El Tesoro de los Incas

Emilio Salgari


Novela



Capítulo I. El ingeniero Webber

La noche del 30 de noviembre de 1869, mientras una espesa lluvia azotaba la tierra y los tejados de las casas, y un viento endiablado y frigidísimo silbaba entre las desnudas ramas de los árboles, un vigoroso caballo salpicado de lodo hasta el cuello, y montado por un hombre armado de larga carabina, entraba a galope en Munfordsville, pequeña e insignificante aldea, situada casi en el riñón del estado de Kentucky, en la América del Norte.

Si alguno de los aldeanos hubiese visto a aquel hombre corriendo a horas tan avanzadas de la noche, y con tan horrible temporal, por las calles de la aldea, sin duda se habría apresurado a encerrarse en su casa y atrancar puerta y ventanas por miedo a tenérselas que haber con aquel siniestro jinete.

El cual, con su elevada estatura, su sombrero de fieltro adornado de una pluma, su amplio capote, sus altas botas de montar y su carabina, no podía menos, en verdad, de producir a primera vista alguna inquietud.

Más quien le hubiese mirado de cerca, se habría tranquilizado al punto. El rostro de aquel hombre era franco, abierto, nobilísimo, de frente alta y espaciosa, aunque surcada tal vez de precoces arrugas, ojos negros hermosísimos, algo melancólicos y coronados de grandes cejas, nariz recta y delgados labios sombreados de un tanto áspero bigote.

Apenas llegó el caballo ante las primeras casas de la aldea, el jinete que miraba atentamente a derecha e izquierda, como si buscase a alguien, metió la mano en un bolsillo interior de su chupa de terciopelo negro y sacó un magnífico reloj de oro.

—Las doce —dijo, acercándole a los ojos—. Con esta obscuridad, no será fácil encontrar la puerta. Pero ahora que me acuerdo, sobre ella debe de haber un canwass-bach disecado.

Y espoleando al caballo, que lanzó un sofocado relincho, atravesó a galope la aldea, y por fin se detuvo ante una casita casi desmantelada.

Miró con atención la puerta, y sobre ella vio clavado una especie de ánade con las alas desplegadas.

—He aquí el canwass-bach —murmuró.

Bajó de la silla, ató el caballo a los hierros de una reja, y llamó tres veces a la puerta, por cuyas rendijas salían algunos rayos de luz.

—¿Quién es? —preguntó una voz desde dentro.

—El ingeniero John Webber —respondió el jinete.

Al punto rechinaron los cerrojos, abrióse la puerta y apareció un hombre con una linterna en la mano.

Podría tener hasta treinta años, y era un mestizo de una estatura mediana, aunque muy membrudo, de piel obscura, ojos grandes, vivísimos e inteligentes, labios gruesos pero no abultados; nariz un poco aplastada y cabello negrísimo y rizado, como el de los negros. Su traje se asemejaba mucho al de los cazadores de las grandes praderas del Oeste: chaquetilla de tela burda con dibujos de cordoncillos azules, ancha faja ceñida al talle, pantalones de piel de gamo, grandes polainas y gorro de piel de zorra.

—¿Sois vos, señor? —preguntó dirigiendo la luz de la linterna sobre el ingeniero—. No creí veros con esta horrible noche.

—No temo a la lluvia ni al viento, Burthon —respondió el caballero—. Apenas recibí tu carta, salté sobre la silla y partí a galope. ¿Qué deseas?

—Ante todo, entrad, Sir John.

El ingeniero y Burthon penetraron en la cabaña. Halláronse en una salita pobremente alhajada, y alumbrada por un gran fuego que ardía en la chimenea. Había allí tres o cuatro asientos cojos, una mesa, sillas y guarniciones de caballo, varios fusiles colgados de un clavo, dos o tres fuertes cuchillos de los llamados bowieknife, algunos cuernos llenos, sin duda, de pólvora de fusil, y pieles de oso y ciervo puestas a secar.

Burthon destapó una botella de whisky, llenó un vaso y se lo ofreció al ingeniero.

—Bebed, Sir John —le dijo—, es del bueno. Y ahora decidme: ¿Podrá vuestro caballo recorrer a galope otras seis millas?

—¿Por qué lo preguntáis? —replicó Sir John.

—Debemos partir inmediatamente.

—¿Has descubierto el rastro de algún oso? Tú te acuerdas de mí siempre que es menester un buen tiro de fusil.

—No se trata ahora de salir de caza, Sir John. Vamos a ver a un hombre que está a punto de morir, y que desea hablar con vos.

—¿A un moribundo? ¿Y quién es?

—Os lo diré en el camino.

El ingeniero apuró el vaso y púsose en pie inmediatamente.

—Partamos —dijo.

Burthon arrojó un cubo de agua sobre el fuego, colgó de su tahalí un cuerno lleno de pólvora y una bolsa con balas, y descolgó del clavo un fusil.

—¿Tienes caballo para ti? —preguntó el ingeniero.

—Tengo a mi mustang. Vamos, Sir John.

Los dos hombres salieron de la cabaña. El cazador cerró la puerta con llave y sacó de un sotechado un hermoso corcel de la pradera completamente enjaezado.

—¡A galope! —gritó saltando ágilmente a la silla.

Los dos caballos, vigorosamente espoleados, lanzáronse a escape, dejando a su derecha a Munfordsville.

La noche seguía siendo horrible y oscurísima. Un viento helado y violentísimo silbaba entre las ramas de las encinas, acebos, hayas y olmos, torciéndolas y quebrándolas; y una lluvia más impetuosa que antes se derrumbaba y corría entre los surcos de las plantaciones. No se veía por parte ninguna ser viviente, ni brillaba una sola luz en las casas.

—Pero ¿a dónde me llevas? —preguntó el ingeniero, tras breve espacio, a su compañero que galopaba a su lado.

—Al lecho de un moribundo a quien siempre socorristeis generosamente: el indio Sinoky.

—¿Cómo? ¿Se halla Sinoky moribundo?

—Sí, y temo que no alcance a ver el sol de mañana.

—¿Qué le ha sucedido? —preguntó el ingeniero con voz conmovida.

—Os lo contaré en pocas palabras. Hace quince días, tornaba el pobre Sinoky a su cabaña con un ciervo montes que había cazado en un bosque; de pronto hicieron fuego sobre él tres hombres que estaban escondidos detrás de un árbol, y apenas le vieron caer, derribaron la puerta de su albergue y le robaron cuanto tenía.

—¿Y donde le hirieron?

—En el pecho, ¡de dos balazos! Apenas me enteré corrí a buscarle, y le curé; pero esta mañana se ha agravado tanto el herido que, como os dije temo no llegue a mañana.

—¿Y quiénes son los asesinos?

—Los conozco a los tres. Uno es un blanco llamado Carnot, y los otros, dos aventureros de la pradera.

—¿Y dónde están ahora?

—Habrán atravesado el Mississippi, y refugiándose en las grandes praderas del Oeste. Pero yo os juro, señor, que los encontraré y será muy pronto.

—¿Tienes propósito de volver a las grandes praderas?

—En Kentucky ya no hay caza, Sir John.

—¿Vives ahora solo?

—No; continúo con O’Connor y Morgan.

—Entonces, tus compañeros ¿estarán junto a Sinoky?

—Creo que no.

—Esta mañana me dijeron que querían batir un bosque donde habían hallado las huellas de un oso.

—¿Y tú sabes por qué desea verme Sinoky?

—Ya os he dicho que para hablaros.

—¡Pobre Sinoky! —murmuró el ingeniero—. Apresurémonos, Burthon.

A la una de la mañana los dos jinetes, después de haber costeado por algún tiempo la ribera derecha del Green, ancho caudal de agua que desemboca en el Ohio, se internaron en medio de un espeso bosque de acebos de obscuro follaje, por un sendero apenas transitado.

Allí no llovía, pero la obscuridad era tan profunda, que no se veía más allá de tres pasos, y el viento bramaba de tal suerte, que el bosque parecía estar lleno de fieras.

A las dos, Burthon, que iba guiando, torció bruscamente hacia el Este, y recorridos trescientos o cuatrocientos metros, se detuvo ante una pequeña cabaña, cuyas ventanas hallábanse iluminadas.

—A tierra, Sir John —dijo bajando de la silla.

El ingeniero obedeció, y se dirigió a la cabaña, dejando a su compañero que se cuidase de su caballo.

En la puerta le recibió una anciana negra.

—¿Sois el ingeniero Webber? —preguntó ésta.

—El mismo. ¿Duerme Sinoky?

—No, señor.

—¿Cómo está?

—Muy mal. No le prometo cuatro horas de vida.

El ingeniero entró en la cabaña; hallóse en una estancia rectangular, iluminada por una vela de sebo y muy mezquinamente amueblada. En el medio una mesa, algunas banquetas alrededor, fusiles colgados en las paredes, algunas hachas indias, algún cuchillo, cuernos de bisonte, pieles, frasquitos, mocasines bordados, prendas de vestir amontonadas en un ángulo, y en el fondo un lecho sobre el cual respiraba angustiosamente un hombre muy viejo y flaco, de piel rojiza y cabellera todavía negra y muy larga.

El ingeniero se detuvo un momento a mirar con ojos compasivos a aquel desgraciado que parecía realmente a punto de morir; después se acercó al lecho.

—¡Sinoky, mi pobre amigo! —dijo con voz conmovida.

El indio, al oír aquella voz, abrió los ojos semiapagados, y después, haciendo un esfuerzo, se incorporó lentamente.

—¡Vos! —exclamó, mientras alumbraba sus ojos un vivo relámpago—. Mi hermano blanco es siempre bueno.

—¿Cómo estás, amigo mío?

El indio intentó sonreír, más no lo consiguió.

—El Gran Espíritu me llama —dijo después con voz enronquecida.

—No desesperes, Sinoky —dijo Sir John, estrechando afectuosamente la mano que el moribundo le tendía.

—Siento que mi vida… se acaba, hermano blanco… ¡Oh, pero un indio no teme a la muerte!… Sólo temía dejar esta vida… sin haberos visto, y…

Se interrumpió e inclinó la cabeza, como si tratase de coordinar sus ideas; después se tendió de nuevo en el lecho, y continuó con voz ronca:

—Mi hermano blanco… ha sido siempre bueno con sus hermanos rojos y… siempre les ha ayudado con largueza…, su corazón siempre ha sido grande…, generoso.

—¿Qué quieres decir con eso, amigo? —preguntó el ingeniero.

—Lo sabréis en seguida…; me quedan quizá algunas horas de vida…; sí, poco tiempo, muy poco…; siento que las balas de los asesinos… están cerca del corazón… Esté muy atento mi hermano blanco… a cuanto voy a decirle… Me ha hecho a mí mucho bien… y yo se lo haré a él.

—Habla, Sinoky; pero despacio, no te fatigues.

—Poco será ya lo que me fatigue —dijo el indio con amarga sonrisa—. Escuchadme, hermano mío.

Capítulo II. El tesoro de los Incas

Volvió el indio a incorporarse, bebió algunos sorbos de agua azucarada, y después, cogiendo las manos del ingeniero y clavando sobre él sus ojos que se iban poco a poco apagando, con voz ronca y entrecortada hizo la siguiente narración:

»Hace muchos años, un día de los primeros del mes en que caen las hojas, mi padre, que era un gran sakem de la tribu de los Shawanis, me llamó a su cabaña. Había recibido en un combate tres hachazos en el pecho y estaba próximo a expirar.

»A su lado había dos arquillas de hierro muy viejas y cubiertas de herrumbre, las cuales sin duda había tenido hasta aquel día sepultadas bajo tierra.

»Hijo mío —me dijo—: dentro de poco compareceré ante el Gran Espíritu. Te dejo mis caballos, mi fiel tomahawk, mi fusil y estas dos arquillas, que guardarás cuidadosamente.

»Contienen documentos muy antiguos que heredé de mi padre, y él heredó del suyo. Si algún día cae nuestra tribu en la miseria, léelos; y si haces cuanto ellos te indiquen, tendrás oro bastante para comprar caballos, cabañas, anuas y víveres para todos nuestros hermanos rojos de América.

»Y dicho esto, cerró los ojos para no volver nunca a abrirlos. Su alma había volado al seno del Gran Espíritu».

Al llegar aquí, detúvose Sinoky para recobrar aliento. Su voz habíase enronquecido cada vez más, y un viscoso y abundante sudor corría por su frente y sus mejillas.

—No prosigas, amigo —le dijo el ingeniero—. Vas a apresurar tu muerte.

—Es preciso que hable —respondió el indio con firmeza—. Yo lo quiero.

—Descansa siquiera un poco.

El indio hizo un gesto negativo y prosiguió:

—Sucedió lo que mi padre había previsto. Mi tribu, perseguida por sus enemigos, robada por blancos y rojos, cayó en la más extrema miseria; y ahora anda errante por las orillas del Mississippi y del Ohio, perseguida por el hambre y por el frío. Si no hay quien la socorra, desaparecerán muy presto de la tierra los últimos Shawanis.

—¿Y las arquillas? —preguntó el ingeniero—. ¿No las abriste?

—Sí, varias veces.

—¿Qué contenían?

—Documentos duplicados, pero que no logré nunca descifrar.

—¿Dónde están ahora esas arquillas?

—Una, que se hallaba oculta en esta cabaña, me ha sido robada por los hombres que me hirieron de dos balazos en el pecho. La otra está escondida en el bosque.

El indio volvió a detenerse, pero en seguida añadió:

—Hermano, lo que yo no he hecho podéis hacerlo vos.

—¿Yo?…

—Sí, vos. Yo os diré dónde está la arquilla; examinaréis el documento, iréis a descubrir el tesoro, daréis la mitad de él a mi tribu y tomaréis vos la otra mitad.

—Rehusó, Sinoky.

—¿Por qué rehusáis? —preguntó el indio con suave acento de reproche.

—Yo no necesito dinero, Sinoky. Pero te prometo que si descubro el tesoro, se lo daré íntegro a tu tribu.

El indio sacudió su cabeza.

—Escúcheme mi hermano. Vos me habéis socorrido muchas veces; dejadme que ahora os haga yo también algún obsequio.

—Pero es que quizá la suma que tú quieres regalarme sea inmensa.

—La dividiréis con Burthon, O’Connor y Morgan. También ellos me han favorecido.

—¿Y aceptarán?

—Son pobres cazadores, que arrostran la muerte cada día para vivir. Hermano, juradme que cumpliréis mi última voluntad.

—Pues bien, lo juro.

—Gracias, gracias —murmuró Sinoky—. Ahora, escuchadme atentamente.

Intentó incorporarse un poco, pero volvió a caer sin fuerzas, lanzando un sordo gemido.

—La muerte se acerca —murmuró roncamente—. Escuchadme…, escuchadme… Detrás de mi cabaña hay un sendero… que conduce… hasta el bosque. Seguidlo… hasta que encontréis un acebo cortado en su mitad… Allí, torced a la derecha… hasta contar quince pasos…; escuchadme, escuchadme…; después hallaréis otro acebo… con tres cortes profundos…; cavad al pie… de él; la arquilla… está…, está… allí.

Por última vez se enderezó, cogió las manos del ingeniero, las apretó fuertemente, agitó los ojos, movió los secos labios como si quisiese pronunciar alguna otra palabra y en seguida se desplomó sobre el lecho y permaneció inmóvil.

—¡Ha muerto! —exclamó el ingeniero, apoyando una mano sobre el corazón del desgraciado indio.

—¡Burthon!

A su voz acudieron el mestizo y la anciana negra, que estaban sentados junto a la puerta. Ambos adivinaron lo sucedido.

—¡Pobre Sinoky! —dijo Burthon, quitándose su gorro—. ¡Malditos sean sus asesinos!

En el interior de la cabaña reinó un breve silencio, sólo interrumpido por los sollozos de la negra.

—Encended cirios —dijo el ingeniero.

Burthon sacó dos velas de una especie de saco, y después de encenderlas las colocó junto al cadáver.

—Ahora —prosiguió Sir John—, coge un azadón y una pala y sígueme.

—¿Vamos a cavar la fosa para enterrarlo?

—No; tenemos que penetrar en el bosque. Y tú, buena mujer, no llores. Tengo una casa mucho mejor que esta cabaña; yo te la daré y verás cómo no te falta lo necesario para vivir. Vamos, Burthon.

Salieron de la cabaña, rodeáronla por detrás y tomaron un senderillo que desaparecía en medio del bosque de acebos.

Comenzaba a blanquear por el Oriente. Por el cielo corrían nubarrones de color plomizo; pero había dejado de llover. Algún pájaro gorjeaba sobre las ramas más altas de los árboles, y a lo lejos, hacia Munfordsville, oíase ladrar a algún perro.

Habían Sir John y Burthon recorrido algunos centenares de metros, cuando resonó en la orilla del bosque un silbido agudísimo.

—¿Es una señal? —preguntó el ingeniero, deteniéndose.

—Son mis dos compañeros que regresan —respondió Burthon—. ¿Debo llamarlos?

—Sí, los necesito.

Burthon aplicó dos dedos a los labios y lanzó un silbido estridente, y tan fuerte, que podía ser oído a inedia milla de distancia.

Al punto, dos hombres, Morgan y O’Connor, se aproximaron por el sendero.

El primero era alto, un poco delgado, de aspecto noble, con ojos negrísimos y barba también negra, recortada a estilo americano; el otro era, por el contrario, muy bajo, pero membrudo, con anchas espaldas, piel un poco bronceada y un bosque de cabellos rojos. Ambos vestían como Burthon e iban armados de carabina y de sólidos bowieknife.

Al ver al ingeniero, descubriéronse respetuosamente la cabeza.

—¿Cómo estás, Morgan? ¿Y tú, irlandés? —preguntó el ingeniero, acercándose a los dos cazadores y estrechando sus manos.

—Estemos bien, señor —respondió O’Connor.

—¿Habéis cazado algo?

—Con una noche tan horrible, era imposible descubrir las huellas del oso. Y Sinoky, ¿cómo está?

—El pobre viejo ha muerto.

—¡Muerto! —exclamaron los dos con tristeza.

—¿Tenéis algo que hacer? —preguntó el ingeniero.

—Nada, señor —respondió Morgan.

—Entonces, seguidme.

—Pero ¿a dónde vamos, Sir John? —preguntó Burthon.

—A desenterrar un documento que nos servirá de guía para descubrir un gran tesoro.

—¿Descubrir un tesoro? —exclamaron el mestizo y el irlandés.

—Sí, amigos.

—Pero ¿de quién es ese tesoro?

El ingeniero les informó en pocas palabras de cuanto le había confiado Sinoky.

—Vamos, pues, amigos —díjoles cuando hubo terminado.

Pusiéronse en camino, siguiendo siempre el senderillo, y poco después llegaban ante un acebo cortado a la mitad de su altura. El ingeniero torció a la derecha, y contando, como le había dicho el indio, quince pasos, se detuvo ante otro acebo, sobre el cual veíanse tres profundas incisiones.

—Cava aquí, Burthon —dijo.

El mestizo empuñó la azada y comenzó a cavar, mientras O’Connor, valiéndose de la pala, echaba fuera la tierra. Al poco rato el pico chocó contra un cuerpo muy duro que produjo un ruido metálico.

Burthon se inclinó sobre la fosa, metió las manos en la tierra y haciendo un poderoso esfuerzo sacó una arqueta de hierro de un pie de larga y seis pulgadas de ancha, y cubierta de una espesa capa de herrumbre.

Sir John la examinó atentamente, esperando encontrar algún muelle o resorte que permitiese abrirla; pero nada vio Entonces cogió el azadón y golpeó los goznes con tal violencia, que al punto se hicieron pedazos.

Burthon levantó la cubierta y apareció un rollo de pergamino muy amarillento y atado con una cadenilla de oro.

—¡El documento! —exclamaron los cazadores con viva emoción.

Sir John lo sacó y desenrolló, y se puso a examinarlo con profunda atención.

—¿Qué contiene? —preguntó Burthon.

—Veo un plano, números y palabras castellanas.

—¿Podéis descifrarlo? —preguntó O’Connor.

—Así lo espero.

De allí a poco salió de sus labios una exclamación de estupor.

—¡Oh! ¿Qué es lo que veo? —exclamó con voz entrecortada—. ¡Morgan! ¡Burthon! ¡O’Connor! ¡Es el tesoro de los Incas!…

—¿Cómo? ¿El tesoro de los Incas? —gritó Morgan—. ¿El tesoro de los Incas habéis dicho, señor?

—Sí, Morgan, sí; el tesoro de los Incas. Amigos míos, son cientos de millones los que vamos a buscar.

—¿Pero estáis seguro de no engañaros, señor?

—No; no me engaño, Morgan. Este documento nos enseña el camino para llegar a la caverna donde se esconde el famoso tesoro de Huascar.

—Traducid ese escrito, señor.

—Dadme cinco minutos de tiempo.

Sentóse sobre el tronco del árbol caído, sacó un lápiz y un librillo y se puso a trabajar. Morgan, Burthon y O’Connor devoraban con sus ojos las palabras que escribía. No parecía sino que los tres habían sido presa de repente de violentísima fiebre, pues sus miembros temblaban fuertemente.

También se hallaba agitado el ingeniero. De sus labios salían frecuentes exclamaciones y en su semblante se iba pintando el mayor asombro a medida que iba traduciendo el documento.

Transcurridos diez minutos, levantó la cabeza, y mirando a los cazadores dijo con voz altera4a:

—No me he engañado. Se trata realmente del tesoro de los Incas.

—Decidme, Sir John —preguntó Burthon—. ¿Es grande ese tesoro?

—Es inmenso, Burthon; tan inmenso, que con él se podría comprar Nueva York con todos sus buques.

—¿De quién es ese tesoro? —preguntó O’Connor.

—Escuchadme, amigos. Hacia el año 1525 murió Huauna-Capac, emperador del Perú, dejando a su hijo Huascar el Imperio, y a su hijo Atabalipa el reino de Quito.

Durante cinco o seis años los dos hermanos vivieron en paz, pero después nacieron entre ellos rivalidades que les llevaron a una cruelísima guerra fratricida.

Huascar, envidioso de la popularidad de su hermano, y aguijoneado por la ambición, le intimó a que le cediese el reino de Quito. Negóse a ello Atabalipa, y la guerra estalló encarnizadísima por ambas partes. El rey de Quito, joven, gallardo, generoso y capitán habilísimo, derrotó a las tropas imperiales en varias batallas, conquistó una a una las ciudades del Imperio y logró, por último, apoderarse de su hermano, al cual mandó prisionero a Casamassca.

El desgraciado Emperador poseía tesoros inmensos, heredados de su padre, y los había hecho esconder en un lugar conocido sólo por él y por algunos de sus fidelísimos curachis, habiendo hecho matar a los hombres que los habían conducido; así, cuando Soto y Barca, capitanes de Francisco Pizarro, conquistador del Perú, le visitaron, él les ofreció estos tesoros a cambio de su libertad. Mas, por desgracia, Atabalipa tuvo barruntos de este ofrecimiento, y temeroso de que Huascar, una vez libre, se pusiese nuevamente en campaña, le hizo estrangular secretamente por el general Quiezquiez.

En vano los españoles buscaron los tesoros; en vano dieron tormento a varios curachis esperando arrancarles el secreto; los tesoros jamás fueron hallados, sin que tuviesen mejor suerte las expediciones emprendidas con este fin en diversas épocas por audaces aventureros.

Este documento, amigos míos, nos señala el camino para llegar a uno de esos escondites, quizá el principal, y aun el único donde se hallan los tesoros.

—Entonces, es preciso encontrar esos tesoros —dijo Burthon.

—¿Pero dónde se hallan? —preguntó Morgan.

—Escuchadme, amigos —dijo el ingeniero, extendiendo el precioso documento.

—El punto de partida será, según lo indica este plano, la Caverna del Mammuth.

—Pero entonces está muy cerca el tesoro —dijo Burthon.

—Al contrario. Parece que se halla muy lejos. ¿Conoces la caverna?

—Como a Quisville.

—Entonces sabrás que al final de una de sus galerías hay un abismo al que se ha dado el nombre de Maelstroom.

—Lo sé. Es un abismo que todavía no ha sido explorado y al que se cree muy profundo.

—Pues bien, allí, en el fondo de abismo, si hemos de creer a cuanto dice el documento, existe una galería que conduce a un río subterráneo y navegable.

—¿Y debajo de éste está el tesoro?

—No; el pergamino dice que es preciso seguir todo el curso de agua, que es larguísimo y avanzar a lo largo de muchas galerías. El tesoro se hallará en una gran caverna circular, sostenida por inmensas columnas talladas en la roca.

—¿Pero a qué distancia del Maelstroom? —preguntó Morgan.

—El documento no lo dice, pero habla de muchos días de navegación y de muchos otros de marcha.

—Es sorprendente —dijo el cazador—. ¿Cómo puede ser que la Caverna del Mammuth conduzca a la cueva donde se esconde el tesoro de los Incas?

—En efecto, es asombroso; sobre todo si se considera la enorme distancia que separa a Kentucky del Perú —confirmó el ingeniero.

—¿Habrá debajo de América una gigantesca galería? ¿Habéis alguna vez oído hablar de esto?

—Nunca, Morgan.

—Pero ¿cómo es que ese documento se hallaba en poder de los jefes Shawanis?

—¿Y quién nos dice que la tribu de los Shawanis no es una fracción de los Incas?

—La observación es acertada, señor. Pero ¿cómo han llegado esos Incas hasta Kentucky?

—Por la gran galería señalada en el documento.

—¡Una galería de dos mil leguas!

—Pues para trazar este plano, es preciso que alguien haya hecho ese maravilloso viaje.

Morgan le miró con estupor, sintiéndose impresionado por aquel razonamiento que hallaba muy atinado.

—Entonces, existe ese subterráneo —dijo.

—Debe existir, Morgan. Sin duda, una tropa de lacas emprendió ese largo viaje y cerró después el pozo que conduce a la Caverna del Mammuth.

—¿Qué decidís, señor? ¿Intentaremos el viaje?

El ingeniero no respondió. Pensaba, sin duda, en los inmensos peligros que ofrecía semejante empresa.

—Señor —dijo Morgan, con voz conmovida—. Yo sé que vos sois, no sólo un hábil cazador y un hombre valiente, sino también uno de los más ilustres ingenieros de que se enorgullece Kentucky, y uno de los sabios más animosos de los Estados Unidos. Poneos a nuestra cabeza y nosotros os seguiremos a donde queráis conducirnos. Si encontráis los tesoros nos habréis salvado a nosotros de la miseria y a los Shawanis de una muerte segura.

—El viaje me tienta, Morgan. Pero ¿habéis pensado vosotros en los peligros que habremos de arrostrar?

—Los peligros no nos asustan —dijo Burthon.

—Puede costarle la vida a alguno de nosotros.

—No importa —dijo O’Connor.

—Pues bien, acepto ser vuestro jefe. Pero habéis de jurarme dos cosas.

—Hablad —dijo Morgan.

—Lo primero, juradme que me obedeceréis ciegamente.

—Lo juramos —dijeron los cazadores.

—Después, juradme que entregaréis a los indios Shawanis la mitad del tesoro.

—Lo juramos también —repitieron los cazadores con voz solemne.

—Entonces, mañana volveré yo a Louisville a preparar cuanto se necesita para la audaz expedición, y dejar arreglados mis negocios. Y vosotros os introduciréis en la Caverna del Mammuth, haréis amistad con los guías y estudiaréis el camino que conduce al Maelstroom. Y, sobre todo, guardad secreto. Todos deben ignorar nuestro viaje.

—¿Cuánto tiempo necesitaréis para los preparativos? —preguntó Burthon.

—Unos veinte días, a mi juicio.

—Señor —dijo Morgan—. ¿Costarán mucho los objetos que nos serán necesarios?

—Sin duda; pero no te preocupes de eso. Tengo lo suficiente para comprar veinte veces más de lo que necesitemos. Si no me equivoco, tú eres maquinista.

—He navegado seis años sirviendo en las máquinas de la Compañía del Pacífico.

—Y tú, O’Connor, ¿has sido marinero?

—Sí, señor; muchos años.

—Basta, pues. Regresemos, amigos.

Aquella mañana fue sepultado el cadáver de Sinoky en la misma fosa donde había sido hallada la preciosa arquilla; y unas horas después, partían para Louisville el ingeniero y la anciana negra, mientras los cazadores se encaminaban a la Caverna del Mammuth.

Capítulo III. La Caverna del Mammuth

Ninguna caverna del viejo mundo puede competir en amplitud, profundidad y belleza con la Caverna del Mammuth, de Kentucky.

Este inmenso antro, que se hunde en los flancos de una montaña y desciende hasta las entrañas de la tierra, convirtiendo el suelo en una esponja colosal, formada Dios sabe por qué espantoso cataclismo, se halla a corta distancia del Green-River, casi en el riñón de Kentucky.

Parece que tan desmesurada caverna debería tener una entrada gigantesca; y, sin embargo, sucede todo lo contrario. Penetrase en ella por una especie de pozo de cuarenta pies de profundidad, y apenas tres metros de anchura, el cual, por uno de sus ángulos, recibe las aguas de un riachuelo que se precipita dentro con fragor diabólico, oído allí abajo a muy larga distancia. La más vigorosa descripción no puede dar sino muy pálida idea de esta caverna, de cuya posesión se enorgullecen los norteamericanos.

Aquello es un caos de tenebrosos corredores que suben hacia el monte y descienden a las entrañas de la tierra, ora rectos, ora quebrados y tortuosos, ya anchos y elevados, ya angostos y tan bajos, que se tropieza con la cabeza en la bóveda; es un laberinto de cúpulas espléndidas, de cuevas hermosas, de celdas y celdillas, de bóvedas inmensas, interrumpidas por mil entrantes y salientes, de arcos espantosos, de columnas desmesuradas, perforadas, rotas, y cuyas cimas se pierden muchas veces en profundas tinieblas, de abismos horribles, de cavidades extrañas y misteriosas, dentro de las cuales viven blancos grillos que causan espanto; de límpidos torrentes que corren sobre lechos de blancas piedras, ya con leve murmullo, ya con furia irresistible, hinchando los subterráneos de mil fragores y mugidos que el eco repite incesantemente de caverna en caverna; es, finalmente, un caos de maravillosas cristalizaciones, de alminares turcos, de árboles, espirales, flores magníficas, talladas en el más puro alabastro, de estalactitas y estalagmitas de mil formas y tamaños, que lanzan fantásticos fulgores; y de cien mil especies de mármoles, blancos unos, verdes como esmeraldas otros, rojos como rubíes, amarillos como topacios, azules como zafiros, veteados de plata, resplandecientes, hermosísimos. Cualquiera diría que un hada ha reunido en aquellos tenebrosos antros todas las piedras preciosas de la tierra.

Allí, bajo aquella montaña, rota, minada de cien mil maneras, hay que admirar el Gabinete de Cleveland, que con sus maravillosas cristalizaciones parece labrado y construido por el genio de mil artistas; allí es de ver la caverna de las Bolas de nieve, abierta en un bloque inmenso de blanquísimo mármol y sembrada de piedras esféricas que causan escalofríos; allí son de admirar la Cuna de Pereva, cuyas paredes parecen cubiertas por un tapiz de piedra amarilla, y cuyos suaves pliegues ofrecen a la vista el dibujo de un telón de teatro; la Sala de las Sombras, tumba de los antiguos indios, y en cuyo centro se alza gigante el blanco esqueleto de un mastodonte; la Cúpula de Yung, tan alta que no es posible distinguir la bóveda, ni aun con las más potentes lámparas; el Valle del Eco, cuyas repercusiones sorprenden, espantan y hacen creer que en sus obscuros antros se esconde una legión de duendes; la Mansión de los Inválidos, a la cual van los enfermos del pecho; la Cúpula Estrellada, inmensa, magnífica, tachonada de miles y miles de facetas que chispean extrañamente al resplandor de las hachas, y finalmente el Mar Muerto, negra y tranquila la superficie de agua, que se pierde bajo oscuras bóvedas, y que a la extremidad de una espantosa galería se abre en el misterioso Maelstroom, el gran abismo que debía conducir al ingeniero y a los cazadores al hallazgo del famoso tesoro de los Incas.

Fieles a las órdenes recibidas de Sir John, Morgan, Burthon y O’Connor, después de vender los pocos objetos que poseían, alojábanse hacía ya quince días en uno de los numerosos hoteles que se levantan en las cercanías de la maravillosa caverna.

Habían trabado íntima amistad con los guías, a los cuales les convidaban frecuentemente a alguna botella de whisky o de gin; y fingiéndose apasionados geólogos, habían visitado muy despacio la caverna, y especialmente la galería que conducía al Maelstroom.

A los dieciséis días, en el momento en que Morgan bajaba la escalera del hotel para dirigirse a la caverna, encontróse con el ingeniero Webber, que acababa entonces de llegar.

—¿Vos aquí ya, señor? —le dijo Morgan, estrechando vigorosamente la mano que Sir John le tendía.

—Condúceme a tu cuarto, y hablaremos.

Morgan, le hizo entrar en una estancia aderezada con elegancia y le ofreció una cómoda silla.

—Todo está preparado —dijo Sir John—. El equipaje está a dos millas de aquí, a la orilla de un bosque.

—¿Pesa mucho?

—Cinco mil trescientos kilos.

—¡Cinco mil trescientos kilos! —exclamó el cazador, abriendo asombrado los ojos—. ¿Y en qué consiste ese equipaje?

—En un barco de vapor, todo de acero, para navegar por el río marcado en el pergamino.

—Pero ¿cómo nos arreglaremos para meterlo en el Maelstroom?

—Está desarmado, y cada pieza no pesa más de sesenta a setenta kilos. Hasta la máquina está desmontada.

—¿Y el resto de la carga?

—Lo componen víveres, carbón, aceite para las lámparas, armas, vestidos, aparatos Rouquayrol…

—¿Aparatos Rouquayrol?

—Sí. En nuestro viaje quizá hayamos de pasar por lugares donde el aire no sea respirable.

—Habéis pensado en todo, señor. ¿Y quién nos ayudará a bajar la carga y llevarla hasta la orilla del abismo?

—Los guías y cincuenta negros que yo he hecho venir de la plantación de un amigo mío. Ahora, ve y tráeme al jefe de los guías.

Una hora después, el jefe de los guías de la caverna presentóse ante el ingeniero, y tuvo con él un largo coloquio, al fin del cual, marcharon los dos a visitar el misterioso abismo y colocar varios aparatos que debían servir para bajar la carga.

Aquella misma tarde el ingeniero obsequió a los guías y a los cazadores con un abundante convite en un elegante saloncito de uno de los mejores hoteles. A las nueve levantáronse todos de la mesa y dirigiéronse a la caverna, junto a la cual hallábase parado un gran furgón, tirado por seis vigorosos caballos, y rodeado de cincuenta robustos negros. En aquel furgón iba todo el equipaje que habían de llevar los audaces buscadores del tesoro de los Incas.

—¡A trabajar! —dijo él ingeniero—. Es preciso que antes del alba esté todo hecho, para que nadie sepa que penetramos en las entrañas de la tierra.

—¿Y no lo dirán los guías? —le preguntó al oído Morgan.

—Me han jurado que guardarán secreto absoluto, y les creo hombres de honor.

Burthon, Morgan y el jefe de los guías, con diez de sus hombres y veinte negros provistos todos de lámparas y antorchas penetraron en la caverna. El ingeniero, O’Connor y los demás, después de establecer numerosos turnos, comenzaron a descargar el furgón y a bajar los fardos, cada uno de los cuales pesaba, todo lo más, sesenta kilos.

Antes de dos horas yacían en el fondo del pozo las piezas del barco, la máquina, las provisiones, los instrumentos, las ropas, armas y cuanto había adquirido el ingeniero. Sólo faltaba transportarlo todo hasta la orilla del Maelstroom.

Sir John dio algún descanso a sus hombres, los reanimó con una abundante ración de whisky y después de repartir entre ellos varias antorchas, dio la señal de partir.

Los cincuenta negros, los guías y los tres cazadores, cargados todos como mulos, emprendieron animosamente el camino, guardando absoluto silencio.

Áspero era el camino, ora ascendente, ora descendente.

A la una de la madrugada, la caravana llegó a la orilla del abismo, en cuyo fondo oíanse fragores un tanto inquietantes.

El ingeniero envío cincuenta hombres a que trajesen el resto de la carga, y después se inclinó sobre el abismo, descolgando una lámpara atada a una cuerdecilla.

—¿Se ve algo? —preguntó Burthon.

—Absolutamente nada —respondió el ingeniero.

—¿De dónde proviene este fragor?

—De una cascada —respondió él ingeniero—. Está marcada en el pergamino. ¿Quién baja el primero?

—Yo —dijo Morgan.

—Yo —repitió Burthon.

—Si tuviese la seguridad de no tenérmelas que haber con ningún espectro, bajaría yo también —murmuró O’Connor, que era tan supersticioso como todos los irlandeses.

—Doy la preferencia a Morgan —dijo el ingeniero.

El cazador se ató a la cintura una lámpara de seguridad y se puso a horcajadas sobre una barra de hierro, suspendida de dos sólidas cuerdas.

—¿Tienes miedo? —le preguntó el ingeniero, sintiendo apretársele el corazón—. Lo desconocido atemoriza aun a los más valientes, Morgan.

—No tengo miedo —respondió él cazador.

—Descolgadle, pues —dijo Sir John a los guías.

La cuerda comenzó a desenrollarse lentamente, y el audaz cazador empezó el espantoso descenso en aquella sima misteriosa, que quizá le preparaba terribles sorpresas.

El ingeniero, sumamente pálido, seguía con la mirada a Morgan, que se mantenía asido a las cuerdas con ambos manos, y se bamboleaba a cada oscilación de la barra. De cuando en cuando, su voz dominaba los sordos mugidos que subían del fondo del abismo.

—¿Tienes miedo? —preguntábale Sir John.

—No —respondía invariablemente Morgan.

Había transcurrido un minuto, largo como un siglo para aquellos hombres, cuando de pronto desvióse la cuerda. El ingeniero, que se había retirado hacia atrás, volvió rápidamente a la orilla del abismo y miró hacia abajo.

—Deteneos —ordenó con voz sofocada.

—¿Qué sucede? —preguntaron temblando los cazadores y los guías.

—No veo ya la lámpara, y la cuerda no está tensa —respondió Sir John.

—Es imposible —exclamaron Burthon y O’Connor, que sintieron bañarse en frío sudor sus frentes.

—¡Callad! —dijo el ingeniero—. Oigo la voz de Morgan.

Y se inclinó de nuevo sobre el abismo y aplicó el oído, conteniendo La respiración. Entre los sordos fragores, percibió la voz de Morgan.

—¡Esperad! —gritaba el intrépido explorador.

—¿Has llegado al fondo? —preguntó Sir John.

Sea porque su voz no pudiese llegar hasta abajo por el ruido de las aguas, o por otra causa cualquiera, ello es que no obtuvo respuesta; pero de pronto descubrió, a cuarenta pies de profundidad, la lámpara que parecía salir de la pared, y sintió que la cuerda volvía o ponerse tensa y a ondear.

—¡Dad cable! —se oyó gritar en el abismo.

La cuerda siguió desenrollándose otros cien pies; luego volvió a perder tensión. El ingeniero, mirando hacia abajo, descubrió un punto luminoso apenas visible.

—Ha llegado —dijo.

Y después de esperar cinco minutos, recogió la cuerda, a cuya punta vio atada una hoja de papel en cuatro dobleces y empapada de agua. La abrió y leyó las siguientes palabras escritas con lápiz: «He llegado felizmente. Podéis bajar sin temor».

—Ahora tú, Burthon —dijo el ingeniero.

—Heme aquí, señor —respondió el mestizo. Y poniéndose a caballo sobre la barra, descendió felizmente en menos de diez minutos. O’Connor, después de algunas vacilaciones, siguió a sus compañeros.

—Ahora —dijo el ingeniero, volviéndose a los guías— descolguemos el equipaje.

Capítulo IV. El Maelstroom

Los tornos y las cuerdas hallábanse a punto. Los guías, dirigidos por el ingeniero, ataron los fardos de cuatro en cuatro, y los descolgaron hasta el fondo del abismo, donde Morgan, Burthon y O’Connor los iban desanudando y poniendo en orden.

La tarea duró tres horas largas, durante las cuales llegaron los negros con el resto del equipaje, que fue también bajado al Maelstroom.

A las seis de la mañana había terminado todo. El ingeniero entregó dos mil dólares al jefe de los guías, y otro tanto al capataz de los negros, e hizo que todos le jurasen que guardarían absoluto secreto. Después, mandó retirar los tornos y estrechando la mano a los circunstantes más próximos, montó sobre la barra que habían utilizado para bajar sus compañeros.

—Señor —dijo el jefe de los guías, antes de ordenar a sus hombres que desenrollasen el cable—: ¿Debo recoger también esta cuerda?

—Sí —respondió el ingeniero.

—¿Y si os veis obligados a regresar por el Maelstroom?

—Escucha atentamente. Si no te sirve de molestia, te acercarás diariamente hacia el mediodía a la orilla de este abismo, y si oyes tiros de fusil, echa una cuerda.

—Os prometo que lo haré.

—Gracias. Si vuelvo con vida a la superficie de la tierra, te recompensaré largamente.

—Adiós, señor, y que Dios os proteja.

—Adiós, amigo. Haz la señal.

La cuenda comenzó a desenvolverse, y el ingeniero descendió al horrible abismo que se abría bajo sus pies. Las paredes eran escabrosas, y estaban hendidas de mil maneras, formando entrantes y salientes de tal forma que el ingeniero chocaba contra ellos, rasgándose la ropa. Del fondo subían sordos mugidos que, conforme bajaba, íbanse haciendo más formidables. Aunque poseía un valor más que extraordinario, al hallarse suspendido de aquella cuerda, rodeado de espesas tinieblas, que apenas lograba atenuar la lámpara, y lacerado por aquellas agudas peñas, sintió un escalofrío.

Miró hacia abajo. Allá en el fondo brillaban tres puntos luminosos, y al lado de ellos descubrió tres formas humanas, apenas distintas e inmóviles.

Eran sin duda sus compañeros, que observaban ansiosamente el espantoso descenso.

A cuarenta pasos de profundidad, sus pies se apoyaron sobre una especie de plataforma que sobresalía hasta el centro del pozo. En el fondo de ella abríanse cuatro obscuras grutas, por donde salían extraños rumores, como si por allí corriesen impetuosos torrentes. Apoyándose en un pie se desvío hacia fuera y continuó descendiendo. A otros cien pies de profundidad vio salir por una inmensa abertura una columna de agua, que se lanzaba furiosamente al fondo del abismo. El estruendo era tal que parecía que las rocas se hundían, y el ímpetu tan violento, que la llama de la lámpara amenazaba apagarse.

Ensordecido y azotado por la espuma que llegaba hasta él, bajó en línea paralela a la catarata, e hizo pie en una roca escarpada, sobre la cual se mantenían firmes sus tres compañeros.

—¡Bien, señor Webber! —le gritó Burthon al oído.

El ingeniero le oyó a duras penas, a causa del mugido formidable de las aguas. Cogió la mano de su compañero y la estrechó vigorosamente.

Los cuatro audaces exploradores penetraron en una galería, y se detuvieron en una pequeña caverna, cuyo piso estaba cubierto de una arena negrísima, salpicada de conchitas blancas como la nieve. Allí dentro podíase hablar libremente.

—Todo va bien —dijo Morgan.

—¿Has hallado la abertura que conduce al gran subterráneo? —preguntó el ingeniero.

—Seguidme, señor.

Morgan apoyó las manos sobre una peña, que vino a encajarse en una especie de hendidura, dejando libre una abertura circular de cuatro pies de diámetro.

—Mirad —dijo alzando la lámpara.

El ingeniero vio abierta ante sí una inmensa galería, cuya bóveda, sin duda altísima, se perdía en las tinieblas. Por el centro, y entre dos orillas cortadas, rotas y asperísimas, corría una negra e impetuosa corriente en dirección al Sudoeste. Circulaba allí un aire fresco y húmedo, más pesado que el exterior, pero respirable.

—Éste es sin duda el río marcado en el pergamino —dijo el ingeniero.

—¿Se ve a alguien? —preguntó O’Connor, con inquietud.

—¿Quién quieres que haya aquí? —replicó Burthon.

—Me han dicho que en las cavernas habitan espectros.

—Eso son fábulas, querido.

—Volvamos atrás —dijo el ingeniero—. Los guías esperan mi respuesta.

—Permitidme antes una pregunta, Sir John —dijo Burthon—, ¿habéis dicho a los guías que vamos a buscar el tesoro de los Incas?

—No, amigo mío. Ellos creen que se trata de una gran excursión científica.

—Habéis hecho bien, señor.

Volvieron a la caverna, en medio de la cual yacía el equipaje. El ingeniero arrancó una hoja de su librillo de apuntes, y escribió en ella:

«Retirad la cuerda. Todo va bien. Adiós todos».

Después ató el papel a La cuerda, la cual, a una señal dada por Burthon con un tiro de su revólver, fue recogida por los guías.

—Ahora, armemos el barco —dijo el ingeniero.

Burthon, Morgan y O’Connor transportaron a la orilla del río subterráneo las piezas, que estaban numeradas, y eran de acero muy ligero, pero tan resistente que podía desafiar un choque aunque fuese violentísimo. En seguida pusieron manos a la obra, dirigidos por el ingeniero.

Dos horas fueron más que suficientes para ensamblar todas aquellas piezas, las cuales formaron una elegantísima embarcación, cómoda, ceñida de carena, de más de treinta pies de larga y armada a proa de un sólido espolón.

El montaje de la máquina y de la hélice requirió más espacio de tiempo. Morgan que, como hemos dicho, había sido maquinista varios años, aseguró a sus compañeros que el bote podría, en caso desesperado, alcanzar una velocidad superior a diez y seis nudos por hora.

A las doce, el ingeniero propuso que durmiesen algunas horas. La proposición fue aceptada, y caída cual se envolvió en una gruesa manta, y se tendió junto al bote.

Hasta las ocho de la noche no despertaron. Hicieron una copiosa comida con carnes fiambres, que el previsor ingeniero había metido en un fardo, y después de fumar un cigarro, echaron el bote al agua y lo amarraron sólidamente a la punta de una roca.

—¡Hermoso! ¡Magnífico! —exclamó O’Connor—. En mis viajes por el Océano pocos botes he visto tan bien construidos como éste.

—Aún será más hermoso cuando navegue a todo vapor —dijo Burthon.

—Empecemos a cargarlo, amigos —dijo Sir John—. Nuestro barco está impaciente por zarpar.

Había que cargar dos mil setecientos kilos. Cuatrocientos de carbón de piedra, doscientos de aceite para las lámparas, trescientos de pescado seco, cuatrocientos de bizcocho, doscientos de pemmicam, cien de alcohol para el infiernillo de la cocina, y los restantes de instrumentos, como manivelas, barras de hierro, dos hélices de recambio, etcétera, y de té, chocolate, café, botellas de whisky, gin y brandy, una caja de sal, ropas, mantas, pólvora de mina y de fusil, anuas, picos, azadas, cuerdas, brújulas, barómetros, dos manómetros de aire comprimido, dos cronómetros, cuatro aparatos Rouquayrol con una pequeña bomba de émbolos filos y cilindros movibles para renovar la provisión de aire de los depósitos, un pequeño botiquín, etcétera.

Todo ello fue bien colocado en el bote de manera que quedase espacio suficiente para que tendiesen sus mantas los que hubiesen de dormir.

A las diez habían terminado los últimos preparativos. El ingeniero mandó encender cuatro lámparas de seguridad, sistema Davy, rodeadas por un tubo de cristal, protegido por gruesos hilos de hierro, y cubiertas de una red metálica, y en seguida saltó al bote, que se mecía suavemente sobre las ondas espumosas del río. Sus compañeros, un tanto pálidos y conmovidos, le siguieron al punto.

—Amigos —dijo Sir John, con voz solemne—: Si alguno de vosotros no se siente con bastante valor para seguirme, que lo diga.

Nadie respondió.

—Gracias, amigos. Burthon, descorcha una botella.

El mestizo destapó una botella de viejo whisky y llenó cuatro vasos.

—¿Qué nombre pondremos a nuestro bote? —preguntó el ingeniero.

—No hallo otro mejor que el de Huascar —dijo Morgan.

—¡Pues viva el Huascar! —gritó Sir John.

—¡Viva! —repitieron gritando los cazadores.

Y de un sorbo vaciaron los vasos.

—¡A la máquina, marchen! —ordenó el ingeniero—. ¡Y que Dios nos proteja!

Morgan, que una hora antes había encendido la máquina, abrió la válvula. El vapor rugió con sordos mugidos, y la hélice comenzó a girar.

El Huascar se estremeció, y se lanzó hacia adelante, hendiendo como una flecha las negras aguas del inmenso subterráneo, mientras un nuevo y formidable ¡hurra!, sacudía los ecos de las inconmensurables bóvedas.

Capítulo V. Un rastro misterioso

El Huascar, dotado de una potente máquina vertical y de largo horno, era en verdad un excelente andador. Al poderoso empuje de la hélice, que mordía furiosa las negras aguas, corría con fantástica rapidez, dejando en pos de sí una estela fosforescente que brillaba con maravilloso fulgor en aquella obscuridad casi absoluta.

Por babor y estribor, iluminados por la rojiza luz de las dos lámparas de seguridad, colocadas a proa, pasaban confusamente rocas inmensas, rectas las unas, curvas o cóncavas o rasgadas las otras, erizadas de espantosas puntas, algunas de las cuales llegaban casi a rozar los flancos de acero del veloz bote; después, estalactitas y estalagmitas de formas extrañas, maravillosas, que despedían fantásticos fulgores; columnatas inmensas, cuya altura se perdía en las tinieblas; bloques de vistosas rocas conformadas de mil maneras y obscuras y profundas cavernas o galerías, dentro de las cuales mugían o hervían impetuosos torrentes.

Sir John y sus compañeros, sentados a bordo del bote, contemplaban silenciosos las orillas que huían rápidamente, y las aguas que bramaban dentro de fiords numerosísimos; y escuchaban con ansiedad los sordos mugidos del vapor, que se propagaban de caverna en caverna despertando los ecos, dormidos quizá desde hacía más de trescientos años.

Aunque dotados de valor realmente extraordinario, al verse nuestros hombres allí abajo, entre aquellas bóvedas inmensas y siniestras aguas, y a más de seiscientos pies debajo de la superficie de la tierra, sentíanse vivamente conmovidos, y aun espantados de su propia audacia. El mismo ingeniero, alma de aquella expedición, miraba un tanto tembloroso las bóvedas que se sucedían unas a otras, y bajo las cuales volaba el barco con creciente rapidez, hundiéndose en las entrañas de la tierra.

—¿Qué es lo que sientes? —dijo, volviéndose hacia Burthon, que había perdido su acostumbrada locuacidad.

—Debo confesaros, Sir John, que estoy espantado —respondió el mestizo—. Paréceme que estoy a mil leguas bajo la corteza terrestre.

—Pues apenas hemos empezado.

—Se necesita valor para meterse aquí dentro.

—Lo sé, Burthon, y espero que no nos faltará.

—¿Creéis vos que lograremos vencer todos los obstáculos que encontremos?

—Confío en ello, ya que disponemos de poderosos medios. No nos detendrán ni las rocas ni el fuego.

—¿El fuego?… ¿Encontraremos fuego?

—No lo aseguro, pero lo temo. Dentro de diez o doce días lo sabremos por la dirección que tome el subterráneo: si atraviesa el golfo de México, probablemente no hallaremos grandes obstáculos, pero si pasa bajo el gran istmo de la América Central, tendremos que luchar probablemente con los volcanes.

—Quizá muramos asfixiados.

—Para evitar eso es para lo que he traído conmigo los aparatos Rouquayrol.

—¿Y cómo nos libraremos de las lavas?

—No lo sé; pero yo te aseguro que pasaremos, Burthon Además, si pasaron los indios, no sé por qué no habremos de pasar nosotros.

—Y creéis…

—¡Calla! —dijo el ingeniero—. ¿Qué estruendo es ése?

—¡Cuidado! —gritó O’Connor, que estaba en pie a proa, observando la corriente—. ¡Atiende a la barra, Morgan!

—¿Qué sucede? —preguntó Sir John, acercándose a proa.

—Allí hay rompientes —respondió el marinero.

—¿Se las ve?

—No; pero estoy seguro de ello. La corriente se quiebra con gran furia.

A proa oíase un mugido formidable.

Los ecos de las cavernas repetían aquel fragor con tal intensidad como si doscientos o trescientos pasos más adelante hubiese alguna gran catarata.

—Coged los remos —dijo el ingeniero, levantando una lámpara—. Aunque el bote es duro como una roca, podría serle fatal un choque, ¡eh, Morgan! Haz parar la hélice.

El estruendo habíase vuelto tan formidable que ahogaba las voces de los hombres. A la luz de las lámparas, divisábanse confusamente a babor y estribor rocas monstruosas, negras, erizadas de horribles puntas, contra las cuajes rompíanse furiosamente las aguas. Un movimiento mal hecho del timón habría bastado para que el bote se hiciese añicos, a pesar de su solidísima construcción.

Durante diez minutos el Huascar, detenido unas veces, empujado otras a la derecha o a la izquierda, navegó lentamente entre aquella doble fila de escollos; después, desembocó en un vasto antro, una especie de gigantesca cueva, donde la corriente hacíase sentir débilmente.

El ingeniero se irguió cuan alto era con una lámpara en la mano, pero la bóveda era tan elevada, que no podía divisarse; inclinóse luego hacia babor y estribor, pero las orillas ya no eran visibles.

—¿Dónde nos hallamos? —preguntó Burthon.

—No sé más que tú —respondió Sir John—. Pero parece que hemos entrado en una caverna vastísima. Dispara un fusil, para que veamos la altura de la bóveda.

Burthon cogió una carabina, la amartilló e hizo fuego. Un fragor espantoso siguió a la repentina detonación. Los ecos de la inmensa caverna, despertados bruscamente, doblaron y centuplicaron la descarga de tal modo, que la bóveda pareció derrumbarse toda a un tiempo, y hasta algunas enormes rocas, sin duda mal adheridas, desplomáronse de la bóveda, levantando las aguas a monstruosa altura.

—¡Oh! —exclamó Burthon, temblando a su pesar—. ¡Mirad, Sir John, mirad!

El ingeniero, que seguía mirando hacia arriba, bajó la cabeza. Un espectáculo extraño e inaudito se presentó a sus ojos.

A derecha e izquierda, por detrás y por delante, en un trecho vastísimo, vivísimos relámpagos surcaban las negras aguas de aquella caverna. Eran mil, dos mil, diez mil surcos de fuego que aparecían y desaparecían con fulmínea rapidez, y se cruzaban de infinitas maneras, rotos los unos, quebrados, retorcidos y semicirculares los otros.

—¿Qué es esto? —preguntó Burthon.

—¡Son fantasmas! —chilló el supersticioso O’Connor, haciendo precipitadamente la señal de la cruz.

—Son peces que bullen en las aguas saturadas de huevas —dijo el ingeniero.

—¡Si pescásemos alguno! —exclamó Burthon.

—¿Estás loco? —replicó O’Connor—; lo que pescarás es algún diablo.

—Echa la red —dijo el ingeniero—. Tengo curiosidad por ver qué clase de peces viven aquí abajo.

Burthon fue a proa a buscar una pequeña red que el previsor ingeniero había traído, y la arrojó a popa, mientras el barco, empujado por una débil corriente, avanzaba por el centro de la espaciosa caverna.

Las aguas habíanse ya calmado, y los surcos luminosos eran rarísimos. Sir John, Morgan, O’Connor y el mestizo, inclinados sobre la popa, espiaban ansiosamente la llegada de los peces.

—Helos aquí —murmuró al poco rato el mestizo.

Un ligero surco luminoso había aparecido a pocos pasos del bote. Casi en seguida, O’Connor, que empuñaba el extremo de la red, sintió tal sacudida, que se le estremecieron los brazos.

—Iza, Burthon —murmuró—. El diablo está cocido.

Cuatro brazos vigorosos levantaron la red, que se agitaba endiabladamente. Apenas estuvo fuera del agua, el ingeniero acercó a ella la lámpara.

—¡Hola! —exclamó—. ¡Si es una anguila!

—¡Tripas de tiburón! —murmuró el mestizo—. ¡Y de dos metros de larga! ¡Izad!

La red fue izada a bordo y arrojada en el fondo del bote. Un pez, o mejor dicho, una especie de serpiente, de casi dos metros de larga y tan gruesa como el brazo de un hombre, se agitaba desesperadamente entre las mallas, tratando de romperlas.

—Poco a poco, querida —dijo Burthon—. Nuestro puchero te está esperando.

Y alargando una mano, la cogió; pero apenas la hubo tocado, cuando se sintió derribado de espaldas, y un grito de dolor se escapó de sus labios.

El ingeniero, inquieto, se precipitó sobre él.

—¿Qué te ha sucedido? —le preguntó.

—¡He sido fulminado! —balbuceó el pobre mestizo—. He recibido una descarga eléctrica.

—¡Por Júpiter! —exclamó O’Connor, saltando detrás de la maquina—. ¡Hemos pescado un diablo!

—No la toques, Morgan —dijo el ingeniero, viendo al maquinista que iba a coger la gigantesca anguila.

—La mataré de una cuchillada —dijo Morgan.

—Te fulminará también. Mátala de un balazo.

Morgan amartilló un revólver, y metió una bala en la cabeza de la anguila, que después de haberse retorcido de mil maneras, quedó, por fin, inmóvil.

El ingeniero la examinó atentamente a la luz de la lámpara. Era, como hemos dicho, de dos metros de larga, de forma cilíndrica, serpentiforme y con la cola desmesuradamente larga en comparación con el resto del cuerpo.

—¿Qué bicho es éste? —preguntó Morgan.

—Un pez que yo jamás había visto —respondió Sir John.

—¿No se parece a alguno de los conocidos?

—Sí, al gimnoto.

—¿Y qué es ese señor gimnoto? —preguntó Burthon, que se frotaba los miembros todavía entumecidos.

—Una anguila parecida a ésta, y que posee la misma cualidad de causar descargas eléctricas.

—¿Y son buenos de comer esos gimnotos?

—Los indios de la América del Sur los comen.

—Pues si son comestibles los gimnotos, también lo será esta serpiente. Para vengarme me daré un atracón de ella.

—¿Y si este pez fulminase también después de muerto? —preguntó O’Connor, que se mantenía prudentemente a distancia.

—¿No ves cómo lo tengo impunemente en la mano? —respondió el ingeniero—. No temas ya, marinero.

—¡Hum! —murmuró el irlandés, moviendo la cabeza—. Ahí anda la cola del diablo, estoy seguro.

—Encendamos fuego, y pongamos a cocer este gim… mig… ¡Vaya unos nombres que se inventan para aturdir a los cristianos!

—Espera un poco, Burthon —dijo el ingeniero—. Iremos a comer a la orilla. ¡Eh, Morgan, a tu máquina!

El maquinista se colocó junto al hornillo, y pocos instantes después navegaba el bote hacia el Oeste, dejando tras sí una estela fosforescente.

Conforme iba avanzando veíanse enormes columnatas, gallardamente talladas, surgir sobre la negra masa de las aguas y levantarse hacia la bóveda a la cual debían sin duda unirse. O’Connor, que había empuñado la barra del timón, tenía que hacer grandes esfuerzos para sortearlas.

Habían ya recorrido tres millas, cuando el ingeniero divisó a doce o trece metros de proa una masa confusa de rocas. Apenas tuvo tiempo de chillar:

—¡Da contra máquina! ¡Vira!

El vaporcito viró impetuosamente de bordo, yendo a juntarse con las rocas, con las cuales chocó con un sonido metálico que hizo vibrar los ecos de la gigantesca cueva.

Sir John saltó a la orilla y ató el barco a la punta de una roca. O’Connor y el mestizo le siguieron con dos lámparas, mientras que Morgan apagaba la caldera.

—¿A dónde vamos? —preguntó Burthon.

—Allá arriba, sobre aquella meseta —respondió el ingeniero.

Los tres hombres se encaramaron sobre las rocas, húmedas y negras, y llegaron a la meseta; Burthon, deseoso de saber hasta dónde llegaba la ribera, avanzó un poco más, alumbrándose con la lámpara, en tanto que O’Connor improvisaba una hornilla con algunos fragmentos de rocas.

Mas apenas hubo andado el primero cincuenta pasos, cuando se le oyó gritar, con voz espantada:

—¡Venid, Sir John, venid!

Capítulo VI. Un formidable asalto

El ingeniero, al oír aquel grito, se precipitó hacia el mestizo, mientras O’Connor, aterrado y seguro de que su compañero había hallado algún duende o fantasma, corría hacia el bote a llamar a Morgan.

Después de atravesar Sir John la meseta y una roca desmoronada, divisó junto a la entrada de una obscura galería, a Burthon, inclinado sobre el suelo y examinando atentamente un objeto confuso.

—¿Qué has encontrado? —le preguntó.

—Venid, señor Webber —dijo Burthon—. He encontrado un cuchillo.

—¿Un cuchillo? Es imposible.

—Vedlo aquí, señor.

El ingeniero, presa de viva inquietud, examinó atentamente aquel arma. Era uno de esos fuertes cuchillos españoles, llamados navajas: la hoja era de acero finísimo, brillante y algo curva.

—¿Quién habrá traído este arma hasta aquí? —se preguntó, arrugando la frente.

—Algún hombre sin duda —dijo Morgan, que se había unido a sus compañeros, junto con O’Connor.

—¿Pero quién?…, ¿quién?…

—Quizá bajaron aquí los españoles.

—Lo habrían dicho los periódicos —dijo el irlandés.

—Hace doscientos años no había periódicos —replicó Morgan.

—Pero esta navaja no tiene dos siglos. A estas horas, con la humedad que aquí reina, estaría enmohecida.

—La observación es atinada —dijo Burthon—. ¿Y no podría haber caído este arma de arriba?

—¿De arriba? —exclamó el ingeniero.

—Sí; por algún agujero que comunique con la superficie de la tierra.

—No es difícil. Conservaré este arma.

Volvieron los cuatro a la orilla del río. O’Connor, que había construido ya la hornilla, puso a cocer la anguila, mientras Burthon preparaba la sopa.

La comida fue devorada en pocos minutos y rociada con una abundante ración de whisky añejo. Burthon se vengó de la descarga eléctrica asestada por la anguila, y se vengó tan bien, que apenas podía moverse; tanta era la carne, en verdad, finísima, que había devorado.

—Son las seis de la mañana —dijo el ingeniero, consultando su cronómetro—. Dormiremos aquí, ya que no tenemos nada que temer de hombres ni de fieras.

—Ni tampoco la humedad de la noche —añadió Burthon, que no deseaba otra cosa.

Aunque no fuese de temer peligro alguno, los aventureros pusieron junto a sí sus carabinas y revólveres, y después, envolviéndose en gruesas mantas, se durmieron tranquilamente. Al poco rato roncaban de tal modo, que hacían estremecer los ecos de la gran caverna.

Habían ya transcurrido ocho horas, cuando O’Connor, que dormía junto al borde de la meseta, y dentro de una especie de cavidad, fue de pronto despertado por una dolorosa sensación que subió en la pantorrilla derecha.

Sorprendido y aterrado, y temiendo que el autor de aquella horrible chanza fuese alguno de sus soñados duendes, no se atrevió a moverse, ni aun siquiera a abrir los ojos. Pero un minuto después repetíase la dolorosa sensación en la otra pierna.

—Socórreme, San Patricio —murmuró el infeliz, echando mano al revólver.

Levantó cautamente la cabeza y dirigió en torno suyo una rápida mirada.

Veinte pasos a su derecha, ardía la lámpara y junto a ella dormían Burthon y el ingeniero, envueltos en sus mantas; a su izquierda, y a igual distancia, roncaba Morgan.

—¡Oh! —murmuró, respirando—. ¿Habré soñado?

Volvió a mirar alrededor, pero la lámpara estaba muy lejos y no podía verse bien. Persuadido de que había sido un sueño, volvió a acostarse; pero un instante después sintió que dos dientes se hincaban en un dedo de su mano izquierda. Al punto se puso en pie con los cabellos erizados, desencajados los ojos, cubierta de sudor la frente y presa todo él del más vivo terror.

—No estoy soñando, no —balbuceó—. Alguien quiere devorarme.

Casi al mismo tiempo vio que el maquinista se alzaba sobre sus rodillas y buscaba algo en torno suyo.

—¡Eh, Morgan! —dijo con voz temblorosa—. ¿No has sentido tú nada?

—Sí; que algún animal me mordía.

—Yo también.

—¿Lo has visto?

—No; pero… escucha…

El maquinista permaneció silencio, aplicando el oído. Un rumor extraño, repetido por el eco, oíase alrededor; no parecía sino que se acercaba un ejército de pequeños caballos.

—¡Señor Webber! —gritó O’Connor, cada vez más aterrado.

A esta llamada el ingeniero y el mestizo, que dormían con un ojo abierto, se pusieron en pie.

—¿Qué ocurre, marinero? —preguntó Burthon.

—Que nos atacan.

—¿Quiénes? —preguntó el ingeniero—. No es posible.

—Es verdad; nos atacan —confirmó Morgan—. ¡Ah!…

Un agudo chillido siguió a la exclamación del maquinista.

—He estrangulado a un topo —gritó Morgan—. Éste era el animalejo que me mordía.

El mestizo hizo retumbar la bóveda con una formidable explosión de risa.

—¡Cuerpo de Baco! —exclamó riendo—. ¡Os asustáis de los topos!

—Y hay para alarmarse, Burthon, si los topos son muchos —dijo el ingeniero—. ¿Has visto más, Morgan?

—¿No oís un rumor especial?

—¡Sí, sí! —exclamó el ingeniero, levantándose rápidamente—. Retirémonos, amigos.

—Yo me quedo aquí —dijo el testarudo mestizo—. ¡Qué diablo! No es cosa de huir ante un rebaño de topos.

—¡Ante los millones de topos! —replicó Sir John—. Si no nos defendamos nos devorarán vivos.

A toda prisa recogieron las mantas, las armas y las lámparas, y se apresuraron a abandonar la meseta; pero apenas habían recorrido veinte pasos cuando se hallaron ante la vanguardia de los roedores.

—¡Es una muchedumbre espantosa! —exclamó el ingeniero, deteniéndose.

Y no se engañaba. Las rocas, hasta donde alcanzaba la luz de la lámpara desaparecían bajo una espesa alfombra de grandes topos de piel gris. Eran cien mil, quizá doscientos mil, tal vez quinientos mil roedores enfurecidos por el hambre, prontos a caer sobre la presa y mondar sus huesos mejor que un preparador anatómico.

—¡Qué espectáculo! —exclamó Burthon.

—¡Huyamos! —gritó el ingeniero.

—Nos han cortado la retirada —dijo Morgan—. El bote está detrás de esos batallones.

—Tratemos de abrirnos paso.

Ya estaban cerca las primeras filas…

El ingeniero, Burthon, Morgan y O’Connor empuñaron las carabinas por el cañón y comenzaron a repartir golpes a diestro y siniestro. Trabajo inútil; por diez topos que mataban surgían diez mil que avanzaban sin cesar, llenando el aire de agudos chillidos. Y todavía no era más que la vanguardia.

El asalto hízose muy pronto formidable. Los topos derribaron la lámpara y gatearon por las piernas de los cazadores y del ingeniero, que se veían negros para librarse de ellos.

Burthon tenía ya tres o cuatro en sus bolsillos. Morgan, los pantalones hechos pedazos; el ingeniero y O’Connor ya no podían más.

Era absolutamente necesario huir.

—Apelemos a la fuga —gritó Burthon.

—¡Sí, sí; huyamos! —ordenó el ingeniero.

Recogieron las lámparas y escaparon a todo correr, mientras los feroces roedores devoraban los cadáveres de sus compañeros.

Doscientos pasos más allá había una roca de dos o tres metros de altura y cuyos lados estaban cortados a pico. En un abrir y cerrar de ojos el ingeniero y los cazadores se encaramaron sobre ella, poniéndose a salvo.

Capítulo VII. La catarata

Ya era tiempo. El inmenso ejército de los feroces roedores llegaba entonces en apretadísimas filas al pie de la roca, contra la cual se estrelló como torrente que haya cerrado el paso por un dique infranqueable. Una confusión indescriptible estalló en torno de las rocas, desordenando los batallones de asaltantes. Imposibilitados de retroceder por la presión de los que venían detrás, los topos más lejanos se lanzaban sobre los más próximos, pasando sobre ellos y trabando unos contra otros luchas formidables. Enfurecidos los pequeños monstruos, y no pudiendo habérselas con las rocas, encarnizábanse en sus propios compañeros, devorándolos con increíble ferocidad para abrirse paso.

Media hora larga pasó antes que el ejército se dividiese, por fin, en dos. El ingeniero y sus compañeros, que habían acercado las lámparas al suelo, observaban con vivísima curiosidad los movimientos de aquellas filas interminables, arrojando sobre ellas fragmentos de roca.

—¡Cuernos de bisonte! —exclamó Burthon—. En mi vida había visto un espectáculo como éste.

—No hay duda —dijo el ingeniero—. Es preciso bajar aquí abajo para ver emigraciones de topos tan gigantescos.

—¿Pero de dónde vienen todos estos roedores?

—No lo sé. El subsuelo hierve de estos feroces animalejos, que se multiplican en un número infinito, y no conocen más que una sola ley: roer y devorar, minarlo todo por doquiera.

—¿Habéis reparado, señor, en que todos son de un mismo color?

—Es que todos son de una misma raza. Los topos no toleran entre sí a los extranjeros.

—¿Cómo? ¿Hay otras razas?

—Las había; pero fueron aniquiladas por los conquistadores.

—¿Por los conquistadores? Explicaos, Sir John.

—Los primeros topos que invadieron Europa no eran iguales a éstos que estamos viendo, sino obscuros. Habían venido de las regiones septentrionales detrás del ejército de los vándalos.

Seiscientos años después una nueva raza de roedores, más fuertes y feroces y de color gris de hierro, bajaba luchando furiosamente con los antiguos habitantes del subsuelo y obligándoles a ceder el campo.

—¿De dónde venían esos nuevos roedores? —preguntó O’Connor.

—De la Europa central, siguiendo a los lansquenetes, cuyas bandas habían invadido Francia e Italia a fines del siglo XVI.

—¿Pero seguían acaso a los bárbaros? —preguntó Morgan.

—Sin duda, y muy de cerca. Toda invasión de bárbaros iba seguida por otra de topos.

—¿Y qué hicieron estos nuevos conquistadores?

—Destruyeron casi del todo a los topos negros; mas no gozaron mucho tiempo los frutos de la victoria. Cien años hacía que reinaban, cuando sobrevino una gigantesca invasión de una nueva especie de topos: eran los asiáticos, cuya raza reina ahora en Europa y América.

—¿Y de dónde venían?

—De las orillas del mar Caspio.

—¡Qué andaderas! —exclamó Burthon.

—Estos topos —prosiguió el ingeniero— habían salido por enormes bocas abiertas en el desierto de Coman a consecuencia de un gran terremoto. Parte de ellos dirigiéronse hacia el Norte y llegaron a la Siberia, precisamente a la ciudad de Jaik.

—Es increíble —dijo Morgan.

—Pero cierto. Estos roedores apenas entraron en La ciudad atacaron vigorosamente a las ratas del país; la batalla empezó a las cuatro de la tarde y duró ferocísima varias horas. Los antiguos dueños fueron vencidos por el número y hubieron de ceder a los invasores un barrio entero.

—Y la otra parte, ¿a dónde emigró?

—Estos bribones, más astutos, embarcáronse en las naves ancladas en el Volga y se dejaron llevar hasta el centro de Rusia, desde donde bajaron e invadieron de un cabo a otro la Europa. Los topos negros, diezmados ya anteriormente, no pudieron hacer frente a estos nuevos conquistadores, más fuertes y mejor armados que ellos, y al fin desaparecieron.

—¿Y cómo vinieron a América? —preguntó Burthon.

—A bordo de las naves, como grandes señores.

—Y sin pagar pasaje.

—De fijo, y probablemente metidos en la despensa del cocinero.

—¿Y han aumentado en tanta cantidad?

—En cincuenta años los topos asiáticos se hicieron tan numerosos que llegaron en alguna ciudad a constituir un peligro público. En París son tan numerosos que sus habitantes se ven obligados a hacer cada año grandes cacerías.

—¿De qué manera?

—Las alcantarillas de la gran ciudad están infectadas espantosamente de topos —dijo Sir John—. Los cazadores cierran por una punta uno de los principales conductos, y por la otra comienzan la batida con gran número de perros, muchos de los cuales caen víctimas de los dientes de los topos. En diciembre de 1849 se mataron en París en pocos días 240 000 topos.

—¡Qué atrocidad! —exclamó el mestizo—. Entonces habrá millones de ellos en París.

—Como que cuando demolieron el antiguo matadero Montfauton se calculó en seis millones de kilogramos la carne que los señores topos proporcionaron.

—¿Y qué hacen con los topos muertos en estas grandes matanzas? ¿Los entierran?

—Nada de eso. Hay industriales que los compran para hacer con sus pieles finísimos guantes.

—¿Y no es posible destruir del todo a estos feroces roedores?

—¿De qué manera? Los topos son espantosamente prolíficos: paren tres veces al año y en cada parto dan de doce a dieciocho hijos.

—¿Y vos creéis, señor, que estos topos llegarán con el tiempo a ser seriamente peligrosos? —preguntó Morgan.

—No me sorprendería que cualquier día las cloacas de alguna antigua ciudad vomitasen sobre la vía pública millones de topos que atacasen a los ciudadanos.

—¡Me gustaría ver un espectáculo semejante! —exclamó Burthon reventando de risa.

—Plinio escribió que ciudades enteras fueron arruinadas por los topos —dijo el ingeniero.

—¿Y lo creéis vos? —preguntó Morgan.

—Tal vez sí.

Durante esta conversación continuaron pasando batallones de topos, siempre apretados, tumultuosos, feroces, dirigiéndose hacia el sudoeste, donde parece que debía abrirse una gigantesca galería.

Pero el desfile no podía ya durar mucho. En efecto, pocos minutos después comenzaron a aclararse las filas. A las siete de la mañana desaparecía en las tinieblas la retaguardia de los roedores.

El ingeniero y los cazadores, después de esperar algún tiempo por miedo a que sobreviniese un segundo ejército, bajaron de la roca y se dirigieron a la orilla del río.

La meseta donde habían dormido estaba cubierta de esqueletos de topos perfectamente descarnados por los dientes de sus compañeros. Había más de trescientos.

—¡Pardiez! —dijo Morgan—, hemos matado bastantes.

Al pasar junto a la hornilla improvisada recogió O’Connor la marmita, que, como es de suponer, había sido completamente vaciada.

—¿Tendremos también topos en el bote? —dijo Burthon.

—Sin duda alguna estará lleno —respondió el ingeniero.

En pocos instantes llegaron al vaporcito y saltaron dentro. Un agudo chillido siguió a su aparición, y al resplandor de las lámparas vieron numerosos topos saltando por un lado y por otro en medio de los víveres, debajo de los instrumentos y hasta dentro del hornillo.

—¡Ah, malditos! —exclamó O’Connor, empuñando un hacha.

Había lo menos ciento, pero fue tan furiosa la persecución que les hicieron el marinero, el mestizo y el maquinista, que al poco tiempo no quedaba uno vivo.

El ingeniero echó una ojeada al documento para ver qué camino habían de seguir y dio orden a Morgan de encender la máquina.

Media hora después alejábase el barco de la orilla, dirigiéndose a todo vapor hacia el Sud-Sudoeste, donde, según indicaba el plano, se hallaba la continuación del río.

Lo mismo que antes veíanse de cuando en cuando gigantescas columnatas, la mayoría de ellas rotas, perforadas y tan roídas por su liase como si aquel negro lago tuviese como el mar olas y borrascas. El agua, hendida por la aguda proa del vapor, iba a estrellarse contra aquellas moles con sordo fragor que se propagaba indefinidamente.

El ingeniero, que vigilaba atentamente a proa, temeroso de chocar contra algún escollo o alguna de aquellas columnas, hizo parar muchas veces el bote para sondear el fondo; pero las sesenta brazas del cable se hundieron en el agua sin que la sonda tocase fondo.

—Esto es un mar en pequeño —dijo—. Sesenta brazas de profundidad ya es una cosa respetable.

—¿Pero de dónde sale toda esta agua? —preguntó Burthon.

—¿Quién va a saberlo? Probablemente de los grandes depósitos que se esconden bajo la corteza terrestre y que forman las corrientes de los ríos.

—¡Silencio! —exclamó en aquel instante O’Connor—. Se oye un rumor especial.

El ingeniero aplicó el oído, inclinándose sobre la superficie del agua. A lo lejos oíase un sordo fragor producido, al parecer, por caída de aguas.

—¿Habrá aquí una catarata? —Preguntó Burthon.

—No sería imposible —respondió el ingeniero.

—¿Y si no pudiésemos salvarla?

—Si pasaron los incas, pasaremos también nosotros.

La corriente, que poco antes apenas era perceptible, tornábase rapidísima conforme iban avanzando, y el fragor hacíase realmente formidable. Los cuatro exploradores, no sabiendo con certeza la causa de todo ello, sentían cada vez mayor inquietud. Aquel peligro desconocido, quizá insuperable para su barco, tal vez terrible, aterraba al mismo ingeniero.

Pronto aparecieron a diez o doce metros de proa innumerables escollos, espesos, negros, agudos y altísimos. Estaban situados de modo que casi detenían la corriente, la cual se estrellaba contra ellos crujiente y espumosa.

—Despacio, Morgan —dijo el ingeniero—. Si chocamos se hará trizas el Huascar.

El maquinista se apresuró a disminuir la velocidad del vapor, el cual, guiado por la mano de hierro de O’Connor, avanzó con prudencia buscando un paso. Después de haber recorrido unos doscientos metros ante aquella formidable barrera, detrás de la cual divisábanse otras no menos formidables, el bote penetró en un angosto y tortuoso canal por donde el agua se precipitaba con furia irresistible. Tres veces rozó el Huascar con metálico estridor aquellos peligrosos escollos, pero al fin pasó sin percance alguno.

Detrás de aquellas barreras la corriente era rapidísima e irresistible y producía tal fragor que el ingeniero viose obligado a gritar para dar sus órdenes.

—¿Pero dónde estamos? —preguntó O’Connor, que gobernaba con gran trabajo el timón.

—Sin duda cerca de una catarata —respondió el ingeniero, que se hallaba en pie a proa con una palanca en la mano—. ¿No la oyes mugir?

—¿La salvaremos?

—Si es posible, sí. Burthon, prepara una tea de bengala.

El mestizo fijó en medio del barco un asita de hierro, a cuya punta ató fuertemente la tea.

Al poco rato una lluvia sutil cayó sobre el bote; el ingeniero, a la luz de las lámparas, vio a proa una inmensa columna de vapor que parecía salir de un abismo.

—¡La catarata! —gritó—. ¡Dad contra máquina!

Mientras la hélice giraba en sentido inverso, Burthon prendió fuego a la tea de bengala; inmediatamente en los labios de los cuatro hombres vibró un grito a un tiempo de admiración y de terror.

A sólo quince pasos de la proa del bote las aguas del lago, teñidas de rojo por la viva luz de la bengala, se desplomaban por una rápida pendiente con incontrastable ímpetu; empinándose, hirviendo, bramando con intensidad espantosa; del fondo surgía una inmensa nube de vapor, teñida también de rojo, estrellándose contra las rocas y cayendo convertida en menudísima lluvia.

A derecha e izquierda o pendientes de la bóveda veíanse rocas colosales roídas, destrozadas, transparentes como alabastro las unas, negras como el carbón las otras, o relucientes como si estuviesen tachonadas de piedras preciosas o veteadas de oro. Ni el ingeniero ni Burthon, ni O’Connor ni Morgan habían visto jamás un espectáculo como aquél.

—¡Retrocedamos! —dijo el mestizo con voz temblorosa—. Esto es la muerte.

El ingeniero, cuya gallarda figura resaltaba fuertemente en medio de aquel océano de fuego, señaló con enérgico ademán la catarata.

—¡Adelante, adelante! —ordenó—. No tengáis miedo.

Morgan, aunque estaba segurísimo de no llegar con el cuerpo sano al fondo de la cascada, hizo avanzar el bote.

—¡Teneos firmes! —oyóse gritar al ingeniero, envuelto ya en la nube de vapor.

Hallábanse entonces al borde mismo de la cascada. El barco, empujado vigorosamente hacia adelante, se bamboleó un momento como un beodo, inclinóse a proa con un sonoro crujido y se lanzó por la pendiente al abismo, azotado y golpeado por la masa de agua.

Apenas había recorrido veinte metros cuando sobrevino a proa un choque violentísimo que derribó a los cuatro hombres. Un grito terrible se confundió con el mugido de las aguas que se estrellaban furiosamente contra las rocas.

—¡Estamos perdidos! —había rugido O’Connor—. El bote, encallado entre las puntas de dos escollos, habíase detenido a mitad de camino y yacía medio tumbado sobre la banda de estribor.

Capítulo VIII. Un pulpo gigante

La situación era desesperada. El vapor, semitumbado por el repentino desequilibrio de la carga, incrustado entre los dos escollos, combatido furiosamente a popa por la masa enorme de las aguas, se estremecía, se empinaba, volvía a caer y crujía y rechinaba, amenazando romperse o abrirse. Las ondas, chocando contra él, penetraban en su interior, inundando los víveres y la máquina y empapando en agua a los cuatro hombres. Pocos minutos más, tal vez unos segundos, y una catástrofe irreparable habría comprometido para siempre el éxito de aquella expedición, emprendida con tanto sacrificio, tanta audacia y tan grandes esperanzas.

De una sola ojeada comprendió el ingeniero la gravedad de la situación.

Mandó a O’Connor y Burthon se colocasen a popa para formar con sus pechos una barrera contra las aguas que penetraban en el barco, y después se lanzó a proa, seguido de Morgan y armados ambos de sólidas palancas.

—¡Teneos firmes! —gritó el marinero al mestizo. Introdujo la palanca en una grieta del escollo e hizo fuerza. Morgan, que había comprendido al punto la maniobra, le imitó.

Empujado por aquel vigoroso esfuerzo, el Huascar cedió y se lanzó fuera, rozando el escollo.

—¡Firmes! —gritó Morgan.

Burthon y O’Connor no tuvieron tiempo de asirse a la banda y cayeron en medio de las cajas y barriles, que corrían desordenadamente de babor a estribor.

El Huascar descendía con rapidez vertiginosa, ora arrastrándose sobre la pendiente con crujido alarmante, ora chocando contra las ondas, ya torciéndose a un lado y a otro, ya saltando locamente sobre las aguas. El ingeniero y Morgan procuraban con los remos moderar la carrera, que se hacía cada vez más rápida, entre bordadas y desviaciones espantosas.

—¡Atención! —gritó de allí a poco Sir John.

El Huascar hallábase a pocos metros del fondo de la cascada y a punto de hundir la proa en las aguas. En aquel momento los cuatro hombres se agruparon a popa, arrastrando consigo las cajas y barriles más pesados.

—¡Animo! —gritó el ingeniero.

El bote llegó al fondo; su proa, por la inclinación marcadísima de la pendiente, desapareció bajo el agua, pero en seguida se levantó.

Los cuatro exploradores, al ver que la popa se hundía y embarcaba agua, abandonaron al punto su puesto, de modo que, equilibrado, el bote recobró su posición normal.

—¿A dónde vamos? —preguntó Morgan, precipitándose hacia el hogar de la máquina, apagado por el agua.

El ingeniero lanzó en derredor una rápida ojeada. A babor veíase una elevada orilla que formaba una infinidad de pequeños fiords, capaces de albergar hasta un navío de gran porte.

—¡A tierra! —dijo.

Merced a algunos golpes de remo fue empujado el Huascar hasta uno de aquellos fiords, y el ingeniero y los cazadores saltaron a tierra. En seguida volvieron sus ojos hacia la inmensa catarata, que henchía de mil fragores las tenebrosas bóvedas del subterráneo.

El espectáculo era magnífico. El caudal de las aguas se precipitaba hacia abajo con increíble violencia sobre una pendiente muy inclinada, y las ondas se erguían, rompiéndose una y mil veces contra las rocas y estrellándose contra el fondo, donde poco a poco se calmaban y corrían hacia el Sudoeste por el tenebroso subterráneo.

Al vivo fulgor de la tea de bengala, parecía aquello un río de ardiente lava que se precipitase por los escarpados flancos de un volcán.

Los mugidos del agua, centuplicados por el eco, podíanse muy bien comparar a los rugidos del monstruo que vomita ríos de fuego, y la nube de espuma, a una inmensa nube de humo, iluminada por las llamas.

—¡Rayos y centellas! —exclamó Burthon—. Todavía tiemblo de solo pensar que hemos bajado por ahí en un barquichuelo. Os juro, Sir John, que jamás he sentido una impresión tan fuerte como ahora, y que no quisiera sentirla una vez más.

—Pues lo que es yo, no hubiese dado dos ochavos por mi pellejo —dijo O’Connor—. Cuando el bote chocó, me creí muerto y encomendé mi pobre alma a San Patricio.

—Ya os dije que la expedición no sería fácil —respondió el ingeniero—. Pero examinemos el barco, y si no ha sufrido rotura alguna, partamos.

Bajaron nuevamente a la orilla y saltaron al bote. Dentro habría una media tonelada de agua, pero ni la máquina ni el casco habían sufrido avería en aquel trance.

Con algunas cubetas vaciaron el agua embarcada, que, por fortuna, y por estar bien cerrados barriles y cajas, habían causado poquísimos daños, y en seguida encendió Morgan la máquina.

—Señor Webber —dijo Burthon—. ¿Cuánto hemos andado hasta ahora?

—Según mis cálculos, unas cien leguas.

—Entonces navegamos ahora…

—Por debajo del Tennessee.

—¿A qué profundidad?

—A ochocientos pies —respondió el ingeniero mirando el manómetro.

—La máquina sólo desea funcionar, señor —dijo en aquel instante Morgan.

—Partamos, pues —ordenó Sir John—. Entretanto O’Connor nos hará la comida en el hornillo pequeño.

Un agudo silbido estremeció los ecos del subterráneo, mezclándose con los sordos mugidos de la cascada; después el Huascar salió del pequeño fiord, y se lanzó a todo vapor hacia adelante.

El río ya no era tan ancho como antes ni muy rápido. Tendría todo lo más seis o siete metros de anchura, y describía numerosas curvas, a veces bruscos ángulos donde era necesaria toda la habilidad del timonel para que el Huascar no se estrellase contra la orilla.

El ingeniero mandó echar varias veces la sonda, pero ésta no tocó fondo. En cambio, la bóveda era tan baja que, alzando una palanca, se la tocaba en algunos lugares.

Al mediodía, durante la hora de la comida, la galería comenzó a ensancharse, y muy pronto alcanzó las dimensiones de un pequeño lago, circuido de inmensas columnas que sostenían la bóveda, más alta ya que poco antes. Tampoco aquí halló fondo la sonda, pero trajo a bordo algunas algas negrísimas y sutiles.

A las ocho de la noche, el bote había recorrido unas treinta leguas más, dirigiéndose constantemente al Sud-Sudoeste. Según los cálculos del ingeniero, navegaba entonces por debajo del Arkansas, a setecientos quince metros de profundidad.

A las nueve, después de la cena, O’Connor montó el primero la guardia. Fue apagada la máquina para no consumir demasiado pronto la escasa provisión de carbón, se cebaron bien las dos lámparas que ardían una a proa y otra a popa, y después los tres compañeros del irlandés tendiéronse a dormir en el fondo del bote. Ningún incidente vino a turbar la guardia del marinero. A las doce le sustituyó Morgan; después le tocó al ingeniero, y por fin a Burthon.

El mestizo, lo mismo que antes sus compañeros, había cargado su pipa y fumaba vigorosamente para alejar el sueño que a pesar suyo le asaltaba.

El canal continuaba siendo ancho, la corriente bastante rápida y el silencio absoluto. Las dos lámparas esparcían alrededor una luz clarísima, mostrando las enormes columnas que de trecho en trecho surgían de las negras aguas.

Media hora haría que fumaba, con los ojos a medio cerrar y La mano asida al timón, cuando el bote experimentó de improviso una fuerte sacudida.

Sorprendido y algo alarmado el mestizo, se frotó enérgicamente los ojos y miró en torno suyo. La corriente seguía siendo tranquila y, sin embargo, el bote se agitaba de babor a estribor.

—¡Oh! —exclamó el cazador—. ¿Qué sucede? ¿Habremos chocado?

Descolgó la lámpara de popa y miró nuevamente: ni a babor ni a estribor se divisaban columnas ni aparecían escollos a flor de agua.

—Es extraño —murmuró—. Y, sin embargo, no estoy soñando; si le hubiese sucedido lo mismo a O’Connor, diría que era una broma de algún duende, pero Burthon no ha creído nunca en los duendes.

Colgó de nuevo la lámpara, volvió a cargar la pipa, la encendió y tornó a sentarse a popa con los ojos bien abiertos y el oído alerta.

Apenas habían pasado cinco minutos, cuando se alzó ante la proa un brazo redondo y desmesuradamente largo.

La punta de aquel extraño miembro se apoyó sobre la lámpara colgada del pequeño bauprés, la agitó por algún tiempo, la descolgó y levantó en el aire a una altura de cinco o seis metros, después la bajó, describiendo extrañas curvas, y por fin la hundió en las negras aguas. Burthon oyó distintamente el chirrido de la llama que se apagaba al contacto del líquido. Saltó en pie, pálido, aterrado, con los cabellos erizados.

Miró con espanto a popa, temiendo ver un segundo brazo; después se inclinó rápidamente sobre el ingeniero, que roncaba ruidosamente, y todo tembloroso le despertó.

—¿Qué hay? —preguntó Sir John, levantándose sobre las rodillas.

—Señor —balbuceó el mestizo—. Suceden unas cosas… Yo no he creído nunca en los fantasmas, pero… ¡Bueno! Estoy temblando como si tuviese fiebre.

—¿Qué ha sucedido?

—Que se han llevado la lámpara de proa.

—¿Quién?

—No lo sé. He visto a un brazo enorme cogerla, levantarla y hundirla luego en el agua.

—Tú has soñado, amigo mío.

—Hacéis mal en no creerme, señor.

—¿Pero a quién pertenecía aquel brazo?

—Sólo sé que salió del agua.

El ingeniero, más sorprendido que asustado, se levantó empuñando un hacha.

En seguida vio que no estaba la lámpara en su sitio.

—Es maravilloso —exclamó—. ¿Habrá aquí duendes? Coge un fusil, Burthon, y vamos a ver.

Encendieron otra lámpara y se dirigieron a proa. De pronto el ingeniero se detuvo.

—¡Pero si estamos inmóviles! —exclamó.

—¡Es verdad! —dijo Burthon.

—Y, sin embargo, el agua corre.

—¿Habrá asido al Huascar el brazo desconocido?

Llegaron a proa y miraron hacia abajo, alargando la lámpara. Ambos dejaron escapar un grito, y retrocedieron vivamente pisando a sus compañeros dormidos.

Capítulo IX. Un peligro terrible

Al grito de alarma del ingeniero y de Burthon, saltaron en pie y se precipitaron hacia proa O’Connor y Morgan, adormilados todavía. A sus ojos se ofreció un espectáculo espantoso, capaz de helarle la sangre al hombre más valiente de ambas Américas.

Allí, a dos pasos del espolón, un monstruo enorme y horroroso flotaba fijando sobre ellos dos ojos grandísimos de coloraciones verdosas. Era una mole de treinta mil kilogramos, fusiforme, gelatinosa, grisácea, armada de un enorme pico córneo, corvo como el de un loro, y que abriéndose dejaba ver una lengua dura, erizada de largos y agudos dientes. Alrededor de su desmesurada cabeza extendíanse ocho brazos, de quince metros por lo menos de largo, provistos de innumerables ventosas; los cuales, agitándose en el aire, esparcían en torno suyo un violentísimo olor a almizcle. Aquel animal desconocido y monstruoso debía de ser terrible, sin duda.

El ingeniero y los cazadores habían retrocedido aterrados.

—¡Qué monstruo tan horrible! —exclamó Morgan.

—¿Qué bestia es ésa? —preguntó O’Connor con un hilo de voz.

—¡Nunca he visto cosa igual! —exclamó Burthon.

—Pongámonos en guardia, amigos —dijo Sir John, que había recobrado instantáneamente su sangre fría—. Tenemos que luchar con un enemigo capaz de arrastrarnos al fondo del abismo junto con el bote.

Apenas había acabado de hablar cuando uno de aquellos desmesurados brazas se extendió azotando el aire. Vaciló un momento, trazando caprichosas curvas, como si buscase un sitio a propósito en qué fijarse, y después cayó furiosamente sobre el pequeño bauprés, a imprimió al bote una violentísima sacudida de proa a popa. Una ola de considerable volumen se estrelló al mismo tiempo, mugiente y espumosa, contra la proa, que se sumergió en más de su mitad.

De un salto se puso Sir John sobre el espolón. Su hacha relampagueó un momento en el aire, y en seguida cayó con fuerza irresistible sobre aquel tentáculo, y lo tajó enredador a un tercio de altura.

—¡Alerta! —exclamó luego—. ¡Armaos de hachas!

El horrible monstruo, al sentirse tan fieramente mutilado, tiñóse de color rojo obscuro. Sus ojos se agrandaron extraordinariamente, abrióse su enorme pico con chasquido siniestro, y sus ocho tentáculos azotando enormes oleadas. El ataque era inminente.

Los cuatro hombres, agrupados a proa y resueltos a luchar hasta lo último, manteníanse prontos a repeler el asalto, que había de ser, sin duda, violento. Un solo tentáculo bastaba para envolverlos y ahogarlos en un solo apretón.

—¡Cuidado! —gritó Sir John.

El monstruo se acercaba moviendo borrascosamente las negras aguas. Sus tentáculos se lanzaron al aire con furioso ímpetu y trataron de asirse a los bordes del vapor y de envolver a los hombres que lo tripulaban. Una batalla feroz se empeñó a la vacilante luz de las lámparas.

Los cuatro hombres, armados de hachas, luchaban con desesperada energía, descargando por todas partes golpes formidables y hundiendo sus aceros en aquellas masas carnosas, de las cuales salían torrentes de líquido espeso y nauseabundo. Cuadro tentáculos habían sido ya tronchados, y otro magullado, cuando llegó el monstruo junto al bote, inundándolo con una descarga de un líquido negro parecido a la tinta, e impregnado de almizcle. Abrió luego su pico y lo clavó en el espolón de acero, que crujió como si fuese a quebrarse. El bote, sacudido furiosamente, se inclinó a babor, embarcando una media tonelada de agua. O’Connor, Sir John y Burthon cayeron uno sobre otro, pero Morgan permaneció en pie.

El intrépido maquinista levantó el hacha y golpeó furiosamente por tres veces al monstruo, el cual, herido mortalmente, soltó al punto el vapor. Los tentáculos que todavía le quedaban azotaron por un momento las aguas, brillaron por última vez sus ojos lanzando siniestros fulgores, después se hinchó, se puso lívido, luego rojizo, se agitó convulsivamente y, por fin, se estiró y se dejó arrastrar por la corriente.

El bote lo alcanzó con algunos golpes de remo, y Morgan lo sujetó a estribor con un sólido gancho.

—Está realmente muerto —dijo el ingeniero, que se había levantado al punto.

—Pero es horrible —exclamó O’Connor.

—Y asqueroso —dijo Burthon, que todavía temblaba—. Nunca había visto un animalote como éste. Oye, marinero, ¿has encontrado alguna vez en el mar estos monstruos?

—Jamás, Burthon —respondió el irlandés—, y, sin embargo, he dado doce veces la vuelta al mundo.

—Pero ¿qué bicho es éste? —preguntó Morgan.

—¿Acaso un monstruo de nueva especie?

—No —dijo Sir John, que examinaba atentamente el cadáver—, es un pulpo gigante, un cefalópodo.

—¿Y cómo es que se encuentra aquí?

—No sé decirte. Tal vez haya otros en el fondo del río.

—¿Pero son realmente peligrosos estos monstruos? —preguntó Burthon.

—Peligrosísimos, querido. Si te pilla alguno de estos tentáculos, primero te parte la columna vertebral y después te chupa la sangre por medio de las doscientas cincuenta ventosas que tiene en su cara interna.

—¡Podía quebrarnos el bote!

—No sólo quebrarlo, sino arrastrarlo al abismo.

—Le agradezco a Morgan que lo haya matado.

—Debe de haberlo herido en los tres corazones —dijo Sir John.

—¡En los tres corazones! ¿Tienen acaso tres corazones estos monstruos?

—Sí, Burthon.

—Entonces, aunque se les hiera en uno continuarán funcionando los otros dos.

—Así debe ser.

—¡Diablo! Es curioso; y cortándole un par de tentáculos, ¿muere el monstruo?

—Nada de eso; antes se dice que al cabo de siete años los tentáculos cortados están enteros como antes.

El mestizo abrió los ojos y la boca.

—¡Es increíble! —exclamó.

—No tanto como crees. ¿No se reproduce también el cerebro?

—Lo que es eso, no lo creo, señor —dijo el testarudo mestizo.

—Haces mal, Burthon. Si le quitas el cerebro, por ejemplo, a un pichón, verás que el ave pierde en seguida el uso de los sentidos. Pero si lo alimentas y lo cuidas, el cerebro se reproduce lentamente, y el animal vuelve en sí recobrando los instintos y la inteligencia que antes tenía.

—Es extraño —dijo Morgan, que prestaba mucha atención a las palabras del ingeniero.

—Y no es eso todo —prosiguió Sir John—. En la Universidad de Boston me dijo un célebre profesor que también se reproduce la cabeza.

—¿Y también la cabeza?

—Sí, Burthon. También la cabeza. Si se la cortan a una lombriz o gusano de tierra, la verás reproducirse. Carlos Bounet se la cortó doce veces a una misma lombriz y vio que las doce veces renacía.

—De modo —dijo Morgan— que a ciertos animales no se les mata decapitándoles.

—¡No!, y hay algunos que no mueren aunque se les corte en pedacitos. Corta una naide en diez, veinte o treinta partes y verás formarse de cada una de ellas una nueva naide. Corta una hidra y te sucederá lo mismo. Es increíble, pero cierto.

—¿Y por qué no se reproducen las cabezas de los hombres? —preguntó O’Connor.

—La cabeza y los miembros de los hombres, lo mismo que los de otros animales, no se reproducen a causa de la importancia e individualidad que han adquirido. La vida de un hombre está siempre concentrada en el corazón y en el cerebro: herido el uno o el otro, es fuerza que la vida se apague.

—¡Qué lástima! —dijo Burthon—. ¡Tan hermoso como sería que mi cabeza se reprodujese!

—En ese caso, no se habría ciertamente inventado esa siniestra máquina que se llama la guillotina —dijo Sir John.

—Lo creo, señor. Pero decidme: si se le corta la cabeza a un hombre, ¿se apaga inmediatamente la vida?

—Según parece, no. En efecto; si se le ausculta el corazón a un decapitado, se le siente palpitar todavía, tal vez durante cincuenta o sesenta segundos.

—¡Caracoles!

—El señor Petitgand asistió en el Japón a una decapitación. La cabeza del reo, separada por un vigoroso tajo de catán (especie de larga cimitarra), cayó sobre la arena, de tal modo que la herida se adhirió al suelo, y se impidió así que saliese la sangre. Los ojos del ajusticiado se fijaron sobre el señor Petitgand, que estaba muy cerca; le siguieron durante algún tiempo y después se cerraron de un golpe.

—¿Y cómo estaba el rostro de aquel japonés?

—Horriblemente alterado. Expresaba una angustia desgarradora, como el de quien se halla en trance de asfixia aguda. El señor Petitgand vio también que la boca se abría y se cerraba.

—Es sorprendente, señor —dijo el maquinista—. Cortada la cabeza, debería ser la muerte inmediata.

—Volviendo a lo de antes, ¿es comestible la carne del pulpo? —preguntó O’Connor, que pensaba en su cocina.

—¿Te gusta la carne del caimán?

—De ningún modo. Huele horriblemente a moho.

—Pues la carne de pulpo es lo mismo que la de caimán.

—¡Qué lástima! Con una provisión que hay aquí para seis meses.

—Bueno, basta —dijo Sir John—; ya hemos charlado bastante, y el camino es largo. ¡Eh, Morgan!, enciende otra vez la máquina.

Morgan encendió el hogar, y conseguida la necesaria presión, lanzó el bote a vapor.

La galería íbase entonces ensanchando considerablemente y formando un vasto estanque que podía llamarse un pequeño lago.

El ingeniero y sus amigos vieron de allí a poco en el agua numerosísimas fajas brillantes, como instantáneos relámpagos, producidos sin duda por velocísimos peces de piel fosforescente.

O’Connor, que nunca olvidaba su despensa, quiso aprovechar la ocasión y, a pesar de la rapidez del barco, no inferior a doce nudos y treinta y seis centésimas por hora, echó la red. Pocos minutos después, la retiró tan cargada de peces, que era de temer se rompiesen las mallas.

El ingeniero los examinó atentamente. Algunos eran horribles, con una gruesa cabeza llena de hoyos y protuberancias, muy agudas y desiguales; el cuerpo muy largo, pero erizado también de extraños bultos, y una disforme cola guarnecida de callosidades.

—¿Son peces desconocidos? —preguntó Burthon.

—Estos tan feos se parecen mucho a unos peces del Océano Indico llamados sapos de mar.

—¿Y es buena la carne?

—Los sapos de mar son muy desagradables, y además peligrosos por sus puntas, que causan horribles heridas.

—Entonces no son comestibles. A decir verdad, no estaba dispuesto a meterlos en el puchero —dijo O’Connor—. Y los demás ¿son de comer?

—Estos otros son tortugas, pero, sin duda, de la raza de los igüedos —respondió el ingeniero—. Se parecen mucho a las tortugas de mar del género llamado chelonia embricala, cuya carne generalmente es mediocre.

—Si es mediocre, nosotros haremos que se vuelva excelente —dijo Burthon—. Haremos bistecs y…

El mestizo no terminó. Habíase detenido bruscamente, con la cabeza erguida y los ojos desencajados.

—¡Oh! —exclamó—. Escuchad, Sir John.

—¿Qué oyes?

—Allá arriba, en la bóveda, sucede algo.

Sir John y sus compañeros levantaron la cabeza: un escalofrío penetró por sus huesos. Allá, hacia la bóveda, sucedía algo extraordinario, un fenómeno desconocido y tal vez peligroso. Oíase un extraño zumbido que parecía acercarse con mucha rapidez.

—¿Se irá a derrumbar la bóveda? —preguntó O’Connor, que instintivamente se cubrió la cabeza con las manos.

—Pudiera ser. Guardad silencio.

Morgan detuvo el bote, y lodos se pusieron a escuchar, conteniendo la respiración. Aquel misterioso zumbido hacíase cada vez más fuerte y cercano. Parecía que toda la bóveda se movía y estaba próxima a romperse y derrumbarse.

El ingeniero sintió apretársele el corazón. Aquel peligro desconocido, quizá inminente y espantoso, le aterraba.

—¿Qué es ello? —preguntó el mestizo, que se había puesto palidísimo.

—No sé qué decir —respondió Sir John, cruzando tranquilamente los brazos—. La obscuridad no me deja ver el peligro que nos amenaza.

—¿Y qué hacemos? —preguntó O’Connor, dando diente con diente de temor y mirando con rabia las profundizas tinieblas acumuladas bajo la inmensa bóveda.

—Adelante la máquina, y a toda velocidad. Quizá esté todavía lejos la catástrofe que tememos.

Capítulo X. El agua salada

¿Qué iba a suceder? ¿Qué peligro amenazaba a los audaces buscadores del tesoro de los Incas? Nadie hubiera podido adivinarlo.

El ingeniero y los cazadores, asidos a los bordes del vaporcito, con la cabeza levantada, desencajados los ojos y filos en las horribles tinieblas, que quizá ocultaban una inminente catástrofe, esperaban el peligro, pálidos y con el corazón oprimido por una angustia indescriptible.

El Huascar, con el hogar atestado de carbón, adelantaba rápido como una gaviota, hendiendo las aguas con sonoro zumbido. Morgan había cargado las válvulas hasta el punto de hacer temer que la máquina estallase; pero nadie pensaba entonces en ese peligro, que no era, sin embargo, menos terrible que el que les amenazaba. Las planchas metálicas temblaban bajo los golpes de la hélice, que giraba desesperadamente entre las espumosas aguas, y el humo no hallaba espacio suficiente para salir del hogar.

El ingeniero, dueño todavía de sí mismo, escuchaba los rumores que venían de lo alto, y permanecía en pie sobre el banco de proa, junto a una de las lámparas. A pesar de los golpes precipitados de la hélice, y no obstante el rugir de la máquina y los silbidos del vapor, oía sobre su cabeza confusos fragores, sordos estruendos, unas como explosiones ahogadas, como lejanos derrumbamientos de avalanchas.

En vano levantaba la lámpara y se empinaba cuanto podía y arrojaba a lo alto carbones encendidos; la bóveda, sin duda altísima, permanecía siempre invisible.

Diez minutos iban transcurridos sin que la situación, o mejor dicho, aquella angustiosa agonía, hubiese cambiado.

El Huascar continuaba corriendo constantemente, bufando, mugiendo y revolviendo las aguas; y los fragores seguían creciendo siempre en intensidad, despertando todos los ecos de aquel lago, cuyos confines aun no se descubrían.

De allí a poco, una ancha gota de agua cayó sobre el rostro de Burthon.

—¡Llueve! —gritó éste.

—¡Llueve! —repitió el ingeniero.

Sobre la superficie del lago oyóse un intenso hervor que muy pronto se hizo vivísimo. Cosa extraña. Por todas partes llovía a chaparrón.

—¿Habrá nubes en este subterráneo? —preguntó O’Connor.

—No —dijo Sir John—; es que sin duda hay sobre nosotros un estanque subterráneo, y el agua se filtra por entre las rocas.

—Callad, señor —dijo Morgan—. Escuchad. En el fondo del lago se oyó un sordo fragor, semejante al que produce una catarata al caer de una gran altura; después percibiéronse estruendos formidables, como si cayesen grandes rocas en las aguas. Una ola enorme y espumosa vino a estrellarse contra el bote, que se agitó furiosamente.

—¡Cuidado con nuestras cabezas! —gritó Sir John—. ¡la bóveda se derrumba!

Un estruendo horroroso y espantable ahogó sus últimas palabras. La inmensa bóveda, sacudida quién sabe por qué fenómeno, se quebraba por cien partes. Rocas enteras, peñascos colosales, fragmentos de todas clases, se precipitaban de lo alto, surcando las tinieblas con sordos zumbidos, hundiéndose en el abismo y levantando las aguas a monstruosa altura. Aquí y allá derrumbábanse, junto con una verdadera tempestad de piedras, furiosos torrentes que lanzabas mugidos increíbles.

Era una escena espantosa, que todavía se hacía más terrible por la profunda obscuridad.

El bote, empujado por todas partes, ora se levantaba a prodigiosa altura, ora se desteñía casi del todo, hundiéndose en profundísimos abismos de los cuales pugnaba por salir. Ya se empinaba, ya se erguía de popa, ora se tumbaba de estribor, ora tendíase a babor, lanzado hacia adelante, y rechazado al punto hacia atrás.

Había momentos en que la proa desaparecía del todo en el seno de las aguas espumosas, mientras la hélice giraba en el vacío.

Burthon, O’Connor y Morgan, aterrados, ensordecidos, cegados por el agua, precipitaos ya contra una banda, ya contra la otra, no sabían en qué mundo se hallaban. Sólo el ingeniero conservaba un poco de calma en medio de aquel horrendo torbellino de agua y de aquella granizada de rocas que llegaba a obscurecer la rojiza luz de las linternas.

Después de haber sido derribado, había lanzado a popa y aferrándose a la barra del timón. Su voz resonó como un trueno entre el mugido de las aguas y el estruendo de las rocas al derrumbarse.

—¡Morgan, a tu máquina! ¡Animo, amigos!

El maquinista, a pesar de las furiosas oscilaciones del bote, se precipitó hacia el hogar, que estaba a punto de ser apagado por el agua. Cogió tres o cuatro pedazos de carbón, los echó en el hogar, y cerró la portilla.

La máquina, que estaba a punto de pararse, alimentada de nuevo, comenzó a funcionar rápidamente. El bote, agitado siempre con violencia, huyó hacia el Sur, saltando sobre las olas que le atacaban por todas partes, rugiendo como bandadas de fieras.

El derrumbamiento aun no había terminado. A proa y a popa, a babor y a estribor, oíanse caer las rocas y hundirse agitando las aguas por todas partes.

Habría ya recorrido el bote cuatrocientos medros, cuando una nueva convulsión agitó la bóveda de la inmensa caverna. Enormes fragmentos se precipitaron sobre el lago, cuyas aguas se hincharon con nueva furia. De allí a poco ofrecióse a los ojos del ingeniero y sus amigos un extraño espectáculo.

A un lado y a otro, por arriba y por abajo, aparecieron puntos luminosos. Parecían estrellas, pero estrellas locas que danzaban desordenadamente, ora lanzándose a lo alto, ora trazando largas trayectorias horizontales, ya apareciendo, ya desapareciendo. Y cosa extraña, inaudita e increíble; aquellos puntos luminosos, aquellos fuegos, estrellas o lo que fueran, salían todos del agua, y en ella caían para volver a salir y caer nuevamente.

—¿Qué es esto? —exclamó el mestizo—. ¿Ha llegado quizá el fin del mundo?

En aquel mismo instante oyóse a O’Connor gritar:

—¡Morgan, da contra máquina!

—¿Qué pasa? —preguntó Sir John.

—Que estamos delante de la orilla.

—Vira, y sigámosla.

El Huascar viró de bordo y empezó a correr paralelamente a la costa. Quince minutos después hallábase ante una gran galería, en la cual se descargaban las aguas del lago.

Sir John ordenó penetrar en ella. Ya era tiempo; un instante después sobrevenía un nuevo y mayor derrumbamiento, levantando monstruosas oleadas.

El Huascar recorrió quinientos o seiscientos metros; después se detuvo ante una elevada orilla que parecía inaccesible.

—¡Estamos en salvo! —exclamó O’Connor, que temblaba todavía—. No creí salir vivo de aquella caverna.

—¿No hemos perdido el camino? —preguntó Morgan.

—Espero que no —respondió el ingeniero.

—Pon a hervir el puchero, O’Connor —dijo Burthon—. El miedo me ha abierto un hambre feroz. No olvides las tortugas que hemos pescado.

El marinero se puso al punto a la faena, y puso a cocer las tortugas con legumbres y pemmicam.

Dos horas después ofrecía a sus compañeros el almuerzo, que exhalaba un aroma capaz de abrir el apetito al más estropeado tísico del orbe terráqueo, como decía el mestizo.

Sir John, Burthon, O’Connor y Morgan, se sentaron en tomo de la olla; el segundo, que era el más hambriento, la metió mano en seguida, pero a la primera cucharada hizo un gesto de disgusto.

—¡Eh, marinero! —gritó—. ¿Has echado un kilo de sal en esta sopa?

—¿Por qué lo dices? —preguntó O’Connor sorprendido.

—Está horriblemente salada —dijo Sir John, que la había probado.

—Pues no he puesto más que un poco de sal, señor.

—¿Qué agua has empleado?

—La de este río.

—¿La has probado primero?

—Yo, no.

—Lléname un vaso.

El marinero cogió una taza, la sumergió en el río, y se la llevó llena de agua al ingeniero, que en seguida la probó.

—¡Amigos! —exclamó al punto, con viva emoción—. Este agua está más salada que la del mar.

Capítulo XI. El remolino

La afirmación del ingeniero era muy cierta. Las aguas del río, pocos días antes tan dulces y agradables, habíanse tornado completamente saladas y amargas como las del Océano.

Los desgraciados buscadores del tesoro de los Incas, habían nacido sin duda con mala estrella. No hacía media hora que se habían librado por verdadero milagro de un grave peligro, cuando ya otro, no menos grave y terrible amenazaba su existencia. Aquello era para desalentar a hombres de hierro, avezados a los más fieros golpes de la fatalidad más obstinada.

—Decididamente, los tesoros de los Incas acarrean mala suerte —dijo Burthon—. Después del derrumbamiento, la falta de agua dulce. ¿No acabará esto?

—No desmayemos —dijo Sir John, recobrando al punto su energía—. Nuestra situación no es de las mejores, pero tampoco de las peores. Es imposible que no haya agua dulce en estos subterráneos. ¿Cuánta agua nos queda, O’Connor?

El marinero escudriñó el barril.

—No contiene más que seis o siete litros —dijo con voz de espanto.

—Muy poco es. Debemos partir inmediatamente.

—¿Y a dónde nos dirigiremos? ¿Al Norte o al Sur? —preguntó Burthon.

—¿Cuántos días hace que se llenó por última vez el barril?

—Cinco o seis —respondió O’Connor.

—¿Y desde entonces has probado alguna vez el agua del río?

—No, señor.

—Seis días es demasiado. Prefiero seguir adelante.

—¿Y la comida? —preguntó O’Connor.

—Tírala, y si tienes hambre, híncale el diente al bizcocho. Apresurémonos, amigos. No tenemos tiempo que perder.

Y después de maridar guardar en seis botellas el precioso líquido contenido en el barril, y encender todas las lámparas, para obtener la mayor luz posible, dio la señal de partir.

El Huascar, que a pesar de las fuertes oleadas y de la lluvia de rocas, no había sufrido averías de consideración, púsose de nuevo en marcha y comenzó a hender las aguas con sonoro estruendo.

El nuevo caudal, cuya anchura llegaba a ciento cincuenta pasos, era impetuoso, y al parecer muy profundo. Flanqueábanle a derecha e izquierda dos inmensas murallas negras, cortadas a pico, sin un solo agujero ni hendidura, y completamente áridas. Sir John advirtió a la primera ojeada que aquellas rocas eran de naturaleza volcánica.

—Si no cambia el aspecto de estas paredes, probablemente no encontraremos una gota de agua —dijo a Burthon, que mordía vorazmente un trozo de carne soca.

—¿Pero cómo es que se ha vuelto salada esta agua? —preguntó el mestizo.

—No es fácil decirlo. Tal vez tenga el río alguna comunicación con el golfo de México.

—¡Qué mala ocurrencia tuvo el Creador al hacer salados los mares!

—No blasfemes, Burthon. Si el mar no fuese salado, sucederían graves desastres.

—¿Lo decís en serio, señor?

—Muy en serio, Burthon. Sucedería que no siendo posible la circulación de las aguas, la zona polar descendería tanto que convertiría a Irlanda e Inglaterra en dos desiertos de nieve.

—¡Diablo!

—Y no es eso todo. La zona tórrida tendría, a su vez, una temperatura tan alta, que abrasaría a sus pobres habitantes.

—¡Rayos y truenos!

—Añade, además, que varias regiones serían inundadas por lluvias torrenciales y continuas; que los ríos serían más caudalosos, y el aire estaría más saturado de electricidad.

—Siendo así, me inclino ante la sabiduría del Creador.

—Puedes inclinarte —dijo riendo Sir John.

Inclinándose estaba muy seriamente el mestizo, cuando le hizo ponerse derecho de un golpe una exclamación de O’Connor.

—¡Calla!… ¡Otra vez las estrellas errantes! —gritó el marinero.

El ingeniero y el mestizo volviéronse hacia proa, y vieron un centenar de puntos luminosos que surcaban las tinieblas, cruzándose entre sí, levantándose sobre las aguas y hundiéndose otra vez en ellas, después de haber descrito trayectorias de treinta, cuarenta y aun cincuenta metros.

—¿Qué estrellas son éstas? —preguntó el mestizo.

—Recuerdo que al derrumbarse la bóveda del lago, surcaban a millares el espacio.

—Mucho me engaño si no son peces —dijo Sir John.

—¿Peces? Pero, señor, ¿no veis cómo brillan? Si dijeseis luciérnagas…

—No; son peces, Burthon.

Seis o siete de aquellos extraños volátiles hallábanse en las aguas próximos al bote, y entreteníanse en saltar por encima de él, pero a tal altura que no se les podía distinguir. Mas uno de ellos, bien porque le hubiesen faltado de improviso las fuerzas, o porque hubiese tomado impulso demasiado débil, vino a caer a los pies de Morgan, que se apresuró a cogerlo.

—Es un pez —dijo, dándoselo a Sir John.

En efecto, era un pez de pie y medio de largo, y provisto de dos largas aletas, de las cuales valíase, sin duda, para saltar, y de una boca muy ancha que lanzaba vivos fulgores.

—Es un pirápodo —dijo el ingeniero.

—Si, un pez volador, o, por mejor decir, un pez golondrina —añadió el irlandés—. Es un excelente pescado de mar, manjar muy favorito de los delfines y de los peces espada.

—¡Hola! —exclamó Burthon—. Este pez no tiene ojos.

—Está ciego, pero no sin ojos —replicó el ingeniero—. Si levantaseis estas dos pequeñas membranas, hallaríais debajo los ojos; pero están atrofiados de tal modo que no podrá ya servirse de ellos.

—Pero ¿cómo se dirigen sin tener vista? —preguntó O’Connor.

—Por el tacto.

—¿Y nacen ciegos todos los animales que habitan en estas cavernas?

—No todos. El proteo de los lagos subterráneos de la Carniola, el siderón y el cyptinodon de las cavernas del Mammuth, el amblyopis, el Sifino y otros nacen ciegos, pero algunos otros nacen provistos de ojos, aunque poco a poco los pierden. Algunos crustáceos del orden de los decápodos, por ejemplo, nacen con ojos, pero en creciendo, se introducen, según su costumbre, en las branquias de otros peces para vivir a costa de ellos, de modo que ya no pueden ver. Y su vista, aun funcionando ya, poco a poco se atrofia y acaba por cubrirse de una ligera membrana.

—Pero ¿cómo sucede eso?

—Por falta de ejercicio. Si a ti te condenasen a vivir muchos años bajo tierra en un oscuro subterráneo, tus ojos acabarían por disminuir de volumen y atrofiarse. ¿No es acaso por falta de ejercicio por lo que no podemos ya mover las orejas, como las mueven los caballos, los perros y los gatos?

—¿Cómo? —exclamó Burthon—. ¿Nuestros antiguos ascendientes movían las orejas?

—Es probable, toda vez que los músculos de que se sirven los animales para mover las orejas los poseemos también nosotros. Ejercitándolos, llegaríamos tras de algún tiempo a moverlas.

—Sería un bonito espectáculo ver a una elegante señorita moviendo las orejas.

Media hora después de la aparición de los peces voladores, el subterráneo comenzó rápidamente a estrecharse en todos sentidos, hasta el punto de que apenas permitiría el paso de la barcaza. Las aguas, comprimidas, por decirlo así, redoblaron la velocidad de su carrera, internándose bajo un negro y angosto túnel con profundos mugidos.

Sir John, después de haber consultado el viejo pergamino, hizo rebajar la chimenea de la máquina, para que no chocase contra la bóveda, retiró las lámparas y ordenó avanzar con la mayor prudencia.

El Huascar se dirigió a pequeño vapor hacia el negro túnel.

No eran excesivas aquellas precauciones, pues la galería era tan estrecha que a duras penas permitía el paso del bote. Además, de la bóveda pendían millares y millares de puntas agudas, sutilísimas y transparentes, algunas de las cuales, de excesiva largueza, amenazaban herir a Sir John y a sus compañeros.

Durante una hora larga, el Huascar pudo avanzar, aunque chocando continuamente contra aquel bosque de puntas; pero después la galería se estrechó de tal moldo, que las paredes rozaban sus costados. Una viva inquietud se apoderó de Sir John y de los tres cazadores, que temían haber de retroceder o abandonar el bote.

—Preparaos a manejar los picos —dijo Sir John—. Es preciso avanzar a toda costa, aunque hayamos de abrirnos paso con barrenos.

Pocos minutos después, chocaba el Huascar contra un bosque de estalagmitas que surgían del fondo del canal. Eran doscientas o trescientas, y gruesas algunas de ellas como el brazo de un hombre.

El ingeniero cogió una lámpara y examinó aquella inextricable red de agudas puntas. No tardó en advertir que aquellos obstáculos no ofrecían mucha resistencia.

—Pasaremos —dijo—. Bastará para abrirnos paso el espolón del Huascar. Da contra máquina, Morgan.

El bote, a pesar de la extraordinaria rapidez de la corriente, retrocedió con velocidad de seis millas por hora, para coger impulso. Habría recorrido ya unos doscientos metros, cuando sobrevino un fuerte choque, y la marcha de retroceso se paralizó de pronto.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó Sir John.

—Que hemos tropezado contra un escollo —dijo O’Connor, inclinándose sobre el remate de popa.

—Y la hélice ya no funciona —añadió Morgan.

En efecto, el bote ya no retrocedía, sino que era arrastrado por la corriente, señal evidente de que la hélice ya no giraba.

—Morgan, mira a ver si se han roto las palas —dijo Sir John.

El maquinista metió el brazo en el agua en dirección de la hélice.

—El caso es grave —dijo—. Se han torcido dos palas, y la otra ha desaparecido.

—¿Cómo seguiremos adelante? —preguntó Burthon.

—Tenemos una hélice de recambio —dijo Sir John—. Pero en este túnel, sin un palmo de tierra donde desembarcar, no será posible ponerla en su sitio. Abramos paso con los picos.

Apagada la máquina, que no hacía sino llenar el túnel de humo, fue empujado el bote contra la barrera de estalagmitas. O’Connor y Burthon, armados de picos, atacaron vigorosamente el obstáculo, que fue destruido fácilmente.

El Huascar, empujado por la corriente, que crecía en violencia, penetró en un segundo túnel, todavía más angosto y tortuosísimo. Sir John y sus compañeros viéronse obligados a quitar todo lo que sobrepasaba los bordes del barco, y a arrodillarse ellos mismos para no romperse la cabeza contra la bóveda, que estaba además cubierta de una espesa capa de estalactitas, sutiles como agujas y muy resistentes.

Una hora llevaban navegando por aquella galería, cuando a los oídos de los cuatro hombres llegó un lejano rumor, al principio apenas perceptible, pero luego violentísimo. No era el fragor de un impetuoso río, ni el mugido de un raudal de agita al precipitarse de lo alto; era un sordo estruendo, continuo e inexplicable.

Los cuatro exploradores miráronse unos a otros con inquietud.

—¿Será acaso un nuevo peligro? —preguntó el mestizo.

—Tal vez —respondió Sir John.

—¿Seguimos adelante?

—Sin descanso.

La galería comenzaba entonces a ensancharse, pero el agua, en vez de atenuar su rapidez, descendía con extremada furia.

O’Connor habíase colocado a proa con una pértiga en las manos, preparado a sumergirla y detener con ella el bote. Pocos minutos llevaría allí, cuando le derribó un choque mucho más violento que el anterior. Burthon, Sir John y Morgan, que se mantenían a popa, cayeron también cuan largos eran. Las cuatro lámparas, derribadas por el encontronazo, se apagaron. Una obscuridad absoluta invadió el túnel.

El Huascar saltaba furiosamente, como si aquel estrecho canal se hubiese convertido en un mar azotado por la tempestad. Olas gigantes y espumosas combatíanle a proa, a popa, a babor y a estribor, saltando sobre sus bandas.

—¡Poneos de pie!, ¡pronto! —gritó Sir John.

Y se precipitó hacia proa para ver cuál era la causa de aquellas oleadas que mugían horrendamente; pero las lámparas, como hemos dicho, habíanse apagado y la oscuridad era profundísima. Alzó las manos, y con gran sorpresa suya, no encontró ya la bóveda, un momento antes tan baja que no les permitía estar en pie.

—¿Dónde estamos? —se preguntó.

Su voz fue ahogada por fortísimos bramidos que parecían provenir de abajo. Metió una mano en el agua, y advirtió que el bote corría con extraordinaria velocidad, describiendo una gran curva. Un estremecimiento de terror sacudió todos sus huesos.

—¡Una lámpara, compañeros, una lámpara! —gritó con voz ahogada—. ¡Hemos caído en un remolino!

Capítulo XII. El tormento de la sed

No se había engañado el ingeniero. Un vastísimo remolino, formado por el encuentro de dos rapidísimas corrientes, atraía hacia su centro al bote, el cual, saltando, crujiendo y bamboleándose, era poco a poco absorbido.

Burthon, O’Connor y Morgan, aterrados, cegados por las olas que saltaban a bordo, zarandeados por las desordenadas sacudidas del bote, pusiéronse en pie a la voz del ingeniero, y buscaron las lámparas. El maquinista encontró una, la abrió, y frotando una cerilla, la encendió. Un espectáculo capaz de helar la sangre al hombre más valeroso del mundo se ofreció al punto a sus ojos.

Por el lado Norte bajaba furiosamente el río que había arrastrado al vaporeto. Por el Sur descendía otro mucho más ancho, negro y espumoso; en el centro giraba el remolino, inmenso, siniestro, rapidísimo, erizado de olas y mugiendo horriblemente.

El Huascar, abandonado a sí mismo, corría por la terrible espiral, y ya no distaba más que seis o siete metros del centro. Un minuto más, quizá medio, y sería tragado y absorbido como menuda astilla.

Un grito de desesperación salió del pecho de los cuatro hombres, que se vieron irremisiblemente perdidos. Rígidos, agrupados unos junto a otros, pálidos de terror los unos, y de rabia los otros, contemplaban impotentes y como fascinados el gigantesco embudo que lanzaba bramidos formidables, repetidos por todos los ecos de las galerías y cavernas.

—¡Sir John! ¡Sir John! —gritó Burthon.

—¡Socorro, señor! —aulló O’Connor, loco de terror.

—¡A la máquina! —gritó Sir John—. Quizá no esté todo perdido.

Morgan se lanzó a la máquina, abrió el hogar y metió dentro la mano.

—¡Se ha apagado el fuego! —exclamó—. ¡Y además, la hélice está rota!

No había esperanza de salvación. El bote, falto de todo gobierno, avanzaba rápidamente, inclinado sobre estribor, siguiendo la pendiente rapidísima de aquel monstruoso embudo. La distancia disminuía por momentos, el círculo se tornaba poco a poco más estrecho, era inminente la catástrofe.

El ingeniero, impotente ante aquel monstruo, mil veces más fuerte que él, esperaba con extraordinaria calma a que el bote fuese absorbido. A su lado rugían O’Connor y Burthon. Morgan, dueño ya de sí mismo, se desnudaba tranquilamente, esperando tal vez salir todavía vivo de aquella tumba.

Los segundos pasaban rápidos como relámpagos. El bote inclinábase cada vez más a estribor, y a la rojiza luz de la lámpara, veíase a su proa hundirse y levantarse sobre las ondas enfurecidas.

No distaba ya más que dos metros del centro, cuando sobrevino a proa un choque, violentísimo.

Sir John comprendió al punto que algo extraordinario había acontecido. Un relámpago de esperanza iluminó tal vez su corazón. Lanzóse a proa; un segundo choque, pero menos fuerte que el primero, hizo vacilar y retroceder unos pasos al bote; inclinóse entonces Sir John hacia fuera, extendió las manos, y tocó un objeto duro y escabroso.

—¡Amigos! ¡Compañeros! —gritó—. ¡Ayudadme!

—¿Qué pasa? —preguntaron todos a un tiempo.

—Aquí hay un escollo —dijo Sir John—. Asíos a él y teneos firmes.

Los tres cazadores se agarraron a los salientes de la roca con desesperada energía, impidiendo así que el bote virase de bordo.

Sir John saltó al escollo. No tenía más que cinco metros de extensión y sólo sobresalían dos pies de las ondas.

—¿Estamos salvados? —preguntó Burthon.

—Así lo espero. Echadme una cuerda, y cambiaremos la hélice.

Burthon le arrojó una sólida cuerda, y el Huascar fue atado a un saliente de la roca. Las cajas y barriles fueron puestos a proa para levantar la popa, y en seguida Morgan y Sir John quitaron la hélice, que sólo estaba sujeta por algunos espigones, y pusieron la de recambio.

—Enciende ahora la máquina —dijo el ingeniero al maquinista.

—¿Vencerá nuestra hélice la corriente? —preguntó Burthon.

—No te inquietes, amigo. Y apresurémonos, que este remolino me da miedo.

Morgan limpió el hogar del carbón de antes empapado en agua, lo cargó con el seco, encerrado en uno de los barriles, y prendió fuego, ha veinte minutos obtuvo la presión necesaria para poner la hélice en movimiento con el grado mayor de velocidad.

—Todo está preparado, señor —dijo entonces.

—Vosotros coged los remos —ordenó el ingeniero—, y cuando yo os avise, separad el bote del escollo.

La caldera rugía como si estuviese impaciente; la hélice mordía las aguas, que se rompían con irresistible furia entre sus brazos; la chimenea, levantada otra vez, vomitaba nubes de humo, las cuales, cosa extraña, eran absorbidas por el remolino, como si éste fuese una bomba aspirante.

—¡Ahora! —gritó Sir John, asido al timón.

O’Connor y Burthon apoyaron los remos contra la roca, y la hélice giró levantando una ancha capa de espuma. El bote, empujado vigorosamente por estribor, y lanzado hacia adelante por la hélice, hendió el remolino, oscilando violentamente. Su proa, aguda como un cuchillo y fuerte como una roca, rompió aquellos giros concéntricos, se inclinó, y al fin se enderezó de nuevo saltando sobre las ondas.

—¡A todo vapor! —gritó Sir John.

La batalla había comenzado. La corriente, como si sintiese perder aquella presa, la atacaba con furia y levantábase en rugientes ondas; pero el bote avanzaba ante los vigorosos golpes de la hélice, bamboleándose, subiendo y bajando entre gemidos, como si le hiciese padecer aquella obstinada lucha.

Durante dos minutos, el valeroso Huascar, guiado por la robusta mano del ingeniero, se debatió entre las espirales del remolino; pero, al fin, salió de ellas y se lanzó rápido como una flecha por el río que descendía del Sur. Ancho como el Támesis de Londres, y negro, rapidísimo, flanqueado d gigantes rocas, lisas y cortadas a pico.

—¡Bravo, bravo! —gritó O’Connor, soltando el remo.

—¡De buena nos hemos escapado! —exclamó Burthon, radiante de alegría.

—¡Eh! Todavía estoy temblando de pensar que a estas horas había de verme dentro de aquel negro embudo.

—A no ser por el escollo, ninguno de nosotros estaría vivo —dijo Sir John.

—¿Encontraremos más remolinos? —preguntó Burthon.

—¿Quién puede preverlo? Estoy mirando el plano; pero ni siquiera hace mención de éste.

—¿Navegamos por un nuevo río?

—¿No lo has advertido? El otro descendía del Norte, y éste baja del Sur.

—¡Mal va esto, señor! Vamos a consumir todo el carbón, del cual no nos quedan más que cien kilos.

—Ya encontraremos más. Prueba el agua de este nuevo río.

Burthon metió una taza en la corriente, la llenó, y se la llevó a los labios.

—¡Cuernos de bisonte! —exclamó—. ¡Todavía está salada!

—¡La fatalidad nos persigue! —dijo O’Connor.

—No desmayemos, amigos —dijo Sir John—. Ya hallaremos algún torrente.

—¡Pero si las riberas son siempre lisas y altísimas!

—Confiemos, O’Connor. A partir de hoy, cuidaremos por turno de la máquina.

—Es de justicia —dijo Burthon—. Los fogoneros y maquinistas beben más que los demás, ¡y sólo nos quedan cuatro litros de agua!

—Que apenas bastan para cuatro días —dijo Sir John—. Abrid bien los ojos, y aplicad bien el oído. Tal vez corra algún torrente sobre esas peñas.

La jornada transcurrió sin incidentes; el Huascar siguió remontando el río con gran rapidez, dejando en pos de sí una estela luminosa, hasta el punto de hacer creer que estaban las aguas mezcladas con fósforo.

Las orillas no cambiaban de aspecto. Continuaban siendo altísimas, y tan lisas, que se hacía imposible escalarlas.

Hacia las ocho de la noche, O’Connor intentó subir por la orilla derecha, que, aunque cortada a pico y muy alta, presentaba profundas hendiduras y algunos salientes, pero después de haberse elevado algunos metros, se vio obligado a descender. Intentó también escalar la orilla izquierda, pero en vano.

Sir John y sus compañeros conferenciaron entre sí. Todos opinaron que era preciso seguir adelante mientras quedase un trozo de carbón, y además poner en vigor los cuartos de guardia durante las doce horas de la noche.

El ingeniero y O’Connor se comprometieron a velar en el primero y tercero, y Morgan y Burthon en el segundo y último.

La noche transcurrió lentamente, pero las orillas continuaron siendo tan elevadas y escabrosas como antes.

Ningún fragor, ningún mugido que indicase la proximidad de un torrente o de una cascada interrumpió el sordo murmullo del negro río y las rapidísimas vueltas de la hélice.

Al día siguiente tampoco se percibió nada. Las dos murallas continuaban siendo casi siempre iguales, muy elevadas, y sin una brecha, ni un pequeño seno, ni un fiord. Solamente se advirtió que el río corría con mayor furia y torcía hacia el Sud-Sudoeste.

Fue consumido otro litro de agua, y no corta cantidad de carbón desapareció en el hogar de la máquina, que puesta en estado de incandescencia hacia sufrir horriblemente a los fogoneros.

Durante el tercer día, Sir John, inquietísimo, hizo detener muchas veces el barco para ver de escalar las rocas, pero sin fruto. Muchas veces se dijo a sí mismo si no sería mejor retroceder, pero con gran temor suyo reparó en que el carbón había disminuido de modo espantoso. Dos eran, pues, los grandes peligros que les amenazaban: la falta de agua y la falta de carbón.

¡Era para temblar de espanto!

Al mediodía del día cuarto no quedaba a bordo del Huascar más que un litro de agita. A las dos de la larde, aquellos desgraciados, que tenían la lengua y la garganta completamente secas, consumieron, después de mucho vacilar, una parte del agua. A las cuatro del mismo día, desaparecía la última gota en las fauces abrasadas por el calor que se escapaba del hogar, encendido hasta el rojo blanco.

Profundo silencio reinó a bordo del Huascar, apenas fue bebida la última gota de agua. Sir John, el audaz ingeniero que arrostraba la muerte sin inmutarse, y Burthon, O’Connor y Morgan, todos estaban consternados.

¿Cuándo encontrarían agua? ¿Qué sucedería al día siguiente o al otro?

Tales eran las preguntas que aquellos hombres sentían venir a sus labios, ha poco humedecidos por el último sorbo de agua, y ya secos.

No hay pluma que pueda describir las torturas padecidas por aquellos desventurados durante las doce largas horas de la noche. A las ocho de la mañana, Burthon no podía ya hablar.

—Señor —balbuceó—, ¡una gota de agua, una sola!

—No nos queda ni un solo sorbo —respondió Sir John, con acento desesperado.

—Pero ¿dónde nos hallamos?

—Debajo de Tejas, si no yerran mis cálculos.

Miróle Burthon, sin comprender, y volvió a caer sobre su banco, lanzando un sordo ronquido.

Pasaron otras doce horas, y después otras doce. Llevaban, pues, treinta y seis sin haber probado una gota de agua. Ninguno de ellos podía ya tenerse en pie. Sus labios, expuestos cada dos horas a las llamas de la máquina, que funcionaba rabiosamente, habíanse ennegrecido y agrietado; la lengua estaba seca, dura y rehusaba moverse; su garganta estaba también reseca y cubierta de duras costras. Ningún sonido salía de aquellas bocas.

La situación no cambió el quinto día. El bote continuaba remontando a todo vapor la corriente, que seguía encajonada entre aquellas interminables murallas cortadas a pico. Burthon gemía en el fondo del bote, emitiendo roncos gemidos. O’Connor, que se había bebido una botella del horrible aceite destinado a las lámparas, lo estaba vomitando. Morgan, medio tostado por el fuego de la máquina, no daba ya casi ninguna señal de vida. Sólo Sir John era aún dueño de sí mismo y se hallaba sentado a popa, asido a la barra del timón y apretándose la frente con la mano izquierda.

Otras dos horas transcurrieron, largas como dos días. El bote, con la máquina medio apagada por la falta de combustible, no avanzaba más que con una velocidad de tres a cuatro nudos por hora, describiendo muchos zigzag, con peligro de estrellarse contra las rocas.

El ingeniero aún resistía, y hacía esfuerzos desesperados para no rodar al fondo del bote.

Sacó el reloj, y miró la hora; eran las diez de la mañana.

—Todo ha acabado —murmuró.

Intentó levantarse para acercarse a la máquina, pero de improviso le faltaron las fuerzas, nublósele la vista y cayó de rodillas.

Al poco rato volvió a levantarse con un esfuerzo desesperado. Su mirada brilló, aguzáronse sus oídos y sus labios se abrieron, dejando escapar un rugido.

—¡El agua! ¡El agua!… ¡El agua!

Capítulo XIII. El lago de petróleo

Si el ingeniero hubiese gritado: «¡Los tesoros de los Incas!», no se hubiese movido probablemente ninguno de los hombres que yacían como muertos en el fondo del bote. Pero aquel grito ahogado repetido tres veces, anunciando el agua, les hizo saltar en pie, como sacudidos por una descarga eléctrica.

Primero Morgan, después Burthon y, por último, O’Connor, alzaron con un esfuerzo supremo la calma, y luego se incorporaron sobre las rodillas, con los ojos medio apagados, los labios abiertos, agarrotadas las manos y el oído atento.

—¡El agua! ¡El agua! —repitió Sir John, asiéndose a la barra del timón.

Morgan dejó escapar un ronco gemido de sus agrietados labios.

—¿Dónde? —balbuceó—. ¿Dónde?

El ingeniero no respondió. Inclinado hacia adelante, desencajados los ojos y conteniendo la respiración, escuchaba presa de terrible ansiedad.

A lo lejos oíase un sordo fragor, como si un raudal de agua cayese de gran altura y se estrellase contra las rocas. No había duda. Como una media milla más arriba había una cascada, y tal vez de agua dulce.

—¡El agua! ¡El agua!

El maquinista se levantó con un esfuerzo desesperado, cogió un gran trozo de hulla, se acercó vacilante a la máquina y, abriendo el hogar, arrojó dentro el carbón.

Conforme avanzaba el Huascar, hacíase cada vez más claro el fragor de la cascada, y las dos enormes murallas de las orillas, que por varios cientos de millas habíanse mantenido altas y escabrosas, mostraban profundas hendiduras y pendientes más suaves. Quinientos metros más adelante bajó de improviso el nivel de la orilla izquierda, hasta no elevarse sino algunas docenas de pies.

Sir John, que tenía clavados los ojos en aquellas rocas, torció el timón a la derecha, mientras Morgan frenaba la máquina. El bote, arrastrado por su propio impulso, tropezó con la orilla, hundiendo la proa en un dulce declive.

—¡La catarata! —exclamó el ingeniero, con indefinible acento, señalando hacia la negra masa de las rocas.

Haciendo esfuerzos desesperados, los cuatro hombres salieron del barco, y ora caminando como beodos, ora arrastrándose como culebras y ayudándose siempre unos a otros, alcanzaron la cima de la ribera.

A treinta pasos de distancia una enorme columna de agua, después de un salto de más de cien meros, hundíase en el interior de un ancho estanque, rodeado de grandes rocas, despedazadas, roídas y pulverizadas por aquel formidable y continuo choque.

Sir John y sus compañeros, con un postrer esfuerzo, llegaron al estanque, y dejándose caer sobre sus bordes, hundieron ávidamente los labios, la cabeza y las manos en las frescas y limpias ondas.

Los desgraciados bebían, bebían insaciables, sin detenerse, casi sin respirar, lanzando gritos de triunfo y de loca alegría.

—¡Por fin, bebo! —gritaba Burthon, fuera de sí.

—¡Bendito sea San Patricio! —balbuceó el irlandés, que aspiraba el agua como una tromba.

Y los cuatro bebían, sintiéndola correr fresquísima por su boca y bajar a su estómago, tan abrasado como sus labios, su lengua y su garganta. Parecía que no iban a acabar nunca; que querían agotar el estanque y aun la misma columna de agua que saltaba sobre las rocas, salpicando sus cabezas y sus vestidos.

—Basta ya —dijo Sir John, arrancándoles uno a uno de la orilla—. Si seguís bebiendo un poco más, vais a contraer alguna grave enfermedad.

—¡Oh, qué rica es esta agua! —exclamó el mestizo—. Ni el gin, ni el brandy, ni el whisky, ni el portar valen nada en comparación de este agua. ¿Quién me había de decir que yo me iba a emborrachar con agua?

Satisfecha la sed, pensaron en comer. Hacía veinte o veinticinco horas que no habían probado ni un trozo de bizcocho, y se sentían desfallecidos. O’Connor se apresuró a encender un gran fuego con las maderas de una cuba y algunos carboncillos: llenó la marmita de carne, arroz y legumbres, y la puso a hervir, mientras Burthon cortaba grandes trozos de jamón.

Dos horas después, sentábanse en el suelo Sir John y los cazadores y asaltaban vigorosamente aquella comida, que desapareció en un abrir y cerrar de ojos en sus estómagos. Bebieron luego un vaso de whisky, encendieron las pipas y se tendieron entre las rocas.

—Sir John —dijo Burthon, que volvía la cabeza a derecha e izquierda—. ¿A qué profundidad estamos?

—A mil doscientos pies —respondió el ingeniero.

—¡Diablo!

—¿Te asustas de eso?

—No; pero si esa enorme costra se rompiese…

—No temas que se quiebre nuestro planeta. Salió, es verdad, de una simple bola de aire, pero ahora es más sólido que una bala de hierro.

—¿Cómo? ¿Habéis dicho que se formó de una simple bola de aire?

—Y más ligera aún que la atmósfera que respiramos —añadió el ingeniero.

El mestizo, O’Connor y el mismo Morgan, miráronle con viva sorpresa.

—¿Pero es verdad eso que dices? —preguntó Morgan.

—Es indudable. Cuando nuestro planeta, que ahora veis tan sólido, y todo cubierto de agua, tierra, montañas inmensas y soberbias ciudades, comenzó a girar en el espacio, no era nada más que una nebulosa gaseosa más ligera que el mismo hidrógeno.

—Es increíble, señor.

—Sin embargo, es cierto, Morgan.

—Si vos lo decís, lo creo. Pero ¿cómo experimentó tal mudanza? ¿Cómo se convirtió esa bola de aire en un sólido planeta?

—La explicación es fácil. La tierra, como te he dicho, fue primero una gigantesca esfera de aire, que giraba alrededor del sol y de sí misma. Este doble y continuo movimiento hizo que empezase, tal vez después de miles de años, a condensarse y calentarse. El desarrollo del calor, la influencia de la electricidad, la acción múltiple y variada de las fuerzas derivadas, unas por medio de otras, de la Naturaleza, formaron diversas materias como el oxígeno, el hidrógeno, el carbono, la sílice, el ázoe, el hierro, el sodio, el aluminio, etc. Todas estas materias mezcladas unas con otras, en poco tiempo se incendiaron y ardieron, y he aquí a la antigua nebulosa convertida en un globo de fuego.

—Es maravilloso —exclamó Burthon, que escuchaba muy atentamente aquella interesante lección.

—Maravilloso, pero natural —dijo el ingeniero—. La nueva masa incandescente recorrió, quizá durante otros miles de años, el espacio cuya temperatura normal parece hubo de ser todo lo más de 270 grados bajo cero.

—Es decir ¿Qué atravesó una atmósfera mucho más fría que si estuviera helada?

—Sí, atravesó un espacio excesivamente frío. ¿Qué debía suceder? Un enfriamiento, ¿no os parece?

—Es natural —dijo Burthon.

—Así, pues, la masa incandescente comenzó a enfriarse poco a poco, y el oxígeno, el hidrógeno y el sodio se convirtieron en agua.

—¿Qué decís? ¿En agua? —preguntó Morgan.

—¿Y qué hay en ello de maravilloso? ¿No está el mar formado de hidrógeno, oxígeno y sodio?

—Tenéis razón, señor.

—Prosigamos. El globo de fuego poco a poco se enfrió, y se convirtió en una masa pastosa y acuosa, que se cubrió muy pronto de una costra. La lucha entre el fuego, la corteza terrestre y la masa de las aguas, fue, sin duda, terrible. Quién sabe cuántas veces se rompió la corteza, cuántas inundó el fuego la superficie, qué espantosos terremotos sobrevinieron y qué torbellinos, estruendos y fragores llenaron los aires. Pero la corteza, destruida cada día, volvía a formarse al siguiente, y engrosaba, resistía, volvía a engrosar, y al cabo venció al fuego y se formó la tierra, sólida como ahora la vemos, irrompible a pesar de las explosiones del fuego que esconde en sus entrañas.

—Es admirable —exclamó Morgan.

—Increíble —añadió Burthon.

—Pero exacto —replicó el ingeniero.

—¿Y cómo se formaron los primeros animales? —preguntó el maquinista.

—De manera aun más sencilla: De la combinación de diversas materias nacieron las algas; a éstas siguieron después los anélidos, los moluscos, los corales, las esponjas y las madréporas, todos en la época primaria. A ésta sucedió el período siluriano, y los invertebrados fueron sucesivamente perfeccionándose hasta que aparecieron los peces cartilaginosos y después los anfibios, pero casi informes e incapaces de moverse. Transcurrieron nuevos millares de años, y estos animales se perfeccionaron, se desarrollaron y dividieron. En la época terciaria volaban ya los pájaros y arrastrábanse las serpientes. Estos animales se perfeccionaron todavía más, se dividieron y subdividieron en nuevas especies, vinieron los animales superiores, luego el mono, después el orangután y, por fin, el hombre.

—¡Cuernos de bisonte! —exclamó Burthon—. ¿Entonces nosotros descendemos de un mono?

—Es claro.

—Jamás lo hubiera sospechado.

—Pues ya lo sabes. Y ahora, si os parece, durmamos. Me siento muy cansado.

Llegáronse al bote, y después de coger las mantas, se tendieron unos junto a otros, a poca distancia de la cascada.

Pero su sueño no fue tranquilo. Numerosas manadas de audacísimos topos, atraídos quizá por el olor de los restos de comida, asaltaron muchas veces el campamento, sin amedrentarse por el fuego, que no cesaba de arder.

O’Connor tuvo que levantarse con frecuencia y disparar algún pistoletazo, y Burthon hubo de poner boca abajo la marmita, que estaba llena de aquellos feroces roedores.

Al día siguiente, después de catorce horas largas de sueño, llenaron de agua dulce los barriles, se embarcaron de nuevo y remontaron el río, que iba poco a poco estrechándose.

Las orillas habían cambiado enteramente de aspecto. A aquellos eternos murallones habían sucedido graciosos peñascos, negrísimos, lisos y que relucían vivamente a los reflejos de las lámparas. Parecían enormes fragmentos de carbón de piedra, hasta el punto de que el ingeniero hizo muchas veces que el bote se acercase a ellos, para convencerse de que no eran más que rocas, de increíble dureza y de brillo realmente extraordinario.

Cerca de dos horas llevarían navegando, cuando el río torció bruscamente hacia el Sur. Casi inmediatamente llegó a los oídos de los cuatro hombres un intenso fragor, parecido al de un raudal de agua que se precipita de gran altura.

—Refrena la máquina —dijo Sir John a Morgan.

—Es una cascada —dijo O’Connor.

—Ya la oigo —respondió el ingeniero—. Avancemos con cuidado.

El río seguía estrechándose cada vez más, y sus aguas corrían con mayor rapidez, formando vertiginosos torrentes, que el barco salvaba con facilidad. Sir John habíase puesto a proa y alumbraba el camino, levantando muy alta una lámpara.

El estruendo seguía acercándose, y pronto se halló tan próximo, que el ingeniero y sus amigos levantaron la cabeza creyéndose que lo tenían encima.

—Cierra la válvula, Morgan —gritó de allí a poco O’Connor.

A cien pasos de proa, un enorme raudal de agua precipitábase en el río, levantando una especie de niebla que resplandecía a la luz de las lámparas. Una parte de aquel agua uníase a la del río, por donde el Huascar navegaba, y otra parte, la más gruesa, descendía hacia el Sud-Sudoeste. Una especie de espolón, formado por inmensas rocas, dividía el curso de ambas corrientes.

—¿Qué camino tomamos? —preguntó O’Connor, que gobernaba el timón.

—El del Sud-Sudoeste —respondió Sir John, después de haber consultado atentamente el pergamino—. Adelante, Morgan.

Aun no había terminado de dar la orden, cuando se volvió con el más vivo asombro retratado en el rostro. Habíale acariciado una corriente de aire, pero tan suave y delicadamente como si hubiese sido producida por el movimiento de un abanico.

—¡Hola! —exclamó—. ¿Quién es el que mueve un abanico?

—¿Un abanico? —repitió Burthon, no menos sorprendido.

—Sí; alguien ha agitado detrás de mí un abanico.

—Es imposible. Pero… silencio.

Oyóse en el aire un extraño silbido. Los cuatro hombres levantaron los ojos, y vieron unas luces amarillentas surcar las tinieblas.

—¿Serán pájaros? —exclamó Sir John.

—Quizá pájaros nocturnos —añadió Morgan.

—Pero ¿de dónde salen? —preguntó el mestizo, que iba de sorpresa en sorpresa.

—Creo que dentro de poco lo sabremos… Adelante.

Morgan se apresuró a manejar la máquina. El bote, empujado por la hélice, penetró en el nuevo río, que bajaba con alguna rapidez encajonado entre dos altas orillas, de las cuales caían numerosas cascadas. A los quinientos metros, Sir John, queriendo ahorrar combustible, que era ya muy escaso, hizo parar la máquina. El río tendía entonces a ensancharse y tornábase muy tortuoso. De cuando en cuando aparecían negros escollos, sobre los cuales veíanse numerosos pájaros de pupilas grandes, redondas y amarillentas. Algunos de ellos, de gran tamaño y armados de robusto y encorvado pico, llegaron hasta a volar alrededor del barco, y más de uno trató de romper la red metálica de las lámparas.

Burthon y O’Connor, que deseaban ardientemente saborear un asado de carne fresca, procuraron coger alguno, pero no lo consiguieron.

Una hora después doblaba el Huascar una gran punta formada por altísimas rocas. Casi en seguida percibióse una bocanada de aire fresco y rico en oxígeno.

—¡Hola! —exclamó el mestizo, respirando a pleno pulmón—. ¿De dónde sale este aire vivificante?

—Por aquí debe de haber alguna abertura —dijo Sir John.

—¡Señor, señor! —exclamó O’Connor—. ¿Qué es lo que veo?

—¿Qué es ello? —preguntaron a un tiempo el ingeniero, Burthon y Morgan.

—Mirad, mirad allí. En línea recta a la proa.

Los tres hombres miraron en la dirección indicada por el irlandés y un triple grito se escapó de sus labios:

—¡El sol, el sol!

Un instante después el Huascar dejaba el río y penetraba en un soberbio lago, hasta cuyo centro descendía un brillante rayo de sol.

Capítulo XIV. Un lago ardiendo

Apenas entró el bote en aquel lago, cuando un magnífico espectáculo se ofreció a los ojos del ingeniero y sus amigos.

Hallábanse éstos, no ya en el interior de una caverna, sino en las entrañas de un gigantesco volcán apagado, que se alzaba en forma de cono, con las paredes cubiertas de viejas lavas, ora lisas, ora salientes y reentrantes, agrietadas y consumidas por el fuego. En la cima abríase un ancho cráter, cubierto de plantas trepadoras que se balanceaban a impulsos del viento exterior, y desde allí bajaba en línea recta un gran rayo color de oro, que se quebraba sobre las rocas de un pequeño islote situado en medio del lago.

—Soberbio espectáculo —exclamó Burthon.

—Magnífico —añadió O’Connor.

—Admirable —dijo Morgan, mirando el rayo de luz que bajaba del cráter.

—¿Es esto un volcán? —preguntó el mestizo.

—Sí, pero apagado —respondió Sir John.

—¿Se podrá subir al cráter?

—¿No ves que son lisas las paredes?

—¡Qué lástima! Daría un mes de mi vida por salir de aquí y respirar dos bocanadas de aire calentándome al sol.

—El aire lo respirarás aquí abajo, y el sol lo tomarás en aquel islote.

—Vamos, pues, a él —dijo O’Connor—. Allí podremos ver el sol a nuestro placer.

Morgan, Burthon y el marinero se inclinaron sobre los remos e hicieron volar al bote sobre aquellas oscuras aguas, que al agitarse exhalaban, cosa extraña, un olor ingratísimo. Remaron con tanta furia, que un cuarto de hora después llegaron al islote, graciosa roca de setenta u ochenta metros de diámetro y que se alzaba como una giba de camello, salpicada de masas de basalto negro y viejas lavas, apagadas quizá desde hacía muchos siglos. Burthon y O’Connor saltaron a tierra y clavaron sus ojos en la abertura del volcán, a pesar de que el rayo de sol caía a plomo sobre sus cabezas.

—Miradlo, miradlo —exclamó el mestizo, que seguía mirando, exponiéndose a quedarse ciego.

—Cerrad los ojos, imprudentes —les dijo Sir John.

—¿Por qué? —preguntó O’Connor.

—Porque perderéis la vista para mucho tiempo, si miráis de ese modo al sol. Hace muchos días que vuestros ojos no ven más que la luz de las lámparas.

—Allí hay más pájaros. Miradlos —exclamó Morgan.

El ingeniero miró hacia la abertura del viejo volcán y vio muchos puntos negros bajar del cráter y posarse a lo largo de las paredes.

—Es imposible matar ninguno —dijo—. Están a más de mil ochocientos metros de nosotros.

—Decidme, señor, ¿qué montaña será ésta?

—No es posible saberlo con certidumbre; pero, según mis cálculos, debemos de hallarnos debajo de la Sierra Madre. Vamos a recorrer el islote.

Sir John y Morgan dejaron al mestizo y al irlandés contemplar aquel rayo de sol, que tendía a desaparecer.

Y se encaramaron sobre la giba del islote. Las rocas eran en ciertos sitios duras y negras; en otros más blandas, grises y surcadas por antiguos restos de lava. En lo más alto de sus flancos abríanse algunas grutas, pero tan bajas y embarazadas de peñascos y lavas, que no era posible penetrar dentro. Morgan, que examinaba atentamente cada roca y Hendidura, descubrió algunos pequeños tallos de líquenes muy negros y duros, y hongos gigantescos que caían pulverizados apenas los tocaba.

Bajaron de la cima por la pared opuesta, y en pocos instantes llegaron a la orilla, contra la cual venían a murmurar dulcemente las aguas del lago. De pronto percibió de nuevo Sir John aquel extraño olor que ya había notado poco antes cuando el bote navegaba.

—¿No notas un olor especial, Morgan? —preguntó.

—Sí, percibo un olor…; calla; juraría que a petróleo.

Sir John se inclinó sobre d agua, cogió algunas gotas en la palma de la mano, y las probó.

—Estas aguas contienen abundante cantidad de petróleo —dijo, escupiendo.

—Pero ¿de dónde sale este petróleo? —preguntó el maquinista.

—De algún manantial que desemboca en d lago.

—Mas, para saturar una masa de agua tan grande, se necesitan miles y aun quizá millones de litros.

—América tiene en sus entrañas manantiales inmensos de petróleo, tan grandes, que bastan durante varios siglos para surtir a todo el mundo.

—He aquí, pues, una mina de petróleo inútil e ignorada.

—Tiempo vendrá en que alguien la descubra, no lo dudes.

—Y ése tal se hará millonario.

—Todos los reyes del petróleo se han hecho millonarios; pero también muchos se han arruinado en poquísimo tiempo. Conozco a uno de ellos que devoró en poquísimo tiempo los millones que había amontonado sin casi ningún esfuerzo, y ahora es un mísero portero; otro, que era hijo de una pobre viuda, llegó a derrochar, en sólo veinte meses, nada menos que ocho millones.

—¿Son muchos los manantiales descubiertos?

—Se pueden contar por los dedos; pero últimamente se descubrieron algunos en Canadá, Pensilvania y Virginia.

—¿Dónde se halló el primer manantial?

—El primero de alguna importancia fue descubierto en las cercanías de Titusville el año 1859. Durante ocho meses sucesivos produjo cerca de 500 litros de petróleo al día, que equivalen a diez barriles. Hoy, los pozos dan, por término medio, de 10 000 a 12 000 barriles, o sean 180 000 litros diarios.

—Lo suficiente para inundar una provincia entera. ¿Y cuántos barriles se exportan a Europa?

—El año 1868, Amberes recibió 400 000 barriles (seis millones de litros); Brema, 350 000 barriles (5 150 000 litros); Cork y Gibraltar, casi otros tantos; Francia, 292 000 barriles (4 350 000 litros). Total: millón y medio de barriles (20 880 000 litros).

—A ese paso, dentro de algunos siglos se habrán agotado los manantiales.

—Pero entonces ya no será necesario el petróleo.

Probablemente le habrá sustituido la luz eléctrica.

Detuviéronse algún tiempo más charlando y fumando en aquel sitio, y cuando las tinieblas invadieron el inmenso cono, pusiéronse de nuevo en marcha, siguiendo La quebrada orilla del islote. En diez minutos llegaron al barco, junto al cual O’Connor y Burthon hacían hervir ollas, pucheros y cacerolas.

—¡Qué lujo y qué aroma! —exclamó el ingeniero, sonriendo.

—Os hemos preparado una comida magnífica —dijo el mestizo, que atizaba el fuego y movía el contenido de cacerolas y marmitas.

—¿Se puede saber cuál es el menú?

—Si el cocinero lo permite…

—Permitido —dijo el irlandés, que no estaba menos atareado que su compañero.

—Pues helo aquí: arroz con guisantes; jamón cocido con coliflor en vinagre; carne salada con judías; arenques secos; atún en aceite; frutas secas, y por último, un pudding.

—Pero ¿y los vinos? —preguntó Morgan.

Burthon no respondió. Había levantado la cabeza y miraba hacia el cráter, iluminado todavía por los últimos rayos del sol poniente.

—¡Ya tenemos asado! —exclamó—. Sir John, os ofrezco una comida completa.

Oíase en el aire un grito agudísimo que se aproximaba rápidamente. Una verdadera nube de pájaros descendía sobre el islote.

—¡Dadme un fusil! —exclamó Morgan.

Burthon corrió al bote, empuñó su carabina, La cargó con balines, apuntó a la nube y disparó.

Una docena de aves cayeron entre las rocas del islote, mientras las otras, espantadas por aquella detonación, se remontaban rápidamente.

—¡Ya tenemos asado fresco! ¡Hurra! ¡Hurra! —exclamó O’Connor.

Pero de pronto, y a quinientos o seiscientos metros del islote, una llama rojiza se alzó sobre la superficie del lago, extendiéndose con increíble rapidez.

—¡Cuerpo de cañón! —exclamó el mestizo, poniéndose pálido como un muerto—. ¿Qué sucede?

—¡Que el petróleo se ha inflamado! —gritó Sir John—. ¡Al bote, corramos al bote!

Todos se precipitaron hacia el Huascar, pero era ya demasiado tarde para huir; las llamas habían rodeado islote y continuaban extendiéndose y levantándose.

—¡Estarnos perdidos! —gritó Morgan.

—¡A tierra el bote, y pongamos en salvo la pólvora! —gritó Sir John.

Ocho robustos brazos asieron el Huascar, y con una fuerte sacudida lo pusieron en seco.

Después, el ingeniero y sus amigos se apoderaron del barril de la pólvora, y se proveyeron de los aparatos Rouquayrol, colocándoselos al punto en su sitio.

Morgan abrió un barril de agua, empapó en ella cuatro gruesas mantas, las distribuyó entre sus compañeros, quedándose él con una; en seguida se encaramaron los cuatro sobre la cima del islote, llevando consigo la caja de las municiones.

Ya era tiempo. El lago hallábase cubierto de una punta a otra de lenguas de fuego, que iluminaban vivamente el inmenso cono. Era un espectáculo asombroso, jamás visto, y al mismo tiempo, terrible. Eran mil, diez mil, veinte mil llamas que se levantaban y bajaban con contracciones de serpiente; rojas unas, blanquecinas y azuladas otras; era, en suma, un mar de fuego, un verdadero infierno. Densas nubes de negrísimo y hediondo humo ondeaban sobre todas aquellas llamas, y rozando las paredes del cono levantábanse hacia el cráter, poniendo en fuga a las aves, que lanzaban agudos chillidos, abandonando sus nidos y sus polluelos.

Sir John, O’Connor, Burthon y Morgan, bien envueltos en las mantas empapadas de agua y estrechamente unidos, contemplaban con admiración y temor aquel espectáculo. No hablaban, pero se apretaban fuertemente unos a otros las manos, como si quisieran comunicarse entre sí sus pensamientos, su admiración, sus inquietudes y espanto.

Poco a poco el mar de fuego se extendió, comunicándose al río que alimentaba al lago y al que éste salía.

Un calor espantoso invadió al cono, cuyas paredes pusiéronse al rojo blanco. No parecía sino que el antiguo volcán habíase despertado de pronto, llenándose de inflamadas lavas.

Por fortuna, las llamas, después de haberse levantado a más de doce metros y hecho hervir una y otra vez las aguas del lago, encendiendo y ahumando las paredes del antiguo volcán, comenzaron a menguar por falta de líquido combustible.

Apagóse el río alimentador y después la extremidad septentrional del lago.

Las llamas, decreciendo cada vez más, se retiraron luego, dejando libre el islote y desaparecieron, por fin, bajo la galería del río de descarga; galería que durante algunos minutos se iluminó con luz siniestra, dejando ver las caprichosas formas de sus vedas y columnas.

Capítulo XV. Los primeros habitadores de América

El ingeniero y sus amigos, que perecían de sed y sentían arder sus cuerpos y vestidos, de buena gana, apenas desapareció la última llama, se habrían quitado los aparatos Rouquayrol, y precipitado a los barriles de agua; pero las nubes de humo que ondeaban en el interior del inmenso cono y el calor violentísimo que lanzaban de sí las rocas, no enfriadas aún, les persuadieron a esperar algunos minutos, para no correr peligro de morir asfixiados.

Agrupadlos sobre la cima del islote y envueltos en profundas tinieblas, tenían los ojos vueltos hacia el cráter, esperando ansiosamente que apareciese el cielo estrellado. Por fin, aquella masa de hediondo humo se disipó, apareció un pequeño punto luminoso apenas perceptible, después otro, más tarde un tercero, y al cabo, un trozo de cielo magníficamente estrellado. El viejo volcán estaba libre, y del cráter bajaba un aire respirable.

Sir John, primero, y Morgan, Burthon y O’Connor, después, se desembarazaron de los aparatos, pero apenas abrieron los labios para respirar, creyeron morir asfixiados.

El cono estaba caliente como un horno acabado de apagar, y el aire tan encendido, que secó totalmente las bocas y gargantas de los desgraciados.

—¡Me ahogo! —exclamó Burthon, con voz sofocada.

—¡Agua! ¡Agua! —gritó O’Connor.

Morgan bajó corriendo la roca, se lanzó al barril abierto poco antes, y todavía con algunos litros de agua, y lo llevó a sus compañeros.

Uno después de otro hundieron la cabeza y las manos en aquel agua, y se bañaron el cuerpo.

—¡Por fin, respiro! —exclamó O’Connor—. ¡Maldito lago! ¡No creí que escapaba de ésta!

—¡Si llego a saber quién provocó el incendio, le ahorco! —dijo Burthon.

—Lo provocó el taco de tu fusil —dijo Sir John.

—¡Diablo! Pues por un asado de ave, por poco no aso a mis compañeros.

—Vamos a ver el bote —dijo Morgan.

El ingeniero y sus amigos bajaron de la cima y se dirigieron hacia la orilla.

El Huascar, aunque las llamas le habían varias veces lamido, no había sufrido daño alguno; pero la provisión de agua estaba muy disminuida, y el carbón se había inflamado.

Morgan se apresuró a apagarlo.

—¿Y la comida? —preguntó O’Connor.

—Se ha quemado —respondió Burthon—; ¡qué lástima! ¡Tanto como yo había trabajado!

—O’Connor nos preparará otra —dijo Sir John—. Entretanto, recorreremos nosotros el lago.

—Aceptado —dijo Burthon.

Los dos cazadores y el ingeniero se embarcaron y pusieron mano a los remos, mientras O’Connor empezaba al punto la faena de preparar otra comida.

La corriente era muy débil y se dirigía hacia el Sur, donde se abría una gran galería sostenida por corpulentas columnas.

El ingeniero, puesto al timón, dirigió el Huascar hacia el Sud-Sudoeste, con la esperanza de hallar en aquella dirección alguna playa que permitiese el desembarco.

Un silencio absoluto reinaba en el interior del cono, desde que se hubo apagado el incendio. Apenas se oía el murmullo del agua cortada por la aguda proa del Huascar y el caer y levantarse de los remos. Ni el grito de un ave, ni la caída de una roca, ni el zumbido de un insecto.

Sir John echó una ojeada alrededor. Sobre el cráter del apagado volcán resplandecían intensamente las estrellas, y en el islote ardía una hoguera, iluminando con rojiza luz las rocas y las aguas que lo circundaban… Junto a aquella hoguera, que lanzaba al aire algunas chispas, divisábase al bravo marinero inclinado sobre las ollas y marmitas y todo afanado en preparar la comida.

Por espacio de tres cuartos de hora avanzó el bote, sin hallar nada; después sobrevino un débil choque. Morgan levantó la lámpara y miró hacia fuera.

—¿Es la orilla? —preguntó el ingeniero.

—No; es un banco de arena. La orilla está más allá.

El bote rodeó el banco, pasó en medio de pequeños escollos, que asomaban entre las aguas sus negras puntas, y tropezó contra una orilla bastante elevada, pero no imposible de escalar.

Burthon ató el barco a la punta de un escollo, y los tres hombres, provistos de hachas, picos y linternas, desembarcaron sobre el saliente de una roca.

—Subamos —dijo Sir John.

Ayudándose con pies y manos escalaron la alta orilla y se dirigieron hacia el Este, examinando el terreno y mirando atentamente dónde ponían el pie, temerosos de caer en alguna hendidura o, lo que sería aún peor, en algún abismo.

El suelo era rocoso y estaba salpicado de grandes peñascos negros y surcado aquí y allá por anchas hendiduras. No se descubría el más pequeño animalillo, ni siquiera un ratón, ni planta alguna, aunque fuese un hongo, cuando tantos son los que se encuentran en las húmedas cavernas. El único rumor que se oía era el murmullo del agua y la lejana voz del irlandés.

—¡Qué sitio más feo! —dijo Burthon—. Me parece que estoy en un sepulcro.

—¿No descubrís ninguna señal de alguna mina de carbón? —preguntó Morgan al ingeniero, que de cuando en cuando se bajaba a examinar el terreno.

—Hasta ahora ninguna —respondió el interrogado.

—¿Esperáis hallarla?

—No desespero.

Rodearon una enorme roca y se dirigieron hacia el Norte, siguiendo una ancha hendidura que parecía muy profunda.

Habían recorrido quince o veinte metros cuando Burthon cayó hundiéndose hasta las rodillas en un agujero abierto de pronto bajo sus pies con extraño chasquido.

—¡Socorro! —gritó.

—¿Qué ocurre? —preguntó Sir John, acudiendo.

—Que el suelo ha cedido bajo mis pies, pero… ¡esto no es el suelo!

Y apoyando sus manos en tierra sacó las piernas y en seguida se inclinó, dirigiendo la luz de la lámpara sobre aquel agujero. Un grito salió de sus labios.

—¿Qué has visto? —preguntaron Morgan y el ingeniero.

—No es una roca, sino una tabla de madera la que se ha abierto bajo mis pies.

—¡Es imposible! —exclamó el ingeniero.

Y acercándose a la abertura vio con gran estupor que allí había una tabla medio enterrada. Metió dentro una mano y tocó una materia blanda que cedía fácilmente.

—Cavemos aquí —dijo.

Morgan y Burthon empuñaron los picos y rompieron aquella tabla ya podrida y que tenía dos metros de larga y medio de ancha. En seguida apareció una masa negruzca, alargada y ceñida de objetos brillantes. Sir John acercó la lámpara y miró.

—¡Un cadáver! —exclamó.

—¿Un cadáver aquí? —preguntó Morgan—. ¿Y sepultado hace poco?

—Hace siglos, pues está reducido al estado de momia.

—¿Es un indio?

—No… ¡Ah!

—¿Qué hay?

—¡Pero si esto es un chino!

—No… ¡Ah!

—¡Cómo! ¿Un chino? —preguntó el maquinista.

—He aquí los zapatos de alta suela de fieltro, un abanico, una larga casaca de seda…

—Pero no veo la trenza o coleta —dijo Burthon.

—¿Y eso qué importa?

—Los chinos tienen el cráneo rapado, señor. Yo he visto muchos en San Francisco de California, y todos tenían trenza.

—Antes de la invasión de los mongoles no usaban trenza los chinos. Los vencedores les obligaron a raerse el cráneo.

—¿Y creéis que hace tantos siglos que fue sepultado este chino? —preguntó Morgan—. Cristóbal Colón descubrió la América en 1492, y la invasión de los mongoles sucedió muchos siglos antes.

Sir John, en vez de responder, cogió uno de aquellos objetos brillantes que rodeaban La momia. Era una moneda de plata toscamente grabada, agujereada en el centro y de pocos gramos de peso. La acercó a la lámpara y la examinó atentamente.

—¿Entendéis el chino? —Preguntó Morgan.

—Un poco —dijo Sir John—. ¡Ah!

—¿Qué habéis visto?

—Amigos míos, nosotros hemos resuelto una gran duda que desde hace muchos años preocupaba a los sabios de ambos mundos.

—¿Qué duda? —preguntaron a un tiempo Burthon y Morgan.

—¿Sabéis vosotros quiénes fueron los primeros habitadores de América?

—Los pieles rojas —respondió Burthon.

—¿Y de dónde venían los pieles rojas?

—No es fácil saberlo.

—Pues bien, mirad esta momia. Este hombre fue uno de los primeros habitadores de América.

—¿Cómo? —exclamó Morgan—. Los chinos…

—Fueron los primeros que habitaron la América —dijo Sir John.

—¿Pero quién os lo dice?

—Esta moneda lleva el nombre de Ou-Ouahg, y Ou-Ouahg reinó 1110 años antes de la venida de Jesucristo.

—¿Estáis seguro de no engañaros, señor?

—No me engaño. Repito que los chinos fueron los primeros que desembarcaron en América y la habitaron.

—¿Pero habéis calculado, señor, la distancia que hay entre China y América?

—Estudia una carta geográfica, Morgan, y verás que entre China y Japón hay un trozo de mar relativamente corto. Pues bien: está probado que desde el Japón se puede ir a América en canoa, sin gastar en el viaje más de dos días.

—Permítame que lo dude, señor.

—¿Por qué? ¿No has visto cuántas son las islas que se extienden entre el Japón y la costa americana?

Morgan se sintió vivamente herido por aquella observación, que hallaba exactísima.

—Tenéis razón. Entre el Japón y América se extiende una verdadera red de islas. Pero hace tres mil años los barcos no debían estar tan perfeccionados que pudiesen aventurarse en el mar, ni los chinos podían suponer que hubiese al Oriente un continente.

—Yo no digo que los chinos se dirigiesen hacia el Oriente sabiendo que por aquella parte había tierra. Pero bien pudieron ser arrastrados a pesar suyo.

—¿Hay alguna corriente que desde China o el Japón se dirija hacia América?

—No dudo en afirmarlo, Morgan. Las islas Alenlinas, que se extienden por el mar de Behring, no tienen arbolado ninguno, y, sin embargo, sus habitantes emplean troncos para construir sus canoas. ¿Quién les proporciona esos troncos?

—No lo sé.

—El mar, el cual arrastra hacia aquellas islas troncos de árboles, y especialmente de los llamados laurus camphora. ¿Sabes dónde se cría el laurus camphora?

—Lo ignoro.

—Pues en China y en las provincias meridionales del Japón. Esto, pues, quiere decir que una corriente, siquiera sea muy débil, y los vientos que reinan en algunos tiempos del año arrastran hacia la América los árboles arrancados a las costas chinas o japonesas.

Otro ejemplo: Una nave japonesa, juguete de las corrientes, ha sido recogida por un barco ballenero enfrente de California. Otra, al cabo de mucho tiempo, fue empujada hacia las islas Sandivick. Más tarde fue a encallar otra en las costas del Oregón. No es, pues, de maravillar que las balsas y canoas montadas por los chinos fuesen empujadas hace tres mil años hacia América. ¿No te parece así?

—Ahora me he convencido, señor, de que los chinos fuesen los primeros que desembarcaron en América. ¿Pero creéis vos que sus compatriotas se enteraron de este gran descubrimiento?

—Sin duda alguna, y voy a darte una prueba clarísima e indiscutible. Antiguos documentos, recientemente encontrados, afirman que en el siglo de nuestra era los misioneros budistas chinos emprendieron varios viajes hacia la tierra del Fusang, o sea, del áloe. Esta región, a juicio de los sabios, corresponde a la parte del litoral americano comprendida entre las bocas de la Columbia y la del río Gila. Si no hubiesen sabido que esas tierras del Fusang se hallaban al Oriente, sin duda no se habrían lanzado al mar.

—Es cierto —dijo Morgan.

—¿Y por qué sepultaron este hombre en este volcán? —preguntó Burthon.

—No lo sé, pero no es cosa que pueda sorprender. Quizá esta momia fue un gran caudillo. Prosigamos la excursión, que aquí nada tenemos que hacer.

Los tres exploradores se pusieron de nuevo en marcha en dirección hacia el Este, ora subiendo, ora bajando y vadeando a menudo pequeños torrentes.

De vez en cuando deteníase Sir John a examinar el terreno, esperando siempre hallar señales de alguna mina de carbón de piedra. Pero recorrieron una milla larga sin conseguirlo.

—Volvamos atrás —dijo el ingeniero a sus amigos—. Tengo un hambre de lobo, y la comida debe de estar a punto.

—¿Volveremos aquí? —preguntó Morgan.

—Mañana cogeremos víveres y llegaremos más lejos. Confío que encontraremos carbón.

Desandaron el camino seguido y llegaron al bote, que se balanceaba en el mismo sitio en que le habían dejado.

—A la mesa, señores —gritó O’Connor al divisar las lámparas de sus compañeros.

Sir John, el mestizo y el maquinista cogieron los remos y dirigieron el Huascar hacia el islote.

Pocos minutos después devoraban la comida preparada por el irlandés, la cual todos declararon que era verdaderamente excelente.

Capítulo XVI. Una mina de carbón, ardiendo

Al siguiente día, 13 de diciembre, apenas penetró el primer resplandor del alba en el gigantesco cono, dejaron los cuatro aventureros el islote para continuar la excursión empezada el día antes.

La temperatura era todavía elevada, y por la gran galería meridional continuaba aún saliendo un humo negro y hediondo que se elevaba lentamente hacia el cráter del viejo volcán.

Sin duda seguía el incendio en el río de descarga, y quizá a gran distancia.

Atravesando el lago, los exploradores atracaron el bote a un pequeño y gracioso seno formado por dos rocas altísimas. Encendieron las lámparas y, provistos de picos, una olla y alguna cantidad de víveres, subieron por la orilla, que era muy pendiente por aquel sitio.

—¿A dónde vamos? —preguntó Burthon.

—Siempre hacia el Este —respondió el ingeniero mirando la brújula, que nunca abandonaba.

—¿Y esperáis hallar carbón en esta dirección?

—Sí, y te aseguro que lo encontraremos. ¡En marcha, amigos!

El camino no era nada bueno. Embrazábanle por doquiera inmensos montones de residuos volcánicos, que obligaban a los exploradores a dar grandes rodeos; altísimas rocas de granito plutónico y basalto, masas considerables de lavas, intensamente rojas unas y otras de amarillo bellísimo, que reflejaban la luz de las lámparas. Amén de esto veíanse muy a menudo grandes y profundas grietas, por cuyo fondo se oían siempre correr con sordo mugido furiosos torrentes, que iban sin duda a desembocar en el lago.

Unas veces subiendo y otras bajando, rodeando las rocas cuando escalarlas era imposible y saltando las hendiduras, llegaron los exploradores, al cabo de media hora larga, ante una tenebrosa y ancha abertura que se prolongaba hacia el Sudeste. Las paredes, cortadas a pico, eran de basalto, y de las bóvedas pendían cristalizaciones de cuarzo limpísimo, que brillaban como diamantes a la luz de las lámparas.

—¿Por dónde seguimos? —preguntó Burthon.

—Por aquí, siempre adelante —dijo el ingeniero.

—¿A dónde nos conducirá esta galería?

—No lo sé, pero a algún sitio iremos a parar. ¡Hola! ¿Qué olor es éste?

—No parece sino que está ardiendo carbón —dijo Morgan.

—¿Y quién va aquí a quemar carbón? —replicó O’Connor—. Tú no tienes olfato, maquinista.

—No me engaño, irlandés. He pasado varios años en medio de carbón.

—Morgan tiene razón —dijo el ingeniero—. ¡Oh! ¡Mirad!

Y levantando la lámpara, señaló hacia arriba. Un humo negruzco rasaba lentamente la bóveda de la galería.

—¡Humo! —exclamó el ingeniero.

—Es verdad: ¡humo! —repitieron sus amigos en el colmo de la sorpresa.

—¿Pero de dónde sale este humo? —se preguntó Sir John.

—¿Habrá por aquí alguien guisando un pudding? —dijo Burthon riendo.

—Sigamos adelante —dijo Sir John—. Pronto sabremos de dónde proviene este humo.

—Sin duda, de carbón de piedra —insistió Morgan.

Penetraron en la galería y avanzaron con rápido paso. Todos estaban ansiosos de saber de dónde provenía aquel humo, el cual, ¡cosa extraña en verdad!, despedía olor a carbón de hulla.

Pronto se ensanchó y elevó la galería. Sir John levantó tres o cuatro veces la lámpara para ver si el humo seguía rasando la bóveda, y con mayor sorpresa vio que se había hecho más abundante y más negro.

Habían recorrido otros cien pasos cuando de pronto se detuvo Sir John, mirando atentamente el terreno.

—¿Qué habéis visto? —preguntaron Burthon y O’Connor a un tiempo.

—Mirad aquí.

Sobre el negro terreno veíanse bellísimas eflorescencias blanquecinas, casi todas circulares. Eran cristalizaciones de azufre, alumbre y sal amoníaco.

—¿Qué quiere decir esto? —preguntó Burthon, que iba sintiendo viva inquietud.

—Ya tenemos la clave del misterio —dijo el ingeniero—. Sí, no me engaño; este humo y este calor provienen de una mina de carbón ardiendo.

—¡Una mina de carbón ardiendo! —exclamaron los tres cazadores.

—Sí, amigos; estoy seguro de ello. Sigamos.

Reanudaron la marcha con paso aún más rápido, movidos de intensa curiosidad. Conforme avanzaban se iba haciendo el humo más denso y el calor crecía hasta un grado casi intolerable.

A los diez minutos desembocaron los exploradores en una negra planicie, sobre la cual veíanse ondear enormes nubes de humo. Por todas partes se veían anchas cristalizaciones de azufre, amoníaco y sal de alúmina.

—¡Cuernos de ciervo! ¿Dónde estamos? —preguntó Burthon.

—Sobre una mina de carbón de piedra incendiada —dijo Sir John.

—Pero entonces ha debido venir aquí alguien —dijo Burthon.

—¿De qué lo deduces?

—¡Diablo! La mina no se habrá incendiado ella sola.

—Acaso hace mil años que está ardiendo.

—¡Mil años! Lo que es eso no lo creeré nunca, señor.

—Debes creerlo, amigo Burthon. Y al decir mil años quiero significar que arde hace mucho tiempo. Quizá dos mil o tres mil años.

—¿Pero puede estar ardiendo una mina durante miles de años? —preguntó Morgan.

—¿Por. qué no? En Brulé, junto a Saint-Etienne, en Francia, hay una mina de carbón que está ardiendo desde tiempo inmemorial.

—¿Y arde todavía? —preguntó Burthon.

—Sí; y no se apagará mientras haya carbón allí dentro. En La Silesia, junto a la fuente de Sarrebruk, hay también una mina que hace muchos años que arde. En Faciolle, entre Namur y Charleroi, en Bélgica, hay otra que continúa ardiendo, sin que sea posible apagarla. Y finalmente, en los alrededores de Dudley, en Inglaterra, hay otra mina incendiada, la cual despide tan suave calor que sobre ella crecen árboles tropicales y se recogen dos y aun tres cosechas al año.

—¿Pero quién las incendió?

—Es imposible saberlo. Tal vez se inflamaron por sí solas.

—¿Pero cómo? Nunca he visto que sin prenderle fuego se encienda el carbón de piedra.

—Cuando se dejan carboncillos menudos en una atmósfera húmeda y caliente no tardan en fermentar y se encienden. ¿No es cierto, Morgan?

—Certísimo —respondió el maquinista.

—¿Pero no se pueden apagar estas minas incendiadas? —preguntó O’Connor.

—Alguna vez, sí; y son varios los medios. Ordinariamente se lanza sobre el carbón incendiado ácido carbónico obtenido con la combustión de una masa de cok. La llama, al recibir el gas, falta de elemento comburente, se apaga por sí sola. También se emplea muy a menudo el vapor de agua, que obra como un gas inerte. Si no basta el primero ni el segundo medio, entonces se cierra la galería incendiada con un muro de arcilla, de modo que, agotándose el aire, acaba el fuego por apagarse. Pero no es raro que estos incendios, a pesar del muro de arcilla, duren muchos años, merced al aire filtrado por pequeñas hendiduras que se escapan a los ojos de los ingenieros.

—¿Habrán sido los chinos los que incendiaron esta mina? —preguntó Burthon.

—¿Qué chinos? —preguntó Sir John.

—Los que se juntaron al hombre cuya momia hemos hallado.

—Bien podría ser. Es cosa averiguada que los primeros en conocer el carbón de piedra fueron los chinos, y quizá los que sepultaron la momia bajaban aquí a extraerlo.

—Yo creía que los primeros que emplearon ese carbón fueron los ingleses —dijo Morgan.

—No, amigos míos —respondió Sir John—. Los chinos usaban ya la hulla en los primeros años de la era cristiana. En Inglaterra sólo se explotan las minas de carbón desde el siglo XI.

—¿Qué minas?

—Las de Newcastle.

—¿Y todavía no se han agotado? ¿Pero cuánto carbón de hulla contienen? —preguntó Burthon al ingeniero.

—Mucho, Burthon, mucho. Puede decirse que toda Inglaterra es una mina.

—Pero con el tiempo se agotará —dijo Morgan.

—Sí; y esto sucederá dentro de 277 años, según unos, o de 130, y aun de no, según otros. Pero reparad que sólo hablo del carbón que existe bajo la superficie de la tierra hasta una profundidad de cuatro mil pies.

—¿Acaso hay carbón más allá de cuatro mil pies de profundidad? —preguntó Burthon.

—Sin duda que lo hay, pero no se podrá extraer sino cuando los mineros hayan aprendido a vivir y trabajar bajo la temperatura a que hierve el agua.

—¿Por qué así?

—Porque a semejante profundidad el calor es insoportable. En la mina de Rosebridge, que es la más profunda que hay en Inglaterra, hace un calor de 27 grados Reaumur.

—¿Y cuánta es la profundidad? —preguntó Morgan.

—Solamente de 2408 pies.

—¿Y cómo nos arreglaremos nosotros para extraer carbón de esta mina incendiada? —preguntó O’Connor.

—Con barreno —respondió el ingeniero.

—¿No se nos vendrá encima la bóveda?

—Si no se desplomó cuando estaba el volcán en plena erupción, menos se desplomará hoy por la explosión de un simple barreno.

—Manos, pues, a la obra —dijo Burthon—. Cargaremos de hulla el barco hasta los bordes.

—O’Connor y yo prepararemos el barreno —dijo Sir John—. Tú, Morgan, volverás con Burthon al bote y nos traeréis un fardo de cartuchos y algunas mechas.

Mientras los dos cazadores se alejaban corriendo, el ingeniero y O’Connor pusiéronse a hacer un agujero a trescientos metros de la mina, y de casi un metro de profundidad. Apenas habían terminado la excavación, cuando volvieron Morgan y Burthon con los objetos pedidos.

El ingeniero tentó primero el interior de la abertura, para ver si estaba caliente, y solamente lo halló algo templado; después introdujo en él un grueso cartucho provisto de larga mecha.

—Preparaos a escapar —dijo.

Y encendida la mecha, se alejó a todo correr seguido de sus compañeros, con los cuales se detuvo a medio kilómetro de distancia.

—¿Cuánto durará la mecha? —preguntó O’Connor.

—Cuatro minutos —respondió Sir John, sacando su reloj—. Teneos firmes, si no queréis venir al suelo.

—Apoyémonos en la pared —dijo Morgan—. El empuje del aire será irresistible.

Todos siguieron el consejo del maquinista, y se apoyaron en la pared, mirando atentamente y con viva ansiedad la humeante mina que estaba a punto de hacerse pedazos. Sobre los encendidos carbones veíanse volar de cuando en cuando haces de chispas, arrastrados a través de las tinieblas por una corriente de aire, que Dios sabe de dónde procedía.

—¡Cuatro minutos! —gritó a poco rato el ingeniero.

Un instante después una llama gigantesca desgarraba la mina, lanzando a derecha e izquierda enormes trozos de carbón, y subía hacia la bóveda iluminando vivamente las cavernas y galerías, seguida al punto por un estallido formidable, semejante sólo al disparo simultáneo de cien cañones.

Todo pareció oscilar. Tembló el suelo, vacilaron las rocas, bamboleándose las columnas, rompióse en varios sitios la bóveda, dejando caer rocas enormes.

Los cuatro exploradores, embestidos por una furiosa ráfaga de aire, cayeron en tierra unos sobre otros y las lámparas se apagaron.

Durante cinco minutos, un continuado fragor, recogido y multiplicado por los ecos de los antros, galerías y cavernas, turbó el silencio que poco antes reinaba en las entrañas de la tierra, y poco a poco se apagó.

Los cuatro hombres, magullados por el imprevisto batacazo, se levantaron, mirando en torno suyo con vivísima ansiedad.

En la galería reinaba oscuridad profunda, por haberse apagado, como dijimos, las lámparas; pero allá, hacia la mina, veíanse chispear cientos de masas de carbón, en cuyo centro abrase una enorme hendidura de más de ciento cincuenta pies de larga, que hervía con llama y lanzaba al aire nubes de chispas y de humo.

—Encendamos las lámparas —dijo el ingeniero.

Encendiéronse las lámparas de seguridad, y los cuatro hombres salieron de la galería, que empezaba a ser invadida por el humo causado por la explosión.

El barreno había desgarrado el suelo, y la hendidura se prolongaba hasta el carbón incendiado. Alrededor de ella había masas de carbón, unas ardiendo, pero otras no, y éstas en tal cantidad, que bastaban a cargar un barco tres veces más grande que el Huascar.

Morgan cogió uno de aquellos trozos y lo examinó atentamente.

—Es carbón superior —dijo luego.

—Ahora, amigos, ¡a trabajar! —ordenó el ingeniero.

Capítulo XVII. Las aguas hirvientes

A la mañana del 15 de diciembre, esto es, dos días después del descubrimiento de la mina, los intrépidos exploradores dieron el último adiós a la luz del día que empezaba a descender del cráter, y dejaron para siempre el apagado volcán, dirigiéndose hacia el Sur.

El bote, cargado con más de 1600 kilos de carbón y lanzando alegremente nubes de humo, atravesó en pocos minutos el negro lago, y penetró bajo La galería meridional, lanzando agudos silbidos.

El nuevo canal tenía diez o doce metros de ancho, y las orillas en extremo quebradas; y su corriente era tan rápida que el ingeniero, no queriendo gastar inútilmente carbón, ordenó al punto Morgan que apagase la máquina, y a O’Connor que se pusiese a proa con una lámpara, a fin de evitar un choque imprevisto.

El subterráneo era altísimo y en su interior no se veía una nube de humo, señal evidente de haberse consumido el petróleo mezclado con las aguas. Sin embargo, las rocas conservaban todavía un calor no despreciable, y a veces salían por los tenebrosos antros laterales bocanadas de aire tan caliente que hacían muy dificultosa la respiración.

—¡Cuerpo de cañón! —exclamó Burthon, enjugándose el sudor que corría abundante por su rostro—. Paréceme estar en algún horno preparado a recibir el pan.

—Pues esto no es nada —respondió el ingeniero—. Cuanto más avancemos, más calor hará.

—¿Por qué?

—Por dos razones: La primera, las rocas, por hacer menos tiempo que sufrieron las llamas, despedirán más calor; y la segunda, porque bajamos con tal rapidez, que me da que pensar.

—¿Y qué importa que bajemos?

—Cuanto más nos alejemos de la superficie de la tierra, más calor habremos de sentir. A causa de la extraordinaria pendiente del canal, hemos bajado en sólo veinte minutos más de quince pies.

—Y decís que si seguimos bajando…

—Nos asaremos, amigo Burthon.

—¿Pero a qué profundidad estamos?

—A dos mil quinientos pies. Poco más o menos lo mismo que tiene la mina de Rosebridge.

—¿En qué proporción aumenta el calor?

—Cada setenta pies, aumenta un grado.

—Entonces, estamos ahora a una temperatura de treinta grados.

—Cerca le andas, Burthon.

—Esperemos que el río acabará de seguir bajando —dijo Morgan—, y que…

La frase fue interrumpida de pronto por un sordo trueno que se oyó sobre la orilla derecha, seguido inmediatamente por la caída de algunos goterones.

Burthon, que recibió una de aquellas gotas, lanzó un grito de dolor. Aquel agua, que caía espesa, y no se sabía de dónde, escaldaba como si estuviese hirviendo.

—¡A los remos! ¡A los remos! —gritó el ingeniero.

—¡Voto a sanes! ¿Qué lluvia es ésta? —exclamó Burthon, saltando a popa.

Los cuatro se precipitaron sobre los remos; pero no los habían metido aún en el agua, cuando cesó de improviso la extraña lluvia.

—¡Hola! —exclamó Burthon—. ¿Ha pasado ya la nube?

—No era una nube la que nos ha enviado ese agua hirviente —dijo el ingeniero—, sino un geisser, o surtidor de aguas termales.

—Pero si ya no llueve, Sir John —dijo Morgan.

—Porque la corriente nos ha alejado de donde antes. ¿No oyes al agua crepitar sobre el río?

—¿Y qué significa aquel sordo trueno?

—No lo sé. Atraquemos, y vayamos a verlo.

O’Connor y Burthon pusiéronse a remar vigorosamente, y después de viva lucha contra la corriente que descendía con extraordinaria fuerza, dirigieron el bote a la orilla derecha, y lo ataron sólidamente a un gran peñasco. Provistos de lámparas, saltaron los exploradores a tierra, y se encaramaron sobre la empinada orilla.

El sordo trueno, oído unos minutos antes, había cesado, lo mismo que la lluvia. Bajo la oscura bóveda del subterráneo, sólo se oían los mugidos de la corriente, que embestía furiosa las orillas, saltando sobre las rocas.

El ingeniero, puesto a la cabeza del grupo, examinó el terreno.

—Granito y toba silícea —dijo—. No veo ninguna señal de lavas.

Caminando con prudencia, adelantaron unos trescientos pasos; después se detuvieron de común acuerdo. A la luz de la lámpara veíase una espesa nube de vapores blanquecinos que salían de una especie de hoyo.

—¿Será otra mina ardiendo? —preguntó Burthon.

—Mejor; un manantial de agua caliente —dijo el ingeniero.

—¡Bueno! —murmuró O’Connor—. Coceremos un trozo de carne sin encender fuego. Será un caldo excelente.

—Vamos a ver —dijo Sir John.

Cuidando siempre de ver dónde ponían los pies, avanzaron hacia aquellos vapores, y llegaron en breve ante una gran hoya natural, llena hasta el borde de un agua limpísima, pero en extremo caliente. En el centro de aquel estanque descubrió el ingeniero una abertura de dos metros, por lo menos, de ancha, de la cual salían espesas nubes de vapor.

—Es un geisser —dijo Sir John.

—Es decir, un manantial de agua caliente —añadió Morgan.

—Ni más ni menos, maquinista; y se parece mucho al Gran geisser de Islandia.

—¿Y creéis, señor, que este señor geisser es el que nos ha rociado de agua caliente? —preguntó Burthon.

—Sí, amigo.

—Pero si esta agua está tranquila.

—¿Ves ese agujero que se abre en medio del fondo?

—Sí, le veo.

—Pues ése es el canal de erupción. Si esperamos, veremos salir por ahí un gran surtidor, y lanzarse a considerable altura.

—¿Estáis seguro de que sobrevendrá la erupción?

—Segurísimo. Pero podría tardar dos, cuatro y hasta quizá veinticuatro horas.

—¡Qué lástima!

—Sin embargo, podríamos provocarla. En Islandia, además del Gran geisser, hay otro llamado Strokkur, el cual, si se le irrita, arrojándole piedras, gruta.

—Será sin duda un geisser delicado. Aunque el pobre diablo tiene razón: la verdad es que las piedras no son manjares apetitosos.

—Irritemos a este geisser, señor —dijo Morgan.

—Probémoslo, al menos, maquinista. Traed peñascos.

El mestizo, Morgan y el irlandés amontonaron en poco tiempo junto al estanque varios fragmentos de roca. El ingeniero los cogió uno a uno y fue echándolos hábilmente en el canal de erupción.

—Mucho traga y bien digiere —dijo Burthon.

—Si no digiriese, no eructaría —dijo Sir John.

—Pero ved cómo empieza a irritarse. En verdad que tiene el tragadero demasiado estrecho.

Por el canal de erupción salían vapores mucho más densos que antes, y precediéndoles sordos mugidos que hacían temblar todo el estanque. Sin duda, aquella comida no le sentaba muy bien al geisser, que debía de ser muy delicado, según había dicho en burlas Burthon. De allí a poco oyóse una sorda detonación, comparable a la explosión de una mina, y una columna de agua surgió violentamente del canal, levantándose a más de treinta metros, con lo que, aumentadas de improviso las aguas del estanque, sobrepasaron el borde y se desparramaron, precipitándose por las pendientes.

Los cuatro hombres se retiraron presurosos después de haber recibido algunas gotas de aquel agua que estaba realmente hirviendo.

—¡Soberbio! —exclamó el mestizo.

—¡Magnífico! —añadió O’Connor.

El surtidor continuó subiendo por algunos minutos hasta casi tocar la bóveda del subterráneo, vomitando al mismo tiempo los fragmentos de roca lanzados por el ingeniero; después comenzó a bajar y, por fin, cesó del todo. Las aguas del estanque recobraron en seguida su antiguo nivel, y volvieron a mostrarse limpias y tranquilas.

—Sir John, ¿qué indica este geisser? —preguntó Burthon.

—La proximidad de un volcán —respondió el ingeniero.

—¡Ah! ¿Pues dónde nos hallamos?

—Debajo todavía de México. Embarquémonos, amigos.

Volvieron al bote, soltaron la amarra y reanudaron la navegación dirigiéndose siempre hacia el Sur, aunque con leve inclinación al Sudeste.

El río seguía corriendo sin torcer a la derecha ni a la izquierda, encajonado entre dos orillas extraordinariamente elevadas, y roídas de mil maneras por la furia de las aguas. De cuando en cuando, y casi siempre de considerable altura, caían con fragor torrentes que salpicaban de agua a los exploradores; y más a menudo, aunque siempre también con violencia, desembocaban en el canal pequeño raudales de agua, que embestían al bote hasta separarlo de su rumbo. Durante la jornada, O’Connor lanzó varias veces la red, con la esperanza de surtir su despensa de algún buen pescado; pero nada consiguió. Sin duda, aquellas negras aguas, impregnadas aún de no escasa cantidad de petróleo, no tenían peces. A las ocho de la noche, el ingeniero y O’Connor se acostaron para dormir un rato. Burthon y Morgan, que debían velar durante el primer cuarto de guardia, encendieron sus pipas y sentáronse, uno a popa al cuidado del timón, y el otro a proa, con la sonda en la mano.

A eso de las diez vio Morgan, no sin alguna sorpresa, vapores mucho más densos pasar ante las dos lámparas que alumbraban el bote. Levantóse y miró a babor y estribor, a proa y popa, pero no vio fuego ninguno. Metió una mano en el agua, pero la corriente estaba fría.

—¿Habrá por aquí algún otro geisser? —murmuró. Aplicó el oído y conteniendo la respiración escuchó atentísimamente, pero no percibió ningún estruendo, murmullo ni silbido. Sólo dejábase oír la corriente del río que se estrellaba con creciente furia contra las rocas.

—¿Oyes algo, Burthon? —preguntó entonces.

—No oigo nada —respondió el mestizo—; pero veo pasar nubes de humo.

Morgan fue a despertar al ingeniero y le informó sobre la presencia de aquellos vapores.

—Enciende la máquina, Morgan —respondió Sir John—. Nunca se sabe lo que puede acontecer en estos subterráneos.

El maquinista obedeció, y transcurridos quince minutos advirtió al ingeniero que la hélice estaba pronta a funcionar. En el mismo instante de decir esto, Burthon, que se hallaba sentado a proa, percibió un sordo murmullo que venía de lejos.

El ingeniero, preso de vaga inquietud, aplicó el oído y recomendando a sus compañeros que permaneciesen en silencio, escuchó. Hacia la parte baja del río, oíase claramente un extraño e inexplicable murmullo, acompañado de cuando en cuando por sordos mugidos.

—¿Qué irá a suceder? —se preguntó.

Conforme avanzaba el bote, crecía el calor y hacíanse más densos los vapores. Sin embargo, las aguas del canal continuaban frías. ¿Qué sorpresa preparaban aquellas nubes de humo a los audaces aventureros? ¿Hallábanse éstos perca de grandes fuentes termales, o de algún volcán en actividad? Nadie podía decirlo.

Durante diez minutos siguió avanzando el Huascar, arrastrado por la corriente e impulsado por la hélice; después, ordenó a Morgan el ingeniero:

—¡Da contra máquina!…

Las dos orillas del canal, que desde hacía algunos minutos se elevaban formando dos muros cortados a pico, habíanse unido de pronto y dejaban ver una especie de puerta, de apenas cuatro metros de ancho, por la cual salían, como a impulso de alguna fuerte ráfaga de aire, espesas nubes de vapores. Hacia el otro lado de la abertura, oíase un sordo murmullo, repelido por los ecos de las cavernas y acompañado, a intervalos de cinco o seis minutos, por truenos subterráneos.

El ingeniero cogió una pértiga, colgó a uno de sus extremos una lámpara y ordenó a Morgan que dirigiese el barco hacia aquella negra abertura.

El maquinista obedeció, y el Huascar, entre violentas oscilaciones, causadas por la extrema furia de la corriente, se acercó a la abertura, ante la cual permaneció casi inmóvil, funcionando a contrahélice. Sir John alargó en seguida la lámpara y miró. Al otro lado de aquella especie de puerta veíase hervir un vasto depósito de agua negrísima.

Y ¡cómo bullía! Los vapores que se levantaban eran tan densos que hacían difícil distinguir un objeto cualquiera a sólo tres metros de distancia.

—Da contra máquina —ordenó el ingeniero.

El Huascar abandonó la abertura y retrocedió por canal, remontándolo algunos centenares de metros.

—Amigos míos, ¿Tenéis valor? —preguntó Sir John.

—¿Queréis entrar dentro de esas aguas hirvientes? —preguntaron con terror O’Connor y Burthon.

—Es preciso.

—¿Pero saldremos con vida? —preguntó Morgan.

—¿Quién puede asegurarlo? Juguemos una carta, Morgan.

Éste, O’Connor y Burthon miráronse entre sí con ansiedad. Aquellas negras aguas que hervían y aquellos sordos truenos que hacían temblar las bóvedas del subterráneo, les espantaban.

—Tentemos la suerte —dijo Morgan.

—Conformes —dijeron Burthon y O’Connor, después de vacilar unos instantes.

—¡Pues adelante a toda máquina! —ordenó Sir John audazmente—. Tú, Morgan, ponte a la máquina; tú, O’Connor, al timón, y Burthon y yo nos pondremos a proa.

—¡Dios nos proteja! —dijo O’Connor.

Un instante después el Huascar descendía a toda velocidad por el rio, trasponía la abertura y se lanzaba sobre las aguas hirvientes.

¡Qué espectáculo se ofreció entonces, a la rojiza luz de las lámparas, a los ojos de aquellos hombres audaces! A proa, a popa, a babor y estribor las aguas, negras como si fuesen tinta, hervían furiosamente, como si bajo ellas ardiese un fuego gigantesco. Nubes de vapor encendido y sofocante, que velaban la luz de las lámparas, levantábanse hacia la bóveda, empapando las ropas de los aventureros y volviendo a caer después, convertidas en gruesas gotas de agua, aun caliente.

Y encima y debajo de aquellas aguas y de aquellos vapores oíanse misteriosos truenos que hacían retemblar las rocas y helarse la sangre en las venas.

Los cuatro exploradores miraban con viva ansiedad aquel extraño espectáculo. Burthon, O’Connor y Morgan estaban mudos y pálidos de terror. Sólo Sir John conservaba su acostumbrado valor; pero una honda arruga surcaba su ancha frente. Quizá en aquellos truenos y en aquellas aguas hirvientes adivinaba el sabio hombre de ciencia algún terrible peligro; y quizá, también, no se engañaba.

El bote, lanzado a todo vapor, hendía las aguas con sonoro murmullo, mezclando su negro humo con las nubes blanquecinas de los vapores. ¡Pobre de ellos si a aquella velocidad hubiese chocado contra una roca! ¡Habrase roto, sin duda, en cien pedazos y ninguno de sus tripulantes habría salido vivo de aquella humeante caverna!

Poco a poco el calor se hizo intolerable. Quilla, flancos y aparejos del bote estaban abrasando, y la provisión de agua amenazaba romper a hervir dentro de los barriles. Los cuatro exploradores resistían con desesperada energía; pero no podían más. Sentíanse cocer vivos.

De allí a poco, el ingeniero se inclinó sobre las aguas y escuchó con profunda atención.

—¡Para, Morgan! —gritó luego.

El maquinista cerró inmediatamente la válvula. El bote recorrió unos trescientos metros, merced al impulso adquirido, y después se detuvo.

Sir John volvió a inclinarse sobre las humeantes aguas y aplicó nuevamente el oído, conteniendo la respiración.

Capítulo XVIII. El volcán

A doscientos o trescientos metros de proa oíase con bastante claridad una especie de mugido que debía provenir de algún violento raudal de agua. ¿Era un nuevo río que desembocaba en la hirviente caverna? El ingeniero lo creyó así.

Sacó del estuche el viejo y precioso pergamino y echó sobre él una rápida ojeada. En seguida encontró marcada allí la caverna que estaba el Huascar atravesando, y en la extremidad meridional de aquélla vio señalado un río que debía ser muy largo.

—¡Adelante! —ordenó con voz sofocada, guardando el documento.

El Huascar se puso nuevamente en camino, pero avanzó con precaución para no chocar contra algún escollo que podía hallarse en su rumbo. El ingeniero y el mestizo, encorvados sobre la proa y con las lámparas en la mano, miraban atentamente las aguas, tratando de averiguar lo que había tras aquella masa de vapores.

Habían recorrido cerca de trescientos metros cuando Burthon divisó a corta distancia una negra abertura, por la cual salía rugiente y espumoso un raudal de agua.

—¡Cuidado, O’Connor! —gritó volviéndose hacia el irlandés, que gobernaba el timón.

El Huascar penetró en el nuevo rio. Casi inmediatamente disminuyeron sobremanera los vapores y enfriáronse los objetos que poco antes abrasaban. Morgan metió una mano en aquellas aguas.

—Agua fría —dijo.

—¡Ya era tiempo! —exclamó Burthon—. Lo que es yo no podía más.

—Ha sido una prueba terrible, Burthon —dijo el ingeniero.

—Espero que no se repetirá. Pero ¿quién calentaba aquel agua?

—El fuego.

—Pues yo no he visto ninguna llama —dijo O’Connor.

—Las llamas cataban debajo de la caverna.

—De modo que si el fondo hubiese cedido…

—Habríamos caído en algún río de lava.

—¿Estamos acaso cerca de algún volcán? —pregunté el irlandés.

El ingeniero levantó una lámpara y miró atentamente las orillas del nuevo canal, que no distaban entre sí más de doce metros.

—Temo que sí —dijo luego—. Las orillas están cubiertas de inmensos cúmulos de deyecciones volcánicas, mezclas de basalto, tobas y arroyos de lavas y pórfido fundido. Lanza el bote a todo vapor.

El maquinista no se hizo repetir la orden. El Huascar, que avanzaba con una velocidad media de cuatro nudos por hora, aceleró muy pronto su carrera y avanzó como una flecha, a pesar de serle adversa la corriente.

Las riberas del nuevo río eran todavía más agrias e inaccesibles que las del anterior. Unas veces levantábanse rectas en forma de murallones sin grieta alguna y con anchas vetas graníticas; otras, mostraban, por el contrario, rocas agujereadas y partidas, cubiertas de arroyos de lavas de peñascos enormes y de pórfido fundido y hendidas por las grietas, a causa quizá de algún violento terremoto.

El ingeniero, que las examinaba con viva curiosidad, mostró a sus compañeros en ciento sitio una brecha inmensa, en la cual habíanse acumulado en cantidad extraordinaria las lavas.

—Esa hendidura comunicaba un tiempo con algún volcán —dijo.

—Pero ahí hay lo menos mil metros cúbicos de lava —observó Morgan.

—No lo creo —replicó Burthon.

—¿Por qué? ¿Crees tú que un volcán no es capaz de vomitar mil metros cúbicos de lava?

—Son muchos metros cúbicos, señor.

—Para un volcán son muy pocos. Hay veces que arrojan millares de millones.

—¿Gimo? ¿Es posible?

—Es seguro, Burthon. En 1669 el Etna, un volcán de Sicilia, vomitó mil millones de metros cúbicos de lava; en 1840 otro volcán, el Kalanea, de la isla de Hawai, arrojó un torrente de rocas fundidas de sesenta kilómetros de largo y veinticinco de ancho, del cual se calculó que contenía cinco mil millares y medio de millones de metros cúbicos…

¡Imagina, Burthon, lo que son cinco mil miles de millones!

—¡Por Baco! ¡Vaya un vómito!

—Pues hay otro volcán, el Skapta-lokul de Islandia, que no vomitó, pero se partió por la mitad, derramando dos torrentes de rocas en fusión; uno de los cuales llenó un valle entero que tenía ochenta kilómetros de largo y veinticuatro de ancho; Se calculó que había arrojado quinientos millones de metros cúbicos de lava.

—¡Cuerno de ciervo! Con tanta lava se podría cubrir una provincia entera.

—¿Una provincia? Se podría cubrir toda la superficie terrestre con una capa de un milímetro de espesor. Y nada digo de la erupción del volcán Timboro, en la isla de Sumbava, que arrojó fragmentos de lava en cantidad mucho mayor que el volcán de Islandia.

—Si estos volcanes continuasen eruptando, vaciarían en poco tiempo el globo terrestre —dijo Morgan.

—Ciertamente —afirmó el ingeniero—. Por fortuna, semejantes erupciones suceden sólo de tarde en tarde.

—Mas decidme, Sir John: ¡esas erupciones causará daños atroces!

—Espantosos, Burthon. El año 93, el Vesubio, de Nápoles, destruyó enteramente las ciudades de Estabea, Pompeya y Herculano. En 1638, el Timboro quitó la vida a gran número de habitantes de la isla Sumbava. En 1772, el volcán Papandayang de la isla de Java, sepultó en una erupción más de cuarenta aldeas, y el Galongung, también en Java, enterró en 1882 numerosísimos pueblos.

—¿Van muy lejos las materias que arrojan los volcanes? —preguntó Morgan.

—A veces sí. El Galongung, por ejemplo, lanzó rocas de basalto a siete millas de distancia, y a cuarenta cayó una espesa lluvia de piedras como nueces. Cuando la erupción del Coseguina, volcán de la América Central, cubrió la campiña en un radio de más de treinta millas con una capa de cenizas de cinco metros de espesor, y el estallido fue tan fuerte que se oyó a mil seiscientos cincuenta kilómetros de distancia. A su vez, las cenizas del Timboro llegaron hasta Varanni, capital del reino de Borneo, y distante nada menos que mil cuatrocientos kilómetros del volcán.

—¿Y hemos de desafiar nosotros a tales monstruos? —preguntó Burthon.

—No hay más remedio, si queremos descubrir el tesoro de los Incas —respondió el ingeniero.

—Entonces los desafiaremos.

—Allá veremos, Burthon.

Sir John consultó su reloj, y viendo que le faltaban casi dos horas para empezar su cuarto de guardia, volvió a acostarse. O’Connor le imitó, y el mestizo y Morgan volvieron a sus puestos, uno a proa y otro a popa. Pero estaba escrito que aquella noche no habían de dormir. En efecto: media hora después, oyóse en las entrañas de la tierra un sordo trueno que hizo temblar las bóvedas de la galería, fue seguido, poco después, por tres o cuatro confusas explosiones.

Burthon y Morgan, vivamente impresionados, volvieron a despertar a sus compañeros. Sir John ordenó que atracase el bote a las orillas y desembarcando primero en la derecha y después en la izquierda, examinó atentamente las rocas. Por todas partes vio inmensos montones de lava, los cuales, al ser removidos con los picos, mostraron conservar un calor todavía intensísimo a sólo unos centímetros de profundidad.

—No hay duda; estamos próximos a un volcán —dijo a sus compañeros—. ¡Haced una llamada a todo vuestro valor, y adelante!

Muy pronto se oyeron nuevos truenos mucho más fuertes que el primero y la temperatura se elevó considerablemente. Sir John miró el termómetro: marcaba 36 grados Reaumur, es decir, una temperatura realmente africana.

Ninguno de los cuatro hombres pudo cerrar los ojos durante aquella noche.

Los ruidos eran tan fuertes que, a veces, parecía que iba a abrirse el suelo y derrumbarse la bóveda. Varias rocas cayeron con grande estrépito en el río y una casi llegó a aplastar al bote.

A pesar de todo, el ingeniero conservaba siempre su sangre fría y dirigía con voz tranquila las maniobras. Pero Morgan, Burthon y O’Connor estaban aterrados; sobre todo este último.

El día 10 continuó avanzando el bote, sin que dejasen de oírse un solo instante los ruidos. El ingeniero advirtió con alguna ansiedad que, a medida que el Huascar remontaba el canal, se hacían cada vez más fuertes aquellos sordos fragores y la temperatura subía y el aire se tornaba más pesado, hasta hacer muy penosa la respiración.

Todo esto empezó a inspirarle grave inquietud; mas no la dejó transparentar para no espantar a sus compañeros, que estaban ya bastante alarmados.

A las ocho de la noche el termómetro marcaba 39 grados. Los cuatro hombres se despojaron de parte de sus ropas y se dieron un baño en las aguas del río, que estaban bastante frescas. A las diez, apenas el Huascar hubo doblado una gran Toca que hacía describir al rio extensa curva, oyóse a Burthon gritar con acento de terror:

—¡Fuego! ¡Fuego!

El ingeniero, O’Connor y Morgan, se lanzaron a proa. A dos kilómetros de distancia divisábase un vivo resplandor, que iluminaba siniestramente las últimas bóvedas del subterráneo. Pero no se veían llamas ni nubes de humo.

—¡Señor Webber! —exclamó O’Connor, que se había puesto pálido como un muerto.

—¡Animo! —dijo el ingeniero con voz firme.

—Sir John —dijo Morgan—. ¿Cuáles son vuestros propósitos?

—Amigos míos —respondió el ingeniero—. ¿Quizá nos esperen allí grandes peligros?, pero ya que hemos llegado hasta aquí, mi opinión es que sigamos adelante. Sin embargo, me someto a vuestro parecer.

—Pues bien, señor: yo os sigo —dijo Morgan.

—Si vosotros arrostráis esos peligros, también los quiero arrostrar yo —dijo Burthon.

—¿Pero será allí el aire respirable? —preguntó O’Connor.

—¿No tenemos los aparatos Rouquayrol?

—Entonces, vamos adelante.

El previsor ingeniero hizo llenar de agua todos los barriles a fin de poder inundar el bote, si tenían que afrontar las llamas; después, examinó los aparatos Rouquayrol. Los cuatro estaban en muy buen estado, aunque era preciso renovar la provisión de aire.

Hízose trabajar a la bomba impelente, de émbolos filos y cilindros movibles; y los depósitos, que eran capaces de resistir una presión de más de cuarenta atmósferas, fueron llenados nuevamente de aire.

Terminados estos preparativos, Sir John dio la orden de seguir adelante.

El Huascar, que había estado detenido, púsose de nuevo en marcha a poco vapor, dirigiéndose hacia aquel rojizo resplandor.

El ingeniero habíase colocado a proa, y tenía a su lado al mestizo; O’Connor, que temblaba en todos sus miembros, se colocó a popa empuñando el timón, y Morgan se dedicó a gobernar la máquina.

Conforme se iba el bote acercando a aquella luz que unas veces era vivísima y otras más débil, los truenos se hacían más formidables y más violentas las explosiones. Por debajo del canal y detrás de las paredes de las galerías sentíanse correr prolongados mugidos, los cuales eran a veces tan intensos que hacían temer se partiesen las rocas. Parecía que una fuerza espantosa encerrada entre las capas de la tierra trataba de libertarse derrumbando aquellas gigantescas rocas, que llegaban a veces a oscilar.

Tres cuartos de hora después abandonaba el bote la galería y penetraba en una inmensa caverna, cuya bóveda estaba sostenida por enormes columnas. Un grito de asombro y aun de terror vibró al punto en los labios de los cuatro aventureros.

Aquella caverna, que tenía lo menos dos millas de ancho y cuatro de largo, estaba vivamente iluminada. Por una ancha abertura abierta en la cima de una colina que se elevaba en la ribera izquierda del río, descendía una luz rojiza mezclada con nubes de negrísimo humo. De allí también salían silbidos horribles, espantosas detonaciones que hacían vacilar las rocas, truenos pavorosos, repetidos sin cesar por los ecos de la caverna, chispas y cenizas.

—¿Dónde nos hallamos? —preguntó Burthon con voz ahogada.

—Delante de un volcán —respondió el ingeniero.

Después, volviéndose a Morgan, que no manifestaba temor alguno, le dijo:

—Allá arriba se puede ver un espectáculo magnífico, quizá no presenciado jamás por ningún habitante de la tierra. ¿Te gustaría contemplar la erupción de un volcán?

—Sí, señor Webber —respondió el maquinista.

—¿Vendrás conmigo hasta allí?

—Iré.

—¿Pero vosotros queréis morir asfixiados? —preguntó el mestizo.

—Nos pondremos los aparatos Rouquayrol —respondió el ingeniero—. O’Connor, dirige el bote hacia aquella orilla.

El irlandés dirigió el barco a la orilla indicada y lo hizo atracar a un pequeño seno.

El ingeniero y Morgan se ataron sólidamente a la espalda los aparatos de aire comprimido, protegiéronse los ojos con grandes gafas de cuero y armados con ganchos de hierro para ayudarse en la subida, saltaron a tierra.

—Morgan —dijo el ingeniero deteniéndose—. ¿De verdad no tienes miedo?

—No lo tengo, señor.

—Entonces, vamos allá.

Atravesaron un arroyo de viejas lavas que corría paralelo a la orilla y empezaron audazmente la ascensión de la colina, en cuya cumbre rugía y llameaba el volcán.

El camino era áspero. Ora tenía profundas hendiduras, ora cuestas rapidísimas muy difíciles de escalar, ora también gigantescas rocas, que era preciso rodear o salvar con grandes fatigas. Sin embargo, el ingeniero y Morgan, ayudándose mutuamente, llegaron en cincuenta minutos ante la gran abertura, por la cual salían nubes de chispas y de humo.

—Hagamos funcionar los aparatos —dijo el ingeniero—. Podría asfixiarnos el humo.

Y aplicándose a los labios el tubo de caucho, que también protegía la nariz, penetraron audazmente en medio del humo y las escorias, y se detuvieron al borde mismo del volcán.

Una erupción de lava.

Capítulo XIX. Una erupción de lava

Allá, bajo sus mismos pies, abrióse un espantoso abismo lleno de fuego, humo y chispas, de mil doscientos metros de ancho y lo menos mil quinientos de largo, y cuyas paredes, que conforme subían se estrechaban en forma de cono, estaban ennegrecidas, quemadas, hendidas por mil partes y abrasando desde el fondo hasta la cima.

Dentro de aquel abismo, y sólo diez metros más abajo de la abertura ocupada por el maquinista y el ingeniero, hervía como un remolino un líquido llameante, de color de bronce fundido y que ora se alzaba lentamente, ora rápidamente lanzando hacia el cráter de la montaña nubes de ceniza, rocas calcinadas, densas columnas de humo que todo lo obscurecían por unos instantes, minadas de chispas que se desparramaban por el cono y altas llamas que elevaban la temperatura hasta hacerla insoportable.

De cuando en cuando, con intervalos irregulares, sobre aquel líquido en el cual se fundían como pellas de manteca las rocas de basalto, toba, pórfido, granito y todo género de piedras por duras que fuesen, formábanse grandes cúmulos que estallaban de pronto con estruendo capaz de ser oído a diez o más millas de distancia.

Parecía entonces que la montaña entera se derrumbaba. Estremecíanse las rocas, oscilaban las bóvedas, hendíanse las paredes dando paso a las lavas que huían con algunos silbidos, desplomábanse de lo alto rocas y fragmentos con horroroso estruendo, y las burbujas de fuego lanzaban hacia el cráter con tremendo y formidable impulso columnas de ardiente líquido, arenas, cenizas, fragmentos de roca, torrentes de fuego, humo y chispas. Arriba y abajo oíanse terribles detonaciones, y bajo aquel lago de llamas sonaban sordos mugidos y después espantosos truenos, que hacían oscilar de nuevo las rocas, y las arrancaban nuevos fragmentos, y estremecían nuevamente las bóvedas.

Después de la explosión, volvían las lavas a bajar, y en seguida a subir, a formar nuevas burbujas, y sucedíanse nuevas explosiones, lanzando otra vez rocas, arenas, cenizas, humo, chispas y ardiente líquido.

El ingeniero y el maquinista, apretados uno contra otro, unidas las manos, ensordecidos por aquellos truenos y explosiones, sumergidos ya entre nubes de humo, ya entre torrentes de chispas, contemplaban, con mezcla de curiosidad y de espanto, aquel abismo, que ni un solo instante permanecía en quietud y silencio. Nunca habían visto los dos hombres un espectáculo como aquél; jamás habían oído tantos truenas, ni visto tan gran cantidad de lava, tal océano de llamas, tales torrentes de chispas y nubarrones de humo. Bien valía la pena haber llegado hasta allí, con peligro de ser abrasados, para ver aquella escena infernal.

Diez minutos llevaban allí, permaneciendo prudentemente bajo el arco de aquella especie de puerta para no correr peligro de recibir alguna roca en el cráneo, cuando de pronto la lava se alzaba casi hasta sus pies, amenazando derramarse por el otro lado de la pendiente e invadir la gigantesca caverna surcada por el río. El ingeniero arrastró violentamente hacia atrás a su compañero, separándose tras el saliente de una roca.

Ya era tiempo. Las enormes burbujas que se habían formado en la superficie de las lavas, estallaron instantes después con terrible violencia, lanzando un chorro de ardiente líquido hacia la abertura ocupada poco antes por los dos exploradores. La detonación fue tan formidable que se desplomó un gigantesco trozo de cráter con indescriptible estruendo, levantando inmensos chorros de lava, y la sacudida del aire fue tal, que el ingeniero y el maquinista fueron echados violentamente a tierra.

Después de aquella explosión, la superficie líquida volvió al punto a bajar, pero pocos minutos después rasaba de nuevo el borde de la abertura, y aun lo salvaban algunos chorros, corriendo precipitadamente por la colina abajo.

Sir John, temiendo una repentina inundación del ardiente líquido y habiendo ya satisfecho su curiosidad, bajó con rápido paso la pendiente, seguido del maquinista.

A lo lejos, e iluminados por las llamas del volcán, veíanse, junto al bote, a Burthon y O’Connor, que agitaban vivamente sus pañuelos, como invitando a sus compañeros a unirse pronto con ellos.

Sin duda al oír aquellos tremendos estallidos, temían que de improviso se desplomasen las bóvedas de la gran caverna, de las cuales caían de cuando en cuando numerosos fragmentos de roca.

A la mitad de la pendiente, no viendo él ingeniero y el maquinista aparecer aún la lava, retardaron un poco el paso y se quitaron los aparatos Rouquayrol.

—Y bien, Morgan, ¿qué te parece gato? —preguntó el ingeniero.

—Que bien vale la pena bajar a las entrañas de la tierra para ver estos espectáculos, señor —respondió el maquinista—. ¡Magnífico! ¡Soberbio! ¡Grandioso! Aunque viviese mil años, no lo olvidaría nunca, nunca.

—Estos espectáculos, Morgan, se ven muy raras veces. Si nuestro maravilloso viaje por debajo de las dos Américas ofrece grandes peligros, también ofrece vistas estupendas.

—Pero ¿qué volcán crees que es éste?

—Supongo que el Colima.

—¿Teméis que la lava baje hasta esta caverna?

—Sí, y dentro de muy poco.

—Decidme, señor, ¿contienen solamente lava los volcanes?

—Algunas veces contienen también agua hirviendo, y estas erupciones no son menos terribles que las otras. Si la memoria no me engaña, en 1727 el volcán irlandés llamado el Oraefe arrojó tal cantidad de agua caliente que llegó a fundir una montaña entera de hielo, llamada la Plaga. En 1775 acaeció una erupción semejante en el Etna, volcán de Sicilia, cuyas nieves se deshicieron rápidamente y causaron una grande inundación. Los volcanes de las cordilleras, especialmente el Cotopaxi, han arrojado también muy a menudo agua hirviendo en extraordinaria cantidad, haciendo fundirse las nieves y los hielos.

—¿Habéis notado, señor, el escaso calor que despedía la lava aún cuando llegaba hasta pocos pasos de nosotros?

—Sí, Morgan.

—¿Y de qué depende esto?

—De la costra de escorias que se forma en seguida sobre las lavas. Esta costra es muy mala conductora del calor, y por eso impide su expansión. Se ha observado muchas veces que los torrentes de lava que salen de los volcanes, no son capaces de liquidar las nieves. Muchos viajeros han visto debajo de las lavas nieves antiquísimas. Lyele las vio bajo la lava eruptada por el Etna. Phillips, bajo las del Nuevo De Chillan, y geólogos americanos, bajo las del monte Hodker. Y para que veas un manifiesto ejemplo de la escasa irradiación calorífica de las lavas, en 1560 el volcán irlandés Kutlagaya arrojó a un tiempo lava y fragmentos de hielo.

—¿Cómo? ¿Un volcán arrojando hielo junto con lava? —exclama el maquinista.

—Sí, Morgan; lava y trozos de hielo.

—Es increíble, señor.

—Y, sin embargo, es cierto, Morgan.

—Pero si la costra de escorias impide la expansión del calor, las lavas conservarán éste bajo la costra durante algún tiempo.

—Durante varios años.

—¿Qué decís, señor?

—Y a veces durante un siglo. Algunos viajeros dignos de crédito han afirmado que hallaron lava todavía caliente al cabo de un siglo de ser arrojada.

—Es extra…

Un tremendo estallido, sólo comparado a la explosión simultánea de quinientos cañones, cortó la frase. La gran caverna osciló fuertemente de Este a Oeste, sacudiendo las inmensas columnas, y diez o doce peñascos de varias toneladas de peso se desplomaron de la bóveda, cayendo con indescriptible ruido.

—¡Aprieta los talones, Morgan! —dijo el ingeniero.

—¿Reventará acaso el volcán?… ¡Diablo! ¡Mirad, señor, mirad!

Sir John se volvió hacia el volcán. Por la abertura irrumpía, junto con densas nubes de humo y oleadas de chispas, un ancho torrente de lava, brillante, magnífico, soberbio.

—¡Huyamos! —dijo Morgan.

—No corremos peligro alguno —respondió el ingeniero—. ¡Mira, Morgan; mira qué espectáculo!

El torrente, de color de bronce fundido, bajaba por la colina con furia irresistible, calcinando las rocas, y unas veces desapareciendo entre ellas, otras precipitándose en forma de cascada, ya corriendo en línea recta, ya trazando curvas caprichosas y consumiéndolo y devorándolo todo en su camino. Pero en la mitad de La ladera, aquel espantoso torrente que parecía no habría jamás de detenerse, disminuyó su rapidez, perdiendo su magnífico esplendor. Empezaba entonces a cubrirse de escorias rojizas que intentaban solidificarse y aprisionarlo. Al final de la pendiente el torrente se detuvo; pero poco después, rota la costra que lo envolvía, continuó su carrera hacia el río, brillante y encendido como antes, y empujando delante de sí las escorias, que rebotaban con sonido metálico.

A cuatrocientos pasos de los dos exploradores, detuviéronle de nuevo las escorias, pero volvió a romperlas, siguió su camino, alimentado de nuevo por la lava que salía del volcán en cantidad extraordinaria. Pasó a diez pasos del ingeniero, y después se encajonó en el cauce de un antiguo arroyuelo y desapareció hacia el Norte, corriendo en sentido paralelo a la costa.

—Acércate, Morgan —dijo Sir John.

El maquinista se aproximó al torrente, que estaba ya cubierto de una sólida costra rojiza formada por bellísimos cristales.

—¿Despide calor? —preguntó el ingeniero.

—No, absolutamente nada —respondió el maquinista.

—Y, sin embargo, debajo de la costra sigue corriendo la lava.

—Probemos a romperla.

El ingeniero, con un golpe de su chuzo de hierro, quebró la costra. Debajo apareció la lava brillante, como si acabase de salir del volcán, y ardiendo como el bronce fundido acabado de salir del horno.

—¿Corre? —preguntó Morgan.

—Sí, y con mucha velocidad.

—¿Cuándo se detendrá?

—Cuando el volcán deje de alimentaría. Pero vamos al bote, Morgan; pueden bajar nuevos torrentes de lava y cortarnos el camino.

El ingeniero y el maquinista se pusieron de nuevo en marcha, y en breve espacio se reunieron con el mestizo y el irlandés, que eran presa de vivísima inquietud.

—Partamos, Sir John —dijo O’Connor, que estaba muy pálido—. Tengo miedo de que el volcán reviente.

—No tengas miedo de eso, marinero —respondió el señor Webber—. Sin embargo, salgamos de esta caverna.

Embarcáronse los cuatro, mientras un nuevo torrente de lava mucho más ancho y más impetuoso que el primero, bajaba por la colina dirigiéndose hacia un ancho barranco. Burthon y O’Connor cogieron dos pértigas y empujaron al Huascar fuera del pequeño seno.

—¿Dónde vamos? —preguntó Morgan.

—Remontemos el río —contestó el ingeniero—. Es nuestro camino.

En seguida comenzó la hélice a girar y el Huascar se puso en marcha con velocidad de ocho nudos por hora, dirigiéndose hacia el extremo meridional de la gran caverna, donde se abría una tenebrosa y vasta galería.

Sir John miró por última vez el volcán, que continuaba vomitando con sordos mugidos que hacían temblar la bóveda y oscilar las altísimas columnas de la caverna. Por la abertura descendían furiosamente las lavas, rebotando de roca en roca con magnífico aspecto y formando innumerables arroyos que se juntaban cerca del río en un ancho torrente. Sobre aquellas lavas ondeaban grandes nubes de humo rojizo y turbiones de chispas.

—¿Sobre qué llanuras lanzará el monstruo sus ardientes rocas y extenderá sus cenizas? —murmuró el ingeniero meditabundo—. ¡Oh! ¡Tendría gusto en saberlo!

A las doce en punto de la noche entraba a todo vapor el Huascar en la obscura galería.

Capítulo XX. El terremoto

La nueva galería que los valientes exploradores iban a recorrer era la más ancha de cuantas habían hasta entonces recorrido y, sin embargo, ofrecía obstáculos difíciles de vencer.

Era muy alta, estaba sostenida por sólidas columnas que se perdían en las densas tinieblas, y tenía lo menos cuatrocientos metros de ancha. Por el centro, y entre dos orillas muy elevadas, descendía un río, embarazado unas veces por escollos ocultos que dejaban estrechos pasos, y otras, por altas peñas, contra las cuales estrellábanse las aguas con prolongado mugido.

Aunque aquella galería distaba más de un kilómetro del volcán, oíanse bajo ella sordos truenos que los ecos repetían sin cesar, y que aumentaban hasta el punto de hacer casi creer que detrás de sus paredes había otro volcán. De las bóvedas, que no parecían muy bien trabadas, desgajábanse a menudo, a causa de aquellos continuos fragores, peñascos de extraordinario tamaño, los cuales caían delante y detrás del bote, amenazando romper el cráneo a los hombres que lo tripulaban.

El ingeniero habíase colocado a proa con una larga barra, y la introducía muchas veces en la corriente para medir la profundidad de las aguas.

Morgan estaba detrás de su máquina con las manos en la palanca de la válvula, y dispuesto a cerrarla a la primera señal, y O’Connor y Burthon hallábanse a popa junto a la barra del timón.

Durante las primeras horas, el Huascar pudo avanzar con notable velocidad, a pesar de los obstáculos que a menudo le obligaban a rodear para buscar una salida; pero después los escollos a flor de agua y las rocas se hicieron tan numerosos que Morgan hubo de disminuir la velocidad a sólo dos nudos por hora. Casi al mismo tiempo los ruidos se hicieron más fuertes, y se esparció por el subterráneo un extraño olor que produjo violenta tos a los cazadores y al ingeniero.

—¿Qué diablo de olor es éste? —preguntó Burthon.

—No parece sino que alguien quema azufre —dijo el ingeniero.

—¿Habrá alguna solfatara por aquí? —observó Morgan.

—Sin duda alguna.

De allí a poco oyóse un agudísimo silbido. Los tres cazadores, miráronse entre sí con viva sorpresa.

—¿Quién silba? —preguntó Burthon.

Un segundo, después un tercero, un cuarto y un quinto silbido resonaron hacia la orilla derecha.

—¡Es el diablo! —exclamó O’Connor, con voz temblorosa.

—¡Vamos a ver qué es ello! —dijo el ingeniero.

El irlandés dirigió el Huascar hacia la orilla indicada, que aparecía muy alta, pero difícil de escalar. El olor de azufre se hizo entonces tan intenso que los cuatro hombres tosían sin cesar.

Otros cinco o seis silbidos se oyeron, mucho más agudos que los primeros.

—¡Cuernos de ciervo! —exclamó Burthon—. ¡Vaya una música!

El bote, guiado hábilmente por el irlandés, hundió la proa en un banco de arena que se destacaba de la orilla. Sir John, Morgan y Burthon, provistos de lámparas, saltaron sobre las rocas.

—Tened cuidado, Sir John —dijo el mestizo.

—Ayudándose con pies y manos, escalaron las rocas y llegaron a la cima de la ribera. Al punto aparecieron ante sus ojos varios conos de tres o cuatro pies de altura, unos con la punta truncada, y otros terminados en punta muy aguda.

—¿Qué es esto? —preguntó Morgan estupefacto.

—Son pequeños volcanes —respondió el ingeniero.

—Confiemos en que no sean peligrosos.

—Pero eruptan —dijo Burthon.

Algunos chorros de una materia densa, impregnada fuertemente de olor a azufre quemado, lanzáronse fuera de los conos y subieron varios metros. En seguida se oyeron agudos silbidos.

—¡Bravo! —dijo Burthon—. Éstos son los aplausos.

—Acerquémonos a uno de esos volcancillos —dijo el ingeniero.

—¿Y si eruptan?

—No todos deben de eruptar. Yo he visto otros conos semejantes a éstos.

—¿Dónde? —preguntó Morgan.

—En el desierto de Colorado, y cabalmente en las inmediaciones del monte Purdy, que es un volcán apagado.

Sir John, seguido de sus dos compañeros, se acercó a un cono truncado, que tenía una abertura bastante ancha, y miró dentro. Aquel microscópico volcán estaba lleno de una materia densa y negra, que no parecía lava, pero que despedía fortísimo calor.

—Debe de ser lodo mezclado con un poco de azufre —dijo el ingeniero.

—¿Tendrán alguna comunicación con el volcán grande estos conos? —preguntó Morgan.

—Creo que no. Si la tuviesen, arrojarían lava, y no fango. Embarquémonos, amigos.

Bajaron por la orilla, y subieron al bote, que reanudó su marcha.

Durante la jornada descubriéronse nuevos conos en las orillas del río, y llegaron hasta el Huascar varios chorros del fango muy caliente. También se vio a algunos gupers lanzar, aunque con poca fuerza, sus hirvientes aguas a alguna altura.

El 18 y el 19 de diciembre transcurrieron sin novedad alguna. Pero aunque el Huascar se hallaba ya a más de trescientas millas del volcán, no cesaron los ruidos subterráneos; antes al contrario, llegaron a ser tan fuertes, la noche del segundo día, que los tres cazadores sintieron vivo espanto.

—¿Pero de dónde provienen estos fragores? —preguntó Morgan.

—De explosiones que sobrevienen bajo tierra —respondió Sir John.

—¿Y quién produce esas explosiones?

—El fuego que evapora las aguas y funde las rocas.

—¿Pero está la tierra llena de fuego?

—¿Quién puede decirlo? —respondió Sor John.

—¿Qué dicen los sabios?

—Los sabios no están acordes en este punto, Morgan.

—¿Cómo? ¿No están acordes?

—Unos, como Humboldt, Arago, De Buch, etcétera, creen que nuestro globo está lleno de fuego, pero otros sabios, de no menos valor, lo niegan.

—Explicaos, señor.

—Los primeros piensan, sin razón tal vez, a mi juicio, que nuestro globo está cubierto de una costra cuyo espesor no excede de cincuenta kilómetros, y debajo de la cual, dicen, se halla un espantoso océano de fuego.

—¡Diablo! ¡Pero si cincuenta kilómetros son nada comparados con los 6336 que tiene el radio de la tierra!

—Y, sin embargo, esa teoría ha sido sostenida por sabios de gran fama.

—Si fuese verdad, ¿a qué temperatura habría de estar el centro de la tierra?

—Nada menos que a 195 900 grados, Morgan, según los cálculos de los sabios citados.

—¡Cuerpo de cañón! —exclamó Burthon—. ¡Una temperatura de 195 900 grados! ¿Qué roca resistiría tal calor?

—No lo resistiría ninguna substancia sólida de las conocidas por nosotros —dijo el ingeniero.

—Decidme, señor, ¿creéis en la teoría de Humboldt y sus compañeros? —preguntó Morgan.

—No, maquinista —respondió el ingeniero—. No puede admitirse que bajo la corteza terrestre exista un mar de fuego tan espantoso.

—¿Por qué?

—Por una razón: Porque yo creo que, como dice bien el ilustre geólogo Poisson, una corteza tan delgada no podría resistir un océano de fuego cuya temperatura sería cien veces mayor que la del hierro fundido. ¿No te parece?

—En efecto. El razonamiento me parece justo.

—Y muy justo, Morgan. La corteza terrestre, apoyada sobre un mar de fuego semejante, tenía necesariamente que estallar o, por lo menos, fundirse.

—Pero habiendo volcanes…

—Los volcanes no bastarían, Morgan, a dar respiro y desahogo a tal océano de fuego.

—¿Entonces vos no creéis que exista?

—No lo creo.

—¿Pero admitís que hay gran calor en el centro de la tierra?

—Lo admito, Morgan.

En aquel instante oyéronse algunos sonoros silbidos en las orillas del río.

—¿Serán otros pequeños volcanes? —preguntó Burthon.

—Sí —respondió el ingeniero, que había divisado los conos.

Algunos chorros de fango hirviente y negrísimo cayeron en el río a poca distancia del Huascar. Inmediatamente después se oyó un violentísimo trueno subterráneo.

—Mala señal —murmuró Sir John, arrugando la frente.

A eso de las diez divisáronse nuevos pequeños volcanes en la orilla izquierda, y se oyó un segundo ruido, mucho más fuerte que el primero. De la bóveda se desprendieron varios peñascos, y cayeron en el río, levantando fuertes rociadas.

A las doce, el ingeniero, que se había tornado muy inquieto y a menudo aplicaba el oído, pareciéndole siempre oír sordos fragores en las entrañas de la tierra, hizo atracar el bote a la orilla izquierda, y apagar la máquina.

—Hace tres noches que no descansamos —dijo a sus compañeros—. Dormiremos más cómodamente en tierra.

Ataron el bote a la punta de un escollo, y se encaramaron sobre la orilla, llevando consigo las lámparas, las carabinas, mantas, víveres y dos picos. En seguida hallaron un sitio a propósito para acampar; una pequeña explanada cubierta de una arena muy blanda, formada de restos de plantas y conchillas, y rodeada por tres enormes pilastras de granito, de algunos metros de altura y tan gruesas que no podrían abarcarlas diez hombres.

—Estas pilastras serán nuestros centinelas —dijo Burthon, riendo.

Encendieron fuego con algunos trozos de carbón de piedra y cocieron un poco de carne seca con algunas legumbres; comido lo cual, tendiéronse sobre las mantas. Morgan fue el primero en hacer el cuarto de guardia.

—Vigila atentamente, maquinista —le dijo el ingeniero—. A tres mil pies de profundidad no hay ladrones ni asesinos, pero hay otros peligros.

Durante sus dos horas de guardia, Morgan no vio ni oyó cosa alguna. A las dos de la mañana le suplió Burthon; después ocupó O’Connor el puesto del mestizo, y a las seis reemplazó a O’Connor el ingeniero.

—¿Has oído algo? —preguntó éste al irlandés.

—Ruidos sordos, señor.

—¿Nada más?

—Nada más.

El ingeniero se sentó junto a una lámpara, y encendiendo su pipa, se puso a fumar vigorosamente. Pero pronto se levantó poseído de viva inquietud.

Empezó a pasear alrededor del campamento, alargándose varias veces hasta la orilla del río. Instintivamente sentía que algo terrible le amenazaba.

Por dos o tres veces se inclinó sobre el suelo, y conteniendo la respiración escuchó atentamente, pareciéndole oír fragores y bramidos lejanos.

Al cabo de un rato llegó a sus oídos un sordo trueno, semejante a la explosión de alguna gigantesca mina subterránea, y el suelo osciló de Nordeste a Sudoeste. En seguida oyó otros dos estruendos mucho más fuertes que el primero propagarse bajo la superficie de la corteza terrestre. Pálido, aterrado, se precipitó hacia sus compañeros, que dormían tranquilamente envueltos en sus mantas.

—¡Arriba! ¡Arriba! —gritó.

Burthon, Morgan y O’Connor se despertaron, y desenvolviéndose rápidamente de las mantas, se pusieron en pie.

—¿Qué sucede, Sir John? —preguntó el maquinista.

No hubo tiempo de responder. Un estrépito horroroso se oyó debajo y encima de la galería, acompañado de una sacudida formidable, que derribó violentamente en tierra a los cuatro hombres.

Un fenómeno espantoso sobrevino entonces en la tenebrosa galería.

El suelo se alzaba y ondeaba de Nordeste a Sudoeste, abriéndose en anchas hendiduras y cerrándose con sordo estruendo. Las paredes se bamboleaban e inclinaban, las bóvedas cedían, chocaban las rocas unas contra otras, las aguas del canal subían y bajaban de nivel con profundos mugidos, inundando ya una orilla, ya otra, y por todas partes llovían arenas, piedras, peñascos y fragmentos de roca.

Durante cuarenta segundos, el subterráneo fue horriblemente sacudido; después, una roca colosal, de veinte metros lo menos de ancha y cuarenta de larga, cayó con inmenso estrépito sobre las tres enormes pilastras que rodeaban el campamento.

—¡Socorro! ¡Socorro! —se oyó gritar a O’Connor.

—¡Sálvese el que pueda! —gritó luego Morgan.

Después, nada. Una nueva sacudida, más fuerte que todas las anteriores, seguida de un horrendo estallido, hizo oscilar la galería entera. La bóveda, ya medio derrumbada, se abrió, se cerró, y después se desplomó arrastrando en su caída miles y miles de enormes peñascos que se amontonaron confusamente sobre el campamento de los audaces buscadores del tesoro de los Incas.

Capítulo XXI. Sepultados vivos

La presión verdaderamente enorme que ejercen sobre los continentes las aguas de los mares, la poca resistencia en algunos sitios de los terrenos y las mil y mil grietas que a menudo se abren a consecuencia de sacudidas internas más o menos fuertes, hacen que una cantidad no corta de agua penetre a través de las capas de nuestro globo.

De aquí que se formen arroyos, y tal vez ríos impetuosos que, alimentados sin cesar, se abren paso a viva fuerza por entre los terrenos blandos, y continúan descendiendo indefinidamente, ya dividiéndose y subdividiéndose en anchos raudales o en lagos tal vez inmensos.

Este continuo movimiento, este incesante roce con las rocas, algunas de las cuales fácilmente se disuelven, y con masas metálicas aun sin oxidar, y la compresión de las capas superiores, desarrollan un calor que, a veces, llega a ser verdaderamente intenso. Sucede entonces que el agua se convierte en vapor, el cual, reforzado por otros gases producidos por la descomposición de las diversas clases de terrenos, tienden a expandirse. Un día estos vapores no hallan ya cabida en las cavernas subterráneas, y derriban con fuerza increíble sus paredes, causando terribles sacudidas, conocidas con el nombre de terremotos.

Una de estas explosiones, producida tal vez por enorme cantidad de gases, había sido la que hizo hundirse la galería que hacía días iban recorriendo los cuatro buscadores del tesoro de los Incas.

Las paredes de las cavernas subterráneas que aprisionaban aquellos vapores, habían sido violentamente empujadas por aquel poderoso estallido, transmitiendo la sacudida a los terrenos adyacentes. Las galerías, después de violenta oscilación, habían cedido, las rocas se habían derrumbado, habíase abierto y cerrado y vuéltose a abrir y cerrar la corteza terrestre, haciendo bambolearse y caer cuanto ella sostenía. Tal vez ciudades enteras, horriblemente sacudidas, habían sido arrastradas en pocos instantes; acaso también algunas montañas, levantadas primero violentamente e inclinadas luego, se habían derrumbado, causando Dios sabe qué espantosas ruinas y destruyendo innumerables vidas humanas.

La repentina caída, la violenta impresión experimentada y, sobre todo, la lluvia de piedras que había precedido al derrumbamiento de la gigantesca roca, habían hecho que Burthon, Morgan y O’Connor se desmayasen. Sólo el ingeniero, aunque lastimado por un grueso peñasco, que había recibido sobre sus espaldas, no había perdido el sentido, a su extraordinaria y admirable sangre fría, en medio de aquella espantosa convulsión del suelo.

Apenas cesaron las sacudidas y la lluvia de rocas, púsose prontamente en pie y se lanzó hacia el río para llegar al bote, pero fue a chocar contra una roca, que cerraba por aquel lado toda salida. Entonces retrocedió, intentando salir por otra parte, pero una nueva roca le impidió seguir adelante. Miró en derredor, pero no vio más que espesas tinieblas, por estar apagadas las lámparas. Tendióse en tierra, y tanteando primero el terreno por miedo a caer en alguna hendidura, se arrastró hacia el lugar ocupado por sus compañeros.

Lo primero con que tropezó su mano fue una lámpara. Encendió yesca, abrió la red metálica y prendió fuego a la mecha, que esparció alrededor una hermosa luz.

—¿Sois vos, señor? —preguntó al punto una voz.

El ingeniero se volvió y vio junto a sí a Morgan, muy pálido, aunque sano y salvo.

—Te creía muerto, maquinista —dijo Sir John—. ¿Te has roto alguna parte del cuerpo?

—Estoy magullado, pero, gracias a Dios, sin lesión alguna.

—¿Sabes, Morgan, que tenemos buena suerte?

—Ya lo veo, señor. Lo que es yo, no creí salir con vida.

—¿Dónde están los otros?

—Helos allí, uno sobre otro.

—Dios quiera que estén vivos.

El ingeniero se acercó a Burthon y le sacudió vigorosamente. Un enérgico ¡Cuerno de ciervo!, salió de los labios del mestizo.

—Amigo, amigo —dijo Sir John—. ¡Gracias a Dios que no estás muerto!

El mestizo abrió los ojos y miró alrededor con viva curiosidad.

—¿Dónde estamos? —preguntó.

—En el subterráneo.

—¿Pero qué ha sucedido? Paréceme haber oído un grande estruendo y visto caer la bóveda sobre mi cráneo. ¿Habré, tal vez, soñado?

—No has soñado, Burthon. Un tremendo terremoto ha derrumbado la galería entera.

—¡Oh! ¡Un terremoto!

Púsose en pie; movió primero los brazos, luego las piernas, y se dobló hacia adelante y hacia atrás.

—Parece que no he padecido fractura alguna —dijo—. Y O’Connor, ¿dónde está?

—Aquí estoy —respondió el marinero, con voz aún temblorosa.

—¿Estás entero? —preguntó Morgan.

—Sí, pero un poco magullado. Han caído ocho o diez peñascos sobre mis costillas, y pesaban bastante. Pero ¿dónde hemos caído nosotros?

—En ningún sitio. La bóveda es la que se ha desplomado.

—Enciende otra lámpara, Burthon —dijo el ingeniero—. Temo, amigos míos, que el terremoto nos haya encerrado entre cuatro sólidos muros.

—¿Habremos, pues, de quedarnos aquí? —preguntó Burthon.

—¿Y el bote? —interrogó O’Connor—. ¿Habrá sido aplastado por las rocas?

—Es probable —respondió el ingeniero, esforzándose en aparecer tranquilo.

—Entonces, estamos perdidos —dijo Morgan—. No tenemos más que dos panes de bizcocho y medio litro de agua.

—Y quizá medio litro de aceite en las lámparas —añadió Burthon.

—Excavaremos hasta hallar el Huascar —dijo Sir John—. Por fortuna, tenemos dos picos. Examinemos nuestra prisión, amigos.

Levantó la lámpara y miró la bóveda del encierro; era sólida y sin hendidura alguna. Por aquella parte no era posible salir, pues sobre aquella enorme losa de granito debía de haber caído, sin duda, una montaña de peñascos.

—Examinemos los muros de esta caverna —dijo.

Los cuatro sepultados vivos, con las lámparas en alto, dieron una vuelta por la prisión, que era muy vasta, golpeando los muros con los picos, para ver si al otro lado se percibía algún ruido; pero el sonido de las rocas era siempre sordo, señal evidente de que por todas partes había piedras y quizá gigantescas rocas desprendidas de la bóveda del subterráneo. El ingeniero se dirigió, por último, hacia el río. Por allí había una profunda brecha, formada por la ribera del canal.

Morgan cogió una lámpara y miró abajo. En seguida lanzó un grito:

—¡El bote! ¡El bote!

El maquinista, no se engañaba. En el fondo de aquella profunda brecha, donde aún se veía un poco de agua, estaba el bote, inclinado a babor y lleno de piedras, pero, al parecer, todavía en muy buen estado. La gran losa de granito, que había salvado de una muerte segura a los cuatro hombres, había preservado también al valeroso Huascar.

—Dios nos protege —dijo Sir John, con alguna emoción—. Amigos míos, estamos salvados.

—¡Cuerpo de cañón! —exclamó el mestizo—. Jamás me habría consolado de la pérdida de nuestro bravo bajel. Pero, decidme, Sir John, ¿cómo lo sacaremos de aquí?

—Excavando una galería.

—¿Y hallaremos después el río? —preguntó Morgan.

—Así lo espero, maquinista. Bajemos al barranco.

Una vez en él, saltó el ingeniero al bote, y detrás de él Burthon, O’Connor y Morgan. El Huascar fue examinado minuciosamente, pero sólo había sufrido alguna ligera avería de fácil reparación.

El ingeniero miró luego atentamente el agua encerrada en el barranco, esperando verla correr, pero estaba completamente inmóvil.

Examinó la roca, que había separado del río aquel poco de agua, y cogiendo después un pico, la golpeó.

—Al otro lado hay espacio libre —dijo—. Guardad silencio.

Apoyó una oreja en la pared, y escuchó, con profundo recogimiento.

—¿Se oye algo? —preguntó Morgan.

—Sí; un sordo murmullo —respondió Sir John—. El río corre al otro lado de la roca. Apresurémonos a trabajar antes que llegue a faltarnos el aire.

Y empuñando su bowieknife (puñal), trazó con él, sobre la roca, un semicírculo bastante grande y algo prolongado bajo la superficie del agua. Morgan, Burthon y O’Connor, armados de picos, pusiéronse a manejarlos con gran furia, arrancando gruesos trozos de granito. Hacia el mediodía habían sido excavados dos pies de roca. Los cazadores, extenuados y cubiertos de sudor, despacharon rápidamente una abundante comida, y al punto reanudaron el duro trabajo, ayudados por el propio Sir John.

A las tres de la tarde, después de un vigoroso golpe de pico de Burthon, oyóse un agudo silbido.

—Este silbido indica la presencia del agua —dijo el ingeniero—. Cava fuerte, Burthon.

El mestizo alzó el pico, y golpeó la roca con fuerza irresistible. Abrióse un agujero del tamaño de una cabeza humana, y un chorro de agua saltó sobre el barranco ocupado por el bote.

—¡Bien! —exclamó Morgan, alejando de un empujón al Huascar.

Con tres o cuatro golpes de pico ensancharon el agujero y al chorro de agua sucedió un impetuoso torrente, que en menos de quince minutos elevó treinta y cinco centímetros el nivel del agua.

Cuando se estableció el equilibrio entre el agua de dentro y la de fuera, O’Connor y Burthon se desnudaron y penetraron en la cavidad para ensancharla, en lo que trabajaron tan animosamente, que a las cuatro podía pasar ya el bote.

—¿Ves algo? —preguntó el ingeniero a Burthon, que miraba por el otro lado de la abertura.

—Veo agua, que corre con gran rapidez y muge furiosamente —respondió el mestizo.

—A bordo, amigos; y tú, Morgan, prepara un ancla.

—Ya está —respondió el maquinista.

—Apenas te avise, échala. Empujemos el bote, compañeros.

Empuñaron varias pértigas y empujaron el Huascar por la abertura.

Dos veces rozó la quilla con la roca del fondo, pero el bote pasó, y entró en el negro río, que descendía del Sur con gran violencia, llenando el subterráneo de sordos fragores.

—¡Echa el ancla! —gritó Sir John.

Morgan obedeció, y el Huascar, arrastrado por las aguas, recorrió quince pasos, y después viró de bordo y se detuvo.

Una vez más habíanse salvado los audaces buscadores del tesoro de los Incas.

Capítulo XXII. Un cadáver

La espantosa convulsión del suelo había reducido el gran subterráneo a deplorable estado. Las gigantescas pilastras, que sostenían las altísimas bóvedas y que poco antes parecían poder resistir los terremotos más formidables del globo, yacían en tierra, partidas unas en treinta o cuarenta pedazos, y desmenuzadas otras; las paredes, que quizá durante millares de años habían desafiado, sin conmoverse, el embate de las aguas y las erupciones volcánicas, habíanse agrietado y presentaban enormes hendiduras, y las bóvedas, que quizá también durante miles de años sostenían el peso de montañas y aun de ciudades enteras, habían cedido y embarazaban, con sus restos, las orillas y el río. El lecho mismo de las aguas habíase elevado a causa del tremendo impulso e inclinándose de tal suerte, que la corriente bajaba con furia irresistible.

En todo el espacio alcanzado por la luz de las lámparas no se veían más que montañas de piedras, fragmentos de roca, y peñascos enormes, que habían hundido el terreno y yacían, en gran parte, sepultadas, junto con trozos de pilastras y de bóveda.

—¡Qué caos! —exclamó Burthon—. Ese maldito terremoto nos ha destruido de cabo a rabo la galería. ¡Vaya una fuerza!

—¿Habrá padecido así toda la galería? —preguntó O’Connor.

—Muy fuerte ha sido la sacudida —dijo Sir John—. Por espacio, lo menos, de doscientas o trescientas leguas hallaremos huellas de la convulsión terrestre.

—¿Se habrá sentido también en la superficie de la tierra?

—Sin duda alguna, Burthon. Sólo estamos a dos mil seiscientos pies de profundidad.

—Entonces habrá causado daños considerables.

—Tal vez a esta hora yacen miles de personas bajo las ruinas de alguna ciudad destruida.

—¿Miles de personas? Muchas me parecen, señor.

—Por lo visto, Burthon, no crees mucho en la violencia de los terremotos. Pero ¿qué dirás si yo te aseguro que el año 525 un terremoto sepultó, en Antioquía, a 250 000 personas?

—¡Qué atrocidad!

—¿Y que el terremoto del año 1755, en Lisboa, mató, sólo en seis minutos, 60-000 personas, y otro, en 1783, sepultó, en la Calabria, más de 40 000?

—¿Pero tan formidable es, pues, un terremoto?

—Nada resiste a semejantes convulsiones del suelo. Ni las ciudades, ni los montes, ni los océanos.

—¿Cómo? ¿Tampoco los océanos?

—También los mares son sacudidos terriblemente por los terremotos. En 1746, el Océano Pacífico se retiró dos veces y otras dos se lanzó con irresistible furia contra las costas del Perú, destruyendo enteramente a Lima, Callao, Cavalla, Guanapa y Otros dos puertos. De las veintitrés naves, que había ancladas en El Callao, hundiéronse diecinueve, y las otras cuatro, rotas las anclas, fueron arrastradas por la campiña y abandonadas en seco a gran distancia de la costa.

—¡Vaya una oleada que debió ser aquélla! —dijo O’Connor.

—¿Hizo muchas víctimas aquel terremoto? —preguntó Morgan.

—Muchísimas —respondió el ingeniero—. Baste decir que de los 4000 habitantes, que contaba El Callao, no sobrevivieron más que veintiséis.

—¡Qué desastre! —exclamó Burthon.

—Pues todavía fue inferior al terremoto que en 1755 padeció la costa de Portugal —continuó Sir John—. Esta vez la oleada tenía, notadlo bien, diecisiete metros de altura, y penetrando en él río Tajo, fue a estrellarse contra las casas de Lisboa, derribándolas como si fuesen de papel.

—¡Una ola de diecisiete metros de altura! ¡Qué atrocidad! —exclamó Morgan.

—Sí, Morgan. Esa muralla líquida embistió dieciocho veces la costa de Marruecos, y el golpe se sintió en Holanda, Alemania, Dinamarca, Noruega, Inglaterra, en las islas Canarias y hasta en América.

—¿También en América?

—También. En las islas Antillas, el mar se levantó cinco o seis metros.

—¡Pero, esos terremotos marinos son verdaderamente espantosos!

—Y todavía no he terminado. En 1783, otra ola, causada también por un movimiento sísmico, mató en un instante, a dos mil personas, que se hallaban reunidas en la costa de Sicilia, y, penetrando en Messina, que es una grande y bella ciudad de esta isla, hundió todas las naves ancladas en el puerto, y arruinó gran número de casas y palacios, matando a 12 000 personas. En 1835, otra ola de dimensiones gigantescas, se estrelló contra las costas de Chile, destruyendo a Talcahuano, y lanzando un navío a doscientas yardas, dentro de tierra.

—Decidme, señor: ¿las sacudidas sísmicas se propagan con mucha rapidez?

—Con muchísima, Morgan. Cuatro o cinco miriámetros por minuto.

—¿Y son todas iguales?

—No. Las hay horizontales, verticales y circulares.

—¿Cuáles son las más terribles?

—Para mí, las tres, porque todas tres causan grandes desastres. Y, ahora, enciende la máquina.

—¿Partimos? —preguntó Burthon.

—Sí. Quizá nos queda mucho que andar, y los víveres disminuyen a ojos vistas. Tú, O’Connor, tira fuera esos peñascos, que embarazan el bote.

Quince minutos después, anunciaba el maquinista que todo estaba preparado para partir. Fue recogida el ancla e izada a bordo, la hélice empezó a funcionar, y el Huascar se puso en marcha, remontando a pequeña velocidad la negra y rápida corriente del río.

Muy pronto se hizo dificilísima la navegación. A cada instante hallábanse bancos, levantados sin duda por la convulsión del suelo, y rocas enormes desprendidas del techo del subterráneo, y contra las cuales se estrellaba con virulento fragor el impetuoso raudal del agua.

O’Connor y Burthon veíanse obligados a sondear a cada momento el fondo, para que el bote no encallase o chocase con algún escollo.

Por fortuna, a eso de las diez de la noche, disminuyeron poco a poco aquellos obstáculos. La galería, mucho más estrecha y menos alta que la anterior, parecía no haber sufrido mucho a causa del terremoto. Sin embargo, en muchos sitios, especialmente en las orillas, que eran muy elevadas, divisábanse de tiempo en tiempo rocas enormes, y en las bóvedas veíanse hendiduras y profundas grietas.

A las once, Morgan lanzó el bote a tolda velocidad. La corriente del río no descendía ya con la furia de antes, y los bancos y escollos eran rarísimos.

—Reanudemos la vida ordinaria —dijo el ingeniero—. Tú, Morgan, y tú, O’Connor, haréis el primer cuarto de guardia, y después os reemplazaremos Burthon y yo.

Y ya iba a tenderse a proa, cuando sobrevino un choque que le hizo vacilar.

—¿Es una roca? —preguntó Burthon.

Morgan se inclinó rápidamente sobre el borde y vio una masa blanquecina que desapareció bajo la proa del Huascar.

Alargó la mano para cogerla, pero ya era tarde.

—¡Mira a popa, O’Connor! —gritó entonces.

El irlandés soltó la barra del timón y metió las manos en el agua. La masa blancuzca, poco antes visita, salió de debajo de la quilla del Huascar, pero la hélice la rechazó lejos, y la corriente la arrastró rápidamente.

—Para, Morgan —gritó el irlandés.

El maquinista obedeció prontamente, peto aquel objeto desconocido había desaparecido ya en las tinieblas.

—No veo nada —dijo O’Connor, proyectando la luz de una lámpara sobre el agua.

—¿Pero qué era? —preguntó el ingeniero.

—Una masa larga y blanca —dijo Morgan.

—Viremos de bordo y sigámosla —dijo Sir John.

El Huascar viró prontamente de bordo, y retrocedió con rapidez.

Recorridos doscientos cincuenta metros, Morgan estaba de pie sobre la banqueta de popa y junto a la chimenea, señaló hacia la masa blancuzca que iba a la deriva, desapareciendo unas veces bajo el agua, y volviendo otras a la superficie.

—Atención, O’Connor —gritó.

—Subid un poco más —dijo el marinero.

El objeto señalado estaba sólo a tres pasos de distancia. O’Connor se inclinó hacia fuera, alargó un brazo y lo cogió; pero inmediatamente lo soltó, lanzando un agudo grito.

—Amparadme, San Patricio —exclamó con terror.

Pero Burthon, que se hallaba junto a la máquina, metió prontamente un brazo en el agua, y a su vez asió el bulto.

—Ayudadme, Morgan —dijo.

El maquinista se puso a su lado y le prestó ayuda.

—¡Cuernos de bisonte! —exclamó el mestizo.

—¿Qué pasa? —preguntó Sir John.

—Que hemos pescado un cadáver —dijo Morgan.

—¡Un cadáver! —exclamó d ingeniero.

—Y de un negro africano —añadió Burthon.

—Y que huele horriblemente —dijo O’Connor.

—Izadle a bordo —ordenó el ingeniero—. ¡Un cadáver aquí, a dos mil seiscientos pies bajo la superficie de la tierra!

Morgan y Burthon, aunque aquel cadáver despedía insoportable hedor y el vestido de la tela blanca que lo cubría se desgarraba al asir de él, izáronlo a bordo. Sir John y los cazadores, pálidos y presa de vivísima emoción, se inclinaron sobre aquel cuerpo humano.

Era el de un hombre de cinco pies y siete pulgadas de altura, un verdadero gigante, con blusa y calzones de tela blanca, y altas y pesadas botas. Tenía la piel muy oscura y brillante; el pelo corto y canoso, como el de los africanos; los ojos, muy grandes; la frente, deprimida; la nariz, aplastada y ancha; los labios, gruesos, aunque descoloridos, y unos dientes magníficos, tan blancos como si fuesen de marfil.

El vientre de aquel individuo estaba muy dilatado y lleno de agua, y de en medio de su pecho se veía salir el mango de un cuchillo, cuya hoja debía de haberle partido el corazón.

—¿Qué enigma es éste? —exclamó el ingeniero—. ¿Cómo es que este hombre se halla aquí con un cuchillo en el pecio?… ¿De dónde viene? ¿Quién es? ¿Quién le ha asesinado?…

—¡Es para perder la cabeza! —dijo Burthon, que se hallaba en el colmo de la sorpresa—. Cualquier cosa hubiera esperado hallar en las entrañas de la tierra, menos el encuentro de un negro.

—¿Cómo explicáis esto, señor? —preguntó Morgan.

—Confieso que me hallo en grande confusión —respondió el ingeniero.

—¿Habrá alguna comunicación entre el río y la superficie de la tierra?

—Lo dudo mucho, Morgan.

—Tal vez este infeliz haya sido asesinado por alguna cuadrilla de bandidos, y arrojado después por algún pozo profundísimo o por el cráter de algún volcán apagado.

—Es posible, pero te repito que lo dudo mucho.

Poco después se inclinó sobre el cadáver del negro y le sacó el cuchillo que tenía clavado en el pecho. Era una navaja española, algo corva, de acero finísimo y con la empuñadura de cuero, marcada con tres estrellas.

Abrió luego una cajita y sacó el arma hallada veinte días antes; era exactamente igual: de hoja corva, acero finísimo, puño de cuerno, con tres estrellas y el mismo peso y largura.

—Amigos —dijo entonces el ingeniero, con voz alterada—. ¡Nos han precedido!

Capítulo XXIII. Un bote abandonado

No había duda ninguna. Uno o varios hombres precedían al ingeniero y a sus intrépidos amigos en aquel viaje por las entrañas de la tierra. ¿Quiénes eran? ¿Qué fin les movía a arrostrar los peligros de aquella extraordinaria expedición? ¿Eran tal vez hombres de ciencia que trataban de arrancar nuevos secretos a la tierra?… ¿Y por qué habían asesinado al negro?… ¿Estaban lejos o cerca?… ¿Debíase esperar de aquellos desconocidos una ayuda o más bien debíase temer un peligro?…

Los buscadores del tesoro, sorprendidos por aquel descubrimiento, mirábanse unos a otros, sin hablar. Una sorda cólera hervía en los pechos de Burthon, O’Connor y Morgan y se reflejaba en sus ojos.

—¡Conque hemos sido precedidos! —exclamó el mestizo, con los dientes apretados—. Y ¿por quiénes?

—¿Cómo saberlo? —respondió Sir John, cruzando los brazos.

—Por hombres de ciencia, seguramente, no —dijo Morgan—. No habrían asesinado a este hombre.

—¿Estará en peligro el tesoro de los Incas? —dijo O’Connor—. Es absolutamente preciso alcanzar a los hombres que nos preceden.

—Sí, sí, es necesario alcanzarlos —exclamó Burthon.

—Veamos, señores. ¿Cuántos días hace que fue muerto este hombre? —preguntó Morgan.

—Seis u ocho —respondió Sir John.

—Nuestro bote corre como una flecha. Partamos al punto, y forcemos la máquina.

—Sí, sí, partamos —dijeron Burthon y O’Connor.

—¿Cuánto carbón nos queda? —preguntó el ingeniero.

—Cuatro toneladas —respondió Morgan.

—Pues echemos al río a este pobre negro y partamos.

El mestizo y O’Connor cogieron por pies y brazos al asesinado, y después de hacerle oscilar un poco lo arrojaron al agua.

El Huascar viró al punto de bordo y remontó rápidamente el río. Muy pronto su velocidad de ocho nudos por hora saltó a catorce. Pero O’Connor y Burthon siguieron echando carbón en el hogar, ansiosos de llegar a los quince, y si era posible, a los dieciséis.

Durante toda la noche el bote continuó subiendo por el negro río, sin que acaeciese nada de nuevo. A las siete de la mañana había recorrido más de cien millas.

—Si no disminuye la velocidad —dijo el ingeniero—, en pocos días atravesaremos toda la América del Sur.

—¿Dónde estamos ahora?

—Si son exactos mis cálculos, debemos hallarnos junto a la frontera meridional de México. Antes del medio día, navegaremos por debajo de Guatemala.

—Entonces, pasará el subterráneo bajo el istmo de Panamá.

—Parece que sí.

—¿Lo habrán pasado ya los hombres que nos preceden?

—Si tienen un bote parecido al nuestro, a estas horas estarán debajo del Perú.

A las diez, el Huascar, que devoraba el camino sin perder un punto de su velocidad, penetró en un vasto lago, marcado en el plano de pergamino. La bóveda era altísima, tanto, que la luz de las lámparas no alcanzaba a iluminarla, y estaba sostenida por columnas tan gruesas que no habrían (podido abarcarlas diez hombres.

Numerosos torrentes le alimentaban y descendían con £anta furia que levantaban verdaderas olas. O’Connor, que no se olvidaba de proveerse de víveres, echó varias veces la red, y logró pescar tres o cuatro anguilas muy gruesas, pero privadas también de ojos como los peces anteriores.

Al medio día entraba el Huascar en un inmenso río, marcado también en el pergamino, y que bajaba del Sur. Era mucho menos ancho que el otro, pero mucho más profundo. La sonda señaló sesenta y dos pies.

Los días 22, 23, 24 y 25 siguió el bote avanzando. En las primeras horas de la mañana del 26 se estrechó de pronto el canal, y su corriente se hizo más rápida. Echada la sonda se vio con inquietud que sólo había siete pies de agua.

El ingeniero miró el plano y advirtió que aquel curso de agua estaba a punto de terminar. Este descubrimiento le asustó.

—¿Qué habrá después de este tío? —se preguntó a sí mismo—. ¿Será preciso abandonar el bote?

Al día siguiente volvió el río a estrecharse entre dos orillas muy bajas, pero erizadas de enormes rocas de granito. No tenía más que cuatro metros de anchura y el nivel del agua era tan bajo, que hacía temer tocase por momentos el fondo la quilla del Huascar. Con todo, la corriente descendía con gran furia, arrastrando gran número de piedras de no escaso tamaño.

A las once, Morgan, aconsejado por el ingeniero, moderó la velocidad. ¡Ya era tiempo! Pocos minutos después el Huascar tocaba fondo y con tal violencia, que se apagó una lámpara y Sir John y sus compañeros cayeron unos sobre otros.

—Todo ha terminado para el Huascar —dijo Morgan, con dolor.

—¿Qué hacemos? —preguntó Burthon.

—Tú y O’Connor quedaos aquí, por ahora —dijo Sir John—. Morgan y yo costearemos el rio basta que hallemos la galería que veo trazada en el plano. Sígueme, maquinista.

—Cojamos un revólver, señor —dijo éste—. No olvidemos que alguien nos precede.

A fuerza de remos fue empujado el bote hacia la orilla, y los exploradores, provisto cada uno de una lámpara, un sólido bowieknife (puñal) y un buen revólver de gran calibre, se encaramaron sobre la orilla.

Detuviéronse un instante sobre la fila de una roca, aplicando el oído; y después, tranquilizados por el silencio que reinaba en el subterráneo, pusiéronse en camino costeando el río y pisando una tierra compuesta de residuos de plantas y de conchitas.

Habían recorrido ochocientos o novecientos metros, cuando de pronto se detuvo Sir John y apuntó el revólver.

—Mira, Morgan —murmuró—. Allí hay un hombre.

Morgan adelantó la lámpara y miró hacia el sitio indicado. Junto a la orilla del río yacía tendido de espaldas un hombre de alta estatura, vestido de paño oscuro y con altas botas.

—¡Diablo! —exclamó el maquinista—. ¿Quién será?

—Sin duda, alguno de los que nos preceden. Ten cuidado no nos ataque alguien por detrás.

—Mi revólver está preparado.

—¡Eh, despertad! —gritó Sir John.

Pero el desconocido no se movió. El ingeniero cogió una piedrecilla y se la tiró a un costado, pero no consiguió mejor resultado.

—¿Estará muerto? —preguntó Morgan.

—Mucho lo temo, maquinista. Vamos a verlo.

Llevando siempre empuñados los revólveres, se acercaron con precaución al desconocido, que no daba señales de vida.

Cuando llegaron junto a él, ambos dieron un paso atrás, ahogando a duras penas un grito.

Aquel hombre —un negro de estatura gigantesca y muy parecido al que habían hallado pocos días antes— estaba muerto. Tenía los ojos desencajados, cubiertos de una espuma rojiza los labios, y en medio del pecho una navaja española clavada hasta la empuñadura.

—¡Otro negro asesinado! —exclamó el ingeniero—. Pero ¿qué clase de gente es la que nos precede? .

—Sin duda, algunos bandidos —dijo Morgan—, y que quizá van, como nosotros, en busca del tesoro de los Incas. No lo siento por mí, sino por los infortunados compatriotas de Sinoky.

—Echa una ojeada al río, y sigamos luego adelante. Estoy impaciente por conocer a los canallas que nos preceden.

Morgan subió sobre una roca, cuyo flanco caía a plomo sobre el agua. Apenas llegó a la cima, cuando empezó a gritar:

—¡Venid, señor, venid!

Sir John se reunió en pocos saltos con el maquinista. Al pie mismo de aquella roca vio un bote de vapor cargado de cajas y barriles, algunos de ellos vacíos.

—¡Un bote aquí! —exclamó en el colmo del estupor.

—Es un bote de vapor —añadió Morgan—, y un poco más grande que el Huascar.

—Quédate aquí, mientras yo voy a verlo.

Y desenrollando una sólida cuerda que llevaba a la cintura, ató una punta a un saliente de la roca y se descolgó lentamente hasta el bote, que estaba encallado profundamente en la arena.

Aunque fil que había mandado construir en Louisville el ingeniero era una verdadera obra maestra, por su resistencia, comodidad, rapidez y ligereza, no hacía en verdad, ventaja alguna al que habían abandonado junto a aquella roca los misteriosos asesinos de los negros. El cual era tres pies más largo que el Huascar; estaba, como éste, construido por piezas, que permitía, si era menester, desarmarle completamente en pocos minutos; y era, además, muy ligero, solidísimo, todo de acero, basta la hélice, y con una máquina vertical de mucha potencia.

A bordo no había nadie, pero contenía diversos objetos, que el ingeniero examinó atentamente con la esperanza de hallar algún indicio que le permitiese descubrir el nombre, o, por lo menos, la procedencia de los desconocidos que le precedían en las entrañas de la tierra. Había dos cajas sin marca alguna, conteniendo paquetes y cartuchos de pólvora, otras dos con gruesos trajes de paño azul, otra enteramente vacía, un barril conteniendo algunos litros de whisky, otro con algunas libras ele carne seca y bizcocho, un saquito de pemmicam, diez o doce kilos de carbón de piedra, un fusil de dos cañones, todavía cargado, dos viejas pistolas, también cargadas, una navaja, dos picos, un hacha, dos brújulas rotas y una lámpara de seguridad con la red metálica destrozada. Ningún papel ni nombre alguno había sobre aquellos objetos. El ingeniero examinó la máquina y vio sobre una laminilla de acero grabado este nombre: «W. J. Hansom - Boston».

—¿Quién es este Hansom? —murmuró—. ¿Son, acaso, de Boston los hombres que nos preceden? ¿No conseguiré descifrar el misterio?

Buscó por todas partes a ver si hallaba otro nombre, pero sin resultado.

—¿Habéis descubierto algo? —preguntó Morgan.

—No sé más sino que la máquina ha sido construida en Boston —respondió Sir John—; prosigamos La exploración.

Y asiéndose a la cuerda, subió por ella hasta la cima de la roca, y se puso de nuevo en marcha con el maquinista.

Después de recorrer 700 u 800 pasos, volvieron a detenerse. Ante ellos se levantaba una roca enorme, y por una hendidura de ella salta impetuosamente y con un sordo mugido, un gran chorro de agua. Aquél era el nacimiento del río.

El ingeniero consultó el pergamino y torció a la izquierda, penetrando en una galería muy estrecha y de sólo tres metros de altura. Muy pronto llegó ante una negra abertura que descendía casi verticalmente hasta las entrañas de la tierra.

Fuera de aquel pozo, no se veía ninguna otra salida.

—Por aquí es por donde hemos de bajar —dijo a Morgan—. Volvamos a reunimos con nuestros compañeros.

Salieron de la galería, y costeando el río, llegaron hasta Burthon y O’Connor, a quienes dieron noticia del hallazgo del bote y del nuevo cadáver.

Prepararon los bagajes. Cada uno de ellos no excedía de 35 kilos, y se hallaba formado de 5 kilos de pemmicam, 6 de bizcocho, 3 de carbón, 2 de chocolate, 5 de aceite para las lámparas, un rollo de cuerda, una marmita, una lámpara de seguridad, 3 litros de agua, un pico, un cuchillo, un revólver, una botella de whisky, una manta y un termómetro. El ingeniero añadió a su impedimenta un manómetro y un aparato Rouquayrol, después de haber renovado el aire del depósito de éste.

Morgan, Burthon y O’Connor no quisieron cargar con sus aparatos.

—Partamos —dijo Sir John.

—Una palabra antes —dijo Morgan—. ¿Recordáis, señor, el estrecho túnel que hemos atravesado?

—Sí; pero ¿por qué lo preguntas?

—Porque para hacer pasar al Huascar, hemos tenido que romper los obstáculos, y yo querría saber cómo ha pasado el bote de los hombres que nos preceden, el cual, según habéis visto, es más grande que el nuestro.

—La respuesta es fácil, Morgan. Esos hombres, o han desarmado el bote o han pasado por otro sitio.

—Estoy satisfecho, señor.

—Pues adelante, amigos.

Miraron por última vez al Huascar, sólidamente encallado en la arena del río, y se dirigieron hacia el nuevo subterráneo. A las cuatro de la tarde deteníanse delante del pozo.

O’Connor desenrolló una cuerda de dieciocho metros de largo, ató un cabo de ella al pico de una roca y arrojó el resto por el pozo.

Morgan se ofreció a bajar el primero. Colgóse una lámpara a la cintura, se puso entre los dientes un sólido bowieknife, se asió con ambas manos a la cuerda y comenzó a bajar, mirando atentamente las rocas que le circundaban y el fondo del pozo. El ingeniero, Burthon y O’Connor vieron alejarse poco a poco la lámpara y menguar el cerco de su luz, hasta desaparecer del todo.

Poco después, la cuerda experimentó una fuerte sacudida.

—Ya ha llegado al fondo —dijo Sir John.

Descolgaron los bagajes, y primero Burthon, después O’Connor y, por fin, el ingeniero, se reunieron con el maquinista.

—¿Has oído algún rumor? —preguntó Sir John.

—Ninguno, señor —respondió Morgan.

—Bien, amigos. Descansemos unas horas y después nos pondremos en marcha.

O’Connor, ayudado por Burthon, encendió, no sin trabajo, algunos carbones y puso a hervir una marmita con legumbres secas y un poco de pemmicam.

Consumido el sobrio manjar y fumada una pipa, el ingeniero, Morgan y O’Connor, se tendieron sobre sus mantas y cerraron los ojos, bajo la vigilancia de Burthon, a quien tocaba hacer el primer cuarto de guardia.

Capítulo XXIV. Una luz

A las dos de la mañana del 1 de diciembre, después de una noche tranquilísima, Sir John y sus amigos, pusiéronse resueltamente en camino, decididos más que nunca a alcanzar con rápida marcha a los hombres que les precedían.

El ingeniero, con una lámpara en la mano izquierda y un revólver en la derecha, iba el primero; detrás de él, y uno a uno, a usanza india, marchaban Burthon, O’Connor y Morgan. Este último llevaba también una lámpara y un revólver para impedir que los asesinos les atacasen de pronto por la espalda.

El nuevo subterráneo era muy amplio y el aire circulaba por él libremente; las paredes eran completamente lisas y estaban formadas por trapps, o sea, por capas horizontales de rocas sobrepuestas unas a otras y enteramente secas. El piso era también aridísimo, sin tierra ni arena, ni un solo guijarro.

El silencio que reinaba bajo aquella bóveda era capaz de impresionar a cualquiera. Fuera del paso de los hombres, repetido claramente por el eco, no se oía ni el mugido de un río, ni el murmullo de un hilo de agua, ni el chillido de un topo, ni el zumbar de un insecto.

—Este silencio me oprime el corazón de un modo extraño —dijo Burthon—. Antes teníamos el mugido del río y el bufar de la máquina, que nos alegraban; pero ahora parece que caminamos por un verdadero cementerio.

—Ya nos acostumbraremos, Burthon —dijo el ingeniero.

—Bien lo creo, señor; pero decidme: ¿será muy larga esta galería?

—El plano señala una galería recta, después una caverna, que es donde se halla el tesoro, y, por fin, otra galería. ¿Quién puede saber la extensión de estas galerías?

—Señor —dijo Morgan—. Me parece que este subterráneo sube.

—Yo también lo he notado, maquinista —respondió el ingeniero.

—¿A qué profundidad estamos?

Sir John se detuvo y miró el manómetro, que conservaba cuidadosamente guardado en un estuche.

—¡Hola! —exclamé—. Desde el otro día hasta hoy hemos subido notablemente, a pesar de nuestro descenso por él pozo.

—¿Cuánto hemos subido?

—Sólo estamos a ochocientos pies de profundidad.

—¡Diablo! ¡Y la galería continúa subiendo!

Reanudóse la marcha, por un momento interrumpida, y no cesó hasta que el reloj del ingeniero marcó las doce del día. Entonces O’Connor encendió fuego con la ayuda del mestizo y preparó una sobria comida, que fue consumida en un abrir y cerrar de ojos. Después de una siesta de dos horas, Sir John dio nuevamente orden de ponerse en marcha, la cual duró hasta las ocho de la noche.

Durante aquella primera jornada habían recorrido más de veinte kilómetros.

Durante la noche no sucedió nada extraordinario ni digno de mención. Ninguno de los cuatro hombres, durante su cuarto de guardia, oyó rumor ni vio persona ninguna.

A la mañana siguiente pusiéronse animosamente en camino con paso bastante apresurado. El ingeniero iba, como el día anterior, a la cabeza de todos, pon el revólver en la diestra y la lámpara en la izquierda, y Morgan cerraba la retaguardia.

Pero el aspecto del subterráneo había cambiado. Era mucho más vasto, tan alto que no se llegaba a divisar la bóveda y subía con mucha más rapidez que antes. A los estratos horizontales habían sucedido bellísimos mármoles grises, veteados caprichosamente de azul y rojo; y el piso estaba cubierto de un polvillo menudo, pero tan seco, que no retenía ninguna huella.

Hacia el mediodía, Sir John, que precedía en unos veinte pasos a sus compañeros, se detuvo de pronto y se inclinó hacía el suelo.

Burthon, Morgan y O’Connor se apresuraron a juntarse con él.

—¿Habéis descubierto alguna huella? —preguntó el maquinista.

—No; he encontrado una cabeza.

—¿Una cabeza? —interrogaron los cazadores.

—Sí, una chinea.

—¿Y qué es una chinea? —preguntaron Burthon y O’Connor.

Sir John les mostró una especie de bola, cubierta de una cabellera muy larga. Era una verdadera cabeza humana, poco más gruesa que un puño, adornada de cabellos largos y negrísimos y de pendientes de oro. Las líneas del rostro eran fieras, la piel rojiza, blanquísimos y muy pequeños los dientes; pero faltaban los ojos.

—¿Pero qué es esto? —preguntó Burthon, en el colmo de la sorpresa.

—La cabeza de algún gran jefe indio peruano —respondió el ingeniero.

—¿Una cabeza tan pequeña? —preguntó O’Connor—. Entonces los antiguos peruanos tenían las cabezas como pelotas de juego.

—¿Quién ha dicho eso? Quizá las tenían más grandes que la tuya, que no es, en verdad, pequeña.

—Pues, ¿cómo una cabezota así se ha vuelto tan pequeña? —preguntó Burthon.

—Te lo diré en seguida —dijo Sir John—. Toca esta cabeza.

El mestizo obedeció, y con gran sorpresa suya percibió que aquel miembro humano era muy blando.

—Pero esta cabeza no tiene huesos —dijo.

—En efecto, no los tiene. Los indios los han roto y después los han sacado por el cuello.

—¿Y por qué?

—Para introducir en ella piedras ardiendo, las cuales han achicado la cabeza sin alterar las facciones.

—Es una operación admirable, señor, y que honra mucho a los antiguos peruanos.

—No digo que no; sigamos adelante.

Por espacio de algunos kilómetros siguieron avanzando, pisando a veces huesos gigantescos que el ingeniero decía pertenecer a animales antediluvianos, tales como mastodontes, dinópteros, niégatenos y anaplóteros; después tuvieron el acostumbrado descanso para dar un poco de reposo a sus piernas y satisfacer a su estómago, que reclamaba imperiosamente la comida. A las tres reanudase la marcha, que continuó hasta las nueve. Sir John calculó que no habían recorrido menos de treinta y cinco kilómetros.

—¿A qué altura estamos? —preguntó Morgan, devorando la cena que Burthon había rápidamente preparado.

—A seiscientos cincuenta pies sobre el nivel del mar —respondió el ingeniero.

—Entonces nos hallamos en el corazón de alguna gran cordillera —dijo Burthon.

—Sin duda alguna.

—Quizá en las entrañas de los Andes.

—Es posible, Burthon. ¿A quién le toca hacer el primer cuarto de guardia?

—A mí —dijo Burthon.

—Pues ten bien abiertos los ojos.

—No temáis. Nadie se acercará a nuestro campamento.

El mestizo puso delante de sí el revólver y la lámpara, cargó la pipa, la encendió y se tendió sobre su manta con los ojos muy avizores y el oído muy alerta.

Dos horas largas hacía que vigilaba, sin que nada hubiese visto ni oído, cuando al bajarse para coger un poco de tabaco que se le había caído, creyó oír un vago rumor.

Rápidamente echó una ojeada en torno suyo. Sir John, O’Connor y Morgan dormían tranquilamente, envueltos en sus mantas de lana. Más allá del círculo de luz de la lámpara, no se veía absolutamente nada.

Se tendió y aplicó una oreja al suelo. Entonces, con gran sorpresa suya, percibió el paso de un hombre, que la roca transmitía claramente y advirtió también que aquel paso se acercaba con alguna rapidez.

Empuñó el revólver y se puso en pie. Al punto salió de sus labios un grito a duras penas sofocado.

A gran distancia, pero bajo la bóveda de aquella misma galería, brillaba entre las densas tinieblas un punto luminoso.

—¡Los asesinos! —exclamó el cazador, palideciendo.

Y en dos saltos se acercó a sus compañeros y los despertó con tres vigorosas sacudidas.

Capítulo XXV. El asesino de Sinoky

Sir John, Morgan y O’Connor, que dormían sólo con un ojo, pusiéronse en pie con la rapidez del relámpago, empuñando sus armas.

—¿Qué ocurre? —preguntó el ingeniero al mestizo.

—Alguien se acerca, señor. Mirad aquel punto luminoso.

Sir John miró en la dirección indicada. La luz seguía brillando y se acercaba oscilando a derecha e izquierda.

—Es una lámpara —dijo con voz algo alterada—. Tened preparados los revólveres.

—¿Será algún espectro? —murmuró O’Connor, con voz temblorosa.

—¿Será tal vez uno de los asesinos? —preguntó Morgan.

—Mucho lo temo, maquinista —respondió Sir John.

—¿Qué hacemos? —preguntó Burthon.

Iba a responder el ingeniero, cuando de pronto se bajó el punto luminoso y en seguida se apagó.

—El miserable ha advertido nuestra presencia —dijo Morgan.

Sir John se echó prontamente a tierra y apoyó un oído sobre la roca. Oyó un paso que rápidamente se alejaba.

—¡Huye! —exclamó, levantándose—. ¡Adelante, amigos!, revólver en mano.

Recogieron las mantas a toda prisa, encendieron todas las lámparas y se pusieron animosamente en marcha.

El ingeniero iba a la cabeza, llevando siempre el revólver en la diestra.

Habían recorrido doscientos metros, cuando se oyó en la galería una violentísima explosión, comparable al disparo simultáneo de veinte piezas de artillería, a cuyo estruendo estremeciéronse violentamente las paredes y la bóveda y cayeron trozos de roca en extraordinaria cantidad.

—¡Truenos y rayos! —exclamó Sir John.

—¡Cuerpo de cañón! —gritó Burthon—. ¡Nos aplastan!

—¡Miserables! —exclamó O’Connor.

—Estemos en guardia, Sir John —dijo Morgan—. Tal vez esos canallas se aprovechen de nuestra sorpresa para echársenos encima.

—¿Pero qué es lo que han hecho estallar? —preguntó Burthon—. Yo no he visto llama ninguna.

—Han hecho estallar un barreno —respondió Sir John.

—Pero ¿dónde?

—Quizá a dos o tres kilómetros de aquí. ¡Animo, amigos, y adelante!

Sir John y sus compañeros, decididos a no retroceder ante ningún obstáculo, lanzáronse hacia adelante, pero esta vez con mucha precaución, ojo muy avizor y oído muy alerta.

El subterráneo empezaba a estrecharse un poco y describía una gran curva, aunque sin dejar de subir. La explosión había hecho grandes daños en las paredes, que mostraban en algunas partes grandes grietas, y muchos más en la bóveda, de la cual habíanse desprendido peñascos de considerable peso.

Después de recorrer seiscientos o setecientos metros, los buscadores del tesoro de los Incas se hallaron ante un montón enorme de rocas negras y brillantes que obstruían casi toda la galería.

—Aquí es donde se ha hecho estallar el barreno —dijo Sir John—. pero no nos detendrá este obstáculo.

Morgan cogió uno de aquellos peñascos y lo miró con profunda atención. Esto no es roca —dijo después—. Es carbón de piedra.

—Es verdad —respondió el ingeniero—. Según parece, esta galería atraviesa una mina de carbón. Manos a los picos, compañeros, y rompamos el obstáculo.

Sir John se encaramó sobre aquella montaña de fragmentos, permaneció un momento en escucha y después descargó un golpe de pico sobre una enorme masa de carbón. Al punto se desgajó de ella un buen trozo con un estallido semejante al del agua gaseosa al escapar de una botella.

Inmediatamente se volvió hacia sus compañeros.

—Nadie encienda la pipa —dijo— o saltaremos en mil pedazos.

—¿Por qué? —preguntó Burthon con sorpresa—. ¿Tenemos alguna mina bajo los pies?

—Este carbón contiene gran cantidad de grisú, y basta una chispa para hacerlo estallar.

Esto dicho, el ingeniero atacó vigorosamente la montaña de carbón. Sus compañeros pusiéronse a su lado y golpearon rabiosamente a diestro y siniestro con los picos.

Al cabo de media hora abrieron un paso, que permitía bajar por el otro lado de aquel monte de carbón. El ingeniero fue el primero en aventurarse, lo cual hizo, no sin mirar atentamente hacia adelanta y a derecha e izquierda; pero nada vio.

—Seguidme —dijo a sus compañeros.

Los cuatro bajaron; pero apenas habían llegado al piso del subterráneo, se oyó, en medio de las tinieblas, una carcajada diabólica que duró algunos minutos.

—¡Es el diablo! —murmuró O’Connor con un hilo de voz.

—¿Quién va? —gritó Sir John levantando el revólver.

Un pedrusco, arrojado quizá por el hombre que reía, cayó sobre Morgan, que contestó con un tiro de revólver.

Al resplandor producido por la deflagración de la pólvora viose a un hombre de alta estatura, con larga y revuelta barba saltar de una roca abajo y huir rápidamente.

Burthon lanzó un rugido.

—¿Qué pasa? —preguntó Sir John—. ¿Estás herido?

—¡He conocido a ese hombre! —gritó él mestizo—. ¡Es él! ¡Sí, es él!

—Pero ¿quién? Habla, habla.

—Es Carnot, el asesino de Sinoky.

—¡Carnot! —exclamaron O’Connor y Morgan—. ¡Carnot aquí!

De pronto Sir John se golpeó fuertemente en la frente.

—¡Ahora lo recuerdo! —exclamó—. Sí; Sinoky me dijo que sus asesinos le habían robado una copia del pergamino. ¡Esos miserables han venido aquí para robar el tesoro! ¡Adelante, amigos, adelante!

—Adelante sí —gritó Burthon—. ¡Quiero ahogar al asesino del pobre Sinoky!

Y los cuatro partieron a la carrera, llevando siempre empuñados los revólveres. A los trescientos pasos halláronse de pronto ante una especie de puerta muy baja a cuyos lados se veían colgadas varias chineas.

—¡Tened cuidado! —gritó Sir John.

Traspusieron el umbral de aquella puerta y halláronse en una caverna inmensa, abierta en una mina de carbón, y cuya bóveda estaba sostenida por enormes columnas, de carbón también y hermosamente esculpidas.

—¿Dónde estamos? —preguntó Burthon, poseído de emoción vivísima.

El ingeniero dio dos o tres pasos adelante, y en seguida se detuvo lanzando un grito ahogado.

—¡El tesoro!… ¡El tesoro!…

Delante de ellos, y amontonados confusamente, estaban los tesoros de los Incas. Montañas de barras de oro, de anillos y cadenas de oro, de bastones, ídolos y platos de oro; y montes de esmeraldas y diamantes que brillaban a la luz de las lámparas como otros tantos soles. Allí había quizá mil millones, tal vez millares de millones. Era para hacer perder la cabeza al hombre más flemático del mundo.

Sir John habíase detenido como si estuviese fascinado; pero Burthon, Morgan y O’Connor, pasado el primer momento de estupor, habíanse arrojado sobre aquellos montones de oro, lanzando gritos de alegría. Parecían tres locos. Revolcábanse en medio de aquellas incalculables riquezas, las besaban y abrazaban, henchíanse los bolsillos de barras de oro y puñados de esmeraldas, reían, gritaban, aullaban, despertando los ecos de la gran caverna.

De allí a poco brilló en el fondo de una ancha galería una viva luz, seguida de una fuerte detonación que hizo temblar el suelo y oscilar las enormes columnas. Parte de la bóveda se derrumbó con espantoso estruendo, lanzando por doquiera trozos de roca y de carbón.

Morgan, Burthon y O’Connor corrieron hacia el ingeniero.

Entonces se oyó en el fondo de la caverna una carcajada, y después sobre la cima de una alta roca apareció un hombre con una lámpara de seguridad en la mano izquierda y una larga navaja en la diestra.

Su aspecto infundía pavor. Era de alta estatura, pero horriblemente flaco, y estaba cubierto de andrajos, con larga y enmarañada barba y cabellos también larguísimos. Tenía la frente rugosa, hundidas las mejillas, una sonrisa diabólica en los labios, y en sus ojos brillaba un relámpago siniestro, el mismo que aparece en los ojos de los locos.

—¡Carnot! —rugió Burthon lanzándose hacia el asesino.

Sir John le detuvo.

—No; espera a que nosotros le matemos —dijo—. Creo que ese desdichado está loco.

—Pero, señor, ese hombre puede atacarnos —dijo Morgan.

En efecto, Carnot habíase recogido sobre sí mismo, y parecía que iba a saltar de la roca abajo. De pronto se levantó y arrojó lejos de sí la lámpara de seguridad, que se hizo pedazos contra el suelo. Inmediatamente la llama se ensanchó, tomando un tinte azulado.

Sir John lanzó un grito desesperado.

—¡A tierra! ¡A tierra! ¡Va a estallar el grisú!

Se precipitó detrás de una columna, y con rápido ademán acercó a sus labios el tubo del aparato Rouquayrol.

Ya era tiempo. Una explosión formidable sacudió de una punta a otra la caverna, y un torrente de fuego se lanzó con furia irresistible por entre las columnas, derribando las más débiles, esparciendo los montones de oro y de esmeraldas, echando por tierra y cegando a Morgan, Burthon y O’Connor, que no tuvieron tiempo de seguir el ejemplo del ingeniero, y desapareciendo por fin en las galerías, donde destrozó cuantos obstáculos encontraba a su paso.

Capítulo XXVI. El lago Titicaca

Así como el carbón de algunas minas desarrolla los gases mefíticos que componen la llamada malaria, así el de otras desprende el óxido de carbono, que provoca explosiones, aunque casi siempre limitadas, y el de otras desarrolla el gas detonante o grisú. Éste es el más terrible de todos. Se encuentra siempre en las minas, cuyo carbón contiene muchas materias bituminosas y volátiles. Es una combinación de hidrógeno y carbono, y cuando se desprende produce un hervor cuyo sonido recuerda, como dijimos, al del agua gaseosa al escaparse de una botella.

Basta entonces la rotura de una lámpara, una cerilla encendida, una simple chispa, para provocar una explosión de las más espantosas. Nada resiste a ella. El estallido se propaga con la rapidez del relámpago por toda la mina; derriba montañas de carbón, echa por tierra los carros, destroza los cercados, levanta los entarimados, ciega o mata a los mineros, apaga las lámparas, sube por los pozos y se lanza al exterior con empuje formidable. Su violencia es tal que la temperatura se eleva hasta convertir instantáneamente en cok el carbón de las minas.

Y como si esto no fuese bastante, se esparce por toda la mina una atmósfera irrespirable, que asfixia a los desgraciados mineros respetados por la explosión.

Antes de ser inventada la lámpara de seguridad sistema Davy estas catástrofes ocurrían muy a menudo. Cada año perecían varios centenares de mineros.

Entonces había un hombre encargado de provocar de todo intento la explosión. Llamábase el fireman (hombre del fuego), y también el penitente, por la semejanza de su hábito con el de las Órdenes religiosas. Este minero, con un capuchón a la cabeza, una careta sobre el rostro, una manta de lana o cuero alrededor del cuerpo y en la mano una larga pértiga a cuya punta ardía una luz, penetraba en las galerías invadidas por el grisú, llevando el rostro junto al suelo para mantenerse en la capa de aire respirable, y provocaba las explosiones, que tal vez resultaban para él fatales. Cuando había estallado el grisú de todas las galerías bajaban los mineros a la mina sin correr peligro alguno. Pero a veces sucedía que no advertían a tiempo la presencia del terrible gas y entonces sobrevenía la explosión, que mataba a cuantos hombres trabajaban en las galerías.

La lámpara del asesino, al romperse en su caída, había provocado una de estas explosiones en la caverna que contenía los tesoros de los Incas, invadida por el grisú que había huido por la rotura causada por el estallido del barreno.

Sir John, apenas salió el torrente de fuego de las galerías, púsose prontamente en pie detrás de las columnas que en parte le habían protegido. Sus cabellos habían sido chamuscados, sus manos estaban cubiertas de quemaduras y ardían sus pantalones y su casaca. Sin quitarse de la boca el tubo que suministraba aire respirable se desembarazó lo primero de todo del frasquito de pólvora, que podía inflamarse de improviso, y en seguida se despojó de las ropas.

Después echó una ojeada alrededor. Siete u ocho columnas yacían en tierra hechas pedazos. Masas de carbón incendiadas por el torrente de fuego ardían, elevando cada vez más la temperatura, ardiente ya por la explosión. Las lámparas habíanse apagado, y a diez pasos de él yacían Burthon, O’Connor y Morgan, uno junto a otro.

Pálido y con el corazón oprimido, se acercó a sus desgraciados compañeros. Tenían los rostros quemados, apagados los ojos y ardiendo las ropas. Se inclinó sobre ellos: no respiraban, ni latían sus corazones. Los había matado la explosión y el aire irrespirable.

Un ronco gemido desbarró el pecho del ingeniero; y aquel hombre enérgico rompió en sollozos, quizá por la primera vez de su vida.

Se arrodilló junto a los desventurados y permaneció algunos minutos con los ojos filos en sus desfigurados semblantes.

El calor fortísimo desarrollado por las masas de carbón que seguían ardiendo le obligó a levantarse. Permanecer más tiempo en aquel lugar no era prudente. Era preciso partir sin demora alguna.

Avanzó hacia el fondo de la galería para ver si Carnot estaba aún vivo. El miserable yacía entre dos enormes masas de carbón ardiendo y estaba ya medio carbonizado y completamente desfigurado.

Retrocedió lleno de horror, hincóse otra vez de rodillas junto a sus compañeros, como si esperase hallar un soplo de vida en aquellos cuerpos; y después metió en una alforja sus notas, su brújula, algunos víveres, cogió una lámpara y huyó internándose por una galería que subía rápidamente.

Durante mucho tiempo corrió como un loco; después se detuvo ante una ancha abertura por la cual entraba un rayo de luz.

Quitóse el tubo de caucho y aspiró una bocanada de aire fresco y vivificante.

—¿Dónde estoy? —se preguntó—. ¡Oh, mis pobres compañeros! ¡Pobres amigos míos!

Después corrió hacia aquella abertura, la atravesó y se halló sobre una roca que se levantaba cortada a pico en medio de una vasta superficie de agua azulada, ceñida de verdes colinas y de soberbias cadenas de montañas.

—¿Dónde estoy?… ¿Dónde estoy? —repitió.

Miro la ancha superficie del agua, cuyas ondas venían a estrellarse contra la roca con prolongados mugidos. A lo lejos navegaban algunas barquillas con las velas desplegadas al viento; más lejos aparecían puntos blancos agrupados en la extremidad de una isla que parecía muy grande, y todavía más lejos veíanse otras islas y picos agudos, verdes en su base, amarillos o azules hacia su mitad, blancos, como si estuviesen cubiertos de nieve, en la punta.

Pájaros gigantescos volaban sobre aquellas aguas con increíble velocidad, dirigiéndose hacia las lejanas cadenas de montañas.

Miró la roca sobre la cual se hallaba. Era poco extensa, de quince o veinte pies de altura, y hallábase apoyada en el flanco de una montaña cortada también a pico. Subir la montaña era absolutamente imposible; bajar al lago no era cosa difícil, pero las orillas no permitían atracar a las naves.

—¿Me estará a mí también reservada la muerte? —murmuró con voz triste—. ¿Será verdad que los tesoros de los Incas traen mala suerte? ¡Oh, qué herencia has dejado, Sinoky! ¡Pobre Morgan! ¡Infeliz Burthon! ¡Desdichado O’Connor!

Dos lágrimas rodaron por las flacas mejillas del ingeniero y un sollozo desgarró su pecho.

Al cabo de un rato llegaron a sus oídos voces humanas. Se tendió sobre el borde de la roca y miró.

Una gran canoa había doblado un promontorio formado por la montaña y se acercaba rápidamente. Tripulábanla siete hombres, siete indios de piel rojiza. Seis iban casi desnudos y remaban; el séptimo, cubierto de una larga y blanca túnica ceñida al talle por una banda roja, estaba sentado a popa. Tenía brazaletes de oro en las muñecas, grandes pendientes redondos en las orejas y una pluma roja sujeta a un pañuelo que le ceñía la cabeza.

—¡Socorro! —gritó Sir John—. ¡Socorro!

Los siete indios levantaron la cabeza. Cuatro de ellos dejaron al punto los remos y cogiendo los fusiles que llevaban en el fondo de la canoa apuntaron al ingeniero lanzado aullidos de rabia.

El jefe, que estaba sentado a popa y había empuñado un hacha, hizo bajar los fusiles con un gesto imperioso y dirigió a Sir John varias palabras en una lengua desconocida.

—¿Qué queréis? —preguntó Sir John en español.

—¿Quién eres? —preguntó entonces el indio en la misma lengua.

—Un pobre blanco que pide auxilio. ¿Qué lago es éste?

—El Titicaca.

—Entonces ¿estoy en el Perú?

—Tú lo has dicho. ¿Y qué haces ahí?

—Yo te lo diré. Recíbeme en tu canoa y te haré un regalo.

—Baja, pues, blanco.

Sir John se arrancó de encima los pocos andrajos que le cubrían, se ató a la cintura la alforja de piel conteniendo sus aortas, su brújula y su cronómetro y se arrojó al lago. De cuatro brazadas llegó a la canoa.

Un indio levantó sobre él un hacha dispuesto a partirle el cráneo, pero el jefe le detuvo el brazo y ayudó al ingeniero a subir al barco.

—No temas —le dijo después.

—¿A dónde me llevas? —preguntó Sir John.

—A mi aldea —respondió el jefe mostrándole un punto blanquecino que resaltaba sobre la cima de un monte.

Después hizo un gesto. Los indios empuñaron los reinos, y La canoa se puso otra vez en marcha, dirigiéndose hada la orilla septentrional del lago.

Capítulo XXVII. Conclusión

Tres meses después de los acontecimientos narrados, y cabalmente la mañana del 25 de febrero de 1870, el señor José Benalcázar, rico peruano, domiciliado en Puno, subía acompañado de los indios Tumbe y Cuchuchina la escarpada ladera del Sorata, un monte situado en medio de una gran cordillera que se extiende al norte de Titicaca. Habíanle contado algunos cazadores que por aquellas peñas se habían visto correr muchos guanacos, y el señor Benalcázar había emprendido la no fácil ascensión con la esperanza de cazar alguno.

Había ya llegado a una grande altura, cuando el indio Cuchuchina, que le precedía en un centenar de pasos y penetraba en un estrecho barranco, retrocedió de pronto con La más viva sorpresa pintada en el semblante.

—No avancéis, patrón —dijo—. Al final del barranco hay un esqueleto atado a una cruz.

El señor Benalcázar, algo alarmado, amartilló por toda precaución la carabina que llevaba a la espalda y penetró en la garganta o desfiladero.

Al final mismo de él vio con horror un esqueleto humano atado sólidamente con anchas correas a una especie de cruz. Encima de él no quedaba ni un trozo de tela, ni una fibra de carne. Hasta los ojos le habían sido arrancados y roto el cráneo quizá por el robusto pico del cóndor.

—Patrón —dijo Cuchuchina—: grabados sobre aquella peña de basalto se ven unas letras. Quizá nos explicarán el misterio.

El señor Benalcázar se acercó a la peña indicada, que estaba al pie mismo de la cruz, y leyó:

«Los tesoros de los Incas traen mala suerte».

Estas palabras fueron una revelación para el peruano.

—Esto ha sido una venganza de los indios —dijo—. Sin eluda, ese desgraciado había venido aquí a buscar los tesoros de los Incas.

—Así debe de ser —dijo Cuchuchina—. Yo sé que en estos montes viven algunos descendientes de los Curachis de Huascar; y bien sabéis que solamente los Curachis de aquel desgraciado emperador sabían dónde estaban escondidos los tesoros ambicionados por los españoles.

—¿Y sabes tú dónde están escondidos?

—No, y aunque lo supiese no os lo diría. Los descendientes de los Curachis vigilan con cuidado y matan despiadadamente a cuantos les inspiran ninguna sospecha.

—¿Sabes dónde podremos bailar a los indios?

—Sí, patrón.

—Pues guíame a sus cabañas. No dejaré estos montes sin haber sabido quién era el hombre asesinado por los indios.

El señor Benalcázar cumplió su palabra. Cuatro días vagó por aquellos montes, preguntando ora a un indio, ora a otro; y logró saber que el asesinado era un hombre recogido en el lago Titicaca. Los descendientes de los Curachis habíanle llevado primero a aquellos montes, muerto después, a traición, de dos tiros de fusil, y colgándole de aquella cruz. Aquel hombre, decían los indios, había tenido entre sus manos los tesoros de los Incas.

El señor Benalcázar no se detuvo aquí, y, prosiguiendo sus indagaciones, pudo adquirir de un indio llamado Guipu una brújula, un magnífico cronómetro de oro y una alforja que contenía muchos papeles escritos, todo lo cual había sido hallado sobre el muerto.

Aquellos papeles eran las notas del ingeniero John Webber acerca del maravilloso viaje realizado por debajo de América En 1878 el señor Benalcázar, domiciliado entonces en El Callao, conservaba todavía aquellas páginas. Un capitán portugués, el señor Fernando Olváez, comandante del brik El Tajo, aseguró haberlas visto y leído con sus propios ojos.


Publicado el 26 de febrero de 2017 por Edu Robsy.
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