Honorata de Wan Guld

Emilio Salgari


Novela



I. Veracruz

Después de aplacar las exigencias del estómago y de disfrutar algunas horas de descanso, los filibusteros se encaminaron en busca del campamento indio.

Temiendo, sin embargo, que en vez de indios fuesen españoles, Moko, que era el más ágil de todos, se adelantó para explorar los contornos.

La floresta que atravesaba era espesísima y estaba formada por plantas diversas que crecían tan próximas las unas a las otras, que en ocasiones casi imposibilitaban el paso.

Un infinito número de lianas circundaba aquellas plantas, serpenteando por el suelo y enroscándose en torno de los trancos y las ramas de los árboles.

De cuando en cuando, a lo largo de los troncos se veían huir esos reptiles llamados

“iguanas” o lagartos, largos de tres a cinco pies, de piel negruzca con reflejos verdes, que daban asco, y cuya carne, sin embargo, es apreciadísima por los gastrónomos mexicanos y brasileños, que la comparan a la del pollo.

Después de una hora larga de marcha abriéndose paso penosamente por entre aquella maraña de vegetales, los filibusteros se encontraron con Moko.

—¿Has visto a los indios? —preguntó el Corsario.

—Sí —contestó el negro—. Su campamento está ya próximo.

—¿Estás seguro de que son indios?

—Sí, capitán.

—¿Son muchos?

—Acaso unos cincuenta.

—¿Te han visto?

—He hablado con su jefe.

—¿Consiente en darnos hospitalidad?

—Sí, porque sabe que somos enemigos de los españoles y que entre nosotros se encuentra una princesa india.

—¿Has visto caballos en su campamento?

—Una veintena.

—Espero que nos venderán algunos —dijo el Corsario—. ¡Vamos, amigos, y si todo va bien, os prometo llevaros mañana a Veracruz!

Pocos minutos después los filibusteros llegaban al campamento indio.

Aquellos pobres indios, eran, sin embargo, bastante miserables. Vivían tan sólo de la caza y de la pesca, y toda su riqueza consistía en dos docenas de caballos y algunos borregos.

Del jefe —un viejo que conocía muy bien el país— recibió el Corsario valiosas informaciones acerca del camino para llegar a Veracruz. Por él pudo saber que a lo largo de las playas no había españoles y que en la rica ciudad mexicana era fácil de entrar, ya que los españoles se creían a cubierto de toda sorpresa.

Al día siguiente, antes del alba, el destacamento dejaba el cabañal, después de recompensar la hospitalidad ofrecida por aquellos buenos indios.

El Corsario había podido obtener cinco vigorosos caballos de raza andaluza, que prometían hacer mucho recorrido sin fatigarse.

A mediodía, tras una carrera endiablada, los filibusteros, que habían tomado el camino de la costa, llegaban a la altura de Jalapa, pequeña aldea, sin importancia entonces, y hoy de las más bellas ciudades de México.

Hasta las siete de la tarde no dieron vista en el horizonte a las almenadas torres de San Juan de Ulúa, defendidas con sesenta cañones y reputadas como inexpugnables.

Al divisarlas, el Corsario Negro detuvo su caballo. Un terrible fulgor animaba su ojos, y sus facciones se habían alterado.

—¿La ves, Yara? —preguntó con sorda ira.

—Sí, señor —repuso la joven. —¿La crees inexpugnable, verdad? —Se dice que es la roca más fuerte de México.

—Pues bien; dentro de pocos días arriaremos el estandarte de España que ondea en sus torres.

—¿Y yo seré vengada?

—Sí, Yara.

—¿Y el hombre que mató a mi padre y destruyó a mi tribu habrá muerto?

—Sí, Yara. Así lo espero, con tu ayuda.

—Estoy a tu disposición, señor. ¿Quieres mi vida para vengarme? ¡Tómala!

—¡Quiero que la conserves para asistir a la muerte del hombre que tanto mal te hizo!

¡Adelante, amigos! ¡Mi enemigo mortal duerme a la sombra del estandarte español!

A las nueve de la noche, un poco antes de que cerrasen las puertas, el destacamento llegaba sin obstáculo a Veracruz.

Esta ciudad es ahora una de las más importantes y populosas de México; pero en aquella época sólo contaba con la mitad de los veinticinco mil habitantes que hoy contiene. En 1683 era reputada como uno de los mejores y más ricos puertos de México, si bien entonces gozaba fama de ser uno de los más malsanos del gran golfo y de los más combatidos por las tempestades.

El Corsario Negro, guiado por Yara, que conocía a fondo la ciudad, en la que había vivido más de dos años, se hizo conducir a una posada situada en las cercanías del fuerte de San Juan Ulúa.

El posadero, un andaluz gordo y, sin duda, muy amante del vino español, a juzgar por la rubicundez de su nariz, adivinando que los recién llegados serían buenos clientes, puso a su disposición las dos únicas habitaciones de la posada y su cocina.

—Tenemos mucho apetito —dijo Carmaux, que fingía ser mayordomo—. Te recomendamos que nos prepares una excelente comida y, sobre todo, con exquisitas botellas. D. Guzmán de Soto, mi señor, es hombre que no regatea las piastras; pero sabe cortar orejas cuando no es bien servido.

—Su excelencia no tendrá queja de mí —repuso el andaluz inclinándose humildemente.

—¡Ah; olvidaba una cosa! —dijo Carmaux con aire de importancia.

—¿Qué desea Su Excelencia?

—Mi Excelencia quiere pedirte unos detalles.

—¡Soy todo oídos!

—Quería preguntarte cómo está el amigo de mi señor, el duque de Wan Guld. Hace ya algún tiempo que no le hemos visto.

—Goza de excelente salud, Excelencia.

—¿Sigue en Veracruz?

—Sí, Excelencia.

—¿Y dónde vive?

—Con el Gobernador.

—¡Gracias, amigo! Vuelvo a recomendarte la comida y, sobre todo, la bebida.

—Jerez y Alicante auténticos, Excelencia.

Carmaux se despidió con un gesto mayestático y se reunió con el Corsario, que hablaba animosamente con Yara en uno de los cuartos puestos a su disposición por el posadero.

—El flamenco está aquí —le dijo—. Me lo ha confirmado ahora mismo el patrón.

—¡Está aquí Wan Guld! —exclamó el Corsario, mientras un terrible relámpago cruzaba sus ojos y llevó violentamente la mano a la guarda de su espada.

—Sí, capitán.

—Entonces, Yara, me conducirás a casa de la marquesa de Bermejo.

—¿Esta misma noche?

—Acaso mañana estén aquí los filibusteros.

—¿Y si esta noche no fuese el duque a casa de la marquesa?

—Iré a asaltarle a su palacio y le daré muerte allí.

—¡Empresa imposible, Capitán! —dijo Carmaux.

—¿Por qué lo dices?

—El patrón me ha dicho que el duque es huésped del Gobernador. ¿Cómo queréis entrar en el palacio, que estará custodiado por multitud de centinelas?

—Es cierto, Carmaux —dijo el Corsario—; pero es preciso que le encuentre antes de la llegada de los corsarios.

—Acaso nuestros compañeros estén lejos todavía, capitán.

—Pero yo no puedo permanecer inactivo, ahora que estoy aquí, en la ciudad donde se halla mi enemigo mortal.

—No os digo que permanezcáis inactivo, capitán. Ya que así lo queréis, vamos a beber unas botellas con la marquesa de Bermejo. Supongo que tendrá mejor bodega que el notario de Maracaibo.

—¡Sea! —dijo el Corsario—. Iremos allá.

En aquel momento entró el hostelero, seguido por dos negros jóvenes que llevaban bandejas con platos y botellas.

Dejáronlas sobre una mesa ya puesta, y a una señal de Carmaux se retiraron cerrando la puerta.

—¡He aquí un pato en salsa picante que no está deseando el pobre sino pasar a nuestro estómago!

—Y he aquí una iguana asada —dijo Moko. —¡Plato de gobernador!

—Y esto es un trozo de cordero con judías verdes.

—¡Y estas botellas! —exclamó Stiller—. ¡Fíjate!… ¡Jerez, 1650!… ¡Málaga, 1660!…

¡Alicante, 1500!…

—Una botella olvidada por Cortés, el conquistador de México —dijo Carmaux riendo.

—¡Bienvenido, patrón!

Los filibusteros, de buen humor a causa de unos cuantos excelentes vasos de viejo Málaga, asaltaron enérgicamente las viandas.

Hacia las diez de la noche el Corsario se puso en pie, diciendo:

—¡Es la hora de la venganza! ¡Vamos!

Vació de un trago el último vaso de Jerez, se ciñó la espada, se envolvió en el amplio tabardo, y abrió la puerta.

Todos los restantes se habían puesto en pie.

—¿Debemos llevar los fusiles? —preguntó Carmaux.

—Bastarán las pistolas y navajas —repuso el Corsario—. Viéndonos armados, los españoles podrían sospechar.

Advirtieron al hostelero que volverían muy tarde, pues tenían varios amigos a quienes visitar, y salieron precedidos por Yara.

Las calles estaban casi desiertas, porque los españoles tenían en aquella época la costumbre de retirarse muy temprano a sus casas. Tan sólo en alguna terraza se veía gente que disfrutaba del fresco de la noche.

Yara marchaba sin vacilar al lado del Corsario. Aunque hacía ya algunos años que faltaba de Veracruz, conservaba aún recuerdos muy completos de la ciudad.

—¿Tenemos que andar mucho? —había preguntado el Corsario.

—No; un cuarto de hora —repuso la joven.

—¿Le encontraremos en casa de la Marquesa?

—¿Qué te dice tu corazón, mi señor?

—¡Que volveré a ver esta noche al asesino de mis hermanos!

—¡Y al exterminador de mi tribu! —añadió Yara.

—Confiemos en que nuestros corazones no se engañen.

Iban a doblar el ángulo de una calle, cuando el Corsario tropezó violentamente con un hombre envuelto en amplio tabardo y que venía de la parte opuesta.

—¡Toonerre de Dieu! —exclamó el desconocido dando un salto atrás y poniéndose en guardia.

—¡Toma! ¡Un francés! —exclamó el Corsario.

El desconocido se desembozó y se acercó rápidamente al Corsario, mirándole con atención.

—¡El señor de Ventimiglia! —exclamó—. ¡Qué suerte tan inesperada!

—¿Quién eres? —preguntó el Corsario poniendo la diestra en su espada.

—Un hombre de Grammont, caballero.

—¿Y cómo estás aquí? —preguntó con estupor el Corsario.

—Vengo en vuestra busca. —¿Sabías que estaba aquí? —Grammont le esperaba.

—¿Y qué tienes que decirme?

—Vengo a advertiros que los filibusteros han desembarcado ya a dos leguas de la ciudad.

—¿Ya están aquí?

—Sí, caballero. Nuestros capitanes han querido apresurar la empresa, por temor de que los españoles pudiesen tener algún indicio del golpe de mano que preparáis.

—¿Y cuándo asaltarán la ciudad?

—Mañana al romper el alba.

—¿Cuándo habéis llegado?

—Hace tres horas.

—¿Se ha unido El Rayo a la escuadra?

—Sí, caballero, y ha desembarcado una buena parte de su tripulación.

¿Has de volver donde está Grammont?

—En seguida, señor.

—Le dirás entonces, que los españoles están tranquilos y que hasta ahora nada sospechan.

—¿Nada más?

—Añadirás que esta noche sorprenderé a Wan Guld y, probablemente, le mataré

¡Adiós! Mañana cuando entréis me pondré al frente de vosotros.

—¡Buena noche y buena suerte, señor de Ventimiglia! —dijo el francés alejándose rápidamente.

—¡Apresurémonos! —dijo el Corsario a sus hombres—. Al rayar el día, Laurent, Gramont y Wan Horn se lanzarán al asalto de la ciudad.

—¿Cómo habrán hecho para desembarcar sin que nadie lo haya notado? —preguntó Carmaux con estupor.

—Habrán sorprendido y degollado a los guardianes de la costa —repuso el Corsario—.

Yara, ¿estamos lejos?

—No, señor. ¡Sígueme!

A través de las palmeras se veían vagamente macizas construcciones; probablemente, palacios.

Yara recorrió cincuenta o sesenta metros y se detuvo bruscamente ante una cancela de hierro.

—Mira, señor —dijo—: acaso el hombre a quien tanto odiamos y tú matarás, esté ahí.

El Corsario se lanzó hacia la cancela.

Detrás de ella se extendía un vasto jardín, donde había palmeras espléndidas e infinidad de flores, en cuyo límite se distinguía un palacio coronado por una torre cuadrada.

—¿Estará ahí? —preguntó el terrible Corsario.

—Acaso, señor.

¡Si le encuentro, tendré su sangre, Yara! ¡Moko, Carmaux, Van Stiller, ayudadnos!

El negro, que era el más alto de todos y el más ágil, subió a la cancela, extendió una mano al Corsario y, levantándole sin esfuerzo aparente, le trasladó al lado opuesto.

Los otros hicieron la misma maniobra sin ninguna dificultad.

Cuando estuvieron todos reunidos bajo la sombra de las palmeras, el Corsario desnudó el acero y dijo a sus hombres:

—¡Adelante, y silencio!

Una amplia vereda ornada de doble fila de palmeras y de áloes se abría ante los filibusteros.

Después de haber escuchado algunos instantes, tranquilizado el Corsario por el absoluto silencio que reinaba en el jardín, tan sólo interrumpido por el monótono “cr-ri”

de algún grillo, avanzó resueltamente a lo largo de la vereda y con los ojos clavados en las iluminadas ventanas. Llevaba el tabardo sobre el brazo izquierdo y en la diestra la espada.

Carmaux y sus compañeros habían preparado sus largas navajas y tenían preparadas las pistolas en el cinto.

Caminaban con precaución para no hacer crujir las hojas secas sobre la arena.

Llegados al final de la vereda, el Corsario se detuvo y miró a derecha e izquierda.

—¿No véis a nadie? —preguntó a sus hombres.

—A nadie —contestaron todos. —Moko, tú te encargarás de Yara.

—¿Qué debo hacer, señor? Pasarla por la ventana cuando yo haya entrado.

—¿Y nosotros, capitán? —preguntó Carmaux.

—Vosotros, apenas estéis dentro, os pondréis de guardia en la puerta para que nadie venga a importunarme.

—¡Por esta vez se acabó todo para Wan Guld! —murmuró Carmaux estremeciéndose—.

¡El capitán va a ensartarle!

El Corsario había atravesado la plazoleta que había frente al palacio, y se había acercado a una de las ventanas iluminadas.

Un gesto que hizo, tanto de alegría como de amenaza, dio a entender a los filibusteros que el hombre tan buscado estaba allí dentro.

—¿Le has visto, señor? —preguntó Yara inquieta.

—¡Sí; mira! —exclamó el Corsario subiéndola a la altura de la ventana.

Frente a un suntuoso candelabro de plata que sostenía una docena de velas en plena luz y cómodamente reclinado en una poltrona de bambú hallábase un hombre de unos cincuenta años. Era de alta estatura y fuerte complexión, larga barba, ya casi blanca, ojos muy negros, todavía llenos de fuego, y continente duro y resuelto.

A pesar de su edad, se comprendía que aquel hombre era fuerte y robusto como uno de cuarenta, acaso más, y que aún no había perdido la juvenil agilidad.

A primera vista parecía un español, pues vestía el rico traje castellano de seda rayada a largas estrías color violeta, y malla negra en las piernas; pero le hacía traición una larga faja recamada, usada en aquella época por los flamencos.

Junto a él y también sentada, había una bellísima mujer de unos treinta años, abundante cabellera negra, ojos seductores y piel ligeramente bronceada; seguramente andaluza; tal vez sevillana.

Hablaban tranquilamente mientras paladeaban un licor ambarino encerrado en copa de cristal.

—¿Conoces a esa mujer, Yara? —preguntó el Corsario.

—Sí: es la marquesa de Bermejo.

—¿Y al otro, le conoces?

—¿Es el hombre que ha destruido mi tribu y que ha matado a mis hermanos. ¡Pues bien; véngate y véngame! —dijo la joven.

—¡Allá voy!…

Bajó a Yara, alzó violentamente la persiana, y con un salto de tigre saltó primero sobre el alféizar y luego a la habitación, gritando:

—¡Nosotros dos ahora, duque!

—¡Vos! —exclamó palideciendo.

—¿Me conocéis, duque? —preguntó con salvaje acento el Corsario.

El viejo no contestó: miraba a su adversario con los ojos desmesuradamente abiertos, como si ante sí tuviera alguna espantosa aparición.

La marquesa de Bermejo se había levantado también y miraba altivamente al Corsario.

—¿Qué significa esto, señor? —preguntó con desdeñoso acento—. ¿Quién sois vos que osáis entrar con la espada en la mano en casa de la marquesa de Bermejo? ¿Creéis acaso que no tengo bastantes siervos para arrojaros por la ventana? ¡Salid!

—¡El señor de Ventimiglia y Roccabruna está acostumbrado a salir por la puerta, y no por las ventanas; aunque tuviera que pasar sobre los cadáveres de cien hombres, señora! —

replicó orgullosamente el Corsario.

—¡El señor de Ventimiglia! ¡El Corsario Negro! —balbuceó la marquesa tornándose lívida.

—¡Carmaux! ¡Amigos, a mí! —gritó el filibustero.

Los tres marineros y Yara se precipitaron en la estancia. Carmaux y Van Stiller se lanzaron hacia las dos puertas para impedir al duque la huida y a los siervos la entrada.

La joven india se había acercado al viejo flamenco, diciéndole con voz terrible:

—¿Te acuerdas de mí, duque? Un grito salió de los labios de Wan Guld.

—¡Yara!

—¡Sí, aquella Yara que juró vengar algún día la destrucción de su tribu!

—¿Qué buscas aquí? —preguntó el duque con ira mal reprimida.

—He venido para verte morir.

—¿Y quién me matará? —preguntó el viejo, que poco a poco había recobrado su audacia.

—¡Yo! —repuso el Corsario alzando su espada—. ¡Preparaos a morir, duque, porque no os daré cuartel! Esta noche las sombras de mis hermanos habrán abandonado los abismos del mar para asistir a vuestra muerte. ¡Defendeos, porque os mato!

—¿Queréis asesinarme?

—¡Soy demasiado gentilhombre para daros muerte sin permitiros defensa! ¡Carmaux, lleva fuera a la señora!

—Caballero —dijo con orgullo la marquesa—, mis parientes han combatido en más de cien batallas, y yo he hecho fuego sobre los filibusteros en los muros de Gibraltar.

—¿Qué queréis decir con eso, señora?

—Que quiero asistir a cuanto va a pasar en mi casa.

—Tenéis razón, señora —dijo el señor de Ventimiglia inclinándose—; os ruego que os retiréis a un ángulo para dejarme en completa libertad.

—¿De matar al duque?

—Sí, marquesa.

—¡Será él quien os mate!

—¡Lo veremos, señora!

Durante aquel coloquio el duque había permanecido inmóvil y mudo, ligeramente apoyado en su espada. Estaba muy pálido; como antiguo guerrero, había recobrado su calma y su audacia en presencia del peligro.

—Ahora nosotros, duque —dijo el Corsario saludándole con la espada—; uno de los dos no saldrá vivo de esta estancia.

Una irónica sonrisa asomó a los labios del duque.

Iba a ponerse en guardia, cuando levantando la espada dijo:

—¿Y si os matara?

—¿Qué queréis decir?

—Vuestros hombres me asesinarían.

—Mis hombres tienen orden de no inmiscuirse en nuestros asuntos. ¡Soy un gentilhombre!

—Entonces, defendeos. ¡Soy la primera espada de Flandes!

—¡Y yo la mejor del Piamonte, duque!

—¡Entonces, tomad!

El duque, con una agilidad que no se hubiera nunca supuesto en un hombre de tan avanzada edad, había caído de improviso sobre el Corsario con la esperanza de sorprenderle.

El señor de Ventimiglia recibió la estocada en los pliegues del tabardo arrollado en su brazo izquierdo.

—¡Eso no es leal, duque! —dijo. —¡Vengo a mi hija! —gritó con terrible acento el viejo.

—¡Y yo a mis hermanos, a quienes asesinaste! —gritó el Corsario—. Moko, aparta la mesa!

El negro obedeció con rapidez dejando a los dos adversarios el espacio suficiente para atacarse con entera libertad.

—¡A ti, traidor! —gritó el Corsario alargando la espada.

—¡Para ésta! —repuso el duque.

II. Tiros y estocadas

Aquellos dos hombres, en los cuales alentaba igual odio, se habían atacado con verdadero furor, decididos a no darse tregua ni cuartel.

Valientes ambos y expertos en el difícil arte de la esgrima, había de pasar largo tiempo antes de que los aceros derramasen la sangre de uno u otro.

Después de los primeros golpes el Corsario habíase vuelto prudente. Comprendía que tenía enfrente de sí una espada formidable que no cedía a la suya y había refrenado sus impetuosos ataques y dominado sus nervios.

El duque, a pesar de su edad, se batía brillantemente, parando con destreza las hábiles estocadas de su adversario y atacando cuando la ocasión le era propia.

Todos callaban: la marquesa, apoyada en una silla, seguía con viva atención los movimientos de los combatientes; los filibusteros, apoyados en las puertas, navaja en mano, no apartaban la mirada de su capitán; tan sólo Yara parecía fuertemente impresionada…

Reclinada en un ángulo de la estancia, miraba al Corsario con los ojos húmedos. La pobre joven temblaba por su vengador y protector, y su mirada resplandecía cada vez que le veía tirar una estocada o adelantar un paso.

Los dos aceros, diestramente manejados por ambos formidables luchadores, se entrechocaban, llameando a la viva luz de las velas.

El Corsario atacaba con viveza, tratando de obligar al duque a retroceder.

No le concedía ni un minuto de tregua, y trataba de cansarlo antes de darle el golpe mortal.

Su acero, manejado por robusta mano, no permanecía un momento quieto.

Amenazaba en tercia y cuarta, paraba las estocadas y las fintas, haciendo imposible toda estudiada combinación.

El duque comenzaba a perder la calma y a cansarse. Un copioso sudor frío le bañaba la frente, y su respiración se tornaba anhelosa.

A su vez, el Corsario parecía que acababa de ponerse en guardia. Ni una gota de sudor, ni el más leve indicio de cansancio, revelaban que cediese a la fatiga; antes bien, parecía que por momentos aumentaba su agilidad.

De pronto, el duque acosado de cerca y rendido, dio un primer paso atrás. La marquesa gritó:

—¡Ah, duque!

—¡Silencio, señora! —gritó el Corsario.

El duque, acaso alentado por el grito de la bella marquesa, que sonaba como un reproche, con un ataque supremo trató de reconquistar el terreno perdido, recibiendo en cambio una estocada que le rasgó la casaca cerca del corazón.

—¡Muerte del infierno! —gritó furioso.

—¡Éste será más largo! —repuso el duque tirándose en segunda.

—¡Entonces, toma ésta! —añadió el Corsario, que había parado la estocada.

Y abriendo bruscamente, se inclinó casi hasta el suelo doblando la pierna izquierda.

Era el llamado golpe de cartoccio, uno de los más peligrosos de la escuela italiana.

El duque, que acaso le conocía, pudo evitarle dando un salto atrás. La estocada había podido ser eludida; pero había perdido dos pasos más, y estaba ya casi junto a la pared.

—¡Dentro de poco el Capitán le atravesará como a un escarabajo! —murmuró Carmaux.

Advirtiendo el duque que había llegado al extremo de la sala, rompió su línea y retrocedió oblicuamente hacia un ángulo.

¿Quería retrasar por algunos minutos el momento en que se encontrase pegado a la pared, o tenía algún secreto designio?

Viéndole tomar aquella dirección Carmaux, había fruncido el entrecejo y miraba atentamente aquel ángulo, sin encontrar nada que pudiese confirmar la sospecha que germinaba en su imaginación.

¿Qué quiere hacer este viejo zorro? —se preguntó—. Esta marcha oblicua me inquieta.

¡Abramos los ojos y estemos preparados!

El Corsario, preocupado únicamente de atacar a su adversario, no había dado importancia a aquella marcha sospechosa; pero de haberse vuelto, hubiera visto aparecer una extraña sonrisa en los coralinos labios de la gentil marquesa.

El duque se defendía con la energía de la desesperación. Conociendo la superioridad del Corsario, ya no atacaba. Toda su atención estaba representada en la parada. Retrocedía siempre, tanteando el terreno con el pie izquierdo para no encontrarse de improviso con alguna silla, y dirigiéndose a un ángulo de la estancia.

—¡Eres mío! —gritó de repente el señor de Ventimiglia avanzando un paso más—.

¡Asesino de mis hermanos, por fin te tengo!

El duque estaba ya en el ángulo y se había apoyado en la pared.

Carmaux, que no le perdía de vista, sospechando alguna sorpresa, vio que con la mano izquierda tanteaba la tapicería como si buscase algo.

—¡Cuidado, capitán! —gritó.

Apenas había pronunciado estas palabras, cuando un trozo de pared se abrió detrás del duque.

—¡Traidor! —gritó el Corsario.

Ya era tarde. El duque había retrocedido, y la puerta secreta se había cerrado repentinamente tras él con gran fragor.

Un grito terrible, un grito de fiera herida salió de los labios del Corsario.

¡Otra vez se escapó!

Carmaux, Van Stiller y Moko se habían lanzado hacia la puerta.

—¡Moko! —gritó el Corsario—. ¡Echa abajo esta puerta!

El negro se lanzó contra la pared con el ímpetu de un ariete.

Retembló la estancia bajo el formidable choque; pero la puerta, cerrada interiormente por un candado misterioso o alguna barra de hierro, no cedió.

—¡Busquemos el muelle, capitán! —gritó Carmaux.

Recorriendo con los dedos la tapicería, encontró un leve desnivel, sobre el cual descargó un vigoroso puñetazo.

Se oyó un crujido, como si un muelle hubiera saltado; pero la puerta siguió cerrada.

—¡Mil ballenas! —gritó el filibustero—. ¡La puerta ha sido atrancada por dentro!

—¡Ayúdanos, Moko! —dijo Van Stiller.

El negro gigante y los filibusteros empujaron la puerta con ímpetu terrible. ¡Vanos esfuerzos! La puerta resistió.

—¡Aquí debe de haber hierro! —dijo Van Stiller.

—¡Un hacha! ¡Buscad un hacha! —gritó el Corsario.

—¡Es tarde, señor! —dijo Carmaux empuñando su pistola.

En el jardín se había oído una vez bien conocida gritar:

—¡Están ahí dentro! ¡Matadlos como perros rabiosos! ¡Son filibusteros!

—¡Rayos! —gritó Carmaux—. ¡La marquesa!

Se volvió y lanzó una rápida ojeada a la estancia. La marquesa de Bermejo, aprovechando la confusión causada por la fuga del duque, había huido también, y probablemente, había despertado a la servidumbre.

—Capitán —dijo Carmaux—, creo que ha llegado el momento de dejar en paz al duque y de pensar en nuestro pellejo.

No había concluido de hablar, cuando una detonación hecha a través de las ventanas apagó las luces.

La bala, mal dirigida, silbó en los oídos del Corsario.

—¡A las ventanas! —gritó Carmaux—. ¡Cerremos las maderas!

Viendo un hombre que trataba de subir al alféizar, armó sus pistolas e hizo fuego.

El disparo fue seguido de un grito de dolor.

—¡Uno menos! —gritó Carmaux cerrando apresuradamente las contraventanas.

El negro entre tanto había cerrado las de la otra ventana, esquivando un golpe de alabarda de un criado que había logrado encaramarse al alféizar.

El agresor había pagado cara su audacia, porque el negro le había dado tal puñetazo, que cayó medio muerto al jardín.

—¡Atrincherad las puertas! —gritó el Corsario, que por centésima vez intentaba hacer saltar el resorte de la puerta secreta.

Los tres filibusteros, sin perder tiempo empujaron hacia las dos puertas la mesa, dos pesados armarios y un macizo sofá.

Apenas habían terminado, oyeron golpear en una de las puertas.

—¡Abrid! —gritó la Marquesa con voz imperiosa—. ¡Abrid, o hago llamar a los soldados!

—¡Por Baco! —exclamó Carmaux—. La señora padece de hidrofobia.

El Corsario, resignado por el momento a dejar en paz al duque, que ya debía de estar lejos, se lanzó a la puerta gritando:

—¿Qué queréis, señora?

—¡Que os rindáis!

—¿A quién?

—¡A mí, señor filibustero!

—Entonces, mandad a vuestros hombres que nos prendan, si se atreven.

—El duque estará aquí dentro de poco con los soldados del Gobernador.

El Corsario palideció; no había previsto aquel peligro.

—Capitán —dijo Carmaux—, van a cogernos como ratones en trampa.

En vez de responder, el Corsario consultó un espléndido reloj de oro incrustado de esmeraldas.

—Son las dos —dijo—. A estas horas los filibusteros de Grammont, Wan Horn y Laurent marchan sobre la ciudad. ¡Tenemos que resistir un par de horas!

—¿Podremos, capitán? preguntó Carmaux—. Las contraventanas cederán al primer golpe de maza.

—Es cierto, Carmaux —dijo el Corsario pensativo—. Estando aquí encerrados, Wan Guld enviará a toda la guardia del Gobernador contra nosotros.

—Y traerá consigo alguna pieza de artillería —dijo Moka.

En aquel instante se oyó fuera a la marquesa que gritaba:

—¿Os rendís? ¿Sí, o no, señor de Ventimiglia?

—¡Sí, señora marquesa! —contestó el Corsario.

¡Rayos! —exclamó Carmaux mirando con estupor al Corsario.

—Entonces, abrid la puerta y entregad las armas.

—Mis hombres cumplen ya vuestra orden.

Y volviéndose a los tres filibusteros, les dijo en voz baja:

—Apenas aparezca la marquesa, apoderaos de ella y conducidla aquí. ¡Será rehén precioso!

—¿Y los siervos? —preguntó Carmaux.

—Moko y yo les haremos frente, y veremos si nos resisten. Creo que bastará nuestra presencia para ponerlos en fuga.

—Señor, yo me basto para cargar con la marquesa —dijo Carmaux—. Van Stiller puede ayudaros.

—¡Sea! Separad la barricada y estad prontos a avanzar.

—¡Mi señor —dijo Yara acercándose al Corsario—, corréis a la muerte!

—¡No temas, muchacha! —¡Tienen fusiles!

—Y yo mi espada, que es más infalible que las balas. Retírate a un ángulo, donde no te alcanzará ningún disparo.

Mientras la joven se retiraba a despecho tras un vargueño, Moko, y Van Stiller y Carmaux reconocían los muebles que atrancaban una de las puertas, procurando no apartarlos demasiado para que, en caso de apuro, pudiesen aún servir de barricada.

—¿Habéis terminado? —preguntó el Corsario, empuñando su espada con la derecha y la pistola con la siniestra.

—¡Ya está, señor! —repuso Carmaux retirando, o mejor dicho, volcando la mesa.

—¿Están dispuestos?

—¡Dispuestos! —replicaron los dos filibusteros empuñando sus armas.

—¡Un momento! —dijo Moko.

De un tirón arrancó una traviesa de la mesa, una barra de madera muy gruesa y resistente; arma terrible en manos de aquel atleta.

—¡He aquí una maza a mi medida! —dijo—. ¡Me servirá para limpiar el terreno de adversarios!

—¡Abrid! —ordenó el Corsario.

Carmaux obedeció rápidamente.

Apenas las dos hojas de la puerta fueron abiertas, se presentó la Marquesa con una pistola en la mano derecha y un candelabro en la izquierda. Detrás de ella aparecieron ocho o diez siervos, en su mayor parte mulatos, armados de fusiles, espadas y alabardas.

Carmaux, de un salto rapidísimo, se lanzó sobre la Marquesa. Arrancarle la pistola, cogerla entre sus brazos y llevarla a la estancia, fue obra de unos segundos.

El Corsario, Van Stiller y Moko se habían precipitado sobre los servidores, asombrados de tanta audacia, gritando:

—¡Rendíos, u os matamos!

La maza del hercúleo negro caía sobre aquellos hombres, destrozando sus fusiles, mientras el Corsario y el hamburgués descargaban sus pistolas.

Era demasiado para el valor de los esclavos. Aterrados por la imprevista aparición de aquel negro gigantesco, y espantados por los tiros, abandonaron a su señora y huyeron desesperadamente, tirando las armas.

—¡Deteneos! —gritó el Corsario, viendo al hamburgués y al negro lanzarse tras ellos—. ¡Tenemos ya el rehén que necesitábamos! ¡Cerrad la puerta y atrincheradla!

Vuelto a la estancia, vio a la Marquesa, pálida, nerviosa, apoyada en una poltrona. El señor de Ventimiglia envainó su espada y se quitó galantemente el fieltro, diciéndole:

—Perdonad, señora, si os hemos jugado esta mala pasada; pero nuestra salvación lo exigía. Por lo demás, tranquilizaos; el señor de Ventimiglia es un gentilhombre.

—¡Un gentilhombre español no hubiera obrado como vos! —dijo la Marquesa, roja de cólera.

—Permitidme que lo dude, señora —repuso el Corsario.

—Pero ya no me asombra vuestro desleal proceder —continuó la Marquesa—. ¡Ya sé lo que son los filibusteros de las Tortugas!

—¿El qué, señora?

—¡Miserables ladrones!

—He aquí una palabra que no me atañe, señora.

—¿Y qué pretendéis hacer conmigo? ¿Exigirme un fuerte rescate? ¡Hablad! ¡Soy lo bastante rica para pagar cuanto quiera el señor de Ventimiglia!

—Dad vuestro oro a vuestros siervos, y no a mí —repuso el Corsario—. Yo os he hecho coger para defenderme contra las tropas españolas que vendrán a asaltarnos.

—¿Y el Corsario Negro se escuda con una mujer para librarse de los golpes enemigos?

¡Le creía más valiente!

Al oír aquella injuria sangrienta e inmerecida, un relámpago terrible cruzó los ojos del gentilhombre.

—¡El señor de Ventimiglia se resguarda con su espada, señora! —dijo—. ¡Pronto lo veréis!

—¡Sí, cuando os vea capitular ante la guardia del Gobernador! —repuso con ironía la Marquesa.

—¡Yo! ¡Será el Gobernador a quien veréis capitular, señora!

—¿Habéis dicho?…

—Que no seremos nosotros quienes se rendirán, sino la ciudad entera.

—¿Por obra de quién? —preguntó la Marquesa palideciendo.

—De los filibusteros de las Tortugas.

—Si creéis asustarme, os engañáis.

—Los filibusteros están ya a la puerta de Veracruz, señora.

—¡Imposible!

—Os lo dice un gentilhombre que jamás mintió.

—Hay tres mil soldados en la ciudad.

—¿Y qué importa?

—Y dieciséis mil en México.

—Ésos llegarán tarde, señora.

—Los fuertes tienen muchos cañones.

—Que nosotros tomaremos e inutilizaremos.

—Y está también el Duque.

—De ése me encargo yo, señora —repuso el Corsario con ronca voz—. ¡No huirá por segunda vez ante mi espada, como ha huido vilmente hace poco!

—¿Y si estuviese ya lejos?

—¡Tampoco eludirá mi venganza! Aunque tuviese que asaltar todas las ciudades costeras del golfo de México o registrar todas las selvas, ese hombre, un día u otro, caerá en mis manos, ¡su destino está escrito en la punta de mi espada!

—¡Qué hombre! —murmuró la Marquesa, vencida por la admiración que le inspiraba la fiereza del gentilhombre piamontés.

—¡Basta, señora! —dijo el Corsario—. ¡Dejadnos hacer nuestros preparativos de defensa!

—¿Contra quién? —preguntó la Marquesa riendo.

—Contra la guardia del Gobernador, que nos asaltará dentro de poco.

—¿Estáis seguro, señor de Ventimiglia?

—Vos lo habéis dicho poco ha.

—Ninguno de mis siervos ha recibido esa orden.

—¿Debemos creeros?

—La marquesa de Bermejo nunca mintió, caballero.

—¿Por qué no lo hicisteis? Era vuestro derecho.

—No di la orden porque contaba prenderos en el acto.

—¿Y ahora?

—Estoy persuadida de que para vencer al Corsario Negro no bastan cien hombres.

—Gracias por vuestra buena opinión, señora; pero os haré observar que algún otro se habrá encargado de advertir al gobernador mi presencia aquí.

—¿Quién?

—El Duque.

—El pasadizo secreto no conduce a la ciudad, y es tan larga la galería que pasarán muchas horas antes de que el Duque pueda ver al Gobernador.

—¿Habrá huido? —exclamó el Corsario.

—Yo misma lo ignoro; pero dudo que un hombre tan valiente como el Duque pueda haber abandonado la ciudad, no sabiendo, además, que los filibusteros se preparan al salto.

Volverá, seguramente, con la esperanza de haceros prender.

—¡Ah! ¿Sí? —dijo el Corsario hablando consigo mismo—. ¡Carmaux, Yara, amigos, partamos! ¡Acaso podremos encontrarle antes de que empiece el asalto!

—¡Cuidado! —dijo la Marquesa.

—¿De qué?

—Mis siervos se habrán emboscado en los pisos superiores, y tienen fusiles.

—¡No temo a vuestros hombres!

—Yo no respondo de lo que hagan —dijo la Marquesa.

—¡No os haré responsable! —repuso el Corsario.

—¿Debo seguiros yo también?

—¡Es inútil, señora!

—¿Y el rescate?

—¡El señor de Ventimiglia no hace la guerra a las mujeres ni se bate por codicia!

¡Adiós, señora!

La Marquesa quedó estupefacta ante aquella inesperada generosidad. Con rápido además se quitó de un dedo un anillo de oro con una espléndida esmeralda de gran valor, y se lo ofreció al Corsario, diciéndole con nobleza:

—Conservadlo en memoria de nuestro encuentro, caballero. Nunca olvidaré al gentilhombre a quien debo libertad, y acaso la vida.

—¡Gracias, Marquesa! —replicó el Corsario poniéndoselo—. ¡Adiós, señora!

Carmaux había abierto una ventana. El Corsario saltó al alféizar y pasó al jardín.

—¡Que nadie tire!

Carmaux, Yara y los otros dos habían seguido al Corsario.

Los cuatro filibusteros y la joven india se lanzaron hacia la vereda para dirigirse a la cancela. Ya casi habían llegado a ella cuando de repente vieron a varios hombres bajar por los muros.

Carmaux había lanzado un grito: —¡Los soldados! ¡Es tarde!.. Casi en el mismo momento sonaron algunos disparos, seguidos de un grito de dolor.

El Corsario se volvió para ver quién fue herido.

Un grito de fiera salió de sus labios:

—¡Mi pobre Yara!

La joven india había caído al suelo con la cara entre las manos.

—¡Yara! —gritó el Corsario corriendo a ella, mientras Carmaux, el negro y Van Stiller cargaban furiosamente contra los soldados disparando sus pistolas.

La pobre hija de los bosques agonizaba ya. Una bala le había atravesado el pechó, y la sangre corría enrojeciendo su vestido azul.

El Corsario la tomó en sus brazos y la llevó corriendo hacia el palacio.

En la escalinata se encontró con la Marquesa acompañada por dos siervos que llevaban hachones encendidos.

—¡Caballero! —exclamó con alterada voz la española—. ¡Dios es testigo de que no os he hecho traición; os lo juro!

—Os creo, señora —dijo el Corsario.

—¿Os la han matado?

En vez de responder, el Corsario se había inclinado sobre la joven.

Yara había abierto los ojos y los tenía fijos en el Corsario; pero aquellos ojos poco a poco perdían su esplendor. La muerte se acercaba rápidamente.

—¡Mi pobre Yara! —exclamó amargamente el Corsario.

La joven movió los labios, y haciendo un supremo esfuerzo balbuceó:

—¡Venga… a mi… tribu…

—¡Te lo juro, Yara!

—¡Te amo!… —suspiró Yara—. ¡Te… a…!

No pudo terminar la palabra, había expirado.

El Corsario se irguió pálido como un espectro.

¡Soy fatal para todos! —dijo con voz sorda—. ¡Cuidad de esta muchacha, Marquesa!

—¡Os lo prometo, caballero!

El Corsario recogió su espada, permaneció inmóvil un momento, y se lanzó como un tigre hacia un ángulo del jardín, donde se oía violento entrechocar de hierros.

—¡Vamos a vengarla! —gritó.

Casi en el mismo instante un cañonazo retumbó sordamente en las almenas del fuerte de San Juan de Ulúa. El monstruo de bronce había disparado contra la primera escuadra de filibusteros que corrían al asalto de Veracruz.

III. El asalto de Veracruz

Los filibusteros de las Tortugas, resueltos más que nunca a expugnar aquella grande y riquísima ciudad de México, protegidos por inesperada fortuna habían logrado acercarse a la costa sin que los españoles, siempre en guardia, lo advirtieran.

Para engañar mejor a sus adversarios habíanse aprovechado de una afortunada circunstancia.

Sabiendo que en Veracruz eran esperados dos navíos procedentes de Santo Domingo, los filibusteros habían detenido al grueso de la flota en el mar, y con sólo dos naves tripuladas por los más resueltos se habían lanzado audazmente al puerto enarbolando el estandarte de España.

La estratagema había surtido efectos que sobrepujaban sus esperanzas. Los habitantes, convencidos de que eran los dos navíos esperados, no se habían preocupado de comprobarlo, y menos aún las autoridades del puerto.

Las dos naves corsarias habían anclado al caer el día en el punto extremo del puerto, fuera del tiro de los fuertes, para en caso de peligro poder tomar rumbo hacia alta mar.

Cerrada la noche, Laurent, Grammont y Wan Horn hicieron botar al agua las chalupas, y comenzó el desembarco

Estando, sin embargo, la ciudad cerrada por bastiones que la defendían, por la parte de tierra en unión de un fuerte armado por doce cañones de gran calibre, se vieron obligados a esperar que abrieran las puertas para poder entrar, ya que carecían de medios para escalar los muros.

Laurent, Grammont y Wan Horn escondieron a sus hombres en los huertos que rodeaban a la ciudad, y se reunieron para decidir lo que había que hacerse antes de entrar en la población.

—Una sola cosa nos queda que hacer —dijo Grammont, que gozaba de cierta influencia sobre sus dos compañeros por haber pertenecido al ejército francés—: asaltar ante todo el fuerte que domina la ciudad por la parte de tierra.

¡Difícil empresa! —repuso Wan Horn.

—Pero no imposible —dijo Laurent, para quien no había ningún empeño temerario.

—Tiene doce grandes cañones —dijo Wan Horn—, mientras nosotros no tenemos ni una culebrina.

—Nuestros sables vencerán a las bombas.

—Y nuestras granadas alejarán a los defensores —añadió Grammont—. Nuestros hombres tienen provisiones abundantes.

—¿Queréis confiarme la empresa? —dijo Laurent—. Os aseguro que antes de que venga el día, el fuerte estará en mi poder.

—Pero los habitantes prevenidos por los cañonazos, se prepararán a la defensa —repuso Wan Horn.

—Te engañas —replicó Laurent—. La suerte, que nos ha favorecido ayer tarde, no nos ha abandonado.

—¿En qué te fundas, Laurent? —preguntó Grammont.

—He sabido por los esclavos, que nos han guiado, que hoy los españoles celebran no sé qué santo, y ya sabéis que en sus fiestas religiosas hacen tronar los cañones.

—Es cierto —repuso Grammont.

—Es, por tanto, muy posible que se engañen respecto al verdadero significado del cañoneo. Dadme trescientos hombres resueltos, y tomaré el fuerte.

—¿Y nosotros? —preguntó Wan Horn.

—Caeréis sobre la ciudad apenas abran las puertas.

—¡Sea! —dijo Grammont—. El fuerte nos es preciso para que no nos destrocen dentro de los muros de la ciudad.

—¡Entonces, vamos —dijo Laurent—; los minutos son preciosos!

Un cuarto de hora después una columna formada por trescientas filibusteros elegidos de entre los más resueltos de la escuadra salía silenciosamente del puerto, guiada por los esclavos.

El fuerte que debían asaltar se encontraba en una altura que dominaba la ciudad, erigido a espaldas de la muralla de circunvalación. Era una sólida construcción, provista de fuertes baluartes y defendida por quinientos hombres que, si hubieran podido enterarse, de la presencia de los filibusteros, habrían resistido largo tiempo.

Desgraciadamente para ellos, los corsarios habían procedido con tanta prudencia, que ni remotamente podía sospecharse su presencia en la ciudad.

La audaz columna, protegida por las tinieblas se acercaba rápidamente, por temor a ser sorprendida por los albores del día.

Aún era de noche cuando llegó a los fosos de los bastiones. Ningún centinela español había notado su presencia.

—Sorprenderemos a la guarnición —dijo Laurent a los filibusteros que iban a su lado.

Los bastiones por aquella parte estaban casi derruidos; así que un escalo no era difícil para hombres habituados a trepar por los palos de las naves.

—¡El sable entre los dientes, y adelante! —ordenó Laurent.

Dando ejemplo subió aferrándose a los salientes del bastión. Los otros le siguieron denodadamente, trepando los unos sobre los otros, formando una cadena humana que se alargaba, serpenteaba, se rompía, volvía a unirse, y que llegó felizmente a la cima del bastión, sin ser vistos por los centinelas españoles.

Faltaba sin embargo, trasponer la muralla del fuerte, que tenía unos diez metros de altura y que era completamente lisa. Aquel obstáculo hizo vacilar a los audaces marinos.

—¡Guay de ellos si los españoles los hubieran sorprendido en el bastión! Acaso ni uno se hubiera librado de la muerte.

—¡Hay que llegar arriba antes del alba —dijo Laurent a los subjefes que le rodeaban—, y no nos queda más que media hora!

El instante era terrible. De un momento a otro un grito de alarma podría romper el silencio y poner en alarma a toda la guarnición.

Una idea brotó repentinamente en el cerebro de Laurent.

Había visto abandonada junto al bastión una escalera que tal vez alcanzara a lo alto de la muralla.

Envió algunos hombres a cogerla, y mandó apoyarla con infinitas precauciones en las almenas del fuerte.

—¡Al abordaje! —ordenó con voz de trueno.

Dando ejemplo a los demás, se izó rápidamente a lo alto. Marinero experto como era, no encontró ninguna dificultad para llegar a la cima.

Apenas hubo llegado a las almenas, se encontró ante un centinela español armado de alabarda. El soldado quedó tan sorprendido por aquella inesperada aparición, que no pensó siquiera en hacer uso de su arma, ni aun en dar la voz de alarma.

Laurent cayó sobre él sin darle tiempo para salir de su asombro, y de un sablazo le dejó en tierra moribundo.

El soldado, sin embargo, apeló a sus últimas fuerzas para lanzar un grito exclamando:

—¡Los filibusteros!…

Los centinelas que vigilaban en las torres, aunque no podían creer en la aparición de los corsarios, a quienes suponían en las Tortugas se lanzaron hacia la terraza, y se encontraron de manos a boca con los primeros asaltantes.

—¡Rendíos! —les gritó Laurent.

Los soldados huyeron hacia el fuerte gritando desaforadamente:

—¡A las armas! ¡Los filibusteros!

La guarnición del fuerte, despertada de improviso, echó mano a las armas, y se precipitó en el patio del fuerte para defender la artillería.

Era tarde: los filibusteros se habían reunido ya todos y los acometieron con furor, destrozando con una irresistible carga sus primeras filas.

Entretanto, algunos corsarios derribaron la puerta del polvorín y sacaron de él barriles llenos de municiones que colocaron en torno del cuerpo central del fuerte, en cuyo interior se encontraba todavía la mayor parte de la guarnición.

De todas partes se alzaba este grito, repetido sin cesar:

—¡Rendíos, o volaréis por los aires!

Aquella terrible amenaza produjo mayor efecto que la carga. Los españoles, sabiendo de lo que eran capaces aquellos hombres intrépidos, y reconociéndose impotentes para afrontar el asalto, tras una breve resistencia arriaron el estandarte de España que ondeaba en la más alta torre, y depusieron las armas, después de habérseles prometido respetar su vida. Laurent encerró a los prisioneros en las celdas del fuerte, dispuso multitud de centinelas y ordenó apuntar los cañones hacia la ciudad gritando:

—¡Primero, un disparo; después una descarga general! ¡Es el anuncio de la victoria!

Estalló un formidable estampido, y en seguida los once cañones arrojaron simultáneamente con horrible estruendo una lluvia de balas sobre la desgraciada ciudad, que despertó despavorida de su tranquilo sueño.

Grammont y Wan Horn habían esperado aquella señal, presas de una angustia fácilmente imaginable. De la toma del fuerte dependía una brillante victoria o una derrota desastrosa.

Al oír aquellos disparos salieron de su escondite.

—¡Adelante, hombres de mar! ¡Veracruz es nuestra!

Los filibusteros se lanzaron en masa sobre la ciudad. Eran seiscientos, armados con fusiles, sables de abordaje y pistolas, resueltos a todo, hasta a dar el asalto al formidable fuerte de San Juan de Ulúa, si fuese preciso.

—¡A las armas! ¡Los filibusteros!

Cuando los corsarios caían sobre la población como desbordado torrente, a su derecha, por la parte de los primeros jardines, oyeron algunos disparos y vieron algunos soldados, los cuales huían delante de cuatro hombres que con furor terrible repartían estocadas y navajazos. Grammont, que iba al frente de la primera columna se lanzó hacia allí, creyéndose atacado de flanco.

Entonces lanzó un grito de sorpresa:

—¡El Corsario Negro!

Era, en efecto, el señor de Ventimiglia, que por su cuenta había comenzado el asalto de la ciudad.

—¡Grammont! —exclamó viendo al francés.

—¡Llegáis en buen momento, caballero! —gritó Grammont—. ¡Venid!

—¡Héme aquí! —dijo el Corsario.

—¿Y el Duque? ¿Ha muerto?

—¡Huyó cuando iba a atravesarle con mi acero! —repuso sordamente el Corsario.

—¡Le encontraremos, señor de Ventimiglia! ¡Al asalto, hombres del mar! ¡El Corsario Negro está con nosotros!

La batalla había comenzado en las calles, terrible y sangrienta.

Los soldados y los habitantes, pasado el primer momento de estupor, se habían precipitado en las calles para detener a los corsarios.

En medio del fragor horrendo en que se hundían los edificios bajo el incesante cañoneo, las descargas de fusilería, los gritos de los combatientes y los ayes de los heridos, resonaban las voces de mando de los capitanes corsarios.

—Adelante!… ¡Incendiad!… ¡Destruid! …

La resistencia opuesta por los soldados y los habitantes centuplicaba el furor de los corsarios.

Como tigres sedientos de sangre entraban en las casas, arrojaban por las ventanas a sus defensores, y se dirigían al centro de la ciudad destrozándolo todo a su paso.

Sus capitanes, que temían verlos vacilar, los precedían a paso de carga, gritando:

—¡Un esfuerzo más, y Veracruz es nuestra!

Con un supremo esfuerzo hicieron irrupción de la plaza de la catedral.

—¡Adelante! —gritaban el Corsario Negro, Grammont y Wan Horn lanzándose animosamente a la pelea.

La lucha era salvaje, feroz. Los españoles, apoyados por los habitantes, resistían tenazmente pero ya nada podía detener a los filibusteros.

Imposible resistir a los fieros corsarios, ya envalentonados con los primeros triunfos.

Los filibusteros asaltaron el palacio del Gobierno y destrozaron sin piedad cuanto hallaban a las manos. Otros asaltaron las casas particulares, derribando las puertas, aprisionando a sus habitantes, y conduciéndolos a la catedral sin escuchar sus lamentos.

Entretanto, los demás saqueaban las tiendas, las iglesias y monasterios, y hasta las naves ancladas en el puerto.

Había que apresurarse, pues en los contornos, a no muchas leguas, había fuertes guarniciones que podían de improviso caer sobre Veracruz.

Mientras los filibusteros se entregaban al más desenfrenado saqueo, el Corsario, seguido por Carmaux,

Moko, el hamburgués y una quincena de hombres del Rayo, recorría casa por casa hasta los más humildes tugurios. No tenía más que un deseo: descubrir a su mortal enemigo.

¿Qué le importaban los tesoros de Veracruz? Todos los daría con tal de tener en sus manos al odiado flamenco.

Pero fueron vanas sus pesquisas; no encontró más que mujeres llorosas, niños aterrados, hombres heridos y filibusteros amenazadores que saqueaban a los míseros vencidos.

—¡Nadal… ¡Nadal… —rugía el Corsario.

De repente una idea brotó en su cerebro.

—¡A casa de la Marquesa de Bermejo! —gritó a sus hombres.

Atravesó a paso de carga la ciudad abriéndose paso por entre los ciudadanos fugitivos y los filibusteros perseguidores, y llegó un cuarto de hora después ante el jardín de la Marquesa.

La cancela había sido destrozada, y algunos corsarios que acababan de entrar en el palacio se disponían a saquearlo.

Con amenazadores gritos habían intimado a los siervos que abriesen la puerta, que parecía atrancada; pero no habían recibido contestación alguna. Creyendo que sus habitantes intentaban oponer resistencia, iban a escalar las ventanas del entresuelo, cuando apareció el Corsario.

—¡Fuera de aquí! —gritó el señor de Ventimiglia levantando su espada.

Asombrados los filibusteros por aquella inesperada intervención, se habían detenido.

—Capitán —dijo uno de ellos—, es una casa habitada por españoles.

—Estos españoles son mis amigos. ¡Marcháos y listos, si no queréis que os aniquile yo mismo!

—¡Gracias, caballero! —dijo una voz de él bien conocida.

La marquesa de Bermejo había aparecido en una ventana del primer piso, en unión de los siervos armados de fusiles.

—¡Abrid, señora! —dijo el Corsario saludándola con la espada.

Un momento después la puerta, que estaba atrincherada, dejaba paso al Corsario. La Marquesa había ya bajado, y le esperaba en el mismo salón en que había ocurrido el duelo con el Duque.

—La ciudad está perdida, ¿no es cierto? —dijo la Marquesa con voz alterada.

—Sí, señora —repuso el Corsario. —¡Triste guerra, caballero!

El Corsario no contestó. Paseaba por la estancia, presa de viva agitación.

De pronto se detuvo ante la Marquesa y le dijo:

—.No le he encontrado!

—¿A quién?

—¡Al Duque!

—¿Odiáis mucho a ese hombre?

—¡Inmensamente, señora!

—¿Y habéis vuelto aquí con la esperanza de encontrarle escondido?

—Sí, marquesa.

—No ha vuelto.

—¿Debo creeros?

—¡Os lo juro!

—¿Dónde se habrá refugiado, entonces, ese hombre?

La Marquesa le miró en silencio; parecía vacilar en contestar.

—Vos sabéis algo, señora —dijo el Corsario.

—Sí —contestó la Marquesa con voz firme.

—¿Amáis a ese hombre?

—No, caballero.

—¿Quién os impide, pues, decirme dónde podré encontrarle?

—Estaba al servicio de España.

—¡Por obra de una infame traición! —exclamó el Corsario con ira.

—Lo sé —murmuró la Marquesa inclinando la cabeza.

Y sacando un billete de la bolsa de terciopelo carmesí que llevaba al costado, se lo alargó al Corsario tras una breve vacilación, diciendo:

—Lo he recibido hace dos horas. Leedlo.

El Corsario se había apoderado vivamente de aquella carta, que contenía pocas líneas.

—“He logrado alcanzar “El Escorial”. Presentaréis mis excusas al Gobernador; pero motivos urgentes me obligan a marchar a La Florida.

“Diego os dirá el resto.

Wan Guld.”

—¡Partió! —exclamó el Corsario—.

—¡Se me escapa!

—Ya sabéis dónde encontrale —dijo la Marquesa.

—La Florida es muy grande, señora.

—Pero las ciudades son pocas.

—Las recorreré todas, os lo juro, si no le alcanzo antes de que llegue. ¿Conocéis “El Escorial”?

—No sé qué clase de nave es, caballero, pero por Diego podréis obtener informaciones preciosas.

—¿Quién es ese hombre?

—Un confidente del Duque.

—¿Y en dónde se encuentra?

—En el fuerte de San Juan de Ulúa.

—El fuerte no ha capitulado, señora.

—Buscad el medio de encontrarle. Sabe ese hombre acerca del Duque muchas cosas que yo misma ignoro, y acaso pueda explicaros el motivo por el cual su amo va a La Florida.

—En efecto; ese viaje a tan lejanas tierras es inexplicable para mí.

—Y para mí, caballero —dijo la Marquesa —Ya hacía algún tiempo que me hablaba de ese viaje, y…

—Continuad, Marquesa —dijo el Corsario viéndola vacilar.

—Quisiera contaros una extraña historia, que quizás os interese.

—¿A mí? —exclamó asombrado el Corsario.

—Y mucho —añadió la Marquesa.

—Pero pensad que, entretanto, Wan Guld huye.

—¡Ya le alcanzaréis más tarde! Me han dicho que vuestra nave es la más rápida de cuantas surcan el golfo de México.

—Es cierto. ¿Creéis que el Duque vaya directamente a La Florida? ¿Se detendrá en algún lugar antes?

—Es probable.

—Entonces, vos sabéis muchas cosas que…

—Yo no; Diego.

—¡Entonces, es preciso que tenga en mi poder a ese hombre!

—Por ahora, escuchadme, caballero.

—¿De qué se trata?

—Ya os he dicho: es una historia que os interesa.

Y mirándole fijamente, añadió:

—¡Se trata de Honorata!…

IV. La Marquesa de Bermejo

Al oír aquel nombre el Corsario se dejó caer en una silla y escondió el rostro entre las manos. Un sordo gemido salió de sus labios como sofocado sollozo.

De repente se levantó. Estaba lívido: su rostro se había alterado espantosamente.

Miró durante algunos instantes como trastornado a la Marquesa, y haciendo un esfuerzo dijo con voz ronca:

—¿Queréis destrozarme el corazón señora? ¿Para que hablarme de esa joven? ¡Ha muerto y duerme en paz en los abismos del mar al lado de mis hermanos!

—Acaso os engañéis, caballero

—dijo la Marquesa.

—¿Queréis infundirme la esperanza de que la joven flamenca vive?

—dijo el Corsario acercándose bruscamente a la Marquesa, más pálido que nunca.

—Diego Sandorf está convencido de ello.

—¿Quién es ese hombre?

—Ya os lo he dicho: el confidente del Duque.

—¿Un español?

—No; un viejo flamenco que vino a América con el Duque.

—¿Y fue él quien os habló de Honorata?

—Sí, caballero.

—¿Entonces, vos sabéis?

—Todo. Fue la vuestra una terrible venganza; pero…

—¡Callad, marquesa! —dijo el Corsario cayendo de nuevo en la silla y ocultando el rostro.

Permaneció en silencio algunos instantes hasta que, poniéndose en pie, dijo:

—¡No! ¡Honorata Wan Guld ha muerto!

—¿Quién os lo asegura, caballero? ¿Habéis acaso visto flotar su cadáver en el golfo?

Diego Sandorf me ha asegurado que la Duquesa fue recogida por una carabela española, que poco después naufragó en las playas de La Florida.

—Y a mí me contó D. Pablo de Ribeira, intendente del Duque en Puert-imón, que la chalupa tripulada por la Duquesa había sido hallada hacia las costas occidentales de Cuba

¿A quién creer ahora?

—A Diego Sandorf, caballero —dijo la Marquesa—. ¿Acaso habéis olvidado que el Duque ha partido para La Florida?

—¿Y creéis?… —preguntó el Corsario impresionado por aquellas palabras.

—¡Que ha ido a buscar a su hija!

¡Viva! —exclamó—. ¡Honorata viva! ¿Habrá podido hacer Dios este milagro?

¡Marquesa, me es necesario ese Diego Sandorf! ¡Necesito interrogarle!

—Os he dicho que está en el fuerte de San Juan de Ulúa.

—¿Y qué hacer?

—Expugnar esa roca.

—¡Es una locura que costaría inmensos sacrificios! ¡Los filibusteros no se atreverían a tanto!

—Diego Sandorf no saldrá, seguramente hasta la partida de vuestros hombres y de vuestros barcos.

—¡Iré a secuestrarle! –exclamó el Corsario como si hubiese tomado una rápida resolución.

—¿Dónde —preguntó la Marquesa estupefacta.

—¡A San Juan de Ulúa!

—¡Qué audacia! Pero ¿no sabéis que en el fuerte hay sesenta cañones y ochocientos hombres?

—¡Qué importa!

—Os matarán, caballero.

—Estoy acostumbrado a desafiar a la muerte.

—Es preciso vivir.

—¡Oh, sí, para vengar a mis hermanos! —dijo el Corsario con voz siniestra.

—¡Y para encontrar a Honorata!

—¡Adiós, señora! —dijo de repente.

—¿A dónde váis, caballero?

—A intentar la suerte.

—¿Seguís decidido?

—Sí, marquesa; iré a secuestrar a ese hombre.

—Esperad, caballero. Acaso…

—¿Qué más queréis decirme?

La española se había acercado a una escribanía con incrustaciones de coral, y habiendo trazado algunas líneas, tendió al Corsario la hoja que había escrito, diciéndole:

—Encontrad el medio de hacer llegar esto a manos de Diego Sandorf.

El Corsario se había apoderado vivamente del billete, que contenía las siguientes palabras:

“Un gentilhombre, amigo mío, desea hablaros. Os esperará esta noche bajo el último torreón de Levante, desde las doce al alba.

“Ha venido ‘con los filibusteros, y marchará con ellos. No faltéis a la cita.

Inés de Bermejo.”

—¡Gracias, marquesa! —dijo el Corsario—. Pero corréis peligro de comprometeros.

—¿Y por qué, caballero? ¿Acaso os doy medios para apoderaros del fuerte? Así evito a mis compatriotas ese peligro.

—Habéis favorecido a un filibustero.

—No: a un gentilhombre, caballero. Vos no sois un enemigo de mi patria.

—¡Jamás lo hubiera sido si mi destino no me hubiese puesto frente al Duque! ¡Adiós, señora! ¡Acaso volvamos a vernos antes de que yo zarpe para La Florida!

—¡Una palabra, caballero! —Hablad, señora.

—Si Honorata viviese, ¿qué haríais con el Duque, con su padre?

El Corsario la miró fijamente, y dijo:

—¿Creéis, señora que las almas de mis hermanos se han aplacado? Cuando el mar se torna fosforescente, el Corsario Rojo y el Verde, las víctimas del Duque, suben a flote pidiendo venganza.

La Marquesa sintió un escalofrío. Tras breve pausa prosiguió el Corsario:

—Dentro de cinco días hará un año que el cuerpo del Corsario Rojo, arrancado por mí de la horca de Maracaibo, está sepultado en los negros abismos del mar. Si esta noche el mar fosforece, Wan Guld no tendrá perdón por mi parte.

—¿Y Honorata? —preguntó la Marquesa.

—¡Mi destino está escrito! —repuso tristemente el Corsario—, ¡pero estoy dispuesto a desafiarlo!

—¿Qué queréis decir, caballero?

En vez de responder, el Corsario le estrechó la mano, y salió rápidamente sin añadir palabra.

En el jardín le esperaban los filibusteros con Carmaux, Van Stiller y el negro.

—¡Que se vayan los hombres de El Rayo! —dijo—. ¡Quédense tan sólo los afectos a mí!

Iba a emprender el camino por la vereda, seguido por el hamburgués, Moko y Carmaux cuando se detuvo.

—¿Y Yara? —murmuró suspirando.

Volvió sobre sus pasos, y entró de nuevo en la sala baja del palacio.

La marquesa de Bermejo estaba allí todavía, apoyada en una silla, pensativa y triste.

—¿Dónde está? —dijo el Corsario con ligero temblor—. ¡Quiero verla por última vez!

—Seguidme, caballero —repuso la española, que había comprendido. Le guió a una estancia contigua y ricamente amueblada.

Acostada en un sofá de terciopelo verde, entre dos altos candelabros y cubierta por un lienzo de franela, yacía la pobre india.

Un hilo de sangre había corrido bajo el lienzo y se había coagulado en el tapiz.

El Corsario contempló con triste mirada aquel bello rostro, e inclinándose sobre la muerta imprimió en su frente un tierno beso, murmurando:

—¡También tú serás vengada, Yara! ¡El Corsario Negro sostendrá su juramento!

Y casi huyendo se reunió con sus hombres, como si hubiera querido ocultar a la Marquesa la profunda emoción que le embargaba.

—¡Venid! —dijo bruscamente a Carmaux y a sus compañeros.

Atravesó casi corriendo el jardín y se metió por las callejuelas de la ciudad dirigiéndose hacia la Plaza Mayor.

Aunque ya oscurecía, el saqueo continuaba por parte de los corsarios.

De cuantas casas entraban arrojaban a los habitantes, obligándolos con amenazas de muerte a dejar sus hogares y a abandonar la ciudad; así que las calles estaban llenas de fugitivos.

El Corsario parecía no ver nada. Continuaba caminando rápidamente sumido en profundos pensamientos, y tratando solamente de abrirse paso por entre los fugitivos.

—¡Ya veremos dónde para! —decía Carmaux—. ¡El Capitán está borrascoso! ¡Por Baco!

¡Nunca le he visto de este modo!

—Habrá pasado algo grave, —decía el hamburgués—. Cuando el Capitán salió del palacio, parecía convulso.

—¡Dios sabe lo que le bullirá dentro, amigo Stiller! ¡Aseguraría que no está precisamente encantado de haber perdido el rastro de ese condenado… Duque!

¡Teniéndole ya en la punta de la espada!

—¡Es un verdadero demonio ese flamenco!

—Pero el Capitán le cogerá por los cuernos, Stiller. ¡No esquivará siempre la espada de un hombre semejante!

—¿Y dónde encontrarle ahora? —¡Le encontrará, Stiller, te lo digo yo!

—Es la tercera vez que se nos escurre de entre las manos; primero en Maracaibo, luego en Gibraltar, y ahora aquí.

—Pero acabará por caer en nuestras manos —concluyó Carmaux.

Habían llegado entonces a la Plaza Mayor, donde los filibusteros tenían su cuartel general.

La vasta plaza estaba llena de prisioneros, armas, montones de mercancías robadas en los almacenes de aduanas, etc.

Doscientos filibusteros armados con fusiles habían ocupado la plazoleta del palacio del Gobierno para impedir cualquier rebelión de los prisioneros, y otros ciento habían circundado la catedral, en cuyo interior habían sido encerrados los personajes más notables de la ciudad, de los cuales se pensaba obtener pingües rescates.

A cada instante llegaban destacamentos de filibusteros con nuevos prisioneros, o llevando columnas de esclavos negros o mulatos cargados de objetos preciosos o de víveres, que pronto eran consumidos por los corsarios de guardia.

Por doquier se oían llantos de mujeres, gritos de niños, juramentos e imprecaciones; pero nadie osaba rebelarse.

Los cañones emplazados ante el palacio, y los barriles de pólvora dispuestos en torno de la catedral, tenían refrenados a los más audaces y calmaban a los más inquietos.

—¿Dónde está Grammont? —preguntó el Corsario a un filibustero que estaba sentado sobre un barril de pólvora con una mecha encendida en la mano.

—En el palacio del Gobernador, señor —contestó el centinela.

—¿Y Laurent?

—Sigue en el fuerte.

—¿Y Wan Horn?

—Vigila el fuerte de San Juan de Ulúa.

El Corsario atravesó la plaza y entró en el palacio del Gobernador, sólido edificio que parecía un fuerte y que sin embargo, capituló al primer asalto de los filibusteros, a pesar de su numerosa guarnición.

En una sala, ya casi llena de barras de oro, plata, piedras y joyas preciosas, fruto del saqueo, encontró al gentilhombre francés.

—El oro afluye como un río, caballero —dijo Grammont apenas vio al Corsario—.

Tenemos ya, lo menos, cuatro millones de piastras.

—¡Eso no me interesa! —repuso el Corsario—. ¡No he venido a Veracruz para contemplar riquezas!

—Ya lo sé —dijo riendo el francés—. Vos quizás las daríais todas con tal de tener en vuestro poder a ese condenado Duque. ¿No es cierto?

—¡Sí, Grammont!

—Siento decíroslo; pero vuestro enemigo no está entre los prisioneros.

—Lo sabía.

—Pero cuando haya terminado el saqueo le haré buscar por toda la ciudad. Le encontraremos en cualquier escondite, caballero.

—Sería perder el tiempo.

—¿Por qué?

—Está ya en alta mar.

—¿Partió? —exclamó Grammont con estupor.

—Sí, a bordo de un barco que se llama “El Escorial”.

—¿Cuándo?

—Ayer por la noche.

—¡Ira de Dios! ¿Quién os lo ha dicho?

—Una dama amiga suya.

—¿La que asistió al duelo?

—¿Cómo lo sabéis?

—Me lo ha narrado Carmaux.

—¡Me interesa vuestro caso, caballero!

—¿Y dónde va ese condenado Duque?

—A La Florida.

—¿Y vos?

—Me preparo a seguirle —repuso resueltamente el Corsario.

—¿Nos dejáis?

—No; ahora no. Debo hacer algo más en Veracruz, y venía a buscaros para que me aconsejarais.

—¿Qué pretendéis intentar? —Debo ir a San Juan de Ulúa.

—¿Al fuerte? —exclamó el gentilhombre francés haciendo un gesto de asombro.

—Sí, Grammont.

—¿Qué locura váis a hacer?

—No es una locura: debo ir a tener una entrevista urgente.

—¿Relativa al Duque?

—A él y… a Honorata.

—¿La flamenca? ¿Será cierta la leyenda?

—Se dice que vive todavía.

—¿Lo creéis?

—Os lo diré cuando haya hablado con el hombre que está en el fuerte de San Juan.

—Hay españoles en la roca.

—Ya lo sé.

—Y no consentirán en rendirse; antes bien, parece que tienen la intención de saludar a nuestros barcos a cañonazos.

—Os digo que, de todos modos, iré al fuerte.

—Os prenderán.

—Acaso no.

—¿Tenéis algún talismán?

—Un simple billete que haré llegar al hombre a quien deseo interrogar.

—¿Por quién?

—Por cualquier soldado español.

—Tenemos muchos entre los prisioneros.

—¡Magnífico! Ahora escuchadme, Grammont. Si mañana al alba no volviese, tenedme por muerto, o a lo menos por prisionero.

—Caballero, ¿queréis un consejo?

—Hablad.

—¡Mandad al Diablo a ese hombre, y quedaos con nosotros!

—¡Es imposible; es necesario que le vea!

—Entonces, ya sé lo que debo hacer.

—Explicaos, Grammont.

—Preparar a mis filibusteros para asaltar el fuerte.

—No haréis tal.

—Ahora no; pero mañana por la mañana. Si con el alba no estáis aquí, yo, Laurent y Wan Horn escalaremos la roca, y, ¡vive Dios, la tomaremos, a pesar de la guarnición y de los sesenta cañones que la defienden!

—No quiero que se sacrifiquen inútilmente vuestros hombres. Si yo no he vuelto, advertiréis a Morgan que haga un crucero por alta mar con mi Rayo durante una semana entera, pasada la cual podrá ir donde quiera.

—¿Y vos creéis que nuestros filibusteros se marcharán, tranquilamente, sabiendo que quedáis en manos de los españoles? ¡No lo esperéis!

—Prohibidles que intenten tan ardua empresa.

—Se rebelarían, caballero. Sois muy querido de los filibusteros.

—Que hagan lo que quieran. Además, no seré tan tonto que me deje coger. Obraré con prudencia. ¡Dadme un prisionero!

El señor de Grammont salió, y poco después entraba con un joven soldado español.

El pobre hombre, creyendo acaso que querían fusilarle estaba pálido como la cera y miraba a los filibusteros con ojos aterrorizados.

—He aquí uno que puede serviros —dijo Grammont empujándole hacia el señor de Ventimiglia.

Éste le miró algunos instantes, y poniéndole una mano en el hombro, le dijo:

—Te concedo la libertad sin rescate y te regalo quinientas pistras si me prestas un servicio.

—¡Hablad, señor! —dijo el español, animado por aquellas palabras.

—¿Conoces a la Marquesa de Bermejo?

—¿Quién no la conoce en Veracruz?

—¿Y a Diego Sandorf?

—¿El confidente del Duque flamenco?

—Sí.

—Le conozco, señor.

—Irás al instante al fuerte de San Juan de Ulúa, y entregarás al señor Sandorf este billete. Le dirás que se lo envía la Marquesa de Bermejo. Yo esperaré tu respuesta en la base del torreón de Levante, por la parte del golfo y recibirás las quinientas piastras. Ten presente que si tratas de hacerme traición expugnaremos el fuerte para darte muerte entre los más a troces tormentos.

—Prefiero la libertad y las quinientas piastras, señor.

—A media noche estarás en el lugar de la cita.

—Os prometo que estaré allí, señor.

—¡Vete!

—¿Me dejarán el paso libre los filibusteros?

Grammont llamó a un corsario que entraba llevando una cesta de barras de plata.

—¡Eh, amigo! — le dijo—. Acompaña a este prisionero hasta nuestras avanzadas. Le dices a Wan Horn que lleva órdenes del señor de Ventimiglia.

Y volviéndose al Corsario, que iba a salir tras el soldado, añadió:

—¡Sed prudente, caballero!

—Lo seré, Grammont.

—Espero volver a veros antes del alba.

—Si la suerte no dispone otra cosa.

—En tal caso, nosotros expugnaremos la roca y os libertaremos, u os vengaremos.

V. El asalto a San Juan de Ulúa

Tres horas después, cuando los filibusteros hastiados del saqueo, acampaban como mejor podían en los bastiones de la ciudad y en las plazas públicas, una pequeña barca tripulada por cuatro hombres se destacaba de la playa, avanzando rápidamente en el pequeño golfo. La noche estaba obscurísima, y un viento fuerte soplaba de la parte del golfo de México, lanzando sobre los diques grandes oleadas que rompían con largo mugido contra las naves ancladas a lo largo de los muelles y contra los lanchones.

Aquella chalupa estaba tripulada por el Corsario Negro y sus tres valientes marineros.

Todos llevaban su espada al costado y en la cintura un par de pistolas. Moko había añadido a las suyas un hacha, arma formidable en sus manos, y que manejaba mucho mejor que la espada, pues ignoraba la esgrima.

El Corsario llevaba el timón, y los otros tres remaban vigorosamente para vencer la violencia de las ondas.

En el puerto la obscuridad era completa; todos los barcos tenían las luces apagadas.

Tan sólo en el extremo del muelle parpadeaba a intervalos la luz verde y blanca del faro.

De cuando en cuando, sin embargo, un rápido relámpago iluminaba fugazmente el mar tempestuoso, seguido de un trueno lejano.

Cada vez que aquella luz lívida rasgaba las tinieblas, el Corsario levantaba vivamente

la cabeza y miraba la imponente masa del fuerte de San Juan de Ulúa, gigantesco con sus formidables bastiones y sus torres almenadas.

—Es una noche a propósito para las expediciones arriesgadas —dijo Carmaux—. ¿Qué opinas, hamburgués?

—Me dan miedo los relámpagos —repuso Stiller.

—¿Y por qué, viejo mío?

—Si a los españoles se les ocurriese tirarnos confetti en forma de balas de treinta y seis…

—No harían blanco, hamburgués mío. ¡Somos tan pequeñitos!

—Sí; pero los españoles tienen buenos artilleros. Y además, ¿quién te ‘ asegura que el soldado no nos ha hecho traición?

—Hamburgués, no creo que sea éste el momento más oportuno para decirme todas esas cosas.

—No me fío de ese español, Carmaux.

—Ni yo; pero saben que nuestros filibusteros son capaces de asaltar el fuerte y hacerles pagar cara una traición. Grammont sabe que vamos a una cita, y no nos dejará en manos de los españoles si tal desgracia nos sucediese.

—¡Atentos, camaradas! ¡Llegamos a lo difícil!

La chalupa se encontraba entonces frente a la boca del puerto, y tenía que hacer frente a las olas que con furor creciente rompían en los diques.

El Corsario se había puesto en pie y despojándose del tabardo.

—¡Cuidado a los golpes de remo! —dijo—. ¡Cuidado con las olas!

La chalupa se balanceaba desesperadamente a impulso de los incesantes golpes de mar, ora hundiéndose entre dos olas, ora reapareciendo en sus espumantes crestas. En algunos momentos recibía tales sacudidas, que los tres marinos corrían peligro de verse lanzados por encima de la borda.

Sin embargo, llevada por los poderosos golpes de remo, logró superar la boca del puerto y pronto quedó al amparo del muelle.

Llegada a su extremo, arribó a las escolleras del fuerte, precisamente en la base de la alta torre de Levante.

—¡Prontos a tomar tierra! —dijo el Corsario.

Con un último esfuerzo la chalupa embarrancó en una especie de caleta que se abría bajo el torreón.

Carmaux se lanzó a la escollera con la cuerda de amarre en la mano, y la ató sólidamente a un saliente de una roca.

El Corsario, Moko y el hamburgués le siguieron.

En aquel momento un relámpago rasgó las tinieblas iluminando el puerto.

—¡El soldado! —exclamó Carmaux, que había trepado a una especie de plataforma que se extendía en la base del torreón.

Un hombre se había levantado junto a una roca, dirigiéndose hacia los filibusteros.

—¿Sois las personas a quienes esperan en el puerto? —preguntó.

—Sí; somos nosotros —dijo el Corsario adelantándose—. ¿Has entregado el billete de la Marquesa de Bermejo a Diego Sandorf?

—Si, señor —repuso el soldado.

—¿Y qué te ha dicho?

—Que está a vuestra disposición

—¿Dónde nos espera?

—En la terraza del torreón.

—¿Por qué no ha venido aquí?

—No hubiera podido abandonar el fuerte sin que su ausencia fuera notada, y, siendo uno de los comandantes, no ha osado hacerlo.

—¿Quién cree que somos?

—Españoles, amigos de la Marquesa de Bermejo.

—¿No sospecha nada?

—No, señor; estoy seguro.

—Piensa que no tendrás tu recompensa hasta después de mi coloquio con Sandorf.

—Ya me lo habéis dicho, señor.

—Y que no te dejaremos ni un instante.

El soldado no contestó.

—¿Cómo subiremos al torreón? —preguntó el Corsario.

—Sandorf ha echado una escalera de cuerda.

—¡Bien está; subamos!

De pronto pareció asaltarle una sospecha.

—¿Y si la cortasen? —se preguntó.

Se acercó al soldado, que había permanecido algo atrás, como si temiese algo.

—¿Has de hacer alguna señal a Sandorf para anunciarle nuestra llegada?

—Sí, señor.

—Apresúrate a hacerla, y subirás por la escala delante de nosotros.

El español se llevó los dedos a la boca, y lanzó un agudo silbido.

Un momento después oyó en la cima del torreón un silbido semejante, que se perdió entre el retumbar del trueno.

—Nos espera —dijo el soldado.

—Marcha delante, y no olvides que no te perderé de vista un sólo instante, y que tengo la mano ligera —dijo con voz amenazadora el Corsario.

Atravesaron la pequeña explanada y llegaron a la base del torreón.

Allí percibieron una escala de cuerda que pendía a lo largo de la maciza muralla.

Carmaux levantó la cabeza para mirar a las almenas que se distinguían vagamente entre las tinieblas.

—¡Vaya una subida! —exclamó palideciendo—. ¡Lo menos hay cuarenta metros desde las almenas a la base!

Hasta el Corsario parecía impresionado por la altura de aquel gigantesco torreón.

—¡Muy alto tenemos que subir! —dijo.

Y volviéndose a Carmaux, que examinaba la escala como buen conocedor, le preguntó:

—¿Es sólida?

—Las cuerdas son nuevas y de notable grueso.

—¿Podrán soportarnos a todos? —Aunque fuésemos en mayor número. Con tal que.. .

—¿Qué quieres decir, Carmaux?

—¡Por Baco! —exclamó el filibustero rascándose la cabeza.

—Si esos señores que están ahí arriba la cortasen… ¿Habéis pensado en eso, capitán?

—El español me ha jurado que no ha dicho quiénes somos.

—¡Sí! ¡Fiaos de eso!

—Preferirá ganar las piastras que le he ofrecido.

—¡Vamos, capitán! —dijo Carmaux con firmeza.

—Sube —ordenó el Corsario al soldado—. Si nos hacen dar una voltereta, también tú caerás al abismo.

—Sandorf ignora quién sois —repuso el soldado—. Me he cuidado muy bien de no decírselo, pues me iba en ello el pellejo.

Se agarró a la escala, y comenzó a subir sin dar muestras de vacilación.

El Corsario le seguía, y detrás iban Carmaux, Van Stiller y, por último, el negro.

La subida no era fácil. El viento, que soplaba con fuerza, movía vivamente la escala, empujando a los cinco hombres contra las paredes del torreón.

De cuando en cuando se veían obligados a detenerse y a apoyarse en la pared con el pie para refrenar las sacudidas.

A cada escalón que subían aumentaba la ansiedad de los filibusteros; el temor de dar de un momento a otro una espantosa voltereta se había apoderado de sus corazones, sabiendo que estaban en manos de sus enemigos.

Carmaux sudaba; el hamburgués tenía escalofríos que no lograba contener; el negro estaba grisáceo de puro pálido.

Hasta el Corsario parecía intranquilo, y casi se arrepentía de haber emprendido tan audaz empresa.

A la mitad de la altura se habían detenido. La escala había sufrido una violentísima oscilación que parecía provenir de lo alto.

—¿Será éste el momento del salto mortal? —se preguntó Carmaux agarrándose desesperadamente a una piedra que sobresalía en la muralla.

—Es el viento —dijo el Corsario enjugándose con la mano izquierda unas gotas de sudor frío—. ¡Adelante!

—¡Esperad un momento, señor! —dijo el español, cuya voz temblaba—. ¡Me parece perder la cabeza!

—¡Aprieta fuertemente las cuerdas, si no quieres precipitarte al abismo!

—¡Concededme un momento de descanso, señor! ¡Yo no soy marinero!

—¡Un solo minuto nada más! —dijo el Corsario—. ¡Tengo prisa por llegar a la plataforma de la torre!

—¡Y yo, capitán— dijo Carmaux—, preferiría verme a horcajadas en un gallardete de masana durante un abordaje! ¡Mil ballenas! ¡Diríase que me tiemblan las piernas!

Se agarró fuertemente a las cuerdas y miró hacia abajo.

El abismo estaba a sus pies, pronto a engullirle, negro como el fondo de un pozo. Ya no se veía nada; tan sólo se oían los mugidos de las ondas, que parecían ser más espantosos.

Sobre su cabeza el viento silbaba siniestramente entre las almenas del torreón y las cuerdas de la escala.

—¡Si escapo sano de esta terrible situación, mandaré un cirio a la catedral de Veracruz! —murmuró.

—¡Adelante! —dijo en aquel momento el Corsario.

El español reanudó la subida aferrándose fuertemente a las cuerdas.

—¡Adelante! le repetía—. ¡Ya sólo nos faltan algunos metros!

Por fin, con un último esfuerzo el soldado llegó al borde superior del torreón.

—¡Ayudadme! —dijo viendo aparecer entre las almenas un hombre, que extendió los brazos y le subió a la plataforma.

El Corsario, que no padecía del vértigo, se agarró al reborde de la almena próxima, y saltó ágilmente a la torre poniendo mano a la espada.

El hombre que había ayudado al soldado se le acercó diciéndole:

—¿Sois vos el amigo de la Marquesa de Bermejo?

—Sí —repuso el Corsario separándose para dejar puesto a sus hombres, ya llegados a las almenas.

Se miraron entrambos algunos instantes con cierta curiosidad.

Diego Sandorf, el confidente del Duque, era de baja estatura, anchas espaldas y brazos musculosos.

Representaba unos cincuenta años. Sus cabellos y su barba eran grises, sus líneas, duras, sus ojos pequeños y grises, como los de un gato con ciertos reflejos acerados.

Examinó al Corsario de pies a cabeza con una linterna que tenía en la mano, y dijo con cierto mal humor:

—No era necesario que os cubrieseis el rostro con un antifaz pues como veis, yo enseño el mío.

—Las precauciones nunca están de más —se limitó a responder el Corsario.

—¿Quiénes son esos hombres? —preguntó Sandorf señalando a Carmaux y a los otros.

—Marineros míos.

—¡Ah! ¿Sois, pues, un capitán de marina?

—Soy un amigo de la Marquesa de Bermejo —repuso secamente el Corsario.

—¿Qué deseáis saber de mí?

—Una cosa de inmensa importancia.

—Estoy a vuestras órdenes, señor.

—Sé que tenéis noticias de la hija del Duque Wan Guld, de la señorita Honorata.

Diego Sandorf hizo un gesto de estupor.

—Perdonad —dijo—; pero yo desearía antes saber qué títulos tenéis para interesaros por la hija del Duque.

—Por ahora, soy un amigo de la Marquesa de Bermejo; más tarde, en otro lugar, no aquí, os diré quién soy.

—¿Qué motivos os detienen para no decírmelo ahora?

—Ahora no puedo darme a conocer —dijo secamente el Corsario.

—¡Sea! Decidme, pues, qué deseáis saber.

—Quería aclarar si es cierto el rumor que corre de que la señorita Honorata vive aún.

—¿Y por qué causa?

—Tengo una nave y hombres resueltos, y podría lograr acaso mejor que otro recuperar a la joven Duquesa.

—Entonces, ¿sois un amigo del Duque para interesaros tanto por su hija?

El Corsario no contestó. Diego Sandorf interpretó su silencio como una aquiescencia, y prosiguió:

—Entonces, escuchadme:

“Hace dos meses estaba yo en comisión en La Habana cuando un día vino a mí un marinero diciéndome que tenía importantes revelaciones que hacerme. Al principio creí que se trataba de alguna confidencia relacionada con los filibusteros de las Tortugas; pero no, se trataba de Honorata Wan Guld.

“Habiendo sabido que yo era confidente del Duque, se había decidido a buscarme para suministrarme preciosos detalles acerca de la joven Duquesa.

“Supe por él que la tormenta que estalló la noche en la cual el Corsario Negro la había abandonado en una chalupa para vengarse del Duque, la había respetado.

“La nave que tripulaba aquel marinero había encontrado a la joven Duquesa a sesenta millas de las costas de Maracaibo, y la había recogido, a pesar del furor de las aguas.

“La carabela iba con rumbo a La Florida, y se la llevó consigo, por haberse negado el capitán a cambiar de ruta.

“Desgraciadamente, era entonces la época de los huracanes. La carabela, frente a las costas meridionales de La Florida, naufragó en una escollera, y la tripulación fue asesinada por los salvajes, que acudieron en gran número y los devoraron.

“Tan sólo el marinero que fue a buscarme se había librado milagrosamente de la muerte permaneciendo oculto entre los maderos y despojos de la nave; pero no era él solo.

“También la joven Duquesa había sido perdonada.

“Aquellos salvajes, impresionados acaso por su admirable belleza, en vez de degollarla le hicieron manifiestos signos de respeto extraordinario.

“Desde su escondite el marinero vio a aquellos feroces antropófagos arrodillarse ante la joven Duquesa como si fuese alguna divinidad del mar, y por fin reclinarla en un palanquiín adornado con plumas y pieles de caimán, y llevársela consigo.

“El marinero vagó varias semanas por la inhospitalaria costa hasta encontrar una canoa abandonada entre la arena, en la que se hizo a la mar, siendo recogido por una nave que venía de San Agustín de La Florida.

“He aquí señor, cuanto he sabido.”

El Corsario Negro le había escuchado en silencio, con la cabeza baja y los brazos cruzados sobre el pecho.

Cuando Diego Sandorf terminó, levantó vivamente la cabeza, y le preguntó con un acento que revelaba inmensa ansiedad:

—¿Habéis creído esa historia?

—Sí, señor. El marinero no tenía ningún interés en inventarla.

—¿Y el Duque no mandó en seguida alguna nave en su busca?

—Estaba él entonces aquí, y no pude informarle hasta hace pocos días; es decir, después de mi llegada.

—Sin embargo, D. Pablo de Ribeira sabía también algo.

—¿Conocéis a D. Pablo? —preguntó asombrado Sandorf.

—Fui a buscarle hace pocas semanas.

—Le había puesto al corriente —dijo el flamenco—. Creyendo que el Duque se encontraba en sus posesiones de Puert-imón, fui allí antes, cuando él a su vez había ya partido para Veracruz.

—Me han dicho que el Duque se ha embarcado la otra noche con rumbo a La Florida.

—Es cierto, señor.

—¿No se detendrá en algún punto antes de llegar allí?

—Creo que en Cárdenas, en la isla de Cuba, donde tiene muchas posesiones e intereses por arreglar.

—¿Me habéis dicho que la carabela naufragó en las costas meridionales de La Florida?

—Sí, señor —contestó Sandorf.

—¿En qué lugar?

—El marinero no pudo decírmelo con exactitud, porque desconoce aquellas costas.

El Corsario le estrechó la mano, diciéndole:

—¡Gracias! Si mañana bajáis a Veracruz, os diré mi nombre.

—Están los filibusteros en la ciudad.

—Mañana ya no estarán.

Y volviéndose hacia sus hombres, dijo:

—¡Vamos!

Carmaux, que había ya dado la vuelta por la plataforma para convencerse de que no había soldados ocultos, bajó el primero; luego, tras él, Van Stiller, el Corsario y, por último Moko.

Ya habían descendido diez o doce metros, cuando Carmaux lanzó un gritó:

—¡Rayos! —exclamó—. ¿Y el soldado?

—¡Se ha quedado en el torreón! —gritó Stiller.

—¡Si nos hace traición!…

El Corsario Negro se detuvo. Si el soldado, que debía recibir las piastras prometidas al pie del torreón no los había seguido, era de temer una traición.

El temor de que cortasen la escalera precipitándolos en el abismo que mugía bajo sus plantas, les heló la sangre en las venas.

—¡Subamos! —gritó el Corsario—. ¡Pronto; nos va en ello la vida!

Se agarraron a la escala y la remontaron precipitadamente.

Moko, que era el primero, se aferró a la almena más próxima. Apenas había apoyado las manos en ella, cuando oyó una voz que decía:

—¡Aún estamos a tiempo para dejarlos caer!

De un salto se precipitó el negro en la plataforma y empuñó el hacha, dirigiéndose hacia donde estaba la escala amarrada.

Junto a aquel sitio había dos hombres.

Eran el soldado español y Diego Sandorf.

—¡Atrás, miserables! —gritó el negro levantando el hacha.

El español y el flamenco, sorprendidos por la inesperada aparición, se detuvieron.

Aquel momento bastó para dejar al Corsario y a sus dos marineros tiempo de alcanzar la cima del torreón.

Viendo una culebrina, de un solo golpe la hizo girar Carmaux apuntándola hacia las plataformas de las otras torres, y encendió rápidamente una mecha, mientras el Corsario se lanzaba hacia Sandorf espada en mano.

—¿Qué queréis? —preguntó el flamenco desenvainando la suya.

—Deciros que habéis llegado tarde para precipitarnos en el abismo —repuso el Corsario—. Si teníais esas intenciones, debíais haberlas hecho antes, cuando subíamos.

—¿Quién os ha dicho tal cosa? —preguntó Sandorf fingiéndose sorprendido.

—Os he oído, señor Sandorf, cuando decíais al español: “Estamos aún a tiempo de hacerlos caer.”

—Sois el Corsario Negro, ¿no es cierto? —repuso el flamenco con los dientes apretados.

—Sí; el enemigo mortal del Duque, vuestro señor —repuso el caballero arrancándose el antifaz.

—¡Entonces os mato! —gritó el flamenco atacándole furiosamente.

En el momento en que le atacaba, el soldado había salido de la plataforma, y saltó a un puente que comunicaba con un segundo torreón.

—¡A las armas! —gritó a toda voz—. ¡Los filibusteros!

—¡Ah, canalla! —gritó Van Stiller precipitándose tras él—. ¡A mí, Moko!

—¡Por vida de mil barcos! —exclamó Carmaux apuntando la pieza de artillería hacia el puente—. ¡Ya nos hemos metido en otro lío! ¡Aquí, dentro de poco, lloverá confetti!

El Corsario, a quien urgía desembarazarse de su adversario para organizar la defensa de la plataforma o intentar el descenso del torreón, si tenían tiempo, había atacado con gran ímpetu al flamenco, obligándole a retroceder hacia el puente.

El flamenco se defendía vigorosamente; pero no era de la talla del Corsario, aunque sí un hábil espadachín.

Llegado junto al primer escalón del puente, se vio obligado a volverse para no caer.

El Corsario, rápido como el rayo, le largó una estocada entre las costillas, haciéndole rodar por las escaleras.

—Hubiera podido atravesaros de parte a parte —le dijo—. Os he perdonado, porque me habéis dado preciosos detalles y porque sois amigo de la Marquesa.

Ya era tiempo de que se librase de aquel adversario. Moko y Stiller, que no habían podido alcanzar al soldado, volvían corriendo, mientras en todas las plataformas y bastiones se oía a los centinelas gritar:

—¡A las armas?… ¡A las armas!… ¡Los filibusteros!

El Corsario lanzó a su alrededor una rápida ojeada. En un ángulo de la plataforma vio una escalerilla de piedra que parecía llevar al interior del torreón.

—¡Busquemos un refugio! —dijo—. ¡Dentro de poco las piezas del fuerte ametrallarán este lugar!

—¿Y si huyésemos por la escala de cuerda? —preguntó Carmaux—. Acaso tendríamos tiempo.

—¡Ya es tarde! —repuso Van Stiller—. ¡Los españoles llegan!…

—¡Señor! —dijo Carmaux volviéndose al Corsario—. ¡Salvaos!

—¿Qué quieres decir? —preguntó éste.

—Podremos resistir algunos momentos. Esta culebrina está cargada, y cortará el puente.

—¿Y bien?… —preguntó el Corsario.

—No nos rendiremos hasta que hayáis llegado a la chalupa.

—¡Abandonaros! —exclamó el Corsario—. ¡Nunca!

—¡Daos prisa, Capitán! —dijo Van Stiller—. ¡Aún estáis a tiempo de salvaros!.. .

—¡Nunca! —repitió con increíble franqueza el Corsario—. ¡Me quedo con vosotros!

¡Venid, y tendámonos como leones esperando el asalto de los filibusteros de Grammont!

VI. Entre el fuego y el abismo

El Corsario había puesto un pie en el primer escalón, cuando un súbito pensamiento le detuvo.

—¡Iba a cometer una villanía! —exclamó volviéndose hacia sus hombres.

—¡Una villanía! —exclamó Carmaux mirándole atónito.

—Sí, Carmaux.

—Confieso que no os entiendo, capitán.

—Involuntariamente hemos comprometido a la marquesa de Bermejo. Suponed que los españoles logran prendernos.

—¡Bien! ¿Y qué?

—Y que los filibusteros de Grammont no logran conquistar el fuerte.

—¿Y qué?

—Los españoles, y Sandorf sobre todo, no perdonarían a la Marquesa de Bermejo el haber protegido a los filibusteros, y sobre todo a mí.

—¡Diablo! —murmuró Carmaux tirándose rabiosamente de las barbas—. ¡Acaso tengáis razón, capitán!

—Y eso sería indigno del caballero de Ventimiglia.

—Luego…

—Es necesario que uno vaya a advertir lo que ha ocurrido, para que pueda librarse de la venganza de sus compatriotas.

—Razón de más para que os marchéis, capitán. Salvaréis a la Marquesa al mismo tiempo que os salváis vos.

—Mi puesto está aquí entre vosotros —dijo el Corsario—. Van Stiller, a ti te confío el encargo de advertir a la Marquesa y a Grammont nuestra situación. ¡Pronto; ahora que hay tiempo!

—Estoy dispuesto a obedeceros, capitán —repuso el hamburgués—. Si los españoles cortan la cuerda y me precipitan al abismo, no será culpa mía el no haber podido cumplir el encargo.

—Resistiremos hasta que estés en tierra. ¡Vete pronto, que el tiempo vuela! —dijo el Corsario.

—Cuando estés en la escollera, nos lo avisas con un pistoletazo —le dijo Carmaux.

—¡Preparémonos a la defensa! —dijo el Corsario—. ¡Tú, Carmaux, a la culebrina; y nosotros Moko, defendamos el puente!

—¡Los españoles vienen, capitán! —dijo Moko—. ¡Los veo bajar por los bastiones frente a nosotros!

—Afortunadamente, los españoles son pocos y la obscuridad nos protege.

Habiendo creído primero que los filibusteros intentaban un asalto por la parte de las torres y bastiones de Poniente, se habían precipitado confusamente hacia aquella parte, dejando así al Corsario y a sus compañeros algunos minutos de tregua.

Cincuenta hombres armados de fusiles y alabardas pasaron los bastiones y se precipitaron hacia el fuerte, mientras los artilleros apuntaban dos piezas en aquella dirección para sostener a la columna de asalto.

El Corsario y Moko se habían apostado en la extremidad del puente escondiéndose tras el ángulo del parapeto, mientras Carmaux, que en su tiempo había sido un valiente artillero, había apuntado una culebrina de modo que impidiera el paso.

Viendo avanzar a los soldados, el Corsario con la derecha empuñó el sable y con la siniestra una pistola, gritando:

—¿Quién vive?

—¡Rendíos! —repuso el oficial que mandaba el destacamento.

—¡A vos es a quien os intimo que os rindáis! —dijo audazmente el Corsario.

—¿Queréis bromear?

—No es mi costumbre.

En aquel momento se oyó una voz opaca que gritaba:

—¡Adelante!… ¡Adelante!.. . ¡Es el Corsario Negro!…

Era Diego Sandorf, el cual, a pesar de no estar gravemente herido, aún no había logrado atravesar el puente.

—¡El terrible Corsario! —habían exclamado con espanto.

La fama del filibustero era popular en todas las colonias españolas del golfo de México, y todos conocían las audaces empresas de aquel hombre, como conocían el terrible odio que mediaba entre él y el Duque flamenco.

Los soldados del fuerte, sabiendo que tenían enfrente al formidable Corsario, se habían detenido y titubeaban entre avanzar o retroceder para pedir nuevos refuerzos.

El Corsario no les dejó tiempo de tomar una resolución, queriendo ante todo ganar tiempo.

—¡Adelante, mis valientes! —había gritado—. ¡Carmaux, lanza veinte hombres a través del puente! ¡Y tú, Moko, da el asalto a ese bastión con otros quince! ¡A la carga, hijos del mar!…

Y descargó su pistola lanzándose hacia el puente.

Al oír aquellas órdenes, creyendo realmente los españoles que tenían enfrente tantos hombres, retrocedieron a todo escape y subieron confusamente al bastión, a pesar de los gritos de Sandorf, que repetía:

—¡Adelante!… ¡Adelante!… ¡No son más que cuatro!.. .

Viéndolos escalar el bastión, y queriendo hacerles creer que estaban en buen número en el torreón, Carmaux descargó la culebrina, desmantelando una almena de la segunda cintura y haciendo llover los escombros sobre los fugitivos.

Un momento después dos pistoletazos resonaban en la escollera.

—¡Van Stiller está en salvo! —exclamó Moko.

—¡Y nosotros hemos conseguido nuestro deseo! —dijo Carmaux riendo como loco.

—Capitán, mis hombres han conquistado valientemente el puente.

—Y los míos el bastión —añadió el negro.

—Pero se han desvanecido misteriosamente, y temo no verlos más —dijo Carmaux.

—Nos pasaremos sin ellos —dijo sonriendo el Corsario—. Ahora daos prisa, y busquemos mejor refugio.

De pronto dos disparos de cañón resonaron en la última torre de Poniente, y dos balas pasaron sobre la plataforma. Una derribó una almena a cinco pasos de Moko y la otra rompió una rueda de la culebrina, perdiéndose luego en el mar.

—¡Ya llegan los confettis! —exclamó Carmaux, que nunca perdía su buen humor—. Son demasiado dulces para nosotros, ¿verdad, Saco de carbón?

—¡Por poco me trago uno! —dijo el negro.

—¡Te aseguro que te hubiera sentado mal!

—¡Venid! —dijo el Corsario. Se lanzaron los tres hacia la escalera de piedra, mientras una bala de grueso calibre levantaba una piedra de la plataforma destrozándola.

Bajados cincuenta escalones, los filibusteros se encontraron en una estancia abovedada, con dos aspilleras defendidas por gruesos barrotes de hierro, y que daba la una hacia el mar y la otra a un patio del fuerte casi a su nivel.

Una puerta bastante fuerte y blindada de hierro cerraba la escalera.

—Ante todo pensemos en guardar las espaldas —dijo Carmaux.

Con ayuda de Moko cerraron con estrépito la puerta atrancada con dos cerrojos de hierro.

—Por aquí de seguro no entran —dijo—. ¡Es una puerta a prueba de hacha!

—Y los enrejados de las ventanas son sólidos —dijo Moko.

El Corsario había recorrido la estancia para ver si había alguna otra entrada: mas no la encontró.

—Quizás podamos resistir hasta la llegada de los filibusteros —dijo.

—Y hasta una semana, capitán —repuso Carmaux—. Las paredes tienen un espesor capaz de desafiar a los cañones.

—No tenemos ni un sorbo de agua ni un bizcocho.

—¡Anda! ¡Pues es verdad! —exclamó Carmaux haciendo un gesto de desconsuelo—. ¡Por qué no tendremos aquí la despensa de D. Pablo Ribeira, ni la de aquel desgraciado notario de Maracaibo! ¡Soy un verdadero animal, capitán! ¡Después de tantos asedios, debía estar habituado a llenarme siempre los bolsillos; pero la próxima vez lo haré!

—¿Piensas sostener otro asedio?

—De fijo no será éste el último, capitán. Parece que nuestro destino es hacernos bloquear en las casas o en los torreones.

—Consuélate, Carmaux; ya llegan los cantineros. Desgraciadamente, no nos ofrecerán más que almendras de hierro.

—¡No me gustan; son muy indigestas!

—Entonces, ten cuidado.

El Corsario Negro, que estaba apostado detrás de una de las aspilleras, había visto que un destacamento rodaba un cañón hacia el patio.

—Parece ser que somos caza mayor —dijo tranquilamente—; vienen a darnos caza a cañonazos.

—Y, en cambio, nosotros sólo podemos contestar con pistoletazos.

—¡Se hará lo que se pueda!

Iba a retirarse a un ángulo del muro, cuando se oyeron pasos en la escalera.

—Parece que quieren cogernos entre dos fuegos —dijo—. Afortunadamente, la puerta es maciza, en la escalera no se puede colocar un cañón, y…

Un golpe furioso dado contra la puerta, y que hizo retumbar toda la torre, le cortó la palabra.

—¡Abrid! —gritó un voz.

—¡Querido señor —dijo Carmaux—, bajad un poco la voz! ¡Debéis de estar muy mal educado!

—¡Abrid! —repitió la misma voz.

—¡Ohé! ¡Cuidado, que estamos en nuestra casa, y que tenemos derecho a no ser molestados por nadie, ni aun por el rey de España!

—¡Ah! ¿Estáis en vuestra casa?

—¡Por Baco! ¡Hemos pagado en concepto de alquiler al señor Sandorf dos pulgadas de acero de Toledo!

—No importa; ¡rendíos!

—¿A quién? —preguntó el Corsario.

—¡Al comandante del fuerte, D. Esteban de Toave!

—Decid al señor de Toave que el caballero de Ventimiglia no piensa por ahora rendirse.

—Pensad que somos quinientos —dijo el español.

—Y nosotros, tres; pero dispuestos a luchar hasta que se nos agoten las fuerzas.

—El Gobernador os promete la vida.

—Preferimos jugárnosla en un combate.

—La perderéis.

—¡Eso es cuenta nuestra! ¡Marchaos, y dejadnos tranquilos!

—¡Ah! ¿Queréis quedar tranquilos? Lo siento; pero no os concederemos ni un instante de tregua.

Se oyeron pasos y subir de escaleras, y luego, nada.

—Parece que han renunciado a forzar la puerta —dijo Carmaux respirando fuertemente.

—Pero no han renunciado a bombardearnos —repuso el Corsario—. ¡Mira!

Le llevó a la aspillera que daba al patio.

En la parte opuesta vio Carmaux a la luz de varias antorchas dos piezas de artillería apuntadas hacia la torre, y multitud de soldados.

—¿Ves? —preguntó el Corsario.

—¡Diablo! —exclamó Carmaux tirándose de una oreja—. ¡La cosa se pone seria!

—¡ ¡Atrás, Carmaux! ¡Soplan en las mechas!

—¡No me dejaré coger, capitán! —repuso el marinero dando un salto atrás.

Los tres filibusteros esperaron el disparo; pero los cañones, que parecían prontos a vomitar metralla contra la torre, permanecieron mudos.

—¿Qué pasa? —se preguntó Carmaux—. ¿Se arrepentirán los españoles de estropear el torreón o querrán cogernos vivos?

—Es probable —repuso el Corsario, que se había acercado a la aspillera, con riesgo de caer destrozado por una bala—. ¡Sí; parece que han renunciado a bombardearnos!

—¿Estarán dispuestos a dejarnos tranquilos?

—Los soldados están conferenciando entre sí. Hay varios oficiales también, y acaso hasta el comandante del puerto. Esperan hacernos capitular sin recurrir a la violencia y sin perder ni un hombre.

—Saben que carecemos de víveres.

—Pero no saben que al alba nuestros amigos vendrán a libertarnos.

—¡Poco a poco, Carmaux! –dijo el Corsario—. Aún faltan tres horas para el amanecer, y en este intervalo de tiempo pueden suceder mil cosas.

—¿Dudáis del señor Grammont?

—Al contrario, Carmaux. Lanzará a sus hombres al asalto; de eso no dudo; pero no puedo asegurarte que cuando llegue nos encuentre aquí atrincherados detrás de esas murallas.

—¿Qué es lo que teméis, capitán?

—Que los españoles nos obliguen a capitular antes de la salida del sol.

—Soy de vuestro parecer, señor —dijo Moko, que hasta entonces había estado tras la puerta blindada—. Los españoles parecen ocupados en algún misterioso trabajo.

—¿Qué has oído? —preguntaron Carmaux y el Corsario con inquietud.

—Diríase que ruedan barriles.

—¿Encima de la escalera? —preguntó Carmaux palideciendo.

—Sí —repuso Moko.

—¡Barriles! —exclamó el marinero—. ¿Estarán llenos de pólvora?

—Seguramente, no contendrán Jerez ni Málaga —dijo con admirable tranquilidad el Corsario Negro.

—¡Truenos del infierno! ¿Querrán hacernos saltar por los aires en unión de la torre?

—Es probable, Carmaux.

—¡No lo consentiremos, capitán!

—¿Qué piensas hacer, valiente?

—¡Abrid la puerta y caer sobre los españoles antes de que puedan preparar una mina!

—La idea no me parece mala; pero la creo de poco resultado. En lo alto de la escalera se combate mejor que abajo.

—Haremos lo que podamos.

—¿Estás decidido?

—Sí, capitán.

—¿Y tú también Moko?

—Prefiero morir con las armas en la mano, a saltar por los aires como un saco de garbanzos.

—Entonces, venid, valientes —dijo el Corsario, cambiando de tono y desenvainando la espada.

Antes de dar orden de correr los férreos cerrojos, acercó un oído a la puerta y escuchó largo rato. Los españoles parecían entregados a un misterioso trabajo; se oía subir y bajar, golpear ligeramente las murallas, y murmullos apagados.

—¡Fuera la barra! —dijo a Moko en voz baja.

El negro la descorrió de un tirón y abrió violentamente la maciza puerta.

El Corsario se lanzó a los primeros escalones, gritando a voz en cuello:

—¡Adelante, hombres del mar!

A media escalera cuatro soldados al mando de un sargento rodaban un barril.

El Corsario cayó sobre ellos y con una estocada echó por tierra al más próximo; pero el sargento le cortó el paso atacándole vigorosamente con su espada, mientras sus otros compañeros subían precipitadamente gritando:

—¡Los filibusteros!… ¡A las armas!…

El barril, abandonado a sí mismo, había rodado por la escalera abajo con gran estrépito, tirando a Carmaux patas arriba.

—¡Aparta! —había gritado el Corsario al sargento—. ¡Aparta, o te mato!

—¡Sebastián Moldinado muere en su puesto, pero no huye, señor! —repuso el español parando con gran habilidad una estocada que hubiera podido atravesarle de parte a parte.

—¡Entonces, toma ésta!

El sargento era un hábil espadachín y hacía vigorosamente frente al Corsario, el cual, encontrándose cuatro escalones más abajo, perdía gran parte de sus ventajas.

Moko y Carmaux se habían lanzado adelante; pero pronto tuvieron que detenerse a causa de la estrechez de la escalera y de la inesperada resistencia opuesta por el Teniente.

—¡Una pistola vale algunas veces mas que una espada! —dijo Carmaux empuñando la que llevaba a la cintura.

Iba a disparar sobre el valiente español, cuando éste cayó dando un grito.

El Corsario le había herido en mitad del pecho.

—¡Adelante! —grito.

En aquel momento aparecieron los españoles en lo alto de la escalera. Acudían en buen número para cazar a los filibusteros.

Sonaron dos tiros. Una bala cortó de raíz la larga pluma negra del Corsario, mientras la segunda rozaba la mejilla derecha de Moko trazando en ella un ligero surco sanguíneo.

—¡En retirada! —gritó el Corsario descargando su pistola contra los arcabuceros.

Los tres filibusteros bajaron de dos saltos la escalera y se encerraron de nuevo en la estancia, saludados por otros dos tiros, cuyas balas rebotaron en las placas de hierro de la puerta.

En el mismo instante algunos cañonazos retumbaron por la parte del mar, Un grito de alegría se escapó de sus labios.

—¿Qué tenéis, capitán? —preguntó Carmaux.

—¡Mira, Carmaux!… ¡Mira!…

—¡Truenos! —exclamó el valiente marinero—. ¡Nuestros filibusteros! El Rayo entraba en aquel momento en la rada y descargaba su artillería contra las torres y bastiones del fuerte de San Juan de Ulúa.

VII. La toma de San Juan de Ulúa

Apenas llegó a la escollera, que se prolongaba en la base del torreón, Van Stiller no perdió el tiempo. Comprendiendo que el Corsario y sus dos compañeros no podrían oponer una larga resistencia al numeroso retén del fuerte, saltó a la chalupa, que había dejado en la cala, y empezó a remar con empuje dirigiéndose hacia la cala central de la ciudad.

Soplaba el viento de la parte del golfo, y la chalupa era arrastrada por las aguas que rompían en los diques y la repelían hacia tierra. Sin esa circunstancia, el hamburgués, a pesar de su robustez, hubiera tenido que luchar bastante tiempo antes de arribar al muelle.

Sin embargo, no avanzaba con la celeridad requerida por los acontecimientos, a pesar de que el bravo hamburgués ponía cuanto podía de su parte.

Ya había llegado al centro de la rada cuando, tendiendo la vista en rededor, vio una gran chalupa que seguía exactamente su misma ruta.

—¿Me habrán seguido los españoles? —Se preguntó.

Iba a lanzarse entre los navíos anclados en la rada, cuando oyó una voz que gritaba:

—¡Eh! ¡Alto o hacemos fuego! Al oír aquella voz el hamburgués soltó los remos.

—¡Lucerni! —exclamó—. ¡Ohé! ¿Sois de El Rayo?

—¡Toma! —exclamó la misma voz—. ¡Que me despedace un tiburón si no es el hamburgués, ese hombre!

La chalupa que iba tripulada por doce hombres, se acercó a la embarcación del hamburgués, y un hombre saltó a proa, gritando con marcadísimo acento ligur:

—¿Eres tú, Van Stiller?

—¡Sí, maestro Lucerni!

—¿Y el capitán?

—¡Está a pique de que le prendan!

—¿Qué dices?

—¡Que si no tomamos el fuerte, el señor de Ventimiglia caerá en manos de los españoles!

—¡Truenos y centellas! ¡El Capitán en peligro!…

En aquel momento un disparo de culebrina retumbó en la torre de Levante de San Juan de Ulúa.

—Es Carmaux que desbarata a los españoles —dijo Van Stiller.

—Pero son sólo tres, y no tienen más que una carga.

—¡Dame dos de tus hombres, maestro, y tú corre a avisar a Morgan! ¡El capitán está encerrado en la torre de Levante!

—¿Y tú, a dónde vas?

—A prevenir al señor de Grammont. Con el alba, los filibusteros darán el asalto al fuerte—. ¿Vienes del mar?

—Sí —repuso el ligur—. Me ha enviado el señor Morgan para recibir órdenes del Capitán.

—¿Dónde está El Rayo?

—En crucero ante la rada.

—Di a Morgan que asalte el fuerte por la parte del mar, mientras el señor Grammont lo ataca por la parte de tierra. ¡Adiós, y no perder tiempo!

—¡Dos hombres con Van Stiller! —dijo el contramaestre—. ¡Pronto!

Un momento después la embarcación del hamburgués, reforzada con dos robustos remeros, corría hacia el muelle, mientras la chalupa grande tomaba de nuevo rumbo hacia El Rayo.

Apenas desembarcado, el hamburgués se volvió hacia los filibusteros, y les dijo:

—Llegaos en seguida al palacio del Gobernador, y advertid al señor de Grammont que el Corsario Negro está sitiado en la torre de Levante. Yo os alcanzaré en seguida.

Y partió corriendo tratando de orientarse entre las muchas calles de la ciudad, que apenas conocía. No le fue fácil encontrar el palacio de la Marquesa de Bermejo; pero, finalmente, logró dar con él. En el momento en que montaban dos bellísimos y vigorosos caballos se disponían a salir.

—¿Dónde está la Marquesa? —preguntó Stiller.

—Se ha marchado —contestó uno de ellos.

—¿Cuando?

—Hace tres horas.

—¡No tratéis de engañarme! —dijo el hamburgués con voz de amenaza—. He de hacerle una comunicación de la mayor importancia.

—Os repito que ha partido.

—¿A dónde ha ido?

—A Tampico, donde embarcará para España.

—¿Volveréis a verla?

—Ahora vamos a reunirnos con ella.

—Le diréis que todo se ha descubierto, que Sandorf ha sido gravemente herido, y que el señor de Ventimiglia está sitiado en la torre y espera al señor de Grammont.

—Soy su mayordomo —dijo el español que había hablado—. Vuestras palabras le serán fielmente transmitidas.

—Decidle que yo soy un enviado del señor de Ventimiglia para avisarle la traición y la necesidad de que se guarde.

—¡Esa Marquesa es una mujer astuta! ¡Ha tomado sus precauciones a tiempo!

Cuando llegó al palacio del Gobernador alboreada.

Una viva agitación reinaba en la vasta plaza. Bandadas de filibusteros llegaban de todas partes arrastrando cañones, rodando barriles de pólvora y llevando larguísimas escaleras cogidas en las iglesias.

—¡Grammont es hombre de palabra! —dijo Van Stiller—. ¡Se preparan al asalto del fuerte!

Se abrió paso por entre los filibusteros que entraban y salían del palacio y subió a la sala que daba a la plaza, en la que vio a Grammont discutir vivamente con Laurent y varios comandantes de naves.

Apenas le vio, el gentilhombre francés le salió al encuentro, exclamando:

—¡Por fin! ¿Qué le ha ocurrido al señor de Ventimiglia? Los dos marinos que me has enviado sabían lo mismo que yo.

—Cuando le he dejado, la guarnición del fuerte se preparaba a sitiarle, señor —dijo Van Stiller.

—¿Le han hecho prisionero? —Lo dudo, señor. Iba a atrincherarse en una estancia del torreón de Levante.

—¡Diablo de hombre! —exclamó el señor de Grammont con estupor—. ¿Se preparaba a resistir contra quinientos hombres?

—Y vigorosamente; os lo aseguro. Ya había dejado fuera de combate a uno de los comandantes del fuerte.

—¿De algún sablazo?

—Sí, señor.

Iba a salir, cuando algunos cañonazos retumbaron hacia el puerto.

—¿Qué significa eso? —se preguntó deteniéndose—. ¿Habrán comenzado nuestros hombres al ataque sin esperarnos?

—Yo os lo diré, señor —dijo Van Stiller.

—Esos cañonazos son de El Rayo.

—¿También es de la partida la nave del Corsario Negro?

—Sí, señor; he enviado un aviso a Morgan.

—¡He ahí una potente ayuda, con la que no contaba!

Y volviéndose hacia los oficiales que llenaban la sala, gritó:

—¡Veamos, señores! ¡El ataque ha empezado!

Las bandadas de filibusteros se habían ya reunido en la península en cuya extremidad se erguía el fuerte de San Juan de Ulúa, y se habían preparado para dar el asalto a las torres de Poniente, las cuales aparentaban menor solidez que las que daban a la bahía de Veracruz.

Los españoles, apercibidos contra las intenciones de sus adversarios, habíanse reconcentrado en la plataforma.

Apenas había despuntado el día cuando los filibusteros, armados tan sólo de pistolas y sables de abordaje, comenzaban a avanzar bajo la dirección de Laurent y de Grammont.

Grammont y Laurent, de acuerdo con Wan Horn, que se había encargado de vigilar la ciudad para impedir una sublevación por parte de los habitantes, habían decidido asaltar el formidable castillo por dos partes a la vez, para dividir a la guarnición.

El primero, pues, debía dar vigorosamente el asalto, mientras el segundo, que tenía menos hombres, debía limitarse a distraer a los defensores y a amenazar a los torreones que daban hacia el mar.

Eran las siete cuando las fuerzas de Grammont llegaron a un tiro de fusil de los bastiones de Poniente.

Los españoles se habían agrupado en buen número detrás de los muros, decididos a oponer una desesperada resistencia y a dejarse matar antes que rendirse.

Por la parte del mar sólo dejaron algunas escuadrillas para hacer frente a El Rayo, cuyos cañones tronaban sin descanso, derribando las almenas y muros que servían de protección a las grandes piezas de artillería.

Al aparecer las primeras avanzadas de los filibusteros de Grammont, la artillería de gran calibre de los españoles había abierto un fuego infernal batiendo a la explanada que se extendía ante las torres de Poniente, y tronchado los árboles que daban refugio a la vanguardia.

En vez de responder los filibusteros se habían limitado a dispersarse entre las plantaciones; pero después de cada descarga se apresuraban a ganar diez o quince pasos, para volver a tenderse en el suelo.

Aquella maniobra, ideada por Grammont, evitaba muchas pérdidas porque era rara la bala de los artilleros españoles que hacía blanco.

Cuando los filibusteros llegaron a unos trescientos metros de los fosos de los bastiones, la cosa tomó un cariz bastante desfavorable para ellos.

La artillería ligera entró en escena tirando con metralla, y aquellas nubes de fragmentos metálicos limpiaban la llanura de filibusteros.

Grammont se puso en pie, gritando:

—¡Al asalto!… ¡El Corsario Negro nos espera!…

Un alarido inmenso, salvaje estalló entre los asaltantes:

—¡A la carga!

Los cuatrocientos hombres que constituían el ejército del gentilhombre francés se lanzaron adelante llevando los escaleras, y animándose con espantoso clamoreo.

No había más que trescientos metros que recorrer para llegar a los fosos; pero eran trescientos metros al descubierto.

El fuego de los españoles redoblaba. Por los bastiones, por las aspilleras, por las almenas de las torres, la artillería tronaba con ensordecedor “crescendo”.

Las balas, las granadas y la metralla caían por doquier, haciendo grandes destrozos entre los asaltantes. Descargas violentísimas de mosquetería se sucedían sin cesar.

A pesar de los gritos de sus jefes, los filibusteros vacilaban. Algunos, más audaces, habían llegado a los fosos y alzado las escaleras; pero no se atrevían a subir por ellas ni a afrontar el infernal tiroteo que sembraba la muerte por doquier.

—¡Adelante! —gritó Grammont poniéndose al frente de un destacamento de bucaneros—.

¡El Corsario Negro está allí!

Se lanzó con sin igual audacia, e hizo tender sobre el foso un puente volante. Una descarga de metralla cayó sobre los que le seguían, y el destacamento se diseminó como un castillo de naipes.

Los otros no le habían seguido. Se sentían impotentes para el asalto de aquellas inmensas torres coronadas de soldados resueltos a defenderse hasta el último momento y protegidos por formidable artillería.

San Juan de Ulúa parecía inexpugnable hasta a los más valientes.

En aquel momento una nueva tropa de filibusteros se precipitó en la explanada.

Eran los hombres de Laurent. Rechazados a su vez se apresuraron a reunirse con la banda de Grammont, con la esperanza de tener mejor éxito por aquel lado.

Aquel socorro infundió un valor desesperado en las tropas del gentilhombre francés.

Bajaron a los fosos, plantaron las escalas y se lanzaron al asalto, intentando alejar a los españoles a fuerza de bombas lanzadas a mano.

¡Vanos esfuerzos! Los defensores apartaron las escalas, que cayeron al foso, y lanzaron sobre los asaltantes calderas de agua hirviendo, mientras la artillería seguía barriendo la explanada.

La partida parecía perdida ya.

Los dos capitanes de la filibustería, con un destacamento de hombres elegidos, intentaron todavía un esfuerzo supremo; pero a su vez se vieron obligados a retroceder para no dejarse matar por aquella tempestad de hierro y fuego.

De repente, agudos gritos estallaron tras las últimas bandas. Eran alaridos de mujeres y clamores de hombres espantados, aterrorizados.

—¿Qué ocurre? —grito Grammont—. ¿Acaso la población ha huido y nos ataca por detrás?

Reuniendo cincuenta hombres aguerridos, se lanzó a la retaguardia, mientras Laurent intentaba reorganizar las bandas para rechazar a la guarnición del fuerte, caso de que intentaran una salida.

Un extraño e inesperado espectáculo se presentó a los ojos del gentilhombre francés.

Cuatro o cinco docenas de frailes y monjas avanzaban entre gritos y lamentos, llevando largas escalas. Detrás de ellos y a sus lados marchaba un centenar de filibusteros, armas al brazo, jurando y amenazando.

—¿Qué vienen a hacer aquí estos frailes y estas monjas? —preguntó Grammont estupefacto.

—Ha sido una idea de Morgan —¿De Morgan? ¿Ha desembarcado de El Rayo?

—Ha llegado ahora mismo. —¿Y qué piensa hacer con esos religiosos?

—Los envía para que pongan escaleras en las fosas.

—¿A los frailes?…

—Y confía en que los españoles suspenderán el fuego. Son demasiado religiosos para matarlos.

—Yo creo que el Gobernador de San Juan de Ulúa no los respetará, y desde ahora compadezco a esos desgraciados.

Frailes y monjas, a pesar del espanto que los dominaba, avanzaron a través de la explanada llevando las escaleras. En vano pidieron gracia y trataron de enternecer a sus guardianes con lamentos y quejas desgarradoras. Viéndolos avanzar, los españoles suspendieron por un momento el fuego; vacilaban en exterminar a tanto infeliz.

—¡Perdonadnos! —gritaban las monjas levantando los brazos a los soldados del fuerte.

—Gracia!… ¡No hagáis fuego!… —añadían los frailes.

Aquel momento de vacilación duró poco.

El Gobernador del castillo comprendió el infernal proyecto de los filibusteros.

Decidido a defenderse y a economizar pérdidas a su guarnición mandó seguir haciendo fuego contra los religiosos y sus guardianes, causando grandes estragos en unos y otros.

Las bandas reorganizadas por Grammont y Laurent, aprovechando aquel descanso, se habían lanzado a la última explanada.

Una tremenda rabia los animaba. Sin cuidarse del horrendo fuego de los españoles, se precipitaron en los fosos con maravilloso empuje.

Los españoles arrojaban sobre ellos balas y piedras y hacían fuego con sus mosquetes, pues ya era inútil la artillería, y los acometieron con albardas y espadas. Pero nada detenía a los filibusteros, que llegaron al fin a los primeros bastiones.

La obstinada resistencia de la guarnición y las gravísimas pérdidas sufridas los habían enfurecido. Cuantos enemigos caían en sus manos eran despiadadamente degollados. Rechazados los españoles, huyeron hacia las últimas torres, tratando de contrarrestar el ímpetu de los filibusteros con las culebrinas emplazadas en las terrazas. La artillería de El Rayo los obligó por fin a huir a refugiarse en los patios interiores.

Grammont y Laurent asentaban sobre aquellos desgraciados toda la artillería de la fortaleza, y les intimaron la rendición.

De quinientos que eran habían quedado reducidos a doscientos, que en su mayoría estaban heridos. El Gobernador y los principales oficiales habían muerto heroicamente en las terrazas de las torres.

Intentar la lucha, hubiera sido inútil locura, y con la muerte en el corazón se rindieron y arriaron el gran estandarte de España que tan valientemente habían defendido.

Van Stiller, que había combatido siempre al lado de Grammont, se volvió hacia el gentilhombre, diciéndole:

—¡Vamos a buscar al Corsario Negro, señor! ¡Aquí ya no hay nada que hacer!

—¿Crees que viva todavía?

—Y estoy convencido de que sigue atrincherado en el torreón de Levante.

—¡Te sigo, bravo hamburgués! —dijo Grammont—. ¡Veremos si tu endiablado capitán ha podido resistir a la guarnición entera del fuerte!

—No dudo de ello, señor.

Mientras los filibusteros desarmaban a los prisioneros, el hamburgués y el gentilhombre francés se dirigieron hacia el torreón cuya almenadura había sido desmantelada por la artillería de El Rayo. En la base de la escalera y que conducía a la plataforma hallaron un cadáver.

—¡Yo conozco a este hombre! —dijo el amburgués inclinándose.

—¿Es acaso el que os trajo aquí? —preguntó Grammont.

—No, señor; es Diego Sandorf.

—¿El flamenco que debía hacer preciosas revelaciones al Corsario?

—Sí, señor de Grammont. Ha recibido una estocada del Capitán.

—¡Tremendo acero el de Ventimiglia!

Bajaron la estrecha gradería, encaminándose al interior de la torre.

A los pocos escalones encontraron otro cadáver; era el de un sargento español.

—He aquí otro que ha recibido una estocada en mitad del pecho —dijo Van Stiller—.

El Capitán no ha respetado ni a este pobre diablo.

Llegados al final de la escalera se encontraron ante una puerta blindada.

—¿Estarán encerrados aquí? —se preguntó Van Stiller.

Alzó el fusil que llevaba en la mano y golpeó furiosamente la puerta. Ésta cedió pronto, pues no estaba cerrada por dentro.

—¡Truenos de Hamburgo! —Exclamó Stiller secándose algunas gotas de sudor—. ¡No hay nadie aquí!

—¿Le habéis encontrado? —preguntó en aquel momento una voz.

El señor de Grammont y el hamburgués se volvieron, y vieron a Morgan, que bajaba precipitadamente la escalera seguido de algunos marineros de El Rayo.

—¡Parece que no está aquí el Corsario! —repuso el hamburgués con desaliento.

Amartilló el fusil y se lanzó resueltamente en la vasta cámara, seguido por el señor de Grammont y por Morgan.

—¡Truenos y rayos! —exclamó—. ¡El Corsario ha desaparecido!

VIII. La caza de "La Alhambra"

En aquella amplia estancia debía de haber ocurrido una lucha tremenda, desesperada.

El pavimento, y hasta las paredes, estaban salpicadas de sangre, y acá y acullá se veían espadas y alabardas destrozadas, yelmos despedazados, hachas melladas, barras de hierro torcidas, jirones de tela y plumas rotas.

En un ángulo yacían dos cadáveres con el cráneo deshecho; en otro vieron un sargento español con el pecho abierto de un formidable hachazo, y junto a la aspillera que daba al mar, otros dos muertos.

El amburgués y sus compañeros con una sola mirada se aseguraron de que entre aquellos cadáveres no estaba ninguno de los amigos que buscaban.

—¿Los habrán cogido vivos? —se preguntó Van Stiller.

—¿Qué opináis, señor Morgan?

—Yo creo que, si se han dejado hacer prisioneros, los encontraremos en alguna torre del castillo.

—¡Con tal que no los hayan matado! —dijo el señor de Grammont.

—Los habrían dejado aquí —repuso Morgan.

En aquel momento oyeron que una voz débil murmuraba:

—¡Tengo sed!

Aquella voz había partido del ángulo más obscuro de la estancia… Morgan se lanzó hacia aquel sitio.

Otro soldado yacía detrás de algunos barriles: tenía el traje manchado de sangre, que manaba en abundancia de la herida que había recibido.

Era un joven imberbe, de facciones delicadas, casi un niño. Tenía un sablazo en el costado derecho.

Al acercarse Morgan, alargó la diestra para coger una espada que se encontraba al alcance de su mano.

—¡Deja esa arma, joven! —le dijo Morgan.

—No pensamos hacerte ningún daño.

—¿No son filibusteros? —pregunto el joven soldado con débil voz.

—Sí; pero no hemos venido a matarte.

—Creía que queríais vengar al Corsario Negro.

—Hemos venido a buscarle.

—Ya está lejos —murmuró el sargento.

—¿Qué quieres decir? —le preguntó el señor de Grammont, que también se había acercado.

—Que ha sido llevado lejos.

—¿A dónde?

El soldado indicó con la diestra la aspillera que daba al mar.

—¿Quieres decir que ha sido embarcado? —preguntó Morgan palideciendo.

El español hizo un signo afirmativo con la cabeza.

¡Truenos de Hamburgo! ¡Explícate! —dijo el señor de Grammont con voz amenazadora.

El soldado trató de incorporarse, murmurando:

—¡Dadme de beber! ¡Dadme de beber… antes!

Van Stiller cogió de su cinturón un frasquito casi lleno de agua abundantemente mezclada con ron de Jamaica, y se lo entregó al herido, el cual lo vació ávidamente, en tanto que Morgan con su faja de seda detenía la sangre que aún corría lentamente por la herida.

—¡Gracias! —murmuró el español.

—¿Puedes ahora hablar? —le preguntó Grammont.

—¡Ya me siento mejor!

—Explícate, pues, ¡Ardo en impaciencia!

—Como so he dicho, el Corsario Negro ya no está en San Juan de Ulúa —dijo el herido—. Está en el mar, a bordo de un navío español que se dirige a Cuba, para ser entregado al Duque Flamenco.

—¡A Wan Guld! —exclamaron los tres.

—Sí; a Wan Guld.

—¡Por Plutón y Vulcano! —gritó Morgan.

—¡Mientes! —dijo Grammont—. ¡Cuando yo dada el asalto al frente, el Corsario debía de estar aquí!

—No, señor —repuso el español—. Y además, ¿para qué mentir? ¿No estoy en vuestras manos? Engañándoos, no salvaría, ciertamente, la vida.

—Sin embargo, poco antes de que llegase El Rayo y abriese fuego contra el castillo, el Corsario Negro estaba en esta torre —dijo Van Stiller.

—Eso es cierto —repuso el español—. Se había encerrado en esta estancia en unión de un marinero llamado Carmaux y de un negro de gigantesca estatura. Nuestro primer asalto para apoderarnos de ellos fue inútil; pero cuando oímos los cañonazos de El Rayo renovamos las tentativas, resueltos a que cayesen en nuestro poder.

“Aprovechando un pasadizo que los filibusteros ignoraban, caímos sobre ellos, empeñando un desesperado combate.

“El Corsario Negro y sus dos compañeros se defendieron terriblemente y mataron a varios de los nuestros; pero al fin fueron vencidos por el número, desarmados y reducidos a la impotencia.

“El Rayo bombardeaba entonces el torreón, y vuestros hombres asaltaban el bastión de Poniente; pero nos quedaba libre la vía del Septentrión.

“El gobernador, adivinando el objeto del ataque, hizo embarcar a los prisioneros en una chalupa que estaba oculta en la escollera, bajo buena escolta los hizo conducir a las lagunas ante las cuales estaba en crucero un navío español en espera de órdenes.

—¿Cómo sabes eso? —preguntó Morgan.

—Todos conocían ese proyecto del Gobernador para arrebataros al Corsario Negro.

—¿El nombre de esa nave? —preguntó Morgan.

—“La Alhambra”.

—¿La conoces tú?

—He venido de España en ella. —¿Es una nave de guerra?

—Y muy velera.

—¿Cuántos cañones tiene? —Una docena.

—¡La alcanzaremos! —dijo Morgan volviéndose hacia el señor de Grammont.

—Confirmemos antes estas noticias, Morgan —dijo el gentilhombre—. Tenemos centenares de prisioneros; interroguemos a alguno. Acaso sepamos algo más.

Llamó a algunos filibusteros, a quienes confió el herido para que le curasen, y salió, seguido por Morgan y Van Stiller.

La noticia de que el Corsario Negro no había sido hallado en el castillo se había propagado por entre los filibusteros, enfureciéndolos hasta el punto de hacer temer que dieran muerte a los prisioneros españoles.

Fue necesaria toda la autoridad de Grammont y de Laurent para refrenar su cólera e impedir una general degollina.

Las noticias dadas por el joven español resultaron exactas. Interrogados por separado muchos oficiales, todos convinieron en afirmar que el Corsario Negro, tras una lucha encarnizada, había sido hecho prisionero en unión de sus dos compañeros y embarcado a bordo de una chalupa que le condujo a “La Alhambra”.

—No nos queda más que un recurso, querido Morgan —dijo el señor de Grammont, volviéndose al lugarteniente de El Rayo—: embarcarnos sin pérdida de tiempo y dar caza al navío español.

—Eso es lo que haré, señor —repuso el inglés—. ¡Aunque tuviese que combatir contra la escuadra entera de México, salvaré al caballero de Ventimiglia!

—Pongo a vuestra disposición hombres y cañones.

—No los necesito señor de Grammont. El Rayo está formidablemente armado y tripulado por ciento veinte hombres que no temen a la muerte.

—¿Cuándo os haréis a la mar?

—Ahora mismo, señor. No quiero que esa nave gane demasiado camino. Si llegase ya habría muerto, porque el Duque no le perdonaría.

—El Rayo es un buen velero, señor de Grammont, y llegaremos a tiempo de evitarlo.

—¡Cuidáos de los malos encuentros!

—¡No les temo! ¿Cuándo partiréis vos, señor?

—Lo más tarde, mañana, que embarcamos todos para las Tortugas. Hemos sabido que un grueso ejército español avanza a marchas forzadas para sorprendernos en Veracruz, y no queremos esperarle.

—Parto, señor.

—¡Una palabra! Diréis al Corsario que el saqueo de la ciudad ha producido seis millones de piastras, más otros dos que pediremos por el rescate de los prisioneros. Yo le reservaré la parte que le corresponde.

—Ya sabéis que el Corsario Negro no tiene amor al dinero y que su parte la cede a su tripulación.

—Lo sé; a él le basta la venganza. ¡Adiós Morgan; espero volver a veros muy pronto!

Cuba no está lejos de las Tortugas.

Se estrecharon la mano, y el inglés dejó el fuerte en poder de los filibusteros que lo saqueaban, y volvió a la ciudad en unión de Van Stiller y de cincuenta hombres de El Rayo.

Cuatro embarcaciones le esperaban en el muelle.

Los filibusteros embarcaron, y, atravesado el puerto, alcanzaron a El Rayo, que estaba al pairo en el extremo del dique, en la proximidad del faro.

Apenas llegó a bordo, Morgan dirigió a la tripulación estas palabras.

—Nuestro capitán está en poder de los españoles, y navega a estas horas por el golfo de México para ser entregado a su mortal enemigo el Duque flamenco, el asesino del Corsario Rojo y del Corsario Verde. Deseo que me ayudéis en la difícil empresa que voy a intentar para salvarle de una muerte cierta. ¡Que cada cual cumpla con su deber como valiente!

Un grito inmenso de furor acogió aquel triste anuncio.

—¡Vamos a salvarle! —gritaron todos.

—Es lo que quiero intentar —repuso Morgan—. ¡Romped filas, y a la caza sin perder tiempo!

Pocos minutos después El Rayo levaba anclas.

Una vez fuera del puerto, Morgan puso la proa directamente al Este para llegar ante todo al Cabo Catoche, entre Yucatán y las costas.

El viento era favorable, y el mar estaba tranquilo. Había, pues, esperanza de alcanzar en breve tiempo las ‘costas de la isla llamada Perla de las Antillas, caer sobre Cárdenas antes de que llegase “La Alhambra” y prepararle una emboscada ante el puerto.

—Llegaremos a tiempo —dijo Morgan a Van Stiller, que le interrogaba—. La nave española no debe de llevarnos más de veinticuatro horas de ventaja; una verdadera miseria para nuestro Rayo.

—Me han dicho que “La Alhambra” es muy velera.

—No podrá nunca competir con El Rayo.

—¿Y si llegásemos después?

—¡Asaltaremos a Cárdenas, y la entregaremos a las llamas! ¡Si matasen al Corsario, ningún habitante eludirá nuestra venganza! Estoy seguro, sin embargo, de entrar en puerto antes que “La Alhambra”, o de capturarla en alta mar.

—¿Y ese condenado Duque?

—¡Esta vez no escapará, Van Stiller! ¡Aunque tuviese que entregar al hierro y al fuego todas las costas septentrionales de Cuba, libraré para siempre al caballero de Ventimiglia de su mortal enemigo.

—Tiene extraña suerte ese hombre. Ya es la tercera vez que el Capitán le tiene bajo la punta de su espada y, sin embargo, se le escapa. ¡Diríase que Belcebú le protege!

—También la fortuna se cansará de serle propicia —dijo Morgan—. ¡Ya es hora de que muera!

—¡Le colgaremos del más alto gallardete del palo mayor!

—¡Sí, Van Stiller!

Ojos y catalejos escrutaban atentamente el horizonte buscando en él un punto que indicase la presencia de “La Alhambra”. Pero fueron pesquisas inútiles, porque cayó la noche sin que ningún navío fuese descubierto en ninguna dirección.

Como hombre prudente, Morgan no encendió los fanales reglamentarios. La tripulación de “La Alhambra”, hubiera podido verlos, sospechando la presencia de alguna nave lanzada sobre su rastro, y cambiar de ruta.

El día siguiente pasó sin que ocurriera nada nuevo, como varios otros días más, no obstante la atenta vigilancia de los marineros. ¿Acaso la nave adversaria había derivado mucho hacia el Norte para engañar a sus perseguidores, o se había dirigido hacia el Sur manteniéndose cerca de la costa?

Fuera como fuese, El Rayo dobló el cabo Catoche sin haberla visto.

La travesía del estrecho de Yucatán se realizó sin malos encuentros, y veinte horas después, empujada por un fresco viento del Oeste, la nave corsaria daba vista al cabo San Antonio, que es el más occidental de la isla de Cuba.

Era aquel el momento en que debían comenzar los verdaderos peligros, que exigían redoblar la vigilancia a bordo de El Rayo. Las costas septentrionales de la isla estaban ya en aquella época muy frecuentadas por las naves españolas, por lo cual los gobernadores de la Habana mantenían continuamente una escuadrilla en los contornos de la capital para impedir cualquier golpe de mano por parte de los filibusteros.

No era difícil en aquellas aguas encontrar naves de alto bordo poderosamente armadas y tripuladas por personal numerosísimo y aguerrido, y por eso Morgan, que no lo ignoraba y que no quería perder tiempo en inútiles combates, tomó sus medidas para evitarlo.

Fue una carrera espléndida, maravillosa, dirigida con suma pericia por aquel hábil lugarteniente, que más tarde debía conquistar tanta fama como marino y como bucanero.

El Rayo, cargado de velas hasta el juanete de contramesana, no obstante la violencia de los golpes de viento, peligrosos hasta para las naves mejor equilibradas, pasó casi inadvertido ante los barcos de guardia que hacían el crucero en la Habana, y huyó rápidamente de la caza que quiso darle una nave de alto bordo, a quien pronto dejó muy atrás.

Dos días después Morgan viró bruscamente hacia el Sur, y se puso al pairo a menos de tres millas de Cárdenas, casi a la entrada de la amplia bahía formada por los cabos Hicanos y Cruz del Padre.

—Ahora se trata de saber si “La Alhambra” ha entrado ya en puerto, o si aún está en el mar —dijo Morgan al hamburgués.

—Tengo buena vista, señor lugarteniente —repuso Van Stiller—; pero no me parece ver ninguna nave en la bahía.

—Estamos muy lejos, y la costa es tan sinuosa que es difícil poder descubrirlas, aunque las haya.

—¿Y cómo haremos para saber si “La Alhambra” está aquí?

—Se hace una visita a la ciudad

—contestó tranquilamente Morgan.

—¿Queréis bromear, señor?

—¿Por qué, valiente hamburgués?

—¿Y los españoles? Se dice que hay aquí fortines muy bien armados.

—Se evitan.

—¿De qué modo, señor?

—Son las siete —dijo Morgan mirando el Sol, próximo a ocultarse tras el faro de Matanzas, enorme cono rocoso que aparecía aislado al Oeste—. Dentro de una hora las tinieblas envolverán el mar, y todo estará negro. ¿Quién puede distinguir una chalupa?

—¿Iremos a Cárdenas en chalupa?

—Sí; y tú irás a tierra, valiente hamburgués.

—¿Y qué debo hacer? —Interrogar a cualquiera para saber si Wan Guld está aquí y ver si “La Alhambra” ha entrado en el puerto.

—Eso es sencillísimo, señor.

—Pero puede costarte el pellejo.

—¡Bah! Es aún muy duro; y, además, ya estarán dispuestos los cañones de El Rayo en caso de apuro.

—No faltarán para apoyarte, si hay peligro. Elige a tus hombres y prepárate a partir.

—¿Y si “La Alhambra” no hubiese llegado aún?

—Saldremos a su encuentro. —Voy a hacer mis preparativos, señor.

—¡Date prisa! La nave que buscamos puede llegar de un momento a otro.

—Dentro de dos o tres horas estaré de vuelta.

Mientras el hamburgués elegía a los hombres que debían acompañarle en aquella peligrosa expedición, el Sol desaparecía rápidamente tras el faro de Matanzas, y la noche comenzaba a cerrar.

Apenas había comenzado el reinado de las tinieblas, cuando el homburgués abandonó el puente de la nave, seguido por ocho hombres elegidos de entre los más valientes y más hábiles remeros que la tripulación.

Una ballenera, chalupa rapidísima, estrecha y muy ligera, había sido botada al agua a estribor de El Rayo.

—Os recogeré en el cabo de Hicanos —dijo Morgan, que se había inclinado por la borda—. ¡Sed prudentes, y cuidad de que no os cojan!

—Dejaré en paz a los españoles —repuso Stiller.

Se sentó a popa en la barra del timón e hizo seña a sus remeros de que bogasen con rapidez.

El Rayo entretanto había puesto Popa al viento y corría ya hacia el cabo Hicanos, pues por aquella parte había de entrar “La Alhambra”, a menos que estuviera en el puerto.

La bahía de Cárdenas es una de las más amplias que se encuentran en la isla de Cuba.

En la parte meridional se encuentra la ciudad de Cárdenas.

Servía, no obstante, de punto de escala a los navíos costeros porque estaba a poca distancia de La Habana y casi frente a La Florida, entonces colonia española.

La chalupa, protegida por las tinieblas, atravesó velozmente la bahía, a la sazón desierta, y atracó en el muelle sin que nadie la percibiese.

La primera cosa que vieron los filibusteros fue una gran nave de tres palos anclada frente a la ciudad, una kagala, a juzgar por su forma.

Tenía plegadas las velas, como si esperase la marea alta o viento favorable para tomar el mar.

—¡Truenos de Hamburgo! —exclamó al verla Van Stiller—. ¡Si El Rayo llega a entrar en puerto, hubiera hecho una buena presa! ¿Qué hace aquí esta nave?

—Querido hamburgués —le dijo un marinero—, me asalta una sospecha.

—¿Cuál, Martín?

—Que los españoles nos esperan aquí.

—¿Y es la presencia de esta nave lo que te hace suponer?

—Sí, Van Stiller.

—Pues bien, ¿quieres que te diga una cosa, Martín? Soy de tu parecer.

—En tal caso, alguien habrá dado noticia al Gobernador de La Habana de la captura del Corsario Negro —dijo otro marinero.

—Cierto —repuso Van Stiller.

—¿De qué modo?

—No lo sé. No han tenido más que un medio.

—¿Cuál?

—Que “La Alhambra” haya tocado en La Habana.

—¿Y que en vez de aquella nave, el Gobernador haya enviado este navío?

—Sí —repuso el amrburgués. —¡Mal negocio para nosotros! —dijo Martín.

—Sin embargo, veo en la orilla una barca de pescadores que se acerca.

—¿Iremos a abordarlos?

—Sí —dijo resuelto Stiller—. Pero cuidad de que no se os escape una palabra italiana, ni francesa, ni inglesa. Debemos hacernos pasar por españoles que vienen de La Habana o de Matanzas.

—¡Punto en boca nosotros! —dijo Martín. —Te dejaremos hablar a ti, que hablas el español como un verdadero castellano.

La barca de pesca, que debía de haber entrado en el puerto después de anochecer, ya sólo distaba cuatrocientos metros, y maniobraba con intento de pasar por entre el navío y la ballenera.

Era un pequeño esquife de un solo palo y con una vela latina, como las españolas, tripulada por media docena de pescadores. Van Stiller, que deseaba abordarla antes de que tocasen tierra, les cortó hábilmente el camino, intimidándolos a que se pusieran al pairo.

Viendo que la ballenera iba tripulada por hombres armados, los pescadores no vacilaron en obedecer, creyendo tal vez que pertenecían a la nave de alto bordo.

—¿Qué queréis, señor comandante? —preguntó el timonel lanzando un cabo a la ballenera.

—¿Venís de muy lejos? —preguntó el hamburgués, tratando de disimular su acento tudesco.

—Sí, comandante.

—¿Habéis visto alguna nave?

—Nos ha parecido ver un navío hacia el cabo Hicanos.

—¿Era de guerra?

—Al menos, lo parecía —repuso el pescador.

—¿De cuántos palos?

—De dos.

—¡Han visto El Rayo! —pensó el hamburgués contrariado.

Y añadió en alta voz:

—No debe de ser el que esperamos. ¿Conocéis a “la Alhambra”?

—¿La corbeta?

—Sí —dijo Van Stiller.

—¿No ha llegado aún?

—Nadie la ha visto.

—¿Y sigue aquí el Duque de Wan Guld?

—Está a bordo de esa fragata; pero ¿no pertenecéis a ese navío?

—Nosotros hemos llegado de Matanzas con órdenes de aquel gobernador para su Excelencia el Duque.

—A bordo le encontraréis.

—Creía que la fragata habría ya partido.

—Está completando sus provisiones, pues debe ir a La Florida, y además, se dice que espera a una nave ya señalada por el Gobernador de La Habana.

—¿Será “La Alhambra”?

—No lo puedo asegurar, señor; pero tal vez sea. Se dice que trae a un capitán filibustero muy famoso.

—¡Truenos de Hamburgo! —murmuró Van Stiller—. ¡Gracias! ¡Voy a abordar la fragata!

Cuando vio que los pescadores se alejaron volvió a virar de bordo y se dirigió hacia el cabo Hicanos, donde le esperaba El Rayo.

—¡Remad de prisa! —dijo a sus hombres—. ¡Vamos a jugarnos la última carta!

—Tus sospechas eran fundadas, hamburgués —dijo Martín—. “La Alhambra” ha tocado en La Habana.

—¡Sí, y ese bandido de Wan Guld sabe ya que el Corsario ha sido hecho prisionero y que se lo traen aquí! ¡Si no caemos sobre “La Alhambra”, el caballero corre peligro de seguir el mismo camino que sus hermanos!

—¡El Rayo se comerá a esa nave de un bocado!

—¿Y si nos ataca también la fragata? Haría falta abordar a “La Alhambra” en alta mar, o lo bastante lejos para que no se oyese el cañoneo.

—¡Morgan es hombre que no se deja coger en una trampa; vale tanto como el señor de Ventimiglia!

—¡Basta, parlanchín, y duro al remo! Los minutos son preciosos.

La ballenera corría como un pez, saltando ágilmente sobre las ondas que entraban a través de los islotes desparramados por la embarcadura del puerto.

Aún no habían pasado tres cuartos de hora desde que el hamburgués interrogó a los marinos, cuando ya la ballenera llegaba junto a la extremidad de la península que forma el cabo Hicanos.

El Rayo estaba allí al pairo, vigilando la entrada del puerto y, con la proa vuelta hacia Poniente, como si se preparase a correr hacia su señor y abrirle su prisión con un terrible espolonazo.

—¡Ohé! ¡Un cable! —gritó el hamburgués.

—¿Buenas noticias? —grito Morgan inclinándose sobre la borda.

—¡Preparáos a partir, señor! —repuso el hamburgués—. ¡Vamos a ser cogidos entre dos fuegos!

IX. El rayo entre dos fuegos

Mientras Morgan, sin esperar mayores explicaciones, daba orden de cargar velas y poner la proa a Matanzas, el hamburgués y sus hombres subían rápidamente a bordo.

La ballenera se izó por medio de sus poleas atadas en las grúas.

—¿Graves noticias? —preguntó Morgan llevando al hamburgués al puente de mando.

—El Duque ya sabe que el Corsario está a bordo de “La Alhambra”, señor —dijo Van Stiller.

—¡Me lo había figurado! ¿Y dónde está esa nave?

Ha tocado en La Habana; así que no puede tardar en llegar.

—La asaltaremos en seguida.

—Pero no en estas aguas, señor. El Duque está a bordo de una fragata.

—Todavía no —repuso Morgan—. Hemos hecho un viaje rapidísimo y sin despertar sospechas. Estoy convencido de que aún nos creen en el golfo de Campeche, y de que…

Le cortó la palabra una voz que partía de la cruceta del palo mayor.

—¡Cuidado! —había gritado el gaviero de guardia—. ¡Fanales a proa!

—¡Muerte y sangre! —exclamó Morgan—. ¿Serán los fanales de “La Alhambra”?

—¡Y estamos sólo a tres millas de Cárdenas!… —exclamó el hamburgués palideciendo—.

¡Ya me parece vernos encima a la fragata!

—¿Ves la nave? —gritó Morgan por el portavoz.

—Sí; vagamente —repuso el gaviero.

—¿Sale de Matanzas?

—No; me parece que viene de Poniente.

—¿Y se dirige aquí?

—Hacia Hicanos.

—¡Entonces, no puede ser más que “La Alhambra”! —dijo Morgan apretando los dientes.

—No la dejemos entrar en Cárdenas, o tendremos encima dos naves en vez de una —

dijo Van Stiller.

—La obligaremos a tomar rumbo hacia alta mar —dijo Morgan—. La fragata nos estorbaría en este caso.

Tomó de nuevo el portavoz y volvió a gritar:

—¡A sus piezas de artillería, y los demás, a sus puestos de combate!

Rechazó al timonel y empuñó la rueda del timón, mientras los artilleros encendían las mechas, los arcabuceros se parapetaban detrás de las bordas, en el castillo de proa y en las cofas, y los hombres de maniobra, en los rizos de las velas y en los gallardetes.

Los dos fanales divisados por los gavieros del palo mayor comenzaban ya a vislumbrarse desde el puente de El Rayo.

Se destacaban claramente en el fondo tenebroso del horizonte, reflejándose en el agua con vagos temblores, que ora se alargaban como si debiesen tocar el fondo del mar, ora se encogían.

Por su dirección, se comprendía a primera vista que aquella nave trataba de dar vista al cabo Hicanos para entrar en Cárdenas.

—¿La ves? —preguntó Morgan a Van Stiller.

—Sí —repuso el hamburgués.

—¿Qué te parece?

—Es una hermosa nave de tres palos, con el altísimo castillo de proa.

—¿Será la corbeta?

—Esa es una mala noticia. ¡Dos naves, y salvar al Corsario! ¡Difícil empresa!

—Corramos hacia La Habana, señor. Antes de que la fragata se mueva, ya habremos libertado al Capitán.

—¿Y tú crees que no habrá naves en La Habana? Acaso las haya hasta en Matanzas.

—¿Qué hacer entonces?

—No nos queda más sino obligar a “La Alhambra” a ir hacia La Florida. ¡Oh!… ¡Si estuviese cierto de encontrarla esta noche!… ¿No has podido saber si había ya salido de La Habana?

—Los pescadores a quienes interrogué lo ignoraban.

—No importa —dijo Morgan tras una breve vacilación—. Iré a buscarla hasta frente a La Habana, si es preciso, y la obligaré a remontarse en alta mar.

Y cogiendo el portavoz, ordenó: —¡Encended los fanales, y dos gavieros a las crucetas!

Luego bajó a cubierta y se colocó junto al piloto para dirigir personalmente la nave, porque sabía que la costa estaba amenazada de islotes y de bancos de arena muy peligrosos.

El viento era favorable, tanto para El Rayo cuanto para una nave que viniese de La Habana, ya que soplaba del Sur.

Doblada la punta de Hicanos, Morgan dirigió El Rayo hacia Poniente, de modo, sin embargo, que pudieran pasar frente a Matanzas, ya que se podía dar el caso de que “La Alhambra”, por temor a ser seguida por alguna nave filibustera, se hubiese refugiado en aquel puerto esperando el alba.

—Confiemos en que no esté —dijo Morgan a Van Stiller, que iba a su lado—. Me disgustaría dar la batalla bajo la costa y a tan poca distancia de La Habana y de Cárdenas.

Los cañonazos alarmarían a todas las guarniciones y podría echársenos encima una escuadra entera.

—Dudo mucho, señor, que una corbeta pueda tomar tantas precauciones. Tales naves ordinariamente van bien armadas y provistas de numerosa tripulación.

—A los españoles debe de interesarles mucho no perder al caballero, y por temor de vérselo arrebatar, habrán tomado infinidad de precauciones.

—¿Crees que sospechan nuestra presencia en estas aguas?

—Hay mucha obscuridad para poder distinguirla; pero me parece que más tiene apariencias de nave de guerra que de barco mercante.

—Si estuviera seguro de tener que habérmelas con “La Alhambra”, no vacilaría en atacarla.

—¿Y la fragata? Aún estamos demasiado próximos a Cárdenas, señor.

—Pudiera ser que llegara cuando todo hubiera acabado.

—Tenía las velas plegadas, y dispuesto a marchar.

—Entonces, contentémonos con dar caza a esta nave. Con el alba veremos lo que nos conviene hacer.

Morgan llevaba El Rayo hacia la costa, cortando el viento cuanto podía para impedir a la supuesta corbeta virar de bordo y refugiarse en el cercano puerto de Matanzas. Le era necesario alejarla de la playa, para poder capturarlas más tarde, fuera del alcance da la nave da Wan Guld. Hombre valiente en cosas del mar, Morgan estaba casi seguro del resultado.

Dejó que El Rayo continuara su ruta hacia Matanzas, y virando bruscamente de bordo para recibir el viento por la popa, se dirigió sobre la nave a fin de amenazarla por el costado.

Aquella sospechosa maniobra debía de haber alarmado a los españoles. Temiendo la aparición de los filibusteros, apenas notaron que El Rayo tenía intenciones de abordarlos pusieron la proa al Norte, único camino de huida que tenían.

Morgan había maniobrado de tal modo que les impedía la entrada en Cárdenas y el retroceso hacia Matanzas. Teniendo el viento en su favor, podía cortarles el camino por Levante y por Poniente.

La nave española, aunque huyendo, había disparado un tiro al aire para intimar a la filibustera a detenerse y darse a conocer.

—¡Que nadie responda! —ordenó Morgan. —¡Soltad todas las velas, y démosle caza!

Viendo que El Rayo no obedecía a su intimación y, antes bien, trataba de acercársele, la española lanzó al aire dos cohetes y dio fuego a sus ocho piezas de artillería.

Aquella descarga sólo podía tener un objeto encontrándose El Rayo aún fuera del campo de tiro: advertir a la guarnición de Cárdenas el peligro en que se hallaba y pedir ayuda a la fragata.

El estruendo de aquellas ocho piezas debía de oírse, no ya más allá de la punta de Hicanos, sino hasta en Matanzas; acaso más lejos todavía.

Morgan había lanzado un grito de alegría.

—¡El Corsario está a bordo de esa nave!

—Sí —dijo el hamburgués, que a la luz de los fogonazos había podido ver la embarcación.

—¡Es la corbeta!

—¡Ya no se escapa!

—Pero nos ha descubierto, señor. Dentro de poco tendremos aquí a la fragata de Wan Guld.

—¡Daremos batalla a entrambas, si fuera preciso! Pero creo que cuando llegue, ya no flotará la corbeta. ¡Hombres del mar!… ¡El Corsario está allí!… ¡Vamos al abordaje!

Un alarido inmenso estalló a bordo de la filibustera:

—¡Viva el Corsario!… ¡Vamos a salvarle!…

“La Alhambra” —porque ya no había duda de que se trataba de aquella nave— huía hacia el Norte con todas las velas sueltas, como si tuviese intención de buscar un refugio entre las muchas islas e islotes que rodean a La Florida.

Sabiendo que estaba peor armado que El Rayo y menos fuerte, no había osado empeñar la lucha, dudando acaso de la pronta intervención de la fragata. Interesándole sobre todo no perder el prisionero, intentaba por el momento huir de la caza de la filibustera.

—Por lo demás, tenía excelentes condiciones náuticas y un velamen capaz de competir con las más rápidas naves del golfo de México.

Morgan se había convencido pronto de que tenía ante sí una verdadera nave de carrera, porque El Rayo, a pesar de llevar todo su trapo al viento, no había logrado, al menos al principio, ganar terreno a su adversaria.

—¡Muerte y sangre! —exclamó—. ¡He ahí una nave que nos hará correr, y que no se dejará alcanzar tan fácilmente! ¡Pero, bah! ¡Nuestro Rayo acabará por cazarla! ¡El halcón dará cuenta de esa golondrina de mar!

—¡Hemos encontrado la horma de nuestro zapato, señor!—dijo Van Stiller.

—Sí, por el momento. Pero ya encontraremos medio de meterla entre el laberinto de islas de La Florida y obligarla a aceptar combate. Será cuestión de algunos días. ¿No ves nada a popa? Esa fragata me da mucho qué pensar.

—He visto algunos cohetes elevarse por la parte de Cárdenas.

—Entonces, la fragata se ha puesto o va a ponerse en movimiento

—dijo Morgan, plegándosele la frente de arrugas.

—¡Esto amenaza ser más serio de lo que parecía!

—¿Y no ves fanales?

—Por ahora, ni un punto luminoso —repuso Van Stiller.

—¿Será también buena velera la fragata? Eso es lo que más me preocupa.

—Nos bastarían pocas horas de ventaja, señor Morgan, para echar a pique la corbeta.

—Ya lo sé; pero la cuestión es tenerla. Si pudiera desembarazarme de “La Alhambra”, ya no me asustaría un combate contra la fragata. Pero hacer frente a la vez a las dos, es muy distinto. ¿No ves aún nada?

—¡Truenos de Hamburgo!…

—¿Puntos luminosos?

—Sí, señor Morgan.

—¿Dónde?

—En dirección a Cárdenas.

—¡Rayos! ¡Es la fragata que se prepara a cazarnos!

—¿Oís?

En lontananza se oía una sorda detonación, producida por una pieza grande de artillería.

—Es preciso forzar la marcha, o mañana nos veremos entre dos fuegos.

—Llevemos sueltas todas las velas.

—Haz desplegar algunos focos en el bauprés, y otros entre el mayor y el trinquete. No faltará sitio.

—Lo intentaremos, señor —dijo el hamburgués, bajando a cubierta.

Mientras los filibusteros intentaban añadir nuevas velas a su nave, “La Alhambra” se mantenía a la misma distancia de su perseguidora.

Sólo llevaba un par de millas de ventaja; pero tal espacio era suficiente para mantenerse fuera del fuego enemigo, pues no tenía la artillería usada entonces el alcance de la de nuestros días.

Su comandante no había hecho ninguna tentativa para dirigirse hacia las costas de Cuba y buscar refugio.

Comprendiendo que al cambiar de ruta perdería la ventaja del viento, había continuado su carrera hacia el Norte.

Probablemente, tenía sus motivos para conservar tal dirección. Sabiendo que el Duque se había acercado a aquellos lugares para buscar a la joven flamenca, había tomado aquella dirección con la esperanza de ser, tarde o temprano, alcanzado por la fragata y coger a los filibusteros entre dos fuegos.

Furioso de ver a El Rayo vencido en velocidad por la corbeta, cuando había creído poder abordarla en seguida y rescatar al Corsario, Morgan se desfogaba en terribles amenazas.

Ya había hecho disparar al aire dos veces seguidas un cañonazo para intimar la rendición a la fugitiva, sin que ésta se dignase contestar, y había hecho tronar los dos cañones de caza sin otro resultado que hacer mucho ruido y mucho humo.

¡Guay si en aquel momento hubiera sobrevenido el abordaje!

—¡Muerte y sangre! —exclamó Morgan volviéndose al hamburgués, que no le dejaba—.

¡Es increíble! ¡Nuestro Rayo no logra alcanzarla!

—Sin embargo, señor, me parece que algo hemos ganado —dijo Van Stiller.

—¡Echad al loch —gritó Morgan.

El contramaestre, ayudado por los marineros lanzó a popa una cuerda que tenía nudos de trecho en trecho, atada a un trozo de madera casi triangular, y la dejó caer contando los nudos, mientras uno de sus ayudantes invertía los globos de cristal de un reloj de arena de pequeñas proporciones.

—¡Alto! —gritó el marinero cuando cayó toda la arena.

—¿Cuántas millas? —preguntó Morgan al contramaestre que contaba los nudos de la cuerda.

—Once, señor.

—¡Buena velocidad, a fe mía! —dijo el hamburgués—. ¡Esa corbeta corre bien!

—¡Demasiado bien! —repuso Morgan—. ¡No logramos alcanzarla!

—¿Y la fragata?

—Aún veo los dos puntos luminosos; pero están muy lejos todavía.

—¿Será también ésa buena velera?

—Lo temo, hamburgués.

—Señor, ¿sabrá el caballero que a estas horas estamos dando caza a la corbeta?

—Es difícil de decir. Le habrán encerrado en el fondo de la bodega, acaso en la sentina. ¡Esa gente tiene la costumbre de tratarnos peor que a asesinos!

—¡Señor!

—¿Qué te ocurre?

—¿Y si le mataran?

—¡Muerte y sangre! —exclamó Morgan palideciendo—. ¡Pero no! ¡Es imposible! ¡No se atreverían! ¡Guay de ellos si no le encontramos vivo! No perdonaré ni a uno.

—Yo tengo miedo, señor Morgan, por el Capitán.

—Te digo que no se atreverán. ¡Ohé! ¡Cuidado con los bancos! ¡Dos hombres a proa dispuestos a sondear, y cuatro gavieros en las crucetas!

Las dos naves, que hacía ya seis horas corrían con extraordinaria velocidad, se encontraban en los peligrosos parajes del estrecho de La Florida.

En aquel amplio canal, cruzado por la corriente del Gul-trean, se encuentras muchísimas islas e islotes, y hasta grandes bancos de arena que hacen dificilísima la navegación.

Habiendo observado Morgan que “La Alhambra” intentaba acercarse a aquellos islotes, creyó al momento que, desesperando de sustraerse a la persecución, su comandante tenía el intento de estrellar la nave contra aquellas rocas, o buscar algún pasaje peligroso para hacer encallar a El Rayo. Pero el español, después de haber costeado las isletas de Elbom, volvió a poner la proa al Norte, dirigiéndose hacia la isla de los Pinos.

—¡Dentro de poco, las balas de nuestras piezas de proa caerán sobre la cubierta de “La Alhambra”! —dijo Morgan—. ¡Saludaremos al alba bombardeando a la embarcación española!

—Yo ya no veo los fanales de la fragata, señor —dijo Van Stiller.

—Los habrán apagado para desotarnos.

—¿Lo creéis así, señor Morgan?

—El Duque no se escapará; te lo aseguro. Ese zorro se habrá ya hecho cargo de quiénes somos, y no nos dejará tranquilos hasta que aceptemos el combate.

—Y lo aceptaremos, ¿verdad, señor?

—¡Sí, hamburgués; y te digo que este canal servirá de tumba al asesino del Corsario Rojo y del Verde! Echada a pique “La Alhambra” y libertado el Capitán, daremos el asalto a la fragata.

—¡Ya los tenemos a tiro! ¡Artilleros, a vuestras piezas! ¡Va a empezar la música!

—¡Con tal que nuestras balas no maten a los nuestros!

—No temas, hamburgués —dijo Morgan—. Los artilleros tienen orden de no disparar sino sobre la arboladura. Una vez detenida la nave, la abordaremos.

—¡Y cuanto antes lo hagamos, mejor! —dijo el hamburgués, que observaba el cielo con inquietud—. El tiempo tiende a cambiar, y las borrascas que se desencadenan en estos parajes aterran a los más audaces marinos.

—Ya lo he notado —repuso Morgan—. El mar empieza a picarse, y el viento salta al Este.

En el Atlántico debe de haber tempestad.

Encontrando resistencia en las corrientes del golfo, que desembocan en el Atlántico siguiendo la costa meridional de La Florida, aquellas olas saltaban furiosas, provocando una fuerte resaca. No había tiempo que perder. Morgan, que no quería comprometer su nave, hizo coger los papahigos y contrapapahigos, amainar las velas de arriba y tomar algunos rizos en las velas bajas.

La corbeta, por su parte, había hecho la misma maniobra, aunque recogiendo más tela para mayor seguridad.

—Prestemos atención —dijo Morgan al piloto, que había vuelto a su sitio—. Aquí se juega no sólo nuestra piel, sino El Rayo. Si nos coge el temporal entre estas escolleras, no sé cómo podremos salir.

—Señor —dijo Van Stiller—, “La Alhambra” se lanza entre las islas.

—¡Mil muertos! ¿A dónde quiere llevarnos esa condenada nave? —gritó Morgan.

—Y vuelvo a ver los fanales de la fragata, señor.

—¡Todavía!

En aquel momento dos relámpagos iluminaron la cubierta de “La Alhambra”, y se oyó el silbido de los proyectiles. Pocos instantes después retumbó en lontananza otra sorda detonación.

—¡Es la fragata que responde! —dijo Morgan—. ¡Si dentro de una hora no hemos abordado a “La Alhambra”, no habrá salvación para nosotros!

X. La venganza de Wan Guld

Si la nave española se encontraba en mala situación bajo los tiros de la filibustera, tampoco los corsarios estaban precisamente sobre un lecho de rosas.

La corbeta podía detenerse, hacer frente al enemigo que la seguía, y acaso aguantar hasta la llegada de la fragata, que ya había señalado su presencia con algunos disparos.

Las olas, que engrosaban a cada momento y que cada vez eran más impetuosas, debían favorecerla haciendo difícil el abordaje.

Morgan comprendió en seguida el peligro, y adivinó el audaz proyecto del comandante español.

—¡No hay que vacilar! —dijo e! hamburgués. Si el huracán nos coge, debemos renunciar a la esperanza de salvar al Corsario y buscar un refugio! ¡Aquí nos encontramos en peligro de naufragar y entre dos fuegos!

Subió a la encapilladura del palo mayor.

Los fanales de la fragata lucían en el y tempestuoso horizonte; pero no se podía juzgar con exactitud a qué distancia se encontraba la nave.

—Esperemos un relámpago —murmuró—, y tomaremos una decisión.

—Está, lo menos a ocho millas

—dijo—. Antes que llegue aquí, pasará una hora y en sesenta minutos pueden hacerse muchas cosas.

Bajó rápidamente, se lanzó al puente de órdenes, y empleando el portavoz para dominar el fragor de las aguas, gritó:

—¡Fuego de andanada!… ¡Prontos al abordaje!.. .

La corbeta estaba entonces a unos seis o setecientos metros de El Rayo, y se disponía a virar de bordo para huir de la isla del Pequeño Pino que se le presentaba a estribor.

De repente los dos grandes cañones de caza de la filibustera retumbaron simultáneamente, y cogiendo a la nave adversaria de costado, le arrancaron las amuras de babor y estribor.

—¡Más alto, a la arboladura!

—gritó Morgan, que a la luz de un relámpago había podido ver los efectos de la primera descarga.

La corbeta, perjudicada sólo en la obra muerta, viró casi en redondo, y contestó con una andanada de sus cuatro piezas de estribor, tocando a la filibustera cerca de la flotación.

—¡Ah! ¡Contesta vigorosamente!

—exclamó Morgan—. ¡Mis artilleros! ¡Destrozad la arboladura, y la abordaremos!

¡El Corsario Negro está allí!

El cañoneo comenzó por ambas partes con igual vigor, no obstante las violentísimas sacudidas que sufrían ambas naves a causa de las crecientes oleadas.

Corsarios y españoles parecían no preocuparse gran cosa del huracán; sólo atendían a destrozar la nave enemiga, para luego aniquilarse mutuamente.

La corbeta, inferior por su artillería, se defendía desesperadamente; pero llevaba la peor parte; las piezas de caza de la filibustera, hábilmente manejadas, la cubrían de hierro, acribillando la cubierta y el castillo de proa y rompiendo gallardetes, velas y cabos en gran número. Los filibusteros, ansiosos por abordarla, no le dejaban un momento de tregua, y cada vez atacaban con mayor furia, resueltos a apoderarse de ella antes de que llegase la fragata del duque flamenco.

Diez minutos después, con una andanada troncharon el palo mayor y la detuvieron en mitad de su carrera la caída de aquel coloso, truncado casi por la base por una bala de treinta y seis, alteró gravemente su equilibrio y la inclinó a estribor.

Era el momento esperado por Morgan.

—¡Al abordaje! —gritó.

La corbeta, ya sin dirección, iba a través de las aguas, amenazando encallar en los bancos de la isla del Pequeño Pino. La tripulación no había renunciado aún a la defensa y continuaba disparando cañonazos.

—¡Atención! —gritó Morgan, que llevaba el timón—. ¡Firmes!

El Rayo, aunque combatiendo por las aguas, se acercaba a la pobre corbeta, impotente ya para huir.

De repente sobrevino un choque espantoso. El Rayo había pasado un bauprés por entre las jarcias del trinquete de la nave enemiga y, empujado por las aguas, la había embestido con tal violencia, que le rompió varias cuerdas de babor.

Mientras los gavieros lanzabas los garfios de abordaje para unir las dos naves y evitar nuevos choques, Morgan, a la cabeza de los filibusteros, se había lanzado a la toldilla de

“La Alhambra”, gritando:

—¡Rendíos!

Los españoles subían entonces a cubierta de las baterías. A la intimación del filibustero contestaron con un grito de guerra:

—¡Viva España!

—¡Adelante! —gritó Morgan.

Los filibusteros llegaban por todas partes; salieron de cubierta, se lanzaron al castillo de proa, subieron por las jarcias y cayeron desde los gallardetes del trinquete y del mayor.

En medio de la lluvia que caía sobre las dos naves, se empeñó una lucha feroz.

El agua se mezclaba con la sangre y corría entre los pies de los combatientes, hasta por los agujeros de desagüe.

El choque de los filibusteros había sido tan impetuoso que obligó a los españoles, inferiores en número, a replegarse confusamente hacia el castillo de proa, en el que emplazaban un cañón.

Mientras sus hombres se preparaban a expugnar aquel puesto, Morgan, seguido del hamburgués y de algunos fieles, se lanzó al entrepuente desierto.

Con algunos hachazos derribó la puerta del cuadro, y se precipitó por la escalera abajo, gritando:

—¡Caballero!.. . ¡Señor de Ventimiglia.. .

Una voz conocida de él se oyó tras la puerta de un camarote.

—¡Por cien mil diablos! ¿Sois vos, señor Morgan?

—¡Carmaux! —exclamó el hamburgués lanzándose sobre la puerta con furia tal, que la arrancó de golpe.

—¡Despacio, amigos! —gritó Carmaux—. ¡No vayáis a hacerme pedazos! ¡Encended una luz!

—¿Dónde está el Capitán? —preguntó Morgan.

—¡En el camarote de al lado, con Moko!

—¿Libres?

—¡Atados, señor!

—¡Encended una luz!

Mientras algunos marineros libertaban a Carmaux, Morgan y los otros echaron abajo la puerta del camarote contiguo.

El Corsario y Moko yacían en el suelo estrechamente amarrados y sujetos a una gruesa argolla de hierro. El señor de Ventimiglia lanzó un grito:

—¡Mis hombres!

—¡Pronto, caballero! —exclamó Morgan—. ¡Vamos a ser atacados por una fragata!

—¿Y esta nave?

—Ya es nuestra.

—¿Y mi Rayo?

—Aún puede sostener otras luchas.

—¡Dadme una espada!

—¡He aquí la mía, señor! —dijo Morgan.

—¡Venid!

El señor de Ventimiglia se lanzó a la escalerilla y subió a cubierta.

—¡A mí, hombres del mar! —gritó.

Un alarido salido de cien pechos le respondió:

—¡Viva el Capitán!

La batalla había terminado a bordo de la corbeta. Los españoles impotentes para resistir el formidable asalto de los filibusteros, se habían rendido entregando las armas.

Si la nave había sido conquistada, no por eso había desaparecido el peligro para El Rayo.

La fragata del Duque se acercaba amenazadora en medio de las aguas que la asaltaban por todas partes. Con su inmensa arboladura, aquella masa enorme causaba espanto a la luz de los relámpagos.

Los más audaces filibusteros, viéndola doblar la punta extrema de la isla del Pino, no habían podido contener un grito de terror.

—¡Sangre y exterminio! —exclamó Morgan palideciendo—. ¡Creo que va a sonar nuestra última hora!

El Corsario no era hombre que dejara a los suyos tiempo de impresionarse.

—¡Abandonad la corbeta! —gritó.

—¿Y los prisioneros? —preguntaron algunos.

—¡Abandonadlos a su suerte! ¡La nave se estrellará en las escolleras!

—¡En retirada! —ordenó Morgan. Los filibusteros no vacilaron.

—¡A la maniobra! —gritó el Corsario—. ¡Pronto!

El Rayo se separó de la corbeta en el momento en que la popa de ésta iba a chocar contra una escollera.

—¡A vuestros puestos! ordenó el Corsario.

—¡Señor dijo Morgan, que estaba junto al Corsario—, es imposible escapar!

—Lo veo —repuso tranquilamente el señor de Ventimiglia—. ¿Quién manda esa nave?

—El Duque, señor.

—¿El asesino de mis hermanos?

—El mismo, caballero.

—¡Y yo iba a huir, cuando ese hombre viene a asaltarme! ¡Hombres de mar!

¡Venganza para el Corsario Rojo y para el Verde! ¡El hombre que les dio muerte está delante de vosotros! ¡Al abordaje!

—¡Sí, venganza o muerte! —gritaron todos.

—¡Pues sea! —dijo Morgan—. ¡Con estos hombres acaso se puede hacer un milagro!

El Corsario Negro empuñaba el timón, teniendo a su lado a Carmaux, Van Stiller y el negro.

Aquel enemigo, insecuestrable no podía escapársele, como en Maracaibo y en Veracruz.

El huracán le envolvía, y bajo sus pies estaban los abismos del golfo de México, prontos a tragárselo, como se habían tragado ya los cadáveres del Corsario Rojo y del Verde.

Parecía un genio infernal, o el holandés maldito del barco fantasma.

Sus ojos, cada vez que un relámpago rasgaba la obscuridad, se dilataban y se clavaban en la cubierta de la nave adversaria, tratando de encontrar a su enemigo mortal.

Sentía por instinto que el viejo flamenco debía de hallarse allí junto al timón, y que también le buscaba.

Ya El Rayo había llegado a unos quinientos pasos de la fragata, sin que de una ni de otra parte se hubiera disparado un cañonazo, cuando entre las dos naves aparecieron dos inmensas olas luminosas.

Corrían la una contra la otra con las crestas chispeantes. Parecía como si entre ellas corriesen arroyos de plomo fundido o de azufre líquido.

Al verlas, un grito de terror estalló en la tripulación filibustera. Hasta Morgan había palidecido.

—¡Los dos Corsarios han subido a flote! —exclamó Carmaux santiguándose—. ¡Vienen para presenciar la muerte de su asesino!

—¡Y la nuestra! murmuró Morgan.

Las dos olas se habían encontrado precisamente junto a El Rayo, embistiéndose confusamente con fragor de trueno; y se habían separado corriendo a lo largo de la nave como dos torrentes de fuego.

En el mismo instante un relámpago horrible desgarró las tinieblas, iluminando con siniestra luz a las dos naves enemigas.

El Corsario Negro y el duque flamenco se habían visto. Entrambos tenían la misma terrible mirada.

Aquella lívida luz sólo había durado unos segundos; pero fueron bastantes para que los dos formidables adversarios se viesen y se comprendieran.

Dos gritos partieron de ambos barcos.

—¡Fuego! —había gritado el Corsario.

—¡Fuego! —había gritado el flamenco.

Las dos naves dispararon simultáneamente.

La lucha había empezado entre el fragor de la tempestad; lucha tremenda y sin cuartel.

La fragata parecía un volcán. Sus baterías atestadas de cañones, vomitaban sin cesar torrentes de balas y de granadas lanzaban huracanes de metralla; pero los filibusteros no estaban inactivos.

Cada vez que una ola los elevaba sus cañones retumbaban con horrendo estrépito, y sus balas no eran todas perdidas.

El agua entraba por los tragaluces e invadía las baterías. Pero ¿qué importaba? Las dos naves no se detenían por eso; antes bien, corrían una contra otra, impacientes por destruirse y abandonar sus despojos al abismo.

El Corsario Negro y el viejo flamenco las guiaban, y aquellos dos hombres habían jurado echar a todos a pique con tal de desahogar su cólera.

Sus voces, igualmente poderosas, resonaban sin cesar entre los aullidos de la tormenta y el estampido de la artillería, gritando:

—¡Fuego!

—¡Fuego!

El viejo flamenco ya no quería huir de su rival; por el contrario, le buscaba. Se le veía siempre en el timón, con sus blancos cabellos sueltos al viento, con los ojos llameantes, rígido como el Corsario, con las manos agarrotadas en la rueda.

—¿Le ves? —preguntó Carmaux al hamburgués, mientras brillaba un relámpago.

—Si —respondió Van Stiller.

—¡Parece un genio infernal!

—¡Que destila la muerte por los ojos!

—¿Qué van a hacer estos dos hombres?

—¡Mandarnos a todos al infierno!

—¡Yo ya he recomendado mi alma!

—¡No abandonemos al Corsario!

—No, amigo Stiller, suceda lo que suceda, no le dejaremos; y si ese siniestro viejo llega hasta nosotros, le costará caro. ¡Moko!

—¿Qué quiere el compadre blanco? —preguntó el negro.

—Cuida al Capitán.

—No le abandonaré ni aun durante el abordaje.

—¡Cuida tú del Duque!

El negro levantó una pesada hacha, que manejaba como si fuera un fusil.

—¡Esta es para él! —dijo—. ¡Vengaré al Capitán!

Entretanto las dos naves continuaban su loca carrera cañoneándose furiosamente. Las balas caían por doquier destrozándolas sin piedad.

La fragata, más pesada y menos manejable, cabeceaba espantosamente y amenazaba sumergirse a cada instante. El Rayo a su vez saltaba por encima de las olas como un inmenso pájaro marino, siempre disparando con creciente furia.

Ya por dos veces había descargado sus cañones de babor, destrozando el puente de la fragata y haciendo cruel estrago entre los arcabuceros, que se habían reunido en la cubierta preparados para el abordaje. Había roto el bauprés de la fragata, derribando el castillo de proa y causando graves daños en la cubierta, no sufriendo en cambio más que ligeras averías.

A cien pasos ya las dos naves, elevadas a la vez por una ola gigantesca, se habían ametrallado mutuamente. El efecto fue desastroso para ambas. El trinquete de la filibustera, tronchado a la altura de la cofa, se había derrumbado sobre cubierta, arrastrando en su caída el pequeño mastelero y haciendo dar a la nave un espantoso bandazo.

Terribles alaridos respondieron a aquellas descargas.

—¡No nos queda más que morir en el puente del enemigo! —había dicho Carmaux—.

¡Aquí acaba el Corsario Negro!

Carmaux se engañaba; aún no se había terminado .El señor de Ventimiglia con un golpe de timón había levantado su nave, y aprovechando una ráfaga furiosa, la había lanzado contra la fragata, que ya no se podía gobernar.

Entre los gritos de terror de los españoles y los últimos disparos de la artillería resonó una voz potente:

—¡Hombres del mar! ¡Al abordaje!

Una ola levantó a El Rayo y lo lanzó contra la nave enemiga. La proa, afilada como un espolón y a prueba de choques, penetró en el costado izquierdo de la fragata, abriendo un inmenso boquete y quedando empotrada en él.

El Corsario había abandonado el timón y se lanzaba hacia proa gritando con la espada en la mano:

—¡A mí, hombres del mar!

Los filibusteros corrían por todas partes gritando como demonios.

Entre las olas que barrían los puentes mugiendo, entre los escombros que deshacían las filas de los combatientes, y los choques y golpes que sufrían ambas naves, se empeñó una lucha homérica.

Los esfuerzos del Corsario Negro se estrellaban contra aquel obstáculo. Su espada hería sin descanso; pero cada hombre que caía era sustituido por otro, que hacía frente con serena intrepidez.

—¡Adelante! —gritaban todos—. ¡Adelante!

A la cabeza de treinta o cuarenta hombres, atacó Morgan a los españoles de costado para llegar al entrepuente, donde pensaba hallar al Duque; pero también por allí encontró una resistencia tan tenaz, que tuvo que replegarse hacia El Rayo.

De repente, cuando el agua hacía irrupción con el fragor del trueno a través del inmenso boquete de la fragata, una voz estentórea gritó:

—¡Morid todos!

Los combatientes se detuvieron un momento. Todos miraron a popa.

Allí, erguido cerca de la rueda del timón, con los cabellos enmarañados y la larga barba flotando al viento, estaba el Duque en espantosa actitud. Con una mano oprimía la culata de una pistola, y con la otra, una antorcha encendida y humeante.

—¡Morid todos! —repitió el viejo con voz terrible—. ¡La nave vuela!

El Corsario había hecho ademán de lanzarse sobre su mortal enemigo y clavarle la espada en el corazón; pero Moko le cogió entre sus robustos brazos y le levantó como una pluma.

—¡A mí, Carmaux! —gritó.

El terror clavó a los combatientes sobre las tablas que iban a abrirse bajo el estallido del polvorín. Moko saltó la borda y se precipitó al mar sin abandonar a su capitán.

Dos hombres cayeron al mar detrás de él: Carmaux y el hamburgués.

Mientras una ola enorme los empujaba entre espumas, una luz vivísima iluminó las tinieblas, seguida de un horrible estruendo que repercutió largamente en los ámbitos del mar.

Cuando el Corsario y sus compañeros volvieron a flote, la fragata, deshecha, desmenuzada, desaparecía en los abismos del canal de La Florida.

A una gran distancia El Rayo completamente desarbolado, corría a través de las olas, arrastrado hacia el Atlántico por la corriente del Gul-tream.

XI. Los náufragos

Pasado el primer momento de estupor, y digámoslo también, de terror, el negro y Carmaux se habían dedicado a buscar un madero para no ser envueltos por las ondas que los asaltaban por todas partes, ora levantándolos, ora precipitándolos locamente en los abismos.

Viendo pasar a breve distancia un trozo de cubierta capaz, no ya para cuatro, sino para veinte personas, el negro y Carmaux se asieron a él.

El Corsario y Van Stiller se debatían a poca distancia luchando fatigosamente contra las aguas.

—¡Tomad esta cuerda! —gritó Carmaux, lanzándoles un trozo de amarra todavía atada al leño—. ¡Tenéos firmes!

Diestramente lanzada, la cuerda cayó entre los dos nadadores. Aferrarla estrechamente y alcanzar la improvisada almadía, fue cuestión de pocos instantes para el Corsario y su compañero.

—¡Aquí, señor! —dijo Carmaux ayudando al caballero—. Sobre este madero acaso podremos resistir hasta que termine el huracán.

Apenas estuvo en salvo, el Corsario había mirado hacia el Este. Parecía tranquilo, pero sus ojos revelaban una viva inquietud que no podía disimular.

—Buscáis El Rayo, ¿verdad, capitán? —preguntó Carmaux, que se le había acercado.

—¡Sí! —repuso suspirando el señor de Ventimiglia—. ¿Qué habrá sido de mi nave?

—La he visto dirigirse hacia el Atlántico.

—Está desarbolada, ¿verdad?

—Sí, capitán; la explosión debe de haber arrancado hasta el palo mayor.

—¡Entonces está perdida! —dijo el señor de Ventimiglia con voz sorda.

—El fuego había también estallado a bordo.

—Si fuera así, lo veríamos.

—Creo, señor, que alguna isla o alguna escollera la oculta.

—¡No sé lo que daría porque se salvase! ¿Habéis visto a Morgan en el momento en que la fragata iba a volar?

—Había vuelto de nuevo a bordo de El Rayo —dijo Van Stiller.

—¿Estás seguro de eso?

—Sí, capitán; le he visto en el castillo de proa, cuando alentaba a sus hombres a intentar de nuevo el asalto.

—Si se ha librado de la explosión, acaso El Rayo pueda salvarse –dijo el Corsario—.

Morgan es un hombre que sabe encontrar mil recursos.

—Tal vez no haya otro marino más hábil que él.

—¡Si al menos pudiese volver a recogernos! —dijo Carmaux—. Debe de habernos visto tirarnos al mar.

—No contemos con él en estos momentos —dijo el señor de Ventimiglia.

—¿Cuál será, entonces, nuestra suerte? ¿Adonde iremos a parar?

—No me preocupa eso por ahora —dijo el Corsario—. Fiemos en el viento y en las aguas.

Además, las costas de La Florida no están lejos, y acaso podamos alcanzarlas.

—¿Tendremos más suerte que los otros?

El Corsario no contestó. Apoyado en Moko, se había puesto de rodillas y escrutaba atentamente el horizonte, clavando la mirada en el tenebroso Atlántico.

¿Buscaba entre sus ondas el cuerpo del Duque, o intentaba descubrir a su Rayo?

Probablemente ambas cosas.

A la vívida luz de los relámpagos veían las islas y las escolleras; pero El Rayo parecía haber desaparecido entre aquellas olas monstruosas que ya se habían tragado la gigantesca nave española con todos sus tripulantes.

—¡No se ve nada! —dijo Carmaux con un suspiro—. ¡Deben de haber muerto todos!

—¡El Duque ha vendido cara su vida! —dijo el hamburgués—. ¡Ese hombre debía ser fatal para los filibusteros!

—Pero, por fin, duerme en estas aguas donde se hallan sus víctimas, y yo te aseguro que no volverá a flote. Los hermanos del Capitán han logrado su venganza.

—¡Qué hombre tan terrible, Carmaux! ¡Me parece verle aún erguido sobre el puente, con los ojos rebosantes de odio, sus largos cabellos blancos flotando al viento y con la antorcha en la mano.

—¡Un momento que jamás olvidaré en mi vida, hamburgués! —¡Y qué horrible estruendo!…

¡Aún me suena en el cerebro! —¡Quién sabe cuántos de los nuestros habrán colado con los españoles! —¡Pobres españoles!

En aquel momento se oyó gritar al Corsario:

—¡Allí! … ¡Allí!… ¡Mirad!. .. ¡El Rayo!…

Carmaux y Van Stiller se pusieron en pie como movidos por un resorte.

En el tenebroso horizonte, a una gran distancia, se veía distintamente una gigantesca llamarada. Ora parecía tocar las nubes, ora bajar a los abismos del mar, más brillante que al principio y lanzando al aire nimbos de chispas y nubarrones de humo de sangriento reflejo.

—¡Mi nave!… ¡Mi Rayo!… —murmuraba con sollozante voz—. ¡Se pierde!… ¡Morgan!

… ¡Sálvala!…

El viento y las aguas la paseaban por el Atlántico, acaso para tragársela después.

—¡Truenos de Hamburgo! —exclamó Van Stiller enjugándose algunas gotas de sudor frío que corrían por su frente—. ¡Está perdida!

—¡Acaso logre salvarse! —dijo Carmaux.

—¡Irá a estrellarse contra las islas, o se la tragará el Atlántico.

—¡No desesperemos aún, hamburgués! Nuestros hombres no son de los que se desaniman, y no se dejarán sorber por las aguas sin sostener ruda lucha.

—Pero, con le fuego que los rodea, es imposible que puedan evitar el desastre.

—¡Calla!…

—¿Qué oyes?

En lontananza se oyeron algunas detonaciones. ¿Era El Rayo que pedía socorro, o estallidos de los barriles de pólvora?

—Señor —dijo Carmaux—, ¿qué ocurrirá a bordo de nuestra nave?

El Corsario no contestó. Se había echado sobre los maderos con la cabeza entre las manos, como si hubiese querido ocultar la emoción que le embargaba.

—¡Llora por su nave! —dijo Carmaux y Van Stiller.

—Sí —repuso el hamburgués.

—¡Qué desastre! ¡No podía ser más completo!

—¡Dejemos a los muertos y pensemos en nosotros, Carmaux! ¡Corremos un grave peligro!

—Ya lo sé, hamburgués.

—Si no salimos de estas escolleras, las olas estrellarán contra ella este madero y a nosotros.

—¿No podemos intentar nada?

—¿Has visto la costa?

—Sí; hace poco, a la luz de un relámpago.

—No debe de estar muy lejos, ¿verdad, Carmaux?

—Cinco a seis millas.

—¿Lograremos alcanzarla?

—Veo que las islas de los Pinos han desaparecido. Eso quiere decir que las olas y el viento nos llevan a tierra.

—¡Si pudiésemos desplegar un trozo de tela!

—Nos faltaría un remo para dirigir el madero. Dejemos que el viento y las aguas nos lleven a su capricho.

—¿Y luego, Carmaux?

—¡Eso es lo que me espanta, hamburgués! Luego, ¿qué será de nosotros? ¡Ea; confiemos en Dios y en nuestra buena estrella!

Afortunadamente, había salido del laberinto de las islas; así que ya no corrían, al menos por el momento, el peligro de ser estrellados contra alguna punta de roca.

Pero hasta en aquel vasto canal formado por las costas meridionales de La Florida y las islas de los Pinos, Sombrero, Alligator y otras, el mar seguía tempestuosísimo.

Monstruosas olas coronadas de espuma corrían de Sur a Norte con furia increíble, atropellándose confusamente, rompiendo con estruendo tal, que simulaban disparos de varias docenas de piezas de artillería.

El madero, a pesar de sus continuas oscilaciones, seguía avanzando hacia la costa. A los primeros albores, Carmaux y Van Stiller vieron de nuevo aquella tierra, que para ellos representaba, al menos momentáneamente, la salvación.

Ya sólo distaba tres o cuatro millas, y siendo muy baja, parecía que no debía de presentar peligro alguno para los náufragos.

—Señor —dijo Carmaux, arrastrándose hacia el Corsario, que estaba echado al lado del gigantesco negro—, estamos cerca de la costa.

El señor de Ventimiglia se levantó y miró la costa que se delineaba a menos de ochocientos metros.

—No hay nada que hacer —dijo—. Dejemos que nos lleven las olas.

—El choque será tremendo.

—La playa es baja, Carmaux. Estad prontos a lanzaros al agua apenas este madero toque la arena.

—¿Será tierra firme, o alguna isla grande? —preguntó Van Stiller.

—Es La Florida —repuso el Corsario—. Las islas las hemos dejado al Sur.

—Entonces, tendremos que habérnoslas con los salvajes. Me han dicho que hay muchos y muy feroces en estas tierras —dijo Carmaux.

—He aquí los primeros bancos —dijo Moko, que, siendo el más alto, podía verlos mejor que los demás.

—No abandonéis esto hasta que yo os lo ordene —dijo el Corsario—. Cuando toquemos fondo de transportar por las olas.

—¡Truenos de Hamburgo! —exclamó el hamburgués, que sentía ponérsele carne de gallina al ver romper las olas con furor contra la playa—. ¡Ya me parece sentirme despedazado en las escolleras!

—No tenemos dónde elegir, viejo mío —dijo Carmaux.

—O tentar la suerte, o dejarnos ahogar.

—¡Atención! —gritó el Corsario—. ¡Teneos firmes!

Una ola que había cogido el madero, lo empujó hacia adelante. El madero, se inclinó casi hasta volcarse, crujió estruendosamente haciendo tambalear a los pobres náufragos, y descendió con rapidez prodigiosa.

Se oyó un crujido, y luego un choque tan violento, que los cuatro filibusteros se sintieron saltar en alto. Un trozo de cubierta se separó pero el resto siguió incólume.

Cogido por una nueva y más enorme oleada, fue de nuevo lanzado hacia tierra.

—¡Listos a saltar! —gritó el Corsario.

—¿Ya? preguntó Carmaux, a quien la espuma ahogaba.

—¡Fuera todos!

La ola que pasaba los llevó fuera, mientras la almadía se destrozaba con estrépito en un bajo o en una escollera.

Los cuatro filibusteros, revueltos entre la espuma, rodaron por la arena del fondo, y fueron con un último empujón lanzados a la playa.

—¡Huíd! —gritó el Corsario, viendo venir encima de ellos otra ola.

Carmaux y sus compañeros, aunque a tropezones, salieron corriendo, y fueron a caer ante algunos árboles, fuera del alcance de los golpes de mar.

—¡Por cien mil navíos! —exclamó Carmaux—. ¡Esto se llama tener suerte! ¡Veremos si en adelante continúa protegiéndonos la buena estrella!

XII. Las costas de La Florida

La Florida, a cuyas orillas el viento y las aguas habían empujado a los cuatro filibusteros, es una gran península que se destaca del continente de América Septentrional, prolongándose unas trescientas ochenta millas entre el mar de las Antillas y el Atlántico.

Aún hoy día es una de las más notables y populosas de la Unión Americana. En aquella época era un país absolutamente salvaje que inspiraba terror a los navegantes, a pesar de que los españoles habían logrado fundar algunas ciudades a lo largo de las costas orientales y occidentales.

El Septentrión y al centro de La Florida hay todavía una inmensa floresta, interrumpida tan solo por pequeñas cadenas de montañas que se prolongan hacia el Noroeste.

El descubrimiento de aquellas tierras se debe a una extraña leyenda.

Ponce de León, uno de los más emprendedores exploradores españoles, había oído contar a los indios de Santo Domingo, de Puerto Rico, que en una península situada al Septentrión de la Perla de las Antillas había una fuente maravillosa que tenía la increíble propiedad de rejuvenecer a las personas.

El explorador, ya muy entrado en años y lleno de achaques, prestó fe a tal leyenda, y decidió ir en busca de la fuente milagrosa.

Organizó una expedición en 1512, y zarpó con rumbo al misterioso país, decidido a conquistarlo. Las fabulosas riquezas descubiertas en México, en el Perú y en Venezuela no habían de faltar tampoco en aquella tierra.

El crédulo español navegó, pues, hacia el Septentrión y descubrió la región deseada, a la cual designó con el nombre de Florida por la maravillosa belleza de las flores que cubren sus márgenes.

Interrogó a los indios que encontró acampados en aquellas landas, y, comprobaba por las referencias de los naturales del país la existencia del manantial milagroso, se lanzó audazmente al interior, descubriendo así el continente americano; pero no el agua con la cual se prometía una eterna juventud.

Después de Ponce de León, más viejo y achacoso cada vez y quebrantado por las penalidades arribó a aquellas playas Velázquez de Aylen, en 1515; pero los indios degollaron a su tripulación, y le obligaron a embarcarse más que de prisa.

En 1517, Narváez, uno de los conquistadores de México, habiendo oído hablar de las prodigiosas riquezas de La Florida, existentes tan sólo en la exaltada imaginación de algunos aventureros invadió aquellas regiones al frente de seiscientos hombres, y cayó con todos los suyos, vencido por las flechas y las mazas de aquellos indios indomables. Tres solamente pudieron escapar del exterminio y, después de una marcha de las más extraordinarias, llegó a México atravesando sucesivamente el Mississippi, la Luisiana y Texas.

A este intento sucedió otro más.

Los españoles organizaron una nueva expedición al mando de Fernando de Soto, uno de los más intrépidos compañeros de Pizarro, el famoso conquistador del Perú.

Se componía de doce naves tripuladas por mil doscientos hombres con doscientos caballos, mucha artillería y veinte sacerdotes que debían encargarse de civilizar a los indios.

Aquella numerosa tropa, la más numerosa hasta entonces, penetró en el interior, recorrió luchando incesantemente la Georgia, la Carolina, la Alhabama y el Missouri, y volvió a La Florida sin capitán, muerto de fiebre en Arkansas, y reducida a sólo doscientos hombres extenuados de hambre y de fatiga.

Hasta 1565 no lograron los españoles establecerse definitivamente en La Florida, bajo la dirección de Méndez de Ávila, el fundador de San Agustín, que es aún hoy día una de las principales ciudades de aquella región, y someter a aquellos indios, cuyos descendientes debían más tarde dar tanto quehacer a los Estados Unidos.

El Corsario y sus compañeros se habían dejado caer ante un grupo de altísimos pinos.

Estaban tan rendidos por aquella última lucha de más de cuatro horas, que no podían tenerse en pie. Además, padecían hambre y sed.

—¡Mil truenos! —exclamó Carmaux, que se tocaba los costados para asegurarse de que no se habían hundido sus costillas—. ¡Me parece imposible estar vivo! ¡Librarse primero del cañoneo, después de la explosión y, por último, de la tormenta, es demasiada fortuna para nosotros!

—¡Con tal de que no estemos al principio de nuevas tribulaciones! —dijo Van Stiller.

—Lo importante por ahora es haber llegado aquí vivos sin ningún miembro roto, querido hamburgués.

—Y sin armas, ¿verdad?

—Yo tengo mi cuchillo, y el Capitán no ha perdido su puñal de “misericordia”.

—Nosotros tenemos también nuestros cuchillos —dijeron el hamburgués y Moko.

—Entonces, no hay nada que temer.

—Ya veremos lo que haces con tu cuchillo cuando encontremos a los indios —dijo el hamburgués—. ¿Sabes que estas tribus tienen una pasión loca por las chuletas humanas?

—¿Lo dices por asustarme?

—No, Carmaux. Me han asegurado quien ha estado en estas playas que los indios se comieron al capitán Plum-lanca y a su tripulación. ¿Le conocías?

—¡Por Baco! ¡Un valiente que no temía ni al Diablo!

—Y que ha terminado asado a la parrilla como un beefteak.

—¡Me cuentas unas cosas que me ponen carne de gallina, viejo mío! ¡No me parece éste el momento más oportuno para lúgubres pronósticos!

—Lo he dicho para quitarte de la cabeza algunas ilusiones. Te anuncio, querido Carmaux, que aún no han acabado nuestras tribulaciones.

—El compadre blanco tiene razón —dijo Moko—. Los habitantes de estas tierras se comen a los hombres que el mar lanza a la playa.

—Entonces, hay que tener alejados a esos señores que no respetan la piel ni la carne de los blancos.

—Ni a los negros —dijo riendo el hamburgués.

—¡Bah— ¡Morir aquí o en otra parte es igual!

—No te digo que no; pero morir a la parrilla y tener por féretro el vientre de un salvaje, me parece un tanto fuerte. ¿Qué opina el compadre Saco de Carbón?

—Digo que ya es hora de dejar los estómagos indios y de pensar en los nuestros.

—¡He ahí un consejo de sabio! —dijo Carmaux—. Voy notando que el mío reclama, por lo menos, la cena que no tuvimos tiempo de hacer ayer noche.

—Yo no veo más que pinos por aquí —dijo Van Stiller.

—Bajo estos árboles acaso podremos encontrar algo aprovechable. Compadre Saco de Carbón, ¿quieres que vayamos a ver? Van Stiller se quedará de guardia con el Capitán.

—¡Vamos! —dijo el negro, armándose de una gruesa rama.

Mientras se preparaban a recorrer el bosque que ante ellos se extendía, el Corsario Negro había trepado a una roca de doce metros de altura.

Sin duda, trataba de descubrir su nave, que el huracán había empujado hacia el Atlántico.

—¡Cuida de él! —dijo Carmaux al hamburgués.

—¡Pobre Capitán! ¡Temo que no vuelva a ver su valiente nave!

—¡Como yo temo que no volveremos a ver más las Tortugas! —repuso tristemente el hamburgués.

—¡Oh! ¡Aún no hemos muerto, Van Stiller!

El filibustero, que no perdía nunca su buen humor, ni aun en las más graves circunstancias, se armó de un nudoso bastón y entró resueltamente en la floresta, seguido por el negro.

Los pinos, que son innumerables en las partes meridionales de La Florida, crecen generalmente en terrenos arcillosos, blancos, compactos, impenetrables al agua, resbaladizos y cubiertos de capas de frutos descompuestos acumulados durante siglos.

Carmaux y su compañero, después de haber recorrido unos trescientos metros, se detuvieron a escuchar.

—¿No ves nada, compadre Saco de Carbón? —preguntó Carmaux.

—No veo más que cinco voladores —dijo el gigante, que observaba atentamente el tronco de los pinos—. Están muy buenos; pero son difíciles de coger.

—¡Que en este país haya pájaros que vuelen —exclamó Carmaux—, no me asombra; pero que haya micos voladores, me parace demasiado!

—Pues puedes verlos, compadre. ¿Ves aquel pino que se eleva sobre los demás?

Carmaux miró a la planta señalada, y tuvo que confesar que el negro no inventaba absolutamente nada. Entre las ramas del gigantesco vegetal había en efecto, bastantes micos voladores que se divertían en dar carreras de un árbol a otro.

Tenían el tamaño del topo común, con la piel grisplateada por el lomo y blanca por debajo; las orejas, pequeñísimas y negras; el hocico, rosado, y la cola, muy larga. Aquellos ágiles animales tenían a los costados unas membranas que se unían a las patas posteriores, y que al abrirse les permitían dar saltos de cuarenta y cincuenta pies.

Más que volar, parecían deslizarse como peces.

—¡Nunca había visto nada parecido! —dijo Carmaux, que seguía con estupor sus movimientos—. ¡Lástima que no tengamos un fusil!

—Renunciemos a esa comida —dijo el negro—. No está a nuestro alcance.

—¿Has descubierto algo más? —¡Calla!

—¿Has oído algo?

—¡El graznido de un águila! —¡No serán nuestros bastones los que la cojan, compadre!

¡Vamos a buscar otra cosa!

—¡Es el graznido de un águila pescadora, compadre blanco!

—¿Y qué?

—Que en su nido encontraremos nuestra colación.

—¿Una fritada?

—Acaso, y de buenos peces. —¿Y no nos sacará los ojos tu águila?

—Se espera a que vaya a pescar. ¡Ven, compadre blanco; sé dónde hacen los nidos!

El negro, que miraba a lo alto espiando la cima de los pinos, comenzó a andar por entre las raíces que serpenteaban en todas direcciones, y fue a detenerse en una altísima planta de diversa especie que crecía casi aislada en medio de una plazoleta. Era un hickroys (o sea nogal negro), planta que alcanza dimensiones enormes, muy rica de hojarasca, y que produce un fruto de muy mediana calidad. Da una madera negra muy apreciada en construcción por los ebanistas.

En una de sus mayores ramas se veía una especie de nido de seis pies de largo por ocho de ancho, formado con ramas hábilmente entrelazadas, cuyos instersticios estaban cerrados con musgo y hojas secas.

En la base del árbol había despojos de peces corrompidos que exhalaban un pestilente olor, el cual hizo taparse las narices al buen Carmaux.

—¿Es ese el nido de tu águila? —le preguntó al negro.

—Sí —repuso el gigante.

—No veo a sus propietarios. —¡He aquí el macho que llega! Vuelve de la pesca.

Un ave de extraordinarias dimensiones revoloteaba por encima de los pinos describiendo amplios círculos, que poco a poco se reducían.

Era un águila que medía, lo menos, tres metros de largo, y cuyas alas desplegadas alcanzaban siete u ocho.

Tenía el dorso negro y la cabeza y la cola blancas. Las garras eran poderosas, y el pico llevaba un pez muy grande, todavía vivo, porque se le veía debatirse desesperadamente.

—¡Qué pajarraco!—exclamó Carmaux.

—Es muy peligroso —añadió el negro—. Las águilas pescadoras no temen a nadie, y asaltan al hombre intrépidamente.

—¡No quisiera entrar en relaciones con ese pico, compadre Saco de Carbón!

—Esperemos a que se vaya.

—¿Tendrá pequeñuelos en el nido?

—Sí —repuso el negro—. ¿No ves estas cáscaras de huevo color café?

—¡Y de buen tamaño!

—Pues indican que los pequeños han nacido.

—¡Los dejaremos a dieta, compadre!

Después de haber revoloteado algún tiempo sobre los pinos, como para asegurarse de que no había enemigos, el águila cayó sobre el nido.

El negro, que escuchaba atentamente, oyó en lo alto los gritos de los aguiluchos. El padre habíales abandonado su presa, y los pequeños festejaban a su progenitor.

—¡Preparate a trepar por el árbol! —dijo a Carmaux—. Si tardamos no hallaremos nada de ese pez!

El águila había vuelto a elevarse. Giró todavía algún tiempo sobre el árbol, y partió velozmente en dirección al mar.

Los dos filibusteros se agregaron de un salto a las ramas inferiores de la planta, y ayudándose el uno al otro, alcanzaron rápidamente el nido.

Era una plataforma construida con bastante solidez para sostener a un hombre sin hundirse; estaba llena de restos de peces y de plumas, y ocupada por dos aguiluchos del tamaño de dos capones. En medio de aquellos detritus, además del pez dejado por el padre, había otros dos de la especie de las palamides, de algunos kilogramos de peso.

Los dos pequeños, viendo aparecer al negro, se había lanzado violentamente contra él, piando y tratando de herirle en los ojos; pero Moko no se cuidaba de ellos.

Entregó a Carmaux los peces, diciéndole:

—¡Baja pronto! ¡Puede sorprendernos!

Iba a matar de un golpe a los dos aguiluchos, cuando vio una gran sombra proyectarse sobre el nido, y oyó un grito furioso.

Levantó la vista, y vio venir encima un águila de mayores dimensiones que la primera. Era la hembra que acaso vigilaba en la cima de algún pico mientras el macho pescaba.

—¡Compadre! —gritó sacando su cuchillo—. ¡Deja los peces, y sígueme.

Abandonó el nido, y se dejó resbalar hasta la bifurcación de las ramas, para apoyarse en el tronco y no correr peligro de ser lanzado a tierra de un aletazo.

Carmaux le había seguido, tirando los peces a tierra.

—¡Por Baco! —exclamó el filibustero—. ¿Está “hidrófoba” esta águila?

—¡Ten cuidado con los ojos!

—¡No temas; los defenderé; me hacen mucha falta!

El águila se había posado en el árbol, e intentaba pasar por entre las ramas para caer sobre los filibusteros. La desmesurada longitud de sus alas no se lo permitía fácilmente.

Gritaba, ahuecaba las plumas y picoteaba con furor.

Carmaux y Moko tiraban cuchilladas a ciegas, tratando de herirla en el pecho o en la ala.

Visto que no podía atacarlos al frente, el pajarraco giró alrededor del árbol, y encontrando un hueco entre las ramas, pasó por él, agarrándose desesperadamente al tronco.

De un picotazo destrozo la casaca de Carmaux y de un aletazo por poco tira al negro.

—¡Duro, compadre! —gritó Carmaux amparándose tras una rama.

Apoyado sólidamente en el tronco el negro con la mano izquierda asió al enfurecido volátil por un ala, y con la otra le dio una cuchillada en el pecho.

Iba a repetir el golpe, cuando el águila con una desesperada sacudida se libró de la mano del negro, elevándose hasta el nido.

Gotas de sangre caían a través de las hendiduras de la plataforma a lo largo del tronco del árbol.

—¡Huyamos! —gritó Moko—. ¡El macho está quizás para llegar!

—¡No tengo ningún deseo de encontrármelo! —dijo Carmaux.

Recogidos los peces, echaron a correr metiéndose por lo más tupido del pinar y escondiéndose entre un espeso follaje.

—¡Condenados pajarracos! —exclamó Carmaux secándose el sudor—. ¡Nunca hubiera creído que dos hombres como nosotros tuviesen que huir ante ellos!

—Yo he visto a más de un negro perder los ojos, y hasta la nariz —dijo Moko—. Una vez yo mismo recibí un picotazo que me destrozo un hombro hasta dejar al aire la clavícula.

—¡Y yo que contaba con estos pájaros como proveedores!

—No será la última vez que les robemos su presa —dijo Moko—. Si nos detenemos aquí, vendremos a menudo a visitar su nido.

—¿Crees que haya cesado el peligro?

—Ya no veo nada.

—Entonces, volvamos al campamento, compadre Saco de Carbón.

—Y daremos una vuelta por la playa para hacer previsiones de moluscos.

Apenas habían salido de la espesura, cuando el negro se detuvo, exclamando alegremente:

—¡Compadre, tendremos hasta fruta!

—¡Pardiez! —exclamó Carmaux—. ¡Tienes la vista de águila!¡Si seguimos así, acabarás por descubrir bizcochos!

—Si no verdaderos bizcochos, podremos encontrar algo que los sustituya.

—¿Dónde está esa fruta?

Eran enormes grandiflores, que crecen en gran número en las húmedas tierras de La Florida meridional, y cuya fruta, refrigerante y de agradable sabor, es apetecida por los indios.

—¿Es ésa la fruta prometida? —dijo Carmaux.

—Sí, compadre.

—¡Vamos a hacer la recolección!

Saquearon el arbusto y, hecho una abundante cosecha de aquellos limones salieron del bosque y avanzaron a lo largo del sendero.

Carmaux, que además de hambre tenía sed, chupaba ávidamente la fruta, confesando que, si bien era muy rica en agua, no sabía a nada.

Poco apoco se había calmado el mar; tan sólo de cuando en cuando una ola grande rompía con estrépito en la playa, salpicando de espuma hasta los primeros árboles de la floresta.

Entre aquel oleaje se veía aparecer y desaparecer variados restos de la mísera fragata volada por el Duque. Había trozos de gallardete, bordas, puntales y crucetas. No se veían ni barriles ni cajas.

—¡Todo leña inútil! —dijo Carmaux, que se había detenido a observarlo—. ¡Si hubiese algún barril de galletas o de carne salada!…

—¡Vamos, compadre! —dijo el negro—. Veo a Stiller y al Capitán en pie sobre el escollo, que esperan nuestra colación.

Se pusieron en marcha siguiendo la playa arenosa, cubierta de algas arrancadas del fondo del mar por la resaca. Ya no distaban más que un centenar de pasos del campamento, cuando vieron súbitamente moverse ante ellos la arena, e hincharse y, por último, abrirse, dejando paso a una horrible bestia que se lanzó contra ellos mugiendo espantosamente.

—¡Cuidado, compadre! ¡Es un diablo de mar!

XIII. Entre los bosques

Aquel monstruo, que estaba en acecho entre la arena, y que Moko había llamado diablo de mar, nombre dado por los habitantes de la costa de México y conservado aún hoy día por los colonos de La Florida, era un animal de la clase de los cepalópodos, de forma aplanada como la de las rayas, largo y ancho como la vela de una nave, de peso de un millar de kilos y con repugnante aspecto. Su piel estaba erizada de puntas aceradas bastante fuertes; su cabeza, armada con un par de cuernos parecidos a los del toro; y su cola, muy larga, y según dicen, venenosa, era cortante como la hoja de una lanza.

Este monstruo, afortunadamente raro hoy día, se oculta entre la arena, con la boca, grande como un horno, a flor de tierra y siempre abierta, dispuesta a tragarse cuanto se le presente.

Aunque sintió helársele la sangre en las venas ante tan súbita aparición, Carmaux no había perdido la cabeza. Viendo a pocos pasos la boca del monstruo, se había apartado rodando dos metros más allá, yendo a parar a los pies del negro.

Furioso el monstruo al ver escapársele su presa, empezó a agitar la cola, lanzando a diestro y siniestro verdaderas trombas de arena.

—¡Huyamos, compadre! —gritó Moko.

En aquel momento el Corsario y Van Stiller, atraídos por sus gritos, llegaron corriendo. El primero empuñaba su puñal de “misericordia”, y el segundo, el cuchillo.

Viendo al monstruo, el Corsario se detuvo gritando:

—¡No os acerquéis! ¡Es venenoso! .. .

—¡Pongámosle al menos en fuga! —dijo Van Stiller, cogiendo un pedrusco y arrojándoselo.

—¡O tratemos de cogerlo! —dijo Carmaux.

Los cuatro filibusteros, viendo otros restos dispersos en la playa, los cogieron para apedrear a la tormenta, trataba de huir hacia el mar.

Mugía como un toro bravo, agitaba los cuernos y batía la cola, lanzando sobre sus perseguidores montones de fango.

Finalmente, con un último esfuerzo pudo alcanzar el mar y desaparecer, dejando en la superficie una mancha de sangre.

—¡Ve a encontrar a tu compadre Belcebú! —gritó Carmaux—. ¡Me ha hecho pasar tal emoción que por poco pierdo el apetito!

Volvieron a su campamento, cerca de la escollera que había servido de observatorio al Corsario, y se sentaron a la sombra de algunos pinos altísimos que crecían entre espléndidos grupos de coreopsidis amarillos con disco purpurina, anémonas de varios colores y grupos de violetas silvestres.

Recogieron leña muerta, y, habiendo conservado los eslabones, con musgo bien seco encendieron un buen fuego, sobre el cual pusieron a asar los peces robados a las águilas pescadoras.

Un cuarto de hora después los cuatro filibusteros asaltaban el asado, del que no quedaron más que las espinas.

—Y ahora,, meditemos —dijo Carmaux volviéndose hacia el Capitán—. Supongo que no pensaremos inmovilizarnos eternamente entre estas arenas, en espera del paso problemático de alguna nave. ¿Qué opináis, señor?

—Que permaneciendo aquí no tendremos ninguna probabilidad de salvarnos —repuso el Corsario.

—¿Tenéis alguna idea?

—Sé que la bahía de Ponce de León suele estar frecuentada por pescadores cubanos que van a cazar lamantinos. Iremos allá a esperarles.

—Dudo yo, capitán, que tomen a bordo de sus barcos a náufragos filibusteros. Si lo hicieren, seria para entregarnos a las autoridades de La Habana o de Matanzas.

—¿Quién podrá reconocer en nosotros a unos filibusteros? Hablad todos bien español, y podemos fingirnos náufragos españoles.

—Es cierto, capitán —dijo Carmaux—. ¡No se me había ocurrido!

—¿Y si se construyese una almadía con los restos que las olas arrojan a las playas, y fuésemos en busca de El Rayo? —preguntó Van Stiller—. Acaso haya encallado en las islas de los Pinos.

—¡No pensemos en mi nave! —dijo el Corsario suspirando—. El huracán debe de haberla llevado al Atlántico, y las ondas se la habrán tragado.

Mi enemigo ha muerto; pero ¡qué pérdida para mí! Morgan y todos mis marinos valían más que la vida de ese hombre. ¡En fin, no habléis nunca más de mi nave; dejad que se cierren las heridas!

—¿Está alejada la bahía? —preguntó Carmaux.

—A una docena de jornadas. —¿Y los indios? ¿No caeremos en sus garras?

—¡Acaso quisiera encontrarlos, aunque dicen que son feroces! —dijo siniestramente el Corsario.

—¡Encontrar a esos hombres! —exclamó Van Stiller con espanto—. ¡Guardémonos de ello, capitán!

—¿Has olvidado acaso la noche en que di muerte a Sandorf? —preguntó el Corsario.

—No —dijo Carmaux—. El flamenco había dicho que Honorata Wan Guld había naufragado en estas playas. ¡Diríase que el Destino nos ha guiado a propósito aquí!

—Ya confirmaremos lo dicho por Sandorf —dijo el Corsario—. No nos alejaremos de estos parajes sin alcanzar la caza.

—¿Qué os dice el corazón, capitán?

—¡Que Honorata ha muerto! —repuso el caballero con voz triste.

—¡Pobre Capitán! —dijo Carmaux conmovido.

—¡Aún la ama!

El Corsario había vuelto, diciendo brevemente:

—¡Partamos!

Los tres marineros se levantaron, y recogieron sus bastones y alguna fruta que había guardado para apagar la sed, en el caso de no encontrar agua dulce.

El Corsario sacó de su faja una brújula de oro que llevaba en una cadena, y consultó la dirección.

—Atravesaremos la península de las Arenas —dijo—. Así evitaremos un largo e inútil rodeo.

La inmensa floresta estaba ante ellos, formada por pinos inmensos. No queriendo atravesarla en seguida, se pusieron a bordearla, para estar en lo posible cerca del mar.

El mar se había calmado casi por completo. Tan sólo de tarde en tarde una ola de la marea se rompía con fragor en la playa.

Multitud de aves marinas revoloteaban sobre las dunas, sin manifestar temor por la presencia de los filibusteros.

Se veían bandadas de rincopios, desgraciados volátiles que por la construcción especial de su pico están obligados a volar a flor de agua esperando pacientemente que los pececillos vayan por sí mismos a meterse en su boca, siempre abierta.

Carmaux los miraba con ávidos ojos, pensando en los suculentos asados que hubiera hecho con tanto pájaro, y a falta de fusil, intentaba derribar alguno a pedradas, en lo que perdía el tiempo en vano.

—¡Ah! ¡La cena será difícil de conquistar! —decía suspirando—. ¡Con estos bastones no haremos nada!

Después de una hora de marcha los náufragos llegaron a un playa cubierta de un estrato de helechos.

Viendo aquel amasijo de algas, Carmaux se detuvo recordando el diablo de mar.

—¿Se esconden debajo estos horribles monstruos? —dijo.

—No son tan comunes como crees —repuso el Corsario—. Es más probable que encontremos ostras.

—Y alguna fritada, señor —dijo Moko—. Veo nubes de golondrinas de mar revolotear por aquellas escolleras, y espero encontrar algunos nidos.

—Me han dicho que los huevos de esos pájaros son excelentes —dijo Van Stiller.

—Como los de la gallina —repuso el negro.

—¡Adelante a la conquista de la tortilla! —gritó alegremente Carmaux.

Los cuatro filibusteros se lanzaron por aquella confusión de algas y fucus, oyendo bajo sus pies varias detonaciones.

—¿Qué sucede? —preguntó Carmaux—. Diríase que en medio de estas algas hay escondidas castañuelas. ¡Tac!… ¡Tif!… ¡Tum!.. . ¡Qué bonita música!…

—Son vejigas de mar— dijo el Corsario—. ¡No te inquietes, Carmaux!

El Capitán no se había engañado. Esas vejigas son verdaderos moluscos de la especie de las fisalias y de las discolabis, pertenecientes al orden de los acéfalos (sin cabeza), que la marea lanza en gran número a las playas en unión de las algas flotantes en la superficie del mar.

Descomponiéndose, se llenan de aire, y bajo la presión estallan ruidosamente.

Si se las toca con la mano, parecen formadas por materias ardientes, y dejan en los dedos quemaduras muy dolorosas.

Atravesando aquel amplio estrato de fucus sin haber encontrado ningún diablo, llegaron a donde revoloteaban las golondrinas de mar.

Con gran estupor de Carmaux, aquellos animales, en vez de huir, cayeron sobre los filibusteros, ensordeciéndolos con agudos gritos y revoloteando en todas direcciones sin manifestar ningún temor.

Estas aves son muy audaces, y no se las espanta ni a tiros. Todo lo más, se elevan a los primeros disparos, y vuelven a volar en torno de los cazadores como si tal cosa.

Carmaux se había empeñado en derribarlas a palos; pero todos los daba al aire, porque si las golondrinas son imprudentes, tienen en cambio, un vuelo tan rápido, que es difícil alcanzarlas.

—¡Te asustarás inútilmente, compadre! —dijo Moko, que reía viendo al filibustero manejar el bastón como un endemoniado.

—Es cierto —dijo Carmaux—. ¡Parece imposible que no logre coger ni una!

—Y me parece que se burla de ti —dijo Stiller.

—¡Sí, bribonas! ¡Me vengaré en sus nidos!

—¡Mira, compadre, la playa está llena de huevos!

—¡Con tal que no estén muy adelantados!

—Ahora, lo veremos, compadre.

En un inmenso espacio se veían pequeños nidos en forma de copa, excavados en la arena, y conteniendo cada uno de ellos dos o tres huevos amarilloverdosos con puntos obscuros, y de tamaño casi igual a los de las gallinas. Había bastantes para dos o trescientas personas.

A pesar de las protestas de los volátiles, los filibusteros se dedicaron a saquear los nidos, vaciando los huevos frescos y tirando al mar los pasados. Carmaux, sobre todo, hizo tal consumo, que afirmaba poder prescindir de la cena. Como era hombre prudente, se llenó los bolsillos, invitando a los demás, a hacer lo propio.

—¡Nos fortificarán! —decía.

—¡Lástima! —dijo Carmaux—. ¡Por lo menos la playa produce huevos!

—¡Pero ni un vaso de agua! —repuso Van Stiller.

—Tienes razón, camarada —replicó Carmaux.

—Y añado que me bebería un buen trago.

—En el bosque habrá —dijo Moko.

Orientándose con la brújula marcharon hacia la floresta a buen paso.

Aquella selva era de una belleza maravillosa.

En medio de aquellas plantas cantaban algunos papagayos. Palomas de blanca cabeza.

Con gran sentimiento de Carmaux, faltaba la caza mayor.

—¿Estaremos condenados a vivir de huevos? —preguntó a Moko—. ¡La cosa acabará por ser aburrida! ¿Qué opinas, compadre Saco de carbón?

—Ya encontraremos algo más sólido —repuso el negro—. Por estas regiones hay también animales grandes.

—¿Cuáles?

—Osos, por ejemplo.

—¡Bonita figura haríamos con nuestros palos! ¡Prefiero que estén lejos!

—No faltan lobos.

—¡Antes como carne de perro, compadre!

—¡Eres descontentadizo! —dijo riendo el negro—. También hay serpientes de cascabel venenosísimas, aligatores negros, caimanes que te comerían en dos bocados…

—¿Y el compadre Belcebú, no vive también aquí?

—¡Sí; disfrazado de indio —dijo el negro—. ¡Guárdate de él, Carmaux, porque, como te digo, gusta de comer hombres blancos!

—¡Vete al Diablo, compadre Saco de carbón!

Mientras charlaban, el Corsario elegía el camino, orientándose con la brújula.

—¡Magnífico! —había exclamado el incorregible parlanchín Carmaux—. ¡Nunca había visto una flor tan bella!

—¡Pero sin agua! —dijo el hamburgués.

—Ya la encontraremos en abundancia dentro de poco —dijo el Corsario—. Toda La Florida meridional es un pantano. Espera a que atravesemos esta zona de bosques, y no te lamentarás más de la falta de agua.

—¡Vamos adelante, pues! ¡Acaso en los pantanos encontraremos algo más sólido que los huevos de ave!

Como el Corsario había predicho, tres horas después llegaban en medio de los terrenos pantanosos, cortados por estanques de agua negra y pútrida, en la que se veían serpientes aligatores, negras como el ébano, bastante gruesas y de cabeza plana.

Aunque el terreno estaba impregnado de agua crecían en él grupos de pinos de gigantescas dimensiones que daban lúgubre aspecto a aquellos parajes.

Aquellos estanques eran el principio de los inmensos pantanos que ocupaban, por lo menos, la tercera parte de tan vasta península, llegando hasta el tétrico lago de Okeechobee; siniestra soledad poblada por melancólicos pinos y cipreses, con aguas negras y estancadas, focos de fiebres palúdicas, antesalas de la muerte.

—¡Qué feo país! —exclamó Carmaux, que se había detenido—. ¡Parece que vamos a atravesar un inmenso cementerio!

—Estas son las bellezas de La Florida —dijo el Corsario.

—No se las envidio a los dueños de estas tierras.

—¡Ni yo! —dijo Van Stiller.

—¿Acampamos aquí, señor? —preguntó Moko—. El sol va a ocultarse, y más adelante veo un gran pantano..

—Detengámonos —dijo el Corsario—. Mientras tengamos luz, iréis en busca de la cena.

A poca distancia corría un arroyuelo de agua clara. Apaciguaron la sed, y con ramas de pino improvisaron una choza donde poder guarecerse contra la humedad de la noche, funesta en aquellas regiones.

Mientras Van Stiller encendía el fuego para alejar a las serpientes, que por aquellos lugares debían de abundar, Carmaux y el negro fueron hacia el pantano que se veía a través de los pinos.

Las tinieblas comenzaban a caer, mientras sobre aquella tierra saturada de agua se alzaba una neblina impregnada de mortíferos mismas.

Después de haber bordeado algunos estanques los dos filibusteros, llegaron a la orilla del pantano, o mejor del lago y se detuvieron ante algunos montículos de fango de un pie de alto alineados en medio de las cañas.

—¿Qué es eso? —preguntó asombrado Carmaux—. ¿Nidos de pájaros?

—¿No lo adivinas, compadre? —preguntó Moko mirando a su alrededor con aprensión.

—¡De veras que no, Saco de carbón!

—¡Rayos!

—Ven a verlos mientras los caimanes están lejos.

Carmaux y el negro se acercaron y los miraron curiosamente. Eran, como se ha dicho; montículos de un tercio de metro de altura, formados por ramitas y musgos entrelazados y aglutinados con fango.

Aquellas pequeñas construcciones parecían llenas de tierra batida y apisonada.

Moko puso al aire uno de ellos, y descubrió una docena de huevos blanquísimos, del tamaño de los de la oca, pero más alargados y rugosos.

—¿Y de estos huevos nacen esas bestias? —exclamó estupefacto Carmaux—.

¿Cuántos hay en cada nido?

—Generalmente, treinta.

—¿Y no los empollan los caimanes?

—Se encarga de hacerlo el calor del Sol.

—¡Tirémoslos al estanque!

—Te advierto que son comestibles.

—¡Puah!.. .

—Todos los negros los comen, y a mí no me parecen malos, aunque tienen cierto sabor a almizcle.

—¿Son como los de gallina?

—No, compadre. La yema es muy pequeña, descolorida y casi insípida; pero la albúmina es dulzaina, y una vez cocida, se pone tan dura, que hay que emplear el cuchillo para cortarla.

—¡Te los regalo! ¡Yo no comeré nunca tales huevos!

—Ya encontraremos algo mejor. —¡Eh!… ¡Suena un tambor!… ¿Los indios acaso?

Hacia el pantano se oía un redoble muy fuerte, que parecía de un tambor. De tiempo en tiempo cesaba, reemplazándole un mugido semejante al del toro.

—¿Qué ocurre? —preguntó Carmaux mirando a su alrededor con inquietud.

—Escucha bien, compadre —dijo tranquilamente el negro—. ¿De dónde crees que viene ese ruido?

—¡Por mi muerte! ¡Diríase que el tambor está debajo de ese pantano!

—Sí compadre, porque suena precisamente debajo del agua.

—Entonces, es un pez.

—Tambor —dijo Moko—. ¡Ven compadre, vamos a cogerle!

—¿Y ese silbido? ¿Le oyes?

—Sí, compadre. Es un pez bomba que se hincha.

—¿Le cogeremos también?

—Es venenoso.

—¡Largo, entonces!

—Calla y sígueme.

El negro había cogido del suelo una rama larga de pino perfectamente recta, la despojó de sus hojas, y atando a su extremidad su afilado cuchillo, formó una especie de lanza que, bien o mal, podía servir de arpón.

Se metió por entre las cañas que cubrían las orillas del pantano, y se inclinó sobre el agua.

A pocos pasos crecía una aristoloquia, planta acuática de hojas ovaladas, con flores lívidas en forma de sifón, y el tronco de bastante grueso, sostenido por gran número de raíces.

Era precisamente junto a aquella planta donde se oía el tambor.

—Está escondido aquí debajo —dijo el negro a Carmaux, que le seguía.

—¿Esperas cogerle?

—¡No escapará!

El negro, con una agilidad y destreza extraordinarias en un hombre de su estatura, saltó al tronco de la aristoloquia y escuchó atentamente.

Parecía que junto a las raíces se libraba alguna lucha bajo el agua. Las largas hojas se torcían, las ramas oscilaban violentamente, y borbotones de espuma que subían del fondo se rompían en la superficie.

—¿Habrá sido atacado el pez tambor? —murmuró el negro—. Cojámosle antes de que el otro se lo coma.

Viendo agitarse el agua, sumergió rápidamente la lanza. Una pequeña ola rompió en la aristoloquia, y una especie de cilindro surgió de pronto del fondo de las aguas.

Listo como un gato, el negro había agarrado aquel cuerpo cogiéndole con ambas manos. Intentó tirar; pero, no obstante sus prodigiosas fuerzas, no lo logró; el cilindro era completamente liso.

—¡Ayúdame, Carmaux! —gritó.

El filibustero ya se había lanzado entre las raíces de la planta con una cuerda en la mano.

En un instante hizo un nudo corredizo, con el cual ciñó aquella especie de anguila.

—¡Ohé! ¡Iza! —gritó.

Los dos hombres empezaron a tirar con cuanta fuerza podían. A pesar de sus contorsiones el pez subía; pero parecía ser extremadamente pesado, o remolcar alguna cosa.

Era una anguila enorme, de veinticinco o treinta kilos de peso, con la quijada inferior adornada con diez o doce pelos que le daban aspecto extraño.

Y no iba sola. Aferrado fuertemente, arrastraba tras de sí a otro habitante de las aguas, mucho mayor y más pesado, cubierto por una coraza ósea erizada de espinas.

—¿Qué hemos pescado? —preguntó Carmaux, empuñando con la mano izquierda el cuchillo.

—Déjalo marchar, Carmaux —dijo Moko.

—Es un pez tabaquera.

—¿Qué ha mordido al tambor?

—Sí, compadre.

—¡Icémosle!

—¡No vale la pena!

Con un golpe bien dirigido obligó al extraño crustáceo a soltar a la anguila, que había sido izada ya entre las raíces.

—¡Qué feo es! —dijo Carmaux.

—Es incomestible, compadre —dijo el negro—. Esos peces no tienen más que un poco de carne filamentosa y un hígado enorme y oleoso.

—¡Contentémonos con el tambor!

Iban a saltar hacia la orilla, cuando lanzaron ambos un grito de terror:

—¡Mil diablos! —exclamó Carmaux palideciendo—. ¡Somos muertos!

XIV. El baribal

A quince pasos de ellos y parado junto a un enorme pino estaba uno de esos osos llamados baribales, de dimensiones enormes. Era uno de los más hermosos tipos de especie, con la pelambre corta y brillantísima, que sólo se obscurecía a los lados del hocico.

Medía más de dos metros de largo por uno de alto, de la pata al hombro, y era, además, robustísimo. Esos osos, aún hoy día, son bastante abundantes, no sólo en los bosques de La Florida, sino también en las regiones septentrionales de los Estados Unidos, en las que hacen grandes destrozos devastando los campos y diezmando hasta a los terneros, porque son a la vez herbívoros y carnívoros.

Percibiendo a aquel inesperado enemigo de quien nada bueno podía esperarse, Carmaux y Moko se habían retirado precipitadamente al tronco de la aristoloquia y le miraban con desconfianza.

—¡Compadre!

—¡Carmaux!

—¡He aquí una sorpresa que no esperaba!

—¡Y que nos hará sudar mucho, compadre! —dijo Moko.

—¡Y estamos desprevenidos! ¡Si lo hubiéramos visto venir, hubiéramos huido!

—¡Oh no, Carmaux! Estos osos corren velozmente, y no hallan dificultades para alcanzar a un hombre.

—¿Qué hacemos?

—Esperemos, compadre.

—¿A que se vaya el oso?

—No veo otro medio mejor.

—Me parece que no tiene trazas de largarse.

—Quizás le divierta nuestra sorpresa.

—¡Di nuestro miedo, compadre Saco de carbón!

—¡Como quieras! —dijo el negro intentando sonreír!

El oso parecía realmente gozarse en el miedo de los filibusteros.

Por el momento no mostraba intenciones hostiles; antes bien, parecía no tener ningún interés en abandonar su puesto para acercarse a los filibusteros.

—¡Truenos! —exclamó Carmaux, que empezaba a impacientarse—. ¡Me parece que esto va para largo! ¿Qué opinas, compadre Saco de carbón?

—¡Que quisiera estar lejos de aquí! —dijo el negro.

—¡Y yo, más que tú! Pero hasta que no encontremos el medio de marcharnos, estaremos obligados a permanecer en este tronco. ¿Son realmente temibles esos osos?

—Tienen uñas de acero y una fuerza prodigiosa. Con los cuchillos, no haremos nada.

—¡Diablo! —exclamó Carmaux rascándose furiosamente la cabeza—.

¡El Capitán comenzará a inquietarse por nuestra tardanza! ¡Una idea!

—¡Echadla fuera, compadre! —dijo el negro.

—Si nos tirásemos al agua… Nadando podremos alcanzar la orilla opuesta.

—¿Y tú crees que el oso no nos seguirá? Además, no me fío de estas aguas negras; deben de ocultar serpientes y caimanes. ¿No recuerdas los huevos que hemos visto?

—¡Vayan al infierno los caimanes!

—¡Compadre, probemos a embarcarnos!

—¡Embarcarnos! —exclamó Carmaux mirando al negro con estupor—. ¿Has descubierto alguna chalupa?

—No, compadre; pero digo yo que si cortásemos las raíces de esta planta, el trono nos servirá de barca.

—¡Eres un genio, compadre Saco de carbón! A mí acaso nunca se me hubiera ocurrido tal idea. ¡Mi querido señor oso, por esta vez te burlamos!

—¡Manos a la obra, compadre!

—Cuando quieras, Moko.

La aristoloquia que les servía de refugio, tenía el tronco bastante grueso, sostenido por varias raíces plantadas en el fondo del pantano, y que emergían por doquier. Bastaba cortarlas para hacer caer la planta y servirse de ella como de una almadía, muy incómoda, es cierto, pero suficiente para sostener a dos hombres.

Carmaux y el negro resolvieron, pues, cortar las raíces con sus cuchillos, hábilmente manejados.

Ya habían cortado más de la mitad, cuando vieron al oso dejar su puesto y avanzar lentamente hacia la orilla.

—¡Eh, compadre; que viene! —exclamó Carmaux.

—¿El oso?

—Parece que tiene curiosidad por saber lo que hacemos.

—¿Tendrá intenciones de atacarnos?

El baribal, acaso vencido por la curiosidad, se abrió paso por entre las cañas que abundaban en la orilla, acercándose al sitio ocupado por los filibusteros.

Llegando a quince o veinte pasos de la orilla, se alzó sobre las patas traseras para ver mejor a qué clase de trabajo se habían dedicado los dos filibusteros, y, seguramente satisfecho, volviendo a su postura normal, continuó sus bostezos.

—Moko —dijo Carmaux, que recobraba su ánimo—, me asalta una duda.

—¿Cuál, compadre?

—¿No tendrá el oso más miedo que nosotros?

—¡No te fíes, compadre! ¡Son malas bestias!

—¡Si fuese más valiente, a estas horas ya nos hubiera atacado!

—Son muy pacientes, y rara vez atacan los primeros. Saben, que no podemos quedarnos eternamente aquí, y nos espera en la orilla.

—¿Se mueve el tronco?

—Quita todavía dos raíces, y caerá.

—¡Cuidado, no perdamos nuestra anguila! Me interesa la cena.

—Átala a una rama. ¡Atención, compadre! ¡El tronco va a caer al agua!

La aristoloquia, privada de casi todas sus raíces, se inclinaba lentamente hacia el agua. A una postrera sacudida del negro cayó del todo, yéndose casi a fondo; pero reapareció en seguida a flote.

El negro y Carmaux se habían puesto a horcajadas en el tronco, sosteniéndose agarrados a las ramas.

Al oír aquel ruido el oso se había alzado en dos pies; pero, en vez de precipitarse hacia la orilla, huyó hacia el bosque a toda velocidad.

—¡He, compadre! —gritó Carmaux—. ¡Ya te decía yo que tu feroz oso tenía más miedo que nosotros! ¡Ha huido villanamente como si le hubiésemos disparado una andanada!

—¿No será un ardid para esperarnos en tierra?

—Te digo que tu oso es un poltrón, y que, si le encuentro, le romperé los riñones a palos, —dijo Carmaux—. ¡Vamos a tierra, compadre, y volvamos al campamento a asar nuestra anguila!

Con algunos empujones llevaron el tronco hacia la orilla, y desembarcaron. Carmaux cogió su bastón, se echó a la espalda el pez tambor, y se dirigió hacia el bosque, seguido por el negro.

Debemos confesar que procedía con mucha cautela, mirando cautelosamente a su alrededor, y que, no obstante su fanfarronería, tenía bastante miedo y ningún deseo de volver a ver al oso.

Llegando al linde del bosque se detuvo para escuchar, y, no oyendo ningún rumor, reanudó la marcha, diciendo:

—Se ha ido de veras.

—¡No nos fiemos, compadre! Acaso nos espía y se dispone a caer sobre nosotros —dijo Moko.

—Le apalearemos como merece.

Iba a entrar bajo los árboles, cuando un grito extraño le detuvo de nuevo.

Entre las plantas, una voz casi humana había gritado repentinamente:

—¡ “Dumkadu! … ¡Dumkadu”! .

—¡Compadre! —exclamó—. ¡Los indios! .. .

—¿Dónde los ves? —preguntó el negro.

—No los veo; los oigo. Escucha. “¡Dumkadu… Dumka!”… ¿Será el grito de guerra de los antropófagos?

—¡Sí, del “botauromoko”! —repuso el negro riendo.

—¿Quién es ese señor?

—Un magnífico asado, preferible al pez tambor. ¡Ven, compadre; le cogeremos!

—¿Pero a quién?

—Al “botauromoko”. ¡Calla y sígueme!

Aquel extraño grito había salido de un grupo de pontedeires.

El negro se echó a tierra y comenzó a culebrear como un reptil sin hacer el menor ruido, a pesar de que los gritos incesantes de los volátiles eran suficientes para apagar el crujir de las hojas secas.

Llegado a pocos pasos de los pontedeires se detuvo, miró atentamente entre la hojarasca, y alzando bruscamente el bastón, lo descargó con furia.

El “dumkadu” cayó de improviso.

—¿Cogido? —preguntó Carmaux.

—¡Helo aquí —repuso Moko, que se había lanzado a la maleza—. ¡Pesa más de lo que yo creía!

El volátil que tan hábilmente había cazado tenía más de dos pies de alto; sus plumas eran casi negras, el pico, amarillo y agudísimo, y los ojos, muy grandes.

—¡Buen pájaro! —exclamó Carmaux.

—Y sobre todo, exquisito —dijo Moko—, aunque se alimenta de peces.

—¿Es pescador?

—Y cazador, porque se nutre hasta de pajarillos que engulle enteros.

—Entonces…

—¿Qué decís, compadre?

En vez de responder, Carmaux había dado un salto atrás empuñando su nudoso palo.

—¿Qué tienes? —preguntó el negro.

—Me parece haber visto el oso.

—¿Dónde?

—¡Entre aquel grupo de árboles!

—¿Todavía ese animalucho? —¡Moko!

—¡Compadre!

—¡Vámonos!

—¿Y la paliza que querías darle?

—¡Otra vez será! —dijo Carmaux.

Recogieron el “botauromoko”, y dieron gusto a las piernas tratando como dos caballos espoleados.

Al cabo de un cuarto de hora, rendidos y jadeantes, llegaron al campamento.

—¿Os sigue?

—Parece haberse detenido.

—Entonces, tenemos tiempo de cenar —dijo tranquilamente el Capitán.

Había un buen fuego de brasas. Carmaux cortó el pez tambor, ensartó un pedazo de tres o cuatro kilos en una baqueta de madera verde, y lo puso al fuego, haciéndolo girar lentamente para asarlo por igual.

Veinte minutos después los cuatro corsarios asaltaban el asado, alabando su exquisita delicadeza.

—Ahora —dijo el señor de Ventimiglia— podemos atender al oso.

—Me parece, capitán, que ese poltrón se ha dado cuenta de que no tenemos miedo —

dijo Carmaux.

—Ya que no se le ve, durmamos —dijo el Corsario—. ¿Quién monta el primer cuarto de guardia?

—Carmaux —dijo Moko—, ya ha demostrado que no tiene miedo a los osos.

—Y volveré a demostrarlo, compadre Saco de carbón —repuso el filibustero picado—.

¡Deja que aparezca, y verás lo que soy capaz de hacer!

—Entonces, a ti te confiamos nuestra defensa —dijo el hamburgués—. ¡Buena guardia, camarada!

Mientras sus tres compañeros se tendían bajo la cabaña, Carmaux se sentó junto al fuego tendiendo a su lado el bastón del negro.

De cuando en cuando ranas y sapos improvisaban conciertos discordantes que apagaban todos aquellos diversos rumores.

Carmaux escuchaba atentamente mirando a su alrededor. No temía a los lobos ni a los caimanes; los primeros, demasiado cobardes para atacar siendo pocos, y los segundos, demasiado lejanos, tan sólo tenía miedo a aquel oso maldito.

—¡Diríase que he perdido mi valor! —murmuraba—. Y, sin embargo, yo he despachado a buen número de enemigos más peligrosos que estas bestias.

Se había levantado para dar vuelta a la cabaña, cuando a breve distancia oyó un aullido que le heló la sangre en sus venas.

—¡El oso! —exclamó—. ¿Se le habrá metido en la cabeza la idea de comerme? ¡Somos cuatro, querido, y te haremos bailar rompiéndote los riñones a palos!

Entró en la cabaña y despertó a Moko y a Van Stiller.

—¡Vamos, camaradas —dijo—. ¡Viene el oso!

—¿Dónde está? —preguntó el hamburgués cogiendo un tronco medio escondido.

—No estará muy lejos —repuso Carmaux.

—¿Oís?

Un segundo aullido, más potente que el primero, rompió el silencio de la noche.

—Es el oso, ¿verdad, Moko? —dijo Carmaux.

—¡Vamos a deslomarle! —dijo Van Stiller.

—¡Mírale! —exclamó Moko.

Un oso, tal vez el mismo que se había mostrado en el pantano y que los había seguido acabada de salir de unas matas, y se dirigía hacia el campamento cabeceando cómicamente.

Los tres filibusteros se habían colocado detrás del fuego para defender la cabaña.

—¡La ha tomado con nosotros! —dijo Carmaux.

—Despertemos al Corsario —dijo el hamburgués.

—Es inútil —repuso el Corsario apareciendo.

—¿Le véis? —preguntó Carmaux.

—Sí; y me parece que es muy grande. Puede suministrarnos excelentes provisiones.

—¿Queréis darle caza? —Dejemos primero que se acerque, Carmaux.

Los cuatro filibusteros permanecían inmóviles, con la esperanza de decidirle a acercarse. Pero de repente el plantígrado hizo un brusco ademán, y, volviendo grupas, partió al galope, desapareciendo en dirección al pantano.

—¡Ya decía yo que era cobarde! —dijo Carmaux—. Se habrá persuadido al fin de que le conviene estar lejos de nosotros.

La noche transcurrió sin otra alarma, a pesar de la vecindad de dos o tres lobos que llegaron al campamento aullando lúgubremente.

Con el alba, los cuatro filibusteros emprendieron la marcha costeando el gran pantano, que se prolongaba hacia el Oeste.

XV. Los antropófagos de La Florida

Durante tres días los filibusteros avanzaron a través de los bosques de pinos y cipreses, costeando vastos pantanos de aguas negras y fangosas abundantes en caimanes y serpientes aligatores, y al cuarto, completamente desprovistos de víveres, no habiendo encontrado ningún animal a quien dar muerte, se detuvieron a la orilla de un río que corría por entre el boscaje.

Hacía doce horas que sólo habían comido algunas tu pelas, especie de ciruelas grandes, en forma oblonga y de excelente sabor, pero no lo bastante nutritivas, especialmente para hombres que andaban desde el alba hasta el crepúsculo.

—Nos detendremos aquí todo el día —dijo el Corsario, viendo que sus hombres casi no podían tenerse en pie—. La bahía no debe ya de estar lejos.

—Y nosotros nos pondremos en acecho —dijo Carmaux al negro—. Este río no debe de estar desprovisto de peces.

—Y en las orillas encontraremos tortugas —repuso Moko.

—Entonces, vamos —dijo el filibustero—. ¡Tengo un hambre tal, que soy capaz de comerme una serpiente aligator!

—¡Y apuesto a que no desdeña los huevos de caimán!

—¡Esos, nunca, compadre Saco de carbón!

—No os alejéis demasiado —dijo el Corsario, el cual, ayudado por el hamburgués, construía una cabaña.

Cogieron sus bastones y sus puñales, para usarlos como lanzas, y empezaron a costear el río entre las hierbas y el césped, con la esperanza de hacer salir alguna tortuga.

La floresta que se extendía por las dos orillas, no estaba formada exclusivamente por pinos y cipreses. Acá y allá se veían también árboles de otras clases.

Multitud de pajarillos se levantaron por doquier al paso de los filibusteros, huyendo con tanta rapidez, que renunciaban a la idea de cogerlos.

Flamencos, tántalos, ibis, anitras y palomas revoloteaban entre las plantas, mientras a lo largo del río se veían los bellísimos gallos de collar, uno de los volátiles más buscados por su exquisita carne, y que se paga carísimo por los sibaritas americanos, y no pocas gallinas sultanas de pico y ojos rojos, garganta y pecho purpúreo, y alas y cola de color azul turquí.

Verdaderas paletas de pintor, como decía Carmaux, que seguía su pesado vuelo con ardientes miradas.

¡Lástima no tener un fusil, compadre! —dijo—. Se podía hacer aquí un magnífico exterminio.

—¡Y qué ricos asados, compadre! —repuso Moko—. ¡Mira aquellas gacelas que parecen dormir en la orilla del río, lo que hacen en esperar a los renacuajos!

—Parecen airones pequeños.

—Y aquellas gallinas —dijo el negro indicando varias aves parecidas a nuestras perdices, amarillas de plumas —son excelentes, compadre.

—¿Y ese pajarraco de ahí, todo patas, que tiene las plumas rojas y negras y la cabeza salpicada de blanco?

—Es un curlam, llamado también pico de lanceta.

—¿Por qué, compadre Saco de carbón?

—Porque su pico es tan duro y agudo, que parece una hoja de acero. El pájaro lo usa para hacer frente a los perros y a los cazadores.

—¿Y aquel otro que roza las aguas del río y que tiene las plumas verdedoradas por encima y blancas por debajo, y la cola medio negra y medio roja?

—¿Es un jacamar, especie de tordo marino exquisito.

—¿Y aquella bestia acurrucada en la orilla del río? ¿Qué crees que sea, compadre?

—Un oso lavador.

—¡Truenos! ¡Otro oso! —exclamó Carmaux dando un salto.

—No es peligroso, compadre. Mírale bien.

Aquel animal que el negro había llamado oso lavador, no era mayor que un perro.

Tenía el hocico muy en punta, como el de los ratones, la cola, larga y abundante de pelo, como la de la zorra, y la pelambra, grisamarillenta con rayas negras.

Esos osos pertenecen a la familia de los plantígrados, a pesar de que no se parecen ni a los negros, ni a los grises, ni a los pardos; se llaman también procione, y son inofensivos.

Habitan en los bosques ricos en agua, y son por lo general nocturnos; pero no es raro encontrarlos de día. Su única ocupación es la pesca. Pasan largas horas en las orillas de los ríos y estanques buscando peces moluscos y larvas, que apartan a un lado, pues tienen la costumbre de no comer sus presas hasta que después de lavarlas muchas veces.

El animal descubierto por Carmaux estaba preparándose la comida.

Había amontonado varios pececillos, ranas y gambazos, y con las patas anteriores los manipulaba lavándoles en la corriente.

—¿Y a ese animalillo le llamas un oso?

—Y lo es, compadre —repuso Moko.

—¿Es comestible?

—Los negros sienten verdadera debilidad por la carne de este animal.

—Entonces, tratemos de capturarle.

—Eso iba a proponerte.

El procione se encontraba a unos trescientos pasos y daba la espalda a los cazadores.

Habiendo alrededor muchos árboles y follaje, había probabilidades de acercarse a él sin que lo notase. Carmaux y el negro se dirigieron hacia allá, teniéndose a sotavento para que el oso no los oliera.

El animal estaba tan ocupado en lavar su comida, que no comprendió el grave peligro que corría.

Diez minutos después Carmaux y su compañero llegaban a quince pasos, escondiéndose entre un ramoso pontedeire.

—¿Tiras? —preguntó Carmaux.

—Y no marraré —repuso el negro alzando la lanza.

Iba a descargar el arma, cuando se oyó un ligero silbido. Una flecha había partido de un grupo de rododendros y había herido al pobre oso en la garganta, atravesándole de parte a parte.

Carmaux y Moko se pusieron en pie exclamando:

—¡Los indios!

Casi en el mismo instante cuatro pieles rojas de alta estatura, casi desnudos, con la cabeza adornada de plumas, y armados de arcos y mazas pesadísimas saltaron al césped y se detuvieron ante los dos filibusteros, atónitos por aquella aparición.

—¡Carmaux!

—¡Moko!

—¡Huyamos!

—¡Piernas, compadre!

Iban a emprender la carrera, cuando otros cinco indios, armados como los primeros, aparecieron detrás de los filibusteros cortándoles la retirada.

—¡Que los hombres blancos se detengan! —dijo uno de ellos en mal español.

—¡Moko, estamos presos! —dijo Carmaux deteniéndose.

—¡Preparémonos a vender cara nuestra piel! —repuso el negro empuñando la lanza.

—Nos haremos matar inútilmente.

—Pueden ser antropófagos, compadre.

—¡Aún no nos han comido!

—¡Que los hombres blancos depongan sus armas! —dijo el indio que había hablado, y que debía de ser el jefe del destacamento, a juzgar por las tres plumas de águila que llevaba en el penacho—. ¡Si no obedecen, los mataremos!

En vez de entregar la lanza, Moko, con un impulso repentino, se lanzó contra el segundo destacamento, con la esperanza de abrirse paso y lanzarse al bosque. Los indios, que acaso esperaban aquel ademán, cerraron su línea, y cayéndole encima, le detuvieron y le quitaron la lanza.

Seis o siete mazas se elevaron sobre su cabeza, mientras el jefe indio decía con voz amenazadora:

—¡Rendíos, o sois muertos!

Toda resistencia hubiera sido inútil y peligrosa, porque los indios parecían decididos a cumplir su amenaza. El negro, que se preparaba a defenderse con los puños, se dejó atar sin resistencia para que no mataran a Carmaux, que se había rendido.

—Compadre —dijo éste al negro—, es mejor no dejarse matar por el momento; la esperanza de poder huir de estos bribones no la hemos perdido aún. Finjamos resignarnos a servirles de cena o de almuerzo.

—Me temo que nuestra sentencia está ya escrita —repuso el negro—. ¡Seremos comidos!

—No sabemos aún si estos indios son realmente antropófagos.

—No hagamos comprender a estos indios que tenemos otros compañeros, el Corsario y Van Stiller no podrían oponer mayor resistencia que nosotros.

Mientras cambiaban estas palabras, los pieles rojas, reunidos a la orilla del río, parecían celebrar consejo. Discutían animadamente, inclinándose hacia el suelo como si examinasen las huellas dejadas por los dos prisioneros en el terreno, giraban en torno de la maleza, y volvían a reunirse hablando en voz baja.

—Moko —dijo Carmaux, que no los perdía de vista—, me parece que sospechan que tenemos compañeros.

—Es cierto, compadre —dijo el negro.

—¿Lograrán sorprender al Capitán?

—Lo temo, compadre. Nuestros compañeros están acampados a breve distancia de aquí, y acaso hayan encendido fuego en espera de la colación; el humo los delatará.

—¡Mal negocio si los prenden a ellos también! —dijo Carmaux—. ¡Sería nuestra ruina!

En aquellos momentos el jefe indio se acercó a ellos, y les dijo en pésimo español.

—No estáis solos.

—Te engañas, jefe —dijo Carmaux—. No tenemos ningún compañero.

—El hombre blanco trata de evitar nuestras pesquisas; pero no lo logrará. Hemos visto elevarse humo entre los árboles.

—¡Truenos! —exclamó Carmaux palideciendo.

—Ya te había dicho yo que el humo los vendería —dijo Moko—. Dentro de poco, el Capitán y Van Stiller vendrán a hacernos compañía.

—¿Cuántos son tus compañeros? —preguntó el jefe a Carmaux.

—Te digo que no los tenemos.

—¿Y el humo?

—Será de algún indio que haya encendido fuego para hacerse la comida.

—Aquí no hay más que nuestra tribu —dijo el capitán—. Ese fuego ha sido encendido por tus compañeros.

—Entonces, ve a buscarlos.

—Eso haremos, hombre blanco. ¿Cuántos son?

—Muchos y tienen armas que truenan y que lanzan fuego.

—Los hombres rojos conocen ya las armas de los españoles, y no las temen —dijo el indio con fiereza—. Nuestros abuelos nos han enseñado a hacerles frente.

—Son potentes, y exterminarán a tus guerreros.

—¡Lo veremos!

Hizo atar a los prisioneros al tronco de un árbol, puso de guardia a dos de sus guerreros de gigantesca estatura y armados con mazas, y se metió entre los árboles, seguido por los demás indios.

—¡Truenos de Hamburgo! —exclamó Carmaux—. ¡También el Capitán está perdido!

—¡Ya sólo es cuestión de minutos —dijo Moko, que seguía con angustia los movimientos de los indios—. Los sorprenderán alrededor del fuego.

—Si se pudiese avisarles el peligro…

—¿De qué modo?

—Gritando.

—Están muy lejos para oírnos, y además, el fragor de la corriente ahogaría nuestra voz.

—¡Mil rayos! ¡No poder hacer nada para ponerlos en guardia!

—Y aunque les avisáremos no escaparían de los indios —dijo Moko—. Dentro de algunas horas caerían igualmente en su poder.

—¿Cómo acabará esto?

—Me temo, compadre, que nos quedan algunas horas de vida.

—La muerte no me asusta, compadre; pero quisiera saber de qué modo nos la darán.

Se dice que atormentan atrozmente a sus prisioneros antes de lanzarlos al otro mundo.

—También yo le he oído decir —repuso el negro—. Intentemos interrogar a esos dos indios, por si nos entienden.

—Decidme, hombres rojos: ¿qué quiere hacer con nosotros vuestro jefe? —preguntó Carmaux a los gigantes, que se habían sentado junto al árbol.

—Os comeremos —repuso ferozmente uno de ellos.

—¡Canallas! —gritó Carmaux, mientras un frío sudor le bañaba la frente—. ¡Si no encontramos un medio de huir, no hay recurso para nosotros!

El negro no contestó; se había inclinado cuanto se lo permitía sus ligaduras, y parecía escuchar con ansiedad.

—¿Has oído algún grito?

—Me parece.

—¿Habrán sorprendido ya al Capitán?

—¡Truenos!

Un clamoreo ensordecedor se había elevado entre los pinos y cipreses que se extendían a lo largo del río.

—¡Asaltan el campamento! —exclamó Carmaux con angustia.

Los gritos habían cesado. El asalto debía de haber sido imprevisto, para evitar cualquier resistencia por parte del Corsario y del hamburgués.

Los dos guardianes se habían puesto en pie y miraban por entre los árboles.

—¿Vienen? —les preguntó Carmaux.

—Vuestros compañeros están ya presos —repuso uno de los dos gigantes.

Decía la verdad, porque algunos minutos después vieron aparecer a los indios que arrastraban a los dos filibusteros.

—¡Capitán! —gritó Carmaux con voz desolada.

—¡También tú, Carmaux! —exclamó el Corsario—. ¡Ya me imaginaba yo que habíais sido hechos prisioneros!

—¡Estamos en manos de los antropófagos!

—¡Aún no estamos en la parrilla, pobre Carmaux! —dijo tranquilamente el Corsario.

—Pero nos pondrán en seguida. —¡Luego lo veremos!

Los dos filibusteros fueron ligados con fibras vegetales y echados ante el árbol en que estaban atados Carmaux y el negro.

El jefe indio fue hacia ellos, mientras sus hombres cortaban ramas para improvisar parihuelas.

—¿Eres tú el jefe de esos hombres? —preguntó volviéndose hacia el Corsario.

—Sí —repuso éste.

—¿Cómo estás aquí? Los hombres de piel blanca nunca han habitado estos bosques.

—Somos náufragos.

—¿Se ha roto una de esas grandes casas flotantes?

—Sí; se ha destrozado contra las escolleras.

Las miradas del jefe lanzaron un relámpago de codicia.

—¿Me dirás dónde se ha estrellado? Yo sé que esas grandes casas flotantes contienen siempre riquezas.

—Las olas lo han dispersado todo.

—¡Tratas de engañarme!

—¿Por qué causa?

—Para recoger tú esas riquezas; pero no las tendrás, porque te comeremos.

—¡Estaré algo duro! —dijo el Corsario con ironía.

—¡Vamos! —dijo el jefe poniéndose en pie.

Sus guerreros habían preparado unas parihuelas con ramas de pinos ligados con bejucos.

Cogieron a los prisioneros y los colocaron encima. El destacamento, precedido por los cuatro exploradores, se puso en marcha, dirigiéndose hacia el Oeste, o sea en dirección al mar.

—Capitán —dijo Carmaux—, ¿se habrá acabado todo para nosotros?

—No desesperemos aún, Carmaux —dijo el señor de Ventimiglia en inglés—. Cuando lleguemos al pueblo veremos lo que se hace.

—¿No nos comerán en seguida?

—Dejarán que descansemos algo.

—¡Ah, capitán!

—Todo está en las manos de Dios,

Carmaux. Si nuestra última hora ha llegado, moriremos como valientes.

—Hemos escapado de las explosiones y de las iras del mar, para acabar en el vientre de estos antropófagos. ¡Mejor hubiera sido que nos hubieran devorado los caimanes!

—Morir de un modo o de otro, igual da, Carmaux. También yo hubiera preferido caer sobre el puente de mi nave, entre el estruendo de la artillería y el grito de guerra de los combatientes. Pero, ¡bah!!… ¡Cúmplase mi destino!

A medio día el destacamento se detenía en la orilla de un lago formado por el río.

Asaron el oso, que no habían olvidado, añadiendo algunos cangrejos que habían matado en el camino, y ciruelas de trupetas. A los prisioneros se les sirvió una buena ración.

—Temen que adelgacemos —dijo Carmaux dando un suspiro—. ¡Ojalá nos quedemos como arenques!

—No ganaríamos mucho —dijo Van Stiller—. Estos indios te cebarían a la fuerza.

—¿Como a los pavos de mi país?

—Sí, Carmaux.

—¡Mala perspectiva!

—Preferible es que nos coman pronto.

—¡Calla, hamburgués; me estremeces de horror!

—Espero que no nos asarán vivos —dijo Moko.

—Antes nos degollarán como a corderos —dijo el hamburgués.

—¡Ah, Van Stiller! —exclamó Carmaux—. ¿Quieres matarme antes?

—Sería preferible.

—No —dijo el Corsario.

—¿Por qué, capitán?

—Aún no he perdido la esperanza de huir.

—¿Pensáis en libertarnos? —preguntó Van Stiller.

—Lo intentaremos.

—¿Cómo? Estos indios no me parecen dispuestos a dejarnos ir.

—Te digo que algo haremos.

—¿Tenéis algún plan, capitán?

—¡Acaso! —repuso el Corsario—. ¿Sabéis que tengo escondido mi puñal de

“misericordia”?

—¿Cómo? ¿No se lo habéis dado a los indios? —preguntaron Carmaux y Van Stiller.

—¡No; he tenido tiempo de esconderlo!

—¿Qué se puede hacer con esa arma?

—Ante todo, cortar las ligaduras —dijo el Corsario.

—No vale lo que una pistola, capitán.

—Pero puede ser tan útil, Carmaux. Una mano robusta y que sepa manejarlo, no encontrará dificultades para matar a un centinela. ¡Amigos, no desesperemos aún! Esta noche sabremos si hay alguna probabilidad de huir.

La conversación fue interrumpida por los indios. Terminada la comida, volvieron a colocar a los prisioneros en las parihuelas.

El jefe parecía tener mucha prisa por llegar al pueblo, porque incitaba a los portadores de las parihuelas a alargar el paso.

Un poco antes del anochecer el destacamento llegaba a la orilla del mar. La costa en aquel lugar formaba una amplia dársena constituida por algunas filas de escolleras, y en la playa se veían muchas canoas, talladas en los troncos de pinos y con la proa adornada con cabezas de cocodrilo.

En la extremidad de la bahía los prisioneros vieron dos docenas de cabañas alineadas en doble fila, formadas por troncos de árboles y hojas secas.

—¿Es tu aldea? —preguntó el Corsario al jefe que iba a su lado.

—La de nuestros pescadores —repuso el indio—. El grueso de la tribu habita en la ladera de aquella montaña.

—¿Es numerosa tu tribu? —preguntó el Corsario.

—Numerosa y potente —dijo con orgullo el indio.

—¿Entonces tendrá un rey?

El jefe no contestó y se alejó para ponerse al frente del destacamento.

Media hora después los guerreros, varios indios casi enteramente desnudos, pues sólo llevaban un taparrabos atado a la cintura y plumas en la cabeza, se precipitaron sobre los prisioneros lanzando gritos amenazadores y agitando sus lanzas y mazas.

El jefe los contuvo con un gesto, e hizo conducir a los cuatro prisioneros a una gran jaula construida con sólidos barrotes de hickorys, y cubierta por la parte superior con esa hierba dura y amarga llamada olgokloa.

Los cuatro corsarios fueron empujados adentro haciéndoles pasar por una estrecha abertura que fue luego cerrada con fuertes traviesas.

—Por ahora, quedad aquí —dijo el jefe volviéndose al Corsario.

—¿Cuándo nos comeréis?

—Varias vidas dependen del “Genio del mar”.

—¿Quién es el “Genio del mar”?

—¡No te importa! —repuso el jefe alejándose.

—Capitán —dijo Carmaux—, ¿quién será ese genio?

—No lo sé —repuso el señor de Ventimiglia—, pero supongo que será algún gran jefe, el comandante supremo de esta tribu, o algún agorero.

—¡Si tuviese un poco de compasión de nosotros!

—¡No te forjes ilusiones, Carmaux!

—Entonces, sólo nos falta intentar la fuga.

—Lo haremos más tarde. No hay más que dos centinelas en la puerta.

—¡Con tal que luego no los refuercen!

—Ya lo veremos, Carmaux. ¡Ea, echémonos y finjamos dormir! Más tarde, cuando todos duerman, intentaremos algo. ¡Moko!

—¡Señor!

—Tú, que tienes una fuerza prodigiosa, ¿serías capaz de romper estas barras?

—Muy fuertes son pero creo que lo lograría.

—¿Sin ruido?—Lo intentaré.

—Carmaux, tu debes intentar roer las cuerdas.

—Los dientes son buenos, con un poco de paciencia cortaré mis ligaduras, capitán.

Con algo de esfuerzo, puedo acercarme las manos a la boca.

—¡Muy bien!

¿Y los centinelas? —preguntó Stiller.

—Los sorprenderemos, y les daremos muerte.

—¿Y después? Tendremos detrás a todos los habitantes de la aldea.

—Las chalupas no están lejos, y huiremos al mar. Cerrad los ojos, y esperad una señal mía.

XVI. La fuga de los corsarios

Poco a poco los rumores fueron cesando en la aldea de pescadores.

Los indios, que debían de haber pescado todo el día, se habían adormecido, y el destacamento de cazadores, que habían caminado desde el alba hasta la noche, no tardó en imitarlos.

Tan sólo los dos centinelas, colocados junto a la jaula, velaban aún sentados junto a una hoguera ya casi apagada; pero no habían de tardar en cerrar los ojos.

Por algunos minutos aún las brasas proyectaron hacia la jaula algo de luz sangrienta, hasta que las cubrió la ceniza; entonces la obscuridad fue completa. Los dos centinelas se habían tendido uno junto al otro, y dormían roncando.

—¡Es el momento! —dijo el Corsario, convencido de que ningún otro indio rondaba la jaula.

¿Se han dormido? —preguntó Carmaux.

—¿No los oyes roncar?

—¡Con tal que no finjan dormir! ¡No me fío de los indios!

—¡Rompe las cuerdas, Carmaux!

—Las he roído tan bien, que se romperán en seguida, capitán.

—¡Entonces, date prisa!

El marinero contrajo los brazos cuanto pudo, y los extendió de golpe. Las cuerdas vegetales ya atacadas por sus dientes saltaron.

—¡Ya está, capitán! —dijo

—Busca en mi pecho —dijo el Corsario—, el puñal de “misericordia”, lo tengo escondido en él.

El filibustero metió la mano bajo el chaleco de seda negra del Corsario, y encontró el puñal, arma afiladísima, de excepcional temple, de acero de Toledo.

—Ahora corta nuestras cuerdas sin hacer ruido —dijo el señor de Ventimiglia.

—¡Al menos, podremos morir defendiéndonos! —dijo el Corsario, estirando los miembros doloridos.

¿Qué debo hacer, capitán? —preguntó el negro.

—Quitar dos traviesas de la jaula.

—Antes las cortaré con el puñal. Si las rompo, los dos indios oirán el ruido.

—Carmaux te ayudará .mientras nosotros los vigilamos.

El negro y el marinero pasaron a la parte opuesta para estar más lejos de los centinelas, y atacaron resueltamente una de las barras.

La madera era durísima, pero Moko tenía el puño fuerte, y el puñal cortaba como una navaja de afeitar. En cinco minutos cortaron media traviesa.

—¡Un buen golpe! —dijo Moko. —¡No hagamos ruido, compadre! Agarraron la barra, y apretando a la vez la partieron. Se oyó un ligero chasquido.

—¡Alto! —murmuró el Corsario.

Aunque el rumor fue ligero, uno de los dos centinelas se había levantado gruñendo.

Los cuatro filibusteros se tendieron unos junto a otros y aparentaron roncar.

El indio, receloso, como todos sus compatriotas, removió con la lanza los tizones, levantó algunas chispas, y, siempre gruñendo, dio la vuelta a la jaula; pero volvió a su compañero, sin ver que faltaba una traviesa.

Quedó algunos minutos en pie mirando a la Luna, que empezaba a salir, y, tranquilizado por el continuo roncar de los filibusteros, volvió a tenderse.

Los cuatro filibusteros siguieron un buen rato inmóviles, temiendo que el suspicaz indio los descubriese. Luego se levantaron silenciosamente, y Moko y Carmaux continuaron su trabajo con la segunda barra.

Para evitar todo crujido, la cortaron del todo por arriba y por abajo.

—Capitán, ya podemos partir —dijo Carmaux en voz baja.

—¿Es suficiente el paso?

—Sí, capitán.

—¡Listos, amigos!

Echaron una última ojeada a los indios, que no se habían movido, y uno tras otro abandonaron la jaula.

—¿A dónde huiremos? —preguntó Stiller.

—Hacia el mar —repuso el señor de Ventimiglia—. Nos apoderaremos de esa chalupa.

—¡Vamos! —dijo Carmaux—¡Tengo hasta fiebre!

Dieron la vuelta a la jaula, y se lanzaron hacia la playa, distante sólo doscientos metros.

Allí había dos docenas de chalupas, o mejor, de canoas muy pesadas y provistas de remos de mango corto y pala ancha.

Uniendo sus esfuerzos los filibusteros, empujaron una de ellas hacia el mar. Ya iban a saltar dentro, cuando vieron que cargaban encima sobre ellos los dos centinelas.

El primero que llegó se lanzó contra el negro, y alzando la maza grito: —¡Ríndete o te mato!

El negro con un ademán repentino, evitó el golpe y, agarrando al indio por la cintura, le levantó como una pluma y lo tiró diez pasos más allá haciéndolo dar una voltereta. El segundo indio, espantado de la fuerza del gigante y del puñal del Corsario, huyó hacia la aldea.

—¡Pronto, embarquémonos! —gritó el Corsario lanzándose hacia la canoa.

Los tres filibusteros le siguieron, y empuñaron en seguida los remos.

En la aldea se oían gritos furiosos y se veían correr sombras humanas. Los indios, ya prevenidos de la fuga de los prisioneros, se preparaban a darles caza.

—¡Fuerza, amigos! —decía el Corsario, que había empuñado un remo—. ¡Si dentro de media hora no hemos salido de la bahía, volverán a cogernos!

La canoa, empujada velozmente, se había separado de la playa, dirigiéndose hacia las escolleras que la defendían del furor de las olas.

Los filibusteros arrancaron con verdadera furia distendiendo los músculos violentamente.

Pasado el primer momento de estupor los indios se habían precipitado hacia la playa y lanzado al agua cinco o seis embarcaciones.

Viendo a los fugitivos dirigirse a la escollera, partieron aceleradamente buscando la salida de la bahía para impedirles la fuga. Teniendo mayor número de remos, aquella maniobra les salió bien sin dificultad.

—¡Truenos de Hamburgo! —exclamó Van Stiller, que había comprendido las intenciones del enemigo—. ¡Dentro de poco nos cerrarán el camino!

—¡Viento del Infierno! —gritó Carmaux—. ¡Van a hacernos prisioneros, capitán!

El Corsario había abandonado su remo y miraba las chalupas indias, que ya alcanzaban la salida de la bahía.

—¡Ya no podemos huir! —dijo.

—Tratemos de acercarnos a aquellas playas —dijo Carmaux, indicando al lado sur de la bahía.

La canoa viró a bordo en redondo y reanudó la carrera, mientras los indios, creyendo que los fugitivos querían forzar la salida de la bahía, se desparramaban por las escolleras.

Pero, enterados de las intenciones de los filibusteros, dejaron tres chalupas de guardia en el paso, y con las otras se lanzaron tras ellos para cogerlos antes de que pudiesen tocar tierra.

—¡Los obligaremos a dividirse! —decía—. ¡Ánimo! ¡La orilla está cerca!

Con pocos golpes de remo recorrieron la distancia que los separaba de la costa, y encallaron en un banco de arena.

Estando protegidos por la escollera, llegaron sin ser vistos a los primeros árboles y desde allí partieron a la carrera.

Los fugitivos recorrieron un kilómetro de un tirón y se detuvieron ante un nogal cuyo tronco estaba cubierto de bejucos y de cobes en número prodigioso.

—¡Aquí encima! —dijo el Corsario—. ¡Ya está encontrado el refugio!

Agarrándose a los bejucos y a las cobes, los cuatro filibusteros alcanzaron las ramas superiores, y se escondieron entre el espeso follaje.

Los indios llegaban gritando como endemoniados. Pasaron junto al árbol sin detenerse, y desaparecieron en el bosque, siempre gritando y rompiéndolo todo a su paso.

—¡Buen viaje! —les dijo Carmaux—. ¡Deseo que no volváis más!

—Seguramente no sucederá así —dijo Stiller—. ¿No os parece, capitán?

—¡Vámonos! —dijo el Corsario.

—¿Hacia dónde?

—Hacia la playa. Las chalupas que guardaban la salida de la bahía ya habrán vuelto a la aldea.

—Y nosotros las aprovechamos para escapar —dijo Carmaux.

—¿Encontraremos aún nuestra chalupa? —preguntó Moko.

—Supongo que no la habrán echado a pique —dijo el Capitán.

—Pero pueden habérsela llevado —repuso Carmaux.

—En tal caso, continuaremos la fuga a través del bosque. ¡Bajemos, amigo!

Iban a abandonar las ramas, cuando vieron dos sombras que se destacaron de las matas y se acercaron rápidamente al árbol. No reinando más que una luz muy débil bajo la gigantesca planta, aunque la Luna brillase en todo su esplendor, no sabían con qué seres tenían que habérselas.

—¡No parecen indios! —dijo Moko.

—¡Viento del Infierno! ¡No nos faltaba otra cosa! ¡Después de los indios, los osos!

—¡Veamos! —dijo el Capitán inclinándose.

—Son osos, señor —dijo Van Stiller, que estaba más abajo—, y me parece que intentan escalar el árbol.

—Los indios deben de haberlos ahuyentado, y buscarán refugio aquí —dijo el Corsario.

—¿Vendrán a comernos? —dijo Carmaux.

—¡Y no tenemos más que un puñal para defendernos!

—Madera no falta.

—¿Para qué, capitán? ¿Para encender un fuego?

—¡Para romperles las costillas! ¡Eh, Moko, arranca algunas ramas gruesas!

Mientras el negro obedecía, los dos osos se habían agarrado a los bejucos y clavaban ya las uñas en el tronco del árbol.

Como es sabido, todos los osos, excepto los blancos, son muy buenos trepadores.

Ordinariamente viven en la tierra; pero cuando se ven acosados trepan a los árboles, con cuyos frutos se alimentan.

—¡Capitán —exclamó Carmaux—, la han tomado con nosotros!

—Moko, ¿estás ya?

—¡Ya he despejado una rama! ¡Los osos verán lo que pesa! —contestó el negro.

—Y yo te ayudaré con el puñal.

—¡Ya están aquí! —dijo Stiller subiendo rápidamente, y poniéndose a salvo en una gruesa rama.

Los dos osos habían llegado ya a la primera bifurcación de las ramas. Oyendo aquellas voces humanas, se habían detenido como indecisos.

Moko, que estaba a dos metros de ellos, levantó el nudoso bastón y descargó sobre el más próximo un golpe capaz de partirle la espina dorsal.

El pobre animal lanzó un aullido tremendo, que repercutió en el bosque, alargó las patas y cayó bruscamente al suelo, rompiendo cuantas ramas encontró en el camino.

Espantado por aquella acogida su compañero, se dejó escurrir por el tronco, y llegando al suelo huyó precipitadamente gruñendo y resoplando.

Casi en el mismo instante un destacamento de indios desembocaba entre los árboles lanzándose hacia el sitio donde estaban nuestros amigos.

Probablemente, había oído el aullido del oso golpeado por el negro, y se habían apresurado a acudir para ver de qué se trataba.

Viendo al animal tendido en la base del tronco, comenzaron a sospechar que entre las ramas se ocultaban hombres. Uno de ellos encendió algunas piñas secas y las arrojó entre la fronda.

Una de ellas alcanzó a Carmaux arrancándole un grito de dolor.

Aullidos feroces acogieron aquel grito.

—¡Ah! ¡Miserable de mí! —exclamó Carmaux mesándose el cabello—. ¡Os he perdido!

—Ya lo estábamos sin tu grito —dijo el Corsario—. Los indios no se hubieran ido sin explorar el árbol.

—¡Ya no nos queda más que rendirnos! —dijo Van Stiller—. ¡Las parrillas nos esperan!

Una voz conocida, la del jefe del ‘destacamento que los había hecho prisioneros, les gritó:

—¡Que los hombres blancos bajen! ¡Toda resistencia sería inútil!

¡Preferimos morir peleando! —gritó el Corsario.

—¡Os perdonamos la vida!

—¡Si; por ahora!

—¡El “Genio del mar” os protege!

—¡No te creo! —dijo Van Stiller. —¡Bajad!

—¡No! —dijo el Corsario.

—Entonces, os asfixiaremos prendiendo fuego al árbol! —gritó el jefe.

—¡Bonita perspectiva! —dijo Carmaux.

—Que les ahorrará preparar las parrillas —dijo Van Stiller—. ¡La cuestión es asarnos!

—¿Y si fuese cierto que el “Genio del mar” nos protege?

—Quisiera saber ante todo quién es ese genio —dijo Van Stiller.

—Será un jefe supremo o algún agorero.

—Señor jefe —dijo Carmaux—. ¿Se podría parlamentar con el “Genio del mar”?

—Los hombres blancos no pueden verle —repuso el jefe.

—Podremos entendernos mejor con él.

—¡Vaya; terminad de una vez, o hago incendiar las plantas que circundan el hickorys, y os aso vivos!

—Me parece que debemos rendirnos —dijo el hamburgués—. Este salvaje pondrá su amenaza en práctica.

—Ya que el “Genio del mar” nos protege, nos rendiremos —dijo el señor de Ventimiglia—. He escondido el puñal, y, si se presenta la ocasión, repetiremos la suerte.

—¡Ay! ¡Veo el pellejo en peligro —suspiró Carmaux.

—Quedándonos aquí, tampoco lo salvarías, viejo mío —dijo Van Stiller.

—¿Bajáis? —gritó el indio, que empezaba a impacientarse.

—¡Hénos aquí! —repuso el Corsario, agarrándose a los bejucos y dejándose escurrir por el tronco.

Apenas llegado a tierra, se sintió coger y amarrar por diez cuerdas vegetales de modo que no podían moverse. Sus compañeros sufrieron el mismo trato.

¡Eh señor jefe! —dijo Carmaux con tristeza—. ¿Es ésta la protección del “Genio del mar”?

—Sí —repuso el indio con feroz sonrisa—. Esperad a la noche del “Kium”, y veréis lo que hacemos de vosotros.

—Nos comeréis, ¿verdad?

—¡La tribu está impaciente por probar la carne blanca y la negra!

¿Para saber cuál es mejor —preguntó Van Stiller.

—Te lo diremos cuando te hayamos comido —repuso el indio, con atroz sonrisa.

Hizo tender a los prisioneros en unas improvisadas parihuelas, y el destacamento tomó el camino de la aldea, atravesando la selva.

XVII. La reina de los antropófagos

Transcurrieron algunos días sin que ningún acontecimiento viniera a interrumpir la angustiosa situación de los desgraciados corsarios.

Después de su captura habían sido de nuevo encerrados en la jaula de madera, reforzada con nuevas traviesas y confiada a la vigilancia de varios guerreros armados con mazas, arcos y cuchillos de piedra, que tenían orden de degollar a los prisioneros a la menor tentativa de fuga.

Carmaux aseguraba que aquel trato obedecía al deseo de engordarlos y de que hiciesen buena figura el día del banquete.

Ya no se hablaba del misterioso “Kium”.

Un día el Corsario, a quien ya le parecía aquella agonía demasiado larga y angustiosa, viendo al jefe que los había hecho prisioneros, resolvió interrogarle acerca de su duración.

—¡Ya es hora de que termine esto! —dijo. ¡Ya estamos bastante gordos!

El indio le miró sin contestar, asombrado acaso de tanta sangre fría, y tras breve vacilación dijo:

—Es el “Genio del mar” quien no quiere que os comamos aún.

—Pero ¿me dirás cuales son las intenciones del “Genio del mar”?

—Todos las ignoran.

—¿Sabe quiénes somos?

—Le he dicho que sois hombres blancos, y le hemos visto llorar.

—¿Al genio?

—Sí —repuso el indio.

—¿Ama a los hombres blancos?

—¿Es blanco también?

—¿No podremos verle?

—Sí; dentro de poco.

¿Dónde?

—Aparecerá en la cima de esa escollera que se extiende ante la bahía.

¡Pero ¿qué es ese genio? ¿Hombre, o mujer?

—Una mujer.

—¡Una mujer! —exclamó el Corsario palideciendo.

—Es la reina de la tribu.

—¡Una mujer! ¡Una mujer! —repitió con temblorosa voz—. ¡Si fuese Honorata! ¡Gran Dios! ¡Me habían dicho que había naufragado en estas costas! ¡Jefe, deja que yo la vea!

—Es imposible —dijo el indio—. Está bañándose.

—¡Dime su nombre! —gritó el Corsario.

—Te he dicho que se llama el “Genio del mar”.

—¿Cómo vino aquí?

La recogimos en las aguas con los restos de una nave.

—¿Cuando?

—Nosotros no sabemos medir el tiempo. Sé que en aquella época habíamos combatido contra las tribus del Septentrión.

—¡Cuenta las lunas! —gritó el Corsario.

—No las recuerdo.

—Di a tu reina que somos corsarios de las Tortugas.

—Sí; después del sacrificio, —dijo el indio.

—Y que yo soy el caballero de Ventimiglia.

—Recordaré ese nombre. ¡Adiós! Me espera en la escollera.

El señor de Ventimiglia se volvió hacia sus compañeros. Estaba transfigurado.

—¡Amigos! —dijo con voz febril—, ella está aquí.

—Aún no estéis cierto, señor —dijo Carmaux.

—¡Te digo que Honorata está aquí! —gritó con exaltación.

—¿Es posible que la duquesa flamenca sea la reina de los antropófagos? —exclamó Stiller—. ¿Y si fuese otra? ¿Alguna española libertada de ese naufragio?

—¡No; el corazón me dice que esa mujer es la hija de Wan Guld!

—¿Estaremos salvados, o perdidos? —se preguntó Carmaux—. ¿No vengará la muerte de su padre?

—Es imposible que lo sepa —dijo Stiller.

—Es cierto —repuso Carmaux. —¡Señor, es preciso tratar de verla! —dijo Moko.

—¡O hacerle saber quiénes somos! —añadió Carmaux.

El Corsario no contestó. Agarrado a las barras de la jaula, ansioso, con la frente cubierta de sudor frío, miraba hacia las escolleras en cuya cima debía aparecer el “Genio del mar”. Un temblor convulsivo agitaba sus miembros.

La ceremonia del sacrificio había empezado.

La reina de los antropófagos, rodeada por los capitanes y famosos guerreros de la tribu, debía de haber comenzado el sacrificio consagrado a las divinidades del mar. Las rocas impedían al Corsario ver la extraña ceremonia.

Los indios reunidos en la playa, se habían arrodillado y unían sus voces a las que venían de la escollera.

De pronto se restableció el silencio. Todos los indios se habían tendido en el suelo con la frente hundida en la arena.

El sol estaba próximo al ocaso.

El Corsario no apartaba los ojos de la peña sobre la cual debía aparecer la reina de los antropófagos.

Carmaux, Van Stiller y Moko, presas también de gran ansiedad, estaban a su lado.

—¡Miradla! —exclamó de pronto Carmaux.

En el fondo encendido del cielo había aparecido una figura humana. Estaba de pie en la punta extrema de la escollera, con los brazos extendidos hacia la tribu que se agrupaba en la playa.

La distancia que la separaba de los filibusteros les impedía verla; pero el corazón del Corsario la presentía ya.

Algo como una especie de corona de metal, probablemente oro, brillaba en la cabeza de la reina, y amplio manto, que parecía formado de plumas multicolores, la envolvía de pies a cabeza. En sus brazos, que parecían desnudos, brillaban piezas de metal, acaso brazaletes o pulseras.

Su cabellera ondeaba suelta en torno del rostro de la Reina, agitada por los primeros soplos de la brisa nocturna.

—¿La veis, señor? —dijo Carmaux.

—¡Sí! —repuso con ahogada voz el Corsario.

—¿La conocéis?

—¡Tengo un velo ante los ojos, pero mi corazón me dice que aquella mujer es la misma a quien yo abandoné en el mar Caribe!

En aquel momento una voz robusta, potente, la del jefe indio, cruzó los aires:

—¡Guerreros rojos ! ¡Nuestra reina proclama sagrados a los hombres blancos, hijos de las divinidades marítimas! ¡Desventurado del que los toque!

El señor de Ventimiglia había ocultado su rostro entre las manos. A sus compañeros les pareció oír un sordo gemido.

Los indios habían abandonado la playa, y las chalupas habían sido retiradas.

Al pasar junto a la jaula, hombres, mujeres y niños se inclinaban, como si los prisioneros hubieran sido verdaderas divinidades. ¡Extraño cambio para quienes debían ser asados y comidos por la tribu!

El desfile había terminado ya, cuando se vio aparecer al jefe con cuatro guerreros portadores de antorchas encendidas.

Con un golpe de maza partió cuatro barras, y cogiendo al Corsario de la mano, le dijo:

—¡Ven, la reina te espera!

—¿Le has dicho mi nombre?

—Sí.

—¿Qué te ha contestado?

—Que te lleve a su presencia.

—¡Dime si tiene los cabellos rubios o negros!

—Como de oro.

—¡Honorata! —exclamó el Corsario oprimiéndose el pecho—. ¡Vamos! ¡Llévame ante la Reina!

El indio atravesó la aldea desierta y entró en la floresta iluminada por la luna, y un cuarto de hora después se detenía ante una vasta habitación que se elevaba ante un grupo de magnolias.

Era una construcción que no carecía de elegancia, con las paredes cubiertas de esteras de vivos colores, un varundeth que la rodeaba y un doble tejido terminado en punta para mejor protegerla contra los rayos del sol.

Una lámpara, resto sin duda de algún naufragio, iluminaba vagamente el contorno, dejando en la penumbra buena parte de la vasta estancia.

Pálido como la cera, el Corsario se detuvo en el umbral. Le pareció tener un velo ante los ojos.

—Entra —le dijo el jefe, que se había detenido fuera con los cuatro guerreros—. La Reina está ahí.

Una forma humana envuelta en un amplio manto de plumas de jacamar, verdes y oro, con estrías llameantes, y con la cabeza cubierta por una corona de oro, se había levantado en la parte opuesta y avanzaba lentamente hacia el Corsario.

Llegada a tres pasos de él, abrió el manto y echó atrás la abundante cabellera rubia que le caía por hombros y espaldas en pintoresco desorden.

Era una espléndida criatura de veinte a veintidós años, de piel rosada, ojos grandes que lanzaban vívidas luces, y boca pequeñita con unos dientes como granos de arroz y brillantes como perlas.

Cubríase el cuerpo con una especie de camisa de seda azul ceñida al costado por un cinturón de oro, y tenía los brazos cargados de pulseras de gran valor. En el pecho llevaba el emblema del Sol, de plata maciza. El Corsario había caído de rodillas ante ella, exclamando con voz sofocada:

—¡Honorata!… ¡Perdón!

La reina de los antropófagos, o mejor, la hija de Wan Guld, quedó inmóvil ante él. Su seno se levantaba impetuosamente, mientras sordos sollozos salían de sus labios.

—¡Perdóname, Honorata! —repitió el Corsario tendiéndole los brazos.

La reina se inclinó hacia él y le levantó murmurando:

—¡Sí; te perdoné la misma noche en que me abandonaste en el mar Caribe, porque vengabas a tus hermanos!

Y estalló en llanto, escondiendo el bello rostro en el pecho del Corsario.

—¡Caballero! —murmuró—. ¡Aún os amo!

El Corsario lanzó un supremo grito de alegría y estrechó contra su corazón a la joven.

De repente se apartó de ella casi con horror, cubriéndose el rostro con las manos.

—¡Suerte fatal! —exclamó—. ¡Hablar así, mientras entre tú y yo está el Destino, que me ha hecho verter tanta sangre!

Oyendo aquellas palabras, Honorata retrocedió, lanzando un grito.

—¡Ah! —exclamó—, ¡has matado a mi padre!

—¡Sí! —dijo el Corsario—. ¡Duerme el sueño eterno en los abismos del gran golfo, en la misma tumba donde reposan mis hermanos!

¡Le has matado! —sollozó la pobre joven.

—¡Fue el Destino quien le mató! —repuso el Corsario—. Naufragó con su navío mientras trataba de aniquilarme prendiendo el polvorín.

—¡Y has escapado de la muerte!

¡Dios no ha querido que muriese sin verte!

¡Perdona a mi padre!

—¡Las almas de mis hermanos ya están calmadas! —dijo el Corsario con voz fúnebre.

—¿Y la tuya?

—¡La mía!… El hombre a quien odiaba, ya no vive, y más allá de la tumba no debe llegar la venganza. ¡Mi misión ha terminado!

—¿Y tu amor, ha terminado también? —preguntó Honorata sollozando.

Un sordo gemido fue la respuesta. De repente el Corsario cogió a la joven por una mano, diciéndole:

—¡Ven!

—¿A dónde quieres llevarme?

—¡Necesito ver el mar!

La llevó afuera, dirigiéndose hacia el bosque.

El jefe indio y los cuatro guerreros, a un ademán de la Reina, se detuvieron.

La noche era espléndida, una de las más bellas que el Corsario había visto en los trópicos.

La Luna resplandecía en un cielo purísimo.

La atmósfera estaba tranquila, tibia, cargada de los efluvios olorosos de las magnolias, corilopsis y pasionarias.

¡Morir así, entre el perfume de las flores, con la Luna ante los ojos, bajo esta sombra misteriosa! —dijo Honorata—. ¡Pudieran mis párpados cerrarse para siempre!

—¡Sí; la muerte, el olvido! —repuso sordamente el caballero de Ventimiglia.

El mar aparecía ya por entre los árboles. Rielaba como una inmensa fuente de plata, y tenía vagos temblores bajo el influjo de la marea.

El Corsario se detuvo junto a una gigantesca pasionaria, y miró con ansiedad la brillante superficie del mar. Se hubiera dicho que entre aquellos plateados reflejos buscaba algo.

—¡Duermen allí! —dijo—. ¡Acaso a estas horas saben que estamos juntos, y suben a flote para maldecirnos!

—¡Caballero! —dijo Honorata con temor—. ¡Qué locura!

—¿Crees que el odio se apagó en el alma de tu padre? ¿Crees que su cadáver no se agita viéndonos juntos? ¿Y mis hermanos, a los que había jurado el exterminio de toda su raza?

“¡Si suben a flote! —prosiguió el Corsario, que parecía vivamente exaltado—. ¡Los veo salir de los abismos del mar a través de las ondas luminosas! ¡Vienen a protestar contra nuestro amor! ¡Vienen a recordarme mis juramentos! ¡Vienen a decirnos que entre tú y yo hay cuatro cadáveres, odio y sangre!

“¡Odio!… ¡Acaso ignoran lo que te he amado y lo que lloré por ti. Honorata, después de aquella noche fatal en que te abandoné, sola, en medio de la tormenta, confiándote a la misericordia de Dios!

“¡Míralos, Honorata, míralos!… ¡Mira al Corsario Verde… mira al Rojo…; y hasta mi otro hermano, muerto en tierras de Flandes!.. .

—¡Caballero! —exclamó la joven aterrada! ¡Volved en vos!

—¡Ven!… ¡Ven!… ¡Quiero verlos!. ..; quiero decirles que te amo…, que quiero hacerte mi esposa!… ¡Que vuelvan sus almas a los abismos del gran golfo y no vuelvan más a aparecer en la superficie!

El Corsario, que parecía haber perdido por completo la razón, arrastraba a Honorata hasta la playa.

Sus ojos lanzaban extraños fulgores; una terrible convulsión agitaba sus miembros.

La joven reina de los antropófagos se dejaba llevar sin oponer resistencia, aunque comprendiese que el Corsario corría a la muerte.

Cuando llegaron a la playa la Luna iba a desaparecer en el mar. Una inmensa línea plateada se proyectaba sobre el agua, que parecía haber adquirido insólita transparencia.

El Corsario se había detenido, inclinado hacia adelante, con los ojos desmesuradamente abiertos, fijos en aquella luz.

—¡Los veo!… ¡Los veo!… —exclamó—. ¡He ahí los cuatro cuerpos que nos separan, que salen del fondo del mar y que se elevan sobre las aguas!… ¡Se miran!… ¡Veo sus ojos chispear como carbones encendidos!.. . ¿No has oído el gemido de mi hermano muerto en Flandes?

—Es la brisa nocturna que silba entre los árboles —dijo la joven.

—¡La brisa! —exclamó el Corsario como si no hubiese oído—. ¡No, es el viento que viene de Flandes!.. . ¡Es el grito de mi hermano, asesinado al pie de la roca!

“¿Y ese grito lo has oído? ¡Es el Corsario Verde!… ¡Yo le oí la noche en que abandoné su cadáver entre las aguas del mar Caribe!

“¡Y ése es el gemido del Corsario Rojo!… ¡Carmaux y Van Stiller lo oyeron también la noche en que yo descolgaba su cuerpo de la horca en Gibraltar!…

“¿Y ese ruido que resuena en mis oídos?… ¡Es la fragata que estalla!… ¡La nave que tu padre ha volado!… ¡Ven; también la nave sube a flote!… ¡Acaso suba también mi Rayo, que el Atlántico se ha tragado!

El Corsario, siempre sujetando a la joven, bajaba la playa. Las olas rompían entre sus piernas, y caían chispeando a los últimos rayos de la Luna.

Había cogido a la joven entre sus brazos, y avanzaba por el agua, gritando:

—¡Voy! … ¡Hermanos!… ¡Voy!

De pronto se detuvo. Tenía ya agua hasta la cintura, las olas le llegaban a los hombros.

—¿Qué hago? —exclamó—. ¿Dónde estoy?… ¿Qué voy a hacer?… ¡Honorata!

La joven se le había abrazado al cuello y le envolvía con sus cabellos.

=¿La vida, o la muerte? —le preguntó.

—¡Tu amor! —contestó la joven con voz desfallecida.

Al día siguiente Carmaux, Moko, Van Stiller y los indios, registrando la playa, encontraron en la arena la corona y el manto de plumas de la Reina y el puñal de

“misericordia” del Corsario.

Contadas las chalupas, se vio que faltaba una.

Conclusión

Tres meses después de los acontecimientos narrados, un barco corsario, empujado por la tormenta, se refugiaba en la bahía habitada por los antropófagos. Iba capitaneado por sesenta filibusteros guiados por Sharp, otro que debía adquirir más tarde gran renombre entre los corsarios con la segunda empresa de Panamá.

Apenas había echado anclas, cuando vieron destacarse de la playa una chalupa, montada por dos blancos y un negro de atlética estatura.

Eran Carmaux, Van Stiller y Moko.

Después de la misteriosa desaparición de la Reina y el Corsario, en su calidad de divinidades marítimas, habían sido proclamados libres, confiándoles el supremo mando de la tribu; y de aquella libertad pronto habían hecho uso para abandonar a sus súbditos y refugiarse a bordo de la nave de corso.

Por Sharp, a quien ya conocían de las Tortugas, supieron con estupor que Morgan y la mayor parte de sus compañeros habían logrado salvarse, y además llevar a la isla a El Rayo, aunque medio destrozado por las explosiones y la tormenta.

Cuando quince días después llegaron a las Tortugas, Carmaux, el hamburgués y el negro pudieron volver a ver a sus compañeros y a Morgan, que los creía en el fondo del Atlántico, e informarles de la misteriosa desaparición del señor de Ventimiglia y de la hija de Wan Guld.

Varias expediciones fueron organizadas por Grammont y Laurent, Wan Horn, Sharp, Harris, los más famosos capitanes de la filibustería, y por el mismo Morgan. Se enviaron naves a recorrer la costa de La Florida y hasta las islas Bahama, pero sin resultado alguno.

El Corsario Negro había desaparecido, sin dejar rastro en ninguna parte.

Tan sólo, algunos años más tarde, un capitán flamenco que llegaba de Europa, entregó a Morgan un pequeño escudo de oro que en el centro tenía las armas del señor de Ventimiglia y Wan Guld, y que aseguraba haberle sido dado por un viejo marinero italiano.


Publicado el 3 de febrero de 2019 por Edu Robsy.
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