La Galera del Bajá

Emilio Salgari


Novela



1. En la galera del Bajá

Mientras el griego se desembarazaba con tanta habilidad de los incautos marineros, Mico proseguía su marcha hacia la galera almirante, con las luces apagadas para eludir que le dispararan desde las naves con alguna culebrina.

A distancia refulgían los faroles de la flota turca, aquellos grandes y magníficos fanales en ocasiones de hasta metro y medio de altura, todos de plata, con excepción de los de la capitana, que eran de oro.

Mico, que como marinero valía tanto como el griego, observó las continuas maniobras de las galeotas, que se cruzaban e iban de un lado a otro de la capitana para protegerla de una improbable sorpresa, e hizo avanzar su embarcación hacia una de ellas. No tardó en oír una voz amenazadora, que gritaba:

—¿Quién vive? Detente o te ametrallamos igual que a un perro cristiano.

—Turco que procede de la ensenada de Capso y trae una carta del sultán —repuso con acento sereno el albanés.

—Aproxima tu chalupa.

El montañés arrió el velamen y con rápida y muy hábil maniobra aproximó su chalupa a babor de la galeota.

—Sube.

Mico amarró el bote a la escalera y subió con agilidad, alcanzando la toldilla, donde apareció ante él un capitán, acompañado por media docena de oficiales. El hombre dejó caer sobre el cuello de Mico una pesada mano con dedos como tenazas y dijo:

—Muestra la carta.

—He de entregarla personalmente en manos del bajá.

—¿Imaginas que voy a ser tan necio que la abra?... El Gran Almirante sería capaz de empalarme y de momento no tengo la menor gana de... Primero me apetece ver la total destrucción de Candía.

Unos marineros habían llevado faroles. Mico sacó la misiva de un bolsillo interior y enseñó al sorprendido capitán los grandes sellos del sultán.

—¡Por la muerte de todas las huríes del paraíso! ¡Magnífico negocio hago si ametrallo a este hombre!... Y los sellos son auténticos. Los conozco de sobra.

Después, examinando fija y algo recelosamente al mensajero, le preguntó:

—¿Quién te la ha entregado?

—No puedo decirlo... Son problemas que sólo interesan al bajá... y también a mí, si aprecio en algo mi pellejo.

—Estás en lo cierto. Todavía eres joven y puedes ser testigo de numerosas victorias del Islam.

Ordenó llevar a remolque la embarcación con dos marineros en su interior y la galeota avanzó a remo hasta el centro de la escuadra turca.

Al parecer existía aquella noche tregua entre sitiadores y sitiados, ya que por ambos bandos permanecían en silencio culebrinas y bombardas.

La galeota llegó junto a la nave almirante y pasó a la galera del bajá, el cual se hallaba fumando tranquilamente su narguilé en una mesa en la cual comía con su Estado Mayor. De cuando en cuando bebía disimuladamente un buen trago de vino.

A breves pasos de él, en una otomana de seda blanca arrimada contra la pared de babor, estaba sentada Haradja, envuelta en una ligera colcha de seda, por ser la noche algo fresca. Un poco pálida, resaltaba más en su semblante el extraordinario brillo de sus negros ojos.

—¿Qué deseas? —inquirió Alí al ver presentarse al capitán de la galeota por la escala del castillo.

—Hay noticias de Constantinopla y llevan el sello del sultán, señor.

—¿Una carta?

—Sí. La trae un marinero que procede de la ensenada de Capso.

—¿Quién es?

—No me he atrevido a preguntarle.

—Eres un necio —dijo el bajá tomando la carta que le presentaba el capitán. —Envíame al mensajero.

—¡Una carta del sultán! —exclamó Haradja con voz un poco alterada. —¡Ten cuidado, tío! Son recados terribles, ya que por lo común terminan con la corbata de seda.

—¡Bah! Tiene demasiada necesidad de mí. Y, por otra parte, toda la escuadra me es leal y sería capaz de acompañarme frente a Constantinopla para dar un susto a esos degenerados cobardes en las exquisiteces del harén.

Desgarró cuidadosamente el gran sello, abrió la carta y leyó con rapidez.

—¿Qué sucede? —indagó Haradja, bastante inquieta.

—Se me indica que vaya con la nave almirante a la rada de Capso para recibir órdenes secretas de un alto funcionario.

—¿No estará satisfecho el sultán con las operaciones del sitio de Candía?

—Es posible —convino el bajá, que parecía bastante preocupado. —¿Supondrán en Constantinopla que es posible destruir una fortaleza como ésa en un día? Que acudan aquí esos altos funcionarios a probar las espadas y las culebrinas de los venecianos.

—No confíes. En Constantinopla se intriga en exceso y hay allí demasiados envidiosos de tu buena suerte.

—Estoy enterado de ello mejor que tú —respondió el almirante, que había comenzado a pasear, con aspecto bastante sombrío y apretando nervioso la empuñadura de su cimitarra. —Pero si suponen que me van a poder quitar el mando de la flota están totalmente equivocados.

En aquel instante apareció en la parte inferior de la escalera el capitán de la galeota seguido de Mico.

—Éste es el mensajero —anunció aquél en cuanto subieron.

El bajá examinó fijamente al albanés, que mantenía su serenidad de costumbre, a pesar de que no desconocía que caminaba al borde del abismo.

—¿De dónde procedes?

—De Capso.

—¿Cómo has llegado hasta aquí?

—En una chalupa de vela.

—¿En Capso hay una galera?

—Sí, señor. Ha llegado directamente desde Constantinopla con orden precisa de no recalar en Candía.

—¿Cuál es el nombre de la nave?

—La Strumica.

—No la conozco. Será nueva.

—Fue botada al agua hace tres semanas.

—¿Quién es su capitán?

—El capitán Rodesto. Pero...

—¿Por qué te interrumpes? —interrogó el bajá, echándole una mirada penetrante.

—Es un capitán que puede afirmarse no tiene mando, ya que el sultán ha puesto a su lado un ferik que no sabe nada de cosas de mar.

—Lo creo. ¿Sabes qué desean de mí?

—No, señor.

—Si me hubieras podido decir algo, te lo habría pagado bien.

—Sólo soy un pobre marinero y no puedo ni pensar en hacer preguntas a mis superiores.

—Tu acento es muy particular. ¿De dónde eres?

—De Albania, señor.

—¿También aquellos aguerridos montañeses se han decidido a lanzarse al mar? El Adriático se encuentra muy cerca y batido, casi de continuo, por las galeras venecianas.

Y contemplando a Haradja como solicitando de ella consejo, se aproximó a la otomana y susurró en voz queda:

—¿Qué piensas que debo hacer?

—Si no obedeces, el sultán es posible que te envíe la corbata de seda, aunque sea en estuche de oro.

—¿Y si no acatase las órdenes que vienen de Constantinopla y no del cuartel general del visir?

—¡Una rebelión!... ¿Y después?

—Estás en lo cierto. Desearía ir hasta el final y bombardear incluso la mezquita, que los cristianos llaman la Iglesia de Santa Sofía. Te haré trasladar a otra galera y me pondré en marcha, pero no solo, guste o no al sultán. Expongo mi piel en tanto que él se divierte con sus favoritas y bebe vino de Chipre. Yo soy también mahometano.

—¿Qué resuelves?

—Marchar a esa cita con una considerable escolta.

—¿Quién la mandará?

—No debe inquietarte semejante cosa. Dispongo de capitanes valerosos, leales y resueltos.

Y volviéndose al montañés, que prestaba atención para informarse de la conversación de tío y sobrina, le preguntó:

—¿Qué te ha dicho tu capitán?

—Que entregara el pliego en propia mano y que regresara lo antes posible.

—¡Por la muerte del Profeta! ¿Se me preparará alguna trampa?

—No creo, señor, que haya quien sea capaz de atentar contra el más grande de los almirantes de que dispone Turquía. Sois un hombre demasiado necesario en estos instantes.

—¿Has oído, Haradja? ¡Y no es sino un sencillo marinero!... De ser yo el sultán, mañana sería contralmirante.

—¡Hum! —rezongó por lo bajo la castellana de Hussif.

—¿Deseas marcharte? —inquirió Alí, dirigiéndose al albanés.

—Si me dais vuestro permiso...

—Sí. Pero pienso proporcionarte un compañero con el encargo de llevar a tu capitán una carta mía. Yo no podré arribar a Capso antes del alba. ¡Mogdor!

Un negro de gigantesca estatura, en cuyo cinto veíase un auténtico arsenal de armas blancas y de fuego, se presentó al instante.

—Acompañarás a este hombre. Si pretende escapar, ¡mátalo!

—Sí, amo —contestó el negro, examinando de reojo a Mico.

El Gran Almirante introdujo la mano en su faja de seda roja y extrajo un puñado de cequíes, en tanto que decía:

—Toma, como recompensa a tu presteza. Si algún día precisas buena ayuda, no olvides a Alí el argelino.

Y entregó las monedas al montañés, bien ignorante de aquellos gajes y mucho más de haber de regresar a Capso con aquel terrible compañero negro.

Gracias, señor —dijo. —Nunca podré olvidar la generosidad del Gran Almirante.

—Puedes marcharte.

Mico, tras haber dado las buenas noches, abandonó el castillo en compañía del gigantesco negro, el cual parecía que no habría de emplear otra arma sino su terrible puño en caso de que quisiera aplastarlo despiadadamente.

—¡Ojo con los tiburones! —dijo al despedirle el capitán de la galeota. —Un navío que hace un instante ha penetrado en la ensenada asegura haber encontrado muchos.

—Dispongo de mi arcabuz —contestó Mico.

Se apartaron en seguida de la flota a fuerza de remos, y luego de orientar las velas sentóse al timón, en tanto que el negro colocábase delante de él mirándole amenazador con sus grandes ojos que semejaban de porcelana.

—Es innecesario que me mires así y mejor sería que me ayudaras en la maniobra.

—Se me ha ordenado vigilarte y no ayudarte.

—Pero, ¡estúpido! ¿No te das cuenta de que no me es posible darme a la fuga por ningún sitio?

El negro, en vez de contestar, sacó de su cinto dos enormes pistolas, yesca y eslabón y encendió las mechas.

—¿Qué haces? —inquirió el albanés, que empezaba a preocuparse.

—¿No has escuchado decir que por esta zona hay muchos tiburones? —replicó el negro, poniendo las armas humeantes sobre el banco. —Como nuestra chalupa es baja, esas feroces bestias podrían atacarnos.

—Es cierto. Así que voy a encender yo también la mecha de mi arcabuz.

—No.

—¿Qué? ¿No?

—Solamente yo debo disparar. Trae tu arcabuz.

—Y luego solicitarás mi cabeza para hacerte con esos cequíes que me ha entregado el bajá.

—Se me ha ordenado vigilarte, no robarte. Los cequíes los hallaremos a paladas en Candía una vez que se entregue la ciudad. Debajo de esas casas ha de haber numerosos tesoros.

—¿Tú crees?

—Todos lo suponen en el campamento.

—Pues yo creo que no vais a encontrar nada más que cadáveres.

—¿Qué sabes tú?

—Es verdad que he venido del mar y no estuve en el campamento.

—¡Oro! ¡Un río de cequíes!... ¡Tesoros! —insistía el negro.

—Bueno. No pienses en los cequíes y piensa algo en atender a la vela.

—Estoy pensando en los tiburones.

—Pues si no pensabas ayudarme en la maniobra podías haberte quedado a bordo de la capitana.

—Ya te dije que pienso en los tiburones.

—Pues de momento no se ve ninguno. Entrégame una pistola, ya que deseas quedarte con mi arcabuz.

—Para defenderte soy suficiente yo. Las armas de fuego permanecerán a mi lado, no al tuyo. No se hable más de esto.

Mico masculló una maldición y luego de orientar de nuevo la vela retornó al timón. «Preciso librarme de este guardián molesto, ocurra lo que ocurra —pensó. —Pero, ¿cómo lograrlo?»

Y el infortunado meditaba como nunca buscando una solución.

A pesar de que se había quedado sin arcabuz conservaba el kandjar, especie de daga afilada en extremo y de doble filo, muy aguda y de acero bien templado. De improviso, gritó como espantado:

—¡Los tiburones! Haz fuego o harán volcar la embarcación.

El negro se incorporó de un salto y, empuñando las pistolas, se dirigió a proa, por donde por lo visto llegaban, exclamando:

—¡Malditos sean ellos y todas las restantes fieras marinas!... Esperad, que aquí me tenéis a mí.

Se subió a uno de los bancos, en donde no era sencillo sostenerse en equilibrio a causa de las contraolas que provenían de la costa y descargó los dos pistolones. Estaba de espaldas a Mico y, en consecuencia, no podía vigilarlo.

«Ahora verás lo que es bueno», se dijo el albanés.

Y llevando a cabo su proyecto desamarró muy despacio la escota de la vela latina, tirando hacia sí el peñol. Después dio un brusco movimiento al timón y el negro se vino al agua, lanzando un alarido, entre los tiburones.

—¡Recógeme! —gritó el negro, viendo que la chalupa reanudaba su marcha normal.

—Compóntelas ahora como puedas —respondió Mico, recogiendo otra vez la escota y dando dirección a la embarcación.

—¡Criminal! ¡Ven a recogerme!

—Si deseas una de tus pistolas te la doy.

—El bajá hará que te empalen en la nave almirante.

—Ya procuraré no volver.

—¡Vuelve, miserable! ¡Te voy a desollar!

—Procura que no lo hagan contigo los tiburones antes de que puedas advertirlo.

El negro llevaba aún al cinto dos yataganes. Comprendiendo que el albanés no volvería para salvarle, trabó, con los escualos, que le atacaban por todas partes, una frenética lucha. Robusto, vigoroso y excelente nadador, no iba a dejarse destrozar a la primera embestida.

Las medusas, con su brillo fosforescente, alumbraban el combate, y Mico veía con toda perfección al gigante distribuyendo tajos y mandobles a todos los tiburones y defendiendo de sus dentelladas brazos y piernas, sin dejar de lanzar horrorosas exclamaciones, que no amedrentaban en lo más mínimo a los tiburones.

Mico levantó el farol y miró. Los tiburones se habían alejado. Pero era seguro que esperarían a mayor profundidad el descenso del cadáver para devorarlo entre dos aguas con toda tranquilidad. El albanés se limpió el frío sudor que bañaba su frente y volvió a cargar con cuidado las pistolas, murmurando:

—Son instantes espantosos. Pero hay que defenderse de la forma que sea... Por otra parte, esos perros turcos son todavía más despiadados; no tienen compasión ni de las criaturas de pecho... ¡En fin! Vamos en busca del griego. La escollera no debe de hallarse distante.

Las olas que procedían de la costa chocaban contra la barca de vez en cuando, acariciándola rudamente. A pesar de la oscuridad de la noche distinguió al poco rato el escondrijo de Nikola y, para advertirle, disparó un pistoletazo al aire. Instantes después brillaba una luz en la cumbre de la escollera, seguida de un estampido: era un tiro de arcabuz.

—¡Acércate! —exclamó alguien a voz en cuello desde arriba. —¿Quién vive?

—Mico el albanés.

—Perfectamente. Espera un momento.

La embarcación dio dos bordadas delante de la escollera y, aprovechando una momentánea interrupción de la resaca, abordó en seguida.

—¡Mico!

—¡Nikola!

—Aproxímate un poco más.

Segundos más tarde el griego, después de dar un ágil salto, se hallaba a bordo.

—A las velas, Nikola. Acaso en este momento haya salido ya de la ensenada candiota la escuadra del bajá.

—¿La nave almirante sola?

—No lo creo.

—¿Y el hijo del León de Damasco?

—No es posible intentar la menor cosa.

—Ya te lo advertí. ¿Y Haradja?

—La he visto. Al parecer va curándose.

—Las tigresas se curan en seguida.

Orientada la chalupa, aprovecharon que el viento era favorable para explicarse las aventuras acontecidas a cada uno.

—Dios nos ha protegido —comentó el griego. —Pero te garantizo que no desearía hallarme en situación semejante a la de esta noche pasada.

—Ni yo. Aún creo tener delante aquellos ojos del gigantesco negro, que se clavaban en mí como si quisieran hipnotizarme.

—Pero lo devoraron los tiburones.

—Por suerte para mí, ya que de otra manera hubiera tenido que librar un combate cuerpo a cuerpo y estas embarcaciones no son adecuadas para los movimientos rudos.

—¿Entonces estás convencido de que el bajá cayó en la treta?

—Oí que le decía a Haradja que iría a la entrevista, pero no solamente con la capitana.

—Ya veremos lo que acontece. ¿Y es la tigresa de Hussif la que se halla al mando de la escuadra...? Apresuremos la marcha para intentar llegar cuanto antes.

El griego orientó mejor las velas y se sentó frente a la proa con el arcabuz.

Las enormes pistolas del negro continuaban humeando en el banco de popa.

2. La persecución de la chalupa

Ya habían avanzado muchas millas y se consideraban totalmente a salvo, cuando el griego, al volverse para examinar el mar en dirección a levante y distinguir un punto brillante que se mecía sobre las olas, soltó una maldición y cargó a toda prisa su arcabuz.

—¿Qué es?

—Que los cristianos parecemos destinados a ser víctimas de los turcos. Fíjate. ¿Ves?

—No estoy ciego. Pero, ¿se trata de un farol o un fanal de galera?

—No es fanal de galera —respondió el griego, que miraba con gran atención. —¿De dónde habrá surgido esa nave? Antes no nos seguía.

—Acaso se trate de un pacífico bergantín cargado con pasas de Chipre.

—No hay ninguno que ahora sea capaz de adentrarse en alta mar. Todos esos pequeños veleros descansan desde meses atrás en el fondo de la ensenada de Morea.

—¿Quizás nos habrá hecho seguir el bajá por alguna galeota, no confiando en el negro?

—No debe ser tampoco una galeota.

—Entonces, ¿qué?

—Una nave bastante más pequeña; un falucho.

—¿A qué distancia estaremos de Capso?

—A unas quince millas.

—¿Podemos llegar antes que nos cace y nos aprese?

—Corramos todo lo que nos sea posible. En último caso nos dirigiremos hacia la playa y alcanzaremos la bahía a pie. Yo no deseo caer en poder del bajá.

—Tampoco yo, en especial luego de haber dejado morir al negrito que tenía la misión de vigilarme. Acaso me hiciera empalar. No deseo ni verlo.

El griego, de pie, contemplaba con atención extrema el farol, que avanzaba rápido, resaltando vivamente en el tenebroso horizonte.

—No puede ser nada más que un falucho.

—¿Nave muy veloz?

—Veloces como gaviotas, mí querido amigo.

— En tal caso nos dará caza.

—Aún no nos ha cogido. Avanza hacia la costa, costeando, y procura no chocar con ningún escollo.

—¿Y la resaca?

—La chalupa podrá aguantarla. Vamos.

Variaron el rumbo según las indicaciones del griego, adentrándose el caiccio por entre las espumosas olas provocadas por la resaca. Nikola, con el farol en la mano, a proa, cuidaba de no tropezar con los bancos o escolleras.

La falucha, como denominaban los turcos a aquel tipo de embarcaciones, avanzó también en dirección a la costa, decidida, por lo visto, a apresar a la chalupa, con los extraños fugitivos que la tripulaban.

—No nos deja —adujo el griego. —El falucho...

En aquel instante un relámpago desgarró las tinieblas. A continuación siguió un estampido bastante fuerte. Pero ni el albanés ni el griego percibieron el zumbido del proyectil.

—Ha sido efectuado con pólvora solamente. Nos intima a detenernos, amenazándonos con hundirnos si no obedecemos al instante.

—¿Cañón?

—No te atemorices. Es una pequeña culebrina que sólo puede disparar proyectiles de tres libras.

—Basta para hundir la chalupa.

—Esperemos que no lo logre.

Transcurrió un minuto. La chalupa proseguía avanzando a unos veinte o treinta metros escasos de la costa, saltando violentamente por lo fuerte de la resaca, debido a los numerosos escollos que por allí había.

—Terminaremos por estrellarnos —opinó Mico.

—Voy a tomar yo el timón. Tú indícame los bancos y escollos y no tengas miedo. Yo me ocupo de llevar la embarcación a salvo.

—Debiéramos apagar el farol.

—Sin duda para los turcos es un magnífico blanco. Pero puesto que no naciste gato, lo precisas. Déjalo, por tanto, encendido. ¿Cómo distinguirás los obstáculos?

—Es verdad lo que dices.

—¡Bum! ¡Otro tiro!

El estampido fue precedido de un zumbido. El proyectil había cruzado sobre la chalupa y muy cerca del palo.

—¡Por todos los tiburones del Mediterráneo! ¡Esos turcos disparan magníficamente! Al próximo cañonazo nos hundirán. Créeme, Nikola; apaga el farol. Si tropezamos con algún obstáculo, peor para nosotros.

—Aún no.

El tercer proyectil agujereó una de las velas y fue a caer sobre las espumeantes olas por la proa de la chalupa.

—Un poco más y te arranca la cabeza, Nikola.

—Todavía se encuentra sobre mis hombros. Noto su peso.

¿Quién ha visto ir de caza con culebrinas? Deja que se desahoguen y que agoten municiones. Conduce siempre costeando y sin abandonar la resaca; los movimientos violentos de las olas entorpecen el tiro.

—¿Y si encallamos o...?

—Desembarcaremos o proseguiremos por tierra. No hagas caso —repuso Nikola, que mantenía una calma y frialdad sorprendentes.

El falucho, que debía ser muy veloz velero, adelantaba camino a cada instante, aminorando la distancia y pretendiendo abordar para poder efectuar una descarga de metralla. Se hallaba ya luchando con la resaca pero no decrecía su rapidez.

—¿Cuál es tu opinión? —inquirió al poco rato el albanés.

—Que no veo ya otra solución que destrozar la chalupa contra cualquier escollo y huir por tierra.

—En tal caso, choco.

—No. Espera aún.

Un nuevo disparo. Y en esta ocasión era ya una lluvia de metralla, parte de la cual se abatía sobre la chalupa, cayendo, como consecuencia de ella, quebrados el bauprés y el peñol. Nikola apagó el farol. El falucho sólo se encontraba a cuatrocientos metros y podía ya cañonear a placer a la chalupa.

—¡Un banco a proa! —exclamó el griego. —Encalla la chalupa y cuidado con las armas, que nos serán necesarias después.

El albanés tiró con rapidez de la barra del timón. La embarcación brincó sobre una ola fosforescente por las medusas que llevaba consigo y chocó violentamente, quedando encallada.

—¡A tierra! ¡Tírate al agua! —gritó Nikola.

Mico cogió las dos pistolas y las municiones y, aunque debido al choque se había golpeado con fuerza la frente en el banco de popa, saltó entre la fragorosa resaca y nadó hacia tierra, llevando en alto las armas con el fin de que la espuma no apagara las mechas.

—¡Rápido, Mico! —previno el griego, que ya había llegado a tierra. —Ocúltate detrás de cualquier roca o la metralla te acariciará la carne.

La costa era muy idónea para encontrar en ella refugio, ya que imponentes bloques de piedra habían rodado desde arriba, y veíanse amontonados acá y allá, constituyendo auténticos escollos inaccesibles incluso para la artillería de grueso calibre. Los fugitivos cruzaron el banco, a pesar de la violencia de la resaca, y se precipitaron entre aquella rocosa confusión. Acababan de parapetarse cuando el falucho disparó un nuevo metrallazo.

—Si te llegas a retrasar un poco, ya tendrías en el cuerpo una docena de esos proyectiles, que hacen sudar incluso en mitad de los hielos.

—¿Qué es entonces lo que los turcos utilizan como metralla, Nikola?

—Clavos y restos de hierro usado, que pueden ocasionar infecciones incurables.

Otra lluvia de metralla barrió las rocas, pero ya los fugitivos se encontraban a salvo.

—Esto es gastar pólvora en vano —comentó Nikola, que conservaba su extraordinaria serenidad.

—¿No pretenderán desembarcar?

—Es fácil, pero no antes del alba. En consecuencia, disponemos de un par de horas de tregua.

—¿Para escapar a Capso?

—No urge. Aquí nos encontramos como tras las murallas de Candía.

—Es que desearía ver en seguida al almirante y a mi amo.

—Que esperen un poco. ¿Deseas partirte una pierna entre estas rocas? Hay que esperar a que se desvanezcan las tinieblas.

Se habían protegido en una especie de pozo formado por enormes piedras casi cerradas y que ni las bombardas turcas hubieran podido destruir. El falucho, bastante próximo a la playa, proseguía lanzando metralla en todos los sentidos, ya que ninguno de los que componían la tripulación del barco había podido ver en qué lugar se escondieron los fugitivos.

Los dos tuvieron buen cuidado de no contestar a los disparos. El griego sólo disponía de un arcabuz y el albanés de las grandes pistolas del negro, ya que éste, al precipitarse en el mar, cayó con el mosquete de Mico. Por consiguiente, permitieron que el falucho se desahogara disparando quince o veinte metrallazos.

—Déjame una de tus pistolas para encender la mecha de mi arcabuz y emprendamos la marcha. Si hacia el alba nos distinguiesen nos matarían desde la falucha. Encomiéndate a tus piernas y procura no caer entre esas rocas.

—¡Bah! Soy un montañés. Emprendamos la marcha cuando te parezca.

—Espera que disparen de nuevo.

No esperaron mucho. Los tripulantes del falucho, aunque ya sin esperanzas de alcanzar a los fugitivos, continuaban disparando algún metrallazo de vez en cuando.

—¡Vamos, Mico!

Abandonaron su escondrijo y a pesar de que se veía muy confusamente escalaron las rocas, alejándose unos cien metros y dejándose caer de improviso entre otro montón de piedras.

—No avancemos ni un paso más, pues van a dispararnos otra vez.

Efectivamente. El disparo se oyó casi al instante y la granizada de metralla fue a estrellarse contra las rocas, a veinte metros escasos de las cabezas de los perseguidos.

—¡Miserables! —exclamó el albanés. —¿Habrá entre esos turcos alguno que posea los ojos como los de un gato? De no ser así, no entiendo cómo la metralla nos persigue en nuestra retirada.

—Aprovechemos en tanto que carga de nuevo, Mico. Tú procura no romperte una pierna y yo respondo de nuestra salvación.

Volvieron a trepar dificultosamente, con gran fatiga, y temiendo ser acribillados a cada segundo. De esta manera escalaron otro centenar de metros. La cumbre no distaba arriba de unos ciento cincuenta metros y en otra carrera la podrían alcanzar.

—¡Quieto, Mico!

Los clavos y restos de hierro viejo arrojados por la maldita culebrina cayeron junto a ellos, luego de estrellarse contra las rocas, a quince metros aproximadamente de sus cabezas.

—¿Verán realmente, Nikola?

—¡Bah! Disparan al azar, imaginando que debemos intentar pasar la cima.

—¿Y de qué forma te las arreglas para adivinar el instante del disparo? En cuanto me haces parar, disparan.

—Es que he sido artillero y sé lo que precisa una culebrina para cargarse.

—¿Trepamos?

—No. Esperemos en este lugar, ya que nos encontramos a salvo y veremos al siguiente disparo si los turcos alteran la puntería.

—¿Y supones que a la primera claridad del alba desembarcarán y nos perseguirán por tierra?

—Es lo más posible. El capitán del falucho ha debido recibir instrucciones para vigilar atentamente la chalupa. Hará, por tanto, cuanto pueda por apresarnos, aunque haya de darnos caza de roca en roca.

—¿Cuántos hombres suelen llevar las faluchas?

—Por lo común una docena como máximo.

—¡Bah! Una docena no es una gran cosa. Protegidos tras estas rocas, tú con tu arcabuz y yo con mis pistolas, podríamos mantenerlos a raya.

¡Bum! La culebrina del falucho no disparó en esta ocasión con metralla, sino con bala. Una pelota de plomo, de tres o cuatro libras como máximo, fue a estrellarse contra una alta roca a cien pasos de los fugitivos.

—¡En pie, Mico! Otra pequeña carrera en tanto que vuelven a cargar la pieza.

Se precipitaron por un canalón que parecía haber sido labrado por el agua y alcanzaron, por último, un lugar situado a unos trescientos metros del nivel del mar.

—¿Y ahora qué hacemos? —inquirió el montañés, dejándose caer a tierra, fatigado por aquella continua carrera.

—Descansemos un momento a ver si entretanto se hace de día y nos es posible orientarnos. De todas maneras, antes de que los turcos salgan y trepen hasta esta cumbre tenemos tiempo, ya que ellos no tienen las piernas de los cretenses ni los albanos.

Otro proyectil silbó por encima de sus cabezas.

—¿Distingues tú la falucha, Mico?

—Solamente su farol.

—Debe encontrarse muy próxima a la playa.

—Eso creo.

—Reposemos todavía cinco minutos y luego, disparen bala o metralla, emprendamos la marcha. Procuraremos poner entre nosotros y los turcos una honorable distancia.

—Pero, ¿serás capaz de conducirnos a la ensenada de Capso, Nikola?

—Es suficiente con seguir la costa y podemos caminar con relativa rapidez, ya que se encuentra llena de piedras y el terreno es apropiado.

—¿Vamos?

El griego no contestó. Se había inclinado hacia delante con el arcabuz y escuchaba con atención.

—¿Qué ocurre, Nikola? —indagó en voz baja Mico, cogiendo sus pistolones.

—Se acercan.

—¿Ya han desembarcado?

—Eso me parece.

—¿Vamos a permanecer aquí?

—Sí. Nos hallamos bien resguardados lo mismo de las balas de arcabuz como de la metralla. Fíjate bien.

El albano, asomando la cabeza por encima de las rocas, creyó ver algunas sombras trepando igual que gatos.

—Sí. Son los turcos, Nikola.

—¿Los distingues?

—Bastante bien.

—Dispara tus pistolas. Ya dispongo del arcabuz, como reserva.

—Espera un instante que los vea mejor.

—¿Se hallan muy cerca?

—Creo que a unos quince metros.

—Dispara, Mico.

Éste hizo lo que el otro le indicaba, descargando sus pistolas. Se escucharon dos alaridos, maldiciones y rodar de piedras. Los turcos huían. La culebrina estaba presta a contestar, incluso exponiéndose a herir a los mismos asaltantes. No obstante, disparó con bala y a excesiva altura.

—¡Muy mal! —exclamó Nikola. —Aquí era necesaria la metralla, aunque fuera con riesgo de herir a los compañeros. Bien; aceptando que la tripulación se compone de doce hombres nada más, solamente deberemos enfrentarnos a diez.

—¿Supones que les he matado?

—Al brillo del fogonazo he observado caer rodando a dos de esos bandidos. Compañero, en Albania disparan bien.

—Vivimos de continuo con las armas en la mano por temor a un ataque inopinado de los turcos y nos entrenamos para ser buenos tiradores.

—Bien, carga y emprendamos la marcha hacia la ensenada de Capso. No deseo que cuando llegue el día continuemos aquí.

El albanés volvió a cargar sus pistolas y se puso en marcha detrás del griego, que avanzaba con rapidez.

—Aunque llegaremos tarde, llegaremos.

—Con los turcos pisándonos los talones.

—¡Déjalos! Sabemos defendernos.

El falucho proseguía disparando unas veces metralla y otras simple bala, sin que los fugitivos se preocupasen por ello. Al alcanzar una zona de terreno bastante lisa aprovecharon para efectuar una rápida carrera, si bien no sabían dónde irían a parar, ya que aún faltaban unas horas para que saliera el sol.

Después de un cuarto de hora de correr, acosados siempre por los tiros de la culebrina, se detuvieron para tomar aliento.

No tardó en terminar el terreno llano y de nuevo se hallaron entre rocas. Cuando alcanzaron aquel lugar se sintieron aliviados, ya que no podía alcanzarles ningún proyectil disparado desde el mar.

—¡Rápido, rápido! —exclamaba Nikola, mirando a cada momento el firmamento, como si temiera que se hiciera de día demasiado pronto.

Y corrían estimulados por las ininterrumpidas detonaciones, que se sucedían de manera inquietante sin cesar. Luego de haber corrido durante otros veinte minutos se detuvieron otra vez, sentándose en la cima de una cresta. A una parte rugía el mar, al otro lado los grillos cantaban alegres en los desiertos campos.

—¿Qué hacemos, Nikola?

— Reponernos de la fatiga —respondió el griego.

—¿Y la ensenada?

—Todavía está distante.

—¿Nos darán caza los turcos antes de que lleguemos?

— Para algo tenemos piernas.

—Lo que me preocupa es no haber podido salvar al hijo del León de Damasco.

—En este momento, si lo hubieras pretendido, te encontrarías desollado, empalado o destrozado.

—Eso creo.

—Lo que yo deseo saber es de qué manera acabará esto.

—Pues el bajá irá a la entrevista con unas cuantas galeras y el almirante veneciano no desaprovechará la oportunidad para presentar batalla. Después, ya se verá.

—¿Y no marcharemos a Hussif?

—Yo pienso que sí. Hemos de libertar al padre del León de Damasco.

—¿Conoces el castillo?

—Sí, ya estuve allí.

—¿Es muy numerosa la guarnición?

—Hay más mujeres y negros que nada. Gente que huirá a los primeros disparos.

—Lo que lamento es que no se encuentre allí Haradja.

—¡Oh! ¡Cualquiera sabe!

—Desearía cogerla desprevenida en su guarida.

—A todo esto, lo que nos hace falta es el desayuno.

—¡Bah! Eso no es lo más preciso.

—Compañero Nikola, ¿te acuerdas a qué hora cenamos ayer?

—Te quejas injustamente. Fíjate qué magníficos racimos los de aquella parra. Además, en mi bolsillo conservo algo de galleta. No es otra cosa la que necesitan los labradores cretenses y bien sabes que son vigorosos y robustos. Acompáñame.

—¿Apago las mechas de mis pistolas?

—Sería una temeridad. Esos perros mahometanos pueden aparecer por donde menos lo pensemos y hacernos caer en algún lazo.

Se alejaron de la cresta, adentrándose en el campo. No tardaron en encontrarse en la viña y se escondieron entre los pámpanos. Devoraron uvas con avidez. Éstas eran excelentes y se caían de maduras.

—¿Distingues algo, Mico?

—Sí. Un soberbio racimo que me está tocando la nariz.

—En tal caso come sin temor, acompañando las uvas con la galleta que te di.

—¿Y si acuden los turcos a quitarnos el desayuno e incluso la piel?

—Los expulsaremos de nuestra propiedad a tiros. El propietario de esta viña habrá sido, al igual que otros muchos candiotas, miserablemente asesinado y, en consecuencia, podemos apoderarnos de ella en tanto que se presenten a reclamar los verdaderos herederos.

—Posiblemente los habrán asesinado también.

— Es lo más probable.

Comieron, y no viendo surgir a nadie ni percibiendo el estampido de la culebrina del falucho, reanudaron la caminata, escondiéndose entre las vides, que los resguardaban con su sombra. Pero el mutismo del cañón no complacía o, para mayor exactitud, no tranquilizaba al griego.

«¿Tal vez habrán desembarcado todos y nos estarán persiguiendo desesperadamente? —se decía a sí mismo. —Me gustaría más oír el zumbido de la metralla por encima de mi cabeza.»

De aquella manera caminaron una milla y se encontraron de improviso de nuevo entre rocas.

—Estas pueden también servirnos de parapeto si aparecen los turcos.

—Pero avanzaremos con gran dificultad, Nikola.

—¿Acaso por las montañas de Albania camináis por encima de alfombras persas?

—No, claro está.

—En tal caso camina y no te quejes.

En aquel preciso momento oyeron el estruendo de la culebrina del falucho; más a escasa distancia.

—¡Por la muerte de Mahoma! Nos han venido siguiendo.

—¿Estarán enterados de que tenemos que ir a la ensenada de Capso?

—Estoy seguro de ello.

—¿Y no nos será posible librarnos de esos bribones?

—Ya se verá. Mientras tanto, métete entre esas rocas y descansa. Dejemos que la falucha pase de largo.

—Sí. Y así después regresará para asesinarnos más fácilmente. ¿No te das cuenta de que ya empiezan a desaparecer las estrellas? En cuanto amanezca dispararán sobre nosotros sobre seguro.

—Hacia las rocas, y gastarán tiempo y municiones.

—Eso desearía saber. Esperemos hasta el alba.

Empezaba a clarear con rapidez y el horizonte se coloreaba de púrpura, gracias a los primeros rayos solares. Nikola, que se había incorporado para orientarse, lanzó una maldición.

—¡No me esperaba semejante sorpresa!

Delante de ellos, cortando el camino, había una sucesión de barrancas y abismos infranqueables. O retornaban otra vez al viñedo para orientarse o descendían a la playa. No les quedaba otro remedio y ambos eran arriesgadísimos.

—¿Qué es lo que dices, Nikola?

—¡Qué por aquí nos es imposible ir a Capso! Fíjate.

—Descendamos a la costa.

—¿Y la culebrina?

—Inclinaremos la cabeza a cada disparo. No desperdiciemos el tiempo, Nikola. Tengo la certeza de que un buen número de tripulantes vienen en nuestra busca.

—Yo también estoy convencido.

—Pues, ¡vamos abajo!

Cambiaron las mechas de sus armas, las volvieron a encender y se dirigieron a la carrera hacia la costa, para escalarla. Al llegar allí distinguieron a un centenar escaso de metros el velero turco.

—Nos han seguido —dijo Mico. —Esos miserables poseen ojos de gato y olfato de perro.

De la proa del falucho surgió una nubécula y a continuación distinguieron un disparo. Los fugitivos habían echado cuerpo a tierra y la bala desapareció en el barranco, levantando una nube de polvo.

—Corramos —exclamó el griego.

—¿Qué corramos? ¿No te has dado cuenta de que a nuestras espaldas hay cuatro hombres?

—¿Son turcos?

—Como Mahoma.

—Enfrentémonos a ellos —repuso Mico.

Se protegieron detrás de una roca que los resguardaba de los proyectiles de la embarcación y esperaron. Cuatro hombres provistos de arcabuces que tenían las mechas encendidas avanzaban cautelosamente por el abrupto terreno, deteniéndose de cuando en cuando tras de las rocas.

—¿Quién vive? ¿Sois turcos o cristianos?

Los cuatro hombres estallaron en risas y uno de ellos contestó:

—¿Vamos a llevar sobre el pecho la maldita cruz? No, granujas. Llevamos la media luna y os demostraremos que nos defiende el Profeta.

No puede saberse cuánto tiempo hubiese prolongado su risotada si no la hubiera interrumpido de improviso el griego descargando su arcabuz, luego de apuntar con cuidado. El desdichado dio un salto, abrió sus brazos, abandonó su arma, que no tuvo ocasión de disparar y se desplomó en tierra, de donde ya no se movió. Sus compañeros, algo amedrentados por la exactitud del disparo, en lugar de continuar avanzando, retrocedieron, resguardándose detrás de una roca, mientras exclamaban:

—¡Perros cristianos! ¡Os desollaremos vivos!

Dos nuevos estampidos se oyeron y un par de los tres turcos parapetados cayeron en tierra, heridos de muerte al parecer.

—¡Magnífico, Mico! —aprobó el griego, terminando de cargar su arcabuz.

Pero no tuvo oportunidad de dispararlo, ya que el cuarto turco, con el fin de escapar a la muerte, echó a correr igual que una liebre y se precipitó en el barranco.

—Déjalo, Nikola. Esa bala puede ser empleada de mejor manera —dijo el albanés al ver que el griego apuntaba con su arma al fugitivo.

—Tienes razón. Si no se destroza la cabeza, dejemos que se aleje hacia el interior de la isla. Cualquier candiota, más pronto o más tarde, topará con él y será hombre muerto.

Un nuevo disparo de la culebrina cruzó los aires. La bala cruzó por entre las rocas y se perdió en lontananza con lúgubre zumbido.

—Ahorremos nuestros tiros —recomendó el griego, echando a correr por la cresta de la costa. —Los arcabuces no alcanzan.

La falucha se había aproximado todavía más a la playa, a pesar de la fuerza de la resaca y los innumerables escollos y estaba efectuando bordadas. Los tripulantes de ella, al ver surgir a los dos perseguidos, empezaron a lanzar grandes voces conminándoles a que se rindieran e hicieron una descarga por no hallarse la culebrina en posición de disparo. Pero como el griego lo había adivinado, los proyectiles fueron a parar a mucha distancia de los hombres, ya que los arcabuces tenían escaso alcance.

Mico y Nikola, con la máxima celeridad que les era posible, atravesaron tres o cuatro hendiduras por entre las cuales aún podía alcanzarles algún proyectil disparado por la culebrina y después esperaron.

—Dejemos que se aproximen y que apunten. Ya no nos cogen.

—¡Con tal de que no nos conviertan en una criba con una granizada de metralla! —adujo Mico.

—La metralla no llega hasta este lugar y la bala es muy difícil que acierte desde el velero que se halla en continuo movimiento cuando hay que apuntar a un blanco tan pequeño como el que nosotros podemos ofrecer.

Desde el falucho efectuaron un nuevo disparo y la bala se estrelló en la roca a breves pasos de los fugitivos.

—¡Por las barbas de Mahoma! ¡Vaya artilleros! ¡Magnífica puntería!

—¡Vamos! Una carrera más mientras vuelven a cargar.

Se precipitaron por la cresta de costa que presentaba mejor paso y corrieron sin amedrentarse por las intimaciones de los turcos. Habían realizado cuatro o cinco veces la misma maniobra, evitando los disparos de la culebrina y avanzando mucho terreno, cuando de improviso se pudieron oír una serie de fuertes estampidos.

—¡Fuego de borda! —clamó el griego. —¿Qué ocurre? ¿Acude el bajá?

—Se trata del León de San Marcos, que llega en nuestro socorro. Fíjate, fíjate...

Una galera de grandes proporciones, de la cual aún surgía humo a consecuencia de los cañonazos disparados, doblaba en aquel instante la punta de un promontorio, avanzando rápidamente en dirección al falucho, que, acribillado por los proyectiles de la nave enemiga, no podía darse a la fuga ni moverse.

—¡Viva Venecia! —gritó Mico, quitándose la gorra.

De la galera, que avanzaba a gran velocidad, surgió una segunda descarga y el falucho realizó una serie de vueltas y, por último, se fue a pique con sus tripulantes.

—Descansen en paz —comentó el albanés, mientras adelantaba unos pasos convencido de que la culebrina turca no podía ya ocasionarles el menor daño —y que lo pasen muy bien con las huríes del paraíso.

La galera veneciana se había aproximado, echó al agua una embarcación grande y la envió en dirección del falucho. Mico y Nikola empezaron a bajar hacia la playa sin dejar de gritar, por si acaso, con todas sus fuerzas:

—¡Cristianos! ¡Cristianos!

Los venecianos no disparaban y ambos hombres pudieron alcanzar ilesos la playa y dirigirse a la chalupa, que había lanzado el ancla para soportar mejor el choque de la resaca.

—¿Quiénes sois? —inquirió el capitán.

—Cristianos que vuelven de Candía con importantes noticias para Sebastián Veniero. Yo soy Nikola, el renegado griego.

—Ya sé quién eres. La otra noche te vi en la nave del almirante.

—En tal caso aproxímate y recógenos.

Los marineros levantaron a brazo el ancla y unos pocos golpes de remos hicieron avanzar la embarcación hasta situarla entre dos escollos contra los que no chocaba la resaca.

—Embarcaos —les ordenó el capitán de la galera.

Mico y Nikola no esperaron a que les repitieran la orden y se metieron ágilmente en la chalupa, siendo saludados con grandes vivas.

3. Combate Nocturno

La flota veneciana, si bien expuesta a un imprevisto asalto de los navíos otomanos, no había abandonado Capso, esperando el regreso del griego y del albano. No obstante, Sebastián Veniero, prudente en toda ocasión, ordenó que un par de sus galeras salieran a vigilar y, como ya vimos, gracias a ello pudieron salvarse ambos valientes que se comprometieran a llevar la engañosa carta al bajá de parte del sultán.

Cuando subieron a la capitana, el almirante estaba comiendo con el León de Damasco, a quien había colocado en el lugar de honor, y con sus oficiales más importantes.

—¿Lograste tu propósito? —inquirió Veniero levantándose al instante, a pesar de la herida que seguía molestándole.

—El bajá aseguró que vendrá.

—¿Con la nave almirante?

—¡Ah!... Eso no lo puedo asegurar, señor almirante. No puede uno confiar en esa gente ni siquiera cuando prometen una cosa.

—Pero... ¿tienes la certeza de que acudirá?

—Tiene excesivo valor el maldito argelino para que sienta temor ante una trampa.

—¿Viste zarpar la galera?

—No, señor almirante.

—Si acude lo hará a la tarde. Al bajá le agradan las batallas nocturnas: son su especialidad. Que acuda y con la ayuda de Dios... ¡Si me fuera posible capturar a ese hombre!...

—¿Qué haríais? —indagó Muley.

—Propondría cambiarlo por vuestro hijo y ni la misma Haradja dejaría de aceptar, a pesar de su odio contra vos. Ahora, el asunto consiste en que venga. ¿Acudirá? ¿Qué opinas, Mico?

—Mi opinión es que vendrá, señor almirante.

—¿No has tenido ninguna noticia de mi hijo?

—Únicamente sé que sigue en la nave. No me ha sido posible hacer nada por el niño.

—No te lo reprocho. Ya hiciste demasiado con llevar la misiva al bajá.

—Misiva que lo habrá enfurecido —comentó Veniero.

—Igual que a una fiera.

—Acabemos la comida y nos dispondremos para la lucha.

El almirante contempló el firmamento, que se llenaba de livianas nubes agrupadas por el siroco.

—Vamos a tener una noche bastante oscura —dijo en tono bajo, haciendo un gesto de impaciencia. —Estoy por decir que esos perros mahometanos disfrutan de mayor protección en el cielo que los cristianos... ¡Dios me perdone! ¡Bah!... ¿Quién está seguro?... Al fin y al cabo, decisión no nos falta y me imagino que en último extremo podremos pasar a fuerza de remos por entre las galeras del bajá.

—¿Para buscar refugio en el Adriático? —inquirió el León.

—No, Muley. Si no puedo rescatar a vuestro hijo, lo primero que haremos será ir en busca de vuestro padre y destruiremos el castillo de Hussif si se niegan a entregárnoslo. Tengo instrucciones de quedarme en estas aguas para defender a nuestros compatriotas, y no saldré de entre Candía y Chipre.

Y volviéndose a sus oficiales, ordenó:

—Que esta tarde se encuentren todas las galeras preparadas y listas para zarpar y entrar en combate. Transmitid mis órdenes a los tripulantes y, principalmente, a los maestres.

—¿De manera —adujo Muley, paladeando el excelente café moka y con la pipa ya encendida —que no tenéis la seguridad de derrotar al argelino?

—Si las fuerzas estuvieran igualadas, yo sería el primero en lanzarme al abordaje de la nave almirante, a pesar de mi herida. Pero... esperad que podamos conocer sus fuerzas.

Una vez que bebieron el café y fumaron durante un momento, los oficiales se alejaron para examinar la artillería, las municiones y los remos de los galeotes, transmitiendo las órdenes del almirante.

En el transcurso del día no surgió ningún navío en las aguas de Capso. No hubiera podido aproximarse de improviso, ya que las más veloces galeras venecianas exploraban en todas direcciones prestas a disparar sus culebrinas. Semejante ausencia de naves enemigas más parecía inquietar que agradar a Sebastián Veniero.

—¿Puede ser que Alí-Bajá, tan cauteloso y astuto, no mande algunos navíos de exploración para cerciorarse de que no se le prepara una trampa? ¡Hum! Tendremos sorpresa y acaso tremenda... ¡Bah! De todas maneras nos han enviado para luchar en favor del León de San Marcos en tanto nuestros dedos puedan sostener la espada y el escudo...

Por fin se puso el sol. Y, sin embargo, en el cielo no brilló ninguna estrella; el horizonte se sumió en tinieblas. ¿Habría cambiado de pronto de idea el bajá y preferido quedarse en su galera frente a la asediada plaza?

—¿Cuál es vuestra opinión, señor Veniero? ¿No será una espera vana?

—Me parece que no, ya que la carta llevaba el sello del sultán. Y no creo que el bajá sea capaz de no acatar las órdenes de la corte de Constantinopla, estando enterado de que puede recibir una cajita, aunque de plata y repujada, en cuyo interior habrá una corbata de seda negra. Vos, Muley, conocéis lo que representa este pequeño obsequio, aunque no vaya acompañado de una nota aclaratoria.

—¡Ya lo creo! A mí también me la remitió el sultán. Pero tuve buen cuidado en no obedecer y aquella faja la utilizo ahora como cinturón para mantener mis armas.

En aquel momento gritó un vigía desde el penol de la latina:

—¡Luces al este!

—¿Cuántas? —inquirió el almirante.

—Aún no lo sé.

—¿Es un farol de galera, de galeota o de falucho?

—De galera.

—Mira y cuenta detenidamente.

—Cuatro.

—¿Nada más?

—Por el momento no distingo más.

El almirante se dirigió a Muley.

—Me sorprende que Alí venga hasta este lugar con tan reducidas fuerzas, ya que podía suponerse que no acudiría solo.

—¿Presentaremos batalla?

—Y sin más tardanza, si bien temo una trampa... Mas como nuestras galeras son más rápidas que las de los turcos, ya envejecidas y sucias por la larga travesía... y si comprobáramos que la cosa se ponía fea tendríamos el recurso de darnos a la fuga a fuerza de remos.

Tras pronunciar aquellas palabras, tomó la bocina, y con ayuda de su sobrino se dirigió al puente de mando, gritando con voz aún fuerte y clara:

—¡Todo el mundo a sus puestos de combate! ¡Listos! ¡Nos vamos a enfrentar con Alí-Bajá!

Por unos instantes imperó en las galeras venecianas una intensa actividad y un fragor como de descomunal colmena. Se preparaban barricadas entre el castillo de proa y el palo mayor; se emplazaban las baterías colocando piezas en los lugares más oportunos; marineros y arcabuceros competían mutuamente y los maestros de los galeotes encadenaban a éstos y se disponían a conducir la galera según las instrucciones de los correspondientes comandantes.

A las diez, las ocho galeras venecianas abandonaron la ensenada, avanzando resueltamente al encuentro de las mahometanas. La nave almirante, con Sebastián Veniero, el León de Damasco y los más hábiles oficiales, iba en primer lugar.

Como no había el menor viento, se hallaban bajadas las enormes velas latinas y así no se obstaculizaba la defensa. Pero los remos, manejados diestra y enérgicamente por los galeotes, reemplazaban con ventaja al impulso no siempre preciso de las velas.

Sebastián Veniero se encontraba en el castillo de proa, acompañado de treinta arcabuceros y cincuenta alabarderos, todos cubiertos con sus armaduras, y examinaba con gran detenimiento las maniobras de las naves mahometanas. La galera del bajá avanzaba despaciosamente, cercana a la costa, y como si no tuviese prisa en iniciar la lucha.

El almirante veneciano, una vez que las doce naves se encontraron a tiro, volviéndose a Muley, exclamó con rabia:

—El granuja no se halla solo. Tengo la certeza de que en cualquier abrigo de la costa tiene otras naves ocultas y prestas a lanzarse sobre nosotros en cuanto se inicie el combate.

Y éste empeñóse. La artillería, sobre todo la veneciana, empezó a disparar violentamente con tan horroroso fragor, que los marineros casi no podían oír las órdenes que les daban sus oficiales.

Mientras tanto, los galeotes, que con anticipación habían recibido una buena ración de vino de Chipre, manejaban los remos bajo el aliciente que significaba el restallido del látigo del cómitre y procuraban eludir sus caricias sobre las desnudas espaldas, con tal actividad y energía que parecía iban a romper las cadenas que los retenían al banco. No decían una palabra; se les había amordazado para evitar sus alaridos y aquella gentuza, compuesta de asesinos, prisioneros turcos y delincuentes, realizaba sus movimientos a golpes de martillo o por órdenes verbales, de una manera casi maquinal. Por el contrario, los maestres gritaban y corrían como enloquecidos, lanzando denuestos o bien órdenes amenazando con látigos y vergajos.

Antes de las diez y media, las galeras venecianas se encontraban ante las turcas, las cuales se desplegaron instantáneamente en disposición de batalla, haciendo cubrir puentes y castillos con ballesteros en lugar de arcabuceros. La capitana de Venecia se disponía a abordar a la mahometana, cuando la bocina de Veniero sonó en todos los puentes de mando:

—¡Alto!

No se había equivocado el almirante al suponer que el argelino le prepararía alguna trampa. Había visto aparecer en un recodo de la costa quince galeras más, cuyos faroles indicaban que eran navíos de combate.

—¡Doblad al septentrión! —ordenó Veniero. —Abrid fuego desde los castillos.

Las ocho galeras se detuvieron casi de improviso, realizaron una gran curva, dispararon culebrinas y arcabuces contra los infieles e iniciaron la huida en dos líneas.

Los mahometanos, al verlos darse a la fuga, lanzaron fieros alaridos y respondieron a las descargas preparándose para perseguirlos. Pero ya era muy tarde; sus naves no podían rivalizar en velocidad con las venecianas.

—No me agrada dar la espalda al enemigo; no es mi costumbre hacerlo —dijo Veniero a Muley. —Pero por el momento la Serenísima no dispone de más navíos que éstos y prefiero ponerlos a salvo antes que librar una batalla tan desigual.

—¿A dónde nos dirigimos? ¿A Morea?

—No. Todavía recuerdo, amigo mío, que en el castillo de Hussif está cautivo vuestro padre.

—¿Y pretendéis libertarle?

—Sí; ya que por ahora me es imposible salvar a vuestro hijo, nos ocuparemos de vuestro padre. Por otra parte, siempre tuve ganas de destruir ese maldito castillo. Tened cuidado con los disparos de esos picaros, Muley. De aquí a muy poco no se encontrarán ya a tiro, puesto que los dejaremos muy rezagados.

Efectivamente. Los turcos seguían a los cristianos pretendiendo alcanzarlos. Pero por más azotes que sus cómitres propinaran sin cesar a los remeros, ensangrentando sus espaldas, a cada minuto que pasaba iban perdiendo terreno. Durante media hora continuaron mahometanos y venecianos cañoneándose sin ocasionarse casi destrozos, ya que las oscilaciones y sacudidas de la marcha entorpecían en gran manera la puntería. Por último cesaron de cañonearse.

Las ocho galeras venecianas se hallaban ya fuera de tiro de las bombardas y culebrinas y avanzaban en dirección al oriente gallardamente, permaneciendo a cinco millas de las costas de la isla.

Veniero, volviéndose al León de Damasco, dijo:

—Se terminó. Por el instante los dueños del mar somos nosotros y Alí-Bajá hará perfectamente en retornar a Candía para proseguir el bombardeo de la ciudad.

En el transcurso de toda aquella noche las galeras venecianas huyeron a gran velocidad sin efectuar ni un solo disparo, lo que hubiera representado gastar pólvora en vano, y al amanecer cruzaban delante de Candía a distancia de unas quince millas aproximadamente. Las naves musulmanas no se distinguían ya, como si, comprendiendo que no podían alcanzar a las venecianas se hubieran refugiado en cualquier estrecho o rada natural de la costa.

Durante todo el día siguieron navegando, con la bandera roja con el león dorado enarbolada, y al declinar el sol, con las luces apagadas, aminoraron la velocidad con el objeto de dar un poco de reposo a los remeros.

El almirante, luego de examinar la carta marina y hacer sus cálculos, se alejó hacia el castillo de popa, invitando a cenar con él al León de Damasco.

—Antes de que ataquemos el castillo de Hussif hemos de hablar. Vos habéis estado en su interior, ¿no es cierto?

—Sí, almirante. Y Nikola también ha estado.

—¿El renegado?

—Cuando logré huir con mi esposa se hallaba junto a nosotros, pero ya había estado en el castillo.

—¿Con la duquesa?

—Sí, almirante.

Sebastián Veniero ordenó que fueran en busca del griego, el cual no tardó en presentarse, en compañía de su ya inseparable amigo el albanés.

—Siéntate allí.

—Señor...

—No te preocupes porque yo sea almirante. Primero fui un sencillo oficial de marina que perjudicaba cuando me era posible a los turcos, como en Durazzo y en Ragusa. En este instante me decía el León de Damasco que estuviste en Hussif, en la guarida de Haradja.

—Sí, señor almirante. Estuve con la señora duquesa para buscar al vizconde de Le Hussière.

—¿Posee buenas defensas?

—Imponentes: dos órdenes de terrazas con culebrinas con un par de fortines al lado del embarcadero.

—¿Consideras posible una sorpresa?

—No, señor almirante. El castillo es alto en exceso y ninguna galera podría aproximarse sin ser avistada.

Veniero hizo un ademán de contrariedad, y mirando a Muley, que estaba fumando el chibuquí, le preguntó:

—¿Cuál es vuestra opinión?

—Que con los turcos, almirante, es mejor emplear la astucia. ¿Conserváis aún el sello del sultán?

—Ya os indiqué que tenía dos.

—En tal caso, perfectamente.

—¿Cuál es vuestra idea?

—Escribiremos una carta con orden de recibir a los enviados de Alí-Bajá, amenazando en caso contrario con la pena de muerte.

—Qué habrán de ser...

—Yo, Nikola, Mico y los bravos que deseen acompañarnos. Cuando nos encontremos en el interior del castillo nos libraremos con absoluta facilidad de los escasos vigilantes dejados por Haradja y de cuantas mujeres llenan los jardines y harenes. Si estuviera Metiub, la cosa sería diferente. Pero, por suerte, parece que el capitán tendrá que descansar unos cuantos días a consecuencia de la herida que le ocasioné y no lo veremos tan pronto.

—¡Estupenda idea! —aprobó el almirante. —Yo os acompaño hasta Hussif, con una sola galera para no provocar sospechas y, además, a distancia, ya que en los turcos no puede uno confiar. A una señal vuestra nos aproximaremos y si no se rinde arrasaremos el castillo. Esta aventura, que tiene mucha semejanza con la de Durazzo y que llevé a cabo con éxito, me complace. ¿Estamos de acuerdo?

—¿Me tendréis preparada la carta?

—Antes de que avistemos a Hussif estará preparada. Irán con vos cuatro de mis oficiales, que se pondrán ropas de turco y que hablan a la perfección vuestro idioma; sobre ellos os doy absoluto mando. Cuando sea el momento oportuno intervendremos nosotros. Vos y vuestros camaradas no tenéis más que bajar cualquier puente levadizo luego de liquidar a los centinelas.

—Eso será sencillo —dijo Nikola. —Sé dónde están los fosos y los puentes.

—¿Estáis de acuerdo con el plan? —inquirió Veniero.

—Por completo —repuso Muley-el-Kadel.

—En tal caso voy a dar instrucciones para que nos alejemos más cada vez de las costas de Candía, a pesar de que ya nada hayamos de temer de las naves de Alí-Bajá surtas en la bahía, y emprenderemos la marcha a máxima velocidad en dirección a ese maldito castillo de Hussif.

—Bien, muchas gracias, señor Veniero —contestó el León de Damasco, complacido, pues ya consideraba muy cercana la salvación de su padre.

4. En el castillo de Hussif

Cuarenta y ocho horas después la flotilla veneciana, luego de recorrer toda la costa septentrional de Candía, alcanzaba el castillo de Hussif, deteniéndose a una distancia que no pudiera ser descubierta desde la imponente fortaleza, que nadie hubiera podido sorprender, teniendo en cuenta su magnífica posición. Ante las miradas de los venecianos aparecía una simple mancha amarillenta, que casi no destacaba sobre el azul oscuro de las montañas de la isla.

Aproximarse más podría resultar expuesto. El almirante mandó botar la chalupa grande de la capitana, que tenía cabida para veinte hombres e iba armada a proa con dos pedreros. Después mandó izar en ella la bandera turca.

Muley, Mico, Nikola y los cuatro oficiales que les acompañaban en aquella empresa, hombres de buen sentido y muy conocedores de las costumbres y el idioma turcos, y curtidos en luchas contra los musulmanes, se situaron en el castillo de proa, en donde se encontraba el almirante.

Éste y el León de Damasco hablaron unas últimas palabras con el fin de ponerse de acuerdo en los detalles y prever cualquier eventualidad y luego la chalupa, desplegando la vela latina, abandonó la proximidad de las galeras venecianas, cuyos tripulantes despidieron con vítores a los osados expedicionarios. Nikola se puso al timón.

—¿Cuándo llegaremos? —le preguntó Muley.

—De aquí a un par de horas nos señalarán a la guarnición los vigías de las terrazas.

—O nos recibirán con algunos tiros de culebrina.

—Llevamos enarbolada la bandera turca con las armas del sultán y no habrá turco que se atreva a disparar contra la chalupa.

—¿No serás reconocido por alguno de los guerreros de Hussif?

—No hay peligro. Ya pasa de cuatro años que estuve allí.

—Opino igual. Lo importante es que no desconfíen de la carta.

—¿Y los sellos? Cuando Alí-Bajá, que es muy astuto y más desconfiado que ellos, lo ha creído...

—¿Y qué manda... el sultán... a la guarnición de Hussif?

—Que se nos trate como a mensajeros del Gran Señor, que nos envía a vigilar el comportamiento de Haradja.

—Así comeremos y beberemos alegremente hasta que se presente la oportunidad de salvar a vuestro padre.

—Ya que Haradja y Metiub se encuentran en Candía, al gobernador que hayan dejado en el castillo le impondré el mandato del sultán para que liberte a vuestro padre. Ya verás cómo todo sale perfectamente, siempre que Haradja continúe unos pocos días más con su tío.

—¿Y si regresa?

—Espero que no, ya que su herida no está curada aún. Pero si inopinadamente volviera con las galeras de Alí, quedaríamos detenidos en el hisar.

—Es cierto, ya que el almirante, con todo su buen deseo, se vería obligado a dejarnos y refugiarse en algún puerto de Chipre hasta recibir ayuda.

—¿Cuál es tu opinión, Nikola, respecto al fin de esta guerra?

—Candía continúa aguantando bien y la Serenísima dispone de imponentes arsenales capaces de botar al agua las más soberbias galeras. Me parece, señor Muley, que no habrá de pasar mucho tiempo antes de que se libre una batalla terrible, espantosa, entre cristianos y mahometanos. Y los derrotaremos. Oí explicar al almirante que las potencias cristianas se disponen a dar el golpe definitivo a esos perros.

—Pero aún no han podido ponerse de acuerdo, mi apreciado Nikola. Cada Estado tiene intereses opuestos.

—¿Y van a permitir que continúen asesinando a cuantos cristianos les sea posible? ¿No llega el eco del cañoneo de Candía hasta la desembocadura del Adriático?... No sé si estarán enterados de que diez mil valientes han muerto ya entre las ruinas y el bombardeo, y de que los veinte mil que aguantan, resistiendo el hambre día a día, realizan sobrehumanos esfuerzos por la gloria del León de San Marcos.

—Tal vez en esto, Nikola, radique el que las potencias cristianas no se auxilien entre sí tanto como pudieran: cada una intenta aumentar su poder, sin pensar que el interés máximo de todas sería unirse para combatir al común enemigo, tanto para defender a la que se encuentra en mayor peligro como para salvaguardar la religión que se precian de profesar. ¡Ojalá todas poseyeran el ardor que puso España en su guerra secular contra el sarraceno!

—Yo he navegado por aquellas costas de Alicante a Gibraltar, de Barcelona a Cádiz y conozco muy bien aquella tierra.

—¡Alto! —gritó en aquel instante el albanés sentado a proa.

La chalupa se hallaba ya a dos o tres millas del castillo de Hussif, que ofrecía un imponente aspecto con sus terrazas llenas de aspilleras, sus bastiones, sus torreones y sus reductos, muy próximos entre sí y pareciendo otros tantos tigres en acecho. En uno de los más sólidos bastiones desplegaron una enorme bandera roja, con una media luna, pero sin estrella, como si anunciara a los navegantes:

«¡Cuidado! ¡Aquí gobierna el turco! ¡Esta es la guarida de la sobrina de Alí-Bajá!»

Después se elevó una nubécula de humo y retumbó en el espacio un seco estampido.

—Es un aviso —dijo Nikola. —Con este cañonazo sin proyectil nos invitan a presentar nuestra enseña. ¿Es que no distinguirán la bandera turca que tenemos izada? Seguramente, ahora que la fiera señora y su capitán de armas no están, todos los que hay allí se habrán emborrachado.

—Mico —ordenó el León de Damasco, —contesta tú también con un disparo sin bala, antes de que nos larguen alguna piedra que nos haga naufragar.

—Permitidnos hacer, señor Muley —replicaron los oficiales de marina que ocupaban la proa.

Ya señalamos que la chalupa disponía de dos pedreros, armas ligeras, pero bastante eficaces en determinadas circunstancias, en especial si el combate se libraba a breve distancia. Dispararon uno de ellos cargado sólo con pólvora, mientras que el otro, por precaución, era cargado con bala.

Casi al instante la gran bandera turca de la fortaleza fue puesta a media asta y volvió a ser izada en seguida. Se trataba del saludo; la chalupa podía seguir adelante sin peligro. Si la tigresa se hubiera hallado en su refugio, semejante maniobra no hubiera tranquilizado a nadie. Pero conociendo que se hallaba, curándose la herida, a bordo de una galera, y que al capitán de armas le acontecía otro tanto, prosiguieron su avance.

Nikola lanzó una rápida ojeada a la pequeñísima ensenada, en la que solamente podían caber media docena de galeotas, y observó con todo detenimiento el paso repleto de grandes peñas, hechas rodar desde arriba con toda seguridad.

—¡Recoged las velas! ¡A los remos! —ordenó. —Vos, señor Muley, poneos al timón.

—Yo poseo también buenos brazos para usar el remo.

—Ya lo sé. Pero un enviado del sultán no puede rebajarse a tal menester. Esa chusma que vigila todos nuestros movimientos recelaría si os viese remar igual que a un galeote.

—Estás en lo cierto, Nikola. Me pondré al timón.

Se recogió el velamen y, en tanto que lo ataban al peñol inferior los cuatro venecianos, Mico y el griego trabajaban con los remos para orientarla. Después, los seis remaron. El mar estaba muy tranquilo y aunque en aquella zona, por caer a plomo las costas de la isla, había marejada de continuo, la chalupa pudo en un escaso cuarto de hora atravesar el canal y anclar a un banco de desembarco, en el cual surgió en aquel momento un corpulento y barbudo hombre, de apariencia poco tranquilizadora y armado con un arcabuz, dos pistolas y un par de yataganes.

—¡Por mil tiburones! —exclamó el albano. —¿Es tal vez Mohamed II, resucitado, o Mustafá el asesino?

—¿Quiénes sois y qué deseáis? —inquirió el gigante, intentando mostrar la apariencia de un notable personaje reavivando con premuroso movimiento de su mano las mechas de sus armas de fuego.

—¿Y tú? ¿Quién eres? —indagó el León de Damasco, en tanto que sus hombres, con disimulo, preparaban sus arcabuces. —Haradja no se encuentra aquí, ni tampoco su capitán de armas.

—¿Cómo estáis enterado, señor?

—No te interesa. Lo que deseo saber es quién gobierna en este momento el castillo. Traigo una carta del sultán.

—¿Es para mi señora?

—Nada de eso. Es para la persona a quien ha confiado tu señora el mando del castillo.

—Soy yo. Nombrado capitán de armas, yo soy el único que manda en este lugar hasta la vuelta de mi señora.

—En tal caso tú abrirás la carta del sultán.

—¡Yo! —exclamó el hombre corpulento, tornándose lívido.

—Se me ha ordenado entregarla al gobernador del castillo y si éste eres tú, abrirás la carta.

—¿Y no me mandará después el sultán una corbata de seda por haber mancillado sus sellos con mis impuras manos?

—¡Necio! Cuando te afirmo que tengo orden de hacerlo de esta manera, no debes sentir ningún temor. Déjanos desembarcar y vamos a leerla juntos, si bien ya sé de memoria lo que dice. Y en primer lugar, ¿cómo te llamas?

—Sandiak.

—¿Así que eres asiático?

—Sí, señor.

—Bueno. Deja pasar y manda a todos esos negros parapetados ahí arriba con los arcabuces dispuestos que marchen a tomar el almuerzo, ya que de momento no precisamos sus servicios.

El turco, impresionado por el aspecto de Muley-el-Kadel, quien, si bien lucía ropas sencillas, podía, por lo menos, pasar por un effendi, se acarició un momento sus largas barbas negras, apagó las mechas de sus armas y dijo a los negros parapetados a sus espaldas:

—El mensajero del sultán os manda que vayáis a tomar el almuerzo. ¡Fuera!

Los diez o doce arcabuceros se alejaron a toda prisa. La chalupa fue amarrada a un anillo de bronce fijo en el desembarcadero y que se hallaba adornado con el León de San Marcos y el fingido embajador y sus compañeros, armados de una forma formidable, desembarcaron.

—Conduce. Me imagino que tendrás también comida para nosotros. El aire del mar despierta el apetito.

—Sí, effendi.

Remontaron la alta y estrechísima escalera practicada en la peña viva y que un par de hombres solos podrían defender casi sin riesgo, pasaron después un puente levadizo y alcanzaron el patio de honor, circundado de bellos pórticos de estilo árabe con una elevada y amplia terraza, desde donde se hallaban curioseando varias mujeres. Pese a la orden recibida, todos los componentes de la guarnición, por prudencia o tal vez para honrar a los huéspedes, se habían congregado allí. Eran una docena de negros, casi hercúleos, y otro número semejante de kurdos, que debían ser los artilleros. Estaban también los esclavos y servidores, la mayoría negros o mulatos, que se ocultaban tras las columnas, y numerosas esclavas, que desde la terraza dejaban oír sus argentinas risas.

El nuevo capitán de armas cruzó con sus invitados el patio y entró en una espaciosa sala, en cuyo centro susurraba alegremente una hermosa fuente de mármol verde. Al pasar la comitiva los soldados saludaban, aunque mantenían encendidas las mechas de sus armas. Alrededor del salón soberbios divanes y magníficas otomanas de seda blanca de Damasco invitaban al descanso. Las paredes se hallaban ornadas por grandes trofeos de armas cristianas conquistadas posiblemente por Alí-Bajá. A un lado veíase una mesa de cedro del Líbano a la que podrían sentarse hasta veinte convidados, con escabeles estilo marroquí montados en madreperlas y con forro de rojo cuero de Rabat.

Effendi —dijo el gobernador, que todavía semejaba hallarse algo confuso. —La comida será servida al instante. Ten la amabilidad de sentarte y haz que lo hagan también tus acompañantes.

—¿Quién es? —interrogó el León al ver aproximarse a ellos a un tipo extraño, de cabellera muy larga, altísimo sombrero y ataviado de seda negra.

—El secretario de Haradja —repuso con voz vacilante Sandiak.

—Tiene el aspecto de un armenio.

—En efecto, lo es.

—Raza de traidores —rezongó entre dientes Nikola.

—¿Por qué lo has hecho venir?

—Es que es el único que sabe leer, effendi.

—De acuerdo, pero has de ser tú quien rompa los sellos.

—¿Y por qué razón no puede ser Hassard?

—¿Quién es Hassard?

—El armenio que tienes ante ti.

—La carta debe abrirla el gobernador de Hussif, sea el que fuere —repuso con acento enérgico Muley.

Tras pronunciar aquellas palabras sacó la carta escrita por el almirante y que llevaba los grandes sellos del sultán. Colocándola sobre la mesa, dijo:

—Ábrela tú y que te la lea el armenio. Pero hacedlo en otra mesa, ya que esperamos la comida.

— Está preparada, effendi.

—¿Es que desde que Haradja no está hay ininterrumpido banquete en Hussif? —dijo Muley, frunciendo el ceño.

—No, señor. En Hussif siempre se ha vivido bien. Los pantanos nos producen tantos animales que a veces no sabemos qué hacer de ellos.

—¡Ah! ¿Aún tenéis cristianos para pescar las sanguijuelas?

—No, señor. La guerra aniquiló esa industria.

—Conforme; aguardaremos la caza.

Sandiak se dirigió a una de las puertas, cogió un martillo y haciendo sonar ruidosamente con un golpe el batintín colgado, como por ensalmo aparecieron diez esclavos y seis criados llevando platos y cubiertos de plata, poniendo en un momento la mesa.

«¡Por las barbas del Profeta! —díjose Mico. —No debe ser mala la vida en este hisar y me parece que vamos a pasar muy buenos días.»

Nada más dispuesta la mesa penetraron en la sala otros criados con grandes fuentes de plata, repletas de ánades silvestres, becadas, doradas, pulpos de mar, yogur, bureke, o sea pastelitos de hojaldre fritos con grasa, muy apreciados por los paladares turcos, y también maíz hervido, dátiles e higos.

—Vale la pena estar aquí —exclamó Mico, que tenía enorme apetito y olía ávidamente los manjares.

—Pero, señor, ¿qué beberemos? Comunicad al gobernador que el sultán bebe vino de Chipre y que ha de haber algo oculto en la bodega.

—¿Has oído? —interrogó Muley al capitán de armas.

—Sí, effendi. También en Hussif está ya permitido beber, ya que el sultán, que es el jefe de los creyentes, nos da ejemplo.

—De acuerdo. Haz que nos traigan las mejores botellas y déjanos comer en paz. Entretanto lee la carta con el secretario.

Todos se sentaron a la mesa, puesta con oriental lujo, y empezaron a comer con magnífico apetito.

Los servidores llegaron con un par de cestas llenas de polvorientas botellas. En un rincón de la sala el capitán de armas y el armenio examinaban la terrible misiva que a los dos había inquietado en gran manera, antes de que conocieran lo que encerraba.

—Hemos dado el golpe —dijo en tono bajo Nikola a Muley. —De aquí a media hora, o tal vez antes, nos apoderaremos de Hussif y nos enteraremos de lo que le ha pasado a vuestro padre.

—Espero que todavía vivirá cautivo en alguno de los subterráneos. Es un viejo con una naturaleza de acero y que no habrá sufrido mucho, si no le han desollado más que unos pocos dedos, como aseguran. Ha recibido más de veinte graves heridas luchando contra los indomables kurdos de Basora, y ha curado. No habrá perecido, por tanto, por algunos navajazos que le hayan levantado la piel. Pero si lo hallase muerto destruiría por completo Hussif.

—Ahorquemos a todos estos granujas. Fijaos, señor, qué gran número de soberbios cordones de seda hay en esta estancia —adujo Mico. —No los desaprovechemos.

Esperemos a ver cómo siguen las cosas —recomendó el cauteloso griego. —Somos solamente siete y aquí, excluyendo las mujeres, entre guerreros, artilleros, esclavos y servidores, hay más de una sesentena. Es cierto, desde luego, que frente a nosotros se halla la flota veneciana.

—La haremos venir para tapar todas las troneras.

—¿Pensáis dar esta noche la señal?

—Sí, puesto que todo va a la perfección. No deseo comprometer a la flota para librarme yo y salvar a mi padre. ¡Ah! Aquí tenemos el moka y también viene el capitán de armas. ¡Desdichado! Le he partido el corazón al obligarle a romper los sellos del sultán.

Como ya es sabido, los turcos son maestros en la preparación del café. No muelen el aromático y precioso grano; lo aplastan entre un par de piedras hasta transformarlo en casi impalpable polvo, que después echan en el agua hirviendo. Queda espeso como el chocolate, mas luego que se prueba no se olvida nunca.

El negro lo sirvió y se alejó a una señal de Mico, en tanto que el gobernador se aproximaba con lentitud con la carta en la mano.

—¿Ha logrado el secretario de Haradja leer los caracteres árabes de la carta? —inquirió Muley luego de beber un trago de una taza de café.

—Sí, effendi.

—¿Así que ya estás enterado de lo que desea de ti el sultán?

—Sí, effendi; que os proporcione hospitalidad hasta que vuelva mi señora y que os trate con las consideraciones que a los príncipes se deben.

—La sangre que corre por mis venas es de la más encumbrada nobleza turca. Mi madre era prima de Mohamed II. Esa es mi sangre.

—¡Effendi! —exclamó el desgraciado gobernador, que habíase tornado lívido. —¿Qué me es posible hacer por vos?

—Lo que se indica en la misiva. Nada más.

—¿Dejar bajo vuestro mando el hisar?

—Hasta la vuelta de tu señora. Y ten presente que yo mando como si fuera el sultán en persona. Conoces bien que en Constantinopla las corbatas de seda son muy abundantes.

—Lo sé, a pesar de que no sea una personalidad.

—Lo eres, puesto que estás al mando de un hisar como éste, que acaso es el más poderoso de la isla. Puedes, por consiguiente, considerarte un importante dignatario o, como mínimo, un gran capitán. Que venga el secretario de Haradja, todavía queda una taza de café para él.

—No se sentirá capaz, effendi.

—Que sea capaz, pues el café y el azúcar es de Hussif y éste no se halla mezclado con polvos de diamante, que agujerean los intestinos.

Nikola experimentó un estremecimiento al pensar en las traiciones musulmanas que se habían esparcido desde la corte hasta los últimos círculos sociales. Pero se sintió aliviado al ver que el gobernador y el secretario aceptaban.

—Excesivo honor me hacéis, nobles señores —arguyó el astuto personaje.

—Bebe y luego conversaremos —repuso en tono autoritario Muley.

—Te oigo, effendi.

—Siéntate, Sandiak. A ti también he de hacerte una pregunta.

—A tus órdenes, señor —respondió el gobernador, tomando asiento junto a Nikola.

—¿Cuántos detenidos hay en el castillo? —inquirió de pronto el León.

Sandiak y el armenio se miraron con extrañeza, y por último el primero, luego de haber bebido medio vaso de vino para animarse, repuso:

—¿Imagina quizás el sultán que el castillo se encuentra abarrotado de prisioneros? Ya te indique, effendi, que ahora no trabajan en el agua muerta, puesto que una epidemia exterminó a las sanguijuelas.

—¿Y en los subterráneos no hay ninguno?

—Me parece que sí.

—¡Ah! ¿Sólo te parece? Sin embargo, en Constantinopla se conoce ya que tenéis cautivo al bajá de Damasco.

—Yo lo desconocía, señor. Haradja abandonó el castillo antes de su captura.

—Y también se conoce que tu señora tuvo el atrevimiento de levantar un poco la piel a esa personalidad. ¿Es cierto?

Sandiak aspiró una enorme bocanada de aire, se bebió otro medio vaso de vino servido por el griego y contestó:

—En efecto, ese detenido vino con un hombro vendado.

—¿Y no le habéis curado? —bramó Muley.

—Sí, effendi —repuso espantado Sandiak, —te lo juro por el Corán. La señora dio orden de que lo curasen.

—¿Dónde se encuentra el bajá?

—Pero ¿será en realidad el bajá de Damasco?

—Al parecer se sabe más en Constantinopla de lo que acontece en Hussif, que aquí.

—Lo desconocía, señor. Supuse que se trataría de alguna persona que ofendió a mi señora.

—Haz que dispongan una habitación para el detenido junto a la mía. Deseo vigilarlo yo en persona.

—Estoy presto a obedeceros, señor.

—Mico, ve con Sandiak y la escolta al calabozo.

El albanés y los cuatro oficiales acompañaron al gobernador y al secretario de Haradja, quedando a solas en el espacioso comedor Muley-el-Kadel y Nikola.

—¿Por qué razón no habéis marchado vos también, señor? —inquirió el griego.

—Mi padre no hubiera podido reprimirse al reconocerme y en tal caso, ¿qué hubiera sucedido? No debemos olvidar que somos los más débiles y que hemos de emplear más la astucia que la fuerza.

—En ocasiones soy un animal —repuso el griego. —Tenéis razón y admiro vuestra cautela.

—Vamos a la terraza. Es posible que algún punto negro nos señale por dónde se halla la flota.

Bebieron un nuevo vaso de vino, atravesaron el patio y llegaron a la terraza, en la que había cuatro culebrinas y dos bombardas emplazadas. Muley se aproximó al parapeto, sin responder siquiera al saludo de los kurdos que estaban al cuidado de las piezas, y examinó anhelosamente el horizonte.

—Tú que posees ojos de marinero, Nikola, ¿distingues algo?

—¿Y vos no observáis nada?

—Nada en absoluto y considero tener buena vista.

—Pues bien, señor; la flota se encuentra allí, al norte. Ocho puntos negros que casi no alcanzo a ver.

—¡Vaya vista que tienes, Nikola!

—¡Como que la mayor parte de mi vida me la he pasado en el mar! Vos no alcanzáis a distinguir sino unas nubes grisáceo-verdosas heridas por el sol, pero nada de lo que hay entre aquellas nebulosas en el final del horizonte.

—Porque no tengo tan buena vista como la tuya —reconoció.

—Hay que nacer marinero y vivir numerosos años en el mar.

—¿Me garantizas que las galeras continúan navegando ante Hussif?

—Sí, señor. Puedo jurarlo.

—No es preciso; me basta con tu palabra.

—Mi vida está a vuestra disposición, señor.

—E intentaremos defenderla contra esos miserables.

El León de Damasco prosiguió aún unos minutos apoyado en el parapeto, contemplando el mar, cubierto aquí y allá de dorados reflejos, y después dijo:

—Voy a ver a mi padre.

—¡Tened cuidado no os traicionéis, señor!

—Haz salir de la estancia, aunque sea a la fuerza, al gobernador y, en especial, al armenio.

—Creedme, señor, si os afirmo que me inquieta más ese Hassard que el mismo Sandiak.

—Y a mí también. Ese hombre me hace sentir recelo.

—Es de una raza de traidores. Cuando perdieron su nacionalidad se transformaron en esclavos de los turcos, sin oponer la más mínima resistencia.

—Vamos, Nikola.

—Cautela, señor.

—La tendré. Por otra parte, Mico, por orden mía, habrá advertido a mi padre antes de que nos veamos. ¡Pobre viejo!... Ya pasa de tres años que no nos hemos visto.

Comprobó si su espada salía sin dificultad de la vaina y se encaminó en unión del renegado a la sala.

5. La traición del armenio

Mico, en unión de los cuatro oficiales venecianos, pronto a echar mano a los turcos, y precedido de Sandiak, que portaba una enorme linterna, y del armenio, avanzaba por una inacabable escalera practicada en la roca viva y que parecía iba a concluir a nivel del mar.

—Esto es para partirse la cabeza —comentó. —Señor capitán de armas, levantad la lámpara, ya que no soy ni un gato de Chipre ni de Angora.

—Es lo que hago, señor —respondió el desdichado gobernador, aún conturbado a consecuencia de la carta del sultán.

—¿Dónde acaba esta escalera?

—En los calabozos del castillo.

—Los prisioneros deben estar magníficamente ¡Qué olor a humedad y a putrefacción!

—El hisar tiene sus cimientos en el fondo del mar y las olas del Mediterráneo bañan las paredes de los calabozos sin cesar.

—No obstante, tu señora no acudía a descansar en alguno de ellos en las tardes calurosas.

—Hacía lo que le placía —exclamó de improviso el armenio.

—Lo creo. Se está más cómodo en una otomana forrada de seda y ante el murmullo de una fuente.

—Que vos no habíais pagado —repuso Hassard.

El albano, que ya había descendido cincuenta escalones sin alcanzar los calabozos, se aproximó bruscamente al armenio, diciéndole:

—¿Deseas que haga escribir al sultán para que ordene arrancarte la lengua? Debes saber que tenemos ocho galeras merodeando ante el hisar y tripuladas por hombres fieles en extremo al Príncipe de los creyentes. Sería suficiente que hiciéramos una señal para que vinieran y en tal caso no respondo de tu vida. Aparte de eso, mi señor puede hacer matar o empalar a quien sea sin tener luego que informar a nadie; ni siquiera al Gran Visir de Constantinopla.

—No te ofendas, effendi —respondió el armenio, que de improviso tornó su tono muy humilde. —Solamente pretendía bromear.

—En Albania nos complacen poco las bromas.

—¿Eres albanés?

—Sí.

—Se te nota en el acento, señor —observó Sandiak. —Yo he pasado bastante tiempo por esas regiones luchando contra los bosnianos que no querían renegar de la Cruz, hace ya unos años.

—¡Ochenta! ¿Pero cuándo acaba esta escalera?

—Ya sólo faltan unos diez peldaños.

—Entonces, bajemos.

La escalera se ampliaba por aquella parte y los escalones estaban húmedos y escurridizos debido al agua que se infiltraba entre las rocas. Al momento se detuvieron frente a una mohosa puerta de hierro llena de enormes puntas metálicas.

—Ésta es —anunció el gobernador sacando una gran llave de su cinto.

Una vez que la puerta quedó abierta, los siete hombres se encontraron en un amplio subterráneo alumbrado por un rayo de luz que no podía averiguarse de dónde provenía y en mitad del cual se hallaba una cama como único mobiliario. Sobre ella descansaba el bajá de Damasco.

—Como comprobaréis, señores, el preso se halla aún con vida. Podéis notificárselo al sultán para que no imagine que mi señora lo estaba torturando.

El bajá, al escuchar aquellas voces, se incorporó y quedóse mirando a los recién llegados.

—¿Qué deseáis? —inquirió enarcando las cejas. —¿No se conforma Haradja con haber empezado a desollarme y encerrarme después en esta prisión, que el mar golpea día y noche, no dejándome dormir?

—Señor —contestó Mico. —Tengo orden de libertaros y hacer que os trasladen a otra habitación del castillo, donde os sea posible descansar y curaros, si aún no ha cicatrizado vuestra herida. Aquí hay excesiva humedad.

—¿Quién eres tú? ¿Otro capitán de armas de este maldito hisar?

—No, señor. Dejaos trasladar sin ofrecer resistencia y os aseguro que dormiréis en una estancia inundada por el sol.

—O me arrojaréis al mar desde lo alto de una terraza. Todo puede esperarse de Haradja.

—No. Os lo juro por el Corán.

El bajá, que no tenía aspecto de haber sufrido demasiado ni por el cautiverio ni por la desolladura, echó a un lado la colcha damasquina y se levantó, diciendo:

—Si es para pasar a otra habitación, vamos. Por mala que sea no será peor que ésta.

Estaba vestido y se mantenía erguido, a pesar de que ya no era nada joven. Echó una profunda mirada al calabozo, como si pretendiera grabárselo en el cerebro, y agregó:

—¡Has jurado por el Corán...! ¡Vamos!

—Dejad que os ayude a subir la escalera.

—Como desees.

Abandonaron el subterráneo sin preocuparse en cerrar de nuevo la pesada puerta y cinco minutos más tarde alcanzaban la amplia explanada del castillo. El armenio disimuladamente desapareció. Sandiak hizo atravesar al anciano varias habitaciones en las que penetraba el aire y el sol, indicándole:

—Elegid, señor; la que más os agrade os servirá de momento de prisión.

—Cualquiera. Por lo menos aquí me será posible dormir. Notifica a Haradja que en ese subterráneo no puede vivir nadie arriba de tres meses. ¿Dónde está en estos momentos la sobrina del bajá?

—En Candía —repuso Mico.

—¿En el asedio?

—Sí, señor.

—Haciendo compañía a su gran tío —dijo el bajá con acento irónico.

Finalmente, luego de recorrer de nuevo las estancias, escogió una de ventanas ojivales que dejaban ver gran extensión del Mediterráneo.

—Marchaos todos y dejadme dormir —dijo, desplomándose en un diván soberbio, como exhausto de fatiga.

—Idos —ordenó Mico a los venecianos y al gobernador. —Voy a permanecer aquí hasta ver si se adormece y después me reuniré con vosotros.

Fue con ellos hasta la puerta, esperó unos minutos y cuando ya no distinguió el menor ruido en la marmórea escalera aproximóse rápidamente al anciano guerrero asiático, quien se levantó con agilidad, imaginando alguna traición, y dijo:

—¿Qué deseas? ¿Eres uno de los esbirros de Haradja? Pues cumple tu misión al instante. La vida no me interesa.

El albano sacó de su cinto las pistolas y los yataganes, los puso sobre el lecho y contestó:

—Aquí tenéis, señor, armas para defenderos si alguien os acomete. Pero en el hisar hay alguien que cuida de vuestra seguridad, y ¡desgraciado del canalla que pretendiera haceros algo!

—¿Quién es esa persona?

El montañés se inclinó, acercando su boca al oído del damasceno como si temiera que pudieran oírle.

—Vuestro hijo —susurró.

El anciano dio un respingo y permaneció silencioso por un instante, clavando en el albano la vista, todavía viva y brillante.

—¡Mi hijo en este lugar! —balbució por fin.

—Si, effendi.

—¿Está detenido también?

—Se halla como amo y señor del hisar, por lo menos hasta que se aproxime la flota de Alí.

—¿Cómo le ha sido posible...?

—Él os lo explicará.

—¿De qué forma habéis venido?

—En galeras venecianas.

—¿Así que llegó a oídos de Muley que yo estaba prisionero?

—Sí, effendi.

—¿Y pensó en libertarme? ¿Y su esposa? ¿Y su hijo?

—Él os lo comunicará de aquí a breves minutos.

—¿Continúa siendo cristiano?

—Siempre, effendi.

—Ha hecho bien. Yo pienso también renegar. Llámale.

—Voy, señor; guardad mis armas.

—No; solamente un yatagán. Mi brazo aún es fuerte.

—De acuerdo. Voy a avisar a vuestro hijo, pero sed cauto, ya que estoy seguro de que nos vigilan mucho.

—No pierdas cuidado. No brotará de mi garganta una simple exclamación... Pero corre...

Mico cerró bastante la ventana, que tenía vidrieras azules y anaranjadas, cruzó sigilosamente la estancia, bajó los escalones y, luego de detenerse un instante apoyándose en el parapeto para ver si distinguía las galeras venecianas, penetró en el salón, donde encontró a su señor fumando un chibuquí lleno de aromático tabaco de Morea.

Nikola se encontraba junto a él, y un poco separados los cuatro venecianos conversaban en voz baja, siempre preparados para acudir a la primera orden y a hacer abollar sus magníficas corazas de Milán, que eran más resistentes que las de los turcos.

—Podéis ir a ver a vuestro padre, señor Muley. Pero que vayan con vos Nikola e incluso los venecianos, porque recelo una traición. .

—¿Hay algún peligro?

—De momento ninguno, pero...

—¿Cómo se encuentra mi padre?

—Como si no le hubiera ocurrido nada.

—¿Y Sandiak?

—Ahora mismo le he visto conversando con los kurdos —repuso el griego hablando con acento suspicaz.

—¿Y el armenio?

—No lo sé y me hace sospechar bastante.

—Al parecer te ha sido antipático.

—Me inquieta más ese hombre que el capitán de armas, señor; esas miradas suyas me hacen recelar.

Muley vació el chibuquí, echó una rápida ojeada a sus armas y dijo a los venecianos:

—Vamos, señores, a tomar posesión del castillo. No descuidéis los arcabuces. No sabemos qué puede acontecer.

Los siete hombres, conducidos por Mico, abandonaron el salón y se encaminaron hacia la escalera de mármol que llevaba hasta la habitación destinada al bajá.

Nada más habían salido cuando por dos puertas diferentes penetraron cauta y sigilosamente Sandiak y Hassard. Los dos cambiaron una seña, se alejaron del salón sin decir una palabra y se metieron bajo los pórticos del patio.

—¿De verdad sabes leer? —interrogó el gobernador.

—De no haber sabido, la señora no me habría tomado a su servicio como secretario. Aprendí a leer y escribir en la célebre escuela de Erzerum. ¿Por qué razón me haces semejante pregunta?

—Porque se ha apoderado de mí una insoportable duda que me hiela la sangre en las venas.

—¿Qué duda?

—La de que esa misiva sea falsa.

—¡Necio! ¿Supones que yo no conozco, después de haberlos visto en más de una ocasión, los sellos del sultán?

—No obstante, olfateo algún peligro. ¿Serán esos hombres auténticos mensajeros del sultán?

—Yo pienso que sí. ¿No has observado el imponente aspecto señorial de su jefe? Debe tratarse de algún visir... o cosa parecida. Yo entiendo de gentes notables.

—¿Y los demás?

—Parecen ser guerreros y tres de ellos nobles.

—¿Turcos?... ¡Hum! No lo considero así.

—En lugar del rostro de los hombres, ¿te has fijado en la chalupa que los trajo?

—¿Por qué preguntas esto?

—Pues porque al mirarla hace poco pensé que por sus líneas no era una embarcación turca.

—¿Cómo dices, Hassard?

—Que soy mejor observador que tú, Sandiak. Yo estudio e investigo todo, en tanto que tú sólo te entregas a libar vino de Chipre.

Sandiak se encaminó al embarcadero, seguido del armenio, y examinó detenidamente la gran chalupa de la capitana veneciana.

—¡Cuerpo de perro cristiano! —barbotó dando un respingo el capitán de armas. —Estás en lo cierto; esta barca no es turca.

—¿Dónde se encuentran los huéspedes?

—Con el detenido.

—En tal caso no podrán vigilarnos. Vamos abajo.

—¿Pretendes pescar cangrejos?

—Deseo examinar de cerca y con todo detenimiento la chalupa.

—Tienes razón; vamos.

Miraron a su alrededor y no viendo a ninguno de los huéspedes se aproximaron a la embarcación y la examinaron atentamente. No tardó en comprobar que tenía grabado a fuego la marca de procedencia: Mucenigo-Venecia.

—Para tu desgracia, no sabes leer —dijo a Sandiak.

—Ya lo sabes —contestó de mal talante el capitán de armas. —Únicamente sé manejar las armas y matar.

—Bien. En tal caso te comunicaré que la chalupa es veneciana y que lleva el nombre de aquel famoso almirante que tuvo la osadía de anclar frente a Constantinopla.

—Acaso se trate de una lancha apresada a los venecianos.

—¡Hum!... ¿No te fijas en que es casi nueva?

—¿Y qué?

El armenio se atusó la barba, escupió sobre la embarcación, parpadeó un momento y, por último, pasándose la mano por la frente, respondió:

—No veo esto muy claro.

—Ni yo.

—¿Deseas que te dé un consejo?

—Explícate.

—Mi opinión es que esta misma noche debes mandar una embarcación a Candía para prevenir a tu señora.

—¿Y que regrese...?

—Será lo más sensato.

—Es verdad. Que se las componga con ellos Haradja, sean o no auténticos mensajeros del sultán esos señores. En cuanto se oculte el sol zarpará el viejo caiccio con ocho remeros y un timonel en dirección a Candía.

—Es lo que debes hacer, Sandiak. Me agradaría que retornara con el bajá para aclarar esto.

—El bajá se halla muy ocupado con el asedio de Candía.

—Le sobran galeras y bien puede enviar algunas.

—Me has librado de un gran peso. Vamos a examinar lo que hacen nuestros convidados, no provoquemos sospechas.

—¡Bah! Están muy ocupados con el prisionero.

Abandonaron la chalupa y subiendo la larga escalera regresaron a la terraza, en la que hallaron a Mico paseando con lentitud y gravedad con un chibuquí corto en la boca.

—¿De dónde venís? —les interrogó el albanés, que presumía de visir o poco menos.

—Hemos ido a pescar cangrejos —repuso al instante Hassard, —para presentaros un buen plato. Pero la marea no arrastró hoy a la playa ninguno de esos excelentes crustáceos que tanto gustan a nuestra señora.

—De manera que esta noche tendremos triste cena —dijo con acento irónico el montañés al armenio, mientras clavaba su vista en él.

—En el hisar de Hussif se come siempre bien —repuso con tono brusco el capitán. —Ningún convidado ha tenido queja de la mesa de la sobrina del bajá.

—¿Han ido de pesca?

—Y han regresado con las redes repletas. Hay infinidad de peces en la ensenada y en especial son abundantes las ostras.

—Le gustan bastante a mi señor.

Sandiak le miró un momento recelosamente y le preguntó de improviso:

—¿Qué cargo ocupa tu señor en Constantinopla?

—Es un bajá de los más extraordinarios e influyentes. Ha luchado en Asia y en Austria, contra croatas y servios e incluso con los venecianos en el Adriático. Tiene un nombre famoso que algún día conoceréis.

—¿Así que es un notable guerrero?

—De mar y de tierra. No le hubiera mandado el sultán a no saber a qué hombre confiaba su encargo.

—Pero... ¿qué es lo que preocupa en Constantinopla? ¿Qué se entregue el hisar a los venecianos?

—Los secretos de Estado no se propagan —repuso el socarrón albanés. —Nosotros veremos, observaremos, decidiremos y contaremos al sultán.

—¿Qué? ¿Y respecto a qué? —indagó el armenio.

—Tú marcha a escribir cartas, o mejor todavía, a decir que nos preparen la cena. En Constantinopla no se espera a la puesta del sol para cenar. Se cena más temprano para hacer bien la digestión antes de la hora de acostarse y dormir plácidamente. ¿Me has comprendido?

—Te expresas demasiado bien en turco para no comprenderte.

—Bien; pues, ¡fuera!

—¿Cómo? —inquirió Sandiak, palideciendo y llevando la mano a un kangiar de los que tenía al cinto, en tanto que el armenio se mordía los labios y miraba furiosamente al servidor del León de Damasco.

—Hablaba a tu compañero. Deja, por tanto, en paz tu kangiar. Yo tengo también uno y no lo toco. No obstante, no hay quien pueda competir con los albaneses en una pelea con arma tan corta.

—¿Me retas?

—¿Yo? ¡Líbreme Alá de provocar pendencia, ni menos de transgredir las instrucciones del sultán! ¿Me has comprendido bien? Del sultán.

El capitán de armas inclinó la cabeza, farfulló algunas palabras y se fue con el armenio, cuyos ojos echaban lumbre.

«Habrá que vigilarlos —pensó Mico, mientras los seguía con la vista. —Esta noche no se tomará café... El polvo de diamante se mezcla con mucha sencillez al azúcar y...

Un instante más tarde encaminóse al salón. Cuatro negros y otro número igual de criados se afanaban en disponer la mesa, adornándola con flores.

—¡Por mil tiburones! ¡Con qué rapidez me obedecen! —murmuró para sí. —Al parecer es suficiente nombrar al sultán para que todos vayan de cabeza. Bien. Mi señor cenará esta noche con su padre. En consecuencia, quedaremos de dueños y señores del comedor. Pensemos, pues, en su cena.

Y tras estas palabras, se encaminó a la cocina y espantó a los cocineros hablándoles del sultán y notificándoles que hablaba por su boca el Gran Señor. Los desgraciados le hicieron continuas reverencias, asegurándole que harían cuanto les fuera posible por dejarle contento.

«Afirmaban que Hussif era un tétrico castillo —razonaba para sí, —pero lo que yo observo es que vive de una manera muy agradable. Si continuamos en este lugar un par de semanas, vamos a retornar a Candía gruesos como botas».

Advirtió de nuevo que sirvieran a su señor en la habitación del prisionero y retornó al salón, donde Nikola conversaba con los venecianos. Se aproximó y dijo:

—Se hallará muy contento el bajá de haber encontrado a su hijo, aunque se haya vuelto cristiano, ¿no es cierto?

—Ha sido una escena emocionante. Ahora el bajá, informado de todo y bajo la protección de su hijo, está satisfechísimo. Confía en regresar a Damasco si no envía con mil diablos el Corán. Entre nosotros: le creo bastante asqueado de sus feroces compatriotas y no resultará raro que de aquí a poco la cristiandad cuente con un renegado más.

—¡Y de qué categoría! No son demasiado numerosos los bajás que reniegan de la Media Luna.

—Bajad más la voz —aconsejó con viveza el albano.

Acababa de surgir en una de las puertas, y se hallaba como si pretendiera oír lo que se decía, la poco agradable figura del armenio.

—He ahí un hombre a quien precipitaría con mucho agrado desde la terraza más alta del castillo. No puedo asegurar por qué razón le considero infinitamente más peligroso que a Sandiak.

Y levantando la voz y volviéndose al secretario de Haradja, agregó:

—Ordena que nos sirvan la cena. A nosotros en esta estancia y a mi amo en la habitación del preso.

—Sí, señor —convino inclinándose Hassard, con voz chillona y antipática.

Cinco minutos más tarde eran servidos los huéspedes, dejándoseles comer tranquilos. Muley y su padre fueron servidos con gran ostentación de platos y fuentes de plata y cristalería veneciana soberbia. Los cuatro oficiales, Mico y Nikola cenaron aprisa para poder seguir velando por el León de Damasco. Media hora después el griego y el albano retornaban al comedor con la mecha de sus pistolas repuesta.

—¿Qué ocurre? —inquirió el segundo, dirigiéndose al primero, luego de haberse cerciorado de que nadie podía escucharles.

—Pues que esta noche, así que duerma la guarnición, nos vamos a reunir con la flota veneciana.

—¿Y los centinelas?

—Los liquidaremos sin ocasionar ruido.

—¡Tan rápidamente! Empezaba a complacerme la vida en este castillo.

—Recelan de nosotros a pesar de la carta del sultán y de un instante a otro el capitán de armas, ayudado por toda la guarnición, podría atacarnos.

—¿Embarcaremos en la lancha grande?

—Sí, y cuanto antes nos marchemos, mejor.

—Lo cierto es que me inquieta en gran manera el armenio y por esta razón he ordenado que no nos sirvieran café.

—¡Se envenena de tantas formas en Turquía y en otros lugares que no son Turquía! ¡Cualquiera sabe cuánta gente habrá mandado al otro mundo Haradja con un vaso de Chipre!...

—¿Por qué no vamos a dar una vuelta por la chalupa?

—Pensaba proponértelo. ¿Y sabes por qué motivo, Mico? Pues porque esta tarde, desde esa ventana, vi cómo el armenio y el capitán bajaban esa escalera...

—¡Rayos!

—Habla en voz baja. El sol ya ha desaparecido, la noche cayó. En consecuencia, bien podemos permitirnos el placer de ir a respirar unas bocanadas de aire fresco, de brisa marina en la ensenada. Pero primero prepara tus pistolas.

—No provoquemos sospechas, Nikola. Actuemos con los yataganes que no hacen ruido.

Se incorporaron, examinaron cada una de las puertas para cerciorarse de que no había kurdos escuchando, y se encaminaron al patio. Era ya un poco tarde, pero la noche, bastante clara, gracias al límpido cielo, lleno de relucientes estrellas que se reflejaban en las plácidas aguas del Mediterráneo, permitía ver bastante.

En el exterior no había centinelas, precaución innecesaria, puesto que Hussif no podía ser conquistado por sorpresa, y los componentes de la guarnición dormían confiando en sus culebrinas. El griego, antes de adentrarse por la escalera, avanzó por la terraza y se aproximó al parapeto o barandilla que caía a plomo sobre el mar a unos doscientos metros de altura y miró en primer lugar en dirección a poniente y luego hacia septentrión.

—¿Distingues algo? —le preguntó Mico.

—Sí. Ocho puntos luminosos que únicamente mi vista de experto marinero, muy ejercitada y aguda, me permite reconocer como pertenecientes a las galeras de Veniero.

—El almirante aguarda nuestra señal para venir en busca nuestra.

—Así es.

—¿Y cuál es la señal?

—Sólo el señor Muley la conoce. No sé por qué motivo esta noche no estoy tranquilo por completo. Vamos.

—Ese miserable armenio te inquieta a ti igual que a mí.

El griego se encogió de hombros y empezó a bajar las escaleras a paso lento. Mico echó a andar detrás de él y no habrían descendido ni cien metros cuando oyeron surgir del agua golpes sordos, que se sucedieron con celeridad.

—¿Qué ocurre abajo?

—Te lo iba a preguntar a ti.

—Esos golpes...

—Podría asegurar que están destruyendo alguna galeota en la rada. Por lo menos, eso me ha parecido.

—Vamos a comprobarlo, Nikola.

—Es necesario, pero al instante. Descendamos a saltos.

Y se lanzaron, bajando de cuatro en cuatro los peldaños. Pero cuando alcanzaron la cala imperaba en ella el máximo silencio.

—Hemos de resolver este misterio. Hace un instante había aquí alguien que destrozaba algo de madera y en este momento no se distingue un ser viviente, y...

Una exclamación del albanés cortó en seco sus palabras:

—¡Perros!

—¿Qué sucede, Mico? —inquirió, llevándose la mano al yatagán.

—¿Puedes imaginar lo que destrozaban esos miserables?

—No. ¿Qué era?

—Nuestra embarcación.

—¡No es posible!

—Fíjate en ella. Se halla desfondada y hundida; llena de agua. Únicamente el palo sale fuera de la superficie.

Los dos hombres guardaron silencio por un momento. El griego, con un gesto de furia, exclamó:

—Nos han cercado. Ahora nos es imposible marchar al encuentro de la escuadra.

—Todavía hay algo más. Yo observé, a nuestra llegada y hasta esta misma tarde en la cala, un enorme caiccio turco y en este momento no lo veo. Fíjate. Ha desaparecido.

—Nos han traicionado. La carta del sultán no ha producido resultado más que durante unas pocas horas.

—¿Nos asesinarán?

—No vamos a dejar que nos maten igual que a gallinas. Nos parapetaremos en la habitación donde se encuentra el bajá y aguantaremos hasta que lleguen los refuerzos del almirante. Enciende las mechas de las pistolas y acompáñame. Es necesario que notifiquemos al momento lo que acontece a Muley-el-Kadel.

6. La muerte del capitán de armas

Cuando llegaron a la habitación donde se encontraban sus camaradas, el León de Damasco, sentado junto al lecho ocupado por su padre, se hallaba pensativo, en tanto que los venecianos, en un ángulo del espacioso aposento y en torno a una mesita de madreperla, jugaban en voz baja una partida de zara, con las espadas al cinto y las pistolas y arcabuces dispuestos y al alcance de las manos.

El griego y el albanés cerraron las cuatro puertas de la soberbia estancia, afirmándolas por el interior con sus correspondientes barras de hierro. Al divisarlos Muley con las pistolas humeantes y tomando todas aquellas precauciones, se levantó de un brinco, llevándose la mano a la empuñadura de su formidable espada.

—¿Qué sucede?

—Que no podemos abandonar el castillo si no nos manda una embarcación el almirante.

—¿Y la nuestra?

—Se encuentra a dos metros del agua, desfondada.

—¿Quién lo ha hecho?

—Alguien que está interesado en retenernos en este lugar.

—Explícate, Nikola.

El griego le explicó lo ocurrido.

—¿Y no habéis visto a los hombres que hundieron nuestra chalupa?

—Se desvanecieron. Sin embargo, vimos que el caiccio turco había desaparecido.

—¿También desfondado?

—No, señor.

Muley contempló a su padre, que había prestado atención a todo el diálogo, y le preguntó:

—¿Qué opinas sobre todo esto, padre?

El bajá se atusó las largas barbas y repuso:

—Mi opinión es que Sandiak ha enviado mensajeros a Haradja para informarle de vuestra llegada, con el fin de que vuelva de Candía. Y tomó sus precauciones con el fin de que no pudierais marcharos antes de que ella retorne o dé indicaciones precisas.

—¿Y volverán con Alí para apresarnos?

—Eso supongo. Deben haber recelado de la carta del sultán.

—No obstante, los sellos eran auténticos.

—No deseo contradecirte, Muley. Mas ya ves las consecuencias. ¿Cómo nos las arreglaremos ahora para abandonar el castillo y reunimos con la flota veneciana sin una embarcación?

—Puedo hacer que el almirante se entere de lo grave de la situación y que acuda al instante con sus ocho galeras y sus ochocientos guerreros. Me basta situar en cualquier ventana o en la terraza una luz verde, entre las once de la noche y las dos de la madrugada.

—¿Y posees tú la luz verde?

—No. Pero sin duda hallaremos en el castillo algún farol de ese color.

Bien, señor —dijo el griego. —Mico y yo nos ocuparemos de eso. Antes de media hora colocaremos en esa ventana un farol de vidrios verdes, encendido.

—¿Y qué explicarás a Sandiak?

—Yo me las arreglaré. Veamos si en el salón ha quedado alguna botella de marsala vacía.

Los cuatro venecianos, que habían abandonado el juego, se incorporaron. Uno de ellos anunció:

—Nosotros vamos también.

—Sí —convinieron los tres restantes, —vamos con vosotros.

—No, señores. Si precisáremos ayuda llamaríamos y de ser necesario libraríamos combate hasta echar al mar a los kurdos y los negros de Hussif. Pero ahora permitidnos que nos las arreglemos solos.

—Y recordadme si se inicia la lucha. Aún mi brazo es capaz de pelear. Me siento fuerte.

—Pienso que no será necesario, por lo menos de momento. A pesar de que somos dos, procuraremos valer por ocho y mientras podamos conseguir lo que deseamos por la astucia, tanto mejor. Mico, apaga la mecha de tus pistolas y vuelve a la vaina el yatagán.

Ambos hombres abandonaron el aposento y subiendo las escaleras entraron en el salón, alumbrado por una lámpara de vidrios azules que refractaba la luz, en vividos destellos sobre las paredes, revestidas de mayólica, y distinguieron al armenio sentado cómodamente y fumando un narguilé. Delante de sí y sobre la mesa tenía un puñal largo, como los que utilizaban sus compatriotas, y una taza de humeante café.

—¡Qué! —exclamó, incorporándose al ver penetrar al griego y a Mico. —¿Todavía no os habéis acostado? En Hussif a las diez se apagan todas las luces y faltan breves minutos para esa hora.

—Nos acostaremos una vez que nos hayas explicado un asunto que nos interesa —respondió Nikola, con acento un poco amenazador.

—¿No lo podríais dejar para mañana por la mañana?

—No; ha de ser en este preciso momento.

—¿Es que habéis encontrado sanguijuelas en vuestras camas? Me extrañaría, puesto que ya hace tiempo que se secaron los estanques y esos animaluchos, que tan buenos ingresos producían a la señora, desaparecieron con la maldita sangre cristiana que chupaban.

—¡Deja la palabrería estúpida! Bien sabes que no es eso lo que deseamos saber.

—Entonces, tú dirás.

—Llegamos al castillo en una chalupa que ya no se encuentra en la rada.

—¡Cómo! ¿Ha desaparecido? —exclamó el armenio, alzando las manos al cielo patéticamente. —¡No es posible!

—La chalupa ha sido hundida —notificó encolerizado el griego.

—¿Por quién?

—Tú lo debes conocer.

—¡Ah! ¡Comprendo! Han sido los cangrejos.

—¿Los cangrejos? —inquirió sorprendido Mico.

—Sí. Vuestra lancha era tal vez algo vieja...

—¡Vieja! Fue botada al agua hace seis meses.

—¿Botada o... apresada?

—¿Qué nueva comedia es ésta?

—No es una broma. Por curiosidad la examiné esta tarde y encontré que grabado a fuego en la barra del timón tenía el nombre de un ilustre almirante veneciano, ese maldito que hace años hizo temblar a Constantinopla: Mocenigo.

—¿Y qué? —exclamó Nikola, reprimiendo ardientes deseos de abalanzarse contra Hassard y estrangularlo.

—Nada. Me resulta, no obstante, raro que siendo mensajeros del sultán hayáis llegado en una chalupa veneciana.

—¿Y si hubiera sido apresada por las galeras turcas?

—Todo es factible —admitió el armenio, tomando su taza de café.

—Prosigue tu narración respecto a los cangrejos —indicó Mico.

—¡Ah! Ya no la recordaba. Pues es el caso que en la cala es frecuente que se introduzcan en ocasiones numerosos crustáceos de gran tamaño, que destrozan todo lo que encuentran.

—¿Incluso las galeras? —inquirió con acento irónico el griego.

—Hasta el momento no han destruido ninguna, pero no me extrañaría que cualquier día...

—¿Eres marinero?

—No; solamente soy hombre de pluma.

—Pues, en tal caso, ¿a qué vienes a contar semejantes simplezas a marineros como nosotros?

—Era una suposición. ¿Quién, en caso contrario, podría haber desfondado vuestra embarcación?

—Pronto lo sabremos. Pero no era esa la razón de nuestra llegada.

—Hablad.

—El bajá de Damasco no puede soportar la luz blanca y quisiera un farol de cristales verdes.

—¿Un farol de señales?

—Para alumbrar una habitación.

—No sé si tendremos.

—Pues marcha a buscarlo. Yo te acompañaré empuñando el yatagán. ¡En marcha! —barbotó Nikola, a quien se le había terminado la paciencia.

—¿Pretendes matarme?

—¿Y por qué no? En cuanto cometas otra canallada como la de la embarcación.

—Pero en Hussif hay kurdos y negros que no sienten temor por el combate, por duro que sea.

—Y nosotros disponemos de ocho galeras con ochocientos hombres de desembarco y doscientas culebrinas.

—¿Qué clase de hombres son?

—Turcos, igual que nosotros. ¡Vamos a ver! ¡El farol!

—Yo no puedo entregarlo sin el consentimiento del capitán de armas —respondió el armenio, espantado y sin osar extender el brazo para apoderarse del puñal.

—No obstante, lo harás.

—No me es posible...

—¡Miserable!

Sandiak se presentó en aquel instante e inquirió, llevando sus manos hacia sus dos yataganes:

—¿Qué sucede?

El armenio recobró su valor y planteó la extraña petición de los huéspedes.

—¡Un farol verde! —exclamó el capitán de armas, adquiriendo una sombría expresión. —¡Señal de peligro! ¿Qué intentáis?

—Aliviar algo al bajá, ya que su delicada vista no puede soportar la luz blanca.

—Creo que os tornáis en exceso exigentes. Haradja no está.

—Pero no falta quien navega en estos instantes para prevenirla de cuanto acontece. Que venga. La esperamos a ella y a su tío el gran bajá. Veremos quién será el que hará palidecer al contrario.

—¡Un farol verde! —insistió Sandiak, todavía con tono de duda.

—¡Y rápido! La carta del sultán era bien aclaratoria.

—Sí, pero si fuera falsa...

—¿Y quién pretendería falsificar los sellos del sultán para acabar empalado?

—¿Os es imprescindible ese farol?

—Naturalmente, ya expliqué la razón. Si no hubierais encerrado al bajá en un calabozo tan húmedo...

—¿Y en efecto le tiene en tan alta estima el sultán?

—¡El bajá de Damasco!... Esto ni se pregunta.

—Es que... mi señora por lo visto no lo apreciaba demasiado.

— Haradja no es el sultán.

—Acaso estás en lo cierto. Hassard, manda que traigan un farol verde. En el almacén hay cinco o seis.

—Es que son para señales —adujo el armenio.

—Cumple la orden y no contestes. El que manda aquí soy yo. Si no actúo debidamente la señora puede castigarme.

El secretario de Haradja abandonó la estancia mascullando y regresó al poco rato acompañado de un negro, que portaba un soberbio farol de un metro aproximado de altura y de verdes vidrios.

—Aquí tenéis los ojos del bajá, pero os prevengo que si lo colocáis en la ventana lo romperán a balazos los arcabuceros.

—Tú sabes lo que has de hacer —repuso el griego, tomando el farol, ya encendido. —Vamos, Mico. Ya es momento de probar las camas del hisar de Hussif.

Y haciendo con la mano un burlón saludo al capitán de armas y el armenio se fue en compañía del albanés, quien desenvainó los yataganes, en previsión de cualquier sorpresa. Dos minutos más tarde se hallaban en la estancia del bajá.

Al enterarse de lo sucedido, Muley experimentó cierta inquietud, en especial al saber las intenciones de disparar los arcabuces contra el farol si se colocaba en la ventana, según manifestara Sandiak.

—Sospechan de nosotros. Y el caso es que tenemos que huir antes de que llegue Haradja con su tío. No obstante, la señal es de imperiosa necesidad si ha de acudir en nuestro auxilio el almirante.

—¿En qué se convino?

—Exponerlo en tres ocasiones con intervalos de un minuto, como indicación de grave peligro. ¿Tú, que tienes tan estupenda vista, distingues las galeras?

El griego se dirigió a la ventana y observó detenidamente el horizonte del Mediterráneo, que empezaba a iluminarse con fauna fosforescente.

—Sí, señor Muley, las veo.

—¿Supones que puede haber en Hussif alguien que también pueda avistarlas?

—¿Aquí en Hussif? Tengo mis dudas, señor Muley. Se hallan a mucha distancia. Casi distingo yo los ocho puntos luminosos.

—Entonces esperaremos a que la guarnición esté descansando. Tenemos tiempo sobrado para hacer la señal.

Apagaron todas las luces con excepción del farol verde que dejaron en mitad de la habitación. Luego examinaron las barras de la puerta y los venecianos, Nikola y Mico pasaron al aposento contiguo y se tumbaron para descansar en sus camas, en tanto que el León de Damasco se quedaba adormilado en una poltrona al lado de su padre.

Hacia medianoche, el griego, que, como los marineros, dormitaba en forma ligera, brincó del lecho, entró en la estancia del bajá y, en primer lugar, encendió las mechas de los seis arcabuces. Luego se asomó a la grandiosa ventana que daba a la terraza y examinó atentamente las tinieblas.

—Al parecer se han marchado todos a dormir. Ocurra, por consiguiente, lo que ocurra, es aconsejable terminar cuanto antes.

Tras aquel comentario recorrió una cama detrás de otra despertando a todos sus amigos y cogiendo el farol lo expuso audazmente en el alféizar de la ventana. Un instante más tarde llegó desde abajo una voz amenazadora.

—¿Qué hacéis? ¡Sacad al momento ese farol o abro fuego!

—¿Quién eres? —inquirió el griego, haciéndose pasar por medio de Mico su arcabuz para estar en situación de contestar en seguida.

—Sandiak.

—Buenas noches.

—¿De manera que bromeas? Os ordeno que retiréis de allí ese farol.

—Es que despide demasiado humo y molesta al bajá.

—En tal caso apagadlo.

—Es que queremos ver. No se puede uno confiar en Hussif.

—¿Queréis obedecerme?

—¿No os complace conversar a la luz de los suaves rayos de una verde luz que no perjudica a la vista e ilumina?

—¡Qué abro fuego!

—Sácalo —ordenó Muley. —Ya lo deben haber observado los vigías de las galeras.

—Pero habremos de volverlo a exponer.

—De aquí a un minuto... Y después una vez más.

—¡Y ese que odia la luz verde!

—Cuidado no te dispare a traición.

—No hay que temer; no le quito el ojo.

—Ni yo tampoco —añadió Mico, que se puso al lado del griego nada más retirar el farol. —Si dispara le responderemos de forma adecuada.

—Y nos cercarán.

—¡Qué remedio, señor Muley! ¿Pensará el almirante en acudir en nuestra ayuda? La salvación depende de la señal y la efectuaremos de la manera que sea.

—Creo, Nikola, que lo que tú deseas es combatir.

—Considero que ya ha llegado el momento, señor.

—Igual opino yo —dijo en aquel instante el bajá. —Si no conquistáis por la fuerza este maldito hisar, no lo abandonaréis tan fácilmente. Y no debéis olvidar, que Candía está a muy breve distancia y que allí está Alí-Bajá con su flota.

—Señor —hizo observar el griego a Muley, —¿no ha transcurrido ya el minuto?

— Pues venga el farol.

Acababa de proyectarse la luz verde sobre la gran ventana, cuando se oyó otra vez la encolerizada voz de Sandiak, en tono más amenazador que antes.

—¡Ese farol adentro! ¡Adentro o hago venir a mis hombres y ordeno abrir fuego con las culebrinas!...

Nikola, cautamente resguardado detrás de las columnas de mármol de la ventana, echó una ojeada al exterior, y vio que el capitán de armas, en pie sobre el parapeto, casi sobre el abismo, soplaba la mecha del arcabuz.

—¿Es que no se puede estar en paz en Hussif?

—Todo lo que desees, pero sin esa luz, que está prohibida.

—¿Y por qué razón ha de estarlo? La luz verde jamás perjudicó a nadie. Y es muy agradable conversar a sus inofensivos rayos desde una ventana, cuando no hay sueño. El café de Hussif debe de ser pésimo.

—¿Qué pretendes dar a entender?

—Que no tengo sueño —adujo Nikola, intentando, como se comprende, ganar tiempo, con el objeto de que el almirante pudiera percibir la luz.

—En tal caso ven a pasear.

—Hay mucha oscuridad.

—¡Sangre cristiana! ¿Deseas que hablemos cuatro palabras cara a cara con nuestros yataganes?

—El mío tiene el filo mellado por haber intentado abrir con él una puerta.

—Que te entregue otro uno de tus amigos.

—Están durmiendo y no quisiera interrumpir su sueño para esa menudencia.

—¿Sacas el farol? ¡Bien! ¡Pues ten!

Apuntó con rapidez y abrió fuego. La bala pasó sobre el farol y faltó poco para que no hiriera a Mico. El albanés, enfurecido, apuntó a su vez y disparó. El capitán, alcanzado por la extraordinaria puntería del montañés, giró un par de veces sobre sí mismo, dejó caer el arcabuz, extendió los brazos, abrió las manos y se precipitó al inmenso y sombrío abismo, en cuyas profundidades bramaba el mar. Se oyó un horroroso alarido y después algo semejante a una detonación seca. Sandiak se debía haber estrellado contra una roca.

—¡Muerto! —susurró Mico.

—Eso me parece —concordó Muley, que se habría aproximado a la ventana armado de un arcabuz.

Por unos instantes todo quedó silencioso. Por último, de un rincón del patio brotó una burlona risa.

—¡Es el armenio! ¡Ah, perro! Muéstranos tu cara y colócate en el parapeto de la terraza.

Volvióse a oír la sarcástica carcajada. Después, exclamaciones furiosas, estridentes. Kurdos, negros y mulatos acudían a la carrera por los escalones, con antorchas y bien armados.

—¡Alarma! ¡Los cristianos!

Sobre la terraza, las mujeres de la fortaleza, que habían aparecido en dos grupos, gritaban de una manera espantosa, como si ya notaran en sus cuellos el cuchillo.

Los guerreros de la fortaleza, todo lo más unos cuarenta, ya que había numerosos esclavos y servidores que no eran hombres de armas, se precipitaron al patio, lanzando alaridos y sin saber qué hacer. Una vez los hizo detenerse y los organizó, Hassard, surgiendo de entre las sombras, se dispuso a cubrir el puesto del infortunado capitán de armas.

—¡Alto! ¡Firmes! Sandiak ha sido asesinado por los mensajeros del sultán y yo me pongo al frente del hisar. Apartaos de los rayos del farol verde y acompañadme. Ahora vamos a reír.

—¿Eres tú el que pretendes reírte, repugnante espía? —gritó Nikola. —A ver si eres capaz de ponerte frente a mí. El primer proyectil que salga de mi arcabuz va a ser para ti.

—Y yo lo reemplazaré por uno de culebrina —repuso el armenio, que de improviso había adquirido un valor insospechado.

—Atrévete y te enviaremos a Constantinopla a que pruebes las exquisiteces del palo.

—Esperad.

Todos los soldados desaparecieron escondiéndose detrás de un reducto defendido por un par de culebrinas y que se hallaba erigido ante el palacio en dirección a la escalera que llevaba hasta la ensenada.

—Bueno, ya está bien. Retira el farol.

Se preparaba el griego a cumplir la orden de Muley, cuando saltaron hechos añicos los cristales verdes y sonaron dos estampidos. Dos balas de arcabuz habían destrozado el farol. El León de Damasco lanzó una exclamación.

—¡Irreparable contratiempo! —dijo.

Nikola, que no había resultado herido por verdadero milagro, no sacó del alféizar de la ventana nada más que el armazón del farol.

—¡Por el cuerpo de Mahoma asado! No quedó ni un trozo de vidrio del tamaño mayor al de un palmo.

—Y, por consiguiente, no podremos hacer la tercera señal.

—¿Y es muy precisa, hijo?

—Sí, padre. La última señal dará a entender máximo peligro y nos es imposible hacerla.

—Pero ya has hecho un par.

—¡Es lo mismo! La primera indica: «Todo marcha bien». La segunda: «No nos perdáis de vista». Y la tercera: «Acudid al momento. Grave peligro». En esto quedamos con el almirante veneciano.

—¿Y supones que sin la tercera señal no vendrá la flota?

—No, padre.

—¿Dónde se podrá encontrar otro farol verde? —interrogó el griego crispando los puños. —No obstante, Sandiak aseguró que había cinco más. ¿Recuerdas, Mico?

—¡Ya lo creo que lo recuerdo!

—¿En qué lugar estarán?

—Por el momento no hay que pensar en ello, Nikola —contestó el León. —No es cuestión de registrar el castillo cuando todos esos kurdos y negros nos acosan.

—Y, sin embargo, señor, hemos de hacer la última señal si deseamos que el almirante con su flota venga en busca nuestra.

—Ya lo sé. Pero de momento mantengámonos a la expectativa. Habrá tiempo de sobra para actuar según como se desarrollen los acontecimientos. Acaso los guerreros de Haradja, por miedo a ofender a unos auténticos representantes del sultán, no se decidan a combatirnos. ¿Habéis echado las barras a todas las puertas?

—A todas, señor —replicaron los venecianos.

—Tal vez fuera conveniente preparar barricadas, poniendo detrás de ellas los muebles.

—Lo vamos a hacer, señor.

En aquel instante el armenio gritó desde el exterior:

—¿Se puede parlamentar? He ordenado que se apaguen las mechas.

7. El pasadizo misterioso

Muley-el-Kadel apartó con el pie el armazón del enorme farol, que ya sólo despedía una luz blanquecina algo vacilante y se aproximó a la ventana, sosteniendo dos pistolas con las mechas encendidas.

—¿Quién habla? —inquirió.

—Soy yo. El armenio Hassard.

—¿Qué deseas?

—Notificaros que los kurdos exigen la cabeza del que mató al capitán de armas.

—¿A nosotros, los emisarios del sultán? ¿A tanto llega su osadía? ¿Es que ya no acatan y obedecen las órdenes de Constantinopla?

—No sé contestaros, señor. Pero pretenden vengar a Sandiak.

—¿Y supones que voy a entregarte al hombre que ha disparado o, para mayor exactitud, ha respondido al fuego del capitán de armas?

—No soy capaz de retenerlos, señor.

—Dales de beber para que se calmen.

—Están hablando de atacar vuestras habitaciones y daros la misma suerte que tuvo Sandiak.

—Exageras, endemoniado cuervo —exclamó Nikola. —Eres tú quien pretendes insurreccionarlos contra nosotros.

—Siempre me creó temor el derramamiento de sangre.

—Terminemos —dijo en tono autoritario Muley.

—Insisto en que los kurdos reclaman la cabeza del asesino y que si no la entregáis están resueltos a ir en busca de ella.

—¿Aquí, a nuestras estancias?

—No cabe duda.

—¿Así que nos imaginan mancos?

—¿Y no son mejores que las espadas y los arcabuces las culebrinas de Hussif?

—¿Deseas destruir el castillo de tu señora?

—Ahora no mando yo. Los kurdos no quieren acatar mis órdenes.

—Hazte obedecer por los negros.

—Los negros no quieren obedecerme tampoco, señor.

—En tal caso ven a detenernos, si eres capaz.

—Os recomiendo que me entreguéis al asesino de Sandiak.

—Aquí no tenemos ningún asesino. Estás loco, Hassard.

—Bien. Entonces hablarán las culebrinas.

—Las paredes son sólidas, las puertas resistentes y bien atrincheradas y nuestra escuadra sigue aún frente a Hussif.

—He mirado con detenimiento y no la he visto.

—Porque no eres marinero —gritó Nikola. —Eres un gato de las montañas de Armenia y además medio ciego, ya que de noche no ves más allá de tus narices.

El armenio rugió como un tigre enfurecido.

—¡Ah, perro! Si te puedo apresar, moriré satisfecho.

—Si deseas jugar una partida de yatagán o de kandjar, no tienes más que venir. Llama y se te dejará entrar.

—¿Con el objeto de asesinarme?

—¡Bufón! Somos guerreros y no escribientes.

—Te arrancaré la lengua.

—A palabras necias, oídos sordos.

—¡Kurdos! ¡Negros! —gritó el armenio, que parecía enloquecido por la cólera. —¡Disparad hasta que destruyáis el hisar!

—Es excesivo —repuso con acento burlón el griego. —Ten presente que estamos nosotros en su interior.

Los asediados se apartaron a los lados o se resguardaron detrás de la columna de mármol chipriota, muy gruesa y sólida.

En el patio, kurdos y negros formaban una horrible algarabía y de cuando en cuando distinguíanse mechas encendidas que arrojaban resplandores rojizos en dirección al reducto.

—No se deciden —comentó el bajá de Damasco, que se había levantado con el fin de intervenir en la batalla.

Muley y Nikola hicieron un gesto con la cabeza.

—Ya comprobaréis, padre, cómo el armenio termina por convencerlos.

—Y, no obstante, él fue quien rompió los sellos y leyó la misiva del sultán —adujo el griego.

—Al parecer no se preocupa mucho de ello —respondió el León aproximándose con prudencia a la ventana.

En aquel momento se oyó de nuevo la voz chillona y antipática del armenio.

—¡Aquí quien manda soy yo! ¡Yo respondo de todo delante de la señora!... ¡Disparad!

Una descarga de diez o doce arcabuzazos retumbó y las balas fueron a estrellarse en la pared del fondo de la estancia, levantando polvo.

—No respondáis —mandó Muley. —Economizad las municiones para el último asalto.

—¡Si me fuera posible acabar con ese maldito armenio!... —exclamó Nikola. —Es el astro maldito del castillo.

—Ya procurará él permanecer bien oculto —contestó el León de Damasco. —Ha comprobado lo que le aconteció al capitán de armas y no cometerá la bobada de colocarse en un lugar que pueda ser objeto de nuestros disparos.

Una nueva descarga de proyectiles atravesó el aposento, destrozó todos los vidrios y dos faroles colgados del techo. Este fue el único resultado conseguido por los kurdos y los negros de Hussif. Se precisaba bastante más para abatir los gruesos muros del hisar.

Durante cinco o seis minutos los guerreros de Haradja prosiguieron descargando los arcabuces cada vez con mayor furia, y, observando que nada conseguían y que los sitiados no se preocupaban ni en contestar al tiroteo, emplazaron una culebrina.

—Ahora tronará el cañón —clamó el armenio.

—Destruye el castillo, mísero —le gritó Muley. —Sobre sus restos el sultán levantará un palo para cada uno de vosotros.

—Pero entretanto os forzaremos a entregaros.

—Te equivocas. Ven a atacarnos cuando te apetezca.

—Esperad. ¿Deseáis entregarme al asesino del capitán?

—¡Si ha muerto! Lo habéis liquidado a la primera descarga.

—En tal caso arrojadnos por la ventana su cadáver para decapitarlo y precipitar su cuerpo contra la escollera.

—De eso trataremos mañana por la mañana.

—¡Haced avanzar las culebrinas! —bramó Hassard.

—Acuérdate de que es la propiedad de tu señora la que vas a destruir —exclamó con acento de burla el griego. —Por nosotros no te inquietes; apresaremos las balas con las manos y nos dedicaremos a jugar a la zara.

—Os destrozaréis los dedos.

—No sufras. Nos encontramos a salvo.

En la estancia estaban solos el bajá y su hijo, Mico y Nikola. Los cuatro venecianos encontrábanse en el aposento inmediato, cuidando de las puertas, por miedo a que los fornidos negros la emprendieran con ellas a hachazos.

—Coloquémonos tras de las paredes para estar a resguardo de los disparos. Estos muros pueden aguantar muy bien el fuego de las culebrinas. Para abatirlos se precisaría usar bombardas de buen calibre. Destrozarán en gran manera el cuarto, pero es Haradja quien paga. ¡Atención! Veo brillar una enorme mecha en el reducto.

Abandonaron todos la ventana. Cinco o seis segundos más tarde un relámpago brotó de aquel punto y a continuación una detonación aguda vibró en el espacio.

Un proyectil, de unas tres libras acaso, cruzó la habitación y fue a destrozar entre gran fragor un soberbio espejo de Venecia colocado en la pared.

—¡Zara! —exclamó el griego aproximándose con cautela a la ventana. —Gané el juego, Hassard, y tu ama paga.

—¿Qué pagará? —aulló el armenio.

—El gran espejo veneciano. Si bien no soy de Venecia, me parece que no me engaño al tasarlo en cien cequíes como mínimo. ¿De esta forma te preocupas de los intereses de tu señora, Hassard? En cuanto lo vea, te lo hará pagar.

—¡Por todos los diablos! ¿Qué hablas, perro? ¿Un espejo?

—Sí, hombre. Aquel de gran tamaño que se hallaba junto al lecho. ¿No te acuerdas? Cien cequíes, pero, ¡es lo mismo!, no te inquietes. ¿Qué significan para tu bolsa cien cequíes? Te puedes permitir estos lujos.

—¡Ah, malvado! ¡Como te aprese!

—¿Qué harías? ¿Probar en mi piel tu necia y vulgar pluma de ganso?

—Precipitarte de cabeza a la escollera.

—No me interesa.

—¡Ah! Habréis de ceder.

—¡Bah! Los escribanos no pueden transformarse en un instante en hombres terribles. No es utilizando una pluma como se convierte uno en guerrero, créeme.

—¿Te rindes? ¿Te entregas?

—¿Para qué? Me encuentro muy bien aquí.

—¿Y mañana qué comeréis?

—Eso lo solucionaremos con el cocinero. No te inquietes.

—¡Es demasiado! —bramó frenético Hassard. —Continuad las descargas. Acabemos con esos falsos emisarios del sultán. Os garantizo que todos son cristianos.

—¿Incluso el bajá de Damasco? —indagó con una risa el griego.

El armenio no consideró conveniente contestar.

—Dispongámonos para el segundo disparo. ¿Qué será lo que destroce en esta ocasión? ¿La cama de mi padre?

En aquel instante entró Mico, que había examinado detenidamente el cuarto cercano.

—Señor —informó con cierta excitación. —Nos atacan por dos puertas al mismo tiempo.

—¿Suben por la escalera los kurdos, Mico?

—Antes bien serán los negros, señor. Los kurdos sólo sirven para luchar con armas de fuego y no van a dejar las piezas.

—Me agradaría más entendérmelas con los kurdos, que son menos vigorosos. ¿Han iniciado el ataque con las armas que guardaban?

—Aún no, señor. Pero pronto lo harán. Los hemos oído conversar a la vez que subían las escaleras.

—¿Habéis hecho uso de todos los muebles?

—Sí, señor, y además las puertas son muy sólidas y resistentes y están atrancadas por tres enormes barras de hierro cada una. No obstante...

Otro proyectil atravesó la ventana, destrozó un cuadro antiguo y se clavó en la pared, levantando una nube de polvo.

—¡Zara! —gritó Nikola, disfrutando en irritar al armenio. —De nuevo he vuelto a ganar y también pagará tu señora.

—¡Otro destrozo! ¡Y tú estás indemne!...

—Juego a la zara con tus proyectiles, Hassard, ya te anticipé que perderías el tiempo. Pero no imaginé que tu obcecación te fuera a resultar tan cara. Ya puedes prepararte para reembolsar a tu ama el valor de aquel cuadro antiguo, que se hallaba a la otra parte del espejo y que cifro en unos cincuenta cequíes.

—¡También el cuadro! ¡Lo estamos destruyendo todo!...

—Es que habéis comenzado por lo de más valor. Al fin y al cabo no debes quejarte, ya que tu idea es destruir también la casa.

—Perro, ¡muere de una vez!...

—Me queda tiempo de sobra. Piensa que solamente tengo cuarenta y cinco primaveras.

—Os cogeremos por las puertas.

—¡Necio!... Eso tenías que haberlo intentado antes de arrojar por la ventana ciento cincuenta cequíes por el capricho de abrir un par de veces fuego con las culebrinas.

—¡La maldición de Mahoma caiga sobre ti!

—En este momento no tiene tiempo. Está divirtiéndose con sus favoritas.

—Harás que muera de rabia, Nikola —observó Muley, que no podía reprimir la risa, a pesar de lo crítico de la situación. —Eres terrible.

—Ese armenio es un gato montes tan resistente como los que llenan las montañas de su país. Os garantizo que no muere de rabia.

—¡Oh! Conozco perfectamente a los armenios, y mi padre mejor que yo.

Los asediados oyeron a los kurdos disputar con gran excitación y después vieron aparecer a Mico con dos pistolas cargadas.

—¿Qué pasa? —inquirieron padre e hijo a un tiempo.

—Escuchad la respuesta —repuso el montañés.

Acababa de retumbar un seco golpe en la estancia próxima, golpe que semejaba un imponente hachazo efectuado contra una de las puertas.

—Allí está el peligro —dijo el bajá tomando de una panoplia una gran espada y dos pistolas. —No nos ocupemos de los kurdos, a pesar de que sigan disparando con la culebrina.

—Me parece que no dispararán demasiado, calculando los destrozos que ocasionan con sus descargas —adujo Nikola. —¡Al ataque contra los negros!

Abandonaron aquella habitación en la cual ya no era precisa su presencia y se dirigieron a la otra. Todos los muebles, incluso los más pesados y vetustos, se habían amontonado delante de las puertas, para reforzarlas.

—¡Aquí estamos! —dijeron al penetrar.

Sonó otro terrible hachazo. Los negros asaltaban una de las puertas, pretendiendo derribarla. Pero no era trabajo sencillo ni siquiera para aquellos robustos africanos.

—¿Quién es? —inquirió Muley.

—Yo, Hassard.

—¡Cómo! ¿Ya has desistido de continuar disparando la culebrina?

—Hace demasiados estragos.

—¿Y pretendes destrozar las puertas?

—Las romperemos mucho antes de lo que suponéis, señor.

—Haz lo que te plazca, pero ten presente que estamos armados con arcabuces y que alguna bala acaso te atraviese la cabeza.

—Obraré con prudencia, señor. Habéis cometido la equivocación de prevenirme y me mantendré alerta.

—Bien; mataremos a los negros.

—Son soldados que no saben leer ni escribir.

—¡Ah, miserables! —exclamó Nikola. —¡Como te suelte un tiro!... Ya verás lo que te ocurre.

—Te apresaré con vida y efectuarás el gran salto sobre los escollos.

—Poco a poco, que no soy muy aficionado a los saltos.

—¡Eh, haraganes! ¡Moved los brazos! ¡De firme con las hachas!

Otro golpe resonó en la estancia, semejante a un cañonazo, haciendo caer algunas astillas y dejando paso al corte del hacha.

—¿Qué debemos hacer, padre?

—Déjalos. Que prosigan dando hachazos y cuando consigan abrir un boquete efectuaremos por él una descarga. La pólvora y las balas atemorizan a los desgraciados esclavos africanos.

Detrás de la puerta los negros ponían a prueba su fortaleza asestando tremendos golpes. No tardaron en practicar una abertura no más ancha de tres dedos, pero suficiente para que los venecianos, resguardados tras un pesado mueble, pudieran abrir fuego. Oyóse un horroroso vocerío y a Hassard, colérico, que clamaba:

—¡Cobardes! ¡La señora hará que os empalen, miserables!

—Han huido igual que liebres —comentó Nikola. —Podemos aguantar incluso un mes.

—¿Sin comer? —indagó Mico.

—Nos comeremos las fajas.

—Creo que no será necesario. He hecho ahora mismo un descubrimiento.

—¿Qué descubrimiento? —preguntó el bajá.

—Estaba contemplando un cuadro cuando observé una punta muy aguda que sobresalía de la cornisa.

—Al asunto, Mico, al asunto —exclamó el griego.

—He pretendido sacarla y, al tirar de ella, se ha abierto un pasadizo oscuro, apartándose la pared. Pues oídme, desde allí llegan aromas de cocina.

—¡Por las barbas de Mahoma! ¿Un pasadizo que lleva hasta las cocinas de Haradja? Debemos explorarlo.

—Sí —asintió el León de Damasco, —enséñanoslo.

—Acompañadme. Es en la otra estancia.

Al darse a la fuga los negros, por lo menos de momento, ya que podía suponerse que no habrían de tardar en recobrar ánimos, dejaron a los venecianos la custodia y vigilancia de los parapetos y siguieron al albano.

—Éste es —anunció Mico, indicando un gran cuadro que representaba una sultana y que debía ser obra de algún cristiano, ya que los turcos desconocían este arte.

—Abre el cuadro, Mico —ordenó su señor, preparando las pistolas como medida de precaución.

El montañés hizo girar el resorte, y el cuadro desapareció, dejando una abertura por la que surgió un olor penetrante de grasa frita.

—¿Acaso esto no es olor de cocina, Nikola? ¿Qué contestas?

—Que este pasadizo secreto debe llevar a la cocina.

—¿Lo exploramos?

—Sí. Encenderé una vela.

—Os acompañaré yo también —dijo Muley.

—No, señor —objetó Nikola. —De momento sois más necesario aquí, ya que los negros atacarán de nuevo y acaso en unión de los kurdos. Mantenedlos a raya hasta que hayamos realizado la exploración.

—Procúrame un farol verde.

—Lo buscaremos, si puede ser.

Los dos bravos se metieron por la abertura y halláronse en una tan angosta escalera que no dejaba paso más que a una persona de frente. El griego, con la vela en una mano y el yatagán en la otra, empezó a bajar, sin producir el más mínimo ruido, seguido del albanés. Según iban bajando, el olor a grasa era más intenso, hasta tornarse casi asfixiante.

A los doce peldaños continuaron por un corredor que describía una enorme curva y se encontraron frente a una puerta mohosa, cerrada por aquel lado con un par de grandes barras de hierro.

—Este pasadizo no debía ser conocido ni siquiera por Haradja posiblemente. Hace años que nadie ha abierto esta puerta.

—¿No has observado en la parte de arriba dos minúsculos agujeros ovales?

—Sí, Mico. Por ese punto es por donde sale el tufo.

—¿Nos será posible abrir?

—Espero que sí. Intentemos.

—¿Hay luz en la cocina?

—No. Los cocineros habrán aprovechado el alboroto para emborracharse con vino de Chipre. Intenta abrir en tanto que yo vigilo

Sin gran esfuerzo consiguió el montañés levantar las barras y abrir la puerta que rechinó debido a sus resecos goznes, y descendiendo tres escalones se encontraron en una inmensa cocina.

—En primer lugar a la despensa —aconsejo el griego.

Había dos enormes armarios cerrados con una rejilla de alambre, pero las llaves estaban echadas. Los dos hombres, sin prestar atención a un nuevo disparo de culebrina que debía haber ocasionado más destrozos en el cuarto del bajá, se entregaron al saqueo de la despensa, muy bien provista debido a los numerosos moradores que siempre había en el castillo.

Se apoderaron de buena cantidad de fiambres de aves y caza que debían estar preparados para el almuerzo del siguiente día, pan, empanadas dulces, y seis u ocho botellas de vino de Chipre, trasladaron todo aquello hasta los primeros peldaños de la escalera secreta y regresaron.

—Ahora, Mico, podemos continuar nuestra exploración Ya tenemos garantizada la comida por lo menos para todo un día Mañana, en ultimo caso, realizaríamos una nueva incursión, en tanto que duermen los cocineros. ¡Ah! ¡Si nos fuera posible averiguar donde se encuentran los almacenes!

—Nada más sencillo —respondió el albanés alzando el yatagán como si quisiera matar a alguien.

—¿Sabes tu como?

—Yo no. Aquí tenemos, sin embargo, un hombre que nos lo notificará.

Rodeó una gran mesa y se puso frente a un cocinero, grueso como un tonel, que tumbado en una vieja otomana roncaba tranquilamente.

—Es una verdadera suerte, en el supuesto de que nadie nos venga a interrumpir.

—Los kurdos y los negros están ocupados en exceso en este instante para pensar en las cocinas.

Nikola acerco la vela a la cara del durmiente y le tostó ligeramente las barbas.

El desgraciado abrió los ojos y pretendió lanzar un grito, que Mico sofoco en su garganta, apretándole el cuello.

—Calla o te mato —le amenazo el griego.

—Soy un desdichado…

—Por esa razón no te haremos el menor daño, siempre que nos contestes a unas preguntas y nos obedezcas.

—Pero —tartamudeó el infeliz —si sois los emisarios del sultán, ¿como os encontráis aquí?

—No te interesa —replico Nikola que seguía amenazándole con su yatagán. —Levántate ahora mismo y condúcenos.

—¿A que lugar, señores? —indago el cocinero con temblorosa voz. —¡Tened compasión de mi! ¡Ay!

La exclamación de espanto se le escapo al escuchar algunos disparos de arcabuz y uno de culebrina que sonaron casi al mismo tiempo.

—¿Conoces en que lugar están los almacenes de la fortaleza?

—¿Que almacenes?

—Donde guardan todos los objetos necesarios para las chalupas y las galeras.

—Aquí al lado, señor.

—Guíanos si aprecias tu piel.

El cocinero, que posiblemente había bebido mucho chipre aquella noche, miro con turbación a su alrededor, suspiro y tartamudeo.

—Seguidme, señores. Pero os ruego que no digáis nada a Sandiak. Es tan perverso como la señora.

—No te molestara más, puesto que ha muerto.

—Pero estará el otro, que es más malvado.

—¿E1 armenio?

—Si, Hassard.

—Te garantizo que no te molestara más tampoco. Vamos.

El cocinero se pasó una mano por la despejada frente, como si pretendiera apartar de ella los vapores alcohólicos, y luego de avanzar unos pasos alcanzo una puerta muy cerca de la cocina, hizo girar la llave puesta en ella y abrió. En una espaciosa estancia distinguieron amontonadas chalupas, remos, palos, velas, maromas y numerosos faroles de diversos tamaños.

—No cabe duda de que Mahoma nos protege —arguyo el montañés, precipitándose, con gran extrañeza del cocinero, hacia los faroles de galera.

—Busca, busca.

—Ya lo tengo

—¿Verde?

—Claro.

—Esto es mejor que las provisiones.

Tomó del suelo una cuerda que se había desprendido de un montón de remos, la partió en dos y dirigiéndose al cocinero, que le contemplaba con espanto, anunció.

—Y ahora, querido, permíteme atarte de pies y manos. Corta un trozo de vela para hacer una mordaza, Nikola

—¿Que pretendéis hacer conmigo?

—Nada más que volverte inofensivo.

—Encerradme bajo llave en una despensa y os prometo no lanzar ni un grito.

—No, querido —repuso el implacable griego. —Estira las piernas y los brazos.

—¿Pensáis matarme?

—No, hombre —le tranquilizó Mico. —Mañana degollarás de nuevo capones y ánades para llenar el estómago de los kurdos, los negros y las mujeres.

—¿Me lo juráis?

—¡Por las barbas de Mahoma! No charlemos más.

El desdichado obedeció, tembloroso. El griego le ató y después, entre los dos, le introdujeron en una canoa vieja.

—Aquí puedes seguir pacíficamente tu sueño. Mañana el primero que entre te desatará.

El desgraciado estaba más muerto que vivo.

Mico examinó el farol, igual al que destrozaran con sus disparos los kurdos, observó que tenía buena provisión de aceite y abandonó el almacén con él. Nikola cerró la puerta, tal como la encontraran, pasó a la cocina, con las botellas, y ascendió de cuatro en cuatro las gradas de la angosta escalera.

8. El farol verde

Como era de suponer, los negros, estimulados por Hassard, a pesar de que sufrieron pérdidas en el primer asalto, reanudaron el ataque, secundados por algunos kurdos y numerosos esclavos, más decididos estos últimos a huir que a luchar.

Se habían obstinado contra una sola puerta, como si desconocieran la existencia de la otra, y pretendían destrozarla por medio de hachazos.

La madera, que era muy dura, ya que se trataba de auténtico roble de Candía y de cinco dedos de grosor, sostenida, por añadidura, por las fuertes barras de hierro, ofrecía una tremenda resistencia. De cuando en cuando, entre uno y otro hachazo, se oía el armenio exclamar con ira:

—¡Adelante! ¡Adelante! ¡Solamente son ocho! ¡Adelante! ¿Vais a tener miedo? ¿Qué diría la señora si se enterase? ¡Aniquilad, destruid, matad, vengad al capitán!

Los seis hombres sólo esperaban un nuevo boquete para disparar de nuevo, sin temer la irrupción, ya que los sólidos muebles macizos formaban una soberbia barricada, detrás de la cual podían resistir vigorosamente.

En el preciso instante en que el griego y el albanés regresaban por el pasadizo secreto, los negros lograban destrozar toda una tabla sobre la última barra de hierro y los cuatro venecianos, preparados ya de antemano, descargaron sus arcabuces, huyendo los atacantes, como hicieron anteriormente, entre gritos de horror, sin prestar atención a los alaridos, maldiciones e insultos de Hassard. Aunque la descarga había sido efectuada con excesiva premura, alguien debió caer muerto o herido de gravedad y rodó por las escaleras, ya que se distinguió un ruido sordo, acompañado de una queja.

En aquel momento llegaban Nikola y Mico. Este dejó el farol y se fue en busca de las provisiones. El León de Damasco lanzó una exclamación de júbilo al verlo y preguntó:

—¿Cómo y dónde lo habéis encontrado?

—Eso es lo menos importante de momento, señor Muley. Lo interesante es que disponemos de él.

Y el griego lo encendió con la mecha de un arcabuz.

—Es nuestra salvación.

—Lo único malo es que no lo dejarán alumbrar demasiado tiempo.

—Es suficiente que brille unos instantes, con mayor motivo ahora que las galeras del almirante no deben encontrarse muy distantes de Hussif.

—¿Atraídas acaso por las descargas de las culebrinas de los kurdos?

—Si, Nikola.

—Vamos a colocarlo, ya que ha interrumpido el fuego.

—No tardaran en continuarlo. Pero no nos causaran grandes daños.

—Haradja será quien pague los desperfectos.

Se trasladaron a la habitación reservada al bajá, donde habían ocasionado nuevos deterioros los proyectiles disparados por las culebrinas, mientras los unos se hallaban abajo y los otros en la estancia asediada, y luego de asegurarse con un rápido examen que no brillaba ninguna mecha en el reducto, pusieron el farol verde en la ventana, al igual que en las dos ocasiones anteriores.

—¿Distingues algo, Nikola?

—Si, señor. La flota se aproxima Los ocho puntos luminosos no deben estar ni siquiera a dos millas.

—En tal caso mañana habrá combate. Los venecianos conquistaran seguramente el hisar.

—Son gentes habituadas a asaltar los castillos fuertes y las resistentes fortalezas de Dalmacia y Morea.

—Pero, ¿se tratara en efecto de la flota?

—Ya sabéis que poseo buena vista.

—Lo sé.

—Entonces confiad en mí y bajad en seguida la cabeza. No os detengáis.

—¿Qué ocurre? —inquino Muley, obedeciendo.

La respuesta fue instantánea. Un proyectil de culebrina dio con matemática exactitud en el farol verde, arrojándolo al medio del aposento.

El griego contemplo al León con aspecto desalentado.

—Es lo mismo. Ha estado brillando un minuto y el almirante habrá tenido ocasión de fijarse en el. La tercera señal era la que interesaba.

Pasó aproximadamente un minuto en un profundo silencio y de improviso Muley, con jubilosa expresión, dijo:

—¿Oyes, Nikola?

—Si, señor. Es un distante cañonazo.

—Disparado sin duda por la escuadra.

—Eso creo. Pero, ¿qué hacen los kurdos?

—Encienden la mecha y se disponen a contestar

—Pólvora gastada en vano.

—Claro. ¡Cuidado! ¡Baja la cabeza!

Otra bala de culebrina atravesó la estancia y destrozo un antiguo y valioso armario árabe, en cuyo interior había riquísima porcelana, adquirida tal vez en Persia o Afganistán.

—¡Pobre Haradja! Un poco más que tarde en volver y no hallara ni cocina.

—Ni siquiera a sus criados —añadió el León, aproximándose rápidamente a la ventana y descargando su arcabuz.

Unos cuantos arcabuzazos respondieron al suyo y la voz del armenio se dejo oír aguda y feroz.

—¡Os asaltan! ¡Defended el hisar hasta derramar la última gota de vuestra sangre!

Se oyeron después diversos cañonazos disparados desde las terrazas y desde uno de los fortines del puerto.

La flota veneciana se encontraba ya a tiro y disparaba ininterrumpidamente, ocasionando grandes deterioros en las defensas y en la parte exterior de la fortaleza. Al poco rato empezaron a caer algunas balas de piedra, a pesar de que los venecianos no usaban mucho las bombardas.

Los ocho asediados, puesto que ya los negros no les atacaban, procuraban distraer con tiros de arcabuz, disparados por la espalda a los artilleros kurdos.

Las descargas eran incesantes, alternando con algunos disparos efectuados por los negros que habían acudido a defender la escalera, al mando de Hassard, transformado de pronto en un hábil y experto militar.

La escuadra, tras haber arrojado un centenar de proyectiles, avanzo decididamente hacia el castillo para anclar en la ensenada y desembarcar a sus guerreros. Los turcos poseían un fortín, casi adentrado en el agua, defendido por seis enormes culebrinas para impedir el acceso al puerto de los navíos enemigos. Hassard, en unión de los negros y cuatro cabos artilleros turcos, se metió en él, esperando ofrecer tenaz resistencia. Por desgracia se olvidaron —o no tuvieron tiempo —de echar la gran cadena que cerraba la embocadura del puerto, y las primeras galeras venecianas pudieron penetrar y continuar el bombardeo, que interrumpieran para efectuar aquella maniobra.

El almirante, recelando que pudieran preparar alguna trampa y desconociendo los hombres de que la guarnición disponía, antes de mandar echar al agua las chalupas para sus fuerzas de desembarco que habían de asaltar la angosta y peligrosa escalera, resolvió silenciar el fortín.

Cuatro galeras, a una señal empezaron a bombardear el reducto, en tanto que las otras cuatro, fuera del puerto, disparaban con bombardas y culebrinas contra la fortaleza. La lucha no podía prolongarse mucho tiempo. Hussif, sorprendido casi sin defensa, había de caer en seguida como consecuencia del violento y doble ataque —¡Valor, hijos! —exclamaba el almirante, apoyándose en su sobrino, ya que aún no tenía cicatrizada la herida de la pierna. —Recordad las espantosas matanzas de Nicosia y Famagusta. Recordad que este castillo era ya nuestro y se apoderaron de él los turcos.

El fortín quedó muy pronto casi arrasado. Durante un cuarto de hora negros y kurdos se sostuvieron firmes y valerosos, disparando de continuo las seis grandes culebrinas. Pero observando que aquel huracán de hierro no cejaba recurrieron a la fuga, suponiendo acaso que arriba podrían ofrecer la mayor y más vigorosa resistencia. Por desgracia para ellos antes de alcanzar los últimos escalones de la empinada y estrecha escalera la metralla arrojada por las galeras venecianas del puerto los alcanzó, y únicamente Hassard y unos cuantos negros, heridos de más o menos gravedad, pudieron ocultarse en el hisar.

—La chusma escapa y el fortín ha sido abandonado —dijo el almirante. —Vamos ahora a comprobar qué les ha pasado a nuestros amigos.

—Me parece, tío, que han sido atacados, pero se defienden con bravura. Escucha los disparos que suenan en aquella ventana en la que observamos el farol verde.

—Mayor motivo aún para mandar a nuestros guerreros al ataque. ¡Ah, maldita pierna! ¡No poder ir yo al frente de mis hombres, como en Durazzo y en Morea!

—Yo lo haré en tu lugar, tío —contestó el joven, digno sobrino de tan extraordinario héroe.

Se botaron al agua rápidamente las barcas y las fuerzas de desembarco, con las armaduras puestas y los arcabuces preparados, se precipitaron al asalto, sin atemorizarse por las balas disparadas por los del castillo, que no dejaban de abrir fuego. Doscientos hombres, veteranos en semejantes luchas, bajo el mando del sobrino del almirante, desembarcaron junto al fortín, ya abandonado.

—¡A libertar al León de Damasco, la mejor espada de la Cristiandad!

Las galeras que permanecían fuera del puerto, y que podían disparar certeramente casi con absoluta impunidad, advirtiendo el desembarco, descargaban continuos tiros contra el fuerte para impedir que los artilleros abandonaran sus puestos y pudieran acudir a defender la escalera. Entretanto, las ancladas en la ensenada ametrallaban a los esclavos y negros de las troneras, que, convertidos en defensores, descargaban sus arcabuces y pistolas.

Los doscientos venecianos subieron con gran celeridad y sigilosamente las escaleras para coger desprevenidos a los kurdos que proseguían disparando desde el reducto. En un momento y sin sufrir ni una baja, ni tener siquiera un encuentro, ya que la mayoría de los negros habían huido del castillo, tal vez en dirección a los pantanos, como con anterioridad lo hicieran las mujeres y los pajes, alcanzaron el gran patio y se lanzaron contra el reducto, apuñalando fieramente a los kurdos que disparaban las culebrinas.

—¡Venecia! ¡Venecia! —gritó el sobrino de Veniero al distinguir en la ventana un grupo de hombres armados con arcabuces. —¡Abandonad las armas o subimos al asalto!...

—¡Somos amigos! —exclamó Muley. —¡Subid! Están abiertas las puertas.

Ya nadie ofrecía resistencia en Hussif. Los pocos que habían salvado la vida huían al campo, ocultándose entre los grandes estanques pantanosos, que ya no eran mortíferos desde que desaparecieron las sanguijuelas. Tras quitar las barricadas y barras que protegían las puertas, los venecianos entraron.

—¡Señor Muley! —exclamó el sobrino del almirante yendo al instante a su encuentro. —Teníamos la certeza de que os hallaríamos con vida. Ya no os apresarán de nuevo los turcos.

—Poco a poco, señor Lorenzo. No cantemos aún victoria y marchémonos de aquí lo antes posible.

—¿Qué peligro nos amenaza? Han huido todos y Nicosia se halla a excesiva distancia de Hussif para que puedan venir los jenízaros.

—El peligro procederá del mar, señor Lorenzo. Abandonó este lugar una barca y tenemos fundadas razones para recelar que en dirección a Candía.

—¿A solicitar ayuda de Alí?

—Como mínimo a prevenir a Haradja de nuestra presencia en el castillo como emisarios del sultán.

—Esto es grave.

—Eso creo.

—Pues ya hemos conquistado el castillo y nos es imposible mantenernos en él, lo incendiaremos. De esta manera cuando retorne Haradja, la tigresa, hallará su guarida arrasada.

—Os lo pensaba proponer.

El sobrino de Veniero dio algunas instrucciones a sus hombres y después dijo a Muley:

—Acompañadme, señor. Mi tío se sentirá muy satisfecho de veros y saludar a vuestro padre.

Los venecianos, conducidos por Mico y Nikola, se precipitaron a través de habitaciones y cocinas, acumularon telas, rociaron todo con pólvora y aceite y prendieron fuego. En breve tiempo imponentes nubes de humo envolvieron a Hussif, el maldecido y temido castillo de Haradja, que empezaba a incendiarse.

Entretanto, las trompas sonaban a bordo de las galeras requiriendo a sus hombres. ¿Se cernía algún peligro sobre la flota? Nikola, al llegar a la terraza, examinó con su mirada de águila el horizonte.

—¡Se aproximan! —exclamó. —Los capitanes venecianos con sus catalejos los han avistado. Casi no nos queda tiempo para marchar a bordo.

Y dirigiéndose a Muley-el-Kadel, que ayudaba a su padre a descender las escaleras, le apremió:

—Aprisa, señor Muley. He distinguido varias naves que avanzan hacia Hussif.

—¿Son naves turcas?

—Llegando de poniente, es decir, de Candía, no pueden ser venecianas. El endiablado armenio hizo prevenir a Haradja y ahora nos encontramos otra vez en peligro.

Las trompas de la flota sonaban con mayor fuerza, en tanto que el castillo empezaba a envolverse en inmensas llamas, haciendo añicos los vidrios y devorando el maderamen, que crepitaba. Enormes nubes de humo se extendían sobre las terrazas y flotaban por encima del Mediterráneo.

En cinco minutos todos se encontraron a bordo, y tras levar las anclas, las cuatro galeras abandonaron la cala a remo y se reunieron con las que quedaron fuera.

Sobre todos los palos habían sido desplegadas banderas rojas, como aviso de próxima batalla, y se cargaban con premura culebrinas, bombardas y pedreros. Los venecianos, que ya empleaban catalejos de largo alcance, habían observado a tiempo, porque la noche era clara y se hallaba muy próxima la aurora, las velas enemigas.

—¿Suponéis que manda esa escuadra el bajá mismo? —interrogó Veniero a Muley, que se hallaba con sus compañeros en el puente.

—No lo creo. No habrá querido marchar de Candía.

—Acaso se trate de la flota de Alí-Arab —aventuró Nikola.

—¿Es una flota poderosa?

—Se compone de unas veinte galeras.

—Excesivas. No nos es posible más que disparar algunos cañonazos y huir en dirección a la ensenada de Capso.

—¿De nuevo? —inquirió el León.

—Es el lugar de reunión de la flota veneciana. Por otra parte, vos debéis retornar a Candía para ir en busca de la duquesa. Ahora que aún hay ocasión es mejor que abandone la ciudad asediada, y con el auxilio de Damoko y de sus amigos podrá llevarlo a cabo. Acordaos, Muley, del espantoso asalto a Famagusta. Esa gentuza de turcos son capaces de repetir aquellas sangrientas escenas en Candía y podéis suponer lo que le ocurriría a vuestra esposa.

—Estáis en lo cierto, almirante... pero ¿y mi hijo?

—Encontrándose en las galeras de Alí-Bajá, no penséis en este momento en ponerlo a salvo. Ahora ocupaos de la duquesa. Los turcos se encuentran enfurecidos por la tenaz resistencia que los venecianos les ofrecen, y si llegan a conquistarla pasarán a cuchillo a cuantos queden con vida.

—Ya lo sé... ¡Oh, Leonor! Aunque ocurra lo que sea, la sacaré de Candía. Tenéis razón. Antes que nadie, ella.

—Y regresaréis a la rada lo más de prisa posible, ya que a no tardar vamos a tener importantes novedades.

—¿Qué novedades, señor almirante?

—Me he enterado de que todos los países cristianos han decidido por fin asestar un golpe decisivo al poderío turco. España, Austria, el Papa y Génova están equipando sus naves para auxiliar a la Serenísima. De aquí a veinte o treinta días espero que se adentrarán por el Adriático doscientas o trescientas naves y con ellas confío en que demos una adecuada lección a los mahometanos. Un hermano del muy poderoso Felipe II, e hijo natural del antiguo emperador Carlos V, parece ser que tendrá el mando de esta escuadra.

—¿Es valeroso y experto en cuestiones de mar?

—Según me han notificado, mucho.

—¡Oh! De todas maneras allí me encontraré yo.

Enfocó el catalejo en dirección a poniente y al cabo de un momento, dirigiéndose hacia el griego, inquirió:

—¿Cuántas galeras se aproximan, Nikola?

—Dieciocho, señor almirante. Mis ojos ven tan bien como vuestro tubo.

—¡Qué extraordinaria vista tenéis! Parece que tengáis un anteojo de éstos en cada ojo.

—¿Es exactamente ese número?

—Exacto.

—En tal caso se trata de la flota de Alí-Arab.

—He oído elogiar la osadía de ese discípulo de Alí-Bajá.

—¿Aceptaréis el combate?

—Me es muy necesario conservar mis naves, señor Muley. La Serenísima, a pesar de que está construyendo a marchas forzadas, no tiene casi escuadra y no es cuestión de arriesgar el grueso de ella, hoy por hoy, en batallas parciales y sin resultados efectivos. Por otra parte, somos ocho contra dieciocho, y a pesar de que nuestras galeras sean de mayores dimensiones, más veloces y estén mejor armadas, no me interesa. Nos daremos a la fuga bombardeándolas y marcharemos a la ensenada de Capso.

Tomó la bocina y, con voz aún fuerte, dio al instante algunas órdenes, que el viento trasladó fácilmente desde su puente al de los otros siete navíos. Al momento se alteró el rumbo. Los remeros impulsaron, haciéndolas saltar, las ocho galeras, en tanto que el hisar de Hussif ardía como descomunal hoguera alumbrando con sus llamaradas el mar en una gran extensión.

Nadie pensaba en extinguir semejante incendio. Los escasos negros y kurdos huidos no se sentían capaces de retornar al castillo, imaginándolo aún en manos de los venecianos, y presenciaban a distancia, con las mujeres, los esclavos y los servidores el trágico espectáculo.

Y mientras Hussif se quemaba crepitando, Alí-Arab ordenaba acelerar la marcha de sus naves para cerrar el paso a los venecianos y destruir o apresar sus galeras. Pero Veniero no era hombre que se dejara capturar, sobre todo disponiendo de mayor número de remeros y siendo sus barcos más veloces. Avanzó, por tanto, en doble columna en dirección al norte para eludir el peligroso combate.

—Se acuerda con demasiado retraso el musulmán —dijo a Muley. —Si confía en que me anime y caiga en la trampa, se engaña. Me es indiferente que me llame prudente.

Dirigió una ojeada hacia las galeras turcas, que aceleraban la marcha para cortarle el paso, y ordenó con la bocina:

—¡Fuego de bordo y después disparar con los cañones de popa!...

Las doscientas culebrinas de la escuadra, todas de más alcance que las turcas, despidieron imponentes descargas que atronaron el espacio, envolviendo los puentes con humo tan espeso, que por unos momentos los tripulantes no pudieron distinguir nada. Luego siguió el fuego de las bombardas y pedreros, más aconsejables para un asedio que para una batalla naval.

Los turcos no fueron remisos en responder con sus cañones de proa, no permitiéndoles la situación emplear las baterías laterales. Diversos proyectiles cruzaron por encima de las galeras venecianas, que escapaban igual que gaviotas, matando a unos cuantos hombres y ocasionando algunos desperfectos en el casco y la arboladura.

Alí-Arab, ya que en realidad era el teniente del lugarteniente de Alí-Bajá, al ver escapársele la presa amplió más su línea de ataque con grave peligro. Y los venecianos escogieron dos galeras que con extraordinaria osadía se habían despegado del grueso de la flota y pretendían abordar a las galeras venecianas y dispararon sus piezas sobre ellas, desarbolándolas y provocando numerosos estragos.

Tras de esto la refriega se dio por terminada. Las galeras venecianas adelantaron otra vez y prosiguieron su huida, disparando de cuando en cuando sus culebrinas de las torres de popa, únicas que podían abrir fuego sin aminorar la marcha.

— Alí-Arab afirmará que he sentido temor —adujo el almirante, dirigiéndose a Muley. —Me da lo mismo. He conseguido en mi vida demasiadas victorias y los turcos saben bien todo el perjuicio que les he ocasionado. Ya nos enfrentaremos de nuevo en otra situación, Arab, y tú o yo naufragaremos en el Mediterráneo.

Los turcos, aunque habiendo perdido ya toda esperanza de dar caza a las galeras venecianas y tomarlas al abordaje, proseguían la persecución, realizando un considerable e ineficaz derroche de pólvora y municiones. El almirante Veniero había ordenado no contestar al cañoneo de los mahometanos para economizar proyectiles, que sólo podía renovar en Mesina, donde ya se iban reuniendo poco a poco las naves de la Cristiandad.

Por espacio de dos horas ambas escuadras siguieron a la vista una de otra, pero paulatinamente la mahometana empezó a desaparecer. Sus pesadas galeras no podían rivalizar en rapidez con las de Venecia.

—Hussif ardiendo y mis galeras indemnes —comentó el almirante. —No podría haber deseado día más afortunado. Ahora vamos a anclar en Capso con el objeto de que podáis dirigiros a Candía en busca de vuestra esposa y la saquéis de allí, lo que será sencillo, porque el sitio, al cabo de dos años, no es demasiado estrecho.

—¿No tropezaremos en nuestro camino con Alí-Bajá?

—No, puesto que considera que tiene mucho que hacer en Candía con su bombardeo continuo. Además avanzaremos a bastante distancia de las costas y estaremos alerta.

Al llegar la aurora surgió la fresca brisa del oriente y el almirante mandó izar velas. La escuadra se dirigió hacia poniente igual que una bandada de gaviotas.

Las galeras, tal como indicamos, habían desaparecido y ya ningún estampido perturbaba la calma que reinaba en el Mediterráneo.

9. Los últimos baluartes de candía

Tres días más tarde la flota veneciana anclaba en la ensenada de Capso, en la que en aquel momento solamente se encontraba un lansko griego, pequeñísimo velero de unos cuatro metros escasos de eslora y tan abarrotado de géneros diversos que parecía fuera a irse a pique.

No cabía duda de que se había refugiado en aquel lugar por miedo a las galeras turcas que, a pesar del cerco de Candía, realizaban rápidas incursiones por el archipiélago para explorar la llegada de los refuerzos venecianos.

Nada más llegar las naves acudió Damoko, montando un fuerte caballo que parecía de raza turca, en compañía de cuatro de sus amigos, también montados a caballo y armados de una forma extraordinaria.

—Ahí tenéis, Muley, al imprescindible y leal amigo. Él y sus compañeros os ayudarán a entrar en Candía. Ya conocéis lo mucho que vale.

—Sí, almirante.

—Podéis confiar en él totalmente.

—¿Vos os quedaréis aquí?

—Hasta vuestro regreso.

—En tal caso mi padre permanecerá a bordo de la capitana.

—De acuerdo. Pero no os descuidéis. Traed en seguida a vuestra mujer, ya que los turcos tal vez me descubran y me vería entonces forzado a marcharme. A Damoko le resultará fácil proporcionaros un corcel a vos, otro a Nikola y también a vuestro criado. No cabe duda que, en nuestra ausencia, se ha procurado buena cantidad de caballos turcos.

—No desearía ocasionaros molestias...

—Nada de eso. Si los turcos me fuerzan a marcharme, lo haré. Pero os garantizo que volveré en busca vuestra.

Mientras tanto Damoko y sus camaradas habían subido a la nave almirante. En seguida se preparó la expedición para ir a salvar a la duquesa antes de que fuera asaltada la ciudad pues se tenía noticia de que, literalmente arrasada por los proyectiles de las bombardas, resistía por un auténtico milagro, puesto que torres y torreones habían soportado excesivo cañoneo en el transcurso del prolongado asedio.

Al anochecer, un amigo de Damoko saltó a tierra para procurarse caballos, numerosos en todas las granjas de la isla debido a que los merodeadores turcos que cometían la imprudencia de acercarse en exceso a ellas eran abatidos a balazos, ya que la mayoría de los granjeros eran por necesidad soberbios tiradores, obligados a mantenerse de la caza.

A la siguiente mañana, hacia las cinco, ocho caballos de muy buena raza pisoteaban la arena.

—Con esos corceles árabes —indicó el almirante a Muley —podéis efectuar una velocísima carrera. Candía terminará por llenarse de caballos turcos. Para algo habrá servido esta contienda a los isleños. Id y regresad cuanto antes, por las razones que antes expuse.

El León de Damasco, luego de abrazar a su padre y tranquilizarlo descendía a tierra a las siete en unión de su escolta. Todos iban armados con arcabuces, pistolas y armas blancas. Se despidieron por última vez y fueron aclamados por los venecianos con vítores y los ocho hombres subieron sobre sus caballos y desaparecieron al instante tras las alturas de las cercanías.

Damoko y Nikola, que eran los que conocían mejor la isla, marchaban delante, y hacia medianoche los ocho jinetes se encontraban en la granja del primero. Luego de haber comido y descansado, el León pretendió continuar el viaje.

—No sigamos, señor —adujo el cretense. —Resultaría muy peligroso llegar a Candía de madrugada.

—¿Y hemos de permanecer aquí hasta mañana por la tarde?

—Sí, señor. No habiendo efectuado señal, no nos sería posible aproximarnos a los bastiones sin ser muertos o heridos por la metralla o los arcabuzazos.

—¿Qué señal hay que hacer?

—Encender un farol rojo.

—Conformémonos y aguardemos.

—Por otra parte, señor, quiero mandar a un par de amigos a que espíen las cercanías de la ciudad. No conocemos hasta qué extremo estrechan los turcos el sitio.

—¿Se encontrará cercada Candía hasta el punto de volver imposible nuestra entrada en la ciudad? Estoy anhelando ver a mi esposa y ponerla a salvo, antes de la ruina final. Ya no podrán aguantar demasiado los venecianos.

—Desde luego, señor. Su valentía no será suficiente para salvar la enseña de la República, como no sea gracias a un milagro.

—Y es posible que ocurra, Damoko.

—¿De qué forma?

—Las naciones cristianas, cansadas de la arrogancia turca, parece que han resuelto asestarles el golpe definitivo.

—¿Quién os lo ha comunicado?

—El almirante.

—En tal caso algo de cierto debe de haber en ello. Pero para Candía será ya demasiado tarde.

—¡Cualquiera sabe!

El cretense hizo un gesto de incredulidad con la cabeza. Después, en silencio, puso la mesa, presentando medio cabrito asado y algunos panes durísimos, además de unas botellas de vino blanco que habían traído de la bodega.

—Cenemos.

Así lo hicieron y con buen apetito los ocho. Luego se dispusieron a dormir otra vez todos, con excepción de uno, cuya misión era velar por los demás. La noche transcurrió tranquila y hacia la madrugada los campos proseguían desiertos.

—Esta tarde continuaremos el viaje —anunció Damoko a Muley. —Un par de mis amigos irán, tal como os dije, a explorar y si, como espero, el acceso a Candía es factible, a media noche pasaremos los bastiones.

Tras de haber almorzado, dos cretenses montaron, en efecto, a caballo y en seguida desaparecieron tras los viñedos.

Para los que quedaron, y sobre todo para el León de Damasco, las horas de espera se hicieron interminables. Al crepúsculo, los exploradores, con los caballos sudorosos, volvieron a la granja.

—¿Qué sucede?

—El sitio continúa de la misma manera. Será bastante sencillo para un grupo de hombres audaces penetrar en Candía.

—¿Por dónde? —indagó Damoko. —¿Por el bastión de Malamocco?

—Queda sólo el puente de la Lid libre del asedio. Los restantes tienen delante las pasarelas turcas con bombardas y culebrinas.

—¿Así que el sitio es casi absoluto? —indagó Muley.

—Casi, señor. Incluso las colinas que se levantan en dirección al sur de la plaza han sido tomadas. Cierto es que miles de turcos yacen sin enterrar en el fondo del barranco.

—¿De manera que opinas que podemos entrar?

—Sí, señor.

—¿Y no habéis topado con exploradores? —interrogó Damoko.

—Al parecer no osan realizar incursiones desde que hace unos días los venecianos realizaron una salida desesperada.

—¿Cómo os habéis enterado de eso?

—Por uno de nuestros hermanos escondidos en el campo al acecho de esa gentuza.

Ensillaron los caballos, les dieron nuevo pienso y al caer la noche cabalgaron y partieron al galope.

Damoko llevaba oculto bajo su capa un pequeño farol rojo, para poder aproximarse al bastión.

—Si no morimos, penetraremos en Candía.

—No moriremos, se entrará en Candía.

—No se morirá, señor Muley. Los venecianos están informados de la señal y no abrirán fuego. Por el contrario, echarán al instante el puente levadizo. Sólo me inquietan esos endiablados exploradores que escogen la noche para sus sorpresas. Por fortuna jamás van en gran número y somos muy capaces de acometerlos y terminar con ellos, tal como hicimos en mi granja hace breves días.

En Candía retumbaba el cañón. Las culebrinas dejaban oír sus secos estampidos; las bombardas su fragor imponente. Siniestros ecos que quebraban el silencio. Aunque lejanos, los jinetes distinguían los grandes proyectiles de piedra que cruzaban el espacio semejantes a bólidos, dejando detrás de ellos largas estelas de chispas, y percibían el estrépito que ocasionaban al abatirse sobre las míseras viviendas de Candía, ya medio arrasadas en los veintiocho meses de cerco.

Entre las diez y las once de la noche llegaron delante de los bastiones occidentales de Candía. Damoko se orientó en seguida y, tomando una larga pértiga, prosiguió su avance. A unos quinientos metros la clavó en tierra y puso sobre ella el farol. Todos desmontaron aguardando la señal del fuerte para seguir su marcha con seguridad. Pasaron unos minutos sin que los venecianos contestaran a esa señal, y de improviso Damoko apretó con fuerza el brazo de Muley.

—Ahí tenemos a esos malditos.

—¿Cuáles?

—Las patrullas turcas.

—¿En dónde?

—Acaban de aparecer tras de aquel bastión.

—¡La señal! —anunció en aquel momento Nikola. —Los venecianos han contestado.

—Ya era hora. Ahora hay que librarse de los merodeadores.

Algunos hombres habían surgido en el bastión en torno a una luz roja. Y en ese preciso instante un grupo de ocho o diez guerreros turcos se precipitaba a galope tendido en dirección a los cristianos, clamando:

—¡Los cristianos! ¡Los cristianos! ¡Muerte! ¡Muerte!

—¡A caballo! —ordenó el León. —Descarguemos los arcabuces y después atacaremos con las espadas.

En un santiamén cabalgaron los ocho y apuntaron a los exploradores turcos. Pero no tuvieron ocasión de abrir fuego. En su lugar lo habían hecho los venecianos, cogiendo de través a la patrulla turca, que enarbolando las cimitarras continuaba exclamando:

—¡Los cristianos! ¡Muerte! ¡Muerte!

La metralla del bastión mató cinco o seis caballos y abatió, muertos o heridos, a seis o siete turcos.

Los demás, espantados, se dieron a la fuga desordenadamente, dirigiéndose al campamento turco y provocando una alarma innecesaria, por lo tardía.

—¡En marcha! —dijo Muley, que acababa de oír rechinar las cadenas del puente levadizo.

Mientras avanzaba, empinándose sobre los estribos, gritaba:

—¡Soy el León de Damasco! ¡No disparéis!

A los breves minutos eran recibidos por una veintena de venecianos.

—Tú, Damoko, explica a estos señores la razón de nuestra vuelta. Y vosotros, Nikola y Mico, acompañadme a la torre en que vive mi esposa. Tened preparados los caballos, ya que antes del alba nos marcharemos.

Saludó al comandante del bastión, se fue acompañado de sus dos fieles amigos y pronto llegó al torreón que el capitán general pusiera a disposición de la duquesa.

—Aguardad aquí y ensillad uno de esos caballos. Si no escapamos esta noche, ya no veremos de nuevo al almirante. Las horas de Candía se hallan contadas.

—Id, señor —respondieron Mico y Nikola. —Nos encontraréis preparados.

Muley subió la escalera, en forma de caracol, que se hallaba casi derrumbada y alcanzó el primer piso, penetrando en un amplio cuarto, amueblado con dos camas y en el que la luz entraba por un par de troneras.

La duquesa, que acaso acababa de regresar de una exploración o de una visita al capitán general, llevaba la armadura puesta, aunque no el yelmo, y descansaba en uno de los lechos, oprimiendo todavía en la mano derecha la espada.

—¡Leonor! —exclamó el León de Damasco, acercándose vehementemente a ella.

La duquesa abrió sus bellísimos y profundos ojos y alargó los brazos, ciñendo el cuello del fuerte guerrero.

—¡Tú, Muley!... ¡Has vuelto!

—¡Sí, amor mío, y casi no llego a tiempo!

—¿Qué hay de nuestro hijo?

El León hizo un gesto, desalentado.

—No ha sido posible salvarlo. El almirante veneciano no dispone de las suficientes fuerzas para librar un combate con la flota turca, que cuenta con trescientas galeras.

—¿Continúa todavía a bordo de la nave almirante?

—Sí, Leonor. Pero espero que no siga por mucho tiempo, ya que todas las naves de las potencias cristianas se están concentrando en Mesina para asestar un golpe final a los mahometanos. El día que se libre el combate nosotros estaremos allí y asistiremos al abordaje de la galera de Alí-Bajá.

—¿Y tu padre?

—Salvado y el castillo de Hussif incendiado.

—¿La guarida?

—Sí, Leonor.

—¿Cómo has hallado a tu padre?

—Robusto y vigoroso; casi no ha sufrido.

—¿Está curado?

Muley-el-Kadel esbozó una sonrisa.

—Nosotros los turcos tenemos duro el pellejo y se nos renueva con facilidad. Somos acaso más fuertes y más resistentes que los cristianos.

—¿Y qué haremos, Muley?

—Vámonos.

—¿Abandonamos cuando más se precisan nuestras espadas?

—Los venecianos han de defender una enseña y deben continuar aquí en tanto puedan sostener una espada y una carga de pólvora. Pero nosotros tenemos que pensar en nuestro hijo.

—¿Y nos marchamos?

—Sí, a reunimos con la flota de Veniero en la ensenada de Capso. Si nos quedamos en este lugar nadie libertará a nuestro Enzo, ya que no nos podrá auxiliar la guarnición de Candía, ya exhausta y más que diezmada.

—Estás en lo cierto, Muley. ¿Se hallará libre el camino?

—Confío en que así sea.

—¿Con quién nos pondremos en camino?

—Disponemos de una pequeña y valerosa escolta. Acompáñame, Leonor. Las horas de la desdichada ciudad están contadas. El día menos pensado el Gran Visir enviará cien mil hombres contra la plaza y no serán ni las culebrinas ni las espadas venecianas las que puedan retener esa masa de guerreros.

—¿Y qué ocurrirá?

—Una hecatombe. Algo semejante a lo de Famagusta. Mis compatriotas son excesivamente bárbaros y crueles. Ven; nos esperan.

La duquesa se puso el yelmo, se ciñó la espada y dos pistolas y siguió a su marido, que continuaba llevando el farol rojo. Mico y Nikola tenían ya ensillado el más soberbio caballo, de sangre árabe y con magnífica estampa.

—Vamos, compañeros —dijo el León a los dos valientes, que saludaron a la duquesa. —¿Te consideras capaz, Leonor, de aguantar una carrera de ocho o diez horas?

—Sí, Muley. El hambre no me ha extenuado todavía, como te imaginas, ya que los venecianos se han privado de todo para que yo tuviera todo lo posible.

—¿En qué estás pensando, Nikola?

—En los merodeadores que ametrallan los venecianos —repuso el griego, frunciendo el ceño.

—¿Sientes temor de que nos intenten apresar cuando hayamos salvado el puente levadizo?

—Eso es, señor.

—No obstante, no podemos continuar aquí.

—No os lo recomiendo. Los turcos están deseando acometer la plaza. El sitio se ha prolongado ya demasiado.

—¿Y deberé exponer a mi esposa a los disparos de la patrulla?

—¿Es que no me apodaban ellos el capitán Tormenta? Que vengan y mi espada derramará de nuevo sangre mahometana.

—Y además aquí nos tenéis a nosotros, señora. No somos demasiados, pero todos resueltos a morir por nuestros señores.

—Son realmente valerosos. ¿Emprendemos la marcha, Nikola?

—Vamos y resguardémonos de las balas de las bombardas, que esta noche llueven sobre Candía.

—Me pareces muy meditabundo, Nikola. ¿Continúas pensando en los exploradores?

—¿Qué queréis? Detesto a esa chusma.

—La casa de Damoko no se halla a mucha distancia. Nos cobijaremos en ella.

—Allí podremos resistir y acaso darles otra lección.

—¡A caballo, Leonor! Deja de momento tus pistolas. —Con las patrullas es más aconsejable el arma blanca.

La duquesa emprendió el galope y todos partieron. Aquella noche semejaba como si los turcos tuvieran decidido arrasar Candía. Era una auténtica lluvia de proyectiles de piedra la que se abatía sobre la plaza. Como ya quedaban escasas moradas por destruir, derrumbaban las torres.

Por entre las angostas calles, practicadas detrás de los bastiones, las balas caían y se cruzaban zumbando. Los cuatro jinetes, acercándose lo máximo posible a los bastiones para defenderse de los proyectiles, llegaron al lugar donde se encontraban Damoko y sus amigos. El comandante acudió al encuentro de Muley.

—¿Nos dejáis, señores? —inquirió con acento conmovido.

—Es preciso, capitán.

—Me hago cargo. Tenéis que libertar a vuestro hijo. Lo sabemos y no podemos auxiliaros. ¿Es cierto que las naves de todas las naciones cristianas se están concentrando para luchar contra el turco?

—Sebastián Veniero lo ha asegurado —repuso el León de Damasco.

—¡Cualquiera sabe! Todo va a depender de la suerte del combate. Los turcos son muy poderosos.

—Cierto. Por mar es muy fuerte su poder.

—Resistirán. ¿Ha retornado alguna patrulla?

—No, señor. Y en el supuesto de que vuelva estamos preparados para ametrallarla. Podéis marchar tranquilos. En tanto que os encontréis a nuestro alcance os ayudaremos. Luego Dios lo hará.

—Gracias, capitán. Espero veros de nuevo algún día, cuando hayamos abatido el poderío turco.

El veneciano hizo un ademán de desaliento.

—Candía terminará sus días como Famagusta —dijo con resignación. —Por otra parte, al trasladarnos a este lugar para defender las últimas posiciones del León de San Marcos en Oriente, teníamos la seguridad de que no habríamos de volver a ver jamás el campanile ni la Torre del Reloj. Antes de abandonar Venecia hicimos todos testamento.

—Señores —indicó Nikola, —han bajado el puente y los artilleros están preparados para defendernos.

Se saludaron por última vez y los nuevos jinetes dejaron el fuerte.

La luna había desaparecido y un velo de tinieblas imperaba fuera de las últimas defensas de Candía, baluarte que los turcos, pese a lo valerosas y aguerridas que eran las tropas musulmanas, no habían logrado conquistar.

—Tened los ojos bien abiertos —aconsejó Nikola cuando hubieron pasado el puente —y encended las mechas de los arcabuces. En ocasiones una buena descarga es mejor que una carga a fondo.

Prepararon todas las armas, examinaron a lo lejos la llanura y no viendo a nadie emprendieron el galope.

Aunque ellos se imaginaban a salvo, se hallaban en un error. Los exploradores turcos que pudieron eludir la metralla veneciana se dirigieron al instante al campamento y solicitaron la ayuda de sus camaradas para capturar a los cristianos, suponiendo que los que acababan de penetrar en la plaza la abandonarían aquella misma noche.

Nikola, que, como ya sabemos, era el que tenía mejor vista, los distinguió en seguida.

—¿No os advertí yo que nos esperarían? No nos va a resultar muy sencillo llegar a la rada de Capso con toda esa chusma acosándonos.

Por fortuna los venecianos del bastión cuidaban de sus amigos.

Al distinguir a los turcos, que galopaban en persecución de los fugitivos desesperadamente, descargaron cuatro cañonazos de metralla, cuyo resultado fue catastrófico para los perseguidores, que en aquel instante pasaban delante del bastión. Doce o quince se desplomaron acribillados por la metralla, lanzando alaridos de fieras. Pero los que quedaron ilesos continuaron su carrera, dando gritos de muerte contra los cristianos y grandes vivas a Mahoma.

Como ya se hallaban a suficiente distancia para no ser ametrallados les arrojaron cuatro balas, pero no los alcanzaron, ya que los artilleros, por miedo de herir a los fugitivos, apuntaron excesivamente alto.

—No son arriba de quince —anunció Nikola, que los había contado con todo detenimiento. —Nuestros caballos son magníficos y espero que llegaremos a casa de Damoko sin que nos den caza. Cuando lleguemos a la granja haremos lo mismo que en la otra ocasión y los pajarracos tendrán una buena ración de comida. Al instante, señor Muley, marchad delante con vuestra esposa. Nosotros os cubriremos las espaldas.

—Gracias, Nikola —repuso el León de Damasco, poniéndose a la cabeza del grupo.

Los turcos, algunos de cuyos corceles debían haber resultado heridos a consecuencia de la metralla, se iban rezagando en gran manera. No obstante, varios de ellos avanzaban como un torbellino, empuñando las cimitarras y disparando de cuando en cuando con las pistolas, aunque sin hacer blanco debido a los movimientos desenfrenados propios de la furiosa carrera.

Continuaban con sus alaridos de rabia, estimulando a sus rezagados camaradas y dando gritos de muerte contra los cristianos. En algunas ocasiones los perseguidos se daban la vuelta y disparaban sus armas, pero casi siempre sin el menor resultado. Nikola y Damoko alentaban con sus gritos a sus amigos para que no redujeran la rapidez de la galopada, anhelando poner entre ambos bandos la máxima distancia posible.

Y avanzaban a una terrible velocidad entre viñas y chumberas, y a veces sobre huesos humanos, y siempre acosados por aquellos bárbaros sedientos de sangre cristiana. Aunque magníficos jinetes, los turcos no lograban adquirir la menor ventaja y no acortaban ni en un simple palmo de tierra la distancia que los separaba de los fugitivos, los cuales a cada conminación de detenerse y rendirse, sabiendo lo que les aguardaba si hubieran cometido la imprudencia de obedecer, contestaban con pistoletazos y disparos de arcabuz muy a menudo.

—¿Te fatigas, Leonor? —interrogaba de vez en cuando Muley a su mujer.

—En absoluto y mi montura, a pesar de que debe haber pasado bastante hambre en Candía, se porta magníficamente —replicaba el capitán Tormenta, sin parecer impresionada por aquella persecución.

En Famagusta había presenciado cosas peores y podía afirmarse que se educó entre el fragor de las armas. Por espacio de otra hora los caballos de los fugitivos galoparon desenfrenadamente, perseguidos por la patrulla turca a unos doscientos metros de distancia. De improviso Damoko lanzó una exclamación:

—¡Mi casa! Un esfuerzo más, compañeros, y tendremos un refugio, que los turcos, aunque fueran un centenar, no podrían tomar con facilidad.

Los cretenses que marchaban detrás abrieron otra vez fuego, matando un caballo.

Al poco rato llegaban a la granja, cuya puerta continuaba abierta.

—Llevad los caballos a la cocina. Cabemos todos con comodidad.

El León de Damasco tomó en brazos a su esposa y entró al momento, en tanto que los perseguidores se detenían y disparaban sus pistolas.

Todos los fugitivos penetraron, llevando los caballos a la cocina, y después los cretenses. Mico, Damoko y Nikola se pusieron de guardia detrás de la puerta con las mechas de los arcabuces encendidas.

—Sitio número dos. ¿Concluirá igual que el otro, Damoko? —interrogó el albanés.

—Confío en que sí —respondió el granjero, que siempre que se encontraba en su casa se consideraba a salvo, contando con que podía confiar en aquellos hombres valerosos y audaces que combatirían en todo momento sin tregua.

El León de Damasco se había sentado ante la mesa con su esposa y encendió una pequeña lámpara de aceite.

—¿La asaltarán, Muley?

—No. En la otra ocasión nos sitiaron igualmente y nos desembarazamos de ellos con facilidad, matándolos a todos. Estos exploradores turcos solamente son peligrosos en campo raso.

—¿Qué harán?

—Mandarán a alguno de los suyos a buscar refuerzos. Pero no esperaremos a que vengan. Los cretenses son magníficos tiradores y también Mico es peligroso con un arcabuz en las manos. ¿Oyes?

El albanés había apuntado con mucha calma al jefe de la patrulla y lo hizo caer de la silla con un balazo en la frente. Los turcos, encolerizados por aquella baja, intentaron una furiosa carga contra la granja. Pero viendo que los cristianos salían con los arcabuces dispuestos volvieron las espaldas y se ocultaron prestamente entre el viñedo.

—Carne para esos pajarracos que se sustentan de cadáveres —comentó Mico. —Será la segunda vez que les ofrecemos un soberbio banquete ante tu casa, Damoko.

—¿Es que regresan al campo, Muley? —inquirió esperanzada la duquesa.

—No hay que confiar en que se cansen. En tanto se halle uno con vida montará guardia frente a la granja. Tenemos que acabar con todos.

—¿No podremos alcanzar la ensenada de Capso sin caer bajo sus cimitarras?

—No te inquietes. Ya no son más de nueve y aunque se unan a ellos los tres o cuatro rezagados, somos bastantes para enfrentarnos a ellos. En la otra ocasión también se ocultaron en el viñedo y todos murieron dejándonos libres de sus implacables amenazas.

En aquel instante se escucharon otras dos detonaciones y la voz de Mico exclamó jubilosamente:

—Otro pájaro desmontado. Si continúo por estos lugares un par de meses, retornaré a Albania siendo un muy célebre tirador. ¡Bandoleros! ¿No queréis abandonar vuestro campamento? Disparad, amigos, mientras vuelvo a cargar el arcabuz.

Los cuatro cretenses abrieron fuego, reservándose Nikola y Damoko en prevención de una nueva carga.

Los turcos que se encontraban en la viña saltaron a un lado y se hallaron sobre los huesos de sus compañeros.

Entonces huyeron a galope tendido, no sin antes haber disparado sus pistolas sobre los cristianos cobijados en la granja.

Pero aquel galope no duró demasiado. A doscientos metros obligaron a tenderse a sus caballos y se tumbaron ellos, protegiéndose ellos detrás y vociferando:

—¡Muerte a los cristianos! ¡Mueran los cristianos!

10. Las flechas incendiarias

Los asediados, viendo que los turcos permanecían tranquilos, habían dejado de disparar, comenzando a preparar las municiones. Después, se sentaron ante la gran mesa para tratar de lo que convenía hacer, en tanto que dos cretenses vigilaban tras la puerta de la granja.

Cada instante que pasa —afirmaba Damoko —es mayor el peligro. He observado que uno de esos merodeadores huía en dirección a Candía y en verdad que no habrá marchado para tomar al asalto el bastión del puente de la Lid. En consecuencia, de aquí a poco veremos llegar un destacamento turco que acaso acabará con todos nosotros.

—Me pareces más preocupado de lo que es costumbre en ti y me sorprende, ya que jamás te he visto temblar ante el peligro —observó Muley-el-Kadel.

—Me parece que tenéis razón, señor. Ahora no será sencillo, como lo fue la vez anterior, atraer a los turcos hasta este lugar, hacerles beber y terminar con ellos.

—Falta poco tiempo para el alba. ¿Por qué no intentamos lanzarnos a la carga? —adujo la duquesa.

—Nuestros caballos están agotados y caeríamos en los surcos antes de alcanzar el lugar donde se encuentran ellos.

—¿Se halla muy distante la ensenada?

—A cinco horas a todo galope.

—Nuestros caballos no podrán aguantar, ¿no es cierto, Muley? Después de un galope tan desenfrenado...

—No, Leonor. Precisan descansar.

—¡Y que tengamos tan próxima la escuadra!...

—No te quepa la menor duda de que llegaremos, querida, aunque nos persigan otros destacamentos turcos.

—¿Hasta cuándo piensas, Muley, que debemos permanecer aquí cruzados de brazos?

—Pocas horas. Si estás fatigada, túmbate en una cama y reposa tranquila. Nosotros vigilamos.

La duquesa movió su hermosa cabeza y repuso:

—Estoy habituada a la fatigosa guardia de los bastiones de Candía y prefiero ver lo que hace el enemigo. Por algo me llamabais el capitán Tormenta —contestó la joven con una encantadora sonrisa.

—¡Y con motivo! Eres la mujer más valerosa y audaz de la Cristiandad.

—¡Oh! Hay otras muchas. Ahí tienes, sin ir más lejos, a Haradja, que no tiene nada que envidiarme.

—No obstante, la venciste.

—Sí. Pero no es posible negar que posee valor, audacia, resolución y fuertes y vigorosos músculos. No ha sido educada indudablemente en la inactividad enervante de la vida cortesana, y menos aún en las degeneradas delicias del harén.

—Fue su maestro su tío, y su padre, un célebre corsario, le transmitió sangre guerrera.

—¿Por qué esa mujer se habrá transformado en verdugo de mi Enzo?

—No te inquietes. Ya sabes que el bajá, no sé por qué raro capricho, lo defiende incluso contra su sobrina.

—¡Cuándo lo recobraremos!

—Aguardemos a la gran batalla entre la Cristiandad y el Islam. Allí nos encontraremos nosotros y nos lanzaremos al abordaje con la nave almirante de Veniero, contra la galera del bajá. Ya me lo ha prometido y el almirante veneciano es incapaz de no cumplir sus promesas.

—¡Es un extraordinario marino!

—¡Y tan anciano!

Guardaron silencio. Los cretenses disparaban de cuando en cuando sus arcabuces para impedir que los turcos se aproximaran. Un gran desaliento parecía dominar a los esposos, a pesar de la promesa del gran almirante.

—En fin; ya veremos. Confiemos en Dios y no nos desalentemos, Leonor. De todas maneras alcanzaremos la ensenada de Capso, aunque debamos pasar por encima de los cadáveres de cien mahometanos.

Tras pronunciar aquellas palabras, el valeroso guerrero se incorporó y se dirigió a la puerta. Los cinco cretenses, el albanés y el griego, se hallaban parapetados detrás de grandes sacas de lana, soberbia barricada que no dejaba pasar hasta ellos las balas turcas. En consecuencia se limitaban, de vez en cuando, a gastar algo de pólvora.

—¿Cómo va eso, Nikola? —indagó Muley.

—Mal, señor.

—¿Por qué lo aseguras cuando los turcos no se resuelven a atacarnos?

—Preferiría, desde luego, que atacasen. Si no lo hacen todavía es porque esperan refuerzos.

—¡Bah! No te preocupes.

—Me preocupo tan poco, señor, que si ordenarais montar a caballo y lanzarnos a la carga me hallaría muy contento.

—¿Piensas que nuestros caballos podrán aguantar?

—Eso es lo malo, señor; que hemos de dejar que descansen aún un par de horas si deseamos que sean capaces de llegar hasta la cala, puesto que ya sabéis que el camino es difícil.

—Es cierto.

—¿Y si, mientras tanto, reciben los refuerzos que sin duda han pedido?

—¡Qué se le va a hacer!

—Los diezmaremos como nos sea posible. No nos queda otra solución.

—Y aguantaremos cuanto nos sea posible.

—Sí, señor.

—¿Qué hacen esos hombres?

—Una maniobra sospechosa que empieza a preocuparme. Comienzan a tirar contra las cuadras, que se hallan abarrotadas de paja.

Muley sintió un estremecimiento.

—¡Ah! ¡Si los caballos pudieran resistir una carga!

—En este momento podrían, mas luego se desplomarían a causa de la fatiga antes de llegar a Capso.

—En tal caso no podemos hacer otra cosa que esperar.

—Y liquidar el mayor número posible.

—¿Tenemos muchas municiones?

—Bastantes. Aún nos quedan unos cincuenta tiros por cabeza.

—Entonces, disparemos.

Y el León de Damasco cogió también un arcabuz y encendió la mecha. Los turcos pretendían aproximarse a los pajares con el fin de incendiarlos. Pero los cretenses vigilaban y cada vez que un turco subía sobre su caballo e intentaba cruzar por entre el viñedo le recibían a tiros, que no siempre eran desaprovechados.

Aunque ya se les habían unido los rezagados, a las cuatro de la madrugada los enemigos eran ya sólo nueve. Los otros cinco habían muerto. En aquel momento exclamó Muley:

—Ha llegado la ocasión de lanzarnos a la carga.

—Sí, señor —contestó Nikola. —¡A caballo! ¡A caballo!

Efectuaron una descarga y entraron. La duquesa se había adormilado, formando almohada con los brazos cruzados sobre la mesa.

—¿Estás preparada, Leonor?

—Cuando quieras, Muley —contestó la mujer, encendiendo la mecha de sus pistolas.

Los caballos ya estaban descansados y fueron ensillados. Se disponían a montar para irse, cuando percibieron distantes gritos que se iban aproximando con rapidez.

—¡Los refuerzos turcos! —exclamó Nikola. —Estaos quietos.

—¡Hemos tardado en exceso! —dijo contrariado Muley, haciendo un gesto de cólera.

—¡Bah! —observó Damoko. —La casa es resistente. Lo que más me preocupa es la cuadra, casi abierta. Si la incendian, el fuego hará arder la casa.

—Treinta —exclamó en aquel instante Nikola, que se hallaba examinando. —Y todos son ballesteros.

—Y por añadidura los que disparan contra nosotros. Son muchos. Solamente tú, Nikola, puedes salvarnos.

—Decid, señor. Mi vida está a vuestra disposición.

—Monta a caballo y corre al instante hacia la ensenada de Capso para prevenir a Sebastián Veniero respecto a lo que acontece. Infórmale sobre nuestra crítica situación.

Casi no había terminado de pronunciar aquellas palabras Muley-el-Kadel, cuando el valeroso griego, escogiendo el caballo que le parecía más resistente, montó de un brinco y salió al galope como un huracán. Los turcos le dispararon algunos pistoletazos, pero fallaron. Sin embargo, no se preocuparon de darle caza, esperando la llegada de sus camaradas, que acudían al galope en dirección a ellos, entre inmenso vocerío.

—¡Mueran los cristianos! ¡Mueran los cristianos!

Los turcos empleaban, desde luego, armas de fuego, en especial las pesadas. Pero seguían haciendo uso de sus ballestas, en cuyo manejo eran muy hábiles, mucho más que con los arcabuces y pistolas. Y sus flechas eran terroríficas. Con sus puntas de acero o de hierro dispuestas en forma de sierra, ocasionaban gravísimas heridas, muy difíciles de curar. Ya señalamos que el refuerzo turco consistía todo en ballesteros.

En cuanto se reunieron con sus compatriotas, desmontaron, formaron parapeto con sus caballos y empezaron a lanzar flechas, en cuya punta iban pedazos de algodón empapados de un líquido ardiente, acaso una especie de fuego griego.

Los cercados, al observar el peligro, reforzaron su parapeto con más sacas de lana, material difícil de inflamar, y después empezaron a disparar con nutridas descargas. Las flechas incendiarias se abatían como lluvia, pero los asediados se hallaban también bien atrincherados y a resguardo, en tanto que los ballesteros debían disparar de pie y casi todos al descubierto, ya que sus caballos, espantados, huían por el campo. De todas maneras avanzaban, aunque con mucha lentitud y siendo diezmados por los cristianos, sobre todo por la duquesa, su esposo y Mico, magníficos tiradores que casi nunca fallaban el tiro.

—Muley —inquirió la duquesa luego de haber disparado una docena de tiros y no siempre sin fortuna. —¿Imaginas que podremos mantenernos hasta que lleguen los venecianos?

Damoko, que se había aproximado en aquel instante, replicó:

—Mi reloj suena porque le he soltado la cuerda, y, si no llegan los venecianos del almirante de la República, vendrán todos los cretenses que viven en las granjas de los alrededores. Ya recordaréis, señor Muley, que en la otra ocasión recibimos refuerzos merced a mi viejo reloj. Otro tanto ocurrirá, por consiguiente, hoy.

—Sí, Damoko —concordó el León. —¡Siempre que esta vez no acudan demasiado tarde!... Las flechas incendiarias caen también en tus cuadras y pueden prender fuego a la paja. En resumen, hasta el momento hemos liquidado a siete y ocho ballesteros que en estos instantes estarán divirtiéndose con las huríes del Profeta. Pero todavía quedan bastantes. ¡Si intentásemos efectuar una carga!

—No, señor. Son muchos.

—En tal caso no nos queda otro remedio que darnos a la fuga en el momento oportuno; antes, no.

—No obstante, con mi esposa me siento capaz de lanzarme a la carga y aniquilarlos.

—No cometáis semejante imprudencia, señor. Los turcos poseen aún demasiadas cimitarras y exceso de flechas. Si se prende fuego a la casa, intentaremos primero extinguir éste, ya que no con agua, con el vino almacenado en mi bodega.

—Vino que sería mejor beberse —adujo Mico, que para volver a cargar su arcabuz se había apartado hacia aquel lado, para protegerse de las flechas.

—¿Cuántos has liquidado hasta el momento, Mico?

—He contado siete, señor. De no haberles llegado el refuerzo, ya no tendríamos frente a nosotros enemigos.

—Lo cierto es —comentó Damoko —que estos montañeses son excelentes tiradores. Ahora deja tranquilo un instante tu arcabuz y ven conmigo a la bodega.

—¡A realizar el sacrificio del vino!

—No queda otra solución. La cisterna se halla fuera de la casa y sería peligroso perder el tiempo en sacar ahora toda el agua que podemos precisar. Empleemos la cosecha del año del generoso zumo de Noé, y de momento inundaremos la barricada. Si bien la lana es dificilísima de quemar, ocasiona mucho humo, y por añadidura infinidad de chispas que nos sofocarían. ¡Eh, bravo albanés! ¡A la bodega! Te permito que, antes de derramarlo, bebas a tu antojo.

—Cuando todos los turcos estén muertos o se hayan marchado.

—No tardarán, compañero.

—De momento, sacrifiquemos la bodega.

En tanto que ambos esposos acudían a defender el parapeto con sus arcabuces, el cretense y el albanés bajaron rápidamente a las bodegas y subieron en seguida con enormes botas llenas de vino.

Los turcos, aunque bastante maltrechos a consecuencia de los disparos de los cristianos, no se resolvían a dejar el campo y proseguían lanzando flechas incendiarias, no sólo contra la barricada, sino asimismo contra la cuadra, que, con techo de madera, podía ser pasto del fuego de un instante a otro y destruir las llamas toda la alquería. Los fardos de lana empezaban a arder y Mico y Damoko vertieron sobre ellos el vino, apartándose enseguida para no ser alcanzados por alguna flecha.

—Ya está —suspiró Mico. —¡Qué desgracia que se trague el fuego tan estupendo vino!

—¡Ea! Vamos a buscar otras botas, amigos. Si luego deseas beber, en la otra bodega guardo todavía Chipre.

El parapeto, inundado de nuevo, apagóse. Los turcos lanzaban fieros alaridos, desilusionados al ver aquella maniobra cuando ya pensaban haber obligado a los cristianos, que les ocasionaban grandes bajas, a salir de aquella barricada. Y viendo que ya no podían incendiarla, mojada como estaba, variaron de táctica.

Dejando de medio protegerse entre los pámpanos del viñedo, lo abandonaron y se precipitaron sobre sus caballos intentando un ataque directo y en toda regla a las cuadras.

—A los arcabuces —advirtió Damoko, comprendiendo el plan de los mahometanos y dando la voz de alarma, —o moriremos achicharrados.

El reloj continuaba sonando. Todos los asediados iniciaron un nutrido tiroteo contra los turcos descubiertos y varios de los musulmanes se desplomaron en tierra.

Por el contrario sus flechas no alcanzaban casi a las trincheras y menos todavía a las caballerizas.

Mico, el valeroso albanés, producía estragos. No desperdiciaba ni una bala y los que él elegía caían o con la cabeza o con la columna vertebral destrozada. Por un buen tiempo los turcos soportaron los disparos con una feroz tenacidad y reanudaron la carga para acercarse a las caballerizas. Después, de pronto, volvieron grupas y fueron a ocultarse en el viñedo.

—Escapan porque su intento les ha ocasionado excesivas bajas —comentó el León de Damasco.

—No pienso así, señor.

Y el valeroso cretense, exponiéndose a ser herido por alguna flecha, abandonó la barricada y se dirigió a las cuadras. Poco después lanzaba un tremendo grito:

—¡Fuego! ¡Fuego! ¡Estamos perdidos!

—¿Qué se incendia? —inquirió Muley.

—El establo. El heno está ardiendo y amenaza la vivienda.

—¿Nos vamos a dejar asar aquí? —exclamó la duquesa. —¡Salgamos ya y lancémonos a la carga!...

—Por este lugar, no, señora. Será más aconsejable que los turcos no nos vean. Ayúdame, Mico.

—¿A qué? ¿A terminar con más miserables de esos?

—En este trabajo ya se afanarán los demás por lo menos durante cinco minutos. Vosotros defended enérgicamente la puerta y cuidaos de los ballesteros, más peligrosos en este instante que los arcabuceros.

En una de las paredes de la cocina había una gran viga. Entre ambos la cogieron y comenzaron a dar golpes en uno de los extremos de la estancia con el fin de derrumbar aquella pared que afortunadamente no era demasiado sólida.

Mientras tanto los turcos no cesaban de disparar y gritar:

—¡Morid todos los de ahí dentro! ¡Perros despreciables! ¡Muerte a los cristianos!

Una densa humareda alzábase tras de la casa, progresando en dirección a la barricada y envolviendo a los arcabuceros.

Los duques, que habían adivinado las intenciones del candiota, reunieron los caballos y comprobaron sus arreos con detenimiento. Una correa rota o floja podía provocar un desastre en una carrera desenfrenada como la que iban a iniciar.

Mico y Damoko continuaban su trabajo y habían derrumbado ya buenos trozos de pared. Los atacantes, ensordecidos por las descargas de los arcabuces, no podían percibir los golpes de la viga. Por otra parte, convencidos de que no podrían extinguir el incendio, se habían alejado algo más del parapeto, conformándose con vigilar la puerta por donde no les cabía la menor duda de que habrían de ver salir a escape a los cristianos para no sucumbir entre el fuego.

Los cuatro candiotas mantenían un intenso tiroteo contra los mahometanos, logrando de cuando en cuando herir o matar a un jinete o un caballo. Siete u ocho, más temerarios o más valientes, habían intentado una carga contra el parapeto tan obstinadamente defendido. Pero casi todos murieron en el trayecto.

—¡A caballo! —exclamó de improviso Damoko. —La salida ya está practicada.

—¡En marcha, Leonor! No perdamos un instante y que Dios nos proteja. ¡Hacia Capso!

—¿Estamos todos? —inquirió el cretense.

—Sí.

—¿Qué están haciendo los turcos?

—Vigilan la puerta.

—¡A caballo y a todo galope!

Los turcos no podían ver el boquete abierto en el fondo y que constituía otra puerta lo suficiente amplia para permitir la salida de los jinetes. En un momento, por la brecha practicada por la que penetraba el humo en inmensas bocanadas, salieron a la campiña.

—¡A galope tendido! Por poco que tarden en comprobar los musulmanes nuestra huida, les habremos cogido una ventaja de quinientos metros, o tal vez mil.

En efecto, los turcos, tal vez a causa de las densas nubes de humo que envolvían la granja, no advirtieron la fuga. Pero no tardó uno entre ellos en dar la voz de alerta, ya que casi no habían avanzado mil metros cuando oyeron gritar:

—¡Aprisa! ¡Aprisa! ¡Los cristianos huyen!

Y como todos se encontraban montados emprendieron la persecución a todo correr de sus corceles.

—¡Dejadlos! —dijo Damoko, que indicaba el camino. —Nuestros caballos se hallan bien comidos y descansados, les hemos tomado una buena delantera y acaso se encuentran ya muy cerca los venecianos. Defended a la señora, señor Muley, a pesar de que ya conozco que lucha mejor que yo.

Todos llevaban los arcabuces colgados de las sillas y blandían yataganes y espadas, ya que las armas de fuego no resultaban eficaces en una carrera tan desenfrenada como aquella.

El León de Damasco, que había quedado en retaguardia en unión de los cuatro candiotas y el albanés, antes de avanzar para situarse al lado de su esposa y de Damoko, se volvió a sus perseguidores y les gritó, blandiendo su temible espada con su fuerte brazo:

—¡Venid a cogernos si sois capaces, perros! ¡Somos cristianos! Yo he renegado de ese falsario de Mahoma y no soy ya de vuestra religión. Venid, si os atrevéis, a combatir contra el León de Damasco y el capitán Tormenta, que tanto temor os infundió en Famagusta.

Los turcos contestaron con infernal vocerío. Pero ya no pretendieron espolear más a sus corceles para disminuir la distancia. Se consideraban muy pocos para atacar a tan famoso guerrero, la mejor cimitarra del Islam, en especial yendo en compañía de la duquesa, considerada como la más valiosa espada de la Cristiandad.

No obstante, no dejaban de perseguirlos y de vez en cuando les disparaban flechas, que jamás acertaban en el blanco. Los corceles de los fugitivos, menos cansados que los de los perseguidores, ganaban poco a poco terreno, avanzando por los desolados campos repletos de huesos humanos y por entre los viñedos y chumberas.

Muley se dirigió hacia Damoko.

—¿Cuánto falta todavía?

—Tres horas largas, señor.

—¿Podrán aguantar nuestros caballos manteniendo la distancia?

—Sí, señor. Los de los turcos se hallan más agotados que los nuestros y os garantizo que no nos alcanzarán hasta Capso. Por otra parte, pronto encontraremos a Nikola.

—Lo sé —respondió el León de Damasco, suspirando.

Y volviéndose para mirar a los enemigos, agregó:

—No ganan terreno.

—Y no lo ganarán, probablemente. Pero si esta galopada se prolongase mucho, también nuestros caballos habrían de ceder, señor.

—En tal caso tomaríamos nuestros arcabuces y los recibiríamos a balazos, disparando hasta acabar con las municiones. Las flechas no son peligrosas a tanta distancia.

— Pero son todavía muchos.

—Los diezmaremos de nuevo. De esto se ocupará Mico, que es rara la vez que falla un tiro.

Una colina bastante abrupta y elevada, con pobre y raquítica hierba, surgió frente a ellos, cortándoles el paso.

—¿No podríamos rodearla? —inquirió la duquesa. —Es que los caballos empiezan a dar indicios de fatiga.

—No es posible, señora. Está cercada por barrancas y desfiladeros que...

Se interrumpió de improviso y prestó atención.

—¿Qué ocurre, Damoko? —indagó Muley, que advertía que los caballos iban a quedar rendidos tras remontar y bajar aquella colina.

—He creído oír una trompa.

—¿No estarás equivocado?

—No, señor.

—¿Turca o veneciana? Su sonido es bien diferente para que puedan confundirse.

—Oíd.

—¿Será Nikola que se aproxima?

A pesar del fragor de los cascos de los caballos sobre las rocas, todos los fugitivos pudieron percibir los sonidos de una trompa. Lanzaron una exclamación de alegría:

—¡Adelante! ¡Adelante! ¡Son los venecianos!...

—¿Tendremos tanta suerte, Muley? Noto que mi caballo, extenuado ya por los forzados ayunos de Candía, va a desplomarse de un instante a otro.

—Te daré el mío. No te inquietes.

Otro sonido más agudo y cercano rasgó los aires, y casi al momento viose la cima de la colina llenarse de marineros venecianos. Al frente de ellos iba Nikola.

—¡Fuego!

Cincuenta arcabuces fueron disparados al unísono retumbando ensordecedoramente en el espacio y un huracán de balas se abatió sobre los asombrados musulmanes. Diez o doce de ellos se vinieron a tierra con otros tantos caballos. Los restantes huyeron a todo galope para refugiarse en los viñedos.

Los marineros venecianos se parapetaron para recargar sus armas y sólo el griego, que era el único que iba montado, bajó de su caballo blanco, moviendo frenéticamente los brazos.

—Te debemos la vida.

—¡Bah! Ya hubierais salido del compromiso sin mí. Pero estoy muy contento de haberos encontrado, ya que el almirante se dispone a zarpar con rumbo a Mesina, donde le esperan los aliados. Os garantizo que en esta ocasión libraremos un terrible combate que terminará con el poderío naval de los turcos.

—¿Y Candía? —interrogó el León con tono melancólico.

—No hay que pensar en eso. Una nueva posesión veneciana que perderá la Serenísima. Y acaso no sea la última ¿Huyeron todos esos perros?

—Fueron aniquilados la mayoría —repuso Mico.

—Bueno, pues venid El almirante tiene prisa por hacerse a la mar. En último término, dejad los caballos.

—¡Oh! Puesto que ya no nos persiguen, no es preciso apresurar a los animales y pueden alcanzar la ensenada —adujo Muley.

Emprendieron la marcha, subiendo lentamente la colina y fueron recibidos por exclamaciones de alegría de los venecianos, que apreciaban mucho a la duquesa, la heroína de Famagusta, y a su esposo.

A lo lejos, los escasos turcos que pudieron salvar la vida, seis u ocho, galopaban desenfrenadamente, aunque en silencio. Ya no atronaban los aires aquellos gritos de exterminio de ¡mueran los cristianos!

Tenían suficiente con la lección que les habían dado los cristianos y no se sentían capaces de hacer nuevas probaturas, asestando otro de aquellos golpes que tan famosos hicieran a los merodeadores del sultán en los alrededores de Candía, plaza ya inerme para la defensa.

Los fugitivos emprendieron lentamente, riendo y conversando con los marineros (que realizando un desesperado esfuerzo habían ido en su busca, puesto que la flota no disponía de caballos), el camino de Capso, contemplando el soberbio espectáculo del mar, iluminado ya por los primeros resplandores del sol.

11. La batalla de Lepanto

Nada más pasar a bordo nuestros amigos, la flota, no reforzada con ninguna nave más, a pesar de las continuas promesas de la Serenísima, levaba anclas y se hacía a la mar, con la esperanza, que anidaba en todos los pechos, de reunirse a los navíos de las potencias marítimas cristianas.

Se había decidido asestar el golpe definitivo al orgullo, o para ser más exactos a la insolencia musulmana por haber insistido en ello Venecia, siempre al frente de toda expedición audaz a Oriente. Y la más interesada, pidiendo a Pío V que ejerciera su influencia entre las más poderosas naciones cristianas para constituir una Liga.

Ya todos los Estados cristianos padecían las consecuencias del poder y las incursiones mahometanas, que entorpecían el comercio, apresaban naves, sin preocuparse del país que fueren, y condenaban a los cautivos a la despiadada labor del remo, sin esperanza alguna de poder algún día tornar a ver a sus familias.

El año anterior, el Papa había conseguido la ayuda de España, la máxima potencia marítima de la Cristiandad y que por razones políticas hubiera deseado la ruina de Venecia, su enemiga y siempre alerta para eludir ser dominada por Felipe II, más ambicioso, si bien menos guerrero que Carlos V, y que anhelaba conquistarla para culminar el total dominio de Italia.

Las escuadras se reunieron sin entusiasmo, excepto por parte veneciana. Se limitaron a enviar algunas naves en dirección a Chipre bajo las órdenes del valeroso Veniero y luego retornaron a Italia, dejando al anciano almirante con sólo sus ocho galeras.

Sin embargo, impresionados por las matanzas de Nicosia y Famagusta y después por la conquista de Canea y el asedio de Candía, los aliados terminaron por ponerse de acuerdo y pretender asestar un golpe final, incluso conociendo que la escuadra musulmana era muy poderosa y estaba al mando de un almirante, Alí-Baja, terror de todos los navegantes.

Hacia el 1 de septiembre de 1571, una formidable flota se encontraba reunida en el puerto de Mesina, esperando a Sebastián Veniero.

Muchos hubieran deseado que el mando de las fuerzas marítimas fuese confiado a alguno de los marinos más famosos y hábiles de aquel tiempo, genovés o veneciano. Pero la providencia destinaba esta gloria a un jefe hasta entonces desconocido y hoy inmortal, que respondió por completo a la confianza puesta por todas las naciones cristianas en su valor y pericia.

El mando supremo había sido confiado a don Juan de Austria hijo natural de Carlos V, joven de veinte años escasos, dominado por un gran entusiasmo, pero que desconocía por completo las cuestiones marítimas. Así lo había ordenado Felipe II y Venecia hubo de doblegarse, puesto que se hallaba agotada, en lugar de conferir el mando a un Veniero o a un Barbarigo: los dos marinos más famosos de aquel tiempo, hartos de combatir contra los mahometanos.

En consecuencia, se concentraron en Mesina setenta y tres galeras españolas, seis maltesas con numerosos caballeros de aquella valerosa Orden y después tres enviadas por el duque de Saboya. Posteriormente llegaron doce naves del Papa, a las órdenes de Marco Antonio Colonna, que tenía fama de ser un gran marino, y seis galeazas armadas con gran número de cañones que mandaba Venecia y encomendadas al proveedor Agustín Barbarigo, célebre capitán. Otros varios navíos fueron acudiendo y don Juan de Austria, que sólo aguardaba el regreso de Veniero con sus ocho galeras tripuladas por gente acostumbrada a combatir contra los turcos, pudo contar con doscientas veinte velas.

No fueron inadvertidos totalmente por Selim II los sospechosos movimientos, y acordándose de la audaz incursión del conde Morosini años antes frente a Constantinopla, no vaciló en reunir a sus almirantes: Alí-Bajá, siempre el primero; Petew-Bajá, Visir Serasker, Aluch-Alí, el bajá Mahomet Sirocco y los crueles Glafer y Hassan, con el objeto de prepararse a detener el golpe que adivinaban, con su habitual bravura.

El primero en llegar fue Alí-Bajá, el cual al enterarse de la presencia de Veniero en Capso fue en su busca, pero por fortuna acudió con mucho retraso. Ya en varias ocasiones habían escapado por milagro de sus incursiones por las costas de Grecia, en Chipre y en Candía y el fiero corsario argelino había jurado despellejar vivo al famoso marino, al igual que Mustafá desollara en Famagusta a Barbarigo.

Convencidos los mahometanos de que los sitiados de Candía, ya agotados por el hambre, sin casi municiones y totalmente desmoralizados por aquella prolongada campaña, nada podrían intentar contra los dos imponentes campamentos turcos (en cada uno de los cuales había ciento setenta y cinco mil hombres), habían embarcado con premura sus culebrinas y grandes bombardas, pusieron rumbo al instante para Capso. La galera del bajá llevaba a Haradja, a Metiub y al hijo de la duquesa, que Alí no quiso dejar al cuidado de nadie.

Luego de una carrera desesperada, las primeras divisiones navales llegaron a Capso, decididas a una total destrucción y con tripulaciones casi dobles. ¡Desgraciado Veniero, si hubiera sido cogido por sorpresa con su flota relativamente débil! Pero el anciano adivinó el peligro y se dio a la fuga, llevando consigo a los duques, al bajá de Damasco, a Mico y a Nikola. Los candiotas prefirieron permanecer en la isla donde habían nacido, aguardando mejores tiempos. Llevaban pocas horas de delantera a Alí y un viento desfavorable; cualquier desfallecimiento de los remeros podría hacer caer a los venecianos en manos de los turcos.

—Ofrendaré un gran cirio a la Virgen de la Salud —dijo Veniero a los duques. —A poco más no nos pilla ese perro de Alí y nos despelleja vivos a todos.

—¿No tenéis temor a un ataque durante la travesía? —inquirió Muley.

—¿No toparemos con alguna otra flota mahometana?

—No es posible. Todas las galeras del golfo del archipiélago fueron llamadas al asedio de Candía. Os garantizo que marcharemos tranquilos y que de aquí a cinco o seis días avistaremos el Etna.

—¿Y mi Enzo, mi querido Enzo? ¿Estará todavía en la nave almirante?

—Tengo la completa seguridad, señora, como también estoy seguro de que Haradja se encuentra en la capitana.

Un destello de odio brilló en los hermosos ojos de la duquesa.

—¡La tigresa de Hussif! —exclamó con voz ronca. —Como me la encuentre cara a cara le traspasaré la garganta con mi espada. Ha sido muy mala con nosotros esa mujer, ¿no es cierto, Muley?

—Sí, Leonor. Y como yo me hallaré allí, van a ser dos las estocadas que reciba esa perversa mujer.

—Guarda la vuestra para el bajá —adujo el almirante. —Vuestra esposa puede enfrentarse a la sobrina sin precisar la ayuda de vos.

—Sí, Haradja para ti, Leonor; para mí el bajá.

—Y para mí el capitán de armas —anunció en aquel instante el bajá de Damasco, que acababa de aparecer sobre el puente. —De esta forma cada uno tendrá su trabajo. ¿No lo consideráis así, señor almirante?

—¿Así que ya no sois mahometano, señor?

—No, no. Pienso hacerme cristiano, igual que mi hijo, si pisamos tierra italiana —exclamó el anciano.

—¡Al fin! —dijo Muley, abrazando a su padre. —La Cruz te ha tocado.

—Me parece que sí, hijo mío. Estoy cansado de pertenecer a una nación tan salvaje, que no habla sino de empalar y desollar. Maldito sea ese embaucador de Mahoma, que nos ha convertido a nosotros, nobles y valientes guerreros, en una horda de bárbaros siempre sedientos de sangre humana.

—La principal culpa, señor, la tienen los sultanes —adujo Veniero. —No dejaron jamás de reclamar carne cristiana, como si nosotros solamente hubiéramos sido creados para soportar todos los espantosos suplicios ideados por vuestros compatriotas, como si imaginaran que nuestra piel y nuestros nervios son menos sensibles que los suyos.

—Estáis en lo cierto, señor almirante. Pero yo considero que también para los sultanes se ha iniciado una época de decadencia.

Mientras, la flota, precedida de una ligera galeota enviada por don Juan de Austria a Veniero con el fin de apremiarle, navegaba con toda la rapidez posible, manteniéndose siempre alerta, ya que podría ser que toda la flota mahometana estuviera en su persecución.

Ésta constaba de doscientas ochenta galeras con ochenta mil guerreros ansiosos de sangre cristiana. Aguardaban sin cesar que cualquier tempestad sorprendiera a Veniero y lo enviase hacia las costas de Mossa o Negroponto. Pero, como hemos indicado, era hábil e inteligente en exceso el almirante veneciano y había mandado poner rumbo en dirección a las costas de Sicilia, aconsejando a todas las naves que procurasen mantenerse agrupadas.

Sabía que sus ocho galeras eran imprescindibles a la Liga, que de todas formas contaba con fuerzas bastante inferiores que los mahometanos y con ocho mil hombres menos.

Por fortuna, el viento se mantuvo favorable y los esfuerzos de Alí-Bajá no sirvieron de nada. Veniero, acelerando la marcha desde el primer instante, arribó a Mesina una mañana de principios de septiembre, siendo acogido con entusiasmo, ya que no había nadie que no tuviese fe ciega en aquel anciano y audaz capitán.

Al ver aparecer la enseña de la República, los marineros soltaron atronadores vítores, las galeras dispararon salvas, al igual que los cañones de tierra y la gente del pueblo, congregada en el puerto, aplaudió con frenesí.

Don Juan de Austria mandó izar el estandarte de la Liga que le entregara el Papa y que recibiera él con gran pompa en Nápoles pocas semanas atrás, e invitó a Veniero a pasar a su galera para mantener Consejo con los restantes capitanes.

Fue enorme el asombro del León de Damasco y de la duquesa al verle volver ya anochecido a su capitana con el rostro bastante sombrío.

—Se aseguraría que no estáis satisfecho con el Consejo de Guerra tenido a bordo de la real —observó Muley. —No obstante, hay concentrada aquí una escuadra capaz de causar espanto al bajá y a todos sus secuaces. Nunca, según me parece, se habían reunido tantas naves de guerra en ningún puerto.

—Es cierto, Muley —respondió el almirante, que parecía de un pésimo humor. —Si tuviera yo el mando de esta poderosa armada, os garantizo que marcharía a Constantinopla y haría estremecerse al sultán.

—¿Qué novedad hay entonces? —indagó la duquesa.

—Que los aliados, aunque resueltos a limpiar de corsarios y turcos el Mediterráneo oriental, no acaban de decidirse

—¿Será que don Juan tendrá temor? —inquinó el León de Damasco.

—El no; es un joven valeroso que sólo piensa en la gloria, pero ha de acatar las órdenes de su hermano Felipe II, quien parece inquietarse bastante por sus galeras.

—¿De manera que nos quedamos aquí?

—Se han enterado de que Venecia envía otra flota al mando de dos audaces capitanes a quienes conozco en persona y que son Canal y Quirini y...

—¿Y quieren esperarla?

—Sí, Muley. Y de esta forma dan ocasión a los turcos para concentrar todas sus galeras. ¡Ah! Continuar aquí inactivos con ochenta mil hombres es un crimen.

—Procurad influir en don Juan.

—Es hijo, aunque natural, de un rey, y de los más célebres que ha tenido España, y a mí no me cabe sino inclinar la cabeza. ¡Y quedar relegado a segundo lugar! —exclamó con amargura Veniero. —¡Ah! Tras tantos años de navegación y de victorias no me debieran haber colocado a las órdenes de un jovencito que va a enfrentarse a los turcos y navega en una galera por primera vez.

—El Senado veneciano no debió sacrificaros de esta forma; debiera haberse opuesto —adujo la duquesa.

—¿Y entonces...? —inquirió Muley con acento anhelante, pensando en su hijo raptado por Alí-Bajá.

—Aguardemos —repuso el almirante, que parecía bastante desanimado.

—¿Se reunirá con nosotros la flota de Quirini?

—¿Quién podría asegurarlo? Navega por el Adriático que se encuentra infestado de naves musulmanas, que en cualquier momento pueden sorprenderla y capturarla. Confiemos en Dios.

Las galeras de la Liga, aunque lo bastante numerosas para reñir un combate, continuaban inactivas en el puerto de Mesina, dando así ocasión a que los musulmanes se reunieran y eligieran el punto que más les convenía para esperar a sus enemigos.

No estaban de acuerdo los capitanes cristianos. En tanto que unos consideraban que debía salirse al encuentro de Alí-Bajá al momento, otros recomendaban prudencia extrema y aguardar los refuerzos prometidos por Venecia, a pesar de su agotamiento.

En realidad, la primera opinión no era sustentada más que por Veniero, contenido, sin embargo, por el proveedor general de la República, Agustín Barbarigo. En consecuencia, intentó convencer a Colonna respecto a la conveniencia de efectuar una correría, con el objeto de decidir a los otros a seguirlos, pero el leal romano no aceptó por miedo a perder las galeras del Papa.

Finalmente, a mediados de septiembre, las galeras de Quirini, luego de pasar de una forma maravillosa por entre las turcas, anclaban en el puerto de Mesina para convertir en poderosísima la ya imponente armada de los aliados y en la mañana del 16 salieron del puerto. Pronto supieron que la flota turca, en lugar de avanzar hacia las costas de Sicilia, había buscado refugio en el golfo de Lepanto, lugar seguro a causa de su infinidad de escolleras.

El 7 de octubre de 1571 se enfrentaron ambas escuadras. Don Juan de Austria, tras haber pasado revista una por una a todas sus naves, las mandó desplegar conforme al plan establecido con antelación, y disparó un cañonazo de reto hacia las naves otomanas. Alí-Bajá le replicó al instante y se entabló un combate sangriento y espantoso. Más de ochocientos cañonazos se dispararon a un tiempo por uno y otro bando con infernal estampido.

Sebastián Veniero observó el peligro en que se hallaba la galera real, hacia la cual se dirigía con resolución y furia Alí-Bajá, pretendiendo apresar al joven almirante de la Liga; acudió a cubrir a la galera real, en tanto que otras naves turcas cercaban casi totalmente a Marco Antonio Colonna. Pero el que se hallaba en aquellos instantes en mayor riesgo era Agustín Barbarigo con su capitana, rodeada y vigorosamente atacada por cuatro formidables galeras. Se hallaba a punto de ser capturada cuando su comandante tuvo una idea ingeniosa.

La galera disponía de trescientos galeotes y como sus remos en aquel momento eran por completo inútiles, hízolos desencadenar y les garantizó conseguirles el indulto de sus delitos si estaban dispuestos a luchar con bravura. Les entregó, por tanto, armas y los mandó subir al puente, ya medio dominado por los turcos.

El combate se reanuda con mayor furia. Los galeotes, con desprecio de sus vidas, se arrojan contra los sectarios de la Media Luna que no querían abandonar la galera y, secundados por la tripulación, provocan entre sus filas numerosísimas bajas. Las cabezas turcas caen al mar, tiñendo las hasta entonces transparentes aguas del canal.

Ya los habían expulsado cuando un ballestero de Aluch-Alí, distinguiendo a Barbarigo sobre el puente, le lanzó una saeta, que le penetró en un ojo. El infortunado almirante, por no desalentar a los suyos, prosiguió combatiendo con gran heroísmo y continuó media hora más en su puesto de combate sin emitir un grito ni un lamento. Al fin se desplomó, y al ser trasladado a su camarote cedió el mando a Federico Nani.

Entretanto, la capitana del bajá, con rápida maniobra y sorprendente bravura, se había precipitado al abordaje de la real, y tras disparar todas sus piezas sobre la cubierta española, lanzó, entre horribles clamores, a todos sus hombres al asalto del castillo de popa.

Los españoles, aunque habiendo sufrido numerosas bajas, alentados por las voces del joven y valeroso príncipe, hicieron frente a la acometida con tan vigoroso coraje, que los turcos se encontraron frente a un auténtico muro de hierro. Sebastián Veniero, que, como señalamos, había decidido velar por el hijo de Carlos V e intentar salvar al de la duquesa, abordó por su parte a la nave almirante turca.

Cinco guerreros fueron los primeros en precipitarse sobre la cubierta de la capitana y subir al castillo de popa, en donde unos pocos turcos ofrecían una resistencia inútil. Eran la duquesa, el bajá de Damasco, su hijo, Mico y Nikola. Por medio de estocadas se abrieron paso y conducidos por el albanés, que conocía cuál era el camarote, se encaminaron a él.

De improviso los latidos de sus corazones palpitaron aceleradamente al oír una exclamación:

—¡Mamá! ¡Mamá!

La había lanzado el pequeño Enzo.

La duquesa y sus amigos se precipitaron en aquella dirección igual que tigres, no ya blandiendo las espadas, sino los pistolones, y se hallaron frente a Haradja y su capitán de armas, que intentaban arrojar al niño al agua, acaso aprovechando la ausencia del bajá.

—¡Suelta a mi hijo! —gritó la duquesa, atacando con fiereza a la castellana de Hussif.

Se escucharon un par de disparos de pistola y Haradja, que tenía levantada la visera, se desplomó dejando caer a Enzo. Entretanto los cuatro hombres se abalanzaron sobre Metiub, que pretendía primero proteger a su señora y coger luego al niño, y el valiente capitán de armas cayó también al instante, acribillado.

—¡Vámonos! —dijo la duquesa, tomando en sus brazos a su hijo.

Subieron a cubierta en el preciso instante en que el bajá caía muerto al frente de sus guerreros.

Escuchóse un formidable clamoreo, que se impuso a las detonaciones de los arcabuces.

—¡Victoria! ¡Victoria!

Al momento se arrió el estandarte turco, izándose en su lugar el de la Santa Liga. Después los aislados combates que aún se sostenían fueron cesando al poco tiempo.

Un cañonazo anunció el final de la batalla, sobre las seis de la tarde y sirvió para la reunión de la escuadra.

Sebastián Veniero y Colonna subieron a la galera real y se arrojaron llorando, emocionados, en los brazos del joven príncipe, que si bien apenas contaba veinte años de edad, había combatido igual que un valeroso y veterano guerrero.

En aquel instante moría Barbarigo, contento y feliz al enterarse en su lecho de agonía que se había logrado tan grandiosa victoria.

Doscientas cuatro naves turcas fueron hundidas, noventa y cuatro encendidas y ciento treinta apresadas, con treinta mil esclavos cristianos condenados como galeotes; ciento diecisiete cañones de buen calibre y doscientos cincuenta menores, las farolas, las enseñas, hasta la del bajá, que todavía figura en el arsenal de Venecia, y otros extraordinarios trofeos.

Por añadidura fueron capturados tres mil cuatrocientos sesenta guerreros.

Por espacio de dos días el cielo de Lepanto permaneció nublado como consecuencia de las galeras incendiadas, y el mar teñido de rojo a causa de la sangre vertida.

Acabada la batalla, Veniero envió a Venecia la galera Angelo Gabriele, al mando de Hunfredo Giustionini, a bordo de la cual iban el bajá de Damasco, su hijo, la duquesa, Enzo, Nikola y Mico. Diez días más tarde, la galera llegaba a la Reina del Adriático por el puerto de Lido, llevando la gran nueva. El capitán tenía la misión de entregar al Senado la descripción del combate naval, escrito de puño y letra de Sebastián Veniero.

Es digna de ser reproducida:

Al encuentro nuestro venían cuatro galeras con farola de mando. Don Juan atacó a Alí-Bajá, proa contra proa, y yo tenía el palo mayor destrozado, y Dios quiso que todos los golpes me los asestaran por la parte de popa.

En este instante se acercaron dos esforzados caballeros micer Cattarin Malipiero y micer Juan Loredán, a los que mandé llamar y que murieron luchando valerosamente.

Mi galera, con su artillería, arcabuces y aros, no dejaba cruzar ningún turco desde la popa de la galera del bajá a su proa. Por eso tuvo oportunidad don Juan de entrar al abordaje y tomarla, muriendo el bajá en la lucha. Y puedo afirmar con verdad que de no haber sido por mí no habría podido tan fácilmente apoderarse de ella el generalísimo.

Yo además combatía contra otras galeras, una a estribor y otra casi a popa, aunque con la mía las dominaba por ser más alta.

Luego de dejar parte de los prisioneros turcos, bien encadenados, en mi galera, volví para auxiliar a la nave almirante española, siempre en continuo peligro.

Duro fue el combate, puesto que duró más de tres horas.

Seguía la lista de muertos y heridos y acababa con el siguiente comentario:

Por lo que les tengo más envidia que consideración, ya que murieron honrosamente por nuestra patria y por la fe de Jesucristo.

Enorme, extraordinario, fue el entusiasmo de los venecianos al conocer tan estruendosa victoria.

Se celebraron grandes fiestas, sobre todo por los mercaderes con el fin de festejar el acontecimiento, y en ellas estuvieron presentes la duquesa, Muley, el bajá de Damasco, Enzo, Mico y Nikola, instalados ya todos en el magnífico e inmenso palacio de Loredán.

12. Conclusión

La grandiosa victoria naval, la más gigantesca librada en el mundo, no dio los frutos apetecidos a causa de los secretos designios de Felipe II, que no deseaba que Venecia recobrase su antiguo poderío y su pasado esplendor.

Los aliados, en lugar de aprovechar el espanto que cundía entre los mahometanos y de la aniquilación de su escuadra para marchar al instante a reconquistar Chipre y libertar Candía, se enzarzaron en mezquinas rivalidades y volvieron, a pesar de los esfuerzos desesperados de Sebastián Veniero, sin haber intentado ninguna nueva acción.

La infortunada República se encontró, por tanto, de nuevo sola para combatir contra el turco.

Sebastián Veniero, postergado a causa de las reiteradas exigencias de España, fue reemplazado por otro almirante, destinándosele únicamente el mando de una pequeña flota del Adriático. Pero este gran marino fue el auténtico vencedor del combate naval de Lepanto. Falleció en Doge el 3 de marzo de 1578, a la avanzada edad de ochenta y dos años, y fue enterrado en la iglesia de San Pedro Mártir en Murano.

Mientras tanto, Candía proseguía defendiéndose heroicamente y aún habría de tardar veinte años en entregarse. Cuando sus últimos defensores se rindieron sólo quedaban cuatro mil, que más que hombres semejaban cadáveres. Pero los infieles respetaron sus vidas. La población no existía. El hambre, los proyectiles y las enfermedades terminaron con los candiotas: hombres, mujeres y criaturas.

No obstante, Venecia, en la capitulación de la heroica ciudad, pudo lograr de los musulmanes dos pequeños puertos comerciales, puestos que, al cabo de pocos años, también caerían en poder de la aborrecida potencia de la Media Luna.


Publicado el 4 de marzo de 2017 por Edu Robsy.
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