En el Mar de las Perlas

Emilio Salgari


Novela



1. Los bancos de perlas de Manaar

El cañonazo del crucero inglés había retumbado por largo tiempo sobre las profundas aguas azules, que a la sazón comenzaban a teñirse con los primeros reflejos del alba, señalando así la apertura de la pesca.

Cientos de barcas, tripuladas por numerosos hombres, casi enteramente desnudos, acudían impelidas por los remos, desde las costas de la India y de la gran isla de Ceilán.

Todas se dirigían hacia los famosos bancos de Manaar, en cuyas arenas, año tras año, anidan millones de ostras perlíferas y acuden enormes legiones dé tiburones ferocísimos para darse un hartazgo con la carne de los desdichados pescadores.

Había barcas de toda especie y de todas las formas imaginables. Unas largas y estrechas como canoas; otras redondas y anchas de costados; algunas con las bordas altas y las proas terminadas en punta, como acostumbran a hacerlas los indios de las regiones meridionales, y las velas desplegadas al viento.

Entre todas ellas sobresalía una por su anchura y la riqueza de sus bordajes. Era, más que una barca, un buque pequeño, con la proa muy aguda y adornada con una cabeza de elefante dorada; los costados esculpidos, la popa bastante alta también y embellecida con pinturas y las velas de color rosa en vez de blanco.

Una enorme bandera de seda azul, sobre la cual se veían campear tres perlas en campo de oro, flotaba en el tope del segundo palo, ondeando al soplo de la brisa matinal.

Veinte hombres componían su tripulación, casi todos ellos de elevada estatura, aunque delgados, con la tez moreno—rosada, los cabellos largos y de color azabache, las orejas adornadas con gruesos aretes y vestidos como los cingaleses, esto es, con largas túnicas de tela blanca floreada, que descendían hasta los tobillos y subían hasta la mitad del pecho, sujetas, por anchas fajas.

Llevaban los brazos y los pies desnudos y cubrían sus hombros con una especie de chales triangulares cuyos cabos caían en punta por los lados.

En la popa, sentado sobre un taburete forrado de terciopelo con fleco de oro, cuyo extremo caía por sobre la borda rozando el agua, estaba el capitán del diminuto y hermoso velero.

Era un indio de aspecto majestuoso, vestido con tanta pompa, que por día rivalizar con cualquiera de los más poderosos rajáes de la opulenta isla de Ceilán.

Habría sido difícil precisar su edad, pero ésta debía oscilar entre los treinta y cuarenta años.

Sea como fuere, era hombre de hermosa figura, de líneas regulares, con una corta barba negrísima, los cabellos rizados y tez algo oscura, que tenía reflejos de bronce antiguo.

Ojos espléndidos, muy negros, de extraordinaria movilidad; labios delgados y rosados, soberbios dientes y músculos perfectamente desarrollados. Llevaba descubierta la cabeza, adornada solamente con una diadema de perlas y pedrería como usan los cingaleses; pendíanle sobre el pecho ricos collares de oro; descendía hasta las rodillas una larga camisa, de seda blanca; calzaba babuchas de tafilete rojo y en el cinto lucía una faja de seda azul, como la bandera, bajo la cual pendía un sable curvo con empuñadura de oro.

El velero cruzó por entre las innumerables embarcaciones de los pescadores de perlas, que se apresuraban a dejarle paso y fue a detenerse en el centro del banco de Manaar, echando anclas en proa y popa. En torno suyo habían hecho un ancho hueco las restantes barcas.

Todas las chalupas que al principio pescaban en aquel lugar se habían retirado apresuradamente mientras las tripulaciones murmuraban con una mezcla de espanto y admiración:

—¡Plaza al rey de los pescadores de perlas!

El cingalés de la camisa de seda blanca, apenas vio anclado el velero, había acercado hacia sí un rico narguile con agua perfumada de rosas, y apoyándose cómodamente en la cabeza del timón hizo una seña a uno de los marineros que iba cubierto con un turbante verde.

—¿Vendrá aquí? —le preguntó en voz baja, cuando, como hemos dicho, todas las barcas se hubieron alejado.

—Sí, Amali —contestó el hombre del turbante verde.

—¿Cuándo?

—Hoy mismo.

—¿Estás seguro?

—Me lo ha dicho Macabri, y ya sabes tú, patrón, que está siempre bien enterado de cuanto ocurre en la corte del maharajá de Yafnapatam.

—Sí, porque le pagamos bien —dijo el rey de los pescadores con tono despectivo.

—Pero se juega la vida diariamente, patrón. Si el maharajá supiese que te sirve a ti, estaría irremisiblemente perdido.

Amali, el rey de los pescadores de perlas permaneció algunos momentos en silencio, mirando distraídamente el sol que se levantaba majestuoso en el horizonte, haciendo centellear las aguas del estrecho e iluminando las cintas de las montañas de Ceilán y de la vecina India, y enseguida contestó con acento sombrío.

—Aunque tenga que desafiar cien veces la muerte cada día, mantendré mi juramento, Durga. ¿Sabes que también la noche pasada se me ha aparecido mi hermano en sueños? Llevaba aún su blanca camisa de seda, teñida en sangre hasta la cintura y mostraba la cabeza horrendamente aplastada por la pata del elefante carnicero.

—¿Y te ha hablado, señor? —preguntó Durga, mientras un escalofrío recorría todo su cuerpo, haciendo tintinear los brazaletes de oro que llevaba en las muñecas.

—Sí —contestó Amali, mientras brillaban sus ojos con una luz siniestra—. «¡Hermano, me gritaba, recuerda tu juramento! Ha transcurrido casi un año ya y no has vengado todavía la destrucción de mi familia».

—Sí —dijo Durga, con voz alterada por la emoción—. Han transcurrido once meses desde que el maharajá asesinó al hermano del rey de los pescadores de perlas y nada has hecho todavía.

—¿Me haces un reproche, Durga?

—No, señor, porque hasta el presente no se había presentado la ocasión de poder intentar nada contra el maharajá, pero…

—Tú verás qué cosas sabe hacer el rey de los pescadores —dijo Amali, con, voz resuelta.

—¿Aquí?

—¿Y por qué no?

—¿Ante la vista de los ingleses? ¿Has olvidado al estacionario?

—¿Qué me importa? Déjalo que venga y no volverá a Yafnapatam —dijo el rey de los pescadores con una nota de rencor en la voz.

—¿Y qué vas a hacer con ella, señor? ¿La matarás?

—¡Matarla! ¡A la bella Mysora…! ¡Ah! ¡Si pudiese hacerlo!… Pero nunca tendría valor para ello… ¡Maldito sea el día que la miré en los ojos! ¿Están bien armados nuestros hombres?

—Están preparados a todo. Y luego, ya sabes que si fuere necesario, todos los pescadores de perlas acudirían a una señal tuya. ¿No eres su rey? Habla, y miles de hombres acudirán a vengar la muerte de tu hermano y a derribar al tirano.

—No, por ahora obraremos nosotros solos.

Somos lo bastante fuertes, y Mysora no llevará una tripulación muy numerosa.

Amali volvió a apoyarse en la cabeza del timón, se acarició la barba, requirió el narguile y no habló más. Parecía que meditara profundamente, sin, reparar en nada de lo que ocurría alrededor del velero.

Los pescadores, en vista de que la nave del rey no daba señales de abandonar aquellas aguas, habían regresado poco a poco al banco, emprendiendo de nuevo su faena.

Montaban todos grandes chalupas de costados muy anchos para poder resistir mejor el oleaje del estrecho, que a veces se dejaba sentir con violencia, poniendo en grave peligro las embarcaciones menores.

Cada una llevaba una tripulación de veinte hombres al mando de un cabo experto: diez remeros y diez buzos.

Mientras los primeros vigilaban el agua para ahuyentar los tiburones y los peces-martillo, los otros descendían al fondo para recoger las conchas perlíferas.

Para la pesca en los bancos de Manaar, que se efectúa una sola vez al año, en un período fijado por el gobierno de Bengala a fin de no destruir completamente las crías, son necesarios hombres de un valor extraordinario y de una habilidad poco común.

No se trata, como pudieran creer algunos, de una verdadera pesca hecha con redes, por más que las ostras perlíferas de aquellos célebres bancos no se encuentran nunca a más de diez metros de profundidad.

Los buzos son los encargados de ir a recogerlas, puesto que las redes se rasgarían enseguida sin sacar una sola, por hallarse sólidamente adherida a las rocas.

Cuando el buzo ha llegado donde sabe ha de hallarlas en abundancia, se ciñe el talle con un sencillo cinturón, saca un puñal para defenderse de los tiburones, se provee de una red pequeña y se sumerge audazmente, después de haberse atado a los pies sendas piedras para sumergirse más rápida y fácilmente.

Llegado al banco, arranca cuantas ostras puede, llena con ellas la red y después, dando un taconazo o con auxilio de una cuerda, vuelve a la superficie.

La inmersión de buzo no dura ordinariamente más que un minuto, y sale, a menudo, en malísima condición, tanto que a veces, hasta el día siguiente, está perdiendo sangre por la nariz, los ojos y los oídos.

Hay, sin embargo, quienes pueden permanecer dos minutos bajo la superficie pero envejecen pronto, su vista se debilita, su cuerpo se cubre de úlceras incurables y al cabo de pocos años pueden darse por completamente perdidos.

Finalizada la recolección, vuelven las barcas por la noche a Ceilán o a las isletas vecinas, y depositan las ostras en unos agujeros practicados en el suelo, dejándolas pudrir.

Cuando el sol ha consumido la carne, se buscan las perlas, se pulimentan, se clasifican según su valor y su tamaño y se entregan al comercio.

No se crea que todas las ostras pescadas las contengan. Muchas no las tienen y otras son muy defectuosas y tienen escaso valor.

Con todo, en los bancos de Manaar solamente se pescan tantas, que su venta produce varios millones por año.

Mientras los buzos sumergíanse y volvían a aparecer en la superficie con sus redes repletas de ostras, el cingalés Amali no cesaba de fumar, conservando una inmovilidad casi perfecta. Su mirada, que se había tornado melancólica, seguía distraídamente algunas nubecillas rosadas que discurrían por el cielo, impelidas por una ligera brisa de poniente.

Durga, su segundo, sentado a sus pies, mascaba con visible satisfacción una nuez de areca envuelta en una hoja de betel, pero se incorporaba de vez en cuando para interrogar atentamente las lejanas playas de Ceilán, que resaltaban netamente sobre el deslumbrante azul del cielo.

Los tripulantes, en cambio, soltados los remos y arriadas las velas, se habían reunido a cubierta del velero para mirar con viva curiosidad el trabajo de los buzos.

Había transcurrido más de una hora, cuando un grito agudo, terrible, sacó al rey de los pescadores de perlas de su inmovilidad.

—¿Qué hay, Durga? —preguntó, levantándose con presteza—. ¿Qué ocurre?

—Nada, patrón; es un tiburón que ataca a un buzo.

—¡Oh! ¿Dónde?

—Había llegado ya a flor de agua, cuando volvió a desaparecer.

—¿Un desgraciado que corre peligro?

—Y que a esta hora habrá sido ya devorado o estará próximo a serlo.

Amali, con un gesto fulmíneo, desatóse la faja, desabrochándose la camisa de seda, mostrando su atlético cuerpo, reluciente como el bronce, de una perfección digna de las antiguas estatuas griegas, no conservando más que un ligero taparrabos de seda amarilla anudado en las caderas.

—Vamos a ver —gritó, empuñando su corta cimitarra.

—¿Qué vas a hacer, patrón? —exclamó Durga, espantado.

—Pronto lo verás.

Los pescadores de perlas que se encontraban cerca del velero lanzaron gritos de terror. Corrían de popa a proa, a riesgo de hacer zozobrar las barcas, mesándose los cabellos y lanzando imprecaciones, pero ninguno se atrevía a lanzarse al agua; a su vez, los buzos se habían refugiado precipitadamente entre sus compañeros, por miedo de que compareciese de improvisó el tiburón y les segase las piernas.

A través del agua, bastante transparente en aquel lugar, veíase una masa monstruosa que trazaba giros fulmíneos.

Era un tiburón de los más grandes, de más de siete metros de largo, con una boca tan enorme que podía contener un hombre entre las mandíbulas.

Había perdido la presa y la buscaba ávidamente, ora bajándose hacia el banco, ora subiendo casi hasta la superficie del mar.

De vez en cuando emergía bruscamente su cola y batía el agua con el fragor del trueno, levantando una ancha oleada, después de lo cual volvía a desaparecer.

El buzo no había vuelto a aparecer. ¿Huía a lo largo, nadando entre las aguas, o bien yacía desvanecido entre las rocas del banco?

Amali corrió hacia proa e hizo ademán de echarse al agua en el momento en que el tiburón pasaba a diez brazas del velero.

—¡No le desafíes, patrón! —gritó Durga, conteniéndole por un brazo—. Es el que ayer devoró dos pescadores de Manambad.

Una desdeñosa sonrisa se dibujó en los labios de Amali.

—¡Plaza al rey de los pescadores de perlas! —gritó con voz tonante, que se oyó a mil pasos a la redonda—. ¡Yo les vengaré a todos!

Púsose la corta cimitarra entre los dientes, permaneció de pie un momento en popa, con un pie apoyado en la cabeza del timón, y luego se lanzó al mar de cabeza, levantando una oleada espumante.

Amali descendía rápidamente a través del agua límpida, nadando con vigor hercúleo. Los abismos del mar no tenían secretos para el rey de los pescadores de perlas, como no debían tenerlos los bancos de Manaar que por tantos años había escrutado, desafiando valientemente los escualos y los pulpos que chupan la sangre.

Todos los pescadores, estupefactos con, aquel acto, habían dejado de gritar y de desesperarse, porque estaban seguros de que el desgraciado buzo sería salvado, o por lo menos sería vengada su muerte.

Durga, temiendo que sucediese alguna desgracia al patrón, habíase desembarazado a su vez de la túnica de tela floreada que le ceñía demasiado estrechamente la cintura y había empuñado un puñal de doble filo, de hoja recta y acanalada.

Asomado en la popa, escrutaba ansiosamente el agua, sacudiendo la cabeza y repitiendo:

—¡Qué locura! Pero ya se sabe que Amali es el hombre más atrevido de Ceilán y no conoce el miedo.

A su espalda se agolpaban los marineros del velero, pálidos, conmovidos, silenciosos.

Pasaron veinte, después treinta, después cincuenta segundos sin que el rey de los pescadores de perlas reapareciese. El fondo del banco aparecía agitado y el agua, que se había puesto turbia, no permitía discernir lo que ocurría debajo.

—¡Ahí está! —gritó una voz.

Aquella exclamación había sido proferida por un compañero del buzo desaparecido.

Durga se había levantado vivamente, empuñando el puñal.

—¿Dónde? —preguntó.

—Nada cerca de vuestro barco.

—Sí, ¡ahí está! —confirmaron otras voces.

Un momento después aparecía a flor de agua la negra y rizada cabellera de Amali.

La cabeza emergió de pronto, y después los brazos que sostenía un cuerpo inanimado.

—¡Toma, Durga! —gritó Amali—. ¡Aquí está el buzo!… ¡Pronto! ¡Vuelvo enseguida!

Seis vigorosos brazos se adelantaron desde popa y cogieron al pobre pescador, que perdía sangre por la nariz, los ojos y los oídos.

Aún cuando no se le notase ninguna herida en el cuerpo, el pobre hombre parecía muerto, o por lo menos estaba desmayado.

Durga, ayudado por sus compañeros, lo trasladó al barco, acostándolo sobre cubierta.

Amali estaba para agarrarse al timón y salir del agua, cuando resonaron en torno suyo cincuenta gritos de terror.

—¡El tiburón!

El rey de los pescadores de perlas volvióse rápidamente. A corta distancia de él asomaba la enorme cabeza del tiburón. Sus quijadas inmensas, cuajadas de largos dientes triangulares, dispuestos en dos hileras y que se movían de arriba abajo, se abrieron.

—¡Está perdido! —gritaron los pescadores, con desesperación. No; era menester otro adversario para el valiente Amali. Antes de que el tiburón se hubiese vuelto sobre el lomo para cogerlo, se había dejado caer, sumergiéndose perpendicularmente.

Pasó por debajo del monstruo sin que éste lo advirtiese, lo cogió por i aleta dorsal y enseguida, quitándose de la boca la cimitarra, descargó un golpe terrible.

La hoja, guiada por aquella mano poderosa, se hundió casi por completo en las carnes del monstruo, que dio un tremendo salto fuera del agua.

El vientre estaba desgarrado en la longitud de un metro, y salían al mismo tiempo sangre y entrañas.

Por algún tiempo vióse arremolinarse vertiginosamente el agua y ensancharse el círculo de sangre; después apareció uno de los adversarios: era Amali.

Sin, necesidad de auxilio alguno, trepó por la popa del velero, arrojó la cimitarra, tinta aún de sangre y luego exclamó con voz tranquila:

—El tiburón ese no devorará ya más pescadores; le he castigado. ¿Dónde está, aquel hombre?

—Aquí, señor —respondió Durga—. Va a recobrar los sentidos.

Amali se quitó la diadema de perlas y diamantes que llevaba aún sujeta en la espesa cabellera y entregándose a Durga con un gesto soberano, añadió:

—Es de ese hombre.

Después, sin enjugarse, volvió a ponerse la blanca camisa de seda, mientras desde todas las barcas se elevaba un grito unánime:

—¡Viva el generoso rey de los pescadores de perlas!

2. La bella Mysora

El buzo que el valeroso Amali había rescatado del mar mientras el tiburón estaba a punto de partirlo por la mitad y devorarlo, era un apuesto joven de veinticinco a veintiocho años, de estatura más que mediana, la tez rojiza y las líneas casi caucásicas.

Al igual que todos los cingaleses, llevaba una barba casi rala y tenía los cabellos largos, anudados sobre la nuca y sujetos por un alfiler de plata superado por una perla, la cual en vez de ser blanca era azulada; una perla rarísima y de un valor quizá inapreciable.

Lucía en los dedos numerosas sortijas de oro macizo, con esmeraldas de una pureza y de un esplendor incomparables, joyas no compatibles con la humilde condición de un buzo.

Por la delicadeza de sus líneas y la pequeñez de los pies y de las manos se podía argüir también, que no debía ser un pobre pescador de perlas.

Durga había observado todo eso y no se había maravillado poco por ello, pero sin dirigirle ninguna observación sobre el caso a su patrón. En cambio se dedicaba a friccionar enérgicamente el pecho del buzo, mientras uno de los marineros introducía entre los labios del desvanecido joven un frasquito que contenía arrak.

Sintiéndose abrazar las fauces con aquel líquido sumamente alcohólico, el buzo se estremeció como si hubiese sentido una quemadura, después estornudó muchas veces y por fin abrió los ojos, mirando en torno con aire de estupor.

—No estás en el fondo del mar —le dijo Durga—. Abre los ojos; mira; estás a bordo de un barco, y el tiburón que quería devorarte está muerto.

—¿Quién me ha salvado? —preguntó el joven.

—Un hombre que no le tiene miedo al mar, ni a los tiburones ni a las fieras.

—¿Quién es?

—¿Qué te importa? ¿No es suficiente que te haya salvado? —preguntó Durga.

—Deseo conocerle —insistió el buzo, casi con tono de mando.

—Toma este regalo que te hace tu salvador, y vuélvete a tu barca.

Al ver la preciosa joya que Durga le presentaba, asomó una sonrisa de desprecio a los labios del joven.

—¡Perlas a mí! —exclamó—. Regálaselas a mis marineros si quieres, o dáselas a los tuyos.

—Muchacho —dijo el segundo de Amali, turbado—. Estás rechazando mil libras esterlinas, un tesoro para un pescador que no gana más que cinco chelines de jornal. No quieras hacerme suponer que poseas tantas.

—Devuelve esa joya al que me la ha dado, ya que no quieres repartirla entre tus hombres.

—El rey de los pescadores de perlas no recoge lo que ha regalado.

Ante aquella respuesta, una rápida conmoción convulsionó el rostro del joven, mientras un relámpago cruzaba sus negrísimos ojos.

—¡El rey de los pescadores de perlas! —exclamó, casi con un esfuerzo—. ¿Es él quien me ha salvado?

—Sí, yo soy —dijo Amali, aproximándose—. ¿Te pesa que haya arriesgado mi vida por ti?

El joven buzo enmudeció, fijando en Amali una mirada en que se leía a la vez curiosidad y temor.

—El rey —murmuró.

Se puso en pie lentamente, con despecho, como si se encontrase mal delante de aquel orgulloso personaje, hizo un ademán de adiós y se dirigió rápidamente a la borda, diciendo:

—Gracias.

Iba a lanzarse al agua, cuando Amali le puso su diestra en el hombro, deteniéndole.

—¿Quién eres tú para despreciar un regalo del rey de los pescadores de perlas? —le preguntó, llevándole casi hasta debajo de la toldilla del barco.

—Un buzo —respondió el joven, librándose ágilmente de las manos que lo sujetaban.

—¿Qué barca es la tuya?

—Mírala cómo avanza hacia tu nave.

Amali dirigió la mirada en el sentido que le indicaba el joven. Una chalupa, que se distinguía de las otras por su elevada proa y los dorados que corrían formando caprichosos rasgos a lo largo de las bordas, tripulada por doce hombres que, por su aspecto, parecían malabares, con la piel casi negra, avanzaba lentamente para recoger al buzo.

En, popa, a ambos lados de una tienda de percal amarillo, colgaban dos grandes espingardas, armas que no se veían en las otras barcas de los pescadores, por no ser necesarias para la recolección de las ostras perlíferas.

—¡Hermosa chalupa! —dijo Amali, con asombro—. ¿Y por qué la has armado con esas dos bocas de fuego? Aquí está el cañonero inglés que vigila a los pescadores e impide que se roben o se peleen unos con otros.

—Vengo de lejos —respondió el buzo, con visible embarazo—, y no faltan piratas en estos parajes.

—¿Dónde está tu pueblo?

—En la isla de Manaar.

—¿Y eres el patrón de la barca?

—Sí.

—¿Por qué has bajado al agua teniendo doce hombres a tus órdenes?

—Para buscar una perla azul, como la que llevo en mi alfiler.

—Podías enviar a tus hombres a buscarla.

—No la habrían hallado. Adiós; he hablado ya bastante y me aguardan.

—No tengas prisa, si no te sabe mal; quisiera saber algo más —dijo el rey de los pescadores, deteniéndole y sin quitarle los ojos de encima.

—¿Qué deseas saber? —preguntó el buzo, demostrando estar contrariado con la prolongación de aquel coloquio.

—¿Quieres venderme tu perla azul?

—Por ningún precio.

—¿Tanto empeña tienes en, poseerla?

—Más que mi vida, porque hará feliz a la más bella joven de Ceilán.

—¿Cómo se llama esa joven?

—Amali es harto curioso —dijo el buzo.

—¡Amali!… ¿Sabes mi nombre?

—Y otras muchas cosas.

—¿Cuáles? —preguntó el rey de los pescadores, cuya sorpresa iba en aumento.

—Que eres el enemigo del maharajá de Yafnapatam y que tienes jurada su perdición; pero tú, en el momento oportuno, me hallarás en tu camino.

Dicho esto, con un, salto imprevisto se arrojó al mar, antes de que Amali pudiese detenerle, nadó rápidamente hacia su chalupa y subió a ella.

Sus hombres cogieron al momento los remos y se dirigieron velozmente hacia el crucero inglés como para ponerse bajo su protección e impedir que Amali les molestase.

—¿Quién será ése? —se preguntó el rey de los pescadores de perlas, que no había vuelto aún de su sorpresa—. ¿Cómo ha podido saber que el maharajá de Yafnapatam es mi enemigo? Un simple pescador de perlas lo habría ignorado… ¡Durga!

—Me parece que estás inquieto, patrón —dijo, viendo a Amali muy agitado y nervioso.

—Motivos tengo para ello —respondió el rey de Los pescadores, que no había perdido aún de vista la chalupa, la cual daba vueltas en torno del cañonero inglés—. Dime: ¿has visto antes de ahora a ese joven?

—Nunca —respondió Durga.

—¿Ni su barca tampoco?

—No habría dejado de llamarme la atención, porque es la única que tiene las bordas doradas, fuera de nuestro buque.

—Así, ¿te parece que es la primera vez que viene aquí?

—Lo supongo.

—Quisiera saber quién es ese joven.

—Tú, el rey de los pescadores de perlas, el hombre más poderoso y más temido de la bahía y del estrecho de Manaar, a quien todos los pescadores obedecen, ¿te inquietas por ese cingalés? —preguntó Durga sorprendido.

—Sabe demasiadas cosas que todos los demás ignoran y quizá sabe el motivo por el cual desde hace tres días venimos aquí nosotros.

—¿Qué sabe?…

—Silencio, Durga. Hay demasiados oídos a nuestro alrededor… ¿No ves aquella barca que avanza lentamente para acercarse a nuestra nave?

—Son unos pobres buzos que tal vez supongan que las ostras perlíferas deben pulular bajo la nave del rey de los pescadores.

—Todos son negros como los malabares que montaban la chalupa de aquel joven. No, Durga; el corazón me dice que nos espían.

—¿Quién será capaz de impedir tus designios?

—¿Quién? ¿Quién?… ¿Y si los ingleses se metiesen por medio?

—¡Ellos! ¡Sólo se ocupan en vigilar la pesca!

—Durga —exclamó Amali, como si de repente hubiese tomado una resolución—; echa una canoa al agua y ve a preguntar a los pescadores si conocen a ese joven. Es imposible que no haya alguien que sepa quién es y de dónde viene.

—Sí, patrón, voy enseguida.

El segundo llamó a algunos hombres, hizo botar al agua la chalupa que estaba suspendida en uno de los costados del velero y saltó dentro, remando con fuerza.

Amali le siguió algunos instantes con la mirada y después le vio desaparecer entre la multitud de embarcaciones que se cruzaban en todos sentidos, volvió a su puesto, sentándose en el taburete cubierto de terciopelo y encendió nuevamente la pipa:

No había, sin embargo, recobrado la tranquilidad: su frente se fruncía a menudo, sus manos tecleaban nerviosamente sobre la borda de la nave y de vez en cuando se levantaba mirando hacia las playas de Ceilán.

Parecía aguardar a alguien que debiera venir por aquel lado, pero el mar estaba desierto en aquella dirección y liso como una inmensa lámina de metal argentino, sin que la más ligera mancha negra o blanca pudiese indicar que acercará algún barco o algún velero.

Solamente aparecían colas y aletas para desaparecer enseguida. Eran tiburones que se dirigían hacia el banco de Manaar para espiar a los pobres buzos y devorarlos.

Entretanto, alrededor de la lujosa nave del rey de los pescadores hacíase la recolección de las ostras perlíferas.

Los buzos se zambullían a cada instante, descendiendo hasta el banco que se encontraba a una profundidad de diez y aún de quince metros, y volvían a salir precipitadamente con las redes repletas de conchas.

De vez en cuando cundía el pánico entre aquellos hombres y se oían gritos de alarma que hacían palidecer a los marineros.

—¡Todo el mundo a bordo!

—¡Ojo con el tiburón!

—¡Navega entre dos aguas!

—¡Preparad los arpones!

Enseguida dos o tres tiros de fusil, un clamor de triunfo, aplausos, risas y salía a flote un tiburón, contorsionándose y dando saltos y coletazos. Amali, siempre recostado en su taburete, no parecía prestar atención a aquellas escenas, a las cuales, por otra parle, estaba acostumbrado.

Continuaba mirando en dirección a la isla, con movimientos de impaciencia, o entre las barcas, por si descubría a Durga.

Por último, vióse la canoa del segundo deslizarse entre las barcas de los pescadores y acercarse rápidamente a la nave.

Amali se levantó, dejando sobre el taburete su rica pipa.

—¿Qué noticias me traes? —le preguntó en cuanto el segundo, entregando la chalupa a algunos marineros, se izó a bordo.

—Buenas noticias, patrón.

—¿Has sabido quién es ese hombre?

—Creo que sí.

—¿No estás seguro? —preguntó Amali, frunciendo el ceño.

—Tú dirás, cuando me hayas oído.

—Espero a que te expliques.

—Debes haber visto alguna otra vez a ese joven.

—¿Yo? —exclamó Amali, manifestando el mayor asombro—. ¿Es un pescador de perlas?

—¡Oh, no, patrón!

—Me lo figuré, porque de serlo no habría rechazado mi regalo.

—Hace dos días que su chalupa viene aquí a pescar ostras perlíferas y se sabe que viene de la isla de Manaar.

—¿Eso es todo?

—No, patrón, déjame respirar un poco. He remado como un galeote para llegar pronto.

—Prosigue, ya respirarás después —dijo Amali.

—Dícese que ese joven es un personaje importante.

—¡Oh!

—El príncipe de Manaar.

El rey de los pescadores de perlas miró a Durga, pintándose en su rostro el más profundo estupor.

—¿Dapali, el señor de Maramaram? —exclamó.

—… Y de Mannar.

—Le conocí la noche en que el maharajá de Yafnapatam asesinaba a mi hermano —dijo Amali, con acento sombrío—. ¿Y sabes qué más se dice?

—Sí.

—Dímelo.

—Que está locamente enamorado de la hermana del maharajá y ha venido aquí a buscar perlas azules para hacerle un regalo a la bella princesa.

—¡Por mi venganza y por la muerte de todas las divinidades de Ceilán! —gritó Amali, con voz trémula—. Si ese mancebo espera atravesarse en mis designios, se equivoca. No me arredrarían ni todos los rayos de Buda.

—Tú no puedes temerle, aunque digan que el príncipe de Manaar y de Maramaram tenga guerreros y naves.

El rey de los pescadores de perlas no respondió. Se levantó nuevamente y miró hacia un punto negro que se destacaba en el mar tranquilo, levantando en torno centellas de oro.

—¿Qué miras, patrón? —inquirió Durga.

—¡Allí…! ¡Allí…! ¡Viene…! ¡Me lo dice el corazón!

—¿La hermana del maharajá?

—Sí, Durga: la bella Mysora.

—Pero, ¿cómo sabes que es ésa su chalupa y no otra?

—Es la suya, te lo aseguro, porque me palpita el corazón. Veo centellear los dorados bajo los rayos del sol.

—¿Y permaneceremos aquí?

—¿Por qué no?

—Si te viera se asustaría. Sabe que eres el más terrible enemigo de su hermano y que tienes que cumplir una venganza.

—Es verdad, no debe ignorarlo. Es necesario que no se inquiete y asista a la pesca con toda seguridad. Es un capricho que le costará caro, porque cuando haya cerrado la noche, nuestro velero se pondrá en marcha y veremos si el príncipe de Manaar será capaz de salvar a Mysora. Has de subir a cubierta las cuatro espingardas y prepara las carabinas y los sables.

—¿Correrá la sangre?

—Seguramente.

—Nuestros hombres son valientes.

—Lo sé, y aunque los enemigos fuesen dos veces más numerosos no resistirían mucho tiempo. ¡Maharajá de Yafnapatam, empiezo mi venganza! ¡Primero tu hermana, después tú… y mi hermano quedará vengado!

El rey de los pescadores de perlas había hablado con un, acento tan amenazador, que Durga se estremeció.

—¿Quieres matar a Mysora, la más hermosa princesa de Ceilán? —exclamó—. ¡Oh, patrón!

—¿Matarla? ¡No! Tú ignoras cuánto la amo, para mi desgracia, aparte de que el rey de los pescadores de perlas no es ningún bandido para mancharse las manos con la sangre de una mujer.

—¿Qué vas a hacer de ella, entonces?

—Ni yo mismo lo sé en este momento, pero pienso podrá servir para libertar a Maduri y para más aún. Manda cargar las velas y alejémonos antes de que nos vea.

Los marineros, que sólo esperaban aquella orden, levaron anclas apenas advertidos y desplegaron las velas que habían permanecido arrolladas durante aquella larga espera.

La ligera nave, impulsada por el viento, dejó el banco deslizándose prestamente por entre las barcas de los pescadores que la rodeaban, y se internó en alta mar, colocándose detrás de las últimas hileras de barcas.

A trescientas brazas estaba el crucero inglés, cerca del cual se hallaba la chalupa dorada del príncipe de Manaar.

El crucero, enviado por el gobierno de la India para vigilar la pesca, era un hermoso barco de quinientas toneladas, armado con seis cañones y dotado con una tripulación cuatro o cinco veces más numerosa que la del rey de los pescadores de perlas.

Sin embargo, Amali, que se había puesto al timón, no tuvo reparo en pasar por detrás de su popa, mientras aparecía en sus labios una desdeñosa sonrisa al ver que los marineros ingleses se agolpaban en las bordas y miraban su barco sospechosamente.

—¡Patrón! —dijo Durga, que advirtió aquel movimiento—. ¿Les habrá dicho algo a los ingleses de tus proyectos el príncipe de Manaar?

—¿Y a mí que me importa? —respondió Amali, encogiéndose de hombros—. Que intenten los ingleses darle caza a mi «Bangalore». Aunque diesen todo el trapo de reserva, les dejaría muy lejos, y luego que me sigan por los bajos, si se atreven. Les haremos correr hasta mi inaccesible nido para que se estrellen contra los arrecifes submarinos.

—Sí el príncipe se ha colocado bajo la protección de los cañones ingleses, es que debe haber hablado. No te fíes, y anda con ojo avizor.

—Que haga lo que quiera y veremos si sus dos espingardas dan cuenta de mis cuatro. ¡No nos hemos engañado…! He ahí la bella Mysora que avanza… Cara pagará tal imprudencia.

—¿Sabías, pues, con seguridad que había de venir?

—Sí.

—¿Quién te lo dijo? ¿El espía que tienes a sueldo?

—No; un fiel amigo de mí difunto hermano que vive en la corte del maharajá. Durga, maniobra de manera que pasemos junto a la barca de la bella Mysora y tráeme un, turbante para que no pueda reconocerme.

—¿Por qué ocultarte? Mysora no te ha temido nunca.

—Eso no lo sabemos, y luego, el gavilán desea ver a la paloma antes de hacerla su presa —respondió el rey de los pescadores de perlas.

El segundo dio una orden a los marineros que gobernaban las velas, y después entregó al patrón un ancho turbante de seda azul que podía ocultarle el rostro por completo.

El «Bangalore», que ahora maniobraba en alta mar, deslizábase rápido sobre las doradas olas del mar, rizado por la brisa que soplaba de las costas meridionales de la India.

Parecía como si apenas rozase las ondas. Inclinado ligeramente a babor, con las velas hinchadas, corría con una velocidad fantástica, dejando en, popa una larga estela de plata en medio de la cual veíase agitarse tiburones enormes.

La chalupa que había partido de las playas de Ceilán, avanzaba en sentido contrario.

Era una rica galera de veinticuatro remos, recargada de dorados, con la proa afiladísima, adornada con un mascarón que representaba una cabeza de cocodrilo y las bordas cubiertas con ricas estofas adamascadas que caían formando graciosos pliegues hasta el agua.

En el centro, bajo un baldaquín de seda amarilla, apoyado sobre palos dorados coronados por enormes plumeros de pavo real, sentábase una joven cingalesa, de belleza maravillosa, envuelta en un amplio manto de seda azul, recamado de oro y sembrado de perlas.

Pendíanle del cuello numerosas hileras de perlas y de las muñecas brazaletes de oro, y llevaba en la cabeza una ancha banda de seda de rayas blancas y rosa que escondía mal los larguísimos cabellos negros que le cubrían los hombros como un manto de terciopelo.

Los rasgos de su semblante, impregnado de profunda dulzura, que no carecía, sin embargo, también de cierta altivez, ofrecían una regularidad tan perfecta, que podían competir con los más puros de la raza blanca.

Poseía ojos grandes, de un negro intenso, con cejas de admirable finura; labios pequeños y rosados como fresas; la nariz graciosísima y la barbilla redonda, con un hoyuelo marcado por tres minúsculas estrellitas de oro, según costumbre de las bellas cingalesas.

Recostada sobre una alfombra centelleante de oro, dábase aire con un abanico de plumas de pavo real, fijas en un mango de plata.

La chalupa, que era muy larga, casi tanto como la nave del rey de los pescadores de perlas, si bien mucho más baja, avanzaba rápidamente al empuje de los veinticuatro remos empuñados por robustos y ágiles mozos, pomposamente vestidos con largas camisas de seda blanca adamascada y ceñidas a la cintura por anchas cintas volanderas.

Amali, cuya nave pasaba en aquel momento a menos de doscientos metros, fijó sus ojos en la hermana del maharajá y sintió un largo estremecimiento.

—¡Es hermosa! —murmuró—. Es la hermana del hombre que mató a mi hermano y la descendiente de los que me han usurpado el trono. La sangre grita venganza, pero ¿podré ser inexorable con todos ellos? No; será imposible, a lo menos en cuanto a Mysora.

Durga, que le observaba, quedó casi aterrado al notar la palidez que cubría el rostro del rey de los pescadores de perlas.

—Mysora no correrá ningún, peligro —murmuró—. ¡Amali permanecerá sordo al grito de la sangre! ¡El desgraciado la ama demasiado! ¿Cómo podrá libertad al niño a quien el maharajá tiene en rehenes? ¡Mejor sería que nunca la hubiese visto!

3. Abordaje nocturno

En tanto que la barca de Mysora continuaba su rápida carrera hacia los bancos perlíferos de Manaar, el «Bangalore» había seguido alejándose, con rumbo a Ceilán, cuyas montañas, cubiertas de frondosa vegetación, resaltaban netamente hacia levante.

Había aumentado la brisa y la ligera nave corría con mayor velocidad, rivalizado con las aves marinas que se dirigían a tierra, donde encontrarían abundante pasto entre los millones y millones de ostras puestas a secar en la playa para pudrirse, antes de extraer de ellas las perlas.

Amali había vuelto a sumirse en su meditación. Apenas experimentaba un sacudimiento y se volvía hacia los bancos de Manaar, siguiendo siempre con los ojos la hermosa chalupa de la hermana del maharajá, que ahora era sólo un punto negro apenas visible en la superficie centelleante del mar.

Durga, que se aburría con aquel silencio, le sacó de sus meditaciones.

—¿Tan preocupado está mi patrón que no da ninguna orden? —preguntó—. ¿Debemos seguir navegando hasta que demos en las playas de Ceilán y nos metamos en la boca del lobo? Ahí está el peligro; ya lo sabes, Amali.

—No lo ignoro —contestó el rey de los pescadores, saliendo de su abstracción—; las playas de Ceilán nos están vedadas.

—¿Dónde esperaremos el regreso de Mysora? Si debemos dar el golpe, intentémoslo en alta mar, para evitar el peligro de que los de Yafnapatam oigan el estampido de las espingardas y corran a darnos caza.

—Iremos a ocultarnos detrás de los escollos de Say —respondió Amali—. Si el príncipe Dapali, como sospecho, la acompañase y reconociese mi nave, cambiaría de rumbo y huiría hacia las costas de la India.

—O lo que es peor, podría pedir auxilio al crucero inglés. ¡Mal negocio, patrón, si entran en juego los cañones!

—Si el golpe falla, volveremos a refugiarnos en nuestro inaccesible nido, esperando mejores tiempos para asestarle un golpe en el corazón al maharajá, aun cuando yo estoy seguro de que, antes de mañana, habrá caído Mysora en mis manos. He aquí los escollos; vayamos a buscar en ellos un refugio en espera de que regresen los cingaleses.

A cosa de dos millas del «Bangalorc» veíanse gran número de rocas que formaban un vasto semicírculo, ocupando un espacio de tres o cuatrocientos metros.

Eran cinco o seis islotes, unidos entre sí por bancos que, en la bajamar, debían, quedar al descubierto y estaban habitados por legiones de aves marinas: islotes temidos por los buques, porque no había ningún faro que señalase su presencia.

El mar se estrellaba allí con ruido atronador, rodeando los escollos con un cinturón de blanquísima espuma y cubriendo, a intervalos, los arrecifes menores, que hacían dificilísima y peligrosa su aproximación.

El «Bangalore», que era de poco calado y maniobraba hábilmente, pasó con facilidad a través de los bancos, que en aquel momento estaban cubiertos por cuatro pies de agua, por ser la pleamar, y fue a echar sus anclas en medio de los islotes, los cuales lo ocultaban completamente.

Al mediodía, Amali hizo repartir el rancho a sus hombres, y después, embarcándose con Durga en la chalupa, que fue botada de nuevo al agua, se dirigió a tierra saltando en la base del escollo más elevado, desde cuya cima podía dominarse un vastísimo trecho de mar.

Aquella roca, que se elevaba a doscientos pies sobre el nivel del agua, era tan abrupta, que podía desafiar al más diestro montañés, pero Amali, que era más ágil que un leopardo y tenía músculos de acero, emprendió su ascensión sin necesidad de que Durga le ayudase.

Cogiéndose en las raíces y las malezas, buscando las grietas para encontrar un punto de apoyo donde sentar los pies o saltando como un gamo, en, menos de diez minutos llegó a la cumbre y registró el mar con su mirada de águila.

Por poniente, a la larga distancia, veíanse numerosos puntos que se movían sin cesar, cubriendo el mar; eran las chalupas de los pescadores de perlas.

Por oriente, en cambio, se delineaba la soberbia playa de Ceilán, cubierta de tupida vegetación e interrumpida por profundos senos que describían caprichosas curvas. Detrás, altas montañas, verdeantes desde la falda a la cima, lanzaban sus picos hacia el cielo, declinando suavemente por la parte del mar.

—¡Allí está Mysora y allí el maharajá! —murmuró Amali, volviéndose primero hacia poniente y después hacia levante—. Entre vosotros se halla quien impedirá que os volváis a ver.

Sentóse en la punta más alta del escollo, se cruzó de brazos y esperó pacientemente a que se pusiese el sol, seguro de que la chalupa del maharajá no abandonaría la pesca antes de que el crucero inglés señalase la clausura con un cañonazo.

Durga, que se le había reunido, con muchas fatigas, se había sentado a su lado, mascando una mezcla formada por hojas de betabel, nuez de areca y tabaco, con un pellizco de creta de las conchas, mezcla asaz picante que los cingaleses emplean sin moderación, destruyendo sus dientes y sus encías.

Viendo que el capitán no parecía dispuesto a hablar, permanecía silencioso también él, siguiendo, con distraída mirada, el vuelo de las gaviotas.

En tanto, el sol, se ponía lentamente, rozando con su borde inferior el horizonte, mientras por la parte opuesta salía la luna haciendo centellear las aguas con miríadas de argentadas chispas. La noche avanzaba rápidamente, pues en aquellas regiones surge casi de improviso, no siendo, como en nuestros países, largos los crepúsculos.

Ya el sol estaba a punto de desaparecer, cuando repercutió un lejano estampido en el mar, propagándose distintamente por encima de las aguas, y llegando su eco a los escollos.

Era el cañonazo del crucero inglés que señalaba la clausura de la pesca por aquel día.

Amali se levantó. Una llama siniestra iluminaba sus ojos, mientras su nariz se dilataba como si olfatease ya la pólvora.

Erguido en la cima más alta del escollo, miraba hacia el poniente, siguiendo los movimientos desordenados de los puntos negros que indicaban las chalupas de los pescadores.

Esperaba que alguno de aquellos puntos negros se destacase de los demás y se dirigiese hacia levante.

—¿La ves? —preguntó un momento después a Durga, con expresión radiante—. ¿La ves cómo avanza?

—Sí, patrón; la barca de la bella Mysora se ha separado del grueso de las chalupas y hace rumbo a Ceilán.

—El maharajá la aguardará en vano esta noche.

Nuestros hombres están prontos a abordarla y les veo ya empuñar las armas. Están impacientes por medirse con los cingaleses del maharajá y vengar el miserable fin de tu hermano. Son veinte, pero no se arredran para desafiar a ciento.

—¡Ah!

—¿Qué sucede, patrón?

Delineóse un profundo fruncimiento en la frente del rey de los pescadores de perlas.

—Veo otro punto negro que sigue la barca de Mysora.

—¿Será la chalupa del príncipe de Manaar?

—Debe ser la suya, Durga.

—¡Veinte contra treinta y seis! La partida aumenta.

—¿Y yo no cuento?

—Tú vales por doce, patrón; pero ¿no ves moverse una mancha blanca a lo largo de los bancos? Es el crucero inglés que sigue a distancia a Mysora y al príncipe de Manaar.

—¡También los blancos! —exclamó Amali, rechinando los dientes—. ¿Se han aliado todos contra mí? Durga, vayamos a bordo.

—¿Iremos igualmente al abordaje?

—Esta noche no me detendrá ni el mismo Buda, aunque debiese combatir contra cingaleses e ingleses. Mi cimitarra no respetará a nadie.

Bajaron del escollo dejándose resbalar por las pendientes y saltando de meseta en meseta llegaron a los cinco minutos a la playa, donde su canoa estaba varada en la arena a causa de la bajamar.

Con veinte golpes de remo salvaron el espacio que los separaba del «Bangalore» y subieron a bordo. Los hombres de Amali habían notado ya que se acercaba la chalupa de Mysora y es habían preparado valerosamente a la pelea.

Las espingardas habían sido cargadas con balas de dos libras y habían llevado a cubierta fusiles, sables de hojas en forma de canal, como usan las poblaciones del centro de Ceilán, y buen número de pistolas y trabucos.

Aquellos marineros eran todos de probado valor y ya muchas veces se habían medido contra los guerreros del maharajá de Yafnapatam, para vengar al hermano de su señor, y no temían a la muerte.

Por otra parte, todos ellos eran gallardos jóvenes, escogidos con cuidado entre los adictos y los pescadores de perlas, que solían manejar con igual habilidad los remos y las armas.

—Patrón —dijo uno de ellos, cuyo cinto estaba erizado de pistolones y puñales—. ¿Vamos a dar batalla a los cingaleses del maharajá?

—Sí, amigos —contestó el rey de los pescadores.

—Vamos a matarlos a todos.

—No a todos. ¡Ay del que toque a Mysora! Ella debe caer en mis manos, viva e incólume.

—La tendrás, patrón —respondieron a una voz los pescadores.

Cargad las velas, levad anclas y salgamos a su encuentro.

Dos minutos más tarde, el «Bangalore» con todas sus velas al viento, abandonaba el fondeadero, bordeando hábilmente los bancos y los escollos que se extendían alrededor del grupo de los islotes.

Durga, juntamente con sus hombres, se había colocado detrás de las espingardas, mientras Amali, dejando las pistolas y la cimitarra sobre un banco que tenía delante, había empuñado la rueda del timón.

El sol se había ocultado ya hacía tiempo y la oscuridad había descendido sobre el mar; con todo, se veía muy bien, por brillar espléndidamente la luna en el cielo puro.

Una brisa bastante pura soplaba del Septentrión, levantando ligeras olas que iban a estrellarse con fragor contra los islotes, deslizándose sobre los bancos.

La magnífica barca de los cingaleses, al empuje de sus veinticuatro remos, avanzaba velozmente, dejando detrás de sí una larga estela de espuma.

Agrandábase a cada momento y se dirigía hacia Oriente, anhelosa de ponerse en seguro en la profunda bahía de Ceilán.

Pero en lugar de moverse directamente hacia los escollos, cerca de los cuales habría debido pasar, encontrándose en su ruta, parecía que trataba de dar un rodeo para alejarse de aquéllos.

—¿Habrán advertido que estando emboscados aquí? —dijo Amali, en el momento en que el «Bangalore», doblado el último islote, se hallaba en el mar libre—. ¿Qué te parece Durga?

—También, me sospecho eso —contestó el segundo—. O pueden haber olfateado el peligro.

—El príncipe de Manaar debe haber advertido a Mysora de mis intenciones.

—No veo que la siga, esforzándose en no perderla de vista.

—Veo también que el crucero se dirige hacia acá. Llegará cuando esté acabado todo, porque no tiene viento favorable.

—Pero después nos dará caza, señor.

—Están los bajos de Bitor —respondió Amali, con una sonrisa misteriosa.

—No te comprendo —dijo Durga, mirándole.

—Prepararé una buena zancadilla al inglés si se obstina en seguirnos. No descubrirá nuestro refugio.

—Los bajos de Bitor son peligrosos, guárdate de ellos.

—Amali los conoce bastante bien, caro amigo puedo atravesarlos sin que la quilla del «Bangalore» roce siquiera con los escollos coralíferos. Espera a que yo tenga a Mysora en mis manos y verás como todo saldrá a pedir de boca. ¡Mis valientes —añadió luego, levantando la voz—, aprestad las armas y cargad a fondo!

—Estamos prontos patrón —respondieron los marineros, cogiendo los mosquetes y poniéndose en la cintura las pistolas y los sables.

El «Bangalore», que tenía viento favorable, movióse resueltamente hacia la dorada chalupa de los cingaleses, de la que ahora sólo distaba algo más de media milla.

A quinientos metros detrás avanzaba la barca del príncipe de Manaar, y a dos millas navegaba, dando fatigosas bordadas, el crucero inglés.

Los cingaleses del maharajá, viendo navegar al «Bangalore» a su encuentro, como si quisiera cortarles el paso, después de una breve agitación, habían, cambiado la derrota, dirigiéndose velozmente hacia los escollos que poco antes trataban de evitar.

No siendo la chalupa de tal condición que pudiera medirse con la nave del rey de los pescadores de perlas, no poseyendo ninguna espingarda, intentaban refugiarse en el fondeadero y tomar tierra.

Amali no era hombre para dejarse engañar ni para soltar tan fácilmente la presa. Con una maniobra rapidísima, el «Bangalore» viró en redondo y fue a atravesarse el camino que seguía la chalupa.

A las cuarenta brazas, el rey de los pescadores entregó la barra del timón a uno de sus marineros, empuñó con la diestra la cimitarra y con la izquierda una pistola, y se lanzó a proa, gritando con voz potente:

—¡Alto! ¡No se pasa! ¡Deteneos o hago fuego!

Un hombre, un oficial del maharajá, vestido con suntuoso traje y que llevaba en el turbante una pluma de pavo eral, insignia de mando, se colocó rápidamente delante de Mysora para escudarla con su propio cuerpo, empuñando al mismo tiempo dos largas pistolas incrustadas en nácar.

—¿Quiénes sois y qué queréis? —preguntó, en tanto que sus hombres, abandonando precipitadamente los remos, requerían los sables.

—Soy el rey de los pescadores de perlas —contestó Amali, Con voz amenazadora—. El que se resista es hombre muerto.

Mysora, al oír aquel título, lanzó un grito de terror:

—¡El enemigo de mi hermano!

—¡Abajo las armas! —gritó Amali, mientras el «Bangalore» abordaba la chalupa.

—¡Ahí las tienen! —respondió el oficial.

Rasgaron las tinieblas dos relámpagos seguidos de dos detonaciones, pero el repentino balanceo de la chalupa, que en aquel momento era embestida por la nave de Amali, había desviado en el aire los dos tiros.

—¡Mis valientes, a ellos! —gritó Amali, haciendo fuego.

El oficial, herido en el pecho, cayó a los pies de Mysora, lanzando un gemido.

El rey de los pescadores iba a lanzarse al abordaje, cuando partió de la chalupa del príncipe de Manaar un tiro de espingarda, rompiendo la cabeza del elefante que adornaba la proa del «Bangalore».

—¡Contestad al príncipe! —gritó Amali—, y vosotros, ¡al abordaje!

Los veinticuatro remeros cingaleses, fuertes por el número, viéndose auxiliados por la chalupa del príncipe, se habían agolpado alrededor de su señora, empeñando la lucha con gran valor.

Amali, una vez caído el oficial, se lanzó de un salto a la chalupa, seguido de diez de los suyos.

Valiente entre los valientes, fuerte, ágil y guerrero experimentado, era hombre que no temía afrontar él solo a diez cingaleses, los cuales, generalmente, son de poca contextura y no muy belicosos.

Viendo delante de sí aquel tropel de hombres, se lanzó sobre ellos como un desesperado, descargando sablazos sobre los más próximos, mientras sus marineros, que habían abordado la chalupa por la popa, trataban de cogerles por la espalda para obligarles a descubrir a Mysora.

Entretanto Durga, ayudado por sólo cuatro marinos, hacía tronar las espingardas, tratando de echar a pique la barca del príncipe de Manaar, que avanzaba a toda velocidad, pero las sacudidas que daba la nave impedían al segundo dar en el blanco.

Amali, viendo que otros hombres acudían en defensa de la hermana del maharajá, redoblaba los golpes, gritando:

—¡Valor, mis bravos! ¡Hundid esta barrera! ¡Un esfuerzo más y es vuestra la victoria!

De dos golpes de cimitarra hizo caer a otros tantos cingaleses, de un pistoletazo derribó a un tercero y enseguida se precipitó furiosamente contra el tropel de los enemigos, repartiendo tajos y mandobles a diestro y siniestro.

Los cingaleses, ya desmoralizados por la muerte de su oficial, aterrados ante el extraordinario valor del rey de los pescadores de perlas, sólo oponían una débil resistencia, no obstante los gritos alentadores de Mysora.

La hermosa cingalesa, nada asustada por la sangrienta lucha que se empeñaba a su alrededor, trataba de reanimarlos.

Y, por su mano, de un pistoletazo había derribado a un pescador de perlas que trataba de acercársele, y ya dos veces había hecho fuego contra otros.

—¡Tened firme! —gritaba—. ¡Vienen en socorro nuestro! ¡Acordaos del maharajá! ¡Defended a vuestra señora!

Amali, furioso con aquella inesperada resistencia y viendo que la barca del príncipe se acercaba veloz y que el crucero inglés daba bordadas, recogiendo en cuanto podía el viento, redoblaba los golpes.

Parecía un tigre enfurecido. Saltaba en torno de los cingaleses aullando como una fiera, y su cimitarra, manejada con incomparable habilidad y con mano de hierro, descargaba golpes mortales.

—¡Vivo!, ¡matad! —gritaba—. Vienen también los ingleses.

Con un esfuerzo supremo hundió la línea de los combatientes, se abrió camino derribando a cuantos adversarios halló a su paso y cayó como un águila sobre la bella cingalesa.

Cogerla por el talle, levantarla en el aire como si fuese una pluma y lanzarla a bordo del «Bangalore», fue cuestión de un brevísimo instante.

Sus hombres protegían su retirada, mientras Durga enfilaba una de las espingardas contra los cingaleses y les abrazaba a quemarropa. En aquel momento resonó un alarido terrible. —¡Ah, perro! ¡Déjala o te mato!

4. Un naufragio desastroso

La chalupa del príncipe de Manaar, que había logrado huir por tres veces a los disparos de espingarda de Durga, acababa de abordar al «Bangalore» en el momento en que Amali llevaba a cabo el rapto de Mysora.

Había llegado ya demasiado tarde, pero quizá aun fuera tiempo para disputar la victoria al rey de los pescadores de perlas.

El joven príncipe se había lanzado al abordaje, seguido de sus doce hombres, que habían saltado sobre la cubierta de la nave, lanzando salvajes aullidos para animarse mutuamente.

Amali, confiando a Durga el cuidado de su cautiva, que había sido llevada bajo cubierta, a la cámara de popa, hacía frente a aquellos nuevos adversarios para cerrarles el paso.

El peligro aumentaba, porque la nave inglesa proseguía su avance para intervenir en la lucha. No se había atrevido aún a hacer uso de su artillería para no destruir a un tiempo a amigos y enemigos; podía hacerlo después y echar a pique el «Bangalore» con algunas vigorosas andanadas.

El príncipe de Manaar, sin pérdida de tiempo, había atacado con mucho ánimo a Amali, mientras sus guerreros luchaban ferozmente con la tripulación de la nave.

Los cingaleses, reducidos ya a la mitad, hasta dichosos con ver aparecer a otros en su defensa, en lugar de empuñar las armas se habían lanzado a los remos, huyendo cobardemente hacia Ceilán.

—¡Deja en libertad a Mysora! —gritó el joven príncipe, levantando amenazadoramente la cimitarra contra Amali.

—La hermana del maharajá es mía —respondió él—, y mientras me quede una gota de sangre no te la devolveré.

—¡Entonces te mato!

—¡Aquí me tienes!

Mientras en torno suyo ardía la lucha, los dos rivales se habían lanzado uno contra otro con igual furor, cruzándose terribles golpes.

Si Amali era un guerrero formidable, también, el príncipe demostraba un valor de león y una pericia nada común en el manejo de la cimitarra.

Aunque joven, era robustísimo y ágil como una pantera. La cimitarra relampagueaba arriba y abajo con una rapidez fulmínea, tratando de herir en el corazón al rey de los pescadores de perlas.

Ora atacaba, ora retrocedía; se levantaba de un salto y se bajaba hacia las tablas de la cubierta para luego erguirse nuevamente.

Amali oponían siempre su hierro a aquellos veloces golpes.

—¡Para ti! —gritaba.

—¡Para este bote, ladrón de mujeres! —respondía el príncipe.

—No te atreves a descubrirte.

—Y tú tienes miedo.

—¡Yo que he desafiado al tiburón para salvarte!

Amali, impaciente por terminar con su rival, atacaba siempre; veía con terror acercarse cada vez más el crucero inglés y temía ser cañoneado. Sus hombres, afortunadamente, habían cobrado de pronto ventaja sobre los del príncipe y estaban ya para arrojarse a la chalupa después de haber herido a más de la mitad.

—¡Acabemos! —gritó Amali.

De un tremendo golpe hizo saltar de manos del príncipe la cimitarra, y luego tiró una cuchillada.

La hoja hirió al joven en el costado derecho, tumbándolo ensangrentado sobre cubierta.

—¡Huyamos! —gritó Amali—. ¡Los ingleses están ahí! Y sus marineros, que habían arrojado ya a su nave a los guerreros de Manaar, volcaron con un vigoroso empuje la barca de los adversarios, cayendo al agua todos, vivos, muertos y heridos, después de lo cual cazaron rápidamente las velas, mientras el rey de los pescadores levantaba al joven, príncipe desvanecido y lo entregaba a Durga.

—¿Lo arrojo al agua? —preguntó el segundo.

—No, es un valiente —respondió Amali—. Véndale la herida y llévalo a tu camarote. La herida no debe ser grave.

—Está bien, patrón.

En aquel momento partió un cañonazo del crucero inglés y la bala agujereó una vela del «Bangalore».

—¡Al Sur! —gritó Amali cogiendo la barra del timón—. Es inútil usar las espingardas.

La nave se puso al viento para poder cogerlo en popa y se deslizó sobre las olas, alejándose.

También el crucero inglés desplegó todo el velamen suplementario y aumentó su velocidad, imitando la maniobra del «Bangalore».

Sin embargo, era demasiado pesado para poder competir con el ligerísimo velero del rey de los pescadores de perlas, que apenas parecía rozar el agua.

Dos veces más tronó su cañón, pero los disparos resultaron cortos.

—Ya estamos fuera de alcance —murmuró Amali, con una sonrisa de satisfacción.

Durga salía en aquel momento.

—¿Has curado al príncipe? —le preguntó el rey de los pescadores.

—Sí, patrón.

—¿Es grave su herida?

—Más dolorosa que de peligro. Tu cimitarra ha resbalado sobre las costillas y no le ha producido más que un corte superficial. Dentro de algunas semanas podrá tenerse en pie.

—¿Y Mysora?

—La he encerrado en tu cámara.

—¿Has quitado mis armas?

—Todas, Amali.

—¿Llora?

—Sí, pero creo que de rabia.

—Ya se calmará —respondió el rey de los pescadores—. Si teme que la he robado para matarla, se equivoca: Amali es generoso, y además la ama demasiado.

—¿Y los ingleses?

—Nos siguen.

—¿Nos persiguen hasta nuestro refugio? —preguntó Durga, inquieto.

—No lo verán; mira allá abajo. ¿No ves romperse las olas?

—Sí; son los bajos de Bitor.

—Y nosotros vamos a correr por ellos.

—No te fíes, patrón; son traidores.

—No les temo, y desde luego, debemos desembarazarnos de esos molestos ingleses. ¡Que rabien! ¡Que vayan cañoneando! Pronto se les acabará la pólvora.

El crucero, viendo que no lograba dar alcance a «Bangalore», continuaba disparando con sus cañones más gruesos y siempre con resultado negativo, porque la distancia aumentaba cada vez más.

Sólo alguna bala, lanzada por el cañón de proa, que debía tener un alcance superior a los demás, caía cerca del barco, levantando un enorme surtido de agua, pero caía muerta y en caso de tocar en la madera poco daño habría podido cansar.

—¡Ah! —exclamó Amali—; si yo dispusiese de artillería gruesa, no huiría así de vosotros y os demostraría que el rey de los pescadores de perlas también sabe batirse. No importa; vuestra pérdida será igualmente segura.

Tenía fijas las miradas en el mar, donde las olas continuaban, estrellándose, levantándose a gran altura y mugiendo sordamente.

Hubiérase dicho que buscaba entre la espuma un paso de él sólo conocido.

Deseando tener cercanos a los ingleses para que no advirtiesen a tiempo el engaño, comenzó a dar bordadas, ora a levante, ora a poniente, como si se mostrase irresoluto sobre el camino que emprendería.

Los ingleses, creyendo que quería aceptar el combate que había renunciado a continuar la fuga, se adelantaban sin disparar. O deseaban cogerlos a todos vivos o exterminarlos de una sola vez con una andanada de metralla.

Amali, que no perdía de vista el crucero, le dejaba hacer, se mantenía cerca en la proximidad de los peligrosos bancos que las olas impedían advertir. Viendo una nube que corría hacia la luna, Amali la indicó a Durga.

—Cuando haya cubierto la luna y la oscuridad sea mayor, nos lanzaremos sobre los bajos —le dijo.

—¿No seguirán los ingleses?

—Tal vez ignoren su existencia. Déjame hacer, y verás cómo ese barco se estrella contra las rocas de coral.

A un cuarto de milla el crucero volvió a disparar. La bala pasó sobre el «Bangalore» rompiéndole algunas cuerdas y agujereando su gallardete.

Casi en el mismo instante la nube cubría la luna, interceptando su luz.

—¡Estad atentos! —gritó Amali—. Pasados sobre los bancos.

Habían alzado, para ver mejor, los obstáculos que se levantaban ante la nave.

El momento era terrible, porque bastaba un falso golpe del timón o una maniobra mal ejecutada para que todo se perdiese.

Amali aparecía tranquilo, como si estuviese seguro del éxito. Su mirada de águila había descubierto ya el sitio por donde debían pasar.

El «Bangalore», al que la brisa, ahora muy fuerte, impulsaba velozmente, cruzó por en medio de las olas que rugían en torno de los bancos, sin desviarse una sola línea.

—Patrón —dijo Durga, que se había puesto palidísimo—; corremos a la muerte.

—¡Silencio! —gritó Amali—. ¡Ay del que hable!

Las olas rodeaban por todas partes el «Bangalore;», sacudiéndolo fuertemente y azotando las bordas. Se oían ciertos golpes como si la quilla rascase alguna vez el fondo o las puntas de los arrecifes la arañasen.

La nave inglesa seguía avanzando sin ninguna sospecha, y de vez en cuando disparaba algún cañonazo.

—¿Pasamos? —gritó Amali.

—Sí, patrón —respondieron a una voz los hombres—. Este es el último banco.

—Disparad las espingardas. Finjamos que aceptamos el combate.

Durga y otros dos marineros hicieron tronar las armas, desde cubierta, mientras Amali lanzaba resueltamente el «Bangalore», salvando el último banco.

El comandante del crucero, engañado, creyendo que había aún bastante fondo, no había evitado el gravísimo peligro. Corría ciegamente hacia él, esperando caer sobre el «Bangalore» y echarlo a pique con algunos cañonazos.

—¡Ya están sobre los arrecifes! —gritó Amali.

Oyóse un horrible crujido y el crucero se detuvo de pronto, cayéndose bruscamente hacia un lado.

Rasgaron los aires aullidos de espanto, maldiciones, voces de mando afanosas, y luego un segundo crujido.

El crucero se había despanzurrado sobre los escollos de coral y el agua entraba por cien boquetes, invadiendo la cala y haciéndolo sumergir rápidamente.

Alzóse un grito de triunfo de la tripulación del «Bangalore».

Ya el crucero había quedado fuera de combate y Amali podía llegar a su refugio sin temor de verse perseguido.

Entretanto, los ingleses se precipitaban en las embarcaciones en medio de la mayor confusión, disputándose encarnizadamente los botes.

En vano los jefes blasfemaban y amenazaban. El pánico los había enloquecido a todos, marinos y oficiales.

La nave se inclinaba siempre, pronto a tumbarse. Los palos se balanceaban en el aire, amenazando con caer sobre las chalupas, que aun no habían podido zarpar.

—Patrón —dijo Durga—, ametrallémosles, ya que están indefensos.

—Será una crueldad inútil —respondió el rey de los pescadores de perlas—. Pensemos mejor en huir, antes de que aparezca otro barco.

—¿Dejaremos el crucero sin saquearlo?

—Quedará varado, y podremos más tarde venir a apoderarnos de la artillería. Los ingleses tienen por ahora otra cosa que hacer, que pensar en sus cañones.

Mientras la tripulación del crucero náufrago se ponía a salvo, el «Bangalore» había continuado su ruta, alejándose de aquellos parajes.

El crucero, después de haberse sumergido hasta la amura, se había detenido en su descenso. Sobre el agua no quedaban más que la cubierta y la arboladura; podíase considerar como enteramente perdido.

—Vayamos a nuestro refugio y dejémosles que se las arreglen como puedan —dijo Amali—. Durga, anda a ver al príncipe de Manaar, por sí necesita tus cuidados. Acuérdate que he dicho que no quiero que muera.

—¿Qué vas a hacer con él?

—No lo sé aún, pero se me antoja que quizá puede serme útil algún día.

—Y con toda certeza, ayudará a escapar a nuestra prisionera, patrón —respondió el segundo—. No olvides que la ama.

Una nube obscureció la frente del rey de los pescadores.

—Les vigilaremos con, cuidado —dijo.

Confió la barra del timón a uno de los marineros y descendió bajo cubierta, deteniéndose ante la puerta de su cámara.

«Mysora estará furiosa», pensó.

Permaneció un momento escuchando y como no oyera ningún rumor, abrió la puerta y entró.

La cámara del rey de los pescadores de una elegantísima estancia de dos metros cuadrados, iluminada por una lámpara chinesca de flores amarillas y azules; cubierto el suelo de alfombras y adornada con dos divanes de seda con flecos de oro.

Las paredes estaban tapizadas de pesadas estofas, maravillosamente recamadas, con trofeos de narguiles, aparejos marinos, plumas de pavo real y enormes conchas de género tridacne, centelleantes de nácar y con los bordes carmesíes.

Mysora se hallaba echada sobre un diván, con el rostro oculto entre las manos.

Al oír entrar a su raptor se levantó dando un salto felino, mirándole en el rostro con sus ojos negrísimos y profundos, animados por la cólera.

—¿Eres tú el rey de los pescadores de perlas? —preguntó con voz desdeñosa.

—Sí, Mysora —respondió Amali con acento casi respetuoso.

—¿Tú sabes quién soy yo?

—La hermana del maharajá de Yafnapatam.

—¿Y has osado atacarme?

—Tu hermano no me da miedo.

—Es poderoso.

—Sí, en su tierra, pero yo soy poderoso en el mar —respondió Amali con orgullo—. ¿Quieres una prueba de ello? He vencido a tu gente, que era dos veces más numerosa que la mía; he echado a pique la chalupa del príncipe de Manaar que acudía en tu socorro y he hecho que se tragara el mar al crucero inglés que te seguía a distancia. ¿Crees que tu hermano hubiera sido capaz de hacer otro tanto?

—¡El príncipe de Manaar! —exclamó Mysora con acento de ironía.

—Más de lo que te crees, señora —respondió Amali, indignado—. Esta mañana he salvado al príncipe de las fauces de un tiburón que estaba a punto de devorarlo y esta noche le he conservado otra vez la vida, pudiendo partirle el cráneo. Como ves, no soy el bandido que te han pintado.

—Un hombre valeroso no debe robar a las mujeres —dijo Mysora, algo suavizada.

—¿Sabes que odio terrible existe entre tu hermano y yo?

—Sé que eres su enemigo, y me basta.

—Cuando estemos en mi roca, te contaré una historia terrible que tu hermano te ha ocultado siempre —dijo Amali con voz sorda.

—¿Y qué quieres hacer conmigo?

—Ya lo sabrás más adelante.

—¿Matarme? —preguntó Mysora, retadora, mirándole con ojos centelleantes.

—El rey de los pescadores de perlas mata a los enemigos que le hacen la guerra, pero respeta a las mujeres.

—Si verdaderamente eres leal y generoso, devuélveme a mi hermano.

—Ahora es imposible.

—Porque tienes miedo de acercarte a las playas de Yafnapatam.

—¿Yo? —exclamó Amali—. Te demostraré lo contrario mucho antes de lo que imaginas.

—¿Te atreverías a intentar algo contra mi hermano el maharajá?

—Vengarme de él.

—Te harías matar.

Los labios de Amali se contrajeron con una sonrisa despectiva.

—El rey de los pescadores de perlas es demasiado orgulloso y demasiado astuto para tenerle miedo y para dejarse matar. No soy tan necio.

—Pero, ¿por qué quieres vengarte de mi hermano? —exclamó Mysora.

—Porque hay sangre entre él y yo —respondió Amali.

Mysora, al oír aquellas palabras se estremeció y le miró con espanto.

—¿Quieres acaso engañarme? —dijo después.

—Pronto te daré a prueba y verás que he dicho a verdad. Después tú misma podrás juzgar si puedo perdonar a tu hermano la ofensa hecha a los míos.

—¿Y confundes en tu odio al príncipe de Manaar? —preguntó Mysora.

—A ése no le conocía hasta hoy, ni he tenido motivo nunca para quejarme de él.

Enseguida, mirándola con atención, le preguntó con brusquedad:

—¿Le amas?

Había en la voz del rey de los pescadores una misteriosa vibración que afectó vivamente a Mysora.

—¿Por qué me lo preguntas? —exclamó.

—Sé que el príncipe; de Manaar buscaba en los bancos perlas azules para hacerte un regalo.

—¿A mí? —exclamó la princesa, sorprendida.

—¿Ignorabas que te ama?

—Jamás lo supe.

—Pues ya lo sabes ahora —dijo Amali con profunda amargura.

—Diríase que lo lamentas.

—Ya hablaremos de eso otra —vez; entretanto, el príncipe de Manaar es mi cautivo, y no le será tan fácil ir en busca de perlas azules.

—Mi hermano le querrá libertad.

—¿En la caverna de los tiburones? —preguntó el rey de los pescadores con una sonrisa irónica—. No conoces tú aún mi guarida. Adiós, Mysora, y no pienses mucho en el príncipe de Manaar. Entre tú y él, estoy yo.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Es pronto aún para decírtelo todo —respondió Amali—. Mi cámara está a tu entera disposición, señora, y si necesitas algo, no tienes más que llamar sobre esta placa de metal, y acudiré.

—Prefiero no molestarte —dijo la joven princesa.

—¿Tanto me aborreces, pues?

—Yo no sé, pero el corazón me dice que has de serle fatal a mi familia.

Amali permaneció un momento inmóvil, mirando a la hermosa doncella con ojos cual si quisiera adivinar si aquellas palabras eran verdaderas o eran dichas tan sólo con los labios, después de lo cual salió rápidamente, cerrando la puerta con despecho.

—Sí —murmuró cuando estuvo solo—; seré fatal a tu hermano, y tú a mí. Ahora al otro.

Cruzó lentamente la crujía y entró en el camarote de Durga, que se encontraba a un lado del palo mayor. También estaba bien arreglado, aunque con menos lujo. Sin embargo, había alfombras, un muelle diván y panoplias de diversas armas que el segundo no se había tomado el trabajo de quitar.

El joven príncipe de Manaar, que se hallaba tendido sobre el diván, había vuelto ya en sí. Durga estaba en aquel momento cambiándole el vendaje, después de haber aplicado sobre la herida un emplasto de hierbas, sólo de él conocida. Al ver entrar a Amali, subió al rostro del príncipe una llamarada de ira. Sin pensar en el dolor, se levantó del diván gritando:

—¿Qué has hecho de Mysora, pirata?

—¿Así me recibes? —exclamó el rey de los pescadores—. No eres generoso, príncipe de Manaar.

—Te pregunto dónde está Mysora.

—Está en mí poder.

—Vuélvela a su país, o, palabra de príncipe, vas a pagar cara la infamia que has cometido.

Amali cruzó los brazos sobre el pecho, y dijo con voz grave:

—Cuida de que no me arrepienta de haberme mostrado sobrado generoso contigo, príncipe de Manaar. El mar es aquí muy profundo, y una vez arrojado al agua, un hombre no vuelve tan fácilmente a la superficie.

—¿Es una amenaza para asustarme?

—Es lo que haré, si me apuras la paciencia.

—Pudiste matarme cuando tu cimitarra me hizo caer al suelo.

—Pues ya ves que te he perdonado la vida para demostrarte que el rey de los pescadores de perlas no es un vulgar bandido.

—¿Me tendrás prisionero?

—Hasta que me parezca.

—Mis hombres vendrán a libertarme y harán trizas de ti y de todos tus secuaces.

—Hay quince mil pescadores de perlas y todos me obedecen; cingaleses, malabares o travancoreanos. ¿Puede oponerme otros tantos el príncipe de Manaar? Como ves soy más poderoso de lo que crees.

—A los míos se unirán los de Yafnapatam.

—Que traten de atacarme y verán quien obtendrá la victoria. Durga, vigila a ese hombre, y sí es menester, átalo.

—No le perderé de vista ni un momento, patrón.

Amali salió sin mirar al príncipe y subió a cubierta.

—He ahí otro que me odia y puede ser peligroso —dijo—. Tal vez sea un peligro mostrarse generoso.

5. La roca del rey de los pescadores de perlas

Entre tanto, el «Bangalore» había proseguido su navegación hacia el Sur, manteniéndose a gran distancia de las costas de Ceilán, que se divisaban apenas.

Los bajos de Bitor y las chalupas de los ingleses se habían perdido de vista, y en el mar, iluminado siempre por la luna, no se divisaba ningún barco.

Hacia el Sudeste, en cambio, veíase alzarse una roca colosal, completamente aislada, sobre cuya cima se divisaba una especie de torre de grandes dimensiones. Era hacia aquel islote perdido en medio del Océano índico donde el «Bangalore» se dirigía presuroso.

—¡Que vengan a desalojarme de ahí arriba! —exclamó Amali mirándolo—. Todas las fuerzas reunidas del maharajá de Yafnapatam y del príncipe de Manaar nada podrían contra mi inaccesible asilo.

Sentóse en la popa y se puso al timón para dirigir con su mano el velero.

El islote se agrandaba a ojos vistas, siendo siempre grandísima la velocidad del «Bangalore», gracias a la brisa que se mantenía bastante fresca y aumentaba a medida que se aproximaba el alba.

Era una especie de pirámide truncada, que debía medir en la base medio kilómetro de circuito por lo menos, con las paredes casi lisas y tan, acantiladas que hacían imposible todo intento de escala.

En la cima, a una altura de más de cuatrocientos metros, se levantaba un vasto edificio de estilo indiano, con azules y anchas ventanas y galerías, y a un lado un almenado torreón de tal robustez que podía desafiar la más gruesa artillería.

El «Bangalore» llegó hasta el islote, dio la vuelta en torno de las rocas, sorteando hábilmente un caos de arrecifes y de bancos que la pleamar iba cubriendo poco a poco, y enseguida penetró por una vasta hendidura que parecía conducir a una caverna marina.

Era un inmenso boquete, tan alto que los palos de la nave no alcanzaban ni a la mitad de la arcada, y tan, ancho, que hubiera podido pasar por él una fragata.

Los marineros habían encendido linternas, disponiéndolas a lo largo de las bordas.

Apenas entrado, el «Bangalore» se encontró en una caverna gigantesca, que debía ocupar por lo menos la tercera parte del islote, perforada por antros vastísimos, capaces de dar asilo a la nave y con bóvedas muy altas.

En medio se veía colgar una escala de cuerda que debía conducir a alguna galería superior, si no directamente a la cima.

Apenas la caverna quedó iluminada con las linternas, manifestóse en sus aguas una viva agitación.

Veíanse emerger cabezas horribles, bocas monstruosas, erizadas de dientes, y colas desmesuradas, saliendo a flote para comparecer de nuevo alrededor del «Bangalore».

Eran tiburones de siete u ocho metros de longitud, y aun más, que parecían, muy, familiarizados con la nave, pues no demostraban asustarse ni inquietarse por aquella repentina inundación de luz.

Giraban una y otra vez alrededor del «Bangalore» fregando sus hocicos contra los costados del buque, miraban a los marineros con sus horribles ojos de amarillentas llama y enseguida volvían a sus madrigueras situadas en los rincones de la caverna, como si se mostraran satisfechos del regreso de los pescadores de perlas, quienes, por otra parte, no parecían, preocuparse en absoluto por la presencia de aquellos terribles bichos.

Amali hizo atracar el barco junto a la escala de cuerda y llamó Durga.

—Has de transportar a mi castillo a Mysora y al príncipe de Manaar. Yo voy delante.

—¿Y el «Bangalore»?

—Lo esconderás en la última caverna; por ahora no volveremos a hacernos a la mar.

El rey de los pescadores de perlas se agarró a la escala de cuerda y se encaramó hasta la bóveda, llegando a una estrecha galería custodiada por un indio armado de fusil y pistola, e iluminada por una linterna.

—¿Ha ocurrido algo durante mi ausencia? —preguntó al centinela.

—Nada, patrón:

—¿Vigilan todos nuestros hombres?

—Todos.

Amali siguió por la galería y al cabo de cincuenta pasos llegó a cielo abierto, sobre un sendero que desembocaba en la cima dando vueltas alrededor de la roca.

En la explanada superior, delante del palacio, estaban formados cuarenta hombres, entre indios y cingaleses, todos armados de fusiles, pistolas, cimitarras, hermosos tipos todos ellos, de bravío aspecto y robusta contextura.

Amali les pasó revista, y enseguida entró en el palacio, que estaba iluminado.

Era verdaderamente magnífico el edificio construido allá arriba, en la cima de aquel escollo aislado, Dios sabe a costa de cuántos desembolsos y fatigas.

Era casi todo él de mármol rosa, con antecámaras, galerías iluminadas por amplias ventanas sostenidas por columnitas estrechas, por salas espléndidas cubiertas de antiguos tapices y de alfombras, ricamente alhajadas con muebles de caoba con entalles de nácar.

Amali atravesó varias galerías sin detenerse, y por último entró en un gabinete con las paredes forradas de seda azul adornadas con panoplias de armas centelleantes y el pavimento cubierto por una alfombra bordada en oro.

—Esperémosla aquí —dijo sentándose en un diván adamascado—. En breve podrá juzgar si es justo el odio que abrigo contra su hermano.

Durante algunos minutos permaneció inmóvil, con la cabeza apoyada entre las manos, sumido en dolorosos pensamientos, y después se levantó, paseando con agitación.

—Hay sangre entre nosotros, sangre que ha abierto un abismo inmenso que quizá nunca podrá borrarse. ¡Y me llama bandido a mí, que debería estar ocupando el trono de su hermano! ¡Que llevo en las venas sangre de los antiguos reyes que dominaron en gran parte la isla de Ceilán! Siento que esa mujer me da miedo y que…

Interrumpióse al oír pasos en la vecina estancia.

Era Mysora que entraba, acompañada de Durga, que llevaba desnuda la cimitarra.

La hermana del maharajá, más bella que nunca con su túnica de seda azul recamada de oro, con una cinta graciosamente ceñida alrededor de sus largos y negros cabellos, se había detenido en la puerta como si temiera entrar.

—Mysora, ven, estás en tu casa —dijo Amali—. Nada tienes que temer del rey de los pescadores de perlas.

—Si es verdad que me encuentro aquí como en mi casa, ya que dices ser generoso, devuélveme la libertad —replicó la princesa con, sutil ironía.

—Quizá algún día, no ahora —respondió Amali.

—¿Será, pues, larga mi prisión?

—Todo depende de tu hermano.

—¡Oh! Pronto vendrá a destruir tu refugio, porque mi hermano tiene numerosas galeras y valientes marinos.

—Le aguardo.

—Y no te respetará, Amali.

—Puede.

—Muy fuerte te crees para desafiar la ira del maharajá de Yafnapatam.

—Lo sabrás el día que lance mis pescadores contra las tierras de tu hermano.

—¿Osarías conquistar el Estado del maharajá? No son, tus hombres capaces de tal empresa.

—Son verdaderos leones, y cuando el rey de los pescadores de perlas se pone a su cabeza, ningún obstáculo les detiene —exclamó Amali con fiereza.

Hizo una señal a Durga de que saliera, y luego, indicando a Mysora el diván, le dijo:

—Escúchame.

—¿Que quiere decirme?

—¿Sabes el motivo por el que he jurado la pérdida de tu hermano?

—No he tratado nunca de indagarlo.

Amali dio algunos pasos en torno de la mesa de caoba que se hallaba en medio del gabinete, y luego, apoyándose en un asiento, dijo con voz grave:

—Hace doscientos años, un guerrero de la dinastía de los maharajás de Candy, poseedores del interior de Ceilán, valeroso como ninguno, conquistó con un, puñado de próceres, después de una larga serie de sangrientas batallas, toda la costa occidental de la isla, fundando un nuevo reino que fue llamado de Yafnapatam. Aquel guerrero no era antepasado tuyo, te lo digo desde ahora. Por espacio de ciento cincuenta años sus sucesores tuvieron sometida toda la costa hasta que un día un hombre salido del pueblo, ambicioso y astuto, promovió una rebelión, expulsando a la familia reinante y apoderándose del reino.

—Un valiente, que podía habérselas con otro, fue capaz de apoderarse del mando —interrumpió Mysora.

—Los descendientes del maharajá de Yafnapatam, lanzados de sus tierras, fueron proscritos y por lago tiempo anduvieron errantes por la isla, tratando siempre en vano de reconquistar el perdido trono.

»Por fin, hace algunos años, los últimos descendientes pudieron volver a su patria, bajo juramento de que jamás intentarían reconquistar la corona de sus padres. No eran más que dos, sin partidarios con quienes poder contar y reducidos a tal miseria que tuvieron que abrazar la carrera de las armas para vivir.

»Reinaba entonces en la tierra de Yafnapatam un príncipe que parecía generoso, pero que en el fondo no era más que uno de tantos tiranuelos orientales, inescrupulosos y desleales.

—¿Qué interés puede tener para mí esa vieja historia? —preguntó Mysora.

—Es interesante, ya lo verás si tienes paciencia para escucharme. Aquel maharajá, no sé si en un momento de buen humor o de compasión, o porque supiese que aquellos dos descendientes de los antiguos reyes eran los más ilustres de su reino, nombró al primogénito general de sus tropas.

»Y no tuvo por qué arrepentirse de su elección, porque aquel valiente no sólo había sabido rechazar victoriosamente a todos los enemigos que amenazaban las fronteras del reino, sin ensanchar los dominios hasta el mar.

»El general, por otra parte, poseía un sentido profundo y una gran experiencia. Su posición, al ser descendiente de la antigua familia reinante, su autoridad, su valor y la amistad que le atestiguaba el maharajá contribuían a prestarle una grande influencia y un gran poder.

»Aquella influencia debía serle fatal y suscitar en torno suyos envidias y sospechas en gran número. Viles cortesanos y ministros celosos de la preponderancia que ejercía en la corte empezaron a infiltrar en los oídos del maharajá tristes palabras.

»Uno de los ministros, especialmente, envidiaba la estimación de que gozaba el general y trataba por todos los medios de derribarle y arruinarle para siempre. Alma infernal, sabía, sin embargo, disimular hábilmente, y en apariencia se mostraba el más fiel amigo del hombre a quien quería perder, afectando para él la mayor deferencia y empleando, cuando lo encontraba, las más serviles adulaciones.

»Un día, después de una partida de caza en las cercanías de Yafnapatam, el maharajá y sus favoritos, fatigados por un placer que consistía únicamente en ver cómo las fieras destrozaban a los ojeadores, se habían retirado bajo una vasta tienda levantada a la sombra de un bosque, en la que había aparejado una mesa ricamente servida.

»El maharajá estaba de buen humor y bromeaba, tomando por blanco al general, que debía soportar todas las chanzas de su señor sin demostrar ofenderse.

»Había llegado la hora de dar comienzo el banquete y el capitán de guardias había avisado al soberano, que se había vestido un traje europeo cubriéndose la cabeza con un sombrero de fieltro.

»El maharajá, terminada la comida, excitado por el alcohol, había continuado bromeando, y por un inexplicable capricho se entretenían en hacer saltar su sombrero sobre la contera de un bastoncito.

»De pronto, sea que el sombrero fuese de mala calidad, o hubiese servido por demasiado tiempo, o que el fondo de la copa fuese demasiado flojo, vióse el real dedo pasar a través del fieltro.

»El general, que reía de la diversión, se dirigió hacia el monarca, diciéndole con voz jovial:

»—¡Majestad, tenéis un agujero en vuestra corona!

»La frase había sido pronunciada inocentemente, sin premeditación, pero por desgracia el general era el descendiente de los antiguos príncipes de Yafnapatam y los cortesanos y ministros le habían sugerido malignas sospechas.

»El maharajá que siempre se había mostrado extremadamente susceptible en lo que atañía a su corona, púsose en pie, trémulo de cólera gritando:

»—¿Habéis oído las palabras de este traidor?

»—¡Yo un traidor! —exclamó el general—. ¿En qué he podido merecer esta calificación, príncipe?

»—Sí, por fin te he conocido —respondió el maharajá—. Sólo esperas ocasión propicia para recobrar el trono de tus abuelos.

»—Pero, señor estáis equivocado. Lo que habéis dicho no tiene asomo de verdad y protesto de ello.

»—¡Llevad a ese hombre a la cárcel! —mandó el maharajá, dirigiéndose al capitán de guardias—. Me reservo ordenar el suplicio.

—Tu historia empieza a ser interesante —dijo Mysora—. Continúa, porque nunca la oí contar hasta ahora.

—Sí, continuó —dijo Amali con voz sorda—. Pronto conocerás su desenlace.

«La consternación era general. El maharajá tenía absoluto poder de vida y muerte sobre todos sus vasallos, y un carácter tan violento y rencoroso, que cuanto podían intentar para calmarle, sólo servía para que se mostrase más terco en su resolución. El general fue encerrado, pues, en prisiones, a pesar de sus protestas de inocencia.

«Al día siguiente lo hacía conducir a su presencia, queriendo gozar con los sufrimientos de su víctima.

»—¡Vas a morir! —gritó apenas vio delante de sí al desgraciado preso—. He escogido para ti un suplicio del que se guardará memoria por largo tiempo en mi reino y hará estremecer a todos los traidores que conspiren contra mi poder. Un día —añadió— golpeaste fuertemente en la trompa a «Munin», mi enorme elefante, que siempre te ha guardado rencor por aquel acto, como lo demuestra el que, cuantas veces te ve, monta en furor por no poder vengarse. A «Munin» te abandonaré, pues, él se encargará de castigarle. ¡Anda, miserable traidor! Quiero desembarazarme de un traidor que no ha retrocedido ante las más bajas conspiraciones, olvidando que me debía su posición, sus honores y sus riquezas.

»—Te juro, señor, por la memoria de mis abuelos que ocuparon un día el trono en que ahora te sientas, que soy inocente —respondió el general con voz solemne.

»—¡Mientes!

»—¡Lo juro sobre la cabeza de mi hijo!

»—¡Ah! Sí, ya no me acordaba de que tienes un hijo —repuso el maharajá con una feroz sonrisa—; quedará en mi poder en rehenes contra las posibles venganzas de tus partidarios y de tu hermano. ¡Vete!

«El general, conociendo que sus protestas resultarían vanas, se dejó llevar sin oponer la menor resistencia, mientras el príncipe salía a colocarse en un balcón del palacio, desde donde quería asistir al suplicio que había ordenado.

«El preso fue conducido al patio de los elefantes en cuyo centro había colocado un enorme tajo.

«Desnudo de cuerpo, apenas cubierto por unos calzones de tela, fue arrojado sobre aquel tajo de manera que quedase bien sujeta su cabeza.

«Un momento después, «Munin», el enorme elefante, entraba montado por un mahout, que habiendo recibido ya órdenes para el suplicio del desventurado general, debía dejar obrar al gigantesco animal.

«Este, apenas vio a su víctima, lanzó un berrido espantoso y se precipitó contra él, con la trompa en alto y los ojos inyectados en sangre.

—¡Déjale hacer a «Munin»! —gritó el príncipe.

«El animal, que no necesitaba de aquella excitación, se lanzó sobre el general, lo cogió por la cintura con la trompa, y echándolo sobre el tajo le aplastó violentamente la cabeza con su enorme pata. La sangre saltó a gran distancia; el general había muerto y el cruel maharajá se había vengado. ¡Vengado! ¡Oh, no, porque su víctima no había cometido ninguna culpa! No había sido más que un pretexto para desembarcarse de un favorito que no le gustaba ya e iba envejeciendo.

«Aquella misma noche se daba en palacio una gran fiesta, y el príncipe, ebrio, dormíase plácidamente al son de la música salvaje de sus bayaderas».

—Mysora —exclamó Amali con voz terrible—. ¿Quieres saber quién era aquel general?

—Dímelo.

—Era mi hermano, y el maharajá que le hizo matar tan bárbaramente, ¡era el tuyo!

6. Una nueva expedición

Después de aquella emocionante revelación, del rey de los pescadores de perlas, reinó un, profundo silencio en el saloncillo. Mysora, aterrada, no se atrevía ya a levantar sus ojos hacia Amali, ni pronunciar una palabra en defensa del propio hermano. Había oído referir algo acerca de aquel atroz delito cometido por el príncipe, pero hasta aquel momento había ignorado siempre que aquel general hubiese sido descendiente de los antiguos reyes del Yafnapatam y hermano del rey de los pescadores de perlas.

Había desaparecido la expresión irónica y altanera de su rostro y el tinte amarillo dorado de su tez se había tornado gris o sea palidísimo.

—¿Qué me dices, Mysora, de esta historia? —preguntó finalmente Amali, rompiendo el embarazoso silencio.

—La conocía vagamente —respondió la princesa sin mirarle—. ¿Quieres vengar en mí la muerte de tu hermano? Saca tu puñal y mátame.

—¿Reconoces en mí este derecho?

Mysora no tuvo valor para responder.

—El rey de los pescadores de perlas, por fortuna, no es ningún ser vil para habérselas con una mujer. Mi odio va contra tu hermano y no contra ti, y por lo tanto, sólo en él me vengaré.

—Entonces, ¿por qué me has raptado y traído aquí?

—Para rescatar de sus manos al pobrecito Maduri que tiene en rehenes y al que haría morir como a su padre si yo osase intentar algo contra su reino.

—¿Y esperas que mi hermano te lo devuelva?

—Si quiere verte libre será necesario que me lo entregue.

—Así, ¿estaré secuestrada hasta que te entreguen, a Maduri?

—Sí, Mysora.

—La cárcel no es fea —dijo la joven, con nueva ironía—. El rey de los pescadores de perlas posee un palacio que puede competir con el de mi hermano, pero tiene un defecto.

—¿Cuál?

—Que es menos sólido.

—No te entiendo.

—Me comprenderás cuando te diga que los guerreros de mi hermano verán de asaltarlo y demolerlo.

—¿Y por dónde llegarán? —preguntó Amali con burlón acento.

—Encontrarán el medio de escalar estas rocas.

—Ya te he dicho, señora, que les espero tranquilamente.

—Y también los ingleses intervendrán.

—Que lo hagan.

—Y los guerreros de Manaar acudirán para libertar a su príncipe.

—¿Te interesa su libertad?

—No me interesa.

—Y sin embargo, te ama —dijo el rey de los pescadores con voz extraña.

—¿Y a ti, qué te importa? —preguntó Mysora sorprendida por el acento de Amali y mirándole fijamente.

El rey de los pescadores hizo con la mano un gesto incomprensible, y luego dijo:

—Adiós, señora. Tienes por prisión la estancia más suntuosa de mi palacio y a tu disposición una multitud de servidores. No tienes más que mandar y gozarás de todo cuanto puedas desear, excepto una sola cosa: la libertad.

Volvióle la espalda sin esperar respuesta, y se encaminó a la puerta.

Cuando llegó al umbral se volvió vivamente mirando a la prisionera.

En aquellos ojos poco antes tan sombríos, había ahora un rayo de dulzura infinita.

Lanzó un suspiro y salió precipitadamente, como si tuviese miedo de no poder contener alguna palabra que estaba para escapársele de los labios.

En la estancia inmediata le esperaba Durga con cuatro indios armados hasta los dientes.

—¿Qué ordenas, patrón? —preguntó.

—Pondrás centinelas en todas las puertas para que Mysora no pueda salir de su estancia y esté siempre bajo vigilancia. Exijo que se la trate como huésped más que como prisionera y se le guarden todos los respetos debidos a la hermana de un príncipe.

—¿Cuándo hemos de partir para Yafnapatam?

—Al anochecer, mi valiente Durga. Escogerás a treinta de los más atrevidos y pondrás doble número de espingardas en, el «Bangalore». ¿Qué hace el príncipe de Manaar?

—Duerme, patrón.

—Que no lo dejen, solo un momento, hasta nuestro regreso. Puede ser un hombre peligroso.

—Tiene aún para un par de semanas, y cuando esté en condiciones de levantarse, ya estaremos de nuevo aquí.

Amali cruzó varias habitaciones, bajó la escalera de mármol y salió del palacio, yendo a sentarse sobre una roca del enorme escollo.

Sus miradas recorrieron muchas veces el mar que centelleaba bajo los rayos del sol y escrutaron atentamente el horizonte.

No se veía ninguna vela. En lontananza, sin embargo, divisábanse unos puntos negros apenas perceptibles que se dirigían al Oeste. Eran las barcas de los pescadores de perlas que volvían presurosas a los bancos de Manaar.

Amali las siguió unos instantes con mirada distraída; y después se puso en, pie bruscamente y levantó la cabeza hacia las ventanas de su palacio.

Había aparecido una cabeza, inclinándose sobre el pretil de piedra rosa de una ventana.

El rey de los pescadores, al divisarla, se estremeció.

—¡Mysora! —murmuró.

Sus miradas habíanse encontrado sin que en ellas apareciese ningún relámpago de odio, antes bien los ojos negros y profundos de la joven habían adquirido una expresión de melancólica dulzura.

El orgulloso pescador de perlas y la hermana del maharajá permanecieron algunos instantes inmóviles, y siguieron mirándose, hasta que Mysora se retiró lentamente retrocediendo y haciéndole con la mano una señal de adiós.

Amali no había abandonado su puesto, continuaba con los ojos fijos en la ventana, como si la joven se hubiese encontrado aún allí.

La voz de su segundo le sacó de su inmovilidad.

—Patrón —dijo Durga—; si hemos de partir esta noche, ve a descansar un rato. Más tarde no tendremos tiempo. Creeríase que dormías de pie, como nuestros elefantes.

—Tenía los ojos abiertos.

—Sí, fijos allá arriba —respondió el segundo, con maliciosa sonrisa—. Otros dos ojos eran los que mirabas; dos verdaderas estrellas, patrón.

—Calla, Durga; ya sabes que hay sangre entre esa joven y yo.

—Y también un príncipe puede convertirse en un peligroso rival.

—Pero al cual puedo suprimir —dijo Amali, con acento sombrío.

—Antes debiste hacerlo, cuando le tenías bajo tu cimitarra.

—Me pareció que cometería un asesinato.

—Eres demasiado generoso, patrón. El maharajá y también el príncipe no hubieran vacilado en ultimarte sí hubieras caído en manos de uno o de otro. Pienso también que al poner el pie en la tierra de tu enemigo cometes una gran imprudencia. ¡Fiar en el maharajá! ¡Hum! Puede costarte caro.

—Iré a él, alta la frente, con, la amenaza en los labios —respondió Amali con tono resuelto—. No se atreverá porque la vida de Mysora responde de la nuestra.

—¿Estás seguro de que el maharajá quiere a su hermana?

—Me han dicho que siente por ella un afecto sin límites, y ya verás cómo, para rescatarla, me entregará al pobrecito Maduri. Cuando tengamos al niño y lo hayamos conducido aquí, yo te mostrare de lo que es capaz, Amali. El mató a mi hermano y yo le arrebatare el trono que sus abuelos robaron a los míos.

—Todos los pescadores de perlas te obedecen y cuando se los ordenes empuñarán, las armas e invadirán las tierras de tu enemigo. Si hubieras querido, a estas horas no reinaría ya el maharajá de Yafnapatam.

—Podía ser, pero habría perdido para siempre a Maduri y ya sabes cuánto quiero a mi sobrino, destinado a reinar un día, y continuar, al cabo de dos siglos, nuestra estirpe dinástica.

—Es verdad, patrón; el maharajá, que nunca ha sido generoso; no hubiese vacilado en sacrificarlo a su odio. Ve a descansar y deja para mi cuidado el preparar la expedición.

Advierte antes a los pescadores el golpe de manos que voy a intentar y ordénales que estén prontos a acudir en defensa de la roca en caso de que fuese asaltada durante nuestra ausencia.

—He enviado ya a Apati a los pescadores y a que espíe también a los ingleses. Deben estar furiosos por la pérdida de su crucero y apoyarán al maharajá.

—No se atreverán a tanto, porque saben que casi toda la población de Ceilán pertenece a mi partido y podría rebelarse contra ellos. Durga, cuento contigo.

Amali miró por última vez hacia la ventana y volvió a estremecerse. Detrás de la pintarrajeada esterilla de fibras de coco había visto deslizarse una sombra y el corazón le había dicho que era la de Mysora.

—¿Trata de espiar mis designios o se interesa por mí? —se preguntó meditabundo—. Siento que esa mujer ejercerá una grande influencia en mi destino.

Volvió a entrar en la espléndida morada donde lo esperaba él almuerzo en una de las salas de la planta baja, adornada con flores y embellecida con una fuente de mármol, cuyo chorro mantenía allí dentro una frescura deliciosa, y después se retiró a su estancia para descansar de la nocturna vigilia.

Cuando despertó el sol comenzaba a declinar y las primeras sombras de la noche invadían las habitaciones bajas del palacio.

La primera pregunta que hizo al servidor que acudió a su llamamiento, fue para tener noticias de Mysora.

—Descansa, patrón —respondió el indio.

—¿Ha preguntado por mí?

—No.

—¿Y el príncipe de Manaar?

—Le ha vuelto a curar Durga.

—¿Está listo el «Bangalore»?

—La tripulación ya está a bordo.

Amali se puso una nueva camisa de seda blanca, de maravillosa finura, con los bordes inferiores tejidos en oro; se ciñó una faja de brocado de esmaltados colares, se envolvió la cabeza con una charpa adornada de perlas y salió descendiendo por la escalera de mármol que conducía al aposento reservado para la prisionera.

Delante de la puerta hacían guardia dos indios armados dos fusiles.

Amali cogió de la pared un mazo de madera y dio con él dos golpes sobre una gran placa de bronce suspendida sobre la puerta, haciendo retumbar todo el palacio.

Era el anuncio de su vista. Hecho esto entró en la vecina sala donde le esperaba Mysora, previendo tal vez que la visitaría.

—Antes de partir —le dijo Amali, sin darle tiempo a preguntarle el motivo de aquella llamada—, he venido a preguntarle si debo decirle algo de tu parte al maharajá.

—¿Vas a encontrarte con mi hermano? —exclamó la joven, con estupor, haciendo un ademán de espanto.

—Iré a él, señora.

—¿Le cansa la vida al rey de los pescadores de perlas?

—Por ahora no.

—¿Y te atreverás a presentarte a mi hermano?

—¿Qué he de temer de él, estando tú en mis manos?

—Podría hacerte matar igualmente.

—No lo hará, Mysora, porque tu vida responderá de la mía. Si me mataran, mis hombres, aun prometiéndome que te respetarían, te quitarían la vida.

Hubo un breve silencio. En la mirada de la joven veíase una expresión de profundo terror.

—Entonces, estoy perdida —murmuró.

—Mientras yo esté vivo, no corres peligro alguno.

—No te fíes de mi hermano, rey de los pescadores de perlas. Te odia más de lo que puedes suponer, porque teme que algún día logres arrebatarle el trono.

—He resuelto ir a Yafnapatam, y lo haré —respondió Amali decidido—. Y aun cuando estuviese seguro de morir, iré.

—Admiro tu valor, pero preferiría que enviases a otro en, tu lugar. Mi hermano tiene un carácter violento y vengativo y podría dejarse llevar de cualquier arranque.

—Temes que me mate y que mis hombres le hagan correr a ti igual suerte. ¿He acertado, Mysora?

—No —respondió la joven con viveza, fijando sus hermosos ojos en los de Amali.

—Quisiera que fuese otro para evitarte cualquier traición y por…

—Prosigue —dijo el rey de los pescadores de perlas con ansiedad.

—Porque… los valientes se admiran.

—¿Qué te importa que yo sucumba en la demanda? Soy un valiente que conspira contra la familia y de ahí un peligro que sería mejor no existiese para el maharajá de Yafnapatam.

—Es verdad —dijo Mysora, bajando la cabeza.

En aquel momento entró Durga diciendo:

—Patrón, el «Bangalore» está listo y el viento es favorable. Las tinieblas protegerán nuestra aproximación a la playa.

—Adiós, señora —dijo Amali a la joven.

—¿No le matarás?

—¿A tu hermano? No; te lo prometo. Hay demasiada sangre entre nosotros para que derrame más, y por dichoso me daría si ni una sola gota se hubiese derramado. Vive tranquila, puesto que ningún peligro te amenaza durante mi ausencia. También de lejos velaré por mi prisionera.

—Eres leal y generoso, Amali, y anduve equivocada al juzgarte mal.

—¿No soy, pues, el pirata que tanto despreciabas ayer noche? ¿Me perdonas haberte raptado?

—Sí, porque estabas en tu derecho.

—Gracias por estas palabras, Mysora.

—Que Buda te proteja, rey de los pescadores de perlas. Ahora ya no temo ni por mí ni por mi hermano.

Amali salió seguido de Durga, y cuando estuvo fuera del palacio, levantando los ojos hacia una de las ventanas, distinguió aún a Mysora, que le miraba, detrás de la persiana.

Asomó a sus labios una sonrisa, una sonrisa de felicidad.

—Pensará en mí, y tal vez más de cuanto me atrevía a esperar —murmuró—. Quién sabe si por miedo o porque le he dado en el corazón. ¡Si supiese, sin embargo, que desde hace dos años mi pensamiento no se aparta de sus bellos ojos! El grito de venganza de mi hermano no ha logrado ahuyentar la extraña pasión que en mi corazón ha nacido desde el primer momento que la vi en la pesquería de perlas, en su dorada galera. ¡Veremos ahora si esta pasión me será fatal!

Descendió por la escalera que daba la vuelta a la roca y entró en la galería, deteniéndose sobre el pozo que desembocaba en la caverna de los tiburones.

Bajo la escalera de cuerda estaba el «Bangalore» con los faroles encendidos. A su alrededor los tiburones, despertados por la luz, levantaban con sus enormes colas montañas de espuma.

—¿Has dado las órdenes necesarias? —preguntó Amali a Durga antes de bajar.

—Sí, patrón. Todas las espingardas del palacio están colocadas alrededor de la roca para impedir cualquier ataque. Nuestros hombres no se dejarán sorprender. Kalermi, que los manda, es el más valiente de lodos y el más fiel.

—Vamos.

Se agarró a la escala de cuerda y saltó sobre la cubierta de la nave, donde treinta hombres, elegidos con cuidado por Durga, le aguardaban.

Sólo había entre ellos algunos cingaleses; los otros eran indios de la costa del Malabar, hombres de temple probado y valerosísimos marineros, los mejores de que se alaba el Indostán, porque, aun en sus débiles embarcaciones, se arriesgan a emprender larguísimos viajes, llegando hasta Sara y Sumatra.

Al igual que sus compatriotas vestían todos trajes de tela blanca, con calzones estrechísimos y chaquetas ceñidas por anchas fajas para sostener las armas. Sobre la cabeza llevaban anchos pañuelos de colores, anudados estrechamente.

Hombres de hermosa apariencia, por otra parte, aunque algo flacos y de tez casi negra, desarrollados músculos y facciones regulares y enérgicas. Amali les pasó revista con viva complacencia, y luego dijo:

—Al mar, mis valientes, y preparaos a todo, hasta morir, porque nuestra explicación será peligrosísima.

Los treinta hombres empuñaron los remos para sacar al «Bangalore» fuera de la caverna, y después cargaron rápidamente las velas.

El viento, que había cambiado de rumbo, soplando de Poniente, favorecía el curso de la nave que debía poner proa a Levante, por hallarse en aquella dirección la isla de Ceilán.

La noche era clara, brillando espléndida la luna, y el mar estaba casi en calma. No se veían estrellarse las olas más que en torno de la enorme roca y en los escollos que se prolongaban en gran número hacia el Norte, El «Bangalore», después de dos o tres bordadas para sortear los bancos arenosos, enfiló el rumbo al Este, dirigiéndose ante todo a los bajos donde se había estrellado el crucero inglés.

Amali esperaba hallar el buque enseguida y apoderarse de algunos cañones, por no estar armado el «Bangalore» más que con algunas espingardas de pequeño calibre.

—Si no se ha hundido del lodo, lo despojaremos de cuanto podamos encontrar —dijo Durga—. Nos pertenece por derecho de guerra.

—No creo que esté aún a flote —respondió Amali—. Los bancos que allí emergen son, peligrosísimos, a causa de las rompientes incesantes, y dudo que el buque haya resistido a las olas.

—Patrón, ¿y sí encontrásemos por allí a los ingleses?

—Los evitaremos y proseguiremos nuestro viaje. No tenemos tiempo para liarnos ahora contra ellos. Nos corre mucha prisa llegar a Yafnapatam.

—Pues yo no tengo ninguna, Amali.

—¿Tienes miedo?

—No me fío del maharajá.

—Mientras tengamos a Mysora en nuestras manos no se atreverá a nada contra nosotros.

—¿Y si nos manda matar?

—Nos vengarán y lo llevarán todo a sangre y fuego. En la costa de Yafnapatam tengo un amigo fiel que me ha jurado vengar la muerte de mi hermano; es animoso y valiente, y ya cuidará de advertir a los pescadores de perlas poniéndose a su frente.

—¡Has pensado en todo!

—En todo, Durga —respondió Amali—. ¿Crees que iba a meterme en la boca del lobo sin tomar mis precauciones?

—No te fíes, aun así, del maharajá, que es vengativo y cruel.

—Le conozco mejor que tú, y sé que se daría por muy contento con hacerme sufrir también a mí el horrible suplicio de que fue víctima mi hermano, para desembarazarse de un pretendiente peligroso.

—Creo que no se atreverá a hacerte matar, por temor a los pescadores de perlas, pero así temo que no te devuelva a Maduri. Es un rehén demasiado precioso, que le asegura el trono.

—Si quiere la libertad, de Mysora, no podrá menos que ceder.

—¿Y se la devolverás?

—Mantendré la promesa.

—Quedará perdida para ti.

Amali suspiró sin responder.

—Y tú la amas.

—Sí, la amo con locura.

—Y me parece también que ella, después de haberte odiado y despreciado, empieza a admirar al valiente y caballeroso rey de los pescadores de perlas.

—¿Cómo lo sabes?

—Cuando has salido del palacio te ha seguido siempre con los ojos, escondida detrás de la esterilla, y aun al volver luego dentro ha permanecido aún largo, tiempo en la ventana con la esperanza de volverle a ver. Y no es eso sólo, sino que ha preguntado muchas veces por ti a los centinelas que la custodian.

—¿Y por el príncipe de Manaar?

—Nunca.

—Así, crees tú…

—Que Mysora te ama, o por lo menos que empieza a amarte.

—¡Ojalá fuese verdad! Pero no… Es un sueño que nunca podrá realizarse. Sabe que odio a su hermano, sabe que aspiro a reconquistar el trono de mis abuelos; sabe que arruinaré a su familia y que seré un hombre fatal para su estirpe. ¿Cómo creer que esa mujer pueda pertenecerme un día? Cuando haya destruido a su hermano, me odiará y todo habrá terminado.

—Puedes ofrecerle un trono.

—¡Qué perteneció primero a su hermano! ¡No lo aceptaría nunca!

—Le indultarás y le nombrarás tu ministro, como él había nombrado a tu hermano. ¿Qué dices, patrón, de este proyecto?

En vez de contestar, Amali extendió una mano hacia el Norte y preguntó:

—¿No te parece que se ven los bancos?

—Sí, patrón; veo allí las olas que se estrellan.

—No veo el crucero.

—Se habrá tumbado.

—Así debe haber sucedido; sin embargo, vayamos a reconocer esos bajos.

—Quizá encontremos algún cañón, Amali; es bajamar, y alguna parte del buque habrá quedado al descubierto.

El rey de los pescadores empuñó la barra del timón que hasta entonces había tenido uno de los marineros y dirigió el «Bangalore» hacia los bancos, avanzando con extremada prudencia por no sufrir la suerte experimentada por la nave inglesa.

7. Los salvajes de Ceilán

Tal como lo previera Amali, no quedaban del buque náufrago más que restos informes. El casco, abrumado bajo el peso enorme de la artillería y de la arboladura que debió caer, habíase hundido poco a poco por completo y se veía ahora bajo el agua, a algunas brazadas de profundidad.

Sólo emergía un trozo de palo trinquete, al cual estaba sujeta una vela. En cambio, a través de las olas que se rompían fuertemente en los escollos se veían banderas, tablas, fragmentos de muras y muchos cadáveres, destrozados por los tiburones, suspensos con la pleamar sobre las arenas de los bancas.

—No tenemos nada que hacer aquí —dijo Amali—; el barco está enteramente perdido y no podríamos poner nada a flote.

—¿Crees que los tripulantes se hayan refugiado en algún islote de la costa de Ceilán?

—Los habrán recogido los pescadores de perlas, llevándolos a la India. Dejemos estos restos que de nada nos servirían y alejémonos pronto. Las olas podrían empujarnos sobre los cayos y embarrancar el «Bangalore».

Con una prudente maniobra, Amali guió la nave a través de todos aquellos arrecifes de coral que mostraban por doquier sus agudas puntas, y la lanzó hacia Levante, donde comenzaban ya a surgir confusamente las altas playas de Ceilán.

Había aumentado la brisa y el «Bangalore» navegaba con creciente velocidad, haciendo más de ocho millas por hora, lo cual le permitiría abordar las costas de la isla mucho antes de que saliera el sol.

Esto era lo que por otra parte deseaba Amali, pues le permitiría aproximarse sin ser advertido, para que los habitantes de la costa no entraran en sospechas y alarmaran a los guerreros del maharajá.

Antes de obrar quería buscar un refugio seguro para no exponerse al peligro de hacerse abordar y perder su nave.

A las dos de la mañana el «Bangalore» se encontraba tan sólo a cincuenta brazos de la playa y precisamente delante de un estrecho canalizo orillado por inmensos árboles que entrecruzaban sus copas sobre el agua.

—¿Vamos a ocultarnos allí? —preguntó Durga.

—Sí —respondió Amali—. Este canal conduce a una ensenada bastante ancha, a una especie de laguna inhabitada y rodeada de bosques inmensos, sólo frecuentados por los tigres. Allí estaremos seguros como en una cueva.

—¿Estamos lejos de Yafnapatam?

—Diez millas a lo sumo. Avancemos con precaución, porque el canal está sembrado de escollos y poblado de cocodrilos de inaudita ferocidad.

—Contra esos reptiles tenemos armas de sobra, patrón.

El «Bangalore», después de haber pasado por en medio de dos islotes que formaban una barra, se internó lentamente por el canal sobre cuyas aguas proyectaban los árboles una espesa oscuridad.

Reinaba en aquel lugar profundo silencio, interrumpido tan sólo por improvisados ruidos que indicaban la inmersión de algún cocodrilo. Del agua, casi estancada, subía un olor nauseabundo de vegetales corrompidos y del almizcle emanado de los numerosos reptiles que se ocultaban, entre las plantas acuáticas.

Amali, ojo avizor, escrutaba las tinieblas mientras Durga atendía a la sonda, para evitar que el «Bangalore» embarrancase. También todos los demás prestaban atención a los bancos de arena, los cuales eran cada vez más numerosos.

Así transcurrió una hora y el alba comenzaba a blanquear el cielo cuando llegó hasta ellos una descarga de fusilería.

—¿Quién puede ser? —preguntó Amali, entregando la barra del timón a uno de los marineros—. Que yo sepa, este canal no ha sido habitado nunca por estar sus orillas infestadas de fieras.

—Serán cazadores —respondió Durga.

—¿Quién se atrevería a perseguir las fieras en esta jungla?

En aquel momento se dejó oír otra descarga.

—¡Todavía! —exclamó Amali.

—Tal vez sea una señal de peligro.

—¿Dada por quién?

—¡Quién sabe! ¿Oyes ahora?

—¡El cañón!

Retumbó a lo lejos una ronca detonación que repercutió, bramando largamente en medio de los bosques que se extendían por ambos lados del canal.

—Eso es una batalla —dijo Durga.

—¿Entré quiénes?

—Entre los guerreros del Yafnapatam y las poblaciones salvajes del interior de la isla. Ya sabes que en ocasiones abandonan sus inaccesibles selvas para emprender correrías.

—Sí, ya sé, Durga, y otras veces se aventuran hasta el mar para asaltar las chalupas de los pescadores de perlas.

—¿Nos volveremos o seguiremos adelante?

—La pólvora nos embriaga, Durga.

—¿Por quién tomaremos partido? ¿Por los de Yafnapatam o por los salvajes?

—Lo veremos cuando estemos allí. Mis valientes, aprontad, las armas y estad prontos a serviros de ellas. ¿Están cargadas las espingardas?

—Sí, patrón —respondió Durga.

—Entonces vamos a ver primero quiénes son los que luchan.

Mientras los indios bajaban al sollado a armarse y Durga enfilaba las espingardas hacia proa, el rey de los pescadores de perlas hacía maniobrar su nave con extraordinaria habilidad, conduciéndola por entre los bancos.

Ya ahora habían desaparecido las tinieblas y se mostraba el sol sobre los árboles, proyectando haces de dorada luz a través del inmenso follaje de los plátanos y los manzanillos.

Las descargas, entretanto, se sucedían ininterrumpidamente y cada vez más cercanas. Ya era el cañón el que dejaba oír su voz rimbombante, ya, al contrario, era el crujir de la mosquetería.

—Estamos próximos al teatro de la lucha —dijo de pronto Amali, abandonando otra vez la barra del timón y empuñando una carabina con la culata incrustada de nácar y de plata.

Aullidos feroces, que parecían de fieras furibundas, mezclábanse a los disparos de fusil y a los cañonazos. Habríase dicho que aquel tropel de salvajes se precipitaban al asalto de alguna aldea o de algún puesto fortificado.

—Son los candianos que habitan en los bosques —dijo Amali—. Son sus aullidos de guerra que he oído muchas veces, cuando, con mi hermano, rechazábamos sus invasiones.

—Combatientes terribles al parecer, patrón —dijo Durga.

—Son feroces y luchan con valor sobrehumano, y eso que carecen de armas de fuego.

—¿A quién asaltan?

—Ahora lo veremos.

El canal, en aquel lugar, describía una curva y parecía fuese más allá de aquel codo donde se daba la batalla.

A una orden de Durga, habíanse colocado cuatro hombres detrás, de las espingardas, mientras otros se hallaban sobre cubierta arrodillados, con las carabinas apoyadas sobre el hombro, prontos a abrir el fuego.

El «Bangalore» pasó por el lado de un islote, cubierto de plantas, que impedía la vista, y enseguida se ofreció a los ojos de Amali y sus compañeros un espectáculo extraño y no menos terrible.

Cerca de la entrada de la laguna que debía servir de refugio al «Bangalore» había una de esas grandes barcas, provistas de dos velas latinas, que los indios llaman pinazas, firme en la extremidad de un banco de arena, inmóvil como un pontón y envuelta en una densa nube de humo. De vez en cuando resonaba un, cañonazo y la bala o la metralla dispersaban un sinnúmero de chalupas que trataban de acercarse al velero, al que la bajamar debía haber varado. Las barcas estaban cuajadas de hombres semidesnudos, de rostros negros y feroces, contraídos por la rabia, que aullaban a voz en cuello a cada disparo.

Eran a lo menos doscientos y tal vez más, mientras en la pinaza no se descubría más que un minúsculo grupo de indios que hacían un fuego incesante contra los agresores, sin dar señales de rendición.

—¿Son los candianos de los bosques? —preguntó Durga.

—Sí —contestó Amali, que les había reconocido enseguida—. Intentan tomar esa pobre pinaza para saquearla y degollar después a los marineros que la tripulan.

—¿Por qué no intenta huir?

—¿No ves que está encallada en el banco?

—¡Ah, patrón! Veo a un hombre blanco en medio de los indios. Mira, está cargando el cañón.

—Le veo.

—¿Será un inglés?

—Cualquiera sea su nacionalidad, iremos a conocerle, mi buen Durga. No dejemos a esos feroces candianos que degüellen la tripulación.

El «Bangalore» había rebasado la curva y avanzaba a fuerza de remos por haber cesado el viento.

Su presencia, en un principio, no pareció despertar ninguna sospecha entre los asaltantes, que creían en, la llegada de algún refuerzo, pero pronto salieron de su error al ver a los indios que abandonaban los remos y empuñaban las armas, mientras en la popa del velero ondeaba una bandera que no conocían.

Los salvajes prorrumpieron, en un terrible aullido de guerra, semejante al producido por un millar de chacales, y blandiendo los cuchillos, los sables de hoja en forma de lanza, los venablos, las pesadas mazas de madera y las flechas, y rota la línea se lanzaron hacia el «Bangalore» creyendo tomarlo en un abrir y cerrar de ojos.

Su ilusión duró lo que la luz de un relámpago. El rey de los pescadores se había levantado con la carabina en la mano, gritando:

—¡Fuego a las espingardas! ¡Paso!

El velero se incendió como el cráter de un volcán en plena erupción. Las espingardas tronaban una después de otra, destrozando las chalupas más cercanas, y sucedió luego una furiosa, fusilería que continuaba implacable, mortal. Los gritos de guerra se cambiaron en alaridos de muerte, en estertores de agonía, en gemidos desgarradores.

Se oía el plomo que hendía las carnes con sordo rumor y rompía los huesos, y se oían las gruesas balas de las cuatro espingardas romper las tablas de las chalupas.

Las primeras barcas se fueron, a pique con sus tripulantes; pero acudieron otras de todas partes para impedir al «Bangalore» que se reuniese con la pinaza.

—¿No tienen aún bastante? —gritó Durga, sorprendido—. Y sin embargo, hemos matado un número regular.

—No nos dejarán tan pronto —respondió Amali, que conocía el valor y la obstinación de aquellos formidables salvajes—. ¡Fuego de nuevo con las espingardas!

Las cuatro bocas de fuego hicieron una nueva descarga, pero esta vez con metralla.

El efecto fue terrible; cinco chalupas se tumbaron llenas de cadáveres y de heridos, y el «Bangalore» avanzó hacia la pinaza cuya tripulación, entre tanto, no había cesado de defenderse desesperadamente con el cañoncito que montaba y estaba colocado a proa, y con las carabinas, aunque sin lograr romper el círculo de los asaltantes.

—¡Un hombre blanco! —gritó Amali.

Un europeo vestido de lienzo, con un sombrero de paja en la cabeza, se lanzó hacia la popa de la pinaza. En la mano llevaba una carabina humeante aún.

—¿Quién sois? —gritó.

—Soy el rey de los pescadores de perlas, esto es, un amigo. Abandonad vuestra embarcación, que no puede moverse y amparaos en la mía.

—¿Y el cañón?

—Clavadlo; os serviréis de mis espingardas.

El europeo lanzó un cable y se dejó deslizar sobre la cubierta del «Bangalore», seguido de sus cinco indios, que habían ya clavado la pieza. Era un guapo joven de unos treinta años, bien conformado, con los cabellos y la barba rubios, ojos azules, líneas distinguidas y finas.

Tendió la mano a Amali, diciéndole brevemente, en perfecto cingalés:

—Quienquiera que seas, gracias por vuestra intervención. Pocos minutos más, y estos salvajes nos hubieran pasado a degüello. Huyamos, porque he puesto una mecha en un barril de pólvora, y mi pinaza está para volar.

—¿Qué sois? ¿Ingles?

—No, francés.

—Tanto mejor; ahora nos abriremos paso.

Los salvajes, al acercarse, impidieron que cambiaran otras palabras. Las barcas se reformaban e iban a estrecharse en torno del «Bangalore», mientras la pinaza era invadida por un tropel de demonios que saludaban aquella primera victoria, que nada tenía de humano.

El agua espumeante alrededor, bajo los remos de los salvajes, y las barcas se iban acercando cada vez más.

Era el momento de obrar.

Amali, con voz tranquila, ordenó a diez de sus hombres que empuñaban los remos, ya que faltaba el viento, y condujeron la nave hacia la laguna, y enseguida dio la voz de fuego.

—¿Podríamos forzar la línea? —preguntó el francés—. A lo menos tenemos cien barcas a nuestro alrededor, y veo llegar otras.

—Las echaremos a pique —contestó el rey de los pescadores.

—¿Tenéis municiones suficientes?

—Mil tiros para las espingardas.

—Darán también el abordaje.

—Yo se lo impediré.

—¿De qué modo?

Mientras sus indios y los del francés seguían haciendo fuego y alejaban el «Bangalore» para no hacerlo volar juntamente con la pinaza, Amali llamó a Durga y le dijo:

—Has de retirar las espingardas y a nuestros hombres de popa, y esparce durión en la cubierta de proa; tenemos abundante provisión a bordo.

—Enseguida patrón.

—¿El durión no es una fruta? —preguntó el francés, asombrado.

—Sí, señor —respondió Amali mientras hacía fuego.

—¿Qué queréis hacer?

—Fuego, señor. Tiráis admirablemente.

—Soy cazador de fieras.

—Cazad por ahora a esos salvajes.

En tanto que el «Bangalore», aunque con el mayor cuidado, se abría paso alejándose más y más de la pinaza, Durga subió a cubierta, seguido de sus hombres que llevaban enormes cestos, que fueron colocados de pronto en la proa.

El durión es una fruta que crece en abundancia en los bosques de Ceilán, tan peligrosa que no puede abrirse impunemente.

Tiene la forma de nuestros melones o mejor de ciertas calabazas, porque es un poco largo y está cubierto de espinas de dos pulgadas de largo, agudas como aguijones y duras como hierro. Para abrirlo se requiere mucha paciencia y también un buen cuchillo o mejor una hoz, ya que sus espinas producen heridas peligrosas. En el interior contienen una pulpa blanca, dividida en varios cachos, que despide un insoportable olor a ajo picado, si bien tiene un sabor muy exquisito y se derrite en la boca como crema, o mejor, como un sorbete.

La primera vez es difícil acostumbrarse a un olor tan desagradable, pero enseguida aquella pulpa resulta tan deliciosa que coloca al durión entre las frutas más elogiadas de la flora cingalesa.

Amali, astutamente, no contaba con la pulpa para contener al ataque de los salvajes candianos, sino con las púas, que debían producir heridas espantosas en los pies descalzos de los agresores.

—¡Ya comprendo! —exclamó el francés—. ¡Qué astutos son estos indios!

—Ya veréis cuan pronto escarmentarán de asaltar mi barco —respondió Amali—. Cuando queráis, continuad el fuego.

Las chalupas de los candianos, detenidas un momento por el fuego de las espingardas, sólo estaban a cincuenta brazas de distancia.

Durga y sus artilleros bajaron las bocas de fuego, gritando:

—¡Atención!

Un huracán de hierro se desató sobre las barcas, rompió el círculo y sobre las aguas del canal se vieron flotar pedazos de tablas y cuerpos humanos.

Las carabinas entraron en acción a su vez. Redobló el estruendo, mezclado con aullidos de rabia y de dolor lanzados por los asaltantes, que no esperaban aquella acogida tan valerosa.

Los defensores de la nave se multiplicaban. Su valor, su habilidad en el manejo de las armas y sobre todo la presencia del rey de los pescadores de perlas y del europeo, compensaban la escasez del número.

¿Podría continuar el combate con tal intensidad? A despecho de las pérdidas que experimentaban, los candianos se volvían más feroces en sus propósitos, y anhelantes de vengar a sus compañeros, no retrocedían.

Sólo habían, cambiado de táctica, para no dejarse ametrallar por las espingardas, que tronaban siempre.

Habían bajado de las barcas, haciéndolas adelantar y manteniéndose ocultos dentro. De vez en cuando se levantaban, para lanzar flechas y venablos, y enseguida volvían a desaparecer, sin que interrumpieran su avance ni se rompiese el orden del círculo, que seguía estrechándose. El francés dirigió una mirada a la pinaza y respiró con satisfacción. El «Bangalore» había ganado ya trescientos pasos y estaba para esconderse en otro lado del canal, porque después aparecería la laguna.

En el momento en que las espingardas volvían a tronar, resonó una explosión terrible y se vio salir de entre los árboles una nube de humo.

—La pinaza ha volado —dijo el francés.

—Y con ella los hombres que la saqueaban —exclamó Durga, con acento de triunfo.

—No bastará aún eso para amedrentar a los salvajes —añadió Amali, que veía que el peligro en vez de disminuir iba siempre en aumento.

—¡Qué testarudez! —exclamó el francés.

—¿Les habéis hecho algún agravio? —preguntó Amali entre dos disparos.

—Ninguno.

—Así, pues, ¿se han alzado contra vos tan sólo por el afán de saqueo?

—Sí.

—Pues entonces, no merecen que se les tenga ninguna consideración.

—Me parece que la cosa es más difícil de lo que creíais.

—Mi gente es escogida.

—Han caído ya cuatro.

—Hay otros veintiséis, sin contar a mi segundo.

—Intentemos un esfuerzo supremo para llegar a la laguna. Tal vez no se atreverán a seguirnos hasta allí, porque está infestada de cocodrilos.

—Estoy pronto a ayudaros.

Los salvajes candianos, sin embargo, no pensaban en manera alguna en abandonar la presa. La voladura de la pinaza no parecía haberles impresionado y continuaban, y continuaban, con tenacidad increíble, su táctica, a pesar de las enormes pérdidas que les habían ocasionado sus adversarios.

El canal estaba sembrado de trozos de barcas y cuerpos humanos, y sin embargo, aquellos guerreros avanzaban, aún; estrechaban al «Bangalore» por todas partes, no ofreciendo a los golpes de los defensores más que una línea sin profundidad y que apenas rota se reforzaba de repente.

Cada barca, tripulada en general por diez hombres, formaba como una mitad combatiente. Si una se iba a fondo, traspasada por los balazos de las espingardas, su pérdida resultaba insignificante, habido en cuenta el número de las que seguían, y ocupando enseguida el puesto de la que faltaba.

El fuego de los indios era imponente, pero aun así no bastaban las espingardas a abrir paso a la nave.

El mismo Amali comenzaba a mostrarse preocupado por el feo cariz que iba tomando el combate.

—¿Acabamos, o estamos para acabar? —preguntó el francés, mirando al rey de los pescadores de perlas.

—No os ocultaré que corremos grave peligro.

—¿Tenéis barriles de pólvora en el sollado?

—Media docena.

—Pongámosles una mecha y volemos juntamente con los sitiadores.

—Tened calma, caballero —exclamó Amali mirándole con viva admiración—. No hemos llegado aún a tal extremo y espero aún dar cuenta de esos bandidos.

—Estamos envueltos.

—Cuento con el abordaje.

—Nos van a pasar a cuchillo.

—No tan pronto. ¿No veis?

8. El asalto

Una tromba se había precipitado sobre la proa del «Bangalore», que había quedado indefensa desde que Durga había hecho retirar a popa a los combatientes para esparcir por el suelo los durión.

Eran unos cincuenta salvajes, armados de mazas, sables y puñales. No viendo a ningún indio delante de sí, se encaramaron sobre la proa, invadiendo la cubierta.

Sus gritos de guerra y de triunfo se trocaron al instante en aullidos de espanto y de dolor.

Su invasión se detuvo. De sus pies desnudos, cortados, atravesados; desgarrados por las durísimas y agudas púas de los durión, salían arroyos de sangre.

Los primeros que intentaron retirarse, empujados por los otros, caían y forcejeaban entre espantosas convulsiones. Era el momento de aprovecharse de ello.

Durga hizo volver las espingardas y los ametralló a quemarropa, mientras Amali; el francés y los otros abrían un fuego terrible sobre las chalupas más próximas, que trataban de acercarse a la popa.

En aquel preciso instante, para colmo de ventura, una ráfaga de viento hinchó las velas que hasta aquel momento habían permanecido inmóviles y empujó hacia adelante al «Bangalore», cuya proa chocaba con las barcas de los salvajes.

—¡La victoria es nuestra! —gritó el francés, en lengua india, para que le oyeran todos los defensores.

La tripulación hizo un esfuerzo supremo. Combatió a culatazos y con las cimitarras, derribando a los enemigos que habían echado como raíces en los costados de la nave.

Las barcas se movían en confusión, y el «Bangalore», ya no entretenido, huía hacia la laguna, disparando siempre sus espingardas.

Los salvajes, viendo huir a su presa, desahogaban su rabia y su desengaño en furiosas imprecaciones.

El viento era ya suficiente, y el «Bangalore» no debía temer ya sus asaltos.

Su velocidad iba en aumento por instantes, dejando atrás a las barcas de los agresores, recorrió el último trecho del canal y entró en la laguna, en cuyas aguas pululaban los cocodrilos.

—¡Estamos a salvo! —dijo Amali al francés—. Si los salvajes osasen: seguirnos aquí los reptiles asaltarían, sus barcas y devorarían en pocos momentos a los hombres que las tripulan.

—¿Y nosotros? —preguntó el francés, viendo docenas y docenas de cocodrilos que nadaban alrededor de la nave y mostraban sus enormes, fauces.

—Las bordas de nuestra nave son demasiado altas para que puedan asaltarla.

—¿Nos vamos a detener aquí?

—No; cruzaremos la laguna e iremos a anclar en el extremo opuesto, donde hay un lugar seguro sólo por mí conocido.

—¿Y no nos seguirán los salvajes?

—Tienen demasiado miedo.

—Pueden dar la vuelta por la playa.

—No se atreverían, porque todas estas selvas están habitadas por tigres, búfalos ferocísimos y rinocerontes, animales más peligrosos aun que los cocodrilos.

—Lo sé por experiencia —respondió el francés—. La pasada noche por poco me devora un tigre al que erré el tiro.

—Dispensad —dijo Amali, con algún embarazo—. Ahora que ha pasado el peligro, ¿queréis decirme por qué motivo os he encontrado aquí, en aquel canal que es conocido de muy pocos?

—Ya os he dicho que soy cazador.

—Sí, me acuerdo.

—La pasión de la caza es la que me ha conducido a estas playas. Después de haber recorrido casi toda la India, haciendo estragos de tigres, rinocerontes, panteras, búfalos, chacales, tuve el capricho de venir a cazar en las selvas de Ceilán, donde me dijeron que a las fieras se las hallaba en abundancia. Compré una pinaza, tomé a sueldo a cinco indios del Coromandel y me dirigí a estas playas. Descubierto por casualidad el canal y viendo que se prolongaba entre tierra y entre espesos bosques, lo seguí sin saber adónde conducía y a qué peligros me expusiese. Después de haber cazado toda la noche, me disponía esta mañana a descansar cuando me cayeron encima todos aquellos salvajes, que evidentemente habían decidido saquear mi pinaza y apoderarse sobre todo de mis armas de fuego. Di a mis hombres orden de volver al mar, y la barca no se movía. La marea baja la había dejado en seco sobre un banco. Os aseguro que vi la cosa muy fea. Sin vuestra intervención y vuestro valor, ya no estaría vivo, porque tenía resuelto volar por los aires antes que caer en manos de aquella gente feroz.

—¿Sois un francés de Pondichery?

—Lo habéis adivinado.

—¿Volveréis pronto a la India?

—Hubiera preferido correr aventuras en esta magnífica isla, pero como ya habéis visto, con la explosión de mi pinaza lo he perdido todo y me veré obligado a regresar a Pondichery para proveerme.

—Aun os quedan, vuestra carabina y vuestros cinco hombres.

—Pero ¡ni una rupia!

—No os preocupéis por eso; si lo deseáis, pongo a vuestra disposición diez mil libras esterlinas.

El francés miró a Amali sorprendido.

—¿Tan rico sois que podéis dar una suma tan enorme como si se tratase de un chelín?

—Os he dicho que soy el rey de los pescadores de perlas.

—¡Ah, sí! Oí hablar en la India meridional de ese hombre extraordinario, rico como un nabab, valeroso como un dios de la guerra, y que, según, dicen, es un pretendiente al trono de Ceilán. ¿Seríais vos?

—Sí, señor.

—Debería habérmelo figurado al ver la manera como os habéis defendido. Desearía ahora saber yo también, si me lo permitís, por qué serie de acontecimientos os encuentro aquí, en lugar de hallaros en los bancos de Manaar, ya que estamos ahora en la estación de la pesca.

—Os lo contaré después de almorzar —respondió Amali—. Sabed por ahora, que he emprendido una peligrosa expedición en tierras del maharajá de Yafnapatam, el hombre a quien anhelo derribar del trono.

El francés le puso una mano sobre el hombro y le preguntó.

—¿Os parezco buen combatiente?

—Os he visto ahora mismo en esta prueba.

—Mi vida está destinada a transcurrir entre continuas aventuras, y las grandes emociones constituyen mi pasión. Me parece que no haber sentido nunca miedo a las fieras ni a los hombres significa algo. Os debo la vida; tomadla, unidme a vuestra suerte y yo os prometo que no tendréis motivos para quejaros de mí. ¿Aceptáis, rey de los pescadores de perlas?

—Un europeo, y además valeroso, sería para mí de un valor inmenso y, además, produciría grande impresión en mi adversario. Pensad, sin embargo que arriesgo una partida terrible, que podría costarme la vida.

—¡La vida! —exclamó el francés encogiéndose de hombros—. ¿No me la juego cada día contra las fieras? ¿Me queréis? Decídmelo francamente y aceptare con entusiasmo ser vuestro amigo.

—Gracias —respondió Amali con voz alterada por la emoción, estrechando la mano que el francés le tendía—. Si un día consigo llevar a cabo mis proyectos y ocupar el trono de mis abuelos, vos seréis el primero en gozar de los beneficios.

—Me contentaré con el cargo de montero mayor del a corte —dijo el francés riendo.

—¡Oh! Algo mejor —respondió Amali—. ¿Cómo debo llamaros?

—Juan Baret. ¿Y vos?

—Amali.

—¡Su Alteza Real Amali! Bonito título, que vale no menos que el de rey de los pescadores de perlas. Vamos a hacer grandes cosas, os lo aseguro, y cuando necesitéis de un hombre resuelto a todo, llamadme, y me encontraréis pronto.

Mientras el rey de los pescadores de perlas y el francés se ponían de acuerdo y se daban a conocer sus futuros proyectos, el «Bangalore» seguía internándose en la laguna, seguido siempre por numerosa escolta de cocodrilos, casi todos grandísimos, armados de larguísimos dientes duros como el acero, con la lejana esperanza de que una inesperada desgracia les permitiera atracar junto al buque en espera de algún tripulante.

La laguna tenía unos dos kilómetros de círculo y estaba ceñida por un soberbio bosque formado de árboles del pan y de plátanos abundantísimos en la isla de Ceilán, árboles del teck, la durísima madera, valerias indianas, o ponas, siempre verdes, y arundo calamus, que son las cañas de la India con que se fabrican nuestras sombrillas, las cuales en aquellos cálidos y fertilísimos países alcanzan la longitud de cien metros y aún más. Diseminados por el lago veíanse muchos islotes cubiertos de cocoteros, que son las más hermosas palmeras que se pueden admirar y que en Ceilán adquieren un desarrollo extraordinario.

Estas plantas se elevan sobre un delgado tronco, esparciendo a su alrededor largas hojas; son tan preciosas que bastan, para alimentar, apagar la sed y vestir a los isleños cingaleses.

El fruto que producen iguala casi a la cabeza de un hombre por su grosor, pero son algo ovales y un tanto triangulares.

Comúnmente producen sesenta frutos y aun setenta, y admira que una planta tan esbelta pueda sostener un peso tan enorme y desafiar los vientos que soplan impetuosos en aquellas regiones.

La corteza exterior de aquel fruto es robustísima, de tres o cuatro dedos de espesor, cubierta por fuera de una sustancia fibrosa propia para ser hilada por lo cual se la despoja de ella antes de ser vendida; la cáscara interna, por el contrario, que es lustrosa y muy dura, sirve para contener los líquidos.

Cuando la nuez es todavía algo verde contiene un líquido agradable, suficiente para apagar la sed; más adelante se reviste de una pulpa exquisita que mezclada con sagún proporciona una pasta bastante nutritiva.

De su trituración se obtiene un aceite excelente, que sirve de condimento, y por fin, con las hojas de los árboles se fabrican esteras. ¿Qué más puede obtenerse de una planta?

Sobre algunos islotes volaban bandadas infinitas de bellísimas aves de esmaltadas plumas; enormes papayos, buitres, tucanes de pico inmenso que parecían espantarse poco de la presencia del «Bangalore» e iban a reposar en sus rocas.

La nave, después de haber circundado todas aquellas islas que formaban profundas barreras, fue a ocultarse en una caleta rodeada de inmensas higueras bananas bajo cuyas copas podía cobijarse un escuadrón de caballería.

—Podemos recalar aquí —dijo Amali al francés—. Estamos ya muy lejos del canalizo y no nos exponemos al peligro de que vengan a asaltarnos nuevamente los salvajes.

—¿Se habrán alejado? —preguntó Jean Baret que no parecía hallarse del todo tranquilo.

—Habrán bajado al mar para dar caza a los pescadores de perlas.

—¡Son a la verdad terribles esos salvajes!

—Son los más valerosos de todos los isleños —añadió Amali—. No es la primera vez que me enfrento con ellos, y sé lo que valen.

—Creía por un momento que todo se había acabado para mí.

—Dejémonos de estas conversaciones, señor Baret; ahora que podemos gozar de un poco de tranquilidad podemos almorzar, y así entre bocado y bocado os explicaré por qué he organizado esta expedición.

Bien sombreada la orilla y no amenazando por el momento ningún peligro, saltaron en tierra, donde Durga había extendido, bajo un plátano, una hermosa estera de varios colores. Amali, que había llenado el «Bangalore» de muchas provisiones, hizo servir un cuarto de carnero fiambre, previamente asado por su cocinero, buena cerveza inglesa y galletas, a lo cual añadió muchas frutas cogidas en el bosque, plátanos, cocos y gruesas naranjas. Mientras comía, comenzó a referir al francés sus extraordinarias aventuras, deteniéndose para hablar, con caluroso acento, de Mysora, la graciosa hermana del maharajá. Puso tanto ardimiento en la descripción de sus hechizos que Juan Baret hubo de descubrir la intensa pasión que consumía el corazón del orgulloso rey de los pescadores de perlas.

—Parece que esa joven princesa os ha tocado en lo vivo —comentó sonriendo.

—Sí —respondió Amali con un profundo suspiro—; será para mi, harto lo sé, un amor sin, esperanza, porque entre ella y yo están el odio del maharajá y el cadáver de mi hermano.

—¿Y esa joven os ama?

—Aunque ayer me detestaba, no puedo decir hoy otro tanto. Parece que ha entrado en su corazón un, nuevo sentimiento.

—Hay, sin embargo, tal complejidad de circunstancias, que no os aconsejaría yo que la mirarais con buenos ojos ni pensarais demasiado en ella —dijo el francés.

—Y, no obstante, siento que no seré feliz hasta el día en que aquella gentil niña sea mía. Desde el día que la vi aparecer entre los pescadores de perlas, radiante de belleza, fulgurando en su barca dorada, no he podido alejar su imagen un solo instante de mi mente. He tratado de odiarla pensando que era la hermana del que asesinó ferozmente a mi hermano, y que, si pudiese, me haría sufrir a mí igual suerte, y nunca me ha sido posible, Juan Baret. Ha quedado impresa tan profundamente en mi corazón que ya jamás se borrará de él.

—Comprendo vuestra pasión, mi pobre amigo —dijo el francés en tono confidencial—; reflexionad, sin embargo, en que el maharajá no consentirá jamás en cedérosla, ya que un día u otro habréis de intentar derribarle del trono. Quizá renunciando a vuestras miras…

—Jamás Juan Baret —replicó Amali con indómita firmeza—. Estoy resuelto a reconquistar el trono de mis antepasados. La pérdida de su Estado será el castigo del asesino. No soy ambicioso, y además, ¿no tengo poder suficiente y riquezas, si no iguales, no muy inferiores a las que posee el maharajá? Todos los pescadores de perlas que me han reconocido por su caudillo me obedecen y si yo quisiera podría lanzar sobre las tierras de Yafnapatam veinte mil hombres decididos a todo y bien armados.

—Entonces, ¿por qué no lo haces?

—Os he dicho que el maharajá tiene a mi sobrino en sus manos. Al primer movimiento que yo hiciera, aquel miserable asesinaría inexorablemente al hijo de su víctima. Cuando haya puesto en seguridad al niño, estallará la guerra en estas playas.

—¿Qué intenciones lleváis? ¿Qué queréis hacer para rescatarlo?

—Presentarme a mi enemigo e intimarle a que me lo devuelva, en canje con Mysora.

—¿Y perderéis la mujer que amáis?

—Por poco tiempo, porque invadiré Yafnapatam a la cabeza de mis pescadores de perlas y me apoderaré de ella, al mismo tiempo que de la corona.

—¿Queréis que os dé mi opinión? —preguntó Juan Baret.

—Decid.

—En vuestro lugar, no aventuraría yo una carta tan peligrosa. El maharajá sería capaz de apoderarse de vos y haceros sufrir igual fin que a vuestro hermano.

—Mysora respondería de mi libertad y de mi vida.

—¡Hum! Aquel tirano, mi querido Amali, sacrificaría sin vacilar a su hermana para asegurarse en el trono y enviar al otro mundo a un enemigo tan poderoso como vos. No, no cometáis tal torpeza. Vuestros hombres, no lo dudo, al saber vuestra muerte, matarían a Mysora, pero vos no por eso volveríais al mundo de los vivos, y entonces, adiós venganzas, adiós corona y buenas noches a vuestros abuelos, que esperan que un descendiente suyo reconquiste el trono que les fue arrebatado.

—¡Mysora muerta! —exclamó Amali con espanto.

—Y todo lo demás perdido —añadió el francés—. Id a fiaros de ese maharajá. No pondría en sus manos ni siquiera la punta de mi dedo meñique.

—Pues, ¿qué haríais en mi tugar?

—¿Vuestros hombres son de confianza?

—Fieles a toda prueba.

—¿Incapaces de advertir al maharajá de vuestra presencia en estos lugares?

—De todo punto incapaces. Respondo de todos ellos como de mí mismo.

—¿No tenéis ningún amigo en la corte?

—Sí, uno, que me tiene jurado que ha de vengar a mi hermano.

—¿Quién es?

—Binda, el capitán de los guardias del maharajá.

—Un pez gordo —dijo el francés—. Perfectamente; os será de mucha ayuda. ¿Son conocidos vuestros hombres en Yafnapatam?

—Ninguno lo es.

—Enviad uno a vuestro amigo para advertirle que os encontráis aquí en espera del momento oportuno para arrebatarle el niño al maharajá. Si es astuto, ya imaginará la manera cómo podrá efectuarse el rapto. Una vez en vuestro poder el rehén, lo ponéis en salvo en vuestras rocas, y enseguida hacemos la guerra y destronamos al tirano. Pero, se me ocurre una idea; yo mismo podría ir a Yafnapatam.

—¡Vos! —exclamó Amali.

—¿Por qué no? Soy un europeo, y por lo tanto nada tengo que temer, soy cazador, y puedo haber ido allá para cazar algunas fieras, aparte de lo cual no creo ser ningún tonto. ¿Queréis confiarme esta empresa? ¡Pardiez! La aventura me gusta.

—¿Y vuestra cabeza?

—Me parece que está bien prendida al cuello —respondió Juan Baret.

—Si el maharajá penetrase en el fondo de nuestras intenciones, no os la dejaría mucho tiempo sobre los hombros.

—No es ningún zahorí para adivinarlas. ¿Tenéis algún hombre fiel y valeroso que conozca a vuestro amigo?

—Mi segundo, Durga.

—¿No le reconocerán en Yafnapatam?

—Hace diez años que no ha puesto los pies en aquella ciudad.

—Aun así, le disfrazaremos —dijo Juan Baret—. Mi querido rey de los pescadores de perlas, voy a hacer mis preparativos porque cuento, esta tarde, con entrar en Yafnapatam y ver esta noche a vuestro amigo.

—¿Tan pronto?

—Yo soy así. Cuando he tomado una resolución voy derecho al fin sin pérdida de tiempo.

—Os repito que os exponéis a un peligro gravísimo; que vuestra vida, penderá de un hilo.

—Aunque esta mañana parecía perdida, Dios misericordioso os ha enviado a vos para salvármela aún.

—Si salís bien la demanda, la mitad de mis riquezas os pertenecen, Juan Baret.

—No sabría qué hacer con ellas —respondió el francés—. Guardad vuestro dinero para la guerra, amigo. Pensad en disfrazad a vuestro amigo; voy a preparar las armas.

9. Los cazadores de elefantes

Apenas diez minutos después Juan Baret, más decidido que nunca a afrontar aquella peligrosa aventura en que se jugaba la vida, bajaba a la playa con su carabina al hombro y un par de pistolas en la faja roja que le ceñía la blanca cazadora de ligera franela.

Le acompañaba Durga, igualmente armado, y cargado con dos mochilas conteniendo víveres y municiones, debiendo atravesar bosques desiertos y tan espesos que hacían inevitable un extravío.

El segundo de Amali iba disfrazado de inglés, de manera que estaba; desconocido bajo aquel nuevo atavío.

Habíanle anudado los cabellos detrás de la nuca, uniéndolos con varias sartas de perlas y botones de vidrio, adorno usado por los isleños de Ceilán; después se había cubierto el pecho con anillos hechos con tiras de latón, que formaban, como una malla, y llevaba una chaquetilla de seda floreada y una túnica que le bajaba hasta los tobillos, ceñida por una ancha faja de cabos voladizos.

Iban desnudos de pies y brazos, cargados en cambio de gruesos anillos de cobre y brazaletes formados de perlas de vidrio de variados colores.

En vez de sombrero, que los cingaleses no usan, resguardábanse del sol con unos abanicos redondos, hechos de hojas entrelazadas, pintados de rojo amarillo.

Amali muy emocionado, esperaba al francés en la playa.

—¿Estáis decidido, Juan Baret? —le preguntó.

—Más que nunca —respondió aquel valiente.

—¿Habéis pensado en todos los peligros?

—No me ocupo en esas bagatelas.

—¡Sois muy valiente, amigo!

—¡Oh! Esta aventura acabará bien sin necesidad de valor.

—Gracias por cuanto vais a hacer por mí.

—No hablemos de eso, mi querido amigo.

—Mi gratitud será eterna.

—Y la mía por vos, porque os debo la vida, Durga, partamos.

Amali abrió los brazos y el francés se dejó abrazar sonriendo.

—Pronto tendréis noticias mías —dijo Juan Baret—; entretanto os aconsejo no intentéis nada sin mí y no abandonéis este escondrijo, que me parece seguro.

—Haré más aún —respondió Amali—. Desmontaré la arboladura de mi barco e iré a buscar un refugio más oculto.

—Ya sabremos encontraros.

Estrecháronse las manos y alejáronse mutuamente conmovidos.

Juan Baret y Durga volvieron la espalda a la laguna y emprendieron el camino a través del bosque, mirando al suelo para no pisar la cola de alguna serpiente, por haber muchísimas en los bosques del Ceilán, y casi todas de mordedura mortal.

Las serpientes de cascabel que son las más temibles, porque matan en pocos minutos a los animales de más talla, pululan en los terrenos húmedos, así como también las «cobras de Manila», sin contar con las boas, que trituran entre sus espirales hombres y fieras con una facilidad increíble.

Y no solamente las serpientes eran de temer, pues abundaban igualmente los escorpiones, no menos venenosos, las arañas de picadura mortal, y luego tigres, panteras, rinocerontes y también los elefantes bravos, asaz peligrosos, que no vacilan en atacar a los hombres que encuentran en los bosques.

Juan Baret sin embargo, no era hombre para dejarse sorprender. Había recorrido por largos años las selvas de la India central y meridional, las selvas del Norte, las llanuras palúdicas del Ganges y ya sabía lo que tenía que pensar de los moradores de las regiones selváticas.

—¿Conoces el camino? —preguntó a Durga, que le precedía a tres pasos de distancia, llevando el fusil bajo el brazo.

—Sí —respondió el indio.

—¿Cuánto tardaremos en llegar a Yafnapatam?

—No más de seis horas, si es que algún imprevisto accidente no nos detiene.

—¿Conocerás si nos acecha alguna fiera?

—Sí, y esto puede ocurrir de un momento a otro, pues estos bosques están llenos de alimañas.

—Ya haré yo que huyan.

—¿Habéis matado muchas, en vuestras cacerías?

—Centenares.

—¿Y tigres, también?

—Una docena, por lo menos.

—Entonces, en vuestra compañía no he de temer.

—¿Te amedrentan mucho?

—Preferiría habérmelas con cingaleses más que con tigres. Los que habitan estos bosques son grandísimos y no menos feroces.

—Pues te aseguro que pronto nos encontraremos con algunos —dijo Juan Baret.

—¡Oh, no digáis eso, señor! Mejor es que los tengamos lejos.

—No iré a buscarles, porque otras cosas requieren nuestra actividad, pero si se presenta alguno no le dejaré marchar sin que pruebe antes el sabor de mi plomo.

Alejándose cada vez más de la laguna, la selva se hacía más intrincada y tenebrosa a causa del follaje, tan enorme que impedía lo atravesase la luz.

La isla de Ceilán es riquísima en vegetales, más aún que la India, y los bosques la cubren la mayor parte. Encuéntranse allí todas las esencias arbóreas de la zona tórrida; cocoteros, árboles del pan, que producen frutos gordos como la cabeza de un niño, conteniendo una pulpa amarillenta, dulzona y muy sabrosa; enseguida barejos flaboliformes de hojas grandísimas; palmeras infinitas, plátanos monstruosos, talipotas, árboles de la canela, higueras y muchísimas otras que no enumeramos para no cansar la paciencia del lector.

Todas estas plantas crecen a su albedrío, sin cultivo alguno, formando impenetrables maniguas que sirven de asilo a bandadas de monos, entre los cuales es notable el mandru, que lleva una luenga barba blanca que va de una oreja a otra.

Millares y millares de plantas parásitas se enroscan en todos aquellos troncos, entrecruzándose en todos sentidos y haciendo a menudo casi imposible el camino entre aquellos vegetales.

Juan Baret y Durga encontraron un sendero, probablemente abierto por alguna manada de elefantes bravos, y se internaron por él, sin demasiada dificultad, y sin tener necesidad de recurrir a los cuchillos de monte que completaban, su armamento guerrero.

A través de aquel sendero veían pasar a menudo animales azorados por el crujir del follaje; liebres, gacelas, jabalíes, alces, bestias que hacían palpitar el corazón del francés, que los dejaba huir sin saludarles con un tiro, temiendo perder demasiado tiempo y no teniendo necesidad de víveres.

Las fieras faltaban en cambio, debido tal vez a que se refugiaban en sus cuevas cuando brillaba el sol, siendo más amigas de la oscuridad.

Habían recorrido ya un buen trecho de camino deteniéndose tan sólo algunos minutos para apagar la sed con algún plátano, cuando Durga, que no fiaba mucho en aquel silencio, se detuvo prestando oído.

—¿Ocurre algo? —preguntó Juan Baret, acercándose hasta él.

—Escuchad, señor.

El francés se detuvo detrás del tronco de una higuera y prestó oído.

—Oigo crujido de ramas y rumores sordos que parecen producidos por una manada de elefantes en marcha.

—Tenéis el oído fino —dijo Durga.

—¿No me habré engañado?

—No, porque se trata de una manada de esos animales.

—Mal encuentro si son muchos.

—Muchísimos, señor.

—Desviémonos, y dejemos que pasen.

—Es imposible dejar esta vereda. A derecha e izquierda hay junglas impenetrables, que están infestadas de serpientes.

—Pues no podemos hacer frente los dos solos a quince o veinte elefantes. Nos harían trizas en un instante.

—Yo lo sé, señor.

El francés levantó los ojos. La higuera bajo la cual se había detenido era tan enorme que formaba por sí sola como un pequeño bosque, estando compuestos estos árboles de muchos troncos que continúan renovándose.

—Nos ocultaremos ahí arriba. —dijo—. El follaje es espeso y los elefantes no nos verán.

—Buena idea —dijo Durga.

—Ayúdame entonces.

Habiendo encontrado un tronco muy grueso treparon por él, ayudándose mutuamente y llegaron a una de las ramas más altas, desde la cual podían dominar cierto espacio del bosque.

Desde allá arriba divisaron, a cincuenta pasos de distancia, un claro en el que se hallaban inmóviles diez o doce elefantes, mientras otros tres o cuatro vigilaban dando vueltas en torno de sus compañeros.

—¡Que cerca los teníamos! —exclamó el francés estremeciéndose—. Si seguimos avanzando más, por poco caemos en medio de la manada. ¿Vamos a estarnos mucho tiempo aquí? Sentiría llegar a Yafnapatam demasiado tarde.

—De ordinario sus descansos son cortos —respondió Durga—. Como necesitan una enorme cantidad de alimento, siempre están en movimiento para buscar frutas y hojas tiernas.

—Sí estuviesen aquí Amali y sus hombres, magnífica ocasión para matar unos cuantos.

—Otros hay que se encargan de ello, señor.

—¿Quiénes?

—Veo a dos hombres que acechan a los elefantes.

—¿Y qué hacen?

—Son del oficio.

—También lo somos nosotros, y tenemos armas de fuego.

—Pero no tenemos ningún caballo.

—De poco nos serviría.

—Al contrario, estad atento se preparan para atacar a los elefantes.

—¿Dónde están?

—Escondidos detrás de aquellas palmeras.

—Ya los veo —dijo el francés.

Dos hombres montados sobre un solo caballo de corta alzada y formas esbeltas daban vueltas alrededor del claro, entre los árboles.

Eran dos cingaleses completamente desnudos y con los miembros untados de aceite de coco para poder escurrirse más fácilmente en caso de que les cogiese la trompa de algún elefante.

El que guiaba al caballo, no llevaba ninguna arma, pero tenía en la mano una mecha encendida y un cohete.

El otro, que iba a la grupa, empuñaba un largo sable, de catorce pulgadas de largo, cubierto hasta más de la mitad con un cordel, de modo que podía cogerse con las dos manos sin herirse.

—¿Y con esa arma quieren esos dos locos atacar a los elefantes? —preguntó el francés.

—Sí, señor y ya veréis cómo algún elefante dejará la piel.

—Lo dudo.

—No conocéis aún el valor de los cingaleses en este género de caza.

—Deseo verles manos a la obra.

—Esperad un poco señor.

Los elefantes, que tienen un olfato muy sutil, debieron haber husmeado a los dos cazadores, porque se habían movido, meneando las orejas y dejando oír sordos mugidos.

—Están inquietos —dijo Durga.

—Los dos cingaleses también lo estarán.

—Creo lo contrario.

—Veremos qué hacen esos locos.

Los dos cazadores se habían detenido, y el que guiaba el caballo había pegado fuego al cohete acercándole la mecha.

De pronto atravesó el claro un rastro de fuego y estalló con fragor en medio de los elefantes, que se precipitaron a derecha e izquierda barritando espantosamente y huyendo locos de terror.

Solamente uno había permanecido firme, como atontado.

De pronto se lanzó el caballo, mientras el que lo guiaba gritaba a voz en cuello:

—Me llamo Sciami; mira mi caballo, que se llama «Kisso», y he matado a tu padre en el río Mara y a tu cachorro en este bosque. Ahora vengo a matarte a ti, porque comparado con tu padre no eres más que un asno.

Los cazadores de elefantes creen de buena fe que los elefantes comprenden aquellos insultos, porque los ven de pronto enfurecerse.

Así que Sciami hubo pronunciado aquellas palabras, el caballo, guiado con maestría incomparable, se puso a correr vertiginosamente alrededor del elefante que había quedado aislado de la manada.

El animal, encolerizado, se precipitaba ora adelante, ora a derecha o izquierda ora retrocedía, intentando matar al caballo y a los dos cazadores a golpe de trompa.

No lo alcanzaba, sin embargo, porque el caballo esquivaba hábilmente los peligros volteando y saltando.

—¡Bravo! —exclamó el francés entusiasmado—. ¡Son admirables!

—Eso no es nada —dijo Durga—. Estad atento a lo que hará el otro jinete, el que lleva la espada.

—¿Dónde herirá al elefante?

—En el tendón, algo por encima del talón.

—Se hará matar.

—¡No, no temáis!

—Esos dos hombres son unos valientes. Voy a preparar la carabina para ayudarles si les veo en peligro.

—Dejadlos hacer, señor. Son de Yafnapatam. Ya veréis cómo no nos necesitan.

El caballo seguía en sus evoluciones, cada vez más veloces. En pocos momentos se encontró detrás del elefante.

Rapidísimo, el hombre que tenía la espada se había dejado caer al suelo.

Era el instante más difícil de la lucha, porque necesitaba que el jinete volviese de repente atrás a recoger a su compañero.

El cingalés que había descabalgado, con una rapidez fulmínea y de un golpe poderoso cortó limpiamente el tendón derecho del elefante y enseguida saltó a la grupa del caballo que se había acercado, y lanzó un grito de triunfo.

Un momento después, los cazadores desaparecían en medio del bosque. El elefante, recibido el golpe que debía más tarde dejarle sin vida, se tambaleó lanzando un rugido terrible, y a su vez se precipitó en el bosque, derribándolo todo a su paso.

—¡Ha huido! —exclamó Juan Baret.

—No irá muy lejos —dijo Durga—. La pérdida de sangre le obligará a detenerse y acabará por morirse, ya que la herida es mortal. Aunque el tendón, no hubiese quedado cortado enteramente, el peso del animal lo rompería después de una corta carrera.

—¿Y los dos cazadores?

—Le están siguiendo ahora, aguardando el momento en que caiga.

—No había asistido nunca a semejante cacería. Es verdaderamente emocionante y debe requerir una buena dosis de sangre fría. Ya que los bravos cazadores nos han desembarazado el camino, sigamos nuestra ruta. Se deslizaron hasta el suelo y dirigiéndose hacia el claro para cruzarlo y buscar otra vereda que les permitiese andar rápidamente.

Habíanla encontrado y estaban ya para pasar bajo los árboles cuando Durga, por segunda vez, detuvo al francés, empujándole vivamente hacia un matorral de hierbas altísimas.

—¿Qué ocurre? ¿Un nuevo peligro?

—Los elefantes vuelven en busca de su compañero.

—No los veo.

—Están ocultos en medio de aquellos plátanos.

—No dejaré escapar la ocasión de derribar a alguno. No quiero ser menos que los cingaleses.

—Pero no vais a saber qué hacer de semejante animal.

—Soy cazador. ¿Quieres esperarme aquí?

—No os arriesguéis, señor.

—No tengas miedo. Permanece aquí, o mejor, da la vuelta al claro para cortarles el camino a los paquidermos. Será cuestión de pocos minutos y llegaremos a Yafnapatam antes de que se ponga el sol.

—Como queráis.

Juan Baret, deseoso de hacer ver a su compañero que no era menos valeroso que los cingaleses, examinó la carabina y luego se lanzó en medio de las hierbas, haciendo señal a Durga de dar la vuelta al claro para coger a los paquidermos por la espalda.

El francés sabía que iba a jugar una partida sumamente peligrosa, pero no parecía hallarse muy preocupado.

Por otra parte era un cazador de gran mérito, que no temía a ningún animal y que tenía el pulso firme.

Aprovechando el espesor de las hierbas para mantenerse escondido, comenzó a adelantarse lentamente, para encontrarse a buen alcance.

Los elefantes que regresaban para buscar a su compañero no eran más que tres, todos grandísimos, con soberbios colmillos y trompas larguísimas.

Como no vieran al que buscaban, se mantenían escondidos entre los árboles, aspirando el aire con las trompas alzadas para cerciorarse de si todavía estaban, allí los enemigos y si se sentía el olor de la pólvora.

No viendo a nadie y no oyendo ningún rumor decidieron finalmente avanzar entre las hierbas, agitando las trompas. Olfateada la presencia del cazador, detuviéronse en su marcha y levantando la cabeza miraron, entre los árboles para descubrirlo.

La situación del francés se había hecho de pronto comprometida, porque desde el puesto que ocupaba no podía hallar manera de derribar de un solo tiro a alguno de aquellos colosos. Por otra parte, bien se veían que podían precipitarse de repente, sobre él y aplastarle con sus anchas pezuñas.

—Durga tenía razón —dijo—. Habría sido mejor que les hubiese dejado en paz. Veamos si podré espantarles.

Se puso de rodillas, y apartando las hierbas, apuntó al más próximo en las sienes.

Al oír el disparo, los dos que salieron incólumes huyeron; el tercero, en cambio, que había recibido la bala en el cráneo, se precipitó entre las hierbas, buscando al agresor.

¡Ay de Juan Baret si hubiese perdido su sangre fría y hubiese emprendido la fuga!

Habría estado infaliblemente perdido.

Como hemos dicho, no era aquélla la primera caza del francés.

En vez de dejarse ver, se acurrucó entre las hierbas, agachándose todo cuanto pudo.

El elefante atravesó el matorral de algunos saltos, pasando cerca de su enemigo y después volvió sobre sus pasos, mugiendo y descargando trompazos locamente.

Su aspecto en aquel momento era tan terrible que el francés por un instante se creyó perdido.

Al cabo de un rato le vio detenerse bruscamente, y ponerse a escuchar. ¿Trataba de sorprender la marcha del cazador?

Juan Baret no se movía; procuraba esconderse lo mejor que podía, sabiendo que el menor movimiento le podía costar la vida.

Desde el lugar en que se encontraba hubiera podido matar fácilmente al adversario. Tenía el fusil vacío y no se atrevía a cargarlo por miedo a mover las hierbas y llamar la atención del paquidermo, que estaba siempre alerta, mientras brotaba abundante sangre de su herida.

Entretanto, el francés no le perdía de vista, resuelto a vender cara, su vida si le hubiese visto avanzar aún.

Habían, transcurrido algunos minutos cuando resonó un disparo a sólo diez pasos de distancia.

El elefante, herido nuevamente en algún órgano vital, levantó la trompa, mugiendo fuertemente, sacudió las orejas y dio algunos pasos tambaleándose.

—¡Bravo, Durga! —dijo el francés—. Ahora yo.

Cargó rápidamente la carabina, apuntó al coloso en dirección, al corazón y por segunda vez hizo fuego.

Fue un golpe mortal. No se había extinguido aún el eco dé la detonación cuando el enorme animal caía en tierra, lanzando el último barrito.

—¡Durga, ya es nuestro! —gritó Juan Baret—. Puedes acercarte.

El segundo de Amali, tranquilizado con aquellas palabras, se lanzó fuera de una espesura de céspedes en medio de la cual se había mantenido oculto hasta entonces.

—Tres buenos tiros, señor —dijo.

—Que valen el tajo del cingalés, ¿no te parece?

—Estoy convencido. Y ahora, ¿qué queréis hacer de toda esta carne?

—Se la dejaremos a los cingaleses.

—Pecado será abandonarles también estos hermosos colmillos.

—Nos servirán de estorbo, y además no tenemos sierra con que cortarlos. Cuando tu señor sea maharajá y me nombre su montero mayor, los cogeremos en abundancia. Dejemos a ese difunto y pensemos en los habitantes de Yafnapatam, que están vivos y son muy peligrosos.

10. Una cacería de tigres

Juan Baret y Durga, después de apagar su sed en un clarísimo arroyuelo que corría por la linde del claro, aunque muy disgustado por tener que abandonar aquella montaña de carne, pusiéronse en camino siguiendo el ancho sendero abierto por el elefante herido por los cazadores cingaleses. El enorme animal, en su desordenada fuga, había destrozado el bosque, derribando a su paso gran número de árboles más o menos gruesos. Parecía que un tren hubiese pasado a toda velocidad, trazando su surco enorme.

—¡Qué fuerza tienen esos animales! —dijo Juan Baret, mirando los árboles yacentes en tierra—. Parecen verdaderamente de hierro y no de carne. ¡Y pensar que reducidos a esclavitud son tan dóciles!

—Hasta demasiado —añadió Durga—, pues basta un niño para guiarlos. Y en realidad, niños son los que se encargan de hacerles ejecutar los trabajos más pesados, como el transporte de troncos de árboles y otros pesos enormes.

—He oído decir que quieren mucho a sus minúsculos conductores.

—Y los defienden contra los ataques de las fieras. He visto un día un tigre tratar de acercarse a algunos chiquillos conductores que jugaban al borde un torrente. Los dos elefantes que estaban con ellos acudieron, apenas advertidos del peligro, y se colocaron en medio, haciendo de sus corpachones escudo contra el asalto de la sangrienta fiera.

—¡Cuánto afecto, y sobre todo, cuánta inteligencia! Es un verdadero pecado matar a unos animales que prestan tan señalados servicios al hombre.

—En algunas regiones de la isla está prohibido matarlos.

—Quien ha dictado esta ley, ha obrado muy bien. Y Yafnapatam, ¿está muy lejos aún?

—Tres horas por lo menos, señor.

—Entonces llegaremos antes de la puesta del sol.

—Sí, si alargamos el paso.

—No estoy cansado.

Así diciendo habían abandonado el sendero trazado por los elefantes, pues conducía al centro de la isla, y tomaron otro abierto por los hombres.

No se veía aún ningún habitante, y al bosque sucedía la jungla, con sus cañas espinosas, altísimas, refugio de las fieras y sobre todo de las serpientes.

Habían visto ya alguna que otra fiera atravesar el sendero y huir en medio de aquel caos de árboles.

Durante dos horas estuvieron cruzando la jungla sin funestos encuentros; a la sazón encontrábanse los dos aventureros en medio de terrenos pajustres, en los que se veían retozar numerosos cocodrilos del género de los gaviales, reptiles algo más pequeños que los otros, pero no menos peligrosos, porque tienen las quijadas más largas y mejor armadas.

Durga se había detenido mirando aquellos terrenos casi sumergidos, erizados de junqueras que servían de asilo a multitud de aves acuáticas.

—¿Qué miras? —preguntó Juan Baret.

—Señor —contestó el indio—, no había visto nunca estos pantanos.

—¿Te habrás extraviado?

—No sé qué deciros.

—¿Hace muchos años que no recorres estos terrenos?

—Diez, no más.

—¿Y no recuerdas haber visto terrenos pantanosos cerca de Yafnapatam?

—No, señor.

—Puede haberse desbordado algún río inundando estos terrenos. Cuenta que en diez años las corrientes de agua pueden tener algún, capricho.

—¿Y si nos hubiésemos extraviado?

—Una noche pasada en estos lugares no será muy agradable, pero, en fin, los dos estamos curados de espanto. Tenemos armas y provisiones, y por lo tanto nada debemos temer.

—¿Y las fieras? Deben ser numerosas aquí.

—Las combatiremos —respondió Juan Baret, con su habitual indiferencia—. ¡Calla! Estas tierras me recuerdan cierto lugar, donde por poco me devora un tigre.

—¿Dónde señor?

—En los pantanos del Ganges. Tratemos de seguir adelante; veremos si cambian los pantanos.

—Como queráis, señor; pero el sol desciende rápidamente y si antes de una hora no vemos las pagodas de Yafnapatam, nos veremos obligados a detenernos.

—Acamparemos lo mejor que podamos —respondió el francés.

Volvieron a ponerse en camino siguiendo por unos diques naturales flanqueados de cañas y canales de agua pútrida, donde se oía cómo nadaban los cocodrilos.

Empezaron a reinar las tinieblas cuando se hallaron en el lindero de otra jungla, que parecía mucho más extensa que la primera.

—No veo las pagodas de la ciudad —dijo Durga—. Señor, nos hemos extraviado, y convendrá esperar hasta el alba.

—Es una noticia que trastorna nuestros planes, pero no hay más remedio que atemperarse a las circunstancias. Atravesar una jungla por la noche es harto peligroso. Busquemos algún sitio donde acampar.

—Bajo aquel espesillo de plátanos, señor. Sus anchas hojas nos protegerán contra la humedad de la noche.

—Busca leña seca y prevendremos la cena. Debes tener un pedazo de ciervo asado.

—Y también galletas y café malabar.

—No pido más.

Mientras el francés cortaba algunas hojas para prepararse un lecho. Durga recogía cañas y bambúes secos para mantener durante la noche un buen fuego, a fin de alejar a las fieras que no debían, faltar en la vecina jungla.

El último rayo de sol había desaparecido ya cuando los dos se disponían a cenar delante del fuego.

Comieron con apetito, y después el francés encendió un cigarrillo mientras el indio se metía en la boca una pulgarada de betel.

Aun, cuando el fuego ardiese, ni uno, ni otro se atrevían a dormir, porque desde la jungla, comenzaban ya a llegar rumores poco tranquilizadores: rugidos roncos, aullidos agudos y silbidos de toda suerte.

—Dudo que pasemos tranquilamente la noche —dijo el francés después de un momento de silencio—. Tengamos preparados los fusiles y pistolas.

—No hay cuidado con vos —respondió Durga—, aunque los tigres me hielen la sangre.

—No son tan temibles como crees; te lo dice un hombre que ha hecho frente a muchos. Una vez tan sólo me encontré delante de uno que realmente me espantó.

—¿Cuándo?

—El año pasado, en el Guzerate.

—Contad, señor. La noche pasará así más pronto y no nos dormiremos.

—¿Temes alguna sorpresa?

—Tenemos nuestros fusiles, y después, como arde el fuego, no se atreverá ninguna fiera a acercarse.

—No siempre consigue el fuego tenerlas a raya, pero ya que quieres que le refiera aquella emocionante cacería, lo haré con mucho gusto.

El francés encendió un segundo cigarrillo, miró hacia la jungla, para ver si aparecía alguna fiera y luego dijo:

—Me encontraba desde hacía algunas semanas en una aldea de Guzerate, región bastante rica en fieras, cuando un día un inglés, amigo mío, me envió a uno de sus criados para invitarme a cazar juntos un tigre que devoraba los rebaños de algunos pobres pastores.

»La fiera debía haber venido de muy lejos por cuanto se decía, que, de memoria de hombre, jamás los había albergado aquella jungla, por no ser suficiente para proporcionar la necesaria comida a un devorador tan poderoso.

»Respondí al amigo que aceptaba de buena gana su proposición, y al día siguiente le vi llegar con dos elefantes, una jauría de veintiocho perros robustísimos y un considerable número de criados y halconeros.

»Yo, a mi vez montaba un buen caballo que me había acompañado otras veces en mis cacerías.

»Señalada la presencia del tigre, nos pusimos todos en su persecución.

»Todos los habitantes de las plantaciones y los vecinos de la aldea, habían salido a vernos desfilar, deshaciéndose de toda suerte de augurios y lanzando las más furiosas imprecaciones contra la fiera, que, desde hacía dos meses, tenía atemorizados a aquellos indios.

»La jungla no era muy extensa, y se podía atravesar a pie en un par de horas pero era algo difícil penetrar en ella a causa de la enorme masa de las cañas.

»En medio se levantaba una antigua pagoda en ruinas, consagrada no sé a qué divinidad, en la cual los indios, siempre supersticiosos, aseguraban que penetraba el tigre para cambiar de forma y que en su lugar encontraríamos al dios, pronto a devorarnos a todos.

»Esta creencia estaba tan arraigada en aquellos hombres, que ni uno solo se había atrevido nunca a acercarse a aquel edificio. A mediodía todavía no habíamos descubierto nada. Las cañas eran tan altas, que los elefantes desaparecían en su espesor y las cimas azotaban a los cazadores encaramados en los troncos.

»Los ojeadores avanzaban en dos filas formando un semicírculo, precedidos por los perros, animales feísimos, pero de maravillosa bravura, y: que no temen atacar a las fieras.

—Los conozco —dijo Durga.

—A aquellos perros había asociado mi amigo dos estupendos bulldogs de pura raza, de elevada talla, según él, serían capaces de coger al tigre por las orejas y tenerle firme, como si se tratase de un toro.

»Había transcurrido otra hora cuando llegó hasta mí un grito lanzado por uno de los ojeadores. Distinguí la palabra vento, de lo cual deducimos que el tigre, advertido por nuestros movimientos, debía haber escapado.

»No podía hallarse muy lejos. La jungla estaba para acabar, y por lo tanto de un momento a otro debía mostrarse.

»Y en efecto, poco después apareció. Nunca olvidaré aquel momento. Había cazado otros tigres, pero nunca había visto uno tan soberbio. Era de gran talla, lleno de valor y ferocidad, y debía oponer una tenaz resistencia.

»Cuando apareció, le encerramos entre la jungla y las plantaciones de añil, en una especie de plazoleta desde donde podían divisarse varios pueblos.

»De haber querido, hubiera podido huir, pues nosotros no podíamos, sin causar graves perjuicios a los plantíos, lanzar los elefantes, los perros y a nuestros hombres entre el añil, llegando entonces a la madurez. Prefirió, por el contrario, hacernos cara.

»Fue un momento conmovedor para todos. La fiera estaba tiesa delante de nosotros, azotándose los flancos con la cola, lanzándonos miradas terribles y rugiendo roncamente. Luego, en el instante en que los elefantes se disponían a estrecharle presentando sus colmillos formidables y altas las trompas, se levantó, y de un prodigioso salto vino a caer a treinta pasos de nuestra línea, poniendo en fuga a los ojeadores, los cazadores y los perros.

»Mi caballo, espantado, había retrocedido, resoplando y estremeciéndose con todo su cuerpo.

»Me acordé de que estaba en peligro de dejar el pellejo en las fauces de la fiera, pero a causa de los sacudimientos desordenados de mi caballo me era imposible hacer uso del fusil.

»Mi amigo, comprendiendo el extremado peligro que corría, me gritó:

»—Juan, deja enseguida el caballo; el tigre te está mirando.

»Salté de la silla. El tigre en aquel momento, tomó carrera y pasando por encima de los perros fue a caer en la propia grupa de mi caballo. Había salvado el pellejo por milagro.

—¡Qué golpe! —exclamó Durga, estremeciéndose—. Yo no hubiera tenido tanta serenidad. Continuad, señor.

—El caballo, entonces, cedió bajo el peso, lanzando un relincho de dolor. Por fortuna, el tigre no quería habérselas con él.

»Sorprendido por no haberme encontrado, le dejó de repente, y volvió a ponerse entre los dos elefantes, como si el suelo estuviese cubierto de resortes.

»Yo me había aprovechado de aquel respiro para encaramarme sobre uno de los dos paquidermos, sin abandonar la carabina.

»Hicimos fuego contra la fiera, pero tanta era su movilidad que erramos los tiros.

»Más hete aquí que el tigre se encuentra frente a dos nuevos adversarios: los bulldogs de mi amigo.

»Los dos valerosos perros le atacaron con rabia, tratando, según su costumbre, de agarrarlo por las orejas.

»El tigre, al principio, no pareció hacer caso de sus ataques, pero cuando se sintió morder en las orejas dio un salto terrible, lanzando a los perros a derecha e izquierda, y enseguida, de dos zarpazos, les partió por la mitad. Volvimos a hacer fuego mientras empujábamos a los elefantes.

»Le vimos acurrucarse entre la hierba. Si bien había sido herido en un hombro, aun era peligroso.

»Los perros se le echaron encima, pero en un momento quedaron ocho o diez tendidos en el suelo, despanzurradas y moribundos.

»Una tercera descarga le hirió nuevamente en el hocico y en una pata.

»Más debilitado por la pérdida de sangre, le vimos arrastrarse por entre las hierbas, para salir a la jungla.

»Un elefante le cerró el paso, le cogió con la trompa y por fin le arrojó contra un árbol, conviniéndolo en un informe montón de carne y huesos.

—¿Y los ojeadores?

—Su miedo les salvó —respondió el francés.

—¿Y vuestro caballo se salvó también?

—¡Oh, no! Sus heridas eran tan graves que murió al día siguiente.

—He ahí un tigre verdaderamente terrible, señor. No hubiera querido toparme con él.

El francés atizó el fuego y luego encendió un tercer cigarrillo, mientras Durga dirigía hacia la jungla miradas azoradas, creyendo ver salir a cada instante alguna fiera.

Oíanse siempre rumores en medio de los bambúes como si algunos animales se divirtiesen persiguiéndose. De vez en cuando se oían aullidos que cesaban casi de pronto. Eran chacales que acechaban a los dos viajeros en el lindero de la jungla y se asustaban al ver fuego.

Pasaba alguna sombra a corta distancia del vivaque, se detenía un momento, y luego seguía su camino a toda prisa.

Durga aseguraba siempre que era algún tigre, mientras Juan Baret sostenía que se trataba de algún jabalí, de algún ciervo o de algún gamo.

Pero la noche transcurrió, sin que se hubiese mostrado ninguna fiera cerca del fuego. Cesaron poco a poco los gritos, silbidos y rumores, y volvió a quedar todo sumido en silencio al salir el sol.

—Ahora podemos dormir un par de horas —dijo el francés—. De día las fieras no abandonan sus guaridas. ¿Sabrás encontrar el camino?

—Sí, orientándome con el sol, os llevaré a Yafnapatam.

—¿Debemos estar cerca, o lejos?

—Pocas millas deben faltar.

—¿Encontraremos al capitán de guardias?

—No deja nunca la corte.

—¿Habita en el palacio del maharajá? Esto nos perjudicaría.

—Vive en casa propia, vecina a la del príncipe —respondió Durga.

—Así podremos hablar con más libertad. ¡Si pudiese convencer al maharajá de que emprendiese alguna montería y llevarle a los pantanos! ¡Qué buen blanco haría yo! Ea, buenas noches, o mejor dicho, buenos días, Durga, y a dormir.

El francés se tendió sobre su yacija de hojas y Durga, que se caía de puro sueño, no tardó mucho en imitarle.

Cuando despertaron era mediodía, y el sol dejaba caer a plomo sus rayos ardentísimos; el silencio que reinaba era profundo. En las horas más cálidas todos los animales de la jungla permanecen agazapados en sus cuevas y duermen.

Juan Baret y el segundo de Amali devoraron los restos de la cena, y enseguida reanudaron, su camino bordeando la jungla.

Al cabo de dos horas volvían a entrar en los bosques, donde se veían senderos por los cuales discurrían, hombres y bueyes.

—No debemos estar lejos de la ciudad —dijo Durga.

—La veo —respondió el francés, que se había subido sobre un árbol derribado en tierra—. Está frente a nosotros. Mira las cúpulas de sus pagodas que brillan al sol.

—¡Sí, sí, Yafnapatam! —exclamó Durga, que se le había reunido.

Partieron a paso de carga y, atravesando el bosque, llegaron a una vasta llanura en medio de la cual se elevaba la ciudad.

11. El capitán de guardias

En la época en que se desarrolla esta historia, Yafnapatam era aún una de las ciudades más notables de la costa occidental de la opulenta isla de Ceilán.

No era muy populosa, aunque ocupaba una vasta superficie y contenía hermosos edificios, gran número de pagodas consagradas a Buda, el dios de los cingaleses, grandiosos palacios de mármol y robustos baluartes de mortero y piedra, defendidas por gruesas espingardas y protegidos por fosos llenos de agua.

Distinguíase sobre todo por su magnificencia el palacio del maharajá, colosal edificio con cúpulas, terrazas, galerías alminares y patios tan espaciosos, que podían maniobrar dentro algunos miles de soldados.

Juan Baret y Durga atravesaron uno de los puentes levadizos y penetraron en la ciudad sin hallar oposición, antes bien, fueron respetuosamente saludados por los guerreros y guardias de las puertas, porque en aquel tiempo el europeo ejercía un profundo prestigio en los isleños.

El segundo de Amali, que conocía la ciudad, condujo a su compañero por algunas calles poco frecuentadas, para no despertar la curiosidad de la población, y al cabo de media hora llegaban delante de un palazuelo de buen aspecto, todo de mármol blanco, con el techo piramidal y vastas galerías cubiertas por esteras pintadas.

—¿Vive ahí el capitán? —dijo a Durga.

—¿Queréis verle enseguida?

—Si no tienes ningún inconveniente.

—Muy pocos se ofrecen, y aparte de eso un hombre blanco siempre tiene acceso a todas las casas.

—Veamos antes a quiénes tenemos que dirigirnos.

—Cuando el centinela está delante de la puerta quiere decir que Binda ha vuelto del palacio del maharajá.

—Vamos, pues, a verle.

Durga asumió el aspecto de un personaje importante y ordenó al centinela que fuese a advertir a su amo que un europeo deseaba verle, teniendo que comunicarle noticias urgentes.

El soldado, dejando la lanza, entró en el palazuelo, y golpeó en una placa de cobre que estaba colgada de una pared.

—¿Nos recibirá? —preguntó el francés, que se sentía un tanto inquieto.

—No se atreverá a inferir un desaire a un hombre blanco, y luego, bastará que le diga mi nombre al centinela. Binda no debe haberlo olvidado, creo yo.

Rabian transcurrido apenas dos minutos, cuando se presentaron cuatro criados en, la escalinata, rogando al europeo que les siguiese para presentarse ante su amo.

—Vamos —dijo Juan Baret.

Los criados le hicieron cruzar por un bellísimo corredor de mármol, lo introdujeron en una sala cubierta de alfombras y amueblada suntuosamente, con divanes y cortinajes de seda e inmensos jarrones indios historiados.

Un hombre, vestido con una larga camisa de seda azul, sin adornos, y llevando la cabeza ceñida con un pañuelo de raso color de rosa, estaba sentado sobre una sillita de bambú, teniendo entre las manos un rico estuche de laca en que estaban contenidos el betel y las nueces de areca. Tendría ya más de cincuenta años, ciertamente, de estatura baja, como suelen serlo en general los cingaleses, la piel de un moreno dorado, los ojos pequeños y astutos y la barba espesa y negra todavía.

Al ver entrar al francés se puso de pie, después retrocedió, haciendo un movimiento de estupor. Había visto aparecer a Durga detrás de Juan Baret.

Mandó con un gesto a los servidores que se alejaran, cerró la puerta y volviéndose hacia el francés le dijo:

—Dispensad, señor, la manera de saludaros que he tenido, pero vais seguido de un hombre que me ha turbado profundamente.

—Me lo figuraba —respondió Juan Baret, estrechando la mano que le tendía el capitán de guardias—. ¡No esperabais ciertamente a Durga!

—¿Quién te envía?, preguntó con vivacidad Binda, acercándose al segundo de Amali.

—Mi amo.

—¿Dónde se encuentra?

—A no mucha distancia de aquí.

—¿Por qué?

Durga señaló al francés y dijo:

—A él corresponde responder, porque es su mejor y más fiel amigo.

—¡Vos, señor! —exclamó el capitán, volviéndose hacia Juan Baret.

—He recibido este encargo del rey de los pescadores de perlas.

—¿Qué deseáis? Hablad; soy como un hermano para Amali.

—Una cosa sencillísima, capitán —respondió Juan Baret—. Hemos venido para concertar con vos el rescate del niño Maduri.

—Me pedís una cosa imposible.

—Puede parecéroslo, pero yo no comparto vuestra opinión.

—Decidme, ante todo, dónde se encuentra Amali.

—Escondido en un pantano, o mejor, en una laguna, a bordo de su «Bangalore» y con buena escolta.

—¿Y si lo descubren? —exclamó Binda con terror.

—¿En la laguna de los cocodrilos? —dijo Durga—. Ya sabéis qué terror inspira a todos aquel lugar.

—¿Y dónde está Mysora, ya que se sabe que la raptó?

—Está en lugar seguro en el arrecife.

—¿Y qué quiere ahora Amali?

—Sustraer al maharajá también el niño —dijo Juan Baret—. Los pescadores de perlas están impacientes por invadir los estados de Yafnapatam y no esperan otra cosa sino que desaparezca ese obstáculo para romper las hostilidades.

—¡Robar al niño! —exclamó el capitán, asustado—. Y sin embargo, es absolutamente necesario, si Amali quiere vengar a su hermano y reconquistar el trono. El momento sería propicio también, porque he reclutado ya muchos parciales que tienen uno u otro motivo de queja del maharajá y estarían prontos a coger las armas.

—¿No veis posible el golpe?

—Si no es imposible, lo creo, cuando menos, extremadamente peligroso, porque desde que el maharajá sabe que Amali tiene en sus manos a su hermana Mysora ha redoblado la vigilancia en torno del niño. Creía que Amali la había raptado para proponerle un canje.

—Esta era, en efecto, su intención, y quería venir aquí él mismo en persona —dijo Juan Baret.

—No hubiera respondido yo de su vida.

—He hecho bien en hacerle desistir de sus propósitos, y me felicito por ello. Veamos, capitán, ¿no se puede intentar nada?

—Lo estoy pensando.

—Tengo que proponeros un plan.

—¿Vos?

—Sí, lo creo excelente.

—Hablad, señor.

—¿El maharajá es aficionado a la caza?

—Mucho.

—Pues entonces, si le aconsejarais dar una batida a los cocodrilos de la laguna, ¿os parece que aceptaría?

—Puede ser.

—Eso es lo que conviene que alcancéis. Cuando sale de caza, ¿se lleva siempre al niño?

—Nunca lo deja, porque sabe que mientras lo tenga en sus manos, nada intentará Amali contra Yafnapatam.

—Perfectamente.

—¿Por qué decís eso?

—Amali y sus hombres están ocultos en, la laguna y por lo tanto puede intentarse una sorpresa, con feliz éxito.

—¡Cómo os engañáis, señor! —dijo el capitán—. Cuando el maharajá sale de caza lleva a lo menos doscientos o trescientos hombres consigo.

—Aunque llevase mil, me tendría sin cuidado. Con un poco de astucia y de valor se puede, aprovechando una noche oscura, entrar en, la tienda del niño y llevárselo.

—¿Y los centinelas?

—¡Se matan!

—¿Qué clase de hombre sois?

—Soy quien ha jurado prestar algún gran servicio al rey de los pescadores de perlas y mantendrá su palabra. Acabemos: ¿podríais conseguir que el maharajá fuese de caza?

—Haré lo posible para ello.

—No os pido nada más por ahora. ¡Ah! Otra cosa.

—Decid.

—¿Podría yo, en mi calidad de europeo y de cazador, formar parte del cuartel general del maharajá?

—Me comprometo a obtener para vos esta concesión.

—Gracias, capitán.

—Decidme: ¿continuará prisionera Mysora?

—Por ahora no tiene Amali ninguna intención de dejarla huir, porque …

—La ama —dijo el capitán.

—¿Cómo lo sabéis?

—Lo sospechaba.

—Sí, la quiere mucho.

—¡Mal pecado! ¡Mejor hubiera sido que no pensara jamás en esa joven!

—¡Eh! ¡Idle con consejos a un enamorado! Por mi parte, creo sería lo mejor que las dos familias contrajesen parentesco, reuniendo bajo un solo cetro a los partidarios de una y otra dinastía. Sería buena política.

—De esta suerte el maharajá escaparía a su castigo —dijo el capitán con acento feroz—. Pero yo no estoy enamorado.

—Vuestras palabras encierran una grave amenaza, y no quisiera yo encontrarme en el pellejo del maharajá.

El capitán de guardias hizo con, la cabeza un signo que parecía una afirmación, y levantándose dijo:

—Debo ir a ver al maharajá. Contad conmigo, y durante mi ausencia sois el dueño de esta casa.

—Pues nos aprovecharemos de ello, porque estamos cansados y hambrientos —respondió Juan Baret—. ¿Cuándo nos veremos ahora?

—Antes de la tarde. Os recomiendo que no pronunciéis el nombre d Amali delante de mis criados. Sería peligroso para mí, y más aún para vosotros.

Apenas hubo salido cuando entraron los criados con una mesa rica mente puesta, que colocaron en medio de la sala.

Los cocineros del capitán de guardias debían de ser famosos. Habían preparado manjares exquisitos, pasteles de toda suerte y salsas de toda calidad.

Había mucha caza, asada entera, colocada sobre enormes fuentes de plata.

—Después de un viaje tan largo entre los bosques, esos manjares eran los que yo apetecía —dijo el francés—. Amigo Durga, hay que aprovecharnos de la ocasión y dejar en paz al rey de los pescadores, al maharajá y a todo bicho viviente.

Juan Baret, que no perdía jamás su inalterable buen humor, se sentó a la mesa, catándolo todo y saboreándolo, y haciendo las más extravagantes comparaciones entre la cocina cingalesa y la francesa.

Se había entusiasmado tanto con los pasteles, que estuvo en un tris de proclamar la superioridad de la primera sobre la segunda.

Cuando hubo saciado su apetito, encendió un cigarrillo y se echó pacíficamente sobre un diván, invitando a Durga a que hiciera lo mismo.

—Ya que somos los amos de casa, busquemos nuestra comodidad —dijo.

Estaba hablando aún y ya dormía, convidado por la frescura que reinaba en aquella sala marmórea y el silencio que ningún rumor turbaba.

Cuatro o cinco horas después, fue despertado por una voz que le decía al oído:

—Señor, no tenéis un momento que perder y habéis hecho bien en dormir. No sé si tendréis tiempo para hacerlo después. Era el capitán de guardias el que hablaba así. Juan Baret se levantó en el acto.

—¡Ah! ¿Sois vos? —exclamó.

—Os traigo una buena noticia.

—¿Cuál?

—Marcharemos dentro de una hora.

—¿Para dónde?

—Para el bosque.

—¡Oh!

—Sí, señor. Apenas hice al maharajá la propuesta de emprender una batida por los bosques, dio las órdenes oportunas para la expedición. Ha aceptado sobre todo la idea de ir a desinfectar el lago de los cocodrilos que lo invaden, y por lo tanto ha encontrado muy original la idea.

—¿Y partimos dentro de una hora?

—El maharajá desea vivaquear en el bosque. El príncipe es algo extraño, y luego, antes de llegar al lago, desea ensayar sus nuevos elefantes, recientemente amaestrados por los mahouts.

—¿Contra quién?

—Contra los tigres de la jungla.

—¡Así tendremos caza por partida doble! —exclamó Juan Baret con aire triunfante—. ¿Le habéis dicho que deseo tomar parte en la expedición?

—Sí, y Su Alteza ha puesto a vuestra disposición un elefante, confiándome vuestra vigilancia. Desea poneros a prueba.

—Procuraré hacerme honor, capitán. Este maharajá es un príncipe gentilísimo.

—Cuando no se muestra peligroso en extremo.

—¿Aun para conmigo?

—¡Oh, no! No se atrevería a tocar a un europeo. Sabe que detrás de vos están los ingleses.

—¿Sabéis, capitán, que hemos tenido mucha suerte? ¿Vendrá también el niño?

—Dormirá junto a la tienda del príncipe.

—¡Si se pudiese intentar el golpe esta noche!

—No penséis en ello —dijo el capitán—. Esperemos llegar a orillas de la laguna para contar con el apoyo de Amali y de su gente.

—Durga, anda; vamos a partir.

—¿Tan pronto? —preguntó el indio, incorporándose.

—Nuestro elefante nos espera delante de mi palacio —dijo el capitán—. Venid luego; asistiremos al desfile del cortejo; es un, espectáculo imponente que merece ser visto.

Juan Baret y Durga siguieron al capitán y encontraron delante del palacio un enorme margo, uno de los de más talla de la especie, con su torre sobre los lomos, puesta sobre una rica gualdrapa de seda roja fleco de plata, montado por su conductor o cornac, sentado en el cuello, entre las dos orejas.

Subieron por una escala de cuerda y se sentaron sobre los almohadones de la torrecilla.

El elefante, dócil a las órdenes de su conductor, emprendió la marcha, atravesando con pesado paso la ciudad, a todo lo largo, y se detuvo cerca de una explanada donde se hallaba reunida una multitud enorme, en espera del real cortejo.

Apenas llegó, cuando se oyeron sonar las trompas y los tam—tam y se presentaron numerosos soldados que agitaban banderas blancas en las cuales estaban pintadas de rojo, sendas figuras representando el sol, el elefante, el tigre, el dragón y otros animales.

Seguían tropas de músicos que tocaban triángulos de hierro, placas de bronce, tambores y tam—tam, y detrás soldados armados de látigos sin mango, formados por cuerdas de cáñamo entrelazadas, que agitaban sin descanso, haciéndolos restallar a los oídos de la muchedumbre.

Venía luego un rico palanquín, cargado de ornamentos de oro y plata, enriquecido con esculturas, llevado por ocho hombres pomposamente vestidos de seda de varios colores.

Sentado sobre un almohadón de terciopelo estaba el maharajá que vestía una especie de chupa de brocado y anchos calzones de seda blanca que le bajaban hasta los talones, y chapines rojos de punta encorvada.

Llevaba en la cabeza una gorra de terciopelo de cuatro picos, adornada con un plumero rojo, y al cinto una espada con puño de oro. En la mano llevaba una caña de varios colores, con mango de plata, cincelado e incrustado de piedras preciosas y de diamantes.

Era un hombre aun fuerte y robusto, de color casi blanco, con los ojos negros, y aun en sus facciones recordaba algo a la bella Mysora, en cambio, feroz y desdeñosa la expresión de su rostro.

—No me gusta nada esa cara —comentó Juan Baret.

—Que no os oigan, si apreciáis la vida —dijo el capitán de guardias—. El maharajá es muy susceptible y no os salvaría vuestra condición de hombre blanco.

—¡Ah, es verdad! Se me olvidaba que ese hombre es un poderoso.

Detrás de la litera del maharajá venía otra en la cual se encontraba un hermoso niño de doce o trece años, desarrollado, con la piel morena, los ojos grandes y negrísimos, de expresión melancólica, y la cabellera larga y abundante.

Iba también vestido de seda blanca con guarniciones de oro y llevaba una rica faja de varios colores.

A su alrededor se hallaban ocho guerreros armados de lanzas y cimitarras, que no le perdían de vista.

—¿Es Maduri? —preguntó Juan Baret.

—Sí, es el sobrino de Amali —respondió el capitán en voz baja.

—¡Guapo muchacho, a fe mía! ¡El rey de los pescadores de perlas puede mostrarse orgulloso de él! ¡Oh, si pudiese devolvérselo!

—¿No veis cómo está vigilado?

—¿Qué son ocho hombres?

—Son escogidos entre los más fuertes del maharajá.

—Les mataremos —dijo el francés, que todo lo hallaba fácil.

—Cuatro vos, y cuatro yo —dijo Durga—. Nuestras pistolas reducirán pronto el número.

Detrás de las literas venían seis enormes elefantes de caza, montados por hombres armados de fusiles y después un crecido número de cazadores que tenían a su cargo la traílla de los perros, y luego batidores, soldados y acémilas cargadas de provisiones, tiendas y arneses diversos.

El capitán dejó que desfilase el cortejo entero, y ordenó al conductor que siguiese a retaguardia.

—¿Dónde acampará esta gente? —preguntó Juan Baret.

—En la jungla —respondió el capitán.

—Espantarán á los tigres.

—Los encontrarán también, porque los batidores les impedirán la huida.

—Será una montería grandiosa. ¿Tomarán parte en ella todos?

—Desde el maharajá al último esclavo.

—¿Cuántos deberán ser?

—Cerca de cuatrocientos, señor.

—¡Qué batalla! ¡Compadezco a los pobres tigres!

Anochecía cuando el inmenso cortejo llegó al lindero de los bosques, para abrir paso fueron enviados delante seis elefantes, que se pusieron enseguida a la obra, derribando árboles y abriendo paso entre los céspedes que alfombraban el suelo.

¡Terribles trabajadores! Ningún árbol se resistía a sus trompas ni a sus colmillos. Cuando algún tronco era demasiado grueso, lo atacaban dos o tres, y a los pocos minutos aquel coloso de la vegetación se derrumbaba con inmenso estrépito.

Los otros levantaban el tronco y lo apartaban a un lado, a fin de que la litera del maharajá pudiese avanzar libremente.

Entretanto, a una y otra mano, batidores, esclavos y guerreros armados de hoces, cortaban ramas, descuajaban raíces, derribaban plantas parásitas y apartaban follaje con rapidez fulmínea, y quedaba expedido el camino.

A las diez de la noche, cuando el cortejo llegó cerca de la jungla que el francés y Durga habían cruzado por la mañana, los tam-tam y los tambores y trompas dieron la señal de alto.

Cincuenta hombres se precipitaron en medio de las cañas espinosas, derribándolas en un espacio de cuatrocientos metros cuadrados y levantaron la tienda real, un pabellón en forma de cono de seda roja, adornado con banderas.

Alrededor levantaron otras para los ministros, los altos dignatarios y los parientes del príncipe, y en, seguida se encendieron inmensas hogueras para preparar la cena.

—Levantemos también nuestra tienda —dijo el capitán haciendo detener el elefante—. La humedad que reina en la jungla es tal vez peligrosa, pero ésa produce fiebres increíbles.

Cuatro servidores se ocuparon en la faena, después prepararon la cena para su señor y los huéspedes, sirviéndola en platos de plata.

—¡Pardiez! —exclamó el francés, siempre alegre, sobre todo cuando acababa de comer. ¡Platos de plata en el reino de los tigres! ¡Es un lujo inaudito! ¿Qué dices tú, Durga?

—Hasta ahora, sí.

—¿Y nuestros proyectos?

—Y mejor irán, aún, te lo aseguro. ¿Has visto dónde han puesto al muchacho?

—Ocupa una tienda vecina a la del maharajá.

—¡Qué miedo tienen de que se le escape!

—De ese niño depende su corona, señor.

—Le arrebataremos el uno y la otra —respondió Juan Baret.

—Hay muchos guardias.

—Nos aprovecharemos de cualquier barullo pata intentar el golpe. Tengo cierto proyecto en la mollera. ¡Los elefantes son bravos animales cuando no se ponen furiosos!

—¿Y qué tienen que ver los elefantes con el niño, señor? —preguntó el capitán, que había escuchado el diálogo sin tomar parte en el.

—Ya os lo diré a su tiempo. ¡Excelente guiso de antílope el que nos habéis servido! ¡Famoso cocinero tenéis, capitán! ¡Y esta oca en salsa de plátanos! ¡Oh! ¡Exquisita! ¡Los elefantes! ¡Bravos animales, sí! ¡Bravísimos!

—¡Esta noche la emprendéis con los colosos! —dijo el capitán riendo.

—Estoy entusiasmado con ellos.

—Me imagino que se trata, sin embargo, de otro. ¿Pensáis jugarle alguna mala pasada a aquellos animales?

—¡Silencio, capitán! No es aún el momento de hablar. Se me ha ocurrido una idea que dará resultados asombrosos y le hará reír mucho a Amali.

Finalizada la cena, el francés y Durga dieron una vuelta por el campamento, mientras el capitán esperaba órdenes de su señor.

Soldados, esclavos y batidores estaban todos en movimiento para preparar la caza que debía comenzar al rayar el alba.

Doscientos hombres, seguidos de los perros, habían partido ya para rodear la jungla a fin de impedir que los tigres, espantados por aquel estrépito y por tantas hogueras, se refugiasen en los vecinos bosques.

Algunos tiros indicaban que algunos de ellos habían intentado ya ponerse en salvo.

—Con tanta gente se va a armar una confusión terrible —dijo Baret a Durga—. Prefiero cazar solo.

—Todos los maharajás cazan de esta manera, señor —respondió el segundo de Amali.

—Así deben perderse muchos hombres.

—No hay expedición que regrese intacta. Los tigres, aprovechándose de la confusión, ocasionan siempre algunas víctimas.

—¡Si pudiésemos aprovecharnos de ella nosotros para raptar al niño! —El maharajá lo tendrá a su lado, sobre el elefante.

—¿Cómo lo sabes?

—Me lo ha dicho un esclavo del capitán.

—No importa; pondremos en ejecución mi idea en cuanto hayamos llegado a la laguna.

—¿Tenéis, pues, un, proyecto?

—No te lo niego, Durga.

—¿Contra los elefantes?

—¡Lo has adivinado! ¡Quiero poner furiosos a esos animales!

—¿De qué manera?

—Dándoles un pinchazo.

—Ni siquiera lo sentirán, señor. Tienen la piel demasiado gruesa.

—Sin embargo, un día, en el Pengiab, vi uno de esos animales ponerse terrible a consecuencia de una gota de cierto líquido que un indio le inyectó, bajo la piel, y hubo que sacrificarle para impedir que hiciera una matanza.

—¿Y poseéis vos ese veneno?

—Sí; me lo regaló aquel indio, en pago de un favor que le hice.

—¿Y lo lleváis encima?

—Lo llevo en el bolsillo. Pensaba regalárselo a un maharajá de Coromandel que se volvía loco por los combates de elefantes y se dolía de que ninguno de los suyos llegase a ponerse nunca bastante exaltado. Y no habiendo tenido ocasión de volverle a ver, lo conservó aún.

—¿Y lo haréis servir para los elefantes del maharajá?

—Sí, y nos aprovecharemos del terror y de la confusión que sembrarán por el campamento para apoderarnos del niño.

—Un plan estupendo, aunque peligroso.

—¿Por qué aguardar a que nos hallemos a orillas de la laguna? Podríamos intentarlo esta misma noche.

—Estamos demasiado lejos de Amali. Los soldados del maharajá podrían perseguirnos y cogernos. En cambio, en la laguna tenemos el «Bangalore» y la fuga será más fácil y más segura, no teniendo a su disposición el maharajá ni siquiera una barca.

—Estáis en todo, señor. ¡Qué fortuna para Amali haberos hallado!

—Silencio, y volvamos a nuestra tienda.

Cuando llegaron encontraron al capitán de guardias.

—Al rayar el alba se abre la caza —dijo al francés—. Se han señalado ya cinco tigres y el maharajá me ha encargado que os confíe el puesto de honor.

—¿Corre prisa ver devorar a un europeo? —dijo Juan Baret, riendo.

—Me parece que su idea es poner a prueba vuestro valor.

—Trataré de complacerle, capitán. Conozco los tigres y alguno caerá bajo mis balas.

—¿Queréis otras carabinas? El maharajá está pronto a proporcionároslas.

—La mía me basta —respondió Juan Baret—. Me sirvo de ella hace diez años y no me ha fallado una sola vez. La prefiero a todas las que posee vuestro señor.

—Durmamos, porque con los tigres hay que tener bien descansados los músculos y el pulso firme.

12. Las cacerías del maharajá

Un estruendo de tambores, tam—tam, trompas, aullidos y gritos despertó al día siguiente a Juan Baret, a Durga y al capitán.

Su alteza, impaciente por descubrir los tigres, había dado orden de levantar el campo antes de que hubiese salido el sol.

Los seis monstruosos elefantes que debían afrontar a las fieras estaban prontos a entrar en la jungla, precedidos por batallones de perros y seguidos de soldados, ojeadores y esclavos, todos armados de picas para rechazar a los tigres si éstos hubiesen intentado forzar la línea de los cazadores y refugiarse en los bosques.

El maharajá estaba sentado sobre uno de los más robustos paquidermos, juntamente con el niño y dos capitanes de armas; llevaba una magnífica carabina inglesa y lanzaba imprecaciones contra los que se retardaban, injuriando sin distinción a ministros y dignatarios.

Juan Baret, Durga y el capitán de guardias, sabiendo que era peligros andarse con bromas con aquel tirano, subieron apresuradamente sobre su elefante, reuniéndose con los del maharajá, los cuales, puestos ya en marcha, derribaban las masas de vegetación que obstruían la jungla.

El monarca, viéndoles pasar, levantó los ojos y se dignó saludar a Juan Baret con la mano, indicándole luego el puesto que debía ocupar, o sea a la izquierda de su elefante.

—Quiere ver cómo tira —dijo el francés—. Ya te lo enseñaré, querido.

—Sin embargo, cuenta con vuestra protección, —dijo el capitán—. Se siente más seguro a vuestro lado.

—Pues si adivinase mis pensamientos se apresuraría a hacerme retroceder —dijo Juan Baret.

Los elefantes, barritando estrepitosamente, habían comenzado a apartar a los perros, para que ocupasen su puesto los batidores. Estos iban a los lados, haciendo un ruido ensordecedor con los tambores y los tam—tam para hacer saltar fuera a los tigres, que debían hallarse ocultos en aquel caos de vegetación.

Los perros, desatraillados, olfateaban en todas direcciones, ladrando y brincando como endemoniados, pero prontos a refugiarse entre las patas de los elefantes a la primera aparición, de las sanguinarias fieras.

Los cazadores, de pie sobre sus torres, vigilaban los contornos, teniendo las, armas a su alcance.

—No deben estar lejos los tigres —dijo Juan Baret al capitán—. Yo atacaré a los que están ya levantados y huyen delante de nosotros, pisoteando las plantas.

—No podrán salir de la jungla porque a la otra parte hay doscientos hombres —respondió Binda.

—¡Oh!, no se retirarán sin darnos batalla, tenedlo por seguro. ¡Son animales valerosos que no temen, ni a los hombres ni a los elefantes! ¡Atención! ¡He ahí uno que viene hacia nosotros!

En el mismo momento oyóse un terrible rugido. Aquel aullido produjo en todos, menos en el francés, una indecible sensación. También los elefantes habían comenzado a estremecerse y a resoplar de una manera inquietante, mientras azotaban el aire con sus trompas. Continuaban los rugidos y no hacia una sola parte. Evidentemente había más de un enemigo a quien enfrentar.

—No perdáis la serenidad —dijo Juan, Baret a sus dos compañeros—, y sobre todo no hagáis fuego sin tener la seguridad de hacer blanco.

—¿Lo habéis visto?

—Todavía no, pero os puedo asegurar que está próximo. Mirad cómo se agitan los perros hacia aquel sitio. Los tigres están preparando un asalto por diversos puntos.

—No perdáis de vista al niño.

—No le quito los ojos de encima y os prometo que ningún tigre llegará hasta él.

De repente vióse aparecer entre los perros, como un rayo, un tigre de talla enorme. A cada salto que lanzaba ganaba un espacio de ocho o diez metros. Desaparecía entre la jungla y volvía a salir para meterse de nuevo en la espesura y esto con tanta rapidez que no daba tiempo a los cazadores para mirarlo.

—Parece que vuela —dijo Juan Baret, que había apuntado ya varias veces la carabina—. Pronto se detendrá y entonces haremos fuego.

El tigre continuaba en sus evoluciones, sin que disminuyera la arrancada, hasta que, con un repentino salto llegó casi a veinte metros de la línea de los elefantes.

Los batidores se habían retirado ya detrás de los paquidermos sin dejar de aullar.

—¡Azuzad los perros! —gritó en aquel momento el maharajá.

Aquellos valientes animales se habían lanzado intrépidamente hacia adelante, ladrando con furor. Eran, más de ciento y llevaban todos collares de hierro erizados de púas.

En un momento rodearon al tigre, ladrándole. La fiera se había detenido mirando a aquellos numerosos adversarios. Habríase dicho que examinaba con aire de profundo desprecio a aquellos animales que no se atrevían a acercársele y que a cada movimiento suyo retrocedían, escondiéndose prudentemente entre las cañas o bajo las trompas de los elefantes.

—¡Hola! ¡No se mueve! —exclamó Juan Baret—. Ahora te hago saltar yo.

Estaba apuntando su carabina cuando el maharajá y sus compañeros hicieron una descarga que no produjo ningún efecto, porque el tigre no se movió.

Las manos reales no eran bastante firmes y menos aún las de los ministros y otros altos dignatarios.

—¡Qué tiradores! —murmuró el francés.

Levantó la carabina y aprovechando un momento en que el elefante estaba quietó, disparó.

La fiera no dio ni siquiera un salto. Se agachó de pronto, tendiéndose sobre la hierba.

—¡Bravo, hombre blanco! —gritó el maharajá entusiasmado—. Mis hombres son unos cobardones comparados contigo.

Como si aquel tiro hubiese sido la señal, lanzáronse otros tigres contra los perros, lanzando rugidos tremendos.

Un estremecimiento de horror recorrió los miembros de todos; levantáronse clamores de espanto de entre los batidores, que huyeron por todas partes.

El elefante que montaba el francés se apoyó sobre sus patas delanteras, con la cabeza baja y la trompa recogida, de modo que quedaran prominentes sus colmillos, y esperó valerosamente el asalto.

Los otros, en cambio, comenzaron a chocar entre sí confusamente, y algunos volvieron grupas a pesar de los gritos de los cornacs y de los cazadores.

Los tigres no se lanzaron al asalto enseguida. Antes dieron muchos rodeos, tratando de pasar por entre los elefantes y de escurrirse contra los batidores, soldados y esclavos.

Juan Baret, viendo acercarse un tigre, mandó hacer fuego.

La fiera no quedó herida mortalmente y su furor no hizo más que aumentar; con los ojos encendidos, el pelo erizado, la boca desmesuradamente abierta, lanzóse contra las patas del elefante tratando de encaramarse hasta los cazadores.

Con, un brusco movimiento de espaldas y de cuello, el paquidermo, lo rechazó a diez pasos de distancia, pero, con agilidad asombrosa, la fiera volvió al asalto.

El valiente coloso trató aun de rechazarlo y arrolló prontamente si trompa que no quería abandonar a los dientes crueles del adversario.

Ya Juan Baret veía erguida la monstruosa cabeza de la fiera y oía rechinar sus formidables mandíbulas armadas de dientes triangulares cuando el capitán y el segundo de Amali dispararon a boca de jarro, enviando a rodar por la jungla al peligroso agresor.

Entretanto los otros cazadores, con repetidas descargas, habían logrado poner fuera de combate, a otro tigre.

Tampoco el maharajá había dejado de hacer fuego, haciéndose cargar la carabina por el joven. Maduri. No había aún, sin embargo, logrado rechazar a un enorme tigre que por dos veces se había lanzado contra el elefante.

Juan Baret lo advirtió y temiendo, no ya por el maharajá, a quien, hubiese deseado de buena gana ver muerto, sino por el niño, disparó contra la fiera, pero sin lograr más que herirle en una pata.

Esto no obstante, vióse de repente al tigre volver por tercera vez al ataque. De un brinco inmenso se lanzó sobre los lomos del elefante, despanzurrando al cornac y echó la zarpa en la torre en el momento en que el maharajá se encontraba con la carabina descargada.

Oyóse levantarse un aullido de terror entre los otros elefantes. Todos los cazadores habían visto el peligro, pero ninguno se había atrevido a hacer fuego, temiendo herir al príncipe o a sus compañeros.

Juan Baret estaba bien seguro de su puntería. Viendo al tigre alargar una pata hacia Maduri, hizo fuego precipitadamente.

El tigre, herido en el cráneo, se desprendió del elefante. Era el último, porque los otros habían sido ya muertos, los unos por los cazadores, los otros por los soldados.

El maharajá salvado a tiempo de una muerte segura, miró a su alrededor y preguntó:

—¿Quién ha hecho fuego?

—El hombre blanco habían respondido todos.

El príncipe levantó los ojos hacia Juan Baret que tenía en la mano la carabina humeante todavía y le hizo con la mano un gesto amistoso.

Había acabado la cacería. Los batidores habían cargado sobre palanquines los seis tigres y los habían conducido al campamento.

También los elefantes regresaban entre un ensordecedor ruido de tambores y de tam-tam. Todos celebraban el feliz éxito de aquella batida, que no tenía precedentes.

—Señor Baret —dijo el capitán—; sois el héroe de la jornada y el maharajá os concederá ciertamente alguna recompensa por haberle salvado la vida.

—He defendido la del niño y no la suya —respondió Baret—. Si Maduri no se hubiese encontrado sobre el mismo elefante no habría hecho fuego; al contrario, habría tratado de azuzar al tigre para que le devorase más pronto.

—Si el maharajá os manda llamar, no os neguéis a presentaros. Podéis ganar mucho. Es capaz de nombraros su montero mayor.

—Bonito empleo, pero que no puedo aceptar por habérmelo ofrecido ya otro.

—¿Quién es?

—Amali —dijo Baret.

—Silencio, sed prudente. Es un nombre demasiado peligroso para ser mencionado aquí.

Apenas llegaron al campamento cuando un ayudante del maharajá se presentó en su tienda, rogando a Juan Baret que le siguiera.

—Es para la recompensa —le dijo al oído el capitán.

—Sabré aprovecharme —respondió Juan Baret.

Salió de su tienda y se dirigió hacia la de su alteza.

El príncipe le esperaba fuera, sentado sobre un escabel de terciopelo, rodeado de sus ministros, los altos dignatarios y los capitanes.

Delante de él estaban alineados los seis tigres, cubiertos de hojas y de flores; seis bestias enormes, de rara belleza, sobre la mayor de las cuales estaba sentado el sobrino de Amali.

Juan Baret se quitó cortésmente el sombrero y, con una leve inclinación, dijo con desenfado:

—¿Qué desea de mí Vuestra Alteza?

—Ante todo, daros las gracias —contestó el maharajá después de devolverle el saludo—. Sin vuestra carabina y vuestra destreza no sé si Yafnapatam contaría aún con su príncipe. Si hubiese debido fiar solamente en el valor de mis ministros y mis cortesanos, el tigre se habría hartado de mi carne. A su tiempo recibirá cada cual su merecido.

—Alteza —respondió el francés, mientras los ministros y los cortesanos se miraban unos a otros con espanto—, si hubiesen hecho fuego, habrían tenido noventa probabilidades por ciento de heriros también a vos. Sus elefantes se agitaban horriblemente y no permitían disparar con seguridad.

—Mis capitanes de armas juzgarán de su conducta —dijo el maharajá con voz amenazadora—. Señor, ¿cómo puedo recompensaros el haberme salvado? Pedid lo que deseáis y os aseguro que quedará satisfecho.

Juan Baret fijó sus miradas en, Maduri, el cual, por su parte, le contemplaba con curiosidad.

—Alteza —dijo de pronto—, sólo una cosa desearía.

—Hablad, y os será concedida.

—Este bellísimo muchacho —dijo Juan Baret, con toda audacia.

El maharajá k miró con profundo estupor.

—¿Qué queréis hacer de él?

—Es uno de los más bellos tipos de la raza cingalesa y quisiera que fuese mi paje.

—¡Qué extraño capricho! Si queréis mancebos, os los puedo dar a centenares, pero no ése. Me es demasiado querido y muy necesario. Pedidme otra cosa.

El francés se mordió los labios.

—Puesto que Vuestra Alteza no puede cedérmelo, me contentare con uno de esos tigres. Conservaré la piel en recuerdo de esta grandiosa caza.

—Ahora pedís demasiado poco, señor.

Cuando estemos en Yafnapatam, pienso recompensaros como os merecéis.

—Vuestra Alteza hará lo que mejor le plazca, aun cuando mi mérito ha sido harto modesto: una simple bala que ha hecho blanco a tiempo y nada más.

—Y que yo pagaré en mil libras esterlinas, sin contar un espléndido regalo, señor —respondió el maharajá—. Decidme: ¿habéis asistido alguna cacería de cocodrilos?

—No, Alteza; he matado más de uno, pero yo solo.

—Entonces os haré asistir a un espectáculo soberbio. Vamos a partir ahora para una laguna que está infestada de ellos y queremos purgarla de esos inmundos reptiles.

—Mucho me alegrare de acompañaros.

—Volved a vuestro elefante; vamos a marchar enseguida. Tendió su mano al francés, estrechando fuertemente la de éste, y volvió a entrar en su tienda, junto con Maduri.

Juan Baret saludó a los ministros y dignatarios y se fue, alta la frente, despertando la más viva admiración entre los soldados, esclavos y batidores que se inclinaron hasta el suelo a su paso.

—¡Pardiez! —murmuró Juan Baret—, estoy por convertirme en, algún pez gordo de Yafnapatam. Me aprovecharé de mi elevada posición para echarle mano al joven Maduri, Aquella bala te va a costar algo caro, mi querido, príncipe, porque te va a hacer perder la corona.

Habiendo recibido Durga y el capitán orden de ponerse en marcha, habían hecho ya desmontar la tienda y se habían subido sobre el elefante.

—¡Vivo! ¡Vamos a la laguna! —dijo Binda cuando divisó al francés.

—Ya lo sé —respondió Juan Baret—. Me lo ha dicho el maharajá. Subió sobre el elefante, e informó a sus dos compañeros de la acogida que le había dispensado el príncipe y del coloquio habido.

—Desde ahora podéis contar con la protección del maharajá —dijo el capitán de guardias—, y consideraros como su huésped.

—¿De manera que podré acercarme libremente a la tienda del príncipe?

—Nadie osará oponerse.

—¡Magnífico! —exclamó Juan Baret—. ¡Era lo que yo deseaba! ¡Oh, los elefantes!, ¡qué hermosas bestias!, ¿verdad, Durga?

—Admirables, señor.

El cortejo se había puesto en marcha bordeando la jungla y avanzaba con rapidez, queriendo el príncipe comenzar aquel mismo día la batida de los cocodrilos.

No habiendo que recorrer más que ocho o diez millas, distancia que los elefantes podían salvar en poco más de una hora, la cosa era muy posible.

Mientras viajaban, el francés y sus dos compañeros se pusieron a almorzar, sin molestarles en lo más mínimo los sacudimientos del elefante ni la batahola de los cazadores que seguían corriendo a toda velocidad.

De vez en cuando los soldados hacían alguna descarga contra los jabalíes, ciervos, gamos y antílopes que huían en todas direcciones, espantados con aquel barullo y los barritos de los elefantes.

A las dos de la tarde estaban a la vista de la laguna. El cortejo, por suerte, había llegado a un lugar pantanoso que no debía hallarse cerca de donde estaba oculto el «Bangalore». Habíase detenido en las márgenes de un canalillo donde se veían sumergidos tantos cocodrilos que era imposible calcular su número.

Juan Baret y Durga, apenas descendieron del elefante, se dirigieron hacia el lago, temiendo que desde aquella playa se pudiese descubrir la nave, del rey de los pescadores de perlas, pero no vieron, absolutamente nada.

—Amali se habrá escondido bien —dijo Durga—. Es un hombre valeroso, pero también prudente. Se habrá retirado hacia la última isla y desmontado la arboladura.

—Debes ir a verlo y enterarle de nuestros proyectos —dijo Juan Baret—. Yo intentaré el golpe esta noche.

—¿Tan pronto?

—No sabemos sí el maharajá piensa detenerse mucho tiempo aquí. Debe ser hombre caprichoso y haremos bien en obrar pronto.

—¿Qué debo decirle al rey de los pescadores de perlas?

—Que venga esta noche con la canoa y se esconda cerca de aquel cañaveral que ves allá abajo, a nuestra derecha. Si todo va bien, nos reuniremos con él, con el niño.

—¿Debo volver aquí?

—Sí, después de la puesta del sol, cuando nadie pueda verte.

—¿Y haréis enfurecer a los elefantes?

—Estoy resuelto a hacerlo.

—¿Quién os ayudará?

—El capitán, que está decidido a seguirme para ponerse al frente de los pescadores de perlas.

—Señor, voy, pues, en busca de Amali. Fingiré que voy a cazar aves acuáticas para no infundir sospechas.

—Hasta esta noche.

—Estaré ahí abajo, cerca del cañaveral, con el patrón y un puñado de pescadores.

El francés retrocedió tarareando una canción, mientras Durga disparaba algunos tiros, siguiendo por la orilla.

—¿Ha partido? —preguntó el capitán de guardias cuando le vio volver solo.

—Sí; esta noche Amali estará aquí.

—Tiemblo por el rey de los pescadores de perlas. ¡Si el maharajá sospechase algo!

—Menester sería que fuese zahorí o brujo, y no le creo dotado de semejante facultad —respondió Juan Baret—. ¿Estáis decididos a uniros a Amali y a dejar al maharajá?

—Hace diez años que suspiro porque llegue el momento —respondió Binda—. No podéis imaginaros el odio que alimento contra ese príncipe que asesinó a mi mejor amigo, el hermano, de Amali.

—Mañana estaremos en el «Bangalore» del futuro maharajá de Yafnapatam. Asistamos a la batida de los cocodrilos y esperemos la noche. Veréis qué sorpresa les preparo a toda esta gente.

El maharajá impaciente por comenzar la caza, había dado las órdenes oportunas para que comenzara luego la batida.

Los cuatrocientos hombres, divididos en escuadras de veinticinco cada una y armados todos de picas, se habían escalonado en las orillas del pantano, dejando entre grupo y grupo un espacio de diez o doce metros.

Aquel cenagoso canal no tenía más que tres o cuatro pies de profundidad y el agua tenía un color como si fuese de café o tinta.

No parecía que los cocodrilos se encontrasen mal en aquellas aguas muertas, porque se podían ver a centenares, algunos casi sumergidos, otros tendidos sobre islotes arenosos, durmiendo al sol.

A una señal dada por los tambores todos aquellos hombres se metieron en el agua removida del fondo cenagoso.

Avanzaban lentamente plantando cada uno su pica delante de los pies y cruzándola con la de su vecino, para impedir que algún, cocodrilo cogiese bajo el agua las piernas de los cazadores.

El maharajá y sus cortesanos, desde lo alto de los elefantes, asistían a aquel espectáculo, animando a los cazadores con aullidos salvajes. Juan Baret y el capitán, a su vez, se habían colocado sobre un promontorio, carabina en mano, prontos a matar los reptiles que hubiesen conseguido pasar a través de las líneas.

A medida que los cingaleses avanzaban en columna cada vez más cerrada, moviéndose por ambas orillas del pantano, siempre sumergiendo sus picas, los cocodrilos, naturalmente se refugiaban en el centro.

Aquellos monstruos, caimanes o cocodrilos, ya que a corta diferencia son lo mismo, emprendían su retirada de una manera muy hábil, volviendo bruscamente la cola por la parte de los asaltantes para cubrirse en caso de necesidad.

Casi todos efectuaban esta maniobra al huir, pero algunos había que desconcertados, sea por los feroces aullidos de sus enemigos, sea por los redoblados golpes de las picas, y finalmente por la agitación del agua turbia y fangosa, daban un cambio de frente tomando mala dirección, y se precipitaban sobre los cingaleses cuyas líneas debían atravesar bajo una continua tempestad de golpes.

Estos incidentes constituían la parte más interesante del espectáculo.

Los soldados y batidores se disponían de pronto en círculo y en dos filas alrededor del reptil tan temerario que quisiera forzar la barrera.

A fuerza de golpes de pica, el pobre cocodrilo acababa por hundirse en el fango y entonces los cazadores lo remataban, de un modo tan feroz que hacía estremecer hasta al mismo Juan Baret.

Los cingaleses continuaban redoblando su vigor, esfuerzos y aullidos a medida que las filas se acercaban al centro del pantano, y la batahola se hizo espantosa cuando estuvieron a cincuenta pasos unos de otros.

En aquel instante todo el centro del pantano estaba ocupado por más de un centenar de saurios que se agitaban presa de las más extrañas contorsiones, ora nadando bajo el agua, ora mostrando sus espantosas mandíbulas erizadas de dientes agudísimos, y tal vez, en su desesperación, se lanzaban locamente contra los cingaleses.

Entonces conseguían derribar a media docena de cazadores, obligándoles a soltar sus picas o rompiéndolas, cosa que divertía grandemente al maharajá y sobre todo a los compañeros de los desarmados que habían sido bastante diestros y fuertes para resistir a aquellos furiosos asaltos.

Otros soldados, ocupando la reserva, se precipitaban entonces en su socorro y formaban en línea de batalla, llenando los huecos.

Por fortuna, si algunos habían resultado con lesiones más o menos graves, pocos quedaban heridos de muerte.

Algunos cocodrilos, sin embargo, a pesar de la vigilancia de sus enemigos, lograban, pasar entre las líneas y llegar a la orilla, pero no conseguían ir mucho más lejos, pues el maharajá, los capitanes y Juan Baret hacían un fuego infernal contra ellos, tumbándolos muy pronto exánimes en el suelo.

Otras veces eran perseguidos por los soldados, a golpes de pica, hasta dejarlos casi muertos, y después, levantados sobre las puntas, eran llevados triunfalmente ante el príncipe, que se apresuraba a descargar contra los pobres saurios el golpe de gracia.

Cuando las dos líneas se hubieron reunido formando un vasto círculo, los cocodrilos en medio, intentaron una carga suprema para romper las líneas, agitando desesperadamente las colas.

La lucha se hizo entonces espantosa porque los cingaleses no querían ceder. Los golpes de pica menudeaban cayendo como granizada en los flancos y las bocas abiertas de los reptiles haciendo correr torrentes de sangre.

Era el punto culminante del espectáculo. El maharajá, entusiasmado, batía palmas y animaba a sus hombres a acabar.

Fue una horrible matanza que duró más de media hora. Hombres y animales estaban, cubiertos de sangre y las mismas aguas, de negruzcas se habían vuelto rojas.

Finalmente, cayeron los últimos reptiles bajo los golpes de los cazadores, hundiéndose en la laguna y forcejeando entre las últimas convulsiones de la agonía.

13. El rescate de Maduri

La cacería había finalizado hacía ya dos horas y el campamento estaba sumido en la oscuridad cuando Juan Baret y el capitán de guardia dejaban, sin ser notados, aquel lugar para dirigirse hacia la laguna.

Habían dicho a los criados que salían a cazar, por los canalizos, ánades nocturnos y que regresarían a medianoche, para que se lo advirtiesen al maharajá si preguntaba por ellos.

Atravesando el campamento, iluminado ahora por inmensas hogueras para preparar la cena, el francés y el capitán bordearon el pantano donde había tenido lugar la batida de cocodrilos y enseguida se internaron por los matorrales, dirigiéndose hacia la laguna, que no distaba más allá de mil pasos.

La noche era muy oscura, pero Juan Baret que había visitado de día aquellos lugares estaba segurísimo de no extraviarse y hallar el cañaveral que había indicado a Durga.

—¿Hemos llegado ya? —preguntó el capitán.

—Lo encontraremos —respondió el francés—. Amali, suceda lo que quiera, no faltará a una cita, especialmente ahora que se trata de sus intereses.

—Me tiembla el corazón al pensar en el peligro a que se expone.

—Pues yo estoy muy tranquilo.

—¿Y si alguien hubiese descubierto su chalupa?

—Los soldados y los ojeadores están demasiado ocupados para pensar en vigilar las orillas de la laguna, y luego no sospechan nada de lo que estamos preparando. ¿Habéis reparado dónde está el niño?

—Siempre próximo a la tienda del maharajá.

—Y los elefantes, ¿están a corta distancia?

—Detrás de la tienda del príncipe.

—Perfectamente; todo marcha a pedir de boca. Dentro de dos horas el niño estará en nuestro poder.

—¿Y dónde huiremos luego?

—A la laguna, si no nos cortan el camino. Cuando hayamos llegados al «Bangalore», bajaremos por el canal y luego nos iremos derecho a los escollos.

—Me han dicho que aquella roca es inexpugnable y que desde allí podremos desafiar las iras del maharajá y de todos los habitantes de Yafnapatam.

El francés caminaba por la orilla mirando dónde ponía los pies; pues no era improbable que hubiese caimanes escondidos entre las plantas acuáticas, y divisó a cincuenta metros el cañaveral que había indicado al segundo del rey de los pescadores de perlas.

—Si es allí, debe estar escondido dentro —dijo.

Acercó dos dedos a los labios y lanzó un silbido que podía confundirse con el de las ocas silvestres silbantes o el de una serpiente de cascabel.

Al momento se vio una forma negra y larga salir de entre las cañas y dirigirse hacia la orilla. Era una barca tripulada por cuatro hombres armados de fusiles.

—¿Eres tú, Durga? —preguntó el francés.

—Sí, señor —respondió el segundo—, y viene conmigo el patrón.

—Amali —exclamó el capitán, profundamente emocionado a la idea de poder abrazar a su amigo al cabo de tantos años de separación.

Poco después, la barca había salvado la distancia y atracaba en la orilla.

Un hombre, vestido de cingalés, saltó en tierra, estrechó la mano del francés y enseguida se arrojó en los brazos, ya abiertos, del capitán de guardias, exclamando:

—¡Finalmente, puedo volverte a ver, mi bravo Binda!

—¡Amali! —exclamó el capitán—. ¡Mi futuro señor! ¡Es éste el día más feliz de mi vida!

—Otros veremos mejores, amigo —respondió el rey de los pescadores de perlas—. Todos estamos prontos. Señor Juan Baret, ¿cómo podré recompensaros? Durga me lo ha contado todo, y apruebo plenamente vuestro plan, único que puede tener buen resultado.

—Estoy satisfechísimo en poder seros útil —contestó e francés—. Sí el diablo no se mete por en medio, dentro de poco el niño Maduri será vuestro y el obstáculo que os impide obrar habrá desaparecido.

—¿Tan sólo habéis traído dos hombres con vos?

—La canoa es pequeña y debía pensar en Binda y en mi sobrino.

—Habéis hecho bien. ¿Dónde está el «Bangalore»?

—A dos millas de aquí, escondido entre tres islotes que lo ocultan por completo. Mis hombres están ahora levantando los palos que hice bajar.

—¿Les habéis encargado que estén prontos?

—Ninguno dormirá, y al primer tiro, vendrán a recogernos.

El francés sacó el reloj y lo acercó a sus ojos.

—Son las diez —dijo—. El maharajá y toda su gente están entregados a una orgía para celebrar el feliz éxito de la caza. Bueno es el momento para desencadenar los elefantes. Vamos.

—¿Debo entrar también yo en el campamento? —preguntó Amali—. Voy vestido de cingalés, pero aun así, todavía podrían reconocerme.

—No; vos permaneceréis fuera —dijo el francés—. Obraremos nosotros.

Pusiéronse en marcha en medio de un profundo silencio. A lo lejos, cerca de las orillas del pantano, veíanse arder las hogueras del campamento y se oían gritos, redobles de tambores y toques de tam—tam.

—Se divierten —dijo el francés—. Dentro de poco estos gritos de alegría se tornarán aullidos de espanto.

—¿Cómo haréis para inyectar vuestro líquido a los elefantes? —preguntó Amali, que iba a su lado.

—Con una pequeña lanceta acalada. Picaré en la trompa.

—¿Se pondrán furiosos enseguida?

—Al cabo de un minuto.

—¿Respondéis del éxito?

—Estoy seguro de la potencia de mí líquido. Eran las diez y cuarto cuando el grupo llegó a corta distancia del campamento.

Los soldados, esclavos y ojeadores se divertían alegremente alrededor de las hogueras, tocando y bailando, mientras bajo la tienda del maharajá; se oían entonar cantos salvajes.

—Ahí está mi enemigo —dijo Amali con voz sorda—. ¡Si pudiese sorprenderlo y matarlo en medio de la orgía!

—¿Y Mysora? —murmuró a su oído Juan Baret.

—¡Ah, sí! Tenéis razón —suspiró el rey de los pescadores de perlas.

—Por esta noche, contentaos con tener al niño. Vale más que el maharajá, porque os despejará el camino para llegar al trono. Permaneceréis oculto en medio de este matorral con vuestros dos hombres y esperaréis aquí. Apenas ganada la partida huiremos hacia la laguna y nos embarcaremos. En la confusión, nadie reparará en nosotros.

—Obrar con prudencia.

—Fiad en mí.

Entró en el campamento seguido de Durga y el capitán, saludado con deferencia por la guardia, y se dirigió hacia la tienda del maharajá, donde la barahúnda era ensordecedora.

El príncipe, sus cortesanos y sus ministros estaban borrachos. Veíaseles reír, disputar, cantar en medio del chocar de las copas.

Fuera, unos treinta músicos tocaban los tam—tam y los tambores, aumentando la batahola.

Juan Baret dio la vuelta a la tienda, pasando junto a los músicos y cerca de las hogueras a cuyo alrededor bailaban esclavos y soldados. Después se encaminó hacia la tiendecilla ocupada por Maduri, guardada por ocho guerreros. Finalmente se aproximó a los elefantes que estaban alineados unos cerca de otros, sobre un montón de hojas de palmera.

Fatigados de la marcha hecha por la mañana en la jungla, dormían, roncando fragorosamente.

—Entretened a los dos guardianes —dijo el francés a Durga y al capitán—. Pronto despacharé.

Mientras los dos compañeros se ponían a charlar con los mahouts, interrogándoles sobre la edad de los elefantes y sus caracteres, el francés había sacado de la faltriquera una botellita de cristal que contenía un líquido rojizo, y una lanceta, acanalada, finísima, con la punta muy aguzada.

Después de haberse asegurado de que nadie se fijaba en él se acercó al elefante de mayor talla, y fingiendo acariciarle la trompa, le pinchó ligeramente.

El coloso movió las orejas, como sí hubiese querido sacudirse una mosca impertinente y continuó roncando.

Juan Baret, si bien impresionado e inquieto, pasó a otro y continuó hasta llegar al último.

Cuando terminó se reunió con Durga y el capitán, y dijo con voz alterada:

—Vamos a oír un poco de música en la tienda del maharajá. Los cingaleses tocan bien.

Se los llevó lejos y murmuró:

—¡Ojo con el niño! ¡Está dado el golpe!

Un momento después, retumbaba un espantoso barrito detrás de la tienda del maharajá, seguido de otros no menos formidables.

—Helos ahí que montan en furor —dijo el francés, acercándose a la tienda del niño.

Los cornacs, o conductores, al oír aquellos barritos se lanzaron hacia los elefantes para calmarlos, pero hubieron de retroceder, espantados.

Los seis colosos movían amenazadoramente las trompas, demostrando la mayor agitación. Sus corpachones se movían estremecidos; agitaban desordenadamente las orejas, resoplaban, y pateaban pesadamente el suelo con sus formidables remos.

Un cornac, más valeroso que los otros, se acercó al paquidermo de mayor talla, llamándolo por su nombre. La respuesta fue una terrible coz que le despedazó el cráneo.

Fue como una señal; los seis colosos, sobrecogidos de súbita locura, rompieron las cadenas y se precipitaron a través del campamento, derribando hombres y tiendas.

Gritos de espanto y de dolor se levantaban por doquier. Soldados, esclavos, ojeadores y monteros, sorprendidos por aquel inesperado ataque, huían a todo correr ante los monstruosos animales que les seguían al galope.

El maharajá, prontamente advertido, había abandonado precipitadamente la tienda, seguido de los cortesanos, los ministros, los capitanes y las guardias que velaban ante la tienda de Maduri.

Era el momento propicio para obrar; la confusión llegaba a su colmo en el campamento.

El francés y Durga, en dos saltos, se lanzaron, dentro de la tienda. El joven Maduri, despertado por aquel gran tumulto, se había incorporado apenas, y llamaba en alta voz a los guardias.

—¡Venid! —gritó Juan Baret, cogiéndolo en brazos—. Los elefantes han enloquecido y amenazan con aplastarnos a todos.

Sin esperar la respuesta del muchacho se lanzó fuera de la tienda huyendo desesperadamente por la parte opuesta. Durga y el capitán le seguían, carabina en mano.

Los seis elefantes, enfurecidos, continuaban su loca carrera, sembrando el terror por doquier, sin asustarse de los tiros que disparaban algunos soldados.

Juan Baret, viendo el campo libre ante sí, se precipitó por en medio de las tiendas derribadas, apretando en su carrera. Afortunadamente, los elefantes se habían lanzado detrás de los fugitivos, que se atropellaban en la otra parte del pantano.

En dos minutos llegaron cerca del jaral, en medio del cual se halla escondido Amali con sus dos pescadores.

—¡Helo ahí! —gritó el francés.

—¡Maduri! —exclamó el rey de los pescadores de perlas—. ¿Me reconoces?

—¡Mi tío! —balbuceó el niño—. ¡Te conozco sí!

—¡Ven! ¡Huyamos! ¡Eres libre!

Iban a emprender la carrera cuando se oyó un grito:

—¡Se llevan al rehén! ¡Traición! ¡Traición!

Así gritaba un cortesano del maharajá que, al huir, se había dirigid hacia aquella parte.

Juan Baret, que había empuñado la carabina, se volvió y, viéndolo acercarse cimitarra en mano, le disparó a quemarropa haciéndole cae de rodillas.

Pera desgraciadamente, el grito del cortesano no había pasado inadvertido. Otros que se dirigían también hacia aquella parte del pantano lo habían oído y habían visto cómo el francés hacía fuego.

Prorrumpieron en agudos alaridos:

—¡Roban a Maduri! ¡A las armas! ¡Traición! ¡Guardias, a nosotros!

Aun cuando los elefantes siguieron galopando, derribando y barriendo a cuantas personas podían alcanzar, algunos soldados se habían lanzado en pos de los fugitivos.

—¡A la laguna! —gritó Juan Baret—. ¡Nos han descubierto!

En un momento cruzaron el canalillo y se lanzaron hacia el bosque, esperando hacer desaparecer sus huellas.

Amali llevaba siempre a cuestas al niño y parecía que ni siquiera sintiese aquel peso, pues corría delante de todos.

Juan Baret, en cambio, iba a retaguardia, para desembarazarse de cualquiera que se presentase.

Continuaban los gritos. Todos los cingaleses se habían lanzado en pos de los fugitivos, sin cuidarse de los elefantes.

El maharajá probablemente debía estar con ellos para estimularlos.

—No nos dejarán ya —murmuraba Juan Baret—. Fea se presenta la cosa antes de que lleguemos a la laguna. Los cingaleses corren como gamos.

Les sentía aproximarse. Los más rápidos no debían hallarse más que a trescientos o cuatrocientos metros de distancia, Amali se había dado cuenta también y redoblaba sus esfuerzos, recomendando a Maduri que se agarrase bien a su cuello.

Al cabo de otros diez minutos de desenfrenada carrera, llegaron a la laguna. Quince o veinte cingaleses les iban ya a los alcances y habían comenzado a disparar algunos tiros.

La canoa estaba allí, varada en la arena.

Durga, de una sacudida, la hizo volver al agua, mientras Juan Baret hacia dos disparos contra los perseguidores, tumbando a los más próximos.

Embarcáronse corriendo, cogieron los remos y se alejaron rápidamente, dirigiéndose hacia la isla. Amali y el francés habían requerido las carabinas, rompiendo un fuego vivísimo.

También tiraban los cingaleses y su número aumentaba a cada momento. Llovían balas en torno de la barca.

En aquel instante una bala, mejor dirigida, horadó la tabla de la chalupa, abriendo un boquete por donde comenzó a entrar agua. Otros dos proyectiles abrieron nuevos boquetes.

—Patrón —dijo Durga—, hacemos agua.

—Dirige la barca hacia la orilla que se extiende a la otra parte del pantano —respondió el rey de los pescadores de perlas haciendo fuego sin descanso—. Nos salvaremos en los bosques.

—¿Y el «Bangalore»? —preguntó el francés.

—Está haciéndose a la vela —respondió Amali—. No podrá hallarse aquí antes de media hora.

—La barca se hunde.

—Tomaremos tierra en la orilla.

La barca avanzaba a trompicones, bajo el empuje de los cuatro remos, dirigiéndose hacia la orilla más próxima, separada del pantano por un ancho y profundo canal que los cingaleses no podían atravesar, por estar infestado de cocodrilos.

Había cesado el fuego a causa de la distancia, pero continuaban los aullidos y las amenazas. Los soldados del maharajá lanzaban furiosos alaridos intimando a los fugitivos que volviesen atrás y entregasen al niño.

—Esperaos —respondía Juan Baret, el cual, dejando la carabina, se ingeniaba con su ancho sombrero en achicar la barca, recogiendo el agua que entraba en gran cantidad—. Venid a buscarlo en el «Bangalore», si os damos tiempo.

Amali, de pie en la proa, miraba hacia la isla para ver si aparecía la nave.

—¿Se ve? —preguntó el capitán.

—Aún no.

—¿Estará encallada? —preguntó Juan Baret.

—Es lo que estaba yo pensando —respondió Amali—. Estas islas están llenas de arena y fango.

—Mal negocio si no llegase antes de que los cingaleses consigan atravesar este canal.

—¿Tienen barcas?

—No las hemos visto.

—En tal caso, no se atreverán a desafiar las quijadas de los cocodrilos —dijo Amali.

—Pueden construir balsas.

—Esto requiere tiempo y estamos ya a dos brazas de la orilla.

La chalupa, aun cuando estuviese casi llena de agua, se encontraba ya próxima a los primeros cañaverales. Durga y dos marineros, con pocos y poderosos golpes de mano, la vararon para impedir que se hundiera, y desembarcaron todos.

Habían tomado tierra a dos kilómetros del lugar donde habían tenido que detenerse los cingaleses y por lo tanto ningún peligro les amenazaba de pronto.

Veíanse, sin embargo, unas luces que bordeaban el lago, y desaparecían luego entre los árboles.

—Amali —dijo Juan Baret—, os digo que están derribando árboles para construir balsas.

—Sí —murmuró el rey de los pescadores de perlas—. Nos perseguirán.

—¿Queréis esperar aquí vuestro barco?

—No lo veo aún. ¿Qué puede haberles sucedido?

—La bajamar lo habrá dejado en seco. Sé que se dejan sentir bastante en esta laguna.

—Amali —dijo el capitán—, no nos detengamos mucho aquí. Ya que tenemos tiempo, refugiémonos en los bosques. Más adelante ya pensaremos en alcanzar tu nave. Conozco un escondite donde podremos espera a que las gentes del maharajá se cansen de buscarnos.

—¿Está lejos? —preguntó Juan Baret.

—Se encuentra en medio de una jungla espesísima.

—¿Qué refugio es ése?

—Un templo dedicado a Buda.

—¿Tardaremos mucho en llegar?

—Dos o tres horas.

—¿Dominaremos la laguna?

—Sí, porque se encuentra en un alto.

—Vayamos, pues —dijo Amali—. Mi nave debe haber encallado; de no ser así, estaría aquí, porque mi gente es fiel a toda prueba. Ya la encontraremos en otro momento.

—¿No dejarán la laguna? —preguntó Juan Baret.

—¿Sin mí? ¡Oh, nunca! Aguardarán mi regreso, aunque mi ausencia debiese prolongarse un mes.

—Venid —dijo el capitán—. Los cingaleses se hallan a orillas del canal y habrán empezado ya a construir balsas.

—Guiadnos —repuso Amali, después de haber lanzado una postrera mirada sobre la laguna.

—Un momento —dijo Juan Baret—. ¿Dónde se encuentra vuestra nave?

—En el mismo Jugar donde la dejé.

—¿Cerca de la orilla?

—Hay una palanca echada sobre la playa.

—Pues andando.

—¿Por qué me habéis preguntado eso? —interrogó Amali.

—Suponed que, para huir mejor de la persecución, tuviésemos que separamos. Sabiendo dónde está el barco sería más fácil la reunión.

—Sois prudente —dijo Amali.

Habían, dejado atrás la laguna, alejándose apresuradamente, Durga y el capitán, abrían la marcha; seguían Amali, el francés y Maduri, y cerraban el pelotón los dos marineros.

La oscuridad era profunda en aquellos bosques y la marcha dificilísima a causa de los troncos, raíces y bejucos que ocupaban el terreno, pero con todo avanzaban sin detenerse un instante, espoleados por el miedo.

Temían que los cingaleses hubiesen cruzado ya el canal y les dieran caza acompañados de los perros.

De vez en cuando Amali cogía en brazos al niño, lo llevaba, a pesar de sus protestas, asegurando que no estaba cansado y que era un buen andarín.

—¿Estás contento al verte libre? —le preguntaba Amali, acariciándolo.

—¡Oh, sí, tío, y cuántos años hace suspiraba par el instante de poder huir del maharajá! Aquel hombre me daba miedo y temblaba cada vez que clavaba en mí los ojos. Siempre me parecía que quería matarme, como mató a mí padre.

—No le volverás a ver, mi querido Maduri. Estás bajo mi protección y te llevaré a un lugar seguro donde podremos desafiar a todos los guerreros del maharajá. Pero, dime, ¿te daba miedo también Mysora?

—No, tío; ella era buena conmigo y siempre me regalaba golosinas. Y cuando veía borracho al maharajá, me hacía esconder, porque también ella temía que me hiciera matar.

—Así, ¿no odias a Mysora?

—No; la quería como a una hermana.

—¿Sabes dónde está ahora?

—Me han dicho que los piratas la robaron y mataron.

—No es verdad, Maduri. Esos piratas eran mis marineros y Mysora es hoy mi prisionera.

—No le habréis causado ningún daño.

—¡Oh, no! Todo lo contrario.

—Ya me llevarás a ella.

—Sí, cuando hayamos encontrado mi barco, iremos a buscarla. ¿Te habló alguna, vez de mí?

—Sí, varias. Decía que te había visto en las pesquerías de perlas.

—¿Manifestaba odio al hablar?

—No, tío, antes te compadecía, pero te temía.

—¿Por qué?

—No sé; quizá por temer que vengases la muerte miserable de mi padre.

—Y la vengaremos, Maduri, te lo juro.

—¿De qué modo, tío? También yo quiero vengarla —dijo el rapaz con energía.

—Pues la vengarás, el día aquel en que reduzca a polvo al maharajá.

—Y a Mysora, ¿no le harás nada?

—No, porque se ha portado bien contigo.

—Empieza la jungla —dijo el capitán—. Preparad las carabinas; aquí hay fieras.

—Está con nosotros Juan Baret —dijo Amali.

—Es famoso cazador, patrón —añadió Durga—. Le he visto puesto a prueba, y el mismo maharajá se entusiasmó con él.

—Si pudiese tenerme en su mano, su entusiasmo no me salvaría lamente —dijo el francés.

—Aun no os ha cogido —dijo Amali.

—Y deseo que no llegue jamás este momento, aunque esté convencido de que le salvé la vida.

—Silencio —dijo el capitán—. Procuremos pasar inadvertidos.

La jungla era aún más espesa que el bosque, erizada de cañas espinosas altísimas que apenas permitían el paso.

En medio de aquella vegetación oíanse misteriosos rumores que ora aumentaban, ora cesaban bruscamente, a medida que el grupo avanzaba.

Veíanse también saltar de improviso algunas sombras entre las caña y desaparecer luego rápidamente.

Caminaban desde hacía un rato, fatigándose no poco para abrirse pasa cuando el capitán, hizo señal a Amali, que le seguía de cerca, que se detuviesen.

—¿Qué sucede? —preguntó en voz baja el rey de los pescadores de perlas.

—Alguien avanza.

—Serán ciervos o jabalíes.

—No, debe ser un animal mayor. Ocultémonos y dejémosle pasar.

Todos se arrodillaron entre las cañas, que en aquel lugar eran altísimas, y permanecieron en silencio, con el dedo en el gatillo de la carabina.

Un animal trataba de abrirse camino entre la vegetación; se oía resoplar, mugir y sacudir vigorosamente los bambúes, que se retorcían a derecha e izquierda, chirriando.

—¿Qué será? —preguntó Juan Baret a Amali, que estaba cerca de él.

—Creo que debe ser algún rinoceronte —dijo el rey de los pescadores de perlas.

—Fea bestia. —Y peligrosa.

—¿La dejaremos que se vaya?

—Sí, si no advierte nuestra presencia. Al hacer fuego, revelaríamos a los cingaleses nuestra posición.

—¡Ah! Ya se me había olvidado que nos persiguen. Estamos en un mal paso.

—Si se trata de un rinoceronte, tenemos muchas probabilidades de que no nos ataque. Estas bestias ven poco y no tienen el olfato fino.

—Ya viene —dijo Durga.

Una masa enorme, que tenía en el hocico un largo cuerno plantado verticalmente, se había abierto paso entre la vegetación, resoplando fuertemente.

Sea que hubiese notado algo sospechoso, o que estuviese fatigado o temiese alguna sorpresa, se detuvo un momento mirando a través de las cañas y olfateando el aire, después de lo cual prosiguió su marcha, pasando a cuatro pasos de distancia apenas del grupo emboscado.

—Es un rinoceronte —dijo Amali cuando no se oyó ya el cimbrear de las cañas—. Si llega a advertir nuestra presencia nos hace trizas a todos; nuestras balas no hubieran bastado a detenerle de pronto.

—Tienen una piel extraordinariamente gruesa —dijo Juan Baret—. Un día, para matar uno, tuve que dispararle doce veces.

—Continuemos —aconsejó el capitán.

—¿No se oye ya a los cingaleses? —dijo el francés.

—Nos buscarán sin meter ruido —respondió Amali—. También a ellos les conviene que no les oigamos.

—¿Llegarán, a descubrir nuestras huellas?

—Tienen los perros —dijo el capitán—. Pero antes de que las descubran se requiere tiempo, y luego, la jungla es espesa y húmeda.

—Y esa vieja pagoda, ¿se ve ya? —preguntó Durga.

—Pronto llegaremos —respondió Binda.

Continuaron avanzando, llevando siempre al niño para sustraerlo a los pinchazos de las espinas, y doblando las ramas que obstruían el paso.

Debieron detenerse otras dos veces, por haber oído pasar a corta distancia enormes animales, búfalos o jabalíes, y después el capitán se detuvo anunciando:

—Ya estamos.

—No veo nada —dijo el francés.

—Aguardad a que hayamos pasado por entre estos inmensos bambúes.

—¿Hay algún espacio libre alrededor del templo?

—Sí.

—De esta suerte estaremos en condiciones de ver si se adelantan, los cingaleses.

El capitán se internó por en medio de la vegetación, apartándola violentamente para abrirse paso, y llegó a un espacio casi descubierto en, medio del cual se elevaba un informe edificio, rematado por una cúpula piramidal perforada por infinito número de ventanas.

—He ahí la pagoda —dijo—. Por esta noche, estaremos a cubierto.

14. La persecución de los cingaleses

En los bosques y las junglas de Ceilán suele suceder que se encuentren antiguos templos; dedicados a Buda, divinidad que se dice habitaba en, aquella isla encantada antes de pasar a la india a predicar la nueva religión.

Aquel en que los fugitivos se disponían a refugiarse era una pagodita formada por una sola cúpula, pero que antiguamente debió haber sido más vasta, porque a su alrededor se veían numerosas ruinas y murallas derrocadas en parte, adornadas con groseras esculturas.

Conducían a la pagoda una escalera de ladrillos, derrumbada en parte y cubierta de musgos.

—Esperad —dijo el francés—. También quiero yo ir a la vanguardia. Si ya no hay bonzos podría haber en cambio tigres o panteras. ¡Terribles sacerdotes a fe mía!

Subieron en silencio la escalera y se detuvieron ante la puerta, mirando alrededor del templo. La oscuridad era tan profunda allí dentro, que no se distinguía absolutamente nada.

—Parece que entramos en una caverna —dijo Juan Baret—. ¿Si encendiéramos alguna rama? Tengo mi eslabón y pajuelas.

—Sería lo mejor —respondió Amali.

—¡Oh! —exclamó Durga—; ¡veo algo que brilla en las tinieblas!

—¿Habrán resucitado los bonzos sepultados desde siglos? —preguntó Juan Baret, observando.

—Son dos puntos luminosos, señor.

—Entonces no son linternas.

—Serían menos peligrosas.

—¿Será alguna fiera? Encendamos luz, señores no me gusta la oscuridad.

—Id a buscar cañas secas —mandó Amali a los dos marineros.

—Y nosotros tengamos preparadas las armas —dijo el capitán—. Veo moverse aquellos dos puntos fosforescentes; estoy seguro de que son los ojos de una fiera.

Los dos marineros bajaron la escalera y poco después regresaban llevando cada uno un haz de cañas muy secas.

Juan Baret encendió las pajuelas y prendió fuego a dos haces, arrojándolos diestramente dentro de la pagoda, que quedó iluminada en un momento.

Había agazapado un animal cerca de una estatua de Buda que se hallaba en el centro del edificio; a aquella imprevista irrupción de luz brincó, lanzando un inmenso salto y refugiándose en el ángulo más oscuro.

—Es un leopardo —exclamó Juan Baret.

—Y tiene aquí su guarida —dijo Amali—. ¿No veis las osamentas que se encuentran cerca de la estatua?

—¿Estará solo o andará por ahí algún compañero? —preguntó Durga.

—No veo más que a él —contestó Juan Baret.

—¿Cómo haremos para desalojarlo? —inquirió el capitán.

—No encuentro otro medio que el de fusilarlo —respondió Juan Baret.

—¿Y los cingaleses? —interpuso Amali.

—¡Ya! ¡No pensaba ya en esos bribones!

—Oirían las detonaciones.

—Y, sin embargo, no podemos continuar en campo abierto.

—Veamos si logramos ahuyentarlo.

—No hay que pensarlo, rey de los pescadores. Los leopardos no son menos feroces que los tigres y a menudo son aún más peligrosos.

—Encendamos otras cañas y avancemos. Todas las fieras temen el fuego.

—Probemos —dijo el francés.

Los dos marineros fueron enviados otra vez a hacer provisión de leña. Volvieron con seis haces y cada uno cogió el suyo, encendiéndolo y arrojándolo al rincón donde se había refugiado el leopardo.

Éste, viendo caer junto a sí aquella lluvia de fuego, dio cuatro o cinco vueltas alrededor de la estatua, lanzando estridentes aullidos, y luego, dando sus últimos saltos, desapareció dentro de un corredor hueco que se abría en el extremo opuesto del templo.

—Ese terco no quiere marcharse —dijo el francés con enfado—. Nos veremos obligados a matarlo si queremos permanecer aquí.

—Ataquémosle en el corredor —aconsejó Amali—. Un tiro disparado allí dentro no se oirá de muy lejos.

—Eso creo yo también —añadió Juan Baret—. Y después, los cingaleses no deben haber descubierto nuestras huellas con esta oscuridad.

—Encendamos antes algunas cañas para ver mejor.

Con las culatas de las carabinas hicieron rodar las cañas hacia el corredor, y llegados cerca de la entrada se detuvieron, tratando de descubrir al animal, que rugía siempre.

No se trataba a la verdad de un corredor: era un antro de apenas seis pasos de largo, estrecho y muy bajo, y en parte obstruido por escombros.

La fiera se había acurrucado en el fondo, en una actitud que hacía prever un inminente asalto.

—¡Detrás el niño! ¡Está por ponerse delante de nosotros! —gritó Juan Baret.

El capitán cogió a Maduri y lo puso detrás, formándole escudo con su propio cuerpo.

—¡Fuego! —gritó el francés.

Resonaron tres tiros. El leopardo, herido, tal vez mortalmente, se alzó sobre las patas traseras, y luego avanzó impetuosamente contra los agresores, que se encontraban con las armas descargadas.

En su arremetida había encontrado a Amali. El rey de los pescadores de perlas, con un, valor de león, sacó rápidamente el puñal y afrontó a la fiera.

Con mano de hierro la cogió por el cuello y con, dos golpes, vibrados con la rapidez del rayo, la arrojó al suelo, partiéndole el vientre.

—¡Qué puños tan sólidos! —exclamó el francés admirado—. Mis felicitaciones, Amali. Nadie se habría atrevido a imitaros.

—Si no lo llego a matar, causaba alguna víctima —respondió el rey de los pescadores de perlas—. Estaba temblando por Maduri.

—Ya que está muerto tomemos posesión del templo y descansemos. Lástima que nos falte la cena.

—Mañana buscaremos comida —dijo Durga—. En la jungla abundan, siempre ciervos y gamos.

—Preparemos las camas —dijo Juan Baret—. He visto cerca de este templo un plátano que nos proporcionará hojas frescas y perfumadas.

—¿Y podréis dormir? —preguntó Amali.

—¿Por qué no?

—¿Y los cingaleses?

—Por esta noche nos dejarán, tranquilos. Velaremos por turno, por precaución, si teméis algo.

—Mucho temo, Juan Baret. Me preocupan los perros de los cingaleses. Acabarán por descubrir nuestras huellas. ¡Ah! ¡Callad…!

—¿Qué habéis oído?

—Un ladrido lejano.

—Será algún chacal.

—No, aúlla de otra manera.

—Me pesaría bastante que los cingaleses hubieran hallado nuestra pista.

—Escuchemos.

Mientras el capitán y Durga preparaban las yacijas con las hojas traídas por los dos marineros, dirigiéronse hacia la puerta del templo deteniéndose en la escalinata.

La tenebrosa jungla en aquel momento callaba como si todos sus habitantes estuviesen fugitivos. Ni siquiera los grillos cantaban ya. Oíanse en cambio, a favor de la brisa nocturna, ladrar y aullar los perros.

Amali, inclinado al pie de la escalera, con las manos sobre los oídos escuchaba conteniendo el aliento.

En medio de aquel silencio oyóse un ladrido especial que lanzan los perros cuando siguen la pista de una pieza de caza.

—¿Habéis oído? —preguntó Amali.

—Sí —contestó el francés palideciendo—; es un perro que olfatea.

—Una caza con dos piernas.

—Sí; nosotros.

—Ya veis que mi oído no me había engañado.

—Debe hallarse muy lejos.

—No ha llegado aún a la jungla.

—¿Le seguirán los cingaleses?

—Podéis estar seguro de que sí —respondió Amali.

—Entonces, ni aquí estamos seguros.

—No, Juan.

—Vamos a tener que emprender la fuga.

—Aguardaremos antes de abandonar este refugio. Los perros cazan mal en la jungla y ese perro podría perder nuestra pista en estos terrenos húmedos y obstruidos de hierbas.

—Quisiera encontrarme a bordo del «Bangalore».

—Mañana, si vemos que los cingaleses se han alejado, nos dirigiremos hacía la laguna e iremos a buscarlo.

—¿Y si el maharajá lo descubre?

—Mis hombres tienen espingardas y se defenderán vigorosamente. No abrigo ningún, temor por ellos y luego, pueden alejarse cuando quieran y volver a su fondeadero.

—¿No tiene una flotilla el maharajá?

—Sí; en la costa.

—¿Naves o chalupas?

—Pequeñas galeazas, que no pueden competir con mi «Bangalore» y que no tienen arboladura —respondió Amali.

—¿No podrían embocar el canal y llegar a la laguna?

—Sí, pero esto exigiría tiempo, dos días lo menos. ¿Queréis ir a descansar?

—Ya se me han pasado las ganas. Este perro que continúa ladrando me impediría cerrar los ojos. ¿No os parece que los ladridos se aproximan?

—Sí, me parece, Juan Baret —respondió Amali, que demostraba hallarse muy preocupado—. Ese perro debe haber llegado ya a la jungla.

—Acabará por dar con nosotros.

—Resistiremos a los hombres que le siguen.

—¿Y si son muchos?

—No lo creo. El maharajá habrá sin duda repartido a sus gentes en numerosos grupos, a fin de hacer más fácil la persecución contra nosotros. Sentémonos y esperemos.

—¡Uf! ¡Esto se pone muy feo! —murmuró Juan Baret, moviendo la cabeza.

Habían, cesado los ladridos desde hacía algunos instantes, pero con todo ni Amali ni el francés estaban tranquilos. Tal vez los cingaleses habían amordazado al perro para impedir que alarmara a los fugitivos, advirtiéndoles su proximidad.

Lo que impresionaba a Amali era el silencio que reinaba en la jungla, porque demostraba que debían, haberla invadido ya seres humanos.

Cuando los animales advierten la presencia de los cazadores enmudecen para no revelar su presencia y permanecen encerrados en sus madrigueras. Aun los mismos ferocísimos tigres interrumpen sus correrías, sabiendo que no van a ganar nada dejando oír sus rugidos.

Amali y el francés, sentados en medio de la escalinata con la carabina entre las rodillas, estaban siempre alertas y dirigían sus miradas en todos sentidos, sin oír ni ver nada sospechoso.

Vigilaban así hacía cerca de una hora, cuando Amali vio moverse ligeramente algunas cañas a cincuenta pasos de la pagoda.

Como la brisa nocturna había cesado, debían suponer que alguien, las había movido.

—¿Habéis notado? —preguntó al francés, que se había puesto en pie.

—Es algún ojeador.

—Nos han descubierto.

—No hay duda alguna —respondió Amali.

—Huyamos.

—Prefiero permanecer aquí donde estamos a cubierto; además, no podemos aceptar combate teniendo a Maduri con nosotros; que me cojan, nada me importa, pero no al niño, pues entonces quedarían completamente burlados mis planes.

—Tratemos de ocultarlo en cualquier parte. Ya vendremos por él después, cuando haya cesado el peligro —dijo Juan Baret.

—Pero, ¿dónde? Ahora no adivinamos.

—Esperad; delante de la estatua de Buda he visto una losa circular que debe cubrir alguna tumba o subterráneo. Vayamos a verlo, Amali.

—Nada se os escapa.

Llamaron a los dos marineros y a Durga, encargándoles que vigilasen por fuera, y entraron, deteniéndose ante la estatua. Veíanse una piedra circular, tan pequeña que apenas, permitía el paso de un hombre provista de un, anillo. Desde muchos años, quizá desde hacía siglos, no había sido levantada, puesto que las conexiones estaban llenas de tierra muy seca.

El francés y Amali pasaron por el anillo el cañón de una carabina; y después de muchos esfuerzos consiguieron levantar la losa.

Debajo había un hueco redondo, de cerca de dos metros de profundidad. Una corriente de aire que procedía de no se sabía dónde, hizo vacilar la llama de una caña encendida que el francés tenía en la mano.

—¿Dónde conducirá? —dijo Amali—. Tal vez sea un pasadizo secreto que salga al exterior.

—Esta corriente de aire lo hace suponer así —respondió Juan Baret.

—Pero, ¿de qué podría servir con una entrada tan estrecha? Un hombre, por delgado que fuese, no podría pasar.

—Pero bastará para Maduri.

—Si puede bajar —respondió Amali—. El escondrijo será inviolable, pues los cingaleses no llevan niños consigo.

—No he visto ninguno en su campamento.

—No perdamos tiempo —dijo el capitán—. Despertemos a Maduri y hagámosle explorar este pasadizo.

El niño, que dormía profundamente sobre una yacija de follaje, fue despertado y se le condujo ante el agujero.

—Trabajamos por tu salvación —le dijo Amali—. Aquí hay un escondrijo inaccesible a los hombres, que puede, en caso de peligro, servirte a ti.

—¿Nos vemos amenazados, tío? —preguntó el niño.

—Hasta ahora no… ¿Tendrías miedo de bajar?

—No, tío.

—Toma una caña encendida, y mi puñal, y anda a ver adónde conduce ese pasadizo. Ha sido una gran suerte que Juan Baret haya reparado en ella. Nada se le escapa a mi valiente amigo.

El niño cogió la caña y el puñal, y después de vencidas algunas dificultades por ser estrecho aquel agujero, aun para su cuerpo, se dejó caer, sin la menor vacilación.

—¿Qué ves? —preguntó Amali.

—Un corredor —respondió Maduri.

—¿Dónde conduce?

—Voy a ver.

El niño desapareció, agitando la caña para reavivar la llama. Su ausencia no duró más que un minuto.

—Tío —anunció al volver—, este corredor conduce a una reja que se abre a flor de tierra, fuera de los muros de la pagoda.

—¿Es largo?

—Cincuenta pasos.

—Así, no falta, pues, el aire.

—Hay hasta demasiado.

—Te alcanzaremos hojas donde puedas echarte en seco y permanecerás ahí hasta que haya pasado el peligro.

—Haré lo que queráis.

—Suceda lo que quiera, no reveles tu presencia; aunque nos prendan a todos, no salgas.

—¿Es fuerte la reja? —preguntó Juan Baret.

—Muy poco; está carcomida por la humedad.

—¿La podrías romper?

—Con el puñal podría levantar los barrotes.

—¿De modo que podrías salir?

—Lo espero.

Amali arrojó en el agujero un montón de hojas de plátano, le entregó sus pistolas al niño y le dijo:

—Duerme, y no te vengas con nosotros, aunque se libre algún combate.

Dicho esto, colocó otra vez en su lugar la losa, y echó a su alrededor un poco de tierra para hacer desaparecer las fisuras.

Acababa de hacer esto cuando entró uno de los marineros diciendo:

—Llegan los cingaleses del maharajá.

15. La fuga de Juan Baret

Amali, Juan Baret y el capitán, salieron precipitadamente de la pagoda, armados y vieron a Durga y los marineros arrodillados detrás de una esfinge que se levantaba en medio de una explanada.

—Patrón —dijo Durga—; los cingaleses han descubierto nuestro escondite.

—¿Los has visto?

—He oído un ladrido ahogado.

—¿Dónde?

—Ha partido de aquel grupo de bambúes que ves delante de nosotros. Allí debe haber hombres escondidos.

—Que vengan.

—Hay más aún.

—¿Qué hay?

—He oído a lo lejos nuevos ladridos.

—Eso significa que otros hombres han cruzado la jungla —dijo el francés—. Amali, ¿qué os parece si abandonásemos este templo ahora que Maduri no nos sirve ya de estorbo?

—Creo que sería peor, teniendo que combatir con tantos hombres que pueden atacarnos, por todas partes.

—Pero si nos sitian, será peor —dijo Juan Baret—. Si huimos podemos esperar llegar a la laguna.

—¿Y Maduri?

—Lo vendremos a buscar después. Poniendo tiempo por en medio alejaremos el peligro de que pueda ser descubierto. Decidid, antes de que los cingaleses nos asalten. La oscuridad es profunda y la jungla muy espesa Deslizándonos entre la vegetación podremos escapar a la caza que nos van a dar.

—Sí, tenéis razón, Juan Baret —respondió Amali—. ¿Estamos todos?

—Todos.

—Durga, ponte al frente; los marineros a retaguardia.

Bajaron cautelosamente la escalera, deslizándose a lo largo de los muros, y ocultándose entre los escombros, llegaron detrás de la pagoda.

—Si pudiéramos encontrar la reja y avisar a Maduri —dijo Amali.

—No perdamos tiempo —dijo Juan Baret—. Los cingaleses están más: cerca de lo que creemos. Ya pensaremos mañana en el muchacho.

Lanzáronse en la jungla, deslizándose cautelosamente entre los bambúes y las cañas espinosas, con el dedo en el gatillo de la carabina, y atento el oído para recoger el más ligero rumor.

Un ladrido ahogado les advirtió que los cingaleses se hallaban a corta distancia.

—Ya vienen —dijo Juan Baret.

Un coro de agudos aullidos rompió el silencio. Los cingaleses se lanzaban al asalto de la pagoda, creyendo que los fugitivos se hallaban aún allí.

—Si tardamos algunos minutos más caemos prisioneros —dijo el francés—. Mientras nos buscan, pongamos pies en polvorosa.

—Tiemblo por Maduri —dijo Amali con angustia.

—No pueden dar con él, y aun descubriendo la piedra nadie podrá bajar. Se encuentra más seguro que nosotros.

Continuaban los aullidos, acompañados de tiros. Los cingaleses batallaban contra las paredes del templo y contra la estatua de Buda.

—¡Bella sorpresa! —dijo Juan Baret, riendo.

De repente cesaron los gritos y la mosquetería. Los cingaleses debían haber entrado.

—Sí, podéis buscar —murmuró Durga—. Perdéis el tiempo que nosotros aprovechamos.

Huían precipitadamente, ansiosos de llegar a la laguna y encontrar el «Bangalore», ya en el cual hubieran podido desafiar a todas las fuerzas del maharajá.

De vez en cuando les detenían los cañaverales obligándoles a dar funestos rodeos, siendo en su mayoría espinosos. Para colmo de males el suelo se volvía sumamente húmedo y dificultaba su marcha.

En algún, momento cedía bajo su peso y se hundían hasta las rodillas.

Corrían hacía veinte minutos cuando oyeron ladridos en pos de sí.

—Firmes —dijo Durga—. Viene una columna contra nosotros.

—Aprontad las armas —mandó Amali, fríamente.

Formaron un círculo, apuntando las carabinas en, todas direcciones y esperaron intrépidamente el ataque.

Apenas se habían preparado cuando vieron saltar hacia ellos cuatro o cinco perros, que se pusieron a ladrar furiosamente.

Juan Baret, con la culata del fusil, remató uno, obligando a los otros a retroceder.

—He ahí a los cingaleses —gritó Amali.

Por todas partes acudían hombres aullando. Eran treinta, cuarenta, tal vez más.

Los seis fugitivos hicieron fuego casi a quemarropa, y luego, empuñando las carabinas por el cañón, se lanzaron sobre los asaltantes, rompiendo cráneos y hundiendo pechos.

Fue una defensa que apenas duró seis segundos. Un alud de cingaleses se precipitó sobre ellos, estrechándoles por todas partes y en un momento les derribaron, cubriéndoles literalmente.

Por algunos instantes aquella montaña de cuerpos humanos se sobresaltó, hasta que por fin los seis desdichados fugitivos, casi asfixiados, cesaron de oponer toda resistencia.

Aullidos de triunfo saludaron aquella inesperada captura. Veinte manos cogieron a Juan Baret, que se encontró de pronto tan bien atado que no podía ejecutar el menor movimiento.

—¡El hombre blanco! ¡El hombre blanco! —gritaban todos—. ¡Le tenemos cogido!

—¿Os habéis mellado las uñas? —preguntó el francés irónicamente—, ¡veinte contra uno! ¡Brava hazaña a fe mía, canallas!

Miró a su alrededor y vio igualmente atados a sus compañeros. Un escalofrío le recorrió la espalda.

—¡Pobre Amali! —murmuró—. ¡Si a lo menos pudiésemos salvar a Maduri! El chico es fuerte y enérgico y tal vez logrará salir de apuros. En cuanto a nosotros, ¡se acabó!

Los cingaleses habían hecho adelantar algunos esclavos que llevaban bayartes formados por telas extendidas sobre dos largas pértigas y que suelen emplear aquellos insulares para el transporte de sus víveres.

El francés fue arrojado sobre uno de aquellos bayartes y cubierto después con otra tela para impedir que hiciese el más ligero movimiento, después de lo cual lo levantaron cuatro hombres y partieron, lanzándose a una desenfrenada carrera, a través de la jungla.

—Tienen prisa por llevarme ante el maharajá —murmuró el pobre cazador—. ¿Qué hará conmigo aquel caníbal? ¿Me hará destrozar por los elefantes? ¿Si pudiese escabullirme? Probemos a aflojar las ligaduras.

Trató de alargar las cuerdas, haciendo esfuerzos poderosos, y debió convencerse de que toda tentativa resultaría vana.

—Es inútil —dijo—. Resignémonos a ver al maharajá y a morir. Ya sin la intervención de Amali, los salvajes me habrían hecho jigote; puedo, por lo tanto, desafiar la muerte. Estaba escrito que Ceilán debía serme fatal. Y sin embargo, ¡si pudiese huir…! ¿Eh?

Al revolverse había sentido un objeto que le había magullado el vientre.

—Se han olvidado de quitarme el puñal —exclamó—. No han advertido en la oscuridad, que lo llevaba en la faja. ¡Si pudiese cogerlo! Estos hombres corren como demonios y no advertirían de pronto que se aligerase el bayarte.

Reanimado con la esperanza de poder reconquistar su libertad, Juan Baret renovó sus esfuerzos. Si conseguía desprender de sus ligaduras brazo y coger el puñal, podía intentar la salvación.

Las cuerdas le magullaban las carnes, ocasionándole agudos dolores pero con todo continuaba haciendo esfuerzos hercúleos para ensancharlas Desde hacía algún tiempo sentía que el brazo izquierdo, poco a poco se deslizaba entre los nudos. Redobló las tracciones y finalmente logró sacar libre la muñeca. Ya era algo.

Torciendo la mano hasta casi dislocársela, la acercó a la faja y logró coger el puñal. A duras penas pudo ahogar un grito de alegría.

Los porteadores, que corrían, siempre como locos y sólo se preocupaban por evitar las cañas espinosas, no habían advertido nada. Además de que, como hemos dicho, el prisionero estaba cubierto por una segunda tela.

Juan Baret cortó una primera cuerda, después una segunda y así poco a poco, sin sacudidas, libertó todo su cuerpo.

—Ahora, cortaré la tela de debajo y me dejaré caer. Un pensamiento lo detuvo.

—¿Y si detrás de esos conductores van los otros? Prestó oído y no le pareció notar que siguiese nadie detrás.

—Perdido por perdido, probemos —dijo.

Cortó, sin hacer ruido, la tela, en toda su extensión, y luego, aprovechándose de un salto que dieron los conductores para evitar algún hoyo; o alguna raíz se dejó caer al suelo sin soltar el puñal.

Por una suerte inaudita fue a caer precisamente en una zanja que los conductores estaban saltando, y por lo mismo no cayó entre las piernas de los que venían detrás.

Los cingaleses, que corrían como liebres, habían seguido su camino, sin fijarse en manera alguna en aquel improvisado aligeramiento del bayarte. Pero no debían ir muy lejos.

Juan Baret se levantó precipitadamente y no viendo a nadie se deslizó entre los bambúes a toda la velocidad de que era capaz.

Había recorrido dos o trescientos pasos cuando oyó gritar a los conductores como energúmenos.

—Lo han advertido —dijo Juan Baret, redoblando su carrera—. ¡Echadme un galgo ahora! Tengo mejores piernas que vosotros.

El francés, que era realmente un buen corredor, corría desenfrenadamente, mientras los porteadores, sorprendidos con aquella misteriosa desaparición, que tenía para ellos algo de sobrenatural, perdían el tiempo discutiendo y arrancándose los cabellos, previendo quizá temible castigo por parte de su feroz príncipe.

Juan Baret prosiguió su carrera por espacio de más de media hora, hasta que se vio fuera de la jungla.

Delante de él se extendía el bosque, más espeso aún que la jungla, con matorrales tan tupidos que los perros no habían de descubrirle.

—Debe bajar hacía la laguna —dijo Juan Baret, respirando a plenos pulmones—. Si consigo encontrar el «Bangalore», Amali puede abrigar aún alguna esperanza de salvar el pellejo sin perder a Mysora. ¡Mysora!

—Con esa muchacha tiene una buena carta y podrá jugársela. Vamos a buscar el barco y luego a libertad a Maduri. ¡Pobre niño! ¡Cuánto se habrá asustado al oír aquellos gritos y aquella fusilería! Puede creer que todos estamos muertos.

Viendo plátanos maduros comió un par para mitigar la sed y emprendió de nuevo la carrera, mirando detrás para ver si le perseguían los porteadores del bayarte.

Por la parte de la jungla no se oía ya ningún rumor. Los cingaleses debían haberlo abandonado, llevándose los prisioneros.

—Ha sido una suerte que haya quedado atrás —dijo Juan Baret—. Se ve que les corría prisa conducirme antes que nadie ante el maharajá y no han reconocido a Amali. Más vale así, pues de otra suerte mi plan no hubiera resultado. He ahí una brisita que anuncia la proximidad del lago. Otro golpe y me planto en la orilla.

Animado por el silencio que reinaba en aquellos contornos y convencido de que los cingaleses habían tomado otro camino, el francés reanudó su carrera, menos desenfrenada, no queriendo llegar a la laguna enteramente derrengado.

La travesía de aquel último trecho de bosque fue realizada felizmente, aun cuando vio pasar un tigre que, por fortuna, ni siquiera le miró.

A las tres de la mañana, Juan Baret se detenía a orillas de la laguna y precisamente casi enfrente de las tres islas.

Apenas lanzó una ojeada cuando vio al «Bangalore» que estaba en aquel momento dando la vuelta a la tercera isla, dirigiéndose hacia el pantano.

—¡Qué inaudita fortuna! —exclamó el francés, que casi no podía creer lo que estaba viendo—. ¡Alguien hay que me protege!

La nave pasaba tan sólo a cuatrocientos o quinientos metros de la orilla.

Juan Baret, convencido de que no tenía ya nada que temer, hizo una bocina con las manos y gritó:

—¡A tierra! ¡Soy el cazador francés, el amigo de Amali!

Vio agitarse en la nave formas humanas, oyó voces y advirtió que las velas cambiaban de sitio.

—¡Me han reconocido! —exclamó—. Estoy salvado.

No era así, sin, embargo, pues en el mismo momento oyó una voz que gritaba en cingalés:

—¡Aquí está! ¡Ya le tenemos!

Juan Baret se volvió, puñal en mano.

Habían salido del bosque cuatro hombres y corrían hacia él. Él enseguida reconoció a los conductores del bayarte.

—¡Amigos! —gritó a los marineros del «Bangalore»—. ¡Pronto, que me matan!

Un cingalés, que debía ser más ágil que los demás, se arrojó hacia él, puñal en mano.

El francés, con un rápido movimiento, se sustrajo al ataque, y enseguida, dando una vuelta sobre sí mismo le asestó tal puñalada que le hizo caer en tierra, sin que lanzara un grito.

—¡He ahí uno que ya no chistará! —dijo.

Después saltó sobre el segundo, mientras de la nave partían algunos tiros que derribaron a los otros.

El francés y el cingalés se cogieron por el cuerpo, luchando vigorosamente y tratando de echarse al suelo.

El isleño, que era alto y fuerte, resistía tenazmente enarbolando su cuchillo, pero Juan Baret estaba al quite.

Oíase gritar a los marineros desde el «Bangalore»:

—Resistid un momento, señor; corremos a socorreros. Y Juan Baret se sostenía firme, estrechando cada vez más a su adversario para impedirle que se sirviese del cuchillo. Viendo sin embargo que le iba a derribar, le echó la zancadilla, y luego, en el momento en que iba a perder el equilibrio, le clavó la hoja del puñal en la garganta, partiéndole la carótida.

El «Bangalore» llegó a orilla y algunos hombres armados de fusiles corrieron en socorro del francés.

—Es inútil —les dijo—. Todos han, caído muertos, mis caros amigos.

—¿No estáis herido? —preguntó un viejo pescador que parecía un cabo.

—Ni un arañazo.

—¿Y el patrón?

—Ha sido preso por el maharajá.

—¡El patrón prisionero! —exclamaron los marineros con terror.

—Señor —dijo el viejo pescador—, ¿cuándo ha caído prisionero?

—Hace tres horas.

—¿Y Durga?

—También ha caído en manos del maharajá como los dos marineros.

—¡Todos están, perdidos! ¡Oh, qué desgracia! ¡Qué desgracia!

—¿Eres tú quien manda a bordo en ausencia de Amali y de Durga? —preguntó Juan Ba— reí.

—Sí, señor.

—¿Por qué no habéis venido al pantano?

—No ha sido culpa, mía —respondió el viejo, casi llorando—. La marea nos había dejado en seco, y cuando tratábamos de hacernos a la vela, la nave no podía moverse. Nadie presumía que el agua bajase tanto.

—Vuestro retardo nos ha sido fatal. Habíamos raptado ya al joven Maduri, y si hubiese llegado la nave estábamos todos salvos.

—¿Y también lo han cogido?

—No; habrá que ir a buscarlo.

—¿Dónde?

—Está oculto en una pagoda que se encuentra en medio de la jungla.

—Señor: ¿no podremos rescatar al patrón? Todos estamos a vuestra disposición y os obedeceremos como si fueseis el rey de los pescadores de perlas.

—¿Estáis prontos a dar vuestra vida por Amali?

—Sí, todos —respondieron los pescadores a una voz.

—La empresa será difícil, pero aun conservo alguna esperanza —dijo Juan Baret como hablando consigo mismo—. Mientras el maharajá no vuelva de repente a Yafnapatam, pues entonces todo quedaría perdido.

Llamó a todos los pescadores y les refirió brevemente lo ocurrido aquella noche. Cuando hubo acabado, se volvió hacia el viejo, diciéndole:

—En mi lugar, ¿qué harías ante todo?

—Iría a libertad a Maduri, señor. El pobre niño debe estar muy inquieto y aun hasta espantado.

—Vamos enseguida. ¿Y luego?

—Enviaría algunos hombres a espiar qué ocurre en el campamento del maharajá, para concertar algún plan que tenga probabilidades de éxito.

—Esta era también, mi idea —dijo Juan Baret—. El maharajá no tomará ninguna decisión sobre los prisioneros antes de mañana. ¿Tienes dos hombres fidelísimos y astutos?

—Todos lo son.

—Les enviaremos al pantano. Con tanta gente como hay allá, podrán entrar en el campamento sin llamar la atención, y recoger preciosos informes. Según lo que averigüen, veremos lo que hemos de hacer para libertar a Amali y sus compañeros. Ahora, dame diez hombres que me acompañen a la pagoda. A estas horas los cingaleses habrán abandonado ya la jungla.

—¿Y yo, señor?

—Permanecerás de guardia en el «Bangalore» con los otros y te ocultarás en medio de aquellas islas, teniendo cargadas las espingardas. Cuando oigan un disparo, acude para embarcarnos. ¡Adelante los diez hombres que deben acompañarme a la pagoda!

Diez pescadores, armados de carabinas, pistolas y cimitarras, avanzaron colocándose detrás del francés.

—Sólidos y ágiles —dijo Baret—. Amali sabe escoger su gente.

—Buena suerte, señor, y regresad pronto —exclamó el viejo pescador.

—Envía enseguida a espiar el campamento.

—Ya están prontos.

—Partamos —dijo Juan Baret a sus hombres—. Hubiera deseado descansar algo, después de la carrera que me he dado, pero lo haré después si me queda alguna hora libre y los acontecimientos no se oponen. Haremos lo que podamos para arrancar a Amali de manos del maharajá, y en caso de que quisiera retenerlo prisionero me pondré al frente de los pescadores de perlas y le haremos la guerra.

Algo consolado con aquella idea, se puso en camino a buen paso, a través del bosque.

Comenzaba a alborear, pero el sol no debía salir hasta mucho después. Los animales, viendo clarear, huían por doquier, para refugiarse en sus madrigueras, mientras los calaos de enorme piro se despertaban dejando oír su cra-cra monótono.

Pasaron el bosque y apareció la jungla con su caos de vegetación.

Formando pendiente, como formaba, podían ver de pronto si había hombres en marcha.

El francés, antes de ocultarse entre las cañas y los bambúes, miró largo tiempo, e interrogó a sus hombres, que, como todos los marinos debían tener buen oído y buena vista.

—No se ve nada —dijeron—. Los cingaleses han abandonado la jungla, harto contentos con conducir los prisioneros al maharajá.

En lo alto aparecería el templo, con sus paredes casi negras y agrietadas, escondido por algunos plátanos de opulento follaje. Tampoco descubría a nadie por allí.

—Se han marchado —exclamó Juan Baret—. ¿Se habrán llevado también a Maduri?

A este pensamiento, aquel valiente se sintió como herido en el corazón.

—No —se dijo enseguida—; no es posible. Estaba demasiado bien escondido y la abertura era demasiado estrecha. Maduri no se habrá traicionado.

Entró en la jungla y comenzó a subir, precedido por cuatro hombre y flanqueado por los otros seis, carabina en mano.

Tampoco en medio de aquella vegetación había nadie. Sólo algún ciervo o algún antílope, sorprendidos en su sueño, huían, a todas piernas hundiendo impetuosamente los jarales o saltando por ellos con agilidad extraordinaria.

Cuando estuvieron cerca de la pagoda, Juan Baret, que, era tan animoso como prudente, hizo detener a sus hombres, queriendo antes asegurarse de que no había nadie.

Corrió hacia la estatua de Buda y se cercioró con alegría de que la piedra no había sido tocada.

—Maduri debe hallarse aún aquí abajo, si no ha forzado la reja.

Cogió el anillo y tiró de él, levantando la piedra.

—¡Maduri! ¡Maduri! —llamó.

Una voz que reconoció enseguida y que le hizo acelerar los latidos del corazón, le respondió:

—¿Sois vos, señor?

—Sí, soy yo, Juan Baret. El niño apareció bajo la abertura. El francés le cogió en brazos y lo alzó arriba.

—¿Y mi tío? —preguntó el niño, no viéndole entre los hombres que le rodeaban.

—¡Qué desgracia, mi buen Maduri, qué desgracia! Tu tío, Durga el capitán y dos marineros, han sido hechos prisioneros por los cingaleses.

Dos gruesas lágrimas aparecieron en los párpados del niño.

—¡Mi tío prisionero del maharajá! —exclamó gimiendo, mientras se difundía por su rostro una palidez cadavérica—. ¡Oh, gran Buda! ¡Estoy perdido! Señor, ¿creéis que volviendo yo a entregarme al maharajá podría salvarlo? Hablad; estoy pronto a hacerlo.

—¿Para que luego os tenga a los dos? No, valeroso niño; tu permanecerás conmigo y con buena escolta.

—¿Y mi tío?

—Le salvaremos; no lo dudes.

El niño meneó la cabeza, mientras corrían por sus mejillas dos nuevas lágrimas.

—El maharajá es malo y lo matará.

—Y nosotros, ¿no nos tienes en cuenta?

—¿Lo salvaréis?

—Lo intentaremos.

—El maharajá es poderoso, señor, mientras vos no tenéis más que diez hombres.

—Que valen por cien cingaleses; y además hay otros en la laguna y tenemos aún un barco bien armado, el de tu tío.

—Siempre seréis pocos.

—Hoy, tal vez sí; dentro de pocos días seremos diez mil o el doble, porque todos los pescadores de perlas obedecen a tu tío. Si es menester, los reuniremos y los lanzaremos contra Yafnapatam. ¿Quién podrá resistir a tanta gente, decidida a todo? Ven, Maduri; volvamos a la laguna y esperemos los acontecimientos. Te aseguro que pronto volverás a ver a tu tío.

16. Dos enemigos formidables

En tanto que el francés, más afortunado que todos, lograba huir. Amali, el capitán, Durga y los dos marineros, fuertemente atados, eran conducidos por otros caminos al campamento del maharajá.

Amali, convencido de que era inútil toda resistencia y toda tentativa de fuga se había resignado a su suerte.

Por otra parte, esperaba escapar con vida de manos de su enemigo contando con Mysora. Le parecía posible un canje, aun cuando le sangrase el corazón al pensar que debería restituir a la doncella amada.

Cierto era que una vez libre, con. Maduri, ya no prisionero del maharajá, podía más adelante reconquistarla, invadiendo el Estado y tomando por asalto a Yafnapatam, pero habría preferido conservarla en su inaccesible asilo.

Nacía el nuevo día cuando los cinco prisioneros, escoltados por cincuenta cingaleses, llegaban al campamento del maharajá, acogidos con carcajadas sarcásticas y aullidos de alegría.

Fueron sacados de los palanquines, librados de las cuerdas que les sujetaban y conducidos a una pequeña tienda situada frente a la del príncipe, y rodeada por numerosos guerreros bien armados.

Amali, al notar la ausencia de Juan Baret, sintió viva inquietud.

—¿Quién ha visto al francés? —preguntó a sus hombres—. ¿Lo habrán matado en la refriega?

—No, patrón —dijo Durga—. He visto que le colocaban en un bayarte, y luego le llevaban cuatro conductores en desenfrenada carrera. Debe haber llegado mucho antes que nosotros.

—¿Estás seguro?

—También lo he visto yo —dijo Binda—; estaba impasible.

—¿Y por qué deben haberle llevado antes que nosotros?

—Les interesaba más el hombre blanco —respondió el capitán—. Creerían que fuese el prisionero más importante, no habiéndonos reconocido aún.

—El maharajá me reconocerá al momento.

—Demasiado lo sé, mi pobre amigo, y entonces, ¿qué va a ser de ti?

—Más me preocupo por Maduri —contestó Amali—. ¿Qué hará el niño abandonado a sí mismo? ¡Si fuese capaz de llegar hasta el mar y entregarse a los pescadores de perlas!

—Maduri es joven, pero ya se las sabrá componer —dijo Binda—. Es inteligentísimo y tiene valor para vencer. Un día le vi desafiar a una de las panteras del maharajá que se había escapado de la jaula.

—¡Que nadie revele dónde está!

—¡No lo diremos ni aunque nos sujeten a los más atroces tormentos! —dijeron a una voz el capitán, Durga y los dos marineros.

—Y ahora esperemos tranquilos a que el maharajá nos mande llamar.

—¿Tienes alguna esperanza? —preguntó el capitán—. Yo por mi parte no abrigo ninguna; he hecho traición y pagaré con mi vida.

—No, amigo: si quiere a Mysora deberá darnos la libertad a todos.

—Para la mía se negará.

—Entonces. Mysora permanecerá prisionera.

—Piensa en salvarte tú, Amali; más larde me vengarás.

—O todos libres, o todos muertos —respondió el rey de los pescadores de perlas con acento inflexible.

En aquel momento entraron dos capitanes.

—¿Quién es el cabecilla? —preguntaron.

—Yo —respondió Amali al momento.

—El maharajá te espera para pronunciar tu sentencia.

—Estoy pronto a seguiros.

Los dos capitanes lo registraron para ver si llevaba escondida alguna arma, y enseguida, cogiéndole fuertemente por los brazos, lo sacaron fuera.

El maharajá, como el día que había recibido al francés para darle las gracias por haberle salvado la vida, estaba sentado delante de la tienda sobre un almohadón de terciopelo, rodeado de sus ministros, cortesanos y comandantes.

Apenas hubo lanzado una mirada sobre Amali, se levantó de un salto, palidísimo por la emoción, gritando con voz ronca por la ira:

—¡Tú! ¡Tú! ¡Amali!

—Sí; yo soy, el rey de los pescadores de perlas, el descendiente de los antiguos monarcas de Yafnapatam, el hermano del que asesinaste.

—Peco, ¿es posible? ¿No me engaño?

—¡No! Yo soy Amali.

—¡Amali! —exclamaron los ministros y cortesanos.

El rey de los pescadores de perlas sostenía impávido todas aquellas miradas, teniendo los brazos cruzados sobre el pecho en actitud de reto.

El maharajá permaneció silencioso por algunos instantes, con el rostro congestionado, como si una rabia tremenda le hubiese paralizado la lengua.

De repente exclamó, rugiendo:

—¡Miserable! ¿Qué has hecho de mi hermana Mysora?

—Está en mi poder, en lugar seguro —respondió Amali.

—Encerrada en algún horrible calabozo donde la habrás hecho martirizar.

—No, porque se aloja en los mejores aposentos de mi palacio, y mis hombres la respetan cual si fuera yo mismo. No es mi prisionera, puedo decir, sino mi huésped.

—¿Voluntaria?

—¡Oh, no! Después… podría ser.

—Si fuese tu huésped habría regresado aquí.

—Por ahora no le he concedido tanta libertad.

—¡Mientes, pirata de mujeres!

—Te la he raptado para recobrar a mi sobrino.

—¡Ah! ¡Sí! Maduri… ¿Dónde está ese niño? ¿Dónde lo has ocultado? Dímelo, o te haré pedazos —rugió el maharajá, furioso.

—¡Cuidado! ¡La vida de Mysora responde de la mía!

—¿Te atreverías a tanto?

—Yo no, porque me hallo en tus manos, pero sí mis hombres.

—Muy poderosos se creen tus hombres para que mi brazo no llegue hasta ellos, pero te aseguro que se engañan y que dentro de pocos días tu roca será tomada por asalto y destruida.

Asomó a los labios de Amali una sonrisa de ironía.

—No conoces tú mi isla —dijo—. Ni tú, ni el príncipe de Manaar, ni siquiera los ingleses, son capaces de tomarla. Es demasiado sólida y está harto bien armada y guardada para que yo abrigue el menor cuidado.

—¡Ah! ¡El príncipe de Manaar, mi aliado! ¿Qué has hecho de él?

—Es mi prisionero.

—¿Vivo aún?

—No acostumbro asesinar a la gente que cae en mi poder. Así, le he salvado dos veces la vida.

—¡Oh! ¡Eres muy generoso! —dijo el maharajá haciendo una mueca de ironía—. Dime, ¿dónde está Maduri?

—Está en lugar seguro.

—Me lo entregarás, juntamente con aquel traidor hombre blanco.

Amali le miró con asombro.

—El hombre blanco, el francés, ¿no es tu prisionero?

—Ese perro desapareció después de haber matado a sus guardianes; pero lo encontraré, no lo dudes.

«Si ha huido, no se dejará coger», pensó Amali. «¿Cómo habrá hecho para salvarse de sus guardianes? ¿No será el francés algún espíritu infernal?».

—¡Habla! ¿Dónde está Maduri? ¡Lo quiero!

—Búscalo.

—Y quiero también a Mysora.

—Ve a tomarla.

—¿Te burlas de mí?

—Contesto a tus preguntas.

—¿Y no tiemblas?

—¿Por qué? —preguntó Amali con voz tranquila.

—Por la muerte que te espera.

—¿Y tú no tiemblas?

—¿Yo? —exclamó el maharajá—. ¿Por qué habría de temblar?

—Por Mysora.

—La libertaré y exterminaré a todos tus bandidos.

—¡Todos! Hay veinte mil prontos a tomar las armas para vengarme. El maharajá rompió en una risotada.

—¡Tú, veinte mil hombres!

—Los verás el día que caigan sobre tu Estado y entren a sangre y fuego en Yafnapatam.

—¡Fanfarronadas! Si crees con eso atemorizarme y alejar de ti la muerte que te espera, te engañas. No soy tan majadero que vaya a creerte.

—Bueno, maharajá. Si en algo tienes la vida de Mysora no nos toques ni un cabello ni a mí, ni a Binda, ni a mis hombres. El peligro que corro lo corre también tu hermana, y no quiero que muera la más hermosa doncella de Ceilán, ¿entiendes?

—¿Te disgustaría?

—Mucho.

—¡Oh, qué generoso! —dijo con mofa el maharajá—. Le ha proclamado el paladín de las bellezas cingalesas. ¿Y Binda? ¿Quieres también la libertad de ese traidor? Sufrirá la misma suerte que te está reservada a ti. ¡Ah! ¿Conque te has atrevido a venir aquí para robarme a Maduri? Está bien, recibiréis el castigo a que os habéis hecho acreedores; así cortaré de un solo golpe las esperanzas de tus pocos secuaces, que confiaba verte maharajá de Yafnapatam.

—Piensa primero que la vida de tu hermana corre más peligro de lo que tú crees.

—Ya te he dicho que la pondré en libertad.

—Antes de que tus hombres lleguen a la vista de mi roca y disparen un solo tiro, ya estará muerta.

El maharajá se encogió de hombros.

—Al fin y al cabo, no es más que una mujer —dijo con feroz frialdad—. La vengaré, y se acabó.

—¡Y dejarás morir la más bella niña de Ceilán! —exclamó Amali, palideciendo.

—No es la reina de Yafnapatam.

—¡Eres tan cruel como vil!

—¡Capitanes, llevad a ese miserable, a su tienda! —gritó el maharajá—. ¡Aun osa ofenderme!

—¿Podré saber a lo menos a qué muerte me has condenado?

—Los cocodrilos de la laguna tienen, hambre —respondió el maharajá con cínica sonrisa—. Esta tarde, al ponerse el sol, les daremos una copiosa cena, a menos que…

—¿Qué quieres decir?

—Que me devuelvas a Maduri y Mysora juntos.

—Podría restituirte a tu hermana; a Maduri, jamás.

—Te hace falta el muchacho.

—Lo mismo que a ti.

—¡Ah! Ya adivino.

—¡Y yo también, maharajá! Con Maduri en rehenes estarías seguro contra toda tentativa por mi parte para vengar a mi hermano y reconquistar el trono de mis abuelos, y esto es lo que yo no quiero.

—Cuando hayas muerto, ya no serás peligroso para mí.

—Es verdad, pero llegará día en que Maduri pensará en vengarme, lo mismo que a su padre, y te hará temblar. El francés está con él, y lo guiará.

—¡Maldito europeo! —gritó su alteza—. ¡No sé lo que daría por tenerlo en mis manos! Preparaos a morir.

—El rey de los pescadores de perlas no teme la muerte y la desafiará valerosamente —dijo Amali con fiereza.

—¡Lleváoslo pronto! ¡Veo una nube de sangre!

Cuatro capitanes se apoderaron de Amali y lo condujeron a la tienda que servía de prisión. Al volver la cabeza hacia la multitud que se agolpaba en el espacio comprendido entre las dos tiendas, el rey de los pescadores vio a un hombre a quien reconoció enseguida.

—Es uno de mis marineros —murmuró—. ¿Cómo está aquí? ¿Cómo ha sabido la tripulación del «Bangalore» que hemos caído prisioneros?

Cuando entró en la tienda, Durga, el capitán y los dos pescadores le rodearon, interrogándole ansiosamente con las miradas.

—Estamos perdidos —dijo Amali—. El rapto de Mysora no es bastante para salvarnos.

—Lo sospechaba —respondió el capitán, resignado—. ¿Cuándo nos envían a la muerte?

—Esta tarde, a la puesta del sol.

—¿Nos harán aplastar por los elefantes?

—No; ha reservado para nosotros un suplicio más espantoso, que sólo podía nacer en la mente de un tirano sanguinario. ¡Nos hará devorar vivos por los cocodrilos de la laguna!

—¡Pobre Amali mío!

—Sin embargo, no he perdido aún todas las esperanzas. ¿Sabéis que Juan Baret ha conseguido huir?

—¡El francés!

—Sí, Binda.

—¿Y cómo lo ha hecho?

—No sé; he oído decir que había matado a sus guardianes. Si ese hombre está en libertad, es capaz de intentar cualquier desesperado golpe para salvarnos.

—Pero, ¿qué podrá hacer por sí solo?

—¡Solo! ¿Y quién nos dice que no se haya reunido con el «Bangalore»? ¿Sabéis que entre la muchedumbre he visto a uno de mis marineros?

—¡Será posible!

—A pocos pasos de esta tienda.

—¿Cómo pueden haber sabido tus hombres que estábamos presos?

—Por esto veo yo aquí la mano de Juan Baret. Debe haber encontrado en alguna parte al «Bangalore» y enviar alguien aquí para descubrir intenciones del maharajá respecto a nosotros. Ya verás, Binda como esta tarde habrá novedades y los cocodrilos se quedarán sin cenar.

—¿Y Maduri?

—Si el francés está libre habrá ido a buscarlo. No tengo ninguna inquietud por ese caro niño.

—Pero, ¿cómo habrá hecho para encontrar al «Bangalore»? —preguntó Durga—. ¿Se hallaría aún el barco cerca de las tres islas?

—Vuelvo siempre a mi primera idea —respondió Amali.

—¿A cuál?

—Que el barco quedó encallado.

—Pues fue una suerte para el francés.

—Para él, sí, pero no para nosotros, porque si el barco hubiese estado en disposición de acudir no habríamos caído prisioneros.

—¿Y suponéis, mi capitán, que Juan Baret, en el momento oportuno va a dar fe de vida?

—Sí, Durga —respondió Amali—. De otra suerte no hubiese enviada a uno de nuestros hombres a espiar el campamento.

La conversación quedó interrumpida por la entrada de dos criados que traían hogazas de arroz, pescado, frutas y una botella de vino de palmera.

—Os lo envía el maharajá —dijeron, dejando los cestos en el suelo.

—¿No estarán, envenenados estos manjares? —preguntó Durga.

—No; sería una muerte demasiado rápida —dijo Amali—. Además, el maharajá gusta de los espectáculos sangrientos y no nos enviará al paraíso de Buda sin divertirse con nuestro pellejo. Podemos comer con perfecta tranquilidad.

—Se ve que nos quiere ofrecer a los cocodrilos bien cebados. ¡Es muy cruel ese príncipe!

Si bien todos, más o menos, se sintiesen algo aterrados por la suerte que les esperaba, se pusieron a comer, no queriendo aparecer débiles en el momento terrible del espantoso suplicio.

Durante el día fueron a visitar a Amali algunos capitanes y cortesanos, tratando de inducirle a que les revelara dónde había ocultado a Maduri prometiéndole en cambio la vida salva, pero el rey de los pescadores de perlas se mostró inflexible.

Por otra parte, no tenía la menor confianza en la palabra del maharajá.

—Si entregase al niño, no por eso salvaría la vida —dijo a sus compañeros—. Y luego, prefiero perderla antes que ver de nuevo a Maduri como rehén, en poder de ese hombre cruel.

A cosa de las siete, en el momento en que el sol descendía en el horizonte, entraron en la tienda cuatro capitanes seguidos de veinte guerreros armados de carabinas y lanzas, e hicieron salir a los prisioneros.

El maharajá y su numeroso séquito habían abandonado ya el campamento para dirigirse a orillas de la laguna.

—Vamos —dijo Amali con voz triste—. Demostraremos que somos hombres.

Colocáronse en medio de la escolta y partieron con la cabeza erguida, sin dar la menor señal de temor o de flaqueza.

Al cabo de un cuarto de hora llegaban a orillas de la laguna, frente a un islote cubierto por un inmenso cañaveral.

El maharajá había hecho levantar allí su tienda y sentándose delante, sobre un ligero relieve del terreno que le permitía dominar una vasta extensión de agua.

Amali, apenas llegado, había mirado hacia la laguna, deteniendo sus ojos en el islote, que no distaba más de doscientos pasos.

—¿Ves algo? —preguntó el capitán.

—No, pero hay allí esas cañas, y son tan altas que bien podrían ocultar la arboladura de mi nave.

—¿Estará Juan Baret escondido ahí detrás?

—No lo sé, pero mi corazón está tranquilo.

—¿Tienes esperanzas, pues?

—Sí, Binda.

—Pues yo creo que dentro de pocos minutos todo estará terminado. Mira lo que están haciendo los cingaleses.

—Miró Amali y vio a diez hombres que estaban uniendo con cuerdas dos gruesos de árbol que acababan de derribar.

—¿Nos atarán a esos troncos? —dijo Amali—. ¡Infames!

El maharajá, que estaba sentado plácidamente sobre su almohadón de terciopelo, fumando el narguile de agua perfumada, hizo seña a Amali de que se acercara.

—¿Qué quieres? —preguntó el rey de los pescadores de perlas, mirándole con fiero ceño.

—Quiero hacer una última tentativa.

—Habla.

—¿Quieres decirme dónele has escondido a Maduri?

—¡Nunca!

—Si me lo entregas y me devuelves a Mysora, te concedo, si no la libertad, a lo menos la vida.

—Sería una vida que no duraría más que algunas semanas. Me harías envenenar. Yo también quiero hacer la última tentativa.

—¿Cuál?

—Tu hermana habrá muerto dentro de muy poco tiempo si no nos devuelves la libertad.

—Quedo yo para gobernar Yafnapatam, y basta.

—¡Eres cruel!

El maharajá se encogió de hombros, haciendo un gesto de enfado.

—Advierto que me has hablado mucho de Mysora —exclamó—. Se diría que te ha flechado.

—¿Y si así fuese?

—Os reuniréis en el paraíso o en el infierno de Buda. Ya me habían dicho que la amabas en secreto.

—¡Cuidado, maharajá! Mi muerte, y también la suya, serán vengadas algún día —gritó Amali.

—Ese día está muy lejos para que me preocupe. Capitanes, cumplid con vuestro deber. Ya me ha desacatado bastante ese hombre.

—¡Mi sombra y la de mi hermano te perseguirán hasta en tus orgías tirano!

—Las haré echar por mis esclavos.

—Hizo una seña. Cuatro hombres se apoderaron de Amali y lo condujeron hacia los dos troncos de árbol, que habían sido llevados a la orilla y en los cuales se encontraban ya atados Durga, el capitán y los dos pescadores.

—¡Amigos! —dijo Amali emocionado—. Cerrad los ojos y no miréis los cocodrilos. La muerte será pronta y sufriremos poco.

Veinte hombres levantaron los dos troncos y los arrojaron a la laguna con sordo ruido, levantando un montón de espuma.

—¡Adiós, amigos! —gritó Amali viendo emerger a corta distancia quince o veinte cabezas.

Los cocodrilos, al oír el ruido, habían salido de las profundidades de la laguna, mostrando sus enormes fauces abiertas. Acudían desde varios puntos, nadando apresuradamente, dando coletazos, ansiosos de tomar parte en aquel inesperado banquete.

Todos los soldados y esclavos del maharajá se habían agolpado en orilla para gozar de aquel cruel espectáculo.

De pronto retumbaron dos cañonazos de espingarda hacía el islote, una descarga de metralla barrió la superficie de la laguna, acribillando a los terribles reptiles; después otras dos sembraron el estrago en la orilla derribando al suelo a muchos guerreros del maharajá.

De pronto apareció una nave a un lado del islote.

Era el «Bangalore», que avanzaba presurosamente, al empuje de diez remos vigorosamente impelidos.

A proa, Juan Baret, rodeado de algunos pescadores, disparaba sin tregua contra los cingaleses, mientras tornaban a tronar las espingardas, ametrallando a diestro y siniestro.

Aquel asalto resultó tan inesperado, que los hombres del maharajá no pensaron siquiera en hacer uso de las armas. Huían a todo correr, en todas direcciones, aullando e imprecando.

Sólo los capitanes, los cortesanos y los ministros se habían colocado delante del maharajá para escudarle con sus cuerpos.

El «Bangalore», que había puesto ya en fuga a los cocodrilos con su dos primeros disparos de espingarda, llegaba como un rayo junto a los dos troncos de árbol, que flotaban a veinte metros de la playa.

Dos hombres saltaron al agua, cortaron las cuerdas de los presos, y volvieron a bordo, mientras proseguían incesante el fuego, haciendo estragos entre los fugitivos.

Amali, de un salto, se encontró a bordo de su nave, en brazos de Juan Baret.

—¡Gracias, amigo! —gritó—. ¡Os esperaba!

—¡Huyamos! —respondió el francés—. Veo que los cingaleses se reúnen.

—¡A las velas! —gritó Durga.

El «Bangalore», que tenía viento favorable, viró en redondo y huyó saludando a los cingaleses, que corrían finalmente al rescate, con una última descarga.

—¡Ya cenarán otro día los cocodrilos! —aulló Durga—. ¡Así pudieran comerse la cabeza del maharajá!

Los cingaleses hicieron fuego sin orden ni concierto, gritando ferozmente y amenazando sin ningún resultado satisfactorio.

El «Bangalore», que avanzaba velozmente, pasó por detrás del islote desapareció en el Este, en dirección al canal que comunicaba con el mar.

—Como veis, Amali, ha sido una cosa sencillísima —dijo Juan Baret—. Un poco de pólvora, un poco de hierro, y hemos dejado al maharajá con un palmo de narices.

17. Las galeazas del maharajá

Un cuarto de hora más tarde, cuando ya el «Bangalore» navegaba por en medio de la laguna, muy lejos de la orilla ocupada por los cingaleses, Amali, Juan. Baret y el capitán se hallaban reunidos en, la cámara de popa. El francés, en pocas palabras, refirió a sus amigos las dramáticas peripecias de su afortunada fuga y el inesperado encuentro de la nave, de la cual había obtenido tan valiosa ayuda en el momento en, que iban a darle alcance los cuatro porteadores del bayarte.

—Hay, sin embargo, una cosa que no he comprendido —dijo Amali, mientras tomaban algunas copas de arrak—. ¿Cómo habéis sabido que debíamos ser devorados por los cocodrilos?

—Lo supe por dos de vuestros hombres que envíe al campamento del maharajá; debéis de haber visto a uno, porque le estuvisteis mirando mucho tiempo.

—Es verdad.

—Estos dos valientes, confundidos entre la muchedumbre, asistieron vuestro interrogatorio y también a la sentencia pronunciada por aquel príncipe cruel. Advertido de repente, crucé el lago aprovechando una brisa, favorable, y oculté la nave detrás de aquel islote. Estaba casi seguro de que el suplicio se efectuaría cerca de aquella playa, y como veis, no me engañé. Unos disparos de espingarda contra los cocodrilos, otros contra a gente del maharajá, y la cosa quedó lista.

—Si queréis que os diga la verdad, no dudábamos de que de un momento a otro os reuniríais con nosotros.

—¿Cómo queríais que os abandonase? ¡Oh! ¡Jamás! Aunque hubiese tenido que empeñar una lucha desesperada. Juan Baret no abandona a sus amigos en peligro sin intentar a lo menos salvarlos.

—Gracias en nombre de todos nosotros; os debemos la libertad y la vida.

—¡Bah! Lo que he hecho es muy poca cosa. No vale la pena de darme las gracias. ¿Y ese feroz maharajá, con tal de veros muerto, sacrificaba a su hermana?

—Y sin sentir el menor remordimiento —dijo Amali.

—Ese hombre tiene un corazón de piedra.

—Más vale así, Juan Baret, porque cuando Mysora sepa el aprecio que de ella hace su hermano, le odiará o por lo menos no procurará salvarlo.

—¿Cuándo veremos a esa joven? Soy muy curioso, mi querido Amali.

—Si no encontramos ningún obstáculo, dentro de seis horas llegaremos a mi isla.

—¡Si no encontramos obstáculos! ¿Qué teméis?

—Encontrar la flota del maharajá unida a la del príncipe de Manaar. Están aliados.

—¿Para proceder contra vos?

—Quieren intentar apoderarse de mi roca.

—¿Tenéis gente suficiente para defenderla?

—Ciento cincuenta hombres y doce espingardas. Además las playas son inaccesibles —dijo Amali—. No hay más que una caverna que permite subir y está llena de tiburones que no reconocen más que a mis hombres. Que prueben a asaltar mi cueva, si se atreven.

—Y ahora, ¿qué haréis? Mysora es vuestra prisionera, el niño está en nuestro poder y ya no existe ningún obstáculo para declarar la guerra ¿Están prontos vuestros pescadores de perlas?

—Sólo esperan, una orden mía para abandonar los bancos y empuñar las armas.

—Puesto que las cosas se hallan en este punto, podemos obrar.

—Sí, cuando hayamos llegado a mi roca enviaré emisarios a los bancos a fin de que adviertan a los jefes de los pescadores.

—¿De cuántos hombres puede disponer el maharajá? —preguntó Juan Baret.

—Todo lo más podrá poner sobre las armas a cinco o seis mil guerreros.

—¿Y vos?

—De quince a veinte mil.

—Victoria segura. El maharajá pagará cara su crueldad.

—Sí; le destronaremos —dijo, brillando un relámpago en sus ojos.

El «Bangalore» había cruzado ya la laguna y estaba para entrar al canalizo.

Amali, advertido, había subido a cubierta, queriendo asegurarse de si se veían enemigos.

—Sabed —dijo a Juan Baret— que no me fío. El maharajá puede haber destacado parte de su flotilla para capturar mi nave.

—¿Sabe que poséis el «Bangalore»?

—Sí, y también lo conoce perfectamente, por haber hecho muchas correrías por sus playas.

—En este caso, le urgirá capturarlo.

—Lo ha intentado varias veces —dijo Amali—. No posee, sin embargo, ninguna galeza que pueda competir con mi barco, que es el más veloz que existe en el estrecho de Ceilán y también el mejor armado.

Anochecía rápidamente cuando el «Bangalore», conducido por Amali, comenzó a internarse en el canal.

Juan Baret y Durga, a proa, miraban hacia poniente para ver si descubrían las chalupas de los salvajes que les habían atacado dos días antes o la flotilla del maharajá.

Los árboles que cubrían, las dos orillas, casi todos inmensos, proyectaban una sombra tan profunda que hubiera sido menester tener ojos de gato para distinguir algo.

—Me parece que no hay nadie en este canal —dijo el francés—. ¿Ves tú algo?

—No, señor.

—El maharajá ha hecho una amenaza vana.

—No hemos ganado aún el mar libre, señor —respondió el segundo, moviendo la cabeza.

—¿Crees tú…?

—Me temo que nos ocurra algo antes de que podamos llegar a nuestra roca.

—¿Están cargadas las espingardas?

—Y también las carabinas, señor.

—Pasaremos por encima de nuestros enemigos si intentan cerrarnos el paso —dijo el francés con su acostumbrada tranquilidad.

—¡Hola!, ¡hola!

—¿Qué hay, Durga?

—He visto una luz.

—Será una hoguera que habrá encendido algún pobre isleño.

—No habita nadie en estas orillas.

—¿Dónde las has visto brillar?

—En el mar.

—Me disgustaría que la flotilla del maharajá hubiese bloqueado el canal —dijo Juan Baret—. Aun los mismos combates llegan a cansar.

—El maharajá habrá sospechado que Amali llegaría con el «Bangalore» y enviaría correos a la costa.

—Ya que no podemos evitar el encuentro, nos batiremos y echaremos a pique cuantas barcas podamos; será facilísimo.

—Vos todo lo encontráis fácil, señor —respondió Durga riendo—. Aun cuando se trataba de librarnos de los cocodrilos os parecía una cosa sencillísima.

—¡Pues ya lo has visto!

—Cualquier otro hubiera encontrado la cosa, si no imposible, dificilísima… ¡He visto otra luz!

—¿Dónde?

—Algo más lejos que la primera.

—Eso quiere decir que están allí las galeazas aguardándonos. Avisa a Amali y que haga armar a la gente. Veremos si podemos sorprender a nuestros enemigos.

—Juan Baret fue a coger su carabina y se sentó en la proa, junto al capitán, que se les había reunido.

En medio de aquella profunda oscuridad veíanse centellear dos luminosos, que ora parecían alejarse, ora se agrandaban.

—Son los faroles de las naves —dijo el francés—. ¿Conocéis este canal, capitán?

—Sí —dijo Binda.

—¿Es muy ancho en, la boca? Yo sólo lo pasé una vez y no me acuerdo.

—Quinientos pasos.

—Entonces dispondremos de espacio suficiente para maniobrar.

—Y también para pasar por en medio de las galeras del manaré sí están ancladas en las dos orillas —dijo el capitán.

Amali había dejado el timón a Durga y se había reunido con ellos.

—Ya suponía que nos esperarían —exclamó dirigiéndose a Juan Baret—. El maharajá se habrá figurado que saldríamos por este canal.

—¿Cómo habéis colocado a vuestra gente?

—Ocho a babor, ocho a estribor y los otros en las espingardas. Pasaremos lanzando andanadas por los dos costados.

—¿Es sólido vuestro barco?

—Es todo de teck, una madera que resiste las balas de los cañones.

—Así, si alguna galeaza trata de cerrarnos el paso…

—Podemos embestirla y echarla a pique sin que nuestra proa se rompa.

—Esto quiere decir que nosotros somos los más fuertes. ¡Adelante sin, temor!

El «Bangalore» se encontraba a la sazón a quinientos o seiscientos metros de la boca del canal que servía de desaguadero a la laguna.

Aunque la noche era oscura. Amali y Juan Baret divisaron en las dos orillas seis galeazas, con la proa y la popa muy elevadas, pero sin arboladura. Cuatro se hallaban cerca de los cañaverales, las otras dos en medio del canal, para impedir la salida a cualquier buque que se hubiere dirigido al mar.

—Vamos a tener que embestir, si nos estrechan —dijo Juan Baret que observaba atentamente la situación.

—¡Preparémonos! —gritó Amali, cogiendo la carabina.

En aquel momento se oyó partir desde una de las galeazas una voz que mandaba:

—¡A las armas!

—Han advertido que nos acercábamos —dijo Juan Baret.

Dejóse oír la misma voz.

—¡Alto! ¿Quién vive?

—Somos gente del maharajá de Yafnapatam.

—No es verdad; en la laguna no había ninguna galeaza.

—Entonces, venid a detenemos. ¡A las armas, a las armas, fuego, a babor y estribor! —mandó Amali con voz terrible.

Las dos galeazas se habían puesto en movimiento y corrían hacia el «Bangalore» a fuerza de remos, mientras las otras cuatro abandonaban precipitadamente las orillas para ayudarlas.

Las cuatro espingardas del rey de los pescadores de perlas tronaron a la vez, lanzando sobre las cubiertas de las galeazas un huracán de metralla, mientras los marineros hacían fuego con, las carabinas.

Con todo, los cingaleses, aun cuando hubiesen sufrido pérdidas enormes seguían avanzando y hacían fuego a su vez.

—También las otras cuatro, que estaban armadas con una espingarda cada una, disparaban aunque las balas no perforasen el casco durísimo del «Bangalore».

Amali, empuñando una hacha y seguido de Juan Baret, de Durga, del capitán y de algunos valientes se habían lanzado a proa, donde una de las galeazas estaba a punto de abordarlo.

Con, su acostumbrado valor, se lanzó en medio de los cingaleses que trataban de saltar sobre su nave y les arrojó al canal a hachazos, mientras Juan Baret y el capitán hacían fuego con sus pistolas.

Una andanada de espingardas echó a pique la galeaza, que se sumergió rápidamente, con el costado roto.

El «Bangalore» embistió la segunda, destrozándola, y enseguida salió al mar, disparando contra las otras cuatro que no había llegado aún al centro del canal.

—¡Ya hemos pasado! —gritó Juan Baret, con voz triunfante.

—Ahora nos perseguirán —respondió Amali.

—Les dejaremos detrás. La brisa es muy fresca y volaremos como gaviotas.

Las cuatro galeazas se habían lanzado en persecución de los fugitivos a fuerza de remos, y continuaban disparando con ruido ensordecedor.

El «Bangalore» era demasiado buen velero para dejarse alcanzar. Hinchadas las velas, hasta casi reventar, volaba como una golondrina, huyendo a lo largo de la costa para tratar de hacer varar las galeazas.

Juan Baret y Amali habían echado una larga ojeada sobre el mar, temiendo ver otras naves enemigas.

—Estamos solos —dijo el rey de los pescadores de perlas—, y sin embargo, tengo la seguridad de que las flotas del maharajá y del príncipe de Manaar se habrán reunido para intentar el rescate de Mysora.

—Pero, ¿habrán atacado ya vuestro arrecife?

—Eso lo dudo.

—¿Y cómo vamos a hacer para recalar en él si las flotas enemigas lo tienen sitiado?

—La noche será oscura y trataremos de engañarlos.

—¿Son fuertes por mar el maharajá y el príncipe de Manaar?

—Pueden disponer de unas veinte galeazas.

—¿Cuántos hombres las tripulan?

—Veinticuatro o treinta y seis; la mitad, remeros y el resto combatientes.

—Todos juntos forman un bonito número —dijo Juan Baret—. Si notan nuestra presencia nos van a hacer bailar una divertida zarabanda.

—Nos acercaremos con cautela y huiremos de pronto hacia la caverna de los tiburones.

—¿No nos seguirán?

—Lo intentaremos y tal vez lo consigamos.

—Y entonces se apoderarán de nuestro «Bangalore».

—Hay escondrijos en la caverna, que sólo conocemos nosotros, los cingaleses no se atreverán a registrar. Centenares de ferocísimos tiburones tienen allí sus madrigueras y como las galeazas son muy bajas las tripulaciones se hallarían expuestas a ser devoradas.

—¿Y no os atacan a vosotros esos animales?

—Están familiarizados con mis gentes, y no nos hacen ningún daño pues nos conocen por ser sus proveedores. Todos los días mis hombres les dan de comer, y han conseguido ser reconocidos.

—¡Es curioso eso! ¡Tiburones amaestrados!

—Es tal como os digo, Juan Baret en, y os convenceréis de ello al entrar en la caverna.

—Así, vuestro escollo es inexpugnable.

—Hasta desafiar los ataques de los europeos.

—Estoy ansioso por verlo.

—¿Habéis oído?

—Un lejano disparo, de cañón o de espingarda.

—¿Quién habrá disparado? ¿Las galeazas que nos dan caza?

—No; venía del Sur.

—¿En dirección de vuestro arrecife?

—Sí, Juan Baret —exclamó Amali con ansiedad.

—¿Lo asaltarán las galeazas?

—Eso temo.

—¿No veis nada?

—Estamos muy lejos aún; lo menos veinte millas.

—Preparémonos para un nuevo combate —dijo el francés.

—Ya os he dicho que trataremos de pasar inadvertidos.

—Probaremos.

El «Bangalore», impelido siempre por un viento muy fuerte, se había separado de la costa y corría hacia los bancos en que se había estrellado el crucero inglés.

Las cuatro galeazas del maharajá se habían dispersado, no pudiendo solamente con los remos rivalizar con aquella esbelta nave que era la más rápida que surcaba las aguas del estrecho de Ceilán y las costas de la India meridional.

Ningún peligro amenazaba por la espalda a los fugitivos. En el mar no se veía ningún punto blanco o negro que indicase un velero o barca. Corrían a veces por el estrecho grandes olas que se rompían fragor contra los cayos, donde el casco del barco inglés acababa de despedazarse.

A la una de la madrugada Amali indicó a Juan Baret una masa negruzca que se erguía en el mar.

—Es mi roca —dijo—. Hemos andado con una velocidad que ninguna nave podría igualar.

—Veo luces —respondió el francés—. Mirad: describen como semicírculo alrededor de vuestro islote.

—Las veo —dijo Amali con calma—. Las flotas aliadas asedian mi refugio. Tiempo perdido y fatiga absolutamente inútil.

—¿Podremos pasar por sorpresa?

—Me parece que esas luces no se extienden por delante de la caverna —respondió Amali, que observaba con viva atención.

—¿Nos podremos acercar sin que reparen en nosotros?

—No llevamos ningún farol encendido, y es de esperar que nadie nos haya visto.

—Pero, ¿no nos tomarán vuestros hombres por enemigos?

—Tenemos una señal que sólo conocemos nosotros.

El «Bangalore» se acercaba silenciosamente, con parte de su velamen recogido, tratando de ocultarse en medio de los escollos que protegían la caverna.

Todos los hombres, por su parte, estaban dispuestos a entrar en batalla. Habían sido cargadas de nuevo las espingardas, y colocadas en las amuras numerosas carabinas y pistolas con que romper un fuego acelerado.

Las galeazas de los enemigos estaban dispersas alrededor de los escollos, manteniéndose lejos de la caverna, para evitar los numerosos bancos arena y las rocas coralíferas contra las cuales podían lanzarles las olas y destrozarlas.

—Pasaremos —dijo Amali a Juan Baret—. No han descubierto el canal que conduce a la caverna.

—No nos dejemos ver. Veo que las galeazas se mueven.

—Exploran la costa.

—¡Si supiesen que nos encontramos aquí! ¡Qué bonita sorpresa cuando mañana se encuentren con que vos dirigís la defensa! ¡Ah! ¡Una idea!

—Decid, Juan, Baret.

—¿Si avisáramos a los pescadores de perlas que estamos sitiados?

—No es necesario; ya lo sabrán. No puede haberse ocultado a su vista una escuadra tan numerosa, y ya veréis que comparecerán cuando menos esperemos. Por otra parte, están ya advertidos de que estén prontos y preparen las armas. He ahí el canal, y los sitiadores no han advertido nada todavía.

El «Bangalore» se había deslizado prontamente entre los escollos y se acercaba a la caverna, cuya inmensa boca se comenzaba a divisar. Amali cogió la barra del timón, dio algunas órdenes a la gente, y enseguida guió con su consumada habilidad la nave, haciéndola describir curvas atrevidísimas, para evitar los múltiples obstáculos que la amenazaban de todas partes, y puso la proa a la amplia caverna, despertando a los tiburones dormían a flor de agua.

—¡Una linterna! —ordenó—. Ya ahora éstos no pueden, venir de fuera.

—¡Afortunada maniobra! —exclamó el francés, fijándose en las fauces fosforescentes de los tiburones—. ¿Quién, podrá imaginarse que está escondida una nave aquí dentro?

—Esperad que señale mi presencia —respondió Amali.

Se quitó un pito de la faja y lanzó tres notas moduladas.

Acto seguido, encima mismo del «Bangalore» se oyó un rumor sordo como si hubiesen hecho correr algún enorme tablón, y cayó una escalera de cuerda, mientras una voz preguntaba:

—¿Quiénes sois? Responded o hago fuego.

—Soy el capitán —respondió Amali.

—¡Justo Buda! ¡El rey de los pescadores de perlas! ¿Debo dar la alarma, señor?

—No.

Enseguida, volviéndose hacia Juan Baret y al capitán, que llevaba a Maduri de la mano, añadió:

—Seguidme; estáis en mi casa.

—¡Esta caverna es maravillosa! —exclamó el francés, cada vez ni asombrado por lo que veía—. ¿Quién es capaz de tomar por asalto es escollo? Los cingaleses perderán el tiempo inútilmente.

Cuando llegaron a la galería alta encontraron a un grupo de ocho marineros, mandados por un cabo.

—Señor —dijo éste—, ¿cómo habéis conseguido pasar por en medio de la flota sin dejaros sorprender?

—Pues ha sido una cosa sencillísima —dijo Amali—. Hemos apagado los faroles y hemos entrado tranquilamente en la caverna. ¿Quiénes son sitiadores?

—Hombres del maharajá de Yafnapatam y del príncipe de Manaar.

—¿Cuántas galeazas?

—Dieciocho, señor porque hemos echado dos a pique.

—¿Cuándo han aparecido?

—En la mañana de ayer.

—¿Han causado algún daño?

—Un gasto enorme de pólvora y balas sin ningún resultado. Sin embargo, dicen que esta mañana van a tratar de dar el asalto a esta roca.

—¡Ah! ¡Ya lo veremos! ¿Y Mysora?

—Continúa donde la dejaste.

—¿Y el príncipe de Manaar?

El cabo esta vez no respondió y bajó la cabeza.

—Habla —dijo Amali.

—Señor…, ha muerto.

—¿A consecuencia de las heridas?

—No; lo han devorado los tiburones.

—¿Qué noticia me das? ¿Cómo ha sido eso?

—Pues la verdad, señor —dijo el cabo—. Aprovechando el momento que le dejamos solo para rechazar las galeazas de los enemigos, intentó huir, aun hallándose tan débil. Cuando lo advertimos, se hallaba ya en esta galería.

—¿Y se arrojó a la caverna? —dijo el francés.

—Sí, señor; esperaría reunirse a las naves y dirigir el ataque.

—Y los tiburones lo han devorado.

—Así ha sido.

—Pésame que ese bravo muchacho haya tenido un fin tan desastroso —dijo Amali—. Los hombres que tenían encargo de vigilarlo y lo han dejado escapar recibirán el castigo merecido. Mysora sería capaz de guardarme rencor por la muerte del príncipe.

—Un rival menos —dijo Juan Baret—. Vuestro prisionero podía convertirse en un hombre inoportuno.

—Era un príncipe leal y valeroso.

—Debía quedarse en su habitación y no tratar de huir. Dejemos al príncipe y pensemos en organizar la defensa.

—Todo está pronto, señor —dijo el cabo—. Hemos colocado las espingardas detrás de los parapetos, y amontonado enorme cantidad de rocas para arrojar sobre las galeazas.

—Juan Baret —dijo Amali—, ¿queréis visitar nuestras defensas?

—¿Y vos?

—Me urge verla —contestó Amali en voz baja.

—Y sobre todo, hablarla.

—Sí, Juan Baret.

—¿Cuándo me presentaréis a ella?

—Mañana.

—Os auguro que os hará muy buena acogida.

—Gracias, Juan Baret —respondió Amali suspirando.

Se internó rápidamente por la galería y subió al palacio. Por doquier velaban sus hombres en torno a las espingardas, espiando los movimientos de las galeazas. En el palacio sólo habían, quedado los cuatro centinelas que vigilaban a Mysora.

Amali se dio a conocer y entró, cerrando tras de sí la puerta que conducía a la estancia de la princesa cingalesa.

18. La roca cingalesa

Amali, muy emocionado, permaneció absorto un largo instante antes de golpear la lámina de bronce colgada cerca de la puerta.

La vibración del metal no había cesado aún, cuando se oyó la voz de Mysora, que le invitaba a entrar.

La hermosa cingalesa, que no debía haberse acostado aún, o se había levantado entonces, estaba en pie en medio del gabinete, bajo la lámpara, en actitud altiva y soberbia, casi desdeñosa, creyendo probablemente ver entrar algún centinela.

Llevaba el cuello y los brazos desnudos, sin ceñirse con la ancha faja, y los cabellos sueltos sobre los hombros, ligeramente bronceados y exquisitamente moldeados.

Al ver a Amali hizo un ademán de sorpresa y su rostro se serenó prontamente, mientras sus ojos negros y profundos se endulzaban.

—¡Tú! ¡El rey de los pescadores! —exclamó. ¡Tú! ¿Cómo has podido llegar? ¿De dónde vienes?

—Vengo de Yafnapatam, Mysora —dijo Amali.

—¡No puede ser!

—¿Por qué dices esto, Mysora?

—Porque no habrías vuelto vivo.

—¿Quieres una prueba? Maduri está en mi habitación.

—¿Has libertado al niño? ¿Y mi hermano?

—Se ha quedado sin rehenes.

Mysora guardó silencio durante un momento, mirando al rey de los pescadores de perlas con creciente sorpresa. Le parecía increíble, inadmisible lo que había dicho.

—¿Y cuándo has llegado? —preguntó finalmente.

—En este momento.

—¿Sabes que han sitiado tu isla?

—Amali pasa por donde quiere y no teme a sus enemigos. Mi «Bangalore» está ya escondido en la caverna.

—Pero, ¿qué hombre eres tú? ¿Qué audacia y qué valor posees? ¿Quién podrá igualar jamás tu valor?

—Llevo en mis venas sangre de conquistadores y de reyes —respondió Amali—. La historia de mis abuelos está escrita con la punta de las espadas arrebatadas a los enemigos.

—¿Y Maduri está aquí?

—Sí; mañana le verás. El pobre niño está cansado por dos noches insomnio y le he hecho acostar.

—Entonces mi hermano ha aceptado el canje y me veré libre para volver a Yafnapatam.

—¿Te urge marcharte, Mysora? —preguntó Amali con dolor.

—Esta no es mi patria —respondió la joven, bajando la mirada con cierto embarazo—. Aquí soy extranjera y también prisionera.

—Una prisión muy dulce, que muchos te envidiarían.

—No digo que sea dura, sino al contrario. ¿Cuándo podré marcharme?

—No te he dicho aún que estés libre —respondió Amali.

—¿Osaría el rey de los pescadores de perlas faltar a la palabra dada a mi hermano? —preguntó Mysora, levantando vivamente la cabeza y frunciendo su hermosa frente.

—Yo no he empeñado palabra alguna.

—¿No has obtenido a Maduri a cambio de mi libertad?

—No, Mysora, porque tu hermano se ha negado a aceptar el pacto.

—¡Me ha abandonado!

—Peor aún, porque cuando le he dicho que corrías a una muerte cierta en manos de mis hombres, me ha contestado que ya te vengaría y nada más.

Brilló un relámpago de ira en la mirada de Mysora.

—¡Cruel! —exclamó—. ¡No se preocupa por mi muerte!

—Así es —dijo Amali—, puesto que tú no eres la reina de Yafnapatam.

—¡Qué hombre mi hermano! —exclamó Mysora con un estremecimiento—. ¿Cómo habéis hecho para rescatar a Maduri?

—Con la astucia.

—¿Sin desafiar a mi hermano?

—He sido diez horas su prisionero.

—¿Y no te ha matado?

—Me había hecho ya arrojar a los cocodrilos para que me devorasen vivo cuando mis hombres, guiados por un valeroso europeo, llegaron a tiempo para salvarme.

—¡A qué atroz suplicio te había condenado! —exclamó la joven horrorizada.

—Y sin embargo, como ves, he vuelto vivo.

—Pero estás sitiado.

—¿Qué me importa? Mi roca es inexpugnable y destrozaré a mis sitiadores.

—¿Eres, pues, invencible?

—No temo a mis adversarios.

Mysora le miraba con admiración. Hubo entre ellos un corto silencio, y enseguida la joven repuso:

—Así, ¿continuaré siendo tu prisionera?

—Sí.

—¿Hasta cuándo?

—Hasta que haya labrado tu felicidad.

—¡Mi felicidad!

—Sin duda, aunque debiese entrar, a sangre y fuego en toda la isla de Ceilán y llevar la guerra hasta el Candy.

—¿Qué lenguaje es éste?

—El de un hombre que está dispuesto a echarlo todo a rodar para darle una corona a la más hermosa doncella de Ceilán —dijo Amali con ardiente pasión.

—¿Y quién es esa doncella? —inquirió My— sora, mientras toda ella se estremecía.

—¡Tú!

—¿Yo, Amali?

—Hace dos años, Mysora, que el rey de los pescadores de perlas, el hombre que tu hermano lanzó a la proscripción de las tierras que un día pertenecieron a sus mayores, piensa en ti constantemente y te ve todas las noches en sueños. El día que por vez primera apareciste en los bancos de Manaar, más bella que las perlas que se esconden bajo el agua, mi corazón recibió tal herida que no se ha vuelto a curar. Por ti olvidé el odio feroz que alimentaba contra tu familia; por ti he impuesto silencio al grito de venganza en que prorrumpía mi ánimo; por ti he colmado el abismo sangriento que nos separaba. Yo no soy, en el día de hoy, más que el rey de los pescadores de perlas, sin corona y sin Estado; mañana, en cambio, seré tan poderoso que haré estremecer toda la isla de Ceilán porque están a mí lado, dispuestos a vencer o morir, veinte mil hombres, los más bravos y valerosos corredores de los mares. Mías serán las costas cingalesas, mías las fabulosas riquezas sepultadas bajo los bancos de Manaar, mías las minas de oro y de diamantes de la isla, mío el mar que baña aquella tierra bendecida por Buda. Tendré un trono, súbditos, esclavos, poseeré riqueza, poder… y todo se lo rendiré a la más hermosa niña que haya nacido en el suelo cingalés. ¿Me has oído, Mysora?

La joven princesa, aturdida con aquel torbellino de promesas pronunciadas por un hombre que sabía que era capaz de mantenerlas y lleva a cabo, quedó triste, mirándole con creciente admiración.

—¡Un trono para mí! —dijo finalmente—. Pero yo no te he dicho nunca que te amara.

—No, pero lo he adivinado en tus miradas. Un día puedes haberme odiado, más aún, despreciado como un pirata, como un aventurero sediento de odio; hoy, ya no me odias. Dímelo, Mysora.

Un profundo suspiro fue la respuesta.

—Si yo te diese un trono, ¿lo aceptarías?

—Veo en tus ojos una triste llama, Amali. Piensas en la venganza.

—¿En cuál?

—No perdonarás nunca a mi hermano haber hecho matar al tuyo.

—He preguntado si el corazón de Mysora palpita por mí o por otro. Había entre los dos el príncipe de Manaar.

—No le amé nunca —respondió la joven—. Le había concedido amistad, pero nada más.

Amali no pudo reprimir un grito de alegría.

—Ahora estoy cierto de que me amas —dijo.

—No te lo he dicho aún.

—Te has descubierto tú misma.

—Está aún abierto el abismo entre nosotros y no se cerrará hasta que hayas matado a mi hermano.

—La venganza puede ser menos cruel de lo que tú supones —dijo Amali.

—Entonces, ¿cuál es el reino que quieres conquistar?

—Te lo diré el día que pueda poner a tus pies la corona.

—¿El de tus abuelos?

—Ceilán es grande —dijo Amali evasivamente.

Mysora se acercó al rey de los pescadores de perlas y colocándole sus menudas manos sobre los hombros, le dijo con voz dulce:

—Un día te odié, después te compadecí, finalmente te he admirado por tu valor y por tu generosidad, y ahora, ¡te amo!

—¡Ah, Mysora!

—Pero debes hacerme un juramento.

—El rey de los pescadores de perlas no puede rehusar nada a la dueña de su corazón.

—Yo no sé qué reino es el que vayas a conquistar, y sin embargo, tengo miedo de adivinarlo. Suceda lo que suceda, júrame por la memoria de tu hermano que respetarás la vida del mío. Me ha abandonado, mientras habría podido devolverme la libertad entregándote a Maduri, dando con ello una prueba de crueldad que horroriza, porque sabía que me amenazaba la muerte. Pero, yo soy siempre su hermana.

—Te lo juro, Mysora.

—He aquí un poderío que pagaré caro. Causará la destrucción del poderío de mis padres. Muy triste será el día en que sea arriada por siempre la bandera de mi familia que hace doscientos años se alzaba en las murallas de Yafnapatam.

Rodaron dos lágrimas por las mejillas de la joven.

—Mysora —dijo Amali—; esa bandera ondeará siempre al lado de otra, que por espacio de cuatrocientos años mostró sus colores al sol y al viento.

—La tuya.

Un estruendo ensordecedor, que conmovió las macizas murallas del palacio sofocó su voz.

Amali se acercó a la ventana desde la cual se dominaba vasta extensión de mar.

Había alboreado y las galeazas de Manaar y de Yafnapatam habían empezado el bombardeo de la isla, haciendo fuego con las espingardas.

Todos los hombres de Amali habían acudido a sus puestos, decididos a responder vigorosamente.

—Se aprestan para el asalto —dijo el rey de los pescadores de perlas.

—¿Conseguirán apoderarse de tu roca? —preguntó Mysora con ansiedad.

—No hay ningún peligro.

—No seas cruel con los hombres de mi raza.

—No, porque lo son también de la mía: pero debo defenderme, y lo haré.

—¿Qué quieren? ¿Nos buscan a ti o a mí?

—A los dos; a ti, para devolverte a Yafnapatam, a mí, para matarme y llevarle mi cabeza a tu hermano.

—¡Oh, no! ¡No! ¡Matarte! ¡No ahora!

—No tendrán ni el uno ni el otro. Adiós Mysora; voy a guiar a mis hombres.

Los espingardazos se sucedían sin interrupción. Desde el mar y desde el escollo respondían con supremo vigor, sin economizar proyectiles.

Amali, viendo a Juan Baret detrás de un terraplén en el cual estaban emplazadas cuatro de las más gruesas espingardas, se aproximó a él, y le dijo:

—Compartiremos valerosamente, amigo mío, porque ya desde ahora creo asegurada mi felicidad. Pronto caerá en mis manos un trono y juntamente con él la mujer más hermosa de Ceilán. ¿Qué podía desear más el rey de los pescadores de perlas?

—¿Conque Mysora…? —preguntó el francés.

—Será un día mi esposa —dijo Amali radiante.

—¿Y cómo resolveréis la cuestión de su hermano? ¡Castigarle a él y casarse con su hermana! La cosa resulta algo difícil, ya que supongo le quitaréis la vida para vengar la muerte de vuestro hermano.

—¿No os parece que arrebatarle el poder y reducirlo a polvo es un castigo suficiente para un hombre que antes era tan poderoso que se hacía obedecer por doscientos mil súbditos con un solo gesto?

—¿Le perdonaréis la vida?

—Sí, por Mysora.

—Más vale así; mostrándoos generoso, ganaréis, y obtendréis la admiración aun de sus propios partidarios.

—¡Oh! ¡Tiene pocos! Su crueldad le ha hecho perder todas las simpatías. ¿Cómo va el asalto?

—Me parece que los cingaleses no tienen ninguna intención de marcharse. Dan muestras de un valor insólito.

—Se les obliga.

—¿Por qué, Amali?

—He sabido que el maharajá ha jurado hacer degollar a todos capitanes de las galeazas si no regresan vencedores.

—No se anda con, bromas el maharajá.

—Mantendrá su palabra, Juan Baret. Conozco la crueldad de ese hombre.

—Se romperán, inútilmente la cabeza contra estos escollos. Son diez veces más numerosos que nuestros hombres, y sin embargo, no lograrán asentar su planta en el arrecife. Es una roca verdaderamente inaccesible.

—Y bien, armada.

—Y vuestros hombres tiran bien, mi querido Amali. Ya han echado a pique otra galeaza, al hacer la primera descarga. Vamos a tirar nosotros. Conozco las espingardas y sé manejarlas.

—¿Qué es lo que no sabéis hacer?

—Un aventurero debe saber manejar todas las armas de fuego —contestó Juan Baret—. Disparemos algunos cañonazos también nosotros.

Las galeazas del maharajá de Yafnapatam y las del príncipe de Manaar respondían vigorosamente a las espingardas del rey de los pescadores de perlas, derribando las obras de defensa y tratando de lanzar balas contra el palacio.

Habían rodeado el arrecife, en los sitios que ofrecían menos blanco y disparaban bravamente para poder batir todos los terraplenes. Algunas, como sí adivinaran que detrás de los escollos debía haber alguna abertura o algún aproche se habían adelantado en aquella dirección, desembarcando marineros en medio de los bancos.

Eran las galeazas de mayor porte y mejor armadas, provistas cada una de dos espingardas y tripuladas por cuarenta marineros.

—Tratan de descubrir la caverna —dijo Amali, que seguía atentamente sus movimientos.

—¿Y si la encuentran?

—No me importaría mucho —respondió Amali—. La abertura que lleva a la galería está cerrada por una puerta de enorme espesor y, además, ya ha sido retirada la escala.

—Podrían encontrar el «Bangalore».

—Está muy bien oculto en una caverna lateral, y además, Durga ha cerrado la entrada con una empalizada de madera de teck, que ninguna espingarda es capaz de derribar.

—¿Y las minas?

—¡Las minas! ¡Es verdad! ¡No había pensado en ello!

—Vamos a desembarazarnos de esos marineros antes de que consigan descubrir la entrada de la gruta.

Hizo sonar un silbato y a esta señal acudieron cuarenta o cincuenta hombres a quienes dio orden de bajar hasta donde lo permitieran las paredes rapidísimas del arrecife, y atacasen a los hombres que habían desembarcado.

Entretanto, las cuatro gruesas espingardas del terraplén hacían fuego sin cesar contra las galeazas, que respondían golpe por golpe, disparando especialmente contra los pescadores de perlas que descendían por las rocas.

Otras galeazas fueron llamadas por los capitanes de aquellas que intentaban internarse por los escollos.

Amali, en vista del peligro, llamó nuevos refuerzos e hizo traer otras espingardas a fin de que su batería no fuese desmontada.

Ya se habían reunido diez galeazas y seguían desembarcando combatientes que cambiaban balazos con los de Amali, parapetados detrás de las rocas y en las numerosas hendeduras de aquella parte del escollo.

—Intentaban el asalto —dijo Juan Baret a Amali—. Y en verdad, debajo de nosotros las rocas bajan con menos rapidez y hombres ágiles y resueltos podrían escalarlas.

—La subida será dura y costará mucha sangre a los cingaleses —respondió Amali—. No tengo ninguna inquietud.

Las tripulaciones desembarcaban con rapidez, agolpándose sobre los escollos. Pasando de barco en barco, no obstante el incesante fuego de las espingardas y de las carabinas de los pescadores, llegaron delante de las rocas, pero como habían varado a babor, no habían descubierto aún la entrada de la caverna.

Viendo que los cingaleses empezaban a encaramarse, acudieron todos los hombres disponibles de Amali, arrojando sobre los asaltantes enormes peñascos, las cuales saltando y resbalando, causaban terribles estragos.

La batalla se hacía horrible, sangrienta. Los enemigos, con valor insólito, resistían tenazmente, tratando de llegar a las primeras mesetas, pero sólo conseguían ganar algunos metros con pérdidas enormes.

Numerosos cadáveres caían pesadamente sobre los escollos, y muchos heridos bajaban, gritando espantosamente.

Por todas partes acudían las galeazas para sostener el ataque. Caía una granizada de balas sobre las rocas, matando a muchos pescadores.

Amali, y Juan Baret, que no habían abandonado el terraplén, animaban a la gente con sus voces; habían empuñado las carabinas y disparaban sin descanso, derribando a cada tiro a un adversario.

Nuevos socorros acudían para sostener a los asaltantes, que parecían incrustados en las rocas. Todos los escollos y bancos estaban llenos, pues de las galeazas continuaban desembarcando hombres, resueltos a intentar un supremo esfuerzo.

Había ya quinientos o seiscientos reunidos al pie del arrecife y el número iba en constante aumento.

—Eso es una marea —dijo Juan Baret.

—Que sólo avanza con gran precaución —añadió Amali, el cual conservaba una serenidad que el mismo francés envidiaba.

—Pero que aumenta siempre.

—¡Oh! No me arrebatarán a Mysora, aunque deba hacer volar el palacio, con ella y conmigo.

—¡No han saltado aún los cingaleses! —Tampoco desespero de rechazarlos. Antes de que consigan llegar aquí, habremos hecho una espantosa matanza. ¡Ánimo! ¡Valor, pescadores! ¡Demostrémosles que somos invencibles!

Los hombres de Amali, aventureros prestos a todo, crecidos entre los peligros y las batallas, no se descorazonaban; parecían infatigables. Disparadas las espingardas, tiraban con fusiles, enseguida despeñaban rocas volvían luego a hacer fuego, y corrían allí donde parecía mayor el peligro, desafiando impávidos las balas de los enemigos.

También éstos resistan con admirable tenacidad. Habiéndose encaramado hasta algunas grietas, se habían metido dentro para trepar más segura y rápidamente, pero cada peñasco que se precipitaba desde arriba abría un surco sangriento y caían en gran número muertos y heridos en los escollos de abajo.

A todo esto, el peligro que corrían los pescadores de Amali era grave teniendo que luchar con fuerzas diez veces superiores y contra doble número de bocas de fuego, que causaban pérdidas gravísimas entre los defensores.

La batalla había llegado a su punto culminante cuando Amali, mirando al mar, divisó en lontananza gran número de puntos negros que al parecer se dirigían hacia la roca. Eran tantos que aparecía cubierto por ellos un inmenso espacio de mar.

—¡Juan Baret! —exclamó—. ¿Veis?

—Sí, veo —respondió el francés—. Son barcas o galeazas que avanzan. ¿Quién puede haber reunido una flota tan numerosa? ¿Habrá el maharajá de Yafnapatam concertado alianza con algún otro príncipe?

—No son galeazas; son barcas.

—Que irán tripuladas por amigos o por enemigos.

—Me parece que vienen de los bancos de Manaar.

—¿Entonces son…?

—¡Los pescadores de perlas que acuden en defensa de su rey! —gritó Amali—. Han oído el cañoneo y han dejado los bancos.

—¡Son millares de barcas!

—Sí, Juan Baret. ¡Han acudido todos! ¡Valor, mis leales! ¡Vuestros compañeros van a llegar! ¡La victoria es segura!

Inmediatamente corrió la voz entre los sitiados. Viendo aquellos puntos negros agrandarse rápidamente habían recobrado valor y aliento, rechazando furiosamente a los cingaleses que estaban ya para sentar el pie en los primeros peldaños del islote.

También lo habían advertido los sitiadores y se habían notado una viva agitación en las galeazas.

Los capitanes discutían animadamente no sabiendo si las barcas estaban tripuladas por enemigos o por amigos enviados por el maharajá.

Los cingaleses que habían desembarcado, en la duda de hallarse entre dos fuegos, habían cesado en el ataque, mirando temeroso hacia el mar.

Entretanto, se acercaban las barcas a fuerza de remos. Oíanse los clamores guerreros de los pescadores.

—¿Cuántos eran? Muchos, sin duda; millares, porque las barcas parecían que aumentaban siempre, y cada una se veía llena de hombres.

Cuando las primeras llegaron al alcance de la voz, se levantó un grito altísimo entre las tripulaciones.

—¡Viva el rey de los pescadores de perlas!

En, seguida resonaron nutridas descargas de mosquetería, enfilando a las galeazas del maharajá y del adjunto príncipe de Manaar, mientras los hombres de Amali redoblaban el fuego de las espingardas.

Los cingaleses, viéndose cogidos entre dos fuegos, bajaron precipitadamente de las rocas y se arrojaron sin concierto sobre los bancos, agolpándose alrededor de las galeazas.

—¡Alto el fuego! —gritó Amali—. ¡No quiero tirar sobre mis futuros súbditos!

—¡Siempre generoso este hombre! —murmuró Juan Baret, que sentía aumentar su admiración hacia aquel valiente.

Las espingardas cesaron de tronar y ya no fueron precipitadas más rocas, pero los pescadores continuaban disparando como locos, entre clamores feroces y ensordecedores.

Los cingaleses se aprovecharon de aquella tregua concedida por los defensores del islote para embarcarse apresuradamente.

Alejáronse de los escollos, protegiendo su retirada con algunos espingardazos, que echaron a pique algunas barcas, y huyeron rápidamente hacia la costa cingalesa, harto contentos por no haberse dejado exterminar.

Los pescadores de perlas no se tomaron siquiera la molestia de perseguirles. Fondearon alrededor de los escollos y lanzaron tres gritos formidables:

—¡Viva el rey de los pescadores de perlas!

—¡Viva nuestro soberano!

—¡Viva!

19. A la conquista de un reino

Tan numerosa era la flota reunida por los pescadores de perlas que sorprendió al mismo Amali, el cual no creía contar con tantos partidarios, diseminados en los bancos de Manaar.

Componíase de mil doscientas barcas de más o menos porte, montadas por dieciséis mil pescadores, en parte cingaleses o indios del Maharajá y del Coromandel, magníficamente armados y bien organizados.

Ya la noticia de que su rey estaba a punto de declarar la guerra al feroz maharajá de Yafnapatam para reconquistar el trono de sus abuelos, se había esparcido entre ellos, y se habían apresurado a armarse para estar prontos a la menor señal.

Al oír tronar las espingardas en el arrecife se imaginaron que el maharajá había intentado un golpe de mano contra el temido rival y habían abandonado sin más ni más los bancos, para volar en defensa de su señor y de su roca.

Como hemos visto, habían llegado en buena ocasión, cuando ya los cingaleses de Yafnapatam habían podido sentar el pie en la roca, hasta entonces inaccesible, amenazando con subir hasta arriba y aplastar con su número el de sus pocos defensores.

Amali había enviado a Durga a la caverna, después de haber hecho armar una de las chalupas que tenía de reserva en el corredor, para invitar a los principales jefes de los pescadores a subir, para darles a conocer sus proyectos, y había ordenado sepultar los numerosos cadáveres que yacían en el arrecife.

Un cuarto de hora después, recibía en el gran salón del piso principal de su palacio a los más influyentes jefes de los pescadores, hombres de valor a toda prueba, y que, antes que los otros, habían abrazado su partido.

—Amigos —dijo Amali—; os agradezco ante todo vuestro inesperado auxilio, que me ha permitido rechazar la invasión, cuando ya la pérdida de mi roca parecía casi segura.

—No hemos hecho más que cumplir con nuestro deber —contestó el más viejo de los jefes—. Apenas oímos el cañoneo partimos sin dilación, sin exceptuar a nadie, para defender a nuestro rey. Os pido ahora en nombre de mis compañeros, que obréis sin pérdida de tiempo y aprovechemos la derrota de la escuadra para realizar nuestros proyectos.

—Es lo que haremos —declaró Amali—. Ya ahora no hay ningún obstáculo que nos impida declarar la guerra al maharajá, porque Maduri está en mis manos.

—Lo supimos por algunos cingaleses del maharajá. ¿Cuándo partimos?

—He dado ya orden a Durga de que prepare mi «Bangalore». Os precederé, con buen grupo de gente mía, y desembarcaremos en Abaltor, esperando vuestra llegada. ¿Vais armados todos?

—Cada uno tiene su carabina y su cimitarra; además, tenemos doscientas barcas cargadas de municiones.

—¿Estabais advertidos de hallaros prontos?

—Sí, por tus emisarios, que llegaron ayer por la mañana.

—¿Y los ingleses?

—El nuevo estacionario, viéndonos abandonar los bancos e imaginándose que partíamos para la guerra, procuró entretenernos, pero viéndonos resueltos y casi amenazadores nos ha dejado el paso libre. Si hubiese insistido le habríamos abordado y echado a pique —dijo el jefe de pescadores—. Señaladnos ahora un punto de concentración y nos reuniremos.

—Os he dicho que en Abaltor.

—Dentro de cuarenta y ocho horas estaremos todos allí. Auguramos la victoria a nuestro rey en espera de proclamarlo maharajá de Yafnapatam.

Los tres jefes se entretuvieron todavía un rato en discurrir acerca de sus futuros proyectos, trazando juntamente con Amali, el capitán Binda y Juan Baret un plan sumario de invasión, y luego se despidieron bajando a la caverna.

Poco después toda la flota de los pescadores se alejaba, saludando con agudos gritos a Amali, que había salido a la batería de las espingardas gruesas para verlos partir.

—¿Qué decís de esos hombres? —preguntó a Juan Baret, cuando los gritos se perdieron en la distancia.

—Digo que darán hilo a torcer a las tropas del maharajá —respondió el francés—. Son todos robustos mozos, bien equipados y llenos de entusiasmo.

—Les veréis cuando estén a prueba.

—No dudo de su valor.

—Vamos a saludar a Mysora y enseguida marcharemos. Nos adelantaremos a los pescadores y prepararemos el lugar de desembarco.

—¿Dejaréis aquí a la joven?

—Y a Maduri también; serían para nosotros harto embarazo.

—Maduri es joven, pero no un chiquillo, y haríais bien en indicarle en las cosas de la guerra. No; llevadlo con vos, Amali.

—Puesto que lo deseáis, que venga.

Entraron en el palacio y se hicieron anunciar a Mysora. La encontraron algo triste y preocupada. Ciertamente no había asistido con alegre ánimo a la derrota de los cingaleses, que, al fin y a la postre, eran en parte también, sus súbditos. Con todo, sonrió al francés, y le recibió con mucha cordialidad.

—Vamos a partir, Mysora —anunció Amali.

—¿Para conquistar el trono? —preguntó ella con melancólico acento.

—Es el destino que me impulsa.

—¿Y contra quién? Contra mi hermano; no, no lo niegues, Amali.

—Hace doscientos años que los míos viven, en, el destierro, añorando el perdido poderío.

—¿Y cómo podré ser yo la esposa del hombre que habrá destronado a mi familia? Tengo miedo, Amali, y rehúso la corona que me habías ofrecido. Pesaría demasiado sobre mi cabeza y costaría demasiada sangre.

—¿Te arrepentirías, Mysora, de cuanto me tienes prometido?

—Te amo, Amali, por haberte conocido leal, generoso y caballeresco, pero no podría ser tuya ciñendo tú la corona de mi hermano.

—Recuerda que sólo tú, siendo mía, podrás calmar el abismo de sangre que separa al rey de los pescadores de perlas del maharajá. Perdida tú, sería implacable en mi venganza.

Mysora guardó silencio. Había visto, sin embargo, brillar en los ojos de Amali un relámpago tan terrible, que toda ella se estremeció.

—Sería la muerte para mi hermano —murmuró al, cabo de algunos momentos—. Lo leo en tus miradas.

—No haría más que ejercer un derecho incontestable —dijo Amali.

—No lo niego.

—¿Y la corona que te he ofrecido te espanta?

—Sí, me da miedo. Dirían que me he declarado a favor de los enemigos de mi hermano y despreciarían a la futura reina de Yafnapatam.

—Me alegro de esta renuncia —dijo Amali.

Mysora, y también Juan Baret lo miraron con sorpresa.

—Mi hermano era el primogénito de la familia —explicó Amali—. Y como tal la sucesión le correspondía a él. Ha muerto y me ha dejado un hijo al que quiero entrañablemente, y también tú, Mysora, le quieres. Pues bien; para demostrarte el inmenso amor que por ti siento, le daré a él la corona, reservándome para mí la regencia. Ni yo seré maharajá ni tú reina. ¿Lo quieres, Mysora?

—Sí, Amali —respondió la joven sin vacilar—. Sacrifico también yo con alegría mi ambición.

—Júrame que serás mi esposa.

—Te lo juro por Buda y de todo corazón, porque mi mano salvará la vida del maharajá.

—El maharajá, aunque pierda el poder, vivirá rodeado de todos los esplendores de la vida, pequeño príncipe de un Estado que le concederemos bajo nuestra soberanía. No más crueldades. Bastantes ha cometido hasta ahora y quisiera que sus súbditos pudiesen vivir felices sin temblar. Tu mano, Mysora.

—Ahí la tienes, Amali.

El rey de los pescadores de perlas se quitó del dedo un anillo de oro con una soberbia perla negra, de inestimable valor, y se lo dio a la princesa, diciéndole:

—He ahí las arras. Sólo por la muerte se podrá faltar a la palabra. Juan Baret, partamos. Los pescadores de perlas están ya en camino para Ceilán.

Mysora había entregado su mano al rey de los pescadores de perlas. Estaba conmovida y tenía húmedos los ojos.

—¿No harás demasiados estragos? —le dijo.

—Seré generoso, te lo prometo.

—¡Triste destino!

—¡Estaba escrito! —dijo Amali.

—Mi hermano…

—Te lo traeré aquí, salvo. Adiós, y ruega a Buda que la suerte de la guerra respete a aquel que te hará feliz.

El rey de los pescadores, más emocionado de lo que quería demostrar, salió rápidamente seguido de Juan Baret, y se dirigió a la galería.

El «Bangalore» estaba atracado junto a la escala y su cubierta estaba atestada de marineros.

Durga le esperaba al pie de la escala.

—¿Cuántos somos? —preguntó Amali.

—Ochenta, patrón.

—¿Cuántos has dejado de guardia en la roca?

—Cuarenta.

—Son suficientes; la flota no volverá por aquí, pues harto trabajo tendrá en defender las costas de Yafnapatam.

El «Bangalore» levó anclas y salió de la caverna, izada en el palo de mesana la antigua bandera de maharajá: tres perlas azules en campo blanco.

Cruzó fácilmente por entre los escollos y salió al mar, saludado por una salva por los hombres que habían quedado de guardia en la roca.

Apenas fuera, Amali levantó los ojos hacia su palacio y apareció Mysora en una de las barandas.

—¡Pobre niña! —dijo—. ¡Cómo sufre pensando que voy a la destrucción de su reino! Pero se me ocurre una duda atroz.

—¿Qué es? —preguntó Juan Baret.

—Que haya consentido en ser mi esposa, no ya por amor, sino para salvar la vida de su hermano.

—No lo creo —respondió el francés—. No dudo que sufra mucho al pensar en lo que vamos a emprender, pero no estoy convencido de que os ame. Esa muchacha debe ser leal.

—Así quiero pensarlo, porque la herida sería muy terrible y entonces no respondería ya de la vida del maharajá.

—¿Y renunciaréis al trono sin pesar?

—Sí, Juan Baret. Mi ideal era reconquistar la corona de mis abuelos no para mí, sino para Maduri, que es el heredero legítimo. Yo gobernaré en su nombre hasta que haya llegado a la mayoría de edad, y entonces le entregaré el poder.

—¿Y al maharajá le daréis alguna provincia que gobernar?

—Sí, una de las menores, pero también muy cercana para vigilarlo estrechamente, aun cuando no pueda contar con muchos parciales ni sea de la madera de un guerrero.

—¿Encontraremos mucha resistencia?

—Lo espero. El maharajá cuenta entre sus tropas a muchos candianos, mercenarios que le son adictos y, por otra parte, se muestran bastante valerosos.

—Contamos con dieciséis mil hombres, fuerza respetable y que no retrocederá fácilmente —dijo Juan Baret.

—¡Oh! ¡Tengo completa confianza en mis pescadores de perlas! —añadió Amali—. Esos no cederán al ímpetu de los candianos y los súbditos del maharajá.

—¿Fondearemos en Abaltor?

—Sí; antes de medianoche.

—¿Encontraremos obstáculos?

—Es una aldea indefensa. Solamente dentro de tierra existe un fuerte de madera de teck que ocuparemos enseguida y nos servirá de base de operaciones. Lo asaltaremos esta misma noche, si el tiempo lo permite.

—¡El tiempo! —exclamó el francés.

—Sí; parece que quería cambiar —dijo Amali, que miraba hacía levante, donde se delineaba una nube de color oscuro.

—¿Va a desatarse algún huracán?

—En esta estación son frecuentes, a menudo terribles. Sin embargo, nos acercaremos por eso y aun nos aprovecharemos para sorprender el fuerte y adueñarnos de él. Ahora vamos a almorzar; el combate nos ha impedido probar bocado. Binda, Maduri, seguidme a mi cámara.

Cuando regresaron, a cubierta el cielo presentaba un aspecto amenazador. La nube oscura, ya señalada por Amali, se había elevado bastante y avanzaba impelida por un fuerte viento que se hacía cada vez más impetuoso.

También se había alterado el mar, y se formaban aquí y allá gruesas olas, que asaltaban poderosamente el «Bangalore», el cual cabeceaba vivamente.

—Se prepara una tormenta —dijo Juan Baret a Amali, que miraba siempre la nube negra, iluminada de vez en cuando por la luz de los relámpagos.

—Se está formando hacia poniente —agregó el rey de los pescadores de perlas—. Esta noche tendremos la mar alborotada.

—Los pescadores de perlas van a encontrar un gran peligro.

—Sus barcas, aunque no grandes, son fuertes y no temen las olas. Lo que hay es que tal vez lleguen con retardo.

—¿Y les esperaremos?

—Sí; en el fuerte.

—¿Queréis capturarlo?

—Persisto en mi idea.

—Lo tomaremos —dijo Juan Baret con su acostumbrada tranquilidad.

A las seis de la tarde el aspecto del mar era poco tranquilizador. Las olas se sucedían con ímpetu creciente, sacudiendo fuertemente al «Bangalore», mientras comenzaba a diluviar.

La costa de Ceilán no se hallaba entonces muy lejana y la nave, impelida por aquel fuerte viento corría con velocidad creciente.

Amali había empuñado el timón para dirigirla en persona.

A las diez, un punto luminoso que brillaba netamente entre aquellas espesas tinieblas le advirtió que estaba a la vista de la villa de Abaltor.

—Llegaremos antes de que estalle el huracán —dijo a Juan Baret q empezaba a sentirse inquieto por el furor de las olas.

—¿Dormirán todos en el pueblo?

—Sí; y eso valdrá más para nosotros. Podremos desembarcar sin vistos y marchar sobre el fuerte, sin que nadie dé la alarma.

—¿Y aquella luz?

—Es un faro para guiar a los pescadores que vienen de Mannar.

—¿Es seguro el puerto?

—Enteramente defendido de las olas.

—Así, nuestro «Bangalore» no tendrá nada que temer.

—Estará a cubierto de todo peligro.

—Deberemos, sin embargo, dejarle una tripulación numerosa para mantener a raya a la población de la villa.

—No será necesario, pues los habitantes son poco numerosos y casi carecen de armas. Serán bastantes diez hombres y las espingardas. Los otros vendrán, con nosotros a asaltar el fuerte.

El «Bangalore», impulsado por las olas y por el viento, se acercaba; a la costa, guiándose por el faro para embocar en el puerto.

Amali, que conocía aquella playa por haberla visitado muchas veces guiaba la nave con mano segura.

Antes de entrar en la bahía hizo dar dos bordadas al «Bangalore» para evitar ciertos bancos que se prolongaban delante de la costa, y luego, no obstante el ímpetu tremendo de las olas movióse hacia el faro, dando la vuelta a una pequeña península rocosa contra la cual se estrellaban las olas.

—¡Echad las anclas y recoged las velas! —mandó.

Detrás de aquel reparo reinaba cierta calma porque las olas no podían llegar hasta allí. Fueron echadas las anclas y retiradas las velas sobre cubierta en menos de medio minuto.

Amali se dirigió a proa para mirar el pueblo, compuesto por algunos grupos de cabañas y de tiendas.

—Todos duermen —dijo a Juan Baret—. No se ve ninguna luz.

—¿Desembarcamos enseguida? —preguntó el francés.

—Aprovechemos la oscuridad y la tormenta para atravesar el pueblo sin despertar alarmas.

Llamó a uno de los más viejos pescadores y le dio algunas instrucciones respecto a la nave, recomendándole no se dejase sorprender por las galeazas del maharajá que pudiesen comparecer ante la costa, y enviar a los pescadores de perlas al fuerte en cuanto llegasen, y dio enseguida orden de desembarcar.

Los setenta hombres designados para la expedición saltaron en la playa aprovechándose de un banco que se prolongaba hasta casi debajo de la proa del «Bangalore». Amali, Juan Baret, el capitán y Maduri bajaron los últimos.

La violencia del huracán iba en aumento.

Un primer rayo iluminó con lívida luz las demás nubes acumuladas en el cielo, alumbrando por algunos segundos la villeja, y siguió después un trueno horrísono, compuesto de fragores extraños y terribles.

Se estremeció la tierra, los árboles de la playa oscilaron bajo una ráfaga tremenda y la irresistible descarga del fluido, y luego todo volvió a quedar en silencio.

Fue un intervalo muy fugaz, sin embargo, pues aquellos fragores redoblaron pronto con un estruendo ensordecedor. Aquella formidable sinfonía de: los rayos que parecía instrumentada de una manera especial por el genio de las tempestades, por espacio de otros cinco minutos vibró, tronó, rugió, desencadenándose furiosa sobre el mar y el bosque, y luego, después de aquel salvaje preludio volvió por segunda vez el silencio.

—Aprovechemos estos momentos de calma para avanzar —dijo Amali.

Atravesaron el pueblo y se habían escondido en medio de los bosques, precedidos por un marinero que había vivido muchos años en aquellos lugares cuando Juan Baret cogió a Amali por un brazo y le dijo:

—¿Algún animal?

—No; era un hombre.

—¿Alguno de los pescadores del pueblo?

—Lo sospecho porque ninguno de los nuestros ha abandonado las filas.

—¿Dónde corría?

—Delante de nosotros.

—Tal vez sea algún guerrero del fuerte —dijo Amali—. Me pesaría no poder sorprender la guarnición. ¿Ha huido a través del bosque?

—Sí, Amali —respondió Juan Baret.

—Yo también le he visto —dijo Durga, que había oído las palabras del francés.

—Apresuremos la marcha: trataremos de darle alcance antes de llegue al fuerte.

La columna partió a la carrera, desfilando bajo aquellos inmensos árboles que la borrasca hacía doblar, retorciéndose y esparciendo, ramas.

En veinte minutos recorrieron dos millas, luchando con el vendaval, y enseguida el hombre que guiaba se detuvo bruscamente y dijo a Amali:

—El hombre blanco tenía razón al decirte que alguien nos precedido.

—¿Por qué?

—Veo hombres emboscados.

—Debe ser la guarnición del fuerte que nos sale al paso.

—Los atacaremos igualmente —añadió Juan Baret—. También nosotros formamos número.

—¿Son muchos? —preguntó Amali.

—No lo sé —respondió el marinero.

—Haremos lo posible para envolverlos.

Mientras los pescadores de perlas se disponían a dar batalla, la tempestad volvía a enfurecerse.

A la luz de un relámpago, Amali y Juan Baret habían divisado en medio de los árboles un grupo compacto de hombres semidesnudos, una especie de muralla viviente, formando un círculo amenazador y erizado de lanzas llameantes bajo los relámpagos.

Estaba allí en espera, pronto a lanzarse al ataque.

Los pescadores de perlas habían cargado precipitadamente sus carabinas, disponiéndose en dos columnas.

Siguió un momento de calma, como una pausa entre dos rayos y bramido ensordecedor de los truenos, durante los cuales los pescadores y los cingaleses permanecieron compactos, con las armas apuntadas, y seguida hicieron inesperadamente una descarga, acompañada de espantosos rugidos y seguida de imprecaciones de rabia, de angustia y de desesperación, que contrastaban extrañamente con la voz formidable de tempestad.

Pescadores y cingaleses se habían, lanzado unos contra otros, atacándose con las lanzas, las cimitarras y los fusiles.

En medio del huracán y de la oscuridad de la noche, y bajo el agua que caía a torrentes, luchaban con furor.

Pero aquello era una lucha de pigmeos en comparación con la batalla que se libraba en las nubes entre rayos y truenos. ¿Qué analogía establece entre aquellos seres infinitamente pequeños y la indescriptible convulsión de la naturaleza?

De vez en cuando, cuando la gran voz de los rayos callaba, cuando cesaba el centellear de las nubes, cruzaban las tinieblas surcos de luz sucedían disparos al rugido del huracán.

Eran las carabinas de los pescadores de perlas que lanzaban como una nota de fósforo en medio de los fragores de una orquesta de colores:

Amali y Juan Baret, a la cabeza de su gente, combatían con rabia extrema. Se habían lanzado primeramente contra la muralla humana formad por los cingaleses, y luego habían penetrado en ella como una cuña en el árbol, derribándolo todo a su paso.

Los pescadores les habían seguido, disparando sobre ellos a quemarropa, dispersando las filas, y luego habían empuñado las cimitarras, entablando una lucha cuerpo a cuerpo.

Aquella lucha entre el desencadenamiento de los elementos, a la luz de los relámpagos, en medio de aquel diluvio de agua, tenía algo de horrible, de infernal.

No duró más que diez minutos; después la muralla humana cedió en varios puntos, y por fin se rompió bajo el impetuoso ataque de los pescadores de perlas.

Un clamor ensordecedor, salvaje, que competía con los truenos, retumbó por el sombrío bosque. Era un clamor de victoria.

Los cingaleses huían velozmente por en medio de los charcos, dispersándose por el bosque como una manada de ciervos espantados, dejando en pos de sí numerosos cadáveres y heridos.

Los pescadores, enardecidos por la resistencia opuesta y por las pérdidas experimentadas, estaban para arrojarse sobre los últimos y rematarlos, pero Amali, siempre generoso, había mandado con voz amenazadora:

—¡Ay del que toque a ningún herido! ¡Dejadles que se retiren, como puedan, al poblado!

—¡Qué batida! —dijo Juan Baret, que había salido de la brega sólo con algunos ligeros rasguños—. Es horrible la batalla de día, pero de noche, en medio de huracán, es cien veces más espantosa. ¿Cuántos hombres hemos perdido?

—Dieciséis, señor —respondió Durga, que había pasado lista rápidamente.

—Quedan bastantes para asaltar el fuerte —dijo Amali—. No hallaremos mucha resistencia ahora, pues la guarnición ha sufrido ya la primera derrota.

—¿Vamos a atacar enseguida?

—Sí, Juan Baret. Aprovechemos el entusiasmo de nuestros hombres y el pánico que reinará entre los cingaleses.

—¡Adelante! —mandó el francés—. ¡A la otra batalla ahora!

20. La conquista del fuerte

El huracán había ido amainando, porque si en aquellas regiones ecuatoriales las tempestades adquieren una terrible intensidad, de que no tenemos la más remota idea, en cambio son de muy corta duración.

Pero seguía soplando el viento con extremada violencia; retorcía las copas de los árboles y aullaba siniestramente, causando no pocas inquietudes a Amali y a Juan Baret, al pensar en los pescadores de perlas debían reunirse en el poblado.

—Con la borrasca que reina en el mar, no podrán acercarse, —dijo el francés—. Este viento debe levantar olas monstruosas.

—Habrán ido a refugiarse en alguna bahía de la costa —respondió Amali—. Sus barcas no podrían resistir a tanta furia.

—Peor sería aún que la flota se hubiese dispersado.

—Todos conocen la bahía de Abaltor, y quien antes, quien después todos arribarán.

—¿Y si tardasen mucho, y entretanto nos asaltasen las tropas del maharajá?

—No tenemos que temerlas una vez dentro del fuerte —respondió el rey de los pescadores de perlas—. Sé que es sólido y posee espingardas.

—Las van a emplear contra nosotros.

—De noche se dispara mal, Juan Baret, y además, se me ocurre una idea.

—¿Cuál?

—Abrir una brecha con una buena mina. He hecho traer por hombres cuarenta libras de pólvora inglesa.

—¡Pero si yo entiendo mucho en minas! —dijo el francés—. Yo seré quien las prepare.

—Veamos antes si habrá necesidad —respondió Amali—. Tal vez cingaleses capitulen sin resistencia.

—¿Serán cingaleses? Han resistido mucho.

—No: deben ser candianos.

—Entonces es otra cosa, y será necesaria la mina.

Entretanto los pescadores de perlas, precedidos siempre por el guía avanzaban a través del bosque, llevando la llave de las carabinas encendida bajo la faja para que no se humedeciesen los pistones.

Aquellos hombres, tan impetuoso en el ataque, avanzaban con prudencia temiendo una nueva sorpresa en la oscuridad de la noche.

Descubierto un, sendero que supusieron conducía al fuerte, se adentraron por él, marchando de dos en dos, entre dos murallas de verde que no permitían desviarse.

No se habían engañado en sus previsiones, porque al cabo de oí milla se encontraron casi de manos a boca delante de un recinto formado por troncos de teck y rodeado de un profundo foso lleno de plantas espinosas, obstáculo casi insuperable para los pies desnudos de los isleños.

Levantábase sobre una explanada, y en ella, sobre una especie de terraplén, de manera que podía dominar todo el bosque que le rodeaba Además, en el interior se veían algunas construcciones, cabañas o chozas unas al lado de otras.

—El fuerte es más sólido de lo que yo suponía —dijo Juan Baret, que lo había visto todo, a la luz de un relámpago—. Trabajo nos va costar derribar esos troncos tan duros que resisten aún a los cañonazos.

—Sí; es sólido y está bien situado —añadió Amali—: ¿Habéis visto centinelas en los adarves?

—Dos hombres armados de lanzas y una espingarda. ¿Queréis tomarlo por asalto? Vuestros hombres no lograrán pasar el foso sin herirse cruelmente los pies.

—Y sin embargo, tenemos que tomarlo antes de que lleguen refuerzos de Yafnapatam.

—Si esa es vuestra opinión, querido Amali, estoy pronto a dar el asalto. Voy bien calzado.

—Alguien habrá sido enviado a avisar al maharajá de nuestro desembarco, y pronto llegarán tropas de Yafnapatam. Si no nos encuentran en el fuerte, nos buscarán por mar, antes tal vez de que lleguen los pescadores de perlas.

—Tratemos de avanzar.

—Cuidado, Juan Baret. He visto muchos hombres en el adarve. Ya han advertido que vamos a asaltarles.

Apenas acababa Amali de pronunciar estas palabras, cuando brilló una llamarada sobre un terraplén, seguida de un disparo.

Oyóse en los aires un sordo rumor, y luego pasó una bala entre los pescadores de perlas, derribando a uno.

No era ya posible engañarse ante la demostración belicosa de los hombres que ocupaban, el fuerte. Aunque hubiesen sufrido una sangrienta derrota, se proponían continuar la lucha, contando con la solidez del recinto.

Aquella fortaleza, que no hubiera resistido dos horas a la artillería de los europeos, era un obstáculo asaz duro para los pescadores de perlas, que no disponían de ninguna boca de fuego de regular calibre.

—Hemos hecho mal en no traernos las espingardas del «Bangalore» —dijo Juan Baret—. Esto nos hubiera proporcionado alguna ventaja.

—Son muy necesarias para la defensa de nuestra nave —respondió Amali—. ¿Cómo podrían nuestros marineros rechazar el ataque de las galeazas del maharajá?

—Esos fosos me inquietan.

—Pasaremos sobre los espinos —dijo Amali.

—¿De qué manera?

—Cubriéndolos con leña; aquí no faltan ramas, y el viento ha derribado tantas que no será necesario cortarlas.

—¿Y la brecha?

—La abriremos con, una mina.

—Dame veinte libras de pólvora y respondo de todo.

—Dejad que os acompañen algunos de mis hombres. Os podrían matar.

—¿Con esta oscuridad? ¡Ah! ¡Bah!

El francés, que era terco como una mula, a despecho de las exhortaciones de Amali le hizo entregar un saco de pólvora y una mecha bastante larga, y echándose en el suelo desapareció en dirección al fuerte.

Los pescadores de perlas, mientras tanto, protegidos por los enormes troncos del bosque, recogían, ramas, que luego fueron atadas en forma de fajinas, para sufrir los espinos del foso.

Los cingaleses, de vez en cuando, disparaban un espingardazo, derribando algún árbol, y daban la señal de alarma.

No había transcurrido media hora cuando Amali vio regresar a Baret, lleno de fango hasta la cabeza.

—La mecha arde —dijo—. He excavado la mina en el foso, cerca de la empalizada, sin que los sitiados lo hayan advertido.

—Gracias, Juan Baret.

—Silencio, preparémonos para el asalto.

—¿Cederá el recinto?

—¡Con aquella mina! Volará, y tendremos una brecha de muchos metros.

Apenas los pescadores de perlas habían formado en columna, llevando una fajina cada uno, cuando un vivido relámpago rasgó las tinieblas acompañado del estruendo de una explosión y de gritos de espanto.

—¡Al asalto! —gritaron Amali, Juan Baret, Durga y el capitán Binda.

Estrecharon en medio a Maduri, que había empuñado una cimitarra y se lanzaron a la muralla.

Los pescadores de perlas salvaron el foso en un abrir y cerrar de ojos, y luego, viendo ante sí una brecha de muchos metros de ancho, se arrojaron dentro con una arrancada formidable.

Nada pudo resistir a su ímpetu. Los cingaleses opusieron una breve resistencia, y huyendo hacia las cabañas y bajo las tiendas se arrojaron por la muralla, buscando la salvación en el bosque.

Los pescadores de perlas les persiguieron encarnizadamente, matándoles a golpes de cimitarra o a culatazos, antes de que Amali hubiera podido detenerlos.

El estrago fue completo. Los que no habían tenido tiempo de huir caían degollados por las anchas facas de los pescadores.

Juan Baret estaba por arrojarse entre aquellos demonios para salvar aún a algún sitiado, cuando resonaron en medio de los bosques feroces aullidos, acompañados de disparos.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

—¡Nos asaltan ahora a nosotros! —gritó Amali—. ¡Reparar enseguida la brecha! ¡A las espingardas los artilleros!

Una terrible horda de cingaleses, atraída tal vez por los disparos o avisada por algunos emisarios del desembarco de los pescadores, avanzaban a la carrera, lanzando espantosos aullidos.

Los sitiadores, convertidos de pronto en sitiados, apenas habían tenido tiempo de correr hacia los terraplenes y agolparse detrás de la brecha.

Una nutrida descarga detuvo de pronto la embestida de los asaltantes que, vueltos más circunspectos después de aquella brutal acogida, se separaron prontamente bajo el bosque, sin cesar de aullar y de hacer fuego.

—¡No me esperaba ésta! —exclamó Juan Baret, que no podía volver de su sorpresa.

—¡Tomar por asalto un fuerte y quedar luego sitiado! ¡Esto es gordo!

—Rigores de la guerra —respondió Amali, que trataba de evaluar el número de los asaltantes.

—¿Y nos dejaremos bloquear?

—Hasta que lleguen los pescadores de perlas. Me parece que la partida es muy numerosa, mientras que la nuestra, en estos dos combates ha quedado bastante mermada. Durga me ha dicho que hemos perdido otros doce hombres y hay otros tantos heridos.

—Así, no somos más que unos cincuenta.

—Si llegan, Juan Baret.

—¡Lindo negocio! Reparemos pronto la brecha y arreglemos las fajinas antes de que los asaltantes adviertan que pueden pasar.

—Ya mis hombres han puesto manos a la obra —respondió Amali.

—Veamos ahora de cuántas bocas de fuego disponían los cingaleses, y si han dejado víveres.

—Cuatro espingardas; en cuanto a municiones de boca, nada; ni siquiera un plátano. Se ve que estos días el fuerte no había sido aprovisionado.

—Si el asedio debiese prolongarse, nos encontraríamos en situación crítica —dijo el francés—. ¡Y no cesa el huracán!

—Este viento es el que me da que pensar —dijo Amali—. Si el mar no se calma, los pescadores de perlas no dejarán sus refugios.

—Hagamos callar al estómago entretanto, y armémonos de paciencia —concluyó el francés.

21. El ataque de los cingaleses

Los pescadores se habían puesto a la tarea con grande energía para reparar los estragos producidos por la mina, que eran graves, pues la explosión derribó veinte metros de empalizada.

Mientras algunos hacían fuego con las espingardas, respondiendo a los tiros de fusil de los sitiadores, los otros habían retirado las fajinas, y luego habían cavado un segundo foso para levantar las estacas abatidas.

Por la mañana el fuerte había recobrado su primer aspecto y se encontraba en condiciones de rechazar un asalto.

Los cingaleses, por su parte, no habían perdido inútilmente el tiempo. Habían cavado numerosas zanjas y levantado trincheras alrededor del fuerte, resueltos, a lo que parecía, a estrechar el sitio e impedir que efectuasen salidas para aprovisionarse o regresar a la costa.

Eran un millar por lo menos, parte armados de fusiles y parte de armas blancas; número harto enorme para decidir a los pescadores de perlas a intentar abrirse paso.

—Esto se pone feo —dijo Juan Baret, que vigilaba a los artilleros de las espingardas—. Mejor hubiéramos hecho en quedarnos en el poblado; pero ya que es demasiado tarde para remediarlo, tratemos de resistir hasta que lleguen los pescadores de perlas. Este huracán no durará un mes.

Los marineros del «Bangalore» no escatimaban las municiones. Cuando veían aparecer algún grupo de cingaleses, disparaban espingardazos y tiros de carabina con tal prodigalidad que obligaron al prudente francés a refrenarlos.

—Si seguimos así, vamos a quedarnos sin municiones —dijo—. Dejemos que disparen los cingaleses; nuestro recinto es bastante para defendernos.

Durante aquella primera jornada, nada hicieron los sitiadores para adueñarse del fuerte. Probablemente habían sabido por algún fugitivo que las cabañas estaban vacías de víveres y esperaban que el hambre debilitase a la guarnición, antes de dar el asalto.

Todos estaban preocupados en el fuerte, especialmente Amali y. Baret, porque el viento huracanado soplaba aún con tal furia que derribaba los árboles.

El mar debía estar agitadísimo, haciendo imposible el desembarco los pescadores de perlas.

Aquel día, la desdichada hueste de Amali se alimentó con un poco de harina de sagú encontrada dentro de una olla y amasada con agua apenas dos bocados por cabeza. Cinco panes encontrados en una cabaña fueron, reservados para Maduri, aun cuando éste los hubiese rehusado resueltamente.

Por la noche fueron colocados numerosos centinelas en la mural temiéndose una sorpresa por parte de los sitiadores; éstos, a su vez mantenían en la mayor calma, y apenas dispararon alguno que otro tiro.

—Creen que nos podrán coger sin perder un solo hombre —de Juan Baret a Amali—. ¡El hambre será suficiente!

—No nos rendiremos nunca —contestaba Amali con resolución—. Prefiero pegar fuego al fuerte y caer envuelto entre las ruinas.

—Es un fin muy feo, que no anhelo. ¡No soy en modo alguno una salamandra!

—Intentaremos una salida.

—¡Abrirse paso entre mil hombres! Son demasiados para nosotros.

—¿Qué hacer, pues?

—Aguardar.

—¿Y el hambre?

—Comeremos las hojas de plátano que cubren los techos de las cabañas, si no tenemos otra cosa que llevar a la boca. ¿Eh? ¿Qué mameluco es ese que avanza? ¡Córcholis! ¡Nos envían un parlamentario!

Un cingalés, que llevaba en la cabeza un penacho de plumas de pavo real, salió del bosque, ondeando en la punta de su lanza una faja de blanca.

—Vienen a intimarnos la rendición —dijo Juan Baret.

—Pierden el tiempo —respondió Amali.

—Sin embargo, recibámosle —propuso el francés—. Oiremos las condiciones.

El cingalés, agitando siempre su faja blanca por temor a recibir algún tiro, por no serle reconocida su condición de parlamentario, se detuvo al borde del foso, en espera de que le echasen algún puente.

Amali hizo bajar un madero de que se servía antes la guarnición y le hizo seña de que se aproximase.

—¿Qué deseas y quién te envía? —preguntó el rey de los pescadores de perlas cuando lo tuvo delante.

—Vengo en nombre del jefe de la partida a intimaros la rendición —dijo el cingalés.

—¿Y por qué quieres que nos rindamos?

—Porque somos diez veces más que vosotros.

—¿Quién te lo ha dicho?

—Lo hemos sabido por algunos cingaleses que han huido de vuestro asalto.

—Pues te engañas, amigo; tengo gente de sobra y aguardo tanta que no podréis oponer un hombre contra veinte.

—¿Y por dónde deben venir? —preguntó el cingalés con voz irónica.

—Eres demasiado preguntón —respondió Amali—. Ya los verás cuando os caigan encima y os hagan correr.

—Está por saberse si entonces estaréis vivos.

—Asaltadnos, si os atrevéis.

—No es necesario; el hambre se encargará de venceros, ya que sabemos que no habéis encontrado víveres en el fuerte.

—Si tienes hambre, podemos ofrecerte galletas tan sabrosas como no has comido en tu vida.

—Guardadlas para vosotros —dijo el emisario, riendo—. Os harán más provecho.

—Pues ya que no quieres almorzar con nosotros, vuélvete por dónde has venido.

—¿El rey de los pescadores de perlas rehúsa rendirse?

—¡Hola! ¿Me has reconocido?

—Así es.

—Dirás a tu comandante que no cederemos el fuerte mientras nos quede un gramo de pólvora y fuerza para empuñar una espada o un puñal.

—Oigamos —dijo Juan Baret, interviniendo. ¿Cuáles serían las condiciones de la rendición?

—Entrega del fuerte y de las armas.

—¿Y después?

—Dejaros conducir a Yafnapatam, donde el maharajá decidirá de vuestra suerte —respondió el cingalés—. Es bueno, y ama a los valientes.

—Sí, ya lo hemos comprobado —dijo Juan Baret—. Pero como su bondad es de pésima ley, y ninguno de nosotros tiene ganas de hacerse devorar por los cocodrilos, dirás a tu jefe que, si quiere, venga a cogernos. Y ahora, puedes irte cuando quieras.

—Amali —dijo Juan Baret cuando se hallaron solos—. No nos queda más que intentar un golpe desesperado. El viento no lleva trazas de amainar, los pescadores se hallan tal vez muy lejos y carecemos de víveres. Sólo podemos intentar una cosa.

—Hablad, Juan Baret.

—Hacer esta noche una salida inesperada, atacar al enemigo y abrirnos paso.

—Sí —dijo Amali—; ésta es la única posibilidad de salvación que nos queda. Pero hay alguien que nos causará grave embarazo.

—¿Quién?

—Maduri —contestó el rey de los pescadores de perlas—. Quizá ese niño caería derribado en la carga.

—Construiremos un palanquín que confiaremos a cuatro de los hombres más robustos, y nos agolparemos a su alrededor para defenderlo. Él es el más precioso de todos.

—Apruebo la idea.

—Por otra parte, yo iré á retaguardia para protegerlo por la espalda.

—Y yo abriré paso con Durga y el capitán. Daremos una carga tremenda.

—Esperemos a que los cingaleses se hayan dormido. La empresa será menos difícil.

—¡Mientras el «Bangalore» permanezca anclado aun delante de la aldea!

—¿Quién podrá haberlo asaltado? Las galeazas del maharajá no han de haberse atrevido a desafiar el mar, dadas sus pésimas condiciones.

—Hagamos nuestros preparativos —dijo Juan Baret—. Detrás de nosotros dejaremos incendiado el fuerte.

El resto de la jornada la ocuparon en dictar todas las disposiciones necesarias para la salida que debía efectuarse a las dos de la madruga o sea la hora en que el sueño se apodera mayormente de las personas.

Amali y el capitán, seguidos de veinte pescadores, escogidos entre los más robustos, debían dar la primera embestida.

Otros tantos debían escoltar a Maduri, y Juan Baret y Durga protegerían la retirada con los otros diez y dos pequeñas espingardas que podían llevarse sin demasiada dificultad.

Para engañar mejor a los sitiadores y también para atacarlos mejor, hizo que a las diez de la noche los marineros continuaran disparando violentamente, poniendo fuera de combate a buen número de enemigos y consumiendo casi todas las municiones halladas en el fuerte.

Después cesaron, fingiendo retirarse a las cabañas para descansar, apagando por fin las hogueras que habían tenido encendidas toda la noche anterior para no dejarse sorprender.

A la una de la mañana fue levantada la palanca y quedó formada la columna.

Maduri, después de viva insistencia, se había decidido a dejarse conducir en palanquín. Amali se vio obligado a hacer uso de toda su autoridad; porque al valiente muchacho le repugnaba no exponerse a los mismos peligros que estaban afrontando los otros.

—Adelante, y no hagáis el menor ruido —mandó Amali a los hombres.

Mientras los primeros grupos salían sigilosamente, Juan Baret y Durga, se habían llevado toda la pólvora que había quedado dentro de un barracón, poniendo una larga mecha.

—Estas barracas arderán como yesca —dijo el francés—. Dentro de una hora no quedará nada de este fuerte.

—Así no se verán obligados a tomarlo por asalto por segunda vez —respondió Durga, encendiendo la mecha.

—Despachemos; los otros ya van adelante.

—¿Y las espingardas?

—Las llevan dos de nuestros hombres más robustos. Si nos embarazan, las abandonaremos.

Alcanzaron prontamente el grupo que les aguardaba al otro lado del foso. Antes de alejarse, Juan Baret miró hacia el barrancón y vio que salían algunas chispas.

—Ya empieza a arder —dijo—; todo va bien.

Amali y los suyos habían atravesado ya la explanada, seguidos del segundo grupo, que escoltaba a Maduri. Hasta aquel momento los cingaleses no habían advertido la salida de la guarnición.

Por otra parte, la oscuridad era siempre profunda, estando aún el cielo cargado de nubarrones que, de vez en cuando, arrojaban torrentes de agua. Y luego el viento, torciendo las ramas y tronchando los troncos, aullando, sofocaba todo rumor.

Estaba por estallar otro huracán más violento que el primero. La atmósfera estaba saturada de electricidad por completo.

De pronto resonó un grito, después otro y luego un tercero retumbaron bajo los árboles.

—¡A las armas!

Los cingaleses habían descubierto aquellas numerosas sombras que se deslizaban entre los árboles, y poniéndose en pie empuñaron las armas.

La voz de Amali se dejó oír, cubriendo los clamores de los asaltantes:

—¡Adelante!

Los pescadores de perlas avanzaron, descargando las carabinas en la muchedumbre de enemigos, después empuñaron las carabinas y se lanzaron como fieras desencadenadas, abriendo un surco sangriento entre los enemigos sorprendidos aún por aquel inesperado ataque.

El primero y segundo grupo pasaron, como una tromba, pero el tercero, el más pequeño, destinado a proteger la retirada, se halló, de pronto rodeado por centenares de enemigos procedentes de todas partes.

Juan Baret hizo descargar las dos espingardas, esperando poder lograr también abrirse paso.

En la otra parte de aquella oleada humana que intentaban atravesar, oyó gritos de alegría y disparos que se alejaban en dirección al poblado, y luego alaridos de triunfo.

—Están salvados, y nosotros perdidos —murmuró—. Vendamos caro el pellejo.

Se puso a la cabeza de un grupo y atacó con ímpetu al enemigo, que aumentaba a cada momento.

¡Vanos esfuerzos! Aquella pared humana no cedía, antes se estrechaba cada vez más. Las lanzas y los golpes de maza llovían de todas partes y los hombres caían uno en pos de otro.

Un candiano, de un culatazo, aturdió al pobre francés, que cayó desvanecido.

Sus esfuerzos habían resultado inútiles.

Mientras duraba la lucha, y se defendía como un titán tratando de arrollar a sus enemigos, pensaba en la suerte que podían haber corrido sus compañeros.

Generoso como nadie, se olvidaba del propio peligro, para acordarse únicamente de Amali y Maduri.

—¿Qué sería de ellos si eran hechos prisioneros y conducidos ante el maharajá?

Él ya sabía lo que le aguardaba.

Jamás podría perdonarle el rapto del joven príncipe, ¿pero sería capaz de sacrificar al joven y librarse por este medio de un enemigo mayor?

Moriría Mysora, pero eso a él le importaba poco.

22. La insurrección

Cuando Juan Baret volvió en sí se encontró atado al tronco de un árbol y custodiado por cuatro guerreros. Cerca de él se hallaba otro prisionero al que reconoció enseguida.

—¿Tu también, Durga? —exclamó.

—Sí, señor; me han capturado vivo —respondió el lugarteniente Amali.

—¿Y los otros?

—Casi les envidio. Morir con las armas en la mano es preferible a acabar entre los dientes de los cocodrilos; esta vez, se acabó para mí.

—¿Se ha salvado Amali?

—Lo espero; pero debe haber algún otro prisionero además de nosotros.

—¿Quién será? ¿Binda?

—No sé, señor.

—Le compadezco sinceramente. ¿Nos matarán pronto?

—Nos llevarán al maharajá; he visto que construían tres palanquines.

—¡Habría deseado no volver a ver a aquel hombre! Debe odiarme más que a la peste. ¿Y el fuerte?

—Completamente destruido.

Manifestóse un vivo movimiento entre los cingaleses que rodeaban a los prisioneros y se abrieron sus filas para dejar paso a un viejo guerrero que se pavoneaba con un ancho manto de seda roja.

—¿Es el jefe de esos bandidos? —preguntó Juan Baret.

—Es su general —respondió Durga estremeciéndose.

—¡Vaya una cara de mono viejo! Veamos qué desea.

Detúvose ante el francés mirándole con curiosidad, y en seguida le preguntó:

—¿Eres tú el hombre blanco que un día salvó la vida al maharajá?

—Yo soy.

—¿Y que después libraste al rey de los pescadores de los dientes de los cocodrilos? —Yo fui.

—Has hecho mal en dejarte prender.

—No siempre se puede ser afortunado.

—¡Lástima! Porque eres un valiente al que admiraba todo el pueblo de Yafnapatam.

—Esto no me salvará del odio del maharajá.

—¡Harto lo sé!

—Si te pesa, déjame huir.

—No podría; pagaría con mi cabeza tu huida.

—Entonces envíame a Yafnapatam.

—Es lo que haré, aunque con mucho sentimiento.

—¿Se ha salvado Amali?

—Ha huido con el primer grupo.

—¿Y el segundo?

—Le hemos dado alcance y destruido.

—¡Destruido! —exclamó Juan Baret palideciendo—. ¿Y Maduri?

—Ha caído vivo en nuestro poder.

El francés sintió que le bañaba la frente un sudor helado.

—¡Maduri preso! —exclamó—. Entonces todo ha terminado. ¡Pobre Amali! ¡No ha tenido suerte!

—Señor —dijo Durga, que parecía aniquilado por aquella inesperada noticia—. Podemos darnos por muertos.

Juan Baret no contestó; no sabía qué palabras encontrar. Aquel golpe le había dejado enteramente aterrado.

Entretanto habían traído tres palanquines y estaba ocupado ya uno de ellos, cubierto por una espesa tela, por lo cual no se podía ver quién iba dentro, aunque se adivinaba.

—¿Será Maduri? —balbuceó el francés.

—¡Si pudiese adivinarlo! Y si…

No pudo terminar la frase. Dos hombres lo levantaron, le aprisionaron estrechamente dentro de una red de mallas espesas y solidísimas y lo arrojaron sobre un palanquín, cubriéndolo con una espesa tela que le impedía hacer el menor movimiento.

Lo levantaron cuatro hombres y partieron a la carrera, seguidos de los otros dos palanquines en que iban Durga y Maduri y de una escolta de cien hombres.

El huracán comenzaba a recrudecer en aquel momento; preparábanse torrentes de agua a través de las ramas de los árboles y ensordecían los truenos. Cegaban los vivísimos relámpagos que de vez en cuando rasgaban las tinieblas.

Juan Baret, llevado como un fardo, con una velocidad vertiginosa, se agitaba como un desesperado intentando ensanchar algún tanto las mallas que le aprisionaban.

—¡Si pudiese repetir el juego de la otra vez! —murmuraba—. Pero no, no me saldría bien. Entonces tenía un cuchillo y los conductores no eran, más que cuatro, mientras ahora voy bajo escolta. ¡Cien hombres! Los he conocido bien, antes de que me echasen encima esta manta que me ahoga. Esta vez, se acabó. Esta isla debía ser mi última etapa y en ella perderé la vida. ¿Qué hará Amali? ¿Renunciará a sus designios ahora que vuelve Maduri a convertirse en obstáculo, o bien irá derecho a su fin? ¡Ah! ¡Si pudiese yo escapar y reunirme con él!

Continuaba rugiendo el huracán y la marcha de los conductores en vez de retardar aumentaba cada vez más: en cuanto cesaban los truenos oía Juan Baret la respiración anhelosa y la carrera de la escolta.

De vez en cuando sufría un brusco sobresalto y se sentía como lanzado hacia adelante; era un hombre de refresco que reemplazaba al que se hallaba jadeante por aquella desenfrenada carrera.

—Esta vez tienen mucha prisa por llevarme al maharajá —murmuró Juan Baret—. ¡Qué piernas tienen esos hombres! Pueden desafiar a los caballos. ¡Si a lo menos alguno se las rompiese! Pero, ¿no intentaré nada? Mis dientes son buenos todavía; trataré de roer las cuerdas.

El francés, como ya hemos dicho, era robustísimo y poseía una agilidad extraordinaria. Desde su primera juventud había cultivado con ardor todos los ejercicios corporales y sabía desarticular como un gimnasta y adoptar todas las actitudes que parecían absolutamente incompatibles la organización humana.

Puso en obra su idea, aun cuando tuviese pocas esperanzas de lograr su intención a causa de lo recio de las redes, de la falta de un arma cortante y de la escolta.

Durante un cuarto de hora se estiró, se acurrucó, forcejeó haciendo mil esfuerzos musculares, pero se declaró vencido.

La red no había cedido, y menos aún las ataduras que lo sujetaban.

—Todo es inútil —murmuró resignado—. Para mí se acabó todo tendré que volver a echarme a la cara al antipático maharajá, este tirano que envía a sus enemigos al otro mundo, sin decirles siquiera: ¡agua va!

Mientras así monologaba, los conductores continuaban galopando como potros, reemplazándose a cada mil pasos. Tronaba y llovía siempre, pero no se detenían en ningún momento.

Aquella carrera duró cuatro horas largas que al francés le parecieren eternas, hasta que cesó bruscamente. A través de la espesa tela se filtraba un poco de luz.

Debía haber amanecido.

—¿Habremos llegado? —se dijo Juan Baret.

Estaba por preguntárselo a los conductores cuando le pareció oír a lejos gritos y descargas de fusilería que aumentaban en intensidad.

—En algún sitio se combate —dijo—. ¿Habrá encontrado Amali e; la aldea a los pescadores y le habrán seguido éstos? No; es imposible que haya organizado tan pronto la cacería. Y sin embargo, eso son descargas.

En aquel momento quitaron la manta que cubría el palanquín y vio; la escolta que rodeaba los tres vehículos, con las armas en la mano.

—¿Dónde estamos? —preguntó a uno de los conductores.

—Cerca de Yafnapatam —respondió el cingalés.

—¿Luchan en la calle de la capital?

—Algo grave sucede. Vemos salir humo y se oyen descargas.

—¿Habrá estallado alguna revolución?

—No sabemos nada.

Los jefes de la escolta, reunidos delante de los palanquines conferenciaban con animación. Juan Baret les oyó exclamar repetidas veces:

—¡Insurrección! ¡Insurrección!

Aquella detención duró cinco minutos, y enseguida emprendióse de nuevo el camino después de haber vuelto a cubrir los palanquines con las mantas.

Aumentaba la gritería y las descargas resonaban cada vez más cerca. Algún, gran acontecimiento debía tener lugar en Yafnapatam.

Los conductores avanzaron por espacio de veinte minutos y se detuvieron de nuevo, oyéndose a su alrededor voces roncas y amenazadoras.

—¡Alto!

—¿Qué lleváis?

—¿Qué prisioneros son éstos?

—¡El que oponga resistencia, es hombre muerto!

—¡Paso! —respondió una voz—. ¡Vamos al palacio del maharajá!

Levantóse por doquier un furioso clamoreo.

—¡Abajo el maharajá! ¡Muera el tirano! ¡Entregadnos los prisioneros!

Veinte manos desgarraron la manta que ocultaba a Juan Baret y éste se vio rodeado por una muchedumbre de cingaleses armados de carabinas que no eran los de la escolta.

Cien bocas prorrumpieron en un grito de alegría y de estupor.

—¡El hombre blanco! ¡El salvador de Amali! ¡Viva el francés!

Juan Baret se vio libre de las redes y levantado en, andas. Vio por doquier gente armada que se arremolinaba en una gran plaza y palmoteaba frenéticamente, saludando con entusiasmo. Por un momento creyó soñar.

Un hombre que llevaba en la cabeza un enorme plumero de pavo real y vestía una soberbia camisa de seda azul recamada de plata, se abrió paso, hizo bajar en tierra al francés, aun asombrado, y le estrechó la mano diciendo:

—Soy el hermano del capitán Binda y sé que le salvasteis de los dientes de los cocodrilos. ¿Queréis poneros a nuestro frente? La revolución triunfa por doquier.

—No comprendo —respondió Juan Baret, que no sabía explicarse aquella calurosa acogida.

—Hemos sabido que Amali ha desembarcado con sus pescadores de perlas para reconquistar el trono y vengar a su hermano, y toda la población se ha insurreccionado contra el maharajá. Estamos cansados de este tirano que ayer arrojó a los cocodrilos a su primer ministro y a dos capitanes que se permitieron contradecirle. La ciudad está ardiendo y se combate en todas partes para asaltar el palacio real defendido por los candianos. Hemos proclamado maharajá a Amali.

—Amali ha renunciado al trono aun, antes de conquistarlo —dijo Juan Baret—, pero ahí está su sucesor.

—¿Sois vos?

—No, Maduri, el hijo del asesinado general, el legítimo heredero del trono de Yafnapatam.

—¿Dónde está?

—Ahí le tenéis.

Juan Baret se acercó a la segunda litera, levantó la tela, arrancó la red y mostró a Maduri al pueblo estupefacto. Estalló un grito salido de mil bocas.

—¡Viva Maduri! ¡Viva nuestro maharajá!

Diez brazos levantaron el palanquín y llevaron en triunfo al mancebo. El entusiasmo llegó al colmo; un verdadero delirio se apoderó de los insurrectos.

—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó Juan Baret al hermano del capitán.

—Marcharemos al palacio real para apoderarnos de él.

—¿Quién lo defiende?

—Los candianos.

—¿Son muchos?

—Un millar, y nosotros somos diez mil.

—¿Queréis matar al maharajá?

—Por ahora le pondremos preso. Amali y Maduri decidirán di suerte.

—Estoy con vosotros.

—Os nombramos nuestro general; no rehuséis.

—Acepto —respondió Juan Baret.

—¿Y cuándo llegará Amali?

—Aguarda a dieciséis mil pescadores para invadir el Estado.

—¿Pensará en batir a las partidas de candianos que recorren el territorio y que quizá se están dirigiendo hacia la capital a marchas forzadas? El maharajá, sospechando la insurrección les ha hecho llamar.

—¿Cuántos soldados tenéis con vosotros?

—Seiscientos, los otros son paisanos.

—Adelante los guerreros; los otros nos prestarán auxilio, si es necesario.

El hermano del capitán Binda lanzó dos fuertes silbidos e hizo tocar algunas trompas. En menos de diez minutos dos columnas de trescientos hombres cada una, perfectamente equipadas, formaban en medio de la plaza, rechazando a la muchedumbre.

—La tropa es sólida —dijo Juan Baret a Durga—; yo tomo el mando de la primera columna y tú el de la segunda. Te confío la defensa del futuro maharajá de Yafnapatam.

—Esta vez no me lo quitará nadie, señor —respondió el segundo de Amali.

—¡Adelante! —gritó el francés con voz tonante—. ¡Preparen armas!

Las dos columnas se pusieron en movimiento, seguidas por un inmenso tropel de paisanos armados de espadas, lanzas, mazas, arcos, flechas y aun simples palos. Era una turba desordenada, exaltada, que podía servir para dar la última sacudida al vacilante trono del maharajá.

Luchábase en todas las calles. Juan Baret oía a derecha e izquierda aullidos salvajes, disparos y veía levantarse llamas y torbellinos de humo. Eran los candianos mercenarios que trataban de sofocar aun la insurrección y se batían con el pueblo. Los combatientes, divididos en dos columnas avanzaban impávidos, con la carabina bajo el brazo y penetraron en una ancha calle donde se oían gritos, injurias, imprecaciones, espingardazos y tiros de fusil.

Desde las ventanas y las azoteas llovían piedras, muebles, cacharros y proyectiles de armas de fuego.

—Aquí vienen los partidarios del maharajá —le dijo a Baret el hermano del capitán Binda que iba a su lado—. Tendremos combate; veo en l fondo a los candianos.

—¡Estrechad las filas! —mandó el francés.

Los cingaleses se estrecharon y apresuraron el paso, mientras de lo alto continuaban lloviendo sobre sus cabezas toda suerte de objetos pesados, y silbaban las balas.

Cayeron algunos soldados. Los candianos habían roto el fuego para impedir que las dos columnas llegasen al palacio real, y los partidarios del maharajá les ayudasen lo mejor que podían.

—¡Vamos a divertirnos! —exclamó Juan Baret—. Ya que no queréis dejar vía libre al nuevo maharajá la abriremos por fuerza. Adelante todos, detrás de mí. ¡Preparen!

Los trescientos soldados que habían abrazado la causa de los insurrectos levantaron las carabinas y se oyó un precipitado crujido.

—¡Fuego! —ordenó el francés.

Resonó por todas partes una descarga irregular, abajo y arriba.

Los partidarios del maharajá, pocos, sin duda, pero no menos resueltos que los candianos a defender a su príncipe, disparaban sobre la tropa, descargando sus pistolones de pedernal, los viejos trabucos importados doscientos años antes por los portugueses, sus primeros dominadores, y mosqueteros de mecha, trabajosamente sostenidos por tres hombres.

Enorme era el consumo que hacían de pólvora y de proyectiles, pero era mayor el estruendo que el daño ocasionado.

Los cingaleses cambiaron muy pronto el cariz de las cosas. Su columna se abrió en dos y de los cañones de las carabinas indias salió una larga estela de fuego y humo.

Agudas detonaciones hicieron estremecer las casas que flanqueaban la calle. Los cingaleses disparaban contra las ventanas, contra las azoteas, contra los techos, contra todo sitio en que veían aparecer a un combatiente.

Los partidarios del maharajá, espantados, huían saltando por las ventanas y caían acribillados, fusilados a quemarropa. Las casas eran incendiadas, y se levantaban a derecha e izquierda lenguas de fuego entre torbellinos de humo y nubes de centellas.

Los candianos que ocupaban el otro extremo de la calle, viendo lanzarse aquellas dos columnas en desenfrenada carrera, y no sintiéndose ya apoyados, huyeron replegándose desordenadamente hacia el palacio real.

—Será cosa fácil derrocar al tirano —murmuró Juan Baret, satisfecho—. Si estos soldados aguantan firme, antes de la noche Maduri ocupará el trono de sus abuelos, sin auxilio de los pescadores de perlas. ¡Esto se llama tener suerte!

23. La fuga del maharajá

En tanto los insurrectos, victoriosos por todas partes, a pesar de la obstinada resistencia de los candianos que habían permanecido fieles al tirano, y dueños de casi la ciudad entera, se encaminaban hacia el palacio real para expugnarlo, el maharajá loco de terror y de rabia, miraba desde lo alto de su cúpula dorada, cómo se acercaba aquella muchedumbre que debía arrebatarle el trono.

La insurrección había estallado de una manera tan inesperada que ni sus cortesanos ni sus mercenarios habían tenido tiempo de prevenirse.

El pueblo, apenas advertido del desembarco de Amali, hacia quien había sentido siempre ocultamente vivas y profundas simpatías, primero por ser descendiente de la antigua estirpe que había dado, doscientos años antes, tanto esplendor y tanto poderío al reino, y después porque le había conocido leal, generoso y caballeresco, se había insurreccionado de golpe, proclamando el destronamiento del tirano que desde hacía tanto tiempo le tenía sujeto bajo un yugo de hierro y de terror.

El maharajá había expedido correos a todas las ciudades de su territorio para que acudieran sus mercenarios y advertir a la flota que aún le permanecía fiel, creyendo poder sofocar fácilmente en sangre los primeros movimientos; pero en vez de suceder así, los progresos alcanzados por los rebeldes habían sido tan rápidos que le tenían asustado.

Su guardia había sido rechazada en todas partes y después de sangrientos combates se había replegado en el palacio real para intentar una postrera y desesperada resistencia.

El maharajá, después de haber hecho levantar barricadas en todas las calles que conducían a su palacio y ocupar las bocacalles de la plaza había subido a la cúpula para darse cuenta de la situación y de los avances de los rebeldes.

Presa de la mayor agitación y de una profunda amargura, había oído primero los gritos que aclamaban a Amali como maharajá de Yafnapatam; y después, con profundo estupor, los que proclamaban, a Maduri.

Un ímpetu de ira tremenda le sobrecogió.

—¡Maduri maharajá! —había exclamado, volviéndose hacía sus ministros y cortesanos. ¡Ese muchacho ocupar mi puesto! ¡Ah, no!

¡Eso, nunca!

—Alteza —dijo su nuevo primer ministro, que había ocupado el puesto de aquel que el día antes había hecho devorar por los cocodrilos de la laguna—, dicen que Maduri se halla a la cabeza de los insurrectos.

—¡Embustero! ¿No había huido con Amali?

—No sé, Alteza.

—Enviad a alguien a que se entere.

Algunos cortesanos se disponían a bajar de la cúpula para enviar emisarios, cuando un capitán de la guardia, cubierto de pólvora y de sangre, con el rostro partido por una cuchillada, penetró en el terradillo que daba vuelta a la cúpula y dijo:

—Alteza, vuestras tropas han sido rechazadas en todas partes.

—¡Sois unos cobardes! —aulló el maharajá—. Unos miserables, buenos tan sólo para, carneros.

—Hemos peleado desesperadamente, Alteza, y la mitad de vuestros hombres yacen sin vida en las calles de la capital. Se nos echan encima por todos lados y son más de veinte mil porque los cingaleses se han pasado a los rebeldes.

—Les haré matar a todos, hasta el último. ¿Es cierto que Maduri se baila entre los rebeldes?

—Sí, Alteza.

—¿Y cómo se encuentra ahí?

—Una partida nuestra le había hecho prisionero y se le iba a poner en vuestras manos, cuando los rebeldes lo han puesto en libertad.

—Les haréis arrojar a todos a la laguna, para que los devoren los cocodrilos. ¡Miserables! ¡Traidores! ¡Viles!

—Todos han muerto ya.

—¡Y tenían en sus manos al muchacho! ¡Canallas! ¡Debían traérmelo aquí, o a lo menos matarlo!

—También está con los rebeldes el hombre blanco, Alteza.

—¡El francés! —exclamó el maharajá, tornándose lívido.

—Es el que está al frente de todos, porque también él ha sido libertado.

—¿Tú le has visto?

—Sí, Alteza.

—¿Y no le has matado?

—Estaba rodeado de centenares de insurrectos.

—¿Y te has atrevido a presentarte ante mi vista? ¡Muere, perro!

El maharajá, que parecía vuelto loco, sacó una pistola y disparó a quemarropa sobre el capitán, que cayó al suelo, exánime.

—¡Así se castiga a los viles! —gritó.

Los ministros y cortesanos, horrorizados y espantados no se atrevían a resollar, y no habían hecho el menor movimiento para impedir aquel nuevo asesinato.

El maharajá echó a andar por el terradillo de la cúpula como una fiera, haciendo gestos de loco.

Ya en las calles continuaban los disparos y el vocerío con un crescendo espantoso, mientras ardían barrios enteros, enviando al aire nubes de humo y lenguas de fuego.

Los candianos, al retirarse, habían incendiado las casas, creyendo impedir así el avance de los rebeldes, pero aquella táctica había fracasado, porque, mientras parte de la población apagaba el fuego, la otra se lanzaba valientemente por en medio del humo y de las llamas estrechando a los mercenarios y abrazándoles con las espingardas sacadas de las murallas y los baluartes, con las carabinas, los fusiles, a trabucazos y a pedradas.

De repente el maharajá, que veía a sus candianos replegarse precipitadamente en la plaza, se detuvo delante de su primer ministro preguntándole:

—¿Llegarán a tiempo las tropas que hemos mandado llamar? Si tienes en algo la vida y no quieres acabar como tu antecesor, habla sin vacilar.

—Alteza, lo dudo. Los pescadores de perlas deben haber desembarcado ya y sé que son muchísimos, miles y miles.

—Entonces, todo terminó para mí —dijo el tirano, rechinando los dientes.

—Aun os queda la flota y tenéis más de cuatro mil candianos esparcidos por el reino. Con semejante fuerza se puede disputar largamente la victoria y lograr tal vez dominar a los rebeldes.

—Si me quedo aquí, me cogerán.

—Quisiera daros un consejo, si me lo permitierais.

—¡Imbécil! Es lo que espero de ti, pues por algo te he nombrado mi primer ministro.

—Abandonad el palacio, mientras los candianos despejan las calles de los rebeldes que las obstruyen y huid hacia la costa.

El maharajá le miró con los ojos inyectados en sangre.

—¿Para apoderarse del mando? —gritó.

—No, Alteza —respondió el ministro con voz temblorosa y teniendo los ojos fijos en la diestra de su amo que se apoyaba en la empuñadura de la cimitarra—. No, por qué yo os seguiré en vuestra fuga.

—¿Llegaré a tiempo?

—Sí, si cambiáis vuestros vestidos, para que no os reconozcan.

—¿Y adonde huiremos?

—A reunirnos con la flota.

El maharajá se detuvo, como si se le hubiera ocurrido una repentina idea.

—¡Amali ama a Mysora! —exclamó.

—Y dicen que vuestra hermana está decidida a casarse con él.

—¡Miserable manceba! ¿Continuará en la roca?

—Se cree así.

—¡Voy a herirte, Amali, en el corazón! Si todos los pescadores están aquí, la roca debe hallarse casi desguarnecida de defensores. ¡Oh, qué hermosa idea! Perderé el trono, pero Amali perderá el corazón. Preparadme un vestido de cingalés. Nos fingiremos rebeldes y dispararemos contra nuestras tropas. ¡Mueran todos esos viles que no saben defender a su príncipe!

Bajó de la cúpula precipitadamente y entró en sus habitaciones, donde ya algunos servidores habían traído muchos vestidos de gente del pueblo.

El maharajá, de algunos tijeretazos, hizo caer su larga barba negra, se quitó los aretes de oro, las sortijas, los preciosos collares de perlas, arrojándolo todo con rabia, se desgarró la larga camisa de seda blanca recamada de oro, la faja y las sandalias y se vistió una blusa de tela grosera y unos calzones de tela blanca.

Sus cuatro ministros y doce cortesanos le imitaron.

—Coged fusiles y cimitarras, colocaos a mi alrededor para defenderme y vámonos. ¿Han invadido la plaza los rebeldes?

—Aun no —respondió el primer ministro.

—Ordenad a los candianos de que nos dejen pasar y no respondan nuestro fuego.

—Alteza —dijo el primer ministro—, ¿no aprovecharemos el corredor secreto?

—¿Adónde conduce?

—A la pagoda de Buda, Desde allí podemos salir sin que nadie lo advierta y mezclarnos con los rebeldes.

—¿Y mis tesoros? ¿Deberé dejarlos caer en manos de mis enemigos?

—Fueron enterrados ya los últimos de esta semana en los jardines del palacio.

—¡Ay del que los toque!

Bajaron, a un salón de la planta baja. El ministro abrió una puerta secreta escondida bajo los tapices y guió al maharajá a través de un, oscuro corredor, iluminando el camino con una antorcha.

Los otros ministros y cortesanos le habían seguido.

Durante media hora recorrieron galerías humedísimas, y después el ministro apretó un resorte escondido en una hornacina, encontrándose los fugitivos en un templo cuya puerta había quedado franca.

Oíanse, fuera, salvajes aullidos y disparos.

—¿Dónde estamos? —preguntó el maharajá, que se había puesto palidísimo.

—Cerca de las murallas —respondió el primer ministro.

—¿Me reconocerán los rebeldes?

—Estáis muy transfigurado, alteza.

—Temo que me maten.

—Aquí estamos nosotros para defenderos, y luego, nadie habrá advertido vuestra desaparición. Adelante, alteza, no son éstos momentos para vacilar.

Él maharajá, que había comenzado a temblar, se decidió por fin a salir del templo.

Las calles estaban inundadas de gente y ardían las casas, mientras en lo alto se oían silbar las balas.

Los rebeldes estaban rechazando una columna de candianos que había intentado abrirse paso para salir de la ciudad.

El primer ministro dejó salir a todos, después cerró bruscamente la puerta detrás de los fugitivos y retrocedió por el corredor secreto diciendo:

—Mientras tú huyes, voy a apoderarme de tus riquezas; ya ahora ha acabado tu poder.

24. El nuevo maharajá

Mientras el maharajá se ponía cobardemente en salvo, abandonando sus tropas a su suerte, Juan Baret y sus dos columnas combatían, ferozmente para forzar la plaza y tomar por asalto el palacio real, donde creían se escondía aún el tirano.

Los candianos, aunque infinitamente inferiores a los rebeldes, y ya desmoralizados, oponían, sin embargo, tenaz resistencia.

Con carros volcados, con troncos de teck, con muebles y con piedras habían barricado las bocacalles de la plaza, armando aquellas barricadas con buen número de espingardas sacadas de las terrazas y los almacenes del palacio real, y después habían incendiado todas las casas vecinas para desembarazar el terreno e impedir que los insurrectos las ocuparan.

Eran aún seiscientos y se les habían reunido todos los criados del maharajá, los lacayos, los escuderos, los conductores de elefantes, convertidos en combatientes.

Algunos habían ocupado las azoteas del palacio y por último el terradillo de la cúpula, abriendo un vivísimo fuego de mosquetería contra los insurrectos que aparecían en todas las bocacalles.

Juan Baret, que no había sido herido todavía, aunque había combatido siempre en primera fila, comprendió que la toma del palacio no era tan fácil como había creído.

Los candianos, bien apoyados en sus barricadas disparaban terriblemente, abatiendo infinito número de enemigos, que debían luchar contra las llamas y las armas de fuego. Llamó a Durga y al hermano de Binda y celebró un breve consejo de guerra en una casa respetada por el incendio.

—Si seguimos así, no lograremos nada —dijo el francés—. Nuestros hombres caen como moscas y no conseguirán hacer ningún daño al palacio. Antes de lanzarnos al asalto hay que derribar las barricadas.

—Tenemos espingardas, señor —dijo el hermano del capitán Binda.

—No sirven para esto —dijo Juan Baret, encogiéndose de hombros—. Se necesitarían cañones para abrir brechas en las barricadas.

—No los tenemos, señor. Ni siquiera el maharajá los ha poseído nunca.

—Sí, ya sé.

—Lo que debe haber aquí señor son muchos elefantes —dijo Durga.

—¿Y qué queréis hacer con ellos?

—¿Tenéis aún aquel veneno que los enfurece?

—¡Bravo, Durga! —exclamó Juan Baret—. ¡Soy un asno! ¡No se me había ocurrido! ¿Quién resistirá una carga de esos colosos? Tenemos la victoria asegurada.

—¿Cuántos se necesitan? —preguntó el hermano del capitán.

—Doce lo menos.

—Los tendréis dentro de diez minutos.

—Entretanto, Durga, hagamos retirar nuestras columnas para dejar expeditas las calles.

Aquella orden era superflua. Los cingaleses, a pesar de sus cargas desesperadas, se habían visto obligados a retroceder por tercera vez ante la obstinada resistencia de los candianos, dejando en tierra gran número de muertos.

Las columnas que operaban en las otras calles no alcanzaban mejor fortuna y la plaza estaba siempre ocupada por los mercenarios del maharajá.

—Veremos si resistirán a los elefantes —dijo Juan Baret—. Esos colosos, enfurecidos con mi veneno, lo derribarán todo y entraremos en la plaza detrás de ellos.

—¿No se revolverán después contra nosotros? —preguntó Durga—. Si continúan su carrera harán también estragos entre los nuestros.

—Les mataremos pronto, aunque sea a espingardazos.

Mientras las dos columnas, completamente desorganizadas, se retiraban, el hermano del capitán había hecho conducir doce enormes elefantes guiados por sus mahouts.

Oyendo el tronar de las espingardas y el estrépito de la fusilería, y viendo arder las casas y las cabañas, los paquidermos comenzaron a retroceder, tanto más cuanto les alcanzaban algunas balas.

Juan Baret les hizo formar en dos filas; sacó la botellita y la lanceta, les pinchó rápidamente, y enseguida mando a los mahouts que se retiraran. Los colosos seguían retrocediendo ante el fuego creciente de los candianos y estaban ya por volver grupas y arrojarse entre las dos columnas formadas en la calle.

El peligro era terrible.

—¡Disparad contra los elefantes, por detrás, y arrojadles antorchas! —dijo Juan Baret.

Ardían dos casas, a corta distancia, algo detrás de los paquidermos. Cincuenta hombres cogieron vigas y cañas encendidas y las lanzaron detrás de los colosos, los cuales sintiéndose quemar las patas traseras, partieron galope, con las trompas levantadas.

El misterioso veneno empezó a sentir su efecto y les hizo entrar en furor. Ya no les asustaba la fusilería de los candianos.

Precipitaron su carrera, chocando unos contra otros en el camino; lanzábanse, barritando, con la trompa devastadora, sobre la barricada que en un momento se vino abajo, dispersa, destruida, y penetraban en plaza, comenzando el estrago.

Los candianos, asustados por aquel asalto, que ninguna fuerza humana era capaz de contener, huyeron en todas direcciones, abandonando las demás barricadas, que al momento ocupaban los rebeldes. Juan Baret hizo dar vuelta a las espingardas, gritando:

—¡Matad los elefantes! ¡Ya nos entenderemos luego con los candianos!

Catorce bocas de fuego, que antes defendían las barricadas, tronaron contra los colosos, que recorrían la plaza en desenfrenada carrera, recibiendo en sus cuerpos balas de dos y tres libras, que les rompían costillas y cráneos.

Bastaron cinco minutos para que todos cayesen, muertos o moribundos.

Los candianos, viendo a los elefantes cesar en la persecución y morir entre convulsiones sobre las losas de la plaza, recobraron ánimo, intentando cerrar el paso a los rebeldes, ahora ya triunfantes.

Delante del palacio del maharajá empeñóse el último combate. Juan Baret con sus batallones se lanzó a la carga, rompió las líneas de los mercenarios y llegó al portal del palacio que los criados no habían tenido tiempo de cerrar.

La resistencia, cesó de pronto. Los últimos combatientes de la guardia real se rindieron para salvar la vida, entregando las armas, mientras el pueblo, victorioso por doquier, y dueño de la capital entera, aclamaba al joven Maduri, maharajá de Yafnapatam.

25. El último golpe de Amali

Juan Baret, con los vestidos destrozados, el rostro ennegrecido por la pólvora y el sable ensangrentado, se lanzó hacia la escalera del palacio, seguido de Durga, el hermano de Binda y de un pelotón de soldados, en busca del maharajá, para intimarle la rendición y ponerle preso, a fin de sustraerlo a las iras del pueblo.

Los servidores no se atrevieron ya a oponer resistencia y aun los candianos que combatían desde las ventanas y las terrazas arrojaron las armas pidiendo gracia.

Fueron registradas las salas, después las galerías, los aposentos altos, los desvanes, la cúpula; pero en ninguna parte aparecieron ni el maharajá ni sus ministros.

Juan Baret, no pudiendo creer que hubiese logrado escapar, estaba para proceder a un nuevo y más minucioso registro cuando vio a algunos soldados que arrastraban a un hombre flaco, lívido, que lanzaba algunos gemidas, implorando la piedad de los vencedores.

—Señor —dijo un hombre empujando al preso—; ahí tenéis al primer ministro del maharajá que hemos sorprendido en los jardines del palacio al disponerse a bajar a un subterráneo. Este hombre podrá deciros dónde se ha escondido su amo.

El primer ministro, viendo al francés, cayó de rodillas ante él, balbuceando:

—¡Perdón, hombre blanco! ¡No me matéis!

—No demuestras ser muy valeroso para el cargo que ocupabas —dijo Juan Baret despectivamente.

—¡Perdón, señor hombre blanco! —repitió el preso, golpeando el suelo con su frente.

—¡Basta de humillaciones ridículas! —gritó el francés, asqueado—. Levántate y responde a cuanto le pregunte.

—¿No me matarán?

—No vale la pena de retorcerle el cuello.

—Soy un desgraciado, señor.

—Acaba y responde. ¿Dónde está tu amo?

—No está aquí.

—¿Se halla oculto en algún sitio?

—No, señor; lo juro.

—¿Dónde ha ido?

—Ha huido hace una hora, mientras los candianos defendían la plaza del palacio.

—¿Con quién?

—Con sus tres ministros y doce cortesanos.

—¡Eso no puede ser verdad! —gritó Juan Baret—. Las calles estaban llenas de insurrectos y le habrían reconocido.

—Se cortó la barba y se despojó de sus vestidos y atavíos. Te puedo jurar que no le vio nadie.

—¿Dónde se ha dirigido?

—A la costa, para reunirse con su flota.

—¡La escuadra! —exclamó el francés, puesto sobre aviso con aquellas palabras—. ¿Dónde piensa dirigirse? El ministro vaciló en contestar:

—Habla, o te mando arrojar por la ventana y te hago estrellar el cráneo contra las piedras de la plaza.

—Ha dicho que quería herir a Amali en el corazón.

—No te comprendo.

—Ha hablado de Mysora.

Esta vez fue Juan Baret quien palideció.

—¡Miserable! —exclamó—. ¡Quiere asaltar la roca de Amali aprovechando la ausencia de los pescadores de perlas! ¡Durga! ¡Durga!

—¡Señor! —respondió el segundo de Amali.

—Has de ensillar veinte caballos de los más veloces y escoge una escolta de hombres a toda prueba.

—¿Vais a partir?

—Sin perder un instante. Se trata de salvar a Mysora, ¿comprendes? Si cayese en manos del maharajá quedaría perdida por siempre para Amali, y aun tal vez sería asesinada.

—¿Debemos seguir al maharajá?

—Le alcanzaremos antes de que se embarque.

Durga se había precipitado ya por la escalera como un huracán, corriendo hacia las caballerizas reales.

Juan Baret se volvió hacia el hermano de Binda.

—Tendréis preso a este hombre hasta mi regreso —le dijo—. Si ha mentido le haremos morir entre los más horribles tormentos.

—Juro haber dicho la verdad —dijo el ministro.

—Ya veremos.

Cuando salió, los veinte caballos, todos ellos hermosos animales de estaban, prontos. Habían montado dieciocho hombres armados de carabinas, cimitarras y pistolas.

Maduri, enterado de la inmediata partida del francés, acudió para seguirle.

—No —dijo Baret—. Vuestro puesto ahora está aquí, porque sois, el maharajá de Yafnapatam. Todos los habitantes de la capital os han proclamado señor del reino.

—Quisiera ver a mi tío —dijo el mozo.

—Os prometo que os lo traeré pronto. Adiós, maharajá; contad conmigo.

Le estrechó la mano y montó a caballo. El piquete atravesó las calles de la ciudad a escape, dirigiéndose a las murallas.

El pueblo, que se agolpaba por todas partes, festejando con bailes y música la caída del tirano y el triunfo de la insurrección, aclamaba con entusiasmo al francés, en cuanto le veía, gritando:

—¡Viva el hombre blanco! ¡Viva nuestro general! ¡Qué Buda le conceda larga vida!

Una vez fuera de la ciudad, los jinetes emprendieron el camino de los bosques dirigiéndose hacia Abaltor, donde esperaban encontrar a Amali y a sus pescadores de perlas.

Por la mañana el tiempo había abonanzado y cesado de soplar el viento, por lo cual era de esperar que los pescadores hubiesen desembarcado ya, salvo habérselo impedido alguna circunstancia imprevista.

—¿Qué camino habrá tomado el maharajá? —preguntó de pronto Juan Baret a Durga—. ¿Te has informado de dónde se encuentra la escuadra?

—Me han dicho que, después de la derrota sufrida en la roca, había anclado en una bahía que se llama Chánil.

—¿Estará muy lejos de la que nos sirvió para desembarcar?

—Veinte o veinticinco millas al Sur.

—¡Dos horas de galope! Aun llegaremos a tiempo de impedir al maharajá que se embarque.

—¿Y si llegásemos tarde?

—Daremos caza a la flota con los pescadores de perlas. Tienen barcas de sobra y luego tenemos también el «Bangalore».

—¡Si encontrásemos pronto a Amali!

—No se habrá movido aún de la aldea —dijo Juan Baret—. Le encontraremos ocupado en organizar a sus pescadores. Trataremos de ganar camino y no pensemos en otra cosa, por ahora. ¿Cuándo llegaremos a Abaltor?

—Si los caballos conservan este galope, antes de tres horas sabremos si…

—¿Qué querías decir?

—Si está libre el camino.

—¿Qué tropas quieres hallar?

—Las que han sitiado el fuerte, señor.

—Habrán huido antes los pescadores. ¡Mil contra catorce o quince mil! Ni siquiera habrán resistido cinco minutos.

—¿Qué dirá Amali cuando sepa que Maduri es ya maharajá de Yafnapatam?

—Será una sorpresa colosal —dijo Juan Baret—. Nos creerá muertos, mientras volvemos triunfantes y más vivos que nunca. ¡Espolea, Durga! Estoy impaciente por darle la buena noticia.

Los veinte caballos, continuamente excitados, devoraban, el espacio; galopando por en medio de las selvas que se extendían entre la capital y la costa.

El camino que seguían era bueno y bastante ancho para dar paso a cuatro jinetes de frente.

A mediodía los viajeros llegaban al lugar donde se levantaba el fuerte, del cual sólo quedaban en pie algunas estacas medio carbonizadas y algunas trincheras de tierra.

Juan Baret, temiendo que los candianos se encontrasen ahora por aquellos contornos, había recomendado avanzar con prudencia, enviando al mismo tiempo a Durga como explorador, para no caer en alguna emboscada.

Al cabo de media hora el segundo de Amali volvió diciendo que no había encontrado a nadie.

—¿Habrán levantado el campo para refugiarse en alguna ciudad? —preguntó el francés—. O bien, ¿habrá llegado el maharajá antes que nosotros y se los habrá llevado?

—Pienso de otra manera —dijo Durga.

—Explícate.

—De esta precipitada retirada deduzco que los pescadores de perlas han desembarcado ya. Los candianos, viéndose en la imposibilidad de presentar batalla deben haberse refugiado en los bosques y replegado hacia el fondeadero de la flota.

—Vamos a Abaltor —dijo el francés—. Si los pescadores han desembarcado, allí encontraremos a Amali y al capitán Binda.

Concedieron a sus cabalgaduras un rato de descanso y luego, volvieron a emprender el camino al trote largo, enviando delante a cuatro exploradores para estar seguros de que el camino estaba despejado.

Desde el fuerte a la bahía la distancia era cortísima. Bastaba atravesar bosque que sólo tenía seis millas de extensión.

Habían llegado a la mitad del camino cuando oyeron a lo lejos gritos que parecían lanzados por un número enorme de gente.

Juan Baret, impaciente por llegar al poblado, espoleó enérgicamente su caballo, y apenas pasado el último trozo de bosque, ante las miradas estupefactas de su gente apareció la playa llena de gente y la bahía cubierta por centenares de chalupas y barcas de todo porte.

—¡Los pescadores de perlas! —gritó.

Un momento después se precipitaba como una tromba en medio de la muchedumbre y caía en brazos de Amali.

Es inútil describir el estupor y la alegría del valiente cingalés al saber aquellas prodigiosas noticias.

—¡Maduri maharajá! —repetía, creyendo haber entendido mal—. ¡Yafnapatam tomado! ¡La revolución! ¡Y yo que estaba llorando creyéndoos caídos en, la brega! ¡Es imposible! ¡Me parece un sueño demasiado dulce!

—El despertar, sin embargo, puede ser fatal para vos, Amali —dijo Baret—. El maharajá, el hermano de Mysora, anda fugitivo y trata vengarse.

—¿De qué manera? Ahora somos quince mil y pronto daremos cuenta de las pocas tropas que le permanecen fieles.

—¿Cuántos habéis dejado en la roca? —preguntó Juan Baret.

—Mi escollo no necesita muchos soldados para ser custodiado. ¿No somos vencedores?

—Sí, pero no por mar, y he de deciros que el maharajá se dispone a asaltar vuestro refugio y arrebataros a Mysora.

—¡Mysora en peligro! ¡Mysora amenazada! —gritó el rey de los pescadores con voz terrible—. ¡Ah, miserable maharajá! ¡Sería capaz de matarla para impedir que fuese mi esposa!

Se lanzó fuera de su tienda como un loco, sin escuchar más, gritando:

—¡Al mar! ¡Al mar! ¡Embarcaos todos! ¡A mi roca! ¡A mi roca! Los pescadores, aun cuando no hubiesen comprendido nada en aquella orden imprevista, viendo a su rey tan agitado, con el rostro convulso y los ojos encendidos, se habían precipitado hacia la orilla, embarcándose en sus chalupas.

También el «Bangalore» se había, acercado a la ribera para embarcar a su amo.

Juan Baret y Durga habían seguido a Amali que, con voz angustiada, daba explicaciones a los patrones sobre el motivo de aquella precipitada partida.

—Tranquilizaos —dijo el francés que se había reunido en su nave al rey de los pescadores—. El maharajá sólo nos lleva algunas horas de ventaja, y por lo tanto no debéis tomarlo con tanto calor, Y aun dudo que haya podido reunirse a su flota.

—¿Y si hubiese partido ya? —preguntó Amali con angustia.

—Vuestra roca, aún defendida por algunos hombres no se toma en diez minutos.

—Es verdad —declaró el rey de los pescadores que, poco a poco, había ido recobrando la calma—. ¡Cuánto agradecimiento os debo, Juan Baret! ¡Sin vos habría perdido ciertamente a Mysora, porque jamás hubiera podido imaginar tamaña perfidia en aquel hombre!

—No me concedáis demasiado mérito. Si el ministro del maharajá no me lo hubiese dicho, nadie habría sabido palabra.

—¿Habéis partido en, seguida?

—Sin pérdida de tiempo.

—¡Y yo que os creía muerto!

—¿Matado por los candianos?

—Sí, Juan Baret.

—¿Y a Maduri también?

—También él.

—Habíais decidido, sin embargo, proseguir la empresa.

—Y vengaros —respondió Amali.

—¿Y cómo pudisteis escapar de los candianos?

—No sé. Mi pelotón, logró romper sus líneas, aun mal cerradas, y pasó. Huimos a bordo del «Bangalore» para no caer prisioneros, y en el mismo momento llegaban las primeras barcas de los pescadores de perlas, que habían, buscado refugio en una bahía poco distante de ésta.

—¿Y los candianos?

—Han huido apenas han visto llegar aquellos refuerzos.

—¿Dónde habrán ido?

—No sé, ni me importa saberlo. Después, si no deponen las armas les perseguiremos y batiremos. Ahora nuestras fuerzas son imponentes y nadie se atreverá a oponer resistencia. Ya veréis cómo mañana todas las demás ciudades del Estado reconocerán a Maduri como maharajá.

—¿Y vos?

—Seré su primer ministro y empuñaré las riendas del poder hasta que haya llegado a la mayoría de edad. Y de vos, querido Juan Baret. ¿Qué vamos a hacer?

—Me contentaré con el cargo de montero mayor de Maduri.

—No, sería muy poco. Vos, que habéis hecho triunfar la revolución, seréis nuestro general. Ningún otro os podría igualar por el valor y la habilidad guerrera.

—Dejemos eso —dijo el francés riendo—. Ya hablaremos después, y luego, que no contáis con la aprobación del nuevo maharajá.

—Maduri os debe principalmente a vos el trono, y luego, el mozo hará lo que quiera su primer ministro, a lo menos hasta que haya llegado a la edad necesaria para reinar bien.

La inmensa escuadra de los pescadores de perlas, precedida por el «Bangalore» había ya salido de la bahía, dispuesta en dos interminables columnas y se había dirigido al Sur, maniobrando precipitadamente con sus remos.

La noticia de que su rey iba a librar la última batalla con el ex maharajá para impedirle que fuese a destruir la roca y apoderarse de Mysora se había esparcido entre ellos rápidamente, y aquellos bravos marineros que hasta entonces no habían tenido ocasión de mostrar su valor, estaban ansiosos de llegar a las manos.

Querían ellos también tener su parte en la insurrección que había derribado al tirano para restablecer en el trono al descendiente de la antigua dinastía.

Habiéndose el mar puesto tranquilo, la navegación era facilísima. Las dos columnas esperaban llegar en menos de cuatro horas a la bahía en que estaba fondeada la escuadra y sorprender al maharajá antes de que abandonase la costa.

Amali y Juan Baret, a proa del «Bangalore», escrutaban el horizonte y la costa para ver si comparecían las galeazas; ambos estaban nerviosos e impacientes y se sentían un tanto preocupados.

A las cuatro de la tarde, mientras doblaban un cabo que cubría la bahía en que debía hallarse la flota, aparecieron varias barcas que se disponían a internarse en alta mar.

—¡Las galeazas! ¡Las galeazas! —gritaron los marineros del «Bangalore», empuñando las armas.

Alzábase un vocerío ensordecedor de las chalupas de los pescadores de perlas.

—¡A las armas! ¡A las armas! ¡Ahí está el enemigo!

Las galazas, unas treinta en suma, tripuladas por numerosos marineros, se habían dividido en dos escuadras al descubrir al enemigo. Mientras la una se disponía en línea de batalla para cerrar el paso a los pescadores, la otra se daba a la fuga, lanzándose a alta mar.

Esta iba precedida por una barca de gran porte, ricamente decorada con dorados, de más de veinte metros de largo y armada con cuatro espingardas. Veinticinco remeros la impelían y otros tantos guerreros se hallaban agrupados a popa y a proa.

—¡La galeaza del maharajá! —gritó Amali—. ¡Caigámosle encima antes de que huya!

Mientras una columna corría contra la primera escuadra con rapidez fulmínea, asaltándola a tiros de carabina y espingarda y rodeándola, la otra, precedida por el «Bangalore», atacaba la segunda, empeñando un sangriento combate, que, dado el número enorme de los pescadores de perlas debía acabar de mala manera para los cingaleses.

Amali, viendo que la galeaza real continuaba la, fuga, fue en su persecución, lanzándole recias andanadas.

Los hombres del maharajá, sin embargo continuando siempre en retirada, respondían, con mucho ánimo para defender a su señor que corría serio peligro de ser capturado.

No estaban, sin embargo, en condiciones para esquivar la persecución a causa de la extraordinaria velocidad del «Bangalore», que estrechaba de cerca a la nave enemiga.

El duelo de artillería duró diez minutos, intenso por ambas parles, y causando grandes estragos, hasta que el «Bangalore» abordó a la galera cerca de la popa.

Amali llevaba sesenta hombres; el maharajá cincuenta, pero unos y otros eran guerreros escogidos, de valor extraordinario e iban armados de carabinas, pistolas y cimitarras.

Amali y Juan Baret, los primeros, se habían, lanzado sobre la cubierta de la galera, empuñando tremendas hachas de combate.

Los guerreros de Yafnapatam se habían reconcentrado alrededor del maharajá, formando una barrera erizada de armas y absolutamente compacta.

—¡Rendíos! —había gritado Amali—. ¡Vuestras escuadras han sido ya destrozadas!

Pero los cingaleses habían respondido con alaridos de guerra y de muerte, y se preparaban a rechazar el abordaje.

Los pescadores, entretanto, acudían en socorro de sus jefes, atacando con cimitarras y pistolas, resueltos a apoderarse de la galera y del maharajá.

Combatíase por ambas partes con gran valor, con verdadero encarnizamiento, descargando tajos por doquier y disparando las pistolas.

Por tres veces Amali y Juan Baret habían tratado de romper las líneas enemigas y otras tantas habían sido rechazados con gravísimas pérdidas.

—¡Tirad con las espingardas a bulto! —gritó Juan Baret.

Durga hizo dar vuelta a una espingarda, la cargó de metralla y habiendo hecho avanzar el «Bangalore» de manera que no diese contra sus compañeros, adelantó la nave hasta casi el lado de estribor de la galera e hizo fuego a boca de jarro.

Aquel cañoneo que derribó a más de quince hombres, fue fatal para los cingaleses. Desesperando ya desde entonces de vencer y viendo a las otras barcas acudir en auxilio del «Bangalore», arrojaron las armas, cayendo de rodillas e implorando merced.

Sólo el maharajá, pálido, con el rostro convulso, había permanecido en pie, mirando a Amali y a Baret con ojos crueles.

El rey de los pescadores de perlas se abrió paso entre los cingaleses y poniendo su mano sobre el hombro del maharajá, le dijo:

—¡Eres mi prisionero!

—Mátame, ya que me has vencido y destronado —respondió el otro con voz sorda.

—Yo no mato al que mañana será mi cuñado.

—¡Yo pariente tuyo!

—Mysora será mí mujer.

—¡Miserable mujerzuela!

—Debes estar reconocido. Ha consentido en casarse con el rey de los pescadores de perlas a condición de que salvase la vida a su hermano.

El maharajá bajó la cabeza.

—¿Qué vais a hacer conmigo? —preguntó, al cabo de algunos momentos de silencio.

—Te daré un pequeño principado que gobernar, el de Serán.

—¿Y no vengarás la muerte de tu hermano?

—Te he perdonado.

—Eres generoso mientras yo siempre he sido malo —murmuró el maharajá—. La lección ha sido dura, pero la tenía merecida.

—¿Consientes en ser mi cuñado?

—Mi hermana es tuya —respondió el destronado príncipe—; te la has ganado y nadie es más digno de ella que tú.

26. Conclusión

La batalla terminó con la completa derrota de las dos escuadras, que no habían podido resistir al largo y formidable ataque de las innumerables barcas de los pescadores de perlas.

Amali, después de haber llamado a sus hombres, se había dirigido rápidamente a Abaltor remolcando la galera del vencido maharajá, ansioso de llegar a la capital para asistir a la coronación de su sobrino.

Juan Baret, a su vez, acompañado de tres galeazas se había dirigido hacia la roca para informar a Mysora del feliz éxito de la guerra y conducirla, con los honores debidos a su categoría, a Yafnapatam.

Cuatro días más tarde, y en presencia de una multitud inmensa se celebraban en la pagoda de Buda la coronación de Maduri y el casamiento de su primer ministro y regente del trono con la bella Mysora.

El ex maharajá, harto avergonzado por tener que presentarse ante sus antiguos súbditos, que por tantos años había tiránicamente gobernado, había partido el día antes para su nuevo Estado, un minúsculo reino de apenas treinta mil habitantes, que Amali y Maduri le habían concedido, por intercesión de Mysora, para que no se suicidase por tanto envilecimiento y no se extinguiese completamente la dinastía.

Desde luego y creyendo que obraba en buena forma, hizo indagaciones para averiguar el paradero de altas dignidades de su imperio o herederos de éstos.

En esta tarea le ayudó Mysora porque sabía cuáles eran los propósitos que animaban al maharajá de Yafnapatam.

Tardaron algún tiempo en conseguirlo, pues en cuanto los allegados de aquellos por quienes se preguntaba, sabían, que era el príncipe destronado el que les buscaba, lo ocultaban cuidadosamente creyendo que, una vez en su diminuto reino, comenzaría de nuevo la serie de crueldades que tan aterrorizados tuvo a los cingaleses durante bastantes años.

Debemos decir, en su honor, que el ex príncipe de Yafnapatam cumplió su promesa de enmendarse, suprimiendo, uno de los primeros entre los príncipes cingaleses e indianos, la pena de muerte. Dícese también, que jamás hubo súbditos más fieles que los suyos. El diablo había acabado por meterse a fraile, y aun fraile bueno.

Reorganizó completamente su sistema de administración para lo cual sólo tuvo él que imitar las disposiciones adoptadas por el regente de su antiguo reino.

Amali, a poco de hacerse cargo de la regencia, dio pruebas de reunir grandes dotes para el alto cargo que desempeñaba.

En los ratos que el amor se lo permitía, estudiaba por sí mismo las necesidades de su pueblo, dictando disposiciones, acertadas y condonando no pocas veces los tributos a aquellos que, por azares de la vida se veían imposibilitados de ayudar a sostener las cargas del Estado.

Mysora le ayudaba en su tarea socorriendo a los necesitados, y el nombre de la princesa, que durante el reinado de su hermano era casi desconocida en el reino, estaba ahora en boca de todos los súbditos para enaltecer sus virtudes.

En cuanto a Maduri, apenas llegado a la mayor edad tomó las riendas del poder, pero conservando siempre a Amali como primer ministro, y a Juan Baret, el bravo francés, como general de su ejército.


Publicado el 26 de febrero de 2017 por Edu Robsy.
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