El Misterio de la Jungla Negra

Emilio Salgari


Novela



1. EL ASESINATO

El Ganges, el famoso río loado por los indios antiguos y modernos, cuyas aguas son consideradas sagradas por estos pueblos, después de haber atravesado las nevadas montañas del Himalaya y las ricas provincias de Delhi, Uttar Pradesh, Biliar y Bengala, a doscientas veinte millas del mar se bifurca en dos brazos formando un delta gigantesco, intrincado, maravilloso y quizás, en su género, único en el mundo.

La imponente masa de agua se divide y subdivide en una multitud de riachuelos, canales y pequeños canales que accidentan, de todos los modos posibles, la inmensa extensión de tierra comprendida entre el Hugli, el verdadero Ganges y el golfo de Bengala. De aquí que se formen una infinidad de islas, islotes y bancos que hacia el mar reciben el nombre de sunderbunds.

Nada más desolador, extraño y espantoso que la vista de estas sunderbunds. Ni ciudades, ni poblados, ni cabañas, ni un refugio cualquiera; desde el sur al norte y desde el este al oeste no se divisan más que inmensas extensiones de bambúes espinosos cuyos altos vértices ondean bajo el soplo del viento, apestadas por las emanaciones insoportables de millares y millares de cuerpos humanos que se pudren en las envenenadas aguas de los canales.

Durante el día reina, soberano, un silencio gigantesco, fúnebre, que infunde pavor a los más audaces; durante la noche, por el contrario, lo hace un estruendo horrible de gritos, rugidos, aullidos y silbidos que hiela la sangre.

Nadie osa adentrarse en estas junglas, sembradas de pestilentes charcas, porque están pobladas por serpientes de toda especie, tigres, rinocerontes e insectos venenosos, pero, sobre todo, porque a veces son visitadas por los thugs, los sanguinarios devotos de la diosa Kalí, siempre sedienta de víctimas humanas.

Sin embargo, la noche del 16 de mayo de 1855 un fuego gigantesco ardía en las sunderbunds meridionales justamente a trescientos o cuatrocientos pasos de las tres bocas del Mangal, fangoso río que se separa del Ganges y vierte en el golfo de Bengala.

Aquella claridad que, con fantástico efecto, se destacaba vivamente sobre el fondo oscuro del cielo iluminaba una amplia y sólida cabaña de bambú, cerca de la cual dormía un indio de atlética estatura y miembros musculosos que denotaban una fuerza poco común y una agilidad de cuadrumano.

Era un magnífico tipo de bengalí, de unos treinta años, de piel amarillenta y extremadamente tersa, untada recientemente con aceite de coco; tenía bellas facciones, labios carnosos que dejaban entrever una admirable dentadura, nariz bien formada, frente alta surcada por líneas de ceniza, signo peculiar de los sectarios de Siva.

Dormía, pero su sueño no era tranquilo. Gruesas gotas de sudor perlaban su frente que, a veces, se fruncía; entonces su robusto pecho se alzaba impetuosamente y de su boca salían extrañas palabras y medias frases cuyo significado no podía captarse:

—¡Visión…! Espanto… ¡No! ¡No, quédate!

Cerca de él, otro hombre de menor estatura, pero en el que se adivinaba una vigorosa musculatura, reavivó el fuego. Luego consideró oportuno interrumpir el sueño que agitaba a su compañero.

—Tremal-Naik, patrón… —dijo sacudiéndolo ligeramente.

Tremal-Naik abrió los ojos, permaneció un instante inmóvil, luego con un estremecimiento se incorporó.

—¿Qué sucede, Kammamuri? —preguntó.

—Nada patrón, te he despertado porque eras presa de una pesadilla. Te agitabas y lamentabas, hablabas de visiones y también de temor. ¿Qué te asustaba?

Los labios de Tremal-Naik, el cazador de serpientes de la jungla negra, esbozaron una amarga sonrisa.

—Me espantaba el pensamiento de no verla más.

—No ver más, ¿a quién? —preguntó Kammamuri.

—A la visión. Una mujer o un fantasma de mujer; no lo sé realmente. La vi hace ya muchas noches en la jungla mientras buscaba serpientes, en medio de un grupo de musendas. Era maravillosamente bella y yo permanecí admirándola incapaz de moverme ni de hablar. También ella me miró, emitió un gemido y desapareció.

—¿Una mujer en la jungla? ¡Es imposible! —observó Kammamuri—. ¿Sería un espíritu?

—Quizá.

Kammamuri, el valiente maharata (es decir, perteneciente a una belicosa población de la India occidental), pareció turbado ante aquella duda.

—¿Y no la volviste a ver? —preguntó con ansiedad.

—Sí, la vi varias veces. Finalmente, una noche le pregunté: «¿Quién eres?» Me contestó: «Ada». Después, con el acostumbrado gemido, desapareció.

—¿Ada? —exclamó Kammamuri—. ¿Qué nombre es ése?

—Un nombre que no es indio.

—Y tú, ¿no la seguiste nunca, patrón? —preguntó el fiel Kammamuri.

—No, porque me daba miedo. Sin embargo, deseaba, cada vez más vivamente encontrarla, ¡pero ya no la volví a ver! Por esto es por lo que ya no soy el mismo hombre que fui, porque aquella dulce visión está en mi mente noche y día.

Tremal-Naik se pasó una mano por la frente como para liberarse del pensamiento que lo obsesionaba; después preguntó:

—¿Dónde están Hurti y Aghur?

—En la jungla. Han descubierto las huellas de un gran tigre y han ido a darle caza.

Precisamente en aquel instante, a gran distancia, hacia las inmensas ciénagas del sur, resonaron unas notas agudísimas. El maharata se alzó bruscamente, presa de viva agitación.

—¡El ramsinga! —exclamó con terror.

—¿Por qué te asustas?

—¿No oyes el ramsinga?

—Bien, ¿y qué?

—Anuncia una desgracia, patrón.

—Tonterías, Kammamuri.

—Nunca he oído sonar el ramsinga en la jungla excepto la noche en que fue asesinado el pobre Tumul.

Apenas había terminado de hablar cuando se oyó el ladrido lastimero de un perro y, poco después, una especie de maullido tan potente que más bien podía considerarse como un verdadero rugido.

Kammamuri tembló de los pies a la cabeza.

—¡Darma! ¡Punthy! —gritó Tremal-Naik.

Un soberbio tigre real, de formas vigorosas y dorso anaranjado franjeado de negro, salió de la cabaña y fijó sus terribles ojos relampagueantes en su dueño. Seguidamente apareció tras él un enorme perro negro, de aguzadas orejas y el cuello armado con un grueso collar de hierro erizado de púas.

—¡Darma! ¡Punthy! —gritó por segunda vez Tremal-Naik.

El tigre se contrajo sobre sí mismo, lanzó un sordo rugido y, dando un salto de quince pies, cayó junto al patrón.

—¿Qué tienes, Darma? —preguntó éste, acariciándolo.

El perro, por el contrario, en lugar de correr hacia su dueño, se plantó sobre sus cuatro patas, alargó la cabeza hacia el sur, olfateó durante algún tiempo el aire y aulló lastimeramente tres veces.

—¿Les habrá ocurrido alguna desgracia a Hurti y Aghur? —murmuró el cazador de serpientes con inquietud.

—Eso temo, patrón —dijo Kammamuri lanzando temerosas miradas a la jungla. —A esta hora ya deberían estar aquí y, por el contrario, no dan señales de vida.

El aullido que Punthy dejó oír fue seguido por las notas agudas del misterioso ramsinga.

Tremal-Naik extrajo de su cinturón de piel de tigre una larga pistola con arabescos de plata y la cargó.

En aquel momento un indio de alta estatura, medio desnudo, armado sólo con un hacha, salió del grupo de bambúes y corrió atolondradamente en dirección a la cabaña.

—¡Aghur! —exclamaron a dúo Tremal-Naik y el maharata.

El indio llegó ante la cabaña, con los ojos en blanco, lanzó un grito desgarrado y se desplomó en tierra sobre la hierba.

Tremal-Naik se precipitó junto a él. El indio parecía moribundo. Tenía el rostro lacerado y sucio de sangre, los ojos turbios y enormemente dilatados y jadeaba emitiendo roncos suspiros.

—¿Habrá sido envenenado? —preguntó Kammamuri.

—Ha galopado como un caballo y le falta el aliento; pronto estará mejor.

En efecto, poco a poco Aghur comenzaba a recuperarse y respiraba más libremente.

—Habla, Aghur —dijo Tremal-Naik unos minutos después—. ¿Por qué has vuelto solo? ¿Qué le ha sucedido a tu compañero?

—Lo han asesinado a los pies del banian sagrado.

—Pero, ¿Quién lo ha asesinado? —apremió Tremal-Naik. —Dímelo para que yo vaya a vengarlo.

—No lo sé, patrón. Partimos para cazar a un gran tigre. A seis millas de aquí hallamos a la fiera que, herida por la carabina de Hurti, huyó hacia el sur. Seguimos su pista durante cuatro horas y la encontramos en las cercanías de la orilla, frente a la isla Raimangal, pero no logramos matarla porque en cuanto el animal nos percibió se lanzó al agua llegando hasta los pies del gran banian.

—Bien, ¿y luego?

—Yo quería regresar, pero Hurti rehusó diciendo que el tigre estaba herido y, por lo tanto, sería una fácil presa. Atravesamos el río a nado y alcanzamos la isla Raimangal, donde nos separamos para explorar los alrededores.

El indio calló un momento y luego prosiguió:

—Caía la noche y, de repente, una nota aguda, la del ramsinga, resonó cerca de mí. Miré en torno y mis ojos tropezaron con los de una sombra que, a veinte pasos, se mantenía medio escondida por un matorral.

—¡Una sombra! —exclamó Tremal-Naik—. ¿Quién era?

—Me pareció una mujer. Durante unos instantes me miró, después extendió perentoriamente un brazo indicándome que me alejara en el acto. Sorprendido y asustado obedecí aquel gesto, pero no había dado aún cien pasos cuando un grito desgarrador hirió mis oídos. Reconocí en seguida aquel grito: procedía, sin duda, del fiel Hurti.

—¿Y la sombra? —inquirió Tremal-Naik mostrando extraordinaria agitación.

—Ni siquiera me volví para comprobar si permanecía allí o había desaparecido. Me lancé, con la carabina en la mano, a través de la jungla y llegué junto al gran banian, a cuyos pies, tendido de espaldas, vi al pobre Hurti. Lo llamé y no me contestó; le toqué y todavía estaba tibio, pero su corazón ¡había dejado de latir!

—¿Dónde tenía la herida?

—No vi que tuviera herida alguna.

—¡Es imposible! ¿Y no viste a nadie?

—A nadie, ni oí ningún rumor. Tuve miedo; me lancé al río, lo crucé, perdiendo la carabina, y alcancé nuestra jungla. Me parece haber hecho seis millas sin respirar, tal era mi espanto. ¡Pobre Hurti!

Mientras el indio explicaba sus aventuras y paulatinamente iba serenándose, Tremal-Naik iba olvidando sus sueños o pesadillas referentes a aquella mujer, para pensar en la realidad de la muerte de Hurti, y en los sones del ramsinga, augurio inevitable de muerte.

2. LA ISLA MISTERIOSA

Después de la triste narración del indio se hizo un profundo silencio. Tremal-Naik, que estaba preocupado y muy nervioso, se había puesto a pasear ante el fuego, con la cabeza inclinada sobre el pecho, el ceño fruncido y los brazos cruzados. Kammamuri, paralizado por el terror, meditaba, hecho un ovillo, y el perro se había tumbado al lado de Darma.

Inesperadamente rompieron de nuevo el silencio las notas agudas del misterioso ramsinga, sacando de sus meditaciones al cazador de serpientes. Levantó la cabeza como un caballo de batalla al oír la señal de la carga, lanzó una mirada profunda a la desierta jungla, por la que vagaba una densa niebla cargada de exhalaciones venenosas, y después se volvió y acercándose bruscamente a Aghur le preguntó:

—¿Has oído otras veces el ramsinga?

—¿Crees que el que lo toca tiene alguna relación con los misteriosos habitantes de Raimangal?

—Sí.

—¿Y qué interés pueden tener en asesinar a mis hombres?

—Quién sabe, tal vez quieren asustarnos y mantenernos alejados.

—¿Dónde crees que tienen sus cabañas?

—No lo sé, pero me parece que cada noche se reúnen cerca del banian.

—Bien —dijo Tremal-Naik. —Kammamuri, coge los remos—. ¿Qué quieres hacer, señor? —preguntó el maharata.

—Ir hasta el banian.

—¡Oh! ¡No lo hagas, señor! —gritaron al unísono los dos indios. —Te matarán a ti también.

Tremal-Naik los miró con ojos como ascuas y dijo sólo, con un tono de voz que no admitía réplica:

—¡A la canoa, Kammamuri!

—Pero señor…

—¿Acaso tienes miedo? —preguntó despectivamente Tremal-Naik.

—Soy maharata. ¿Lo has olvidado, señor? —dijo el indio con orgullo.

Kammamuri cogió un par de remos y se dirigió hacia la orilla.

Tremal-Naik entró en la cabaña, descolgó de un clavo una carabina de largo cañón, cogió también una gran bolsa de pólvora y se colocó en el cinturón un ancho cuchillo.

—Aghur, tú te quedarás aquí —dijo al salir. —Si no hemos vuelto dentro de dos días ven a buscarnos a Raimangal con el tigre y Punthy.

—Llévate a Darma. Podría serte útil —le sugirió Aghur.

—Delataría nuestra presencia, y yo quiero desembarcar sin ser visto ni oído. Adiós, Aghur.

Se colocó la carabina en bandolera y llegó donde estaba Kammamuri, que lo esperaba cerca de un pequeño gonga, rudimentaria y pesada embarcación hecha con el tronco de un árbol.

Se embarcaron y alejaron mientras una oscuridad profunda, densa por la niebla pestilente que se estancaba en los canales, islas e islotes, ocultaba las sunderbunds y la corriente del Mangal.

En todas partes reinaba un silencio fúnebre, misterioso. Tremal-Naik, tumbado en la popa empuñando el fusil, callaba y mantenía los ojos bien abiertos, mirando hacia una u otra orilla, donde se oían roncos bramidos y silbidos lastimeros. Kammamuri, sentado en medio de la embarcación, la hacía avanzar a golpes de remo, hasta que media hora después llegaron a una amplia extensión de agua, dividida en dos por una punta de tierra en la que se vislumbraba un enorme árbol.

—¡El banian! —exclamó Tremal-Naik. —Deja los remos, Kammamuri, que nos arrastre la corriente.

El gonga fue a embarrancarse a menos de un centenar de pasos del banian, en la parte septentrional de la isla Raimangal, en la que habían matado al pobre Hurti.

Tremal-Naik y Kammamuri desembarcaron silenciosamente y, empuñando las armas, avanzaron hacia el gran árbol. Pero al cabo de pocos pasos tropezaron casi con un cuerpo tendido en el suelo.

—¡Hurti! —exclamó Tremal-Naik.

Se inclinó sobre el cadáver, que tenía la cara desfigurada y los ojos fuera de las órbitas, y permaneció unos instantes al lado del fiel compañero que asesinos desconocidos habían matado traicioneramente. Después se incorporó, se dirigió hacia la orilla, cogió el gonga y lo volcó, hundiéndolo.

—¿Qué haces? —preguntó Kammamuri sorprendido.

—Nadie tiene que imaginar que alguien ha desembarcado aquí. Y ahora, Kammamuri, tratemos de descubrir quién lo ha matado, y te juro que Tremal-Naik no dejará impune el delito.

3. EL VENGADOR DE HURTI

Los banian, llamados también almoral o higueras de las pagodas, son los árboles más extraños y gigantescos que se pueda imaginar.

Tienen la altura y el tronco de nuestras mayores encinas, y de las innumerables ramas tendidas horizontalmente descienden finísimas raíces aéreas que en cuanto llegan al suelo se hunden y crecen rápidamente, infundiéndole nueva vida a la planta.

De esta manera las ramas se alargan cada vez más, generando nuevas raíces y, por lo tanto, nuevos troncos cada vez más alejados, de forma que un solo árbol forma un bosque sostenido por centenares de curiosas columnas, bajo las cuales los sacerdotes de Brahma colocan a sus ídolos. En la provincia de Guserate existe un banian llamado Cobir bor, muy venerado por los indios, al que le atribuyen tres mil años de antigüedad; tiene una circunferencia de dos mil pies y más de tres mil columnas, o raíces. Antiguamente era mucho más extenso, pero las aguas del Nerbudda destruyeron una parte, pues se llevaron una porción de la isla en la que crece.

El banian bajo el cual los dos indios iban a pasar la noche era uno de los más gigantescos, con más de seiscientas columnas que sostenían enormes ramas cargadas de pequeños frutos rojos, y tenía un tronco de gran grosor, aunque cortado a una cierta altura, al lado del cual se sentaron Tremal-Naik y Kammamuri con la carabina apoyada en las rodillas.

—Alguien vendrá —dijo bajando la voz el cazador de serpientes. —Silencio y mantened los ojos bien abiertos.

Sacó de su bolsillo una hoja semejante a la de la hiedra, conocida en la India como betel, de sabor amargo y un poco punzante, añadió un trozo de hueso de areca y se puso a masticar esta mezcla, de la que se dice que conforta el estómago, fortalece el cerebro, preserva los dientes y evita el mal aliento.

Pasaron dos horas, largas como siglos, durante las cuales ningún ruido rompió el silencio que reinaba bajo la densa sombra del gigantesco árbol. Debía de ser medianoche o poco menos cuando a Tremal-Naik, que aguzaba el oído, le pareció oír un ruido extraño. Era un estruendo parecido a los que preceden a veces a los terremotos, pero mucho más sordo.

Tremal-Naik sintió que le invadía una vaga inquietud.

—Kammamuri —murmuró con un hilo de voz. —Mantente alerta.

—¿Qué has visto? —preguntó el maharata estremeciéndose.

—Nada, pero he oído un ruido que no me resulta familiar.

—¿Dónde?

—Parecía proceder del subsuelo.

En aquel momento se repitió claramente el misterioso estruendo. Los dos indios se miraron con sorpresa.

—Parece como si tocaran ahí abajo un enorme tambor, el hauk, por ejemplo —dijo Tremal-Naik.

—¿Pero cómo se produce el ruido bajo tierra? ¿Tendrán su refugio bajo la jungla esos seres misteriosos? —preguntó Kammamuri.

—¡Eso debe ser! —respondió Tremal-Naik.

—¿Qué hacemos, señor?

—Seguiremos aquí, Kammamuri: alguien saldrá por alguna parte.

—¡Tikora! —gritó una voz.

Los dos indios se pusieron en pie simultáneamente. Era extraño, increíble: habían pronunciado la palabra tan cerca que parecía que la persona que la había gritado estuviese detrás de ellos.

¡Tikora! —exclamó la misma voz misteriosa.

Los dos indios volvieron a mirar a su alrededor. Ya no había confusión posible; alguien estaba muy cerca de ellos, pero no se le podía ver.

—¡Oh…! —exclamó el maharata, —mira allí arriba… señor… ¡Mira…!

Tremal-Naik alzó los ojos hacia el banian y vio un haz de luz que salía del tronco cortado.

—¡Luz! —balbució desconcertado.

—¡Escapemos, señor! —suplicó Kammamuri.

—¡Nunca! —exclamó resueltamente Tremal-Naik.

Arrastró al maharata lejos del tronco del banian, detrás de tres o cuatro columnas unidas, que permitían mirar sin ser vistos, y le previno:

—Ahora ni una palabra. Ya actuaremos en el momento oportuno.

En el haz que salía del árbol apareció una cabeza humana cubierta por una especie de turbante amarillo: después salió un hombre agarrándose a una de las ramas. Detrás salieron de uno en uno otros cuarenta indios, que se deslizaron hasta el suelo por las columnas. Todos estaban casi desnudos. Se cubrían sólo con un dubgah, especie de taparrabos de color amarillo; en su pecho se veían extraños tatuajes que eran letras del sacrificio (ceremonia durante la cual se quema a una mujer) alrededor de un tatuaje central que representaba una serpiente con cabeza de mujer.

Un delgado cordón de seda que parecía un lazo pero tenía una bala de plomo en su extremo daba varias vueltas alrededor del dubgah, y en aquel extraño cinturón llevaban un puñal.

Aquellos seres misteriosos se sentaron silenciosamente en el suelo, formando un círculo alrededor de un viejo indio de grandes brazos y mirada brillante como la de un gato.

—Hijos míos —dijo el viejo con voz grave. —Nuestra poderosa mano ha caído sobre el desventurado que se atrevió a pisar este suelo consagrado a los thugs e inviolable para todo extranjero. Es una víctima más a añadir a las demás atravesadas por nuestro puñal, pero la diosa no está aún satisfecha. Nos amenaza un gran peligro, hijos míos.

—¿Cuál?

—Un hombre ha puesto sus ojos en la Virgen de la pagoda.

—¿Quién es ese hombre? —preguntó alguien con voz amenazadora.

—Lo sabréis en su momento. Traedme a la víctima.

Dos indios se levantaron y se dirigieron hacia el lugar donde yacía el cadáver del pobre Hurti. Tremal-Naik, que había asistido sin pestañear a aquella extraña escena, al ver a los dos hombres que cogían al muerto por los brazos arrastrándolo hacia el tronco del banian se levantó como impulsado por un resorte, empuñando la carabina.

—¿Qué haces, señor? —murmuró Kammamuri, cogiéndole el arma y bajándola—. ¡Son cuarenta!

Tremal-Naik bajó la carabina, mordiéndose los labios para contener la cólera.

Los dos indios habían arrastrado a Hurti hasta el centro del círculo y lo dejaron caer a los pies del viejo.

—¡Kalí! —exclamó éste, alzando los ojos al cielo.

Sacó el puñal del cinturón y lo clavó en el pecho de Hurti.

—¡Miserable! —gritó Tremal-Naik—. ¡Esto es demasiado!

Había salido impetuosamente del escondite. Un relámpago rompió las tinieblas, seguido por una fragorosa detonación. Y el viejo indio, alcanzado en pleno pecho por la bala del cazador de serpientes, cayó sobre el cuerpo de Hurti.

4. EN LA JUNGLA

Al oír la inesperada detonación, los indios se habían puesto en pie con el lazo en la mano derecha y el puñal en la izquierda. Viendo a su jefe debatiéndose en el suelo cubierto de sangre olvidaron por un momento al atacante para acudir en su ayuda. Ese momento bastó para que Tremal-Naik y Kammamuri se dieran a la fuga sin que les vieran.

A pocos pasos estaba la jungla, cubierta de densos matorrales espinosos y bambúes gigantescos que prometían recónditos refugios. Los dos indios se internaron en ella, corriendo desesperadamente durante cinco o seis minutos, y después se desplomaron bajo un grupo muy denso de bambúes.

—Si le tienes apego a la vida —le dijo rápidamente Tremal-Naik a Kammamuri— no te muevas.

—¡Ah, señor! ¿Qué has hecho? —dijo el pobre maharata —Los tendremos a todos encima y nos estrangularán como hicieron con el desventurado Hurti.

—He vengado a mi compañero. Además, no nos encontrarán.

En la jungla resonaron tres notas agudas, las notas del ramsinga, y bajo tierra se oyó el estruendo de poco antes. Los dos cazadores se encogieron y aguantaron incluso la respiración mientras a poca distancia de ellos pasaban velozmente algunos perseguidores perdiéndose entre la vegetación.

—Creen que estamos muy lejos y corren con la esperanza de alcanzarnos. Dentro de unos minutos no tendremos ni un solo hombre a nuestra espalda —murmuró Tremal-Naik.

—Desconfiemos, señor. Esos hombres me dan miedo.

—No temas, que estoy yo aquí. Calla y mantente alerta.

En la lejanía se oyó todavía algún grito, algún silbido que parecía y debía de ser una señal; después se hizo el silencio, pues los indios, siguiendo una pista falsa, se habían alejado mucho.

—Kammamuri —dijo Tremal-Naik, —podemos ponernos en marcha. Creo que los indios han pasado de largo y están en el corazón de la jungla.

—¿Y adonde iremos? ¿Al banian acaso?

—Sí, maharata.

—¿Quieres meterte allí adentro?

—Ahora no, pero mañana por la noche volveremos y descubriremos el misterio. ¿Has oído lo que ha dicho el viejo?

—Sí, señor.

—Tal me equivoque, pero me pareció que hablaba de mí y sospecho que esa virgen es… Ada.

—¡Silencio, señor! —murmuró Kammamuri con voz apagada. Tremal-Naik levantó la cabeza y miró a su alrededor, observando con atención la negra masa de bambúes, pero no vio a nadie. Aguzó los oídos aguantando la respiración y se estremeció. En la dirección indicada por el maharata se oía un ligero ruido; parecía que una mano apartase con gran precaución las anchas hojas, duras y espesas como el cuero, de las gigantescas plantas.

El crujido crecía y se aproximaba, pero muy lentamente. Poco después apareció un indio, que se inclinó hacia el suelo, llevándose una mano al oído. Se quedó así un minuto y después se levantó y pareció olfatear el aire.

—¡Gary! —susurró.

Otro indio salió de los bambúes, a seis pasos de distancia.

—¿No oyes nada? —preguntó al recién llegado.

—Nada en absoluto.

—Sin embargo, me había parecido oír un murmullo.

—Te habrás equivocado. Estamos sobre una pista falsa.

—¿Dónde están los demás?

—Todos delante de nosotros, Gary. Se teme que los hombres que se han atrevido a desembarcar aquí intenten algo en la pagoda.

—¿Por qué?

—Hace quince días vieron a la Virgen de la pagoda haciendo señales a un hombre que tal vez quiere liberarla.

—¿Y quién es ese hombre que vio la cara de la Virgen?

—Un hombre formidable, Gary, y capaz de todo: es el cazador de serpientes de la jungla negra.

—Ha de morir.

—Morirá, Gary: por mucho que corra lo alcanzaremos y nuestros lazos lo estrangularán. Ahora tú camina en línea recta hasta la orilla del río; yo voy a la pagoda a vigilar el sueño de la Virgen.

Los dos indios se separaron, tomando caminos diferentes. En cuanto cesó el ruido, Tremal-Naik, que había oído toda la conversación, se puso en pie.

—Kammamuri —dijo con viva emoción, —hemos de separarnos. Ya los has escuchado: saben que he desembarcado y me buscan. Seguirás al indio que se dirige al río y en cuanto puedas llegarás a la otra orilla. Yo seguiré al otro.

—¿Por qué no vienes tú también a la otra orilla?

—He de ir a la pagoda.

—¡Oh, no lo hagas, señor!

—Estoy decidido. En la pagoda está la mujer a la que creía una aparición y a la que ahora quiero liberar de esos malditos. ¡Ve, Kammamuri!

Kammamuri emitió un profundo suspiro que más parecía un gemido y se levantó.

—Señor —preguntó conmovido—, ¿dónde nos volveremos a ver?

—En la cabaña, si no me matan: ¡vete!

El maharata se internó en la jungla siguiendo los pasos del indio, hacia la orilla. Tremal-Naik se quedó mirándolo, con los brazos cruzados y la frente fruncida. Después se colocó la carabina en bandolera, lanzó una última mirada a su alrededor y se alejó rápida y silenciosamente, siguiendo la pista del segundo indio, que no debía de estar muy lejos.

El camino era difícil y muy intrincado. El terreno estaba cubierto por una red de bambúes que alcanzaban una altura realmente extraordinaria.

Un hombre que desconociera aquellos parajes se habría perdido sin duda entre aquellos gigantescos vegetales y le habría resultado imposible dar un paso sin hacer ruido, pero Tremal-Naik, que había nacido y crecido en la jungla, se movía por ella con sorprendente rapidez y seguridad, sin producir el menor crujido.

No caminaba, pues ello habría sido imposible, sino que se arrastraba como un reptil de planta a planta, sin detenerse ni dudar sobre el camino a seguir. De vez en cuando apoyaba el oído en el suelo y estaba seguro de no perder la pista del indio que le precedía, pues el terreno transmitía el paso de éste, por ligero que fuera.

Había recorrido ya más de una milla cuando se dio cuenta de que el indio se había detenido inesperadamente. Apoyó tres o cuatro veces el oído en tierra, pero el terreno no transmitía ningún ruido; se incorporó escuchando con gran atención, pero no captó ningún crujido. Tremal-Naik comenzó a preocuparse.

Recorrió arrastrándose tres o cuatro metros más y después levantó la cabeza, pero la volvió a bajar casi en seguida. Había chocado contra un cuerpo blando que pendía y que se había retirado inmediatamente.

Intuyó en seguida lo que tenía sobre su cabeza; se echó rápidamente a un lado, desenvainando el cuchillo, y miró hacia arriba.

Entre los bambúes se había oído un crujido inesperado y un cuerpo oscuro, ondulado, bajó sinuosamente por una de aquellas plantas. Era una monstruosa pitón, de más de veinticinco pies de longitud, que se alargaba hacia Tremal-Naik en la esperanza de envolverle en sus anillos y triturarlo con uno de sus característicos abrazos que nadie resiste.

El reptil había descendido tanto que con la cabeza tocaba al cazador de serpientes, pero éste se mantenía tendido en el suelo para impedir que la pitón le envolviese entre sus anillos. Cuando vio que el reptil se levantaba y enrollaba en parte sobre sí mismo se apresuró a arrastrarse a cinco o seis metros de distancia. Se consideraba ya fuera del alcance de la serpiente y se había vuelto ya para levantarse cuando a siete u ocho metros de distancia, muy cerca del lugar ocupado por el reptil, había aparecido inesperadamente un indio de gran estatura, muy delgado, armado de un puñal y de una especie de lazo que terminaba en una bola de plomo.

En el pecho llevaba tatuada una misteriosa serpiente con cabeza de mujer, rodeada de letras en sánscrito.

—¿Qué haces aquí? —gritó aquél indio en tono amenazador.

—¿Y tú que haces? —replicó despectivamente Tremal-Naik—. ¿Eres acaso uno de esos miserables que se divierten asesinando a las personas que desembarcan aquí?

—Sí, y eso es lo que haré contigo.

Tremal-Naik se puso a reír, mirando el reptil, que empezaba a desenrollar sus anillos, ondeando sobre la cabeza del indio que finalmente se dio cuenta del peligro que le amenazaba. Pero era demasiado tarde. El enorme reptil se dejó caer encima de él y en un instante lo envolvió entre sus anillos, estrechándolo hasta hacerle crujir los huesos.

—¡Socorro! ¡Socorro! —gritó el desventurado abriendo mucho los ojos.

Tremal-Naik, con un movimiento espontáneo, se lanzó hacia el indio. De un terrible tajo cortó en dos trozos la pitón, que silbaba rabiosamente, cubriendo a la víctima de baba sanguinolenta. Iba a seguir cuando oyó bambúes que se agitaban furiosamente en varios sitios.

—¡Ahí está! —gritó una voz.

Eran otros indios que corrían hacia allí, compañeros del infeliz al que al reptil, aunque partido en dos, destrozaba, haciéndole chorrear la sangre de las carnes. Tremal-Naik comprendió el peligro que corría y se lanzó a una precipitada fuga por la jungla.

—¡Ahí está! —repitió la misma voz—. ¡Fuego! ¡Fuego!

Un disparo de arcabuz resonó, despertando todos los ecos de la selva, y después otro, y un tercero. Tremal-Naik, milagrosamente escapado de los proyectiles, empuñó la carabina y la apuntó contra los asaltantes, que corrían hacia él con los puñales entre los dientes y los lazos en la mano, dispuestos a estrangularlo.

Del cañón salió una lengua de fuego. Un indio lanzó un grito terrible, se llevó las manos a la cara y cayó rodando entre la hierba.

Tremal-Naik reanudó su carrera desenfrenada, saltando a derecha y a izquierda para impedir que los enemigos le acertaran. Cruzó un grupo de bambúes que derribó furiosamente y se internó en la densa jungla, despistando a sus perseguidores.

Corrió así durante un cuarto de hora. Cuando se detuvo se encontraba a doscientos pasos de una magnífica pagoda que se erguía aislada en la orilla de un gran estanque bordeado por colosales ruinas.

5. LA VIRGEN DE LA PAGODA

Aquella pagoda, del más puro estilo indio, era la más bella que Tremal-Naik había visto en las sunderbunds. Construida toda en granito gris, tenía más de sesenta pies de altura sobre una base de más de cuarenta de anchura y estaba rodeada por magníficas columnas, esculpidas con el arte que distingue a la raza india.

A medida que se elevaba la pagoda iba estrechándose hasta terminar en una especie de cúpula que culminaba en una gigantesca bola de metal que sostenía a la misteriosa serpiente con cabeza de mujer, y las paredes estaban cubiertas por una multitud de extrañas esculturas que representaban muchas figuras de la mitología india, así como gran número de monstruos espantosos y cabezas de elefantes con las trompas extendidas.

Tremal-Naik se había detenido de repente, sorprendido al hallarse ante un templo donde no pensaba encontrar más que la salvaje jungla.

Lanzó una mirada a su alrededor. Se encontraba en una especie de claro de una extensión de más de media milla y libre de matorrales y bambúes.

Tuvo por un momento la idea de volver atrás y refugiarse de nuevo en la jungla, pero mirando la parte superior de la pagoda pensó que ésta podía ser un buen escondrijo.

Con sorprendente rapidez subió a una columna y desde allí se lanzó sobre la pared del templo, agarrándose a las piernas de las divinidades, trepando por sus cuerpos, colocando los pies sobre sus cabezas, sujetándose a las probóscides de los elefantes y a los cuernos de los bueyes del dios Siva.

Debían de ser las dos de la madrugada cuando, tras efectuar una veintena de acrobacias capaces de helarle la sangre a un gimnasta y de correr otras tantas veces el peligro de caer y romperse el cráneo, llegó a la cúpula. Con un último impulso se agarró a la gigantesca bola de metal, culminada por la serpiente con cabeza de mujer.

Con gran sorpresa, se encontró haciendo equilibrios sobre una ancha abertura, profunda y oscura como un pozo, cruzada por una barra de bronce, en la que pudo apoyar los pies.

—¿Dónde estoy? —se preguntó—. Este pozo debe de conducir sin duda al interior de la pagoda.

Abandonó la gran bola y se agarró a la barra mirando hacia abajo, pero no vio más que tinieblas; aguzó el oído, pero allí abajo reinaba el silencio más profundo, señal evidente de que en aquel momento no había nadie en la pagoda. Había una cuerda bastante gruesa, formada por un vegetal brillante y muy flexible, atada a la barra y que desaparecía por la abertura. La cogió y tiró con todas sus fuerzas; se dio cuenta en seguida de que en el cabo inferior debían de haber atado un cuerpo bastante pesado, que al moverse ondeó tintineando.

—Debe ser una lámpara —dijo Tremal-Naik.

Inesperadamente le pasó por la cabeza un pensamiento. ¿Y si era precisamente aquélla la pagoda de la Virgen de la que había oído hablar en la jungla?

Fue un relámpago. Se agarró a la cuerda y se puso a descender en las tinieblas, aunque ignoraba dónde podía ir a parar y lo que le esperaba allí abajo. Unos minutos después sus pies chocaban contra un objeto de forma redondeada que emitió un sonido metálico que repitieron los ecos del templo.

Iba a inclinarse para ver de qué se trataba cuando llegó a sus oídos un crujido parecido al de una puerta que gira sobre sus bisagras. Miró hacia abajo y le pareció ver una sombra que se movía sin producir ningún ruido.

Con una mano empuñó una pistola, decidido a vender cara su vida si le descubrían, y esperó con la inmovilidad de una estatua de granito.

Llegó hasta él un suspiro profundo.

—¡Heme aquí, horrible divinidad! —exclamó una voz de mujer que sacudió a Tremal-Naik hasta el fondo de su alma.

En el colmo de su sorpresa oyó el ruido de un líquido que caía al suelo y sintió que se esparcía por el aire un perfume suave.

—¡Te odio! —exclamó la misma voz con gran amargura—. Te odio, espantosa divinidad, malditos sean los asesinos que me obligan a servirte.

Un estallido de llanto siguió a la maldición lanzada por aquel ser misterioso. Tremal-Naik se estremeció de nuevo y por un momento tuvo la idea de dejarse caer en el vacío, pero la desconfianza lo contuvo. Por otra parte, era demasiado tarde, pues la sombra se había alejado, desapareciendo en las tinieblas, y poco después oyó el crujido de la puerta que se cerraba.

Cuando estuvo seguro de encontrarse solo otra vez, el cazador de serpientes se descolgó hasta abajo y puso sus pies sobre un objeto duro y desigual, que al tocarlo emitió el sonido que caracteriza a los cuerpos metálicos y especialmente a los de bronce.

—¿Qué es esto? —murmuró.

Se inclinó, apoyó las manos en aquella mole de bronce y se descolgó hasta tocar tierra. Sus pies resbalaron sobre una superficie lisa y mojada.

—Aquí es donde ha vertido el perfume —dijo. —Mañana sabré si es la mujer que busco.

Dio seis o siete pasos a tientas en las tinieblas y luego se acurrucó en el suelo, esperando que un rayo de luz iluminase aquel templo misterioso.

Pasaron casi dos horas sin que ningún sonido alterase el fúnebre silencio que reinaba en aquel lugar; arriba, por la abertura, el cielo comenzaba a iluminarse y los astros a palidecer ante la primera luz del alba. Tremal-Naik, con los ojos bien abiertos y aguzando el oído en la más completa inmovilidad, seguía esperando, con la paciencia que caracteriza a las razas asiáticas.

Hacia las cuatro el sol apareció inesperadamente en el horizonte, iluminando la gran bola de bronce que culminaba la pagoda, y por la gran abertura bajó un haz de luz. Tremal-Naik se puso de pie sorprendido, desconcertado por el espectáculo que aparecía ante sus ojos.

Se encontraba bajo una inmensa cúpula, cuyas paredes estaban curiosamente pintadas. Las primeras diez encarnaciones de Visnú, el dios protector de los indios, que tiene su residencia en el Vaicondu o mar de leche de la serpiente Adissescieu, estaban pintadas circularmente, y las imágenes del dios estaban rodeadas por los principales deverkeli o semidioses venerados por los indios, protectores de los ocho ángulos del mundo, habitantes del sorgou, el paraíso de los que no tienen méritos suficientes para ir al cailasson o paraíso de Siva. Hacia la mitad de la cúpula estaban esculpidos los cateros, gigantescos genios del mal que, divididos en cinco tribus, van errando por el mundo, del que no pueden salir y en el que no pueden merecer la beatitud prometida a los hombres sin antes haber recogido gran número de plegarias.

En el medio de la pagoda se elevaba una gran estatua de bronce, que representaba una mujer con cuatro brazos, uno de los cuales blandía una larga daga y otro una cabeza.

Un gran collar de calaveras le bajaba hasta los tobillos y le ceñía las caderas un cinturón de manos y brazos cortados.

La cara de aquella horrible mujer estaba tatuada y sus orejas adornadas con pendientes; la lengua, pintada de un rojo intenso, del color de la sangre, sobresalía más de un palmo de los labios que esbozaban una feroz sonrisa; estrechaban sus muñecas grandes brazaletes y sus pies se posaban sobre el cuerpo derribado de un gigante cubierto de heridas.

Otro objeto extraño era una balsa de mármol blanco engastada en las brillantes piedras del suelo. Estaba llena de agua limpísima y se veía nadar en ella un pequeño pez de un bonito color amarillo dorado que se parecía bastante a un mango del Ganges.

Tremal-Naik no había visto jamás nada semejante. Se había detenido ante la monstruosa divinidad y la contemplaba con una mezcla de estupor y miedo cuando un ligero crujido llegó a sus oídos. Se volvió con la carabina en las manos, pero en seguida retrocedió hasta la monstruosa divinidad, conteniendo a duras penas un grito de estupor y alegría.

Ante él, apoyada en una puerta dorada, estaba una muchacha de maravillosa belleza, con el más angustioso terror reflejado en la cara. Era esbelta como un junco de formas elegantísimas.

Sus facciones eran de una belleza antigua, animadas por la fúlgida expresión de la mujer angloindia.

Tenía la piel rosada, de una suavidad incomparable; los ojos grandes, negros y brillantes como diamantes; una nariz recta que nada tenía de india y labios delgados, coralinos, medio abiertos por el estupor sobre dos filas de dientes de deslumbrante blancura. Su abundante cabellera, de un negro fuliginoso, separada en la frente por un ramillete de gruesas perlas, estaba recogida y entrelazada con flores de suave perfume.

Al entrar la muchacha, Tremal-Naik había retrocedido hasta la monstruosa estatua de bronce.

—¡Ada! ¡Ada! ¡La aparición de la jungla! —exclamó con voz alterada.

No supo decir nada más y se quedó allí, callado, extasiado, mirando a aquella soberbia criatura que continuaba observándolo con profundo terror. Inesperadamente la muchacha dio un paso, dejando caer al suelo el amplio sari de seda ribeteado por una ancha franja de dibujos azules que la cubría como una gran capa. La envolvió un haz de luz deslumbrante.

Aquella joven estaba literalmente cubierta de oro y piedras preciosas de inestimable valor. Le colgaban del cuello muchos collares de perlas y diamantes del tamaño de nueces y grandes brazaletes en los que brillaban las piedras preciosas, que le adornaban los brazos desnudos; una coraza de oro incrustada de diamantes y adornada en el medio por la misteriosa serpiente con cabeza de mujer le cubría el busto; un ancho chal de cachemira bordado en plata le ceñía las caderas y los anchos calzones de seda blanca que le bajaban hasta los pies pequeños y desnudos estaban sujetos en los tobillos por aros de coral de un hermoso color rojo. Un rayo de sol que había entrado por una estrecha abertura al iluminar aquella abundancia de oro y brillantes había sumergido inesperadamente a la jovencita en un mar de luz cegadora.

Tremal-Naik la miraba fascinado.

—¡La visión! ¡La visión! —repitió por segunda vez.

La muchacha miró a su alrededor, turbada, y se llevó un dedo a los labios, como para indicarle que callara; después caminó directamente hacia él.

—¡Desventurado! —dijo con miedo—. ¿Por qué has venido aquí?

El cazador de serpientes había caído de rodillas ante ella, casi sin quererlo.

—Soy Tremal-Naik, el cazador de serpientes, y haré cualquier cosa por ti, aunque tenga que exterminar a todos los que te tienen prisionera.

—No hables así, Tremal-Naik.

—¿Por qué…? Oye, muchacha: yo no había visto nunca una cara de mujer en mi jungla poblada sólo por los tigres. Cuando te vi por primera vez a los últimos rayos de sol del atardecer, detrás de aquel matorral de musenda, me estremecí hasta el fondo de mi corazón. Me pareciste una divinidad bajada del cielo.

—¡Calla! ¡Calla! —replicó con voz entrecortada la joven, escondiendo la cara entre las manos.

—¡No puedo callar! —exclamó Tremal-Naik. —Cuando desapareciste me pareció que me arrancaban algo del corazón. Me bailaba ante los ojos tu imagen, la sangre corría más rápida por mis venas y parecía que me hubieras embrujado.

—¡Tremal-Naik! —murmuró con ansia la muchacha.

—Pasaron quince días. Todos los días al ponerse el sol te volvía a ver detrás de aquel matorral y me sentía feliz junto a ti; me sentía transportado a otro mundo, parecía otro hombre. Tú no me hablabas, pero me mirabas, y eso me bastaba.

Se detuvo jadeante y la muchacha le miró con ojos humedecidos.

—¿Por qué has venido, desdichado, a remover en mi corazón una vana esperanza? ¿No sabes que este lugar es maldito, está prohibido sobre todo a quien amo?

—¿Entonces es cierto que me amas? ¿Es cierto que venías cada tarde detrás de la musenda porque me amabas? —preguntó Tremal-Naik—. ¿Qué importa que sea un lugar maldito? Yo soy fuerte, tan fuerte que por ti derribaría este templo y destrozaría ese horrible monstruo ante el cual viertes perfumes.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo vi anoche.

—¿Estabas aquí anoche?

—Sí, estaba aquí, o, mejor dicho, allí arriba, agarrado a aquella lámpara, precisamente sobre su cabeza.

—Pero, ¿quién te trajo al templo?

—La suerte, o, para ser más precisos, el lazo de los hombres que habitan esta tierra maldita.

—¿Te han visto?

—Me han perseguido.

—¡Ah! ¡Estás perdido, desdichado! —exclamó la muchacha con desesperación.

Tremal-Naik se lanzó a su encuentro.

—Dime, ¿qué misterio es éste? —preguntó—. ¿Porqué tanto terror? ¿Qué significa esa monstruosa figura que necesita perfumes? ¿Qué ese pez dorado que nada en la balsa? ¿Qué significa esa serpiente con la cabeza de mujer que llevas esculpida en la coraza? ¿Qué son esos hombres que estrangulan a sus semejantes y viven bajo tierra? ¡Lo quiero saber, Ada!

—No me preguntes, Tremal-Naik. ¡Si supieras el terrible destino que pesa sobre mí!

—Pero yo soy fuerte.

—¿De qué sirve la fuerza contra esos hombres? Te destrozarán como a un bambú. ¿No desafían también al poder de Inglaterra? Son fuertes, Tremal-Naik, y tremendos.

—¿Pero quiénes son?

—No puedo decírtelo.

—Entonces… ¡desconfías de mí! —exclamó Tremal-Naik con rabia.

—¡Tremal-Naik! ¡Tremal-Naik! —murmuró la infeliz jovencita con acento desconsolado. —Pesa sobre mí una condena terrible, espantosa, que cesará sólo cuando muera. Yo te amo, valiente hijo de la jungla, pero…

—Júralo ante ese monstruo.

—¡Lo juro! —dijo la joven tendiendo la mano hacia la estatua de bronce.

—¡Jura que serás mi mujer…!

Las facciones de la muchacha se contrajeron súbitamente.

—Tremal-Naik —murmuró con voz apagada, —quisiera ser tu mujer, pero el día en que un hombre me toque el lazo de los vengadores acabará con mi vida.

El llanto ahogó su voz y su cara se llenó de lágrimas. Tremal-Naik lanzó un sordo rugido y apretó los puños.

—¿Qué puedo hacer por ti? —preguntó, profundamente conmovido. —Tus lágrimas me hacen daño. Dime lo que he de hacer; manda y yo te obedeceré como un humilde esclavo. ¿Quieres que te lleve lejos de aquí?

—¡Oh, no, no! —exclamó la joven con terror—. Significaría la muerte de ambos.

La jovencita callaba, sollozando. Tremal-Naik la atrajo suavemente hacia sí e iba a hablar cuando fuera resonó la aguda nota del ramsinga.

—¡Huye! ¡Huye, Tremal-Naik! —exclamó la muchacha, fuera de sí por el miedo—. ¡Huye o estamos perdidos!

—¡Maldita trompeta! —bramó Tremal-Naik apretando los dientes sin moverse.

—¡Huye, desdichado, huye!

Por toda respuesta, Tremal-Naik recogió la carabina que estaba en el suelo, y la armó. La muchacha comprendió que aquel hombre era imperturbable.

—¡Ten piedad de mí! —dijo con angustia.

—Juro ante mi dios que mataré al primer hombre que se atreva a levantarte la mano —declaró el cazador de serpientes.

—Entonces quédate, pues no puedo convencerte. ¡Te salvaré yo! —decidió la joven.

Recogió su sari y se dirigió hacia la puerta por la que había entrado. Tremal-Naik se lanzó hacia ella para detenerla.

—¿Adonde vas? —le preguntó.

—A recibir al hombre que va a llegar y a impedirle que entre aquí. Volveré contigo a medianoche. Entonces se cumplirá la voluntad de los dioses y quizás… huyamos.

—¿Cómo te llamas?

—Ada Corishant.

La jovencita se envolvió en el sari, miró por última vez con ojos húmedos a Tremal-Naik y salió conteniendo un sollozo.

6. LA CONDENA A MUERTE

Ada salió de la pagoda, todavía conmovida, con la cara húmeda de lágrimas pero con ojos que brillaban con altivez, y entró en un pequeño salón cubierto de esteras pintadas y decorado con monstruosas divinidades, parecidas a las ya descritas. No faltaban en la habitación la serpiente con cabeza de mujer, la estatua de bronce de horribles facciones y la balsa de mármol blanco con el pececillo amarillo.

Había entrado ya un hombre, que se paseaba de un lado a otro con visible impaciencia. Era un indio de gran estatura, delgado como un bastón, de facciones enérgicas, mirada relampagueante y feroz y barbilla cubierta por una pequeña barba negra y enmarañada. Llevaba una rica capa de seda amarilla bordada en oro, con un misterioso emblema en medio. Sus brazos, desnudos, estaban cubiertos de cicatrices blancas y curiosos signos, indescifrables hasta para un indio.

Al ver a Ada el hombre se detuvo de golpe, lanzándole una mirada de un brillo extraño, y sus labios esbozaron una mueca que infundía miedo.

—Salve, Virgen de la pagoda —dijo arrodillándose ante la jovencita.

—Salve, gran jefe predilecto de la divinidad —replicó Ada con voz temblorosa.

Ambos callaron, mirándose fijamente.

—Virgen de la pagoda sagrada —dijo finalmente el indio, —corres un gran peligro.

Ada se estremeció. El acento del indio era sordo y misterioso.

—¿Dónde estuviste anoche? Me dijeron que entraste en la pagoda.

—Es cierto. Me mandaste perfumes y los derramé a los pies de tu divinidad.

—Querrás decir de nuestra divinidad.

—Sí, de la nuestra —se corrigió la joven entre dientes.

—¿Qué has visto en la pagoda?

—Nada.

—Virgen de la pagoda, corres un gran peligro —repitió el indio con voz todavía más amenazadora—. ¡Lo he descubierto todo!

Ada dio un paso atrás, lanzando un grito de terror.

—¡Sí —prosiguió el indio con rabia—, lo he descubierto todo! Amas a un nombre que viste en la jungla negra. Ese hombre desembarcó anoche en nuestro territorio y después de atacarnos, después de haber cometido un horrible delito, desapareció, pero yo sé que entró en la pagoda y no voy a dejar que nos engañe.

—¡Mientes! ¡Mientes! —exclamó la desventurada muchacha.

—Ése hombre no saldrá vivo de aquí —prosiguió el indio con feroz complacencia. —Quería desafiarnos, ¡a nosotros, que hacemos temblar a Inglaterra! La serpiente entró en la cueva del león y el león la devorará.

—¡No lo hagas!

El indio se puso a reír.

—¿Quién se opone a la voluntad de nuestra divinidad?

—Yo.

—¿Tú?

—Sí, miserable: ¡mira!

Con un movimiento rápido, Ada dejó caer el sari, se armó de un puñal de hoja sinuosa, bañada en veneno, y se lo llevó a la garganta—. ¿Qué quieres hacer? —preguntó desconcertado el indio.

—¡Suyodhana! —dijo la joven con un tono de voz que no dejaba lugar a dudas. —Si le tocas un pelo a ese hombre te juro que tu diosa perderá a su sacerdotisa.

—¡Tira ese puñal!

—¡Suyodhana! Jura por tu diosa que Tremal-Naik saldrá vivo de aquí.

—Es imposible. Ese hombre está ya condenado; su sangre está destinada a la diosa.

—¡Júralo! —gritó Ada con tono amenazador.

Suyodhana se agazapó como para lanzarse contra ella, pero lo detuvo el miedo de llegar demasiado tarde.

—Escucha, Virgen de la pagoda —dijo, aparentando una calma que no tenía. —Ese hombre se salvará, pero tú has de jurar que no le amarás jamás. ¿Lo juras?

Ada lanzó un gemido desconsolado y dijo entre dientes:

—¡Maldito!

—¡Júralo! —apremió Suyodhana.

—¡Bien…! —exclamó la infeliz con voz apagada. —Yo… yo juro…¡que dejaré de amar a ese hombre…!

Lanzó un grito desesperado y cayó sin sentido sobre las esteras El indio rompió a reír.

—Tú has jurado que no le amarás —dijo con alegría satánica, recogiendo el puñal que la jovencita había dejado caer. —Pero yo no he jurado que saldrá vivo de aquí.

Se llevó a los labios un silbato de oro y lanzó una nota agudísima.

Entró un indio, con el lazo como cinturón y tomando el puñal se arrodillo ante Suyodhana.

—Heme aquí, hijo de las sagradas aguas del Ganges —dijo.

—Karna —dijo Suyodhana, —llévate a la Virgen de la pagoda y vigílala. Tal vez intente suicidarse, pero tú se lo impedirás, pues nuestra divinidad no tiene por ahora más que a ella. Si ella muere, morirás tú también.

—¡No se matará!

—Reunirás después a unos cincuenta hombres entre los más audaces y los colocarás alrededor de la pagoda. No debe escapar ese hombre.

—¿Hay un hombre en la pagoda?

—Sí, Tremal-Naik, el cazador de serpientes de la jungla negra. Ve y vuelve antes de medianoche.

El indio cogió en brazos a la pobre Ada y salió. Suyodhana, o mejor dicho, el hijo de las sagradas aguas del Ganges, esperó a que se hubiera apagado todo ruido de pasos y después se arrodilló ante la balsa de mármol, en la que nadaba el pececillo dorado.

—Padre mío —dijo.

El pececillo, que nadaba por el fondo de la balsa, subió hacia la superficie al oír la voz.

—Padre mío —prosiguió el indio. —Un hombre, un miserable, ha puesto sus ojos en la Virgen de la pagoda. Ese hombre está ahora en nuestras manos: ¿quieres que viva o que muera?

El pececillo nadó rápidamente hacia el fondo. Suyodhana se levantó bruscamente: en sus ojos había un brillo siniestro.

—Está condenado —dijo con voz temblorosa—. ¡Ese hombre morirá!

Tremal-Naik, que se había quedado solo, se había dejado caer a los pies de la estatua mientras el corazón le latía furiosamente. Nunca había experimentado tanta emoción y alegría en su vida solitaria entre serpientes y tigres.

—¡Pobre Ada! —murmuró para sí con gran ternura—. ¿Qué destino pesa sobre ti? ¿Por qué no puedes amarme? Has dicho que la muerte acabará con tu vida el día en que te conviertas en mi esposa; pero yo detendré a la muerte, con mis propias manos. Desvelaré este tremendo misterio y ese día temblarán los desalmados que te condenaron.

Después se levantó y se puso a pasear, agitadísimo, hasta que oyó las agudas notas del ramsinga.

—¡Maldito instrumento! —exclamó—. ¡No deja de sonar!

Se estremeció ante el pensamiento que pasó por su cerebro.

—Ese sonido anuncia una desgracia —murmuró—. ¿Me habrán descubierto o habrán matado a Kammamuri?

Contuvo la respiración aguzando el oído. Le llegó un murmullo de voces que parecía proceder de fuera.

Miró a su alrededor con temor, pero estaba completamente solo; miró a la abertura de la pagoda, pero estaba libre.

—Siento que va a suceder algo —dijo en voz baja—; pero demostraré quién es Tremal-Naik cuando lucha.

Examinó las pistolas y la carabina, así como la hoja de su fiel puñal teñido más de cien veces por la sangre de serpientes y tigres, y se acurrucó detrás de la monstruosa estatua, tratando de ocupar el menor espacio posible.

Pasó el día con extraordinaria lentitud para el indio, condenado a una inmovilidad casi absoluta y a un ayuno forzado. Después, poco a poco, las sombras de la noche invadieron los rincones más obscuros de la pagoda y se elevaron gradualmente hacia la cúpula; a las nueve la oscuridad era tan profunda que no se podía ver a un paso de distancia, aunque la luna brillaba en el cielo, reflejándose en la gran bola de bronce dorado y en la serpiente con cabeza de mujer.

El ramsinga no había repetido sus fúnebres notas y el murmullo había dejado de oírse hacía mucho rato. Reinaba en todas partes un silencio profundo.

Tremal-Naik, sin embargo, no se atrevía a moverse, excepto para apoyar el oído en las frías losas de la pagoda y escuchar con profunda atención.

Una voz secreta le aconsejaba velar y desconfiar, y pronto se dio cuenta de que aquella voz no mentía, pues hacia las once, cuando más densas eran las tinieblas, llegó hasta él un ruido extraño, no definible

Algo parecía bajar de lo alto de la pagoda, siguiendo la cuerda que sostenía la lámpara. Tremal-Naik no vio nada, aunque forzaba la vista. No obstante, empuñó las pistolas y se levantó silenciosamente, poniéndose de rodillas.

Resonó en las tinieblas el repiqueteo metálico. Lo producía la lámpara que se agitaba, sacudida sin duda por el que descendía.

Tremal-Naik no se pudo contener.

—¿Quién va? —gritó.

Nadie contestó a la pregunta y el repiqueteo cesó.

—¿Me habré equivocado? —se preguntó.

Se levantó y miró hacia arriba. Arriba, en la cúpula, la luna continuaba reflejándose en la bola dorada, y se veía una parte de la cuerda que sostenía la lámpara, pero no había ningún ser humano.

—Es extraño —dijo Tremal-Naik, preocupado.

Volvió a agazaparse, sin dejar de mirar a su alrededor.

Pasaron otros veinte minutos y la lámpara volvió a sonar.

—¿Quién va? —repitió con voz estridente—. Si hay alguien, que se dé a conocer: Tremal-Naik le espera.

Silencio de nuevo. Entonces se agarró a los pies de la gigantesca estatua, subió a sus brazos, trepó hasta apoyar los pies en su cabeza y cogió la lámpara, agitándola furiosamente.

Resonó en la pagoda una carcajada.

—¡Ah! —exclamó Tremal-Naik, que se sentía invadido por la cólera. —Alguien ríe ahí arriba. ¡Espera!

Reunió sus fuerzas hercúleas y con un tirón irresistible rompió la cuerda. La lámpara cayó al suelo con un gran estruendo que repitieron los ecos del templo.

Resonó otra carcajada. Tremal-Naik bajó rápidamente de la estatua, escondiéndose detrás.

Justo a tiempo. Se abrió una puerta y apareció en el umbral un indio alto y delgado, ricamente vestido, con un puñal en una mano y una antorcha resinosa en la otra.

Aquel hombre era el cruel Suyodhana: un júbilo infernal iluminaba su cara del color del bronce y en sus ojos brillaba una luz siniestra.

Se detuvo un momento a contemplar a la monstruosa divinidad, detrás de la cual se encontraba Tremal-Naik con el cuchillo entre los dientes y empuñando las pistolas; después avanzó unos pasos. Detrás de él avanzaban veinticuatro indios, doce a su izquierda y doce a su derecha, armados todos de puñal y cordón de seda con bola de plomo.

—Hijos míos —dijo Suyodhana con voz enardecida— ¡es medianoche!

Los indios soltaron las cuerdas, blandieron los puñales y plantaron las antorchas en agujeros de las piedras.

—¡Estamos preparados para la venganza! —respondieron al unísono.

—Un impío —prosiguió Suyodhana —ha profanado la pagoda. ¿Qué merece ese hombre?

—¡La muerte! —contestaron los indios.

—¡Tremal-Naik! —gritó Suyodhana en un tono amenazador—. ¡Sal!

Le contestó una carcajada; después el cazador de serpientes apareció, lanzándose de un salto delante de la monstruosa divinidad.

Ya no era el mismo hombre; parecía un verdadero tigre salido de la jungla. Sus labios esbozaban una feroz sonrisa; su cara era cruel, alterada por una cólera furiosa; sus ojos eran ascuas.

—¿Queréis matar a Tremal-Naik? —exclamó riendo. —Se ve que no conocéis todavía al cazador de serpientes. Mirad, asesinos, cómo os desprecio.

Levantó las dos pistolas y las disparó al aire, lanzándolas lejos. Descargó después la carabina y la empuñó por el cañón para utilizarla como una maza.

—Ahora —dijo, —el que se sienta con valor suficiente para atacar a Tremal-Naik que avance. Me bato por la mujer que vosotros, malditos, habéis condenado.

Dio un salto hacia atrás y se puso a la defensiva, lanzando su grito de guerra.

Un indio, sin duda el más fanático, se lanzó contra él, haciendo silbar el lazo en el aire. Ya fuese porque había tomado demasiado impulso o porque resbaló, fue a caer casi a los pies de Tremal-Naik.

La terrible maza se levantó y cayó con rapidez fulminante, golpeando el cráneo del indio. La muerte fue instantánea.

—¡Adelante! —gritó Tremal-Naik—. ¡Lucho por mi Ada!

Entonces los veintitrés indios se lanzaron juntos contra el cazador de serpientes, que volteaba la carabina.

Cayó otro indio, pero la carabina no resistió el segundo golpe y se partió.

—¡Muerte! ¡Muerte! —gritaron los indios furiosos.

Cayó un lazo sobre Tremal-Naik, apretándole el cuello, pero el se lo arrancó de las manos al estrangulador y, empuñando el cuchillo, trepó por la estatua de bronce. Después se agazapó como un tigre y, saltando sobre las cabezas de los indios, trató de dirigirse hacia la puerta, pero no consiguió llegar a ella. Dos lazos le aprisionaron las piernas, golpeándolo dolorosamente con las bolas de plomo, y lo derribaron.

Lanzó un grito terrible. Los indios cayeron sobre él inmediatamente como una jauría alrededor del jabalí, y, a pesar de su fuerte resistencia, Tremal-Naik se encontró fuertemente atado y reducido a la impotencia.

—¡Muerte! ¡Muerte! —gritaron los indios.

Con un esfuerzo hercúleo rompió dos cuerdas, pero no pudo hacer más. Lo aprisionaron nuevos lazos, tan fuertes que sus carnes ennegrecieron.

Suyodhana, que había asistido impasible a aquella lucha desesperada de un solo hombre contra veintidós, se le acercó y lo contempló durante unos instantes con alegría satánica.

Tremal-Naik, que no podía hacer nada, le escupió a la cara.

—¡Impío! —exclamó el hijo de las sagradas aguas del Ganges.

Cogió con mano firme el puñal y lo alzó sobre el prisionero, que lo miraba despectivamente.

Después la hoja del vengador entró en su pecho. Tremal-Naik abrió desmesuradamente los ojos y después los cerró; un espasmo violento agitó sus miembros y los paralizó. Un reguero de sangre caliente le bajó por las vestiduras, regando las piedras.

—Kalí —dijo Suyodhana, dirigiéndose a la estatua de bronce, —escribe en tu libro negro el nombre de esta nueva víctima.

A una señal suya dos indios levantaron al desventurado Tremal-Naik.

—Echadlo a la jungla para que lo devoren los tigres —ordenó el terrible hombre—. ¡Así perecen los impíos!

7. KAMMAMURI

Kammamuri, tras separarse de Tremal-Naik, había tomado el camino que llevaba al río, tratando de seguir las huellas del indio que le precedía. Hay que decir, sin embargo, que el valiente maharata se alejaba de su señor a regañadientes y casi con remordimientos.

Como sabía que Tremal-Naik quería volver a ver a la misteriosa visión, temía que cometiese alguna locura, por lo que a cada dos pasos se detenía, titubeante, más dispuesto a volver sobre sus pasos, a pesar de la orden recibida, que a avanzar.

¿Cómo volver a la cabaña sabiendo que el señor se encontraba en la jungla maldita, donde los enemigos pululaban como los bambúes? Le parecía algo muy grave, completamente imposible, casi un delito.

No había recorrido todavía media milla cuando decidió volver, aun a costa de irritar a Tremal-Naik.

—Al fin y al cabo —dijo el valiente maharata, —un compañero podrá servirle para algo. Animo, Kammamuri, valor y mucho ojo.

Hizo una pirueta sobre sus talones y se dirigió de nuevo hacia el oeste, sin preocuparse del indio que le había precedido. Aún no había dado veinte pasos cuando oyó una voz desesperada que gritaba.

—¡Socorro! ¡Socorro!

Estuvo escuchando con una mano detrás de la oreja: la brisa nocturna que soplaba del oeste le llevó un silbido agudo.

—También por ahí sucede algo —murmuró el maharata, preocupado. —El que ha gritado debe estar a media milla de aquí, en la dirección tomada por mi señor. ¿Estarán asesinando a alguien?

Tenía mucho miedo de caer en manos de los indios, pero decidió proseguir.

Se colocó la carabina bajo el brazo y se dirigió hacia el oeste, apartando los bambúes con precaución. Precisamente en aquel momento sonó una detonación.

Al oírla el maharata sintió que se le helaba la sangre en las venas. Era la carabina de Tremal-Naik, que tantas veces había oído tronar en la jungla negra. La conocía demasiado bien y no podía equivocarse.

—¡Gran Siva! —murmuró entre dientes—. El señor se defiende.

La idea de que Tremal-Naik corría peligro le infundió un valor extraordinario. Despreciando toda precaución, olvidando que tal vez los indios le espiaban, se puso a correr hacia el lugar de donde había salido la detonación.

Un cuarto de hora después llegó a un pequeño claro donde se retorcía un objeto largo y manchado.

—¡Vaya, una pitón! —exclamó Kammamuri, que, acostumbrado a ver reptiles como aquél, no sentía ningún miedo.

Iba a alejarse para evitar que le pudiera atacar y triturar, cuando se dio cuenta de que el reptil no estaba entero y que a su lado yacía un cuerpo humano.

Sintió que se le erizaba el mechón de pelo que le crecía en la nuca.

—¿Será el señor? —murmuró.

Agarró la carabina por el cañón, se colocó ante el reptil que se debatía furiosamente, perdiendo sangre, y le aplastó la cabeza.

Una vez se hubo desembarazado del monstruo corrió hacia aquel cuerpo humano que no daba ya señales de vida.

—¡Visnú sea loado! —exclamó, lanzando un suspiro de alivio—. No es el señor.

En efecto, era un indio, aquél que, por lanzarse contra Tremal-Naik, había caído en los anillos de la serpiente.

El pobre diablo estaba irreconocible después del terrible abrazo del reptil. Tenía la boca desmesuradamente abierta y llena de una espuma sanguinolenta y los ojos se le salían de las órbitas.

Kammamuri estaba observando todavía al desdichado (cuyo final, a decir verdad, le importaba muy poco) cuando un ligero crujido de bambúes lo puso en guardia. Se agachó rápidamente y se tumbó entre las hierbas, permaneciendo inmóvil como el cadáver que tenía al lado.

Si no le habían visto todavía podía escapar a la mirada de los que habían movido los bambúes, pues las cañas eran altas.

El crujido había cesado casi en seguida, pero no había que fiarse. Los indios son pacientes como los pieles rojas de América y espían a la presa durante horas e incluso días, y Kammamuri, indio también, lo sabía.

Permaneció inmóvil bastante tiempo y después se atrevió a levantar la cabeza y mirar a su alrededor.

Inmediatamente se oyó un silbido y sintió que un lazo, que una mano hábil le había echado alrededor del cuello, le estrangulaba.

Contuvo el grito que iba a salirle de los labios y agarró fuertemente la cuerda, evitando así que lo estrangulase. Después se dejó caer de nuevo entre la hierba, retorciéndose como un agonizante.

La estratagema dio resultado.

El estrangulador que se mantenía escondido detrás de un grupo de cañas de azúcar salvaje, creyendo que la víctima iba a morir, salió de su escondrijo para rematarla a puñaladas. Pero Kammamuri, que mientras se agitaba había sacado una de sus dos pistolas y la había armado, la apuntó contra el atacante.

Una llamarada y una detonación: el estrangulador se tambaleó, se llevó las manos al pecho y cayó entre las hierbas.

Kammamuri se le echó encima con la segunda pistola.

—¿Dónde está Tremal-Naik? —le preguntó.

El estrangulador intentó incorporarse, pero volvió a caer. Le salió de la boca un chorro de sangre; abrió mucho los ojos, lanzó un gemido y quedó paralizado: estaba muerto.

—¡Escapemos! —murmuró el maharata. —Dentro de poco tendré detrás de mí a sus compañeros.

Se puso en pie y se dio a una precipitada fuga por el mismo sitio por donde había llegado, convencido de que el muerto era el indio que le había precedido y Tremal-Naik había conseguido salvarse.

Recorrió corriendo más de una milla, internándose cada vez más en la jungla y procurando mantener una misma dirección en todo momento para llegar a la orilla del río y allí esperar la vuelta del amo, al que no quería abandonar. Era medianoche cuando se encontró en el lindero de un bosque de cocoteros, soberbias plantas que superan en belleza a las palmeras y una sola de las cuales basta para proporcionar alimento, bebida e incluso vestido para toda una familia.

El maharata no se atrevió a avanzar más; trepó a una de aquellas plantas y estableció allí arriba su domicilio, seguro de que no le asaltarían los indios y menos todavía los tigres, de los que debía haber muchos en la isla.

Se acomodó allí arriba, se ató con la cuerda que le había cogido al estrangulador y, tranquilizado por el profundo silencio que reinaba, cerró los ojos.

No durmió más que unas horas, pues le despertó un estruendo infernal. Un numeroso grupo de chacales, salido de quién sabe donde, había rodeado el árbol y le honraba con una terrible serenata. Aquellos animales, bastante parecidos a los lobos, que pululan como hormigas en casi toda la India y cuyas mordeduras se consideran venenosas, daban saltos desesperados contra el árbol con aullidos que atemorizaban hasta a los que estaban acostumbrados a oírlos.

Kammamuri habría querido alejarlos con algún disparo, pero lo contuvo el temor de atraer a los indios, mucho más terribles que aquellas bestias, y se resignó a escuchar el concierto, que duró hasta el amanecer.

Entonces pudo gozar plenamente del sueño, que se prolongó más de lo que habría deseado, pues cuando volvió a abrir los ojos el sol había terminado casi su recorrido y descendía rápidamente hacia el horizonte. Kammamuri partió un coco maduro. Comió una parte y se volvió a poner en marcha, esta vez con intención de no llegar a la orilla sino de encontrar a Tremal-Naik.

Cruzó el bosque de cocos perdiendo varias horas, y, aunque la noche estaba bastante avanzada, volvió a la jungla desviándose hacia el sur. Continuó andando así hasta medianoche, deteniéndose de vez en cuando a inspeccionar el terreno con la esperanza de encontrar alguna huella de su señor. Sin esperanzas ya de descubrir ningún indicio, iba a buscar un árbol para pasar el resto de la noche cuando dos disparos que resonaron casi simultáneamente, le hicieron estremecerse.

—¡Vaya! —exclamó—. ¡Oh! ¡Malditos!

Corrió hacia el sur con la velocidad de un caballo hasta que llegó a un amplio claro en cuyo centro, iluminado por la luna, se erguía una grandiosa pagoda. Kammamuri dio algunos pasos y después retrocedió rápidamente, refugiándose de nuevo entre los bambúes.

Dos hombres habían salido de la pagoda y se dirigían a la jungla llevando a una tercera persona que parecía muerta.

—¿Qué significa eso? —murmuró el maharata, que iba de sorpresa en sorpresa.

Se alejó aún más, metiéndose en un denso matorral desde donde podía ver sin ser visto.

Los dos porteadores, a los que reconoció como indios, cruzaron rápidamente el claro, en dirección hacia donde él estaba, y se detuvieron cerca de los bambúes.

—Animo, Sonephur —dijo uno de ellos. —Echémoslo ahí en medio. Estoy seguro de que mañana por la mañana no encontraremos más que los huesos, si los tigres se dignan dejarlos.

Los dos miserables estallaron en una sonora carcajada.

—¡Vamos: uno, dos… tres!

Los dos indios hicieron oscilar el cuerpo y lo lanzaron entre los arbustos.

—¡Buena suerte! —gritó uno.

—¡Buenas noches! —dijo el otro. —Mañana por la mañana vendremos a hacerte una visita.

Y se alejaron riendo.

Kammamuri había asistido a la escena. Esperó a que los dos hombres estuvieran lejos y salió del escondrijo, aproximándose con curiosidad al cadáver.

Se le escapó de los labios un grito ahogado.

—¡El señor! —exclamó—. ¡Oh, malditos!

En efecto, aquel hombre era Tremal-Naik. Tenía los ojos cerrados, la cara terriblemente alterada y, clavado en el pecho, un puñal. Su ropa estaba toda manchada de la sangre que salía todavía de la profunda j herida.

—¡Señor! ¡Pobre señor! —sollozó el maharata.

Apoyó las dos manos sobre su cuerpo y se estremeció como si hubiera tocado una pila eléctrica. La parecía haber sentido cómo latía el corazón.

Acercó el oído y escuchó atentamente, conteniendo la respiración. No se equivocaba: Tremal-Naik no estaba muerto todavía.

—¡Le salvaré! —murmuró el fiel servidor. —Adelante, Kammamuri: actúa sin perder tiempo.

Con precaución le quitó a Tremal-Naik el kurly, dejando al descubierto el ancho pecho. Tenía el puñal clavado entre la sexta y la séptima costilla pero no le había tocado el corazón.

La herida era terrible, pero Kammamuri, que entendía más que un médico, sabía lo que debía hacer.

Cogió delicadamente el arma y lentamente, sin movimientos bruscos, la extrajo de la herida: salió un chorro de sangre caliente y roja. Era buena señal.

—Se curará —dijo el maharata.

Arrancó un trozo del kurly y detuvo la hemorragia, que podía ser fatal para el herido.

Ahora se trataba de buscar un poco de agua y hojas de youma para exprimirlas sobre la herida y acelerar la cicatrización.

—Hay que alejarse de aquí a toda costa para encontrar algún estanque —murmuró el maharata. —Tremal-Naik es fuerte, un hombre de acero, y soportará el transporte sin que se agrave la herida. Animo, Kammamuri.

Reunió todas sus fuerzas, lo levantó en brazos lo más delicadamente que pudo, se alejó tambaleándose y se dirigió hacia el este, es decir, hacia el río.

Descansando cada cien pasos para tomar aliento y para ver si su amo continuaba dando señales de vida, sudoroso, sosteniéndose a duras penas sobre sus piernas, Kammamuri recorrió más de una milla y se detuvo a orillas de un estanque de agua cristalina, rodeado por una triple fila de pequeños bananos y cocoteros.

Dejó al herido sobre una densa capa de hojas y aplicó retales mojados a la llaga sanguinolenta. Al sentir aquel contacto salió de los labios de Tremal-Naik un débil suspiro que parecía un gemido ahogado.

—¡Señor! ¡Señor! —llamó el maharata.

El herido agitó las manos y abrió los ojos mirando a Kammamuri.

Un rayo de alegría iluminó su rostro de bronce.

—¿Me reconoces, señor? —preguntó el maharata.

El herido hizo un signo afirmativo con la cabeza y movió los labios como para hablar, pero no articuló más que un sonido confuso, incomprensible.

—No puedes hablar todavía —dijo Kammamuri. —Puedes estar seguro señor, de que nos vengaremos de esos miserables que te han dejado así.

La mirada de Tremal-Naik brilló como el fuego y apretó los dedos, arrancando las hojas. Lo había entendido sin duda.

—Calma, calma, señor. Ahora buscaré unas hierbas que te irán muy bien: dentro de cuatro o cinco días abandonaremos estos lugares y te conduciré a la cabaña para que termines de recuperarte.

Le recomendó otra vez silencio e inmovilidad total, buscó entre las hierbas en un radio de veinte o treinta pasos para asegurarse de que no escondían ninguna de las terribles serpientes llamadas rubdira mandali cuya mordedura hace, como se suele decir, sudar sangre, y se alejó arrastrándose.

Poco después encontró algunas plantas de youma, vulgarmente llamada lengua de serpiente, cuyo jugo es un bálsamo valiosísimo para las heridas.

Recogió una buena cantidad y se disponía a volver, pero después de unos pasos se detuvo con las manos en las culatas de las pistolas.

Le había parecido ver una masa negra moviéndose silenciosamente entre los bambúes; tenía más la forma de un animal que la de un ser humano. Olfateó el aire y notó un olor a fiera muy pronunciado.

—Atención, Kammamuri —murmuró. —Tenemos cerca a un tigre.

Se colocó entre los dientes el cuchillo y avanzó intrépidamente hacia el estanque, mirando cuidadosamente a su alrededor. Esperaba encontrarse de un momento a otro ante el feroz carnívoro, pero llegó a los árboles sin haberlo visto siquiera.

Tremal-Naik estaba en el mismo lugar que antes y parecía adormilado, de lo que se alegró el maharata. Se colocó al lado la carabina y las pistolas para estar preparado para utilizarlas, masticó las hierbas a pesar de su insoportable amargor y las aplicó sobre la llaga.

—Así está bien —dijo frotándose alegremente las manos. —Mañana el señor estará mejor y podremos alejarnos de este lugar, que no me parece muy seguro. Dentro de unas horas los indios irán a la jungla y al no encontrar el cadáver se pondrán a buscarlo y…

Un rugido terrible le interrumpió la frase. Volvió rápidamente la cabeza, alargando instintivamente las manos hacia las armas.

Allí, a quince pasos de distancia, había un enorme tigre real que lo miraba con dos ojos que brillaban con reflejos acerados.

8. UNA NOCHE TERRIBLE

Al oír el rugido de guerra del felino, Tremal-Naik se despertó en seguida y se movió bruscamente, como para buscar su fiel cuchillo. El moribundo se había reanimado, como el soldado cuando oye el toque de trompeta que da la señal para la batalla.

—¡Kammamuri! —gritó con un esfuerzo supremo.

—¡No te muevas, señor! —dijo el maharata, que miraba a los ojos a la fiera, que seguía agazapada.

—¡El ti…gre! —repitió el herido.

—Yo me ocuparé de él. Vuelve a relajarte.

El maharata había empuñado una pistola y la había apuntado contra el tigre, pero no se atrevía a tirar, temiendo que no muriera inmediatamente y el disparo pudiera atraer la atención de los enemigos.

El tigre no se decidía a atacar. Se golpeó tres o cuatro veces los costados con la cola, como los gatos cuando están enfadados, lanzó un segundo rugido más fuerte que el primero y después comenzó a retroceder, levantando la tierra con sus potentes garras, sin despegar la vista del maharata, que le devolvía la mirada, impertérrito.

—¡Kamma…muri… el tigre! —volvió a balbucir Tremal-Naik esforzándose por levantarse con sus brazos.

—Se va, señor, no se atreve a atacar al cazador de serpientes y a su maharata. No te muevas y todo irá bien.

Inesperadamente el tigre enderezó las orejas, como si quisiera recoger algún ruido, lanzó un tercer rugido, menos fuerte que los otros, dio la vuelta rápidamente y desapareció en la jungla, dejando tras sí un olor característico.

Kammamuri se había levantado también, presa de una gran preocupación.

—¿Quién puede haberlo asustado? —se preguntó con ansiedad—. Sin duda se aproxima alguien.

Se lanzó hacia los árboles y examinó la jungla que estaba a unos cien pasos de distancia, pero no vio a nadie. Se apresuró a volver al lado de Tremal-Naik, que había caído de nuevo sobre su lecho de hojas, agotado por la fiebre.

—¿El tigre? —preguntó el herido con voz débil.

—Ha desaparecido, jefe —contestó el maharata, disimulando su inquietud—. Duerme y no pienses en nada.

Debían de ser más de las tres cuando rompió el silencio una especie de silbido potente y extraño. Era una especie de «niff-niff» muy agudo. El maharata, sorprendido y algo atemorizado, se levantó y aguzó el oído, conteniendo la respiración. Aquel misterioso «niff-niff» se repitió muy cerca.

—¡Este no es el tigre! —murmuró Kammamuri.

Armó la carabina, se arrastró sin hacer ruido hacia los árboles y miró.

A treinta pasos de él se movía un gran animal de más de doce pies de longitud y de formas pesadas y macizas. Kammamuri reconoció en seguida al enemigo que tenía delante y sintió que el miedo le encogía el corazón.

—Un rinoceronte —exclamó con voz entrecortada—. ¡Estamos perdidos…!

Ni siquiera levantó la carabina, pues sabía que la bala se habría aplastado en la piel, muy gruesa, del animal, más resistente que una plancha de acero. Podía alcanzar al monstruo en un ojo, el único punto vulnerable, pero el miedo de no dar en el blanco y de que le destripara el terrible cuerno o le aplastaran las monstruosas patas le sugirió la idea de quedarse quieto en la esperanza de que no le descubriera.

Permaneció allí algún tiempo y luego volvió lentamente al lado de su señor, poniéndose a arrancar todas las hierbas que pudo para esconder totalmente al herido.

El rinoceronte continuaba saltando por el lindero de la jungla. Se oía el terreno temblar bajo su peso, los bambúes partirse crujiendo, y su respiración formidable parecía el sonido de una ronca trompeta.

Inesperadamente Kammamuri vio al tigre encaramado a una de las ramas de un árbol cercano; sus ojos brillaban como los de un gato y sus garras arrancaban la corteza de la planta.

Apuntó rápidamente el fusil contra la fiera, que, desconcertada, saltó al suelo para refugiarse en la jungla, pero se encontró ante el rinoceronte.

Los dos formidables animales se miraron recíprocamente durante unos instantes. El tigre, que quizá sabía que no tenía las de ganar en una lucha con el brutal coloso, trató de huir, pero no tuvo tiempo.

El rinoceronte lanzó su bramido. Bajó la cabeza mostrando el afilado cuerno y se lanzó furiosamente contra la fiera, meneando rabiosamente su corta cola.

El choque fue terrible. El tigre dio un salto, cayendo sobre el lomo del coloso que, después de treinta o cuarenta pasos, se echó al suelo, obligándolo a dejarlo.

—¡Bien por el rinoceronte! —murmuró Kammamuri.

Los dos enemigos se levantaron con fulminante rapidez, lanzándose uno contra otro. El segundo asalto no fue afortunado para el tigre. El cuerno del rinoceronte le destrozó el pecho, lanzándolo por los aires.

Todo ello había ocurrido en pocos segundos; el coloso, satisfecho, emitió dos veces su sordo silbido y se internó en la jungla, poniéndose a devastar los bambúes, aunque sin alejarse del estanque.

Pasó algo de tiempo, y Kammamuri, que se consideraba ya seguro, vio el hocico triangular del rinoceronte apareciendo entre la vegetación. Se sintió perdido.

El rinoceronte les miró más con sorpresa que con cólera.

No se podía perder ni un instante. La sorpresa no duraría mucho, pues el rinoceronte se irrita fácilmente.

El maharata, al que la proximidad del peligro infundía valor, apuntó fríamente la carabina hacia uno de los ojos y disparó, pero la bala, mal dirigida, se aplastó contra la frente del animal, que tendió horizontalmente el cuerno, preparándose para atacar.

Afortunadamente, Kammamuri no había perdido su sangre fría. Al ver al animal todavía en pie dejó caer el arma, ya inútil, cogió en brazos a Tremal-Naik, corrió hacia el estanque y se metió en él hasta los hombros.

En aquel mismo momento el rinoceronte cargó con furia irresistible. En cuatro zancadas cruzó la distancia que les separaba y se metió pesadamente en el agua, salpicando barro y espuma.

Kammamuri, aterrado, trató de alejarse más, pero no lo consiguió.

Sus piernas se habían hundido en una arena muy densa y el pobre lanzó un grito desgarrador:

—¡Socorro!

Oyendo detrás de él sordos silbidos se volvió y vio al rinoceronte debatiéndose furiosamente y lanzando cornadas a diestro y siniestro; el coloso, arrastrado por su enorme peso, se había hundido también hasta más arriba del vientre y continuaba hundiéndose en las arenas movedizas.

—¡Socorro…! —repitió el maharata, esforzándose por mantener a su señor fuera del agua.

Un lejano ladrido respondió a la desesperada llamada. Kammamuri se estremeció: había oído aquel ladrido miles de veces. Pasó por su mente una loca esperanza.

—¡Punthy! —gritó.

Un perro negro, grande y vigoroso salió de la densa masa de bambúes y corrió hacia el agua ladrando con furor. Era realmente el fiel Punthy, que se lanzó contra el rinoceronte, tratando de morderle una oreja.

Casi en el mismo instante se oyó la voz de Aghur.

—¡Resiste, Kammamuri! —gritaba—. ¡Aquí estoy yo también!

El bengalí saltó por encima de unos densos matorrales, desapareció entre los bambúes y volvió a aparecer por la otra orilla del estanque. Armó rápidamente el fusil, apoyó una rodilla en tierra y disparó contra el rinoceronte. El animal, alcanzado en el cerebro a través de un ojo, cayó sobre un costado, desapareciendo parcialmente bajo el agua

—No te muevas, Kammamuri —ordenó el diestro cazador. —Ahora te salvaremos; pero… ¿qué tiene el señor…? ¿Está herido?

—Calla y date prisa, Aghur —dijo el maharata, que temblaba todavía. —Hay enemigos en la jungla.

El bengalí desanudó rápidamente la cuerda que le ceñía el dubgah y le lanzó uno de los cabos a Kammamuri, que lo agarró firmemente.

—Cógete bien —dijo Aghur.

Reunió todas sus fuerzas y comenzó a tirar. Poco a poco Kammamuri se fue liberando de las arenas y sintió que le arrastraban con su carga hacia la orilla, a la que trepó apresuradamente.

—Bien —preguntó Aghur, con ansiedad, mirando atemorizado al amo que yacía exánime en brazos del maharata—. ¿Qué le ha pasado?

—Lo han apuñalado. Pero ya te contaré después. Ahora date prisa, construye una camilla y partamos; dentro de poco se pondrán a perseguirnos.

Aghur no quiso saber más. Sacó el cuchillo, cortó seis o siete ramas, las ató con fibras vegetales y sobre aquella rudimentaria camilla amontonó unas cuantas brazadas de hojas. Kammamuri levantó lentamente al jefe, que aún no había vuelto en sí, y lo colocó encima.

—Vamos y silencio —ordenó Kammamuri—. ¿Tienes la barca?

—Sí, está embarrancada en la arena — contestó Aghur.

—¿Están cargadas tus pistolas?

—Las dos.

—Adelante, entonces, y mantén los ojos abiertos.

Los dos indios levantaron la camilla y se pusieron en marcha, precedidos por el perro, siguiendo un estrecho sendero abierto en medio de la jungla. En quince minutos llegaron al río, en el que flotaba la embarcación. Al subir a ella Punthy ladró.

—Cállate, Punthy —dijo Kammamuri, cogiendo los remos.

En vez de obedecer, el perro apoyó las patas en el borde de la embarcación y redobló sus ladridos. Parecía muy excitado.

Los dos indios miraron hacia la jungla, pero no vieron nada. Sin embargo, Punthy debía de haber oído algún ruido.

Colocaron las pistolas en los bancos, cogieron los remos y se alejaron de la orilla remontando el río. No habían recorrido todavía trescientos brazos cuando el perro se puso de nuevo aladrar rabiosamente.

—¡Alto! —gritó una voz autoritariamente.

Kammamuri se volvió empuñando una de las pistolas. En la orilla que habían abandonado había un colosal indio con el lazo en la mano derecha y el puñal en la izquierda.

—¡Alto! —repitió en tono de mando.

En vez de obedecer, Kammamuri disparó. El indio se dobló sobre sí mismo agitando los brazos y desapareció entre los matorrales.

—Vamos, Aghur, ¡rema! —gritó el maharata.

Y el bote se deslizó rápidamente sobre el agua mientras una voz potente, amenazadora, gritaba desde la orilla de la isla maldita:

—¡Nos volveremos a ver!

9. MANCIADI

Comenzaba a romper el alba por oriente cuando la canoa llegó a la orilla de la jungla negra. No parecía haber sucedido nada nuevo. Sobre la cabaña algunos gigantescos arghillah (grandes aves, semejantes a las cigüeñas, que se alimentan de carroña), inmóviles sobre sus largas pata amarillentas, y el tigre, el fiel Darma, que daba vueltas a su alrededor sin alejarse jamás.

—Bien —murmuró Kammamuri. —Los malditos no han visitado estos lugares. ¡Darma!

Ante aquella llamada el tigre se lanzó hacia la orilla emitiendo un sordo gruñido.

Kammamuri y Aghur se apresuraron a desembarcar y trasladaron al patrón a la cabaña, acomodándolo en una confortable hamaca. El tigre y el perro se quedaron en el exterior vigilando.

—Examina la herida, Aghur —dijo Kammamuri.

El bengalí retiró la venda y observó atentamente el pecho del pobre Tremal-Naik. En su frente se dibujó una arruga.

—Es grave —dijo. —El puñal ha penetrado muy profundamente.

—¿Se curará?

—Así lo espero. ¿Pero por qué lo han apuñalado?

—Es difícil decirlo. Sabes que el patrón quería volver a ver su visión y cuando llegó a la isla se le metió en la cabeza encontrar a aquella criatura. Parecía como si supiera dónde se escondía, porque me ordenó volver a la cabaña y partió solo. Veinticuatro horas después lo encontré en la jungla sumergido en un mar de sangre: lo habían apuñalado.

—¿Pero quién?

—Los hombres que habitan la isla y que quizá vigilan a esa mujer

¿Los has visto tú?

—Con mis propios ojos.

¿Eran hombres o espíritus?

—Creo que eran hombres. Me lanzaron un lazo al cuello para estrangularme y maté a dos o tres de ellos. Si hubieran sido espíritus no habrían muerto.

—Es extraño —comentó Aghur, pensativo—. ¿Y qué hacen esos hombres? ¿Por qué matan a la gente que desembarca en su isla?

—No lo sé, Aghur. Sé que son hombres terribles y que adoran a una divinidad que exige muchas víctimas.

—¿Crees que se dejarán ver en nuestra jungla?

—Así lo temo. Aghur: aquel hombre ha gritado: «¡Nos volveremos a ver!»

—Peor para ellos. El tigre no los dejará aproximarse.

—Ya lo sé, pero vigilemos atentamente. En el aire hay nubes que amenazan tempestad.

Kammamuri volvió al lado de Tremal-Naik para aplicar en la herida una nueva cataplasma de hierbas y Aghur se sentó delante de la cabaña, con el tigre y el perro acurrucados a su lado.

El día transcurrió sin incidentes. Tremal-Naik sufrió todavía algunos accesos de delirio, durante los cuales le brotó varias veces de los labios el nombre de Ada. La imagen de la desventurada joven que había dejado sin defensa en manos de aquellos terribles fanáticos debía de atormentarle como una pesadilla.

En seguida cayó de nuevo en una especie de sopor que se prolongó hasta el ocaso del sol. Los dos indios, aunque ardían en deseos de interrogarlo para saber algo sobre los que le habían apuñalado, optaron por no cansarlo.

Cuando las tinieblas extendieron su negro velo sobre la jungla, Aghur fue el primero en montar la guardia, en el exterior de la cabaña, armado hasta los dientes. El perro se había acurrucado a sus pies con los ojos fijos hacia el sur.

A medianoche nadie había aparecido; pero el perro se había puesto en pie varias veces olfateando el aire y dando signos evidentes de inquietud. Quizá presentía algo insólito; podía ser incluso la proximidad de algún ser humano o quizá también de algún animal salvaje.

Estaba a punto de despertar a Kammamuri, que debía substituirlo, cuando Punthy se levantó ladrando, con la cabeza vuelta hacia el río, signo evidente de que por aquella parte sucedía algo. Al mismo tiempo, el tigre apareció en el umbral de la cabaña dejando oír un sordo gruñido.

—¡Kammamuri! —llamó Aghur, preparando las armas.

El maharata, que dormía con un ojo abierto, llegó hasta él.

—¿Qué sucede? —preguntó, alarmado.

—Nuestros animales han sentido algo y están inquietos.

—¿Has oído algún rumor?

—Absolutamente nada.

—Sostén al perro y escuchemos.

Aghur se apresuró a obedecer.

De improviso hacia el río se oyó gritar:

—¡Socorro! ¡Socorro…!

El perro se puso a ladrar furiosamente.

¡Socorro…! —repitió la misma voz.

—¡Kammamuri! —exclamó Aghur. —Alguien se ahoga.

—¡Debemos ayudarle!

—¡Pero no sabemos quién es!

—¡No importa: a la orilla! Pero será mejor que preparemos las armas y estemos atentos. Nunca se sabe lo que puede ocurrir. Tú Darma, permanece aquí y destroza sin piedad a cualquiera que se aproxime a nosotros.

El tigre pareció comprenderle porque se recogió en sí mismo con los ojos llameantes, pronto a lanzarse sobre el primer llegado. Los dos indios corrieron hacia la orilla, precedidos por Punthy, que continuaba ladrando furiosamente, y miraron hacia el río, negro como si fuera tinta.

—¿Ves algo? —pregunto Kammamuri a Aghur, que se había inclinado sobre la corriente.

—Sí, me parece distinguir algo que va a la deriva.

¡Hola! —gritó Kammamuri—. ¿Quien llama?

¡Salvadme! —respondió una débil voz.

No había tiempo para dudar. Los dos indios saltaron a la canoa y se dirigieron rápidamente hacia el náufrago.

En seguida se dieron cuenta de que el objeto negro que iba a la deriva era el tronco de un árbol al que se había asido un hombre. En pocos instantes lo alcanzaron, tendiendo las manos al náufrago, que las aferró con la fuerza de la desesperación.

Los dos indios subieron a bordo de la canoa al desconocido y se inclinaron hacia él observándolo con curiosidad. Era un hombre de su raza, de estatura inferior a la media, color bastante más oscuro, extraordinariamente delgado, pero con los músculos bastante pronunciados, indicio seguro de una fuerza nada común. Tenía contusiones en la cara y su túnica amarilla, estrechamente cerrada estaba manchada de sangre.

—¿Cómo te encuentras? ¿Estas herido? —le preguntó Kammamuri apresuradamente

El hombre lo miró atentamente con unos ojos que manifestaban extraños reflejos

—Creo que sí —murmuró. —Pero se trata de algunos arañazos.

—¿De dónde vienes?

—De Calcuta.

—¿Cómo te llamas?

—Manciadi.

—¿Pero como te encuentras aquí?

El bengalí, con acento que demostraba temor, preguntó a su vez:

—¿Quién habita estos lugares?

—Tremal-Naik, el cazador de serpientes —respondió Kammamuri.

Manciadi comenzó a temblar.

—Hombre feroz —balbuceó.

Aghur y el maharata se miraron entre sí con sorpresa.

—Estás loco —dijo Aghur.

—Loco… ¿No sabes que sus hombres me persiguieron como si fuera un tigre?

—¿Sus hombres te persiguieron? ¡Pero si somos nosotros sus compañeros…! Nosotros no hacemos mal a nadie, pero te advierto que si no hablas claro te aplasto el cráneo con la culata de mi carabina. ¿Por qué te encuentras aquí?

—Soy un pobre indio y vivo cazando. Un capitán de cipayos me prometió cien rupias por una piel de tigre y vine aquí para buscarla.

—Continúa.

—Ayer por la noche arribé a la orilla opuesta del Mangal y me escondí en la jungla. Después se me echaron encima varios hombres y un lazo apretó mi cuello.

—¡Ah! —exclamaron los dos indios—. ¿Has dicho un lazo?

—Sí —confirmó el bengalí.

¿Has visto a aquellos hombres? —preguntó Aghur.

—Sí, como os veo a vosotros.

¿Qué tenían en el pecho?

—Me parece haber visto un tatuaje.

—Eran los de Raimangal —dijo Kammamuri—. Continúa.

—Empuñé el cuchillo —prosiguió Manciadi, que todavía temblaba de espanto. —y corté la cuerda. Corrí mucho tiempo, perseguido de cerca, y cuando llegué al río me eché a él de cabeza. Pero la corriente me arrastró y cuando topé con aquel tronco me agarré a él y así he llegado hasta aquí.

El maharata pensó un momento y luego preguntó:

—¿Has dicho que eres cazador?

—Sí, y valiente.

—¿Quieres venir con nosotros?

Un extraño relámpago brilló en los ojos del bengalí.

—Nada me parecería mejor —se apresuró a decir. —Estoy solo en el mundo.

—Está bien, te adoptamos. Mañana te presentaré al amo.

Los dos indios, que mientras tanto habían llevado la canoa a la pequeña cala, desembarcaron. Punthy se lanzó contra el bengalí ladrando rabiosamente.

—Silencio, Punthy —dijo Kammamuri reteniéndolo. —Es uno de los nuestros.

El perro, en lugar de obedecer, se puso a gruñir amenazadoramente.

—Este animal me parece que no es demasiado cortés —dijo Manciadi, esforzándose por sonreír.

—No tengas miedo de Punthy; te defenderá, amigo —le tranquilizó el maharata.

Amarrada la canoa, llegaron a la cabaña ante la cual vigilaba el tigre. Extrañamente, también él se puso a gañir de forma nada amable, mirando de través al recién llegado.

—¡Oh! —exclamó éste espantado—. ¡Un tigre!

—Está domesticado. Quédate aquí: voy a ver al patrón.

Kammamuri y Aghur entraron en la cabaña. Tremal-Naik dormía profundamente y soñaba, porque de sus labios salían palabras entrecortadas.

—No vale la pena despertarlo —susurró Kammamuri volviéndose hacia Aghur. —Ya le hablaremos mañana del recién llegado. ¿Qué te parece ese Manciadi?

—Tiene aspecto de ser un buen hombre y creo que nos ayudará valiosamente.

—Yo también lo creo. Le encargaremos a él que vigile hasta mañana.

Aghur tomó una sopera de cangi, sopa muy densa de arroz, y se la llevó a Manciadi, que se puso a comer con voracidad de lobo. Después de haberle recomendado que se mantuviera bien vigilante y que diera la alarma en cuanto olfatease algún peligro, Aghur se apresuró a volver a entrar en la cabaña cerrando la puerta para mayor precaución.

Apenas había desaparecido cuando Manciadi se puso en pie. Sus ojos se habían encendido de improviso y en sus labios se dibujaba una sonrisa satánica.

Se acercó a la cabaña y apoyó su oreja contra ella escuchando con profundo silencio. Estuvo así bastante tiempo y luego partió con la rapidez de una flecha para detenerse una media milla más allá.

Acercó sus dedos a los labios y emitió un agudo silbido. Del sur le respondieron otros dos silbidos y luego la jungla volvió a su silencio y misterio.

10. EL ESTRANGULADOR

Habían transcurrido veinte días y Tremal-Naik, gracias a su robusta constitución y los asiduos cuidados de sus dos compañeros, se curaba rápidamente. La herida ya estaba cerrada y él podía levantarse. Pero se mostraba siempre taciturno e inquieto.

Kammamuri y Aghur se esforzaban en vano en levantar su moral, porque su amo estaba afligido por el pensamiento de que quizás Ada corría serios peligros.

Manciadi, que había entrado definitivamente a formar parte de la pequeña comunidad, se limitaba a hacerse útil cazando para todos.

En la mañana del vigésimo primer día en la cabaña ocurrió un acontecimiento que debía tener funestas consecuencias.

Kammamuri se había levantado con el primer rayo de sol. Visto que Tremal-Naik dormía con un sueño tranquilo, se dirigió hacia la puerta para despertar a Manciadi, que reposaba fuera, bajo un pequeño techo de cañas de bambú. Levantó la tranca y empujó el postigo, pero con gran sorpresa por su parte éste no se abrió: algo lo impedía en el exterior.

—¡Manciadi! —llamó el maharata.

Nadie respondió a su llamada. En la mente del maharata brotó la sospecha de que sus comunes enemigos lo habían estrangulado.

Arrimó un ojo a la hendidura de la puerta y se dio cuenta de que el objeto que la impedía abrirse era un cuerpo humano. Mirando con mayor atención reconoció justamente a Manciadi.

¡Oh…! —exclamó—. ¡Aghur! ¡Ven aquí inmediatamente!

El indio se apresuró a acudir a la llamada de su compañero.

—Aghur —dijo el maharata, turbado—. ¿Has oído algo esta noche?

—Absolutamente. ¿Por qué?

¡Han matado a Manciadi!

—¡Es imposible! —exclamó Aghur. —Darma y Punthy no se han mostrado inquietos.

—Y sin embargo debe de estar muerto. No responde ni se mueve y está tendido ante la puerta.

—Es necesario salir: empuja fuerte.

El maharata apoyó un hombro contra la puerta y empujó con fuerza venciendo un tanto la resistencia que oponía el cuerpo de Manciadi. En cuanto obtuvieron un hueco los dos indios salieron al exterior.

El pobre bengalí estaba tumbado boca arriba y parecía muerto, aunque en su cuerpo no se veía ninguna herida. Kammamuri le acercó una mano al pecho y sintió que el corazón latía todavía.

—Está desvanecido —dijo.

Arrancó una pluma a un punya (especie de abanico de plumas de pavo real que se encontraba allí al lado), la encendió y la arrimó a las narices del desmayado. En seguida un suspiro levantó el pecho de éste y luego sus brazos y sus piernas se movieron y finalmente se abrieron sus ojos, que se fijaron con decaimiento en los dos indios.

¿Qué te ha pasado? —le preguntó apresuradamente Kammamuri.

¡Sois vosotros! —exclamó el bengalí anheloso—. ¡Ahí…. qué miedo…!

—¿Pero qué es lo que has visto?

—Un elefante.

—¡Un elefante! —exclamaron los dos indios—. ¿Un elefante aquí?

—Sí, era un elefante enorme, con una trompa monstruosa y dos colmillos larguísimos.

—¿Y se ha aproximado a ti? —preguntó Aghur.

—Sí, y por poco no me ha destrozado el cráneo. Yo dormía profundamente cuando me despertó un potente resoplido; abrí los ojos y vi encima de mí su gigantesca cabeza. Intenté levantarme para huir pero la trompa me golpeó en el cráneo arrojándome al suelo.

—¿Y luego? —preguntó Kammamuri ansiosamente.

—Después ya no recuerdo nada. El golpe fue tan fuerte que me desvanecí.

—¿Qué hora era?

—No lo sé, porque me había adormecido.

—Es extraño —dijo el maharata—. ¡Y Punthy no ha ladrado!

Aghur lanzó una mirada a la jungla y, finalmente, preguntó:

—¿Qué hacemos?

—Dejémosle en paz —respondió Kammamuri.

—Volverá —se apresuró a decir Manciadi, —y derribará la cabaña.

—Es verdad —dijo Aghur. —¿Y si lo perseguimos? Tenemos buenas carabinas.

—Yo estoy dispuesto a ayudaros —se ofreció Manciadi.

—Pero no podemos dejar solo al patrón, aunque ya está casi curado —observó Kammamuri. —Bien sabes que hay un peligro que nos amenaza siempre.

—Tú te quedarás y nosotros iremos a la caza —intervino Aghur. —Con un vecino tan peligroso no se puede vivir tranquilamente.

—Si tienes bastante valor —dijo Kammamuri, —te permito ir.

—¡Así está bien! —exclamó Aghur. —Déjanos hacer a nosotros y verás cómo antes del mediodía el coloso será nuestro.

Fue a la cabaña a coger dos pesadas carabinas de gran calibre y alargó una al bengalí que la cargó con mucho cuidado sirviéndose de una barra de plomo.

Provistos de pistolones y de un enorme cuchillo, así como de abundantes municiones, los dos indios se adentraron resueltamente en la jungla recorriendo un ancho sendero trazado entre los bambúes. Aghur se mostraba alegre y charlaba; por el contrario, el bengalí se mostraba torvo y a menudo se detenía para mirar al compañero que le precedía unos pasos. A veces se inclinaba hacia tierra y escuchaba, fingiendo buscar las huellas del elefante.

Aquel brusco cambio, aquellas miradas y aquellas maniobras no se le escaparon a Aghur, quien creyó que el bengalí tenía miedo.

—Animo, Manciadi —dijo alegremente. —No creas que es tan difícil derribar a un animal aunque esté provisto de trompa. Una bala en un ojo y todo habrá acabado.

—No tengo miedo —respondió el bengalí sonriendo.

Los dos indios apresuraron el paso, pese al sol que los tostaba y los obstáculos que obstruían el sendero, y una hora más tarde llegaban a un bosquecillo de jaqueros, árboles cuyas frutas, de un bellísimo color amarillo, una fragancia extraordinaria y un peso de más de treinta libras, en lugar de pender en el extremo de las ramas, nacen directamente en el tronco.

—¿Sabes dónde hay algún estanque? —preguntó Manciadi.

—Aquí cerca.

—Vamos allí.

Aghur, aunque no comprendió las intenciones de su compañero, obedeció. Tomó un pequeño sendero apenas visible y condujo a su compañero a las orillas de un menudo estanque rodeado de montones de piedras toscamente esculpidas, ruinas de una antigua pagoda.

—Tú te quedarás aquí —le dijo el bengalí. —Yo batiré el bosque para descubrir al elefante, porque debe esconderse aquí.

Se puso la carabina debajo del brazo y se alejó sin añadir ni una sílaba. En cuanto estuvo seguro de no ser visto ni oído comenzó a correr rápidamente y se detuvo a los pies de una palma en cuyo tronco se veía una tosca incisión, el emblema misterioso de los indios de Raimangal.

Emitió un silbido. Unos minutos después otro silbido le respondió y en el hueco de dos matorrales apareció la siniestra figura de Suyodhana. Cruzó los brazos sobre el pecho adornado con la serpiente con la cabeza de mujer y fijó en Manciadi una mirada aguda como la punta de un alfiler.

—Hijo de las sagradas aguas del Ganges, sé bienvenido —dijo el bengalí, tocando el polvo con su frente.

—Manciadi —dijo Suyodhana. —Tremal-Naik ha sobrevivido ya bastante.

¿Qué debo hacer? —preguntó el bengalí.

¿Has llevado a cabo cuanto te ordené? —preguntó a su vez Suyodhana.

—Sí, hijo de las sagradas aguas del Ganges. Aghur me espera cerca del estanque.

—Bien. Lo matarás.

—¿Y luego? —preguntó el fanático con terrible calma.

—Después volverás a la cabaña y relatarás a Kammamuri que Aghur fue asesinado. Te creerá y correrá a buscarlo; ¿comprendes el resto?

—¿Tienes más que decirme?

—No.

—Y cuando haya estrangulado a Tremal-Naik, ¿qué debo hacer?

—Reunirte conmigo en Raimangal. ¡Vete!

Manciadi tocó por segunda vez el polvo con su frente y se alejó rápidamente.

El fanático ni siquiera pensó en el doble asesinato que iba a cometer. Suyodhana lo había ordenado así y Suyodhana hablaba en nombre de la monstruosa divinidad a la que él, Manciadi, había consagrado sus brazos y su vida.

Atravesó lentamente el bosque de jaqueros y llegó al estanque, cerca del cual estaba tumbada, con la carabina entre las rodillas, su futura víctima.

—¿Has visto al elefante? —le preguntó Aghur.

—Todavía no —dijo el asesino, mirándolo con ojos que lanzaban siniestros resplandores.

—¿Por qué me miras así? —preguntó Aghur, con inquietud.

Sin responder, el bengalí soltó el lazo que tenía escondido bajo la túnica y lo hizo girar sobre su cabeza.

—¡Aghur! —gritó—. ¡Suyodhana te ha condenado y debes morir!

El indio comprendió entonces todo. Se levantó de un salto con la carabina en las manos, pero le faltó tiempo para apuntarla contra el traidor. Atenazada su garganta por el lazo, cuya bola de plomo le golpeó fuertemente la nuca, cayó por tierra.

—¡Kammamuri…! ¡Patrón…! —balbució Aghur, debatiéndose.

El fanático aferró sólidamente el lazo y sofocó la voz de la víctima con un violento tirón. Luego se le echó encima y lo atravesó con su puñal.

—Uno —dijo el fanático. —Ahora pensemos en el otro.

11. EL SEGUNDO GOLPE DEL ESTRANGULADOR

Kammamuri comenzaba a inquietarse. El sol se hundía rápidamente en el horizonte y los dos cazadores no habían vuelto todavía.

No sabía hallar respuesta para aquella prolongada ausencia e interrogaba atentamente el horizonte, esperando verlos asomar por la infinita extensión de bambúes.

Varias veces se acercó, junto con el tigre, hasta los primeros bambúes y escuchó atentamente los rumores lejanos; varias veces hizo resonar el hulok (especie de tambor de agudo sonido) suspendido cerca de la cabaña; varias veces quemó una carga de pólvora. Ningún sonido respondió a sus señales.

Descorazonado, se sentó esperando ansiosamente el retorno de los dos compañeros. Llevaba allí unos pocos minutos cuando el tigre se puso en pie emitiendo un sordo gruñido al que hicieron eco los alegres ladridos de Punthy.

Kammamuri se levantó creyendo que llegaban los cazadores, pero no vio a nadie. Se volvió y, apoyado en la jamba de la puerta, distinguió a Tremal-Naik.

—¡Tú, patrón! —exclamó con estupor.

—Sí, Kammamuri —respondió Tremal-Naik, con amarga sonrisa. —Ya estoy cansado de permanecer en la hamaca pensando.

Caminó unos pasos y se sentó entre las hierbas, cogiéndose la cabeza entre las manos y mirando fijamente al sol que se ocultaba por occidente.

—Patrón — dijo Kammamuri, después de algunos instantes de silencio.

—¿Qué quieres?

—Los cazadores no han vuelto todavía. Temo que haya ocurrido alguna desgracia.

—¿Quién te lo dice?

—Nadie, pero lo sospecho. En la jungla pueden merodear los hombres que asesinaron a Hurti y te apuñalaron a ti.

El rostro de Tremal-Naik se volvió hosco.

—¿Crees que hayan venido aquí? —preguntó.

—Podría suceder.

—Muy pronto estaré curado, Kammamuri. Entonces volveremos a la isla maldita y los exterminaremos a todos, ¡a todos!

—¿Qué? —exclamó Kammamuri con espanto—. ¿Volver a aquella isla…? Patrón, ¿qué dices?

—En aquella isla está Ada —murmuró Tremal-Naik—. y si no quieres venir, iré con Darma.

Kammamuri, que jamás abandonaría a su patrón, ni aunque fuera al infierno, pensó un momento y luego preguntó:

—¿Y cuando partiremos?

En aquel instante, por el sur, resonó un tiro de fusil, seguido por otras dos detonaciones. Darma saltó gruñendo.

El maharata y Tremal-Naik se pusieron en pie reteniendo a Punthy, que ladraba furiosamente.

—¡Kammamuri…! ¡Kammamuri…! —gritó una voz.

—Es Manciadi —exclamó el maharata.

En efecto, el bengalí, con gran rapidez, atravesaba la jungla hundiendo la espesa cortina de bambúes y agitando la carabina como un loco. Parecía presa de un gran terror.

—¡Kammamuri…! ¡Kammamuri! —repitió con voz entrecortada.

—¡Corre, Manciadi, corre! —gritó el maharata.

El bengalí, que corría rápidamente, en pocos minutos llegó a la cabaña. El miserable tenía la faz ensangrentada por una herida que se había hecho en la frente para inducir mejor a engaño y también tenía la túnica manchada de sangre.

—¡Patrón…! ¡Kammamuri! —exclamó, llorando desesperadamente.

—¿Qué te ha sucedido? —indagó Tremal-Naik con angustia.

—¡Han herido mortalmente a Aghur…! ¡Pobre de mí… no tengo la culpa, patrón… se nos han echado encima…! ¡Aghur! ¡Pobre Aghur!

—¿Lo han herido? —gritó Tremal-Naik con furor—. ¿Quién? ¿Quién?

—Los indios de los lazos… Estábamos sentados en un bosque de jaqueros —dijo el miserable continuando sus sollozos. —Se nos han echado encima antes de que pudiéramos tomar las armas y Aghur ha caído. Yo he tenido miedo y he huido.

—¿Cuántos eran?

—No lo sé. He escapado por milagro.

—¿Está muerto Aghur?

—No, patrón, no puede haber muerto. Lo han apuñalado, y luego ha desaparecido. Al escapar oí gritar al herido, pero no tuve el valor de volver a su lado.

—¡Eres un bellaco, Manciadi!

—Patrón, si hubiera vuelto me habrían matado —sollozó el bengalí.

—Kammamuri, quizás Aghur no esté muerto; es preciso ir a buscarlo y traerlo aquí —ordenó Tremal-Naik. —Llévate contigo a Darma y a Punthy. Con estos animales puedes hacer frente a cien hombres.

—¿Pero quién me guiará? —preguntó el maharata.

—Manciadi.

—¿Y tú quieres permanecer solo en la cabaña?

—Me basto para defenderme. Vete y no pierdas tiempo si quieres salvar al pobre Aghur. Manciadi, guía a este hombre al bosque.

—Patrón, tengo miedo.

—Guía a este hombre al bosque; si vacilas te hago destrozar por el tigre.

Tremal-Naik había pronunciado aquellas palabras de modo que Manciadi pudiera comprender que no se trataba de una broma. Simulando el máximo terror, el bengalí se unió al maharata, que se había armado con una carabina y un par de pistolas.

—Patrón —dijo Kammamuri, —si dentro de dos o tres horas no volvemos, significará que nos han asesinado. La canoa está en la orilla; piensa en ponerte a salvo.

—¡Nunca! —exclamó Tremal-Naik. —Te vengaré en Raimangal; calla y ponte en marcha.

El maharata y Manciadi, precedidos por el perro y el tigre, se lanzaron a la carrera en medio de la jungla.

El sol había desaparecido ya en el horizonte, pero surgía la luna, esparciendo una luz tenue, pero suficiente para guiar a los dos indios través de la selva de bambúes.

—Caminemos con precaución y en silencio —dijo Kammamuri a Manciadi.

—¿Tienes miedo, Kammamuri? —preguntó el bengalí.

—Creo que sí. Por suerte tenemos con nosotros a Darma, valiente animal que no teme a cincuenta hombres armados.

—Te advierto, Kammamuri, que yo no entraré en el bosque.

—Me esperarás donde te plazca y si quieres te dejaré a Punthy, bravo perro que sabe degollar a media docena de personas.

Manciadi, que ya había trazado su plan, condujo al maharata al sendero que había recorrido por la mañana y lo siguió durante tres cuartos de hora. Se detuvo en el borde del bosque de jaqueros.

—¿Es aquí? —preguntó Kammamuri, mirando con ansiedad por entre los árboles.

—Sí, aquí —respondió Manciadi, con actitud misteriosa. —Sigue este sendero que se adentra en el bosque y llegarás al estanque en cuyas orillas ha caído Aghur. Te espero aquí, escondido en esta densa espesura.

—¿Quieres el perro?

—Prefiero estar solo. Los indios no me descubrirán, estoy seguro.

—Dentro de media hora estaré de vuelta. Darma, dispuesto a caer ante el primer hombre que se presente ante nosotros; y tú lo mismo, Punthy.

El tigre dejó oír un pequeño rugido y se puso delante del maharata, con sus orejas enhiestas. El perro se puso detrás de él, enseñando los dientes.

—Muy bien —dijo Kammamuri. —nadie osará aproximarse sin el permiso de estos animales.

Entró en el bosque y avanzó por el sendero, sin hacer ruido, esperando oír algún lamento o alguna llamada que señalase la presencia de Aghur. Pero inútilmente.

Alargó el paso, apuntando una pistola a la derecha del sendero y la otra a la izquierda, y poco después llegó ante el estanque. Un haz de luz lunar iluminaba el terreno como en pleno día. Con indecible espanto, Kammamuri descubrió en tierra un cuerpo humano.

—¡Aghur! —exclamó Kammamuri sollozando.

Corrió como un loco hacia el estanque y se inclinó sobre el pobre compañero, que todavía tenía el lazo alrededor del cuello.

—¡Aghur! ¡Mi pobre Aghur! —repitió Kammamuri, con voz quebrada.

De repente lanzó un grito horrible y sus ojos se fijaron en una piedra contra la que estaba apoyada la cabeza de Aghur.

A los rayos de la luna leyó las siguientes palabras, escritas con letras de sangre: «Kammamuri, Manciadi me ha asesina…»

El maharata se puso en pie. Comprendió la traición del bengalí y el peligro que corría su patrón.

—¡Darma! ¡Punthy! —gritó con voz entrecortada—. ¡A la cabaña! ¡A la cabaña…! Están matando al patrón.

Y se lanzó a través de la floresta precedido por el tigre y seguido por el perro.

Mientras Kammamuri corría como un gamo bajo las obscuras bóvedas de vegetación, el bengalí no había perdido el tiempo.

Cuando se quedó solo se había lanzado fuera de la espesura y había corrido precipitadamente hacia la cabaña, resuelto a estrangular a su segunda víctima.

Sabía que llevaba buena ventaja al maharata, pero, a pesar de ello, devoraba el camino con la velocidad de un proyectil temiendo que le pillasen en el momento de la realización el tigre y el perro, de los que podía temer todo.

Atravesó la jungla empleando menos de media hora y, después de haber preparado un segundo lazo, se detuvo en el límite del bosque.

—Tremal-Naik estará seguramente en guardia —murmuró. —Si me ve volver solo creerá que he abandonado a Kammamuri y me levantará la tapa de los sesos con una bala de carabina. Este hombre no bromea.

Separó un poco los bambúes y miró hacia el norte. A cuatrocientos pasos de distancia descubrió la cabaña y junto a ella a Tremal-Naik en pie con la carabina en la mano.

—¡Ah! —exclamó el miserable. —No será fácil matarlo, pero Manciadi es más astuto que un cazador de serpientes.

Reemprendió su carrera hacia el este trotando furiosamente durante seis o siete minutos y luego se lanzó a la llanura. La cabaña quedaba a su derecha y Tremal-Naik le mostraba un costado. Con un poco de astucia podía aproximarse y cogerlo por la espalda.

Prestamente tomó su resolución. Comenzó a deslizarse entre las hierbas como una serpiente, alargándose lo más posible para no ser visto por Tremal-Naik y procurando no hacer ruido.

El ligero vientecillo que curvaba dulcemente las altas cimas de los bambúes producía un ligero roce, suficiente para cubrir el reptar del hombre.

Avanzando así y deteniéndose para aguzar el oído y mirar a Tremal-Naik, que no parecía darse cuenta de nada, logró llegar a la cabaña.

Caminó sobre la punta de los pies y se detuvo a diez pasos de Tremal-Naik. Dirigió una última mirada a la jungla y no divisó a nadie.

En sus labios apareció una sonrisa cruel y sus ojos brillaron como los de un gato.

Un segundo más y la víctima caería para no volver a levantarse.

Hizo silbar rápidamente el lazo en torno a él y lo lanzó al tiempo que daba un salto hacia adelante.

Tremal-Naik cayó al suelo como un árbol desarraigado por el viento, pero, por casualidad, una mano se le había quedado presa en el lazo.

—¡Kammamuri! —gritó el desgraciado, cogiendo con la otra mano la cuerda y tirando hacia sí con desesperada energía.

—¡Muere! —¡Muere! —aulló el asesino arrastrándolo por el suelo. Tremal-Naik lanzó un segundo grito.

—¡Kammamuri! ¡Socorro!

—Aquí estoy —tronó una voz

Manciadi rechinó los dientes con furor. En el borde de los bambúes había aparecido de improviso el maharata: ante él corría, con saltos gigantescos, el tigre, con Punthy a su costado.

Un relámpago rompió la oscuridad, seguido por una fragorosa detonación. Manciadi saltó y se lanzó como un loco hacia la orilla próxima.

Resonó un segundo disparo y Manciadi cayó en el río.

12. LA EMBOSCADA

Aunque medio estrangulado y aturdido, Tremal-Naik, apenas sintió el lazo aflojarse, se alzó y, recogiendo su carabina, se lanzó resueltamente hacia el río; pero cuando llegó a la orilla Manciadi había desaparecido.

Se adentró en el agua, pero no aparecía ninguna cabeza en la superficie del río. Quizá la corriente había arrastrado al asesino, que sin duda había sido alcanzado por la carabina o la pistola del maharata.

¡Ah! ¡Miserable! —exclamó Tremal-Naik, furioso.

¡Patrón! —gritó Kammamuri, acudiendo—. ¿estás herido?

—Tremal-Naik no se deja estrangular por esos hombres.

—No me queda sangre en las venas, patrón. Temía no llegar a tiempo para salvarte. ¡Ah, qué canalla! ¡Era un estrangulador! Si le cojo entre mis garras no le dejo entero un pedacito mayor que una rupia. ¡Engañarnos a nosotros, cazadores de serpientes! ¿Sabes, patrón, que has escapado de milagro?

—Lo sé, Kammamuri. ¿Y Aghur…? ¿Qué le ha ocurrido a Aghur?

El maharata enmudeció y dejó caer sus brazos a lo largo del cuerpo.

—Ha muerto, patrón —balbució Kammamuri.

Tremal-Naik se llevó las manos a la cabeza con gesto desesperado.

—Todos mueren alrededor mío —dijo—. ¿Pero qué he hecho yo, Siva, para tener que perder a todos aquellos que amo?

Inclinó la cabeza sobre el pecho y una lágrima corrió por sus mejillas bronceadas. Kammamuri, viendo llorar a aquel hombre, se sintió destrozada el alma.

—Patrón —murmuró.

Tremal-Naik no lo oyó. Se había sentado en la orilla del río y contemplaba la jungla, con los músculos del rostro contraídos y una mueca de dolor y de ira. Luego, aludiendo a Aghur, preguntó:

¿Fue, pues, Manciadi el que lo asesinó?

¡Sí, patrón, él!

—Ese monstruo había estudiado bien el plan —dijo Tremal-Naik.

—Sí, patrón. Había asesinado a Aghur para alejarme a mí y caer sobre ti. Por suerte me he dado cuenta y he llegado a tiempo.

—¿Pero no habías tenido ninguna sospecha antes?

—No, patrón. Manciadi nos engañaba muy bien. ¿Pero qué motivo podía tener para asesinarnos?

—Debe de haber venido de Raimangal.

—¿Lo crees así, patrón?

—Estoy seguro. ¿Has visto su pecho?

—No: siempre lo tenía cubierto.

—Para esconder el misterioso tatuaje.

—¿Y crees que esos miserables volverán a la carga? —preguntó Kammamuri.

Tremal-Naik no respondió. Su rostro miraba ahora hacia el sur.

—¿Has visto algo? —le preguntó otra vez el maharata con ansiedad.

—Sí, Kammamuri. Me parece haber divisado un claror extraño rasgar el fondo de la jungla y después extinguirse.

—Vayamos a la cabaña, patrón. Aquí no estamos seguros.

Tremal-Naik miró por última vez la jungla y el río y luego se dirigió con pasos lentos hacia la cabaña, donde fue a arrojarse sobre la hamaca.

Kammamuri dio varias vueltas en torno a la cabaña mirando atentamente en medio de las hierbas, pero no divisó nada nuevo. Entró llevándose consigo a Darma y Punthy, atrancó la puerta y se tendió tras ella, de manera que le despertase el menor golpe.

Pasaron varias horas sin que nada sucediese. El maharata, cada vez más inquieto, no cerraba los ojos y con frecuencia se levantaba para asomarse, con gran precaución, a las ventanillas.

Hacia medianoche la luna se ocultó dejando a la jungla en la más perfecta oscuridad. Justamente entonces Punthy ladró tres veces.

—Alguien se acerca —murmuró Kammamuri. —Punthy lo ha oído.

Entró en la estancia de Tremal-Naik. Este dormía profundamente.

Punthy dejó oír tres veces un sordo murmullo y se lanzó hacia la puerta mostrando los dientes. También el tigre había oído algo, porque emitió un ronco gruñido.

Kammamuri, tras de haberse provisto de un par de pistolas, fue a espiar por todas las ventanas, pero sin lograr ver nada ni oír nada. Tuvo por un instante la idea de disparar un pistoletazo para ahuyentar a aquél o aquéllos que osaban aproximarse a la cabaña, pero no queriendo despertar a Tremal-Naik y por temor de que el patrón se lanzase al descubierto, se contuvo.

Algunas horas después, mientras pasaba ante un agujero, le pareció ver, hacia el sur, una llamarada de fuego y oír un ligero silbido, seguido por una sorda detonación.

Permaneció despierto todavía durante bastante tiempo y luego cediendo al sueño y a la fatiga se adormeció. Ni el perro ni el tigre dieron más señales durante el resto de la noche.

Por la mañana, ansioso por saber algo, Kammamuri se apresuró en salir. Lo que en seguida atrajo su mirada fue un puñal clavado en tierra, a pocos pasos de la cabaña, que retenía un papel azulenco.

—¡Oh! —exclamó—. ¡Alguien ha osado venir hasta aquí…!

Se aproximó con precaución y casi con repugnancia a aquellos objetos y los recogió. El puñal era de acero bruñido, de un metal que dejaba ver el veteado, de una forma particular y con extrañas incisiones en la hoja.

Abrió la carta: en ella distinguió el dibujo de una serpiente con la cabeza de mujer, el emblema misterioso de los indios de Raimangal, y debajo algunas líneas de escritura roja.

Hizo acurrucarse a Darma y Punthy y acudió corriendo a Tremal-Naik. Lo encontró sentado ante una de las ventanas, con la cabeza entre las manos, la mirada vuelta hacia los nebulosos horizontes del sur.

—Patrón —dijo el maharata.

—¿Qué quieres? —preguntó el indio con voz sorda.

—Deja los tristes pensamientos y mira estos objetos.

Tremal-Naik se volvió como penosamente. Pero cuando vio el puñal que Kammamuri le mostraba, una contracción nerviosa alteró los rasgos de su cara.

—¿Qué es? —interrogó estremeciéndose—. ¿Quién te ha dado esa arma?

—La he encontrado ante la cabaña. Lee esta carta, patrón.

Tremal-Naik se la arrebató vivamente de las manos y echó una rápida ojeada. He aquí lo que leyó:

Tremal-Naik,

La misteriosa divinidad que impera poderosamente sobre toda la India te manda el puñal de la muerte. Basta un arañazo con su punta envenenada para que desciendas a la tumba.

Tremal-Naik, debes desaparecer de la superficie de la tierra: la divinidad lo quiere así. Sólo a este precio puedes detener el rayo que está a punto de caer sobre la cabeza de la que está condenada. Esta tarde al ocultarse el sol Manciadi espera tu cadáver.

Suyodhana

Tremal-Naik se había puesto pálido al leer la carta.

—¡Gran Siva! —exclamó con voz sofocada—. ¡Un rayo está a punto de caer sobre la que fue condenada! ¡Kammamuri! ¡Si no me mato, matarán a Ada!

Tremal-Naik se lanzó como un loco al exterior de la cabaña y volvió terriblemente transfigurado.

—Patrón, es imposible que la maten —dijo Kammamuri.

—¿Y si fuera de verdad? ¿Y si esos monstruos la matan?

—¡Siva, dios mío, vela por ella! ¡Vela por mi pobre Ada! —dijo Tremal-Naik con voz ansiosa.

Tremal-Naik se sentó apretándose la cabeza con las manos. De pronto se puso en pie como un tigre que estuviese presto a lanzarse sobre su presa. Un siniestro relámpago le brillaba en sus ojos.

—¡Ha sonado la hora de la venganza! —dijo con feroz acento—. ¡A mí, Darma!

El tigre de un salto fue a la puerta de la cabaña haciendo oír su formidable rugido. Descolgando de un clavo una carabina, Tremal-Naik estaba a punto de salir cuando Kammamuri lo detuvo.

—¿Dónde vas, patrón? —le preguntó, abrazándole por en medio del cuerpo.

—A Raimangal, para salvarla antes de que me la maten.

—Pero te matarán a ti incluso antes de que puedas siquiera verla —le gritó Kammamuri. —No ha llegado todavía la hora para ir a la isla maldita, ni tú tampoco te encuentras tan fuerte para luchar contra ellos. Quieren tu cadáver, han escrito: bien, lo tendrán, pero será un cadáver que respirará todavía y que saltará a la garganta del asesino del pobre Aghur. Deja que yo te guíe, patrón; los maharatas son astutos, tú lo sabes bien.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Tremal-Naik, que poco a poco se rendía.

—Quiero decir que nos hace falta un hombre que confíese todo con el fin de saber lo que tenemos que hacer. Si es necesario, mañana partiremos para Raimangal.

—Continúa —dijo el cazador de serpientes, que comenzaba a interesarse por lo que decía Kammamuri.

—Esta noche, al ponerse el sol, te llevaré a la jungla y fingirás que estás muerto. Yo y Darma nos emboscaremos a pocos pasos de ti para que no te ocurra ninguna desgracia. Llega el canalla que asesinó a Aghur y nosotros nos lanzamos sobre él y lo hacemos prisionero. Me encargo yo de hacerle confesar el lugar donde esconden a la mujer que tú amas y de obligarlo a revelarnos el número de nuestros enemigos y medios de que disponen.

Tremal-Naik tomó las manos del maharata y las estrechó afectuosamente.

—Tienes razón, mi buen amigo —dijo. —Haremos lo que tú dices.

Nada ocurrió de nuevo durante la jornada. Kammamuri se acercó varias veces hasta la jungla, armado hasta los dientes, esperando divisar a alguien, quizás al mismo Manciadi, pero no vio ningún alma ni oyó señales ni ruido.

A las siete el sol rayaba el horizonte por el oeste. Era el momento de actuar.

—Patrón —dijo el maharata, que se frotaba alegremente las manos, —no perdamos tiempo.

Justamente en aquel momento, por el sur, resonó el ramsinga.

—Los canallas se aproximan —dijo Kammamuri. —Animo, patrón; te llevo a la jungla. Ni una palabra, ni el menor movimiento si no quieres estropear la emboscada. Apenas aparezca el asesino el tigre lo tirará por tierra.

Agarró al patrón, se lo cargó sobre los hombros después de haberle colocado debajo de la amplia faja un par de pistolas, y se dirigió tambaleándose hacia la jungla.

El sol desaparecía por occidente cuando llegaba a los primeros bambúes. Depositó sobre la hierba a Tremal-Naik, que conservaba la inmovilidad de un cadáver, y luego inclinado sobre él le dijo:

—Patrón, ni siquiera un movimiento. Apenas el tigre se lance sobre Manciadi, levántate y tapa la boca al miserable. Quizá haya otros indios en las cercanías.

—Déjame obrar a mí —susurró Tremal-Naik. —Todo saldrá bien.

Kammamuri se alejó con la cabeza inclinada sobre el pecho, en la actitud de un hombre hondamente dolorido. Cuando llegó a la cabaña, un segundo sonido de trompeta resonó entre los bambúes espinosos de la jungla.

—Manciadi está todavía lejos —dijo. —Todo va bien.

Entró en la cabaña, se armó de pistolas y de un cuchillo, luego salió y miró atentamente hacia el río y hacia la jungla.

—Darma, sígueme —dijo.

Con un salto el tigre llegó a su lado y ambos se lanzaron locamente hacia el sur, escondidos por una espesura de musendas y de indacos. En menos de cinco minutos llegaron a los bambúes y se emboscaron a siete u ocho pasos de Tremal-Naik.

Un tercer sonido de trompeta, más cercano, rompió el profundo silencio que reinaba en las sunderbunds.

—Bien —murmuró Kammamuri empuñando una de las dos pistolas. —El miserable está cerca.

Miró al patrón. Parecía un auténtico cadáver: estaba echado de costado, con la cabeza escondida bajo un brazo. Habría engañado a un marabú e incluso a un chacal.

De repente un magnífico pavo real alzó el vuelo sobre los bambúes, alejándose rápidamente. Kammamuri pasó una mano por el lomo del tigre que olfateaba el aire y agitaba la cola como los gatos.

—No te muevas, Darma —le susurró.

Otro pavo real se alzó dando un grito de espanto.

Manciadi se aproximaba reptando como una serpiente, sin producir el menor ruido. Quizá temía caer en una emboscada y avanzaba con mil cautelas.

Kammamuri se puso de rodillas teniendo en su mano la pistola.

Allí, enfrente, vio moverse imperceptiblemente a los bambúes, luego salieron dos manos y finalmente una cabeza.

Kammamuri sintió que su frente se perlaba de un sudor frío. Era la cabeza de Manciadi, el asesino del pobre Aghur.

—Darma —murmuró.

El tigre se había levantado, recogiéndose sobre sí mismo esperando tan solo la orden de mando para lanzarse.

Manciadi miró a Tremal-Naik con ojos que lanzaban lúgubres relámpagos y soltó una horrible carcajada. El cazador de serpientes no se movió.

Entonces el indio salió de los bambúes con el lazo en la mano y caminó algunos pasos hacia el fingido cadáver.

—¡Darma, cógelo! —le azuzó Kammamuri poniéndose en pie.

El tigre dio un salto de quince pasos y cayó como un rayo sobre el asesino, que fue derribado violentamente.

Tremal-Naik se alzó ágilmente y se arrojó sobre Manciadi para impedirle que gritase, pero la precaución era inútil. Darma había dado en tierra con el estrangulador mediante un poderoso zarpazo y le había lacerado profundamente el pecho hasta el abdomen.

—¿Está muerto? —preguntó Kammamuri acudiendo.

—Espero que no, porque si fuese así no podría decirnos nada.

Manciadi estaba inundado de sangre y respiraba fatigosamente.

Tremal-Naik y el maharata lo levantaron y lo transportaron hasta la cabaña, mientras por el sur avanzaban en el cielo nubes amenazadoras y Darma miraba al herido con el evidente deseo de destrozarlo.

—¡Me temo que no sobrevivirá! —dijo Kammamuri inclinándose para observar al estrangulador.

—¡Pero es preciso que hable! —rugió el cazador de serpientes. —Haz que vuelva en sí.

El maharata salió de la cabaña y volvió poco después con algunas hojas que puso sobre la herida de Manciadi. Luego mojó la frente del herido con un trapo empapado en agua.

Poco después el estrangulador abrió los ojos y miró alrededor. Su rostro asumió una expresión atónita y luego su mirada, al encontrarse con la de Tremal-Naik, manifestó un relámpago de odio.

—¡Tu plan ha fracasado, Manciadi! —dijo el cazador de serpientes de la jungla negra. —Te hubiera podido dejar desgarrar por el tigre, pero en lugar de ello te dejaré vivir si respondes a mis preguntas.

—¡No diré nada! —dijo el estrangulador penosamente.

—¡Mira que conozco muchos medios para hacerte hablar!

—¡No tengo miedo!

—¡Encendamos un fuego, patrón! —sugirió Kammamuri con una sonrisa siniestra.

—No, Kammamuri. Perdería los sentidos. Prefiero al tigre. ¡Darma…!

A la llamada de su amo, la fiera irrumpió prontamente en la cabaña.

—Aquí, Darma —le dijo Tremal-Naik indicando al herido.

El tigre mostró sus poderosos colmillos y avanzó excitado por el olor de sangre.

—Le ordenaré que te devore poco a poco —amenazó Tremal-Naik —si no me respondes. ¿Dónde está Ada?

El estrangulador expresaba terror en los ojos, pero no respondió.

—¡Darma!

El tigre emitió un rugido y avanzó sus fauces hacia Manciadi, retenido a duras penas por Tremal-Naik.

El estrangulador, que advirtió sobre su cuerpo el hálito caliente de la fiera, lanzó un aullido y dijo:

—Ada está en la pagoda subterránea.

—¿Se llega allí desde el banian?

—¡Sí! —confesó Manciadi, mirando aterrorizado al tigre que lo husmeaba con su hocico. —Pero si no vuelvo antes de la medianoche será señal de que tú estás vivo y Ada será quemada en la hoguera.

Aunque moribundo y aterrorizado, el estrangulador encontró fuerzas para usar el sarcasmo y dijo:

—No tienes escapatoria, Tremal-Naik: si no mueres tú, morirá ella. La diosa quiere que uno de los dos muera.

—¿Pero por qué? ¡Maldito! —gritó el cazador de serpientes amenazando con los puños a Manciadi.

El tigre interpretando a su modo aquel gesto, se lanzó sobre el herido y le aplastó la cabeza de un solo golpe.

Tremal-Naik se lanzó sobre la fiera para retenerla, pero era demasiado tarde.

—¡Ha vengado a Aghur! —dijo Kammamuri con mucha satisfacción en la voz.

—¡Pero nunca sabremos ya nada! —se desesperó el cazador de serpientes.

—Puede ocurrir que la información de Manciadi no sea verdadera.

—¿Y si lo fuese? ¡A medianoche Ada será sacrificada! ¡Me aterra pensarlo!

—¿Qué harás, patrón?

—Iré a la isla. Darma vendrá conmigo; y también tú, si no tienes miedo.

—¡Un maharata no tiene jamás miedo!

—Preparémonos entonces. El tiempo apremia. Dejaremos a Punthy para que vigile nuestra cabaña.

13. EN RAIMANGAL

La noche era tempestuosa. Enormes nubes se habían elevado por el sur y corrían desordenadamente por la bóveda celeste, amontonándose unas sobre otras como las olas del mar.

Frecuentes ventoleras se seguían unas a otras a través de las desiertas sunderbunds, curvando con mil gemidos las inmensas extensiones de bambú, rompiendo débiles cañas y haciéndolas volar por el aire junto con bandadas de marabúes y de pavos reales que lanzaban gritos desesperados.

De vez en cuando, un lívido relámpago, deslumbrador, rasgaba las tinieblas, revelando por un instante aquel caos de vegetales contorsionados y volcados, seguido poco después por el formidable estruendo del trueno que repercutía hasta las orillas del golfo de Bengala.

No llovía, pero las cataratas del cielo no tardarían en abrirse.

Los dos indios y el tigre caminaban en las tinieblas y en pocos minutos llegaron a la orilla del Mangal, cuyas aguas, engrosadas por algunos aguaceros, corrían con mayor rapidez, arrastrando masas de bambúes arrancados seguramente en las sunderbunds del norte y gran número de troncos de árbol.

Se mantuvieron algunos minutos escondidos entre los cañaverales, esperando que un relámpago aclarase la orilla opuesta, y luego, seguros ya de no ser espiados, se apresuraron a descender a la orilla y lanzar al agua la canoa.

—Patrón —dijo Kammamuri, mientras Tremal-Naik se introducía en la embarcación—, ¿Crees que encontraremos indios en el río en las inmediaciones de Raimangal?

—Estoy seguro, ¿pero qué importa? Esta noche me siento tan fuerte como para poder habérmelas con un ejército de mil hombres.

—Lo sé, patrón, pero es preciso obrar con prudencia. Si se dan cuenta de nuestra presencia, darán la alarma.

—¿Y qué querrías hacer?

—Engañarles.

—¿Cómo?

—Déjame actuar a mí; pasaremos sin ser vistos.

Él maharata volvió a la orilla, derribó un considerable número de bambúes de una dimensión de no menos de quince metros y cubrió minuciosamente la canoa, de modo que la hacía aparecer como un montón de cañas arrastradas por la corriente.

—La noche es oscura —dijo, escondiéndose debajo con Tremal-Naik y Darma. —Los indios no sospecharán que bajo las cañas va una canoa y que la canoa lleva dos hombres y una fiera.

—Pronto, Kammamuri, hagámonos al agua —dijo Tremal-Naik, que temblaba de impaciencia. —Cada minuto que pasa es para mí un golpe y una puñalada en el corazón y temo todo pensando en el gran peligro que corre Ada. ¿Crees tú, maharata, que llegaremos a tiempo para salvarla?

—Creo que sí, patrón —respondió Kammamuri empujando la canoa al medio de la corriente. —Quizás esos hombres esperan que el miserable haya llevado a cabo su delito.

—¿Y si llegásemos demasiado tarde…? ¡Gran Siva, asístenos!

—Calla, patrón; hablar es imprudente.

—Es verdad, Kammamuri; silencio.

Tremal-Naik se tendió en la proa al lado del tigre y Kammamuri a popa, con el remo en la mano, intentando dirigir la canoa.

El huracán había redoblado su violencia y a la noche oscura siguió una noche de fuego.

El viento rugía de manera tremebunda en la jungla, curvando con mil gemidos y mil crujidos los gigantescos vegetales y torciendo en mil formas los centenares de troncos de los banian, las ramas de los palmiches tara, de las latania, de los pipal y de los jaqueros; y entre las nubes relampagueaba incesantemente el rayo, describiendo cegadores zigzagueos.

Arrastrada por el viento y la corriente extraordinariamente hinchada, la canoa se deslizaba como una flecha, bamboleándose espantosamente entre los remolinos, chocando y volviendo a chocar contra las múltiples isletas y la multitud de árboles que flotaban desordenadamente a la deriva.

Kammamuri se esforzaba, pero en vano, por mantenerla en el buen camino, y Tremal-Naik intentaba calmar al tigre, que, excitado por todos aquellos fragores y el cegador resplandor, rugía ferozmente, lanzándose de un lado a otro de la embarcación con gran peligro de hacerla zozobrar.

A las diez de la noche Kammamuri señaló un gran fuego que ardía en la orilla del río a menos de trescientos pasos de la proa de la canoa. Apenas había acabado de hablar cuando se oyó el ramsinga sonar tres veces y en tres tonos distintos.

—¡Alerta, patrón! —gritó el maharata, dominando con su voz todos aquellos formidables ruidos.

—¿Ves a alguien? —preguntó Tremal-Naik, manteniendo sujeto por el cuello al tigre con la mano izquierda y empuñando con la derecha una pistola.

—No, patrón, pero el fuego ha sido encendido para ver quién va o viene. Estemos en guardia; el ramsinga ha señalado algo.

—Coge la carabina. Quizá tengamos que combatir.

La canoa se acercaba rápidamente al fuego; era un montón de bambúes secos que ardían aclarando como si fuera de día las dos orillas del río.

—¡Patrón, mira! —dijo de repente Kammamuri.

—¡Silencio! —bisbiseo Tremal-Naik apretando la boca del tigre.

Dos indios se habían lanzado improvisadamente fuera de un matorral de musendas. Llevaban un lazo alrededor del cuerpo y tenían una carabina en la mano. En su pecho se distinguía la serpiente azul con la cabeza de mujer.

¡Mira allí! —gritó uno de ellos. —¿Lo ves?

—Sí —respondió el otro. —Es un montón de cañas que va a la deriva.

—¿Tú crees?

—¿Y por qué no?

—Temo que esconda algo.

—No veo nada debajo.

—Calla… Me ha parecido oír…

—¿Un rugido…?

—Precisamente. ¿Crees que haya un tigre allí en medio?

—Buen viaje.

—Despacio, Huka. El hombre que Manciadi debe estrangular tiene un tigre.

—Esto no lo sabía. ¿Y crees que allí debajo esté nuestro hombre con su animal?

—Podría ocurrir; ese hombre es astuto y audaz.

—¿Qué quieres hacer?

—Hacerlo salir de su escondite con un tiro de carabina. Dispara muy bajo.

Kammamuri y Tremal-Naik habían oído claramente el diálogo. Viendo a los dos indios alzar sus carabinas, se arrojaron al fondo de la canoa.

—No contestes, patrón —dijo el maharata. —O estamos perdidos.

Resonaron dos tiros de carabina que horadaron los bambúes. El tigre dio un salto, lanzando un furioso rugido.

—¡Quieto, Darma! —dijo Tremal-Naik obligándole a tumbarse.

—¡Que la diosa me fulmine! —gritó uno de los indios—. Es él.

—¡Da la señal, Huka! —ordenó el otro.

Un relámpago cegador brilló por encima de la canoa, seguido por un estruendo formidable que ahogó las agudas notas del ramsinga. Tremal-Naik y Kammamuri, que se habían puesto en pie, fueron derribados violentamente, mientras el tigre lanzaba un segundo rugido aún más furioso que el primero.

—¡Patrón! —exclamó Kammamuri—. ¡El rayo!

Tremal-Naik, todavía aturdido por la influencia de la descarga eléctrica, se puso de rodillas. Se le escapó un grito de rabia.

—¡Maldición…! ¡Nos quemamos! —exclamó con voz alterada por la ira.

En efecto, los bambúes, alcanzados por el rayo, se habían incendiado y se quemaban.

—¡Estamos perdidos! —exclamó Kammamuri—. ¡Al río! ¡Al río!

—No te muevas si aprecias tu vida.

Tremal-Naik cogió entre sus brazos el montón de cañas y con un esfuerzo desesperado lo echó al río.

—¡Es él! —gritó una voz.

—¡Fuego, Huka…!

Resonaron otras dos detonaciones. Tremal-Naik oyó silbar las balas.

—¡Da la señal, Huka!

—¡Estamos perdidos, patrón! —insistió Kammamuri.

—No te muevas —dijo Tremal-Naik—. Sujeta al tigre.

Se lanzó a popa y apuntó al indio Huka que se llevaba a los labios el ramsinga. El disparo de la carabina fue acompañado de una zambullida y un grito.

Huka, alcanzado en la frente por el infalible cazador de serpientes, se había precipitado al río.

Su compañero dudó un momento y luego huyó como alma que lleva el diablo a través de la jungla, haciendo sonar furiosamente el ramsinga que había recogido de tierra.

Tremal-Naik le disparó un pistoletazo, pero sin lograr alcanzarlo.

—¡Fallado! —gritó, arrojando coléricamente el arma.

—¿Qué hacemos, patrón? —preguntó Kammamuri. —Me parece que se ha perdido la esperanza de arribar a Raimangal; el ramsinga pondrá en alarma a todos los indios. ¡Maldito rayo…!

—De todas formas vamos adelante, Kammamuri. Esta noche no nos detendrán todos los indios de las sunderbunds. Coge los remos boga con todas tus fuerzas; quizá lleguemos antes que los miserables puedan prepararse para recibirnos. Yo mantendré los ojos fijos en las dos orillas y abatiré a cualquiera que se ponga al alcance de mi carabina. ¡Adelante!

Kammamuri quería añadir algunas palabras, quizás algún consejo, pero Tremal-Naik no le dio tiempo para ello.

—Si tienes miedo, vete. Yo y el tigre seguiremos.

—Te sigo, patrón, y que Siva nos proteja.

Agarró los remos, se sentó en medio de la barca y se puso a remar con todas sus fuerzas.

Tremal-Naik, cargada su carabina, se había puesto a popa con los ojos fijos en las dos orillas; el tigre, ahora ya bastante tranquilo, se había acurrucado a sus pies.

Pasaron diez minutos. Las orillas, que huían rápidamente ante los ojos de los dos indios, estaban cubiertas con bambúes que se sumergían en la corriente y por raras palmeras tara, en su mayor parte derribadas o destrozadas por la furia del huracán.

Súbitamente Tremal-Naik, que seguía atentamente el curso del río, divisó al sur un cohete que se elevaba a gran altura. Aunque el viento continuaba rugiendo y el trueno retumbando, oyó claramente el estallido.

—¡Una señal! —murmuró—. ¡Boga, boga, Kammamuri!

Un segundo cohete se elevó en la orilla opuesta.

El río en aquel punto transcurría más rápido, estrechándose como el cuello de una botella.

—Despacio, Kammamuri. Presiento que corremos un peligro.

El maharata retuvo el golpear de la pagalla. La canoa continuó deslizándose por en medio de la cuenca, cubierta por una espesa bóveda de tamarindos y mangles. La oscuridad se hizo profundísima de manera que los indios no veían más allá de cinco pasos.

Pero oyeron una zambullida, como de un cuerpo que se hunde.

—¿Patrón, lo has oído? —preguntó Kammamuri.

—Sí, alguien se ha lanzado al agua.

Tremal-Naik se inclinó sobre el río para ver si alguien se aproximaba a la canoa, pero no distinguió nada.

—Alguien pasa —dijo una voz que llegó hasta los dos indios.

—¿Serán ellos?

—¿O los nuestros? La cita es para la medianoche.

—¡Hola! —gritó una de aquellas voces—. ¿Quién pasa?

—No respondas, patrón —se apresuró a decir Kammamuri.

—Por el contrario, contestaré. Es preciso que sepa todo —dijo Tremal-Naik. Después preguntó en voz alta: — ¿Quién habla?

—¿Quién pasa? —preguntó la voz.

—Indios de Raimangal.

—Apresuraos, la medianoche no está lejos.

—¿Qué se hará a la medianoche? —inquirió el cazador de serpientes.

—La Virgen de la sagrada pagoda subirá a la hoguera.

Tremal-Naik sofocó un aullido que estaba a punto de brotarle de los labios. Luego, dominando su emoción:

—¿No ha muerto, pues, Tremal-Naik?

—No, hermano, porque Manciadi no ha vuelto todavía.

—¿Y la Virgen será quemada?

—Sí, a medianoche.

—Gracias, hermano —respondió con voz ahogada Tremal-Naik.

—Espera un momento. ¿Has oído el ramsinga?

—No.

—¿Has visto a Huka?

—Sí, cerca de la hoguera.

—¿Sabes dónde se quemará a la Virgen?

—Me parece que en los subterráneos —respondió Tremal-Naik, alegre por poder saber algo más.

—Sí, en la gran pagoda subterránea. Apresúrate, porque la medianoche no debe de estar lejos. Adiós, hermano.

—¡Boga, Kammamuri, boga! —rugió Tremal-Naik.

Kammamuri agarró los remos y se puso a bogar con energía desesperada.

—¡Rápido…! ¡Rápido…! —instó Tremal-Naik, fuera de sí. —A medianoche se alzará la hoguera… ¡Rema, Kammamuri!

El maharata no tenía necesidad de ser incitado. Remaba tan furiosamente que los músculos amenazaban con hacerle estallar la piel.

La canoa atravesó el estrechamiento y entró rápida como una flecha en el río. Pronto apareció la punta extrema de Raimangal con su gigantesco banian, cuyas desmesuradas ramas se retorcían de mil formas bajo el poderoso soplo de la borrasca.

Un relámpago rasgó las tinieblas mostrando la orilla completamente desierta.

—¡Siva está con nosotros! —exclamó Kammamuri.

La canoa se encalló en la orilla, saliendo del agua una tercera parte de ella.

Tremal-Naik, cargado de municiones, Kammamuri y el tigre se lanzaron a tierra, alcanzando el tronco principal del banian sagrado.

—¿Oyes algo? —preguntó Tremal-Naik.

—Nada. Los indios deben de estar todos abajo.

—¿Tienes miedo de seguirme?

—No, patrón —respondió con voz firme el maharata.

—Siendo así, descendamos también nosotros. ¡Mi Ada no debe morir!

Se asieron a las columnas y llegaron a las ramas superiores, aproximándose a la rama fina del tronco. El tigre los alcanzó con un solo salto.

Tremal-Naik miró por la cavidad. A la claridad de los relámpagos descubrió unas muescas que permitían descender.

—Adelante, mi valiente maharata. Yo voy delante.

Y se dejó deslizar dentro del tronco. El maharata y Darma lo seguían muy cerca.

Cinco minutos después los dos indios y el tigre se encontraban en el subterráneo, en una especie de pozo semicircular, excavado en la roca viva, seis metros bajo el nivel de las sunderbunds.

14. EN LA PAGODA SUBTERRÁNEA

Habiendo descendido a los subterráneos sin haber despertado la alarma, sólo les quedaba buscar el gran templo de la diosa Kalí, caer de improviso sobre la horda y raptar a la víctima, aprovechándose de la confusión y del desconcierto que provocaría la aparición del tigre.

Sin embargo, no era fácil orientarse en aquella profunda oscuridad entre los corredores del inmenso subterráneo. Ni Tremal-Naik, ni el maharata conocían el camino, ni sabían en qué lugar se había excavado el templo. No obstante, no eran hombres que retrocediesen ni que dudasen un momento, aunque les amenazasen miles de peligros.

Apoyando las manos en los muros, comenzaron a avanzar uno tras otro tanteando con el pie el terreno para no caer en cualquier agujero, y en el más profundo silencio, ya que no sabían si estaban solos, o algún centinela se encontraba próximo.

Después de un breve tiempo encontraron una amplia abertura, una especie de puerta, bajo cuyo dintel se detuvieron aguzando el oído.

—¿Oyes algún ruido? —preguntó con un hilo de voz Tremal-Naik a su compañero.

—Ninguno, patrón, fuera de los truenos.

—Es señal de que el suplicio no ha comenzado.

—Así lo creo, patrón. Los indios practican el onugonum, es decir, la ceremonia en que se quema a una mujer, pero siempre con gran estrépito.

—Temo perderme en estos corredores —declaró Tremal-Naik. —Se diría que en este instante supremo tengo miedo.

—Es imposible, ¡Miedo tú! Animo, patrón, y vayamos adelante despacio. Si alguien nos oye, podría dar la alarma y hacer que cayesen sobre nosotros todos los misteriosos habitantes de estos tenebrosos subterráneos.

—Ya lo sé, Kammamuri; ten al tigre.

Tremal-Naik puso su pie sobre un escalón viscoso y comenzó a descender con las manos tendidas hacia adelante, para no chocar contra algún obstáculo, y los ojos bien abiertos. Después de diez escalones encontró el suelo de un túnel que descendía lentamente.

—¿Ves algo? —preguntó a Kammamuri.

—Nada; me parece haberme vuelto ciego. ¿Será éste el camino que conduce a la pagoda?

—No lo sé, Kammamuri. Daría la mitad de mi sangre por encender un poco de fuego. ¡Qué situación tan tremenda!

—Adelante, patrón. Me temo que esté próxima la medianoche.

Tremal-Naik sintió un estremecimiento de horror, el corazón le latió con vehemencia furiosa y se lanzó resueltamente hacia adelante, tambaleándose como un borracho, buscando con las manos las paredes.

A medida que avanzaba se sentía presa de un extraño aturdimiento. La sangre le subía a las orejas, el corazón le latía cada vez más precipitadamente y las llamaradas le subían al rostro. Había momentos en que le parecía que oía en lontananza algunas voces, algunos gritos estridentes como de personas torturadas; divisaba llamas e incluso sombras que se movían alrededor y giraban en las tinieblas.

Ni siquiera oía la voz de Kammamuri, que le suplicaba que frenase su paso. Por fortuna el retumbar de los truenos repercutía bajo las lúgubres arcadas sofocando el rumor de los pasos.

De repente el cazador de serpientes chocó contra un objeto agudo que le traspasó la ropa rozándole la carne. Se detuvo de repente, retrocediendo.

—¿Quién está ahí? —preguntó con voz estridente, empuñando el cuchillo y alzándolo.

—¿Qué has encontrado? —preguntó el maharata, que se preparaba a lanzar adelante a Darma.

—Alguien se encuentra cerca de nosotros, Kammamuri. Estáte en guardia.

—¿Has visto alguna sombra?

—No, pero he chocado con una lanza. La punta me ha tocado el pecho y por poco no me ha herido.

—Sin embargo, Darma no da señales de inquietud.

—¿Me habré engañado? No es posible.

Avanzó una vez más, cautelosamente, y sintió la misma punta aguda que le penetró esta vez en la carne. Lanzó una sorda imprecación y alargó la mano derecha, agarrando una especie de lanza situada horizontalmente a la altura de su pecho. Probó a arrancarla, pero resistió; intentó torcerla, pero no fue capaz. Tremal-Naik dejó escapar una exclamación de asombro.

—¿Qué significa esto? —murmuró.

—¿Y bien, patrón? —preguntó Kammamuri—. ¿Qué obstáculo hay?

—Una lanza inarrancable, quizás inserta en el muro: desviémonos.

Se volvió a la derecha y después de algunos pasos encontró una segunda lanza también inarrancable. Su sorpresa llegó al colmo.

«Quizás es una obra de defensa» pensó «o quizás algún instrumento de tortura. Volvamos a la izquierda. Algún camino encontraré para continuar avanzando».

Caminó un rato y luego chocó su cabeza contra una bóveda bastante baja y puso los pies en un escalón. Descendió con precaución otros cuatro o cinco y luego se detuvo. Su mano encontró la de Kammamuri y se la estrechó fuertemente.

—¿Oyes, patrón? —preguntó el maharata.

—Sí —respondió Tremal-Naik en voz baja.

—¿Qué es ese murmullo?

—No lo sé; calla y escucha.

Aguzaron el oído, conteniendo la respiración. Cosa verdaderamente extraña: sobre sus cabezas se oía una especie de gorgoteo que repetía el eco de la galería. Un momento después, bajo la bóveda, apareció un disco levemente iluminado que se apagó casi en seguida. Tras él se produjo un lúgubre estrépito.

Kammamuri y Tremal-Naik se sintieron invadir por una viva inquietud y empuñaron las pistolas.

Pasaron algunos minutos y luego el disco reapareció y volvió a desaparecer, seguido de nuevo por el estrépito misterioso.

—¿Comprendes algo? —preguntó el maharata.

—Creo que sí —respondió Tremal-Naik. —Este gorgoteo hace sospechar la presencia del agua. Quizás por encima de nosotros corre un río.

—¿Y ese disco que aparece y desaparece?

—Quizás es una lente de vidrio o de cuarzo. La claridad proviene de los relámpagos y el ruido es el trueno que retumba en el exterior.

—¿Lo crees así, patrón?

—Verdadero o no, no retrocederé. La medianoche esta cercana.

—Estamos en un lugar horrible, patrón. Tiemblo como si tuviese frío. Este silencio y estas tinieblas me dan miedo.

—¿Está inquieto Darma?

—No, patrón, está tranquilo.

—Señal de que el enemigo no está todavía cerca de nosotros. Vayamos adelante.

Reemprendieron la marcha entre las tinieblas frías y húmedas, subiendo y bajando, chocando a menudo sus cabezas contra las bóvedas, caminando a bulto, seguidos siempre por el tigre, que no manifestaba ningún signo de inquietud.

Pasaron así otros diez minutos, largos como diez horas. Los dos indios creían ya haber tomado un falso camino y estaban a punto de volver cuando en una revuelta Tremal-Naik vio una gran llama que ardía en medio de la galería. Cerca de ella distinguió a un indio casi desnudo, apoyado en una especie de azagaya, coronada por la misteriosa serpiente. Un suspiro de alivio salió de sus labios.

—¡Finalmente! —murmuró. —Comenzaba a temer que me había metido en una caverna deshabitada. Atención, Kammamuri. Hay alguien.

—¿No podemos esquivarlo? —bisbiseó el maharata.

—Sí, volviendo atrás; pero Tremal-Naik no vuelve atrás.

—Harás ruido, gritará y se nos echará encima.

—Ese hombre nos vuelve la espalda y Darma tiene el paso silencioso.

Se inclinó hacia el tigre, que miraba ferozmente al indio, mostrando los agudos colmillos y los largos miembros.

—Mira a ese hombre, Darma —dijo Tremal-Naik.

El tigre emitió un sordo murmullo.

—Ve y destrózalo, amigo.

Darma miró a su amo y luego al indio. Sus ojos se dilataron y pareció que se incendiasen. Había comprendido lo que el cazador de serpientes deseaba.

Rastreó con el vientre rozando el suelo, miró por última vez a Tremal-Naik que le indicaba al indio y se alejó con paso silencioso, agitando levemente la cola, como un gato colérico. El indio no había oído ni visto nada, con su espalda vuelta hacia el fuego. Se hubiera dicho que estaba adormecido apoyado en su lanza.

Tremal-Naik y el maharata, empuñando las carabinas, seguían ansiosamente los movimientos de Darma, que miraba con ojos flameantes a su víctima, avanzando con precaución. El temor hacía latir fuertemente sus corazones. Bastaba un grito del indio para que se extendiese la alarma por los subterráneos y la audaz empresa se derrumbase como un castillo de naipes.

—¿Lo logrará? —bisbiseó el maharata al oído de Tremal-Naik.

—Darma es inteligente —respondió el cazador de serpientes.

—¿Y si falla?

Tremal-Naik experimentó un estremecimiento.

—Daremos la batalla —dijo después con voz firme—. ¡Calla y observa!

El indio no había oído todavía nada, tan silencioso era el paso del feroz animal; de repente éste se detuvo, recogiéndose sobre sí mismo. Tremal-Naik apretó fuertemente la mano de Kammamuri. El tigre sólo estaba a diez pasos del indio. Pasaron dos segundos y luego el tigre dio un salto soberbio. Hombre y animal cayeron por tierra y se oyó un sordo crujido, como de huesos que se quiebran. Tremal-Naik y Kammamuri se lanzaron hacia el fuego, dirigiendo las carabinas hacia el corredor.

—¡Bravo, Darma! —dijo Tremal-Naik, pasándole una mano por el robusto lomo.

Se aproximó al indio y lo miró. El tigre le había aplastado la cabeza entre los dientes.

—Darma no podía ejecutar el golpe con mayor destreza —se admiró Tremal-Naik. —Verás, Kammamuri, que con este bravo compañero haremos grandes cosas. Me parece que la salvación de la que amo es ya una cosa, fácil.

—También lo creo yo, patrón. Será un magnífico golpe cuando Darma caiga en medio de la horda: pondremos en fuga a todos.

—Y nosotros nos aprovecharemos para raptar a Ada.

—¿Y dónde la llevaremos?

—En principio a la cabaña; luego veremos si será mejor llevarla a Calcuta o más lejos.

—¡Silencio, patrón!

—¿Qué pasa?

—¡Escucha!

A lo lejos se oyó una aguda nota. Los dos indios la reconocieron en seguida.

—¡El ramsinga! —Exclamaron.

Un golpe sordo y formidable resonó por los corredores y repercutió varías veces. Era un estrépito semejante al que habían oído la noche de su llegada a Raimangal para buscar a su fiel compañero Hurti, y que tanto les había sorprendido.

Tremal-Naik tembló de pies a cabeza y tuvo la impresión de que sus fuerzas se centuplicaban. Dio un salto de tigre alzando la carabina.

—¡Medianoche! —exclamó, con un tono de voz que nada tenía de humano.

No supo decir nada más. Emitió un grito entrecortado y se lanzó furiosamente por la galería, seguido de Kammamuri y el tigre.

Parecía una fiera en lugar de un hombre. Tenía los ojos inyectados en sangre y blandía en su mano derecha el cuchillo, pronto a destrozar cualquier obstáculo. No tenía miedo de nadie. Mil indios no lo hubieran detenido en su loca carrera.

El hauk continuaba redoblando, desatando todos los ecos de las cavernas y de las galerías, llamando a reunión a los sectarios de la misteriosa diosa; y en la lejanía se oían las agudas notas del ramsinga y un confuso murmullo de voces. El terrible momento se aproximaba; la medianoche estaba a punto de sonar.

Tremal-Naik redoblaba su velocidad importándole poco que se oyeran sus pasos precipitados.

De repente en el fondo de una galería apareció una inmensa claridad y se oyó retumbar un tumulto de gritos.

—¡Aquí están! —gritó Tremal-Naik con voz entrecortada.

Kammamuri se lanzó hacia él y reuniendo todas sus fuerzas lo detuvo.

—¡Ni un paso más! —le conminó. —Si aprecias la vida de tu Ada, no des un paso más. Si irrumpes en esa caverna antes de tiempo estaremos perdidos. ¡Y ella también estará perdida! No te precipites, patrón, y la salvaremos.

—Tendré calma, pero no nos detengamos aquí, Kammamuri.

—No, no nos detendremos. Ven conmigo, pero no cometas una imprudencia o te abandono. Dame la mano.

Kammamuri agarró la mano izquierda de Tremal-Naik y ambos se adentraron en la caverna. Poco después se detenían detrás de una enorme columna, desde donde podían ver sin ser descubiertos.

Un extraño espectáculo se ofrecía a sus ojos.

Ante ellos se abría una amplísima caverna, excavada en el granito rojo como los famosos templos de Ellora, sostenida por veinticuatro columnas adornadas de extrañas esculturas, cabezas de elefantes, leones y divinidades. A los pies de cada columna se distinguía a Parvadi, diosa de la muerte, sentada sobre un león, y a la diosa Ganesa con sus ocho brazos, sentada entre dos elefantes que unían sus trompas por encima de su cabeza.

En los cuatro ángulos había estatuas de Siva y en el medio se erguía el simulacro de una diosa monstruosa, con la lengua roja saliéndole de la boca, un cinturón de manos y un collar de cráneos, una diosa semejante a la que Tremal-Naik había visto en la pagoda.

De la bóveda, cubierta por altos relieves que representaban los combates de Rama con el tirano Ravana, raptor de la bella Sita, y las guerras de los Kurus y los Pandus por la posesión de Babrata Varca, pendían numerosas lámparas de bronce, que esparcían a su alrededor una luz azulenca, lívida y cadavérica.

Cuarenta indios casi desnudos, con el tatuaje de la serpiente en el pecho, el lazo de seda alrededor de su cintura y el puñal en la mano, estaban sentados alrededor, a la moda musulmana, es decir con las piernas cruzadas, y miraban a la monstruosa divinidad de bronce. Uno de ellos tenía al lado un enorme tambor, un hauk, adornado con plumas y crines, y de vez en cuando lo golpeaba haciendo resonar las bóvedas de la caverna.

Tremal-Naik, al llegar al umbral de aquella sala se había detenido detrás de una columna colosal, sorprendido y aterrorizado al mismo tiempo, pero apretando convulsivamente las armas.

—¡Ada…! —murmuró recorriendo con una sola mirada toda la caverna—. ¿Dónde está mi Ada…?

Un rayo de alegría brilló en los ojos del pobre indio.

—¡El sacrificio no ha comenzado todavía! —exclamó. —Bendito sea Siva.

—No hables así de fuerte, patrón —recomendó Kammamuri, estrechando el cuello del tigre. —Si todos los indios que habitan el subterráneo están aquí, raptar a tu mujer no será imposible.

—¡Sí, sí, la salvaremos, Kammamuri! —exclamó Tremal-Naik con exaltación. —Haremos una horrible matanza.

—Silencio…

El hauk sonaba doce golpes y los cuarenta indios se alzaron al mismo tiempo.

Tremal-Naik experimentó un encogimiento en el corazón y se agarró a la columna como si temiese no saber dominarse…

—¡Medianoche! —dijo con voz sofocada.

—Calma, patrón —le recomendó por última vez Kammamuri agarrándole por el cinturón.

Una puerta se abrió con gran estrépito y un indio de alta estatura, delgadísimo, con la faz adornada por una barba larga y negra, ojos brillantes y el cuerpo envuelto en un rico manto de seda amarilla, entró en la caverna.

—¡Salve a Suyodhana, hijo de las sagradas aguas del Ganges! —exclamaron a coro los cuarenta indios.

—¡Salve a Kalí y a sus hijos! —respondió el indio con voz grave.

Al divisar a aquel hombre Tremal-Naik lanzó una sorda imprecación.

—¡Mira a ese hombre! —exclamó entre dientes.

—Sí, ya lo sé, es el jefe de estos malditos.

—Es el mismo que me apuñaló.

Suyodhana atravesó rápidamente el templo, se inclinó ante la monstruosa divinidad de bronce y volviéndose hacia los indios gritó con voz atronadora:

—Ha sonado la última hora de la Virgen de la pagoda, hermanos. Manciadi ha muerto.

Un murmullo amenazador recorrió las filas de los indios.

—Que suenen los taré —ordenó Suyodhana.

Dos indios tomaron sendas trompetas larguísimas y arrancaron de ellas algunas notas tristes como lamentaciones.

Cien indios cargados de leña irrumpieron en la caverna y levantaron frente a la diosa, al pie de una columnata, una gigantesca pira sobre la que vertieron torrentes de aceite perfumado.

Un grupo de dewadasi saltó haciendo piruetas a la sala, haciendo tintinear campanillas y mazorcas de plata, y rodeó a la diosa Kalí.

Los indumentos de aquellas danzarinas eran fastuosos, gráciles y hacían resaltar la belleza y la gracia de sus actitudes. Sutilísimas corazas de oro, sembradas de diamantes de luz maravillosa, brillaban sobre sus pechos, sujetas al talle por una larga faja de cachemira; unos cortos faldellines de seda roja resaltaban sobre los pantalones blancos que descendían hasta los tobillos. Llevaban en los brazos y en las piernas anillos y campanillas de plata, y ligeros velos, de colores vivísimos, cubrían sus cabezas.

Al sonido del hauk y de los fúnebres taré comenzaron en torno a la diosa Kalí una danza desenfrenada, haciendo voltear por el aire sus velos de seda azul o roja, y formando un entrecruzamiento de un efecto mágico y sorprendente.

De repente la danza cesó. Las dewadasi desfilaron ante la diosa tocando la tierra con la frente y se retiraron a un lado uniéndose en un grupo espléndido y pintoresco.

Los indios, que habían vuelto a sentarse, a una señal de Suyodhana se volvieron a poner en pie. Tremal-Naik comprendió que el suplicio iba a comenzar.

En lontananza resonó el redoble de tambores. Tremal-Naik se enderezó con los ojos llameantes y los puños cerrados en las culatas de sus pistolas.

—¡Aquí están! —rugió con indefinible acento de odio.

Los tambores se aproximaban y su redoble repercutía indefinidamente bajo las negras bóvedas de la caverna y por los tenebrosos corredores. Pronto se oyeron voces discordantes y salvajes, acompañadas por el sonido de los tam-tam.

El tigre emitió un sordo gruñido y agitó la cola.

Se abrió una gran puerta y entraron diez estranguladores con grandes vasos de terracota cubiertos de piel, que los indios llaman mirdengs. Luego, detrás de aquellos diez entraron otros veinte con grandes gautha, especie de campanillas de bronce, y luego otros doce provistos de ramsinga, taré y tam-tam.

Finalmente, detrás de aquellos hombres, que hacían un ruido espantoso, apareció la infeliz Ada con su coraza de oro constelada de diamantes, calzones de seda blanca y los cabellos sueltos sobre los hombros.

La víctima, que aquellos hombres sin piedad se preparaban a sacrificar en la hoguera, estaba pálida como un cadáver.

Dos estranguladores cubiertos por una larga túnica de seda amarilla la sostenían y otros diez le seguían cantando los elogios de su heroísmo y prometiéndole infinitas felicidades en el paraíso de Kalí, en recompensa de sus virtudes.

El momento terrible estaba ya cerca. Suyodhana había ya prendido fuego a la pira y las llamas se alzaban, como serpientes, hacia la bóveda de la caverna; ya los estranguladores, ensordeciéndola con mil aullidos, la arrastraban hacia el fuego; ya los tambores y los taré entonaban la marcha de la muerte.

Un grito desgarrador resonó en la caverna.

—¡Tremal-Naik! —gritó la víctima.

En el fondo del negro corredor resonó un grito feroz:

—¡Destroza, Darma…! ¡Destroza…!

El gran tigre de Bengala sólo esperaba aquella orden. Salió de su escondite con las fauces abiertas y las garras tensas, emitió un ronco rugido, y luego se lanzó con un salto gigantesco y cayó en medio de la multitud de los estranguladores.

Un grito de terror brotó de todas las gargantas a la vista del feroz carnívoro que ya había lanzado a tierra con dos potentes zarpazos a dos hombres.

—¡Destroza, Darma…! ¡Destroza…! —repitió la misma voz de antes.

Luego resonaron cuatro detonaciones que lanzaron por tierra a cuatro indios y obligaron a arrodillarse a los restantes. Y en medio de la nube de humo apareció el cazador de serpientes de la jungla negra, con la faz desencajada y empuñando el cuchillo.

Romper con irresistible impulso las filas de los indios aterrorizados, agarrar a la jovencita que había caído por tierra desmayada, apretarla entre los brazos y desaparecer bajo la galería con Kammamuri y el tigre a sus talones, fue para Tremal-Naik cosa de un solo momento.

15. EL TRIUNFO DE LOS ESTRANGULADORES

Los subterráneos de Raimangal, habitados por los sectarios de Kalí, eran enormemente vastos, quizás bastante más que los famosos subterráneos de Mavalipuran y Ellora.

Infinitas galerías surcaban el subsuelo en mil direcciones, algunas tan bajas que un hombre no podía permanecer en pie y otras altísimas y amplias, algunas rectas, otras tortuosas, algunas que subían hasta casi la superficie pantanosa de la isla y otras que descendían a las entrañas de la tierra.

Por un lado antros horribles, húmedos, fríos, obscurísimos y deshabitados durante siglos; por otro, cavernas, grutas, pagodas adornadas con monstruosas y extrañas figuras de la mitología india y llenas de columnas, y muchos pozos que daban accesos a subterráneos todavía más tenebrosos y quizás ignorados incluso de los propios estranguladores.

Una vez llevado a cabo su golpe de mano, Tremal-Naik se había lanzado bajo las negras bóvedas de la primera galería que se abría ante él, seguido por Kammamuri y el tigre. No sabía donde terminaba aquella galería, pero no se preocupaba. No veía, pero esto, por lo menos por el momento, le tenía sin cuidado.

Le bastaba con huir; le bastaba con poner entre sí y los estranguladores el mayor espacio posible, antes de que se recuperasen de la sorpresa y del terror desencadenado por la imprevista aparición del tigre y que organizaran la caza del hombre.

Había arrojado parte de sus municiones para ir más ligero y corría con la máxima velocidad sin desviarse.

Entre sus brazos estrechaba a la jovencita desvanecida y, poniendo todo cuidado para librarla de cualquier choque, repetía de vez en cuando:

—¡Salvada…! ¡Salvada…!

Kammamuri le seguía a duras penas, tambaleándose en la oscuridad, flanqueado por el fiel Darma que de cuando en cuando lanzaba un sordo gruñido.

—Detente, patrón —repetía el pobre maharata. —Yo me pierdo.

Tremal-Naik, por el contrario, aceleraba su carrera y respondía invariablemente:

—¡Adelante…! ¡Adelante…! ¡Ada está salvada…!

Corría ya diez minutos cuando chocó contra una pared que le cerraba el paso. El choque fue tan fuerte que cayó pesadamente a tierra, arrastrando con él a la muchacha.

Se levantó en seguida manteniendo siempre entre sus brazos a la jovencita, y chocó contra Kammamuri, que, transportado por el impulso, estuvo a punto de romperse el cráneo contra la pared.

—¡Patrón! —exclamó el maharata, aterrorizado—. ¿Qué sucede?

—¡El camino está cortado! —aclaró Tremal-Naik dirigiendo a su alrededor una mirada feroz.

—Detengámonos, patrón.

Estaba a punto Tremal-Naik de responder cuando en la lejanía se oyeron gritos espantosos. Dio un salto atrás lanzando una exclamación de rabia y desesperación.

—¡Los thugs!

—¡Patrón…!

—¡Corre, Kammamuri, corre…!

Se volvió a la derecha y reemprendió la carrera, pero a los diez pasos volvió a chocar contra un muro. Se le erizaron los cabellos.

—¡Maldición! —tronó—. ¿Estamos encerrados?

Se precipitó a la izquierda y chocó contra una tercera pared. El tigre, que también se había golpeado contra las rocas, hizo oír un maullido que pronto se convirtió en un formidable rugido.

Tremal-Naik volvió atrás. Por un instante tuvo la idea de volver sobre sus pasos para buscar otra galería, pero el temor de encontrarse de improviso frente al enemigo lo retuvo.

Si hubiera estado solo no hubiera dudado en lanzarse en medio de la horda que estaba a punto de encerrarle en la gruta. Pero exponerse a aquel riesgo ahora que había arrebatado a la muerte a aquella a quien amaba, ahora que había alcanzado su objetivo, lo espantaba.

Y sin embargo era preciso salir a cualquier costa de aquella caverna ciega, que podía transformarse, en unos instantes, en una tumba.

Volvió atrás con pasos lentos hacia el centro de la caverna, con los ojos fijos ante sí y aguzando el oído, luego se inclinó y depositó dulcemente en tierra a la jovencita. Sacó con rápido gesto sus pistolas del cinturón y las cargó.

—¡Darma! —llamó.

El tigre se le aproximó.

—Permanece al lado de esta mujer —le ordenó Tremal-Naik. —No te muevas hasta que no te llame. Si alguien se aproxima desgárralo sin piedad.

—¿Qué quieres hacer, patrón? —preguntó Kammamuri.

—Es preciso salir de aquí —dijo Tremal-Naik. —Iremos a buscar una galería que nos permita retirarnos a un lugar seguro. Ven, Kammamuri.

El maharata, después de haber vagado por algunos minutos en las tinieblas, se le acercó. Se oyó el ruido de las pistolas que armaba.

—Estoy dispuesto, patrón —dijo.

Los dos indios salieron de la caverna y se encaminaron, volviendo a recorrer en sentido inverso la galería. Tremal-Naik, girando sobre sí, distinguió en la oscuridad los ojos verdes del tigre.

—Puedo fiarme —murmuró. —No temas, Ada, te salvaremos.

Sofocó un suspiro y prosiguió, caminando inclinado y sobre la punta de los pies, tocando con una mano la pared de la izquierda. Kammamuri, cinco pasos más atrás, tanteaba la pared de la derecha.

Avanzaron unos pocos minutos y luego se detuvieron ambos, aguantando la respiración. Se oía en el fondo de la galería un leve rumor, como un roce. Se diría que una o más personas avanzaban reptando como serpientes.

Tremal-Naik atravesó la galería y fue a topar con Kammamuri, el cual se estremeció vivamente.

—¿Has oído? —preguntó Tremal-Naik.

—Sí, he oído un leve rumor. Alguien avanza reptando.

Tremal-Naik tembló de pies a cabeza y se volvió hacia la gruta. Los ojos de tigre ya no brillaban. Se apoderó de él una vaga inquietud.

Dio unos pasos atrás para volver, pero se detuvo de repente al oír a poca distancia una leve respiración. Agarró la mano de Kammamuri y apretó fuertemente.

—¿Nada? —murmuró una voz.

—Nada —respondió otra voz apenas audible.

—¿Habremos equivocado el camino?

—Eso temo.

—¿Sabes dónde vamos?

—Creo que sí.

—¿Hay pasajes?

—Me parece que no.

—¿Escondites?

—Un pozo, si recuerdo bien.

—¿Crees que estarán ahí?

—Imposible saberlo.

—¿Quieres proseguir?

—Prefiero volver.

—¿Quién nos sigue?

—Nadie, pero a trescientos pasos, detenidos en el ángulo, tenemos hermanos.

—¿No podrán salir de aquí, pues?

—No.

—Volvamos y más tarde rebuscaremos en la caverna.

Se oyó un leve roce que poco a poco se hizo menos audible hasta que cesó del todo.

Tremal-Naik volvió a coger la mano de Kammamuri.

—¿Has oído?

—Todo, patrón —afirmó el maharata.

—Todas las salidas están cerradas.

—Nos conviene volver a la caverna, patrón.

—Pero más tarde volverán y nos descubrirán. ¿Y si forzásemos una brecha? Trescientos pasos se pueden recorrer sin ser oídos.

—¿Y Ada?

—La llevaré yo y nadie osará tocarla.

—Pero al primer tiro de fusil tendremos encima de nosotros a todos los sectarios. El eco se propaga rápidamente en estas galerías.

Tremal-Naik apretó los puños espasmódicamente.

¿Y si descendiésemos al pozo? —propuso Kammamuri.

¿Al pozo?

—Sí, ¿no los has oído hablar de un pozo? Quizá comunica con cualquier galería que nos conduzca al exterior. ¡Volvamos patrón!

Tremal-Naik no se lo hizo repetir. Alcanzó el muro y lo siguió hasta que se encontró de nuevo en el antro. El tigre dejó oír un sordo gruñido.

—Silencio, Darma —dijo.

Se le aproximó y se inclinó hacia el suelo.

—¡Ada! ¡Ada! —susurró con viva ansiedad.

La joven no respondió. Estaba todavía desmayada, pero Tremal-Naik no se atormentó por ello. Dijo:

—Volverá en sí en unos pocos minutos. La emoción que ha experimentado debe de haber sido fuerte. Busquemos el pozo, Kammamuri.

—Déjame obrar a mí, patrón. Tú piensa en tu Ada e impide que alguien entre en la caverna.

Se puso a buscar andando un poco a la derecha y otro poco a la izquierda, a tientas, avanzando, retrocediendo y a menudo agachándose. Cuatro veces fue a chocar contra las paredes sin haber encontrado nada y otras tantas veces volvió junto al patrón. Ya desesperaba de triunfar en su intento cuando se encontró cerca de un parapeto, el cual, según sus cálculos, debía de estar situado casi en medio de la caverna.

—Este debe de ser el pozo —murmuró.

Se levantó haciendo deslizarse sus manos sobre el muro y sintió que a un metro del suelo se interrumpía. Giró alrededor de él y luego se inclinó sobre el parapeto y miró abajo. Naturalmente, sólo descubrió tinieblas.

Tanteó el terreno con una mano hasta que encontró una piedrecita que dejó caer en el pozo.

—Bien, no hay agua y no es muy profundo. ¡Patrón! —llamó.

Tremal-Naik levantó con precaución a la jovencita y se le acercó.

—¿Y bien? —preguntó.

—La suerte está con nosotros. Podemos descender.

—¿Hay escalones?

—Me parece que no. Descenderé yo primero.

Se ató a la cintura una cuerda que había llevado consigo, puso su extremo en las manos de Tremal-Naik y se introdujo intrépidamente en el pozo, agitando las piernas en el vacío. El descenso duró un cuarto de minuto como máximo, y luego Kammamuri posó el pie sobre un terreno completamente alisado, que resonó como si por debajo estuviera vacío.

—¡Alto, patrón! —dijo.

—¿No oyes nada? —le preguntó Tremal-Naik inclinándose sobre el parapeto.

—¡No! Dame a la jovencita y luego déjate caer. No hay más de ocho pies.

Atada por debajo de las axilas, Ada pasó a los brazos de Kammamuri y luego Tremal-Naik se dejó caer, llevándose consigo la cuerda.

—¿Habrá algún pasaje? —demandó Kammamuri.

—No lo creo; de cualquier forma, nos aseguraremos más tarde. Quédate aquí con el tigre; yo encenderé una antorcha que he traído e intentaré que vuelva en sí Ada.

Volvió a tomar a la jovencita y la transportó algunos pasos más lejos, mientras el tigre con un gran salto se precipitaba en el pozo agazapándose al lado del maharata.

Tremal-Naik se quitó la ancha faja de cachemira, la extendió en tierra, depositó sobre ella a la muchacha y se arrodilló al lado; luego prendió fuego a una pequeña antorcha resinosa.

Pronto una luz azulenca iluminó el subterráneo. La nueva caverna a que habían descendido era bastante amplia, con las paredes de tierra agrietadas y esculpidas de manera extraña. La bóveda estaba también adornada de esculturas, que representaban cabezas de elefantes y divinidades indias, y se elevaba por el medio donde se abría la boca del pozo, formando una especie de gigantesco embudo vuelto al revés.

Tremal-Naik, extremadamente pálido, se inclinó sobre la jovencita y le desató la coraza de oro, cuyos diamantes lanzaban destellos de viva luz. Aquella bella criatura estaba fría como el mármol y blanca como el alabastro. Tenía los ojos cerrados y rodeados por un círculo azul, las facciones alteradas y los labios semiabiertos que dejaban al descubierto los blanquísimos dientes: se hubiera dicho que estaba muerta. Tremal-Naik le separó delicadamente los largos y negros cabellos que caían sobre su frente y la contempló durante unos instantes manteniendo incluso la respiración.

Luego le tocó la frente y aquel contacto arrancó a la jovencita un leve suspiro.

—¡Ada! ¡Ada! —exclamó el indio.

La cabeza de la jovencita, inclinada sobre un hombro, se alzó lentamente y luego los párpados se abrieron y su mirada se fijó en el rostro de Tremal-Naik. Un grito le salió de los labios.

—¿Me reconoces, Ada? —preguntó Tremal-Naik.

—Tú… tú aquí, Tremal-Naik —exclamó ella con voz débil—. No… no es posible… ¡Dios mío, haz que no sea un sueño…!

Inclinó la cabeza sobre el pecho y estalló en sollozos.

—He llegado a tiempo para salvarte.

Ella levantó la cara bañada en lágrimas. Sus manitas apretaron afectuosamente las del valiente indio.

—¡No, no es un sueño! —exclamó ella riendo y llorando al mismo tiempo — ¿Pero dónde estoy? ¿Por qué estas húmedas paredes…? ¿Por qué esa antorcha…? Tengo miedo, Tremal-Naik…

—Estás cerca de mí, Ada, al abrigo de los golpes enemigos. No tengas miedo: yo te defenderé.

Ella le miró por algunos instantes con extraña fijeza, luego se fue poniendo pálida como una muerta y todo su cuerpo se estremeció.

—¿He soñado? —murmuró.

—No has soñado —dijo Tremal-Naik, que adivinó su pensamiento. —Estaban a punto de sacrificarte a su espantosa divinidad.

—Sí, sí, recuerdo, me arrastraban por las galerías… me aturdían con sus gritos… el fuego ardía ante mí. Estaban a punto de arrojarme a las llamas… ¡Tengo miedo, Tremal-Naik!

El indio le contestó con voz conmovida:

—No tiembles, estás a mi lado, defendida por el fuerte brazo de Kammamuri y las garras de mi fiel Darma.

—¡Oh! Quiero ver a estos compañeros tuyos.

—¡Kammamuri! ¡Darma! —llamó el cazador de serpientes.

El maharata y el tigre se acercaron a su amo.

—Este es Kammamuri —dijo Tremal-Naik, —un valiente.

El maharata cayó a los pies de la jovencita y le besó la orla de su manto.

—Gracias, mi buen amigo —dijo ella.

—Ama —respondió Kammamuri, —mi buena ama, soy tu esclavo. Haz de mí lo que quieras. Seré feliz de perder mi vida por tu libertad y…

Se detuvo de repente, poniéndose en pie. Tremal-Naik, a pesar de su extraordinario valor, se estremeció. Se había oído de improviso un lejano fragor que se aproximaba rápidamente.

—¿Llegan? —se preguntó Tremal-Naik, estrechando con su mano izquierda la mano de la muchacha y empuñando con la derecha la pistola.

El tigre rugió sordamente.

El rumor se aproximaba cada vez más. Pasó por encima de sus cabezas haciendo temblar las bóvedas de la gruta y luego cesó de golpe.

—¡Patrón! —murmuró Kammamuri — ¡apaga la antorcha!

Tremal-Naik obedeció y los cuatro se sepultaron en las tinieblas. Se volvió a repetir el mismo fragor, hasta que pasó por encima de sus cabezas y como antes cesó encima del pozo.

Ada tembló tan fuertemente que el indio se dio cuenta.

—Estoy aquí para defenderte —le dijo. —Nadie descenderá aquí. No se lo permitiremos.

¿Pero qué es? —preguntó Kammamuri.

¿Sabes algo de ello, Ada?

—He oído este rumor otras veces —respondió con un hilo de voz la jovencita. —Jamás supe qué significaba ni qué lo producía.

El tigre rugió por segunda vez y miró fijo a la garganta del pozo.

—Kammamuri —dijo Tremal-Naik, —alguien se aproxima.

—Sí, el tigre lo ha oído.

—Permanece cerca de Ada. Yo voy a ver si bajan.

La jovencita se agarró a él temblando y:

— Tremal-Naik! ¡Tremal-Naik! —murmuró con voz apenas perceptible.

—No temas, Ada —respondió el indio, que en aquel instante se sentía fuerte como para luchar contra mil hombres.

Se desasió del abrazo de la muchacha y se aproximó a la boca del pozo con el cuchillo entre los dientes y la carabina armada. El tigre le seguía rezongando. No había dado diez pasos cuando oyó arriba un leve roce. Pasó la mano por la cabeza de Darma como para recomendarle silencio y se aproximó con mayor precaución, deteniéndose bajo la abertura del pozo.

Miró para arriba, pero la oscuridad era demasiado densa para distinguir algo. Aguzando el oído, percibió un leve susurro. Se hubiera dicho que algunas personas hablaban cerca del brocal.

—Aquí están —murmuró.

Un resplandor iluminó la gruta de arriba. Tremal-Naik percibió, inclinados sobre el pozo, seis o siete indios.

Apuntó rápidamente la carabina y dirigió el cañón hacia el parapeto.

—Estoy seguro de que están aquí abajo —dijo una voz en tono amenazador.

—He visto a nuestro hombre —dijo otra.

Tremal-Naik apretó el gatillo. La detonación produjo un clamor espantoso.

Un golpe seco resonó en el pozo y cesó de improviso toda clase de ruidos.

Kammamuri y Ada se precipitaron de común acuerdo hacia él.

—Han cerrado el pozo —dijo Tremal-Naik—, pero saldremos de aquí, Ada, te lo prometo.

Encendió la antorcha e hizo sentarse a la joven sobre la faja de cachemira.

—Estás cansada —le dijo dulcemente. —Trata de reposar mientras nosotros buscamos una salida. Mientras estemos aquí nosotros, no correrás ningún peligro.

La jovencita, quebrantada por tantas emociones, a pesar de la inminencia del peligro le obedeció y se acurrucó sobre el chal. Tremal-Naik y el maharata se dirigieron a las paredes y se pusieron a tantearlas con profunda atención, esperando encontrar algún pasaje que les permitiese la ruga.

Había una cosa extraña e incomprensible: al otro lado de la pared se oía de vez en cuando un ronco fragor igual al oído poco antes y que hacía refunfuñar al tigre.

Hacía media hora que buscaban, golpeando las rocas con el cuchillo y desconchándolas, cuando se dieron cuenta de que la temperatura del antro estaba cambiando, haciéndose más caliente. Tremal-Naik y el maharata sudaban como si estuvieran en una estufa.

—¿Qué quiere decir esto? —se preguntó el cazador de serpientes, bastante inquieto.

Transcurrió otra media hora durante la cual la temperatura continuó elevándose. Parecía como si surgieran llamaradas de fuego de las rocas. Muy pronto aquel calor se hizo insoportable.

—¿Querrán asarnos? —preguntó el maharata.

—No comprendo nada —confesó Tremal-Naik.

—¿Pero de dónde viene este calor? Si continúa así nos abrasaremos.

—Apresurémonos.

Reanudaron los sondeos, pero dieron toda la vuelta a la caverna sin haber descubierto ningún pasaje. Sin embargo, en un ángulo, la roca resonaba como si estuviese vacía. Se podía atacarla con los cuchillos y excavar una galería.

Los dos indios volvieron junto a la joven, pero ésta dormía. Cambiaron brevemente impresiones sobre lo que debían de hacer y decidieron proceder inmediatamente a su liberación.

Empuñando los cuchillos, asaltaron vigorosamente la roca, pero en seguida tuvieron que descansar. La temperatura había llegado a ser ardiente y se morían de sed.

—¿Tendremos que morir en esta gruta? —se preocupó Tremal-Naik, lanzando una mirada desesperada sobre las rocas que poco a poco se calcinaban.

En aquel instante un misterioso murmullo se dejó oír sobre sus cabezas y un enorme pedazo de roca se desprendió de la bóveda, cayendo a tierra con gran estrépito. Casi simultáneamente de aquella grieta fluyó furiosamente un gran chorro de agua.

—¡Estamos salvados! —se regocijó Kammamuri.

—¡Tremal-Naik! —gritó la joven, despertada por el ruido.

El indio acudió hacia ella.

—¿Qué quieres? —le preguntó.

—Me ahogo… me falta aire. ¿Qué es este intenso calor que me reseca? ¡Un sorbo de agua, Tremal-Naik, dame un sorbo de agua!

El cazador de serpientes la tomó en sus robustos brazos y la llevó cerca de la cascada, donde el maharata y el tigre bebían a largos sorbos.

Con las manos hizo una especie de cuenco que llenó de agua y acercó a los labios de la jovencita diciéndole:

—Bebe, Ada; hay para todos.

Le dio varias veces de beber y luego a su vez apagó su sed.

De repente el tigre lanzó un ronco rugido, y luego cayó pesadamente al suelo, debatiéndose furiosamente. Kammamuri, aterrorizado, acudió a la fiera, pero de repente las fuerzas le faltaron y también cayó él boca arriba con los ojos desorbitados, las manos contraídas y los labios cubiertos de espuma.

—¡Pa…trón! —balbuceó con apagada voz.

—¡Kammamuri! —gritó Tremal-Naik. ¡Gran Siva…! ¡Ada…! ¡Oh, mi Ada…!

La jovencita, como el tigre y Kammamuri, tenía los ojos desorbitados, espuma en los labios y las facciones espantosamente alteradas. Agitó las manos intentando agarrarse al cuello del indio, abrió la boca como si quisiera hablar y luego cerró los ojos y se quedó rígida. Tremal-Naik la sostuvo y lanzó un grito desgarrador.

—¡Ada…! ¡Socorro…! ¡Socorro…!

Fue su último grito. Se le ofuscó la vista, se le quedaron rígidos los músculos, una violenta convulsión lo sacudió de pies a cabeza y vaciló, se volvió a alzar, y luego cayó como fulminado sobre las ardientes piedras de la caverna.

Casi en el mismo instante se oyó un estallido y una turba de indios se precipitó en la gruta.

16. EL CAPITÁN MACPHERSON

Era una magnífica noche de agosto, una verdadera noche tropical.

La brisa era tibia, dulce, invadida por el suave perfume de los jazmines, los fiambagas, los musendas y los nagatampos.

Allá arriba, en un cielo purísimo, de un azul índigo, constelado por miríadas de centelleantes estrellas, la luna seguía su curso, iluminando fantásticamente la corriente del Hugli, que transcurría como una inmensa cinta de plata a través de las interminables llanuras del delta gangético.

Bandadas de marabúes aleteaban sobre la corriente, posándose en una u otra orilla, a los pies de los cocoteros, los artocarpos, los bananos y los tamarindos, que curvaban con gracia sus ramas por encima de las olas.

Un silencio fúnebre y misterioso reinaba por doquier, interrumpido de vez en cuando por una bocanada de aire que hacía zurrir las frondas de los árboles, o por el aullido agudísimo y melancólico del chacal que vagaba por las orillas del río o por el graznar de cuervos y marabúes.

Aunque la hora era bastante avanzada y pese a que mil peligros se escondían en las sombras de la noche, un hombre estaba tumbado al pie de un gran tamarindo.

Tendría entre los treinta y cinco o cuarenta años y llevaba el uniforme de capitán de cipayos, rico en adornos de oro y plata. Era de alta estatura, cuerpo robusto, carnación bronceada pero bastante menos oscura que la de los indios. Se adivinaba en él al europeo que durante muchos años ha estado expuesto a los calores del sol tropical.

Su rostro era soberbio, pero su frente estaba surcada por arrugas precoces. Sus ojos eran grandes, melancólicos, pero a veces centelleaban con gran osadía.

De vez en cuando alzaba la cabeza, miraba fijamente al gran río y hacía un gesto de impaciencia.

Había transcurrido ya media hora cuando en lontananza resonó una detonación. El capitán alargó la mano derecha hacia una rica carabina con arabescos de plata y nácar, saltó rápidamente en pie y descendió a la orilla, agarrándose a las raíces del tamarindo que salían, como serpientes, de la tierra. Por el norte había aparecido un punto negro que iba gradualmente aproximándose; alrededor de él centelleaba el agua sacudida por los remos.

—Aquí están —murmuró el capitán.

Alzó la carabina por encima de su cabeza y disparó. Un relámpago zigzagueó sobre el punto negro y resonó una segunda detonación.

—Todo va bien —concluyó el capitán. —Espero esta vez saber algo.

Al cabo de diez minutos la barca, un esbelto y bellísimo murpunky conducido por seis indios provistos de largas pagallas y guiado por un sargento de cipayos, llegó a pocas brazas de la orilla. Con unos pocos golpes de remo se encalló profundamente entre las hierbas.

El sargento saltó diligentemente a tierra saludando militarmente.

—Bharata, ven conmigo —le dijo el capitán, y condujo al indio bajo el tamarindo.

—¿Estamos solos? —preguntó el sargento.

—Completamente solos —afirmó el capitán. —Puedes relatarme lo que quieras.

—Dentro de una hora Negapatnan estará aquí.

—¿Entonces lo han cogido? —preguntó el capitán con emoción. —Creía que me había engañado.

—Es cierto, capitán. El muy miserable estaba encerrado desde una semana antes en los subterráneos del fuerte William.

—¿Están seguros de que es un estrangulador?

—Segurísimos, y es uno de los jefes más poderosos.

—¿Ha confesado algo?

—Nada, capitán.

—¿Cómo lo aprehendieron?

—El bribón se había escondido en los alrededores del fuerte William y allí esperaba a sus presas. Ya habían caído seis soldados bajo su infalible lazo y sus cadáveres se habían encontrado desnudos y con el misterioso tatuaje en el pecho. El capitán Hall, hace unos siete días, se puso en campaña con algunos cipayos, resuelto a descubrir al asesino. Después de dos horas de infructuosas búsquedas se detuvo bajo la fresca sombra de un borazo para descansar un poco. De repente sintió un lazo que le caía sobre la cabeza y que le apretaba el cuello. Se puso en pie agarrando fuertemente la cuerda y se lanzó sobre el estrangulador demandando socorro. Los cipayos no estaban lejos. Cayeron sobre el indio que se debatía furiosamente, rugiendo como un león, y lo derribaron por tierra.

—¿Y dentro de una hora ese hombre estará aquí? —preguntó el capitán Macpherson.

—Sí, capitán —respondió Bharata.

—¡Por fin!

—¿Queréis saber alguna cosa por él?

—Sí —exclamó el capitán, que se había puesto triste.

—Tenéis algún gran dolor que intentáis esconderme —dijo el sargento—. ¿Por qué no relatármelo todo? Quizás podría seros útil.

El capitán no respondió en seguida. Se había quedado bastante lúgubre y las lágrimas humedecieron sus ojos. Después dijo:

—Mi buen Bharata, es justo que lo sepas todo.

Se levantó, dio tres o cuatro pasos con la cabeza inclinada sobre el pecho y luego volvió a sentarse al lado del sargento.

—Era el año 1853 —empezó con voz que en vano se esforzaba para que sonase firme. —Mi mujer había muerto hacía bastantes años, a causa del cólera, y me había dejado una muchacha, bella, con los cabellos castaños y ojos grandes y dulces.

Permaneció algunos instantes en silencio como si le supusiera demasiada fatiga continuar; luego prosiguió.

—Una mañana la población de Calcuta se encontró presa de un vivo temor. Los thugs, o estranguladores como se dicen, habían fijado en los muros y en los troncos de los árboles unos manifiestos en los que advertían a los habitantes que su diosa requería una muchacha para su pagoda. Sin saber por qué, me vi acometido por un gran temor; presagié una desgracia inminente. Aquella misma tarde hice embarcar a mi hija y la recluí dentro de los muros del fuerte William, seguro de que los thugs no llegarían hasta ella.

Miró fijamente a los ojos del sargento y concluyó:

—Tres días después, mi Ada se despertaba con el tatuaje de los estranguladores en los brazos.

—¿Había penetrado en el fuerte un thug?

—Es indudable.

—¿Tienen quizás afiliados entre nuestros cipayos?

—Su secta es inmensa, Bharata, y tienen afiliados en toda la India, en Malasia e incluso en China. Yo, que no había conocido jamás el temor, aquel día lo experimenté por primera vez. Comprendí que mi hija había sido elegida por la monstruosa diosa y redoblé la vigilancia. Comíamos juntos, yo dormía en la estancia contigua, y tenía centinelas que vigilaban día y noche ante su puerta. Todo fue inútil; una noche mi hija desapareció.

—¡Vuestra hija desapareció! ¿Pero cómo…?

—Los estranguladores habían desquiciado una ventana, habían entrado y la habían raptado. Los afiliados habían vertido un poderoso narcótico en nuestro vino y nadie oyó nada ni se dio cuenta de nada.

El capitán, presa de una indecible emoción, calló un momento.

—La busqué durante largos años —prosiguió, —pero no logré encontrar ni siquiera sus huellas. Los estranguladores la habían llevado a su inaccesible guarida. Cambié mi nombre y adopté el de Macpherson, para actuar mejor, y emprendí una campaña despiadada contra ellos, pero todo fue en vano. Han transcurrido cuatro largos años y mi hija está todavía en poder de esos hombres…

En la lejanía se oyó un toque de trompeta. Ambos se alzaron precipitadamente corriendo hacia el río.

—¡Aquí están! —gritó Bharata.

De los labios del capitán Macpherson surgió una especie de sordo rugido y en sus ojos centelleó un relámpago de feroz alegría.

Se apresuró hacia la orilla y distinguió, a quinientos o seiscientos metros de distancia, una gran canoa que descendía con rapidez por la corriente. A bordo se distinguían algunos cipayos con las bayonetas caladas en las carabinas.

—¿Lo ves? —preguntó rechinando los dientes.

—Sí, capitán —respondió Bharata. —Está sentado a popa entre dos cipayos, bien encadenado.

La gran lancha fue a tomar tierra cerca del capitán. Desembarcaron seis cipayos de bronceados y altivos rostros. Detrás de ellos descendieron otros dos cipayos que tenían fuertemente agarrado por los brazos al estrangulador Negapatnan.

Era éste un indio de casi seis pies de altura, delgado y ágil. Su rostro era torvo, barbudo, de color de cobre, y sus pequeños ojos brillaban como los de una serpiente colérica.

En medio del pecho tenía tatuada, en azul, la serpiente con cabeza de mujer, rodeada por muchos signos indescifrables. Al divisar al capitán Macpherson el thug se estremeció; una profunda arruga cruzó su frente.

—¿Me conoces? —preguntó el capitán, a quien no se le había escapado aquel estremecimiento, por rápido que hubiera sido.

—Tú eres el padre de la Virgen de la pagoda sagrada —respondió el indio. —Eres el capitán Harry Corishant.

—No, el capitán Harry Macpherson.

—Porque has cambiado de nombre.

—¿Sabes por qué te he hecho traer aquí?

—Supongo que será para hacerme hablar, pero será un intento inútil.

El capitán Macpherson recogió su carabina, la montó y se puso a la cabeza de la pequeña columna, tomando un sendero abierto a través de un bosque de nagatampos, bellísimos árboles con cuyas flores se adornan las muchachas elegantes de Bengala y cuya madera es tan dura que le ha valido el nombre de «madera de hierro».

Apenas habían recorrido un cuarto de milla sin encontrar a nadie cuando en medio del bosque se oyó el aullido del chacal.

Al oírlo, Negapatnan alzó vivamente la cabeza y lanzó una rápida ojeada bajo los árboles. Los cipayos que caminaban a sus lados emitieron una sorda exclamación.

—Estad en guardia, capitán —dijo Bharata. —El thug ha advertido algo.

—¿Quizá la presencia de amigos?

—Puede ser.

Se oyó el mismo grito pero más fuerte que antes. El capitán Macpherson se volvió a la derecha del sendero.

—¡Eso no es un chacal! —exclamó.

—Estad en guardia —repitió el sargento. —Es una señal.

—Apretemos el paso.

El destacamento reanudó la marcha, con las carabinas dirigidas a ambos lados del sendero.

Diez minutos después llegaba, sin más alarmas, ante la morada del capitán Macpherson.

17. NEGAPATNAN

La villa del capitán Harry Macpherson se erguía en la orilla izquierda del Hugli, ante una pequeña bahía en la que flotaban bastantes gonga y algunos mur-punky.

Era uno de esos palacetes que en la India se llaman bungalows, elegante, comodísimo, con un solo piso elevado sobre unos cimientos de ladrillo y coronado por un techo piramidal.

Una galería cuya parte superior correspondía a una amplia terraza giraba en todo su alrededor, resguardada del sol por espesas esteras de fibra de coco. A derecha e izquierda se extendían pequeños edificios y cobertizos destinados a las cocinas, la despensa, las cuadras y los alojamientos de los cipayos, sombreados por tara, latinia y no pocos pipal y nim, árboles de enorme tronco y de follaje espeso y bajo que hoy han desaparecido en gran parte de las llanuras del delta gangético.

El capitán Macpherson entró en el palacete dejando a los cipayos en la puerta, recorrió una larga fila de habitaciones, amuebladas sencillamente pero con elegancia y salió a la terraza resguardada por un gran toldo. No tardó Bharata en alcanzarlo arrastrando a viva fuerza al estrangulador Negapatnan.

—Siéntate y hablemos —dijo el capitán indicando al estrangulador un asiento de delgados bambúes entrecruzados.

Negapatnan obedeció, haciendo tintinear las cadenas que le aprisionaban las muñecas. Bharata se colocó a su lado poniéndose delante un par de pistolas.

—Has dicho que me conocías —dijo el capitán Macpherson fijando en el indio una mirada aguda como la punta de un alfiler—. ¿Cómo es que me conoces?

—Te vi varias veces en Calcuta. Una noche incluso te seguí esperando estrangularte, pero me falló el golpe.

—¿Recuerdas la noche en que mi hija fue raptada? —preguntó el capitán.

—Como si fuese ayer. Era la noche del 24 de agosto de 1853. Negapatnan estuvo siempre a la cabeza de todas las empresas de los thugs —dijo el indio con orgullo. —Fui yo el que desencajó la ventana y raptó a tu hija.

El capitán se contuvo a duras penas oyendo aquella declaración, hecha con un cinismo que resultaba incluso ofensivo. Y con voz alterada por la emoción y la ira replicó:

—¡Dime dónde está mi hija, Negapatnan…!

El indio permaneció impasible como una estatua de bronce.

—Te daré la vida, Negapatnan.

El indio continuó callado.

—Te daré todo el oro que quieras y te llevaré a Europa donde te sustraerás a la venganza de tus compañeros. Te haré conceder un grado en el ejército inglés, te abriré el camino para ascender, pero ¡dime dónde está mi Ada!

—Capitán Macpherson —dijo el estrangulador con faz torva. —¿Tu regimiento no tiene una bandera?

—Sí.

—¿No has jurado fidelidad a esa bandera?

—Ciertamente.

—Pues bien, yo he jurado fidelidad a mi diosa, que es mi bandera. Ni la libertad que me prometes, ni tu oro, ni los honores quebrantarán mi fe. ¡No hablaré!

El capitán Macpherson se puso en pie, recogiendo de tierra un látigo. Se había puesto rojo como las brasas y sus ojos fulguraban de rabia.

—No me toques con esa fusta porque desciendo de un rajah —gritó el estrangulador retorciendo las cadenas.

Por toda respuesta el capitán Macpherson alzó el látigo y trazó en el rostro del prisionero un surco sangriento.

Un rugido de fiera salió de los labios del estrangulador.

—Mátame —dijo con un tono de voz que ya no tenía nada de humano. —Mátame, porque si no lo haces, te arrancaré las carnes de los huesos a jirones.

—¡Sí, te mataré, no temas! Bharata, llévatelo al subterráneo.

Bharata agarró al estrangulador por la mitad del cuerpo y lo arrastró sin que éste opusiera resistencia.

El capitán Macpherson arrojó el látigo y se puso a pasear por la terraza con pasos excitados, hosco y meditabundo.

De repente se detuvo alzando vivamente la cabeza. De uno de los recintos había partido un formidable barrito, propio del elefante cuando siente aproximarse a un enemigo.

—¡Oh! —exclamó el capitán—. ¡El barrito de Bhagavadi!

Se inclinó sobre el parapeto de la terraza. Por encima de un recinto apareció la cabeza gigantesca de un elefante que emitió un segundo barrito.

Casi al mismo tiempo, a trescientos metros del bungalow saltó por los aires una masa negra, dotada de una extraordinaria agilidad, que inmediatamente volvió a caer escondiéndose entre las hierbas.

A la incierta claridad nocturna el capitán no logró distinguir qué era.

—¡Hola! —gritó.

El cipayo que hacía la guardia bajo el cobertizo salió con la carabina bajo el brazo.

—¿Capitán? —inquirió, dirigiendo su mirada hacia arriba.

—¿Has visto algo?

—Sí, capitán. Me ha parecido un animal.

La misma masa negra de antes volvió a dar un salto. El cipayo lanzó un grito de terror:

—¡Un tigre…!

El capitán saltó hacia la jungla.

—¡Maldición! —exclamó con rabia.

Ante la detonación el felino se había detenido haciendo oír un sordo gruñido, y luego se había internado entre los bambúes con mayor rapidez.

—¿Qué sucede? —preguntó Bharata precipitándose a la terraza.

—Tenemos un tigre en los alrededores —respondió el capitán.

—¡Un tigre! ¡Es imposible, capitán!

—Lo he visto con mis propios ojos.

—¡Pero si los habíamos exterminado a todos…!

—Parece ser que éste ha escapado de nuestras carabinas.

—Ese animal nos dará molestias, capitán.

—Por poco tiempo, te lo prometo. No me gustan tales vecinos.

—¿Le daremos caza?

El capitán consultó su reloj.

—Son las tres. Dentro de una hora espero montar en Bhagavadi y dentro de dos tener la piel del tigre.

18. EL SALVADOR

Comenzaba a alborear cuando el capitán Macpherson y Bharata salieron al patio del bungalow.

Iban armados de carabinas de gran alcance y gran calibre, de pistolas y cuchillos de hoja anchísima y de doble filo. Un cipayo los seguía llevando otras dos carabinas de repuesto y algunas largas picas.

En pocos minutos llegaron al recinto en cuyo umbral barritaba ruidosamente Bhagavadi, rodeado de media docena de mahuts, o conductores de elefantes.

Bhagavadi era uno de los elefantes más grandes y más bellos que se podían encontrar en las orillas del Ganges.

En el lomo le habían acomodado el hauda, especie de barquilla en la que toman lugar los cazadores, sólidamente asegurada con cuerdas y cadenas.

—¿Estamos dispuestos? —preguntó el capitán Macpherson.

—¡Sí! —respondió el jefe de los mahuts.

—¿Los batidores?

—Están ya en los bordes de la jungla con los perros.

Uno de los mahuts más hábiles se colocó sobre el cuello de Bhagavadi armado de un gran garfio y una larga pica.

El capitán Macpherson, Bharata y el cipayo, habiendo hecho descender la escala, tomaron su asiento en el hauda, llevándose consigo sus armas.

Se dio la señal de la partida en el momento en que el sol surgía por detrás del bosque de borasos, iluminando de golpe el río y sus orillas.

El elefante caminaba con paso expedito, excitado por la voz de su conductor, rompiendo y destrozando bajo sus enormes patas las raíces y los arbustos, y abatiendo con un vigoroso golpe de trompa los árboles o los bambúes que le obstaculizaban el camino.

El capitán Macpherson, sentado en la parte delantera del hauda con una carabina entre sus manos, espiaba atentamente los grupos de plantas y las altas hierbas, en medio de las cuales podía esconderse el tigre.

Un cuarto de hora después llegaba al margen de la jungla, erizada de bambúes y de espesuras de matorrales espinosos. Seis cipayos, provistos de largas pértigas y armados con hachas y fusiles, les esperaban con una jauría de pequeños perros, miserables gozquejos en apariencia, pero muy valientes en realidad, indispensables para cazar el terrible felino.

—¿Alguna novedad? —preguntó el capitán.

—Hemos descubierto las huellas del tigre —respondió el jefe de los batidores.

—¿Frescas?

—Fresquísimas; el tigre ha pasado por aquí hace media hora.

—Entonces entremos en la jungla. Soltad a los perros.

Los gozquejos, libres ya de la traílla, se lanzaron animosamente en medio de los bambúes, tras las huellas del tigre, ladrando con furor. Bhagavadi, después de haber olfateado con la trompa el aire tres o cuatro veces a diversas alturas, se adentró en la jungla derribando con su peso la masa de vegetación.

—Estáte bien atento, Bharata —dijo Macpherson.

—¿Habéis descubierto algo capitán?

—No, pero el tigre puede haber vuelto sobre sus pasos y haberse emboscado entre los bambúes. Sabes que esos animales son astutos y que no temen asaltar un elefante.

—En tal caso se las tendrá que ver con Bhagavadi. No es la primera vez que nuestro coloso va a la caza del tigre y éste que nos ocupa no será el primero en ser aplastado bajo sus patas o lanzado a romperse los huesos contra cualquier árbol. ¿Habéis visto al tigre?

—Sí, y puedo decirte que era gigantesco. No recuerdo haber visto jamás un ejemplar tan grande y tan ágil; daba saltos de diez metros.

—¡Oh! —exclamó el indio. —De un salto llegaría fácilmente hasta el hauda.

—Si le dejamos aproximarse.

En la lejanía se oyeron de improviso los ladridos furiosos de los perros, mezclados con un gañido quejoso. Bharata sintió cómo le corría un estremecimiento por los huesos.

—Los perros lo han descubierto —dijo.

—Y alguno ha sido destripado —añadió el cipayo, que había cogido las carabinas, dispuesto a pasárselas a los cazadores.

Una bandada de pavos reales se alzó en vuelo a unos quinientos metros y huyó con gritos de terror.

—¡Uszaka! —llamó el capitán, haciendo altavoz con las manos.

—¡Atención, capitán! —respondió el jefe de los batidores. —El tigre se las está entendiendo con los perros.

—Haz que se toque a retirada.

A la señal los cipayos volvieron precipitadamente sobre sus pasos y corrieron a refugiarse detrás del elefante.

—Animo —dijo el capitán al mahut. —Conduce al elefante donde ladran los perros. Y tú, Bharata, vigila bien la izquierda mientras yo vigilo la derecha. Puede ocurrir que tengamos que combatir a más de un adversario.

El ladrido de los perros continuaba cada vez más furioso, signo infalible de que el tigre había sido descubierto. Bhagavadi apresuró el paso, dirigiéndose intrépidamente hacia una espesura de bambúes en medio de la cual se habían metido los gozquejos.

A cien pasos de distancia encontraron a uno de los perros horriblemente destripado por un poderoso zarpazo. El elefante comenzó a dar signos de inquietud agitando vivamente la trompa de arriba a abajo.

—Bhagavadi le siente —dijo Macpherson. —Estáte muy atento, mahut, y cuida de que el elefante no retroceda y no exponga demasiado su trompa. De lo contrario el tigre se la destrozará.

De entre los bambúes se elevó uno de aquellos formidables rugidos a los que ningún grito es comparable. Bhagavadi se detuvo, temblando y emitiendo sordos barritos.

—¡Adelante! —gritó el capitán Macpherson con el índice en el gatillo de su carabina.

El mahut dio un golpe con el garfio al paquidermo, el cual se puso a soplar de un modo horrible, enrollando la trompa y presentando sus dos agudos colmillos.

Caminó todavía diez o doce pasos y luego volvió a detenerse. Desde los bambúes salió, como un rayo, un gigantesco tigre que lanzaba un formidable rugido.

El capitán hizo una descarga.

—¡Maldición! —gritó irritado.

El tigre había vuelto a caer entre los bambúes antes de haber sido alcanzado. Se lanzó otras dos veces al aire con saltos de doce metros, y desapareció.

Bharata hizo fuego en medio de los matorrales, pero la bala fue a destrozar la cabeza de un perro ya medio desgarrado que se arrastraba penosamente entre las hierbas.

—¿Pero ese tigre tiene el diablo en el cuerpo? —dijo el capitán cada vez de peor humor—. ¡Es la segunda vez que escapa a nuestros proyectiles!

Bhagavadi se puso de nuevo en marcha, con mucha precaución, ensanchando su paso con la trompa, que se apresuraba a retirar en seguida. Recorrió otros cien metros, precedido por los perros que iban y venían buscando la pista del felino, luego se detuvo y se plantó sólidamente sobre sus patas. Nuevamente temblaba y soplaba ruidosamente.

Frente a él, a menos de veinte metros, había un grupo de cañas de azúcar. Un soplo de aire impregnado de un fuerte olor a animal salvaje llegó hasta los cazadores.

—¡Atención! ¡Atención! —gritó el capitán.

El tigre se lanzó fuera de las cañas, avanzando con rapidez fulminante tras el paquidermo, el cual se apresuró a presentar sus colmillos.

Llegó casi hasta debajo de él, escapando de las carabinas de los cazadores, se recogió sobre sí mismo y cayó en medio de la frente del elefante, tratando con un zarpazo de agarrar al mahut, que había retrocedido gritando de terror.

Estaba a punto de alcanzarlo cuando en la lejanía se escucharon algunas notas agudas lanzadas por un ramsinga. Quizá porque fue presa del espanto o por cualquier otra razón, el tigre hizo un rápido retroceso y se precipitó hacia abajo, tratando de alcanzar la espesura.

—¡Fuego! —gritó el capitán Macpherson descargando su carabina.

El felino lanzó un rugido tremendo, se volvió a levantar, cruzó la espesura y volvió a caer al otro lado, permaneciendo inmóvil como si hubiera sido fulminado.

—¡Hurra! ¡Hurra! —gritó Bharata.

—¡Buen tiro! —exclamó el capitán dejando su arma todavía humeante. —Echa la escala.

El mahut obedeció. El capitán Macpherson, empuñando el cuchillo, descendió a tierra y se dirigió hacia la espesura.

El tigre yacía inerte cerca de un matorral. El capitán, con gran sorpresa por su parte, no distinguió en el cuerpo ninguna herida visible, ni manchas de sangre por el suelo.

Como sabía que los tigres a veces se fingen muertos para lanzarse por sorpresa sobre el cazador, estaba a punto de retroceder, pero le faltó el tiempo.

Volvió a sonar el misterioso tañido del ramsinga. Ante aquellas notas el tigre se puso en pie, se lanzó sobre el oficial y lo derribó por tierra.

El capitán Macpherson lanzó un grito desesperado. Pero en aquel momento justamente apareció un indio que cogió por la cola al tigre dándole un violento tirón. Se oyó un rugido furioso. El animal se volvió rápidamente para lanzarse sobre su nuevo enemigo; pero, cosa inaudita, apenas lo hubo visto dio un rápido giro y se alejó con fantástica rapidez, desapareciendo en el inextricable caos de la jungla.

El capitán Macpherson, sano y salvo, se puso rápidamente en pie. Un profundo estupor se dibujó en sus facciones.

A cinco pasos de él estaba un indio de formas musculosas y bien desarrolladas, con una cabeza soberbia, colocada entre dos amplios y robustos hombros. Casi desnudo, sólo llevaba un pequeño turbante bordado de plata en la cabeza y en los costados un jubón de seda amarilla, recogido por un bellísimo chal de cachemira.

Aquel hombre, que intrépidamente se había enfrentado con el tigre, no tenía armas. Con los brazos cruzados, la mirada brillante de osadía, miraba con curiosidad al capitán, conservando la inmovilidad de una estatua de bronce.

—Sin tu valor a estas horas estaría muerto —le agradeció el capitán. —Pero, ¿quién eres tú, capaz de enfrentarte con los tigres sin armas y ponerlos en fuga? ¡Nunca he visto nada semejante!

—Me llamo Saranguy y soy un cazador de tigres de las sunderbunds.

—¿Pero por qué te encuentras aquí?

—La jungla negra ya no tiene tigres. He venido al norte para buscar otros.

—¿Y adonde vas ahora? —le preguntó el capitán Macpherson al desconocido.

—No lo sé. No tengo patria ni familia; voy al buen tuntún.

—¿Quieres venir conmigo?

Los ojos del indio lanzaron un relámpago.

—Si necesitas un hombre fuerte y valiente, que no teme ni a las fieras ni a las iras de los dioses, vuestro soy.

—Ven, valiente indio, y no tendrás quejas de mí.

El capitán giró sobre sus talones, pero se detuvo de repente.

—¿Adonde crees que ha huido el tigre?

—Muy lejos. Los tigres tienen miedo de quienes les hacen frente como lo he hecho yo —dijo Saranguy con sonrisa indefinible.

—¿Será posible encontrarlo ahora?

—No lo creo. Por lo demás, me encargo yo de matarlo y no dentro de mucho tiempo.

—Volvamos al bungalow.

Bharata, que había acudido inmediatamente, dijo a Saranguy:

—No he visto jamás un golpe semejante; tú mantienes muy alta la fama de nuestra raza.

Una sonrisa fue la única respuesta del indio.

Los tres hombres subieron al hauda y en menos de media hora llegaron al bungalow, ante el cual les esperaban los cipayos.

A la vista de aquellos soldados, Saranguy frunció el ceño. Parecía inquieto y contuvo con gran esfuerzo un gesto de despecho. Por suerte suya nadie advirtió aquel movimiento que, por lo demás, fue tan rápido como un relámpago.

—Saranguy —dijo el capitán, en el momento que entraba con Bharata, —si tienes hambre, haz que te indiquen la cocina; si quieres dormir, escoge la habitación que más te guste; y si quieres cazar, pide el arma que te plazca.

—Gracias, patrón —respondió el indio.

El capitán entró en el bungalow. Saranguy, por el contrario, se sentó cerca de la puerta. Su cara se había vuelto hosca y sus ojos brillaban con una extraña llama. Tres o cuatro veces se levantó como si quisiera entrar en el bungalow y siempre volvía a sentarse. Parecía como si fuera presa de una viva agitación.

—Quién sabe la suerte que le tocará al capitán —murmuró con voz sorda. —Es extraño y sin embargo ese hombre me inspira simpatía, porque su cara se asemeja…

Calló, volviéndose aún más tétrico.

—¿Estará aquí el hombre que busco? —se preguntó de repente.

Se alzó una vez más y se puso a pasear.

Pasando ante un recinto oyó algunas voces que venían del interior. Se detuvo, levantando bruscamente la cabeza. Pareció indeciso, miró alrededor como si quisiera asegurarse de que estaba solo, y luego se dejó caer al pie de la empalizada, aguzando atentamente el oído.

—Te lo digo yo —decía una voz. —El bribón hablará.

—No es posible —decía otra voz. —Esos perros thugs no se dejan intimidar por nadie.

—Pero el capitán Macpherson tiene procedimientos a los que ninguna criatura humana resiste.

—Ese hombre es muy fuerte. Se dejará arrancar la piel antes de decir una sola palabra.

Saranguy atendió todavía más interesado y acercó la oreja a la empalizada.

—¿Y en qué lugar lo tienen encerrado? —preguntó la primera voz.

—En este momento se encuentra en el subterráneo —respondió la otra voz.

—Ese hombre es capaz de escapar.

—Es imposible, porque las paredes tienen un espesor enorme; además, uno de nosotros lo vigila sin perderlo de vista.

—No digo que escapará solo, sino ayudado por los thugs.

—¿Crees que ronden por estos lugares?

—La noche pasada hemos oído señales y me han contado que un cipayo vio sombras.

—Me haces estremecer.

—¿Tienes miedo?

—Puedes creerlo. Esos malditos lazos raramente fallan.

—Tendrás miedo por poco tiempo porque los asaltaremos en su refugio. Negapatnan confesará todo.

Saranguy, al oír a aquel hombre, se puso en pie de un salto presa de una viva agitación. Una sonrisa siniestra se esbozó en sus labios y luego miró ferozmente al bungalow.

—¡Ah! —exclamó con voz apenas perceptible—. ¡Negapatnan está aquí! ¡Los malditos estarán contentos!

19. MATAR PARA SER FELIZ

Había llegado la noche.

El capitán Macpherson no se había dejado ver durante el día y nada había ocurrido en el bungalow.

Saranguy, después de haber caminado sin rumbo por aquí y por allá, en los alrededores de los cobertizos y las empalizadas, escuchando atentamente las conversaciones de los cipayos, se había tumbado detrás de un espeso matorral a cincuenta pasos de la habitación como alguien que intenta dormir.

De vez en cuando, alzaba prudentemente la cabeza y su mirada recorría rápidamente la campiña de alrededor. Se hubiera dicho que buscaba algo o que esperaba a alguien.

Pasó una larga hora. La luna se alzó en el horizonte iluminando vagamente los bosques y el curso del río.

Un aullido agudo, el aullido del chacal, se dejó oír en lontananza. Saranguy se alzó bruscamente mirando alrededor con desconfianza.

—Al fin —murmuró con un escalofrío. —Conoceré mi condena.

A doscientos pasos, en la sombra de un matorral, aparecieron dos puntos luminosos con reflejos verduzcos. Saranguy acercó sus dedos a sus labios y lanzó un ligero silbido. Los dos puntos luminosos se lanzaron hacia él. Eran los ojos de un gran tigre, que dejó escapar ese sordo maullido que es característico de tales fieras.

—¡Darma! —llamó el indio.

El tigre se agachó, aplastándose contra el suelo, y se puso a deslizarse silenciosamente. Se detuvo justamente ante él.

—¿Estás herido? —preguntó el indio, con voz conmovida.

El tigre, por toda respuesta, abrió la boca y lamió las manos y el rostro del indio.

—Has afrontado un gran peligro, pobre Darma —añadió el indio con tono afectuoso. —Será la última prueba.

Pasó una mano por debajo del cuello de la fiera y encontró un pequeño papel rojo, enrollado y suspendido por un delgado hilo de seda.

Lo abrió con mano trémula y lo ojeó. Había signos extraños con una tinta azul y una línea de sánscrito.

—Ven: el mensaje ha llegado— leyó.

Un nuevo estremecimiento agitó sus miembros y algunas gotas de sudor le perlaron la frente.

—Vamos, Darma —dijo.

Miró de pasada el bungalow, recorrió trescientos o cuatrocientos pasos arrastrándose seguido por el tigre y luego se internó en el bosque de borasos.

Caminó durante veinte minutos rápidamente siguiendo un sendero apenas visible, y luego se detuvo, llamando con un gesto al tigre.

A veinte pasos de él se había alzado de improviso un individuo, el cual apuntó resueltamente un fusil al tiempo que gritaba:

—¿Quién va?

—Kalí —respondió Saranguy.

—¡Adelante!

Saranguy se aproximó al indio, que lo examinó atentamente.

—¿Sabes quién te espera? —preguntó.

—Kougli.

—¡Sígueme!

El indio se puso la carabina en bandolera y comenzó a marchar con paso silencioso. Saranguy y Darma lo siguieron.

—¿Has visto al capitán Macpherson? —preguntó unos instantes después el guía.

—Sí.

—¿Sabes algo de Negapatnan?

—Sé que es prisionero del capitán.

—¿Y sabes dónde está escondido?

—En los subterráneos del bungalow.

—Pero tú lo liberarás.

—¿Yo? —exclamó Saranguy.

—Creo que te darán ese encargo.

El indio enmudeció y apresuró el paso, adentrándose en medio de las espesuras de bambúes y los matorrales erizados de espinas. De vez en cuando se detenía y examinaba el tronco de los palmiches tara que encontraba a su paso.

—¿Qué miras? —preguntó Saranguy, sorprendido.

—Las señales que indican el camino.

—¿Ha cambiado de vivienda Kougli?

—Sí, porque los ingleses se han dejado ver por las cercanías de su cabaña. El capitán Macpherson tiene buenos rastreadores a su servicio. Estáte alerta, Saranguy; podrían hacerte una mala pasada cuando menos te lo esperes.

Se detuvo, acercó las manos a sus labios y emitió un aullido semejante al del chacal.

Le respondió un segundo aullido.

—El camino está libre —dijo el indio. —Sigue este sendero y llegarás al umbral de la cabaña. Yo me quedo aquí a vigilar.

Saranguy obedeció. Recorriendo el sendero, se dio cuenta que detrás de cada árbol estaba acurrucado un indio con una carabina en las manos y el lazo sujeto alrededor del cuerpo.

—Estamos bien guardados —murmuró. —Podremos hablar sin temer que nos sorprendan los ingleses.

Muy pronto se encontró ante una gran cabaña, construida con solidísimos troncos de árbol, en los cuales se habían abierto muchas troneras para dejar pasar las carabinas. El techo estaba cubierto por hojas de latanias y en la cima había una tosca estatua de la diosa Kalí.

—¿Quién va? —preguntó un indio, que estaba sentado en el umbral de la puerta armado con carabina, puñal y lazo.

—Kalí —respondió por segunda vez Saranguy.

—Pasa.

El indio entró en una pequeña estancia iluminada por una antorcha resinosa que esparcía alrededor una luz humeante.

Tumbado sobre una estera estaba un indio tan alto como el feroz Suyodhana, ungido de aceite de coco, y con el misterioso tatuaje en el pecho.

Su cara, del color del bronce y adornada con una espesa barba negra, era dura y feroz. Los ojos, profundamente hundidos, brillaban con una lúgubre llama.

—Salve, Kougli —dijo el indio, entrando y pronunciando las palabras casi con pena.

—¡Ah!, eres tú, amigo —respondió Kougli alzándose rápidamente. —Comenzaba a impacientarme.

—No es mía la culpa; el camino es largo.

—Lo sé, amigo. Siéntate. ¿Cómo han ido las cosas?

—Muy bien; Darma ha seguido punto por punto su cometido. Si no hubiera llegado yo a tiempo habría aplastado la cabeza del capitán.

—¿Lo había derribado?

—Sí.

—Bravo animal, tu tigre. ¿De forma que estás al servicio del capitán? —preguntó Kougli.

—Sí.

—¿En calidad de qué?

—De cazador.

—¿Sabe que te has alejado del bungalow?

—No lo sé. Por lo demás, me ha concedido amplia libertad para irme a los bosques o a la jungla a cazar.

—Sin embargo, estáte prevenido. Ese hombre tiene cien ojos. ¿Sabes dónde han escondido a Negapatnan?

—En el subterráneo.

—¿Conoces ese subterráneo?

—Aún no, pero lo conoceré. Sé que tiene las paredes de un espesor enorme y que un cipayo armado vigila día y noche ante la puerta.

—Sabes más de lo que esperaba. Eres un valiente.

— El cazador de serpientes de la jungla negra es más fuerte y más astuto de lo que tú crees —respondió Saranguy.

—¿Sabes si Negapatnan ha hablado?

—No lo sé.

—Si ese hombre habla estamos perdidos.

—¿Quizás desconfías de él? —preguntó Saranguy.

—No, porque Negapatnan es un gran jefe y es incapaz de traicionarnos. Pero el capitán Macpherson sabe atormentar a sus prisioneros. Bueno, vamos a los hechos.

La frente de Saranguy se arrugó y un ligero estremecimiento recorrió sus miembros.

—¿Sabes por qué te he llamado? —siguió Kougli.

—¡Lo adivino!

—Se trata de Ada Corishant.

Ante aquel nombre, la torva mirada de Saranguy se apagó, algo húmedo le brilló en las cejas y un profundo suspiro surgió de sus labios descoloridos.

—¡Ada…! —exclamó con voz sofocada.

Kougli miró al indio. Una sonrisa satánica, una mueca atroz afloró rápidamente a sus labios.

—Tremal-Naik —dijo con voz sepulcral—. ¿Te acuerdas de aquella noche en que te refugiaste en el pozo con tu Ada y el maharata? Bastaba con que Suyodhana lo hubiese querido y los tres ahora dormiríais bajo tierra.

—Continúa —dijo Saranguy, es decir, Tremal-Naik.

—Los thugs habían pronunciado vuestra sentencia de muerte; tú debías ser estrangulado, la Virgen de la pagoda sagrada debía morir en la hoguera y Kammamuri morir entre las serpientes. Pero Suyodhana se opuso, porque Negapatnan había caído en manos de los ingleses y era preciso salvarlo. Tú habías dado muchas pruebas de ser un hombre audaz y lleno de recursos; él te concedió la gracia para que sirvieses a nuestra secta.

Tremal-Naik escuchaba en silencio.

—Pero tú amabas a aquella mujer que se llama Ada. Era preciso cedértela para tener en ti un aliado fiel y dispuesto. Nuestra diosa Kalí te la ofrece.

—¡Ah…! —exclamó Tremal-Naik poniéndose en pie completamente transfigurado—. ¿Es verdad lo que dices? ¿Y será mi esposa?

—Sí, será tu esposa. Pero los thugs exigen algo de ti.

—Lo que sea lo acepto. Por mi prometida entregaría a las llamas toda la India.

—¡Bien; escucha!

Se sacó del cinturón un mapa, lo desplegó y lo miró durante algunos instantes con profunda atención.

—Los thugs —dijo —aman a Negapatnan, que es valiente, emprendedor y fuerte. ¿Tú quieres a tu Ada? Liberta a Negapatnan. Pero no basta. Suyodhana exige de ti otra cosa.

—Habla —dijo Tremal-Naik, estremeciéndose involuntariamente.

Kougli miraba fijamente y de una manera extraña al cazador de serpientes. Luego dijo lentamente:

—Suyodhana te concede tu prometida a condición de que tú mates al capitán Macpherson…

—El capitán…

—Macpherson —repitió Kougli, entreabriendo los labios con una cruel sonrisa.

—¿Y sólo a ese precio podré librar a Ada…?

—Sólo a ese precio. En el caso de que rehúses, la Virgen de la pagoda subirá a la hoguera y Kammamuri morirá entre las serpientes. Los tenemos a ambos en nuestras manos. ¿Qué decides?

—¡Acepto! —murmuró Tremal-Naik.

—Nosotros velaremos por ti. Si tuvieras necesidad de ayuda la tendrás —dijo Kougli.

—El cazador de serpientes actuará sin los thugs.

—Como quieras; puedes irte. Tremal-Naik no se movió.

—¿Qué deseas? —preguntó Kougli.

—¡Ver a Ada!

—¡Ahora no! Cumple tu misión y luego… esa mujer será tu esposa. Vete, Tremal-Naik, vete.

El indio se alzó, presa de una sombría desesperación y se dirigió hacia la salida.

20. LA FUGA DEL «THUG»

Comenzaban a palidecer las estrellas cuando Tremal-Naik, todavía perturbado por el coloquio mantenido con el estrangulador, llegó al bungalow del capitán Macpherson.

Un hombre estaba apoyado en el quicio y bostezaba, respirando hondamente el aire fresco de la mañana. Era el sargento Bharata.

—¡Hola, Saranguy! —le saludó—. ¿De dónde vienes?

Aquella llamada sacó bruscamente a Tremal-Naik de sus pensamientos. Se volvió atrás, creyendo que había sido seguido por el tigre, pero el inteligente animal se había detenido al borde de la jungla. Bastó una rápida señal del patrón para que desapareciese entre los bambúes.

—¿De dónde vienes, mi bravo cazador? —repitió Bharata dirigiéndose hacia él.

—De la jungla —respondió Tremal-Naik, recomponiendo las facciones alteradas de su rostro.

—¡De noche!

—¿Y por qué no?

—¿Pero, los tigres…?

—No me dan miedo.

—¿Sabes, jovencito, que tienes valor?

—Ya lo creo.

—¿Has encontrado algún hombre?

Tremal-Naik se estremeció.

—¿Hombres? —exclamó, fingiendo sorpresa—. ¿Dónde quieres que haya encontrado hombres, de noche, en medio de la jungla?

—Los hay, Saranguy, y bastantes. ¿Has oído hablar de los thugs?

—¿Los hombres que estrangulan?

—Sí, los que emplean el lazo de seda.

—¿Y tú dices que están aquí? —preguntó Tremal-Naik.

—Sí, y si caes en sus manos te estrangularán.

—¿Pero, por qué están aquí?

—¿Sabes quién es el capitán Macpherson? El más despiadado enemigo que tengan los thugs.

—Comprendo.

—Les hacemos la guerra.

—La haré yo también. Odio a esos miserables.

—Un hombre valiente como tú nos será útil. Vendrás con nosotros cuando demos una batida por la jungla. Incluso desde ahora te pondré a vigilar a un estrangulador que ha caído en nuestras manos.

_ ¡Ah! —exclamó Tremal-Naik, sin lograr dominar un relámpago de alegría que le brotó en los ojos—. ¿Tenéis a un thug prisionero?

—Sí, y es uno de los jefes.

—¿Cómo se llama?

—Negapatnan. Lo vigilarás tú. Eres fuerte, valiente y no se te escapará.

—Estoy persuadido de ello. Bastará un puñetazo para reducirlo a la impotencia —dijo Tremal-Naik.

—Ven a la terraza. Dentro de poco verás a Negapatnan.

Entraron en el bungalow y subieron a la terraza. El capitán Macpherson se encontraba ya allí, y fumaba un cigarrillo, tumbado indolentemente en una pequeña hamaca de fibras de coco.

—¿Me traes alguna novedad, Bharata? —preguntó.

—No, capitán. Os traigo, por el contrario, un enemigo acérrimo de los thugs.

—¿Eres tú, Saranguy, este enemigo?

—Sí, capitán —respondió Tremal-Naik con acento de odio naturalísimo.

—Seas entonces, bienvenido. Serás también uno de los nuestros.

Después, dirigiéndose al sargento:

—¿Cómo ha pasado la noche Negapatnan? —preguntó Macpherson.

—Ha dormido como quien tiene la conciencia tranquila. Ese diablo es un hombre de hierro.

—Pero se doblegará. Ve a traerlo; comenzaremos en seguida el interrogatorio.

El sargento dio media vuelta sobre sus talones y poco después volvió conduciendo a Negapatnan, sólidamente atado.

El thug estaba tranquilísimo, incluso una sonrisa afloraba a sus labios. Su mirada se posó inmediatamente con curiosidad sobre Tremal-Naik, que se había puesto detrás del capitán.

—Y bien —dijo el capitán Macpherson con acento sarcástico—, ¿cómo has pasado la noche?

—Creo que la he pasado mejor que tú —respondió el estrangulador.

—¿Y qué has decidido?

—No hablar.

El capitán palideció y luego una ola de sangre le subió al rostro.

—¿No quieres hablar? —le preguntó con voz entrecortada por la ira.

—No, no hablaré.

—¿Hay un poste en el subterráneo? —preguntó entonces el capitán a Bharata.

—Sí, capitán.

—Ataréis sólidamente a este hombre al poste y cuando el sueño le venza lo mantendréis despierto a alfilerazos. Si en tres días no habla, haréis machacar sus carnes a latigazos. Si todavía se obstina, arrojaréis aceite hirviendo, gota a gota, en sus heridas.

Confiad en mí, capitán. Ayúdame, Saranguy.

El sargento y Tremal-Naik arrastraron afuera al estrangulador, que había escuchado la sentencia sin que temblase un solo músculo de su cara.

Descendieron una escalera de caracol muy profunda y entraron en una especie de bodega muy amplia, sostenida por bóvedas e iluminada por una tronera abierta a flor de tierra, defendida por sólidas barras de hierro. En medio se erguía un poste, al que ató al thug. Bharata puso a su lado varios estiletes largos y con la punta agudísima.

—¿Quién vigilará? —preguntó Tremal-Naik.

—Tú hasta la noche; luego un cipayo te relevará. Si nuestro hombre cierra los ojos, pínchale fuertemente.

El sargento volvió a subir la escalera. Tremal-Naik lo siguió con la mirada hasta que pudo, y luego, cuando todo ruido cesó, se sentó frente al estrangulador, que le miraba tranquilamente.

—Escúchame —dijo Tremal-Naik bajando la voz.

—¿Tienes también algo que decirme? —preguntó Negapatnan, bromeando.

—¿Conoces a Kougli?

El estrangulador, al oír aquel nombre, se estremeció.

—¡Kougli! —exclamó. —No sé quién es.

—Eres prudente, está bien. ¿Conoces a Suyodhana?

—¿Quién eres tú? —preguntó Negapatnan con terror manifiesto.

—Un estrangulador como lo eres tú, como lo es Kougli, como lo es Suyodhana.

—Mientes.

—Te daré una prueba de que digo la verdad. Nuestra sede no está en la jungla, ni en Calcuta, ni en las orillas del río sagrado, sino en los subterráneos de Raimangal.

El prisionero contuvo a duras penas un grito de admiración.

—¿Así, pues, es verdad que eres uno de los nuestros? —preguntó.

—¿No te he dado las pruebas?

—Es verdad. ¿Pero por qué has venido aquí?

—Para salvarte.

Abandonó al prisionero y fue a sentarse a los pies de la escalera, esperando pacientemente a que llegase la noche.

Pasó lentamente el día. El sol desapareció en el horizonte y la oscuridad se hizo profunda en la bodega. Era el momento oportuno para actuar. Dentro de una hora, o quizás menos, los cipayos deberían bajar.

—Manos a la obra —dijo Tremal-Naik, alzándose bruscamente y sacando del cinturón dos limas inglesas.

—¿Qué debo hacer? —preguntó Negapatnan, con emoción.

—Debes ayudarme —respondió Tremal-Naik. —Aserraremos las barras de la tronera.

—¿No se darán cuenta de que me has ayudado a huir?

—No se darán cuenta de nada.

Desató las ligaduras del prisionero y ambos la emprendieron vigorosamente con los hierros, intentando no hacer ruido.

Se habían deshecho ya de tres barras y no les quedaba más que una, cuando Tremal-Naik advirtió un roce de pasos en la escalera.

—¡Detente! —dijo rápidamente. —Alguien baja.

Tremal-Naik desató el lazo que llevaba alrededor de su cuerpo, escondido en el dubgah, y se lo alargó a Negapatnan.

—Ponte cerca de la puerta —le dijo, sacando su puñal. —Al primero que aparezca, mátalo.

Negapatnan obedeció, tomando el lazo con la derecha. Tremal-Naik se puso frente a él, detrás de la jamba de la puerta, con el puñal alzado. El rumor de pasos se iba aproximando. De repente una luz aclaró la escalera y apareció un cipayo con una cimitarra desenvainada.

—¡Saranguy! —llamó.

—Baja —dijo Tremal-Naik. —No se ve nada.

—Está bien —respondió el cipayo y cruzó el umbral de la bodega.

Negapatnan no esperó más. Silbó su lazo por el aire y se arrolló tan fuertemente alrededor del cuello del cipayo que éste cayó al suelo sin emitir un lamento. Agitó por algunos instantes los brazos y luego se quedó rígido. Estaba muerto.

—Que la diosa Kalí tenga su sangre —dijo el fanático deshaciendo el lazo.

—Apresurémonos antes de que descienda otro.

Asaltaron nuevamente la tronera y rompieron la cuarta barra.

—Está bien. Ahora átame sólidamente y amordázame —ordenó Tremal-Naik.

Se tendió en el suelo cerca del cadáver del cipayo y Negapatnan lo ató y amordazó.

—Eres un valiente —dijo el thug. —Si un día tienes necesidad de un amigo fiel, acuérdate de mí. Adiós.

Después de haberse armado con las pistolas del cipayo, se lanzó a la tronera, se subió a ella y desapareció.

Apenas habían transcurrido diez segundos cuando se oyó un disparo de fusil y una voz gritó:

—¡Alarma! ¡Un hombre huye!

Tremal-Naik, convertido en su arriesgada aventura en Saranguy, tenía no una doble sino una triple personalidad. En primer lugar era el valiente amigo y compañero de armas de Sandokán, capaz de acometer con total desinterés las más descabelladas empresas, con tal que el objetivo de ellas fuese alguna cosa justa. Como Saranguy, estaba enrolado en las fuerzas del capitán Macpherson, como hindú leal a los ingleses; y bajo este mismo nombre se había hecho pasar por thug ante Negapatnan, y lo liberó de su prisión y segura muerte. La artimaña era de una astucia y riesgo como sólo nuestro héroe podía emprender.

21. LA LIMONADA QUE SUELTA LA LENGUA

Tremal-Naik ante aquel grito se puso de rodillas presa de una viva inquietud.

Al tiro de fusil siguió en seguida otra detonación, luego una tercera y finalmente una cuarta. En el bungalow se levantó un gran clamor que hizo estremecerse al cazador de serpientes.

—Mira hacia la jungla —gritaba una voz.

—¡Alarma! —gritaba otra.

Tremal-Naik, con la frente perlada de grandes gotas de sudor, escuchaba conteniendo la respiración.

—¡Corre, Negapatnan! —murmuró, como si el fugitivo estuviera cerca de él como para oírlo. —Si te cogen estamos perdidos los dos.

Con un esfuerzo desesperado se puso en pie y comenzó a saltar todo lo que le permitían las cuerdas hacia la tronera. Un rumor de pasos apresurados en la escalera le detuvo.

Entonces se puso a removerse, fingiendo que quería librarse de las ligaduras.

Lo hizo a tiempo. El sargento Bharata descendía los escalones de cuatro en cuatro, y se precipitó en la bodega gritando:

—¡Ha huido…!

Vio a Tremal-Naik que se contorsionaba por tierra emitiendo sordas imprecaciones. En un abrir y cerrar de ojos se le acercó y lo libró de la mordaza.

—¡Malditos thugs! —gritó Tremal-Naik con voz jadeante.

—¿Qué ha sucedido…? Habla, Saranguy, habla —apremió Bharata fuera de sí, mientras desataba las ligaduras del indio.

—El sol se había ocultado —dijo Tremal-Naik—; yo estaba sentado ante el prisionero, que no separaba sus ojos de los míos. De repente sentí que mis párpados se hacían pesados y un entorpecimiento, una somnolencia inexplicable, se adueñó de mí. Intenté luchar durante mucho tiempo y luego, sin saber cómo, caí para atrás y me adormecí. Cuando abrí los ojos había sido atado y amordazado y las barras de la tronera yacían por tierra. Dos thugs estaban estrangulando a un pobre cipayo. Traté de debatirme, de gritar, pero me fue imposible.

—¿Y Negapatnan?

—Había huido antes que nadie.

—¿Y no sabes la causa de la somnolencia?

—No sé nada.

—Te han adormecido con flores que exhalan un potente narcótico. Pero volveremos a coger a ese Negapatnan. He puesto sobre sus huellas a unos magníficos hombres.

—¡Iré yo a buscarlo también! —dijo Tremal-Naik—. ¿Qué dirección ha tomado?

—Se ha internado en la jungla por aquella parte.

Tremal-Naik se puso un fusil en bandolera y salió corriendo, dirigiéndose hacia la jungla. Bharata lo siguió con la mirada. Luego, de improviso, le asaltó una duda.

—¡Nysa! ¡Nysa! —gritó.

Un indio que estaba cerca de la tronera, examinando atentamente las huellas, acudió.

—Aquí estoy, sargento —le dijo.

—¿Has examinado bien las huellas? —le preguntó Bharata.

—¿Cuántos hombres han salido de la bodega?

—Uno sólo.

Bharata tuvo un gesto de cólera.

—¿Ves a ese hombre que corre hacia la jungla? Síguelo: es necesario que yo sepa dónde va.

—Confía en mí —respondió el indio.

Esperó a que Tremal-Naik hubiera desaparecido detrás de los árboles y luego partió como un ciervo, intentando mantenerse escondido detrás de las espesuras de bambúes.

Bharata volvió al bungalow y se acercó al capitán, que caminaba por la terraza con paso agitado, desfogando su cólera con sordas imprecaciones.

—Hemos sido traicionados, capitán —dijo.

—¡Traicionados…! ¿Y por quién…?

—Por Saranguy.

En pocas palabras Bharata le informó de lo que había ocurrido y de lo que había visto. El capitán Macpherson estaba en el colmo de la sorpresa.

—¡Saranguy traidor! —exclamó—. ¿Pero, por qué entonces no ha huido con Negapatnan?

—No lo sé, capitán, pero Nysa lo está siguiendo.

El capitán se puso de nuevo a mirar hacia la jungla. Bharata volvió sus miradas hacia el río aguzando el oído ante los ruidos lejanos.

Pasaron tres largas horas. El capitán Macpherson, impaciente, estaba a punto de dejar la terraza y acudir a la jungla cuando Bharata lanzó un grito de triunfo.

—¡Mirad allí, capitán! —dijo el sargento.

—¡Uno de los nuestros vuelve corriendo!

—Es Nysa.

El indio venía con la velocidad de una flecha, volviéndose frecuentemente hacia atrás como si temiese ser seguido.

—¡Sube, Nysa! —gritó Bharata.

El indio subió la escalera, sin detenerse, y llegó jadeante a la terraza. Sus ojos brillaban de alegría.

—¿Y bien? —preguntaron al unísono el capitán y el sargento, corriendo a su encuentro.

—Todo se ha descubierto. ¡Saranguy es un thug!

—Cuenta, Nysa, quiero saberlo todo.

—He seguido sus huellas hasta la jungla —dijo Nysa —y al fin lo he visto. Caminaba rápidamente pero con precaución, volviéndose frecuentemente hacia atrás y aplicando a veces su oreja al terreno. Veinte minutos después le oí lanzar un grito y vi salir de un matorral a un indio. Era un thug, un auténtico estrangulados con el pecho tatuado y sus costados ceñidos por un lazo. No pude oír todo su diálogo pero Saranguy, antes de separarse, dijo en voz alta a su compañero: «Advierte a Kougli de que vuelvo al bungalow y de que dentro de pocos días tendrá su cabeza».

—¿Qué os decía, capitán? —preguntó Bharata.

Macpherson no respondió. Con los brazos convulsamente cruzados sobre el pecho, la faz hosca y la mirada llameante, preguntó:

—¿Quién es ese Kougli?

—No lo sé —respondió Nysa.

La mirada del capitán se volvió más torva todavía.

—Tengo un extraño presentimiento, Bharata —murmuró. —Creo que hablaban de mi cabeza.

—Pero nosotros, en su lugar, mandaremos al señor Kougli la de Saranguy.

—Pero primero es necesario hacerle hablar —dijo Macpherson.

—¿Se trata de hacerle hablar, capitán? —preguntó Nysa. —De eso me encargo yo. Bastará hacerle beber una limonada.

—¡Una limonada…! Estás loco, Nysa.

—¡No, capitán! —exclamó Bharata. —Nysa no está loco. Yo también he oído hablar de una limonada que desata la lengua.

—Es verdad —dijo Nysa. —Con unas pocas gotas de limonada mezclada con el jugo del youma y una píldora de opio se hace hablar a cualquier persona.

—Ve a preparar esa limonada —dijo el capitán. —Si logras tu intento te regalo veinte rupias.

El indio no se lo hizo repetir dos veces. Pocos instantes después volvía con tres grandes tazas de limonada. En una había hecho disolverse una píldora de opio y el jugo del youma.

Ya era tiempo. Tremal-Naik había aparecido en el borde de la jungla, seguido por tres o cuatro buscadores de huellas.

Por su aspecto, el capitán comprendió que Negapatnan no había sido capturado.

—No importa —murmuró. —Saranguy hablará. Pongámonos en guardia, Bharata, para que ese farsante no sospeche nada. Y tú, Nysa, haz que inmediatamente pongan barras en la tronera de la bodega. Pronto tendremos necesidad de ello.

Tremal-Naik llegaba entonces ante el bungalow.

¡Eh! ¡Saranguy! —gritó Bharata, inclinándose sobre el parapeto—, ¿cómo ha ido la caza?

Tremal-Naik dejó caer los brazos con un gesto de abatimiento.

—Nada, sargento —respondió. —Hemos perdido las huellas.

—Sube con nosotros; debemos saberlo todo.

Tremal-Naik, que no sospechaba nada, no se hizo repetir la invitación y poco después se presentó ante el capitán Macpherson, que se había sentado ante una mesita con las limonadas ante él.

—Y bien, mi bravo cazador —dijo el capitán con una sonrisa bondadosa: —¿ha desaparecido ese infame?

—Sí, capitán. Y sin embargo lo hemos buscado por todas partes.

—¿Y no ha permanecido nadie en el bosque?

—Sí, cuatro cipayos.

—¿Hasta dónde has ido tú?

—Hasta el extremo opuesto del bosque.

—Debes de estar cansado. Bebe esa limonada, que te hará bien, Al hablar así le tendió la taza. Tremal-Naik la vació de un trago —Dime algo, Saranguy —volvió a hablar el capitán. —¿Crees que haya thugs en el bosque?

—No creo —respondió Tremal-Naik.

—¿No conoces a ninguno de esos hombres?

—¡Conocer yo… a esos hombres! —exclamó Tremal-Naik, inquieto y aturdido.

—Sin embargo me han dicho que te han visto hablar con un indio sospechoso.

Tremal-Naik le miró sin responder. Poco a poco sus ojos se habían inflamado y resplandecían como dos carbones ardiendo su faz se había obscurecido y se habían alterado sus facciones.

—¿Qué tienes que decir? —preguntó el capitán Macpherson con acento ligeramente burlón.

—¡Thugs! —balbuceó el cazador de serpientes agitando locamente los brazos y estallando en una carcajada—. ¿Qué yo he hablado con un thug?

—Atención —murmuró Bharata al oído del capitán. —La limonada está haciendo sus efectos.

—Adelante, habla —insistió Macpherson.

—Sí, recuerdo, he hablado con un thug en el borde de la floresta, ¡Ah…! ¡ah…! Y creían que yo buscaba a Negapatnan. Qué estúpidos… ¡ah…! ¡ah…! ¿Seguir yo a Negapatnan? Yo que tanto he trabajado para ayudarlo a escapar… ¡ah…! ¡ah…!

Y Tremal-Naik, presa de una especie de alegría febril, irresistible, comenzó a reír como un idiota sin saber lo que decía.

—¡Saranguy! —continuó el pobre ebrio, siempre riendo. —Yo no soy Saranguy… ¡Qué estúpido eres, amigo mío, al creer que yo llevo el nombre de Saranguy! Yo soy Tremal-Naik… Tremal-Naik de la jungla negra, el cazador de serpientes. ¿No has estado nunca en la jungla negra? Peor para ti; no he visto nada más bello. ¡Oh, qué estúpido eres, qué estúpido!

—Soy justamente un estúpido —dijo el capitán conteniéndose a duras penas—. ¡Ah! ¿Tú eres Tremal-Naik? ¿Y por qué has cambiado de nombre?

—Para alejar cualquier sospecha. ¿No sabes que yo quería entrar a tu servicio?

—¿Y por qué?

—Los thugs lo querían así. Me han dado la vida y me darán también a la Virgen de la pagoda… ¿Conoces tú a la Virgen de la pagoda? No, y peor para ti. Es bella, sabes, muy bella.

—¿Y dónde está esa Virgen de la pagoda?

—Lejos de aquí, muy lejos.

—¿Pero dónde?

—Eso tampoco lo sé yo.

—¿Y quién la tiene?

—Los thugs, pero me la darán por esposa. Yo soy fuerte, valiente. Haré todo lo que ellos quieran con tal de tenerla. Mientras tanto Negapatnan ha sido liberado.

—¿Y qué debes hacer ahora?

—¡Ah…! ¡ah…! Debo… ¿comprendes…? llevarles una cabeza… ¡Ah…! ¡ah…! Me haces reír como un loco.

—¿Por qué? —preguntó Macpherson, que iba de sorpresa en sorpresa oyendo aquellas revelaciones.

—Porque la cabeza que debo cortar… ¡ah…! ¡ah…! ¡es la tuya…!

—¿Y a quién debes llevarla?

—¡A Suyodhana!

—¿Y quién es ese Suyodhana?

—Es el jefe de los thugs.

—¿Y dónde se le puede encontrar?

—¿Dónde quieres que esté si no es en Raimangal?

El capitán Macpherson lanzó un grito y luego volvió a caer en su silla murmurando:

—¡Ada…! ¡Por fin estás salvada…!

22. LAS FLORES QUE ADORMECEN

Cuando Tremal-Naik volvió en sí se encontró encerrado en un estrecho subterráneo iluminado por un pequeño tragaluz defendido por una doble fila de gruesos barrotes, y fuertemente atado a dos anillos de hierro incrustados en un poste.

Al principio creyó que era presa de un feo sueño, pero en seguid; se convenció de que estaba realmente prisionero.

Un vago temor se apoderó de él, que tantas veces había dado prueba de un valor sobrehumano.

Trató de reordenar sus ideas, pero en su cerebro reinaba una confusión que no lograba disipar. Se acordaba vagamente de Negapatnan, de su fuga, de la limonada, pero aquí cesaban sus recuerdos.

—¿Quién puede haberme traicionado? —se preguntó, estremeciéndose.

Hizo un esfuerzo para levantarse, pero en seguida volvió a caer había oído abrirse una puerta.

—¿Quién es? —preguntó.

—Soy yo, Bharata —respondió el sargento adelantándose.

—¡Al fin! —exclamó Tremal-Naik. —Me explicarás ahora por que motivo me encuentro aquí prisionero.

—Porque ahora sabemos que eres un thug.

—¡Yo un thug…!

—Si, Saranguy. Te hemos dado a beber el youma y lo has confesado todo.

Tremal-Naik le miró espantado. Se acordaba de la limonada que el capitán le había hecho beber.

—¿Quieres salvarte? —preguntó Bharata después de un breve silencio.

—Habla —dijo Tremal-Naik con voz entrecortada.

—Confiesa todo y quizás el capitán te perdonará la vida.

—No puedo: matarán a la mujer que amo.

—Escúchame, Saranguy. Ahora ya sabemos que los thugs tienen su sede en Raimangal, pero ignoramos cuántos son y dónde se esconden. Si nos lo dices quizás no mueras.

—¿Y qué haréis con todos aquellos thugs? —preguntó Tremal-Naik con voz ahogada.

—Los fusilaremos a todos.

—¿Aunque entre ellos haya mujeres?

—Las mujeres antes que nadie —declaró el sargento.

—¿Por qué…? ¿Qué culpa tienen?

—Son más terribles que los hombres. Representan a la diosa Kalí.

Tremal-Naik se cogió la frente con las manos clavándose las uñas en la piel. Sus ojos miraban extraviados y su rostro estaba muy pálido, casi ceniciento, y el pecho se le levantaba impetuosamente.

—Si se concediese la vida a una de esas mujeres… quizás hablaría.

—Es imposible, porque cogerlas vivas costaría torrentes de sangre. Las ahogaremos a todas como bestias feroces en el subterráneo. Una pregunta más, ¿quién es esa mujer?

—No puedo decirlo —respondió el cazador de serpientes.

—Está bien —terminó el sargento. —Dentro de tres o cuatro días te llevaremos a Calcuta.

Una viva conmoción alteró las facciones del prisionero. Siguió con su mirada al sargento que se alejaba y luego sus ojos se fijaron en la tronera.

—Es preciso huir esta noche —murmuró, —o todo se habrá perdido.

Transcurrió la jornada sin que ocurriese nada nuevo. Al mediodía y por la tarde le llevaron al prisionero una amplia escudilla de curri (arroz condimentado con salsa picante) y una copa de tody (vino extraído de un árbol).

Apenas se ocultó el sol tras la floresta y se hizo la oscuridad en la bodega, Tremal-Naik respiró. Permaneció tranquilo durante tres largas horas, previendo la posibilidad de que entrase alguien. Luego se puso activamente a trabajar para intentar la evasión.

Los indios son famosos por su forma de atar a las personas y se —necesita una gran práctica para deshacer sus nudos complicadísimos.

Por fortuna para él, poseía una fuerza prodigiosa y buenos dientes.

Con una sacudida aflojó una cuerda que le impedía inclinar la cabeza y luego, pacientemente, sin preocuparse del dolor, aproximó una de sus muñecas a la boca y se puso a trabajar con los dientes, cortando, royendo, deshilachando.

Cuando logró romper la cuerda, fue cosa de un momento el desembarazarse de las otras ataduras.

Se puso en pie estirando los miembros entumecidos y luego se aproximó a la tronera y miró al exterior.

Aún no había salido la luna, pero el cielo estaba espléndidamente estrellado. Por la tronera entraban soplos de aire fresco oloroso por el perfume de mil flores distintas.

No se oía ningún ruido en el exterior, ni se distinguía alma viviente en la zona visible para él.

El prisionero agarró una de las barras y la sacudió furiosamente; la curvó, pero no la arrancó.

—La fuga por aquí es imposible —murmuró.

Miró a su alrededor buscando un objeto cualquiera que pudiera ayudarle a arrancar las barras pero no encontró ninguno.

Se aproximó a la puerta, pero se detuvo de repente. Había llegado a sus oídos un sordo maullido que venía del exterior.

Volvió su cabeza hacía la tronera y la vio ocupada por una masa obscura, en medio de la cual brillaban dos puntos luminosos, verduzcos.

La esperanza surgió en su mente.

—¡Darma…! ¡Darma…! —murmuró con voz trémula de emoción.

El tigre lanzó un segundo rugido, sacudiendo las barras de hierro. El prisionero se acercó a la tronera y agarró las zarpas del fiero animal.

—Bravo, Darma —exclamó, —sabía que vendrías a encontrar a tu amo. Ahora ya no temo al capitán ni a su sargento.

Dejó la tronera y se fue a una esquina donde había visto un trozo de papel roto. Lo alisó con cuidado, se mordió un dedo haciendo brotar unas gotas de sangre y con una astilla que arrancó del poste escribió rápidamente las siguientes líneas:

He sido traicionado y me han encerrado en una prisión cerca de la de Negapatnan. Socorredme pronto o todo está perdido.

Tremal-Naik.

Retornó a la tronera, enrolló el papel y lo ató con un cordel al cuello del tigre.

—Ve, Darma, vuelve con los thugs —le dijo. —Tu amo corre un gran peligro.

La fiera sacudió la cabeza y partió con toda rapidez.

Pasó una larga hora. Tremal-Naik, agarrado a las barras, esperaba ansiosamente el retorno de Darma, presa de mil temores.

De pronto en el fondo de la llanura distinguió al tigre que se aproximaba con saltos gigantescos.

—¿Y si lo descubren? —murmuró, temblando.

Afortunadamente Darma pudo llegar hasta la tronera sin haber sido descubierto por los centinelas. En el cuello llevaba un gran envoltorio que Tremal-Naik, con bastantes apuros, logró hacer pasar entre las barras.

Lo abrió. Contenía una carta, un revólver, un puñal, municiones, un lazo y dos ramilletes de flores cuidadosamente encerrados en dos recipientes de cristal.

—¿Qué significan estas flores? —se preguntó sorprendido.

Abrió la carta, la puso ante un rayo de luna que penetraba por la tronera y leyó:

Estamos rodeados por algunas compañías de cipayos, pero uno de los nuestros sigue a Darma. Nos amenazan graves peligros y tu evasión es necesaria.

Uno a las armas dos ramilletes de flores. Las blancas adormecen, las rojas combaten el efecto de las blancas.

Duerme a los centinelas y ten cerca de ti las rojas. Una vez libre, asalta la habitación y córtale la cabeza al capitán.

Nagor señalará su presencia con el silbido de costumbre y te ayudará. Apresúrate.

Kougli

Quizás otra persona se hubiera espantado al leer aquella carta, pero no Tremal-Naik. En aquel momento supremo se sentía tan fuerte como para poder asaltar la casa incluso sin la ayuda de Nagor.

Escondió las armas y las municiones bajo un montón de tierra y volvió a la tronera.

—Vete, Darma —le dijo. —Corres un gran peligro.

El tigre se alejó, pero no había dado más de veinte pasos cuando se oyó a uno de los centinelas gritar:

—¡El tigre…! ¡el tigre…!

En seguida resonó un tiro de fusil.

Siguió otra detonación, pero el animal había redoblado su carrera y en poco tiempo se perdió de vista.

Se oyó un rumor de pasos precipitados y algunos hombres se detuvieron ante la tronera.

—¡Eh! —exclamó una voz que Tremal-Naik reconoció como la de Bharata—. ¿Dónde está el tigre?

—Ha escapado —respondió el centinela que estaba en la galería.

—¿Dónde estaba?

—Cerca de la tronera.

—Apostaría cien rupias contra una que es un amigo de Saranguy. Rápidamente, dos hombres a la bodega, o el bribón se nos escapa.

Tremal-Naik lo había oído todo. Cogió los dos vasos, los rompió, arrojó las flores blancas al ángulo más oscuro, escondió las rojas en su pecho y se tendió cerca del poste, reponiendo alrededor de su cuerpo las cuerdas y apretándolas lo mejor que pudo.

¡Lo hizo justo a tiempo! Dos cipayos armados entraron provistos de una antorcha resinosa.

—¡Ah! —exclamó uno—. ¿Estás todavía aquí, Saranguy?

—Cierra el pico, quiero dormir —dijo Tremal-Naik.

—Puedes dormir, querido amigo, y con toda tranquilidad, porque nosotros te velaremos.

Tremal-Naik alzó los hombros, se apoyó en el poste y cerró los ojos Los dos cipayos, habiendo colocado la antorcha en una grieta de la pared, se sentaron en el suelo con las carabinas entre las rodillas.

Apenas habían transcurrido unos minutos cuando Tremal-Naik advirtió que un agudo perfume le llegaba, aunque oliera también las flores rojas.

Miró a los dos cipayos: bostezaban de tal manera que parecía que les desencajasen las mandíbulas.

—¿Sientes algo tú? —preguntó el soldado más joven al otro.

—Sí —respondió el compañero. —Me parece como si estuviera borracho.

—¿Habrá algún manzanillo cerca de nosotros?

—No he visto ninguno en el parque.

La conversación acabó allí. Tremal-Naik, que estaba atento, los vio cerrar poco a poco los ojos, volverlos a abrir tres o cuatro veces, y luego cerrarlos definitivamente. Lucharon todavía algunos minutos contra el sueño y luego cayeron pesadamente a tierra, roncando ruidosamente.

Era el momento de actuar. Tremal-Naik se desató y silenciosamente se levantó.

—¡La libertad! —exclamó.

Fue a coger las armas que había escondido, ató fuertemente a los dos durmientes y se lanzó hacia la escalera.

23. LAS REVELACIONES DEL SARGENTO

Ningún centinela vigilaba en la planta baja.

Todavía temblando por la emoción, pero decidido a todo con tal de conquistar su libertad, Tremal-Naik subió los peldaños y llegó a una habitación oscura y desierta.

Se detuvo un momento, escuchando con profundo recogimiento, y luego empuñó el revólver y poco a poco abrió la puerta, asomando con precaución la cabeza.

Empujó una segunda puerta, recorrió un corredor largo y obscurísimo y entró en una tercera habitación.

Era muy amplia. En el fondo brillaba una luz, que esparcía una débil claridad sobre una docena de literas en las que roncaban ruidosamente otros tantos hombres.

—¡Los cipayos! —murmuró Tremal-Naik, deteniéndose.

Estaba a punto de volver atrás cuando oyó en el corredor un paso cadencioso y un tintineo que parecía de espuelas. Se sobresaltó y alzó el revólver hacia la puerta. El hombre se aproximaba; Tremal-Naik lo oyó detenerse un momento y luego pasar de largo.

—¡Si fuese el capitán! —exclamó.

Dejó la gran habitación y volvió al corredor. En el fondo descubrió una sombra apenas perceptible que se iba esfumando en la oscuridad y oyó el tintineo de las espuelas. Volvió a empuñar el revólver y se puso a seguir a la sombra resuelto a alcanzarla.

Subió unos escalones y llegó a un segundo corredor, siempre caminando sobre la punta de los pies. El hombre que le precedía se detuvo; le oyó hacer girar una llave en una cerradura, vio que se abría una puerta y luego desaparecía.

Alargó el paso y se detuvo ante la misma puerta, que no había sido cerrada.

Miró al interior. Una lámpara iluminaba a duras penas la habitación. Sentado ante una mesita, a la sombra de una columna, había un hombre que no logró distinguir bien. Sospechó que era el capitán Macpherson. Ante aquella suposición, sin saber por qué, se sintió temblar y le asaltó una vaga inquietud. Le pareció haber recibido una puñalada en el corazón.

—Es extraño —pensó—. ¿Es que tengo miedo?

Empujó ligeramente la puerta, que se abrió sin ningún ruido, y entró dirigiéndose con pasos de tigre hacia la mesa. Aunque su paso era silencioso, lo advirtió aquel hombre, que se levantó bruscamente.

—¡Bharata! —exclamó Tremal-Naik—. ¡Ah…!

Le apuntó rápidamente con su revólver.

—Ni un solo grito ni un solo paso —le dijo, —o eres muerto.

El indio, ante aquella brutal intimidación hecha en un tono que no dejaba lugar a dudas sobre la amenaza, se detuvo rechinando los dientes como una pantera cogida en un lazo.

—¡Tú…! ¡Saranguy! —exclamó clavando sus uñas en la mesa.

—No Saranguy, sino Tremal-Naik.

Bharata lo miró, más sorprendido que espantado.

—¿Cómo has llegado hasta aquí? ¿Y qué vienes a hacer?

—Tengo que cumplir una misión terrible. He jurado a los thugs matar al capitán Macpherson.

Tremal-Naik miró a Bharata para ver qué impresión hacían en él sus palabras, pero el rostro del indio permaneció impasible.

—¿Has comprendido, Bharata? —le preguntó.

—Perfectamente.

—¿Y bien?

—Adelante.

—Es preciso que consiga la cabeza del capitán Macpherson. El sargento soltó una carcajada. —Loco, ¿no sabes que el capitán no está ya aquí?

—¿Que el capitán no está ya aquí? —exclamó Tremal-Naik con desesperación—. ¿Adonde ha ido?

—No te lo diré.

Tremal-Naik alzó el revólver apuntando al indio en la frente.

—Bharata —le dijo con voz furiosa—. ¡Habla!

—Puedes matarme, pero de mi boca no saldrá una palabra. ¡Soy un cipayo!

—Recuerda, Bharata, que no se regresa cuando se ha descendido a la tumba.

—Mátame si quieres.

Tremal-Naik extendió el brazo armado. Estaba a punto de disparar cuando oyó un silbido que se repitió tres veces.

—¡Nagor! —exclamó Tremal-Naik, que había reconocido la señal de los thugs.

Agarró a Bharata, tapándole con una mano la boca, y lo derribó; lo ató luego con una cuerda, lo amordazó, a continuación corrió a una ventana, alzó las persianas y respondió a la señal con tres silbidos diferentes. Detrás de un matorral, a la pálida luz del alba, se alzó una forma humana, que se dirigió rápidamente al bungalow. Se detuvo justamente bajo la ventana, alzando la cabeza.

¡Nagor! —susurró Tremal-Naik.

¿Quién eres? —preguntó el thug, después de unos momentos de vacilación.

—Tremal-Naik.

—¿Debo subir?

Tremal-Naik miró a derecha e izquierda con atención y aguzó el oído.

—Sube —respondió después.

El thug lanzó el lazo, que se detuvo en un gancho de la ventana y en un abrir y cerrar de ojos llegó al antepecho.

Era un hombre muy joven, de poco más de veinte años, alto, delgado, dotado de una agilidad extraordinaria y, al parecer, de un valor a toda prueba. Iba casi desnudo, ungido recientemente con aceite de coco, tatuado como los otros sectarios y armado con un puñal.

—¿Estas libre? —prosiguió.

—Ya lo ves —respondió Tremal-Naik.

—¿Y el capitán?

—Este indio me ha dicho que ya no está aquí —respondió Tremal-Naik.

—¿Habrá sospechado algo? —preguntó el thug, entre dientes.

—No lo creo.

—Es preciso saber adonde ha ido. El hijo de las sagradas aguas del Ganges quiere su cabeza.

—Pero el sargento no habla.

—Ya verás como habla.

—Ahora que pienso en ello, estos hombres me han hecho tragar una bebida que me ha embriagado y me ha hecho hablar.

—Seguramente se trataba de una limonada —dijo el thug sonriendo.

—Sí, era una limonada.

—Se la haremos beber al sargento.

El thug saltó a la habitación, lanzó una mirada a Bharata, que esperaba tranquilamente su suerte, tomó un vaso lleno de agua y preparó la misma limonada que el capitán Macpherson le había dado a beber a Tremal-Naik.

—Trágate esta bebida —dijo al sargento, después de haberle quitado la mordaza.

—¡No! —se negó Bharata, que había adivinado de qué se trataba.

El thug le cogió las narices entre los dedos y apretó fuertemente.

El sargento, para no morir asfixiado, se vio obligado a abrir los labios. Fue suficiente aquel momento para que le vertiera la limonada en la boca.

—Ahora lo sabrás todo —dijo Nagor a Tremal-Naik.

—Ponte ante la puerta y haz fuego sobre el primero que intente subir la escalera —ordenó el cazador de serpientes.

—Cuenta conmigo, Tremal-Naik. Nadie vendrá a interrumpir tu interrogatorio.

El thug tomó un par de pistolas, miró si estaban cargadas y salió para ponerse de centinela ante la puerta.

El sargento comenzaba ya a reír y a hablar sin detenerse un solo instante. Tremal-Naik, sorprendido, escuchaba aquel torrente de palabras y recogió al vuelo el nombre del capitán Macpherson.

—Bien, sargento —dijo—. ¿Dónde está el capitán?

Al oír su voz, Bharata se detuvo. Miró a Tremal-Naik con los ojos chispeantes y preguntó:

—¿Quién me habla…? Me parecía haber oído la voz de un thug…¡ah…! ¡ah…! Dentro de poco ya no habrá más thugs. Lo ha dicho el capitán… y el capitán es un hombre de palabra… un gran hombre que no tiene miedo. Los asaltará en su cueva… los destruirá con bombas… será estupendo verlos escapar con el agua a los talones… ¡ah…! ¡ah…! ¡ah…!

—¿E irás tú también a verlos? —preguntó Tremal-Naik, que no se perdía una palabra.

¡Sí que iré y tú también vendrás…! ¡Ah…! ¡ah…! Será un espectáculo magnífico.

¿Y sabes dónde está su cubil?

—Sí que lo sé. Lo ha dicho Saranguy.

—¿Y estaba presente el capitán cuando Saranguy habló? —preguntó Tremal-Naik, estremeciéndose.

—Claro, y partió en seguida para sorprenderlos.

¿Partió hacia Raimangal?

¡No, no! —exclamó vivamente el sargento. Los thugs son fuertes y se precisan muchos hombres para aplastarlos, muchos más de los que tiene el capitán.

—¿Ha ido a Calcuta?

—Sí, a Calcuta, ¡al fuerte William…! Y armará un buque ¡y embarcará a mucha gente… y muchos cañones…! ¡ah…! ¡ah…! ¡qué magnífico espectáculo!

Calló el sargento. Sus ojos se cerraban y abrían, pero volvían a cerrarse a pesar de los esfuerzos que hacía para mantenerlos abiertos. Tremal-Naik comprendió que el opio iba haciendo su efecto poco a poco.

—Sé cuanto quería saber —murmuró—. ¡Y ahora a Raimangal!

24. ASEDIADOS

No había terminado aún de hablar cuando en el corredor de abajo resonaron dos disparos seguidos por el grito de un moribundo.

Sin parar mientes en el peligro a que se exponía, Tremal-Naik se precipitó afuera de la puerta dando saltos de tigre y gritando:

—¡Nagor! ¡Nagor!

Nadie respondió a su llamada. El estrangulador que pocos minutos antes vigilaba ante la puerta ya no estaba. ¿Dónde se había ido? ¿Qué había sucedido?

Inquieto, pero resuelto a salvar a su compañero, Tremal-Naik se dirigió hacia la escalera. Un hombre, un cipayo, yacía en medio del corredor. Un reguero de sangre le salía del pecho y formaba en el suelo un charco que lentamente se ensanchaba.

—¡Nagor! —repitió Tremal-Naik.

Tres hombres aparecieron al fondo del corredor: corrían hacia la puerta. Casi al mismo tiempo se oyó la voz de Nagor que gritaba:

—¡Socorro! ¡Derriban la puerta!

Tremal-Naik descendió precipitadamente la escalera y descargó uno tras otro dos tiros de revólver. Los tres indios que avanzaban huyeron.

—¡Nagor! ¿Dónde estás? —preguntó Tremal-Naik.

—Aquí —respondió el thug. —Derriba la puerta; me han encerrado dentro.

Con un furioso empujón, Tremal-Naik rompió las tablas. El estrangulador, contuso y ensangrentado, se precipitó fuera de su prisión.

¿Qué has hecho? —preguntó Tremal-Naik.

¡Huye! ¡Huye! —gritó Nagor. —Tenemos a los cipayos a nuestros talones.

Los dos indios volvieron a subir la escalera y corrieron a encerrarse en la habitación del sargento. En el corredor retumbaron tres o cuatro disparos.

—Saltemos por la ventana —gritó Nagor.

—Es demasiado tarde —dijo Tremal-Naik, inclinándose sobre el antepecho.

Dos cipayos se habían apostado a doscientos metros del bungalow.

Viendo a los dos indios, apuntaron sus carabinas e hicieron fuego, pero no lograron alcanzarlos.

—Estamos prisioneros —dijo Tremal-Naik. —Hagamos una barricada en la puerta.

Esta, afortunadamente, era bastante gruesa y estaba provista de sólidos cerrojos. Los dos indios en pocos instantes acumularon tras ella los muebles de la habitación.

—Carga tus pistolas —dijo Tremal-Naik a Nagor. Dentro de poco nos asaltarán. Los cipayos saben que somos solamente dos. Pero, ¿qué has hecho? ¿Por qué ese alboroto?

—He obedecido tus instrucciones —dijo el estrangulador. —Viendo avanzar a dos cipayos por el corredor disparé y derribé a uno; el otro huyó hacia aquella puerta y yo le seguí, pero caí y cuando me levanté encontré cerradas las puertas. A no ser por ti todavía estaría prisionero.

—Has obrado mal disparando tan precipitadamente. Ahora no sé cómo acabará la cosa.

—Permaneceremos aquí.

—Y mientras tanto Raimangal caerá.

—¿Qué has dicho?

—Que Raimangal está amenazada.

—¡Es imposible!

—El capitán Macpherson está en el fuerte William y prepara una expedición para asaltar Raimangal.

—¡Entonces corremos un gran peligro!

—Ciertamente. Pero esta noche escaparemos.

Un disparo de carabina resonó en el exterior seguido por el grito:

—¡El tigre…! ¡el tigre…!

Tremal-Naik se abalanzó a la ventana y miró.

Los dos cipayos que estaban emboscados detrás de un matorral se habían puesto en pie con las carabinas en la mano y lanzaban gritos de espanto.

Ante ellos, a doscientos pasos, rugía un gran tigre.

—¡Darma! —gritó Tremal-Naik.

El tigre dio un salto de algunos metros, amenazando con asaltar a los dos cipayos que le apuntaban.

—¡Huye, Darma! —gritó el cazador de serpientes viendo que los otros dos cipayos acudían en ayuda de sus compañeros.

La inteligente fiera dudó, como si comprendiese el peligro que corría su amo, y luego se alejó con la rapidez del rayo.

—Bravo animal —dijo Nagor.

—Sí, bravo y fiel —añadió Tremal-Naik. —Y esta noche nos ayudará a huir.

Apenas había comenzado el día y tenían que esperar pacientemente a que llegase la noche.

Varias veces los cipayos se aproximaron a la puerta intentando forzarla, pero un disparo de revólver bastaba para ponerlos en fuga.

A las ocho se ocultó el sol. Le siguió un breve crepúsculo y luego cayeron rápidamente las tinieblas. La luna no surgiría hasta después de algunas horas.

Hacia las once Tremal-Naik se asomó a la ventana y distinguió confusamente a los dos cipayos. Buscó al tigre, pero no lo vio.

—¿Nos vamos? —preguntó Nagor.

—Sí.

—¿Por dónde?

—Por la ventana. Sólo está a cuatro metros de altura y el suelo no es duro.

—¿Y los cipayos? —preguntó el thug. —Apenas hayamos saltado nos dispararán.

—Haremos que descarguen antes sus armas.

—¿Cómo?

—Ahora lo verás.

Tremal-Naik cogió las alfombras, todas las ropas que fue capaz de encontrar, los cabezales del lecho y formó un fantoche de la altura de un hombre.

—¿Estás dispuesto? —preguntó a Nagor.

—Cuando quieras salto por la ventana. ¿Y el sargento?

—Duerme y lo dejaremos dormir. Estáte atento ahora: los dos cipayos están a cincuenta pasos de nosotros. Yo asomo el fantoche. Los dos cipayos lo confundirán indudablemente con uno de nosotros y descargarán sus carabinas.

—Muy bien.

—Aprovecharemos entonces para saltar fuera y escapar.

—Eres valiente y astuto —le admiró Nagor—. Con un hombre semejante se puede lograr todo. ¡Lástima que no seas un thug!

—Prepárate para saltar.

Tomó el lazo y asomó el fantoche por la ventana haciendo que se moviera. Los dos cipayos dispararon.

Tremal-Naik y Nagor se precipitaron por la ventana empuñando los revólveres. Cayeron, se levantaron y emprendieron rápida carrera como dos saetas.

Detrás de ellos oyeron a los centinelas dar la alarma; se dispararon algunos tiros de fusil que no dieron en el blanco.

Tremal-Naik entró como una bomba en una empalizada. Un caballo estaba tumbado en tierra. De un puñetazo lo hizo ponerse en pie.

—Sube detrás de mí —gritó el thug.

Los dos fugitivos saltaron al caballo, apretaron las rodillas, se agarraron a las crines y lanzaron al animal a través de la llanura.

—¿Dónde vamos? —preguntó Nagor.

—A unirnos a Kougli —respondió Tremal-Naik, golpeando los flancos del caballo con la culata del revólver.

—¡Iremos a caer entre los cipayos!

—¿Es que quizás está asediado Kougli?

—Cuando lo dejé había cipayos en el bosque.

—Iremos con cautela. Ten dispuestas las armas.

El caballo, magnífico animal de pelo negro, corría velozmente saltando fosos y matorrales, pese a su doble carga.

Ya había desaparecido el bungalow en las tinieblas y aparecía el bosque cuando de una espesura de bambúes gritó una voz:

—¡Eh…! ¡Alto…!

Los dos fugitivos se volvieron, aprestando sus armas.

La luna, que surgía entonces, les mostró una decena de hombres tumbados en tierra que apuntaban con sus carabinas sobre el caballo.

—¡Espoléalo! —gritó Nagor.

Un gran relámpago rompió las tinieblas, seguido por bastantes detonaciones, a las que respondieron los disparos de los revólveres.

El caballo dio un salto adelante, lanzó un relincho sofocado y cayó, arrastrando consigo a quienes lo montaban.

Los cipayos saltaron de la espesura, prorrumpiendo en gritos de alegría, que se cambiaron de improviso en gritos de terror. Una sombra gigantesca había surgido de un grupo de bambúes, emitiendo un ronco rugido. El comandante de los cipayos fue derribado por tierra de un zarpazo.

—¡Darma! —gritó Tremal-Naik, poniéndose en pie prestamente.

—¡El tigre! ¡El tigre! —gritaron los cipayos, huyendo en todas direcciones.

El inteligente animal en unos pocos saltos llegó al lado de su amo.

—Valiente Darma —dijo éste, acariciando afectuosamente a la inteligente fiera. —Tú no me abandonas nunca.

Luego se volvió al thug:

—El aire que se respira aquí no es bueno para nosotros. Los cipayos no tardarán en volver.

Los dos indios se metieron en el bosque derribando los matorrales que dificultaban su paso y mirando alrededor por temor de caer en alguna emboscada.

Después de media hora de carrera desenfrenada llegaron a la cabaña habitada por los thugs.

Nagor se detuvo en el exterior con el tigre y Tremal-Naik entró. Kougli estaba tumbado en el suelo, ocupado en descifrar algunas cartas en sánscrito. Apenas lo vio se puso en pie, dirigiéndose hacia él.

—¡Libre! —dijo, sin disimular su sorpresa y su alegría.

—Nos han derrotado: el capitán Macpherson ha dejado el bungalow sin que yo lo supiese.

—¿Y adonde ha ido?

—A Calcuta.

—¿Para qué?

Tremal-Naik vaciló un momento.

—¡Habla!

—El capitán se prepara para asaltar el refugio de los thugs. Sabe que Raimangal es vuestra sede. Kougli lo miró con terror.

¿Pero quién nos ha traicionado?

¡Yo! —declaró Tremal-Naik.

Al oír estas palabras el estrangulador se arrojó sobre Tremal-Naik empuñando un puñal. El cazador de serpientes le cogió la mano y le torció la muñeca diciendo:

—Lo he hecho involuntariamente. Me habían hecho beber el youma.

—Cuéntame todo cuanto te ha sucedido —ordenó a Tremal-Naik el jefe de los thugs.

En pocas palabras Tremal-Naik le relató lo que había ocurrido en el bungalow.

—Has hecho mucho —dijo Kougli— pero tu misión no ha terminado todavía.

—Ya lo sé —dijo Tremal-Naik suspirando.

—¿Por qué suspiras?

—¿Por qué…? No he venido al mundo para asesinar vilmente a la gente. Es horrible lo que tengo que hacer: ¡es monstruoso…!

Kougli alzó los hombros.

—No sabes lo que es el odio —dijo.

—¡No creas que no lo sé, Kougli! —exclamó Tremal-Naik con acento salvaje—. ¡Si supieras cuánto os odio a todos vosotros…!

—¡Ten cuidado, Tremal-Naik…! ¡Ada está todavía en nuestro poder!

Tremal-Naik apretó los puños espasmódicamente y luego bajó la cabeza.

—Volvamos al capitán —dijo Kougli.

—Ciertamente que elegirá el río para llegar a Raimangal.

—Es probable —dijo Tremal-Naik.

—En Calcuta y en el fuerte William tenemos afiliados en el ejército y en los buques de guerra ingleses. Alguno ocupa una posición brillante.

—¿Y bien?

—Irás al fuerte William y ayudado por nuestros afiliados te embarcarás en su navío.

—¿Yo?

—¿Tienes miedo?

—Tremal-Naik no sabe qué es el miedo. ¿Pero crees que el capitán no me reconocerá?

Una sonrisa se dibujó en los labios de Kougli.

—Un indio puede transformarse en un malayo o en un birmano.

—Es suficiente. ¿Cuándo debo partir?

—En seguida o llegarás demasiado tarde.

—¿Está libre el camino que conduce al río?

—Los cipayos que nos asediaban han sido expulsados del bosque.

Kougli acercó sus dedos a los labios y silbó. Acudió un thug.

—Que seis hombres de valor probado se preparen para partir.

—Sí —respondió el thug.

—Vete.

Kougli se quitó de un dedo un anillo de oro de una forma especial, con un pequeño escudo en el que se veía grabada la misteriosa serpiente, y se lo dio a Tremal-Naik.

—Basta que se lo muestres a uno de nuestros afiliados —le dijo, —para que todos los thugs de Calcuta se pongan a tu disposición.

Tremal-Naik se lo puso en un dedo de la mano derecha.

—¿Tienes algo más que decirme? —le preguntó.

—¡Que si nos traicionas Ada será quemada viva!

Tremal-Naik le lanzó una mirada torva.

—¡Adiós! —le dijo bruscamente.

Salió y se aproximó a Darma, que lo miraba con inquietud, como si ya adivinase que el amo volvía a abandonarlo.

—Pobre amigo —dijo con voz triste y conmovida. —No temas, que nos volveremos a ver, Darma. Nagor cuidará de ti.

El bote en el que Tremal-Naik se había embarcado durante la noche pasaba a las nueve ante Kiddepur, gran población que surge a la orilla izquierda del Hugli, y pocos minutos más tarde llegaba a la vista de Calcuta, la reina de Bengala, la capital de todas las posesiones inglesas de la India, con su línea imponente de palacios, sus pagodas, sus cúpulas, sus extraños campanarios y sus jardines, y el fuerte William, la mayor y más poderosa fortaleza que tenía la península india, la cual para ser defendida requería por lo menos diez mil hombres.

Tremal-Naik se había puesto en pie, como impulsado por un resorte, y miraba con ojos estupefactos aquella aglomeración extraordinaria de edificios, jardines y embarcaciones.

—¡Qué esplendor…! —murmuró—. Jamás hubiera creído que a tan poca distancia del país de los tigres y de las serpientes pudiera surgir una ciudad tan inmensa.

Se volvió hacia uno de los thugs, el más viejo, y le preguntó:

—¿Conoces tú la ciudad?

—Sí, Tremal-Naik —respondió el indio.

—¿Sabes cuál es mi misión?

—Me lo dijo Kougli; matar al capitán para que no vaya a Raimangal.

—¿Dónde estará ese hombre?

—Lo sabremos; por lo menos así lo espero.

—¿No habrá partido?

—No hemos visto descender ningún buque de guerra por el Ganges —respondió el viejo. —Podemos, por consiguiente, estar seguros de que la expedición no ha partido todavía.

—¿Sabes si el capitán tiene alguna villa en Calcuta?

—Posee una en las cercanías del fuerte William.

—¿Se habrá alojado en ella?

—Pronto lo sabremos.

—¿Por quién?

—Por uno de nuestros afiliados que es contramaestre del «Devonshire».

—¿Qué es el «Devonshire»? —preguntó Tremal-Naik.

—Mira, aquella cañonera anclada cerca del fuerte William.

Tremal-Naik miró en la dirección indicada y distinguió, a cincuenta brazas de los macizos muros de la fortaleza, un pequeño buque de vapor, de un desplazamiento de trescientas o cuatrocientas toneladas, bastante bajo de casco y probablemente con poco calado para poder remontar fácilmente los afluentes del Ganges.

Sólo llevaba un mástil, situado hacia proa, y en popa tenía una gran pieza de artillería emplazada en una especie de plataforma.

—Vamos a ver al contramaestre —dijo Tremal-Naik.

—Despacio; es necesaria la mayor prudencia.

—Pero aquí no se nos conoce.

—¿Quién puede asegurarlo? Déjate guiar por mí, que soy uno de los más viejos thugs.

El thug abandonó un momento el remo y se puso en pie mirando atentamente el puente de la cañonera.

Había bastantes marineros en la toldilla, ocupados en limpiar la cubierta y poner en orden los cables y diversos utensilios que había en ella. Entre ellos el viejo thug distinguió a un hombre que estaba charlando con un joven cadete.

—Es él —dijo el estrangulador volviéndose hacia Tremal-Naik.

—¿Te ha visto?

—Espera un momento —respondió el thug haciéndole una rápida seña.

Acercó las manos a los labios y, formando una especie de altavoz, emitió tres notas estridentes, que parecían producidas por un instrumento de cobre en lugar de por una boca humana.

Casi en seguida se vio al contramaestre volver el rostro hacia el río y luego inclinarse sobre la borda. La chalupa pasaba entonces casi por debajo de la borda de la cañonera.

La mirada del contramaestre se cruzó con la del viejo thug y luego se dirigió a otro lugar fingiendo observar un grab que descendía por la corriente con las velas desplegadas.

—Dentro de poco Hider estará en tierra —dijo el viejo volviéndose a Tremal-Naik. —Me ha comprendido.

—¿Dónde lo esperaremos?

—En una taberna que es de uno de nuestros afiliados.

La chalupa reanudó su marcha manteniéndose a poca distancia de la orilla y ascendiendo hacia el centro de la capital de Bengala.

Los buques y las barcas aumentaban ocupando toda la anchura del río. Barcos pertenecientes a todas las naciones del globo, unos de vapor y otros de vela, y un número infinito de embarcaciones indias, grab, paular, banghe y pinazas, se amontonaban en los muelles, mientras legiones de faquines cargaban y descargaban las mercancías, amontonándolas bajo inmensos cobertizos.

Por el contrario, en las orillas, especialmente en los ghât, grandes escalinatas de piedra que descienden hasta el río, se veían multitudes de hombres, mujeres y muchachos que venían a hacer sus abluciones en las sagradas aguas del Ganges.

Cualquiera que sea la estación, el indio no olvida el baño religioso que para él ha llegado a ser hoy absolutamente necesario. Creería que comenzaba mal el día si no se sumergiese en las aguas del Ganges.

La chalupa después de haber pasado en medio de aquel caos de embarcaciones y de bañistas, y ante un número infinito de espléndidas villas, pagodas y jardines, fue a detenerse ante una amplia escalinata que en aquel momento estaba despoblada.

El viejo thug hizo seña a sus compañeros para que permaneciesen en guardia en la chalupa y luego dijo a Tremal-Naik:

—Sígueme.

Subieron la escalinata y, atravesando la calle, se adentraron en los espléndidos jardines que embellecen las orillas del río.

Después de un cuarto de hora de marcha se metió en una callejuela fangosa y bastante estrecha y se detuvo ante un tugurio de aspecto miserable, ante el cual, sobre la puerta, colgaba un horrible pez embalsamado, de piel negra, cabeza cuadrada como la de las ranas y provisto de dos membranas paralelas de especial longitud.

—Es aquí —dijo el thug. —Dentro de poco vendrá Hider.

Entraron en un cubículo casi a oscuras, donde poco después se les unió un contramaestre de la marina real. Este hombre era un indio vigoroso, de unos cuarenta años, estatura más bien alta, miembros musculosos, barba negrísima y ojos inteligentes.

Mantenía entre sus labios una pipa corta y fumaba con fruición.

Viendo al viejo thug se le aproximó tendiéndole una mano y diciendo:

—Muy contento de verte, Moh.

Luego lo miró con fijeza, mientras con un rápido gesto indicaba a Tremal-Naik.

—No temas, Hider —lo tranquilizó el viejo que había comprendido perfectamente la reserva del otro—. Este es un devoto afiliado, uno de los jefes.

—Que me lo demuestre —dijo el contramaestre.

Tremal-Naik le mostró el anillo que llevaba en el dedo.

El marinero inclinó la cabeza diciéndole:

—Estoy a tus órdenes, enviado de Kalí.

—Siéntate y escucha —dijo Tremal-Naik—. ¿Conoces al capitán Macpherson?

—El padre de la… —comenzó Hider. Pero el viejo thug interrumpió, arrugando la frente e indicando a Tremal-Naik. Hider pescó al vuelo la indicación.

—¿El capitán Macpherson? —dijo con desenvoltura. —Lo conozco quizá mejor que cualquier otra persona.

—¿Sabes dónde está…? —inquirió ansiosamente Tremal-Naik, que no se había dado cuenta de nada.

—¿Ha abandonado quizás su bungalow? —preguntó a su vez Hider.

—Sí.

—No lo sabía. ¿Qué ha venido a hacer en Calcuta?

—Preparar una expedición contra Raimangal.

El contramaestre se puso en pie de un salto dejando caer la pipa que mantenía entre sus labios.

—¿Contra Raimangal habéis dicho? —preguntó entre dientes—. ¡Ah…! ¡Había sospechado algo…!

—¿Y por qué?

—Desde hace unos días se está armando el «Cornwall».

—¿Un buque? —preguntó Tremal-Naik.

—Una vieja fragata que antaño había sido mandada por el capitán Macpherson.

—¿Dónde se encuentra ese barco…?

—Aquí, en el arsenal. Sé que se han embarcado muchas municiones, víveres y que se están preparando los dormitorios, como si hubiera de servir de transporte a un considerable número de soldados y marineros.

—¿Tenemos afiliados en la tripulación de ese buque? —preguntó el viejo thug.

—Sí, dos: Palavan y Bindur.

—Los conozco: será preciso verlos e interrogarlos.

—No saben nada del destino del «Cornwall». He hablado con ellos ayer por la noche, pero parece que se conserva escrupulosamente el secreto sobre la dirección que deberá tomar el barco.

—Entonces no cabe ninguna duda —dijo Tremal-Naik como hablando consigo mismo. —Esa fragata está destinada a embarcar la expedición.

—También yo comienzo a sospecharlo —respondió Hider.

—¡Ese barco no debe partir…! —exclamó el cazador de serpientes.

—¿Y quién se lo impedirá…?

—¡Yo…!

—¿Cómo?

—Matando al capitán antes de que se embarque. Kougli lo quiere y también Suyodhana.

—No será cosa fácil —dijo Hider, que se había quedado pensativo. —El capitán estará prevenido, especialmente ahora.

—Es necesario que lo mate, ya te lo he dicho. He sabido que tiene una villa en la ciudad.

—Es cierto.

—Enviaremos a alguien para que se asegure de que habita en ella.

El viejo thug alzó la cabeza y, naciendo un gesto con su mano derecha, dijo lentamente:

—En seguida lo sabremos.

—¿Por quién? —preguntó Hider.

—Por Nimpor.

—¿El faquir…?

—Sí, el mismo: salgamos.

25. EL FAQUIR

Arrojando una rupia sobre la mesa, los tres indios salieron de la miserable taberna, volvieron a atravesar los jardines que a aquella hora comenzaban a despoblarse a causa del excesivo calor, y se pusieron a seguir la orilla del Ganges, manteniéndose a la sombra de los grandes árboles que se alineaban por el largo río.

Sobrepasada la parte central y más poblada de Calcuta, la llamada Ciudad Blanca, al norte se separaron de la orilla y se adentraron en las callejuelas de la ciudad india, más sucias y más miserables, pero también más pintorescas, ya que allí se encuentran las más bellas pagodas dedicadas a Brahma, Siva, Visnú, Krisna, Parvadi y todas las demás divinidades adoradas por los indios.

Después de haber recorrido algunas de aquellas calles, el viejo thug se detuvo en una plaza donde se erguía, soberbia entre tanta miseria, una gran pagoda erizada de cúpulas, de extrañas estatuas representando a todas las encarnaciones de Visnú, con cabezas de elefante, con sus monstruosas trompas tendidas, arcos magníficos adornados de atauriques y de dentellones ligeros como blondas. Moh subió la gran escalinata que conducía a la entrada de la pagoda y se detuvo delante de un indio que estaba sentado en el último escalón, diciendo a Tremal-Naik y a Hider:

—Aquí está el faquir.

Al verlo, Tremal-Naik no supo reprimir una sensación de repugnancia.

Aquel miserable indio, aquella víctima del fanatismo religioso y de la superstición, daba ciertamente horror.

Más que un hombre era un esqueleto. Su rostro apergaminado, enmarcado por una barba espesa, descuidada, que le llegaba por debajo de la cintura, estaba cubierto por extraños tatuajes rojos y negros, que representaban en su mayor parte, más o menos bien, serpientes, mientras la frente estaba embadurnada de ceniza. Sus largos cabellos, que posiblemente jamás habían conocido el uso del peine y las tijeras, formaban una especie de crin, en la que pululaba un montón de insectos.

El cuerpo, espantosamente delgado, estaba casi desnudo, cubierto sólo en sus costados por una pequeña faja, de una anchura de cuatro dedos escasos.

Lo que producía repugnancia era sobre todo su brazo izquierdo. El tal brazo, reducido a piel y hueso, permanecía constantemente elevado, y ya no lo podía bajar, puesto que estaba disecado y anquilosado.

En la mano, estrechamente atada con correas y cerrada en forma que constituía una especie de recipiente, el fanático había colocado tierra y había plantado un pequeño mirto sagrado, que poco a poco había crecido como en un tiesto.

Las uñas, al no poder encontrar salida, al principio se habían curvado, luego habían traspasado las palmas, y ahora sobresalían por el dorso de las manos como zarpas de una bestia feroz.

—Nimpor —dijo el viejo thug, inclinándose hacia el faquir, que conservaba una inmovilidad absoluta como si no se hubiera dado cuenta de la presencia de aquellos tres hombres:

—Kalí te necesita.

—Mi vida pertenece a la diosa —respondió el faquir sin alzar los ojos—. ¿Quién te manda…?

—Suyodhana.

—¿El hijo de las sagradas aguas del Ganges…? ¿Qué quiere?

—Que descubras dónde está un hombre al que debemos matar, porque si no lo hacemos así destruirá a nuestros hermanos de Raimangal.

Un estremecimiento se reflejó en el rostro impasible de Nimpor.

—¿Quién se atreve a ir a Raimangal?

—El capitán Macpherson.

—¿Y tú quieres saber dónde se encuentra el capitán?

—Es preciso que lo sepa.

—¿Para cuándo?

—Para esta noche.

—Entonces, esta noche debes estar ante la villa del capitán.

El faquir se alzó haciendo un esfuerzo y luego, sin mirar a nadie, entró en la pagoda manteniendo siempre en alto su brazo.

—¿Dónde os encontraré? —preguntó Hider, cuando el faquir desapareció. —Es necesario que vuelva al barco.

—Iremos a pedir hospitalidad a Windhya —dijo el viejo thug. Mientras permanezcamos en Calcuta estaremos en su casa. ¿Cuándo nos volveremos a ver…?

—Mañana, después del mediodía. Antes sería imposible, porque tengo mucho trabajo a bordo. ¿Sabes que dentro de pocos días partiremos?

—¿Dónde va el «Devonshire»?

—A Ceylán.

—Lamento no tenerte como compañero en esta difícil empresa.

Una vez solos, Tremal-Naik y el viejo thug volvieron a la ciudad europea, siguiendo otra vez las orillas del Ganges, y se unieron a sus compañeros que habían permanecido de guardia en la chalupa.

—A casa de Windhya —dijo simplemente el viejo thug.

Se sentó en la popa al lado de Tremal-Naik, y la ligera embarcación comenzó a navegar de nuevo remontando velozmente la corriente del sagrado río Ganges.

El cazador de serpientes, abandonando el timón a su compañero, miraba con viva curiosidad las dos orillas del sagrado río que desfilaban a derecha e izquierda de la embarcación, con sus espléndidas escalinatas de piedra y sus árboles de hojas en forma de plumas.

En la parte baja de las inmensas escalinatas que descendían hasta las aguas del río se veían arder grandes fuegos de los que salían nubes de humo que el viento lanzaba sobre la corriente, y se oían sonar, a intervalos, los fúnebres taré, largas trompetas de latón usadas en los funerales.

Las gigantescas piras crepitaban lanzando al aire torbellinos de chispas y alrededor de ellas bailaban y gritaban con un ensordecedor ruido enjambres de danzadores y muchachos.

De vez en cuando, unas arquitas de madera perfumada, que contenían los restos de los cadáveres quemados, se soltaban de la orilla y navegaban descendiendo por la corriente sagrada, el camino del paraíso según la superstición india, mientras los brahmanes recitaban los versículos de los Veda y los parientes plantaban un árbol o un mástil con su bandera, como recuerdo del muerto.

A veces se veían moribundos que, rodeados de sus parientes, esperaban la muerte en las orillas del río sagrado.

Un indio que no muere de muerte repentina jamás descuida el hacerse llevar, en el momento de la agonía, a las orillas del Ganges, para estar más dispuesto para irse al paraíso de Brahma. Se hace colocar a la sombra de cualquier árbol, sobre la tierna hierba, y espera resignado y tranquilo a que el alma se le escape del cuerpo, mientras los parientes le rocían la faz con el agua del río y lo embadurnan con fango, el brahmán derrama sobre él hojitas de albahaca y otros preparan la pira en que será quemado.

La chalupa, después de haber recorrido otras dos millas pasando ante nuevos templos, nuevas villas de ingleses adinerados y un interminable número de casuchas de la ciudad india, se detuvo al lado de una franja de tierra baja, sombreada de cocoteros, que se encontraba desierta.

El viejo thug saltó a tierra, hizo ademán a Tremal-Naik para que lo siguiera y se dirigió hacia un grupo de casuchas agrupadas alrededor de una vieja pagoda de dimensiones gigantescas y ya en ruinas.

Recorrió algunas callejuelas fangosas y sucias, flanqueadas por huertos, y se detuvo ante una casucha de arcilla con el techo de hojas de palmera, que se erguía aislada en el margen de un pantano.

Un indio viejo y arrugado estaba sentado en la puerta, teniendo a mano un ramo de hojas secas rociadas de ceniza, como suelen usar los faquires que pertenecen a la casta de los ramanandy, o sea, de los adoradores de Rane, la divinidad creadora.

Llevaba los cabellos bastante largos, embadurnados de fango rojizo y enrollados alrededor de la cabeza de modo que formaban una masa enorme, semejante a una gran peluca; tenía la barba afeitada, pero bajo el mentón había dejado crecer una perilla delgadísima, que se había transformado en algo tan largo que casi tocaba el suelo. Más que una perilla, aquel largo apéndice de pelos ensortijados parecía una cola de cerdo.

Llevaba además tres señales en la frente, hechas con ceniza y estiércol de vaca, otras tres en medio del pecho y otras tantas en los brazos; en las rodillas llevaba un trapo empapado en agua para refrescarse.

El viejo thug se aproximó a aquel ser espantoso y le dijo bruscamente:

—Tenemos necesidad de ti, Windhya.

El ramanandy miró al indio y luego le respondió:

—El enviado de Kalí sea bienvenido: estoy dispuesto para obedecerte en todo.

—Tengo necesidad de tu casa.

—Es tuya.

El ramanandy se levantó con una prontitud que jamás se hubiera sospechado en un viejo de su edad, arrojó el ramo de hojas y entró en la casucha.

El thug y Tremal-Naik lo siguieron y se encontraron en una habitación con las paredes tapizadas con hojas de banano que mantenían una deliciosa frescura y el pavimento cubierto de esteras de coco.

Faltaban por completo los muebles. Sólo había grandes recipientes de tierra, que contenían probablemente los víveres del faquir, y esteras enrolladas que debían de servir como lechos por la noche y como asientos durante el día.

El thug indicó a Tremal-Naik que se acomodase y luego, habiendo llevado al faquir a un rincón, habló con él en voz baja.

Cuando hubo acabado, lo llevó frente a Tremal-Naik y dijo:

—He aquí el hombre que Suyodhana te recomienda.

—Estoy pronto para obedecerle —respondió el faquir.

Luego fue a cerrar la puerta, de un recipiente sacó tres tazas y una botella dorada y ofreció a sus huéspedes arak, exquisito licor que los indios obtienen con azúcar y la corteza aromática de un árbol llamado jagra.

—Ahora puedes hablar —dijo el faquir al viejo thug.

—Tú ya sabes de qué se trata: esperamos tus consejos sobre el medio de conseguir nuestro objetivo. ¿Crees que Nimpor sabrá descubrir el lugar donde se encuentra el capitán?

—Sí —dijo el ramanandy. —Nimpor tiene relaciones por todas partes y puede disponer de un ejército de espías.

—Descubrirlo no significa matarlo —dijo Tremal-Naik. —A mí me es necesaria la vida de ese hombre para salvar a la muchacha que amo.

—Tú eres valiente y lo matarás.

—¿Cómo? El capitán Macpherson habrá tomado sus precauciones para no dejarse sorprender.

—Le tenderemos una trampa.

—Es demasiado prudente para dejarse coger en ella.

Una sonrisa se dibujó en los labios del ramanandy.

—Ya lo veremos —respondió. —Cuando se trata de obtener información, los ingleses no se hacen rogar para acudir.

—No será tan imprudente como para picar en el anzuelo.

—Lo será —respondió el ramanandy con absoluta convicción. —Es seguro que no sabe dónde se encuentra la entrada de los subterráneos de Raimangal y se atreverá a todo con tal de que su empresa tenga las mayores posibilidades de triunfo.

—Cierto es que no conoce la entrada —dijo Tremal-Naik. —Sabe sólo que el cubil de los thugs se encuentra en Raimangal y nada más.

—Que pruebe a descubrir aquel cubil, si es capaz —dijo el viejo thug, con acento irónico. —Puede recorrer la isla un mes entero sin encontrar nada.

—Y entonces vendrá aquí —afirmó el faquir.

—¿Y quién lo hará venir?

—Yo.

—¿Cómo?

—Prometiéndole revelaciones.

—No vendrá solo.

—Que se traiga dos regimientos de cipayos si quiere; no nos molestarán.

—No te comprendo: si lo matas, los cipayos se apresurarán a vengarlo.

—Si son capaces de encontrarnos —dijo el ramanandy con una sonrisa misteriosa. —La pagoda está cercana y comunica con mi casa.

Luego, cruzando los brazos sobre el pecho, declaró:

—Kalí es grande y protege a sus fieles, y Windhya es uno de sus más ardientes adoradores. El capitán Macpherson nos ha hecho un gran mal: ahora quiere destruirnos; pero será él quien muera, antes que el hijo de las sagradas aguas del Ganges.

—Sí —murmuró Tremal-Naik, cogiéndose la cabeza entre las manos y apretándola con un gesto desesperado. —Lo mataré, porque sólo su muerte me devolverá a mi Ada.

26. LA TRAMPA

Cuando el viejo thug y Tremal-Naik abandonaron la casucha del ramanandy, el sol ya había desaparecido y las tinieblas caían rápidamente sobre las aguas del sagrado río.

A breve distancia los seguían los seis hombres de la chalupa, armados con pistolas y puñales para defenderlos en el caso de que fueran descubiertos por el capitán o sus cipayos, cosa no improbable al tener que acudir a la cita con Nimpor. Llegados a la orilla del Ganges, los ocho indios embarcaron y comenzaron a descender por el río.

Era una noche espléndida y tranquila. Brillaban en el cielo miríadas de estrellas mientras la luna comenzaba a mostrarse por detrás de los árboles de los bosques y, alzándose poco a poco, iluminaba la selva de campanarios, agujas y cúpulas de las numerosas pagodas, haciendo que centelleasen sus dorados.

Y sobre las aguas del Ganges centelleaban también las lamparillas que las asustadas esposas de los marineros indios habían confiado a la sagrada corriente para atraer buenos auspicios.

Aquellas llamitas, encendidas en nueces de coco y abandonadas por centenares en la corriente, describían líneas caprichosas, volviéndose de un lado para otro; y las mujeres indias, agrupadas en las orillas del río sagrado, las observaban con atención y ansiedad. Cuando un grupo de ellas tocaba felizmente la orilla opuesta era señal de buen augurio y del retorno próximo del marinero que navegaba por el océano Indico, lo que provocaba gritos de alegría en los grupos que esperaban, y la afortunada mujer que había visto llegar a buen destino sus lamparillas podía volverse tranquila a su vivienda, segura de la protección de su divinidad.

La chalupa, que descendía por la corriente con la rapidez de una flecha bajo el poderoso impulso de seis remos, viró bruscamente hacia la orilla izquierda y fue a parar ante una pequeña escalinata ya casi en ruinas, que estaba situada frente a una vieja pagoda.

—Seguidme —dijo el viejo thug.

Fue amarrada la chalupa y todos desembarcaron y subieron a la escalinata.

Ante la pagoda, Tremal-Naik descubrió al faquir del brazo anquilosado. Estaba sentado en el último escalón y había cubierto su delgado cuerpo con un amplio dubgah de color oscuro.

—Buenas noches, Nimpor —saludó el viejo thug. —Estaba seguro de que te encontraría aquí.

—Y yo os esperaba —respondió el faquir sin alzar siquiera los ojos hacia ellos.

—¿Has podido saber algo?

—No, pero tengo buenas razones para creer que el capitán se encuentra en su villa.

—¿Cómo actuaremos para cerciorarnos de que se encuentra allí?

—¡Escucha…!

En la lejanía se oía tamborilear, con un ruido que iba creciendo, algunos khole y hulok, especie de tambores bastante usados por los indios. Parecía que los tocadores se aproximaban con cierta rapidez a la pagoda.

—¿Una orquesta? —preguntó el viejo thug.

—Los encantadores de serpientes —respondió el faquir con una sonrisa.

—¿Qué vienen a hacer?

—¡Más tarde lo sabrás!

El thug y Tremal-Naik habían ascendido hasta el último escalón para abarcar más horizontes. A lo largo de la orilla vieron avanzar un gran número de antorchas, que iban dejando tras sí miríadas de chispas.

Delante venía una procesión, entre un tamborilear furioso, serpenteando a lo largo del Ganges y dirigiéndose hacia la pagoda.

—Id a esperarnos en la villa —dijo el faquir.

—¿Será allí el lugar donde se celebrará la fiesta?

—Sí.

—Ven, Tremal-Naik —dijo el thug.

Descendieron por la escalinata opuesta, pasando por detrás de la pagoda, y se detuvieron ante un gracioso bungalow de piedra blanca, rematado por un techo piramidal de zinc y rodeado por un espacioso corredor sostenido por un gran número de pequeñas columnas de madera pintadas de azul.

Las ventanas de aquella graciosa vivienda estaban abiertas, pero no se veía brillar ninguna luz en el interior.

No obstante, la villa debía de estar habitada, porque en la puerta vigilaba un cipayo armado de fusil con bayoneta.

—¿El bungalow del capitán? —preguntó Tremal-Naik con voz ahogada.

—Sí —respondió el thug.

—¿Estará ahí el hombre que debo matar?

—Quizás.

—¡Ah! ¡Si pudiese entrar!

—Te apresarían en seguida. ¿Crees que sólo hay un cipayo? El capitán es un hombre prudente y se habrá rodeado de un buen número de soldados.

—¿Y entonces? —preguntó Tremal-Naik con ansiedad.

—Deja obrar a los dos faquires. Vamos a sentarnos bajo aquel banano y esperemos a los encantadores de serpientes.

Mientras tanto la procesión, que parecía ser bastante numerosa a juzgar por el ruido que hacían los instrumentos musicales y los gritos que se oían, avanzaba con rapidez.

El cortejo se detuvo algunos instantes en la explanada del templo para rendir homenaje a la divinidad a la que estaba dedicado y, luego descendió por la escalinata opuesta, redoblando su estruendo.

Se componía de más de doscientas personas. En primera línea, capitaneados por Nimpor, venían los sapwallah, es decir, los encantadores de serpientes, vestidos con un simple languti que apenas les cubría las caderas y provistos de su tomrill, especie de flautas trabajadas en cañas de bambú. Tras ellos venían los portadores de las serpientes, que llevaban sobre la cabeza cestos redondos cuidadosamente cerrados y llenos de serpientes de todas las clases, luego otros hombres que llevaban calderas llenas de leche destinadas a nutrir a aquellos peligrosos reptiles.

Los seguían veinte músicos, algunos provistos de khole, tambores sagrados de terracota, cubiertos con piel en los dos extremos, uno más grande que otro, con el fin de dar dos notas distintas; otros con hulok, tambores más pequeños que producen sonidos más agudos, y otros con domp, mucho más grandes que los dos primeros, de forma octogonal y que se golpean con las manos.

No obstante, no faltaban los instrumentos de viento y de cuerdas; había tocadores de tabri, instrumento que semeja un poco las cornamusas de nuestros pastores, bansi, especie de flauta de pico, y también sarinda, un violín que se hace sonar con un arco construido con cuerdas de algodón.

Por último venían unos setenta faquires pertenecientes a diversas castas, saniassi, nanek–punthy, dondy y nagú, con barras de hierro ardiendo al rojo y vasos de terracota colmados de materias inflamables.

Atravesada la pequeña explanada, el cortejo se detuvo ante la villa del capitán, redoblando su estruendo, y formó un amplio círculo.

La luz proyectada por todas aquellas luminarias era tan intensa que dejaba ver como en pleno día la fachada de la villa, así como también era posible distinguir en seguida a cualquier persona que se mostrase en el corredor o en las ventanas.

Los encantadores de serpientes esperaron a que terminasen su pieza los músicos, luego se reagruparon en medio del círculo y colocaron en tierra las cestas que contenían los reptiles. Eran todos magníficos ejemplares humanos de alta estatura, poderosa musculatura y rostros bastante barbudos que les daban un aspecto salvaje y fiero.

Mientras se disponían a abrir las cestas, Nimpor, manteniendo siempre en alto su repugnante brazo, dio la vuelta a la villa y se detuvo luego bajo el banano donde se encontraban Tremal-Naik y el viejo thug.

—No perdáis de vista las ventanas, Moh —dijo. —Si el capitán está aquí, seguro que se dejará ver.

—No separaremos la mirada ni un solo instante —afirmó el thug.

—Después de la partida de los sapwallah, me esperaréis en la pagoda.

Los encantadores de serpientes habían preparado mientras tanto sus instrumentos. Habiendo formado un pequeño círculo dentro de los espectadores, se pusieron a tocar, arrancando de las flautas unos aires dulces, melancólicos, intercalados por modulaciones extrañas y por notas agudas que se extinguían de repente.

Al oír aquellos sonidos, los reptiles encerrados en las cestas comenzaron a agitarse mientras las tapaderas se iban elevando poco a poco. De repente se vio aparecer un reptil de escamas pardoamarillas, con el cuello enormemente hinchado, el cuerpo tan grueso como un puño y de una longitud de unos dos metros. Era una cobra sombrero o serpiente de anteojos, llamada así porque cuando se encoleriza, al hundir el cuello, forma dos extrañas convexidades que parecen las alas de un sombrero, y porque tienen sobre la cabeza dos manchas que dibujan un par de anteojos.

El reptil, uno de los más peligrosos de su especie, ya que no existe ningún remedio contra su mordisco, se irguió agitando la lengua y mostrando sus dientes agudos y ganchudos, pero en seguida un encantador lo cogió y, mientras sus compañeros continuaban tañendo, lo arrojó al aire.

El reptil, furioso, cayó silbando y retorciéndose. El sapwallah, rápido como un relámpago, lo agarró por la garganta y lo obligó a abrir la boca. Sin hacer caso de los silbidos de la cobra, se hizo alcanzar unas pinzas, le arrancó los dos dientes conductores del veneno, luego la arrojó por tierra cerca de una caldera llena de leche.

Mientras tanto se habían dejado ver otros dos reptiles, atraídos por aquella música que para ellos debía de ser irresistible. Uno era una boa, serpiente soberbia de unos cuatro metros de longitud, con la piel verde-azul de anillos irregulares; el otro, por el contrario, era una serpiente «del minuto» que no tenía más de quince centímetros de longitud y era delgada, pero la más peligrosa de todas porque mata al hombre más robusto justamente en poco más de un minuto.

Dos encantadores se mostraron rápidos para agarrar los dos nuevos reptiles y arrojarlos junto a la cobra de anteojos, la cual, olvidando su cólera, se había puesto a beber golosamente la leche del recipiente. Continuaban saliendo otros reptiles de las cestas; najas negras, pitones atigradas, serpientes gulabas de piel rosa salpicada de manchas coralinas, y muchos otros más de diversas especies.

Muy pronto los cuatro grandes recipientes se vieron rodeados de serpientes ávidas de leche.

Entonces callaron las flautas, y los tambores y los instrumentos de viento y de cuerdas comenzaron su música ensordecedora; los faquires se pusieron a danzar desordenadamente corriendo alrededor de los reptiles que se habían vuelto casi inofensivos, uniendo sus gritos salvajes al estruendo de la orquesta.

Tremal-Naik y el viejo thug se pusieron en pie. Una ventana de la villa se había iluminado dibujándose una figura humana tras los cristales.

—¡Mira! —exclamó el thug.

—¡No aparto los ojos! —exclamó Tremal-Naik con voz sibilante.

Aquella sombra abrió los cristales y se inclinó sobre al antepecho, exponiéndose a la luz de las antorchas. Tremal-Naik dejó escapar un grito ahogado—. ¡Es él…!

—¡El capitán! —exclamó el thug.

Junto a ellos apareció Nimpor.

—¿Lo habéis visto? —preguntó.

—Sí —respondieron.

—Ese hombre no se nos escapará ya, ni dará un paso sin que sea espiado.

—¿Quién lo espiará? —inquirió Tremal-Naik.

—Dos faquires de confianza. ¿Habéis visto a Windhya? —Somos sus huéspedes —dijo el thug.

—¿Tenéis aquí una chalupa?

—Sí.

—Llevadme adonde está él. Los sapwallah han terminado y por consiguiente podemos irnos.

Los encantadores de serpientes se estaban preparando también ellos para volver a sus barrios. Volvieron a coger a los reptiles y los metieron de nuevo en las cestas, pese a las contorsiones y silbidos con que éstos protestaban porque no habían acabado todavía de beber la leche de los recipientes, luego se ordenaron en columna y dejaron los alrededores de la villa precedidos por la orquesta.

Mientras el cortejo se dirigía hacia la ciudad india atravesando las huertas, el faquir, Tremal-Naik y el viejo thug, seguidos por los seis remeros, dirigieron sus pasos de nuevo hacia la pagoda, ante la cual, entre las columnas, se encontraban dos indios, dos dondy, especie de faquires que tienen por distintivo un bastón nudoso que jamás dejan, ni siquiera cuando duermen, adornado con un pequeño trapo de tela roja de forma cuadrada.

El faquir Nimpor se aproximó a ellos e, indicándoles la villa, les dijo:

—Vigilaréis atentamente y seguiréis por doquier al capitán: mañana, antes de ocultarse el sol, me daréis noticias suyas en la cabaña de Windhya.

—No lo dejaremos un solo instante —respondieron los dos dondy.

El pequeño grupo descendió las escalinatas y, cuando llegó a la orilla del Ganges, se embarcó y remontó rápidamente la corriente.

El río se había quedado desierto, pues ya había pasado la medianoche. Solamente hacia el sur brillaban los faroles de los buques y las barcas ancladas ante la Ciudad Blanca.

La chalupa, en menos de media hora, llegó al pequeño promontorio desierto, en cuya extremidad se veía agigantarse a la luz de la luna la vieja pagoda.

Tremal-Naik y sus compañeros estaban a punto de desembarcar cuando de un matorral de mindi vieron salir una forma humana.

—¿Quién va? —preguntó el viejo thug, mientras montaba rápidamente una pistola.

—No temáis, soy yo —respondió Windhya. —Devuelve el arma a tu cintura. ¿Ha terminado la fiesta de las serpientes?

—Sí —respondió Nimpor adelantándose.

—¿También tú aquí? —preguntó Windhya con estupor.

—Debo hablarte.

—Estoy a tus órdenes. ¿Y el capitán?

—Lo hemos visto.

—¡Ah! ¿En su villa?

—Sí.

—Entonces es nuestro. Se trata de hacerlo venir aquí.

—¡Hum! ¿Y vendrá?

—Estoy seguro. Bastará con mandarle a alguno de nuestros fíeles para decirle que un traidor, habiendo sabido la noticia de la expedición contra Raimangal, está dispuesto a venderle el secreto de la entrada de los subterráneos.

—¿Y crees que caerá en la trampa? —preguntó Nimpor con acento de duda.

—Te digo que vendrá. Por la traición pediremos un precio enorme y le daremos cita aquí, a medianoche.

—Se hará acompañar por sus hombres.

—¿Qué importa? Tremal-Naik estará emboscado con una carabina y lo abatirá.

—Y los otros asaltarán la cabaña y nos matarán a todos —dijo Nimpor.

—¿Has olvidado los subterráneos de la pagoda? —le recordó Windhya—. ¿Quién será capaz de encontrarnos en aquellas oscuras e interminables galerías?

—¿Las conoces?

—Al dedillo.

—Entonces apruebo tu proyecto —accedió Nimpor, después de haber meditado durante algunos instantes. —Sí, quizás el capitán caerá en la trampa, porque le interesa demasiado conocer la entrada de los subterráneos de Raimangal. No vendrá solo, estoy seguro, pero una bala siempre puede alcanzarlo, incluso en medio de un centenar de hombres. Tú eres un hábil tirador, Tremal-Naik.

—Hábil e infalible —dijo el viejo thug.

—Me marcho.

—Una pregunta antes —dijo Tremal-Naik. —Una vez que hayamos logrado matar al capitán, ¿creéis que la expedición no se intentará ya?

—No habrá otro hombre tan audaz y tan emprendedor como para guiar una expedición a través de las sunderbunds. Muerto él, ya no amenazará ningún peligro a Raimangal.

Dicho esto, el faquir se puso de nuevo en camino, siguiendo las sinuosidades de la orilla, y desapareció en seguida bajo la sombra de los borasos de hojas de abanico.

27. LA EMBOSCADA

A la noche siguiente, Tremal-Naik, Windhya y el thug dejaron silenciosamente la cabaña y se dirigieron hacia el pequeño promontorio.

El primero iba armado de una carabina y los otros de sus lazos y sus puñales. Cerca ya de la vieja pagoda subieron la escalinata, desde cuya cima se podía dominar un inmenso espacio del río sagrado y se sentaron entre las ruinas que habían caído de lo alto de aquella enorme construcción.

Reinaba un silencio casi absoluto en las orillas del gigantesco río. No se oía más que el ligero murmullo de la corriente al chocar contra las cañas de loto y las raíces de los árboles acuáticos.

No se distinguía ninguna barca entre las dos orillas de aquella agua centelleante por la espléndida luna; ningún grito de barquero o de pescador resonaba en el aire. A un lado y otro del Ganges todos dormían.

Subido sobre un resto de columna, Windhya se había puesto a observar tratando de ver hacia el sur un punto o una línea obscura que indicara la aproximación de una chalupa, mientras Tremal-Naik, que parecía muy agitado, paseaba en medio de las ruinas.

Nada —dijo de repente el faquir, descendiendo de su observatorio. —Y sin embargo no debe de estar lejos la medianoche.

—¿Y si ese hombre no viniese? —preguntó Tremal-Naik.

—Vendrá —dijo el faquir con voz tranquila. —El capitán no dejará escapar la ocasión de obtener así una información tan valiosa. Pero… veo un hombre que se acerca corriendo.

—¿Uno de los nuestros…?

—No lo sé.

Tremal-Naik se alzó hasta la columna que había servido de observatorio a Windhya y extendió su mirada por la orilla del río.

Un hombre avanzaba corriendo con todo su aliento, como si fuera perseguido por alguien o tuviera una noticia urgente que comunicar. Cuando estuvo más cerca se comprendió que debía de ser un dondy, porque tenía en su mano un bastón adornado con un trapo ondulante.

—Es un enviado de Nimpor —dijo el viejo thug. —Nos trae seguramente alguna buena noticia.

El dondy, puesto que realmente era un faquir perteneciente a esa casta de santones y mendigos bastante venerados en la India, subió rápidamente la escalinata y se detuvo ante Windhya, al que dijo con voz fatigada:

—¡Viene…!

—¿Solo? —preguntó Windhya.

—No, viene acompañado de seis hombres.

—¡Aunque esté entre mil cipayos lo mataré! —exclamó el cazador de serpientes, exaltado.

—¡Entonces ha creído la historia de la delación…!

—Si viene, señal que ha creído al hombre que fue a verlo.

—Vamos a esperarlo en la cabaña —dijo el faquir. —Allí será donde lo mataremos.

Tremal-Naik, el viejo thug y Windhya se lanzaron por la escalinata, mirando hacia el río.

A la pálida luz de la luna se veía una sutil línea negra surcando la superficie centelleante del Ganges. Alrededor de ella se distinguía el agua que espumeaba a los golpes de remo.

Mirando con mayor atención, Tremal-Naik pudo distinguir siete personas. Debían de ir armadas de fusiles porque se veían brillar delgadas varillas que parecían de plata.

Los cuatro indios dejaron la escalinata de la pagoda y en pocos minutos llegaron a la cabaña del faquir.

—Organicemos nuestro plan —dijo Windhya. —Yo fingiré que le doy al capitán los informes prometidos.

—¿Y luego? —preguntaron Tremal-Naik y los otros dos.

—Vosotros os escondéis ahí, detrás de esas esteras, teniendo dispuestos los lazos. Cuando me oigáis toser saltad afuera.

Mientras Tremal-Naik, el viejo thug y el dondy se escondían tras las esteras, el faquir ordenó a los hombres de la chalupa:

—Id a emboscaros alrededor de mi casa, entre los cañaverales del pantano, y no os mováis hasta que oigáis un disparo de pistola.

Los seis thugs desaparecieron rápidamente, dispersándose en torno a la casucha.

—Ahora a lo nuestro, capitán —murmuró el faquir, mientras un relámpago feroz animaba su mirada.

Se acercó al umbral de la cabaña y miró atentamente hacia la pagoda, de donde debía venir la víctima.

Aguzando el oído, oyó el batir de remos, luego unos golpes sordos, producidos quizá por los choques de la chalupa contra los escalones de piedra del templo, y poco después distinguió una sombra blanca que se delineaba al final de la avenida de tamarindos.

Parecía que el capitán, para no ser reconocido, se había vestido con un traje indio. En efecto, Windhya vio que se había envuelto en un amplio dubgah de tela blanca y que en la cabeza llevaba un turbante de gran volumen, que debía de cubrirle gran parte del rostro.

El capitán se detuvo a cincuenta pasos de la casucha, mirando a derecha e izquierda como si temiese ser espiado o caer en alguna emboscada; luego, tranquilizado quizá por el silencio que reinaba en aquel lugar, se dirigió directamente hacia el faquir, que había salido y le esperaba en el umbral. A diez pasos volvió a detenerse y luego, sacándose del cinturón una pistola y apuntándola hacia Windhya, le preguntó con voz amenazadora:

—¿Quién eres?

—El hombre que debe hablar con el capitán Macpherson.

—¿Tu nombre?

—Windhya.

—Entra en tu casucha y ten en cuenta que si has tenido la intención de tenderme una emboscada tengo dos pistolas en mi cinturón; la primera bala será para ti.

—Yo no soy un traidor —respondió el faquir con voz muy firme.

—De un delator se puede esperar todo.

—¿Habéis traído el dinero?

—Tengo conmigo las cincuenta mil rupias que pides por tu delación.

—Entrad sin ningún temor.

El capitán se adelantó, mirando por última vez a derecha e izquierda y detrás de sí, y luego entró resueltamente en la casucha.

El faquir había entrado ya y había encendido una lámpara. Apenas la llama iluminó la estancia un grito de estupor y de rabia se escapó de su garganta. El hombre que hasta aquel momento había creído que era el capitán era un bengalí robusto, de figura tosca, facciones atrevidas y fiera mirada. Había dejado caer al suelo su amplio capote y mostraba el uniforme blanco y rojo de los cipayos indios.

—Me pareces asombrado —dijo el bengalí con una sonrisa burlona—. ¿Por qué…?

—¿Y me lo preguntas…? —respondió el faquir, conteniendo a duras penas la rabia que le hervía en el pecho. —Creía que hablaba con el capitán Macpherson, mientras ahora veo que tengo ante mí un sargento de cipayos.

El bengalí se encogió de hombros.

—¿Creías que mi capitán era tan ingenuo como para venir aquí?

—¡Quizás ha tenido miedo, tu capitán!

—No ha tenido miedo; es prudente.

—Ha hecho mal al no venir, porque yo no hablaré más que con él —dijo el faquir.

—Yo soy Bharata, el hombre de confianza del capitán, un enemigo despiadado de los thugs; por consiguiente, puedes decirme a mí lo que querías que conociera el capitán. En ello no perderás nada, porque te pagaré y no comunicaré a nadie, excepto a mi patrón, lo que me hayas contado.

El faquir tuvo un momento de vacilación y luego indicó al sargento una silla que se encontraba a breve distancia de las esteras donde estaban escondidos Tremal-Naik y sus dos compañeros; entonces le dijo:

—Siéntate y escucha.

Dio una vuelta por la habitación, miró hacia el exterior como si temiese que le espiasen, y luego cerró la puerta asegurándola con una tranca.

—¿Qué haces? —preguntó el sargento, con un ligero tono de inquietud.

—Tomo mis precauciones —respondió el faquir con voz tranquila.

—Pues entonces yo tomaré las mías —dijo Bharata, sacando del cinturón las dos pistolas y colocándolas sobre sus rodillas.

—Yo estoy desarmado.

—También un hombre desarmado puede ser traidor —respondió el sargento. —Ahora puedes hablar.

—Antes quiero hacerte una pregunta. ¿Es verdad que el capitán está a punto de emprender una expedición contra Raimangal?

—Muy verdad.

—¿Con un barco?

—Se está armando el «Cornwall», una buena fragata que lleve numerosos cañones y que puede embarcar a media compañía de cipayos.

—¿Partirá en seguida?

—Lo más pronto posible —respondió Bharata. —El capitán está impaciente por destruir el cubil de esos malditos.

—Pero el capitán seguramente ignora dónde se encuentra la entrada de los subterráneos.

—Si lo hubiera sabido yo no hubiera venido aquí con cincuenta mil rupias. Sólo sabe que se encuentra en la isla de Raimangal.

—Yo le guiaré —dijo el faquir, afectando una sonrisa feroz. —Esos malditos me han hecho mucho daño y me vengaré. Pero hubiera deseado hablar con el capitán.

—No está lejos de aquí y si tus revelaciones son importantes te conduciré ante él.

—¿Está acompañado?

—Sí, y con una buena escolta.

El faquir se interrumpió bruscamente y una viva inquietud apareció en su frente; luego se tranquilizó, como si hubiera tomado una rápida resolución.

—Escúchame —exclamó. —Como te he dicho, odio a los thugs y especialmente a su jefe, el despiadado Suyodhana. Hasta hace pocos días he formado parte de su secta; ahora estoy decidido a romper las pesadas cadenas que me ligaban a ellos para vengarme de todos los malos tratos que me han hecho sufrir.

—¿Qué te han hecho?

—Es inútil que te lo diga ahora. He estado bastantes años en Raimangal y quizá nadie conozca mejor que yo las sunderbunds y las cavernas inmensas que sirven de refugio a los devotos de aquella monstruosa divinidad, que nada en sangre humana. Te diré ahora cómo tendrá que actuar el capitán para sorprenderlos y…

El faquir se interrumpió bruscamente y una viva inquietud se reflejó de repente en su rostro.

En el exterior, en dirección al pantano, había oído resonar el aullido quejoso y triste de un chacal. Sabiendo que aquellos animales no frecuentaban unos parajes tan próximos a la ciudad india, se había sentido afectado por aquel grito que podía ser también la señal de los hombres de la chalupa.

El sargento parecía no haber hecho caso del aullido del chacal; quizá creía que se trataba efectivamente de uno de esos animales.

—Continúa —dijo, viendo que el faquir había interrumpido su discurso.

—Sí, continuo —dijo Windhya. —Si el capitán tiene intención de sorprender a los thugs en su cubil, deberá adoptar las mayores precauciones para que no le descubran y se dé la alarma. Si tuviera que desembarcar en pleno día no encontraría ni siquiera un hombre en los subterráneos.

En aquel momento un segundo aullido, más largo y más triste que el primero, se oyó en el exterior. Ya no era posible engañarse: se trataba de una señal de peligro. Windhya fingió no parar mientes en ello y continuó.

—Dirás al capitán que no desembarque en Raimangal, sino que se esconda en el canal de Gona-Souba. Allí no faltan las islas y podrá establecer un cómodo campamento, para luego…

Se interrumpió por segunda vez, tosiendo ruidosamente. Casi de inmediato, volviendo lentamente la cabeza, vio que las esteras se movían imperceptiblemente y luego que se abrían. El sargento, que volvía la espalda a aquel rincón de la habitación, no se dio cuenta de nada. Escuchaba atentamente el relato del delator.

—…para caer de improviso sobre Raimangal —prosiguió el faquir.

—¡Como nosotros caemos sobre ti…! —gritó de improviso una voz a espaldas del sargento.

Este hizo un rápido gesto para empuñar las pistolas que tenía en las rodillas, pero seis robustas manos lo agarraron, desarmaron y arrojaron por tierra junto con la silla.

El desgraciado sargento vio por encima de sí tres puñales dispuestos a atravesarlo.

—¡Traidores…! —exclamó tratando de liberarse, pero en vano.

Después un grito de cólera y estupor se escapó de su garganta.

—¡Tú…! ¡Tremal-Naik…!

—Yo, Bharata —respondió el cazador de serpientes.

—¡Miserable!

—Te había dicho que mi misión no había acabado.

—¿Pero qué quieres de mí? Si necesitas mi vida, tómala; el capitán me vengará y muy pronto.

—No tan pronto como crees —dijo Tremal-Naik. —En lugar de amenazarme, responde a nuestras preguntas si te interesa la vida.

—No tengo en ningún aprecio mi piel; he sido dos veces tan estúpido como para caer en tus manos; por consiguiente, puedes matarme.

—Por el contrario, yo quiero salvarte; eres un rehén demasiado valioso para ser sacrificado. Quiero que me digas dónde se encuentra tu amo.

—Para matarlo, ¿verdad? —preguntó Bharata con ironía.

—Eso no te interesa. Dime dónde está.

—¿Dónde está? Abre esa puerta y lo verás.

—¡Está aquí! —exclamaron Tremal-Naik y el viejo thug.

—Sí, y sólo espera una señal mía para entrar con sus cipayos, deteneros y ahorcaros.

—¡Por la muerte de Siva…! —exclamó Tremal-Naik palideciendo.

—¡Ah…! —exclamó el sargento, riéndose—. ¡Le creíais tan ingenuo como para caer en una trampa…! No, canallas, es él quien os ha tendido una trampa en la que dentro de pocos minutos os cogerá.

—Mientes —dijo Windhya. —Quieres asustarnos.

—¡Abre esa puerta, pues…!

Tremal-Naik empuñó las dos pistolas del prisionero e hizo un gesto como para lanzarse hacia la puerta; Windhya y el viejo thug se apresuraron a detenerlo.

—¿Qué locura vas a cometer? —le dijo el faquir.

—Quizás ahí está el capitán —repuso Tremal-Naik.

—¿Y cuántos hombres están con él? ¿Tú lo sabes?

—Bharata puede haber mentido.

—Y también puede haber dicho la verdad. ¿No has oído dos veces el aullido del chacal? Nuestros hombres escondidos en el pantano nos han señalado un peligro.

—¿Qué quieres hacer, entonces…?

—Tranquilizarnos y esperar una mejor ocasión para volver a intentar el golpe.

—Pero, ¿y si estamos rodeados?

—Aunque fuesen mil huiríamos igualmente. Espérame.

El indio estaba a punto de entrar en la habitación contigua cuando se oyó llamar ruidosamente a la puerta, al tiempo que una voz amenazadora gritaba:

—¡Abrid o prendemos fuego a la casa…!

—¡Mis compañeros! —exclamó Bharata.

—¡Que nadie responda! —ordenó el faquir. —Amordazad al prisionero y seguidme en silencio.

—¿Dónde vamos? —preguntó Tremal-Naik.

—Huimos.

—¿Y el capitán? ¿Debo perderlo una vez más?

—Si tienes en aprecio tu vida, ven —respondió el faquir. —Más tarde empezaremos con él otra partida, pero por ahora sólo nos queda escapar.

Amordazaron y ataron rápidamente a Bharata. A una señal del faquir, Tremal-Naik lo cogió entre sus brazos y luego todos pasaron a la habitación contigua, mientras la voz de antes, repetía con mayor fuerza.

—¡Abrid u os asaremos a todos!

El faquir alzó una estera de fibras de coco que cubría el pavimento, luego una piedra y finalmente una plancha de metal. Debajo de esta última apareció una estrecha y oscura escalinata.

—Tomad antorchas —dijo Windhya, —y seguidme.

Descendió por la estrecha escalera y se detuvo en una especie de bodega angosta y bastante húmeda, porque se había excavado a poca distancia del pantano. Lanzó alrededor una rápida mirada y luego dijo al dondy:

—Súbete a ese trozo de columna que ves en ese rincón.

El indio obedeció.

—¿Hay una plancha de hierro incrustada en la pared?

El dondy dio un fuerte puñetazo y se oyó un sordo retumbar metálico.

—La plancha está aquí —dijo.

—Hay un botón en el medio, ¿lo ves?

—Sí, lo he encontrado.

—Aprieta fuerte.

El dondy hizo fuerza y pronto se vio cómo la plancha saltaba de golpe, dejando percibir un pasaje oscurísimo.

—¿Oyes algo? —preguntó Windhya.

—No, absolutamente nada.

—Subid todos.

—¿Y tú? —preguntó el viejo thug.

—Yo os alcanzaré en seguida.

Tremal-Naik, el dondy y el thug se lanzaron por aquel pasadizo, llevándose consigo a Bharata, que no intentaba ni siquiera oponer la menor resistencia, sabiendo, por lo demás, que hubiera sido vana.

Windhya esperó a que sus compañeros hubieran desaparecido, luego volvió a ascender por la escalera que conducía a su cabaña y se puso a escuchar.

En el exterior se oía gritar a los cipayos, amenazando volar la casucha. Cansados de esperar comenzaron en seguida a trabajar con las culatas de los fusiles para derribar la puerta.

—Nadie os impedirá el paso —murmuró el faquir con una sonrisa irónica. —Veremos si sois capaces de descubrirnos en los tenebrosos subterráneos de la vieja pagoda.

Tomó una tercera antorcha, se sujetó en el cinturón un ancho y pesado cuchillo y luego descendió a la bodega deteniéndose ante la pared opuesta a la de la plancha.

Alzó la antorcha para observarla atentamente durante unos instantes y luego empuñó el cuchillo y asestó un golpe formidable.

Una gran plancha de vidrio, ennegrecida por el tiempo, el polvo y la humedad, quedó destrozada por el choque y un enorme chorro de agua irrumpió mugiendo en la bodega.

—Puede ser que el pantano se quede seco, pero, ¿qué importa? —murmuró. —Huyamos antes de que el agua llegue a la galería y nos ahogue a todos.

Mientras por encima de sus cabezas resonaban los golpes propinados por los cipayos a la puerta, el agua invadía rápidamente la bodega subiendo su nivel a ojos vistas; el viejo se alzó sobre la columna y se adentró por el corredor.

Tanteó durante unos instantes las jambas de la abertura, y habiendo encontrado un saliente, lo apretó con ambas manos. En seguida la gruesa plancha de hierro se volvió a cerrar violentamente.

—Ahora, alcanzadnos —dijo el indio riendo. —Entre nosotros y vosotros habrá una buena masa de agua.

Y se precipitó por el corredor para alcanzar a sus compañeros, ya muy lejos.

28. EN LOS SUBTERRÁNEOS DE LA PAGODA

Aquel pasadizo subterráneo, ignorado seguramente por el capitán y sus cipayos, era tortuoso, húmedo y tan estrecho que apenas dejaba pasar a un solo hombre.

Descendían por una pendiente unas veces más fuerte y otras menos, describiendo numerosas curvas, como si diese vueltas alrededor del pantano o de la vieja pagoda. Inmundos insectos, que habían penetrado por las fisuras del suelo, habían ocupado ya la galería seguros de gozar allí de una tranquilidad absoluta. A la luz de las antorchas se veía escapar, asustados por aquella imprevista e inesperada invasión, a escorpiones de todas dimensiones y todos los colores, escolopendras, arañas negras y velludas, de extraordinario grosor, y también a algunos biscobra, especie de lagartijas horribles, erizadas de pinchos, con la lengua dividida en dos dardos córneos que destilaban un veneno peligrosísimo.

Tremal-Naik, que mantenía siempre estrechado a Bharata entre sus brazos, después de haber recorrido unos quinientos pasos se detuvo en una pequeña caverna, que no parecía tener salida.

—No se puede avanzar —dijo al dondy y al viejo thug, que le habían alcanzado. —No veo ningún pasaje.

—Esperemos a Windhya —respondió el thug. Sólo él conoce estos subterráneos.

—He oído hablar de la vieja pagoda —dijo el dondy. —No creo que el túnel acabe aquí.

—Si fuese así, sería la muerte para nosotros —dijo Tremal-Naik. —Los cipayos no tardarán en descubrir el pasadizo.

En aquel momento divisaron a Windhya, que corría rápidamente para llegar hasta ellos.

—Ya está hecho —dijo apagando su antorcha. —Ahora estamos ya seguros de que no nos seguirán.

—¿Por qué? —preguntó Tremal-Naik.

—La bodega está llena de agua y nadie podrá descubrir la plancha.

—¿Adonde vamos ahora? —preguntó el dondy. —Aquí ya no hay más pasadizos.

—Yo sé dónde se encuentra el pasadizo —respondió Windhya.

Tomó una antorcha y estaba a punto de examinar las paredes de la caverna cuando una espantosa detonación se oyó resonar en lontananza. La sacudida en el suelo fue tal que una considerable cantidad de piedras se soltaron de la bóveda, cayendo con gran estrépito.

Afortunadamente los cuatro indios, que se habían dado cuenta a tiempo del derrumbamiento, se habían lanzado precipitadamente al túnel, arrastrando con ellos al prisionero.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó Tremal-Naik—. ¿Habrán hecho estallar una mina?

—Han hecho saltar mi casa, según creo —dijo Windhya, que parecía lleno de inquietud. —Este es un golpe que no me esperaba.

—¿Se habrá derrumbado la galería? —preguntó el dondy.

—No creo, pero… ¡Escuchad! ¿No oís nada?

Tremal-Naik y sus dos compañeros contuvieron la respiración y se pusieron a escuchar. Del oscuro túnel que habían recorrido se oía avanzar un sordo mugido que cada vez se hacía rápidamente más claro.

Los cuatro indios se miraron entre sí con inquietud.

—¿Qué es ese rumor que se aproxima? —preguntó Tremal-Naik.

—No lo sé —dijo Windhya.

—Se diría que una corriente de agua irrumpe por la galería.

—¡Agua! —exclamó Windhya con acento aterrorizado. —Entonces han hecho saltar también la plancha de hierro que nos protegía.

—Huyamos —dijo el viejo thug. — ¡Pronto, busca el pasadizo!

Windhya se lanzó hacia un rincón de la caverna donde, como sabía, se encontraba una segunda plancha que comunicaba con los subterráneos de la vieja pagoda. Ya había descubierto el botón que debía hacer saltar el muelle cuando por el oscuro túnel se volcó un verdadero alud de agua tumultuosa.

El choque de aquella masa líquida fue tan violento que los cuatro indios y el prisionero fueron lanzados contra la pared opuesta. Dos antorchas se apagaron, pero el viejo thug había alzado rápidamente la suya, para que la oscuridad no se hiciera total.

Durante algunos minutos los desgraciados se sintieron arrastrar unas veces adelante, otras veces atrás, por aquel furioso torrente que irrumpía con mugidos pavorosos en la caverna, amenazando llenarla hasta la bóveda y ahogarlos a todos. Al no encontrar salida el agua chocaba contra las paredes formando verdaderas oleadas y crecía a ojos vistas, haciendo extraordinariamente peligrosa la situación de aquellos cinco hombres.

—¡Por la muerte de Siva! —exclamó Tremal-Naik, que había soltado a Bharata—. ¡Estamos a punto de ahogarnos! ¿Qué ha ocurrido?

—Se ha roto la plancha de metal y el agua de la bodega y del pantano ha invadido la galería —explicó Windhya.

—Es preciso abrir un escape para el agua —dijo el viejo thug.

—Hay un pasaje, pero ahora se encuentra sumergido.

—Tratemos de abrirlo.

—El túnel se secará y los cipayos nos cazarán.

—Es mejor una persecución que la muerte cierta —dijo Tremal-Naik. —Rápido, Windhya, encuentra la plancha o en pocos minutos estaremos ahogados.

—Mantén alta la antorcha —dijo el faquir al viejo thug. —Si se apaga estamos perdidos.

El agua continuaba irrumpiendo furiosamente en la caverna, pero, como todo el túnel estaba ya invadido, las oleadas se habían calmado. No obstante, el nivel continuaba elevándose y los cinco hombres se encontraban sumergidos hasta el pecho. Unos minutos más y el agua llegaría a sus barbillas.

Después de haber observado las paredes de la caverna, el faquir se había dirigido hacia un ángulo y luego, provisto de una buena cantidad de aire, se había sumergido resueltamente para hacer saltar el muelle de la plancha.

Tres veces se vio obligado a volver a la superficie para respirar; a la cuarta inmersión encontró finalmente el botón y lo pulsó con todas las fuerzas de sus dedos. Casi en seguida en aquel ángulo se formó un pequeño remolino, luego se oyeron mugidos cortos que cada vez se hacían más claros.

El faquir, agarrándose a las protuberancias de las rocas, se alejó precipitadamente para no ser arrastrado por la corriente subterránea y sumergido en los túneles de escape.

—Estamos salvados —gritó, alcanzando a sus compañeros—. ¡El agua huye por las galerías de la pagoda!

—Ya era hora —murmuró Tremal-Naik. —Nuestro prisionero, que es de estatura más baja que la nuestra, estaba a punto de ahogarse.

El agua comenzaba a descender, aunque lentamente, porque aún continuaba entrando otra.

Antes de que la caverna quedase seca era necesario esperar a que el pantano agotase totalmente su depósito de agua, no muy grande, a decir verdad, pero de todas formas considerable.

—Tendremos que esperar un par de horas —dijo Windhya a Tremal-Naik, que se lo había preguntado.

—Y luego, ¿adonde iremos?

—A los subterráneos de la pagoda.

—¿Nos perseguirán los cipayos?

—Casi con toda seguridad. Cuando vean secarse el pantano adivinarán el camino seguido por el agua y buscarán la galería.

—¿Crees que podremos escapar de ellos?

—Así lo espero.

—¿Y a Bharata, lo llevaremos con nosotros? Temo que ya nos será más de estorbo que de utilidad.

—Es verdad —respondió Windhya. —Sin embargo, no podemos abandonarlo. ¿Quién sabe? Puede sernos todavía necesario, para conocer mejor los propósitos del capitán.

—Y además puede transformarse en un rehén valioso —dijo el viejo thug. —Si lo dejamos aquí puede enseñar a los cipayos el camino que hemos tomado.

—Podemos matarlo —dijo el faquir.

—Sería un delito inútil —respondió Tremal-Naik.

—Entonces lo llevaremos con nosotros —concluyó el viejo thug.

Mientras cambiaban estas palabras, el agua continuaba descendiendo, encontrando desahogo en los subterráneos de la vieja pagoda. Al cabo de media hora los cinco indios tenían agua solamente hasta la cintura.

El faquir, que era presa de una viva inquietud, temiendo la aparición repentina de los cipayos, quiso aprovecharse de ellos para hacer una rápida exploración en la galería que comunicaba con su bodega.

Dio la antorcha a Tremal-Naik, invitó al dondy a seguirlo y se lanzó por el pasadizo, que ahora había quedado medio descubierto.

La corriente se había hecho menos impetuosa, signo evidente de que el depósito de agua del pequeño pantano estaba a punto de agotarse. Era, pues, probable que los cipayos, asombrados por aquella fuga de agua, hubieran encontrado las causas y logrado descubrir la plancha metálica.

Avanzando lentamente a causa de la corriente que chocaba contra sus piernas amenazando a veces derribarlos, y agarrándose a las protuberancias de las paredes para resistir mejor aquel empuje, los dos faquires lograron recorrer otros trescientos pasos, llegando casi a la mitad del camino. Se detuvieron un momento para recobrar el aliento y luego se lanzaron nuevamente adelante, socorriéndose recíprocamente para vencer la corriente que cada vez era más fuerte a causa de la mayor pendiente de la galería.

Habían recorrido ya otros cincuenta o sesenta metros cuando en el otro extremo del túnel se oyó un ruido de pasos.

—¿Oyes? —preguntó Windhya.

—Sí —respondió el dondy.

—Han descubierto la galería.

—¿Tú crees?

—¡Silencio! ¡Escucha…!

Una voz que el túnel transmitía con claridad gritó con acento de triunfo:

—¡Aquí está el pasadizo!

—Nos han descubierto —murmuró el dondy. —Huyamos.

—Espera un momento. Si han encontrado ya la plancha veremos sus antorchas.

Reanudaron la marcha procurando no hacer ruido y, llegados a la curva de la galería, distinguieron a ciento cincuenta pasos un vivo resplandor. Unos hombres estaban a punto de entrar en el pasadizo que habían descubierto.

—¡Atrás! —dijo Windhya con voz ahogada—. Si los subterráneos de la vieja pagoda no están desalojados dentro de pocos minutos estaremos prisioneros.

Ambos se lanzaron por la galería, dejándose empujar por la corriente, y en unos pocos instantes llegaron a la caverna donde les esperaban Tremal-Naik y el viejo thug con el prisionero.

—Huyamos —dijo Windhya.

—¿Nos persiguen? —preguntó Tremal-Naik.

—Los cipayos han descubierto el pasadizo y pronto estarán aquí.

Tremal-Naik sacó el puñal y, haciéndolo centellear ante los ojos de Bharata, le dijo:

—Camina o te mato.

La galería de desagüe que conducía a los subterráneos de la vieja pagoda había quedado ya medio descubierta, por haber disminuido bastante el agua. Los cinco indios se introdujeron por ella, cerraron la plancha detrás de ellos para retardar un poco más la marcha de los perseguidores y se lanzaron resueltamente adelante, manteniendo alta la antorcha.

Aquel segundo conducto subterráneo era bastante más espacioso que el primero, permitiendo el paso de tres e incluso cuatro hombres al mismo tiempo, y la bóveda era tan alta que la luz de la antorcha no lograba iluminarla.

Había cesado la irrupción de agua, ya que se había cerrado la plancha metálica, pero se oían más adelante sordos fragores que el eco de las galerías repetía incesantemente.

Parecía como si el torrente, siguiendo las pendientes de aquellos vastos subterráneos, continuase avanzando precediendo a los fugitivos. Se oían roces y zambullidas sordas y gorgoteos lejanos que se perdían en las negras cavernas y en las amplias galerías situadas bajo la vieja pagoda.

Windhya, que conocía aquellos tenebrosos pasadizos, indicaba el camino. Había tomado la antorcha y avanzaba sin vacilar, unas veces subiendo y otras descendiendo. Ya había desaparecido toda el agua y caminaban sobre un suelo completamente seco, ya que la roca porosa había absorbido rápidamente las últimas gotas de agua.

Durante media hora el faquir guió a sus compañeros a través de aquellas galerías que describían curvas continuadas y luego llegó a un amplio subterráneo donde se veían gran número de extraños túmulos, quizás tumbas de antiguos rajaes.

Windhya se detuvo porque en el extremo opuesto la caverna estaba todavía inundada por gran cantidad de agua.

—El camino está cerrado —dijo con un temblor en la voz. —La galería que debe llevarnos a la segunda caverna está sumergida.

—¿Tendremos que volver? —preguntó Tremal-Naik.

—¡Sería nuestra muerte!

—¿No hay ningún paso?

—Ninguno —respondió el faquir con aire tétrico.

—¿Es larga la galería que conduce al segundo subterráneo?

—Unos sesenta pasos.

—Yo soy un buen nadador.

—Y también nosotros —dijeron el viejo thug y el dondy.

—¿Qué quieres insinuar?

—Que intentaremos pasar bajo el agua —respondió resueltamente Tremal-Naik.

—¿Y el prisionero…?

—Nos seguirá, si no quiere ahogarse.

Le quitó la mordaza que había puesto en los labios de Bharata y le dijo:

—Si quieres vivir, ven con nosotros. ¿Sabes nadar?

—Sí —respondió el sargento.

—Entonces síguenos.

En aquel momento se oyó en la lejanía una detonación, que repercutió muchas veces en las galerías y en la amplia caverna.

—Han hecho estallar otra vez un explosivo —dijo Windhya.

—Habrán hecho saltar la segunda plancha para poder continuar la persecución.

—¡Apresurémonos!

Se dirigieron al otro extremo de la caverna y volvieron a sumergirse. Al ser el suelo bastante inclinado, el agua se había encharcado, obstruyendo enteramente la galería que debía de comunicar con la segunda caverna.

—El paso está ante nosotros —dijo Windhya.

—¿Es amplio?

—Y también bastante alto. Yo pasaré primero.

—Vigilemos a Bharata —dijo Tremal-Naik.

Los cinco hombres hicieron buena provisión de aire y luego se hundieron simultáneamente.

Tras cuatro brazadas llegaron al pasadizo sumergido y se metieron por él nadando vigorosa y rápidamente.

Durante aquella inmersión, dos veces Tremal-Naik intentó salir a flote creyendo que había atravesado ya la galería y había llegado a la segunda caverna, pero las dos veces chocó contra la bóveda. Al tercer intento su cabeza emergió finalmente.

Apenas hubo llenado sus pulmones de aire gritó:

—Windhya, ¿dónde estás?

—Cerca de ti —respondió el faquir.

—¿Y los otros?

—Yo estoy aquí —respondió el viejo thug.

—Y también estoy yo —dijo el dondy emergiendo a pocos pasos de ellos.

—¿Y Bharata? Nadie respondió.

—¡Bharata! —repitió Tremal-Naik.

Tampoco aquella segunda llamada obtuvo respuesta.

—¡Por la muerte de Siva! —gritó el cazador. —Ese bribón ha desaparecido.

—Quizá se haya ahogado —sugirió Windhya. —Dejemos a los muertos y pensemos en nosotros. ¡Si os interesa salvar la piel, seguidme!

29. LA PERSECUCIÓN

Seguir al faquir no era cosa fácil, dada la profunda oscuridad que reinaba en la segunda caverna y teniendo en cuenta que ya no contaban con antorchas.

Sus compañeros se encontraban en una situación extremadamente embarazosa, porque no sabían dónde dirigirse y se veían además obligados a nadar para mantenerse a flote, ya que no habían encontrado ningún punto de apoyo.

El agua que se había introducido a través de las galerías estaba acumulada en aquella caverna a causa de la pendiente del terreno y era todavía tan profunda que no permitía a los cuatro indios tocar el fondo.

—¿Adonde vamos? —preguntó Tremal-Naik, que comenzaba a inquietarse—. ¿No nos hemos equivocado?

—Intentad seguirme —dijo Windhya. —Sé dónde se encuentra el túnel que debe conducirnos al Ganges.

—¿Lo encontrarás en esta oscuridad?

—Así lo espero.

—¿Estará también inundado?

—No, porque debe estar mucho más alto.

—¿Y si no podemos descubrirlo?

El faquir no respondió.

—Habla —insistió Tremal-Naik.

—Entonces, para nosotros todo habría acabado —dijo Windhya con resignación. —No temo a los hombres del capitán; la galería llena de agua que hemos atravesado basta para protegernos. Lo que me espanta es el agotamiento de nuestras fuerzas.

—Yo ya comienzo a estar cansado —dijo el dondy, que nadaba penosamente. —Si tuviera que mantenerme a flote todavía media hora no lo lograría.

—Ve a buscar el túnel —dijo Tremal-Naik a Windhya. —Nosotros intentaremos seguirte.

El faquir nadó hasta que encontró la pared de la tenebrosa galería y luego se puso a seguirla para descubrir más fácilmente el pasadizo.

Tremal-Naik y sus compañeros, guiados por el gorgoteo del agua removida por los brazos del nadador, lo siguieron procurando mantenerse unidos para no perderse.

Aunque los cuatro eran valientes y resueltos, el fúnebre rumor de las aguas removidas por sus miembros y aquella profunda oscuridad hacían gran impresión en sus ánimos. Incluso Tremal-Naik se sentía presa, poco a poco, de una vaga sensación de terror que iba en aumento.

Dos veces el faquir dio la vuelta a la caverna sin encontrar nada. La desesperación, acrecentada por la oscuridad y el temor a un peligro inminente, estaba a punto de hacer presa en él cuando sus pies chocaron con un obstáculo. Alargó rápidamente una pierna y le pareció que subía un escalón.

¡Quizás estamos a salvo! —exclamó con acento de triunfo.

¿Has encontrado la abertura? —le preguntó el dondy con voz angustiada. —Siento que me faltan las fuerzas.

—He encontrado un punto de apoyo —respondió Windhya.

—¿Podemos utilizarlo nosotros? —preguntó el thug. —También yo estoy agotado.

—Estamos cerca de la galería; hay un escalón debajo de mí. —Avanza —dijo Tremal-Naik.

El faquir alargó la mano y sintió cerca de sí otros escalones. Se agarró a ellos gritando:

—¡Venid: estamos a salvo!

Delante de él se encontraban otros escalones. Comenzó a subir por ellos y pronto sus manos encontraron una abertura. Con un último esfuerzo se izó y se encontró ante un pasadizo.

—Lo hemos conseguido —dijo. —Venid y llegaremos a las orillas del Ganges.

—¿Ves la luz? —preguntó Tremal-Naik.

—Todavía no; debemos pasar por otras galerías y otras cavernas.

Sus tres compañeros, guiados por su voz, no tardaron en llegar cerca de la escalera.

Windhya se había ya lanzado por el túnel y avanzaba a tientas, no sabiendo de una manera exacta dónde se encontraba.

Se había acordado en aquel momento de que en las cavernas existían otros pasadizos que él no había explorado jamás: por consiguiente, ignoraba si el camino encontrado era el que conducía a las orillas del Ganges.

—Si tuviéramos nuestras antorchas… —murmuró. —No sé si con esta oscuridad lograremos salir del trance.

De repente chocó contra un obstáculo, que parecía cerrar la galería. A pesar de los escalofríos que experimentaba a causa del frío reinante en aquel subterráneo y a la larga inmersión en el agua, sintió su frente perlada de sudor.

—¿Dónde estamos? —se preguntó con angustia—. ¿Nos habremos extraviado en estos inmensos subterráneos de la pagoda?

—¿Qué ocurre ahora? —le preguntó Tremal-Naik, que había caído encima de él, ya que no preveía la repentina detención del faquir.

—El camino está cerrado —respondió Windhya.

Durante algunos instantes un silencio pavoroso reinó entre los cuatro hombres. Aquel inesperado obstáculo que les impedía proseguir la fuga los aterrorizaba.

—Comienzo a creer que estamos perdidos —dijo Tremal-Naik con sorda rabia—. ¿Qué podemos hacer ahora?

—No sé qué hacer —respondió el faquir. —Sin una antorcha no sabría adonde dirigirme.

—¿Qué es lo que cierra la galería?

—No sé si es una piedra o una puerta.

Tremal-Naik extrajo de su cinturón una pistola, caminó unos pasos hacia delante y con la culata del arma golpeó repetidamente el obstáculo. Un sonido metálico resonó en la tenebrosa galería.

—Es una puerta de hierro —dijo el cazador de serpientes. —Quizás haya algún modo de abrirla. Busquemos a ver si hay un botón.

Hizo correr sus manos por aquella gran plancha metálica, por arriba, por abajo, por los dos lados, pero no encontró nada. La puerta era perfectamente lisa, sin la menor protuberancia.

—Nada. No hay nada que hacer —murmuró con voz ronca.

Reunió todas sus fuerzas y trató de empujar; esfuerzo inútil. Aquella puerta, que debía de ser maciza, no se movió.

—Para derribarla se necesitaría una mina —dijo.

—Volvamos a la caverna y busquemos otro paso —sugirió el dondy.

—Si no lo hemos encontrado antes, dudo que lo descubramos ahora.

—Veamos —dijo Tremal-Naik—. ¿Estás seguro de que el pasaje no está sumergido?

—Si estuviera cubierto de agua no habría ya aire respirable.

—Vamos, pues, a buscarlo —aconsejó el viejo thug.

—¿Y si esperásemos a que bajase el agua? —preguntó el dondy.

—¿Y los cipayos? —dijo el thug. — ¿Has olvidado que nos persiguen…?

—El túnel nos protege.

Como para darle un mentís al dondy, en aquel momento se oyó a breve distancia un espantoso estallido y luego un relámpago luminoso cruzó por la caverna, iluminándola enteramente.

Las aguas, elevadas por el estallido de alguna mina poderosa, se lanzaron entonces contra las paredes con ruidos ensordecedores, mientras de las bóvedas oían precipitarse, con zambullidas sordas, pedazos de roca.

Tremal-Naik, el dondy y el viejo thug lanzaron un grito de terror, creyendo que se derrumbaba toda la caverna; Windhya, por el contrario, lanzó un grito de triunfo.

A la luz del relámpago había descubierto una segunda escalerilla que subía hacia la bóveda y en seguida la había reconocido.

—¡El pasadizo está descubierto! —gritó—. ¡Rápidamente, a la caverna!

Luego, sin ver si le seguían o no sus compañeros, se precipitó al agua todavía agitada y nadó con supremo vigor.

—¡Windhya! —gritó Tremal-Naik.

—Venid —respondió el faquir con voz imperiosa—. ¡Los cipayos están a punto de irrumpir en la caverna!

Los tres indios, comprendiendo que estaban a punto de ser sorprendidos por los soldados del capitán Macpherson, se lanzaron al agua tratando de seguirle. Por la parte de la galería que comunicaba con la primera caverna se oían voces. De vez en cuando, fugaces resplandores iluminaban las paredes y se reflejaban en las aguas.

Los cipayos, después de haber volado el paso para desembarazarlo de la masa líquida que obstruía su avance, se preparaban para invadir la caverna.

Mientras el faquir llegaba a la escalerilla que conducía al corredor que comunicaba con el río, se oyó una voz gritar:

—¡Adelante!

Tremal-Naik lanzó un grito de rabia.

—¡La voz de Bharata!

—Nos ha engañado y ahora intenta cazarnos —dijo el viejo thug.

—Si ese bribón vuelve a caer en nuestras manos, no dejaré que se salve.

A la orden dada por el sargento, los cipayos se habían lanzado por la galería con la furia de un torrente, chapoteando en el agua. Eran quince o veinte, armados de fusiles y provistos de antorchas.

Cuando llegaron a la caverna se detuvieron, ya que el agua les llegaba hasta el cuello.

—Aquí están —gritó uno de ellos.

Windhya, Tremal-Naik y el viejo thug habían llegado ya al túnel y se habían refugiado en él, pero el dondy, más viejo que ellos y ya quebrantado por aquella carrera y aquellos continuos baños, se encontraba en el último escalón.

Al divisarlo, algunos cipayos apuntaron rápidamente sus armas y lo saludaron con una descarga.

El desgraciado faquir, acribillado por las balas, soltó la escalera y se precipitó al agua sin lanzar un solo grito.

Oyendo la sacudida producida por el cuerpo que se hundía, Tremal-Naik se había vuelto.

—El dondy ha muerto —gritó.

—¡Adelante! —respondió Windhya—. ¡No es momento de ocuparse de los muertos!

Los tres indios se lanzaron por la galería mientras los cipayos avanzaban nadando para llegar a la escalerilla.

Habiendo recorrido doscientos metros, Windhya se detuvo un momento para dejar pasar a sus compañeros. Había una gruesa puerta de hierro en aquel punto, pero estaba abierta.

—Este obstáculo bastará para retenerles algún tiempo —dijo.

Y cerró la puerta tras sí con gran estruendo.

—¿Adonde vamos? —preguntó Tremal-Naik.

—Siempre adelante —respondió el faquir.

—¿No hay obstáculos? —No se ve nada.

—El río no está lejos.

Los tres reemprendieron la carrera, chocando entre sí y empujándose. Corrían a tientas, con las manos tendidas para no romperse la cara contra cualquier pared o contra cualquier obstáculo, espoleados por el temor.

De repente, en el fondo de un largo corredor comenzaron a percibir un atisbo de luz, mientras a sus oídos llegaba un sordo roce que parecía producido por el lejano curso de agua.

—¿Qué es ese rumor? —preguntó Tremal-Naik.

—Es el Ganges —respondió Windhya.

Continuando su carrera, llegaron poco después a una tercera y aún más amplia caverna, que recibía un poco de luz por una estrecha abertura practicada en la altísima bóveda.

Su aparición en este último antro fue saludada por un chirrido ensordecedor que venía de arriba. Tremal-Naik y el thug, al no saber de dónde procedía, se detuvieron, mirando con inquietud a su alrededor.

Sólo entonces se dieron cuenta de que las paredes y la bóveda estaban tapizadas con grandes manchas negruzcas que se agitaban, emitiendo sordos charloteos como si fueran personas que murmurasen entre sí. Eran millares y millares de badul, especie de repugnantes murciélagos de una longitud de más de un pie y con las alas bastante amplias, la cabeza y el cuerpo cubiertos de un vello castaño oscuro, atravesado por una franja amarillenta.

Viendo a aquellos tres hombres irrumpir en su caverna, aquellos habitantes de las tinieblas comenzaron a agitarse y a protestar contra el allanamiento de morada. Al principio se reunieron, apretándose entre sí para formar una gran masa viviente y ruidosa y luego comenzaron a volar por la caverna huyendo en todas direcciones al tuntún, chocando contra los tres hombres y golpeando sus rostros con las frías y gigantescas alas.

Tremal-Naik y sus compañeros pasaron corriendo en medio de aquel caos de animales espantados y llegaron a un nuevo corredor en cuyo extremo se oía el ruido continuo que anunciaba la proximidad del río.

—Venid —dijo Windhya—. ¡Ahora estamos a salvo!

Recorrieron el último tramo de la galería, cuya bóveda descendía rápidamente, y llegaron ante una hendidura a través de la cual se veía correr el agua.

—¿Pasaremos? —preguntó Tremal-Naik.

—Basta sumergirse —respondió Windhya.

Dio unos pasos adelante y se encontró con el agua hasta los muslos. El plano de la galería descendía rápidamente siguiendo la inclinación de la orilla y terminaba a un metro bajo el nivel del río.

El faquir, que continuaba sumergiéndose, estaba para arrojarse resueltamente al Ganges cuando se le vio retroceder rápidamente con un gesto de rabia.

—¿Qué sucede? —preguntó Tremal-Naik.

—¡El río está vigilado por los cipayos!

—¡Maldición…!

30. LA MUERTE DE WINDHYA

El faquir no se había equivocado. A las primeras claridades del alba había descubierto tres chalupas, en las que había una docena de cipayos, detenidas en medio del río como si vigilasen la salida de la galería.

Probablemente los hombres que iban a bordo debían de ignorar el punto exacto donde terminaban los grandes subterráneos de la vieja pagoda, porque, de no ser así, no habrían dudado en entrar para coger a los fugitivos entre dos fuegos; sin embargo, se les debía de haber informado de que la galería desembocaba cerca de aquella orilla.

Al divisar aquellas tres chalupas, Tremal-Naik palideció. Retrocedió lentamente hasta llegar junto al faquir, y, mirándole con ojos amenazadores, le dijo:

—¡Alguien nos ha traicionado!

—¿Te has olvidado, pues, de Bharata? —preguntó el faquir. —El es quien nos ha perdido.

—¡Bharata!

—Ha oído nuestra charla, me ha oído hablar de una salida al Ganges; y apenas se ha visto libre ha dado órdenes para que se vigile la orilla.

—Y ahora, ¿qué haremos? —preguntó Tremal-Naik.

—Intentemos un golpe desesperado —respondió Windhya. —Si nos quedamos aquí, pronto caerán sobre nosotros a través de los subterráneos.

—¿Y la puerta de hierro?

—A estas horas la habrán hecho saltar con una mina.

—¿Qué quieres intentar?

—Todos somos buenos nadadores. Sumerjámonos y nademos bajo el agua, intentando llegar a la orilla opuesta.

—Si los hombres de las chalupas nos descubren la emprenderán a tiros con nosotros.

—Ya lo sé, pero yo de todas formas lo intentaré. El río arrastra siempre cadáveres, troncos de árboles, urnas funerarias; por consiguiente, no es fácil descubrirnos. ¡Al agua!

No cabía la vacilación. Dentro de pocos instantes los soldados que les perseguían a través de los túneles, derribando todos los obstáculos con las minas, llegarían a aquel último refugio y les harían prisioneros. Hicieron una buena provisión de aire y luego se sumergieron abandonando la galería.

Tremal-Naik, en lugar de atravesar el río en línea recta, se dejó transportar por la corriente con el fin de no chocar contra las tres chalupas que estaban fondeadas a trescientos pasos de la orilla, nadando con extraordinario vigor y manteniéndose sumergido el mayor tiempo posible.

Reteniendo la respiración hasta el punto de sentir los latidos del corazón en sus oídos, recorrió doscientas brazas, luego salió a la superficie, dejando sólo emerger la punta de la nariz. Renovada su provisión de aire, volvió a hundirse, intentando cortar la corriente para llegar a las plantas acuáticas de la orilla opuesta. Ya había recorrido otras cuatrocientas brazas cuando al volver a flote oyó un disparo, seguido por un aullido.

—Han acertado a alguien —pensó.

Aunque se sentía exhausto, continuó nadando bajo el agua, hasta que se percató de que estaba a punto de perder el sentido. Aun a riesgo de recibir una bala en el cráneo, con un golpe de piernas volvió a la superficie.

Cuando iba a emerger chocó contra una masa que arrastraba la corriente.

—Algún cadáver o algún tronco de árbol —pensó.

Se agarró a él y luego, manteniéndose escondido detrás de aquella masa, sacó la cabeza y abrió los ojos.

Se le escapó un grito ahogado. El cadáver con el que había chocado era el de Windhya.

El desgraciado faquir había recibido una bala en el cráneo y era arrastrado por la corriente enrojeciendo el agua a su alrededor.

Tremal-Naik rechazó con repugnancia aquel cuerpo todavía tibio y luego volvió a meterse bajo el agua. Había divisado la orilla a poca distancia, mientras las chalupas se encontraban ya a una distancia de medio kilómetro.

Recorrió aquel tramo en dos períodos, nadando desesperadamente por temor a ser descubierto y muerto, y llegó hasta el centro de un matorral de hojas flotantes, redondas y muy grandes, ghil, especie de loto que produce raíces gruesas que semejan nabos y que son ávidamente buscadas por los habitantes del Ganges.

Una bandada de aves acuáticas levantó el vuelo a través del río.

Tremal-Naik, temiendo que los cipayos de las chalupas sospecharan el verdadero motivo de aquella fuga precipitada de los volátiles, se mantuvo algunos minutos escondido entre las hojas flotantes y luego se acercó lentamente a la orilla, que en aquel lugar descendía dulcemente, cubierta por césped y hierbas altas, y con un último impulso salió del agua.

Ocultándose en lo más espeso del matorral, Tremal-Naik se izó a una gran rama cubierta de espeso follaje y miró hacia el río.

De las tres chalupas, dos se habían acercado a la desembocadura del túnel de donde se veían salir algunos soldados, probablemente los mismos que habían atravesado los subterráneos de la vieja pagoda; la tercera, por el contrario, descendía por el Ganges como si intentase alcanzar algo que arrastraba la corriente.

—Buscan el cadáver del faquir —murmuró Tremal-Naik—. ¿Y qué habrá ocurrido con el viejo thug? ¿Se habrá ahogado o le habrán aprehendido?

Apenas había pronunciado estas palabras cuando vio las hojas de los ghil que poco antes había atravesado agitarse como si alguien intentase deslizarse por en medio de los tallos que las sostenían.

Al principio creyó que se trataba de algún pez grande; pero, observando con mayor atención, se dio cuenta que de vez en cuando emergía de las hojas una cabeza humana, perfectamente rasurada como usan la mayor parte de los bengalíes. Comprendió que se trataba del viejo thug.

Se llevó una mano a los labios e imitó hábilmente el aullido del chacal.

El indio levantó la cabeza y miró hacia la orilla. Había comprendido que tenía cerca a algún amigo, pero dudaba en dejar su escondite acuático.

—Ven —gritó Tremal-Naik. —Ya no tenemos nada que temer.

El viejo se lanzó a la orilla, se arrojó entre las hierbas y llegó al matorral.

—¡Estamos a salvo! —dijo. —Estoy contento de que tú también hayas escapado a la persecución.

—¿Sabes que han matado a Windhya?

—Ya lo sé, Tremal-Naik —respondió el thug. —Cuando le han herido yo estaba a diez pasos de él.

—¿Y ahora qué haremos?

—Huiremos hacia el sur.

—¿Y luego?

—Iremos a buscar los porom-hungse.

—¿Y el capitán…?

—No es el momento de pensar en él.

—¿Y si ya hubiera partido?

—No lo creo, Tremal-Naik. Apresurémonos a alejarnos antes de que las chalupas se dirijan a esta parte; los soldados vienen a inspeccionar la orilla.

—¿Conoces el camino?

—Bastará seguir la orilla manteniéndose a cierta distancia —respondió el thug.

Estaban a punto de salir del matorral cuando vieron venir desde un arrozal próximo a un sacerdote brahmán, un magnífico hombre de estatura considerable, con una barba imponente ya entrecana y vestido con un hábito blanco. Tenía en la mano un vaso de metal muy reluciente, capaz de contener tres o cuatro litros de agua.

—He aquí un inoportuno que viene a bañarse justamente aquí —dijo Tremal-Naik.

—Quizás es una suerte para nosotros —respondió el thug. —Ese hombre puede darnos refugio y protegernos contra los cipayos, los cuales no se atreverían a violar la casa de un sacerdote de Brahma. Dejémosle hacer sus abluciones y luego le abordaremos.

El brahmán pasó junto al matorral sin darse cuenta de la presencia de los dos fugitivos; descendió lentamente por la orilla, teniendo los ojos fijos en el sol, que entonces se elevaba en el horizonte; después se desembarazó del manto y se bañó los pies y las manos.

Hecho esto, recogió un poco de agua en la palma de la mano derecha, elevó ésta haciendo escurrir el agua hacia el pulso, como enseña el achumunu, luego se tocó la nariz, la boca, las orejas, los labios, los ojos, el abdomen y los hombros murmurando las correspondientes oraciones.

Cumplida aquella primera ceremonia, se sentó en la orilla y volvió el rostro hacia los cuatro puntos cardinales; se limpió los dientes preparando primero un trocito de madera verde, operación que los brahmanes deben realizar al surgir el sol, con lo que evitan que su alma, en la futura reencarnación, pase al cuerpo de un insecto inmundo; luego, habiendo recogido un poco de fango, trazó bastantes signos en su frente.

Pero todavía no había acabado. Los brahmanes tienen que cumplir durante la jornada tantas ceremonias singulares como para poner a prueba su paciencia. Después de aquella primera limpieza, los sacerdotes deben recoger flores y hacer un ramillete para llevar a casa, luego deben embadurnarse todo el cuerpo de fango, posteriormente descender al río hasta que el agua les llegue al pecho y, manteniendo siempre la cabeza vuelta hacia oriente, entrecruzar los dedos de diversas formas, cubrirse el rostro con los cabellos, tapar durante algún tiempo sus oídos con los pulgares, luego meterse los meñiques en las narices y los otros dedos en los ojos y sumergirse tres veces en las aguas sagradas.

Realizadas estas distintas ceremonias, que harían reír a un europeo, deben unir las manos repitiendo tres invocaciones a su dios, arrojarse agua en la cabeza, recoger después agua en sus manos reunidas y ofrecerla por tres veces al sol, y finalmente llevar a cabo una última inmersión recitando algunas fórmulas para asegurarse la beatitud en esta vida y en la otra.

El brahmán que había acudido a la orilla del Ganges, una vez terminadas todas las ceremonias, volvió a ascender por la orilla sentándose a poca distancia del matorral, para luego, habiendo mezclado un poco de minio y fango, trazar los signos especiales de su casta, una mancha en medio de la frente, una encima de la nariz y varias en el cuerpo, actuando ahora con un dedo y luego con otro, porque cada marca debe realizarse con un dedo diferente. Estaba a punto de levantarse, para beber un sorbo de agua del río sagrado, cuando el viejo thug se le acercó dándole los buenos días.

El brahmán miró al indio y, creyendo quizá que pertenecía a alguna casta inferior, hizo el gesto de arrojar el ramillete, como le obligaba a hacer en tales circunstancias su religión, pero el viejo thug lo retuvo con un gesto diciéndole con orgullo:

—Yo soy un seguidor de Kalí y pertenezco a la casta de los sotteri (guerreros).

—¿Qué quieres de mí? —preguntó el brahmán.

—Pedirte asilo hasta esta noche.

—¿No tienes casa?

—Sí, pero está lejos, y además tanto yo como mi compañero estamos expuestos a un gran peligro.

—¿Quién te amenaza?

—Esos cipayos que ves recorrer el río.

—¿Has robado?

—¡No!

—¿Has matado a hombres de tu casta o de la mía?

—Tampoco.

—Entonces sígueme —dijo el brahmán.

—¿Estaré seguro en tu casa…?

—Una pagoda es inviolable.

—Mira… —dijo en aquel momento Tremal-Naik. —Vienen los cipayos.

El viejo thug echó al río una rápida mirada. Las dos chalupas que se habían detenido cerca de la desembocadura del subterráneo de la vieja pagoda, una vez embarcados los cipayos de Bharata, estaban atravesando el Ganges a gran velocidad.

—Venid —dijo el brahmán.

Mientras los soldados remaban con toda su fuerza para llegar a la orilla opuesta y registrarla, el brahmán y los dos fugitivos atravesaron rápidamente la espesura de mangos y se adentraron en medio de un arrozal.

Allá lejos, por encima de la verde cima de los cocoteros que formaban un pequeño bosque, se veían erguirse las sutiles agujas de una pagoda, rematada por bolas de metal que el sol hacía destellar como si fuesen de oro.

El brahmán guió a sus huéspedes a través del arrozal y del bosquecillo y se detuvo ante una modesta pagoda; subió rápidamente la escalinata, empujó la gruesa puerta cubierta de planchas de bronce verduzco y los introdujo en el interior, cerrando luego la entrada con un enorme cerrojo.

—Estáis en el templo dedicado a la cuarta encarnación de Visnú —dijo. —Ningún indio osaría entrar aquí sin mi permiso.

—Los cipayos están al servicio del gobierno inglés —observó Tremal-Naik.

—Pero no dejan de ser de raza india —respondió el sacerdote brahmán.

El templo estaba casi despojado de ornamentos, pero, en medio de él, surgía un monstruoso animal de metal dorado, mitad hombre y mitad león, que representaba a Visnú en su cuarta encamación.

El brahmán se acercó a la estatua e hizo saltar un muelle escondido en el vientre del monstruoso animal; así abrió una portezuela capaz de dejar pasar a un hombre. Empujó dentro a los dos indios diciéndoles:

—Aquí estaréis seguros; nadie os descubrirá.

El interior de aquel león de cabeza humana estaba vacío y había espacio suficiente para contener cómodamente a seis personas. A través de los ojos del monstruo, grandísimos y fabricados de un material transparente, se filtraba una luz suficiente para iluminar aquel escondite.

Los dos indios se acercaron a los ojos y pudieron distinguir muy bien no sólo las paredes de la pagoda, sino también la puerta que se abría sobre la escalinata. El viejo thug hizo un signo de satisfacción.

—Podremos observar lo que ocurra dentro de la pagoda —dijo.

—¿Desconfías del brahmán? —preguntó Tremal-Naik.

—No —respondió el thug. —Los brahmanes odian a los ingleses porque son los opresores de la India, y odian también a los cipayos que han aceptado el yugo vergonzoso y que incluso han llegado a hacerse aliados de la maldita raza blanca. Ha prometido salvarnos y aunque ignore el motivo de nuestra fuga mantendrá escrupulosamente su palabra.

—¿Y crees que los cipayos nos dejarán tranquilos?

—No tengo tal esperanza. Si han logrado descubrir nuestras huellas, bloquearán la pagoda y quizás incluso se atrevan a entrar para buscarnos.

—Corremos el peligro de que nos apresen.

—¿Quién va a suponer que estamos escondidos en el cuerpo de este animal?

—Pueden tener cualquier sospecha y desventrar a la encarnación de Visnú.

—¿Indios…? ¡No! No cometerían jamás tal sacrilegio.

—Está bien, pero si bloquean la pagoda nos impedirán salir —dijo Tremal-Naik.

—Acabarán cansándose.

—Y mientras tanto el capitán partirá hacia Raimangal.

El thug acusó aquella observación.

—Es verdad —murmuró. —Y, si parte, será la ruina para todos los seguidores de Kalí.

—Y quizá la muerte de la muchacha que amo —dijo Tremal-Naik con un suspiro ahogado. —No, ese hombre no debe partir: es preciso que yo lo mate, para arrancar de la muerte a la Virgen de la pagoda.

El viejo thug había quedado silencioso, sin saber qué responder. De repente, se golpeó la frente exclamando con voz de triunfo:

—¡Hemos olvidado el porom-hungse!

—¿El faquir del brazo anquilosado?

—Sí, Tremal-Naik.

—¿Qué quieres decir?

—Quizás ese hombre pueda salvarnos.

—¿Cómo?

—No lo sé, pero tengo gran fe en el viejo Nimpor. Es temido y respetado, sabe hacerse obedecer por todas las demás sectas de faquires y encantadores de serpientes y lo puede todo. Avisémosle de nuestra peligrosa situación y verás cómo encuentra algún modo de hacernos salir de aquí y ponernos a salvo.

—¿Y quién se encargará de avisarle? —preguntó preocupado Tremal-Naik.

—El brahmán.

En aquel momento resonó un golpe en la pagoda, despertando el eco de la gran cúpula.

—¡Los cipayos! —exclamó el viejo thug, con un estremecimiento.

—Silencio —recomendó Tremal-Naik.

31. LA LIBERACIÓN

El brahmán debía de esperar aquella visita, porque apenas había resonado la llamada en la pagoda cuando los dos fugitivos lo vieron salir de una especie de biombo detrás del cual quizás estaba orando y dirigirse con paso presuroso hacia la puerta.

Tremal-Naik y el viejo thug espiaban sus movimientos a través de los ojos transparentes del monstruo que les servía de escondite.

El sacerdote descorrió el grueso cerrojo y abrió lentamente la puerta, teniendo sin embargo los brazos extendidos de modo que impedía el acceso a la pagoda.

Cuatro soldados armados de fusiles se presentaron precedidos por un sargento en el que Tremal-Naik y su compañero reconocieron en seguida a Bharata.

—¿Qué deseáis? —preguntó el brahmán fingiendo la mayor sorpresa.

Los cinco indios, al encontrarse ante aquel sacerdote que pertenecía a una casta tan elevada, permanecieron un poco perplejos; pero el sargento, más resuelto dijo:

—Perdóname, sacerdote de Brahma, si te he importunado. En lugar de encontrarte a ti creía que encontraría a dos hombres que desde ayer seguimos encarnizadamente.

—¿Y venís a buscarlos en esta pagoda? —preguntó el brahmán con estupor creciente.

—Tenemos la sospecha de que se han refugiado aquí —dijo Bharata. —Hemos seguido sus huellas y si no nos hemos engañado los dos indios deben haber llegado a los alrededores de la pagoda.

—Aquí no ha entrado nadie.

—¿Estás seguro?

—No he visto a nadie, conque podéis iros a buscar en otra parte a esos dos hombres.

Diciendo esto, hizo gesto de cerrar la puerta del templo. Bharata, que quizá no estaba persuadido de lo que había oído, le impidió cerrarla.

El brahmán arrugó la frente.

—¿Te atreves? —dijo.

—Yo no me atrevo a nada —respondió el sargento con acento resuelto. —Busco a esos dos hombres y nada más.

—¿Qué quieres?

—Visitar la pagoda.

—¿Hombres armados en un templo dedicado a Visnú, el dios conservador, que todos los indios temen y adoran?

—Dejaremos las armas de fuego, si esto te place, pero entraremos.

—Bien, hacedlo —respondió el brahmán temiendo que una resistencia mayor aumentase las sospechas del sargento.

—Te lo agradecemos —respondió simplemente el sargento Bharata.

Hizo que sus hombres dejasen las armas de fuego y luego, volviéndose hacia un segundo grupo de cipayos que se habían detenido al pie de la escalinata, les dijo:

—Vosotros rodead la pagoda y, si veis huir a alguien, disparad.

Dicho esto, entró junto con los otros cuatro, manteniendo su mano derecha sobre la guarda del sable para estar dispuesto a desenvainarlo en caso de peligro.

La pagoda no ofrecía escondrijos que visitar, ya que apenas tenía anexa una sola habitación que servía de vivienda al brahmán. Sin embargo, los cinco cipayos exploraron minuciosamente todos los rincones, golpearon las piedras del pavimento para asegurarse de que bajo ellas no existían pasajes subterráneos y luego se detuvieron ante la estatua monstruosa del dios.

Bharata quizás hubiera querido cerciorarse de que estaba vacía, pero no osó cometer semejante profanación. También él era un indio y, aunque se encontraba desde hacía muchos años al servicio del capitán, no había renunciado a su religión.

—¿Me aseguras que ningún hombre se ha refugiado en esta pagoda? —preguntó nuevamente al brahmán.

—No ha entrado ninguna persona —respondió tranquilamente el sacerdote.

Los cinco salieron lentamente del templo lanzando alrededor una última mirada y descendieron por la escalinata.

El brahmán esperó a que se hubieran alejado, luego cerró la puerta y, habiendo dado una vuelta por el templo, se puso a observar por detrás de un pequeño agujero casi escondido por una cabeza de elefante esculpida en un bloque de piedra negra.

—¡Ah! —murmuró después de unos instantes. —Se preparan para bloquear la pagoda. Bien, hacedlo; si vosotros sois pacientes, también lo seremos nosotros, hombres malditos vendidos a la raza que oprime a nuestro país.

Dejó el observatorio, se dirigió hacia la monstruosa divinidad e hizo saltar el muelle. A través de la portezuela aparecieron en seguida las cabezas de Tremal-Naik y del viejo thug.

—Por ahora nada tenéis que temer —dijo el brahmán.

—¿Se han ido?

—No, bloquean la pagoda.

—Sin embargo, es preciso que huyamos —dijo Tremal-Naik. —Nos esperan en otra parte.

—Si salís, esos renegados os aprehenderán —respondió el brahmán.

—Escucha —dijo el thug. — ¿Tienes un hombre de confianza?

—Sí, el muchacho encargado de traerme los víveres.

—¿Cuándo vendrá?

—Dentro de poco.

—Es necesario que vaya a buscar a un porom-hungse que se llama Nimpor. Ese faquir, que es amigo nuestro, nos salvará.

—¿Dónde se encuentra?

—En la pagoda dedicada a Krisna. Lo llaman el faquir de la flor, porque tiene una plantita en su mano izquierda.

—Mandaré a buscarlo —dijo el brahmán—. ¿Qué deberán decirle?

—Que sus dos amigos, Tremal-Naik y Moh, se encuentran sitiados por los soldados en esta pagoda.

—Añadirás que los cipayos están guiados por el sargento del capitán Macpherson.

—Antes de la noche tendréis noticias del porom-hungse, os lo prometo —dijo el brahmán.

Les llevó una cazuela llena de arroz condimentado con pescado, una botella de jugo de tody ligeramente fermentado y bananas de esa especie pequeña y exquisita que en todas las épocas ha constituido la comida preferida de los sabios y sacerdotes de Brahma, por lo que el árbol que las produce es denominado por los modernos botánicos musa sapienti.

Hecho esto, volvió a cerrar la portezuela recomendando a los dos prisioneros que comiesen con apetito y descansasen sin ningún temor.

Tremal-Naik y el viejo thug, que estaban hambrientos, ya que no habían probado bocado desde la noche anterior, se apresuraron a hacer desaparecer los víveres y luego se tendieron lo mejor que pudieron, dejando sus puñales al alcance de la mano, y se durmieron plácidamente.

Ya dormían desde hacía bastantes horas cuando fueron despertados por el salto del muelle. Temiendo siempre una traición, se alzaron rápidamente con los puñales en la mano.

La oscuridad había invadido el interior del monstruoso animal, pero por la portezuela abierta vieron entrar un poco de luz, suficiente para distinguir la cara leal del sacerdote brahmán.

—El muchacho ha vuelto ahora —les dijo.

—¿Ha llevado el mensaje? ¿Qué le ha respondido el faquir? —preguntó Tremal-Naik.

—Que esta noche os veréis libres.

—¿Cómo?

—No lo sé, pero me ha dado orden de iluminar el templo y prepararme para recibir una procesión, ya que deben festejar el madame-pon-gol. Ya ayer por la noche en todas las casas de la ciudad india se ha celebrado el poerum-pongol.

—¿Vendrá entonces él?

—Sí, y creo adivinar su plan —dijo el sacerdote.

—¿Cuál sería?

—Transportaros quizá fuera de aquí junto con el dios para bañarlo en las aguas del Ganges.

—¿Sabe Nimpor que estamos escondidos aquí dentro?

—He encargado al muchacho que se lo dijese.

—Debe de ser tarde —dijo el viejo thug.

—El sol está a punto de ocultarse.

—¿Y los cipayos? —preguntó Tremal-Naik.

—Siguen vigilando en el exterior —respondió el sacerdote—. Sin embargo, les engañaremos.

—¿No se opondrán a la fiesta?

—Que prueben a hacerlo, si tienen valor. Nadie, ni siquiera las autoridades inglesas, pueden impedirnos la celebración de nuestras fiestas.

Volvió a cerrar la portezuela, fue a espiar a los soldados que habían acampado a poca distancia de la pagoda y habían puesto centinelas en distintos puntos para impedir cualquier evasión, y por medio de una escalerilla que ascendía alrededor de la cúpula subió a lo alto de la pagoda.

Desde aquella altura sus ojos podían abarcar un gran espacio de la campiña circundante. A los últimos rayos del sol poniente, el brahmán podía observar las espléndidas orillas del río gigante, los campos que se extendían detrás de la pagoda con sus bosques de cocoteros, sus plantaciones de índigo y de algodón y sus arrozales, y podía distinguir también en lontananza la Ciudad Blanca y Negra, yaciendo blandamente en la orilla izquierda del Ganges. El sol se ocultaba en medio de un océano de fuego, haciendo flamear con sus últimos rayos las aguas del sagrado río y las cúpulas de las innumerables pagodas que se erguían entre el verde oscuro de las palmas, los tamarindos, los cocoteros, los tara y los banian.

Por el aire, limpio como rara vez se puede ver en nuestros climas y centelleante por el reflejo de las aguas y del ocaso del sol, volaban alborotando bandadas de marabúes, fúnebres aves del Ganges que se nutren de los cadáveres que los indios abandonan en la corriente sagrada para que vayan más directamente al paraíso de su divinidad; y bandadas de cuervos, cigüeñas, bozagros y ánades.

Por el agua se deslizaban graciosamente barcas de todas formas, de las que se elevaban las monótonas cantinelas de los remeros.

El brahmán, después de haber observado a lo largo del río y los vecinos arrozales, ya cubiertos con largos tallos verdes que sostenían frutos hermosos, fijó la mirada en un grupo de cabañas, medio sepultado bajo las sombrías bóvedas de los palmiches y circundado por espesos matorrales.

Una larga hilera negra serpenteaba entre los arrozales y avanzaba lentamente. Desde aquella altura, parecía una columna de hormigas, pero la mirada aguda del brahmán pronto adivinó que se trataba de una multitud de personas.

—Son ellos —murmuró—, ¡Hagamos preparar el pongol!

Subió a una de las cuatro agujas y, cogiendo un mazo de madera cubierto de cuero, se puso a golpear furiosamente el gigantesco tam-tam.

La chapa, sonora en extremo, produjo un sonido agudísimo, que rompió bruscamente el silencio que reinaba alrededor de la pagoda y repercutió en los bosquecillos próximos y en los arrozales.

El brahmán continuó aquella música ensordecedora durante dos minutos y luego, viendo acudir a muchos indios que habitaban un poblado próximo casi escondido por los palmiches, descendió a la pagoda y fue a abrir la puerta.

Bharata, acompañado por dos cipayos, se encontraba ya en la escalinata.

—¿Qué sucede? —preguntó al brahmán.

—Nos preparamos para celebrar el madace-pongol. ¿No oyes el mugido de las vacas?

—¿Entrará mucha gente en la pagoda?

—Ciertamente.

—No lo permitiré.

El brahmán cruzó los brazos sobre el pecho, miró al sargento con ojos semicerrados, y finalmente, con voz tranquila, le dijo:

—¿Y desde cuándo los cipayos y el gobierno que los paga se permiten impedir las ceremonias de los hindúes?

—Hay dos hombres escondidos en tu pagoda —respondió Bharata. —Con tanto gentío pueden huir.

—Búscalos antes de que los fieles seguidores de Visnú lleguen aquí.

—No sé dónde se encuentran.

—Tampoco yo.

Después, sin parar mientes en el sargento, se dirigió a diez o doce campesinos que habían acudido a los sonoros toques del tam-tam.

—Encended el fuego del pongol —les dijo.

—No permitiré que esa gente que avanza entre en la pagoda —dijo Bharata.

—Prueba a hacerlo —respondió el brahmán.

Luego le volvió decididamente la espalda y entró de nuevo en el templo con paso decidido.

Los campesinos encendieron un fuego gigantesco en la base de la escalinata y luego volvieron a sus cabañas para coger ollas, arroz y leche, con los que preparan todo para el madame-pongol.

Esta ceremonia, que se celebra en el décimo mes de tai, correspondiente a nuestro enero, es una de las que los hindúes celebran con más devoción. Se destina a festejar la vuelta del sol al hemisferio septentrional y dura dos días.

La primera fiesta se llama poerum-pongol y se realiza en casa.

Se ponen a hervir cazuelas llenas de leche purísima y de arroz, y del modo en que hierve el líquido se deducen los auspicios. Antes que nada, sin embargo, debe purificarse el hornillo con estiércol de vaca. El arroz cocinado se sirve a los miembros de la familia y a todos los que han asistido a la ceremonia.

Por el contrario, la segunda fiesta se llama madame-pongol, o sea, fiesta de las vacas, animales que los indios consideran sagrados.

Se toman bastantes animales, se les doran los cuernos, se les adornan las colas con ramos de flores; después se les conduce en procesión por los campos, precedidos y seguidos por una multitud de músicos, encantadores de serpientes, bayaderas, sacerdotes y ante las pagodas se les da de comer el arroz hervido en la leche.

Una vez alimentadas las vacas, se mata un animal reservado para la fiesta, sea un caballo, un buey, un tigre o un simple ratón, después de haberlo dejado en libertad para ver qué camino emprende. De la dirección de su breve fuga se deducen buenos o malos auspicios.

32. ¡DEMASIADO TARDE!

Empezaban ya a hervir los grandes recipientes colmados de leche cuando la procesión, guiada por el astuto porom-hungse, llegó delante de la pagoda.

Se componía de más de medio millar de personas. Aquella multitud aullante se dirigió casi corriendo hacia la pagoda, empujando delante de sí a las vacas para las que estaba destinado el arroz cocinado con la leche; y cuando llegó ante la escalera, formó un amplio semicírculo, obligando a los soldados de Bharata a desalojarla apresuradamente.

Al final de un alegre ritual de danza, mientras los faquires conducían ante las calderas a las vacas para darles el arroz con la leche, Nimpor subió la escalinata del templo y se acercó al sacerdote brahmán, que estaba de pie en la puerta.

—Sacerdote de Brahma —le dijo, inclinándose, —el humilde porom-hungse se dirige a ti para obtener el permiso de llevar en procesión la estatua de Visnú que adoras en tu pagoda. Todos los faquires que me han seguido desean bendecirla en las olas sagradas del Ganges.

—Los faquires son hombres santos —dijo el brahmán. —Si es su deseo, que entren en la pagoda y lleven hasta la orilla del río la estatua del dios.

—No —dijo una voz cerca de ellos. —Nadie entrará en la pagoda a excepción del brahmán.

El porom-hungse se volvió y se encontró ante Bharata.

—¿Quién eres? —le preguntó.

—Ya lo ves, un sargento de cipayos.

—¡Ah!, sí, es verdad, un indio que ha vendido sus servicios a los opresores de la India —dijo Nimpor con ironía.

—¡Ten cuidado, porom-hungse! Tu lengua es demasiado larga.

Nimpor se volvió, e indicando al sargento la multitud que llenaba la plaza de la pagoda le dijo con acento amenazador:

—¡Mira! Casi todos son faquires, y sabes que no temen a la muerte.

Impídeles que entren en el templo y los verás transformados en algo tan feroz como los tigres de la jungla. Nadie tiene el derecho de impedir nuestras ceremonias religiosas. Y además, mira, cuéntalos: son quinientos y tú no tienes más que una docena de hombres.

Bharata hizo un gesto de despecho y dejó el campo libre, retirándose a la otra parte de la escalinata.

El porom-hungse fue rápido en aprovechar aquella retirada. Alzó el brazo que todavía tenía útil y en seguida veinte faquires entraron en el templo.

Todos iban provistos de barras de hierro, instrumentos que de un momento a otro podían convertirse en terribles armas ofensivas y matar a los cipayos del sargento si intentaban oponerse a sus propósitos.

La estatua del dios fue levantada y transportada al exterior. Los faquires que habían permanecido en la plaza saludaron la aparición de la encarnación de Visnú con gritos ensordecedores, mientras los músicos soplaban con fuerza sus instrumentos.

—¡Adelante! —mandó el porom-hungse con voz tronante.

Los veinte faquires, sosteniendo al enorme animal sobre sus barras de hierro, descendieron la escalinata y se pusieron en camino hacia la orilla del Ganges, precedidos por las danzarinas y los músicos y seguidos por los encantadores de serpientes y todos los demás fanáticos, que se apiñaban alrededor de las vacas.

Bharata y los cipayos, que no podían suponer que en el vientre del animal se escondían los dos thugs, no habían abandonado los alrededores de la pagoda, convencidos todavía de que el brahmán los había escondido en algún subterráneo.

El porom-hungse, contento por el éxito de su estratagema, guió a aquella turba clamorosa hasta la orilla del Ganges, escogiendo un punto que estaba cubierto por plantas tupidas, y rico, sobre todo, en cañas.

Con un gesto enérgico mandó a las danzadoras y a los músicos que se detuvieran a cincuenta pasos del río sagrado, para retener a los encantadores y los faquires de las diversas castas; luego, con los veinte fíeles que llevaban al animal, se metió entre las cañas y las anchas hojas de loto.

Se colocó al dios sobre un bajo fondo, de modo que la ola sagrada no le mojase más que la base. Después Nimpor buscó apresuradamente el botón que debía abrir la plancha.

Sus veinte hombres habían formado un amplio círculo alrededor del animal para ocultar mejor el engaño, precaución por lo demás casi inútil, pues la oscuridad era muy densa en aquel lugar cubierto por altísimos tamarindos.

Después de algunos instantes, saltó el muelle y la plancha se abrió.

—Pronto, salid —dijo Nimpor.

Tremal-Naik y el viejo thug, que comenzaban a estar cansados de aquella incómoda prisión, fueron rápidos para dejarse deslizar fuera y arrojarse entre las cañas y las hojas de loto.

—Volved a la pagoda —dijo el porom-hungse a los faquires. —El dios ya ha sido bañado en las olas del río sagrado.

Los veinte hombres recogieron sus barras de hierro, levantaron con gran esfuerzo al monstruoso animal y volvieron al tiempo que los músicos y los danzarines.

El numeroso cortejo se organizó rápidamente y volvió a tomar el camino de la pagoda entre un ruido ensordecedor.

Nimpor había permanecido en cuclillas sobre el bajo fondo como si tomase un baño. Cuando vio que el cortejo se alejaba se levantó diciendo:

—Pronto: ¡venid!

Tremal-Naik y el viejo thug lo siguieron y los tres llegaron a un matorral espeso.

—Gracias por tu intervención —le dijo Tremal-Naik. —Sin ti estaríamos todavía encerrados en el vientre de Visnú.

—Dejad los agradecimientos y ocupémonos del capitán —interrumpió Nimpor.

—¿Tienes noticias suyas? —preguntó el viejo thug.

—Temo que mañana al amanecer parta para las sunderbunds.

—¡Muerte de Siva! —exclamó Tremal-Naik palideciendo—. ¡Se marcha!

—Hoy el «Cornwall», que debe conducirlo a las sunderbunds, estaba con las calderas a toda presión.

—¿Quién te lo ha dicho?

—Hider.

—¡Entonces, todo está perdido…!

—Todavía no. Es preciso correr a la Ciudad Blanca a informarnos de si tiene realmente intención de partir mañana.

—No perdamos un solo instante. ¿Dónde esta anclado el buque?

—Cerca del fuerte William.

—Hay que ir allí rápidamente.

—Está lejos —observó el viejo thug.

—A poca distancia de aquí os espera vuestra chalupa —dijo el porom-hungse.

—¿Se han salvado nuestros hombres?

—Sí.

—Vamos —dijo Tremal-Naik—. Si el «Cornwall» ha partido yo pierdo a Ada, pero vosotros perdéis a Suyodhana y a todos los jefes de vuestra secta.

Los tres hombres corrieron por la orilla del río, mientras en lontananza se oían resonar las trompas y redoblar ruidosamente los tambores de la procesión.

Trescientos metros más allá, Tremal-Naik y sus dos compañeros encontraron la chalupa escondida entre los cañaverales y vigilada por los seis remeros.

—¿Habéis visto a alguien rondar por estos alrededores? —les preguntó el viejo thug.

—A nadie —respondieron.

—¿Creéis que podemos llegar al fuerte William antes del alba?

—preguntó Tremal-Naik.

—Quizá, forzando el ritmo —dijo uno de los seis indios.

—Cincuenta rupias si lo conseguís —dijo Nimpor.

—Gracias; basta con vuestra bendición —respondieron los thugs.

La chalupa se separó rápidamente de la orilla y descendió por la corriente del río.

El viejo thug se había puesto al timón y a sus lados se habían sentado Tremal-Naik y el porom-hungse.

Como el río estaba desierto a aquella hora bastante avanzada, la chalupa podía correr libremente sin temor a encuentros. Pero como aquella parte del río estaba interrumpida por frecuentes bancos de arena, el timonel se veía obligado a vigilar atentamente e incluso a describir grandes curvas.

Mientras los seis thugs que estaban a los remos avanzaban con creciente esfuerzo, Tremal-Naik y el porom-hungse reanudaron la interrumpida conversación.

—¿Has visto a Hider? —preguntó el cazador de serpientes de la jungla negra.

—Sí, hoy, antes de que recibiese el mensaje del brahmán.

—¿Y está seguro de que el capitán partirá al amanecer?

—Tiene motivos para creerlo —contestó el porom-hungse. —Vio ayer embarcar a dos compañías de infantería de Bengala, dos piezas de artillería y una cantidad considerable de municiones y víveres. Además, al mediodía la máquina ya estaba en marcha.

¿Estaba a bordo el capitán?

—No me lo ha sabido decir.

—¿Están todavía a bordo de la fragata los dos afiliados?

—Sí.

—Ellos me ayudarán en la empresa —dijo Tremal-Naik.

—¿Qué proyectos tienes?

—Embarcarme en la fragata.

—¿Quieres matarlo en su barco?

—No se me ocurre otro medio, especialmente ahora.

—¿Y si el barco hubiera partido?

—Iría a esperar al capitán a Raimangal.

—¡Llegarías demasiado tarde! Pero…

—Continúa.

—¿Sabes que también la cañonera en la que está embarcado Hider está a punto de zarpar?

—¿Y qué?

—Digo que en el caso de que el «Cornwall» hubiera partido podrías embarcarte en el «Devonshire» y desembarcar en la desembocadura del río. Esa cañonera debe de navegar mucho más de prisa que la fragata

—¿Será posible el embarco?

—Ya lo pensará Hider, en el caso de que debieras servirte del «Devonshire».

Mientras conversaban, la chalupa continuaba descendiendo por el Ganges con rapidez creciente. Ya habían rebasado la Ciudad Negra y corrían a lo largo de la orilla de la Ciudad Blanca cuando el alba comenzó a invadir casi bruscamente el cielo, haciendo palidecer la luz de las estrellas.

Las tripulaciones de los numerosos barcos anclados a lo largo de las orillas comenzaban a despertarse. En aquella confusión de mástiles, cordajes y velas, aparecían hombres estirando sus miembros, mientras alguna monótona canción resonaba ya en el aire tranquilo.

Tremal-Naik se había puesto en pie. Sus miradas se habían fijado en la imponente mole del fuerte William, que se mostraba gigantesco en la semioscuridad.

—¿Dónde está la fragata? —preguntó con acento salvaje.

El porom-hungse se había puesto en pie también y escudriñaba la orilla ansiosamente con sus ojuelos negros de mirada de fuego.

—¡Allí! ¡Mira! Ante la segunda catarata… —gritó.

Tremal-Naik miró en la dirección que le indicaba y vio a poca distancia de la catarata, que comunicaba con los fosos del fuerte, una fragata de formas esbeltas, pero bastante hundida de popa a causa de la carga.

Un denso humo mezclado con escorias salía como un torbellino por la chimenea, formando en el aire una especie de sombrilla de gigantescas dimensiones. A la primera claridad del alba se veía sobre la toldilla a numerosos soldados y marineros ocupados en arrastrar y almacenar cajas y bocoyes, y en retirar los cables que ya se habían soltado de la orilla, mientras otros daban vueltas al cabrestante de proa para arrancar el ancla del fondo del río. Se comprendía a primera vista que aquel buque se preparaba para partir.

Tremal-Naik lanzó un grito de fiera herida.

—¡Se me escapa! ¡Rápido! ¡Rápido o todo se ha perdido…!

El porom-hungse hizo un gesto de cólera y luego se dejó caer en el banco murmurando:

—¡Demasiado tarde! ¡Suyodhana está perdido!

Los seis thugs redoblaron sus esfuerzos y el barco, impulsado por aquellos brazos robustos, reanudó su carrera. Las bordas gemían bajo los poderosos golpes de los remos y el agua se alzaba hasta por encima de la proa.

—¡Rápido! ¡Rápido! —gritaba Tremal-Naik, completamente fuera de sí.

—Es inútil —dijo de repente el viejo thug, abandonando el timón.

En aquel momento la fragata había abandonado el muelle y descendía majestuosamente por el río, vomitando torrentes de humo y lanzando silbidos agudos. También los remeros de la chalupa, agotados por la larga carrera, abandonaron los remos y miraron con ojos feroces al barco que pasaba a pocos metros de ellos.

De repente vieron a Tremal-Naik precipitarse a coger un fusil que estaba apoyado en el banco de popa, montarlo precipitadamente y apuntarlo hacia el buque.

Había aparecido en el puente de mando un hombre y el cazador de serpientes de la jungla negra le había reconocido.

—¡El! ¡El capitán! —gritó con voz entrecortada.

Estaba a punto de disparar cuando el porom-hungse le arrancó bruscamente el arma.

—No cometas semejante tontería —le dijo—. ¿Quieres que nos maten a todos?

Tremal-Naik se volvió hacia él con los puños levantados.

—¿Es que no le has visto? —preguntó.

—¿Y si hubieras fallado? —preguntó el porom-hungse, cruzando los brazos—. Todavía no se ha perdido todo y tú puedes salvarte y salvar a tus hermanos de las sunderbunds —continuó el viejo faquir—. ¿Te has olvidado de Hider? Nos espera cerca del «Devonshire».

Tremal-Naik no respondió; parecía aniquilado.

—A la orilla —ordenó el porom-hungse.

La embarcación viró y remontó lentamente la corriente, dirigiéndose hacia el muelle del Strand. Estaba a punto de arribar cuando un marinero, que parecía haber estado escondido detrás de un gran montón de cajas y bocoyes, se lanzó hacia la orilla diciendo:

—¡Pronto: desembarcad!

Aquel hombre era Hider, el contramaestre del «Devonshire». Oyendo aquella voz, Tremal-Naik se puso en pie rápidamente y luego con un salto de tigre alcanzó la escalinata de la orilla.

—¡Ha partido! —gritó aproximándose al contramaestre.

—Ya lo sé —respondió Hider.

—Pero también tu cañonera debe partir, ¿verdad?

—Sí, esta noche, a medianoche.

—Entonces no se ha perdido todo.

—¿Qué quieres decir? —preguntó el contramaestre con estupor.

—Que podemos alcanzar al «Cornwall» —respondió Tremal-Naik.

—¿Cómo?

—En el «Devonshire».

Hider lo miró sin responder. Creía que al indio se le había trastornado el cerebro.

—¿Me has comprendido? —preguntó Tremal-Naik con una especie de exaltación.

—No, te lo juro.

—¿No es tu cañonera mucho más rápida que la fragata?

—Es verdad.

—Entonces alcanzaremos el barco del capitán y lo echaremos a pique.

—¡Echar a pique la fragata…! ¿Estás loco?

—¿Lo crees imposible?

—Por lo menos, dificilísimo. Y además yo no mando el «Devonshire». Si quisiera intentar cualquier cosa el comandante me pondría los grilletes en las manos y en los pies.

—Eso no ocurrirá; tengo mi plan. ¿Cuántos afiliados hay a bordo de la cañonera?

—Somos seis.

—¿A cuánto asciende toda la tripulación?

—A treinta y dos hombres —respondió Hider.

—Es necesario embarcar otros diez afiliados.

¡Es imposible!

—Todo es posible cuando se quiere —dijo el porom-hungse, que había asistido a aquella conversación. —Tremal-Naik es el enviado de Suyodhana y tú harás lo que él quiera.

—Que me diga qué debo hacer para embarcarlos y le obedeceré —dijo el contramaestre. —Estoy dispuesto a intentar todo con tal de salvar a nuestros hermanos de las sunderbunds.

—¿Qué está embarcando ahora el «Devonshire»? —preguntó Tremal-Naik.

33. INGLESES Y ESTRANGULADORES

En los relojes de la ciudad inglesa era medianoche cuando el «Devonshire», que desde la mañana había encendido sus fuegos, abandonó a todo vapor el muelle del fuerte William, descendiendo velozmente por la negra corriente del Hugli.

La noche era bastante oscura. Ni luna ni estrellas en el cielo, que estaba cubierto por una negra franja de vapores. Pocas luces, en su mayor parte inmóviles, encendidas dentro de las cabañas de Kiddepur o en la proa de las embarcaciones ancladas en la orilla. Solamente hacia el norte se distinguía un extraño resplandor, una especie de alba blanquecina, debida a los millares de llamas que iluminaban la Ciudad Inglesa y la Ciudad Negra de Calcuta.

El capitán del buque, de pie en el puente, ordenaba la maniobra con voz metálica, dominando el fragor de los tambores de las hélices que mordían furiosamente las aguas y el formidable ronquido de la máquina. En el puente, mozos y marineros se dedicaban, a la vaga claridad de unas pocas linternas, a almacenar los últimos bocoyes y las últimas cajas que todavía obstaculizaban el puente. Ya había desaparecido Kiddepur en las espesas tinieblas, y ya habían sido tragadas por la oscuridad las últimas luces de las embarcaciones cuando un hombre, que hasta entonces había manejado el timón, atravesó agachado el puente haciendo una señal a un indio que estaba cerrando la escotilla cercana al palo mayor.

—Apresúrate —le dijo al pasar cerca de él.

—Estoy dispuesto, Hider —respondió el otro.

Pocos minutos después los dos indios descendían la escala que conducía a la cámara común, que en aquel momento estaba desierta.

—¿Y bien? —preguntó brevemente Hider.

—Nadie ha sospechado nada.

—¿Has contado los bocoyes señalados?

—Sí, son diez.

—¿Dónde los has colocado?

—A popa.

—¿Juntos?

—Cerca uno de otro —dijo el afiliado.

—¿Has advertido a los demás?

—Todos están dispuestos. A la primera señal se arrojarán sobre los ingleses.

—Es preciso actuar con prudencia. Esos hombres son capaces de prender fuego a la pólvora y hacer saltar a amigos y enemigos.

—¿Cuándo daremos el golpe?

—Esta noche, luego de que le hayamos suministrado un buen narcótico al comandante.

—¿Qué debemos hacer mientras tanto?

—Mandarás dos hombres a apoderarse de la armería y luego te cuidarás de las máquinas con los otros dos fogoneros. Tendremos necesidad de tu habilidad.

—No es la primera vez que trabajo en las calderas.

—Bien. Comienzo a actuar.

Hider volvió a subir a cubierta y dirigió su mirada al puente. El comandante paseaba de un lado a otro con los brazos cruzados sobre el pecho, fumando un cigarrillo.

Hider se dirigió a popa y sin dejarse ver descendió bajo cubierta, para detenerse ante la cabina del comandante. La puerta estaba cerrada; la abrió y se encontró en una pequeña cámara de ocho pies cuadrados, tapizada en rojo y amueblada elegantemente. Se acercó a una mesita sobre la que había una botella de cristal llena de limonada.

Una sonrisa diabólica le brotó en los labios.

—Cada mañana la botella sale vacía —murmuró. —El capitán, antes de acostarse, bebe siempre.

Hurgó en su pecho y extrajo un frasquito microscópico que contenía un líquido rojizo. Lo olfateó varias veces y luego dejó caer en la botella tres gotas.

La limonada hirvió, volviéndose roja, pero luego volvió a su color primitivo.

—Dormirá dos días —dijo. —Vamos a buscar a los amigos.

Salió y abrió una puertecilla que conducía a la bodega. Se oyó un ligero rumor debajo de la popa, seguido de un crujido, como si se montase un arma de fuego.

—¡Tremal-Naik! —llamó el thug.

—¿Eres tú, Hider? —preguntó una voz ahogada. —Abre; aquí dentro nos ahogamos.

El thug cogió una linterna sorda, la encendió y se aproximó a los diez bocoyes colocados juntos.

Quitó las tapas y de los bocoyes salieron diez estranguladores, medio asfixiados, entumecidos y empapados de sudor por el excesivo calor que reinaba allí. Tremal-Naik se lanzó hacia Hider.

—¿Y el «Cornwall»? —le preguntó—. ¿Hay esperanza de alcanzarlo?

—Sí, si el «Devonshire» acelera la marcha.

—¡Es preciso abordarlo! ¡Ay de nosotros si no lo alcanzamos!

—Cálmate, Tremal-Naik. Ante todo, nos apoderaremos de las máquinas.

—¿Y después?

—Después iré a ver si el capitán ha bebido el narcótico que le he puesto en la limonada. Entonces entraréis en la cámara de popa y al primer silbido subiréis al puente. Los ingleses, cogidos por sorpresa, se rendirán.

—¿Están armados?

—Sólo tienen cuchillos.

—Apresurémonos.

—Estoy dispuesto. Voy a atar al oficial de máquinas.

Apagó la linterna, volvió a la cámara de popa y salió al puente justo en el momento en que el capitán dejaba el puente de mando.

—Todo va bien —murmuró el thug, viendo que se dirigía a popa.

Cargó su pipa y descendió a la sala de máquinas. Los tres afiliados estaban en su puesto, ante los hornos, hablando en voz baja.

El oficial de máquinas fumaba sentado en un taburete y leía un librito.

Hider con una ojeada advirtió a los afiliados que se mantuvieran dispuestos y se aproximó a la linterna que colgaba justamente encima de la cabeza del oficial.

—Permítame, sir Kuthingon, que encienda la pipa —dijo el contramaestre al inglés. —Arriba sopla un viento que apaga el fuego.

—Con placer —respondió el oficial.

Se alzó para retroceder. En aquel mismo instante el estrangulador lo agarró por la garganta tan fuertemente que le impidió emitir el grito más leve; luego con una sacudida vigorosa lo arrojó sobre la mesa.

—Estáte callado y nadie te hará daño —dijo Hider.

Los afiliados, a una señal suya, lo ataron y amordazaron, para arrastrarlo hasta ponerlo detrás de un gran montón de carbón.

—Que nadie lo toque —dijo Hider. —Y ahora vamos a ver si el capitán ha bebido el narcótico.

—¿Y nosotros? —preguntaron los afiliados.

—No os moveréis de aquí bajo pena de muerte.

—Está bien.

Hider encendió tranquilamente su pipa y subió la escala.

La cañonera navegaba ahora entre dos orillas completamente desiertas y su espolón hendía grupos de vegetales flotantes.

Los marineros estaban todos en cubierta y miraban distraídamente la corriente, charlando o fumando. El oficial de cuarto paseaba por el puente de mando charlando con el maestro armero.

Hider, muy satisfecho, se frotó alegremente las manos y, una vez vuelto a popa, descendió la escala de puntillas.

Cuando llegó ante el camarote del comandante arrimó la oreja a la puerta y oyó un sonoro ronquido. Giró la manija, abrió y entró, después de haber sacado de su cinturón un puñal para defenderse si era necesario.

El capitán se había bebido casi toda la botella de limonada y dormía profundamente.

Hider salió de la cabina y descendió a la bodega. Tremal-Naik y sus compañeros le esperaban empuñando los revólveres.

—¿Y bien? —preguntó el cazador de serpientes, poniéndose en pie.

—Las máquinas ya son nuestras y el capitán ha bebido el narcótico —respondió Hider.

—¿Y la tripulación?

—Está toda en cubierta y sin armas.

—Subamos.

—Despacio, compañeros. Necesitamos coger a los marineros entre dos fuegos, para impedir que se hagan fuertes bajo el castillo de proa. Tú, Tremal-Naik, quédate aquí con cinco hombres, mientras yo con los otros restantes llego a la cámara común. Al primer disparo, subid al puente.

—De acuerdo.

Hider empuñó un revólver con su mano derecha y un hacha con la izquierda, y atravesó la bodega, llena de cañones desmontados, bocoyes y barriletes. Le seguían cinco thugs.

De la bodega el destacamento pasó a la cámara común y subió la escalera.

—Preparad las armas y… ¡fuego a discreción! —ordenó Hider.

Los seis hombres irrumpieron en el puente lanzando gritos salvajes.

La tripulación, cogida por sorpresa, se lanzó hacia la proa, sin saber todavía de qué se trataba.

Resonó un disparo de revólver que dio en tierra con el maestro armero.

—¡Kalí! ¡Kalí! —aullaron los thugs.

Era el grito de guerra de los estranguladores y fue seguido por una tremenda granizada de proyectiles.

Algunos hombres rodaron por el puente. Los demás, desorientados, sorprendidos por aquel imprevisto ataque que ciertamente no esperaban, se precipitaron a proa lanzando gritos de terror.

—¡Kalí! ¡Kalí! —resonó en popa.

Tremal-Naik y sus hombres se habían lanzado a la toldilla con los revólveres en la mano derecha y los puñales en la izquierda. Sonaron algunas detonaciones.

Una confusión indescriptible reinaba a bordo de la cañonera que, sin timón, iba de través a la corriente.

Los ingleses, cogidos entre dos fuegos, comenzaron a perder la cabeza. Pero el oficial de cuarto no había muerto todavía.

De un salto se lanzó al puente de mando empuñando el sable.

—¡A mí, marineros! —gritó.

En un abrir y cerrar de ojos los ingleses se agruparon alrededor de él y se dirigieron hacia popa empuñando cuchillos, hachas y manivelas.

El choque fue terrible. Los thugs de Tremal-Naik fueron rechazados por aquella avalancha de hombres.

El oficial de cuarto se apoderó del cañón, pero la victoria fue efímera. Hider se había puesto a la cabeza de los suyos y los asaltaba por la espalda, pronto a ordenar fuego.

—Señor teniente —gritó, apuntando contra él su revólver.

—¿Qué quieres, miserable? —bramó el oficial.

—Rendíos y os juro que no se tocará ni un solo cabello ni a vos ni a vuestros marineros. Os bajaremos a las embarcaciones y os dejaremos en libertad de desembarcar en una u otra orilla del río.

—¿Y qué queréis hacer con la cañonera?

—No puedo decirlo. Os rendís o mando hacer fuego.

—Rindámonos, teniente —gritaron los marineros, que se veían ya a merced de Hider.

Después de haber dudado, el teniente rompió su espada y la arrojó al río.

Los estranguladores se lanzaron sobre los marineros, los desalmaron y los hicieron descender a dos chalupas, en una de las cuales pusieron también al comandante que todavía dormía, y al oficial de máquinas.

—¡Buena suerte! —gritó el contramaestre.

—Si te cojo te haré ahorcar —respondió el teniente, mostrándole el puño.

—Como os plazca.

Y la cañonera reanudó su marcha mientras las embarcaciones se dirigían hacia la orilla del río.

34. A BORDO DEL «CORNWALL»

Se había logrado la empresa más difícil. Ahora se trataba de perseguir a toda máquina a la fragata, que les llevaba una ventaja de muchas horas, alcanzarla en la desembocadura del río o del mar y poner en acción el segundo plan, no menos atrevido.

Desembarazado el puente de cadáveres, curados los heridos que afortunadamente no eran muchos, Tremal-Naik fue al puente de mando con Hider, mientras un gaviero se instalaba en la cruceta del mástil, provisto de un potente anteojo.

Tras una orden del nuevo comandante, Udaipur, que había tomado el mando de las máquinas, dejó la sala y se lanzó hacia el puente.

—Hay que volar, Udaipur —le dijo Tremal-Naik.

—Los hornillos están repletos de carbón, capitán. Tenemos la presión máxima.

—No basta. Hay que alcanzar al «Cornwall».

—Ponlo a cinco atmósferas —dijo Hider.

—Corremos el peligro de volar por los aires, contramaestre.

—No importa: vete.

E1 maquinista se lanzó a la sala de máquinas.

La cañonera volaba como un pájaro. Torrentes de humo negro mezclado con escorias surgían furiosamente de la chimenea demasiado estrecha; el vapor silbaba, rugía, soplaba dentro de su caparazón de hierro, y la hélice giraba con tal furia que el casco se estremecía de proa a popa y el agua saltaba espumeando hasta las bordas.

—¡Lanza la corredera! —gritó Hider.

—Quince nudos y cinco décimas —gritó, unos minutos después, un marinero.

—Corremos como uno de los más rápidos cazadores del mar —dijo el contramaestre.

—¿Alcanzaremos a la fragata? —preguntó Tremal-Naik.

—Así lo espero.

—¿En el río?

—En el mar. Sólo hay ciento veinticinco kilómetros entre Calcuta y el golfo.

—¿A cuánto navega la fragata?

—A seis millas por hora, con el mar tranquilo. Es demasiado vieja y va muy hundida de popa.

La cañonera continuaba devorando las distancias, hendiendo las aguas del río con la irresistible potencia de un cetáceo.

A las cuatro de la madrugada pasaba ante Diamond-Harbour, un pequeño puerto situado cerca de la desembocadura del Hugli, donde los vapores reciben los últimos despachos. No había allí más que una casita blanca, rodeada por seis cocoteros. Ante ella se erguía el mástil de señales, en cuya cima ondeaba la bandera inglesa.

De repente las orillas del río se ensancharon considerablemente y comenzaron a bajar casi hasta el nivel del agua. En lontananza se divisó la gran isla de Sangor, que señala el confín entre el agua del río y la del mar.

—¡El mar! —gritó el marinero instalado en la cruceta del mástil mayor.

Tremal-Naik, arrancado bruscamente de sus meditaciones, se lanzó a proa, mientras los marineros trepaban a las jarcias y a los flechastes. Todas las miradas se volvieron hacia las sandheads (cabezas de arena), inmensos bancos peligrosísimos proyectados por el Ganges en el golfo de Bengala.

Ningún barco aparecía en la línea del horizonte, ni tampoco a este lado de la isla Sangor; ninguna luz brillaba en la semioscuridad.

Un grito de rabia salió de los labios de Tremal-Naik.

—¡Gaviero! —gritó el indio que se encontraba en la cruceta del mástil, con un anteojo apuntado.

—¡Capitán!

—¿Se ve la fragata?

—Todavía no.

—Udaipur, fuerza la marcha.

—Tenemos la máxima presión —observó el maquinista.

—¡A seis atmósferas! —gritó Hider, que se mordía la barba—. Cuatro hombres de refuerzo para las calderas.

—Saltaremos por los aires —refunfuñó Udaipur.

Cuatro indios bajaron a la sala de máquinas. Los hornos quedaron rellenos de carbón.

La cañonera ya no corría; saltaba sobre las olas azules del golfo, silbando y estremeciéndose. Un calor tórrido subía de la bodega y un humo negrísimo salía furiosamente por el tubo de la chimenea.

—¡Derecho a la isla Raimatla! —gritó Hider al timonel.

La distancia que les separaba de la isla desaparecía rápidamente. Todos los indios se habían subido a las embarcaciones suspendidas de las grúas o a las jarcias o a los flechastes del mástil y escrutaban el horizonte.

En el puente reinaba un silencio absoluto, roto solamente por las terribles pulsaciones de la máquina y los silbidos del vapor que salía por las válvulas.

—¡Barco a proa! —gritó de repente el gaviero.

Tremal-Naik experimentó un estremecimiento, como si hubiera sido tocado por una pila eléctrica.

¿Dónde? —gritó.

—Al Sur.

¡La fragata! ¡La fragata! —gritaron los indios.

Tremal-Naik, presa de una indescriptible emoción, lanzó un grito de triunfo.

—¿A dónde va? —preguntó con voz trémula. —Observa bien.

—Siempre al este. Rodea la isla por el exterior, temiendo quizás no encontrar bastante agua en el canal.

—Maniobra de forma que vayamos a su encuentro —ordenó Tremal-Naik.

Tremal-Naik abandonó el puente de mando y descendió a la cámara de popa; Hider se colocó al timón.

La cañonera, que navegaba a velocidad tres veces mayor que la fragata, no empleó mucho tiempo en contornear la isla.

A las diez de la mañana salía del canal formado por Raimatla y las tierras próximas, escondiéndose detrás de la punta extrema de un islote desierto que surge frente a Jamera. Con una sola mirada Hider se aseguró de que la embarcación enemiga estaba aún lejos.

—¡Tremal-Naik! —gritó.

El cazador de serpientes apareció en el puente, pero ya no era el mismo hombre de antes. El tinte bronceado de su piel se había vuelto oliváceo como el de un malayo; sus ojos aparecían bastante agrandados mediante signos blancuzcos bien trazados. Con un sombrero de paja en la cabeza, una saya roja en los costados, dos largos kriss ondulados suspendidos del cinto, era completamente irreconocible.

—¿Me reconoces? —preguntó al contramaestre, que lo miraba con admiración.

—Te reconozco porque a bordo no he visto malayos.

—¿Crees que me reconocerá el capitán?

—No, no es posible.

—Dime ahora cómo se llaman los dos afiliados embarcados en el “Cornwall.

—Palavan y Bindur.

—Conservaré en la mente estos nombres. Es preciso botar al agua una embarcación.

A una señal del contramaestre, se botó una yola.

—¿Qué quieres hacer? —preguntó Hider a Tremal-Naik.

—Esperar aquí a la fragata y después subir a bordo

—¿Y yo?

—Irás a esconderte en el canal de Raimangal. A la primera detonación saldrás al mar y me recogerás.

Agarró una cuerda y descendió a la embarcación que ya le habían preparado.

La cañonera se alejó rápidamente. Una hora después era sólo un punto negro apenas visible en el horizonte.

Casi en el mismo instante por el sur aparecía otro punto coronado por un penacho de humo.

Tremal-Naik lo miró.

—¡La fragata! —exclamó. —Ada, dame fuerzas para llevar a cabo mi última empresa. Después serás mi esposa… ¡y seremos finalmente felices!

Agarró los remos y se puso a bogar furiosamente, alejándose de la isla, cuyas costas ya resultaban evidentes sobre el fondo azul del cielo. Se había hecho de día.

La fragata se aproximaba forzando sus máquinas y se agrandaba a ojos vista. Tremal-Naik continuaba remando, intentando cortarle la ruta.

A mediodía apenas le separaban del «Cornwall» quinientos pasos. Era el momento esperado por el cazador de serpientes.

Esperó que una ola inclinase su embarcación y se lanzó violentamente sobre la borda y la volcó, agarrándose después a la quilla.

—¡Socorro! —¡Socorro!— gritó con voz tronante.

Algunos marineros se lanzaron a la proa de la fragata. Luego fue botada al mar una chalupa tripulada por cuatro hombres y se dirigió hacia el náufrago.

—¡Socorro! —repitió Tremal-Naik.

La embarcación volaba por encima del agua mientras la fragata menguaba su marcha. En cinco minutos recogieron al náufrago, que agarró las manos de un marinero y subió a bordo farfullando:

—¡Gracias, amigos!

Los marineros volvieron a tomar los remos y se dirigieron al «Cornwall». Arrojaron una escala y el falso malayo, chorreando agua y con los ojos hábilmente pasmados, fue conducido en presencia del oficial de cuarto.

—¿Quién eres? —le preguntó éste.

—Paranga, de Singapur —contestó Tremal-Naik mirando a su alrededor con curiosidad.

—¿Pertenecías a algún barco?

—Sí, al «Hannati» de Bombay, hundido hace unos cuatro días a cien millas de la costa.

—¿Con el mar tranquilo?

—Sí, se había abierto una vía de agua en la popa.

—¿Y la tripulación?

—Se ha ahogado. Las embarcaciones estaban averiadas y apenas se botaron al agua se fueron a pique.

—¿Tienes hambre?

—Hace doce horas que he comido mi último bizcocho.

—Maestro Brown; lleva a este pobre diablo a la cocina.

El encargado de los víveres, viejo lobo de mar con una gran barba gris, se quitó de la boca una colilla de cigarro y guió al falso malayo hacia proa.

Ante Tremal-Naik pusieron una cazuela llena de humeante sopa, que él atacó vigorosamente.

—Tienes buen apetito, jovencito —le dijo el maestro, esforzándose por sonreír.

—Tengo el estómago vacío. A propósito, ¿cómo se llama este barco?

—Es el «Cornwall».

Tremal-Naik miró con sorpresa al lobo de mar.

—¡El «Cornwall»! —exclamó.

—¿Te disgusta el nombre, quizás?

—Todo lo contrario.

—¿Entonces?

—Recuerdo que en una fragata que llevaba un nombre semejante se habían embarcado dos indios amigos míos.

—¡Anda! ¡Qué coincidencia! ¿Y cómo se llaman?

—El uno Palavan y el otro Bindur.

—Estos dos indios están aquí, jovencito.

—¡Oh! ¡Qué suerte! ¿Podría verlos?

—En seguida te los envío.

El maestre volvió a subir la escala y poco después se presentaron dos indios ante Tremal-Naik. Uno era alto, delgado y dotado de una agilidad de mono; el otro era de media estatura, membrudo y más semejante a un malayo que a un indio.

Tremal-Naik miró a su alrededor para ver si estaban solos y luego tendió hacia ellos su mano derecha, mostrándoles el anillo. Los dos indios cayeron a sus pies.

—¿Quién eres? —preguntaron con voz ahogada.

—Un enviado de Suyodhana —respondió Tremal-Naik en voz baja.

—Habla, manda. Nuestra vida está en tus manos.

—¿Corremos peligro de que nos oigan?

—No te preocupes por ello: están todos en el puente —dijo Palavan.

—¿Dónde está el capitán Macpherson?

—En su cabina; duerme todavía.

—¿Sabéis adonde va la fragata?

—Nadie lo sabe. El capitán Macpherson ha dicho que ya lo comunicará cuando lleguemos a nuestro destino.

—¿Entonces tampoco los oficiales saben nada?

—Nada.

—Por consiguiente, matando al capitán con él desaparecerá el secreto.

—Sin duda; pero tememos que la fragata vaya a Raimangal a asaltar a nuestros hermanos.

—No os habéis engañado, pero la fragata no desembarcará a sus hombres.

—¿Cómo? ¿Por qué?

—Haremos que salte por los aires antes de que llegue a la isla.

—Cuando tú lo quieras prenderemos fuego a la pólvora.

—¿Cuándo creéis que llegaremos a Raimangal?

—Hacia medianoche.

—¿Cuántos hombres hay a bordo?

—Un centenar.

—Está bien. A las once mataré al capitán y luego volaremos el barco. Una palabra más.

—Habla.

—Es preciso que el capitán duerma profundamente a las once.

—Echaré un narcótico en su botella de té frío —dijo Palavan.

—¿Se podrá llegar a su camarote sin ser visto?

—El camarote comunica con la batería. Esta noche la puerta estará abierta.

—Con esto basta. A las once venid a buscarme.

Tremal-Naik se puso de nuevo a comer. Devoró un bistec capaz de alimentar a tres personas, vació una tras otra varías tazas de excelente ginebra, hizo que le dieran una pipa y luego se subió a una hamaca y se tumbó en ella murmurando:

—Subir al puente no es oportuno. El capitán podría reconocerme.

Trató de adormecerse, pero estaba demasiado agitado. Miles de pensamientos asaltaban su mente. Pensaba en las aventuras pasadas. Pensaba en el último golpe que estaba a punto de realizar. Cosa extraña, incomprensible para él; cada vez que pensaba en el asesinato que estaba a punto de cometer se sentía invadir por un sentimiento nuevo para él; parecía que aquel delito le produjese horror.

Las horas pasaron así, con lentitud. Nadie descendió al camarote ni él se atrevía a subir al puente; incluso los dos afiliados no se habían dejado ver.

Tremal-Naik comenzaba a experimentar algún temor y se preguntaba si les habría ocurrido a los dos thugs alguna desgracia.

A las ocho el sol descendió en el horizonte y la noche se cernió rápidamente sobre las azules olas del golfo de Bengala. Tremal-Naik, presa de la más viva ansiedad, subió la escala y asomó la cabeza por el puente.

Soldados y marineros estaban en la cubierta, algunos amontonados a proa con los ojos fijos en oriente, otros subidos a las jarcias, cofas, crucetas y vergas.

A popa distinguió a algunos hombres que estaban preparando embarcaciones.

Miró al puente de mando. Cuatro oficiales paseaban fumando y charlando vivazmente. No estaba el capitán Macpherson.

Volvió a la hamaca y esperó.

Los relojes de a bordo dieron las nueve, luego las diez y finalmente las once. Apenas habían cesado las últimas campanadas cuando dos sombras descendieron silenciosamente la escala.

—Rápido —dijo una voz autoritaria, —no tenemos un minuto que perder. Raimangal está a la vista.

Tremal-Naik reconoció a los dos afiliados.

—¿El capitán? —preguntó con un hilo de voz.

—Duerme —contestó Bindur. —No cabe duda de que ha bebido narcótico.

—Vamos.

Al pronunciar esta palabra la voz de Tremal-Naik tembló. Experimentó un estremecimiento tan fuerte que se turbó.

Palavan abrió una portezuela y entraron en la batería, deteniéndose ante una segunda puerta que conducía a la cámara de popa.

—Tú, Bindur, descenderás a la santabárbara y prepararás una mecha —dijo Tremal-Naik.

—¿Y yo? —preguntó Palavan. —También quiero hacer algo.

—Buscarás tres salvavidas y luego acudirás aquí.

Tremal-Naik agarró un hacha, atravesó el umbral y penetró en la cabina iluminada por una linterna.

Lo primero que vio fue un espejo que reflejaba su imagen. Al mirarse en él tuvo miedo.

Su cara aparecía horriblemente transformada, regada por gruesas gotas de sudor: tenía los ojos llameantes como hojas de puñales.

Bajó la mirada hacia un lecho cubierto por una espesa mosquitera. Un ligero suspiro llegó hasta él.

Dio tres pasos y con mano trémula levantó el velo.

El capitán Macpherson estaba tumbado en el lecho y sonreía. Sin duda estaba soñando.

Alzó sobre el durmiente el hacha, pero la volvió a bajar en seguida, como si las fuerzas le faltasen de repente.

—Este asesinato me repugna —murmuró—. ¡Es horrible matar así, a traición!

Después, alzando la voz, casi para infundirse valor, dijo:

—Pero tengo que hacerlo, ¡lo tengo que hacer por ti, Ada!

Alzó la mano armada para asestar el golpe, pero quedó paralizado.

El capitán se había sentado y lo miraba con ojos asombrados.

—¡Ada! —exclamó Macpherson con viva emoción—. ¿Quién pronuncia el nombre de mi hija? ¿Y qué haces tú aquí en mi camarote?

Un relámpago atravesó el cerebro de Tremal-Naik.

—¿Quién sois vos? —preguntó con voz entrecortada—. ¿De qué Ada intentáis hablar? ¿De la mía quizás?

—¿De la tuya? —exclamó el capitán enfrentándosele y desarmándolo resueltamente—. ¡Hablo de mi hija!

—¡Poderoso Brahma! ¡Si fuera cierto! ¡Una palabra, capitán; un nombre, por favor! ¿Cómo se llama vuestra hija?

—Ada Corishant —contestó el oficial cada vez más asombrado. Tremal-Naik escondió el rostro entre las manos lanzando un grito.

—¡Mi prometida! ¡Y yo estaba a punto de matar a su padre! ¡Ah! ¡Qué horrible complot!

Luego, cayendo de rodillas, exclamó:

—¡Perdón! ¡Perdón!

El capitán miraba a Tremal-Naik preguntándose si soñaba o estaba despierto.

—¡Pero explícate de una vez! —exclamó, dirigiéndose a Tremal-Naik.

Tremal-Naik, con la voz rota por los sollozos, en pocas palabras le reveló la trampa infernal de Suyodhana.

—¿Y tú sabes dónde está mi hija? —preguntó el capitán pálido por la emoción.

—Sí, y os llevaré a donde se encuentra —dijo Tremal-Naik.

—Devuélvemela y te juro que si te ama será tuya.

—¡Ah! ¡Gracias, capitán! Mi vida es vuestra.

—No perdamos tiempo; corramos a Raimangal. Yo estaba a punto de llegar allí y asaltar a los thugs en su cubil.

—Un instante: tengo dos cómplices a bordo y están a punto de hacer saltar el barco.

—Los colgaremos.

Salieron corriendo y subieron al puente.

—Cuatro hombres a la santabárbara —gritó el capitán, —y que se detenga a los traidores que están a punto de dar fuego a la mecha.

En vez de cuatro, veinte hombres se precipitaron hacia el depósito de municiones. Poco después se oyeron dos zambullidas seguidas de algunos disparos.

—Se han lanzado al mar —dijo un oficial acudiendo al puente.

—Que se ahoguen —dijo el capitán—. ¿Está segura la pólvora?

—¡Sí!

—¡Dios nos protege! ¡A toda máquina hacia el Mangal!

35. LA VICTORIA DE TREMAL-NAIK

El «Cornwall», escapado milagrosamente del estallido de su santabárbara, navegaba ahora a todo vapor hacia las sunderbunds.

Tremal-Naik había relatado ya todo y el capitán Corishant quería caer sobre la cañonera de Hider antes de que la tripulación pudiese darse cuenta del ataque y avisar al formidable Suyodhana del golpe fallado y de la traición.

Presa de una ansiedad indescriptible, el capitán, de pie en el castillo de proa, provisto de un fuerte anteojo, escrutaba ansiosamente las tinieblas y señalaba la ruta a los timoneles para evitar los numerosos bajos fondos. Tremal-Naik a su lado aguzaba su vista de águila para tratar de descubrir la embocadura del Mangal.

—¡Rápido! ¡Rápido! —repetía—. ¡Si los thugs se dan cuenta del ataque, Ada está perdida!

—Ahora que sé dónde se encuentra ella y tú me guías no tengo ningún temor, mi valiente indio —respondía el capitán—. ¡Ah! ¡Finalmente podré verla, después de tantos años! ¡Qué alegría! ¡El destino me debía esta revancha!

—¡Y pensar que yo estaba a punto de mataros y que vuestra cabeza debía salvar a Ada de la muerte! ¡Qué drama tan horrible!

—¿Y estabas realmente resuelto a matarme?

—¡Sí, capitán! Si el narcótico hubiera sido más poderoso…

—¿Qué narcótico? —preguntó Corishant, asombrado.

—El que Bindur y Palavan echaron en vuestro té frío.

—¡Pero si no lo bebí! ¡Ah…!

—¿Qué os pasa?

—¡Recuerdo haber probado el té, pero estaba demasiado amargo!

—Dios me ha asistido.

—Y ha sido vuestra salvación, capitán. Si no os hubierais despertado yo no habría dudado en mataros y quizás…

—¡El Mangal! —gritó en aquel momento el oficial de cuarto.

—¿Dónde? —preguntó el capitán.

—Ante nosotros, señor.

No se había engañado el oficial. Ante el «Cornwall», a medio kilómetro de distancia, se veían brillar en las tinieblas dos puntos luminosos, uno rojo y otro verde.

—¡El «Devonshire!» —exclamó Tremal-Naik.

—¡Atrás las máquinas! —ordenó el capitán.

Transportado por su propio impulso, el barco prosiguió su carrera cincuenta o sesenta metros y luego permaneció inmóvil.

—Botad tres chalupas al mar: y que cuarenta hombres armados se embarquen con tres espingardas —dijo el capitán.

Después, volviéndose hacía Tremal-Naik, continuó:

—Ahora te toca a ti, si quieres la mano de mi hija.

—Ordenad, mi vida es vuestra —respondió el indio.

—Es necesario que hagas prisionera a la tripulación de la cañonera.

—Lo haré.

—Pero es preciso que no huya nadie.

—Nadie huirá.

—Y que eviten los tiros de fusil para no alarmar a los centinelas de los thugs.

—No dispararemos ni un tiro. Hider me espera y le engañaré.

—Pues bien, vete, valiente.

Las tres chalupas estaban dispuestas y todos los hombres a punto. Tremal-Naik descendió a la mayor y dio orden de avanzar en el mayor silencio.

El capitán permaneció a bordo, apoyado en el parapeto de proa, presa de mil inquietudes. Durante algunos instantes pudo percibir a las tres chalupas que se alejaban sin hacer ruido y luego las perdió de vista.

Pasaron muchos minutos de espera angustiosa y luego se oyeron gritos, ruidos para volver a quedar todo silencioso.

—¿Distinguís algo? —preguntó el capitán, con voz quebrantada, a los oficiales que estaban a su alrededor.

—¡Sí! —gritó uno—. ¡Los fanales están virando!

—¡La cañonera viene hacia nosotros! —gritaron los restantes.

Un hurra resonó ante ellos: era un grito de victoria.

Poco después el «Devonshire» venía a situarse cerca de la fragata y Tremal-Naik subió a bordo diciéndole al capitán:

—Hecho: Hider y todos los suyos están prisioneros.

—Gracias, valiente —dijo Corishant, estrechándole vigorosamente la mano derecha. Después añadió en seguida:

—¡Vamos a Raimangal!

—Pero la fragata no podrá remontar el Mangal.

—Lo remontaremos en la cañonera. Que otros veinte hombres resueltos vengan conmigo.

Abandonaron la fragata y se embarcaron en el «Devonshire», que reanudó su carrera a toda marcha, adentrándose por el Mangal. Tremal-Naik había asumido el mando y la hacía volar por las aguas fangosas del río.

Pronto su rapidez se acrecentó espantosamente. Toneladas de carbón desaparecían en los hornos al rojo vivo; el vapor salía de las válvulas emitiendo silbidos agudos; un estremecimiento formidable sacudía la embarcación desde la quilla hasta la punta de sus mástiles, desde el bauprés a la popa. Tremal-Naik y el capitán, asaltados por una furiosa impaciencia, una especie de delirio, aún no estaban contentos. Sus voces resonaban a cada momento estimulando a maquinistas y fogoneros, que se asaban vivos ante los hornos.

Transcurrieron tres horas, tres horas largas como tres siglos para el indio.

El canal se iba poco a poco estrechando y eran numerosas las islas e islotes fangosos por en medio de los cuales la cañonera se lanzaba hendiendo masas compactas de vegetales podridos. Todo indicaba que el viaje estaba a punto de acabar.

De repente desde uno de los mástiles se oyó un grito:

—¡El banian!

Hacia el norte había aparecido el gigantesco árbol con sus innumerables troncos. Tremal-Naik se sintió presa de los pies a la cabeza de una violenta conmoción.

—¡Ada! —exclamó—. ¡Heme aquí al fin de mis penas!

Se lanzó de un salto desde el puente de mando y corrió a proa.

La orilla estaba desierta. Solamente unos marabúes estaban encaramados en las ramas del banian, crascitando lúgubremente. La vista de aquellas aves fúnebres le hizo correr un estremecimiento por los huesos.

—¡Atrás las máquinas! —gritó.

Cesó el golpeteo de los tambores de la hélice. La cañonera, transportada por su propio impulso, fue a chocar con la proa en la costa de la isla, encallando allí.

El capitán se aproximó a Tremal-Naik, que se había detenido, apretando con mano convulsiva la borda.

—¿Nadie? —le preguntó.

—Nadie —respondió Tremal-Naik.

—Entonces los sorprenderemos en su cubil.

—Así lo espero.

—¿Conoces la entrada?

—Sí, capitán.

—¿Será accesible?

—Así lo creo.

—¡A tierra, pues!

—Una palabra: dejad que entre yo primero. Me conocen y os abriré el paso. Cuando oigáis un silbido avanzad resueltamente.

Sin más dilación Tremal-Naik se puso a correr como loco hacia el árbol, trepó por él, llegó a su cima y se dejó caer dentro.

Al pie de la escalera ardía una antorcha y junto a ella vigilaba un thug, con una carabina en la mano.

—Adelante —dijo el centinela, reconociendo al indio.

—¿Qué sucede en los subterráneos? —preguntó Tremal-Naik.

—Nada.

—¿Y Ada?

—Espera en la pagoda su regalo de bodas.

El thug se aproximó a un enorme tambor suspendido de la bóveda y lo golpeó por tres veces.

En la lejanía se oyeron tres golpes iguales. —Te esperan —dijo el thug, dándole la antorcha.

—¡Entonces muere!

Tremal-Naik, rápido como un relámpago, se había lanzado sobre el thug con el puñal en la mano. El estrangulador cayó sin lanzar un grito.

Tremal-Naik apartó el cadáver y luego lanzó un silbido. El capitán y sus hombres, que ya habían entrado, se le unieron.

—Hay vía libre —dijo el indio. —Podemos avanzar.

—¿Y mi hija? —preguntó el capitán con voz alterada por la emoción.

—Nos espera en la gran caverna.

—¡Adelante! ¡Montad los fusiles!

—No, dejad que yo vaya delante. Los sorprenderemos más fácilmente.

—Ve; te seguiremos a poca distancia.

Su carrera a través de aquellos largos corredores duró diez minutos.

Doce golpes sonoros resonaron en aquellos espantosos subterráneos cuando llegó él a la pagoda, en medio de la cual se agigantaba la siniestra figura de Kalí, la monstruosa divinidad de los thugs indios.

Un extraño espectáculo, jamás visto, se presentó ante sus ojos.

Bajo la bóveda relucían ricas y extrañas lámparas que lanzaban torrentes de luz azulenca, lívida.

De las paredes pendían millares y millares de lazos y millares de puñales.

Ante una pileta de mármol blanco llena de agua en la que culebreaba el pececillo sagrado de las aguas del Ganges, sentado sobre un cojín de seda carmesí, estaba Suyodhana, envuelto en un gran manto de seda amarilla, y alrededor de él, de pie e inmóviles como estatuas, estaban cien thugs.

Tremal-Naik, anhelante y estupefacto, se detuvo en medio de la pagoda, asestado por aquellas cien miradas agudas como puntas de puñales.

—Bienvenido —dijo Suyodhana con una extraña sonrisa— ¿Vuelves vencido o vencedor?

—¿Dónde está Ada? —preguntó Tremal-Naik con angustia.

Un sordo murmullo recorrió el círculo de los thugs.

—Ten paciencia —dijo el gran jefe—. ¿Dónde está la cabeza del capitán?

—Hider me sigue, y dentro de unos minutos te la presentaré.

—¡Hermanos, nuestro enemigo ha muerto! —gritó Suyodhana.

Saltó de repente como un tigre. Por su cara cruzó un estremecimiento y permaneció inmóvil mirando a Tremal-Naik.

—Óyeme —dijo después de algunos minutos—. ¿Ves esa mujer de bronce que está frente a nosotros?

—La veo —respondió Tremal-Naik. —Pero esa mujer no es la mía.

—Ya lo sé. Pero esa mujer es poderosa, más poderosa que Brahma, Visnú, Siva y todas las divinidades adoradas por los hindúes, esa mujer representa la libertad india y la destrucción de nuestros enemigos de piel blanca.

Tremal-Naik permaneció frío e insensible ante el entusiasmo del sectario. El sólo pensaba en su Ada, que era su diosa, su vida.

—Tremal-Naik —continuó Suyodhana. —Tú eres uno de esos hombres raros en la India; eres fuerte, audaz, terrible, eres el indio que como nosotros yace bajo el yugo de los extranjeros de piel blanca. ¿Abrazarías nuestra religión?

—¡Yo! —exclamó Tremal-Naik—. ¡Transformarme en un thug!

—¿Te dan horror los thugs? ¿Quizá porque estrangulan? Los europeos nos aplastan con el hierro de sus cañones y nosotros los ahogamos con el lazo, el arma de nuestra poderosa diosa.

—¿Y Ada?

—Se quedará entre nosotros, como se ha quedado Kammamuri, que ahora ya es un thug.

—¿Pero será mi esposa?

—¡Jamás! Pertenece a nuestra diosa.

—¡Y Tremal-Naik no tiene otra diosa que Ada Corishant! —gritó el cazador de serpientes.

Por segunda vez un sordo murmullo recorrió el círculo de los thugs. Tremal-Naik miró alrededor con furia.

—¡Suyodhana! —exclamó—. ¿Acaso me has traicionado? ¿Me quieres negar a esa mujer, después de todo lo que he hecho por vuestra diosa? ¿Serás un perjuro?

—Esa mujer te pertenece —dijo Suyodhana, con un tono de voz que daba escalofríos.

Un indio golpeó doce veces un tam-tam.

En la pagoda reinó durante algunos instantes un profundo silencio, un silencio de muerte. Se hubiera dicho que aquellos cien hombres ya no respiraban.

De repente se abrió una puerta y apareció Ada, cubierta de blancos velos, con el pecho encerrado en una coraza de oro de la que surgían reflejos cegadores.

Dos gritos resonaron en la pagoda:

—¡Ada!

—¡Tremal-Naik!

Y el indio y la joven se arrojaron uno en brazos del otro. Casi inmediatamente se oyó una voz tronante gritar:

—¡Fuego!

Resonó una descarga tremenda en el subterráneo, despertando todos los ecos de las galerías. Unos instantes más tarde, sesenta hombres irrumpieron en la pagoda con las bayonetas caladas.

Los thugs, estupefactos y aterrorizados, se lanzaron en confusión hacia las galerías, dejando en el terreno una veintena de muertos. Suyodhana con un salto de tigre se lanzó por un estrecho pasadizo.

El capitán se precipitó hacia Ada gritando:

—¡Hija mía!

—¡Padre! —gritó la jovencita, y cayó desvanecida entre sus brazos.

—¡Retirada! —ordenó Tremal-Naik.

Los soldados, que ya se preparaban para la persecución de los thugs fugitivos, se replegaron a la pagoda por temor de extraviarse en las tenebrosas galerías.

—¡Partamos! —dijo el capitán—. ¡Ven valiente Tremal-Naik: Mi Ada es tu esposa! Te la has merecido.

Estaban a punto de salir de la gran pagoda subterránea cuando a sus espaldas oyeron la voz del terrible Suyodhana que gritaba con acento amenazador.

—¡Marchaos, pues…! Nos volveremos a ver en la jungla.


Publicado el 26 de febrero de 2017 por Edu Robsy.
Leído 21 veces.