La Perla del Río Rojo

Emilio Salgari


Novela



1. LA PAGODA DEL ESPÍRITU MARINO

Un trueno espantoso, que parecía que iba a derrumbarlo todo, seguido de un relámpago deslumbrador, había hecho conmover las inseguras bóvedas de la antigua pagoda Tang-Ki.

La campana, suspendida en lo alto de la pirámide, que ni el tiempo ni los huracanes habían destruido todavía, a pesar de que contaba ya con más de seis siglos de existencia, produjo un sonido broncíneo, semejante al lamento de un moribundo.

Siguieron después mil extraños rumores, como si una muchedumbre de almas en pena se complaciese en, recorrer las desiertas galerías del Monasterio de los bonzos. Retemblaban las paredes, oscilaban, las gigantescas linternas que aún pendían de las bóvedas, golpeaban las pesadas puertas de madera de teca, abriéndose y cerrándose con estrépito.

Gemían los armazones de las pirámides con incesante lamento, mientras ráfagas impetuosas de viento entraban, por las puertas abiertas de la pagoda, arrojando al interior montones de hojas arrebatadas a los bosques vecinos, las cuales rodaban por el pavimento brillante, con un rumor que daba escalofríos.

Sai-Sing se había acurrucado a los pies de Nairan, el dios marino de los tonkineses, cuya estatua, aún blanca, se erguía en medio de la pagoda agigantándose en la oscuridad. Vivo terror se había dibujado en las graciosas facciones de la muchacha y su rostro de color casi alabastrino, se había tornado lívido.

—Tengo miedo —murmuró, envolviéndose apretadamente en su amplio manto de seda blanca—. ¿Oyes, Man-Sciú?

Una forma humana, que estaba echada en tierra junto a la estatua del espíritu Marino, se levantó, dejando oír una carcajada burlona.

—¿La Perla del Río Rojo tiene miedo? —preguntó con voz estridente. ¿Para qué, entonces, me hizo venir? ¿Habrá olvidado ya el juramento de vengar el secuestro del valeroso Lin-Kai?

Un relámpago cegador, seguido inmediatamente por un trueno que retemblar la antigua pagoda hasta en sus cimientos, había iluminado el color lívido, cadavérico, la inmensa nave del monasterio.

Apareció Man-Sciú en, plena luz, en pie delante del ídolo marino, terrible como el huracán que en aquellos momentos rugía fuera.

Si la Perla del Río Rojo era conocida en las tribus tonquinesas por su maravillosa belleza, también lo era Man-Sciú por su horrible fealdad, que le había valido el apodo de la bruja de los bosques. Más que mujer parecía un monstruo capaz de infundir pavor al más sereno. Pequeña, ligera, las piernas torcidas que apenas cubrían las tres camisas de algodón de diversos colores y diferente longitud; con una cabeza enorme rodeada por una áspera cabellera que acaso jamás había conocido el peine; con una boca grande y sin dientes, y con unos ojos negros que brillaban como carbones. No era ciertamente agradable y se comprendía, al verla, el terror que infundía en las aldeas vecinas.

Al resplandor del relámpago la vieja bruja tendió la diestra descarnada hacia la puerta abierta de par en par, y dijo con voz silbante:

—Vendrán, Perla del Río Rojo, y alcanzarás tu venganza, como yo la mía. ¿Qué te da miedo? ¿El huracán, acaso? Ya hace tres días que el gran arco negro apareció y esto, ya sabes que en nuestro país es indicio seguro de tifón.

—¿No oyes esos alaridos, vieja Man-Sciú?

—¿Y qué indican? Es el viento que muge en los subterráneos y que se mete por las galerías.

—¿Y aquel sonido de campana?

—El rayo la hirió.

—Me pareció el último estertor de un moribundo.

—Cuando agonizaba por el filtro rojo que le suministraron los dos jefes de los «Banderas Negras» y «Amarillas», ¿no es verdad, Sai-Sing?

—Calla, Man-Sciú; me das miedo —murmuró la joven refugiándose junto a la estatua del Espíritu Marino.

—¡Miedo, tú, la muchacha más valiente del Tonkín! —exclamó la vieja—. ¿Tú, que, cuando los chinos escalaban la montaña, numerosos como la langosta que devasta nuestros campos, incendiando nuestras aldeas y llevándose prisioneros a los habitantes, empuñaste la valerosa cimitarra de tu padre, igual que un guerrero, y guiaste a los nuestros de victoria en victoria? ¿Tú, que cuando los malditos guerreros, los «Banderas Negras», que Gautama confunda para siempre y que trague el infierno, nos asaltaron, subiste al junco de Lin-Kai y los arrojaste de los confines del Río Rojo ahogándose centenares y centenares en el mar? ¿Qué viniste, pues, a hacer aquí? ¿Olvidaste el amor del desgraciado Lin-Kai? ¿Olvidaste ya que él, enloquecido por el filtro atroz de los «Banderas Negras», acaso ya no pueda recuperar nunca la razón? ¿Y que se encuentra en manos de Sun-Pao y de Kin-Lung?

Al oír aquellas palabras, Sai-Sing se alzó con un salto de tigre joven, con las facciones horriblemente contraídas por una risa espantosa. Sus ojos hermosos se encendieron de improviso con súbita llamarada, y por aquel rostro, fresco como una rosa, pasó un, estremecimiento.

—¡Sun-Pao y Kin-Lung! —exclamó con odio—. ¡Malditos sean! Se llevó una mano al corazón como si comprimiera un dolor secreto, después se dejó caer bruscamente en las gradas de la estatua, como si le hubiesen abandonado de pronto las fuerzas, y murmuró lastimeramente:

—No, no me he olvidado de Lin-Kai.

La vieja permaneció algunos minutos silenciosa, oyendo los rugidos del viento y el retumbar de los rayos, y después continuó con voz lenta como hablando consigo misma:

—Sí, vendrán, porque ambos juraron que sería suya la Perla del Río Rojo y se la disputarán con encarnizamiento que costará a los «Banderas Negras» y «Amarillas» torrentes de sangre. Sun-Pao es valeroso. Kin-Lung es fuerte como un toro y se odiarán como odian los tigres a los caimanes; pero si supieran la verdad tendrían que amarse. La vieja Man-Sciú no hará traición al secreto del tha-ybu más que en último momento, cuando haya sido vengada.

Aquellas palabras, aunque pronunciadas en voz baja y en medio del fragor del huracán, no pasaron inadvertidas a los oídos de la Perla del Río Rojo.

—¿De qué secreto hablas, Man-Sciú? —preguntó.

La vieja sonrió o, mejor dicho, hizo una mueca y después añadió con voz sorda:

—No llegó aún el momento de hablar, Perla del Río Rojo. Sólo la vieja Man-Sciú conservará el secreto, bien guardado en el fondo del corazón, porque pertenece al tha-ybu.

—Dime, por lo menos, por qué odias a los dos jefes de los «Banderas legras» y «Amarillas». Yo tengo un motivo. ¿Y tú? Me robaron a Lin-Kai, le hicieron beber el veneno rojo que hace enloquecer y se lo llevaron lejos… Pero ¿y tú…?

La vieja se levantó frente a la joven. Su rostro se arrugó más aún y sus ojuelos negros como carbones brillaron como sí dentro ardiese una llama.

—Mi odio es igual al tuyo —dijo apretando los dientes—. Si no fuese así, ¿habría Man-Sciú unido su suerte a la tuya? ¿Habría enviado un hijo a las órdenes de los jefes de los «Banderas Negras» y «Amarillas» para espiar los proyectos de ambos? ¿Los habría colocado uno frente al otro?

—Explícame tu odio.

Man-Sciú, en vez de contestar, se colocó en pie frente a la amplia puerta de la pagoda abierta y por la cual entraban, impulsados por el viento irresistible, bocanadas de agua y montones de hojas y de ramas, arrancadas a los bosques vecinos por la furia del huracán. La tempestad parecía en aquellos momentos redoblar su furia. Fuera, los relámpagos se sucedían, sin interrupción, iluminando siniestramente la noche y estallaban los truenos con, creciente fragor, como si mil piezas de artillería hubieran sido disparadas al mismo tiempo entre los negros nubarrones que cubrían el cielo.

Los bosques que rodeaban la pagoda rugían tumultuosamente. Las hojas inmensas de los plátanos caían tronchadas como si, de vez en cuando, una hoz gigantesca hiriese la hermosa planta. Los árboles dragones oscilaban con sus troncos delgados y elásticos, tocando al suelo; las arecas caían arrastrando tras sí numerosos montones de lianas y de festones de pimientos silvestres. Sólo la teca, de tronco enorme, de madera incombustible y dura como hierro, desafiaba el huracán, que no podía arrancar al coloso la menor vibración.

Por los aires, revueltos por la tormenta, rodaban ramas, racimos de plátanos y de arecas, piñas y hasta algunas frutas enormes, que se llaman myta, y a veces, pesan cien libras, y que fueron con razón llamadas las mayores del mundo.

La vieja, inclinó la cabeza y murmuró con inquietud:

—¿Podrá venir? Sin embargo, me ha mandado a decir que le espere y que se adelantará algunas horas a los jefes de los «Banderas Negras» y «Amarillas». Sai-Sing ha encendido sus corazones y vendrán a disputársela. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Cómo se va a reír la vieja Man-Sciú!

Volvió cerca de la estatua del ídolo marino, pegándose a las paredes de la pagoda para resistir mejor los poderosos embates del viento y se colocó al lado de la Perla del Río Rojo.

—¿Viene? —preguntó la joven tonkinesa, con ansiedad.

—Aún no —contestó Man-Sciú—. Es peligroso atravesar el bosque cuando sopla el vendaval, y se expone el que lo hace a quedar sepultado bajo un tronco. Se habrá refugiado en alguna choza y esperará a que el temporal amaine. Siempre ha de llegar a tiempo, puedes estar segura, Perla del Río Rojo. El mar estará muy revuelto y probablemente los juncos de los dos capitanes no habrán podido llegar a las bocas del Sieng.

Se envolvió en el manto de gruesa y oscura tela que la cubría enteramente y después, con los ojos muy abiertos, mirando fijamente ante sí, continuó con voz estridente:

—Hasta hoy ignoraste por qué Man-Sciú odia a muerte a los jefes de los «Banderas Negras» y «Amarillas»; por qué te había pedido que uniésemos nuestras suertes, y por qué te había ofrecido ayudar a que rescatases al valeroso Lin-Kai. ¿Sabes, ante todo, por qué te robaron al hombre que te amaba y que había jurado hacerte feliz?

—Porque Sun-Pao y Kin-Lung tenían celos de su popularidad y de su valor, y para vengarse por haberles derrotado y arrojado otra vez a los mares con su invencible cimitarra.

—Estás equivocada —replicó Man-Sciú.

—¿Qué dices?

—Que otra causa impulsó a los dos hombres a arrebatarte a tu prometido.

—¿Cuál, Man-Sciú? —preguntó la Perla del Río Rojo temblando.

—Cuando tú, junto a Lin-Kai, combatías desesperadamente contra los piratas que devastaban las tierras de nuestra Patria, los ojos de Sun-Pao y de Kin-Lung se fijaron en tu rostro. La fama de tu belleza y de tu valor había atravesado los mares y había llegado a las islas habitadas por los «Banderas Negras» y «Amarillas», y un deseo irresistible de verte y de conquistarte se apoderó del corazón de los dos formidables jefes.

—¿Cómo lo sabes, Man-Sciú? —preguntó la joven son asombro.

—Sé esto y mucho más —contestó la vieja—. Para apoderarse de ti, aquellos piratas se atrevieron a desembarcar en nuestro suelo llevándolo todo a sangre y fuego, y no únicamente por el deseo de alcanzar botín. Cuando te vieron al frente de los montañeses de tu padre y de las bandas de Lin-Kai combatir como una diosa de la guerra, y derrotar sus hordas, su pasión, en vez de convertirse en odio, aumentó más aún y hoy Sun-Pao y Kin-Lung, para poseerte, están dispuestos a renovar su tentativa.

—Pero ahora vienen como amigos y sus lanzu me han jurado por Gautama que no tendré nada que temer.

—Y fingirás aceptar sus ofrecimientos si quieres salvar a Lin-Kai.

—¿Y tendré que escoger entre uno u otro?

—Uno u otro.

—¿Ignoran, pues, que les odio y que sé que dieron el filtro rojo a Lin-Kai, al hombre que amé inmensamente y que lloraré mientras viva?

—Creen que lo ignoras.

—¡Miserables! —exclamó Sai-Sing con voz terrible.

—Lin-Kai era un rival peligroso; sabían que en otro tiempo había conquistado por completo el corazón de la Perla del Río Rojo y te lo robaron y le hicieron beber el filtro que, después de proporcionar dolores espantosos, embrutece y envilece por completo.

—¡Infames! —exclamó Ja Perla, mientras sus ojos se cubrían de lágrimas—. ¡Y se atreven a venir! ¡Adiós, Man-Sciú! Voy a buscar a mis montañeses.

—¿Qué quiere hacer la Perla del Río Rojo? Diste palabra de recibirles en esta pagoda.

—Voy a preparar a los miserables una emboscada para destrozarlos.

—¡Muchacha! —exclamó la vieja—. ¿Olvidas que Lin-Kai se encuentra en sus manos? Si matas a los dos jefes, seguramente mañana matarán también al hombre que amaste y que siempre lloras.

Sai-Sing, que se había levantado, volvió a caer otra vez sobre las gradas de la estatua del Espíritu Marino, prorrumpiendo en un sordo gemido.

—¿Qué hacer, Man-Sciú? —preguntó.

—Ante todo, esperar a Ong.

—¿Y después?

—Dejar que lleguen los dos jefes.

—¿Y a cuál debo escoger?

—Por ahora, a ninguno. Confiarás la decisión a su tha-ybu y les obligarás a que te lleven a sus islas. Cuando estemos allí te diré lo que tienes que hacer.

—¡Yo, a las islas!

—Allí condujeron a Lin-Kai —dijo la vieja—; allí debes ir, si quieres salvarle.

Después, acercándose, y colocando sus labios muy cerca del oído de Sai-Sing, le murmuró algunas palabras. La muchacha hizo con la cabeza un signo afirmativo.

—Sí —dijo después—. Recuperaré a Lin-Kai y tendré las cabezas de los dos jefes. Lo juro por Gautama y por este Espíritu Marino que me mira.

En aquel momento, en lontananza, se oyó un disparo de fusil con el estruendo de los truenos.

Man-Sciú se puso en pie.

—Es Ong que llega —dijo—. Mi hijo cumplió su palabra.

Se dirigió a la puerta, resguardándose detrás de una estatua monstruosa que representaba una de las once encarnaciones de Gautama, mitad pez y mitad tortuga, y miró hacia el bosque.

Los relámpagos, que se sucedían sin cesar, sin darse tregua, permitían ver, como si ardiesen mil antorchas, la explanada, en la cual se alzaba la antigua pagoda.

Un hombre, montado en un caballo pequeño, que chorreaba agua y espuma a un tiempo, salió del bosque y se dirigió velozmente hacia el templo.

Cuando estuvo cerca de la escalinata saltó a tierra sin usar los estribos de madera y entró prestamente, dejando un reguero de agua.

Ong se asemejaba a su madre, sin ser tan feo. Era un hombrecillo de cinco pies escasos, con la cabeza grande, piel de color azafranado, ojillos negrísimos cortados oblicuamente, labios prominentes y nariz chata, sin ser tan aplastada como la de los negros.

El cuerpo, sin embargo, estaba proporcionado, tenía espalda cuadrada y brazos musculosos que revelaban una fuerza poco común.

Tan pronto como entró en la pagoda, arrojó el manto de tela, empapado en agua, enseñando su almilla de grandes mangas de tela, pero de color amarillento, sujeta al cuerpo por un cinturón de piel de mono, del que pendía un largo cuchillo de punta redonda, que suelen llevar los tonkineses y que no dejan ni cuando están durmiendo.

—Aquí estoy, madre —dijo—. Veinte veces corrí el peligro de quedar aplastado por los árboles que el viento abatía a mí paso o de ser herido por el rayo; sin embargo, como ves, he venido, confiando en la protección de Gautama y del Espíritu Marino.

—Eres un mozo valiente —repuso la vieja con voz cariñosa y mirándole con orgullo—. Eres digno hijo de tu padre, del fuerte Cantubí.

Al oír nombrar a su padre, el rostro de Ong se impregnó, de pronto, de dolor profundo.

—¿Por qué me hablas siempre de aquel hombre que no conocí nunca y que, sin embargo, tú lloras siempre, madre? —preguntó con tono de reproche—. ¿Quieres abrir continuamente tu herida?

—Tienes razón —dijo la vieja.

Le cogió por una mano y le condujo hasta la estatua del Espíritu Marino. Al ver a la Perla del Río Rojo, Ong se puso palidísimo y después cayó de rodillas ante ella, diciendo con voz conmovida:

—Aquí está tu esclavo, Sai-Sing. Cumplí mi promesa. ¿Estás contenta?

—¿Por qué viniste con este tiempo horrible, Ong? —preguntó la muchacha con voz armoniosa—. Pudiste haber quedado enterrado en medio de los bosques.

—Por la Perla del Río Rojo hubiera atravesado las montañas, los desiertos y los mares —dijo el tonkinés suspirando—. ¿Quién no haría igual por ver sonreír a la joven más bella de nuestra tierra?

—¿Le viste? —preguntó Sai-Sing, apretándole fuertemente la mano.

—Sí.

—¿Vive aún?

—No se atreven a matarle porque creen que ignoras todavía que son los verdaderos autores del secuestro: temen tu odio.

—¡Háblame! ¡Háblame de él! —gritó la doncella.

Ong miró a su madre, como para preguntarla si debía hablar.

—Cuéntalo todo —dijo la vieja—. La Perla del Río Rojo es fuerte como un guerrero de nuestras montañas.

—El filtro rojo de los «Banderas Negras» le ha enloquecido —dijo Ong con voz vacilante.

—¿Quién, se lo hizo beber? —preguntó Sai-Sing con angustia.

—Sun-Pao.

—¿Y Kin-Lung?

—Sujetaba fuertemente a tu prometido.

—¿Y después?

—Lin-Kai comenzó al principio a sonreír, una vez hubo bebido el frasco. Me encontraba yo entre aquellos bandidos que habían formado círculo alrededor del desgraciado. Las sonrisas fueron convirtiéndose poco a poco en gemidos. Después vi en su rostro expresar los sentimientos más espantosos. Rugía como una fiera por el dolor que a cada momento era más intolerable, llenando el bosque de horribles clamores y se retorcía sor el suelo, mordiendo la hierba y bañándola con espuma sanguinolenta. Jamás había visto, hasta entonces, sufrir tanto a ningún hombre. Aquellas convulsiones fueron menos fuertes, después cesaron por completo y el desgraciado joven quedó tieso, rígido, como un cadáver. Parecía que le habían matado, pero al día siguiente le vi sentado en lo alto de una roca, con la cabeza apoyada en las manos y la mirada baja. Estaba loco, completamente loco, y estoy seguro de que no se acordaba de ti, y ya sabes cuanto te amaba aquel valiente.

Sai-Sing había escuchado aquella conmovedora narración, con las manos apretando el corazón, muda, anhelante, pálida como una muerta. Cuando Ong acabó, un torrente de llanto cubrió sus últimas palabras.

—¡Miserables! ¡Miserables! —exclamó la joven con sollozos desgarradores.

La vieja se levantó y, poniéndola una mano sobre el hombro, la dijo con voz estridente:

—Le vengaremos, Perla del Río Rojo, y yo te proporcionaré el filtro que curará la locura de Lin-Kai.

Se volvió a Ong que miraba a la doncella con ojos llorosos y le preguntó:

—¿Vienen?

—Sí; zarparon de las islas anoche y llegaron a la bocana del río hace una hora.

—¿Cómo pudiste adelantarles?

—Abandonando las islas primero que ellos en una canoa, antes que la tempestad se desencadenase. Tien, al que dije que tenía grandes deseos de llegar cuanto antes a mi pueblo, me proporcionó un caballo y he galopado sin descanso.

—¿Y vienen a ofrecer su mano a la Perla del Río Rojo?

—Ya sabes que la aman. Y, además, ¿no vinieron sus lanzu?

—Si; ayer les dimos cita aquí. ¿Se odian los dos capitanes?

—A muerte.

—¿Y se la disputarán a golpes de cimitarra?

—Los dos se hicieron acompañar por los guerreros más valerosos de las tribus respectivas y combatirán entre sí, si Sai-Sing se decide por uno o por otro.

—¡Que se exterminen entre sí aquellos bandidos! —gritó la vieja—. Pero después, en las islas; aquí, no. ¿Sospechan algo de ti?

—No, madre. Para ellos soy un «Bandera Negra».

—¡Y se atreven a venir aquí, después de haber hecho beber el filtro a Lin-Kai!

—¡Ten prudencia, madre! Son capaces de todo y tiemblo por la Perla del Río Rojo.

—Sai-Sing sabe lo que debe hacer. Continúa aquí mientras voy al encuentro de los jefes. Les guiaré yo a la pagoda.

Se arrimó a Sai-Sing, que sollozaba, y la dijo:

—Ten cuidado de no dejar escapar el más leve gesto que pueda traicionarte. Si tuvieran la menor sospecha de que sabías que ellos fueron los secuestradores de Lin-Kai, perderías la única ocasión que tienes de salvar al hombre que amas. Ponte en guardia. De todos modos, no te dejaré y ellos temen los maleficios de la vieja Man-Sciú.

Dicho esto salió, mientras Ong se sentaba al lado de la doncella.

2. LOS GUERREROS DE LOS «BANDERAS NEGRAS» Y «AMARILLAS»

En el momento en que Ong llegaba al templo, dos inmensas barcazas cruzaban el río Che-Sun, uno de los principales que riegan, las ricas llanuras del Tonkín oriental.

En dos sampanes, excavados en enormes troncos de teca, de veinte metros de longitud, de gruesos bordes, de popa y proa empinadas y esculpidas, representando monstruosas cabezas de cocodrilo y elefante, e impulsados por veinticuatro remos, manejados robustamente por otros tantos hombres semidesnudos, de músculos desarrolladísimos y que llevaban al cinto cuchillos y pistolones.

Navegaban uno cerca del otro, manteniéndose a igual altura, compitiendo entre sí.

A popa, tanto del uno como del otro, estaban los dos capitanes, dentro de una especie de pabellón dorado que sostenía un alto mástil, en los cuales flotaban dos banderas de seda negra y amarilla.

Uno, Sun-Pao, era un joven hermoso de veinticinco años, de aspecto arrogante, con la cabeza completamente afeitada hasta la nuca y que relucía por una fricción de aceite de coco. De alta estatura, de formas ágiles y elegantes, pero con brazos musculosos de hombre acostumbrado al manejo del remo y de las armas.

Vestía casaca de seda roja de flores amarillas con bordados en oro mangas muy anchas, calzones muy anchos de seda negra que le llegaban hasta la rodilla. Las pantorrillas, bastante musculosas, estaban desnudas como los pies.

El otro, Kin-Lung tenía acaso un lustro más, bajo, rollizo, con cuello de toro, brazos enormes, torso de bisonte, cubierto el rostro por una barba hirsuta y negra, y con rasgos angulosos. Era un tipo verdadero de bandido que no podía inspirar simpatía a una joven hermosa como la Perla del Río Rojo.

En vez de casaca vestía una antigua cota de hierro enmohecida, cruzada por una amplia banda de nanquín, color de rosa, con perlas y franjas de oro y calzones cortísimos de seda verde.

Tenía entre las piernas un, grueso y pesado fusil de chispa y en la banda llevaba dos cimitarras, especie de sables de hoja curva y gruesa, afilados como navajas de afeitar, de fabricación india y que, bien manejados, podían cortar de un solo golpe la cabeza del adversario.

Los dos capitanes regulaban, los golpes de remo de sus hombres, pegando con una maza pequeña en una plancha de bronce suspendida del mástil y no se interrumpían sino para beber de vez en cuando una taza de sciaway, especie de té, mucho más exquisito que el chino, compuesto con flores de un árbol especial del país, puestas primero a secar y después hervidas, y algunos sorbos de arak para calentarse un poco.

La lluvia torrencial que debió sorprenderles en el mar, antes de llegar a la barra del río, había cesado. Continuaba, en cambio, soplando un viento impetuoso que seguía retorciendo y arrancando las ramas de los árboles, y los relámpagos hacían relumbrar el agua como si fuese bronce fundido.

Los dos capitanes fingían no ocuparse el uno del otro, pero, de vez en cuando, se miraban con ojos llenos de odio y sus manos recorrían, y no involuntariamente por cierto, las empuñaduras de sus afiladas cimitarras con gestos tan amenazadores que claramente revelaban la rabia que rebosaba, en sus almas.

También sus guerreros, los cuales, por sus tipos, por sus armas y por sus trajes, revelaban que pertenecían a tribus diversas, participaban de la rivalidad de sus capitanes. Se miraban con enojo y, cuando los dos sampanes se acercaban por la estrechez del río, no dejaban de cambiarse frases provocativas.

—¡Recoged los remos, holgazanes!

—¡Cuidado con la proa!

—¡Nos tocáis!

—¡Que Gautama envíe un rayo a vuestras cabezas!

Pero a una señal de los capitanes, acompañada por un gesto amenazador, bien pronto enmudecían para volver de nuevo a las insolencias.

—¿Para vosotros la Perla? ¡Es un bocado demasiado fino para Kin-Lung!

—¡Y muy duro para Sun-Pao!

—¡Se quedará con las ganas!

—¡Y Sun-Pao puede esperar sentado!

Las manos abandonaban los remos para acercarse a los pesados fusiles de pistón que estaban apoyados en los bancos, hasta que la voz de los dos capitanes tronaba:

—¡Adelante, bandidos! ¿Queréis probar el filo de mi cimitarra? ¡Ya llegará el momento!

Los sampanes avanzaban penosamente a causa del viento que, bajando de los montes septentrionales y siguiendo el curso abierto del río, dificultaba su marcha, levantando el agua en olas que a veces eran formidables. Sin embargo, los remeros, hombres todos robustísimos, acostumbrados desde la infancia a la dura maniobra del remo, no se detenían un solo instante y con las altas y agudas proas rompían impetuosamente las olas, cuando no conseguían, por el peso excesivo de las embarcaciones, pasar por encima.

La noche estaba a punto de acabar, y ya un débil resplandor se extendía por Oriente, cuando llegaron, a un remanso, rodeado por grandísimos árboles, tecas de altura desmesurada que formaban una sólida muralla contra los poderosos embates del huracán. Reinaba calma profunda en aquellas aguas, turbadas solamente por algún relámpago tardío. Hasta los truenos que habían retumbado toda la noche, habían cesado finalmente.

Los dos sampanes, después de haber atravesado rápidamente aquella especie de laguna, se detuvieron en un golfo profundo, que se prolongaba entre aquellos colosos vegetales, varando las proas en medio de espesos cañaverales.

Los dos capitanes se habían puesto en, pie, mirando hacia la orilla, mientras sus hombres sacaban los fusiles y cambiaban apresuradamente las cargas y las mechas como si se prepararan para un combate.

El bosque parecía desierto. No se veían más que unos pajarillos llamados calaos, de picos enormes, gruesos como una tercera parte del cuerpo, que volaban en torno de los cañaverales emitiendo agudos chillidos, semejantes al chirrido del eje no engrasado de una carreta.

Habiéndose asegurado que los habitantes no les habían preparado ninguna emboscada en aquel lugar, Sun-Pao y Kin-Lung, ambos armados, descendieron a la orilla, haciendo señal a sus hombres de que no les siguiesen.

Viendo a poca distancia el tronco de una areca joven que la furia del huracán había derribado, se dirigieron allí y se sentaron el uno junto al otro.

—Kin-Lung —dijo Sun-Pao, colocándose el mosquete en las rodillas— hasta que la Perla del Río Rojo haya elegido, considerémonos como amigos, y no como rivales. Gustosos hemos combatido, como dos buenos compañeros, uno junto al otro. Ambos somos valerosos y nuestras fuerzas son iguales, y antes de que nuestros ojos se fijaran en la Perla del Río Rojo ninguna nube empañó jamás nuestras buenas relaciones.

—Lo mismo quería proponerte —repuso Kin-Lung, que, de todos modos, tenía preparado el fusil.

—Cuando la Perla del Río Rojo haya decidido entre los dos, si quieres, romperemos nuestra amistad y con las armas en la mano nos disputaremos su posesión.

—Sí la elección recayese en ti, te aseguro que no permanecería tranquilo testigo de tu felicidad —contestó Kin-Lung golpeando con gesto amenazador, y con el puño cerrado en la cimitarra reluciente que llevaba sujeta entre los pliegues de la banda—. Mi tribu desea tener por reina a la Perla del Río Rojo, la flor más hermosa del Tonkín, a la que, amo con todas las fuerzas de mi alma y que he de disputarte.

—Igual desea la mía y no amo menos que tú a la doncella. La poseeré o me haré matar.

—¿Le enviaste un mensajero a su aldea para advertirla de tu llegada y de tus intenciones?

—Sí.

—Igual hice yo.

—¿Y si se negase a darnos cita? —preguntó Sun-Pao.

—Iríamos a buscarla —dijo Kin-Lung—. Debe elegir entre uno de los dos si quiere evitar a su país una invasión que destruiría pueblos y aldeas. Lin-Kai ya no está al frente de los tonkineses para conducirlos nuevamente a la victoria, y nosotros tenemos fuerzas suficientes para derrotar sin dificultad las hordas de los montañeses, si acaso intentasen resistir.

—Yo guardé cuidadosamente el secreto sobre la desaparición de Lin-Kai ¿y tú? —preguntó Sun-Pao.

—Ninguno de los míos se atreverá a hablar. Saben que conmigo no se juega, y tienen demasiado miedo de mi cimitarra y del filtro rojo.

—¿Y si la Perla rechazase nuestras proposiciones y la corona de reina de las islas?

—La obligaríamos a elegir —dijo Kin-Lung con feroz sonrisa—. Y, además, ¿quién se atreverá a rechazar la mano de un capitán de los «Banderas Negras»?

—¿Si aún amase a Lin-Kai?

—Le olvidará.

—¿Y si dudase de su muerte?

—Le traeríamos la cabeza de su prometido y así se persuadiría de su muerte —repuso Kin-Lung—. Prepara tus hombres, mientras hago lo mismo con los míos, y haz cargar tus cañones. Los montañeses podrían sorprendernos conociendo el objeto de nuestro viaje. Supongo que nuestros mensajeros poco tardarán en volver y sabremos las intenciones de la Perla del Río Rojo. Si resiste, recorreremos el país a sangre y fuego, y haremos venir de las islas a todos los «Banderas Negras» y «Amarillas» para que tomen parte en la fiesta.

Los dos capitanes se levantaron y dieron, a sus hombres orden de que desembarcaran y prepararan los campamentos.

Los sesenta bandidos, asegurando sus gigantescas barcas a los troncos más próximos de la orilla y colocando en batería, en los altos picos, sus cañones de calibre de cuatro libras, de modo que pudieran disparar a los dos lados de la ensenada, descendieron a la orilla formando dos campamentos distintos, que reforzaron con troncos de árbol y con montones de espinas, barreras suficientes para detener un asalto de improviso por parte de enemigos semidesnudos y descalzos.

Hecho esto, encendieron inmensas hogueras para secar vestidos y armas, habiendo pasado la noche bajo una lluvia torrencial, y para preparar una modesta comida, que se componía generalmente, pues era gente frugal, de arroz cocido sin sal, mezclado con una salsa compuesta de pececitos y de cangrejos machacados y dejados algún tiempo en remojo con agua del mar.

Los dos capitanes, en cambio, que de momento habían depuesto su rivalidad, se juntaron bajo una tienda roja levantada en la playa, y repartiéronse fraternalmente una gran tortuga cogida en el río, y guisada con su propia salsa, rociándola con abundantes libaciones de arak previamente templado para que adquiriese más fuerza y mejor sabor.

Los dos, sin embargo, parecían inquietos y se levantaban con frecuencia, para inspeccionar el bosque que se extendía ante ellos, escuchando con atención.

—Tardan en regresar nuestros mensajeros —decía insistentemente Sun-Pao, con visible mal humor—. ¿Los habrán asesinado los montañeses?

—Los lanzu son hombres sagrados para todos —respondió Kin-Lung—. ¿Quién se atrevería a poner la mano sobre dos sacerdotes de Gautama?

—¿Y si los tigres, que abundan, los hubiesen devorado?

—Al mío le di un, sable.

—El mío también iba armado.

—Entonces vendrán.

—Ya deberían estar aquí, Kin-Lung.

—¿Y el huracán de esta noche? Se habrán refugiado en cualquier parte esperando que amainase. Y además, el camino es largo.

—Estoy impaciente por saber si vendrá a la cita.

—No se atreverá a rehusar —dijo Kin-Lung—. Lin-Kai no está aquí ya para guiar a sus montañeses y sin aquel capitán, cuyo valor arrastraba a la batalla a los más tímidos, la Perla del Río Rojo no encontraría protectores.

—¿Y después? —preguntó Sun-Pao, mirando de reojo a Kin-Lung.

—Nos la disputaremos nosotros.

—¿Si me prefiere a mí?

—¿Y crees que te la dejaré? —preguntó Kin-Lung, apretando los dientes—. Para ello sería necesario que me matases a mí y a todos mis guerreros. Mientras viva jamás renunciaré a la Perla del Río Rojo.

—Juguémonos la doncella.

—Sí, después que haya elegido.

—La apostaremos a una riña de gallos.

—Prefiero defenderla con las armas.

—¡Calla!

Los dos capitanes se levantaron a un mismo tiempo, mientras sus hombres empuñaban con rapidez las armas, prestos a defenderse contra cualquier ataque de los tonkineses, que no podían ver con buenos ojos a piratas desembarcados en sus tierras.

—Son nuestros mensajeros —dijo Sun-Pao—. Di un gong al mío para que me anunciase su regreso.

Un hombre avanzaba lentamente entre las arecas, los beteles y los cañaverales golpeando, de vez en cuando, una placa de metal que llevaba colgada de la cintura.

Era un hombrecillo grueso que vestía amplia casaca de seda amarilla muy estropeada y enlodada hasta la cintura y que llevaba un sombrero de hojas tejidas en forma de hongo y adornado con perlas azules.

Avanzaba con precaución, golpeando el gong con la mano izquierda y empuñando con la derecha su sable desenvainado.

Por el traje se comprendía que era un lanzu, secta que conquistó, entre los ingenuos y supersticiosos pueblos del Tonkín, la estimación de los poderosos y el respeto del vulgo. Aunque algunos sacerdotes no sean mas que impostores, con la pretensión de adivinar el porvenir y leer el futuro en los astros, curar todas las enfermedades y ejercitarse en toda clase de magia, nadie, bajo ningún pretexto, se atrevería a tocarlos, siendo considerados hasta por el rey como hombres sagrados. Divisando a los capitanes, el lanzu apretó el paso. Cuando estuvo a su lado, Sun-Pao y Kin-Lung observaron que tenía el rostro descompuesto y los ojos dilatados por el terror.

—Sie —dijo Sun-Pao—, pareces asustado.

—Y no sin motivo, señor —respondió el sacerdote—. ¿No ves que vengo solo?

—¿Dónde está Hay, que te di por compañero? —preguntó Kin-Lung.

—Le devoró un tigre, señor, y si me ves aquí es porque Gautama me ha protegido.

—Un bribón menos —murmuró Kin-Lung.

—¿Viste a la Perla del Río Rojo? —preguntó Sun-Pao.

—Sí, anoche.

—¿Qué te dijo?

—Que acudirá a la cita.

—¿La dijiste el objeto de nuestro viaje?

—Sí.

—¿Acepta elegir a uno o a otro?

—No me dijo nada.

—¿Dónde nos espera?

—En la antigua pagoda del Espíritu Marino.

—¿Sola?

—Con la vieja Man-Sciú.

—¿Qué tiene que ver en esto la bruja? —preguntó Kin-Lung con inquietud—. Me han dicho que nos odia y que tiene el espíritu del mal del alma.

—Si nos molesta, le haremos beber el filtro rojo —dijo Sun-Pao—, y la enviaremos a hacer compañía a Lin-Kai.

—¿Sospecha algo la vieja?

—No lo creo —repuso el lanzu.

—¿Sigue llorando a Lin-Kai?

—Si acepta recibiros, quiere decir que ya está tranquilizada o que le ha olvidado.

—¿O es el miedo que le inspiran los guerreros de los «Banderas Negras» y «Amarillas», ahora que Lin-Kai no está aquí para defenderla? —dijo Kin-Lung con triste sonrisa.

—Pueden ser ambas cosas —repuso el lanzu—. Cuando le anuncié vuestra llegada y vuestras intenciones se quedó pálida como un lirio. Sabe lo que son capaces los «Banderas» de las islas, cuando se enfadan. ¿Qué son en comparación los chinos de las fronteras y los tigres del bosque?

—Sie —dijo Sun-Pao—, tú que lees en el porvenir y que mandas, o, por lo menos, adivinas el destino, haz tu profecía y si te es favorable para mí, prometo regalarte un collar de oro.

—¿Qué quieres saber, señor? —preguntó el lanzu mirándole con inquietud.

—Si la Perla elegirá a uno de los dos. Bebe antes una taza de arak para que se te pase el susto, y después profetiza.

El lanzu bebió de un trago el contenido de la taza de porcelana que le presentó un soldado, y después cogió de la cintura tres ramitas, en las cuales había grabados caracteres y signos desconocidos, y los arrojó al suelo, de modo que cayeran uno junto al otro y que se pudiesen tocar alargando la mano. Observó cómo habían, caído, pronunciando algunas palabras entre dientes y después dijo con tono de inspiración:

—La Perla del Río Rojo no se negará a ser la reina de los «Banderas» de las islas.

—¿De qué tribu? ¿De la mía o de la suya? —preguntó Kin-Lung.

El lanzu miró primero a uno y después a otro y viéndoles con las diestras apoyadas en el pomo de las cimitarras, como si fueran a lanzarse el uno contra el otro, y con los ojos llenos de odio, no se atrevió a decidirse.

—La suerte está aún en manos de Gautama —dijo intentando con vaguedad eludir la respuesta peligrosa—. Anoche el cielo estuvo cubierto de nubes, y no pude preguntar a las estrellas.

Salvaba a un tiempo con esta respuesta sibilina su reputación, y evitaba un crimen entre los dos capitanes y sus partidarios, los cuales habían acudido a oír su predicción y tenían las armas preparadas.

Sun-Pao y Kin-Lung se quedaron callados y mirándose de reojo.

—No vales lo que el viejo tha-ybu de la caverna de los salanganas —dijo el primero dirigiéndose al adivino en tono despreciativo—. El al menos, predijo que la reina de las islas será la Perla del Río Rojo y como ves, no se engañó, porque la doncella, en vez de refugiarse en los monasterios septentrionales, se aviene a aceptar la entrevista.

—El tha-ybu de la caverna es más viejo que yo y tuvo tiempo de consultar a los astros —repuso el lanzu con despecho—. Déjame a mi como le dejaste a él, tres noches y te sabré decir a quién elegirá la Perla del Río Rojo.

—No tenemos tiempo que perder, ni deseo permanecer en estos bosques los tres días que necesitas, estando tan cerca la pagoda del Espíritu Marino —dijo Kin-Lung—. ¿Conoces el camino que conduce al templo?

—Sí, señor.

—Guíanos. Te advierto que si has mentido y te has puesto de acuerdo con los montañeses para hacernos caer en una emboscada, te encerraré en la jaula de bambú llena de espinas y te haré colgar del mástil más alto de mi junco.

—Soy lanzu de los «Banderas Negras» y no de los montañeses de Sai-Sing —contestó el adivino.

—Partamos —dijo Sun-Pao—. Tomaremos veinte hombres cada uno como escolta. Los otros quedarán al cuidado de nuestras barcas.

—Estoy dispuesto a seguirte —contestó Kin-Lung.

Los dos capitanes llamaron a sus hombres y separaron cuarenta, procurando elegir los más robustos y los más valientes, no pudiendo predecir lo que iba a pasar y estando ambos decididos a disputarse encarnizadamente, con las armas, la mano de la Perla del Río Rojo.

Formaron dos pelotones y se pusieron en marcha entre plantas gomosas y cañaverales, precedidos por el lanzu y por algunos exploradores, temiendo una sorpresa de los montañeses de Lin-Kai y de Sai-Sing.

El huracán se había hecho sentir formidablemente en aquel bosque, aunque algunos árboles colosos, que alcanzaban alturas extraordinarias, a veces hasta de ochenta metros, hubiesen opuesto resistencia desesperada a los elementos desencadenados.

Todas las plantas jóvenes habían cedido y yacían, por el suelo en indescriptible desorden, formando a veces barreras de troncos que los bandidos tenían que rodear. En su caída habían arrastrado enormes montones de ramas y abatido todos los matorrales que formaban, debajo de los vegetales colosos, como un segundo bosque. Número infinito de aves, palomas, pájaros de pluma de oro, faisanes plateados, pájaros lira y de pico gigantesco yacían aquí y allá, muerto por los árboles caídos o por las plantas, y hasta algún jabalí quedó aplastado bajo el tronco que no pudo evitar.

Los guerreros de los «Banderas Negras» y «Amarillas», aunque iban precedidos por exploradores, avanzaban muy despacio, observándolo todo y congregándose a menor ruido sospechoso. Hasta Sun-Pao y Kin-Lung parecían intranquilos y llevaban desnudas las cimitarras. En aquellos mismos lugares, ya habían experimentado el año anterior una sangrienta derrota que les infligieron los montañeses guiados por el valeroso Lin-Kai y por la Perla del Río Rojo. Era, pues, natural, que temiesen una emboscada, a pesar de las seguridades del lanzu.

Elevaban dos horas de marcha, siempre por en medio del bosque, cuando vieron a los exploradores que regresaban rápidamente con terror vivísimo dibujado en el rostro.

—¿Los montañeses? —preguntó Kin-Lung, deteniendo a los primeros.

—No, señor —respondió el jefe de los exploradores.

—¿Qué nos amenaza? —preguntó Sun-Pao.

—Hemos visto a una mujer que avanzaba hacia nosotros.

—¿Y vosotros, cobardes, huís? ¿Ya no sois los «Banderas» de las islas?

—Puede ser una espía de los montañeses.

—¡Prendedla y decapitadla! —dijo Kin-Lung—. Así no podrá volver a contar a sus compatriotas nuestro avance.

Los exploradores, avergonzándose de haber huido delante de una mujer, se abalanzaron por en medio de las plantas, lanzando alaridos feroces y blandiendo amenazadoramente los cuchillos terribles y los mosquetes, como si tuvieran que combatir contra un enemigo formidable.

Una carcajada estridente, burlona, detuvo bien pronto su empuje. La vieja Man-Sciú se alzó detrás de un matorral, con el cabello en desorden, el manto enlodado, los ojos centelleantes. Aquella figura horrible, con la cabeza gruesa, con la boca contraída que se sonreía, había conmovida profundamente a los guerreros de los «Banderas Negras» y «Amarillas», tan supersticiosos como sus compatriotas los tonkineses de tierra. Se detuvieron titubeando, con las armas en alto, mirando con terror a aquel monstruo que tomaron por el espíritu del bosque.

—¿Qué buscáis? —preguntó Man-Sciú, con voz estridente—. ¿La Perla del Río Rojo? ¿No es verdad?

Los guerreros de los dos capitanes se habían quedado mudos, sin atreverse a dar un paso.

Sun-Pao y Kin-Lung, al verlos quietos, se adelantaron asombrados de que sus hombres, generalmente tan feroces y resueltos, no se hubiesen apresurado ya a cumplir sus órdenes. Al ver a la bruja también se detuvieron ellos, mirándola con inquietud.

—¿De dónde vienes, vieja? ¿Qué haces aquí? —preguntó Kin-Lung.

—Os esperaba —contestó Man-Sciú.

—¿Cómo sabías que habíamos desembarcado?

—Nada puede escapar a Man-Sciú —repuso la mujer, clavando en ambos una mirada aguda como la punta de un puñal—. Vinisteis a buscar la Perla del Río Rojo.

—¿Quién te lo dijo? —preguntó Sun-Pao.

—El Espíritu Marino.

—¿Y él te envía?

—Sí —contestó la adivina.

—Ya sé que eres una bruja que vales más que un lanzu. He aquí una buena ocasión para saber si la Perla me preferirá a mí o a Sun-Pao —dijo Kin-Lung.

—La Perla no dará preferencia a ninguno —contestó Man-Sciú— si antes no interroga al tha-ybu de la caverna.

—¿Conoces a nuestro tha-ybu?

—Acaso —contestó Man-Sciú.

Los dos capitanes palidecieron y se miraron ansiosamente.

—¿Quieres decir que antes de decidirse ha de venir con nosotros a las islas? —preguntó Sun-Pao.

—Es necesario.

—¿Dónde está la Perla?

—En la pagoda del Espíritu Marino.

—¿Y nos espera? —preguntó Kin-Lung.

—Os espera.

—¿Sola?

—Sola —con testó Man-Sciú.

Sun-Pao estaba a su lado.

—Tú, que lees en, el porvenir —la dijo—, dime si ignora lo que le ha sucedido a Lin-Kai.

—Le cree muerto.

—Guíanos hasta donde está la doncella.

—Seguidme —dijo la vieja con su voz estridente.

3. EL ENCUENTRO

LIN-KAI, hijo del mandarín de Seúl, había conquistado desde chico una popularidad inmensa entre los montañeses de Lan Tamp. Hermoso, valiente, atrevido cazador que desafiaba a los tigres del bosque que destruían el ganado de sus compatriotas utilizando un sable sencillo, pronto abrió brecha en el corazón de Sai-Sing, la doncella más hermosa de la región, hija única de un general tonkinés al cual el rey, por los inmensos servicios prestados al país durante la guerra contra los chinos, había concedido el mando del cantón montañés de Seúl.

Lin-Kai y Sai-Sing se amaron de repente con intenso afecto, jurándose amor eterno ante el Espíritu Marino de la pagoda antigua.

Al estallar nuevamente la guerra con China, que ambicionaba dominar el Tonkín, que ya tiempo atrás estuvo bajo su dominio, Lin-Kai se puso al frente de los montañeses, defendiendo valerosamente el terreno e infligiendo al enemigo pérdidas tan crueles que le obligaron a volver a pasar la frontera precipitadamente. Y no fue sólo él quien, en aquella afortunada campaña, recogió laureles: también Sai-Sing obtuvo buena parte.

Aunque muy joven, empuñó la cimitarra de su padre, que cayó en el campo de batalla a los primeros encuentros; combatió al lado del joven con valor desesperado, despertando la admiración no sólo de sus propios montañeses, sino también de los enemigos.

Al terminar la campaña, ambos jóvenes, que ya no podían vivir el uno sin el otro, proclamaron solemnemente sus esponsales, con gran alegría de los montañeses que deseaban la unión del valeroso hijo del mandarín con la Perla del Río Rojo.

Ya todo estaba dispuesto para la boda, que debía celebrarse en la segunda luna de la estación lluviosa, cuando otro enemigo, no menos terrible que el primero, llevó la devastación a su país.

Los «Banderas Negras» y «Amarillas», formidables piratas que vivían de saqueos y rapiñas, habían desembarcado en la bocana del río.

Corrió el rumor de que les movía no sólo el deseo de recorrer a sangre y fuego aquellas regiones para hacer esclavos y recoger espléndido botín. Al abandonar sus islas inexpugnables se decía que sus capitanes, Sun-Pao y Kin-Lung, habiendo oído ponderar la maravillosa belleza de la Perla del Río Rojo y sus hazañas, quisieron apoderarse de ella para convertirla en reina de sus islas, reservándose el derecho de disputársela después entre ellos.

Este rumor era verdad y un pirata, que cayó prisionero en una de las primeras escaramuzas, lo confirmó.

Lin-Kai, que antes de perder su prometida hubiera preferido perder la vida, congregó en torno suyo a todos sus leales y se revolvió como toro herido contra aquellas bandas de piratas que ya habían invadido buena parte del país, destrozándolo todo a su paso y también aquella vez la valerosa muchacha empuñó la cimitarra de su padre.

Larga y sangrienta fue la guerra, porque los dos jefes, aún más obstinados en apoderarse de la doncella después de haberla visto frente a frente y después de haberla podido admirar con sus propios ojos, opusieron en todas partes una resistencia desesperada, haciendo pagar al enemigo muy cara la victoria.

Al fin tuvieron que ceder ante el valor de Lin-Kai y regresar vencidos, pero no escarmentados, a sus islas.

No habían, sin embargo, renunciado a apoderarse de la doncella hermosa; antes bien, la admiración se convirtió en furiosa pasión, muy peligrosa en bandidos de aquella clase. Necesitaban antes apoderarse del rival, el valeroso Lin-Kai, que ya era dueño absoluto del corazón de la Perla y fríamente decretaron su ruina.

No atreviéndose a desafiar por segunda vez su cólera, recordando la terrible derrota, y no queriendo por otra parte descubrirse ante Sai-Sing, encomendaron a unos piratas annamitas la misión de apoderarse del valiente y de llevarle a las islas.

Los bribones, viendo un buen negocio en perspectiva, no se hicieron rogar, tanto más cuanto que deseaban conservar la amistad de los «Banderas», que disponían de gran número de juncos de guerra y de fuerzas poderosas.

Surcando el río en débiles barcas, desembarcaron entre los bosques de las montañas, esperando pacientemente la ocasión propicia para dar el golpe. Y la ocasión no se hizo esperar mucho. Lin-Kai, apasionado cazador, fue sorprendido un día en mitad del bosque, mientras seguía a una pantera negra que había ya herido, y después de una lucha desesperada fue sujetado, embarcado y conducido a las islas.

Los dos capitanes no se atrevieron a asesinar a aquel valiente, que sus propios guerreros admiraban por el valor y el arrojo extraordinario y también ante el temor de que la Perla del Río Rojo hubiese podido saberlo y rechazar sus ofrecimientos.

Y además un hecho extrañísimo vino a librarle de una muerte cierta. El viejo adivino de la tribu, que desde hacía muchos años habitaba la caverna de las salanganas, y al que todos temían, porque se afirmaba que poseía maleficios terribles, al enterarse de la captura del joven tonkinés, se interpuso a su favor, prediciendo que si era inmolado caerían mil desgracias sobre las islas y que los «Banderas» no volverían a alcanzar victoria alguna.

Semejante amenaza sobre gente tan supersticiosa no dejó de producir gran efecto en todos, sin excluir a los capitanes, y Lin-Kai salvó la vida. Para convertirle en un ser inofensivo, los dos miserables le dieron a beber el filtro rojo que debía hacer de él un idiota.

Aunque los piratas annamitas hubiesen actuado prudentemente, el rapto del valeroso tonkinés tuvo un testigo: Ong, el hijo de la vieja Man-Sciú.

Sospechando que en todo ello pudiese existir la mano de los dos capitanes de los «Banderas», el muchacho, que experimentaba un gran afecto por la Perla del Río Rojo, había vigilado a los bandidos, embarcándose en una canoa, siguiendo a distancia sus sampán y llegado a las islas a tiempo de presenciar el infame delito de Sun-Pao y de Kin-Lung.

Un mensajero enviado al Tonkín algunos días después, antiguo prisionero de guerra, había llevado la noticia a Man-Sciú advirtiéndola además de los proyectos de los capitanes.

He aquí por qué la Perla del Río Rojo había acudido a la pagoda del Espíritu Marino, que servía de refugio a la vieja, esperando la llegada de los dos capitanes, resuelta a vengar el atroz tormento que habían hecho sufrir a su prometido, al cual lloró muchísimo, creyéndole muerto.

Cuando Sun-Pao y Kin-Lung, precedidos siempre por Man-Sciú y seguidos por sus guerreros, llegaron a la pagoda, Sai-Sing aún estaba sentada en las gradas de la estatua del Espíritu Marino, custodiada por Ong.

Al ver entrar a los dos capitanes, la doncella se levantó de pronto, apretándose fuertemente el pecho como para contener los latidos anhelantes del corazón, y procurando que su rostro reflejase una calma absoluta. No quería que los dos piratas pudiesen sospechar, ni remotamente, el odio profundo que su alma encerraba.

Los dos capitanes se habían detenido, de común acuerdo, a pocos pasos de la doncella, como si hubiesen, sido fascinados por su belleza. Anteriormente la habían visto al frente de los montañeses que guiaba al ataque, entre el humo de los mosquetes y el tronar de la artillería, pero nunca pudieron, contemplarla tan de cerca, y la encontraron extraordinariamente hermosa.

Sun-Pao, que era más joven y más decidido que Kin-Lung, se acercó a la doncella, diciéndola:

—Los dos capitanes de las islas dan gracias a la Perla del Río Rojo por haber accedido a recibirles. Hemos venido, no como enemigos, sino como amigos. Ya no tenéis nunca nada que temer de nosotros. El hacha de guerra ha sido sepultada y ya no se volverá a desenterrar.

—¿Qué venís a solicitar de la Perla del Río Rojo?

—Sabemos que tu corazón no ama a ningún otro guerrero de tu tribu, que el valeroso Lin-Kai fue asesinado por una banda de miserables annamitas acaso pagados por el gobierno chino, para vengarse de la derrota sufrida el año anterior.

Sai-Sing reprimió difícilmente un gesto de disgusto ante tanto impudor. Hubiese querido desmentir solemnemente a aquel bandido hipócrita; pero una rápida mirada de la vieja Man-Sciú detuvo las palabras dispuestas a escapar de los labios.

—Sí, mi corazón es libre —dijo, después de breves instantes—. Como el hombre que amaba y que había de ser mi esposo ha muerto, quedo libre como antes.

—Dos hombres —prosiguió entonces Sun-Pao—, poderosos ambos, que poseen riquezas y guerreros, que mandan tribus valerosas, que son dueños de islas y de juncos, han fijado su mirada en la Perla del Río Rojo y ambicionan su mano.

—¿Quiénes son? —preguntó Sai-Sing, fingiendo sorpresa.

—Los dos capitanes de los «Banderas Negras» y «Amarillas» que están ante ti —dijo Kin-Lung, adelantándose a su vez.

Después, alzando la voz, continuó:

—Soy hijo de Tuan, el guerrero más intrépido que salió de las tribus de los «Banderas Negras», que llevó sus armas victoriosas hasta las orillas del Río de las Perlas, y que desafió al poderío de los reyes de Siam y de Birmania. Poseo cien cajas llenas de oro y de joyas, tres islas, seis juncos de guerra y me obedecen quinientos hombres. Jamás tembló mi brazo, como jamás tembló tampoco mi corazón, y mí cimitarra es tenida por invencible.

—Yo —gritó entonces Sun-Pao—, soy hijo de los vientos y de las tempestades que me criaron en las playas de mis islas. Tengo riquezas superiores a las que posee el rey de Tonkín en el estanque de los caimanes, tengo tantos juncos, esclavos, guerreros y tierras vastas como Kin-Lung y me llaman el rayo de la guerra. Nadie venció jamás mi brazo como nadie vio tampoco jamás mi espalda, y si la fortuna me fue adversa contra los montañeses es porque Lin-Kai debía poseer algún talismán.

—Sí, hijo de los vientos y de las tempestades —murmuró Man-Sciú sonriendo—. Cantubí ha guardado el secreto.

—¿Sois, pues, vosotros los que ambicionáis mi mano? —preguntó Sai-Sing.

—Y vinimos aquí para que elijas entre mí y Sun-Pao —dijo Kin-Lung—. Serás la reina de mi tribu o de la de mi rival. Esperamos tu respuesta, Perla del Río Rojo.

Sai-Sing miró primero a uno, y después a otro. Si se hubiera visto obligada a elegir, no hubiera vacilado en dar la preferencia a Sun-Pao, más joven y más bello que el bandido Kin-Lung; sin embargo, a aquél era a quien, más odiaba, porque había sido el que había derramado el maldito filtro en los labios del infeliz Lin-Kai.

Era necesario decidirse. Sabía que si contestaba con una negativa los bandidos no hubiesen vacilado en raptarla por la fuerza y en devastar nuevamente el país.

—¿Si eligiese a uno, qué haría el otro? —preguntó—. ¿Se resignaría?

—¡Jamás! —contestaron a un tiempo ambos capitanes.

—Ambos sois fuertes y valerosos —continuó Sai-Sing— y el título de reina de los «Banderas» seduciría hasta a la hija de un rey pero no quiero decidir. Me entrego al destino.

—¿Qué quieres decir, Perla del Río Rojo? —preguntó Kin-Lung, frunciendo el ceño.

—Sé que en una de vuestras islas vive un tha-ybu que sabe leer en el porvenir y su fama llegó hasta mis montañas. Iré a interrogarle y me dirá si Sai-Sing puede ser feliz con Sun-Pao o con Kin-Lung.

Los dos bandidos se miraron con espanto. En las islas, Sai-Sing podía descubrir la verdad sobre la desaparición de Lin-Kai y aquello no les satisfacía mucho a los dos bribones.

—Perla del Río Rojo —dijo Sun-Pao, después de una pausa prolongada—. Vinimos para que te decidieras en el acto. Mi cimitarra está dispuesta a matar a mi rival si es el afortunado, ya que nunca me resignaría a verte mujer de Kin-Lung.

—Y yo —dijo éste haciendo un gesto amenazador— estoy dispuesto a empezar el combate para disputarte a Sun-Pao, en el caso de que le eligieses. Nuestros guerreros tienen las armas y pertenecerás al vencedor.

—Anoche pregunté al Espíritu Marino, protector de mis montañeses y me ha sugerido la idea de ir en busca del tha-ybu, el cual hablará según las inspiraciones que reciba de Gautama. Ambos sois valientes y hasta ahora no prefiero a ninguno. El que Dios me destine será mi esposo, ya que Lin-Kai ha muerto.

—Hubiera preferido que hubieses decidido en el acto —dijo Kin-Lung, mirando ferozmente a Sun-Pao.

—Haré lo que dije —contestó la doncella con energía—. Podéis robarme, si queréis, pero habiendo confiado en vuestra palabra y siendo valientes, espero que respetéis mi decisión.

—La Perla del Río Rojo habló bien —dijo Sun-Pao, que temía a su rival, más fuerte y más membrudo—. El tha-ybu decidirá y nosotros obedeceremos y respetaremos sus decisiones. ¿Cuándo vendrás a las islas?

—Enseguida.

—Pongo a tu disposición mi sampán —dijo Kin-Lung.

—Y yo el mío —agregó Sun-Pao.

—No acepto ni uno ni otro —repuso Sai-Sing—, en el río tengo un pequeño sampán y con él seguiré vuestros juncos. Ong, tú me acompañaras hasta la barra del río. ¡Vamos, Man-Sciú!

Viendo que la vieja se disponía a seguir a la doncella, los dos capitanes pusieron mal gesto.

—¿Por qué llevas contigo a la vieja? —preguntó Sun-Pao, haciendo un gesto de disgusto.

—Es mujer que vale más que tus lanzu —repuso la doncella—. Me acompañará porque la necesito.

—Vamos —dijo Kin-Lung.

Durante aquel coloquio, sus hombres habían improvisado con ramas u hojas un palanquín, adornándolo con las flores rojizas de las peonías.

La Perla del Río Rojo, se sentó, y cuatro robustos guerreros la alzaron poniéndose en camino. Man-Sciú se colocó al lado de la doncella, mientras los dos capitanes la seguían, con la escolta y con el lanzu.

Ni uno ni otro parecían muy satisfechos con aquella decisión que no habían previsto. Como ya hemos dicho, Sai-Sing en las islas constituía un peligro, sobre todo porque iba acompañada por la vieja, que les inspiraba un terror supersticioso. Los dos se arrepintieron de haber dejado con vida a Lin-Kai y de haber obedecido al tha-ybu. Si le hubieran suprimido, todo habría acabado y hubieran podido recibir sin, temor a la doncella. Sun-Pao se acercó a Kin-Lung que parecía aún más descontento.

—¿Qué haremos? —le preguntó.

—Esperaremos la decisión del tha-ybu —contestó el preguntado—. Así tendrás más tiempo para prepararte a la lucha, porque estoy decidido a disputarte la doncella, aunque tuviese que desafiar, las iras de Gautama.

—¿Y no has pensado en que Lin-Kai está en las islas? ¿Sí alguien se lo denunciase a la doncella?

—¿Quién nos impide matarle? El mar es muy profundo en torno de nuestras islas y no restituye las presas que se arrojan a sus abismos.

—Sí, con una piedra grande al cuello —dijo Sun-Pao, como hablando consigo mismo—. Le haremos desaparecer.

Después añadió entre dientes, mirando traidoramente a su rival:

—Y tú también conocerás los abismos de las islas. Si eres más fuerte, yo seré más astuto y más ágil que tú.

4. LAS TROMBAS MARINAS

Era mediodía cuando los dos destacamentos, que ni al regreso quisieron juntarse, como si tuvieran de un momento a otro que luchar, llegaban a las orillas del río en que se habían quedado los dos sampán.

Ong, que les había precedido, llegaba en aquel momento, guiando una canoa que había ido a buscar a una aldea vecina y que debía servir para llevar hasta los juncos a su madre y a la Perla del Río Rojo.

Los guerreros que se habían quedado custodiando los sampán, viendo regresar a los dos capitanes precedidos de la futura reina de las islas, les tributaron un entusiasta recibimiento, pues también ellos dudaron del buen éxito de la expedición y temieron que la Perla hubiese preparado una emboscada para vengar a Lin-Kai.

Sai-Sing, que conservaba una calma que asombraba hasta a la propia Man-Sciú, se acomodó en la canoa de Ong, sobre dos cojines de seda azul, bordados en oro, que los dos capitanes le habían ofrecido y enseguida dio la señal de partir.

La pequeña embarcación, hábilmente guiada por Ong, que como todos los tonkineses era excelente remador, se abandonó a la corriente del río, precedida por el sampán de Kin-Lung y seguida por el de Sun-Pao.

Man-Sciú, tendida a los pies de la hermosa doncella, sonreía maliciosamente, echando de vez en cuando una mirada de odio implacable sobre los piratas de las islas y murmurando en voz baja, amenazas misteriosas.

Parecía satisfecha de aquel desenlace inesperado y dichosa por poder descender por aquel río que debía conducirla al mar, y sonreía, sonreía silenciosamente, mientras por sus ojos negros pasaban relámpagos rápidos.

Habían atravesado la región de los bosques. Las orillas del río descendían rápidamente, descubriendo infinidad de arrozales surcados por canales en que anidaban tropeles de ocas y de patos silvestres y nubes de cornejas blancas.

Todo el Tonkín bajo es un inmenso arrozal, de fertilidad prodigiosa. El arroz es el único producto que se cultiva, siendo el alimento natural y esencial de aquellos pueblos. Se recolecta cada tres meses, y lo hay de muchas clases: blanco, rosado, amarillo y finalmente hasta negro y de sabor exquisito.

Los remadores se esforzaban, por llegar pronto al mar. Los isleños no eran bien vistos por los habitantes de aquellas tierras y siempre temían un ataque.

Hacia la noche, la barra del río se presentó bruscamente, y sobre la superficie tranquila del mar iluminado por la luna, se divisaron los juncos pe guerra de los dos capitanes, con las velas extendidas.

—Ahí están sus navíos —dijo Man-Sciú señalándolos—. ¿Tienes miedo, muchacha?

—No —repuso Sai-Sing, con voz firme.

—Nos conducirán a la isla.

—Y allí veré a Lin-Kai.

—Y sobre todo al tha-ybu —dijo la vieja, con misteriosa sonrisa—. No pronunciará enseguida su fallo porque allí estaré yo. Se trata de ganar tiempo por ahora, para que, ante todo, podamos poner en salvo a Lin-Kai.

—Tiemblo por su vida —dijo la doncella con acento conmovido—. ¿Si Sun-Pao y Kin-Lung le hicieran desaparecer?

—Ong sabe dónde está recluido y velará por él. También yo poseo un filtro y más temible que el de los «Banderas Negras», y Ong lo utilizará para los guardianes de Lin-Kai. Cuando el valiente esté en sitio seguro, y entonces el tha-ybu hablará y veremos a los dos bandidos despedazarse mutuamente. Nos vengaremos, Perla del Río Rojo.

—Dime de una vez por qué odias tanto a los dos capitanes y qué te hicieron.

—Destrozaron mi felicidad como la tuya. Algún día te lo contaré todo.

—¿No tienen los dos capitanes sospecha alguna sobre mis intenciones?

—No dudan que eres valiente y que crees que Lin-Kai fue secuestrado y muerto por los piratas annamitas. Procura no traicionarte o tu prometido está perdido.

—No saldrá de mis labios ninguna palabra comprometedora.

—Y procura sobre todo aparecer tranquila y cariñosa el día en que tha-ybu anuncie sus decisiones.

—¿Conoces a aquel adivino?

Salió un suspiro de los labios de la vieja, suspiro que pareció un gemido sofocado.

—Sí —dijo después—, y si vive Lin-Kai, a él se lo debe.

—¿Por qué se opuso a la muerte de mi prometido? —preguntó la Perla con asombro.

—Porque Ong le habló en nombre mío.

—¿Tienes, pues, alguna influencia sobre el tha-ybu?

—Más de la que te puedes imaginar.

—¿Y dónde viste a aquel hombre?

—No puedo decírtelo. Deja que, por ahora, conserve el secreto yo sola —repuso la vieja—. Has de saber, ante todo, que el tha-ybu recibió el encargo mío de velar sobre Lin-Kai. Todos le temen; creen que puede con una sola palabra desencadenar los vientos y las olas y que manda al destino. He aquí los juncos que se acercan. ¿Cuál escogerás?

La Perla del Río Rojo iba a contestar cuando los dos sampán se colocaron frente a la canoa, obligándola a detenerse.

—Sai-Sing —dijo Sun-Pao—, te ofrezco mi junco, que es el más veloz de cuantos poseen los guerreros de los «Banderas Amarillas».

—Y yo te ofrezco el mío, que es el más sólido de cuantos surcan los mares de la China y del Tonkín —dijo a su vez Kin-Lung.

—Debo ser el preferido —gritó Sun-Pao con voz amenazadora.

—Que la suerte decida —repuso Kin-Lung—; habla tú, vieja, que te tienes por adivina.

Man-Sciú poseía, como el lanzu, las ramitas de caracteres misteriosos. Las arrojó al fondo de la canoa y las contempló atentamente.

—Sun-Pao es el favorito —dijo.

Kin-Lung se mordió los labios hasta hacerse sangre y lanzó sobre el afortunado rival una mirada llena de venganza.

El junco de Sun-Pao se había acercado, echando la escala, y la Perla, ligera como una gacela, subió a cubierta, seguida por la vieja y por Ong. El sampán y la canoa fueron atados a la popa de los dos navíos y los «Banderas» de las islas volvieron la popa a las costas del Tonkín, haciendo rumbo hacia alta mar.

Eran dos navíos hermosos los de los dos capitanes, elegidos entre los mejores que poseían y que hubieran podido ser envidiados por el mandarín más rico del Tonkín.

Tenían proas altísimas que terminaban en dos cabezas de caimanes, esculpidas y adornadas con ricos dorados y anchas popas, cubiertas por un pabellón de seda carmesí con franjas de plata.

Las velas, de seda con rayas blancas y azules, y hasta el cordaje, ofrecían bellísimo aspecto. Si el lujo era deslumbrador, el armamento era formidable, y numerosos cañones y gruesas espingardas mostraban su negra boca por las cañoneras.

Sun-Pao condujo a la hermosa Sai-Sing al pabellón, haciéndola sentar sobre almohadones de terciopelo verde y después dio orden de, echar las cortinas para que pudiera descansar sin, que fuese molestada. Y Sai-Sing que había pasado la noche anterior sin cerrar los ojos, a pesar de sus precauciones, se durmió enseguida.

No lo hizo así la vieja Man-Sciú, que parecía no experimentar la necesidad de descansar. Habiéndose asegurado de que la doncella dormía y de que Ong velaba delante de la tienda, se sentó en la alta proa, hundiendo sus miradas en el horizonte, ansiosa, acaso más que Sai-Sing, por descubrir las islas.

Los marineros, viendo a la bruja contemplar el mar, se apartaron con gran prisa, dominados por invencible terror. Hasta Sun-Pao se mantenía distancia y maldecía de corazón la extraña idea que había tenido la bella Sai-Sing de llevar por compañera a la horrible bruja.

Su instinto le hacía comprender que aquella vieja no podía traerle suerte y la miraba ferozmente. Si no hubiese tenido miedo a algún maleficio, no hubiera dudado en arrojarla al mar, pero, como hemos dicho, aunque era muy sanguinario, no era menos fanático que sus compatriotas.

Los dos juncos, en tanto, continuaban navegando a la vela hacia alta mar, a favor de una fresca brisa que soplaba por poniente y que era favorabilísima para llevarles a las islas.

Silencio profundo reinaba en el mar; no se oía más que el chirriar las velas y el ruido del agua al ser hendida por la proa. Man-Sciú, siempre inmóvil, con el cabello en confusión, caído sobre la espalda, miraba sin cansarse. Sus ojos interrogaban intensamente el horizonte, encendiéndose de vez en cuando con una llamarada siniestra. Profunda arruga surcaba su frente y profunda preocupación alteraba las líneas de su rostro.

—El viento del Sur —murmuraba con los dientes apretados— volverá desencadenarse porque ahora yo descubro el arco, aunque los demás no lo ven. ¿Qué me importan los «Banderas Negras» y «Amarillas»? ¡El mar se los trague a todos! ¡Pero tiemblo por Sai-Sing! ¡Las islas están aún tan lejos! ¡Maldita noche! ¿Nos será fatal? No, el Espíritu Marino nos protegerá.

Se volvió mirando al puente del junco. Los marineros que la observan disimuladamente, como ser maléfico, al ver que se volvía, se retiraron precipitadamente.

Horrible risa apareció en los labios de la vieja.

Alzó el brazo derecho e indicó un punto negro que manchaba el horizonte agrandándose rápidamente.

—Decid a Sun-Pao que sus velas no resistirán al viento del Sur y que no llegará a las islas tan pronto como espera. Lo dice Man-Sciú, la bruja.

—Maldita bruja —murmuraron los marineros palideciendo—. Arrojó algún maleficio al Océano.

Sun-Pao apareció en aquel momento sobre cubierta. Sus ojos expertos de marinero se habían fijado en el punto negro y su frente se oscureció de pronto.

—¿Ves la nube que avanza? —gritó Man-Sciú, acercándose.

El capitán de los «Banderas Amarillas» hizo un gesto afirmativo.

—¿Y el arco negro, lo ves ahora?

—No veo ningún arco —dijo Sun-Pao visiblemente turbado.

—Pero los ojos de Man-Sciú lo ven.

—¿Quién eres tú, pues, que ves lo que los demás no pueden?

—Ya viste que predije el porvenir.

—Y fue a favor mío.

—Sí, por hoy.

—¿Y mañana?

—Acaso sea favorable al otro, Kin-Lung.

Los ojos del pirata despidieron rayos de odio terrible. Giró sobre sí mismo y miró al junco del rival, que navegaba a unos centenares de pasos, siguiendo el mismo camino.

—No está el peligro por allí —dijo la vieja—. Allí donde aparece la nube.

—¿Qué me predices?

—Que no llegarás a las islas.

—¿Y Sai-Sing?

—Ocúpate de tu junco. Ahí tienes la primera ráfaga.

Un repentino golpe de viento cayó sobre el junco, haciendo encorvar bruscamente a los mástiles, mientras el mar, que poco antes estaba tranquilo, se deshacía en olas como si el fondo hubiese sido levantado por una formidable sacudida de terremoto.

Sun-Pao, aunque habituado a luchar contra la furia del océano y de los elementos desencadenados, y marino tan experto como Kin-Lung, se había asustado y había vuelto los ojos inquietos hacia la tienda de seda; debajo de la cual la bellísima tonkinesa seguía durmiendo.

—Haz recoger parte de las velas —le dijo la vieja—. He ahí nuevas ráfagas que vienen. ¡Alerta, marineros! La tempestad será terrible: os lo dice Man-Sciú, la adivina de Seúl.

El huracán estallaba con la fulmínea rapidez propia de las regiones ecuatoriales y tropicales.

Avanzaba la nube con velocidad fantástica, agrandándose y amenazando cubrir toda la bóveda celeste, mientras el mar se encrespaba por momentos, sacudiendo brutalmente a los dos juncos.

Los marineros, que conocen por experiencia el furor de aquellas tremendas tempestades, que, si bien suelen ser de corta duración, desarrollan una furia espantosa, se precipitaron a las maniobras, logrando recoger gran parte de las velas.

Ya era hora. La brisa se había convertido casi de improviso en viento violentísimo y el cielo se puso negro como la noche.

Relámpagos deslumbradores cruzaban por las nubes, seguidos por truenos ensordecedores.

Sai-Sing, despierta al ruido de todo aquel fragor, se presentó en cubierta. La intrépida doncella, sin embargo, estaba tranquila.

—¿Es la tempestad, Man-Sciú? —preguntó a la vieja que se había acercado penosamente.

—¡Sí! —contestó la vieja.

—¡Qué feo está el mar!

—Y aún ha de mostrarse más terrible —dijo Man-Sciú, con voz alterada.

—¿Resistirán los juncos?

—Así lo esperamos.

—¿Están lejos las islas?

—Por lo menos a cien millas y el viento sopla de allí.

—Quieres decir que por ahora no llegaremos.

—Será muy difícil.

—¿No querrá Gautama que le vea? —preguntó la doncella con un suspiro.

No contestó la vieja: escuchaba los rugidos del viento y los mugidos del mar.

—¡Habla, Man-Sciú! —dijo Sai-Sing con angustia.

—Sólidos son los juncos y Sun-Pao y Kin-Lung los mejores marineros de los «Banderas Negras» y «Amarillas» y de todos los tonkineses juntos. Bajemos a la escotilla. Dentro de poco las olas lo barrerán todo. Ong se había reunido a ellas. Hasta aquel valeroso joven parecía algo inquieto por la furia creciente de la borrasca. Sin embargo, para no asustar a la doncella, dijo a su madre:

—Este huracán, durará poco y llegaremos a las islas con poco retraso, bajad. Sun-Pao lo quiere.

Man-Sciú y Sai-Sing obedecieron, refugiándose en el camarote del capitán de los «Banderas Amarillas», que estaba decorado con lujo fastuoso y tenía las paredes y las columnas cubiertas de seda roja con flores amarillas e incrustaciones de oro y el suelo con alfombras bellísimas de mil colores.

La tempestad, entretanto, en lugar de disminuir, aumentaba terriblemente. El mar estaba cubierto por olas de espuma que el viento impulsaba en distintas direcciones.

Relampagueaba y tronaba espantosamente en las nubes, y caían torrentes agua, inundándolo todo.

Los dos juncos luchaban desesperadamente, oponiendo al empuje poderoso de las olas sus flancos macizos y botaban como pelotas de goma, ya subiendo a alturas prodigiosas, ya precipitándose violentamente en los abismos profundos, de los cuales salían con gran trabajo. Sun-Pao, en mitad del puente, ordenaba las maniobras procurando parecer sereno y preguntando frecuentemente a su segundo, marino también muy experto y que hacía muchos años que le seguía en todas las empresas.

—¿Crees que resistiremos, Laos? —le preguntaba a menudo.

—No lo dudo, aunque el viento nos sea contrario —respondía el segundo—. Sólo tengo un temor.

—¿Cuál?

—Que nos arrastre a las islas de Pulo Cóndor en vez de dirigirnos a las nuestras. Ya sabes, capitán, que los escollos son muy numerosos en esos parajes y que difícilmente se pueden evitar.

—Haremos lo posible para evitarlos. ¡Sí naufragase solamente el junco de Kin-Lung!

—Sería una bonita ocasión para librarte de tu rival —dijo Laos.

—Pero el bribón no nos deja y nos sigue de cerca. El maldito teme que huya con Sai-Sing y nos vigila.

—Ya veremos si puede seguir siempre nuestra estela, aunque conduzca su navío con habilidad extraordinaria. Atención, capitán. Veo que empiezan a formarse por allí trombas marinas y temo que vengan hacia aquí.

—¡Trombas! —exclamó Sun-Pao palideciendo—. ¿Será nuestro destino ahogarnos todos? Parece que alguien nos echó algún maleficio.

—La bruja desencadenó los vientos —dijo Laos—, la vi alzar los brazos como invocando la tempestad.

—No tendría interés alguno en hacernos naufragar ahora que llevamos a bordo su Perla del Río Rojo. Ahogándonos nosotros, no se salvarán ellos.

—Es una bruja y no sabemos el poder que posee.

—Supersticiones. No es más que una adivina.

—Sea como sea, lo mejor hubiera sido que no hubiese embarcado. ¡Ahí están las trombas! ¡Atención, Sun-Pao! ¡Tendremos que sudar para evitarlas!

Hacia el Sudeste se habían formado cuatro o cinco columnas de enormes dimensiones que giraban vertiginosamente, revolviendo los mares en una extensión inmensa.

Mientras una extremidad se apoyaba en el agua, el vértice se confundía con las nubes.

Aquellas masas, tan temidas de los marinos porque arrastran en su carrera precipitada los navíos que encuentran, absorbiéndolos y levantándolos como si fuesen, terrones de azúcar, avanzaban rápidamente hacia los dos juncos, soltando de vez en cuando relámpagos deslumbradores.

Al verlas, las tripulaciones de los dos navíos no pudieron refrenar un alarido de terror. Sun-Pao, empero, recobró en el acto su sangre fría habitual y dio algunas órdenes a los dos timoneles.

—¡Bordear! ¡Bordear! —gritó, después, con voz tonante. El junco, no obstante la violencia que había llegado ya al paroxismo, había conseguido tomar nuevamente rumbo hacia el Sur, con la esperanza de librarse del camino seguido por las trombas, las cuales continuaban su marcha levantando olas espantosas.

Muy inclinada sobre un costado por la fuerza del viento que hinchaba enormemente las velas, la nave saltaba y volvía a saltar sobre las ondas, las cuales no le dejaban un momento de tregua, atacándola por todas partes e inundando el pabellón y los demás castillos de popa y proa.

El junco de Kin-Lung no le había, sin embargo, abandonado y se colocó detrás, forzando las velas para seguirles.

Aquella maniobra no debía tener el éxito que esperaban los dos capitanes de los «Banderas Negras» y «Amarillas». Las trombas marinas divididas por un furioso golpe de viento, tomaron diversas direcciones, abarcando un espacio enorme.

No les restaba más que una esperanza: la de intentar el paso por en medio de las trombas, maniobra peligrosísima, porque si en aquel momento alguna hubiese reventado, difícilmente los dos juncos hubieran podido mantenerse a flote.

—Sun-Pao —dijo el segundo, que enseguida se dio cuenta de la inutilidad de aquel esfuerzo— llegaremos demasiado tarde.

—Ya lo veo —repuso Sun-Pao rechinando los dientes y secándose algunas gotas de sudor frío que rodaban por su frente.

—Comprometes la existencia de la más hermosa doncella del Río Rojo.

—¿Qué intentas?

—Pasar entre las trombas.

—¿No ves que no llevan una dirección fija y que el viento las impulsa a un lado y a otro?

—Lo sé. Pero es lo único que podemos intentar. Ahí viene una tromba por nuestro camino. Huyamos o nos la tropezaremos al paso. Sun-Pao dio precipitadamente algunas órdenes.

Los marineros, aunque dominados por vivo terror, movieron las velas, mientras los timoneles daban vuelta fatigosamente a la barra del pesado y larguísimo timón.

El junco viró casi en redondo y cambió de rumbo en el momento en que la tromba más cercana pasaba por estribor, levantando el mar hasta una altura prodigiosa.

Una ola enorme, mejor dicho, una verdadera muralla líquida se arrojó con mil formidables rugidos sobre las dos naves, sepultándolas por breves momentos y arrasando los puentes.

Por un momento creyeron las dos tripulaciones que todo había acabado; pero los robustos juncos habían resistido el brutal asalto y habían salido a flote, aunque con las velas casi destrozadas. Apenas habían los navegantes abierto los ojos, cuando vieron a poca distancia otra tromba que corría rectamente hacia los dos navíos.

Los timoneles, paralizados por el terror, ni siquiera habían oído la voz Sun-Pao.

—¡A estribor! —había gritado el capitán. Acaso aquel grito se confundió con los rugidos del mar.

La tromba, que avanzaba con velocidad fantástica, cayó sobre el junco de Sun-Pao y lo absorbió en su líquida espiral, arrastrándolo en su carrera.

La tripulación se había dejado caer sobre el puente, agarrándose Inesperadamente a los travesaños y al cordaje.

En torno de la nave una espuma blanquísima, que alternativamente se teñía de rojo y de azul debido a los reflejos de los relámpagos que se formaban dentro de la tromba, bailaba desordenadamente.

Mil fragores se sucedían: rugidos, silbidos del viento, estallidos, ya sordos, ya violentísimos, producidos por los rayos que descargaban. El junco giraba siempre por el círculo interior de la tromba con prodigiosa velocidad. Chirriaba su armadura como si fuese a ceder; oscilaban mástiles como si fuesen a caer; la masa entera, ya se levantaba por fuerza misteriosa, se alzaba, entregándose al vacío de la enorme columna, ya volvía a caer pesadamente.

Sun-Pao aturdido por el terror, no tenía ya voz para mandar.

Se había aferrado al puente del castillo de popa y contemplaba con los dilatados por el terror, toda aquella espuma que caía sobre la pobre nave.

¿Cuánto duró aquella carrera vertiginosa? Nadie hubiera podido decirlo: acaso minutos, acaso horas.

Un trueno formidable, seguido de sacudidas violentas que hicieron caer los mástiles, sacó a los marineros de su idiotismo.

Un torrente de agua envolvió durante algunos minutos a la nave, imprimiéndole sacudidas desesperadas, y después cesaron bruscamente todos aquellos siniestros fulgores, y reapareció la espuma.

¿Qué había sucedido? Una cosa sencillísima: La columna de agua se había estrellado contra una roca inmensa que había encontrado a su paso y que se alzaba frente al junco.

El choque fue tan violento que el velero desgraciado, que seguía el movimiento rotativo de la tromba sin lograr salir, no pudo resistir.

Arrojado contra aquella roca, se estrelló y ahora yacía inclinado sobre popa, en medio de un grupo de escollos.

5. EL NAUFRAGIO

Sun-Pao, no viendo ya en torno suyo girar aquellas paredes líquidas, se repuso algo del terror, y bajó del puente, seguido por Laos, dirigiéndose hacia el camarote de popa.

Su primer pensamiento fue para la hermosa doncella del Río Rojo que acaso habría quedado muerta en aquel formidable y repentino choque del junco.

Ni siquiera había intentado tranquilizar a sus hombres, que locos por el terror y creyendo que las olas iban a hundir de un momento a otro la nave, se arrojaban desesperadamente sobre los escollos vecinos en los que los que iban a encontrar la muerte por los incesantes asaltos del mar.

Cuando consiguió entrar en el camarote, vio a Sai-Sing, tendida sobre una alfombra entre los pedazos de la cubierta, que se había hundido por las terribles sacudidas que habían destrozado la nave.

También la vieja Man-Sciú yacía en un rincón con la cabeza ensangrentada al lado de Ong, el cual se debatía bajo un montón de astillas.

—Ocúpate tú de los otros —dijo Sun-Pao a Laos.

—Deja que reviente la bruja —repuso el segundo—. Ella echó el maleficio.

—Silencio. Obedece.

Apartó las astillas y tomó en brazos a Sai-Sing.

La doncella no debía de estar más que desmayada, porque no se veía mancha alguna de sangre ni en el rostro ni en el traje.

—Buda la protegió —dijo el pirata profundamente conmovido—. Procuremos salvarla.

Teniéndola bien apretada contra el pecho, volvió a subir a cubierta seguido por Laos, que llevaba a la vieja, y por Ong que cojeaba.

Una escena horrible se desarrollaba en aquel momento a bordo del junco entre los últimos supervivientes. Los piratas, reducidos a una docena escasa, porque el resto se había estrellado contra la escollera sobre la cual había esperado hallar la salvación, se precipitaban hacia la única chalupa que había en el junco, empeñando una lucha furiosa para disputarse los sitios.

Poseídos de una especie de locura, aquellos miserables, en, vez de unir sus esfuerzos para arrojarla al mar, habían echado mano de los cuchillos y se atacaban como bestias feroces.

—¡Canallas! —gritó Sun-Pao—. ¡Dejad la chalupa! ¿Queréis aniquilaros?

Los bandidos, al oír aquella voz que aún temían, se separaron, pero de pronto un grito salió de sus pechos:

—¡La vieja bruja! ¡Matémosla!

Los más furiosos se arrojaron hacia ella apretando los cuchillos y gritando siempre:

—¡Matémosla! ¡Echó el maleficio sobre el junco! ¡Muera! ¡Muera! Un rayo de ira pasó por los ojos de Sun-Pao.

—¡El que se acerque, muere! ¡Atrás, miserables! Man-Sciú es la protectora de la doncella del Río Rojo.

—¡Son brujas las dos! —gritó una voz.

—Sí, ahoguémoslas a las dos —vociferaron aquellos bandidos, a los cuales el terror había trastornado el juicio—. ¡Al agua las brujas que nos tan traído el naufragio!

Sun-Pao, acostumbrado a ver a sus hombres temblando delante de él, permaneció un momento inmóvil, mirando a aquellos forajidos, creyendo que soñaba. Pero al ver que avanzaban amenazadoramente, dejó en el suelo a la doncella, y empuñó la cimitarra que nunca abandonaba, arma cortante como navaja barbera, de solidez a toda prueba, de hoja pesada Se terminaba en forma de gárgola.

—¿Estáis locos? —gritó—. ¿No reconocéis ya a vuestro capitán y señor? ¡Atrás, canalla…!

—¡Mueran las brujas! —gritaron, por su parte, los piratas—. ¡Venguemos a los compañeros que se ahogaron por culpa suya!

—¡A mí, Laos! —gritó Sun-Pao.

El segundo había dejado a la vieja y había acudido, empuñando también la cimitarra, mientras Ong se apoderaba de un hacha de abordaje que estaba suspendida de un anillo de la muralla.

Los piratas, al verlos avanzar, se detuvieron, vacilando un poco, pero locos de furor y resueltos a todo para alcanzar su intento, se lanzaron hacia adelante, gritando siempre:

—¡Al agua las brujas!

Sun-Pao había lanzado un rugido de fiera.

—¡Ah! ¡Perros! ¡Venid! —gritó—. Ahora os enseñaré a respetar la voluntad de vuestro capitán.

Y se arrojó sobre los rebeldes con el ímpetu de un toro, repartiendo tajos locamente.

En el acto cayeron, dos hombres con la cabeza destrozada, pero los demás, procurando no desafiarle, se habían dirigido hacia donde estaban la doncella del Río Rojo y Man-Sciú, que aún no había vuelto en sí.

Pero encontraron en su camino a Laos y a Ong, los cuales les hicieron frente valerosamente, recibiéndoles a golpes de cimitarra y de hacha.

Rápida y sangrienta lucha se desarrolló en torno de las dos mujeres, entre el incesante romper de las olas que subían a bordo estrellándose contra los torreones.

Los dos jefes de los «Banderas Amarillas» no debían tardar en dar cuenta de aquellos bandidos que no tenían más que cuchillos para oponer a las dos cimitarras, que cortaban y destrozaban brazos y cabezas a cada golpe.

Tampoco Ong, que temblaba por su madre y por la doncella del Río Rojo, perdonaba a los adversarios y luchaba con coraje leonino, ayudando valerosamente a los dos jefes.

Dos minutos después la mitad de los piratas yacían por el suelo, muertos o moribundos, con los pechos horriblemente destrozados y, las cabezas hendidas. Los demás, poseídos de súbito terror, comprendiendo que la lucha iba a ser ya desigual, volvieron las espaldas y se precipitaron a la escollera con la esperanza de llegar a la costa, desapareciendo entre las ondas tumultuosas.

Apenas había cesado la lucha cuando Sai-Sing abrió los ojos. Viéndose tendida junto a todos aquellos muertos se incorporó, dando un grito de horror.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó.

—No te asustes, Sai-Sing —dijo Sun-Pao, arrojando la cimitarra tinta en sangre—. He castigado a unos rebeldes que me han desobedecido. Nada más.

—Ya no veo a ninguno de los tuyos. ¿Murieron todos?

—El mar los ha tragado. ¿No ves cómo ha dejado a mi pobre junco?

—Recuerdo haber oído un gran trueno.

—Era mi navío que se estrellaba contra la escollera. No pudimos resistir el huracán. Pero no temas. El mar se está calmando y estos restos resistirán.

—¿Y Kin-Lung?

—No sé qué puede haberle sucedido. También su junco debe haber sido presa de alguna tromba —repuso Sun-Pao—. Si ha desaparecido no necesitarás elegir y serás la reina de los «Banderas Amarillas» en vez de los de las «Negras».

Sai-Sing se estremeció y no contestó. En aquel momento una voz angustiosa la llamó.

—¡Socorro!… ¿Dónde estoy?

Era la vieja Man-Sciú que volvía en sí.

Ong se apresuró a arrodillarse ante la vieja, restañándole la sangre que manaba de una herida que le produjo en la frente un madero del camarote.

—¿Dónde está Sai-Sing? —preguntó la adivina.

—Pobre Man —dijo la doncella, acercándose presurosa—. ¿Dónde estás herida?

—No es nada —repuso la adivina—. Man-Sciú tiene la piel dura, y además conoce filtros que hacen cicatrizar enseguida las heridas. ¿Hemos llegado a las islas?

—Creo más bien que el huracán nos ha llevado más lejos —dijo Ong— y que tardaremos en llegar. El junco no navega y no volverá a navegar porque está destrozado por completo.

—¿Y Sun-Pao?

—Sube ahora al puente con Laos.

—Man-Sciú —dijo Sai-Sing—, tú que sabes leer en el porvenir, ¿cuál será mi suerte? ¿Volveré a ver algún día a Lin-Kai? Empiezo a tener miedo.

—Tu estrella que estuve contemplando muchísimo rato, brillaba siempre espléndidamente. ¿De qué puedes tener miedo?

—El junco de Kin-Lung ha desaparecido y en lo futuro ya no podré confiar en la rivalidad de los dos capitanes de los «Banderas Negras» y «Amarillas».

—¿Kin-Lung desaparecido? —murmuró la vieja—. ¿Que la tempestad le haya sustraído a tu venganza o la mía? Si hubiese realmente naufragado, nuestra empresa sería muy difícil, pobre doncella del Río Rojo, porque Sun-Pao no tendría obstáculos para hacerte suya.

—¿Y Lin-Kai? —preguntó Sai-Sing, palideciendo intensamente—. Jamás renunciaré al héroe de montaña: prefiero la muerte.

—Aún no hemos llegado a las islas —dijo la vieja—. Acaso haya sido el Espíritu Marino el que haya hecho naufragar el junco para retardar y dificultar los designios de Sun-Pao. Ya sabes que es el protector de nuestros montañeses.

—Y, sin embargo, tengo miedo, Man.

—Por ahora no tienes que temer. En las islas es donde corres peligro de ser la esposa de este miserable pirata. Todos sus guerreros murieron, y Ong no es un cobarde y sabrá defenderte.

—Estoy dispuesto a morir por ti —dijo el hijo de la adivina—; dispón de mi vida.

—Procura no hacerte traición —dijo la vieja—. Ellos deben, ignorar que eres hijo mío.

—Lo procuraré, madre. Además, nunca sospecharon nada y para ellos soy un «Bandera Amarilla», fiel a los capitanes de la confederación.

Mientras cambiaban estas palabras a media voz, Sun-Pao y su lugarteniente observaban desde lo alto del puente la elevada muralla de granito contra la cual se estrelló la tromba y se destrozó la nave. Era una pared monstruosa, que se prolongaba algunas millas, de más de cien pies de altura, con grandes hendiduras de las que salían gruesas raíces que indicaban que sobre la cumbre y sobre la falda opuesta debían pairarse árboles. En la base de aquella formidable barrera había un número infinito de escollos y de peñascos, que se extendían hasta perderse de vista, formando un dique contra el cual se estrellaban los embates del mar que aún no se había calmado.

—¿Será ésta la isla de Pulo Cóndor? —preguntó Laos al capitán de los «Banderas Amarillas», el cual observaba atentamente la muralla.

—Lo supongo —contestó Sun-Pao—, aunque no puedo formarme idea del camino seguido por los juncos.

—¿Qué haremos? Si continuamos aquí, el mar destrozará poco a poco los restos y acabará por despedazarnos.

—Antes de veinticuatro horas no quedará en pie ni un madero de, nuestra nave. Los costados empiezan a abrirse y el agua invade ya la cala.

—Es necesario llegar a tierra.

—Y sin perder tiempo —agregó el capitán que se había quedado pensativo.

—¿Qué haremos para llegar a las islas?

—Eso es lo que no sé todavía. No tengo, sin embargo, intenciones de continuar siempre aquí, aunque esté al lado de la doncella del Río Rojo. No nací para la vida tranquila.

—Y además correrías el peligro de perder tus islas y tus riquezas —dijo Laos—. Kin-Lung, si no ha muerto, no vacilará en apropiárselas.

—Y además en matarme para apoderarme de la doncella que ama tanto como yo.

—¡Maldita vieja! —exclamó Laos con odio—. Fue causa de nuestra desventura. Nadie me quitará de la cabeza la sospecha de que echó un maleficio al mar para impedirte que condujeses la doncella a las islas.

—¿Lo crees Laos?

—Estoy convencido.

—Debemos desembarazarnos pronto de ella. Si no supiese que Sai-Sing tiene una veneración inexplicable por aquella vieja, no la hubiese salvado del furor de nuestros hombres.

—Ya veremos si llega a las islas —dijo Laos en voz baja.

Sun-Pao se encogió de hombros sin contestar y continuó mirando los murallones.

—Es necesario escalarlos —dijo después—. Ahí está nuestra salvación. ¿Oyes cómo el junto sigue abriéndose?

—Sí, se abre.

—No perdamos tiempo, Laos. La doncella del Río Rojo es para mí más preciosa que todos mis juncos y todas mis riquezas. ¿Serías capaz de escalar esas paredes?

—Hay hendiduras y raíces, y me parece que la empresa no es difícil para un hombre robusto y ágil.

—Anudemos una cuerda que llevarás y que te servirá para tirar allá arriba las escalas de cuerda de nuestros mástiles.

Descendieron bajo cubierta y llamaron a Ong para que los ayudase.

Habiendo cuerdas y cables en gran número, la cosa fue fácil. Cortaron después las escalas de cuerda de los dos mástiles, que anudaron sólidamente y que Laos, después de llegar a la cumbre de la montaña debía arrojar para que pudieran subir las dos mujeres.

—Sai-Sing —dijo Sun-Pao cuando acabaron, mirándola apasionadamente—. Estamos preparando tu salvación. ¿Tendrás, miedo de subir hasta allí?

—La hija del guerrero de Seúl no tuvo jamás miedo —repuso la doncella sin levantar la cabeza.

—Eres digna de llegar a reina de los «Banderas Amarillas».

Una sonrisa irónica contrajo los labios de Sai-Sing.

—La corona que me ofreces está muy lejana todavía —dijo.

—Está más cercana de lo que crees y será más valiosa que nunca —repuso el pirata—. Kin-Lung ya no me disputará tu cariño porque me parece que a estas horas es pasto de los peces.

—Pero las islas están muy lejos.

—Sabremos alcanzarlas.

—¿Con el junco destrozado?

—Construiremos una canoa. Sun-Pao es un buen, marinero y se atreve llevarla hasta por el golfo de Tonkín. Laos, démonos prisa.

Habiéndose calmado el mar, ya no había el peligro de ser destrozado por las olas al descender a la escollera, que se prolongaba hasta la base de las gigantescas paredes de granito.

Encargaron a Ong que velase por las dos mujeres; después descendieron al escollo contra el cual chocó el junco, llevando una cuerda suficientemente larga para arrojarla por encima de las rocas.

Aunque no les amenazase ningún peligro, por precaución se habían armado con cimitarras y arcabuces.

Una vez en la escollera, se dirigieron hacia la muralla, en cuya base rompían con ensordecedor rugido, las últimas olas levantadas por la tromba.

Al llegar a la extremidad de la roca se lanzaron sin vacilar al agua, que tenía un metro escaso de profundidad.

Laos, que precedía a Sun-Pao, iba ya a llegar a las paredes de granito, cuando de improviso sintió que le aprisionaban estrechamente las piernas y que le levantaban en alto.

Casi en el mismo instante, siete brazos desnudos, provistas de infinitas ventosas surgieron del fondo, agitándose furiosamente ante Sun-Pao. El lugarteniente había dado un grito terrible.

—¡Socorro!…

Un monstruo horrible, una especie de pulpo de enormes dimensiones, debía de estar escondido en la arena, se alzó bruscamente mostrando una cabeza repugnante, provista de una especie de pico de papagayo y de ojos, amarillentos y saltones, gruesos como el puño de un hombre.

Sun-Pao se arrojó hacia atrás para no ser cogido por aquellos brazos que se agitaban tumultuosamente, intentando apoderarse de otra presa. Sin embargo, empuñó la cimitarra para librar a su desgraciado lugarteniente que se revolvía desesperadamente, gritando con voz angustiosa:

—¡Socorro!… ¡Sun-Pao!… ¡El monstruo me ahoga!

El capitán de los «Banderas Amarillas» tronchó en redondo con un golpe de cimitarra, uno de los tentáculos, después un segundo y después tercero.

Por otra parte, aquellos brazos eran fáciles de romper, porque esos monstruos del Océano, que se llaman cefalópodos y que se asemejan a los pulpos, formados por una materia gelatinosa que tiene poquísima consistencia y no encierra hueso alguno.

El gigantesco pulpo, dominado por el dolor, aflojó el tentáculo que sujetaba a Laos y volvió su furia contra el capitán de los «Banderas Amarillas», el cual, animado por el éxito, continuaba descargando golpes furiosos para cortar los demás tentáculos. Se levantó sobre sus brazos mutilados, saliendo completamente fuera del agua, y lanzándose contra él, intentó al propio tiempo asustarle con sus grandes ojos amarillos.

Desgraciadamente para él, no tenía un enemigo solo que combatir.

Laos, que no había experimentado más que una presión un poco fuerte y leves heridas producidas por las ventosas, se puso con rapidez en pie y le atacaba con tanta furia como Sun-Pao.

Bajo aquella lluvia de golpes que le destrozaban y que lo mutilaban atrozmente, el cefalópodo comprendió enseguida que no hubiera podido resistir mucho tiempo.

Con los tentáculos que aún conservaba levantó una ola monstruosa y espumosa y aprovechándose de la momentánea impresión de sus dos adversarios, desapareció entre las arenas del fondo, dejando tras de sí un olor fortísimo de almizcle.

—Desapareció —gritó Laos, cuando la ola hubo pasado—. ¡Qué momento! Creía que había llegado mi última hora.

—¿Estás herido? —preguntó Sun-Pao.

—Me dejó un fuerte escozor en, las piernas; pero nada más. No tuvo tiempo el monstruo de desangrarme con sus ventosas. Debió enviármelo, sin duda, la maldita vieja.

—¿Quién, Man-Sciú?

—Sí, capitán —dijo Laos apretando los dientes—. Desde que la vieja está con nosotros, nos ocurren todas las desgracias. Acabaré por estrangularía.

—Acaso no tenga culpa alguna y la acuses equivocadamente.

—No, Sun-Pao; echará maleficios en todas partes para impedirte que sea tuya la doncella del Río Rojo y para guardarla para Lin-Kai.

—La doncella y también la vieja deben estar convencidas de que ha muerto.

—¿Y si nos engañásemos? Es muy astuta Man-Sciú y temo que sepa demasiadas cosas.

—¿Dices?…

—Que no se ha tragado la historia que le hicimos contar por nuestro lanzu.

—Si tuviese alguna prueba de que Man-Sciú emplea maleficios contra mí para impedir que sea mía la doncella del Río Rojo, no la perdonaría —dijo Sun-Pao en tono amenazador—. Pero dejemos a la vieja y empieza a subir por esta muralla.

—¡Ojalá llegue arriba! —murmuró Laos—. La bruja es capaz de hacer que se desprenda una roca y que me caiga en la cabeza.

6. EL CRIMEN DEL LUGARTENIENTE

El segundo del capitán de los «Banderas Amarillas», aunque cerca de cuarenta años, era hombre todavía agilísimo, no tan robusto como Sun-Pao, pero capaz de emprender cualquier escalo por peligroso que fuese.

Rodeándose en torno de la cintura las cuerdas que debía arrojar después para levantar la escala de cuerda, comenzó a subir, aferrándose a las hendiduras de las rocas, que eran muchísimas, y a las raíces que crecían la abundante cantidad.

Las paredes no presentaban inclinación alguna, y sin embargo, aquel demonio de hombre ascendía rápidamente, como si fuese un mono, aprovechando todas las asperezas para encontrar un punto de apoyo.

De vez en cuando, fragmentos de roca se desprendían a sus pies o desmenuzaban entre sus dedos; pero después de breve vacilación, Laos continuaba ascendiendo, confiando en sus fuerzas y en su audacia.

Habían transcurrido apenas dos minutos, cuando se encontró a pocos metros de la parte superior del acantilado. Comenzaba a ver algunas plantas cuyas ramas se presentaban casi a nivel de la roca, cuando se dio cuenta que encima no había raíces ni hendiduras que pudiesen servirle ara salvar el último tramo.

—¿No conseguiré llegar? —murmuró—. Si no llego todo ha acabado para nosotros. ¿Y las cuerdas no me han de servir para nada? Encima una rama bastante fuerte para soportar mi peso. Todo depende de la solidez de este punto de apoyo.

Miró donde ponía el pie. Era una cornisa pequeña, hendida, de medio pié escaso.

—¿Resistirá? —se preguntó—. Así lo espero, con tal que la bruja no haya lanzado a estas rocas el maleficio que echó al mar.

Para mayor precaución, se agarró a una rama que surgía de una hendidura y después, con la mano derecha, cogió las cuerdas y las lanzó a lama, que se hallaba a tres metros sobre su cabeza, aquella maniobra, fácil para un marino, tuvo un éxito completo. El extremo de la cuerda, después de haber dado vuelta a la rama, volvió a caer en las manos del pirata. Este tiró con todas sus fuerzas y, ya seguro de la solidez de la planta, se dispuso a izarse.

Iba a alzar el pie cuando la cornisa se derrumbó cayendo con gran estrépito.

El pirata lanzó un grito.

—¡La vieja bruja!… ¡Demasiado tarde por suerte mía! Ya sabía que me ibas a jugar esta mala pasada. No sería un «Bandera Amarilla» si no te hiciera dar una voltereta. ¡Espera, vieja Man-Sciú!

Quedó suspendido por las cuerdas. Permaneció un momento inmóvil para reponerse de la terrible impresión y después, aferrándose a la cuerda con suprema energía, comenzó a subir y llegó felizmente a la cumbre.

Como se había imaginado, la parte superior del murallón estaba cubierta por una vegetación áspera, compuesta de plátanos, palmeras y árboles de hierro.

Pero aquella zona era limitadísima, no teniendo más que unos cincuenta metros de largo a lo sumo. Al otro lado se abría otro abismo espantoso, en cuyo fondo se divisaba un bosque inmenso, compuesto de árboles gigantescos, probablemente tecas y tamarindos.

Laos se inclinó durante algunos minutos hacia el borde del abismo, mirando el paisaje que se extendía basta perderse de vista, con bosques, colinas y ríos.

—Esta isla debe de ser la de Pulo Cóndor —murmuró—. Con una chalupa podemos llegar a las islas. ¡Qué abismo más espantoso!… ¡Qué bien estaría en él la vieja bruja!… ¡Ya verás qué vuelo emprendes, vida mía! ¡Ah! ¡Quisiste hacerme estrellar contra los escollos!… ¡Yo te romperé la crisma entre las ramas de esos árboles!

El bandido, que ya experimentaba un odio terrible contra la desgraciada, a cuya maldad atribuía todas las desgracias ocurridas al junco y a su tripulación, volvió al lado opuesto del muro que caía sobre el mar.

El junco no se había hundido aún, a pesar del continuo asalto de las olas. Sobre cubierta se veía a Sai-Sing, al lado de Man-Sciú y de Ong y sobre la escollera a Sun-Pao que estaba preparando la escala de cuerdas.

—¡Echa la cuerda! —le gritó el capitán de los «Banderas Amarillas» al verle reaparecer.

Laos ató un extremo de cuerda al tronco de una palmera y echó el otro al vacío. Minutos después retiraba la escalera de cáñamo que aseguraba a otro tronco más fuerte.

—¡Haz subir a la vieja! —gritó Laos—. Será la primera en probar la solidez de la escalera.

Sun-Pao hizo con la cabeza una señal afirmativa. Volvió al junco, cogió en sus brazos a Man-Sciú y la llevó a la escollera, diciéndole irónicamente:

—Sube primero. Tú que eres adivina, debes saber si llegarás arriba sin peligro.

—Man-Sciú te probará que es digna de la doncella del Río Rojo y del capitán de los «Banderas Amarillas» —contestó la vieja.

Se aferró a la escala y comenzó a subir, mientras Ong llevaba a Sai-Sing a la escollera.

El lugarteniente del capitán de los «Banderas Amarillas», que había ya formado su plan la esperaba como un tigre en acecho. Sonrisa feroz crispaba sus labios.

—Sube, sube —murmuraba—, para dar después un salto hermoso. ¡Ah! ¿Echar maleficios a todo? Yo veremos si eres capaz de salvar tu esqueleto viejo.

Man-Sciú, a pesar de su edad avanzada, seguía subiendo sin demostrar cansancio ni experimentar vértigo.

Cuando llegó a la cumbre de los peñascos, Laos la tendió ambos brazos y la levantó.

—Tienes todavía músculos fuertes —la dijo—. Debes ser una bruja de veras.

—No, soy adivina.

—Lo mismo da —dijo el miserable sonriendo—. Ven al otro lado de la roca y verás un panorama encantador.

—Espera que suba Sai-Sing.

—No lemas por ella. Sun-Pao la ayudará. Ven a ver.

Man-Sciú no se movió; había descubierto en los ojos del pirata un relámpago que traicionaba sus feroces intenciones.

—Espera que suba Sai-Sing —repitió con mayor energía—. Me interesa más la muchacha que el panorama.

Comprendió el bandido que la vieja no se fiaba de él. Se inclinó sobre el abismo y vio a Ong subir por la escala.

Apenas había subido los primeros escalones y ascendía lentamente. Tomó de pronto una determinación.

—Sí, esperemos —dijo intentando sonreír—. Ayúdame a mantener recta la escalera.

Man-Sciú, que comenzaba a serenarse, obedeció y se inclinó sobre la cuerda. De pronto sintió que la sujetaban y que la levantaban en alto, mientras una mano le tapaba la boca, impidiéndola gritar.

El miserable la había cogido y la llevaba hacia el lado opuesto del istmo, sujetándola con todas sus fuerzas.

—¡Ya no echarás más maleficios al mar, vieja bruja! —gritó.

Man-Sciú se debatía desesperadamente y procuraba apartar de su boca la mano que la sofocaba para pedir auxilio, pero el pirata era de fuerzas extraordinarias.

Al llegar a la orilla del abismo, que se abría al lado opuesto del murallón, se había inclinado para arrojar a la vieja contra los árboles que se veían en el fondo, cuando lanzó un agudo grito de dolor.

Man-Sciú, que había conseguido alejarle la mano que le cerraba la boca, le había apretado los dedos con sus agudos dientes intentando tronchárselos.

El dolor experimentado por el lugarteniente de los «Banderas Amarillas:» fue tan intenso, que le obligó a doblegarse.

Aquel mordisco inesperado y las contorsiones de la vieja, le hicieron perder el equilibrio.

Un grito horrible se escapó de su boca: caía al abismo con su víctima.

Durante algunos instantes, aquellos cuerpos rodaron juntos por el vacío, apretados uno a otro, después se separaron y desaparecieron entre árboles que cubrían el fondo.

Cuando Ong llegó a la cumbre de la alta muralla, se quedó profundamente sorprendido al no ver ni al lugarteniente de Sun-Pao ni a su madre poco antes, mientras ascendía, había visto juntos.

Creyendo que hubieran ido en busca de fruta, habiendo plátanos a poca distancia, no se preocupó mucho por el momento, no sospechando remotamente lo que había pasado en la orilla opuesta de la enorme escollera.

—Ocupémonos de Sai-Sing —dijo—. Pronto volverán con una buena cantidad de plátanos y acaso de cocos.

La doncella del Río Rojo estaba ascendiendo. La hija del héroe de Seúl subía tranquila, sin la menor vacilación, dando pruebas de fuerza y agilidad extraordinarias que le hubieran envidiado algunos marineros, después subía Sun-Pao, llevando tres mosquetones, buena provisión de pólvora y de balas y la cimitarra.

El pirata seguía ansiosamente con la vista a la valerosa doncella, admirando su sangre fría y su valor. Sai-Sing era digna de convertirse en reina de los «Banderas Amarillas».

Cuando la vio alcanzar la cumbre y saltar ágilmente sin necesitar ayuda de Ong, el pirata apresuró la subida, llegando poco después que ella a la orilla del murallón.

—Sai-Sing —la dijo—, te admiro. Ninguna muchacha del Tonkín sería capaz de imitarte.

La prometida del infortunado Lin-Kai contestó con sonrisa casi desdeñosa:

—¿Y Man-Sciú? —preguntó—. ¿Dónde está que no la veo, Ong?

—Habrá ido con Laos a buscar fruta para regalártela —contestó el joven.

Sun-Pao, al oír aquella contestación y no viendo ni al lugarteniente ni a la bruja, experimentó un sobresalto. No había olvidado los feroces propósitos de su segundo y sospechó que se hubiese aprovechado de aquella ocasión para suprimir a la desgraciada Man-Sciú con objeto de impedirla que echase nuevos maleficios. Sin embargo, ocultó su pensamiento y se limitó a decir a Sai-Sing:

—Les encontraremos. No pueden haber ido lejos.

—Les oiríamos, capitán —dijo Ong con terror—, pero no resuena ninguna voz humana entre estas plantas. ¿Les habrá sucedido alguna desgracia?

Sai-Sing miró a Sun-Pao, pero el capitán de los «Banderas Amarillas» estaba tan tranquilo que alejó toda sospecha.

—Busquémosles —dijo la doncella.

Se metieron, debajo de las plantas llamándoles en voz alta, sin obtener respuesta. Aquel silencio aterró a la doncella del Río Rojo.

—Si estuvieran vivos se verían —exclamó con profunda angustia—. ¿Tal vez les haya sorprendido y devorado alguna fiera?

—Se vería sangre, y además es imposible que hayan sido devorados en dos o tres minutos —dijo Ong.

—Sun-Pao —dijo la Perla del Río Rojo, lanzándose hacia él y mirándole fijamente—. ¿Qué piensas de esta desaparición misteriosa? Habla, capitán de los «Banderas Amarillas».

El pirata, que parecía muy preocupado y que hacía unos minutos se había inclinado hacia el abismo, como si hubiese adivinado que su lugarteniente y la vieja debían estar debajo de aquellos árboles inmensos, horriblemente destrozados, se estremeció por segunda vez e intentó sustraerse a la mirada interrogadora de la muchacha.

—No sé qué decirte —balbució—. Busquemos más. —¿Buscar? ¿Y dónde? ¿Con qué motivo se habían de alejar sabiendo que nosotros estábamos subiendo?

—Entonces ha sucedido alguna desgracia.

—¿Y si se hubiera cometido un delito? —preguntó Sai-Sing violentamente.

—¡Un delito!… —exclamó Sun-Pao, fingiendo gran sorpresa—. ¿Qué dices, muchacha?

—Tus hombres temían a la vieja Man-Sciú y la odiaban considerándola bruja.

—Mis hombres eran estúpidos y saben cómo los he tratado cuando querían arrojarse sobre Man-Sciú para matarla, ¿es verdad, Ong?

—Sí, tú y tu lugarteniente la defendisteis —repuso el joven.

—¿Por qué suponer entonces que Laos se ha deshecho de tu protectora? El no era supersticioso y no creía en los maleficios. Debe de haber sucedido una desgracia. ¡Ah! Mira, Sai-Sing, si me he engañado.

Sun-Pao se había inclinado vivamente hacia el abismo señalando una huella profunda que parecía reciente.

Algunas piedras habían rodado y se veían ramas de un matorral que crecía al mismo borde del abismo y que estaba destrozado.

—¡Los desgraciados se han precipitado al abismo! —exclamó estremeciéndose—. La tierra faltó a sus pies y cayeron juntos.

Sai-Sing exhaló un grito de horror mientras el pobre Ong prorrumpió en sollozos.

—¡Muerta!… ¡Man-Sciú muerta! —exclamó la doncella.

—Es imposible que se hayan salvado —dijo Sun-Pao fingiendo emoción—. Una caída desde treinta metros sobre aquellos árboles.

—Vamos a buscarla, Sun.

—No será cosa fácil —repuso el pirata.

—Tenemos la escala.

—No es bastante larga. Acaso encontremos algún sendero que nos permita descender al valle; pero no esperemos encontrar vivos ni a Man-Sciú ni al lugarteniente. Ong, ve a buscar las armas y municiones e intentemos descender. ¡Eh! ¡Muchacho! ¿Amabas tanto a la vieja que así iras? No suelen llorar los «Banderas Amarillas».

—La muerta era…

Iba a agregar: «Mi madre» pero se contuvo a tiempo y añadió:

—La amiga de la Perla del Río Rojo.

—También yo lo siento —dijo Sun-Pao, fingiéndose conmovido—. ¡Pronto! ¡Ve a buscar las armas!

Mientras Sai-Sing, dominada por el dolor, puesto que amaba profundamente a la vieja que le había dado tantas pruebas de afecto y devoción, lloraba silenciosamente, sentada bajo un plátano, el capitán de los «Banderas Amarillas» examinaba atentamente el fondo del abismo, preguntándose si habían rodado juntos por casualidad o a consecuencia de alguna lucha terrible.

Sus ojos expertos notaron enseguida que la hierba que crecía junto al tajo aparecía aplastada y en algunos sitios destrozada.

—La vieja arrastró a Laos —murmuraba—. ¡Estúpido! Hubiera costado tan poco hacerla rodar sola al abismo. No era ningún gigante aquella mujer. ¡Ahora sí que estamos en un apuro! Era muy hábil para construir canoas y nos hubiera prestado un gran servicio. ¡Mil veces idiota! Yo no le había dicho que matara a la adivina. Si se ha roto la crisma, tanto peor para él.

Ong volvía en aquel momento, trayendo las armas y las municiones. El joven ya no lloraba, pero en sus ojos brillaba una llama feroz, porque había adivinado en parte lo que había sucedido.

—Ven, Perla del Río Rojo ■—dijo con voz triste a la muchacha—. Un día vengaremos, no sólo a Lin-Kai, sino también a mi madre. Calla; y si también tú tienes sospechas, disimula.

—¿La han matado, verdad? —preguntó la doncella.

—No estoy seguro; silencio.

Sun-Pao se acercaba a ellos.

—Vamos, Sai-Sing —dijo—. Deseo aclarar este misterio y si Man-Sciú ha muerto, sustraerla, por lo menos, al pico de los cuervos y a los dientes de las fieras.

La doncella se levantó sin contestar. De su rostro había desaparecido toda huella de emoción.

Sun-Pao contempló durante algunos instantes la cumbre de la enorme muralla y después se puso en marcha.

Había observado que hacia el Sur declinaba rápidamente y que, por lo tanto, era probable que se encontrase por aquella parte algún sendero que permitiese descender al valle.

La cumbre del murallón, que tendría una longitud de veinticinco o treinta metros, estaba cubierta de plátanos, de mangostanes y de espesos matorrales, por en medio de los cuales circulaban grandes papagayos verdes y rojos y tucanes de enormes picos.

Sun-Pao, que caminaba aprisa, llegó pronto a un lugar, en que se abría un profundo canalón que debió de haber sido socavado por la lluvia y que permitía descender al valle.

—Apóyate en mí y descendamos —dijo a Sai-Sing.

La muchacha obedeció.

El pirata, que era fuerte y agilísimo, comenzó a descender agarrándose a las ramas, seguido de Ong, el cual también ayudaba a la Perla del Río Rojo.

Media hora después llegaban felizmente al valle.

Allí árboles enormes, calambrucos, se erguían formando con su espeso follaje una bóveda casi impenetrable a la luz del sol.

Silencio profundo reinaba bajo aquellos colosales vegetales. No se oía ni cantar un pájaro ni moverse un insecto.

—¡Qué lugar tan triste! —dijo Sun-Pao.

—¿Dónde habrá caído la pobre Man-Sciú? —preguntó Sai-Sing.

El pirata alzó la vista a la pared rocosa y dijo después:

—No nos hallamos más que a trescientos o cuatrocientos metros del lugar del que cayeron, precipitados. Sigamos la pared y encontraremos sus cadáveres.

7. EL ORANGUTÁN

Se habían puesto en camino, avanzando con precaución, y con armas en la mano por temor a algún ataque imprevisto.

Todas las islas de los mares del Tonkín están muy pobladas de tigres, panteras y sobre todo de serpientes, en su mayor parte venenosísimas, y Sun-Pao, más que los otros, lo sabía por lo cual avanzaba con gran prudencia.

Y no se equivocaba. Entre las hojas secas y los matorrales se veían huir serpientes de piel amarilla con manchas negras, con una cabeza gruesa, y Sun-Pao sabía que eran peligrosísimas.

Eran cobras, los reptiles más venenosos que se conocen, que matan al hombre más robusto en menos de un minuto y cuya mordedura no puede curarse, por no haberse encontrado todavía antídoto alguno eficaz.

Y no eran los únicos. Otros se veían colgando de las ramas, esperando que pasase alguna presa, para apoderarse de ella.

Eran los pitones, monstruosas serpientes que, aunque no venenosas, tienen fuerza para estrangular entre sus anillos a un buey o a un caballo.

Durante diez minutos Sun-Pao y sus compañeros rodearon el murallón, abriéndose paso con gran dificultad entre los arbustos que crecían copiosísimos entre los árboles. De pronto el primero se detuvo bruscamente, diciendo:

—¡Los buitres! ¡Mala señal!

Siete. u ocho grandes pajarracos, negros, se habían levantado de un espeso matorral alzando rápidamente el vuelo y ocultándose entre las amas de un árbol.

—Sí, mala señal —repuso la doncella suspirando—. No se presentan más que donde tienen cadáveres que devorar. ¡Pobre Man-Sciú! Ahora que he perdido la esperanza de encontrarla viva. Se dirigieron apresuradamente al matorral.

—¡Laos! —había exclamado Sun-Pao, apartando las ramas. El lugarteniente de los «Banderas Amarillas» yacía junto al tronco de un sambas, sobre algunas ramas rotas que debió haber desgajado en su caída.

El miserable había quedado en un estado fatal. Tenía los miembros rotos, el cráneo destrozado y le faltaba ya gran parte de la piel del rostro, arrebatada, sin duda, por los buitres que habían huido hacía poco. Sai-Sing no había podido contener un gesto de horror y había vuelto lirada a otro sitio.

—¡Qué caída! —dijo Sun-Pao—. Si mi lugarteniente ha sido reducido a este estado miserable, es imposible que Man-Sciú haya podido salvarse. ¡Qué imprudentes! ¿Qué motivo tenían para acercarse tan al abismo?

Sai-Sing y Ong lanzaron sobre el pirata sus miradas llenas de odio.

—Busquemos a Man-Sciú —dijo la doncella, con voz casi imperiosa.

—No debe de estar lejos —repuso Sun-Pao—. Ayúdame a buscar Ong.

Dieron la vuelta al árbol; después extendieron sus investigaciones, buscando hasta por en medio de los matorrales, sin resultado alguno.

Después de media hora pudieron convencerse de que Man-Sciú no había caído en aquel lugar.

—No sé explicarme esta desaparición —dijo Sun-Pao a Ong—. Si cayeron juntos, debían encontrarse a poca distancia uno de otro, a no ser que la vieja haya precipitado traidoramente a mi lugarteniente y después haya huido. En tal caso, me las pagará la bruja.

—¿Cómo? ¿Man-Sciú asesinar a Laos? —exclamó Ong con indignación—. ¿Por qué?

—¡Qué sé yo!

—Lo más posible es que Laos haya sido quien intentase arrojar a Man-Sciú y que en la lucha hayan caído juntos.

—Ahora pregunto yo: ¿por qué?

—Por miedo de que le echase algún maleficio.

Sun-Pao se encogió de hombros y dijo:

—¿Se la habrá llevado alguna fiera? No puedo explicarme su desaparición de otra manera.

—Sai-Sing no dejará estos lugares sin haber encontrado el cadáver de su compañera.

—La doncella hará lo que yo quiera —dijo el pirata con tono amenazador—. Aquí no está Kin-Lung para defenderla ni tampoco; sus montañeses. No tenemos tiempo que perder y deseo cuanto antes regresar a mis islas.

—¿Y con qué?

—Ahuecaremos el tronco de un árbol y construiremos una canoa. En ocho días podemos terminarla. Volvamos y dejemos a la vieja que se entierre sola si no ha encontrado ya cómoda sepultura en el vientre de un tigre.

Ong, al oír aquellas palabras, había levantado rápidamente el mosquete que tenía en bandolera, pero en aquel mismo instante, bajo la bóveda verde se oyó retumbar un alarido espantoso, seguido de un grito de mujer.

Sun-Pao dio un salto.

—¡Sai-Sing! —gritó.

Una vez medio sofocada, la de la doncella, le contestó:

—¡Socorro!

—¡Han raptado a la Perla del Río Rojo! —gritó Ong. Sun-Pao se había ya lanzado apresuradamente entre los árboles, cargando el fusil.

Los gritos de la doncella se seguían oyendo, pero cada vez más débiles.

Sun-Pao y Ong corrían como si tuvieran alas, dispuestos a desafiar cualquier peligro con tal de arrebatar la doncella a la fiera que la había sorprendido y robado.

En un espacio que estaba casi libre de árboles vieron a un mono gigantesco que huía rápidamente, estrechando entre sus brazos velludos a la pobre muchacha.

Era más alto que un hombre, con pelaje bermejizo, espalda anchísima y brazos enormes.

—¡Un mías! —gritó Sun-Pao que había ya visto otras veces a los terribles monos que son el terror de todos los isleños de los mares de Tonkín y de la Sonda.

El enorme cuadrúmano, viéndose perseguido, se detuvo un momento, como si se preparase a hacer frente a los enemigos.

Era espantoso: con el cráneo deforme, la faz saliente, la nariz aplastada y la boca, que le llegaba de oreja a oreja, armada con una dentadura formidable.

Con la mano izquierda que tenía libre, se golpeó furiosamente el pecho, que resonó como un bombo y después prorrumpió en un alarido ronco que repercutió por todo el valle.

Sun-Pao había apuntado el fusil; pero Ong se apresuró a desviarle puntería.

—Si yerras, destrozarás a la doncella —le dijo—. Y además podías herirla.

—Ataquémosle con las cimitarras —gritó el pirata que parecía profundamente conmovido—. ¡Ah! ¡Pobre Sai-Sing! ¡Adelante, Ong, destrocémosle!

El mías no les esperó. Al verlos avanzar con las cimitarras, reanudó la carrera, llevando siempre bien sujeta a la muchacha, que ya no daba señales de vida, y se dirigió hacia un grupo de altísimos calambrucos.

—¡Ong, huye! —gritó Sun-Pao.

—Sigámosle —repuso el hijo de la adivina—. No dejemos que mate a la Perla del Río Rojo.

El cuadrúmano, que daba saltos inmensos, no tardó mucho en alejarse.

En pocos minutos llegó a los árboles y cogiendo la rama más gruesa con la mano izquierda, sirviéndose hasta las de los pies, se puso a escalar con rapidez prodigiosa, sin dejar a la muchacha, que debía de estar desmayada.

Cuando Sun-Pao y Ong llegaron a los árboles, el monstruo se había escondido ya tras el espeso follaje.

—Fusilémosle —dijo Sun-Pao, que estaba pálido como un muerto—. Los mías son terribles y acaban por estrangular a las mujeres que raptan. Si Sai-Sing muriese, ya no tendría objeto para mí la vida.

—¿Y si la hieres? —preguntó Ong, que estaba tan asustado como el pirata.

—Procuraré saltarle la tapa de los sesos al monstruo. ¿Le ves?

—No.

—Estemos alerta y, en cuanto le veamos, hagamos fuego. Procura herirle en el corazón.

—¡Pobre Sai-Sing!

—¡Calla! ¿Le oyes? Debe de haberse escondido entre las ramas.

—No me atrevo a disparar, capitán.

—No es momento de vacilar. Si no eres cobarde, dispara.

—Tiemblo ante la idea de herir a la doncella del Río Rojo —dijo Ong con angustia.

—Si los brazos te tiemblan, déjame a mí —repuso Sun-Pao—. El capitán de los «Banderas Amarillas» no sufre alteraciones de nervios. Si no podemos salvarla, por lo menos la vengaremos.

Se acercaron a los árboles y miraron atentamente entre el follaje, procurando descubrir al mono monstruoso.

El gigantesco cuadrúmano lanzaba de vez en cuando su grito espantoso. En aquel momento se oía el ruido de las ramas que desgajaba y que chocaban pesadamente contra el tronco sonoro del calambruco antes de caer al suelo.

Sun-Pao, desesperando descubrirle entre el espeso follaje del árbol, se puso a examinar atentamente cada rama.

A pesar de su sangre fría, de pronto se estremeció.

—Le veo —dijo en voz baja—, está casi a veinticinco metros de altura y me parece que está herido. ¿Le habrá herido Sai-Sing, antes de dejarse robar? ¡Valerosa muchacha! Pero me parece que no debe de estar herido gravemente porque no está debilitado. A ver si consigo alejarle y que deje a su víctima.

—¿No temes aumentar su cólera sin la probabilidad de matarlo? —preguntó Ong que temblaba por la vida de la doncella.

—Procuraré herirle en el corazón —repuso fríamente el capitán de los «Banderas Amarillas»—. Mi escopeta es de buen calibre y con la carga de pólvora que le he metido sería muy desgraciado si no le matase enseguida.

Después, con calma, de que hubiese estado orgulloso un inglés, alzó lentamente su fusil y miró a través del espeso tejido de ramas y hojas.

Sea que el enorme cuadrúmano hubiese huido rápidamente, sea que Sun-Pao hubiese perdido el punto de mira, la escopeta continuó muda.

—¿Se habrá escondido? —murmuró Sun-Pao—. No le veo ya.

—¡Socorro! ¡Socorro! —gimió en aquel momento una voz lastimera, con horrible expresión de angustia.

Sun-Pao y Ong se estremecieron.

—Capitán —dijo el hijo de Man-Sciú—, Sai-Sing vive todavía; matemos al monstruo horrible.

—Eso quiero —contestó Sun-Pao—. Daría parte de mi sangre por salvarla. ¿Comprendes cómo amo a la Perla del Río Rojo? Si no acierto a descubrirle subiré por el árbol y le atacaré con mi cimitarra, pase lo que pase.

De pronto vio el follaje agitarse con violencia y oyó distintamente crujir las ramas.

Sun-Pao no vaciló. Una detonación formidable, seguida inmediatamente por un alarido espantoso, resonó como un trueno, y fue repetido por el eco de los bosques.

—¡Herido! —exclamó Ong, montando su escopeta y pasándola al jefe de los «Banderas Amarillas».

Una caída fulminante sucede al feroz lamento; después aparece un cuerpo peludo que resbala, rueda, cae de rama, en rama, pero aferrándose a todos los obstáculos para retrasar la caída. Es el mías, herido gravemente, sin duda, pero terrible aún.

Consigue detenerse en una rama oblicua, pone los pies en otra lateral contempla durante algunos instantes, con ojos negros y llameantes de rabia, a sus enemigos.

No está más que a seis o siete metros de altura.

Sus mandíbulas enormes, de grandes dientes amarillos, tiemblan violentamente.

Gesto bestial contrae su faz, monstruosa caricatura del rostro humano. De su garganta salen, con alaridos formidables que parecen, emitidos por una garganta de metal, hilos de sangre espumosa, y en lo alto del pecho, hacia la izquierda, en la dirección del corazón, sale un caño rojo que le cae como lluvia sobre el vello.

Haciendo un esfuerzo supremo intenta lanzarse a tierra, tal vez para hacer pagar cara la victoria a sus enemigos.

Desgraciadamente, se oye un grito de terror.

Sai-Sing, que había sido depositada sobre dos gruesas ramas, al volver sí, quiso levantarse en vez de estarse quieta.

El mías, viéndola tan cerca, presa de súbita cólera, en lugar de saltar tierra, se volvió contra su víctima, lanzando un alarido cuya intensidad sería imposible describir.

Sun-Pao, que había apuntado ya con la escopeta que le había preparado Ong, hizo fuego por segunda vez.

El proyectil hirió por segunda vez al mono gigantesco, no en pleno pecho, sino en la cara, rompiéndole una mandíbula, pero no consiguiendo detenerle.

La desgraciada Perla del Río Rojo estaba perdida. El monstruo se apresuraba ya a apresarla de nuevo, cuando sonó otro disparo. Ong, que había cargado apresuradamente el mosquete, hizo fuego de nuevo.

El mías fue herido esta vez bajo el sobaco y la bala le pasó de parte a parte, atravesándole el corazón.

Se vio al monstruo estirarse en toda su longitud, vacilar un instante, estrechar entre sus enormes manos el pecho deforme y sanguinolento, y caer al suelo, donde quedó inmóvil, después de haber exhalado un sordo quejido.

—¡Muerto! —gritó Sun-Pao, destrozándole el cráneo con un tremendo golpe de cimitarra.

Ong, que había arrojado el fusil, se lanzó hacia el árbol cuyo tronco estaba rodeado por fina red de plantas parásitas.

Casi tan ágil como el mono gigantesco, comenzó a subir y consiguió llegar pronto a las dos ramas entre las cuales Sai-Sing, desmayada por segunda vez con la emoción, había caído.

Por suerte, las dos ramas eran tan fuertes y estaban tan unidas que consiguieron detener a Sai-Sing en su caída.

El hijo de Man-Sciú la ató con una larga faja de seda roja y la deslizó mansamente a tierra, donde Sun-Pao la esperaba con los brazos abiertos.

La doncella estaba pálida como una muerta, pero no parecía haber sufrido herida alguna.

Sin embargo, su ropa había sido destrozada por las uñas del monstruo.

—Agua, Ong —dijo el pirata, sensiblemente conmovido.

—Oigo por allí el rumor de un arroyo —repuso el hijo de Man-Sciú, indicando el extremo del valle.

—Ven.

Apoyó contra el pecho a la doncella y partió a la carrera, seguido de Ong que llevaba las dos escopetas.

Un cuarto de hora después llegaban a una cascada pequeña, que se precipitaba en un hoyo amplio, rodeado de espesas plantas.

Ong sumergió su sombrero de paja en el agua fresca y limpia y después roció el rostro de la doncella.

Bastó aquella impresión de frío para hacerla abrir enseguida los ojos.

Viéndose en brazos de Sun-Pao se ruborizó, después palideció y haciendo un esfuerzo para librarse de aquel abrazo, dijo:

—No… no necesito ayuda. La emoción ha pasado.

—¿Estás herida, Sai-Sing? —preguntó presuroso el jefe de los «Banderas Amarillas».

—No —contestó secamente la doncella—. ¿Habéis matado al monstruo?

—De tres tiros.

—¡Qué horrible era! —murmuró Sai-Sing que aún se estremecía.

—¿Te sorprendió?

—Sí, mientras estaba recogiendo plátanos. Cayó sobre mí tan de repente que no me dio tiempo a huir.

—Debía de estar emboscado en algún árbol —dijo Ong.

—Y esperó a que os alejarais para apoderarse de mí.

—Estos monos colosales son temibles —dijo Sun-Pao—. Raptan con frecuencia a mujeres hasta en nuestras islas, donde no faltan, a pesar de la caza incesante que dirigen contra ellos mis hombres. ¿Puedes andar, Sai-Sing, o quieres que te lleve?

—Sabré ir sola. ¿Dónde vamos?

—Deseo llegar a la playa más cercana para emprender enseguida la construcción de una canoa. Ya estoy harto de esta isla aunque sólo estemos en ella hace unas horas.

—Sí, debemos ir a las islas —dijo Sai-Sing como hablando consigo misma.

Estuvo un momento inmóvil, como preocupada; después dijo de pronto:

—¿Y Man-Sciú?

—No hemos encontrado nada —repuso Sun-Pao—. Supongo que algún tigre se habrá llevado su cadáver.

Sai-Sing contuvo un sollozo y dijo después con voz seca:

—Vamos.

Sobre el bello rostro brilló un momento una impresión tan extraña que Sun-Pao se sorprendió.

—¿Qué tienes, Perla del Río Rojo? —le preguntó—. ¿No te encuentras bien?

—No, estoy algo emocionada. Este valle me da miedo. Reanudaron la marcha, yendo uno detrás de otro, delante Sun-Pao y detrás Ong.

Los bosques se sucedían a los bosques, y siempre tan espesos que en muchas ocasiones tuvieron precisión los náufragos de abrirse paso a golpes de cimitarra.

Hacia mediodía llegaron de pronto a la orilla del mar. Allí la playa no era muy alta ni rocosa, descendía suavemente, cubierta toda de arena y de las grandes conchas que tanto abundan en aquellos parajes y que son tan deliciosas como nuestras ostras.

—Acamparemos aquí, mientras encontramos otro refugio —dijo Sun-Pao—. Los árboles están a poca distancia del mar y no tendremos dificultades para derribar uno y construir una buena piragua. Dentro de una semana podremos embarcarnos y regresar a las islas. Ong, recoge conchas, mientras yo busco fruta.

8. LA CAÍDA DE MAN-SCIÚ

Cuando la vieja Man-Sciú, después de la espantosa voltereta sobre el abismo, volvió en sí y abrió los ojos, se sorprendió al encontrarse aún en este mundo y no en el de Gautama, el dios de los tonkineses.

Realmente no podemos decir que se encontrase bien. Sentía los miembros casi destrozados y en el cerebro extraño zumbido cómo si centenares y centenares de moscones girasen por dentro del cráneo.

Breves momentos la pobre vieja, aunque tenía los ojos abiertos, permaneció inmóvil, preguntándose si aún estaba viva o muerta y contemplando a su alrededor con verdadera ansiedad.

Cerca se divisaban vagamente las copas de altísimos árboles y se oían en el aire unos chillidos ensordecedores que tan pronto se acercaban como se alejaban.

Convencida por fin de que no estaba muerta, se decidió a hacer algún movimiento y vio debajo un nido de pájaros, de tamaño de los tordos, con plumas verdes y pico casi tan grande como el cuerpo, de color amarillo, que lanzaban chillidos furiosos y que intentaban picarla.

—¿Pero estoy realmente viva? —se preguntó por centésima vez, pareciéndole imposible, que después de aquella terrible caída, no se hubiese hecho pedazos contra las ramas de los árboles que había divisado al fondo abismo—. Y, sin embargo, vivo. Ahí encima está la cumbre de la montaña… ahí el valle… aquel miserable me arrojó. ¿A qué milagro le debo la vida?

Miró a los pájaros que no cesaban de girar a su alrededor, intentando herirla rabiosamente con sus gruesos picos como si quisieran disputarla, con valor digno de éxito mayor, el puesto que ocupaba.

—Si no me equivoco, son tucanes republicanos —murmuró Man-Sciú—. Pero ¿dónde me encuentro? ¿Qué me ha sucedido? ¡Ah! Sí; Laos, el infame lugarteniente de Sun-Pao… recuerdo la lucha… la caída… oí su alarido… juntos nos precipitamos en el abismo… me parece que tengo los huesos rotos… ¿Y estos pájaros que intentan sacarme los ojos? Afortunadamente hacen más ruido que daño.

Intentó levantarse y consiguió sentarse sobre una especie de plataforma, formada por ramas sutiles magistralmente entrelazadas.

—Es un nido —murmuró.

Haciendo fuerzas con los brazos, consiguió sentarse, y solamente entonces se dio cuenta de que su traje estaba manchado con una especie de emplasto amarillo y pegajoso.

—Cualquiera diría que caí sobre centenares de huevos —dijo Man-Sciú—. Gautama me ha protegido. Ahora comprendo todo: caí en un nido de tucanes republicanos, y esta plataforma de ramas flexibles, por casualidad extraordinaria, me ha salvado.

La vieja adivina no se engañaba. Por una casualidad, verdaderamente milagrosa, inaudita, providencial, entre su cuerpo, precipitado desde lo alto del murallón por el lugarteniente de los «Banderas Amarillas», y el suelo, se había interpuesto un nido. ¡Y qué nido!

Era una inmensa red formada con ramas finas y magníficamente entretejidas, de más de seis metros de longitud, ligeramente cóncavo en el centro.

Eran tales la solidez y resistencia de los matorrales que lo formaban que aquel extraño nido aéreo no había sufrido en lo más mínimo por la caída de la vieja Man-Sciú.

Como es natural, los huevos, a excepción hecha de algunas docenas, habían sido aplastados y su contenido había embadurnado a la adivina desde los pies a la cabeza.

Aquel nido no tenía nada de extraordinario. Como algunos pájaros brasileños, especialmente los tordos tejedores, los tucanes republicanos de las islas tonkinesas y malacas son eminentemente sociables y buscan la compañía de sus congéneres, congregándose en tropeles numerosísimos, lo cual no tendría nada de particular si su sociabilidad no produjera resultados curiosos.

Comprendiendo aquellos pájaros, al menos instintivamente, los beneficios de la asociación desde los múltiples puntos de vista de seguridad, de trabajo, de la subsistencia, forman verdaderas colonias en las que todo es común. Maravillosamente disciplinados, no conocen rivalidad de ninguna especie y juntos trabajan en la construcción de sus colosales nidos.

Hay que verles afanados en buscar los materiales necesarios, en recoger plantas y ramas que después entrelazan y juntan con habilidad y paciencia infinita, formando enseguida una ciudadela que resista valerosamente a las más formidables tempestades ecuatoriales.

Después de aquel trabajo en común, se dedican a poner huevos. Mezclados éstos, confundidos en medio del nido, son incubados por cuadrillas que se relevan mientras otras cuadrillas van en busca de alimento.

Cuando nacen los pajarillos son nutridos fraternalmente por las madres, que demuestran a todos, sin distinción, idéntica ternura.

Aquel maravilloso nido, pues, que tendría unos quince metros cuadrados de extensión, había salvado de modo milagroso a la vieja Man-Sciú, mientras el lugarteniente de los «Banderas Amarillas» iba a estrellarse, contra las ramas de los árboles primero, contra el suelo después.

Los tucanes, furiosos por la devastación de su nido, gritaban desesperadamente, intentando hacer escapar a la intrusa, pero como la vieja sabía que aquellos pájaros, a pesar de sus picos enormes, son inofensivos, no les hacía caso.

Después de comprobar, con visible satisfacción, que, salvo alguna desolladura o contusión, no tenía ningún miembro roto, se sentó.

El sol estaba a punto de ponerse tras los bosques, y en el valle no se oía rumor alguno.

—Debo de haberme quedado desmayada lo menos doce horas —murmuró—. ¿Qué habrá sucedido entretanto a Sai-Sing, a mi hijo y a Sun-Pao? ¿Habrán venido a buscarme? ¿Cómo se habrán explicado mi desaparición y la del miserable Laos? ¡Asesino!…, Supongo que te habrás destrozado contra algún árbol. Voy a intentar descender y buscar a mi hijo. Encontraré algún camino que me llevará a la cumbre del murallón. Tal vez estén allí todavía.

Se alzó apartando con la mano los tucanes que continuaban volando u alrededor ensordeciéndola; sorbió apresuradamente algunos huevos y después se arrastró hasta el borde del nido.

Por suerte, aunque el árbol era alto, no era muy voluminoso, al menos debajo de la copa.

Cabalgó sobre el borde del nido, agarró una de las ramas que lo sostenían y se dejó deslizar hasta el tronco, llegando felizmente a tierra, intentó dar algunos pasos, y comprobó con satisfacción que podía manejarse admirablemente.

—Intentaré ante todo llegar a la cumbre del murallón si es posible, Si no encuentro sendero alguno, saldré del valle y procuraré llegar a la playa.

La vieja, que poseía energías extraordinarias, recogió del suelo una gruesa rama para defenderse de cualquier ataque posible de alguna serpiente y se puso valerosamente en marcha.

Avanzaba penosamente, mientras el sol se ponía, dando vueltas en torno a los enormes troncos de los calambrucos.

¿Adónde iba? No lo sabía, porque estaba completamente perdida.

Había recorrido unos cincuenta metros cuando tropezó en un cuerpo peludo que yacía junto a un espeso matorral.

—¡Un mías! —exclamó después de haberlo examinado atentamente—. ¡Está muerto! ¿Quién puede haber herido a este mono gigantesco que vence al tigre y rompe las mandíbulas de los cocodrilos?

Se inclinó sobre el monstruo que estaba manchado de sangre y, a los últimos resplandores del crepúsculo, vio dos agujeros bastante visibles.

—Estos agujeros están producidos por balas de fusil —murmuró Man-Sciú—. ¿Habrá sido muerto por Sun-Pao y Ong? Recuerdo que llevaban escopetas. Entonces es que han venido a buscarme. Pero ¿cuándo?, y ¿dónde estarán ahora? ¿Se habrán dirigido hacia el mar? Intentemos por lo pronto salir de este valle. Una ascensión a la otra orilla de la muralla sería demasiado peligrosa con esta oscuridad.

Reanudó la marcha, mirando atentamente a derecha e izquierda, temiendo verse atacada de improviso por alguna fiera o por algún mías.

Avanzaba, evitando los obstáculos que entreveía vagamente, sin poder determinar su naturaleza, pero que se agrandaban en su imaginación, y a los cuales daban proporciones enormes sus ojos cansados.

Aunque la adivina era valerosa, poco a poco se sintió invadida por vago terror; el terror irracional, lógico por otra parte en el valle salvaje y tenebroso, que en ciertos momentos se apodera hasta del hombre más audaz, el pánico contra el cual a veces viejos soldados no pueden reaccionar.

Man-Sciú hubiera querido apretar el paso… correr… pero ¿a dónde ir?

Y, sin embargo, no se paraba sino breves instantes para volver a emprender la marcha a tientas, titubeando, como alucinada.

De pronto una imprevista y aguda detonación la detuvo. Había estallado detrás de ella, a pocos pasos de distancia. Se volvió, aterrada, creyendo tener a su espalda al lugarteniente de los «Banderas Amarillas», librado acaso de la muerte por un milagro semejante al suyo.

Con asombro no vio a nadie ni percibió el olor de la pólvora.

—¿Qué habrá sido? —se preguntó, desconcertada.

Permaneció inmóvil durante algunos minutos, mirando a los árboles. No oyendo ningún ruido después, avanzó algunos pasos.

Y resonó entonces una segunda detonación, después una tercera y finalmente otras varias.

Era un fuego graneado, sin relámpagos ni truenos; eran golpes sordos, sofocados, como de mina que estalla.

Asustada primero, confundida después, Man-Sciú se puso a buscar la causa misteriosa de aquellas detonaciones y se dio cuenta de que caminaba sobre gruesas protuberancias de color indefinido y de forma esférica.

Soltó la carcajada. Eran bongos enormes que, al ser tocados por su falda, estallaban como si encerraran una bomba.

Aquel fenómeno no tenía nada de extraordinario. En los bosques tonkineses se encuentra a menudo aquellos hongos colosales que pertenecen a la especie de los amonios.

Es sabido que los órganos reproductores de los criptógamos son corpúsculos denominados esporas, que saltan, en el momento de la madurez, de la envoltura que los encierra.

En los hongos tonkineses la salida de los granos fecundos se opera por expulsión.

Las esporas, al madurar, hinchan la envoltura membranosa que los encierra, hasta hacerla estallar, ya espontáneamente, ya por efecto de un rozamiento cualquiera.

Habiendo rozado Man-Sciú, sin darse cuenta, uno de los hongos, determinó la rotura de su envoltura.

La detonación hizo vibrar las capas de aire cercanas, y otros criptógamos, situados a poca distancia, al roce del aire estallaron también.

La vieja adivina, después de conocer la causa de aquellos disparos que tanto la habían asustado al principio, tardó poco en reanudar la marcha, resuelta a llegar hasta la playa.

Poco a poco el fondo del valle comenzaba a elevarse en suave pendiente.

Los calambrucos y los helechos fosforescentes desaparecían. El suelo era menos húmedo, y comenzaba a ser rocoso.

Los árboles eran menos corpulentos y menos abundantes, y la oscuridad menguaba, mientras el aire, mefítico en un principio, se hacía más respirable.

Man-Sciú, que había caminado durante tres o cuatro horas, estaba a punto de dejarse caer al pie de un árbol para reposar algo, cuando de pronto vio enfrente, a poca distancia, brillar dos puntos luminosos fosforescentes.

Una forma oscura, casi imprecisa, había salido de un matorral espeso y se había parado a pocos pasos de distancia, lanzando un sordo rugido. La vieja, aterrada, se apoyó en el tronco de un árbol y levantó una rama para empuñarla, esperando asustar a aquel animal que parecía resuelto a cerrarle el paso.

—¿Será un tigre o una pantera? —se preguntó con profunda angustia.

La fiera no se había asustado ante los molinetes que Man-Sciú hacía describir al bastón; por el contrario, se recogió sobre sí para saltar mejor. Loca de terror la pobre mujer comenzó a gritar:

—¡Socorro!… ¡Socorro!

El eco de los bosques cercanos contestó únicamente a aquel llamamiento.

La fiera, tigre, pantera o lo que fuese, conservaba una inmovilidad amenazadora, mirándola siempre con, los ojos fosforescentes y lanzando, fe vez en cuando, ronco rugido.

La desgraciada vieja, paralizada por el terror, no tenía ya fuerzas para huir.

Miraba a la fiera con ojos dilatados por el terror, apretándose convulsivamente contra el árbol. De pronto el animal saltó. Man-Sciú se sintió derribar, coger por el vestido y después ser arrastrada en una carrera desenfrenada a través del bosque tenebroso. ¿Cuánto duró aquella carrera? No hubiera podido decirlo.

Dos disparos que repercutieron en sus oídos la hicieron volver en sí. Abrió los ojos y vio a la figura que huía lanzando roncos rugidos.

Después dos hombres armados con escopetas salieron de los matorrales uno de ellos lanzó un grito de estupor.

—¿Estoy borracho o tengo la vista mala?

—Que Gautama me mate si ésta no es la vieja Man-Sciú.

—Sueñas amigo.

—Mira.

—¡Por mil tiburones, Man-Sciú!

Los dos cazadores se habían inclinado sobre la vieja adivina que aún estaba atontada por el terror y la habían levantado.

Uno, cogiendo el frasco que colgaba de su cintura, le acercó a los labios de Man-Sciú, vertiendo en su boca algunas gotas de su contenido.

—Bebe, vieja —dijo—. Esto te sentará bien y te dará fuerzas.

La adivina bebió algunos sorbos, después apretó con la mano el frasco, murmurando:

—Basta,… gracias, muchachos.

—Tienes la piel dura, Man-Sciú —dijo el que la había dado de beber.

—Y mucha suerte —apoyó el otro—. Sin nosotros, la pantera te hubiera devorado. ¿Pero cómo te encuentras aquí? ¿Y Sun-Pao? ¿Y la Perla del Río Rojo?

Man-Sciú les miraba a los dos sin contestarles.

—¿Quiénes sois? —preguntó finalmente.

—Hombres de Kin-Lung.

—¿No murió vuestro capitán?

—Está más vivo que tú.

—¿Dónde está?

—Acampado cu la playa.

—Llevadme a él.

—¿Puedes andar, vieja? —preguntó el hombre del frasco.

—La pantera no me ha mordido —repuso Man-Sciú—. Me agarró únicamente por el traje.

—Entonces, síguenos y demos gracias a Gautama por haberte protegido. Si la pantera me hubiese atacado a mí, por lo menos me hubiera triturado una costilla. El campamento está cerca: Mira las luces que brillan allí.

9. LA TRIBU DE LOS «BANDERAS NEGRAS»

Diez minutos después, Man-Sciú y sus salvadores llegaban al campamento de la tribu de los «Banderas Negras».

Aquellos piratas más afortunados que los de Sun-Pao, no habían naufragado, como había supuesto Sai-Sing, porque allí estaban todos, sentados en torno de dos hogueras gigantescas.

Ni el junco parecía que hubiese sufrido sensiblemente, porque Man-Sciú lo divisó en la playa, con los mástiles enteros y las velas, enormes arrolladas en torno de las antenas.

Sin embargo, debía de estar encallado en algún bajo, a juzgar por la inclinación de su casco.

La aparición de Man-Sciú, que los «Banderas Negras» creían a su vez que se habría ahogado, produjo gran sorpresa entre los acampados.

¿Cómo pudo la vieja librarse del naufragio, si ellos vieron al junco preso entre las espirales de la tromba marina?

Kin-Lung, que estaba cenando en una tienda, tan ponto como se enteró, salió precipitadamente. Su primera pregunta fue:

—¿Dónde está Sai-Sing? ¿De dónde vienes? ¿Cómo te encuentras aquí?

—Comprendo que te asombres —repuso Man-Sciú—. Creías que nos habíamos ahogado todos, ¿verdad?

—Vi vuestro junco girar entre las columnas de agua. Tenía por fuerza que considerarlo perdido. ¿Pero dónde está Sai-Sing? Habla, Man-Sciú ¿Vive aún?

—Sí.

—¿Y Sun-Pao?

—También.

El capitán de los «Banderas Negras» rechinó los dientes.

—Creí que se habrían ahogado. Alguna vez me lo encontraré entre los pies, ¿dónde está?

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes? —preguntó Kin-Lung con sorpresa—. ¿No estabas con ellos?

—Sí, mientras estuvimos en el junco; pero después…

—Vieja Man-Sciú, dime lo que ha sucedido; explícate si no quieres probar el filo de mi cimitarra.

—Dame antes de comer, porque estoy desfallecida de debilidad y de emociones.

—Ya comerás después, bergante —dijo el pirata con voz amenazadora.

Man-Sciú, que sabía de lo que era capaz aquel devastador de los mares, no se hizo repetir dos veces la orden, y le contó lo mejor que pudo, lo que había sucedido en el junco de Sun-Pao desde el momento en que fue envuelto por la tromba marina.

—¿De modo que Sun-Pao no tiene ya guerreros? —preguntó Kin-Lung con alegría.

—Uno: Ong.

—Un muchacho que nos estorbaba poco. ¡Ah, querido Sun-Pao, te cogeré a Sai-Sing! Y ya veremos si será la reina de la tribu de los «Banderas Amarillas». ¿Y dónde crees tú que se encuentran ahora?

—No lo sé —repuso Man-Sciú.

—No será difícil encontrarles —dijo Kin-Lung como hablando consigo mismo.

—¿Quieres apoderarte de Sun-Pao? —preguntó la vieja.

—Y llevarle prisionero a las islas.

—¡A tu hermano de armas!…

—Es mi rival.

—¿Y crees que los «Banderas Amarillas» le dejarán en tus manos?

—Se someterán a mí, no lo dudes.

—¿Y si Sai-Sing prefiriese a Sun-Pao?

—Entonces le mataría, y así no tendría que escoger —contestó fríamente Kin-Lung.

—Pero sabes que el destino de Sai-Sing depende de lo que diga el tha-ybu, y el gran adivino aún no ha interrogado a los astros.

—El tha-ybu dirá lo que me convenga a mí si aprecia en algo su vida.

Man-Sciú sintió que un estremecimiento frío le recorría todo el cuerpo.

—Ve a comer, vieja. Mañana me guiarás al valle. Descubiertas las huellas de Sun-Pao le seguiremos hasta que le encontremos.

—¿Tu junco no ha sufrido mucho? —preguntó la vieja.

—Las olas lo arrojaron contra aquella playa abriéndole la quilla y varándolo. Mañana por la tarde lo pondremos a flote y podremos volver a partir. ¿Creíais que nos habíamos ahogado?

—Sí.

—Y nosotros os creíamos a todos muertos. Nunca me hubiese consolado si hubiese sucedido semejante desgracia a la Perla del Río Rojo. ¿Qué hubiera sido mi vida sin ella? Pero ahora la doncella me pertenecerá para siempre.

—Si Sun-Pao te la deja.

—Ahora ya no le temo —dijo Kin-Lung—. Antes de que el sol de mañana se ponga estará en mi poder, y antes de cuarenta horas no existirán en las islas más que «Banderas Negras». Ve a comer y a descansar.

Man-Sciú fue a sentarse junto a una hoguera.

Comió lentamente la cena que le ofreció uno de los piratas, y después, haciéndose un ovillo, escondió la cabeza entre las manos, mientras los «Banderas Negras» se echaban sobre la arena de la orilla, estando ya la noche muy avanzada.

Cuando el sol despuntó, Man-Sciú estaba aún sentada en la misma postura cerca de la hoguera, que se había ya extinguido.

¿Había dormido o había meditado durante toda la noche?

Nadie podría decirlo.

Al oír la voz imperiosa y áspera del capitán de los «Banderas Negras», se levantó vivamente.

Veinte hombres, casi la mitad de la tripulación del junco, armados con escopetas y cuchillos, estaban dispuestos a partir para sorprender a Sun-Pao y arrebatarle la doncella del Río Rojo.

—¿Qué te han dicho los astros, vieja? —preguntó Kin-Lung—. Supongo que esta noche los habrás estudiado.

—El capitán de los «Banderas Negras» se porta mal con su compañero de armas —contestó atrevidamente la vieja.

El pirata, que como todos sus compatriotas era supersticioso y creía en los astros y en otras tonterías semejantes, frunció el entrecejo e hizo un gesto de cólera.

—¿Crees que no estoy en mi derecho aprisionando a Sun-Pao? —preguntó.

—No.

—Es mi rival.

—Sí, pero Sai-Sing le siguió con la promesa que la hicisteis de esperar el parecer del tha-ybu de las islas, único que puede decidir la suerte de la Perla del Río Rojo.

—Sería un imbécil si no me aprovechara de la difícil situación en q se encuentra Sun-Pao —dijo Kin-Lung—. En mi lugar no vacilaría ten hacer lo que voy a hacer yo.

—Haz lo que gustes, capitán. Te advierto solamente que esto no puede traerle suerte, y que portándote así y olvidando tus promesas Sai-Sing no te amará nunca.

El pirata permaneció algunos minutos en silencio contemplando a la vieja y después dijo:

—Cuando Sai-Sing esté en mi poder, ya veré lo que hago con San-Pao. Hoy soy el más fuerte y quiero que la muchacha esté en mis manos y no en, las suyas. Guíame al valle, vieja. Sabremos encontrar su huella.

Echó una mirada al junco, a cuyo alrededor trabajaban algunos hombres para ponerlo a flote, cavando la arena que le retenía, y después dijo bruscamente:

—¡Guíanos!

Man-Sciú se puso a la cabeza de la pequeña columna. Aunque ignorase realmente el camino que le había hecho recorrer la pantera, se orientó enseguida porque la alta escollera que defendía la isla hacia Oriente se divisaba muy bien, aunque estaba a algunos kilómetros de distancia. Pronto se encontraron en medio de los bosques, formados por árboles altísimos que semejaban tecas y enormes helechos arborescentes que daban sombra espesísima, y en cuyas ramas volaban millares de papagayos de plumas de mil colores y tucanes de pico enorme.

Man-Sciú, que, como todos los de su raza, poseía el instinto de la orientación, después de dos horas consiguió salir del valle y precisamente bajo de la enorme muralla de la cual había sido precipitada.

—Aquí deben encontrarse sus huellas —dijo a Kin-Lung—. Estoy más que segura que deben haber venido a buscarme. Han matado un mías y hemos de encontrar el cadáver del monstruo y tal vez el de Laos.

—No te quería mucho el lugarteniente de los «Banderas Amarinas» —dijo Kin-Lung, sonriendo.

—Me acusaba de haber hecho naufragar el junco, arrojando un maleficio al mar.

—¡Estúpido!…

Ordenó a sus hombres que buscasen las huellas de Sun-Pao y de sus dos compañeros, huellas que aún podrían distinguirse porque el suelo estaba muy húmedo.

Y efectivamente, a los pocos minutos encontraron al mono gigantesco medio comido ya por las fieras, y un esqueleto completamente mondado que debía de ser el de Laos. Y a unos trescientos o cuatrocientos pasos más allá, descubrieron las huellas de Sun-Pao, Ong y Sai-Sing.

—Sigámoslas —dijo Kin-Lung.

Cuatro exploradores se adelantaron, después la columna se puso en marcha, en, fila india, desfilando por entre los árboles que cada vez se hacían más espesos.

Aquellas huellas que se veían siempre impresas claramente en aquel terreno húmedo, se dirigían a la parte opuesta a aquella en que se encontraba el campamento de Kin-Lung.

La isla por aquella parte no debía de ser muy larga, porque tres horas después los piratas llegaban a la orilla meridional y el junco había encallado en la orilla septentrional.

Junto al bosque y sobre la arena, Kin-Lung y sus hombres descubrieron de pronto las huellas de un campamento reciente.

Era un hornillo, improvisado con piedras, en el que aún ardían unos tizones, conchas de ostras vacías, un colchón de hojas y de algas que debió de haber servido de leche a alguien, acaso a la doncella del Río Rojo, y, algo más lejos, el tronco derribado de un calambruco, despojado ya de hojas y ramas.

Pero Sun-Pao, Ong y Sai-Sing había desaparecido.

—¿Adónde habrán ido? —preguntó Kin-Lung con inquietud.

—Tal vez, de caza —dijo la vieja Man-Sciú.

—¿Y si se han dado cuenta de nuestra llegada y han huido?

—Busca sus huellas.

—Las veo… se dirigen al bosque.

—Sigámoslas.

—Pero veo algo que me extraña.

—¿Qué?

—Las de otros hombres.

—Imposible.

—Sí, antes no eran más que tres, pero ahora veo otras semejantes ¿Habrá Sun-Pao encontrado a alguno de los suyos?

—Creí que se habían, ahogado todos.

—En ese caso, tal vez haya encontrado algunos indígenas. Si esta isla es la de Pulo Cóndor, no debe de estar deshabitada. Me han dicho que la habitan salvajes valerosos que tienen armas envenenadas.

—Cuenta las huellas —dijo Man-Sciú.

El pirata examinó atentamente la arena.

—El grupo ha sido aumentado con tres hombres —dijo después—. No será, sin embargo, este pequeño aumento de las fuerzas de mi adversario el que me detendrá. Le cazaré y no le daré un minuto de tregua. Reformad la columna —dijo a sus hombres—. Cuatro exploradores siempre a la cabeza y adelante siguiendo las huellas. Acabaremos por encontrarlos.

El destacamento reanudó la marcha, volviéndose de espaldas a la playa.

Las huellas fueron de pronto encontradas de nuevo en el bosque. Seguían la orilla del bosque y parecía que se dirigían a una colina cubierta de espesos matorrales de mimosas y de helechos.

Estaban a unos diez pasos de la diminuta colina, y empezaban a ver una hendidura que podía ser la entrada de alguna caverna, cuando uno de los exploradores lanzó un grito, llevándose las manos a la garganta.

Un dardo sutil, provisto de una espina larguísima, lanzado por algún enemigo oculto en los alrededores, le había atravesado la tráquea.

Kin-Lung, al verle caer, se lanzó al frente, mientras sus hombres disparaban al azar algunos tiros.

El herido se retorcía desesperadamente, presa de atroces dolores, mientras de su boca salían hilos de baba sanguinolenta.

—Capitán —murmuró el desgraciado—. ¡Flecha envenenada!… ¡Me han matado!

Después se apelotonó sobre sí mismo, giró tres o cuatro veces los ojos, y finalmente se extendió a lo largo, lanzando un suspiro hondo, listaba muerto.

En el mismo momento dos disparos resonaron cerca de la hendidura que habían ya descubierto los piratas y otros dos hombres de la vanguardia caían muertos.

Kin-Lung había exhalado un grito de furor.

—¡Guareceos detrás de los árboles! —gritó a los suyos—. Ahí está Sun-Pao y se prepara a la resistencia; pero nosotros, antes de diez minutos nos apoderaremos de él y de Sai-Sing.

10. EL REFUGIO DE LOS ISLEÑOS

Sun-Pao y Ong, mientras Sai-Sing descansaba a la sombra de un árbol frondoso, se pusieron a trabajar desesperadamente para preparar un, campamento duradero, toda vez que para construir la chalupa necesitaban una semana, y esto, trabajando muchísimo.

Su primera preocupación fue la de construir un techo que resguardara a la muchacha de los abrasadores rayos solares y la de prepararle como lecho con algas muy secas, musgo y hojas de plátanos.

Hecho esto, se dirigieron a la derecha del bosque para elegir el árbol a propósito para construir la piragua y también para buscar alimento más sustancioso que el de los moluscos y de las ostras que habían recogido a playa.

La elección del árbol no era difícil, porque el bosque no estaba formado sólo de calambucos. Había muchos sagúes que, teniendo el interior relleno de harina, que es un excelente comestible, podían prestarse mejor que cualquier otro para construir una chalupa y ahorrar mucho el trabajo de ahuecar el tronco.

Utilizando sus cimitarras, que, como ya hemos dicho, eran pesadas y tenían la hoja muy gruesa, poco tardaron en derribar uno, haciéndolo caer sobre cuñas para poderlo deslizar fácilmente hasta la playa. Apenas el árbol cayó al suelo, aplastando buena parte de sus ramas, cuando vieron alzarse un enorme cangrejo de mar, una especie de araña gigantesca que hasta entonces debió de haber estado oculto en el follaje espesísimo.

Sun-Pao, que conocía la excelencia de aquellos crustáceos, con un rápido golpe de cimitarra, le rompió la coraza ósea, matándolo antes de que pudiera huir a la playa.

Era un birgos-latro, especie de cangrejo de mar que abunda en las orillas de las islas tonkinesas e indias. Estos animales monstruosos proporcionan varios kilos de carne blanca y deliciosa, y viven más en tierra que en el mar.

Gustándoles las frutas y especialmente los cocos, salen, por la noche del agua y trepan a los árboles saqueándolos por completo.

Cuando están satisfechos se cuelgan de alguna rama, a la que se aferran con sus brazos robustos, y se duermen tranquilamente.

Asegurada la comida, Sun-Pao y Ong se pusieran enseguida a trabajar, quitando al tronco las ramas y dejando libre la parte que debía ahuecarse por medio de tizones encendidos, excelente sistema usado por los isleños porque ahorra mucho trabajo y es más rápido.

Por la noche, cansados, volvieron al campamento, llevando el monstruoso cangrejo.

La doncella, conocedora de aquella caza afortunada, improvisó un hornillo y encendió el fuego, valiéndose del eslabón que la dejó Ong.

Sai-Sing parecía haberse adaptado a aquella vida de Robinson. Había embellecido el techo que había de servirle de tienda con conchas recogidas en la playa y con enormes mazos de flores silvestres encontradas en el bosque.

Además había preparado, a poca distancia de su refugio, dos lechos de hojas, para los dos hombres.

—Gracias, Sai-Sing —dijo Sun-Pao, que enseguida había notado los dos lechos—. Eres la muchacha mejor del Río Rojo.

Sai-Sing había contestado con leve sonrisa, sin añadir palabra.

Echaron el cangrejo sobre el fuego, dejándolo cocer en su jugo, y se sentaron alrededor esperando que estuviese bien asado.

El sol se ponía rápidamente, tiñendo las aguas del mar con reflejos de fuego, y una brisa fresca, cargada de perfumes de los bosques vecinos, soplaba haciendo murmurar suavemente el follaje de las plantas.

Calma completa y silencio casi absoluto reinaban en la isla y a inmensa distancia del agua.

Sai-Sing, sentada frente al pirata, con las manos cruzadas sobre las rodillas, tenía los ojos fijos en el cangrejo, sin hablar, como si estuviera sumergida en profundos pensamientos.

Sun-Pao también callaba, pero miraba atentamente a la muchacha como si hubiese querido leer sus pensamientos, y de vez en cuando hacía un gesto de impaciencia, como si le irritaran el mutismo y la indiferencia de la futura señora de los «Banderas Amarillas».

Ong, en cambio, parecía no preocuparse más que del asado del cangrejo, pero cuando no le observaban, lanzaba sobre el pirata miradas de odio profundo, murmurando entre dientes:

—Algún día, mi madre será vengada.

Comenzaban las sombras a extenderse cuando el joven sacó fuera del fuego el crustáceo, que exhalaba un perfume apetitoso.

Con un golpe de cimitarra lo partió en dos, dejando al descubierto la carne blanca y delicadísima que encerraba.

—Perla del Río Rojo —dijo con voz cariñosa—. La cena está preparada.

Habían empezado a comer, siempre en silencio, cuando por el bosque oyeron ruidos de ramas destrozadas violentamente como si alguien avanzara corriendo.

Sun-Pao había preparado prestamente el fusil mientras Ong empuñaba la cimitarra.

Un hombre de alta estatura, casi enteramente desnudo, de piel amarillenta con reflejos rosáceos, provisto de un tubo y de un carcaj lleno de flechas, llegaba a la carrera.

Al ver a los dos piratas y a la doncella, se detuvo de pronto, como si le hubiesen clavado en el suelo, abriendo hasta las orejas una boca inmensa erizada de dientes negros como el ébano, color debido al uso del betel.

—Un isleño —dijo Sun-Pao, sin manifestar temor.

—¿Debo matarle? —preguntó Ong, que había cogido ya la otra escopeta y la tenía cargada.

—Creo que este hombre puede sernos más útil que dañoso —dijo Sun-Pao—. ¿Tienes miedo, Sai-Sing?

—Invítale a cenar —contestó la doncella.

El isleño continuaba inmóvil, mirando ya a los tres náufragos, y al enorme cangrejo que debía ejercer sobre él atractivo irresistible.

—Puedes avanzar —le dijo Sun-Pao en malayo, lengua que conocía muy bien y que sabía que era la que hablaban los isleños de Pulo Cóndor.

El salvaje dio un grito gutural y avanzó lentamente como animal temeroso, dominado, sin embargo, por ardiente curiosidad.

Sus grandes ojos inquietos, de tinte oscuro, miraban alternativamente a cada uno de los náufragos, pero se detenían especialmente en el cangrejo.

—Acércate —le dijo Sun-Pao—; no tienes nada que temer de nosotros.

—¿No sois malos como los otros? —preguntó finalmente el isleño.

—¿Qué otros? —interrogó Sun-Pao.

—Los que desembarcaron en la orilla septentrional y que se parecen a vosotros. Apenas desembarcaron nos arrojaron a tiros y dispersaron mi tribu.

—¿Hombres que se parecen a nosotros? —exclamó Sun-Pao con visible angustia—. ¿Y son muchos?

—Muchos.

—¿Cómo llegaron hasta aquí?

—Con una de esas barcas grandes que tienen palos y que a veces pasan por delante de nuestra isla.

—¿Y visten como nosotros?

—Sí, y también tienen la piel amarilla como vosotros —dijo el isleño.

—¿Cuándo llegaron?

—Anoche.

Sun-Pao permaneció algunos minutos silencioso. Parecía aterrado.

—Sai-Sing —dijo después, volviéndose a la doncella—. ¿Has comprendido lo que acaba de contarme este hombre?

—No —repuso la Perla del Río Rojo.

—Parece que Kin-Lung, en lugar de haberse ahogado, ha llegado también a esta isla y que, más afortunado que yo, no ha perdido ni sus hombres ni su junco.

Relámpago de alegría, rápidamente dominado, brilló en las profundas pupilas de la doncella. La salvación de Kin-Lung era una gran fortuna para ella, porque precisamente su salvación estribaba en la rivalidad de los dos capitanes.

—¿Será él o algún otro? —preguntó.

—Tengo motivos para creer que se trata de Kin-Lung. Su junco seguía nuestra ruta y el viento le arrastraba, igual que a nosotros, hacia esta isla.

—He ahí una buena ocasión para regresar todos juntos a las islas —repuso Sai-Sing.

—¡Entregarme a él! —exclamó vivamente Sun-Pao—. ¿Crees que no aprovechará su superioridad para arrebatarte de mi poder y acaso para suprimirme? Conozco demasiado el odio de Kin-Lung, mi rival, para fiarme de él.

—¿Qué harás, pues?

—Huir en el caso que descubran que estamos aquí. ¿Me seguirás?

—Sí, con tal de que me lleves a las islas.

—Te lo prometo, Sai-Sing.

—Sólo allí debe decidirse mi destino, y los astros, interrogados por el gran tha-ybu; me dirán si debo ser reina de los «Banderas Negras» o de los «Banderas Amarillas».

—Todo lo acepto con tal de que no te dejes llevar por Kin-Lung; sólo el tha-ybu decidirá tu suerte. Te lo juro por el Espíritu Marino.

Mientras cambiaban impresiones, el isleño dio un silbido prolongado, y otros tres isleños, armados como él, salieron del bosque y se acercaron al campamento.

Ong les había ofrecido una parte del enorme cangrejo, que fue devorada en pocos minutos.

También los recién llegados eran de alta estatura y musculosos, y por las numerosas cicatrices que se veían en su cuerpo, era fácil comprender que se trataba de valientes guerreros y no de tímidos isleños.

Después de cenar, Sun-Pao, que se había puesto muy intranquilo se fue con el jefe de los isleños hasta la mitad del bosque, temiendo una sorpresa de parte de Kin-Lung, porque ya estaba convencido, por las explicaciones habidas y las descripciones hechas, que se trataba realmente del pirata rival.

Aunque estaba seguro de que Kin-Lung ignoraba lo que les había sucedido, no estaba tranquilo. Por instinto comprendía que le amenazaba un peligro.

Al regresar preguntó al capitán si habría por aquellos lugares algún refugio casi inaccesible, prometiéndole un fusil en el caso en que consiguiese sustraerle a las pesquisas de los hombres del junco.

Aquel regalo, de valor inestimable para el isleño, que jamás había poseído un arma de fuego, había producido más efecto aún del que se esperaba.

—Si me das una escopeta —repuso el isleño—, mis hombres y yo te defenderemos lo mejor que podamos contra aquellos marineros malvados, de los cuales tenemos ya que condolernos. ¿Me preguntas si hay un refugio? Sé dónde está, y a pocos pasos de aquí.

—¿Alguna roca?

—Mejor aún: una caverna que se interna en una colina, dominando al mar, y que tiene dos salidas que sólo yo conozco.

—Mañana me conducirás allí —dijo Sun-Pao—. Esta noche creo que no tenemos nada que temer.

—Mis hombres vigilarán el bosque —dijo el isleño—. Así podrás dormir tranquilo. No tenemos más que flechas, pero están envenenadas y el que sufre una herida, muerte.

Regresaron al campamento. Sai-Sing se había ya acostado bajo el techo y hasta Ong estaba adormilado.

Los compañeros del isleño se habían aprovechado para hacer desaparecer hasta los últimos vestigios del enorme crustáceo.

El capitán mandó a dos de sus compañeros al bosque; únicamente por aquella parte podía haber algún peligro; después los otros se acostaron también, no sin haber apagado antes el fuego.

Su sueño no fue turbado por ninguna alarma y pudo ser prolongado hasta las nueve de la mañana.

Acababan de despertarse, cuando vieron llegar corriendo a los dos isleños que habían estado velando en el bosque. Los dos corrían asustados.

—Capitán —dijo uno de ellos al llegar al campamento—. Pronto, huyamos.

—¿Qué nos amenaza? —preguntó Sun-Pao, levantándose precipitadamente.

—Los hombres de la barca grande se dirigen hacia aquí. Sun-Pao se quedó pálido y dirigió la vista desesperadamente hacia la Perla del Río Rojo que saltaba en aquel momento de su lecho.

—¿Son muchos? —preguntó con voz dolorida.

—Veinte o acaso más —contestó el isleño.

—Sai-Sing, vienen —gritó Sun-Pao.

—¿Quiénes? —preguntó la doncella.

—Kin-Lung y los suyos.

La Perla del Río Rojo continuó impasible como si el asunto no le importase.

—Seguidme —dijo Sun-Pao—. Te llevaremos a un refugio seguro y te defenderemos.

Destruyeron la tiendecita, echando sus restos al mar, pero no tuvieron tiempo de destruir las demás señales del campamento. Uno de los cuatro isleños, que había vuelto al bosque para vigilar los movimientos de los «Banderas Negras», avanzaba corriendo como una liebre y les hacía signos de que huyeran.

—Vamos —dijo el capitán.

Partieron a paso rápido, dirigiéndose hacia una colina que ya habían notado y que ganaron casi a la carrera, deteniéndose delante de una entrada tan estrecha que no permitía el paso más que a una sola persona.

Allí cerca había una profunda excavación que Sun-Pao juzgó a propósito para una defensa larga.

—Ocultaos ahí —dijo a Ong y a los tres isleños que habían preparado ya el arco y las flechas envenenadas—. Estaréis a cubierto de los tiros.

Después entró en la caverna seguido del capitán y de Sai-Sing.

Dentro de la hendidura se abría un estrecho corredor que subía rápidamente una veintena de pasos.

Al atravesarlo, se encontraron en una espaciosa caverna que recibía alguna luz de una estrechísima hendidura abierta en la bóveda.

—Hay otras cavernas más —dijo el capitán—. Esta peña —prosiguió indicando una piedra enorme, casi redonda, que se encontraba al extremo del corredor—, nos servirá para cerrar el paso si nos vemos forzados a refugiarnos dentro.

—¿Tienes miedo de quedarte sola, Sai-Sing? —preguntó Sun-Pao.

—No —repuso la doncella.

—Unámonos a los compañeros —dijo el capitán de los «Banderas Amarillas»—. Les haremos frente mientras nos queden una bala y una flecha.

Entretanto la doncella del Río Rojo, siempre fría e impasible, se sentaba sobre una roca y los dos jefes salían de la caverna y llegaban al foso en que ya estaban ocultos sus compañeros.

La columna de Kin-Lung subía en aquel momento por la colina, siguiendo las huellas dejadas por los fugitivos.

El pirata había dejado atrás a la vieja Man-Sciú, bajo la vigilancia de uno de los bandidos y había dado a los otros la orden de avanzar.

Sun-Pao, al ver a su rival, lanzó un grito de furor.

—¡El maldito nos ha descubierto! —exclamó—. ¿Cómo pudo encontrarnos? Pero aún no tienes en tu poder ni mi vida ni a la Perla del Río Rojo.

Los isleños, a una orden de] jefe, habían acercado los tubos a sus bocas en cada uno de los cuales habían colocado una flecha envenenada y habían soplado vigorosamente mientras Ong y Sun-Pao descargaban sus escopetas.

Como hemos visto, no se habían perdido todos los proyectiles.

11. COMBATE FEROZ

Kin-Lung furioso por haber perdido tres hombres antes de empezar el combate dio orden a los «Banderas Negras» de que se echaran a tierra, para ni exponerse a las flechas envenenadas de los isleños que no eran menos peligrosas que los tiros de Ong y su rival.

Cuando les vio echados detrás de los matorrales y de los peñascos en que desaparecía el declive de la colina, dio orden de avanzar, arrastrándose, protegiéndose con un fuego graneado.

Sun-Pao, advirtiendo aquella maniobra, comprendió de pronto que hubiera sido más prudente retirarse a la caverna, donde al menos él y sus aliados hubiesen estado a cubierto de los disparos de sus adversarios.

Los «Banderas Negras», no menos irritados que su jefe por las pérdidas experimentadas, habían empezado a disparar furiosamente, apuntando a los bordes de la excavación para impedir a los «Banderas Amarillas» y a sus aliados que pudieran salir.

Las balas caían tan cerca que Sun-Pao, asustado, había dado orden a sus compañeros de no presentar blanco.

—Nos conviene refugiarnos en la caverna —dijo el jefe de los isleños—; no podremos permanecer mucho tiempo aquí.

—Eso me parece a mí —dijo el salvaje, que había disparado tres flechas inútilmente—. Entre las paredes de la caverna podremos hacer frente a tus enemigos mucho tiempo.

—¿Y si consiguen forzar el paso y entrar? —preguntó Sun-Pao, cuya inquietud iba en aumento.

—Hay la piedra al extremo de la galería. Con un empujón vigoroso la haremos encajar, y nadie podrá entrar en la caverna.

—Pero quedaremos prisioneros y moriremos de hambre y de sed sin tener víveres ni agua.

—Te he dicho que la caverna tiene dos salidas.

—Entonces retirémonos antes de que mis enemigos lleguen aquí. Aprovechando un momento en que el fuego de los guerreros de los «Banderas Negras» disminuía, Sun-Pao, Ong y los cuatro isleños abandonaron rápidamente aquella especie de trinchera y se refugiaron en la averna.

Los piratas de Kin-Lung, viéndoles lanzarse a través de la hendidura, les saludaron con una descarga, pero ya era demasiado tarde; Los atacados atravesaron a la carrera el corredor y llegaron a la primera caverna.

Sai-Sing, que continuaba sentada sobre la roca, al verlos llegar, se levantó.

—¿Llega? —preguntó.

—Sí —repuso Sun-Pao—, y dentro de poco estarán aquí si no les cerramos el paso.

—Haz lo que mejor te parezca, aunque empiezo a dudar que puedas librarte de tu rival.

—Le mataré —gritó Sun-Pao con voz temblorosa—. No soy ningún niño. Amigos, ayudadme a cerrar el paso.

Ong y los cuatro isleños se precipitaron al inmenso peñasco, empujándolo furiosamente.

Siendo casi redondo, después de tres o cuatro sacudidas, comenzó a rodar por la galería y fue a chocar contra la hendidura contra la hendidura cerrándola herméticamente.

La galería estaba en pendiente y el peso del peñasco era tal que no podía haber fuerza humana que lo hiciera salir de nuevo.

—Ahora —dijo Sun-Pao, volviéndose hacia el jefe—, guíanos a la otra salida. Mientras mis enemigos pierden el tiempo empujando el peñasco, nos salvaremos en los bosques.

—Seguidme —dijo el isleño.

Se dirigió primeramente hacia un hueco y sacó de un escondrijo algunas ramas resinosas.

—¿Algunas veces fue habitada esta caverna? —preguntó Sun-Pao—. Estas antorchas vegetales no se habrán escondido solas.

—Aquí se refugiaba mi tribu cuando desembarcaban piratas chinos para proveerse de agua y de fruta —repuso el jefe.

Encendió una de aquellas ramas que ardía casi como una vela, por estar saturada de resina, y después de atravesar la primera caverna entró en una segunda, que era tan espaciosa que no se veía el extremo opuesto.

Enormes columnas sostenían de trecho en trecho la bóveda y junto a las paredes de la derecha se oía el rumor de un arroyuelo.

El isleño, que debía de conocer aquella caverna al dedillo, continuó internándose una veintena de metros, rompiendo de vez en, cuando maravillosas estalagmitas que estorbaban el paso, y llegó a una tercera caverna más pequeña y que se estrechaba considerablemente.

También ésta, como la primera, estaba alumbrada, por un rayo de luz que se filtraba a través de una hendidura de la bóveda.

Al llegar al final, el jefe se metió en un corredor, pero a los pocos pasos se detuvo lanzando un grito de cólera.

—¿Has pisado alguna serpiente? —preguntó Sun-Pao, empuñando la cimitarra.

—Lo hubiera preferido —repuso el isleño.

—¿Qué pasa, pues?

—Que la salida ha sido tapada y que estamos prisioneros.

Horrible imprecación salió de los labios del capitán de los «Banderas Amarillas».

—¡Imposible! —exclamó.

—¡Mira!

El isleño se dirigió al extremo de la galería y le enseñó el peñasco enorme que cerraba la hendidura.

—¿Quién pudo habernos encerrado? —preguntó Sun-Pao furioso.

—No lo sé.

—¿Habrán sido mis enemigos?

—No es creíble que hayan llegado hasta aquí. O este peñasco se ha desprendido accidentalmente y rodando desde la colina ha venido a parar aquí, u otros isleños lo han colocado.

—¡Así revienten esos imbéciles! —gritó Sun-Pao—. Intentemos moverlo.

Sus hombres se apoyaron todos contra el peñasco, empujándolo con todas sus fuerzas, pero no consiguieron, más que hacerlo oscilar levemente.

Piedras, rocas, dificultaban, a no dudar, la salida de aquel bloque de roca.

—¡Encerrados! ¡Sepultados en vida! —exclamó Sun-Pao que sentía su frente bañada en sudor frío.

Un espantoso ataque de rabia se apoderó de él. Durante cinco minutos el pirata vomitó una serie de maldiciones hasta que, sin aliento, se calló. Los cuatro isleños, asombrados ante aquel estallido de rabia, no se habían atrevido a hablar. Ni Sai-Sing había abierto la boca.

El pirata, apenas se calmó un poco, se puso a estudiar el medio de salir de aquella tenebrosa prisión, donde podrían correr el peligro de morir de hambre por no haber tenido la precaución de proveerse de víveres.

Después de haber dado vueltas, como oso enjaulado, explorando todos los ángulos de la galería y de la última caverna, y de haber nuevamente intentado mover la roca, se dejó caer sobre un peñasco, dominado por una desesperación que nadie hubiera creído que fuese posible en un hombre de su temple.

—Capitán, ¿qué decidís? —preguntó tímidamente Ong—. ¿Dejarás morir en esta caverna a la Perla del Río Rojo?

—¿Qué quieres que te diga? —repuso Sun-Pao arrojando sobre la doncella, que conservaba su impasibilidad ordinaria, una mirada de desesperación—. Estoy como atontado y si fuera preciso dar parte de mi sangre para salvar a la doncella del Río Rojo, no vacilaría. Busquemos. Acaso se pueda encontrar otra salida.

—Capitán —dijo Sun-Pao levantándose bruscamente y volviéndose al isleño que permanecía silencioso, apoyado en la pared—. ¿Estás seguro que no existe otra salida?

—No existe —replicó el isleño.

—Entonces no queda más recurso que golpear esta roca con nuestras cimitarras y procurar destrozarla.

—¿No sería más fácil mover la otra, la que hicimos rodar? —preguntó Ong.

—Allí está Kin-Lung y caeremos enseguida en sus manos —dijo Sun-Pao—. ¡Al trabajo! Si antes de cuarenta y ocho horas no hemos conseguido salir, moriremos todos.

Los seis hombres, con la esperanza de volver a ver la luz del sol, volvieron a atacar con vigor el monolito que cerraba la salida.

El resultado pareció al principio bastante satisfactorio. Durante, algunos minutos las pesadas cimitarras de los «Banderas Amarillas» hirieron ángulos del macizo; pero pronto comenzaron a embotarse y a resbalar sacando chispas.

La roca, que al principio parecía frágil, poseía, por el contrario, una dureza que podía desafiar hasta el acero.

Hubiera sido necesaria una mina para hacerla saltar.

Sun-Pao, viendo la inutilidad de sus esfuerzos, comenzaba a sentir que se le helaba la sangre.

Probaron, en lugar de destrozarla, retirar la roca en la galería y también aquella tentativa resultó inútil.

Sun-Pao, completamente descorazonado, dejó caer la cimitarra y miró con extravío a Sai-Sing.

La doncella había asistido a aquellos esfuerzos sin decir nada. Apoyada en el muro, con los brazos cruzados sobre el pecho, conservaba una inmovilidad extraña que contrastaba vivamente con la angustia pintada en el rostro de sus compañeros.

—¿En qué piensas, Sai-Sing? —preguntó Sun-Pao—. ¿No te asusta la idea de morir aquí?

La doncella alzó sus hermosos ojos y miró al pirata sin contestar. Pero una llama siniestra brillaba en sus pupilas. ¿Acaso la idea de poder morir junto al hombre que había hecho enloquecer a su amante, la sonreía?

—Habla, Sai-Sing —dijo Sun-Pao—. ¿Qué me aconsejas hacer? ¿Rendirnos a Kin-Lung?

—Haz lo que quieras —contestó la doncella—. ¿Qué más da morir aquí que en otra parte?

—¡Entonces me amas! —gritó Sun-Pao.

—No he dicho aún que amara más a Kin-Lung o a ti. El destino es el que tiene que decidir.

En aquel momento el jefe de los isleños, que se había alejado dirigiéndose a la última caverna, reapareció en la galería, diciendo a Sun-Pao:

—¿Sabes que ya no corre el agua por la caverna central?

—¿Quién puede haber desviado el arroyuelo?

—Acaso tus enemigos con la esperanza de hacerte morir de sed.

—¿Dónde desembocaba el arroyuelo?

—No lo sé.

—¿De dónde venía?

—Tampoco.

—¿Y si mis enemigos han descubierto la entrada e intentan llegar hasta aquí?

—Mejor sería que nos cercioráramos —repuso el isleño.

—Guíame.

Sun-Pao tomó la escopeta, llamo a Ong que intentaba inútilmente mover el peñasco y los dos siguieron al capitán, que había encendido otra antorcha.

Un cuarto de hora después llegaron a la caverna central, deteniéndose al borde del torrente que poco antes corría por una profunda excavación.

—Acaso encontremos aquí nuestra salvación —dijo Sun-Pao—, porque esta agua debe indudablemente penetrar por una abertura y salir por otra.

—Sigámosla —dijo el isleño.

Los dos náufragos y el salvaje siguieron pacientemente el lecho del torrente, cuyo curso, interrumpido por peñascos enormes, presentaba la caprichosa apariencia de un laberinto inextricable. Enseguida se dieron cuenta de que subían rápidamente por una galería lateral de la inmensa caverna.

Debían de haber llegado ya a una altura igual o superior a la de la bóveda: de la gruta.

—¡Muy bien! —dijo de pronto Sun-Pao—. Los «Banderas Negra» no sospecharon que al privarnos del agua aseguraban nuestra libertad. Mirad a lo alto.

—¡La luz! —exclamó Ong, divisando a dos metros del fondo del arroyuelo un estrecho agujero, por el cual se veía un trozo de cielo azul.

—El agua entraba en la caverna por aquel agujero; los hombres de Kin-Lung deben de haber levantado en alguna parte un dique para desviar el torrente. El agujero es estrecho; pero tú, Ong, que eres tan pequeño y tan delgado, podrás pasar.

—¿Y si los «Banderas Negras» están emboscados fuera?

—Tienes buenos ojos —repuso Sun—. Si los ves, déjate caer en seguida.

—Dudo que estén ahí. ¿Quién puede huir por ahí? Solamente tú.

—Y vosotros ¿cómo saldréis?

—Irás a mover el peñasco que cierra la entrada y desembarazarlo de los guijarros que le impiden rodar. Nosotros estaremos dispuestos a ayudarte; sube sobre mis hombros y no pierdas tiempo.

Ong obedeció y se elevó hasta el agujero. Su primer cuidado fue pasar través de aquella abertura la cimitarra, para poderse defender en el caso en que le atacaran; después se izó cuanto pudo y encogiéndose y alargándose se subió por la estrecha abertura.

Durante unos segundos quedó sujeto por la mitad del cuerpo, sin poder avanzar ni retroceder, hasta que consiguió librarse los brazos y agitó inesperadamente las piernas.

Al fin, lanzó un grito de alegría: había pasado. Una vez fuera, recogió la cimitarra y miró a su alrededor. Se encontraba en lo alto de la colina, entre espesas matas de arecas y pandáneas que le impedían ver a lo lejos.

—¿Qué ves? —preguntó Sun-Pao.

—Por ahora no hay nadie —repuso Ong.

—Ve a buscar la salida de la caverna. Nosotros estaremos dispuestos a mover la piedra.

Ong se arrastró por entre los matorrales y salió de la colina, ocultándose siempre por temor de que le descubrieran los «Banderas Negras», los cuales debían de estar por los alrededores, buscando algún paso que les permitiese entrar en la inmensa caverna.

Después de breve exploración consiguió descubrir el monolito que cerraba la salida.

Era un peñasco casi esférico, que pesaba algunas toneladas, el cual parecía haber rodado hasta allí y haberse detenido, en vez de continuar el descenso, a causa de un montón, de guijarros.

Ong, muy satisfecho, se había inclinado para quitar aquel obstáculo, cuando un silbido agudo le detuvo de pronto.

—Una serpiente —murmuró empuñando la cimitarra.

Apenas había pronunciado aquellas palabras, sintió que le sujetaban piernas y cuerpo y que le levantaban en alto.

Una boa gigantesca, de la especie de los pitones, de siete u ocho metros de longitud y con el cuerpo tan grueso como el tronco de una palmera tierna, saltó inesperadamente de un matorral y con movimiento lineo le envolvió en sus poderosas espirales.

El terrible reptil le había levantado como si fuera una pluma y se preparaba a estrangularle.

Ong no había perdido su sangre fría. Con la mano derecha libre, y viendo agitarse a poca distancia la cabeza del monstruo, la golpeó furiosamente con la cimitarra.

Primero la hoja resbaló en las escamas durísimas, pero al segundo golpe produjo una herida profunda de la cual salió sangre en gran cantidad.

Sintiéndose ahogar fuertemente, y faltándole casi la respiración, el joven redobló los golpes.

El reptil silbaba rabiosamente e intentaba sustraerse a aquellos golpes, pero un sablazo más fuerte le partió el cráneo.

Aflojó entonces lentamente los anillos, después se hizo un ovillo, retorciéndose en los últimos espasmos de la agonía.

—Creí que me iba a ahogar —murmuró Ong, secándose el sudor que le bañaba el rostro—. Tuve una idea feliz trayéndome la cimitarra. ¡Y pensar que mi muerte habría causado también la de la Perla del Río Rojo! ¡Salvémosla!

Se puso a trabajar apartando los guijarros y se dio tan buena maña que, después de un cuarto de hora, no quedaba huella alguna del obstáculo que había impedido al peñasco seguir su camino.

Los prisioneros, advertidos ya, reunieron sus fuerzas, juntaron sus movimientos y el empuje fue tal que el bloque osciló y después se precipitó con fragor de trueno hasta la base de la colina.

Un grito de alegría y de triunfo salió del pecho de Sun-Pao y de los isleños al ver el sol, cuyos ardientes rayos ya desesperaban poder volver a ver.

Únicamente Sai-Sing no dio señales de alegría ni de emoción.

—¿Y los «Banderas Negras»? —preguntó Sun-Pao, apenas salió.

—No los he visto —repuso Ong.

—¿Habrán vuelto al junco a buscar herramientas para poder forzar la entrada de la caverna?

—Es posible, capitán.

—Aprovechémonos para huir a los bosques.

—No deseo nada mejor.

—¿Conoces algún refugio? —preguntó Sun-Pao, volviéndose al capitán de los isleños que parecía escuchar atentamente.

—Sí —repuso el preguntado—. Te conduciré a la cabaña aérea de mi amigo Katen. Está situada en medio de un boscaje espesísimo y estarás al abrigo de los ataques de tus enemigos.

—Guía sin temor. Ven, Sai-Sing. Huiremos de Kin-Lung.

Comenzaron a subir apresuradamente por la colina. Estaban a punto de llegar a un sitio en que había profundas excavaciones semejantes a las de los buscadores de oro o de los mineros, cuando un grito les detuvo de pronto.

—¡Alerta!… ¡Huyen! —gritó una voz.

Sun-Pao lanzó un alarido de rabia.

—¡Estamos descubiertos! Pronto, echémonos en una de esas trincheras.

En pocos saltos llegaron a la trinchera más próxima, que tenía una profundidad de metro y medio y una longitud igual aproximadamente, y prepararon apresuradamente las armas.

—Échate cerca de mí, Sai-Sing —gritó el capitán de los «Banderas Amarillas».

La doncella obedeció pasivamente, pero si Sun-Pao la hubiese mirado en aquel momento hubiese visto que una sonrisa casi cruel vagaba por sus labios.

Los guerreros de los «Banderas Negras», emboscados en el bosque cercano, avanzaban a gatas, con las escopetas preparadas, mientras detrás de ellos se oía la voz atronadora y amenazante de Kin-Lung que gritaba:

—¡Adelante!… ¡Son nuestros!

Durante unos instantes los «Banderas Negras» avanzaron con precaución, después se levantaron. Estaban todos porque los demás, que debían sigilar la caverna, se habían reunido. Fuertes con la seguridad del número, los bandidos de Kin-Lung despreciaron toda precaución y se lanzaron a la trinchera gritando y vociferando.

Sun-Pao, debemos decirlo en su honor, no había perdido un átomo de su valor y de su sangre fría, aunque se considerase irremisiblemente perdido.

—Ong —dijo— economiza las balas y no dispares más que sobre seguro, y vosotros economizad las flechas. Procurad no mostraros; los guerreros de Kin-Lung son buenos tiradores.

Los isleños se incorporaron con precaución, y a los primeros disparos contestaron con un envío de flechas.

Dos «Banderas Negras» cayeron retorciéndose desesperadamente. Sun-Pao iba a hacer fuego, cuando una bala se le llevó el sombrero de paja, en forma de hongo.

—Un poco más abajo, y me habría destrozado el cráneo —murmuró. Viendo a noventa pasos al hombre que acababa de dispararle y que por poco no le manda al otro mundo, le apuntó e hizo fuego.

El pirata, herido en mitad del pecho, giró sobre sí mismo y cayó pesadamente.

Los compañeros del muerto contestaron con una descarga furiosa. El jefe de los isleños, que iba a soplar en su cerbatana, exhaló un grito ligero y cayó cerca de Sai-Sing.

Había recibido dos balas en, el cráneo y murió instantáneamente. Sun-Pao, al verle caer, palideció y sintió que la sangre se le helaba.

—El primero —murmuró—. Poco antes, poco después, a todos nos aguarda igual suerte. Pero si Kin-Lung espera que le deje a Sai-Sing se engaña.

Una llama siniestra brilló en sus ojos, viendo a Kin-Lung a unos cincuenta pasos.

Cogió a Ong la escopeta que acababa de cargar e hizo fuego sobre su rival. Desgraciadamente en aquel momento un pirata pasó por delante del jefe de los «Banderas Negras» y el desgraciado cayó en su lugar.

—¡Imbécil! —rugió Sun-Pao.

Uno de los isleños sacó la cabeza de la trinchera y lanzó dos flechas, una después de otra, sobre la turba que avanzaba gritando.

Otros dos piratas cayeron.

—¡Nuestro jefe ha sido vengado! —gritó el salvaje volviéndose a sus compañeros.

Una terrible descarga cortó sus últimas palabras. En aquel momento Sun-Pao y Ong oyeron un golpe seco.

El hábil arquero, que había permanecido algunos segundos con la cabeza fuera de la trinchera, fue herido en mitad de la frente.

Dio un suspiro prolongado, dejó caer la cerbatana y se desplomó sobre el cadáver aún caliente de su jefe.

Sun-Pao se quedó lívido. Miró a Sai-Sing.

La doncella, sentada en el foso, se había inclinado sobre los dos isleños y les cerraba los ojos.

—Perla del Río Rojo —dijo el pirata—. Van a matarnos.

—Ríndete —contestó la doncella.

—¡Nunca…!

—¡Defiéndete, pues!

El fuego continuaba y otro isleño cayó.

Sun-Pao y Ong disparaban furiosamente, derribando casi siempre un enemigo, pero no conseguían detener a los «Banderas Negras» que avanzaban intrépidamente, decididos a acabar.

Momentos después, también caía el cuarto isleño. El último cogió bruscamente a Ong la escopeta que acababa de cargar, y con valor que parecía locura saltó fuera del foso, apuntando a sus enemigos.

—¡Baja! —gritó Sun-Pao.

El isleño no oía ya consejos. Quería vengar a sus compañeros.

Descargó la escopeta y después, cogiéndola por el cañón, intentó arrojarse sobre sus enemigos.

Sonó una descarga en aquel momento y Sun-Pao y Ong vieron a aquel valiente llevarse primero la mano al pecho, después a la cabeza, y por fin desplomarse.

—Capitán —dijo Ong—, todo ha terminado.

—Sigue disparando —dijo Sun-Pao presa de terrible excitación.

Cogió la escopeta e hizo fuego.

Cayó un hombre, después otro, luego un tercero. Vano intento; los enemigos no estaban más que a diez pasos y se preparaban a saltar en la trinchera, mientras Kin-Lung gritaba:

—¡Cogedles vivos!

—¡Vivos! —gritó Sun-Pao que parecía enloquecido—. He aquí mi contestación.

Arrojó la escopeta, desenvainó la cimitarra, cogió a Sai-Sing y antes de que hubiese podido oponer la menor resistencia, con un salto de tigre salió fuera de la trinchera, gritando:

—¡Haced fuego si os atrevéis!

Los «Banderas Negras», al verle aparecer se detuvieron bajando las escopetas.

Sun-Pao, con la mano izquierda tenía levantada a la Perla del Río Rojo, mientras con la derecha apoyaba en el pecho de la doncella, del lado del corazón, la punta de la cimitarra.

Sai-Sing había exhalado un grito de terror al cual hizo eco un alarido de rabia.

Kin-Lung, que estaba a punto de echarse sobre su rival con la escopeta preparada, se detuvo a su vez.

—¡Sun-Pao! —gritó—. ¿Qué haces?

—La mataré si das un paso más —repuso el capitán de los «Banderas Amarillas» con voz amenazadora—. ¡No la tendré yo, pero tampoco tú!

—Si la tocas te haré sufrir mil tormentos.

—¡Acércate si te atreves! —repuso Sun-Pao que seguía teniendo apoyada la punta de la cimitarra en el pecho de la doncella.

Por el acento resuelto y por el brillo feroz de los ojos del capitán de los «Banderas Amarillas», se comprendía que estaba resuelto a llevar a su amenaza.

En vano se agitaba Sai-Sing intentando escapar al abrazo del pirata, el cual la estrechaba contra el pecho con suprema energía.

De pronto, mientras los «Banderas Negras», asustados, ensanchaban; el cerco, por temor de que la Perla del Río Rojo, que había de ser su reina, fuese muerta, y Kin-Lung permanecía inmóvil, sin atreverse a dar un paso hacia su rival, apareció la vieja Man-Sciú, gritando con voz muerte:

—Oigan los dos capitanes a la adivina del Río Rojo. ¡Abajo las armas! El hermano de armas no puede matar al hermano de armas. No debe correr la sangre entre los dos hombres que han creado la tribu de los invencibles y temidos «Banderas Negras» y «Amarillas».

Sai-Sing y Ong dieron un grito de sorpresa y de alegría; hasta Sun-Pao, el colmo de la sorpresa, había bajado la cimitarra, preguntándose si en realidad aquella vieja era realmente Man-Sciú en carne y hueso o un fantasma.

—¿Qué quieres, vieja? —preguntó Kin-Lung.

—Que los capitanes de los «Banderas Negras» y «Amarillas» me escuchen.

—Habla —dijeron a una los dos piratas.

—La suerte de la Perla del Río Rojo sólo puede ser decidida por el gran tha-ybu después que haya interrogado los astros: hasta aquel día la doncella no puede pertenecer ni a uno ni a otro. Los dos capitanes de los «Banderas» deben deponer las armas y reconciliarse hasta la llegada a las islas. Cuando los astros decidan si Sai-Sing ha de ser la reina de los «Banderas Amarillas» o «Negras» entonces podrán combatirse hasta morir Sun-Pao: ¿qué tienes que decir?

—Que Kin-Lung jure que no tocará a un cabello mío ni de Ong y nos dejará regresar a las islas. Con esta condición, libro a la Perla Río Rojo.

—¡Júralo, Kin-Lung! —gritó la vieja, acercándose a él le murmuró en voz baja:

—Jura: serás el favorito de los astros. Te lo dice la adivina del Río Rojo y leo en lo futuro como el gran tha-ybu.

Kin-Lung vacilaba, pero finalmente, comprendiendo que era el único medio de salvar a la doncella, dijo entre dientes:

—Juro por Gautama que te llevaré a las islas y que esperaré la decisión del gran tha-ybu.

—Haced el cambio de sangre y volved a ser hermanos —dijo entonces la vieja—. ¡Maldito sea el que infrinja el juramento!

Sun-Pao soltó a la doncella, que corrió a abrazar a Man-Sciú; después, con la cimitarra, se hizo una herida pequeña para que salieran algunas gotas de sangre.

Kin-Lung había hecho igual.

Entonces se acercaron y sorbieron aquellas gotas…

—Sé mi huésped en el junco —dijo Kin-Lung.

—Te sigo —contestó sencillamente Sun-Pao.

12. LAS SIETE ISLAS DE LOS PIRATAS

Por la noche, el junco de Kin-Lung, que durante aquel tiempo había sido puesto a flote por los marineros que no habían tomado parte en la expedición, dejaba las islas, llevando a Sun-Pao, Sai-Sing y a los demás.

Kin-Lung mantuvo su palabra. Y para dar a Sun-Pao una prueba de su completa reconciliación, con el hermano de armas, le había confiado el mando y la dirección de la nave.

No era la primera vez que los dos capitanes, por rivalidad o por opiniones contrarias, habían llegado a las manos en sus propias islas, arrojando a sus guerreros unos contra otros, pero después habían acabado por volver a ser, si no realmente amigos, nuevamente aliados.

Ahora no habían de esperar que sus rencores se extinguieran. Era una tregua que se habían concedido mutuamente y que debía acabar pronto; tan pronto como el gran tha-ybu pronunciara el porvenir de la Perla del Río Rojo, ya que los dos la amaban tanto que no se resignaban a perderla.

Sai-Sing, cansada por tantas emociones, apenas subió a bordo, se retiró con Man-Sciú al camarote designado por Kin-Lung.

Los dos capitanes, en cambio, permanecieron, en cubierta con los hombres de guardia, sentados junto al timón.

Callaban entrambos, pero parecían muy preocupados, aunque ningún peligro amenazase al junco porque el mar estaba tranquilo, la noche era espléndida y el viento era favorable.

La isla de Pulo Cóndor había ya desaparecido detrás del horizonte y la luna comenzaba a surgir, haciendo destellar las espumas de las olas, cuando Sun-Pao, que parecía impaciente por expresar su pensamiento, preguntó a quemarropa a Kin-Lung:

—¿Y ahora, qué haremos de Lin-Kai?

Una sonrisa cruel contrajo los labios del capitán de los «Banderas Negras».

—Es necesario hacerle desaparecer —prosiguió Sun-Pao—. Si Sai-Sing supiera que vivía, nos rechazaría a los dos.

—¿Crees que fui tan tono que no me ocupé de él antes de nuestra salida de las islas? —dijo Kin-Lung—. Pensé que la muerte era más segura que el licor que hace enloquecer.

—¿Le mataste? —preguntó Sun-Pao.

—No tuve valor para mancharme las manos con sangre de aquel valiente —repuso Kin-Lung—. Si Sai-Sing lo hubiera sabido, me habría odiado demasiado.

—Entonces, vive aún.

—No estoy seguro. Lo que si sé es que a estas horas está muy cerca de la tumba.

—Explicate, Kin-Lung.

—Por tu consejo, le hice conducir a un lugar desierto, colocado entre rocas altísimas, conocido sólo por mí y por sus guardianes, a los cuales di orden de privarle de todo alimento. Han transcurrido cinco días y por lo tanto, si no ha muerto de sed y de hambre, debe hallarse en un estado tal que no tenga esperanza de reponerse. Como ves, fui más prudente que tú.

—¿Habrán, cumplido tus órdenes aquellos hombres? —preguntó Sun-Pao.

—Son seguros y además saben que no gasto contemplaciones con los que me desobedecen.

—¿No habrán advertido en la aldea la desaparición de Lin-Kai?

—Tuve la precaución, de hacer circular el rumor de que el loco, en un ataque, se arrojó al agua y que un tiburón lo devoró.

—¿Y si, a pesar del ayuno prolongado, viviera aún? —preguntó Sun-Pao.

—Daré orden a los míos de que apresuren su muerte. Una cuerda al cuello con una piedra pesada basta para no volver a salir más del abismo de los mares.

—Tengo un temor.

—¿Cuál?

—Que algún día aquellos hombres puedan traicionar tu secreto.

Una mueca atroz contrajo los labios de Kin-Lung.

—¿Te inquieta eso?

—Sí, algo.

—A mí, no. Porque después de Lin-Kai les suprimiré a ellos. Y así el secreto no será conocido más que por nosotros dos.

—¿Y si uno de nosotros hablase?

—Cuando el tha-ybu haya decidido la suerte de Sai-Sing, no habrá sobre nuestras islas más que un solo capitán, y una sola tribu: o «Banderas Amarillas» o «Banderas Negras». La Perla del Río Rojo no puede ser la reina de las dos.

—Esto quiere decir que si el afortunado soy yo, harás lo posible por matarme.

—¿Y tú? —preguntó Kin-Lung con sonrisa burlona—. ¿Qué harías si la elección recayese en mí?

—Haría igual —contestó Sun-Pao con acento resuelto.

—Está bien —dijo Kin-Lung levantándose—. Me encontrarás dispuesto, como lo estarán los míos.

Dejó a Sun-Pao y se dirigió a proa, mirando atentamente hacia el Sur.

El junco empujado por fresca brisa, avanzaba rápidamente dejando tras de sí una estela espumosa, que parecía una larga cinta de plata.

Las velas inmensas, enormemente hinchadas, crujían, mientras el viento gemía en tonos diversos.

No aparecía vela alguna en la inmensidad del mar. Sólo a veces se veían monstruosos tiburones que enseñaban sus enormes bocas fosforescentes.

A la mañana siguiente, hacia el Sur, fue señalado un grupo de islas. Eran siete, situadas unas a poca distancia de otras, y formando un semicírculo.

Al grito de «¡Tierra!», Sai-Sing, que ya se había levantado, apareció en cubierta acompañada de Man-Sciú.

Estaba más hermosa que nunca, fresca como capullo de rosa apenas entreabierto, pero siempre fría e impasible como estatua de mármol.

—Las islas de los «Banderas Amarillas» y «Negras;» —le dijo Ong, que también había subido a cubierta—. He aquí tu futuro reino, Perla del Río Rojo.

Sai-Sing suspiró profundamente.

—¿Le volveré a ver? —murmuró con voz temblorosa.

—Le verás —repuso Ong.

—¿Y si le hubieran muerto? —preguntó la doncella con creciente ansiedad.

—El día antes de dejar las islas, le vi con mis propios ojos, sentado en la playa.

—¿Qué hacía?

—Jugaba con las conchas como si fuese un chiquillo.

—¡Miserables! —murmuró Sai-Sing, mientras una ola de sangre le subía al rostro enrojeciéndoselo—. ¡Esperar que sea mujer de uno o di otro… y no sospechar!…

Se interrumpió bruscamente, viendo a Sun-Pao que entregaba el timón a un marinero y que se acercaba a ella.

—Nuestra patria —dijo señalando las islas—. ¿La ves, Sai-Sing? Aquel será tu reino.

La doncella, que de pronto había vuelto a adquirir su acostumbrada impasibilidad, hizo una señal afirmativa.

Después se fue lentamente hacia proa, fijando su mirada en las siete islas que parecían surgir del agua y que el sol, que acababa de salir, comenzaba ya a dorar.

—¿Cuáles son las tuyas? —preguntó a Sun-Pao que la había seguido.

—Las que están a Levante.

—¿Cuántas son?

—Tres. Y Kin-Lung tiene otras tantas.

—¿Y la séptima?

—Es de los dos y a ella te conduciremos, no sólo por esto, sino porque en ella habita el gran tha-ybu que debe decidir tu suerte. ¿A quién será favorable? ¿A mí o a Kin Lung? ¡Ah! Quisiera saberlo pronto.

La doncella no había contestado. Miraba la isla del centro que parecía la mayor y se perfilaba mejor que las demás, coronada por una montaña altísima rodeada de bosques verdeantes.

En la playa se veían numerosas cabañas, algunas casitas de estilo tonkinés con galería, terraza y columnas de madera de varios colores, algunas fortalezas y, en una pequeña rada, numerosos juncos, en cuyas antenas y en cuyos mástiles ondeaban banderas negras y amarillas.

—El día en que el tha-ybu hable, tuyas serán las siete islas —dijo Sun-Pao después de una pausa prolongada— porque entonces no habrá más que un solo capitán, como no habrá más que una sola reina.

—¿Por qué? —preguntó Sai-Sing distraídamente.

—Porque o Sun-Pao o yo no estaremos en el reino de los vivos. Sólo con esta condición, los dos aceptamos la alianza para unir nuestras fuerzas y apoderarnos de ti. ¿A quién preferirás, Perla del Río Rojo? Kin-Lung es más viejo que yo, más feo y su ferocidad es reconocida. Recházale y me encargo de ajustarle las cuentas.

—¿Y si en la lucha resultases muerto? —preguntó la doncella.

Un relámpago de sangre pasó por los ojos de Sun-Pao.

—Será Kin-Lung el que sucumbirá —agregó después.

—Dicen que es más valiente y más fuerte que tú en la pelea.

—También dicen, que yo soy más astuto —contestó Sun-Pao.

—Entonces, imagina algo contra tu rival.

Sun-Pao se encogió de hombros eludiendo la respuesta; después, señalando la isla del medio, dijo:

—Allí echaremos el ancla.

Los marineros habían recogido las velas, para evitar los numerosos Escollos que se veían surgir en gran cantidad delante de las islas y habían empuñado los remos para mayor seguridad.

El junco se acercaba a una rada profunda, en cuya orilla se divisaban algunas casas.

La noticia se había divulgado entre los isleños, y en la rada se habían congregado numerosas barcas llenas de guerreros que llegaban hasta de las islas cercanas.

Habían divisado ya sobre el junco de Kin-Lung a la Perla del Río Rojo, que se mantenía en pie sobre la proa, y la saludaban desde lejos, gritando a voz en cuello:

—¡Viva la reina de las islas!

Habiendo desembarcado en la playa los dos capitanes, que por el momento volvían a ser amigos, condujeron a la doncella a la casa más hermosa de la isla, una casa en forma de pirámide con columnas de madera pintadas de rojo y hermosísimas galerías adornadas con flores.

—Este es tu palacio —dijo Sun-Pao—. No tienes más que mandar y todos te obedecerán aquí.

—¿Cuándo decidirás? —preguntó Kin-Lung que era el más impaciente—. Aquí está el tha-ybu.

—Deseo que le concedáis varios días para que pueda interrogar a los astros —repuso la Perla del Río Rojo. Mi destino está en manos de Gautama y a él le toca decidir.

Kin-Lung hizo una mueca, mientras Sun-Pao hacía un gesto de cólera.

—El tha-ybu podía contentarse con una sola noche —dijo el primero lanzando a Sun-Pao una mirada significativa.

—El Espíritu Marino me habló —repuso Sai-Sing—, y a él sólo obedeceré.

Los dos capitanes, comprendiendo que no podrían conseguir nada más, se inclinaron ante la muchacha y salieron de malísimo humor.

—Ocupémonos enseguida de Lin-Kai —dijo Sun-Pao cuando se encontraron, fuera de la casa—. No estoy tranquilo y no lo estaré mientras viva aquel hombre.

—Sí —repuso Kin-Lung—. Si aún no ha muerto, apresurémonos a hacerle desaparecer. Si la vieja bruja averiguase que él está aquí y vive, Sai-Sing no aceptaría nunca ser reina de las islas.

—El mar es profundo y no faltarán piedras en nuestras playas —dijo Sun-Pao con sonrisa feroz—. ¿Quién nos impedirá lanzarle al abismo? El tha-ybu no adivinará nunca quién le haya asesinado.

—Estoy resuelto a todo. Mientras voy en busca de una chalupa, coloca hombres de tu confianza en casa de Sai-Sing para que no pueda comunicarse con nadie.

Se separaron. Kin-Lung se dirigió a la playa donde numerosas chalupas se encontraban varadas en la arena. Arrojó en una de ellas un par de remos y esperó a que Sun-Pao llegase.

Su rostro había obscurecido y una sonrisa satánica vagaba por sus labios, mientras miraba al mar para descubrir su profundidad.

Cuando vio llegar a Sun-Pao, asomó a sus labios una sonrisa y dijo:

—Partamos. He visto los tiburones a flor de agua. Se darán un banquete con Lin-Kai. Entraron en la chalupa, cogiendo los remos y se alejaron hacia Oriente, remando con fuerza. Estaban a alguna distancia uno de otro y remaban de frente como si tuviesen miedo y no quisieran voverse de espaldas. Ambos estaban en guardia y se miraban fijamente.

Tenían razón en desconfiar, puesto que el mismo pensamiento los dominaba a ambos. La idea de librarse del adversario se había aferrado en sus cerebros y se espiaban, preparados a aprovecharse del más ligero incidente. Y el momento no estaba mal elegido: si uno u otro hubiese sido arrojado de pronto al mar, no se hubiera salvado.

Enormes tiburones aparecían de vez en cuando en torno de la chalupa siguiéndola obstinadamente y mostrando sus enormes bocas, armadas de formidables dientes, siempre dispuestos a destrozar su presa.

Alguno había llegado hasta rozar la barca con el hocico, intentando volcarla y los dos capitanes se habían visto obligados a alejarle a golpea de remo aunque la embarcación, excavada en el pesado tronco de una teca, no corría peligro de ser volcada.

Después de dos horas Sun-Pao y Kin-Lung llegaron a una pequeña ensenada que estaba defendida por escolleras altísimas.

La orilla era también inaccesible y únicamente se podía subir a lo alto por una escalera labrada en la roca viva.

A aquel lugar solitario había Kin-Lung desterrado al infeliz prometido de la Perla del Río Rojo.

Asegurada la barca en la punta de un escollo y armados con sus cimitarras, los dos capitanes subieron por la escalera, llegando a una pequeña llanura sombreada de plátanos y de cocoteros.

Al llegar allí, los dos capitanes se detuvieron, mirando con cierto terror una bandada de aves de rapiña que volaba graznando por encima de una cabaña de troncos de árbol y techo de hojas.

—¿Qué hacen aquí estas aves? —preguntó Sun-Pao mirando a Kin-Lung, que se había vuelto pálido.

—¿No sientes un hedor? —preguntó Kin-Lung.

—Es de carne podrida.

—¿Estará ya muerto Lin-Kai?

—¿Y los guardianes a quienes encomendaste su custodia, dónde están?

—Yo no los veo —dijo Kin-Lung.

—¿Durante nuestra ausencia habrán huido con el loco?

—No lo creo. Eran fieles.

—Vamos a la cabaña.

Avanzaron lentamente y en guardia, con las cimitarras desenvainadas, asustados por el silencio que reinaba bajo los árboles. El hedor nauseabundo que Kin-Lung había notado primero, aumentaba a cada paso que acercaban a la cabaña.

De pronto se detuvieron, lanzando un grito de asombro y también de rabia.

Dos hombres yacían debajo de un plátano con los trajes hechos jirones y el rostro desfigurado por el pico de las aves de rapiña. Los dos tenían, clavados en el pecho un puñal, igual al que usan los malayos, de hoja llameante.

—¡Mis hombres! —exclamó Kin-Lung con terror—. ¡Asesinados!

—¿Y Lin-Kai? —preguntó Sun-Pao.

Se lanzaron a la cabaña. Estaba desierta. Sin embargo, se veían, las huellas de una lucha violenta. Las sillas estaban por el suelo, la mesa, derribada, y los almohadones que servían de lecho al loco estaban dispersos y manchados de sangre.

Los dos bandidos se miraron con espanto.

—¿Habrá huido Lin-Kai después de haber asesinado a sus guardianes? —preguntó Sun-Pao.

—El que ha bebido el filtro rojo pierde las fuerzas y se queda como imbécil —repuso Kin-Lung—. El solo no ha podido vencer a estos guerreros que eran fuertes y valerosos. Tienen que haberle ayudado.

—¿Y quién? En nuestras islas no hay más que «Banderas Negras» y «Amarillos» y nos son fieles. ¿Cómo explicar su desaparición? Y además ¿Hacia dónde quieres que hayan, huido? Esta pequeña llanura está rodeada de rocas que nadie, aunque fuese un mono, podría escalar.

—Sus salvadores habrán venido por el mar.

—¿Nadie sabía que Lin-Kai estaba aquí?

—Ya te he dicho que nadie.

—¿Y si algún día se presenta ante la Perla del Río Rojo?

—Rodeemos esta cumbre. Acaso encontremos huellas de los hombres que se lo han llevado.

Se metieron debajo de los árboles, llevando sus pesquisas con gran escrupulosidad, hasta que llegaron a un extremo de la llanura, la cual, como hemos dicho ya, estaba limitada por macizos de rocas altísimos que no ofrecían ningún punto de escalo.

No habiendo encontrado nada volvieron a la playa, que recorrieron de un extremo a otro de la escollera. Ya habían perdido toda esperanza de descubrir cualquier indicio que explicase la extraña desaparición del loco, cuando en el fondo de una ensenada vieron un sombrero de fibras de coco, tejidas con hojas, en forma de hongo, y que conocían.

—Es el que llevaba Lin-Kai —dijo Kin-Lung.

—Sí, es un sombrero tonkinés —exclamó Sun-Pao.

Bajaron a la playa, y además del sombrero descubrieron un poco más lejos un par de calzones de seda amarilla y una cinta de seda roja que pendía de una roca.

Aquellos objetos habían pertenecido a Lin-Kai, y los dos capitanes los recordaban muy bien.

—El loco se ha ahogado y los tiburones le han devorado —dijo Kin-Lung—. Su muerte ya estaba decretada.

—Entonces habrá sido él el asesino de los dos guardianes.

—No hay duda alguna —repuso Kin-Lung—. Debe de haberlos herido en un acceso de furor, tal vez a traición, mientras descansaban en la caverna y después debe haberse precipitado al mar. Esto nos ahorra un delito.

Y satisfechos de aquel desenlace inesperado, los dos bandidos se embarcaron, sin preocuparse de los dos cadáveres, sobre los cuales habían vuelto ya a cebarse las aves de rapiña.

13. EL «THA-YBU» DE LA CAVERNA

El sol se había puesto ya hacía algunas horas, cuando de la casa ofrecida por los dos capitanes a la Perla del Río Rojo salieron con precaución dos formas humanas, pasando silenciosamente entre los guerreros adormilados junto al fuego, medio apagado.

Eran la vieja Man-Sciú y su hijo Ong. Habían esperado prudentemente que todos durmieran en la ciudad, temiendo que Sun-Pao y Kin-Lung sospecharan algo de aquella salida nocturna.

Al salir de la aldea, Ong, que servía de guía a su madre, se había dirigido hacia la costa occidental, que es elevadísima y está llena de cocoteros, cuyas hojas hacían aún mayor la oscuridad.

—¿Recuerdas el camino? —preguntó la vieja cuando estuvieron tan lejos que ya no podían ser oídos por nadie.

—Sí, madre —repuso Ong—. Aunque sólo he ido una vez a la caverna, sé dónde está.

—¿Tendremos que andar mucho? Mis piernas no son robustas.

—Media hora escasa.

—¿Dormirá el tha-ybu?

—Me han dicho que por la noche vela siempre. Pretenden que, aunque le hayan vuelto ciego, sigue mirando las estrellas.

—¡Monstruos! —murmuró la vieja con odio—. ¿No les bastaba habérmele robado? ¿Tuvieron también que quitarle la vista?

—¿Qué te pasa, madre? —preguntó Ong sorprendido.

—Nada, rapaz. Eras entonces demasiado joven, para que puedas recordarlo.

—¿A quién?

—Al tha-ybu.

—¿Le vi cuando yo era niño?

—Sí, Ong y has saltado sobre sus rodillas.

—¿El adivino? ¿Habitaba con nosotros?

—En nuestra cabaña, pero entonces estábamos en Seúl, la patria de la Perla del Río Rojo. ¿No te acuerdas de un río muy hermoso que corría delante de nuestros campos, a cuyas orillas te llevaba frecuentemente a jugar?

—Recuerdo, madre —repuso el joven—. Debe de haber pasado mucho tiempo.

—Diez años.

—¿Y el tha-ybu vivía con nosotros?

—Sí, y ya su fama de adivino era grande entonces. Venían mandarines y hasta príncipes de los países más lejanos a preguntarle y nunca se equivocaba en sus predicciones. Su celebridad fue la que le perdió y me hizo a mí desgraciada.

—¿Por qué, madre?

—El tha-ybu de las islas de los «Banderas Negras» y «Amarillas» había muerto. Las tribus pidieron otro. Kin-Lung y Sun-Pao habían oído hablar del que vivía con nosotros y decidieron, raptarle. Una noche sus barcas subieron el río, invadieron nuestra casa y se lo llevaron, dejándonos a ti y a mí solos, sin nada, porque los bandidos antes de partir lo saquearon e incendiaron todo.

—¡Kin-Lung y Sun-Pao! —exclamó Ong apretando los dientes—. ¿Por qué no me lo dijiste antes, madre? En vez de enrolarme en sus banderas hubiera intentado matarlos.

—Habría perdido al hijo, después del marido.

—¡El marido!… ¿Has dicho?… —dijo Ong parándose.

—Sí, el tha-ybu es tu padre, Ong —dijo Man-Sciú con emoción profunda.

—¡Madre! ¡Explícate!…

—Un día nos encontramos en las orillas del río Rojo —prosiguió Man-Sciú haciendo señal a Ong de que siguiera andando—. No era entonces un tha-ybu, sólo un pobre lanzu sin fortuna, un desgraciado como yo, deforme y además hambriento. Conmovida por su estado miserable, le acogí en, mi cabaña, y nos amamos. Éramos felices, y Gautama había bendecido nuestra unión dándonos un hijo: tú, Ong. Con el transcurso de los años la fama del antiguo lanzu fue aumentado y ya no se hablaba más que del tha-ybu. Vinieron los guerreros de los «Banderas Negras» y «Amarillas» y me lo robaron, destrozando mi felicidad para siempre. Antes no había oído hablar de Sun-Pao ni de Kin-Lung ni de sus islas. Obligada por la miseria, puesto que nuestros campos y nuestra casa fueron quemados, huí hacia las montañas de Seúl donde encontré abrigo y protección junto al padre de Lin-Kai. Por aquellos montañeses pude averiguar el nombre de los raptores de mi marido y el lugar al que le habían conducido. Te hice enrolar bajo las banderas de los dos capitanes para tener noticias de él y preparar mi venganza.

—¿Quién cegó a mi padre? —preguntó el joven con acento feroz.

—Los dos capitanes. En nuestro país dicen que los ciegos de nacimiento o por cualquier accidente son los mejores adivinos y pueden leer mejor que los demás en el gran libro del destino. Por esto, Sun-Pao y Kin-Lung no dudaron en quitar la vista a tu padre, pasando por delante de sus ojos la hoja enrojecida de un cuchillo.

—¡Le vengaré! ¿Verdad, madre?

—Y vengaremos también a Lin-Kai, cuyo padre nos recogió y nos dio de comer durante muchos años.

—Madre, me han dicho que fue el tha-ybu el que se opuso a la muerte de Lin-Kai. ¿Sabía que estabas agradecida al padre del desgraciado?

—Le hice advertir por un montañés que cayó prisionero de los «Banderas Negras» en los últimos combates.

—¿De modo que sabe que vives?

—Y que espero una ocasión, propicia para vengarle y libertarle. Por eso uní mi suerte a la de la Perla del Río Rojo.

—¿Y está lejano el día? Odio a muerte a Sun-Pao y a Kin-Lung y si quieres, les mataré. Sé que tú, como los «Banderas Negras», posees filtros. Dame uno y envenenaré su comida.

—Sería una muerte demasiado dulce —repuso Man-Sciú. El castigo será más terrible, especialmente cuando entablen la lucha para disputarse a la Perla y el vencedor sepa que el muerto era…

—¿Quién?

Horrible mueca contrajo los labios de la vieja.

—Es un secreto que pertenece a tu padre y a mí. Lo sabrás únicamente el día en que Kin-Lung haya matado a Sun-Pao o éste haya matado al otro.

La vieja calló no contestando ya a las preguntas de Ong. Apretaba el paso, invitando a su hijo a precederla para no caer en las numerosas hendiduras que rodeaban la elevada orilla.

Seguían una muralla de rocas que dejaba hacia el medio un pequeño saliente bordeando el mar.

Debajo se oían las olas estrellarse con estrépito, y entre la espuma se veían las bocas luminosas de los tiburones.

Ong había cogido una mano de la vieja y la sujetaba fuertemente por temor de que perdiese el equilibrio y se precipitase al abismo.

Después de recorrer unos doscientos metros se detuvo delante de una pequeña explanada de pocos metros de extensión.

Sentado sobre una roca, con las piernas colgando en el vacío, estaba un hombre inmóvil, con el rostro vuelto hacia la luna que brillaba espléndidamente, reflejándose en el mar.

Era pequeño como Man-Sciú y deforme, con la cabeza gruesa, como Ong, y casi completamente pelada, con una barba larguísima, que al final se entrelazaba como la de ciertos fakires de la India, y muy blanca.

Llevaba puesto un manto de tela oscura, con caracteres escritos en blanco y figuras y letras indescifrables, y suspendida del cuello una bolsa de piel que acaso contenía objetos de magia.

—El tha-ybu —dijo Ong, que se había detenido al extremo de la explanada.

—Quédate en el sendero, hijo —dijo la vieja—. Más tarde vendrás a abrazar a tu padre.

Avanzó silenciosamente hacia la roca y al llegar junto al adivino, le echó los brazos al cuello con arranque apasionado y le dijo con voz dulce:

—¿El tha-ybu del Río Rojo no conoce ya a su mujer que hace tantos años que le llora? ¿No recuerda ya a Man-Sciú?

El tha-ybu había lanzado un grito. Con gesto rápido se quitó el manto, mostrando su cuerpo casi esquelético y cogió con las dos manos la cabeza de la vieja, mirándola fijamente el rostro, con aquellos ojos que parecían haber perdido la luz.

—¡Man-Sciú! ¡Mi mujer! —exclamó sollozando.

—¡Gautama sea bendito!

Aquellos dos seres desgraciados permanecieron largo tiempo abrazados sin decir palabra. Sólo salían de sus labios profundos sollozos.

—Sí, eres mi Man-Sciú —dijo finalmente el tha-ybu—. Te veo y los años no borraron de mi memoria tu rostro.

—¿Me ves? —exclamó la vieja.

—Te veo —repitió el tha-ybu.

—¿No te cegaron los miserables?

En vez de contestar, el adivino atrajo a su pecho, por segunda vez, a vieja, preguntándole con voz temblorosa:

—¿Qué ha sucedido a nuestro hijo, Man-Sciú?

—Vive aún.

—¿Podré un día volverle a ver?

—Más pronto de lo que crees.

—¿Y quién te condujo aquí? ¿Quién te hizo atravesar los mares? ¡Diez años sin oír tu voz! ¡Cuántos sufrimientos en tan largo tiempo! ¡Mí pobre Man-Sciú, que felicidad experimento en estos momentos!

—Vine aquí con los «Banderas Negras» y «Amarillas» para acompañar a una muchacha.

—¿La Perla del Río Rojo?

—¿Qué es lo que sabes?

—Sabía que los dos capitanes habían partido para ir a buscarla. Era la prometida de Lin-Kai, el hijo del hombre que te había recogido y protegido después de mi rapto. ¿No es verdad, Man-Sciú?

—Sí.

—¿Sai-Sing le cree muerto?

—No; sabe que fue robado por los dos capitanes que le hicieron beber el filtro rojo y hemos venido aquí para salvarle y para vengarnos de los dos miserables. ¿Podremos librarle de Kin-Lung y de Sun-Pao? Vine a verte ante todo para preguntarte qué debemos hacer.

—¿Qué temes?

—Que le maten.

—Un joven me dijo que los dos capitanes habían embarcado para apoderarse de la Perla del Río Rojo y yo, previendo que aquellos dos piratas a su regreso no dudarían en matar a Lin-Kai, he tomado mis precauciones.

—¡Tú!…

—Lin-Kai está seguro y todos creen que se ha ahogado —dijo el tha-ybu.

—¿Y fuiste tú quien le salvaste?

El tha-ybu alzó los párpados que parecían cubiertos de profundos cardenales y enseñando a Man-Sciú los ojos, le dijo:

—Creyeron dejarme ciego, pero veo aún. Al pasarme por delante de los ojos el hierro candente que debía abrasármelos, cayeron abundantes lágrimas de mis ojos. Aquel velo fue suficiente para salvarme la vista. Me fingí ciego y me dejé conducir a esta caverna que ves. Me privaron de ver la luz porque, como sabes, los tha-ybu que no ven son los que mejor adivinan el futuro.

—¿Cómo pudiste ayudar a Lin-Kai? —preguntó Man-Sciú.

—Supe el sitio en que Kin-Lung le había secuestrado, Aprovechando la ausencia de los dos capitanes, hace tres noches, bajé a la playa, me apoderé de una canoa, y me dirigí a donde se encontraba el desgraciado joven. Había jurado recompensar la buena acción, que su padre llevó a cabo contigo y con nuestro hijo. Desembarqué sin que nadie me viese. Los guardianes y Lin-Kai dormían en la cabaña. Sorprendí a los dos «Banderas» y los apuñalé con sus propias armas, y me llevé al prisionero después de haber tenido el cuidado de dejar su traje y su sombrero en la escollera.

—¡Si alguien te hubiese visto! —dijo Man-Sciú, estremeciéndose—. ¿Y si sospechan de ti?

—¿De un ciego? Puedes estar tranquila. Nadie me vio jamás atravesar el sendero que bordea el mar, empresa imposible para un ciego.

—¿Y dónde está ahora Lin-Kai?

—Ven, Man-Sciú —dijo el tha-ybu.

La cogió por la mano y la hizo atravesar el espacio libre. Al extremo se abría un agujero profundo y oscuro del que salía un tufo insoportable. Era la caverna de las golondrinas salanganas que le servía de asilo.

Encendió una lámpara formada por media cáscara de coco llena de algodón embreado y entró en el antro.

Ante aquella luz inesperada, millares de gráciles aves, semejantes a golondrinas, que construían sus nidos en los huecos de las peñas, comenzaron a volar desordenadamente por la amplia caverna, cuyas bóvedas eran altísimas.

El tha-ybu, sin preocuparse del terror que se había apoderado de las aves, se introdujo en una galería lateral que avanzaba en medio de la pared granítica y entró en una segunda caverna más pequeña que la primera, con el suelo cubierto de arena fina y de hojas secas.

En un ángulo un joven bellísimo, de formas arrogantes, con la cabellera larga, negrísima y rizada, estaba echado sobre un montón de hojas de plátanos que parecían recién cortadas.

Hasta durmiendo vagaba por sus labios una sonrisa de imbecilidad.

—¿Le ves? —preguntó el tha-ybu.

—¡Lin-Kai! —exclamó la vieja—. ¡Pobre joven!…

—Nadie sospechará que se encuentra aquí —dijo el adivino—. Esta segunda caverna comunica con el mar, y todos ignoran su existencia.

—¿Sigue estando loco?

—Sí, pero es una locura tranquila: el filtro rojo no hace sufrir más que cuatro horas. No se acuerda de nada. Es como un animal, como una planta que vegeta. Se extinguió su memoria. Continuaría impasible aunque le colocases frente a la Perla del Río Rojo.

—Del incendio libré tus filtros, incluso el verde, que es el antídoto del rojo.

Un rayo de esperanza iluminó las muertas pupilas del tha-ybu.

—Entonces le haremos huir y le curaremos —dijo.

—¿Cuándo?

El tha-ybu iba a contestar, cuando oyeron, fuera un silbido, seguido después de un alarido que parecía de un lobo viejo.

Man-Sciú se estremeció.

—Es la señal de alarma de Ong —dijo.

—¡De nuestro hijo!… —gritó el tha-ybu.

—Él fue quien me condujo aquí.

—¡Quiero verle!… ¡Quiero verle!…

Ong entraba en aquel momento en la caverna exclamando:

—¡Madre! ¡Madre!

Man-Sciú y el adivino se precipitaron al corredor.

—¿Qué quieres, Ong? —preguntó la vieja.

—Hay hombres que avanzan por el sendero —repuso el joven—. Los he…

No pudo acabar. El tha-ybu le había estrechado entre sus brazos llevándole cerca de la lámpara.

—¡Mi hijo! —exclamó—. Este encuentro me compensa de tantos años de padecimientos.

Man-Sciú, que se había dirigido a la salida de la caverna, volvió rápidamente hacia adentro.

—Es Sun-Pao, que viene —dijo.

El tha-ybu se separó bruscamente de su hijo.

—¿Qué viene a buscar aquí el maldito? —rugió—. Será el primero que muera.

—No viene solo, padre —dijo Ong.

—Y además la venganza no sería completa —dijo Man-Sciú.

—¡A la caverna de Lin-Kai! —ordenó el adivino.

Man-Sciú y Ong desaparecieron en la galería tenebrosa en el mismo momento en que Sun-Pao aparecía en el umbral de la caverna, escoltado por cuatro guerreros fieles.

—¿Quién viene a interrumpir las meditaciones del tha-ybu? —preguntó el adivino con cólera—. La noche se hizo para mí desde el día en que mis ojos no pudieron ver la luz del sol.

—Soy yo; Sun-Pao —repuso el capitán—. Vine porque te necesitaba.

El tha-ybu repuso con, un gruñido que indicaba su mal humor por aquella visita inesperada.

—¿Interrogaste a los astros esta noche? —preguntó el bandido.

—Sí; y he descubierto, a través de mis párpados, una estrella que brillaba con luz intensa sobre nuestra isla.

—¿La de la Perla del Río Rojo?

—Sí.

—¿Declinaba hacia mis islas o hacia las de Kin-Lung?

—Permanecía inmóvil.

—¿Qué significa?

—Que basta ahora Gautama no ha decidido que la Perla sea esposa tuya o de Kin-Lung.

—Sé que eres el mejor y el más famoso adivino de Tonkín, y que puedes interrogar a placer al Espíritu Celeste y aun al Marino. Debes saber hacia qué lado se inclinará la estrella y acaso hasta obligarla a ello.

—Puedo predecirte hacia qué lado se inclinará, pero nada más.

—Entonces, dímelo.

—¿Lo quieres? —preguntó el tha-ybu.

—Sí. Así, al menos, si la suerte me es contraria, podré prepararme para disputar al perro de Kin-Lung la Perla.

—Se inclinará hacia la isla de aquél a quien llamaste perro.

Un alarido feroz, que más parecía rugido de tigre furibundo, salió del pecho del bandido.

Desenvainó la cimitarra y se lanzó sobre el tha-ybu, gritando:

—¡Maldito brujo! No predecirás más el porvenir.

Iba a partirle el cráneo, cuando se oyó en el corredor un rugido amenazador.

Sun-Pao, que era decidido y valiente, era sobre todo supersticioso y temía al misterioso poderío de los lanzu y de los tha-ybu.

Al oír el rugido se detuvo, mirando con terror hacia la galería oscura.

—¿Por qué no hieres? —preguntó el tha-ybu en tono burlón.

—¿Quién está ahí dentro? —preguntó Sun-Pao, castañeteándole los dientes.

—Hace poco vi en aquella galería un espíritu.

—¿Cuál?

—El de Lin-Kai.

Sun-Pao retrocedió palideciendo intensamente.

—¿Te habló? —preguntó temblando.

—Sí, vino a verme para decirme que se prepara a vengarse…

—¡Si Lin-Kai ha muerto!

—¡Eh! —dijo el viejo adivino, moviendo la cabeza—. Algunas veces los muertos, por voluntad de Gautama, vuelven, a la tierra y, además, ¿quién te ha dicho que ha muerto?

—Kin-Lung y yo hemos encontrado la prueba de su suicidio.

—¿De modo que era realmente un alma en pena la que vagaba hace poco por esa galería?

—¡Oh! ¡El alma! —exclamó Sun-Pao—. Te dejo en su compañía porque no me hace gracia tratar con muertos. Buenas noches, tha-ybu y recuerda que tendré la vista fija en ti.

Dicho lo cual, Sun-Pao salió de la caverna y se internó por el sendero seguido por sus hombres, desapareciendo entre las rocas.

En cuanto se hubo alejado salió Ong de la caverna con la cimitarra desenvainada.

—Padre —dijo—, estaba preparado para matar al miserable, y a estas horas no viviría si mi madre no me lo hubiese impedido.

—Hizo bien, tu madre en detenerte, Ong —repuso el tha-ybu—. Los guerreros de Sun-Pao te hubieran asesinado.

—¿Y si te hubiese matado?

—No se atreve. Quería sólo asustarme. Estaba seguro.

—Y en cambio, yo le asusté a él —dijo Man-Sciú—. ¿Creyó que aquel alarido lo enviaba el alma de Lin-Kai?

—Temo lo contrario, Man —repuso el tha-ybu—. Es supersticioso, pero también es astuto. Temo que intente sorprenderme. ¿Oíste sus últimas palabras?

—Sí, Cantubí.

—Velará y me hará velar.

—¿Habrá sospechado que Lin-Kai está refugiado aquí?

—Lo supongo.

—¿Si volviera con otros a visitar la caverna?

—Llegaría demasiado tarde. Dentro de media hora la luna se habrá velado y nosotros pondremos a salvo a Lin-Kai. Si le encontrara aquí le mataría sin piedad, a él y a todos nosotros. Ong va a vigilar el sendero que costea el precipicio, y tú, Man, sígueme.

Mientras el joven salía, el tha-ybu volvió a entrar en el corredor, después en la segunda caverna y con una sacudida despertó a Lin-Kai.

El joven levantó la cabeza, echando en torno una mirada sin expresión, deteniéndola en el adivino. Una sonrisa de idiota se dibujó en sus labios.

—¡Levántate! —ordenó el adivino en tono imperioso. Lin-Kai pareció hacer un esfuerzo supremo para comprender el sentido de aquellas palabras. Después se levantó lentamente.

—¿Te comprende? —preguntó Man-Sciú, mirando con profunda compasión a aquel joven, antes hermoso, orgullo de su tribu y ahora reducido a aquel estado miserable.

—Sí —repuso el adivino—, pero necesito mirarle fijamente. Obedece más a mis ojos que a mis palabras.

Se acercó a un ángulo de la caverna y empujó vigorosamente un peñasco, haciéndole correr por una especie de estrías.

Un soplo de aire fresco y húmedo, impregnado de emanaciones salinas, salió por aquel agujero.

El tha-ybu cogió a Lin-Kai por una mano, hizo señal a Man-Sciú de que alzara la lámpara y se internó por aquel agujero, cuyo suelo, lleno de ovas secas, descendía rápidamente.

—¿Adónde le llevas?

—Este pasadizo conduce a la playa —repuso el adivino.

—¿Y después?

—Escondí la barca que me sirvió para libertar a Lin-Kai y que había robado en la aldea de los «Banderas Negras». Irás con Ong y con el loco.

—¿Y tú?

—No puedo alejarme. Sun-Pao puede volver de un momento a otro y si no me encuentra, sospechará de mí.

—¿Y adónde conduciremos a este pobre joven?

—A doscientos pasos de este pasadizo hay una caverna marina que sólo yo conozco y cuya salida cubren espesos matorrales. Allí le llevaréis. Dile a Ong lo que tiene que hacer para encontrarla.

—¿Y quién estará aliado de Lin-Kai? La Perla del Río Rojo me espera.

—Quedará Ong. Tú, que sabes remar como un barquero del río Rojo, volverás siguiendo la costa. No te aconsejo que vuelvas por el mismo sendero. Sun-Pao no debe de haberse alejado.

Continuaron descendiendo, inclinándose, de vez en cuando, para no tropezar con la cabeza contra la bóveda, que seguía siendo cada vez más baja. Fragor ensordecedor producido por el batir de las olas se prolongaba por la galería, despertando el eco.

Finalmente se encontraron sobre una escollera de pocos metros de extensión. En torno rugía el mar salpicándola de espuma.

—Aquí estaremos al abrigo —dijo el tha-ybu—. Nos encontraremos bajo el sendero que bordea el precipicio y allí, en aquel agujero, está escondida la barca. Es ligera y bastará un empujón para botarla.

Puso las manos sobre los hombros de Man-Sciú, contemplándola durante algunos minutos a los últimos rayos del astro nocturno que en aquellos momentos se ponía tras los mares.

—Mañana se pronunciará la profecía —dijo—. Se lo dices a la Perla del Río Rojo y la añadirás que puede estar tranquila.

—¿En quién recaerá la elección? ¿En Sun-Pao o en Kin-Lung?

Sonrisa siniestra vagó por los labios del adivino.

—Hace diez años espero mi venganza —dijo con voz sorda—. La mía será más terrible que la que tú imaginaste. Conozco a Sun-Pao y a Kin-Lung y a sus guerreros. Mañana pronunciaremos la destrucción de esos bandidos.

—¿Es, pues, verdad el secreto, que me confiaste por medio del montañés que fue tu mensajero?

—Sí.

—Kin-Lung y Sun-Pao son…

—Silencio, Man-Sciú. Hasta mañana por la noche.

Imprimió sobre su frente rugosa un beso y volvió por el mismo camino. Ong le esperaba en la caverna.

—Padre —dijo el joven—, no te engañaste. Sun-Pao vigila el sendero.

—¡Ve con tu madre y haz cuanto te diga! Encontrarás el escondrijo una vez pasada la sexta caverna, allí donde veas que las paredes de basalto se encogen. Rema silenciosamente y espera que la luna acabe de ponerse. No olvides que Sun-Pao está en el sendero y que podría oírte.

—Seré prudente, padre.

—Cuando hayas conducido a tu madre a la aldea, volverás junto al loco y velarás por él. Mañana por la noche todo habrá acabado. Nosotros regresaremos a la tierra de nuestros padres, que hace diez largos años que no veo, y volveré a ver nuestro Río Rojo, en cuyas orillas amé a tu madre y…

Se interrumpió. Extraña conmoción truncaba su voz.

—Ong, hijo mío —dijo sollozando—. ¿Acaso no habrán terminado mi tormento y mis desgracias? Ayer interrogué a los astros y mi estrella estaba oscura.

—¿Qué temes aún, padre? —preguntó el joven.

—No lo sé. Y sin embargo, presiento que otra desgracia está cercana. ¡Malditos!…¡Pobres de vosotros!… ¡Seré implacable!…

Estrechó con fuerza al joven entre sus brazos, abriendo los párpados, casi consumidos por el calor intenso de la cimitarra candente; después se separó bruscamente, volvió a salir a la galería, atravesó de nuevo las dos cavernas y se sentó otra vez en el escollo con las piernas colgando en el vacío.

Escuchaba con el aliento suspenso, tembloroso, y mirando al mar, que se había vuelto sombrío. Hacía algunos momentos que a luna había desaparecido y oscuridad profunda envolvía la superficie líquida y las siete islas de los «Banderas Negras» y «Amarillas».

Pasaron pocos minutos. De pronto un alarido atravesó las tinieblas. Parecía el grito de un hombre que muere.

El tha-ybu se puso en pie, con el rostro transfigurado y los ojos saliendo de las órbitas:

—¡Desgracia! ¡Desgracia! —gritó—. ¡Sun-Pao, maldito seas!

14. EN LA ESCOLLERA

Sun-Pao, al salir de la caverna del tha-ybu, fue presa de un acceso de furor tan grande que poco faltó para que no volviera a destrozar el cráneo al adivino que se había atrevido a decirle que la estrella de la Perla tendía a inclinarse hacia las islas de su rival.

Únicamente le refrenó el temor de encontrarse con el espíritu de Lin-Kai, porque, como ya hemos dicho, aquel bandido era tan supersticioso como todos los tonkineses, los cuales creen en la aparición de almas y fantasmas.

Sentía, sin embargo, en el corazón el ansia de dar una lección al ciego que suponía favorable a Kin-Lung y al que creía capaz de ejercer influencia en los astros. La idea de suprimirle, para impedirle pronunciar su predicción, se aferraba obstinadamente a su cerebro.

—Aunque muriera —murmuraba, continuando por el estrecho sendero que flanqueaba la enorme escollera—, la Perla del Río Rojo tendría que elegir. En caso de que se negara, sabría decidirla, aunque tuviese que apelar a la violencia. Más vale muerta que esposa de aquel perro de Kin-Lung.

Así murmurando, llegó a la mitad del sendero, cuando llamó su atención un ligero batir de remos.

Se volvió hacia sus hombres, que también se habían detenido, inclinándose sobre la escollera para oír mejor.

—Lami —preguntó al más viejo de los cuatro, que había ocupado el puesto del difunto Laos—, ¿no oyes un ruido de remos sobre el agua?

—Sí, capitán —repuso el nuevo lugarteniente de los «Banderas Amarillas».

—¿Quién, puede a estas horas haberse alejado de la aldea? ¿Diste órdenes de que nadie saliera de la rada?

—Sí, antes de nuestra salida.

—¿Acaso sea Kin-Lung que se dirija adónde está el tha-ybu para interrogarle? Sería una magnífica ocasión para romperle el cráneo con uno de estos peñascos —murmuró el bandido—. Muerto él, me río yo de las predicciones del tha-ybu.

Se inclinó sobre la escollera, que sólo tendría unos quince metros de altura y miró fijamente.

La oscuridad era tan densa que no se podía distinguir nada. Pero se veía una estrecha cinta de plata que podía ser la estela de un tiburón nadando en una zona de agua saturada de moluscos microscópicos, denominados noctilíneos, que producen la fosforescencia.

—¿Qué crees que es, Lami? —preguntó Sun-Pao.

—Debe de ser una barca —repuso el lugarteniente.

—¿Y tripulada por quién?

—No se distingue nada, capitán.

—Viene hacia nosotros —murmuró Sun-Pao—. No puede ser más que Kin-Lung.

Quedó un momento perplejo, pero enseguida tomó una determinación.

—Si no es él, tanto peor para el que sea —murmuró.

A pocos pasos había un montón, de peñascos movibles, caídos acaso de lo alto de la escollera, durante una de las tempestades tan frecuentes en aquellas regiones.

—Ayudadme —dijo a sus hombres.

—¿Qué quieres hacer, capitán? —preguntó Lami.

—Hundir la chalupa con los que van dentro —repuso Sun-Pao—. ¿Estás cierto de que ninguno de los nuestros dejó la rada?

—Ya sabes que ninguno hubiera sido capaz de desobedecerte.

—Mira la estela plateada que se dibuja debajo de nosotros. ¡Arrojad esos peñascos!

Los cinco se apoyaron sobre el montón y con un empujón irresistible lo arrojaron sobre la escollera.

Los peñascos rodaron con horrible estrépito y cayeron al mar, levantando inmensas olas de agua fosforescente.

En el mismo momento un alarido salió de debajo de la escollera, seguido de una voz de mujer que gritaba a voz en cuello:

—¡Han matado a mi hijo! ¡Asesinos!… ¡Malditos!

Sun-Pao había dado un paso atrás lanzando una exclamación de asombro. Reconoció la voz que había gritado: «¡Han matado a mi hijo!».

—¡Man-Sciú! —exclamó—. ¿La habré matado? ¿Adónde iba la vieja a estas horas tan avanzadas? ¡Lami, bajemos!

—Por aquí es imposible —dijo el lugarteniente.

La escollera estaba cortada a pico.

—Busquemos por otro sitio.

—Conozco un sendero. Ven, capitán.

Corrieron ansiosos por saber si la vieja había sido herida por algún peñasco.

Después de aquel grito, ningún otro rumor había turbado la tranquilidad del mar: parecía que la vieja se hubiese hundido con la chalupa en que iba.

Mientras corría detrás del lugarteniente, Sun-Pao se preguntaba ansiosamente el motivo que tendría la adivina para ir por la escollera, en vez de encontrarse al lado de Sai-Sing, y cuál podía ser aquel hijo que nunca había visto.

—Aquí se encierra un misterio que es necesario descubrir —murmuraba—. ¿Será acaso la vieja, igual que el tha-ybu, favorable a Kin-Lung y desempeñará alguna misión misteriosa por cuenta de mi rival?

—Hemos llegado, capitán —dijo el lugarteniente, deteniéndose delante de una abertura profunda—. Por aquí podemos descender.

Se pararon un momento para escuchar y después, no oyendo nada, se metieron por aquella hendidura aferrándose a las puntas de las rocas para no rodar al mar.

Aquel peligroso descenso fue llevado a cabo sin incidentes, más rápidamente de lo que puede describirse, dada la extrema agilidad de los idos hombres.

Al llegar abajo se encontraron en una especie de cornisa que se prolongaba siguiendo la escollera, ora alejándose, ora estrechándose tanto que no había sitio material para poner el pie.

Avanzaron con precaución por aquel paraje, por encima de la escollera, para no ser arrastrados por las olas que venían a romperse contra la playa con prolongados mugidos, botando y rebotando sin cesar, y llegaron a una diminuta península, la cual penetraba en el mar algunos centenares de metros.

Más allá de la playa se alargaba y se encogía una hendidura que aparecía penetrar en alguna caverna submarina.

Apenas habían notado aquel abrigo que se abría en la escollera, cuando oyeron lamentos en la extremidad de la peninsulita.

—Hay alguien que se lamenta —dijo el lugarteniente.

—¿Acaso sea Man-Sciú? —preguntó Sun-Pao—. Vamos a verlo.

Avanzaron apretándose unos contra otros por ser la peninsulita muy estrecha y estar constantemente barrida por las olas. Al llegar al cabo vieron una forma humana echada sobre un macizo de algas, que a veces quedaba cubierto por la espuma.

Sun-Pao, que precedía a sus compañeros, se inclinó y la cogió en brazos.

—¡La vieja Man! —exclamó—. No me había engañado. ¿Qué ha venido a hacer aquí esta vieja? Tengo curiosidad por saberlo.

La adivina se había desmayado y por la cabeza le corría un hilo de sangre. Debió recibir en el cráneo algún fragmento de roca.

—¿Habremos hundido la barca? —preguntó Lami.

—Seguramente —repuso Sun-Pao—; veo flotar sobre las olas algunos trozos de madera.

—¿Qué venía a buscar aquí la adivina?

—Eso es lo que quisiera saber.

—Hagamos que recobre el conocimiento, capitán.

—Vendémosla primero la cabeza.

Uno de los piratas se quitó la faja de seda amarilla que rodeaba su cintura y rodeó con ella varias veces la cabeza de la pobre mujer, conteniendo la sangre.

—Ahora llevémosla a la aldea —dijo Sun-Pao.

La cogió entre sus brazos robustos y volvió a subir por la escollera, llegando felizmente al sendero.

—¿No la interrogas? —preguntó Lami cuando estuvieron arriba.

—¿Y crees que contestaría la verdad? —repuso Sun-Pao, que se quedó pensativo durante algunos segundos.

—¿La volverás al lado de la Perla del Río Rojo sin saber por qué motivo dejó la aldea de noche? Aquí hay algo que puede interesarte, capitán.

—Así lo creo yo también —dijo Sun-Pao—. A menos que no fuese a ver al tha-ybu.

—Hubiera ido por el sendero. Ya sabes que la escollera sobre la cual está la caverna del tha-ybu es inaccesible…

—Es verdad, pero esta vieja no te dirá nunca la verdad.

—¡Ah! De todos modos la sabré.

—¿De qué modo?

—Ya lo verás.

Man-Sciú seguía desmayada, pero ciertos estremecimientos que recorrían su cuerpo hacían presumir que su desmayo iba a durar poco.

Sun-Pao, al notarlo, la puso en brazos de uno de sus hombres, diciéndole:

—Llévala a casa de Sai-Sing y no la digas que fui yo quien la recogió. Si te pregunta cuéntala que la encontraste desmayada sobre aquel escollo, mientras estabas buscando cangrejos de mar.

—¿Debo preguntarle lo que hacía en la escollera? —preguntó el pirata.

—Es inútil. Lo sabré igualmente. Ven, Lami.

Habían llegado a la aldea.

En torno de la grácil casa, puesta a disposición de la Perla del Río Rojo, ardían aún numerosas hogueras; pero los «Banderas Negras» y «Amarillas» dormían a pierna suelta tumbados alrededor.

Sun-Pao y Lami pasaron silenciosamente por entre los centinelas y se acercaron a la casa, escondiéndose detrás de un emparrado de plantas trepadoras.

Una ventana del piso bajo estaba iluminada y la luz emergía por entre los agujeros de la estera colorada que servía de persiana.

—Es la habitación de Sai-Sing —dijo Sun-Pao al lugarteniente—. Lo oiremos todo.

Alzó un poco la estera e hizo un gesto de sorpresa. La Perla del Río Rojo no se había acostado aún y paseaba por la habitación con alguna nerviosidad.

—¡Ah! —murmuró el bandido—. Lo sospechaba.

La Perla del Río Rojo, en efecto, no se había acostado aún. Esperaba, presa de mortal angustia, la vuelta de Man-Sciú, paseando nerviosamente por la espléndida habitación iluminada por una linterna enorme de talco, que hacía destellar los bordados de oro de los tapices.

Desde que la vieja, aprovechando el sueño de los «Banderas Negras» y «Amarillas» partió, la doncella no había tenido un momento de reposo. Sabía que había ido a ver al tha-ybu, a combinar la venganza tanto tiempo preparada y la libertad de Lin-Kai, y aquellos pensamientos la impidieron cerrar los ojos un solo instante.

Aun sin pensar en la venganza, la hubiera bastado la idea de que el prometido, a quien tanto amaba, llorado ya por muerto, estaba a punto de ser aniquilado por los dos capitanes de los «Banderas», para desvelarla a pesar de las fatigas del viaje.

Era más de medianoche y la angustia de la Perla del Río Rojo había llegado al más alta grado cuando vio aparecer ante sus ojos de improviso a la vieja Man-Sciú.

¡Pero en qué estado regresaba aquella pobre criatura!… Tenía los ojos extraviados, como si se hubiera apoderado de ella súbita locura, con el rostro terroso, amarillento casi, manchado de sangre y el traje empapado en agua.

Apenas entró en la habitación, la desgraciada, que respiraba penosamente, como si hubiera hecho una larga caminata, se dejó caer sobre una alfombra, gimiendo sordamente.

La Perla del Río Rojo se precipitó hacia la vieja y lanzó un grito terror.

—Man-Sciú —exclamó—. ¿Quién te redujo a tal estado? ¿Qué te ha sucedido?

—¡Miserable! ¡Miserable!… —gemía la vieja—. ¡Lo esperaba!… ¡Allí!… en el sendero del abismo… ¡Ong!… ¡Pobre hijo mío!… ¡La maldición pesa sobre mí!…

—¡Cuenta, dímelo todo!… ¿Lin-Kai? —gritó la joven—. ¿Le han matado?

La vieja, que parecía enloquecida por un dolor repentino, se quedó callada, mirándola con los ojos llenos de lágrimas.

—¡Han matado a Ong! —dijo por fin, con un hipo espantoso—. Estábamos cerca de la caverna marina… pocos pasos más y Lin-Kai estaba a salvo… cuando cayeron sobre la chalupa unos peñascos… Los miserables, sospechando de nosotros, o por espíritu de maldad o creyendo que íbamos a ver al tha-ybu, quisieron matarnos… Ong… Mi pobre Ong… Le mataron a mi vista… Cayó a mis pies con el cráneo destrozado. ¡Perla del Río Rojo!… ¡Véngame!

—Explícate, Man-Sciú —dijo la doncella, que no llegaba a comprender todas aquellas frases inconexas.

Llenó una copa de arak y obligó a la vieja a bebérsela.

Calmándose un poco, Man-Sciú, después de sollozar y de llorar, le contó la visita hecha al tha-ybu.

La llegada repentina de Sun-Pao y la fuga a través de la galería para dejar a salvo a Lin-Kai.

—¿Has visto, pues, a mi prometido? —exclamó Sai-Sing con ojos en los que brillaba alegría infinita.

—Sí, le vi y le condujo a la chalupa. El tha-ybu le había librado de sus guardianes.

—¿Y después? ¡Man-Sciú, cuenta…, cuenta!…

—Nos habíamos embarcado —continuó la vieja, después de una larga pausa—. Marchábamos cautamente, procurando ir pegados a las rocas para que no pudiera descubrirnos el maldito Sun-Pao que velaba en el sendero para espiar al tha-ybu. Creo que ya tenía la sospecha de que Lin-Kai, en vez de haber muerto, estaba escondido en la caverna de las salanganas. Habíamos ya llegado a pocos pasos de la sexta escollera, sobre la cual se abría el escondrijo señalado por el tha-ybu, cuando cayó sobre nosotros una tempestad de peñascos. Sun-Pao y los suyos debieron oír el rumor de nuestros remos y sospechando algo intentaron matarnos.

—Cayó un peñasco y me hirió de rechazo, después cayó otro sobre el cráneo de Ong, que se desplomó salpicándome con su sangre sin exhalar más que un grito… después no sé lo que sucedió. Me encontré en el agua, porque la chalupa quedó destrozada; después, en la caverna marina, junto a Lin-Kai. ¿Cómo pudimos llegar hasta allí? No podía decírtelo, Perla del Río Rojo. ¿Me ayudó Lin-Kai? Acaso no llegue a saberlo nunca.

—¿Quedó herido mi prometido? —preguntó Sai-Sing con angustia.

—No; pudo escapar a aquella lluvia de peñascos, quedando perfectamente incólume.

—¿Me lo juras?

—Por Gautama.

—¿Y Ong?

—Fue devorado por los tiburones, pero ya había muerto —sollozó la vieja.

—¿Conoce Sun-Pao aquella caverna?

—No; y además está tan oculta por plantas trepadoras y montones de algas que nadie conseguiría encontrarla.

—¿Estás segura de que Sun-Pao no os ha reconocido?

—La noche era oscura, porque hacía ya rato que la luna se había puesto —repuso Man-Sciú—. Ni siquiera puede haber visto la chalupa.

—¿Y has dejado solo a Lin-Kai?

—Le até para impedirle que abandonase aquel escondite. Me dejó hacer sin oponer la menor resistencia. Después le eche en la boca un narcótico y le adormecí. Ya sabes que en mi cintura llevo siempre frascos de veneno y filtros.

—¿No correrá peligro de ser descubierto?

—No, te repito, Perla del Río Rojo. Está allí más seguro que en la caverna del tha-ybu. ¡Ah! ¡Pobre Ong! ¡Malditos sean todos estos bandidos!

—¿Y cómo llegaste aquí?

—Me trajo un pescador de cangrejos de mar que me recogió en la escollera a pocos pasos de la caverna.

—Es necesario advertir al tha-ybu —dijo Sai-Sing después de breve pausa—. Tiemblo por Lin-Kai. ¿Si aquel pescador, sospechando algo, descubriese la caverna?

—¿Y a quién enviar al tha-ybu, ahora que Ong ha muerto? —gimió la vieja.

—Tú, Man-Sciú.

—¿Cuándo?

—Mañana por la noche.

—¿Podrás prolongar la decisión del tha-ybu? Sun-Pao y Kin-Lung están impacientes por conocer tu suerte.

—Cederán a mis deseos —repuso la doncella con suprema energía—. Ve a acostarte Man-Sciú, bien lo necesitas.

La vieja, que parecía mantenerse en pie por un verdadero milagro de equilibrio, se dejó caer sobre el pavimento.

Sai-Sing la levantó y la llevó a su propio lecho, murmurando conmovida:

—¡Pobre mujer! ¡Pero la Perla del Río Rojo te vengará!

15. EL INTERROGATORIO DEL «THA-YBU»

Un cuarto de hora después, Sun-Pao entraba como una bomba en la habitación de los «Banderas Negras», que se hallaba al otro extremo de la aldea, dentro de una fortaleza defendida por algunos cañones viejos de latón.

Parecía que el capitán de los «Banderas Amarillas» se hubiese vuelto loco de pronto o, por lo menos, presa de una excitación imposible de describir.

Kin-Lung, que no se había acostado, porque le gustaba pasar la noche bebiendo en compañía de sus lugartenientes, al ver entrar a su rival con los ojos enfurecidos, la frente inundada de sudor y el rostro descompuesto, comprendió enseguida que algún acontecimiento extraordinario debía de haber ocurrido para impresionar de tal modo al capitán de los «Banderas Amarillas», hombre poco dado a conmoverse.

—¿Qué tienes, Sun-Pao? —le preguntó, mirándole con asombro, mientras hacía señal a su lugarteniente de que se retirase.

—¿Qué tengo? —exclamó Sun-Pao, cuando se cerró la puerta—. Tengo que decirte que hemos sido engañados y que Lin-Kai no solamente vive sino que está en lugar seguro.

—¿Sueñas o bebiste demasiado esta noche? —preguntó Kin-Lung, que, sin embargo, palideció.

—Tengo pruebas.

—¡Lin-Kai vivo! —exclamó el capitán de los «Banderas Negras».

—Y se quién le libró y quién mató a los hombres que dejaste para que le vigilaran.

—¡Su nombre! —gritó Kin-Lung con ferocidad.

—El tha-ybu.

—¡Imposible! Un hombre viejo, ciego, casi sin fuerzas, no puede haber luchado contra dos hombres fuertes y valerosos.

—Te repito que fue el tha-ybu —dijo Sun-Pao—. Y agrego además que Sai-Sing sabe que Lin-Kai vive.

Una blasfemia espantosa salió de los labios del capitán de los «Banderas Negras» mientras rechinaba los dientes como una fiera irritada.

—¡Explícate, Sun-Pao! —dijo, secándose algunas gotas de sudor frío que corrían por su frente—. Cuéntamelo todo. Enseguida nos ocuparemos de Lin-Kai. ¿Vive aún? ¿Pero por cuántas horas? Le mataré aunque tenga que desafiar las iras de Sai-Sing.

Cuando supo por Sun-Pao lo que había sucedido y lo que había oído, la cólera de Kin-Lung, basta entonces apenas contenida, estalló en forma terrible.

—¡El tha-ybu será el primero que lo pague! —gritó furioso—. Nos pasaremos sin su profecía y Sai-Sing deberá elegir igualmente entre nosotros. Si quieres nos la podemos disputar con las armas en la mano.

—De eso hablaremos después —dijo Sun-Pao—. Ocupémonos antes de hacer desaparecer a nuestro rival porque posee el corazón de Sai-Sing.

—¿No pudiste averiguar dónde se encuentra?

—En una caverna marina, pero ¿en cuál? Ya sabes que hay muchas en las islas que jamás fueron exploradas por nadie.

—Nos lo dirá el tha-ybu —dijo Kin-Lung con resolución.

—¿Y si se niega?

—Sabremos convencerle con argumentos contundentes —repuso el capitán de los «Banderas Negras» con cruel sonrisa—. No perdamos el tiempo y vayamos a buscarle.

—¿Y si obligásemos a Man-Sciú a hablar?

—Sai-Sing lo sabría enseguida y a nosotros nos conviene que ignore que sabemos su secreto.

—Eres más listo que yo en las decisiones —dijo Sun-Pao con acento burlón.

—¿Dónde dejaste a tu lugarteniente?

—Me espera abajo.

—Yo llevaré el mío: así iremos con fuerzas iguales.

—¿Desconfías de mí?

—Somos rivales y no se sabe lo que puede suceder —repuso Kin-Lung—. La escollera es peligrosa y un empujón dado en momento oportuno puede romperle a uno las piernas y hasta la cabeza.

—Es verdad —repuso Sun-Pao, siempre burlón.

Kin-Lung llamó a su lugarteniente, un bandido de formas hercúleas y aspecto feroz, que en el cinturón de seda llevaba un verdadero arsenal entre puñales, cuchillos y pistolones, y los tres salieron a la calle, donde les esperaba Lami, tan armado como el otro.

La luna se había puesto y todos dormían en la aldea, de modo que los cuatro bandidos pudieron sin ser vistos, llegar al peligroso sendero que flanqueaba la alta escollera.

Cuando llegaron cerca de la plataforma de la caverna de las salanganas, divisaron al tha-ybu, que daba vueltas como un loco sobre el borde de la roca, inclinándose, de vez en cuando, sobre el abismo.

—¿Así es como consultas a los astros, Cantubí? —preguntó Kin-Lung, con voz airada, presentándose en la plataforma—. Me parece que las estrellas nunca han brillado entre las olas y las escolleras.

El tha-ybu, al ver a los cuatro hombres, que reconoció enseguida, experimentó un estremecimiento de terror. La vuelta repentina de Sun-Pao, acompañado por el capitán de los «Banderas Negras» no le parecía de buen augurio.

Sin embargo, sofocó la angustia que torturaba su corazón, producida por la incertidumbre de la suerte reservada a Ong y a Man-Sciú y repuso con voz tranquila:

—El tha-ybu interroga a los astros y también al mar. ¿De qué te quejas? ¿No salieron siempre verdad mis profecías?

—Es verdad —repuso Kin-Lung, con sardónica risa—. Dudo, sin embargo, que llegues a adivinar cuanto yo quiero saber.

—¿A quién corresponderá la Perla, del Río Rojo? —preguntó Cantubí—. En ese caso te diré lo que hace poco decía a tu rival.

—No se trata ahora de la futura reina de las islas —repuso, Kin-Lung con voz dura—. Quisiera saber de ti, que adivinas tantas cosas, dónde ha huido Lin-Kai, porque a nuestro regreso no le encontramos en el sitio en que le habíamos dejado.

El tha-ybu se estremeció y pensó para sus adentros:

—Alguien me ha hecho traición —sin embargo, fingiendo gran sorpresa, dijo—: Lin-Kai no puede haber huido. Un hombre que ha bebido el filtro rojo no tiene fuerzas para alejarse.

—Y, sin embargo, mató a sus guardianes.

—¿Él? ¡Imposible!

—Entonces habrá sido otro —dijo Sun-Pao, interviniendo—, y tú, que eres el adivino de la tribu, debes descubrirlo.

—Necesitaré antes interrogar a los astros —repuso Cantubí— y pasarán algunas noches. Ahora estoy ocupado en estudiar la estrella que ha de decidir la suerte de la Perla del Río Rojo y que es la que más de cerca os toca.

—Te engañas, viejo —dijo Kin-Lung—. La suerte de Lin-Kai es la que nos interesa conocer ahora. Es mejor saber en qué caverna marina se ha escondido.

El tha-ybu en aquel momento experimentó un escalofrío que no pasó inadvertido a los dos bandidos.

—Cantubí —dijo Sun-Pao con acento burlón—. Parece que tiemblas.

—Siento, en efecto, frío —repuso el desgraciado adivino.

—¿Frío o miedo?

—¿Miedo? ¿Y de qué? —preguntó el tha-ybu, procurando, con un esfuerzo superior, presentarse tranquilo.

—¿Sabes lo que dicen de ti en las islas?

—¿Que soy un adivino?

—Sí, pero que eres un hábil farsante —dijo Kin-Lung.

—Explícate.

—Dicen que has asesinado dos hombres.

—¡Yo! —exclamó el tha-ybu.

—Dos «Banderas Negras» —prosiguió Kin-Lung.

—¡Un ciego! ¿Y cómo hubiera podido matar a dos hombres si me hicisteis saltar los ojos?

—Y, sin embargo, tenemos la prueba.

—¿Quiénes son los dos hombres?

—Los que vigilaban a Lin-Kai, o, mejor dicho, los que estaban encargados de dejarle morir lentamente de hambre —dijo Kin-Lung.

Cantubí se secó con el revés de la mano algunas gotas de sudor frío que le bañaba la frente, y después dijo, con suprema energía:

—Los que te lo han dicho son viles calumniadores que juraron mi perdición. ¡Asesinar yo a dos hombres!… ¿Cómo podría dejar esta caverna si estoy ciego? Ningún tha-ybu podría hacerlo aunque le protegiese Gautama y el Espíritu Marino. Los que te lo han dicho son miserables. Dime quiénes son y lanzaré sobre ellos un maleficio tal, que les haré morir antes de ocho días.

Los cuatro bandidos se miraron, asustados por aquella amenaza terrible, pero Kin-Lung que era el más cruel, era también el menos supersticioso, y dijo de pronto:

—Deja los maleficios sobre los que nos lo han contado y sobre los que te han acusado; tú, con toda tu ciencia, no conseguirás saber nunca quiénes son. Dime, en cambio, dónde has escondido a Lin-Kai.

—Nunca he visto a Lin-Kai —dijo Cantubí.

—¿Lo niegas?

—Sí.

—¿Y afirmas que no le has raptado?

—Soy ciego, lo sabes, y jamás dejé esta caverna.

—Sabremos arrancarte lo que escondes —dijo Kin-Lung.

—¿Te atreverás?

—Espera. Vas a verlo. Hizo una señal a los dos lugartenientes.

No había pasado un minuto cuando el desgraciado viejo yacía en el suelo arrastrado por las manos de hierro de los dos piratas.

—¿Quieres decirnos, dónde has escondido a Lin-Kai? —preguntó Kin-Lung.

—Te he dicho que no le he visto nunca, porque soy ciego, y los que contaron que le dejé escapar son miserables calumniadores que quieren perderme.

—Recoged algas —dijo Kin-Lung.

Lamí se adelantó a la escollera y cogió un brazado de algas secas que colocó debajo de los pies del tha-ybu.

—¿Me quieres atormentar? —preguntó Cantubí con, voz lastimera.

—Quiero que confieses —dijo Kin-Lung fríamente.

—Entonces puedes matarme, porque yo no puedo decir lo que no sé.

—Lo veremos —repuso Kin-Lung, haciendo una señal a los dos lugartenientes.

Lamí extrajo de la cintura el eslabón y el pedernal y dejó caer algunas chispas sobre las algas. Un humo, denso al principio, se extendió; después una llama vivísima envolvió los pies desnudos del desgraciado adivino.

—¡Confiesa! —dijo Kin-Lung fríamente.

Cantubí lanzó un grito agudísimo, pero apretó los labios y se mordió la lengua.

—Echa más algas —dijo Kin-Lung, volviéndose a Lami—. El viejo no lo resistirá y hablará. Si se obstina le coceremos los pies.

La flama comenzaba a quemarle la planta del pie.

—¿Hablarás? —dijo Kin-Lung inclinándose hacia él.

—No sé nada. Soy un pobre ciego —rugió Cantubí.

—Y, sin embargo, nosotros tenemos la prueba de que sabes dónde está escondido Lin-Kai.

—No es verdad.

—Piensa en que si te obstinas en negarlo, te quemaremos vivo. Cantubí lanzó otro alarido aún más desgarrador que los anteriores. Un olor nauseabundo de carne quemada se esparcía por el aire. Sun-Pao agarró al adivino por el brazo y le sacó de la llama.

—Confiesa, terco —le gritó—. Sabemos que unas personas han llevado a Lin-Kai a una caverna.

—¡Personas!…

—Sí —exclamó el tha-ybu—. Habéis sido traicionados.

—¡Por fin! —exclamó Kin-Lung—. ¿Por quién?

—No lo sé aún. Pero lo sabré si me dejas tiempo de interrogar los astros.

—¿Son nuestros hombres?

—Sí —repuso Cantubí, que había adoptado una resolución desesperada—. Una estrella que vengo observando hace algunas noches me ha revelado una traición.

—¿Y dónde le han conducido?

—A una caverna marina.

—¿A cuál?

—Aún no lo he podido saber, pero debe encontrarse en esta isla.

En aquel momento, Lamí lanzó un grito:

—Capitán —exclamó volviéndose hacia Sun-Pao.

—¿Qué tienes? —preguntó el pirata.

—¿Recuerdas aquella hendidura que observamos cerca de la escollera?

—Sí —exclamó Sun-Pao, extrañado por la pregunta.

—Allí la recogimos…

—¿Y crees…?

—Iba a buscarle, estoy seguro.

—La…

—Silencio, capitán, no pronunciemos el nombre delante del tha-ybu.

—¡Mil tiburones! ¡Tienes razón, Lami! Kin-Lung, le encontraremos.

—¿A quién? —preguntó Kin-Lung.

—A Lin-Kai.

—¿Sabes tú, pues, dónde se encuentra?

—No, pero tengo una sospecha.

—¿Dónde está la caverna?

—Cerca de aquí.

—Vosotros —dijo Kin-Lung a los lugartenientes—, apoderaos de este hombre y seguidme. Los «Banderas Negras» y «Amarillas» echarán de menos a su tha-ybu. Este hombre es un miserable, pero nosotros le haremos pagar cara su traición.

—No hice traición a nadie —gimió el desgraciado adivino.

—Ya sabemos bastante de ti —repuso el implacable Kin-Lung—. Te encerraremos en la misma caverna marina y veremos si sabes salir y si los astros te amparan. Vamos, Sun-Pao.

—Te precedo —repuso el bandido, mientras Lami arrastraba al tha-ybu con sus brazos robustos—. Estoy seguro de no equivocarme.

16. LA VENGANZA DEL «THA-YBU»

Lin-Kai, después de haber sido conducido a la caverna marina y haber bebido el filtro verde que le echó en la boca Man-Sciú, cayó en profundo sopor, el cual, sin embargo, no duró más que una hora escasa.

Cuando el joven volvió a abrir los ojos, se sorprendió, como es fácil de imaginar, por encontrarse con los pies atados y por no experimentar en el cerebro aquella pesadez que le impedía concertar el más leve pensamiento.

Los fuertes efectos del filtro rojo, aquel veneno terrible que convierte al hombre más vigoroso y enérgico en un estúpido, más aún, en un idiota verdadero, habían desaparecido por completo y el cerebro estaba libre, aunque algo confuso todavía, como se puede comprender fácilmente.

Lin-Kai se preguntó ante todo si estaba soñando. ¡Tanto le costaba reunir las ideas! Recordaba confusamente haber sido robado por los «Banderas Negras» y «Amarillas», y haber sido embarcado por la fuerza, en un junco de guerra, mandado por Kin-Lung, y haber sido llevado a las islas, y haber bebido un filtro que le había hecho enloquecer. Y nada más. Sólo conservaba un vago recuerdo de un hombre que le hablaba dulcemente, que le había llevado un día a una caverna tenebrosa, pero no conseguía saber quién era.

Y después, ¿qué le había sucedido? ¿Por qué se encontraba en aquel momento solo en el antro marino, cubierto de algas y por qué su cerebro podía, por fin, razonar? ¿Qué había sido de Kin-Lung y Sun-Pao y de sus raptores y de la gentil Perla del Río Rojo, la doncella a la que tanto había amado y que debía hacerle dichoso?

Durante más de una hora estuvo pensando Lin-Kai, esforzándose inútilmente en coordinar sus ideas que, en lugar de aclararse, se confundían cada vez más.

Rumor confuso de voces y blasfemias vino a sacarle de sus pensamientos.

Se acercaban unos hombres. Se oía claramente hablar y rodar guijarros por la tierra arenosa.

Lin-Kai, rotas las cuerdas que le ligaban las piernas, se puso de un salto en pie.

Había reconocido dos de aquellas voces.

—¡Sun-Pao!…¡Kin-Lung! —exclamó con odio invencible—. ¿Qué vendrán, a hacer aquí? ¿Acaso a matarme?

Comprendió por instinto que un grave peligro le amenazaba. Por otra parte, no podría esperar nada bueno de aquellos bandidos que le habían arrancado de las orillas del Río Rojo y que le habían hecho beber aquel filtro que fue causa de un sufrimiento tan largo.

Le acometió el deseo de librarse cuanto antes de aquellos dos hombres; buscó en torno un escondite, pero vio solamente paredes impregnadas de sal que no podía ofrecer refugio alguno.

—Si me encuentran aquí estoy perdido —murmuró—. El mar está a dos pasos. Soy un buen nadador y huiré por allí.

Salió cautelosamente. Aunque la noche estaba oscura, distinguió vagamente sombras humanas que avanzaban por las escolleras y que iban ya a llegar a la peninsulita, en cuya extremidad fue recogida dos horas antes la pobre Man-Sciú.

—Vamos pronto —gritó Sun-Pao—. Si aún se encuentra en la caverna, no nos molestará más. El mar es profundo y no faltan piedras por aquí.

Estas palabras, que llegaron claramente a los oídos del valeroso joven, eran más que suficientes para explicar las intenciones de aquellos bribones.

—Vienen a matarme —murmuró Lin-Kai.

Se deslizó rápidamente hasta el borde de la escollera y se dejó caer en el agua sin hacer ruido alguno.

Sin embargo, Sun-Pao debió de notar algo, porque Lin-Kai le oyó gritar:

—Parece que una lija roza la escollera por allí. ¿No ves nada por allí, Kin-Lung?

—Si es una lija que se fastidie —repuso el capitán de los «Banderas Negras»—. Lin-Kai es el que me corre prisa.

—Pronto le tendremos. Aquí está la entrada de la caverna marina.

—¿Estará durmiendo?

—Es posible.

—Le haremos tomar un buen baño con una piedra al cuello, y los tiburones se encargarán de hacerle desaparecer.

Lin-Kai, agarrado a un saliente de la escollera, casi sumergido por completo, había oído aquellas palabras, pero no se atrevía a moverse por temor de atraer la atención de aquellos bandidos.

Apenas los vio entrar en la caverna, seguidos de los otros dos piratas que llevaban al tha-ybu, se puso a nadar vigorosamente, volviendo la espalda a las islas.

Había visto que enfrente se alzaban algunas escolleras y se dirigió hacia ellas con la esperanza de encontrar, al menos de momento, refugio seguro.

—Allí esperaré a que se vayan —murmuró—. Después ya veremos lo que puedo hacer. Por de pronto salvaremos la piel.

Se había alejado de las islas algunos centenares de metros, cuando vio rastros fosforescentes cruzarse bajo la superficie del mar.

—¡Los tiburones! —murmuró el desgraciado joven, estremeciéndose—. No había pensado en este peligro. ¿Conseguiré llegar a la escollera? ¡Procuraré asustarlos!

No era la primera vez que había desafiado al mar, y conocía muy bien a los tiburones que tanto abundan, en todos los mares tonkineses.

Empezó a agitarse, a palmotear de vez en cuando y a sumergirse.

Los monstruos le habían ya rodeado, pero no se atrevían a tocarle. Eran siete u ocho, todos de enormes dimensiones y probablemente muy hambrientos.

Lin-Kai oía crujir sus mandíbulas y de vez en cuando sentían sus piernas la piel rugosa de aquellos monstruos formidables.

Sin embargo, continuaba avanzando, nadando con un vigor sobrehumano dispuesto a sumergirse a la primera tentativa de ataque.

La escollera estaba, sin embargo, más lejos de lo que había calculado. Ya había pasado media hora y no conseguía verla claramente.

Por momentos se sentía agotarse; acaso hacía muchas horas que nadie le había dado de comer.

—Si dentro de diez minutos no llego allí, estoy perdido —murmuró.

Reunió sus fuerzas y redobló los palmoteos y los movimientos de los pies, pero las olas, que le batían de lado, le retrasaban horriblemente.

De pronto, por un movimiento falso, se hundió en el agua, que le entró en abundancia por los ojos y por la nariz.

Iba a salir a flote, cuando sintió un choque violento.

Un tiburón había intentado cogerle y partirle por la mitad.

Se dejó caer hacia el fondo para librarse de la terrible mordedura del monstruo, y después, con vigoroso empuje, remontó nuevamente a la superficie.

Lanzó un grito de horror.

Los siete u ocho tiburones le habían rodeado y le atacaban, con las enormes bocas abiertas.

—Todo se acabó —murmuró el desgraciado—. Adiós, Sai-Sing, doncella querida.

Después volvió a sumergirse. Había visto vagamente la primera escollera delinearse a corta distancia e intentaba ganarla nadando bajo el agua.

Así recorrió quince o veinte metros, nadando con energía desesperada, hasta que tropezó con, un obstáculo.

Por tercera vez subió a la superficie y sus ojos, aunque estaban cubiertos por un velo, distinguieron una masa oscura que se extendía frente a él.

Era un banco de rocas a flor de agua que estaban delante de la escollera.

Agotado por tantos esfuerzos se dejó caer sobre él como un muerto, mientras los tiburones, furiosos por haberse dejado aquella presa que les parecía tan segura, se alejaban lanzando rugidos.

Un sueño de plomo asaltó de improviso al joven esforzado.

Cuando se despertó, el sol estaba alto. Aún estaba cansado, pero sobre todo tenía hambre.

En torno suyo reinaban un silencio y una calma absolutos. El mar, tranquilo como si fuera de aceite, no enviaba ola alguna contra el banco.

Lin-Kai, tranquilizado por aquella calma, apartó los tallos flexibles de las algas que cubrían la roca y echó una mirada a su alrededor.

A una milla, la isla se delineaba rectamente con las costas altísimas y recortadas; detrás del banco surgía un grupo de escollos aridísimos, sin rastro alguno de vegetación, habitados únicamente por algunas aves marinas.

—¿Qué refugio encontré yo? —se preguntó—. Más hubiera valido que no hubiese dejado la isla de los «Banderas Negras» y «Amarillas». En estos áridos escollos no podré encontrar ni un sorbo de agua ni nada que llevarme a la boca. Tendré que volver a la caverna. No habiéndome encontrado, me creerán muerto. ¿Qué hacer? No puedo hacer más que esperar la noche y procurar apoderarme de cualquier canoa para dirigirme al Río Rojo. Allí debe de estar todavía Sai-Sing con la vieja Man-Sciú. ¡Pobre muchacha, cuánto debe de haber sufrido! Y acaso me crea muerto. ¡Malditos piratas! Habéis querido vengaros de la sangrienta derrota que os causé, pero ya vendrá el día del desquite. Ya que, por un milagro acaso, recuperé el vigor que me quistasteis con vuestro infernal filtro rojo, haré buen uso de él para destruiros a todos.

Después de aquel desahogo, el joven tonkinés se puso a buscar por el banco. Un hambre atroz le torturaba los intestinos y le daba calambres en el estómago.

Afortunadamente para él, aunque todo faltase en aquella escollera, abundaban las almejas.

Recogió gran cantidad y se puso a devorarlas con hambre casi bestial.

Cuando hubo satisfecho el apetito, volvió a sentarse sobre las algas, murmurando:

—Esperemos la noche. Sabré encontrar en las islas una canoa y quién sabe si mañana, si los tiburones me respetan aún, podré ver de nuevo las orillas del Río Rojo y a mi adorada Sai-Sing.

Sun-Pao y Kin-Lung, seguidos por los dos lugartenientes, que llevaban al desgraciado tha-ybu, se metieron en la caverna, como dos fieras, más que seguros de encontrar a Lin-Kai, aún adormilado.

Es fácil adivinar su asombro, y sobre todo su rabia, cuándo vieron que aquella gruía no estaba habitada por nadie. En el suelo había una cuerda, pero de Lin-Kai, ni rastro.

—Sun-Pao —dijo Kin-Lung con acento amenazador— ¿qué burla es ésta? Podías ahorrar el molestarme para que viera una caverna marina.

—¡Una burla! —contestó airado el capitán de los «Banderas Negras»—. Nosotros fuimos los burlados.

—O tú que oíste mal.

—No. Lami oyó igual que yo cuanto la mujer narraba.

—Busca, pues, a Lin-Kai.

—Habrá huido.

—¿Y adónde? ¿No has observado que no existe otro paso para la caverna y que la escollera está cortada a pico? Ni aunque hubiese sido un mono hubiera podido Lin-Kai trepar por esas rocas peladas.

—Se habrá arrojado al agua.

—¿Y los tiburones? ¿No cuentas con ellos? Mira aquellas líneas fosforescentes. No quisiera encontrarme ahí en medio —dijo Kin-Lung.

—Y, sin embargo, estoy seguro de que Lin-Kai ha sido conducido aquí.

—Te han engañado.

—Pero tú, Cantubí, ¿qué has dicho de una traición, y de una caverna marina?

El tha-ybu, que estaba tan sorprendido como los dos piratas por la misteriosa desaparición del joven tonkinés, miró al capitán de los «Banderas Negras», sonriendo irónicamente.

—Habla, viejo maldito —gritó Sun-Pao en el paroxismo del furor.

—No me dejaste tiempo para examinar los astros —repuso por fin el tha-ybu—. Además yo no te había dicho que Lin-Kai estuviese escondido en esta caverna. Hay muchas en las islas, tú lo sabes.

—Indícame, pues, en cuál.

—Sí, si me das tiempo para estudiar los astros.

—Sun-Pao —dijo Kin-Lung que había inspeccionado atentamente la escollera con su lugarteniente— creo que perdemos el tiempo sin provecho alguno. Te digo que la vieja y Sai-Sing, notando que los espiabas se han burlado de ti, y que Lin-Kai hace tiempo que se encuentra en el vientre de los tiburones. ¿No recogimos acaso su sombrero? Te digo que aquel loco se ahogó.

—Si esto fuese verdad, algún día me pagaría la vieja esta burla.

—Si entonces estás aún entre los vivos —dijo Kin-Lung con voz burlona.

—Aún no me has matado.

—Así lo espero.

—Mañana probarás el filo de mi cimitarra.

—Espera que el tha-ybu anuncie el destino de la Perla del Río Rojo.

—Lo hará mañana por la noche —dijo Sun-Pao—. Demasiado tiempo hemos esperado y mis guerreros están impacientes por tener reina.

—Sí, mañana por la noche —repuso el tha-ybu—. Antes de medianoche sabré si la estrella de Sai-Sing declina hacia las islas de los «Banderas Amarillas» o de los «Negras».

—¿La observaste también, esta noche, Cantubí? —preguntó Kin.-Lung.

—Sí.

—¿Hacia dónde parecía inclinarse?

—No lo sé aún: permanecía inmóvil.

—Mi junco de guerra estará preparado.

—También el mío —dijo Sun-Pao.

—Adiós, viejo adivino. Te dejo para que observes las estrellas. Ya estoy harto de esta caverna y de los cuentos de Sun-Pao.

Dicho esto, el capitán de los «Banderas Negras» salió seguido de su lugarteniente, internándose por el estrecho sendero que bordeaba la escollera.

Sun-Pao, que estaba dominado por una rabia furiosa, se acercó al tha-ybu, diciéndole con voz amenazadora:

—Piensa que si haces inclinarse la estrella hacia las islas de los «Banderas Negras» te destrozaré pedacito a pedacito. Sai-Sing debe ser mía.

—No puedo mandar en los astros —repuso el adivino.

—Puedes hacer esto y mucho más. Si esta noche te perdono es porque deseo que decidas la suerte de Sai-Sing en mi favor. Después me dirás dónde está escondido Lin-Kai.

—Si los astros me lo revelan.

—¡Los astros! —dijo Sun-Pao con acento burlón—. Sabes dónde está sin necesidad de preguntarles.

—Te repito que te han engañado y que jamás me ocupé de Lin-Kai.

—Me lo dijo una mujer que igual que tú sabe leer el futuro.

—¿Te lo ha dicho a ti?

—A mí o a otro, poco importa —dijo Sun-Pao—. Yo escuché su confesión.

—Aquella mujer mentía o acaso intentaba comprometerme para sustituirme.

—Me parece que Man-Sciú no tiene el menor deseo de ser el tha-ybu de nuestra tribu.

—¡Man-Sciú! —exclamó Cantubí estremeciéndose—. ¡Y te lo dijo a ti! ¡Imposible! Oíste mal.

—He oído tan bien como Sai-Sing. Adiós, viejo, y recuerda que mañana por la noche decidirás el porvenir de la doncella.

Después Sun-Pao también se marchó, acompañado por Lamí que le esperaba fuera de la caverna.

El tha-ybu, al quedarse solo, se sentó en un peñasco, apretándose la frente con las manos, sumergido en hondos pensamientos.

Cuando despuntó el alba, aún estaba allí, sin haber cambiado siquiera de postura.

Solamente sus ojos se habían fijado en la inmensa extensión del agua que destellaba como si corriesen por debajo de las aguas puntas de oro.

De pronto se estremeció. Acababa de aparecer en lo alto de una ola una forma humana, que desapareció de pronto para volver a reaparecer poco después.

—¿Un náufrago? —se preguntó el adivino—. Y sin embargo, no ha habido tempestad en la noche pasada. ¿De dónde viene el imprudente? ¿Ignora que las aguas de estos mares están llenas de tiburones?

Se había levantado vivamente y miraba con gran atención al nadador, el cual parecía que intentaba dirigirse precisamente hacia la caverna.

De pronto, el tha-ybu se golpeó fuertemente la frente.

—¿Será Lin-Kai? —se preguntó—. Man-Sciú me había prometido que le haría beber el filtro verde para que recobrase la razón. ¿Acaso, al notar la llegada de los piratas, se arrojó al mar para librarse de una muerte cierta? ¿O acaso Man-Sciú, en vez de haberle conducido aquí, donde debimos encontrarle, le desembarcó en otro lugar?

El nadador estaba aún demasiado lejos para que pudiera ser reconocido, y además procuraba sumergirse lo más posible, como si no quisiera llamar la atención de los habitantes de las islas.

Debía de ser muy robusto y muy ágil porque avanzaba con rapidez, hendiendo vigorosamente las olas que le atacaban por todas partes.

—Me retiraré a la caverna —murmuró el tha-ybu—. Si realmente es el prometido de Sai-Sing, viendo aquí a un hombre no se atreverá a acercarse.

Se escondió detrás de un ángulo de la roca, de modo que pudiera seguir viendo igualmente los movimientos del nadador.

No habría transcurrido un cuarto de hora cuando el supuesto náufrago llegó frente a la caverna. Subió con cansancio a la escollera chorreando agua, y entró, dejándose caer pesadamente al suelo como si las fuerzas le hubiesen abandonado de pronto.

Al verle, el tha-ybu no había podido contener un grito de alegría.

—¡Lin-Kai!

El joven, al oír aquella voz, con un esfuerzo supremo se levantó, preparándose a la defensa.

—No temas, héroe de Seúl —dijo el adivino saliendo de su escondite—. ¿No me conoces?

Lin-Kai miró con mezcla de sorpresa y de temor a aquel viejo acartonado y rugoso, y dijo después:

—No recuerdo haberte visto en parte alguna, aunque me parece haber oído antes de ahora tu voz.

—Soy el tha-ybu de los «Banderas Amarillas» y «Negras», el marido de Man-Sciú.

—¡Man-Sciú! ¡La adivina del Río Rojo! ¡Entonces tú debes ser Cantubí! —exclamó el joven en el colmo del asombro—. En tal caso no puedes ser enemigo mío.

—Fui yo quien te salvó de las uñas de aquellos miserables, los cuales habían decretado tu muerte. No puedes acordarte de nada porque entonces no tenía el filtro verde, que había quedado en poder de Man-Sciú.

Lin-Kai permaneció silencioso durante algunos minutos, pasándose varias veces la mano por la frente.

Reinaba aún demasiada confusión en su cerebro para que pudiera comprenderlo todo de pronto. El tha-ybu lo notó.

—Escucha, héroe de Seúl —le dijo dulcemente.

Después, lentamente, para que le entendiese mejor, le contó los acontecimientos tal como habían sucedido desde el momento en que el terrible filtro de los «Banderas Negras» le redujo a la idiotez.

Al acabar, Lin-Kai se había puesto en pie, tembloroso, con los ojos encendidos y el rostro terriblemente alterado por cólera espantosa.

—¡Sai-Sing, mi adorada doncella del Río Rojo, está aquí y aquellos miserables se preparan a disputármela!… ¡Un arma, Cantubí, dame una para que pueda ir a matar a esos miserables!

—No te moverás de aquí —dijo el adivino con voz imperiosa—. ¿Quieres tu muerte? Esta noche los dos capitanes de los «Banderas Negras» y «Amarillas» no vivirán y se habrá vengado también el tha-ybu. El hermano matará al hermano.

—¿Qué quieren decir tus palabras? —preguntó Lin-Kai.

—Que cuando ambos estén moribundos, les revelaré el secreto que me confió Chan-Sú, el terrible corsario de estas islas al morir en mis brazos.

—No te comprendo. ¿De qué secreto hablas? —Los dos capitanes son hermanos.

—¿Quién, te lo dijo?

—Chan-Sú. Aquel corsario, antes de morir, me reveló que ambos eran hijos suyos: Kin-Lung, legítimo; San-Pao, no, porque había nacido de una esclava birmana que no podía ser su mujer.

—¿Y los dos capitanes de los «Banderas Negras» y «Amarillas» lo han ignorado siempre?.

—Sí, porque no lo dije nunca a nadie. Esta noche el hermano asesinará al hermano y quedaremos vengados.

—Eres terrible, Cantubí.

—Destruyeron mi felicidad, me cegaron, o mejor dicho, creyeron que me habían cegado; durante diez años he llorado a la mujer que amaba, sin esperanza de volverla a ver.

—¡Y ahora tendrás que llorar a nuestro hijo! —exclamó una voz interrumpida por sollozos—. ¡Sun-Pao le ha matado!

Man-Sciú había aparecido en el umbral de la caverna, desgreñada, con el rostro bañado en lágrimas, envejecida en diez años.

—¡Han matado a Ong! —gritó el tha-ybu con acento desgarrador—. ¡Imposible! ¡Imposible!

—Te lo dice tu mujer —gimió Man-Sciú.

Un alarido de fiera salió de los labios del desgraciado adivino, después giró dos veces sobre sí mismo y cayó en los brazos de Lin-Kai, repitiendo con voz desgarradora:

—¡Mi hijo! ¡Pobre hijo mío! ¡Venganza! ¡Venganza!

El sol se había puesto media hora antes en medio de una nube negrísima, que anunciaba un nuevo huracán, y las tinieblas habían descendido sobre el mar, que se había vuelto tan negro que parecía de tinta.

Algunos relámpagos cruzaban de vez en cuando el espacio descubriendo los dos juncos de guerra de los dos capitanes de los «Banderas Negras» y «Amarillas», colocados uno frente a otro.

Todos los marineros estaban sobre cubierta, con las armas en la mano y las mechas de los cañones encendidas, porque sabían que los dos capitanes se iban a disputar ferozmente la futura reina de las islas, tanto que la profecía fuera favorable a uno como a otro.

En la roca, que crecía a pico sobre el mar, y que se elevaba a la extremidad de la aldea, la Perla del Río Rojo, tranquila, impasible, pero con la mirada ardiente, esperaba la llegada del tha-ybu.

A su lado, con los brazos cruzados, con satánica sonrisa en los labios, estaba la vieja Man-Sciú, y delante de ella, rígidos, cimitarra en mano, desafiándose con las miradas llenas de odio, los dos capitanes de los «Banderas Negras» y «Amarillas».

Los dos se habían puesto mallas de acero y se habían llenado el cinturón de puñales, cuchillos y pistolones.

Durante el día, varias veces, ya el uno, ya el otro, había ido a la caverna de las salanganas para interrogar al tha-ybu. El adivino se había encerrado en un terco silencio.

Después del ocaso, cuatro hombres, seguidos por otro que llevaba un estandarte de seda negra, se dirigieron a la caverna con un palanquín.

El tha-ybu salió sin pronunciar una palabra.

Al pasar cambió una rápida mirada con la vieja Man-Sciú, como para tranquilizarla, y después se hizo llevar ante la Perla del Río Rojo.

Kin-Lung y Sun-Pao se habían acercado al adivino.

—¿Interrogaste a los astros? —preguntaron a un tiempo.

—Sí —repuso el tha-ybu.

—Decide mi suerte —dijo la Perla del Río Rojo—. Perteneceré al hombre que Gautama me haya designado, puesto que los dos son capitanes de los «Banderas Negras» y «Amarillas» y obedeceré la decisión del Espíritu Marino.

El tha-ybu avanzó a tientas, aunque viese perfectamente, hasta el borde de las rocas y después, alzando las manos al cielo, gritó con voz poderosa, tanto que la pudieron oír las tripulaciones de los dos juncos:

Gautama ha hablado. Desea que la reina de las islas se case con el más valiente de los capitanes de los «Banderas Negras» y «Amarillas». A través de los párpados veo dos navíos armados, dispuestos a la batalla. Que Kin-Lung y Sun-Pao luchen en combate mortal y la Perla del Río Rojo pertenecerá al vencedor.

Profundo silencio había acogido aquella profecía. Sólo la vieja Man-Sciú dejó oír su risa estridente.

—¡Sun-Pao! —gritó de pronto Kin-Lung empuñando la cimitarra—. ¡Ven a disputarme, si te atreves, la Perla del Río Rojo!

—¡Kin-Lung! —gritó a su vez Sun-Pao—. Mis guerreros están preparados y las mechas de los cañones encendidas. Te mataré y seré el esposo de la reina de las islas.

—¡A las armas!

—¡A las armas!

Los dos capitanes se habían lanzado ya a la escollera que conducía a la playa, mientras la tripulación de los dos juncos prorrumpía en gritos horribles desafiándose con las palabras antes de llegar a las manos.

El tha-ybu se había acercado a la Perla del Río Rojo.

—Un hombre fiel, antiguo prisionero de guerra, te lo conducirá aquí —dijo—. Ya veo una chalupa atracar en la playa.

—¿Quién? —preguntó Sai-Sing.

—Lin-Kai. Asistirá a su venganza y a la mía.

Después se inclinó hacia Man-Sciú, diciendo con voz sollozante:

—Y nosotros vengaremos a nuestro hijo.

—Sí —gimió la vieja.

Alaridos espantosos cubrieron sus palabras. Los dos capitanes se habían embarcado en los juncos y se preparan para el terrible encuentro.

Los dos se habían alejado de la playa para maniobrar más libremente y sus tripulaciones habían encendido todas las linternas monumentales.

Resonó un cañonazo, después otro, después un tercero. La batalla había empezado entre los campeones de las dos tribus. Una batalla sin cuartel.

Tronaban horriblemente los cañonazos y estallaban los mosquetes entre griterío incesante que aumentaba cada vez más.

Las dos naves intentaban atacarse recíprocamente. La de Kin-Lung, mejor manejada, intentaba embestir a la de Sun-Pao bajo la proa y la cañoneaba violentamente haciéndola experimentar pérdidas terribles.

Pero la tripulación de Sun-Pao contestaba gallardamente, tratando de rechazar a los adversarios y de diezmarlos antes de llegar al arma blanca. Humo denso se elevaba sobre las dos naves, llegando a veces hasta el grupo, formado por la Perla del Ría Rojo, por Man-Sciú y por el tha-ybu.

Los palos oscilaban, después caían destrozados con los pendones, velas y estandartes negros que habían sido desplegados, pero no cesaba la rabia de los combatientes.

En medio de aquellos clamores y de aquellas detonaciones, de vez en cuando se oía la voz cavernosa de Kin-Lung o la aguda y punzante de Sun-Pao.

—¡Miserable! ¡Tiembla! —gritaba uno.

—¡Perro! ¡Huye de mí! —gritaba otro.

De pronto los dos juncos se embistieron con estrépito atronador.

El de Kin-Lung había hundido su proa en, la popa del otro abriéndole un boquete inmenso.

En medio del humo y entre el fragor de la artillería, el tha-ybu distinguió vagamente a los hombres de Kin-Lung precipitarse sobre la cubierta de la nave enemiga.

Sonrisa cruel se divisó en sus labios.

—Por fin —dijo.

Los «Banderas Negras» y «Amarillas», después de haberse diezmado de lejos se exterminaban de cerca a golpes de cimitarra, de lanza, de puñal y de cuchillo.

Durante algunos minutos se oyeron alaridos de muerte y gritos de dolor, chocar de armas, estrépito infernal; después reinó un silencio de tumba.

El junco de Sun-Pao se hundía lentamente, mientras el de Kin-Lung, abandonado, era empujado por las olas hacia la playa.

—¿Murieron todos? —preguntó la Perla del Río Rojo, que había asistido impasible a aquel terrible combate.

—No —dijo el tha-ybu que se había acercado al borde de una roca—. Veo una chalupa que se dirige a la playa.

En efecto, una canoa se había separado del junco de Sun-Pao, que estaba a punto de desaparecer, y se acercaba penosamente a la playa. Había dentro algunos hombres.

—He aquí al vencedor que llega —dijo el tha-ybu, empuñando la cimitarra que le presentaba Man-Sciú.

En la chalupa no había más que tres hombres y uno de ellos estaba echado sobre un banco.

Al llegar a la playa, los dos remeros levantaron al tercero y subieron lentamente la escalinata. Igual que su compañero, parecían gravemente heridos y dejaban tras de sí, rastros de sangre.

Se dirigieron tambaleando hacia las rocas y dejaron al compañero ante la Perla del Río Rojo, diciendo con voz casi ahogada:

—He aquí al vencedor.

En el acto cayeron uno junto al otro, como si la muerte los hubiera sorprendido de pronto.

El vencedor era Sun-Pao que había pagado muy cara la victoria. Tenía la malla destrozada y ensangrentada y una espantosa herida le atravesaba el rostro.

El bandido se incorporó pesadamente, apoyándose en las manos y miró a la Perla del Río Rojo, diciéndola:

—Vencí… Eres mía.

De pronto lanzó un grito terrible. Había visto al lado de Sai-Sing al valeroso Lin-Kai.

Con un esfuerzo supremo se levantó sobre las rodillas intentando empuñar el puñal malayo, pero se encontró frente al tha-ybu.

—¡Sun-Pao! —gritó el adivino con voz estridente—. Asesinaste a mi hijo, pero has matado también a tu hermano y has perdido a la Perla del Río Rojo. ¡Muere maldito!

Después, de un golpe de cimitarra le tendió en el suelo, con el cráneo destrozado.

—Nos hemos vengado todos —gritó—. Y los «Banderas Negras» y «Amarillas» se han exterminado entre sí.

La misma noche, Sai-Sing, Lin-Kai, la vieja y el adivino, dejaban las islas en una chalupa guiada por uno de los isleños fieles al tha-ybu, y al día siguiente llegaron a la barra del río.

Un mes después Lin-Kai, completamente repuesto, gracias al milagroso filtro verde que le había sido administrado nuevamente por el tha-ybu y por Man-Sciú, se casaba con la Perla del Río Rojo.

Cantubí es ahora el adivino de Seúl y pasa tranquilamente su vejez al lado de Man-Sciú en una casita cómoda, regalada por Lin-Kai y por su esposa.

Y los «Banderas Negras» y «Amarillas», después de la muerte de sus capitanes, no se han atrevido a presentarse en las costas de Tonkín, por temer demasiado la terrible cimitarra del valeroso Lin-Kai.


Publicado el 24 de febrero de 2017 por Edu Robsy.
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