La Jirafa Blanca

Emilio Salgari


Novela



Capítulo I. El jefe de los Griquas

Una hermosa mañana del mes de Mayo de 1858, uno de esos grandes furgones que utilizan los colonos del Cabo de Buena Esperanza y los boers del Orange y del Transvaal, verdaderas casas ambulantes, que sirven de albergue durante la noche, se detenía en las orillas de un riachuelo tributario del Orange.

Iba tirado por un par de bueyes guiados por dos robustos negros armados de largas trallas y seguidos por dos hombres blancos, montados en magníficos caballos de pura raza.

Uno de los europeos era un anciano que frisaría en los sesenta años, de cabellos blanquísimos, la barba muy larga, la piel algo bronceada, y defendidos los ojos con gafas negras para resguardarse de los reflejos del sol africano.

Su compañero era un joven rubio, de tez rosada, ojos azules, bastante robusto, a juzgar por sus formas y la anchura de sus hombros, y con barbas no menos crecidas que las de su compañero. Vestían ambos como los colonos del Cabo de Buena Esperanza. Llevaban sombreros de fieltro de alas muy anchas, cazadora y pantalones de gruesa tela azul, polainas muy altas con doble fila de botones y zapatos con espuelas de acero.

Iban armados de cortas y pesadas carabinas, verdaderas armas para la caza de los grandes animales y llevaban pendientes del cinto sendos cuchillos de un pie de largo, asaz puntiagudos.

—¿Nos detenemos aquí, William? —preguntó el viejo, al ver que el carro se detenía.

—Sí, doctor —respondió el joven—. Debemos esperar al jefe de los Griquas, de quien espero saber dónde podremos encontrar esa famosa jirafa blanca.

—¿Sabéis, William, que si conseguís encontrarla, el director del Jardín Zoológico de Berlín os pagará una gruesa suma?

—Sí, veinte mil marcos —respondió el joven sonriendo—. Me lo ha dicho el cónsul alemán del Cabo. Bonita suma; os aseguro, doctor, que haré lo posible por ganarla. No soy más que un pobre cazador sin bienes de fortuna y sin plata depositada en los Bancos del Cabo.

—Y yo estoy dispuesto a ayudaros. Apenas me escribisteis hablándome de ese rarísimo animal, dejé a Dresde sin perder momento para venir a reunirme con vos. ¡Una jirafa blanca! Vale la pena de hacerle emprender un viaje a un naturalista, con tanto mayor motivo si se lo suplicaba el director del Jardín Zoológico de Berlín, mi caro doctor Von Bluck. ¡Oh! Ya encontraremos esa famosa jirafa, si es que realmente existe.

—Si no tuviese la prueba de su existencia, no os hubiera escrito, doctor Skomberg.

—Me tenéis que decir aún dónde ha sido vista y por quién.

—Esperaba que hubiésemos llegado a los lugares donde se encuentra el precioso animal.

—¡Precioso decís!

—Puesto que vale veinte mil marcos, bien se le puede llamar así.

—Es verdad, mi joven amigo —dijo el doctor—. Contadme entonces…

—Después de haber almorzado, doctor. Tengo un hambre canina.

—Y yo de hipopótamo. El aire del África austral me prueba mucho.

—Pues me alegro. ¡Hola! Flok, y tú, Kambusi, preparad nuestro almuerzo, mientras los bueyes pacen por su cuenta.

Los dos negros, que habían desuncido los bueyes, dejándoles en plena libertad, izaron un pequeño toldo de lona blanca, sostenida por cuatro estacas entrelazadas, y descargaron del carro una caja que debía servir de mesa al joven cazador y al doctor sajón.

Algunos minutos después, los dos blancos almorzaban una pierna de antílope y una botella de cerveza, que los dos negros habían puesto a refrescar en agua.

—Mi excelente amigo —dijo el doctor, entre dos bocados—, creo no haber probado jamás tan delicioso almuerzo en Dresde. Nuestros mejores restaurantes nada valen en comparación de un piscolabis hecho en la frontera de la colonia del Cabo.

—No me lo digáis a mí, que desde hace siete años, como, ceno y duermo en estas tierras.

—Pronto comenzasteis vuestra carrera como cazador africano.

—A los veinte años —dijo el joven.

—¿Qué capricho pudo lanzaros tan joven, desde Baviera al Cabo de Buena Esperanza?

—La miseria, doctor. Derroché locamente mi patrimonio y una mañana al despertar, me encontré con sólo mil doscientos marcos en el bolsillo. ¿Qué hacer? La vida se me había hecho molesta y sentí na poseer los conocimientos necesarios para entrar como empleado o viajante en alguna casa de comercio. Con el poco dinero que me quedaba, me embarqué para el Cabo. Decíase que los colonos se hacían allí rápidamente ricos. Fue una desilusión. Entonces me lancé al desierto y me hice cazador, viviendo unas veces entre negros y otras entre los boers. ¿Queréis que os sea franco? Nunca me encontré tan bien, y ahora, por nada renunciaría ya a esta vida libre y llena de emociones.

—Y os habéis hecho famoso, querido amigo. En el Cabo se habla mucho de las cacerías que emprende William Becker.

—Exageran, doctor.

—No, mi bravo amigo. Lo dicen los boers, que son famosos cazadores, y por lo tanto, debe ser verdad.

—No me habéis visto aún puesto a prueba.

—No faltarán ocasiones —dijo el doctor—. Pero ¿y nuestra jirafa blanca? Ya la había olvidado: decidme, pues, mi excelente amigo, cuándo ha sido vista.

—Os lo voy a contar —dijo el joven cazador.

Vació un vaso de cerveza, encendió la pipa, y después, tendiéndose cómodamente en tierra, prosiguió diciendo:

—Seis meses hace que me hallaba cazando elefantes en las orillas del Koimkibo, un río que atraviesa casi todo el país de los Granguas Namaguas, cuando algunos cazadores negros vinieron a decirme que habían visto una jirafa toda blanca, que guiaba una numerosa manada de compañeras. La cosa rae pareció tan extraordinaria, que no di fe a aquella afirmación. Creí que los negros me habían venido con aquel infundio para sacarme algún dinero. Viendo que no daba crédito a sus palabras, se ofrecieron a enseñármela, a cambio de cuarenta cartuchos de pólvora y una botella de aguardiente. Pronto pude comprobar, que la estupenda nueva era verdad, pues tres días después, en los bosques de Uguk, pude verla por mis ojos.

—¿Estáis seguro de no haberos equivocado, William? —preguntó el doctor.

—La he visto a doscientos metros de mí. Era de alzada gigantesca, toda blanca, como si fuese de nieve, y guiaba una manada de veinticinco o treinta jirafas. Hice fuego y erré el tiro. Más adelante la vi en la llanura de Huini y después en la de Obib, donde perdí sus huellas, al cabo de cuatro meses de obstinada persecución.

—¿Y dónde la vamos a encontrar ahora?

—Os he dicho que espero al jefe de los Griquas. Algunos de sus hombres la han visto hace dos semanas.

—¿Dónde?

—Esto es lo que nos habrá de decir.

—¡Qué fortuna si pudiésemos apoderarnos de tan raro fenómeno! ¡Una jirafa blanca! ¡Un animal que todos los Jardines Zoológicos del mundo envidiarían al de Berlín! —exclamó el doctor.

—La cogeremos, aunque tengamos que seguirla a través de toda el África meridional.

Disponíanse ya a levantarse al objeto de poner en orden las cajas que ocupaban gran parte del inmenso carro, cuando los dos negros que vigilaban los bueyes comenzaron a gritar:

—¡Señores!, ¡gente armada!

Los dos alemanes se apresuraron a coger sus carabinas y se lanzaron fuera de la tienda.

—En la orilla opuesta del río, en medio de las mimosas que cubrían las márgenes, veíanse cuatro negros armados de arcos y azagayas; eran todos altísimos, robustos y llevaban sobre las caderas un tonelete de tela basta y en la cabeza un capote de plumas de avestruz.

Viendo aparecer a los dos blancos, agitaron sus azagayas y luego levantaron en alto un ramo de mimosa, lo cual significaba señal de paz.

—¿Quiénes sois? —preguntó el cazador.

—Hombre del jefe de los Griquas —respondió uno de los cuatro negros.

—¿Dónde está vuestro jefe?

—Está para llegar; preparaos a recibir a nuestro poderoso señor.

—Id a avisarle que le estamos esperando.

—¿Es, entonces, un poderoso monarca? —preguntó el doctor cuando los negros se hubieron alejado.

El joven prorrumpió en una carcajada homérica.

—Todos estos jefes se dan tono de valer más que el Gran Sultán, cuando no pasan de ser unos miserables pordioseros, siempre a vueltas con el hambre. Pronto habéis de ver a ese gran jefe.

—Oigo que tocan unos cuernos.

—Es la respuesta del poderoso jefe —dijo William, echándose a reír.

Oíanse, en la otra orilla del río, unos mugidos que parecían emitidos por una manada de búfalos y se iban acercando apresuradamente, acompañados de unos golpes sordos que no tenían nada de agradable.

Poco después, dejáronse ver de nuevo en la orilla opuesta los cuatro negros, seguidos inmediatamente de otros cuatro que soplaban desesperadamente en unos cuernos monstruosos, y otros dos que percutían unos tambores excavados en un tronco de árbol.

Detrás venía el famoso monarca, a horcajadas sobre un vigoroso negro destinado a servirle de caballo.

El poderoso jefe de los Griquas era un viejo de cincuenta a sesenta años, con los cabellos todos blancos, la piel pingosa y escamosa, los ojos legañosos, echado a perder por los vicios y las orgías sobre base de aguardiente.

Llevaba en la cabeza un casco de bombero todo abollado y sobre los hombros una piel de leopardo. Cubríase de medio cuerpo abajo, con unas sayas de mujer, aceitosas, descoloridas, rasgadas en la parte inferior y adornadas con cuentas de vidrio.

Empuñaba fieramente en su diestra una azagaya y en la izquierda llevaba una botella que de vez en, cuando acercaba a los labios.

El borrachín necesitaba reforzarse durante el viaje con algún trago de aguardiente o de ratafia.

Detrás de él iba su ministro, un miserable negros embrutecido por las orgías y que llevaba como único distintivo un cuerno de rinoceronte colgado del cuello.

—¿Es éste el terrible jefe? —pregunto el doctor, que miraba curiosamente al viejo negro, sentado sobre los robustos hombros de su portante.

—Sí —respondió William, riendo.

—¡Estrafalario tipo, a fe mía! No dejaría de hacer buena figura en un serrallo de monas.

—¡Hombres blancos! —gritó en aquel momento el primer ministro, con voz ronca—. ¡Tributad los honores al poderoso jefe de los Griquas, señor de mil aldeas y amo de las llanuras y los bosques! ¡Ha matado a mil enemigos y tiembla ante él toda el África austral!

—¡Mentecato! —murmuró el cazador—. Tus mil aldeas se reducen a cincuenta chozas de paja. Doctor, saludemos a esos mendigos.

Y en su consecuencia los dos alemanes levantaron en alto sus carabinas y dispararon. El jefe devolvió el saludo agitando su azagaya, y en seguida la pobre comitiva se metió en el río, cuyas aguas estaban muy bajas y ganó la orilla opuesta.

—¡Salud a los hombres blancos! —dijo el jefe, dejándose caer a tierra.

—¡Salud al gran jefe de los Griquas! —respondió William.

—Os esperábamos en nuestra tienda para ofreceros unas copas.

—Los hombres blancos son buenos —añadió el jefe, haciendo un torpe saludo—. No son avaros y regalan siempre que beber a sus amigos negros. ¡Tengo sed, mucha, mucha sed! Me bebería cien galones de aguardiente en veinticuatro horas.

—¡Vitriolo te daría yo! —murmuró William—. ¡Eso te refrescaría el gaznate, viejo bribón!

Llegados bajo la tienda se sentaron sobre algunas cajas que los criados habían traído, y William destapó una botella de ron, llenando tres grandes copas.

La escolta quedaba fuera, devorando ávidamente una cesta de galletas que les habían regalado los dos blancos.

—Veo que mi joven amigo, el gran cazador, no ha faltado a la palabra —dijo el jefe de los Griquas, después de haber vaciado de un solo trago su copa—. Temí que no me esperase.

—El gran cazador no falta nunca a las promesas que hace —respondió William.

—Entonces, échame más bebida.

—Después, mi viejo amigo —respondió el joven cazador—. Has bebido ya demasiado y si continuaras no podría saber lo que deseo de ti.

—Mi lengua está seca como la piel del rinoceronte.

—Más tarde la bañarás con las botellas de ratafia que quiero regalarte.

—¿Me darás seis botellas? —exclamó el negro con alegría.

—Tú lo has dicho.

—Añadirás alguna otra cosita. Tu viejo amigo, el poderoso jefe de los Griquas, no tiene ya el pañuelo encarnado que antes le servía de bandera.

—Te daré otro.

—Ni hilo, con que zurcir el manto real.

—Lo tendrás.

—Tampoco tiene…

—Basta ya, o te echo de la tienda y levanto el campo —exclamó el cazador con impaciencia—. Dime dónde has visto la jirafa blanca.

—¿Te corre mucha prisa?

—Deseo tener su cola —respondió el cazador.

—¿Para qué?

—Para hacer un talismán.

—¿Muy precioso?

—No, eso no —se apresuró a decir William—. ¿Dónde se encuentra esta jirafa?

—La he visto la semana pasada, es decir, la han visto mis hombres, en las llanuras de Garugara.

—¿Estaba sola?

—No, guiaba una manada de veinticinco o treinta jirafas —respondió el negro.

—¿Puedo fiarme de ti?

—Lo juro por mis fetiches.

—Si dices la verdad y la mato, te regalo la carne y otras seis botellas de ratafia.

—No he mentido.

—¿No la habrá matado nadie en este intermedio?

—Bien sabes que no deja que se le acerque nadie. Todos la han seguido, sin resultado. Y después ¿quieres que te lo diga? Todos le tienen miedo.

—¿Por qué?

—Esa bestia debe tener algún maleficio en su cuerpo.

—Eso mismo me sospechaba yo —dijo irónicamente William—. He oído decir que el hombre que la mate, tiene que morir al cabo de una semana.

El negro hizo un gesto de espanto.

—Advertiré el peligro a mis guerreros.

—Harás bien.

—Y tú, ¿no tienes miedo?:

—Yo soy un hombre blanco.

—Es verdad —dijo el negro—. Un blanco puede matar sin peligro a un animal blanco.

—¿Cuánto distan de aquí las llanuras de Garugara?

—Tres jornadas de marcha.

—Doctor —dijo William—, pronto levantaremos nuestro campo.

—Cuando queráis, mi joven amigo.

—E iremos a hacer salir del cubil a esa maravillosa bestia.

Le fueron regaladas al negro las seis botellas, añadiendo a ellas un pañuelo encarnado, que debía servirle para una nueva bandera; un poco de hilo y agujas, y después, sin más cumplidos, fue despedido.

El jefe, por su parte, una vez obtenidos los regalos, no pensaba más que en volverse a su aldea para vaciar las botellas en compañía del primer ministro y de sus mujeres.

Saludó a los dos generosos blancos expresando su deseo de volverles a ver después que hubiesen muerto a la jirafa. Montó de nuevo en su cabalgadura humana y regresó al río con su escolta y su orquesta, desapareciendo entre los árboles.

Apenas se había perdido de vista, cuando los dos alemanes continuaban su viaje, emprendiendo el camino hacia el Norte.

Capítulo II. La muerte del ladrón

El país de los Granguas Namaguas, junto con el Damara, forma un territorio vastísimo, limitado al Sur por el río Orange, que sirve de frontera a la Colonia del Cabo de Buena Esperanza, al Oeste por el Océano Atlántico, al Este por la Bechualandia, sujeta hoy a Inglaterra, y toca, por el Norte, con las posesiones portuguesas del Benguela.

En la época en que empieza nuestro relato, el país de los Granguas Namaguas era aún independiente, mientras hoy es una colonia germánica. Estaba muy poco poblado, y sólo contaba con algunas pequeñas aldeas diseminadas en sus extensiones inmensas. En cambio, era riquísimo en caza, y lo recorrían numerosos cazadores que mataban gran número de leones, elefantes, cabras, jirafas, búfalos, antílopes, rinocerontes, etc., y allí había hecho William sus primeras armas con gran fortuna, consiguiendo en seguida distinguirse entre todos.

La caravana, dejando las orillas del río, se había puesto en camino hacia el Norte para llegar cuanto antes a la llanura indicada por el jefe negro.

El terreno era malísimo, lleno de hoyos y desmoronado en parte; el carro continuaba tirado por bueyes y guiado por los dos negros, conductores habilísimos educados por los boers.

La vegetación era escasa, viéndose tan sólo algunas acacias y raros manchones de césped. En lontananza veíanse dibujarse bosques que debían ser muy espesos y algunas colinas cubiertas de vegetación asaz verdeante.

Mientras los dos negros se fatigaban por hacer avanzar el pesado vehículo, que a cada momento amenazaba volcar a causa de los desmoronamientos del suelo, el doctor y William, a caballo, discurrían entre sí respecto al país, sus habitantes y las grandes cacerías.

—¿Habéis matado muchos animales en estos parajes? —preguntaba el viejo sabio.

—Muchos leones —respondía el cazador—. En otro tiempo abundaban extraordinariamente y hacían estragos en los ganados de los negros, pero hoy se ven ya pocos.

—Quisiera llevar a Europa algunas pieles para regalarlas al museo de Dresde.

—No faltarán ocasiones. Pronto cruzaremos por un territorio donde aun se encuentran muchos.

—¿Nos vendrán a perturbar esta noche?

—No me sorprendería.

—Estaremos alerta. Son fieras muy temibles.

—Peligrosas, doctor —respondió William—. He pasado con ellas muy malos ratos.

—¿Me contaréis algunas de vuestras aventuras?

—Sí, esta noche, alrededor de la hoguera del campamento. Pasaremos mejor el tiempo.

Así platicando, continuaban el fatigoso camino hacia el Norte, siguiendo el carro que avanzaba lentamente.

Aquel enorme vehículo hacía fatigar mucho a los bueyes, hundiéndose a menudo las ruedas en el suelo, que en ciertos lugares era pantanoso.

Todo el día estuvo caminando la pequeña caravana, atravesando muchos torrentes, hasta que por la noche se detenía a corta distancia de la selva que se divisaba desde la mañana.

Era un bosque muy espeso, formado de enormes baobabs, de palmeras silvestres y de céspedes altísimos y en su mayoría espinosos. Internarse con el carro en aquella intrincadísima arboleda hubiera sido imposible; sin embargo no le quedaba otro remedio a la caravana que bordearlo a fin de poder alcanzar y atravesar las colinas que se encontraban más al Norte.

Los bueyes fueron desuncidos y se les dejó apacentar en plena libertad, y encendióse fuego para preparar la cena. No se izó la tienda por tener los dos alemanes la costumbre de dormir en el carro, a fin de no exponerse a los asaltos de las fieras.

Habían matado aquel día un antílope^ y se disponían a asar una docena de costillas, a las cuales añadieron tortas de trigo, fritas con manteca, y frutas secas compradas en el Cabo.

Después de haber comido, los dos alemanes se echaron sobre la hierba, saboreando una buena taza de café.

Iban ya a encender las pipas, cuando uno de los dos negros, el llamado Kambusi, se acercó a sus amos con el rostro descompuesto.

—¿Qué ocurre, amigo? —preguntó el cazador adivinando que pasaba algo grave.

—Señor —exclamó el negro—, he ido a recoger los bueyes para atarlos en torno del carro y falta uno.

—Se habrá metido en el bosque.

—Tal vez, pero no le he visto salir.

—¿Has seguido sus huellas?

—Sí, señor.

—¿Y no lo has encontrado?

—He visto hierbas empapadas en sangre.

—Lo habrá matado alguna fiera grande —dijo el cazador, poniéndose en pie con la carabina.

—Una hiena no podría derribar y llevarse un buey —observó el doctor.

—Sólo puede haber sido un león —afirmó William.

—Pero ¿es posible que se haya acercado tanto sin dejarse oír? Por lo común, cuando ven la presa lanzan sordos rugidos.

—No siempre.

—¿Y le dejaremos devorar en paz nuestro pobre buey? ¿Se lo habrá llevado muy lejos?

—Tal vez a su cueva.

—Parece imposible tenga tanta fuerza que pueda llevarse una bestia tan pesada.

—Tienen una fuerza prodigiosa.

—¿Qué hacemos?

—Me habéis dicho que os gustaría tener alguna piel de león para regalar al museo de Dresde.

—Es muy cierto, William.

—Os regalaré la del ladrón que ha robado el buey.

—¿Queréis darle caza con esta obscuridad?

—No; mañana al amanecer.

—¿Estaremos a cubierto de sus asaltos por esta noche?

—Nuestra fiera tiene en qué entretenerse, y por lo tanto, no vendrá a molestarnos. Los leones no: atacan sino cuando están famélicos.

—Vamos a dormir, William. Son ya las diez.

Hicieron encender cuatro hogueras alrededor del campo para defender a los bueyes y después subieron al carro, mientras uno de los negros se ponía de centinela para cuidar de que las fogatas no se apagaran.

Apenas se habían acostado bajo el toldo blanco que cubría el carro, cuando oyeron en lontananza un rugido terrible.

—Es el ladrón —dijo William con voz tranquila mientras el doctor, no acostumbrado a aquella voz formidable, palidecía.

—Parece que nos desafía —exclamó estremeciéndose.

—Veremos mañana quién tendrá razón —replicó el joven cazador—. Doctor, durmamos y dejémosle rugir.

William, acostumbrado de muchos años a los clamores ensordecedores de los bosques africanos, no tardó mucho en dormirse, pero su compañero no fue capaz de imitarle.

El león continuaba dejándose oír, ora alejándose del campamento, ora acercándose. A cada rugido, se sobresaltaba el doctor, y se levantaba a ver si los negros vigilaban para que no se extinguiese el fuego.

Tenía un grandísimo miedo a que el león, abandonando el bosque, no saltase en el carro para procurarse también una víctima humana.

Los negros, lo mismo que el cazador, poco impresionados por los rugidos de la fiera, discurrían tranquilamente cerca de las hogueras, llevando en la mano la gruesa carabina de caza, que sabían manejar con mucha habilidad.

Cuando comenzaron a desvanecerse las tinieblas, William, que había dormido a pierna suelta, como si se encontrase en una magnífica cama de fonda, se levantó diciendo:

—Vamos ahora a buscar al león. ¿Estáis pronto, doctor?

—Cuando queráis —respondió el sabio con vacilación—. ¿Pero estaremos, a lo menos, seguros de volver?

—Mis balas no fallan nunca —dijo William—. Dentro de dos horas poseeréis la piel de esa alimaña.

—Habláis con tal seguridad como si llevaseis ya la piel cargada sobre el hombro.

—La tendré, os lo prometo. Si preferís quedaros en el campamento, quedaos. Iré a cazar la fiera con Kambusi, que es muy valiente. Por otra parte, ya sois viejo y no podríais seguirme entre los matorrales espinosos por donde hay que avanzar arrastrándose.

—Entonces, me quedo aquí. No tengo prisa por trabar conocimiento con esos animales. Si se tratase de la jirafa…

—A ésa la cogeremos a su debido tiempo.

—No os expongáis demasiado, mi joven amigo.

—Seré astuto y prudente.

William bebió un trago de aguardiente y en seguida llamó a Kambusi, diciéndole:

—Vamos a castigar al ladrón.

—En seguida —se limitó a contestar el negro.

—Amigo, hasta luego.

—Buena suerte, William.

El cazador cargó con cuidado su gruesa carabina, se aseguró bien de que el gatillo funcionaba perfectamente y después hizo señal al negro de que le siguiese.

La distancia que mediaba entre el campamento y la selva no era más que de doscientos pasos. Cruzada en pocos momentos, los dos cazadores se internaron en el bosque donde encontraron una especie de sendero abierto entro espesos matorrales que crecían bajo los baobabs y las palmeras.

William pensó de pronto que el león debía haber seguido aquel camino, tal vez trazado por la fiera misma al arrastrar al buey.

—¿Qué dices a eso, Kambusi? —preguntó.

—Que el león ha pasado por aquí.

—Esa es también mi opinión.

No debían engañarse. Después de haber recorrido unos cincuenta metros, se encontraron en un terreno pantanoso, en cuyo fango vieron impresas las huellas de la fiera y de la masa del buey.

El terreno de alrededor estaba empapado en sangre y se veían también trozos de la piel del pobre buey.

—Aquí es donde lo ha atacado —dijo William.

—Sí, señor —confirmó Kambusi.

—Pues, adelante.

Ciento cincuenta metros más adelante, vieron que el león se había detenido y había dejado en el suelo su presa, sin duda para ponerla en posición más cómoda y también para descansar de la pasada fatiga.

Una gran mancha de sangre, ya seca, se extendía entre las hierbas y un enjambre de grandes y feísimas moscas zumbaban sobre aquel siniestro despojo.

William y el negro se detuvieron un momento mirando los matorrales que les rodeaban, y después prosiguieron su camino, siguiendo por aquella especie de sendero, hasta que llegaron a orillas de un torrente cuyo cauce estaba seco.

Más allá de aquella pequeña corriente de agua la configuración del suelo cambiaba inesperadamente. El arroyo desembocaba en un pantano, seco a la sazón, en el cual se desarrollaba con toda la exuberancia de la flora africana, merced a la humedad del subsuelo, una inmensa cantidad de vegetales, grandes y pequeños.

Los dos cazadores se vieron obligados a avanzar uno detrás de otro a través de aquel bosque selvático.

William, sujeta la carabina con la mano derecha, removía con la izquierda las ramas cuyas espinas le pinchaban cruelmente, sin que le fuera posible hacer uso de su largo cuchillo de monte, pues los golpes hubieran podido alejar a la fiera que tal vez estaba digiriendo tranquilamente un trozo del pobre buey.

—No debemos estar lejos del cubil del león —dijo el cazador—. ¿Qué te parece, Kambusi?

—Se siente ya olor de carne corrompida —respondió aquél, después de haber olfateado el aire.

—Mira qué trozos de piel de buey.

—Las huellas se encaminan hacia la espesura del bosque, señor.

—No tendremos que ir muy lejos.

De repente hirió los oídos de William un rugido insólito.

—¡Alto! —dijo al negro.

Volvióse lentamente, ordenando, con una seña a Kambusi, que se colocase detrás del tronco de un árbol.

El criado obedeció prontamente, aunque comenzase a perder algún tanto la serenidad y se hubiese puesto muy gris. Este es el modo de palidecer de los negros.

Ambos permanecieron inmóviles, mirando los matorrales que les rodeaban, y como William no viera nada, dio algunos pasos adelante.

Un olor fuerte, desagradable, como de carne corrompida, más horrible aún con el calor húmedo que reinaba bajo el boscaje, llegó hasta el olfato del cazador. Detúvose éste un instante para cobrar aliento y en seguida emprendió de nuevo el camino hasta llegar al lindero de un macizo formado por elevadísimos árboles y tan espeso que impedía penetraran los rayos del sol.

A pesar de su valor y sangre fría, William no pudo contener una exclamación de horror.

En el suelo húmedo, veíanse esparcidos, no pocos huesos, a los cuales estaban adheridas aún piltrafas de carne, y más allá, el cadáver del buey atrozmente mutilado y sangriento. Tenía el vientre abierto y salían por la herida las vísceras interiores.

—Es la guarida del león —murmuró William.

Volvióse y miró a Kambusi.

—Señor, aquí estoy —dijo.

—¡Atención!

William miró hacia los árboles y no vio nada. Sin embargo, su ejercitado oído no le podía haber engañado.

Aquel rumor, notado poco antes, en el instante en que había ordenado a Kambusi se detuviese, había sido producido por el seco crujir de huesos triturados por poderosas mandíbulas.

No se veía, sin embargo, al león. William, no pudiendo resistir ya por más tiempo aquel horrible olor que le trastornaba, se disponía ya a retirarse para ir en busca de un aire más respirable, cuando oyó nuevamente, en medio del matorral, crujir de huesos triturados.

—¡Kambusi! —murmuró.

—¿Qué queréis, señor?

—Prepara el fusil.

—Estoy pronto.

En aquel momento se dejó oír un rugido ahogado.

William levantó la cabeza, teniendo fuertemente cogida la carabina y dio algunos pasos adelanté, diciendo:

—No erremos el golpe, o el león nos mata.

Antes de penetrar, sin embargo, en la cueva de la fiera, William, oyendo el crujir de las formidables quijadas, se había detenido, creyendo en un ataque súbito.

El prudente animal, ya ahitó, no tenía ésta intención. Sabía que no tenía que ganar nada en una lucha con el cazador, y se mantenía escondido.

Tenía carne en abundancia y por lo tanto no le impelía el hambre a la batalla.

Perturbado por aquella imprevista aparición de su enemigo, se había retirado, arrastrando bajo los árboles el trozo que estaba devorando, y después había reanudado el interrumpido pasto.

Aquella retirada no le gustaba a William, que se había empeñado en la firme idea de apoderarse de la piel de la fiera.

—Le seguiré —dijo.

Trató de adelantar, pero se encontró en la imposibilidad de hacerlo a causa del inextrincable entreseveramiento de bejucos, ramas, raíces y espinas. Un animal podía deslizarse bajo aquellos diversos obstáculos acumulados por la naturaleza, pero el hombre, embarazado con las armas y con el traje, hubiera podido fácilmente quedar cogido entre las malezas, que le habrían impedido la libertad de acción.

—¿Qué hacer? —se preguntó.

—¡Provoquémosle! —dijo Kambusi.

—¿De qué manera?

—Arrojándole algo.

—No veo por aquí ninguna piedra.

—Hay huesos.

—Pruebalo, Kambusi.

El negro recogió un hueso y lo arrojó en medio de los matorrales, mientras William se ponía en posición para hacer fuego, en sitio donde no fuese cogido de improviso.

El león, viendo caer aquel hueso, lanzó un rugido terrible; después se oyó un crepitar de hojas removidas.

—¿Nos ataca? —preguntó William.

—Me parece que no.

—Entonces se ha retirado.

—Así parece.

—No he venido aquí para hacer escapar al león. Le he prometido la piel al doctor.

—Entonces, demos la vuelta al matorral.

—¿Tienes valor?

—No lo dudéis.

—Quédate aquí mientras yo voy a explorar el macizo.

—¿Y si la fiera me ataca?

—Haz fuego, y huye luego hacia mí. ¿Tienes seguridad de tocarla?

—Sí, señor.

—No hagas fuego sino a boca de jarro.

—Te obedeceré.

Mientras el negro se apoyaba en el tronco de un árbol en posición para disparar, William comenzó a deslizarse alrededor del macizo de árboles, seguro de poner fuera de combate a la fiera.

Había dado algunos pasos con el cañón de la carabina bien apoyado en la mano izquierda y con la diestra cogida a la culata, cuando vio ondular la cima de los matorrales.

—Es el león —murmuró deteniéndose—. Trataba de huir por esta parte. He sido, a la verdad, afortunado.

Obedeciendo en el mismo instante a un movimiento puramente instintivo, retrocedió teniendo los ojos fijos en los árboles.

Aquella retirada le salvó ciertamente de una muerte segura, pues apenas había realizado semejante maniobra, cuando vio saltar fuera un gran león con las crines negras. La fiera, sorprendida al encontrarse delante del cazador, cuando creía haberlo evitado retirándose a través del macizo, permaneció un momento firme, mostrando los dientes.

La ocasión era propicia y William se guardó bien de dejarla escapar.

En un abrir y cerrar de ojos, apuntó el arma e hizo fuego. Oyóse una enorme detonación y la fiera, mientras se disponía a lanzarse, dio una voltereta, cayendo de costado.

—¡Muerto está! —exclamó William con voz alegre—. No me esperaba tal fortuna.

Aquella muerte instantánea tenía realmente algo de prodigiosa, y el brazo cazador había sido tan hábil como afortunado al matar a un animal, al que no siempre detienen en su arranque las balas que recibe.

Al disparo corrió Kambusi con el fusil armado.

—¿Le habéis muerto, señor? —gritó.

—Creo; pero no te acerques aún; pues podría de nuevo ponerse en pie; esos animales tienen gran vitalidad.

—Le daré el golpe de gracia.

Se acercó a la fiera y le disparó un tiro en el oído, rompiéndole el cráneo.

—No se ha movido —dijo.

—Entonces podemos desollarla para llevarle la piel al doctor.

Cargaron previamente las carabinas, por no saber si el león estaba solo, las apoyaron contra el tronco de un árbol y en seguida cogieron los cuchillos.

La operación no fue fácil y puso a dura prueba la paciencia de los cazadores que, finalmente, lograron hacerse con aquel despojo del animal.

—Volvamos al campamento —dijo William, mientras el negro se cargaba al hombro la piel, que aun chorreaba sangre.

Salieron del matorral y se pusieron en camino para juntarse con el carro.

Capítulo III. El desfiladero

Cuando estuvieron fuera del bosque encontraron al doctor Skomberg y al otro negro, que habían oído los dos tiros, y suponiendo que William y Kambusi se hallaban en peligro, habían dejado el campamento para acudir en su auxilio.

—¿Lo habéis matado? —exclamó el doctor con voz alegre.

—Ya lo veis —respondió el joven cazador—. Ha bastado una bala para derribarlo.

—¿Una bala sola?

—No necesito muchas para matar las fieras. Sabed que yo no yerro nunca el golpe.

—Me habían dicho ya que erais un tirador insuperable.

—Insuperable no, doctor. Tiro bien, o mejor dicho, he aprendido a tirar sin que mis nervios se sobresalten; eso es todo.

—¡Qué hermosísima piel!

—Es de un león de melena negra y hará buena figura en el Museo Zoológico de Dresde.

—Os la pagaremos bien.

—Me bastan los veinte mil marcos de la jirafa blanca.

—¿Y si no la encontrásemos?

—La encontraremos, doctor.

—¡Qué confianza abrigáis!

—¡Qué queréis! Tengo el presentimiento de que he de matarla.

—No os pido otra cosa, mi excelente amigo. Entre tanto, gracias por el regalo que me hacéis. No creía veros volver con la piel del feroz animal.

—Doctor, almorcemos, y continuemos luego nuestro camino. Tengo prisa por llegar a las llanuras frecuentadas por la jirafa blanca.

Comieron un bocado, sazonándolo con algunos sorbos de café; después hicieron uncir los bueyes y montaron a caballo precediendo al carro.

Después de haber dado la vuelta al bosque, la caravana se dirigió hacia algunas colinas cubiertas de árboles, que se recortaban sobre el horizonte, por él Norte.

El terreno era siempre malísimo y hacía fatigar bastante a los bueyes. El carro chirriaba como si se descompusiese, y al salvar los baches amenazaba a menudo con volcar.

Los dos negros, armados de trallas larguísimas, llamadas jatnbok, no respetaban a los pobres animales, descargándoles terribles golpes, que a veces se llevaban hasta los pelos de la piel. Toda la jornada el carro adelanto lentamente a través de aquellos terrenos quebrados y a la puesta del sol llegaban a la falda de las colinas, delante de una garganta muy boscosa, que subía rápidamente.

—¿Por ahí debemos pasar? —preguntó el doctor a William.

—Si —respondió éste.

—Será una empresa muy difícil.

—Superable para nuestros bueyes.

—¿Dónde saldremos luego?

—Cerca de un río, donde encontraremos probablemente muchos hipopótamos.

—Desearía probar un pedazo de carne de esos anfibios. Dicen que es excelente.

—Tiene un gusto entre buey y cerdo.

—¿No mataréis alguno, mi joven amigo?

—Si los encontramos, no escaparán a las balas de mi fusil.

—¿Nos detenemos aquí?

—Sí, doctor. El lugar es propicio, pues no hay bosques que puedan servir de refugio a los grandes animales.

—¡Si encontrásemos algún antílope…!

—¿Os lo comeríais, doctor?

—¿Eso me preguntáis?

—Comienza a gustaros la caza africana.

—La prefiero a nuestros acostumbrados bistecs de buey.

Veíanse posados sobre las rocas muchos buitres de cuello pelado y violáceo, y algunas águilas se cernían en lo alto persiguiendo a los gavilanes.

El carro, traqueteando y chirriando, había franqueado un paso estrechísimo, encerrado entre dos rocas enormes cuando los negros detuvieron los bueyes.

—¿Qué ocurre? —preguntó William a los criados.

—Señor —dijo Kambusi—, se oyen mugidos a la otra parte del desfiladero.

—¿Avanzará algún animal?

—No; parece sean muchos.

—Si se oyen mugidos deben ser búfalos —dijo William con voz inquieta.

—¿Son peligrosos? —preguntó el doctor.

—Peligrosísimos —respondió el joven cazador—. Es muy difícil matarlos a causa de su piel, de un espesor extraordinario; son vengativos y valientes siempre de mala índole, pónense furiosos cuando están heridos y entonces son verdaderamente terribles.

—¿Qué haremos?

—Si los búfalos encuentran obstruido el paso, nos atacarán.

—¿No volcarán nuestro carro?

—Tal vez no; se necesitarían elefantes para moverlo.

—¿Y nuestros bueyes?:

—Desenganchémoslos y pongámoslos detrás del carro.

Dióse orden a los negros para hacer cuanto se había dicho, nos bueyes, que habían advertido el grave peligro que les amenazaba, apenas fueron desuncidos, pasaron por entre el carro y las rocas y huyeron hacia la entrada del desfiladero, o sea por la parte opuesta, desandando el camino recorrido.

—¿Volverán? —preguntó el doctor asaz inquieto.

—Los encontraremos en la llanura, por los flancos de las colinas. Cojamos los fusiles y preparémonos a hacer fuego.

—¿Lograremos rechazar estos animales?

—Tengo mis dudas.

—¿Oyes si se acercan? —preguntó el sabio a Kambusi, que se había adelantada algo.

—Ya llegan, señor.

—¿Son muchos?

—Una docena por lo menos.

—Nos van a dar qué hacer —dijo William cargando su carabina—. Doctor, no tiréis a la cabeza, pues las balas se aplastarían como si fueran de papel mascado.

—Tiraré en medio del pecho.

—Y a corta distancia.

Los mugidos se acercaban rápidamente; oíanse las robustas pezuñas de los formidables animales percutir las rocas con gran rumor.

—¡Subid al carro! —gritó William.

Los dos negros obedecieron precipitadamente y cargaron sus fusiles.

Apenas estuvieron en su sitio, cuando se vieron comparecer en un recodo de la garganta diez o doce enormes búfalos, con las cabezas armadas de cuernos terribles.

Capítulo IV. El asalto de los búfalos

Los búfalos del África austral son animales verdaderamente terribles, más peligrosos aún que los leones, y dificilísimos de domar.

Se parecen mucho a los bueyes comunes, pero son, mayores, con las formas más macizas y tienen la cabeza más corta y más ancha.

Los cuernos que la superan se elevan mucho, cercanos en su base y dirigidos hacia atrás.

Los ojos, pequeñísimos, tienen una expresión salvaje, mala, que impresiona; el pelaje por lo regular es negro, o de un gris obscuro, y solamente los flancos son rojizos.

El lomo de estos animales es inclinado; la grupa alta, pendiente y muy sutil; las patas cortas, fuertes y vigorosas, con los jarretes en forma de protuberancia.

En toda el África meridional, los búfalos salvajes son objeto de despiadada caza, ya sea para comer su carne, que es excelente, ya para reducirlos a domesticidad, pues prestan grandes servicios en el cultivo de los campos y el transporte de mercancías.

Son animales sociables, que viven en manadas de diez, doce y aun a veces de treinta o cuarenta, pera durante la estación de los amores se dan ásperas batallas, tratando de matarse mutuamente.

Entonces expulsan a los búfalos más viejos, y éstos, solitarios, resultan los más peligrosos, poniéndose, con su aislamiento, de un humor ferocísimo.

Por lo común, viven en los bosques espesos, y no salen más que de noche, para ir a apacentar en la llanura se encuentran también en las orillas de los ríos y en los terrenos pantanosos, donde se contentan con cañas y hierbas duras que desdeñarían los bueyes salvajes.

También son hábiles nadadores y constituye un hermoso espectáculo ver una manada de esos animales moverse en línea recta a través de las más impetuosas corrientes.

Como decíamos, se da una caza activísima a estos grandes animales, y los negros, sabiendo cuán peligrosos son, apelan a mil astucias para apoderarse de ellos, consiguiéndolo casi siempre.

Una manera bastante curiosa para matarlos, es la que emplean los negras, los cuales, poseyendo cierto número de fusiles, los cargan con flechas que pesan de trescientos a cuatrocientos gramos, con la punta en forma de lanza, de cuatro o seis centímetros de anchura, y largas, de suerte que la punta rebase diez o doce centímetros la boca del cañón del fusil.

La flecha se embadurna con veneno y después se cubre con un forro que sirve para conservarla y preservarla del polvo, pero que no impide que el veneno actúe sobre las carnes del animal.

El búfalo silvestre posee un vigor y una vitalidad prodigiosos.

Malo de sí, se vuelve terrible cuando está herido.

Tiene astucias que desconciertan. Cree un cazador haberlo herido mortalmente, y mientras lo anda buscando, con la esperanza de encontrarlo en la agonía, se ve de repente peligrosamente agredido por el animal, que ha dado una vuelta a fin de sorprenderlo por la espalda.

En tal ocasión, traba conocimiento el cazador con los cuernos del búfalo, pudiendo darse por bien afortunado si después de haber sido lanzado al aire, puede escapar con dos o tres costillas rotas.

¿Se ve un búfalo próximo a sucumbir? Exhala un gemido de dolor, llamamiento desesperado, que es oído por la manada a que pertenece. Y en efecto, los búfalos dispersos o en fuga se reúnen inmediatamente y corren en auxilio de su compañero.

¿Qué más? Se han visto búfalos heridos tratar de atacar al cazador que se encontraba sobre los lomos de un elefante, tratando de levantar al colosal paquidermo con sus cuernos.

Tales eran los formidables adversarios a que debían hacer frente nuestros alemanes y los dos negros, fortificados en el carro.

Los búfalos, viendo el enorme obstáculo que obstruía su paso, se detuvieron con la cabeza gacha y los cuernos adelante, mirándolo sospechosamente.

No parecían sorprendidos de ver cerrado el camino, pero no había que fiar de aquellos animales tan fácilmente irritables.

—¡Qué feos hocicos! —exclamó el doctor—. Y sobre todo, ¡con qué terribles ojos miran! ¿Debo hacer fuego?

—No les irritemos —dijo William—. Veamos qué van a hacer.

—¿No volcarán el carro?

—Ya os he dicho que es imposible que puedan realizar semejante empresa.

El que iba al frente de la manada, un búfalo negro, de enormes cuernos, se adelantó mugiendo, y luego, asaltado por un repentino acceso de furor, se lanzó contra el carro.

William había apuntado su carabina de caza.

Miró un momento, y disparó.

El enorme animal, tocado en medio del pecho, se levante sobre las patas traseras, y después se puso a saltar a diestro y siniestro mugiendo terriblemente.

La sangre brotaba copiosamente de su herida, pero aquella bala no era bastante para matarle.

—¡Otro fusil! —gritó William.

Kambusi iba a entregarle su propia carabina cuando avanzó la manada entera.

En lugar de atacar el carro, los animales pasaron velozmente entre la casa ambulante y las rocas, huyendo hacia la salida de la garganta.

Unicamente el búfalo herido que iba a la cabeza quedó en el campo de batalla, y continuaba mugiendo y saltando como un poseído.

El doctor le disparó un tiro, hiriéndole en la frente. La bala, como había previsto William, se cuajó sin causar ninguna herida.

El búfalo, más rabioso que nunca, se lanzó contra el carro, metiendo sus cuernos en la caja anterior.

El joven cazador, aprovechando la ocasión que ponía al animal en la imposibilidad de moverse a causa de los cuernos que le embarazaban, le remató de un balazo en el lomo.

—Henos libres ya de este enemigo —dijo modestamente.

—¡Estaba verdaderamente endemoniado!

—Ya os dije que esos animales son terribles.

—Creí que había llegado nuestra hora postrera.

—No tan pronto, doctor. Tenemos aún que matar la jirafa blanca —dijo William, riendo—. Pero, vamos, entre tanto, nos habremos ganado un asado abundantísimo.

—¿No volverán los compañeros del muerto, para vengarlo?

—Estarán ya muy lejos.

Bajaron del carro y se acercaron al búfalo. Era uno de los más gordos de su especie, con los cuernos muy aguzados y una giba asaz pronunciada.

La primera bala le había herido en medio del pecho y la segunda le había fracturado la columna vertebral.

—¡Qué formidable animal! —exclamé el sabio.

—Capaz de derribar un árbol —dijo William.

—Y algo más, amigo.

—No, doctor. Con los cuernos tal vez logran estos búfalos desgajar árboles muy gruesos. Un día, un negro, amigo mío, hábil y entendido cazador, descubrid un viejo búfalo solitario que descansaba entre las altas hierbas. El animoso cazador le afrontó resueltamente, disparándole una flecha con su fusil. El arma atravesé al animal de parte a parte; el búfalo se puso furioso con aquella herida, muy dolorosa, pero que no le había matado de golpe, y se lanzó contra su adversario. El negro, como no es menester decir, escapé más que a prisa arrojando el fusil para poder correr mejor, y el búfalo, ágil, le seguía de cerca. El cazador sentía ya el resuello cálido de la enorme bestia, cuando pudo llegar cerca de un árbol. En dos saltos se cogió a las ramas y se puso en salvo. ¿Qué hizo el búfalo en su furor? Si bien todo cubierto de sangre y con la flecha todavía en el cuerpo, arremetió furiosamente el árbol con los cuernos, desgarró la corteza, rompió el tronco y atacó la médula del árbol, que, aunque asaz grueso, no pudo resistir semejante ataque. Pronto descuajado, cayó, y el desgraciado cazador rodó por tierra, presa del vengativo animal. Entonces el búfalo se lanzó sobre él con encarnizamiento sin par, y no le dejó hasta estar seguro de haberle triturado los huesos. El animal no sobrevivió sin embargo, a su victoria. Al día siguiente, notando la desaparición del negro, fui en su busca, en compañía de otros cazadores, y encontré los dos cadáveres, y a corta distancia el árbol desgajado y el fusil del muerto. Ya comprenderéis que me fue fácil formarme idea de la espantosa escena que había acaecido en el bosque.

—Casi es preferible el encuentro de un elefante que el de un búfalo —dijo el doctor.

—Sí; también le prefiero yo.

—Y a propósito, ¿encontraremos elefantes en este país?

—Más de uno mataremos —respondió William—. Conozco un pantano que es a menudo frecuentado por esos colosos.

—¿Iremos a visitarlo?

—Se halla en nuestro camino.

—Pensemos en nuestros bueyes, William. ¿Dónde de se habrán refugiado?

—Iremos a buscarlos mientras los negros desuellan el búfalo.

—¿Y nuestros caballos?

—Han huido también.

—¿Habrán ido muy lejos?

—No; deben hallarse cerca. Nos tienen demasiado afecto para abandonarnos.

Ordenaron a los dos negros que preparasen para el almuerzo un pedazo de búfalo, y luego, cogiendo los fusiles se pusieron en marcha, siguiendo por la tortuosidad del desfiladero.

No se habían alejado más allá de trescientos pasos del carro, cuando distinguieron los dos caballos, que se habían refugiado en lo alto de un estrecho sendero que subía por la colina de la derecha, bajo un inmenso plátano. Viendo a sus dueños, bajaron al galope hacia la garganta, relinchando alegremente.

—Ya os había dicho, que no nos abandonarían —exclamé William—. Son bestias incomparables.

—Tenéis razón, mi joven amigo. Pero no veo los bueyes.

—Se habrán refugiado en la llanura.

—Tal vez los búfalos en su rabia los hayan descuartizado.

—No atacan nunca a sus congéneres.

Montaron a caballo y prosiguieron su marcha al galope corto.

Estaban para desembocar en la llanura cuando William detuvo a su caballo haciendo un gesto de cólera.

—¿Por qué os detenéis? —preguntó el doctor.

—¿No oís?

—¿Qué?

—Gritos lejanos.

—Soy algo duro de oído.

—Son gritos humanos.

—Serán negros.

—Tenemos los bueyes en la llanura.

—¿Y qué tiene que ver eso?

—Que no todos los negros son gente de bien en este país y abundan los bandidos.

—No os comprendo, a fe —dijo el sabio.

—Temo que esos negros hayan encontrado los bueyes y se los hayan llevado.

—Se los haremos restituir.

—Si es que tienen voluntad de devolverlos.

—¡Piquemos espuelas, William!

Los caballos, incitados por las espuelas, se pusieron al galope, y pronto salieron del desfiladero para lanzarse en la llanura.

Apenas habían llegado cuando William, mirando hacia occidente, por donde se extendía un inmenso boscaje, vid una numerosa tropa de negros que empujaban a los bueyes hacia la espesura.

Lo que había sospechado, había ocurrido realmente. Algunos negros, tal vez bandoleros, habían encontrado los animales, y sin más ceremonias los habían cogido, ocultándolos en el bosque para substraerlos a las pesquisas de los propietarios.

—¡Ah, bribones! —gritó el cazador, espoleando a su caballo hasta hacerle sangre—. ¡Se nos escapan!

Los dos animales se habían lanzado a escape, pero ya los ladrones habían desaparecido bajo los árboles del bosque.

—¿Continuamos persiguiéndoles? —preguntó el doctor.

—Nos son necesarios los bueyes si queremos hacer rodar el carro.

—¿Irán muy lejos esos negros?

—Me parece que deben ser de una aldea que hay pasado el bosque.

—Entonces vamos a visitarles.

—Quería proponéroslo.

—¿Opondrán resistencia?

—Si son ladrones, no nos devolverán nuestras bestias, pero somos hombres blancos y como tales muy temidos de estas poblaciones. En suma, veremos cómo acabará esta aventura.

Mientras los dos amigos cambiaban sus impresiones, los caballos habían atravesado la llanura y habían llegado cerca del bosque, precisamente en el lugar donde habían sido vistos los negros.

William refrenó la carrera de su caballo y cargó la carabina, invitando a su compañero a hacer otro tanto.

—Los negros pueden haber advertido nuestra persecución —dijo.

—¿Se habrán escondido para tendernos una emboscada?

—Lo supongo.

Detuvo el caballo, saltó en tierra, cogió el fusil y se acercó con precaución a los primeros árboles, mirando bajo las frondas.

—Se ve el sendero por donde han tomado —dijo.

—¿Están emboscados?

—Me parece que habrán huido. ¿Sabéis que deberíais hacer?

—Hablad, William.

—Volved al carro y traed a los dos negros. Armados los cuatro de fusiles, alcanzaremos, mayor éxito que no yendo dos.

—¿Y vos?

—Sigo el sendero. Ya os reuniréis conmigo después.

—¿Solo?

—No tengo miedo; además, me limitaré por ahora a espiar, sin dar batalla.

—Como queráis, William.

—Volved pronto.

—Estamos de acuerdo.

Mientras el doctor repasaba la pradera, el joven cazador se internaba por el bosque, siguiendo las huellas impresas por los bueyes, las cuales aparecían visibles por la humedad del terreno.

El bosque era espesísimo, pero con todo, aun podía William adelantar sin estorbos por entre aquellos árboles y malezas; descubiertas las huellas, las siguió durante trescientos o cuatrocientos metros, pero se detuvo luego temiendo caer en alguna celada.

Había oído moverse ramas y no quería que pudiera sorprenderle a él sólo una tropa tal vez muy numerosa.

—Volvámonos —dijo—. No es prudente aventurarse tanto.

Retrocedió, mirando a su alrededor, y después se detuvo de nuevo.

Alguien le seguía. Las ramas continuaban crujiendo cerca de él. Escondióse detrás del tronco de un árbol y esperó que el que le seguía se mostrase al descubierto.

Permaneció inmóvil por algunos minutos y vio luego abrirse un matorral con precaución y aparecer la cabeza de un negro.

Entonces apuntó, con toda calma, y convencido de tener que habérselas con uno de los ladrones, hizo fuego.

El negro cayó lanzando un grito, el postrero.

William se disponía a cargar de nuevo el arma cuando oyó una voz que exclamaba:

—Lo habéis dejado seco, señor.

Era Kambusi, el fiel negro que le había acompañado en la caza del león.

—¡Tú aquí! —exclamó William con estupor.

—He pensado que podría seros útil y os he seguido corriendo detrás de los caballos.

—¿Y el doctor?

—Ha ido a buscar a mi compañero.

—Los dos podemos ir adelante… El doctor no es hombre para podernos seguir en medio de esta selva. Es valeroso, pero demasiado viejo ya para estas carreras.

—¿Han sido robados los bueyes?

—Sí, Kambusi.

—Sospecho…

—¿De quién?

—De los negros de Kumbo.

—¿Quiénes son?

—Ladrones que tienen su aldea a tres o cuatro leguas hacia poniente.

—¿Son muchos?

—Un centenar de familias.

—¿Tienen mala fama?

—Son bandidos peligrosos que saquean a las tribus vecinas.

—Vamos a amenazarles. ¿Tienes miedo, tú?

—Contigo, no temo a nadie.

—Entonces, sígueme.

—¿Y el negro a quién habéis muerto?

—Vamos a ver si está muerto efectivamente.

Dirigiéronse hacia él matorral contra el cual había hecho fuego William y encontraron a un negro de elevada estatura, armado de lanza y puñal, que se retorcía entre las hierbas.

La bala le había atravesado el pecho, pero todavía no había muerto.

Al ver a William y Kambusi, se puso de rodillas y exclamó:

—¡Perdón!

—No descargué mi fusil contra ti a condición de que me digas quién ha robado mis bueyes.

—Ha sido mi tribu.

—¿Dónde se encuentra?

—A cuatro leguas de aquí.

—¿De cuántos guerreros dispone?

El herido vaciló en contestar.

—Si callas, te remato —dijo William, preparando la carabina.

—No tiene más que cincuenta hombres válidos —respondió el negro, espantado.

—¿Dónde se halla tu aldea?

—Cerca del lago Kuto.

—¿Quién manda?

—El jefe Kumbo.

—¡Un bandido!

El negro calló.

—¿Hay compañeros tuyos escondidos en estos contornos?

—Ninguno —respondió el herido—. Me habían dejado detrás para espiar vuestros movimientos.

—Kambusi —dijo William—, dale un trago de aguardiente a ese pobre diablo y que vaya a hacerse acabar a otra parte.

El negro dio de beber al bandido algunos sorbos de su frasco y después siguió a su amo que continuaba su marcha a través del bosque.

Caminaban desde hacía dos horas, tropezando en la obscuridad, y hallábase ya el sol próximo a su ocaso, cuando de pronto, al correr un espacio cubierto de espesos árboles, sintieron de improviso que les faltaba el terreno bajo los pies.

El suelo había cedido y la caída fue tan repentina que se precipitaron uno tras otro, quedando privados de sentido.

Capítulo V. En el fondo de una trampa

Su desvanecimiento no debía durar mucho tiempo, pues apenas salid la luna cuando comenzaron a darse cuenta de aquella inesperada caída, que a poco más, tan fatal hubiera sido.

El primero en volver en sí fue William; ágil como un clown, robusto como un luchador, acostumbrado a los casos más imprevistos, habíale aquella caída dejado aturdido solamente. En cambio, su compañero, más maltrecho, había permanecido por largo tiempo tendido en el suelo.

—¿Dónde estamos? —preguntó el cazador, asombrado al no encontrarse bajo la sombra de ningún árbol.

Examinó el terreno que le rodeaba y observó que no tenía consistencia y era muy friable.

—Veamos dónde he caído —dijo.

Trató de levantarse y experimentó una cruel opresión en su pecho al notar que apenas podía tenerse sobre las piernas.

—¿Me habré acaso torcido un pie en la caída? —se preguntó—. ¿O es que tengo aún entumecidas las piernas?

Movióse haciendo un esfuerzo, y se convenció de que, si bien no podía andar, a lo menos de momento no tenía nada roto ni dislocado.

Arrastróse hasta donde yacía Kambusi y le sacudió repetidamente.

—Estoy mejor, señor —dijo el negro, que ya había abierto los ojos—; pero estoy completamente atontado. ¿Dónde hemos caído?

—En un hoyo muy profundo, me parece.

—¿En alguna trampa de elefantes?

—Lo sospecho, Kambusi.

—¿No podemos salir?

—Ahora lo veremos.

Arrastróse a gatas, temiendo, caer en algún precipicio, pero se detuvo de pronto por haber oído a pocos pasos un sordo mugido.

—Hay aquí alguien que nos hace compañía —dijo volviéndose hacia Kambusi.

—¿Algún negro?

—Me parece algún animal. ¿Noves?

En un rincón del hoyo centelleaban dos puntos luminosos, con reflejos verduscos y una extraña inmovilidad.

—¿Será alguna fiera? —preguntó Kambusi con espanto.

El resuello aumentó hasta el punto de perturbar también la calma de William.

—Nuestro compañero debe estar poseído de cólera —dijo.

—¿Quién puede ser?

—Un leopardo.

—Señor, muertos somos —exclamó gimiendo el negro.

—Aun no.

—¿Tienes el fusil?

—Yo no, ¿y tú?

—Tampoco, señor. Nuestras armas deben habérsenos caído arriba, en el borde de esta hoya. Sólo tenemos los cuchillos.

—Pues con ellos tendremos que defendernos —dijo William.

—¿Se nos echará encima?

—Veo que no se mueve.

—Quizá se habrá roto una pata en la caída.

—O tal vez tres o cuatro. ¿Sabes lo que pienso, Kambusi?

—¿En qué pensáis, señor?

—En la suerte que hemos tenido.

—¿Suerte llamáis al haber caído en esta trampa de elefantes?

—Sí, porque estas trampas suelen estar guarnecidas en el fondo de agudas púas y estacas.

—Mientras aquí no las hay.

—Nos han evitado la muerte.

—¿Qué hace el leopardo?

—Me parece que está más espantado que nosotros —dijo William.

—Por lo pronto no tiene intención de atacarnos señor.

—¡Oh! ¡No estamos solos aún!

William, al retroceder, había chocado contra una masa vellosa, que no se había movido al sentirse empujar. Temiendo hallarse vecino a alguna otra fiera, se sacó rápidamente el cuchillo y descargó un golpe furioso.

La hoja se hundió toda, sin que aquella masa hiciese un movimiento o lanzase un gemido.

—Es algún animal muerto —dijo.

—Me parece un ñu —dijo el negro.

El joven cazador se agachó y vio que el animal que había apuñalado era efectivamente un ñu, bestia que tiene a la vez del asno y del buey, o sea el cuerpo del primero y la cabeza del segundo, armada de cuernos muy encorvados.

—Tenemos con que alimentamos por un mes —dijo William—. Si tuviésemos sal, podríamos conservar por largo tiempo esta masa de carne.

—Hay una cosa que me sorprende —dijo Kambusi.

—¿Qué?

—¿Por qué el leopardo no se habrá comido al ñu?

—El susto de hallarse cogido en la trampa le habrá quitado el apetito.

—¿Y no vamos a poder salir de aquí?

—Esperemos a que la luna ilumine este hoyo —dijo William.

—¿Nos dejará tranquilos el leopardo?

—¿No ves que no se atreve a moverse? Tiene más miedo él de nosotros, que nosotros de él.

Un cuarto de hora después, la luna, al ascender sobre el horizonte, proyectaba sus rayos en el fondo de la hoya, permitiendo a los dos presos reconocer la trampa.

Su mala estrella les había hecho precipitarse en una gran fosa abierta en medio del bosque para coger a los grandes animales, rinocerontes y elefantes.

Tenía siete u ocho metros de profundidad y las paredes, en vez de ser verticales, presentaban la forma de una pirámide, de manera que el fondo tenía más de doble anchura que la abertura superior.

William y el negro, cuyas miradas se habían dirigido hacia la parte de dónde venía la luz, ,se persuadieron de que era imposible tratar de escalar aquellas paredes.

Fijáronse después en los rincones más obscuros de la fosa, y a pocos metros de donde se hallaban descubrieron un soberbio leopardo echado con las dos patas delanteras bajo el hocico e inmóvil como si hubiese sido de piedra.

Estos animales, aunque sean de menor talla que los leones y los tigres, no son menos feroces, y no vacilan en atacar a los cazadores, pero en aquel momento el preso se mantenía tranquilo y no manifestaba intenciones agresivas.

—No me engañé —dijo William, volviéndose hacia el negro.

—¡Modesta compañía! —respondió Kambusi.

—No nos molestará; este animal está aterrado.

—Preferiría no tenerlo tan vecino, señor.

—Yo también, Kambusi.

—Y haremos bien en salir pronto de aquí.

—¿Cómo lo haremos?

—Busquemos, señor.

—En eso estoy pensando, amigo.

El joven cazador pensaba, en efecto, cómo encontrar un medio cualquiera que le permitiese salir de aquella trampa; pero a pesar de su habilidad y de su ingenio, no acertaba a encontrar ninguno.

Luchaba, en efecto, con una dificultad poco menos que insuperable, representada por aquellas cuatro paredes inclinadas. Hubieran sido menester alas para poder salir de aquella fosa, y el cazador, muy lejos de tenerlas, se encontraba con que las piernas le flaqueaban algo.

El leopardo le daba poco que temer. El encierro, por lo pronto, había domado sus feroces instintos y era, de esperar permaneciera aún por algún tiempo sumido en aquella especie de estupor.

Por lo demás, nada tenía de sorprendente aquel pavor que se había apoderado de la fiera.

Las trampas preparadas en medio de los bosques han contenido con mucha frecuencia animales de especies absolutamente diversas y se ha visto a los más feroces mostrarse inofensivos durante días enteros, sin advertir siquiera la presencia de los compañeros de infortunio.

Así cuando los incendios devoran las inmensas praderas del Far West o los bosques del Canadá, los bisontes, jaguares, caballos salvajes, pumas y tantos otros, escapan, huyen en confusión ante el peligro, sin pensar en ofenderse.

—¿Has encontrado algo, señor? —preguntó Kambusi, viendo que el alemán no se decidía a hablar.

—Sí.

—¿Qué?

—He encontrado que tengo hambre. Hace diez horas que no hemos probado bocado.

—¿Y no has encontrado manera de salir?

—Todavía no.

—¿Qué quieres comer?

—¿No tenemos el ñu?

—¿Y el fuego?

—Nos contentaremos por esta vez con comer un pedazo crudo.

—¿No te repugna la carne cruda?

—El hambre no razona. Comamos un bistec y ya veremos luego cómo podemos salir de este hoyo.

Capítulo VI. Un vecino peligroso

El joven cazador, que se hallaba tan tranquilo como si estuviese en su casa, sacó, el cuchillo y comenzó a cortar la pobre bestia para procurarse un trozo de carne de su gusto.

El leopardo, oliendo la sangre, lanzó un rugido amenazador y se levantó mirando ferozmente, a los dos hombres.

—Señor —exclamó el negro con voz trémula—, la fiera siente desvelarse sus instintos y se dispone a atacarnos.

William se volvió precipitadamente y vio que el leopardo había abierto ya sus fauces, mostrando sus dientes agudísimos y blancos como el marfil.

—¡Alto ahí! —gritó, empuñando el cuchillo.

En seguida, con loca temeridad, dio dos pasos adelante. El leopardo rugió, pero fue retrocediendo hasta la otra parte del foso, agachándose sobre sí mismo.

—Ya no se moverá —dijo William—. Debe haber comprendido que no somos hombres para dejarnos intimidar, ni mucho menos, comer.

Cortó un trozo de carne y se la dio al negro, y después cortó otro pedazo para sí.

El leopardo, viéndoles comer, volvió a dejar oír su amenazador rugido, sin atreverse a moverse.

—Ya tendrás después el resto —dijo William.

Mientras comía, el joven cazador no cesaba de pensar y se interrumpía con frecuencia para rascarse furiosamente la cabeza, como si aquellas enérgicas fricciones debiesen hacer germinar en ella alguna buena idea.

Era una fatiga inútil. Los proyectos más audaces, los medios más heroicos se estrellaban siempre contra aquellas cuatro paredes inclinadas, representando los cuatro lados de la pirámide truncada.

Había pensado primeramente en cortar a tiras su vestido, para formar una cuerda capaz de sostener su cuerpo, y lanzarla a través de las pértigas que atravesaban la abertura, pero había renunciado a ello. Aquellos maderos que habían sostenido primeramente las cañas y el ramaje que servía de cubierta para engañar mejor a los animales, no eran bastante sólidos para poder sostener el peso de un hombre.

Había pensado después en subir sobre los hombros del negro y tratar de agarrarse a la parte superior del hoyo, pero pronto cayó en la cuenta de que, aun subiendo el uno sobre el otro, no podían llegar a la cima.

De pronto se dio una palmada en la frente.

—¡Ya lo encontré! —exclamó.

—¿Qué es? —preguntó Kambusi.

—La manera de salir de este encierro.

—Explícate mejor.

—Hemos sido dos estúpidos, Kambusi; y sin embargo, no era tan difícil encontrar un medio de salvación.

—No te comprendo.

—¿No tenemos nuestros cuchillos?

—Sí.

—¿Quién nos impide, pues, abrir una galería en este plano inclinado, y llegar al suelo, arriba?

—¿Y si el leopardo no nos deja continuar el trabajo?

—Uno de nosotros vigilará, mientras trabaja el otro.

—Estoy pronto.

—Ponte en guardia y yo me pondré a trabajar.

William cogió el cuchillo y trazó un círculo.

—Aquí —dijo.

Por una afortunada combinación, el suelo era extremadamente friable, pues estaba compuesto exclusivamente de arena y residuos de vegetales descompuestos.

El trabajo, aunque fatigoso, adelantaba rápidamente. El fuerte cuchillo, manejado por un brazo robusto, penetraba sin esfuerzo en la tierra, que caía por sí misma en el fondo de la hoya, sin que hubiese necesidad de apartarla.

Poco a poco, la galería llegaba a tal altura, que William entraba enteramente en ella.

—Ahora te toca a ti —dijo a Kambusi, bajando—. ¿Y el leopardo?

—No se ha movido.

—Tal vez se figura que trabajamos por la libertad de todos.

—Probablemente.

—Adelante, Kambusi. Hay ocupación para los dos.

Mientras el cazador se sentaba sobre el ñu para vigilar al leopardo, el negro se introducía en la galería, manejando el cuchillo con encarnizamiento. Tenía los ojos llenos de tierra, pero no hacía caso, y continuaba escarbando con rabia, prosiguiendo el trabajo comenzado por su amo. Cada cuarto de hora bajaba para desembarazar la galería de la tierra que la llenaba y para respirar una bocanada de aire, y en seguida volvía a trabajar.

Entre tanto, William no perdía de vista al leopardo, el cual, por otra parte, como si hubiese comprendido que aquellos dos hombres trabajaban por la liberación de todos, se estaba quieto, contentándose con mirarles.

Ya a todo esto apuntaba el día, y la galería no estaba acabada aún. William había debido substituir muchas veces al negro y éste a su amo.

Habían llegado ya a una altura considerable y no debía estar lejos el momento de tocar Ja superficie del suelo. Ya habían comenzado a encontrar capas de hojas en parte descompuestas.

—Dentro de poco estaremos libres —dijo Kambusi; que había bajado para descansar algo.

—No puedo soportar ya por más tiempo esta cárcel —dijo William.

—¿Encontraremos al doctor?

—Habrá continuado la marcha hacia la aldea de los negros que nos robaron los bueyes.

—Me temo que lo hayan capturado. Dos hombres solos no pueden hacer frente a todos aquellos bandidos.

—¡No nos faltaría más!

—Estoy muy inquieto por la suerte de nuestros compañeros.

—Tampoco estoy yo tranquilo. No habiéndonos encontrado, pueden haber creído que nos alcanzarían cerca de la aldea, y continuado la marcha.

—Entonces habrán cometido una grave imprudencia. Tal vez hayan vuelto al carro.

—Ya lo veremos luego, Kambusi, volvamos al trabajo. Cuando estemos fuera de esta ratonera pensaremos en el doctor y en tu compañero.

Kambusi volvió a introducirse en la galería y aun cuando faltase casi el aire en aquella especie de conducto, trabajó tan bien que horadó la capa de hojas y de tierra que cubría la superficie del suelo.

Con un empuje furioso ensanchó el agujero y se lanzó fuera; ¡por fin estaba libre!

—¡Arriba, señor! —gritó.

William, sin pensar más en el leopardo, se metió en la galería y se reunió a Kambusi.

—¡Estamos salvados! —exclamó respirando a plenos pulmones—. ¿Y nuestras carabinas?

—Ahí están —dijo el negro—. Se quedaron en el borde de la fosa.

—Carguémoslas en seguida.

—¿Quién nos amenaza?

—¿Te has olvidado del leopardo?

—¿Nos seguirá, acaso?

Un rugido amenazador fue la respuesta. La fiera viendo a los dos hombres que salían de la galería, se había metido dentro y mostraba ahora su cabeza fuera del agujero.

No era ya el animal temeroso de antes, domado por el hambre y la clausura. Al ver de nuevo el bosque, había recobrado su ferocidad.

Sus ojos, ardientes como brasas, se habían fijado en el joven cazador y mostraba, con la boca abierta, sus agudos dientes; preparábase al asalto.

William no era hombre para dejarse coger por sorpresa. Volvió rápidamente sobre sí mismo y apuntó la carabina contra la fiera que estaba para saltar del agujero.

Un momento después resonaba un disparo, y la fiera, con el cráneo destrozado por una bala cónica, caía en la galería, rodando hasta el fondo de la trampa.

—Si hubiese sido agradecida —dijo William—, a estas horas habría estado libre.

—Vamos —repuso Kambusi.

—¿Dónde?

—Al carro. Tal vez el doctor y Flok, no encontrándonos en el bosque han vuelto al desfiladero.

—No lo creo. Te aseguro que han continuado avanzando por el bosque, convencidos de encontrarnos más adelante.

—Entonces, busquemos sus huellas.

—Es lo que quería proponerte. Ante todo, volvamos al lindero del bosque.

—¿Habrán llevado consigo los caballos?

—No pueden haber cometido la imprudencia de dejarlos atados a algún árbol, pues las fieras darían pronto cuenta de ellos.

—Andando, pues.

Comieron algunos plátanos que se encontraban a pocos pasos de la trampa, apagaron su sed en un arroyuelo y en seguida se pusieron en camino, dirigiéndose hacia la llanura que habían atravesado el día anterior.

Habiendo recorrido poco camino, puesto que se habían visto detenidos en su carrera por la caída en la trampa, llegaron en menos de una hora al lugar donde habían herido gravemente al negro.

El pobre diablo había muerto ya y su cadáver había sido devorado casi todo por las hienas y los chacales.

—Hicimos mal en no socorrerlo —dijo William.

—Pero, de llevárnoslo con nosotros, ¿hubiera sobrevivido a sus heridas?

—Dices bien, Kambusi. Hubiera muerto igualmente.

—Vamos a ver si darnos con las huellas de nuestros compañeros. El bosque es aquí menos espeso y puede haber permitido internarse a los caballos.

—Deben haber pasado por allí —dijo el negro, indicando un sendero que serpenteaba por el boscaje.

El alemán y su criado llegaron a él en pocos minutos y vieron impresos en el húmedo terreno los cascos de dos caballos.

—Sí, por aquí han pasado —dijo William.

—¿Estarán ya muy lejos?

—Llevan muchas horas de ventaja, dando de barato que se hayan detenido durante la pasada noche para descansar.

—Me temo no se hayan internado demasiado y les hayan sorprendido los negros.

—El doctor no es muy lince, ni ágil.

—Pero Flok no es manco —dijo el cazador.

—Por sí sólo no puede haber hecho prodigios.

—Sigamos por ahora las huellas y veremos dónde han ido a parar nuestros compañeros.

Descansaron un momento, por hallarse muy rendidos, y luego se pusieron a seguir las huellas, muy visibles, de los dos caballos, avanzando por el sendero que serpenteaba por el bosque, con variable anchura.

Durante cuatro horas continuaron marchando, teniendo que atravesar con frecuencia arroyos de agua negruzca y montones de hojas en descomposición, hasta que llegaron a orillas de un pantano cubierto de cañas inmensas que forman colosales macizos.

Disponíanse a flanquear por la derecha al objeto de dar la vuelta a aquel obstáculo, cuando oyeron relinchar.

—¿Has oído? —preguntó William.

—Sí.

—¿Habrán acampado el doctor y Flok en medio de aquellos plátanos silvestres?

—Vamos a verlo.

A cien metros se hallaba una inmensa espesura de plátanos de hojas grandísimas; en aqueja dirección se habían oído los relinchos.

El joven cazador y el negro prepararon las carabinas, no sabiendo si encontrarían allí verdaderamente al doctor y a Flok, y se acercaron con precaución.

Con gran sorpresa encontraron los caballos atados a un árbol; pero ¡no estaban los jinetes!

—¿Dónde habrán ido nuestros compañeros? —preguntó William con inquietud.

—Aquí no están —dijo Kambusi, después de haber mirado bajo los árboles—. ¿Habrán seguido a pie?

—¿O no habrán caído tal vez en alguna emboscada? Busquemos sus huellas.

—Aquí están. En el suelo húmedo veo impresa la suela de los zapatos del doctor.

—Y la planta del pie del negro —añadió William, que se había inclinado hacia el suelo.

—Sigamos estas huellas.

Adelantaron, siguiendo las huellas señaladas, hacia el pantano, a través de espesos matorrales.

Al llegar algo más allá, vieron tendidos en el suelo los cadáveres de dos negros, entre algunas lanzas y arcos, esparcidos en desorden.

Parecía que hubiese ocurrido en aquel lugar una áspera lucha.

Las hierbas estaban pisoteadas; el ramaje estaba destrozado y veíanse por doquier jirones de tela y collares y brazaletes de alambre, como llevan los negros.

—Aquí ha sido la batalla —dijo William—. ¿Habrán sido víctimas de una sorpresa nuestros compañeros?

—Me lo temo —replicó Kambusi.

—Busquemos.

Examinando los troncos de los árboles, William vio un agujero que parecía producido por una bala de fusil.

Levantó con el cuchillo la corteza del árbol y encontró incrustada debajo una bala cónica.

La cogió y la miró.

—¡Una bala de nuestras carabinas! —exclamó, poniéndose pálido.

—¿Cómo la reconoces? —preguntó Kambusi.

—Todos mis proyectiles llevan una W impresa en la cápsula. Mira: ¿la ves?

—Sí, la veo.

—Nuestros compañeros han sido cogidos.

—¿Y por quién?

—Por los negros que han robado los bueyes. Esos bribones deben haberse escondido en algunos de estos matorrales creyendo que no les habíamos de dejar tranquilos.

—¿Y qué vamos a hacer ahora?

—Vamos a libertar a nuestros amigos.

—No somos más que dos.

—Pero tenemos valor.

—¿Y nuestro carro?

—Queda en la garganta y nadie se lo habrá de llevar. El país está poco poblado y los negros abandonan difícilmente sus aldeas. Vamos a buscar los caballos.

—A propósito de los caballos: me sorprende que no hayan caído en manos de los negros.

—No los habrán visto. Nuestros compañeros debieron llegar a pie hasta aquí, tal vez para estudiar los contornos.

—¡Pobre doctor! ¿Le habrán matado?

—Respetan demasiado a los hombres de raza blanca para asesinarlos. Por otra parte, saben que el gobierno del Cabo no titubea en vengarlos. ¿Debemos estar muy lejos de la aldea de los ladrones?

—Unas tres horas.

—Pues montemos a caballo y demos la vuelta al pantano.

—Vamos.

Capítulo VII. En busca del doctor

Pocos minutos después, William y Kambusi montaban a caballo, poniéndose en camino.

Temiendo no se hubiesen emboscado los negros en los contornos del pantano, lo cual no era nada improbable, acordaron echar por el atajo, evitando también así que los caballos se cansasen demasiado entre aquellos espesos bosques, obstruidos por matorrales y raíces enormes.

Salidos del bosque, torcieron hacia occidente, siguiendo el curso de un riachuelo que parecía se dirigiese precisamente hacia la aldea habitada por los ladrones de los bueyes.

Trotaban desde hacía una hora, alejándose a menudo de las orillas del río para evitar los grupos de árboles que oponían insuperables barreras, cuando el caballo de William se encabritó bruscamente, y lanzo un sonoro relincho.

—Hay algún animal en esos matorrales —dijo William, acariciando el caballo para calmarlo.

A cien pasos se elevaba un enorme macizo de árboles frondosos, compuesto en su mayor parte de datileros silvestres y de mimosas.

Si el caballo se había asustado, podía darse por seguro la presencia de algún animal peligroso.

—Prepara la carabina, Kambusi —dijo William.

—Estoy pronto.

—Echemos pie a tierra. Montado se dispara mal.

—¿Qué animal será?

—Peligroso de seguro, pues mi caballo no se asusta tan fácilmente.

—¿Será algún rinoceronte, tal vez?

—¡O una familia de leones! Siento olor de fiera.

—Evitémosla.

—Sería preciso volver atrás y no acostumbro a desandar mi camino. Además, se me ocurre que podrían sernos necesarios un par de leones.

—¿Y qué haríamos con ellos?

—En seguida lo sabrás.

El joven cazador eché pie a tierra, ató el caballo a un árbol y preparó la carabina.

Kambusi le imitó.

En aquel momento resonó un rugido formidable, de improviso, detrás del espeso follaje y repercutió ruidosamente bajo los árboles gigantes.

—Es un león —dijo William—. No me había equivocado.

—¿Estará solo?

—Lo veremos.

—¿Y si…?

—¡Silencio! —dijo William.

—Decía que…

—¿Quieres hacerte sorprender y devorar?

Aquel primer rugido, salido de las fauces ardientes de la fiera, fue como una señal. Nuevos y no menos tremendos rugidos partieron de todos lados del matorral, y tronaron como ardientes ráfagas, pero sin abandonar la nota grave.

—¡Qué orquesta! —exclamó Kambusi, estremeciéndose.

—Tenemos encima una familia entera de leones —murmuró William—. Casi me arrepiento de no haber vuelto atrás.

—Las fieras deben habernos visto.

—Sí, Kambusi.

—He ahí el primero que se adelanta.

—Cállate… escóndete detrás de este tronco.

Una magnífica leona, con un rápido salto, se había lanzado fuera de los árboles y caído en medio del sendero que recorrían los dos cazadores. Viendo aquellos dos hombres con las armas apuntadas, se había detenido indecisa. La fiera, confiada en el propio vigor, y más maravillada, por otra parte, que inquieta, conservaba aquella bella actitud que todos han podido admirar en los parques zoológicos.

Miraba con interés al hombre blanco, tan diferente de los negros, que estaba acostumbrada a encontrar y aun a devorar, sorprendida tal vez de ver a un hombre de aquel color.

William, con una rodilla en tierra, el arma apuntada, prestábase a aquella investigación con una calma que indicaba un valor a toda prueba y sobre todo unos nervios absolutamente insensibles.

La leona, terminado su examen, dejó oír un rugido sofocado, después se sacudió violentamente los flancos con la cola y retorció el hocico. Habíase agachado y parecía pronta a lanzarse.

William levantó lentamente la carabina y dijo a Kambusi:

—No hagas fuego tú también; debemos tener una carabina de reserva.

—Sí, señor.

—Pero tente pronto.

—Lo estoy.

El joven cazador, apoyando la culata del fusil en el hombro, se preparó a hacer fuego para adelantarse al salto de la leona, cuando ésta, sea capricho, sea curiosidad, se levantó bruscamente, volviendo la cabeza al lado opuesto al ocupado por los dos calzadores.

Si bien con aquel movimiento de conversión, la leona se puso a disposición del cazador, William bajó el arma y miró hacia el punto que había atraído la atención de la fiera.

Casi al mismo tiempo, a derecha e izquierda de la leona, se oyeron dos sordos rugidos. Se agitaron los matorrales bajo el empuje irresistible, dando paso a dos grandes leones de melena negra.

Los recién llegados se habían lanzado una ojeada y de repente se reconocieron como enemigos, a fuer de rivales.

—Hacían la corte a la leona —murmuró William—. Vamos a ver qué sucede, Kambusi, no te muevas.

—No; permaneceré firme.

Los dos leones, que pretendían ambos los favores de la leona, se habían detenido uno enfrente del otro, con las miradas llameantes, las crines erizadas, desgarrando con las uñas las hierbas y las raíces de los árboles. No habían notado siquiera la presencia de los cazadores, escondidos tan sólo a cincuenta pasos, detrás del tronco de un baobab.

Después de haberse desafiado con la mirada, los leones lanzaron un grito breve, quebrado, y después, corriendo el uno hacia el otro, chocaron impetuosamente y rodaron por tierra, mordiéndose y arañándose.

—¡Qué manera de rasgarse las carnes! —murmuró Kambusi que seguía atentamente aquella lucha terrible.

—Pelean a destrozarse —dijo William.

—Si nos conviniesen pieles, sólo las encontraríamos a trozos.

—No les dejaré estropearse demasiado.

—Anda pronto, señor.

Mientras William levantaba la carabina, las dos fieras luchaban con ardor creciente.

La leona, por el contrario, echada a pocos pasos de los dos rivales, contemplaba aquel drama feroz, estirándose indolentemente, esperando que sucumbieran uno u otro.

William miraba, acechando el momento oportuno para dejar sin vida a uno de los dos rivales.

Pero sus movimientos eran tan rápidos y desordenados, que resultaba imposible enviar la bala a su destino, con resultado efectivo.

—¿No van a detenerse un momento siquiera? —se preguntó.

Finalmente, uno de los leones cayó para no levantarse más. Un zarpazo le había roto el cráneo, haciendo salir parte de los sesos.

Era el momento esperado por William.

El vencedor se levantó orgullosamente sobre el cadáver del vencido enemigo, lanzando un rugido de victoria.

—¡Toma! —murmuró William.

El león, herido en medio del cráneo, se levantó bruscamente sobre las patas traseras, batió convulsivamente el aire con las delanteras y cayó inanimado lanzando un sordo bramido.

La leona, viendo caer también al segundo animal, abandonó la indolente posición que asumiera, poniéndose en pie. Mucho menos preocupada que los dos colosos rivales, tuvo una vaga intuición del peligro que corría y trató de evitarlo. Con hábil movimiento echóse a un lado, como si hubiese querido huir de los cazadores, y luego se lanzó oblicuamente, volviendo sobre ellos.

William no era hombre para dejarse engañar con aquella estratagema. Cogió rápidamente la carabina que le entregó Kambusi y apuntó diciendo:

—La voy a dejar seca de un tiro.

La leona estaba a cincuenta pasos; en tres o cuatro saltos podía echarse encima de los cazadores.

—¡Tira! —gritó Kambusi.

William hizo fuego. La leona, herida en el costado derecho, cayó con dos costillas fracturadas. Pero no había muerto, y la herida podía no ser mortal.

No pudiendo cobrar nueva embestida, la fiera se fue arrastrando para acercarse al enemigo.

Kambusi, en el entretanto, había vuelto a cargar la carabina de grueso calibre.

—Toma, señor —le dijo.

William cogió el arma y la descargó dentro de las fauces de la fiera, haciéndola caer al suelo.

—¡Buen golpe! —dijo, Kambusi.

—Es verdad —confesó William.

—¿Habremos acabado?

—Si hubiese habido otros leones en el matorral se hubieran dejado ver —respondió William—. No nos queda que hacer sino una cosa.

—¿Cuál?

—Desollar los dos leones. Ya te he dicho que necesitaría las pieles.

—Es cosa facilísima.

—Pues manos a la obra, Kambusi.

El negro sacó el cuchillo y comenzó a abrirle el vientre al león más próximo, mientras William desollaba al segundo, caído bajo su bala.

Siendo habilísimos entrambos, en breve terminaron; arrollaron las dos pieles con cuidado y las ataron detrás de las sillas de los caballos.

—Emprendamos de nuevo el camino —dijo William cuando hubo terminado—. Comienzo a sentirme inquieto por la suerte del doctor y de Flok.

Montaron, y picando espuelas siguieron adelante, pero a los quinientos pasos pudieron notar que les era imposible continuar a caballo, a causa de los árboles, ahora extremadamente bajos y espesos, que hacían difícil el paso de los nobles brutos.

Casi todos los bosques africanos son difíciles de cruzar, a causa del extraordinario vigor de la vegetación.

En aquel suelo, substraído a la irradiación solar por una impenetrable cúpula de verdura, no pueden vivir las hierbas gigantescas, pero crecen en numero infinito los matorrales y surgen de la tierra millares y millares de raíces que se oponen al avance de los hombres y de los animales.

Además de esto, minadas de bejucos y plantas sarmentosas, erizadas de espinas, se enroscan por los; troncos de los árboles formando espesísimos festones que se entrecruzan como inmensas redes en las cuales queda preso el hombre.

William y su compañero se vieron, pues, obligados a desmontar y avanzar poco a poco llevando a los caballos de las riendas.

La travesía de aquel boscaje fue penosísima. Con todo, a la puerta del sol, los dos cazadores llegaron a orillas de un ancho río; en la margen opuesta se veían algunas cabañas, defendidas por una cerca robustísima y muy alta.

—Es la aldea de los ladrones —dijo Kambusi deteniéndose—. La reconozco, aunque hace ya muchos años que estuve.

Apenas había pronunciado estas palabras, cuando se oyó en la orilla un silbido estridente, seguido de un disparo de fusil.

Una bala pasó silbando sobre la cabeza de los cazadores, aplastándose contra el tronco de un árbol.

—Hemos sido descubiertos —dijo William, echándose prestamente al suelo—. No creía que los negros vigilasen.

—Si vigilan es que han hecho prisioneros a nuestros compañeros —dijo Kambusi.

—¡Y tienen fusiles!

—Sí tienen, pero con frecuencia los cargan con piedras, por no tener bastante plomo.

—Les venceremos igualmente.

—Señor, las piedras pueden matar, también.

—No tengo ninguna intención de atacar a esos negros.

—¿Qué vas a hacer, entonces?

—¿No ves que se preparan a perseguirnos?

—Parece.

—Que les haremos correr largo rato, y cuando hayamos alejado mucho al grueso de los guerreros, volveremos a la aldea a galope y la asaltaremos.

Cuarenta negros, o sea la nata y flor de los bandidos, guiados por su jefe, distinguible por la diadema de plumas que le cubría la cabeza, se habían reunido delante de la orilla, mientras algunas mujeres armaban dos grandes piraguas.

—¿Esos guerreros constituyen toda la fuerza de la aldea? —preguntó William al negro.

—El jefe no debe disponer de más —respondió Kambusi.

—Entonces nos haremos seguir.

Así diciendo, William se adelantó hacia la orilla, mostrándose a los guerreros, y gritó con voz tañante:

—¿Qué queréis? Retroceded, o voy a asaltar vuestra aldea.

El jefe, que estaba para embarcarse, levantó amenazadoramente su mosquete, diciendo:

—¿Quién eres tú, hombre blanco, que te atreves a hablar de tal manera?

—Soy el compañero del hombre blanco que has; arrebatado y el amo de los bueyes que has robado.

—¿Y qué deseas?

—Volver a tener a mis compañeros y también los animales.

El jefe respondió con una carcajada irónica:

—¡También te cogeré a ti!

—¡Pruebalo, bergante!

—¡Toma!

Resonó un mosquetazo. William había visto bajar el arma de su contrario y se había echado prestamente: al suelo.

La bala, demasiado alta, se había perdido en medio de los árboles.

El joven cazador apuntó a su vez el fusil.

Oyóse un segundo disparo, y el jefe, herido en el pecho, cavó en el río y desapareció bajo el agua.

Los guerreros prorrumpieron en aullidos feroces.

—¡Venguemos a nuestro jefe!

—¡Venid! —gritó William, con acento amenazador mientras se resguardaba prudentemente detrás del tronco de un árbol.

Los negros se habían embarcado precipitadamente disparando sus fusiles y lanzando flechas a la orilla opuesta; después habían echado mano a los remos, decididos a perseguir al matador de su jefe y capturarlo.

William esperó a que estuviesen embarcados y en seguida montó a caballo seguido de Kambusi.

—¿Conoces el terreno? —preguntó el negro.

—Sí, señor.

—Hagámonos acosar de manera que no nos alejemos mucho de la aldea.

—Seguidme. Haremos correr a los bandidos toda la noche, y mañana al rayar el alba, llegaremos a la aldea, vadeando el río más abajo.

—Adelante.

Los negros se habían lanzado ya en pos de los fugitivos, corriendo velozmente.

Pero los caballos, que se hallaban algo descansados, galopaban rápidamente, siguiendo por el lindero del bosque que habían atravesado antes.

Al cabo de veinte minutos, los gritos de los negros habían cesado a causa de la lejanía, pero los dos cazadores tenían la seguridad de que se continuaba persiguiéndoles.

—Nos seguirán hasta que nos hayan cogido —dijo Kambusi—. Conozco a los negros y sé cuán vengativos son.

—¿Dónde me conduces?

—Describiremos una ancha vuelta y después descenderemos nuevamente hacia el río, esperando su ataque. El agua es profunda en aquel lugar y los negros no podrán vadearla.

—Siendo así que nuestros caballos nadan mejor que nosotros —añadió William.

Durante tres horas los cazadores continuaron galopando a través de bosques y claras, para alejar mejor a los negros, y después se encontraron nuevamente en la orilla del río, a distancia de cuatro millas de la aldea.

—Esperémosles aquí —dijo Kambusi.

—Y tratemos de matar cuantos más podamos —respondió William.

—Y entre tanto, descansemos. El enemigo no llegará antes de cuatro o cinco horas.

—¿Y si pasáramos el río para caer sobre la aldea?

—No, señor. Si los negros hubiesen regresado podrían recibirnos con recias descargas de mosquetería. Si vienen aquí tendremos cuando menos la prueba de que las cabañas están indefensas.

En la seguridad de verse atacados, hicieron tenderse los caballos cerca de la orilla y después con ramas y hojas formaron una pequeña trinchera reforzándola con peñascos y montones de tierra, para estar mejor resguardados.

—Mientras les esperamos, procuraremos descabezar un sueño —dijo William—. Hace dos noches que no descansamos.

Pusiéronse las carabinas al lado y se tendieron detrás de la trinchera, pero era difícil dormir.

Innumerables legiones de mosquitos, salidos del río, les martirizaban con encarnizamiento, impidiéndoles cerrar los ojos.

En vano William se rascaba hasta despellejarse.

Los insaciables insectos, ocupados en su pasto no soltaban la presa, y chupaban largamente la sangre del alemán.

El negro, en cambio, se hallaba más tranquilo, no porque la piel negra fuese inatacable a los agudos dardos de aquellos enjambres de insectos, sino porque sabía que toda tentativa para desembarazarse de ellos había de resultar vana.

—¡Me devoran vivo! —dijo el cazador, volviéndose y revolviéndose.

—Ten paciencia, señor —respondió Kambusi.

—Si me hallase desnudo habría ido a tirarme de cabeza al río.

—También lo hubiera hecho yo, a ser posible.

—¿Qué te lo impide?

—He oído chapuzones en el río.

—¿Y qué eran?

—Son los cocodrilos.

—Entonces, ¿cómo vamos a hacer para atravesar el río?

—Espantaremos a tiros algunos de esos anfibios, que no son tan terribles como se cree.

—¡Ya lo sé, Kambusi! ¡Oh, qué feroces insectos! Es imposible resistirlos.

—Hay una manera de librarse de ellos.

—¿Cuál?

—Incendiar las hierbas que están delante.

—Me gusta la idea. Las llamas atraerán la atención de los negros que nos siguen.

—Y harán huir a los cocodrilos.

—Dame fuego, Kambusi.

El negro saltó por la trinchera, se arrastró entre las hierbas, que eran altísimas, echó lumbre con el pedernal, encendiendo un pedazo de yesca y lo puso en medio de los vegetales, que estaban muy secos. De pronto se levantó la llama y prendió en las hierbas.

En pocos momentos flameó la pradera, crepitando. Las hierbas se retorcieron y lanzaron en lo alto nubes de centellas, poniendo en fuga a los mosquitos.

Pero mientras el negro volvió a pasar la trinchera, le pareció oír ruido de pisadas.

—¿Serán nuestros caballos que huyen? —se pregunte—. ¡Señor!

—¿Qué quieres, Kambusi?

—¿Están echados aún nuestros caballos?

—Sí; no se mueven.

—He oído rumor en la pradera.

—Veamos —dijo William, levantándose con la carabina en la mano.

En aquel momento, más allá de la línea flameante, se oyó una serie de detonaciones.

—¡Los bandidos! —exclamó William, que no se asustaba con aquel ruido—. Gastan pólvora sin economizar.

—Tente bien resguardado, señor. Sus mosquetes valen poco, pero podía aún llegar a su destino cualquier trozo de hierro o alguna piedra.

—Preparémonos a la defensa.

—¿No sería mejor atravesar en seguida el río?

—Esperemos a que esté más claro. Quiero ver si se nos echan encima los cocodrilos. Ya comienza a alborear. Será cuestión de mediadora.

Una segunda descarga, más ruidosa que la primera, resonó a lo lejos, pero resultó igualmente inofensiva.

Los negros, todavía invisibles, echados sobre la hierba, disparaban sobre la cortina de llamas.

Sus golpes, mal seguros, partían de un semicírculo, y los proyectiles, que parecían dirigidos al lugar donde se mantenían ocultos los dos cazadores, se dispersaban en dirección tan fuera de la línea, que el más inhábil tirador se hubiera avergonzado.

William y Kambusi, echados en el suelo, con las carabinas apoyadas en la palma de la mano izquierda semiabierta, como sobre un afuste, esperaban el momento oportuno para hacer doble tiro.

Pronto aparecieron dos negros, cuyas figuras se destacaban sobre la línea flameante.

—A ti el más bajo —dijo William a Kambusi—. Para mí el más alto.

—¡Fuego, señor!

Resonaron dos disparos de carabina.

El negro más alto, que sostenía un mosquetón, dio un salto y cayó en medio de las hierbas inflamadas; su compañero, que iba armado de arco y flechas, cayó aplomado, pero se levantó de nuevo, huyendo a todo correr.

Por los agudos gritos que lanzaba podía comprenderse que estaba herido.

El fuego de los negros cesó en seguida.

Aquellos ladrones debían haber comprendido que tenían enfrente dos hombres que no se espantaban fácilmente ante un ataque.

—Tal vez tratan de acercarse ocultamente —dijo, Kambusi.

—Es lo que pensaba yo.

—Ha llegado el momento de irnos, señor. Pasaremos el río, después correremos a la aldea, a escape, mientras los negros habrán de quedarse aquí a la fuerza.

—¿Y si pasan también el río?

—Con nuestros caballos llegaremos antes.

—Vamos a ver si hay cocodrilos en el río. Entre tanto, preparo la retirada.

William, sorprendido al no ver ni oír más a los negros, se había puesto de pie sobre la trinchera para tratar de descubrirlos.

—¿Dónde se habrán escondido?

Bajó aprisa hacia la orilla, hizo levantar al caballo y montó.

Entre tanto, el negro se había acercado al rió con el otro caballo. Miró la corriente, que bajaba rapidísima, y le pareció que no había nada sospechoso.

—Los cocodrilos se habrán ido a dormir —dijo. Después espoleó al caballo y se lanzó en el río.

Capítulo VIII. La persecución

Mientras Kambusi buscaba un vado y se preparaba a ahuyentar a los cocodrilos, William, erguido sobre su caballo, carabina en mano, vigilaba los movimientos de los negros.

La cortina de fuego se había extinguido poco a poco ondeaba aún, sin embargo, mucho humo y éste bastaba para ocultar a los negros, que debían de haberse echado al suelo para no hacerse fusilar por el cazador.

—No se ven, pero estoy seguro de que se acercan, arrastrándose como reptiles —dijo William.

Miré hacia el río y vio a Kambusi que cogido a las crines de su caballo luchaba vigorosamente contra la corriente, tratando de ganar la orilla opuesta.

—Si no ha encontrado los cocodrilos, puedo irme también yo —dijo.

Estaba ya para hacer dar la vuelta a su caballo cuando se levantó un griterío ensordecedor de entre las hierbas humeantes.

Los negros, viendo que el fuego se había apagado, corrían al asalto de la trinchera, saltando como animales feroces y agitando frenéticamente las armas.

—¡Tomad, bergantes! —gritó el cazador.

Diciendo esto, apuntó el arma e hizo fuego en medio de los asaltantes haciendo caer al más atrevido.

Los negros, espantados, se detuvieron un momento.

William aprovechó la ocasión propicia y se lanzó en el agua, que espumajeaba y gorgoteaba.

El caballo, acostumbrado ya a pasar los ríos, nadaba maravillosamente, hendiendo la corriente con su poderoso pecho.

Los negros, viendo huir a su presa, habían disparado sus mosquetones, pero como siempre, habían dado en la atmósfera. Ni las flechas tuvieron mejor fortuna.

Ya William se había reunido con Kambusi, cuando los caballos, de pronto, manifestaron un pánico inesperado.

Tiritaban, se estremecían y levantaban la cabeza, mirando a sus dueños como si les pidieran auxilio.

—¡Señor! —exclamó Kambusi con voz aterrada.

—¿Sentirán nuestros caballos a los cocodrilos? —preguntó William.

—Sí.

—¿Los ves?

—Sí… Uno está para llegar, nadando hacia nosotros.

Apenas había terminado cuando apareció a pocos pasos del caballo una cabeza horrible, armada de dos inmensas quijadas erizadas de agudos dientes.

—¡Fuego, Kambusi! —gritó William.

El negro, que no había perdido la serenidad ante el peligro, hizo fuego en las fauces abiertas del anfibio rompiéndole una mandíbula.

El monstruo, que había engullido a la vez la bala, el luego y el humo, se zambulló, agitando desesperadamente la cola.

—¡Adelante ahora! —gritó William, después de haber cargado precipitadamente la carabina.

Otro cocodrilo apareció algo más lejos. De un coletazo dio un salto hacia adelante para coger el caballo del cazador.

—¡Señor! —gritó Kambusi.

—Ya lo he visto —respondió William, tirando.

También el segundo monstruo se zambulló, huyendo hacia la orilla opuesta.

Los dos caballos, libres de aquellos peligrosos animales, redoblaron sus esfuerzos, mientras los negros disparaban algún mosquetazo, sin atreverse a entrar en el río por miedo a ser devorados por los feroces cocodrilos.

Cuando los ladrones vieron a los cazadores llegar a la orilla opuesta del río, les acometió una rabia terrible. Disparáronles numerosos tiros y flechas con imprecaciones y gritos tremendos, pero William y su compañero no se dignaron ni siquiera volver la cabeza.

Teniendo delante de ellos un bosque, fueron a ocultarse dentro, espoleando los caballos.

—Pronto, ¡a la aldea! —dijo el cazador.

—Seguidme, señor —respondió Kambusi—. Dentro de media hora o tres cuartos a lo más, ya estaremos.

—Antes de que las mujeres lo adviertan, detengámonos.

—¿Qué quieres hacer, señor?

—¿Crees que sólo por capricho desollé los leones?

—No te comprendo.

—Ya me comprenderás dentro de poco.

El bosque no era muy espeso. Formado por árboles altísimos que crecían a cierta distancia uno de otro, permitía a los caballos galopar libremente.

Tres cuartos de hora después, los dos cazadores llegaban al lindero del bosque.

Más allá de una llanura relativamente pequeña descubrieron la aldea en la cual debían encontrarse presos el doctor y Flok.

William bajó del caballo y desenvolvió la piel del león que había arrollado detrás de la silla.

—¿Qué haces, señor?

—Me preparo a ahuyentar a los habitantes de la aldea sin hacer uso de las armas.

—¿De qué manera?

—Disfrazándome de león. Ya sabes que los negros les tienen un miedo horrible a esas fieras.

—¿Y entraremos en la aldea con estas pieles encima? —preguntó Kambusi que no podía contener la risa.

—Y fingiremos devorar a los dos prisioneros. Así los negros no abrigarán ninguna sospecha sobre nosotros. Vamos aprisa.

Ataron los caballos a un tronco, se cubrieron con las pieles de león, acomodándolas bien para que la ilusión resultase perfecta, escondieron debajo las carabinas y echándose al suelo se dirigieron hacia la aldea.

Habían cruzado la llanura y estaban ya para entrar en el recinto aprovechando la parte que quedaba abierta cuando se encontraron con dos negras que se disponían a ir al río a buscar agua.

Viendo los dos leones, huyeron desesperadamente arrojando las jarras al suelo y entraron en la aldea, gritando:

—¡Huid!, ¡los leones!

En un momento, viejos, mujeres y niños, se lanza fuera de las cabañas, prorrumpiendo en gritos de terror.

Viendo adelantar a los dos leones, escaparon a la otra parte, y salvado el recinto corrieron hacia la llanura, refugiándose en los bosques.

Habían bastado pocos minutos para que la aldea quedase desierta.

William y Kambusi tiraron las pieles y se dirigieron hacia una cabaña mayor que las otras, que se encontraba en la plaza del mercado y en la cual suponían se hallaban los prisioneros.

—¡Doctor! —gritó William—. ¿Estáis aquí?

—¡Amigo! —respondió desde dentro el zoólogo—. ¿Sois vos?

—¿Podéis abrir?

—Imposible.

—¿Y Flok?

—Está conmigo.

—Ayúdame, Kambusi.

Viendo un hacha, abandonada por los fugitivos, William atacó la puerta y la derribó después de algunos golpes.

Dentro, atados sólidamente a un poste/ estaban el pobre doctor y Flok.

—¿Estáis libre? —exclamó el doctor, que no podía dar crédito a sus ojos.

—Y he venido a libertaros también a vosotros, doctor.

—¿Y los negros?

—Están lejos, pero no perdamos tiempo. Huyamos antes de que vuelvan.

Cortó las cuerdas que sujetaban a los dos prisioneros y los sacó fuera.

—¿Dónde están vuestras carabinas? —preguntó William.

—Estarán en la cabaña del jefe.

—Vamos a buscarlas.

—¿Y nuestros bueyes? —preguntó Kambusi.

—Sé donde están.

—También nos los llevaremos —añadió William.

Dirigiéronse hacia la cabaña del jefe, que se encontraba asimismo en la plaza del mercado y encontraron las dos carabinas y todas las municiones.

Entre tanto, Flok y Kambusi se habían internado en un cobertizo donde estaban encerrados los bueyes robados por los negros, y los sacaron fuera.

—¿Podremos conducirlos con nosotros mientras los negros nos dan caza? —preguntó Kambusi.

—No habrá más remedio que dejarlos, si nos vemos apurados —respondió William—. Me basta con haber salvado a nuestros compañeros.

—¿Dónde iremos? —preguntó el doctor.

—Antes nos llegaremos al bosque donde hemos dejado nuestros caballos —dijo William—. Buscaremos allí algún escondrijo y esperaremos a que los negros vuelvan a su aldea o se cansen de buscamos.

—Señor —dijo Flok—. A siete u ocho millas de aquí hay el bosque de Lusag, y nadie, a buen seguro, iría allí a buscarnos.

—Vamos, pues, a ese bosque —respondió William—. Pronto, cojamos los caballos.

Mientras cruzaban la llanura, el cazador refirió al zoólogo sus aventuras, narrándole extensamente el buen éxito de la estratagema para alejar a los negros de la aldea.

—¿Nos dejarán tranquilos? —preguntó el doctor.

—¡Oh, no hay que esperarlo! Querrán vengar a su jefe.

—¿Creéis que puedan alcanzarnos?

—Somos cuatro, bien armados; sabremos rechazarlé ¿Y vosotros, habéis caído prisioneros cerca del pantano?

—Sí, William. Habiendo oído rumores por aquella parte, dejamos detrás los caballos para explorar el terreno. No habíamos dado quinientos pasos, cuando nos cayeron encima los negros. Matamos a dos, pero los otros no tuvieron que fatigarse mucho para cogernos, siendo más de treinta.

—¿Os han tratado mal?

—No podemos decir que nos hayan martirizado, pero estaban furiosos y nos amenazaban con hacernos devorar por los leones. Gracias a vuestro auxilio, William, hemos conseguido escapar de sus manos; de no haber acudido, tan generosamente, estábamos perdidos.

Habían llegado al bosque donde dejaran los caballos.

El doctor y William subieron sobre el más robusto y los dos negros sobre el otro, y partieron a paso rápido seguidos por los bueyes, que habían emprendido un pequeño trote, por estar acostumbrados a correr cuando no están uncidos.

—Guíanos, Flok —dijo William.

—Esto no es más que el principio del gran bosque de Lusag —respondió el negro—. Dentro de algunas horas llegaremos a los matorrales y entonces nos veremos obligados a ir más despacio.

—No importa, mientras podamos escondernos.

Durante cuarenta o cincuenta minutos, los fugitivos se internaron por el bosque, adelantando fatigosamente, y después llegaron en medio de unos enormes matorrales.

Era el bosque de Lusag, ya señalado por Flok, uno de los mayores del África austral y también uno de los más peligrosos, por estar habitado por infinito número de animales más o menos feroces.

A derecha e izquierda, por delante y por detrás del grupo de los fugitivos, levantábanse los arbustos a veinte y treinta pies de altura, y el suelo era pardo, formado por la acumulación secular de los despojos del bosque, constituyendo un terreno cálido de una potencia de vegetación increíble.

Entretenida por la arcilla que se encuentra debajo, la humedad nutritiva es aspirada por miríadas de raíces, de céspedes, de hierbas y de árboles de alto fuste.

Era un verdadero caos de plantas, un milagro de vegetación. Por doquier se veían helechos, hierbas cortantes, rosáceas, cañas, orquídeas enroscadas, lianas de bejucos, acacias, tamarindos, vides silvestres, datileros y palmeras de toda especie, mezclados con árboles de que se extrae el copal.

Era un laberinto inextricable donde todas las plantas se disputan un rincón de terreno, de donde lanzan; sus tallos con una riposa que sólo puede producir una estufa como aquella.

Todas aquellas plantas, de una diversidad maravillosa, carecen de resistencia. Basta sacudir un tierno árbol para comprender que él terreno no tiene ninguna fuerza y que las raíces no penetran en la arcilla, ni aun las de los árboles gigantes, cuyas raíces aparecen la mitad al descubierto.

Esta gran selva, al revés de otras que están siempre tan silenciosas, está llena siempre de murmullos.

El zumbido de millares de insectos propaga por la selva un rumor confuso, mientras reina bajo los árboles una sombra crepuscular.

Se oye el crujido de miríadas de mandíbulas, el chirrido incesante de grillos enormes, el susurro de alas minúsculas, la marcha de legiones bajo las hojas, el salto imprevisto de algún animal azorado, el roce de los hormigueros que se agitan, el graznido de las ranas.

Por la noche se oyen aullidos de chacal, risas de hienas, bramidos de leopardo, rugidos de león.

—¡Qué feo bosque! —dijo el doctor, deteniéndose—. Da miedo.

—Pero aquí encontraremos un asilo seguro —dijo Flok—. Los negros no se atreven a penetrar en estos enormes matorrales.

—A buen seguro —exclamó William—. Pero ¿no piensas en las fieras?

—Tenemos tu carabina, señor —observó Kambusi.

—Que se encargará de ahuyentar a todas —añadió el doctor.

—Pongamos, ante todo, en salvo los bueyes —dijo William—. Si los dejamos sueltos, los devorarán las fieras.

—Construyamos un cercado —dijo Kambusi—. No faltan aquí plantas espinosas.

—Pues manos a la obra en seguida —añadió William—. Mañana, Kambusi y yo reconoceremos el río a ver si podemos vadearlo sin peligro. Me urge volver al carro y emprender la caza de la jirafa blanca. Aquí, entre estos árboles y en medio de esta obscuridad, no me encuentro bien.

—¿Estarán aún los negros a orillas del río? —preguntó el doctor.

—No me extrañaría. Deben estar doblemente furiosos, primero por la muerte de su jefe y otros guerreros, y después por nuestra fuga. Habrán encontrado las pieles de los dos leones y comprendido la jugarreta que les hemos hecho.

—Serán, capaces de todo para vengarse —dijo Kambusi.

—Lo mejor que podemos hacer es alejarnos pronto de esta región y encaminarnos hacia el Norte.

—Esto es lo que haremos —respondió William—. Entre tanto, construyamos el cercado para poner en salvo los bueyes.

No faltaba material en aquel inmenso bosque.

Los dos negros y William se pusieron a trabajar, mientras el doctor vigilaba los bueyes.

La construcción de aquel recinto o kraal, como se llaman en el África del Sur, quedó terminada antes de anochecer.

Estaba formada de estacas y de plantas espinosas, barrera suficiente para impedir la entrada, ya que no a los leones, cuando menos a los chacales y las hienas.

La cena fue muy parca aquella noche, pues se compuso solamente de plátanos.

Hacia las diez, los dos alemanes se durmieron, mientras los negros velaban por turno, cerca de las hogueras encendidas alrededor del kraal.

No dejaban de rondar las fieras por los contornos del cercado, tratando de entrar.

Primero fueron las hienas, después los chacales y por fin, un león, ahuyentado con dos tiros de carabina.

Al rayar el alba, William y Kambusi estaban de pie para llegarse al río.

—Es menester que nos vayamos pronto o perderemos los bueyes —dijo el cazador al zoólogo—. Hay demasiadas fieras en este bosque y tampoco nosotros estamos seguros. Poneos de centinela y no os inquietéis si tardamos en volver.

—No os hagáis coger —dijo el doctor.

—No nos cogerán tan fácilmente los negros —respondió William.

Lleváronse algunos plátanos, se orientaron con una brújula y se pusieron en camino a través del inmenso bosque, que debía terminar cerca del río.

Aquella marcha fue extremadamente difícil a causa de su excesiva espesura de las plantas, de las raíces, de los bejucos y de las hierbas altísimas que crecían por doquier, pero, no obstante, los dos cazadores llegaban a mediodía a la orilla del río, después de haberse abierto paso a través de una verdadera muralla de verdura.

En el lugar donde habían llegado, el cauce tenía ciento cincuenta metros de anchura y era también bastante profundo.

En medio se veía un islote cubierto de espesa vegetación, de unos treinta metros de largo por diez o doce de anchura.

Los dos cazadores observaron que las orillas del río se hallaban desiertas.

—Probablemente los negros han desistido de darnos alcance —dijo William.

—No te fíes, señor —replicó Kambusi—. Yo creo por el contrario, que nos buscan activamente.

—Pues no se ve nada.

—¿Quieres atravesar el río?

—Sí, pero después de haber traído aquí los bueyes.

—Crucémoslo de noche.

—Es un consejo que acepto.

—¿Quieres volverte?

—Antes quisiera procurarnos comida. No tenemos provisiones y el hambre nos atormenta.

—No veo ningún animal.

—Lo habrá en el bosque.

—Piensa que los negros pueden oír el disparo de tu carabina.

—¡Oh! Los creo muy lejos. Volvamos al bosque.

Volvieron la espalda al río y se internaron entre las plantas y las raíces.

Habían recorrido doscientos metros cuando Kambusi se tuvo y dijo rápidamente:

—No des un paso más, señor.

—¿Has visto algún león? —preguntó el cazador.

—He visto a dos negros.

—¿Dónde están?

—Escondidos en aquel matorral. Parece que buscan nuestras huellas.

—Huyamos antes de que nos vean.

—Pero ¿dónde?

—Al río.

—Nos encontrarán.

—Vamos a escondernos en aquel islote que hemos visto.

—Buena idea, señor.

—Que vamos a poner por obra en seguida.

Los dos cazadores, deslizándose entre los matorrales, llegaron a la orilla.

Aunque la corriente era bastante impetuosa, siendo ambos habilísimos nadadores, decidieron arrojarse al agua. Estaban ya para dar el salto, cuando Kambusi lanzó un grito.

Una flecha partida de la orilla opuesta, se le había clavado en la espalda.

William, viendo aún ondear la caña, la arrancó, apareciendo ensangrentada la punta.

—¡Pobre Kambusi! —dijo.

Mientras el negro caía al suelo, William había preparado rápidamente la carabina y apuntado hacia la orilla.

El agresor, después de haber lanzado la flecha, se había escondido prudentemente detrás de los árboles, conociendo tal vez la habilidad del cazador.

—¡Bergante!, ¡ya te encontraré! —gritó William exasperado.

Dejó la carabina en tierra y trasladó a Kambusi en medio de las cañas que cubrían la orilla, a fin de ponerlo a cubierto de nuevas agresiones.

—¿Cómo te encuentras, Kambusi? —le preguntó.

—Pierdo mucha sangre; la punta ha penetrado profundamente.

—La he quitado ya.

—Sin embargo, aún siento un dolor agudo.

—La herida es más dolorosa que peligrosa —dijo William, después de haberla examinado con mucha atención—. Te pondré una compresa mojada; el agua es muy buena para las heridas.

—Bastará restañar la sangre, señor.

—¿Y podrás andar, luego? No podemos continuar aquí habiendo sido descubiertos.

—Es preciso ganar el islote.

—¿Podrás andar?

—Me ayudarás.

—Espera a que antes te cure la herida.

Rasgó un pañuelo, fue a bañarlo en el río y cubrió con el lienzo la herida, para restañar la sangre que fluía de ella con profusión.

—Vamos ahora a asegurarnos el paso —dijo William recogiendo la carabina—. Tenemos enemigos en las dos orillas.

—Yo voy también, señor.

—Se me ocurre una idea.

—¿Qué, señor?

—¿Si pudiésemos volver al bosque? Allí podríamos encontrar algún refugio y tal vez juntarnos con nuestros compañeros.

—Probémoslo —dijo Kambusi.

—Quédate aquí mientras yo voy a ver si tenemos a alguien enfrente.

Salió del cañaveral y se dirigió hacia el bosque. Apenas había atravesado un espeso matorral, cuando vio un grupo compuesto de media docena de negros.

Ya le habían visto también los ladrones y preparaban los arcos.

William apuntó la carabina y antes de que partiera la flecha, disparó diciendo:

—Ahí va por ahora uno, a cuenta.

Apenas había resonado la detonación, cuando uno de los asaltantes, mortalmente herido, abría los brazos y caía al suelo como una masa inerte. Los compañeros del difunto, espantados, huyeron, escondiéndose en medio de los árboles.

—No demuestran mucho valor esos —dijo William—, y después, ni siquiera tienen un mosquete.

En dos saltos se puso de nuevo en la orilla, reuniéndose con Kambusi, que se había levantado sobre las rodillas y preparaba la carabina.

—Estamos metidos en un atolladero con esos negros que se nos vienen encima de todas partes —dijo William—. ¿Dónde huir?

—¿Nos estrechan?

—Sí, y si no nos vamos, nos cogerán.

—¿Dónde quieres huir?

—Prefiero volver al bosque. ¿Puedes andar?

—Apoyándome en ti, sí.

—Mira, hay negros también en la otra orilla.

—Y se preparan a pasar el río.

—Kambusi, vámonos.

Le cogió por debajo del brazo y dejaron las cañas, saliendo cautelosamente a la orilla.

No viendo a nadie, se ocultaron bajo los árboles, andando rápidamente entre los troncos y las altas hierbas. Habían recorrido doscientos pasos cuando encontraron una pequeña clara que horadaba, por decirlo así, la selva virgen.

En el momento en que iban a entrar, Kambusi, siempre atento, vio a la otra parte de aquel espacio, una nueva partida de negros.

Los recién llegados, puestos en guardia por el disparo de la carabina de William, adelantaban prudentemente, extendiéndose en una larga línea que cerraba el paso a los dos fugitivos.

—Detente, señor —dijo el negro—. Si damos un paso más adelante, estamos perdidos.

Capítulo IX. Sitiados en la isla

La situación de los dos fugitivos se hacía terrible. ¿Qué podían hacer hallándose entre dos fuegos?

Tomaron de súbito un partido. Torcieron a la izquierda y antes de ser vistos corrieron hacia el río, donde llegaron en pocos minutos.

Sin calcular el peligro que corrían en ocultarse en el fango, se arrojaron entre las enormes cañas que crecían profusamente, y esperaron con ansiedad, agachados en aquel cieno en medio del cual se hundían lentamente.

Aquella tregua no fue de larga duración.

Un negro, que les seguía la pista, llegó bien pronto hasta ellos y al verlos se detuvo un momento con la lanza levantada.

Aquel momento de vacilación le fue fatal. William, que no quería servirse de la carabina para no llamar la atención de los otros enemigos, dio un salto como un león y cogió al enemigo por el cuello. El negro trató de reaccionar y libertarse de aquella apretura, pero los diez dedos del calador eran robustos y parecían otras tantas tenazas.

El negro no pudo ni siquiera lanzar un grito porque Kambusi le había hundido el cuchillo en la espalda, partiéndole el corazón.

—Anda —dijo William, haciendo rodar el muerto al río.

—Señor —añadió Kambusi con voz débil—; huyamos.

—¿Te encuentras mal? —preguntó William, con espanto.

—La sangre perdida me ha debilitado en extremo.

—¡No pierdas ánimo, valor! Es necesario atravesar el río y buscar un refugio en el islote.

—Probémoslo, señor.

—Yo te ayudaré.

—Procuremos no mojar las armas.

—Déjame a mí.

Se ató sobre la cabeza las dos carabinas y las municiones, y después bajó poco a poco en el agua, sosteniendo a Kambusi.

La corriente cerca de la orilla era débil y sólo se adelantaba lentamente.

Kambusi, para colmo de desventura, continuaba perdiendo fuerzas.

Apenas habían recorrido diez metros cuando William le vio irse a fondo. El herido, sin embargo, volvió a subir en seguida, exhalando un suspiro de angustia.

—Espera, que te ayudaré —dijo William.

Cogió al pobre criado por debajo de los sobacos, y nadando vigorosamente con la otra mano, llegó en breve al islote, arrastrando a su compañero por entre los céspedes.

Apenas habían llegado cuando vieron comparecer en la orilla diez o doce negros.

—Habéis llegado tarde —dijo William, armando las dos carabinas.

Algunas flechas atravesaron el río y fueron a clavarse entre los céspedes que resguardaban a los dos fugitivos.

William, sin ocuparse de los enemigos, hizo acostarse a Kambusi, casi desmayado, sobre un lecho de hojas, le renovó la compresa y después dio la vuelta al islote.

No había nadie, ni siquiera un volátil.

—Si nos ponen sitio, no sé qué vamos a comer —dijo—. Veo, sin embargo, plátanos en la orilla y con un poco de astucia podremos cogerlos.

Apartó las plantas que le impedían ver a los enemigos y miró.

Los negros se habían reunido en la orilla y parecía deliberasen.

—El negocio se pone feo —dijo para sí—. ¿Si el doctor y Flok les cogiesen por la espalda? Sí; tal vez sabrán o se figurarán que estamos en peligro.

Volvió al lado de Kambusi, que se había adormecido, y se sentó a su lado, sumiéndose en reflexiones.

El calor era sofocante; ni una ráfaga renovaba las capas de aire enardecido por el sol, cuyos rayos, reflejándose en el río, adquirían nueva y terrible intensidad.

El cazador se había casi dormido cuando oyó romper ramas. Púsose rápidamente en pie con la carabina armada y gritó:

—¡Auxilio, Kambusi!

Resonó un grito feroz, en aquel instante, detrás de él.

Volvióse rápidamente y vio aparecer un negro armado con una especie de maza, con la cual se preparaba, sin hacer cumplidos, a romperle el cráneo.

Pero William no se dejó coger de sorpresa.

—¡Ladrón! —gritó.

No había acabado aún de pronunciar la palabra, cuando el negro, recibiendo a quemarropa un tiro de carabina, caía pesadamente al agua.

—¡Ahora, otro! —exclamó cogiendo la carabina de Kambusi.

Otros cinco o seis negros corrían entre el césped teniendo en alto las lanzas.

Viendo apuntar la carabina a William, sintieron flaquear su valor para empeñar la lucha y se arrojaron al agua, nadando desesperadamente hacia la orilla opuesta.

Kambusi, entre tanto, se había levantado, cuchillo en mano, para ayudar a su amo.

—No hay ya necesidad —dijo William, volviendo a cargar la carabina—. Esos bergantes empiezan ya a tener miedo. Vuelve a echarte, y si te necesito te despertaré. ¿Cómo te encuentras?

—Algo mejor, señor.

—¿Estás aún muy débil?

—Sí.

—Necesitarías un buen plato de sopa y ni siquiera tenemos una galleta. ¡Ah! ¡Si viniese el doctor!

—Tal vez nos buscan.

—No lo creo; tienen que guardar los bueyes.

—Esta noche se acercarán al río. No viéndonos volver, creerán que estamos en peligro.

—Ya veremos —concluyó William—. Échate, descansa; yo velo.

El sol descendía lentamente y apuntaba la noche. La situación de los dos cazadores no tenía trazas de cambiar.

No había, que pensar en abandonar el islote.

Los negros hacían siempre buen servicio de guardia en las dos orillas, lanzando de vez en cuando gritos agudísimos, como para indicar a los cazadores que tenían cortada la retirada.

Durante toda la noche no se atrevió William a cerrar los ojos, esperándose de un momento a otro un asalto por parte de los negros.

Hacia las tres, Kambusi se despertó, asegurándole que se encontraba mejor, pero que se sentía famélico.

—Y yo no lo estoy menos que tú, pobre Kambusi —dijo William—. Desde ayer mañana no hemos comido.

—Y desde hace dos días no hemos probado la carne, señor.

—Harto lo sé.

¿No hay nada en este islote?

—Ni siquiera un pájaro. Pero he visto plátanos en la orilla que tenemos enfrente.

—¿Y los negros?

—Nadando bajo el agua y aprovechando la obscuridad, podía intentarse —dijo William—. ¿Y por qué no? Es una buena idea y no correré peligro alguno.

—No te fíes, señor.

—No tengo ninguna intención de morirme de hambre, Kambusi. Déjame probar.

Se desnudó para hallarse más libre, se puso el cuchillo entre los dientes y después bajó sin hacer ruido, al agua. Permaneció mucho tiempo sin aparecer. ¿Había sido presa de algún cocodrilo o yacía en el fondo paralizado por alguna repentina debilidad? No; las aguas rebulleron finalmente a algunos metros de la orilla y salió la cabeza.

Aspiró una larga bocanada de aire, sopló, expeliendo el agua que había tragado, y volvió a sumergirse. Veinte segundos después reapareció y con una última brazada llegó a la orilla, cubierta de plátanos de hojas inmensas.

Miró a su alrededor y no viendo a nadie, subió lentamente por la margen, internándose bajo las hojas.

Con algunos tajos del cuchillo cortó un enorme ramo de plátanos ya maduros, que pesaba a lo menos treinta kilogramos, lo ató sobre sus hombros y se arrojó de nuevo al río.

La travesía se realizó felizmente.

Cuando se acercó al islote, encontró a Kambusi de rodillas, con la carabina en la mano. El herido vigilaba, temiendo un nuevo asalto por parte de los negros.

—¿Mas visto a alguien, señor? —preguntó Kambusi.

—Nuestros enemigos duermen —respondió William.

—¿No podríamos aprovecharnos de ese sueño para irnos?

—Es lo que pensaba, Kambusi. ¿Te sientes con ánimo para cruzar el río?

—Sí.

—Comamos algunos plátanos y luego nos iremos. El bosque está enfrente y será fácil llegar a él.

—Nos dejaremos llevar por la corriente algunos centenares de metros.

—Y aún por algunos kilómetros. Nos ayudaremos con los troncos de los árboles.

—Sí, señor.

Devoraron aprisa algunos plátanos y después William, con su cuchillo, abatió algunos tiernos árboles y los ató juntos con la faja de lana que le servía de cinturón.

Cinco minutos después, él y Kambusi saltaban en el agua, teniéndose cogidos a los árboles.

La corriente rápida les llevó pronto lejos. Los troncos flotaban muy bien y los dos fugitivos no tenían que fatigarse para mantenerse a flote.

Así se dejaron llevar un par de kilómetros y después se acercaron al inmenso bosque con la certeza de hallarse fuera del alcance de los negros.

—¿Ves a alguien, Kambusi? —preguntó William.

—No, señor —respondió el negro.

—¿Te ves con ánimo para ganar la orilla?

—Sí; este baño me ha probado bien.

—Dejemos el río y metámonos en el bosque. Cuando los negros adviertan nuestra fuga estaremos ya lejos. ¿Encontraremos todavía al doctor en el campamento? Me temo que no viéndonos regresar se haya movido, empujando los bueyes hacia el río.

—¡No faltaría más!

—Démonos prisa, Kambusi.

Treparon por el margen y se encaminaron bajo los árboles, apretando el paso. Aquella parte del bosque no era muy espesa y podían avanzar con mayor rapidez.

Durante dos horas fueron dejando atrás matorrales y matorrales, orientándose con la brújula. Kambusi comenzaba a dar señales de extremado cansancio, cuando le pareció a William oír lejanos mugidos.

—¿Serán nuestros bueyes? —se preguntó.

—Sí, señor —dijo Kambusi—. Avanzan a través del bosque.

—El doctor habrá advertido tal vez la presencia de los negros, y se habrá desviado. Kambusi, un último esfuerzo.

—Haré lo posible.

Avanzaba, ciertamente, entre el bosque, una caravana de animales. Oíanse distintamente mugidos y; crujir de ramas.

William dejó atrás al negro y echó a correr, gritando:

—¡Doctor! ¡Flok!

Poco después, una voz humana, la de Flok, le respondió.

—¡Señor! —gritaba el negro—. ¿Sois vos, de veras?

—¡Por aquí, Flok! —respondió William.

—¡Aquí estoy, aquí estoy!

Un momento después, derribado un espeso matorral, se presentaba Flok al cazador.

—¿Y el doctor? —preguntó William.

—Va a retaguardia —contestó el negro.

—¿Traéis todos los bueyes?

—Sí.

—¿Por qué habéis dejado el campamento?

—Estábamos inquietos por vuestra prolongada ausencia y decidimos venir a buscaros. ¿Habéis encontrado a los negros, verdad?

—¿Cómo lo sabes?

—Oímos los disparos de las carabinas. Por eso desviamos, temiendo encontrarlos también nosotros.

—Es una verdadera suerte habernos encontrado —dijo William—. ¿Ha habido novedad en el campamento durante nuestra ausencia?

—No, señor.

—Haz avanzar los bueyes por esta parte. Debemos bajar algunos kilómetros aj Sur para evitar el encuentro con los negros.

—¿Vigilan el río?

—Sí, pero muy lejos de aquí.

Cinco minutos después, mientras los bueyes desfilaban a través de los matorrales, William y el doctor se encontraban.

El zoólogo, que también era médico, sabiendo que Kambusi estaba herido de una flecha, se fue a ver al pobre negro, que, completamente derrengado, se había echado en el suelo, sobre la hierba.

Examinó la herida, la lavó con agua mezclada con un poco de aguardiente, que quedaba aún en el frasco y le curó hábilmente.

—No es nada —dijo—. Kambusi está débil por la sangre que ha perdido, pero nada más.

Se hizo subir al herido a lomos de un buey, y la caravana continuó su marcha, dirigiéndose hacia el Sur.

Al anochecer llegaba a orillas del río, a una distancia de quince kilómetros del lugar ocupado por los negros.

Aprovechando las tinieblas vadearon el río y después continuaron su camino, con una espléndida claridad de la luna.

Flok, que conocía el país, y que, como todos los negros, sabía orientarse sin necesidad de brújula, guió la caravana de suerte que a las dos de la madrugada llegaba al desfiladero, sin haber tenido ningún desagradable encuentro.

El inmenso carro estaba todavía allí, pero el búfalo muerto había, sido devorado por las hienas y los chacales.

Como en el carro había víveres en abundancia, los cuatro viajeros pudieron solazarse con una cena excelente, rociada con algunas botellas de cerveza.

Una hora después, dormían todos, sin preocuparse de los aullidos agudos y desapacibles de los chacales.

Capítulo X. En marcha

Hasta el mediodía siguiente, no emprendió, por fin, la marcha el carro, para llegar a las llanuras frecuentadas por la jirafa blanca.

Kambusi se había visto obligado a acostarse sobre colchones, mientras Flok guiaba los bueyes.

William y el doctor iban delante, a caballo, para explorar el país.

La travesía del desfiladero se realizó felizmente, y por la tarde, la caravana llegaba a orillas de un ancho río que William aseguraba era frecuentado por numerosos hipopótamos.

—Doctor —dijo—, os prometí haceros probar un trozo de hipopótamo.

—No he olvidado la promesa —respondió el alemán.

—Ha llegado la hora de cumplir la palabra.

—¿Y los negros?, ¿los habéis olvidado?

—No se acercarán más. Sabe Dios por dónde nos andarán buscando.

—¿No cometeremos una imprudencia deteniéndonos aquí?

—No, doctor. Este país depende de otro jefe y estos negros tienen la costumbre de respetar los territorios ajenos. No penséis ya más en los ladrones que os hicieron prisionero, y además, están ya muy lejos.

—Siendo así, vamos a buscar el hipopótamo que me habéis prometido. Pero no veo ninguno de esos anfibios en este río.

—No tardarán en dejarse ver. De día duermen sumergidos casi del todo en el agua, pero por la noche abandonan los ríos y van a saquear los bosques y aun también las plantaciones.

—Será muy difícil matarlos.

—Sí; es muy difícil, y además, la piel es tan dura, que las balas, a menudo, se aplastan contra ella, y no consiguen perforarla.

—¿Dónde iremos a esperar a estos hipopótamos? —preguntó el doctor.

—En alguno de sus senderos.

—¿Qué quiere decir eso?, ¿a qué senderos os referís?

—Para ir a los bosques, donde van a buscar las raíces que les sirven de alimento, se abren un sendero que es fácil reconocer y lo recorren casi siempre.

—¿Sabréis encontrarlo?

—Sí —respondió William—. Vamos a cenar ahora y después iremos a emboscarnos.

Volvieron al carro, comieron un bocado, recomendaron a los dos negros que estuvieran ojo avizor y después se dirigieron hacia un bosque que costeaba el río.

Había salido la luna y sus rayos iluminaban las cimas del bosque secular, que se delineaban en las dos riberas, bordeando la corriente con un cinturón de bejucos, flores y árboles gigantescos.

El río descendía tranquilo, como amodorrado, entre las orillas de verdura, murmurando sordamente.

A lo lejos, sobre el espejo del agua, empezaron a surgir grandes masas que lanzaban largos relinchos.

Eran hipopótamos.

Estos animalazos son esencialmente africanos. Por mucho tiempo se ha debatido la cuestión de si sería posible encontrarlos en Asia, y especialmente en los ríos de la India, de Java y de Sumatra, pero todas las pesquisas han resultado infructuosas hasta ahora.

Los hipopótamos, por su mole, ocupan el tercer lugar entre los cuadrúpedos, midiendo de doce a dieciséis pies de longitud y casi otros tantos de espesor.

Son rechonchos, con las piernas cortas, la cabeza enorme; cuando abren la boca dejan ver dientes formidables, de los cuales se sirven para triturar las hierbas duras y coriáceas de que se nutren.

Gustan asimismo de las raíces y las legumbres tiernas, destruyendo de una vez plantas enteras y ocasionando pérdidas incalculables.

Su cuerpo está envuelto en una capa dé grasa que lo cubre alrededor y su piel es gruesa, dura, reludente, casi desprovista de pelos.

Aunque pesados en apariencia, no son tardos. Corren con velocidad cuando están en tierra y son agilísimos en el agua.

Cuando se zambullen, pueden permanecer muchos minutos bajo el agua y si se ven amenazados, suben a respirar en la superficie, no sacando más que el extremo de sus narices.

Durante el día, los hipopótamos duermen con gusto bajo el sol, echados sobre islotes o bancos de arena; por la noche, al contrario, van a tierra en busca de pasto.

La caza de estos anfibios se practica de dos maneras. Primero en una barca, esperando que el animal comparezca en la superficie para darle en el cráneo con un hacha o un arpón, pero a menudo la embarcación es volcada y entonces los cazadores corren peligro de morir destrozados.

La segunda, al contrario, se hace colocando una lanza movible sobre los senderos frecuentados por estos animales, de suerte que se hieran ellos mismos gravemente.

La carne de estos anfibios, especialmente triturada y mezclada con grasa, es excelente y se conserva por largo tiempo.

Con la piel se fabrican vaquetas muy buenas y escudos muy apreciados, muy buscados por los negros, siendo impenetrables aun a las balas de los mosquetes.

William y el doctor, después de haber atravesado un trozo del bosque, habían llegado a una especie de sendero abierto entre las murallas de verduras, en el que se veían ambas ramas destrozadas.

—He ahí un sendero —dijo el cazador.

—¿Pasan por aquí los hipopótamos? —preguntó el doctor.

—¿No veis cuántas huellas se descubren?

—No lo había notado.

—Escondámonos y esperemos.

—¿Los veremos?

—Estoy seguro.

—¿No nos acercaremos al río?

—Seguiremos lentamente el sendero. ¿Tenéis cargada la carabina?

—Sí, William.

—Seguidme y no hagas ruido.

Los dos cazadores se pusieron en camino poquito a poco, mirando atentamente hacia adelante.

Por la otra parte del río se oía relinchar a los animales, que se zambullían con gran estruendo, y a juzgar por el rumor, debían de ser muchos.

Habían andado cincuenta pasos cuando William se lanzó detrás del tronco de un árbol, diciendo al doctor:

—He ahí uno que se adelanta.

—No lo veo.

—Esperad un momento. Ahí está: ¿lo veis?

—¡Ah! ¡Sí!

—Permaneced firme, y no lo espantéis antes de que haya llegado a ponerse a tiro.

Una masa monstruosa avanzaba a lo largo del sendero, adelantando lentamente y deteniéndose a menudo para escuchar.

El hipopótamo es desconfiado por su índole, y si sospecha un peligro vuelve al río y se sumerge; convenía, por lo tanto, mantenerse inmóvil para evitar que huyese.

William había armado la carabina, imitándole el doctor, y esperaba que el animal llegase a pocos pasos para hacer fuego, sabiendo que su piel es casi impenetrable.

El hipopótamo se había detenido husmeando el aire.

Hallábase entonces a veinte pasos.

—¡Fuego! —mandó William viendo que se disponía a volverse atrás.

Los dos tiros de carabina fueron seguidos de un grito horrible.

El animal cayó pesadamente en tierra agitando sus gruesas patas.

Su agonía fue breve. Abrió la boca enorme, lanzó un postrer estertor y después se puso rígido.

Le había entrado una bala en los sesos y la otra había penetrado bajo las fauces.

Los dos cazadores, felices con aquel resultado, le rompieron la cabeza a hachazos para llevarse la lengua, y después cortaron un grueso trozo de carne y volvieron al campamento.

Al día siguiente, cuando volvieron al sendero para cortar más trozos no encontraron más que el esqueleto.

¡Las hienas, los leones y los chacales habían devorado aquel corpachón en una sola noche!

Capítulo XI. El domador de hienas

Pasado el río por un lugar donde era vadeable, la caravana emprendió de nuevo su marcha hacia el Norte, para llegar a los lugares frecuentados por la jirafa blanca.

El país que recorrían era por demás selvático, interrumpido por grandes bosques que se oponían al avance del carro y por ríos impetuosos en los cuales los bueyes corrían el peligro de ahogarse.

Durante tres días la caravana continuó subiendo hacia el Norte, en dirección a Ugucha, cruzando muchas cadenas de colinas, y después, a la cuarta jornada, acampó cerca de una espaciosa cabaña casi arruinada, que se encontraba en la margen de una inmensa pradera.

—Descansemos aquí algún día —dijo William—. El feroz Kraki no la habita ya, y por lo tanto, podemos tomar posesión de esta casa.

—¿Quién era ese Kraki? —preguntó el doctor.

—¡Ah! ¿No sabéis quién era?

—No, en verdad.

—Es una historia que saben todos en la colonia del Cabo.

—Pues yo la ignoro, William.

—Os la contaré después de cenar. Entre tanto, vamos a visitar esta cabaña. Todos los negros huyen de ella, pero a mí no me da miedo —añadió riendo.

Entraron en la habitación, poniendo en dispersión algunas parejas de chacales que habían buscado allí dentro cómodo albergue.

Era una cabaña de forma circular, como lo son todas las que se encuentran en el África meridional, con las paredes de fango y paja y el techo cónico.

Dentro no había más que una sola estancia, en la que se conservaba aún una mesa maciza sobre la cual se veían grandes jarros de barro, y algunos escabeles hechos con ramas de árbol.

Una cosa sorprendió de pronto al doctor; una cadena asegurada en la pared, que terminaba en un collar de hierro.

—¿Qué es esto? —preguntó sorprendido.

—Es la cadena que sirvió piara tener prisionero al pobre Wan Richet.

—No sé quién era, William.

—Ya os lo diré después.

Hiciéronse traer la cena, consistente en un trozo de antílope asado la noche anterior y algunas galletas, y después se tendieron a la sombra de un plátano que crecía delante de la cabaña y encendieron las pipas.

—¿Me diréis finalmente quiénes eran ese feroz Kraki y ese pobre Wan Richet? —dijo el doctor.

—Es una historia muy extraña.

—Será más interesante.

—Lo que voy a referiros ocurrió hace cinco o seis años. Por aquel tiempo vino a establecerse aquí un hombre muy excéntrico, llamado Kraki. Quién fuese y de dónde viniera, es cosa que nadie supo nunca, pero se dio a conocer pronto por su extremada salvajez y su originalidad, puesto que en vez de buscar la compañía de los hombres, prefería vivir con los animales y sobre todo con las hienas.

—¿Qué decís?

—Pues es una historia absolutamente verdadera —respondió William—. Ahora bien: escuchadme. Un joven holandés, un tal Wan Richet, que heredó de su padre medio millar de florines, decidió emigrar para ir en busca de un terreno fértil que le permitiese implantar una factoría. Partió, pues, con una docena de bueyes, muchas semillas, víveres y una carabina para defenderse de los asaltos de los negros y de los animales feroces. Cruzó el Orange y se internó por estas tierras, deteniéndose a unas cuatro millas de esta cabaña, en un vallecillo que le pareció fértilísimo. Wan Richet descubrió también un arroyuelo de agua límpida, cuya vecindad había de ser muy favorable a la agricultura, y así, decidió no ir más lejos y construyó una cómoda cabaña.

»Hecho esto, desmontó un pedazo de tierra, sembrando el grano y el centeno que había traído. Desde aquel día se le pudo ver cortar árboles en pierna bosque para ensanchar su dominio y abrirse caminos. Soñaba con el momento en que esta tierra conquistada con sus fatigas estaría cubierta por una copiosa cosecha de doradas espigas y una verdeante pradera, con cuyo heno alimentaria abundantemente sus bueyes.

Una noche el holandés se hallaba echado sobre la hierba, siguiendo con la mirada las estrellas fugaces, cuando vio comparecer una enorme hiena atigrada.

»Era valerosísimo, y cogiendo un hacha que se encontraba a su alcance, se puso a seguir al animal para apoderarse de la piel.

»Aquella hiena era asaz curiosa y astuta, pues dejaba que a menudo se le acercase el holandés, y luego en el momento en que éste iba a herirla, apretaba el paso, yéndose más lejos.

»Wan Richet, cansado y muy extrañado con el singular proceder de la fiera, se sentó sobre una roca.

»La hiena, con gran asombro suyo, hizo otro tanto, manteniéndose a respetable distancia y sin quitar los ojos de su perseguidor.

»De vez en cuando abría las quijadas, prorrumpiendo en atroces carcajadas.

»El pobre Wan Richet estaba exasperado. Sudaba la gota gorda y el sombrero, en el cual llevaba escondidas muchas monedas de oro, le pesaba sobre la frente.

»¿Qué hizo entonces? Con un grito de rabia se arrancó el sombrero y se lo tiró a la hiena.

»La bestia evitó aquel extraño proyectil y precipitándose sobre el sombrero lo cogió con los dientes y echó a correr rápidamente.

»El desgraciado holandés recordó entonces que en el sombrero había escondido toda su fortuna.

»Se lanzó corriendo en persecución de la bestia/ blandiendo el hacha y haciendo esfuerzos sobrehumanos para alcanzarla.

»Con gran estupor vio a la hiena dirigirse hacia esta cabaña y entrar, llevando siempre en la boca el sombrero.

»El holandés, cada vez más sorprendido y decidido a no perder su pequeño tesoro, entró resueltamente creyendo que la hiena se había refugiado en una cabaña desierta.

»Apenas entró, se encontró delante de un hombre de salvaje aspecto, con los cabellos canos; y un cuchillo en la mano. Cerca de él se hallaba la hiena ocupada en roer un hueso.

»—¿Qué venís a hacer aquí? —preguntó el hombre con voz áspera.

»—Vengo a buscar lo que me pertenece, o sea, mi sombrero —respondió Wan Richet.

»El viejo, que tenía una estatura imponente y era fuerte como un búfalo, había cogido el sombrero y lo examinaba con cuidado como para ver lo que le hacía tan precioso para su propietario.

»—¿Le tenéis, pues, mucho apego a este sombrero? —preguntó finalmente con voz irónica—. En este caso, os prometo conservarlo con cuidado.

»Mientras hablaba así, aquel hombre singular abrió un cofre de encina, y después de echar dentro el sombrero, lo cerró con llave.

»Inútilmente suplicó el pobre holandés a aquel extraño ente que le restituyera el sombrero, indispensable, decía, para defenderse de los rayos solares, pues no creía prudente confesar que aquel sombrero contenía importantes valores; el viejo permaneció sordo a sus repetidas demandas.

»El holandés se vio, pues, obligado a abandonar toda esperanza de entrar de nuevo en posesión de su sombrero.

»Mientras ocurría esto, Wan Richet había acabado por acostumbrarse a la obscuridad que lo rodeaba y su estupor fue grande cuando vio los seres singulares y los objetos que ocupaban aquella cabaña.

»Cerca de la mesa había seis escabeles hechos con troncos groseramente escuadrados, y sobre cada uno había, un plato de barro que contenía trozos de carne, y cerca de la pared yacían seis hienas cuyos ojos brillaban como brasas en la semiobscuridad.

»Entre ellas se encontraba la que le había robado el sombrero, y parecía que mirase al joven con satisfacción maliciosa.

»Aquel extraño espectáculo hubiera excitado la risa de Wan Richet si no hubiese descubierto, fijos en las paredes, algunos cráneos humanos.

»Mientras el pobre mozo miraba estupefacto las hienas y las calaveras, el viejo solitario se le acercó preguntándole rudamente:

»—¿Qué quieres más del tío Kraki? ¿Por qué no te largas?

»—Antes de marcharme, y supuesto habéis decidido no restituirme lo que me pertenece, espero responderéis a una pregunta. ¿Quién sois y qué hacéis con todas estas hienas?

»—¡Hola! ¡Te atreves a preguntarme! —gritó el terrible viejo—. Te responderé con hechos en vez de valerme de palabras.

»Así diciendo, empujó al holandés hacia un rincón y cogiendo la cadena de hierro, que habéis notado ya, abrió el collar y encerró dentro el cuello del desgraciado.

»Comprendió Wan Richet que estaba perdido. En lugar de los sueños dorados que había acariciado las noches anteriores contemplando las estrellas, veías, presa segura de las seis hienas que le rodeaban y se decía que su cráneo disecado iría a hacer compañía a los que veía colgados de las paredes.

»Con todo, no tardó en comprender pronto que el viejo solitario alimentaba otra idea respecto a él, puesto que después de haber contemplado al prisionero, horrorizado de espanto, con expresión de diabólica alegría, se dedica a los preparativos para la comida.

»Cogió los seis platos que contenían la carne cruda y los puso sobre la mesa; después llamó a las seis hienas y las invitó a comer.

»Distribuyó también panecillos y después se sentó entre aquellos peligrosísimos comensales, devorando un pedazo de antílope asado.

»A1 principio, la comida fue silenciosa, pero luego, habiendo una joven hiena, más aturdida que las otras, volcado el vaso que contenía el agua, el viejo Kraki, la amonestó de esta manera:

»—Al conducirte aquí, hija mía, pensé serte útil y darte una educación. Tú no eras más que una alimaña feroz cuando te hice prisionera, pero poseías grandes cualidades que me doy por dichoso de haber puesto en luz. Te tengo en más estima que no a ese representante de la raza humana que ves en aquel rincón y que más adelante verás reducido al estado de bruto. Este es el fin que quiero conseguir, para, demostrar a la civilización que todos los seres creados por Dios son de una misma naturaleza.

»Estas palabras, pronunciadas con voz estridente, dieron a conocer a Wan Richet la suerte que le estaba reservada.

»No quedó maravillado, pues, cuando el viejo Kraki le arrojó un pedazo de carne cruda, diciéndole:

»—Ea, toma.

»El desgraciado colono no pudo contenerse por más tiempo. Lleno de estupor y de indignación, gritó:

»—¡Viejo, mírame bien! ¿Me tomas por un bruto para tratarme en tal guisa? No; yo soy un ser civilizado, o mejor dicho, tú eres un bruto. Quítame esa cadena o bien…

»Pero en vano el desventurado continuaba suplicando o amenazaba. No era escuchado.

»Se encontraba ahora en poder del viejo y comprendió que no teniendo ninguna arma para defenderse y reconquistar la libertad, el único partido que le quedaba era el de resignarse, por lo pronto, a su desgraciado destino.

»Mientras Wan Richet caía al suelo cansado, el viejo Kraki había licenciado a las hienas, y levantado, por decirlo así, los manteles de la mesa en que había comido.

»Hecho esto, encendió una lámpara, se sentó sobre una silla y se puso a contemplar al holandés con tanta insistencia, que éste, para evitar aquellas miradas terribles, se cubrió el rostro con las manos.

»Así transcurrieron algunas horas, hasta que, finalmente, se apagó la lámpara y el viejo se fue a dormir.

»A1 día siguiente y los que se fueron sucediendo, Wan Richet asistió a las mismas escenas.

»A cortos intervalos, el viejo, después de haber encerrado las fieras en un sólido cercado, se ausentaba por espacio de muchas horas y volvía conduciendo alguna nueva hiena encadenada o con bozal.

»La ponía en algún profundo foso, que cerraba con una gruesa piedra y la dejaba aullar hasta que quería.

»Mientras el viejo cazaba y se dedicaba a la educación de las fieras, el pobre holandés se volvía de día en día más semejante a una bestia feroz. Su barba, sus cabellos y sus uñas habían crecido extraordinariamente, mientras en su corazón fermentaban deseos de venganza contra el hombre cruel que le tenía prisionero.

»Lo que redoblaba sus sufrimientos eran los sueños que le atormentaban por la noche mientras dormía, cuando le parecía ver sus campos cubiertos de ricas mieses y sus verdeantes pastos.

»El collar le ponía furioso cuando al despertar veía a las hienas devorar su comida alrededor de la mesa y el feroz Kraki clavaba insistentemente en él su mirada cruel y dura.

»Wan Richet se creía bajo la influencia de un narcótico; veíase convertido con el tiempo en una fiera tan salvaje como las hienas que lo rodeaban.

»Un día, obscuro y nebuloso, Wan Richet vid volver al viejo con una hiena de gran alzada, atigrada, que oponía una resistencia feroz, tratando de desembarazarse de la cadena y del bozal.

»La obscuridad era tan profunda en el interior de la cabaña que no se podían distinguir los objetos que, en ella había.

»Cuando el viejo Kraki se encontró cerca del rincón donde yacía encadenado el preso, la hiena, en el paroxismo de la rabia, se desembarazó del bozal y cogió entre sus mandíbulas el brazo del domador, a quien arrancó un grito de dolor. Wan Richet comprendió en seguida el provecho que podía sacar de aquel accidente.

»Mientras la hiena huía, se apoderó de una cuerda que estaba vecina y pudo atar la mano de su carcelero, que había caído cerca. En seguida, quitándole del cinturón el cuchillo, amenazándole, le registró los bolsillos y se apoderó de la llave de la cadena. Libre del collar, abrió el cofre, cogió el sombrero y huyó. Antes de salir, pudo ver las seis hienas, excitadas por el olor de la sangre, arrojarse sobre su dueño y hacerlo trizas.

»Lanzaba gritos terribles que fueron debilitándose poco a poco.

»Wan Richet huyó hasta llegar a su posesión, donde cayó en el suelo más muerto que vivo.

»Vuelto en sí, quedó tan impresionado que no pensó ya en permanecer por más tiempo en aquella tierra.

»Cogió los bueyes que en el entretanto habían engordado extraordinariamente, y volvió al Cabo, donde me refirió la terrible aventura.

»Muchas veces he venido a descansar en esta cabaña.

»Pero ningún negro se atrevería a entrar, tanto era el miedo que inspiraba el terrible solitario».

Capítulo XII. Caza de elefantes

En vez de un día, los dos alemanes y sus negros se detuvieron media semana en la cabaña del domador de hienas para reparar el carro, cuyas ruedas habían sufrido mucho, y para renovar sus provisiones, terminado ya el tasajo.

William se aprovechó de aquella parada para explorar los contornos y procurarse no poca caza, que era cortada luego en tajadas delgadas y puesta a secar al sol. Así había sorprendido un gran rebaño de antílopes de la especie llamada por los colonos holandeses springboks, animales grandes como un antílope común, con los flancos y la cola de un amarillo brillante y la grupa blanca. Estos animales son aun hoy numerosísimos en la colonia del Cabo y las regiones vecinas, y viven en inmensas manadas que cuentan a menudo algunos millares de individuos.

Son trashumantes y por eso emprenden largos viajes para buscar pastos más abundantes.

Por otra parte, son tan poco astutos, que se dejan matar fácilmente, sin tratar de substraerse a las balas de los cazadores, por lo cual los colonos del Cabo hacen inmensas matanzas de ellos.

Seca la carne y reparado el carro, púsose la caravana en marcha hacia el Norte, pasando por entre ubérrimas praderas, interrumpidas de vez en cuando por masas de espléndidos árboles y baobabs de dimensiones enormes.

Tres días después, llegaban al lindero de una vastísima selva que debían atravesar para llegar a los parajes frecuentados por la jirafa blanca.

William había desmontado para estirar las piernas, cuando vid sobre el suelo húmedo unas anchas huellas que reconoció en seguida.

—Doctor —dijo—, por aquí han pasado elefantes.

—Estarán ya muy lejos —respondió el doctor.

—No, doctor; estas huellas no pueden ser más frescas. ¿Os gustaría catar una pezuña de elefante asada al horno o un pedazo de trompa? Os aseguro que son bocados de buey.

—¿Y no contáis con el peligro, William?

—Los elefantes son menos peligrosos de lo que se cree, generalmente.

—Tampoco, según vos, son peligrosos los leones.

—Detengámonos aquí y vayamos en busca de estos elefantes.

—¿Vendrá también con nosotros Kambusi?

—Está completamente curado y es un valiente cazador a quien no haré la injuria de dejarle para guardar el carro.

—¿Creéis que podremos alcanzar a esos elefantes?

—Apostaría a que están reunidos cerca del estanque.

—¿Qué estanque?

—El que se encuentra en medio de esta selva y he visitado muchas veces, matando gran número de animales.

—Entonces, me voy con vosotros. ¿Cazaremos a caballo?

—No; prefiero que dejemos los caballos aquí.

Advirtieron a Flok que vigilase los bueyes, pues podía, haber leones y leopardos en los contornos; proveyéronse de pólvora y balas y se pusieron en camino siguiendo por el ancho sendero abierto por los elefantes.

Aquellos colosos habían trazado un verdadero camino en medio del bosque, derribando los árboles que impedían su paso y destrozando los matorrales.

Las pisadas eran muy visibles y parecían recientes.

Los tres cazadores, en el más profundo silencio anduvieron cerca de una hora, internándose cada vez más en el bosque, hasta que William hizo a sus compañeros señal de detenerse.

En medio del bosque se habían oído zambullidas, como si enormes masas se hubiesen sumergido en una vasta charca.

—Son los elefantes que se bañan —dijo William.

—¿Serán muchos?

—Pueden ser hasta unos treinta.

—¿Y nos atreveremos a atacarles? —preguntó el doctor, con voz espantada.

—Intentaremos aislar uno y lo mataremos. Apuntad a la coyuntura de las espaldas; de otra suerte, los proyectiles no ocasionarán ninguna herida grave.

—¡Sois muy osado, William!

—Sin un poco de osadía nunca hubiera podido ser cazador. Seguidme, y permaneced siempre en medio de los matorrales.

—¡Mientras los elefantes no nos persigan!

—Estaremos alerta.

Los tres cazadores, cambiadas estas palabras, se adelantaron sin ruido, manteniéndose en medio de los árboles para no dejarse descubrir.

Al cabo de quince minutos, a través de los matorrales vieron un vastísimo estanque en cuyas aguas se bañaban y se enfangaban diez o doce elefantes de enorme alzada.

Como es sabido, estos paquidermos son los animales más colosales, no siendo superados por ningún otro en grosor. Los hay de dos especies; los asiáticos y los africanos. El asiático está más desarrollado que su hermano de África, pero los hay entre éstos, que exceden de mucho a los primeros, alcanzando dimensiones extraordinarias. Los de África difieren de los otros por la inmensidad de sus orejas que se reúnen por encima de las espaldas, por los colmillos mucho más largos y más pesados, por la frente, que es convexa en vez de ser cóncava y por los pies posteriores, en los cuales tienen sólo tres dedos en vez de cuatro.

Los elefantes africanos viven en estado silvestre y desde los cartagineses no ha vuelto a pensar nadie en domesticarlos.

Se les hace una caza desapiadada para apoderarse de los colmillos, que, con frecuencia, pesan cuatrocientas libras y se pagan siempre a buen precio, y la carne, pero sólo los pies y la trompa, ya que el resto del cuerpo es coriáceo. Abundan en el centro del África, a lo largo del Nilo, en el Senegal y en la colonia del Cabo, pero cada vez son más escasos a causa de la incesante caza que les dan los capadores de marfil.

De igual manera que los asiáticos, gustan de la vecindad del agua y duermen apoyados contra un árbol, que es siempre el mismo. Ordinariamente viven en manadas numerosas, pero los hay también solitarios, separados, no se sabe por qué motivo, de sus compañeros, y éstos son los más peligrosos, mostrando un humor muy irascible.

Los elefantes que se bañaban en el estanque estaban tan entretenidos en sus juegos, que no advirtieron la presencia de los cazadores. Bañábanse alternativamente, vomitándose encima el agua que absorbían con las trompas; se metían en el fango, empujábanse entre sí para volcarse en el estanque.

—Se divierten —dijo William al doctor—. Ya que no sospechan nada, escogeremos nuestra víctima.

A cincuenta pasos, veíase un macho de enorme alzada, que parecía encargado de vigilar la manada. En vez de tomar parte en los juegos de sus compañeros, aspiraba el aire con la trompa y miraba hacia todas partes, demostrando cierta inquietud. Quizá había advertido la vecindad de los cazadores.

—Este animal se ha puesto a tiro y nos presenta la frente —dijo William—. Apuntémosle los tres y hagamos fuego.

—¿Y los otros? —preguntó el doctor.

—Cuando oigan los disparos, apelarán a la fuga.

—¿No podría ser que nos cayesen todos encima?

—¡Quiá! Escaparán. ¿Estáis prontos?

—Sí —respondieron Kambusi y el doctor.

Resonaron tres tiros de carabina en el mismo momento.

Los elefantes que se bañaban, asustados con aquellas detonaciones, se lanzaron fuera del estanque, que atravesaron a la carrera, y desaparecieron en medio de los árboles.

El macho, al contrario, herido por las balas, había lanzado un rugido terrible y se había vuelto hacia el lado de donde habían partido los disparos. Viendo ondular todavía el humo sobre los céspedes y se precipitó hacia allí levantando la trompa. Era temible de ver. Corría como un caballo desbocado, derribándolo todo a su paso.

William, viéndole siempre en pie, gritó:

—¡Huyamos!

Los tres habían echado a correr por en medio del bosque, pero el elefante, que no debía hallarse herido de gravedad, les había visto, y se había lanzado en pos de sus huellas con el ímpetu de una bomba. Ningún árbol resistía a aquella masa enorme. Sólo un baobab hubiera podido detenerle.

William, temiendo ser alcanzado, había vuelto a cargar el fusil, y ocultándose detrás de un árbol, hizo fuego nuevamente, tocando al gigante en medio de la frente.

El animal pareció más sorprendido que desconcertado de aquel nuevo saludo. Sacudió las largas orejas moviendo la cabeza y lanzó un berrido semejante al de un grueso cañón de órgano.

William y sus compañeros aprovecharon aquel corto respiro para buscar algún sólido resguardo contra el ímpetu del animal.

No tardó el elefante en emprender de nuevo la carrera lanzando nuevos y terribles berridos.

Corría cada vez más velozmente, hundiendo la muralla de verdura, decidido a vengarse.

William había llegado entre tanto, delante de un enorme baobab, en el cual se habían detenido ya sus compañeros.

—¡Trepad! —gritó.

Kambusi cogió al doctor y lo levantó hasta la primera rama y después se encaramó a su vez, pero al hacerlo se vio obligado a abandonar la carabina.

También el doctor había dejado la suya en el suelo.

William, viendo que el elefante continuaba su loca carrera y comprendiendo que no le daría tiempo a encaramarse en el árbol, trató de detenerlo con una tercera bala.

Escondióse detrás de un árbol vecino, apuntó la carabina que había cargado de nuevo y tiró contra el coloso a diez pasos de distancia.

El gigantesco elefante, herido bajo las fauces, se detuvo con el dolor agudo que había sentido al ser herido, y pareció como presa de terror.

—¡Pronto, señor! —gritó Kambusi alargándole la mano.

William, de un salto, se plantó en la primera rama, pero con la prisa, le cayó también la carabina.

—¡Señor, estamos sin armas! —gritó el negro, espantado.

William estaba por dejarse caer al suelo para recoger las armas, cuando vio que el elefante, de hacerlo, le habría aplastado.

De un segundo salto se agarró a otra rama, encaramándose rápidamente.

Un momento después, el elefante se hallaba bajo el baobab y rompía impetuosamente las ramas con su tronco.

No encontrando a los enemigos, pasó de largo y se detuvo cincuenta pasos más allá.

Después volvió atrás y advirtiendo que los cazadores se hallaban entre las ramas del inmenso árbol, se apoyó contra el tronco para derribarlo.

Fatiga inútil. Aquel árbol tenía un tronco tan grueso que no hubieran sido capaces de abrazarlo veinte hombres formados en círculo.

Hubiéranse requerido diez elefantes para desgajarlo, y tal vez no hubieran bastado.

Reconociendo por fin la inutilidad de sus esfuerzos, el paquidermo fue a situarse a cincuenta pasos del árbol, lanzando terribles berridos.

El elefante sufría mucho de sus heridas. Había recibido cinco balas y la que le había tocado en las fauces debía ser mortal.

La sangre corría a borbotones por su áspera piel.

—¿Tardará mucho en morir? —preguntó el doctor.

—Puede durar su agonía algunas horas —respondió William.

—¡Bonita perspectiva! ¡Si pudiéramos recobrar nuestras carabinas!

—No lo intentéis, señor —exclamó Kambusi, al ver que William miraba con ojos ardientes las armas—. El elefante no nos pierde de vista.

—¡Silencio! —exclamó en aquel momento el doctor.

—¿Por qué? —preguntó William.

—Me parece que se adelanta alguien a través de los árboles.

—Será algún animal.

Apenas había pronunciado aquellas palabras, cuando se oyó una fortísima detonación.

El elefante se había puesto en pie lanzando un berrido horrible.

Trató de dar algunos pasos y después cayó sobre sus rodillas vomitando sangre por la trompa, hasta que cayó sobre un lado y espiró.

—¡Flok! —gritó William.

Un hombre que no era el negro apareció entre los matorrales, llevando en las manos uno de aquellos largos y pesados fusiles que usaban por entonces los boers del Cabo de Buena Esperanza.

Era un individuo de edad ya algo avanzada, con los cabellos y la barba aborrascados, de estatura imponente, anchos hombros y brazos gruesos y nervudos.

Levantó su ancho sombrero de fieltro y saludó a los tres cazadores, gritando:

—¡Me parece que llegué en buena ocasión!

—¡Van Husk! —gritó alegremente William.

—¿Sois vos, amigo? —gritó con voz alegre el cazador—. No suponía que os hubiese de encontrar ahí sitiado por un elefante. ¿Cómo un cazador como vos se ha dejado imponer por esa bestiaza?

—Estaba endemoniado, Van Husk. Le he disparado tres tiros sin lograr matarlo.

Así diciendo, se dejó deslizar hasta el suelo y fue a estrechar la mano del gigante, a quien luego presentó, al doctor, diciendo:

—Un bravo holandés, amigo mío.

—Me alegro de conoceros, señor —repuso el sabio estrechando la mano que el otro le alargaba.

—¿Qué hacéis por aquí, Van Husk? —preguntó, William.

—Espiaba a los elefantes que van a bañarse al estanque. Quería apoderarme de un par de colmillos.

—Los tenéis ya; el elefante ha muerto.

—No me pertenecen a mí —respondió el holandés—. No he sido el primero en hacer fuego ni en parar al animal.

—Os los dejamos de buena gana, amigo; a nosotros sólo nos servirían de estorbo; ¿verdad, doctor?

—No cazábamos a ese coloso por los colmillos, sino para catar un pedazo de su trompa.

—Si no es molestaros, lo comeremos juntos y después veréis mi factoría. Ya sabéis dónde está, William.

—Y sé que se come bastante bien allí —respondió el joven cazador.

—Vamos al campamento —dijo el doctor—, allí tendremos alguna botella.

—Y después mandaremos a los negros para que corten los colmillos —añadió William—. Mientras asaremos un pie y un trozo de trompa.

Kambusi, ayudado por el holandés, cortó, no sin trabajo, los trozos indicados, y después se encaminaron todos al carro, donde Flok les esperaba guardando los bueyes y caballos para impedir que se alejasen.

El holandés hizo excavar un hoyo muy profundó que debía servir de horno, lo hizo calentar bien con; leña seca y después, cuando quedó consumido el fuego, depositó sobre las cenizas calientes el pie y el pedazo de trompa. Hizo luego rellenar el hoyo con tierra y encender encima otro fuego que fue mantenido por espacio de dos horas enteras.

—Este es el horno africano —dijo William al doctor.

—¿Se cuece bien en él? —preguntó el alemán.

—Perfectamente; dentro de poco podréis comprobarlo.

—Es un sistema cómodo y expedito, especialmente cuando uno se encuentra en pleno bosque.

Transcurridas las dos horas, el holandés hizo exhumar los dos pedazos de elefante, que fueron previamente envueltos en dos hojas de plátano lavadas.

Un delicioso olor, que hizo alargar la nariz del doctor, esparcióse en torno.

—¿Qué me decís, doctor? —preguntó William.

—Digo que nunca he aspirado un perfume tan exquisito.

—¡A la mesa! —exclamó en aquel momento el holandés.

Capítulo XIII. Sobre la pista de la jirafa blanca

Terminada la comida, asaz deliciosa, sobre todo para el doctor, que no había probado nunca semejante manjar, reanudóse la conversación entre William y el holandés.

Este había preguntado al alemán por qué motivo se encontraba, con su carro, tan lejos de la frontera del Cabo, y William no había vacilado en informarle sobre el objeto de la expedición.

—Se trata siempre de la jirafa blanca —respondió—. He buscado a este animal por espacio de dos meses enteros sin lograr encontrarlo. ¿Tenéis alguna noticia que darme sobre el particular, amigo?

—Sí —dijo el holandés—. Vuestra famosa jirafa blanca ha sido vista, hace tres semanas, en la selva de Bloom. ¿Conocéis aquel bosque?

—Ciertamente —respondió William—. Allí maté algunos leones el año pasado.

—Pues bien; ha sido vista allí.

—¿Quién la vio?

—Algunos negros que vinieron a mi factoría a venderme pieles en cambio de un poco de pólvora.

—¿Tenéis confianza en esos negros?

—Completa, William.

—¿No os engañó, pues, el reyezuelo negro? —preguntó el doctor a su compatriota.

—No —respondió William—. El bosque en cuestión se halla en la dirección indicada por aquel monarca simio.

—Entonces, concuerdan todas las noticias de los negros.

—Sí, doctor.

—Y por lo tanto, podremos encontrarla.

—Ordinariamente las jirafas se detienen mucho tiempo en los pastos que escogen —dijo el holandés.

—Es verdad —confirmó William—. Mientras encuentran acacias no se alejan, y hay muchísimas en el bosque de Bloom.

—No tardaremos en partir, William.

—Esta noche os veréis obligados a deteneros en mi factoría —dijo el holandés—. Se encuentra en vuestro camino.

—Y dista de aquí lo menos cinco horas —dijo William—. No podremos llegar antes de la puesta del sol.

—En marcha, amigos —dijo el doctor—. Bastante hemos hablado ya.

Apenas los negros hubieron comparecido con los colmillos de elefante, el grupo se puso en camino, cortando el extremo septentrional del bosque.

La travesía fue muy penosa a causa de los crecientes obstáculos formados por los entreveramientos de bejucos y troncos de árbol que caían de decrepitud, pero los viajeros no tuvieron ningún mal encuentro y pudieron llegar finalmente a una llanura descubierta y desnuda de árboles.

Adelantando lentamente, el carro monumental vadeaba a la puesta del sol un río no muy ancho y poco profundo y se detenía en la factoría del holandés.

Aquella factoría era una casa de agradable aspecto, formada por un pabellón de mampostería que servía de habitación y muchos cobertizos que se extendían hasta la orilla del río.

Alrededor había muchos campos plantados de maíz, de cereales y de cáñamo, y después grandes cercados o kraals llenos de cameros y de bueyes muy grandes y armados de cuernos inmensos.

Van Husk dispensó a sus amigos una acogida verdaderamente holandesa. Hizo que sus negros mataran el carnero más gordo, que fue puesto por entero en, el asador después de haberle despellejado y quitado; las entrañas, y lo hizo servir después sobre un inmenso trinchero.

Comieron también excelente queso hecho con la leche de la factoría y vaciaron no pocas botellas del vino añejo; pero lo que los dos alemanes apetecieron más, fue el pan tierno, que no habían comido desde hacía dos meses, debiendo contentarse solamente con galletas.

Al día siguiente, el carro proseguía su camino hacia el Norte. Van Husk acompañó a sus amigos por largo trecho, regalándoles magnífico tabaco y una cabra, a fin de que pudiesen tomar leche todos los días.

—Es un corazón de oro —dijo el doctor, mientras el boer regresaba a su factoría.

—Así son todos esos viejos colonos holandeses —respondió William—. Cuando se encuentra una factoría se puede entrar en ella libremente y sentarse a la mesa sin pedir permiso. Si pidierais también pólvora y balas os las darían, sin ningún estipendio. Y no hablemos de los víveres.

—¿Es muy rico Van Husk?

—Su factoría es próspera. Hace quince años, cuando vino a establecerse para substraerse a las vejaciones crueles de los ingleses, no tenía ni un sueldo ni un negro. Ahora tiene más de cuatrocientas cabezas de ganado, criados, tierras y en su gaveta debe haber un buen montón de esterlinas. Estos colonos son sobrios, tenaces y acaban siempre por hacerse ricos.

—A despecho de los ingleses, que quisieron verles morir de hambre.

—Precisamente como decís, doctor.

Mientras así discurrían, el carro avanzaba chirriando por la vasta llanura, hundiéndose a menudo profundamente las pesadas ruedas, cortadas de una pieza y sin radios, en el terreno húmedo.

Veíanse aparecer de vez en cuando grupos de árboles que formaban preciosos bosquecillos, refugio de la caza.

Efectivamente, cuando el carro se acercaba a aquellos matorrales veíanse huir a todo correr numerosos antílopes de varias especies, y aun algún gordo ñu.

Pero escapaban tan desesperadamente, que no permitían a William hacer puntería.

Un animal, sin embargo, habiéndose rezagado algo de los demás, cayó bajo la bala del cazador.

Era uno de aquellos antílopes que los colonos holandeses llaman urebi.

Estos animales miden cerca de dos pies de alto y tienen el pelaje de un color leonado pálido, que se vuelve blanco bajo el vientre y el cuello.

Los machos tienen los cuernos negros, muy aguzados; las hembras están desprovistas de ellos.

Estos graciosos corredores son excesivamente curiosos; basta que el cazador se eche en el suelo y se ponga a agitar las piernas para verles acercarse.

Aquel pobre animal, tan oportunamente muerto, hizo los gastos de la cena y aun del almuerzo del día siguiente.

Durante otros cuatro días, el pesado carro continuó avanzando por aquellas llanuras inmensas y después volvió a internarse en espesos bosques.

—¿Andará por ahí la jirafa blanca? —preguntó el doctor.

—Sí —respondió. William.

—Este bosque debe ser extensísimo.

—Inmenso, doctor. Lo menos se necesitan seis días de marcha para cruzarlo.

—¿Acamparemos aquí o bajo los árboles?

—Nos detendremos cerca de esta fuente —respondió William—. El lugar es oportuno y no podríamos encontrar otro mejor. Tenemos agua límpida y fresca, forraje para los animales, ¿qué queréis más? He de añadir que el bosque está lleno de fieras, que no respetarían ciertamente a nuestros bueyes.

—¡Mientras no hayan devorado antes a nuestra jirafa blanca!

—Las jirafas son demasiado ligeras de piernas para dejarse alcanzar por los leones o leopardos. Desafían en correr a los mismos rinocerontes.

—¿Hay aquí de esos animales?

—Muchos, doctor. Una vez asistí a una montería emocionante en este mismo bosque.

—¿Y quién cazaba?

—Algunos negros.

—¿Me lo vais a contar, William?

—Sí, después de cenar. Ahora nos conviene preparar nuestro campamento.

Ordenóse detener el carro cerca de la fuente y fueron desuncidos los bueyes para que pudiesen pacer libremente por la pradera, y en seguida todos pusieron manos a la obra para construir un kraal donde poner en seguro los animales.

Los negros, ayudados también por sus amos, cortaron muchos árboles tiernos y gran cantidad de espinos y construyeron un recinto tan vasto que podía contener todos los animales, suficientemente alto para impedir que las fieras penetrasen de un salto.

Hecho esto, recogieron mucha leña seca para mantener siempre, durante la noche, encendidas las hogueras en el campamento.

Llegada la noche hicieron entrar los bueyes y los caballos en el recinto y se pusieron a cenar. No faltaba apetito, y así es que en un momento fue devorada una pierna del antílope cazado aquella mañana.

Habían encendido las pipas, cuando el doctor dijo a William:

—Parece que no os acordáis de vuestra montería emocionante.

—¿La de los rinocerontes?

—Sí.

—Pues os la voy a contar, doctor.

Cargó de nuevo la pipa y repuso:

—Pues como os iba diciendo, este inmenso bosque está frecuentado por un extraordinario número de rinocerontes. Ya conocéis estos animalazos y sabéis cuán peligrosos son. El año pasado me encontraba en estos contornos persiguiendo una manada de antílopes, cuando encontré una docena de negros armados de lanzas y montados en caballos de buena raza. Mandaba la partida un guapo mozo, de casi dos metros de altura, robusto como un Hércules. Habiéndoles preguntado dónde iban, me respondieron que a cazar, rinocerontes. Esta respuesta me sorprendió no poco, pues no había visto nunca a los negros afrontar esos animales solamente con lanzas. Curioso por asistir a tan extraña cacería, me uní a ellos, pero decidido, sin embargo, a no hacer uso de mi carabina sino en caso de peligro. Los negros, muy contentos con hacerse admirar por un hombre blanco, no opusieron ninguna dificultad a mi demanda, y les seguí a cierta distancia.

»A medida que avanzábamos por el bosque, muy espeso, e interrumpido por altozanos y barrancos, oía a los negros excitarse entre sí con agudísimos gritos, como si con aquella extraña caza se hubiesen despertado todos sus instintos salvajes.

»Habiendo encontrado una colinilla muy erguida que dominaba el bosque, me subí a lo alto y me senté sobre una roca, con el fusil entre las piernas.

»Los negros se habían alejado, pero les veía galopar a través de los árboles, dando la vuelta a mi colina.

»Sus gritos iban haciéndose cada vez más débiles, cuando de improviso les oí acercarse, mezclados con mugidos estridentes e interrumpidos, los cuales indicaban que los rinocerontes hacían frente a los cazadores o bien huían por delante de ellos.

»La distancia que me separaba del campo de la lucha era demasiado considerable para que yo pudiese distinguir cuál de las dos suposiciones podía ser la verdadera.

»Pronto, sin embargo, no cupo ya duda posible; el galope de los caballos hacía resonar el suelo, que en aquella parte era pedregoso, y los gritos de los jinetes me hicieron comprender que el rinoceronte o los rinocerontes habían rebasado la línea de cerca y se acercaban a la colina.

»Se me olvidó deciros que venía conmigo Kambusi. Por consejo de mi bravo criado, bajé de la colina para no perder nada de aquella interesante caza.

»Había llegado apenas a la mitad de la bajada, cuando vi dos enormes rinocerontes, narices al viento, la cabeza alargada y el cráneo casi paralelo a la línea del espinazo, acercarse al galope hacia la altura, seguidos por doce cazadores guiados por el joven, capitán.

»—He ahí una cosa extraña —dije a Kambusi—. Siempre había creído que los rinocerontes se arrojaban ciegamente sobre sus enemigos en vez de huirles.

»—Tienes razón, señor —me respondió Kambusi—. Esta maniobra me asombraría, igual que a ti, pero estos animales deben tener hijuelos para conducirse así. Toda su táctica consiste en alejar a los cazadores del lugar donde tienen los hijos, demasiado débiles aún para poderse defender. Espera un momento y les verás cambiar de sistema en cuanto crean fuera de peligro a sus pequeños.

»Las predicciones de Kambusi no tardaron en realizarse. Llegados cerca de la colina, los dos rinocerontes volvieron grupas de común acuerdo y se lanzaron contra los cazadores.

»El joven jefe, que sólo se encontraba a treinta pasos, llegaba al galope, seguido de tres o cuatro negros, cuyas cabalgaduras eran mejores que las de los otros. La situación era de las más comprometidas.

»El joven jefe, con la lanza apoyada en una rodela de madera, fija en la espalda mediante una correa, no vaciló un instante a la vista del cambio operado en la táctica de los peligrosos animales.

»En lugar de detenerse, se precipitó sobre ellos, excitando al caballo con el gesto y con la voz.

»—¡Está perdido! —exclamé, en el momento en que iban a chocar.

»Armé la carabina y me dispuse a hacer fuego.

»Pero no había contado con la destreza del joven y la costumbre que tenían sus compañeros en aquel género de caza.

»Efectivamente, casi de pronto, oyéronse aullidos espantosos, mezclados con los gritos de triunfo de los negros.

»Los dos rinocerontes habían caído sobre sus rodillas y al cabo de algunos instantes de resistencia suprema, caían desplomados en el suelo, como heridos por el rayo.

»La lanza del joven jefe y la del jinete que le seguía habían penetrado cada una en el ojo izquierdo de los rinocerontes, habían atravesado los sesos y salido por la otra parte, cerca del cuello. Las horribles bestias no habían lanzado más que un grito. La muerte había sido, por decirlo así, instantánea.

»Fue menester romper la cabeza de los animales para sacar las lanzas, cuyas puntas se habían roto contra el cráneo de las bestias.

—Bella caza a fe mía —dijo el doctor—. ¿Y no se impresionó, el joven jefe?

—Ni lo más mínimo. Parecía que hubiese hecho la cosa más sencilla de este mundo.

Capítulo XIV. En el bosque

Al comenzar la tarde del día siguiente, mientras los negros se ocupaban en reforzar el campamento construyendo otro kraal para el carro, William y el doctor se encaminaron hacia el bosque.

Querían practicar una primera exploración para buscar las huellas de la jirafa y procurarse además alguna caza, especialmente volatería, habiendo visto inmensas bandadas de avutardas.

—Estos volátiles son más exquisitos que los antílopes —dijo William—, y merecen un disparo. Pero tendremos que cargar con perdigones.

Así lo hicieron, sin pensar que de un momento a otro podían encontrarse frente a frente de algún animal peligroso, en vez de las avutardas.

Aquella parte del bosque que se disponían a visitar, no era tan espesa como había creído primeramente el doctor.

Estaba formada por claras donde parecía que la naturaleza hubiese acumulado todas las riquezas del África meridional, y por macizos colosales.

En las primeras veíanse crecer flores de toda especie; lirios de nívea blancura, tulipanes de vividos colores, jacintos y tuberosas que embalsamaban el ambiente, y en seguida pinas ananas de cuatro o cinco pulgadas y cañas de azúcar silvestres; los segundos, en cambio, estaban formados de palmeras, tamarindos, baobabs, cedros grosísimos, por cuyas ramas revoloteaban muchas y variadas aves.

—¡Qué espléndido bosque! —exclamó el doctor.

—Pensemos en nuestras avutardas —dijo William—. Veo algunas que huyen delante de nosotros.

—Pues vamos a cazarlas, amigo.

Los dos alemanes se internaron por el macizo andando de prisa y sin cuidarse de la dirección que seguían.

A cada kilómetro que se alejaban del campamento, la selva se hacía más espesa. Desaparecían las claras, y los macizos, en cambio, se hacían más enormes.

Las avutardas, advirtiendo que eran perseguidas, huían delante de los cazadores, sin servirse de sus alas, pues esas gordas aves son tan ligeras de piernas, que raramente se levantan en el aire.

William y el doctor, cada vez más decididos a matar por lo menos un par, continuaron avanzando a la ventura, sin advertir las millas que hacían.

Debían hallarse ya muy lejos del campamento cuando descubrieron por fin siete u ocho de aquellas aves escondidas en medio de un matorral. Dos cayeron en seguida bajo sus disparos; las otras huyeron, graznando.

Los dos alemanes estaban cargando las carabinas para perseguir a las fugitivas, cuando William hizo seña al doctor de que se detuviera.

—¿Hay más avutardas escondidas? —preguntó.

—Lo supongo, doctor. ¿Tenéis cargada la carabina?

—Sí.

—Preparáos a hacer fuego.

En aquel momento llegó hasta ellos el rumor de un fuerte bostezo.

—¡Este bostezo no es de las avutardas! —exclamó William poniéndose ligeramente pálido—. ¿Qué tenemos delante de nosotros? ¡No es broma!

Al tiempo que decía esto, abriéronse las ramas bajas del espesillo y apareció un enorme leopardo de pelambre moteada que evidentemente había echado una siesta bajo aquellas frescas frondas.

Cuando William y su compañero, muy desconcertados con aquel inesperado encuentro, se repusieron, la fiera estaba desperezándose calmosamente, bostezando.

La fiera, a su vez, no memos sorprendida ante la presencia de los dos cazadores, permanecía inmóvil, indecisa, no sabiendo que hacer.

William, para repeler el ataque, apunto resueltamente su carabina, pero al punto la bajó acordándose de que la había cargado solamente con perdigones.

El leopardo, al ver aquel movimiento, se había bajado tanto, que tocaba con el vientre casi al suelo.

—¡Doctor! —exclamó William—. ¡Se nos va a echar encima!

—Hagamos fuego.

—Tenemos las armas cargadas tan sólo con perdigones.

—Entonces, muertos somos —gritó el sabio.

—Preparémonos para huir.

Dicho esto, William levantó rápidamente la carabina y la descargó sobre el hocico de la fiera, siendo prontamente imitado por el doctor.

Las dos detonaciones se confundieron en una sola, y sin embargo, no pudieron sofocar el espantoso rugido de rabia que salió de las fauces de la fiera herida.

Tendiéronse sus patas como un resorte, y William la vio, a través de la humareda, lanzarse por encima de su cabeza y caer detrás del doctor.

Coger vigorosamente a su compañero, semiatontado por el espanto, y huir a escape, fue para el cazador cuestión de un instante.

—Salvemos al doctor, ante todo, y después ya veremos —dijo.

De esta manera dio unos treinta pasos, y en seguida, no viéndose perseguido se detuvo, cargando precipitadamente la carabina, pero esta vez con bala.

—Paréceme imposible que el leopardo no nos haya seguido —dijo.

—¿No viene detrás? —balbuceó el doctor.

—Se ha detenido donde le encontramos.

—Tal vez habrá muerto de la perdigonada.

—No es posible, doctor. El leopardo resiste a las balas cónicas, y más ha de resistir a los perdigones. Con todo, ¿queréis que vayamos a ver?

—¿Volver atrás?

—Ya le he puesto una bala a mi carabina y por lo tanto no hay que temer.

—Preferiría que nos fuéramos más lejos.

—Entonces, iré solo.

—No, William; os acompaño.

Los dos cazadores volvieron atrás paso a paso y no tardaron en dar con la pista de la fiera, que pudieron seguir fácilmente, pues las hierbas estaban cubiertas de grandes manchas de sangre.

—Si no la hemos matado, cuando menos está mal herida. Se conoce que los perdigones eran de primera calidad —dijo William.

—Observo una cosa —dijo el doctor.

—Explicaos.

—Que el leopardo no ha huido en línea recta. ¿No veis? Sus huellas describen zig-zags curiosísimos.

—¿Y no sabéis lo que significan estos zig-zags? —preguntó William.

—Sí; que nuestros perdigones deben haber dejado ciega a la fiera.

—Precisamente, señor.

Habían recorrido trescientos metros, cuando vieron al leopardo en el suelo, presa de un tremendo espasmo.

No estaba muerto, puesto que sus miembros se agitaban aún convulsivamente, pero no lograba tenerse sobre las piernas a pesar de los esfuerzos que hacía y disminuían rápidamente.

Estaba en la agonía y se comprendía que ésta debía ser terrible, por la manera como las garras de la fiera destrozaban el suelo y las cortejas de los árboles.

—¡Quién creería que con dos tiros de perdigones hemos conseguido matar a un leopardo! —dijo William.

—Es increíble. Si se lo contase a otros cazadores me tacharían de infundioso.

—Y sin embargo, es verdad —dijo el doctor.

Entre tanto, habían cesado las sacudidas de la fiera; ya no agitaba los miembros y apenas se oían sus estertores.

William se hallaba seguro de que estaba muerto, pero conociendo la prodigiosa vitalidad de aquellas fieras, pensó, para mayor seguridad, rematarlo.

Apuntó bajo el hombro e hizo fuego de suerte que le diera en el corazón.

El animal exhaló un largo ronquido, agitóse con un rápido estremecimiento y después quedó inmóvil.

William y el doctor se le acercaron para contemplarlo mejor, y vieron les estragos causados por la doble descarga de perdigones.

Toda la parte superior del cráneo había sido perforada; las cuencas de los ojos aparecían completamente vacías, la nariz casi no existía y la piel del hocico se había desprendido en parte.

Dado aquel maravilloso golpe, uno de los más extraordinarios que pudiera conseguir un cazador, aunque, sin embargo, no dejaba de tener precedentes, los dos alemanes pensaron en volver atrás, puesto que se habían alejado demasiado del campamento.

Hubieran querido llevarse a lo menos la piel de la fiera, pero las dos avutardas pesaban, bastante, y así, decidieron renunciar.

—Vamos —dijo William—. Nos hemos internado demasiado en este bosque, y no sé si lograremos encontrar fácilmente el camino.

—¿No os habéis traído la brújula?

—No, doctor, y temo que esta imprudencia pueda costamos cara.

—¿Debemos hallarnos muy lejos del campamento?

—Muchas millas, de seguro. Las avutardas nos han hecho correr mucho. Descansemos un momento, y emprenderemos luego la marcha.

William, como hombre, previsor, llevaba siempre consigo algo en qué hincar el diente.

Se sacó del morral dos galletas y un poco de jamón que compartió con el doctor y pronto el joven y el viejo se pusieron a comer con un apetito de lobos. Echaron luego un trago de aguardiente, mezclado con café, y se dispusieron a volver atrás.

William se orientó lo mejor que pudo, se echó al hombro la carabina, bien cargada, ató bien una dé las avutardas en el morral y se puso en camino precediendo al doctor.

Viendo un sendero que serpenteaba a través de la floresta, lo siguieron, creyendo les condujese a la pradera, pero al cabo de dos horas, notaron que no habían hecho sino internarse en el bosque.

Lo peor era que el suelo aparecía cada vez más áspero, todo cubierto de plantas, por lo cual los dos cazadores, cargados con las avutardas, que eran muy pesadas, avanzaban con gran dificultad.

Cuando llegó la noche, el doctor y William no se podían tener y se hallaban tal vez más lejos del campamento que por la mañana.

—Detengámonos aquí y pernoctaremos cerca de este baobab —dijo William—. Mañana nos podremos orientar mejor.

—Nuestros negros estarán muy inquietos —dijo el doctor.

—No mucho, ya están acostumbrados. Con frecuencia he pasado las noches fuera del campamento. Creerán que estamos en la pista de la jirafa blanca.

—¿Nos dejarán tranquilos las fieras?

—Encendamos hogueras y veremos.

Mientras el doctor se dedicaba a desplumar una; de las avutardas, William fue a recoger muchas ramas secas, y con algunas piedras que encontró en un bache del suelo, formó una especie de fogón.

Encendido el fuego, fue a llenar su frasco en un arroyuelo, y después puso a asar la avutarda, enristrándola en la baqueta de su carabina.

Terminada la cena, se quitaron las espuelas y se echaron cerca del baobab, no lejos del fuego.

Pronto les rindió el cansancio a entrambos, y olvidándose de las fieras, que tal vez no se hallaban muy lejos, se durmieron.

Dos horas haría que descansaban los alemanes, cuando interrumpieron su sueño unos rugidos terribles.

—¿Leones tenemos? —preguntó el doctor, incorporándose bruscamente.

William se había despertado también, y echado boca abajo, trataba de descubrir al feroz animal, escondido aún en las tinieblas.

Los rugidos se acercaban cada vez más cuando de pronto brillaron en la obscuridad dos ojos flameantes, a treinta pasos del vivaque.

A los reflejos de la hoguera, que no se había apagado aún, William vio un león de grandes proporciones, con la melena negra.

La fiera miró por algunos instantes a los dos hombres, como para elegir la víctima que mejor le convenía y se preparaba a saltar.

Estaba ya para caerles encima a los dos cazadores, cuando se vio aparecer una sombra humana por la parte, opuesta.

El león, sorprendido con aquella aparición, se había vuelto. Agacharse y dar un gran salto en aquella dirección fue obra de un momento.

Los alemanes oyeron un grito, y después ruido de huesos despedazados.

—¡Fuego! —gritó William.

Descargaron precipitadamente sus armas y en seguida se lanzaron a través de los matorrales para alejarse.

El león, que no debió quedar herido gravemente, se les echó encima de otro salto, pero debió calcular mal la distancia, pues sólo consiguió derribarles al suelo uno sobre otro.

Cuando William se levantó, la fiera había vuelto; hacia su víctima, rugiendo ferozmente.

—¡Imposible me parece hallarme vivo! —dijo—. Doctor, ¿estáis herido?

—No, amigo —balbuceó el sabio—. ¿Qué ha pasado?

—Parece que el león ha derribado a un hombre y lo está devorando.

—¿Quién será?

—¡Oh! ¡Dios lo sabe!

—¿No será alguno de nuestros negros?

—Conozco demasiado bien la voz de nuestros hombres para engañarme. Ese pobre hombre ha lanzado un aullido de verdadero salvaje.

—¿Habrá muerto?

—De seguro. El león debe haberle estrellado el cráneo.

—¿Qué podía hacer este negro, solo, en esta selva?

—Se habrá extraviado, como nosotros.

—¿Y vamos a dejarle devorar por el león?

—¿Qué le vamos a hacer? Ya está muerto, y haremos bien en permanecer aquí escondidos. Con esta obscuridad no se puede mirar bien. Si al rayar el alba el león está todavía allí, tendrá que Habérselas conmigo; por ahora no nos movamos.

Escondidos en medio de los céspedes, los dos alemanes se vieron obligados a asistir impasibles a la matanza de la víctima.

Oían al león rugir y romper los huesos del desgraciado.

Media hora después, vieron al animal saltar a través de los matorrales y desaparecer. Había abandonado las piernas y la mitad del tronco de la víctima.

William y el doctor, viéndole alejarse, se levantaron para ir a reconocer el cadáver, pero apenas salidos de los jarales, vieron avanzar gran número de alimañas, que aspiraban a los restos de la mesa del león.

Eran hienas y chacales que corrían a refocilarse con aquellas piltrafas de carne dejadas por la terrible fiera.

El rey de las selvas va siempre escoltado, a alguna distancia, por un tropel de esos mendigos, y apenas ha satisfecho su apetito, cuando se aprestan a arrojarse sobre las migajas de su banquete.

Entre estos parásitos, el primero es la hiena; fiera demasiado vil y demasiado haragana para cazar por sí misma, se contenta con las carroñas echadas en los osarios y las que puede robar clandestinamente en la caza de los felinos; vienen luego los lobos, conocidos con el nombre de chacales, que se encuentran desde el Cabo de Buena Esperanza hasta el Mediterráneo.

Como todos los grandes felinos, el león no come, de ordinario, más que los animales que mata y rara vez los devora todos, sea que su glotonería no sobrepuja los límites de la necesidad natural, sea que gusta levantarse con toda dignidad de la mesa.

En caso de penuria vuelve al animal muerto el día antes; de otra suerte lo desprecia y lo abandona a las hienas y chacales.

Estos animales, conocedores de las regias costumbres del león, le siguen en sus cazas y cuando ha acabado de comer, se arrojan sobre los restos, sin esperar permiso, convencidos, probablemente, de que su majestuoso amo les permitirá saquear libremente, aún ante su altanera presencia.

No estando seguros los dos cazadores de que el león se hubiese alejado mucho, y no deseando habérselas con aquellos asquerosos animales, volvieron a su escondrijo, dejando que engullesen los restos del negro.

La comida duró solamente seis o siete minutos, después de lo cual, las hienas y chacales se fueron por donde habían venido.

—Acabaremos por hacemos devorar está noche —dijo el doctor.

—En efecto, el bosque está lleno de animales feroces —dijo William—. ¿Oís? He ahí otros leones.

En medio del bosque resonaron, como truenos, algunos rugidos; tales gritos sonoros, indicaban la presencia de numerosos leones.

—¿Vendrán a atacarnos? —exclamó el doctor, temblando.

—Si se dan cuenta de nuestra presencia, vendrán ciertamente a devorarnos —respondió William.

—¿Dónde podríamos refugiamos?

—Se me ocurre una idea.

—Decid, William.

—¿Sí trepáramos a algún árbol? Veo aquí cerca un baobab que nos convendría.

—Trepemos.

El coloso indicado por el joven cazador, se encentraba a cincuenta pasos de distancia. Era un árbol soberbio, con su grueso tronco que medía cerca de diez metros de circunferencia y que a la altura de cuatro metros se dividía en innumerables ramas.

William y el doctor se agarraran a algunas ramas jóvenes que crecían más abajo y ayudándose mutuamente, llegaron al coronamiento del tronco, donde una plataforma bastante grande para hospedar por entero a toda una familia, les ofrecía el anhelado refugio.

—Henos a cubierto de los asaltos de los leones —dijo William.

—Pero no de los leopardos —añadió el doctor.

—Estas fieras raramente se acompañan con los leones; podemos dormir aquí algunas horas.

Estaban para echarse, cuando oyeron ladridos y aullidos. Eran otros chacales que se disputaban los huesos ya descamados del pobre negro.

La luna, penetrando entre las ramas del baobab, permitió a los dos alemanes ver la jauría aulladora.

Triturados los huesos, en un instante, desaparecieron los chacales.

Llegaron después cuatro grandes hienas, pero no se detuvieron y pasaron de largo, gruñendo.

Una pantera, cuyos ojos brillaban cual relámpagos, siniestros, pasó al cabo de un cuarto de hora; después la siguió un leopardo, grande como un tigre.

Al pasar bajo el baobab, mostró actitud de lanzarse sobre las ramas, tal vez con intención de ver si había alguien escondido entre las ramas; afortunadamente cambió de idea y continuó su camino, aun cuando ya William se había preparado a recibirlo a tiros.

A la pantera y al leopardo, sucedieron luego un león, una leona y tres leoncillos de seis a siete meses, a juzgar por su talla, no superior a la de un chacal.

Como los leoncillos acompañan a sus padres a la caza, al acercarse la época en que son destetados, o sea a los cinco meses, para aprender a alimentarse por sí mismos, no dudó William que se encontraba, en presencia de un león y una leona que daban lecciones de rapiña a sus cachorros.

Estos resoplaban y parecían extenuados. Los padres les dejaron descansar y se tendieron a su lado, a una y otra parte, batiéndose los flancos con la cola.

—¿Querrán quedarse aquí? —preguntó William.

—¡No faltaría más! —dijo el doctor.

De pronto, el león y la leona se levantaron, dieron la vuelta al árbol, rugiendo y olfateando el aire, como si buscasen algo.

—Nos han descubierto —dijo William, preparando la carabina y preguntándose si debería esperar el ataque o romper el fuego contra ellos.

A los rugidos de los padres, se unieron los maullidos de los cachorros y el bosque resonaba con aquellos ruidos.

William apuntó el arma mirando al macho, mientras el doctor apuntaba a la hembra, cuando de pronto, la familia saltó hacia un espeso matorral situado a la otra parte de un torrentillo, donde, probablemente, se escondería alguna buena pieza, y se eclipsó por encanto.

—Más vale así —dijo William.

El resto de la noche transcurrió con bastante tranquilidad y los alemanes saludaron con alegría el primer rayo de sol, sabiendo bien que los carniceros habían vuelto a sus madrigueras, permitiéndoles así emprender de nuevo la difícil marcha.

Capítulo XV. La caza del hipopótamo

Bajados del baobab, William y el doctor se dirigieron al sitio donde se veían aún algunos fragmentos de huesos pertenecientes al desventurado negro.

William recogió un arco y una lanza rota por la mitad.

—No es ninguno de los nuestros —dijo respirando: libremente—. Ya me lo había imaginado, pues nuestros hombres, que van armados de fusiles, no hubieran vacilado en hacer fuego.

—¡Pobre hombre! —dijo el doctor—. ¡Quizá se habría extraviado en este bosque!

—Es probable.

—Orientémonos, William, y tratemos de llegar al carro lo antes posible.

—No será muy fácil la cosa, pero no he perdido enteramente las esperanzas de encontrar a nuestros criados.

—¿Almorzaremos antes?

—Lo haremos después. Ahorremos por ahora las provisiones. En este bosque no se sabe nunca si se encontrará caza.

—Partamos.

Al cabo de dos horas de marcha, los dos alemanes en vez de llegar a la llanura donde habían dejado el carro, se encontraban en medio de un bosque tan espeso, que el mismo William quedó espantado.

La obscuridad que reinaba bajo aquellos inmensos árboles, era casi completa y el aspecto de aquel nuevo bosque, inextricablemente entretejido con gigantescos bejucos, era imponente y terrible.

El suelo, en vez de estar enjuto, era blando como una esponja, y sobre el mismo serpenteaban, semejantes a fantásticos y monstruosos reptiles, las raíces de los árboles gigantes, cuyo espeso follaje formaba una capa impenetrable de verdura.

Jamás un rayo de sol debió haber penetrado en aquel suelo, virgen tal vez de todo humano contacto, y bajo las inmensas frondas reinaba aquella insoportable temperatura de las estufas, que es una prerrogativa de las selvas africanas.

La atmósfera, jamás renovada por el menor soplo de aire, estaba como aprisionada bajo aquella bóveda verde sombría, sobre la cual el sol ardentísimo flechaba sus rayos.

Los dos alemanes, ya cansados, debilitados por la sudación, se habían detenido, mirando casi con terror aquella aglomeración de datileros silvestres, de plátanos, de sicómoros, de bambúes, de acacias, de tamarindos, que se extendían a derecha e izquierda, delante, caprichosamente entrelazados en una tupida red.

—William —dijo el doctor—, nos hemos extraviado, con pocas probabilidades de salir de este bosque.

—No perdamos el ánimo. Con un poco de paciencia lograremos llegar a la llanura y a nuestro carro.

—Confesad, a lo menos, que no sabéis dónde estamos.

—No tengo ninguna dificultad en admitirlo. No es cosa fácil guiarse en una selva virgen. Con todo, aun me queda una esperanza.

—¿Cuál?

—Que Kambusi y Flok nos estén buscando a estas horas.

—Dudo que logren encontrarnos.

—No conocéis a Kambusi. Este negro es capaz de seguir una huella casi imperceptiblemente por docenas de millas.

—¿Qué nos convendrá hacer? ¿Seguimos adelante o retrocedemos?

—Prefiero continuar avanzando. Veremos dónde vamos a parar. Entre tanto, almorcemos.

Comieron el resto de la avutarda asada la noche antes; apagaron la sed en un torren tillo y luego continuaron su marcha, abriéndose paso fatigosamente entre millares de ramas y de matorrales.

Caminaban desde hacía algunas horas, cuando se encontraron ante un río muy ancho y que parecía muy profundo.

Algunos cocodrilos dormitaban sobre un banco de arena, calentándose al sol.

—Vamos a vadearlo —dijo William.

—¿Y los cocodrilos?

—Tal vez no lo adviertan. Por otra parte, no tenemos más camino. A derecha e izquierda no hay más que pantanos, constituidos tal vez por arenas movedizas.

—Vadeémoslo —dijo el doctor.

Estaban para meterse en el agua, cuando vieron emerger, a unos cuarenta pasos, un cuerpo enorme, que saltó plácidamente sobre un banco pantanoso y tendióse al sol.

Un momento después, remontaba otro a flote, acompañado de uno pequeño.

Era una familia de hipopótamos. Mientras el macho se adormecía, dejando que las garzas paseasen tranquilamente sobre su dorso en busca de parásitos, la hembra se había puesto a jugar con su pequeño.

El joven anfibio, grueso como un jabalí, se acercaba de vez en cuando a su madre para mamar, después se zambullía en el agua y volvía a salir.

La hembra, inmóvil en apariencia, vigilaba atentamente todos sus movimientos, pronta a defenderlo contra cualquiera que fuese, y de vez en cuando le llamaba con cariñosos graznidos.

—He ahí una carne deliciosa —dijo el doctor.

—Nos convendrá mucho —dijo William—, y tendremos por largo tiempo.

—Estudiemos la manera de enviar al otro mundo a alguno de esos gigantones.

—Obremos con prudencia. Los hipopótamos, cuando tienen un hijuelo, se vuelven extremadamente peligrosos. Seguidme.

Condujo al doctor en medio de un macizo de espesas palmeras que crecían detrás de una roca, armó la carabina y apuntó al hipopótamo adormecido en el banco fangoso. La bala tocó al monstruo cerca de las narices.

Al oír el disparo, la hembra levantó la cabeza, mientras los cocodrilos que dormitaban en medio del río se despertaban.

William volvió a cargar corriendo la carabina e hizo fuego nuevamente, sin dejarse ver.

El hipopótamo se había levantado y estremeciéndose, volvía las miradas para descubrir al enemigo.

Viendo levantarse una ligera nubecilla de humo detrás de la roca, ganó la orilla con rapidez fulmínea y se dirigió precipitadamente hacia el macizo, mientras el doctor hacía fuego.

El ataque fue tan rápido, que los cazadores no tuvieron tiempo de volver a cargar las armas.

No había que pensar en resistir a aquel coloso. William y el doctor lo comprendieron y apelaron a sus piernas, perseguidos por el feroz animal.

Espantados, los dos hombres corrían con grandísima velocidad. Los bejucos, las raíces, los matorrales y los espinos les impedían, sin embargo, mantener siempre la distancia.

Empezaban ya a flaquear en su carrera, embarazados entre aquellos millares de vegetales, cuando rodaron ambos al pantano que bordeaba el bosque.

El hipopótamo, no advirtiendo su desaparición, continuó su carrera por espacio de quince o veinte pasos, y después, no viendo ya enemigos delante, se detuvo.

Hallábase en el colmo del furor. Mugía, pisoteaba el suelo, destrozaba los bejucos y los céspedes que le rodeaban.

La inútil rabia del anfibio llegó a su apogeo y después se desvaneció como fuego de virutas.

La bestia, herida mortalmente, había agotado sus fuerzas. Los dos alemanes tuvieron el consuelo de verla finalmente caer al suelo, exhalando un ronco mugido.

—Hubiera podido morir antes —dijo el doctor, como oración fúnebre.

—De buena hemos escapado —añadió William—. Creía que este animalote nos iba a partir en dos.

—¿Estará bien muerto?

—No se mueve ya.

—Entonces podemos acercarnos.

—Carguemos antes las armas. Nunca están de más las precauciones.

Cargadas las carabinas, los dos alemanes salieron del pantano, horriblemente enfangados, y se acercaron al coloso.

—Está muerto —dijo William—. Ha recibido dos balas en los hocicos y una en medio de la espalda.

—¿Qué vamos a hacer de toda esta carne?

—Cortaremos un pedazo y dejaremos el resto para los chacales y las hienas.

—¡Si estuviesen aquí nuestros negros!

—Temo que se hallen muy lejos.

—¿No saldremos ya nunca de este bosque?

—Volviendo y revolviendo, un día u otro encontrar remos el carro.

—¡Habláis de días! —exclamo el doctor, espantado.

—Pensad que una vez permanecí así, extraviado en un bosque, doce días.

—Parece que no os corre mucha prisa encontrar el carro, William.

—¿Habéis olvidado que se alberga aquí la jirafa blanca? Recordad que vuestro objeto es encontrarla.

—Es verdad, pero preferiría hallarme cerca del carro. Aquí llevamos una vida insegura.

—¿Os faltan fuerzas y víveres? —preguntó William.

—Por ahora no.

—¿Entonces os hace falta un blando colchón?

—Podría ser —respondió el doctor—. Ya comprenderéis que dormir al raso y con la expectativa de ser devorados no es muy agradable cosa.

—¡Ah, doctor! —exclamó William, riendo—. ¿Y habéis venido al África?

—Ya no soy joven, amiguito.

—Es verdad. Consolaos. Este río nos llevará ciertamente a la llanura.

—Sigámoslo.

—Cortemos antes un buen trozo de carne de este coloso; nos servirá de comida y de almuerzo para mañana.

William cogió el cuchillo y después de no pocos esfuerzos, desprendió un gran pedazo de carne que pesaba cuatro o cinco kilogramos.

—Ahora, vamos —dijo.

Dirigiéronse hacia el río y en vista de que los cocodrilos habían desaparecido, lo vadearon por un punto en que el agua sólo tenía un metro de altura.

Llegados a la orilla opuesta, siguieron la corriente, haciendo huir a algunas aves que anidaban entre las cañas.

En aquella orilla y el vecino bosque, se veían pocos animales y aun las aves eran muy escasas.

En las tierras de África se observan a menudo estas irregularidades, aun en las zonas más ricas; en ciertos lugares se encuentran con profusión fieras, gacelas, antílopes, elefantes y muchos volátiles; en otros, en cambio, se buscaría en vano un pájaro, un roedor cualquiera o frutas al caso, para aplacar el hambre del pobre viajero.

Por una parte, la abundancia, tal vez exagerada; por otra, la escasez.

Este es el motivo por que muchas tribus de negros, aun salvajes, que cultivan poco la tierra y no crían ganados, se ven tan frecuentemente diezmadas por el hambre.

Los dos cazadores anduvieron tres largas horas, teniendo que vadear a menudo pantanos en los que se hundían hasta mitad de la pierna, cuando William se detuvo detrás del tronco de un árbol grandísimo,\ haciendo seña al doctor de que no se moviese.

—¿Qué habéis visto? —le preguntó en voz baja aquél.

—He visto pacer dos animales.

—¿A qué especie pertenecen?

—Son origos.

Dos representantes de una curiosa variedad de antílopes, macho y hembra, comían mimosas cerca de cincuenta pasos de distancia del árbol cerca del cual se habían detenido los cazadores.

Hubiera sido una óptima presa si hubiesen carecido de víveres, pero estando ya abundantemente provistos de carne, no tenía para ellos ningún valor. Con todo, William no tenía intención de dejarles huir.

El origo tiene la alzada de un ciervo y aun mayor, adquiriendo en su pleno desarrollo las dimensiones de un asno.

Es peligrosa su caza, porque cuando se ve perseguido se revuelve contra el adversario, como un perro, y lo ataca a cornadas.

William, que lo sabía, se guardaba bien de dejarse ver.

Mientras se disponía a apuntar, entró en escena otro animal, con el cual, sin embargo, convenía no cometer imprudencias, pues pertenecía a la gran especie de leones africanos.

Al comparecer, los origos se habían unido instintivamente, y después uno de ellos, sobrecogido de súbito pavor, huyó tan aprisa que ni una jirafa hubiera podido alcanzarlo.

—Es la hembra —dijo William.

—¿Y el macho, no huye? —preguntó el doctor, maravillado.

—Es capaz de hacer frente al león.

—Sucumbirá en la lucha.

—No sé. Lleva unos cuernos que no quisiera yo probar.

El macho había mirado a su compañera con ojos tristes, y cuando la vio lejos, se volvió hacia el rey de las selvas que le estaba observando hipócritamente, tendido sobre la hierba.

El león rugió amistosamente, para invitar al origo a tenderse también, como queriéndole indicar que tenía que suministrarle noticias de países lejanos, pero como el antílope no aceptaba la pérfida invitación, se enderezó de impaciencia, adelantando algunos pasos.

El origo se plantó, firme sobre sus jarretes, adelantó la cabeza y presentó al adversario sus agudos cuernos, verdaderos dardos óseos.

La fiera se detuvo indecisa, levantó una pata, bufó, dio un salto oblicuo y clavó las garras en el flanco del antílope, que retrocedió vivamente, sin proferir un lamento, y respondiendo con dos poderosas cornadas.

El león, herido en el pecho, rugió dolorosamente y renovó el asalto con mayor ímpetu.

El origo le hizo frente con intrepidez y, aunque herido, comenzó a dar cornadas a diestro y siniestro.

Tan bien se sostuvo, que a los tres o cuatro minutos, el león, bien que joven aún y poco aguerrido, no podía resollar, sacando fuera la lengua y perdía mucha sangre por sus numerosas heridas.

Con todo, aun debía sonreírle la victoria. Lanzándose con un poderoso salto, cayó sobre el rumiante, al cual rompió el espinazo, teniéndolo debajo agonizante, y no le abandonó hasta que vio que el desgraciado había expirado.

No pudo, sin embargo, gozar mucho tiempo del triunfo, ya que tenía el pecho abierto y las tripas le salían del vientre.

Arrastróse, con el estertor de la agonía, al pie del árbol detrás del cual se hallaban escondidos los cazadores.

Esperar a que hubiese muerto, hubiera sido para ellos algo peligroso, por lo cual bajando las carabinas, enviaron al moribundo dos balas que abreviaron su agonía.

—Vamos a tener un almuerzo de príncipes —dijo William—. La carne de origo pasa por ser un bocado exquisito. Vamos a ver si es verdad.

Sin perder minuto, se arremangó, desolló al pobre origo, fabricó dos trípodes con madera durísima y los guarneció con buenos trozos de carne, vigilando celosamente la cocción.

Del león no se ocuparon ni uno ni otro, aun cuando les doliese a ambos abandonar aquella magnífica piel.

Una hora después, los dos alemanes, echados sobre la hierba, daban muestras, al devorar a dos carrillos, que la carne de origo era un manjar privilegiado y digno por todos conceptos de los aficionados a las buenas tajadas.

Una sola cosa faltó en el festín: el agua.

Y como ni William ni el doctor poseían la facultad del origo, que, como el camello, resiste la largarmente a la sed de las regiones tórridas, dos horas después, sin olvidar lo que quedaba del asado, se dirigían en busca de una fuente.

Habían llegado ya a orillas de un arroyuelo y estaban bañándose para refrescar algo, cuando el doctor vio a William saltar rápidamente en la orilla.

—¿Habéis visto algún otro animal? —le preguntó.

—No.

—¿Por qué habéis salido del agua?

—¿No habéis oído nada vos?

—Sí, el murmullo del agua —respondió el doctor, riendo.

—¿Y un disparo?

—¿Un disparo?, ¿qué decís?

William, en vez de responder, se inclinó hacia adelante, como si tratara de recoger algún lejano rumor.

—¿Qué escucháis? —preguntó el doctor.

—Os digo que Kambusi se acerca —respondió William levantándose con el rostro radiante.

—¿Cómo lo sabéis?

—¿Decís que no habéis oído nada?

—No; sabéis que soy algo duro de oído.

—Pues yo he oído una detonación lejana.

—¡Es posible! —exclamó el doctor.

—Mi oído es muy fino.

—¿Y nosotros?

—Nosotros, responderemos —dijo William—. Doctor, descargad vuestra carabina.

Levantaron las carabinas e hicieron fuego.

Las dos detonaciones resonaron sordamente en la densa atmósfera, como en medio de la niebla.

El humo permaneció casi firme en una nube blanquecina, a dos o tres metros del suelo.

William se había agachado y escuchaba.

Poco después se levantó diciendo:

—Han respondido. He oído un disparo.

—¿Cómo lo hará para encontrarnos el que nos busca?

—Continuaremos disparando a intervalos de cinco minutos —respondió William.

—¿Será Kambusi?

—Tengo la seguridad completa.

Volvieron a cargar las armas y al cabo de cinco minutos hicieron fuego otra vez.

Una tercera detonación respondió y esta vez tan fuerte, que casi la oyó el doctor.

—¡Vamos al encuentro del bravo negro! —dijo William.

Los dos alemanes se pusieron en camino tomando por un sendero casi trazado, sobre el cual, las ramas, rotas como si se hubiesen abierto camino los elefantes, formaban una especie de sendero. Los disparos se sucedían a regulares intervalos, cada vez más próximos; Kambusi, suponiendo que fuese él, se acercaba aprisa, guiado por los disparos de los dos cazadores.

Finalmente, apareció un hombre en una revuelta del sendero.

William no se había engañado. Aquel hombre era Kambusi.

El negro, apenas divisó a su amo, se lanzó a su encuentro, gritando:

—¡Señor!, ¡la jirafa blanca!

William y el doctor, sobrecogidos por la sorpresa, exclamaron:

—¡La jirafa blanca!

—Sí, señor. Cruzó ayer noche la llanura guiando un numeroso tropel de compañeras.

—¿No te habrás engañado? —gritó el doctor.

—No, señor. Pasó ayer noche a trescientos pasos del carro y pudimos verla distintamente.

—¿Y no la habéis seguido?

—Hicimos fuego, sin tocarla. La manada galopaba con tanta rapidez, que desapareció antes de que hubiésemos podido ensillar los caballos.

—¿Y hacia dónde huyó?

—Al bosque.

—¿De dónde venía?

—De un estanque que se encuentra en medio de la espesura. Supongo que debe ir a abrevar a aquel sitio.

—Doctor —exclamó William—, la jirafa blanca, tarde o temprano, caerá en nuestras manos.

—Pero, tú, señor ¿no la has visto? —preguntó Kambusi que parecía sorprendido.

—No.

—¿Y por qué no volvisteis al carro? Creí que la habríais encontrado y huiría delante de vosotros.

—Nos hemos extraviado, Kambusi.

—En efecto; siguiendo vuestras huellas, he visto que habíais descrito mil diversos giros, ora emprendiendo la marcha a levante, ora a poniente.

—Ha sido una suerte que nos hayas encontrado —dijo el doctor—. No sabíamos ya cómo volver al carro.

—¿Estamos muy lejos? —preguntó William.

—Lo menos cinco horas de camino —respondió Kambusi.

—¿Has traído la brújula?

—Sí.

—¿Sabes dónde ha ido la jirafa blanca?

—Lo sé aproximadamente.

—Guíanos por aquella parte. Puede que la encontremos.

—Entonces, demos la vuelta hacia poniente y caminemos en silencio —dijo Kambusi.

Los dos alemanes vaciaron el frasco del negro que estaba lleno de agua mezclada con ron y se pusieron en camino.

Capítulo XVI. Las jirafas

Kambusi, después de haberse orientado, se puso a la cabeza, cortando las ramas espinosas que impedían el paso y podían herir a sus amos.

William y el doctor le seguían de cerca, llevando las carabinas bajo el brazo y mirando hacia todas partes para ver si lograban descubrir la famosa jirafa blanca que Kambusi aseguraba haber vasto la noche antes.

El bosque comenzaba a enrarecerse. Atravesado un espeso boscaje espinoso, los árboles aparecían menos numerosos, y de vez en cuando se veían claras herbosas, donde era posible que las jirafas se detuviesen a pacer.

William y Kambusi se detenían con frecuencia para examinar el terreno. Estaban ciertos de encontrar las huellas de aquellos animales en aquella tierra casi descubierta.

El negro no perdía por eso la dirección. A cada momento miraba la brújula y se orientaba rápidamente tratando de dirigirse hacia donde suponía se hubiesen encaminado la jirafa y su tropa.

Estaban para llegar a un riachuelo que cortaba por la mitad del inmenso bosque, cuando el negro se detuvo bruscamente, diciendo:

—Señor, he aquí las huellas.

William se inclinó.

En el terreno húmedo veíanse claramente las señales de las pezuñas.

—Sí —dijo—. Son huellas de jirafas.

—¿Habrá pasado por ahí la blanca? —preguntó el doctor, con viva emoción.

—La blanca guía una manada numerosa; ¿no es verdad, Kambusi? —preguntó William.

—Sí, señor.

—Y por lo tanto, no es improbable que haya pasado por aquí.

—Así lo pienso también, y quisiera darte un consejo que me parece bueno.

—Habla, Kambusi.

—Sigamos estas huellas.

—¿Te parecen frescas?

—Son recientísimas.

—¿Habrá vuelto atrás la jirafa blanca? —preguntó el doctor.

—Lo supongo, señor —respondió Kambusi.

—Sigamos, pues, estas huellas —dijo William—. Tal vez ese singular animal frecuenta estos lugares.

—Es probablemente la fuente de Marimbo —dijo el negro.

—¿Hay una fuente en estos parajes? —preguntó William.

—Muy grande y de aguas limpidísimas —añadió el negro.

—¿Sabes dónde se encuentra?

—Sí.

—Nos guiarás.

—En seguida, si lo quieres.

—¿Está lejos? —preguntó el doctor.

—Apenas una milla, si no me engaño.

—Vamos a buscarla y asegurémonos de si estas huellas se dirigen hacia aquella parte.

—No tendremos que hacer más que seguirlas, señor.

Volvieron a ponerse en camino siguiendo atentamente las huellas y Kambusi, poco después, se convenció de que no se había engañado.

La jirafa blanca y sus compañeras debían frecuentar la fuente de Marimbo, puesto que las huellas se dirigían precisamente en aquel sentido.

Atravesado un trozo de bosque, los tres calzadores llegaron finalmente a una clara de trescientos metros de circuito, en cuyo centro se veía un estanque de aguas limpidísimas y muy profundas.

Parecía que en aquel lugar debieran darse cita todos los animales de la selva.

En la tierra húmeda se veían huellas de jirafas, de gacelas, de cabras, de chacales, de búfalos y de antílopes, confusamente mezcladas.

Veíanse también algunos agujeros profundos y anchísimos que debían ser hechos por las patas enormes de los elefantes.

—No me había engañado —dijo Kambusi—. Aquí vienen a abrevar las jirafas.

—Las esperaremos.

—Ya sabes, sin embargo, cuán desconfiados son esos animales.

—Nos esconderemos en algún lugar seguro.

—Mira aquel baobab, señor.

—Lo veo.

—Nadie nos verá si nos escondemos entre su espeso follaje.

—Se me ha ocurrido una idea —dijo William—. No dista más que doscientos metros de la orilla del estanque y nuestras carabinas tienen un alcance de seiscientos o setecientos metros.

—Está para cerrar la noche —dijo el doctor.

—Y los animales no tardarán en llegar a bandadas.

—¡Al baobab! —dijo William.

Dieron primero la vuelta al estanque, para reconocer sus orillas y en seguida se dirigieron al árbol.

Era un baobab todavía joven, pero el tronco era tan grueso, que diez hombres no hubieran podido abrazarlo, y sus ramas reunidas formaban un pequeño bosque.

Los dos alemanes y el negro se encaramaron fácilmente, sirviéndose de algunos bejucos que colgaban de las ramas, y se acomodaron en medio del tronco donde quedaba espacio suficiente para que pudieran sentarse diez personas.

Comieron ávidamente un pedazo de origo que habían guardado desde la mañana, vaciaron el frasco y después prepararon las armas estando segurísimos de que, antes o después, habían de ver la famosa jirafa.

La noche avanzaba rápidamente, pues en el África meridional los crepúsculos son muy breves.

Había desaparecido el sol, cuando ya bajo los árboles reinaban espesas tinieblas.

Pero sobre el laguito, que no estaba cubierto de vegetación, había bastante luz para distinguir cualquier animal que a él se acercase.

Los tres cazadores, a horcajadas sobre las ramas más gruesas y escondidos bajo el follaje, esperaban con ansiedad.

No había transcurrido media hora cuando advirtieron lejanos crujidos, como si algún grueso animal tratase, de abrirse paso a través del bosque.

—¿Serán nuestras jirafas? —preguntó el doctor.

—Creo, por el contrario, que debe tratarse de una manada de elefantes —dijo el negro—. Parece que los árboles caigan derribados violentamente.

—Sí —añadió William.

El estruendo se acercaba. Oíanse crepitar las gruesas ramas y caer árboles tiernos bajo el choque formidable de gigantescos animales.

Poco después se vid aparecer en el extremo del lago una masa inmensa, después otra segunda y luego otras varias.

Era un tropel de paquidermos que iban a abrevar en el estanque.

Los monstruosos animales, llegados a la orilla, olfatearon el aire a diversas alturas, lanzando roncos berridos, después se metieron en el agua y comenzaron a jugar.

Se zambullían, se rociaban recíprocamente con las trompas, chocaban entre sí para tratar de derribarse.

Aquella diversión duró por espacio de media hora larga; después, los colosos ganaron la orilla y se alejaron por donde habían venido, sin haber notado la presencia de los cazadores.

Un cuarto de hora después, avanzaron dos rinocerontes. Iban con los cuernos erguidos, con un andar sospechoso, gruñendo y mirando atentamente los matorrales que rodeaban el estanque.

Se metieron durante algún tiempo en el fango y luego se alejaron, emprendiendo rápido galope.

—¡Qué buena caza se podría hacer aquí! —dijo William, que se había contenido, con gran pesar.

—No sé cómo he podido dominarme para no hacer fuego.

—¿Y vendrán nuestras jirafas? —preguntó el doctor.

—Paciencia, señor —dijo Kambusi—. Apenas ha cerrado la noche. Quizá no estén lejos y esperen que los animales gordos hayan apagado la sed para venir ellas.

—Estoy impaciente por verlas.

—Vendrán, no lo dudéis.

En vez de la jirafa blanca comparecieron diez o doce hienas rayadas, deteniéndose a orillas del estanque.

Aquellos asquerosos animales iban en busca de carroñas, además de abrevar.

Dieron la vuelta al estanque ladrando y hurgando las hierbas, bañáronse apenas los labios y en seguida, poco a poco, se acercaron al baobab, sobre, el cual se hallaban escondidos los tres cazadores.

—Habrán olfateado nuestra presencia —dijo William.

—¿Nos van a aguar la caza?

—Espera, señor —dijo Kambusi.

Viendo sobre su propia cabeza un ramo de aquellas gordas frutas que se llaman pan de mono y que el baobab produce en gran cantidad, lo cortó con el cuchillo y lo arrojó contra las hienas.

Estas, asustadas, rechinaron los dientes, pero un segundo ramo, que cayó precisamente sobre el hocico de la primera, las decidió a huir.

—¡Bellacas! —exclamó el doctor.

—¡Dejarían de ser hienas! —dijo William.

Después de aquellos animales y por corto tiempo, ninguna otra fiera fue a rondar por las orillas del estanque.

El doctor empezaba a impacientarse cuando en medio de los árboles se oyeron; fuertes rugidos.

—Estos son leones —dijo.

—Están al acecho —añadió Kambusi.

—¿Esperarán a nuestras jirafas?

—Es posible, señor.

Los rugidos continuaban, pero ya muy débiles.

De pronto cesaron.

—Los leones han advertido que se acerca algún animal —dijo William.

Pusieron atención y oyeron cómo se agitaban los árboles a corta distancia del estanque, acompañado esto de un rumor sordo que parecía producido por pezuñas.

William se levantó de pronto.

—O son cabras, o nuestras jirafas —exclamó.

—Llegarían en pésima ocasión —dijo el doctor—. Los leones están emboscados. Pongámonos en guardia para que no devoren la jirafa blanca.

—Haremos fuego sobre las fieras —respondió William—. Pero las primeras balas serán para nuestra jirafa.

—Preparémonos, señor —dijo el negro—. La manada está para llegar.

—Estoy pronto —respondió William.

—Yo también —dijo el doctor.

El rumor se acercaba rápidamente.

Parecía que medio escuadrón de caballería galopase hacia el bosque.

Oíase agitarse el follaje y destrozo de ramas.

William y sus compañeros, apoyados sobre una enorme rama, habían apuntado ya las armas.

Pocos momentos después, vieron llegar al trote corto un tropel de soberbias jirafas. Eran unas veinte y ante ellas car coleaba una espléndida jirafa de pelaje blanco como leche.

Los tres cazadores habían contenido a duras penas un grito de sorpresa y de alegría.

Aquella famosa jirafa estaba allí, delante de ellos, a menos de ciento cincuenta metros.

Como es sabido, las jirafas son los más extraños cuadrúpedos que se conozcan. Más altas por delante que por detrás, miden cuatro metros y aun más en la parte anterior y solamente tres en la posterior.

Tienen el cuello larguísimo, delgado, ligeramente arqueado; la cabeza pequeña, con las orejas de buey y los ojos de caballo, superada por dos pequeñas, prominencias óseas.

La cola, delgada y larga, termina en un fleco de crin; el pelambre es liso, de color amarillento, sembrado de manchas grandes y obscuras.

Viven, por lo común, en manadas numerosas y son tan veloces, que difícilmente logra seguirlas un caballo.

Los dos alemanes y Kambusi, viendo que la jirafa blanca se acercaba al estanque, habían apuntado las armas, cuando se propagó por la manada un inesperado terror, haciéndola retroceder vivamente.

Dos enormes leones, dando un imprevisto salto, habían caído en medio de la manada, agarrotando por la grupa a dos jirafas.

—Atención a la jirafa blanca —grifó William.

Viéndola dar vueltas alrededor de sus compañeras, hizo fuego en ella antes de que se alejase.

La pobre bestia, herida por la infalible bala del cazador, cavó de rodillas, pero en seguida volvió a levantarse y desapareció en el bosque, seguida de las otras jirafas.

Las dos bestias asaltadas por los leones, habían: caído al suelo y se defendían desesperadamente.

William, viendo huir la jirafa blanca, hizo acción de arrojarse del árbol para perseguirla, pero Kambusi le detuvo, diciéndole:

—Señor, hay leones.

—¿No ves que huye? —gritó William.

—La has herido mortalmente y no irá muy lejos.

—No lo creo.

—Huía cojeando. Debes haberle destrozado un remo.

—Quiero seguirla, Kambusi.

—No, señor. ¡He ahí los leones!

Las fieras, llenas de espanto con aquellos gritos, acabaron con las jirafas con unos cuantos zarpazos y luego se dirigieron hacia el árbol rugiendo espantosamente.

—¡Hola! —exclamo William exasperado—. ¡Queréis impedirme que persiga a mi jirafa! ¡Nos veremos!

—Prudencia, William —añadió el doctor—. Si la jirafa está herida, la encontraremos pronto.

—No juguemos con los leones —dijo Kambusi.

—¡Ya veréis! —gritó William.

Capítulo XVII. La jirafa blanca

Los leones habían visto ya a los tres cazadores y lejos de espantarse, e irritados también por no poder gozar tranquilamente de la presa abatida, se acercaron al baobab, lanzando saltos gigantescos.

William había vuelto a cargar la carabina y trataba de tomarles el punto de mira, pero las fieras, como si supiesen que el cazador raramente erraba el tiro, no permanecían un momento quietas.

Ora se escondían entre los matorrales, ora detrás, del tronco de los árboles, pero continuando siempre; en su propósito de acercarse al baobab, como si intentaran lanzarse sobre la rama ocupada por los calzadores. Kambusi había hecho ya fuego sin tocarles.

El doctor había tratado de imitarle, pero sin ningún resultado.

Después de una serie de saltos desordenados, uno de los leones había conseguido llegar hasta el baobab, ocultándose detrás del enorme tronco.

—Cuidad del otro —dijo William a sus compañeros.

Abandonó la rama y se deslizó en la opuesta para obligar a la fiera a mostrarse. Viéndola a pocos metros de distancia, disparó contra ella la carabina, apuntando a los lomos para romperle el espinazo.

La fiera, derribada en tierra, lanzó un rugido terrible, después se levantó de pronto y con un salto gigantesco se agarró a la rama ocupada por el cazador, para subir y coger a su adversario.

El choque fue tan imprevisto que William perdió el equilibrio y cayó al suelo, juntamente con su fusil descargado.

—¡Amigo! —exclamó el doctor viéndole caer.

—Ocupaos en el otro león —gritó el cazador.

En aquel momento Kambusi hizo fuego sobre la otra fiera que se lanzaba hacia el baobab.

La bala la hirió en el cráneo, haciéndole caer como, herida por el rayo.

Entre tanto, el león que se encontraba en la ama viéndose en peligro, se lanzó a tierra y trató de alcanzar a William que corría alrededor del tronco para cargar la carabina.

—¡Toma! —gritó el doctor.

Había hecho fuego casi a quemarropa.

El animal, herido gravemente, se lanzó a un lado, y fue a caer exánime en medio de un matorral.

—¡A las jirafas! —gritó William, sin cuidarse de ver si los dos leones estaban realmente muertos.

—Dejadme a lo menos respirar —dijo el doctor.

—Cada minuto que pasa, nuestra jirafa se aleja más.

El doctor y Kambusi, cargadas precipitadamente las armas, se habían dejado caer ya del baobab. Dieron la vuelta al estanque, y llegaron al sitio donde había caído herida la jirafa blanca.

William, que miraba la hierba, descubrió de pronto grandes manchas de sangre.

—La he herido en la parte trasera.

—Le has roto la pierna derecha —añadió Kambusi.

—¿Cómo lo sabes?

—¿No ves, señor? La sangre ha corrido precisamente sobre la huella dejada por la pezuña derecha.

—¡Qué vista tan fina tienes, querido Kambusi! —dijo el doctor.

—¡Adelante y a la carrera! —mandó William.

Los tres hombres se lanzaron en la floresta, siguiendo las huellas, por otra parte sumamente visibles, dejadas por las jirafas.

Al cabo de doscientos pasos, Kambusi se detuvo para hacer notar a sus compañeros un pequeño coágulo de sangre.

—La jirafa blanca se ha detenido aquí un momento —dijo.

—Sí —confirmó William.

—Entonces su herida es realmente grave —dijo el doctor.

—Ya te he dicho, señor, que debe tener una pierna rota —añadió el negro.

—No podrá ir muy lejos.

—Nos hará correr mucho —respondió William—. Pueden bastante los otros tres remos.

—No quisiera perderla, después de haberla descubierto y herido.

—La pérdida de sangre le obligará a detenerse.

—Cuidad no perdamos las huellas.

—No hay cuidado —dijo William.

Los tres cazadores se pusieron de nuevo en marcha a paso largo, llevando las carabinas en la mano.

Las jirafas se habían internado por la parte más espesa del bosque, pero habían abierto con sus grandes cuerpos un sendero facilísimo de seguir.

Las huellas de sangre continuaban siempre y de vez en cuando se descubría también algún coágulo.

La jirafa blanca debía haberse detenido frecuentemente para descansar. Todavía sus compañeras no la habían abandonado.

Los dos alemanes y el negro habían recorrido otros quinientos metros, cuando Kambusi hizo señas a sus compañeros para que se detuvieran.

—¿La has visto? —preguntaron a la vez William y el doctor, cargando rápidamente las carabinas.

—He oído ruido de hojas sacudidas detrás de aquel espesillo de plátanos —dijo Kambusi.

—¿Se habrán escondido ahí las jirafas? —preguntó, el doctor.

—En vez de las jirafas podríamos encontrar algún enemigo peligroso —respondió William—. Ya habéis tenido pruebas, doctor, de la abundancia de fieras que se esconden en este bosque.

—¡Demasiadas, William!

—Avancemos con cuidado —dijo Kambusi.

—Dejadme que escuche —dijo William.

Se inclinó y prestó oído atento, conteniendo la respiración.

—Siento moverse las hojas —dijo.

—Son nuestras jirafas, estoy seguro —afirmó el doctor.

—Podría ser, sin embargo, un rinoceronte —añadió Kambusi.

—O algún león —repuso William—. Preparad las armas y vamos a ver.

Se echaron al suelo y comenzaron a arrastrarse hacia los plátanos, tratando de no hacer crujir las hojas secas.

Distaban nada más que unos veinte pasos, cuando, vieron lanzarse fuera una manada de cabras.

Apenas aquellos graciosos cuadrúpedos advirtieron la presencia de los cazadores, cuando huyeron relinchando y galopando.

—Si hay cabras aquí no pueden hallarse lejos las jirafas —dijo William.

—¿Viven juntas? —preguntó el doctor.

—En bonísima armonía —respondió el cazador.

Continuaron la marcha y poco después llegaron a orillas de un río. En la arena se veían las huellas de las jirafas.

—Han pasado el río —dijo Kambusi.

—Y se han detenido en la orilla opuesta —añadió William—. He visto levantarse algunas cabezas entre los matorrales.

—Nos verán atravesar el río y huirán aún —observó el doctor.

—Ciertamente, porque se pondrán en guardia —respondió William.

—¿Cómo podríamos alcanzar la orilla sin que nos vieran?

—Me parece la cosa harto difícil.

—Señor —dijo Kambusi.

—¿Qué quieres?

—¿Estás seguro de que la jirafa blanca está escondida ahí?

—Estoy cierto.

—Pues ya he encontrado el medio de pasar el río sin dejarse ver.

—¿De qué manera?

—Hagamos un grueso haz de ramas y empujémoslo delante, estando nosotros escondidos detrás.

—¡Bravo, Kambusi! —exclamó William.

Volvieron al bosque y se pusieron a cortar muchas ramas y follaje de plátanos, formando un haz gigantesco.

Lo hicieron rodar hasta la orilla y lanzándolo al agua se escondieron detrás, empujándolo lentamente.

Las jirafas que se encontraban escondidas en medio de los matorrales, viendo avanzar aquel montón de ramas, levantaron la cabeza, pero luego, tranquilizadas, volvieron a echarse entre las plantas.

La travesía del río se realizó felizmente y los tres cazadores pudieron aproximarse a la orilla opuesta sin haber sido descubiertos.

Habiendo allí espesos matorrales, se vieron obligados a esconderse.

—No estamos más que a cincuenta pasos de las jirafas —dijo Kambusi.

—¿Ves la blanca? —preguntó William.

—Sí, señor.

—Preparémonos a lanzarnos adelante. No os cuidéis más que de esa. ¿Estáis prontos?

—Sí —respondieron Kambusi y el doctor.

Los tres cazadores se echaron como un solo hombre fuera del matorral, lanzando agudos gritos.

Las jirafas, ya alarmadas con el ligero rumor producido por los pasos ele los cazadores, oyendo aquellos gritos y viendo a los tres hombres lanzarse adelante, se pusieron rápidamente en pie y huyeron a todo correr.

La última que se levantó fue la jirafa blanca.

La pobre bestia se había lanzado en pos de sus compañeras, arrastrándose desesperadamente para no quedarse rezagada.

—¡Hela ahí! —gritó William—. ¡Fuego!

Resonaron tres tiros. La jirafa, herida por los proyectiles, se encabritó sobre las patas traseras, giró; sobre sí misma y cayó luego exánime, mientras sus compañeras, asustadas por los disparos, desaparecían bajo los árboles.

Los tres cazadores se lazaron hacia el animal.

—¡Muerta! —exclamó William.

En seguida, volviéndose hacia el doctor, que manifestaba su alegría con exclamaciones sin fin, dijo:

—¡Doctor, he mantenido mi promesa!

—Y habéis ganado el premio que os había prometido —respondió el sabio—. Mi querido amigo, os quedo agradecidísimo por haberme procurado este espléndido animal, el único en su especie.

Conclusión

Pocas horas después, los tres cazadores regresaban al carro, llevando consigo la piel de la jirafa blanca.

No teniendo ya nada que hacer en aquellas regiones, puesto que habían conseguido su objeto, después de un descanso, bien merecido, de treinta horas, poníanse en marcha para regresar a la colonia del Cabo.

La travesía de aquel territorio casi desierto, fue realizada felizmente sin haber encontrado ni tribus hostiles ni animales peligrosos.

Veinticinco días después, la caravana llegaba a orillas del Orange, el gran río africano que servía de frontera entre la Colonia del Cabo y la tierra de las Granguas Namaguas.

Allí se separaron William y el doctor.

El cazador, que había cobrado ya el premio, bastante respetable, no quería abandonar aquellos territorios de caza.

—Esta es mi patria —dijo al doctor, indicándole los bosques del Norte—. No podría ya adaptarme a la vida calmosa y tranquila de las ciudades europeas.

—¿No volveréis, pues, nunca a Alemania? —preguntóle el doctor.

—Tal vez algún día —respondió William, sonriendo.

Le estrechó la mano y emprendió la marcha hacia el septentrión, junto con Kambusi, su fiel y valeroso criado.

El doctor continuó, al contrario, hacia el Sur, llegando treinta días después a la ciudad del Cabo.

Un buque estaba a punto de zarpar para Europa.

El doctor aprovechó la oportunidad para hacer la travesía del Atlántico.

Hoy, la piel de la jirafa blanca es orgullo del Museo Zoológico de Dresde, despertando viva curiosidad entre los numerosos visitantes que se llegan a verla.


Publicado el 23 de febrero de 2017 por Edu Robsy.
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