromas y consideremos nuestro plan de batalla. ¿Cuánto dista del lago nuestra posición?

—No más de tres jomadas de marcha —respondió Sandokán.

—¿Dónde reside el rajá?

—En una población rodeada de empalizadas y que se adentra en el lago varios centenares de metros.

—¿Es la población que asaltaremos si los dayakos no nos detienen?

—Sí, porque deseo dar el golpe directamente en el corazón del asesino de mi padre. En el lago no faltan las grandes barcas y desde allí atacaremos, no desde tierra, porque sería demasiado difícil: además, serían necesarios larguísimos puentes móviles que no poseemos. He reunido ya todas las informaciones necesarias y hoy mandaré a negritos y dayakos a fabricar cerbatanas y recoger resina.

—¿Para hacer qué? —preguntaron al unísono Yáñez y Tremal-Naik.

—Para incendiar la capital del rajá del lago —respondió Sandokán—. En el momento oportuno las flechas incendiarias lograrán mayores resultados que las balas de nuestras carabinas y la metralla de nuestras espingardas. Hace mucho tiempo que pienso en la forma de reducir rápidamente a la impotencia a aquel miserable y de obligarle a la rendición, porque lo quiero tener en mis manos vivo.

—¡Uh!, tengo mis dudas —expresó Yáñez—. Cuando ese hombre se vea perdido no esperará a que le alcance tu kriss.

—Veremos si es capaz de escapárseme.

Numerosos disparos de fusil interrumpieron su conversación. Los malayos y los assameses se habían lanzado a través de la selva y hacían buena caza a juzgar por los disparos, que se seguían sin interrupción.

Las mujeres, previendo una comida abundantísima, habían recogido ramas secas y ya habían encendido diversas hogueras, proveyéndolas en sus lados de ciertas horcas de madera para sostener los asados ensartados en las baquetas de hierro de las carabinas.

No se hicieron esperar mucho los cazadores. Todos llegaban cargados de caza de pelo y de pluma.

Habían hecho una verdadera matanza de babirusas, tapires, monos, cacatúas y otros varios volátiles.

Hubo verdadera alegría en el campamento y se puede comprender fácilmente, porque ya hacía dos días que todos aquellos bravos guerreros no habían hecho más que apretarse los cinturones.

Al cabo de media hora, hombres, mujeres y muchachos devoraban hasta reventar inmensas piezas de carne todavía sangrante, mientras Sandokán, Yáñez, Tremal-Naik y Kammamuri trabajaban con los cuchillos alrededor de dos magníficos tucanes rinocerontes, sabiamente asados bajo la alta vigilancia de Sapagar, nombrado gran cocinero de los jefes, en los momentos de calma.

Saciada el hambre feroz que desde hacía cuarenta y ocho horas atormentaba el vientre de aquellos intrépidos guerreros, Sandokán mandó hacia el sur a una veintena de exploradores con la misión de aproximarse lo más que les fuera posible al lago, y luego dispuso numerosos centinelas, aunque estaba seguro de poder dormir sin ser molestado.

—Ahora ya nos esperan en las orillas del Kin-Ballu —dijo Sandokán a Yáñez, que bostezaba como un oso y había dejado apagar su cigarrillo.

—Que nos esperen donde quieran; a mí no me importa en absoluto —respondió el portugués— con tal de que me dejen dormir por ahora.

—Es lo que pido yo también —añadió Tremal-Naik.

—Dormid, pues —respondió Sandokán—. Nadie vendrá a turbar vuestro reposo. De ello respondo plenamente yo.

26. El lago misterioso

Pocos minutos después todos los acampados, exceptuados los centinelas, dormían profundamente.

Durante cuatro días los componentes de la expedición descansaron en el borde de aquellas tierras bajas, comiendo abundantemente y durmiendo a pierna suelta.

De vez en cuando llegaba algún explorador, pero sin aportar noticias importantes sobre los misteriosos movimientos del enemigo.

Algunos habían avanzado incluso hasta las orillas del gran lago, sin haber encontrado las hordas de los dayakos. Solamente se habían divisado algunos pequeños destacamentos de exploradores a poniente del Kin-Ballu.

¿Dónde se encuentra, pues, el grueso de las gentes del rajá blanco? Esta era la pregunta que se planteaba Sandokán, algo inquieto, durante aquella larga detención.

Al quinto día, después de un breve consejo de guerra sostenido por los jefes y subjefes, se decidió el avance. Ya que los dayakos no se sentían con bastantes fuerzas para detener a los conquistadores, lo único que se podía hacer era ir a buscarlos y asaltar resueltamente su capital.

—Terminemos de una vez —dijo Yáñez, mientras se ordenaban las columnas—. Tengo prisa por comer en la ciudad principal de ese bribón de rajá. Veremos si su palacio real vale tanto como el mío.

Estaban a punto los conquistadores de ponerse en marcha cuando llegaron al campo dos negritos, de los que Sandokán no había tenido ya noticias y que se habían considerado como perdidos.

—Los últimos que llegan son siempre los más afortunados —dijo Yáñez, mientras el jefe de la tribu acudía para servir de intérprete—. Estos hombrecillos deben de traer noticias extraordinarias.

—¿Buenas o malas noticias? —preguntó Sandokán al jefe, que había interrogado ya rápidamente a sus súbditos.

—Me han referido que los dayakos se reúnen ante la capital del rajá para defender los puentes —informó el negrito.

—¿Son muchos?

—En todas las orillas del lago suenan los gongs para llamar a los guerreros.

—¿Han visto muchas barcas?

—Sí, orang.

—Son las que nos hacen falta a nosotros.

—¿Podremos apoderamos de ellas? —preguntó Yáñez.

—Sé dónde sorprender la flotilla del rajá —respondió Sandokán—. La vieja estación no ha sido cambiada, según me han informado, y no serán necesarios grandes esfuerzos para tomar por asalto la kotta que la defiende. Nuestras espingardas harán verdaderos milagros. ¿Hay algo más de nuevo?

—No, orang —dijo el jefe de la tribu.

—Toma el mando de tus hombres y adelante, a marchas forzadas. No debemos dejar tiempo al griego para que se fortifique en las orillas del lago. ¿No es verdad, Yáñez?

—Es buena estrategia —aprobó el portugués—. Mi coronel Kammamuri podría darte también un juicio mejor que el mío.

—Ahora no estamos en Assam —dijo Tremal-Naik—. Mi maharata va bien sólo para aquel país.

—Morirá general, te lo aseguro yo —concluyó Yáñez.

Las columnas, divididas por razas, se habían puesto animosamente en camino, manteniendo en el medio a las mujeres, que llevaban los víveres, y a los muchachos.

Tras una selva venía otra, cada vez más espesas y más soberbias. Pero los conquistadores tenían de vez en cuando la suerte de encontrar senderos, abiertos seguramente por los indígenas para acudir a las orillas del lago, y especialmente en aquellos parajes se encontraban a menudo esqueletos humanos, perfectamente limpiados por las termitas y a los que les faltaba la cabeza.

Debían de haber pasado por allí los feroces cazadores de cabezas.

Por la noche Sandokán, que temía de un momento a otro un furioso asalto, hizo reforzar el campamento con enormes masas de ramas espinosas y con un foso bastante profundo, lleno también de espinas.

Como el lago estaba muy próximo y así también el enemigo, era de temer una sorpresa nocturna y por esta razón se doblaron también los centinelas.

Pero fueron precauciones totalmente inútiles, porque los dayakos no se dejaron ver.

A la mañana siguiente, antes incluso de que rayase el sol, las cuatro columnas reemprendían su marcha a paso acelerado. Sandokán animaba la marcha para poder llegar de noche a las orillas del lago. Tenía necesidad de tinieblas para poner en ejecución su plan, que consistía en privar, con un golpe de mano, al rajá blanco de su flotilla e impedir así que huyese por el agua.

Fue una marcha verdaderamente furiosa, una verdadera carrera que puso a dura prueba especialmente las piernas de las mujeres y los chiquillos.

Al oscurecer el lago no estaba todavía a la vista, pero se comprendía que no debía de estar lejos. Las manchas de vegetación se hacían más escasas, el terreno descendía, aumentaba la humedad y una fresca brisa soplaba desde el sur. El Kin-Ballu, el gran lago de Borneo, apenas conocido por los exploradores europeos, estaba casi al alcance de la mano.

Hacia la medianoche los exploradores negritos, que eran más rápidos y más infatigables, se replegaron a las columnas que se habían detenido para tomar un poco de descanso.

El pequeño jefe de la tribu se había precipitado hacia Sandokán diciéndole:

—El lago está detrás de la kotta.

—¿Han descubierto el poblado que les he indicado?

—Sí, orang.

—¿Han visto barcas?

—Muchas.

—¿Es muy grande la kotta?

—No; pero tiene alrededor tres fosos.

—¿Dónde está Kammamuri?

—Presente, capitán —respondió el maharata, que se encontraba a pocos pasos.

—Haz construir una decena de puentes volantes… ¡Sapagar!

—Aquí estoy, jefe —dijo el malayo.

—Que tus hombres sólo se ocupen de las espingardas. Para el asalto nos bastamos nosotros.

Los malayos y los dayakos, ayudados por los negritos, abatieron a golpes de kampilang y de parang unos cincuenta delgados troncos de árbol con una gran cantidad de ramas y de rotang, y en menos de media hora construyeron los puentes que había que lanzar sobre los fosos y sobre las capas de flechas envenenadas, ya que los dayakos tienen la costumbre de sembrar muchas alrededor de las empalizadas de sus poblados.

A la una de la madrugada, los aventureros, que habían dejado atrás a las mujeres y a los muchachos, con la guardia de una pequeña escolta, avanzaron resueltamente en el mayor silencio hacia la kotta que servía de estación naval al rajá blanco, resueltos a expugnarla.

Yáñez se había situado rápidamente en vanguardia para dirigir a sus assameses, que, provistos de calzado, como ya se ha dicho, podían despreciar los puentes volantes y pasar incluso sobre las espinas amontonadas en los fosos, que sólo servían para detener a los descalzos.

—¡Adelante, mis bravos! —les había arengado—. Demostrad a esos valientes malayos que tampoco los montañeses de Assam tienen miedo a la muerte.

Un cuarto de hora después, la kotta quedaba circundada por tres lados, ya que el cuarto estaba bañado por las aguas del lago.

Era una pequeña fortaleza que no debía de encerrar más de un centenar de cabañas, pero defendida por una empalizada alta y sólida de doble recinto, pues los dayakos ponen sumo cuidado en la construcción de sus poblados, a fin de evitar terribles sorpresas que producirían la total destrucción de los habitantes, dado que por aquellas tierras no se concede cuartel ni siquiera a los niños, salvo casos excepcionales.

Nadie parecía haberse dado cuenta de la aproximación de los aventureros.

Sandokán, después de una rápida mirada a la fortaleza, llamó a Sapagar.

—Escoge diez de tus mejores nadadores —le dijo—, atraviesa el muelle donde debe de encontrarse reunida la flotilla del rajá, ocupa la barca más grande que encuentres, quema pólvora sin interrupción y grita por cincuenta.

—Sí, capitán —repuso el bravo malayo.

—Te dejo el honor de disparar el primer tiro de carabina.

—Y haré lo posible por abatir a alguien.

—Date prisa. Nosotros ya estamos listos para lanzamos al asalto.

Mientras el valiente malayo se apresuraba a ejecutar aquella peligrosísima empresa, Sandokán, Yáñez y Tremal-Naik tomaban sus últimas disposiciones para el ataque.

Los assameses habían atravesado ya el primer foso y se habían tendido en el suelo, en orden abierto, a sesenta metros de la empalizada a fin de mantenerse alejados del tiro de las cerbatanas; los demás habían lanzado los puentes y colocado en batería las ocho espingardas, a la distancia de treinta metros entre sí, para poder batir mejor el terreno en el caso de que los asediados intentaran una salida en distintos puntos. Reinaba profundo silencio en la pequeña fortaleza. Parecía que dormían hasta los hombres encargados de la guardia en las empalizadas.

Probablemente, los habitantes, que sabían que las tropas del rajá batían la zona, se creían que estaban completamente a salvo de cualquier sorpresa.

De repente el ladrido de un perro, al que pronto hicieron coro otros muchos, les avisó de que algo grave los amenazaba.

Si los centinelas dormían, los perros vigilaban y habían olfateado al enemigo.

—¡Que nadie dispare! —dijo Sandokán—. Kammamuri, ve a comunicar en seguida esta orden a los restantes grupos. Dejémosle tiempo a Sapagar para llegar a la flotilla.

Se oían voces entre las tinieblas. Los centinelas se debían de haber despertado y se preguntaban recíprocamente.

Finalmente brillaron algunas antorchas, pero su luz no era lo bastante brillante para llegar hasta el tercer foso, en cuyo borde estaban los assameses. Yáñez, siempre impaciente, estaba a punto de dar órdenes a sus hombres para atravesar también el segundo cuando resonaron bastantes disparos de carabina en el lago.

Sapagar había abierto fuego desde el centro de la flotilla, tomando la kotta por detrás, a fin de que los habitantes no se apoderasen de las barcas.

Resonó la voz metálica de Sandokán:

—¡Disparad vosotros también!

Comenzaron las espingardas, haciendo llover sobre lo alto de las empalizadas huracanes de metralla para impresionar con aquel estruendo a los habitantes del poblado.

En seguida se sucedieron nutridas descargas de fusilería y luego los puentes volantes se lanzaron a través de los fosos y por ellos las cuatro columnas se lanzaron resueltamente al ataque con su arrojo habitual.

Pero tenían que habérselas con gente resuelta a resistir, porque, a pesar de las andanadas de metralla, las balaustradas de las empalizadas se habían cubierto de defensores, que habían acogido valientemente a sus enemigos con una auténtica tempestad de piedras y flechas. Muy a su pesar, las cuatro columnas tuvieron que detenerse y reanudar el fuego para aclarar un poco las filas de los dayakos.

—¡Eh, Sandokán! —dijo Yáñez, acercándose a su amigo—, parece que este hueso es un poco duro de roer. Si no rompemos la empalizada, nos tendrán alejados bastante tiempo y esto para nosotros sería una gran imprudencia. No nos olvidemos de que las hordas del rajá baten las orillas del lago.

—Dentro de diez minutos abriremos una brecha —respondió el Tigre de Malasia.

Reunió una docena de sus malayos y les dijo:

—Alzad un puente volante, escondeos debajo y acercaos al recinto. Tened cuidado de no dejaros aplastar. Nosotros pensaremos en defenderos.

Luego se lanzó hacia Kammamuri, que había sido encargado de la dirección de la pequeña artillería.

—Haz que se concentren aquí todas las espingardas —le dijo— y bate el castillete que está frente a nosotros. La entrada del poblado está allí. Dispara por lo alto mientras mis hombres abren un hueco.

Los malayos, levantando el puente más largo y más sólido y apoyándolo sobre sus cabezas, se lanzaron adelante.

Llovían sobre ellos flechas y piedras en gran número, pero sin causarles daños. Aquella lluvia de proyectiles duró solamente unos pocos instantes, porque las ocho espingardas, reunidas prontamente, obligaron en seguida a los defensores del castillete a batirse precipitadamente en retirada para no dejarse exterminar por completo.

Llovía la metralla sobre troncos y parapetos, impidiendo que los defensores cayesen sobre los malayos, que ya estaban destrozando a grandes golpes de kampilang y de parang la primera barricada.

En los restantes puntos la lucha arreciaba con gran animación por ambas partes; pero llevaban las de perder los asediados, que no podían competir con el fuego intenso de las carabinas. También por la parte del lago continuaba muy intensamente la fusilería. Sapagar y sus hombres disparaban a troche y moche gritando como obsesos, para hacer creer que eran muy numerosos.

Aquel fuego, desastroso para los cazadores de cabezas del rajá del lago, duró un buen cuarto de hora, derriban dos filas enteras de defensores; luego las cuatro pequeñas columnas se agruparon para irrumpir en la plaza.

Los malayos habían abierto ya una brecha en el recinto, suficiente para dejar pasar cuatro hombres de frente, y luego se habían retirado en seguida para dejar a las espingardas la misión de rechazar a los defensores que se aglomeraban detrás de la abertura para impedir el paso a los invasores con sus armas blancas.

Kammamuri, que durante la batalla había recibido las oportunas órdenes de Sandokán, hizo cargar las espingardas con balas y lanzó una primera andanada de proyectiles de una libra a través de la abertura.

El efecto de aquella descarga, realizada contra un espacio tan estrecho y atestado de hombres, resultó terrible.

Los dayakos, que comprendían que no podían resistir bajo el castillete, habían vuelto a los parapetos, mientras los assameses pasaban a través de la trinchera disparando y avanzando entre montones de cadáveres.

Los dayakos de la costa enrolados por Sambigliong se aprestaron rápidos a seguir tras ellos, de modo que en menos de cinco minutos más de ciento cincuenta hombres se encontraban dentro de la plaza, dispuestos a rechazar cualquier intento de salida.

La resistencia de los asediados se debilitaba rápidamente, porque en los parapetos se encontraban en la imposibilidad de aguantar, ya que habían vuelto a comenzar las espingardas a abatirlos a metrallazos.

—¡Al lago! —gritó Sandokán poniéndose a la cabeza de la columna.

Mientras, a su vez, avanzaban también los malayos y negritos, continuando sus disparos, los assameses y los enrolados por Sambigliong se esparcían como una riada a través de los senderos del poblado, deshaciéndose de los grupos que intentaban dificultar su avance.

Se podía decir que la lucha estaba ya acabada, porque los guerreros del rajá comenzaban a deponer las armas y a pedir gracia, que se les concedía inmediatamente.

Sin embargo, en las orillas del lago la columna guiada por Sandokán tuvo que sufrir un último encuentro con una cincuentena de guerreros, que intentaban ponerse a salvo en las barcas, a pesar del continuo fuego de Sapagar y sus hombres.

Pero bastó una carga dirigida por Yáñez y Tremal-Naik para decidirlos, tras brevísima resistencia, a arrojar las armas.

Mientras tanto, Sandokán con una veintena de hombres provistos de antorchas vegetales había irrumpido en el puerto gritando a Sapagar que cesase el fuego.

Toda la flotilla del rajá del lago estaba allí, amarrada a robustos postes que sostenían largos muelles.

Había por lo menos treinta grandes barcas provistas de puente y que semejaban en su construcción más a los giong que a los praos. Solamente una contaba con un pequeño mirim, uno de esos pequeños cañones de latón de que se sirven los dayakos de mar: probablemente era el barco almirante.

Todas las demás sólo tenían a bordo arpones, cerbatanas y kampilang apoyados en las bordas.

Mientras Kammamuri, Sambigliong y Tremal-Naik se encargaban de desarmar y atar a los prisioneros, Yáñez había acudido junto a Sandokán en el barco almirante.

—No creía que te hicieras dueño del lago tan pronto —le dijo.

—Y la palabra es verdaderamente exacta —respondió el Tigre de Malasia—. Ahora ya no tenemos nada que temer.

—¿Y qué haremos de todos estos prisioneros? Espero que no quieras decapitarlos.

—Estaría en mi derecho, pero, tratándose de mis futuros súbditos, intentaré que abracen mi causa y tomarlos a sueldo. Entre ellos habrá ciertamente viejos que se acordarán de mi padre e incluso quizás de mí.

—Querría darte un consejo.

—Sabes que estoy siempre dispuesto a escucharlos, Yáñez —respondió Sandokán.

—Apresura las cosas. El griego puede haber oído el retronar de nuestras espingardas y puede acudir para reconquistar la kotta.

—Pero no logrará apoderarse de la flotilla. Creo que podemos esperar el alba sin verlo aparecer. Mientras tanto taponaré la brecha y colocaré las espingardas en los parapetos de las empalizadas. Si llega antes de que hayamos combinado todos nuestros asuntos, ametrallaremos nuevamente incluso a él. Mientras tanto yo me ocupo de la flotilla.

Aquella noche no durmió nadie. Mientras las mujeres, a las que se había hecho entrar, preparaban la cena a los vencedores, saqueando sin misericordia las cabañas de los kotta, y encendían en la plaza central fuegos gigantescos, malayos y assameses reparaban la empalizada derruida e izaban las espingardas para estar dispuestos a la resistencia.

Los restantes se ocupaban de los prisioneros, que eran bastante numerosos, pese a las muchísimas bajas experimentadas. En efecto, los parapetos estaban atestados de cadáveres e incluso entre los dos recintos había muchos de ellos, ya que los troncos no estaban tan unidos como para impedir en todas partes el paso de las pequeñas balas de las carabinas.

Sandokán, habiendo reunido a los jefes del poblado, casi todos viejos guerreros, no tardó en darse a conocer como el hijo del antiguo rajá y no le resultó difícil obtener su completa sumisión y la promesa de ayudarlo contra el asesino de su familia.

Ya sólo quedaba embarcarse y dirigirse contra la capital. Eran quinientos y disponían de una flotilla bastante numerosa, porque las barcas eran de gran tonelaje y estaban construidas sólidamente, aunque los dayakos no hayan sido jamás hábiles carpinteros. Indudablemente, el rajá del lago, que probablemente había sido en tiempos pasados marinero, había dirigido los trabajos.

Ya se habían embarcado muchos víveres y estaban los guerreros, a su vez, a punto de ocupar sus lugares en la flotilla cuando se oyó a los malayos que vigilaban en los parapetos del recinto gritar a voz en cuello:

—¡El enemigo! ¡A las armas!

En aquel momento los assameses estaban retirando las espingardas para armarlas ocho barcas mayores.

—¡Es el griego que llega! —dijo Yáñez, acudiendo junto con Sandokán hacia el castillete, que se había reparado inmediatamente.

Subieron al parapeto que estaba sobre la trinchera. Trescientos o cuatrocientos guerreros corrían como locos por la llanura iluminada por los primeros rayos del sol.

—¡Demasiado tarde, amigos! —exclamó Sandokán con voz tranquila—. Cuando lleguéis aquí, la fortaleza ya no existirá.

Alzó la voz, dominando el tumulto causado por la imprevista aparición de aquel enemigo, siempre temible aunque inferior ahora en número.

—¡Todos a bordo! ¡Y ahora ven, Yáñez!

En la plaza central ardían todavía algunos fuegos, que habían servido para la primera comida.

—Ayúdame, mientras nuestros hombres se refugian a bordo de la flotilla —dijo.

Agarró un par de tizones y los arrojó al techo de una cabaña, formado por hojas secas.

—¿Lo destruimos todo? —preguntó Yáñez.

—No quiero dejarme detrás una fortaleza que tendría que expugnar nuevamente. A su debido tiempo la haré reconstruir.

—Entonces quemémosla entera.

A su vez agarró unos tizones y los lanzó. Los malayos de guardia que estaban replegándose imitaron a sus dos jefes.

En un abrir y cerrar de ojos las llamas se alzaron altísimas, avivadas por la brisa que soplaba del lago. Las cabañas ardían con rapidez prodigiosa, como si fueran haces de paja, cubriéndose de humo y chispas.

Sandokán, Yáñez y sus últimos hombres se precipitaron hacia el puerto y se embarcaron en el barco almirante, al que Kammamuri, además del mirim, había hecho subir dos espingardas.

—¡A los remos! —tronó Sandokán.

Las treinta barcas comenzaron rápidamente a navegar, mientras el fuego, devoradas las viviendas, se difundía por las empalizadas interponiendo entre los dayakos del rajá blanco y los fugitivos una insuperable barrera llameante.

—¡Pobre Teotokris! —exclamó Yáñez, que se había puesto a horcajadas sobre el pequeño cañón y se apoyaba en su carabina—. Mejor habría hecho, ya que la muerte no lo había querido, en volverse a su archipiélago y reanudar su oficio de pescador de esponjas. Se ve que no todos tienen suerte en este pícaro mundo.

—Tiene aún para jugar su última carta —dijo Sandokán, que estaba cerca de él, sentado en una espingarda.

—Yo no la aceptaré.

—Tampoco yo, Yáñez.

—Y la jugará seguramente en los puentes de la capital.

—Ahora ya no tiene nada que hacer en la selva.

Las hordas dayakas, viendo cómo ardía la kotta, se habían detenido a una distancia suficiente para estar fuera del alcance de las carabinas de los conquistadores y luego, después de haber enviado adelante algunos destacamentos de exploradores, se habían replegado lentamente hacia la selva.

Las barcas ya estaban lejos de la orilla y en aquel momento se metían más y más en el lago, ya que Sandokán no quería que sus enemigos adivinasen exactamente su ruta.

El lago estaba muy tranquilo y apenas si su superficie se arrugaba bajo los ligeros golpes de viento más bien caliente, que soplaban dé las ardieres regiones del centro de la gran isla.

Más que un verdadero lago, al Kin-Ballu se le puede considerar como un gigantesco depósito de agua que no tiene una profundidad notable.

Es el mayor existente en Borneo, pero ni siquiera hoy en día se le conoce en toda su extensión, a causa de la hostilidad demostrada siempre por los dayakos hacia los viajeros europeos que intentan explorar el interior de la isla.

Sin duda se ignora incluso qué ríos le alimentan, pero parece que son dos grandes cursos de agua, uno de los cuales descendería desde el sur y el otro desde levante.

Sea como fuere, sus orillas están muy pobladas por dayakos y negritos, dos razas siempre en guerra entre sí, y se sabe que en ellas se encuentra poblaciones florecientes.

Las treinta barcas, precedidas por el barco almirante, que tenía un tonelaje doble que las restantes y llevaba un árbol provisto de una gran vela triangular formada de mimbres entrecruzados, continuaban su ruta dispuestas en dos largas columnas. Todos aquellos guerreros se habían hecho magníficos remeros, incluso los assameses, habituados además a recorrer los ríos gigantes de la India septentrional.

Sólo hacia el ocaso del sol, cuando ya las orillas apenas sí eran visibles, se decidió Sandokán a cambiar de ruta.

Ya ningún ojo humano podía seguir la dirección de la flotilla.

—¡A levante! —ordenó.

La orden se repitió de barca en barca y la flotilla, con una sincronización admirable, siguió a la embarcación almirante, como la llamaba pomposamente Yáñez, en su nueva dirección.

Asegurándose de que todos le habían seguido, Sandokán hizo llamar al jefe de la kotta, un viejo dayako que tenía el cuerpo lleno de cicatrices, y le dijo:

—Te confío ahora la dirección de la escuadrilla. Pero cuidado con traicionarme, pues lo pagaría tu cabeza.

—Tú me has jurado, orang, que eres el hijo de Kaidangan, el viejo rajá que antaño reinaba en estos países y que yo he conocido —respondió el dayako—. Seré, pues, tu más fiel súbdito y te lo probaré cuando quieras.

—¿Conoces la capital del rajá blanco?

—Como la kotta que has tomado por asalto.

—Me han dicho que se extiende por el lago.

—Las casas se encuentran todas sobre empalizadas y solamente en la parte de tierra hay una fortaleza formada por dos kottas unidas por inmensos puentes.

—Si, por consiguiente, se asalta por la parte del lago, ¿la población no podrá oponer una prolongada resistencia?

—No, porque podrás incendiar fácilmente las viviendas.

—Llevo conmigo lo pertinente para cubrirlas de fuego.

—Entonces puedes considerarte desde ahora, orang, como el rajá del Kin-Ballu.

27. La toma de la capital

Toda la noche la flotilla bogó lentamente por el lago con tripulaciones reducidas, ya que Sandokán no tenía ninguna premura en asaltar la capital.

Quería dejar tiempo al griego y a los hijos del rajá para conducir las hordas dayakas a la gran población a fin de sorprenderlos a todos juntos y acabar de un solo golpe la campaña.

Pero el rajá debía de prepararse para una extrema defensa y recoger a su vez refuerzos. En efecto, cuando el viento viraba hacia el norte llevaba a los oídos de los conquistadores los fragorosos sonidos de los gongs.

En todas las poblaciones costeras se daba la alarma y quizá se enrolaban guerreros para conducirlos a la capital, ahora gravemente amenazada después de que Sandokán se había adueñado por sorpresa de la flotilla.

Antes del alba las treinta barcas se alejaron nuevamente de las orillas para que no se las divisase. Afortunadamente el lago continuaba manteniéndose tranquilo y en su terso cielo no se mostraba ninguna nube, por lo que no era de temer, por lo menos por el momento, ninguna tempestad, y los conquistadores pudieron mantenerse tranquilamente lejos de todos los puertos de refugio.

Sin embargo, la segunda noche la flotilla tomó resueltamente ruta hacia poniente, bajo la dirección del jefe de la kotta, que parecía ya intensamente encariñado con el hijo de Kaidangan, es decir, con el valeroso Tigre de Malasia.

La capital del rajá del lago no estaba más lejana de unas cuarenta millas y Sandokán, seguro de que el griego y sus bandas ya habían llegado a ella, había decidido sorprenderla al rayar el alba.

—Daremos un topetón terrible y encerraremos a esos bribones entre dos fuegos —había dicho a Yáñez—. Asaltaremos desde la parte de tierra y desde el lago para impedir al rajá y a Teotokris cualquier escapatoria. Allí debemos acabar su existencia.

—¡Yo me encargo del griego! —había respondido Yáñez.

—Y yo del rajá.

—Entonces estamos de acuerdo. Estemos solamente atentos a que no se nos escapen.

—De eso respondo yo.

Hacia las dos de la madrugada los pilotos de la flotilla, que no habían cesado de avanzar en la dirección indicada por el jefe de la kotta, señalaron varios fuegos que ardían hacia levante.

Sandokán y Yáñez, que estaban reposando un poco bajo el puente junto con Tremal-Naik, al ser avisados acudieron a cubierta.

—¿Un campamento? —preguntó el primero al jefe de la kotta.

—No, orang —respondió el dayako—. En la capital del rajá del lago se vigila. Mira como esos fuegos están por encima de las aguas. Arden en las plataformas. ¿Oyes?

Sandokán y Yáñez escucharon atentamente y les pareció oír resonar en la lejanía bastantes gongs.

—¿Habrán avistado la flotilla? —preguntó el portugués.

—No es posible —respondió el Tigre de Malasia—. Hemos tenido la precaución de navegar siempre lejos de las orillas y nunca hemos encendido los fanales. Pero que esperen de un momento a otro un asalto es posible.

—¿Continuaremos la ruta?

—¿Y por qué no? El griego ha tenido todo el tiempo que ha querido para llegar a la capital y ya no encuentro motivo para diferir el choque fatal que derrumbará para siempre al rajá del lago. Creo que ahora somos dueños de la situación, porque depende solamente de nosotros presentar o rehuir la batalla.

—Eso es verdad —admitió Yáñez.

—¿Qué hora es?

—Las tres menos veinte.

—El alba no rayará hasta después de las cuatro. Tenemos, por lo tanto, el tiempo necesario para atacar la capital como pienso yo.

Miró al jefe de la kotta, que parecía como si esperase sus órdenes.

—¿Crees que nos separa aún mucha distancia de la ciudad del lago? —le preguntó.

—No más de dos millas.

—Dobla los remeros y lleva la flotilla a gran velocidad.

—Como quieras, orang.

Se gritó la orden a las restantes barcas y pocos minutos después la pequeña escuadra avanzaba velozmente manteniendo sus proas hacia aquellos puntos luminosos que brillaban cada vez más hacia levante como sendos faros.

La profunda oscuridad que reinaba sobre el lago protegía a los conquistadores. Antes del crepúsculo densos vapores habían invadido el cielo, velando los astros e interceptando completamente los rayos de la luna.

En todas las barcas se realizaba un trabajo febril. Se cargaban las espingardas, se abrían las cajas de municiones, se disponían las carabinas y las cerbatanas a lo largo de las bordas para que estuviesen dispuestas para servirse de ellas.

Los negritos llevaban a cubierta grandes vasos llenos de materia resinosa y enormes haces de larguísimas flechas, que tenían, hacia la punta, anchos copos de esa especie de algodón producido por las arengas saccharifera, bien empapados en aquel líquido muy inflamable, para lanzarlas contra las cabañas de la capital y provocar incendios espantosos. En la lejanía no cesaban de resonar los gongs.

—¡Kammamuri! —llamó Sandokán.

El maharata acudió prestamente.

—Aquí estoy, capitán —dijo.

—Tú, mi coronel sin galones, por ahora (porque no los tendrás hasta que no vuelvas a Assam), tomarás trescientos hombres y asaltarás la capital por el lado de tierra. Sapagar te ayudará. Encontrarás dos kottas: atácalas de frente o de flanco, no importa. Lo que me interesa es que mantengas el fuego sin interrupción. Te dejo una parte de tus negritos, los dayakos de la costa y los del jefe de la kotta, que ahora me son muy fieles. Sus parang, si se llega a un encuentro de arma blanca, harán milagros.

—Y si logras impedir que huyan el griego, el rajá y los hijos de éste te nombraré general —añadió Yáñez.

—Me pesa ya el cargo de coronel, alteza —respondió el maharata.

—No te pesará la paga.

—¿Me has comprendido bien? —preguntó Sandokán.

—Sí, capitán.

—Apenas toquen la orilla las barcas forma tu columna. Ve a ponerte de acuerdo con Sapagar y con Sambigliong.

Los fuegos se agrandaban a ojos vistas, reflejándose vivamente en las oscuras aguas del lago. Debían de arder sobre fogariles formados con planchas de piedra o con peñascos situados sobre las amplias plataformas del poblado.

Una cosa curiosa que hace pensar es que los malayos, los dayakos e incluso los papúes de Nueva Guinea tienen, lo mismo que los caribes del lago Maracaibo de Venezuela, la costumbre de construir sus poblaciones sobre el agua cuando se encuentran en las proximidades de un lago resguardado de los vientos o de un estanque más o menos amplio.

Como los rojos hijos de la América del Sur, plantan en el fango un número infinito de postes, construyen sobre ellos con robustos bambúes espaciosas terrazas y erigen en éstas grandes cabañas, que sirven de refugio a muchas familias.

De esta forma se ponen a salvo de las sorpresas por parte de animales feroces que habitan las selvas y también de sus enemigos de tierra firme.

Estos poblados a veces tienen extensiones considerables y pueden servir de refugio a bastantes centenares de habitantes.

La capital del rajá del lago estaba construida así. Sin embargo, por el lado de tierra estaba defendida además por dos recintos formados de robustos postes a fin de poder resistir mejor un asedio.

Las treinta barcas, conducidas siempre por la almirante, media hora antes de que se difundiese la luz por el cielo, arribaron silenciosamente a mil pasos de la capital, sin haber sido avistadas, porque habían tenido la precaución de mantenerse lejos de las luces proyectadas por los fuegos.

La ciudad era bastante visible, aunque todavía brillaban en muchos lugares numerosas hogueras. Estaba construida totalmente sobre el lago, encima de altísimos postes, y se prolongaba unos centenares de toesas, a través de los bajos fondos.

Por encima se extendían inmensas plataformas, cubiertas por gigantescas cabañas construidas con madera y hojas.

Una de aquellas viviendas había llamado inmediatamente la atención de Sandokán. Era una gran cabaña situada en posición más elevada, en una plataforma de gigantescas dimensiones, sostenida por un número infinito de enormes bambúes que debían de tener una longitud de quince o veinte metros.

—¿Será la residencia real del asesino de mi familia? —se había preguntado.

Llamó al jefe de la kotta, que se ocupaba, junto con Kammamuri y Sapagar, en desembarcar la columna que debía operar contra las dos pequeñas fortalezas que se erguían en la orilla del lago para defender por aquella parte la población.

—¿Qué es aquello? —le preguntó, indicándosela—. ¿Un almacén para víveres o una vivienda?

—Es la casa del rajá del lago —respondió el dayako.

—¿Armada con artillería?

—He visto un día allí dos lilá.

—Es suficiente. ¿Ha acabado el desembarco?

—Dentro de unos minutos trescientos hombres estarán en tierra, orang.

—Apresúrate: dentro de poco el sol hará su aparición.

No había ninguna necesidad de incitar a los guerreros de la arrojada expedición.

Los trescientos hombres estaban ya en la playa con cuatro espingardas y se preparaban a cerrar el paso a los habitantes de la capital si intentaban huir hacia las selvas.

—¿Están todos dispuestos? —preguntó Sandokán a Yáñez, que, en compañía de Tremal-Naik, había dirigido el desembarco.

—Sí, amigo —respondió el portugués.

—Entonces podemos ponernos en marcha también nosotros.

—¿Has observado bien dónde se encuentra la casa del rajá?

—En medio de las plataformas.

—Estrechémoslos ahora desde tierra para impedirles que se refugien en las kottas y destruyamos en seguida los puentes.

—Es lo que ya había pensado. Los estrecharemos en un círculo de fuego. Ahora es necesario que nos dividamos. Tú tomarás el mando de una decena de barcas y batirás el poblado por la parte de levante, al otro lado de los puentes.

—¿Y tú?

—Yo con otras tantas destrozaré las plataformas de poniente, además de la cabaña real.

—¿Y las otras?

—Que asuma su mando Tremal-Naik para atacar de frente el poblado que mira al lago. Puede haber chalupas escondidas en medio de esa selva de palafitos y el rajá y sus hijos y el griego podrían aprovecharse de ellas para huir; y esto no lo quiero en absoluto, ¿me comprendes bien, Yáñez?

—¡Por Júpiter! Aún no me he vuelto sordo —respondió el siempre alegre portugués.

—Transmite mis órdenes.

—Dentro de un minuto serás complacido, hermanito. No quiero regresar a Assam sin verte rajá.

Un momento después las órdenes sucedían a las órdenes a bordo de la flotilla y las barcas se alejaron rápidamente disponiéndose en tres columnas.

—¡Dadle a los remos! —gritó finalmente Sandokán, que desde la borda de popa de la almirante vigilaba atentamente todos aquellos movimientos—. ¡Todos a sus puestos de combate!

Las tres pequeñas divisiones, ya en orden, se separaron de la playa y se dirigieron rápidamente hacia la capital del rajá.

Las tinieblas comenzaron a desaparecer, esfumándose con \as primeras luces del alba.

Las aguas del lago, poco antes negras como si fueran de tinta, se coloreaban con tintes indefinidos. Por levante ya aparecían algunos centelleos.

Inmensas bandadas de aves acuáticas señalaban la aurora y el retomo del astro diurno con gritos alegres y pasaban, rápidas como relámpagos, por encima de la flotilla, como si quisieran augurarle la victoria.

En las gigantescas plataformas del poblado poco a poco se extinguían los fuegos, lanzando al aire las últimas pavesas.

También morían las hogueras en la alta terraza en donde se alzaba la gran cabaña del rajá.

Sandokán, inclinado sobre la proa, con los brazos apoyados en el pequeño bauprés, miraba ferozmente la casa real, con los ojos inyectados de sangre. Continuaba siendo todavía, aunque envejecido, el terrible Tigre de Malasia, que desde las orillas de Mompracem había hecho temblar, con sus invencibles praos y sus tigres, a todas las poblaciones costeras del salvaje Borneo.

Se hubiera dicho que con la potencia de su mirada de águila intentaba atraer fuera de su vivienda al usurpador de su reino y asesino de su familia.

Un tiro de espingarda, disparado por la costa, le hizo sobresaltar.

Eran Kammamuri y Sapagar que ya asaltaban las dos kottas erigidas en defensa de los puentes.

Se irguió bruscamente aguzando el oído.

Resonó un segundo disparo, saludando casi al sol que en aquel momento se elevaba radiante por el horizonte.

—¡Mis espingardas! —gritó—. ¡Dadle a los remos! ¡Al ataque! ¡Al ataque!

Las tres escuadrillas se habían separado ya tomando diversas direcciones.

La de Yáñez, más ligera, había pasado ante la última plataforma del poblado, mientras la de Tremal-Naik se había detenido ante él, dispuesta a ametrallar a los fugitivos.

En las amplias terrazas se oían gritos espantosos y oleadas de guerreros pasaban por los puentes agitando locamente los relucientes parang y kampilang.

Ya caían nubes de flechas en todas las direcciones, sin herir a nadie, porque las barcas no estaban todavía a su alcance.

De repente la otra plataforma, que sostenía la cabaña real, se cubrió también de defensores y resonaron bastantes tiros de fusil.

Era la guardia del rajá que hacía fuego contra la escuadrilla de Sandokán y la de Yáñez, ya que eran las dos más cercanas.

Pero sólo era una veintena de malos fusiles los que disparaban, haciendo más ruido que daño.

Sin embargo, el rajá disponía de algo mejor. En efecto, en seguida de las primeras descargas se vio una gran nube de humo alzarse en la plataforma y poco después resonó la gruesa voz del cañón.

Era un lilá (pieza de artillería de latón, que lanza generalmente balas de dos a tres libras) el que había hecho fuego contra el barco almirante, rompiéndole dos maderos a un metro escaso sobre la línea de flotación.

La voz del Tigre de Malasia, aquella voz que galvanizaba a los tigres de Mompracem hasta provocarles el delirio, resonó potente entre el crepitar de la fusilería:

—¡Que las espingardas destrocen las terrazas! ¡Haga fuego el mirim contra la cabaña del rajá y responda golpe por golpe! ¡Que las carabinas realicen su trabajo!

La batalla asumía proporciones gigantescas. La flotilla guiada por Yáñez arreciaba con furia por levante; la de Sandokán, a poniente; la de Tremal-Naik batía poderosamente el frente del poblado extendiéndose por el lago a fin de poder llegar al alcance de las flechas y permitir a los negritos que lanzasen sus flechas incendiarias.

También en la costa se combatía con encarnizamiento, porque se oían retumbar las espingardas y las descargas secas de las carabinas. Kammamuri, Sambigliong y Sapagar dirigían el asalto de las kottas y a sus seiscientos hombres.

La batalla duraba ya un cuarto de hora cuando una columna de dayakos se lanzó corriendo furiosamente a través de las terrazas, saltando de traviesa en traviesa, ya que las construcciones estaban formadas como rejillas, con amplias aberturas de trecho en trecho para permitir a los habitantes descender a las canoas amarradas a las empalizadas.

Los guiaban dos hombres que vestían trajes indios.

A Sandokán se le escapó un grito cuando justamente había recargado su espléndida carabina de dos cañones.

—¡El griego y el chitmudgar de Yáñez! ¡Daos por muertos!

Apuntó el arma y soltó los dos tiros.

El griego se detuvo un momento, abriendo los brazos, y luego cayó a través de una de las aberturas, hundiéndose en el lago. Un momento después se precipitaba igualmente el chitmudgar, levantando un altísimo chorro de espuma.

—¿Quién tiene una espingarda cargada? —gritó Sandokán arrojando la carabina.

—He aquí la mía, Tigre de Malasia —respondió un malayo.

Sandokán se precipitó sobre la boca de fuego, la bajó a flor de agua y lanzó un huracán de metralla sobre el lugar en que habían caído el griego y el mayordomo.

—¡Espero que esta vez, perro Teotokris, no resucitarás ya! —dijo luego—. ¡Y ahora, al ataque!

La flotilla se aproximaba lentamente al poblado acuático disparando furiosamente. Grupos de dayakos, alcanzados por las balas de las carabinas o por la metralla, caían continuamente al lago para no volver a flote. También las escuadrillas de Tremal-Naik y Yáñez continuaban apretando para encerrar a la capital del rajá del lago en un círculo de hierro y fuego.

Sin embargo, los dayakos oponían una resistencia desesperada.

El lilá no cesaba de hacer fuego, averiando o bien las barcas de Sandokán o bien las de sus compañeros. Ya más de una, alcanzada bajo la línea de flotación, se había ido a pique.

Probablemente era el propio rajá o sus hijos quien lo accionaban, a juzgar por la exactitud de los disparos, ya que, en general, los dayakos son pésimos tiradores cuando no se sirven de sus cerbatanas.

Los malayos de la barca almirante, no pudiendo usar las espingardas por la demasiada altura de la plataforma, respondían disparo por disparo con el mirim, y no fallaban el blanco, ya que eran magníficos apuntadores.

Cada vez rué tronaba la pieza volaban algunos hombres destrozándose contra los puentes que había debajo, o bien caía un pedazo de la gran cabaña junto con algunas vigas.

La resistencia de los dayakos no podía durar mucho. Habían experimentado ya bajas enormes y en las terrazas cercanas al lago había verdaderos montones de cadáveres.

Sobre las aguas flotaban numerosos cuerpos humanos y rodaban junto con la resaca.

Una vez más la carabina había vencido a la flecha envenenada, al no tener ésta el alcance del proyectil de plomo.

Sin embargo, la batalla continuaba encarnizadísima y ya Sandokán, impaciente por acabarla, estaba a punto de dar la orden de expugnar por la fuerza el poblado cuando empezaron a brillar llamas por encima de las cabañas que se erguían en las últimas plataformas sobre el lago.

Las barcas de Tremal-Naik, rechazando a los defensores con terribles descargas de fusil, habían llegado a aproximarse lo suficiente para que los negritos lanzasen las primeras flechas incendiarias sobre los techos, muy inflamables, de las habitaciones.

Comenzaba la agonía de la capital del rajá del lago.

Alimentadas por el viento que soplaba de poniente, las llamas se extendían rápidamente propagándose de cabaña en cabaña y comunicando su fuego a las plataformas.

Ya enormes columnas de humo envolvían todo el poblado, ocultando a veces incluso la alta terraza en donde la guardia del rajá continuaba haciendo fuego con sus viejos arcabuces y con el lilá.

Las tres flotillas estrechaban la población ya desde muy cerca, feroz e implacablemente, destrozando los puentes con verdaderos huracanes de proyectiles. Sobre todo, eran las espingardas las que causaban estragos: clavos y balines derribaban a cada descarga grupos de hombres.

Mientras tanto las llamas avanzaban. Los negritos no cesaban de lanzar flechas incendiarias que provocaban nuevos incendios a levante y poniente del poblado.

Tremal-Naik conducía maravillosamente su escuadra y se aproximaba poco a poco a Sandokán y a Yáñez, continuando su obra de destrucción.

Ya todo era un incendio. Los dayakos, diezmados por las carabinas y las espingardas, cegados por el humo y amenazados por el fuego, se lanzaban por docenas al lago, renunciando ya a toda resistencia.

Solamente la guardia del rajá hacía todavía frente a los conquistadores, disparando furiosamente contraías tres escuadras que demolían inexorablemente sus plataformas y hacían caer en pedazos la cabaña real.

Mientras tanto el fuego avanzaba con furia increíble. Cabañas, terrazas, puentes y empalizadas, todo se precipitaba en el lago con silbidos estridentes.

Sin embargo, allí arriba, envuelta en torbellinos de humo, resistía todavía fieramente la cabaña real y el lilá continuaba retumbando con un crescendo espantoso. De repente una voz muy conocida, resonante como una trompeta de guerra, se destacó entre los disparos:

—¡Cese el fuego!

Era Sandokán.

Haciendo portavoz con las manos gritó:

—¡Ríndete, rajá del lago! ¡Estás en mis manos, asesino de mi familia!

Entre las nubes de humo y las llamas, que ya envolvían a la cabaña real, una voz ronca respondió:

—¡Esta es mi respuesta!

Siguió un instante de silencio angustioso para todos y luego una llamarada inmensa desgarró el aire con un fragor ensordecedor que repercutió largamente en el lago.

El rajá había prendido fuego a su polvorín y había saltado por los aires junto con sus hijos y su guardia.

Y el poblado continuaba ardiendo. ¡La capital desaparecía a ojos vistas!

Conclusión

Quince días después Sandokán era dueño de aquel inmenso territorio que desde las costas septentrionales de Borneo se extendía hasta las orillas meridionales del Kin-Ballu.

Las hordas dayakas, al saber que el nuevo conquistador era hijo de Kaidangan, su viejo rajá, se habían sometido en seguida, sin oponer la mínima resistencia, y habían abierto la puerta de sus kottas a los enviados del nuevo príncipe.

La conquista estaba ya asegurada. Los dos formidables piratas de Mompracem habían llegado a ser los dos rajás: uno de la India y el otro de Borneo.

Sin embargo, ninguno de los dos parecía feliz de haber llegado a ser tan poderoso, porque una mañana, cuando Yáñez se preparaba a regresar a la costa para volver a ver a su bellísima rani, a quien no veía desde hacía tres meses, dijo a Sandokán con voz un tanto melancólica:

—¿Estás contento de haber llegado a ser príncipe?

—No —respondió Sandokán.

—¿Qué querrías, pues?

—Mi Mompracem: ¡por aquella isla daría todo este inmenso territorio y todas estas hordas salvajes!

Yáñez le puso las manos sobre los hombros y, mirándole fijamente, dijo:

—¡Cuántas veces sueño con ella! Si yo tuviese en Mompracem a mi dulce Surama me sentiría más feliz que en la corte de Assam.

Por los negrísimos ojos de Sandokán pasó un relámpago.

—¡Mi Mompracem! —dijo luego con acento indescriptible—. ¡He dejado mi corazón en aquella isla!

Siguió un breve silencio: ambos estaban profundamente conmovidos.

Fue Yáñez quien lo rompió:

—Cuando quieras, yo vendré de la India con mis montañeses, atravesaré el océano y añadiremos a tu corona una perla más. ¿Quieres, hermano?

—Gracias, Yáñez —respondió Sandokán con voz también alterada. Quiero volver a ver el lugar donde murió mi mujer.


Publicado el 26 de febrero de 2017 por Edu Robsy.
Leído 318 veces.