El Rey del Aire

Emilio Salgari


Novela



Primera Parte

Capítulo I. Una expedición misteriosa

—¡Alto!… ¡Vista a la costa a proa!

—¡Ah!… ¡Malditos tiburones!… ¡Están por todas partes alrededor de la isla endemoniada!…

—Pues va a ser la tercera noche que nos volvemos al Gavilán con las manos vacías. Pues qué, ¿tienen acaso cien ojos?

—¿Y el bonachón de Bedoff, qué hace?

—Se habrá dormido encima de su botella de aguardiente de centeno mi querido Liwitz.

—Pues a él le han pagado, Ursoff.

—Y espléndidamente; el capitán del Gavilán tiene siempre la bolsa abierta.

—¡Silencio, charlatanes! —dijo una tercera voz—. ¿Creéis que no hay centinelas alrededor de la isla o que ponen sordos para guardar las barracas? Cuidado, porque corremos peligro de que nos fusilen como a salvajes de América.

Un hombre de formas hercúleas, con larga barba rojiza, se levantó a popa de la chalupa, que se deslizaba dulcemente, sin casi producir ningún rumor, sobre las foscas aguas del estrecho de Tartaria, aplacadas por la nevasca que caía en abundancia.

Era un hermoso tipo de anciano del norte, entre los cincuenta y los sesenta años, pero sobre el que parecía que el tiempo no hubiera aún hecho destrozos notables.

Tenía todavía hermosos cabellos, la frente espaciosa, aunque es verdad que cubierta de profundas arrugas, los ojos de un azul oscuro que aún no había perdido nada de su esplendor. Viéndole levantarse y hacer una seña con la diestra, los seis marineros que tripulaban la chalupa, seis jóvenes de poderosa musculatura, interrumpieron su conversación.

Todas las miradas se dirigieron hacia levante donde a través de las oleadas de nieve se veía delinearse confusamente una línea oscura que ocupaba todo el horizonte.

—¿Habéis visto, muchachos? —preguntó el viejo, haciendo una seña de inteligencia

—Sí, señor Wassili —respondieron a una los seis remeros.

—Tú, Liwitz, que tienes la vista más penetrante que un albatros, ¿has visto dónde se ha escondido?

—Detrás de aquel islote, señor Wassili.

—¿O en el fondo de la bahía?

—No, señor. Conozco demasiado bien la isla de Sajalin para engañarme. He estado dos artos con los cosacos vigilando a los pobres galeotes.

—Aún nos cerrará el paso el maldito guardacostas —dijo el señor Wassili con sorda rabia—. Sin embargo, es preciso desembarcar y dar el golpe esta noche. ¡Ah! Si mi amigo Ranzoff quisiera, con una de sus terribles bombas enviaríamos por el aire a todas las barracas, a todos los cosacos y a todos los carceleros y, probablemente, mataríamos también al coronel —añadió luego—. Y eso no nos vendría bien. Aquel perro del barón se pondría muy contento si se librara de un adversario tan peligroso, cuando ahora va a empezar la venganza.

—Señor Wassili —dijo un marinero—, ¿lanzo la chalupa a toda velocidad?

—No; esperemos la señal.

—Entonces daremos el golpe sin él. Lo que me preocupa es el maldito guardacostas que maniobra ante nosotros. Si el capitán quisiera, bien podría despacharlo. Apostaría a que le sigue desde lo alto.

—¿Qué hacemos entonces?

—Esperemos un poco aún. Entretanto preparad las armas; probablemente tendremos que hacer uso de ellas.

La chalupa permanecía inmóvil, balanceándose fuertemente, porque las aguas del estrecho, no encontrando salida entre la costa asiática y la isla de Sajalin, estaban muy movidas.

Una profunda oscuridad envolvía a los navegantes, y el viento, soplando de levante con violencia, lanzaba espesas cortinas de nieve, arrancada probablemente de las vecinas montañas de la isla.

Pasaron algunos minutos de angustiosa espera. Wassili, que tenía la diestra apoyada en la barra del timón, escudriñaba atentamente el mar y tendía el oído. No lograba, sin embargo, distinguir más que el rumor de las olas destrozándose contra los escollos de la isla.

—El guardacostas ha desaparecido —dijo por último—. ¿No ves nada, Liwitz?

—No, señor Wassili.

—Entonces podemos avanzar. Si el guardacostas nos quiere dar caza, le haremos correr, ¿no es verdad, maquinista?

—El carbón no vale lo que el aire líquido —respondió Liwitz, sonriendo.

—¡Ahora, muchacho!

Se oyó un ligero silbido, después la chalupa volvió a emprender su carrera, dejando detrás una estela espumante que se alejaba indefinidamente.

Rápidas y tortísimas pulsaciones producidas por una máquina que no daba humo y que no esparcía el desagradable y penetrante olor del carbón, hacían vibrar sonoramente el casco de la ballenera con un rumor metálico.

A popa turbinaba velocísimamente la hélice, imprimiendo al pequeño barco un impulso irresistible.

Los marineros, sentados en los bancos, callaban, teniendo entre sus rodillas fusiles de retrocarga. Aquella carrera duró unos diez minutos; después Wassili, que tenía siempre la barra del timón, dijo brevemente:

—Basta, Liwitz.

Se dejó oír el mismo silbido que al principio, después la chalupa se paró casi de pronto, levantando ante sí una oleada superficial.

—¿Qué hay de nuevo, señor Wassili? —preguntó el maquinista.

—La señal.

—¿Dónde?

—Delante de nosotros.

—¿Se habrá despertado al fin ese animal de Bedoff?

—Así parece.

El maquinista miró; luego, volviéndose hacia uno de los cinco marineros, preguntó:

—El verde era la señal de peligro, ¿no es verdad, Ursoff?

—Sí —respondió el interrogado.

—Entonces la ejecución del coronel debe ser mañana por la mañana.

—Si se les da tiempo —dijo Wassili—. El Gavilán, aunque nosotros no lo veamos, debe estar siempre sobre nosotros. En caso desesperado hará saltar las murallas y las prisiones. Creo, sin embargo, que no habrá necesidad de hacer saltar, al mismo tiempo que las construcciones, a los pobres diablos que hay encerrados dentro de ellas. No debemos matar a ciento por salvar a uno, y, además, se les ha avisado, ¿no es así, Ursoff?

—Sí, señor Wassili —respondió el marinero—. Y están dispuestos a ayudarnos eficazmente: lo han jurado.

—¿Estás seguro de ello?

—Todos son presos políticos, es decir, hombres que tienen palabra de honor.

Wassili estuvo un momento silencioso, después miró a lo alto. El cielo estaba cubierto de espesas nubes y la nevada era abundantísima, pero le pareció, no obstante, al viejo, que distinguía vagamente, suspendida entre el mar y la atmósfera, una masa oscura de forma oblonga, provista de dos enormes alas.

—Está ahí encima —murmuró—. Seguramente observa los movimientos del guardacostas.

Miró una última vez hacia la isla, que únicamente estaba alejada unos cuantos cables. Entre la profunda oscuridad brillaba, a cierta altura, un punto verdoso, semejante a una farola de vigía.

—No perdamos más tiempo amigos —dijo volviéndose a los marineros siempre impasibles—. Si perdemos también esta noche, mañana habrá muerto el coronel… Del guardacostas ya se encargará el capitán del Gavilán… Liwitz, un poco de presión.

La chalupa reanudó, casi de pronto, su marcha, pero no demasiado velozmente. Había ante la playa escollos, y encallar con aquel mar tan movido podía producir consecuencias desastrosas, incalculables.

Saghalien o Sajalin, o mejor Tarrakai, porque éste es su nombre indígena verdadero, es la mayor isla que se extiende cerca de las costas de la Siberia meridional, y no es otra cosa que la continuación del vasto archipiélago japonés, del cual la separa el estrecho de La Perouse.

Tiene una longitud no menor de mil kilómetros, una anchura de cerca de ciento setenta, tiene bahías abrigadas y profundas como las de Extanig y de Langhe y altas montañas que llevan nombres en su mayoría franceses, como Lamanou, Mouger y Lamartiniére, y fue explorada por primera vez por La Perouse el infortunado navegante francés que más adelante había de morir devorado, justamente con su tripulación, por los caníbales de Vanikoro.

Rica en minería y con bosques inmensos, los rusos, después de haber destruido con ferocidad moscovita las pequeñas colonias japonesas establecidas alrededor de la bahía de Tuina y haber sistemáticamente diezmado a los insulares, los pacíficos ainos, crearon allí un lugar de deportación para sentenciados políticos, una especie de Nueva Caledonia francesa, para quitar a aquellos desgraciados toda esperanza de volver a la patria a través de la inmensidad de la Siberia .

La chalupa, hábilmente dirigida por Wassili, quien parecía tener mucha práctica de aquellos lugares, atravesó felizmente una doble línea de escollos y entró a poca velocidad en una profunda bahía cuyas orillas estaban cubiertas por altísimos abetos que se inclinaban bajo el peso de la nieve que blanqueaba sus ramas.

—¡Alto! —mandó el viejo.

La chalupa se paró detrás de un elevado escollo que se unía a la isla por medio de un estrechísimo istmo.

—¿Dónde se ha escondido ese maldito guardacostas? —murmuró Wassili, que se había levantado, abandonando la barra del timón—. ¿Lo ves tú, Liwitz?

—No, señor, pero no creo que esté lejos. Hay tantos escollos, que aquí es fácil ocultarse.

—Sin embargo, estoy seguro de que esos hombres han notado algo y que nos vigilan. Que nos den caza si son capaces de regatear con nuestra máquina. ¡Ah!… ¡Por el infierno!… ¡Están explorando!…

Un haz de luz vivísima, proyectado por un foco eléctrico de gran potencia, aparecía por detrás de un escollo, iluminando la playa y el espejo del agua de la bahía.

—¡Bribones! —murmuró el viejo—. Si nos descubren nos largan encima una granizada de metralla.

Afortunadamente el escollo cubría por completo a la chalupa, de modo que el haz luminoso no podía alcanzarles.

El reflector, que debía de estar colocado muy alto, proyectó sus rayos en todas direcciones, hacia el mar, y se apagó bruscamente, volviendo a reinar oscuridad profundísima.

—Listos —dijo Wassili—. Liwitz, fila hacia la peninsulilla. Esconderemos la chalupa entre los abetos y los abedules.

La máquina misteriosa volvió a emprender sus pulsaciones silenciosas, la hélice se puso en movimiento y la chalupa, en un abrir y cerrar de ojos, atravesó la distancia que la separaba de la playa y varó en un bajo donde no había más que treinta o cuarenta centímetros de agua.

El viejo Wassili fue el primero en desembarcar, sumergiéndose hasta las rodillas, pero sin mojarse, gracias a las altísimas botas de mar, de piel de foca, que llevaba.

—Ante todo, los barriles y las armas —dijo a los marineros.

Los seis hombres aferraron sus fusiles, cargaron con cinco o seis recipientes de metal de diez o doce litros de capacidad cada uno y alcanzaron rápidamente la costa.

—Ahora la chalupa —prosiguió el viejo—. Nos es más necesaria que nada, y además, ¡ay de nosotros si el guardacostas la descubriese! Ya que hasta ahora hemos escapado a su vigilancia, cuidémonos de no dejarnos capturar más tarde.

Los marineros volvieron a descender de la orilla, entraron de nuevo en el agua y levantaron con facilidad la barca, que parecía construida de un metal muy ligero, acaso aluminio.

Rodeados de espesísimas plantas a cuyos pies crecían no menos espesas hierbas, les fue fácil esconderla en medio de ellas.

—¿Dispuestos? —preguntó Wassili.

—Dispuestos —respondió por todos Liwitz.

—Os advierto que ahí habrá un centinela y que tenemos que despacharlo sin disparar un tiro.

Los seis marineros desenvainaron los cuchillos y los armaron en los fusiles.

—Un bayonetazo —dijo Wassili—. Probablemente el cosaco estará borracho y dormirá sobre su fusil… Adelante, mis valientes, haremos una buena jugarreta al comandante del fuerte.

—No será el coronel quien deje la piel en esta maldita isla —añadió después con voz amenazadora—. Aquel miserable se las verá conmigo y el barón se quedará con un brazo menos.

La tropa se ocultó en medio de las plantas, hundiendo los pies en una gruesa capa de nieve, y se dirigió hacia donde continuaba brillando, entre la profunda oscuridad, el punto verdoso.

Todos avanzaban en medio del más profundo silencio, llevando en una mano el fusil armado de bayoneta y en otra los recipientes, que exhalaban un agudo olor de vodka.

Una vez atravesada la zona cubierta de arbolado, que tenía poca extensión, se detuvieron nuevamente.

Ante ellos, a una distancia acaso de quinientos pasos, se erguían varias construcciones agrupadas alrededor de una especie de torre cuadrada, de forma maciza, sobre la cual brillaba una gran farola de luz blanca.

Ahora el punto verde brillaba hacia la extremidad meridional de aquella agrupación de barracas.

En aquel momento el haz de luz, eléctrica relampagueó nuevamente tras los escollos, iluminando primero el fortín, después la blanca llanura cubierta de nieve, luego la playa y por último el canal de Tartaria.

—¿Has visto, Liwitz? —preguntó Wassili al maquinista de la chalupa.

—Sí. un hombre vigila bajo la ventana de la caseta ocupada por el coronel. Le he visto perfectamente.

—Un cosaco, ¿verdad?

—Sí, un cosaco, señor Wassili.

—¿Inmóvil?

—No le he visto moverse. Con este frío ya se habrá metido en el cuerpo una botella de sliwowitz. Esos brutos no montan la guardia si no están bien repletos.

Wassili permaneció un momento silencioso, después dijo:

—¡A ver; un voluntario que no tema dar un buen bayonetazo! ¡Aquel cosaco debe desaparecer!

Con rápido movimiento adelantaron al frente los seis hombres como para decir:

—Escoged; estamos dispuestos.

El viejo les pasó revista, después señaló con su diestra a Ursoff, diciéndole:

—Tú, que pareces el más apto para ejecutar esta empresa: sólido y ágil como un caballo trotador.

—Gracias, señor Wassili —respondió el marinero.

—¿Llevas el revólver bajo el capote?

—Sí.

—No lo emplees: una alarma echaría todo por tierra y no salvaría al coronel. Acuérdate de que la ejecución está anunciada para mañana por la mañana y que en tus manos tienes la vida de ese hombre.

—Únicamente emplearé la bayoneta o la culata del fusil. Tenga usted completa confianza en mí, señor Wassili.

—Nosotros, por nuestra parte, estaremos dispuestos a ayudarte.

—Espero que no será necesario,

—Cuida de no hacer crujir la nieve. Tienes que sorprenderle y aniquilarle antes de que tenga tiempo de lanzar un grito. Anda, nosotros te seguiremos. Liwitz, toma su barril. Para dar este golpe se necesita llevar las manos libres.

Ursoff se desabrochó el capote para tener mayor libertad de movimientos, se aseguró de que la bayoneta estaba bien sujeta y después se puso en marcha agachado.

Era un hermoso joven de veinticinco o veintiocho años, robusto como un toro, con brazos que parecían las gruesas ramas de un árbol, unas espaldas de bisonte joven y manos tan poderosas como tenazas.

Wassili y los otros cinco marineros se echaron sobre la nieve, arrastrándose como culebras.

Ursoff avanzaba con cautela, cuidando de no hacer crujir la nieve helada para no atraer la atención del centinela, que distinguía perfectamente, aunque el guardacostas hubiera apagado su proyector eléctrico.

Estaba, sin embargo, seguro de que aquel centinela estaba ebrio y que no pensaba en bayonetazos.

Él, que había pasado varios años en la penitenciaría de Sajalin, conocía demasiado bien la sed bestial, nunca apagada, de aquellos salvajes hijos del Don.

Avanzando siempre despacio, deteniéndose detrás de los pequeños arbustos cubiertos de nieve que encontraba en su camino, pudo finalmente llegar a pocos pasos del centinela.

El cosaco dormía tranquilamente con la espalda pegada al muro de la barraca y el fusil apretado entre sus manos. Se oía perfectamente su ronquido sonoro.

—Toma, animal salvaje del Don —murmuró Ursoff, saltando rápidamente en pie y lanzándose adelante con la bayoneta calada.

La hoja penetró por completo en el pecho del cosaco en dirección del corazón. El pobre hijo de las estepas salvajes, que dormía profundamente, entumido por el frío y adormecido por quién sabe cuántos vasos de vodka, balbuceó apenas algunas palabras, dejó escapar el fusil y cayó en medio de la nieve como un árbol descuajado por furiosa racha.

Wassili y los cinco marineros, que se encontraban a breve distancia escondidos tras algunas pequeñas malezas, avanzaron en seguida velozmente.

—¿Muerto? —preguntó el viejo.

—No se moverá más —respondió Ursoff, retirando el arma y sepultándola en la nieve para limpiarla—. Como ha visto usted, señor Wassili, se trataba de una cosa sencillísima.

El viejo no contestó, pero suspiró, mirando con ojos algo húmedos al pobre hijo de la estepa, que ya enrojecía la nieve con su sangre.

Liwitz, en tanto, se había aproximado a una ventana provista de gruesos barrotes de hierro, apenas a dos metros de altura del suelo, ante la cual vigilaba el cosaco pocos momentos antes.

En la última grapa estaba colgada una linterna con el vidrio verde. La descolgó. La apagó rápidamente y después, con el cañón de su fusil, dio tres golpes sobre la ventana.

Un momento después se oyó una voz apagada que murmuraba:

—¿Estáis aquí, por fin? ¿Queréis hacerme fusilar?

—¿Están cortados los barrotes? —preguntó Ursoff, que también se había acercado a la ventana.

—Sí.

—Arráncalos en seguida: el cosaco que vigilaba está muerto; pero de un momento a otro puede pasar la ronda.

Se oyó un ligero rumor de hierros; después la voz del principio, que decía:

—El camino está libre: subid despacio. Si nos descubren nos fusilarán mañana con el coronel.

—Seremos prudentes, Bedoff —dijo Ursoff—; hemos traído con nosotros con qué adormecer a esos perros de cosacos. No te preocupes.

Pasaron a través de la ventana, ante todo, los recipientes: después, uno a uno, saltaron por el alféizar.

Se encontraron así en una especie de corredor, de bóveda muy baja, alumbrado apenas por una linterna que daba más humo que luz, apestando a aceite de foca o de pescado.

Wassili examinó atentamente a Bedoff, que era un hombrón barbudo como un mujik que parecía tallado a hachazos en algún tronco de pino; después, sacando de debajo del chaquetón un revólver y un bolsillo bien repleto, le dijo con voz cortada:

—Esto o lo otro; o plomo o rublos.

—Ya le he dicho por Ursoff, señor, que prefiero la plata al plomo. Ya le he dado una prueba de mi fidelidad exponiendo la luz verde. Además, también yo he sido político como el coronel Starinsky, y cuando he podido ayudar a alguno a huir, no he pensado en las consecuencias.

—¿Cuándo es la ejecución?

—Al salir el sol, señor.

—¿Cuánto cosacos hay?

—Treinta dentro y ocho fuera, de centinela.

—Siete —corrigió Wassili—, a uno lo hemos despachado ahora para llegar aquí sin ser vistos. ¿Los otros políticos están dispuestos a ayudarnos?

—Todos, con tal que tú, señor, no te olvides de ellos.

—Todos serán libres —respondió Wassili—. ¿Cuántos son?

—Unos setenta.

—¿Beberán los cosacos? Hemos traído con nosotros unos cincuenta litros de vodka.

—Cuando un hijo de la estepa huele el alcohol, no resiste —respondió el carcelero—. No se detienen ni ante la metralla. Yo me encargo de ofrecerles una colosal borrachera que les dejará como muertos durante cuarenta y ocho horas.

—¿Y el coronel, dónde está?

—En la celda de condenados a muerte.

—¿No se podría intentar un golpe de mano?

—¿Con cosacos que aún no han bebido? No, señor; además de que el capitán vela en una estancia contigua y creo que se dispone a interrogarle, porque ha dado orden de despertar al sentenciado.

—¿Quién ha formado el consejo de guerra?

—El capitán y el sargento.

—¡Canallas!… ¡Y se mata a un valiente de ese modo! —exclamó Wassili con voz sorda—. El capitán Stryloff es el demonio inspirador del barón… También nosotros hemos pronunciado una sentencia de muerte y la ejecutaremos, ¿no es verdad, amigos?

—Sí, señor Wassili —respondieron a una los seis marineros.

—Condúcenos al aposento de los políticos —prosiguió el viejo, volviéndose a Bedoff—. Después, en seguida, te ocuparás de los cosacos… ¿Hay centinelas en la puerta?

—Ninguno, señor. Las paredes son demasiado sólidas y las rejas bastante gruesas para intentar una fuga; además que con esta noche tan fría y barrida por el viento… Dejad aquí los barriles y seguidme.

—Vosotros empuñad los revólveres —dijo Wassili a sus hombres—. No hagáis fuego más que por orden mía, suceda lo que quiera.

Bedoff descolgó la humosa linterna, abrió con precaución una puerta que estaba cerrada por una sola cadena, avanzó de puntillas y atravesó un segundo corredor más estrecho y más bajo que el primero.

Wassili y sus marineros le siguieron empuñando los revólveres y llevando en la siniestra los fusiles, de los cuales aún no habían quitado las bayonetas.

Atravesaron sucesivamente otras puertas, algunas cerradas; después Bedoff se detuvo ante una puerta, más sólida que las demás y asegurada con una fuerte barra de hierro.

—Que nadie hable ahora —susurró a los que le seguían.

Empujó la puerta e introdujo a Wassili en una amplia habitación, estrecha y muy larga, alumbrada sólo por dos faroles y atestada de lechos formados por un sencillo tablado de madera apoyado en dos caballetes, en cada uno de los cuales dormía un hombre envuelto en una gruesa manta de lana oscura.

Bastó un ligero silbido de Bedoff para que todos los prisioneros, que probablemente fingían dormir, se levantasen y se sentaran.

—He aquí al hombre que os libertará —les dijo Bedoff, señalando a Wassili—. Adelante, stárosta, y entiéndete con él. Yo voy a encargarme de los cosacos.

Capítulo II. La penitenciaría de Sajalin

Un viejo de larga barba blanca, pero que conservaba aspecto marcial, vestido con largo capote de paño gris muy remendado, se había dejado deslizar de su camastro y avanzó hacia Wassili, haciendo resonar lúgubremente sobre el pavimento de madera la cadena sujeta a sus canillas.

El stárosta de las prisiones rusas es una especie de vigilante escogido entre los más viejos y más respetables políticos, encargado de responder de la tranquilidad de sus compañeros de cadena, cargo con frecuencia peligrosísimo, pero que, no obstante, goza de prerrogativas especiales que no son de despreciar en las tristes penitenciarías siberianas y de las islas.

—Heme aquí, señor —dijo el viejo después de saludar militarmente.

—¿Sabes de qué se trata stárosta? —preguntó Wassili, mientras los detenidos abandonaban silenciosamente sus camastros, agrupándose en torno a los marineros de la chalupa.

—Bedoff me ha informado de todo —respondió el viejo—; se trata de arrancar de la muerte al coronel Starinsky.

—Y de vuestra libertad —añadió Wassili—. ¿Están tus compañeros dispuestos a ayudarnos?

—Todos: odiamos a ese bruto de Stryloff tanto como querernos a ese valiente soldado que siempre ha sido para nosotros como un segundo padre.

—La semencia de muerte contra el capitán ya está pronunciada por nosotros y seréis vengados de los tormentos y de los golpes de knut que os ha infligido.

—Pero tus hombres son pocos, señor, y nosotros no tenemos armas —dijo el stárosta con alguna inquietud.

—Antes de que llegue el alba, los cosacos estarán fuera de combate —respondió Wassili—. En todo hemos pensado.

—Entonces estamos dispuestos a ayudarle, señor, aunque tuviéramos que afrontar el fuego del capitán.

—No le daremos tiempo para gastar muchos cartuchos. ¿Es cierto que el coronel ha sido condenado a muerte por haber abofeteado al capitán Stryloff?

—Sí, señor. El capitán había hecho dar de latigazos por los cosacos, hasta saltarle la sangre, a un pobre diablo, e iba a rematarle a sablazos, cuando el coronel intervino, arrojándole al suelo de una bofetada. Ha cometido una imprudencia, porque aquí no hay nadie con autoridad más que el capitán; sólo él manda y, contrariamente a las órdenes dadas por el Zar, condena a su antojo.

—¿Quién se cuida de nosotros? —prosiguió el stárosta con triste voz, después de breve pausa—. Si desaparece un número, nadie se ocupa en averiguar las causas.

—Lo sé demasiado —respondió Wassili—. Felizmente hemos llegado a tiempo y no será el coronel quien caiga bajo el plomo. Hace quince días que acechamos una ocasión para arrebatarle. El momento se ha presentado y obraremos resueltamente.

—¿Habéis venido en algún buque, señor?

—No te lo puedo decir, stárosta. Es un secreto que no puedo revelar, porque no me pertenece a mí solo. Únicamente puedo decirte que mañana seréis todos libres y de esta penitenciaría no quedará piedra sobre piedra.

—¿Entonces, señor, dispones de poderosos medios de ataque?

—Y a lo verás, stárosta —respondió Wassili—. Pero hay un guardacostas que podría molestarnos. ¿Tú lo conoces?

—Sí, señor; vigila todo el año la costa para impedir las evasiones.

—¿Qué clase de buque es?

—¡Oh!… Un antiguo cañonero que apenas se mantiene en el mar y que no creo lleve una tripulación de más de veinticinco hombres.

—¿Con piezas de artillería?

—Una sola.

—Esquivaremos su tiro.

En aquel momento la puerta se abrió y apareció Bedoff.

—Señor —dijo dirigiéndose a Wassili—, que apaguen la linterna y recomienda a todos el más profundo silencio. Los cosacos han mordido el anzuelo sin excluir el sargento, y van a llegar.

—No ahorréis la vodka —respondió Wassili—. Es necesario que mañana por la mañana estén completamente ebrios.

—No cesarán hasta que caigan unos sobre otros, fulminados. Conozco demasiado bien a esos bebedores insaciables.

Volvió a cerrar la puerta, corrió el cerrojo y después se dirigió velozmente hacia el corredor donde estaban los recipientes de vodka.

Apenas había llegado cuando entraron siete u ocho cosacos medio soñolientos, envueltos en sus largos y pesados capotes.

El sargento, un hombretón de larga barba inculta que le cubría casi hasta los ojos, entró con ellos.

—¿Es verdad que das de beber, Bedoff? —preguntó con voz ronca el bebedor impenitente.

—Un río de vodka, sargento —respondió el carcelero—. Tus hombres no se habrán encontrado nunca en medio de tanta abundancia, te lo juro por la Virgen de Kazan. ¡Mira!

El sargento, viendo alineadas junto a la ventana todas aquellas vasijas de metal, se arrojó sobre ellas como un animal sediento, examinándolas una por una.

—¡Esto es verdadera vodka! —exclamó, saltando en pie—. Bedoff, ¿dónde has encontrado ese tesoro?

—Lo he comprado a esos imbéciles de ainos por un miserable rublo.

—¡Todo este licor!

—Parece que debe de haber naufragado algún barco junto a la costa, no sé cuándo. Los ainos han encontrado estos barriles y no sabiendo lo que contenían ni encontrando medio de abrirlos, me los han ofrecido. ¡Figúrate si me habré apresurado a comprárselos! Con una sola mirada me he apercibido de que estaban llenos de vodka, y esta noche, eludiendo la vigilancia de los centinelas, los he hecho traer aquí, después de forzar las rejas.

—¡Y nos los ofreces a nosotros! —exclamó el sargento—. ¡Eres un valiente compañero, Bedoff! ¡Vaya una borrachera que se puede tomar!

—¿Y él capitán?

—Está demasiado entretenido con el sentenciado para pensar en nosotros —respondió el sargento—. Y, además, que bebamos o que durmamos, qué le importa a él. Aún falta tiempo hasta el alba, y antes no ha de ser la ejecución, conque ahora podemos divertirnos… ¡Compañeros! ¡Descorchemos y bebamos!

Otros cosacos habían entrado, arrojando sobre los recipientes miradas de ardiente deseo.

Si el ruso es un formidable bebedor, el hijo de la estepa salvaje no tiene rival ni siquiera entre los americanos del norte que gozan de terrible fama como consumidores de licores.

Es capaz de beber hasta bajo una lluvia de metralla o con el agua al cuello. Una borrachera colosal es su única felicidad.

El sargento tomó una vasija, le dio vueltas entre sus manos y descubriendo la espita la hizo girar, vertiendo en una taza que le había dado Bedoff un chorro de líquido de color de ópalo.

—¡Vodka! ¡Verdadera vodka!… —exclamó, después de catarla—. ¡Compañeros, a beber, que hay para todos! Pero cuidado con embriagarse. Hay que tener mañana el pulso firme para despachar al coronel.

Era como predicar en desierto. Los cosacos se habían arrojado sobre los barriles, haciendo funcionar las espitas, mientras otros traían tazas y vasos de todas formas y dimensiones.

Uno, más glotón que los otros, había traído el caldero del rancho, en cuyo fondo había aún restos de menestra.

¡Oh! ¡No eran muy delicados aquellos hijos de la estepa!

Todos se habían puesto a beber furiosamente, glotonamente, sin contar los vasos.

Nunca habían gozado de una orgía semejante, y por añadidura gratuita, porque Bedoff había solemnemente declarado que el rublo regalado a los ainos se lo había dado él sin pedir por ello ningún resarcimiento.

Los cosacos, unos cuarenta en total, porque la guarnición de la penitenciaría era muy pequeña, se habían dividido en seis grupos, poniendo en medio de cada uno un recipiente.

Bedoff, que cuidaba de no hacer surgir alguna sospecha, pasaba de uno a otro fingiendo vaciar él muchas copas pero con un hábil movimiento arrojaba el licor a su espalda.

El sargento parecía el más encarnizado en vaciar aquellas vasijas, que parecían inagotables.

Como segundo comandante, a falta del capitán Stryloff debía dar ejemplo a sus soldados, ¡y bien lo daba el bribón! No hacía falta. Bedoff le estimulara a asaltar uno después de otro los recipientes.

Los electos de la colosal bebida, porque se trataba de sus sesenta litros de vodka, no debían hacerse esperar mucho tiempo.

No había transcurrido ni media hora, cuando ya varios cosacos, hartos de bebida se habían desplomado al suelo, incapaces de pronunciar ni una palabra.

El sargento había sido de los primeros en caer completamente ebrio sobre el deslucido pavimento.

Los otros, viendo a su jefe fuera de combate, se creyeron en el deber de imitarle por dejar bien puesta la subordinación, y por no perder tiempo en llevar las tazas, arrimaron sin reparo, uno después de otro, los labios a los recipientes, bebiendo directamente.

Bedoff les miraba sonriendo, tambaleándose sobre las piernas, que simulaba poco firmes, sosteniendo entre las manos, que querían parecer temblorosas, una copa de tierra cocida llena de licor hasta el borde.

—¡Ánimo, compañeros! —decía con risa de necio—. ¡Yo pago! Probablemente no os volveréis a encontrar en otra función igual. Aprovechaos de esto, ya que no podemos permitimos el lujo de beber champagne como el capitán.

No hay que decir aquellas esponjas vivientes absorbían el contenido de los recipientes. Era excelente vodka que aquel valiente compañero ofrecía gratis con generosidad de boyardo

Y el licor infernal entraba a caños en aquellos corpachones nunca saciados, nublando sus cerebros con rapidez prodigiosa.

Caían los altivos hijos de la estepa a dos y tres como bajo fuego enemigo. Pero aquello era una muerte mucho más dulce, ninguno hubiera osado ciertamente lamentarse de la generosidad magnánima de aquel envidiable carcelero.

Bedoff, en medio del círculo formado por aquellos borrachos, reía siempre, balanceando y alzando su taza como para beber, pero ni una sola gota pasaba a través su garganta.

—¡Animo, compañeros! —decía—. Vosotros no sois de la fuerza del sargento. ¡Él sólo ha vaciado un barril! ¡Diez litros de vodka por lo menos! Por la Santísima Virgen de Kazan, yo ya habría muerto, pero no soy cosaco, compañeros… ¡A ellos!… ¡Esta noche es de fiesta para todos!…

Seguían bebiendo los cosacos y continuaban cayendo, desplomándose unos sobre otros, formando un montón de cuerpos humanos que roncaban a la vez con fragor de trueno.

Cuando ya el último, que parecía pegado por los labios al recipiente, cayó sobre su espalda, empapándose las ropas de vodka, Bedoff ceso de reír.

Esto parece un cementerio —dijo dejando caer la taza—. Tendrán para un par de días por lo menos. ¿Dónde demonios habrán conseguido esos hombres una vodka tan espléndida? Apostaría que no la bebe mejor un almirante. Estoy asombrado de haber podido resistir a semejante tentación… ¡Alto aquí amigo! Los negocios son los negocios, y los rublos son más preciosos que la vodka.

Dio la vuelta a la masa de borrachos, distribuyendo aquí y allá a la casualidad algunos puntapiés para asegurarse de que todos dormían profundamente, recogió la linterna y volvió al dormitorio de los forzados.

Wassili le esperaba detrás de la puerta, revólver en mano, rodeado de sus marineros, temiendo de un momento a otro alguna desagradable sorpresa.

—Ya está hecho, señor —le dijo Bedoff.

—¿Duermen?

—Todos ebrios, hasta el sargento. Espero tus órdenes, señor.

—¿Cuántos cosacos quedan disponibles?

—Seis o siete. Los que están de centinelas en el recinto exterior.

—¿No se les podría embriagar también a esos?

—Es imposible, señor. La consigna es rigurosa y si sacara solamente la nariz fuera de la puerta, me dispararían encima. Ésos no han bebido nada, señor.

—¿Tienes trajes de forzados?

—Hay algunos en el almacén.

—¿Y cadenas?

—Tampoco faltan.

—Trae siete trajes y todo lo necesario para transformamos nosotros en otros tantos presos. Tenemos que engañar al capitán Stryloff y quitarle hasta la menor sospecha.

—La cosa ha pasado con tanta facilidad, que creo que no tenga ninguna.

—Pero la prudencia nunca está de sobra.

—¡Ah! Eso es verdad.

—¿Crees que el capitán está ya despierto?

—Sé que había dado orden a su criado de despertarle a media noche.

—¿Qué va a hacer?

—Parece que desea tener una última conferencia con el coronel.

Wassili sacó de un bolsillo un magnífico cronómetro de oro y le dirigió una mirada.

—Sólo faltan cinco minutos —dijo después—; ¿cómo podría asistir a la conferencia sin cierto?

—La cosa es facilísima, porque hay una reja que da a la estancia del prisionero. El corredor central pasa a su lado.

—¿No correremos peligro de ser descubiertos?

—Ninguno, señor, ahora que los cosacos duermen. Los que vigilan fuera no dejarán sus puestos antes del redoble de tambor.

—Condúceme.

Liwitz, al oír aquellas palabras, avanzó.

—Señor Wassili —dijo—, no os expongáis solo a un peligro tan grande. El capitán del Gavilán nos ha recomendado velar sobre usted y no dejarle solo ni un momento.

—Tengo seis cartuchos en mi revólver y con cada uno se mata a un hombre —respondió el viejo—. Yo tengo costumbre de no errar mis tiros. ¿Qué se puede temer si los cosacos están borrachos? Permaneced aquí con los políticos y esperad mi regreso. Entretanto déjame tu revólver. A vosotros os bastan los fusiles. Guíame. Bedoff. Tengo prisa por asistir a ese coloquio que, seguramente, ha de ser interesantísimo para mí. Te daré una gratificación de cincuenta rublos, además del premio fijado por tus servicios.

—Pagas mejor que un boyardo, señor —respondió el carcelero—. Mi cuerpo y mi alma te pertenecen.

—Por ahora me basta con tu discreción. Más adelante veré si necesito alguna otra cosa.

Hizo a sus hombres una seña amistosa y siguió a Bedoff, que ahora no llevaba linterna.

—Agárrate a mi chaqueta, señor Wassili —dijo—. La luz podría denunciarnos.

Se internaron a tientas a través de algunos corredores, todos estrechos, y tan bajos, que Wassili, que era alto de estatura, a veces tocaba la bóveda con su gorro de piel a la cosaca; después Bedoff se detuvo bruscamente, haciendo deslizarse las manos sobre una puerta que parecía cubierta con láminas de hierro.

Descorrió lentamente, con infinitas precauciones, un cerrojo y después empujó a Wassili adelante, diciéndole en voz baja:

—Mira, señor, ahí tienes al coronel.

Por una ventana cubierta con una reja, penetraba una escasa luz que se reflejaba en la pared opuesta de la estancia, dentro de la cual habían entrado los dos hombres.

Wassili, avanzando de puntillas, se acercó a la ventana y vio en la otra habitación, iluminada por una lámpara, un hombre que paseaba nerviosamente alrededor de una vasta mesa, con los brazos cruzados sobre el pecho y la cabeza inclinada.

—¡Hermano mío —murmuró Wassili, palideciendo—, y quieren fusilarte!… ¡Matarle antes de que haya encontrado a su Wanda y se haya vengado del infame barón que le ha encerrado a él en una prisión y a mí en otra, donde acaso estaría aún sin el auxilio de Ranzoff y del Gavilán!

Iba a precipitarse sobre la reja, gritando:

—¡Hermano! ¡Aquí estoy para protegerte!

Bedoff, notando a tiempo aquel movimiento que podía comprometerles a todos, como un relámpago se le echó encima, agarrándole fuertemente por la espalda.

—Señor —le dijo—. ¿Qué haces? ¿Quieres perdernos?

Wassili, vuelto a su acuerdo prontamente, se detuvo.

—Gracias, amigo —le dijo—. Tú me has impedido cometer una imperdonable ligereza. Pero ése es mi hermano, a quien no veía hace más de dos años, ¿me comprendes?

—Unas cuantas horas son nada en comparación con un tiempo tan largo. Más tarde le abrazaréis.

—¿Y si le matasen?

Iba Bedoff a responder, cuando se oyó descorrer una cerradura, y después el crujido de una puerta.

—Silencio, señor —murmuró el carcelero—. He ahí al capitán.

Capítulo III. El sentenciado

Un hombre vestido con uniforme de capitán de cosacos y que arrastraba el sable con gran estrépito sobre el pavimento de madera, entró, llevando en la mano una de esas terribles fustas llamadas nagaikas, empleadas por los salvajes jinetes de las estepas del Don.

Tendría unos cuarenta años y, como todos los hombres de su raza, era de alta estatura y formas robustas.

Larga barba rubicunda, algo inculta, le cubría parte del rostro, en el cual sobresalía una nariz encorvada como el pico de un papagayo y dos ojos grises semejantes a los de un halcón.

—Buenas noches, coronel —dijo con acento irónico, quitándose de la boca una pipa monumental—. Estoy seguro de que no esperaríais una visita mía antes de vuestra ejecución.

El hermano de Wassili, oyendo aquellas palabras, se levantó como disparado, fijando sobre el capitán sus ojos de un azul profundo, animados por una llama intensísima.

Fin estatura y en robustez poco tenía que envidiar a su adversario. Era hermoso tipo del norte, fuerte como un abeto, de aspecto imponente y facciones enérgicas.

Aunque ya debía de haber pasado de la cincuentena, su barba, su bigote ni sus cabellos tenían un solo hilo de plata. Únicamente su amplia frente estaba surcada por profundas y prematuras arrugas.

—No —dijo con voz seca—, no os esperaba. Es costumbre dejar en paz, la última noche de su existencia, a los condenados a muerte.

—Vengo a preguntaros si habéis hecho testamento. Tenéis una hija.

Del pecho del coronel salió un verdadero rugido.

—¡Wanda!… ¡Hija mía!… ¡Wanda, que mañana no tendrá padre!…

—¿No lo habéis hecho? —preguntó el capitán, que había permanecido impasible ante aquella explosión de dolor.

El coronel permaneció un momento inmóvil, lanzando sobre el capitán una mirada feroz, y después prorrumpió en una carcajada siniestra, estridente.

—¿Qué quiere usted hacer, maldito inspirador de mi primo el barón Teriosky, con mi testamento? ¿Destruirlo después de mi muerte, no es cierto?

—¡Señor Starinsky!… —exclamó el capitán, palideciendo.

—¡Todo lo sé, miserable! —tronó el coronel con un terrible estallido de cólera.

El capitán había alzado la nagaika, pero la bajó diciendo:

—Si no tuviera ante mí a un superior y a un hombre que al salir el sol dormirá en su huesa, ya le habría golpeado.

—Entonces escuchadme, ya que me consideráis como hombre muerto —dijo el sentenciado con tono irónico.

Dio dos o tres pasos alrededor de la mesa, con la cabeza inclinada sobre el pecho y la frente borrascosamente fruncida: después se sentó sobre una silla plegable desvencijada y, fijando sobre el capitán una mirada de odio, dijo:

—Yo era coronel de la guardia del Zar, gozaba de la estimación de todos, incluso de la del emperador, era rico y feliz, cuando un boyardo unido a mí por estrecho parentesco juró mi perdición.

«Él, aunque viejo, se había enamorado perdidamente de mi hija, de mi Wanda. Me la pidió por esposa y se la negué, despreciándole.

»Ella era aún una niña, puede decirse, porque no tenía más de dieciséis años, mientras él tenía más de cuarenta y un pasado nebuloso.

»Aquella negativa fue la perdición de mi familia. Era entonces la época en que los nihilistas conspiraban contra el absolutismo.

»¿Qué era necesario para perder a un hombre honrado, respetado y fidelísimo súbdito del Padrecito? Un documento cualquiera, introducido hábilmente por un traidor en su correspondencia, y una delación a la policía, eran cosas más que suficientes para mandar aunque fuera a un almirante o a un generalísimo a las prisiones de San Pedro y San Pablo.

»Era, sin embargo, necesario ser un villano, y un villano era precisamente mi primo el barón de Teriosky, el gran armador de Libau».

—Esa es una novela creada por vuestra fantasía —dijo el capitán, que fustigaba nerviosamente con la nagaika sus altas botas a la ecuyére.

—Callad —gritó el coronel—. Aún reservo para usted algo que le hará temblar la piel.

«Una noche la policía asaltó mi palacio, husmeó por todas las habitaciones, derribó todos los muebles y encontró… lo que mi primo había hecho ocultar por alguno de mis criados, sobornado a fuerza de oro. Mi hermano Wassili y yo éramos a los ojos de la policía dos afiliados a las sociedades terroristas rusas, dos enemigos del Zar y del absolutismo. Los documentos hablaban claro; las manifestaciones que hacíamos en nuestra correspondencia no podían dar lugar a dudas, y a pesar de nuestra desesperada defensa, fuimos condenados a deportación perpetua: Wassili a las minas de mercurio de Alghasithal, y yo aquí a esta triste isla perdida en los confines del mundo ruso.

»¿Y de mi hija, que quedó sola, sabéis qué ha sido?».

—¡Yo! Seguramente que no —respondió el capitán, presuntuosamente.

—Desapareció en seguida de nuestra partida para Siberia.

—Se habrá marchado con algún amante.

El coronel saltó en pie como un tigre, con los puños tendidos, pronto a precipitarse sobre el capitán.

—¡Miserable! —le gritó—. Repite esa frase y te estrangularé aunque estés en medio de tus cosacos.

El capitán, acaso arrepentido de aquella frase, dio dos pasos atrás, diciendo:

—Perdonad, coronel, pero no tuve ninguna intención de ofenderos: era una suposición mía y nada más.

—¡Mi Wanda fue raptada y tú sabes por quién! —gritó el coronel con voz terrible.

—¿Yo lo sé?

—Sí, porque tú eres el inspirador del barón de Teriosky.

—¿Quién os lo ha dicho?

—Lo sabía mi hermano Wassili, que hace seis meses ha logrado escaparse de las minas.

—Pues ha mentido —respondió el capitán, que era presa de vivísima agitación—. Yo no he tenido nunca relación con vuestro primo el barón de Teriosky.

—¡Tú eres quien miente, infame! —gritó el coronel, exasperado—. El te ha hecho mandar aquí para que me vigilases y me atormentases buscando el modo de suprimirme, y lo has encontrado, ¿no es verdad? Rebelión de un político contra el comandante de la penitenciaría, y de ahí el consejo de guerra formado por ti y un sargento, tu siervo, peor aún, tu esclavo, y pronunciación de sentencia de muerte. ¿No es así, capitán Stryloff?

—¡Eso es una acusación infame! —exclamó el capitán, rojo de cólera.

—¿Cuántos rublos te pagará mi primo cuando le anuncies mi muerte? ¿Puedes decírmelo? —preguntó el coronel con ironía.

—Yo no he hecho más que mi deber. Habéis alzado la mano contra mí y el sargento, la rebelión era evidente, y todo forzado, sea político o no, que se atreva a tanto, merece pena de muerte, aunque sea un almirante que haya perdido su grado y que se ha convertido en un simple número como un vor (ladrón) cualquiera.

—¿Has dicho ladrón?…

—Lo he dicho como comparación y nada más —respondió el capitán—. No he querido ofenderos.

—¿Y podrías decirme, capitán, quién me ha impulsado a la rebelión? Tus continuos maltratos, tus incesantes ironías, tus bellaquerías largamente estudiadas para sacarme de quicio y arrastrarme a la desesperación, y tener con ello motivo para suprimirme y hacer a mi primo el servicio que desde largo tiempo espera y que de seguro será pagado con largueza.

—Ya os he dicho que nunca he tenido relación con el barón de Teriosky —respondió el capitán, secamente.

—¡Tu palidez te hace traición, capitán! —gritó el coronel.

—No me fastidiéis más. Lo que he hecho, hecho está y no retiraré la sentencia ya pronunciada.

—Para agradar a mi primo.

—Esa acusación comienza a molestarme.

—Y por eso me suprimís sin darme tiempo a recurrir a la gracia suprema, al Zar. cuando tengo derecho a ello como cualquier oficias de la marina rusa.

—San Petersburgo está demasiado alejado de Sajalin y además os sería negada en vista del informe que yo he expedido. ¿Habéis hecho vuestro testamento? ¿Sí o no?

—No, ni lo haré, porque en tus manos desaparecería o sufriría tales modificaciones, que haría pasar mi fortuna a las manos de ese miserable de Teriosky.

—Os fusilaremos de igual modo —dijo el capitán con voz seca—. Preparaos al gran viaje, porque el sol pronto aparecerá.

—¿Estáis bien seguros de fusilarme?

El capitán, que ya iba a salir, visiblemente poco satisfecho de aquella conferencia, se detuvo bruscamente, mirando al coronel.

—¿Dudáis de ello? —preguntó, no sin cierta inquietud.

—¡Eh! ¿Quién sabe? —dijo el coronel.

—¿Me creéis capaz de bromear?

—No lo se, pero dudo de comparecer tan pronto ante Dios.

—Ya os persuadiréis dentro de veinte minutos. La fosa ya ha sido cavada en el patio… ¡Olao!…

Un cosaco, el ordenanza del capitán, que vigilaba fuera, oyendo aquella llamada, entró, teniendo en la mano el fusil con la bayoneta armada.

—Vigila al prisionero —le dijo el capitán—. Al primero que entre aquí, mátale como a un perro. ¿Me has entendido?

—Sí, capitán —respondió el soldado.

—Yo me encargo de despertar a los cosacos. ¿Tiene tu compañero preparado el tambor?

—Sí. patrón.

El capitán salió sin volver siquiera la cara para mirar al coronel y cerró la puerta con estrépito.

En el corredor contiguo había otro cosaco sentado en una banqueta coja, con un tambor al lado y un fusil entre las rodillas.

—Toca diana —le dijo el capitán—. La hora de la ejecución se aproxima. ¿Han cavado ya la fosa?

—Sí, amo.

—¿Ha escogido el pelotón ya el sargento?

—Seguramente.

—Bien está: toca fuerte. Los forzados asistirán a la ejecución del coronel. ¡Ah! Se cree que yo bromeo. Aquí mando yo, y un número de más o de menos no se advierte. Que recurra después de muerto a la gracia suprema. Los negocios son los negocios, dicen nuestros vecinos del otro lado del estrecho de Behring, y yo procuro sacar los míos adelante del mejor modo posible. El barón pagará esta muerte espléndidamente.

El cosaco se colgó el tambor de la bandolera y comenzó a batir diana furiosamente, dirigiéndose hacia la habitación grande que servía de dormitorio a sus compañeros y haciendo retemblar las bóvedas de la penitenciaría.

Aquel furioso redoblar duró cinco minutos, pero con gran sorpresa del capitán, nadie se presentó en el corredor.

—¿Qué harán esos hijos de perra? —gritó enfurecido—. ¿Habrán corrido ayer alguna francachela?

«Otro redoble. Uska».

El cosaco repitió la diana, hiriendo precipitadamente el parche, pero también esta vez permaneció cerrada la puerta del dormitorio.

—Uska. ¿qué quiere decir esto? —preguntó el capitán al tambor.

—Parece que mis compañeros tienen el sueño profundo esta mañana —respondió el cosaco——. Nunca me ha ocurrido un caso igual.

—¿Les has visto tú beber ayer tarde?

—No, amo.

—¡Vive Dios! Tendré yo que ir a despertarles a latigazos de nagaika y les haré chillar como ocas desplumadas vivas —gritó el capitán.

Se acercó a la puerta del dormitorio, la abrió con un terrible puntapié y se precipitó sobre los camastros, haciendo restallar la terrible fusta, pero a los pocos pasos se paró, dejando escapar de su boca una blasfemia.

—Los camastros están vacíos —exclamó palideciendo—. ¿Habrán huido para no fusilar a ese imbécil de Starinsky? ¡Oh, no! ¡No lo creería nunca!

—Amo, no veo a nadie —dijo Uska, dejando rodar por tierra el tambor.

—¡Pedazo de canalla! —aulló el capitán—. ¿Qué has hecho tú esta noche?

—He vigilado constantemente ante la habitación del sentenciado, juntamente, con Olao —respondió el cosaco, temblando.

—¿Y no has visto a nadie salir del dormitorio?

—No capitán.

—Entonces habrán salido por la otra puerta.

—Es probable.

Deja el tambor, toma tu fusil y sígueme.

Empuñó el revólver y atravesó con paso rápido la gran habitación, dirigiendo alrededor miradas feroces.

Todos los lechos, incluso el del sargento, estaban desocupados.

Blasfemando y agitando de modo amenazador la nagaika, entró en el corredor. Un fuerte olor de alcohol 1c llegó de pronto a la nariz.

—¡Ah! ¡Canallas! —exclamó—. ¡Se han embriagado con vodka! ¡Os haré pedazos, hijos de perra!

Guiado por aquel penetrante olor, pasó a otra galería y vio una masa de hombres desplomados unos sobre otros en todas las posturas imaginables y roncando con un estruendo ensordecedor, como oíros tantos tubos de órgano.

Eran sus cosacos, tan hábilmente embriagados por aquel tuno de Bedoff.

—¡Ah, miserables! —aulló el capitán, furibundo—. ¡Tres veces animales! ¡Salvajes del Don! ¿Por qué no tendré veinte hombres para haceros colgar a todos?

Viendo al sargento que dormía como un lirón, abrazado aún a un recipiente de vodka, se le echó encima como una fiera, descargándole una tempestad de puntapiés y golpes de nagaika.

¡Trabajo inútil! Era como si golpease un leño o un cuerpo muerto.

El digno sargento continuó roncando plácidamente como si le dieran aire con un abanico.

El capitán, que estallaba de ira, la desahogó entonces contra los otros, mientras Uska. que no podía contenerse, se aprovechaba de la cólera de su jefe para echarse al cuerpo, a escondidas, algunas tazas medio llenas que había descubierto en un rincón de la estancia.

La nagaika restallaba, golpeando sin compasión aquella masa humana, no logrando más éxito que un rumor, pero un rumor completamente inútil, como el redoble del tambor poco antes golpeado.

El capitán, convencido, por último, de que su nagaika, aunque manejada furiosamente, no lograría abrir los ojos a aquellos borrachones que no cesaban de roncar bravamente, se volvió a Uska, que en aquel momento vaciaba la quinta taza, descubierta tras una columna de la estancia.

—¿Quien ha traído aquí estas vasijas? —le preguntó con rabia.

—No lo sé, amo —respondió el cosaco con aire de idiota, porque el licor precipitadamente tragado comenzaba a producir sus efectos—. Yo estaba de guardia delante de la prisión del sentenciado.

—¡Ya lo sé, triple bruto! —gritó el capitán.

—Yo no sé nada: os lo juro por la Santísima Virgen de Kazan.

—Alguien debe de haberlos introducido ocultamente.

—Ciertamente, alguien.

—¿Pero, quién?

—¿Estás tú también borracho?

—No amo; yo estoy de guardia…

—¡Calla, hijo de perra! ¡Por cien mil osos blancos! Aquí se ha urdido una infame traición… Ahora comprendo por qué el coronel ponía en duda la ejecución de la sentencia… ¡Oh! ¡Me vengaré de estos animales! ¡Bedoff! ¿Dónde está Bedoff?

—No le he visto, amo. Acaso este debajo de estos borrachos.

—¡Es imposible! Bedoff es un ruso que no se embriaga tan inconscientemente como tus compatriotas… Ve a buscarle. Acaso le encuentres en la estancia de los forzados… ¡Sangre del demonio! ¡Espera!

—Estoy a tus órdenes, amo.

—¿Cuántos hombres hay fuera de centinela?

—Seis: es el número acostumbrado.

—Seis, y vosotros dos, que hacen ocho: el pelotón para la ejecución estará completo. ¡Ah! ¡Por cien mil diablos desencadenados! ¡Coronel Starinsky, te haré fusilar de todos modos! Ve a reunir los centinelas; después anda a buscarme a Bedoff.

El cosaco, contento por haber librado sin algún golpe de nagaika conociendo el humor irascible del amo partió corriendo a cumplir la orden.

El capitán había quedado en la antesala, paseando nervioso y mirando ferozmente aquel enorme cúmulo de borrachos que roncaban. Sus ojos inyectados de sangre se fijaban especialmente en el sargento, que continuaba abrazado al barril que no había logrado vaciar.

De cuando en cuando se detenía para descargar sobre aquellos cuerpos insensibles una tempestad de fustazos, jurando y blasfemando,

—¡Haré colgar lo menos a diez! —voceaba—. Al sargento le mandaré a las minas del Baikal o del Anzar; pero no, mejor será enviarle al archipiélago de Nueva Siberia, para que reviente de frío entre los osos blancos. ¡Brigantes! ¡Aún no sabéis quién soy yo!… ¡Me vengaré como un rayo!

Y golpeaba con furia, girando como una bestia feroz en torno de aquella masa humana, sobre la que descargaba patadas en increíble abundancia. Pero apenas algún gruñido respondía a aquella tempestad de golpes: los cosacos habían bebido demasiado para sentir los efectos.

Cinco minutos después regresaba Uska acompañado de cinco cosacos con los gorros de piel y los capotes cubiertos de nieve, y tiritando de frío.

—Aquí están los centinelas, amo —dijo.

El capitán los contó.

—¡Cinco! —exclamó—. ¿No me habías dicho que eran seis? ¿Cómo es esto? ¿Hay otro borracho que añadir a los otros?

—El que falta, amo, no se despertará nunca.

—¿Qué quieres decir, bribón?

—Le han matado de un gran bayonetazo en el corazón.

—¿Quién?

—No lo sé.

—¡Hablad vosotros, colección de asnos! —gritó el irascible capitán, lanzando miradas feroces sobre los cosacos.

—Le hemos encontrado muerto, señor —se atrevió a decir el más viejo de la pequeña tropa.

—¿Pero quién le ha matado?

—Acaso los ainos.

—¡Tú eres un cretino! ¿Desde cuándo esos salvajes se atreven a asaltarnos? Son los seres más estúpidos de la tierra. ¿Habéis visto a alguno acercarse a la penitenciaría?

—A nadie —respondieron a una los cinco centinelas.

—Entonces dormíais, canallas.

Los cosacos hicieron apenas una señal de protesta, temiendo desencadenar la cólera del terrible capitán.

—Aquí se ha urdido una traición —prosiguió el comandante de la penitenciaría, con voz formidable—. Se intenta salvar a ese perdulario de Starinsky. ¡Vive Dios, que lo veremos! ¿Están cargados vuestros fusiles?

—Sí, capitán.

—Id a coger al prisionero y traedle ante la fosa. Le fusilaremos por detrás como a un traidor… Uska, ve a buscar a Bedoff y conduce los forzados al patio. Es necesario un escarmiento y lo haré: así aprenderán a temerme, Mañana, cuando los vapores de la vodka hayan pasado, ajustaré las cuentas a estos bribones que han preferido embriagarse a plantar una docena de balas en la carroña del coronel. ¡Ya veréis quién es el capitán Stryloff!

Capítulo IV. La venganza de los forzados

Bedoff y Wassili, después de asistir a la conferencia entre el comandante de marina y el brutal capitán Stryloff y haber oído la consigna dada al cosaco de fusilar como un perro a cualquier persona que hubiera intentado entrar en la estancia, se retiraron prudentemente entre los forzados.

De haber querido, hubieran podido fácilmente derribar al cosaco de guardia con un par de tiros de revólver, y después, entrando, libertar al prisionero. Sin embargo, el temor de que las detonaciones hicieran volver al capitán y acudir a los centinelas que vigilaban alrededor de la penitenciaria, les contuvo, a pesar de su intenso deseo de avisar al desgraciado coronel de que nada tenía que temer y que todo estaba dispuesto para salvarle.

—Dejadme a mí hacer, señor —susurró Bedoff al oído de Wassili—. Con esperar no perderemos nada, y vuestro hermano no por eso caerá en la huesa que le han preparado. Los cosacos están llenos como odres, los centinelas son pocos y nosotros somos muchos. Le haremos una buena jugarreta al capitán.

—El será quien comparezca ante un consejo de guerra y será fusilado —le respondió Wassili—. Será la primera víctima de la venganza de mí hermano y también de la mía.

Pasando por otro corredor, llegaron sin ser dormitorio de los forzados.

Los seis marineros de la chalupa se habían ya endosado el lúgubre uniforme de los políticos condenados a cadena perpetua y se estaban colocando en las piernas las cadenas, ayudados por los prisioneros.

En aquel momento comenzaba a redoblar el tambor, golpeado con gran furia por Uska.

—Señor —dijo Bedoff a Wassili, presentándole un uniforme que bien o mal podía adaptarse a su estatura—. Apresúrese usted a vestírselo. Ese redoble de tambor indica la proximidad de la ejecución.

Después, volviéndose hacia los forzados que estaban todos en pie, añadió:

—Vosotros formaréis el cuadro: los que posean revólver que pasen a primera fila: los marineros a segunda para ocultar los fusiles.

—Señor Wassili —dijo el maquinista de la chalupa, adelantándose—. Denos sus órdenes antes de que salgamos de aquí.

—No tengo que dar más que una —respondió el viejo—. Haced fuego sobre los cosacos antes de que tengan tiempo de apuntar al coronel, y fulminadles.

—Está bien, señor Wassili: estaremos preparados.

—Adelante el pelotón —mandó en aquel momento Bedoff.

Los forzados, en grupos de a doce, dejaron el dormitorio con un sordo rumor de cadenas, pasando por el amplio portón que daba salida al patio de la penitenciaría.

Apenas comenzaba a alborear. Era un alba gris, triste, frigidísima; la nevada no había cesado aún de caer y había cubierto todo el patio, incluso la hoya que estaba cavada para el que habían de ejecutar.

Un viento seco soplaba del septentrión, haciendo encogerse la piel de los forzados.

Wassili se había colocado en segunda fila, apretando su revólver por debajo del capote gris. Los seis marineros, tres a cada lado, estaban cerca de él, escondiendo los fusiles detrás de los hombres de la primera fila.

Aquellas precauciones eran, por otra parte, inútiles, porque el patio aún estaba desierto y ningún centinela vigilaba ante las dos puertas de salida.

—El capitán se retrasa —dijo Bedoff—. Apostaría a que está desahogando su bilis contra esos pobres diablos embriagados. Cuando la mosca le pica, se vuelve terrible, y no querría yo ahora encontrarme en el pellejo de aquellos hijos de la estepa. ¡Bah! ¡Tienen la piel muy dura los salvajes del Don! No…

Una seca voz de mando le interrumpió:

—¡Adelante!

Un portillo se había abierto, y siete cosacos, todos los que en aquel momento estaban útiles en la guarnición de la penitenciaría, aparecieron llevando en medio al coronel Starinsky.

El capitán les seguía con el sable desnudo y el revólver en la siniestra mano.

El sentenciado estaba un poco pálido, pero completamente tranquilo. Acostumbrado a desafiar las tempestades a bordo de un acorazado y mirar con serenidad a la muerte, una descarga de plomo no le asustaba, aunque el recuerdo de su Wanda, de su amada hija, le causara angustias inenarrables.

Sin embargo, no desesperaba. Bedoff le había avisado que había hombres dispuestos a salvarle antes de que los fusiles hicieran fuego.

Su mirada se fijó de pronto sobre los forzados, porque solamente de ellos podía llegar la salvación, no habiendo ningún extraño en el patio.

De pronto tembló y se mordió los labios hasta hacerse sangre, para no dejar escapar un grito. Detrás de la primera fila de galeotes había percibido la imponente estatura de Wassili, de su hermano, cuya cabeza emergía, por así decir, sobre todas las demás,

«¡Él! —murmuró—. Estoy salvado».

Habiéndose detenido un instante, el capitán Stryloff, con su acostumbrada grosería, le empujó adelante, diciéndole:

—Acordaos de que no sois más que un número.

—Sí, el 13 —respondió el coronel con ironía—. Un número que puede atraer la desgracia.

—Sí, a fe mía.

El pelotón se dirigió hacia la fosa que había sido cavada en el centro mismo del patio y que parecía cubierta por un sudario, ya que estaba casi llena de nieve. Uska, delante de todos, redoblaba sordamente el tambor.

—Preparaos, amigos —susurró Wassili a sus marineros—. ¡Ay si nos retrasamos un instante!

Los seis marineros se desabrocharon los capotes, levantando lentamente los fusiles, mientras los forzados de primera fila, que tenían los revólveres, ocultaban sus manos bajo las ropas, fingiendo abrigarse del aire helado y de la nieve que no cesaba de caer.

El capitán miró la hoya, midiendo con la mirada la longitud y la anchura, después se acercó al coronel, que tenía las manos atadas a la espalda y sacó de un bolsillo un pañuelo.

—¿Qué vais a hacer? —preguntó Starinsky con voz ronca,

—Os vendo los ojos.

—¿A mi? Soy un soldado; un hombre de mar que ha visto muchas veces el fuego enemigo para asustarse de seis míseros fusiles. ¡Fuera esa venda!…

—Podría causaros impresión el veros apuntado.

—¡No soy yo un cobarde!

—Como queráis —respondió el capitán, rudamente—. Avanzad hasta el borde de la fosa y volved la espalda a mis cosacos.

—¿Queréis fusilarme como traidor? —gritó el coronel con indignación.

—Habéis sido degradado —dijo con sequedad Stryloff.

—Usted sabe, inspirador de mi primo el barón de Teriosky, que he sido víctima de ese miserable.

—¡Silencio! Uska, redobla fuerte ese tambor. Basta de cháchara.

El cosaco empezó a redoblar furiosamente el instrumento para sofocar la voz del coronel, mientras sus seis compañeros se colocaban a doce metros de la hoya y cargaban sus armas.

—A vuestro puesto, señor Starinsky, si es verdad que sois un valiente —dijo el capitán, haciendo ademán de empujarle.

—¡Abajo las manos, miserable! —gritó el coronel—. Un capitán de navío no necesita ayuda ninguna para afrontar la muerte.

Después, con paso tranquilo y la cabeza alta, teniendo la vista fija en su hermano, que se había puesto espantosamente pálido, se dirigió a la fosa que había de servirle de sepultura.

El capitán Stryloff le seguía armado con el sable y el revólver.

—Volved la espalda al piquete armado que debe ejecutaros en nombre del Padrecito.

—No: ¡en nombre vuestro! —gritó el coronel.

—Silencio: no sois más que un número y no tenéis derecho a responderme a mí, comandante superior de la penitenciaría —tronó el capitán—. Dentro de medio minuto estaréis muerto con seis balas en la espalda.

—¿Estáis seguro de ello?

—¡Vive Dios! Mis cosacos tienen el plomo en sus fusiles y no sois invulnerable. ¡Cosacos! ¿Estáis preparados?

—Preparados —respondieron los seis hombres alzando los fusiles.

—Esperad mi mando.

El capitán Stryloff dirigió una última mirada a la huesa; después, volviéndose aún al coronel, le dijo colérico:

—¿Querríais decirme si habéis hecho testamento y a quién se lo habéis confiado?

—¡No!

—Si me lo decís haré que os fusilen dando la cara a los ejecutores.

—¡No!

—Yo sabré de todos modos descubrirlo, aunque tenga que deshacer la espalda a todos los forzados a golpes de knut o de nagaika.

—Probadlo.

—Lo veréis, o, mejor dicho, no lo veréis. ¿Os negáis todavía?

—Me niego.

—¿Es vuestra última palabra?

—La última.

—Descansad en paz.

El capitán, que reventaba de ira, se volvió hacia los cosacos, que no esperaban más que su orden para apuntar al sentenciado, que se mantenía erguido en el borde de la fosa, sin apartar su mirada de Wassili.

—¡Preparen!… —dijo Stryloff.

Los seis cosacos iban a apuntar sus fusiles, cuando una voz imperiosa, elevándose entre las filas de los galeotes, mandó:

—¡Fuego!

Inmediatamente retumbó una terrible descarga de fusilería, seguida de un verdadero fuego por descargas de revólver.

Los seis cosacos, fulminados con matemática precisión por los marineros de la chalupa y por los forzarlos de primera fila, armados de revólver, cayeron unos sobre otros sin lanzar ni un grito. Hasta Uska. el tambor, cayó desplomado con la cabeza despedazada por las balas.

—¡Arrójate a la fosa, hermano! —había gritado de pronto Wassili.

El coronel, que sabía que se hallaba bajo el tiro del revólver del capitán, con una ligereza inaudita se había precipitado en la nieve.

Wassili se lanzó de inmediato adelante seguido de los seis marineros y de los forzados armados de revólver, gritando:

—¡Ríndete, capitán! ¡Estás en nuestro poder!

Stryloff no osó ni siquiera levantar su revólver. Parecía petrificado por aquel inesperado golpe teatral.

Pálido como un cadáver, casi lívido, quedó en su puesto mirando con ojos dilatados por el terror, ora a los cosacos, que ya no se levantarían nunca, ora a Wassili, que avanzaba hacia él apuntándole, dispuesto a matarle a la primera señal de resistencia.

Los marineros le seguían, apuntando con sus fusiles.

—¡Ríndete! —le gritó Wassili—. Yo soy el hermano de Boris Starinsky, excomandante del acorazado Pobieda.

Stryloff había quedado mudo. Había dejado caer el sable, y con nervioso movimiento se enjugaba con la mano el sudor que le corría por la frente, a pesar del frío intenso que reinaba en aquella hora matutina.

—¿Me has oído? —preguntó Wassili—. ¡Ríndete!

—¿Qué vais a hacer de mí? —preguntó finalmente el capitán, haciendo un esfuerzo supremo.

La respuesta se la dio de modo terrible el excomandante del Pobieda, que en aquel intervalo había saltado fuera de la fosa.

—Tu has celebrado un consejo de guerra, capitán Stryloff, únicamente compuesto de dos individuos. Ahora nosotros te formaremos otro compuesto de cien jueces que pronunciarán tu condena.

—¿Cómo? ¿Os atreveréis?…

—Ya verás a lo que nos atrevemos, capitán, cómplice ya descubierto de mi primo el barón de Teriosky, y atormentador feroz de estos desgraciados prisioneros que no son ladrones, sino políticos, condenados a este desierto de nieve, sólo por haber amado demasiado la libertad de su patria. No esperes perdón de ellos; ¡desarmadle!

Los seis marineros de la chalupa se lanzaron sobre el capitán, como un solo hombre, arrancándole el revólver y rodeándole.

—Adelante ahora los forzados —dijo Wassili.

Las filas de políticos se movieron haciendo resonar rítmicamente las cadenas y formaron alrededor del capitán un vasto círculo, sentándose en el suelo, sobre la nieve que cubría el patio. Stryloff miraba con terror imposible de describir, aquellos preparativos que le anunciaban una próxima sentencia de muerte, ya que no esperaba gracia alguna de las víctimas de su feroz brutalidad.

—El consejo de guerra está completo y en su puesto —dijo Wassili, con su voz sonora y un poco irónica—. Capitán Stryloff, descubrios.

Liwitz, el maquinista de la chalupa, viendo que el capitán titubeaba, le quitó la gorra y la arrojó con desprecio en medio de la nieve.

—Tú, Boris, hermano —prosiguió el implacable Wassili, que se había sentado en un tronco de árbol—, lanza contra este hombre el primer cargo.

El excomandante del Pobieda avanzó al frente y extendiendo la diestra hacia el capitán, dijo:

—Yo acuso a este hombre de ser un cómplice pagado de mi primo el barón de Teriosky, quien le ha enviado aquí expresamente para suprimirme.

—¿Lo juras por tu honor?

—Lo juro.

—¿Tienes pruebas?

—Tú lo sabes mejor que yo.

—Es cierto, señores —dijo Wassili, volviéndose hacia los forzados, que asistían en silencio a aquella escena—. Yo he tenido las pruebas indudables de que este hombre ha venido aquí expresamente para hacer desaparecer a mi hermano.

—¿Quién os las ha proporcionado? —gritó el capitán con un esfuerzo supremo.

—Dos hombres honrados que han dedicado su existencia al triunfo de mi inocencia, y la de mí hermano Boris —respondió Wassili con voz solemne.

—¿Sus nombres? Decídmelos.

—Dimitri Rokoff, comandante del 12º regimiento de Cosacos del Don, y Fedor Mitenko, uno de los más ricos negociantes de Odesa.

—No les conozco, pero esos hombres honrados no pueden ser otra cosa que unos canallas.

—¡El canalla eres tú! —gritó Wassili.

El capitán se encogió de hombros, sonriendo de modo forzado.

—¿Son esas todas las pruebas que ustedes tienen? —preguntó después irónicamente.

—Sí: a nosotros nos bastan.

—¿Y me vais a sentenciar por ellas?

—Aún no hemos terminado.

—¡Ah! ¡Hay otras aún! —dijo el capitán, que poco a poco recobraba su sangre fría y su valor.

Wassili se volvió de nuevo a los forzados, siempre silenciosos e inmóviles; después continuó:

—Nosotros tenemos un primo, el barón de Teriosky, uno de esos seres malvados que algunas veces se encuentran en el mundo, y que aunque es ya viejo, se enamoró locamente de la hija de mi hermano; de su hija única.

«Rechazado por la muchacha y por nosotros, juró vengarse. Dirigió una denuncia a la policía de San Petersburgo, y nuestro palacio fue un día invadido y nosotros arrestados.

»Un miserable siervo, sobornado por nuestro primo, había escondido en nuestro escritorio proclamas y cartas comprometedoras que habían de hacernos aparecer como afiliados a la infame gaida de los Hoolyganis. Ya comprenderéis: yo, ingeniero de las minas, y mi hermano, comandante de un acorazado, éramos miembros de los Hoolyganis».

Un murmullo de sorpresa y de indignación se elevó entre los forzados.

—Pero aún no es eso todo —continuó Wassili—. Allí se habían añadido todavía otros documentos para hacer creer que estábamos afiliados a la secta de los nihilistas para agravar más aún nuestra situación.

«De nada sirvieron nuestras defensas. Mi hermano, víctima inocente del odio feroz del miserable barón, fue degradado y condenado a deportación perpetua en esta isla maldita, y yo internado en las terribles minas de Alghasithal, de las cuales, por caso milagroso, logré evadirme.

»Ahora, este hombre que tenéis ante vosotros había asumido el encargo de hacernos desaparecer a mí y a mi hermano, valiéndose de su destino de comandante de la penitenciaría del Extremo Oriente. ¿Qué opináis que merece este miserable que sabiendo que somos inocentes, porque tiene las pruebas de ello, deseaba nuestra muerte?».

—¡La muerte! —respondieron a una voz los forzados.

—¿Vosotros de qué le acusáis?

—De crueldad inaudita —respondió por todos un viejo galeote—. Ha hecho morir a mi hijo bajo la nagaika.

Otra voz más terrible se elevó:

—Ha matado de un tiro de revólver a mi hermana, que me seguía en el doloroso viaje a través de Siberia, porque intentó defenderme contra su brutalidad de comitre enfurecido. ¡Merece dos veces la muerte!

—¿No hay quien le defienda? —preguntó Wassili.

Nadie respondió.

—¿Nadie recuerda una buena acción, un destello de generosidad de parte de este hombre?

También esta vez todas las bocas quedaron ferozmente cerradas.

—Capitán Stryloff —dijo entonces Wassili—, te hemos juzgado y sentenciado: prepárate a morir. La huesa que debía servir para mi hermano, servirá para ti, y tu sudario será la nieve de la isla de Sajalin.

—Yo no reconozco jueces en vosotros, miserables galeotes —dijo el capitán.

—En este momento no somos forzados, sino hombres libres —dijo Wassili—. Por tanto, podemos juzgar y condenar.

—Yo niego ese derecho —dijo el capitán con ímpetu de cólera.

—Más tarde, si queréis, podéis apelar a la justicia del Padrecito —respondió Wassili con voz burlona.

—¡Esto es un asesinato!…

—No; es una sentencia perfectamente legal. Vuestra sentencia era un asesinato, porque la pronunciasteis únicamente vos y un sargento ebrio, que con seguridad ignoraba los motivos recónditos que os empujaban a suprimir a mi hermano,

—¡Protesto!

—Más tarde lo haréis si os damos tiempo.

—¡Sois unos miserables! —rugió el capitán.

—Te hemos juzgado y sentenciado y hasta. Traed una silla y atad a ese hombre —continuó el implacable Wassili—. Yo asumo completamente la responsabilidad de la muerte del capitán Stryloff, en mi calidad de presidente del consejo de guerra que se ha reunido para juzgar a un hombre indigno de pertenecer al ejército ruso.

Los seis marineros de la chalupa ataron al capitán los brazos a la espalda, mientras el stárosta llevaba una silla y la colocaba en el borde de la fosa.

Stryloff, viendo aquellos lúgubres preparativos, se puso extremadamente pálido. Acaso hasta aquel momento había esperado que se tratara de una comedia representada para hacerle pasar un mal rato, pero nada más.

Los seis marineros, aprovechándose de su estupor, que le paralizaba las fuerzas y la lengua, le empujaron hacia la silla, le hicieron sentar a horcajadas y le ataron al respaldo.

—¿No tiene nada que disponer, capitán Stryloff, antes de desaparecer de la superficie de la tierra? —preguntó Wassili—. ¿Querréis al menos decirnos dónde ha escondido el barón de Teriosky a Wanda, la hija de mi hermano?

—¡No tengo que decir más sino que sois unos asesinos! —gritó el capitán.

—Morirás con nuestra estimación.

—No necesito la estimación de bandidos de vuestra especie.

—Mi hermano y yo hemos sido víctimas de una intriga infernal.

—Sois unos miserables.

—¿Es vuestra ultima palabra?

—La última.

—Cúmplase la justicia de los hombres.

A una señal suya, los seis marineros se colocaron en una fila a doce metros del capitán, avanzando luego silenciosamente algunos pasos.

El capitán, que les volvía la espalda, no se había apercibido de nada. Acaso tenía esperanza todavía.

Wassili intentó aún una última tentativa.

—Capitán Stryloff —le dijo—. ¿Queréis antes de comparecer ante Dios decirnos dónde ha escondido el barón a Wanda? Es imposible que lo ignoréis.

—¡No!…

—Esa respuesta os ha perdido.

Alzó una mano.

Seis disparos de fusil retumbaron casi de pronto, formando una sola detonación.

El capitán, atado a la silla, cayó en la fosa sin lanzar un gemido.

—La justicia está hecha —dijo Wassili—. Este hombre no era un honrado oficial del ejército ruso, sino un esbirro. Dios acoja su alma.

Después, volviéndose a los forzados que habían asistido impasibles a aquella siniestra ejecución, añadió:

—Vosotros sois libres: Bedoff, entrega a estos hombres todas las armas que haya en la penitenciaría. Nosotros debemos pensar en su salvación.

El stárosta avanzó al frente.

—Señor —dijo—, ¿qué pensáis hacer de nosotros?

Si nos dejas en esta isla, no tardaremos en volver a ser aprehendidos y fusilados o aniquilados a golpes de knut.

—Ya lo sabemos, valiente —respondió Wassili—; pero la libertad requiere sus sacrificios.

—¿Qué quieres decir, señor?

—Al desembarcar aquí hemos visto un guardacostas que podría serviros para atravesar el golfo de Tartaria y refugiaros en China o en Japón. Manchuria y la isla de Yeso no están lejos. No se trata más que de conquistar ese barco, y nosotros estamos dispuestos a ayudaros con todas nuestras fuerzas.

—¿Dónde está ese guardacostas?

—Se oculta en la bahía.

—¿Tú nos dirigirás el ataque, señor?

—Mi hermano, que es hombre de mar, dirigirá el abordaje. ¿No es así Boris?

—Estoy dispuesto a exponer mi vida por la salvación de estos hombres —respondió el excomandante del Pobieda.

—Marchad y armaos —dijo Wassili.

Los forzados, que ya estaban rompiendo sus cadenas con un hacha que les dio Liwitz, el maquinista de la chalupa, siguieron a Bedoff, quien sabía mejor que nadie dónde se encontraban los revólveres, los fusiles y las municiones de la penitenciaría.

Cinco minutos después reaparecieron todos formidablemente armados.

—¿Continúan durmiendo los cosacos? —preguntó Wassili a Bedoff.

—Roncan a quien más puede señor —respondió el carcelero—. Antes de cuarenta y ocho horas, como os he dicho, no despertarán. Han empapado demasiado vodka esas esponjas vivientes.

—Entonces tenemos tiempo para tomar el guardacostas que nos deberá servir para sustraer a estos desgraciados a la venganza de los jefes de las penitenciarías. ¿Tú conoces ese buque?

—Sí, señor.

—¿Qué tripulación tiene?

—Lo más una treintena.

—¿Sabes su fondeadero nocturno?

—Se refugia siempre detrás de las escolleras de Jawine. El oleaje es siempre fuerte en estas playas y un golpe de mar puede surgir de improviso y deshacer la nave que ose afrontar las costas de esta maldita isla.

—¿Es posible una sorpresa?

—Sólo hay que atravesar un pequeño paso donde el agua llegará apenas a la cintura de un hombre.

—No creía que fueses un hombre tan útil. Tendrás doble paga de la que te había señalado tu antiguo pensionista Ursoff.

—Es usted demasiado generoso, señor.

—¿Están preparados los forzados?

—Y todos armados.

—Daremos un abordaje fulminante tan pronto como se oculte el sol.

—¿Vendrás tú con nosotros a Yeso, señor?

—No te preocupes por mí ni por mi hermano, ni por mis hombres. Japón no es nuestra meta. Tenemos negocios importantes que resolver y tenemos que ir muy lejos.

—No insisto, señor.

—No es prudente permanecer aquí. Los cosacos, a pesar de tu aserto, podrán despertar y podría llegar cualquier oficial inspector. Iremos a acampar entre los bosques de abetos y de abedules que cubren la playa; así podremos observar mejor al guardacostas y tomar nuestras disposiciones para el abordaje.

—Como queráis, señor.

—Haz que se reúnan los forzados y vámonos en seguida. No estoy tranquilo entre los muros de la penitenciaría.

Pocos minutos después todos salían al exterior, mientras la nieve, que continuaba cayendo insistente, cubría con blanco sudario los cadáveres de los cosacos y llenaba por completo la huesa en el fondo de la cual, atado a la silla, dormía para siempre el capitán.

Capítulo V. El abordaje del cañonero

Un sol pálido, privado de calor, que de cuando en cuando se ocultaba entre cándidas nubes, grávidas de nieve, lanzaba sus rayos a través de las desoladas llanuras de la isla maldita perdida en los confines del Asia habitada.

Un helado viento norte soplaba a largos intervalos, arrancando de las altas montañas del centro masas de nieve, la cual envolvía silenciosamente a los forzados, bien abrigados en sus largos capotes grises.

Bedoff, que conocía palmo a palmo el país, abría la marcha llevando bajo el brazo un fusil. Le seguían el coronel y su hermano Wassili, después los forzados, divididos en seis escuadras, precedidos por el viejo stárosta.

Delante de ellos se extendía una blanca llanura cubierta ya de más de medio metro de nieve; a sus espaldas se alzaban las montañas de la isla, perfilándose caprichosamente sobre el plúmbeo horizonte.

Reinaba un profundo silencio, interrumpido de cuando en cuando por el graznido de alguna ave.

En un cuarto de hora cruzaron la pequeña llanura, y la tropa, silenciosamente, llegó a la zona de arbolado que se extendía a lo largo de la costa y se internó en ella.

Wassili, en cuanto se encontró entre los abedules y bajo los pinos que inclinaban sus ramas por el peso de la nieve, se acercó a Bedoff, que había encendido su pipa.

—Condúceme adonde supones se haya el guardacostas —le dijo.

—Dudo que esté ahora fondeado —respondió el carcelero—; todos los días, cuando la mar no está malísima, cruza la costa desde Pagovi a Rilliavo y no regresa hasta después de puesto el sol. No oigo al mar mugir y de ello deduzco que ha salido afuera.

—No tenemos intención de asaltarlo de día —respondió Wassili—. Intentaremos un abordaje por sorpresa para que sus hombres no tengan tiempo de emplear el cañón. Por ahora me basta con conocer el lugar donde acostumbra a fondear.

—Lo conozco perfectamente, señor. Pero se necesitaría una embarcación para llegar hasta aquel buque.

—La tenemos.

—Entonces todo irá bien —respondió Bedoff lanzando al espacio una espesa nube de humo acre.

Pasaron a través de la zona de arbolado, haciendo huir a algún lobo solitario y a algunos zorros que ya habían cambiado la piel de invierno, y llegaron en poco tiempo a la costa del golfo de Tartaria, en un sitio donde surgían altísimas escolleras que formaban minúsculas ensenadas, naturales y cómodos fondeaderos para naves de poca mole y escaso puntal.

—¿Veis, señor? —dijo Bedoff a Wassili—. El lobo ha abandonado su guarida y ha vuelto a emprender su acostumbrada correría. No volverá hasta después de puesto el sol.

—No tenemos prisa —respondió el viejo—. Haz acampar a los forzados de modo que no les pueda ver desde el mar y no te ocupes de mí por ahora.

Después, volviéndose hacia Liwitz, preguntó:

—¿Tú conoces el sitio donde hemos dejado la chalupa?

—No está a más de un tiro de fusil de aquí —respondió el maquinista—. En cinco minutos estaremos de vuelta. La chalupa es de aluminio y no pesa lo que una canoa.

Wassili espero a que los forzados hubieran vivaqueado bajo las plantas y que sus hombres se hubieran alejado: después tomó por un brazo a Boris y llevándole hacia un tronco de árbol derribado por alguna tempestad y desde donde se veía el mar, le dijo:

—¿Qué piensas de todo esto, hermano?

—Me pregunto si soy presa de alguna pesadilla o si realmente he sido fusilado —respondió el excomandante del Pobieda—. Cierto es que Bedoff me había ya avisado que uno de tus hombres, preso en la penitenciaría, le había dicho que tú habías llegado aquí para salvarme, pero yo no le había prestado gran fe. Me parecía imposible que tú, que estabas sepultado en las minas de Alghasithal, hubieras logrado escaparte y venir aquí.

—Ya hace seis meses que estoy libre —dijo Wassili—. Hubiera venido antes a liberarte si no me hubiera preocupado el pensamiento de tu hija.

El rostro del excomandante del Pobieda se había alterado espantosamente,

—¡Wanda! ¡Mi Wanda!… —exclamó con voz destrozada por la emoción—. ¿Qué habrá sido de ella?

—Ya lo sabremos cuando estemos en San Petersburgo —respondió Wassili—. Hay personas que se interesan asiduamente por nuestra suerte: un capitán de cosacos y uno de los más ricos negociantes de Odesa, a quien mi amigo Ranzoff salvó en Pekín en el momento en que los chinos, por una equivocación, iban a decapitarle.

—¿Ranzoff? ¿Quién es ese hombre? —preguntó el excomandante del Pobieda con extrañeza.

—Ya creo que te he contado alguna vez, cómo en otros tiempos me había ocupado en la fabricación de una máquina aérea, destinada a anular los globos aerostáticos,

—En efecto; me parece que antes de nuestro arresto habíamos hablado algo de eso.

—Estaba estudiando asiduamente el proyecto, cuando un día, por suerte, hice el conocimiento de un ingeniero polaco a quien comuniqué mis proyectos y mis esperanzas.

«Mi arresto interrumpió mis estudios y mis experiencias, pero no las del generoso polaco en cuyo cerebro había surgido la idea de arrancarme de las minas de Alghasithal mediante la máquina voladora que íbamos a construir.

»Lo consiguió con ayuda de un valiente maquinista, ese joven que yo he llamado Liwitz, que ahora manda el pelotón de marineros, y me arrancó de la miseria de las minas aprovechándose de una afortunada combinación».

—¿Con su máquina voladora?

—Sí Boris, y es con ella precisamente con la que hemos venido aquí a salvarte a ti. El Rey del Aire, como nosotros le llamamos, es un hombre que cumple lo que ofrece.

«Ha jurado rehabilitarnos y vengarnos y no dudo de sus promesas. Con su máquina puede lograrlo todo, basta destruir todos los buques que nuestro primo el infame barón lance orgullosamente a través de los océanos.

»Será una guerra implacable que no cesará hasta que le hayamos vuelto a quitar tu hija a aquel miserable y le hayamos reducido a la última miseria».

Un relámpago terrible había brillado en los ojos del excomandante del Pobieda.

—¿Nos vengará el Rey del Aire? ¿Me devolverá mi hija? —gritó

Todo lo obtendremos por él, Boris, y por sus dos amigos que ahora trabajan en San Petersburgo para proporcionarnos a nuestro retorno preciosos informes Sobre nuestro primo y Wanda.

—¿Dónde está ese hombre extraordinario? ¡Házmelo ver Wassili!

El viejo levantó la vista y a través del desgarrón del bosque apuntó con el dedo a su hermano Boris un punto brillante que iba a desaparecer entre las nubes cargadas de nieve.

—¿Lo ves? Está allí arriba y vela sobre nosotros sin perder de vista las costas de la isla. Si él quisiera, con una de sus formidables bombas de aire líquido haría esta noche saltar al guardacostas y a todos los que lo tripulan y nos abriría el camino para unirnos a él Pero tenemos que pensar en poner a salvo a todos estos desgraciados que han impedido tu fusilamiento y hay que proporionarles los medios necesarios para llegar a Japón o a China.

—Sería una inhumanidad dejarles aquí a merced de ellos mismos, en esta tierra que no produce más que nieve —respondió Boris, que miraba fijamente al punto brillante que desaparecía entre las nubes. ¡Es maravilloso! ¿Cómo será esa máquina?

—Una verdadera obra maestra de mecánica, hermano —respondió Wassili. Ese hombre ha vencido con su portentoso descubrimiento a los globos, los albatros, las águilas y al cóndor. Ni siquiera las ágiles fragatas marinas podrían competir con el Gavilán… ¿Sabes que en cinco o seis días podremos con esa máquina atravesar toda Siberia y caer sobre las orillas del Neva?

—Es imposible.

—Ya lo verás, Boris.

—¿No sabe el mundo nada del descubrimiento de esta maravillosa navegación?

—Se habla de ello con vaguedad, porque el Gavilan ha sido visto aquí y allá, en América, en Asía y hasta en Europa, pero nadie ha podido saber de qué se trata.

Se ha supuesto incluso que era un pájaro gigantesco de dimensiones extraordinarias, de aquellos que surcaban los aires antes del diluvio universal.

—¿Y nos recogerá esa máquina?

—No tengo más que hacer una señal con un cohete.

—¿Y el Rey del Aire descenderá hasta nosotros?

—Nos recogerá a flor de agua —respondió Wassili.

—¿Y en San Petersburgo podremos saber lo que ha sido de mi Wanda? —preguntó el coronel con extremada emoción.

—Los hombres que el caballero ha salvado y que ha ido a recoger a Odesa trabajan por ti y por mí,

—¡Oh! ¡Si pudiera un día vengarme del barón y quitarle a mi hija!

—Tendremos una y otra alegría —dijo Wassili—. Respondo yo de todo.

—¿Estará aún Teriosky en San Petersburgo?

—Sobre eso tengo mis dudas. Ya sabes que ese miserable es uno de los más poderosos armadores de Rusia y que sus cincuenta buques surcan todos los mares del globo. Pero por el capitán Rokoff y por Mitenko o por el presidente de la gaida de los Hoolyganis lo sabremos.

—¿Qué tiene que ver en nuestros asuntos ese presidente de los depravados y de los ladrones más inmundos de la capital? ¿No estamos acusados de formar parte de esa sociedad secreta de malhechores?

—Es cierto; Teriosky ha tenido ese valor.

—Y los Hoolyganis nos ayudarán para demostrar ante todo que nunca hemos sido miembros de esa asociación de ladrones, porque en sus filas no admiten gente honrada, y para recompensarnos en cierto modo de lo que liemos debido sufrir por la infame acusación.

—Hermano, será una lucha sin cuartel la que emprenderemos contra aquel miserable —dijo el excomandante del Pobieda.

—Una lucha terrible que no deberá cesar sino con la muerte de aquel bribón —respondió Wassili con voz profunda—. Me pagará todos los tormentos y angustias que yo he pasado en el fondo de las tétricas minas de Alghasithal.

Un concierto de agudos ladridos interrumpió la conversación.

Wassili y Boris se levantaron.

—¿Los rusos? —preguntó el primero.

También los forzados, que estaban acampados a corta distancia bajo los pinos y los abedules, reclinados los unos sobre los otros, esperando impasibles el momento de abordar al guardacostas, se habían puesto en pie con las armas en la mano, observando atentamente el bosque.

—No os dejéis ver —dijo Bedoff—, son los ainos que pescan con sus perros. Esos pobres diablos no nos molestarán y hasta podremos lograr de ellos un buen almuerzo… Coronel, señor Wassili, si no os desagrada, seguidme, porque acaso podamos obtener útiles noticias sobre el guardacostas. Que los demás no se muevan; es mejor que los salvajes no les vean.

Cogieron sus fusiles, aunque no hubiera nada que temer por parte de aquellos isleños, que siempre han sido completamente inofensivos, y se dirigieron a la playa, no sin tomar algunas precauciones.

Entre las rocas que coronaban la orilla, se habían reunido diez o doce individuos de color amarillo oscuro, ojos oblicuos como los chinos y japoneses, con largas barbas incultas, vestidos con pieles de foca y de oso blanco, sucios y hedientes como bestias salvajes.

Eran indígenas de la isla, tipos extraños que parecen ser los antepasados de los modernos japoneses y que han conservado pura, a través de los siglos, su poco envidiable raza.

Iban acompañados de tres o cuatro docenas de grandes canes, de pelo larguísimo y cabeza de zorro.

Al ver aparecer a los tres extranjeros armados de fusiles, blandieron sus picas, pero una seña amistosa de Bedoff les tranquilizó en seguida.

—La pesca es libre en estas playas —añadió en seguida el carcelero—. Nosotros, no sólo no os molestaremos, sino que os compraremos el fruto de vuestra cacería. Solamente deseo hablar algunas palabras con vuestro jefe.

Un anciano aino que en aquel momento medía la profundidad del agua con el asta de su pica, barbudo hasta casi los ojos, después de titubear un momento, se dirigió a Bedoff, caminando encorvado en señal de respeto.

—Como veis por mi uniforme —les dijo Bedoff, que hablaba correctamente el antiguo idioma japonés—, soy el guardián de una penitenciaría. He venido aquí para comunicar una noticia a aquel animal negro que echa humo y que todas las noches viene aquí a dormir. ¿Tú le has visto?

—Sí —respondió el jefe de los pescadores—. Se ha marchado mar afuera antes de que saliera el sol.

—¿Ha ido hacia el norte o hacia el sur?

—Hacia el norte.

—No necesito que me digas más: continúa tu pesca.

Los perros se habían ya arrojado al agua ladrando alegremente y nadando como nutrías.

Hábilmente adiestrados para aquel extraño género de pesca, avanzaron formando dos columnas separadas, mientras sus amos estaban indolentemente tumbados sobre las rocas, esperando el momento oportuno para entrar en acción.

Los isleños de Sajalin, de igual modo que los habitantes de la Tierra de Fuego, no conocen el empleo de las redes o, si no lo ignoran, al menos no se sirven de ellas.

Bastantes son para ellos los perros, y los resultados que obtienen son tan maravillosos, que llenan de asombro a los más hábiles pescadores rusos. Se comprende que son animales de una raza especial, que no viven más que de peces, siendo muy pobre la fauna de Sajalin.

El modo de trabajar aquellos pescadores de cuatro patas es curiosísimo.

A una primera señal de sus amos, se lanzan al agua, nadando en línea recta y en dos hileras separadas.

A otra señal, que consiste en un grito agudo lanzado por todos los ainos que se encuentran presentes en la pesca, los canes de la columna de la derecha convergen hacia la izquierda y los de ésta hacia la derecha, hasta que las cabezas de las dos hileras se juntan.

Dando entonces una tercera señal, los perros hacen frente con rapidez hacia la playa, describiendo un semicírculo que va disminuyendo sin cesar. Cuando están ya próximos a la tierra, es fácil percibir dentro del agua, que en casi todas partes alrededor de la isla es poco profunda, una gran cantidad de peces que las filas de perros nadadores han espantado y que, empujados por ellos, huyen extraviados hacia la playa.

Los perros, habituados a aquella maniobra, no hacen más que zambullirse, y rápidos como flechas, cada uno aferra su presa, que deposita a los pies de su amo.

La recompensa que espera a los valientes animales, consiste en la cabeza del pez capturado, la cual se apresuran a devorar con avidez, pues siempre están hambrientos.

Bedoff, Wassili y el excomandante del Pobieda esperaron la primera batida, que fue, como siempre, abundantísima, adquirieron una gran parte de ella por algunos puñados de kopeks, reparando así la imprudencia de haber dejado la penitenciaría sin proveerse de víveres, y volvieron al campamento, cargados como mulos, mientras los ainos continuaban sus ojeos a lo largo de la costa de la pequeña bahía.

Durante la jornada, constantemente ventosa y nevosa, se percibió dos veces entre las nubes el punto brillante, no advertido más que por Wassili y Boris y los hombres de la chalupa.

La máquina voladora cruzaba sobre la costa, dirigiéndose unas veces a tierra y otras alejándose en espera de la señal para descender y recoger la chalupa. Por la noche, algunas horas después de la puesta del sol, la columna se puso en marcha para sorprender al guardacostas, que ya debía haber regresado a su fondeadero acostumbrado.

Los marineros llevaban la chalupa, que podía serles necesaria para llegar más fácilmente al abordaje.

Apenas habían atravesado el bosque de pinos y abedules cuando Bedoff, que abría la marcha por conocer el terreno mejor que los demás, se detuvo diciendo:

—¡Helo ahí!

—¿Quién? —preguntaron a una Wassili y Boris.

—El guardacostas. Aún no está parado y ejecuta alguna maniobra misteriosa alrededor de la escollera.

—Arrojaos todos a tierra y no moveos hasta que yo lo ordene —dijo Wassili a los forzados.

Tres puntos luminosos brillaban sobre el mar, más allá de la línea formada por las escolleras que sirven de barrera a las olas en el estrecho de Tartaria; uno blanco en alto y, más abajo, uno rojo y otro verde.

—Es el mismo, precisamente —dijo Wassili—. ¿Qué crees que hace, hermano?

—Explora —respondió el coronel—. Se diría que busca alguna cosa.

—Ahora comprendo —dijo Wassili—. Alguien debe de haber avisado a la tripulación de que ayer había aquí una chalupa: la mía.

—Y la busca —añadió Boris.

—¿Qué aconsejas que haga? ¿Asaltarlo en seguida?

El coronel observó las escolleras que se destacaban claramente sobre el mar tenebroso, estando todo cubierto de nieve; después preguntó:

—¿Cuántos hombres puede embarcar tu chalupa?

—Una docena.

—Embarca los mejores y a los demás hazles tomar posiciones entre los escollos. Serán fáciles de alcanzar.

—¿No nos verán?

—Las rocas son bastante más altas que el buque. Yo tomaré el mando de la embarcación.

—¿No serán poco doce?

—Bastarán para un ataque por sorpresa, y además, ¿no estarán ahí los otros para apoyarnos con un buen fuego de fusilería? La tripulación de ese barco no tendrá tiempo de descargar más de una vez su cañón… Adelante, despachemos; los cosacos podrían despertar y atacarnos por la espalda.

—Es verdad —respondió Wassili—. Me había olvidado de aquellos borrachones.

Volvió atrás e hizo avanzar a doce hombres, entre los cuales estaban los seis marineros que llevaban la chalupa.

El coronel les revistó rápidamente, después hizo botar al agua la embarcación, mientras el buque continuaba su exploración, pasando y repasando ante las escolleras.

—¿Qué tengo yo que hacer? —preguntó Wassili a Boris, mientras los doce hombres se embarcaban sin producir el menor ruido.

—Intenta hacer que los demás ganen la escollera. El agua está baja aquí, y un baño, aunque helado, no hará daño a estos galeotes acostumbrados ya a los grandes fríos. Acaso no tendremos necesidad de vuestra ayuda porque intentaremos dar el golpe por sorpresa. Adiós, hermano.

Saltó con ligereza a la chalupa y tomó la barra del timón, mientras la máquina misteriosa, puesta en movimiento por Liwitz, comenzaba a funcionar sin producir rumor alguno.

Poco a poco —ordenó Boris al maquinista—. Estas escolleras que surgen aquí son todas peligrosas.

En aquel momento los tres puntos luminosos que se destacaban vivamente sobre el fondo oscurísimo del cielo, cubierto siempre de grandes nubes cargadas de nieve, habían cambiado de situación, moviéndose lentamente de mediodía a septentrión.

El guardacostas, a lo que parecía, no se había decidido aún a dar fondo a sus anclas y continuaba explorando, con una obstinación que azoraba a la tripulación de la chalupa, el espacio de agua entre la escollera y la lengua de tierra que protegía de las furias del océano la pequeña bahía.

Sin duda, algún grave motivo impulsaba al comandante de aquel buque a recorrer un espacio tan limitado mientras había tantas ensenadas que guardar. Seguramente alguien debía de haberle avisado de la presencia de la pequeña chalupa llegada de lejos.

—Estemos en guardia —murmuró el coronel que ni por un momento perdía de vista los tres puntos luminosos—. Si lanza un haz de luz eléctrica, podría descubrirnos, y ahora estamos bajo la acción de su cañón. La chalupa, en tanto, continuaba se marcha a poca velocidad hacia la gran escollera. Todos los hombres llevaban el fusil en la mano esperando una alarma de un momento a otro.

Después de un brevísimo respiro en una pequeñísima ensenada, volvió a emprender la marcha adelante para rodear la escollera y sorprender al guardacostas por la popa.

La resaca era realmente fuerte en aquel sitio y sacudía vivamente la ligera embarcación, ora alzándola, ora arrojándola violentamente en lo profundo. Las olas que llegaban de afuera se precipitaban en la bahía con un estruendo ensordecedor y monótono, formando una amplia faja de espuma que brillaba vivamente en medio de aquella oscuridad profunda.

Los tres puntos luminosos habían virado de bordo y parecía que en aquel momento se dirigían a la salida de la bahía, donde se alzaba en medio del canal de salida una altísima roca cortada a pico sobre el mar.

Pero el rojo y el verde se veían tan bajos, que parecía como si rozasen las olas.

También el farol blanco que primero parecía tan alto, había descendido considerablemente.

—Señor Boris —dijo de pronto Liwitz que se había colocado a proa para observar mejor los movimientos de la nave—. Hemos tomado gato por liebre.

—¿Qué quieres decir? —preguntó el coronel.

—Que el barco que tenemos delante no es el guardacostas de ayer. Es un torpedero, señor.

—Lo había sospechado —respondió Boris—. Las luces están demasiado bajas.

—¿Y el guardacostas? ¿Explorará mar afuera, señor? Me parece que nuestra empresa comienza a complicarse.

—¿Y por qué, amigo?

—¿Y si se presenta en lo mejor del abordaje?

—Le cañonearíamos con la pieza del torpedero: eso sería todo.

—¡Qué demonio de hombre! —murmuró Liwitz—. Vale tanto como el señor Wassili.

—¡Alto! —dijo en aquel momento el marinero de punta—. Hay escollos por todas partes a nuestro alrededor y la costa está cortada a pico.

—Y la resaca es fuerte —añadió otro.

Boris se levantó para examinar la escollera y pronto pudo ver que los marineros de la chalupa habían visto bien.

Las olas que llegaban de afuera se estrellaban con furor contra una multitud de escollitos agudos como puntas de peines, saltando y retrocediendo con formidables mugidos. Impulsar la chalupa al medio de aquellos obstáculos era como exponerse a una pérdida casi segura.

—Es preciso rodear la escollera —murmuró Boris—. Con tal de que no enciendan el foco eléctrico, todo irá bien.

Se inclinó hacia Liwitz, que estaba cerca de la misteriosa máquina regulando las válvulas.

—Acelera —le dijo—. Avanzaremos rectos sobre el torpedero, porque me parece que por último se ha decidido a dar fondo.

Después, volviéndose hacía los marineros y los forzados, añadió:

—¡Preparaos: vamos a abordar!

—Estamos preparados —respondieron todos, empuñando los fusiles.

Bajo poderosos golpes de la hélice, la chalupa avanzaba rapidísima, rodeando la escollera.

El fragor producido por las olas rompiendo sobre el fondo de la bahía ahogaba el ruido de la hélice, mientras la profunda oscuridad, hecha más espesa por la masa de vapores que el viento polar empujaba el sur impetuosamente, ocultaba la chalupa, haciéndola invisible para los hombres de guardia en el torpedero.

A quinientos pasos del pequeño buque que al fin había fondeado del otro lado del escollo, el excomandante del Pobieda volvió a levantarse empujando en su siniestra un revólver de grueso calibre.

—¿Estamos, amigos? —susurró—. ¡Prepárelos a saltar sobre el puente!

La ballenera, hábilmente guiada, abordó al torpedero por la popa, del lado donde estaba emplazado el cañón sobre su plataforma baja, y en un relámpago, marineros y forzados invadieron la cubierta apuntando con sus fusiles y gritando desgarradamente.

—¡Quietos todos, o hacemos fuego!

Capítulo VI. El Gavilán

En el momento en que los asaltantes iniciaban el abordaje tan audazmente, los hombres del torpedero estaban dando fondo al ancla.

Al oír aquel grito, el comandante, un joven capitán de navío, se precipitó hacia la popa con el sable desenvainado, creyendo que era cuestión de alguna banda de ainos malamante armada y a los que esperaba volver a arrojar al mar con algunos bastonazos bien asestados.

Al ver saltar por encima del coronamiento de popa a todos aquellos hombres armados de fusiles, quedó tan sorprendido, que por algunos instantes perdió el habla.

Los marineros y los forzados se aprovecharon de aquel momento para apoderarse del cañón de la plataforma de popa, que seguramente estaba cargado, y volverlo hacia proa, donde aún estaba reunida la tripulación, ocupada en hacer correr las cadenas de las anclas por los escobenes.

Boris apuntó en seguida con su revólver al capitán del torpedero, diciéndole fríamente:

—¡Ríndase o le mato!

—¿Quién es usted? —preguntó el capitán, recuperando su sangre fría—; seguramente no es un aino.

Boris, en vez de responder, se volvió hacia Liwitz:

—Toma cuatro hombres y ocupa la máquina —elijo—. El barco debe permanecer bajo presión.

Después, mirando al oficial y descubriéndose con la izquierda, le dijo con exquisita cortesía:

—Me ha preguntado usted quién soy. Soy su superior, el excomandante del acorazado Pobieda, barco bien conocido de la marina rusa.

—¡Cállate! —exclamó el oficial, haciendo un gesto de desprecio—. ¡Tú bromeas!… Todavía llevas el uniforme de los forzados.

—Nunca he tenido costumbre de chancear —respondió Boris en tono comedido.

—Tú no eres más que un bribón audaz. Despeja de aquí o te haré arrestar y fusilar.

—¿Arrestar? ¿Por quién?

—Por los cosacos de la penitenciaría.

—A estas horas están durmiendo —respondió Boris con ironía.

—Pero mis marineros están aún despiertos.

—Que avancen y los fusilaremos como a zorras blancas.

El capitán alzó el sable, gritando:

—¡A mí, muchachos!… ¡Arrojemos al mar a estos bribones!

Los marineros del torpedero, a aquella orden se lanzaron a la carrera por la cubierta armados de hachas, espeques y palancas de hierro, las primeras armas que encontraron a mano, creyendo poder dar cuenta fácilmente de aquel grupo de desesperados.

Boris, al que nada se le escapaba inadvertido, dio a su vez una voz de mando seca:

—¡Preparados!

Los seis marineros y los galeotes, con movimiento fulmíneo, se colocaron a derecha e izquierda del coronel, apuntando sus fusiles.

—¿Queréis haceros fusilar? —preguntó Boris—. Mis hombres están dispuestos a mandaros al otro mundo, muchachos, y os aseguro que sus fusiles no tienen bombones en la recámara.

Aquellas palabras detuvieron de golpe el impulso de los marineros del torpedero.

Los catorce fusiles apuntando, dispuestos a hacer fuego, y la pieza de artillería ya girada hacia la cubierta y pronta a vomitar acaso una granizada espantosa de metralla, produjeron aquel efecto.

—Y bien, capitán, ¿por qué se han detenido sus hombres? —preguntó Boris, siempre irónico—. Este era el momento de arrojarlos sobre nosotros y tirarnos al mar… Le advierto, sin embargo, que a lo largo de la playa tengo aún más de ochenta fusiles dispuestos a abrir fuego contra este barco.

Una blasfemia se escapó de los labios del capitán del torpedero.

—En fin, ¿qué desea usted de mí? —preguntó apretando los dientes.

—Ya se lo he dicho; que se rinda. Somos hombres generosos y no les haremos ningún daño. No sufrirán ustedes más molestia que la de embarcar en las dos chalupas que veo suspendidas en los pescantes de babor y estribor, y dirigirse a tierra juntamente con su tripulación.

—¿Y entregaros el barco?

—Sí; ya que no estáis en condiciones de defenderlo. ¿Quiere usted intentarlo? Nosotros estamos dispuestos a aceptar la lucha. Pero no respondo del éxito, al menos por parte de usted.

—¡Te burlas de mí!… —rugió el capitán.

—Al excomandante del Pobieda nadie ha osado aún tratarle de tú, mi querido señor… Pero ahora no tengo tiempo para ocuparme en esas pequeñeces. U os rendís inmediatamente o les barreré a usted y a su tripulación. ¡Abajo las armas y despejad!

—Poco a poco, bribón, porque tengo treinta hombres conmigo.

—¡Llamadme comandante! —gritó Boris con voz airada.

—¡No, bribón!

—¡Abajo, amigos!

Los catorce hombres de la ballenera se lanzaron sobre los marineros del torpedero, mirándoles a la cara y gritando:

—¡Abajo las armas, o disparamos!

El capitán, que se había provisto de un revólver, apuntó contra Boris, pero éste, que estaba en guardia, estuvo pronto a adelantársele.

Resonó un disparo, seguido al momento por otro, y el capitán cayó.

Sus hombres, asustados, dejaron las hachas, los espeques y las palancas de hierro, armas absolutamente inútiles contra los fusiles de retrocarga de los marineros de la chalupa y de los forzados.

—¿Os rendís? —preguntó Boris.

—Estamos en sus manos, señor —dijo el contramaestre, adelantándose—. Pedimos únicamente que se nos respete la vida.

—Botad al agua las dos chalupas del torpedero, embarcad vuestros equipajes si queréis, porque nosotros no somos vulgares bandidos como creía vuestro comandante, y alcanzad la costa. Nadie os molestará.

—Gracias, señor —respondió el contramaestre, no poco sorprendido con aquella inesperada generosidad.

Las dos chalupas fueron pronto puestas a flote y los treinta hombres del torpedero, después de arriar el cadáver de su comandante, se embarcaron, dirigiéndose rápidamente a la playa.

En aquel momento aparecieron sobre la escollera los forzados, dirigidos por Wassili y por Bedoff. Habían cruzado el canal, pasando sobre algunos bancos de arena que habían descubierto, y habían tomado tierra trente al torpedero para apoyar el ataque en caso necesario.

—Liwitz —dijo Boris al maquinista, que había vuelto a cubierta—. Ve a recoger a mi hermano y a sus hombres.

—Y que lo haga pronto —dijo uno de los forzados, que se había izado hasta la pequeña cofa del árbol.

—¿Por qué? —preguntó Boris.

—Ves los puntos negros que corren sobre la nieve de la llanura.

—¿Acaso lobos?

—Más probable es que sean los cosacos de la penitenciaria, señor. A estas horas se habrán evaporado ya los humos de la vodka a través de sus cráneos.

—Les ametrallaremos si quieren asaltarnos —respondió el coronel—. Despachad, Liwitz vosotros estad preparados para rechazar el ataque.

También los forzados que ocupaban el escollo debían de haber advertido alguna cosa, porque algunos de ellos habían comenzado a escalar rápidamente las rocas, tomando posiciones detrás de las puntas extremas.

La ballenera se alejó pronto, tripulada por el maquinista y dos marineros.

Boris, a todo evento, había hecho apuntar el cañón hacia la playa, tomando por blanco las dos chalupas que los marineros del torpedero habían abandonado cerca de la costa

—¡Hermano! —gritó, cuando vio que todo estaba dispuesto para una vigorosa resistencia—. ¿Qué sucede ahora?

—Parece que se aproximan los cosacos —respondió Wassili—. Hay hombres que corren por la llanura.

—Piensa en embarcar cuanto antes a tus hombres, hermano, no te ocupes de los cosacos, que ya nos ocuparemos nosotros.

Subió por la escala de palo, llegó a la cofa y dirigió sus miradas por la blanca llanura.

Aunque a lo largo de la costa se extendía una espesa llanura de abedules, de pequeños pinos, desde aquella altura pudo distinguir perfectamente varios puntos negros que se destacaban claramente sobre la blanca sábana y que se movían rápidamente

—Sí; deben de ser cosacos —murmuró—. Pero están aún muy lejos y no llegarán a tiempo.

El embarque había comenzado, pero no pudiendo la ballenera llevar más de catorce o quince personas a rada vez la operación requería bastante tiempo.

En las dos chalupas abandonadas sobre la costa por los marineros del torpedero, se había que pensar, porque estaban muy lejos de la escollera. Y, además, probablemente las habrían inutilizado para que no se apoderaran de ellas los ainos.

El segundo grupo de forzados había ya llegado al torpedero, cuando resonaron algunos tiros en lontananza.

Los cosacos, que debían de haberse encontrado con los marineros rusos, habían abierto fuego a larga distancia, apuntado sobre todo a la colina. Seguramente estaban enfurecidos por la jugarreta de Bedoff y no pensaban más que en tomarse una estrepitosa revancha para evitar el comparecer ante un consejo de guerra.

El sargento sobre todo, debía de estar más furioso que un tigre, porque estaban en peligro sus galones fatigosamente ganados quién sabe con cuántos años de servicio.

—Esperemos a que aparezcan entre las plantas —murmuró el coronel descendiendo rápidamente y acercándose al cañón. Somos bastantes y la máquina está bajo presión.

La fusilería se oía de momento en momento mas rumorosa. Los cosacos no economizaban cartuchos, pero sin éxito, porque los forzados que ocupaban la escollera en espera de que sus compañeros transbordasen al torpedero, se guardaban bien de mostrarse.

Había vuelto la ballenera a bordo del torpedero por quinta vez cargada hasta casi hundirse, cuando los cosacos, después de una carrera desenfrenada, llegaron a la linde de la zona de arbolado, abriendo un fuego infernal contra el torpedero y contra el escollo.

Entre ellos estaban también los marineros desembarcados poco antes y que debían de estar impacientes también por tomarse el desquite.

—Este es el momento de dar nosotros también fe de vida —dijo Boris inclinándose sobre la pieza y cogiendo el tirafrictor.

El monstruo de bronce retumbó con un estruendo ensordecedor que repercutió largamente entre los escollos, seguido inmediatamente por nutridas descargas de fusilería.

Los cosacos, barridos por la metralla, se refugiaron precipitadamente en el bosque, aullando ferozmente y dejando algunos muertos o heridos sobre la nieve.

—Sostened el fuego, amigos —mandó Boris, mientras los marineros de la ballenera volvían a cargar precipitadamente la pieza. No pido más que diez minutos y después vuestra libertad está asegurada.

No era verdaderamente necesario estimular a los forzados, porque habían probado bastante la nagaika de los salvajes hijos de las estepas del Don, para no vengarse.

En pie sobre la amura como para demostrar a sus antiguos esbirros cuánto les despreciaban, habían abierto un soberbio fuego por descargas, rápido, batiendo todo el frente de la zona arbolada.

De cuando en cuando un cañonazo disparado por el excomandante del Pobieda apoyaba gallardamente sus descargas, destrozando allá y acullá abetos, pinos y alerces.

Los cosacos, escondidos tras los troncos de los árboles, respondían a la casualidad, sin atreverse a avanzar. La metralla, que barría la playa, era demasiado indigesta hasta para los indómitos guerreros de las estepas.

En tanto, continuaba rápidamente el embarque bajo la dirección de Wassili, sin perder ningún hombre, por estar la escollera demasiado elevada para ser batida por los proyectiles enemigos en el lugar donde se efectuaba el transbordo.

A media noche, la chalupa llegaba por última vez al torpedero, sin haber perdido ni un solo hombre.

—¡Levad las anclas! —mandó Boris, descargando una última rociada de metralla sobre la costa.

En un relámpago las dos anclas fueron arrancadas del fondo, y el torpedero, bajo una verdadera granizada de balas (porque los cosacos, viendo escapárseles la presa, habían vuelto a la playa), se movió velozmente hacia la boca de la pequeña bahía, remolcando la chalupa.

Iba a pasar la barra, cuando se percibió en lo alto, entre las nubes, un relámpago rojizo que se deshizo en una miríada de chispas.

—¡El Gavilán! —dijo Wassili a Boris—. Ranzoff debe de estar algo intranquilo oyendo este cañoneo.

—¿Respondes a sus señales?

—Todavía no. No quiero que esta gente sepa cómo hemos llegado aquí ni cómo nos marchamos.

—También habrán notado el relámpago. Observa como todos miran a lo alto.

—Puede ser un bólido —respondió Wassili, encogiéndose de hombros—. ¿Quién va a sospechar que ahí arriba hay una máquina voladora? El secreto ha sido muy bien guardado y nadie sabe nada en Rusia ni en Siberia. Dentro de poco nos separaremos de estos forzados y probablemente ya no les veremos más. ¿Crees que lograrán salvarse?

—Yeso no está lejana, y en diez o doce horas se encontrarán a salvo sobre las costas japonesas —respondió Boris—. Sólo tienen que atravesar el estrecho de La Perouse.

—¿No serán molestados?

—Ya he pensado en todo.

El torpedero se alejaba rápidamente sin ocuparse en responder al fuego de los cosacos, que la distancia hacía ya completamente ineficaz.

Aunque era una vieja carraca, se mantenía bastante bien en el mar y su máquina no funcionaba del todo mal bajo la dirección de Liwitz y de algunos forzados que parecían tener alguna práctica.

A cinco millas de la costa, Boris, después de convencerse de que ningún buque se percibía en lo que alcanzaba la vista, ordenó detenerse.

Había llegado el momento de la separación. Ya un segundo relámpago, esta vez azulado, había aparecido en el cielo, dejando caer otra nube de chispas.

El capitán del Gavilán, intranquilo por el largo silencio, pedía con insistencia una respuesta a sus señales.

Wassili hizo reunirse sobre cubierta a todos los forzados, después mandó dos marineros a la ballenera que les seguía a remolque, los cuales a poco regresaron cargados con dos pequeños sacos.

—Amigos —dijo el viejo, volviéndose a los políticos—, mi misión está cumplida y tenemos que dejaros.

Entre los forzados hubo un vivo movimiento de sorpresa y de emoción.

—¿Cómo nos abandonarás, señor? —preguntó el stárosta.

—Es un secreto que no me pertenece y, por tanto, no lo puedo revelar. Tú dirigirás el barco hacia la tierra más próxima y desembarcarás a tus compañeros. Debéis preferir el Japón a China; allí, al menos, estaréis más seguros. En este saco hay cincuenta mil rublos, que os repartiréis y que servirán para que sufraguéis los primeros gastos; el otro le pertenece a Bedoff.

—¿Y de este barco, qué debemos hacer?

—Abandonarlo sobre la costa —dijo Boris. adelantándose—. No intentéis venderlo, porque en tal caso seríais tratados como piratas, y no respondo de las consecuencias.

—Haremos lo que mandéis, señor —respondió el stárosta.

—Liwitz, atraca la chalupa —gritó Wassili.

La ballenera fue atracada bajo la popa del torpedero, y los seis marineros, Wassili y Boris, descendieron a ella, mientras los forzados les tendían los brazos y lloraban de emoción.

—Adiós, amigos; sed felices sobre la tierra de la libertad —gritó Wassili.

Un grito se elevó de la toldilla del pequeño buque:

—¡Gracias!

De pronto cortaron el cabo, y la ballenera, impulsada adelante por su misteriosa máquina, que le imprimía una velocidad completamente desconocida, se deslizó sobre las ondas del golfo de Tartaria con la velocidad de una flecha, dejando tras sí una estela blanquísima.

Wassili miraba al espacio, pero la oscuridad era tan profunda, que no se distinguía la máquina voladora.

—No debe de estar muy alejado el Gavilán —dijo a Boris, que mantenía el timón con mano firme—. Esperemos que el torpedero esté más alejado y entonces contestaremos.

—Estoy impaciente por ver esa máquina maravillosa.

—Quedarás asombrado. ¿Qué son en comparación suya los globos más o menos dirigibles? Cascajos dignos apenas de ser relegados a los museos como recuerdo de tiempos pasados,

—¿No corremos el peligro de dar un barquinazo?

—Yo he atravesado en el Gavilán, en compañía del capitán de cosacos y del comerciante de té de Odesa, todo el Asia, desde la Siberia a la desembocadura del Ganges, y nunca hemos sufrido una caída, aunque al atravesar el Tibet nos ocurrieron emocionantes aventuras. Enfilaremos a gran velocidad hacia Europa y dentro de cinco o seis días saludaremos las aguas del Neva.

—Pues, ¿qué motor posee esa máquina?

—Un motor de potencia todavía desconocida, de una economía extraordinaria, porque la fuerza la produce exclusivamente el aire líquido, materia que, como puedes comprender, se encuentra en todas partes.

—Efectivamente, he oído hablar de las maravillas del aire líquido —dijo Boris.

—Ya verás cómo ese genio de Ranzoff ha sabido aplicarlo a su motor. Estamos bastante alejados del torpedero y no se distingue ya. Podemos hacer la señal.

Levantó del fondo de la chalupa una pequeña tapa de aluminio y sacó un envoltorio cubierto con una tela embreada.

—¿Qué es eso? —preguntó Boris.

—Un sencillo cohete —respondo Wassili.

Desenvolvió la tela, se aseguró de que no estaba húmedo, después encendió un fósforo de madera y con él le prendió fuego, haciéndolo subir altísimo hacia el cielo tenebroso.

Estalló a dos o trescientos metros sobre la chalupa, que en aquel momento estaba parada, con una detonación seca, dejando caer una lluvia de chispas azuladas del más hermoso efecto.

Un momento después, entre las nubes, aparecía un chorro de luz pura azulada.

—Han contestado; ya vienen —dijo Wassili.

Después, volviéndose hacia los marineros, que parecían esperar órdenes, añadió:

—Preparad los pescantes: dentro de pocos minutos estaremos sobre el Gavilán.

Una masa negra descendía del cielo, agitando rápidamente dos inmensas alas y llevando a lo largo de sus flancos y dispuestos en sentido horizontal, dos traveses de dimensiones gigantescas.

Parecía un enorme pájaro de una estructura nueva, descendiendo sobre el mar.

—¡Es maravilloso! —murmuraba Boris, que no apartaba sus miradas ni un momento del Gavilán, el cual aumentaba de tamaño a ojos vistas—. ¿Ha logrado Ranzoff arrancar a las aves el secreto de su vertiginosa dirección?

—No te asombres tan pronto —dijo Wassili—. Ya verás más maravillas cuando volemos por encima de Siberia con la velocidad del cóndor o del águila. Preparaos, amigos; enganchad fuerte la chalupa.

La máquina voladora había descendido sobre el mar y avanzaba hacia la chalupa rozando apenas las aguas.

Llegada a diez o doce metros, se paró casi de pronto, dejando caer las enormes alas y los traveses y se acostó dulcemente sobre el agua, dejándose mecer por los pequeños caballones que avanzaban a través del golfo de Tartaria.

Parecía un pequeño navío al pairo, en espera de un golpe de viento favorable para reanudar su carrera, teniendo su parte principal o vital la forma de un huso larguísimo, redondeado en la parte inferior y en condiciones de maniobrar perfectamente sobre las aguas.

La ballenera, empujada adelante, abordó al Gavilán por proa, asegurando los pescantes a robustas anillas.

—Sube, hermano —dijo Wassili que parecía contento por la sorpresa que había invadido al coronel—. Te encontrarás tan seguro como a bordo del Pobieda. Supón que es un acorazado volador de dimensiones más modestas, pero no menos formidablemente armado e infinitamente más veloz.

Un hombre que sostenía en la mano una lámpara de magnesio que lanzaba un intenso haz de luz, apareció sobre el castillo de proa de la máquina voladora, diciendo:

—Buenas noches, señor Wassili, o mejor, buenos días, porque ya es muy tarde. ¿Ha salido bien la comisión?

—Le traigo aquí a mi hermano.

—Al cual tendré mucho gusto en saludar, señor Wassili.

El hombre que así hablaba era un hermoso tipo, de estatura alta y formas elegantes, con la piel ligeramente bronceada, con dos ojos negrísimos y llenos de esplendor y una barbita negra peinada con gran cuidado y recortada a la americana.

Iba vestido completamente de fuerte franela blanca con una faja roja que le ceñía el talle, y calzaba altas botas de piel negra.

—El señor Boris, excomandante del Pobieda —dijo éste extendiendo la mano.

—Muy contento de veros, señor, y de hospedaros en el Gavilán. Ya era tiempo de arrancaros de aquel infierno.

—¿Es usted el señor Ranzoff, el constructor de este maravilloso ingenio? ¿Es cierto? —respondió Boris, estrechándole afectuosamente la diestra.

—Un hombre extraordinario, hermano —dijo Wassili—. Ya tendrás las pruebas.

—No me alabéis demasiado amigo —respondió el capitán del Gavilán, riendo—. Soy un hombre como cualquier otro y que…

Un grito lanzado por uno de los marineros de guardia, que estaba asegurando la chalupa, le interrumpió:

—¡En guardia!…

En el mismo momento un relámpago rompió las tinieblas, seguido de una fortísima detonación y del zumbido metálico de un proyectil.

—¡Ah!… ¡Bribones! —exclamó el capitán del Gavilán, dando un salto atrás—. ¡No me esperaba esta sorpresa!

—Es el maldito guardacostas —gritó Wassili.

—¡Liwitz! ¡A la máquina! —mandó Ranzoff.

El maquinista, en un salto, atravesó el pequeño puente, desapareciendo en un oscuro hueco.

—¿Está la ballenera asegurada? —preguntó Ranzoff, que conservaba admirable sangre fría.

—Sí, capitán —respondieron los marineros.

—¡Fuerza, Liwitz!

Un segundo cañonazo resonó en aquel momento, y una bala pasó silbando roncamente entre las dos alas del Gavilán, que se habían vuelto a alzar.

—Quieren deshacernos —dijo Wassili.

—No tendrán tiempo de disparar el tercer tiro —respondió Ranzoff, siempre impasible—. ¿Estás preparado, Liwitz?

—Sí. capitán —respondió el maquinista desde el interior del buque volador.

—¡Apagad la lámpara!

Una profunda oscuridad envolvió en seguida la máquina voladora. Casi en el acto las inmensas alas se pusieron en movimiento; las hélices comenzaron a girar vertiginosamente, y el Gavilán, después de haber tomado impulso, se levantó oblicuamente con una velocidad fulmínea, mientras bajo él pasaba una tercera bala.

—Un momento de retraso y alguna ala o los planos horizontales hubieran sido tocados —dijo Ranzoff con su calma acostumbrada—. Tienen la desgracia de no hacer fuego a tiempo. Se ve que los artilleros rusos se retrasan. Un polaco probablemente habría disparado antes.

—Eso es lo que yo quería ver, mi querido Ranzoff —dijo Wassili.

—¿Qué quieres decir?

—Que es necesario inutilizar la máquina del guardacostas con tu cañón de aire líquido.

—¿Por qué?

—Porque hay cien forzados que en este momento se esfuerzan por llegar a la isla de Yeso para que no les vuelvan a prender los rusos de Sajalin y que montan un torpedero desquiciado que no podrá huir del guardacostas si se pone en su persecución. Prestemos también ese último servicio a aquellos desgraciados.

—Si eso te ha de agradar, amigo, estoy dispuesto a darte una prueba de cómo tiran los polacos.

Se inclinó sobre la balaustrada de la máquina voladora y examinó atentamente el mar. Quinientos metros por debajo humeaba terriblemente el guardacostas, intentando seguir al Gavilán.

—Estamos a buen tiro —murmuró Ranzoff—. ¡Liwitz!

—Señor —respondió el maquinista, reapareciendo en el puente.

—¿Está dispuesta la pieza?

—Siempre y con una buena granada.

—Bien va.

El comandante se dirigió a proa, donde se veía un pequeño cañón de acero montado sobre un perno que permitía el giro de la boca en todas direcciones, la bajó hacia la superficie del mar y apuntó atentamente, en tanto que la máquina voladora, girando con sus hélices en sentido inverso, mantenía el aparato casi inmóvil.

—¿Está cargado con pólvora? —preguntó Boris a Wassili.

—Eso es una antigualla para nosotros —respondió el viejo, riendo—. Aquí sólo impera el aire líquido.

En aquel momento se oyó un ligero silbido. El proyectil había partido sin producir la horrible detonación de los cañones de guerra.

Transcurridos pocos segundos, se oyó un estampido espantoso y una gigantesca llamarada se elevó sobre el guardacostas.

La amura del buque cayó destrozada al mar, juntamente con los dos palos y la caseta, y en la toldilla se abrió una vorágine llameante.

—La máquina ha volado —dijo el capitán del Gavilán—. La granada llevaba un kilogramo de dinamita. La mía es una pieza de artillería admirable. Liwitz, elevémonos. A toda velocidad. Quiero saludar el Neva dentro de seis días.

El Gavilán describió una gran curva; después, llegado a los quinientos metros de altura, se lanzó a carrera desenfrenada por encima del golfo de Tartaria, dirigiéndose hacia el Amur.

—Ven, hermano —dijo Wassili tomando por una mano a Boris—. Ahora voy a mostrarte esta máquina maravillosa.

Capítulo VII. El Rey del Aire

El Gavilán era realmente una máquina maravillosa de una perfección inaudita, asombrosa, que había resuelto el arduo problema de la navegación aérea que desde hace tantos años turba la mente de los hombres de ciencia.

No era un aerostato, porque el gas no tenía en él nada que hacer, sino que era una verdadera máquina aviadora, una especie de ave que hendía atrevidamente el espacio con la seguridad de un cóndor de la cordillera americana o de un águila europea o africana.

Consistía en un huso de no mayor longitud de diez metros, de cinco de circunferencia en la parte central, construido de un metal casi argénteo, probablemente aluminio, en cuyo seno iba encerrado un extraño motor no impulsado por el carbón ni por el petróleo ni otro aceite o esencia mineral, porque no tenía ninguna chimenea ni se notaba ningún olor.

A sus costados, movidas por aquel órgano misterioso, que funcionaba sin producir el más leve rumor, se agitaban dos inmensas alas semejantes a las de los murciélagos, con una armadura de hierro y una membrana de espesa seda u otro tejido que se le asemejaba.

Un poco por debajo del huso, que servía de puente y de habitación, se extendían a derecha e izquierda tres planos horizontales colocados uno sobre otro, de longitud cada uno de una decena de metros, con una ligera armadura de aluminio recubierta de fuerte tejido, separados casi un metro y que debían, probablemente, actuar como cometas y mantener el aparato entero elevado.

Pero no era todo. En la punta de proa del huso, una hélice inmensa que giraba vertiginosamente, parecía servir para ayudar al movimiento de las alas, mientras a popa se veían dos pequeñas alas que debían servir para dar dirección al tren aéreo.

—He aquí nuestra máquina voladora ideada por mí y construida y modificada por Ranzoff —dijo Wassili a su hermano—. Como ves, no puede ser más sencilla y, a la par, más maravillosa, mi querido Boris. Con ella podremos realizar empresas asombrosas, y si queremos, declarar la guerra, no sólo a todas las naves que el bribón de nuestro primo lanza a través del mundo, sino también a Rusia entera si es preciso.

—El tren aéreo es sorprendente —respondió Boris, que parecía estupefacto en grado extremo.

—Una verdadera obra maestra, querido mío. Nos ha costado a mí y a Ranzoff cinco años de trabajo, pero hemos triunfado por completo en nuestro intento.

—No esperaba semejante sorpresa.

—Nosotros hemos resuelto sencillamente el problema de la navegación aérea.

—Pero ¿quién proporciona la fuerza motriz?

—El aire líquido.

—¿El aire líquido? —exclamó Boris.

—Una fuerza descubierta hace un siglo por Tripler y que, bien aplicada, causará algún día una verdadera revolución en el mundo.

«Piensa, querido mío, que el aire líquido tiene cerca de cien veces el poder expansivo del vapor de agua y que comienza a producir su fuerza en el mismo instante en que se expone al aire exterior.

»Para obtener el vapor de agua, es necesario que tenga una temperatura de 212° Fahrenheit, o sea que si el agua entra en la caldera con 50° de calor, se deben aumentar 162° antes de que pueda proporcionar una libra de presión.

»El aire líquido, con este aumento, da veinte libras.

«Utilizando, pues, Ranzoff y yo los estudios de Tripler y de otros notables hombres de ciencia, especialmente de Estergren, quien ya ha aplicado el aire líquido a otros sorprendentes ingenios, hemos construido un motor que reúne, a una solidez a toda prueba, una ligereza extraordinaria, el cual nos proporciona una exuberancia de fuerza que nos es necesaria para hacer funcionar a las alas y a la hélice de proa. Como ves, es una cosa sencillísima».

—Sí, para vosotros —dijo Boris sonriendo.

—Además, tenemos otra máquina que Ranzoff ha hecho construir en los talleres de Estergren durante mi destierro en las minas de Alghasithal, la cual nos proporciona el aire necesario con un gasto casi insignificante y en tal cantidad, que siempre contamos con exceso de él, porque en una hora nos proporciona bastante para las necesidades de una semana.

«Pero no es esto todo, hermano. El aire líquido que utilizamos nos presta otros servicios a cual más importante.

»¿Hace demasiado calor? Ponemos en acción los ventiladores y logramos en nuestros pequeños, pero cómodos camarotes una temperatura hasta polar, si así nos agrada.

«¿Queremos conservar las provisiones? Las metemos en los refrigeradores y las congelamos, de tal modo, que podemos comer pescado de hace seis meses, frutas recolectadas en los trópicos o en las regiones ecuatoriales, o un bisonte cazado en las praderas del Far-West.

»¿Hay enemigos que nos molestan? Disparamos el cañoncito cargado con aire líquido, que nos permite lanzar sin el menor peligro una granada con un kilogramo de dinamita.

«¿Queremos hacer saltar un grupo de casas, un castillo, una fortaleza o un buque? No hacemos más que empapar un pedazo de lana en aire líquido, y éste, inflamándose, explota con la terrible violencia del algodón-pólvora».

—¿Has dicho un barco también? —preguntó Boris con voz terrible.

—Sí.

—He aquí nuestra venganza.

Wassili se enderezó ante su hermano con los brazos cruzados sobre el pecho, los ojos llameantes y las facciones alteradas.

—Sí, nuestra venganza —dijo con voz profunda—. Ningún barco que lleve la enseña de Teriosky escapará a nuestros golpes. ¿Sabes que las veinte naves que tenía antes de nuestro destierro las ha aumentado hasta cincuenta? ¿Sabes tú con qué dinero las ha adquirido? Con el nuestro, porque toda nuestra fortuna ha sido confiscada en provecho de aquel miserable que había librado al Imperio de dos nihilistas peligrosos como nosotros, que conspiraban contra la vida del Zar; ¿comprendes, hermano? ¡Te ha robado la hija y te ha despojado hasta del último rublo!

Una especie de rugido salió de los labios contraídos del excomandante del Pobieda.

Una voz, la del capitán del Gavilán, se dejó oír en aquel momento detrás de Boris.

—Calmaos, señor. Yo estoy aquí para vengaros y somos los reyes del aire Volveréis un día a ver a vuestra hija, y a nuestra vez reduciremos al barón de Teriosky a la más completa miseria, porque no le dejaremos ni una verga de sus cincuenta buques.

«De las riquezas perdidas, no os preocupéis. En mis correrías a través del mundo, he descubierto lo que muchos han buscado en vano años y años, y si lo deseáis, daremos a vuestra hija como dote un río de oro.

»Vayan ustedes a descansar, señores. Mañana cuando despierten correremos con la velocidad de las golondrinas por encima de Siberia

»Liwitz conduce a estos señores al camarote que les he resignado».

El maquinista, que al parecer era el personaje más importante y necesario a bordo del tren aéreo, descolgó un farol que estaba suspendido de la amura, y precedido de los dos rusos, se internó en el huso.

De proa a popa lo atravesaba un corredor tan estrecho que apenas permitía el paso de una persona corpulenta. A derecha e izquierda se abrían pequeñas puertas pertenecientes a sendos camarotes amueblados con una literita, una mesita y un servicio de toilette, iluminados por una lámpara suspendida del techo.

Liwitz introdujo a los dos rusos en dos camarotes contiguos, les dio las buenas noches y volvió a cubierta.

El capitán paseaba fumando un cigarrillo y cambiando de cuando en cuando alguna palabra con uno de los seis marineros, que estaba sentado detrás de a máquina para regular la velocidad del tren aéreo.

—¿Qué ordenes da usted, señor? —dijo Liwitz.

—Esta noche yo dirigiré —dijo el capitán—. Mañana tú nos darás la máxima velocidad.

«Tengo prisa de llegar a San Petersburgo y volver a ver a nuestros antiguos amigos, el original Rokoff y su simpático amigo Fedor».

«Estoy seguro de que nos darán inapreciables noticias del barón de Teriosky».

—Puedo impulsar al Gavilán hasta a cien kilómetros por hora, señor.

—No os pido más. Ve ahora a descansar valiente muchacho. Has trabajado hoy bastante y debes estar cansado.

—No digo que no.

El capitán le despidió con un gesto casi brusco, y después continuó su paseo, parándose en el castillo de proa ante la pequeña pieza de artillería.

En el fondo del tenebroso horizonte brillaban algunos puntos luminosos que ora aparecían ora se ocultaban tapados acaso por la nieve que cor: semejante noche debía caer en abundancia en las costas de la Siberia oriental.

—Aquellas luces indudablemente alumbran Alexandrovsk —murmuró el capitán—. Vamos bien.

Volvió hacia popa, cogió al pasar junto a la máquina una pesada capota de fieltro casi impermeable, que se echó sobre la espalda, y después se inclinó sobre la brújula, que estaba iluminada por debajo, y observó con atención.

—Perfectamente —murmuró después, sentándose en una banqueta y volviendo a encender el cigarro que se le había apagado—. Haremos una primera bordada hacia el Baikal y luego otra hacia Tomsk.

«Nunca estará de más. En la Vladimirka se puede siempre encontrar alguna columna de políticos que libertar».

Se envolvió apretadamente la capota en torno al cuerpo, se caló el gorro de pelo y quedó al parecer sumergido en profundos pensamientos.

El Gavilán, dirigido por el marinero de guardia, continuaba en tanto su fulmínea carrera con un rumor sonoro.

El huso atravesaba el espacio con la seguridad de un cóndor, volando entre espesas nubes de nieve. De cuando en cuando alguna racha violenta y frigidísima le embestía, haciéndolo desviarse e inclinándolo a babor, pero pronto readquiría su equilibrio y su rumbo, remolcado enérgicamente por la gran hélice de proa y empujado poderosamente por las dos inmensas alas.

El golfo de Tartaria había sido superado y ahora el magnífico y maravilloso tren aéreo enfilaba sobre las ilimitadas llanuras siberianas, dirigiéndose velozmente hacia la gigantesca cordillera del Yablonoi, que separa la provincia de Amur de la Transbaikalia y de Irkutsk. Cuando el alba rompió las tinieblas, ya no se veía el golfo de Tartaria. Bajo el Gavilán sólo se percibían llanuras cubiertas de nieve, interrumpidas sea y acullá por bosques de pinos, de abetos y de abedules, por alguna minúscula aldea de miserables isbas o algún ancho curso ce agua, entonces casi completamente helado.

Nevaba aún y el frío era intensísimo. La provincia del Amur es muy fría en el invierno y tiene muy poco que envidiar a las playas septentrionales de Siberia, lamidas por el océano Ártico.

El capitán, que en toda la noche no se había separado de la brújula, iba a reanudar su paseo en espera de una buena taza de té, cuando Wassili y Boris aparecieron sobre el puente envueltos también en pesadas capotas torradas interiormente de pelo.

—¿Ya no se ve la mar? —preguntó el primero, después de un vigoroso apretón de manos.

—Sabes que el Gavilán vuela como una golondrina marina—-respondió el capitán, ofreciendo a los rusos algunos cigarrillos—. Corremos hacia los montes Yablonoi. Espero cruzarlos después del mediodía.

—Esta maravillosa máquina va con la velocidad de un tren americano —dijo Boris, que contemplaba con vivo interés la inmensa llanura que se extendía bajo a: Gavilán basta perderse de vista

—Es aún más rápida, coronel —respondió Ranzoff——, y eso se lo debemos a su hermano.

—Y yo se lo debo a Kaufman, que me dio la primera idea —respondió Wassili—. El mérito principal te corresponde a ti, sin embargo, mi querido Ranzoff, porque tú eres el que la ha construido cuando yo me encontraba en el fondo de las minas de Alghasithal.

—Con tus planos.

—Dejemos eso y dividámonos el mérito por partes iguales —dijo Wassili, riendo—. Lo importante es que la máquina voladora haya resultado buena, y como ves, hermano, nuestro objetivo se ha alcanzado por completo.

«¿Qué otra máquina podría competir con la nuestra en velocidad, potencia y seguridad? ¿Qué enemigo, por poderoso que sea, podrá competir con nosotros y disputarnos el imperio de las aves? ¡Oh! Asombraremos al mundo, y, sobre todo, haremos temblar hasta el fondo de su alma al miserable que ha urdido nuestra perdida.

»¿Qué son para nosotros las ciudades fortificadas, os potentes acorazados y los formidables cañones modernos? Nada, absolutamente nada.

»Bien podemos llamarnos los reyes del aire».

—Es verdad —respondió Boris—. Mi Pobieda, del cual estaba yo tan orgulloso, nada podría hacer contra vosotros: sin embargo de que era, y acaso lo será todavía, uno de los más poderosos acorazados del mundo, orgullo de la marina rusa.

—Unos pocos jirones de lana empapados en aire líquido y una granada cargada de dinamita, y ¡buenas noches tu acorazado!, hermano —respondió Wassili.

—Señores —dijo en aquel momento e: capitán del Gavilán— el te está dispuesto y una buena taza de té caliente no nos tendrá mal con este frío verdaderamente siberiano.

Un marinero había traído en una bandeja de plata algunas tazas llenas de té humeante y las depositó sobre la caja de popa.

—No habrán ustedes probado una cosa tan exquisita, ni en San Petersburgo —dijo el capitán—. Es legítimo shanghiang perfumado con flores de azahar, con rosas tsing-moi y gardenias kwei-hoa. He hecho una buena provisión en China.

Sorbieron la perfumada infusión, encendieron los cigarrillos y se pusieron en observación a proa, mientras Liwitz hacía preparar el desayuno, no teniendo nada que hacer en aquel momento en la máquina, que funcionaba perfectamente e imprimía al tren aéreo una velocidad de ciento treinta o ciento cuarenta kilómetros por hora.

Las llanuras, los bosques, los ríos y las colinas desaparecían con velocidad fulmínea. Apenas eran vistos y ya desaparecían.

A las tres de la tarde, el Gavilán, después de elevarse con una soberbia volada hasta los dos mil metros, pasaba sobre la cadena de los Yablonoi cubiertos de hielo y descendía a las llanuras de la Transbaikalia. El capitán, a mediodía, había tomado exactamente la situación por encontrarse lejos de los lugares habitados.

La tempestad de nieve continuaba con una obstinación verdaderamente siberiana, ocultando al Gavilán a los ojos de los campesinos y contribuyendo a que éste no se hiciera notar.

A la tarde dejaron atrás el Seia, uno de los más caudalosos afluentes del Amur. Liwitz, durante la jornada, no había cesado de impulsar la máquina con toda su fuerza para obtener la máxima velocidad.

Durante la noche, el tren aéreo no se detuvo en ningún sitio, a pesar de que el frío era siempre intensísimo, y se desencadenó una verdadera borrasca de nieve acompañada de ráfagas furiosas.

Ranzoff, que durante el día descansó algunas horas, hizo redoblar las guardias y no abandonó el puente ni un solo instante para vigilar mejor las dos alas gigantescas que sufrían algunas veces vibraciones inquietantes.

Al despuntar el sol, el Gavilán se encontraba sobre ese pequeño mar siberiano que se llama lago Baikal.

El tren aéreo le cortó hacia su extremidad septentrional, por ser en aquella parte muy poco habitado.

El Baikal, por su vasta extensión, puede considerarse como un pequeño mar que mide bien 900 verstas de longitud y casi 100 de anchura, y una profundidad tan extraordinaria, que en algunos sitios no ha sido posible sondarlo.

Más de trescientos ríos lo alimentan, en tanto que en él sólo nace un curso de agua, el Angara, que después de pasar por Irkutsk, la bellísima capital de la Siberia oriental, va a afluir al Yenissei, un poco arriba de la ciudad homónima.

Encontrándose aquella enorme masa de agua a una altitud considerable (1700 pies sobre el nivel del mar), durante el invierno se hiela con facilidad y entonces lo cruzan en gran número las caravanas y los trineos para evitar las abruptas montañas que lo rodean, que están formadas por estribaciones de los Tunguses.

Aquella es la mejor ocasión para el tráfico, porque el pequeño mar, cuando está deshelado, es con frecuencia peligrosísimo. Batido por los vientos que descienden de la gran cadena de los Altai, se enfurece con facilidad y echa a pique cada año un gran número de buques, pramas y almadías, causando bastantes víctimas humanas.

¡Es tan temido por los navegantes que, de miedo que se ofenda, no le llaman el lago Baikal, sino «el señor» lago!…

Cuando el Gavilán llegó encima, toda la parte septentrional estaba ya cubierta de un espeso estrato de hielo y las pocas aldeas formadas por grupos de cabañas de troncos de árboles estaban casi completamente sepultadas bajo la nieve.

Algunos mujiks atravesaban el hielo empujando delante de ellos pramas, o sea grandes barcas, que habían sido sorprendidas por el hielo en medio del lago y aprisionadas antes de haber podido alcanzar la orilla.

Estaban tan ocupados en aquel fatigoso trabajo, que no advirtieron el paso del tren aéreo; bien es cierto que lo hizo a quinientos metros de altura, y la nieve, que caía abundantísima, lo hacía poco visible.

A la caída de la tarde tampoco se veía ya el Baikal. El Gavilán, que avanzaba siempre a la máxima velocidad, descendió hacia las grandes llanuras del oeste, cubiertas de bosques sin fin, acaso muchos no explorados aún por ningún ser humano.

Habiendo aclarado el tiempo y aparecido una espléndida luna, iba el capitán a buscar un sitio donde pasar la noche, no queriendo agotar demasiado a su pequeña tripulación, cuando resonó una detonación, seguida inmediatamente de otra, hacia el lindero de un bosque de abedules y de pinos.

—¿Dispararán contra nosotros? —dijeron Wassili y Boris, que en aquel momento estaban fumando junto a la máquina.

—No —respondió Ranzoff, que en seguida se había inclinado sobre el parapeto de proa.

—¿Será algún cazador? —preguntó Wassili.

—Las detonaciones eran muy débiles para ser de carabina, ¿no es verdad, señor Boris?

—Han sido dos tiros de revólver o de pistola —dijo el excomandante del Pobieda, que entendía de armas más que los demás—. Pero ¡calla!…, esa es la campanilla colgada de una duga, ¿la oís?

—Y también oigo otra cosa —dijo el capitán—. Escuchad bien y entretanto acortemos la marcha. Acaso hay ahí personas que salvar.

Todos callaron, tendiendo el oído y conteniendo la respiración.

Habiendo cesado casi por completo el viento, se oía, en el silencio de la noche, el tintineo de una campanilla y lejanos aullidos que aumentaban rápidamente de intensidad.

—¿Sabéis ya ahora de qué se trata? —preguntó el capitán.

—Sí —respondió Wassili—. Es un trineo que huye ante los lobos.

—Pero esos malditos animales no han contado con nuestra aparición aquí —dijo Ranzoff—. En ese trineo irá acaso algún pobre campesino o algún leñador y no le dejaré devorar ante mi vista sin probar arrancarle de los dientes de esos glotones.

—Dadnos fusiles —dijo Boris.

—Es inútil molestarnos, coronel. Poseemos una buena colección de granadas cargadas con nitroglicerina, que estallan perfectamente al choque con la superficie helada y durísima de la llanura… Liwitz, bajemos y demos una vuelta por encima de ese bosque.

El tintineo de la campanilla se oía más claramente y también los aullidos aumentaban espantosamente.

Debía de haberse reunido un buen número de aquellas fieras.

El Gavilán descendió hasta doscientos pasos del suelo y después partió en línea recta hacia la cándida selva cubierta de nieve.

En aquel momento otros dos disparos resonaron bajo los árboles y después se oyó distintamente el galope desenfrenado de algunos caballos.

El trineo debía de atravesar alguna laguna helada, porque se oía el golpeteo de zapatos o herraduras para hielo.

—Dadnos fusiles —dijo Wassili—. Las bombas las emplearemos en el último momento, Ranzoff. Un ruso no puede estar inactivo cuando se encuentra ante los lobos y tiene un arma en la mano.

—Como queráis, señores míos —respondió el capitán—. Siempre es una cacería emocionante hasta para los polacos de la Lituania.

Un marinero llevó al puente tres fusiles Mauser y un cajón de cartuchos.

Los dos rusos y el capitán cargaron precipitadamente las armas y se situaron sobre la caseta de proa, dispuestos a abrir un fuego infernal contra los feroces depredadores de las nevadas llanuras.

El fragor producido por el golpear de los caballos había cesado. El trineo debía de huir ahora a través de la capa de nieve, la cual apagaba el galope.

En cambio, la campanilla de la duga sonaba furiosamente y ora parecía aproximarse al lindero del bosque ora parecía alejarse.

Los caballos, espantados por los aullidos de las famélicas alimañas, no conservaban una dirección constante.

—¿Cómo no se decidirán a abandonar el bosque? —preguntaba Wassili, que tenía impaciencia por comenzar el fuego.

—Adivinó la causa —respondió Boris—. Los árboles, en caso de extremo peligro, siempre pueden ofrecer un refugio

—¡Hum!… No les dejarían tiempo, hermano.

—Otros dos disparos —dijo en aquel momento el capitán—. Ésos son de revólver… Liwitz, modera la velocidad.

El Gavilán iba a lanzarse por encima del bosque, cuando se oyó la campanilla como a quinientos o seiscientos pasos de los primeros árboles.

El trineo iba por lo visto a dirigirse a la llanura obligado acaso por alguna hábil maniobra de los lobos.

—¡Virad de bordo! —gritó el capitán.

El Gavilán describió una gran curva y volvió atrás, volando lentamente, para dejar tiempo a los dos rusos a que hicieran precisas descargas.

Los aullidos de los lobos resonaban profundamente en el silencio de la noche, propagándose bajo los árboles, por el alboroto que producían se comprendía que debían de ser muchísimos.

De pronto apareció el trineo corriendo con fulmínea velocidad a través de la llanura. Iba tirado por un vigoroso caballo central, enganchado en el arco de madera llamado duga, del cual pendía una campanilla, y dos caballos trotadores laterales con balancines. Dos personas solas montaban el ligero vehículo: un hombre que guiaba los caballos fustigándolos sin cesar, y una mujer, la cual, de cuando en cuando, hacía disparos de revólver y, al parecer, con pulso seguro, porque no todos los proyectiles se perdían.

Detrás aparecieron dos gruesas columnas de lobos grises, los más peligrosos de la especie, porque son los más grandes, los más vigorosos y también los más valientes.

Los astutos animales galopaban casi detrás unos de otros para no exponerse demasiado al fuego de la mujer, e intentaban atacar a los caballos laterales para debilitar al del medio y obligarlo pronto o tarde a rendirse.

—Son lo menos un centenar —dijo Boris.

—Dejad pasar primero al trineo —dijo Ranzoff—. Atacaremos a los lobos por la espalda.

Ni el hombre ni la mujer que ocupaban el vehículo, demasiado ocupados, el uno en animar furiosamente a los caballos, y la otra en hacer fuego con los dos revólveres que tenía en las manos, contra los animales que se mostraban impetuosos, se habían apercibido de la presencia del Gavilán, aunque éste se mantenía a unos ciento cincuenta metros de la superficie de la llanura.

—Esa mujer posee una sangre fría y un valor verdaderamente maravillosos —dijo Boris—. No puede ser más que la mujer o la hija de un mujik.

—¿Estamos dispuestos? —preguntó el capitán

—Dispuestos —respondieron Boris y Wassili, bajando los mausers.

El trineo había pasado y huía precipitadamente envuelto en una nube de nieve, arrastrado en una carrera desenfrenada.

—¡Fuego!

Tres disparos se mezclaron con los aullidos lúgubres y espantosos de los lobos y las pisadas de los caballos.

Tres lobos de la fila de la derecha rodaron abrasados, porque los dos rusos y el polaco eran tiradores extraordinarios.

Las fieras de las llanuras siberianas, al oír aquellos disparos que retumbaban en las alturas, se pararon de pronto mirando a aquel gigantesco monstruo que revoloteaba encima de ellos.

Pero su sorpresa tuvo sólo la duración de un relámpago: el hambre, que atenazaba sus estómagos, venció en el acto su terror y volvieron a emprender carrera velocísima, aullando desgarradamente y reanudando la cacería.

El trineo tuvo tiempo entretanto para adelantar un centenar de metros. Dos gritos, uno de hombre y otro de mujer, se elevaron, llegando claramente a los oídos de los navegantes aéreos.

—¡Auxilio!

Ranzoff descolgó de la amura una bocina de aluminio y, embocándola, contestó en el acto:

—¡No temáis, señora! Nosotros nos encargamos de librarles de los lobos.

Después los tres hombres reanudaron el fuego, un fuego terrible que no cesaba un instante, porque habían llevado a cubierta otros mausers, y los marineros los cargaban sin cesar, recambiándoselos a los tres habilísimos cazadores.

Los lobos caían en gran número, pero los supervivientes no cesaban en su persecución y no se detenían ni a devorar a los muertos o heridos, como suelen hacer de ordinario.

Enfurecidos por las pérdidas que sufrían e impotentes para atacar al Gavilán, parecía que se hubieran juramentado para vengarse al menos sobre el hombre y la mujer que montaban el trineo.

Con un esfuerzo supremo lo habían nuevamente alcanzado, mientras los caballos, que acaso hacía muchas horas que galopaban, daban muestras visibles de cansancio.

—Basta, señores —dijo Ranzoff— que temía ver a las malditas fieras arrojarse sobre el trineo como una avalancha—. Ya no bastan nuestros fusiles, ¡vengan las bombas!

Un marinero llevó un cajoncito dividido en dos compartimientos, donde se encontraban, en medio de una blanda capa de algodón en rama, dos balas no más grandes que un puño.

El capitán tomó una de ellas con muchas precauciones, esperó el momento en que el Gavilán se encontraba nuevamente sobre la jauría aulladora y la dejó caer, al tiempo que Liwitz, que estaba atentísimo, abría del todo la palanca, imprimiendo a la máquina voladora una velocidad fulmínea.

Se oyó un estallido horrible. La capa de nieve, que debía de tener un espesor de algunos metros, fue destrozada con espantosa violencia.

Por algunos instantes todo lo envolvió una espesa nube de nieve que flotaba en el aire, después pudieron verse diez o doce lobos escapando a todo correr con la cola entre piernas, en dirección al bosque. Los demás debían todos de haber sido destrozados por la violencia de la explosión.

Los caballos, oyendo detrás de ellos aquel estruendo, se entregaron a una carrera loca, relinchando rumorosamente; pero el hombre, que debía ser un cochero de primera fuerza, después de algunos minutos logró hacerse dueño del mando de los corceles y los contuvo.

El tren aéreo, que nuevamente había moderado su marcha, bien pronto se colocó sobre el trineo, haciendo actuar dos hélices horizontales para gobernarse y, en cambio, parando la hélice de tracción.

—¡Señores! —gritó el hombre que guiaba, quitándose el altísimo gorro a la cosaca y agitándolo vivamente—. Mi hermana y yo les debemos la vida.

—¿Quiénes sois? —preguntó Ranzoff.

—El hijo de un comandante de Finlandia, condonado a deportación perpetua en Verehobusko, por haber amado demasiado la libertad —respondió el joven, con voz profundamente conmovida.

—¿Y vais a reuniros con él?

—Sí, señores.

—Entonces tenemos doble satisfacción por haber salvado a los hijos de un desterrado. ¿Necesitan ustedes algo? ¿Armas, víveres o municiones?

Gracias, señores; estamos provistos de todo. Decidnos a vuestra vez si, en compensación de vuestra preciosa intervención, podemos prestaros algún servicio.

—Sí, uno; el de no contar a nadie que han encontrado nuestra máquina voladora.

—Os doy mi palabra de honor de que mi hermana y yo guardaremos el secreto.

—Buen viaje.

—¡Gracias, señores! —gritaron a una los dos jóvenes, saludando con la mano.

El Gavilán describió una gran curva, volviendo a tomar la dirección occidental y la carrera a través de las desoladas llanuras de la Siberia, mientras el trineo se alejaba velocísimo en sentido opuesto.

Capítulo VIII. Los misterios de San Petersburgo

Siete días después de su partida de Sajalin, y de atravesar con la velocidad de una golondrina o de una paloma mensajera toda la Siberia y la Rusia septentrional, el tren aéreo se encontraba sobre San Petersburgo.

Era una noche frigidísima y con niebla; sin embargo, a través de aquella espesa masa de vapores, se filtraba una extraña claridad, producida por millares y millares de luces de gas y eléctricas, que iluminaban las interminables arterias de la capital rusa y los soberbios paseos a lo largo del Neva y de las tres líneas de canales concéntricos derivados del helado río.

El Gavilán seguía, a pesar de la niebla, con precisión matemática la Perspectiva Nevsky, la larga y magnífica vía que toma su nombre del monasterio de Alejandro Nevsky, bellísimo templo consagrado a guardar las reliquias de los héroes nacionales y que hoy sirve de panteón a las más aristocráticas familias de San Petersburgo.

Dos líneas de faroles que parecían dos cintas de fuego prolongándose durante tres kilómetros, hasta el grandioso edificio del Almirantazgo, sobre la orilla del Neva, indicaban al capitán del Gavilán el camino que debía seguir.

A través de la niebla, desgarrada de cuando en cuando por resplandores extraños lanzados por los poderosos faroles de los estrechos trineos sin respaldos, llamados por los rusos egoístas, arrastrados por poderosos caballos lanzados a carrera desenfrenada, salían mil fragores: restallidos de fustas, galopar de animales, gritos humanos mezclados con el rumor siniestro de las aguas del Neva, aún no completamente helado.

El capitán, el excomandante del Pobieda y Wassili, inclinados sobre la balaustrada de proa, seguían aquella línea que flameaba bajo la niebla, ora brillantísima, ora opaca.

Una profunda emoción parecía haberse apoderado de los dos hermanos. En cambio Ranzoff conservaba una impasibilidad maravillosa.

El Gavilán, favorecido por los espesos vapores, avanzaba invisible, lentamente, dirigido por Liwitz y por uno de los cinco marineros. Como no producía ningún ruido y llevaba los faroles apagados, nadie advertía su presencia. De pronto, aquella doble tira de luces desapareció casi bruscamente.

—Ya estamos —dijo Ranzoff indicando un grupo de lucecitas que brillaban a lo lejos—. Aquella es la posada de Dvor, donde encontraremos al capitán Rokoff y a su inseparable amigo. Apenas son las once y hasta media noche no le dejarán. Liwitz, prepara una escalera de cuerda. Estamos sobre uno de los islotes del Neva y descenderemos en uno de sus bosquecillos. Las troikas no pasan por aquí debajo.

—Primero dé usted sus órdenes —dijo el fiel maquinista.

—¿Has visto desde lo alto el lago Ladoga?

—Nunca, señor.

—Allí hay hermosos salmones y soberbias truchas, que valen tanto como las famosas que hemos pescado en Karakorum y que asombraron tanto al señor Rokoff —respondió el capitán, riendo—. ¿Te acuerdas?

—Sí, señor.

—¿Te gusta la pesca?

—Mucho.

—Pues entonces ve a esconder el Gavilán en medio de uno de aquellos pinares y dedícate exclusivamente a la pesca. Todas las noches, a las doce, sigue a gran altura el camino que tenemos ahora debajo y que tú, amigo habitante de la capital, conoces acaso mejor que yo.

—La Nevsky me es familiar, señor.

—Perfectamente: cuando veas elevarse por el aire, desde uno de esos bosquecillos que la flanquean, tres cohetes, uno blanco, otro azul y otro verde, desciendes sin temor con el Gavilán y nos recogerás. ¿Me has entendido bien?

—Perfectamente, señor.

—Haz arriar la escalera de cuerda. La niebla es espesa y nadie notará nuestro descenso.

—Puede haber algún guardia escondido en el bosquecillo, señor —observó Liwitz.

—Pues bien, le mataremos —respondió fríamente el capitán—; así no irá a contar a nadie que ha visto en el aire una cosa sospechosa. Señores, ¿llevan ustedes armas?

—Llevamos dos revólveres cada uno y un puñal —respondió Wassili.

La escalera de cuerda, de más de cincuenta metros, fue descolgada lentamente por si hubiera alguien en el bosquecillo; después descendieron uno a uno, los dos rusos, dos marineros y el capitán, que se ocultaron entre la niebla que a grandes oleadas surgía del vecino Neva, entenebreciendo las luces de los faroles.

Una fuerte sacudida dada a la escalera avisó a Liwitz que todo había salido bien y que debía alejarse en seguida.

Nadie había advertido, efectivamente, el descenso de aquellas cinco personas. La noche era demasiado fría y húmeda para invitar a los buenos habitantes de San Petersburgo a pasear a aquella hora avanzada bajo la oscura sombra de los jardines y de los bosquecillos que flanquean el Nevsky.

El capitán del Gavilán se detuvo un momento para convencerse de si se podía distinguir su máquina voladora: después, tranquilizado plenamente, atravesó el bosquecillo, cuyas plantas saturadas de niebla goteaban por todas partes como si lloviese, y desembocó en la magnífica vía aparatosamente iluminada por dos filas de lámparas eléctricas que en vano intentaban dar cuenta de la niebla que subía del río cada vez más espesa, agrandándose como un frío sudario.

Aunque habían dado ya las once, reinaba viva animación sobre la Nevsky, por ser los grandes señores rusos, los boyardos, verdaderamente noctámbulos.

Ocurre, especialmente, que aquellos hijos del frío y de la humedad se divierten mayormente cuando nieva o hay niebla.

Pasaban en gran número rápidas como saetas, las estrechas y ligeras egoístas, arrastradas por bellísimos trotadores completamente negros, que hacían volar, hecha polvo, la nieve, desmenuzada por sus patines de acero, guiados por gigantescos cocheros de larga barba, envueltos en grandes capotes y con la cabeza cubierta por altos birretes de forma cuadrada, de terciopelo rojo o azul, y sujetando fuertemente con sus puños formidables las riendas sutiles como alambres.

Después desfilaban las elegantes troikas con sus tres caballos, y la duga tintineando sonoramente, lanzadas a carrera desenfrenada, con extraordinaria seguridad, cruzándose con los modestos trineos de alquiler, arrastrados por humildes rocines.

Señoras envueltas en ricas pellizas, sostenidas por el talle por sus maridos, para sujetarlas mejor y resguardarlas de golpes imprevistos, ocupaban aquellos elegantes y pintorescos vehículos, riendo y charlando alto, insensibles al frío y a la humedad.

Por las aceras, una multitud variadísima, compuesta n su mayor parte de oficiales de la guardia, se dirigía hacia Gostinnyi Dvor. el gran bazar de la arcada oriental, deteniéndose bajo los pórticos a admirar los escaparates de los orífices, chispeantes aún de luces y de joyas, a pesar de lo avanzado de la hora.

El capitán, que al parecer conocía al dedillo la gran ciudad, condujo a sus compañeros y a los dos marineros hasta cerca del imponente palacio del Almirantazgo; después se dirigió hacia la Gran Morskaia, que es el paseo de los elegantes, la vía frecuentada de la capital, la que posee mayor número de comercios y los restaurantes de moda.

—Unos pocos pasos más y ya estaremos —dijo el capitán del Gavilán volviéndose hacia Wassili y Boris, que caminaban a sus costados—. La posada de Dvor no está lejos.

Recorrieron otros tres o cuatrocientos metros, abriéndose paso fatigosamente entre la muchedumbre que obstruía la gran vía, deslumbrante de luces eléctricas; después se detuvieron ante una especie de cervecería cuyos salones estaban ocupados por gran multitud de bebedores.

Ranzoff, como hombre práctico, entró resueltamente y examinó con atención las personas sentadas ante las mesillas de mármol.

—¡Qué puntuales son! —dijo de pronto.

En el ángulo de un salón había dos hombres charlando tranquilamente, sentados ante dos monumentales jarras de cerveza ya medio vacías.

Uno era un guapo joven de poco más de treinta años, blanco y sonrosado como una muchacha, con ojos azulados, bigote rubio y frente ancha y espaciosa. En cambio, el otro tenía el aspecto de un verdadero oso.

Cara larga y un poco aplastada, nariz grande y roja como la de los grandes bebedores, quijadas muy pronunciadas, ojos negros y vivísimos, piel bronceada y barba y cabello de un rojo de luego.

Mientras el compañero tenía el aspecto algo afeminado y una estatura apenas superior a la mediana, el segundo tenía torso de bisonte, pecho de oso gris, miembros macizos y hasta las manos vellosas, casi como las de un mono.

—Hace mucho que no nos veíamos, queridos amigos, ¿no es cierto? —dijo el capitán del Gavilán acercándose con rapidez a la mesilla.

Los dos hombres saltaron rápidamente en pie, exclamando:

—El señor Ranzoff…

—¿Y a este señor le conocéis? —dijo en voz baja el capitán, señalando a Wassili.

—Sí —respondió el hombre rudo y rojo, sonriendo—. Es el misterioso personaje que vimos después de la famosa pesca de truchas en el desierto de Gobi. Es el señor…

—¡Silencio! —dijo el capitán con voz imperiosa—. Hay aquí demasiados oídos.

Después, señalando al excomandante del Pobieda, añadió:

—Y este es su hermano Boris.

Los dos rusos y los dos personajes que estaban ante la mesita se estrecharon cordialmente la mano, observándose al mismo tiempo con vivísima curiosidad.

—Salgamos —dijo Ranzoff en voz alta—. Aquí hace demasiado calor y hay mucho humo.

El hombre rojo tiró sobre la mesa un rublo, y los cinco dejaron el salón, que iba llenándose cada vez más de noctámbulos.

En el exterior, la niebla se había hecho tan espesa, que interceptaba casi completamente las luces de las lámparas eléctricas y hacía casi invisibles los mecheros de gas.

Con la humedad descendían copos de nieve que un viento helado del septentrión arrastraba.

Trineos, troikas y egoístas huían rápidamente envueltos en un polvo centelleante, haciendo tintinear furiosamente las campanillas de las dagas y restallar las pequeñas fustas.

—He aquí al capitán Rokoff del 12° regimiento del Don, de quien ya os he hablado —dijo Ranzoff—. Y he aquí al señor Fedor Mitenko, el riquísimo negociante de té, de Odesa. Ya Wassili les conoce a ambos.

Los cuatro hombres volvieron a estrecharse las manos con mayor efusión que anteriormente.

—Mucho les debemos a ustedes —dijo Wassili—, y no sabemos cómo podremos pagarles lo que por nosotros han hecho.

—¡Por las estepas del Don! —exclamó el capitán de cosacos con su voz gruesa y un poco ronca—. Aún estamos vivos merced a la intervención del señor Ranzoff, que nos arrancó del poder de los chinos en el preciso momento en que iban a decapitarnos como si fuésemos bandidos. ¿Cómo íbamos a negaros a ayudar a sus amigos?

—Y estamos a su entera disposición —añadió el negociante de té—. Conocemos la historia de ustedes, señores; sabemos que fueron condenados siendo inocentes, y mi amigo Rokoff y yo haremos todo lo que podamos por rehabilitarles y hasta por vengarles. Ya nos parece que para ello estamos en buen camino.

—¿Hay entonces alguna novedad? —preguntó el capitán del Gavilán, conduciendo a sus amigos hacia uno de los desiertos bosquecillos flanqueantes del Neva.

—Hemos encontrado durante vuestra ausencia un poderoso aliado.

—¿Quién es?

—Un hombre poco recomendable verdaderamente, pero que nos ayudará eficazmente en nuestros trabajos.

—Lo adivino: el presidente de la mida de los Hoolyganis,

—Ha dado usted en el clavo, Ranzoff.

—Un verdadero canalla, pero que en este momento sera mejor que toda la policía rusa.

—Es verdad, capitán.

—¿Le han dado ustedes a conocer de qué se trata?

—Sí, y cuando ha sabido que dos personas tan distinguidas como los señores Wassili y Boris han sido acusados de ser miembros de la gaida, se han indignado terriblemente. ¿Qué queréis? Esos bribones poseen una caballerosidad que podíamos llamar exclusivamente suya.

—¿Y que ha decidido ese rey de los ladrones?

—Prestarnos su ayuda. Dispone de treinta mil bribones que valen tanto como cien mil polizontes —dijo Fedor.

—¿Le ha contado usted, entonces, toda la dolorosa historia de los hermanos Starinsky?

—Sí, señor Ranzoff,

—¿Se ha sabido algo del barón? —preguntaron a una con viva ansiedad Wassili y Boris.

—Para hablar de él nos ha mandado hoy mismo una carta rogándonos que fuéramos a verle

—¿Y no habéis ido? —preguntó el capitán del Gavilán.

—Todavía no. Nos había usted dicho que le esperáramos todas las noches hasta media noche en la cervecería, y aún faltan diez minutos para las doce.

—No me esperaríais seguramente esta noche, señor Fedor.

¡Pero teníamos un presentimiento! Con vuestra maravillosa máquina podéis atravesar enormes distancias

—Debe de haber sido una carrera furiosa —dijo el capitán de cosacos—. Apenas hace tres semanas que nos dejasteis en las orillas del lago Ladoga. Ningún pájaro podría competir con vuestro tren aéreo. ¡Por las estepas del Don! ¡Vuela usted mejor que el águila o el albatros!

—He atravesado Siberia dos veces sin conceder a mi máquina ni un momento de descanso —respondió Ranzoff—. Sólo he hecho una parada en las cercanías de Tomsk para embarcar a Wassili, con quien me había citado en aquel sitio… ¿De modo que podremos ver esta noche al famoso jefe de la gaida?

—Precisamente no recibe más que de noche —respondió Rokoff—. De día están en suspenso los trabajos de los bribones y él lo emplea en dormir.

—¿Dónde habita? —preguntó Wassili.

—En la Tractir Uglitch, detrás del mercado de Senil, en la calle de Sadowaia —respondió Fedor.

—¿Y en aquella posada tienen lugar las sesiones del consejo de la gaida?

—Sí, señor

—¿No nos asesinaran?

—¿O no nos abrirán? —dijo Ranzoff.

Tenemos la contraseña del presidente y gozamos de su protección.

—Además llevamos armas y tenemos detrás de nosotros tres robustos marineros dijo Boris, señalando a tres sombras que estaban paradas a breve distancia.

—Ursoff, mi timonel es capaz, de matar a un hombre de un puñetazo —dijo Ranzoff.

En aquel momento pasaban tres trineos de alquiler, tirados por delgados rocines y guiados por mujiks, esos pobres labradores del campo que durante el invierno llueven sobre San Petersburgo en gran número, para ganarse algunos rublos.

Ranzoff les hizo seña de pararse.

Los mujiks, que probablemente no ganaba tanto en dos días de trabajo, saltaron precipitadamente de sus pescantes para ayudar a aquellos grandes señores a subir.

Ranzoff, Fedor y Boris, se acomodaron en el primero, los demás en los otros dos, y los tres trineos partieron bastante velozmente, dirigiéndose hacia la plaza donde dominaba gigantesca la iglesia de Nuestra Señora de Kazan, que imita por sus altísimas columnas la de San Pedro de Roma, que es la mayor y más bella de San Petersburgo, después de la catedral de San Isaac. Atravesando la plaza, los trineos se lanzaron sobre la Gran Morskaia, que estaba desierta, y media hora después corrían sobre la Sadowaia, rodeando el gran mercado de Sennaia.

Una brusca sacudida, que por poco no les hace rodar sobre la nieve, avisó a Ranzoff y a sus compañeros que habían llegado.

Se encontraban ante un gran, edificio de bello aspecto con un amplio pórtico delante. Las puertas estaban cerradas, pero debía te haber gente dentro, porque a través de las rene pasaba resplandor de luces.

Era el Tractir Uglitch, una buena posada, no un indecente tugurio donde el humo del tabaco y el olor del aguardiente hacen el aire irrespirable; era una posada limpísima, frecuentada por el día por pacíficos comerciantes que no se imaginaban que consumían sus modestos refrigerios en un lugar frecuentado por la noche por la peor canalla de San Petersburgo.

Ranzoff pago a los cocheros esperó que los trineos se hubieran alejado, y después se acercó a la puerta del medio seguido por Fedor y los otros.

—Tened preparados los revólveres y los puñales —dijo a los tres marineros—. Entramos en una cueva de ladrones Estad avisados.

—Estamos dispuestos —respondió Ursoff, el timonel del Gavilan.

Fedor acercó un oído a la puerta y escucho unos instantes.

—Hay gente dentro —dijo—. Seran los consejeros de la gaida ocupados en tramar algún buen golpe.

—¡Bah! ¡Todos tenemos armas!

Sacó de un bolsillo un grueso revólver americano y con la culata dio cinco golpes.

El murmullo que antes se oía cesó bruscamente; después una voz ronca preguntó:

—¿Quién llama? Ya es tarde y no se abre a nadie.

—Nuestra Señora de Kazan —dijo Fedor.

—¡Ah! ¡La contraseña!

Se oyó caer a tierra una barra de metal, después la puerta se abrió, dejando escapar una verdadera ola de humo fétido.

Fedor y sus compañeros, uno a uno, entraron en una vasta sala mal iluminada por un mechero de gas, que irradiaba a su alrededor una débil luz amarillenta.

Ante una mesa, sobre la cual se veían algunos vasos que trascendían un fuerte olor de aguardiente de centeno, siete u ocho malos tipos, mal vestidos, demacrados más acaso por las continuas orgías que por el hambre, estaban en pie empuñando revólveres.

Todos eran jóvenes y robustos, excepto uno que tenía una larga barba blanquecina y una estatura mas que gigantesca

—Nuestra Señora de Kazan —repitió Fedor avanzando atrevidamente hacia aquellos bandidos

—¡Tú, señor! —exclamó el viejo haciendo un gesto de sorpresa.

—Te había dicho que vendría a encontrarte —respondió Fedor—. Te traigo los amigos que esperaba.

El viejo hizo una ligera inclinación; después, con un gesto enérgico, señaló a sus compañeros la puerta, diciendo con voz imperiosa:

—No os necesito.

Fedor esperó que aquellas siniestras figuras hubieran salido, y después, volviéndose a Ranzoff, dijo:

—He aquí al presidente de la gaida de los Hoolyganis.

CAPÍTULO IX

La gaida de los Hoolyganis

La gaida de los Hoolyganis es la sociedad de ladrones más poderosa que existe, no sólo en San Petersburgo, sino en toda Rusia, porque cuenta millares y millares de asociados, en su mayor parte, evadidos de las galeras rusas o de las minas siberianas.

Para inscribirse en aquella triste sociedad es necesario ser astuto, avezado a todas las malas artes, ladrón audacísimo, dispuesto siempre a manejar el cuchillo o la pistola, habilísimo en engaños y disfraces, inteligente en la preparación de golpes e incondicionalmente fiel al jefe de la asociación.

Los tímidos, los honrados, son irremisiblemente descartados. Para inscribirse es necesario tener un pasado: condenas registradas en las estadísticas criminales, porque aquella potente liga no admite en sus filas más que a los últimos y más despreciables detritus de la sociedad, desde el asesino que ha degollado a sangre fría a un viandante para despojarle, hasta el vulgar ladronzuelo.

Entre aquella falange se encuentran personas de todas las clases, no siendo solamente los evadidos de las galeras imperiales los que la forman. Allí se encuentran refugiados, prófugos de la sociedad, extraviados, viveurs caídos en la más escuálida miseria después de haber devorado tierras y palacios y arrojado en el fango, destrozados, el honor de la toga o de la espada: empleados despedidos por infieles, corrompidos o prevaricadores, ladrones de profesión salidos de la hez de la plebe, mendigos profesionales, degenerados por alcoholismo, asesinos y bandidos escapados a la justicia humana; figuras feroces y siniestras, prontos a robar y asesinar, apretados todos en un sucio e inmenso pelotón, como los camorristas napolitanos y sicilianos, y dirigidos por la criminosa voluntad de su jefe.

No es raro el caso de que los polizontes encargados de vigilar aquella peligrosa falange encuentren en ella antiguos compañeros, viejos cómplices expulsados del Cuerpo a causa de una infinita serie de bribonadas.

Las amistades son, no obstante, tan sólidas en Rusia. que los exagentes inscritos entre los Hoolyganis no corren ningún peligro de ser denunciados por sus antiguos colegas, por espíritu de pasado compañerismo y por avidez de dinero, porque una parte del botín pasa también a sus manos, y esto impide una persecución demasiado tenaz.

En cambio, los que una vez afiliados a la gaida pasan a las filas de los polizontes, no pueden esperar el goce de larga vida.

Los Hoolyganis son en esto inflexibles. El traidor, pronto o tarde cae, en una noche de niebla, bajo el tiro de un revólver o de un golpe de boxe de acero, manejado por una mano segura y formidable.

Generalmente, aunque esto no haga mucho honor a la policía rusa, agentes y exagentes se entienden perfectamente y acaso debido a esto ha podido la gaida desarrollarse terriblemente en la capital rusa y continuar tranquilamente sus negocios.

La gaida tiene varias sucursales, compuestas en su mayor parte por mujeres salidas de los bajos fondos de San Petersburgo, que ayudan valiosamente a los Hoolyganis masculinos, bien introduciéndose como domésticas en las casas grandes o engañando a algún rico personaje para arrancarle, después de haberle embriagado, informes preciosos que son necesarios al jefe o a sus satélites para preparar algún buen golpe.

Las domésticas no permanecen en el servicio más que unas cuantas semanas, las precisas para obtener el plano de la casa para entregárselo a los Hoolyganis masculinos, y el lugar donde se custodia la caja de caudales; después se despiden, y, como se comprenderá, no se las vuelve a ver.

Aquellas miserables, que de ordinario están bien pagadas por la sociedad, a veces visten como grandes señoras y frecuentan los bares de lujo para recoger informaciones que de otro modo no podrían obtener.

La gaida está perfectamente organizada, y un verdadero código regula las relaciones entre los socios y sus poderosos jefes.

Todos obedecen ciegamente al rey de aquella gran Camorra y no se osan discutir por ningún motivo las órdenes que de él emanan. Si lo hicieran no saldrían vivos de la Tractir Uglitch, que es la sede nocturna de la sociedad.

Los desafueros que los Hoolyganis cometen con una audacia increíble son infinitos. Aquellos bandidos no retroceden ante ninguna dificultad y efectúan temerarias agresiones hasta en los sitios más frecuentados.

Con frecuencia se disfrazan con habilidad teatral, hasta de polizontes o de oficiales del ejército y asesinan indistintamente a un muchacho, una mujer o un viejo desvalido, si el éxito del golpe lo exige.

El jefe recibe todo el botín recabado en la siniestra expedición, y él sólo tiene el derecho de repartirlo. Está, sin embargo, ligado por deberes ineludibles con los asociados. Ante todo debe, sea buena o mala la marcha de los negocios, mantenerles siempre y lograrles, en las innumerables tabernas de la capital, crédito para que beban lo que necesiten, siempre que el asociado se encuentre sin dinero.

Las infracciones, poco frecuentes por otra parte, que ya hemos señalado, son rigurosamente castigadas con la muerte. El que se ha inscrito entre los Hoolyganis no puede salir de la asociación sino muerto, porque sus compañeros temen las delaciones.

Así, esta sociedad extraña y peligrosa se ha afianzado potentemente y continúa, hoy más que nunca, atemorizando a los buenos y tranquilos petersburgueses.

La policía no se ocupa gran cosa en lar caza a aquellos formidables bandidos, también porque una gran parte de la policía adquiere por ello ventajas económicas.

Cuando los Hoolyganis dan un buen golpe en perjuicio de algún influyente personaje que puede hacer valer sus derechos por el cargo que ocupa, entonces la policía se mueve y logra casi siempre descubrir al ladrón y recuperar a veces lo robado; pero en los robos cometidos en perjuicio de burgueses o de colegiantes, no se afana tanto por cumplir. La denuncia está condenada a dormir en los archivos y no se habla más de ella.

Los Hoolyganis tienen también por enemigos a los socios de otras gaidas menos numerosas y peor organizadas, y con frecuencia sangrientos choques manchan de sangre las estrechas y sombrías vías de los barrios populosos.

Otras veces en las más ínfimas tascas, se libran verdaderas batallas entre ladrones de diversas gaidas, y las estrechas y sucias paredes sofocan las detonaciones de los revólveres y los gemidos largos y desgarrados de las víctimas.

***

El atman, o sea el jefe de los Hoolyganis, después de ser presentado, hizo seña a los recién llegados para que se acomodaran en torno de la mesa.

Un mozo de la posada, que hasta ahora había estado durmiendo en un ángulo, se había va llevado los vasos conteniendo la vodka y las tazas.

Hubo entre aquellos hombres un largo silencio.

El atman, con sus ojillos grises que tenían el brillo del acero, como si quisiera, antes de hablar, convencerse de que no había delante ningún agente de la policía, observaba a todos atentamente uno por uno.

Fedor fue el primero en romper el silencio.

—Éstas —dijo indicando a Wassili y Boris— son las personas de quien os he hablado y que fueron acusadas de estar inscritas en vuestra gaida, ademas de pertenecer a un círculo nihilista. Uno es ingeniero, su hermano, no hace aún un año, era el comandar te del acorazado Pobieda.

El bandido hizo una profunda reverencia.

—¿Les ha visto usted alguna vez figurar en las filas de los suyos? —preguntó Rokoff.

—¡Nunca! Nosotros solamente hemos tenido el honor de contar entre nuestros compañeros a Savin, exoficial de la guardia y un verdadero talento.

—Luego han sido condenados injustamente —dijo Fedor.

—Por lo menos, en lo que se refiere a la acusación de ser afiliados de la gaida —respondió el atman—. Aseguro que el miserable que haya hecho pasar a estos caballeros por Hoolyganis pagará su calumnia. Yo he prometido interesarme en este asunto y cumpliré mi promesa. Durante vuestra ausencia he recibido inapreciables noticias por Olga

—¡Olga! ¿Quién es ella?

—Una muchacha inteligentísima y que a su belleza une una astucia extraordinaria. A ella es a quien debo todo.

—Será espléndidamente recompensada —dijo el capitán del Gavilán.

El atman de los Hoolyganis frunció la frente, y después dijo con cierta tranquilidad:

—Nosotros somos ladrones, esto es cierto; pero, cuando se trata de hacer justicia, somos honrados. Vuestros amigos han sufrido las galeras por culpa de los Hoolyganis, aun cuando haya sido involuntariamente. A los Hoolyganis corresponde reivindicarles sin exigir por ello recompensa. Además, Olga es una afiliada, y la caja de la gaida pagará sus gastos.

—Al menos aceptará algún regalo —dijo Wassili.

—Eso es cuestión de ustedes y de ella; la gaida no interviene en eso.

—Entonces díganos cuanto sepa de nuestro asunto —dijo Boris.

El atman, antes de contestar, se volvió hacia el mozo de la posada y dijo:

—Sirve a estos señores champagne y cuida de que sea de la mejor marca si no quieres que haga cortar las orejas a tu amo.

Dicho esto, extrajo de una magnífica petaca de oro macizo con cifras de brillantes, seguramente de procedencia ilícita, un magnífico cigarro habano auténtico, y lo encendió, arrojando al aire tres o cuatro bocanadas de aromático humo.

—He aquí cuál es la situación, señores míos —dijo luego, entornando los ojos—. El barón de Teriosky hace seis semanas que ha desaparecido de San Petersburgo, después de haber despedido a toda su servidumbre, sin que hasta ahora hayamos podido averiguar hacia qué playas haya podido desplegar sus velas.

—¿Desaparecido? —exclamó Boris. poniéndose palidísimo—. ¿Sólo o con una muchacha?

—Hemos sabido que embarcó en Riga en uno de sus transatlánticos, llevando consigo una bellísima muchacha.

—¿Se sabe quién era? —preguntó Boris, cuyo corazón latía con violencia.

—Se dice que era la hija… ¿acaso sería la de usted? Su padre era un hombre perteneciente a la marina de guerra rusa —respondió el atman de la gaida.

El excomandante del Pobieda se pasó un pañuelo por la frente empapada de sudor; después, haciendo un supremo esfuerzo para dominar su dolor, dijo:

—Continuad.

—Hasta ahora no he logrado saber para dónde ha partido, aunque he lanzado sobre las huellas del barón a mis más inteligentes afiliados. Sin embargo, todavía no desespero. Su administrador aún no ha hablado, pero Olga, entre una botella de champagne y otra de Tokay, ha logrado arrancarle alguna noticia. Ese hombre era el confidente del barón y debe de saber muchas cosas. Sólo se trata de hacerle una visita y recurrir a los grandes medios. Si ustedes hubieran tardado en venir, ya habría yo decidido ir a desenmascararle.

—¿Dónde habita? ¿En el palacio del barón? —preguntó Fedor.

—No, señor: después de la marcha del barón, se ha reducido a un espléndido pabellón que se eleva en medio del jardín.

—¿Vive solo?

—De noche le acompaña únicamente un antiguo servidor —respondió el atman—. ¡Oh!… No nos dará mucho que hacer ese hombre.

Sacó del bolsillo un reloj y lo miró.

—Apenas son las doce —dijo después—. Tenemos, por tanto, aún una hora, porque Olga le ha ofrecido ir a verle entre una y una y media. Señores, ¿tienen ustedes trineos?

—No —respondió Fedor.

—Entonces yo me ocuparé de hacerles venir. Nosotros tenernos siempre algunos preparados para nuestras expediciones, y son rápidos, se lo aseguro, porque me cuido de que tengan buenos caballos.

Con una seña llamó al mozo.

—Que dentro de media hora tengamos preparadas cuatro troikas —dijo—. Las mejores y más veloces, ¿me entiendes?

—Sí, atman.

—¿Qué hace Olga?

—Está bebiendo champagne con Dimitri

—Hazla que Venga en seguida y manda a Dimitri a dormir. Esta noche no le necesito.

—Está bien, atman.

El jefe de la gaida volvió a encender el cigarro que había dejado apagar; después, y a lentos sorbos, vació un vaso, haciendo filtrarse el espumoso líquido entre los dientes para saborearlo mejor.

Apenas labia dejado la copa, cuando se abrió una puerta de la vasta sala y entró, ligera como un pájaro, una joven que se aproximo a la mesa haciendo resonar una explosión de risa argentina.

Era Olga.

Los allí reunidos, excepto el atman, no pudieron contener un gesto de admiración. Tenían ante sí una bellísima joven, con una espesa cabellera rubia que le caía en pintoresco desorden sobre un corpiño de terciopelo rojo adornado de gruesos alamares de plata y grandes botones de igual metal.

Sus ojos era de un azul oscuro, profundos como el agua del océano e irisados, la nariz un poco respingada, la boquita lindísima, con sus labios rojos como el coral, hermosos y perlinos dientes; su piel era de una blancura tan deslumbradora, que podría competir con la nieve de las inmensas llanuras rusas.

Aunque no contaría más de diecisiete o dieciocho años se advertían ya en aquel rostro las señales de una prematura vejez, provocada, seguramente, por las continuas orgías a que la obligaban los miembros de la gaida.

—Buenas noches, atman, buenas noches, señores —dijo haciendo una graciosa y cortés reverencia.

—Siéntate —dijo el jefe.

—Tengo sed.

—Bebe.

La muchacha tomó una copa llena de champagne y la vació de un sorbo.

—¡Ah! Éste es mejor que el que me ha dado Dimitri —dijo—. Ése no sabe elegir las buenas marcas.

—Calla y responde únicamente a mis preguntas —dijo el atman, rudamente—. No nos hemos reunido aquí para escuchar tus habladurías.

Olga se sentó mirando con ojos bien abiertos e inclinada la cabeza graciosamente sobre su hombro, con cierto aire provocativo, uno a uno a los desconocidos que estaban alrededor de la mesa.

—¿Te aguarda el administrador del barón?

—Entre una y dos atman —respondió la muchacha. Le he avisado que tengo un compromiso.

—¿Está siempre borracho cuando vas a verle?

—Como un boyardo

—Tú no conoces aún a los boyardos para poder hacer esa comparación. Acaso algún día logres también pescar alguno. ¿Hay un solo criado en el pabellón?

—Y además viejo, atman. Es el que nos lleva siempre las botellas de champagne.

—Cuenta a estos señores, mi valiente muchacha, cuanto hayas podido arrancar al administrador del barón durante sus borracheras.

—Yo he hecho lo posible por hacerle hablar acerca de los asuntos que tú me has encargado, atman —respondió la joven, que se había puesto seria—, pero el señor Stossel tiene la fea costumbre de beber demasiado, y cuando está repleto de vodka y de champagne se nubla su cerebro infernalmente y su lengua se traba hasta tal punto, que casi nunca logro entenderle.

—Vamos adelante pronto, muchacha —dijo el jefe de la gaida, haciendo un gesto de impaciencia—. No tenemos tiempo que perder.

—Pues dame de beber si quieres que mi lengua adquiera más elasticidad.

—Tienes un vicio muy feo, muchacha,

—Tú sabes mejor que yo, atman, que el champagne les gusta aún más a las damas rusas que a las francesas.

—Bebe y vamos adelante.

Olga llenó su copa, y, como antes, la vació de un trago, chasqueando la lengua con visible satisfacción.

—Prosigue —dijo el atman con voz imperiosa.

—Pues él me ha contado que su amo el barón de Teriosky ha partido para un largo viaje con una joven lindísima, hija de un alto personaje, y de la cual está locamente enamorado, a la que ha raptado violentamente por medio de sus siervos.

—¿Podrías decirnos dónde la ha conducido? —preguntó Boris, cuyo rostro se había alterado espantosamente.

—Eso no me lo ha querido decir por más que he insistido. Aunque ebrio, no ha querido aquel maldito hombre traicionar el secreto de su amo. Solamente he podido sacar de él, que la joven era hija de un hombre de mar, a quien su amo había hecho desterrar en no sé cuál penitenciaría de la Siberia oriental.

—En Sajalin —dijo Boris.

—Sí; le he oído pronunciar ese nombre.

—¿Y después? —preguntó Wassili, que parecía extremadamente conmovido por el intenso dolor que transparentaba el rostro de su hermano.

—Una noche que estaba más ebrio que de costumbre, me confesó, alabándose, que él había ido al palacio del padre de aquella muchacha a esconder documentos comprometedores, falsificados por no sé cuál bribón, y que luego había avisado a la policía.

—¿Quién? ¿El administrador del barón? —exclamó Boris, saltando en pie.

—Sí. señor mío.

—¡Y ese miserable que ha arruinado a dos hombres honrados, a mí y a mi hermano, vive todavía!…

—¿Por cuanto tiempo, señores? —dijo el jefe de la gaida—. Los Hoolyganis se han comprometido a vengaros y pronto os demostraremos cómo, aunque ladrones y granujas, castigamos a los malvados que son peores que nosotros. ¿Tienes más que decir, hija mía?

—Que Stossel me espera entre una y dos, como ya te he dicho, y que esta mañana ha marchado fuera de San Petersburgo.

—Nos conducirás adonde esté.

—¿Quieres matarle?

—Eso es cosa mía, jefe supremo de la gaida, y no tuya: ¿acaso le amas?

La joven se encogió de hombros y se rió cínicamente.

—Yo estoy afiliada a la gaida —dijo luego—. Le pertenezco por completo.

—He ahí una respuesta discreta —dijo el atman, que había fruncido la frente—. Los Hoolyganis tienen la mano siempre dispuesta para castigar a los que no obedecen las órdenes del Consejo.

Se volvió hacia el muchacho, que estaba de pie detrás de la silla del terrible jefe y le preguntó:

—¿Están preparados los trineos?

—Sí. atman.

—¿Está puesto alrededor de la posada el servicio de vigilancia? No tengo gana de que la policía me estorbe esta noche.

—Todos están en sus puestos.

—Que un trineo montado por cuatro de los nuestros y guiado por Puño de Hierro nos preceda, despejando el camino en caso de peligro. Quiero estar completamente en libertad.

El muchacho, que debía de tener al jefe de ladrones un miedo endiablado, desapareció para ir a cumplir sus órdenes.

—Señores——dijo entonces el atinan—, podemos partir. El palacio del barón está lejos y faltan sólo veinte minutos para la una, ¿tienen todos ustedes armas?

—Todos —respondió Ranzoff—. Y estamos dispuestos a hacer uso de nuestros revólveres y de nuestros puñales.

El atman tiró la colilla del cigarro, sorbió hasta el poso de su taza, y condujo a Ranzoff y a sus compañeros al patio de la posada.

Cuatro troikas, con los faroles encendidos, tirada cada una por tres vigorosos caballos y guiadas por cocheros de gigantesca estatura, esperaban.

El atman subió a la primera con Olga; los demás tomaron sitio en las que seguían.

—¿Ha marchado ya Puño de Hierro? —preguntó el jefe al cochero.

—Hace un minuto —respondió el coloso.

—Recoge las bridas.

El portón del patio estaba ya abierto.

Restallaron las fustas y las troikas partieron a carrera desenfrenada, sumergiéndose entre la niebla que se había hecho más espesa que nunca. Delante, a no mucha distancia, se oía el galope de otros caballos. Era el trineo guiado por Puño de Hierro y montado por los cuatro Hoolyganis encargados de las estafetas y de despejar el camino a las troikas.

—Tengo curiosidad por saber cómo acabará esta extraña aventura —dijo Ranzoff, que iba junto con Wassili Y Boris—. Nunca hubiera creído poderme aproximar a esta formidable banda de ladrones y asesinos.

—Sin embargo, mi querido Ranzoff —respondió el ingeniero—, estos bribones nos darán el hilo de la enredada madeja, y solamente por medio de ellos podre-nos saber alguna cosa.

—No sospechaba, ni siquiera remotamente, que estuvieran tan perfectamente organizados. Había oído hablar vagamente de los Hoolyganis, pero no les había concedido importancia.

—Cuando ya ves que son más poderosos que la policía secreta rusa.

—Ya lo veo; pero me extraña una cosa.

—¿Cuál?

—Que estos granujas tienen, por decirlo así, un fondo de honradez.

—¿Porque se han interesado en nuestra suerte?

—Sí, Wassili.

—Todos los bribones tienen su lado flaco. Nos han acusado de formar parte de la sociedad de los Hoolyganis, y ellos se han empeñado en demostrar que no alistan en su filas personas honradas, y así nos vindican.

—Pero yo no querría encontrarme en la piel del administrador del barón.

—Ni yo, porque apostaría mil rublos contra un solo kopek a que ese desgraciado no estará vivo mañana ni beberá más champagne de su amo.

—Señor Ranzoff —dijo en aquel momento Boris. que hasta ahora había permanecido silencioso, absorto en su dolor—. ¿Qué haremos después?

—La guerra al barón, señor Boris —respondió el capitán del Gavilán, con voz tranquila—. Él os ha arruinado, os ha despojado de vuestros bienes, os ha raptado la hija y nosotros le arruinaremos a él y no cesaremos hasta que la muchacha vuelva a vuestros brazos… ¿Qué nave podrá competir con mi máquina voladora? ¿Quién podrá asaltarla o cañonearla a cinco mil o a diez mil metros de altura? ¿A quién temeremos nosotros? Allí donde ondee la bandera de Teriosky, nosotros hundiremos millones en el mar. Lo que me preocupa es la muchacha. ¿Dónde la habrá llevado aquel bribón? ¿En qué buque la habrá embarcado? Aún no he perdido la esperanza, señor Boris. Acaso por el administrador sabremos alguna cosa.

Mientras hablaban, las troikas devoraban el camino hendiendo la niebla intensísima que el Nevu lanzaba a grandes oleadas en todas direcciones.

Los velocísimos vehículos seguían ahora la orilla derecha del río, dirigiéndose a las islas que surgen hacia la desembocadura y donde se encuentran las casas de recreo de los boyardos rusos.

Llegados a cierto sitio, se internaron sobre la superficie congelada del Neva y la atravesaron. Los gigantescos cocheros contenían con gran trabajo a los caballos, que parecía llevaran fuego en sus venas.

De pronto aquella vertiginosa carrera cesó casi bruscamente ante un imponente palacio que se erguía en medio de un espeso bosquecillo de pinos y de abedules.

El atman en seguida echó pie a tierra y ayudó a Olga.

—Aquí es, ¿no es cierto?

—Sí —respondió la muchacha, que castañeteaba los dientes por el intenso frío—. ¡Ah! Qué ganas tengo de una buena piel y un alegre fuego.

—Pronto los tendrás —repuso el jefe de la gaida—. ¿Qué hay que hacer para entrar?

—Ven conmigo, atman.

—¿Quién viene a abrir?

—El criado.

—¿Dónde está Puño de Hierro?

De un trineo que había parado a breve distancia, descendió un hombre de estatura gigantesca.

—Aquí estoy, jefe —respondió—. Te esperábamos.

—¿Están dispuestos tus hombres?

—Siempre.

—¿Armados?

—No es necesario preguntarlo —respondió el gigante.

—Tendrán que apoderarse de un hombre.

—¿Y matarle con un coup de poign americain?

—De ningún modo. Ese pobre diablo no habrá, probablemente, hecho ningún daño a la gaida y no merecerá, por tanto, probar la robustez de tus puños ni de tus brazos. No deseo sino que sea amordazado y atado. No es él quien ha de pagar el pato… ¡Todos a tierra!

Los Hoolyganis del trineo, los marineros del Gavilán y sus jefes saltaron a la nieve, empuñando los revólveres.

—Guíanos —dijo el atman a Olga.

La muchacha recogió su falda de terciopelo rojo para no mojarla demasiado, sumergió en la nieve sus altas bolitas de piel, también rojas, y siguió la verja que se extendía ante el grandioso palacio de piedra.

Llegada ante una puertecita de hierro que debía de dar al jardín, alzó con la enguantada mano un pesado llamador de bronce y después lo dejó caer bruscamente produciendo un golpe sonoro.

—Estad atentos y seguidme —dijo—. Yo tendré la puerta abierta.

—Tú el primero. Puño de Hierro —dijo el atinan—. Cuida de que el hombre que venga a abrir no tenga tiempo de lanzar un grito.

—Sí, amo —respondió el gigante, poniéndose detrás de la muchacha—. Ya estoy acostumbrado a estos pasos.

—Silencio —dijo Olga—. El criado se aproxima.

Capítulo X. Un hombre helado vivo

Del otro lado del pequeño muro, porque en aquel sitio la verja ya había terminado, se oía crujir la nieve bajo los pesados pasos de un hombre.

Debía de ser el criado del administrador del barón, que se acercaba a la puerta.

—Preparado, Puño de Hierro —susurró Olga.

El gigante se arremangó las mangas de la chaqueta y afirmó sus piernas abiertas, dispuesto a caer sobre su víctima.

Un momento después introducían una llave en el ojo de la cerradura, que se descorrió fragorosamente.

Un hombre, con una linterna en la mano, compareció envuelto en un pesado gabán.

—¿Es usted? —preguntó con aire molesto.

—Sí —repuso Olga.

—Viene usted demasiado tarde.

—¿Está el administrador?

—Creo que ya está borracho perdido.

—Sin embargo, me espera.

—Si no la esperase, haría ya que se habría acostado cuatro o cinco horas —respondió el doméstico—. Allí se está bien en este tiempo de nieblas. Ande usted aprisa: esta noche hace frío.

Olga entró abriendo de par en par la puerta para dejar sitio a los que la seguían, y que el criado, semidormido y a causa de la niebla, no había podido percibir.

Puño de Hierro, rápido como el rayo, se desplomó sobre el desgraciado y le aferró fuertemente por el cuello impidiéndole lanzar un grito: después le dejó caer sobre la nieve, casi estrangulado.

Los cuatro miembros de la gaida, que le habían seguido inmediatamente, se apoderaron del prisionero, lo amordazaron, le ataron fuertemente y le condujeron al trineo, para confiarlo a la custodia de los cocheros.

—Ya está la vía libre —dijo Puño de Hierro, completamente satisfecho de su obra. Esa corneja ya no graznará.

—Guíanos —dijo el atman a Olga.

La joven, que había asistido impasible a aquella escena como si no tuviera que ver en ella, se recogió las faldas y avanzó tranquilamente bajo los grandes árboles del parque goteantes de agua.

Entre la niebla se distinguía un vago resplandor que parecía proyectado por una lámpara eléctrica.

—¿Está ahí el pabellón? —preguntó el atman.

—Sí —respondió Olga.

—Vamos pronto.

Atravesaron el parque, caminando con precaución para no hacer crujir la helada nieve, y se detuvieron ante un edificio de forma cuadrada, de arquitectura pesada, con grandes ventanas en el piso bajo, cerradas con dobles vidrios cubiertos de una capa de hielo.

El interior estaba iluminado, y en el exterior un globo de luz eléctrica producía vivo resplandor sobre la nieve.

El atman se acercó a una ventana, arañó ligeramente, sin producir el menor rumor, la corteza de hielo que cubría el cristal, y miró al interior.

Un hombre con larga barba rojiza, anchas quijadas y pómulos salientes, como todos los tártaros, vestido con un pesado gabán de grueso paño aceitunado, estaba sentado ante una mesa, hundido en una cómoda y blanda butaca de terciopelo azul. Ante él había varias botellas con el cuello cubierto de carta de oro y algunas copas de cristal de Bohemia, semillenas.

Fumaba en una monumental pipa de porcelana, semejante a la que usan los tudescos de Pomerania, y lanzaba con fuerza hacia el dorado techo del salón bocanadas de humo.

—¿Es él? —preguntó el atman, cogiendo entre sus brazos a Olga y levantándola hasta la ventana.

—Sí —respondió la muchacha.

—Entra, pues; nosotros llegaremos en el momento oportuno.

—Está bien.

Dio vuelta al pabellón hasta encontrar una puertecilla, la cual empujó ligeramente, y entró diciendo:

—Llego un poco tarde, ¿verdad, Stossel?

—¡Ah!… ¿Eres tú, pequeña? —respondió el administrador con voz ronca—. Estaba harto de esperarte.

—Con champagne y sliwowitz delante, si no me equivoco —respondió Olga, riendo—. ¿No tenía usted bastante para consolarse?

—¡Ah!… Esas cosas comienzan ya a fastidiarme.

—Pruebe usted el Kummel Stossel. Eso es más fuerte.

El administrador dejó la enorme pipa y miró a la graciosa muchacha con sus ojos grisáceos, ya nublados por las copiosas libaciones.

—Alégrame esta noche, hija mía —dijo luego.

—¡Confío en ello! Esta noche se está bien aquí con la niebla que reina ahí fuera.

—Siéntate cerca de la chimenea si tienes frío.

—Y deme usted de beber, Stossel. Supongo que será champagne finísimo.

—Es del mismo que bebía el barón.

—Pues cuando vuelva seguramente ya no lo hallará.

—Si vuelve —respondió el administrador, sonriendo.

—¿Ha naufragado acaso el buque?

—¡Oh. no!

—¿Ha desembarcado ya?

—¡Bah!… Así parece.

—¿Dónde?

—Eres demasiado curiosa, hija mía.

Vació un vaso de sliwowitz: después, mirando a Olga, le preguntó:

—¿Sabes que empiezo a estar intranquilo?

—¿Por qué, Stossel?

—Querría saber por qué me hablas tanto de mi amo. ¿Te interesa o le conoces por casualidad?

—¡Yo!… Nunca le he visto.

—¿Y por qué me pides siempre noticias de él?

—Pues por simple curiosidad. Me interesa esa muchacha que se ha llevado.

¿Por qué motivos?

—Yo soy también una muchacha

—No entiendo —murmuró el administrador—. Mejor sera beber

—Ya ha bebido usted bastante, me parece —dijo Olga, que se calentaba ante una chimenea elegantísima en la cual llameaban grandes troncos de pino.

—¡Oh! Apenas algunos vasos —dijo el administrador—. Los suficientes para alejar un poco el aburrimiento. Comienzo a estar bastante fastidiado de esta vida de oso gris y no tener trato más que con algunos cretinos campesinos. Cuando estaba aquí el amo, era una vida muy distinta.

—Ya os resarciréis cuando regrese.

—Sí, ¿cuándo? Ha ido lejos, muy lejos.

—¿Y por qué? ¿Acaso no se encontraba a gusto en San Petersburgo?

—Oh. sí. mucho. Pero tenía un miedo endemoniado al padre de la chica. Un miedo insuperable, aunque sabía que yo había hecho las cosas perfectamente. Ya nunca, nunca, volverá del destierro.

—¿Y, adónde ha escapado?

—Lejos, ya te lo he dicho.

—Ya sabréis que país.

—¡Yo!… Yo no se nada.

—¿No le escribe usted?

—No sé nada —contestó el administrador, bruscamente.

—Mejor dicho, no quiere usted decirlo —dijo Olga, levantándose.

—¿Y a ti qué te importa?

—A ella no; pero a nosotros sí —dijo una voz amenazadora.

El administrador, asustado, se había vuelto. Un hombre había entrado silenciosamente en el saloncillo, merced a la puerta que había dejado Olga sin cerrar, y se había colocado detrás de la butaca; era el atman.

A dos pasos de él, medio oculto detrás de un jarrón de alabastro, se encontraba Puño de Hierro, pronto a caer sobre el desgraciado Stossel.

—¿Quienes sois vosotros? —preguntó el administrador, levantándose con gran trabajo, porque las piernas se negaban a sostenerle a causa del espanto y del champagne bebido.

—El jefe de la gaida de los Hoolyganis —respondió el atman, apuntándole con dos revólveres.

—Ho…o…o… —balbuceó Stossel con voz temblorosa.

—Hoolyganis, te he dicho.

—¡Los ladrones!…

—Si así te place llamarnos, sea así —dijo el atman fríamente.

El administrador, que debía de estar dotado de algún valor, tiro la butaca y se arrojo a un lado gritando desgarradoramente:

—¡Samara! ¡Samara!

Es inútil que te sofoques —dijo el atman—. Tu siervo está en nuestro poder y por ahora no vendrá en tu auxilio. Mejor será que te entregues sin hacer tanto alboroto, que, por otra, sería totalmente inútil. Pero no temas por tu dinero ni por el de tu amo: la caja de la gaida no necesita, al menos por esta noche.

El administrador, que sabía que casta de ladrones eran los Hoolyganis, respiró fuerte.

—¿Queréis de mí, entonces? —preguntó titubeando ¿Beber el champagne o el sliwowitz de mi amo? Tendré mucho gusto en poderos ofrecer las botellas más viejas.

—Ésas las beberemos más tarde —respondió el atman—. Ahora, querido Stossel tenemos que tratar asuntos más importantes.

Después, alzando la voz, dijo:

—¡Señores, entrad!

Ranzoff, Boris, Wassili, sus compañeros y los cuatro Hoolyganis del trineo invadieron el elegante gabinete.

El administrador había quedado inmóvil, apoyado en la mesa, mirandolos uno a uno con ojos dilatados por el espanto.

—No te inquietes —dijo el atman con voz irónica—. Éstos son todos conocidos míos y también de la linda Olga.

Stossel miro maquinalmente a la muchacha y la vio sentada tranquilamente ante la chimenea crepitante, y entretenida en calentarse al fuego las manos.

—¡Ah! ¡Criatura miserable!… —gritó, intentando lanzarse a ella.

Puño de Hierro, que se había colocado detrás, le obligó a plegarse bajo la terrible presión de su brazo.

—Sé bueno si no quieres que te divida en dos pedazos —dijo el gigante—. Es peligroso chancearse de los miembros de la gaida de los Hoolyganis.

El administrador se había apoyado en la mesa, pálido como un muerto y jadeando afanosamente.

—¿Qué queréis entonces de mí? —preguntó con voz quebrantada.

—Te lo dirán esos dos señores —dijo el atman, señalando a Boris y a Wassili.

El administrador fijó su mirada en el ingeniero, después en el excomandante del Pobieda, y se pasó una mano por la frente como intentando despertar lejanos recuerdos. Le parecía haber visto alguna vez aquellos rostros, ¿pero dónde?

—¿Nos reconoces? —preguntó Wassili.

—Me parece haberles visto —respondió el administrador.

—¿Dónde?

—No lo sé.

—Entonces yo te lo diré: en el palacio de los Starinsky, en el palacio de los primos de tu amo.

Stossel sufrió una sacudida como si hubiera recibido una descarga eléctrica, y sintió correr por su rostro un sudor frío.

—¡Ellos! ¡Starinsky!… —balbuceó con voz afanosa.

La embriaguez había pasado y comenzaba a comprender algo. Conocía por instinto que alguna cosa terrible iba a acaecer.

Puño de Hierro, al verle tan aniquilado, casi anonadado, tan extraviado, levantó la butaca y le obligó a sentarse, diciéndole irónicamente:

—¿Quieres un vaso de agua?

—No; dadle champagne —dijo Olga, sin volverse, continuando sentada ante la chisporreteadora lumbre de la chimenea—. No tiene costumbre de beber agua y le haría daño.

Stossel no rechazó aquella atroz ironía, acaso porque ni la oyó siquiera a causa del espanto que le dominaba.

—Señores, sentaos —dijo el atman, haciendo seña a Puño de Hierro y a los cuatro Hoolyganis de que trajeran sillas.

Ranzoff, sus amigos y los seis marineros del Gavilán se sentaron en torno a la mesa, poniendo ante sí puñales y revólveres, mientras los asociados de la gaida se ponían de guardia en las puertas para que nadie pudiese entrar.

—Se abre la sesión —dijo el atman con voz grave—. Ustedes, señores.

Wassili fue el primero que tomó la palabra.

—Hemos venido aquí, administrador, para tener noticias de tu amo. Este señor y yo —señalando a Boris— somos los primos del barón, aquellos primos que el granuja hizo desterrar para apoderarse de sus riquezas. Tú no nos conocías, pero nosotros a ti sí.

—Ustedes… los primos.

—Sí, de tu infame dueño. ¿Dónde está ese miserable? Piensa bien tus palabras, porque estamos dispuestos a arrancarte la verdad a la fuerza.

—Yo… señores —respondió el administrador, que temblaba como presa de intensísima fiebre.

—Ten cuidado, porque estás en nuestras manos —dijo el atman—, y acuérdate de que, aunque estos señores te perdonen, no encontrarás gracia entre los Hoolyganis si te obstinas en permanecer mudo o intentas engañarnos. Tu siervo es nuestro prisionero; de modo que no pienses en recibir auxilio. Ahora responde a las preguntas de estos dos señores. Bebe antes un vaso de champagne o de sliwowitz para tranquilizarte. Nosotros te lo permitimos.

—No tengo sed en este momento —contestó el administrador castañeteando los dientes.

—Entonces, más tarde beberás. Ahora responde.

—No puedo responder, porque no sé nada. Mi amo ha partido y no me ha confiando el sitio adonde iba.

—¿Con quién ha marchado? —preguntó Wassili.

—Con una joven.

—¿Quién es?

—Nunca lo he sabido.

—¿Le acompañaba voluntariamente?

—La muchacha iba dormida cuando salió del palacio. Supongo que iba bajo la acción de algún narcótico.

—¿Dónde se ha embarcado el barón? —preguntó Wassili.

—En Riga.

—¿En uno de sus buques?

—Sí.

—¿Cómo se llama el vapor?

—No lo sé.

—Lo sabes y no quieres decirlo —dijo Boris—. Pero te obligaremos a ello.

—Puño de Hierro —dijo el atman—, colócate detrás de ese hombre y si titubea al responder a nuestras preguntas, rómpele el cráneo.

El intendente lanzó un grito de espanto al oír la orden.

—¡No!… ¡No!… ¡Perdón! ¡No me matéis! —gritó—. ¡Yo soy un pobre hombre!

—Que por agradar a su amo envía a las minas de Siberia a dos hombres honrados, ¿no es eso señor Stossel? —dijo Wassili irónicamente.

—¿Qué quiere usted decir, señor?

—Que estamos enterados de que tú eres el que se introdujo en nuestro palacio para esconder allí proclamas nihilistas y papeles comprometedores para enviarnos a la galera, ¡miserable! —gritó Boris, poniéndose en pie—. ¡Niégalo si te atreves!

El administrador quedó como herido por un rayo.

Intentó hablar, rebatir la acusación, pero sólo logró que de sus labios secos y contraídos se escapara un ronco sonido.

El atman llenó un vaso de champagne y se lo ofreció diciéndole:

—Bebe o no podrás hablar.

El administrador lo tomó ávidamente y lo vació de un sorbo.

—Te advierto que semejantes emociones suelen ser peligrosas —dijo el atman.

—Continuemos —dijo Wassili—. De modo que insistes en decir que no sabes el nombre del barco.

—No; no insisto.

—¿.Cornos se llama, pues?

—El Tunguska.

—¿De dónde ha zarpado?

—Le juro, señor, que lo ignoro.

—Después de la partida de tu amo ¿no has vuelto a tener noticias de él?

—Sí, una vez.

—¿De dónde?

—De Lisboa.

—Enséñanos la carta —dijo Boris.

—No la tengo ya.

—¿Qué has hecho con ella? —preguntó Wassili.

—La he roto.

—No te creo.

—Lo juro.

—Cuidado, porque Puño de Hierro tiene el brazo levantado —dijo el atman.

—Le aseguro que la he roto.

—¿Insistes en ello? —preguntó Wassili, mirándole fijamente.

El administrador titubeó en responder y miró a Puño de Hierro, que estaba detrás de la butaca con el brazo en alto.

—No me asesinéis —dijo.

—Entonces habla. ¿Dónde está la carta?

—La he escondido.

—¿Dónde? —preguntó Wassili.

—En el fondo de una pila de baño, juntamente con otros documentos.

—¿Qué decía?

—No lo he entendido.

—¿Decía el lugar donde tu amo se ha refugiado?

—No lo sé; se refería a una isla que yo no he oído nombrar nunca.

—Pronto lo sabremos nosotros —dijo Boris—. Explícanos por qué tu amo, rico, poderoso, estimado en la Corte imperial, ha huido de San Petersburgo.

—Porque temía encontrarse cualquier día enfrente de sus primos y perder entonces a la joven que amaba con locura.

—Sin embargo, él sabía que estábamos desterrados en la Siberia y hasta más allá de la Siberia.

—Pero tenía miedo de verles a ustedes reaparecer.

—¿Cuándo raptó a la joven?

—Dos semanas después de vuestro arresto.

—¿Por quién?

—Por algunos siervos del barón.

—¿Quién los dirigía?

Stossel no respondió.

—Tú, ¿no es cierto?, ¡miserable! —gritó Boris.

—Yo no he dicho tal cosa —balbuceó el administrador.

—Pero lo leemos en tus ojos.

—Yo no tenía más remedio que obedecer a mi amo.

—Y para obedecerle nos mandaste a nosotros a las minas —dijo Wassili.

El administrador tuvo una explosión de ira, y volviéndose hacia Olga, que no se había separado de la chimenea, le gritó con voz enfurecida:

—¡Eres una criatura vil! ¡Tú has causado mi ruina!…

La muchacha respondió con una risotada argentina y un encogimiento de hombros.

El atman se levantó.

—Guíanos a la pila —dijo—. Ya hemos perdido demasiado tiempo.

—Hace ahora demasiado frío.

—¡Bah! Los buenos rusos no tienen nunca miedo a la nieve. Si quieres puedes calentarte el estómago con un buen vaso de sliwowitz. Nosotros haremos otro tanto.

A una seña suya, los cuatro Hoolyganis que guardaban la puerta abrieron un gran armario de nogal tallado que se encontraba en un ángulo del gabinete, y sacaron algunos vasos de cristal de Bohemia, que colocaron ante las personas sentadas en torno a la mesa.

El aúnan tomó una botella llena de espirituosa bebida y llenó los vasos, mientras decía:

—Bebed, señores; esto les preservará del frío; acaso tengamos que permanecer un poco al aire libre.

Vaciadas las copas. Puño de Hierro pasó un brazo por debajo del administrador, que estaba más muerto que vivo, y todos le siguieron, mientras Olga se quedaba ante la chimenea sin dignarse dirigir una mirada al desgraciado a quien había hecho traición.

Fuera hacía un frío verdaderamente siberiano y la niebla no se había aún desvanecido. Los altos pinos del parque apenas eran visibles en su base: las cimas desaparecían entre aquellos grávidos vapores extendidos sobre la tierra como fúnebre sudario.

Únicamente la lámpara eléctrica suspendida de una pequeña columna erigida ante el pabellón rompía débilmente las tinieblas.

—¿Dónde está esa pila? —preguntó el aúnan al administrador.

—Cerca de la lámpara.

—¿Venía tu amo a bañarse cuando nevaba?

—En el verano.

—Se vé que tiene gustos refinados.

Stossel no respondió.

Se acercó a la columna que sostenía la lámpara, arrancó con rabia una tela impermeable cubierta por la nieve, y puso al descubierto una amplia pila de mármol blanco, ele unos tres metros de profundidad, provista en un lado de dos grifos de metal.

—¿Es ahí debajo donde está escondida la carta? ——preguntó Wassili.

—Sí —repuso Stossel con despecho.

—¿No nos engañarás?

—¿Acaso no estoy en vuestras manos? —preguntó rabiosamente el administrador.

—¿Está escondida en el fondo de la pila?

—Bajo la piedra de desagüe.

—¿Quién va a bajar por ella? —preguntó Wassili al atman.

El jefe de los Hoolyganis estaba tan ocupado en abrir los dos grifos, que por el pronto no respondió.

—¿Quién va a bajar? —repitió Wassili.

—El administrador —dijo finalmente el atman.

Después, como hablando consigo mismo, añadió:

—El agua de las cañerías aún no está helada. Se le puede dar una buena broma.

—Baja ahí —dijo Wassili al administrador—. Nosotros no nos iremos hasta que tengamos en nuestras manos la preciosa carta.

—¿Y después qué haréis conmigo?

—De eso se ocupará el jefe de los Hoolyganis.

Stossel se quitó el largo cinturón de cuero que le ceñía el talle con dos vueltas, y después de asegurarlo a la columna de la luz eléctrica, descendió a la pila, gruñendo y blasfemando.

Llegado al fondo, agarró un anillo de hierro y levantó una losa de mármol, haciendo saltar la ligera capa de hielo que la cubría.

Apareció debajo un ancho agujero de forma circular, en el cual metió la mano, buscando a tientas por algunos instantes.

—Aquí está —dijo con rabia, mostrando un grueso sobre—. ¡Malditos seáis!

Boris lo cogió ávidamente, en tanto que el atman, sin que nadie lo notase, quitaba de pronto el cinturón de cuero de que se había servido el administrador para descender a la pila.

El excomandante del Pobieda dirigió una mirada a los papeles y se le escapó un grito que reflejaba una profunda sorpresa.

—¡Fechada en Tristón de Acuña! —exclamó—. ¡A bordo del Lepa!

Un alarido respondió a aquella exclamación: un alarido espantoso.

El atman había abierto los grifos, y dos chorros de agua terriblemente fría caían encima del administrador.

—¿Qué hacéis? —preguntaron Boris, Ranzoff y Wassili estupefactos.

—Los Hoolyganis satisfacen una de sus venganzas —respondió tranquilamente el jefe de la gaida—. Ese miserable les mando a ustedes a galeras sabiendo que eran inocentes, por ciar gusto a su amo y por justificar alguna suma, y para colmo de infamias les echó encima la acusación de formar parte de una banda de ladrones. Tales granujas no tienen derecho a vivir.

—¿Y vais a matarle? —preguntó Wassili.

—La gaida le había condenado antes de ahora.

—Le pedirnos a usted su perdón —dijo Boris.

—Es inútil, señor; nosotros le hemos prestado a usted un servicio inapreciable: deje usted que los Hoolyganis satisfagan su venganza, sin entrometeros en los asuntos de la gaida. Además, si yo, por atención a ustedes, le perdonase, mañana por la noche la sentencia de muerte sería ejecutada igualmente por Puño de Hierro. ¡Vuelvan ustedes al salón, señores! Toda relación entre nosotros ha terminado desde este momento. Para nosotros son ustedes unos extraños.

La voz del jefe se había hecho de pronto amenazadora y dura. Sus satélites miraban ya de soslayo a los hijos del aire, y empuñaban con resolución sus revólveres.

Boris y Wassili miraron con ansiedad a Ranzoff.

—Son asuntos que a ellos les competen —respondió el capitán del Gavilán, que no quería altercados con aquella canalla peligrosa—. Vamos a leer esta carta, que puede darnos preciosos informes.

Wassili hizo, sin embargo, una última tentativa.

—Nosotros que somos las víctimas de ese hombre, le perdonamos. Sea usted también generoso.

El atman hizo un gesto negativo con la cabeza.

—Yo tengo que responder de mis actos al Consejo de la gaida —dijo luego—. Este hombre está sentenciado y morirá. Si le perdonase, mañana yo no estaría vivo. Marchaos, señores; todo ha concluido entre nosotros.

—Vamos, amigos —dijo Ranzoff—. Perderíais inútilmente el tiempo.

Volvieron la espalda al baño y entraron nuevamente en el saloncito, sin que los Hoolyganis les dijeran ni una palabra.

El agua continuaba deslizándose dentro de la vasta pila de mármol con un rumor fúnebre.

El desgraciado administrador, que la sentía descender, aullaba desesperadamente, se agitaba de modo furioso, pero sin lograr agarrarse a las llaves de los grifos para cerrarlos.

El atman, Puño de Hierro y los cuatro Hoolyganis asistían impasibles a la desgarradora agonía, sin que se moviese un solo músculo de sus caras.

No debía ser la primera vez que asistían a una venganza tan espantosa.

El agua se elevaba siempre, y en torno del desgraciado administrador se formaban agujas de hielo, y vistas sus inútiles tentativas para conmover a los terribles vengadores, se refugió en una esquina de la pila, rugiendo como bestia feroz cogida en un lazo.

No se movía ya: el frío intenso paralizó sus miembros; los ojos, que tenían fulgores fosforescentes, se fijaron espantosamente en los del atman, aunque sin producir ningún efecto sobre el ánimo del terrible bandido.

De pronto Puño de Hierro, obedeciendo a una seña del jefe, cerró los grifos.

El administrador tenía el agua hasta el cuello.

El témpano se formaba rápidamente, encerrando al desgraciado como en un estuche.

Los grifos cesaron: solamente se oía la afanosa respiración del agonizante.

Los seis Hoolyganis, siempre impasibles como bloques de granito, miraban tranquilamente cómo se solidificaba el agua.

De cuando en cuando el cristal se rompía bajo una brusca sacudida de Stossel, pero en seguida el frío intensísimo que reinaba aquella noche nebulosa volvía a soldarlo.

Transcurrieron cinco minutos largos como siglos. Después la cabeza del administrador se plegó sobre el hombro izquierdo, y la mirada fulgurante se apagó de improviso.

—La venganza de la gaida está cumplida —dijo el atman—. Vamos.

Atravesaron el jardín silenciosamente y llegaron a la puertecilla. Olga estaba allí esperando.

—¿Concluido? —preguntó la muchacha con indiferencia.

—Concluido —respondió el atman.

Subieron a las troikas, y los caballos, enérgicamente fustigados, se perdieron rápidamente entre a niebla.

Capítulo XI. El documento inapreciable

Mientras los Hoolyganis satisfacían en el administrador su espantosa venganza. Ranzoff y sus compañeros, que habían comprendido que otra tentativa para arrancar a aquel miserable de las manos de los bandidos hubiera podido traerles consecuencias que no se podían prever, se encerraron en et saloncillo del pabellón, cerrando puertas y ventanas, ansiosos por conocer el contenido de la carta.

Olga, que ya debía de haber entrado en calor, había abandonado la chimenea para esperar a los miembros de la gaida en la puerta de jardín.

—No nos entrometamos en sus asuntos —dije Ranzoff, después de poner a los tres marineros del Gavilán de guardia en las puertas—. Ademas, merecida tenía la muerte el hombre que les ha hecho a ustedes pasar largos meses de martirio en las minas y en las penitenciarías siberianas. Dejemos que se las arreglen como puedan aquellos bribones y ocupémonos de nuestros asuntos. Señor Boris, hacednos conocer el contenido de la carta. Acaso encontremos en ella inapreciables noticias le vuestra hija.

—Ya la he leído —dijo el excomandante del Pobieda, con voz profundamente alterada.

—¿A qué se refiere al tratar de las islas de Tristán de Acuña? —preguntó Wassili.

—El miserable se ha refugiado allí

—¿Teriosky?

—Sí, hermano, y con él mi hija,

—¿Es posible?

—La carta es terminante.

—¿A quién va dirigida?

—Al administrador.

—¿Y por qué se habrá refugiado allí? —preguntó Ranzoff, que no estaba menos asombrado que Wassili.

—¿Por temor a nuestra venganza?

—Sí. según dice a Stossel.

—Pero nosotros no habíamos escapado aún; mejor dicho, aún no te habíamos libertado —dijo Wassili.

—Una aclaración, señores —dijo en aquel momento Rokoff—. ¿Dónde se encuentra Tristán de Acuña?

—Es un grupo formado por dos islas, una habitada y otra inhabitable, perdidas en el Atlántico meridional —respondió Boris.

—¿Tú las conoces, hermano? —preguntó Wassili.

—He tocado en ellas una vez, hace muchos años, cuando era segundo oficial a bordo del Jolina, barco-escuela que daba la vuelta al mundo.

—¿Y Teriosky está allí?

—Dámela.

Boris le entregó la carta, Wassili la leyó atentamente, después se la dio a Ranzoff, el cual, a su vez, la transmitió a Fedor y a Rokoff.

—¿Qué dice usted de esto, Ranzoff? —preguntó Wassili.

—Que sólo hay una cosa que hacer —respondió el capitán del Gavilán, después de meditar unos instantes.

—¿Cuál? —preguntó Boris.

—Atravesar el Atlántico y hacer una visita a esas islas. Si el bribón ha escrito la verdad, allí encontraremos a vuestra hija.

—¿Podrá el Gavilán resistir una travesía semejante?

—¿Por qué no?

—¿Y los huracanes, a veces terribles, que devastan el océano?

—¿No ha observado usted atentamente mi huso, señor Boris?

—Sí.

—Entonces se habrá convencido de que en caso de una desgracia podría navegar como un pequeño buque —respondió Ranzoff—. Si la tempestad le arrancara las alas, no por eso llegaría nuestro fin. Tenemos una hélice de impulsión y otra de remolque y una máquina poderosísima capaz de imprimirle una velocidad variable entre los veinticinco y los treinta nudos, no obstante los planos horizontales. ¿Qué más querríais lograr con una máquina voladora, señor Boris?

—Sé que vuestra máquina es realmente maravillosa —respondió el excomandante del Pobieda.

—En doce días nos pondremos a la vista de aquellas islas, porque impulsaremos al Gavilán con la máxima velocidad, y no teniendo ante nosotros montañas que superar ni ningún otro obstáculo, volaremos con rapidez fulmínea.

—Pero querría saber —dijo Rokoff—, por qué ese bribón ha elegido esas islas para refugiarse.

—El grupo Tristán de Acuña forma como un pequeño mundo aparte —dijo Boris—, un mundo casi olvidado, y Teriosky debe de haberlo elegido con la esperanza de hacernos perder sus huellas, y realmente lo hubiera logrado a no ser por la carta que hemos arrancado al administrador.

—A propósito; ¿qué habrá sido de ese desgraciado? —preguntó Fedor.

—Ya no lo oigo gritar.

—Probablemente esos terribles bandidos habrán dado fin de él —dijo el oficial de cosacos.

—¡Bah! Un granuja menos.

—Que habríamos podido perdonar —dijo Wassili, levantándose—. Casi me había olvidado de él. Amigos, vamos a ver si podemos arrancarle de las manos de esos miserables. Yo le perdono las terribles torturas que por tantos meses me ha hecho sufrir, con su infame delación, en las tétricas minas de Alghasithal.

—Espero que habrá muerto —murmuró Rokoff, quien, como verdadero cosaco, no tenía el alma muy sensible.

Todos se habían levantado, presas de viva agitación.

Los tres marineros del Gavilán abrieron la puerta que habían atrancado sólidamente para impedir cualquier desagradable regreso de los miembros de la gaida.

Fuera, la niebla se cernía constantemente, espesándose con especialidad alrededor de la lámpara eléctrica de la columna.

—No veo a nadie alrededor del baño —dijo Rokoff, que por precaución empuñaba el revólver, pues no tenía ninguna confianza en los Hoolyganis.

—¿No se habrán siquiera dignado despedirse? —preguntó Fedor.

—Ahí hay un muerto —respondió el cosaco.

Se acercaron con precaución a la pila, dentro de la cual daba de lleno la luz proyectada por la lámpara.

Efectivamente; allí había un cadáver. El administrador, completamente incrustado en el hielo que le había cubierto del todo, no mostraba más que la cabeza inclinada y espantosamente alterada. Los Hoolyganis habían desaparecido.

—Esos bribones son hombres de palabra —dijo Rokoff, tranquilamente—. No me gustaría tenerles por enemigos.

—Vámonos de aquí, amigos —dijo Wassili, volviendo la vista a tura parte—. No nos sorprendan y nos veamos envueltos en un crimen que no hemos cometido. ¿Tienes algún alojamiento que ofrecernos, Fedor?

—Rokoff y yo tenemos alquilada una habitación en la extremidad meridional de la Nevsky y tiene capacidad bastante para cobijarnos a todos.

—Seguramente no podremos partir esta noche, Ranzoff.

—Liwitz ha ido a pescar truchas al lago Ladoga —respondió el capitán del Gavilán, y con seguridad no estará de regreso hasta mañana por la noche. ¿Hay alguna terraza en ese alojamiento, Fedor?

—Sí, y a nuestra disposición.

—Entonces todo va bien. Despejemos antes que llegue alguien. Ya son las dos de la madrugada.

Permanecer allí más tiempo no era prudente, efectivamente. La policía debía de haber notado aquellas troikas que salían tan tarde de una posada sospechosa y habrían seguido sus huellas, porque no todos temían a los Hoolyganis. D ese modo no hubiera tenido nada de extraño una sorpresa.

El grupo atravesó el parque casi a la carrera, y encontrando la puertecilla abierta, salieron a la calle.

Como ya se habían imaginado, trineos y troikas habían desaparecido juntamente con el atman, con Olga y con los miembros de la gaida.

Afortunadamente, la Nevsky no estaba muy lejana.

Fedor y Rokoff, que conocían perfectamente San Petersburgo, llegaron en pocos minutos al palacio Anitchoff, lugar preferido de Alejandro II y que contiene la famosa biblioteca imperial instituida a expensas de la emperatriz Catalina, donde se muestran con orgullo a los extranjeros, y especialmente a los franceses, los manuscritos de Diderot, los libros registros de la Bastilla, la biblioteca de Voltaire y la celebre estatua del gran filósofo, reproducida en doble copia por Hoodon, y los italianos los planos del Kremlin de Moscú, construido por un arquitecto de esa nacionalidad en 1534, por orden de Iván el Terrible, quien ordenó después sacarle los ojos como a un pinzón, para que no pudiese proyectar otro monumento semejante para ninguna otra nación.

Se detuvieron ante un enorme edificio de siete u ocho pisos, como son casi todos los que se elevan en la Nevsky, que es una de las principales arterias de la capital rusa.

—Procuraremos no llamar la atención del portero —dijo Fedor—. Esos bribones son todos espías de la policía.

—A esta hora estará lleno como un odre —dijo Rokoff—. Tengo costumbre de regalarle cada noche una botella de vodka para que se quede completamente ciego y sordo.

Los hijos del aire, que poseían la llave del portón, subieron silenciosamente hasta el último piso y entraron en un departamento elegantemente amueblado, cuyas ventanas daban sobre una vasta terraza cubierta por espesa capa de nieve.

—He aquí lo que necesitábamos —dijo Ranzoff, que había abierto un ventanal—. El Gavilán descenderá sin que nadie se aperciba. Si la policía quiere prendernos, tiene que darnos caza por el aire.

Ninguno podía ya tenerse en pie por el excesivo cansancio. Afortunadamente el departamento era bastante grande y no faltaban en él camas ni divanes.

—Es de esperar que mañana la niebla será menos espesa y que Liwitz podrá ver mis señales —dijo Ranzoff, después de desear a todos las buenas noches—. El maquinista es un hábil pescador y probaremos las truchas del Ladoga.

Nada turbó su sueño. En todo el día siguiente se guardaron bien de abandonar la habitación para no despertar las sospechas del portero y sufrir una probable visita de la policía, siempre a caza de nihilistas, después del bárbaro asesinato de Alejandro II.

Por la noche, la niebla, contra su costumbre, no se extendió sobre la tierra. El día había sido frigidísimo, habiéndose helado completamente el Neva, lo que impedía todo principio de evaporación.

Los hijos del aire esperaron hasta las once de la noche antes de salir a la amplia terraza. Uno de los tres marineros del Gavilán llevaba los cohetes para hacer las señales.

La luna había surgido por detrás de las cúpulas de Nuestra Señora de Kazan y las estrellas parpadeaban a millones de millones en el cielo.

Era, por tanto, fácil distinguir un pájaro de las dimensiones del Gavilán.

Ranzoff, provisto de un anteojo de Fedor, interrogaba con ansiedad todos los puntos del horizonte.

Liwitz debía de haber ya terminado a aquellas horas la pesca de las truchas y volar a gran velocidad hacia la capital rusa manteniéndose seguramente a gran altura para no dejarse ver por los noctámbulos, siempre numerosos, no obstante el intenso frío que durante el invierno reina en las orillas del Neva.

Habían transcurrido dos horas y ya los hijos del aire comenzaban a lamentarse de la cruda temperatura, cuando Ranzoff, que de nuevo había explorado el horizonte, dijo:

—Helo allí. Veo allá arriba, en lo alto, un punto negro que se mueve con extremada rapidez. No puede ser más que mi Gavilán, ese Liwitz es verdaderamente un bravo muchacho de una puntualidad maravillosa.

—¿Podrán verle? —preguntó Rokoff,

—¿Quién se ocupará en mirar a lo alto a una hora tan tardía? Entre las estrellas no galopan las t roikas ocupadas por las bellas de la capital —respondió Ranzoff, que no perdía de vista ni un instante el punto negro que engrosaba rápidamente.

—¡Ursoff! ¡Haz la señal!

El marinero que tenía aquel nombre poco simpático desenvolvió un trozo de tela impermeable y sacó de ella tres cohetes, mientras otro compañero encendía un pedazo de mecha.

—Mirad si hay alguien debajo de nosotros —dijo Ranzoff.

Rokoff y Fedor se inclinaron sobre la balaustrada mirando a la calle y escudriñando todas las ventanas de las casas vecinas,

—Hace mucho frío esta noche para pasear —dijo el oficial de cosacos—. Apostaría que hasta los guardias de policía se han metido en sus cuarteles por no ver cómo se les helaban las barbas.

—Enciende, Ursoff —dijo Ranzoff.

El marinero dio fuego al primer cohete, que subió altísimo, dejando detrás una estela flameante de reflejos verdosos.

A aquél siguieron otros dos de diversos colores, disparados con cinco minutos de intervalo.

En lo alto, en dirección de la mancha negra, que ya era muy grande, se vio brillar una luz roja que en seguida se apagó.

—Liwitz ha contestado —dijo Ranzoff—; dentro de pocos instantes el Gavilán estará aquí a recogernos. La maquina voladora avanzaba con velocidad fulmínea.

—Otro cohete —dijo Ranzoff—. Podría extraviarse entre tantas casas ese bravo Liwitz.

Ursoff, que ya tenía otro cohete en la mano, disparó.

El Gavilán planeaba en aquel momento sobre la terraza, buscando el lugar conveniente para posarse.

Viendo elevarse la línea incandescente, el maquinista dejó bajar casi de pronto la máquina, gritando:

—Heme aquí, capitán.

La escalera de cuerda fue arriada. Los siete hombres subieron rápidamente uno tras otro, mientras el Gavilán agitaba febrilmente sus inmensas alas, manteniéndose casi inmóvil, haciendo girar al mismo tiempo todas sus hélices.

Iba ya el último marinero a saltar la balaustrada de aluminio que corría por la borda del puente, cuando se oyó debajo una voz que gritaba:

—¡A las armas!

Detrás resonaron sucesivamente hasta seis disparos de revólver.

—Imbécil —dijo Ranzoff—. Los salvajes de la Polinesia no obrarían de otro modo que estos agentes de policía. Abre todo Liwitz.

El Gavilán describió una especie de espiral, elevándose a mil quinientos metros; después, volviendo la popa al Ladoga y hacia la capital, se lanzó a carrera desenfrenada hacia el golfo de Finlandia.

—¿Adónde vamos, capitán? —preguntó el maquinista, después de estrechar calurosamente las manos que le tendían Fedor y el capitán de cosacos, a quienes había conocido hacía un año en la China.

—Ah, querido, por ahora atravesamos Europa hacia el cabo Finisterre.

—¿Entonces vamos a España?

—¡Oh! Algo más allá. Por ahora nos contentaremos con ver ese peligroso promontorio, tumba de naves europeas y americanas.

Después, volviendo a sus amigos, les dijo:

—Id, pues, a reposar, señores. La noche es muy fría y se está mejor encerrado en los camarotes.

—¿Y usted? —preguntó Wassili.

—Tengo esta noche mucho que hacer, y además, y mientras nos encontremos sobre países europeos, quiero guiar yo mismo mi máquina. No quiero que por ahora se descubra el Gavilán ni que se sepa que hemos resuelto el problema aéreo. Cuantío ya hayamos visitado Tristán de Acuña, haremos llegar al inundo noticias nuestras y palidecerán las tripulaciones de todos los barcos que llevan la enseña de ese bandido de barón. Primero procuraremos poner en seguro a Wanda; vuestra revancha y rehabilitación vendrán después. Ahora ya podemos esperar con tranquilidad, porque la policía rusa no ha de prendernos. Buenas noches; Ursoff les espera para ofrecerles a ustedes una taza de té caliente.

Dicho esto, el capitán se dirigió a popa e inclinado sobre la brújula que estaba iluminada interiormente, la observó atentamente, confrontándola con otra más pequeña que un marinero le había llevado.

—No hay desviación —murmuró con aire satisfecho—. Todo va bien.

Se envolvió en un pesado capote con capucha, encendió un cigarro y se sentó detrás de la bitácora, con la vista fija en la rosa de los vientos.

El Gavilán continuaba su fulmínea carrera, hendiendo la helada atmósfera con la velocidad de un proyectil.

Las inmensas alas y las hélices funcionaban furiosamente, imprimiendo al huso una trepidación sonora y haciendo oscilar los planos horizontales a través de cuyas membranas silbaba el viento con variados tonos.

Al día siguiente el Gavilán, que se sostenía a mil quinientos metros de altitud, volaba por encima del Báltico, cubierto de densísima niebla.

En los siguiente días continuó su velocísima carrera atravesando la Dinamarca meridional, rozando las costas de Alemania y de Holanda, pasando siempre inadvertido, porque mares y tierras estaban constantemente cubiertos por la niebla.

El canal de la Mancha fue salvado con igual fortuna y solamente en el golfo de Gascuña los hijos del aire vieron un par de veleros y un vapor que humeaba, dirigiéndose, al parecer a la desembocadura del Loire, pero el capitán anduvo listo en esconder el Gavilán entre las nubes y desaparecer.

Veinticuatro horas después, hacia la puesta del sol, avistaban el temido cabo de Finisterre y doblaban casi en seguida hacia el sur, siguiendo a gran distancia, paralelos a las costas de Portugal.

También divisaron algunos buques en aquellas aguas, pero iban a tal altura, que no podían distinguir si eran veleros o transatlánticos, porque no parecían mayores que una canoa.

Treinta y seis horas más tarde, también la costa occidental de África desaparecía en el horizonte, y el Gavilán se internaba en el inmenso océano Atlántico, dirigiéndose hacia las Canarias.

Capítulo XII. Sobre el Atlántico

En siete días había pasado aquella máquina maravillosa de los nebulosos y helados climas del norte a los ardientes y secos de las regiones tropicales.

Los navegantes del Gavilán, poco a poco según iban descendiendo hacia el sur, se iban despojando de sus pesados vestidos hasta quedarse casi en ropas interiores sin haberse resentido su salud.

El Atlántico se extendía ante ellos con su espléndido tinte azul oscuro y con sus imponentes corrientes marinas que circulan bajo el Ecuador.

En el momento en que perdían de vista la costa africana, que al ponerse el sol se esfumaba rápidamente en medio de un horizonte de fuego, ninguna nave surcaba el océano. Únicamente algunas aves marinas ocupadas en dar caza a los peces, aparecían proyectadas sobre la azul superficie, describiendo fulmíneas trayectorias.

Sin temor de ser descubierto, el Gavilán descendió de improviso hasta unos ciento cincuenta metros del mar, permitiendo así a los navegantes del aire admirar las bellezas que ofrecía aquella superficie infinita sobre la cual se mostraban de vez en cuando algunos peces, por lo general escualos y delfines.

Masas de algas comenzaban a aparecer aquí y allá, arrancadas sin duda por las corrientes al famoso mar de los Sargazos, tan temido de los navegantes de la antigüedad, y que el Gavilán había de encontrar más tarde al sur de las islas de Cabo Verde.

En medio de aquellas plantas acuáticas se mostraban numerosísimos peces que acaso se hallaban allí más resguardados de los ataques de los escualos.

Abundaban, sobre todo, el diodon, pez extraño de la zona tórrida, que tiene la costumbre de navegar a flote y absorber una gran cantidad de aire, con el que se hincha, apareciendo redondo como un globo.

Su cuerpo está completamente cubierto de espinas de color blanquecino, con manchas violáceas, y cuando el pez se irrita se hace mucho más grande.

Entre aquellos singularísimos peces se veía mecerse también numerosas Conchitas de nautilus con márgenes de nácar, con los ocho tentáculos redondeados desplegados al viento, como minúsculas barquichuelas.

A veces, entre los diodones y sus amigos se manifestaba un imprevisto pánico. Los primeros se deshinchaban rápidamente y se dejaban ir a pique: los segundos replegaban rápidamente sus tentáculos y daban vuelta a la concha, sumergiéndose.

Si las algas les protegían, o mejor dicho les ocultaban a sus enemigos acuáticos, no les salvaban de los saqueadores del aire, de los albatros de pico robustísimo ni de los quebrantahuesos que se dejan caer de lo alto con fulmínea velocidad, haciendo de cuando cu cuando numerosas víctimas. Pasado el peligro, sin embargo, diodones y nautilus volvían a aparecer navegando en conserva como buenos amigos, hasta que un nuevo ataque de los pajarracos les atolondraba de nuevo.

—Aquí se podrá hacer abundantísima pesca —dijo Wassili, que seguía con interés aquellos pequeños dramas marítimos—. ¿Tú traerás redes, Ranzoff?

—Pescaremos cuando lleguemos al mar de los Sargazos —respondió el capitán—. Por ahora tenemos víveres en abundancia y tengo prisa por alejarme de estos parajes que son muy frecuentados.

—Pues se harían buenas redadas —dijo Boris—. El océano aquí es profundísimo y los peces encuentran pasto abundante. En este momento pasamos sobre báratros tan profundos, que dentro podrían volcarse las más altas montañas del globo sin que emergiera nada.

—En efecto, he oído que entre la costa de África, las Canarias y las islas de Cabo Verde, existen vorágines extraordinarias —dijo Wassili.

—No tan profundas, sin embargo, como las del océano Pacífico ——respondió el excomandante del Poblada—. Aquí se conocen que miden hasta nueve mil metros, pero en el Pacífico se han hecho sondeos hasta de quince mil metros.

—Parece increíble que, a pesar de tan tremendas profundidades, se haya logrado atravesarle por cables telegráficos —dijo Ranzoff—. ¡Qué ruina para una compañía si uno de esos cables sumergidos a siete u ocho mil metros de profundidad se rompiera!

—Ninguna, señor Ranzoff —respondió Boris—, porque se le pesca y se compone.

—¿Se puede entonces recuperar?

—Seguramente, y sin grandes dificultades. ¡Cuántas veces los cables sumergidos a las mayores profundidades han sido sacados a la superficie para repararlos! ¿Creéis que los cables telegráficos no sufren deterioros porque están sumergidos a algunos millares de metros? Si tuviéramos a bordo las herramientas necesarias y tiempo que perder, podríamos pescar todos los cables y cortarlos, rompiendo así las comunicaciones entre Europa y América.

—¿Son muchos los cables telegráficos tendidos entre el viejo y el nuevo continente?

—Sí, señor Ranzoff, pero dos han sido abandonados y yacen en el rondo del abismo: el sumergido el ario 1865 y el fondeado al año siguiente.

—¡Que pérdida para las compañías propietarias! —dijo Wassili.

—Grandísima, hermano, porque un cable trasatlántico no cuesta menos de veinticinco millones.

—El hombre que tuviera el primero la idea de unir los dos continentes debió de ser un gran genio —dijo Ranzoff.

—Si Europa y América pueden corresponder entre sí en pocos minutos, lo deben a Cyrus Field y al ingeniero Gisborne, que fueron los primeros en lanzar la idea. Pero ¡cuántas desilusiones y descorazonamientos sufrieron aquellos hombres antes de ver realizado el grandioso proyecto! ¡Y cuántos millones fueron tragados por el mar!

—¿Cuándo se fondeó el primer cable?

—La primera tentativa la hizo en 1857 la Atlantic Telegraph Company, con un cable de cuatro mil kilómetros embarcado en dos buques de vapor. El conductor se componía de siete hilos de cobre retorcidos con envueltas de gutapercha, cubiertos por otra segunda cubierta de cáñamo embreado, y aun esto encerrado en otra tercera envuelta formada por pequeños haces de alambre en espiral. Contenía en toral ciento treinta y tres hilos de 537 000 kilómetros, o sea 150 000 kilómetros más de los que cuenta la distancia entre la Tierra y la Luna, y con un peso de 620 kilogramos por kilómetro.

«Los dos vapores partieron del puerto de Valentía y debían arrojar el hilo hasta Terranova.

»Puede imaginarse la ansiedad y emoción con que todo el mundo civilizado seguía aquella gigantesca operación que había de poner en relación en pocos minutos a los habitantes de dos confinemos.

»Ya habían los ingenieros sumergido con feliz resultado 620 kilómetros de cable, cuando se apercibieron de que la cantidad de éste embarcada no era suficiente a causa de las enormes profundidades del Atlántico. Entonces lo cortaron y lo abandonaron a 450 kilómetros de las costas de España, en un abismo de cuatro mil metros».

—¡Qué desilusión para europeos y americanos! —exclamó Ranzoff.

—Una doloroso desilusión, pero que duró poco. Reunido nuevo capital, la compañía, en 1859, volvió a intentar la audaz empresa, construyendo otros 1350 kilómetros de conductor para añadirlos a los precedentes.

«Los dos buques reanudaron la inmersión a los 52° 21' de latitud N. y a los 33° 18' de longitud O.: pero en los primeros días el cabo se rompió por tres veces, dejando en el mar cerca de 230 kilómetros.

»Los ingenieros no se desanimaron. Volvieron a pescar el cable, y el 29 de julio, los dos vapores, partidos uno de Irlanda y otro de Terranova, lograban en medio del océano unir los dos extremos del gigantesco hilo.

»El 6 de agosto se transmitieron los primeros despachos y el 10 del mismo mes, el presidente de los Estados Unidos y la reina de Inglaterra cambiaban por él sus saludos.

»Pero la alegría duró poco, porque el primero de septiembre, después de 129 telegramas ingleses y 271 americanos, el cable cesó de funcionar».

—Un verdadero desastre para los accionistas —exclamó Wassili, que escuchaba a su hermano con verdadero interés.

—Completo —respondió Boris—. El descorazonamiento fue tan grande, que estuvo a punto de abandonarse definitivamente la empresa. Pero después, la botadura de un enorme buque, el colosal Great Eastern, capaz de transportar él solo el cable, hizo renacer las esperanzas de enlazar Europa v América.

—Aquella nave era un verdadero monstruo, ¿no es cierto, Boris? —preguntó Ranzoff—. He oído hablar de ella bastantes veces.

—Un mastodonte, al lado del cual hubiera hecho mezquina figura un moderno crucero.

«Era un streamer de veintitrés mil toneladas, con seis palos, doscientos metros de eslora y veinticinco de manga, con cinco chimeneas y ocho máquinas de vapor, ruedas de dieciocho metros de diámetro y una hélice de sesenta toneladas de peso.

»Una verdadera obra maestra de la ingeniería naval que costó la bicoca de veinticinco millones y que antes de ser lanzado al agua había ya arruinado a dos compañías.

»El honor de tender un conductor estable le estaba reservado a aquel monstruoso bastimento.

»Era en 1864: se había formado una nueva empresa para construir un cable de veintiséis milímetros de grueso, formado por diez fortísimos alambres retorcidos y de peso de 1045 kilogramos por kilómetro.

»El 20 de julio de 1865, el Great Eastern zarpaba ciclas costas de Irlanda, Durante los primeros días hubo que recomponer el cable por dos veces.

»El 2 de agosto, cuando iban tendidos 1710 kilómetros de cable, anunciaron desde irlanda que el conductor no funcionaba.

»Se volvió a pescar el hilo con inmensas fatigas para buscar la nueva avería, pero se rompió, precipitándose en un abisme de 3800 metros de profundidad, a los 39° de longitud O.»

—Otra desilusión —dijo Wassili.

—No obstante, tampoco esta vez renunciaron los hombres. En 1866 se constituyó una nueva sociedad, y el Great Eastern volvió a salir a la mar, zarpando de Valentia.

«El 27 de julio tocó felizmente en las costas de Terranova y el 28 se lazaron los primero despachos.

»Se pagaban entonces quinientas pesetas por cada veinte palabras.

»La ciencia había triunfado, y la distancia que separaba el viejo mundo del nuevo había sido para siempre anulada, merced a la admirable constancia de los anglosajones y a la energía de los ingenieros europeos y americanos».

La pequeña campana de a bordo, llamando a los navegantes para el almuerzo, interrumpió la interesantes narración.

Durante la noche continuó el Gavilan avanzando hacía el sur, favorecido por un viento fresco del septentrión, que empujando los planos horizontes, imprimía al huso una arrancada considerable.

Hacia media noche fueron señaladas las luces de posición de un barco, acaso de algún velero en rumbo a las Canarias, y aquella fue la única distracción que tuvieron los hombres de guardia.

Veinte horas después del encuentro de aquella embarcación, el Gavilán, que había sostenido constantemente la velocidad media de cien kilómetros por hora, divisaba a los lejos las cumbres de la isla de Madeira, la principal del grupo de este nombre.

Este pequeño archipiélago, que es uno de los más importantes de la costa occidental de África, se compone de siete islas y cinco islotes, con una superficie de siete mil doscientos setenta y tres kilómetros cuadrados, y una población de cerca de trescientos mil habitantes, en mayor parte guanches, que son los descendientes del desgraciado pueblo sumergido con la Atlántida, gente belicosa que ha dado mucho que hacer en varias ocasiones a los españoles.

Curiosísima es la historia del descubrimiento de estas islas, varias veces descubiertas y después olvidadas. Está comprobado que no les eran desconocidas a los fenicios y cartagineses, los cuales osaban arriesgarse en el Atlántico sobre sus débiles naves, no mayores que una de las actuales barcazas.

Conquistada por los romanos la cuenca entera del Mediterráneo y desaparecidos los cartagineses, permanecieron ignoradas hasta 1107, que fueron encontradas después de tantos siglos por San Brendan, monje irlandés, que les puso el nombre de Afortunadas.

Regresado a Europa, volvió otra vez a navegar, pero sin lograr volverlas a ver.

En 1280, el genovés Vivaldino Vivaldi, que mandaba dos galeras, la San Amonio y la Allegranza, lograba nuevamente descubrirlas, y Federico Doria, once años después, volvía a avistarlas.

Sin embargo, permanecieron casi ignoradas hasta 1330, en que, habiendo naufragado en ellas el capitán francés conde de Claramonte, asumió, con el consentimiento de Clemente IV, el título de rey, pasando en 1461 a formar parte de los dominios de España.

—¿Se crían aún en las laderas de sus montañas los famosos viñedos? —preguntó Ranzoff, que apuntaba con un potente anteojo para admirar las verdeantes playas de la isla.

—Sí, capitán —respondió el excomandante del Pobieda—, y esas viñas valen tanto oro como pesan.

—¿Se hace mucha exportación de esos vinos? —preguntó Wassili.

—Cerca de tres millones de litros.

—¿Todo de la misma calidad?

—Oh, no, hay varias clases más o menos apreciadas, desde la malvasía, que se vende hasta 1500 pesetas la pipa de 535 litros, hasta el madeira común, que vale quinientas —respondió Boris.

—¿Hace muchos años que se cultivan esas viñas? —preguntó Ranzoff.

—Desde 1425, o sea setenta años después del fin desventurado de la bellísima y desgraciada hija del duque de Dorset.

—¿Quién era ella? —preguntó Wassili.

—¿No sabes que el descubrimiento de estas islas va unido a un conmovedor drama de amor? —preguntó Boris.

—Nunca he oído hablar del duque de Dorset ni de su hija.

—¿Ni tampoco de Roberto Macham, que ha dado su nombre a una bahía de la isla?

—No, hermano, y por eso me contarás esa historia de amor, para ir entreteniendo el tiempo.

—El duque de Dorset era uno de los más brillantes y soberbios pares de Inglaterra, que vivía en la corte del rey Eduardo III.

«Tenía una hija bellísima, Ana, la cual estaba enamorada de un joven caballero, Roberto Macham, hombre valeroso y riquísimo, pero falto de títulos de nobleza para poder aspirar a la mano de una duquesa, que su padre tenía destinada a más ilustres desposorios.

»Viendo los dos jóvenes que en Inglaterra sería imposible su unión, decidieron huir al extranjero, y de ser posible, a Francia.

»Encontrándose el castillo del duque a poca distancia del mar, Roberto Macham armó una nave, y, acompañado de algunos fieles amigos, se dedicó a cruzar ante las playas en espera de poder raptar a su amada.

»Un día, un partidario de Roberto, que para ayudarle en su empresa se había colocado junto al duque en calidad de doméstico, guió hacia el mar el caballo que Ana montaba. El animal, al que durante tres días habían tenido sin darle de beber, al ver las olas romper sobre la costa, se precipitó en medio de las aguas.

»A corta distancia habían estacionado una barca tripulada por amigos de Roberto Macham. Recogieron con presteza a la joven, ya desmayada, y la transportaron a bordo de la nave que cruzaba a lo largo.

»Pero la felicidad de los dos amantes, por verse finalmente reunidos, había de ser de breve duración. Una espantosa tempestad sorprendió a la nave cerca de las costas de Francia y la arrastró al medio del Atlántico.

»Durante cinco días estuvo combatida, sin cesar, por las olas y los vientos, con gran espanto de todos, que creyeron llegada su última hora, y cuando la calma volvió se encontraron tan alejados de las costas de Portugal, que perdieron la esperanza de alcanzarlas, porque la nave no era más que un despojo desprovisto de velas.

»Catorce días después se divisó una isla en el horizonte: era Madeira.

»En aquel tiempo, aunque ya conocida por los portugueses, estaba deshabitada. No había más que bosques inmensos que, por una causa accidental, hacía años que estaban ardiendo, preparando así el terreno a los futuros viñedos, y minadas de aves que se dejaban coger con la mano sin ninguna desconfianza.

»Apenas habían desembarcado Roberto, Ana y sus desgraciados compañeros, cuando estalló otra tempestad, sorprendiendo su nave y destrozándola.

»Quedaban desde entonces prisioneros en la isla, sin casi ninguna esperanza de volver a Europa, porque ninguna nave tocaba en aquella isla desierta.

»Ana, presa del terror y del remordimiento, consumida por las privaciones, porque aquellos desgraciados, careciendo de todo, sufrían hambre, cayó en una profunda postración y exhaló el último suspiro entre los brazos de Roberto. Pero tan grande fue el dolor experimentado por el desgraciado joven, que poco tiempo después seguía al sepulcro a su amada.

»Fueron sepultados el uno al lado de la otra, bajo una especie de altar de madera, en el lugar donde precisamente se eleva ahora la iglesia del Salvador, la más hermosa de Macham».

—¿Y a sus compañeros, qué les ocurrió? —preguntó Wassili.

—Algunos años después, cansados de aquella vida de miseria y resueltos a perecer en el océano antes que continuar en la isla, construyeron una chalupa, confiándose a las olas y a los vientos.

—¿Y se salvaron? —preguntó Ranzoff.

—No. porque desembarcados en las costas africanas, fueron hechos prisioneros por los moros y vendidos como esclavos al Sultán de Marruecos —respondió Boris.

—Pues yo creo que la existencia en una isla tan favorecida por la naturaleza debía haber sido hermosa, casi encantadora —dijo Ranzoff, pensando en la pobre Ana y especialmente en los infortunios de un hombre enamorado.

Quince horas más tarde, el Gavilán, después de rehuir el grupo de las Canarias, por estar las islas demasiado frecuentadas por los buques españoles y portugueses que allí encuentran fácilmente óptimo cargamento de vino apreciadísimo, cuya producción se eleva anualmente a cerca de 30 000 bocoyes, por medio de una fulmínea volada llegaba a la altura de las islas de Cabo Verde, gran archipiélago que divide, por así decirlo, el Atlántico meridional del septentrional.

Ranzoff que, como siempre, no deseaba mostrar el Gavilán, al menos hasta que hubiese podido arrancar a Wanda de manos del barón, para que el potente armador no pudiese tener alguna sospecha, se dirigió hacia la costa de África, que sabía era muy poco frecuentada, especialmente en aquella estación, a causa de las terribles calmas que aprisionan a veces a los veleros por semanas enteras.

Las islas se perfilaban a la izquierda de la máquina voladora, destacándose vivamente sobre el luminoso horizonte, dorado por un sol ardentísimo, porque aquel archipiélago está situado precisamente en el Ecuador.

Aquellas tierras diseminadas en un vasto espacio a cerca de cuatrocientos ochenta kilómetros de la costa africana, son en número de catorce; pero solamente dos tienen una extensión considerable: Santo Tomé, con dieciocho mil habitantes, y el Príncipe, con tres mil.

Gozan una pésima fama por su clima, por lo que se las ha llamado la tumba de los europeos, porque los hombres de raza blanca difícilmente pueden soportar aquella temperatura ardentísima que, de noche, cosa extraña, se hace muy fría, exponiendo a gravísimas enfermedades a los que cometen la imprudencia de dormir al aire libre sin haber por lo menos extendido antes una tela encima de ellos.

Aunque las lluvias son rarísimas, gozan de una fertilidad prodigiosa y las viñas producen dos cosechas al año.

Algunos días después, el Gavilán comenzaba a encontrar los primeros sargazos, los cuales se hallan en grandes masas en el Atlántico central, arrastrados por la corriente del Gulf-Stream.

Estas algas, que tanto habían espantado a las tripulaciones de las carabelas españolas citando Colón navegaba hacia el descubrimiento de América, son marañas herbosas destacadas, que tienen una longitud que varia de los treinta a los ochenta centímetros, compuestas de una amalgama de hojas lanceoladas y sostenida por vejiguillas.

Unas veces se encuentran en masas esparcidas, y otras, en cambio, forman verdaderos campos, que si bien no pueden detener a los buques, sí pueden acortar su marcha.

Estas plantas crecen y se multiplican extraordinariamente dentro del círculo formado por las corrientes del Gulf-Stream, ocupando una extensión de doscientas sesenta millas cuadradas, con una anchura de cincuenta a ciento cincuenta millas y una longitud de mil doscientas.

En medio de aquellas algas viven numerosos peces, sobre todo minadas de antennanus, pequeños, planos, deformes, de bocas anchísimas, no más largos de cuarenta milímetros: además se encuentran grandes cantidades de cefalópodos, de minúsculos oclopus rojizos y grandes y voraces cangrejos que, emboscados entre las hierbas, hacen verdaderos estragos en sus vecinos.

—¡Qué efecto produce nuestra máquina voladora en medio de estas hierbas! —dijo Wassili a Boris y a Ranzoff, que observaban con atención los cangrejos, que se movían a miliares entre las hojas de los sargazos—. Se diría que se desliza sobre un inmenso prado.

—Querrás decir sobre los prados de la Atlántida —dijo el excomandante del Pohicda—. En este momento pasamos sobre el continente sumergido.

—¡La Atlántida! —exclamó Ranzoff—. Yo he oído hablar mucho de ella. Boris. ¿Pero usted cree que sea otra cosa que una leyenda?

—No parece así si se ha de dar crédito a las nuevas investigaciones hechas por los hombres de ciencia en estos últimos tiempos. Parece que, en efecto, la inmensa isla se extendía en un tiempo entre África y Europa, y que era conocida por los fenicios.

«La tradición, transmitida por Platón y por él recogida de los sacerdotes instruidos de Babilonia. Grecia y Egipto, tiene toda la apariencia de la verdad.

»D’Avezac, por ejemplo, un erudito que conquistó gran fama en el mundo científico, la ha admitido después de haber encontrado las pruebas de la destrucción en los cráteres volcánicos de las islas que se extienden desde las costas del África meridional a la línea equinoccial.

»Las Azores, las Canarias, el grupo de Madeira, todas islas altísimas, no son más que las cimas de las montañas del continente sepultado en el Atlántico».

—¿Y cuándo ocurriría la catástrofe?

—¿Quién puede decirlo? Probablemente antes de que el Atlántico y el Mediterráneo se uniesen.

—¿Cómo? —exclamó Wassili asombrado——. ¿No ha existido siempre el estrecho de Gibraltar?

—La historia lo niega.

—Sería inmenso aquel continente.

—Seguramente —respondió Boris—. Debió de extenderse hasta América, y se supone que las Antillas no son más que estribaciones de la Atlántida.

—¿No escaparía nadie al tremendo desastre?

—Sí. los guanches, que ahora habitan las Azores y las Canarias.

—¿Serán descendientes de aquel pueblo sumergido en el Atlántico?

—Se supone y con razón, porque si se ha de creer a la tradición, los habitantes de la Atlántida tenían una civilización tan adelantada como la de los babilonios, los fenicios y los egipcios. Cuando los primeros europeos llegaron a las Azores y a las Canarias, quedaron estupefactos al encontrar entre los guanches una civilización acaso superior a la que existía en Europa en aquella época. Esto quiere decir que, a pesar de la destrucción del continente, la habían conservado.

—¡Terrible catástrofe debió de ser aquella! —exclamaron Rokoff y Fedor. que asistían al coloquio.

—Afortunadamente tales catástrofes no ocurrirán más —dijo Wassili.

—Te equivocas, hermano —repuso Boris—. Los fuegos de la tierra no están aún extinguidos y el fondo de los mares aún no está calmado. Hay otra gran isla que está destinada a desaparecer un día por obra de los volcanes.

—¿Cuál es, comandante? —preguntó Ranzoff.

—Islandia, que lentamente va sumergiéndose. El fuego la mina por todas partes, los terremotos la quebrantan constantemente y los mares avanzan sobre ella amenazadores por todas partes, excavando inmensas cavernas en su subsuelo.

«Se necesitarán probablemente muchos siglos, pero la Islandia sufrirá igual infortunio que el que destruyó la Atlántida, y acaso no será la única. Mirad las islas de la Malasia, que con frecuencia son sacudidas y destrozadas. ¿Quién no recuerda las espantosas erupciones del Krakatoa? Tampoco Java puede creerse segura con sus dieciséis volcanes que de cuando en cuando tienen despertares terribles, y otros muchos inactivos ahora, pero que antes o después podrían rebelarse».

—Volcanes que con frecuencia producen desastres espantosos, ¿no es cierto? —preguntó Wassili.

—Sí —respondió el coronel—. Aquella isla, que es un paraíso, sufre erupciones tremendas y sacudidas formidables que, poco a poco, la destruyen, modificando sus costas.

«La lista sería larga, pero para dar una idea de los daños que pueden causar los terremotos, citaré algunos hechos que pueden también probar cómo Java puede correr el peligro de ser sumergida de igual modo que la Atlántida.

»Una erupción de las menos antiguas es la de 1772. El Papandayang, encendido de improviso, cubrió en una sola noche catorce millas cuadradas de terreno, con una capa de cenizas de altura de cincuenta pies, sepultando bajo aquella enorme masa cuarenta florecientes poblaciones y más de tres mil personas».

—¡Buen hueco debió de dejar en las entrañas de la tierra! —exclamó el capitán de cosacos.

«A su vez, en 1822, el Galungong vomitó tanto fango, tanta agua y tantos pedruscos, que cubrió veinte millas cuadradas; el monte, después se descuartizó, formando nuevas colinas y valles, cambiando el curso de los ríos y destruyendo ciento catorce pueblos, juntamente con sus cuatro mil habitantes.

»En 1848 le llego su vez al Guntuo, que vomitó doce millones de toneladas de lava. En 1861 tuvo lugar el terremoto que destruyó casi toda la ciudad de Yogyakarta, sepultando mil habitantes, y, finalmente, despertó el Krakatoa, que al estallar produjo un movimiento en el mar, tan formidable, que arrastró cien mil personas, sepultándolas en el mar e hizo desaparecer un gran trozo de costa, juntamente con las ciudades y pueblos construidos en ella.»

—Pues algo semejante debió ocurrir con la Atlántida —dijo Wassili.

—Sí, hermano; pero seguramente mas tremendo, y hasta hay quien supone que aquel continente, al sumergirse, produjo el diluvio universal, ¡figuraos qué oleada más enorme tuvo que arrojarse sobre Europa. África y América!

—Una ondulación capaz de cambiar la faz del mundo. ¿Habrá el peligro de que se reproduzca?

—Seguramente no en tales proporciones —respondió Boris—, porque los fuegos interiores de la tierra han perdido hoy ya mucho de su intensidad y quedan pocos volcanes en actividad.

—Podría ocurrir que la inmersión de Islandia, por ejemplo, produjera enormes daños sobre las costas septentrionales y hasta en las occidentales de Europa, pero como entonces no viviremos, no es cosa para preocuparnos por dio. ¡Es cosa que se refiere a nuestros descendientes muy lejanos, y ya pensaran ellos en prevenirse del peligro!

Capítulo XIII. Una pesca extraordinaria

Como comenzaban a escasear los víveres, porque el espacio restringido riel huso no permitía llevar gran cantidad de provisiones, además de que no se podía aumentar mucho el peso de la máquina voladora, se decidió hacer una parada sobre aquellas inmensas praderas Flotantes, que de ordinario son riquísimas en peces.

Teniendo Ranzoff aire liquido siempre a su disposición en gran cantidad, podía congelarlos y conservarlos varios meses sin correr ningún peligro de que se corrompieran, sostenidos por aquellas temperaturas extremadamente bajas.

Después de un furioso doldrum, que es un aguacero violentísimo que se desencadena con frecuencia en las regiones ecuatoriales del Atlántico y tiene una duración no superior a quince o veinte minutos, el Gavilán descendió suavemente en medio de los sargazos, en un lugar en que se presentaban bastante espesos, para poderle sostener cómodamente.

Para mayor precaución, hizo el capitán fondear un ancla, no con la esperanza de que tocase el fondo, pues los sargazos son inmensamente largos, casi tanto como los kelps que crecen en torno del continente polar austral.

Los seis marineros, después de haberse provisto de redes, descendieron a la flotante pradera, seguidos por Boris, Wassili, Rokoff y Fedor, armados con fusiles y deseosos de disparar algunos tiros contra las aves marinas, que se mostraban en aquel lugar en gran número.

Ranzoff y Liwitz quedaron a bordo examinando las alas y las hélices que, después de tan largo viaje y un esfuerzo tan poderoso, podían necesitar algunas reparaciones.

Los peces no debían de faltar en los pequeños canales y estanques formados por las algas, los cuales se encontraban dispersos, formando inmensos grupos caprichosamente subdivididos.

—Dejemos que los pescadores se las arreglen con ellos —dijo el capitán de cosacos, después de haberse convencido de que las algas no cedían bajo su peso—, y nosotros ocupémonos de los volátiles, haremos una horrible matanza y aprovisionaremos al Gavilán para dos meses por lo menos.

A causa de la gran cantidad de peces y de mariscos que hay ocultos entre los sargazos, verdaderas nubes de aves caían de cuando en cuando sobre la inmensa pradera, dedicándose a una furiosa cacería.

Había palomas del Cabo, lindísimas aves marinas de ligero vuelo y plumas de variados colores, blancas y grises, dispuestas casi formando cuadros: prion urtur, del tamaño de una tórtola, con plumas gris azulado encima y blancas por debajo; usulas o plangas, grandísimas, tan estúpidas, que se dejan coger con la mano; fragatas con las alas y la cola semejantes a las de los halcones y a las de los albatros, las cuales descendían en gran número en compañía de los pesados quebrantahuesos, y las gigantescas procelarias.

Los cazadores, armados con bonísimos fusiles cargados con postas, no tardaron en romper el fuego, haciendo caer numerosos volátiles mientras los marineros se apoderaban de muchísimos diodones y merluzas, así como de una gran cantidad de cangrejos, que son los más formidables enemigos de los pequeños cefalópodos, que se esconden a millones entre los bacciferums.

Habrían disparado ya unos cincuenta tiros, haciendo caer albatros, quebrantahuesos y golondrinas de mar, cuando fuertes gritos lanzados por los seis marineros interrumpieron bruscamente la partida de caza.

—¿Habrán caído entre las algas? —dijo el capitán de cosacos—. ¡Por las estepas del Don! Sería como si hubieran caído entre movediza arena.

—No —dijo el coronel, que rápidamente se había vuelto—. Todos están allí con las redes en la mano en el borde del canal.

—Sin embargo, algo grave debe de haber ocurrido —dijo Boris.

Efectivamente, los marineros continuaban gritando, eran gritos de verdadero espanto los que lanzaban.

—¡Acudamos! —gritó Rokoff.

También el capitán del Gavilán y Liwitz habían abandonado la máquina voladora y saltaban a través de los sargazos, armados con carabinas de grueso calibre.

Iban ya Boris, Wassili y sus compañeros a llegar a las márgenes del canal, donde los marineros retiraban precipitadamente las redes, cuando la masa herbosa se levantó bruscamente, tirándolos con los pies por el aire.

—¡Por las estepas del Don! —grito Rokoff——. ¡Que el continente sumergido vuelve a remontarse a la superficie!

También los marineros habían sido derribados, pero en seguida se habían vuelto a poner en pie, escapando hacia el Gavilán, con las redes bien repletas, que habían tenido tiempo de retirar.

—¿Qué ocurre? —preguntó el capitán, llegando—. ¿Se hunden las algas?

—Al contrario —dijo Boris—, se están elevando.

—Será algún gran pez que, escondido bajo esta pradera, no encuentra ahora manera de salir de ella.

—Eso supongo, Ranzoff.

—¿Acaso una ballena? —preguntó Rokoff—. No me disgustaría darle caza.

—Es imposible que un monstruo tan enorme haya penetrado bajo las, algas —respondió el capitán.

—Sin embargo, debe de ser algún animal grande para tener fuerza para levantar esta masa de hierba —rebatió el cosaco.

En aquel momento la flotante pradera volvió a levantarse casi bajo los pies de los cazadores, ondulando borrascosamente.

Al mismo tiempo se oyó gritar a los marineros:

—¡El Gavilán se mueve!

—¡A bordo! —mando Ranzoff.

Era lo mejor que podía hacerse, porque la pradera podía abrirse 5 tragarlos a todos, sin esperanza de volver a flote.

Se lanzaron a carrera desenfrenada a través de las algas, que estaban estrechamente entrecruzadas, y se refugiaron en el Gavilán.

No se habían olvidado, sin embargo, de llevar con ellos las aves marinas que habían abatido. El huso, que descansaba sobre los sargazos, sufría, en efecto, fuertes sacudidas, inclinándose especialmente hacia proa.

Era que la cadena del ancla sufría una fuerte tracción.

—Ahora comprendo —dijo Ranzoff—. Algún pez ha sido pescado por nuestro gigantesco anzuelo y se esfuerza por librarse del incómodo hierro.

—Que corten la cadena —dijo Rokoff.

—Aprecio mucho mí ancla —respondió el capitán—. Ademas tengo curiosidad por saber con qué clase de pez tenemos que habérnoslas.

—Entonces aquí estamos nosotros dispuestos a fusilarlo —dijo Boris.

—¡Liwitz, a la maquina! —mandó Ranzoff—. Intentemos elevarnos.

—¿Tiene mucha fuerza ascensional?

—Sí. Boris Espero arrastrar fuera de las algas a ese decorador de anclas.

—Dadme una carabina de grueso calibre —gritó el cosaco—. Quiero destrozar una cosa tan enorme.

Mientras Liwitz se preparaba a poner en movimiento las gigantescas alas y todas las hélices para dar al Gavilán el mayor impulso posible, el misterioso monstruo marino continuaba agitándose furiosamente.

Las algas, empujadas con una fuerza extraordinaria, se separaban, formando pequeños canales, y se retorcían en todos sentidos como si fuesen atenazadas por una multitud de robustos brazos.

Legiones de feísimas arañas y pequeños cefalópodos huían a través de las bucciferum, nadando con celeridad como presa de vivísimo terror.

Rokoff, Fedor, Boris y Wassili se habían colocado a proa, armados, no ya con fusiles de grueso calibre, sino con pesadas carabinas para caza mayor.

—¿Estamos dispuestos? —preguntó Ranzoff.

—Sí, capitán.

—Da un tirón. Veremos si la cadena resiste: pero, antes, dejemos correr otros ocho o diez metros.

Los marineros obedecieron en el acto y los diez metros de cadena corrieron a través del pequeño escobén de estribor, hundiéndose entre las algas.

De pronto las dos inmensas alas y todas las hélices se pusieron en movimiento, y el Gavilán comenzó a elevarse oblicuamente, pero al llegar a unos doce metros de altura encontró una enérgica resistencia.

La cadena estaba completamente tensa y el ancla continuaba firme, hundida entre el espeso estrato de algas.

—¡Ah! Nos veremos, señor monstruo marino —dijo Ranzoff—. O te descubres o te destrozaré las quijadas. Liwitz ¡fuerza la máquina!

—Sí, capitán —respondió el maquinista—, con tal de que la cadena no se rompa.

—Es de acero solidísimo.

Las alas y las hélices batían y turbinaban furiosamente intentando elevar el huso y arrastrar el obstáculo que le detenía.

Las algas se alzaban aquí y allá como para dar paso a algún cuerpo gigantesco y se rompían bajo la poderosa tensión de la cadena.

El monstruo, sin embargo, a lo que parecía, oponía terrible resistencia y no se dejaba sacar a la superficie.

De pronto, los sargazos cedieron en una extensión de algunos metros cuadrados, y una enorme masa blanquecina provista de ocho gigantescos tentáculos apareció por el boquete.

—¡Un kraken! —exclamó el excomandante del Pobieda.

—¡Un pez-diablo! —gritó a su vez el capitán del Gavilán.

Se trataba, en efecto, de uno de aquellos gigantescos cefalópodos conocidos con el nombre de kraken o pez-diablo, que de cuando en cuando, a largos intervalos, abandonan los báratros profundísimos del océano para dejarse ver en la superficie de los mares.

Era uno de los más colosales, porque debía pesar por lo menos tres toneladas y tenía tentáculos de seis o siete metros de largo.

El monstruo había sido ensartado con una de las garras del ancla, por debajo del ojo izquierdo, y tan profundamente que no podía librarse de ella.

Al sentirse arrastrar fuera de las algas, el horrible calamar se agitaba furiosamente, poniéndose de cuando en cuando rojizo.

Sus tentáculos se retorcían y se alargaban, silbando y azotando poderosamente la cadena y las algas.

Rokoff fue el primero que 1c disparó un tiro de carabina pensando aniquilarle en el acto: pero la hala atravesó aquella masa semigelatinosa sin hacer gran daño ni monstruoso calamar.

—Tiraréis inútilmente municiones, Rokoff —dijo Boris—. Los proyectiles no hacen mella en esos horribles animales.

—Lo mismo creo yo —dijo Wassili, que también había probado a hacer fuego con no mejor fortuna.

—Veremos ahora si esas carnes no se despedazan bajo la explosión de una de nuestras bombitas —dijo Ranzoff.

Ursoff había llevado a cubierta un par de aquellas pequeñas y terribles granadas, y había encendido la mecha de una de ellas.

Ranzoff la tornó y la arrojó encima del calamar.

—¡Meteos para dentro! —gritó de pronto.

Un momento después, una violenta detonación estallaba y un torbellino de llamas envolvía al Gavilán.

Afortunadamente se rompió la cadena, y la máquina voladora, que estaba bajo enorme presión, dio una sacudida imprevista en el aire que casi derribó a toda la tripulación.

¡Por las estepas del Don! —gritó Rokoff——. ¡Por poco no sallamos todos juntos con el pólipo!…

Liwitz se apresuró a refrenar la máquina, mientras el timonel, con un giro de rueda, volvía a conducir al Gavilán hacia el banco de sargazos.

La bomba había descuartizado literalmente al pez-diablo, mutilándole horriblemente. Todos los tentáculos le, habían sido arrancados y se encontraban dispersos entre las algas, retorciéndose aún como serpientes.

—Abajo Liwitz —dijo Ranzoff—. Hay que retirar nuestra ancla.

—Y terminar la partida de caza —dijo Rokoff.

El Gavilán descendió suavemente sobre la pradera flotante, deteniéndose a poca distancia del pez-diablo.

Todos hablan saltado sobre las algas para examinar más de cerca d horrible monstruo marino, cuya masa flotaba en medio de un pequeño lago de agua negruzca y fuertemente impregnada de almizcle.

—¡Por las estepas del Don! ¡Qué leo es! —exclamo d cosaco—. No sabía que en el mar existieran semejantes monstruos.

—Verdaderamente no son muy abundantes —elijo Boris—. Acaso en d fondo de los abismos se encuentren muchos, pero sólo salen a flote raras veces impulsados por causas desconocidas.

—¿Pero son peligrosos. Boris? —preguntó Ranzoff.

—Bastante, porque poseen en los tentáculos una fuerza excepcional, aunque no tanto como creían los antiguos navegantes, que suponían pudieran arrastrar una nave al fondo del mar.

«Alguna vez intentan atacar los barcos de pesca. En el otoño de 1880, por ejemplo, uno de esos monstruos atacó un barco de pesca tripulado por un tal Ricardo Hunkin, y le abrazó tan estrechamente, que lo detuvo de pronto, a pesar de reinar un viento bastante fuerte.

»Para separarle hubo que armarse de un arpón y empeñar con el pez-diablo una verdadera batalla.

»Algunas veces se muestran en número.

»Hace pocos tinos, aparecieron varios en las costas de Argelia Estaban cuidadosamente ocultos entre la arena, y cuando por la tarde los soldados iban a bañarse, los enlazaban y los arrastraban bajo el agua para devorarlos tranquilamente».

—¡Son terribles! —dijo Wassili,

—Sí, cuando son muy grandes. Me acuerdo que un día en la costa occidental de África un calamar de esos atacó a una barca tripulada por tres pescadores.

«Dos, apresados por los tentáculos, fueron ahogados y el tercero fue salvado merced a la pronta intervención de una chalupa tripulada por varios marineros, Pero el desgraciado había sufrido tales heridas, producidas por las ventosas, que no sobrevivió muchas horas.

»Aquel monstruo tenía tentáculos que midieron nada menos que siete metros y medio de longitud».

—Sería acaso hermano de éste —dijo Rokoff, riendo.

—O algún pariente muy cercano —añadió Fedor.

—¿Es al menos comestible la carne de estos peces-diablo?

—Huele demasiado a almizcle, Rokoff —respondió Boris.

—Entonces es mejor que reanudemos la caza.

—Y que los marineros vuelvan a su pesca —añadió Ranzoff—. Nosotros, entretanto, desembarazaremos el ancla que de ningún modo quiero perder, porque sólo tengo dos.

Los cazadores tomaron de nuevo sus fusiles y se dispersaron por la pradera flotante, mirando con cuidado dónde ponían los pies, a fin de no exponerse al peligro de hundirse, por no ser por todas partes los sargazos bastante apretados para poder sostener a una persona.

Las aves marinas continuaban siendo numerosísimas y la matanza volvió a empezar de nuevo, mientras los marineros costeaban los canales, ciando caza, despiadada a los diodones, a las doradas y a las merluzas.

Al anochecer, el puente del Gavilán estaba tan cargado de peces y aves, que los viajeros apenas podían circular por él.

—¿Cómo consumiremos tantas existencias? —preguntó Rokoff.

—No os preocupéis por ello, capitán —respondió Ranzoff—. Con mi aire líquido congelaré aves y peces, hasta tal punto, que dentro de tres o cuatro meses aún podremos comer el último albatros que hemos visto matar hace pocos minutos. Mañana todos estos víveres estarán en proa bien estibados, y poco a poco los comeremos siempre fresquísimos.

Aquella noche descanso el Gavilán sobre los sargazos, satisfaciendo la necesidad de descanso que tenían los marineros, y a las primeras luces del alba volvía a emprender su maravilloso vuelo, dejando detrás una nube de plumas, porque todos se habían dedicado a desplumar albatros, fragatas y quebrantahuesos, antes de pasarlos a las cámaras heladas del compartimento de proa.

El océano continuaba desierto pues la zona ecuatorial del Atlántico es de las menos frecuentadas, sea por la presencia de masas de sargazos, sea por las grandes calmas que reinan en ella y que hacen huir de allí a los veleros.

Pero si faltaban las naves, en cambio abundaban extraordinariamente los peces.

Verdaderas flotas de delfines crucificados, así llamados porque tienen en el dorso dos rayas negras que se cruzan, jugueteaban a flor de agua, lanzando roncos suspiros que semejaban a relinchos: bandas de escualos del género charcharía, de cuatro o cinco metros de longitud, desfilaban rápidamente, persiguiendo con encarnizamiento los bancos de medusas y cefalópodos.

De cuando en cuando surgían de las profundidades del océano grandes masas que lanzaban al aire una doble columna de vapores, eran ballenas de dos aletas, con el cuerpo verdoso, de longitud de quince a dieciocho metros, con hocico larguísimo y obtuso, con la mandíbula inferior bastante mas saliente que la superior.

Miraban un momento a la maquina voladora, con sus ojillos pequeños o inteligente; después, asustadas de la sombra que el Gavilán proyectaba sobre el agua se apresuraban a zambullirse levantando gruesas oleadas espumantes.

—Es un verdadero pecado que los barcos pesqueros no lleguen aquí —dijo Rokoff al excomandante del Pobieda, que seguía con vivo interés los movimientos de aquellos habitantes del mar—. ¿Cómo se encontrarán aquí tantos peces?

—Son las corrientes las que los reúnen —respondió Boris—. Mirad, aquí, en el centro del Atlántico, se agitan y circulan verdaderos ríos canalizados perfectamente entre las aguas del océano.

«En ninguna otra región del globo se encuentran tantas corrientes, y, además, aquí precisamente se forma ese famoso Gulf-Stream de que va habréis oído hablar».

—Sí. coronel; pero no logro explicarme como pueden formarse corrientes entre el agua del mar que está parada, ¿es verdad?

—Y con notable velocidad, señor Rokoff —respondió Boris—. Sin embargo, la explicación es sencillísima y fácil de comprender, porque deriva de la rotación de la Tierra, combinada con el calor solar.

—Es la rápida evaporación la que aquí, más que en otras partes, determina la formación de las corrientes, porque es la causa productora del desequilibrio entre las aguas del océano.

«Al substraer el sol ecuatorial una extraordinaria cantidad de agua, disminuye la acción de la gravedad en esas capas superficiales y determina la atracción de las que ocupan las regiones frías, obligándolas a correr de norte a sur.

»Se originan de aquí tres corrientes constantes: una que se dirige de este a oeste y otras dos desde los polos al Ecuador. Estas dos últimas, sin embargo, no siguen un itinerario constante, porque, según van alejándose de las regiones frías, se repliegan sensiblemente hacia oriente y hacia occidente, a causa de la rotación de la tierra, que en los polos es nula, mientras en el Ecuador llega a 1700 kilómetros por hora».

—¿Hay mayores corrientes en el hemisferio austral, o en el septentrional? —preguntó Wassili, que escuchaba con vivo interés las explicaciones de su hermano.

—En las regiones australes —respondió Boris—, por el motivo de que las aguas polares del Antártico afluyen más fácilmente hacia el Ecuador, por no encontrar ningún obstáculo a su carrera.

«En cambio las del polo ártico se ven obligadas a fraccionarse, lo que las hace retardar su llegada a las regiones cálidas, pues tienen que pasar entre Europa y América y entre este continente y el asiático».

—¿Serán acaso esas corrientes las que forman el mar de los Sargazos? —preguntó Rokoff.

—Precisamente —respondió Boris—. La gran corriente del Cabo de Buena Esperanza, que sube hacia el Ecuador rozando las costas occidentales de África, describe una inmensa vuelta que va a tocar al golfo de Méjico, doblando luego hacia Europa, reuniendo en su centro todas las algas, los troncos de árboles y las hierbas que los ríos del continente negro y las del nuevo arrastran al mar.

«El agua encerrada entre esas grandes corrientes está casi estancada, fenómeno que se verifica también en el gran océano Pacífico. ¡Calla! ¡Allí abajo se ve una tierra! ¿Será Santa Elena?».

—No, coronel —dijo Ranzoff, que al oírles se les había reunido—. Es Trinidad. El Gavilán se ha separado notablemente de su ruta, pero por voluntad mía, para aprovechar los vientos alisios.

—¿Tocaremos? —preguntó Fedor.

—No me fío, señores. Antes estaba desierta, pero ahora dicen que se ha establecido allí una colonia de pescadores.

«¡Allí, mirad! Veo un Clipper que corre bordadas a lo largo de la costa. Volvamos hacia el oeste».

La isla aparecía a una veintena de millas hacia poniente. Como todas las tierras que surgen de los abismos profundísimos del Atlántico ecuatorial, es de formación volcánica, con peñascos y montes estériles.

Su cumbre más alta se eleva a 614 metros, pero el más singular es el llamado Ninepin, masa cilíndrica de roca que se eleva en forma de torre hasta 258 metros.

Solamente hacia la extremidad oriental, donde surge el Sugar Loaf, colina cónica, existen valles verdeantes.

La isla es apenas de tres millas de largo y una y media de ancho, presentando pequeñísimos fondeaderos, y aun ésos peligrosísimos a causa de las rompientes.

En 1700 tomaron posesión de ella los ingleses, pero hasta 1781 no hicieron la primera tentativa para fundar una factoría, tentativa que no dio resultado por ser escasa el agua y la tierra infecunda.

Los brasileños quisieron también, por su parte, intentar la colonización, y no fueron más afortunados, porque a los pocos meses todos los animales importados habían muerto, hasta los gatos.

Ahora sólo es frecuentada de vez en cuando por grupos de cazadores y pescadores que no se detienen allí más que algunos meses.

La mayor parte del año solamente la frecuentan nubes de aves marinas, especialmente de perdices blancas llamadas gigys albas, de ojos grandes, con anteojos negros, pico también negro y patas azules.

Un Clipper, uno de esos veleros rapidísimos que con buen viento largo pueden filar fácilmente hasta once nudos, navegaba frente a la costa meridional, signo evidente de que allí se habían establecido pescadores.

Ranzoff, que de ninguna manera quería mostrar su máquina voladora, iba a dar orden al timonel para poner la proa al suroeste y dirigirse ya directamente a Tristán de Acuña, cuando se oyó a Ursoff gritar:

—¡Humo en el horizonte!…

—¡Humo!… —exclamaron a una Ranzoff y Boris—. ¿Dónde?

—Hacia la isla —respondió el timonel—. Juraría que se trata de darnos caza.

El capitán y el excomandante del Pobieda tomaron dos anteojos que estaban junto a la amura, metidos en sus fuertes estuches de cuero, y apuntaron rápidamente en la dirección indicada.

A algunas millas del Clipper un punto negro se deslizaba sobre el océano, dejando en el aire una columna de humo denso, y parecía que se alejase rápidamente de la isla.

Wassili, Fedor y Rokoff acudieron en seguida, rodeando a los dos comandantes, que continuaban observando con atención hacia Trinidad.

—¿Qué os parece, Boris? —preguntó finalmente el capitán del Gavilán.

—Me parece un torpedero de alta mar —respondió Boris.

—¿Cómo puede encontrarse aquí uno de esos terribles corredores del mar? Si fuese en aguas de Santa Elena no me extrañaría, porque allí están los ingleses, pero cerca de esta isla desierta…

—No obstante, estoy seguro de que no me equivoco, y hasta digo que nos ha visto y fuerza su máquina para alcanzarnos.

—Perderá inútilmente el tiempo —respondió Ranzoff—. ¡Se necesita otra cosa para regatear con mi Gavilán!

En aquel momento una detonación sacudió las capas de la atmósfera.

—Un golpe en vano —dijo el coronel—. Es que nos invita a detenernos.

—¡Liwitz! —gritó el capitán—. ¡Lanza a la máxima velocidad!

—Sí, señor —respondió el maquinista.

El Gavilán, que casi había terminado su evolución, dio un salto repentino y se alejó velozmente hacia el suroeste, desapareciendo entre una nube bastante espesa que anunciaba uno de los acostumbrados doldrums, o sean aguaceros ecuatoriales.

Capítulo XIV. Tristán de Acuña

Tres días más tarde, después de haber sufrido furiosas lluvias, el Gavilán llegaba a la vista del pequeño grupo de Tristán de Acuña o da Cunha.

Llegaba allí perseguido por un feísimo nimbo de grandes nubes negras, cargadas de agua, las cuales anunciaban una de esas terribles tempestades que han hecho tan tristemente célebre al Atlántico meridional.

Un ventarrón impetuoso soplaba de poniente, entorpeciendo la marcha de la máquina voladora y sacudiéndole de vez en cuando las inmensas alas.

El grupito de Tristán de Acuña, descubierto por el portugués de ese nombre, en 1506, se compone de tres islas: la de Tristán, que es la más grande y la única habitada, de un inmenso escollo llamado el Inaccesible, de un islote aridísimo absolutamente inhabitable que se llama Nightingale, el nombre de un marino holandés.

Tristán tiene una forma exagonal y un área bastante considerable, teniendo sus lados un desarrollo de seis kilómetros próximamente cada uno, mientras el Inaccesible es únicamente un enorme cono que se eleva cerca de mil quinientos metros sobre el nivel del mar.

Se considera este minúsculo grupo como el más alejado del mundo habitado, porque la isla más vecina es Santa Elena, que dista de él nada menos que dos mi cuatrocientos seis kilómetros.

Por muchísimos años después de su descubrimiento permaneció el grupo desconocido en realidad. Únicamente en 1792 los navíos Sion e Hindostán, que llevaban a bordo la embajada inglesa, de regreso de la China, fondearon allí para hacer sondeos y para hacer estragos en las ballenas, peces-espada, albatros y focas.

Después de aquellos barcos, fue visitado en 1795 por el capitán Patlen que mandaba el bergantín la Industria de Filadelfia.

Habiendo descubierto numerosos elefantes marinos y multitud de focas, se detuvo allí hasta abril del año siguiente. Recogió más de seiscientas pieles y cargó los buques con su aceite. Todavía ningún ser humano había pensado en establecerse sobre aquellas tierras perdidas en medio del Atlántico meridional, aunque Inglaterra hubiese tomado posesión de ellas.

El 1811, un desertor americano se estableció allí en unión de dos compañeros, y por primera providencia publicó un bando proclamándose propietario de la isla y de los dos islotes vecinos.

Lo que después le ocurriera a aquel Robinsón del Atlántico, no se ha sabido nunca. El hecho es que no se volvieron a encontrar trazas ni del rey ni de sus súbditos.

En 1816, cuando el gobierno inglés, por temor de una fuga del gran Napoleón, relegado entonces en Santa Elena, hizo ocupar el grupo por una compañía de soldados de marina, un hombre únicamente habitaba Tristán. Era un italiano anciano.

El desertor americano, proclamado primer rey de la isla, había desaparecido. ¿Habría sido asesinado? Pudiera ser.

En 1821, muerto Napoleón, el gobierno inglés retiró la pequeña guarnición, pero algunos soldados, entre ellos el cabo Glas, que asumió el pomposo título de gobernador general, permanecieron en la isla.

Únicamente tenía seis súbditos, de ellos dos mestizos del cabo de Buena Esperanza.

La colonia estaba a punto de concluir por falta de habitantes, cuando he aquí que en 1865, un pirata de Nueva Orleans, que en la guerra de Secesión había hecho algunos prisioneros, los desembarcó bruscamente en Tristán.

Terminada la guerra, habiendo sabido aquel hecho, una nave americana atracó en Tristán para embarcarles, pero no fueron oídas las ofertas, que rechazó la población, aficionada ya a la sencilla libertad de la vida primitiva, sin que les atrajeran las ventajas de nuestra pretendida civilización.

Renunciaron gustosos a la actividad de la vida, a las riquezas y a los beneficios de la civilización, por no renunciar a la libertad, aunque fuese miserable, pobre y desprovista de bienes materiales. Hoy la isla cuenta noventa y nueve personas que no tienen con el mundo otra comunicación que la proporcionada por la casualidad si pasa por allí algún buque ballenero o se refugia alguna embarcación combatida por la tempestad.

Pero, a pesar de ello, no piensan los habitantes de Tristán de Acuña en aprovechar el paso de un barco para trasladarse al continente. Aman aquel suelo ingrato, combatido constantemente por los huracanes y de ninguna manera seguro.

En efecto, con frecuencia les amenazan grandes peligros, y aún no han olvidado el terrible huracán que hace años asoló la isla, lanzando sobre ella oleadas tan espantosas, que redujo la población de ciento veinte almas a únicamente noventa y nueve.

***

Aunque el Gavilán, con su poderosa máquina, funcionase a toda fuerza para alcanzar el pequeño grupo antes que el huracán estallase, trabajaba intensamente para hacer frente a los soplos impetuosos que llegaban de poniente, empujándolo contra enormes masas de vapores.

Todos estaban bastante inquietos, sobre todo Ranzoff, que sabía por experiencia que no se podía contar de modo absoluto con la resistencia de las inmensas alas de la máquina voladora.

Ya inmensas masas de vapores negruzcos envolvían la cima del Inaccesible y descendían hacia Tristán y el islote de Nightingale, amenazando cubrirlos completamente y ocultarlos a las miradas de los navegantes aéreos.

Ráfagas furiosas se sucedían de cuando en cuando y eran tan potentes, que sacaban de su rumbo al Gavilán, paralizando sus hélices.

También el océano comenzaba a agitarse. Las olas se formaban rápidamente, tomando la forma de caballones, que se enfurecían especialmente en torno a la base del Inaccesible, con estruendos espantosos.

—Será un verdadero ciclón el que va a estallar, ¿no es verdad, coronel? —preguntó Ranzoff a Boris.

—Sí —respondió el hombre de mar, que evidentemente estaba preocupado—, lista es la región de las grandes tempestades.

—¿Qué me aconseja usted que haga?

—Buscar un refugio en Nightingale antes de que el huracán se nos eche encima con toda su fuerza.

—Así pensaba yo también, coronel —dijo Ranzoff—. El viento amenaza arrastrarnos y temo bastante por las alas. Pero no encuentro otro medio. ¿Ha desarrollado la máquina la máxima presión?

—Toda, señor.

—Huir dejándose llevar no me parece prudente, haga usted lo posible Ranzoff por alcanzar el islote.

—Lo intentare, señor Boris.

El Gavilán hacía lo posible por adelantar camino: pero cuando las rachas se desencadenaban, las alas y las hélices eran impotentes para hacer frente a aquellos envites formidables, y la máquina voladora era arrastrada.

El huso sufría de cuando en cuando sacudidas espantosas y se inclinaba peligrosamente, ora a babor, ora a estribor. Era un verdadero milagro que los hombres que lo montaban no fueran arrojados entre las ondas enfurecidas.

El Inaccesible se elevaba en medio de la tempestad como un titán, a la derecha del Gavilán, mientras a su izquierda se elevaba Nightingale.

Ambos, especialmente el primero, tenían la cima envuelta por enormes nubes negras que de cuando en cuando se iluminaban siniestramente bajo la luz de los relámpagos.

Hacia el norte se alineaba confusamente Tristán, también cubierto por una especie de niebla que hacía invisibles las pequeñas casas de piedra de sus habitantes. El trueno retumbaba en lontananza, mezclando su fragor a los del Atlántico enfurecido.

El Gavilán, aunque rechazado de vez en cuando, luchaba valerosamente contra las poderosas rachas que le embestían. Apenas sobrevenía un poco de calma, se lanzaba adelante a toda velocidad para reconquistar el camino perdido, pero sin lograr grandes éxitos.

Había logrado, sin embargo, superar el Inaccesible, y se esforzaba por alcanzar Nightingale, cuando un williwans, o sea un golpe de viento de una fuerza inaudita, lo embistió, rechazándolo contra el inmenso escollo que quedaba a popa.

El capitán lanzó un grito.

—¡Ursoff!… ¡Vira!…

El timonel se apoyó con todo su peso sobre la barra. Wassili y Rokoff se lanzaron en su auxilio, cuando el timón chocó contra la roca, haciéndose pedazos al golpe.

Casi al mismo tiempo el Gavilán, a su vez, tropezó con la popa, y con tal violencia, que se desplomó sobre estribor.

Los tres hombres, en menos que se cuenta, fueron derribados sobre la borda, y rodaron confusamente por la pendiente del Inaccesible, cayendo al mar.

En lo alto se oyeron llamadas desesperadas:

—¡Wassili!…

—¡Rokoff!…

—¡Ursoff!…

Después el viento y los mugidos de las olas cubrieron los demás ruidos.

El Gavilán, enderezándose, había sido arrastrado por el terrible golpe de viento, y desaparecía entre las tempestuosas nubes del Atlántico, empujado por el huracán.

Si los tres desgraciados no hubieran caído sobre una pendiente suave y en el fondo no se hubiera encontrado el agua, se habrían destrozado seguramente contra la rocosa costa.

Pero por una casualidad prodigiosa, Wassili, el cosaco y el timonel habían librado con sencillas contusiones sin importancia.

Aquel baño frío inopinado les había repuesto de su aturdimiento y les permitió agarrarse sólidamente a los escollos que circundaban el Inaccesible antes de que la resaca les arrastrase o les aplastara contra la enorme roca.

A su alrededor el mar mugía espantosamente y se agitaba lanzando en todas direcciones inmensas cortinas de espuma fosforescente.

—Parece que hemos dado un tumbo con suerte —dijo Rokoff que, como buen cosaco, no se asustaba ni perdía su buen humor ni siquiera en medio de las más terribles catástrofes—. Hemos caído del tercer cielo, ¿no es cierto?

—No me he dado cuenta de ello —respondió Wassili, que se sostenía desesperadamente agarrado a una roca, oponiendo una tenaz resistencia a los asaltos de las olas.

—¿Y el Gavilán?

—Desaparecido, señor —dijo Ursoff—. Le he visto escapar hacia levante.

—¿Cuándo lo volveremos a ver?

—Espero que vuelva en cuanto haya pasado el huracán —respondió Ursoff—. A bordo hay un timón de recambio y al capitán no le es difícil montarlo.

—Hasta que vuelva, busquémonos un refugio, amigos —dijo Wassili—. Si permanecemos aquí, las olas nos arrastrarán, y entonces, ¡buenas noches, todos!

—¿Podremos ascender a la cima del escollo? —preguntó Rokoff—. Me parece verdaderamente inaccesible.

—Pues no hay otro remedio que intentar la escalada, capitán. Veo que las rachas vuelven a empezar y nos lanzarán encima tantas olas que nos ahoguen. ¿Estáis en disposición de manejaros?

—Yo no he perdido ni un átomo de mis fuerzas —respondió Rokoff.

—Ni yo tampoco —añadió Ursoff.

—Entonces démonos prisa para ponernos a salvo.

—¿Encontraremos aquí donde guarecernos, señor Wassili? El escollo me parece completamente liso.

—No; he visto algunas grietas en la ladera —respondió el ruso—. Venid, amigos, los minutos son preciosos y la muerte se nos echa encima.

Aprovechando el momento en que la resaca se retiraba, abandonando los escollos, y avanzando encorvados, para aguantar mejor los golpes de viento que se sucedían sin tregua, llegaron a la base del gigantesco escollo antes de que las olas les acometiesen.

Las laderas no caían cortadas a pico precisamente, y, además, había anchas hendiduras, especie de canales excavados acaso durante siglos, por las aguas y la licuefacción de las nieves, que durante varios meses al año envuelven la cumbre del Inaccesible con blanco manto.

Seis metros más arriba, Rokoff, que precedía a sus compañeros, percibió una especie de plataforma que se prolongaba por algunos centenares de pies.

Más arriba, la roca descendía a plomo desde una altura tal que no podía verse la cima.

—Esta grieta nos permitirá llegar a la plataforma —dijo el cosaco—. Señor Wassili, haced llamada a tonas vuestras fuerzas.

—Estoy dispuesto.

—Adelante, usted el primero: después Ursoff, yo seré el último y les sostendré.

El tiempo apremiaba, las olas se precipitaban sobre la playa, una tras otra, elevándose a increíble altura.

Sus golpes eran tales, que las rocas temblaban.

La espuma burbujeaba entre las piernas de Rokoff, quien después de haber ayudado a Ursoff, sostenía a Wassili.

—¡Pronto, pronto! —dijo—. ¡Vamos a ser atacados!

Comenzaron la ascensión agarrándose a los salientes de las rocas, metiendo los pies en los agujeros, ayudándose uno a otro, sacudidos por el viento y por la lluvia, perseguidos por las olas que les amenazaban con arrastrarles fuera y empujarles lejos.

Wassili, no obstante no ser joven, hacía esfuerzos supremos y a veces alargaba una mano a Ursoff y le atraía a sí, temiendo verle caer.

El cosaco, metiendo sus brazos en los bordes de la hendidura, impedía la caída de ambos. Para él, vigoroso, ágil y acostumbrado a las más difíciles escaladas, hubiera sido un juego alcanzar la plataforma.

Después de algunos minutos Wassili lograba, por fin, agarrarse a la orilla de la plataforma y ayudaba a Ursoff a unírsele. Rokoff, con un último empuje, llegó casi al mismo tiempo.

El suelo, formado por una roca negruzca, estaba lleno de hendiduras y agujeros, pero se encontraba libre de los asaltos de las olas, y esto era lo importante.

—Busquemos un sitio donde reponernos —dijo el cosaco—. Allí veo algo.

—Me parece un cobertizo —dijo Wassili.

—¡Una habitación aquí! —exclamó Ursoff—. Eso es imposible.

—Pues me parece que Wassili no se equivoca —respondió Rokoff.

Contra las paredes, entre dos rocas, se veía una cabaña que parecía formada por tablas reforzadas con losas de piedra, pata que el viento no las arrancase.

El cosaco avanzó con resolución y se convenció de que, efectivamente, se trataba de una minúscula caseta, seguramente refugio construido por los cazadores de focas y de elefantes marinos.

El viento silbaba a través de las tablas sacudidas, pero del techo compuesto de losas de piedra solamente se filtraban algunas gotas de agua.

El suelo parecía cubierto de hierba, pero como era ya de noche, la oscuridad era tan profunda allí dentro, que no se podía verlo.

—Si tuviésemos un fósforo —dijo Rokoff— nos sería realmente utilísimo.

—Yo podré ofrecer uno si los míos no se han mojado —dijo Wassili.

Registró sus bolsillos y sacó una cajita de metal.

—Me parece —dijo— que el agua no ha entrado en ella.

—Encenderemos uno y veremos si hay algo que podamos quemar. Hace frío y estamos empapados de agua.

El exdesterrado, después de mucho frotar y uniendo las manos y volviendo la espalda al viento, logró por último obtener un poco de luz.

La cabaña, de capacidad apenas para albergar cuatro o cinco personas, estaba desierta. Esparcidos por el suelo había montones de hierbas marinas bien secas, de varec, osamentas y cráneos de focas y de leones marinos y trozos de piel todavía con alguna grasa.

—Es un refugio de cazadores —dijo Wassili—. Aquí alrededor, en los escollos, no deben de faltar focas ni acaso elefantes marinos.

—Encendamos un poco de fuego y enjuguémonos —dijo Rokoff—. Aquí veo cuatro piedras que deben de haber servido de hogar. Si nos falta la leña demoleremos la cabaña.

Arrojó en el hogar un montón de varec y le dio fuego, despidiendo una nube de humo cegador que las rachas rechazaban al interior de la cabaña.

—¡Por la estepas del Don! —exclamó Rokoff, que tosía rabiosamente—. Ni siquiera la hierba es buena en esta terrible isla. Es preferible el viento.

—Contentémonos con lo que esta tierra puede ofrecer —respondió Wassili—. Además creo que no hemos de permanecer mucho tiempo en este escollo. El Gavilán vendrá pronto a recogernos.

—¡Hum! —hizo Ursoff—. No le veremos antes de que la tempestad se haya calmado, señores, y las que estallan aquí no cesan tan pronto. He sido marinero y conozco el Atlántico meridional.

—¿Creéis que no correrá peligro? —preguntó el cosaco.

—Aunque las alas se le rompiesen, el huso puede navegar perfectamente, y cubierto como es, podrá capear tan bien como un buque de vapor. Ya le veremos, señores, pero ¿cuándo? Quién sabe adonde le arrastrará el viento.

—Esperar con el vientre vacío no es cosa muy agradable —dijo el cosaco.

—Encontraremos todos los víveres que queramos —respondió Wassili—. Estas islas están habitadas por miríadas de aves marinas. Si podemos llegar a las cornisas superiores, encontraremos huevos bastantes para hacer una tortilla colosal.

—Sin sartén —añadió el cosaco, sonriendo.

—¡Bah!… En eso pensaremos más tarde.

El humo, poco a poco se había transformado en una alegre llama que iluminaba la estancia, extendiendo a su alrededor un benéfico calor.

El varec ardía, pero tan rápidamente, que hacía presentir habían de durar poco.

En efecto, media hora después ya no quedaba combustible para alimentar el fuego. Todas las algas y hasta una pocas astillas arrancadas a las tablas de las paredes, se habían agotado.

—Propongo que nos dediquemos a dormir —dijo Rokoff—. Por esta noche podemos renunciar a la esperanza de volver a ver al Gavilán.

—Sea —respondió Wassili, que se sentía excesivamente cansado.

Esperaron a que el fuego se extinguiese completamente por temor de que alguna chispa provocara un incendio, reunieron en rededor de la cabaña las pocas algas que aún quedaban y se acostaron uno al lado de otro, mientras fuera tronaba de modo horrendo y las olas se estrellaban con espantosos mugidos contra la base del Inaccesible.

Pero el cosaco no lograba pegar los ojos.

De cuando en cuando dejaba la habitación, y sin cuidarse de la lluvia ni de las nubes de espuma que las olas lanzaban hasta la pequeña plataforma, avanzaba hasta d borde de la roca, espiando con ansiedad el horizonte.

¿Esperaba ver brillar entre las tinieblas los faroles del Gavilán? Era probable; pero sus esperanzas quedaron defraudadas, porque no se veía romper las tinieblas ningún punto luminoso.

El horizonte estaba tenebroso, como si masas de alquitrán hubiesen caído de la nubes, y ni un relámpago iluminaba aquella oscuridad.

El trueno continuaba, sin embargo, resonando con estrépito enorme sobre la alta cumbre del gigantesco escollo.

Las olas se mantenían siempre enormes y batían con extremado furor la playa, destrozándola y disgregando hasta la escollera.

Cuando comenzó a difundirse algo la luz, Rokoff había explorado ya toda la plataforma. Era una especie de cornisa de trescientos o cuatrocientos metros de largo y una docena de ancho, interrumpida por agujeros y cubierta de espesa capa de guano depositado durante millares y millares de años por las aves marinas.

Un poco por encima, a una altura de diez o doce metros, se extendía otra segunda, más pequeña, que se podía fácilmente alcanzar, por tener sus paredes algo indinadas e interrumpidas por canales o hendiduras.

Sobre aquel segundo saliente había descubierto el cosaco una infinidad de volátiles, agrupados contra la pared.

Eran pingüinos, pájaros que viven en sociedad y que, vistos a cierta distancia, parecen hombres pequeños malamente vestidos.

Son de unos setenta a ochenta centímetros de altura, algunos llegan a tener hasta un metro, con cabeza pequeña, plumas blancas y negras y unas pequeñas alitas que parecen dos brazuelos planos, y los pies situadas muy atrás, lo que les permite sostenerse derechos como los cuadrumanos.

Pájaros verdaderamente barrocos y ridículos que pasan días enteros gritando todos juntos como viejos parlanchines y que tienen movimientos que hacen estallar de risa.

A pesar de la lluvia que continuaba cayendo en torrentes, y a las frecuentes rachas, aquellos bravos pajarracos parecían ocupados en una viva discusión. Alineados en tres o cuatro filas, gritaban, charlaban y se movían, cambiándose algunos picotazos, acaso para dar más fuerza a sus argumentos, mientras en los extremos de la fila unos cuantos viejos machos de aspecto venerable, educaban a algunas docenas de pichones, teniéndoles refrenados merced a abundantes golpes de sus bracitos o alas y algún zarpazo.

—Allí debe haber nidos, y si los hay, también habrá huevos —dijo Rokoff que buscaba una grieta que le permitiera escalar a la segunda plataforma—. El almuerzo no nos ha de faltar por los menos esta mañana.

El cosaco encontró un canal, comenzó a trepar y llego felizmente al margen superior, no obstante las rumorosas protestas de la colonia.

Cuando le vieron enderezarse, los pichones redoblaron el alboroto, abriendo de par en par los picos, agitando las alitas y balanceándose cómicamente. Rokoff, sin preocuparse por aquellas vanas amenazas, se arrojó sobre el más cercano pescuezo.

Las demás espantados, se dispersaron en el acto, dejándose caer en confusión sobre la plataforma inferior y llegando al mar.

Un olor nauseabundo insoportable, obligó al cosaco a taparse las narices. Montones di guano cubrían el resalto, lanzando emanaciones capaces de cortar la respiración. Pero Rokoff había divisado numerosos nidos hechos con algas y llenos de huevos, y eso le compensaba.

Había ya hecho abundante cosecha, cuando sus ojos descubrieron una abertura que parecía internarse en la pared rocosa.

«¿Será quizá una caverna?» —se preguntó—. No será muy bonita pero, por lo menos, será mejor para habitarla que nuestro miserable cuchitril.

Pasando con precaución por entre los montones de guano, llegó pronto ante la abertura, que era un boquete de un par de metros de largo y doble de alto, y que parecía, efectivamente, que condujese a alguna caverna. Pero el olor que de allí salía era tan horrible, que el cosaco se detuvo, dudando si poner los pies allí dentro.

Un murmullo como de charla le decidió a dar algunos pasos hacia adentro.

«¿Habrá más pichones dentro?» —se preguntó.

Se había internado en el agujero, cuando se sintió embestido por una nube de volátiles furiosos.

Eran unos pájaros negros, con pico larguísimo y grueso, los cuales graznaban furiosamente.

El cosaco se apresuró a salir, pero no por eso le dejaron las aves. Volaban a su alrededor, golpeándose con sus alas e intentando picarle.

—¡Ah… diablo! —exclamó Rokoff, sacando el cuchillo—. No os tengo miedo.

Se preparaba a rechazar el asalto, cuando vio a los pájaros abrir los picos y arrojar una materia oleosa tan hedionda, que se sintió sofocar.

—¡Rayos! —exclamo, tapándose la nariz y la boca.

Saltó en medio del guano acumulado y huyó a todo correr, mientras los pájaros, satisfechos por haberse librado del intruso, se reunían ante la caverna, resueltos a defender la entrada. El cosaco recogió al pingüino, y llenándose los bolsillos de huevos, se dejó caer por la hendidura, estornudando y soplando.

Alegres estallidos de risa le acogieron a llegar a la primera plataforma. Wassili y Ursoff, sentados uno al lado de otro, habían presenciado la batalla con las aves y la fuga precipitada.

—Pobre Rokoff —exclamó el ruso, riendo—. Por poco no pierde los ojos. ¿Qué ha hecho usted a esos pájaros para enfurecerlos así?

—No he huido por temor de que me sacaran los ojos —respondió el cosaco—. Hubiera podido defenderme bien; pero me rociaron con una materia capaz de hacer huir al más obstinado cazador.

—Huirían de ella hasta los perros —dijo Wassili.

—¿Pues qué pájaros eran? —preguntó el cosaco.

—Petreles —respondió el ingeniero—. Cuando se ven atacados, vomitan las materias que tienen en digestión y que en su cuerpo se han vuelto tan fétidas, que son capaces de quitar hasta el deseo de perseguir a esos pájaros.

—Nos desquitaremos con los pingüinos, que supongo no serán malos de comer —dijo Rokoff.

—Privándoles de la grasa son tolerables —respondió Ursoff—. Pero ustedes tendrán los huevos.

—Allí deben estar en abundancia. Lástima no tener manteca y sartén para hacer una tortilla —dijo Rokoff.

—Por ahora, nos contentaremos con asarlos entre ceniza.

—Con tal de que no estén ya empollados…

—¡Oh, no, señor Wassili! Los he escogido uno a uno.

—¿Y la caverna? ¿La ha encontrado usted? —preguntó Ursoff.

—Sólo he encontrado la que habitan aquellos pájaros.

—Renuncio —dijo el ingeniero—. Se necesitaría una chalupa cargada de desinfectantes para poderla habitar ¡Bah! Nos contentaremos con nuestra cabaña.

—La demoleremos poco a poco, una tabla cada vez —respondió Rokoff—. Y además la borrasca comienza a calmarse.

—Y las focas y los elefantes marinos no tardarán en mostrarse y nos suministrarán, con su grasa, combustible en abundancia —dijo el timonel—. En torno de este escollo deben de ser aún numerosos.

—A almorzar —dijo Rokoff—. Yo seré el cocinero de la colonia.

Ayudado por el timonel, arrancó una gruesa tabla y, haciéndola pedazos, encendieron, no sin dificultad, el fuego, sacrificando buena parte del varec. Por economizar el combustible, desplumaron precipitadamente el pingüino, le sacaron la grasa para alimentar con ella el fuego, y colgándolo sobre el rescoldo con un pedazo de cuerda, le pusieron a asar, volteándolo, volviéndolo y revolviéndolo. Wassili había asado, entretanto, dos docenas de huevos más grandes que los de las ocas y con cáscara rugosa, un poco sonrosada y bastante resistente.

—Pues no son malos —dijo, después de haber vaciado algunos—. Saben un poco a pescado, pero ¡bah!, se pueden tragar y valen más que los de cocodrilo.

—¿Acaso los ha probado usted? —preguntó el cosaco.

—Sí, durante un viaje que hice a África hace algunos años.

—Deben de ser detestables.

—No tanto como puede suponerse; saben algo a almizcle, pero nada más.

Mientras conversaban, atendiendo al asado y alimentando el fuego de cuando en cuando con un poco de grasa, el huracán se iba calmando.

Las nubes comenzaban a abrirse hacia levante, dejando pasar algún rayo de sol, mientras las rachas iban siendo menos frecuentes y menos impetuosas.

El océano, sin embargo, se mantenía agitadísimo, especialmente en torno a las islas. Las olas se sucedían constantemente impetuosísimas, deshaciéndose con extrema violencia contra las playas.

Por encima de la espuma del oleaje revoloteaban en bandadas numerosas, y desde las plataformas del gigantesco escollo descendían a cada instante por batallones.

Eran albatros, ocas marinas, quebrantahuesos, petreles, golondrinas de mar, pollos de agua y ánades.

También los pingüinos descendían, dejándose resbalar por las paredes rocosas. Los había grandísimos, con la cabeza negra, la parte superior del cuerpo gris y la inferior blanquísima, con dos largas rayas amarillas que se cruzaban sobre su pecho. Otros más pequeños, pero no menos bulliciosos, tenían las plumas oscuras y la cabeza jaspeada.

Todos corrían a solazarse sobre la playa, sin asustarse de las piedras.

—Aquí no nos faltará el almuerzo —dijo el cosaco, después de retirar el asado—. No he visto nunca tantos pájaros.

—Todas las islas del Atlántico austral son ricas en aves marítimas —respondió Wassili—. Como nadie las incomoda, se multiplican de modo prodigioso.

Hay algunas que están literalmente cubiertas de pingüinos, de gaviotas y de perdices.

—¿Y cómo no viene nadie aquí a cazar esta gracia de Dios?

—Estos parajes son sólo frecuentados por los balleneros, que prefieren emplear su tiempo en la caza de los gigantes del mar, de mucho más valor que los pingüinos, o en la de las focas o de los elefantes marinos. Pero, no obstante, ya llegará el día en que todas las islas del Atlántico austral producirán incalculables riquezas, muy superiores a las que pueden obtenerse de los desgraciados cetáceos, y eso gracias a esta volatería.

—¿De qué modo?

—Las islas, poco a poco se van cubriendo de guano, o sea inmensas capas de estiércol de las aves, riquísimo en fosfatos destinados a fertilizar las tierras ya exhaustas. ¡Ah!…

—¿Qué pasa, señor Wassili?

—¿No ha visto usted nunca elefantes marinos, Rokoff?

—No he visto más que los que se enseñan en los cercados, pero esos no eran malinos, seguramente.

—¿Le gustaría ver uno?

—Si pudiese, también capturarlo, señor Wassili.

—Arrancad dos maderos de la cabaña y seguidme.

—¿Y yo? —preguntó Ursoff.

—Tú cuida de que el fuego no se apague. ¿Está usted dispuesto, capitán?

—Aquí están los listones; ¿será esto bastante para hacer frente a los elefantes?

—Para los elefantes marinos no se necesitan carabinas. Dos buenos estacazos bastan para acogotarlos.

—¿No nos atacarán con la trompa?

—No hay que temerlo —repuso el ingeniero, riendo—. Venga y tenga cuidado de no rodar o dejar que le arrastren las olas. La resaca le destrozaría a usted contra los escollos.

Capítulo XV. Los elefantes marinos

Casi al extremo septentrional de la plataforma, las rocas cortadas a pico formaban una especie de baluarte que, avanzando hacia el mar doscientos o trescientos pasos, oponía una barrera insuperable a los asaltos de las olas.

Una escollera que se adelantaba más hacia afuera en semicírculo, defendía una especie de estanque, donde el agua, protegida por el baluarte y por aquellas rocas, se mantenía en relativa tranquilidad.

Precisamente en aquel sitio había visto Wassili salir del agua una masa oscura, enorme, y después de largos esfuerzos, subir a la playa, que en aquel sitio no era muy elevada. No podía ser un león marino, porque esas focas, generalmente, no pasan de los dos metros y medio, y mucho menos, una docena ni un ballenato, porque estos cetáceos no abandonan nunca el líquido elemento. De aquí deducía el ingeniero, y se había convencido, de que debía de ser un elefante marino, animal que aún es numeroso en los mares del sur, no obstante la caza encarnizada que les dan los balleneros y los cazadores de focas.

Armados con las viguetas, el ruso y el cosaco avanzaron cautelosamente hasta el final de la plataforma para bajar después al baluarte, y desde aquí descender al estanque.

—Es un verdadero elefante —dijo Wassili cuando llegaron al baluarte—. Hele allí tumbado sobre la arena, aprovechándose de un rayo de sol. Si somos prudentes le sorprenderemos.

—¡Qué animal más grande! —exclamó el cosaco, que se había adelantado hasta la cima de la roca.

Era verdaderamente un animal grandísimo, porque los elefantes marinos alcanzan dimensiones extraordinarias, midiendo a veces hasta siete y más metros de longitud, con una circunferencia de cinco.

Estos gigantescos mamíferos, que pertenecen al orden de los cetáceos y a la familia de las focas, no se encuentran más que en los mares del sur, entre el 35 y el 55 paralelos y, sobre todo, en las islas de Georgia, Shettland austral, Juan Fernández, Tristán de Acuña y Falkland.

Son de formas macizas, con aletas muy desarrolladas, terminadas en pequeñas uñas, ojos grandes y saltones, y tienen un pelaje espeso de color gris, semejante al de los elefantes, pero lo que más les asemeja a los proboscidios es una especie de trompa de largo de más de un pie, que se infla y se estira cuando el animal está irritado, y en cambio cae como un colgajo cuando está tranquilo.

El elefante descubierto por el ingeniero era uno de los más grandes de la especie. Después de salir del agua había subido a la orilla, avanzando muy lentamente y con un temblor que hacía semejar aquella masa enorme a un saco de gelatina; luego se había tumbado plácidamente sobre la arena, manifestando su satisfacción con gritos roncos y graves que producían una profunda impresión.

—Diga usted, Wassili —dijo el cosaco, un poco impresionado—. ¿No se arrancará contra nosotros para despedazarnos?… Me parece demasiado colosal para podérsele atacar con sencillas trancas de madera.

—¿Y cómo quiere usted que haga para arrojarse sobre nosotros? —preguntó el ingeniero, riendo—. Estos mamíferos cuando están en tierra no pueden moverse sin mucha dificultad. Imagínese que emplean no menos de media hora en recorrer ciento cincuenta metros y se ven obligados a descansar un buen rato, antes de volver a emprender la marcha.

—Se defenderá.

—¿Con qué?

—Con la trompa.

—No le sirve más que para respirar y para mugir.

—Pues, a pesar de todo, ese animal me produce una sensación de terror. Casi preferiría verme enfrente de dos tártaros.

—¡Ah, señor Rokoff! ¿Cree usted tan poco valientes a aquellos salteadores de las estepas?

—Todo lo contrario; he tenido ocasión de verlos en casos críticos y puedo asegurarle que se baten divinamente.

—Entonces no comprendo cómo tiene usted miedo de un infeliz elefante marino. No es ni sombra del de las selvas africanas. ¡Sus! Sígame y cuidado con dejar caer algún peñasco, porque entonces ese animalucho huiría.

Se izaron sobre la cresta del baluarte y se adelantaron, agachándose, para no dejarse ver. Pero el mamífero parecía no haber advertido nada. Se estiraba, se encogía, inflaba la trompa, lanzando potentes resoplidos y con las zarpas removía la arena, acaso para buscar los pequeños moluscos que allí se escondían.

Seguramente no ignoraba que el Inaccesible estaba deshabitado y se creía segurísimo.

Al llegar el ingeniero y el cosaco al extremo del baluarte, se deslizaron suavemente sobre la playa, dirigiéndose en seguida tras una fila de rocas que se prolongaba hasta pocos pasos del mamífero.

—¿Está usted preparado? —preguntó el ingeniero.

—Tengo los brazos sólidos.

—Déjeme usted el cuchillo.

—Se lo cedo a usted gustoso, porque yo no sé si me atrevería a atacar a ese monstruo.

—No tema usted y no se deje impresionar ni por su aspecto ni por sus alaridos.

Estaban solamente a diez pasos del mamífero. Ambos saltaron sobre los peñascos y se precipitaron hacia la playa para impedirle lanzarse al mar, gritando con fuerza y agitando amenazadoramente las pesadas viguetas.

Al verles, el elefante hinchó de un golpe la trompa, que poco antes colgaba inerte de su boca, y lanzó un mugido espantoso.

La masa entera se sacudió con extraño temblor, se levantó sobre la aletas e hizo intención de precipitarse adelante.

Su aspecto se había hecho horrible. Los ojos se le inyectaron de sangre, la trompa lanzaba roncos y profundos sonidos y se agitaba furiosamente; los dientes, incisivos, curvos como los caninos y muy gruesos, crujían, y el pelo se le había erizado.

Parecía que con un solo golpe iba a derribar y despedazar a los dos valientes que le atacaban; pero, en realidad, sólo a costa de infinitos esfuerzos se movía, aunque agitaba furiosamente sus aletas.

El ingeniero, nada impresionado, se le echó encima, dándole una tempestad de garrotazos. Rokoff no tardó en imitarle, dirigiéndose especialmente a la trompa, que bien pronto cayó inerte y sanguinolenta.

El enorme mamífero, aunque impotente para librarse de aquella granizada de golpes, resistía tenazmente y se esforzaba por llegar al mar para zambullirse.

Aunque manejados los troncos con extraordinario vigor, parecía que golpeaban en sacos de paja. Era necesario acabar. Rokoff, enfurecido por aquella obstinada resistencia, le dio un poderoso estacazo en el cráneo, del cual le derribó; después, empuñando el cuchillo, le abrió la garganta con un terrible golpe.

El pobre elefante se agitó algunos minutos, lanzando por la ancha herida torrentes de sangre y redoblando sus mugidos, que luego se hicieron cavernosos; después, un temblor convulsivo sacudió la masa entera; se enderezó bamboleándose aún una vez; la trompa, destrozada por los golpes del cosaco, se desplomó sobre un costado, vomitando un último chorro de sangre.

—Ya habrá visto usted lo fácil que ha sido la victoria —dijo Wassili a Rokoff, que contemplaba al gigantesco mamífero, con una mezcla de terror y maravilla.

—No creí que lográsemos abatirle, señor —respondió el cosaco—. ¿Y qué haremos ahora con tanta carne?

—Hay muy poco que comer —dijo el ingeniero—. Excepto la lengua, que es exquisita, especialmente conservada en sal, el resto no vale gran cosa.

«La carne es aceitosa y de mal sabor; el hígado es malsano y, por último, el corazón es tan duro, que no se puede digerir. Sin embargo, podremos sacar de este corpachón mil quinientas libras de aceite que para nuestra cocina serán una provisión verdaderamente inapreciable, porque arde perfectamente, sin mal olor y sin humo».

—¿Y el resto?

—Ya se encargarán las aves marinas de hacerlo desaparecer. Mire usted, ya llegan por batallones: albatros, quebrantahuesos, petreles, procelarias, sulas y hasta fragatas. Y me parece que se preparan a echársenos encima para disputarnos la presa; afortunadamente tenemos los garrotes y les aporrearemos de firme.

—Apresurémonos a despedazar este animal y llevémonos la grasa, o cuando volvamos encontraremos muy poca.

Afortunadamente el cuchillo de Rokoff, verdadero bowie-knife americano, regalo de Fedor, era de una solidez a toda prueba y cortaba como una navaja de afeitar.

Sin embargo, le costó al cosaco bastante el hacer pedazos la gruesa piel del mamífero. Mientras cortaba en largas tiras la corteza de grasa, el ingeniero las arrancaba y las reunía a un lado.

La operación se realizaba entre gritos furiosos e incesantes ataques, porque las aves marinas, que no se espantaban, llegaban a nubes, arrancando pedazos de grasa y de carne ante los ojos de los cazadores.

De cuando en cuando Rokoff, que tenía rencor a los petreles, acogotaba dos o tres de un estacazo; pero la lección no servía de escarmiento a los demás.

Se levantaban por algunos segundos, revoloteando vertiginosamente alrededor de los dos hombres, golpeándoles con las robustas alas, pero luego volvían a caer sobre ellos con la misma audacia de antes.

—Señor Wassili —dijo Rokoff—. Si no encontramos algún escondite, cuando volvamos no habrá ni un pedacito de grasa.

—Allí veo un agujero —respondió el ingeniero, señalando al baluarte—. Lo llevaremos y luego taparemos con peñascos.

—No cabrá allí toda la provisión.

—¿Tiene usted intenciones de permanecer aquí mucho tiempo? Cuando tengamos conservadas un centenar de libras de esta grasa, será más que suficiente. Ya verá usted como el Gavilán no tarda en volver por nosotros.

—Entonces contenga usted aquí a estos malditos pajarracos, mientras yo lleno el agujero. Ha cortado usted bastante.

El cosaco comenzó el transporte, mientras el ingeniero rechazaba a palos a aquellos endemoniados volátiles que se hacían cada vez más furiosos. Bastaron diez minutos para llenar el hueco, que en seguida taparon con gruesas piedras. Después el ingeniero y Rokoff se cargaron de grasa y con la lengua del mamífero y volvieron a subir al baluarte.

Las aves se habían precipitado ya sobre el elefante marino, disputándoselo a aletazos y picotazos. Lo menos eran quinientos o seiscientos los que luchaban por coger los mejores pedazos.

Ursoff fue al encuentro de los dos cazadores. Había asistido al ataque del monstruo desde lo alto de la plataforma, y no sin emoción, pues no podía creer que un animal tan grande se dejara matar sin oponer resistencia.

—He temblado por ustedes —dijo—. Son dos valientes.

—¡Bah! Poco valor se necesita —respondió Rokoff—. Como ves, ese animalote se ha dejado acogotar tranquilamente.

—¿Está aún encendido el fuego? —preguntó el ingeniero.

—Sí, señor Wassili.

—Tenemos una soberbia lengua que añadir al pingüino. Así, pues, para hoy y mañana están las vituallas aseguradas.

Contentos por su éxito, entraron en la cabaña para resguardarse del frío soplo del viento sur, y con la grasa alimentaron el fuego.

Una hermosa llama brillante que no daba humo ni exhalaba olor, se elevó casi hasta el techo.

—¡Lástima no tener una sartén! —exclamó Rokoff—; se hubieran podido freír algunas lonchas de esta soberbia lengua y variar así nuestro alimento.

—Si encontramos arcilla ya la fabricaremos —dijo Wassili—. Pero temo no poderos satisfacer, porque me parece que en este escollo no hay ni un palmo de tierra. Cierto es que no ha sido explorada aún su parte superior.

—Nosotros intentaremos llegar a la cima.

—Si le llaman el «Inaccesible», quiere decir que nadie ha podido nunca escalar este escollo.

—Y, además, no tendrán tiempo acaso —dijo Ursoff—. Ustedes se han olvidado del Gavilán.

—Sin embargo, no comparecerá de un momento a otro —respondió Wassili—. Si el huracán va calmándose aquí, debe enfurecerse hacia el este, y Ranzoff tendrá bastante que hacer con defender su máquina de las ráfagas.

—Tiene una máquina poderosa, señor —dijo Ursoff.

—Lo sé; pero los vientos son terribles en estas regiones y obligan a huir hasta a los más grandes veleros.

—Y además —dijo Rokoff—, necesitará reparar averías grandísimas. Cuando Fedor y yo hicimos la travesía de Asia, desde las fronteras de la China a la desembocadura del Ganges, las alas se vieron obligadas a ceder ante los soplos poderosos que se desencadenaban en las mesetas del Tibet. También entonces di yo una terrible voltereta, aunque en medio de un lago.

—Si las alas se han estropeado, mis queridos amigos, nuestra liberación va para un poco largo —respondió Wassili—. Verdad es que Tristán de Acuña no está lejos y que, probablemente, apenas cese el huracán, vendrán pescadores a cazar elefantes marinos y focas.

—¿Podremos confiar en esos insulares?

—Completamente —respondió Wassili—. Hasta creo que nos darán inestimables noticias del barón.

—¿De modo que usted tiene completa confianza en que ese bribón se haya refugiado aquí con la hija de su hermano?

—La carta que arrancamos al pobre administrador hablaba claro y no hay en todo el mundo dos islas que se llamen Tristán de Acuña.

El cosaco sacudió la cabeza, como hombre que no está convencido.

—¿Lo pone usted en duda? —preguntó el ingeniero con ansiedad.

—Los cosacos tenemos la cabeza muy dura y no alcanzo a comprender por qué ha de haber elegido ese bribón esta isla para ocultarse.

—Para no ser descubierto por nosotros —respondió Wassili, impetuosamente—. Estoy segurísimo de que al menos de mi fuga está enterado, si no de la de mi hermano. Hace ya siete meses que me libertó Ranzoff, ¿no se acuerda usted?

—Como si fuese ayer —respondió el cosaco—. Apareció usted a bordo del Gavilán después de las famosas truchas del Karacarul, como un pasajero silencioso. Entonces va a ser necesario hacer una visita a Tristán. Si verdaderamente se ha refugiado allí el barón, yo me encargo de cogerle por el cuello y darle un buen apretón.

—Es lo que haremos en cuanto el Gavilán esté de retorno —respondió Wassili—. Todo es tener un poco de paciencia.

—Y mientras tanto, procurar arreglarse lo mejor que se pueda —añadió Ursoff—, y hacer esta cabaña más habitable. Mientras el señor Wassili cuida del asado, nosotros haremos recolección de varec, para no quedarnos sin combustible y nos prepararemos lechos y taparemos todas las rendijas. He observado que las olas han arrojado a la playa gran cantidad y con este viento endemoniado pronto se secarán.

—Mis piernas se conservan perfectamente —respondió el cosaco—. Vamos, pues, a hacer cosecha de algas.

Mientras el ingeniero se ocupaba del almuerzo, que prometía bastante, el timonel y el cosaco descendieron de la cornisa del Inaccesible para hacer su recolección.

El océano se había encalmado algo entre las tres islas, y las olas no barrían con el ímpetu de antes la estrecha playa. Pero el cielo se mantenía bastante amenazador y el sol, desde hacía algunos minutos, había vuelto a desaparecer de las tempestuosas nubes, que un viento endemoniado empujaba hacia el nordeste.

A lo lejos, el Atlántico debía de continuar malísimo, especialmente en la dirección tomada por el Gavilán. De aquella parte tronaba y relampagueaba y parecía que las nubes besaran las ondas.

El cosaco y el timonel descendieron a la costa, donde había enormes montones de varec, arrancado del fondo del mar por la furia de la marejada.

Toda la playa estaba cubierta de él, formando acá y allá montones considerables.

Ya habían hecho una gran recolección y se preparaban para volver a subir a la cabaña, cuando Ursoff lanzó un grito.

—¡Un hombre!

Al oír aquel grito, el cosaco dejó caer el haz de algas que cargaba sobre su espalda.

—¿Dónde? —preguntó.

—Allí arriba le he visto, sobre la cuarta cornisa.

—¿No será acaso algún gigantesco pingüino?

—No, señor Rokoff, era seguramente un hombre, y armado con un fusil.

—¡Pero si este escollo se llama Inaccesible! Únicamente podrían escalarlo monos y no creo que bajo estas latitudes puedan vivir esos cuadrumanos.

—Sin embargo, afirmo que lo que yo he visto era un hombre y hasta aseguraría que lleva uniforme de marinero.

—¿Por dónde ha desaparecido?

—No lo sé, señor. Nos ha mirado un momento y después se ha ocultado tras las rocas que coronan la cornisa.

—¿No ha hecho ninguna seña?

—Ninguna.

—¿No ha aferrado el fusil?

—No, señor Rokoff.

—¿Habrá hombres refugiados sobre la cima de este gigantesco escollo? ¿Con qué objeto? Vuelve a tomar tu carga y reunámonos al señor Wassili. Acaso él nos explicará este misterio.

—Y tengamos la vista fija sobre aquella cornisa, señor Rokoff —añadió el timonel—. La rápida desaparición de ese hombre no me tranquiliza nada.

Recogieron el haz de varec y marcharon prontamente a la caseta, aunque la subida no era fácil.

Cuando llegaron, el ingeniero había terminado de asar un buen pedazo de lengua, que exhalaba un perfume verdaderamente exquisito.

—Dejemos por un momento el almuerzo, señor Wassili —dijo el cosaco—. Ursoff, cuenta todo lo que has visto.

El timonel no se hizo repetir dos veces la orden.

—¿Es posible? —exclamó el ingeniero—. ¡Un hombre que desciende del Inaccesible! Que yo sepa, este escollo nunca ha estado habitado, ni me parece habitable.

—Lo que me inquieta es la desaparición —dijo el cosaco—. Si fuese un hombre honrado en vez de huir hubiera venido hacia nosotros o, por lo menos, nos hubiera preguntado quiénes éramos y qué hacíamos aquí. ¿No les parece a ustedes?

Wassili no respondió, desde luego. Evidentemente le había impresionado la observación del hijo de la estepa.

—Querría saber quiénes pueden ser los hombres que aquí se han refugiado —dijo por fin—. ¿Serán corsarios? Ya en otros tiempos sirvieron estas islas de base de operaciones y de asilo a los salteadores del mar.

—Entonces, señores, nos conviene despejar cuanto antes.

—¿Y cómo, señor Rokoff? ¿Tiene usted alguna chalupa que poner a nuestra disposición para llegar a Tristán de Acuña?

—No había pensado que esa isla está muy lejos para llegar a nado. Pero yo querría convencerme de que Ursoff no se ha engañado.

—No se exponga usted a un peligro. Nosotros no tenemos más que dos miserables cuchillos que para nada servirían contra un hombre armado de fusil. Contentémonos con vigilar atentamente, hasta que llegue el Gavilán.

Rokoff sacudió la cabeza sin responder.

Como todos tenían mucha hambre, se sentaron a la mesa, por así decirlo, atacando vigorosamente la lengua del desgraciado elefante marino que todos encontraron muy sabrosa, aunque sabía algo a pescado.

Un arroyuelo de helada agua, que descendía del Inaccesible, deslizándose por una profunda grieta, les sirvió para apagar la sed.

Terminada la comida, Ursoff y el cosaco hicieron otra excursión a la playa para aprovisionarse de varec y también por ver si el hombre misterioso volvía a mostrarse, pero ningún ser humano apareció en los escalones superiores del inmenso escollo.

—Iré yo a sacarle de su guarida —murmuró el cosaco—. Subiré por aquella canal, que me parece debe seguir hasta la cuarta cornisa. No podemos vivir bajo esa constante amenaza.

Por segunda vez subieron hasta el refugio y cubrieron el suelo del mísero albergue con una espesa capa de algas, calafateando todas las rendijas para defenderse del viento helado que silbaba rabiosamente a través de los mal unidos tablones.

—Señor Wassili —dijo el cosaco—, el huracán continúa desatándose a lo lejos, y por ahora tenemos que renunciar a la esperanza de ver aparecer al Gavilán. Lo mejor que podemos hacer es descabezar un sueñecillo. Ayer noche dormimos poco y mal.

—¿Y el hombre que ha visto Ursoff?

—He reconocido atentamente el escollo y me he convencido de que no existe ningún camino de descenso que conduzca aquí. De modo que no podrá turbar nuestra tranquilidad, como no sea un albatros o un pingüino.

El consejo fue aceptado, y los tres hombres se extendieron sobre el varec, mientras fuera continuaba el huracán enfureciéndose y el trueno resonaba siniestramente sobre la alta cumbre del Inaccesible. Pero el cosaco, fijo en su idea de sorprender al misterioso individuo, no dormía.

Esperaba que sus dos compañeros roncasen para intentar la escalada del escollo, sucediera lo que sucediera.

La espera no fue larga. Antes de que transcurriera media hora, el ingeniero y el timonel dormían a pierna suelta.

Entonces, sin hacer ruido, dejó la cabaña, armado con su cuchillo y con una de las estacas que habían servido para matar al elefante marino, y llegó al canalón que ya había observado.

Era una grieta bastante profunda, que parecía hubiese sido labrada por las aguas descendentes de la cima del escollo durante los deshielos primaverales, y con las dos paredes asperísimas y cubiertas de cierta hierba llamada por los insulares becalunga.

Aunque la empresa pareciese extremadamente dificultosa, el cosaco, testarudo como sus paisanos de la estepa y valiente hasta la temeridad, comenzó animosamente la escalada, ayudándose ventajosamente con la estaca. Avanzaba, sin embargo, con mucha prudencia, deteniéndose de cuando en cuando para mirar a lo alto, temiendo que el misterioso personaje reapareciera y le lanzase encima algún peñasco, lo que hubiera sido muy fácil.

Afortunadamente las aves marinas, que anidaban en gran número en las dos paredes del canalón, gritando hasta desgañitarse, cubrían el ruido de sus pasos.

Rabiosas por verse turbadas por aquel intruso a quien ya habían visto, se desahogaban con gritos estridentes y con graznidos espantosos, pero sin atreverse a descender a la hendidura, asustadas, sin duda, del garrote que el cosaco agitaba amenazadoramente.

Agarrándose a los resaltos y a las hierbas, el valiente hijo de la estepa llegó, por último, a la segunda cornisa y un rato después, a la tercera.

Solamente una cincuentena de metros le separaban de la cuarta y última, porque encima ya las paredes del inmenso escollo se elevaban cortadas a pico, sin salientes y sin hendidura.

«Si no me ha asesinado hasta ahora, ya no me matará —murmuró—. Aunque se que está armado con un fusil, no me asusta».

Se detuvo un momento en la tercera cornisa para librarse, por medio de una granizada de palos, de una horda de grandísimos pingüinos que pretendían cerrarle el paso picándole rabiosamente las piernas. Después atacó con brío el último tramo del canalón, que parecía el más difícil, por ser el de mayor pendiente y estar desprovisto completamente de hierbas.

Afortunadamente el cosaco, si era robusto y fuerte como un oso, era agilísimo y aquel último paso fue también superado. Notó, sin embargo, una cosa completamente insólita: la cuarta cornisa estaba libre de aves marinas.

«Alguien debe de haberlas arrojado de aquí —dijo—. ¿Habrá sido el hombre misterioso?».

Se izó sobre la cornisa, blandiendo la estaca, pronto a acogotar al que se hubiera atrevido a atacarle.

Apenas había avanzado algunos pasos, cuando advirtió que ante él había una abertura que parecía la entrada de alguna caverna.

«¿Será este el asilo del desconocido visto por Ursoff? —se preguntó—. Vamos a hacer su conocimiento. En esta isla habitada por europeos o americanos, no hay antropófagos, que yo sepa, y no me asarán».

Empuñó sólidamente la estaca, se puso el bowie-knife entre los dientes para estar más pronto a servirse de él, y se internó resueltamente en el pasaje tenebroso.

Apenas había penetrado bajo la bóveda de la galería, cuando una enorme masa se le vino encima, chocando contra él.

—¿Estás ahí? ¡Tanto peor para ti!…

Aquellas palabras, en lengua rusa, sorprendieron de tal modo al cosaco, que le impidieron tomar inmediatamente la ofensiva. Además, el ataque había sido tan imprevisto, que a cualquiera en su lugar le hubiera ocurrido lo mismo.

Pero el cosaco, hombre de guerra, no se dejaba impresionar fácilmente. Al sentirse coger el cuello por dos manos poderosas, dejó caer la estaca que, por el momento, no le era de utilidad en aquel cuerpo a cuerpo, y aferró a su vez al adversario por la garganta, gritando:

—¡Abajo las manos, o te deshago!

El desconocido, en vez de obedecer, apretó más. Debía ser un hombre robustísimo y de estatura casi gigantesca; pero el cosaco tenía músculos de hierro y un corpachón de oso.

Le levantó en peso y le lanzó fuera de la galería, librándose del apretón con un movimiento fulmíneo. Al mismo tiempo empuñó el bowie-knife, poniéndose a la defensiva.

Solamente entonces pudo ver que tenía delante un hombretón de formas macizas y de aspecto de bandido, con una larga barba inculta.

—¿Qué vienes tú a hacer aquí? —rugió el desconocido, con el acento particular de los hombres nacidos en las orillas del Neva o del Ladoga, sacando a su vez de la faja un cuchillo—. Podía haberte matado esta mañana de un balazo, porque ésa era la orden. ¡Ahora te sacaré las tripas!

Con un salto de tigre se arrojó sobre el capitán de cosacos; pero éste dio un salto de costado y evitó el ataque.

El desconocido, arrastrado por su propio impulso, cayó casi entre los brazos de su adversario, que estuvo listo en agarrarle y apretarle contra su pecho con fuerza desesperada.

—Yo seré el que te mate a ti —rugió Rokoff, furioso.

Se habían abrazado y luchaban ferozmente.

El desconocido oponía una resistencia tenaz; pero el cosaco le empujaba hacia el abismo. No pudiendo hacer uso del cuchillo, intentaba arrojarle por el canalón.

Era el oso del Norte midiendo sus fuerzas con el de las estepas del Don. Ambos eran vigorisísimos, y verdaderamente iguales en valor y ferocidad.

Pero Rokoff, más ágil y más ejercitado en la lucha, tenía una ventaja notable. Con cinco o seis poderosos empujones llevó al adversario al borde de la cornisa, gritando:

—¡Ríndete o te tiro abajo!

—¡Ríndete tú! —respondió el otro agitándose furiosamente.

Con un esfuerzo supremo se libró a su vez de la presión del adversario, levantando en alto la hoja.

—¡Toma ésta!… —voceó.

El cuchillo brilló un instante, después cayó al fondo, pero sólo encontró el vacío. Una vez más el cosaco había rehuido el ataque.

El desconocido intentó rehacerse, dando un paso atrás, ignorante de que estaba al borde del abismo.

Le faltó terreno bajo los pies. Intentó recobrar el equilibrio, cuando el borde de la cornisa se desmoronó bajo su peso.

Estalló un alarido terrible, espantoso, haciendo huir a los pingüinos, que estaban en la plataforma inferior; después el hombre rodó por la pendiente del Inaccesible, rebotando de roca en roca, de cornisa en cornisa, hasta desaparecer en el mar.

Capítulo XVI. Los misterios del Inaccesible

Rokoff quedó como atontado viendo al salteador desaparecerle de delante, porque no le había parecido la cornisa tan estrecha ni había pensado en el calor de la defensa, que tras ellos estaba el abismo dispuesto a tragarles a los dos.

«¡Por las estepas del Don!… —exclamó enjugándose el sudor que le bañaba la frente, no obstante soplar allí arriba un viento helado—. Si en aquel momento llega a agarrarme, a estas horas estaría yo también en el vientre de los peces, con los huesos destrozados ¿Sería un salvaje? Pero yo no había hecho nada para provocar su cólera, y…».

Se interrumpió bruscamente, mirando a su alrededor con cierta ansiedad.

«¡Rayos del Don!… —murmuró—. ¡Un hombre nacido en las orillas del Neva y vigilando en este escollo!… El misterio está pronto aclarado. No puede ser más que un centinela colocado por el perro del barón… ¿Se habrá ocultado aquí ese bribón en vez de en la isla Tristán? ¡Piernas, amigo, antes de que te acogoten!».

Iba ya a lanzarse abajo por el canalón, cuando le entró vivo deseo de penetrar en la galería. Ya sabemos que Rokoff era valeroso como buen cosaco y, por tanto, no hay por qué extrañarse.

Al no haber acudido nadie a los alaridos lanzados por el desconocido, que habían resonado muy fuerte entre las rocas del inmenso escollo, el cosaco tenía motivo para suponer que al menos allí no había otro centinela.

Casi seguro de ello, atravesó rápidamente la cornisa, y penetró en aquella especie de caverna, aunque no con intención de internarse mucho, temiendo otra sorpresa.

Había dado pocos pasos, cuando se encontró envuelto en tan profunda oscuridad, que no sabía hacia dónde dirigirse.

El viento, encallejonándose a través de la abertura, producía rumores extraños y emocionantes.

«Sin una lámpara no me atrevo a seguir adelante —dijo Rokoff—. Por ahora ya sé bastante».

Empezó a retroceder y tropezó en algo que yacía en tierra y que al chocar produjo un sonido metálico.

Era el fusil dejado caer probablemente por el hombre que le había atacado, para poder hacer uso de las manos con más facilidad y estrangularle. Al lado de la culata había una cartuchera con una cincuentena de cartuchos.

«He aquí una fortuna que no esperaba —murmuró el cosaco, apoderándose del arma—. Con un buen mauser entre las manos se pueden hacer milagros por quien sabe emplearle. En retirada, amigo, y cuidado no te vayan a despachurrar dentro del canalón».

Después de dirigir una última mirada a la gigantesca pared rocosa, cortada a pico por centenares y centenares de metros, completamente desnuda y lisa como la palma de la mano, se dejó resbalar por el canalón, llevando en la mano la estaca para rechazar las hordas de aquellos molestísimos pingüinos.

El descenso fue mucho más rápido que la subida y muchas veces corrió el cosaco el riesgo de dar un tumbo y desnucarse contra las rocas del fondo.

Cuando llegó a la cabaña aún dormían Wassili y el timonel, arrullados por el rítmico murmullo del océano.

—¡Arriba, amigos! —dijo Rokoff, entrando y mostrándoles triunfalmente el mauser.

—¿De dónde viene usted? —preguntaron a una el ingeniero y Ursoff, asombrados al verle con armas

—Seguramente no es del Gavilán —añadió el primero.

—Silencio y escúchenme —respondió el cosaco—. Les explicaré ahora los misterios del Inaccesible.

Como era de prever, también a Wassili y al timonel, en cuanto oyeron el relato del cosaco, les vino a las mientes la sospecha de que el barón se hubiera refugiado en aquel gigantesco escollo mejor que en Tristán.

—¿Está usted bien seguro de que el hombre que ha tirado al mar era un ruso? —preguntó Wassili, después de un largo silencio.

—Nacido en las márgenes del Neva, como usted, señor.

—¿Tendrá este escollo en su interior inmensas cavernas desconocidas hasta para los insulares?

—Es lo que yo también pensaba, señor Wassili —respondió Rokoff.

—Y el loco del barón se habrá ocultado dentro de ellas con mi sobrina.

—Loco, ha dicho usted: así lo creo yo también. El miedo de ser descubierto por sus víctimas y el de tener que pagar su doble infamia, debe de haber trastornado el cerebro de aquel hombre.

—Eso unido a la furiosa pasión que alimenta por Wanda —añadió Wassili.

—Pero dígame usted, ingeniero, ¿de qué clase es esa pasión? Yo no he logrado saberlo. ¿La ha raptado para hacerla su mujer?

—De ninguna manera, señor Rokoff —respondió Wassili—. Ama con locura a mi sobrina, porque se parece de modo extraordinario a una hija única que tenía y que se ahogó el año pasado cerca de las costas de Escocia, durante un trágico naufragio. Él había pedido la hija a mi hermano, proponiéndole adoptarla como si fuese su verdadera hija, y recibiendo, como pueden ustedes figurarse, una negativa absoluta, y entonces urdió la trama infernal contra nosotros para poderla raptar con más facilidad.

—Entonces vuestra sobrina no corre ningún peligro.

—Absolutamente ninguno —respondió Wassili.

—Luego ese hombre es verdaderamente un loco.

—Pero un loco peligroso, porque, como han visto ustedes, para hacer caer a Wanda en sus manos, no ha titubeado en arruinarnos a mi hermano y a mí, enviándonos al destierro a la Siberia.

—Yo suponía que su amor era de otro género.

—No, señor Rokoff.

—¿No tiene hijos el barón?

—Sí, uno sólo, que hoy es de los más brillantes capitanes de la marina de guerra rusa.

—¿Qué haremos nosotros ahora?

—No nos queda más recurso que esperar el regreso del Gavilán. Únicamente con él podremos escalar este gigantesco escollo y registrar los flancos y hasta la cima.

—Pero ahora que tenemos un buen fusil podemos, por lo menos, intentar la exploración de la caverna.

—Y hacernos coger. Como ha visto usted, el barón tiene consigo gente de su devoción y resuelta a defender al amo y a su presa. Ahora mismo ha visto usted la prueba.

—Y una prueba terrible, señor Wassili —respondió el cosaco—. Todavía no me convenzo de que estoy aquí hablando con ustedes.

—Sin embargo, si durante la jornada no llegan nuestros compañeros y no ocurre nada de particular sobre el Inaccesible, se podría, después de cerrada la noche, intentar una exploración.

—Eso era lo que yo iba a proponer.

—Por ahora vamos a limitarnos a vigilar aquella cornisa para que no nos venga de ella alguna desagradable sorpresa, y evitemos encender fuego para que el humo no avise al barón, suponiendo que sea él, efectivamente, quien se ha ocultado aquí.

Seguros de no correr, al menos por el momento, ningún peligro, volvieron a acostarse sobre la espesa capa de varec, mientras Ursoff, protegido por una roca saliente, velaba en el exterior, armado con el fusil y sin apartar la vista de la plataforma superior, siempre pululante de pingüinos y de otras grandes aves semejantes a nuestras ocas y llamadas por los insulares mattis.

El cielo estaba siempre oscuro, cargado de vapores que tenían un tinte grisáceo, y de poniente llegaban de cuando en cuando fuertes rachas precedidas de los estallidos ensordecedores de los truenos.

También el océano continuaba malísimo, impidiendo a los habitantes de Tristán pasar a los dos islotes para cazar las focas y los elefantes marinos, que formaban, si así puede decirse, en unión de las pocas cabras salvajes, los únicos recursos de aquellos segregados del mundo civilizado.

Especialmente entre el Inaccesible y el Nightingale, las olas embravecidas de modo espantoso se lanzaban al asalto de los dos escollos con rabia incansable.

El estruendo producido por las olas al destrozarse contra las paredes rocosas, era en algunos momentos tan infernal, que parecía que allí se librara una batalla naval, empleando potentísimos cañones modernos.

Era de suponer que el Gavilán, que probablemente había sufrido graves averías al chocar con el enorme flanco del escollo, no podría regresar, al menos hasta que cesasen aquellos terribles golpes de viento.

La jornada transcurrió sin que ocurriese nada de extraordinario. Los tres hombres se turnaron en la guardia, sin quitar la vista de la cornisa, pero ninguna persona se dejó ver allí arriba.

Al anochecer hicieron sus preparativos para visitar la caverna. Ursoff había fabricado unas antorchas trenzando algas y las había impregnado en grasa de elefante marino para que pudieran durar bastante tiempo. Después de una detenida observación del horizonte, por si se descubría alguna señal que Ranzoff no hubiera, seguramente, dejado de hacer desde el Gavilán al acercarse al Inaccesible, los tres hombres armados, el cosaco con el fusil y los otros dos con estacas y los cuchillos, comenzaron la subida del canalón, avanzando con grandes precauciones, por si hubiera algún otro centinela de guardia en la caverna o en la cornisa.

Rokoff, que ya conocía los pasos más fáciles, marchaba a la cabeza, separando las peñas que pudieran desprenderse y rodar por la grieta, provocando una alarma que de ningún modo deseaban.

Afortunadamente, las aves marinas dormían profundamente; de modo que también aquel fastidioso y ruidoso asalto fue evitado.

Superada la segunda cornisa, tomaron un rato de descanso para respirar, y sucesivamente escalaron las otras dos sin notar nada sospechoso. Un ventarrón furioso silbaba sobre las paredes rocosas del cono, mientras debajo, a gran profundidad, el mar mugía roncamente, rompiendo en secas detonaciones contra los infinitos escollos.

Rokoff, temiendo con fundamento una nueva sorpresa, hizo a sus compañeros detenerse bajo la cornisa y avanzó solo hacia la caverna o galería, llevando el fusil empuñado para estar más pronto a hacer fuego.

No viendo ningún centinela, volvió atrás con las mismas precauciones, diciendo:

—Adelante: cuando estemos dentro encenderemos una antorcha.

Wassili y Ursoff se le unieron con presteza y los tres penetraron en el tenebroso pasaje.

Apenas habían atravesado las primeras arcadas, cuando retumbó una detonación violentísima en el interior de la montaña, con un fragor espantoso.

Una avalancha de piedras desprendidas de lo alto rodaron por los flancos del escollo, chocando entre sí con profundos fragores. La sacudida fue tan formidable, que los tres hombres rodaron uno sobre otro.

—¡Por vida de Satanás!… —exclamó Rokoff, que había sido el primero en levantarse y huir al exterior—. ¿Qué ha pasado?

—Ha explotado alguna enorme mina —dijo el ingeniero, que se había apresurado a reunírsele.

—¿Pero dónde?

—En el interior del escollo.

—¿Con la esperanza de hacernos saltar?

—No lo creo, señor Rokoff, ha hecho explosión muy lejos de nosotros.

En aquel momento se oyó otra explosión, aunque más débil, y que, al parecer, provenía de la cumbre del Inaccesible.

Otra avalancha de piedras corrió a lo largo de las paredes, precipitándose por el canalón. Fue un verdadero milagro que los dos rusos y el cosaco no fueran derribados y heridos por alguno de aquellos proyectiles.

—¿Van a volar el escollo? —preguntó Rokoff, que había vuelto a refugiarse bajo las arcadas del pasadizo tenebroso—. Tiene usted razón, ingeniero; eso son minas que estallan. Durante el sitio de Plewna oí esos mismos fragores cuando se hizo volar las lunetas de Osman Pachá.

—¿Habrá concluido la música infernal?

—Si yo estuviera con los misteriosos minadores, ya le podría contestar a usted —respondió Wassili, que conservaba su maravillosa sangre fría.

—¡Una mina en el corazón del peñasco y otra en lo alto!… ¿Qué significa esto? ¿Usted comprende algo, ingeniero?

—Nada, mientras no exploremos el pasadizo —respondió Wassili—. Esperemos, sin embargo, antes de seguir avanzando. Podría caernos encima la bóveda después de otra explosión.

Se sentaron cerca de la primera arcada para estar más prontos a huir al exterior y esperaron pacientemente, con el corazón oprimido por profunda angustia, temiendo que de un momento a otro sobreviniera otra explosión más espantosa.

Pasaron diez minutos largos como siglos; después el ingeniero, no oyendo ningún fragor, se levantó con resolución diciendo:

—Ursoff, enciende una antorcha.

El timonel obedeció prontamente.

—El primero iré yo —dijo el cosaco—. Nadie pasará delante de mi fusil.

La antorcha, bien empapada en grasa, ardía espléndidamente, esparciendo en torno una luz vivísima, a causa de ser la grasa de elefante marino bonísima como alumbrado.

A los pocos metros de avanzar, comprendió el ingeniero que la galería no estaba construida por la Naturaleza.

Debía de haber sido abierta por el hombre, empleando el pico y acaso también la mina.

—Los misteriosos habitantes del escollo deben de haberse preparado en él un refugio intomable —murmuró—. ¿Qué descubriremos aquí?

Habrían recorrido una docena de metros, cuando descubrieron otra galería más estrecha que la primera y obstruida por piedras desprendidas de la bóveda.

—No debemos de estar lejos del lugar donde estalló la primera mina —dijo el ingeniero, que examinaba con atención las paredes—. Avance usted con precaución, Rokoff, aunque estoy convencido de que ya no hay nadie en este escollo.

Entraron en el nuevo pasadizo. Rokoff precedía siempre a sus compañeros, seguido por Ursoff, que llevaba la antorcha. El ingeniero iba el último.

Así recorrieron otros diez o doce metros; entonces se encontraron ante otro nuevo desmoronamiento.

También aquí estaban las bóvedas destrozadas, pero un nuevo pasaje, apenas suficiente para permitir a Rokoff, que era el más grueso de los tres, pasar arrastrándose, se presentó ante su vista.

—¿No oyen ustedes ningún ruido? —preguntó el ingeniero.

—No, señor —respondió el cosaco.

—¿Se podrá pasar?

—Sí, aunque con trabajo. ¡Bah!… Yo tengo la piel dura.

El cosaco empujó por delante el fusil, ante todo; luego, ayudándose con manos y pies, avanzó. De pronto se le escapó un grito de asombro:

—¡Por vida de Satanás! ¿Qué es esto?

Ursoff y el ingeniero, que eran menos corpulentos, no tardaron en unírsele.

La sorpresa del cosaco era más que natural.

El último pasadizo, medio arruinado por la explosión de la mina, les había conducido a una inmensa sala subterránea abierta en las entrañas del escollo, en la cual había numerosas aberturas circulares a través de las cuales se percibía alguna estrella que asomaba entre las tempestuosas nubes. La mina debía haber estallado allí mismo, porque se veían enormes peñascos esparcidos caprichosamente aquí y allá.

Pero lo que principalmente dejó estupefactos a los dos rusos y al cosaco, fue el ver entre aquel montón de escombros, butacas de terciopelo destrozadas, lujo completamente desconocido de los insulares del minúsculo grupo; los restos de un piano, fragmentos de espejos y de lámparas, tapices bellísimos medio consumidos por las llamas producidas por la explosión de la mina y que aún humeaban, además de verdaderos montones de cristalería que despedían vivos destellos bajo el reflejo de las antorchas que Ursoff iba encendiendo.

En torno a las paredes que habían sido derribadas por la fuerza inmensa de la explosión, se veían aún divanes turcos de brocado azul bordado en oro, y en las ventanas cortinajes de seda de igual color.

—¡Esto debía ser la morada de alguna hada! —exclamó Rokoff, recogiendo algunas bujías que habían caído con las arañas que las soportaban—. No parece un nido de corsarios. ¿Qué dice usted a esto, señor Wassili?

—Yo me pregunto si estoy soñando —respondió el ingeniero.

—No, porque esto que yo bebo ahora —dijo el cosaco— es verdadero sliwowitz.

El cosaco había encontrado entre aquellos despojos, además de algunas bujías, una botella milagrosamente salvada del estrago, y el bribón bebía a caño con la avidez proverbial en los hijos del Don. Pero de pronto la dejó caer, haciéndola pedazos, mientras se desplomaba encima de Ursoff. Otra mina había hecho explosión, esta vez, al parecer en dirección del pasadizo que poco antes habían recorrido.

La antorcha que tenía en la mano el timonel se apagó bruscamente, y profunda oscuridad envolvió a los dos rusos y al cosaco, al tiempo que de lo alto se desprendían otros peñascos.

—¡Señor Wassili!… —gritó Rokoff, asustado.

—Estoy vivo —respondió en el acto el ingeniero.

—¿Y tú. Ursoff?

—Solamente me he abrasado un poco la barba.

—¡Nos asesinan!

—¡Silencio! —ordenó Wassili—. Hagamos creer a los misteriosos enemigos que nos han aniquilado en el acto. ¡Permanezcamos echados y no nos movamos!

Aquella segunda y más angustiosa espera, duró lo menos un cuarto de hora, sin que sobrevinera ninguna nueva explosión. Un profundísimo silencio reinaba en el interior del escollo.

—Me es imposible aguantar más —dijo por último el cosaco—. Prefiero el fragor de una batalla a esta agonía más espantosa que la muerte. Suceda lo que quiera, me levanto y desafío a tiros a nuestros misteriosos enemigos.

—Reserve usted los cartuchos, señor Rokoff —dijo el ingeniero—. Pero ¡calle!, ¿qué es ese silbido estridente?

—Parece la sirena de un buque de vapor —contestó Ursoff.

—¿Escaparán nuestros enemigos? —preguntó el cosaco—. Enciende una antorcha, timonel, o mejor una de las bujías que yo he recogido.

Ursoff, que tenía la fosforera del ingeniero, prefirió dar fuego a una de las antorchas. Rokoff se la arrancó casi de la mano y se precipito a una de las aberturas circulares que servían de ventanas.

La noche era oscura y tempestuosa todavía, pero pudo distinguir una masa negra, coronada por tres faroles, uno rojo, otro verde y otro blanco rebotando sobre las olas, que se quebraban contra la base del Inaccesible.

Algunas chispas volteaban en el aire, arrastradas por el viento.

—¡Un barco de vapor! —gritó—. ¡Corran ustedes!, ¡corran ustedes!…

El ingeniero y Ursoff, que habían encendido otra antorcha, se arrojaron apresuradamente a reunírsele.

—¡Pronto!, ¡haced señales!… —exclamó el primero.

El cosaco sacó el brazo a través de la abertura y agitó desesperadamente la mecha.

Un momento después, un relámpago brillaba sobre el puente del buque, seguido por una fragorosa detonación, y un proyectil se clavaba con gran estrépito a algunos metros por encima de la ventana, desconchando la roca.

—Cañón de tiro rápido de 65 milímetros —exclamó el cosaco, retirándose precipitadamente y apagando la antorcha—. ¡Esos bandidos nos van a matar!… ¡A tierra! ¡A tierra!…

Siguió un tronar furioso. Parecía que no una, sino dos piezas de tiro rápido fulminasen al Inaccesible que, con seguridad, si hubiese sido un ser viviente, se hubiera reído de las invenciones modernas de los hombres, él que desde siglos y siglos desafiaba impávido e indestructible los furores del Atlántico y los rayos del cielo.

Los disparos de las piezas de tiro rápido fueron haciéndose menos frecuentes, hasta que cesaron por completo.

—¡Estúpidos! —gritó el cosaco—. ¿Se creerán acaso que este escollo es un pilón de azúcar y van a demolerle?

—Era contra nosotros contra quien hacían fuego, querido Rokoff, y con la esperanza de hacernos pedazos —respondió el ingeniero.

—Han escapado —dijo.

—Sin darse a conocer —añadió Ursoff.

—¿Quiénes eran, entonces? ¿Piratas? —preguntó Rokoff.

—¿O el barón y sus marineros? —dijo a su vez el ingeniero.

De pronto se dio una palmada en la frente, lanzando un grito.

—¡La tercera mina!

—¡Bueno! ¿Y qué pasa ahora? —preguntó Rokoff con alguna inquietud.

—Ha estallado hacia el camino que hemos seguido.

—Sin matarnos.

—¿Y si todo se ha derrumbado detrás de nosotros?

Entre los tres hombres reinó un angustioso silencio.

—Es necesario convencerse de ello —dijo Rokoff—. Ursoff, enciende una de las antorchas.

En la profunda oscuridad brilló una llama. El cosaco y el ingeniero, a su vez, encendieron otras antorchas, y los tres, presa de una vivísima ansiedad, retrocedieron por el camino anteriormente recorrido, pasando a través de un cúmulo de escombros y despojos de los riquísimos muebles que las minas habían reducido a un estado miserable.

El viento, que penetraba con extremada violencia a través de las ventanas, hacía vibrar las cuerdas del despedazado piano, produciendo extraños sonidos.

Después de cinco minutos, porque el salón tenía enormes dimensiones, llegaron los tres hombres ante el pasadizo.

Como habían supuesto, allí había estallado una mina y las paredes y la bóveda, se habían derrumbado, obstruyendo completamente la galería de salida.

Durante aquel camino, el ingeniero había tenido tiempo de reflexionar.

—¡Bah!… —dijo al encontrarse ante aquella barrera de cascotes—. No tenemos motivo para asustarnos. Saldremos por las ventanas.

—Con tal que den sobre alguna cornisa —dijo Rokoff—. Si se abren en la roca desnuda, entonces no podremos bajar por ellas.

—Ya vendrá a libertarnos el Gavilán. La maravillosa máquina puede subir hasta la cima del cono, y si se quiere aún más arriba.

Volvieron atrás un poco disgustados, pero tuvieron que renunciar a la exploración de la pared exterior del escollo a causa del viento que les apagaba las antorchas y las bujías en cuanto asomaban por las cuatro ventanas que debían servir para dar luz a la sala.

—Esperemos que salga el sol —dijo Wassili—. Ahora que ya se han marchado los habitantes del escollo, creyendo habernos encerrado, seguramente no volverán para hacer que nos reviente encima otra mina.

—Sin embargo, yo querría saber por qué han despejado tan rápidamente, después de saltar la galería y arruinar esta magnífica sala, cuando les hubiera sido tan fácil prendernos y hasta suprimirnos —dijo Rokoff.

—Esos son los misterios del Inaccesible; pero ahora estoy más convencido que nunca de que aquí se escondía el barón.

—¿Y adónde habrá escapado?

—No lo sé; pero algún día nos enviará noticias suyas —respondió Wassili—. Le haremos una guerra sin cuartel hasta que se decida a devolver a Wanda a mi hermano y confiese su intriga infernal. Más de cincuenta buques suyos surcan el Atlántico, y se los hundiremos todos si se obstina en huir de nuestras manos.

—Con tal de que el Gavilán vuelva —dijo Rokoff, sacudiendo la cabeza.

—¿Lo duda usted?

—Qué quiere usted, Wassili, yo no estoy tranquilo. Me asusta este retraso.

—El temporal no ha calmado todavía.

—Eso sí es verdad.

—Y tendrán que reparar algunas averías. Tengamos paciencia, Rokoff. El Gavilán puede navegar lo mismo que vuela, sin correr grandes peligros; porque está maravillosamente equilibrado y tiene un apoyo sorprendente en sus planos horizontales. Repito que debemos esperar a que la furia del viento cese.

Se sentaron junto a una ventana, resguardándose detrás del parapeto, porque las rachas continuaban invadiendo la inmensa sala con fuertes silbidos, y esperaron pacientemente a que la luz reapareciese.

De cuando en cuando se levantaban para dirigir una mirada al tempestuoso horizonte, siempre con la esperanza de distinguir, suspendidas entre el mar y el cielo, las luces del Gavilán, pero no lograron percibir ningún punto luminoso.

Cuando, por fin, apareció el alba, un alba grisácea de desagradable aspecto, que no prometía una buena jornada, los dos rusos y el cosaco se abalanzaron a la ventana.

Daba hacia el lado oriental del escollo, es decir, en dirección opuesta a aquella en que se encontraba la cabaña, y la mirada podía extenderse sobre un inmenso trozo de océano y dominar hasta Tristán que a pocas millas emergía de las ondas, casi oculta tras espesa niebla.

Sobre la azul superficie, siempre agitadísima, no resaltaba ningún punto negro que indicase la presencia de algún barco.

—Los fugitivos se han alejado —dijo Rokoff—. ¿Habrán continuado su carrera alejándose o habrán tomado tierra en Tristán?

—Se vería a lo lejos elevarse alguna columna de humo, mientras yo no percibo más que niebla —respondió Wassili.

—¿Y cómo se las habrán arreglado esos bribones para descender? Eso es lo que yo querría saber, para aprovecharnos de ello nosotros.

—¿Cómo? Allí se ve aún una escalera de cuerda colgando de una cornisa —dijo Ursoff, que había pasado el parapeto poniendo los pies en el saliente de una roca.

—¿Podríamos cogerla?

—Es imposible, señor Rokoff —respondió el timonel—. Debajo de nosotros no hay ninguna cornisa y no somos pájaros.

—Entonces estamos prisioneros.

—Aún no hemos reconocido la sala —dijo el ingeniero—. Debe de haber algún otro paso. Veamos primero de dónde han caído estos cascotes. Por esta ventana no deben haber escapado los señores que nos han bombardeado. Síganme ustedes, amigos.

Volvieron sobre sus pasos y se detuvieron allí donde se había derrumbado en seguida de la explosión de las dos minas, y observaron, no sin estupor, que allí se abría una especie de pozo, o mejor un enorme tubo, cuyas paredes en parte se habían desplomado.

Rokoff, alzando la antorcha, pudo divisar, un poco encima de la bóveda, los restos de una escalera que subía en forma de espiral.

—Señores —dijo—. La salida está encontrada. Ahora falta ganarla.

CAPÍTULO XVII

El regreso del Gavilán

Llegar a la bóveda no era cosa muy difícil habiendo en la sala muchos divanes, sillas, mesitas y montones de escombros que se podían reunir aunque fuese a costa de fatigoso y largo trabajo.

Los tres hombres, animados por la esperanza de poder alcanzar la cima del cono y volver a descender por medio de las escalas de cuerda que habían descubierto, se pusieron febrilmente a la obra.

El cosaco que, como hemos dicho, estaba dotado de fuerza extraordinaria, en menos de media hora amontonó sobre los cascotes caídos del tubo, todos los divanes, ayudado por Ursoff, que no era menos robusto que un oso negro de las selvas rusas.

Cuando ya la pirámide se elevaba hasta casi la bóveda, los tres hombres la escalaron, llegando con felicidad a los primeros escalones de la escalera de caracol, que no había sufrido mucho, a pesar de la violencia de la explosión.

Un triple grito de alegría se escapó a los dos rusos y al cosaco en cuanto se elevaron una docena de metros.

Habían divisado en lo más alto un ojo luminoso que no parecía mayor que el disco aparente de la luna, pero que anunciaba que aquel pozo, abierto por la mano del hombre, quién sabe a costa de cuántas fatigas y cuántos años de labor, conducía a la cumbre del enorme escollo.

—¿No será el cráter de un antiguo volcán? —preguntó Rokoff.

—Pudiera ser; pero los hombres lo han revestido de una especie de cemento y provisto de una escalera bastante cómoda.

—¿Es obra reciente?

—No; antiquísima —respondió el ingeniero—. Construida acaso por los corsarios que entre los años 1600 y 1700 devastaban en gran número el Atlántico. He oído contar que también en Picos, en otro escollo perdido en este océano, se descubrieron cavernas maravillosas y tesoros escondidos por los antiguos salteadores o piratas, como mejor os plazca llamarles.

—¿Cómo puede haber conocido eso el barón de Teriosky?

—¡Quién sabe!… Acaso por alguno de sus marineros.

—Sigamos adelante, señores. Anhelo el momento de verme en la cima del escollo.

—Y yo no menos que usted, Rokoff —respondió el ingeniero.

Cincuenta metros más arriba encontraron cuatro galerías que no parecían abiertas por la mano del hombre y que se internaban en el corazón del escollo.

Pero los dos rusos y el cosaco, demasiado presurosos por volver a la luz, no perdieron tiempo en explorarlas, a pesar de haber visto gruesos cortinones destinados acaso a resguardar aquellas salas del viento descendente por aquella especie de garganta en las noches tempestuosas.

—¡Arriba! ¡Arriba!… —gritaba el cosaco, subiendo los escalones de cuatro en cuatro, en una fuga endemoniada.

El agujero superior se ensanchaba proyectando en el interior del pozo una luz bastante intensa. Los tres hombres continuaron subiendo jadeantes y sudorosos, sin ocuparse de otras galerías que de cuando en cuando se abrían sobre aquella interminable gradería.

La ascensión, fatigosa, especialmente para el ingeniero, que ya no era un joven, duró una media hora, al cabo de la cual desembocaron en una vastísima plataforma que ocupaba toda la cima del escollo y en donde se veían todavía en pie viejas cureñas armadas con larguísimos cañones antiguos de bronce.

¡Estaban en la cima del Inaccesible!

Un espléndido panorama se ofrecía a sus miradas.

El océano infinito se extendía en torno de la inmensa escollera, siempre tumultuoso. Hacia el norte se perfilaba Tristán, entonces casi envuelto en la niebla; a poniente, Nightingale, con su amontonamiento de rocas, privadas casi completamente de toda traza de vegetación.

Fragatas y albatros soberbios revoloteaban en torno del alto escollo, describiendo fulmíneas trayectorias para precipitarse luego, casi como cuerpos muertos, hacia el océano.

—¿Qué tal, ingeniero? —preguntó Rokoff, que aspiraba con todo su pulmón el aire libre del Atlántico, inclinándose adelante para resistir las ráfagas furiosas que les embestían por todas partes.

—Yo me pregunto si sueño o si estoy despierto —respondió Wassili.

—Y yo lo mismo, señor —dijo Ursoff—. He aquí un Inaccesible convertido en accesible por nuestras piernas.

—Gracias al trabajo maravilloso de quién sabe qué corsarios, porque esto es sin duda trabajo ejecutado por la mano humana.

—Pero esto no me asombra, porque ya he dicho que, en otro tiempo, los piratas han abundado en el Atlántico no menos que los famosos filibusteros que anidaban en las islas del golfo de Méjico y que…

—¿Y que? —preguntó Rokoff, que escuchaba con vivo interés.

El ingeniero permanecía mudo. Inclinado hacia adelante, con las manos puestas en pantalla sobre las cejas para defender los ojos del reflejo de los primeros rayos del sol que asomaba por un desgarrón de las siempre tempestuosas nubes, miraba con atención en dirección a Tristán.

Un punto oscuro aparecía por encima de la niebla que envolvía la isla y parecía que se dirigiese hacia el Inaccesible, aumentando de tamaño rápidamente.

—¡Es él!… —exclamó de pronto, enderezándose violentamente.

—¡Quién! ¿Él? —preguntaron a una el cosaco y el timonel.

—¡El Gavilán!

—¿Está usted soñando, señor?

—Viene de Tristán y se dirige hacia nosotros. Rokoff, ¿está cargado su mauser?

—Tengo ocho cartuchos en el depósito.

—Haga usted fuego en seguida, sin ahorrar municiones. ¡Allí, miradle! ¡Avanza con la velocidad del rayo!

—¡Por las estepas del Don! —gritó el cosaco—. ¡Es el mismísimo Gavilán! Esto si que es tener una suerte endemoniada.

Levantó el fusil que tenía en la mano y disparó, uno tras otro, los ocho tiros, precipitadamente.

Del Gavilán respondieron con tres disparos también hechos apresuradamente.

La máquina voladora se elevó para llegar a la cima del escollo. Todas las hélices giraban con furia, la horizontal especialmente.

Además se veía perfectamente a Ranzoff en la barra del timón. Un grito tortísimo partió del Gavilán.

—¡Amigos! ¡Somos nosotros! ¡Alto el fuego!

Rokoff continuaba disparando, como enloquecido.

La máquina voladora llegó a la altura del Inaccesible. Describió una gran vuelta circular y se posó sobre la vasta plataforma.

Ranzoff, Fedor y Boris saltaron a tierra, precipitándose en los brazos del cosaco y del ingeniero, mientras los cinco marineros rodeaban a Ursoff.

—¡Vivos!… ¡En la cumbre de esa montaña inaccesible! —exclamaba el capitán del Gavilán—. ¿Por qué milagro les encontramos aquí, cuando les hemos visto precipitarse sobre las rocas?

—¡Pues qué! —gritó Rokoff—. ¿Creen ustedes que tenemos los huesos de cartulina? Aún somos hombres fuertes, ¿no es verdad, Wassili?

—Así parece —respondió el ingeniero, riendo.

—¿Han almorzado ustedes? —preguntó Ranzoff.

—No tenemos en el vientre ni siquiera una galleta, ni una taza de leche —respondió el cosaco—. A lo que parece, las cabras han huido del Inaccesible, porque nosotros no hemos encontrado ni una.

—¡Liwitz, el almuerzo! —grito el capitán del Gavilán—. Comiendo se narran mejor las aventuras.

Dos marineros volvieron a subir a la máquina voladora y volvieron llevando dos bandejas colmadas de tazas de té y de galletas.

—Comed y contad —dijo Boris—. Si ustedes tienen curiosidad por saber nuestras aventuras, no tenemos nosotros menos. A ustedes les corresponde el honor de abrir el fuego.

Wassili fue quien contó todo lo que les había ocurrido desde la terrible cuanto afortunada voltereta.

Ranzoff, Boris y Fedor le dejaron hablar sin interrumpirle. Cuando hubo terminado, se miraron sonriendo.

—¿Qué les había dicho yo? —preguntó el primero—. La información era exactísima.

—¿Cuál? —preguntó Wassili.

—La de la carta que arrancamos al administrador y después al marinero del barón, que nosotros, con ayuda del gobernador, hemos sacado de su escondite de Tristán.

—No comprendo —dijo el ingeniero.

—Lo creo —respondió el capitán del Gavilán, riendo—. Ahora escuchadnos a nosotros, queridos amigos. Hemos hecho una carrera verdaderamente desastrosa a través del Atlántico, tan desastrosa, que estamos aún asombrados de vernos con vida.

«Combatidos por los vientos, sin poder gobernarnos, porque, como recordarán, en el choque perdimos el timón, hemos luchado dos días y dos noches con la muerte que nos amenazaba a cada momento, y oprimidos por la angustia, porque ignorábamos si habían ustedes logrado salvarse. Hasta ayer noche, que calmó un poco la borrasca, no pudimos montar otro timón y volver a estos parajes.

»Cómo han podido las alas y las hélices resistir a tanta furia del viento, yo no os lo sabré decir. Ya nos habíamos hecho a la idea de caer en el mar y acabar en medio de las olas, ¿no es cierto, Boris?».

—Yo ya me había resignado a acabar en el fondo del Atlántico —respondió el excomandante del Pobieda.

—Pero ustedes vienen ahora de Tristán —dijo Rokoff.

—Y ha sido una verdadera suerte que una racha nos arrojase sobre aquella isla —respondió Ranzoff— para asustar a aquellos buenos habitantes que al principio creyeron habérselas con un gigantesco pajarraco.

—¿Han tocado ustedes en Tristán? —exclamó el ingeniero.

—Y no sentimos haber hecho conocimiento con aquellos colonos, porque nos han proporcionado noticias preciosas.

—¿Sobre el barón? ¿no es cierto?

—Si, querido Wassili; el granuja había establecido su morada en este escollo.

—Rokoff y yo estábamos segurísimos de ello.

—Pero ahora aquel miserable se nos ha escapado de las manos —dijo Boris, haciendo un gesto de ira—. Nos han contado que le han visto huir la noche pasada a bordo de un pequeño vapor, que perfectamente podría ser un torpedero de alta mar, por la descripción que de él me han hecho

—Después de habernos bombardeado —dijo Rokoff.

—Efectivamente, los insulares nos han dicho que aquel barco, según se alejaba del Inaccesible, disparaba cañonazos.

—Contra nosotros —dijo Wassili—. ¿Pero desde cuándo estaba aquí ese loco?

—Llegó a Tristán hace cerca de tres meses —dijo Ranzoff— en un buque de alto bordo tripulado por un numero infinito de marineros y de obreros y tomó en seguida posesión del escollo.

«Los insulares nos han dicho que durante tres o cuatro semanas se ha oído sin cesar el estampido de las minas y que han visto a muchas personas subir hasta aquí empleando escaleras de hierro colocadas contra las ver tientes y clavadas en las cornisas, y que de pronto un día desapareció el buque.

»Teriosky debía de haberse instalado aquí con comodidad, porque los pescadores han visto de cuando en cuando elevarse desde la cima columnas de humo y a veces fuego».

—No debía de encontrarse mal en este escolio, capitán —dijo Rokoff—. Hemos encontrado una gran sala con muebles bellísimos y de gran valor, y hasta un piano, que debía de estar destinado a la señorita.

—Es verdad —confirmó Wassili—. Lástima que la última mina lo haya destrozado todo.

—¿Y adónde ha ido ahora ese loco a refugiarse? —preguntó Fedor, que hasta ahora había permanecido silencioso.

—¿No han sabido decir nada de ello los insulares? —preguntó Wassili.

—Absolutamente nada —respondió Boris, con sorda ira—. Pero no le daremos cuartel ni dejaremos el Atlántico sin haberle encontrado, ¿no es cierto, Ranzoff?

—Estoy a la entera disposición de ustedes, señores —respondió el capitán del Gavilán—. Así como creo que debemos zarpar en seguida para dar caza al torpedero. Nos lleva veinticuatro horas de ventaja, pero no puede competir con nosotros en velocidad. ¿Qué dirección habrá tomado? ¡Ese es el problema! ¿Se ha dirigido a África o a América? ¿Ha marchado con rumbo al norte o al sur? Ese hombre es capaz de haber buscado un refugio entre las islas del Antártico. De un hombre así se puede esperar cualquier locura.

—Yo estoy seguro que ha buscado el escondite en otra nueva isla —dijo Boris—, y en donde haya otra caverna conocida de él, porque dicen que su primera fortuna la hizo en este océano, registrando antiguos asilos de corsarios, en los cuales encontró tesoros fabulosos. ¿No has oído hablar de esto, Wassili?

—Sí; conozco acerca de ello una historia curiosísima que les contaré a ustedes más adelante. Sé que de joven era el barón un valiente hombre de mar y que navegó durante muchos años, acumulando una inmensa fortuna. Su padre no le había dejado más que algunas pocas tierras, casi incultas, en Lituania, que todas juntas no valían lo que la máquina de un buque de vapor. Hoy posee más de cincuenta buques y seguramente los ha adquirido con los tesoros encontrados en quién sabe cuál isla del Atlántico.

—Dígame usted, coronel —dijo Ranzoff, volviéndose hacia el excomandante del Pobieda—. ¿Hay muchas islas deshabitadas en este océano?

—No muchas, si no se cuentan las que existen más al sur en el océano Austral. No hay más que cinco o seis: San Mateo, Ascensión, casi desierta, Trinidad y Martín de Vaz, Los Picos y Las Rocas, cerca de Fernando de Noronha. Y que yo sepa no hay más en estos mares.

—¿Y servían de guarida a los corsarios todas estas islas?

—Sí, señor Ranzoff.

—¿Hacia cuál se habrá dirigido el barón? Ustedes excluyen la hipótesis de que haya vuelto a los países civilizados.

—Yo no creo que haya escapado a América ni al África.

—Ni yo tampoco —dijo Wassili.

—¿Y cómo se habrá apercibido de que le dábamos caza? —preguntó Fedor.

—Se lo habrá imaginado al ver a nuestra máquina voladora y aparecer en estos parajes —dijo Ranzoff.

—Y, además ¿no se le ha matado un marinero? —añadió Rokoff—. Es probable que nos espirara cuando ocupamos la cabaña.

—Andando —dijo Ranzoff—. Ha terminado el consejo de guerra y no hay que dar de ventaja a aquel barco mucho tiempo. Cruzaremos el Atlántico en todas direcciones, y si no logramos encontrarles, declararemos la guerra a todos los buques que lleven la contraseña del barón y no nos detendremos hasta que se decida a entregarse vivo y restituirnos a Wanda. A bordo, amigos: aquí no tenemos ya nada que hacer. Tenemos el viento favorable y volaremos más que un albatros.

Se embarcaron unos tras otros, y el Gavilán comenzó en seguida a agitar sus inmensas alas, mientras las hélices se atornillaban en el aire vertiginosamente.

Tomado el impulso, se elevó la máquina voladora para después descender hacia el océano.

—¡Ah! ¡Mirad por dónde descendieron! —exclamó en aquel momento Rokoff, que estaba inclinado sobre el parapeto de popa—. ¡Mire usted, Wassili! ¡Escaleras de cuerda y escaleras de hierro!

A lo largo de las paredes de levante del Inaccesible se percibían distintamente larguísimas escaleras de hierro que unían las diversas cornisas, defendidas encima y por los lados por fuertes redes de alambre para evitar espantosas caídas.

Además de aquellas había otras escaleras de cuerda, las cuales pendían de algunos agujeros que, sin duda, servía para dar luces a las galerías superiores.

—He aquí un capricho de millonario —dijo el ingeniero—. Pero nuestro amable primo puede permitírselas merced a poseer la piedra del viejo Jones.

—¿Qué piedra? —preguntaron Rokoff y Fedor, que estaban próximos.

—¡Ah! ¡Es verdad! No les he contado todavía cómo el barón se ha hecho inmensamente rico, habiendo su padre muerto casi en la miseria.

—Nos había usted prometido esa historia —dijo el cosaco.

—De modo que son dos historias —añadió el ingeniero.

«Como les he dicho, el barón ha hecho su fortuna en el Atlántico y no ciertamente traficando en azúcar o café.

»La primera historia se la oí contar a un viejo criado que pasó del servicio del barón al de mi padre.

»No sé si en África o en América, el barón, que entonces mandaba un pequeño bergantín, único capital suyo, encontró un viejo capitán de marina retirado ya en tierra para gozar el fruto de sus ahorros. La historia fue contada por mi primo a varios amigos una noche que estaba algo embriagado, y oída perfectamente por el anciano criado. Tanto me interesó, que me acuerdo palabra por palabra de todo lo que me fue referido.

»Aquel lobo de mar se llamaba Jones, y no sé con qué motivo hizo estrecha amistad con mi primo.

»Una tarde, después de beber con abundancia, enseñó al barón muchas curiosidades coleccionadas por él aquí y allá en sus largos viajes por el mundo, y entre ellas le mostró unas gruesas formaciones cristalinas.

»Mi primo que no era tonto…».

—Y de ello ha dado las pruebas —interrumpió Rokoff.

—… se apercibió en seguida de que aquello no eran cristales de roca como suponía el viejo marino, sino diamantes de una pureza sin igual. Se ofreció en seguida a comprárselos, pero sospechando Jones, se negó a vendérselos, pero parece que después, comprometido o embriagado, confesó haberlos encontrado en una isla desierta del Atlántico.

«¿Qué isla era?, nadie lo sabe. Lo único que puedo decir es que cuando Teriosky volvió a Riga era millonario».

—¡Por vida de Satanás! —exclamó Rokoff—. Verdaderamente en este mundo la fortuna se va con los bribones.

—Y no es esto todo —respondió Wassili—. Parece que al barón le correspondió fortuna aún más grande, porque se hizo recogedor furibundo de todos los tesoros perdidos en el Atlántico.

«¿No han oído ustedes hablar de la Armada Invencible que Felipe II de España envió a las costas de Inglaterra para castigar al “diablo con faldas”, como él llamaba a la reina Isabel?».

—Sí, vagamente —respondieron Fedor y el cosaco.

—Una larga serie de espantosas tempestades dispersó la magnífica escuadra, que ya había sufrido en los choques con las de los dos almirantes ingleses Hawkins y Drake.

«Una de las naves almirantes, la Florencia, mandada por don Gaspar de Souza, que mandaba una división de cincuenta buques, buscó refugio en la bahía de Tobermory, en la isla de Mull, cerca de la costa occidental de Escocia.

»¿Fue descuido de la tripulación o malevolencia de los habitantes que odiaban a los españoles por el único motivo de ser católicos? ¿O fue una medida tomada secretamente por el gobierno escocés, que temía ver comprometida su neutralidad y le ponía en cuidado la venganza de la terrible Isabel que había ya hecho decapitar a la desventurada María Estuardo?

»Las pesquisas históricas más cuidadosas no han aclarado aún el misterio, pero como quiera que fuese, el hecho es que una noche de agosto de 1588, la santabárbara de la nave almirante española hacía explosión inesperadamente, y la hermosa y formidable nave, que montaba centenares de cañones, se hundía en el mar con todos los desgraciados que la tripulaban.

»La Florencia llevaba un fuerte cargamento de oro y plata, el tesoro de guerra de la Armada y el tesoro personal del riquísimo don Gaspar de Souza, que no comía más que en vajilla de plata y no bebía más que en copas de oro cubiertas de piedras preciosas».

—¡Un marino chic!… —exclamó Rokoff.

—Además —prosiguió—, iba allí también embarcado el tesoro religioso, confiado a siete dominicos, que cada día celebraban misa sobre cubierta.

«El mar se encargó de confirmar las riquezas fabulosas que los galeones encerraban en su bodegas, arrojando de cuando en cuando a las playas cercanas, doblones, vajilla de plata, espadas finamente cinceladas, corazas de gran valor y, por último, hasta cañones y bombardas.

»En varias ocasiones, durante los siglo XVII y XVIII, se hicieron tentativas para recuperar los tesoros de la Florencia, pero siempre sin éxito. Ahora parece que mi señor primo ha sido más afortunado, y que a los diamantes recolectados en la isla misteriosa de Jones ha unido el tesoro de guerra de la capitana española.

»¿Cómo? ¿De qué manera? He aquí lo que no se sabe. El hecho es que hoy Teriosky, con los tesoros recuperados del Atlántico, es el más poderoso y más rico armador de toda Rusia».

—¡Afortunado bribón! —murmuró Rokoff—. Ya se ocupará el señor Ranzoff de reducirle a la miseria si no nos da a conocer su dirección y no restituye a Boris la señorita Wanda.

Mientras charlaban, el Gavilán, después de haber pasado cerca de Tristán, se había lanzado a través del océano Atlántico, corriendo con rapidez vertiginosa hacia levante.

Ranzoff quería asegurarse primero de que el torpedero del barón se había dirigido hacia las costas occidentales de África.

Aquella carrera verdaderamente fantástica duró dos días sin éxito alguno, porque no divisaron más que dos veleros que parecían dirigirse a la Ciudad del Cabo.

Avistadas las costas de Namaqualand, sin haber visto elevarse sobre el horizonte ninguna columna de humo, el Gavilán viró de bordo y volvió a emprender su fulmínea carrera hacia poniente, para visitar las costas de la América del Sur, al menos hasta la altura del cabo de San Roque, el más avanzado del Brasil y que se extiende hacia las islas Rocas y Fernando de Noronha.

Fue una segunda carrera no menos furiosa que la primera y no más afortunada. Ranzoff y sus compañeros percibieron en lontananza muchos veleros y muchos buques de vapor, pero ninguno se parecía a un torpedero de alta mar. Volvió el Gavilán al Atlántico central, cortando dos veces el Ecuador, pero el resultado fue el mismo.

¿Dónde se había refugiado el barón? ¿Desesperado de encontrar otra isla que sirviera a sus fines, se habría acaso decidido a buscar algún escondrijo en Europa o en la América del Norte? ¿En qué Estado? ¿Quién podría saberlo?

—Amigos —dijo una noche el capitán Ranzoff, después de la cena, mientras el Gavilán estaba a la vista de las Azores—. Nuestro crucero, que dura hace ya más de siete días, ha terminado. No desperdiciemos el tiempo inútilmente en una persecución vana. Ya es hora de obrar y hacer comprender al barón que somos más poderosos que toda su flota.

«Acaso nos cueste ponernos en guerra con el gobierno ruso, ¿pero qué importa? Que envíe contra nosotros a sus cruceros y acorazados y veremos quién lleva la peor parte.

»Yo soy el Rey del Aire, y mientras no aparezca otro, el imperio del aire será nuestro:

—¿Dónde encontrar los buques del barón?».

—Entre Terranova y los puertos de la Europa central —respondió Boris.

—Magnífico —dijo Ranzoff—. Vamos a registrar las costas de Terranova.

Segunda Parte

Capítulo I. Un suceso emocionante

El Orulgan, uno de los más lujosos y grandes vapores de la Compañía Trasatlántica Rusa, en el cual ondeaba la bandera del barón de Teriosky, blanca y azul con tres cabezas de reno en el centro, hacía cuarenta y ocho horas que había zarpado de Halifax directamente para las escalas de los mares del Norte y Báltico.

Había embarcado trescientos pasajeros, entre ellos bastantes de primera cámara, casi todos rusos que habían hecho fortuna en los Estados Unidos y el Canadá, y llevaba también tres mis toneladas de mercancías diversas.

Favorecido por un tiempo encalmado, aunque las nieblas avanzaran por la parte de Terranova y de la isla de Cabo Bretón, se deslizaba velozmente sobre el Atlántico, merced a sus poderosas máquinas de triple expansión que le daban un navegar de quince nudos.

Había cerrado la noche. El cielo, todavía límpido, a pesar de la continua amenaza de la niebla, estaba sembrado de miríadas de estrellas y la luna comenzaba a asomar por el horizonte, tiñendo las aguas con soberbios reflejos argénteos.

A bordo del gran trasatlántico reinaba la más viva alegría. En el gran salón de primera, una rusa rubia con ojos azules hacía sonar el piano tocando un vals de Strauss, que varias parejas bailaban aprovechando la gran calma que reinaba en el océano.

En cubierta conversaban numerosos pasajeros de segunda y tercera, riendo y fumando, alegrándose con los sonidos de un acordeón.

Sobre el puente de mando, el capitán hablaba y discutía con sus oficiales y con el médico de a bordo, prometiendo a todos una soberbia travesía.

Hacia las diez, la alegría de los pasajeros, caldeada por no pocas botellas de champagne —vino que los rusos prefieren a cualquier otro y que trasiegan en gran cantidad—, llegaba a su apogeo, cuando gritos de sorpresa y de terror y un rápido correr de personas interrumpieron bruscamente los bailes e hicieron callar al piano y al acordeón.

En el puente se cruzaban varias voces.

—¿Qué es eso?

—¿Un cóndor?

—No… un globo.

—¿Con alas?

—Es enorme.

—Y se dirige hacia nosotros.

—¿Será alguna máquina infernal?

Una voz imperiosa, la del comandante, puso fin a los comentarios, con voz tonante:

—¡Silencio! ¡Todos a su puesto de maniobra!

Los emigrantes que se encontraban en los salones y en camarotes y a los que llegó con claridad aquella voz de mando, a pesar del fragor de la máquina, adivinando que algo grave ocurría, se precipitaron por los corredores, subiendo por las escaleras e irrumpiendo rumorosamente en la toldilla.

—¡Nos vamos a pique! —gritaban todos, abalanzándose adelante.

Por segunda vez tronó la voz enérgica del comandante:

—¡Silencio! ¡Allí… miren ustedes!

Con la diestra señalaba hacia el cielo en dirección de la luna, que en aquel momento mostraba su disco completo sobre el horizonte.

Todas las miradas se dirigieron a aquel punto y pronto un asombro indecible apareció sobre todos los rostros.

Un ave enorme, pero de forma extraña, porque llevaba debajo de sus alas dos planos horizontales y que tenía el cuerpo reluciente, avanzaba hacia el trasatlántico, agrandando a ojos vistas.

Entre los trescientos emigrantes que se amontonaban sobre la toldilla y sobre el castillo de proa, volvieron a cruzarse las preguntas y respuestas a pesar de los juramentos del capitán y de sus oficiales.

—¿Qué es eso?

—El diablo que viene a llevarnos.

—¿Un monstruo desconocido?

—Yo creo que es un pterodáctilo —dijo un sabio.

—¿Qué animal es ese? —preguntaron veinte voces.

—Un ave monstruosa de la época jurásica que se creía desaparecida hace ya algunos millares de años.

—¿Y se comía a las personas entonces el pterodáctilo?

—No sé, porque yo no vivía —respondió serio el hombre de ciencia.

—¡Capitán! —gritaron treinta o cuarenta voces—. ¡Que nos den armas!

El capitán Orloff, que estaba sobre la pasarela de mando, rodeado de sus oficiales y mirando con su anteojo, se encogió de hombros.

—¡Qué pájaro ni que demonio! —exclamó—. Eso tiene todo el aspecto de una máquina voladora o de un terrible instrumento de guerra.

—Razón de más para tomar precauciones —dijo el médico de a bordo—. ¿Y si fuese montado por piratas?

—¡O por nihilistas! —añadió el segundo.

—He ahí una idea que no se me había ocurrido —dijo el capitán arrugando la frente. Felizmente, tenemos a bordo una pieza de artillería y buenas carabinas. ¡Maestro Anguska!…

—¡Señor!

—Carga la pieza de proa; un disparo sin bala, y si no contesta, otro con proyectil. Yo asumo toda la responsabilidad.

Un viejo marinero, de formas macizas, se abrió paso entre los emigrantes, empujándoles rudamente, seguido de cuatro tripulantes.

Subió a la proa, quitó un encerado que formaba como una pequeña cúpula y desenmascaró una pieza de 25 milímetros montada sobre pivote giratorio, de modo que podía apuntar a todos los puntos del horizonte.

La apuntó, levantándole la boca todo lo más que pudo, la hizo cargar por los otros artilleros y la disparó sin bala, haciendo temblar todo el buque con la poderosa detonación. El monstruo volador, máquina, ave o lo que fuese, se encontraba entonces a sólo algunos kilómetros del trasatlántico.

—Veamos si contesta o hace alguna señal —dijo el capitán Orloff.

Los emigrantes, presa de viva aprensión, porque no sabían de qué se trataba, a pesar de la burda explicación científica del sabio, no le perdían de vista ni un momento.

La señal o respuesta esperada no llegó. En cambio, parecía que el misterioso monstruo aceleraba su velocidad, dirigiéndose recto hacia el trasatlántico.

—Ya he dicho yo que se trataba verdaderamente de un pterodáctilo —gruño el hombre de ciencia—. Acaso no se había extinguido completamente la raza y aquí tenemos la prueba. ¡Eso es un ave!

El capitán, viendo que la salva no había hecho ningún efecto, y asustado por la idea expuesta por su segundo de a bordo de que la máquina podía ser montada por nihilistas encargados de destruir el comercio marítimo ruso, no titubeó en el partido que había de tomar.

—¡Maestro Anguska! —gritó—. ¡A ver si hace usted blanco y le hace caer al mar antes de que se ponga encima de nosotros! ¡Vive Dios! ¡Quiero pescar a esos señores!

—Con tal de que no se eleve mucho —dijo entre dientes el artillero.

Pronto estuvo la pieza cargada con una granada.

El maestro Anguska, aunque dudase del éxito del tiro, por no poder elevar mucho el ángulo del cañón, no dudó en hacer fuego.

No se había extinguido el eco de la detonación, cuando se vio al misterioso pájaro elevarse con velocidad prodigiosa, al tiempo que el proyectil caía en el mar sin haber tocado al blanco.

Un alarido de rabia resonó a bordo del trasatlántico, seguido de una interminable serie de imprecaciones.

El pajarraco era, en adelante, invulnerable, porque la pieza no podía tirar verticalmente, no estando adaptada para ello.

El capitán Orloff, vivamente impresionado y temiendo una inminente catástrofe, dio la orden de virar de bordo y hacer rumbo a la isla de Cabo Bretón, que se encontraba a una treintena de millas al septentrión.

Esperaba, forzando la máquina, escapar del ataque del misterioso pájaro, pero pronto pudo convencerse de que gastaría inútilmente su carbón y estropearía sin resultado las calderas.

En pocos instantes, aquella extraña máquina, que se manejaba en el aire como un cóndor y que volaba como un verdadero rey del aire, estuvo encima del trasatlántico.

Se sostuvo algunos instantes sobre la cubierta, a una altura de trescientos metros, dejando oír claramente el roce de sus alas que batían febrilmente; después un objeto cayó de lo alto, rebotando con extraño rumor sobre el castillo de proa.

Hecho esto, los pasajeros, con inmenso asombro, le vieron elevarse rápidamente y desaparecer con fantástica velocidad hacia la isla de Terranova.

Un fuerte suspiro se escapó de trescientos pechos, y por algunos momentos nadie osó moverse. ¿Por qué habría desaparecido aquella ave sin hacer daño a nadie?

El maestro Anguska, que continuaba junto a la pieza, en esta ocasión inútil, se apoderó inmediatamente del objeto dejado caer sobre el castillo, tan hábilmente, que no tocó a ninguno.

No era ni una bomba, ni un torpedo, como primero había creído. Se trataba de una sencilla caja de lata de esas que sirven para guardar galletas.

—¿Serán tan galantes que nos regalan golosinas? —se preguntó el artillero—. ¡Y nosotros, en cambio, les queríamos deshacer a cañonazos!

El capitán, después de dar orden al timonel de volver a la ruta anterior y a la máquina que moderara la precipitada carrera, bajó de la pasarela, dirigiéndose al encuentro del maestro Anguska, que llevaba en alto la caja para que todos la viesen y se convencieran de que no era una granada.

—¿Qué hay, Anguska? —preguntó al comandante.

—Nos ha regalado galletas, señor —repuso el maestro—. Pero me parece que aquí no hay bastantes para trescientas personas. Seguramente esa buena gente no ha contado con que aquí llevamos emigrantes.

—¿Galletas?

—Helas aquí, señor.

El comandante se apoderó con presteza de la caja, pero en seguida notó que estaba vacía o poco menos.

—Tú estás loco, Anguska —dijo, encogiéndose de hombros—. Lo que yo creo que hay aquí dentro es algún documento.

Se volvió hacia los oficiales, que le habían seguido, y les dijo:

—Vengan ustedes a la camareta, señores.

Después, dirigiéndose a los pasajeros, añadió en voz alta:

—Vuelvan ustedes a sus cámaras, señores, y despejen la toldilla y la cubierta. Ya no hay ningún peligro. Vayan ustedes a descansar.

Con la caja bajo el brazo, subió por la escalerilla que conducía a la sala de popa destinada a los oficiales y la colocó en la mesa que ocupaba el centro.

—Veamos, ante todo, qué contiene —dijo—. Aquí dentro debe de haber algún documento.

—También lo creo yo así —dijo el médico de a bordo—. Primero creí que se trataba de un nuevo aparato de destrucción fabricado por los malditos nihilistas.

El capitán se hizo traer un cincel y abrió con facilidad la caja, que era de lata, no muy gruesa. Listo como un rayo, retiró la carta doblada en cuatro, de color azul, y la abrió, acercándose a la bombilla eléctrica que proyectaba una luz vivísima en el saloncillo.

Solamente contenía unas cuantas líneas:


Se ruega avisar al señor barón Dimitri de Teriosky para que en plazo de un mes conduzca a la isla de Tristán de Acuña a la señorita Wanda Starinsky, haciendo entrega de ella al gobernador de la isla.

De no hacerlo así, se le avisa que ninguno de sus cincuenta vapores escapará a la destrucción.
 

Un grito de estupor y de espanto salió de todas las bocas. El capitán, palidísimo, permaneció mudo, estrujando nerviosamente el misterioso documento y mirando con extraña fijeza la caja de lata.

—Esta carta contiene una amenaza terrible —dijo por fin el médico de a bordo.

—Y contra nuestro armador —añadió el primer oficial—. Únicamente así comprendo por qué nos ha perdonado, cuando ese señor Rey del Aire hubiera podido con facilidad tirarnos encima una bomba cargada con cualquier explosivo terrible que nos echase a todos a pique.

—Efectivamente, el documento envuelve gravedad excepcional —dijo el capitán del Orulgan, como hablando consigo—. Si esta amenaza se efectuase, sería la ruina del armador.

—Dígame, comandante —dijo el médico de a bordo—. Ante todo, ¿sabe usted algo de la historia de esa señorita Wanda Starinsky?

La frente del capitán se oscureció.

—Sí… acaso —dijo luego—. Pero es un secreto que me fue comunicado por el director general de la Compañía y que yo, al menos por ahora, no puedo revelar.

—Al menos nos dirá usted dónde se encuentra el armador. Ele oído decir que dejó San Petersburgo hace varios meses para un destino desconocido. ¿Es cierto?

—Efectivamente, hace varios meses que salió de Rusia, querido doctor —respondió el comandante, que parecía preocupado—. Lo que no sabe nadie, ni acaso el director general, es adonde se ha dirigido. Pero creo que el barón se ha vuelto loco.

—Una locura que podría costarle cara después de la amenaza de ese señor Rey del Aire —dijo el médico.

—Diga usted mejor una amenaza aterradora —respondió el capitán—. Ningún trasatlántico estará seguro de llegar a puerto.

—¿Qué cree usted que es aquel pajarraco? —preguntó el segundo de a bordo.

—Seguramente una máquina infernal bastante temible, porque es dueña del espacio. ¿Quién podrá luchar con ella? Ni siquiera los más poderosos acorazados del gobierno.

—Pero yo he oído al doctor Zvikoff hablar de un pájaro perteneciente a una raza extinguida hace no sé cuantos millares de años.

—Ése es un imbécil —dijo el capitán, alzando los hombros, como era su costumbre—. ¡Ya son raros esos pájaros que dejan caer cajas de bizcochos con documentos dentro, escritos en buen ruso! ¡Tendrían que ver esos pájaros hace cinco o seis mil años!

—Terminemos, capitán —dijo el médico.

—La conclusión se saca pronto, señores. A nosotros no nos queda otro camino que entregar este documento al director general de la Compañía, que supongo no dejará de transmitirlo al hijo del barón.

«Lo que les recomiendo, señores, es que no hablen de esto con nadie hasta que nos hallemos en aguas del Báltico, sobre todo con los pasajeros, o no volveremos a encontrar nadie que quiera embarcar en los trasatlánticos del barón.

»Buenas noches. Por ahora no hay nada que temer».

Los oficiales dejaron la cámara para retirarse a sus camarotes, por ser ya muy tarde, excepto el oficial del cuarto de guardia que debía vigilar la marcha del transatlántico.

***

Catorce días más tarde, el Orulgan, después de haber tocado en Hamburgo para desembarcar una parte de la carga y de los emigrantes y expedir un despacho confidencial al director de la Compañía Teriosky, entraba a toda máquina en el puerto de Riga, fondeando frente a la vieja machina del Onega.

El capitán Orloff, después de recibir al capitán del puerto para las prácticas de costumbre, y después de la inspección de los libros de a bordo, bajó a una chalupa y desembarcó cerca del inmenso edificio de la Compañía, haciéndose conducir ante el director general, que era un exvicealmirante, muy viejo, pero que conocía su profesión de hombre de mar.

—Habrá usted recibido mi despacho puesto en Hamburgo, ¿no es cierto, señor? —preguntó el capitán del Orulgan, después de saludarle.

El director, que estaba sentado ante un amplio escritorio cubierto por cartas marinas, levantó vivamente la cabeza y miró con curiosidad al comandante.

—Le esperaba con impaciencia, señor Orloff —dijo—. ¿Qué significa eso? ¿Hay todavía piratas en el Atlántico?

Orloff, en vez de responder, sacó de su cartera el documento y se lo presentó, diciendo:

—Lea usted, señor vicealmirante. Luego me dirá usted qué piensa de todo esto.

El director tomó la carta y la leyó con atención, palideciendo según avanzaba en la lectura.

—Lo que dice este documento es terrible —dijo, por fin—. Esto es una declaración de guerra.

—Así me parece a mí —respondió el comandante del Orulgan.

—Cuénteme usted de qué modo lo ha recibido.

Orloff se sentó ante el escritorio y narró al director cuanto le había ocurrido cuarenta y ocho horas después de salir de Halifax.

—¿Era un globo? —preguntó el viejo vicealmirante, que parecía impresionado.

—Ya he dicho que no —respondió el comandante—. Se trata de una máquina que volaba mejor que un albatros y con una velocidad prodigiosa.

—¿Cuántas personas llevaba a bordo?

—Como ocurrió el hecho de noche, no las hemos visto.

—¿Vieron ustedes humo?

—No; ningún humo.

—Entonces ¿cómo se mantenía en el aire y qué fuerza movía las dos alas?

—¿Quién sabe?

—¿Cree usted que la máquina voladora sea efectivamente peligrosa para los buques?

—Basta que deje caer sobre uno de nuestros trasatlánticos una granada o una bomba de dinamita, y puede usted imaginarse qué terrible catástrofe acaecería.

—Tiene usted razón —dijo el director, que había recobrado su sangre fría—. ¿No se la podría cañonear?

—A alguna distancia, acaso sí, aunque la máquina vuela con una velocidad espantosa.

—Supongo que no estará blindada.

—Aunque lo estuviera, las alas no resistirían a la explosión de una granada.

—De cualquier modo que sea, la noticia es gravísima. Se trata de la destrucción de la flota entera de Teriosky: una ruina completa. ¿Usted qué haría en mi lugar, comandante?

—Avisar al barón y aconsejarle que enviara inmediatamente a Tristán de Acuña a aquella señorita.

—¿Avisarle? ¿Cómo, si no sabemos dónde se halla?

—¿Está loco el barón?

—Así se teme —repuso el director.

—Avise usted a su hijo, entonces. ¿No sabe usted dónde se halla?

—Siempre en Kronstadt, a bordo de su crucero.

—Debemos ir a buscarle sin perder tiempo señor. Cierto es que el Rey del Aire ha fijado el plazo de un mes, pero treinta días pronto pasan. Piense usted que si ocurre una catástrofe no encontraremos ni un marinero que quiera embarcar en nuestros barcos.

—Desde luego, comandante, y nuestros trasatlánticos se verían obligados a apagar sus fuegos y envejecer inútilmente en los puertos.

—¿Cuántos tenemos aún en América?

—Una treintena.

—Ésos regresarán a tiempo.

—Pero no los otros que han zarpado esta semana para los puertos de la América del Sur y del golfo de Méjico. Enviaré en seguida una despacho detallado al hijo del barón, rogándole que venga inmediatamente. Ante un suceso tan grave, fácilmente le concederán un permiso.

—Se perderá tiempo —dijo el comandante del Orulgan—. Que enciendan los fuegos de uno de los remolcadores y vaya usted a buscarle. Es probable que el Almirantazgo se interese por el asunto y adopte enérgicas medidas para hacer que capturen o bombardeen la máquina infernal, y el Almirantazgo no está aquí, sino en San Petersburgo.

—Tiene usted razón esta vez también —dijo el director—. Dentro de una hora estaré en camino… Lo que le recomiendo a usted es que no se hable de ligero para que las tripulaciones no se impresionen.

—Tenemos trescientos emigrantes a bordo, y todos han visto el pájaro. Será imposible cerrarles la boca a todos, y probablemente a estas fechas ya lo habrán contado.

—Procure usted, al menos, tranquilizar a sus hombres.

—Les diré que ha sido una sencilla broma. ¿Cuándo nos volveremos a ver?

—Antes de que ustedes zarpen estaré aquí de vuelta para darle instrucciones. Veremos qué deciden el capitán Teriosky y el Almirantazgo.

Se estrecharon la mano y el capitán volvió a bordo del trasatlántico.

La descarga había comenzado y el capitán observó en seguida una muchedumbre insólita agrupada en la machina frontera del vapor, y que discutían con animación. En medio se podía ver a los emigrantes desembarcados poco antes y que abrían los brazos señalando ora al Orulgan, ora al cielo.

—Llego demasiado tarde —murmuró el comandante—. Antes de la noche, toda la población sabrá cuanto me ha sucedido.

No se equivocaba.

La noticia con velocidad fulmínea, se había esparcido primero entre el círculo marino-mercante, después por la población.

Una enorme muchedumbre se apretaba de cuando en cuando sobre la machina, mirando con algún espanto al trasatlántico. La noticia, como ocurre de ordinario, al pasar de boca en boca, había aumentado extraordinariamente.

Se decía que el Orulgan había sufrido un verdadero ataque por parte de una banda de piratas aéreos y que se había librado del abordaje merced a los certeros disparos de su cañón. También la voz de que en vez de piratas se trataba de un ave colosal, de nueva especie, del famoso pterodáctilo desenterrado por el sabio, había encontrado crédito especialmente entre el pueblo.

Por la noche, todos los periódicos de Riga narraban y comentaban el extrañísimo suceso, y veinticuatro horas después toda la prensa europea se ocupaba del singular acontecimiento, vertiendo torrentes de tinta y multiplicando sus ediciones.

Primero, el mundo marítimo se mostró un poco escéptico, después comenzó a preocuparse vivamente, cuando de América y de África del Sur llegaron noticias confirmando la aparición de un enorme pájaro que recorría el océano Atlántico.

Un barco inglés que de Buenos Aires se dirigía a la Ciudad del Cabo, le había visto una noche a cerca de cuatrocientas millas del pequeño grupo de Tristán de Acuña; un cañonero que hacía sondeos alrededor de la isla de la Ascensión, aseguraba no sólo haberlo visto, sino bombardeado sin éxito; un tercer buque, francés, que había dejado las costas de Terranova dos semanas antes que el Orulgan recibiese el fatal mensaje, también lo había visto.

¿Cómo, después de tantas pruebas, se podría poner en duda la desagradable aventura ocurrida al Orulgan?

La hipótesis de que se tratase de un monstruoso cóndor o de un pajarraco antediluviano fue en seguida descartada por todos los hombres de ciencia europeos, interrogados sobre el asunto. En cambio fue admitida la de que se tratase de una máquina voladora montada por audaces piratas.

¿No desaparecen todos los años un gran número de barcos sin dejar huellas suyas ni de sus tripulaciones? Bien podía ser que los echasen a pique aquellos salteadores del Atlántico.

El pánico comenzó a invadir a todos los marinos del viejo y del nuevo mundo, y por algunas semanas hacer nuevos contratos de marinos fue dificilísimo, y hasta muchos buques rusos permanecieron anclados en los puertos por temor de ser confundidos con los del barón de Teriosky.

A este punto habían llegado las cosas, cuando se extendió la voz de que el gobierno ruso, decidido a poner fin al pánico que había invadido a sus gentes de mar, se preparaba a mandar al Atlántico uno de sus mejores cruceros para capturar a aquel misterioso Rey del Aire.

Capítulo II. La caza del Rey del Aire

Quince días habían transcurrido desde la partida para Kronstadt del director de la Compañía Teriosky, cuando una mañana el comandante del Orulgan recibió orden de presentarse inmediatamente en las oficinas del gran armador.

El exvicealmirante estaba, según su costumbre, sentado ante el inmenso escritorio siempre colmado de cartas marinas, hundido en un amplio sillón de terciopelo granate. Cerca de él se encontraba un hombre de alrededor de los treinta y cinco años. De bella presencia, cabello rubio, ojos de un azul oscuro y los pómulos algo pronunciados, distintivo, puede decirse, de la raza eslavo-tártara, la piel algo bronceada y facciones que denotaban extraordinaria energía. Usaba el uniforme de diario de capitán de navío de la armada rusa, con gorra de paño blanco muy achatada y visera grande.

—¡El señor Teriosky!… —exclamó el comandante del Orulgan, tendiendo su mano al capitán.

—Mucho gusto en verle, señor Orloff —respondió el baronet estrechándole fuertemente la diestra—. ¿Es usted por lo visto el que tuvo el desagradable encuentro?

—Sí, capitán; pero ya habrá usted visto que llegué con mi trasatlántico a Europa sin avería.

—Es usted uno de nuestros mejores capitanes, señor Orloff —respondió el baronet—. Antes de que el cerebro de mi padre se nublase al morir mi hermana, sabía escoger sus hombres. ¿Dónde encontró usted la máquina misteriosa?

—A unas treinta millas al sur de la isla de Cabo Bretón —dijo Orloff.

—¿Está usted seguro de que se trataba de una máquina voladora y no de un globo?

—Estoy segurísimo de ello, además de que todos nosotros, oficiales, marineros y emigrantes, la hemos visto muy bien, porque la noche era clarísima.

—¿Qué forma tenía?

—La de una inmensa ave, señor barón.

—¿Habrá logrado Mr. Samuel Langley modificar su máquina y la habrá vendido al misterioso Rey del Aire? —dijo el capitán mirando al director.

—No tengo el honor de saber quién es ese señor —respondió el vicealmirante.

—Yo sé que el año pasado fue inventado en América por el secretario del Instituto Smithsoniano, un pájaro artificial. Ese señor Langley dirigía en Washington el establecimiento más científico y más rico del mundo y tenía además a su disposición las donaciones de muchos millonarios americanos dispuestos a contribuir al desarrollo de las ciencias.

«Las primeras pruebas dieron resultado; pero al verificarse las pruebas oficiales, el pájaro, sin que se sepa la causa, cayó desdichadamente en el Potomac y fue una verdadera suerte para el inventor que cayese en el río, porque de otro modo se hubiera apabullado con su aparato.

»No creo que Mr. Langley, que es una persona dignísima, haya vendido su secreto al Rey del Aire, que ahora nos declara la guerra. Más probable será que este desconocido haya perfeccionado la máquina volante».

—¿Y qué piensa usted hacer ahora, señor barón? —preguntó el capitán del Orulgan—. ¿Encerrar todos los buques en los puertos, o decidir a su padre a restituir a la muchacha mencionada en el documento?

—Conozco muy bien a mi padre para obligarle a devolverla. No vive más que por aquella joven, que es prima mía y que él, en su locura, cree que sea mi hermana devuelta por el mar, y además, ¿dónde se encuentra ahora? Yo no tengo noticias suyas desde hace cerca de dos meses. ¿Está aún en Tristán de Acuña o en otra parte? Enviaré un barco a vigilar aquellas islas, pero para eso se necesita tiempo, y entretanto podrá obrar el terrible Rey del Aire.

—¿Entonces? —preguntó Orloff.

—El Almirantazgo está dispuesto a prestarme ayuda y pone a mi disposición el Tunguska, uno de los más rápidos y más poderosos cruceros que hoy posee nuestra marina de guerra.

—¿Para dar caza a la misteriosa máquina?

—Sí, mi querido señor Orloff. ¿Quiere usted ser de la partida? El Orulgan no zarpará por ahora; de modo que acaso por algún tiempo no tendrá usted nada que hacer.

—Yo no deseo más que navegar —respondió el comandante.

—En cuanto el Rey del Aire dé alguna prueba de que no ha sido todo una broma, iremos a buscarle.

—Esa prueba puede costarle a usted, señor barón, algún barco que valga unos cuantos millones.

—No se arruinará por eso la Compañía Teriosky —dijo el baronet—. Además, el Almirantazgo quiere, antes de mover el crucero, tener una prueba de que el Rey del Aire no se ha querido burlar de nosotros.

—¿Y no tiene usted ninguna sospecha de quién podrá ser ese terrible enemigo?

La frente del baronet se frunció.

—Acaso —dijo luego—; pero son secretos de familia que no puedo revelar. Señor Orloff, cuando reciba usted un despacho mío, partirá sin titubear para Kronstadt. Por ahora esperemos que el Rey del Aire nos dé noticias suyas.

Se separaron, uno para regresar a bordo del Orulgan y el otro para Kronstadt, donde entonces se encontraba el grueso de la escuadra rusa y donde se estaba alistando el poderoso crucero que el Almirantazgo pensaba poner a disposición de la Compañía Trasatlántica.

Desgraciadamente el misterioso Rey del Aire no tardó en dar fe de vida, como había sospechado el capitán del Orulgan.

Habrían apenas transcurrido siete días que había cumplido el plazo fijado para la entrega de la joven en Tristán de Acuña, cuando un despacho expedido desde Halifax avisaba al director de la Compañía que uno de los mejores trasatlánticos había recibido la visita del Rey del Aire.

La misteriosa máquina voladora lo había atacado a ciento treinta millas de las costas meridionales de Terranova, y después de intimar a la tripulación y pasaje para que se salvaran en las chalupas, lo había hecho volar, dejando caer sobre él dos bombas de una potencia terrible.

El buque, inútil es decirlo, completamente desquiciado, se fue a pique en menos de cinco minutos, arrastrando consigo la carga y causando a la Compañía una pérdida de millón y medio, y de tres a la Compañía aseguradora.

La noche misma, todos los marineros de la Compañía que se encontraban en puerto, rompían sus contratos, no atreviéndose a sostenerse sobre el océano en barcos que llevaran la bandera de Teriosky, y el capitán Orloff, avisado por un despacho, partía para Kronstadt, el gran puerto militar ruso, a bordo de un pequeño remolcador.

Catorce horas después, a causa de la mala mar que había puesto bastante resistencia a la marcha del vapor, el valiente comandante llegaba a bordo del Tunguska, el crucero que debía encargarse de la destrucción de la terrible máquina voladora.

A bordo del espléndido y potentísimo barco de guerra hervía un trabajo febril. Cargaban rápidamente toneladas y toneladas de carbón, avalanchas de víveres y gran cantidad de municiones para armas de fuego.

El baronet, a quien se había confiado el peligroso encargo, por ser el más interesado en aquel extraordinario asunto, vigilaba el embarque, activando la operación desde lo alto del puente de mando, colocado detrás de la torre de popa.

—Buenos días, señor barón —dijo el comandante del Orulgan, ascendiendo por la escalera.

—¡Ah!… Es usted, mi querido Orloff —respondió el comandante del crucero, que parecía muy nervioso y preocupado—. Le esperaba a usted con impaciencia; dentro de dos horas zarparemos.

—¿Ya se habrá convencido el Almirantazgo de que no se trataba de una broma?

—Demasiado, señor Orloff; pero yo aseguro que ese bribón que se divierte en hundir mis trasatlánticos me pagará caro el millón y medio que ha regalado al océano. Primero, hierro, y después, una buena cuerda para colgarle a él y a sus cómplices, porque supongo que no estará solo.

—También yo estoy convencido de ello, aunque no pude descubrir ningún ser humano sobre el maldito pájaro.

—El Tunguska no es un pobre trasatlántico desprovisto de defensa y sin artillería formidable. Aquí tenemos soberbias piezas que harán sudar sangre a los que lo toquen.

El silbido agudo de la sirena avisó que la carga había terminado y que el crucero estaba dispuesto para zarpar.

Los oficiales hicieron retirar las planchas y las estachas, mientras los tornos a vapor levaban las pesadas anclas con fragor asordante de hierros.

—Zarpemos —dijo el baronet.

De los acorazados y de los cruceros anclados en el puerto militar se alzaban fragorosos hurras a los que respondían los marineros del Tunguska.

Levadas las anclas, el crucero desfiló a poca máquina por delante de los demás buques; después, gradualmente fue aumentando su velocidad, dirigiéndose majestuosamente hacia la mar.

El Almirantazgo, preocupadísimo por la aparición de aquella misteriosa máquina, la cual, como ya tenía la prueba, podía causar daños inmensos al comercio marítimo ruso, había confiado al joven comandante una de las más rápidas y más formidables unidades de la escuadra del Norte.

Era, en efecto, uno de los mejores buques de combate que en aquella época surcaban los mares.

Desplazaba doce mil toneladas y podía andar a tiro forzado hasta veintidós nudos, merced a sus máquinas gemelas de veinte mil caballos.

Los costados estaban hasta la línea de flotación protegidos por una coraza de cintura de veinticinco centímetros de grueso en el centro y que iba adelgazando hasta llegar a diez centímetros en los extremos.

Por encima de la cintura tenía otra coraza de quince centímetros.

Su formidable artillería constaba de dos piezas gruesas de treinta centímetros, encerradas en sendas torres a proa y a popa; doce piezas de veinte centímetros de tiro rápido, encerradas por parejas en seis torretas, y catorce piezas de setenta y seis milímetros, colocadas en la cubierta superior y en las cofas de los palos militares.

Las carboneras tenían cabida normal para mil doscientas toneladas, pero podían ampliarse hasta contener dos mil.

Con un buque de combate tan soberbio, nadie dudaba de que se podría con facilidad triunfar del misterioso pirata del espacio, misterioso para los demás, pero no ya para el baronet, que había comprendido perfectamente que tenía que habérselas con el excomandante del Pobieda, porque solamente a él podía interesar el volver a ver a Wanda.

Importándole al baronet llegar pronto a los parajes de Terranova y de la isla de Cabo Bretón, sitios preferidos, al parecer, por los hombres que tripulaban la terrible máquina voladora, el Tunguska cruzó a toda máquina por los mares europeos.

Sin embargo, antes de abandonar definitivamente el viejo mundo para dirigirse hacia el nuevo, el barón, como hombre prudente, hizo escala en el puerto español de El Ferrol, para completar ante todo su provisión de carbón y recoger alguna noticia de sus formidables adversarios.

Ya habían llegado a América noticias de la máquina voladora, y por cierto no muy a propósito para alegrar al joven comandante.

Otro buque de la Compañía salido de Portland cuatro días antes, había sido sorprendido a trescientas millas a poniente de las islas Canarias y echado a pique por tres o cuatro bombas, después de permitir a la tripulación y pasajeros salvarse en las chalupas.

—Ahorran los hombres, pero continúan regalando al mar mis millones —dijo el baronet, enseñando al comandante del Orulgan el despacho transmitido por un representante de la Compañía, llegado expresamente a El Ferrol, enviado por el director, quien sabía que el crucero había de tocar en aquel puerto.

—No bromea el terrible Rey del Aire —respondió Orloff—; pero ustedes le cortarán las alas y le mandarán a hacer compañía a los trasatlánticos de usted.

—A su máquina, sí —respondió el comandante, cuya frente se había ensombrecido.

—¿Y a él no?

—Me gustaría cogerle vivo.

—¿Para colgarle de uno de los palos militares?

—Ya pensaré en ello cuando le tenga en mi mano —respondió el baronet—. Volvamos a marchar en seguida, señor Orloff.

—¿Para Terranova?

—Primero haremos una excursión hacia las Azores. Me parece que el Rey del Aire ha abandonado las costas americanas y cruza ahora por medio del Atlántico. Me imagino perfectamente su plan. Él aguarda a nuestros trasatlánticos en la ruta de la América del Sur, y tenemos bastantes que frecuentan la Argentina y el Brasil. Procuraremos detenerle.

Cinco horas después, el Tunguska, repostado completamente de carbón, dejaba el puerto, dirigiéndose a las Canarias, con la esperanza de sorprender en aquellas aguas al feroz destructor de los trasatlánticos.

La travesía de la inmensa extensión de agua, comprendida entre las Azores y el grupo de Madeira y la costa africana a levante, no dio lugar a ningún incidente.

En vano exploraban el cielo sin cesar, con atención, oficiales y marineros, de día y de noche: la máquina voladora no se veía por ninguna parte.

Siete días después de la salida de El Ferrol (porque el capitán había sostenido la velocidad reducida para no agotar las calderas), el crucero avistaba el pico del Teide, en Tenerife, gigantesca montaña que se puede percibir a la increíble distancia de doscientos veintidós kilómetros, cuando el horizonte está muy despejado.

Pocas horas después, el Tunguska, que había aumentado la marcha, fondeaba ante Santa Cruz, el gran puerto de Tenerife, con la esperanza de encontrar allí alguno de los hombres que pertenecían a la tripulación del segundo trasatlántico echado a pique por el Rey del Aire.

Las Canarias forman un magnífico grupo compuesto de siete islas: Tenerife, Gran Canaria, Palma, Fuerteventura, Lanzarote, Gomera y Hierro, y otros cinco islotes casi deshabitados, con una superficie total que se calcula en 7500 kilómetros cuadrados.

Todas las islas son de formación volcánica, altas, ásperas, montañosas, con costas acantiladas que presentan taludes de roca basáltica, de ciento cincuenta a ciento ochenta metros de altitud. Aunque situadas cerca de la zona tórrida, gozan de un clima bastante agradable, a causa de la humedad y de las brisas que llegan del océano, y por las espesas selvas que cubren las altas montañas y producen vinos exquisitos y frutas en gran cantidad.

¡Ay de ellas, sin embargo, si soplan por algún tiempo los vientos del sudeste! En pocos días la vegetación se abrasa, los arroyos se convierten en arenales y estallan las enfermedades infecciosas.

El crucero, después de responder con sus cañones al saludo de las baterías de mar, fue a anclar a cien metros del muelle, tomando práctico para poder desembarcar y renovar sus provisiones de carne fresca y de carbón.

Santa Cruz es la capital de Tenerife y sede del gobierno del archipiélago, con 40 000 habitantes, dos fuertes en buen estado y varias baterías y un hermoso puerto donde hacen escala especialmente los trasatlánticos que hacen el viaje al golfo de Méjico.

El baronet, seguido de Orloff, que conocía al detalle aquellas islas, saltó a tierra para informarse si había allí alguno de los extripulantes del Ladoga, que era el segundo vapor hundido por el Rey del Aire.

No había transcurrido una hora, cuando un viejo marinero, con aspecto de enfermo, se presentaba a bordo del Tunguska, pidiendo hablar al comandante.

—Me envía el capitán del puerto, señor —dijo cuando estuvo en presencia del baronet—. Yo pertenecía a la tripulación del Ladoga.

—Uno de mis trasatlánticos —dijo el capitán—. Siéntate, amigo, y cuéntame lo mejor que puedas cómo ocurrió la catástrofe.

—¿Es al hijo del señor barón de Teriosky a quien tengo el honor de hablar?

—Sí, amigo. Despacha pronto, porque no tengo tiempo que perder y me corre prisa vengar la pérdida de mis vapores. ¿Cuándo fuisteis atacados?

—Hace quince días, señor barón —respondió el viejo marinero—. Veníamos de Portland con ciento sesenta pasajeros y un cargamento completo de algodón, cuando una noche percibimos una masa oscura provista de dos inmensas alas, que llegaba del sudeste con una velocidad espantosa, y se colocó precisamente encima del trasatlántico.

«Qué era aquello, yo no sabré decírselo exactamente, señor. A mí me pareció un ave gigantesca de nuevo género, porque en lugar de patas llevaba como dos inmensas palancas».

—También yo lo observé —dijo Orloff, que asistía a la conferencia.

—Continúa, valiente —dijo el baronet.

—Después de describir sobre nosotros varios círculos que iban poco a poco disminuyendo, una voz —que era realmente humana— pareció descender amenazadora del cielo:

«Concedemos diez minutos, y ni un segundo más, para echar las chalupas al mar. Después el barco será bombardeado. ¡Obedeced!».

«Como puede usted comprender, señor barón, fue inmenso el estupor que nos sobrecogió, y no lo oculto, grande el miedo, al oír aquella intimación, tanto más porque sabíamos que ya a otro de los buques de usted le había ocurrido un suceso semejante.

»El capitán hubiera querido resistir al brutal ultimátum, pero los pasajeros no lo entendían así y amenazaban con arrojarnos al mar si no arriábamos los botes inmediatamente.

»Nos vimos obligados a ceder, y fue una verdadera suerte, porque apenas transcurridos los diez minutos y cuando nosotros nos hallábamos a pocos centenares de metros del Ladoga, cayeron sobre cubierta tres o cuatro granadas de una potencia terrible, abriendo enormes boquetes a babor y estribor.

»¡Si hubiera usted visto qué ruina, señor barón! Los palos cayeron de una sola vez como haces de paja quebrados por el viento, las amuras saltaron, las chimeneas fueron despedidas al mar, como si un terrible golpe de viento las hubiese arrancado, y el transatlántico, completamente desquiciado, se fue a pique.

»He aquí todo, señor».

—¿Y la máquina infernal?

—En seguida de haber causado la destrucción escapó hacia el nordeste —respondió el marinero.

—¿Y vosotros?

—En los botes y con mar bastante mala, recalamos después de tres días en La Palma, y de allí hemos venido aquí.

—No visteis cuántos hombres iban a bordo de la máquina voladora.

—Era de noche, señor barón, y no nos fue posible distinguir ningún ser humano.

—¿No era un globo, verdad?

—¡Oh, no señor! Yo he visto muchos, y aquella máquina infernal no se parecía a ninguno.

El baronet sacó un bolsillo lleno de monedas de oro y se lo dio al viejo marinero, diciéndole:

—Cuídate, y gracias por tus noticias.

—Todo eso es terrible —dijo el comandante del Orulgan, cuando el marinero salió del elegantísimo salón—. ¿Qué clase de bombas serán esas que arroja esa condenada máquina? ¿Podría usted, que es un hombre de guerra, señor barón, darme alguna explicación?

Teriosky no respondió. Apoyado en la mesa que ocupaba el centro del saloncillo, parecía que estuviese absorto en profundos pensamientos.

—Sí; son verdaderamente terribles los hombres que montan esa máquina —dijo de pronto—. ¡Ah! ¡Aquel ingeniero!

—¿Cuál? —interrogó Orloff.

—No puedo hablar —respondió el comandante del crucero, un poco triste—. ¡De qué manera se venga!

—Se diría que usted, señor barón, conoce al Rey del Aire.

—Acaso, pero estos son secretos de familia que, al menos por ahora, no puedo revelar.

—Ya me lo ha dicho usted.

El baronet se había separado de la mesa y se puso a pasear nerviosamente por el saloncillo con las manos hundidas en los bolsillos del pantalón.

—Y no hay noticias de mi padre —dijo después, parándose de pronto ante el comandante del Orulgan—. Únicamente él podría conjurar todas las desgracias que amenazan a la Compañía. ¿Adónde ha ido? ¿Dónde ha escondido a esa muchacha? ¡Qué locura!… Nunca hubiera creído que un hombre de mar tan emprendedor, tan aventurero, tan intrépido como era mi padre, pudiese ser atacado de tal manía y que…

Se detuvo bruscamente como arrepentido de haber hablado demasiado al tiempo que un vivo rubor coloreaba sus mejillas.

—Basta —dijo después de unos momentos—. Cumpliré con mi deber, ya que el Almirantazgo ha puesto su confianza en mí, aunque ahora me parezca la empresa más difícil de lo que creí en un principio.

En aquel momento pasaba un oficial por delante de la puerta del saloncillo.

—¿Estamos dispuestos? —preguntó el barón.

—Sí, capitán.

—¿Se ha terminado la carga?

—Tenemos estibadas dos mil toneladas de carbón.

—Mande que silbe la sirena, y zarparemos. Tengo prisa.

Encendió un cigarro y subió al puente, siempre seguido por el comandante del Orulgan, que parecía haberse convertido en su sombra.

Un cuarto de hora después, el crucero volvía a salir del puerto, saludado de nuevo por la batería del mar, y se lanzaba al océano Atlántico, rumbo a Terranova.

En las cofas militares habían sido colocados algunos hombres para que vigilaran atentamente el horizonte, por si acaso de un momento a otro apareciese la maravillosa y terrible máquina voladora.

Pero aquella segunda carrera, no dio ningún resultado. En vano los guardias de los palos y de los puentes espiaron con ansiedad el horizonte. Solamente grandes y pequeñas aves marinas, albatros, fragatas y gaviotas revoloteaban proyectándose sobre el cielo limpísimo, cayendo a plomo de cuando en cuando sobre el océano para hacer presa.

Ya no estaba Terranova a más de ciento cincuenta millas, cuando una mañana, el crucero encontró un vapor americano que parecía provenir de los Estados del Sur.

—Acaso éste sepa algo —dijo el baronet, herido por repentina inspiración—. Veamos si me equivoco.

Por medio de las banderas de señales se hizo la pregunta:

«—Rogamos a ustedes noticias urgentes».

El vapor, viendo que le dirigía un pregunta un buque de guerra, hizo parar su hélice e inmediatamente respondió con sus banderas de señales:

«—Esperamos vuestras órdenes».

«—Decidnos si habéis encontrado máquina voladora que ha hecho naufragar trasatlánticos Teriosky» —señalaron los hombres del Tunguska.

La respuesta no se hizo esperar:

«—Sí; hace tres días».

«—¿Dónde?».

«—En aguas de las Bermudas, ciento veinte millas al sur».

«—Gracias, buen viaje».

El vapor reanudó su marcha hacia el norte, directamente acaso a Boston o Halifax, mientras el crucero cambiaba inmediatamente de rumbo, hacia el sur con la esperanza de sorprender al Rey del Aire cerca de las Bermudas.

—Me parece que nos va a hacer correr ese maldito naufragador —dijo el comandante del Orulgan al baronet, que paseaba nerviosamente ante la torre de popa.

—Se diría que alguien le avisa cuando nos acercamos —respondió el capitán del crucero, retorciéndose rabiosamente el bigote.

—¿Quién? Supongo que ese señor no habrá tomado tierra en América sólo por proveerse de periódicos. Él espera en los parajes de las Bermudas el paso de nuestros trasatlánticos en la ruta del golfo de Méjico. Esto es clarísimo, señor barón. Tenemos una línea establecida entre Veracruz, la Habana, Santiago y los puertos de Alemania y del Báltico, y probablemente el Rey del Aire no lo ignora.

—Pero no continuarán mucho tiempo sus estragos sobre los trasatlánticos —respondió el baronet—. Le barreremos con una terrible andanada.

—Si se deja coger.

—Le perseguiremos sin tregua mientras tengamos una tonelada de combustible en las carboneras.

—Pero temo que esa ave de mal agüero corra más que nosotros, señor barón.

—También a él se le acabará el combustible.

—¿Cuál combustible? ¿Sabe usted qué emplea aquella máquina del infierno? Yo no he visto salir humo entre sus alas.

—¿Ni por casualidad notó usted olor de petróleo?

—Iba muy alto aquel pajarraco, capitán.

—Cuando reciba en mitad del cuerpo una granada de treinta centímetros, veremos si lleva petróleo o carbón en la máquina. Esperemos: yo tengo confianza en que hemos de sorprenderle en algún lugar del Atlántico.

El Tunguska, en tanto, continuaba su rapidísima carrera, devorando toneladas y toneladas de carbón.

Sabiendo el capitán que podría repostarse ampliamente de carbón en las Bermudas, donde el gobierno inglés tiene siempre grandes depósitos, no cuidaba de hacer economía de combustible.

Aquella tercera carrera más rápida que las dos primeras, duró cuatro días y no se moderó hasta encontrarse a la vista de las Bermudas.

Es éste un pequeño archipiélago perdido en medio del Atlántico y compuesto de cuatrocientos islotes, en gran parte aridísimos y, por tanto, completamente inhabitables.

Gran Bermuda es la mayor, de apenas veintidós kilómetros de largo y solamente dos de ancho. Después siguen San Jorge, San Daniel y Somerset, todas con magníficos fondeaderos y una población total de alrededor de doce mil almas, en su mayor parte de raza negra y todos habilísimos e inapreciables marineros.

Los juníperos (Juniperus bermudianus) forman la principal vegetación de aquellas islas y sirven perfectamente para la construcción de ligeros barcos para el pequeño cabotaje. Se producen perfectamente naranjas, algodón, tabaco, trigo, que se recolecta dos veces por año, y muchos árboles frutales.

Las casas, a causa de los espantosos huracanes que devastan aquellas tierras, no tienen más que un solo piso y están construidas con una piedra de especie porosa parecida a la pómez, pero que resiste a la furia de los vientos.

Descubiertas en 1522, por el español Bermúdez, permanecieron muchísimos años desconocidas y desiertas.

Vueltas a encontrar por el inglés Somerset en 1609, por pura casualidad, empujado por una tempestad, fueron en seguida ocupadas por mesnadas de terribles corsarios, restos de los famosos filibusteros huidos del golfo de Méjico.

Ahora los habitantes se ocupan en la pesca de la ballena, que todavía se muestran hoy en abundancia en aquellos parajes.

Iba el Tunguska a dirigirse hacia la Gran Bermuda para renovar provisión de combustible, cuando una seca detonación que parecía producida por una pequeña pieza de artillería, alarmó a la tripulación y, sobre todo a su joven comandante.

El disparo provenía de mar afuera, al norte de San Jorge. ¿Quién podría hacer fuego en aquella dirección, donde no había ni fortines ni baterías de mar?

Debía ser algún trasatlántico que intentaba defenderse de la agresión del Rey del Aire.

El baronet dio una orden breve, decisiva:

—¡A tiro forzado!

Capítulo III. Un nuevo desastre

El Tunguska había virado casi en redondo, lanzándose hacia septentrión o sea hacia donde se había oído la detonación.

Sus cuatro chimeneas vomitaban torrentes de negrísimo humo, mezclado con escorias todavía incandescentes, mientras las dos hélices gemelas turbinaban furiosamente, dejándose detrás dos estelas burbujeantes y que blanqueaban con limpidez sobre el azul oscuro del océano.

Los artilleros, que ya olfateaban una terrible batalla, se precipitaron a las baterías y dentro de las torres o subían rápidamente a las anchas cofas de los palos militares donde estaban emplazados los pequeños pero formidables cañones de setenta y cinco milímetros.

Apenas había empezado el Tunguska a aumentar su velocidad, perdiendo de vista el ligero perfil de San Jorge, cuando un segundo cañonazo, más fragoroso que el primero, retumbó hacia septentrión, seguido casi inmediatamente por un grito de los serviolas de los palos militares:

—¡Humo en el horizonte!

El baronet, que se había dirigido a proa en unión de Orloff, apuntó rápidamente con su anteojo y pronto se le escapó un grito de alegría:

—¡La máquina infernal!

—¿Dónde? —preguntó Orloff.

—Revuela sobre un trasatlántico; seguramente uno de los míos.

—¿Y le ataca?

El capitán del Tunguska, en vez de responder, se lanzó por la toldilla, gritando:

—¡Arriba el pabellón nacional y la bandera de la Compañía! ¡Todos al puesto de combate! ¡Los médicos y practicantes bajo cubierta con las cajas de ambulancia!

«Señor Orloff, usted y los oficiales de derrota, síganme a la torreta con el comandante de artillería y el jefe de timoneles».

«Al maquinista le dará las órdenes directamente desde el block-house».

El comandante del Orulgan siguió al capitán en unión de los tres oficiales, mientras la tripulación despejaba rápidamente la cubierta.

—Señor Ternioff —dijo el baronet, que conservaba una calma maravillosa, volviéndose hacia el comandante de la artillería—. ¿Ha dado usted a los sirvientes de las piezas de 75 milímetros las instrucciones para el fuego?

—Sí, comandante —respondió el oficial—. Les he ordenado emplear el mayor ángulo y hacer fuego al primer silbido de la sirena.

—Dé usted orden de que al segundo silbido todos los artilleros dejen las piezas pequeñas y vengan sobre cubierta a sustituir a los sirvientes del calibre 203.

—Sí, comandante.

—Bien…

El comandante se había puesto en observación por las aspilleras del block-house, o puesto de mando blindado.

Un hermoso trasatlántico estaba detenido en medio del océano, mientras encima de él volaba, describiendo grandes espirales con rapidez fulmínea, una extraña máquina provista de dos alas inmensas y dos planos horizontales larguísimos.

El cuerpo, formado por una especie de huso, relucía vivamente bajo los primeros rayos del sol como si estuviese formado por chapas de acero o de aluminio, y de él no se elevaba ningún humo. Tampoco se veía ninguna chimenea. Grandes hélices, ahora perfectamente visibles, giraban encima y delante de la máquina voladora, mientras a popa se alargaba un gigantesco timón en forma de espátula.

—Ese es nuestro enemigo —dijo el baronet—. ¿Qué quemará dentro de su cuerpo ese demonio? Llegamos a buena hora para librar a ese pobre trasatlántico. ¡Ah, querido, ahora te las tendrás que ver con corazas y con buenos cañones!

Se volvió hacia el oficial de derrota, quien esperaba sus órdenes juntamente con el jefe de timoneles.

—Señor Kruptin —le dijo—, el señor Rey del Aire está solamente a dos mil metros de nosotros, a dos cuartos a la izquierda de la proa. Avise usted a la máquina que reduzca la velocidad a quince nudos y que cubra el trasatlántico. ¿Quién es responsable de las órdenes en el corredor?

—Trepoff.

—Un hombre a prueba de nervios: perfectamente.

Mientras el oficial se inclinaba sobre la boca del portavoz para repetir las órdenes a la máquina, el baronet se volvió nuevamente al comandante de la artillería.

—Telefonee usted —le dijo— al jefe de las piezas de las torres de 203 que hasta nueva orden tiren con granada ordinaria con la mayor altura posible, y al jefe de las torres de 305 que no hagan fuego sin orden expresa. Y ahora veremos cómo se las arregla este señor Rey del Aire.

El Tunguska avanzó a toda máquina hacia el trasatlántico, que continuaba siempre inmóvil, no osando huir a las amenazas de la terrible máquina voladora, que no cesaba de describir sobre él, a una altura de cerca de un millar de metros, giros vertiginosos, ora ascendentes, ora descendentes.

La pobre nave, decidida a defenderse, disparaba inútilmente con el pequeño cañón de proa, lanzando las balas apenas a trescientos metros de altura.

La máquina voladora parecía divertirse en provocar a los artilleros. Unas veces bajaba, y cuando veía la pieza apuntando con su mayor elevación, de un salto se ponía a mil o más metros, haciendo absolutamente inútiles los tiros.

Percibiendo el crucero, la formidable máquina inició una volada fulmínea, dirigiéndose a su encuentro.

No había momento que perder; si llegaba sobre el Tunguska, para nada serviría su poderosa artillería.

El baronet, que le espiaba con atención desde las aspilleras, apoyó el dedo sobre el botón eléctrico que debía hacer resonar la sirena.

Era la orden de romper el fuego.

Se oyó un silbido agudo, estridente, siniestro, seguido inmediatamente de un estruendo ensordecedor, semejante al de cien truenos reunidos.

Eran las seis piezas de 203 y las doce piezas de 76 del Tunguska que disparaban simultáneamente sobre la máquina voladora.

Durante cinco minutos continuó implacable, sin ninguna tregua, el mismo estruendo.

Las detonaciones, secas y vibrantes de los pequeños calibres de 76, se unían al ruido de la granizada de las ametralladoras y por encima de todos dominaba poderosamente el fragor de las seis piezas de 203 que disparaban tres veces por minuto, con la regularidad de descargas de ejercicio.

El block-house, dentro del que se encontraba el baronet, el comandante del Orulgan y los oficiales, vibraba como una campana, haciendo imposible entenderse.

Teriosky hizo de pronto una seña y escribió sobre la pequeña pizarra:

«Orden a la máquina de parar inmediatamente: estamos a quinientos metros del enemigo. ¡Fuego con las piezas de 305!, y orden a los jefes de las piezas de 203 para que carguen con proyectil perforante».

Unos segundo más tarde se oía el estampido de los de 305. El block-house tembló y el rebufo de la pieza de proa le invadió con asfixiantes gases nitrosos.

El baronet, siempre en su observatorio, miraba haciendo gestos de rabia.

La máquina voladora había salido de la terrible prueba de fuego absolutamente incólume. Planeaba en el espacio como una peonza, ora descendiendo hasta el océano ora saltando a mil o mil quinientos metros, de modo que hacía completamente nulo aquel formidable derroche de municiones.

Pasaron dos o tres minutos. Las piezas de 305 dispararon por segunda vez, mientras los otros calibres sostenían el fuego acelerado.

La máquina voladora había escapado una vez más a los efectos del fuego y se precipitaba contra el crucero.

El baronet enjugó su frente cubierta de sudor y escribió rápidamente en la pizarra:

«¡Alto el fuego!».

La sirena zumbó; los timbres eléctricos sonaron. El comandante continuó escribiendo:

«¡Parar la máquina! ¡Fusileros a cubierta!».

El Tunguska avanzó aún como unos quinientos metros, impulsado por la velocidad adquirida, no obstante dar máquina atrás, mientras doscientos hombres invadían la cubierta armados con fusiles.

La artillería del buque era ya absolutamente inútil, porque la máquina voladora se había colocado encima del crucero. Únicamente con morteros se hubiera logrado tocarla, empleando la máxima inclinación, pero la artillería moderna ha relegado entre el hierro viejo a aquellas piezas, en ocasiones insustituibles.

A una orden del comandante de artillería rompieron el fuego los doscientos fusiles contra el condenado pájaro, que se reía de las grandes piezas del crucero.

Las descargas se sucedían sin cesar, pero sin más resultado que producir un estrépito ensordecedor, porque la máquina voladora se elevaba a más de tres mil metros de altura, describiendo siempre con extraordinaria y asombrosa precisión espirales ascendentes. De pronto un objeto no bien definido cayó sobre el crucero con velocidad vertiginosa.

¿Qué era? ¿Una bomba u otro artefacto más formidable?

Pocos instantes después, sobre el coronamiento de popa del crucero, se oyó un estampido espantoso, ensordecedor, sin ser seguido de llama, que destrozó a los cuatro hombres de servicio en el timón, debajo de la caseta, e hizo chocar unos con otros a los doscientos fusileros.

Las dos hélices se pararon de golpe.

El baronet, el comandante del Orulgan y los dos oficiales se precipitaron fuera del block-house.

—¿Nos hundimos? —preguntó el capitán.

Una voz se elevó a popa.

—¡Las hélices no funcionan y ha saltado el timón! ¡Hay una vía de agua bajo la popa!

—¡Que cierren los compartimientos estancos de la batería! —mandó con voz de trueno el capitán.

El fuego de fusilería había cesado y el Tunguska no avanzaba, aunque sus cuatro chimeneas continuaban vomitando un torrente de humo y las máquinas mugían.

Los dos árboles de las hélices gemelas debían de haber sido quebrados por la explosión de la bomba misteriosa. El baronet miró al aire.

La máquina voladora se dirigía a toda velocidad el trasatlántico que, creyéndose protegido por crucero de guerra, no había vuelto a emprender la marcha.

—¡Va a echarlo a pique! —gritó Teriosky, mordiéndose los dedos—. ¡Y somos impotentes para socorrerlo! ¡Miserables!… La partida no está aún perdida y juro que la emprenderé de nuevo.

Volvió a todo correr hacia la popa para darse cuenta exacta de los daños sufridos por el crucero.

La bomba lanzada por el Rey del Aire había chocado con el coronamiento de popa, arrancando en dos sitios las gruesas planchas metálicas y destrozando el timón y acaso también las hélices.

Por encima de la línea de flotación se había abierto un boquete, felizmente pequeño, y que no podía comprometer la seguridad del buque ni aun con mar gruesa.

—¡Bah! Éstas son pequeñeces —dijo el baronet.

—Pero que nos obligarán a una detención en la Gran Bermuda —añadió Orloff.

—Desgraciadamente, amigo.

—Detención de que se aprovechará el Rey del Aire para volver a recorrer el espacio y continuar sus estragos.

El baronet no contestó, pero se mordió con rabia el bigote.

Había levantado la cabeza y seguía con atención la máquina voladora, la cual continuaba su carrera hacia el trasatlántico, que no trataba de huir, considerando inútil la fuga.

Las embarcaciones menores había sido botadas al mar precipitadamente y se arrojaban a ellas súbitamente enloquecidos, hombres, mujeres y niños, entre un griterío ensordecedor. Por segunda vez el barón se enjugó el sudor que le bañaba la frente.

—¡Dos mil metros! —dijo de pronto—. ¡Si se pudiera alcanzarlo!

Volvió precipitadamente al block-house, seguido de Orloff y de los oficiales, y telefoneó a los jefes de pieza.

—¡Fuego con todas las piezas de 203, con granada ordinaria! ¡Apuntar alto!

Un tronar fragoroso siguió a las órdenes y los gruesos proyectiles rasgaron el aire intentando alcanzar a la máquina infernal, la cual describía curvas encima del trasatlántico, a una altura de mil quinientos o mil seiscientos metros.

Fue un derroche de municiones completamente inútil. Las pesadas masas de acero volvían a caer en el mar, levantando inmensos chorros de espuma, pero sin tocar al blanco, que se mantenía demasiado alto para poderle herir.

—Sus artilleros, señor barón, consumen una pólvora excelente, sin resultado —dijo Orloff, que observaba por una de las aspilleras del block-house—. El Rey del Aire es más tuno de lo que creemos y debe de conocer a maravilla la máxima altura de la trayectoria de las piezas modernas.

—Acaso no sea él… —dijo el baronet.

—¿Quién entonces?

—Yo lo sé.

—Parece que conoce usted a alguno de esos señores.

El capitán del crucero sacudió la cabeza sin responder a la pregunta.

Aunque el crucero tuviese poca esperanza de destrozar a la máquina voladora, que se guardaba bien de exponerse a los tiros de aquellas formidables piezas, estallaba como un volcán con un estruendo espantoso.

Disparaban las gruesas piezas de 305, haciendo pedazos con su estrépito todos los espejos, la cristalería y los globos de las lámparas eléctricas; disparaban las doce piezas de veinte centímetros de tiro rápido, encerradas por parejas en las seis casamatas, y las catorce piezas de setenta y seis milímetros.

El barón dejaba hacer. Con la frente fruncida, el rostro desfigurado por sorda rabia, los ojos chispeantes, miraba ora al trasatlántico, ya condenado a una muerte más que segura, ora a la maldita máquina que parecía reírse de aquel inútil derroche de granadas, de proyectiles perforantes y de metralla.

Los tripulantes y los pasajeros, salvados en las chalupas, escapaban a toda fuerza de remos, porque las balas comenzaban a caer estallando sobre los puentes, sobre el castillo de proa y sobre la caseta.

La máquina voladora del Rey del Aire, entretanto, continuaba imperturbable sus giros, sosteniéndose siempre altísima.

De pronto, cuando ya las chalupas, cargadas casi hasta hundirse, se encontraban muy lejos directamente con rumbo el crucero inmovilizado, el baronet percibió pequeños cuerpos negros que caían por el aire.

—Ese es el fin del trasatlántico; de uno de mis trasatlánticos —dijo con voz sorda.

Después, alzando la voz, mandó:

—¡Preparen las embarcaciones! ¡Todos a cubierta!

Mientras la tripulación botaba al mar las dos chalupas, a vapor y cuatro balleneras, se oyeron algunas detonaciones a bordo del trasatlántico.

Una verdadera granizada de bombas lanzadas desde el invencible Rey del Aire caía sobre la toldilla.

La agonía del buque, agonía terrible, espantosa, había comenzado.

Aquel hermoso monstruo de acero, uno de los mayores de la Compañía, admirado en todos los puertos del golfo de Méjico, y que representaba un capital de un par de millones, no era ya más que un despojo flotante, y eso por poco tiempo.

Llamas gigantescas producidas por aquella lluvia de granadas, salían furiosamente a lo largo de los puentes, devorando rápidamente los palos y la obra muerta.

Transcurrieron algunos minutos… Después se oyó un trueno y el casco del trasatlántico se abrió lanzando al espacio una inmensa nube de gases y de humo.

Parecía el abrirse de un volcán.

El mar se levantó a su alrededor como agitado por una convulsión submarina.

Las calderas habían hecho explosión.

Un remolino enorme se abrió, y el barco, después de haberse acostado sobre estribor, se sumergió, al tiempo que las llamas se apagaban rápidamente bajo la brusca invasión de las aguas.

—Está terminado —dijo el barón—. ¿Para qué sirve esta formidable artillería contra hombres que han encontrado el medio de disputar al cóndor y las águilas el imperio del espacio? ¿Podré tomarme un día la revancha? He aquí la gran cuestión en la que acaso no ha pensado siquiera el Almirantazgo. Solamente hay una esperanza. Sorprenderle y aniquilarle. ¿Podré yo conseguirlo?

La máquina voladora, realizada su obra de destrucción, se elevó a tres mil metros y continuó revolando en el espacio. Luego, de pronto, tomó un impulso inmenso y se alejó en dirección a la costa americana, sin dejar detrás ninguna traza de humo.

Las chalupas del trasatlántico llegaron una a una a atracar al crucero, escoltadas por las dos lanchas a vapor, por estar demasiado cargadas de pasajeros y de marineros.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Orloff al baronet, quien, de pie en la proa parecía no separar los ojos del sitio donde se había hundido el trasatlántico.

—Vamos al resguardo de la Gran Bermuda —respondió el comandante del crucero—. Dentro de una semana, o acaso menos, espero volver a emprender la correría. Tenemos timón y hélices de recambio y buenos obreros a bordo, capaces de hacer la obra sin necesidad de ayuda.

El embarque de los pasajeros y marineros del trastlántico se efectuó rápidamente y con perfecto orden. Después el Tunguska, remolcado lentamente por sus chalupas a vapor, se dirigió a la Gran Bermuda.

CAPÍTULO IV

La reaparición del Gavilán

Transcurrieron dos semanas largas de labor febril para reparar completamente al crucero, poniéndole en condiciones de emprender de nuevo la cacería de la máquina voladora.

Durante todo aquel tiempo no llegó a la isla ninguna noticia del Rey del Aire, aunque algunos vapores americanos recalaron allí obligados por un violentísimo huracán que por varios días trastornó el Atlántico.

El baronet, de acuerdo con el Estado Mayor, decidió volver a las aguas de Terranova, también con la idea de recoger noticias.

Bien repletas las carboneras, una hermosa mañana, el Tunguska, aprovechando la marea alta, dejó la Gran Bermuda, dirigiéndose hacia septentrión. El Atlántico estaba bastante agitado y el horizonte cubierto de antipática niebla de un intenso tinte gris oscuro.

Siempre es raro encontrar días buenos en parajes de las Bermudas. El cielo, constantemente está nebuloso; el sol casi siempre cubierto y pálido y terribles vientos producen tremendo oleaje que bate en brecha aquellas poco afortunadas islas.

Por siglos y siglos, desde hace millares de años, aquellas formidables rocas, por algún capricho del fondo del mar (si no es que de igual modo que las Canarias y las Azores no son las más elevadas cumbres de la Atlántida), oponen a las vías del océano una resistencia inquebrantable.

Verdad es que el incesante asalto de las olas las minan, royéndolas poco a poco, pero no es nada en comparación a la robustez de la roca.

Cuatro días después de su partida de la Gran Bahama, el Tunguska, que había sostenido una marcha moderada de diez nudos, llegaba a la vista de Miquelón, la colonia francesa de Terranova y uno de los centros principales de la pesca del bacalao.

Un gran número de pequeños veleros navegaban a lo largo, lentamente, hacia los bancos frecuentados por aquellos excelentes peces, escoltados por dos remolcadores para volver a tierra en caso de ser sorprendidos por el poudrin, la espesa niebla que de cuando en cuando envuelve aquellas islas.

El baronet indicó a los dos barcos de vapor que se acercaran y siguió un cambio de preguntas y respuestas por medio de señales con banderas.

El Estado Mayor del Tunguska no se había equivocado. La terrible máquina se cernía nuevamente en las cercanías de Terranova, haciendo rápidas puntas hasta las costas americanas.

Algunos pescadores la habían visto, pocos días antes, en el estrecho de Belle-Isle, dirigiéndose, al parecer, al Labrador. Más tarde, un torpedero canadiense le había hecho algunos disparos de cañón en los parajes de la isla de Anticosti, casi en la desembocadura de San Lorenzo, porque todos los barcos de guerra habían recibido orden de hacerle fuego en caso de encontrarla.

El baronet sabía ya bastante. El Rey del Aire tendía seguramente a destruir los cuatro trasatlánticos de la Compañía que hacían el servicio entre Quebec y Hamburgo.

Decidió, por tanto, penetrar en seguida en el vastísimo golfo de San Lorenzo, con la esperanza de sorprenderle.

—Tengo el presentimiento de que pronto vamos a encontrarlo —dijo al comandante del Orulgan, mientras el crucero enfilaba a toda máquina a lo largo de las costas meridionales de Terranova—. Pero sería necesario sorprenderlo y larzarle encima una andanada antes de que tuviera tiempo de elevarse.

—Eso intentaremos hacer y espero poder engañar al señor Rey del Aire.

—¿De qué modo?

—No cabe duda de que ese granuja vigila la desembocadura del San Lorenzo, intentando cazar uno de nuestros trasatlánticos. Remontaremos el río por algún tiempo, después bajaremos por él con las luces eléctricas encendidas y tocando la música como si se tratase de una fiesta a bordo. Si se encuentra en aquellos parajes, no tardará en mostrarse.

—Se puede intentar —dijo sencillamente Orloff.

Hacia el anochecer avistaba el Tunguska el faro de Anticosti y pocas horas después penetraba en el San Lorenzo, el gran río canadiense, navegable hasta para buques del mayor tonelaje.

No habiendo peligro de colisiones por la enorme amplitud del curso de agua, penetró en él con las luces apagadas, y después de recorrer una cincuentena de millas viró en redondo y descendió como un pacífico vapor que se prepara, con el vientre bien repleto de mercancías y emigrantes, a la travesía del Atlántico.

Todas las lámparas eléctricas fueron encendidas en el entrepuente y en las baterías, y la banda militar, reducida a la mitad, tocaba bajo cubierta valses y mazurcas polacas y húngaras.

En cambio, sobre cubierta, solamente brillaban los fuegos reglamentarios, el rojo y verde a proa y el blanco en el palo militar.

El baronet había dado todas las disposiciones necesarias para el combate. Oficiales y artilleros estaban en sus puestos tras las enormes piezas de las torres y las de tiro rápido, prontos a fulminar de sorpresa la máquina infernal en caso de que se mostrara, y que el Rey del Aire, creyendo habérselas con un trasatlántico de la odiada Compañía, se presentase de improviso, como acostumbraba, intimando el embarco de chalupas de tripulación y pasajeros.

El barón se había sentado a proa en una cómoda butaca con un excelente cigarro en la boca, mientras Orloff, provisto de un anteojo, escudriñaba de cuando en cuando el cielo, repitiendo siempre la misma frase: «Todavía nada».

Era una hermosa noche de otoño, y, cosa rara, el cielo tenía una transparencia maravillosa.

Las estrellas se mostraban por millones y millones, brillantísimas, y la luna comenzaba a asomar por encima de las ilimitadas selvas de pinos que costeaban el majestuoso río.

Un silencio profundo reinaba sobre la inmensa extensión de agua dulce interrumpido sólo por el acompasado y rápido pulsar de la máquina y por los vibrantes sonidos de los instrumentos de metal que lanzaban al aire las notas del magnífico vals de Strauss En las orillas del Danubio.

La guardia franca bailaba en la batería en espera del combate, mientras los hombres de la guardia nocturna examinaban cuidadosamente el cielo desde detrás de sus piezas.

Había ya descendido el Tunguska el último trozo del río, cuando Orloff, que de cuando en cuando apuntaba el telescopio en todas direcciones, se inclinó sobre el barón y le dijo:

—Usted es adivino, seguramente, señor.

—¿Por qué? —preguntó Teriosky, estupefacto, quitándose el cigarro de la boca.

—¿No ve usted que nos sigue?

—¿Quién?

—La máquina infernal.

—¡Será posible!

Vuela sobre nosotros hace diez minutos.

—¿Y no me lo decía usted?

—Ha caído sobre nosotros de improviso, y está encima, ¿qué íbamos a hacer? Nuestra artillería no puede disparar a lo alto. Además, aún no debe de haberse apercibido de que éste es un buque de combate y no un trasatlántico.

—¿En mi lugar, usted qué haría?

—¿Yo? Escapar a toda máquina, aunque tuviera que soldar las válvulas.

—Y saltar.

—No hasta ese extremo, señor barón. Si no puede usted hacer nunca fuego en sentido vertical, con la máxima elevación, siempre estaremos a merced del maldito pájaro.

—Estaba seguro de que vendría —murmuró Teriosky, arrojando el cigarro sobre la toldilla—. Sí; el único recurso que nos queda es desafiarle a la carrera. Veremos si ese demonio se atreve a hacer frente al barco más rápido de la marina rusa. Veintitrés nudos es mucho hoy en día.

Telefoneó desde el block-house a los oficiales de máquina para que subieran a cubierta.

—Señores —les dijo cuando estuvieron delante—. ¿Qué velocidad podremos alcanzar sin peligro de hacer estallar las calderas? Les advierto que digo la máxima. Por carbón no hay que preocuparse. Aún debemos de tener millar y medio de toneladas.

—Acaso veinticuatro nudos y alguna décima —respondió el oficial.

—La maquinaria es sólida; hagan ustedes lo posible por llegar a los veinticinco.

—Veremos, comandante.

El barón levantó los ojos hacia el cielo estrellado. La máquina infernal estaba allí, precisamente encima del crucero, a una altura de mil quinientos metros o más y arreglaba su marcha para mantenerse siempre en la misma situación. Las inmensas alas vibraban sin demasiada precipitación, mientras el huso, iluminado de lleno por la luna, relucía como si fuese de plata.

—Nos sigue teniéndose desenfilado de nuestras piezas —dijo el barón a Orloff.

—Ese Rey del Aire debe ser muy astuto —respondió el comandante del Orulgan.

—¡Qué olfato tan maravilloso el de ese hombre! Se diría que huele las naves a algunos centenares de millas de distancia.

—Es vuestra música la que les ha atraído.

—Precisamente, amigo mío.

—Eso no nos librará de grandes molestias, señor barón.

—¿Cree usted que nos atacará nuevamente, señor Orloff? —preguntó Teriosky con cierta preocupación.

—Será más fuerte que nosotros mientras se mantenga sobre nuestros puentes. Al surgir el primer rayo de sol, nos hará la fatal intimación: «Abandonad el buque y salvaos en las chalupas, u os hundiremos a todos».

—¿Y usted cree que yo estoy dispuesto a obedecer? Este no es un pobre trasatlántico sin protección y sin artillería…

—¡Eh! Si nos lloviera encima una tempestad de granadas o torpedos aéreos o lo que sean, no sé si yo respondería de su crucero, señor barón. A mi modesto modo de ver y de juzgar, me parece que para combatirle sería preciso otra máquina voladora como ella.

—¿Se atrevería usted a inventar una?

—Seguramente no, señor barón. Yo nunca me he ocupado en la vida de los pájaros, sino que me he contentado con conocer la de los peces, y eso a flor de agua.

—Esperemos el alba y forcemos la máquina.

El Tunguska precipitaba la marcha, favorecido también por la corriente del San Lorenzo, que se hacía sentir bastante junto a la desembocadura, debido al reflujo.

El enorme monstruo de acero, armado con un formidable espolón que para nada absolutamente le servía contra aquel pájaro dueño del aire, hendía fragorosamente la corriente con el ímpetu de un proyectil. Sin cesar se arrojaban en sus hogares toneladas de carbón para obtener la presión máxima, tanto, que los maquinistas y fogoneros había tenido que desnudarse para no tostarse completamente.

La coraza metálica vibraba sonoramente y las hélices turbinaban rabiosamente. Una inmensa nube de humo salía silbando de las chimeneas.

El crucero huía a tiro forzado. Las válvulas silbaban como si las máquinas fueran a estallar de un momento a otro, despedazando el casco. A pesar de aquellos esfuerzos gigantescos, la máquina voladora se mantenía obstinadamente encima del Tunguska, escoltándose en el descenso del San Lorenzo.

En vano las poderosas máquinas del crucero funcionaban rabiosamente; el Rey del Aire desafiaba al andador más veloz del Almirantazgo ruso.

El baronet, con los labios descoloridos, el rostro desfigurado, la frente cubierta de sudor a pesar del helado viento que soplaba sobre el gigantesco río, miraba al terrible adversario con creciente terror, sintiéndole suspendido sobre su cabeza como nueva espada de Damocles.

¿Qué hacer? ¿Qué decidir si la artillería no servía de nada? Aquella poderosa artillería que hubiera podido hacer frente a uno de los más formidables acorazados del mundo.

Hasta ahora, la lucha de velocidad no había dado otro resultado que consumir una cantidad enorme de carbón.

—¿Quién sabe?… Esperemos al alba —dijo el barón a Orloff y a sus oficiales, que no parecían menos impresionados que él—. Basta que se nos adelante al dar una volada.

El Tunguska corrió toda la noche sobre las aguas del San Lorenzo con una velocidad espantosa.

A las tres de la mañana se encontraba ya en el golfo y huía en dirección al Cabo Bretón, después de avistar la isla del Príncipe Eduardo. A las cuatro, en el momento en que las tinieblas comenzaban a disiparse, la máquina voladora aumentó gradualmente su velocidad, precediendo al crucero.

Se sostenía siempre a extraordinaria altura, de modo que no se exponía al tiro largo de la artillería ni de las torres ni de las cofas.

El Tunguska apresuraba también su marcha para no perderle de vista. Parecía, sin embargo, que el Rey del Aire no tratase de ocultarse, porque había encendido un gran farol rojo, imposible de confundir con una estrella.

La máquina funcionaba rabiosamente, imprimiendo al buque un impulso poderoso. Ya se pasaba de los veintitrés nudos, pero el terrible pájaro conservaba la distancia exactamente.

Al alba, el Tunguska no había logrado ganar sobre el adversario ni siquiera un décimo de nudo.

La máquina voladora continuaba tranquilamente su carrera, sosteniéndose en medio del vastísimo golfo y mirando en dirección del Atlántico.

El baronet, con un anteojo, se había puesto a observarle con atención.

A bordo del huso se divisaban hombres que paseaban por el puente, al parecer sin ocuparse para nada del buque de guerra que le perseguía obstinadamente, devorando toneladas de carbón.

—Es maravilloso —dijo el baronet a Orloff—. Esos hombres han resuelto el problema de la navegación aérea. No me sorprende: era un famoso ingeniero.

—¿Quién? —preguntó con asombro el capitán del Orulgan.

—No es más que una suposición mía —se apresuró a responder el baronet.

—¿Acaso conoce usted al inventor de ese pájaro?

—No sé nada, señor Orloff. Sólo digo que es una máquina asombrosa. Esas personas deben de haber estudiado a fondo el vuelo del cóndor, el de las águilas y el de los albatros.

—¿Y hasta dónde intentarán arrastrarnos?

—¿Quién lo sabe? Mientras haya en las carboneras una tonelada de combustible, yo no dejaré al Rey del Aire. También él agotará su provisión y supongo que no debe ser mucha a juzgar por la poca cabida del huso.

—¿De qué género será entonces? ¿Usted lo sabe, señor barón? A mí me parece que ese maldito pájaro no quema nada; ni carbón, ni petróleo, ni bencina, porque no veo ninguna chimenea y no diviso sobre él la menor traza de humo.

—Es cierto —dijo Teriosky, que se había puesto, de pronto, pensativo—. ¿De qué especie será la máquina? Debe desarrollar una fuerza extraordinaria para poner en movimiento las gigantescas alas y todas aquellas hélices. Ya lo sabremos cuando con una terrible andanada le precipitemos en el mar.

—Pero me parece que por ahora no tiene ninguna intención de exponerse al tiro de nuestra artillería.

—Pues yo no desespero de sorprenderle —dijo el barón, que ahora miraba hacia septentrión—. He aquí a mi aliado que desciende de los bancos de Terranova.

—¿El poudrin? ¿Para qué nos va a servir esa niebla?

—Más adelante lo sabrá usted, señor Orloff. Ya la encontraremos fuera del golfo y será más espesa.

En tanto la carrera continuaba. El Tunguska, viendo que no podía competir con la máquina voladora, había moderado un poco, para no agotar a los maquinistas y fogoneros y no derrochar el combustible, manteniéndose siempre por encima de los veinte nudos.

El Rey del Aire había regulado también su marcha de modo que se conservara una distancia de mil ochocientos metros, con una elevación de mil quinientos, para encontrarse fuera del tiro de las gruesas torres. A mediodía, el Tunguska navegaba en pleno Atlántico. La máquina voladora, después de pasar a la vista de Cabo Bretón, dobló decididamente hacia el sur.

—¿A dónde quiere arrastrarnos? —se preguntaba el barón, no sin alguna inquietud—. ¿Quiere presentarnos combate lejos de las costas y de las islas americanas? ¡Vive Dios! Ahora que la he encontrado, no dejaré la presa, suceda lo que quiera.

A los lejos, como ya lo había previsto, ondulaba en espesa cortina el poudrin.

Aquella densísima niebla blanquecina que se forma sobre los bancos de Terranova como consecuencia del encuentro de la corriente del Gulf-Stream, todavía caliente, con las corrientes frías que descienden del océano Ártico, cubre extensiones inmensas y es origen de muchos desastres.

Lo saben especialmente los pobres marineros franceses, ingleses y americanos que se emplean en la pesca del bacalao. Cada año ocasiona esa niebla grandísimas pérdidas a las flotillas que van a anclar sobre los bancos.

Pero las grandes cortinas avanzaban, no obstante, con mucha lentitud, extendiéndose hacia levante, sin envolver, al menos por ahora, ni la máquina voladora ni el crucero.

Pero no debían tardar en envolver al uno y al otro.

En efecto, hacia las cuatro de la tarde, cuando los dos adversarios se encontraban casi a la altura del Cabo Sable, que es el último y peligrosísimo islote que se encuentra al sur de Nueva Escocia, el poudrin, empujado por vigorosas rachas que soplaban del septentrión, cayó sobre el barco de guerra, ocultándolo a la vista del Rey del Aire.

—Ya llegó la famosa niebla —dijo Orloff abordando al baronet, que paseaba nerviosamente ante la torre de proa—. ¿Qué haremos ahora?

—Esperar —respondió brevemente el señor de Teriosky.

—¿No lo aprovechará ese maldito pájaro para eclipsarse?

—Hubiera podido hacerlo antes con la potente máquina que posee, mejor que la nuestra. Si se ha sostenido a la vista, quiere decir que lleva su mira al arrastrarnos lejos de las costas.

—¿Y si se aprovechase de esto para atacarnos?

—Según nosotros no le vemos, no nos verá él a nosotros, señor Orloff, ¿no le parece a usted?

—Pero no será sordo ese señor Rey del Aire; nuestra máquina produce bastante ruido para atraer la atención hasta de un sordo.

En lugar de responder, el baronet entró en el block-house y telefoneó a los oficiales de máquina:

—Parar hasta nueva orden.

Después volvió a salir, encendió un cigarro y se puso a fumar, diciendo a Orloff, que le miraba con extrañeza:

—Esto está hecho, comandante. Dentro de poco el Tunguska estará inmóvil.

El crucero, impulsado por el empuje poderoso de sus hélices, recorrió aún cuatrocientos o quinientos metros; después se paró, balanceándose fuertemente, por estar el Atlántico un poco movido.

Un profundo silencio reinó bien pronto a bordo. Todos callaban con la mirada fija en el aire, como si temiesen ver aparecer entre la niebla la terrible máquina.

El poudrin se hacía densísimo con rapidez. A la primera cortina habían sucedido otras, apretándose en torno del buque, empujadas por las rachas que descendían de septentrión. Los hombres de la guardia de proa no divisaban a los de popa. Los palos militares parecían haber desaparecido.

El baronet continuaba paseando ante el block-house, fumando constantemente. Orloff le seguía, maldiciendo contra la humedad que le estropeaba el tabaco de la pipa, que funcionaba malísimamente.

Los oficiales estaban inmóviles junto a las torres, preparados para mandar el fuego.

En lo alto no se oía nada; solamente en torno del buque mugía el Atlántico con murmullo amenazador.

Transcurrieron dos horas. Creciente ansiedad invadía a toda la tripulación.

¿Qué hacía el Rey del Aire? ¿Se dispondría a inundar el barco de granadas, o se había alejado? La ansiedad de sufrir un ataque imprevisto de aquel inapresable enemigo que de tan poderosos medios de destrucción disponía, les trastornaba a todos.

Únicamente el baronet conservaba maravillosa calma y continuaba fumando cigarros sin demostrar la menor preocupación.

Hacia las seis, cuando la oscuridad era completa y los marineros se preparaban a encender las luces de posición para evitar alguna colisión, lanzó una orden seca:

—¡Nada de luces!

Después hizo llamar a los oficiales de las piezas.

—Cada pieza va a disparar ahora diez tiros —les dijo—. Disparen en todas direcciones con la mayor elevación. Si la maldita máquina se ha aprovechado de la niebla para descender y asegurarse de si estamos parados o continuamos la marcha, caerá sin duda despedazada. Preparen las chalupas de vapor y bótenlas al mar. Si los enemigos caen, procuraremos pescarles.

Profundo silencio reinó en el crucero durante algunos segundos. El baronet, después de dar sus órdenes, se retiró al block-house con Orloff y los oficiales encargados de transmitir sus órdenes.

Doscientos fusileros alineados en las bordas y armados con carabinas de largo alcance, se disponían a acribillar el espacio hasta la altura de dos mil quinientos metros.

En las torres se oyó a los jefes de pieza gritar:

—¡Preparen!

Pasaron otros dos o tres segundos y en seguida el Tunguska se cubrió de llamas y resplandores siniestros y un estruendo espantoso retumbó en el interior de la espesa cortina de niebla.

Las seis piezas de 203 disparaban furiosamente, lanzando en todas direcciones, a la mayor altura posible, sus formidables granadas de segmentos, inmediatamente imitadas por las doce piezas de tiro rápido de 20 centímetros y por las catorce de 76 milímetros.

A aquel estrépito espantosamente ensordecedor se unían de cuando en cuando nutridas descargas de fusilería.

Proyectiles de acero y proyectiles de plomo desgarraban la niebla; en lo alto se veían brillar de cuando en cuando explosiones y relámpagos de fuego, deshaciendo los espesos vapores.

Aquel estrépito infernal duró tres o cuatro minutos; pasados los cuales, cesó bruscamente, por haber consumido las piezas las cargas que les había asignado el comandante.

También los oficiales habían dado la orden de cesar el fuego de fusilería.

El baronet y Orloff, seguidos del Estado Mayor del buque, se lanzaron fuera del block-house, mientras las chalupas a vapor se alejaban, lanzando agudos silbidos.

Todos esperaban ver la máquina voladora acribillada, deshecha por aquel huracán de acero y plomo, caer sobre la cubierta del Tunguska; pero nada de esto se verificó.

Ni un grito se había oído en torno del crucero ni ninguna masa había descendido a través del poudrin. Aquel inapresable pájaro del Rey del Aire ¿había logrado una vez más esquivar los efectos del bombardeo o había continuado su carrera tranquilamente? ¿Quién podría decirlo?

Las dos chalupas a vapor describieron un ancho círculo, auxiliadas por los focos eléctricos de los palos militares del crucero, y volvieron a bordo sin haber encontrado la máquina voladora.

—Son más astutos de lo que yo creía —dijo Orloff al baronet, que, como acostumbraba, se retorcía rabiosamente los rubios bigotes—. Al primer cañonazo debe de haberse elevado, poniéndose fuera del alcance de las piezas y de los fusiles.

Iba a responder al baronet, cuando se oyó una lejana detonación.

—Son ellos que responden a la provocación —dijo Orloff.

—¿Tienen también, entonces, cañones? —gritó Teriosky—. No pretenderán, supongo, destruir mi crucero con una pequeña pieza.

La detonación repercutió largamente a través de la niebla y se fue desvaneciendo, alejándose.

—Pieza de pequeño calibre —dijo el baronet, alzando los hombros—. Si acaso, buenas contra un trasatlántico, pero no para un barco con blindaje.

Estuvo un momento en silencio; después continuó:

—Partamos y salgamos pronto de entre esta niebla.

La orden fue transmitida a los ingenieros de las máquinas y poco a poco se puso en marcha el crucero, a veinte nudos de velocidad.

Tres horas fueron suficientes para atravesar la capa de niebla que había avanzado bastante en el Atlántico; después las estrellas se volvieron a ver… y con ellas también la máquina infernal.

Un verdadero alarido de furor, seguido de una salva de maldiciones, estalló entre la tripulación del crucero.

Un vago terror comenzaba a invadir a todos aquellos ánimos. ¿Sería el diablo en persona aquel Rey del Aire? Entre los más supersticiosos había muchos dispuestos a creerlo así.

—Nos persigue —dijo el baronet—, o mejor dicho, nos precede. Pues bien, veamos adonde quiere arrastrarnos.

Dio orden a la máquina de acortar la velocidad hasta diez nudos, para conservar intacta una buena provisión de carbón, y el Tunguska se puso a seguir a la máquina voladora, que aparecía como una mancha del diámetro aparente de la luna, sosteniéndose a gran altura.

El alba no trajo consigo ninguna variación. El crucero continuaba descendiendo hacia el Atlántico meridional, y el pajarraco, como Orloff le llamaba, le precedía.

Durante la jornada el comandante hizo dispararle algún cañonazo con las piezas de treinta centímetros, pero con el acostumbrado resultado negativo.

Decididamente la artillería moderna era impotente contra aquel ingenio.

Al tercer día llegaba el Tunguska a los parajes de Munn’s Riff, peligrosísimo banco que se encuentra perdido en medio del Atlántico, casi a la altura de la isla Nantucket, pero a bastantes centenares de kilómetros de distancia y que es temido particularmente por los trasatlánticos que zarpan de Boston para Europa occidental.

El baronet iba a decidirse a causa del mal estado de la mar, a modificar el rumbo del crucero, dejando que la máquina voladora les pasara por encima, cuando en lo alto resonó un disparo.

«¿Qué deseaba el Rey del Aire?».

Estaba Teriosky haciéndose esta pregunta, cuando resonó una segunda detonación y una bala fue a deshacer una de las dos chalupas de vapor suspendidas en los pescantes de estribor.

No había equivocación: el Rey del Aire presentaba batalla al crucero.

Capítulo V. Un terrible combate

A aquel segundo cañonazo que no dejaba dudar acerca de las intenciones belicosas del terrible Rey del Aire, los artilleros, a pesar de su convicción de que no podrían oponer gran resistencia al formidable ataque aéreo, se arrojaron a las torres, mientras los hombres de servicio despejaban rápidamente la cubierta.

El pájaro, seguro de su impunidad, descendía sobre el crucero con fulmínea rapidez, tendiendo sus inmensas alas casi inmóviles y sus planos inclinados, rígidos.

A mil metros se detuvo y se puso a girar cual siniestra ave de rapiña, alrededor del Tunguska, como si intentara herirle en algún punto vital.

—¡Fuego a discreción! ¡Toda la fusilería a cubierta! —telefoneó el baronet.

Por segunda vez el magnífico barco de guerra se cubrió de fuego y de humo.

Cañones grandes y pequeños, piezas de tiro rápido y ametralladoras disparaban como enloquecidos. Granadas de segmentos y balas perforantes desgarraban el aire, unas dando estampidos rumorosos y otras zumbando sordamente.

Trescientos fusileros estaban colocándose en la cubierta para rechazar el ataque, cuando tres o cuatro proyectiles, bombas de una potencia extraordinaria, cayeron de lo alto, entre los dos palos militares explotando con inaudita violencia.

El Rey del Aire desalojaba los puentes, despedazando la obra muerta y accesorios y haciendo estrago en los hombres.

Los fusileros caían a docenas y la granizada de bombas continuaba implacable. ¿Eran torpedos que llovían sobre el pobre crucero u otros instrumentos de destrucción semejantes? ¿Quién podría decirlo en aquellos momentos de horrible confusión?

El hecho era que el Tunguska, a pesar de su formidable artillería y su pesada coraza, se encontraba completamente a merced del enemigo.

Bastaron cinco minutos para aniquilarlo completamente. Los palos militares, quebrados por su base por la infernal tempestad de granadas, cayeron sobre la toldilla, encorvando el buque sobre estribor.

La coraza saltaba destrozada en pedazos, que caían al mar, las murallas se doblaban, las torres eran hendidas, obligando a los artilleros a refugiarse en las baterías.

Toda la cubierta estaba envuelta en llamas y las piezas gruesas yacían por el suelo desmontadas.

El baronet, pálido como un lienzo lavado, asistía a la destrucción de su barco sin pronunciar una palabra. Defendido por la enorme cúpula del block-house, había escapado a la muerte hasta ahora.

De pronto la granizada de proyectiles cesó, pero ya no funcionaban las máquinas y habían sido arrancadas las hélices del crucero que, privada también del timón, iba garreando hacia el banco fatal, arrastrado por las olas.

Teriosky salió del block-house y miró a lo alto.

La máquina voladora estaba a solo quinientos metros sobre el Tunguska, continuando impertubable sus giros concéntricos.

En una asta colocada en la proa del huso aparecieron algunas banderas de señales. Decían brutalmente:

«Si no os rendís antes de cinco minutos os echaremos a pique antes de que podáis encallar».

—Es preciso contestar, señor barón —dijo Orloff, que parecía vivamente conmovido—. Usted ha hecho todo lo humanamente posible por abatir a su adversario. Usted no tiene la culpa si no es el más fuerte.

El señor de Teriosky le miró sin responder. Parecía que en pocas horas había envejecido cinco años.

Los oficiales de Estado Mayor le habían rodeado, interrogándole ansiosamente con la mirada.

Continuar la lucha era imposible. El Tunguska no podía, de manera alguna, defenderse del ataque que venía de lo alto y no era ya más que un montón de hierro viejo destrozado, y para colmo de desgracia, de un momento a otro parecía que iba a perder el equilibrio bajo el peso de los palos militares y de las dos enormes piezas de sobre cubierta, todo lo cual gravitaba sobre estribor.

—Señores —dijo con voz tonante—. ¿Ustedes creen que toda resistencia sea inútil?

—Tenemos a bordo quinientos hombres cuya vida hay que ahorrar —respondió el teniente de navío.

—¿Ustedes atestiguarán ante el Almirantazgo que yo he hecho todo lo posible por librar al Atlántico de la terrible máquina voladora?

—Sí, señor barón —respondieron todos a una voz.

—Pues bien… arríese la bandera que anunciará nuestra rendición.

Hizo ademán de llevar la mano a la funda de su revólver, pero Orloff y un teniente rápidamente le detuvieron.

—¿Qué va usted a hacer, señor barón? —dijo el primero, arrancándole de un golpe el arma.

—Cuando el comandante de un barco se rinde, se mata, para no asistir al descenso del pabellón de la patria —respondió el barón con voz profunda—. Mi carrera ha terminado.

—Aún no, señor —respondió Orloff—. Los hombres de mar, y usted lo sabe mejor que yo, cuentan siempre con la revancha.

Cogió el revólver y, con un movimiento rápido, lo arrojó al mar, y añadió:

—Esto no vale lo que una pieza de treinta centímetros.

El baronet, que por un momento había parecido anonadado, levantó la cabeza.

—Tiene usted razón, señor Orloff. En el fondo del alma del marino queda siempre alguna cosa, especialmente si el marino es un hombre de guerra.

—Además —añadió después de algunos momentos de silencio—, tengo curiosidad por saber qué es lo que desean esos hombres.

—¿Y el barco, comandante? —preguntó el segundo de a bordo.

—Dejadlo que derive hacia el banco; de todos modos está perdido y no volverá a Rusia… ¡Abajo la bandera!

La máquina voladora continuaba sus giros como gozándose en la agonía del poderoso crucero, al que tan fácilmente había vencido.

Las banderas, pidiendo inexorablemente la rendición, ondeaban siempre en el asta de proa del huso.

La bandera se deslizó lentamente por la cuerda del árbol militar de popa, al mismo tiempo que la del asta.

Los jefes de pieza y muchos viejos contramaestres lloraban. Los oficiales de Estado Mayor estaban palidísimos.

Aquella doble arriada era la muerte del crucero.

—¡Señales con las banderas! —gritó el baronet, que parecía haber reconquistado de un golpe toda su sangre fría—. Decidles que nos dejen varar en el banco para impedir que el crucero se vaya a pique.

La respuesta del Rey del Aire no se hizo aguardar:

«Esperamos».

El Tunguska, desde que sus máquinas habían cesado de funcionar, se iba a la deriva. Aún ardían los inmensos hogares, haciendo girar los árboles motores privados por segunda vez de sus hélices.

Nadie se había ocupado de apagar los últimos residuos de carbón, ahora que el combustible encerrado en las amplias carboneras no tenían ningún valor.

El Tunguska no era ya más que un gigantesco despojo destinado pronto o tarde a terminar en el fondo del océano como los trasatlánticos de la Compañía Teriosky.

El maldito pájaro le acompañaba, describiendo de cuando en cuando espirales que le empujaban hasta tres mil metros, como si temiera una imprevista sorpresa, no ya por parte de la artillería, sino de los mausers, cuyos proyectiles podían subir muy altos y estropearle las alas o los planos horizontales.

Después se precipitaba como un cuerpo muerto, deteniéndose entre los mil y los mil quinientos metros, sosteniéndose con maravillosa precisión sobre los puentes del desgraciado crucero.

La gran masa de acero, empujada por las ondas que venían del septentrión, avanzaba hacia el banco de Munn’s Riff, sobre el cual rompían con extremado furor las olas con un estruendo infernal.

La máquina aviadora le había sorprendido apenas a quinientos metros de los primeros bajos, de modo que la carrera era brevísima.

El Tunguska, oscilando espantosamente y siempre escorado a estribor, se acercaba.

De cuando en cuando se desprendían, cayendo al mar, pedazos de la coraza, dando una sorda zambullida que producía un efecto desastroso en la tripulación, reunida sobre la toldilla.

Les parecía a aquellos valientes que fuesen pedazos de la patria rusa que se precipitasen en los báratros del Atlántico.

De pronto se sintió un choque violentísimo en la popa. El Tunguska había chocado en el bajo y la popa se había levantado, hundiéndose luego pesadamente en las arenas tenaces del Riff.

El baronet no se movía. Prefería que su barco terminase su vida sobre la superficie a verlo desaparecer bajo el Atlántico.

Además tenía que responder de la vida de cuatrocientos hombres.

Al encallar, no se produjo ninguna confusión entre la tripulación, acostumbrada ya a mirar con serenidad los mayores peligros.

Los oficiales para asegurar la posición del crucero e impedir a las olas derribarlo, hicieron fondear inmediatamente las anclas y arrojar al mar los dos palos militares, que eran la causa principal de desequilibrio.

En aquel momento aparecieron en el asta de proa del huso otras banderas de señales.

«¿Estáis dispuestos a responder?» —preguntaba el Rey del Aire.

«Sí» —fue la respuesta del crucero.

«Se invita al comandante a embarcarse solo en una de las chalupas a vapor y venir a parlamentar con el Rey del Aire. Si se niega volveremos a bombardear».

«Concedednos diez minutos para resolver».

«Esperamos» —fue la contestación de la máquina voladora.

El baronet, con una seña, llamó a su alrededor a todos los oficiales del crucero.

—¿Han entendido ustedes? —les dijo—. ¿No tienen ustedes nada que decir?

—Una pregunta, señor barón —dijo el segundo capitán de navío—. ¿No le cogerán prisionero esos hombres? La condición que imponen de que vaya usted solo ya me hace sospechar.

—Cuando se trata de la vida de cuatrocientos hombres, un capitán no debe titubear —respondió el barón—. Si me negase, volvería a empezar la lluvia de granadas y tendría lugar una espantosa hecatombe.

—El Tunguska, de todos modos está perdido, comandante. Al primer temporal nos veríamos todos barridos.

—Puede pasar un barco y recogernos antes de que nos sorprendiera un huracán. Este banco no está alejado de la ruta seguida por los trasatlánticos. Además no creo que el Rey del Aire sea un bribón en el verdadero sentido de la palabra: podría ocurrir que fuera un vengador.

—Acaso usted sabe algo —dijo Orloff.

—También podría ser eso —respondió evasivamente el barón.

Sacó el reloj y miró la hora.

—Ya han transcurrido seis minutos —continuó—. Que boten al agua la lancha de vapor pequeña. No tengo temor de ir a conocer al Rey del Aire.

—¿Y si lo hicieran prisionero? —insistió el capitán de navío.

—En ese caso haré lo posible por convencer a ese señor, en nombre de la humanidad, para que avise al primer barco que pase para que venga a recogerles a ustedes. Si nos ha perdonado la vida, cuando habría podido, continuando la lluvia de bombas, hundirnos antes de llegar aquí, quiere decir que no debe de tener intención de hacernos morir de inanición sobre este banco. Tengan ustedes confianza en mí.

Un agudo silbido le avisó que la pequeña lancha a vapor estaba ya en el agua y su máquina bajo presión.

Estrechó las manos de sus oficiales, contestó al saludo de los cuatrocientos hombres alineados en la cubierta y descendió a la chalupa, que se lanzó a toda máquina hacia el septentrión.

También la máquina aérea se había puesto en movimiento, volando rápidamente en aquella dirección. Se mantenía a una altura apenas de quinientos metros e iniciaba un lento descenso hacia el océano.

El baronet siguió su marcha hasta que vio aparecer en el asta otras banderas que señalaban:

«Paraos».

Dieron contravapor a la chalupa que, después de un último empuje, se paró, dejándose mecer por las olas.

La máquina voladora descendía con rapidez. Cayó apenas a quince metros de la lancha, teniendo las alas perfectamente rectas, posando sobre el agua los planos horizontales que le servían de balancines, y clavando en el mar su quilla reluciente.

El pájaro se había dejado posar como un gigantesco albatros que deseara tomar un breve reposo.

Sobre la proa se presentó en el acto un hombre que, quitándose la gorra, dijo en correcto ruso:

—Buenos días, señor. ¿Tengo el honor de hablar, si no me engaño, con el señor barón de Teriosky?

El comandante del Tunguska no pudo refrenar un movimiento de extrañeza al verse conocido por un hombre a quien no recordaba haber visto hasta aquel momento.

Pero en seguida se repuso, y contestó:

—Sí, soy el baronet de Teriosky, comandante del Tunguska. ¿Y usted, quién es?

—Me llaman el Rey del Aire.

Por breves instantes se miraron los dos hombres con vivísima curiosidad; después Ranzoff —porque era precisamente el capitán del Gavilán— volvió a decir con perfecta cortesía:

—Le suplico que acepte mis excusas por el modo verdaderamente brusco con que he tratado a su magnífico crucero, pero usted convendrá en que tenía perfecto derecho de defenderme, desde el momento en que la guerra estaba lealmente declarada entre mi Gavilán y los trasatlánticos de la Compañía Teriosky. Usted me ha atacado y con su encarnizada persecución desbarataba mis planes.

—Yo, señor, defendía mis vapores, que usted se divertía en echar a pique.

—No los vuestros, señor barón, sino los de su padre —corrigió Ranzoff, con una ligera punta de ironía.

—Que un día debían llegar a ser míos, señor —dijo el comandante del Tunguska, un poco molestado—. Yo soy su único heredero y usted me ha privado de algunos millones para regalárselos inútilmente al océano, que no tenía ninguna necesidad de ellos.

—Si su padre no viviera, yo acaso hubiera dejado tranquilos a sus trasatlánticos, porque las personas por cuenta de quienes obro no hubieran tenido motivo de venganza.

—¿De quién quiere usted hablar? —preguntó el baronet, que parecía profundamente impresionado.

—De las víctimas de su padre —respondió Ranzoff con voz grave.

El comandante del Tunguska se sonrojó como una muchacha; después palideció espantosamente, al tiempo que con un gesto rápido se secaba algunas gotas de sudor que resbalaban por sus sienes.

—Mi padre se ha vuelto loco —dijo con voz sorda—. En Rusia lo sabe todo el mundo,

—Lo cual no le ha impedido arruinar a dos hombres honrados, confiscándoles sus riquezas en provecho propio y haber raptado su hija a uno de ellos, mandándoles, por último, desterrados, a uno a Siberia y al otro a Sajalin.

El baronet se dejó caer sobre el banco de popa, completamente anonadado, sosteniendo su cabeza entre las manos, presa de profunda desesperación, mientras Liwitz, ayudado por dos marineros, detenía con un bichero la lancha de vapor, acercándola suavemente al Gavilán y atracándola.

Al sentir el pequeño choque, volvió a levantarse el barón.

—¿Quién le ha informado a usted de esa vergüenza cometida por la locura de mi padre? —preguntó.

—Tenga usted la bondad de subir a mi máquina voladora y le presentaré a los acusadores de su padre.

El baronet titubeó un momento y dirigió una mano al estuche del revólver, vaciado afortunadamente por Orloff, acaso con intención de servirse de él contra sí mismo antes que contra el Rey del Aire; después, haciendo un esfuerzo de voluntad repentino, saltó a la escalera de popa del Gavilán, poniendo el pie sobre la toldilla.

Los seis marineros del Gavilán, con Liwitz a la cabeza, estaban alineados en la misteriosa máquina armados con fusiles; detrás de ellos había otras personas en las que el baronet no se fijó.

A una seña de Ranzoff, la tripulación presentó las armas al capitán del Tunguska, después se dividió en dos, dejando al descubierto a Wassili y al excomandante del Pobieda.

A popa estaban sentados, y también con armas, Rokoff y Fedor.

El baronet, al ver ante sí a los dos hermanos víctimas de su padre, lanzó un agudo grito y después dio dos o tres pasos atrás, cubriéndose el rostro con las manos.

—¡Vosotros!… ¡Vosotros! —exclamó con angustia.

—Sí, nosotros mismos, primo —respondió Wassili—. ¿No pensabas encontrarnos aquí, sobre este tremendo ingenio de guerra que desafía impunemente a los trasatlánticos de tu padre y los potentes buques del Gobierno ruso, no es cierto?

—¡Vosotros!… —repitió el baronet.

Pero pronto una intensa reacción sustituyó a aquella violenta postración.

—Y bien, ¿qué queréis ahora de mí? —preguntó con voz estridente, cruzando los brazos y adelantándose hacia sus primos—. ¿Mi vida por vengar la locura de mi padre? ¡Tomadla!

—Tu vida no bastaría para rehabilitarnos —dijo Boris—. Además, que no me restituiría a mi Wanda, infamemente raptada por tu padre.

—Tienes razón, comandante —dijo el barón, tranquilizándose de pronto—. Mi vida no debe extinguirse para poder auxiliar a la rehabilitación del excomandante del Pobieda y del ingeniero. Mi padre ha obrado como un verdadero miserable, o mejor dicho, como un loco. Mi deber de hombre de honor es borrar la mancha que él ha arrojado sobre el blasón de Teriosky. ¡Perdonadme!

—A ti, primo, no te debemos ningún perdón, porque sabemos que no has tenido ninguna participación en este desgraciado asunto. Si no me equivoco, cuando tu padre urdió la intriga infernal que debía hacer de mí, honrado hombre de mar, un galeote de Sajalin y de mi hermano un minero de Alghasithal tú navegabas por Japón con el Amar.

—Es cierto, coronel —respondió el barón—. Hasta mi regreso a la patria no supe con horror todo lo que había hecho mi padre para robaros a Wanda, que él en su locura, cree que es mi hermana, vuelta a la vida entre las ondas del mar del Norte. Era ya tarde para pensar en vuestra rehabilitación, intenté convencer a mi padre para que reparara aquella infamia, y me contestó con una seca negativa, por miedo de quedarse sin tu hija, coronel, que ya adoraba con locura. Además, la deshonra hubiera caído sobre nuestra casa, y acaso otro en mi lugar, antes de comprometer a su padre, hubiera obrado como yo. Desde entonces no le he vuelto a ver. Partió para el Atlántico ecuatorial para buscarse un refugio ignorado por todos, porque siempre temía vuestro regreso de un momento a otro.

—Y se refugió en Tristán de Acuña, en el Inaccesible, ¿no es verdad, señor barón? —dijo Ranzoff.

—Es cierto. Él había visitado en su juventud aquel enorme escollo para buscar no sé que tesoros escondidos hace muchísimos años por los corsarios ingleses y conocía al dedillo aquel sitio.

—¿Llevó consigo muchos hombres? —preguntó Wassili.

—Unos cincuenta, reclutados entre los más terribles aventureros de los puertos del Báltico.

—¿Sabéis que ha dejado Tristán?

—Sí —respondió el comandante del Tunguska, después de breve vacilación—. Hará tres semanas que me llegó un despacho de Santa Elena. Me anunciaba que mi padre había salido de la isla en unión de sus hombres, a bordo de una pequeña embarcación de vapor que había llevado consigo, pero sin decirme para dónde.

—Perdonad, señor barón, ¿juraríais por vuestro honor ignorar dónde ha buscado refugio vuestro padre?

—Lo juro —respondió sin vacilar el comandante del Tunguska.

—¿Reprueba usted la conducta de su padre?

—En absoluto.

—En tal caso, ¿estará usted dispuesto a ayudar a sus primos en su rehabilitación?

—Sí, con todas mis fuerzas.

—¿Y hacer lo posible por indicarnos su nuevo refugio? Comprenderá usted perfectamente que su padre no tiene ningún derecho a tener prisionera a una muchacha que no es su hija.

—Ya le he dicho que mi padre es un loco.

—Entonces ahora fijaremos las condiciones, si usted quiere conservar la libertad y salvar a sus marineros —dijo el implacable Ranzoff—. Si las rechaza usted, le detendremos con nosotros como un precioso rehén y hundiremos con nuestras granadas los despojos del crucero.

—Estoy dispuesto a aceptarlas —respondió el baronet—. Hable usted, señor.

—Le concedemos a usted un mes para que nos haga saber dónde ha escondido su padre a la señorita Wanda Starinsky.

—¿Y cómo se lo voy a hacer saber? ¿Dónde? ¿En qué sitio?

—Bastará que expidáis un despacho en la oficina de Telégrafos de Boston, destinado al señor R. Ranzoff.

—¡Irán allí a recogerlo! —exclamó el baronet con sorpresa.

—Seguramente, ¿por qué no?

—¿Con la máquina voladora?

—¡Ah! Eso es otra cosa.

—¿Eso es todo?

—No, señor barón.

—¿Qué quieren ustedes aún?

—Decirle que ahora vamos a buscar un barco al que avisaremos que en el banco Munn’s Riff ha encallado un buque de guerra ruso y que algunos centenares de hombres esperan urgente socorro. Interrumpiremos nuestros cruceros por el Atlántico hasta que estemos seguros de que les hemos salvado. Aún tengo otra cosa que decirle.

—¿Qué?

—Que será usted reembolsado completamente de las pérdidas sufridas por la Compañía.

Esta vez no sólo el barón hizo un movimiento de intensa sorpresa; también Boris y Wassili miraron a Ranzoff, preguntándose mentalmente si habría también enloquecido como el barón.

—¿Es usted un nabab? —exclamó Teriosky—. Los tres buques echados a pique no le costaron a mi padre menos de un millón de dólares.

—Ese es el cálculo que yo había hecho aproximadamente —respondió el Rey del Aire con calma—. ¿Acepta usted nuestras condiciones?

—Sí, pero con una salvedad.

—Decidla.

—Yo les aseguro por segunda vez que ignoro en absoluto dónde se habrá refugiado mi padre, pero estoy seguro de que se encuentra en alguna isla muy conocida por él. Ustedes le atacarán y los aventureros que mi padre ha contratado se defenderán seguramente con encarnizamiento. ¡Perdonen ustedes a mi padre!

—Se lo prometemos —respondieron a una voz el Rey del Aire, Boris y Wassili.

—Son ustedes generosos; yo procuraré no serlo menos. ¿Estoy libre, señores?

—Su chalupa le espera —respondió Ranzoff.

El barón estaba parado ante sus dos primos. Parecía que en su ánimo se había entablado terrible lucha, a juzgar por la extremada alteración de su rostro.

De pronto dio un paso adelante, con las manos extendidas, diciendo con voz profundamente conmovida:

—Les juro, señores, que si mi padre en su locura ha cometido una acción infame, el hijo hará todo lo que pueda por repararla.

Estrechó las manos que el excomandante del Pobieda y Wassili le tendieron sin titubear, se quitó la gorra ante Ranzoff, que le saludaba, y después escapó saltando a la lancha de vapor, cuya máquina se mantenía bajo presión.

Liwitz retiró con rapidez el bichero, dejándolo libre.

El baronet hizo una última seña de adiós; después la lancha se dirigió al Tunguska, que continuaba inmovilizado en el banco.

Casi en seguida la máquina del Gavilán se puso a funcionar, y el pájaro maravilloso, después de deslizarse sobre el agua algunos centenares de metros para tomar impulso, se elevó majestuosamente en el aire.

—Ursoff —dijo Ranzoff—, dirige hacia la costa americana. Hemos prometido a Teriosky enviar en su auxilio algún barco y cumpliremos escrupulosamente nuestra palabra. Además, en nuestro interés está que vuelva a Europa cuanto antes, ¿no es así, señor Boris?

—Seguramente, si queremos saber dónde está escondido su padre.

—¿Está usted seguro que él cumplirá también su promesa?

—Es un hombre de guerra, un soldado y no tenemos motivo para dudar de su palabra de honor. El joven comandante no me parece capaz de cometer una traición.

—Yo tampoco dudo de su lealtad —dijo Wassili—. Él nos devolverá a Wanda e intentará nuestra rehabilitación.

—¡Por las estepas del Don! —tronó Rokoff—. Si no mantuviese sus promesas tendría que verse conmigo. Yo puedo volver a Rusia cuando quiera, y un comandante de marina no puede ocultarse como un cualquiera. El estrangularle no sería muy difícil para mis garras de oso negro, como Fedor llama a mis manos.

—Yo espero que no habrá necesidad de apelar a esos extremos ——dijo Ranzoff, riendo—. Usted es un hombre verdaderamente terrible.

—De otro modo no sería un cosaco —dijo Fedor.

Un toque de campana les avisó de que el cocinero de a bordo, no obstante tanta aventura emocionante, no se había olvidado de preparar la comida.

Entretanto el Gavilán se alejaba del banco, velocísimo, dirigiéndose hacia la costa americana, donde tenía esperanza de encontrar fácilmente algún trasatlántico con rumbo para Europa.

Ranzoff y Boris, que conocían perfectamente las rutas seguidas con preferencia por los buques que navegan entre ambos continentes, estaban seguros de encontrar pronto alguno.

Sin embargo, el Gavilán tuvo que recorrer sus trescientas millas antes de divisar un trasatlántico.

Desplegaba bandera francesa y parecía que proviniese de Boston, que era el puerto más cercano y también el más importante.

Al ver la terrible maquina voladora, ya conocida tanto en Europa como en América, la nave intentó huir primeramente, forzando la máquina, pero comprendiendo que todo esfuerzo sería inútil, se detuvo después de la primera intimación que la hicieron con banderas.

«¿Quieren echarnos a pique?», preguntó el trasatlántico, mientras una muchedumbre de emigrantes enloquecidos por el espanto invadían la cubierta dando alaridos.

El Gavilán, con asombro de todos, señaló lo que ya sabemos, es decir, que en el banco de Munn’s Riff había naufragado un crucero ruso y que cuatrocientos hombres estaban en peligro. Por lo cual les invitaba a cambiar inmediatamente de rumbo y marchar en socorro de los náufragos.

Pero Ranzoff había hecho una advertencia amenazadora.

«Cuidado, porque nosotros vigilaremos y si no os dirigís al banco os echaremos a pique a todos».

«¡Ya están advertidos!».

Y para hacer comprender al capitán que no bromeaba, el Gavilán siguió a distancia al vapor, que se había guardado de desobedecer aquella orden.

Hacia la puesta de sol, el Tunguska estaba a la vista. Continuaba semiacostado sobre estribor y no parecía que hubiera sufrido con los golpes de mar que el Atlántico descargaba sin cesar sobre el bajo.

El Gavilán, asistió, desde gran altura, al embarque de los náufragos, como para hacer comprender al capitán del trasatlántico que estaba pronto a efectuar su amenaza. Después, con una soberbia volada, pasó sobre el banco y desapareció hacia el Sur.

—¿Dónde nos va usted a llevar ahora? —preguntó Wassili a Ranzoff, que estaba observando con atención una costa del Atlántico meridional.

—A buscar los millones necesarios para pagar los vapores que hemos hundido a su primo —respondió el capitán, sin alzar la cabeza.

—¿Millones dice usted?

—¿Qué: únicamente ha de haber sido Teriosky afortunado en sus pesquisas? También yo me he ocupado de los tesoros escondidos en las islas perdidas en el inmenso océano. Ya me parece haber hablado antes de esto.

—Efectivamente, me acuerdo de ello.

—Bueno, por ahora vamos a cenar, amigos. Ya hablaremos sorbiendo el té y fumando un buen cigarro.

Capítulo VI. El tesoro de la Trinidad

La cena, compuesta casi exclusivamente de pesca, perfectamente conservada en la heladora del Gavilán, en la cual no reinaban menos de 70° bajo cero, había sido devorada, el té había sido bebido y los cigarros encendidos.

Ranzoff y sus amigos, sentados a proa, respiraban a plenos pulmones el aire purísimo del Océano, mirando a las estrellas que se elevaban en el horizonte mientras el Gavilán apresuraba su carrera sosteniéndose majestuosamente entre el cielo y el agua.

Un gran silencio reinaba en torno a los hijos del aire, apenas roto por el ligerísimo rumor de las hélices, un silencio que únicamente puede encontrarse y gozarse en las más altas montañas del globo.

—Hemos comido y hemos encendido los cigarros —dijo de pronto Wassili volviéndose a Ranzoff— y la historia del tesoro no la hemos oído aún.

—Es verdad —respondió sonriendo el capitán del Gavilán—. ¿Qué quieren ustedes, amigos? Cuando me encuentro rodeado de este maravilloso silencio, lo olvido todo. ¡Ah! ¡La poesía del espacio!

—Dejaos de poesías y vamos a los millones —dijo Rokoff—. Estoy impaciente por hundir en ellos mis manos.

Ranzoff aspiró una tras otra tres o cuatro bocanadas de humo y después dijo:

—¡Ya veréis oro!

—Contad —dijo Wassili.

—Yo, por extraña casualidad, había oído muchas veces hablar de tesoros escondidos por piratas del Atlántico en las islas que se encuentran dispersadas entre la costa occidental de África y la oriental de América meridional.

«Ya han circulado muchas leyendas, que casi todos los marinos viejos conocen y que cuentan gustosos a sus jóvenes compañeros durante las grandes calmas.

»Probablemente también Teriosky, si es cierto que ha hecho su fortuna en esas islas, las habría oído a los lobos de mar descendientes de los antiguos corsarios.

»En una excursión al Brasil que yo hice hace muchos años a bordo de una goleta portuguesa, fue cuando tuve conocimiento de los enormes tesoros escondidos en la isla Trinidad, islote del pequeño grupo de Martin Vaz.

»El contramaestre de aquella goleta me había contado que en 1820 una banda de piratas del Atlántico, después de haber saqueado y echado a pique un barco español que llevaba un gran cargamento de oro, embarcado en no sé qué puerto del Perú, se vio obligada, a causa de una violenta tempestad, a buscar un momentáneo asilo en Trinidad, y que temiendo perder aquellas riquezas las había ocultado en una caverna y cerrado luego la entrada con un enorme peñasco».

—Ya conozco esa historia —dijo el excomandante del Pobieda, que escuchaba con atención—. ¿Lo ha encontrado usted?

—Sí, señor Boris, después de muchísimas pesquisas.

—¿Está usted seguro de que aún estará allí?

—Seguramente. Pero ¿por qué me lo pregunta usted? —preguntó el capitán del Gavilán, algo sorprendido.

—¿Cuándo lo ha encontrado usted?

—Hace dieciséis meses.

—Entonces sí se encuentra allí. La expedición del Halcón fracasó por completo.

—¡Del Halcón! —exclamaron a una Ranzoff y Wassili—. Explíquese, explíquese.

En vez de responder, Boris preguntó al capitán del Gavilán:

—¿A cuánto cree usted que asciende el tesoro?

—A cerca de un millón de dólares.

—Knight no se equivocó —dijo Boris.

—¿Quién es ese hombre? —preguntaron Ranzoff, Fedor y Rokoff.

—¿No han leído ustedes la expedición del Halcón, publicada en Inglaterra en 1889?

—No; respondieron todos a una voz.

—Entonces les diré a ustedes que el capitán E. F. Knight, un veterano del sport náutico, había sabido (acaso también él por un viejo marinero) que por los años alrededor del 1820 algunos corsarios habían escondido un gran tesoro.

«Un día zarpó de Southampton con su yate y una banda de aventureros con la esperanza de descubrir la caverna que debía contener aquel cúmulo de oro.

»El Halcón llegó con felicidad al islote, que cuentan es un pico volcánico rodeado de escollos peligrosísimos, pero cuando estaba haciendo un reconocimiento para encontrar un fondeadero donde estar a cubierto de las olas del Atlántico, la pequeña embarcación tropezó en una peña y se vio obligada a dirigirse a Bahía para reparar la vía de agua.

»Por último, después de muchas aventuras, el Halcón consiguió arribar a Trinidad y desembarcar una buena parte de sus aventureros.

»Se dedicaron con entusiasmo a excavar y hacer registros, pero ¡ay! ¡cuán inseguros son los negocios humanos!

»Emplearon cuatro meses en remover un derrumbamiento colosal; pero los compañeros de Knight aún no se han hecho millonarios.

»Debajo del cascote se descubrió una caverna y en ella se encontraron restos de corteza de quina y otras mercancías, lo bastante para demostrar que aquella gruta debía de haber servido realmente de almacén clandestino, pero que los piratas se habían llevado el oro, producto de sus rapiñas, antes de sobrevenir el terremoto.

»No obstante aquel fracaso, Knight y sus compañeros tuvieron, al regresar a su patria, un caluroso recibimiento por parte de aquellos yachtmen ingleses».

—Aquel pobre hombre no había tenido buen olfato —dijo Ranzoff que había escuchado con gran atención al excomandante del Pobieda—. Yo he sido más afortunado que él y he trabajado cuatro meses para remover el derrumbamiento, descubrir la caverna y encontrar aún intacto el tesoro. Cierto es que para llegar a aquella altura no serían suficientes las piernas de los hombres, porque allí debe haber tenido lugar un terremoto que ha echado abajo todas las cornisas y las plataformas superiores.

—¿Y cómo hizo usted para encontrar el escondite? —preguntó Rokoff.

—Por entonces no tenía a mi servicio más que a Liwitz. Ya hacía muchos días que estábamos reconociendo las cimas superiores del escollo, registrando todos los agujeros, cuando nos encontramos ante un derrumbamiento.

«Un enorme peñasco se había detenido entre los escombros, de tal modo, que el más pequeño empujón hubiera bastado para hacerle perder el equilibrio.

»En aquella época poseía algunos cartuchos de dinamita y, sospechando que aquellos escombros eran precisamente los que ocultaban la caverna, hice saltar al mar el peñasco.

»No me había equivocado en mis suposiciones. En el sitio que antes ocupaba la roca, se abría ahora una pequeña galería.

»Seguido por Liwitz, que se había provisto de una antorcha, la exploré y llegamos bien pronto a una espaciosa caverna, atascada de viejos fusiles, velas de recambio, barriles aún llenos de pólvora y bultos de mercancías, y entre todo aquello descubrí cuatro barricas, dentro de las cuales estaba el famoso tesoro escondido por los corsarios americanos».

—¡Qué emoción experimentaría usted en aquel momento, amigo Ranzoff! —dijo el cosaco.

—No excesiva —respondió el capitán del Gavilán, alzando los hombros—. Yo verdaderamente no he ansiado la riqueza, y Liwitz puede atestiguar que permanecí perfectamente tranquilo ante aquellas barricas que a cada hachazo dejaban escapar verdaderos torrentes de oro.

—No estaba yo tan tranquilo —dijo el maquinista, que se encontraba presente a la narración—. Daba saltos alrededor de los barriles y bailaba como un loco.

—Yo hubiera hecho otro tanto, joven —dijo Rokoff—. Es difícil permanecer tranquilo ante una montaña de oro, conseguida a costa de un mísero cartucho de dinamita.

—Prosiga usted, Ranzoff —dijo Wassili.

—No tengo nada más que decir —respondió el capitán del Gavilán—. Después de convencerme de que ningún ser humano que no poseyera una máquina para volar o por lo menos un globo, no podía llegar hasta allí por causa del precipicio, volví a emprender tranquilamente mi viaje.

—¿De modo que usted está segurísimo de que nadie ha podido tocar aquel tesoro? —preguntó Boris.

—Lo encontramos intacto. Si no fuera así, sufriría un golpe terrible, pero en eso no hay que pensar siquiera.

—¿Por qué un golpe terrible? —preguntó Wassili.

Ranzoff volvió a encender el cigarro que se había apagado durante la narración, y luego, mirando a la cara, primero al ingeniero y después al excomandante del Pobieda preguntó:

—¿Han prestado ustedes bien atención a cuanto ha dicho aquí el baronet?

—Seguramente —respondieron a una voz los dos hermanos.

—Entonces habrán oído que el viejo barón tiene consigo una cuadrilla de aventureros reclutados entre la peor chusma de los puertos del Báltico. ¿Cuántos son? No lo sabemos, pero con seguridad más que nosotros.

—Continúe usted —dijo Boris con ansiedad.

—Supongamos que ese loco se haya ocultado en cualquiera otra isla perdida en el Atlántico y que por temor de un golpe de mano por parte nuestra o por mejor decir de ustedes, se haya fortificado bien. ¿Qué podemos nosotros hacer en ese caso? No somos más que doce, sin duda valientes, pero muy pocos para expugnar un escollo.

—Confieso que no había pensado en ello —dijo Wassili—. Sois un hombre previsor, Ranzoff.

—Pues yo he pensado que se podría muy bien sacrificar un par de millones para fletar un buen buque para que coopere con nosotros y reclutar también un buen número de aventureros. En América, sea del Norte o del Sur, no faltan personas que por ganar un millar de dólares dejan la piel en los brazos del señor Belcebú, sin mirar atrás. ¿Les parece bien a ustedes?

—¿Y quién las reclutará? —preguntó Rokoff.

—Cualquiera de nosotros. No hay que preocuparse de ello por ahora. Y ahora, ya que la noche está tranquila, vamos a dormir.

Al día siguiente, por la noche, el Gavilán, que devoraba el espacio con velocidad fantástica, llegaba a la vista de las islas Bermudas.

Ranzoff, que no quería perder tiempo, aunque tuviese un mes por delante, antes que se pudiera saber algo del baronet, pues había que darle lugar a poder llegar a Rusia y expedir un cablegrama a Boston, decidió pasar sobre las islas en vez de rodearlas por Poniente o Levante.

Pero las cosas tuvieron que ser de otra manera, porque los insulares, al divisar aquella ave que hendía el aire con el ímpetu de un proyectil, le recibieron con nutridas descargas de fusilería, obligándole a elevarse con gran prisa.

—Ya que esos estúpidos nos obligan a alcanzar las grandes alturas, probemos a hacer una ascensión —dijo Ranzoff—. ¿Les disgustaría, amigos? Yo las he hecho magníficas en América y también en Asia.

—Subamos —respondió Wassili.

—Con tal de que no caigamos en la luna —dijo Rokoff.

—¡Bah!… No me disgustaría ir a fumar un cigarrillo allá arriba —dijo Fedor.

—E ir a ofrecer té a aquellos habitantes si es que los hay, ¿no es verdad, amigo?

—No habrá necesidad de ello, Rokoff —repuso el negociante.

—Sujétense ustedes bien fuerte a la balaustrada —mandó Ranzoff—. Liwitz, da el máximo impulso a la máquina y deja funcionar solamente las alas y la hélice de proa. Para la de popa.

—Sí, señor —respondió el maquinista.

—¿Preparado?

—¡Fuera!

El Gavilán se había inclinado bruscamente con la proa hacia arriba, apoyándose en la popa; después se lanzó oblicuamente.

Las alas batían el aire febrilmente y las hélices giraban con tal velocidad que no se veían.

Ranzoff, colocado ante un barómetro suspendido en una vigueta, contaba en voz alta:

—Dos mil… tres mil… cuatro mil… cinco mil…

El Gavilán subía siempre con una trepidación sonora, con la proa siempre en alto. Parecía un tren directo lanzado hacia la luna o hacia el sol.

La temperatura descendía con rapidez y los hombres comenzaban a experimentar síntomas de malestar. Las arterias y el corazón les latían febrilmente y sus oídos zumbaban de modo extraño.

De cuando en cuando sufrían algunos mareos.

Únicamente Ranzoff y Liwitz, que probablemente estaban ya acostumbrados a las grandes altitudes, parecía que no experimentasen ningún síntoma.

El primero miraba constantemente, ora al barómetro, ora al termómetro.

—¡Nueve mil! —dijo de pronto—, y 14° bajo cero.

—¿Quiere usted llevarnos hasta la misma luna? —preguntó Rokoff, que se mantenía desesperadamente agarrado a la balaustrada de acero—. Arriba se debe respirar muy mal. Me parece que el pecho se me desgarra poco a poco y que los pulmones no quieren funcionar.

—Y yo experimento la sensación de un hombre que hubiera bebido una pinta de vodka —dijo Fedor, que palidecía a ojos vistas.

Ranzoff no respondió; miraba siempre a los dos instrumentos.

—¡Diez mil! —le oyeron confusamente exclamar sus compañeros—, y 22° bajo cero. ¡Qué salto de temperatura! Liwitz, para las alas y las hélices. Los planos horizontales serán suficientes para dejarnos caer suavemente.

¡Ya era tiempo! Wassili, Boris, Rokoff, Fedor y hasta los seis marineros no se sostenían en pie. La asfixia les amenazaba.

El Gavilán volvió a su equilibrio, las alas continuaron abiertas e inmóviles, las hélices cesaron de funcionar.

La máquina voladora, sostenida por los planos, que le servían maravillosamente de paracaídas, volvía a descender hacia tierra con un fuerte balanceo que no tenía nada de desagradable.

Al paso que el Gavilán descendía, todos los individuos de la tripulación y los amigos de Ranzoff se sentían revivir.

La opresión, los ronquidos, el febril latir del corazón y las arterias desparecían con rapidez.

—¡Por las estepas del Don! —exclamó Rokoff, que ahora respiraba a plenos pulmones el aire tibio y vivificante, del océano—. Yo ya no podía más.

—Estas pruebas suelen ser peligrosas para quien no está habituado a las grandes altitudes —respondió Ranzoff, mientras Liwitz descorchaba una botella de cognac y lo ofrecía a todos.

—Sin embargo —dijo Wassili—, hay hombres que viven impunemente a alturas extraordinarias sin experimentar perturbaciones de ningún género.

—El organismo humano es como el de las plantas —respondió Ranzoff—. Se adapta maravillosamente así a los grandes fríos como a los grandes calores; a las hondonadas como a las grandes altitudes. Mientras las plantas se detienen a ciertos niveles, vemos a los esquimales vivir pacíficamente a 60° bajo cero y hasta los siberianos a 70°, y en cambio los africanos soportan temperaturas altísimas que llegan a veces, como en el Senegal, a los 48°, y otros resisten allí donde el aire está muy enrarecido.

—Es verdad —dijo Wassili—. En Europa hay unos pocos pueblos, como tres o cuatro de la Engadina, situados por encima de los 1860 metros, y en América ciudades considerables colocadas aún más altas y cuyos habitantes viven sin experimentar algún malestar.

«Por ejemplo: Méjico está situado a 2290 metros. Quito a 2900. Cuzco a 3470. La Paz a 3720 y Potosí a 4165.

»La mayor parte de las poblaciones del Perú y Bolivia viven por encima de los 3000 metros, y entre aquellas montañas hay antiguos caminos construidos por los incas que se elevan hasta los 3610 metros».

—Pero donde más resiste el hombre es en el Tibet —dijo Boris.

—Sí —respondió el ingeniero—. El paso de Mostaz, por ejemplo, se encuentra a 5800 y gran parte del año lo recorren gran número de peregrinos que se dirigen a Lassa y al Tengri-Noor.

»En Hamlo hay un monasterio de lamas que se encuentra a 5099 metros, y aquellos eremitas se sienten perfectamente.

—Pues yo me encuentro mejor cerca de la corteza terrestre —dijo Rokoff.

—Porque no está usted acostumbrado a las grandes altitudes como Liwitz y yo —respondió Ranzoff—. Sin embargo, en el viaje por el Asia realizado con usted y su amigo Fedor, atravesamos los más altos pasos del Tibet y no me he apercibido más que de una cosa.

—¿Cuál? —preguntó Rokoff.

—Que para calentarse bebía usted como una esponja —respondió riendo el capitán del Gavilán.

—Ya sabe usted que un cosaco siempre tiene sed.

—Yo también lo he notado ahora —dijo Fedor—. Se quedó olvidada la botella de cognac entre sus manos y este bribón se la ha bebido toda sin darse cuenta.

Una explosión de risa acogió la observación del negociante de té.

—Ahora que está vacía se la regalo a los peces —dijo el cosaco—. Por lo menos disfrutarán del perfume.

La arrojó por encima de la balaustrada y se había inclinado para ver dónde iba a caer, cuando lanzó un grito:

—¡Un monstruo! ¡Una ballena!

Todos se precipitaron sobre la balaustrada.

El Gavilán, que había seguido descendiendo lentamente, sostenido por los planos horizontales, se encontraba en aquel momento a sólo ciento cincuenta metros de las superficie del océano, y Liwitz, que lo había advertido, iba a poner en movimiento las alas y las hélices. Un cetáceo gigantesco, que medía lo menos dieciséis metros de longitud, completamente negro, aterciopelado por el dorso y argénteo por los flancos, con gran espina dorsal triangular, se encontraba precisamente debajo del Gavilán y había recibido en la cabeza el botellazo del cosaco.

Parecía que, efectivamente, le había disgustado el proyectil caído de lo alto, porque en seguida se puso a lanzar por las dos ollares inmensos chorros de agua pulverizada.

—¡Una poescopia! —exclamó Boris.

—¡Una ballena, en una palabra! —dijo Wassili.

—Y de las más vivaces.

—¡Si pudiéramos apresarla! —dijo Rokoff.

—¿Qué querías hacer con ella? —preguntó Ranzoff.

—Comernos por lo menos un pedazo.

El capitán del Gavilán permaneció un poco silencioso, observando con atención al gigantesco cetáceo; después preguntó a Boris:

—¿Es macho o hembra?

—Hembra —respondió el excomandante del Pobieda—. Allí está el ballenato que la sigue, casi por completo sumergido.

—¿Nunca han probado ustedes la leche de ese cetáceo?

—Sí, señor Ranzoff.

—Dicen que no es mala, ¿es cierto?

—Es posible.

—El intenso frío de nuestra despensa la hará mejor y nos servirá perfectamente para mezclarla con el té.

—¿Qué va usted a hacer, Ranzoff?

—Apoderarme del cetáceo —respondió el capitán del Gavilán—. El ballenato es ya bastante grande para poder proporcionarse por sí mismo los medios de vida. ¡Ursoff!

—¡Señor!… —contestó el timonel.

—¿Está cargado el cañoncito?

—Lo estará en seguida.

—Carga el arpón grande de caza.

—En seguida, señor.

—¿Qué va usted a hacer del arpón? —preguntó Wassili.

—Me proveo de lo necesario para si llegan las ocasiones poder hacer grandes pescas.

—Es decir, matar al cetáceo de un cañonazo o con una de las terribles bombas.

—No; es que voy a hacer un experimento.

—¿Cuál?

—Ya te lo diré después. ¡Diablo! También viajo algo para hacer estudios —dijo Ranzoff—. ¿Estamos preparados, Ursoff?

—Cuando usted quiera, señor.

El timonel en vez de cargar la pequeña pieza de artillería con un proyectil, introdujo en el ánima una larga asta de hierro que terminaba en una hoja casi triangular, con los bordes exteriores afiladísimos y los internos a ambos lados del mango, muy anchos y gruesos.

Era un arpón moderno, en uso hace ya varios años entre los balleneros, especialmente entre los noruegos.

Ranzoff hizo introducir la boca de la pieza por el escoben de proa para poder emplear un ángulo bajo, y apuntó cuidadosamente al cetáceo que continuaba nadando descuidadamente a flor de agua, engullendo por quintales los cangrejillos de mar, el famoso manjar de las ballenas, que no se encuentra solamente en los mares árticos y antárticos como se cree generalmente.

Pastaba con la misma tranquilidad de una oveja en el prado, sin preocuparse mucho del ballenato, que jugueteaba dando vueltas a su alrededor, apareciendo y desapareciendo para rozar con su ancho hocico el cuerpo aterciopelado de la madre.

—Pobre animal —dijo Fedor—. Merecía que se le perdonase.

Se inclinó sobre la pieza, corrigiendo por segunda vez la puntería, mientras Ursoff colocaba a lo largo de la balaustrada de babor la gruesa cuerda alquitranada que se unía a la lanza por dos o tres metros de cadena para impedir que la pólvora la incendiase.

Pocos instantes después resonó una débil detonación a bordo del Gavilán. Ranzoff había hecho fuego.

El largo dardo salió silbando, desarrollando la larga cuerda con rapidez fulmínea, y fue a clavarse hasta más de la mitad de la dermis grasa del animal, un poco a la derecha de la espina dorsal.

—¡Herida! —gritaron a una voz Rokoff y sus compañeros.

—Otro, mañana o dentro de una semana la mataría de igual modo —respondió Ranzoff—, y acaso ese otro no estuviera escaso de víveres como nosotros. La necesidad es ley para el viajero, lo mismo del aire que del agua.

—¡Cuerda, cuerda, Ursoff!… —gritó Ranzoff.

La ballena se hundía juntamente con el ballenato, agitando furiosamente la poderosa cola.

Verdes oleadas se levantaban alrededor de ella, y las espumas se teñían de rojo.

La sangre salía a torrentes por el enorme desgarrón producido por el arpón.

El negro dorso desapareció, creando una pequeña vorágine, mientras la cuerda, que tenía una longitud de trescientos cincuenta metros, continuaba desarrollándose.

—¿Y ahora? —preguntó Wassili, mirando a Rokoff.

—Esperemos que salga a flote y que nos remolque.

—¿Y nos arrastrará al fondo del océano? —preguntó el cosaco.

—Cortaríamos en seguida la cuerda, señor Rokoff, pero creo que no había que llegar a ese extremo. Si no quiere morir asfixiada, se verá obligada a volver pronto a flote. El aire que para los peces es suficiente, no lo es para aquel coloso.

—¿Entonces le haremos fuego?

—Ya tiene bastante —dijo Boris—. Estos arpones producen siempre heridas mortales. Foyn, el antiguo ballenero noruego, tuvo una magnífica idea al sustituir a la antigua lanza con las espingardas y los cañones. Por lo menos así no corren peligro las chalupas.

La cuerda no se hundía más, antes al contrario, cedía bastante, señal evidente de que el cetáceo volvía a la superficie del océano.

—¡Atención! —dijo el excomandante del Pobieda que durante sus largos cruceros por el océano había presenciado más de una vez la aprehensión de aquellos monstruos que habitan en las aguas saladas.

Sobre la superficie del mar, que en aquel momento estaba tranquilo, reinando casi completa calma, se apercibió un fuerte remolino.

De improviso apareció el cetáceo con un empuje inmenso, sacando del agua más de la mitad del cuerpo; después se fue a fondo con un ruido ensordecedor, lanzando un sonido formidable que tenía algo de metálico.

Afortunadamente la cuerda que le unía al Gavilán se había aflojado mucho; de otro modo, indudablemente la máquina voladora hubiera sufrido una sacudida peligrosa.

Por unos momentos el cetáceo, que parecía enloquecido por el dolor que le producía la grave herida, giró sobre sí mismo, sacudiendo en todas direcciones terribles coletazos; después emprendió la carrera hacia el Sur, arrastrando al Gavilán. Mientras esto ocurría, Ranzoff seguía por su cuenta una serie de cálculos.

—¿Qué hace usted? —le preguntó Wassili, mientras Liwitz, a una seña de su capitán, detenía por algunos momentos el movimiento de las alas y de las hélices.

—Quiero formarme una idea de la fuerza de tracción de este gigantesco pez —respondió el capitán del Gavilán.

—¿Y qué ha obtenido usted?

—Que esta ballena, que debe pesar unas sesenta toneladas, posee una fuerza de ciento cincuenta caballos de vapor y alguna fracción. Es un experimento como otros muchos.

—Que puede llegar a ser peligroso. El Gavilán sufre sacudidas terribles.

En lugar de responder, Ranzoff hizo otra seña a Liwitz, y la máquina voladora, en vez de dejarse remolcar, emprendió a su vez la carrera, sosteniéndose sobre el cetáceo.

—¡Por las estepas del Don! —exclamó Rokoff—. Este animal va como un torpedero de alta mar.

—Mucho más, capitán —respondió Ranzoff.

—¿Durará mucho esta endiablada carrera?

—Menos de lo que usted cree. El pobre cetáceo se va aniquilando rápidamente. Mire usted cuánta sangre arroja de la herida.

En efecto, la ballena se fatigaba. De cuando en cuando se zambullía completamente, intentando calmar los dolores atroces producidos por el terrible arpón; después volvía a flote, lanzando alaridos formidables.

El ballenato, a su vez, había desaparecido, obligado por la madre, porque esos valientes cetáceos aman con abnegación a su prole y se sacrifican gustosos con tal de salvar a sus hijos.

La furiosa carrera duró una hora larga; después el cetáceo se detuvo por primera vez, vomitando por los ollares chorros de rojiza agua.

Aquella era la señal de su próximo fin; jadeaba poderosamente con ruido a veces semejante al del trueno lejano.

Aún se sumergió tres o cuatro veces, sacudiendo con furor la cola y la fuerte espina dorsal; luego se detuvo por segunda vez.

El inmenso cuerpo retemblaba todo como si experimentase incesantes sacudidas.

De pronto la enorme masa se desplomó sobre la espalda. La ballena había muerto.

—Vamos a recoger la leche —dijo Ranzoff—. Las ubres están muy llenas y extraeremos algunos barriles.

—¡Pobre animal! —dijeron Rokoff y Fedor.

—La lucha por la existencia es así, mis queridos señores —respondió el capitán del Gavilán—. Desde que el mundo ha creado los seres, el más fuerte ha dado fin siempre del más débil.

Capítulo VII. El buque fantasma

Cuarenta y ocho horas después de la caza de la ballena, el Gavilán, que había seguido descendiendo hacia el Sur con gran velocidad, llegaba a la vista de Trinidad, la isla del fabuloso tesoro.

Como casi todas las tierras que emergen del Atlántico, el grupito de Trinidad es de naturaleza volcánica y de difícil arribada hasta para pequeños barcos, por estar rodeado de escollos peligrosísimos, con la costa casi por todas partes tajada a pico.

Se encuentra a unas trescientas millas al Norte del trópico de Capricornio y a un millar de millas de Río Janeiro, la capital de Brasil.

Como ya hemos dicho anteriormente, es de naturaleza volcánica, de igual modo que Ascensión. Picos y otros islotes, pero no es absolutamente árida, viéndose en ella minúsculos vallecitos que verdean.

Trinidad, la mayor del grupo, es apenas de tres millas de largo y una media de ancho, y a pesar de las numerosas tentativas hechas para colonizarla por los ingleses y brasileños, ha permanecido hasta hoy desierta.

Únicamente de vez en cuando arriban a ellas algunos cazadores para hacer verdaderas hecatombes de aves marinas, especialmente gaviotas, procelarias y golondrinas.

Cuando el Gavilán, después de pasar por encima de la larga fila de escollos, se posó en la cumbre de la isla, llamada Ninepin, que se eleva en forma de torre de doscientos cincuenta y ocho metros, dominando el verdeante vallecito del Sugar Loaf, inmensa nube de gaviotas se precipitó sobre el huso, sacudiendo furiosamente las alas.

Eran algunos millares y parecían todas enfurecidas y dispuestas a dar la batalla, por tener sus nidos en aquella plataforma de la gigantesca torre. Una descarga de fusiles hecha por Rokoff y Fedor puso en fuga a los poco peligrosos volátiles, y el Gavilán pudo descansar tranquilamente sobre el pico, no sin espachurrar con su casco algunos centenares de huevos.

—Ya estamos sobre el terreno del tesoro —dijo Rokoff, saltando sobre la roca armado con su fusil, temiendo un nuevo ataque de los batallones alados.

—La caverna de los corsarios no está más que a unos cuantos pasos de nosotros —respondió Ranzoff—. Se abre hacia la parte occidental.

—Creo, sin embargo, que estos pajarracos nos van a fastidiar un poco antes de llegar allí —dijo Wassili—. Parece que se han constituido en defensores del tesoro.

—Les fusilaremos, amigo. Liwitz, vengan los fusiles de caza.

Las gaviotas, las estarnas blancas, las procelarias, los Dysporus piscator, a los cuales se habían unido últimamente algunos grandes albatros de pico robustísimo, se preparaban efectivamente a defender, si no el tesoro, al menos sus nidos.

Volvían de nuevo a la carga, por regimientos, con un alboroto ensordecedor, batiendo las alas sobre los rostros de los intrusos, intentando cegarles.

Nadie hasta entonces había visto un encarnizamiento semejante por parte de unas aves relativamente pequeñas. Los menos valientes eran precisamente los grandes albatros que se mantenían prudentemente detrás de la falange, contentándose con manifestar su indignación por aquella violación del domicilio con sonoros graznidos.

—Parece que rebuznan como asnos —dijo Rokoff, disparando contra la nube plumífera.

Ranzoff, sus amigos y hasta los marineros, se habían puesto también a disparar locamente, fastidiados por aquellas molestas manifestaciones más ruidosas que otra cosa, porque todas aquellas aves no se atrevían a atacar directamente a los intrusos.

Pero los exploradores tuvieron, contra su deseo, que ejecutar una verdadera carnicería para librarse de aquellos importunos.

Después de recorrer un centenar de pasos caminando sobre un verdadero pavimento de huesos, o como decía chistosamente Rokoff, sobre una inmensa tortilla, llegaron al borde occidental de la plataforma.

Un magnífico panorama se ofreció allí a las miradas de los exploradores.

El océano se extendía ante ellos, chispeando bajo los inflamados rayos de sol que caían casi a plomo, cruzado únicamente por miríadas de aves marinas que jugueteaban sobre la cresta de las olas o en las cavidades de la eterna oleada del Atlántico.

Al Sur, se destacaba claramente sobre el luminoso horizonte la isla de Martín Vaz, con su contorno de escollos y sus rocas imponentes y casi inaccesible.

Más allá surgían de las aguas miriadas de minúsculos islotes corroídos, desgastados por la acción incesante de las olas.

Un aire purísimo, vivificante, impregnado de salitre, llegaba a cortas rachas hasta la cima de la plataforma, dilatando los pulmones.

—Éste es un lugar maravilloso —dijo el cosaco que no estaba callado ni un momento—. No faltan ni los pájaros ni las tortillas; ¿qué más podría desear un robinsón?

—Un fiel Viernes y antropófagos que le quiten el sueño —dijo Fedor.

—¿Quién es ese Viernes?

—El criado de Robinsón Crusoe.

—¡Ah! Yo no entiendo de esas cosas. Ese señor es desconocido en la estepa.

—Descendamos por aquí —dijo en aquel momento Ranzoff, después de observar con atención las cornisas que se prolongaban en bastante número bajo el margen extremo, unidos entre sí por una serie de canalones—. ¿No ven ustedes allí el derrumbamiento?

—Sí —respondieron a una voz todos sus compañeros.

—Liwitz, ¿traes las antorchas?

—Tengo conmigo una media docena —respondió el maquinista.

—Seguidme, y cuidado en dónde se ponen los pies, porque el que caiga rodará hasta el mar y se despedazará contra los escollos.

—Si no concluye devorado por los tiburones —añadió Rokoff, que había visto surgir algunas colas en las inmediaciones de las escolleras.

Sosteniéndose unos a otros y adelantando con mil precauciones, descendieron a lo largo del primer canalón y llegaron con felicidad a la pequeña plataforma interior.

Los escombros que habían cegado la caverna del tesoro, tantas veces buscado y no encontrado por los aventureros de Knight, comenzaban precisamente allí.

Una enorme cornisa, corroída acaso por las aguas o hecha saltar a propósito por los corsarios que en 1820 ocuparon el islote, estaba arruinada, cubriendo con sus cascotes buena parte del lado oriental del Ninepin.

—Despacio, amigos —dijo Ranzoff, que abría la marcha—. Si ocurre bajo nuestro peso otro derrumbamiento, rodaremos todos al mar. El sitio más escabroso para subir es éste.

Se internaron en un segundo canalón, casi obstruido por tierras y fragmentos de rocas, y al cabo de cinco minutos llegaron a otra cornisa más ancha que la primera.

El capitán del Gavilán lo siguió por una docena de metros y después se paró ante una abertura que tendría un para de metros de circunferencia.

—Liwitz —dijo—. Enciende antorchas.

Tomó una, se echó en tierra y se internó arrastrándose, seguido por todos los demás.

Allí se abría una galería que debió de ser abierta por el esfuerzo del hombre, bastante baja y también muy estrecha.

Era un verdadero milagro el que Rokoff, con su corpachón de oso negro lograse pasar por allí.

Avanzaron una quincena de pasos y se encontraron en una vasta caverna natural, bastante alta para que cualquier granadero pudiese estar en ella cómodamente en pie, y a las miradas de los rusos y de los cosacos apareció una veintena de grandes barricas con las duelas ya casi desquiciadas y a través de cuyas rendijas habían escapado no pocas libras esterlinas.

Ranzoff, que además del fusil iba armado con una pequeña hacha, descargó un golpe formidable sobre el más próximo.

Pronto un raudal de oro, que arrancó a Rokoff un grito de maravilla, se esparció por la caverna, con un agradable sonido metálico.

—¿Ven ustedes? —preguntó Ranzoff con su calma acostumbrada—. Son verdaderas libras esterlinas saqueadas seguramente en algún buque inglés. En tres o cuatro barricas hay también barras de oro purísimo, verdadero oro de minas, robado de algún navío español que vendría de los puertos de Chile o el Perú. Sabían trabajar bien aquellos salteadores del mar.

—¿Y cómo no volverían a recoger sus barricas? —preguntó Fedor.

—Naufragarían o serían colgados en los penoles de algún crucero inglés —respondió Ranzoff.

—Entonces la historia del tesoro hubiera quedado ignorada —observó Rokoff.

—Puede haber ocurrido que alguno se salvara del agua o de la cuerda y que luego no tuviera medios para organizar una expedición a esta isla. De otro modo nadie hubiera sabido nunca nada.

—¿Cuánto oro contendrán estos barriles? —preguntó Wassili.

—Unos veinticinco millones de pesetas —respondió el capitán del Gavilán. Tenemos bastante para poder indemnizar con largueza al barón y repartir todavía un buen montón de oro que nos permitirá vivir sin preocupaciones.

—¡Dividir ha dicho usted! —exclamó Rokoff.

—Ésa es la frase exacta —dijo Ranzoff—. ¿No le gusta a usted, Rokoff?

—Cierto que no, capitán. Pero no acierto a comprender por qué piensa usted dividir, cuando este río de oro le debe pertenecer a usted exclusivamente.

—Calle usted, Rokoff. Entre amigos no se debe discutir. Lo dicho, dicho está, ¿no es verdad, Wassili?

El ingeniero hizo con la cabeza una señal de asentimiento, acompañada de una sonrisa.

—Además —continuó el capitán del Gavilán—, aún me queda otro tesoro, aunque no tan grande como éste, y que me he comprometido a repartir con el hijo del capitán Summers si logro descubrirle.

—¿Escondido en otra isla? —preguntaron a una voz los tres rusos y el cosaco.

—Sí, amigos, en una isla que ya hemos visto. Tengo la sospecha de que el barón Teriosky fue a poner su nido en el Inaccesible, con la esperanza de apoderarse de él.

—¿Entonces en estas islas del Atlántico se esconden ríos de oro? —dijo Rokoff—. ¿Serán verdades o leyendas?

—Ya tienen ustedes aquí una prueba de si son leyendas —respondió Ranzoff—. Pero ése de que hablo no fue escondido por los corsarios del Atlántico. Es una historia curiosísima que yo oí de la misma boca de Howard Summers, hijo del capitán del mismo nombre.

—De modo que, sin quererlo, está usted haciendo competencia al barón en la busca de tesoros —dijo Wassili.

—Es verdad, amigo, y sin que sepa que tiene un formidable rival.

—También esa historia debe de ser interesante —dijo Fedor.

—Extrañísima —respondió Ranzoff—, y que yo he logrado conocer gracias a un afortunado encuentro hecho en América, en Jackson, hace algunos años. En aquella época yo no pensaba de ningún modo en registrar las islas del Atlántico. Pero después de una conversación tenida con el señor Summers, se me ocurrió la idea, de igual modo que al barón de Teriosky, de hacerme yo también cazador de tesoros, y no me he arrepentido.

En aquel momento entraron en la caverna los seis marineros del Gavilán.

—Por ahora bastará con embarcar un par de barriles —les dijo el capitán—. Con ello habrá bastante para tomar a sueldo algunos aventureros, si hay necesidad de ellos, y también para fletar un barco.

Mientras los seis marineros dirigidos por Liwitz destrozaban dos barriles, llenando de libras esterlinas grandes canastas que habían llevado consigo, el capitán del Gavilán que, de igual modo que sus compañeros se había sentado sobre unas peñas, volvió a reanudar su narración.

—Según decía, por una combinación especial conocí a un cierto señor Summers, que una noche en que habíamos bebido acaso algo más de lo acostumbrado me hizo la siguiente interesantísima narración:

«Su padre era propietario de un bergantín que se llamaba el Hark, de la matrícula de Filadelfia y comerciaba activamente entre las Antillas y las ciudades de América del Sur.

»En 1858, volviendo de un crucero a las Indias Orientales, encontró en Filadelfia a un antiguo compañero, el capitán Handerson. Sabiendo que estaba sin compromiso, le ofreció el puesto de segundo de a bordo y partieron juntos para los mares del Sur.

»Era en la época en que los Estados Unidos del Norte sostenía terrible guerra con los del Sur para obligar a éstos últimos a concluir con la esclavitud de los negros.

»Summers como buen patriota, volvía hacia septentrión para ofrecer sus servicios y su barco al Gobierno, cuando una furiosa tempestad le sorprendió en medio del Atlántico.

»El Hark, sacudido por el oleaje y medio desarbolado, fue arrojado hacia Levante en dirección a Tristán de Acuña. Durante siete días, el barco, combatido por la tempestad, erró sin gobierno, cuando apareció en el horizonte un crucero de los Estados del Sur.

»Divisar al bergantín y ponerse en su persecución para darle caza fue obra de un momento.

»Summers, que poseía, guardadas en una caja, treinta y cinco mil libras esterlinas, hizo esfuerzos desesperados para huir a la persecución y logró llegar a una minúscula bahía cerrada por tal número de escollos, que al crucero sudista se le quitaron las ganas de seguirle allí dentro.

»Desgraciadamente el Hark no pudo tampoco avanzar mucho a causa de aquellos obstáculos».

»Summers llamó al segundo y le dijo:

»—Tengo en mi camarote una caja con 35 000 libras esterlinas. Ayúdame a transportarla a tierra sin que la tripulación se aperciba de lo que encierra. Si tenemos la suerte de escapar de los sudistas, dividiremos mis riquezas.

»Así fue convenido y hecho. Los dos capitanes embarcaron en una chalupa, llegaron al fondo de la bahía y fueron a esconder la preciosa caja en una caverna conocida sólo por los dos.

»En tanto los marineros arribaban a su vez, mientras el crucero echaba a pique al Hark a cañonazos, alejándose después a toda máquina, sin ocuparase de los náufragos.

»Aquel islote formaba parte del grupo de Tristán de Acuña; pero cuál sea de los existentes, no se ha dilucidado aún con precisión, pero yo no desespero de encontrarlo un día u otro y poner mi mano sobre la caja para dividir el tesoro con el hijo del capitán Summers».

—¿Y qué fue de los náufragos? —preguntó Boris, que había escuchado el relato con vivo interés.

—La tripulación del Hark permaneció algunos meses en el islote, llevando la vida de Robinsón y alimentándose con aves marinas, hasta que un día, cansados de aquella existencia, arreglaron las canoas para dirigirse a Tristán de Acuña.

«Los dos capitanes embarcaron en la más pequeña y los restantes náufragos ocuparon las dos balleneras.

»Pero la misma noche estalló una tempestad que separó la embarcaciones, y solamente Summers y Handerson lograron, tras de esfuerzos prodigiosos, alcanzar la isla.

»De los marineros nada se volvió a saber. El Atlántico debió de habérseles tragado.

»Algunos días después el capitán Summers, enfermo de viruela, moría, y algunos meses después Carlos Handerson era recogido por un buque americano y conducido a Nueva Orleans».

—¿Y no volvió a recoger la preciosa caja?

—No lo creo —respondió Ranzoff—, porque no poseyó nunca los medios suficientes para fletar un barco y dirigirse al islote.

—¿Qué nadie sabe dónde se encuentra?

—El hijo de Summers me ha dado datos que podrían ser exactos. Se cree que el islote, que precisamente por esto se llama Summers, se encuentra a los 38°, 71' de latitud meridional y a los 64° 32' de longitud oriental.

—Cuando tenga tiempo iré a comprobar la costa y a buscar la caverna. Pero ya hemos charlado bastante y hemos olvidado que estamos escasos de víveres. ¿Les agradaría la caza de tortugas? Aquí abundan, ¿no es cierto, Liwitz?

—¡Por Baco! —exclamó el maquinista—. La primera vez que estuvimos aquí cogimos en una sola noche más de ciento y llenamos la despensa de huevos excelentes.

—Que nos han servido para obtener un aceite exquisito —dijo Ranzoff.

—Es cierto, señor.

El capitán del Gavilán sacó su reloj y miró.

—Son la seis —dijo—. Tenemos el tiempo preciso para descender al valle de Sugar Loaf.

Salieron de la caverna y habiendo ya sacado los marineros el oro recogido, obturaron por precaución la entrada, amontonando algunos peñascos, y descendieron por otra canal que parecía terminar en la verdeante llanura del Sugar, la única que estaba cubierta de hierba, si bien tan dura y seca que hasta las cabras la habrían despreciado.

El sol, rojo como un disco de fuego, descendía lentamente hacia el mar, proyectando horizontalmente sus últimos rayos, mientras una fresca brisa comenzaba a soplar de Poniente.

Abajo, en el fondo del valle, entre las rocas, se oía el rumor de los torrentes, despeñándose alegremente, y más lejos, hacia la costa, graznaban las aves marinas siempre numerosísimas.

Saltando de saliente en saliente, resbalando a lo largo de las canales o sobre los detritus rocosos desprendidos del gran derrumbamiento, los cinco exploradores llegaron bien pronto al extremo del valle y se dirigieron hacia una orilla baja y arenosa que se extendía en forma de arco, formando una minúscula bahía.

Era aquel un verdadero puesto para tortugas, porque a esos reptiles les gustan las orillas bajas y arenosas, ya que no pueden subir a las laderas rocosas ni los pequeños parapetos por la pequeñez de sus garras y el peso desproporcionado del caparazón.

Además, donde falta la arena no se presentan, porque necesitan de ella para depositar los huevos.

—Tenemos que esperar la salida de la luna —dijo Ranzoff—. En cuanto el astro nocturno se digne mostrar sus alegres facciones, veremos salir del océano verdaderas columnas de tortugas, porque ésta es la estación del desove, en que confían a la arena la incubación.

«Acaso ahí abajo habrá ahora millares, pero a nosotros no nos conviene dejarnos ver aún. Esos animales son muy desconfiados y temen bastante al hombre».

Se escondieron detrás de una roca, encendieron pipas y tabacos, según el gusto de cada cual, y esperaron conversando en voz baja, segurísimos de hacer una buena provisión de carne y de huevos.

—¿Y qué vienen a hacer aquí esos animales? —preguntó Rokoff, que era el más curioso de la compañía.

—Ya lo he dicho —respondió Ranzoff—. A poner bajo la arena colosales tortillas.

—¿Son buenos esos huevos?

—Casi tanto como los de gallina.

—¿Y para qué los entierran en la arena?

—Para no tomarse la molestia de incubarlos. De igual modo que los cocodrilos, encargan al sol el cuidado de madurarlos.

—¿Para ello excavarán agujeros?

—Se comprende. Casi siempre en el mes de febrero dejan los mares para acercarse a las islas.

«Ante todo reconocen minuciosamente, durante varios días, las orillas, para asegurarse si las amenaza algún peligro; y luego arriban, siempre de noche, después de ponerse el sol, y con las patas posteriores, que son muy largas y armadas con fuertes uñas encorvadas, excavan una fosa ordinariamente casi de un metro de ancha y de dos pies de profundidad, bañando las paredes con sus orines para amasar mejor la arena.

»El deseo de desovar es tan irresistible en esos animales, que aun estando llenas las hoyas vienen otras tortugas a depositar los suyos, destrozando muchos de los que ya hay en ellas».

—¿Son grandes esas tortugas? —preguntó Fedor.

—Algunas pesan hasta cincuenta kilogramos.

—¿Y qué ocurre cuando se rompen, ya incubados los huevos? —preguntó Wassili.

—Las tortuguitas nuevas esperan la noche para escapar al mar. Se ha observado que saben dirigirse siempre, por instinto, a las playas.

«Algunas veces se ha hecho la prueba, de meter en un saco algunas recién nacidas, llevándolas lejos del mar, entre las rocas, y sin embargo han sabido dirigirse hacia el agua».

—Tendrán la orientación de las palomas mensajeras —dijo Boris.

—Es probable, coronel.

—¿Y dice usted que de Jos huevos se saca un aceite excelente? —preguntó Rokoff.

—Bastante mejor que el de oliva —respondió Ranzoff—. Se echan los huevos en grandes recipientes de agua, se rompen con una pala, mezclándolos bien, y se deja la mezcla expuesta al sol, hasta que la yema sale a flote y se amalgama perfectamente. Él aceite se recoge y se cuece a un fuego vivísimo. Así preparado, queda aclarado, no tiene olor desagradable y toma un tono amarillento bellísimo. Sin embargo, es necesario que los huevos haga poco tiempo que estén depositados y que el embrión no haya empezado a desarrollarse.

«En toda la América del Sur es muy apreciado y en algunas ciudades del Amazonas y del Orinoco, en cuyos ríos se hace extraordinaria recolección de huevos, no se vende a menos de un duro el frasco».

—¿Cuántos huevos pondrá como término medio cada tortuga? —preguntó Boris.

—Entre ciento y ciento veinte —respondió Ranzoff—, pero muchísimos son rotos por las mismas tortugas que invaden las hoyas ya llenas.

En aquel momento, Liwitz, que estaba en observación en la cima de una roca que dominaba la orilla, llegó corriendo.

—Ya vienen —dijo.

—¿Ha salido la luna? —preguntó Ranzoff.

—En estos momento empieza a mostrarse.

—Vengan ustedes, amigos; necesitamos más carne que huevos.

Se levantaron en silencio y dieron la vuelta a las rocas, después de haber apagado cigarros y pipas.

Ante ellos se extendían dunas de arena, detrás de las cuales podían observar sin exponerse al peligro de alarmar a los deliciosos reptiles.

Del mar surgían a batallones las desovadoras.

Eran grandes animales, de peso alrededor de los cuarenta a los cincuenta kilogramos.

Se habían dispuesto en varias filas y excavaban apresuradamente las hoyas con las robustas garras, deponiendo huevos sobre huevos.

Con frecuencia estallaban riñas entre aquellos reptiles, porque los últimos llegados, para no perder tiempo, intentaban aprovecharse de los hoyos ya excavados.

—Volvedlas sencillamente sobre el dorso —dijo Ranzoff a los compañeros—, es la mejor manera de impedirlas huir hacia el mar y zambullirse. Los marineros se encargarán del resto.

Los seis hombres se lanzaron a la playa gritando a pleno pulmón.

Las tortugas, espantadas, dejaron las hoyas, arrojándose en confusión hacia el océano, pero se encontraron el camino cortado por Rokoff y Liwitz.

En menos de un cuarto de hora, más de sesenta animales se encontraban vueltos sobre el dorso. Las otras habían logrado huir, pasando entre las piernas de los cazadores.

—Tenemos aquí carne bastante para poder vivir más de un mes —dijo Ranzoff—, y huevos bastantes para sacar algunas docenas de frascos de aceite y hacer tortillas gigantescas. Mañana veremos de hacer la recolección.

La noche se había puesto verdaderamente fría, por lo cual volvieron a subir el valle del Sugar, llegando felizmente a la plataforma del Ninepin.

Al día siguiente el Gavilán descendió hacia la playa y recogió las pobres tortugas, cargando tres o cuatro millares de huevos, y hacia el anochecer del mismo día abandonaron la isla, aunque el tiempo, que hasta entonces se había mantenido hermoso y calmado, empezaba a empeorar.

Grandes nubes negras venían del lado del Brasil, empujadas por un viento frescachón, y el océano empezaba a rizar su superficie lisa hasta entonces, murmurando sordamente. Poco a poco aumentaba el oleaje, chocando las ondas unas con otras con extremada violencia.

—Espero que este huracán no nos molestará mucho, ¿no es cierto, Boris? —preguntó Ranzoff, que se había colocado al timón.

—En estas regiones generalmente estallan con extremada rabia, pero suele tener brevísima duración —respondió el excomandante del Pobieda—. Seguramente tendremos un aguacero diluvial.

El Gavilán aumentó su marcha luchando contra el viento que le embestía de través, haciéndole dar de cuando en cuando saltos que le sacaban de rumbo.

Hacia las diez, los relámpagos primeros rompieron la profunda oscuridad que envolvía el océano, y los truenos se mezclaron a los rugidos del oleaje y al silbido agudísimo de las rachas.

—Mejor hubiera sido continuar en Trinidad —dijo Wassili a Ranzoff, que se esforzaba por mantener al Gavilán sobre su ruta.

—O peor —respondió el capitán—. Las ráfagas hubieran arrojado el huso contra aquel caos de rocas, destrozándolo. No, Wassili; prefiero luchar en medio del océano sin estorbos delante ni detrás. Por otra parte, no hay motivo para asustarse. Si estos huracanes son formidables, ya ha dicho su hermano que son de corta duración. Si el viento continúa aumentando, nos dejaremos arrastrar hacia Levante. Por ahora no tenemos ninguna prisa.

Diluviaba furiosamente. Era un verdadero doldrum que se desplomaba sobre el Atlántico.

Ya no eran goterones lo que caía, sino verdaderos chorros de agua que golpeaban fragorosamente el huso, las alas y los planos horizontales. Los relámpagos se sucedían sin interrupción casi, iluminando siniestramente el océano tormentoso e inquieto y los truenos retumbaban cada vez más ensordecedores.

Había momentos en que parecía que entre las nubes se librase un gran combate naval con poderosa artillería moderna.

El Gavilán continuaba recibiendo violentísimos envites. Ranzoff, que temía por la suerte de las alas, iba a ponerse a la capa como dicen los marinos, o sea abandonarse al viento, cuando se oyó a Rokoff gritar:

—¡Un barco desarbolado!

Capítulo VIII. Los dramas del mar

Todos, al oír aquel grito, se habían encorvado sobre la balaustrada, mirando en la dirección que el cosaco señalaba con un brazo extendido.

A la intensa luz de los relámpagos pudieron divisar sin trabajo un gran buque de vela que no conservaba derecho más que un sólo mástil con dos velas hechas trizas por la furia del viento, y los palos, el mayor y el mesana, quebrados a la altura de las cofas.

Encorvado sobre estribor, iba arrastrado sin dirección, a merced de las olas.

Terribles golpes de mar barrían de cuando en cuando la cubierta, impidiendo a los navegantes del aire asegurarse de si el barco estaba abandonado o conservaba aún a bordo algún marinero.

—¡Un barco! —exclamó el excomandante del Pobieda.

—Y que si no me equivoco va sin gobierno —añadió Ranzoff.

—No tiene velamen ni arboladura, y acaso también ha perdido el timón.

—¿Llevará gente a bordo? —preguntó Wassili.

—Las olas lo barren de proa a popa y por eso será difícil asegurarse de ello por ahora —respondió Boris.

—Podríamos hacer alguna señal —dijo Ranzoff—. Si hay algún ser viviente, responderá.

—Ursoff, ¿está cargada la pieza?

—Si, capitán.

—Haz un disparo. Veremos si contestan con algún cohete.

El timonel, que era también el artillero del Gavilán, hizo tronar el cañón, aprovechando un momento en que la borrasca callaba para volver luego probablemente con más fuerza.

La detonación retumbó largamente entre las hondanadas de las olas, pero ninguna señal partió del velero.

—Acaso se habrá refugiado la tripulación bajo cubierta y no se atreverá a mostrarse por temor a ser bandos por los golpes de mar —dijo Boris.

—Vamos a verlo —dijo Ranzoff—. No abandonaremos a esos desgraciados y les seguiremos hasta que la tempestad haya cesado. Si hasta hace pocos días hemos sido naufragadores, ahora nos convertiremos en salvadores. Además, ese barco seguramente no pertenecerá a la Compañía Teriosky.

—No tiene barcos de vela —dijo Wassili.

Comoquiera que el buque iba donde le llevaba el viento, se hacía difícil seguirle.

Ranzoff, que había vuelto a tomar el timón, hizo describir al Gavilán un amplio semicírculo para evitar el peligro de que se separase demasiado bajo los poderosos soplos de las ráfagas; después le lanzó hacia el desgraciado velero, que sólo se encontraba a cinco o seis cables.

Pocos minutos después, el Rey del Aire y sus compañeros se encontraban encima precisamente del navío, que se desplomaba pesadamente en las cavidades de las olas, remontándose luego con gran trabajo, no sin dejarse arrebatar unas veces un trozo de la obra muerta, otras algún obenque o alguna escotilla u otro accesorio.

Los relámpagos se sucedían sin cesar, siempre vivísimos. Ranzoff y sus compañeros pudieron pronto convencerse de que al menos sobre la cubierta no había ningún ser humano.

—O la tripulación se ha salvado en las chalupas o las olas les han arrastrado —dijo Boris.

—Sin embargo, no lo abandonaremos —respondió Ranzoff—. Cuando el tiempo lo permita, haremos una visita al barco, si puede aguantar hasta entonces la fuerza de la marejada.

—Aunque esté muy cargado y muy desequilibrado, creo que hará frente al huracán —dijo Boris—. El casco me parece muy sólido y además se deja arrastrar sin oponer resistencia a las ráfagas. Cederá el palo trinquete por faltarle el apoyo de los otros dos, pero eso no será un gran inconveniente.

—Liwitz, modera y procura que no vayamos muy lejos.

—Sí, señor —respondió el maquinista.

La borrasca continuaba enfurecida con extrema violencia y los chubascos se sucedían cada media hora, inundando continuamente el Gavilán.

Aunque la máquina funcionase lentamente, el huso, sin embargo, se adelantaba a veces al buque y se veía obligado a volver atrás para no perderlo de vista.

Contrariamente a las profecías de Boris y de Ranzoff, durante la noche se recrudeció la tempestad, acompañada de copiosos aguaceros con gran estrépito de truenos y caídas de rayos.

Solamente hacia el alba, las nubes se decidieron a rasgarse y las ráfagas cesaron de improviso como si Eolo las hubiera obligado a dejarle reposar tranquilo.

El velero continuaba a la vista, pero había perdido el trinquete, partido también por encima de la cofa por algún furioso golpe de viento.

Siempre inclinado a estribor, rebotaba entre las olas y girando algunas veces sobre sí mismo, se iba a la deriva.

Sobre la toldilla no se divisaba a nadie.

—Abordémoslo —dijo Ranzoff—. Liwitz, prepara la escala.

—¿Podrá mantenerse quieto el Gavilán? —preguntó Wassili.

—En cuanto ustedes desciendan, volveré a emprender el movimiento, girando alrededor del barco. Después les recogeré a ustedes.

—Es que nosotros corremos algún peligro —dijo en aquel momento Boris—. No podremos detenernos más que pocos momentos; lo más un cuarto de hora.

—¿Por qué, señor?

—¿No ven ustedes cuánto se ha hundido ese barco de anoche a ahora? Debe de habérsele abierto algún boquete y el casco hace agua, y mucha, a lo que parece.

—Estaremos preparados para arrojarles la escala, señor Boris.

El Gavilán describió tres o cuatro curvas en torno del despojo, mientras los seis hombres de la tripulación lanzaban fuertes gritos; luego, no obteniendo respuesta, descendió hasta los veinticinco metros, y Ursoff lanzó diestramente la escala, enganchando los garfios del extremo inferior en las trincas del bauprés.

Boris, Wassili y Rokoff se deslizaron rápidamente, poniendo el pie sobre el castillo de proa.

Los garfios fueron desenganchados y el Gavilán, que no podía estar inmóvil como un globo cautivo, volvió a emprender sus vueltas en torno del desgraciado velero.

Una gran confusión reinaba sobre la cubierta del mismo; los árganos habían sido arrancados, las bombas reventadas, el castillo de popa desfondado, la amura hecha pedazos. Restos de todas clases yacían amontonados en confusión; cordajes, penoles, manivelas, poleas, líos de cuerdas y de cadenas.

El timón había sido arrancado y no quedaba más que la rueda en cuya circunferencia estaba tallado y pintado de azul un nombre: Nicaragua.

—Este velero debe de pertenecer a alguna república de América Central —dijo Boris.

—¿Se habrá salvado en las chalupas la tripulación? —preguntó Rokoff—. No veo ni un bote en los pescantes.

—Bajemos a la batería —dijo Wassili—. El barco hace agua y de un momento a otro podría faltarnos bajo los pies.

Atravesaron la toldilla, descendieron por la escalera de popa y llegaron al saloncito del comandante. Pronto se detuvieron lanzando un grito de horror.

Un hombre de piel aceitunada, de imponente estatura y larga barba negra estaba extendido sobre un diván.

Tenía los ojos espantosamente abiertos, las facciones demacradísimas, y entre sus dientes apretaba aún un hueso descarnado que parecía una tibia humana.

La muerte no debía datar de mucho tiempo, porque apenas lanzaba algún olor de descomposición.

—¿Muerto? —preguntó Rokoff, retrocediendo un paso.

—Devorado el último pedazo de carne humana —respondió Boris—. Aquí se debe de haber desarrollado algún drama horroroso. Vamos al entrepuente.

La puerta estaba abierta. Los tres hombres profundamente conmovidos por aquel descubrimiento, pasaron al entrepuente. A los pocos pasos se vieron obligados a detenerse.

No se sentían con valor para seguir adelante y continuar el reconocimiento de la nave.

Tres esqueletos completamente descarnados yacían al lado de una barrica desfondada. A dos les faltaban las piernas y los brazos.

Más allá había otros hombres tirados por el suelo, todos espantosamente flacos. Algunos empuñaban en las manos, crispadas en las últimas convulsiones de la agonía, cuchillos manchados de sangre coagulada.

—Huyamos —dijo Wassili—. Aquí no hay ningún ser viviente.

—Y el barco se hunde —dijo Rokoff.

En efecto, el barco comenzaba a bambolearse peligrosamente, y a través de las rendijas del entrepuente se filtraba ya el agua, formando charcos que se agrandaban con rapidez.

El cosaco y los dos rusos, temiendo verse tragados por la vorágine, subieron apresuradamente sobre la tolda, gritando a Ranzoff:

—¡Pronto; arrojad la escala!

Liwitz, que la había retirado, estuvo presto en obedecer. Además, ya todos habían notado que el gran navío estaba para hundirse, y esperaban con ansiedad la aparición de sus compañeros. Los tres hombres se aferraron al cáñamo y se izaron sobre el Gavilán.

—No había nadie que salvar, ¿es cierto? —preguntó Ranzoff.

—No —respondió Wassili—. Todos esos desgraciados han muerto o se han matado entre sí después de haberse alimentado con carne humana.

—Ya lo contará usted más detalladamente luego —dijo el capitán del Gavilán—. Ahora vamos a ver cómo se hunde este barco, porque debe de ser un espectáculo aterrador, especialmente visto desde lo alto.

El gran velero se sumergía a ojos vistas, con grandes oscilaciones. Las bodegas debían de estar ya llenas de agua.

De pronto se puso a girar lentamente sobre sí mismo, con mil crujidos extraños. Se hubiera dicho que el barco protestaba y se lamentaba por verse obligado a dar un adiós para siempre al sol y a la brisa vivificante que durante tantos años lo había empujado a través de los océanos para descender en los fríos y tenebrosos abismos del Atlántico.

—También los barcos tienen su agonía —dijo Ranzoff, mientras el Gavilán continuaba volando sobre el enorme despojo, sosteniéndose a sólo cien metros de altura—. ¡Es terrible!

El velero giró dos veces sobre sí mismo como impulsado por una fuerza misteriosa, inexplicable; después las aguas invadieron repentinamente la cubierta, pasando por las brechas de las bordas.

La popa, casi de pronto, se hundió rápidamente, arrastrada al fondo por el enorme peso que guardaba en su estiba y que rodaba hacia el castillo por la inclinación.

A su vez, la proa se levantó bruscamente, mostrando casi completamente su tajamar y las planchas de cobre pintadas de rojo. Después la masa entera se hundió con un fragor de trueno.

Una muralla líquida, con la cima cubierta de espuma blanquísima, se abrió como para dar paso al gigantesco féretro y se formó un gran remolino que mugía sordamente.

La nave descendía a través de los profundos abismos del Atlántico con su cargamento de cadáveres, formándose tras ella un enorme embudo.

La muralla líquida retrocedió entonces y produciendo inmensa oleada se precipitó en la vorágine, retumbando, y niveló de nuevo el océano.

El drama había terminado.

—He ahí un espectáculo emocionante —dijo Rokoff—. Casi, casi, prefiero a él un campo de batalla sembrado de muertos y moribundos.

—Y acaso tendría usted razón —respondió Ranzoff, que parecía conmovido—. Al menos los caídos quedan sobre la tierra expuestos a la luz del sol… Liwitz, fuerza la máquina. Alejémonos de aquí.

La máquina voladora describió la acostumbrada espiral para alcanzar una altitud de trescientos o cuatrocientos metros, y se lanzó hacia septentrión con velocidad de sesenta o setenta kilómetros por hora.

—¿Qué sucesos se habrán desarrollado sobre ese barco? —preguntó Ranzoff, después de señalar a Ursoff el rumbo.

—¿Quién podría decirlo? —respondió Wassili—. Yo supongo que a consecuencia de una larga serie de tempestades ha sido empujada muy lejos y la tripulación ha agotado sus víveres.

—¿Y qué se lo hace a usted suponer?

—El que aquellos hombres se hayan devorado uno a otros. En el entrepuente se deben de haber desarrollado horribles escenas de canibalismo. Después, los supervivientes se habrán acuchillado recíprocamente, acaso por no dejarse devorar.

—No sería el primer caso que ha ocurrido —dijo Boris.

—Parece imposible que lleguen a no tener nada con qué alimentarse —dijo Ranzoff—. A bordo de un barco parece que siempre hay algo que masticar.

—¿Acaso las velas? —preguntó Rokoff.

—¡Eh! También acaso podrían servir bien cocidas y mezcladas con las grasas lubrificantes o con las bujías. Nuestro estómago, mi querido señor, es capaz de acostumbrarse a todo, aun a los alimentos más extravagantes y desprovistos de todo principio nutritivo.

—Es cierto —dijo Wassili—. Ha habido personas que han podido aguantar semanas enteras devorando serrín de madera mezclado con bujías, con jabón o con glicerina y hasta con sustancias completamente inadecuadas a la nutrición, como el yeso y el carbón.

—¡Hermosos panecillos saldrían! —exclamó el cosaco, haciendo un gesto.

—El hambre no razona, querido —dijo Wassili—. Ha habido hombres que han subsistido varias semanas haciendo hervir juntos huesos y pedazos de cuero, obteniendo una especie de gelatina.

—¿Bastante para quitarles el hambre?

—¡Oh, no!, porque para quitar por completo el hambre a una persona por veinticuatro horas se necesitaría medio quintal de esa gelatina.

—¡La piel entera de un buey! —exclamó Rokoff riendo—, y todos los huesos.

—Sin embargo, así pudieron resistir en Metz los soldados del duque de Guisa, en 1552, estando sitiados.

—¿Comiendo qué cosa?

—Haciendo hervir las suelas de los zapatos y los correajes de cuero.

—¡Vaya un caldo!

—¡Oh! Otros lo han comido peor, señor Rokoff. La población de París, asediada por Enrique IV, se alimentaba con hierba y panecillos hechos con polvo de pizarra, como si fuese harina de trigo.

—Aquellos eran estómagos a prueba de piedra —dijo Fedor—. Pero no eran estómagos de antropófagos.

—¿Creen ustedes que en Europa no ha habido abominables caníbales? Cuando Massena, el famoso general de Napoleón, fue bloqueado en Génova, sus soldados, apretados por el hambre, ¿saben ustedes qué comían? Los cadáveres de los granaderos húngaros muertos a cañonazos ante las fortificaciones.

—¡Horror!

—¡Y cuántos devoraron! —dijo el ingeniero—. Casi no hubo que sepultar a ningún austro-húngaro, porque las grandes guardias, durante la noche, los asaban y se los comían tranquilamente.

La conversación fue interrumpida por la llegada de Liwitz, el hombre insustituible que, además de la máquina, cuidaba de la cocina y de otras cien cosas.

Llevaba el té acompañado de leche de ballena y galletas. Verdaderamente el momento no era el más oportuno, pero los hijos del aire, olvidando a los granaderos húngaros, los panecillos de pizarra y los muertos del Nicaragua, hicieron, como de costumbre, mucho honor al almuerzo.

En los días siguientes, el Gavilán continuó remontándose a septentrión, avanzando con lentitud y hasta haciendo largas estaciones sobre el océano, especialmente cuando no estaba agitado, para hacer magníficas y copiosas redadas de pesca.

El Gavilán costeó en seguida las Pequeñas Antillas, corona de soberbias perlas arrojada entre el Atlántico y el golfo de Méjico, ricas en maravillosa vegetación, con alboradas y ocasos estupendos.

Algunas veces, durante las espléndidas noches, se detuvo sobre ésta o aquella montaña, entre solemne silencio de los bosques, para volver a emprender su carrera, antes de que los habitantes abrieran de nuevo los ojos.

No faltó, sin embargo, algún tiro disparado por cualquier guarda de las plantaciones o por algún cazador nocturno, pero afortunadamente ninguno hizo blanco.

Aquel crucero se prolongó por tres semanas, pues ningún motivo había para apresurarse a ir a Boston. Aún faltaba una decena de días para que pudiese llegar el telegrama del baronet.

Pasando alejado de los bancos de Bahama, el Gavilán voló a lo largo de las costas de Florida; después volvió al medio del Atlántico. A Ranzoff no le gustaba dejarse ver demasiado por los trasatlánticos que zarpan de los puertos americanos hacia Europa.

Aún faltaban algunos días para la fecha establecida, y se alejó hasta la vista de Nueva Escocia para enseñar a sus amigos un raro fenómeno.

—Quiero ver qué queda de la isla del Cabo de la Arena (Sable) —dijo a Boris y a Wassili—. Hace algunos años se decía que estaba para desaparecer bajo los incesantes ataques del Atlántico. Ya que tenemos aún un poco de tiempo, vamos a asegurarnos del estado en que se encuentra.

Una volada de treinta horas les llevó al Sur de Nueva Escocia, región muy frecuentada por los barcos. La isla del Cabo de la Arena estaba sólo a algunas millas, y desde el Gavilán se veía perfectamente en toda su extensión.

—Se va marchando —dijo Ranzoff, que observaba atentamente con un anteojo muy bueno—. Con unos pocos años más no será otra cosa que un escollo submarino que el Gobierno americano tendrá que volar con algunas toneladas de dinamita. Hace veinte o treinta años, era aún de una setentena de kilómetros; hoy \.i ha devorado el océano más de la mitad.

—Allí abajo veo brillar un faro —dijo Wassili.

—Es el tercero en aquel sitio, pero tampoco durará mucho. Se cuenta que los guardianes no se atreven a dormir en él.

—¿Por qué? —preguntó Rokoff.

—En pocos años, las olas han arrastrado dos en unión de los hombres que los habitaban; ése que ven ustedes no tardará en seguir igual suerte. Ya está minado y cualquier noche de tempestad irá a reunirse a los otros dos.

—¿Entonces aquí siempre está el océano de mal humor? —preguntó Fedor.

—Siempre de pésimo humor —respondió Boris—. Aquí casi siempre está enfurecido el Atlántico y arroja sobre las islas formidables oleadas. También Nueva Escocía desaparecerá con el tiempo. Ya las aguas roen sin cesar sus playas y concluirán por destruirla.

—Afortunadamente, nosotros no vivimos en Nueva Escocia —dijo el cosaco.

El Gavilán, después de efectuar algunas vueltas sobre la isla, volvió hacia el Sur para acercarse a Boston.

La época fijada para que el baronet expidiera el despacho estaba para cumplirse.

A la siguiente noche, el Gavilán giraba en los alrededores del Cabo Cod, que cierra por Levante la amplia bahía de Boston.

Ranzoff, después de asegurarse de que no había nadie por aquellos parajes, hizo descender a la máquina voladora en una playa bien nivelada por las grandes mareas.

—Solamente iremos cuatro —dijo a sus compañeros—. Boris, que es el más interesado en el negocio, y yo, y dos marineros para servicio de la canoa. Liwitz se encargará de dirigir el Gavilán durante nuestra ausencia y contestar a las señales que haremos. La cita será aquí, dentro de cinco días, a esta misma hora. Ustedes, entre tanto, pueden hacer una excursión a Terranova. Es la buena época de la pesca y se divertirán. ¿Has comprendido, Wassili?

—Perfectamente —respondió el ingeniero—. Pero podríamos todas las noches hacer una punta hasta aquí.

—Podrían observarles, y en Boston hay muchos barcos de guerra. Es mejor que se mantengan alejados para hacer perder las huellas si se intentara darles caza. Además no hay motivo de inquietud por nuestra ausencia. Tu hermano y yo desembarcaremos como dos caballeros particulares que vienen de hacer una excursión por el mar, y nadie se preocupará de nosotros.

Y volviéndose hacia los marineros que parecía esperasen sus órdenes:

—Botad la canoa —les dijo—. Y tú, Liwitz, haz que embarquen una de las cajas. Creo que con un millón tendremos bastante para fletar un barco y reclutar los aventureros.

La chalupa fue depositada en la arena y después arrastrada al mar. La preciosa caja había sido de antemano embarcada.

Ranzoff y Boris estrecharon las manos de sus compañeros y se alejaron en unión de Ursoff y otro marinero.

Un momento después, el Gavilán volvía a elevarse, y después de escoltar algún rato a la canoa, se perdió hacia septentrión.

Capítulo IX. Los aventureros canadienses

Durante cinco días, el Gavilán voló sobre el océano, llegando hasta los bancos de Terranova, cubiertos ya de barcos llegados de los puertos de Francia e Inglaterra, de Noruega y de América, para dar una caza sin tregua a las interminables legiones de bacalaos y de pezpalo y descendiendo después a lo largo de las costas de Nueva Escocia para hacer por las noches alguna punta hasta el Cabo Cod.

Bastantes barcos al ver la terrible máquina voladora se apresuraban a refugiarse en los puertos, interrumpiendo su navegación por temor a sufrir la misma suerte que los buques de la Compañía Teriosky, y extendiendo por todas parte la alarma.

Dos torpederos ingleses salidos de Halifax intentaron repetidamente la caza del Gavilán, disparándole algunos cañonazos, pero gastando en vano balas y pólvora.

La tarde del quinto día, Liwitz, que se había divertido en imprimir a la máquina voladora empujes fulmíneos para hacer correr a los torpederos y espantar a los veleros y vapores, llevó otra vez la máquina hacia el Cabo Cod para esperar las señales que debían hacer Ranzoff y Boris.

Por temor a una sorpresa, esperó llegar a media noche, dirigiendo el Gavilán a la playa.

Viva agitación se había apoderado de todos. Especialmente Wassili se había puesto nerviosísimo.

No divisando nada, también a causa de las espesas tinieblas que envolvían la tierra y el océano, el ingeniero, que no lograba dominar su impaciencia, hizo encender un cohete azul.

Apenas se había elevado la cinta de fuego, cuando otra idéntica surgió de la playa, envolviendo la máquina voladora en una miriada de chispas.

Un grito de alegría salió de todos los pechos.

—¡Han contestado!

—¡Liwitz! —llamó el ingeniero—. ¡Para las alas! ¡Desciende poco a poco!

El Gavilán, apoyado solamente en los planos horizontales, se dejó caer suavemente, oscilando de una manera semejante a un globo cuando no tiene suficiente gas para sostenerse en el aire. Felizmente, la playa en aquel sitio era anchísima, surcada solamente por algunas dunas de arena, así que la máquina voladora pudo detenerse tranquilamente a cincuenta o sesenta pasos del mar.

Cuatro hombres había subidos sobre una duna próxima: eran Ranzoff, Boris y los dos marineros que tripulaban la canoa.

Wassili, Rokoff y Fedor iban a saltar fuera del huso, cuando Ranzoff les detuvo con un ademán imperioso.

—Nos siguen —dijo luego—. ¡A mí, marineros! Embarcad en el acto la canoa.

—¿Quién os sigue? —preguntó Wassili.

—Hace una hora nos sigue un cañonero, y no debe estar lejos.

—¿Y el despacho del baronet?

—Ha llegado; pero no hay que perder un momento. ¡A embarcarse!

La canoa fue izada sobre la tolda, en seguida el Gavilán tomó impulso, elevándose rápidamente.

En aquel momento un relámpago rasgó las tinieblas y retumbó una fortísima detonación.

Una masa oscura que navegaba con las luces apagadas había aparecido bruscamente al flanco de un islote y había disparado un cañonazo contra el Gavilán. La bala silbó entre las dos alas de la máquina voladora, sin tocar ninguna, y cayó en el mar.

—Escapamos de milagro —dijo Ranzoff—. Pero no tendrán tiempo de volver a intentar el golpe.

Liwitz había abierto toda la palanca, y el Gavilán se había elevado, girando vertiginosamente sobre sí mismo.

El cañonero disparó otro cañonazo, pero ya la máquina voladora estaba fuera de alcance y escapaba hacia el Sur con velocidad de ochenta kilómetros por hora.

—Vengan el té, galletas y licores —dijo Ranzoff—, y que sirvan en cubierta. Y tú, Wassili, ten un poco de paciencia. Todo va bien por ahora, y con estas palabras debe bastarte.

Dos marineros llevaron a proa una mesa alrededor de la cual tomaron asiento Ranzoff, los tres rusos y el cosaco. Después el inapreciable maquinista sirvió con ayuda de Ursoff cuanto se había pedido, y encendió las dos luces de posición.

—¿De modo, que…? —preguntó Wassili, que no podía contener su impaciencia—. ¿Se sabe dónde se encuentra Wanda?

—Despacio, amigo —respondió Ranzoff—. Como te he dicho, hemos recibido el despacho dirigido a Boston por el baronet, desde Riga. Nos informa de que el viejo abandonó el Inaccesible y que se ha refugiado en el islote de Ascensión, donde se ha fortificado formidablemente por miedo de que le arrebaten a la muchacha.

—¡Ese hombre está loco!

—Así dice su hijo en el telegrama, ¿no es cierto Boris?

—Lo confiesa lealmente —respondió el excomandante del Pobieda.

—¿Y eso es todo? —preguntó Wassili.

—No; el baronet nos advierte que su padre tiene consigo un torpedero de alta mar, dinamita, bocas de fuego y cincuenta bandidos reclutados entre los tártaros del Cáucaso, gente muy peligrosa y siempre devotísimos del que les paga bien.

—Conozco a esos bribones —dijo Rokoff—. Por cinco rublos no titubearían en asesinar a su propio padre.

—¿Y tú querías, Ranzoff, asaltar el islote con las pocas fuerzas que teníamos? ¿Te has olvidado que no somos más que doce?

—Alto ahí, amigos —respondió el capitán del Gavilán, encendiendo el cigarro—. ¿O creíais que yo iba a ir a Boston con un millón en el bolsillo para gastarlo en los bars?

«Tu hermano y yo hemos fletado un pequeño pero poderoso buque; después hemos hecho un viaje al Canadá para reclutar sesenta aventureros, todos cazadores de las praderas y tiradores insuperables».

—¿Y dónde están?

—Les volveremos a encontrar en la Gran Bermuda. Allí deben esperarnos si llegan antes que nosotros, lo cual no creo —añadió Ranzoff, riendo—. Sin embargo, procuraremos ir muy despacio para dejarles tiempo para llegar.

—¿Y no cometerá el barón alguna locura al verse atacado? —preguntó Wassili.

—Procuraremos sorprenderle antes de que tenga tiempo de organizar la defensa y de cometer algún acto desesperado —dijo Boris—. Para eso sería necesario, ante todo, intentar algún golpe de mano.

—En eso pienso yo —dijo Ranzoff—. He ideado un medio de quitarle a Wanda delante de sus narices. Aunque el barón les conoce a ustedes, a mí en cambio no me ha visto nunca. Quiero jugarle una partida y tengo confianza en lograr salir bien con mi propósito. El baronet sabe dónde se encuentra su padre. Yo me transformaré en amigo y secretario del leal comandante. Por ahora vamos a dormir y ya nos ocuparemos de este asunto cuando estemos en las Bermudas.

Vaciaron una copa de kummel y después cada uno se retiró a su camarote. En el puente quedaron los tres hombres de guardia acostumbrados, un segundo maquinista, discípulo de Liwitz, un segundo timonel, discípulo de Ursoff, y un marinero artillero.

Al día siguiente, el Gavilán, que había sostenido una velocidad moderadísima para dar tiempo al buque fletado para llegar a la Gran Bermuda, se encontraba a la altura de la bahía de Chesapeake, profundísima ensenada que concluye cerca de Baltimore, uno de los puertos más frecuentados de los Estados Unidos del Este.

Como aún era pronto para acudir a la cita, continuó siguiendo la costa americana, poniendo en fuga con su presencia gran número de buques costeros, pues aún duraba el pánico causado por la misteriosa y terrible máquina voladora, y se dirigió hacia las Bahamas, poniendo también allí en gran cuidado a los plantadores de las islas.

Tres días después avistaron Puerto Rico, remontando lentamente hacia septentrión para llegar a la Gran Bahama.

El buque fletado debía de estar ya en puerto, porque Ranzoff había recomendado a su capitán que forzara la máquina.

Cuarenta y seis horas después el grupo estaba a la vista.

Revoloteó sosteniéndose a gran altura, por encima de las islas, para evitar que le hicieran disparos de fusil; después enfiló por encima de la Gran Bahama, lanzando de cuando en cuando cohetes azules que surcan las tinieblas en todas direcciones, produciendo un magnífico efecto.

El silbido agudísimo de una sirena avisó a Ranzoff y a sus compañeros que el barco estaba en el puerto bajo presión.

—He ahí unos aventureros de palabra —dijo el Rey del Aire.

—Los canadienses siempre han sido leales —dijo Boris.

—¿Nos seguirá el buque? —preguntó Rokoff.

—¿No oyen ustedes el estrépito de las cadenas corriendo por los escobenes? Levan anclas.

«Liwitz, que enciendan las luces, para que el buque pueda seguirnos. Enciende también el reflector eléctrico si está preparado».

—Sí, señor —respondió el maquinista.

Un momento después, un ancho haz de luz azulada, espléndida, se proyectaba sobre el puerto, iluminando por completo el buque que había dejado el fondeadero y marchaba velozmente hacia el Sur.

El Gavilán, que se sostenía a una altura de doscientos cincuenta metros, le seguía, mientras los habitantes del puerto, reunidos en la zona iluminada, les mandaban estruendosos hurras acompañados de los gritos de:

—¡Un globo! ¡Un globo!

Y verdaderamente podía creerse así no viendo más que el haz luminoso, porque la máquina voladora quedaba envuelta en las tinieblas.

En cambio el buque era completamente visible. Era un hermoso vapor de algunos millares de toneladas, armado con cuatro piezas de 65 milímetros y dos ametralladoras que se podían cambiar a las chalupas, y lo tripulaba una veintena de marineros y los cincuenta aventureros canadienses.

Aunque Ranzoff les había advertido que les escoltaría con una máquina voladora, todos aquellos hombres no cesaban de hacer gestos de estupor al divisar por encima de ellos aquella masa oscura que proyectaba aquel espléndido haz luminoso.

Por la mañana, cuando el Gavilán fue completamente visible, un gran clamor de maravilla se elevó desde la tolda del vapor, seguido inmediatamente de hurras formidables.

Marineros y aventureros parecían enloquecidos.

Ranzoff, para hacerles admirar mejor su maravillosa máquina, hizo que el Gavilán evolucionara, lo lanzó después hacia el Sur a toda velocidad y recorrió una veintena de millas en pocos minutos, después de hacer señales al vapor para que lo siguiera.

—Estoy convencido de que con esos hombres podremos realizar verdaderos milagros —dijo el cosaco a Boris y a Wassili—. ¡Buenos mozos! ¿Son así todos los canadienses?

—Casi todos —respondió el excomandante del Pobieda.

—Y sobre todo buenos tiradores. Donde apuntan ponen la bala siempre.

—Entonces presenciaremos alguna épica batalla entre los nuestros y los aventureros canadienses.

—Si es posible la evitaremos, querido Ranzoff —dijo el capitán del Gavilán.

—Usted tiene algún proyecto, según me ha dicho.

—Sí —respondió Ranzoff—. No uno, sino varios.

—¿Y si escaparan de allí, ahora? —dijo Wassili.

—¿Con qué, amigo?

—Tienen aquellos bandidos un torpedero de alta mar.

—Precisamente por eso hemos adquirido, Boris y yo, un torpedo. ¿No ha visto usted embarcar una caja?

—Sí, Ranzoff.

—Pues allí dentro hay una mina flotante capaz de volar hasta un crucero, aunque no tiene las grandes dimensiones de los otros torpedos. Es un invento americano.

—Con tal de que no vuele con él nuestro buque.

—Obraremos con la mayor prudencia, y además, ¿para qué estamos nosotros? Con media docena de nuestras bombas podemos librarnos en un momento de aquel pequeño buque —respondió Ranzoff.

Wassili le miró sorprendido.

—No te comprendo, amigo —dijo luego—. Si tienes todavía bombas de aquellas tan terribles, no encuentro la razón…

—De volar el torpedero con una mina, ¿no es eso? —preguntó Ranzoff, riendo.

—Precisamente.

—Si empleáramos las bombas, la guarnición del islote advertiría nuestra presencia, y por ahora no nos tiene cuenta. Una mina no se ve, y si el torpedero vuela, se puede atribuir perfectamente a un accidente desgraciado, especialmente si a bordo se tienen esas máquinas de destrucción.

—¿Ése es tu primer proyecto? ¿Y luego? —preguntó Wassili.

—Lo primero, antes de obrar, ha de ser tener en nuestro poder un prisionero para conocer bien el sitio.

—¿Y lo encontrarás?

—Me figuro que esos bribones que el barón ha alquilado no estarán constantemente metidos en sus cavernas. Alguno saldrá y estaremos prontos para echarle mano y llevárnosle a bordo de nuestro barco. Después ya veremos lo que sucede.

—¿Asaltaremos en seguida la guarida del barón?

—No —respondió Ranzoff—. Con los locos no se puede bromear, y tu sobrina podría correr algún grave peligro. Déjame hacer, amigo, y todo irá bien.

Durante cinco días continuó el Gavilán escoltando al vapor por el Atlántico, haciendo largas correrías sobre el mismo rumbo y llegando a la vista del islote de San Pablo. En la noche del sexto día hizo seña a los expedicionarios de que se detuvieran.

Se encontraban únicamente a cincuenta millas de Ascensión, y a Ranzoff le interesaba que los habitantes del escollo no vieran el barco, para no alarmarles y obligarles por segunda vez a alejarse.

El Gavilán descendió para posarse a breve distancia del vapor, como un inmenso albatros que se detiene a descansar un poco, y fueron llamados a bordo de aquél el capitán y los tres oficiales para tener con ellos una breve conferencia y decidir lo que se había de hacer.

Se decidió que el barco estuviera detenido y sobre la máquina hasta el regreso del Gavilán, no necesitándose por el pronto a los aventureros canadienses.

Ranzoff tenía bastante con sus hombres y su canoa para echar por el aire el torpedero del barón y librarle de algunos hombres.

Hacia las diez de la noche volvió el Gavilán a elevarse, dirigiéndose velozmente hacia el islote.

A media noche llegó a las cercanías del mismo, y se sostuvo a una altura de más de mil metros para no ser notado por los centinelas que pudieran tener sobre los altos picos.

Ascensión es, como Trinidad, de formación volcánica, toda rocas y montes casi desnudos, con dos o tres pequeños valles donde crece con trabajo alguna hierba áspera y dura. Las diversas tentativas que se han hecho para colonizar aquel islote han resultado vanas; sin embargo, durante algún tiempo, mientras el gran Napoleón se encontraba prisionero en Santa Elena, fue ocupado por una pequeña guarnición inglesa.

El arribo es difícil a causa de la altitud de las playas y de los escollos que lo rodean. Además, la resaca, excepto algunos pocos días, es siempre fortísima, y ¡ay si el Atlántico se enfurece! Es una masa incesante de oleadas que se precipita sobre la isla, barriéndolo todo y obligando a los barcos que por casualidad se hallen en aquel paraje a salir a la mar más que de prisa.

El Gavilán, con todas las luces apagadas, dio la vuelta al islote y después descendió con lentitud al mar en frente de una pequeña cala.

Ranzoff había divisado, en medio de aquel minúsculo refugio, una masa oscura que debía de ser el torpedero del barón.

—Necesito un buen nadador —dijo volviéndose hacia sus compañeros.

—Heme aquí —respondió en seguida Rokoff—. Yo he atravesado más de mil veces el Don y el Volga y no me asusta recorrer veinte millas.

—Se trata de una empresa no fácil y en la que también se corre el riesgo de encontrarse una bala de fusil.

—¿Que acaso no soy un hombre de guerra?

—Tiene usted razón Rokoff.

—Dígame usted solamente qué es lo que he de hacer —dijo el cosaco.

—Remolcar una mina hasta la popa del torpedero del barón y luego volver inmediatamente al Gavilán.

—¡Una empresa de muchachos!

—Poco a poco, querido Rokoff —dijo Boris—. No tiene usted que olvidar que el Atlántico es rico en escualos.

—Deme usted un cuchillo y creo que sacaré las tripas a esos hambrones —respondió el cosaco—. No valen tanto como los osos de la estepa. Únicamente pregunto si volaremos juntos la mina, el torpedero y yo.

—De ninguna manera —respuso Ranzoff—, porque nosotros desde aquí seremos los que harán explotar la máquina infernal, y eso no ocurrirá hasta que usted esté de vuelta.

—De modo que no se trata más que de dar una buena nadada.

—Nada más.

—Liwitz, prepáreme dos cuchillos. Si puedo he de traer la cola de algún tiburón para que nos hagas una buena sopa.

El Gavilán se había acercado hasta unos mil metros del torpedero, en un espejo de agua casi completamente tranquilo, resguardado por una doble fila de escollos que detenían las oleadas del Atlántico.

Mientras Rokoff se desnudaba y los marineros botaban al agua la canoa para socorrerle en caso de que los escualos le atacaran, Ranzoff y sus compañeros ponían en el agua la mina, desarrollando con precaución el hilo que la comunicaba con la batería eléctrica.

—Estoy dispuesto —dijo el cosaco, que únicamente había conservado una ancha faja de lana apretada al talle y por la cual había pasado dos cuchillos que contenían algo de bowie-knife americano y de la navaja española.

—¡He aquí un magnífico oso! —exclamó Fedor, riendo.

—¡Demonios! ¡Soy un hijo del Don! —respondió Rokoff—. Deme usted sus últimas órdenes, Ranzoff.

—No tengo que hacer más que una sola recomendación respondió el capitán del Gavilán—. Acercarse al torpedero sin hacer ruido y sin dejarse ver.

—¿Y acercar la mina?

—A la popa.

—¿Y vamos a hacer volar también a los pobres diablos que se encuentren a bordo?

—La carga del torpedo es débil y no producirá una verdadera explosión. Boris y yo la hemos reducido de modo que sólo abrirá una vía de agua, la suficiente para echar a pique el barco. La tripulación tendrá tiempo de salvarse.

—Ya sé bastante —dijo el cosaco.

Dio un magnífico salto mortal, penetró en el agua y salió a flote casi en seguida, y se puso a empujar enérgicamente la mina, que tenía únicamente una longitud de metro y medio y una circunferencia de menos de cincuenta centímetros.

—Es un verdadero cigarro —dijo—. ¡Lástima que no se pueda fumar!

La canoa, dirigida por Boris y manejada por los dos marineros, se puso en su seguimiento a unos cincuenta pasos.

Como hemos dicho, sólo había de escoltarle un poco de tiempo para no dejarse ver de los hombres que pudiera haber en el torpedero.

En efecto, a la mitad de distancia se paró, mientras el cosaco continuaba nadando silenciosamente, empujando suavemente el huso.

—Estad preparados para recogerle —dijo Boris—. ¿Avanza bien el capitán?

—Nada como un delfín —dijo Ursoff—. Si no encuentra un tiburón, dentro de veinte minutos estará de vuelta.

—Calla y escuchemos todos.

Se inclinaron sobre la borda, tendiendo el oído. En lontananza se oía la resaca rompiendo rumorosamente contra los escollos y se veía brillar el farol blanco colgado del palo trinquete del torpedero. Más lejos se erguía la enorme masa del islote.

Pasaron diez, quince, veinte minutos. Viva ansiedad comenzaba a apoderarse de Boris y de los marineros, cuando a breve distancia oyeron una voz que decía:

—¡Ya está hecho!

—¡Rokoff!

—Sí; yo soy, Boris.

El excoronel alargó los brazos, y mientras los marineros se apoyaban en la otra borda para hacer contrapeso, ayudó al cosaco a subir a la canoa.

—¿Está puesta ya la mina? —preguntó Boris.

—La he atado al timón.

—¿Nadie se ha apercibido de nada?

—Yo no he oído ningún rumor ni he visto a nadie —respondió Rokoff—. Creo que no debe de haber nadie en el buque.

—¿Está usted bien seguro de ello?

—Hubiera oído los pasos de los hombres de guardia.

—¡Avante! —mandó el excomandante a los marineros.

La canoa volvió rápidamente sobre su camino y abordó poco después al Gavilán, que se balanceaba ligeramente, bien apoyado en los planos horizontales.

Ranzoff estaba sentado a proa, fumando tranquilamente un cigarro con la pequeña batería eléctrica delante.

—Todo va bien —dijo, cuando fue informado de todo—. Liwitz, ¡dispuesto a hacer funcionar la máquina! Durante un par de días estaremos alejados para no alarmar al viejo loco y a los aventureros. Abrid bien los ojos y mirad.

Un profundo silencio reinó a bordo del Gavilán; se hubiera dicho que todos contenían la respiración.

De pronto un relámpago vivísimo fulguró en dirección del islote y luego una terrible detonación se propagó sobre el océano.

Ranzoff había hecho estallar la mina flotante, y en aquel momento se hundía el torpedero.

—Liwitz, ¡a la máquina! —dijo el capitán del Gavilán con su acostumbrada voz tranquila, sin soltar el cigarro que sostenía entre sus labios—. Ahora que escape el barón, si puede. Es un ratón metido en la ratonera.

La máquina voladora se puso en movimiento. Tomó impulso resbalando cincuenta o sesenta metros sobre el océano y luego se elevó de golpe y se dirigió hacia la pequeña bahía del islote.

Sobre la playa brillaban puntos luminosos y se oía confuso vocear.

Parecía que mucha gente se hubiera reunido en el extremo del valle.

—Señor Rokoff —dijo Ranzoff, volviéndose hacia el cosaco—. Sois un hombre inapreciable.

—¿Por qué, capitán?

—El torpedero no se divisa.

—Pero siento una cosa.

—¿Cuál?

—El no haber podido regalar a nuestro bravo maquinista-cocinero la cola de un tiburón para la sopa de mañana.

—Otra vez la probaremos. No faltarán ocasiones.

Capítulo X. El prisionero

El Gavilán estuvo durante dos días alejado del islote, volando casi constantemente a la vista del vapor, que no había dado un paso adelante, aunque la máquina estuviera siempre bajo presión.

Ranzoff quería que la confianza renaciese entre los mercenarios del barón y que la convicción de que el torpedero se había perdido por un accidente casual se afirmase completamente.

Pero la tarde del cuarto día abordó al vapor y ordenó al capitán que echara al mar una ballenera, en la que se embarcaron cuatro cazadores canadienses elegidos entre los más robustos.

—Esta vez asumiré yo la dirección de la operación —dijo Ranzoff a sus amigos—. No emplearé más que a Ursoff y a Rokoff, ya que a estos dos hombres les gustan las aventuras arriesgadas.

—¿Habrá que emplear las manos por lo menos esta vez? —preguntó el cosaco.

—Acaso sí.

—Entonces soy con ustedes, Ranzoff. Confieso que comenzaba a aburrirme.

—Procuraré buscarle a usted diversión —contestó el capitán del Gavilán.

—¿Y nosotros qué haremos entretanto? —preguntó Wassili.

—Remolcarnos hasta cerca del islote y luego volver aquí, —repuso Ranzoff.

—¿Y no iremos a recogerles?

—Mañana por la noche, a una veintena de millas de Ascensión, no más cerca. El barón puede haber sabido que poseemos una formidable máquina voladora, y por ahora no quiero que nos vea.

Déjenme hacer a mí, amigos, y ya verán como Wanda será libertada de la prisión que le impone aquel viejo loco.

La ballenera llegó cerca del Gavilán, que se había posado sobre el agua a unos doscientos pasos del vapor.

La noche era oscurísima por una gruesa capa de niebla que interceptaba completamente el débil fulgor de los astros y no había temor alguno de que los aventureros del islote pudieran apercibirse de la máquina voladora y menos aún de la chalupa.

Hacia las once, Ranzoff soltó el cabo de remolque y ordenó a los canadienses que tomaran los remos.

Estaban solamente a tres o cuatro millas del islote y no era prudente que el Gavilán se acercara más.

—Recomiendo que se haga el menor rumor posible —dijo Ranzoff a los canadienses—. Tenemos que desembarcar sin ser notados y evitar el ser sorprendidos.

—Estamos acostumbrados a combatir con los indios, que son los más astutos guerreros del nuevo y del viejo mundo, señor —dijo uno de los cuatro aventureros—. Ninguno de nuestros enemigos se apercibirá de nuestro desembarco. Fuerza, amigos; aún estamos lejos y nadie nos oirá.

La ligera ballenera, impulsada por los cuatro atletas, resbalaba sobre las olas, avanzando con velocidad.

Durante más de media hora continuó adelantando hacia el islote que apenas se divisaba, tan oscura era la noche; luego se detuvo bruscamente.

Parbleu —exclamó el remero de la punta, levantándose rápidamente—. Es un poco difícil pasar. Por todas partes hay escollos, y si no me engaño la costa está cortada a pico.

—Y la resaca es fuerte —añadió otro.

Ranzoff, a su vez, se levantó para examinar la costa y pronto pudo convencerse de que los aventureros tenían razón.

Las olas se destrozaban con furor contra una multitud de escollos agudos como las puntas de un peine, chocando y retrocediendo con un fragor siniestro. Meter la ballenera entre aquellos obstáculos era como exponerse a una pérdida segura.

—Buscad un paso por otro lado —dijo Ranzoff—. No hay ninguna prisa.

Los cuatro canadienses se consultaron algunos instantes; después viraron a bordo siguiendo la línea de los escollos.

La resaca era por todas partes tortísima, y la ballenera subía y bajaba, embarcando de cuando en cuando algunos litros de agua.

De pronto avanzó recta de frente. Los canadienses, con su penetrante mirada, habían divisado un paso entre los escollos.

La ballenera, aunque sacudida fuertemente, superó con felicidad todos aquellos obstáculos, y después de seguir un estrecho canal fue a encallar en una playa arenosa.

Al ruido de los remos sobre los bancos, una nube de pingüinos, con sus alitas o muñones que les sirven mejor para nadar que para volar, se elevó entre las dunas de arena, poniéndose a mugir como toros; después se dispersó, arrojándose al mar.

—Esto me tranquiliza algo —dijo Ranzoff.

—¿Por qué? —preguntó Rokoff.

—Porque podremos desembarcar inadvertidos, y por el momento es lo que deseo.

—¿Habrá aquí mucho fondo? —preguntó volviéndose a los canadienses.

—Apenas metro y medio, señor —respondió uno de los cuatro.

—Ya es bastante para esconder la chalupa. Atadla fuertemente a la punta de un escollo y después hundirla.

—¿Y después? —preguntó Rokoff.

—La pondremos a flote cuando la necesitemos.

Los canadienses tomaron las armas, las municiones y los víveres, colocándolo todo en la playa; después hundieron bajo el agua la ballenera, metiendo en ella algunos peñascos grandes.

—Ya está hecho, señor —dijo el más viejo.

Los siete hombres subieron cautelosamente la orilla, que en aquel sitio era muy pendiente y cubierta de rocas altísimas.

Ranzoff hizo seña a los compañeros para que se detuvieran, y escaló una roca que se elevaba unos cincuenta metros y dirigió desde allí una mirada al lado opuesto.

Aunque la noche era oscurísima, pronto pudo advertir que habían tomado tierra ante un vallecito flanqueado por ásperas colinas de vertientes acantiladas. El fondo estaba cubierto de peñascos colosales, desprendidos acaso de la cumbre.

«He aquí un buen lugar para una emboscada, aunque no haya bosque» —murmuró—. ¡Lástima que alguno de los aventureros del barón no venga a la playa a recoger ostras! Será nada más cuestión de paciencia, de la que yo no tengo poca, porque nunca tengo prisa.

Volvió a bajar con precaución y se unió a los compañeros que le aguardaban con los fusiles en la mano.

—Vamos a explorar el valle y buscarnos un refugio —les dijo.

—¿Ha visto usted a alguien? —preguntó Rokoff.

—No tengo ojos de gato —repuso Ranzoff.

—¿Ni siquiera alguna luz?

—Ni siquiera eso.

—¿Se habrán marchado?

—¿Con qué, si no tienen ya el torpedero?

—No sé; acaso con una balsa.

—Aquí no hay madera.

—Entonces, ¿dónde estarán escondidos?

—Ya les haremos salir. Seguidme todos y cuidad de no hacer rodar alguna peña. No sabemos si el escondite de esos bribones está próximo o lejano.

La pequeña tropa se dispuso en fila india y superó la barrera formada por larga cadena de rocas, descendió silenciosamente al valle y se internó en aquel difícil terreno cubierto de rocas agudas y de pequeñas zonas de hierba.

Avanzando casi a tientas, llegaron a un cúmulo de rocas adosadas a la vertiente meridional del valle.

—Me parece que aquí podremos encontrar un escondite desde donde observar sin ser vistos —dijo Ranzoff—. Ocupémoslo y esperemos el alba.

Escalaron subiendo una especie de barranco, llegaron a la cima que estaba circundada por una doble fila de puntas aguzadas y se tendieron en tierra con los fusiles al lado.

Profundo silencio reinaba en el valle. En lontananza se oía el fragor de la resaca, que resonaba sordamente sobre las escolleras.

El sol sale temprano en Ascensión, así que la espera de los expedicionarios no fue muy larga.

Apenas comenzó la luz a difundirse por el valle, todos se levantaron, ansiosos por conocer el sitio dónde se encontraban.

Las rocas que habían escalado servían a maravilla como refugio, con una cima bien resguardada por rocas puntiagudas bastante altas para ocultar al grupo de hombres.

Además, la pared, que ascendía escarpadísima y contra la cual se adosaba aquel conjunto de rocas volcánicas, presentaba acá y allá anchas grietas y salientes y entrantes suficientes para ofrecer magnífico resguardo en caso de que los mercenarios del barón hubiesen arrojado peñascos desde lo alto. El lugar parecía desierto, pero allá donde el valle terminaba se alzaba un enorme escollo semejante al Inaccesible, de Tristán de Acuña, y que parecía dominar todo el islote.

—Supongo que estarán allá arriba —dijo Ranzoff al cosaco—. A lo largo de las laderas de la roca colosal veo puntos oscuros que muy bien podrían ser ventanas o aspilleras.

—He aquí una formidable fortaleza que me recuerda otras semejantes, que he visto en Albania —respondió Rokoff.

—¿Inexpugnable, según usted?

—Al menos por ese lado. Se ve que los corsarios del Atlántico sabían escoger bien sus asilos.

—Seguramente no eran unos tontos —respondió Ranzoff—. Pero acaso sea atacable por la otra vertiente.

—Pero estamos discutiendo inútilmente, capitán. Aún no tenemos ninguna prueba de que el barón esté refugiado en ese nido de aves de rapiña.

Ranzoff no respondió. Miraba con atención el enorme cono con un anteojo de marina.

—La prueba —dijo de pronto—. Ya la tenemos. Mire usted a la cima, Rokoff.

El cosaco tomó el telescopio que Ranzoff le dejó, y a su vez apuntó en la dirección indicada.

—¡No es posible equivocarse! —exclamó después de algunos minutos—. Aquello que sale del pico más alto es verdadero humo.

—Sí, señor Rokoff —respondió el capitán del Gavilán.

—¿No hay aquí volcanes?

—No; la isla es de formación volcánica, pero no ha dado nunca señales de actividad.

—¿Entonces el humo debe ser de alguna chimenea?

—Así me figuro yo.

—¡Bandidos! —gruñó el cosaco—. No podían encontrar un sitio mejor.

—¿Qué haremos ahora, Ranzoff? —preguntó luego.

—Esperemos que llegue nuestro hombre.

—¿Vendrá?

—Así lo espero. Entretanto Rokoff, para no fastidiarnos tanto, vamos a almorzar.

Después de asegurarse de que ningún ser humano recorría el valle, se tendieron entre las rocas y asaltaron las provisiones.

Para mayor precaución, vigilaba un canadiense, tendido tras un enorme peñasco que estaba casi en equilibrio en el borde de la plataforma.

Terminada la comida encendieron las pipas, esperando pacientemente que llegara su hombre por uno u otro lado, para caer sobre él y apresarle.

Las horas pasaban sin que nada ocurriese. A mediodía se divisó otra pequeña columna de humo que se elevaba desde la cima del pico, y un poco antes de ponerse el sol, otra.

Comenzaba Rokoff a poner en duda las esperanza del capitán, cuando en el momento de hundirse el sol en el Atlántico se vio al canadiense de guardia dejar precipitadamente su puesto y replegarse al improvisado campamento.

—¿Qué has visto? —preguntaron a una Ranzoff y el cosaco, lavantándose con presteza.

—Hombres que descienden por el valle —respondió el canadiense.

—¿Cuántos? —preguntó el capitán del Gavilán.

—Siete.

—¿Con armas?

—Sí, traen fusiles.

—¿Nada más?

—Me parece haberles visto también redes.

—¿Irán a pescar? —preguntó Rokoff.

—¿O a cazar tortugas? —preguntó a su vez el capitán del Gavilán—. La isla es muy frecuentada por los anfibios.

—Buena ocasión para hacer prisioneros y ganarse al mismo tiempo una cena magnífica. Siempre me acuerdo de las que cogimos en Trinidad.

—Es usted el glotón número uno, Rokoff.

—Soy un cosaco.

—¡Demonio con los cosacos! Ustedes comen, ustedes beben, ustedes fuman y ustedes matan, y luego, con la excusa de haber nacido en las estepas del Don, todo lo tienen disculpado.

—¿Qué quiere usted? Somos así y no podemos cambiarnos —repuso Rokoff.

—Bien, ahora vamos a ver qué hacemos. A usted le voy a confiar la parte principal.

Se acercaron a las rocas que ocultaban la pequeña plataforma y miraron con atención.

El canadiense no se había engañado.

Un grupo avanzaba lentamente, girando alrededor de las peñas que cubrían el valle.

Se componía de siete hombres, casi todos de estatura gigantesca, armados con fusiles y provistos de redes que llevaban cargadas a la espalda.

—¡Diablo! —murmuró Rokoff—. Se necesitarían doce fuertes marineros para apoderarse de esos colosos.

—A mí me basta con uno —dijo Ranzoff—. ¿Podremos cogerle?

—Espero que se dispersen por la playa. Además, nuestros canadienses valen tanto como los mercenarios del barón.

—No digo que no —repuso Ranzoff, arrugando la frente—. Ya veremos. Amigos, preparémonos a seguir a esos granujas.

Los cuatro cazadores de las praderas se levantaron como un solo hombre, mientras el más viejo decía:

—¿Quieren ustedes que les diezmemos? Con sólo cuatro tiros ya habrá cuatro hombres menos que nos molesten.

—Dejad en paz vuestros rifles —respondió Ranzoff—. Os he recomendado no hacer ruido.

—Tenemos los bowie-knifes.

—Dejadles descansar por ahora.

—Como usted quiera, señor.

—Seguidme y estad atentos a mis órdenes.

Los siete hombres se dejaron resbalar por la masa rocosa y llegaron sin novedad al fondo del valle.

Los aventureros del barón ya habían pasado y se dirigían a la playa.

Ranzoff y los suyos esperaron a que pasaran de la doble fila de rocas que separaba el valle del mar, y a su vez se pusieron en camino, ocultándose tras los enormes peñascos que se encontraban dispersos. El capitán Rokoff, no hay que decir que iba a la cabeza del grupo.

Superada la barrera, divisaron en seguida a los mercenarios del barón. Se habían dispersado por la playa y estaban agazapados tras las dunas.

Siendo la noche bastante clara era fácil desde lo alto de la roca divisarles.

—No me he equivocado —dijo Ranzoff—. Esperan a que las tortugas vengan a desovar.

—Y ahora estoy yo aquí también para comer una tortilla —dijo Rokoff—. Esos pillos deben de comerlas con frecuencia.

—Vamos a ocuparnos de los hombres antes que de los huevos.

—No deseo otra cosa, señor Ranzoff, al menos por ahora; ¿quiere usted que empecemos el ataque?

—De ningún modo, capitán. Ya le he dicho que debemos obrar sin violencia. Esos hombres tienen fusiles, y como seguramente serán valerosos, se cruzarían algunos disparos y se pondría alerta al barón. No; nada de escándalo.

—Pues no comprendo cómo se va usted a apoderar de esos hombres sin una lucha cuerpo a cuerpo.

—Espere usted, señor impaciente. Además, que no necesitamos a todos, sino a uno solo… ¡Ah! ¿Ve usted?

—¿Qué?

—Aquel hombre que se aleja siguiendo la playa.

—Le veo. ¿Qué irá a buscar?

—Acaso a coger ostras. Vamos a intentar hacerle prisionero mientras sus compañeros acechan a las tortugas.

Volvieron a bajar de la barrera formada por la larga fila de rocas, y se dirigieron corriendo en la dirección de aquel hombre.

Recorridos quinientos metros y encontrado un paso, descendieron a la playa y se ocultaron en medio de las dunas de arena.

El compañero de los cazadores de tortugas continuaba siguiendo la playa, deteniéndose de vez en cuando para recoger mariscos que ponía en su red. Ya estaba muy alejado, y como en aquel sitio la costa hacía un arco entrante, no podía ser visto por los otros. La fortuna favorecía a Ranzoff más pronto de lo que él esperaba.

—¿Le atacamos? —preguntó Rokoff.

El capitán del Gavilán, en vez de responder, se volvió hacia los canadienses.

—Vosotros que estáis siempre en guerra con los indios, debéis de ser más hábiles que nosotros para estas faenas. ¿Seríais capaces de sorprender a aquel hombre y apoderaros de él antes de que tenga tiempo de hacer uso de su fusil?

—Eso será un juego de chicos —dijo el más viejo de los cuatro—. A mí, compañeros.

Dejaron los rifles para estar más libres, conservando consigo los cuchillos de caza, y se internaron entre las dunas, deslizándose como serpientes.

—¿Y nosotros? —preguntó Rokoff, que se creía desairado.

—Estaremos mirando, dispuestos a ayudarles si hay necesidad —respondió Ranzoff, tranquilamente.

—Mejor hubiera sido que yo tomase parte en el ataque.

—Usted es un hombre de la estepa y no de los bosques —respondió el capitán, sonriendo.

—Pero aquí no hay bosque.

—Pero ya verá usted cómo trabajan esos hombres entre las dunas. Aún no hemos asaltado la roca del barón; entonces se podrá usted desahogar si la guarnición no se rinde.

Los cuatro canadienses continuaban avanzando, pasando de una a otra duna sin producir el menor ruido, precaución por otra parte excesiva, porque la resaca resonaba siempre contra los escollos.

De cuando en cuando levantaban la cabeza para mirar a su hombre, que continuaba recogiendo ostras, erizos y dátiles de mar, seguro de no correr ningún peligro en aquel islote habitado únicamente por sus compañeros y el barón.

De pronto los cuatro colosos de las selvas canadienses se precipitaron sobre él. El ataque fue tan fulmíneo, que el recogedor de ostras no tuvo tiempo ni siquiera de coger el fusil que llevaba en bandolera.

En un relámpago fue derribado, atado y amordazado con una faja de lana que un canadiense se había quitado de la cintura.

Ranzoff y el cosaco acudieron al momento.

—A la ballenera —dijo el primero—. Escapemos antes que los otros noten la desaparición de este hombre.

Los cuatro colosos levantaron al prisionero y partieron a la carrera, seguidos por el capitán del Gavilán y Rokoff.

En cinco minutos llegaron al escollo, en cuya base estaba hundida la chalupa.

Los canadienses depositaron al hombre sobre la arena, entraron en el agua sin desnudarse, levantaron las piedras y pusieron a flote la ballenera, después de achicar el agua con sus sombreros. Un momento después embarcaban y se alejaban con rapidez.

Los canadienses habían cogido los remos y Rokoff se había puesto al timón.

Cuando ya estaban alejados cosa de una milla, Ranzoff quitó la venda al prisionero, le hizo sentar sobre el banco y le dijo:

—Ahora, querido amigo, hablemos.

El prisionero era un robusto joven de veintidós a veinticuatro años, rubio como casi todos los rusos del septentrión, con bigote apenas naciente y ojos azules, dulces como los de una muchacha.

—¿Qué quieren ustedes de mí? —preguntó sin manifestar ninguna excitación.

—Hacerte sencillamente una proposición —respondió Ranzoff—. O hablar y ganarte un millar de rublos o callar y entonces te regalaremos una buena cuerda para colgarte en el peñol más alto de mi buque. No tienes más que escoger.

El joven se sonrió levemente, y después repuso con voz completamente tranquila:

—Prefiero los mil rublos, señor.

—Pero te advierto que antes de cobrarlos habrás de contestar a todas mi preguntas y que estarás prisionero hasta que yo me haya convencido de tu sinceridad. Si mientes te haré colgar sin compasión.

—Estoy pronto a responder, señor.

—¿Eres tú uno de los hombres que el barón Teriosky ha contratado?

—Sí, señor.

—¿Cuánto tiempo hace que estás con él?

—Siete meses.

—¿Entonces debes haber estado en Tristán de Acuña?

—No; en un escollo llamado el Inaccesible —respondió el joven sin titubear.

—¿Desde cuándo estáis en Ascensión?

—Hará cosa de mes y medio.

El capitán del Gavilán pensó un momento, y después dijo:

—Es verdad; el cálculo es exactísimo. ¿Está siempre con el barón aquella muchacha?

—¿La señorita Wanda? Sí, siempre —respondió el aventurero—. ¡Pobre muchacha!

—¿Por qué la llamas pobre?

—¡No hace más que llorar, señor, y es tan buena y bonita!…

—Entonces tú no sentirías si la librasen de su dura prisión.

—De ninguna manera, señor.

—¿Qué montaña ocupa el barón?

—La más alta; el gran cono central.

—¿Hay allí cavernas?

—Y maravillosas, excavadas en gran parte, según he oído contar, por los antiguos corsarios, y que el barón conocía ya antes de que arribásemos.

—¿Tienen una sola salida?

—No, dos, señor —respondió el joven.

—¿Se podrían forzar?

—No sin dificultad, señor, porque el barón ha hecho abrir aspilleras y alzar barricadas. Parece que constantemente está temiendo un ataque de enemigos misteriosos, y por lo que veo no se equivocaba, porque sin duda son ustedes.

—¿Me podrías dibujar un plano exacto de la caverna?

—Aproximadamente, sí.

—Si lo haces, tendrás otros mil rublos.

—¿Es usted un nabab de la India?

—No te preocupes por eso. ¿Tiene el barón algún barco anclado en las bahías de la isla?

—Tenía un torpedero de alta mar, pero creo que a consecuencia de algún accidente desgraciado ha volado y se ha ido a pique. Ahora no posee más que una chalupa capaz de contener diez hombres, y tiene sesenta con él.

—¿Dispone de muchas armas?

—Los fusiles no faltan en la armería y posee también una ametralladora.

—¿Y piezas?

—Ninguna; se han hundido todas con el torpedero.

—¿De qué humor está el barón?

—Siempre irascible y suspicaz. Desconfía de todo el mundo y de todo, por temor de que le roben la muchacha.

—¿Le son fieles sus hombres?

—Fidelísimos, porque paga como un boyardo de la pequeña Rusia, y les deja embriagarse dos veces al día. No les asaltéis cuando estén bebidos, porque entonces se baten como demonios escapados del infierno.

—Ya sabré arreglarme —dijo Ranzoff con una sonrisa sutil—. Atacaremos al amanecer, que ya habrán digerido perfectamente la borrachera.

Después, mirándole fijamente, le dijo:

—¿Si yo te lo ordenase me guiarías al refugio? Te advierto que yo obro por cuenta del padre de la joven.

—Cuando usted quiera estaré a su disposición —respondió el joven—, porque me compadezco sinceramente de la triste prisión de aquella señorita, que es hija de un bravo coronel, de un hombre de mar como yo.

—¿Quién te lo ha dicho?

—Ella misma, señor, en un momento de gran desconsuelo.

—¿Entonces puedo contar contigo?

—Enteramente, aun sin los rublos que ha prometido.

—Eres un valiente, joven. ¿Cómo te llamas?

—Juan Gadomsky.

—Polaco, si no me equivoco.

—Sí, señor.

—Tengo un placer en haber encontrado un leal compatriota —dijo Ranzoff.

Un rápido rubor coloreó las mejillas del prisionero.

—¡También usted polaco! —exclamó con profunda emoción.

—Sí, amigo.

—Entonces no tendré por qué arrepentirme de haberle prestado ese pequeño servicio.

—No pequeño, grandísimo. Adelante, canadienses: apretad los remos. He aquí el Gavilán que llega para recogernos.

Capítulo XI. Wanda

Cuatro horas después, cuando la luna comenzaba a asomar cubriendo el océano con minadas de agujas de plata, se ponía el vapor en movimiento, dirigiéndose al islote.

Además de los aventureros, no había a bordo más que Ranzoff, el cosaco y el prisionero. Todos los demás estaban en el Gavilán, porque el capitán quería obrar solo.

Seguramente debía de tener alguna buena idea a juzgar por la calma con que fumaba su cigarro sentado en la amura del castillo de proa, a unos pasos del pequeño bauprés.

A su lado estaba Rokoff fumando también en su enorme pipa de porcelana y tranquilo al parecer. Alguna arriesgada aventura debía haber amansado al terrible hijo de las estepas del Don.

El buque, poseedor de potentísima máquina, corría a todo vapor sus diez y ocho nudos, sin tener que recurrir al tiro forzado.

Los canadienses estaban agrupados sobre cubierta a lo largo de las bordas, charlando en voz baja. No era muy fácil reconocerles, porque habían dejado sus zamarras de piel de gamo, las altas botas, sus grandes sombreros y los pantalones fileteados de azul, para ponerse, en vez de aquellas prendas, trajes a la marinera de estilo ruso, blusa roja de fuego, amplios calzones de paño oscuro, pesadas botas de mar y gorras con una borlita en el centro.

También el barco había, por decirlo así, cambiado la piel, porque a popa ondeaba, en vez de bandera inglesa, la rusa con el águila.

Bastaron dos horas al velocísimo buque para recorrer la distancia que le separaba de Ascensión. Comenzaba a alborear, cuando echó resueltamente las anclas en medio de la pequeña bahía, ocupada pocos días antes por el torpedero de alta mar del barón de Teriosky.

—¡Disparad un cañonazo! —mandó Ranzoff—. Despertemos a esos borrachos.

Una de las piezas de la barbeta de proa disparó un tiro sin bala, despertando el eco de las montañas con un fragor ensordecedor.

Apenas se había apagado el estampido, cuando se vio descender de la roca central a varios individuos que se dirigían al valle que ya había Ranzoff reconocido en parte.

—Se conoce que aún no han bebido —dijo el capitán del Gavilán, volviéndose al joven polaco que había capturado en la playa y que se le había acercado.

—Es aún pronto —repuso el prisionero, sonriendo—. Hasta después del almuerzo no comienzan a beber.

—Tú no te dejes ver si no quieres perder los mil rublos.

—Como usted quiera, señor.

—Quedarás en rehenes hasta que comprobemos si el plano que me has dibujado es exacto.

—Tendrá usted una prueba evidente de mi lealtad.

Los hombres del barón, que eran una veintena, todos armados con fusiles y sables de abordaje, avanzaron rápidamente saludando con las gorras en lo alto a la bandera rusa que ondeaba en la popa del vapor.

En la cumbre de la montaña se divisaban otros puntos negros que se agitaban sin cesar. Debían de ser los demás mercenarios del barón que acudían al ruido del disparo.

—¡Al mar una chalupa! —mandó Ranzoff, después de meterse en el bolsillo un revólver que le dio un canadiense. ¿Me acompaña usted Rokoff?

—No deseo otra cosa, capitán —respondió el cosaco.

—Observe usted todo cuidadosamente, sobre todo los pasos y obras de defensa.

—Confíe usted en mí, Ranzoff.

La chalupa estaba dispuesta. Los dos amigos y cuatro marineros tomaron asiento en ella y en pocas remadas llegaron a la playa.

En el mismo momento llegaban los veinte hombres del barón, mandados por un gigantesco marinero que llevaba en las mangas los galones de contramaestre y que empuñaba un revólver de grueso calibre.

—¿Quiénes sois y qué venís a hacer aquí? —preguntó con rudeza el coloso, mirando de arriba abajo, desconfiadamente, a Ranzoff y al capitán de cosacos, los cuales ya estaban desembarcados.

—La bandera que ondea en la popa de mi barco os dice que somos rusos como vosotros —respondió el capitán del Gavilán—. ¿Qué queremos? Ver al señor de Teriosky, porque tenemos que comunicarle importantes noticias de parte de su hijo.

Al oír aquellas palabras, el rostro amenazador del gigante se tranquilizó algo.

—¿Os manda el señor barón? —preguntó en tono menos grosero.

—Ya me parece que lo he dicho —replicó Ranzoff.

—¿Pero quién es usted?

—Un capitán de la Compañía.

—¿Y el otro?

—Mi segundo.

El contramaestre dudó un momento mientras les miraba. Después se encogió de hombros diciendo:

—Esos son asuntos del amo; seguidme, señores, pero antes den ustedes orden a la chalupa de que vuelva a bordo. Las precauciones no están nunca de más y las órdenes son precisas.

Ranzoff hizo seña a los marineros de la ballenera para que dejaran la playa y se unió a los mercenarios del barón, diciendo al contramaestre:

—Estamos a tu disposición.

—Síganme —respondió el otro bruscamente.

Los veintitrés hombres se pusieron en marcha y ascendieron el valle que conducía de frente a la altísima roca que dominaba el islote entero.

El contramaestre abría el camino, seguido por Ranzoff y el cosaco; detrás venían, en doble columna de a uno, los demás, vigilando atentamente a los mensajeros del baronet.

La marcha a través de escarpados con cortas y durísimas hierbas y gigantescas piedras desprendidas de las vecinas colinas, duró una buena hora. Al cabo de ella la tropa se detuvo ante la inmensa muralla rocosa cortada casi a pico.

—Ya estamos —dijo el contramaestre, volviéndose hacia Ranzoff y el cosaco.

Tomó un senderito de rápida pendiente y lo subió hasta llegar a una estrecha escalinata excavada en la roca viva con una pequeña balaustrada.

La ascensión duró una media hora, después el grupo se metió por una abertura y se internó en una antigua galería casi obstruida por la lava.

Ranzoff y el capitán de cosacos observaban con atención.

En el interior de la enorme roca los corsarios y los reclutados por el barón debían de haber ejecutado una labor colosal, porque toda la galería estaba acribillada de aspilleras, de tal modo, que podría detener casi de golpe al enemigo que osara forzar el refugio.

El capitán del Gavilán y el cosaco contaron exactamente ciento sesenta pasos, y después de superar un reducto armado con una ametralladora, fueron introducidos en una caverna suntuosa amueblada con tapices, arañas, espejos de Venecia y muebles estilo Luis XV, en blanco y oro.

—Esperad aquí —dijo rudamente el contramaestre a los dos enviados, indicándoles dos butacas—. En seguida vendrá el señor barón.

Cuatro aventureros se habían detenido detrás del gran tapiz que ocultaba la galería, en tanto que los restantes se alejaban por diversos corredores ocultos por cortinajes de seda amarilla con ramos azules.

—Esta es una gruta encantada —dijo Ranzoff, en voz baja al capitán de cosacos—. Según parece, el barón ama el lujo.

—¿Él o la señorita Wanda? —preguntó Rokoff.

—Es una jaula dorada.

—Que yo también aceptaría.

—Silencio: el barón llega.

Una cortina que tapaba algún pasadizo se había levantado y apareció un hombre que dijo con voz seca, casi metálica:

—Buenos días.

Era un viejo de alrededor de los sesenta, muy alto y todavía robusto a pesar de tantas primaveras, con larga barba semioculta y cabellos blanquísimos.

Sus ojos brillaban siniestramente, con un fulgor intenso, febril.

Llevaba un sencillo traje de marinero con altas botas de cuero amarillo.

—¿El señor barón de Teriosky? —preguntó Ranzoff, quitándose la gorra,

—Yo soy —respondió el viejo con dureza—. ¿Quién les envía? Me han dicho que mi hijo.

—Así es, señor barón.

—¿Qué desea?

—Nos envía para informarle a usted de que sus dos primos, los señores Wassili y Boris Starinsky han sido indultados por el Zar y que han partido para desconocido destino en busca de la señorita Wanda.

El rostro colorado, casi congestionado del barón, se puso de pronto blanquísimo, casi pálido.

—¿Les han indultado? —dijo luego.

—Sí, señor barón.

—¿Por qué?

—No lo sé.

—Sin embargo, eran dos grandes culpables que conspiraban contra la vida del Gran Padre.

Ranzoff creyó discreto no contestar.

El barón se puso a pasear nerviosamente por la estancia, con la cabeza inclinada sobre el pecho y las manos cruzadas a la espalda.

De pronto se detuvo ante Ranzoff y le preguntó con brusquedad:

—¿Quién es ese hombre que viene con usted? —Mi segundo de a bordo.

—En efecto, ya me lo habían dicho —respondió el barón continuando su paseo.

Se paró un momento, pasándose repetidamente una mano por la frente surcada de precoces arrugas; después preguntó:

—¿Y qué quiere mi hijo?

—Conducirle a usted otra vez a Rusia, antes de que sus enemigos le sorprendan aquí, señor barón.

—¡Aquí! —gritó el barón con un alarido de fiera—. ¡Que vengan si se atreven! ¡Wanda!

La cortina se alzó de nuevo y una bellísima muchacha de diez y seis a diez y siete años, rubia, con ojos azules, encarnación blanca, casi diáfana, y que vestía el pintoresco traje cosaco, todo rojo con alamares de plata y altísimas botas de piel también rosada, acudió a aquel llamamiento.

Al ver a aquellos desconocidos quedó un momento sorprendida; después hizo una ligera reverencia.

—¡Bella! —murmuró Rokoff—. ¡Bellísima!

El barón, con fulmíneo movimiento, se volvió a la muchacha.

—¿Ves a estos hombres? —gritó con voz estridente—. ¡Les ha mandado mi hijo para llevarnos a Rusia!

La joven permaneció muda, mirando con vivísima curiosidad a Ranzoff y al capitán de cosacos, los cuales, la habían saludado con una profunda inclinación.

—¿Me has oído? —gritó el viejo loco que era presa de un repentino ataque de ira.

—Sí, señor —respondió Wanda con voz armoniosa.

—¡Cómo, señor! ¿Cuándo te decidirás a llamarme padre? Ya es hora de que acabe tu obstinación, Wanda.

—Yo no soy vuestra hija, ya os lo he dicho millares de veces.

—¡Pues sí! ¡El mar del Norte te ha vuelto a entregar a mí!

Wanda encogió ligeramente los hombros; después dijo con voz firme:

—Mi padre era el comandante del Pobieda.

—¡Tú sueñas! ¡Tú estás loca! ¡Solamente yo soy tu padre!

—Como queráis, ¿y luego?

—¿Quieres volver a Rusia? Tu hermano lo quiere.

—Yo estoy pronta a volver a mi bello país.

—¡Ingrata! —gritó el barón, enfurecido—. ¿Qué te falta aquí? ¿No eres la reina de la isla? ¿Qué quieres entonces? ¿Mayor lujo, más joyas, sacos de oro, más criados? Habla y yo haré venir de Rusia todo lo que desees con tal de que permanezcas aquí.

—¿Prisionera vuestra?

—¿Nunca te curarás de tu locura? ¡Cuántas hijas envidiarían tu suerte!

—Pues yo no tengo más que un deseo —respondió Wanda con voz segura—. Volver a ver a mi padre.

—¡Si yo soy tu padre!

—No es verdad.

El viejo se volvió hacia Ranzoff y el cosaco, y les dijo:

—¿Lo han oído ustedes? El mar del Norte me la ha restituido, pero loca.

El capitán del Gavilán y Rokoff respondieron con una simple seña con la cabeza y sonrieron a la joven como para darle a entender que el loco era su pretendido padre.

El barón, presa de sorda rabia, se había puesto a pasear por la sala apretando los puños y murmurando. De pronto se paró ante Wanda, siempre impasible, y le dijo con voz imperiosa:

—¡Retírate! Tengo que hablar con estos señores.

La joven se retiró lentamente hacia la cortina que cubría alguna otra galería, mirando fijamente a Ranzoff y al capitán de cosacos.

¿Habría comprendido que eran los salvadores largo tiempo esperados? Era probable, porque a una rápida seña del capitán del Gavilán había respondido con una sonrisa.

Cuando desapareció detrás del tapiz que servía de puerta, el barón volvió hacia Ranzoff. Tenía la frente fruncida y torva la mirada.

—¿Para que quiere mi hijo que yo vuelva a Rusia? —preguntó con los dientes apretados.

—Porque han ocurrido graves acontecimientos que usted únicamente podrá solucionar —respondió el capitán del Gavilán.

—¿Cuáles? —preguntó el viejo ante el acento grave y un poco misterioso del polaco.

—¿Usted sabe que tiene enemigos, señor barón?

—Sí, mis dos primos, esos pillos apenas dignos de Siberia.

—Ya le he dicho que han logrado escapar de las minas de Alghasithal uno y del penal de Sajalin el otro.

—Me acuerdo de ello,

—Pues bien; ahora se están vengando,

—¿De quién?

—De usted, señor barón.

—¿De mí?, ¿por qué?

—Parece que tienen serios motivos para odiarle. ¿Cuáles son? Yo lo ignoro, porque su hijo de usted no me ha dicho más. Pero debe usted saber que han empezado a ejecutar su venganza.

—¿De qué manera?

—Destruyendo vuestros trasatlánticos.

—¿Qué ha dicho usted? —grito el viejo loco dando un salto atrás.

—Que tres de los mejores buques de usted han sido enviados al fondo de los mares por sus primos, causando a vuestra Compañía una pérdida de tres o cuatro millones de rublos.

—¿Está usted loco o borracho?

—Ni lo uno ni lo otro, señor barón —respondió Ranzoff, sin mostrarse ofendido.

—Entonces me dirá usted cómo han hecho para hundirlos.

—Con una tempestad de bombas.

—¿Salidas del mar? —preguntó el barón con ironía.

—Al revés, tiradas desde lo alto, señor barón —respondió Ranzoff.

—¡Usted se burla!

—Pregúnteselo usted a mi lugarteniente si cuanto le cuento no es la pura verdad.

—Certísimo —dijo Rokoff—. Tres trasatlánticos hundidos y hasta un crucero ruso que intentaba dar caza a vuestros enemigos, señor barón.

—¿Y cómo?

—Ya se lo he dicho —repuso Ranzoff—. Con bombas.

—Pero querría saber de qué manera.

—Sus primos han inventado una extraordinaria máquina aérea que surca el espacio sin cesar, dando caza a vuestras embarcaciones.

—¡Una máquina voladora, ha dicho usted! Entonces ya la he visto en Tristán de Acuña. Me lo había imaginado y por eso me apresuré a despejar. ¡Ya ve usted que son tunantes como hay pocos! He aquí una información que vale más que los tres millones de rublos que me han sumergido. ¡Bribones! ¡Quieren a Wanda! ¿Pero no saben que es mi hija y que el mar del Norte me la ha restituido? ¡Son locos! ¡Sí, locos!

Se había vuelto a poner a pasear con la cabeza doblada sobre el pecho; las facciones alteradas, los ojos relucientes como los de los lobos hambrientos, atormentándose su larga barba.

De pronto se volvió a parar ante Ranzoff, y le preguntó a quemarropa;

—¿Me buscan?

—Sí, señor barón.

—¿Quién lo ha dicho?

—Su hijo.

—¿Qué sabe él de esto?

—Cuando nos ha mandado aquí expresamente, es que debe de saberlo.

—¿Han encontrado ustedes durante su viaje a esa maldita máquina?

—Hará unos tres días, a la puesta del sol, vimos pasar sobre nuestro barco un enorme pájaro con rapidez fantástica.

—¿No sería un albatros?

—Era demasiado grande.

—¿A qué distancia de esta isla le vieron?

—A unas quinientas millas.

—¿Y a dónde se dirigía?

—Hacia el Sur.

¿Entonces aquí?

—No lo puedo asegurar, señor barón.

El viejo loco pareció reflexionar, y después dijo como hablando consigo:

—Me buscan; ¿a dónde huir? Es preciso tomar una resolución.

Permaneció algunos instantes silencioso, después volvió a decir, mirando a Ranzoff:

—¿Qué quieren entonces esos miserables?

—La señorita —respondió el capitán del Gavilán.

—¿Quién se lo ha dicho a usted?

—Su hijo.

—¡Pero…, pero sería como si me quitaran la vida! —clamó el barón—. ¿Es rápido vuestro buque?

—Anda sus diez y siete nudos.

—De modo que en cinco o seis días nos podríamos poner en la costa occidental de África.

—Así lo espero, señor barón.

—Vuelva usted a bordo si le place; mañana a mediodía le daré a usted a conocer mi respuesta. Tengo necesidad de reflexionarlo mucho.

—El camino es largo, señor barón, y la noche pasada no hemos dormido —dijo Ranzoff—. ¿Tendría usted la bondad de permitirnos quedar aquí hasta que resuelva? Somos lealísimos marinos de la Compañía Teriosky.

El barón le miró algo sorprendido; después haciendo un gesto vago, dijo:

—Tiene usted razón. Algunas veces parezco tonto. Quédense aquí y comerán con mi gente. Se les proporcionará una estancia y tendrán cuanto tabaco y licores deseen. Esta noche, si hay tiempo, nos veremos. ¡Demidoff!

El contramaestre, que seguramente estaba cercano, apareció en seguida.

—Conduce a estos señores a una de las habitaciones; a la mejor si es posible —dijo al lobo de mar—. Son mis huéspedes y, por tanto, cuida de que no les falte absolutamente nada.

Dicho esto, salió de la sala después de saludar con la mano a Ranzoff y al cosaco.

—Síganme —dijo el desagradable contramaestre.

—¿Adonde nos conduces? —preguntó Ranzoff.

—A una de nuestras habitaciones, donde se encontrarán perfectamente como en San Petersburgo, porque el señor barón ama el lujo y las comodidades de la vida.

—Vamos —dijo el capitán del Gavilán, volviéndose a Rokoff.

El contramaestre alzó una cortina e introdujo a los dos amigos en una galería cuyas paredes estaban cubiertas de tapices de gran valor. Se detuvo ante una puertecilla que se abrió de pronto.

—Aquí tienen su habitación —dijo el marinero—. Si no quieren ustedes comer en nuestra compañía, se les servirá aquí.

—Lo preferiríamos —respondió Ranzoff.

—Dentro de dos horas.

—Que te devore un tiburón —dijo Rokoff cuando el contramaestre hubo salido—. No he visto en mi vida otro oso semejante. ¡Así te coja un rayo, animalucho!

—He ahí un verdadero oso de mar —respondió Ranzoff sonriendo.

Dirigió una mirada a su alrededor. Se encontraban en una especie de celda, con las paredes cubiertas de pesada tapicería de brocado, una mesita en el centro y pequeños lechos con colchas de damasco de seda rojas y amarillas.

Un amplio ventanal tallado en la roca y que permitía la vista sobre el valle, daba aire y luz abundante.

—No se está aquí mal de ningún modo —dijo Ranzoff al cosaco.

—El mal es que no podemos permanecer mucho tiempo —respondió Rokoff.

—Hasta ponerse el sol nada más.

—¿Me explicará usted ahora qué vamos a hacer?

—Una cosa sencillísima —respondió el capitán del Gavilán.

—¿Cuál?

—Llevarnos al viejo loco y a la muchacha.

—¿Y a eso llama usted una cosa sencillísima?

—¿Por qué no, Rokoff? ¿Tiene usted miedo? No lo creería, porque ha dado usted pruebas de tener valor de sobra.

—¡Por las estepas del Don! ¿Quiere usted que mate de un puñetazo a ese oso que nos ha traído aquí? ¡Mándemelo usted!

—No pido tanto.

—Entonces, ¿qué debo hacer?

—Ayudarme, y nada más.

—¡Rayos! Tengo seis balas en mi revólver y dos brazos como barras de acero.

—Precisamente por eso le he escogido a usted para que viniera conmigo —dijo Ranzoff, sonriendo—. Usted vale por cuatro hombres.

—¿Pero sabe usted dónde se encuentra la habitación de la señorita?

—Aún no hemos comido, señor Rokoff. Esperemos.

—No lograré nunca entenderle a usted.

—Más tarde me comprenderá más fácilmente.

—¡Será cierto!

—Ya lo verá usted cuando tenga necesidad de emplear las manos y consumir todas las cargas del revólver.

—Eso se llama explicarse —dijo el cosaco—. ¿Entonces estamos esperando el momento oportuno?

—Ya verá usted esta noche —dijo Ranzoff, sonriendo.

—¿Qué sucederá?

—Acaso habrá un combate.

—¿Entre nosotros y esos aventureros? Será cuando nosotros queramos.

—Despacio, Rokoff. ¿Estarán todos aquí esta noche? He dejado ya mis instrucciones a Boris y a Wassili.

—¡Diablo!

—Si nosotros estamos aquí es para velar por la señorita e impedir al viejo loco que cometa alguna locura.

—¿De modo que vamos a hacer de defensores en vez de atacantes?

—Aparentemente.

—¿Quién dirigirá a los nuestros?

—El prisionero.

—¿Y el Gavilán?

—Asaltará el gigantesco escollo por la cumbre.

—¿Y los canadienses atacarán las galerías apoyados por los marineros?

—Sí, señor Rokoff.

—En la estepa le tendrían a usted por el hombre más astuto, señor Ranzoff, y apostaría a que Loris Melikov, el más bravo general que guió los cosacos a través de los Balcanes, le nombraría de golpe, general de brigada.

—Desgraciadamente Loris no está aquí en este momento —respondió el capitán del Gavilán con su acostumbrada sonrisa un poco irónica.

Capítulo XII. La toma de la roca

Por la noche, el barón se dignó convidar a la cena a Ranzoff y al cosaco en la gran sala que confinaba con la galería de poniente y que para aquella ocasión había sido espléndidamente iluminada con media docena de bujías.

La mesa que ocupaba el centro estaba decorada con lujo extraordinario, digno de un gran boyardo: platos de oro y plata finamente cincelados, cubiertos de los mismos metales, copas de cristal de Bohemia y numerosas botellas polvorientas que llevaban las mejores marcas de la Francia vinícola.

No había más que cuatro asientos y el rudo contramaestre, siempre silencioso y torvo, servía. Debía de ser el perro lealísimo del barón: un perro extremadamentte peligroso, que daba mucho que pensar a Rokoff.

Cuando el Rey del Aire y su amigo entraron en la sala, Wanda estaba ya sentada ante la mesa, vestida con su pintoresco traje a la cosaca.

El barón, siempre pensativo y cejijunto, paseaba murmurando.

Viendo entrar a Ranzoff y al cosaco, pareció serenarse.

—Siéntense —dijo bruscamente.

—Buenas noches, señor barón, y usted, señorita —respondió Ranzoff, mientras Rokoff se inclinaba torpemente.

Wanda levantó sobre el capitán del Gavilán sus dulcísimos y límpidos ojos azules, inclinando graciosamente la cabeza.

—He aquí una ocasión que se acepta con gusto —dijo luego—. Los huéspedes son aquí muy raros, o mejor dicho, no gusta tenerlos.

El barón se paró bruscamente mirando a la joven; después se encogió de hombros y haciendo seña a los dos individuos para que se sentaran, volvió a su paseata, esperando que el contramaestre y el cocinero sirviesen la cena.

Ranzoff se sentó junto a Wanda y aprovechando un momento en que el barón estaba de espalda, se inclinó hacia la joven y le dijo en voz baja:

—Su padre va a llegar; silencio.

La rusa se puso palidísima y tuvo un sobresalto pronto dominado, pero no dijo nada. El barón se había vuelto y venía hacia la mesa. Cuando volvió a quedar de espaldas, Ranzoff añadió:

—Cuando oiga el primer disparo de fusil, huya usted a su habitación y no salga de ella o correrá peligro de muerte.

En aquel momento entró el rudo contramaestre seguido de dos jóvenes marineros que llevaban fiambres en vajilla de plata, frutas en conserva y botellas.

—Primero comamos y luego hablaremos —dijo el barón, sentándose entre Ranzoff y el capitán de cosacos.

La cena que era exquisita, aunque a base de pescado y carne de tortuga, transcurrió en silencio. El barón apenas probó los alimentos, pero en cambio hizo honor a las botellas.

Después de quitar el servicio de la mesa y retirarse el contramaestre y los dos marineros que servían, encendió una pipa monumental y se puso a fumar con lentitud, mirando casi distraídamente, ora a Ranzoff, ora al cosaco, quienes también habían encendido sus cigarros.

El capitán del Gavilán permaneció callado un buen rato y después se decidió a interrogar al barón.

—¿Qué ha decidido usted por fin, señor? —preguntó.

—Pues que no tengo ningún deseo de dejar esta isla donde me hallo perfectamente —respondió el viejo, y continuó fumando—. Yo ya he renunciado al mundo.

—Usted sí, pero ¿y la señorita?

—Mi hija hará lo que yo desee.

—¿Y si yo me rebelase? —gritó la joven, interrumpiendo, roja de ira.

—Hazlo si así te parece —contestó con suavidad el barón.

—Yo ya estoy cansada de esta prisión.

—¡Prisión la llamas! ¿Qué te falta aquí? ¿Dónde has visto cielo más hermoso que éste? ¿Un mar inmenso que de la mañana a la noche murmura en torno de la isla? ¿Dónde has experimentado una tranquilidad tan completa, sólo interrumpida por el silbar dulcísimo de las brisas vivificantes del océano? ¿Qué más quieres?

—¡Yo no soy una vieja como usted, ni he sido nunca mujer de mar!

El barón prorrumpió en una risotada.

—¡Ah! —dijo luego—. La juventud no sabe apreciar las sublimes bellezas de la naturaleza. ¿Quieres que yo dé bailes y fiestas al estilo de nuestro país? No tienes más que decirlo y haré venir aquí a todos mis hombres y yo te garantizo que bailarán, si no mejor, al menos con más ánimo que los jóvenes aristócratas de San Petersburgo y de Moscú. Aquí hay siete u ocho que tocan perfectamente.

—¡Usted no me entenderá nunca! —grito Wanda—. O mejor dicho, finge no entenderme. ¿Además, quién es usted? ¿Con qué derecho me tiene prisionera?

—¿Que quién soy yo? Tu padre —respondió el barón.

—Mi padre era el comandante del Pobieda.

—Te has empeñado en que no soy tu padre. ¡Qué locura!

—¡Usted es el loco! Me acuerdo como si fuera hoy del día en que me raptasteis del palacio de mi padre con el pretexto de protegerme contra los enemigos de mi familia.

—Tú has soñado, hija mía. Fuiste recogida en el mar del Norte.

—Ésa es la manía de usted.

—Tienes el cerebro debilitado, pero tengo fe en que con esta calma que te rodea se despertará tu memoria. Es sólo cuestión de tiempo y de cuidados.

—¡Usted es el que tiene el cerebro desequilibrado! —gritó Wanda, exasperada.

El barón la miró con ojos compasivos, y después, volviéndose a Rokoff y al cosaco, les dijo:

—¿La oyen ustedes? ¡Pobre niña!…

El Rey del Aire y Rokoff no contestaron.

—¡Bah! —prosiguió el barón levantándose y poniéndose nuevamente a pasear—. ¡Curará!

Iba la joven a indignarse nuevamente, pero una mirada imperiosa de Ranzoff la contuvo en el acto.

—Bien está; continuaré aquí —dijo levantándose a su vez y dirigiéndose a una de las amplias ventanas por las cuales penetraba la fresca brisa, unida a los mugidos del océano.

El barón la siguió con la mirada, sacudiendo varias veces la cabeza; después volvió a la mesa y vació un vaso de vino del Rhin.

—¿Cuándo se volverán a marchar ustedes? —preguntó a Ranzoff.

—Mañana, con la marea alta, señor barón. De noche no me atrevo a dejar el fondeadero con tantos escollos como rodean la isla.

—Hagan ustedes lo que quieran; pueden estar aquí hasta el alba.

—¿Y qué he de decir a su hijo?

—Que estoy decidido a permanecer aquí.

—¿Con la señorita?

—Mi hija no se separará de mí hasta que esté completamente curada.

—Pues a mí, señor barón, no me parece loca.

—Lo dice usted porque no la conoce más que desde hace unas horas.

Ranzoff no creyó oportuno insistir sobre aquel tema para no irritar al viejo loco y hacer nacer en él alguna sospecha.

—¿Me ha comprendido usted? —volvió a decir el barón.

—Perfectamente, señor, pero le advierto que sus enemigos podrían estar más cerca de lo que usted cree.

—Que vengan y serán recibidos como merecen.

—Ya le he dicho a usted que son muy poderosos y que poseen una máquina voladora.

—¡Ah! Es verdad, no me acordaba. ¿Y qué iban a hacer contra este gigantesco escollo?

—Creo que ya le he dicho a usted que han echado a pique a vuestros trasatlánticos y a un crucero.

—Que echen a pique a Ascensión si son capaces.

—Pero podrían continuar su obra de destrucción y acabar con la flota de la Compañía.

—Que piense mi hijo en defender sus barcos —respondió el barón—. ¿No es capitán de la marina de guerra? Que pida auxilio al Gobierno.

—Ya lo ha hecho y han mandado un poderoso crucero contra la máquina aérea, pero también ha sucumbido como los trasatlánticos.

—Ese buque estaría tripulado por un rebaño de borregos —dijo el barón—. Si lo hubiera mandado yo, ya no se hablaría de la máquina a estas horas. En mis tiempos se luchaba de otro modo y se sabía vencer siempre.

Se pasó dos o tres veces la mano por la rugosa frente como para alejar antiguos recuerdos; después añadió:

—Diga usted a mi hijo que yo no me ocupo de los barcos de la Compañía, y que aunque los echen a todos a pique yo no he de volver a Rusia ni me separaré de mi hija.

—Deploro, señor barón, su decisión. Yo estaba seguro de que embarcaría usted esta noche, y precisamente por ello había dado orden para que treinta marineros vinieran aquí después de anochecido para darle escolta de honor.

—Dé usted contraorden.

—Será demasiado tarde; a estas horas ya deben de estar en camino.

—Les daremos de beber y luego se volverán —respondió el barón.

Un relámpago brilló en los negros ojos de Ranzoff. Ya había logrado lo que deseaba.

—Gracias en su nombre, señor barón —dijo—. Descansarán algunas horas, si no os desagrada, porque el valle es largo y fatigoso de subir, y después volverán a bordo.

—Las botellas de buen vino y los licores no faltan aquí —respondió el viejo—. Podrán beber cuanto quieran.

Por tercera vez se había levantado, después de recargar la pipa, y había ido a apoyarse de codos en la ventana abierta cerca de la ocupada por Wanda.

—Vale usted más que Loris Melikov y más que Ignatiev —dijo el cosaco al capitán del Gavilán—. Gran soldado y gran diplomático. Estoy entusiasmado con usted.

—Sencillamente, es que estoy jugando la última carta —respondió Ranzoff.

—¿Vendrán nuestros canadienses?

—Deben de estar ya en camino.

—¿Y qué va a pasar aquí?

—Ya les he dado instrucciones, y seguramente no se dormirán sobre las botellas que el barón les regalará.

—¿Y el Gavilán?

—Estoy casi seguro de que en estos momentos se cierne sobre esta montaña.

—¿De modo que en el momento preciso vendrán Boris y Wassili?

—A ayudarnos con mis marineros si es necesario —respondió Ranzoff—. La sorpresa no obstante será tan fulmínea, que los hombres…

La voz del barón le interrumpió.

—Vienen —dijo volviéndose a Ranzoff.

—¿Quién?

—Vuestros marineros. Hagamos un buen recibimiento a esos pobres diablos.

El barón apretó un botón, haciendo sonar un timbre eléctrico.

El contramaestre entró en el acto.

—Traed una veintena de botellas de vinos y licores —ordenó el barón.

Después, volviéndose a Wanda, continuó:

—Y tú retírate; éste no es tu sitio por esta noche.

En el mismo momento se oyó a los hombres de guardia gritar:

—¡A las armas!

—¡Callad, cornejas! —gritó el barón—. ¡No sabéis distinguir los amigos de los enemigos! ¡Bebéis demasiado, imbéciles!

Cuatro hombres habían entrado llevando cestas llenas de copas y botellas polvorientas, mientras en la galería inmediata se oía tronar la voz bronca del contramaestre. Daba orden a los marineros para que dejaran la entrada libre a los marineros del vapor.

Ranzoff y Rokoff se levantaron para recibirlos.

Un momento después, entraban en la sala treinta canadienses vestidos de marineros, armados con fusiles y revólveres y guiados por un oficial que no era otro que el capitán del buque.

—Saludad al señor barón de Teriosky, propietario de la Compañía —les dijo Ranzoff.

Los treinta canadienses saludaron quitándose sus gorras.

—Buenos mozos —dijo el viejo loco—. ¿Dónde ha reclutado usted estos gigantes?

—En Finlandia —respondió Ranzoff.

—En efecto, aquella es la tierra de los colosos.

Después, volviéndose al contramaestre, le dijo:

—Demidoff; sirve de beber a estos jóvenes.

Las botellas fueron al momento descorchadas y llenas las copas, y los canadienses, que habían rodeado la mesa sin abandonar los fusiles, se pusieron a beber alegremente.

El barón, a quien acaso no desagradaba la compañía, volvió a su puesto, mirando satisfecho a aquellos gigantes.

Ranzoff, después de cambiar algunas rápidas palabras con Rokoff, y con el capitán del vapor, fue a colocarse detrás, teniendo en la boca el cigarro apagado.

Demidoff, ayudado por sus cuatro marineros, continuaba escanciando, mientras los canadiense seguían bebiendo.

De pronto, dos manos de hierro como dos tenazas, se ciñeron en torno del cuello del rudo contramaestre, con tanta fuerza, que le apagaron la voz.

Rokoff le había atacado en el momento de pasar por delante de él.

Al mismo tiempo, Ranzoff apuntaba con un revólver al pecho del barón, diciéndole:

—Señor, ríndase, o por mi palabra de honor le mataré.

Los cuatro marineros que llenaban las copas dejaron caer las botellas, intentando huir, y cayeron en brazos de los canadienses, en vez de conseguirlo.

El barón, no obstante sentir contra su pecho el cañón del revólver, se levantó bruscamente, gritando:

—¡Miserables! ¿Qué quieren ustedes?

—La señorita Wanda, señor barón —respondió fríamente Ranzoff, dando dos pasos atrás y apuntándole.

—¿Quiénes son ustedes, canallas?

—Los amigos de los señores Starinsky, vuestros primos.

—¡Mentís! —rugió el viejo, ferozmente—. ¡Ahora os haré matar a todos! ¡A las armas!

Ranzoff, con la mano izquierda derribó al barón, mientras gritaba a los canadienses:

—¡Apuntad a las puertas!

Los hombres de la guardia habían oído el grito del viejo loco.

—¡A las armas! —repitieron los centinelas.

Los treinta canadienses, en un abrir y cerrar de ojos se dividieron en dos escuadras, mientras Rokoff, ayudado por el capitán del vapor, ataba y amordazaba rápidamente al contramaestre y Ranzoff inmovilizaba al barón.

Los otros cuatro marineros yacían ya bajo la mesa bien asegurados. De improviso, cuarenta o cincuenta hombres invadieron la sala armados con hachas, sables de abordaje y revólveres.

Eran los aventureros que acudían en socorro de su amo.

Pero al ver delante los treinta gigantescos canadienses con los fusiles preparados, prontos a recibirles con un fuego infernal, se detuvieron de pronto, no osando empeñar un combate sin orden ninguna.

Ranzoff se había lanzado ante ellos, gritando con voz amenazadora:

—Abajo las armas o no perdonaré a ninguno de vosotros. Tenemos otros treinta compañeros dispuestos a venir en nuestra ayuda, y el barón y el contramaestre están en nuestro poder.

Apenas había concluido de hablar, cuando hacia la entrada de la galería se oyeron algunos tiros de fusil y después se vio a cinco o seis hombres atravesar el extremo del salón, como una exhalación. Eran los centinelas que huían.

—¡He ahí el refuerzo que llega! —gritó Ranzoff a los aventureros—. ¡Abajo las armas si queréis salvar la vida!

Entre los mercenarios hubo un momento de vacilación; después, viendo al barón inmóvil en tierra y al contramaestre atado y que entraban en la sala otros veinte gigantes, dejaron caer a tierra los sables, las hachas y los fusiles, considerando inútil la resistencia.

Ranzoff se precipitó a la cortina por donde antes de la invasión había visto desaparecer a la hija del excomandante del Pobieda, y llamó:

—¡Señorita Wanda! ¡Señorita Wanda! ¡Es usted libre!

En aquel instante resonó fuera un cañonazo.

—¡El Gavilán! ¡El Gavilán! —gritó Rokoff, corriendo a la galería, seguido por algunos canadienses.

No se equivocaba. La máquina voladora que, como Ranzoff había supuesto, se cernía sobre la montaña, había descendido, deteniéndose en una vasta plataforma, y Boris, Wassili y Fedor habían saltado fuera del huso.

Habían visto llegar a los canadienses y no oyendo ningún disparo de fusil acudían en su ayuda, llevando bombas para lanzarlas a mano. Iban a penetrar en la sala, cuando Wanda apareció.

—¡Libre! —gritaba.

Otro grito le respondió; después un hombre se abalanzó a ella, estrechándola frenéticamente entre sus brazos: era Boris.

—¡Hija mía!

—¡Mi padre!

Otro hombre se lanzó hacia ellos.

El barón, olvidado en aquellos momentos, había podido levantarse.

Dio tres o cuatro pasos tambaleándose, se llevó ambas manos al corazón y se desplomó al suelo lanzando un verdadero rugido.

—¡Wanda!

Ranzoff y Rokoff acudieron a levantarle.

—Está muerto —dijo el primero con voz conmovida—. ¡Pobre hombre!

—Que el diablo le lleve —respondió el cosaco—. Ya era tiempo de que ese viejo loco se marchase. ¡Gracias a que ya se puede respirar!

Conclusión

Doce horas después, el vapor, escoltado por la máquina aviadora, dirigida por Ranzoff y Liwitz, dejaba Ascensión, llevando a los mercenarios del barón, que, como hemos dicho, se habían rendido sin resistencia.

Sólo quedaba el barón sobre el islote perdido en el inmenso Atlántico, sepultado en la cima de aquel escollo que tanto había amado.

En Trinidad, la máquina voladora, que ya se había hecho peligrosa después del hundimiento de los trasatlánticos y del crucero ruso, fue hecha saltar para evitar las probabilidades de sorpresa y de terribles recibimientos, aun en América. Embarcado el tesoro, se dirigió el vapor hacia Nueva York. Ninguno deseaba volver a Rusia para no volver a terminar en las minas de Alghasithal o en Sajalin.

¿Qué les importaba ya a Boris y a Wassili la rehabilitación? Sabían demasiado que el Gobierno ruso difícilmente perdona, como sabían que todos los esfuerzos intentados por el hijo del barón Teriosky hubieran sido vanos.

Por otra parte, ¿no tenían ya en su compañía a Wanda?

Los canadienses fueron licenciados en Nueva York, después de pagados espléndidamente, el vapor dejado en libertad, los trasatlánticos hundidos reconstruidos a expensas de Ranzoff y de sus amigos. Ahora, con los millones encontrados en Trinidad, viven nuestros amigos completamente felices bajo la protección de la bandera de la libre América, sin temor alguno a incurrir en las venganzas del Gobierno ruso.


Publicado el 23 de febrero de 2017 por Edu Robsy.
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