El Tren Volador

Emilio Salgari


Novela



1. RUMBO A ZANZÍBAR

En la mañana del 15 de agosto del año 1900, un pequeño vapor de dos mástiles surcaba velozmente las aguas del Océano Índico,, en dirección a la isla de Zanzíbar.

A pesar de la ligera neblina que aún flotaba sobre el mar, se alcanzaban a divisar las costas de esa tierra de promisión. Poco a poco fueron perfilándose las colinas rocosas, aunque cubiertas de vegetación, y hacia un costado el esplendor de una gran ciudad oriental, con sus torres macizas y sus típicos minaretes.

Cerca del puerto podía apreciarse el palacio del sultán, con sus sólidas murallas, y, un poco más lejos, el barrio comercial, verdadero emporio donde se acumulan y negocian los productos de la India, África y Europa, y donde viven, en una armonía relativa, mercaderes pertenecientes a las razas más diversas y heterogéneas.

Dos europeos, ubicados en la proa del barco, observaban con sumo interés el aspecto de la ciudad. Si bien ambos conversaban en francés, su porte y su acento permitían deducir que pertenecían a razas distintas.

El de más edad, que aparentaba tener unos cuarenta o cuarenta y cinco años, era alto, delgado, de bigotes y cabellos rubios; por la blancura de su piel parecía dinamarqués o alemán.

El otro, en cambio, bajo y macizo, de tez oscura y cabellos renegridos, aparentaba diez o doce años menos. Mientras el primero accionaba con la flema característica de los sajones, el segundo demostraba la extraordinaria vivacidad típica de las razas meridionales.

—¡Por fin! —exclamó el rubio al ver delinearse el contorno de la ciudad—. Me estaba cansando de este viaje.

—Tú siempre has preferido volar entre las nubes, Otto —le contestó el más joven.

—Sí, Mateo. Yo he nacido para navegar entre las nubes, y no para ser un marinero como tú.

—Nosotros los griegos somos todos marinos, mientras que ustedes los alemanes son hombres de ciencia —le contestó riendo su compañero.

—Veremos, sin embargo, cómo nos sentiremos cuando estemos en el centro del África” — añadió el griego.

—Cuando estoy en mi dirigible no temo a nada y me siento como en mi casa.

—Encontraremos indígenas feroces. —Estaremos fuera de su alcance.

—Tendremos que enfrentarnos con leones, elefantes y rinocerontes.

—A pesar de que soy un hombre de ciencia, sé manejar el fusil como un viejo explorador —repuso el alemán—. Por otra parte, ya te he asegurarlo que ninguna de estas fieras podrá acercársenos.

—Pero alguna vez tendremos que aterrizar.

—Cierto. Pero mi dirigible está construido de tal modo que permite ascender instantáneamente, al menor indicio de peligro.

—Estoy ansioso por ver tu dirigible —dijo el griego.

—Es una verdadera maravilla.

—Que nos será sumamente útil para conquistar la Montaña de Oro. ¿No es cierto, Otto?

—Sí, siempre que lo que me contaste sea cierto.

—Yo no habría invertido mis únicas veinticinco mil liras de no haber tenido plena confianza en las palabras de aquel árabe.

—Por mi parte, yo no me habría asociado en una empresa tan temeraria de no estar seguro de que eres una persona muy difícil de engañar —contestó riendo el alemán.

—Por otra parte, tú verás el documento y podrás escuchar personalmente la historia del árabe.

—Si tenemos éxito nos volveremos inmensamente ricos, Mateo.

—Seremos ricos corno sultanes —dijo el griego.

—Por otra parte, si logramos rescatar a ese desdichado explorador haremos una obra de caridad.

En esos momentos el barco entraba en la amplia bahía de Zanzíbar; siendo rodeado en seguida por una serie de pequeñas lanchas y botes, cuyos tripulantes se ofrecían para llevar a tierra a los pasajeros y sus equipajes.

—¿Podemos va bajar a tierra? —preguntó el germano.

—Sí —repuso su amigo—. Esta noche estaremos por fin en mi casa de campo.

—¿Está en un lugar suficientemente aislado?

—Sí —contestó su amigo—. Podrás inflar tranquilamente tu dirigible sin que nadie te moleste.

Ambos amigos descendieron del vapor y subieron a una barca tripulada por un negro de estatura gigantesca.

—¿Conoces a un árabe llamado El-Kabir? —le preguntó el griego, que hablaba correctamente el dialecto de la zona.

—Sí. Tiene un negocio cerca del palacio del sultán.

—Condúcenos allí.

El negro empuñó los remos y; después de esquivar los numerosos botes que lo rodeaban, comenzó a remar con tal velocidad que en pocos minutos atravesaron la bahía.

—Aprovecharemos el viaje para ver el harén —dijo el germano, mirando con curiosidad las altas murallas que bordeaban el palacio del sultán.

—Podrás verlo desde el dirigible, si te dejan.

—¿Es que está prohibido?

—A su alteza no le agrada que los “perros cristianos” se aproximen demasiado al lugar donde habitan sus esposas.

—¿Es muy celoso?

—Mantiene alrededor de su palacio una guardia encargada de alejar a los curiosos. Si se trata de europeos, les ruegan que se retiren; si en cambio son indígenas, los muelen a palos.

—¿Qué es lo que más teme? ¿Que le roben sus esposas o sus tesoros?

—Ambas cosas, pero especialmente a sus mujeres. Desde luego, no le faltan motivos para proceder así.

—¿Es que le han raptado alguna?

—Nada menos que a su hermana —dijo Mateo—. Hace aproximadamente veinte años la princesa Solima se fugó con un comerciante alemán, que la llevó a su país, casándose con ella. Sin embargo la felicidad fue de corta duración, ya que su esposo falleció poco tiempo después, dejándola en la miseria.

“La viuda imploró en vano la clemencia del sultán —continuó diciendo el griego—, pero éste se mostró inflexible y ni siquiera le contestó. Desde ese momento ningún extranjero puede acercarse a su palacio”.

—¿Qué hace ahora la princesa?

—Da lecciones de lengua árabe en tu país.

Mientras conversaban, la barca pasaba delante del palacio del sultán, custodiado celosamente por varios pelotones de soldados, poderosamente armados; cuyo fiero aspecto no era por cierto tranquilizador.

El negro, para evitar encontrarse con la guardia, pasó de largo, desembarcando a sus pasajeros en las afueras del barrio comercial.

—¿Es allí donde habita el árabe? —preguntó Otto, señalando una casa cuadrada, desprovista de ventanas.

—Sí —respondió Mateo. Luego, volviéndose al negro le dijo—: Alquilaremos tu barca para todo el día. Espéranos aquí.

Mateo y su compañero se abrieron paso fatigosamente a través de la muchedumbre que tramitaba por las calles, llegando hasta la casa que el negro les indicara.

Como ya hemos dicho, la casa tenía forma cuadrada; estaba provista de macizas murallas cuyas estrechas troneras le daban un aspecto de fortaleza.

Sobre la parte delantera existía un gran almacén, pobremente iluminado, en cuyo interior se encontraban amontonados los objetos más dispares.

Al lado de una caja ele cedro, o de un cuerno de rinoceronte, se veían paquetes de jabón francés o pañuelos ingleses. Un poco más lejos se exhibían ropas europeas, turcas e indígenas, junto a una heterogénea colección de armas integrada por las más modernas armas europeas, arcos y flechas de origen africano, y escudos construidos con piel de elefante o de hipopótamo.

En medio de aquel pandemonio de objetos tan dispares, una indígena de piel amarillenta estaba de cuclillas sobre un hermoso tapiz.

Sus ojos eran negros como carbones y de su cuerpo, recubierto de ungüentos, emanaba un fuerte olor a incienso. Se mantenía tan inmóvil que se la hubiera podido tomar por una momia indígena. Luego de observarlos con desconfianza, la mujer dio tres golpes seguidos en un gong cíe bronce.

A su sonido se abrió una pequeña puerta, y apareció un negro armado con un luciente yatagán y una pistola de cachas adornadas con perlas.

—Heggia —dijo la indígena—. Estos extranjeros preguntan por el patrón.

El negro reconoció en seguida al griego y lo saludó con una, sonrisa.

—Bienvenido, señor Kopeki.

—¿Dónele está tu patrón? —preguntó Mateo.

—En el corral.

—¿Por qué estás tan armado?

—¿Es que no lo saben aún?

—¿Qué cosa?

—El secreto del oro ha trascendido.

—¿Quién lo ha revelado?

—Un esclavo infiel, fugado de esta casa, ha vendido la información, y por eso el patrón desconfía ahora de todo el mundo.

—¿Qué es lo que teme?

—Parece que el esclavo conocía sólo una parte del secreto, y ahora tratan de raptar a mi patrón para sacarle toda la información.

—¿Quiénes son esos enemigos?

—Los árabes de Taborah.

—¡Ah! Condúceme rápido a presencia de tu patrón.

—¿También al hombre que lo acompaña?

—Es el que he ido a buscar a Europa.

—En ese caso sígame, señor Kopeki. Sus amigos son también los amigos de mi patrón.

Los amigos fueron conducidos a un patio bellísimo circundado por una galería del más puro estilo oriental. En un costado del mismo, sentado sobre almohadones de seda, estaba un árabe muy anciano, cuya larga barba blanca contrastaba con el tono oscuro de su piel.

Cuando llegaron nuestros amigos estaba fumando plácidamente con una larga pipa adornada con plata y perlas.

Ese hombre era El-Kabir, uno de los más poderosos comerciantes de Zanzíbar, poseedor de inmensas riquezas, y de quien se contaban extrañas historias. En su aventurera juventud había recorrido gran parte de África, dedicado a la trata de esclavos, lo que le permitió acumular grandes riquezas, que multiplicó al llegar a la edad madura con el comercio del marfil.

Al verlos llegar el árabe dejó su pipa y se levantó con una agilidad extraordinaria para sus sesenta años.

—Te esperaba con impaciencia —dijo extendiendo su mano al griego—. Aquí han pasado cosas muy graves.

—Tú sabes que Europa no está cerca —repuso Mateo—. Por otra parte, había que hacer grandes preparativos. —¿Has conseguido el dirigible?

—Sí, y también he traído a mi amigo, Otto Stecker, un verdadero sabio en aeronavegación.

El árabe tendió su mano al germano, que se la estrechó vigorosamente.

—¿Conoce nuestros planes? —le preguntó.

—Mi amigo Mateo me ha contado todo.

—Sin embargo, él desearía oír de tus labios esa historia maravillosa de la Montaña de Oro —dijo el griego.

—Y ver también los planos —añadió el germano.

El árabe hizo una señal a Heggia.

—Pon cuatro hombres armados de guardia alrededor de la casa —le dijo—. Luego haz que nos traigan refrescos.

Mientras el negro se alejaba rápidamente, el árabe se sentó nuevamente sobre los almohadones, e invitó a sus visitantes a que se pusieran cómodos.

Un momento después dos negras trajeron grandes bandejas de plata con pocillos de café y vasos con cremas heladas. Al mismo tiempo un negro traía finísimas pipas, y una caja de sándalo llena de aromático tabaco.

—Antes que nada quería preguntarles una cosa —dijo el árabe—. ¿Habéis traído con vosotros el dirigible?

—Sí —contestó Mateo.

—Se trata de competir en velocidad con los hombres que ya han partido en busca de la Montaña de Oro.

—¡Cómo! —exclamaron nuestros amigos—. ¿Ellos ya iniciaron la expedición?

—Sí. Los árabes de Taborah han organizado una caravana que partió para el continente hace tres semanas.

—Entonces es cierto que alguien nos traicionó y reveló nuestro secreto.

—Sí —le contestó el árabe—. Uno de mis esclavos ha vendido nuestro secreto a Altarik, un árabe riquísimo de Taborah.

—¿Dónde se ha formado la caravana?

—En Bagamoyo, y en estos momentos deben haber avanzado bastante; casi seguramente deben estar cerca del Ngura.

—No importa —dijo el germano—, nuestro dirigible es mucho más rápido, y cuando ellos lleguen a la Montaña de Oro, nosotros ya estaremos de regreso en Zanzíbar.

—¿Podrá el aparato transportar la carga de oro? —preguntó el árabe con voz inquieta.

—Supongo que no se tratará de una verdadera montaña —dijo riendo el germano—. Pero puedo asegurarle que nosotros podremos transportar dieciocho toneladas de carga.

—Partiremos mañana.

—¿Tan pronto?

—Es necesario, para no despertar sospechas en el sultán, que no se muestra bien dispuesto con los extranjeros que emprenden expediciones al interior del continente. Por otra parte, debemos proceder con extrema prudencia.

—¿Por qué motivo? —preguntó el griego.

—Estoy siendo atentamente vigilado por los hombres de Altarik.

—¿Sospechan acaso que tú piensas partir para el continente?

—Con toda seguridad —repuso el árabe.

—No importa, los engañaremos a todos —dijo el germano.

—¿En qué forma?

—Lo vendremos a buscar durante la noche.

—¿Con el dirigible?

—Sí —repuso el germano.

—¿Aquí?

—Si, en esta misma casa.

—Entonces vuestro dirigible debe ser una cosa maravillosa. ¿Podremos volar contra el viento?

—Con toda facilidad.

El árabe lo miró asombrado.

—Tienen razón los que afirman que los europeos son brujos —dijo.

—Olvidad a los europeos y contadme la historia de la Montaña de Oro y sus tesoros —dijo el germano—. Ardo en deseos de sentirla de vuestros propios labios.

—Encended vuestras pipas y escuchadme —dijo el árabe.

2. UN DOCUMENTO VALIOSO

El Kabir se acomodó en los cojines, cargó la pipa, tomó unos sorbos del excelente café, comenzó a fumar, e inició su relato con esa voz nasal típica de los árabes.

—Hace tres meses me dirigí a Bagamoyo, en el continente, para recibir una caravana que venía desde el Ugogo, donde me llegaba una valiosa partida de colmillos de elefante que había comprado a los súbditos de Nurambo, el gran rey africano que domina la región de los grandes lagos. Había terminado ya mi tarea, cuando el jefe de la caravana, que era amigo mío, me llevó aparte, enseñándome un trozo de papel sobre el cual había escritas algunas líneas en un idioma que él desconocía.

—¿Podrías traducirme lo que dice en esta carta? —me preguntó.

—¿De dónde la has sacado?

—Es una historia muy curiosa —respondió mi amigo—. Atravesábamos el territorio de Nsagaco, y como nos escaseaban los víveres salí de caza para conseguir un poco de carne fresca para la caravana.

—Como sabes —continuó—, se trata de tierras donde la caza abunda, de modo que me resultó fácil matar numerosos antílopes, y además algunos avestruces. Cuando me disponía a regresar, observé colgado del cuerno de un antílope una especie de bolsita atada con una cuerda rústica. Al abrirla, cuidadosamente envuelta, encontré esta carta, pero no puedo saber lo que dice porque está escrita en un idioma desconocido para mí.

Presintiendo que podría tratarse de algo muy importante, leí la carta con displicencia, para que ni remotamente mi amigo pudiera adivinar de qué se trataba.

La carta había sido escrita por un explorador inglés, de apellido Kambert, que había partido de Zanzíbar años atrás para explorar la margen occidental del gran lago Tanganyka. En ella contaba el explorador que desde hacía un año estaba en poder de una tribu de indígenas feroces que lo habían llevado prisionero a Kilembo, en el Kassongo, y lo martirizaban en tal forma que todos los días deseaba le llegara la muerte como una liberación. Al final de la misiva solicitaba auxilio, prometiendo indicar al que lo rescatase, como recompensa, la ubicación de una montaña que contenía riquezas incalculables, acumuladas durante siglos, por los indígenas de Kassongo.

“Como mi amigo el árabe me miraba atentamente, sospechando también él que se trataba de un documento de gran valor, le dije, mostrando poco interés; que se trataba de una simple información geográfica, que rogaba transmitir al cónsul inglés en Zanzíbar, prometiendo una recompensa de veinte libras esterlinas.

El árabe cayó en la trampa, y sabiendo que yo estaba por embarcarme para Zanzíbar, me encargó llevar el documento, previo pago de la recompensa ofrecida por el explorador.

Las discretas averiguaciones que realicé al regresar a Zanzíbar demostraron que, efectivamente, dos años atrás, un viajero inglés, con una escolta de quince hombres, había salido de la ciudad para ir a explorar la margen occidental del lago Tanganyka.

Aclarado este punto, que parecía confirmar la veracidad del contenido de la carta, pensé seriamente en conquistar esa riqueza fabulosa. Mi primer pensamiento fue organizar una caravana y dirigirme hasta el lago, pero en esos días me llegó la noticia de que había estallado la guerra en la región de Tanganyka, lo que significaba la muerte segura para cualquier caravana que se internase en esos parajes.

Fue entonces que conversé con mi amigo Mateo, quien me sugirió la idea de buscar en Europa alguna especie de globo o dirigible que me facilitase la llegada hasta el Kassongo.”

—Y de inmediato pensamos en ti, Otto —dijo el griego—, sabiendo que eres uno de los más grandes expertos en aeronavegación.

—Por lo que estoy muy contento —repuso el germano.

—¿Aceptáis intervenir en la empresa? —preguntó el árabe.

—De mil amores —respondió Otto.

—Yo soy muy rico, y anticiparé los gastos de la expedición.

—Es una oferta magnífica que aceptamos complacidos, porque nuestros bolsillos están casi vacíos —dijo el griego—. La compra del dirigible y los gastos de viaje han concluido prácticamente con nuestros recursos.

—Es necesario proceder muy rápidamente —continuó el árabe—. Ya les conté que nuestro secreto ha sido vendido a Altarik.

—Cuéntenos cómo ha ocurrido eso —dijo Mateo.

—Al principio, cuando todavía pensaba en organizar la caravana, conversé con algunos de mis sirvientes y esclavos, preguntándoles si querían acompañarme, y prometiéndoles una participación en el tesoro. Seguramente alguno de ellos repitió la historia, porque a los pocos días llegó Altarik hasta mi casa, proponiéndome que nos asociáramos en la empresa.

Como desconfío de ese hombre, que tiene fama de ser más rapaz que un beduino, y más cruel que un cazador de esclavos, me lo saqué de encima diciéndole que se habían burlado de él haciéndole creer una historia falsa.

Altarik no ha quedado convencido, y desde ese día me vigila en forma permanente para impedir que salga en busca del tesoro. Por su parte, él ha enviado una fuerte caravana encargada de rescatar al explorador y ubicar la Montaña de Oro.

—¿Es por eso que tú y tus sirvientes estáis tan armados?

—Altarik es capaz de todo, y estoy seguro de que ha ordenado a sus hombres que me maten a traición, para impedir mi partida.

—Entonces los espías de Altarik deben saber nuestra llegada.

—Seguramente, y por eso les recomiendo que tengan cuidado al salir.

—Tenemos buenos revólveres —dijo el griego.

—¿Cuándo partiremos? —preguntó el árabe.

—Mañana por la noche —contestó el germano—. Esta noche sería demasiado aventurado, porque quiero revisar el dirigible para ver si no ha sufrido deterioros en el viaje.

—¿Cómo conseguirás el gas necesario para inflarlo?

—Lo he traído conmigo, envasado a gran presión dentro de cilindros de acero de resistencia incalculable —respondió Otto—. No necesitaré más de tres o cuatro horas para inflar mis globos.

—¿Tus globos? —exclamó Mateo—. ¿No se trata acaso de uno solo?

—Son dieciocho —repuso Otto riéndose.

—¿Qué clase de dirigible has traído?

—Un dirigible que en realidad es un verdadero tren volante.

—Estoy ansioso por verlo.

—En estos momentos nuestro equipaje debe haber sido ya transportado a tu casa.

—¿Cuántos hombres podrá llevar ese aparato? —preguntó el árabe.

—Hasta cien —dijo el germano—, pero no seremos más que cinco: nosotros y dos sirvientes.

—Llevaré conmigo a Heggia y a Sokol —dijo el dueño de casa.

—¿Quién es ese Sokol? —preguntó el griego.

—Un negro que conoce bien los parajes que debemos recorrer y habla todos los dialectos del Uganda.

—Ya es hora de que nos vayamos a casa —dijo Mateo.

—¿Cuándo vendréis a buscarme?

—Mañana a la noche, entre la una y las dos de la madrugada.

—¿Vendréis con el dirigible?

—Volaremos sobre vuestra terraza —dijo el germano—. Tendréis que trepar por una escala de cuerdas. —¡Qué aparato maravilloso! ¿Tendré que preparar las armas y los víveres?

—No se preocupe por nada —contestó el germano—. Únicamente convendría que preparara dos cajones de cincuenta kilos llenos de regalos para las tribus indígenas.

—Sería bueno que me dejaran llevar cuatro cajones, para estar seguros de tener regalos suficientes para los sultanes.

—Por mí no hay ningún inconveniente —dijo Otto.

—Mañana a la noche los esperaré sobre la terraza, con los cajones y mis dos sirvientes.

—¿Queréis que envíe a Heggia para acompañaros?

—No es necesario, tenemos muy buenos revólveres —respondió Mateo.

Cuando se disponían a salir, la indígena que estaba en el negocio les hizo una seña.

—¿Qué deseas? —preguntó el griego.

—Hay espías vigilando la entrada.

—¿Los has visto?

—Sí, son cuatro: dos negros y dos árabes.

—¿Cómo sabes que son espías?

—Entraron para averiguar quiénes eran ustedes.

—¿Que les dijiste tú?

—Que querían venderle al patrón mercaderías europeas.

—Ya nos cuidaremos de esos bribones —dijo el griego. Con muchas precauciones y los revólveres listos para disparar, nuestros amigos salieron a la calle. Los alrededores estaban llenos de negros y de árabes, de manera que era imposible identificar a los espías.

Mateo y Otto se abrieron paso entre la muchedumbre, escrutando los ojos de las personas que encontraban en su camino, llegando sin inconvenientes a la pequeña península donde los esperaba la barca alquilada.

Cuando se disponían a subir a la embarcación, el griego divisó a un negro que, subido sobre una terraza, hacía señales a un pequeño velero que se encontraba anclado en la bahía.

—¿Lo ves? —preguntó el griego.

—Sí —contestó Otto, a quien no habían pasado inadvertidas esas señales.

—¿Esas señales serán para pedirles que se acerquen a la costa o para indicarles que ya hemos salido de la casa del árabe?

—No lo sé, pero sospecho que se refieren a nosotros.

—Nos mantendremos en guardia. ¿Tu casa está rodeada de murallas?

—Sí, y son altísimas.

—¿Tienes sirvientes?

—Cuatro y muy fieles.

—Los pondremos a vigilar.

Los amigos saltaron dentro de la barca y dieron orden al negro de dirigirse hacia el sur.

Mientras tanto, el velero que les llamara la atención había comenzado a moverse. El griego, que no lo perdía de vista, se dio cuenta de que en lugar de dirigirse hacia la costa enfilaba hacia ellos como si pretendiese cortarles el paso.

—Ten cuidado —dijo el griego al negro que manejaba el bote—; parecería que aquel velero quisiera embestirnos y mandarnos a pique.

—Lo mismo me parece a mí —dijo el negro, que había advertido las sospechosas maniobras de aquel velero.

—¡Apura la marcha de tu barca!

—Estén tranquilos. Esos hombres desconocen mi habilidad y la fuerza de mis músculos.

Con poderosos golpes de remo, el negro cambió la dirección del bote, dirigiéndolo hacia la costa, que en ese lugar estaba desierta.

El velero, sin embargo, no se dio por vencido y, mediante una hábil maniobra se colocó delante de la barca, impidiéndole el paso. Un hombre, que por el tinte de su piel parecía árabe, apareció en la proa.

—¿Quiénes sois?

—Europeos —respondió el griego esgrimiendo su revólver.

—¿A dónde vais?

—No tenemos obligación de daros cuenta de nuestros actos.

—Aquí manda el sultán. ¿Tenéis permiso de libre circulación?

—No lo tenemos porque no es necesario —respondió Mateo.

—Me veo obligado a deteneros y conduciros de regreso a Zanzíbar.

—¿Quién eres tú?

—Un oficial del sultán.

—¡Mientes! —exclamó el griego—. Tú eres un sirviente de Altarik.

El árabe, al verse descubierto, miró al griego un poco desconcertado.

—Te engañas —dijo luego—. Soy verdaderamente un oficial del sultán.

—Yo te digo que si no nos dejas paso te mataremos —exclamó Mateo apuntándole con el revólver, mientras el germano hacía otro tanto.

El árabe, asustado, retrocedió un poco.

—Contaré esto al sultán —dijo.

—Y nosotros a nuestros cónsules. ¡Rápido! ¡Déjanos paso o haremos fuego!

Ante esa amenaza, formulada de modo enérgico, toda la bravuconería del árabe desapareció como por encanto. Temiendo recibir en cualquier momento una bala en la cabeza, el árabe, mirando con ojos asustados a los europeos, retrocedió hasta el timón y dio orden a su tripulación de virar en redondo.

El velero comenzó a moverse lentamente, dirigiéndose a Zanzíbar, mientras la barca continuaba su recorrido impulsada por las vigorosas remadas del negro.

—Así hay que tratar a estos árabes insolentes —dijo el griego—. Si un blanco se deja intimidar está perdido. Si no hubiéramos sacado los revólveres nos hubieran apresado y conducido a Zanzíbar.

—¿A presencia del sultán?

—El sultán no interviene en estas cuestiones. Ha sido Altarik que ha dado orden de capturarnos.

—¿Qué hubiera hecho con nosotros?

—Nos hubiera tenido prisioneros durante un tiempo, para envenenarnos más tarde.

—¿Estará todavía Altarik por estos parajes? Comienza a fastidiarme.

—A lo mejor el negro lo sabe —dijo el griego, que dirigiéndose al botero le pidió informes.

—No lo sé —contestó el negro—. Altarik para poco en Zanzíbar, ya que sus negocios más importantes están en Bagamoyo. Es posible, sin embargo, que haya salido para el continente.

—Aunque hubiera partido, igualmente lo dejaremos atrás. Nadie puede competir con un globo, y menos con un tren aéreo.

Mientras tanto la barca, impulsada velozmente por el remero negro, continuaba alejándose de Zanzíbar.

Ya comenzaba a distinguirse enteramente la península triangular donde estaba ubicada la ciudad, y que, bordeada de lujuriosa vegetación, emergía en el centro de la rada.

Sobre la playa se observaban aún numerosas casas blancas, con amplias terrazas, rodeadas de cocoteros que elevaban al cielo sus altos penachos. No obstante, cada vez la edificación estaba más espaciada y ya comenzaban a perderse los perfiles del viejo fuerte portugués.

Al poco rato los viajeros llegaron a una costa desierta, casi desprovista de vegetación, cerca de la cual se observaba una casa blanca, rodeada de un muro altísimo.

—¿La ves? —dijo el griego—. Es mi casa.

—No podías haber elegido un lugar más salvaje.

—Aquí vivo tranquilo, lejos del bullicio de la ciudad.

—El lugar es a propósito para inflar los globos de nuestro dirigible sin ser molestados.

—Por otra parte, como se encuentra apartada, permite vigilar bien los alrededores.

Un cuarto de hora después, los dos europeos desembarcaban en el pequeño muelle de la aislada villa de Mateo.

3. EL DIRIGIBLE

La villa del griego consistía en una casita minúscula, de forma cuadrada como son todas las de Zanzíbar, pero que, a diferencia de éstas, tenía grandes ventanas. Lo más cómodo de todo era la soberbia terraza, indispensable en ese clima para poder gozar del fresco de la noche.

En el patio interior, sumamente amplio, había algunas palmeras y un enorme sicomoro que proporcionaba una fresca sombra a la casa.

Fuera del muro que la circundaba, podían apreciarse algunos campos cultivados con zapallos, melones y maíz. Pero en realidad las tierras cultivables eran pocas, siendo en su mayoría completamente áridas.

—Esta es mi famosa casa —dijo el griego riendo, al tiempo que saludaba a sus cuatro ancianos servidores—. Como ves, es un tugurio que vale pocos centenares de rupias, pero que servirá para inflar tu dirigible.

—Tenemos espacio suficiente —dijo el germano después de recorrer con la vista el amplio patio interior. —Tu equipaje ya ha llegado.

—Lo hemos colocado en la galería central —dijo uno de los servidores.

—Vamos a ver si está todo.

Ambos se aproximaron a la galería donde estaba acomodado el equipaje, que se componía de veintidós cajones grandes, cuadrados en su mayoría, todos numerados e identificados mediante marcas especiales.

—¿Están todos?

—Sí —respondió el germano.

—¿Comenzaremos en seguida a trabajar?

—Es necesario empezar de inmediato. La tarea será larga y pesada.

—Los sirvientes pueden ayudarnos.

—¿Quién vigilara entonces?

—Bastará con que uno observe desde la terraza —repuso el griego—. Desde allí se dominan todos los alrededores. Ardo en deseos de ver completamente montado a tu famoso dirigible.

—Es una obra maestra.

—¿Qué forma tiene?

—Te daré ahora una explicación —dijo el germano sentándose a la sombra del sicomoro, mientras los sirvientes, a una orden suya, comenzaban a desclavar los cajones del equipaje.

“Como ya te he dicho —comenzó a explicar Ottomás que un globo es un tren volante, capaz de transportar numerosas personas y una carga considerable. Tú no ignoras que en los últimos años se ha venido estudiando la posibilidad de construir un globo que pueda ser dirigido. El conde Zeppelín, un gran experto en navegación aérea, se dedicó a esa tarea, trabajando asiduamente durante dos años, hasta que por fin logró construir un verdadero tren volante.

“Este aparato, en cuya construcción he colaborado, está dividido en diecisiete compartimientos, en cada uno de los cuales se coloca un globo. Para su desplazamiento, la máquina posee una gran hélice de aluminio, accionada por dos motores a explosión. La dirección se controla mediante grandes alerones construidos con marcos de madera recubiertos de tela de seda, que se manejan desde la cabina con suma facilidad. Esta nave, que algunos llaman dirigible, o tren volante del conde Zeppelín, ha sido probada con excelentes resultados en julio de este año, en las márgenes del lago Constanza.

—Sobre esa base —continuó Otto— construí mi dirigible, introduciéndole algunas modificaciones que permitieron perfeccionarlo.

—Por su aspecto mi dirigible es igual al del conde, pero para accionarlo le he colocado dos motores de mi invención, con calderas de hornallas muy anchas, que permitirán, en caso necesario, quemar leña como combustible. Por otra parte, su fuerza es tres veces superior a la del modelo ensayado en el lago Constanza. Tenía intenciones de probarlo en alguna isla desierta del Báltico, cuando llegaste tú con la propuesta de experimentarlo en el centro de África.”

—¿Dará los resultados que tú esperas? —preguntó el griego con alguna inquietud.

—Tengo la plena seguridad.

—¿Cuál es su forma definitiva?

—Se parece a un grueso cigarro, o mejor aún, a un cilindro alargado, con las dos extremidades redondeadas.

—¿Dónde está situada la plataforma?

—En la parte inferior, sostenida por sólidos cables de acero.

—¿Qué tamaño tiene?

—Mide diez metros de largo por cuatro de ancho, y está provista de una sólida barandilla, para impedir cualquier caída. Podremos movernos cómodamente en ella, y aún pasear como si estuviéramos en el puente de una pequeña nave.

—¿Con qué llenarás los globos?

—Con hidrógeno envasado a alta presión en cilindros de acero. Llevaremos con nosotros, además, algunos cilindros de repuesto, para reemplazar las pérdidas que eventualmente se produzcan.

—¿Con qué velocidad avanzaremos?

—Con la del viento.

—;Y si éste fuese contrario?

—Si no es demasiado fuerte podremos avanzar a razón de unas doce a quince millas por hora.

—Es bastante, y ninguna caravana podrá competir con nosotros.

—A trabajar —dijo el germano—. Tendremos mucho que hacer para armar por completo el aparato.

De inmediato comenzaron a vaciar los cajones, ayudados por tres negros, mientras el cuarto sirviente fue destacado como vigía en la terraza. Paulatinamente fueron extrayendo los globos, el esqueleto del aparato, construido en madera desmontable, y la plataforma, que también era desarmable.

De otro grupo de cajones desembalaron los motores, el eje de propulsión, la hélice, y unas cajas especiales donde se guardarían las armas, las municiones y los alimentos envasados. Cuando terminaron de desarmar los cajones el patio y las galerías estaban llenos de los materiales más heterogéneos.

Esta tarea les llevó gran parte del día, pero el germano, trabajando en forma metódica pero acelerada, consiguió tener montado el esqueleto del dirigible antes de la puesta del sol.

Cansados del largo y fatigoso trabajo estaban por sentarse a cenar bajo la fresca sombra del sicomoro, cuando el vigía de la terraza dio la voz de alarma.

Los dos amigos se levantaron de inmediato.

—¿Qué es lo que has visto, Meopo?

—Un velero se acerca lentamente hacia la costa.

—¿Será el del árabe?

—Es posible. Conviene vigilar. Vamos a la terraza. Aunque ya se había puesto el sol, existía suficiente luz como para poder observar un velero que navegaba sobre la plácida superficie del océano.

Les bastó una sola mirada para darse cuenta de que no se habían engañado; la nave que en esos momentos pasaba frente a la casa del griego muy cerca de la costa era la misma que había tratado de abordarlos a la salida de Zanzíbar. En esos momentos navegaba muy lentamente, fingiendo dirigirse hacia el sur.

—Nos están espiando.

—¿Es el velero de Altarik?

—Sí, Otto. Un marinero de mi experiencia no puede equivocarse.

—¿Qué es lo que se propondrán?

—Deben tener algunas sospechas, y han de haber venido a averiguar qué es lo que estamos haciendo y si preparamos alguna expedición.

—Si mi dirigible estuviera ya listo, les daría un buen susto.

—¿Qué es lo que harías?

—Les arrojaría una bomba de dinamita sobre la cubierta de la nave.

—¿Has traído esas armas tan poderosas?

—Pensé que nos resultarían muy útiles para asustar a las tribus africanas.

—¡Qué suerte que eres un hombre tan previsor!

—Mira, el velero ha cambiado de dirección.

—Se ve que no quiere alejarse de estos lugares.

—No me gustaría que aprovechando la oscuridad nos atacaran y dañaran el dirigible.

—Mis servidores vigilarán cuidadosamente durante toda la noche.

Esa noche los dos amigos durmieron sin inconvenientes, confiados en la vigilancia de los negros. A la medianoche el velero se aproximó al desembarcadero, pero al sentir el “¡Alto!” de los centinelas, viró y siguió de largo.

Los dos europeos se levantaron al alba del día siguiente y de inmediato continuaron con el trabajo. Al atardecer estaba todo listo, faltando únicamente inflar los globos.

Prolijamente acomodadas sobre la plataforma del dirigible estaban las cajas con alimentos, las armas y municiones.

El germano comenzó entonces a llenar con gas los globos del dirigible, para lo cual lo colgó mediante sólidas cuerdas de cuatro palmeras. Los cilindros con hidrógeno a presión fueron conectados a las válvulas de entrada de cada uno de los globos, y al cabo de cinco horas de intenso trabajo había terminado la operación. Faltaba únicamente subir, poner los motores en movimiento y cortar las amarras.

—¿Qué te parece? —preguntó el germano, volviéndose hacía el griego que contemplaba admirado aquel inmenso globo, listo a llevarlos por los espacios infinitos del cielo.

—¡Es maravilloso! Nunca creí que fuera una cosa tan gigantesca. ¿Será seguro?

—Como si navegáramos sobre el agua.

—Haremos un viaje espléndido.

—Y además muy veloz.

—¿Con qué harás funcionar los motores?

—Por ahora con petróleo; luego, cuando éste se termine, quemaremos leña.

—¿No se prenderá fuego?

—Es muy difícil, porque la envoltura de los globos es incombustible.

—Subamos. Ya es la una y el árabe nos espera.

—Faltan unos pocos minutos. ¿Todavía se observa el velero?

—Ha vuelto —dijo uno de los negros—. Está a tres kilómetros de la playa.

—Los dejaremos atrás —dijo Otto.

El germano puso en marcha los motores, y a los diez minutos ya tenían la presión necesaria.

—¿Está todo listo? —preguntó el griego.

—He revisado la carga y no falta nada.

—¿Cargaron las armas y las municiones?

—Todo está en las cajas.

—¿Son suficientes?

—Doce mil cartuchos y seis rifles, aparte de las hachas y los cuchillos.

—Estoy listo —dijo el griego con un leve temblor en la voz.

—¿No tienes miedo?

—No —contestó Mateo.

—¡Listos para cortar las amarras! —dijo el germano subiendo a la plataforma.

—Cuiden la casa —gritó el griego—. Tardaremos unos dos meses en regresar.

—¡Corten las amarras!

—¡Buen viaje! —gritaron los sirvientes.

A1 ser cortadas las cuatro sogas, el aparato se elevó majestuosamente, en medio de los gritos de estupor de los sirvientes.

El dirigible ascendió hasta los ciento cincuenta metros, fue arrastrado al principio por el viento, pero luego, al ser puestas en marcha las hélices, inició su marcha hacia Zanzíbar.

Durante la ascensión Mateo no había pronunciado una sola palabra; apoyado sobre la barandilla contemplaba asombrado el inmenso dirigible.

—¿Qué me dices, Mateo?

—Tu dirigible es maravilloso y desde ya podemos considerar como nuestro el tesoro ofrecido por el inglés.

—¿Te sientes seguro?

—Completamente.

—¿No tienes temor de precipitarte a tierra?

—Ninguno.

—Ahora iremos a buscar al árabe.

—¿Podrás hacerlo aterrizar sobre la terraza?

—¿No ves cómo obedece al timón?

—¡Es maravilloso! Nunca imaginé que pudieras construir un dirigible tan grande y al mismo tiempo tan fácil de manejar.

—Como ves, es una cosa muy simple.

—¿Cuándo llegaremos al continente?

—Mañana al mediodía si el viento nos ayuda.

—¡Mira! ¡E1 velero de Altarik!

El germano se puso a observar desde la plataforma. El velero se dirigía a toda marcha hacia Zanzíbar, pero cada vez perdía más terreno, ante la velocidad muy superior del dirigible.

—Dejémoslo correr —dijo el germano—. Cuando él llegue a Zanzíbar nosotros ya habremos partido con El-Kabir y sus sirvientes.

—Nos hemos olvidado de dar un nombre al dirigible”.

—Si te parece lo llamaremos “Germania” —dijo Mateo. —De acuerdo.

—Ya estamos sobre los suburbios de Zanzíbar.

—¿Conoces algo de motores, Mateo?

—Tengo bastante práctica.

—Serás entonces nuestro maquinista.

—Tú, Otto, dirigirás como capitán.

—¿Qué función le daremos al árabe?

—Lo nombraremos cocinero, y si no le gusta se encargará de encender las pipas.

El dirigible se deslizaba tan tranquilamente que el griego se había serenado por completo. Para controlar su perfecto funcionamiento, el germano le hacía realizar las más diversas maniobras, las que se efectuaban perfectamente, con gran satisfacción del constructor.

—Funciona estupendamente —dijo Otto—. Ha superado todas mis previsiones.

—¿No esperabas tanto?

—Nunca imaginé que fuera tan obediente al timón. Claro está que ahora el viento es débil.

—¿Y si soplara con fuerza?

—Podríamos manejarlo también con bastante facilidad. ¡Mira! Ya estamos volando sobre Zanzíbar.

El griego se inclinó sobre la barandilla; como apenas eran las dos de la mañana, la ciudad estaba a oscuras y desierta. A lo lejos se veía una luz sobre una terraza.

—Es la casa de El-Kabir —dijo—. El árabe nos espera.

—Preparen la escala de cuerdas.

—¿Y si arrojáramos un ancla?

—No es necesario, porque puedo frenar perfectamente el dirigible. ¡Apúrense! Ya estamos casi sobre la casa. El germano detuvo los motores, dejando que el dirigible avanzase por su solo impulso.

—¡Arroja la escala!

Mientras el “Germania” se detenía, la escala de cuerdas cayó exactamente sobre la terraza iluminada. —¿Son ustedes, amigos? —gritó una voz temblorosa.

—Sube, El-Kabir.

—¿Hay algún riesgo?

—Ninguno.

—Sube rápido con tus esclavos, que tenemos prisa.

—Ya voy —dijo el árabe, comenzando a trepar por la escala.

4. LA COSTA AFRICA

Cinco minutos después El-Kabir llegaba a la plataforma, ayudado por Heggia y otro negro de formas atlética:. El árabe desconfiaba de las diabólicas invenciones de los europeos, y al verse suspendido entre el cielo y la tierra sintió que se le paralizaban las piernas.

Todo su coraje —que no era mucho— lo había abandonado, y sus facciones estaban casi blancas de miedo. —Siento que me da vueltas la cabeza —dijo apoyándose sobre sus sirvientes que, por otra parte, no se sentían mejor que el patrón.

—Ten coraje, amigo —le dijo Mateo, haciéndolo sentar sobre un cajón—. Tu conmoción es natural y pasará en seguida.

—No tengas ningún temor, El-Kabir —dijo el germano—. Ya verás cómo manejo mi dirigible.

—Les creo, sólo que me parece que de un momento a otro nos vamos a caer.

Mientras conversaban, Mateo había levantado la escale: de cuerdas.

—¿Estamos listos?

—Sí.

Las dos hélices se pusieron en movimiento y el dirigible reinició su marcha, pero esta vez a una velocidad mucho mayor, por cuanto tenía el viento a su favor.

En menos de tres minutos atravesaron la ciudad de Zanzíbar, v el “Germania” comenzó a volar sobre el mar.

El árabe comenzó a recobrar su sangre fría, una vez que se le fue pasando el susto del primer momento. Había dado grandes muestras de coraje durante sus aventuras en el centro de África, de manera que el temor no podía durarle mucho tiempo.

Al cabo de un rato se levantó como si estuviera avergonzado de haber dado muestras de temor, y comenzó a observar el dirigible.

—Permíteme que te felicite —le dijo al germano—. Estoy muy contento de que estés asociado a mi empresa.

—Yo estoy contento de ver que ya estás tranquilo.

—Vuestro dirigible es un prodigio.

—¿Ya se te ha pasado el temor?

—Sí —respondió el árabe sonriendo—. Al principio no me sentía seguro, pero ahora estoy tan tranquilo como si estuviera en mi casa. ¡Qué linda sorpresa para los espías de Altarik!

—¿Vigilaban vuestra casa?

—Había ocho hombres.

—¿Vieron el dirigible?

—Sí, y al ver que semejante monstruo se acercaba a mi casa se asustaron tanto que salieron corriendo como enloquecidos.

—Mañana se comentará en Zanzíbar que un terrible monstruo ha aparecido sobre la ciudad.

—Con seguridad que el sultán movilizará todas sus guardias para darle caza.

—Durante mucho tiempo se hablará del misterioso monstruo que ha raptado a El-Kabir.

—A lo mejor me considerarán un santo —dijo el árabe—. Pero no creo que estas leyendas convenzan a Altarik.

—¿Crees que pueda sospechar algo?

—Más de una vez ha estado en Europa, e imaginará de qué se trata. Por otra parte, sus espías no dejarán de darle un informe detallado.

—Pero si él está ya en el continente…

—Sus correos lo alcanzarán. No debe estar mucho más allá de Bagamoyo.

—El viento nos lleva hacia esa ciudad —dijo el germano.

—Seria preferible evitarlo.

—¿Por qué?

—Es una plaza fortificada con cañones, y los árabes podrían dispararlos contra nosotros creyendo atacar realmente a un monstruo.

—En ese caso nos mantendremos lejos de esa ciudad.

—Veamos si aún se distingue el velero.

Los tres hombres se dirigieron a proa y comenzaron a vigilar el horizonte.

El “Germania” volaba sobre el mar, a una altura de aproximadamente doscientos metros. En aquellos momentos el estrecho de Zanzíbar estaba desierto. Cerca de la isla se veían sin embargo dos débiles luces, que indicaban que una embarcación iniciaba la travesía. De la misma se desprendían de tanto en tanto señales luminosas, que volvían a caer al mar, después de describir una larga parábola.

—Debe ser el velero de Altarik.

—Sí. Tiene la esperanza de poder seguirnos, y mientras tanto hace señales a sus compañeros; pero no importa, perderá el tiempo inútilmente.

—¡Qué constancia tienen!

—Se dan cuenta de que hemos iniciado la expedición a pesar de todas sus precauciones.

La vigilancia que establecieron en torno a mi casa les ha valido de poco. —¿Sabes una cosa, Otto?

—¿Qué?

—Tengo un apetito extraordinario.

—Como el tiempo está tranquilo, y la brisa es suave, podríamos aprovechar para comer algo. Trae unas latas de carne conservada, bizcochos y una botella de ginebra.

—El Profeta prohíbe las bebidas fermentadas —dijo el árabe.

—Te perdonará en vista de las circunstancias especiales. Lo ha prohibido a los hombres que viven sobre la tierra, pero no a aquellos que vuelan.

—Cierto. El Corán no habla de hombres que vuelen.

—Como ves, puedes gustar nuestro licor.

—Tú eres el más fuerte. Me someto y cumplo tus órdenes.

Los dos negros habían colocado un cajón en el centro de la plataforma, lo cubrieron con un mantel y pusieron encima las provisiones, mientras Mateo abría las latas y destapaba la botella.

Todos comieron con mucho apetito, e incluso el árabe gustó mucho de la ginebra, a pesar de los preceptos del Corán.

Terminaron de comer al alba. A medida que el sol aparecía sobre el horizonte, se diluían las tinieblas y se apagaban las estrellas, mientras el mar comenzaba a brillar con reflejos dorados.

La isla de Zanzíbar había desaparecido cubierta por la niebla matutina, mientras comenzaba a delinearse la costa africana que ya estaba muy próxima.

Los pájaros marinos volaban en torno al dirigible, saludando su paso con gritos estridentes, y tratando en vano de seguirlo en su rápida marcha.

Nuestros amigos, a los que la comida había puesto de buen humor, se disponían a encender las pipas cuando de entre la niebla que cubría el mar vieron surgir una nave a vapor que se dirigía hacia Zanzíbar. Era un barco de dos mástiles, de vieja apariencia, en cuyo tope flameaba la bandera del sultán.

Al ver al dirigible la nave se detuvo; sobre su cubierta la tripulación contemplaba con estupor y miedo aquel monstruo misterioso que volaba junto a los pájaros marinos.

—¡Allah! ¡Allah! —se sentía gritar.

En su ignorancia, esos hombres supersticiosos rogaban a su dios que los librase de ese monstruo extraordinario, que se les ocurría pronto a arrojarse sobre la nave para hundirla.

Mientras tanto el “Germania”, empujado por la brisa matutina, pasó rápidamente, continuando su derrotero hacia la costa africana.

—¡Qué susto se llevaron! —exclamó el griego riendo a carcajadas—. ¡Las historias que contarán cuando lleguen a Zanzíbar!

—Dirán que combatieron contra un monstruo marino. ¿No sintieron los cañonazos?

—¿Constituye este barco toda la flota del sultán?

—En efecto, y su majestad está orgulloso de poseerlo. Es una nave que ha costado muy cara, casi tanto como uno de vuestros cruceros.

—¿A qué se debe eso?

—¿Es que no conocéis la historia? La voy a contar, porque es graciosa e interesante.

El árabe se sentó sobre un cajón, tomó otro vasito de ginebra, encendió la pipa e inició su relato.

—Cuando el sultán llegó al trono estaba obsesionado por la idea de poseer un barco a vapor. Se sentía sumamente afectado en su orgullo al ver que los barcos europeos llegaban hasta su estado, mientras que él no poseía más que míseras naves a vela, incapaces de luchar hasta con una simple cañonera. Decidido a procurarse una de esas rápidas naves, un día llamó a uno de sus más fieles ministros, Assim Abdellah, diciéndole:

—He hecho marchar a tu hijo a Francia para que estudie todas las brujerías de los blancos y las maravillas de los infieles. Yo deseo tener un barco a vapor para surcar el mar como ellos.

—Eso os costará caro —observó el ministro.

—Pondré mis tesoros a tu disposición, pero exijo que guardes el secreto.

—El hijo del ministro —continuó el árabe— había estudiado ingeniería en París por encargo del sultán y, como era de suponer, accedió al instante al deseo de su patrón, partiendo en seguida para Europa, portador de cuantiosas sumas para efectuar esa adquisición.

Desgraciadamente era muy joven y amante del lujo y los placeres, de manera que, en lugar de concretarse a cumplir al instante su cometido, regresó a París, iniciando una vida desorbitada.

“Como era de esperar —dijo sonriendo el narrador—, en menos de tres meses habían desaparecido los fondos destinados a la compra del barco. Mientras tanto, el pobre sultán, confinado en su isla, soñaba imaginando la llegada de su nave. Cada vez que el vigía anunciaba la llegada de una embarcación corría hacia la terraza de su palacio para ver si era la suya, sufriendo como es de suponer amargas desilusiones. Pero, como todo se sabe, un día recibió la noticia de que el barco tanto tiempo esperado había desaparecido en las orgías parisinas de su delegado, y que éste regresaba a Zanzíbar en una nave inglesa, solicitando de antemano el perdón del sultán.”

—Lo habrá hecho empalar en seguida.

—Al principio pensó hacerlo; luego, teniendo en cuenta los fieles servicios prestados por el padre, proyectó desterrarlo para siempre, y por último terminó perdonándolo y enviándolo nuevamente a Europa con fondos para comprar la dichosa embarcación.

—Ese sultán era muy bueno. Yo lo hubiera hecho decapitar.

—E1 joven Mohamed partió nuevamente, recibiendo en el momento de partir una buena filípica. Sin embargo la dura lección recibida no había sido suficiente y, en su fuero interno, ya había decidido que la segunda nave de su majestad debía consumirse también en la vida alegre de París. Pero sus planes sufrieron una modificación: al llegar a Adén encontró una de sus antiguas conocidas de Francia y la pareja partió alegremente para El Cairo, consumiendo en alegres francachelas el dinero del sultán.

“Cuando el joven se encontró nuevamente sin fondos —prosiguió el árabe— no se animó a regresar a Zanzíbar, donde era indudable que lo esperaba la muerte, y cuando estaba desesperado, sin saber qué rumbo tomar, lo salvó una idea genial. Vestido con sus ropas más espléndidas se apersonó a un rico armador de Alejandría, y presentándose como enviado del sultán compró una soberbia nave que debía pagarse en Zanzíbar. Mientras tanto ya habían llegado a esa isla las noticias de que la segunda nave de su majestad había naufragado a la vista de las pirámides.

“Como podéis imaginar —siguió diciendo—, la cólera del sultán fue terrible, y ordenó apresar a su delegado apenas pisara la isla, con instrucciones de decapitarlo en seguida.

Podéis imaginaros entonces cuál sería su asombro al divisar un día, desde su terraza, la llegada de un soberbio barco en cuyos mástiles flameaba airosamente la bandera de su casa. Quedó como fulminado; al principio creyó haberse engañado, pero no, la nave llevaba verdaderamente los colores de Zanzíbar: fondo rosa con una media luna de plata, y además, sobre el puente de mando, con un brillante uniforme de almirante, se distinguía al joven Mohamed.

“El sultán estuvo a punto de volverse loco —continuó el narrador—. Corrió precipitadamente al puerto como enloquecido, abrazó al hijo de su fiel ministro, y no sólo lo perdonó nuevamente sino que, después de pagar por tercera vez la nave, nombró al joven gran almirante de la flota de Zanzíbar.”

5. LA CARAVANA

Tres horas después el “Germania” llegaba a las costas africanas. El viento lo había desviado un poco al norte de Bagamoyo, cosa que en su fuero íntimo los amigos lamentaron, por cuanto éste era una de las más interesantes ciudades de la costa oriental de África.

El sol había recalentado el gas del dirigible, que navegaba ahora a una altura de seiscientos metros, lo que les permitía divisar una enorme porción del territorio.

En aquel lugar la costa aparecía deshabitada, pero se divisaban en cambio inmensas llanuras verdes, alternadas con frondosos bosques. Hacia el Oeste se alcanzaba a ver el Wami, un río muy largo, que tiene sus fuentes en el Usagara y desemboca en el océano, mediante dos brazos muy profundos, casi frente a la isla de Zanzíbar.

—Este territorio que se extiende ante nosotros es la provincia de Ussengua, muy bella y fértil; antiguamente pertenecía al sultán, pero ahora es un protectorado alemán.

—¿Es peligrosa para recorrer?

—No —contestó el árabe—; yo he estado muchas veces durante mi juventud y nunca tuve problemas. Los peligros los encontraremos más adelante, en el país de los Ruga-Ruga.

—¿Quiénes son ésos?

—Bandidos audaces y de suma ferocidad, que se dedican a asaltar las caravanas que atraviesan su territorio.

Gozan de cierta impunidad porque son protegidos de Nurambo.

—¿Qué poder ejerce Nurambo?

—En su juventud fue un guía al servicio de las caravanas, y ahora es uno de los monarcas más poderosos de África, al punto que se hace llamar el “Napoleón Africano”.

—¡Casi nada!

—Es un gran conquistador, que ha sometido y maneja un reino de varios millones de negros.

—¿Será amigo de Altarik?

—Así se dice.

—Entonces es un enemigo poderoso.

—En efecto, pero gracias a nuestro dirigible nos causará pocas molestias y podremos desafiar impunemente a sus huestes.

—Sin embargo, alguna vez tendremos que descender a tierra —dijo Mateo.

—Lo haremos casi todas las tardes, para aprovisionarnos de agua y de combustible para nuestros motores. Desde luego que elegiremos lugares desiertos, alejados de las ciudades y de la ruta de las caravanas.

—También alguna vez podremos darnos el lujo de procurarnos carne fresca. Me han dicho que el Usagara es muy bueno para cazar.

—Existen animales de todas clases.

—¿También leones y elefantes?

—En efecto.

—Quizá tengamos la suerte de cazar alguno.

—Heggia fue en un tiempo un famoso cazador de elefantes.

—Entonces pondremos a prueba sus habilidades. Mientras tanto el dirigible había penetrado en el continente, atravesando llanuras, bosques y campos cultivados, a una velocidad de treinta a treinta y cinco millas por hora.

De tanto en tanto se observaban algunos campos de cultivo, donde los negros se encontraban ocupados en la cosecha del mijo y la mandioca. Al ver el inmenso monstruo que cruzaba los aires, abandonaban precipitadamente sus tareas y huían lanzando gritos desesperados.

Lo más notable ocurría cuando el dirigible volaba sobre algún poblado. Apenas era divisada la sombra gigantesca que la nave proyectaba sobre el suelo, un estupor indescriptible se apoderaba de los habitantes. Interrumpiendo sus conversaciones, miraban hacia arriba y al observar al dirigible se dispersaban corriendo como desesperados.

Alaridos, llantos y chillidos de mujeres y niños se escuchaban por doquier, como si aquel terrible monstruo fuera a caer sobre el poblado y hacerlo desaparecer de un bocado junto con sus habitantes.

A veces, sin embargo, se encontraban algunos negros más valerosos, que armaban sus arcos y disparaban algunas flechas al monstruo, las que, claro está, resultaban completamente inofensivas.

Nuestros amigos se divertían en grande al ver aquellas escenas cómicas y, cuando el susto llegaba al máximo, para recompensar de alguna manera a aquellos pobres diablos, dejaban caer latas con víveres, o collares con perlas de fantasía.

Mientras conversaban y reían, el “Germania” continuaba su trayectoria, manteniendo una dirección constante, si bien se habían parado las hélices por no ser necesario su empuje adicional.

En ese momento los arrastraba la gran corriente de los vientos Alisos que sopla constantemente del Este hacia el Oeste, de manera que no había que efectuar ninguna maniobra con el dirigible.

El territorio que atravesaban aparecía siempre como de una feracidad prodigiosa, si bien los poblados eran cada vez más raros y rarísimas las cabañas aisladas.

En cambio, eran cada vez más frecuentes los bosques majestuosos, que desde lo alto se veían como masas de color verde oscuro, formadas por las especies más heterogéneas.

Se apreciaban perfectamente los macizos de caña bambú, prolongados hacia arriba por sus largos penachos encorvados y oscilantes, de un color verde claro; los fantásticos helechos arborescentes, las palmeras salvajes, y miles de otras especies desconocidas para nuestros amigos.

De vez en cuando se alzaba solitaria en medio de la llanura una inmensa cúpula vegetal, constituida por la llamada “Higuera de las Pagodas”, cuyas ramas poseen la característica de emitir raíces adventicias, que al llegar a tierra se transforman en otros tantos troncos.

De esta forma, una sola planta puede constituir un bosque entero. Como es lógico, ninguna otra especie puede crecer a la sombra de estos gigantes, capaces de servir de refugio a una tribu íntegra.

Gracias a sus largavistas, nuestros amigos podían apreciar bandadas de gacelas y de antílopes, excelente caza para 1—os europeos. También se divisaban tropas de jirafas, de largo cuello y piernas veloces, y algunas especies de cebras, parecidas a asnos, pero con la piel curiosamente pigmentada a rayas blancas y negras.

—¡Cómo me gustaría encontrarme en medio de esa selva! —dijo el germano, que era un cazador apasionado—. Me tienta la vista de tantos animales.

—¿Qué te impide ir a cazarlos?

—Podría hacerlo soltando gas de los globos.

—¿Sería riesgoso hacerlo?

—Tengo una reserva igual en los cilindros, pero de todas maneras ese gas es demasiado precioso para una expedición que va muy lejos, hacia el corazón de África, y luego debe regresar hasta la costa.

—¿Cómo harás entonces para descender?

—Hay que esperar que desaparezca el sol. En esas condiciones, al enfriarse el aire, el gas se condensa y el dirigible desciende. Cuando esto ocurre es posible arrojar un ancla que sujete al dirigible, que es forzado después a bajar a tierra mediante el empleo de aparejos.

—¿Cuándo lo harás?

—No me atrevo a descender de día. Los negros podrían atacarnos y averiar el dirigible.

—Tienes razón. La prudencia es una cosa muy buena en este país. ¿Bajaremos esta noche?

—Será necesario. Tenemos que renovar la provisión de agua para consumo y para los motores.

—Cazaremos a la luz de la luna. Aquí estamos todavía en una región tranquila —dijo el árabe—. Cuando lleguemos a la zona de Ugogo será otra cosa, y todas las precauciones serán pocas.

Al mediodía almorzaron cuando pasaban sobre el Wami, tortuoso río al que cruzaban por tercera vez.

Se encontraban saboreando una sabrosa taza de café preparada por Heggia, cuando sintieron que Sokol, el otro negro, los llamaba.

—¡Se ve una caravana atravesando el río! Nuestros amigos se asomaron a la barandilla.

Quinientos metros más abajo, una larga caravana de árabes, fácilmente reconocibles por sus albornoces, y unos cincuenta cargadores negros de los que es fácil contratar en Zanzíbar, estaba cruzando el río sobre un rústico puente colgante construido con cañas de bambú entrelazadas y atadas entre sí por medio de lianas. Ambos extremos de este conjunto estaban amarrados en las barrancas de las orillas a los troncos de gigantescos sicomoros.

Al ver al dirigible los árabes se habían detenido blandiendo sus fusiles, mientras los negros más supersticiosos se arrojaban al agua, abandonando sus cargas sobre el puente.

—Están por atacarnos con los fusiles —dijo el griego.

—No nos harán nada. Sus armas son pésimas.

—¿Será alguna de las caravanas de Altarik? —preguntó el germano que por precaución había puesto en marcha los motores, dirigiendo el aparato hacia un bosque cercano.

—Es posible. Altarik manda numerosas caravanas hasta Taborah, y a veces más lejos aún.

En ese momento, justo cuando el dirigible volaba sobre un grupo de árabes, un objeto cayó desde la plataforma del aparato, sumergiéndose rápidamente en el río.

—¿Qué es lo que ha caído? —preguntó El-Kabir dándose vuelta rápidamente.

—Se me cayó la botella de ginebra —dijo Sokol, retrocediendo asustado.

—No, la botella de ginebra está aquí —dijo Heggia. —Entonces debió ser una botella llena de ron —contestó Sokol turbadísimo.

—Tienes que ser más prudente. Podría haber originado una descarga por parte de los árabes —lo retó El-Kabir.

Afortunadamente el dirigible pudo pasar sin inconvenientes. Toda la atención de los árabes se había concentrado en la botella, e incluso algunos se arrojaron al agua para recogerla.

—Que se la beban a nuestra salud —dijo simplemente Mateo—. Nosotros tenemos aún una buena reserva. Pocos instantes después el “Germania” dejaba atrás el río; pasando sobre bosques inmensos y pantanos llenos de pájaros.

Algunas águilas, viendo pasar el dirigible, alzaron vuelo y comenzaron a volar alrededor de la plataforma, mostrando un aspecto muy belicoso.

Afortunadamente un tiro certero disparado por el griego mató a una y decidió a las demás a emprender una veloz retirada.

Al atardecer, el “Germania” llegaba a los confines del Useoma, marcados por una cadena de colinas y una serie de afluentes del río Wami.

Viendo que el lugar estaba desierto, y que se aproximaba la puesta del sol, el germano les propuso descender a tierra.

—Cerca de aquí veo un río que aprovecharemos para renovar nuestra provisión de agua.

—Aún estamos muy alto —dijo el griego.

—Volamos a unos doscientos cincuenta metros.

—El gas no ha comenzado aún a condensarse.

—Probaremos a descender forzando las hélices. Larga un ancla, Mateo.

—¿Tendremos cuerda suficiente?

—La del ancla mide trescientos metros.

—Arrojémosla —dijo el árabe.

Los dos negros arrojaron el ancla y comenzaron a desenrollar rápidamente la soga de la misma, hasta que ésta tocó el suelo.

En ese momento el dirigible atravesaba una inmensa llanura, salpicada cada tanto por pequeños grupos de árboles.

—¡Cuidado con el tirón! —dijo el germano.

El ancla resbalaba por el suelo, hasta que, de pronto, al tropezar con unas raíces, se enterró profundamente. El dirigible, frenado de golpe, se sacudió con violencia, girando sobre sí mismo; luego permaneció inmóvil, meciéndose suavemente por la acción del viento.

Pronto las hélices, que eran de paso reversible, comenzaron a funcionar, y esta maniobra tuvo un éxito inesperado. Pronto el dirigible comenzó a descender lentamente, mientras los negros recogían la cuerda del ancla.

Al cabo de diez minutos el “Germania” se encontraba a unos cuarenta metros del suelo, y cuando nuestros amigos arrojaron la escala de cuerdas la extremidad de ésta quedó arrastrando por la pradera.

—Listo —dijo el germano parando los motores—. Ya podemos descender.

—¿Dejaremos a Sokol de guardia en el dirigible? —preguntó el griego.

—Preferiría que fuera Heggia —contestó el árabe—. Tengo mayor confianza en él.

—¿Iremos de cacería?

—¿Desdeñarías tú un buen trozo de antílope asado?

—Confieso que se me hace agua la boca. —Entonces vamos a cazarlo.

—¿Y la provisión de agua?

—Será lo primero que haremos.

—Tú permanecerás aquí —dijo el árabe a Heggia—. Cualquiera que aparezca y trate de dañar al dirigible, avísanos disparando tres tiros seguidos de fusil.

—De acuerdo, patrón —respondió el negro.

—Tú, Sokol, toma un barrilito y sígueme —ordenó Otto.

Nuestros amigos se armaron de fusiles y de machetes e iniciaron el descenso por la larga escala de cuerdas, llegando felizmente a tierra.

Habían aterrizado sobre una pradera ligeramente ondulada, interrumpida cada tanto por pequeños grupos de datileros salvajes. Bellísimas flores silvestres formaban matas multicolores.

Primero que nada decidieron dirigirse al río que corría a unos ciento cincuenta metros del lugar del descenso, bordeando un frondoso bosque. Su paso por la pradera hacía levantar vuelo a bandadas de pájaros que huían gritando asustados.

Sin embargo nuestros cazadores desdeñaron esas piezas pequeñas. Estaban ilusionados por conseguir una presa grande, que les permitiera preparar un pantagruélico asado.

Al llegar a las márgenes del río llenaron el barril y ordenaron al negro que regresara con él hasta la escala y, mientras los esperaba, preparase una gran hoguera para asar la presa que confiaban cazar.

—¿Hacia dónde vamos? —preguntó el griego.

—Yo aconsejaría que nos escondiéramos entre los matorrales que bordean el río —dijo el árabe—. Al anochecer las fieras se acercan a estos sitios para beber.

—¿Vendrán algunos antílopes? —dijo el germano, que se había propuesto cazar uno de esos animales.

—Sí, y probablemente también gacelas, cuya carne es más delicada.

—¿Y leones? —preguntó Mateo haciendo una mueca.

—No me asombraría mucho si apareciera alguno.

—Sería un buen principio —dijo Otto—. Por mi parte haré lo posible para que no se escape.

—¡No nos metamos con esos animales! —exclamó el árabe—. En mi juventud he matado unos cuantos y sé lo peligrosos que son. Una vez me dieron un zarpazo que me arrancó media espalda.

—Tienes que contarnos esa historia, El-Kabir.

—Primero busquemos un escondite seguro.

Costeando las márgenes del río durante unos doscientos metros, llegaron a un bosque sombrío, formado por una enorme “Higuera de las Pagodas”, cuyos innumerables troncos parecían las columnas de una inmensa catedral.

El árabe, que además de prudente era un hábil cazador, recorrió primeramente los alrededores y luego condujo a sus amigos hacia el tronco principal, cuyas raíces, al sobresalir del terreno, formaban unos cómodos asientos.

—Quedémonos aquí —dijo—. Desde este lugar podemos vigilar la selva y las márgenes del río.

—¡Qué silencio!

—¡Y qué frescura deliciosa!

—Esta tranquilidad no durará mucho —dijo El-Kabir—. Dentro de poco la selva se llenará de aullidos y ruidos extraños.

—Por ahora todo está tranquilo.

—Es que todavía hay un poco de luz. La función no comenzará hasta que reine la oscuridad.

—¿Tendremos que esperar mucho?

—Algunas horas.

—El tiempo necesario para que nos cuentes tu aventura —dijo Mateo.

—¿Tienes interés en conocerla?

—Quizá pueda servirnos de experiencia.

—Sí, así sabréis cómo me he hecho triturar tontamente la espalda.

—Con los leones no hay que bromear. ¡Lo has dicho tú!

—Cierto, pero a veces el ardor juvenil y el placer de la aventura superan la voz de la prudencia, y uno comete tonterías.

—Bien. Comienza tu historia.

—Déjenme encender primero la pipa.

6. CACERÍA DE LEONES

Una vez cargados los fusiles, nuestros amigos se sentaron cómodamente, y el árabe, encendida la pipa, tomó la palabra.

—La aventura que voy a contarles ocurrió doce años atrás, y por lo tanto no es muy vieja, al punto que hay días en que mi pobre espalda me duele todavía como si las zarpas de la fiera estuvieran aún triturándomela. Regresaba de Taborah conduciendo una caravana compuesta de unos cincuenta negros cargadores y unos veinte asnos. En esos momentos atravesábamos el Ugogo, que es el paraíso de los cazadores. Varias veces habíamos tropezado con jirafas, cebras, antílopes y búfalos, pero siempre lograban escapar sin que pudiéramos cazar ninguno.

“Como estábamos escasos de víveres —prosiguió el narrador—, un día decidí dar un poco de descanso a la caravana y dedicarme a la caza. Formaban la partida, además. Heggia y dos negros zanzibareses, de un coraje indomable. Como habíamos rastreado algunos animales hasta un monte boscoso, decidí internarme en él con mis servidores.

Alegremente iniciamos la marcha al amanecer, atravesando los bosques que cubrían las laderas del mismo, y llegamos hasta la cima. Ya nos disponíamos a descender por el lado opuesto cuando Heggia me señaló una cueva que se abría sobre una enorme roca.

—Es posible que allí esté refugiado algún animal —me dijo—. ¿Quiere que vaya a ver?

—No —respondí—; ese riesgo quiero afrontarlo yo—. Ordenando a Heggia que se colocara detrás mío, y a los otros dos negros que se escondieran entre las rocas, penetré resueltamente en la cueva.

“Había avanzado apenas unos pocos pasos cuando observé en el suelo una masa oscura que por la penumbra no distinguí bien al principio, pero que no tardé en reconocer: era un enorme león que descansaba tranquilamente en su cueva. No había un momento que perder; se trataba de actuar prontamente o de abandonar la piel, y a la mía yo todavía le tenía cariño. La fiera se agazapó; con los músculos en tensión, la cabeza erguida y la melena erizada, lista para abalanzarse sobre mí.

“Yo permanecí inmóvil —siguió contando el árabe—, pero no por valentía sino debido a que mis piernas estaban paralizadas por el temor. Afortunadamente el miedo me duró sólo unos instantes, y en seguida, dándome cuenta de lo desesperante de la situación, avancé un paso, levantando el fusil. El león se irguió un poco sobre sus patas y lanzó un terrible rugido, amplificado por la sonoridad de la cueva. La fiera se encontraba a unos seis o siete metros, lista para saltar y matar. Instintivamente adopté una resolución desesperada: descargué mi fusil y, aprovechando la nube de humo que me cubría, salí corriendo al exterior al tiempo que gritaba a mis hombres:

—¡Cuidado!… —Sentí un rugido terrible que me hizo helar la sangre en las venas, seguido de un grito humano. El león se había arrojado sobre Heggia, que sin tiempo para huir había quedado aterrado. El negro era valeroso; viendo que la fiera se le venía encima, arrojó el fusil, que de poco le servía en esa ocasión, y empuñó su cuchillo.

—La situación era desesperada —prosiguió Al-Kabir—. Los otros dos negros hablan fugado, de manera que quedaba yo solo, pero viendo a mi pobre sirviente en las garras del león no quise abandonarlo a su triste suerte. Cargué mi arma y apunté a la fiera, sin tomar la precaución de refugiarme detrás de una roca. El animal, al ver mi actitud, dejó a Heggia y con un salto terrible se me abalanzó. Yo hice fuego, alcanzando a herirlo en el aire, pero el impacto de la bala no lo detuvo; cayó sobre mí y de un solo zarpazo me desgarró la espalda. El dolor que sentí fue tan intenso que perdí el sentido en el mismo momento que Heggia, que había tenido la suerte de salir casi ileso, mataba a la fiera de un balazo en la cabeza. Cuando…

—Continúa —dijo el griego al ver que el árabe había interrumpido su narración.

—Me pareció sentir un ruido —contestó El-Kabir levantándose y tomando su fusil.

—¿Qué es lo que escuchas? —preguntó Otto.

—Miren lo que se acerca hacia nosotros, camino del río. —Parece un buey gigantesco.

—Capaz de atravesarnos a los tres juntos con su cuerno —les advirtió el árabe—. ¡En lugar de gacelas y antílopes tendremos que luchar contra un rinoceronte!

—Son bestias sanguinarias y de piel durísima.

—Pongámonos en guardia. Tengo la impresión de que viene a atacarnos.

—Subámonos sobre estas raíces. Allí estaremos fuera del alcance de su cuerno.

La propuesta era buena, de manera que la aceptaron en seguida. Los tres cazadores treparon sobre las raíces, las que no sólo eran muy gruesas sino que también tenían bastante altura, al punto de que casi tocaban las primeras hojas del árbol.

En ese momento salió la luna, lo que permitió ver perfectamente al animal. Era una bestia de casi cuatro metros de largo, de formas pesadas y macizas, cubierta de una piel seca y rugosa, que formaba grandes repliegues a los costados.

La piel de estos animales es tan gruesa que no puede ser atravesada por los puñales y las lanzas; aun las balas de las armas de modelo antiguo son inofensivas para ellos y se estrellan inútilmente contra esta especie de coraza.

Sus únicos puntos vulnerables son el vientre y los ojos, de manera que los cazadores, si desean tener alguna probabilidad de matarlo, tienen que esperar el momento en que muestran su flanco.

Los rinocerontes tienen fama de ser estúpidos, brutales y sumamente feroces. Cuando están irritados no se detienen ante nada y cargan enloquecidos, con la cabeza baja y el cuerno hacia adelante.

Su cuerno, sumamente peligroso, llega a medir hasta ochenta centímetros y es de un marfil tan duro que resiste a cualquier proyectil. Algunos animales llegan a tener un segundo cuerno, pero éste es muy chico y no sirve para el ataque.

El-Kabir, que conocía bien a estos animales, sabía que una vez irritados no se detienen ante nada. Por ello recomendó a sus amigos no hacer fuego más que en último caso y cuando existiera alguna posibilidad de éxito.

—Aún matándolo no ganaríamos nada —dijo—. Su carne es durísima y no sirve para comer.

Nos conviene más dejar que se vaya.

Sin embargo la fiera no pensaba así; había visto a los cazadores y estaba dispuesta a aproximarse para verlos de cerca. Aún lo retenía un poco de desconfianza, pero ésta no duraría mucho en un animal de tanto coraje y de fuerza apenas un poco inferior a la del elefante.

Ya comenzaba a mostrar síntomas de impaciencia, moviendo la cabeza y golpeando el suelo con sus patas delanteras.

—Ya está por iniciar su ataque —les avisó el árabe—. Avanzará como enloquecido y causará bastantes destrozos en el árbol.

p-Lo detendremos con nuestras armas —dijo el germano—. Nuestros fusiles son muy poderosos y sus balas perforarán la piel del animal, cualquiera sea su espesor. El animal ya bajaba la cabeza, listo para iniciar su ataque, cuando un rugido formidable que partió de unos matorrales próximos lo frenó de golpe.

—¡Un león! —exclamó El-Kabir.

—Pues sí que estamos en buena compañía.

—¿Lucharán entre ellos?

—Asistiremos a una pelea tremenda.

Al oír el rugido, el rinoceronte se había dado vuelta con una velocidad sorprendente para su peso, dispuesto a enfrentar a su nuevo enemigo.

—¿Lo atacará el león?

—No es un animal cobarde y aceptará el combate.

—¿Quién resultará ganador?

—Es posible que ni uno ni otro; el león es demasiado ágil para dejarse atravesar por el cuerno, y la piel del rinoceronte demasiado dura para ser desgarrada por las zarpas del león.

De repente se sintió un segundo rugido, y una forma confusa, atravesó velozmente el espacio, cayendo sobre la grupa del rinoceronte.

—¡Buen salto! —dijo el germano.

—No quisiera encontrarme yo en la piel de ese coloso —contestó Mateo.

El rinoceronte había lanzado un aullido de rabia y de dolor. El león había caído sobre sus espaldas, y del primer zarpazo le había destrozado una de las orejas y parte del hocico.

La bestia herida realizaba toda clase de esfuerzos para desprenderse de su enemigo, pero éstos eran vanos; el león continuaba encaramado sobre sus espaldas y con sus garras le estaba destrozando un lado de la cabeza.

De repente adoptó una resolución desesperada, y se arrojó bruscamente al suelo, tratando de aplastar a su enemigo, pero éste, con un magnífico salto, se desprendió a tiempo del rinoceronte, perdiéndose al instante entre la maleza.

—¡Qué maniobra! —exclamó el germano entusiasmado.

—Veremos ahora cómo el rinoceronte trata de tomarse la revancha.

—No lo dejará en paz. Comenzará por destrozar el matorral, hasta que el león tenga que combatir nuevamente. La lucha apenas ha comenzado.

—Con tal que el vencedor no la emprenda luego con nosotros.

—No tienen tiempo para ocuparse de los hombres.

El rinoceronte gruñía como un endemoniado y saltaba como si el dolor de las heridas lo hubiera enloquecido; por último, con la velocidad de un tren expreso, arremetió contra los matorrales donde estaba escondido su enemigo.

El león, sorprendido por ese asalto imprevisto, pudo subir sin embargo por segunda vez a la grupa del rinoceronte que, con él a cuestas, emprendió una fuga desesperada. En pocos segundos ambos se habían perdido de vista, pero, durante largo tiempo, se sintieron, a la distancia, los rugidos de esta pelea.

—Por suerte se fueron.

—¿No regresarán?

—Es difícil, a esta hora deben estar ya muy lejos.

—Y nosotros no hemos podido disparar aún un tiro.

—Recién comienza la noche; pronto vendrán los animales a beber.

—¿Sintieron la risa de una hiena?

—Sí —dijo Mateo—, y me pareció que estaba muy cerca.

—Detrás de ella vendrán los antílopes y las gacelas. No tengan miedo que la cena nos la ganaremos.

—Silencio —ordenó el griego—. Siento un leve ruido entre la hojarasca.

—¿Será el león que vuelve?

—Difícil, no creo que se haya detenido tan cerca.

Al cabo de unos instantes el árabe bajó lentamente a tierra, y tomando su fusil les dijo:

—Es la caza que esperábamos, no la dejemos escapar.

—¿Es un antílope? —preguntó el griego.

—Sí, y tiene una carne muy rica para comer.

—Excelente noticia.

Los tres amigos comenzaron a deslizarse entre los troncos, tratando de hacer el menor ruido posible.

El animal venía de las orillas del río, donde había ido para beber; pero al sentir la risa de la hiena había cambiado su rumbo, buscando esconderse en la selva.

Los tres cazadores con una hábil maniobra le cerraron el paso, y cuando lo tuvieron a cincuenta metros le hicieron una descarga cerrada.

La pobre bestia, herida en varias partes, cayó al suelo.

—¡Es nuestra! —gritó el germano corriendo hacia ella. Era un pequeño antílope de poco más de sesenta centímetros de altura, piel de un color dorado pálido y garganta blanca. Su cabeza estaba armada con dos pequeños cuernos negros.

—Bueno, ya que tenemos la cena, regresaremos al lado del “Germania”.

—Los sirvientes estarán inquietos por nuestra tardanza.

—Al escuchar nuestros disparos habrán invocado a sus dioses arrojando nueve ramitas secas al fuego —dijo El-Kabir.

El germano, que era el más robusto, cargó el antílope sobre sus espaldas, y todos iniciaron el regreso al campamento.

Durante la vuelta no tuvieron ningún inconveniente, y en seguida descubrieron la hoguera que habían preparado los sirvientes.

El “Germania” continuaba amarrado, y como el frío no había provocado aún la condensación de parte del gas, ejercía una fuerte presión sobre la soga del ancla. Sobre la plataforma iluminada por la luna se veía a Heggia que vigilaba fusil en mano, mientras al pie de la escala Sokol se encargaba de avivar el fuego.

—¿Ninguna novedad? —preguntó el árabe al negro.

—Ninguna, patrón —respondió éste—. Sólo que vimos pasar a un rinoceronte que huía con un león sobre su grupa.

—Encárgate de desollar y asar este antílope.

Los tres amigos se tendieron a descansar sobre las hierbas perfumadas de la pradera, mientras Heggia descendía del dirigible para ayudar a su compañero.

La noche era bellísima; la luna brillaba en todo su esplendor en un cielo sin nubes, en el que centelleaban millares de estrellas.

Una suave y fresca brisa, impregnada del perfume de las flores silvestres, atemperaba el calor que todavía se desprendía del suelo.

Un silencio profundo reinaba sobre la llanura, interrumpido de tanto en tanto por los gritos del chacal o la risa de una hiena que se aproximaba al sentir el olor del asado.

Los amigos conversaban tranquilamente, observando encima de ellos al dirigible que se mecía suavemente ante el empuje de la brisa.

—Qué calma reina aquí —dijo el griego—. Parece imposible que estemos en África.

—Desconfíen de la calma africana —respondió El-Kabir—. El continente negro es el más peligroso de los lugares. Mientras nosotros estamos aquí conversando en la mayor tranquilidad, puede estar acechándonos un grave peligro entre las sombras de la noche.

Las fieras sanguinarias abundan —continuó—, y sus habitantes no son menos peligrosos que ellas. Esta tranquilidad puede ser interrumpida de golpe por gritos de guerra y de muerte.

—Por otra parte —siguió diciendo el árabe—, cuando lleguemos a la zona del Ugogo debemos efectuar una rigurosa vigilancia.

—¿Por qué?

—Han llegado a Zanzíbar versiones de que Nurambo Niungu se han aliado para derrotar a Karema y apoderarse de la región del Tanganyka.

—¿Quién es Niungu?

—El jefe supremo de los Ruga-Ruga, ladrones feroces que viven del saqueo. Habitan los bosques del Migonda-Naoli y de cuando en cuando abandonan su refugio para invadir los estados vecinos, donde causan terribles tragos.

—¿Y Karema?

—Es un poderoso jefe que domina las tierras situadas sur del lago Tanganyka, muy amigo de los europeos. Para nosotros no es de temer, pero en cambio, deberemos estar en guardia contra Nurambo y Niungu.

—Bueno —los interrumpió el germano—. Por ahora vámonos a dormir, y mañana al alba reiniciaremos nuestro viaje, atravesando la zona del Ngura.

7. EL SULTÁN DE MHONDA

Nuestros amigos pasaron una noche relativamente tranquila, sin que apareciera ningún indígena. En cambio las fieras, especialmente hienas y chacales, se juntaron cerca del dirigible, haciendo un concierto ensordecedor que despertó muchas veces a los europeos, poco acostumbrados a dormir en esas condiciones.

Al salir el sol, Heggia soltó el ancla y el dirigible reinició su marcha hacia el Oeste, con sus hélices a toda velocidad, por cuanto el viento era muy débil e irregular.

Atravesando el río, en cuyas márgenes se observaban ahora numerosos animales, especialmente antílopes y gacelas, el “Germania” se dirigió hacia una cadena de colinas que aparecía sobre el horizonte.

Las mismas indicaban el comienzo de la zona del Ngura, antiguamente muy próspera y llena de habitantes, pero despoblada en la actualidad por las continuas correrías de los traficantes de esclavos.

Posiblemente los que más habían contribuido a esa ruina eran los árabes de Taborah, grandes traficantes de carne humana, que en bandas numerosas invadieron la región sometiendo o matando a sus pobladores.

Bosques inmensos se extendían bajo el dirigible, interrumpidos de tanto en tanto por pequeñas fracciones de terrenos cultivados con maíz, arroz, mandioca y tabaco.

Algunos negros, viendo pasar al “Germania”, salían corriendo presurosos, mientras otros, más valientes, les disparaban algunas flechas que, como es de suponer, no causaban el menor daño.

De pronto, una bala de fusil se aplastó bajo la plataforma de aluminio; había sido disparada por un cazador de elefantes y fue un verdadero milagro que no hiriera a nadie.

El griego, justamente irritado por esa agresión injustificada, respondió con dos tiros de máuser que hicieron huir rápidamente al atacante.

—De ahora en adelante debemos cuidarnos también de las armas de fuego —dijo el germano.

—Los negros de esta región poseen bastantes fusiles —contestó El-Kabir—. En realidad se trata de armas antiguas, pero las balas son siempre peligrosas.

—¿Quién ha armado a estos indígenas?

—Los árabes de Taborah pagan los esclavos y las mercaderías que compran con armas y municiones que hacen llegar de Zanzíbar.

—¿También los Ruga-Ruga están armados?

—Tienen cierta cantidad de fusiles, y Nurambo ha conseguido algunos de los más modernos.

—En ese caso debemos adoptar precauciones para no perder nuestro dirigible.

Al mediodía el “Germania” llegó a una cadena de colinas cuya altura obligó al germano a arrojar doscientos kilos de lastre, con lo que el aparato se elevó a los setecientos cincuenta metros.

Superado ese inconveniente, llegaron a una inmensa llanura cubierta de baobabs, enorme planta que forma por si sola un pequeño bosque, y cuyos troncos alcanzan tal grosor que cuarenta hombres, unidos por las manos, no son suficientes para rodear su perímetro.

En medio de esa llanura se veía un poblado de importancia, constituido por unas trescientas chozas, en el centro de las cuales estaba ubicada una construcción de mayor tamaño, indudablemente la sede del jefe.

—¿Qué poblado será éste? —preguntó el germano.

—Es Mhonda, un pequeño reino independiente gobernado por un sultán usagaro.

—¿Es salvaje?

—Todo lo contrario, y además siempre ha sido amigo de los blancos.

—Entonces podríamos hacerle una visita.

—No habría ningún peligro, porque además lo conozco personalmente. Tendremos una buena acogida, y aprovecharemos para pedir informes sobre la caravana de Altarik.

—De acuerdo —dijo Mateo—. ¿Dónde descenderemos?

—Preferiría hacerlo a cierta distancia del pueblo. Dispondremos de más libertad, y en caso de peligro podremos defendernos mejor.

A unos trescientos metros de las primeras chozas se veía un grupo de grandes sicomoros, cuyos gruesos troncos servirían para amarrar el dirigible. En consecuencia, el germano maniobró el aparato para dirigirlo hacia ese lugar.

—¿Descendemos aquí, patrón? —preguntó Sokol lleno de impaciencia.

—¿Te interesa? —le contestó El-Kabir sorprendido por su tono.

—Tengo un amigo en ese poblado —respondió el negro cambiando de tono, como si estuviera arrepentido de haber hecho esa pregunta.

—¿Quién es?

—Un jefe.

—Trataremos de que tengas tiempo para ir a verlo. Mientras el “Germania” efectuaba las maniobras necesarias para el amarre, en el poblado se registraba un movimiento extraordinario.

Los indígenas, habiendo descubierto lo que les parecía un monstruo de nueva especie, se preparaban para organizar la resistencia.

Patrullas armadas con lanzas y viejos mosquetes se aprestaban para dirigirse al encuentro del dirigible. —Despleguemos alguna bandera —dijo el árabe—. Eso los tranquilizará.

—Tengo una de Zanzíbar.

—Reconociendo los colores del sultán se mostrarán menos desconfiados.

La bandera zanzibaresa, de fondo rosado con una media luna plateada, fue desplegada sobre la plataforma, de manera que pudiera ser vista fácilmente desde abajo.

Momentos después, alrededor de un centenar de indígenas a caballo partían al encuentro del dirigible, que maniobraba para amarrar sobre los sicomoros.

Los indígenas ofrecían un aspecto sumamente pintoresco, al aproximarse gritando, agitando sus armas y disparando salvas al aire.

—Han reconocido la bandera —dijo El-Kabir—. Vienen al encuentro de amigos.

—¿Nos tomarán por divinidades celestes?

—A lo mejor piensan que somos hijos del sol o de la luna.

—Cuando me vean se convencerán de que somos hombres como ellos —dijo el árabe—.

Conozco al jefe de ese pelotón.

Sokol y su compañero habían arrojado dos anclas, y una de ellas se enganchó entre las ramas de un sicomoro; al instante las hélices comenzaron a trabajar en forma invertida y el dirigible empezó a descender.

Cuando el “Germania” se encontraba a unos treinta metros del suelo llegaron los indígenas: eran todos negros, de torsos robustos y brazos musculosos.

El jefe, un aborigen de gran tamaño que montaba un soberbio caballo de pura raza árabe, se volvió hacia los viajeros gritando:

—¿Quiénes son ustedes? ¿Hijos del cielo o del infierno?

Respondan en seguida o les haremos fuego, persiguiéndolos a través de todo nuestro territorio.

—¿Es que Ben-Zuf no conoce más a su amigo El-Kabir? —gritó el árabe asomándose por la barandilla.

—¡Por Allah nuestro Señor! —dijo el jefe de los recién llegados—. ¿Es realidad lo que veo o estoy soñando? —Ben-Zuf ve y oye bien.

—¿Eres tú, verdaderamente, El-Kabir? —Tanto como tú eres el propio Ben-Zuf.

—¿Quiénes son los hombres blancos que te acompañan?

—Europeos amigos míos.

—¿Qué animal es ése que tú montas?

—No es un animal; es un dirigible, otra de las maravillosas invenciones de los blancos.

¿Cómo está el sultán?

—Muy bien.

—¿Podremos saludarlo?

—No habrá inconveniente. Ya me había ordenado que llevara a su presencia a los hombres que montaban en esta rara bestia.

—Descendamos, amigos —dijo el árabe—. De este sultán no debemos desconfiar.

—¿Bajaremos armados?

—Sí, y también con regalos.

—¿Quién quedará de guardia en el dirigible?

—Dejaremos a nuestros dos negros.

—Patrón —dijo Sokol—. Yo quisiera saludar a un amigo.

—Lo verás más tarde si tenemos tiempo.

—Tengo una comunicación urgente que hacerle de parte de un pariente suyo de Zanzíbar.

—Se la harás en otra oportunidad.

—No, patrón —contestó el negro en tono decidido.

—¿Qué es lo que dices? —exclamó el árabe alzando la voz—. ¡Esclavo, obedece o te haré comprender que el amo soy yo!

Sokol, viendo que el árabe se disponía a empuñar la pistola, bajó la cabeza y se tornó humilde.

—¿Me has entendido? —gritó El-Kabir. —Sí, patrón.

—¿Permanecerás aquí?

—Sí, patrón.

—Si no me obedeces te mataré.

—Déjalo bajar —dijo Mateo.

—No, permanecerá aquí. El patrón soy yo.

—¡Bajen! —gritó el jefe de los nativos que comenzaba a perder la paciencia.

—En seguida lo haremos.

Los amigos tomaron sus máuseres, se pusieron los revólveres a la cintura y, llevando una caja que contenía regalos para el sultán, comenzaron el descenso.

El jefe de los nativos les dio la bienvenida y luego estrechó la mano de El-Kabir diciéndole:

—Has hecho muy bien en darte a conocer, porque había recibido órdenes de destruir al monstruo volante y matar a los que en él venían. No sé qué clase de pájaro es el que os lleva, pero puedo asegurarte que ha asustado mucho a mi pueblo, que temía ser devorado por esa bestia gigante.

—Ya te he dicho que no es un pájaro; es simplemente un dirigible.

—No sé qué cosa es un dirigible; para mí es un monstruo terrible y nada me hará cambiar de opinión.

—No pretenderé cambiar tus ideas, Ben-Zuf.

—¿Saben montar tus amigos?

—Sí —respondió Mateo, que entendía el árabe.

El jefe ordenó que se proporcionaran caballos a los recién llegados, y la tropa inició la marcha de regreso al poblado.

Antes de partir, Otto y Mateo vieron con inquietud que diez hombres quedaban de guardia alrededor de la escala y las amarras del dirigible.

—¿Qué me dices de esta maniobra sospechosa? —dijo el germano—. No tengo mucha confianza en esta gente, a pesar de que el jefe sea amigo de El-Kabir.

—Hubiera preferido que no dejaran esa guardia.

—¿Querrán quitarnos el dirigible?

—No confío mucho en esta gente.

—Me arrepiento de haber seguido los consejos de El-Kabir.

—Sin embargo hay una cosa que me tranquiliza.

—¿Cuál?

—Que estos negros tienen miedo de nuestro dirigible, y lo creen un monstruo voraz.

—Podrían atacarlo a tiros y arruinar los globos —dijo el germano, cuya inquietud crecía a cada instante. —Según la acogida que nos haga el sultán sobremos si podemos estar tranquilos o si, por el contrario, existe algún peligro.

Mientras el griego y el germano sostenían esta conversación, El-Kabir discutía animadamente con el jefe de la escolta, esforzándose para explicarle en qué consistía ese monstruo y los motivos del viaje, cuidando eso sí, de hablarle del tesoro.

—Lo hacemos por simple espíritu de humanidad —decía—. Mis amigos se han propuesto rescatar al pobre explorador y lo conseguirán.

—Yo lo hubiera dejado entre los negros de Kassongo —dijo el jefe—. El explorador debió haberse quedado en su casa.

—Además, no somos los únicos que vamos en su busca.

—¿Hay más monstruos en viaje?

—No, Ben-Zuf. Se trata de una caravana guiada por un árabe que tú conoces y que debe haber dejado la costa el mes pasado.

—¿Quién estaba al frente de la misma?

—El árabe Altarik.

—Pasó por aquí hace cerca de tres semanas.

—¿Estaba Altarik? —Sí.

—¿Era muy grande la caravana?

—Tenia alrededor de cien hombres.

—¿Dónde crees que estará en estos momentos?

—Debe encontrarse entre el Usagara y el Ugogo. Esa caravana avanza a marcha forzada, y no hace nada más que breves paradas.

—¿Escucharon? —preguntó el árabe volviéndose hacia sus amigos, que cabalgaban a su lado.

—Sí —contestó Mateo en francés, lengua que con casi toda seguridad ignoraba Ben-Zuf—.

La ventaja que nos lleva no me importa, porque podemos descontarla fácilmente. Otra cosa es la que me preocupa.

—¿Cuál?

—Tengo una sospecha.

—Explícate mejor.

—Es posible que Altarik haya azuzado a las poblaciones contra nosotros, o mejor dicho contra ti.

—¿En qué te basas? —preguntó el árabe sorprendido.

—Por ahora no es más que una sospecha. Tú sabes que ese hombre es capaz de todo.

—Es cierto —respondió pensativamente El-Kabir.

En ese momento llegaron al poblado. Una muchedumbre, en la que predominaban las mujeres y los niños, se había aglomerado para ver a los hombres que volaban como las aves.

El jefe de la escolta los condujo rápidamente hasta “el palacio real”, situado en la plaza principal.

Dicho palacio consistía en una inmensa cabaña de troncos rústicos, revocada internamente con barro. Hacia los lados se prolongaba en una serie de tinglados que servían como depósitos y de dormitorios para los esclavos.

Una empalizada rodeaba esas dependencias, en las que había gran cantidad de ovejas, gallinas y numerosos esclavos casi desnudos, con los torsos recubiertos de aceite de coco y manteca rancia, cuyo olor resultaba muy poco agradable para los europeos.

El sultán recibió a los hombres caídos del cielo en sus propias habitaciones.

Era un negro muy gordo, ya entrado en años; su cabeza estaba cubierta con un casco de bombero, muy deteriorado, pero con los bronces relucientes, y lucía además una levita de almirante inglés, que parece ser el uniforme preferido de los tiranuelos africanos.

No usaba pantalones, pero en cambio lucía cuello y una corbata cuyo color era imposible de definir.

—Bienvenidos a mi reino los hombres que han caído del cielo —les dijo mirándolos con viva curiosidad—. Deben ser muy valientes para haberse atrevido a domar un pájaro tan grande.

—¿Su alteza no me conoce más? —preguntó el árabe adelantándose.

—¡El-Kabir! —exclamó el monarca sorprendido.

—En persona, majestad.

—Te esperaba, pero no pensé que vinieses a caballo de esa bestia voladora.

—¿Quién te había anunciado mi visita?

—Altarik —respondió el sultán con una sonrisa maliciosa.

—Me lo había imaginado.

El sultán los hizo sentar, ordenó que les sirvieran sendos vasos de “pombé”, una especie de cerveza obtenida del sorgo fermentado, sumamente alcohólica, y que embriaga muy fácilmente.

Mientras tanto el árabe, conocedor de la psicología de esos reyezuelos, trató de conquistar la simpatía del monarca y comenzó a extraer los regalos que traía: dos docenas de pañuelos rosados, un bicornio de capitán de marina, lleno de galones; un viejo revólver con algunas docenas de cartuchos, y un surtido de collares de cuentas de vidrio para las esposas del monarca.

El negro, curioso como todos los de su raza, se mostró muy contento con los regalos recibidos, pero rapaz como todos ellos, terminó pidiéndoles tabaco, jabón perfumado, uno de los tres cuchillos de caza que los amigos llevaban a la cintura, sus corbatas, y un pañuelo rosa que el griego tenía en el cuello.

Se puso además muy contento al ver que los viajeros habían tenido la precaución de llenarse los bolsillos con objetos que pidieron al monarca distribuyera entre sus ministros y los jefes del ejército.

A cambio de estos regalos, el sultán hizo traer dos pollos tísicos y un carnero casi moribundo, a lo que agregó luego dos panes de manteca y un vaso de cerveza, pidiendo disculpas por tan pobres obsequios, que eran debidos —dijo— a la miseria que asolaba su reino.

Luego de conversar un rato sobre las características del dirigible, el monarca les preguntó de pronto:

—¿Por qué queréis ir al Kassongo?

—Para rescatar a un explorador inglés, prisionero de los indígenas.

—Sí, ya lo he escuchado —dijo el sultán mirando fijo al árabe, mientras ostentaba en sus labios una sonrisa maliciosa.

—¿Por qué dudas de lo que te he contado? —preguntó inquieto El-Kabir.

—Porque sé que te diriges al encuentro de Niungu, el rey de los Ruga-Ruga, para asociarte con él en la empresa de conquistar mi país. Sé también que no has venido como amigo, sino para ver personalmente cuáles son mis fuerzas y cómo están distribuidas.

Ante esa gravísima acusación el árabe quedó sorprendido, mientras los dos europeos palidecían.

—¿Quién ha podido inventar semejante mentira?

—Me lo ha dicho Altarik.

—¡Ese miserable te ha engañado!

—¿Qué pruebas tienes?

—Nosotros nos dirigimos al Kassongo, y no hemos tenido ninguna relación con el feroz rey de los Ruga-Ruga.

—Dame la prueba de que Altarik ha mentido —insistió el monarca.

—¿Cómo podría demostrártelo?

—Permaneciendo aquí y ayudándome a defender mi tribu contra los Ruga-Ruga.

—¡Eso es imposible! Hemos prometido al cónsul inglés acreditado ante el sultán de Zanzíbar ir al Kassongo para rescatar a ese explorador.

—Altarik es mi amigo y no me hubiera mentido —dijo el monarca—. Además, ¿para qué hubiera inventado esa historia?

—Porque quiere ser él quien rescate al explorador y cobrar así la recompensa ofrecida.

—El no tiene necesidad de esa recompensa. Además, me ha dicho que se dirigía a Taborah para defenderlo de los Ruga-Ruga.

—En cambio, estoy seguro de que se dirige al Kassongo.

—Bueno, esperaremos su regreso para ver quién tiene razón —dijo el monarca en tono decidido—. Vosotros me sois necesarios para defenderme de esos piratas. Vuestra sola presencia los asustará y los pondrá en fuga.

—Bueno, nosotros aceptamos vuestros deseos —dijo el germano haciendo una rápida seña a sus compañeros. “Si el germano dice eso —pensó para sus adentros Mateo—, es que tiene un plan para salir de esta situación.

—¿Aceptáis entonces defenderme? —exclamó el monarca.

—No solamente eso, sino que daremos tal escarmiento a los invasores que no aparecerán más por aquí —le contestó Otto—. Ya les haremos ver la terrible potencia del monstruo.

“¿Qué estará por hacer mi amigo?”, se preguntaba el pobre Mateo cada vez más sorprendido.

También el árabe estaba asombrado; el sultán, en cambio, estaba radiante, ya que no había esperado convencer tan fácilmente a los viajeros.

—¿Lo dicen en serio? —preguntó nuevamente—. ¿Me ayudarán a luchar contra los guerreros de Niungu? —Los haremos pedazos —contestó Otto—. ¿Sabéis si ya se han puesto en marcha?

—Mis espías me lo han confirmado.

—Nosotros verificaremos sus informes.

—¿De qué modo?

—Con nuestro dirigible podemos ver cualquier parte de África —respondió audazmente el germano.

—¡Cómo me gustaría ver ese espectáculo! —exclamó el sultán.

—No tenéis más que pedirlo.

—¿Me harán subir con ustedes?

—Sí —respondieron los amigos.

—¿Podré ver todo el Usagara?

—También el Ugogo y el lago Tanganyka.

—Desearía ver en seguida ese panorama maravilloso.

—¿No tendréis miedo?

—Un sultán nunca tiene miedo.

—Vamos entonces —dijo el germano.

El monarca ordenó que trajeran cuatro caballos y prepararan una escolta de cincuenta guerreros.

Pocos momentos más tarde la cabalgata salía del palacio del sultán y se dirigía al lugar donde estaba amarrado el “Germania”.

8. MOMENTO CRÍTICO

Mientras cabalgaban en busca de la guardia dejada Ben-Zuf en torno del dirigible, Mateo se había colocado al lado del germano, interrogándolo con la mirada.

—Te comprendo —le dijo éste—. Pero quédate tranquilo, que he ideado una estratagema para librarnos de esta guijuela.

—¿Lo llevarás con nosotros sobre el “Germania”?

—No podemos hacer de otra forma.

—¿Y después?

—Verás lo que sucederá luego. Te aseguro que nos divertiremos.

A medida que el sultán se acercaba al dirigible daba mayores muestras de estupor. En vano se esforzaba en encontrar el pico, las alas y las garras de ese pájaro mecánico.

—¡Estos blancos son verdaderos magos! —exclamaba la sincera admiración—. ¿Obedecerá dócilmente esta bestia?

—Como obedece el caballo que montáis.

—¡Es maravilloso! … ¿Iremos muy alto?

—Hasta cerca de la luna si lo deseáis.

—Una noche podremos robarla del cielo y llevarla a pueblo, donde nos servirá de linterna.

—Si lo queréis, podremos robarla —contestó el griego, que apenas podía contener la risa.

Al llegar junto al “Germania”, el sultán desmontó junto con nuestros amigos, mientras los guerreros, con las armas listas, formaban un círculo alrededor.

—¿No tendréis temor de subir por esa escala de cuerdas? —preguntó el germano al sultán.

—No —respondió éste resueltamente.

—Cuando estemos arriba daréis orden a vuestros hombres de que suelten el ancla, que está enganchada en las ramas de ese sicomoro.

—Me gustaría, sin embargo, que Ben-Zuf subiera con nosotros.

—No es posible —respondió de inmediato el germano—. Mi pájaro sólo puede llevar seis personas.

—Deja en tierra alguno de los negros.

—Los necesito para manejar la máquina.

—¿No podría reemplazarlos Ben-Zuf?

—No porque desconoce el manejo, que es bastante complicado.

—Tienes razón —respondió el monarca.

El sultán ordenó a dos de sus guerreros que se subieran al sicomoro para poner en libertad el ancla cuando se les diera la señal; luego, sin demostrar el menor temor, comenzó el ascenso por la escala de cuerdas. Tras él, subieron nuestros amigos.

—Mateo —dijo el germano en vez baja al griego—. Prepárate para arrojar un quintal de lastre.

—¿Será suficiente para ponernos fuera del alcance de las descargas?

—Sí —respondió el germano—. El gas está muy dilatado.

—¡Larguen el ancla! —gritó el sultán a los negros subidos sobre el sicomoro.

Liberado de sus amarras, el “Germania” se elevó majestuosamente en medio de los gritos de estupor de la escolta.

—¡Arroja el lastre! —ordenó Otto.

Heggia y Sokol tomaron una bolsa llena de arena y la arrojaron sobre la borda, con tanta suerte que cayó sobre la cabeza de los guerreros que contemplaban la partida, mientras el dirigible, aligerado de peso, subió de golpe hasta alcanzar alrededor de los cuatrocientos metros.

El sultán, al verse lejos ele sus guerreros, que vistos desde lo alto parecían cada vez más pequeños, se volvió hacia los europeos; había perdido toda su arrogancia y los miraba con un poco de temor.

—Vamos a ver el Ugogo —dijo Otto con maravillosa sangre fría, al tiempo que, empuñando su revólver, apuntaba hacia el pecho del monarca exclamando:

—¡Déjate atar sin oponer resistencia o te hará arrojar por la borda!

El pobre sultán, terriblemente asustado, se dejó caer sobre unos cajones al tiempo que decía con voz temblorosa:

—Me habéis traicionado. Tenía razón Altarik al decirme que érais aliados de los Ruga-Ruga.

—No deseamos hacerte ningún mal —contestó Otto, mientras los dos negros ataban cuidadosamente al monarca y lo despojaban de sus dos pistolas y de la cimitarra—. Te haremos hacer un pequeño viaje y luego te llevaremos a tierra. Dentro de tres horas podrás estar nuevamente en tu palacio.

—¿No me entregarán a los Ruga-Ruga?

—Altarik te ha mentido. Nosotros no somos amigos de Niungu.

—¿No me matarán?

—Ya te hemos dicho que dentro de poco estarás en tierra. Quédate tranquilo que no te pasará nada malo. “Mateo, sírvele un vaso de ginebra al sultán” —pidió el germano.

Pero El-Kabir, sabiendo lo borracho que era el monarca, ordenó que le entregaran una botella entera, ya que con un vaso apenas si le alcanzaría para mojarse la garganta.

Mientras el monarca, bebiendo a grandes sorbos el contenido de la botella se consolaba de la mala pasada que le había jugado el destino, el dirigible sobrevolaba la población, empujado por un viento favorable.

La población entera estaba congregada en la plaza del mercado, aclamando al monarca y a sus amigos, pero el “Germania” avanzaba tan velozmente que al poco rato el poblado había desaparecido por completo y en su lugar se veían frondosos bosques.

—Descendamos —dijo el germano—. No quiero asustar demasiado a este pobre hombre que, por otra parte, ya debe estar casi borracho.

—La botella está casi vacía.

—¡Qué borrachín! No sé cómo resiste con toda la ginebra que tiene en el cuerpo.

—Todavía nos pide más.

—Le regalaremos un par de botellas para que beba junto a sus ministros.

Como habían arrojado lastre, fue necesario dejar escapar un poco de gas para que el dirigible descendiera hasta unos cincuenta metros de altura, que era el largo de la escala de cuerdas.

Al poco tiempo el “Germania” comenzaba a descender sobre una pradera, salpicada cada tanto de pequeños bosquecillos de palmeras silvestres.

El lugar parecía desierto, y no era de temer ninguna sorpresa, ya que el poblado quedaba bastante lejos, alrededor de unas quince millas.

Arrojada el ancla, se enganchó entre las ramas de una euforbia.

—Puedes descender —dijo el germano al sultán.

El monarca, al que ya se le habían quitado las ataduras, se levantó trastabillando.

—Este viaje era delicioso, y me hubiera gustado llegar hasta el Kassongo —dijo.

—¿No estás más enojado con nosotros? —preguntó riendo El-Kabir.

—No —respondió el sultán.

—¿Sabrás retornar a tu palacio?

—Conozco mi país.

—Te devolveremos la cimitarra y un par de botellas para que las bebas mientras retornas a tu palacio.

—¿Y mis pistolas?

—Por ahora no podemos devolvértelas; en un momento de mal humor podrías descargarlas sobre nosotros.

—Hacen mal en dudar de mí.

—Te las devolveremos a nuestro regreso.

—¿Volverán?

—Te lo prometemos.

El sultán, que parecía no guardarles rencor, tomó la cimitarra y las dos botellas e inició el descenso por la escala de cuerdas, seguido de Sokol, que debía desprender el ancla.

Nuestros amigos, apoyados sobre la barandilla, los seguían con la mirada.

A1 descender a tierra, el monarca hizo un saludo con las manos y se alejó algunos pasos; sin embargo, retrocedió de improviso y, esgrimiendo la cimitarra, cortó de un solo golpe la cuerda del ancla y luego quiso atacar al negro, que le daba la espalda.

—¡Cuidado, Sokol! —gritó el árabe, mientras los europeos tomaban rápidamente sus fusiles.

Al sentir los gritos, el negro se dio vuelta y, viendo al sultán con la cimitarra alzada, pegó un poderoso salto que le permitió esquivar el golpe y aferrar al mismo tiempo la escala de cuerda que comenzaba a elevarse, ya que el dirigible, libre de sus amarras, ascendía rápidamente.

El monarca, que parecía haber enloquecido de repente, quiso repetir su ataque, pero afortunadamente llegó tarde; Sokol, afirmado en la escala, estaba ya fuera de su alcance.

—¡Miserable! —gritó Mateo apuntando con su fusil al sultán, que había emprendido una fuga precipitada.

Ya estaba por hacer fuego cuando vio, horrorizado, que de unos matorrales cercanos salía una fiera que de un solo salto cayó sobre el monarca.

Era un gran leopardo, la bestia salvaje más común del África Central. Bajo el peso del animal, la víctima cayó al suelo, mientras la fiera le desgarraba el pecho y la garganta.

Al ver este espectáculo, nuestros amigos dispararon contra el leopardo que, herido de muerte, cayó fulminado sobre el cuerpo de su víctima.

—¡Descendamos! —gritó Mateo.

—Es inútil —contestó Otto, que observaba con el largavista—. Ambos están muertos.

—Por lo menos deberíamos asegurarnos.

—Para descender sería necesario sacrificar más gas, y es demasiado precioso para derrocharlo.

—¡Qué fin tan trágico ha tenido ese pobre sultán!

—No importa. Nombrarán otro en seguida —dijo filosóficamente El-Kabir.

Sokol, mientras tanto, había llegado hasta la plataforma. El negro estaba aún asustado, más por el ataque del sultán que por su subida de la escala, colgado en el vacío a una altura tan extraordinaria.

Sin embargo, un buen vaso de ginebra le permitió recuperarse rápidamente de los momentos pasados.

El “Germania”, luego de haber alcanzado una altura de trescientos metros, continuó su viaje, atravesando sobre exuberantes selvas tropicales.

Habían dejado atrás la región de Usghera y atravesaban el Usagara, uno de los más vastos distritos de la costa oriental africana, y de los más fértiles aunque, desgraciadamente, muy poco habitado.

Desde esa altura los aeronautas podían ver el Muscendo, uno de los ríos más importantes de la región, y también algunos poblados, escalonados sobre los flancos de una cadena de cerros.

Fuera de esas pequeñas poblaciones, el país que atravesaban parecía completamente desierto, sin que apareciera ni una sola cabaña, ni campos cultivados por el hombre.

Al mediodía, mientras se preparaban para almorzar, el dirigible se encontraba atravesando algunas pequeñas colinas, tras de las cuales se extienden las vastas praderas que ocupan gran parte del Usagara.

En medio de aquellas opulentas llanuras, interrumpidas cada tanto por grupos aislados de bananos y de sicomoros, se veían pastar tranquilamente numerosos animales.

Tropas de cebras y bandadas de jirafas galopaban airosamente por los pastizales.

Tampoco faltaban los antílopes, los búfalos, terribles animales estos últimos, ya que no temen a los cazadores, son más vigorosos que nuestros toros y están armados de cuernos terribles.

Al ver pasar tantos animales el germano no pudo contenerse y les efectuó varios disparos, los que no dieron en el blanco dada la gran velocidad que desarrollaba el dirigible.

—¡Éste es el paraíso de los cazadores! —exclamó—. Esta noche descenderemos en algún lugar apropiado y aprovecharemos para hacer una buena cacería.

—Tendremos que detenernos cerca de algún río —dijo el árabe—. Después de la puesta del sol los animales se acercan al agua.

—¿Hay algún río cerca? —preguntó Mateo.

—Sí, un afluente del Wami, muy largo y de orillas boscosas.

—¿Estará muy lejos?

—¿Qué velocidad llevamos actualmente?

—Unas veinticinco millas por hora.

—Entonces llegaremos dentro de tres o cuatro horas.

—¿Encontraremos buena caza?

—Sí, especialmente elefantes y jirafas.

—¡Mi sueño dorado, poder cazar elefantes! —exclamó Otto.

—Te prometo que cazaremos alguno.

Una hora más tarde comenzaron a verse algunas cabañas aisladas, cada vez más numerosas, hasta que por fin apareció un poblado importante; era Kondu, una de las principales poblaciones del Usagara, donde aún se hacía un activo comercio de esclavos, los que no llegaban hasta Zanzíbar por la activa vigilancia de la flota inglesa.

Al llegar las siete de la tarde recorrían nuevamente una zona de aspecto salvaje; alternaban las llanuras cubiertas de pastizales con los bosques de sicomoros gigantescos.

Media hora más tarde Otto, que observaba atentamente el horizonte, les indicó un largo río que se veía hacia el Norte.

—¿Es ése el que buscamos? —preguntó.

—Sí —respondió el árabe—. Allí podremos descender. Las orillas de ese río estaban cubiertas de gigantescos baobabs, cada uno de los cuales formaba por sí solo un pequeño monte, bajo el cual encontraban seguro refugio numerosos animales.

Otto, que estaba impaciente por tomar su fusil e iniciar la cacería, abrió las válvulas para que saliera un poco de gas, lo que facilitó el descenso del dirigible.

El “Germania” comenzó a descender bastante rápido, y pronto se encontró sobre el río, que tenía unos trescientos metros de ancho y estaba cubierto de islas llenas de helechos arborescentes y bambúes gigantescos.

Sokol había arrojado el ancla pero, como calculara mal la distancia, ésta se había sumergido en el agua.

—El ancla se clavará en el lecho del río —dijo el griego. El negro estaba por recoger nuevamente la soga del ancla, cuando el dirigible pegó una tremenda sacudida, al tiempo que se sentía un sordo rugido que procedía del río.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Otto con inquietud—. ¿Habremos anclado sobre el lecho del río?

—Me parece más fácil que lo hayamos hecho sobre el cuerpo de algún animal —contestó el árabe—. Me pareció sentir el rugido de un hipopótamo.

Todos se habían inclinado sobre la barandilla, mientras el dirigible sufría unos terribles tirones, sin avanzar un solo metro.

La cuerda del ancla estaba sumamente tensa y en el lugar donde ésta se sumergía el agua se agitaba terriblemente y comenzaba a teñirse de rojo.

Se escuchaban una serie de rugidos cada vez más rabiosos; parecía que una tropa de toros se encontrase debajo del río.

—¡Hemos arrojado el ancla sobre un hipopótamo!

—¿Cómo haremos ahora para desembarazarnos de este animal?

—Esperaremos a que aparezca sobre la superficie del río y entonces lo mataremos a tiros.

Una vez seguros de su muerte mandaremos dos hombres a soltar el ancla. —¿Y si cortáramos la cuerda?

—No —dijo el germano—. Nuestras anclas son demasiado preciosas para perderlas.

Preparemos nuestras armas para fusilar a ese monstruo.

—No será cosa fácil, porque tiene la piel muy gruesa. Es necesario pegarle en la frente, entre los ojos.

El hipopótamo continuaba debatiéndose debajo del agua, lanzando espuma sanguinolenta y dando rabiosos mugidos. El ancla había penetrado profundamente en su cuerpo, causándole dolores atroces: en vista de la inutilidad de sus esfuerzos para desprenderse de ese objeto, el animal se dirigió a un islote que se veía en el medio del río, lo que logró en unos minutos.

La fiera, que salió rápidamente del agua, era un verdadero coloso. Como se sabe, este anfibio es el animal más grande después del elefante; sus piernas son cortas y macizas y su cuerpo tiene formas intermedias entre un cerdo y un toro gigantesco, sin cuernos.

El cuerpo, que alcanza entre cuatro y cinco metros de largo, es sumamente grueso; está revestido por una enorme capa de grasa, mientras la piel es tan resistente que no puede ser atravesada por las balas de los fusiles.

La cabeza es enorme, y las mandíbulas poseen dientes de hasta medio metro de largo, revestidos de un marfil cuya dureza supera a la de los colmillos del elefante.

Comúnmente vive en el agua, donde es frecuente verlo sacando fuera de la superficie sólo las narices; pero al atardecer regresa a tierra, en busca de las raíces que le sirven de alimento, ya que es exclusivamente vegetariano.

Cuando el animal estuvo en tierra, los viajeros pudieron ver que el ancla se le había clavado debajo del vientre, produciéndole una profunda herida de la cual manaba la sangre en abundancia.

—¡Disparémosle! —gritó el germano.

—No te ilusiones de matarlo al primer tiro —dijo el árabe.

—¿Debo apuntarle a la cabeza?

—Sí, entre los ojos.

El germano disparó, pero la bala pegó en el cuello del animal.

—Es un proyectil perdido —dijo el árabe—. Se ha enterrado en medio de la capa de grasa.

—El dirigible se mueve tanto que es difícil hacer puntería —exclamó Mateo—. Nos dará mucho trabajo matar esta bestia.

El-Kabir disparó a su vez, pero la bala, al dar en la espalda del animal, rebotó como si fuera de goma.

—¡Qué piel tan dura!

—¡Hagámosle fuego graneado!

Los tres cazadores, decididos a desembarazarse de la bestia, comenzaron a disparar sin tregua.

Sin embargo, pese a los continuos disparos, los resultados eran nulos; la fiera continuaba dando saltos, que a vez hacían temblar el dirigible.

Por fin el germano consiguió acertarle un tiro en el derecho, que le causó una grave herida, haciéndolo caer de rodillas; sin embargo, pese a eso el animal continuaba viviendo.

—Será necesario otro disparo certero para que muera —dijo el árabe.

Por fin, un disparo de El-Kabir dio en el lugar adecuado; la bestia dio un rabioso rugido, abrió su enorme boca aspirando afanosamente el aire y luego se desplomó el suelo.

—¡Por fin ha muerto!

—¡Arrojen la escala! —ordenó el germano. Sokol obedeció.

—Bajaré yo —dijo Mateo, preparándose a iniciar el descenso.

—Lleva tu fusil.

—Está muerto; nos será más útil un hacha.

—Conviene estar precavido. Nunca se sabe lo que puede suceder.

El griego tomó su máuser y comenzó el descenso, seguido por el germano y Sokol, que llevaba una pesada hacha.

9. EL ASALTO DE LOS CHIMPANCÉS

La fiera estaba muerta; siete de las balas no le habían causado más que heridas insignificantes, pero dos que le atravesaron el ojo derecho, penetrando en el cerebro, eran las que habían puesto fin a su existencia.

Los cazadores miraban asombrados aquella enorme masa de carne, suficiente para alimentar más de trescientos hombres. Caminando a su alrededor, contemplaron asombrados los grandes dientes, y la boca, capaz de engullir un hombre de un solo bocado.

—¿Qué haremos con tanta carne? Es un pecado dejarla podrir.

—Me han dicho que es muy buena —dijo el germano.

—Es parecida a la de los bueyes.

—Nos daremos un banquete.

—Podemos llevar algo para la comida de mañana.

—Sokol, comienza a trabajar.

El negro, en lugar de obedecer, miraba el agua de la orilla.

—¿Qué es lo que buscas? —preguntó el árabe.

—¡Corran! —gritó Sokol, huyendo hacia el centro del islote.

Los dos europeos, sin saber de qué se trataba, lo imitaron sin tener tiempo de trepar por la escala de cuerdas, que se encontraba del otro lado del hipopótamo.

Unos instantes después dos grandes cocodrilos, con las fauces provistas de agudos dientes, salían del agua y se aproximaban al animal.

—¡Cocodrilos! —exclamaron sobresaltados nuestros amigos.

—Por poco les comen las piernas —dijo Sokol—. Se estaban acercando silenciosamente para atacarlos por sorpresa.

—¿Qué buscarán por aquí?

—Reclaman su parte del hipopótamo —dijo el negro—. No los dejen acercar porque son ferocísimos. —¡Cuidado con los cocodrilos! —gritó en ese momento el árabe, que los observaba desde la plataforma del dirigible.

—No te preocupes, no dejaremos el islote.

—¿No pueden alcanzar la escala?

—Está muy lejos.

—¿Si cortara la cuerda del ancla y tratara de acercarme?

—¡No lo hagas! —gritó el germano asustado—. El dirigible se elevaría de golpe y sería arrastrado por el viento.

—¿Qué es lo que puedo hacer entonces?

—Por el momento nada.

Los cocodrilos se habían detenido a cierta distancia, mirando con sus ojos amarillentos a ese grupo de hombres, al tiempo que abrían y cerraban sus mandíbulas provistas de agudísimos dientes.

La actitud resuelta de los tres aeronautas, y el brillo de sus armas, habían desconcertado a los dos animales.

—Parecemos gladiadores midiéndonos con la mirada antes de comenzar la lucha —dijo Mateo.

—Me parece que ya los hemos mirado bastante y que ya ha llegado el momento de luchar —dijo el germano—. Yo me encargaré del cocodrilo de la derecha y tú del de la izquierda.

—Apúntale a la garganta. Estos animales están acorazados.

Los europeos levantaron sus armas, dispuestos a tomar puntería y hacer fuego, cuando los cocodrilos, de común acuerdo, se sumergieron en el agua, sin dejar fuera más que los orificios para poder respirar.

—No creía que fueran tan astutos.

—Ya aparecerán de nuevo.

—Probemos a dispararles a la extremidad de las trompas.

—Gastarás balas inútilmente.

—De todas maneras lo probaré. A lo mejor se espantan y emprenden la fuga.

El germano tomó cuidadosamente puntería y disparó. El animal, herido justo en la extremidad de la trompa, pegó un salto fuera del agua dejando al descubierto su vientre amarillento.

El griego, que se encontraba a la expectativa, le disparó un tiro que lo hirió en pleno pecho.

El animal cayó sobre el hipopótamo, dando terribles coletazos y abriendo y cerrando las mandíbulas como si estuviera enloquecido.

Los cazadores, que en el ínterin habían recargado sus armas, aprovecharon la oportunidad para meterle otras dos balas en los flancos.

El cocodrilo quedó tendido a lo largo; su cuerpo fue recorrido por un temblor convulsivo, abrió por última vez sus mandíbulas y luego se puso rígido. Estaba muerto.

Su compañero, asustado, se había sumergido en el agua, alejándose hacia un banco de arena que se encontraba unos cincuenta metros más adelante.

—Ya nos desembarazamos de esos dos inoportunos —dijo el germano flemáticamente—.

Pensemos ahora en nuestro hipopótamo.

—¿Cuál es la parte mejor?

—La de las piernas. —Encárgate tú de ese trabajo, Sokol.

El negro, trabajando con el hacha, separó un trozo de carne de casi unos diez kilos.

Luego extrajo los dientes del animal, cuyo valor era muy elevado.

—Llévalos al dirigible —ordenó el germano.

Cuando vieron que el negro había llegado a la plataforma, los dos amigos se sujetaron fuertemente de la cuerda del ancla y con hábiles golpes de hacha cortaron parte de la carne del hipopótamo para que ésta quedara en libertad.

El “Germania”, libre de sus amarras, empujado por la suave brisa que soplaba hacia el Oeste, cruzó el río sin necesidad de ninguna maniobra.

Al llegar a la otra orilla, los dos europeos, sin soltarse de la soga, aseguraron fuertemente el ancla entre las raíces de un inmenso tamarindo.

—Acamparemos aquí —dijo el germano—. El lugar me parece desierto.

El árabe y los dos negros descendieran del dirigible, trayendo botellas, bizcochos, la carne del hipopótamo, algunas latas de conserva y los cubiertos.

—¿Dormiremos en tierra? —preguntó el árabe.

—Creo que no ha de haber inconvenientes —contestó el germano—. El “Germania” está fuertemente amarrado. —Entonces podríamos aprovechar la noche para hacer una cacería.

—Completamente de acuerdo. Ya saben que la caza es mi pasión.

A continuación los negros encendieron un buen fuego y pusieron a asar la carne del hipopótamo.

Mientras los sirvientes estaban ocupados en esa tarea, los amigos se deslizaron entre los árboles para explorar los contornos.

Árboles enormes se extendían a todo lo largo de las orillas del río, mientras una gran variedad de pájaros de brillantes colores anidaban en sus ramas.

—Creo que podemos acampar sin ningún temor. Este lugar está deshabitado.

Los restantes monos atacaron al árabe y a los negros; el mercader, de un tiro mató a un chimpancé, que cayó en el río con el pecho perforado.

Los negros, en cambio, asustados, corrieron a refugiarse detrás del enorme tronco del tamarindo.

Los dos monos restantes se lanzaron detrás de ellos, dando grandes saltos para alcanzarlos.

Al ver el peligro que corrían los negros, Mateo y el germano cargaron sus armas, y de la primera descarga derribaron a uno de los simios; el otro, pensó en principio hacer frente a sus enemigos, pero luego pudo más en él el temor y, dando un gran salto, desapareció en medio de la vegetación.

—¡Qué lucha! —exclamó Mateo—. No creí que pudiéramos triunfar tan fácilmente.

—Aún no hemos triunfado —dijo el germano—. Hay tres monos refugiados en la plataforma del dirigible.

—Esas bestias tienen dientes muy fuertes y son capaces de cortar la soga del ancla o la escala de cuerdas. Son capaces de tirarnos a la cabeza las cajas que hay sobre la plataforma; estos animales son muy inteligentes.

—De todas maneras tendremos que sacarlos de allí —dijo el germano—. No podemos quedarnos aquí sin hacer nada.

En ese momento cayó cerca de ellos una botella de ginebra, arrojada desde el dirigible.

—¡Los monos han abierto una botella de ginebra y están emborrachándose!

—¿Y si tratáramos de sorprenderlos? —sugirió Mateo—. Como están tan ocupados con las botellas a lo mejor descuidan la escala.

—Yo, por mi parte, no me arriesgaré —dijo el germano—. Son capaces de tirarnos cualquier cosa por la cabeza y hacernos caer desde cincuenta metros de altura.

—Yo, sin embargo, voy a probar —exclamó el árabe—. Veremos qué hacen esos monos.

—Yo también creo lo mismo.

Llegaron al campamento justo en el momento en que los negros colocaban el asado sobre una hoja de banano.

—¡Qué aroma más exquisito! —exclamó el árabe—. Éstas son comidas inolvidables.

Terminado el almuerzo, blancos y negros se tendieron sobre la hierba y se durmieron plácidamente bajo la fresca sombra del colosal tamarindo.

Habrían descansado alrededor de un par de horas cuando fueron despertados bruscamente por unos rugidos cercanos.

Los cinco se levantaron al instante, tomando sus armas; ocho enormes monos, de aspecto feroz, rodeaban la escala que pendía del dirigible.

El árabe los reconoció en seguida: eran chimpancés, monos dotados de una fuerza extraordinaria que no se asustan de los cazadores.

Tres de ellos habían comenzado a trepar por la escala de cuerdas, mientras los restantes, rugiendo amenazadoramente, se dirigieron hacia los viajeros.

—¡Huyamos! —gritó el árabe.

—¡Nunca! —le contestó el germano—. Yo no tengo miedo de los monos.

—Son cinco contra nosotros, y cada uno de ellos puede vencer fácilmente a dos hombres.

—Con una descarga emparejaremos el número.

El germano levantó resueltamente su fusil y lo descargó sobre el animal más próximo, que cayó con la frente atravesada, emitiendo al morir quejidos que parecían humanos.

Los cuatro monos restantes, en lugar de huir atacaron resueltamente a los aeronautas.

Uno de ellos se abalanzó sobre el germano, al que arrojó al suelo del primer golpe, y ya se disponía a desgarrarle la espalda cuando cayó fulminado por un certero disparo del griego.

El-Kabir empuñó el revólver que tenía en la cintura y comenzó a ascender por la escala de cuerdas, mientras sus compañeros tenían los fusiles listos para defenderlo en caso necesario.

Aperas había iniciado la ascensión el árabe cuando los monos comenzaron a rugir espantosamente; doblados sobre la barandilla del aparato mostraban los puños al imprudente que osaba molestarlos.

El-Kabir había logrado subir unos diez metros cuando una botella rota cayó sobre sus espaldas.

—¡Desciende rápido! —gritaron los europeos.

Los monos, viendo que el intruso persistía en subir, comenzaron a descargar sobre su cabeza las cacerolas, las botellas y cuanto proyectil menudo encontraron a mano.

El árabe, asustado ante semejante ataque, descendió con rapidez.

Apenas se había refugiado junto a sus compañeros, cuando un barril lleno de bizcochos cayó desde lo alto haciéndose pedazos en el suelo.

—¡Estas bestias nos van a arruinar! —exclamó Mateo. Uno de los monos se asomó sobre la barandilla, dispuesto a arrojar un cajón que contenía cincuenta kilos de latas de conserva, y esto puso tan furioso al germano, que tomó puntería y, aun a riesgo de perforar uno de los globos del dirigible, hizo fuego.

El animal, herido en el vientre, pegó un alarido espantoso y, luego, perdido el equilibrio cayó por encima de la barandilla estrellándose en el suelo.

Sus compañeros, al verlo caer al suelo, comenzaron a reír a carcajadas.

—Están completamente borrachos.

—No resistirán mucho. La ginebra no tardará en hacerles efecto.

La risa y los rugidos de las fieras se hicieron cada vez más débiles, hasta que al fin cesaron por completo.

—Creo que ha llegado el momento de que asaltemos nuestro dirigible.

—Yo subiré primero —dijo el griego—. No me parece prudente que nos expongamos los tres a recibir algún cajón sobre la cabeza.

—Nosotros te seguiremos en seguida.

—Tengan listos los fusiles.

Con el revólver en la mano, el griego comenzó lentamente la ascensión, procurando no agitar demasiado la escala.

Cuando estuvo a pocos metros del dirigible sintió unos sonoros ronquidos.

—Duermen —dijo—. No hay ningún peligro. Silenciosamente trepó por la barandilla y, empuñando el revólver, avanzó por la plataforma.

Los dos monos, completamente borrachos, dormían tirados sobre los cajones; tenían un terrible olor a ginebra, ya que este líquido les había chorreado a lo largo del cuerpo.

—¡Qué borrachera! —exclamó el griego riéndose. Acercándose a los animales los mató con un tiro en la sien a cada uno.

La muerte de las bestias fue instantánea.

—¡Cuidado! —gritó Mateo acercándose a la barandilla. Tomando a los animales, de a uno por vez, los acercó hasta la barandilla, y luego los arrojó al vacío.

Pocos minutos después, reparado el desorden que había en la plataforma, el “Germania” reiniciaba su travesía.

10. LA TRAICIÓN DE SOKOL

Ya se había puesto el sol y la luna aparecía lentamente en un cielo completamente limpio de nubes y tachonado de estrellas.

Con la esperanza de poder cazar desde el dirigible, el germano no había hecho tomar altura al “Germania”, que se deslizaba lentamente.

—En estos parajes debe haber una caza abundante; nos daremos el placer de dispararles sin bajar a tierra. Mientras los negros dormían tirados sobre sus colchonetas, nuestros amigos, acomodados junto a la barandilla, atisbaban con las armas listas.

Para pasar el tiempo habían encendido sus pipas, alternándolas de cuando en cuando con algún vasito de vino. Aun el árabe, a pesar de las leyes del profeta, saboreaba con gusto el licor.

—Veo un río muy largo en el horizonte —dijo el germano.

—Y yo una población importante, algo más al Sur —añadió el árabe.

—Entonces entramos ya en el territorio de los Ruga-Ruga, los feroces bandidos de Niungu. Debemos ser muy prudentes, amigos.

—¡Miren!

—¿Qué es lo que ves?

—Unos animales enormes que avanzan hacia el río.

—¡Son elefantes!

Seis o siete animales gigantescos, de grandes orejas y largas trompas, salían de la selva en dirección al río, conducidos por un macho de enorme tamaño.

Como el viento era muy débil, el “Germania” no llegaría al lugar donde estaban los paquidermos en menos de quince minutos. Cuando el “Germania” llegó a la costa del río, Heggia arrojó el ancla, enganchándola en las ramas de un baobab.

Los elefantes se habían metido en el agua y jugaban entre ellos; se perseguían unos a otros arrojándose agua con las trompas, como si fueran chicos traviesos.

—¿Podremos dispararles desde aquí? —preguntó el germano a Sokol, que en un tiempo había sido cazador de esos animales.

—No haríamos otra cosa que espantarlos —contestó éste.

—¿Qué nos aconsejas hacer?

—¿Quieren hacer una cacería emocionante?

—Desde luego.

—Entonces desciendan y vengan conmigo, pero de a uno por vez.

—¿Por qué quieres que bajemos solamente de a uno?

—Porque si fuera más de uno sería contraproducente.

—De acuerdo. Así lo haremos.

Una vez arrojada la escala, el germano y Sokol tomaron sus armas e iniciaron el descenso.

—Sígame, patrón —dijo el negro una vez que estuvieron en tierra—. Lo llevaré a un lugar desde el cual podrá disparar sin correr ningún riesgo.

Sokol hizo un largo recorrido por el bosque, tratando de tomar un desvío para no llamar la atención de los animales, hasta que por último llegaron a una gigantesca higuera de las pagodas.

—Permanezca aquí, patrón —dijo el negro.

—¿Dónde están los elefantes?

—A unos doscientos metros.

—¿Por qué quieres que me quede aquí?

—Yo los haré venir para este lado.

—Trata de no exponerte demasiado.

—No tema por mí —respondió el negro.

Se alejó corriendo, pero en lugar de dirigirse al río, donde estaban los animales, tomó hacia el norte.

Diez minutos después se detenía delante de una empalizada formada alrededor del tronco de un gigantesco baobab.

—No me había equivocado —dijo—. Ahora el germano es mío.

Saltando la empalizada se encontró junto a un grupo de carpas que, por estar ocultas bajo los árboles, habían escapado a la mirada de los aeronautas.

Al instante aparecieron dos negros y un árabe armado con fusil, que apuntando con su arma a Sokol le preguntó:

—¿Quién eres?

—Un hombre de Altarik —respondió éste—. Guío la expedición de El-Kabir.

El árabe hizo un gesto de asombro.

—¿El-Kabir ya está aquí?

—A pocos metros.

—¡Eso es imposible!

—Hemos venido en dirigible.

—No sé qué es eso.

—Luego lo verás.

—¿Qué es lo que deseas?

—Ayudarte a capturar al jefe de la expedición.

—¿Quién es?

—Un germano. ¿No te ha dado ninguna orden Altarik?

—Sí. Me ha encargado de vigilar las rutas y tratar de detener la caravana de El-Kabir.

—El jefe de la expedición está a quinientos metros de nosotros.

—Lo tomaremos prisionero y nos dividiremos la recompensa ofrecida por Altarik.

¿Cómo te encuentras tú con ellos?

—Altarik me ha dado dinero para impedir que El-Kabir llegue al Kassongo.

—¿Cómo has podido unirte a la expedición?

—Yo soy un sirviente de El-Kabir.

—Comprendo —dijo el árabe—. Me gustaría capturar a todos los que venían en el dirigible.

—Lo probaremos, aunque me parece difícil conseguirlo. De todas maneras, capturado el jefe sus compañeros lo buscarán y, al hacerlo, perderán tanto tiempo que Altarik podrá llegar cómodamente hasta el Kassongo. ¿Dónde se encuentra él ahora?

—Pasó por aquí hace tres semanas, de manera que debe estar cerca del lago Tanganyka.

—Ya está muy lejos.

—Avanza a marcha forzada. Además todos sus hombres van montados.

—Bueno, vamos a capturar al germano, o se impacientará y regresará al dirigible. Altarik ha prometido mil rupias por cada prisionero, y yo no quiero perderlas.

El árabe golpeó la manos y al instante numerosos hombres salieron de las carpas.

—Tomen sus armas y síganme —dijo el árabe—. Vamos a efectuar un ataque.

Diez minutos después Sokol y el árabe se ponían en camino seguidos de doce negros armados hasta los dientes.

11. LA CARGA DE LOS ELEFANTES

El germano esperaba ansiosamente la llegada de los elefantes. Como estaba cerca del río oía el ruido que hacían estos animales, pero sin el menor indicio de que los mismos pensaran ponerse en movimiento.

—¿Le habrá faltado coraje para atacarlos? —se preguntó—. Si demora otros cinco minutos más me aproximaré hasta el río.

Transcurrido ese tiempo, y convencido de que al negro le había faltado valor para enfrentarse a esos animales, abandonó su refugio bajo la higuera de las pagodas y se dirigió en busca de los elefantes.

Avanzaba con precaución, tratando de no hacer el menor ruido que pudiera alarmar a los paquidermos.

Le bastaron cinco minutos para llegar a las orillas del río.

Los elefantes se encontraban a unos cincuenta metros de distancia, comiendo tranquilamente las hojas de unos pequeños arbustos.

Desde su posición, el germano podía distinguir cómodamente al dirigible, en cuya barandilla, y con las armas listas, se encontraban sus amigos.

Inquieto por la misteriosa desaparición del negro, recorrió un trecho sobre el río para ver si estaba escondido; luego, convencido de que había sido devorado por algún animal o que había regresado al “Germania”, resolvió iniciar el ataque a los paquidermos.

—Yo haré lo que pueda —se dijo—. El griego y el árabe harán el resto.

Se apostó entre las raíces de un nopal y esperó que los animales se pusieran a tiro.

Los paquidermos, calmada la sed, se disponían a regresar a la selva; encabezaba la fila un viejo macho gigantesco, de enormes colmillos.

El animal había avanzado unos treinta metros cuando se detuvo de improviso y, dando muestras de intranquilidad, comenzó a olfatear el aire ruidosamente, agitando nerviosamente su larga trompa.

—Está inquieto —murmuró el cazador—. Debe haberme olfateado; no lo dejaré escapar.

Levantando el fusil, el germano apuntó cuidadosamente hacia uno de los flancos del animal, en el lugar donde se articula la pata delantera derecha, uno de los pocos sitios en que la piel de esos colosos puede ser atravesada por las balas.

Unos instantes después, el germano hacía fuego.

Al sentir el disparo, las hembras, asustadas, dieron vuelta y comenzaron a correr desenfrenadamente hacia el río.

El viejo guía, en cambio, lanzó un barito espantoso, agitando la trompa como enloquecido. El tiro del alemán había sido certero, causándole una herida, si no mortal por lo menos dolorosísima.

Con rapidez increíble atravesó la distancia que lo separaba del árbol donde se refugiaba el cazador.

El germano, que había cargado nuevamente su arma, le disparó otro tiro cuando se encontraba a una distancia de cinco o seis metros.

El animal, herido en la garganta y un poco asustado de esa llama que casi le había quemado los ojos, se detuvo un instante.

Otto aprovechó esa circunstancia para deslizarse por entre las raíces y esconderse detrás del tronco del nopal, lo que le permitía estar a salvo de la trompa de su enemigo.

En ese momento se sintió la voz de Mateo que gritaba:

—¡Cuidado, Otto! ¡Los elefantes se escapan!

El germano se disponía a contestarle, cuando vio que el paquidermo se desplomaba en el suelo.

—¡Ha muerto! —exclamó.

El coloso estaba caído sobre su costado izquierdo, pero todavía no había muerto; respiraba ruidosamente y agitaba lentamente la trompa por la cual había perdido mucha sangre.

El cazador se acercó lentamente y con un certero disparo puso fin a la dolorosa agonía de la pobre bestia.

—¡Mateo! —gritó Otto—. ¡He matado al elefante!

—¿Está muerto?

—Sí.

—¡Cuidado! Las hembras vuelven, no te dejes sorprender.

El germano entusiasmado por el éxito obtenido se disponía a regresar al río para proseguir la cacería cuando se vio atacado de improviso por ocho o diez negros que se le habían acercado silenciosamente deslizándose por entre las altas hierbas que rodeaban al nopal.

El ataque fue tan repentino que Otto no pudo ofrecer la más mínima resistencia ni siquiera hacer uso de su fusil.

Lo único que pudo hacer antes de que lo amordazaran fue lanzar un grito de alarma:

—¡Mateo! ¡Los negros me han capturado! ¡Corta la cuerda!

No pudo decir nada más. Con increíble rapidez fue atado y amordazado y luego conducido por sus captores hasta una chalupa que se encontraba oculta entre los cañaverales del río.

Dos negros, armados con fusiles, quedaron de guardia a su lado, mientras los restantes, guiados por Sokol, que se había mantenido apartado para que el germano no lo reconociera, regresaron a la selva para atacar al dirigible.

El griego y el árabe, ayudados por Heggia, habían levantado rápidamente la escala y se inclinaban sobre la plataforma observando los contornos.

Desde esa altura, alcanzaron a distinguir algunas sombras que se deslizaban a lo largo de la costa del río.

—¡Los negros! —gritó El-Kabir—. ¡Cortemos la cuerda del ancla!

—¿Y Otto? —preguntó el griego lleno de angustia.

—No perdamos tiempo, Mateo. Están armados con fusiles y pueden arruinarnos el dirigible.

Efectivamente, en esos momentos un disparo partió de la costa del río y la bala pasó a pocos centímetros de la cabeza del griego.

Heggia, con un rápido movimiento de su cuchillo, cortó la cuerda del ancla, y el “Germania” aligerado de peso por la falta de dos personas, se elevó rápidamente, quedando fuera del alcance de los negros.

Al ver esto Sokol lanzó un grito de rabia.

—¡Se escapan!

—¿Dónde irán?

—No lo sé.

—No creo que abandonen a su compañero.

—Tampoco lo creo yo.

—Volvamos al campamento.

—Sí, creo que será lo mejor. Al amanecer veremos si el dirigible está todavía por estos lugares.

—¿Qué haremos con el germano?

—Lo mantendremos prisionero hasta el regreso de Alkarik.

—Me hubiera gustado llevarlo a Taborah.

—Los Ruga-Ruga están en guerra.

—Por el momento son nuestros aliados.

—No me parece conveniente. Esa gente no es de fiar.

Cuando al llegar al campamento el germano pudo ver a sus captores, un grito de asombro brotó de sus labios. ¡Sokol, apoyado en su fusil, estaba delante de él, riéndose silenciosamente!

—¡Canalla! —exclamó el alemán indignado—. ¡Me has traicionado!

—Cierto —respondió fríamente el negro—. Yo preparé la emboscada.

—¿Por qué lo has hecho, miserable?

—Porque soy un hombre de Altarik.

—¡Tú! —exclamó Otto con estupor.

—¿Recuerda la botella que dejé caer?

—Sí, la recuerdo.

—La he arrojado a la caravana que pasaba, y en ella puse una carta con la dirección que seguíamos. Esos hombres eran negreros de Altarik y yo los había reconocido.

—¡Canalla!

—¿Recordáis cuando quise descender en el poblado del sultán? Si hubiera podido hacerlo el viaje habría terminado allí.

—Has traicionado a tu patrón.

—Un esclavo se vende al que le paga mejor.

—¿Qué piensan hacer conmigo?

—Tenerlo prisionero hasta que regrese Altarik.

—¡Te mataré! —gritó el germano en el colmo de la desesperación.

—Buenas noches, patrón —dijo el negro en tono de burla—. Voy a vigilar al dirigible.

Al alejarse el traidor quedó de guardia el árabe, comandante de aquel pequeño campamento.

—¿Tú no tienes nada que decirme? —preguntó el germano exasperado.

—Sólo puedo darte un consejo.

—¿Cuál?

—No hagas la menor tentativa de fuga si no quieres perder la vida.

Dicho esto, el árabe hizo una seña a cuatro robustos negros que, tomando al prisionero, lo llevaron a una sólida cabaña de troncos, llena de cajones, botellas y fardos de mercaderías.

—Que dos hombres se queden de guardia en la puerta —dijo el árabe en voz alta para que pudiera sentirlo el prisionero—. Si intenta fugar, tiren a matar.

Una vez que se retiraron los captores, el prisionero miró a su alrededor. Un rayo de luna que penetraba por una ventana existente en el techo iluminaba el interior de la cabaña.

—¿Si tratara de fugar? —se dijo el prisionero—. No deben haber quedado muchos negros de guardia, ya que el grueso de las fuerzas ha de haber salido en busca del dirigible.

Como solamente le habían atado las manos, el germano se puso de pie y comenzó a recorrer su prisión.

—Si pudiera soltarme las manos —pensó—, haría una pila con los cajones hasta una altura tal que me permitiera salir por la ventana.

Viendo una barrica con los sunchos de hierro muy sobresalientes, el germano, a fuerza de paciencia, logró levantar sus manos atadas y comenzó a frotar las sogas contra ese borde afilado.

La empresa era difícil, pero el germano, paciente como todos los de su raza, continuó en la empresa, y al cabo de un tiempo observó que la cuerda comenzaba a cortarse.

—Dentro de una hora estaré libre —murmuró—. Mi querido Sokol, escaparé a despecho de los dos guardias que has dejado afuera.

Por fin las cuerdas cayeron, dejando libres las manos del prisionero.

—Ahora comencemos a apilar los cajones.

El germano era robusto y poseía músculos de acero; sin hacer el menor ruido acomodó varios fardos y cajones de manera que formaran una pirámide de altura suficiente como para permitirle subir hasta el techo.

Una vez que pudo tomarse de la ventana, trepó a fuerza de brazos. El orificio era estrecho, pero como esa parte estaba construida con cañas y hojas, el germano, haciendo esfuerzos, logró pasar a través del mismo y se encontró sobre el techo.

—La parte más difícil está hecha —murmuró. Tendiéndose sobre el piso para no ser visto por los centinelas, observó los alrededores.

La cabaña estaba adosada a un vasto tinglado que se prolongaba hasta la orilla del río.

Como los techos estaban a un mismo nivel, el fugitivo podía pasar fácilmente del uno al otro.

—Si nadie me ve —se dijo— podré burlarme de Sokol. Moviéndose con suma cautela, para impedir que crujieran las hojas secas, pasó al techo del tinglado, y continuó avanzando sobre el mismo, en dirección al río.

Ya le faltaban pocos metros cuando, junto a la empalizada que rodeaba el campamento, se sintió un fuerte ruido de voces.

El germano se detuvo, escondiéndose tras las ramas de un sicomoro que se curvaba sobre el techo, y desde ese lugar pudo oír cómodamente la conversación.

Entre las voces sobresalía la de Sokol, que, sumamente enojado, discutía con sus compañeros.

—Están furiosos porque el “Germania” no ha regresado —pensó Otto—. Conviene que me aleje antes de que se den cuenta de mi fuga.

Recorrió rápidamente la distancia que lo separaba del río, y luego se dejó caer a tierra deslizándose por uno de los tirantes que sostenía el techo del tinglado.

Ya estaba por arrojarse al agua cuando se sintió tomado por la cintura al tiempo que una voz amenazadora le gritaba:

—¡Deténgase!

El germano se volvió rápidamente y vio que el que lo detenía era un negro. Sin decir palabra le dio un terrible golpe en la mandíbula, tan bien asestado que el indígena cayó el suelo desmayado, sin poder lanzar un solo grito de alarma.

El germano le sacó de la cintura un largo cuchillo y se arrojó resueltamente al agua.

Apenas había avanzado unas pocas brazadas cuando un pensamiento horrible le hizo congelar la sangre en las venas, —¡Los cocodrilos! —se dijo asustado—. El río está lleno de ellos.

Ya estaba por retroceder cuando alcanzó a sentir fuertes gritos que venían del campamento.

—¡Se ha fugado! —gritaban.

—¡Persigámoslo!

—¡Que cuatro hombres recorran el bosque!

—¡Armen la chalupa!

—¡Cien rupias al que lo detenga!

El tudesco no titubeó más. Entre afrontar a los tiburones y los indígenas se decidió por los primeros, de manera que se puso a nadar rápidamente hacia la orilla opuesta.

Se había puesto el cuchillo entre los dientes, y al nadar lanzaba miradas desesperadas hacia todos lados, esperando ver surgir de repente la cabeza de uno de esos monstruos.

Afortunadamente la suerte lo ayudó y pudo cruzar el río sin tener ningún inconveniente.

—La empresa comienza bien —murmuró, ocultándose para descansar un rato entre los pajonales.

Una vez recuperado el aliento, tomó el cuchillo en las manos y reinició su marcha, alejándose del río.

La selva era sumamente tupida, de manera que su avance era lento y dificultoso.

Había caminado alrededor de una hora cuando sintió un agudo silbido junto a sus oídos.

Lanzó un grito de horror y de angustia.

¡Una enorme serpiente se encontraba enrollada en un árbol a pocos centímetros de su cabeza!

De pronto se sintió apretado por una especie de cilindro viscoso y frío que lo levantaba en el aire. ¡El animal se había apoderado de él!

El pobre germano sintió su pecho oprimido hasta tal punto que no podía respirar.

—¡Auxilio! —alcanzó a gritar con los últimos restos de energía que le quedaban.

El cuchillo se le había escapado de las manos, de manera que no tenía ninguna defensa contra el enorme reptil, cuyos anillos comenzaban a estrecharse para reventarle el pecho.

Ya se consideraba perdido, y estaba por renunciar a la lucha, cuando vio una cosa brillante que atravesaba el aire y caía con sordo rumor sobre la cabeza del reptil.

Un chorro de sangre le cubrió la cara; luego no vio ni sintió nada más. ¡Se había desmayado!

12. EL SALVADOR

Cuando el germano volvió en sí no estaba en medio de la selva; se encontraba en el interior de un rústico refugio hecho con ramas, acostado en un buen lecho de hierbas frescas y perfumadas.

Un trozo de trapo impregnado en grasa que ardía en un costado, a modo de vela, le permitió ver a un negro gigantesco, de cabellos enteramente blancos.

El africano, que estaba enteramente desnudo, se encontraba arrodillado a su lado, observándolo ansiosamente.

—¿Tú eres mi salvador? —preguntó el germano en árabe.

—Sí —respondió el negro—. Llegué justo cuando la serpiente estaba por triturarlo. ¡Nunca había visto un animal tan grande!

—Gracias, amigo —exclamó el germano tendiéndole la mano—. No esperaba encontrar hombres generosos en el país de los Ruga-Ruga.

—Yo no soy un Ruga-Ruga —dijo el negro riéndose.

—¿Serás entonces un hombre de Altarik?

—Tampoco. Yo soy de Zanzíbar.

—¿Qué haces aquí?

—Me encuentro en este paraje desde hace varios años. Formaba parte de la expedición de Penrose, y al ocurrir su muerte no tuve coraje para emprender solo el camino de regreso.

—¿Tú has estado con Penrose? —preguntó asombrado el germano.

—Sí.

—¿Es cierto que ha muerto?

—Los Ruga-Ruga masacraron a todos los integrantes de la caravana.

—¿Por qué no te has refugiado en el campamento de Altarik?

—Esos árabes malvados me hubieran convertido en esclavo.

—Tienes razón; gozan fama de ser terribles negreros. Dime —exclamó de pronto el germano—. ¿No has visto volar un pájaro inmenso?

—No. señor.

—¿Qué hacías en la selva?

—Estaba cazando antílopes. ¿Y usted?

—Huía del campamento de Altarik, donde me tenían prisionero.

—Es gente muy mala. ¿Cómo se siente, señor? Ahora estoy muy bien, y todo lo que deseo es salir a buscar mi dirigible.

—¿Es una especie de globo?

—¿Sabes tú lo que es eso?

—Hace muchos años he visto uno en Zanzíbar.

—Ello me evita darte mayores explicaciones. Debes saber que un negro me traicionó mientras cazaba elefantes, y que mis compañeros tuvieron que partir en el dirigible para evitar el ataque. No deben haber ido muy lejos, y espero su regreso.

—¿Quiere que salgamos a ver si lo descubrimos?

—Es lo que pensaba proponerte. ¿Tienes armas?

—Un fusil y un hacha, y además vuestro cuchillo.

—Vayamos entonces.

Tomando las armas, los amigos salieron del refugio. El negro, luego de orientarse por las estrellas, se dirigió hacia una colina boscosa que se encontraba a unos quinientos metros.

—Desde allí dominaremos un vasto panorama, y si el dirigible regresa podremos hacerle señas sin que se enteren los árabes de Altarik.

Si bien la colina no era muy alta, su ascensión fue muy cansadora debido a lo tupido de la vegetación, que hacia necesario abrirse camino a fuerza de cuchillo.

Comenzaba el amanecer cuando llegaron a la cima. La colina terminaba en una gran roca aislada, en forma de pirámide, desprovista de vegetación.

El germano y el negro la escalaron ayudándose mutuamente, y llegaron a la cúspide desde la cual se observaba una vasta porción del territorio, cubierto en su mayor parte de selvas impenetrables, con las que alternaban pequeñas llanuras cubiertas de altos pastizales.

A unas cinco millas de distancia se veía el río, y sobre la orilla opuesta podía divisarse el campamento de la gente de Altarik.

Sin embargo, por más que revisaron minuciosamente todo el horizonte, no vieron el menor rastro del dirigible.

—No se ve nada —dijo el germano con inquietud—. ¿Habrán descendido muy lejos?

—¿Qué opinión le merecen sus compañeros? —preguntó el negro.

—No dudo de su retorno —respondió Otto—. Quizá el viento los haya arrastrado lejos, pero estoy seguro de que en cualquier momento los veré regresar.

—¿Qué es lo que piensa hacer?

—Sería de opinión de acampar en esta colina, que nos permite divisar una gran parte del horizonte. —Entonces quedémonos aquí. ¿Tiene hambre, señor?

—El apetito no me ha abandonado.

El negro entonces se levantó sonriendo y, de un paquete envuelto con hojas que había traído del refugio, sacó un buen trozo de antílope asado, y bananas maduras, deliciosamente perfumadas.

—¿Nunca te han descubierto?

—No, señor. Todos ignoran mi existencia. Muchas veces he visto pasar a los Ruga-Ruga y a los árabes de Altarik, pero ellos nunca me han encontrado.

—¿Hace mucho que estás aquí?

—Catorce años, desde que masacraron la expedición.

—Cuéntame lo sucedido.

—Como usted sabe —dijo el negro con voz triste—, Penrose abandonó Zanzíbar al frente de una numerosa caravana, y su principal objetivo era explorar el lago Tanganyka. Llegamos sin inconvenientes hasta el lago Ciaia, situado en el corazón del territorio de los Ruga-Ruga; pero una noche, al prepararnos para acampar, fuimos sorprendidos por unos terribles alaridos, seguidos de descargas de fusiles. Los Ruga-Ruga habían caído sobre nosotros.

“Comenzó una terrible carnicería —continuó el narrador—. Los cargadores indígenas arrojaron las cargas, pero todo fue en vano; fueron masacrados sin piedad. Penrose se había refugiado junto a un árbol y, rodeado de sus fieles zanzibareses, entre los cuales me encontraba yo, hacía frente a sus atacantes descargando continuamente sus fusiles. Sin embargo la lucha era muy despareja y poco a poco disminuía el número de los sobrevivientes. Yo mismo, herido en la espalda, caí al suelo, y tuve la presencia de espíritu de fingirme muerto.

“Por último Penrose quedó solo —prosiguió el indígena con lágrimas en los ojos—. Pero su valentía resultó inútil. Herido en un brazo tuvo que arrojar la carabina, y los atacantes se le vinieron encima.”

—¿Y tú cómo has podido escapar a la muerte? —Sufría unos dolores tan fuertes que me desmayé, y los Ruga-Ruga, creyéndome muerto, me dejaron tranquilo. Al cabo de unos días, no bien lo permitió mi herida, inicié el regreso, temeroso del retorno de esos bandidos.

“Al llegar a estos parajes la herida se me había reabierto y me molestaba en tal forma que apenas podía dar un paso. Decidí entonces construir mi refugio y quedarme en estos lugares, que hoy amo, después de recorrerlos durante tantos años…”

En ese momento el negro se detuvo bruscamente y, poniéndose de pie, comenzó a mirar en dirección a la costa del río.

—¿Qué es lo que ves? —preguntó el germano.

—Me parece que los árabes han cruzado el río y se disponen a revisar los bosques de este lado.

—Vienen a buscarme.

—Antes de que ellos lleguen hasta aquí nosotros estaremos lejos.

—Sin embargo, no debíamos abandonar este lugar. Mis compañeros vendrán a buscarme y sería una imprudencia alejarnos.

—Entonces nos quedaremos aquí.

—La forma de esta roca nos permite una larga defensa.

—Antes de que ellos lleguen me haré una escapada hasta mi refugio.

—¿Qué vas a hacer allí?

—Es necesario que tengamos agua y víveres para soportar un asedio.

—Vuelve pronto.

—Esté tranquilo. Le dejo el cuchillo y el fusil.

—¿Y tú?

—Me basta con el hacha.

Mientras el negro se dirigía hasta el refugio, el germano organizó una especie de cerca al pie de la roca que les servía de refugio. Empleó para ello grandes piedras, que luego recubrió con arbustos espinosos, para hacer más penosa la subida.

Apenas había terminado esa tarea cuando reapareció el negro. Venía tan cargado que apenas podía caminar. Traía cuatro grandes calabazas, una de ellas llena de cerveza y las otras de agua. Además, acarreaba papas, sorgos, bananas y, lo más interesante, un trozo de casi diez kilos de carne de antílope.

—Racionándonos un poco, tendremos víveres para una semana —dijo el negro.

—¿No has visto a los árabes?

—No, pero estoy seguro de que se acercan.

—¿Cómo lo sabes?

—He visto huir a las gacelas de aquella parte del río. Al cabo de un rato el negro exclamó:

—Veo una mancha blanca entre las ramas de un árbol alto.

—¿Qué puede ser?

—Un árabe que ha subido a una planta para observar los contornos.

—¿Crees que nos descubrirán?

—Esos árabes son sumamente testarudos. No abandonarán la búsqueda hasta encontrarnos.

—Debemos resistir hasta el regreso de mis compañeros.

—¿Y si no regresaran? —preguntó el negro.

—Te aseguro que vendrán.

En ese momento, un disparo de fusil retumbó en medio de la selva.

—Los árabes han hecho fuego contra mi refugio —dijo el indígena.

Al cabo de una corta espera se sintieron unos gritos y el negro dijo:

—¿Ve cómo se mueven los arbustos al pie de la colina?

—Sí; es indudable que se mueven rápido. ¿Está cargado el fusil?

—Sí, y además tenemos ciento cuarenta cartuchos.

—Son más que suficientes para poner fuera de combate a todos esos bribones. Dame el fusil y déjame hacer a mí.

Otto se refugió detrás de la defensa que había preparado y apuntó a sus enemigos a través de unos pequeños orificios que había dejado a propósito.

Los árabes avanzaban siguiendo las huellas dejadas por el germano, fácilmente visibles en ese suelo húmedo. Otto, con el fusil preparado, esperaba; a su lado estaba el negro, listo para alcanzarle los cartuchos.

Al cabo de un rato de espera se movieron unos matorrales situados a casi cincuenta metros y de ellos salió un negro. ¡Era Sokol!

El bribón tenía en la mano el fusil del germano y se aprestaba para emplearlo contra su propietario.

—¡Canalla! —murmuró el germano.

El negro, tranquilizado por el silencio reinante, salió de entre los matorrales, haciendo señas a sus compañeros de que lo siguieran.

En ese momento Otto hizo fuego. Sokol dio un salto, luego dejó caer su fusil y, por último, cayó al suelo. ¡La bala le había atravesado la cabeza!

13. LA DERROTA DE LOS ÁRABES

Viendo caer a Sokol, sus compañeros, asustados por la certera puntería de su ex prisionero, no se animaron a salir de entre los matorrales.

Descargaron sus fusiles sin efectuar daño alguno, y luego retrocedieron corriendo entre las plantas.

—¡Qué fuga! —exclamó el germano—. Se ve que no son muy valientes estos árabes.

—No se fíe, señor —dijo el negro—. Con seguridad que están emboscados al pie de la colina.

—Sir embargo, quisiera efectuar una pequeña salida para recoger mi fusil, que ha quedado abandonado sobre el pasto.

—Podría recibir una descarga.

—Esa gente tiene muy mala puntería.

—Deje que sea yo el que vaya en busca de su fusil. —Correrás el mismo peligro —dijo Otto.

—Quizás no. Usted protéjame con el fusil.

—No dejaré que se te acerque ninguno.

Mientras el germano se encargaba de vigilar los alrededores, el negro tomó el hacha y se deslizó fuera de las defensas, arrastrándose por el suelo en dirección a los matorrales donde había caído Sokol.

Sus movimientos eran tan silenciosos que escaparon a la vista de los sitiadores, y en diez minutos llegó junto al cadáver del traidor.

Rápidamente le sacó la cartuchera, y tomando el fusil estaba Por iniciar el regreso, cuando sintió que Otto le gritaba:

—¡No te muevas! ¡Veo algunos fusiles que te apuntan! El negro se tiró al suelo, cubriéndose con el cadáver. En ese momento, dos balas de fusil pasaron silbando junto a él. El germano respondió al fuego, pero también debió haber errado porque no se sintió ningún grito de dolor.

El negro hubiera querido disparar también él contra los asaltantes, pero no podía hacerlo porque desconocía el manejo del fusil; por otra parte, no podía permanecer mucho tiempo en ese lugar, expuesto al fuego de sus enemigos.

De pronto se le ocurrió una idea.

Levantando al muerto lo cargó sobre sus espaldas para que le sirviera de escudo, y salió corriendo hacia el refugio, mientras gritaba a su compañero que hiciera fuego graneado.

Al verlo correr los atacantes hicieron varios disparos, uno de los cuales dio en el muerto, pero no alcanzó a herir al valeroso negro.

—Gracias, amigo —dijo Otto cuando el negro le entregaba el fusil—. ¡Tú eres un valiente!

“Toma ahora tu fusil y dame el mío. Si intentan atacarnos les daremos mucho qué hacer”.

—Nos sitiarán.

—Resistiremos el asedio. A propósito, ¿cómo te llamas?

—Riondo, señor —repuso el negro.

—Bueno, mi valiente Riondo, te aseguro que haremos frente al ataque.

—¿Y después?

—Mi dirigible vendrá a socorrernos.

—¿Por qué está tan seguro, señor?

—Porque conozco demasiado bien a mis amigos.

Luego de una espera que parecía interminable, el germano exclamó de pronto:

—¡Mira, Riondo!

—¿Qué cosa, señor?

—¿No ves allá un punto negro que avanza en el cielo?

—Sí.

—¡Es el dirigible!

—Puede ser un águila. Por estos parajes hay algunas muy grandes.

—Te aseguro que es el “Germania”, mi dirigible.

En ese momento los árabes, que también habían visto al dirigible, avanzaron resueltos a capturar a los sitiados antes de que recibieran refuerzos.

—¡Qué ataquen! —exclamó el germano furioso—. ¡Tanto peor para ellos!

Los árabes avanzaban a través de los matorrales y, de pronto, efectuaron una descarga cerrada, que afortunadamente no causó daños porque los sitiadores estaban seguros en su refugio de piedra.

—Patrón —dijo el negro—, no economicemos proyectiles.

—Estoy listo.

Dando una última mirada al dirigible, que en ese momento se encontraba a unas seis millas, el germano empuñó el fusil y comenzó un fuego cerrado contra los invasores.

Las balas silbaban por doquier, y muchas penetraban al recinto a través de los espacios que había entre las piedras de la muralla.

—¡A tierra! —gritó Otto—. Esos bribones no tiran mal. En ese momento se escuchó claramente al jefe de los hombres de Altarik que gritaba:

—¡Adelante! ¡Tenemos que capturarlos antes de que llegue el dirigible!

Sin embargo, esta arenga no dio mayor resultado; los negros no tenían mayor deseo de correr la misma suerte de Sokol.

En ese momento el dirigible había llegado al río, y el germano tomó una decisión:

—Es necesario que les hagamos alguna señal —dijo. —Podemos incendiar los pajonales de la colina.

—Me parece una buena idea. ¡Pongamos manos a la obra!

El negro juntó un montón de hojas sueltas; las ató con fibras silvestres y, luego de prenderles fuego, las arrojó hacia unos pastos secos que había allí cerca.

Al instante se incendiaron los pastos de la colina, desprendiendo una alta nube de humo.

Pero esta medida, si bien útil para atraer la atención de los tripulantes del dirigible, facilitó en cambio el avance de los atacantes, que podían acercarse sin ser vistos por los sitiados.

Los bandidos eran doce, armados todos con fusiles y yagatanes. El germano y Riondo hicieron fuego sobre los dos más próximos, hiriéndolos a ambos.

Al sentir sus gritos de dolor, los demás se detuvieron; luego se arrojaron al suelo y, desde allí, comenzaron a disparar en forma continua.

Parecían decididos a tomar por asalto la pequeña fortaleza y vengar a los compañeros que gemían en el suelo. Justo en el momento en que el germano y el negro habían resuelto huir, abandonando su reducto, para refugiarse en la selva, sintieron dos disparos de fusil sobre sus cabezas, al tiempo que una voz les gritaba:

—¡Animo, Otto! ¡En seguida largamos la escala!

El germano alzó los ojos y con gran alegría vio que el dirigible se encontraba sobre ellos, a una altura de treinta metros.

Mientras tanto, los árabes, al ver la llegada de ese monstruo, habían retrocedido, ocultándose entre los pajonales cercanos.

Otto se aferró a la escala, que había caído dentro del reducto, y comenzó a subir, ordenándole a Riondo que lo siguiera.

Cuando el fiel negro se preparaba a obedecerlo, una descarga cerrada que partió de un matorral próximo lo alcanzó en el pecho.

—¡Riondo! —gritó Otto.

Pero el buen amigo no pudo responderle; se había caldo de la escala y, al golpear contra las piedras, se había fracturado el cráneo.

—¡Pobre amigo mío! —exclamó el germano.

—¡Agárrate fuerte! —gritó en ese momento Mateo. Heggia había arrojado en ese momento cien kilos de lastre y el dirigible se elevaba rápidamente.

Otto apenas tuvo tiempo de aferrarse de la escala, que se bamboleaba terriblemente.

Los árabes, al ver que se fugaba, salieron de sus escondites y efectuaron una serie de descargas; pero era demasiado tarde, porque el dirigible ya había subido a una altura de quinientos metros.

—¿Podrás subir?

—Creo que sí, la altura no me marea.

—¿No quieres que bajemos?

—No. El gas es demasiado precioso.

—Cierra los ojos y sube.

La tarea no era fácil, dadas las grandes oscilaciones que sufría la escala.

El germano comenzó a subir lentamente, manteniendo los ojos cerrados para no ser atraído por el abismo que se abría a sus pies.

De tanto en tanto se detenía, para dar tiempo a que se normalizara su respiración, daba una ojeada al dirigible y reiniciaba su ascenso.

Mateo y sus compañeros lo miraban asustados; a cada momento les parecía que se caería de la escala precipitándose en el vacío.

Cuando, por fin, el bravo aeronauta llegó hasta la barandilla de la plataforma, lo alzaron entre todos, acomodándolo sobre unos cajones para que se repusiera un poco.

—¡Mis queridos amigos! ¡Muchas gracias! ¡No podían haber llegado más a tiempo!

—¡Te creíamos perdido! —dijo Mateo estrechándolo entre sus brazos.

—Poco faltó. Pero, por favor, denme algo de beber. Esta subida me ha cansado.

El germano se acomodó mejor sobre un cajón; pero a pesar de ello le temblaban las piernas y estaba muy pálido. El griego le alcanzó una botella de ginebra.

—Parece imposible —dijo el germano después de haber bebido algunos sorbos—, pero el miedo lo siento ahora.

—¿Qué ha sido de Sokol? —le preguntó el árabe. —Lo he matado.

—¿Qué es lo que dices?

—Era un traidor vendido a Altarik.

—¿Mi esclavo un traidor? —gritó El-Kabir.

El germano, que ya se sentía algo mejor, narró con lujo de detalles todo lo sucedido a partir del momento en que partió para iniciar la cacería de elefantes.

—Y a ustedes, ¿qué les sucedió?

—Verdaderamente, al principio nos vimos un poco en apuros —dijo Mateo—. Al cortar la soga del ancla el dirigible subió rápidamente hasta una altura de dos mil metros, donde encontramos una fuerte corriente que nos arrastró hacia el norte.

“Después de muchas tentativas —continuó el griego—, logramos descender un poco abriendo las válvulas de los globos. Afortunadamente logramos ubicar nuevamente el río y, como ves, hemos llegado a punto para librarte del ataque de los árabes.”

—¿Inflaron nuevamente los globos?

—No.

—Con razón noté que el “Germania” tiende a descender. Déjenme descansar un par de horas y luego abriremos algunos cilindros de gas.

El germano, que estaba verdaderamente agotado, se tiró sobre una colchoneta y a los pocos minutos roncaba como el hombre más tranquilo del mundo.

14. LOS BANDIDOS DEL UGOGO

Mientras el germano descansaba, el dirigible continuaba su recorrido atravesando el Ugogo, el territorio de los Ruga-Ruga.

El panorama había cambiado; ya no se veían más las selvas impenetrables tan comunes en el Usagara, siendo reemplazadas por llanuras inmensas, cubiertas de pastos secos.

Solamente de cuando en cuando se veían algunos grupos de acacias y palmeras casi secas, o algunos bananales raquíticos.

Lo que abundaba por todas partes eran los rastros de la guerra.

Frecuentemente se veían caseríos humeantes, cabañas destrozadas y esqueletos de hombres y animales.

—¡Qué país salvaje! —dijo Mateo al árabe, que estaba a su lado.

—Un país de salvajes y de ladrones —le contestó éste.

—¿Son éstos los dominios de Niungu?

—Sí.

—¿Quién es ese personaje? Todo el mundo habla de él con terror.

—Es el sultán de los Ruga-Ruga, un hombre terriblemente feroz, que ha acumulado riquezas inmensas y comparte con Nurambo el dominio de estas regiones.

—Tendremos mucho cuidado en no descender en estos parajes.

—Haríamos bien en subir a mayor altura —dijo Heggia, que se aproximaba en esos momentos—. Me parece que están siguiéndonos.

—¿Quiénes? —preguntó El-Kabir.

—Los Ruga-Ruga.

—¿Dónde los ves?

—Mire allí, hacia el Norte. En medio de esas plantas florecidas hay una partida de salvajes emboscados.

El árabe y el griego miraron en la dirección indicada, viendo a unos cien metros más adelante una partida de negros escondidos en medio de altos pastizales: Muchos de ellos estaban armados con arcos, y algunos con fusiles.

—Nos están esperando-dijo el griego.

—Eso es peligroso, porque nuestro dirigible continúa descendiendo.

—¿No tenemos más lastre para arrojar?

—Las últimas dos bolsas las hemos arrojado hace poco.

—Tendremos que despertar a Otto para que infle un poco los globos —dijo el griego—.

Estamos a cien metros de altura y las balas pueden alcanzarnos.

El germano fue despertado al instante y advertido del peligro que corría el dirigible.

—¡Los Ruga-Ruga! —exclamó Otto—. El asunto puede ponerse peligroso. Es necesario poner más gas en los globos.

Tomó una gruesa manguera, uniendo uno de sus extremos al caño de salida de uno de los globos centrales y el otro a uno de los cilindros que tenían gas comprimido.

—Por ahora nos contentaremos con reforzar tres o cuatro globos —dijo—. Para llenar los otros es necesario descender a tierra, y eso no nos conviene en estos momentos.

—¿Podremos elevarnos lo suficiente antes de llegar al lugar donde están los negros? — preguntó Mateo.

—Así lo espero.

El germano abrió las válvulas para que el gas corriese libremente.

Mientras tanto, los Ruga-Ruga corrían al encuentro del dirigible, saltando y agitando sus armas.

A todo esto el germano veía con sorpresa que el dirigible, en lugar de elevarse, descendía en forma cada vez más pronunciada.

—¿Qué es lo que pasa? —exclamó presa de una vaga inquietud—. No veo que salga gas.

—¡Otto! —exclamó asustado el griego—. ¡Estamos descendiendo tanto que caeremos en manos de esos asaltantes!

—¡El cilindro no tiene nada de gas! —le contestó éste lleno de desesperación.

—¡Eso es imposible!

—¡Te aseguro que este cilindro ha sido vaciado!

—¿Quién puede haberlo hecho?

—Tiene que haber sido una maniobra de Sokol.

—¿Cuándo pudo haberlo hecho?

—De noche, aprovechando nuestro sueño.

—¡Miserable! —exclamó el árabe furioso.

—Si los otros cilindros también están vacíos estamos perdidos.

—Eso lo veremos más tarde. Por ahora tenemos que pensar en los Ruga-Ruga.

En ese momento resonaron feroces alaridos; los enemigos se encontraban a unos ochenta metros de distancia del dirigible, que volaba a unos cincuenta metros de altura.

Los atacantes dispararon algunos tiros de fusil, que pasaron silbando junto a la plataforma.

—¡Contesten el fuego!

El árabe y el griego empuñaron las armas y a la primera descarga derribaron a los dos guerreros más próximos.

Los Ruga-Ruga, al ver caer a sus compañeros, en lugar de huir reiniciaron su ataque con más vigor. Mientras tanto Otto, ayudado por Heggia, tomó el cilindro de acero, que pesaba cerca de cuarenta kilos, y lo arrojó por la barandilla. Otro tanto hizo con un cajón que contenía botellas y con toda la reserva de agua.

El “Germania”, aliviado en casi cien kilos de peso, pegó un salto, subiendo hasta los cuatrocientos metros, altura suficiente para alejarlos del alcance de los viejos fusiles que tenían los atacantes.

Los Ruga-Ruga, al ver que se les escapaba la presa que tenían al alcance de las manos, prorrumpieron en terribles alaridos y efectuaron una serie de descargas contra ellos.

—Tenemos que proceder con rapidez —dijo el germano—. Los globos centrales están casi desinflados, y el viento es tan débil que esos salvajes pueden seguirnos fácilmente.

Sin preocuparse por los gritos de los bandidos y de sus continuas descargas, el germano probó un nuevo cilindro.

—¡Éste también está vacío! —dijo con voz alterada.

—¿Ése también? —preguntaron angustiosamente sus compañeros.

—Sí; y tengo la sospecha de que no será el único.

—¡Estamos perdidos! —exclamó el griego—. El “Germania” comienza a descender nuevamente.

—Ustedes encárguense de contestar el fuego de los Ruga-Ruga.

—¿Cuántos cilindros tenemos todavía?

—Seis.

—¿Y si todos estuvieran vacíos?

—Ése sería nuestro fin.

El germano arrojó por la borda el cilindro vacío, con lo que el dirigible ascendió unos cien metros. Dos cilindros más, igualmente vacíos, siguieron el mismo camino. El hidrógeno faltaba en todos ellos.

—No nos quedan más que dos —dijo, secándose el sudor que le bañaba la frente.

Afortunadamente, el séptimo no habla sido tocado por el traidor. Apenas abierta la válvula, la goma se infló y se expandió por el aire un fuerte olor a gas.

—¡Estamos salvados! —exclamó.

Mientras el griego y el árabe efectuaban algunas descargas contra los Ruga-Ruga, que seguían el recorrido del dirigible, Otto, ayudado por el negro, llenó los cuatro globos del centro.

Como los restantes globos estaban demasiado alejados de la plataforma, para llenarlos era necesario que el dirigible estuviera en tierra.

El “Germania” ascendió hasta los novecientos metros, pero a esta altura la calma del viento era tan completa que apenas si avanzaban a razón de seis kilómetros por hora, lo que permitía a los bandidos perseguirlos por tierra.

—¿Está lleno también el último cilindro? —preguntó el griego inquieto.

—Afortunadamente, sí. Se ve que el traidor no tuvo tiempo de vaciar los dos últimos cilindros.

—¿Alcanzará el hidrógeno para inflar bien todos los globos?

—Sí, pero nos conviene economizar gas.

—¿Podremos transportar el tesoro? —Así lo espero.

Mientras tanto, en el horizonte comenzaba a dibujarse el contorno de un gran río.

—Si conseguimos cruzar ese río nos salvaremos de los Ruga-Ruga, porque marca el fin de su territorio —dijo el árabe.

—¿Cómo se llama el estado que comienza del otro lado del río?

—Es el Ukonongo, una posesión del sultán Karema.

—¿Otro bárbaro?

—No; se dice que protege a las caravanas y que no molesta a los hombres blancos que cruzan su territorio. —¿Está muy lejos aún el lago Tanganyka?

—No mucho. Si tuviéramos vientos favorables llegaríamos en un par de días.

A las cinco de la tarde el dirigible llegaba al río Makasamb, de gran caudal de agua y casi quinientos metros de ancho.

En sus orillas tomaban el sol, tranquilamente, gran cantidad de hipopótamos.

Al llegar a sus márgenes, los Ruga-Ruga se detuvieron, efectuaron una última descarga contra el dirigible, y luego, lentamente, retornaron a sus campamentos.

—Es una suerte que pudimos desembarazarnos de esos bandidos —dijo el griego—.

Confieso que me tenían preocupado.

—¿Bajaremos a tierra para inflar los otros globos?

—Por ahora no es necesario. Reservaremos el gas para cuando embarquemos al inglés y su tesoro. —¿Pasaremos la noche volando?

—Sí, mientras tengamos suficiente altura. Por esta noche tendremos que contentarnos con algunas conservas. Mañana al amanecer, cuando el frío haya hecho condensar el gas de los globos, trataremos de descender y de efectuar alguna pequeña cacería.

Después de una magra cena, los aeronautas, persuadidos de que todo estaba en calma, se tiraron a descansar tranquilamente en sus colchonetas, encargando a Heggia de la primera guardia.

Llevaban nuestros amigos varias horas de sueño cuando fueron despertados por Heggia.

—Patrón —dijo el negro al árabe, que era el primero que se había despertado—. Veo una enorme hoguera delante de nosotros.

—¿Será un incendio de bosques?

—No lo sé, pero me parece difícil.

Los tres aeronautas se dirigieron hacia la barandilla para observar.

Hacia el Oeste, en la misma dirección que llevaba el dirigible, el cielo estaba teñido de rojo, mientras en tierra, detrás de las selvas, se observaba una gran humareda atravesada por inmensas lenguas de fuego.

—Es un incendio terrible.

—Parece como si fuera una ciudad —dijo el árabe—. En esa dirección debe encontrarse Mongo.

—¿Es una población muy grande?

—Es una de las más populosas y ricas del Ukonongo, habitada por árabes cazadores de esclavos y de elefantes.

—¿Habrá sido asaltada?

—No me sorprendería; me dijeron que Nurambo estaba en guerra contra Karema.

—Sí —dijo Heggia—, todavía se lucha; he escuchado algunas descargas.

—Asistiremos a la batalla; el viento nos lleva en esa dirección.

—¿El incendio no será peligroso para nuestro dirigible?

—No lo creo. Por lo demás, en caso necesario nos elevaremos.

Kilómetro a kilómetro, a medida que el “Germania” avanzaba, el incendio era más visible. Los viajeros podían ver inmensas lenguas de fuego, bordeadas por una negra humareda, y millones de chispas.

Desde aquella hoguera infernal se escuchaban gritos humanos y descargas de mosquetes.

—Los guerreros de Nurambo deben haber asaltado a los árabes de Mongo.

—¿Crees que tus compatriotas serán derrotados? —preguntó el griego al árabe.

—Desgraciadamente sí —contestó éste—. Los negros de Nurambo están muy bien organizados y poseen un armamento muy superior.

—¿Te gustaría que los ayudáramos?

—Me sentiría sumamente feliz.

—Entonces déjame hacer a mí.

El griego se dirigió hacia un cajón y sacó cuidadosamente un objeto redondo de casi cuatro kilos de peso.

—¿Una bomba? —preguntó el árabe.

—Cargada con algodón pólvora —respondió éste—, Hará estragos entre les negros de Nurambo.

—¿Dónde la arrojarás?

—Cuando estemos bien encima del ejército atacante. Los guerreros de Nurambo, pese a la resistencia de los sitiados, habían comenzado el asalto de la ciudad.

El espectáculo era terrible; en medio del humo y de las llamas se veía al ganado que huía enloquecido, mientras los árabes, pese a su tenaz resistencia, tenían que ceder terreno, palmo a palmo, a los asaltantes.

En ese momento volaban sobre la ciudad, precisamente en la parte ocupada por los negros.

—Descarguen sus armas para atraer sobre nosotros la atención de los combatientes —dijo Mateo.

Mientras sus compañeros obedecían, éste arrojó una bomba que cayó justo en medio de las tropas de Nurambo, haciendo terribles estragos. Unos segundos después el griego lanzó otra, que ocasionó daños similares.

Un terror irresistible se apoderó de los asaltantes. Ese pájaro monstruoso que volaba sobre sus cabezas y arrojaba tremendos instrumentos de destrucción era más que suficiente para asustar a esos negros supersticiosos.

Instantáneamente se produjo una confusión indescriptible entre los atacantes; los negros huían desesperadamente, empujándose los unos a los otros.

Los árabes, que también habían visto el dirigible, fueron presa de un pánico similar.

—Escaparon todos —dijo Mateo.

—Los árabes volverán —dijo El-Kabir—. Alguno de ellos debe conocer la existencia de este tipo de aparatos. ¿Descenderemos? —preguntó el árabe.

—Sí —contestó el germano—, siempre que esta gente no sea amiga de Altarik.

—Todo lo contrario, ya que éste es un fuerte competidor en el comercio del marfil.

En ese momento comenzaron a aparecer grupos de árabes que se congregaban en la plaza del mercado.

—¡Somos amigos! —gritó El-Kabir en árabe—. ¡Que la salud sea con vosotros y que Mahoma os proteja!

Un jefe, fácilmente reconocible por el turbante verde que le cubría la cabeza, se adelantó, solo, hacia el centro de la plaza; se arrodilló tocando el suelo con la frente y luego, levantando los brazos hacia los aeronautas, gritó:

—¡Quienquiera que seáis, descended que os mostraremos nuestro agradecimiento!

Mientras Otto, bastante a pesar suyo, sacrificaba un poco de gas para que el dirigible descendiera, los árabes, animados por el ejemplo del jefe, se estaban congregando en la plaza.

El “Germania”, ayudado por las hélices, bajaba lentamente; cuando estuvo a unos cincuenta metros de altura, Mateo arrojó el ancla y luego la escala de cuerdas.

Los árabes, que habían comprendido para qué servían esas cosas, se apoderaron rápidamente de ambas. Dejando a Heggia de guardia, nuestros amigos tomaron sus armas y comenzaron a descender por la escala. Apenas llegaron a tierra la muchedumbre se puso de rodillas, mientras el jefe, dirigiéndose a ellos, les tendió la mano al tiempo que decía:

—A ustedes debemos la vida y la salvación de nuestra ciudad.

—He conseguido que estos generosos europeos ayudaron a mis compatriotas —dijo El-Kabir.

—¡Tú eres árabe! —exclamó el jefe.

—Sí, y quizás me conozcas.

—¿Cómo te llamas?

—El-Kabir.

—¿El traficante de Zanzíbar?

—El mismo.

—Hace muchos años estuviste por aquí.

—Sí, pasé varias veces conduciendo caravanas de esclavos.

—¿Quiénes son tus amigos?

—Unos europeos.

—¿Y la bestia que montan?

—No es una bestia, es una máquina que vuela como los pájaros.

—¡Oh, estos europeos!… —exclamó el jefe, mirando con admiración a Otto y Mateo.

—Señores —dijo a continuación—: Los habitantes de Mongo se sienten honrados de brindar hospitalidad a sus salvadores”.

Con un gesto hizo alejar a los habitantes que se apretujaban por contemplar de cerca a los extranjeros, los condujo hacia una espaciosa cabaña ubicada frente a su morada, diciéndoles:

—Pueden quedarse todo el tiempo que quieran que no les faltará nada.

Luego de esto, el jefe se retiró, ordenando a la población que dejara a los huéspedes en plena libertad.

Una escolta de diez guerreros armados fue colocada en torno a la cabaña para mantener alejados a los curiosos.

15. UNA CACERÍA PELIGROSA

Apenas Otto y sus compañeros se habían acomodado en la cabaña cuando llegó una serie de esclavos portadores de regalos.

Los mismos eran enviados por el jefe, e incluían dos carneros bien gordos, una cabra y numerosos cestos que contenían mandioca, mazorcas de maíz, batatas, bananas y tabaco.

Además, en recipientes de barro cocido había manteca fresca y una bebida fermentada parecida a la cerveza.

—Aquí hay alimentos para treinta personas —dijo Mateo—. Estos árabes son muy generosos.

—No te olvides que gracias a nuestra intervención han salvado la ciudad.

—De todas maneras, estos regalos vienen bien, porque tengo mucho apetito —dijo el griego.

Mientras ellos conversaban, los negros habían matado uno de los carneros, poniendo a asar grandes trozos del mismo sobre una hoguera encendida al lado de la cabaña.

Apenas habían terminado su opípara comida cuando el jefe de la ciudad se hizo anunciar; 1o acompañaban dos viejos dignatarios de barbas blancas y un esclavo que traía los utensilios para preparar café, tabaco y sendas pipas.

—Salud a los hombres blancos y a El-Kabir —dijo sentándose sobre una estera que había hecho colocar en el suelo.

—Salud a ti —respondieron los tres aeronautas.

El jefe hizo servir el café, distribuyó las pipas, y cuando todos hubieron comenzado a fumar les dijo:

—Vengo a traerles el agradecimiento de la población y a preguntarles qué desean en recompensa.

—Deseamos únicamente que nos suministren unos informes —contestó el germano.

—¿Qué es lo que desean saber?

—Si Altarik ha pasado por aquí.

—Sí, hace unos veinte días.

—¿Llevaba una caravana grande?

—Sí. Lo seguían cien negros armados de fusiles y montados en asnos y caballos. Parecía llevar mucha prisa, porque paró solamente dos horas para aprovisionarse de víveres, y en seguida partió hacia el Oeste.

—¿Dónde crees que se encontrará en estos momentos?

—Debe estar sobre las márgenes del Tanganyka.

—¿Tiene establecimientos en la zona?

—Sí, tiene dos. Uno en Kirando, y el otro, más al Sur, en Mokaria.

—¿No te ha dicho a dónde se dirigía?

—Sí, al Kassongo a comprar dientes de elefante.

—¿Podrías decirme si es cierto que en el Kassongo se encuentra prisionero un hombre blanco?

—¿Un hombre blanco? —preguntó con asombro el jefe, pero, luego de pensar un rato, dijo:

—Sí, pudiera ser.

—¿Cómo lo sabes?

—El año pasado se detuvo aquí, por pocos días, una pequeña caravana mandada por un hombre blanco, de cabellos rubios, que decía ser inglés. Durante su estada me contó que pensaba explorar la costa occidental del lago Tanganyka, y posiblemente internarse en el Kassongo.

—Algunos meses más tarde —continuó el jefe—, una caravana que venía de la región del lago me contó que toda la escolta de ese hombre había sido asesinada.

—¿Y cuál había sido la suerte del inglés?

—No me dijeron nada.

—Eso es todo lo que queríamos saber.

—¿Piensan irse pronto?

—Esta tarde.

—Es una lástima, porque deseaba pedirles un nuevo favor.

—¿De qué se trata?

—Desde hace unos meses, dos feroces leones se han establecido en el bosque que existe al Sur de la ciudad, y matan la hacienda de nuestros pastores. Como ya han matado a siete cazadores nadie osa luchar contra ellos.

—¿Quieres que te libremos de esos incómodos vecinos?

—Sí. Me harían un gran favor.

—Bueno, entonces lo haremos.

—Yo los guiaré —añadió el jefe—. Ahora díganme cuántos colmillos de elefante desean como recompensa.

—Nosotros no queremos ninguna recompensa material —contestó el germano—. Nos basta con vuestro reconocimiento y amistad.

—¿Cuándo iniciaremos la cacería? —preguntó el griego.

—Esta noche al salir la luna —le contestó el jefe—. Durante el día esas fieras están escondidas en sus guaridas, a las que es casi imposible llegar.

—Bueno, entonces será hasta la noche —dijeron los aeronautas.

Al caer la tarde los cazadores iniciaron los preparativos para ir al encuentro de las terribles fieras. Examinaron las armas, cambiaron los cartuchos e hicieron traer del dirigible sus cuchillos de caza; luego, a las ocho de la noche, abandonaron la ciudad, precedidos del jefe, que conducía una cabra destinada a usarse de cebo.

El bosque que servia de refugio a los leones era muy grande, y estaba formado especialmente por inmensos baobabs y sicomoros, entre los cuales se extendía una densa vegetación de arbustos espinosos, que hacían el avance sumamente difícil.

Algunos cazadores habían penetrado anteriormente en ese bosque decididos a poner fin a esas bestias sanguinarias, pero ninguno de ellos había regresado y las fieras continuaban sus terribles estragos.

Los cazadores llegaron al borde de la selva, justo en el momento en que estaba por salir la luna.

Dentro del bosque la oscuridad era tan profunda que casi no se veía desde un árbol al otro.

—¿Conoces el lugar donde suelen esconderse los leones? —preguntó el germano al jefe.

—Sí —contestó éste—. Por lo común suelen emboscarse cerca de una fuente donde van a tomar agua los animales de la selva.

—¿Dónde se encuentra?

—A unos cuatrocientos metros, cerca de un pequeño palmar.

—Vamos entonces —dijo el germano—, y por si acaso hayan llegado ya los leones, marchemos con los ojos bien abiertos.

Escucharon primero unos instantes y luego, convencidos por el silencio que reinaba, se pusieron en camino, buscando no hacer ningún ruido que pudiera alarmar a las fieras.

Rápidamente llegaron a un hermoso palmar, cerca del cual había una fuente cuyas aguas se deslizaban formando un pequeño arroyuelo.

—¿Es éste el lugar? preguntó el germano.

—Sí —respondió el jefe.

—¿Nos emboscaremos aquí?

—No sería prudente. Allí veo un baobab que puede servirnos de refugio. Nos subiremos a sus ramas y esperaremos que los leones se pongan a tiro.

—¿Y la cabra?

—La ataremos al tronco de una de estas palmeras. Examinaron primero los alrededores para asegurarse de que no había ninguna hiena capaz de devorar a la cabra antes de que llegaran los leones, y luego se dirigieron hacia el baobab, en cuyas ramas se treparon, procurando quedar escondidos por el follaje.

Para ganar tiempo encendieron sus pipas y luego esperaron con ansias cualquier rumor que rompiese el profundo silencio de la selva.

Pasó cerca de media hora. La cabra, consciente del peligro que corría, no había dejado de balar lastimeramente, al tiempo que daba fuertes tirones a la cuerda que la sujetaba.

De repente se sintió el rugido de un leopardo.

—¿Lo dejaremos escapar?

—No nos conviene hacer fuego ahora. Los leones podrían desconfiar y no acercarse a este lugar.

El leopardo se acercó a la fuente y comenzó a beber. Era un hermoso animal, apenas más chico que un tigre de bengala, y con la piel salpicada de manchas negras.

De repente el animal se irguió bruscamente, y luego, de un gran salto, se trepó a las ramas de un árbol cercano, escondiéndose entre el follaje.

—¿Se habrá dado cuenta de nuestra presencia? —preguntó en voz baja el germano al jefe.

—No lo creo —contestó éste—. Más bien me parece que ha sentido llegar a otro animal.

En ese momento salió, con grandes precauciones, de un grupo de plantas espinosas, un extraño animal, cuyo cuerpo semejaba al de un caballo pero que tenía una cabeza de buey, armada de dos gruesos cuernos.

—¿Cómo se llama este animal tan raro?

—Es un gnu, una bestia parecida al caballo y al buey.

—¿Su carne es buena para comer?

—Excelente.

—Entonces le dispararé un tiro.

—No lo haga,— ahuyentaría a los leones.

—¿Tendremos que dejar que se la coma el leopardo?

—Es necesario.

—Veremos entonces esa lucha.

El gnu parecía haber advertido la presencia peligroso adversario. Se había detenido a unos veinte metros de la fuente, con la cabeza baja y los cuernos bien hacia adelante.

Se detuvo en esa postura durante unos instantes; luego olfateó repetidamente el aire y reinició su camino pero mirando siempre con inquietud hacia los matorrales vecinos.

Al aproximarse al árbol que servía de escondite a su enemigo debió haber percibido el olor del leopardo, porque se detuvo nuevamente en actitud de lucha.

En ese momento el felino, con un artero salto, cayó sobre el lomo del pobre animal.

Se escuchó un aullido breve y luego un mugido sofocado.

El gnu cayó sobre las rodillas; las garras de la fiera le habían destrozado el cuello y los flancos.

Cuando la víctima dejó de agitarse, el leopardo la tomó con los dientes y la arrastró hacia unos matorrales, como si sólo se tratase de un corderito.

Durante esa lucha la pobre cabra había quedado enmudecida por el terror, lo que seguramente le permitió escapar de una muerte segura.

Sin embargo, al ver que se alejaba la bestia, comenzó de nuevo sus balidos, ahora en un tono más agudo que antes.

—¡Pobre cabra! —dijo el germano—. Debe haber pasado momentos terribles.

— Fue una suerte para ella que haya llegado el gnu, porque si no no estaría viva.

—Me parece que siento aproximarse otro animal —dijo en ese momento Mateo.

En ese instante, a la luz de la luna, pudieron ver un animal grande que, saliendo de los matorrales, se dirigía a la fuente.

—¡Una jirafa!

Se trataba, efectivamente, de uno de esos raros animales, uno de los más extraños de la creación, caracterizados por su enorme cuello.

Su altura era extraordinaria, ya que su cabeza estaba a unos cinco metros del suelo; avanzaba con precaución, como si supiera que cerca de esa fuente abundaban las bestias feroces.

En aquel momento se sintió un rugido tan fuerte y pavoroso que produjo escalofríos a los cuatro cazadores.

—¡El león! —exclamaron todos a un tiempo.

La pobre jirafa, al sentir el rugido del rey de la selva, se había escondido rápidamente en medio de unos matorrales, pero su cabeza era tan alta que sobresalía entre la vegetación, de manera que se la veía fácilmente.

—Estemos atentos —dijo El-Kabir—. El león ha encontrado el rastro de la jirafa.

—¿La atacará?

—Sí, si le damos tiempo.

—¿Dónde conviene apuntarle?

—En la cabeza.

—No le erraré, a pesar de que tengo los nervios excitados. Ese rugido me ha trastornado.

—Siempre pasa así la primera vez —dijo El-Kabir.

Al rugido había sucedido un profundo silencio; luego los cazadores oyeron un leve crujido de ramitas secas.

El león avanzaba, abriéndose paso a través de los matorrales; consciente de su fuerza y coraje se aproximaba sin adoptar mayores precauciones.

De pronto, y lanzando un rugido terrible, la fiera hizo su entrada en el claro que rodeaba la fuente de agua.

16. HACIA A EL TANGANYKA

Por su coraje y majestuosidad el león tiene bien ganado su título de rey de la selva.

Si bien no es el más grande de los animales, es en cambio uno de los más fuertes y peligrosos, ya que de un solo zarpazo puede matar a un hombre.

El animal que se disponían a cazar nuestros amigos era uno de los más grandes de la especie; como si se hubiera dado cuenta de la presencia de sus enemigos, se dio, vuelta hacia el baobab, golpeándose nerviosamente los flancos con la cola y erizando su soberbia melena.

—¿Nos habrá visto? —preguntó el germano.

—No lo creo —contestó el jefe con voz temblorosa—. Creo más fácil que haya sentido nuestro olor.

—¿Puedo tirarle ya?

—No. Conviene que se acerque todavía un poco más. El león estaba por avanzar hacia el árbol cuando se sintió un leve crujido de ramas aplastadas. La pobre jirafa trataba de abrirse camino entre los matorrales y confiar su salvación a la velocidad de sus patas.

E‘1 león se dio vuelta rápidamente, y al ver al pobre animal se encogió, adoptando la típica postura de los felinos que se aprestan para saltar.

La jirafa, que lo había visto, sintiéndose perdida salió corriendo a toda velocidad. Su enemigo pegó un enorme salto y cayó sobre su grupa.

En ese momento sonaron cuatro disparos. La jirafa cayó al suelo, arrastrando en la caída a su atacante; luego se levantó, desapareciendo rápidamente en medio de los árboles.

El león también se levantó, rugiendo furiosamente. Debía tener varias heridas, porque tenía una pierna rota y la melena llena de sangre.

En vez de huir se dio vuelta hacia el baobab, mostrando los dientes y rugiendo amenazadoramente.

—¡Otra descarga! —gritó el germano, apuntándole con el fusil.

La fiera, sintiéndose amenazada, saltó hacia adelante. Los amigos dispararon nuevamente; el animal cayó al suelo y luego, reuniendo sus últimas fuerzas, saltó de nuevo hacia el árbol.

En ese momento El-Kabir efectuó un nuevo disparo que lo alcanzó en el aire; la fiera cayó como fulminada, quedando inmóvil en el suelo.

En ese instante, desde unos matorrales cercanos, se escuchó otro rugido.

—¡Es el segundo león! —exclamó el jefe con voz temblorosa.

—Le daremos la bienvenida que se merece —contestó el germano.

Súbitamente apareció el segundo león; rugía poderosamente, al tiempo que daba grandes saltos.

Viendo muerto a su compañero se abalanzó contra el baobab y de un tremendo salto se trepó a una de las ramas, a sólo cuatro metros del jefe.

Éste, loco de terror, se dejó caer al suelo; sus compañeros, en cambio, hicieron una descarga cerrada.

El león cayó muerto instantáneamente; tenía tres balazos en el pecho.

—¡Lo matamos! —gritaron al unísono nuestros amigos, dejándose caer al suelo.

El jefe, mientras tanto, daba grandes saltos alrededor de la fiera, como si se hubiera enloquecido.

—¿Estás contento? —le preguntó Otto.

—¡Como para no estarlo! ¡Por fin nuestro ganado podrá venir a pastar libremente a este lado de la selva!

—Volvamos —dijo el germano—. Ahora que la cacería ha terminado tenemos que partir.

—Me hubiera gustado dar una fiesta en vuestro honor —dijo el jefe.

—La harás a nuestro regreso —le sugirió el griego. Como los leones eran demasiado pesados para llevarlos, los dejaron en la selva y emprendieron el regreso hacia la ciudad.

Llegaron cerca de la una de la madrugada. La mayoría de la población estaba durmiendo, y sólo los esperaban algunos de los guerreros de la guardia del jefe.

Nuestros amigos aceptaron una cena de despedida ofrecida por el jefe, y al despuntar la aurora subieron al dirigible, siendo despedidos por éste y un grupo numeroso de altos dignatarios.

Los aeronautas hicieron liberar el ancla, saludaron al jefe y a sus dignatarios con una descarga de fusilería, y luego se elevaron lentamente, volando sobre la ciudad aún adormecida.

—En marcha para el Tanganyka —dijo Otto alegremente.

—Tendremos que tener los ojos bien abiertos —le previno El-Kabir.

—¿Por qué dices esto?

—No creo que los guerreros de Nurambo se hayan alejado mucho. Mira hacia el Oeste.

¿No ves nada?

Mateo y el germano miraron en la dirección indicada, y en la lejanía alcanzaron a ver una gran cantidad de pequeños puntos luminosos.

—¿Qué puede ser eso? —preguntó el germano.

—Con toda seguridad que es un campamento —le contestó el árabe.

—La noticia de la aparición de nuestra máquina volante debe haberse desparramado por todas partes. Ustedes no tienen idea de la rapidez con que se propagan las noticias en África.

En ese momento, en el silencio del amanecer, se sintió claramente el grave sonido de los tambores de madera usados por las poblaciones del África central.

—¿Nos habrán descubierto?

—Con toda seguridad, y ahora avisan nuestra presencia a todas partes.

Mientras tanto el “Germania”, arrastrado por una brisa muy suave, avanzaba lentamente a una altura de ciento cincuenta metros, seguido desde tierra por las numerosas tribus del Ukonongo, que ayudadas por los guerreros de Nurambo se preparaban para darles caza.

El dirigible sobrevolaba en esos momentos un bosque formado por enormes baobabs, cuyas ramas rozaban a veces la extremidad de la plataforma, debido a que por la condensación del gas el aparato, que había continuado su lento descenso, apenas si estaba a unos cincuenta metros de altura.

Justo en el momento en que el germano se disponía ordenar a Heggia que arrojara algunos cilindros vacíos, para aligerar el peso y lograr que el “Germania” se elevara, se sintió un fuerte golpe en la plataforma, acompañado por una serie de terribles aullidos, al tiempo que la misma chocaba contra las ramas de un enorme baobab.

—¡Nos asaltan! —gritó Heggia—. ¡Los negros están por trepar a la plataforma!

—Espera —dijo el germano.

Aferrado a una soga se descolgó por la barandilla y descargó los seis tiros de su pistola sobre los asaltantes. En ese intervalo, Mateo y el árabe dejaban caer una caja pesadísima, lo que facilitó la rápida ascensión del dirigible, que pronto alcanzó los mil quinientos metros de altura, donde una rápida corriente de aire lo hizo desplazar rápidamente, alejando así por completo todo peligro.

Los aeronautas, que estaban sumamente cansados, seguros de no tener más inconvenientes, se tiraron a dormir sobre sus colchonetas, mientras Heggia, que había dormido durante casi toda el día, se encargaba de la guardia.

Cuando despertaron era casi la medianoche; el “Germania” navegaba a unos dos mil metros de altura, y desde allí se podía apreciar un amplio panorama.

Sin embargo, el lago Tanganyka, a pesar de su extraordinaria superficie, no alcanzaba a divisarse aún en el horizonte.

A pesar de la altura llegaba hasta ellos, incesante, el sonido de los tambores negros.

—Siguen vigilándonos —dijo El-Kabir.

—Continuaremos sintiéndolos hasta que atravesemos el lago —añadió—. El imperio de Nurambo termina en esta orilla del Tanganyka.

Después del almuerzo, el germano determinó con el sextante la situación del dirigible.

—Estamos a unos setenta kilómetros del lago —dijo—; si continúa esta brisa favorable llegaremos dentro de unas tres horas.

—¿No has notado que hemos descendido quinientos metros en una hora? —dijo el griego.

El germano, sumamente preocupado, corrió hacia el barómetro.

Efectivamente, el aparato indicaba un pronunciado descenso.

—¿Los negros no habrán logrado perforar alguno de los globos con sus flechas? — preguntó en ese momento el griego.

Todos se pusieron a revisar con la vista la envoltura externa del dirigible, y entonces alcanzaron a divisar tres pequeños agujeros en la parte delantera, que parecían producidos por golpes de lanza.

—Nos han perforado algunos de los globos —dije el germano palideciendo—. ¿No sienten el olor a gas?

—Sí —exclamaron sus compañeros—. Estamos perdiendo hidrógeno.

—¿Es grave la situación? —preguntó inquieto El-Kabir.

—No demasiado —replicó Otto—. El verdadero inconveniente reside en que tendremos que descender a tierra para poder inflar los globos de proa y de popa.

—Pero todas las tribus del país nos buscan —dijo inquieto Mateo.

—Lo sé —contestó serenamente el germano—. Mi plan consiste en tratar de llegar hasta el lago y descender en alguna de sus islas desiertas.

—¿Podremos mantenernos hasta llegar allí?

—Sacrificaremos todo lo que sea necesario, con tal de mantenernos en el aire.

—¿Nos quedará aún suficiente gas como para volver llevando al cautivo y el tesoro?

—Tenemos aún dos cilindros completamente llenos, y uno con la mitad de la carga.

—¿Qué es esa niebla que se ve en el horizonte? —preguntó en ese momento el griego.

—Es el Tanganyka —le contestó el árabe.

Media hora después el “Germania” llegaba a las márgenes del lago, en un paraje situado a unos siete kilómetros al Sur de la ciudad de Karema.

17. SOBRE EL LAGO TANGANYKA

Por sus dimensiones, el Tanganyka es el segundo lago del África ecuatorial, siendo superado únicamente por el Victoria.

Tiene trescientos kilómetros de largo y un ancho máximo de cuarenta y cinco, atravesando durante su recorrido regiones absolutamente salvajes.

Últimamente se han establecido en la zona algunas misiones inglesas, expuestas a serios peligros por estar rodeadas de tribus sumamente belicosas.

El griego y el germano, inclinados sobre la barandilla, contemplaban tan absortos aquella enorme superficie de agua que no advirtieron que el dirigible descendía casi vertiginosamente.

—¡Nos caemos! —gritó el árabe advirtiéndoles el peligro.

El germano, siempre sereno, observó cuidadosamente la superficie del lago y luego dijo:

—Allá veo una isla boscosa que parece deshabitada. Descenderemos sobre ella.

Unos doscientos metros antes de llegar a la isla los aeronautas arrojaron el ancla, que se internó profundamente en el agua y luego se desplazó siguiendo la marcha del dirigible.

De improviso el “Germania” se detuvo tan violentamente que nuestros amigos fueron arrojados unos contra otros.

—¿Qué ha pasado? —preguntó inquieto el germano.

Los viajeros se inclinaron sobre el parapeto para observar. Algo debía ocurrir debajo del agua, en el lugar donde se sumergía la cuerda del ancla, porque en ese lugar el lago se agitaba furiosamente.

—Me parece que hemos pescado algo con el ancla —dijo el griego.

En aquel momento apareció sobre la superficie del agua una enorme cabeza, provista de dos grandes mandíbulas bordeadas de agudos dientes, las que se abrían y cerraban con un sordo rumor.

—¡Pescamos un cocodrilo!

En efecto, el animal, creyendo que se trataba de algo comestible, se había tragado el ancla, la que, al clavársele en la garganta, lo mantenía prisionero.

El enorme saurio, loco de dolor, había subido a la superficie, debatiéndose desesperadamente. Su cuerpo medía más de cuatro metros y estaba recubierto de placas óseas tan duras que desafiaban las balas de los mejores fusiles.

—¿Cómo nos desembarazaremos de este intruso?

—Esperemos que muera.

—La espera será larga. Estos animales tienen una vitalidad extraordinaria.

—¿Y si le disparamos con nuestros fusiles?

—Sería inútil. El único punto vulnerable que tienen es el vientre.

—Cortemos la soga del ancla —dijo Mateo.

—¡De ninguna manera! —contestó rápidamente Otto—. Es la única que nos queda.

—Me parece que encontré la solución —exclamó el griego de pronto—. ¿Cuánto crees que pese ese animal?

—Alrededor de los doscientos kilos.

—Arrojemos el cajón que tiene el alambre de cobre, y pesa más o menos lo mismo. Eso nos permitirá elevarnos, levantando al mismo tiempo el cocodrilo.

—¡Excelente idea! ¡Pongamos manos a la obra!

Mientras Heggia vigilaba la cuerda del ancla, los tres amigos levantaron el pesado cajón, arrojándolo por la borda.

El “Germania”, desembarazado de ese peso considerable, se elevó lentamente, levantando por el aire al cocodrilo.

El animal, al sentirse elevar, se debatió furiosamente, retorciéndose como una serpiente y dando fuertes tirones a la soga.

A todo esto, el dirigible había logrado ascender penosamente unos treinta metros, dejándose arrastrar por la débil corriente de aire que lo conducía hacia la isla.

—Tratemos de matarlo ahora —dijo Otto.

Los aeronautas tomaron sus fusiles y comenzaron a disparar contra la garganta del animal.

A cada disparo que recibía, la fiera redoblaba sus contorsiones, hasta que, finalmente, al séptimo tiro, que le penetró por la boca, quedó rígido.

—¿Lo habremos matado? —preguntó el griego.

—Eso lo sabremos cuando lleguemos a tierra —le contestó el árabe—. Personalmente, tengo mis dudas.

Al llegar a la isla el cocodrilo, que continuaba colgando de la soga del ancla, rozó los pajonales con su cola. Ante ese contacto, y como si hubiera recobrado nuevamente su vigor, el animal comenzó a retorcerse de nuevo.

Afortunadamente, el germano, que contemplaba la escena con el rifle listo, le disparó el tiro de gracia.

El cuerpo inmóvil del animal, atrapado entre unos arbustos, reemplazó al ancla, y el dirigible se detuvo, balanceándose suavemente.

Rápidamente fue arrojada la escala y Otto y Mateo descendieron con precaución, aproximándose a los árboles donde estaba el cocodrilo.

Ataron sólidamente la extremidad de la escala al tronco de un árbol y luego, con un hacha, despedazaron la garganta del animal para recuperar el ancla, que acomodaron fuertemente entre las ramas de un árbol.

Una vez asegurados de que el dirigible estaba fuerte— ; mente amarrado, invitaron a descender al árabe y al negro.

—Me parece un lugar deshabitado y adecuado para inflar los globos de nuestro dirigible — dijo Otto.

—¿Tendremos que hacerlo descender a tierra?

—Sí. Es absolutamente necesario.

—¿Cómo vamos a hacer?

—En este lugar hay muchas piedras. Cargaremos con ellas la plataforma, y con el peso el “Germania” descenderá.

—Me parece una excelente idea. ¡Manos a la obra! Todos se pusieron a trabajar en seguida, ascendiendo la escala con grandes piedras, y media hora después el dirigible comenzaba a descender lentamente. A cada nueva piedra que se le cargaba el aparato descendía unos tres o cuatro metros.

A mediodía la plataforma tocaba el suelo, aplastando con su peso los matorrales que se encontraban debajo. El germano, a pesar de ello, les hizo cargar unos quinientos kilos de más, para que les sirvieran de lastre, y luego, ayudado por sus compañeros, quitó la tela que envolvía el esqueleto del aparato, con lo que los globos quedaron a la vista.

De inmediato pudieron ver que tres de los globos estaban completamente desinflados; uno de ellos todavía tenía clavadas dos flechas, mientras que sobre los otros se veían grandes desgarraduras producidas seguramente por las lanzas de los indígenas.

—Éstos vamos a sacarlos —dijo Otto—. Así nos evitaremos llevar un peso inútil.

—¿Serán suficientes los otros? —preguntó Mateo con inquietud.

—Alcanzarán para cargar todavía unos setecientos kilos y todo el lastre que llevamos — aclaró tranquilizadoramente el germano.

Como lo había dicho, Otto eliminó los tres globos, ya enteramente inútiles, y, colocando la manguera de goma a uno de los cilindros, comenzó a llenar los otros.

Todos los restantes tenían en la parte inferior una serie de pliegues, que indicaban que se había perdido una cantidad considerable de gas. Afortunadamente estos pliegues desaparecían de inmediato, al cargarlos nuevamente.

Al cabo de cuatro horas de ardua labor la tarea estaba terminada y el dirigible, así reforzado, se encontraba en condiciones de volar directamente hasta el Kassongo, a una altura considerable, y llevando asimismo media tonelada de lastre.

—¿Nos queda aún hidrógeno? —preguntó Mateo.

—Tenemos todavía un cilindro completamente lleno que conservaremos para el regreso — dijo Otto. —Comamos un poco y luego partiremos.

—¿Sin visitar la isla?

—No tenemos tiempo que perder —aconsejó el árabe—. Altarik ya atravesó el lago y debe encontrarse bastante lejos.

Los aeronautas, que estaban hambrientos, se tiraron sobre la hierba e hicieron los honores a una suculenta porción de cabra asada que había preparado Heggia, que completaron luego con bananas y dátiles frescos.

Habían encendido ya sus pipas cuando les llamó la atención el hecho de que los pájaros abandonaban rápidamente la costa del lago.

—¿Qué es lo que puede haber asustado así a los pájaros? —dijo el germano.

—¿No será que ha desembarcado alguna partida de negros? —preguntó El-Kabir.

Ante esa suposición, todos se levantaron ele repente, tomando sus fusiles.

—No te expongas —dijo el árabe viendo que el germano se disponía a marchar hacia la orilla por medio de los cañaverales—. Los negros de esta región son muy astutos y además tienen muy buenas armas de fuego.

En ese momento se escuchó una aguda gritería proveniente de la orilla, acompañada por el monótono tam-tam de los tambores.

—Vayamos a ver —dijo Otto que no podía quedarse tranquilo—. El dirigible está escondido entre las plantas, y nosotros tenemos nuestros fusiles con abundantes municiones.

Atravesando con cuidado los cañaverales, se acercaron hasta la orilla, y al llegar pudieron ver un curioso espectáculo.

A unos cien metros de distancia se encontraba varada en la costa una gran canoa rústica, hecha con el tronco excavado de un árbol gigantesco.

Sentados sobre ella, treinta indígenas cantaban a voz en cuello, llevando al mismo tiempo el compás mediante golpes dados con las manos en la embarcación.

Delante de ellos, un negro que parecía un sacerdote, bailaba una danza macabra, moviéndose como si estuviera enloquecido.

—¿Qué es lo que hacen? —preguntó el germano asombrado.

—Saludan a la tierra —le contestó El-Kabir.

—No comprendo.

—Saludan a la tierra, es decir gritan y saltan para llamar la atención de los habitantes.

—Patrón —dijo Heggia en ese momento—. Veo otras canoas que se acercan a la costa.

—¿No tendrán intenciones de atacarnos? —dijo Mateo—. No me fío mucho de estos indígenas.

—Conviene que nos vayamos y pronto —dijo entonces el germano, ya convencido.

Rápidamente retornaron al campamento y se pusieron a descargar las piedras que habían cargado de más en reemplazo de su propio peso.

Una vez levantada el ancla, el “Germania” comenzó a elevarse lentamente, atravesando la cortina de árboles que lo ocultaban.

En ese instante se sintió una terrible gritería. Sobre la orilla del lago, los tripulantes de cinco canoas, que los habían visto, gritaban desaforadamente, al tiempo que disparaban sus mosquetes y sus flechas.

Pero era tarde; el dirigible, que fue aliviado de casi cien kilos de lastre, se elevaba rápidamente, alejándose hacia el Oeste.

Los indígenas no se desanimaron, y se lanzaron a las canoas para perseguirlos, pero lógicamente sin ningún resultado, ya que la velocidad del aparato aéreo era muy superior.

—Nos buscaban a nosotros —dijo el germano al cabo de un rato, cuando ya hubo pasado por completo el peligro.

—Posiblemente nos hayan visto descender, y trataron de asaltarnos antes de que pudiéramos levantar vuelo nuevamente —contestó el árabe.

Considerando que por el momento no había mayores inconvenientes, nuestros amigos se dispusieron a descansar tranquilamente.

18. EL PRISIONERO

La travesía del lago, en esa parte relativamente estrecha, ya que no superaba los treinta kilómetros, fue cumplida sin ningún inconveniente.

A las cinco de la tarde el “Germania” llegaba a la ribera opuesta, pasando sobre Kapampa, una de las más importantes ciudades del Tanganyka.

El paisaje no cambiaba; se veían siempre las grandes llanuras, alternadas con algunos bosques aislados, en los cuales se podía distinguir gran cantidad de animales salvajes.

El germano, viendo una caza tan abundante se desesperaba de no poder descender para iniciar una gran cacería contra todos esos animales.

—Déjalos en paz, y tratemos más bien de llegar lo antes posible al Kassongo —le dijo el griego—. No olvides que también Altarik se dirige hacia ese punto.

—¿El prisionero está en Kilemba? —preguntó Otto al árabe.

—Sí —respondió éste.

—¿Es una ciudad muy grande?

—Cuando estuve, hace treinta años, tenía cerca de diez mil habitantes.

—¿Qué clase de gente es?

—Muy mala. Algunos incluso son antropófagos.

—¿Corremos entonces peligro de que nos devoren?

—Afortunadamente no, porque en ese sentido respetan al hombre blanco.

—¿Cómo haremos para rescatar al prisionero?

—Nos presentaremos como hijos de la luna —dijo El-Kabir—. Viéndonos descender del cielo será fácil que nos crean.

—La idea me parece buena —dijo el germano.

—¿Cuánto nos falta todavía para llegar?

—Si el viento se mantiene llegaremos mañana al mediodía.

Durante la noche el dirigible continuó su recorrido, y a la mañana siguiente cruzaron el río Liralabo, uno de los afluentes del Congo.

—Ya estamos cerca de Kilemba —dijo El-Kabir.

—¿Cuánto falta aún?

—Alrededor de treinta kilómetros.

—Entonces llegaremos pronto. El dirigible avanza a razón de veinte kilómetros por hora.

—¿Habrá llegado ya Altarik? —preguntó Mateo.

—No lo creo —repuso El-Kabir—. Por más que haya apurado su marcha es imposible que haya llegado.

El paisaje mostraba cada vez mayores signos de estar habitado. Se veían muchos campos cultivados y gran cantidad de chozas.

Los negros, al ver al dirigible, huían gritando y se escondían en los bosques. Otros en cambio, más valerosos, disparaban sus flechas, que llegaban muy lejos del blanco.

A eso de las diez de la mañana, Heggia, que estaba de guardia en la plataforma, les señaló una que se divisaba en el horizonte.

—Es Kilemba —dijo el árabe.

—Preparemos nuestras armas —ordenó el germano—. No podemos saber la acogida que nos harán sus habitantes.

A medida que el dirigible se aproximaba se veía mayor animación en las calles de la ciudad. Los negros llegaban corriendo de todas partes y se concentraban en la plaza del mercado. Asimismo se escucharon algunos disparos de fusil, demasiado prematuros.

Cuando por fin llegaron sobre la ciudad la plaza estaba repleta.

Centenares de negros semidesnudos se movían desesperadamente, levantando los brazos al cielo, y luego se inclinaban hasta tocar el suelo con sus cabezas.

En medio de ellos, un negro viejo, de estatura gigantesca, con el cuerpo adornado de brazaletes de cobre, con adornos de marfil, gritaba como un condenado, alzando ambas manos hacia el dirigible que descendía lentamente.

En ese momento el germano, inclinándose sobre la barandilla; gritó:

—Pueblo de Kilemba, deja lugar para que desciendan los enviados del cielo.

Los negros al sentirlo, y ver que el monstruo descendía, huyeron en todas direcciones.

Hasta el viejo jefe había corrido a encerrarse en su palacio.

Cuando el “Germania” estuvo a una altura de veinte metros, Heggia lanzó el ancla, que se afirmó en las ramas de un árbol gigantesco que había en la plaza. A continuación largó la escala de cuerdas.

Otto, Mateo y el árabe descendieron, llevando sus armas y algunas cajitas con regalos para el sultán.

Al verlos aparecer, la muchedumbre se arrodilló, continuando sus lamentos.

—¡Habitantes de Kilemba! —gritó entonces el germano en árabe—. ¡Traigo la bendición del sol y de la luna!

Al sentirlo, el anciano jefe se adelantó lentamente y se arrodilló delante de ellos, diciendo también en árabe:

—Pembo, sultán de Kilemba, saluda a los hijos del sol y de la luna.

En ese momento Otto tomó las cajitas con obsequios y las entregó el negro diciendo:

—Toma. El Sol y la Luna te envían estos regalos.

—¿Entonces sois amigos? —preguntó el negro.

—Nosotros no queremos hacerte ningún mal —contestó el germano—. La luna nos ha encargado de buscar uno de sus hijos que ha desaparecido hace algunos años.

—Uno de sus hijos —exclamó el negro con terror.

—Sí, y que se encuentra en tu casa.

—¿Un hombre blanco como ustedes?

—Sí.

—¿También él es hijo de la luna?

—El primogénito.

—¡Oh! ¡Desgraciado de mí!

—¿Lo has matado?

—¡No! —se apresuró a decir el negro—. No lo he matado, pero tampoco lo he tratado con el respeto que se merece un hijo de la luna.

—Si en algo aprecias tu vida, condúceme hasta él. Con un gesto el negro apartó a la gente de la plaza y condujo a los tres aeronautas hacia el palacio real.

El entrar al palacio vieron en un rincón a un hombre blanco, de cabellos rojizos y cuerpo macilento, cubierto apenas por unos harapos.

Inclinado delante de una piedra, estaba moliendo maíz, custodiado por dos negros armados de garrotes.

Al ver entrar a nuestros amigos, el desgraciado se había puesto de pie, lanzando un grito de alegría.

—¡Señores! —exclamó con la voz temblorosa por la emoción.

Otto y Mateo corrieron hacia él, tendiéndole las manos.

—Estamos muy contentos de verlo —dijeron luego abrazándolo—. Ahora que llegamos nosotros no tiene nada más que temer.

—Señores, ¿no es un sueño su presencia aquí?

—Lo conduciremos con nosotros —dijo el griego—. Hemos venido de Zanzíbar para salvarlo.

El inglés los miró con asombro.

—¿Habéis venido aquí expresamente?

—Sí.

—¿Cómo supieron que estaba prisionero?

—Por el mensaje que ató a los cuernos de un antílope.

—¡Verdaderamente Dios ha velado por mí! Nunca creí que ese mensaje hubiera podido llegar hasta la costa. ¿Cómo han llegado hasta aquí?

—En, un dirigible.

—¿Entonces cómo harán para transportar el tesoro que he prometido a mis salvadores?

—¿En qué consiste ese tesoro? —preguntó el germano. —En una tonelada y media de polvo de oro que estos indígenas creen no tiene valor.

—¡Son millones de libras! —exclamó Otto—. ¡Un verdadero tesoro!

—¿Podrá transportar el dirigible esa carga?

—Con toda seguridad.

—¿El sultán me dejará partir?

—Le hemos dicho que somos hijos de la luna, y que si no nos obedece nuestro monstruo devorará a todos los habitantes de la ciudad. A todo esto, ¿el tesoro está muy lejos?

—A sólo cinco kilómetros en la ladera de una montaña.

—Entonces conviene que marchemos rápido.

El sultán se había retirado con sus ministros a uno de los aposentos privados, y allí contemplaba, con el alborozo de un niño, los regalos que le habían traído los viajeros.

El germano, que llevaba su fusil en la mano, se le acercó diciéndole en tono severo:

—Has maltratado a un hijo de la luna y merecerías que el monstruo que montamos te devorase junto con toda tu tribu.

—No sabía que fuese un hijo de la luna —exclamó temblando el sultán.

—Por eso no te hago devorar; pero si te perdono la vida es con la condición de que hagas una cosa.

—¿Qué es lo que quieres de mí?

—Que hagas recoger el polvo amarillo que se encuentra en la ladera de esa montaña.

—¿Para qué lo necesitas?

—Sirve para hacer más brillantes los rayos del sol.

—¿Eso no nos traerá más sequía? Hace mucho que no llueve en nuestros campos.

—Encargaré a la luna que mande nubes que hagan llover abundantemente en tus tierras.

—¿Me lo prometes?

—Prometido.

—Entonces el polvo amarillo es tuyo.

—Me harán falta hombres para transportarlo hasta aquí.

—Todos mis esclavos están a tu disposición.

—Los necesito en seguida —ordenó el germano con tono imperioso.

El sultán habló con uno de sus ministros, y al poco rato se presentaron veinte negros robustísimos, cada uno de los cuales estaba provisto de una gran cesta.

Al verlos, el germano ordenó partir en seguida, pero antes de hacerlo se volvió hacia el sultán diciéndole:

—Que nadie se acerque a la bestia que nos ha conducido hasta aquí si no quieres que ésta se enoje y devore tu ciudad.

—Ninguno de mis súbditos se aproximará a ella —contestó el monarca.

—Partamos —dijo entonces Otto—. Heggia permanecerá de guardia junto al dirigible.

Al salir de la ciudad atravesaron primero unos campos cultivados con sorgo, y luego penetraron en un bosque que se extendía por las laderas de una montaña aislada.

—Allí está el tesoro.

La ascensión no fue difícil, porque encontraron un sendero que antiguamente debía haber sido muy frecuentado por los indígenas.

Casi al llegar a la cima, el inglés se detuvo ante lo que parecía la entrada de una caverna.

—Es aquí —dijo.

El inglés penetró en la caverna llevando en la mano la rama de un arbusto resinoso a la que había prendido fuego para que sirviera de antorcha.

La comitiva avanzó alrededor de cien metros por un pasaje oscuro y estrecho, que de golpe desembocó en una amplia caverna cubierta de estalactitas.

El inglés señaló entonces un montón de polvo amarillento con reflejos dorados que había en un rincón.

—¡Éste es el tesoro! —dijo.

Dando gritos de alegría los tres aeronautas se precipitaron hacia allí.

El inglés había dicho la verdad. ¡Era casi una tonelada y media de oro en polvo mezclado con pepitas del mismo material!

—Aquí hay por lo menos veinte millones de francos —dijo Mateo.

—No —intervino Otto en ese momento—. Nosotros lo aceptamos únicamente con la condición de que lo repartamos en partes iguales para todos.

—Bueno. Hagan como quieran —dijo el inglés sonriendo.

Llamó entonces a los esclavos y les ordenó cargar en los cestos todo el polvo de oro, cuidando de no dejar caer nada.

Ya se habían cargado aproximadamente la mitad de los canastos cuando se sintieron algunos disparos lejanos. Todos se precipitaron corriendo hacia la salida, y, al llegar al aire libre, vieron una caravana compuesta por unos cincuenta negros, a cuyo frente marchaba un árabe.

La caravana se disponía a entrar en la ciudad, y, de acuerdo a la costumbre, efectuaba disparos al aire para saludar a los pobladores.

—¡Altarik! —gritó el árabe palideciendo.

—¡Estamos perdidos! —exclamó Mateo.

—¿Es un enemigo vuestro? —preguntó flemáticamente el inglés.

—Sí —contestó Otto, que parecía aniquilado.

—La cosa es grave —dijo entonces el inglés—. Ese hombre dirá al sultán que lo han engañado y, como lo conozco, sé cómo reaccionará. Se pondrá furioso y os hará azotar por eso.

—¿Qué podemos hacer? —preguntó el germano indeciso.

De inmediato tomó la palabra el inglés.

—Yo opino que debemos quedarnos aquí custodiando el tesoro —dijo.

—Altarik vendrá a asaltarnos —contestó el griego. —Nosotros nos defenderemos ayudados por los negros.

—La idea me parece buena —dijo finalmente el germano—. Este tesoro vale mucho más que nuestro dirigible. Atrincherémonos y esperemos el ataque de Altarik.

—¿Y Heggia? —preguntó el árabe.

—Más tarde trataremos de salvarlo.

Mientras los aeronautas discutían la situación, el inglés conversaba animadamente con los veinte esclavos. Luego de unos minutos regresó junto al germano diciendo:

—Estos negros están dispuestos a ayudarnos, con la condición de que luego los dejemos en libertad.

—De acuerdo —dijo Otto—. Comencemos a atrincherarnos.

En ese momento el inglés tomó nuevamente la palabra:

—Déjenme esa tarea a mí —dijo—. Fui especialista de fortificaciones en el ejército de la India. Ustedes adelántense por el sendero y traten de retardar en lo posible el avance del enemigo.

—¿Cuántos cartuchos tienen?

—Alrededor de cien cada uno.

—Creo que son suficientes.

Mientras los veinte esclavos, dirigidos por el inglés, iniciaban los trabajos para construir un pequeño fortín, los tres aeronautas descendieron un trecho por el sendero, hasta llegar a una roca aislada, tras de la cual se apostaron.

En ese momento pudieron ver que una columna numerosa salía de la ciudad dirigiéndose hacia la montaña. Se componía de alrededor de trescientos negros, algunos armados con fusiles y la mayoría con arcos y lanzas.

19. EL ATAQUE DE ALTARIK

La columna, que había salido de la ciudad acompañada por el tam-tam de los tambores, se dirigió rápidamente hacia la montaña.

La encabezaban Altarik y el sultán, y este último, que azuzaba constantemente a sus hombres, parecía estar terriblemente enfurecido.

Los tres aeronautas, una vez que hubieron visto el rumbo que seguía la caravana, se replegaron hacia la cima de la montaña para evitar ser copados.

El inglés, ayudado por los negros, había hecho verdaderos milagros.

Empleando enormes piedras había construido una muralla, protegida a su vez por un impenetrable cerco de arbustos sumamente espinosos, que constituían un obstáculo insalvable para los pies desnudos de los negros.

—Dentro de esta trinchera podremos resistir largamente —dijo el inglés.

—Se aproximan —gritó Mateo, que en ese momento estaba de vigía en la cima—. Ya entraron en el bosque.

—Bueno, arrojaremos nuestros proyectiles.

—¿Cuáles?

—He hecho preparar unas cincuenta piedras muy grandes, que tiraremos por la ladera, y que debido a la gran pendiente bajarán a enorme velocidad arrollando todo a su paso.

Los negros, instruidos por el inglés, comenzaron a hacer rodar gran cantidad de peñascos.

Estos enormes proyectiles, al adquirir cada vez mayor velocidad, arrasaban todo lo que encontraban a su paso, derribando los árboles como si fueran de papel.

Algunas, al encontrar otras piedras en su camino, las hacían rodar a su vez, de manera que terminaban formando una verdadera avalancha.

Pronto comenzaron a sentirse gritos de terror que venían del bosque, seguidos de algunos disparos de fusil. —Parece que nuestros proyectiles han alcanzado a la columna — dijo el inglés.

—Sin embargo, dudo que sean suficientes para detenerla —contestó el germano.

—No importa. Tenemos otras de reserva.

—¿Y si a pesar de todo no pudiéramos dispersarlos?

—En ese caso opondremos una primera resistencia detrás de esta muralla, y en último caso nos refugiaremos en la caverna.

—¡Las plantas comienzan a moverse en la mitad de la ladera! —gritó Mateo.

—¡Arrojen más piedras! —ordenó el inglés.

Los negros se disponían a arrojar más piedras cuando Mateo alcanzó a divisar una bandera blanca que se dirigía hacia ellos.

—¡Alto! —ordenó—. Altarik envía un hombre para negociar.

—Dejémoslo llegar —dijo el germano—. Escucharemos la propuesta que nos hace su patrón.

Un negro zanzibarés, que llevaba un trapo blanco ata—‘ do a su lanza, se acercaba hacia ellos gritando:

—¡No disparen! ¡Vengo como amigo!

El zanzibarés se había detenido a unos cincuenta metros de la muralla, agitando su bandera blanca.

—Voy a ver qué quiere —dijo el germano—. ¿Quién me acompaña?

—Yo —contestó el inglés—. Que los otros se queden de guardia, listos para protegernos.

Mientras ellos marchaban al encuentro del parlamentario, Mateo y el árabe, subidos a la muralla, tenían apuntadas sus armas, listos para disparar.

—¿Qué es lo que quieres? —preguntó el inglés cuando llegó junto al parlamentario.

—Vengo a tratar con los hombres blancos en nombre de mi patrón —contestó éste.

—¿Quién es tu patrón?

—El árabe Altarik, el comerciante más rico del África Ecuatorial.

—¿Qué es lo que quiere de nosotros?

—Que le entreguen el polvo de oro y le devuelvan el prisionero del sultán.

—¿Y si el prisionero no quisiera ir con tu patrón?

—¿Quién lo dice?

—Yo.

—¿Y quién eres tú?

—E1 prisionero inglés.

Al sentir esas palabras el zanzibarés hizo una mueca de disgusto.

—¿Por qué no quieres venir con nosotros? —dijo—. Mi patrón ha viajado expresamente para liberarte y conducirte hasta la costa.

—¿Ha venido por mí o por el tesoro?

—Por ambas cosas.

—Vuelve al lado de tu patrón y dile que prefiero quedarme al lado de los hombres blancos y repartirme el tesoro junto con ellos.

El parlamentario hizo un gesto de rabia.

—¿Te opones a los deseos de mi patrón? —dijo.

—No tengo patrón —respondió el inglés—, y siendo un hombre libre hago lo que deseo.

—Mi patrón se apoderará de ustedes.

—Que haga la prueba.

—Lo hará de inmediato.

—¡Si no vuelves en seguida junto a tu gente te romperé la cabeza! —gritó en ese momento el germano.

El parlamentario, al ver que Otto levantaba el fusil, arrojó la bandera y salió corriendo al tiempo que gritaba:

—¡Al ataque! ¡Al ataque!

En seguida se sintieron algunos disparos, cuyas balas pasaron muy cerca de los dos europeos.

—Corramos —dijo el inglés.

Rápidamente se guarecieron dentro de la fortaleza, mientras los esclavos comenzaron a arrojar en seguida grandes piedras.

A pesar de ello los atacantes continuaron su ascensión, reparándose detrás de los troncos de los árboles. De tanto en tanto hacían una descarga que se perdía contra la muralla.

Los aeronautas, arrodillados detrás de las defensas, hacían fuego sobre los enemigos que tenían a la vista, y, a pesar de la distancia, sus balas no eran todas perdidas.

De improviso, los asaltantes llegaron al claro que rodeaba la cima y con una descarga mataron a cuatro de los negros, que estaban por hacer rodar una gruesa piedra. Luego se lanzaron al asalto, aullando como bestias feroces.

Los sitiados iniciaron entonces un tiroteo tan intenso que los obligaron a retroceder hasta el bosque, dejando en el suelo cuatro muertos y tres heridos.

—No tardarán en volver a atacarnos —dijo el germano. Sin embargo, transcurrió un largo rato sin que los asaltantes se hicieran presentes.

—¿Qué estarán haciendo esos bribones? —preguntó Otto, inquieto al cabo de algún tiempo.

—Están haciendo un trabajo misterioso —contestó el inglés—. Veo que están cortando algunos árboles.

—¡Cuidado! ¡Ya vienen! —gritó en ese momento El-Kabir.

Los asaltantes salieron del bosque e iniciaron su ataque, protegidos detrás de pequeños trozos de troncos de árboles, que utilizaban como defensas móviles.

Los sitiados reabrieron el fuego, derribando a numerosos atacantes, pero esto no fue suficiente para detener la avalancha y pronto la gente de Altarik llegó hasta la muralla.

—Estamos a punto de caer prisioneros —dijo flemáticamente el inglés al tiempo que mataba de un balazo a un negro que había trepado sobre la muralla.

—¡Corramos a refugiarnos a la caverna! —gritó el germano.

Los sitiados hicieron una última descarga, y luego se replegaron hacia la gruta, internándose en el túnel de la misma.

Algunos de los negros, ensoberbecidos por la victoria, trataron de seguirlos, pero cayeron muertos en seguida ante los certeros disparos del germano.

En ese momento se escuchó una voz estentórea que gritaba:

—¡Escúchenme, hombres blancos!

—¡Es Altarik! —dijo El-Kabir.

—¡Te escuchamos, Altarik! —gritó el germano con voz tonante.

—Ahora están en mis manos.

—No lo creo. Todavía nos quedan muchas municiones.

—Ya lo verán dentro de poco.

—¿Qué es lo que nos propones?

—La libertad a cambio del polvo de oro y el dirigible.

—No tendrás ni una cosa ni otra.

—¡Entonces esperaré vuestra muerte! —dijo Altarik amenazadoramente mientras se alejaba.

—¡Escuchen! —dijo el árabe al cabo de un rato—. Me parece que están golpeando contra una roca.

—¿Qué estarán por hacer estos salvajes? —dijo Otto—. Me siento bastante intranquilo.

Repentinamente se escuchó la voz de Altarik que gritaba:

—¡Fuego!

Casi instantáneamente se sintió una formidable detonación, y la galería quedó a oscuras.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Otto.

—Han hecho saltar una gran roca, que al caer cerré la salida de la caverna, de modo que estamos sepultados en vida —le explicó el inglés sin perder nada de su flema.

—¡Sepultados! —exclamaron sus compañeros.

—Sí. No podremos salir de aquí, a menos que recibamos ayuda de afuera renunciando al tesoro y a vuestro dirigible.

—Al tesoro, pase —dijo el germano—, pero al dirigible, ¡nunca!

Al cabo de un rato, en que los prisioneros quedaron silenciosos entregados a sus pensamientos, el germano se levantó diciendo:

—Tenemos que buscar aluna forma para salir de aquí.

—¿Qué piensas hacer? —preguntó Mateo.

—Vamos a tratar de mover la roca entre todos.

—Examinemos esa roca —dijo el inglés—. Puede que sea menos grande de lo que creemos.

Todo es posible, y a lo mejor todavía hay alguna esperanza.

La enorme piedra que tapaba la salida dejaba algunas pequeñas fisuras, a través de las cuales penetraba un poco de luz.

Guiados por esa vislumbre, nuestros amigos se acercaron hasta la salida, observando cuidadosamente el obstáculo que les cerraba el paso.

—¿Qué dices tú? —preguntó Otto al inglés, que era el más competente en esas cuestiones.

—Es una roca enorme, que pesa por lo menos veinte toneladas. Me temo señores, que no podremos hacer nada.

20. LA FUGA

—Vamos a explorar la caverna —dijo el germano al cabo de un rato—. Tenemos aún algunas ramas de arbustos espinosos que nos permitirán alumbrarnos.

Todos retornaron a la caverna que contenía el tesoro, en la cual los dieciséis negros, tirados en el suelo, esperaban resignados la llegada de la muerte.

—¿Alguno de ustedes conoce esta caverna? —preguntó el inglés.

—Es la primera vez que la vemos —respondió un esclavo en nombre de todos.

—La exploraremos nosotros —dijo el inglés.

En el centro de la caverna había cuatro ramos resinosos ardiendo, que alumbraban el ambiente. El inglés tomó uno de ellos y se dirigió hacia uno de los ángulos, donde parecía existir otra galería.

—Aquí sale otro pasaje —dijo—. Veamos a dónde nos lleva.

—¿No estará cerrado? —preguntó el griego.

—En seguida lo sabremos.

Alzando la antorcha, el inglés observó la llama. De inmediato ésta se inclinó hacia la nueva galería.

—¡Existe una corriente de aire! —exclamó lleno de alegría el inglés—. Eso quiere decir que hay una comunicación con el exterior.

Todos se introdujeron en la nueva galería, que era sumamente estrecha, con un largo de aproximadamente doscientos metros, y que desembocaba en una pequeña caverna circular.

Por la parte superior, en un lugar bastante alto, entraba la luz.

La abertura que se veía en la parte superior era casi circular, y su diámetro parecía suficiente para permitir el paso de un hombre. Toda la dificultad residía en llegar hasta esa altura.

—¡Estamos salvados! —exclamó Mateo.

—No estemos tan seguros —le contestó el germano—. Ese agujero está por lo menos a unos seis metros de altura, y no se cómo vamos a llegar hasta allí.

El inglés, mientras tanto se había quedado meditando en silencio, hasta que por último exclamó:

—¡Ya encontré la forma en que saldremos de aquí!

—Explícate —le pidió ansiosamente el griego.

—Las cestas de nuestros negros —replicó el cautivo—. Poniéndolas unas sobre otras, llegaremos a formar una columna de cuatro o cinco metros.

—¿No se caerán?

—Es difícil. Son muy anchas, y cargadas de polvo de oro, tendrán la estabilidad necesaria.

—¿Qué hora es?

—Son la siete y media.

—Saldremos cuando sean las diez.

—¿Por qué esa espera?

—Para impedir que nos vea la gente que Altarik debe haber dejado de guardia.

—¿Qué haremos una vez que estemos libres?

—Entraremos silenciosamente en la ciudad para apoderarnos del dirigible y volveremos aquí para cargar el tesoro.

Todos retrocedieron para comunicar a los esclavos el afortunado descubrimiento, ordenándoles que llenaran todas las cestas y las acumularan en la última caverna.

Cuando esta tarea estuvo concluida, el inglés comenzó a levantar la columna.

Los negros, robustos y ágiles, no tuvieron el menor inconveniente en construirla, dándole la mayor firmeza posible.

Cuando terminaron de apilar los cestos, la columna tenía unos cinco metros de altura, y de allí era posible salir por la abertura.

—Sube —ordenó el inglés a uno de los negros más ágiles—. Sal por la abertura y observa si se ven centinelas por los alrededores.

El negro trepó por la columna con muchas precauciones, y aunque ésta osciló algunas veces, pudo llegar hasta la cima, y salir por el agujero. Su ausencia duró cinco minutos.

Al regresar, se aproximó a la abertura y dijo en voz baja:

—Patrón, hay dos árabes armados de guardia en la entrada de la galería.

—¿No se ve a nadie más?

—No.

—¿Alcanzaste a ver el dirigible?

—Sí. Está en el mismo sitio.

—¿Puedes llegar hasta el bosque y traer unas lianas sin que te vean?

—En seguida, patrón —dijo el negro, y se retiró a cumplir el encargo.

—¿Para qué quieres las lianas? —preguntó Otto al inglés.

—Facilitará nuestra huida. Por la columna sólo pueden trepar los negros que son más ágiles. —¿Mataremos a los centinelas?

—Me parece innecesario. Descenderemos por el otro lado de la montaña y no se darán cuenta de nuestra fuga.

—¿Cómo haremos para entrar en la ciudad sin ser vistos?

—Conozco un pasaje que nunca es vigilado y que nos permitirá llegar hasta la plaza.

—¿Es una galería subterránea?

—Si, y desemboca en el palacio del Sultán.

En ese momento regresó el negro con las lianas, uno de cuyos extremos ató a una roca, y el otro lo arrojó por el agujero.

Trepando por esa soga improvisada subió primero el inglés, que luego fue seguido por sus compañeros.

El inglés y Otto treparon en seguida sobre unas rocas para observar los alrededores.

Junto a la roca que Altarik había hecho caer para encerrar a los prisioneros, montaban guardia dos árabes armados de fusiles y de lanzas.

A lo lejos, e iluminado por los rayos de la luna, se alcanzaba a ver al “Germania”.

—Partamos —dijo resueltamente el inglés—. Cuando tengamos al dirigible en nuestro poder, regresaremos para cargar el tesoro.

Todos se pusieron en marcha silenciosamente, procurando no hacer ningún ruido que pudiera llamar la atención de los guardias.

Al llegar al bosque, el inglés se volvió hacia los negros diciéndoles:

—Ustedes escóndanse y esperen aquí nuestro regreso. Si son leales les daremos armas y los dejaremos en libertad.

Luego de recomendar nuevamente a los negros que no hicieran el menor ruido que pudiera denotar su presencia, los aeronautas, acompañados por el prisionero, iniciaron el camino de regreso.

Les llevó dos horas para descender hasta la llanura, pero afortunadamente pudieron hacerlo sin tener ningún inconveniente.

21. LA MUERTE DE ALTARIK

Un silencio profundo reinaba en los campos, interrumpido únicamente por los débiles chillidos de los pájaros nocturnos que huían al paso de nuestros amigos.

En la ciudad todos debían dormir, convencidos de que no tenían nada que temer de parte de los encerrados “Hijos de la luna”.

El inglés los guió hasta una especie de terraplén de tierra apisonada que se extendía un poco más allá de los muros de la ciudad.

Detrás de este terraplén crecían densos matorrales, entre los cuales comenzó a buscar el inglés, hasta que por fin descubrió una gruesa tabla, apenas cubierta de tierra.

Ayudado por sus compañeros la levantó, dejando al descubierto una negra abertura.

—Este es el pasaje —dijo.

—¿Hasta dónde llega? —preguntó Otto.

—Atraviesa las murallas y gran parte de la ciudad. Encendiendo unas ramas para que los alumbraran, el inglés penetró en la galería, seguido por sus compañeros. Ésta era muy húmeda, pero lo suficiente ancha como para que pasaran tres hombres a la vez. En ella no se sentía el menor rumor.

Luego de caminar durante casi media hora recorriendo esa galería, se encontraron con que ésta terminaba bruscamente. Al buscar una salida, vieron sobre el piso una especie de tapa, de madera dura, que parecía conducir a un pasaje inferior.

—Ayúdenme —dijo el inglés.

Entre todos levantaron la tapa de madera, y se encontraron ante una escalera rústica, excavada directamente en la tierra.

Al recorrerla, fueron a dar a una pequeña cabaña.

—Estamos detrás del palacio del Sultán —dijo el inglés.

—¿No habrá alguna guardia? —preguntó el germano.

—No lo creo, pero voy a averiguarlo.

Con suma precaución el inglés abrió la puerta y observó cautelosamente los alrededores.

—No se ve a nadie —dijo.

Salieron sigilosamente, y se dirigieron a la plaza del mercado, observando al llegar, al “Germania”, que suavemente flotaba encima de ellos.

Sin embargo sufrieron una aguda decepción al ver que la escala de cuerdas había sido retirada.

—¿Cómo haremos para advertir a Heggia? —preguntó el germano.

—Esperen —dijo entonces el árabe—. Déjenme hacer a mí.

El-Kabir revisó cuidadosamente los contornos con la mirada, y una vez que estuvo convencido de que no había nadie por los alrededores, se acercó las dos manos a la boca, y emitió un silbido extraño, que hubiera podido pasar fácilmente por el canto de un pájaro.

De inmediato un silbido igual les respondió desde la plataforma del dirigible.

—¡Es Heggia que nos contesta! —exclamó el árabe lleno de contento.

Una forma humana había aparecido sobre la barandilla de la plataforma.

—¿Es usted patrón? —preguntó la voz del fiel criado.

—Sí. Baja la escala —respondió el árabe.

Los amigos treparon rápidamente, luego de liberar la soga del ancla. El dirigible comenzó a ascender muy despacio.

—¡Rápido! ¡Arrojen lastre! —ordenó el germano. Rápidamente fueron arrojadas dos gruesas piedras; luego una caja llena de regalos, y por último dos cilindros de acero vacíos.

El “Germania”, así alivianado, se elevó rápidamente hasta los quinientos metros de altura, y empujado por una brisa favorable comenzó a aproximarse a la montaña del tesoro.

Cuando todo estuvo en marcha, el germano preguntó a Heggia cómo había hecho para librarse de caer en manos del Sultán o de Altarik.

—De manera muy fácil —contestó éste—. Cuando vi entrar la caravana comprendí que era la de Altarik, de manera que subí a la plataforma y levanté la escala. Casi en seguida éste se acercó y me gritó que le entregara el dirigible, pero yo le contesté que cortaría la soga del ancla e incendiaría la ciudad. Para hacerle comprender la verdad de mis afirmaciones, arrojé una bomba sobre un grupo de cabañas deshabitadas.

“El efecto fue extraordinario —continuó el negro—. Se produjo una fuga general, y una hora más tarde el Sultán mandaba a uno de sus ministros para pedirme que no destruyera la ciudad, comprometiéndose por su parte a no acercarse al “Germania”. Y hasta ahora lo han cumplido.”

A todo esto el dirigible había llegado hasta la cima de la montaña, y cuando el germano abrió las válvulas de gas de los globos centrales, comenzó a descender lentamente.

Los europeos buscaron en vano a los dos hombres que Altarik había dejado de guardia a la entrada de la caverna.

—¿Habrán huido? —preguntó Mateo.

—No lo creo —contestó el árabe—. Es más fácil que estén escondidos entre las piedras.

En ese momento se sintieron dos disparos: una bala perforó el turbante de El-Kabir, y la otro pasó silbando junto a las orejas de Heggia.

Mateo, el inglés y Otto hicieron fuego simultáneamente. Uno de los árabes cayó, el otro, en cambio, salió corriendo hacia el bosque.

El-Kabir le disparó un tiro, pero sin dar en el blanco.

—Dejémoslo ir —dijo el inglés—. Cuando Altarik llegue hasta aquí, nosotros habremos terminado de cargar el tesoro y de completar la carga de gas del dirigible.

Arrojaron el ancla, que rápidamente se afirmó entre unas rocas; luego lanzaron la escala.

Descendieron, y en seguida comenzaron a tirar de la soga del “Germania” hasta que su plataforma se asentó en el suelo. De inmediato cargaron sobre éstas unas piedras, cuyo peso mantuvo fijo al dirigible.

—Usted vaya a buscar a los negros —ordenó el inglés al árabe—. Los haremos penetrar en la caverna y sacar los cestos por la galería.

—Pero la entrada está cerrada —observó éste.

—La haremos volar fácilmente con una de las bombas —contestó el germano.

Otto y el inglés comenzaron en seguida a examinar la piedra que Altarik había hecho caer para tapar la salida de la cueva, y una vez encontrado el lugar adecuado, colocaron dentro una de las granadas.

Accionada la espoleta, corrieron rápidamente para refugiarse detrás de unas piedras, esperando la explosión. Un minuto después un violento estallido sacudió la montaña, y centenares de trozos de roca volaron por el aire, cayendo luego al suelo con un estrépito ensordecedor.

La roca había saltado en pedazos, y la entrada a la caverna estaba despejada.

—Tú, Mateo, permanecerás aquí con Heggia, preparando los cilindros de gas —ordenó el germano—, mientras nosotros vamos al encuentro de los negros.

Rápidamente los fieles negros comenzaron su trabajo, y al cabo de un cuarto de hora todas las cestas estaban sobre la plataforma del dirigible.

—Apúrense —decía el inglés—. Dentro de poco tendremos que luchar contra las tropas del Sultán y de Altarik

—¡Ya vienen! —exclamó en ese momento el griego que estaba vigilando.

En efecto, sobre la llanura se veía avanzar una larga columna.

—Primero dejemos ir a estos pobres negros —dijo el germano—. Si llegan a caer en manos del Sultán, éste los hará matar.

Otto tomó entonces un cajón lleno de baratijas muy apreciadas por los negros, y se las dio. Les facilitó asimismo algunas carabinas con abundantes municiones, y hachas y cuchillos en cantidad suficiente como para defenderse en caso de ser atacados.

—Ahora huyan y póngase a salvo —les dijo.

Los negros, llenos de agradecimiento le besaron las manos y luego desaparecieron rápidamente en el bosque.

—Hay que inflar rápido los globos —dijo el inglés—. Los guerreros del Sultán avanzan con una rapidez prodigiosa.

—Ustedes vayan a emboscarse para demorar su llegada —ordenó el germano—. Mientras tanto yo y Heggia terminaremos de preparar el dirigible.

El inglés, el griego y el árabe tomaron sus armas, y fueron a emboscarse sobre la ladera de la montaña. Los negros de Kilemba avanzaban a la carrera, precedidos por los árabes y los zanzibareses de Altarik. Habían visto al “Germania” y trataban de capturarlo antes de que pudiera levantar vuelo.

Eran más de trescientos hombres, armados unos con fusiles; y otros con lanzas y flechas. Al llegar a la base de la montaña se dividieron en dos columnas que avanzaron en forma paralela.

Los aeronautas los dejaron acercar hasta unos ciento cincuenta metros y desde esa distancia hicieron fuego, matando a tres de los atacantes.

Los negros, asustados, empezaron a retroceder, pero los guerreros de Altarik, mucho más valientes, los detuvieron, impidiendo así una huida general.

Los aeronautas, impotentes para hacer frente a un enemigo tan numeroso, retrocedieron hasta un lugar más alto, y desde allí hicieron una segunda descarga.

En ese momento se sintió la voz apremiante de Heggia que decía:

—¡Vengan! ¡El dirigible está listo!

Mateo, El-Kabir y el inglés corrieron hacia el “Germania”, subiendo rápidamente a la plataforma, mientras Heggia arrojaba el lastre.

Entonces soltaron el ancla, y el dirigible comenzó a ascender rápidamente.

En ese momento un árabe gigantesco llegó hasta el lugar donde había estado el dirigible y comenzó a gritar ferozmente:

—¡Ladrones! ¡Desciendan!

—¡Es Altarik! —exclamó El-Kabir con rabia—. ¡Toma! Resonó un tiro, y el árabe cayó lanzando una fuerte gemido.

—¡Me he vengado! —exclamó El-Kabir, agitando su fusil aún humeante.

Algunas descargas partieron desde los matorrales, pero las balas no podían llegar hasta el “Germania”, que se elevaba con creciente velocidad.

Los negros, no obstante no se descorazonaron, y treparon a la cima de la montaña para continuar su ataque.

—¡Tomen para ustedes! —exclamó Otto, tirándoles una granada. El proyectil cayó en medio de los asaltantes, haciendo estragos entre ellos.

Los sobrevivientes, espantados, huyeron en todas direcciones.

Mientras tanto el “Germania” iniciaba airosamente su viaje de regreso; pasó lentamente sobre la ciudad de Kilamba, y luego enfiló resueltamente rumbo a Zanzíbar.

EPILOGO

El viaje de regreso sin mayores inconvenientes.

Hicieron una primera etapa en Makovir, sobre la margen occidental del lago Tanganyka, donde existe una misión inglesa.

La travesía del Ukonongo y del Ugongo se efectuó con felicidad. Solamente en el Ugongo, tuvieron algunas escaramuzas con tribus belicosas, que seguían el trayecto del dirigible con la esperanza de capturarlo.

Quince días después el “Germania”, casi exhausto, llegó por fin a Bagamoyo entre los ¡hurra! de la población de origen germano.

Luego de descansar algunos días, durante los cuales desarmaron el dirigible, los aeronautas se embarcaron para Zanzíbar, donde se repartieron el tesoro encontrado en la caverna.

Al efectuar el reparto no se olvidaron de Heggia, entregando al fiel esclavo una parte suficiente como para comprarse una pequeña granja.

Ahora el germano, con Mateo y el inglés, están estudiando la posibilidad de efectuar la travesía del África con el “Germania”.


Publicado el 3 de febrero de 2019 por Edu Robsy.
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