Las Maravillas del 2000

Emilio Salgari


Novela



PRIMERA PARTE. LA FLOR DE LA RESURRECCIÓN

El pequeño vapor que una vez a la semana hace el servicio postal entre Nueva York, la ciudad más populosa de los Estados Unidos de Norteamérica, y la minúscula población de la isla de Nantucket, había entrado aquella mañana en el pequeño puerto con un solo pasajero. Durante el otoño, terminada la estación balnearia, eran rarísimas las personas que llegaban a esa isla, habitada sólo por unas mil familias de pescadores que no se ocupaban de otra cosa que de arrojar sus redes en las aguas del Atlántico.

—Señor Brandok —había gritado el piloto cuando el vapor estuvo anclado junto al desembarcadero de madera—, ya hemos llegado.

El pasajero, que durante toda la travesía había permanecido sentado en la proa sin intercambiar una palabra con nadie, se levantó con cierto aire de aburrimiento, que no pasó inadvertido ni para el piloto ni para los cuatro marineros.

—Las diversiones de Nueva York no le han curado su spleen —murmuró el timonel dirigiéndose a sus hombres—. Y, sin embargo, ¿qué le falta? Es bello, joven y rico... ¡si yo estuviese en su lugar!

El pasajero era, en efecto, un hermoso joven, tenía entre veinticinco y veintiocho años, era alto y bien conformado, como lo son ordinariamente todos los norteamericanos, esos hermanos gemelos de los ingleses, de líneas regulares, ojos azules y cabello rubio.

No obstante había en su mirada un no sé qué triste y vago que conmovía de inmediato a cuantos se le acercaban, y sus movimientos tenían un no sé qué de pesadez y cansancio que contrastaba vivamente con su aspecto robusto y lozano.

Se hubiera pensado que un mal misterioso minaba su juventud y su salud, a pesar del bello tinte sonrosado de su piel, ese tinte que indica la riqueza y la bondad de la sangre de la fuerte raza anglosajona.

Como hemos dicho, al oír la voz del piloto el señor Brandok se levantó casi con esfuerzo y como si en ese momento despertara de un largo sueño.

Bostezó dos o tres veces, miró soñoliento la orilla, tocó apenas el ala de su sombrero respondiendo al saludo respetuoso de los marineros, y bajó lentamente al muelle de madera.

En vez de encaminarse hacia el poblado cuyas casas se alineaban a doscientos pasos del puerto, marchó a lo largo de la costa con las manos metidas en los bolsillos del pantalón y los ojos medio cerrados, como si fuese presa de una especie de sonambulismo.

Cuando llegó a un extremo del poblado se detuvo y abrió los ojos, fijándolos en un grupo de chicos descalzos a pesar del aire punzante y que corrían por los médanos riendo y gritando.

—He aquí seres felices —murmuró Brandok con tono de envidia—; éstos, al menos, no saben qué es el spleen.

Estuvo inmóvil algunos momentos; sacudió la cabeza, lanzó un hondo suspiro y emprendió de nuevo el paseo para detenerse algunos minutos después delante de una linda casita de dos pisos, blanquísima, con las persianas pintadas y un jardincito rodeado por una cerca de madera.

—¿Qué estará haciendo el doctor? —se preguntó mirando las ventanas—. Estará atormentando a algún cobayo o a algún pobre conejo. ¡El secreto de poder revivir dentro de veinte años! ¡Linda idea! Yo creo que el buen Toby pierde inútilmente el tiempo. Y, sin embargo, él es mucho más feliz que yo.

Volvió a suspirar, atravesó lentamente el jardín, cuya cerca estaba abierta, y subió la escalera, casi sin responder al saludo de una gorda y rubicunda criada que le había gritado desde la cocina:

—Buenos días, señor Brandok; el señor Toby está en su laboratorio.

El joven ya estaba en el segundo piso. Abrió una puerta y entró en una habitación amplia y bien iluminada por dos grandes ventanas, rodeada completamente por estantes de nogal llenos de un sinnúmero de retortas y frascos de todos los tamaños.

En el centro, inclinado sobre una mesa, había un hombre de unos cincuenta años, de formas casi hercúleas, con una larga barba un poco encanecida y completamente abstraído observando a un conejo que parecía muerto o dormido.

Al oír abrirse la puerta se quitó los anteojos y se volvió con cierta vivacidad, exclamando con voz alegre:

—¡Ah! ¿Ya has vuelto, amigo James? Te has cansado pronto de Nueva York; me parece que no tienes la apariencia de estar muy satisfecho.

El joven se dejó caer en una silla que había cerca de la mesa y respondió con una semisonrisa:

—¿Entonces? —agregó el hombre después de un breve silencio.

—Estoy más aburrido que antes y es un milagro que me encuentre aquí —respondió Brandok.

—¿Por qué?

—Ya tenía decidido dar un bello salto desde la Estatua de la Libertad y estrellarme en el muelle.

—Hubiera sido una estupidez, mi querido James. A los veintiséis años, con un millón de dólares...

—Y con cien millones de aburrimientos que me hacen bostezar de la mañana a la noche —dijo el joven, interrumpiéndolo—. La vida se vuelve cada día más insoportable y terminaré suicidándome. Un viaje al otro mundo no me disgustaría. Probablemente allá me aburriré menos.

—Amigo, viaja en este mundo.

—¿Adónde quieres que vaya, Toby? —dijo Brandok—. He visitado Australia, Asia, África, Europa y media América. ¿Qué quieres que vaya a ver?

El doctor se había puesto a pasear por la habitación con las manos a la espalda y la cabeza baja, como si un hondo pensamiento lo preocupara. De pronto se detuvo delante del conejo, diciendo:

—James, ¿te gustaría ver cómo será el mundo dentro de cien años?

El joven Brandok había alzado la cabeza, que tenía inclinada sobre un hombro, interrogando al doctor con la mirada.

—Sí —continuó Toby—, quiero ver qué será de Norteamérica dentro de veinte lustros. Quién sabe qué maravillas habrán inventado entonces los hombres. Máquinas extraordinarias, naves colosales, globos dirigibles y otras mil extravagancias. Ya ahora el genio humano no parece tener límites, y los inventores se reproducen como hongos.

—¿Finalmente has encontrado el modo de prolongar la vida? —preguntó Brandok con tono ligeramente irónico.

—De detenerla, querrás decir.

—¡Ah!

—¿Quieres una prueba?

—¿Es posible que tú hayas hecho semejante descubrimiento? —exclamó Brandok con estupor—. Sé que desde hace muchos años te dedicas a ciertos experimentos.

—Y finalmente he conseguido lo que me proponía —dijo el doctor—. ¿Ves este conejo?

—¿Está muerto?

—No, duerme desde hace catorce años.

—¡Pero es imposible!

—Dentro de poco lo haré resucitar con un leve pinchazo y un baño tibio.

—¿Qué filtro misterioso has descubierto? ¿No te burlasde mí, Toby?

—¿Con qué finalidad? Cerremos la puerta para que nadie

nos oiga o nos vea y asistirás a una resurrección maravillosa. Hizo girar la llave y entornó un poco las ventanas, acercó una silla a la mesa y después de ofrecer un cigarro a su joven amigo, dijo:

—Ahora escúchame: después vendrá el experimento. Toby, tras permanecer un momento silencioso y abstraído, se levantó para tomar de uno de los estantes un vaso de vidrio con una pequeña planta disecada que parecía única en su género.

—¿Has visto alguna vez una planta como ésta, amigo James? El joven Brandok miró al doctor con cierta sorpresa, diciendo:

—Quisiera saber qué tiene que ver esa plantita con los conejos que duermen desde hace tantos años. Me imagino que no tendrás la intención de aumentar mi aburrimiento.

—En absoluto —repuso Toby, imperturbable—. ¿Así que no conoces esta flor, aunque hayas viajado tanto?

—Sabes bien que nunca me ocupé de botánica.

—¿De modo que nunca has oído hablar de la flor de la resurrección?

—No, nunca —dijo el joven.

—Entonces escúchame: la historia es interesante y no te aburrirá. Hace cincuenta años un colega mío, el doctor Dek, viajaba por el Alto Egipto con el objeto de encontrar una antigua mina de metales trabajada en tiempos remotos por los súbditos de los faraones. Un día encontró a un árabe enfermo y el doctor lo cuidó amorosamente, salvándole la vida. El hijo del desierto era pobre, y no obstante recompensó a su salvador regalándole un tesoro que por sí solo valía tanto como todas las piedras preciosas del mundo.

—¿En qué consistía? —preguntó Brandok, que comenzaba a interesarse vivamente por ese relato que parecía sacado de Las mil y una noches.

—En una pequeña planta disecada que el árabe había descubierto en una tumba antiquísima, en el pecho de una sacerdotisa egipcia, que por su belleza no había tenido quien la igualara. El doctor Dek, escuchando los exagerados elogios hechos a aquella pequeña flor, sepultada quién sabe cuántos siglos antes de la era cristiana y que tenía unos capullitos quemados por el sol y amarillentos, no había podido evitar una sonrisa.

—Yo habría hecho lo mismo —declaró Brandok.

—Y te hubieras equivocado —dijo Toby—, porque el árabe tomó la planta, la roció con algunas gotas de agua y bajo la mirada del doctor se realizó un prodigio maravilloso. Apenas se humedeció, la planta comenzó a estremecerse, después a agitarse, y sus tejidos adquirieron lozanía, y los capullos se hincharon y después se abrieron. Poco a poco, y después de un sueño de veinte siglos o más, la flor abría sus ligeros pétalos, que se extendían como rayos de una belleza soberbia alrededor de un punto central, llenos de elegancia y frescura.

—¡Extraño fenómeno! —exclamó Brandok, que parecía haber olvidado su spleen.

—Esa flor —prosiguió el doctor— parecía una margarita recogida en algún jardín encantado. Aquella resurrección misteriosa duró algunos minutos; después, la bella resucitada inclinó poco a poco sus corolas de tintes brillantes, descubriendo en medio de los capullos algunas semillas antiquísimas. ¡Ay! La preciosa simiente que la flor de la resurrección custodiaba con tanto celoso cuidado, era irremediablemente estéril. ¿En qué suelo depositar aquellas semillas? ¿Qué sol hubiera podido revivirlas? Sorprendido y admirado, el doctor llevó consigo la maravillosa planta y en Europa volvió a realizar centenares de veces el experimento del viejo árabe, y siempre la pequeña flor del desierto, la planta maravillosa de los antiguos faraones, resucitó en toda su inmortal belleza merced a algunas gotas de agua. Poco antes de morir, el doctor Dek regaló la flor de la resurrección a su discípulo y amigo James, quien repitió él también, con iguales resultados, la prodigiosa experiencia. Finalmente, la flor de la planta egipcia le fue ofrecida a Alexander Humboldt, y el gran naturalista la resucitó infinitas veces delante de sus doctos colegas. Entre sus manos la planta maravillosa no hizo más que renacer y morir, sin que él pudiese penetrar sus secretos; a cada operación repetía con la tristeza del genio impotente: "¡En la naturaleza no hay nada que se asemeje a esta planta!".

—¿Y nadie pudo nunca penetrar el misterio de esa planta que después de miles de años salía de su sepulcro para resucitar bajo una gota de agua y reabrir su corola eternamente bella, como diciéndole al mundo asombrado: "Así es como era yo en tiempos de los faraones"? —preguntó Brandok.

—Sí, sólo uno: yo —dijo Toby.

—¡Tú!

—Sí, yo —repitió el doctor.

—¿Entonces?...

—Despacio, esto es un secreto. En un viaje que hice hace veinticinco años por Egipto, pude tener entre mis manos una de esas flores y estudiar y también explicar sus misterios de la resurrección. Y de esa flor me vino la idea de detener la vida humana para hacerla despertar después de un período más o menos largo de años. ¿Por qué, si podía revivir una humilde florcita, no podría hacer lo mismo un organismo tan completo como el del hombre? Ésta es la pregunta que me hice y a cuya respuesta dediqué veinticinco años de estudios ininterrumpidos.

—¿Y lo has conseguido?

—Plenamente —respondió Toby.

Se había levantado, acercado a la mesa y tomado entre sus manos al conejo que parecía muerto, con las patas y la cabeza rígidas.

—¿Huele mal este conejo? Huélelo, James. ¿Crees que está muerto?

—Sí, está frío y ya no le late el corazón.

—Y, sin embargo, su vida ha quedado suspendida desde hace catorce años.

—¿Pero entonces lo que has descubierto es la muerte artificial?

—Un simple pinchazo de mi filtro misterioso bastó para detener las pulsaciones del corazón y conservarlo durante tanto tiempo.

—¡Es maravilloso!

—Quizá menos de lo que parece —dijo el doctor—. ¿Sabes qué son los fakires?

—Esos hindúes fanáticos que llevan a cabo experimentos maravillosos.

—Y que se hacen enterrar a veces durante cuarenta o cincuenta días dentro de una caja sellada, con la boca y la nariz tapadas por una capa de cera, y que después resucitan sin tener el aspecto de haber sufrido. Un baño de agua tibia, un poco de manteca en la lengua para ablandarla y vuelven a la vida. Ahora verás.

Tomó de un estante una pequeña ampolla de vidrio que contenía un líquido rojo, introdujo en ella una jeringa y después inyectó dos veces al conejo, la primera vez cerca del corazón y la segunda en el cuello.

El animal no había dado ningún signo de vida y conservaba su rigidez.

—Espera, James —dijo el doctor al ver aparecer en los labios del joven una sonrisa de incredulidad.

En un rincón había una cubeta de metal, debajo de la cual ardía una lámpara de alcohol. El doctor puso un dedo en ella para asegurarse del calor del agua, después tomó el recipiente y lo puso sobre la mesa.

—¿Le darás un baño al muerto? —preguntó Brandok.

—Quieres decir al dormido —corrigió el doctor—. Es necesario relajar un poco los nervios de este dormilón: hace muchos años que no actúan.

—No exijo tanto —respondió Toby, riendo.

Sumergió al conejo en la cubeta manteniéndole la cabeza fuera del agua; después se puso a flexionarle las patas anteriores, como para provocar la respiración, y esperó, mirando a su amigo que estaba completamente serio. —Parece que comienzas a creer en el buen resultado deesta extraña operación —le dijo el doctor—, ¿no es cierto, James?

—No todavía —respondió el joven.

—Ya siento que la cabeza del conejo empieza a calentarse.

—Es el efecto del calor del agua. —Y que la carne comienza a agitarse.

De pronto dio un grito de estupor; el conejo había abierto los ojos y miraba al doctor con las pupilas dilatadas.

—¿Te sigue pareciendo muerto ahora? —dijo Toby, con tono burlón.

—¡Te está mirando! —exclamó el joven.

—Lo veo.

—¡Agita las patas!

—Y también respira.

—¡Es un milagro!... ¡Un milagro!

—Cállate, James, no grites tan fuerte.

—Esta resurrección es maravillosa.

—No digo que no.

—Un descubrimiento que cambiará el mundo.

—Nada de eso, porque yo me cuidaré mucho de no divulgarlo. Somos solamente tres las personas que lo conocemos: yo, tú y el notario del pueblo, el excelente señor Max.

—¿Por qué lo conoce también el notario? —preguntó Brandok, cuyo estupor aumentaba.

—Lo sabrás más tarde; mientras tanto mira el resultado. El doctor había sacado de la cubeta al conejo y lo había puesto sobre la mesa, envolviéndolo con un trozo de tela de lana.

Había abierto los ojos, respiraba libremente, frunciendo el hocico, pero se veía que estaba muy débil; no conseguía mantenerse sobre sus patas, y tampoco trataba de huir. Debía estar atontado.

—¿Morirá? —preguntó Brandok.

—Esta noche lo verás comer y correr junto a sus compañeros que tengo en mi jardín. No es el primero que hago resucitar; la semana pasada hice revivir a otro delante del notario, y también ése había dormido durante catorce años. Ahora come, salta y duerme como los demás y todos sus órganos funcionan perfectamente bien.

—¡Toby! —exclamó Brandok, con profunda admiración—. Eres un gran hombre; eres el más grande científico del siglo.

—¿De éste o del que viene? —preguntó el doctor. —¿Qué pregunta es ésa?

—Mi querido James, debes tener hambre y el almuerzo está listo. El aire de mar da apetito y mi vieja Magge me ha prometido un extraordinario plato de pescado. Dejemos aquí al conejo y vayamos a llenar el estómago; la cocinera ya estará enojada por el retardo. También tendremos al notario para el pudding.

—¿Por qué al notario?...

El doctor, en vez de responder, se asomó a la ventana y, al ver a un joven que estaba regando las flores del jardín, le gritó:

—Tom, advierte a Magge que estamos listos para saborear sus salmonetes y sus dorados y a las dos engancha el poney al coche. Vamos a dar un paseo por el escollo de Retz.

Al cabo de cinco minutos el doctor y el señor Brandok, sentados en un elegante salón comedor, ante una mesa bien preparada, degustaban con mucho apetito las grandes ostras de Nueva jersey, las más deliciosas que se pueden encontrar en las costas orientales de Norteamérica, los dorados y los salmonetes preparados por la gran Magge, rociado todo con el excelente vino blanco de las viñas de la Florida.

El doctor no hablaba; parecía totalmente ocupado en devorarse aquellos pescados deliciosos, probablemente los mejores que posee el océano Atlántico septentrional.

Brandok, en cambio, cosa absolutamente nueva, parecía no estar ya atormentado por el spleen; hablaba hasta por los codos, abrumando a su compañero con preguntas sobre aquel maravilloso descubrimiento que, según él, debía revolucionar el mundo. Con todo, no conseguía más que arrancarle alguna sonrisa al científico.

—Entonces estos salmonetes y estos dorados te han vuelto mudo —gritó de pronto Brandok, que comenzaba a molestarse—. Hace veinte minutos que tus dientes no hacen más que triturar pero tu lengua en cambio permanece inmóvil.

—No, mi querido James, estoy pensando —respondió el doctor, riendo.

—Parece que hubieras olvidado tu descubrimiento.

—Todo lo contrario.

—Entonces hablemos de él.

—Durante el pudding.

—¿Qué tiene que ver eso?

—Ya te dije que vendrá a saborearlo también el notario del pueblo, el señor Max.

—¿Pero qué tiene que ver él con todo esto?

—¡Caramba si tiene que ver! ¿Si después de cien años nadie se acordase de mí y me dejaran dormir para siempre? Daría lo mismo morir.

—¡Toby! —exclamó Brandok—, ¿qué tienes intención de hacer?

—Ver cómo andará el mundo dentro de cien años, nada más.

—¿Cómo? Quieres...

—Dormir durante veinte lustros.

—¿Estás loco?

—No lo creo —respondió el doctor con voz tranquila.

—¿Tú quieres?... —gritó.

—Encerrarme en el refugio que me he hecho preparar en la cima del escollo de Retz para despertarme dentro de cien años, querido mío. Los descendientes del notario y el futuro intendente de Nantucket, o sus sucesores, se encargarán de hacerme volver a la vida. Dejo veinte mil dólares justamente para hacerme resucitar, junto con la ampolla que contiene el misterioso líquido que deberán inyectarme en los lugares indicados en mi testamento.

—¡Te matarás!

—Entonces quiere decir que tú no tienes ninguna confianza en mi gran descubrimiento.

—Sí, plena confianza; pero tú no eres un conejo y además cien años no son catorce —dijo Brandok.

—Tenemos sangre y músculos iguales a los de los animales y un corazón que funciona de igual manera. Quería proponerte que te durmieras junto conmigo; pero ahora renuncio.

—¿Tú has pensado en mí?

—Sí, esperando que después de un reposo de cien años tu spleen terminaría por abandonarte.

—¡Si el otro día quería tirarme de la Estatua de la Libertad! Ya ves la importancia que le doy a la vida. ¿Quieres que te acompañe, Toby? Estoy listo. Incluso si muriera, no perdería nada.

—¿Entonces te gusta la idea?

—Francamente, sí.

—Eres excéntrico, como un verdadero inglés.

—¿Y acaso no soy un inglés? —retrucó Brandok, riendo.

El doctor se levantó, tomó de un aparador una botella llena de polvo que debía contar sus buenos años, y la descorchó, llenando los dos vasos.

—Médoc del mil ochocientos ochenta y ocho —dijo—. Después de veinticuatro años de reposo debe haberse vuelto excelente. ¡Por nuestra resurrección en el 2003! —exclamó alzando el vaso.

Lo vació de un trago, pensó un poco y después agregó:

—James, tú posees...

—Cinco millones de liras.

—¿En billetes del Estado?

—Sí.

—Debes cambiarlos por oro, amigo mío. Dentro de cien años esos billetes podrían no tener valor alguno, pero el oro siempre seguirá siendo oro, ya se encuentre en lingotes o en monedas de veinte liras. Yo poseo solamente ochenta mil dólares, pero espero que dentro de cien años me basten para no morir de hambre. Ya están en una caja fuerte ubicada en el pequeño subterráneo que he hecho excavar bajo mi tumba, con la llave guardada en un lugar secreto.

—¿Y estás seguro de que nuestros cuerpos se conservarán?

—Maravillosamente —dijo el doctor—. Nos conservaremos como si fuésemos carne congelada.

—¿Nos congelaremos?

—Sí.

—¿Alguien pondrá hielo en nuestra tumba?

—No será necesario. He descubierto un líquido que bajará la temperatura de nuestra tumba a veinte grados bajo cero.

—¿Y se mantendrá?

—Hasta que rompan nuestra cúpula de cristal para hacernos resucitar. Estaremos muy bien allí dentro, te lo aseguro. ¡Ah!, aquí llega el notario; a tiempo para saborear el pudding de mi cocinera y beber un vaso de este delicioso Médoc.

En la habitación cercana oyó a Magge que gritaba:

—¡Señor Max, usted siempre con retraso! Cinco minutos más y no iba a poder probar mi pudding. La próxima vez va a hacer que se me queme.

La puerta del comedor se abrió ruidosamente y el notario entró con pasos tan pesados que hicieron temblar las botellas y los vasos.

El señor Max era un hombre de alrededor de sesenta años, gordo como un barril y con el rostro rubicundo, en cuyo centro se exhibía una nariz que podía compararse, sin exagerar, con la del fanfarrón Cyrano de Bergerac.

—Buen provecho, señores —gritó con voz de granadero—. ¿Cómo está usted, señor Brandok? ¿Se le ha pasado el spleen después de su excursión a Nueva York?

—Recién ahora comienza a darme un poco de tregua, señor Max —respondió el joven—, y espero que dentro de algunos días me dejará tranquilo por un buen siglo. Después veremos.

—¡Ah!... Entiendo —dijo el notario, riendo—. Toby ha encontrado un compañero.

—Que me hará buena compañía, querido notario mío; no sería posible encontrar uno igual a él ni siquiera en Francia. Magge entraba en ese momento trayendo en un plato

de plata un hermoso budín con la costra dorada que todavía humeaba y expandía un perfume delicioso.

—¿El poney ya está enganchado? —preguntó el doctor.

—Sí, señor —respondió la cocinera.

—Entonces apurémonos.

En pocos minutos hicieron desaparecer el pudding, vaciaron una taza de té, y a continuación bajaron al patio, donde los esperaba un coche tirado por un pequeño caballo blanco que parecía impaciente por partir.

—Vamos —dijo el doctor tomando las bridas y empuñando la fusta—. Dentro de media hora estaremos en el escollo de Retz.

Era un espléndido día de otoño, refrescado por una brisa vivificante impregnada de la salobridad que soplaba del norte. El océano Atlántico estaba en perfecta calma, aunque el agua golpeaba contra las escolleras que protegían las playas y las olas rompían con mil bramidos, saltando y rebotando. Los barcos pesqueros con sus velas amarillas y rojas a rayas y manchas negras, que les daban la apariencia de gigantescas mariposas, resaltaban vivamente sobre el azul oscuro de las aguas y avanzaban lentamente, mientras en lo alto bandadas de grandes pájaros marinos, gaviotas y pelícanos, volaban caprichosamente. Habiendo atravesado el cerco, el caballo había tomado un camino bastante ancho que costeaba el océano, avanzando a un trote sostenido, sin que el doctor hubiese tenido que apurarlo con el látigo.

Brandok se había puesto taciturno, como si el spleen se hubiese apoderado de él nuevamente; tampoco el notario hablaba, muy ocupado en fumar su pipa que emanaba un humo denso como si fuera la chimenea de un barco a vapor.

El doctor cuidaba que el poney anduviese en línea recta y no pisara algún desnivel o se acercara demasiado al acantilado, que en ese lugar caía en picada hasta el océano.

Algunos muchachitos salían de cuando en cuando del bosque de pinos y abetos que se prolongaba hacia el interior de la isla, y corrían durante algún trecho junto al coche, gritando a toda voz:

—Buen paseo, doctor.

El paisaje variaba rápidamente, volviéndose más salvaje a medida que se acercaban a la playa oriental de la isla. Ya no se veían casas ni habitantes. Sólo los bosques de pinos y abetos se volvían más numerosos y tupidos y los acantilados más altos y empinados. Las olas del océano golpeaban allí con tal violencia que parecía que estuvieran disparando cañonazos al final de los pequeños fiords abiertos por la eterna acción del agua.

Era un bramido continuo, cada vez más ruidoso, que impedía hablar a los tres amigos, pues no podían oírse.

El camino había desaparecido, pero el poney no dejaba de trotar, sin manifestar cansancio alguno; hacía que el coche se sacudiera terriblemente.

De pronto se detuvo ante una pared rocosa detrás de la cual se oía rugir al océano furiosamente.

—Hemos llegado —dijo el doctor, saltando del coche—. Éste es el escollo de Retz.

—¿Y allá arriba has preparado nuestra tumba? —preguntó Brandok.

—Es una ubicación bellísima —respondió el doctor—. El rugido de las olas nos cantará el arrorró sin descanso, hasta el día de nuestra resurrección.

—Si volvemos a la vida.

—¿Todavía dudas, James?

—Si aún tuviera alguna duda, no te preocupes. Ya te he dicho que para mí la vida se ha vuelto demasiado pesada, así que poco me importaría si no volviera a despertarme nunca más. Muéstrame entonces nuestra última morada.

—No será la última.

—Como quieras.

—Ven, James.

Ató al poney al tronco de un abedul y después se encaminó por un pequeño sendero excavado en la roca viva que ascendía en zigzag. El peñasco, mal llamado escollo de Retz, era una mole enorme, de unos cien metros de alto; el punto más alto de la isla, hacia el este.

Su frente macizo, cortado a pico, oponía un formidable obstáculo al avance de las olas del Atlántico, por lo cual no había peligro de que desapareciera, al menos en cien años. Llegados a la cima, que era plana en vez de terminar en punta, Brandok vio una muralla circular, de cuatro o cinco metros de circunferencia, sobre la que estaba emplazada

una cúpula de cristal provista de un pararrayos altísimo.

—Dime algo: ¿ésa es nuestra última morada? —preguntó.

—Sí —respondió el doctor.

—¿Cuándo la hiciste construir?

—El año pasado.

—¿Los habitantes del pueblo conocen su existencia?

—No, porque traje a los obreros y los vidrios de Nueva York.

—¿Crees que la respetarán?

—El escollo es mío: se lo compré a la municipalidad con un contrato normal, y el notario tiene la orden de hacer destruir el sendero que conduce aquí arriba y cerrar el acantilado con una altísima verja de hierro.

—Ya lo he ordenado —dijo el señor Max—. Nadie vendrá a perturbarlos.

—Entremos —propuso el doctor.

Con una llave abrió una puertita de hierro, tan baja que la única manera de entrar era agachándose, y los tres hombres se introdujeron en el pequeño edificio.

El interior estaba cubierto de vidrios de grueso espesor, encastrados en robustas armaduras de cobre, y no tenía más que una cama muy ancha y baja, con frazadas más bien pesadas y un pequeño estante sobre el que descansaban botellas y jeringas.

—Ésta es mi residencia, o mejor dicho, la nuestra —agregó Toby dirigiéndose a su amigo—. ¿Te disgusta?

—En absoluto —respondió el joven, que miraba el océano a través de la cúpula de vidrio—. Espero que nadie venga a perturbarnos antes del día fijado en nuestro testamento. ¡Qué placer oír el fragor de las olas! Ésa sí que es una bella compañía.

—Considero inútil que tú te proveas de una cama. Ésta es más que suficiente para ambos.

—¿Y el subterráneo donde has depositado tus valores?

El doctor se inclinó, levantó una plancha de hierro que se encontraba a los pies de la cama y mostró una estrecha escalerilla excavada en la roca que debía conectarse con alguna celda subterránea.

—Se encuentra allí dentro, en la caja fuerte —dijo.

—Pondré allí también los míos. Mañana iré a Nueva York a cambiar mis billetes y mis acciones ferroviarias por oro. Tendremos bastante cuando nos despertemos. ¿Para cuándo está programado nuestro sueño?

—Para dentro de ocho días; apenas hayan cerrado la base del escollo con la cerca.

—Una pregunta más, mi querido doctor. ¿Ysi se olvidaran de despertarnos? Sabes que yo no tengo ningún pariente.

—Yo tengo una hermana que tiene siete hijos —respondió Toby—. Espero que dentro de cien años exista todavía algún sobrino segundo que pueda despertarnos, o quedarse con nuestro tesoro, en el caso de que estuviésemos muertos, y después está el notario y he labrado un acta en la municipalidad. No temas, James, alguien vendrá a recoger nuestra importante herencia.

—Mis sucesores no se olvidarán de ustedes, estén seguros —dijo el señor Max.

—¿Tienes alguna otra objeción, James? —preguntó Toby.

—No —respondió el joven.

—¿Estás decidido a intentar el experimento? —Tienes mi palabra.

—Entonces volvamos a casa y hagamos los últimos preparativos.

Salieron, cerraron la puertecita, bajaron el escollo y subieron al coche sin agregar palabra.

Pero debemos confesar que los tres estaban visiblemente conmovidos.

Ocho días después, antes de la puesta del sol, Brandok, el doctor y el notario dejaban la aldea sin ser vistos y se ponían en camino al escollo de Retz.

Ya habían tomado todos los recaudos para ese sueño que duraría cien años, y todas las medidas para que durante ese prolongado tiempo nadie se acercara a perturbarlos.

El señor Brandok ya había hecho transportar por la noche sus millones y los había guardado en la caja fuerte escondida en el pequeño subterráneo, y había vendido todas sus posesiones, dejando una parte de lo obtenido a la municipalidad de la isla para que vigilase su tumba; el doctor había regalado su casa a la cocinera y había hecho levantar alrededor de la pequeña construcción la cerca de hierro en la que se habían dispuesto varias placas de metal con la inscripción: "Propiedad privada del doctor Toby Holker".

Cuando llegaron a la cima del peñasco, el sol estaba por ocultarse en un océano de fuego.

Los tres se habían detenido, mirando el océano que flameaba bajo los reflejos del atardecer y se encrespaba ligeramente al soplo de la brisa de la tarde.

En la lejanía un gran piróscafo echaba humo, dirigiéndose hacia la costa norteamericana; a lo largo de los acantilados

de la isla algunos barcos pesqueros avanzaban lentamente volviendo al puerto del pequeño pueblo; en la base del peñasco las olas se estrellaban rompiendo el silencio que reinaba en el inmenso océano. Los tres hombres estaban callados: el notario parecía profundamente conmovido; Brandok y Toby, un poco preocupados. Permanecieron así algunos minutos, mirando los barcos y el sol que parecía zambullirse en el agua; de pronto el doctor se volvió, diciendo:

—¿No te arrepientes de la palabra dada, James?

—No —respondió Brandok, con voz calma.

—¿Aunque no volviéramos a despertar nunca más?

—Ni aun en ese caso.

—Señor Max, saludémonos y abracémonos, ya que no volveremos a vernos nunca más, a menos que suceda un milagro.

—Sería necesario que viviera ciento cuarenta años, una edad imposible —dijo el notario, suspirando—. Yo moriré, mientras que ustedes resucitarán.

—Un abrazo, amigo, y váyase.

El señor Max, vivamente conmovido, con los ojos húmedos, estrechó entre sus brazos al doctor, apretándolo contra su pecho.

—Adiós, señor Brandok —dijo después, con la voz quebrada, extendiéndole la mano—. Les deseo que vuelvan a la vida y que se acuerden de mí.

—Se lo prometemos —respondió el joven—. Adiós, señor Max; nosotros nos vamos a dormir.

El notario se alejó, volviéndose varias veces para decirles adiós; después desapareció por el sendero que llevaba a la base del peñasco, donde había colocado un gran cartucho de dinamita para destruir el acceso.

—Ven, James —dijo Toby cuando estuvieron solos—. Mira por última vez el océano.

—Ya lo he mirado lo suficiente, y además no creo que lo encontremos muy cambiado si resucitamos.

Abrieron la puertita y entraron en la tumba, que los últimos rayos del sol iluminaban suficientemente bien, haciendo que destellara la cúpula de vidrio.

Toby tomó del estante dos vasos y una botella, que destapó.

—Un buen vaso de champán —dijo, vertiendo el espumante néctar—. ¡Por nuestra resurrección, James!

—O por nuestra muerte, que para mí será lo mismo —respondió el joven, haciendo esfuerzos por sonreír—. Al menos el spleen no volverá a atormentarme.

Vaciaron de un trago los vasos; después el doctor puso en un sobre algunos documentos que luego colocó dentro de una cajita de metal.

—¿Qué haces, Toby? —preguntó Brandok.

—Aquí dentro están las ampollas que contienen el misterioso líquido que volverá a darnos la vida, y también la receta que les enseñará a servirse de él a quienes vengan a despertarnos.

—¿Has terminado?

—Sí, tomemos otro vaso.

—Sí —respondió Brandok.

Vaciaron la botella; después el doctor abrió una ampolla y llenó dos pequeñas tazas. Era un licor rojizo, un poco denso, que tenía un perfume especial.

—Bebe —dijo, ofreciéndole una de las tazas de Brandok.

—¿Qué es?

—El narcótico que nos dormirá, o mejor, que suspenderá nuestra vida e impedirá que nuestras carnes se corrompan.

El joven tomó la taza con mano firme, miró el líquido y después lo tragó sin que se moviera un solo músculo de su rostro.

—Nada mal, aunque es un poco amargo —dijo—. ¡Ah!, qué frío, Toby. Siento como si tuviera un bloque de hielo en lugar del corazón.

—No es nada y durará poco. Échate en la cama y cúbrete.

Mientras Brandok obedecía, el doctor también bebió el contenido de su taza; después se acercó bamboleándose a un recipiente de barro que se encontraba en un rincón y, aferrando un martillo, con un golpe vigoroso rompió la tapa y alcanzó apresuradamente a su compañero.

Una temperatura siberiana había invadido la habitación. De ese recipiente misterioso salía una corriente de aire helado, como el que se respira en las regiones polares.

El doctor miró a Brandok: el joven ya no daba signo alguno de vida. Parecía como si la muerte lo hubiese tomado por sorpresa.

—Hasta... dentro... de... cien... años... —tuvo apenas tiempo de balbucear el doctor, antes de desplomarse al lado de su amigo.

En ese mismo momento el último rayo de sol se apagaba y las primeras sombras de la noche descendían sobre el curioso sepulcro.

SEGUNDA PARTE

I. UNA RESURRECCIÓN MILAGROSA

Una mañana de los últimos días de septiembre del 2003, tres hombres subían lentamente el escollo de Retz ayudándose unos a otros para superar las rocas, no habiendo allí ni un solo rastro de sendero.

El primero era un hombre más bien entrado en años, entre los cincuenta y los sesenta años, aún bastante vigoroso, sin barba ni bigote, con los brazos y las piernas larguísimas, demasiado en relación con el tronco, y los ojos muy dilatados y casi blancos.

Los otros dos eran más jóvenes, como una docena de años menores, también ellos bastante bien desarrollados, con poderosa musculatura y ojos igualmente blancos e inertes.

En los tres podía observarse un desarrollo absolutamente extraordinario de la cabeza y especialmente de la frente.

Sus vestimentas eran de tela color café claro, que parecía seda, y consistían en sacos larguísimos y en unos pantalones cortos y amplios cerrados bajo las rodillas.

Cerca de la parte superior del escollo se habían detenido ante una alta verja de hierro oxidado y corroído por las sales marinas, que rodeaba una pequeña edificación de forma circular cubierta por una cúpula de vidrio.

Una placa de metal colocada en lo alto de un palo tenía la siguiente inscripción, todavía bastante visible: "Propiedad privada del doctor Toby Holker".

—Ya llegamos —dijo el hombre entrado en años, sacando del bolsillo una llave viejísima, de una forma especial, y un papel amarillento—. ¡Qué lindas llaves usaban hace cien años!

—¿Y espera hacer resucitar a su antepasado, señor Holker? —preguntó uno de los dos que lo acompañaban.

—Por lo menos encontraremos sus huesos, y también los de su amigo —respondió el señor Holker.

—Y los millones, ya que usted es el único heredero.

—Es verdad, señor notario.

—¿Podrá abrir?

—Probemos —respondió el señor Holker.

Introdujo la llave en la cerradura y, después de algunos esfuerzos, hizo correr el cerrojo.

—Los cerrajeros no trabajaban mal en aquel tiempo —dijo, empujando el portón—. No creía que después de cien años las cerraduras todavía funcionasen.

El pequeño recinto estaba cubierto de retamas, arbustos y montones de hierba seca. Se notaba que nadie había entrado allí desde hacía muchísimo tiempo.

—Veamos —dijo Holker, abriéndose paso entre la maleza.

Se acercó, no sin experimentar una cierta emoción, a la pequeña construcción y, aproximándose cuanto pudo, apoyó la cara en la superficie del vidrio.

De pronto lanzó un grito.

—¡Ah, es increíble! ¡Están los dos y parecen intactos! ¿Mi antepasado habrá conseguido descubrir un filtro tan maravilloso que permite suspender la vida durante cien años?

Sus dos compañeros miraron a través de los vidrios, y tampoco ellos pudieron reprimir una exclamación de estupor.

—¡Allí están! ¡Allí están!

—Y parece que duermen —dijo Holker, presa de una viva emoción.

—Señor Holker, ¿no se habrá equivocado? —preguntó el notario.

—No sé qué decir; ahora tengo una lejana esperanza de ver vivo a mi antepasado.

—Entremos, señores. ¿Tiene la llave del sepulcro?

—Sí, pero no entremos enseguida.

—¿Por qué?...

—Mi antepasado dejó escrito que antes se dejase la puerta abierta durante algunos minutos.

—No consigo entender la razón —declaró el compañero del notario.

—Para no exponernos a un enorme resfrío, señor intendente —dijo Holker—. Una pulmonía se pesca enseguida.

—¿Hace mucho frío allí dentro?

—Parece que el doctor Toby, además del filtro, había descubierto también un líquido que desprendía un frío polar.

—Debe encontrarse en ese recipiente que está allá, en el rincón.

—Abra, señor Holker —dijo el notario—. Estoy impaciente por asistir a la resurrección de esos dos hombres.

Dieron vuelta a la edificación hasta que descubrieron la puertita de hierro.

Holker introdujo la llave en la cerradura y ésta abrió fácilmente. De pronto una corriente extremadamente fría envolvió a los tres hombres, obligándolos a retroceder rápidamente.

—¡Hay un banco de hielo allí dentro! —exclamó el intendente—. ¿Qué contiene ese recipiente para producir tanto frío? ¿Los científicos de hace cien años valían más que los de hoy?

—Mi antepasado era un gran hombre —dijo Holker—. ¡Yo no haré un buen papel al lado suyo!...

Esperaron algunos minutos y después, cuando la corriente fría disminuyó, uno por vez se introdujeron en el sepulcro, agachados, dado que la puerta era demasiado baja y estrecha.

Se encontraron en una habitación circular, con las paredes cubiertas de vidrio sujetadas por armaduras de cobre. En el centro había una cama bastante grande y sobre ella, envueltos en gruesas frazadas de lana, se veían dos seres humanos colocados uno al lado del otro.

Sus rostros estaban amarillos, sus ojos cerrados, y sus brazos, que tenían debajo de las frazadas, parecían rígidos. No se encontraba en ellos ninguna señal de corrupción de sus carnes.

El señor Holker se acercó rápidamente a ellos y levantó las frazadas.

—¡Ah, es increíble! —exclamó—. ¿Cómo han podido conservarse así estos dos hombres después de cien años? ¿Es posible que todavía estén vivos? Nadie lo admitiría.

Sus compañeros también se habían acercado y miraban con una especie de terror a aquellos dos hombres, preguntándose ansiosamente si se encontraban delante de dos cadáveres o de dos durmientes.

El que se hallaba a la derecha era un hermoso joven de veinticinco o treinta años con el cabello rubio, de estatura elevada y esbelto; el otro, en cambio, representaba cincuenta o sesenta años, tenía el cabello entrecano, y era mucho más bajo de estatura y de formas más macizas.

Tanto uno como otro estaban maravillosamente conservados: sólo la piel del rostro, como ya hemos dicho, había tomado un tinte amarillento, parecido al de la raza mongólica.

—¿Cuál es su antepasado? —preguntó el notario.

—El más viejo —respondió Holker—. El otro es el señor James Brandok.

—¿Va a actuar enseguida?

—Sin esperar más.

—Usted es médico, ¿no es verdad?

—Como mi antepasado.

—¿Sabe cómo debe actuar?

—El documento dejado por Toby Holker habla claro. No se trata más que de dos inyecciones. —¿Y el líquido misterioso?

—Debe estar en aquella cajita —respondió el señor Holker señalando una caja de metal que se encontraba al lado de la cama.

—¿Volverán en seguida a la vida?

—No creo; probablemente después que los hayamos sumergido en agua tibia.

—¿Entonces tendremos que llevarlos hasta el poblado?

—No es necesario —respondió el señor Holker—. He dado la orden a mi chofer de que vuelva aquí con el Condor y no tardará en llegar. Llevaré a mi antepasado y al señor Brandok a mi casa, en Nueva York. Deseo que todos ignoren la resurrección de estos dos hombres si consigo hacerlos volver a la vida.

Mientras hablaba había abierto la cajita de hierro donde se veían unos documentos, dos frascos de cristal llenos de un líquido rojizo y jeringas.

—He aquí el filtro misterioso —dijo tomando los frascos—. Actuaremos sin perder un momento.

Desnudó el pecho de los dos durmientes y sumergió una jeringa en uno de los dos frascos diciendo:

—Una inyección en dirección al corazón y otra en el cuello; veremos si se logra algún efecto.

—Señor Holker —dijo el notario—, usted que es doctor, ¿le parece que están muertos? Tienen un aspecto...

—¿De momias egipcias?

—No, porque sus carnes tienen todavía una cierta frescura.

—Entonces de personas no muertas —dijo el señor Holker—. ¿Saben que no desespero?

—¿Laten sus corazones?

—No.

—¿Están fríos?

—¡Ya lo creo! ¡Con la temperatura que reinaba aquí dentro! Están sumergidos en una especie de catalepsia que me recuerda los extraordinarios experimentos de los fakires hindúes.

—¿Entonces no pierde las esperanzas?

—Sobre eso no puedo responder. Solamente constato que están maravillosamente conservados después de veinte lustros. Ayúdeme, señor Sterken.

—¿Qué debo hacer?

—Tenga este frasco mientras yo inyecto el líquido descubierto por mi antepasado.

—¿Y si es fatal?

—Yo ejecuto su última voluntad; si muere, admitiendo que todavía duerme, no será culpa mía. ¡Probemos!...

El señor Holker tomó la jeringa, apoyó la agudísima punta en el pecho del doctor, cerca del corazón, e inyectó subcutá— neamente el líquido. Repitió la misma operación en el cuello, en la vena yugular; y después esperó, presa de una profunda ansiedad, mientras tomaba el pulso de su antepasado.

Nadie hablaba: todos tenían la vista fija en el doctor con la esperanza de sorprender en ese rostro amarillento cualquier señal que pudiese ser el indicio de un retorno a la vida. Había transcurrido un minuto cuando el señor Holker dejó escapar un grito de estupor.

—¡Es increíble!

—¿Qué pasa? —preguntaron a la vez el notario y el intendente.

—¡Este hombre no está muerto!

—¿Tiene pulso?

—Sentí una ligera vibración.

—¿Tal vez se ha engañado? —preguntó el notario, que se había puesto muy pálido.

—No... es imposible... tiene pulso... ligeramente, sí, pero lo tiene... No estoy soñando.

—¡Después de cien años!

—Silencio... escuchemos si el corazón da alguna señal de vida...

El señor Holker apoyó la cabeza en el pecho de su antepasado.

—¿Está frío? —preguntó el intendente.

—Sí, sigue frío.

—Mala señal; los muertos siempre están fríos.

—Espere, señor intendente, el filtro apenas ha comenzado a actuar.

—Y..

—¡Cállese! ¡Maravilloso!... ¡Increíble!... ¿Qué fue lo que inventó mi antepasado? ¿Qué son los médicos modernos comparados con él? ¡Burros, incluyéndome a mí!

—Entonces, ¿late el corazón? —preguntaron al unísono el intendente y el notario.

—Sí... late...

—¿No se engaña?

—¿Un médico?

—Sin embargo, ese tinte amarillento aún no desaparece —observó el notario.

—Después... después del baño tal vez... ¡Sí, el corazón la te!... ¡Es un milagro!... ¡Volver a la vida después de cien años! ¿Quién lo creería? ¡Me tomarían por loco!

—¿Y el pulso?

—Vibra cada vez con más fuerza.

—El señor Brandok, doctor —dijo el intendente.

En ese momento un fuerte silbido llegó desde afuera.

—Es mi Condor—dijo el señor Holker—. ¡Llega a tiempo!

—¿Necesita algo de su chofer? —preguntó el notario.

—Que traiga una palanca para abrir el subterráneo... Y ahora ocupémonos del señor Brandok.

Desnudó el pecho del joven y repitió las inyecciones hechas al señor Toby.

Dos minutos después sintió una leve vibración de su pulso y constató además que el color amarillento tendía a desaparecer y que un tenue color rosado aparecía en las mejillas del durmiente.

—¡Qué milagro! —repetía el señor Holker—. Mañana estos hombres hablarán como nosotros.

El notario había vuelto con un negro de estatura imponente, un verdadero Hércules, de espaldas anchísimas, brazos gruesos y musculosos.

—Harry —dijo el señor Holker dirigiéndose al gigante—. Toma a estas dos personas y llévalas al Condor. Trata de no apretarlas demasiado.

—Sí, mi amo.

—¿Están listos los colchones?

—Y también la carpa.

—Apúrate, muchacho mío.

El señor Holker corrió la cama y puso las manos sobre una plancha de hierro de forma circular provista de un anillo.

—Aquí abajo debe estar el subterráneo que contiene los millones de mi antepasado y del señor Brandok —dijo.

—¿Estarán allí aún? —preguntó el notario.

—Sólo nosotros sabemos que los dos durmientes los habían puesto allí, y además vimos que todo estaba en orden aquí dentro, por lo tanto nadie pudo haber entrado.

Pasó por el anillo la palanca traída por el criado y, no sin esfuerzo, levantó la plancha.

Como ya había caído la noche, encendió una lámpara eléctrica y divisó una escalerita abierta en la roca viva.

Descendió, seguido por el notario y el intendente, y se encontró con un nicho de dos metros cuadrados que contenía dos cajas fuertes de acero.

—Aquí dentro están los millones —dijo.

—¿Los llevará al Condor? —preguntó el notario.

—Pertenecen a mi antepasado y al señor Brandok. Estando vivos no tengo ningún derecho sobre estas riquezas...

¡Harry!

El negro, después de llevar a Toby y a Brandok, ya había vuelto y bajó al subterráneo.

—Ayúdame —le dijo Holker.

—Yo solo me basto, mi amo —respondió el gigante—. Mis músculos son sólidos y mis espaldas anchas.

Tomó la caja más grande y se la llevó.

—Señores —dijo Holker cuando Harry se llevó la segunda caja—. La misión de ustedes ha terminado. El señor Brandok y mi antepasado sabrán recompensarles pronto la gentileza que han tenido.

—¿Los traerá un día para que los veamos? —preguntó el notario.

—Se los prometo.

—¿Está seguro de que volverán a la vida? —dijo el intendente.

—Así lo espero, después de un baño de agua tibia. Dentro de cuatro horas estaré en Nueva York y mañana tendrán noticias mías.

Salieron del pequeño sepulcro y del recinto, cerrando la verja, y se dirigieron hacia el borde de la roca que se extendía sobre el océano, donde se veía vagamente y entre las tinieblas una masa negra sobre la cual se agitaban unas alas monstruosas.

—Enciende el faro, Harry —ordenó Holker.

Un haz de luz de gran potencia iluminó toda la cima de la roca y la masa de agua que se agitaba en el borde.

El Condor era una especie de máquina voladora provista de cuatro alas gigantescas y hélices enormes, colocadas sobre una plataforma de metal, larga y estrecha, rodeada por una balaustrada. En el centro, colocados sobre un blando colchón y protegidos por una cortina, se encontraban el doctor Toby y Brandok, uno al lado del otro. El negro estaba en la popa de la plataforma, detrás de una pequeña máquina provista de varios tubos.

—Hasta pronto, señores —dijo Holker subiendo a la plataforma y sentándose al lado de los dos resucitados.

—Buen viaje, señor Holker —respondieron el notario y el intendente—. Envíenos mañana noticias del doctor y del señor Brandok.

—A cien millas por hora, muchacho mío —dijo Holker al negro—. Tengo prisa.

Las alas y las hélices se pusieron en movimiento y la máquina voladora partió a la velocidad del rayo, pasando sobre la isla de Nantucket y manteniendo la proa en dirección sudoeste. El señor Holker examinaba al doctor Toby y a su compañero, apoyando con frecuencia la mano sobre sus pechos y comprobando de tanto en tanto sus pulsos.

Sus arterias ya comenzaban a latir, aunque débilmente, pero todavía no respiraban y el corazón seguía mudo.

—Veremos después del baño —murmuraba el señor Holker—. No están muertos, por lo tanto no hay que desesperar. ¡Qué sorpresa se llevarán cuando abran los ojos! ¡Revivir después de cien años! ¿Qué maravilloso filtro descubrió mi antepasado? ¡Es algo inexplicable, no han envejecido!

El Condor, mientras tanto, continuaba su carrera fulmínea. Había pasado la isla y ahora volaba sobre el océano, manteniéndose a una altura de ciento cincuenta metros.

Su lámpara seguía emitiendo un largo haz de luz que se reflejaba en las olas.

A medianoche, hacia el oeste, se descubrieron de pronto unas ondas de luz blanca que subían a gran altura.

—Nueva York, mi amo —dijo el negro.

—¿Ya? —respondió Holker—. Has superado las cien millas por hora, mi buen Harry. Apurémonos y ten cuidado de no chocar con nadie.

Se había levantado y miraba hacia esas luces.

—Llegaremos pronto —murmuró.

Veinte minutos después el Condor volaba sobre un macizo de casas inmensas, de torres y campanarios.

Describió algunas vueltas en el aire, proyectando el haz de luz sobre los techos de las casas; después bajó sobre una vasta terraza de metal situada en la cima de un edificio de veinte pisos.

—Ya llegamos, mi amo —dijo el negro.

—Carga a los dos durmientes y llévalos a mi habitación. ¡Y ni una palabra a nadie!

II

Habían transcurrido otras dos horas cuando el doctor Toby abrió finalmente los ojos, después de cien años en que los había mantenido cerrados. Tras una inmersión en una bañera llena de agua tibia que duraría un cuarto de hora, había comenzado a dar algunos signos de vida y a perder el tinte amarillento, pero fue necesaria una nueva inyección del filtro maravilloso para que el corazón reanudase sus funciones.

Después de los primeros latidos la rigidez de los músculos había desaparecido rápidamente y el color rosado había vuelto a su rostro junto con la circulación de la sangre.

Apenas abrió los ojos su mirada se fijó en el señor Holker, que estaba allí cerca frotando el pecho de Brandok.

—Buen día... —le dijo su sobrino político acercándose rápidamente.

Toby permanecía mudo; aunque sus ojos hablaban por él.

En su mirada había estupor, ansiedad, quizá miedo también.

—¿Me escucha? —preguntó Holker.

El doctor hizo un gesto afirmativo con la cabeza, después movió los labios varias veces, sin que pudiese emitir sonido alguno. Por cierto la lengua todavía no había vuelto a adquirir su elasticidad después de haber estado tantos años inmovilizada.

—¿Cómo se siente? ¿Mal quizá?

Toby hizo un gesto negativo, después levantó las manos haciendo signos absolutamente incomprensibles para el señor Holker. De pronto las bajó, apuntando hacia al señor Brandok, que estaba acostado en una cama vecina.

—Me pregunta si su compañero está vivo o muerto, ¿no es verdad?

El doctor afirmó con un gesto.

—No tema, señor... tío, si no le molesta que lo llame con este título, ya que pertenezco a su familia, como descendiente de su hermana... No tema, también su compañero está por volver a la vida y dentro de poco abrirá los ojos. ¿Tiene dificultades para mover la lengua? Veamos, tío... yo también soy doctor, como usted.

Le abrió la boca y le tiró varias veces de la lengua, que parecía atrofiada, moviéndosela en todos los sentidos para hacerle adquirir la perdida agilidad.

—¿Funciona ahora?

Un sonido al principio confuso salió de los labios del doctor Toby; después un grito:

—¡La vida! ¡La vida!

—Gracias a su filtro, tío.

—¿Cien años?

—Sí, después de cien años de sueño —respondió Holker—. Por cierto, no creía que volvería a la vida.

—¡Sí! ¡Sí! —balbuceó el doctor.

En ese instante una voz débil dijo:

—¿Toby? ¿Toby?

El señor Brandok había abierto los ojos y miraba a su viejo amigo con un estupor fácil de comprender.

—¡Toby! —repitió por tercera vez, tratando de levantarse apoyándose en la almohada.

—No se mueva, señor Brandok —dijo Holker—. Es un placer darle los buenos días y también oírlo hablar. Quédense acostados; les hace falta un buen sueño, un sueño verdadero.

Se acercó a una mesita donde había varios frascos, tomó uno y vertió el contenido en dos tazas de plata.

—Beban esta infusión —agregó, extendiéndole a cada uno una taza—. Les dará fuerzas... ¡Ah!... me olvidaba de decirles que sus millones están seguros aquí, en mi casa... Vuelvan a acostarse, duerman bien y esta tarde comeremos juntos, estoy seguro.

El doctor Toby había murmurado:

—Gracias, mi lejano pariente.

Después había cerrado nuevamente los ojos. El señor Brandok ya dormía, roncando sonoramente.

El señor Holker se quedó en la habitación algunos minutos, inclinándose ora sobre uno, ora sobre otro resucitado, repitiendo con visible satisfacción:

—Éste es el verdadero sueño que volverá a darles fuerza. ¡Maravilloso filtro! He aquí un secreto que si se divulgase haría de mi antepasado el hombre más famoso del mundo. Dejémoslos descansar. Creo que ya están a salvo.

Ocho horas después el doctor Toby fue despertado por un ligero silbido que parecía salir de debajo de la almohada.

Bastante sorprendido, se sentó, lanzando alrededor una mirada maravillada. En la habitación no había nadie y Brandok seguía roncando en la otra cama.

"¿Quién me silbó en el oído?", se preguntó. "¿Lo habré soñado?"

Estaba por despertar a Brandok cuando oyó una voz que parecía humana, susurrarle al oído:

"Graves sucesos han ocurrido ayer en la ciudad de Cádiz. Los anarquistas de la ciudad submarina de Bressak, adueñándose de la nave Hollendorf, desembarcaron en la noche, haciendo volar con bombas varias casas. La población huyó y los anarquistas saquearon la ciudad. Se ha llamado a las armas a los voluntarios de Málaga y Alicante, que se trasladarán al lugar de la invasión con flotas aéreas. Se dice que Bressak fue destruida y que muchas familias anarquistas han muerto ahogadas".

Con desconcierto el doctor había oído esa voz que anunciaba un espantoso desastre; después había levantado rápidamente la almohada, ya que la voz se había hecho oír justo detrás de la cabecera de la cama, y descubrió una especie de tubo en cuyo borde estaba escrito: "Suscripción al `World' ".

—¡Una maravilla del 2000! —exclamó—. Los periódicos comunican directamente las noticias a casa de los suscriptores. ¿Habremos suprimido los periódicos y las máquinas para imprimirlos? En nuestros tiempos estas comodidades no se conocían todavía. ¡Cómo ha progresado el mundo!

Estaba por despertar a su amigo, que no se decidía a abrir los ojos, cuando oyó salir del tubo otro silbido, y después la misma voz que decía: "Mire la escena".

En el mismo instante el doctor vio iluminarse un gran cuadro que ocupaba la pared que estaba frente a la cama y desarrollarse allí una escena horrible y de una realidad extraordinaria.

Algunos hombres aparecían en medio de las casas y se los veía correr como locos, lanzando bombas que estallaban con resplandores sobrecogedores.

Las paredes se hundían, los techos se desplomaban; hombres, mujeres y niños caían en las calles, mientras anchas lenguas de fuego se levantaban sobre ese montón de ruinas, tiñendo todo el cuadro de rojo.

Mientras tanto los anarquistas continuaban su obra de destrucción, y las escenas se sucedían unas a otras con vertiginosa rapidez y sin la más leve interrupción.

Era una especie de cinematógrafo, de una perfección extraordinaria, verdaderamente asombrosa, que reproducía con maravillosa exactitud los terribles estragos anunciados poco antes por el periódico.

Durante diez minutos ese desastre continuó; después terminó con una fuga desordenada de la gente que se dirigía hacia una playa, mientras el cielo reflejaba la luz de los incendios.

—Extraordinario —repetía el doctor cuando la pared volvió a quedar blanca—. ¡Qué progresos ha hecho el periodismo en estos cien años! Y quién sabe cuántas maravillas nos quedan por ver todavía. Brandok, ¿has dejado de dormir?

Oyendo aquella sonora llamada el joven abrió finalmente los ojos, desperezándose como un oso que se despierta después de un largo sueño invernal.

—¿Cómo te sientes, amigo mío? —preguntó Toby.

—Muy bien.

—¿Y tu spleen?

—Por ahora no siento que me atormente. Y.. dime, Toby, ¿soñamos o es verdad que hemos dormido durante un siglo?

—La prueba la tenemos en nuestras cajas fuertes, que han traído aquí mientras descansábamos.

—¿Quién nos creerá que hemos resucitado?

—Mi pariente, por cierto, dado que fue él quien nos sacó del sepulcro.

—¿Y nosotros dónde estamos? ¿En Nantucket todavía?

—No sabría decirlo.

—Y tú, ¿cómo estás?

—Sufro de una turbación que no puedo explicarme y me parece que estoy muy débil.

—¡No lo dudo, después de un ayuno tan largo! —dijo Brandok, riendo—. ¿No sientes apetito? Yo me comería de buena gana un trozo de carne, por ejemplo.

—Despacio, querido mío. Todavía no sabemos cómo funcionarán nuestros órganos internos.

—Si el corazón y los pulmones no dan señales de haber sufrido después de haber estado tanto tiempo detenidos, supongo que también los intestinos reanudarán su trabajo.

—Y, sin embargo, temo que se hayan atrofiado —dijo Toby.

En ese momento la puerta se abrió y el señor Holker apareció, seguido del gigantesco negro que traía trajes similares a los que él llevaba y ropa interior blanquísima.

—¿Cómo está, tío? ¿Me permite llamarlo así de ahora en adelante?

—Claro, mi querido sobrino —respondió el doctor—. Me encuentro bastante bien.

—¿También usted, señor Brandok?

—Sólo siento un poco de hambre.

—Buen signo; vístanse y después iremos a comer. Los trajes les parecerán muy distintos de los que se usaban hace cien años, pero son más cómodos y desde el lado de la higiene no dejan nada que desear, dado que han sido perfectamente desinfectados.

—Y también la tela me parece distinta.

—Es fibra vegetal. Desde hace sesenta años hemos renunciado a la tela de fibra animal, demasiado costosa y poco limpia comparada con ésta. ¡Ah! Encontrarán el mundo muy cambiado: por ahora no les digo más para que no disminuya su curiosidad. Los espero en el comedor.

El doctor Toby y Brandok se cambiaron, se arreglaron, después dejaron la habitación; entraron en un corredor cuyas paredes muy brillantes tenían extraños resplandores, como si debajo de la pintura que las cubría hubiese una capa de material fosforescente, y entraron en una sala bastante amplia, iluminada por dos ventanas anchas y altas hasta el techo que permitían que el aire entrara libremente.

Estaba amoblado con una sencillez no exenta de cierta elegancia. Las sillas, el aparador, los estantes situados en los rincones y hasta la mesa que ocupaba el centro estaban hechos de un metal blanco resplandeciente que parecía aluminio.

El señor Holker ya estaba sentado a la mesa, cubierta por un mantel colorado que no parecía de tela.

—Adelante, mis queridos amigos —dijo yendo a su encuentro—. El almuerzo está listo.

—¿Y dónde lo comeremos? —preguntó Brandok, que no había visto sobre la mesa platos, ni vasos, ni cubiertos, ni servilletas.

—¡Ah, me olvidaba de que hace cien años los hoteleros también estaban atrasados! —dijo Holker riendo—. También ellos han progresado. Miren.

Se acercó a una pared y bajó una plancha de metal de un par de metros de largo por treinta centímetros de ancho, uniéndola a la mesa de modo tal que formó un pequeño

puente. La otra extremidad se apoyaba en una pequeña repisa sobre la cual estaba escrito: "Suscripción al Hotel Bardilly".

—¿Y ahora? —preguntó Brandok, que miraba con creciente estupor.

—Oprimo este botón y el almuerzo deja la cocina del hotel para llegar a mi mesa.

—¿Y dónde está ese hotel? ¿En esta casa?

—No, más bien lejos: en la orilla opuesta del Hudson.

—¿Entonces estamos en Nueva York? —exclamaron al unísono Toby y Brandok.

—¿Dónde creían que estaban? ¿Todavía en Nantucket?

—¿Cuándo nos trajo? —preguntó Brandok en el colmo de la sorpresa.

—Ayer por la noche. A las ocho dejé la isla y a medianoche ya estaban aquí.

—¡En sólo cuatro horas, mientras que hace cien años se empleaban dieciséis horas y con un barco a vapor! —exclamó el doctor.

—Hemos avanzado bastante con los inventos, mi querido tío —dijo Holker—. ¡Ah!, aquí está el almuerzo.

Un silbido agudo había salido por una pequeña ranura de la repisa; después una puertecita se había abierto automáticamente en la extremidad de la plancha de metal que se unía a la mesa y una pequeña máquina, seguida por seis vagoncitos de aluminio de forma cilíndrica, avanzó, corriendo sobre dos ranuras que hacían de vías.

—¿El almuerzo que manda el hotel? —preguntaron Toby y Brandok.

—Sí, señores, y con todo lo necesario. Como pueden ver que es algo muy cómodo que me evita tener una cocinera y una cocina —respondió Holker.

Abrió el primer vagoncito que tenía una circunferencia de cuarenta centímetros y la misma altura y sacó los vasos, los cubiertos, las servilletas y cuatro botellas que debían contener vino o cerveza. De los otros cuatro extrajo sucesivamente dos pequeños recipientes con un caldo todavía muy caliente, después los platos con tartas y manjares variados, huevos, licores, etcétera. En suma, todo lo necesario para un almuerzo abundante.

Cuando hubo terminado, oprimió un botón, la puertecita se abrió y el minúsculo tren desapareció, retrocediendo con la velocidad de un relámpago.

—¿Qué me dice, señor Brandok? —preguntó Holker.

—Que en nuestra época estas comodidades no existían. ¿Y el tren volverá?

—Claro, para recoger la vajilla.

—¿Y cómo llega hasta aquí?

—Por medio de un tubo, y camina movido por una pequeña pila eléctrica de una potencia tal que le imprime una velocidad de casi cien kilómetros por hora. Esta comida fue puesta allí hace apenas unos minutos; de hecho vean como humea; mejor dicho, quema.

—¿Y el hotelero cómo sabe qué es lo que el cliente desea?

—Por medio del teléfono. Por la mañana mi criado le transmite al hotel el menú del almuerzo y la cena y las horas en que deseo comer, y el tren llega con precisión matemática.

—No todos pueden permitirse un lujo como éste —observó el doctor Toby.

—Naturalmente —respondió Holker—, pero aquellos que no pueden suscribirse al hotel también se las arreglan más rápido.

—Será para comer, no para prepararse la comida.

—El obrero ya no cocina en su casa, porque no tiene tiempo que perder. Ocho o diez píldoras y ya se han tomado un buen caldo, el jugo de media libra de carne o de pollo, o de una libra de cerdo, o de un par de huevos, de una taza de café, etcétera. Hace cien años se perdía demasiado tiempo; caminaban y se movían con una lentitud de tortugas. Hoy, en cambio, competimos con la electricidad. Coman, señores míos, o la comida se enfriará. Una taza de buen caldo, señor Brandok, antes que nada, después elija lo que más le guste. Le advierto que es una comida a base de vegetales, pero no por ello son menos nutritivas, y tampoco la encontrarán menos sabrosa. Después hablaremos todo lo que quieran.

III. LA LUZ Y EL CALOR FUTUROS

El doctor Holker había dicho la verdad. El caldo era exquisito, pero no había plato alguno de carne de vaca, de cerdo o de carnero. Sólo pescado: todos los demás platos se componían de vegetales, muchos de ellos absolutamente desconocidos para Toby y Brandok.

En compensación, el vino era tan bueno que ni uno ni otro habían degustado nunca uno que se le pareciera.

—Señor Holker —dijo Brandok, que comía con un apetito envidiable, como si se hubiese despertado de un sueño de sólo ocho o diez horas—, ¿usted es vegetariano?

—¿Por qué me hace esa pregunta? —quiso saber el lejano nieto político del doctor.

—En nuestra época se hablaba mucho del vegetarianismo, especialmente en Alemania y en Inglaterra. Se ve que esa cocina progresó mucho.

—¿Dice eso porque no encuentra carne?

—Sí, y me sorprende que los norteamericanos modernos hayan renunciado a los jugosos beefsteak y a los sangrientos roastbeaf.

—Son platos que hoy se han vuelto un poco raros, querido mío, por el simple motivo de que las vacas y los carneros casi desaparecieron.

—¡Ah!

—¿Se asombra?

—Mucho.

—Mi querido señor, la población del globo en estos cien años creció enormemente, y no existen más praderas para que se nutran los grandes rebaños que existían en su época. Todos los terrenos disponibles ahora son cultivados intensivamente para extraerle al suelo todo lo que puede dar. Si no se hiciese eso, a esta hora la población del globo viviría presa del hambre. Las grandes extensiones de la Argentina y de nuestro Far West ya no existen, y las vacas y los carneros poco a poco casi han desaparecido, haciendo que los campos no rindan en proporción. Por otra parte, en nuestros días no tenemos necesidad de carne. Nuestros químicos, en una simple píldora que pesa apenas unos gramos, han concentrado todos los elementos que antes se podían encontrar en una buena libra de la mejor vaca.

—¿Y cómo hay agricultura sin bueyes?

—Antigüedades —dijo Holker—. Nuestros labradores usan máquinas movidas por la electricidad.

—¿Es que tampoco hay caballos?

—¿Para qué servirían? Todavía hay algunos, conservados más por curiosidad que por otra cosa.

—¿Y los ejércitos no los usan? —preguntó el doctor Toby—. En nuestros tiempos todas las naciones tenían regimientos de ellos.

—¿Y qué hacían con ellos? —preguntó Holker en tono irónico.

—Servían para la guerra.

—¡Ejércitos! ¡Caballería! ¿Quién se acuerda ahora de eso?

—¿Ya no hay ejércitos? —preguntaron al unísono Toby y Brandok.

—Hace sesenta años que desaparecieron, cuando la guerra mató a la guerra. La última batalla librada por mar y por tierra entre las naciones americanas y europeas fue terrible, espantosa, y costó millones de vidas humanas sin ventajas para ninguna de las potencias. La masacre fue tal que las distintas naciones del mundo decidieron abolir para siempre la guerra. Y además, éstas ya no serían posibles. Hoy poseemos explosivos capaces de hacer volar una ciudad de algunos millones de habitantes, máquinas que levantan montañas; podemos producir, con la simple presión de un dedo, la chispa eléctrica transmisible a centenares de millas de distancia y hacer estallar cualquier depósito de pólvora. Hoy día, una guerra marcaría el fin de la humanidad. La ciencia ahora ha vencido a todo y a todos.

—Y, sin embargo, hoy, apenas me desperté, el periódico me comunicó una noticia que estaría desmintiendo lo que ha dicho hasta ahora, mi querido sobrino —dijo Toby.

—¡Ah, sí! La destrucción de Cádiz llevada a cabo por los anarquistas. ¡Una pequeñez! A esta hora esos agitadores habrán sido completamente destruidos por los bomberos de Málaga y de Alicante.

—¿Por los bomberos?

—Hoy no tenemos otras tropas que ésas, y les aseguro que saben mantener el orden en todas las ciudades y aplacar cualquier tumulto. Ponen en línea algunas bombas de agua y arrojan sobre los sediciosos torrentes de agua electrizada al máximo grado. Cada gota fulmina, y el asunto termina pronto.

—Un medio un poco brutal, señor Holker, e incluso inhumano.

—Si no se hiciese eso las naciones se verían obligadas a mantener tropas para conservar el orden. Y además, somos demasiados en este mundo y si no encontramos los medios para invadir algún planeta no sé cómo se las arreglarán nuestros bisnietos dentro de otros cien años, a menos que vuelvan, como nuestros antepasados, a la antropofagia. La producción de la tierra y los mares no bastaría para alimentar a todos, y éste es el problema más grave que inquieta y preocupa a los científicos. ¡Ah! ¡Si se pudiese llegar a Marte, que en cambio tiene una población tan escasa y tantas tierras todavía sin cultivar!

—¿Y cómo lo saben ustedes? —preguntó Toby, haciendo un gesto de estupor.

—Por los mismos marcianos —respondió Holker.

—¡Por los habitantes de ese planeta! —exclamó Brandok.

—¡Ah, me había olvidado que hace cien años todavía no se había encontrado un medio para entrar en contacto con esos buenos marcianos!

—¿Está bromeando?

—Se lo digo en serio, mi querido señor Brandok.

—¿Ustedes se comunican con ellos?

—Tengo incluso un queridísimo amigo allá arriba que a menudo me envía noticias suyas.

—¿Cómo hicieron para comunicarse con los marcianos?

—Se los diré más tarde, cuando hayan visitado la estación eléctrica de Brooklyn. ¡Eh! Hace ya cuarenta años que mantenemos contactos con los marcianos.

—¡Pero es increíble! —exclamó el doctor Toby—. ¡Qué maravillosos descubrimientos han hecho en estos cien años!

—Muchos que los dejarán estupefactos, tío. Apenas estén completamente repuestos les propondré dar una vuelta al mundo. En siete días estaremos nuevamente en casa.

—¡La vuelta al mundo en una semana!...

—Es natural que esto los asombre. Si no me engaño, hace cien años se empleaban cuarenta y cinco o cincuenta días.

—Y nos parecía que habíamos alcanzado la máxima velocidad.

—Eran tortugas —dijo Holker, riendo—. Después nos daremos una vuelta por el Polo Norte para visitar la colonia.

—¿También se va al Polo ahora?

—¡Bah!... es un simple paseo.

—¿Encontraron el medio de destruir los hielos que lo circundan?...

—Nada de eso; por el contrario, creo que los casquetes de hielo que rodean los dos confines de la Tierra se han vuelto más enormes de lo que eran hace cien años; pero no obstante hemos encontrado el medio para ir a visitarlos y también poblarlos. Hemos desterrado allí...

Un silbido agudo que escapó de un agujero abierto sobre la repisa que se encontraba en un rincón de la habitación le interrumpió la frase.

—Ah, es mi correspondencia que llega —dijo Holker levantándose.

—¡Otra maravilla! —exclamaron Toby y Brandok levantándose también.

—Algo simplísimo —respondió Holker—. Miren, amigos míos.

Oprimió un botón que había debajo de un cuadro que representaba una batalla naval. El cuadro desapareció, elevándose entre dos ranuras y dejando un vacío de un metro y medio cuadrado. Dentro había un cilindro de metal cubierto de números negros, de un largo de sesenta o setenta centímetros y con una circunferencia de treinta o cuarenta.

—Mi número de abono postal es el mil novecientos ochenta y siete —dijo Holker—. Aquí está; en un pequeño compartimiento fueron colocadas mis cartas.

Puso un dedo sobre el número, abrió una puertecita y extrajo su correspondencia; después hizo bajar el cuadro y oprimió otro botón.

—Ya está, el cilindro volvió a partir—dijo—. Va a distribuir la correspondencia a los otros inquilinos de la casa.

—¿Cómo llegó aquí ese cilindro? —preguntó Brandok.

—Por medio de un tubo que está en comunicación con la oficina postal más cercana y remolcado por una pequeña máquina eléctrica.

—¿Y cómo se detiene?

—Detrás del cuadro hay un instrumento destinado a interrumpir la corriente eléctrica. Apenas el cilindro pasa encima de él, se detiene y no vuelve a partir si antes yo no reactivo la corriente oprimiendo ese botón.

—¿Hay un cilindro para cada casa?

—Sí, señor Brandok; debo advertirle que las casas modernas tienen veinte o veinticinco pisos y que contienen de cincuenta a mil familias.

—La población de uno de nuestros antiguos suburbios —dijo el doctor—. ¿No hay entonces casas más pequeñas?

—La tierra es demasiado preciosa hoy día y ese lujo ha sido desterrado. No puede quitársele ningún espacio a la agricultura. Pero comienza a oscurecer; es hora de iluminar mi salón. Hace cien años, ¿qué se encendía por la noche?

—Gas, petróleo, luz eléctrica —dijo Brandok.

—Pobre gente —dijo Holker—. ¡Qué cara debía ser entonces la iluminación!

—Por cierto, señor Holker —dijo Brandok—. ¿Y ahora, en cambio?

—Tenemos casi gratis la luz y el calor.

Del techo colgaba un tubo de hierro que terminaba en una esfera compuesta de un metal azul.

El señor Holker la abrió haciéndola correr sobre el tubo y rápidamente una luz brillante, similar a la que emitían en un tiempo las lámparas eléctricas, se encendió, inundando el salón.

Lo que la producía era una pelotita apenas visible que se encontraba fijada bajo la esfera, y la luz que emitía expandía un calor muy superior al del gas.

—¿Qué es? —preguntaron al mismo tiempo Brandok y Toby, cuyo asombro ya no tenía límites.

—Un simple pedacito de radium —respondió Holker.

¡El radium! —exclamaron los dos resucitados.

—¿Se conocía hace cien años?

—Ya lo habían descubierto —respondió Toby—. Pero todavía no se usaba a causa de su elevadísimo costo. Un gramo no costaba menos de tres o cuatro mil liras y además todavía no se había podido encontrar el modo de aplicarlo, como ustedes han hecho ahora. Pero todos le pronosticaban un gran porvenir.

—Lo que no han podido hacer los químicos del 1900 lo han hecho los del 2000 —dijo Holker—. Ese pedacito no vale más que un dólar y arde siempre, sin consumirse nunca. Es el fuego eterno.

—¡Metal maravilloso!...

—Sí, maravilloso, porque además de darnos luz también nos da calor. Le ha quitado el trono al carbón fósil, a la luz eléctrica, al gas, al petróleo, a las estufas y a las chimeneas.

—¿Entonces también las calles están iluminadas con lámparas a radium? —preguntó Toby.

—Y también las fábricas, los talleres, etcétera.

—¿Y ya no se trabaja en las minas de carbón?

—¿Para qué serviría el carbón? Además las minas comenzaban a agotarse.

—¿Quién les da ahora la fuerza necesaria para mover las máquinas de las fábricas?

—La electricidad es transportada hoy a distancias enormes. Nuestras cataratas del Niágara, por ejemplo, hacen trabajar las máquinas que se encuentran a mil millas de distancia. Si quisiéramos, podríamos dar algo de esa fuerza incluso a Europa, mandándola a través del Atlántico. Pero también allí han construido cataratas en sus ríos y no necesitan de nosotros.

—Amigo James —dijo Toby—, ¿te arrepientes de haber dormido cien años para poder ver las maravillas del 2000?

—¡Oh no! —exclamó vivamente el joven.

—¿Pensabas que volverías a ver el mundo con tantos progresos?

—No me esperaba tanto.

—¿Y tu spleen?

—No lo siento, todavía... ¿Tú no sientes nada?

—Sí, una agitación extraña, una irritación inexplicable en el sistema nervioso —dijo Toby—. Siento como si los músculos me bailaran debajo de la piel.

—Yo también —dijo Brandok.

—¿Saben de qué proviene eso? —preguntó Holker.

—No puedo adivinarlo —respondió Toby.

—De la inmensa tensión eléctrica que reina en todas las ciudades del mundo y a la que ustedes no están todavía habituados. Hace cien años la electricidad no había alcanzado todavía un gran desarrollo, mientras que ahora la atmósfera y el suelo están saturados de ella. Ya se acostumbrarán, estoy seguro, y basta por hoy. Vayan a descansar y mañana por la mañana daremos un paseo a través de Nueva York en mi Condor.

—Dígame: ¿es un automóvil? —preguntó Brandok.

—Sí, pero de otro tipo —respondió Holker con una sonrisa—. Comenzaremos así nuestro viaje alrededor del mundo.

IV. A BORDO DEL CONDOR

Apenas había amanecido cuando Holker entró en la habitación de su antepasado y el señor Brandok gritando:

—¡Arriba, mis queridos amigos!... Mi Condor nos espera delante de las ventanas del salón y el hotel ya ha mandado el té.

No hacían falta más que esas palabras, "nos espera delante de las ventanas", para hacer saltar de la cama al doctor y a su compañero.

—¡El automóvil delante de la ventana! —habían exclamado poniéndose los pantalones.

—¿Les sorprende?

—¿En qué piso estamos? —preguntó Brandok.

—En el decimonoveno. Se respira mejor aquí arriba y apenas llegan los ruidos de la calle.

—Entonces, ¿qué tipo de automóvil tiene usted que puede subir a semejante altura?

—Ya lo verán; apúrense, amigos, porque esta mañana quiero llevarlos hasta las cataratas del Niágara para mostrarles las colosales instalaciones eléctricas que suministran energía a casi todas las fábricas de la Federación. Antes iremos a ver la estación ultrapotente de Brooklyn, porque debo mandarle noticias mías a mi amigo marciano. Ese buen hombre debe estar un poco inquieto por mi largo silencio y recibirá con placer la noticia de la resurrección de ustedes.

—¡Cómo! —exclamó Toby—. ¿Tú le habías informado que un antepasado tuyo dormía desde hacía cien años?

—Sí, tío —respondió Holker—. De vez en cuando tenemos nuestras confidencias, porque estamos unidos por una profunda amistad.

—¿Sin haberse visto nunca? —exclamó Brandok.

—Por algunas indicaciones mías habrá podido esbozar mi retrato.

—¿Y tú? —preguntó Toby.

—Yo tengo el suyo.

—¿Cómo son entonces los habitantes de Marte? ¿Se parecen a nosotros?

—Por las descripciones que hemos recibido de ellos no son muy parecidos a nosotros; sin embargo, en lo relativo a civilización y ciencia, parece que no son inferiores. Imagínese, tío, que tienen la cabeza cuatro veces más grande que la nuestra y que entonces, con semejante desarrollo del cerebro, no deben estar muy atrasados con relación a nosotros.

—¿Y el cuerpo?

—Los marcianos, por lo que hemos podido comprender, son anfibios que se parecen a focas, con brazos cortísimos, que terminan en diez dedos, y pies muy grandes y palmeados.

—¡Verdaderos monstruos, en suma! —exclamó Toby, que escuchaba con viva curiosidad esos detalles.

—Efectivamente, no parece que sean muy bellos —respondió Holker.

—Pero vayamos a tomar el té, lo encontraremos frío. Volveremos a hablar de los marcianos y su planeta cuando estemos en la estación ultrapotente de Brooklyn.

Dejaron la habitación y entraron al salón. El pequeño ferrocarril con un solo vagoncito estaba detenido en el extremo de la plancha de metal. Pero no fue eso lo que atrajo la atención de Brandok y del doctor, sino una sombra gigantesca que se agitaba delante de las amplias ventanas.

—¿Qué es eso? —preguntaron, lanzándose hacia adelante.

—Mi Condor —respondió tranquilamente Holker.

—¿Un globo dirigible?

—No, señores, una máquina voladora que funciona perfectamente, dotada de una velocidad extraordinaria, una velocidad tal que puede competir con las golondrinas y las palomas, ¿no las había hace cien años?

—Algún globo dirigible, siempre peligroso —dijo Toby.

—Y como los globos causaban tantas desgracias, nosotros, desde hace cincuenta años, abandonamos el hidrógeno por las alas. Tomemos el té, después tendrán tiempo de observar mi Condor y de verlo maniobrar.

Separó casi a la fuerza de la ventana al doctor y a Brandok y sacó las tazas del vagoncito, las servilletas y el recipiente con la perfumada infusión y algunos bizcochos.

—No sean tan impacientes —dijo—. Hay que ver una cosa por vez o se cansarán demasiado. Tiempo no nos falta.

Bebieron el té, mojando en él algunos bizcochos. Después Holker subió al alféizar que era muy bajo y puso los pies en la plataforma de la máquina voladora sobre la que habían sido colocados cuatro cómodos sillones.

Harry, el negro gigante, estaba detrás de la máquina con las manos sobre una pequeña rueda que hacía girar dos inmensos timones de forma triangular construidos con una especie de tela muy brillante y montados sobre una ligera armadura de metal.

Brandok y Toby apenas se habían sentado cuando el Condor levantó vuelo oblicuamente hasta colocarse encima de las inmensas casas, describiendo una serie de giros de una precisión admirable. Esa máquina, inventada por los científicos del 2000, era verdaderamente estupenda y, lo que es más importante, era de una simplicidad extraordinaria.

No se componía más que de una plataforma de un metal que parecía más ligero que el aluminio, con cuatro alas y dos hélices colocadas paralelamente, ambas de tela, con ejes de acero y una pequeña máquina que las movía.

El gas, como se ve, no tenía lugar en el aparato; la mecánica había triunfado sobre los globos dirigibles del siglo precedente.

Toby y su compañero miraban con admiración ese invento extraordinario que subía y bajaba y giraba y volvía a girar como si fuese un verdadero pájaro.

Muchos otros artefactos similares volaban sobre los techos de los edificios, compitiendo en velocidad, en su mayor parte montados por señoras que reían alegremente y por niños alborozados.

Los había de todas las dimensiones: enormes, que llevaban hasta veinte personas; pequeños, apenas suficientes para dos, y otros formados por sólo dos alas parecidas a las de los murciélagos, que no maniobraban con menor precisión y rapidez que los demás.

Arriba y abajo se cruzaban saludos y llamadas; después la flota aérea se dispersaba en todas direcciones aterrizando en las calles, en las plazas, en las inmensas terrazas de las casas, o deteniéndose delante de las ventanas o en los balcones para embarcar nuevas personas. Brandok y Toby habían enmudecido, como si el estupor les hubiese paralizado la lengua.

—¿Entonces? ¿No dicen nada? —preguntó finalmente Holker—. ¿Perdieron el habla?

—Yo me pregunto si estoy soñando —dijo Brandok—. Es imposible que todo esto sea realidad.

—Mi querido Brandok, estamos en el 2000.

—Lo que usted diga, pero no logro convencerme de que el mundo haya progresado tanto en sólo cien años. ¡Transformar a los hombres en aves! ¡Es increíble!

—¿Y no hay peligro de que estas máquinas voladoras se caigan? —preguntó Toby.

—A veces hay choques, las alas se despedazan, las hélices se destrozan y entonces, ¡ay del que cae! Pero ¿quién se preocupa por eso? ¿Hace cien años no chocaban también los viejos ferrocarriles y las naves? Son accidentes que no conmueven a nadie.

—¿Qué máquinas son ésas que mueven las alas?

—Máquinas eléctricas de gran potencia. Como ya les he dicho, en estos cien años la electricidad ha hecho progresos estupendos.

—¿Y qué velocidad pueden darles a estas naves voladoras? —Hasta ciento cincuenta kilómetros por hora. —¿Entonces han suprimido los ferrocarriles? —preguntó Brandok.

—Oh, no, mi querido señor, pero no son como los que se usaban hace cien años, demasiado lentos para nosotros; tenemos muchísimos. Entenderán que en estas máquinas voladoras no se pueden cargar grandes pesos.

—¿No sirven más que para divertirse y para hacer pequeños viajes de placer?

—Y también para largos viajes a través del océano —dijo Holker—. Tenemos verdaderos buques aéreos que parten regularmente de todos los puertos del Atlántico y del Pacífico y que en treinta y seis horas llegan a Inglaterra y en cuarenta al Japón, a la China, a Australia.

—¿Ya no hay naves en los mares?

—Oh, sí, todavía las tenemos. Pero no son las que se usaban en el siglo pasado. Verán muchas cuando atravesemos el Atlántico. Pensé en dejar mi Condor en las cataratas del Niágara y llevarlos al Quebec con el ferrocarril canadiense para embarcar después allí hacia Europa.

—Mi querido nieto —dijo Toby—, abandonas tus asuntos; supongo que tendrás alguna ocupación.

—Soy médico del gran hospital de Brooklyn; pero por ahora no necesitan de mí: tengo dos meses de vacaciones.

—¡También tú eres doctor! —exclamó Toby.

—Un doctor que haría un papelón al lado de un hombre que ha hecho un descubrimiento tan grande.

—Tú serás el heredero —dijo Toby.

En ese momento el Condor descendió bruscamente sobre una vasta plaza rebosante de gente que parecía enloquecida.

—¿Qué sucede allá abajo? —preguntó Brandok, que se había asomado por la baranda de la plataforma.

—Ésa es la plaza de la Bolsa —respondió Holker.

—Pareciera como si los hombres estuvieran escapando del fuego. Van y vienen casi corriendo.

—Y también la gente que se agolpa en las calles cercanas parece que caminara sobre brasas —dijo Toby—. No serán bolsistas aquellos también.

—¿Caminaban de otro modo hace cien años? —preguntó Holker con cierta sorpresa.

—Los hombres eran mucho más tranquilos, mientras que ahora veo que hasta las señoras corren, como si tuvieran miedo de perder el tren.

—Desde que vine al mundo siempre los vi correr como ahora.

—¡Ah! —exclamó Toby—. Ahora comprendo: es la gran tensión eléctrica que actúa sobre sus nervios. El mundo se ha vuelto loco, o casi.

—Harry —dijo Holker—, vamos hacia Brooklyn.

El Condor se elevó un centenar de metros y se lanzó hacia el este a ciento cincuenta kilómetros por hora.

Calles inmensas se abrían bajo los aeronautas, si así se los podía llamar, flanqueadas de edificios enormes, de veinte, veinticinco e incluso treinta pisos, que debían contener cada uno miles de familias, la población entera de un pueblo. Mil fragores subían hasta los oídos de los dos resucitados, producidos quizá por máquinas gigantescas: silbidos, golpes formidables, detonaciones, explosiones, y se veían, a lo largo de las paredes y en la cima de columnas de hierro, dar vueltas a una velocidad extraordinaria ruedas de dimensiones nunca vistas.

—¿Qué hacen allí? —preguntó Brandok.

—Son talleres mecánicos —respondió Holker.

—¡Cuántos miles de obreros trabajarán allí dentro!

—Se equivoca, mi querido señor; hoy día los obreros casi han desaparecido. No hay más que algunos mecánicos para dirigir las máquinas. La electricidad ha matado al trabajador.

—¿Qué fue de esas enormes masas de trabajadores que existían en una época?

—Se volvieron pescadores y agricultores; el mar y los campos poco a poco han absorbido a los obreros.

—Entonces ya no habrá más huelgas.

—Esa palabra es desconocida.

—En nuestra época sí que las había, ¡y cómo! Especialmente después de la organización llevada a cabo por el partido socialista. ¿Qué fue del socialismo? Se predecía un gran porvenir para ese partido.

—Sí, pero desapareció después de una serie de experimentos que no contentaron a nadie y disgustaron a todos. Era una hermosa utopía que en la práctica no podía dar resultados, concluyendo en una especie de esclavitud. Así hemos vuelto a lo viejo, y hoy día hay pobres y ricos, patrones y trabajadores, como mil años antes, y como siempre ha sido desde que el mundo comenzó a poblarse. Subsisten todavía algunas colonias alemanas y rusas, compuestas de viejos socialistas que cultivan en común algunas regiones de la Patagonia y de la Tierra del Fuego, pero nadie se ocupa de ellos, ni tienen ninguna importancia; poco a poco van desapareciendo.

—¡El puente de Brooklyn! —exclamó Brandok—. Todavía lo reconozco. ¿Así que ha resistido hasta ahora?

—Sí, hace más de ciento veinte años que está allí. Los ingenieros del siglo pasado eran buenos constructores —dijo Holker.

—¡Qué inmenso se ha vuelto ese suburbio! —exclamó el doctor, mirando con admiración la infinita agrupación de edificios inmensos que se extendía hasta perderse de vista.

—Cuatro millones de habitantes —observó Holker—. Ya compite con Nueva York.

—¿Y Londres, qué será hoy?

—Una ciudad de doce millones de habitantes.

—¿Y París?

—Una metrópoli inmensa, más grande aun... Harry, ve derecho a la estación ultrapotente.

El Condor, después de pasar sobre el puente, había acelerado su vuelo.

También sobre el antiguo suburbio de Nueva York se veían, dando vueltas, un gran número de máquinas voladoras cargadas de personas que se dirigían en su mayoría hacia el Hudson o hacia el mar.

El Condor, después de haber pasado sobre la ciudad, se dirigió hacia una pequeña altura en la que se erigía una torre inmensa en cuya cima había una antena desmesuradamente alta, que parecía un cañón monstruoso que amenazaba el cielo.

—La estación ultrapotente —dijo Holker—. ¿Ven allí, al costado de la torre, un tubo brillante de dimensiones colosales?

—Sí, ¿qué es? —preguntó Toby.

—El más grande telescopio que existe en el mundo.

—Debe ser inmenso.

—Por cierto: tiene ciento cincuenta metros de lago, señores míos, una verdadera maravilla que permite ver la Luna a sólo un metro de distancia.

—Así que ustedes han hecho realidad el antiguo sueño de nuestros astrónomos.

—¡Ah! ¿También los sabios antiguos intentaron acercarse tanto a nuestro satélite?

—Sí, sobrino —respondió Toby—, pero sin conseguirlo.

¿De modo que ahora conocen la Luna en todos sus detalles?

—Conocemos incluso la más pequeña roca.

—Dígame: ¿está poblada?

—No, es un cuerpo apagado, sin aire, sin agua, sin vegetación y sin habitantes.

—Sí, también nuestros científicos la habían imaginado así.

—¿Y cuánto consiguieron acercarse a Marte? —preguntó Brandok.

—A sólo trescientos metros.

—¡Qué maravilla!

—Despacio, Harry; baja despacio.

El Condor había superado un largo cerco que rodeaba la estación y descendía suavemente, describiendo amplias curvas. A las ocho de la mañana se detenía a treinta metros del enorme telescopio.

V. LOS MARCIANOS

Un hombre de unos sesenta años, que tenía una cabeza más grande que la del señor Holker y el rostro completamente afeitado, salió de la inmensa torre que se elevaba en medio del cerco y fue al encuentro de los visitantes, diciendo:

—Buen día, doctor; hace bastante tiempo que no se lo ve por aquí.

—Buen día, señor Hibert —había respondido Holker—. Le traigo dos amigos que llegaron ayer de Inglaterra y que tienen curiosidad por conocer su estación y tener noticias de los marcianos.

—Bienvenidos —respondió el señor Hibert, estrechando las manos de los huéspedes—. Estoy a vuestra disposición.

—El más grande astrónomo de Norteamérica —dijo Holker después de la presentación—. A él le debemos la gloria de haber puesto en comunicación la Tierra con Marte.

—Creía que habían sido los científicos europeos —observó Toby—. Sé que se ocuparon mucho de ello en un tiempo.

—Norteamérica los ha precedido —dijo Holker.

—Tengo curiosidad por saber cómo consiguieron hacerles llegar noticias nuestras a aquellos lejanos habitantes de Marte. Habrán tenido que superar dificultades inmensas.

—Y, sin embargo, ¿qué dirían si yo les contara que la idea de enviarnos señales nació primero en el cerebro de los marcianos? —dijo el astrónomo.

—¡Me parece imposible! —exclamó Brandok.

—Y, sin embargo, fue precisamente así, mi querido señor. Hace ya muchos lustros, más precisamente desde el año 1900 e incluso antes, nuestros viejos astrónomos, y también los europeos, en particular el italiano Schiaparelli, habían notado que sobre ese planeta aparecían, de cuando en cuando, especialmente después del retiro de las aguas que cada tanto invaden aquellas tierras, inmensas líneas de fuego que se extendían por miles de kilómetros.

—Lo recuerdo —dijo el doctor Toby—. Lo leí en una vieja colección de periódicos del año 1900 que conservo en mi casa. Entonces se creía que los fuegos eran señales hechas por los habitantes de Marte.

—En este siglo nuestros astrónomos, viendo que aquellas líneas de fuego se repetían con mayor frecuencia y que la mayoría de las veces describían formas parecidas a una J monstruosa, supusieron que realmente eran señales y decidieron intentar responder. Fue en 1940 cuando se hizo el primer experimento en las grandes llanuras del Far West. Doscientos mil hombres fueron colocados de modo que formaran una j y una noche oscura doscientos mil antorchas fueron encendidas. Veinticuatro horas después la misma señal aparecía también en uno de los inmensos canales del planeta marciano. Entonces se pensó, para ver mejor si la última era una respuesta a nosotros, en repetir el experimento, pero cambiando la forma de la señal, y fue elegida la letra Z. Veinte noches después los marcianos respondían con una lengua de fuego de la misma forma. Ya no podía haber dudas. Los marcianos, quién sabe desde hacía cuánto tiempo, trataban de ponerse en contacto con nosotros. Las pruebas se continuaron a lo largo de un mes, cambiando siempre la letra, y con creciente éxito.

—Pero no podían comprenderse —dijo Toby.

—Hubiera sido necesario que tuvieran un alfabeto igual al nuestro, y además ese medio hubiera sido demasiado costoso. Nació entonces en la mente de los científicos la idea de mandar allí una onda hertziana con la esperanza de que también los marcianos tuvieran un elemento receptor. A expensas de varios gobiernos americanos se levantó una torre de acero, que fue llevada a cuatrocientos metros y se colocó en la cima una estación ultrapotente de telegrafía sin hilos.

—Un invento para nada moderno ése de la telegrafía aérea —dijo Brandok.

—Sí, es verdad, ya que se la conocía desde comienzos del siglo pasado, y fue perfeccionada por los descubrimientos de un gran científico italiano, el señor Marconi; pero entonces no tenía la potencia que tiene hoy. Nuestros instrumentos, perfeccionados por muchos científicos, alcanzaron tal fuerza que hoy podríamos comunicarnos hasta con el Sol, si allí hubiera habitantes y receptores eléctricos. Durante muchos meses lanzamos ondas eléctricas sin ningún resultado; un día, con gran sorpresa nuestra, oímos sonar nuestro aparato de señales; eran los marcianos que finalmente nos respondían.

—¡Ese pueblo también ha hecho maravillosos descubrimientos! —exclamó Toby.

—Nosotros tenemos nuestros motivos para creer que están mucho más adelantados que nosotros. Al principio las señales eran confusas y nos resultó imposible entendernos.

Pero poco a poco se combinó un sistema de claves especiales que los marcianos, después de un par de años, consiguieron descifrar, y ahora nos comprendemos perfectamente bien y nos comunicamos todo lo que sucede aquí y allá.

—¡Asombroso! —exclamaron al unísono Brandok y Toby.

—Se los había dicho —recordó Holker.

—Dígame, señor Hibert, ¿Marte se parece a nuestra Tierra?...

—Un poco, dado que tiene tierra y agua, como nuestro globo. Sus condiciones físicas, en cambio, son muy diferentes. Los mares de ese planeta no ocupan ni la mitad de la extensión total de ese globo: el calor que recibe del Sol es mediocre, siendo la distancia alrededor de la mitad mayor que la de la Tierra y la cantidad de calor es más de la mitad inferior. Por otra parte, el año es dos veces más largo, o sea, tiene seiscientos ochenta y siete días.

—¿Y el aire es igual al nuestro?

—El aire es más ligero, así que su atmósfera es más pura, no se forman nubes, no se desencadenan tormentas, los vientos casi no existen y las lluvias son desconocidas.

—¿Y el agua?...

—El agua es análoga a la de la Tierra, y eso se sabía antes, por la semejanza de las nieves acumuladas en sus polos con las nuestras, pero no da lugar a evaporaciones sensibles, por lo tanto nada de lluvias.

—¿Entonces faltará vegetación en Marte?

—Nada de eso, mi querido señor: hay plantaciones y selvas espléndidas que no tienen nada que envidiarles a las de nuestro globo.

—¿Y quién las riega si no llueve? —preguntó Brandok.

—La naturaleza igualmente ha proveído —dijo el astrónomo—. Dado que el agua no circula con un sistema de nubes, de lluvias y manantiales, como ocurre entre nosotros, han compensado esa falta las nieves condensadas en las regiones polares. Cada seis meses, hacia la época del equinoccio, se derriten y producen inundaciones sobre inmensas extensiones de centenares de miles de kilómetros. Las aguas, reguladas por una serie de canales construidos por aquellos habitantes, corren y se desbordan a través de los continentes, fertilizando las tierras y regando las plantas. Cuando terminan de derretirse los hielos, las aguas se retiran por los mismos canales y dejan nuevamente las tierras al descubierto.

—¿Entonces los grandes canales que los científicos del siglo pasado ya habían advertido, son obra de los marcianos? —dijo Toby.

—Sí —respondió el astrónomo—. Trabajos imponentes, colosales, teniendo cada uno una longitud de cien kilómetros y más.

—Y nosotros que estábamos orgullosos de las obras de los antiguos egipcios.

—Señor Hibert —dijo Holker—, llévenos a la torre. Debo mandar un saludo a mi amigo Onix.

—¿Onix es tu marciano? —preguntó Toby.

—¿Qué hace ese hombre, o mejor, ese anfibio? —preguntó Brandok.

—Es un comerciante de pescado que siempre se queja de no poder hacerme probar las gigantescas anguilas que sus pescadores atrapan en el canal de Eg.

—¿Entonces allá arriba hay patrones y trabajadores?

—Como en nuestro globo.

—¿Y también reyes?

—Hay jefes que gobiernan las distintas tribus dispersas por los continentes.

—Todo el mundo es un país.

—Parece que sí —dijo Holker, riendo.

Vengan, señores —agregó el astrónomo—. La máquina está lista para llevarnos arriba, a la plataforma.

Dieron vuelta a la colosal torre mirándola con profunda admiración. ¡Qué papel mezquino hubiese hecho al lado de ella la torre Eiffel, construida hacía veinticinco lustros en París, que en aquella época lejana había maravillado al mundo entero por su altura!

Era un tubo descomunal, de cuatrocientos metros de altura y con un diámetro de ciento cincuenta en la base, construido parte en acero y parte en vidrio, dotado en el exterior de una cornisa que subía en espiral, tan ancha que permitía el paso de un vagón capaz de contener a ocho personas.

Su forma era redonda, como la de los faros, y poseía una resistencia capaz de desafiar a los más poderosos ciclones del Atlántico.

Toby, Brandok, el astrónomo y Holker entraron al vagón, y éste comenzó a subir a una velocidad vertiginosa, girando alrededor de la torre, mientras que los vidrios, que parecía que se agitaban mecánicamente, daban a los viajeros la ilusión de estar subiendo en torno a un colosal tubo de cristal.

Dos minutos después el vagón se detenía automáticamente en la plataforma de la torre ante una inmensa antena de acero que sostenía los aparatos eléctricos de telegrafía aérea.

—Esta estación, mucho más grande, se parece a esa otra que el señor Marconi, hace cien años, había instalado en el cabo Bretón —murmuró Toby al oído de Brandok—. ¿Te acuerdas que la habíamos visitado juntos?

—Sí, ¡pero qué potencia han conseguido darle ahora a las ondas eléctricas! —respondió el joven—. ¡Ah, cuántas maravillas! ¡Cuántas!... ¡Toby, me vuelve el temblor de los músculos!

—Sí, es la electricidad.

—¿Estos hombres no sufren esta agitación?

—Ellos nacieron y crecieron en medio de esta gran tensión eléctrica, mientras que nosotros somos personas de otra época. Esto me preocupa, James, no te lo oculto.

—¿Por qué?

—No sé si podremos acostumbrarnos.

—¿Qué es lo que temes?

—Nada por ahora, sin embargo... ¿sientes el spleen?

—Hasta ahora, no —respondió Brandok—. Cómo podría aburrirme con tantas maravillas para ver? Esta es una segunda vida para nosotros.

—Mejor así.

Mientras intercambiaban estas palabras, el director ya había lanzado varias ondas eléctricas a los habitantes de Marte.

Hicieron falta quince minutos para que el timbre eléctrico anunciara la respuesta, que era un saludo del amigo de Holker.

—Se ve que ese buen hombre se encontraba en la estación telegráfica —dijo el sobrino de Toby—. Seguramente estaba esperando noticias mías.

—Señor Hibert, ¿conseguirán un día llegar hasta Marte?

—Yo creo que ya nada es imposible —respondió con gran seriedad el astrónomo—. Desde hace dos años los científicos de los dos mundos se ocupan de esta gran cuestión para dar un desahogo a la creciente población de la Tierra. Hoy tenemos explosivos mil veces más formidables que la pólvora y la dinamita que se usaban antiguamente.

—¡Antiguamente! —exclamó Brandok, casi escandalizado.

—Es un modo de decir —dijo el astrónomo—. Puede afirmarse que algún día podremos lanzar a los marcianos un cohete de gran potencia llena de habitantes terrestres. No se sabe qué nos tiene reservado el porvenir. Bajemos y vengan a ver mi telescopio, que es el más grande que se ha construido hasta ahora.

Volvieron a subir al vagón y en medio minuto se encontraron en la base de la torre. Allí cerca se erguía el gigantesco largavista.

Consistía en un enorme tubo construido con chapas de acero, de ciento cincuenta metros de largo, un diámetro de cinco y un peso de ochenta mil kilogramos, instalado sobre dos enormes pilares de piedra.

—¡Un cañón colosal! —exclamó Brandok—. ¿Cómo hacen para mover este monstruo?

—No es necesario —respondió el astrónomo—. Como pueden ver, está fijo.

—Entonces sólo pueden observar una sola porción del cielo —observó Toby.

—Se equivoca, querido señor. Mire atentamente hacia arriba y delante del objetivo verá, en la prolongación del eje, un espejo móvil destinado a enviar las imágenes de los astros al eje del telescopio. Ese espejo es impulsado por un movimiento de relojería dispuesto de manera tal que avanza en sentido contrario a la rotación de la Tierra, de manera que el astro que se quiere observar queda constantemente en el campo visual del telescopio, como si nuestro planeta estuviese completamente inmóvil.

—¡Qué maravillosos inventos! —murmuró el doctor.

—¿Qué es en comparación con esto aquello de lo que se vanagloriaban tanto los científicos franceses del siglo pasado? —dijo Brandok.

—¿Usted se refiere al gran telescopio de París? Sí, durante muchos años fue considerado una maravilla —declaró el astrónomo—, pero no nos acercaba a la Luna más que a sólo ciento veintiocho kilómetros, y ya era mucho para aquellos tiempos. No podía acercarnos más, dado que la Luna está a trescientos ochenta y cuatro mil kilómetros. Ahora nosotros nos acercamos a un metro.

—Amigos —dijo Holker—, vámonos o almorzaremos demasiado tarde. Las cataratas están un poco lejos.

—¿Van a visitar las cataratas del Niágara? —preguntó el astrónomo.

—Sí —respondió Holker.

Estrecharon la mano del científico, subieron al Condor y pocos instantes después volaban sobre Brooklyn, dirigiéndose hacia el noroeste.

VI. LAS CATARATAS DEL NIÁGARA

Los edificios enormes como los de Nueva York, con centenares de familias, se sucedían sin interrupción, y en las calles del antiguo suburbio de la capital del Estado reinaba una animación extraordinaria y febril.

Los brooklynenses también parecían estar locos y corrían en vez de caminar, como si tuviesen al diablo encima y plata fundida en las venas.

La tensión eléctrica producía los mismos efectos en los habitantes del suburbio.

Lo que más asombraba a los resucitados era la falta absoluta de caballos y coches; incluso los automóviles casi habían desaparecido, y sólo se veían unos cuantos.

El Condor estaba atravesando una vasta plaza cuando la atención de Brandok fue atraída por el paso de cuatro monstruosos animales, cada uno montado por un hombre.

—¡Oh, mira eso! —exclamó—. ¡Elefantes!

—¿Dónde? —preguntó Holker.

—Allá abajo, mírenlos.

—¿Serán elefantes de carne y hueso? —preguntó el sobrino político del doctor, mirándolos un poco irónicamente—. Sospecho que usted se engaña, señor Brandok.

—No soy ciego, señor Holker.

—Y yo tampoco —dijo Toby—. Son elefantes de verdad.

—Son barrenderos de acero, señores míos —declaró Holker riendo.

—¡Algún nuevo invento! —exclamaron Toby y Brandok.

—Y no menos útiles que los otros —dijo Holker—, y también muy económicos, dado que así la municipalidad puede evitarse el uso de un ejército de barrenderos. Por otra parte, ese oficio era indigno de hombres.

—¿Esos animales son barrenderos? —exclamó Brandok, que se resistía a creer en las palabras de Holker.

—¡Y qué bien funcionan! Limpian las calles y las plazas por medio de su trompa, que está compuesta de un centenar de tubos de acero, metidos unos dentro de otros de tal manera que dan a ese órgano una movilidad extraordinaria. En la cabeza, en cambio, hay un potente aparato aspirador, mientras que el motor, que es eléctrico, está oculto en los flancos del animal. Cuando el conductor que, como ven, cabalga en el cuello, como los cornacs hindúes, descubre basura en la calle, mueve una palanca colocada al alcance de su mano que dirige los movimientos de la trompa y del aparato de aspiración. La trompa entonces se alarga hacia el objeto que hay que recoger y el aparato se pone en acción. Sigue una aspiración violenta a la que nada se resiste, de modo tal que piedras, trapos, pedazos de papel, ramas, todo tipo de inmundicias pasan al cuerpo del elefante barrendero. Después no queda más que ir a descargar lo recogido. Como ven, la cosa es simplísima.

—¡Yo diría estupenda! —dijo Brandok—. ¡Qué progreso mecánico!

—Harry, aumenta la velocidad —ordenó Holker.

Brooklyn desaparecía rápidamente entre las nieblas del horizonte y el Condor volaba sobre hermosísimos campos cultivados con gran esmero, en medio de los cuales se veían correr extrañas máquinas agrícolas de proporciones gigantescas.

Los árboles eran raros; las plantas, en cambio, infinitas. Efectivamente, ¿para qué habría servido la madera desde el momento que los habitantes del globo tenían el radium para calentarse durante el invierno y no construían más que con hierro y acero? Se veía que lo habían sacrificado todo para no morirse de hambre, dado el inmenso y rápido aumento de la población.

A las nueve de la mañana el Condor, después de pasar por Patterson, ciudad también inmensa, entraba en el Estado de Pennsylvania, avanzando a una velocidad de ciento doce kilómetros por hora.

—Señor Holker —dijo de pronto Brandok, que miraba hacia todos lados—, hay algo que no logro explicarme.

—¿Qué es?

—En nuestra época estos territorios estaban cubiertos de líneas ferroviarias, mientras que ahora no veo ninguna.

—Y, sin embargo, en estos momentos estamos pasando sobre una de las líneas más importantes. Es la que une Patterson con Quebec.

—Yo no la veo.

—Es porque hoy los ferrocarriles no andan sobre la superficie, sino debajo. De otro modo, el aire se escaparía. Mire allá; ¿no ve una casa que tiene una especie de árbol encima que no es otra cosa que un señalizador y transmisor eléctrico de telegrafía aérea?

—Lo veo.

—Esa es la estación.

—;Y el ferrocarril?

—Pasa por debajo.

carriles?

—Ya lo sabrá cuando tomemos el tren que nos llevará a Quebec. ¡Ah! Ahí está el ómnibus que va a Scranton.

Una enorme máquina aérea, dotada de seis pares de alas inmensas y de hélices desmesuradas, con una plataforma de veinte metros de largo, cargada de personas, avanzaba a una velocidad vertiginosa, manteniéndose a cien metros del suelo.

—¡Magnífico! —exclamó el doctor—. ¿Quiénes son?

—Campesinos que llevan sus productos a Scranton.

—¡Qué morenos son! Se diría que son hindúes —dijo Brandok—. A propósito, ¿qué sucedió con los pieles rojas que eran bastante numerosos hace cien años?

—Fueron completamente asimilados por nuestra raza y se fusionaron con nosotros. Ya no existen más que unos pocos centenares de familias, confinadas en el alto Yukon y en el círculo polar.

—Era el destino que les esperaba... —agregó el doctor—. ¿Y qué fue de los negros, que también eran tan numerosos aquí?

—Su número aumentó espantosamente —respondió Holker—. Tienen una buena sangre los africanos y no se dejan asimilar, así como los hombres de raza amarilla.

—¿Existe China todavía?

—China, sí, pero no el imperio —respondió Holker riendo—. Fue desmembrado por las grandes potencias europeas, y a tiempo para impedir una invasión de proporciones. La raza china, en estos cien años, se ha duplicado, y sin la pronta intervención de los blancos, no habrían tardado en invadir Europa y la India impulsados por el hambre. Sin embargo, han invadido buena parte del globo, no como conquistadores, sino como tranquilos emigrantes, y hoy día se encuentran colonias chinas hasta en el centro de África y Australia.

—¿Y los malayos?

—Es otra raza que ya no existe más. Hoy en el mundo no existen más que blancos, amarillos y negros, que tratan de dominar a los otros, y hasta ahora son los segundos los que tienen más posibilidades de lograrlo, siendo increíblemente prolíficos, y nosotros corremos el grave peligro de ser dominados por las otras dos razas.

—Entonces el mundo corre el peligro de volverse todo amarillo —dijo Toby.

—Lamentablemente, sí, tío —respondió Holker—. ¿A cuánto ascendía la población del globo hace cien años?

—A cerca de mil quinientos millones, y el elemento mongol figuraba con más o menos seiscientos millones.

—La población actual, en cambio, es de dos mil doscientos millones, y los amarillos, de seiscientos millones, han pasado a mil cien millones.

—¡Qué aumento! —exclamó el doctor—. ¿Y los blancos cuántos son entonces?

—Apenas llegan a los seiscientos millones.

—Un crecimiento poco importante.

—Y se lo debemos a las razas nórdicas.

—¿Y las razas latinas?

—Italia es la única que creció rápidamente, porque tiene sus cincuenta millones de habitantes, mientras que España, y sobre todo Francia, han permanecido casi estacionarias. Si no fuera por Italia, a esta hora la raza latina habría sido asimilada por los anglosajones y los eslavos. Allí está Ulmina; estamos entrando otra vez al Estado de Nueva York y dentro de dos horas estaremos en las cataratas.

El Condor, que seguía avanzando a ciento diez kilómetros por hora, entraba otra vez al Estado de Nueva York pasando por Ulmina, de modestas proporciones cien años antes, y ahora enorme.

Modificó un poco la dirección y se dirigió hacia Buffalo, pasando sobre campos siempre cultivados con gran esmero.

A las once el Condor sobrevolaba el Niágara, ese amplio río, aunque corto, que comunica dos de los más grandes lagos de América del Norte, el Ontario y el Erie.

La inmensa catarata no se veía todavía, pero se oía el estruendo de la enorme masa de agua.

Desde hacía algunos minutos una viva excitación se había adueñado de Toby y Brandok.

Sus músculos daban brincos, sus miembros temblaban y al peinarse sus cabellos dejaban escapar chispas eléctricas.

—Cuánta electricidad reina aquí —dijo Toby—. El aire está saturado de ella. ¿Sientes algún malestar, James?

—Sí —respondió el joven—. No voy a poder resistir mucho tiempo más esta tensión que me hace saltar.

—¿Y tú, sobrino?

—Yo no siente absolutamente nada —respondió Holker—. Nosotros ya estamos acostumbrados.

—No sé si nosotros lo conseguiremos —dijo Toby, que parecía más bien preocupado—. Nosotros somos personas de otro siglo.

—Yo espero que sí —respondió Holker—. ¡Ah! ¡Allí están las cataratas!

El Condor, después de haber sobrevolado una colina que impedía verlas, con una acelerada velocidad había llegado sobre las cataratas, entrando en una inmensa nube de agua pulverizada, en medio de la cual se destacaba un soberbio arco iris.

La inmensa masa de agua se despeñaba en el río inferior con un ruido ensordecedor, poniendo en movimiento un número infinito de ruedas gigantescas, todas construidas en acero, destinadas a transmitir energía a todas las máquinas eléctricas de la federación norteamericana.

El espectáculo era espantoso, y al mismo tiempo sublime. En aquellos cien años las cataratas habían sufrido notables modificaciones. La roca que antes las dividía, así como las islas, habían desaparecido, y el agua se precipitaba ya sin obstáculos, haciendo girar vertiginosamente las ruedas. Un número infinito de gruesos cables de acero, destinados a llevar energía a grandes distancias a y subdividir la fuerza de las cataratas, se ramificaba en todas direcciones.

—He aquí la gran fábrica de electricidad de los Estados Unidos —dijo Holker—, que pone en movimiento, sin un kilogramo de carbón fósil, miles y miles de máquinas. Esta agua ha hecho abandonar todas las minas de combustible.

—¡Qué fuerza enorme debe producir! —exclamó el doctor.

—Si Europa quisiera podríamos cederle una buena parte —respondió Holker.

—¡Y qué modificaciones han sufrido las cataratas! —dijo Brandok.

—Y seguirán modificándose —respondió Holker—. Nuestros científicos han dicho que para llegar al punto actual han tenido que cambiar cuatro veces. En el primer período, que habría durado diecisiete mil años, la cantidad de agua era un tercio menor que el volumen actual, y con una caída de solamente sesenta metros y una longitud de tres kilómetros. En el segundo, el río fue dividido en tres cataratas de ciento veintiocho metros y duró diez mil años. En el tercero se convirtió en una sola catarata y duró ochocientos años. Ahora estamos en el cuarto. Vayamos a almorzar y después tomaremos el tren que nos llevará a Quebec. No daremos más que una sola vuelta.

El Condor describió dos o tres vueltas sobre la mugiente catarata, entrando y saliendo de las nubes de agua y después se dirigió hacia Buffalo para tomar el tren.

Al cabo de media hora volaban sobre la ciudad, entre un gran número de naves voladoras que se dirigían en su mayor parte hacia las cataratas, cargadas de turistas llegados quizás de Europa.

El maquinista, después de haber recibido una orden del señor Holker, lo hizo descender sobre una vasta plaza rodeada de inmensos edificios de dieciocho y veinte pisos, construidos en su mayor parte de láminas de acero y a los que no les faltaba, en su aspecto exterior al menos, una cierta elegancia.

—Vayamos a almorzar al bar del Niágara —dijo Holker—. Así se darán una idea de cómo son los hoteles modernos.

Desembarcaron y atravesaron la plaza que estaba casi desierta, dado que era mediodía, o sea, la hora de comer, y entraron en una sala muy amplia, decorada con cierto lujo, cuyo techo estaba sostenido por una veintena de columnas de metal.

Con viva sorpresa de Brandok y Toby, en ese supuesto restaurante no había mesas ni sillas, y tampoco camareros.

—¿Esto es un bar? —preguntó Brandok.

—Donde se come muy bien, y además a buen precio —respondió Holker—. Aquí podrán encontrar algún lomito de cerdo bien cocido, con una guarnición de verduras.

—¿Ya quién puedo hacerle el pedido, si no veo siquiera al dueño del bar?

—Quién sabe dónde estará el dueño del bar. Pero su presencia aquí no es necesaria.

—¿Ni la de un camarero?

—¿Para qué?

Brandok estaba con la boca abierta, mirando a Toby que no parecía menos sorprendido que él.

—Ustedes, señores, se olvidan que estamos en el 2000 —dijo Holker—. Ahora les demostraré que los restaurantes del 2000 son mejores que los de aquel tiempo y que el servicio es inmediato. Señor Brandok, tome una taza de caldo, ante todo. Le hará bien.

—¡Vayamos por el caldo!

Holker echó una mirada en torno y después condujo a sus compañeros hacia una de las columnas alrededor de las cuales, a un metro del suelo, se veían cuatro repisas de metal, e introdujo monedas en algunas ranuras.

"Servicio automático: caldo", había leído Brandok, para su sorpresa, en una pequeña placa situada sobre la repisa.

—¡Ah! ¡Ahora comprendo! —exclamó Toby.

No había transcurrido medio minuto cuando tres puertecitas se abrieron y sobre la repisa aparecieron, como por encanto, tres tazas de caldo humeante, junto a una servilleta y una cuchara de metal blanco.

—Señor Brandok —dijo Holker—, ¿hace cien años el servicio era tan rápido?

—¡Oh, no! —exclamó el joven—. ¡A qué altura ha llegado la mecánica! ¿Y cómo llegan hasta aquí las tazas?

—Con un pequeño ferrocarril eléctrico similar al que ya han visto.

—Esto suprime a aquellos malhumorados camareros y también el pésimo gusto de las propinas.

—¿Y tenemos que comer de pie?

—Sí, es más expeditivo, y además, hoy, los hombres tienen mucha prisa. ¿Quieren otros platos? Aquí hay veinte columnas que representan el menú del día. Introduzcan una moneda de veinticinco centavos y tendrán todo lo que quieran, incluidos postres, vino, cerveza, licores, café y té.

—¡Cuántos extraordinarios inventos! ¡Cuántas maravillas! —exclamó Toby.

—Y sobre todo cuánta practicidad y cuántas comodidades —dijo Brandok.

—Amigos míos —observó de pronto Holker—, ¿y si cambiáramos un poco el itinerario del viaje? ¿Tienen mucho apuro por visitar Europa?

—Ninguno —respondieron al unísono Brandok y Toby.

—¿Quieren que vayamos al Polo Norte? Volveremos a Europa por Spitzberg.

Si ante aquella inesperada proposición Brandok y Toby no cayeron al suelo estupefactos, fue un verdadero milagro.

—¡Ir al Polo Norte! —había exclamado.

—Desde Quebec, en cinco horas podremos alcanzar el túnel norteamericano. A medianoche descansaremos entre los hielos del océano Ártico, en una cama no menos cómoda que aquellas en las que durmieron en mi casa.

—¿Te has vuelto loco, sobrino mío, o quieres burlarte de nosotros? —gritó Toby.

—No tengo la más mínima intención, tío mío. Comprendo que la propuesta pueda asombrarlo, pero la mantengo.

—¿Qué cosas han hecho entonces los hombres del 2000?

—Cosas maravillosas, ya se lo dije. Terminemos nuestro almuerzo, mandemos al Condor a Nueva York y después tomaremos el ferrocarril canadiense.

VII. LOS FERROCARRILES DEL 2000

Después de un abundante almuerzo, rociado con varios vasos de generoso vino español e italiano, el señor Holker y sus compañeros despidieron a Harry y se dirigieron hacia un enorme edificio rematado por una torre de acero de cuya cima salían gruesos cables de metal.

—Ésa es la estación ferroviaria —dijo Holker.

—Perdone, señor Holker —observó Brandok al momento de entrar—, ¿usted nos prometió conducirnos al Polo Norte?

—Sí.

—¿Es que acaso encontraron el modo de acercar el sol?

—¿Por qué me hace esa pregunta?

—¿Hace frío allí todavía?

—Como hace cien años, y tal vez más, ya se lo dije. El año pasado la estación polar marcó cincuenta y cinco grados bajo cero.

—¿Y nos llevará con estas ropas?

—No se preocupen —respondió Holker—. En la estación de Quebec encontraremos las valijas con lo necesario para desafiar los fríos más intensos. Esperen un momento que voy a enviar un telegrama aéreo a uno de esos comerciantes que conozco.

Mientras se dirigía a la oficina telegráfica, Toby y Brandok entraron en una amplia sala, en cuyo extremo se divisaba una gran escalera!

—¿Dónde están los trenes? Yo no los veo ni oigo aquellos mil estruendos que en nuestro tiempo repercutían bajo los inmensos techos —dijo Brandok.

—Por algún lado veremos aparecer al que debe llevarnos a Quebec.

—¿Sabes, Toby, que a fuerza de experimentar estupor

tras estupor terminaré por volverme loco?

—¿No te sientes bien?...

—Me encontraba mejor hace cien años con mi spleen. Sigo sintiendo una agitación extraña.

—Será la tensión eléctrica.

—Amigos míos —dijo Holker, entrando—. El tren está por llegar; apenas tenemos tiempo de bajar la escalera.

—¿Los boletos? —preguntó Toby.

—Ya están en mi billetera; tendremos un compartimiento sólo para nosotros, así podremos hablar tranquilamente sin testigos.

Al final de la escalera se oyó una voz poderosa gritar:

—¡Listos! ¡El tren ya llegó!

Una veintena de personas, que parecían perseguidas por el diablo, se habían precipitado escaleras abajo. Holker y sus amigos las habían seguido.

Un túnel dotado de una decena de puertas que en ese momento estaban abiertas y a través de las cuales se veían salir rayos de luz, se extendía por cuarenta metros.

Holker empujó a sus compañeros hacia una de aquellas puertas diciendo:

—¡Pronto, suban!

Los dos resucitados se encontraron en un pequeño compartimiento con cuatro cómodos sillones que se podían transformar en camas, todo recubierto de una tela roja e iluminado por una lamparita dotada de un pedacito de radium.

—¿El ferrocarril? —preguntó Brandok.

Las puertas de hierro se habían cerrado con estrépito.

Durante algunos instantes se oyeron algunas voces que gritaban y después nada más. También las puertas del compartimiento se cerraron solas, saliendo del suelo.

—¿No nos movemos? —preguntó Brandok después de algunos instantes.

—Ya estamos en viaje —respondió Holker riendo.

—Yo no siento ningún movimiento, ni oigo ningún ruido de máquinas.

—Y, sin embargo, el tren corre a una velocidad fantástica. ¿A qué velocidad corrían los trenes hace cien años?

—A ciento veinte kilómetros por hora, como máximo.

—¡Pues éste anda a trescientos kilómetros por hora.

—¿Qué máquina lo impulsa?

—Ninguna máquina; es aspirado y al mismo tiempo empujado —respondió Holker.

—Explícate mejor, sobrino —dijo Toby—. Nosotros somos demasiado viejos para comprender al vuelo las invenciones modernas.

—Nosotros viajamos por un tubo de acero de una circunferencia de cincuenta metros, cuyos vagones, que por lo general son veinte, coinciden perfectamente con las paredes metálicas del tubo. Estos vagones tienen una forma cilíndrica cuya circunferencia es exactamente igual a la interna del tubo y cada uno puede contener veinticuatro pasajeros. Entre las dos estaciones principales hay bombas de presión movidas por máquinas poderosas que inyectan en el tubo corrientes de aire; en la estación de partida las bombas de presión son impelentes; en la de llegada, son aspirantes. Los cilindros que constituyen los vagones, y que también son de acero, marchan de esa forma impelidos y aspirados a la vez. En pocas palabras, son trenes de aire comprimido.

—¡Asombroso! —exclamó Toby—. ¿Qué cosa no han inventado ustedes, hombres del 2000?

—Observo algo —dijo Brandok—. Déme una explicación.

—Dígame.

—¿Cómo no se recalientan los cilindros con el roce? Pienso que deberíamos asarnos aquí dentro, mientras que la temperatura se mantiene relativamente fresca.

—No ocurre eso, primero, porque se ha usado un metal que tarda mucho en recalentarse, el tantalio, que si no me equivoco en el siglo pasado valía cincuenta mil liras el kilo y que la química de hoy puede dar a un precio igual al de la plata. Después porque el cilindro de la trompa y el de la cola están formados por dos inmensos depósitos que lanzan incesantemente chorros de agua, impidiendo el recalentamiento.

—¿Y el aire para los pasajeros?

—Lo suministran unos cilindros de acero que son depósitos de aire comprimido. ¿Sienten alguna dificultad para respirar?

—No —respondió Brandok.

—¿Hay un tubo para cada línea? —preguntó Toby.

—No, tío, hay cuatro. Uno para trenes directos que no se detienen más que en las grandes estaciones, como éste, uno para las estaciones intermedias y dos para trenes de carga. Apenas un tren llega, otro regresa. Cada dos horas tenemos trenes que van y otros que vienen.

—De esa forma los choques son imposibles —dijo Brandok.

—No pueden suceder, ya que hay uno, o a lo sumo dos trenes por tubo que siguen la misma vía.

—¡Cuando se piensa en cómo se viajaba antes, es para volverse loco! —exclamó Toby—. ¡Qué dirían Francisco I, rey de Francia, y Carlos V si pudiesen volver al mundo! ¡Ellos, que pretendían poseer los más grandes corredores del mundo!

—¿Esos reyes? —dijo Holker—. Tenían caracoles, en todo caso.

—¿Y qué dirían el capitán Paulin, Burocchio, Chameran y sobre todo Marivaux.

—¿Quiénes eran ésos?

—¡Los más rápidos corredores de la Europa medieval, que en aquella época asombraron a todos por su velocidad! Paulin había empleado veinte días para llevar un mensaje de Francisco I desde Constantinopla a Fontainebleau; Burocchio había empleado cuatro para llevar al rey de Polonia la noticia de la muerte de Carlos IX y Marivaux cuatro días para recorrer la distancia que hay entre París y Marsella. ¡Y aquellos grandes antepasados nuestros afirmaban que con semejantes corredores las distancias ya habían desaparecido!

—Se contentaban con poco nuestros viejos —dijo Holker. Un silbido agudo, que provenía de lo alto, hizo alzar la cabeza a Brandok y a Toby.

Había salido de un pequeño tubo que bajaba cerca de la lámpara de radium.

—¿Nos advierte que ya llegamos? —preguntó Brandok.

—No, es una comunicación del Ium al que está abonado esta línea ferroviaria para tener a los pasajeros informados de las noticias más importantes, incluso viajando.

—¿De qué modo?

—Mediante un cable enrollado en un carrete que se de senrolla a medida que el tren avanza. Escuchemos.

Una voz metálica se hizo oír enseguida.

"Gran desastre en el Missouri producido por una inundación imprevista. Omaha ha quedado enteramente destruida y sesenta mil personas se ahogaron. El gobierno de

Nebraska ha enviado ingenieros con veinte mil hombres, víveres y botes.

"Europa. Los anarquistas de la ciudad submarina que han saqueado Cádiz fueron completamente destruidos por los bomberos de Málaga. El gobierno español indemnizará a los habitantes.

"Asia. El gobierno de la India se encuentra en graves problemas a causa de la carestía. Los hindúes mueren de hambre a millones."

—Brandok, ¿todo esto no es prodigioso? —preguntó Toby.

—Seguimos soñando —respondió el joven—. Ya estoy convencido de no haberme despertado en la Tierra sino en otro mundo.

—Yo casi pienso lo mismo —respondió Toby.

—Y, sin embargo, existen otras maravillas más grandiosas —dijo Holker.

Una leve sacudida y un ruido de puertas que parecía que se abrían, lo interrumpieron. Casi en el mismo instante se oyó una voz que gritaba:

—¡Montreal!...

—¡Ya estamos en Canadá! —exclamó Brandok.

—Son las dos —dijo Holker, mirando su cronómetro.

—¿Cuándo llegaremos a Quebec?

—A las tres y algunos minutos.

—¿Y al Polo Norte?

—Dentro de dos días.

—¿Y nosotros recorreremos en tan breve tiempo una distancia tan enorme?

—Allá resbalaremos a una velocidad de doscientas millas por hora. ¡Otra que la furia de los huracanes!... —¿Resbalaremos?

—Esa es la palabra.

—¿Y cómo?

—Ya lo sabrán cuando lleguemos a los confines del continente americano y nos internemos en el océano Polar.

—¡Brandok!

—¡Toby!

—¿Sigues soñando?

—Siempre.

—Yo también sueño.

Cinco minutos después el tren volvía a emprender su carrera infernal y a las tres de la tarde se detenía en la estación de Quebec, la capital de Canadá.

Apenas salieron del compartimiento, un hombre que gritaba "¡Señor Jacob Holker" entró en la galería trayendo dos enormes valijas.

—Soy yo —respondió el sobrino político de Toby, yendo a su encuentro—. ¿Usted trabaja para el señor Wass?

—Sí, señor.

—Las valijas deben contener la ropa para un paseo por el Polo.

—Entonces es justamente la persona que buscaba. Recibimos su telegrama hace dos horas desde Buffalo.

Holker pagó el importe sin regatear; después condujo a sus amigos al restaurante de la estación, también éste un bar automático, que les sirvió cerveza y licores.

—Tenemos diez minutos para tomar el tren glacial —dijo—. Aprovechemos para calentarnos el estómago con un poco de caper—brandy.

Efectivamente, diez minutos después los tres amigos ocupaban sus lugares en un compartimiento del tren del Labrador, en dirección al cabo Wolstenholme, en el estrecho del Hudson, y partían a una velocidad de doscientos kilómetros por hora.

—¿Cuándo llegaremos a las costas del océano Ártico? —preguntó Brandok.

—A las cinco de la mañana —respondió Holker.

—¿Encontraremos algún hotel allí?

—Y también una buena cama.

—¿Entre los hielos?

—El cabo Wolstenholme es una estación veraniega, muy frecuentada en los meses de junio, julio y también agosto, al igual que la de Spitzberg.

—¡Spitzberg! —exclamó Toby.

—¿Por qué se asombra, tío?

—Porque en nuestra época aquella gran isla del océano Ártico no era frecuentada más que por osos blancos y cazadores de focas y ballenas.

—Hoy se ha vuelto la Suiza de Europa —respondió Holker—. Entre aquellas montañas se encuentran hoteles que no tienen nada que envidiarles a los de Nueva York. ¡Verán qué maravillas!

—¿Pasaremos por allí?

—Sí, cuando volvamos, ya que el túnel polar desemboca justamente en esa isla.

—¡Qué cosas nos cuentas!

—¡Ya verán!... ¡Ya verán!... Estamos en el 2000, mis queridos amigos, y ya no en los lejanos tiempos de 1900.

—¿Y hay todavía esquimales en las regiones polares? —preguntó Brandok.

—Algunos miles solamente; las otras tribus desaparecieron casi completamente.

—¿Por qué razón?

—Como consecuencia de la destrucción de las ballenas y las focas que constituían su alimentación. —¿Murieron de hambre?

—Sí, señor Brandok.

—No obstante, me había dicho que hay una numerosa colonia polar.

—Sí, es verdad, pero está constituida por anarquistas, confinados allá para que no turben la paz del mundo.

—¿Y cómo viven?

—Los peces todavía abundan más allá del círculo polar, y además los gobiernos americanos y europeos les suministran víveres, a condición de que no dejen los hielos.

—¿Les está prohibido volver a Europa y a América?

—¡Y también al Asia!

—¿Y el mundo volvió a la tranquilidad después de su expulsión?

—Bastante —respondió Holker.

—¿Y en la colonia polar reina la calma?

—Obligados a pescar y a cazar incesantemente, ya no tienen tiempo de ocuparse de sus peligrosas teorías: de esa forma reina la paz y cierta concordia.

—¿Se habían vuelto numerosos en estos cien años? —preguntó Toby.

—Sí, y también muy peligrosos. Ahora ya no son de temer, habiendo sido relegados con sus familias al Polo Norte, y en las ciudades submarinas. ¡Oh!, ya no volverán a inquietar a la humanidad.

—Y, sin embargo, el despacho de aquel periódico desmiente lo que usted acaba de afirmar —observó Brandok.

—Eso ha sido pura casualidad. Y además ya saben cómo han sido tratados por los bomberos españoles. Unos pocos chorros de agua electrificada a gran voltaje y todo terminó.

¡Por Dios!... El mundo tiene derecho a vivir y trabajar tranquilamente sin ser perturbado. Al que molesta se lo manda al reino de las tinieblas, y les aseguro que nadie lo lamenta.

—Una especie de justicia turca —dijo Brandok riendo.

—Llámela como quiera; todos la aprueban, y la seguirán aprobando en el porvenir.

Mientras pasaba el tiempo, el tren corría dentro del tubo de acero a una velocidad asombrosa, atravesando los gélidos territorios del Labrador.

Avanzado el otoño, la nieve ya debía haber cubierto aquellas tierras desde hacía algunos meses con un estrato considerable, y afuera el frío debía ser intensísimo, aunque los pasajeros ni lo notaban.

Por otra parte, bastaba la lámpara de radium para expandir en los compartimientos un calor moderado, que se podía aumentar a voluntad.

A las ocho de la noche el tren se detenía en la estación de Mississinny, levantada a orillas del lago homónimo.

Apenas se abrieron las puertas de acero de los compartimientos y de los coches, algunos hombres se presentaron a los pasajeros llevando tazas humeantes de caldo, pescados hervidos y fritos, puddings, licores y té.

—Hubiera preferido cenar en el restaurante de la estación —dijo Brandok.

—Aquí estamos mejor —observó Holker—. Afuera hace un frío de perros. ¿Cuántos grados? —preguntó al camarero que había traído la cena.

—Quince bajo cero, señor —respondió el interrogado—. El invierno se anuncia durísimo este año y el lago ya está completamente helado desde hace tres semanas.

—¿Y el océano?

—Todo el estrecho está recorrido por masas enormes de hielo.

—¿Funciona todavía el barco—tranvía?

—Hasta las costas de Baffin.

—¿Qué noticias del túnel?

—Está más sólido que nunca. Este año tampoco se ha manifestado grieta alguna. Buen viaje, señores, el tren vuelve a partir.

Dejó las viandas en unas repisas que se encontraban cerca de los sillones y salió rápidamente. Segundos después las puertas de los compartimientos y los coches se cerraron, y el tren, aspirado por un lado y empujado por otro, volvió a emprender su marcha.

—Cenemos, démonos un aseo polar y después tratemos de dormir. Hasta las cinco de la mañana no seremos molestados.

—¿Y después cambiaremos de tren? —preguntó Toby.

—Sí, para tomar el barco—tranvía —respondió Holker.

—¿Qué es eso?

—Mañana lo verá, tío. Ése también es un hermoso y cómodo invento. Cenemos.

VIII. EL BARCO—TRANVÍA

A las cinco de la mañana los tres amigos, que después de haberse puesto los pesados trajes de los viajeros polares se habían dormido, fueron despertados por los gritos de los empleados ferroviarios de la estación de Wolstenholme.

—Holker fue el primero en abrir los ojos, diciéndoles a sus amigos:

—Estamos a orillas del océano Ártico y el barco—tranvía nos espera para atravesar el estrecho de Hudson. No tenemos tiempo que perder.

Tomaron sus equipajes, dejaron el cálido compartimiento y salieron al túnel de acero para entrar en la estación.

—Antes que nada, una buena taza de té con un vasito de whisky —dijo Holker entrando en una sala que servía de restaurante y que estaba espléndidamente iluminada por una gran lámpara de radium—. Debe hacer mucho frío afuera.

Una vez calentado el estómago, dejaron la estación seguidos de otros ocho o diez viajeros, en su mayor parte ingleses y alemanes que también se dirigían al Polo.

Todavía era de noche, pero numerosas lámparas de radium iluminaban las calles del pequeño pueblo construido a orillas del océano Polar, y el frío era intensísimo.

La nieve lo cubría todo, y debía tener un espesor considerable.

—¿Quién habita este país de lobos? —preguntó Brandok, metido dentro de un amplio abrigo de piel de oso negro.

—Hay tres o cuatro docenas de pescadores canadienses —respondió Holker—. Todos los intentos por colonizar estas vastas tierras fueron vanos. Y esto es una verdadera lástima, porque aquí no faltaría espacio para levantar ciudades gigantescas.

—Y plantar repollos y sembrar grano —dijo Brandok, riendo.

—Todo nace y madura aquí, a pesar del frío.

—¿Y cómo pudieron lograr esos milagros?

—Proyectando sobre las plantas y el terreno un continuo rayo de luz de radium —respondió Holker—. Las papas se cultivan bien y los hongos crecen en los sótanos de las casas. —¡Recoger hongos en el círculo Polar Ártico! ¡Ésa sí que es buena! ¿Qué dirían Franklin y Ross si volviesen a la vida? En ese momento un silbido agudo resonó a poca distancia y un torrente de luz se proyectó sobre la pequeña columna que era guiada por un empleado ferroviario.

—¿Qué es? —preguntó Toby.

—Es el barco—tranvía que nos llama —respondió Holker.

—¿Me explicarás qué es este barco—tranvía? ¿Es un piróscafo o un carruaje que viaja por tierra? —Lo uno y lo otro, tío —dijo Holker.

—¿Otra invención diabólica?

—Sí, pero muy práctica.

Apuraron el paso y después de algunos minutos se encontraron a orillas del océano Ártico.

En el extremo de un puente de madera iluminado por varias lámparas descubrieron un gran barco rematado por un solo mástil, en cuya punta brillaba una gran pelota de radium que lanzaba en todas direcciones haces de luz brillantísimos, ligeramente azules.

Muchos hombres, cubiertos por abrigos de piel que los hacían parecerse a osos polares, estaban alineados a lo largo de los costados del barco, y sostenían en las manos largas lanzas con puntas de acero.

—¿Son soldados polares? —preguntó Brandok.

—Marineros —respondió Holker.

—¿Para qué tienen esas lanzas?

—Para alejar los hielos que se acercan al barco. Habrá muchos durante el viaje.

—¿Y adónde nos llevará este barco?

—Hasta la tierra de Baffin, más allá del lago Nettelling.

—Mi querido sobrino —dijo Toby—, en nuestros tiempos ese lago se encontraba en el corazón de la isla.

—Y ahora también, tío.

—Entonces este barco no podrá llevarnos hasta allá, a menos que tenga ruedas que lo conduzcan.

—¿Y si así fuera? ¿Si este maravilloso barco pudiese al mismo tiempo navegar y también correr sobre la tierra, como un simple automóvil?

—Amigo James, ¿qué me dices de este nuevo invento? —preguntó Toby.

—Que terminaré por no sorprenderme de nada, ni aunque encontrara mares transformados en campos fértiles —respondió Brandok.

Llegados al extremo del puente subieron al piróscafo, cortésmente saludados por el capitán y por sus dos oficiales.

Era una hermosa nave, de costados redondeados para evitar mejor la presión de los hielos, de treinta metros de largo, que tenía en medio una galería bien iluminada, formada por vidrios de gran espesor, para defender a los viajeros de las dentelladas del viento polar, sin impedirles ver lo que sucedía en el exterior.

Brandok, Toby y Holker tomaron asiento en la proa, bajo la galería, seguidos por los demás pasajeros.

La puerta se cerró, la máquina lanzó un silbido agudo y el barco se puso en movimiento a velocidad moderada, mientras sus hombres, que se encontraban fuera de la galería, subían a la cubierta sumergiendo en el agua sus lanzas de punta de acero.

El estrecho de Hudson, que separa el territorio del Labrador de la gran isla de Baffin, estaba lleno de hielos que intentaban volver a soldarse.

Se veían montañas flotantes que iban a la deriva empujadas por el viento polar y también muchos bancos poblados de una gran cantidad de aves marinas.

Bajo los haces de luz de la potente lámpara de radium que brillaba en la punta del palo, los hielos centelleaban y producían un efecto sorprendente, maravilloso. El barco, guiado hábilmente, se mantenía a distancia de aquellos peligrosos obstáculos.

A veces disminuía su velocidad y, al encontrar un espacio libre o un canal, volvía a aumentarla considerablemente. A veces embestía los bancos con su espolón y los trituraba con unos brazos de acero dotados de dientes como los de las sierras que estaban a ambos lados de la proa, y en pocos instantes desmenuzaban las masas de hielo.

—¡Una verdadera nave para hielo! —exclamó Brandok, que miraba con cierta curiosidad—. ¡Qué hermosos inventos!

—¿Y cuando lo vean subir a la playa y correr por los campos de hielo de la tierra de Baffin como un inmenso vehículo? —dijo Holker.

—Esto es increíble y nadie en nuestros tiempos hubiera osado creer que iba a poder transformar una nave en un tranvía —observó Toby.

—Y que sale del agua y sigue su carrera sin cambiar aparentemente nada, sin interrumpir su marcha ni siquiera un instante; que se vuelve vehículo después de haber sido barco y que vuelve de nuevo a barco después de haber sido vehículo con una agilidad y rapidez única —agregó Holker—. Sí, es una nave verdaderamente maravillosa.

—Yo quisiera saber cómo ocurre esta transformación —dijo Toby.

—De una manera muy simple —respondió Holker—. El barco no tiene más que una sola máquina impulsada por la electricidad, pero capaz de servir para distintos fines y productora de una fuerza capaz de aplicarse de distintos modos, por una acción siempre distinta. Sucede así que la nave, acercándose a la costa, recibe toda la fuerza motriz que se acumula en dos ruedas colocadas en la proa, ocultas dentro de dos huecos abiertos en el casco. Apenas el agua comienza a faltar, esas ruedas, mediante un mecanismo especial, bajan y se ponen en movimiento, mientras que las hélices se detienen. En la popa hay otras dos ruedas que actúan por el impulso de las anteriores de proa. He ahí la nave transformada, sin necesidad de fatigosas maniobras, en un enorme tranvía. Sube a la playa y se pone en marcha por tierra y prosigue hasta que encuentra o un canal o un lago o algún brazo del mar. Entonces las ruedas entran en sus huecos, las hélices vuelven a funcionar y he ahí al tranvía transformado otra vez en barco. ¿No es ingenioso todo esto?

—¿Hay muchas de estas naves?

—Sí, especialmente en Europa, donde existen playas bajas, como en Alemania, Dinamarca, Irlanda, Italia, etcétera.

—¿Y estos barcos conservan su velocidad también en tierra? —preguntó Brandok.

—La misma —respondió Holker—, y su fuerza locomotriz es de ciento sesenta metros por minuto.

—¡Siempre nuevos inventos, unos más maravillosos que los otros! ¡Ay, Toby!

—¿Qué tienes, James?

—¿Sabes que entre estos hielos ya no experimento esa extraña agitación que hacía saltar mis músculos?

—Yo tampoco —respondió el doctor—. Yeso se debe a que estamos lejos de las grandes ciudades. Aquí la electricidad no puede sentirse como en ellas o como en las cataratas del Niágara.

—Si no pudiéramos resistir la tensión eléctrica que tan fuertemente se siente también en las grandes ciudades europeas, podríamos refugiarnos en el Polo.

—Y también nosotros nos volveríamos anarquistas —dijo el doctor, riendo.

Mientras tanto el barco—tranvía seguía luchando vigorosamente contra los hielos para alcanzar las costas meridionales de la tierra de Baffin que se divisaban vagamente entre las brumas del horizonte.

Montañas enormes, los llamados icebergs, aparecían de cuando en cuando, flotando peligrosamente, bamboleándose entre las olas y amenazando con embestir a la pequeña nave. Ésta, con una rápida maniobra, los evitaba, lanzándose en medio de los bancos, a los que superaba impetuosamente y destrozaba con su propio peso.

Ninguna otra nave se divisaba en ese mar. Desde que las ballenas y las focas habían desaparecido, aquellas aguas se habían vuelto desiertas.

En cambio, abundaban las aves marinas, y se mostraban tan domesticadas que bajaban en buen número a la galería del barco sin inquietarse por la presencia de los marineros.

Hacia las diez de la mañana, después de un abundante desayuno ofrecido por el capitán a los pasajeros, que ya estaba incluido en el precio del pasaje, el Narval, ése era el nombre del barco, llegaba a las playas meridionales de la tierra de Baffin, precisamente a la entrada de un canal que estaba formado por dos inmensas rocas, en cuyo extremo se veía el suelo descender suavemente.

La nave, con unos pocos golpes de espolón, se abrió paso entre los hielos que ya habían cerrado la entrada del canal y después avanzó lentamente hasta que el agua empezó a disminuir.

Las cuatro ruedas habían dejado sus huecos, bajando en espera de ponerse en funcionamiento.

—Ahora va a convertirse en tranvía —dijo Holker—. La nave deja el mar por la tierra.

El Narval se había inclinado bruscamente y las ruedas anteriores se habían puesto en movimiento.

Mientras la popa seguía aún en el agua, la proa subía a tierra sin sacudidas ni esfuerzos.

Bien pronto toda la nave se encontró en tierra y partió a una velocidad de treinta y cinco o cuarenta kilómetros por hora, como si fuese un verdadero tranvía eléctrico, marchando por un camino señalado por unos palos altísimos.

Una llanura inmensa, casi lisa, cubierta de una gruesa capa de hielo y nieve, se extendía hasta perderse de vista ante los viajeros polares.

Aquella tierra, aunque desolada por los vientos y los huracanes polares, no estaba totalmente deshabitada.

De vez en cuando, luego de largos intervalos, el Narval pasaba delante de pequeñas agrupaciones de casa de hielo de forma semioval, habitadas por las últimas familias de esquimales o de inuits, milagrosamente escapadas a la muerte por hambre, después de la destrucción de las últimas ballenas y las últimas focas llevada a cabo por los ávidos pescadores norteamericanos.

Viendo avanzar el barco se apresuraban a salir de sus casas para pedir una galleta o alguna caja de carne o de caldo concentrado.

Eran iguales a los que habían vivido cien años atrás. El tronco y las piernas, cortas y gruesas, una cabeza grande con los pómulos salientes, cara larga, cabellos negros, nariz aplastada; tenían, en suma, cierto parecido con sus buenas amigas desaparecidas, las focas. Desgraciadamente para ellos, ya no se nutrían con la carne de sus amigas como un siglo atrás, no se vestían con sus calientes pieles, ni iluminaban sus casas con su grasa.

También ellos tenían pedazos de radium y, en vez de arpón con punta de hueso, llevaban buenos fusiles eléctricos, con los que se procuraban la comida diaria matando aves marinas, siempre abundantes gracias a la mala calidad de sus carnes, excesivamente aceitosas para los paladares americanos y europeos.

Habían desaparecido muchos, pero de esos pobres diablos, habitantes de los hielos eternos, se sabía, incluso desde hacía cien años, que estaban dotados de tal apetito que no titubeaban ante el pescado echado a perder ni ante las aves en plena descomposición o los intestinos de oso blanco, tampoco ante los excrementos y las sobras todavía no digeridas que retiraban del vientre de los renos muertos.

Habían perdido su proverbial alegría como consecuencia... ¡de la falta de atracones de carne de ballena! Se entendía que la destrucción de aquellos gigantescos mamíferos había modificado profundamente su temperamento.

—He aquí una raza destinada a desaparecer, como los pieles rojas —dijo Brandok, que había salido varias veces de la galería para arrojar a esos desgraciados cajas de galletas compradas en la despensa del Narval. ¿Cuántos años durarán aún?

—Pocos lustros, seguramente —respondió Holker—. No son hombres que puedan tomar parte en la gran lucha por la existencia. Desaparecidas las focas y las ballenas, ¿de qué podrían vivir? Si los viajeros que van al Polo no los ayudaran, a esta hora habrían desaparecido completamente.

—Y, sin embargo, usted me había dicho que existe una colonia polar allá.

—Esos son hombres que pertenecen a nuestra raza —respondió Holker.

—¡He ahí el egoísmo de la raza blanca!...

—Verdaderamente, no puedo decir que no tiene razón.

—Nosotros, siempre nosotros, los únicos que dominan el mundo.

—Pero es la lucha por la vida, señor Brandok.

—O mejor, la lucha de razas.

—Como quiera —respondió Holker—. Comienza a oscurecer. ¡Qué cortos son los días en las tierras polares en esta época del año! El sol ya se está poniendo y todavía no son las tres de la tarde.

—¿Cuándo tomaremos el tren polar? —preguntó Toby. —Mañana por la noche.

—Entonces podemos cenar y acostarnos. Supongo que habrá camarotes en este barco.

—Y bien calefaccionados y con una cómoda cama. La sociedad polar ferroviaria no ahorra en comodidades. Vengan, amigos.

Dejaron la galería y bajaron a un espléndido salón iluminado por cuatro grandes lámparas de radium que mantenían un calor muy placentero, y tomaron asiento a una mesa donde se veían servicios de plata, copas de cristal llenas de flores en óptimo estado de conservación, tal vez recogidas en las sierras de Quebec.

El menú de la cena era verdaderamente polar. Salmón, filetes de narval, hígado de caribú, patas de reno con berro, revuelto de hígado de morsa, helado y licores a discreción, con té y café a elección.

—Al menos aquí tenemos caza —dijo Brandok—. Un plato muy lujoso para hoy, ¿no es verdad señor Brandok?

—¡Querrá decir rarísimo incluso en las grandes ciudades! Aquí todavía hay algunos rebaños de renos y se encuentran también algunos caribúes y algunas morsas. Dentro de algunos años verán que esos animales y esos anfibios habrán desaparecido por completo.

Cenaron con mucho apetito y, hacia las cinco, mientras una espesa niebla descendía sobre las llanuras de hielo, se hicieron conducir a sus camarotes, donde encontraron mullidas camas que nada tenían que envidiarles a las de la casa del señor Holker.

IX. EL TÚNEL POLAR

Llevaban varias horas durmiendo cuando fueron bruscamente despertados por un violento choque que repercutió en todo el barco—tranvía e hizo gritar a los pasajeros.

Ya encendidas las lámparas de radium, Brandok, Holker y Toby se encontraron casi al mismo tiempo en la sala donde habían cenado y donde ya estaban reunidos los demás pasajeros.

—Señor Holker —dijo Brandok, viendo que intercambiaba algunas frases con uno de los oficiales que había bajado a la sala—, ¿qué ha ocurrido?

—Nada grave, cálmense —respondió el neoyorquino con voz tranquila—. El barco ha chocado contra un enorme bloque de hielo que cortaba el paso y que la nieve no dejaba ver.

—¿Así que no podrá seguir avanzando?

—Hasta que no vuelva a abrirse el camino. Será un retraso de un par de horas. Salgamos al túnel y vayamos a ver.

Una enorme piedra que seguramente se había desprendido de algún glaciar, habiendo alcanzado el Narval un grupo de colinitas más bien pronunciadas, había rodado hasta el camino marcado por los palos y había interrumpido bruscamente su carrera.

Toda la tripulación, munida de lámparas y de picos, ya se había puesto a trabajar para deshacerlo, ayudada por una veintena de esquimales que habían acudido rápidamente de una aldea vecina.

—Si ese bloque caía en el momento en que pasaba el barco, estábamos fritos —dijo Brandok—. Lo aplastaba como una nuez.

—Son casos más bien raros, no habiendo más que pocas colinitas en esta isla —respondió Holker—. Nunca oí hablar acerca de que uno de estos barcos haya quedado aplastado.

—¿Dónde estamos ahora?

—A doscientas millas de la estación del lago.

—Señores —dijo en ese momento el capitán que había vuelto a bordo—, tendremos para tres horas; si quieren aprovechar para visitar la aldea esquimal de los Naz—tho que se encuentra aquí cerca, no les faltará tiempo. Una visita a los habitantes del Polo siempre es interesante para un turista. Pongo a disposición de ustedes un marinero con dos lámparas.

—Aprovechemos entonces —dijo Brandok—. Yo nunca estuve en las regiones polares.

La propuesta fue inmediatamente aprobada también por los otros viajeros, y algunos minutos después el pelotón dejaba la nave, precedido por un marinero que iluminaba el camino con dos lámparas de radium.

El frío era muy intenso afuera; una niebla pesada, muy espesa, que la luz de la lámpara apenas conseguía penetrar, caía sobre las llanuras de hielo, y un fuerte viento soplaba del Polo.

—Señor Holker, ¿ya estuvo otras veces aquí? —preguntó Brandok.

—Ya he estado en el Polo dos veces.

—¿Conoce entonces a los esquimales?

—Muy bien.

—¿Qué progresos han hecho en estos años?

—Ninguno; han quedado tal y cual los encontraron los exploradores del siglo pasado. Son seres incapaces de civilizarse y por eso ellos también terminarán por desaparecer. Ya les dije que su número ha disminuido sensiblemente después de la destrucción de las ballenas y las focas.

—¿Todavía viven en iglúes? —preguntó Toby.

—Sí, tío, y el único mejoramiento que han introducido es el de haber sustituido las antiguas y humeantes lámparas de aceite por las de radium, que iluminan y calientan mejor. Ya llegamos; ¿quieren que visitemos un iglú? Entonces coraje, y tápense la nariz.

Habían llegado a una pequeña aldea que se componía de una media docena de habitaciones de forma semicircular compuestas de bloques de hielo superpuestos con un cierto orden, delante de las cuales había una pequeña cueva siempre tapada por la nieve que se acumulaba encima.

Holker estaba por introducirse en una de esas cuevas bajas y estrechas a las cuales no se puede entrar sino arrastrándose, cuando un esquimal que los había seguido lo detuvo, diciendo:

—Aga—aga—mantuk.

—¿Qué dice? —preguntó Brandok.

—Entendí —dijo Holker—: ésta es una tumba donde está muriendo tranquilamente alguno de la tribu. No perturbemos su agonía.

—¡Cómo! ¿Allí dentro hay uno que se está muriendo? —exclamó Brandok.

—Sí, y solo. La cueva ya debe haber sido obstruida.

—¿Entonces está sepultado vivo?

—No durará mucho —respondió Holker—. Si la enfermedad no lo mata pronto, el hambre se encargará de mandarlo al paraíso de los esquimales.

—Explícate mejor, sobrino mío —dijo Toby—. ¿Por qué lo han sepultado vivo?

—Porque se lo ha juzgado incurable. Aquí, cuando un hombre o una mujer son atacados por alguna enfermedad, se trata de curarlos primero con encantamientos, gritando y corriendo alrededor del iglú y poniendo junto al enfermo una piedra de dos o tres kilos, según la gravedad de la enfermedad, que cada mañana es llevada a la mujer más vieja de la tribu o al angekoc, que es una especie de brujo. Si la piedra no disminuye de peso, significa que el enfermo no tiene cura. A poca distancia le construyen otro iglú, extienden dentro algunas pieles, le llevan un cántaro de agua y una lámpara. El enfermo es trasladado a su tumba y se acuesta en su cama. Hermanos, hermanas, mujeres e hijos y parientes van a saludarlo por última vez, no deteniéndose más de lo necesario, ya que si la muerte sorprendiera al enfermo los visitantes estarían obligados a quitarse sus vestimentas y deshacerse de ellas, pérdida no despreciable en estos climas. Se tapa la cueva con bloques de hielo y dejan que la vida del enfermo se apague sola.

—¿Y se dejan encerrar sin protestar?

—Por el contrario, son ellos los que les ruegan a sus parientes que los lleven al iglú del que no volverán a salir. Muchas veces los viajeros que llegaban hasta las colonias polares, horrorizados por lo que sucedía en esos iglúes fúnebres, forzaron la entrada para sacar al moribundo y recibieron este reproche: "¿Quién viene a perturbar mi agonía? ¿Es que no puede uno morirse en paz?".

—¿Y ahora hacen lo mismo? —dijo Toby.

—Ya lo ve.

—¿Estará ya muerto el hombre que se encuentra en ese iglú?

—Probablemente todavía esté vivo; dejémoslo en paz para que no nos caigan encima sus parientes; respetemos su voluntad.

Pasaron a otro iglú más grande y mejor iluminado, y después de haberse introducido por el angosto corredor, se encontraron adentro.

Había allí dos mujeres cubiertas con viejas pieles desgarradas y una media docena de niños semidesnudos, ya que adentro reinaba un calor sofocante. Una de las mujeres estaba masticando una par de gruesas botas de piel de morsa que el hielo había endurecido y que ella trataba de volver a ablandar con sus poderosos molares; la otra estaba ocupada en preparar la comida.

Un olor nauseabundo reinaba en aquella pequeña habitación, donde algunos lobos y pescados se pudrían para que sus carnes se volvieran más exquisitas a los paladares esquimales.

—Ya tengo suficiente —dijo Brandok, que se sentía sofocado.

—Estos bravos habitantes del Polo no han dado un paso adelante desde hace un siglo.

Dieron a los pequeños algunos puñados de galletas y volvieron rápidamente al aire libre, donde el marinero del Narval les esperaba junto con los otros viajeros que ya demostraban estar satisfechos con la visita. Un cuarto de hora después volvían a entrar en la galería de la nave, contentos por encontrarse a resguardo del frío y la niebla.

El enorme bloque de hielo no estaba aún completamente deshecho, pero faltaba poco.

Un cartucho cargado de potente explosivo hizo volar lo que quedaba, y hacia las ocho de la mañana el Narval volvía a ponerse en marcha, con una velocidad notable, siendo la llanura completamente lisa.

Durante la jornada continuó su carrera sin notables incidentes y hacia las cinco Brandok señalaba un gran haz de luz que atravesaba la niebla.

—Aquella es la estación de Nettelling —dijo Holker—. Dentro de pocos minutos subiremos al tranvía eléctrico que nos llevará al Polo Norte.

No había transcurrido un cuarto de hora cuando el Narval ingresaba en un inmenso cobertizo iluminado por un gran número de lámparas, donde se movían muchas personas que fácilmente podían tomárselas por animales polares.

Allí se alzaba una alta construcción de madera de la que salían golpes ruidosos, como si una de las máquinas estuviera en funcionamiento.

A lo lejos, en cambio, se divisaba una larga fila de lámparas que proyectaban un haz de luz un poco diferente de la del radium; era un extraño fulgor, como si los hielos echaran chispas.

—¿Qué hay allí abajo? —preguntaron Brandok y Toby.

—El gran túnel que conduce al Polo —respondió Holker—. Una de las más grandes maravillas de nuestro siglo.

—¡Ustedes han construido un túnel que llega al Polo! —exclamó el doctor.

—¿Cómo querían llegar? ¿Con naves? Ustedes saben que hace cien años también se hicieron pruebas desastrosas. La grandiosa idea de llegar al Polo por medio de un túnel se la debemos a un ingeniero compatriota nuestro. Este arranca de la orilla septentrional de este lago, atraviesa las tierras de Baffin, pasa por el estrecho de Lancaster que, como ustedes saben, no se deshiela nunca, ni siquiera en verano, luego atraviesa la isla de Devon, la de Lincoln, la de Ellesmore y la de Grant, y llega al Polo, a los 2°28' de longitud.

—¿De qué está hecho ese túnel? —preguntó Brandok, cuyo asombro no tenía límites.

—Con materiales que se encuentran en el lugar y que no han costado ni un dólar —respondió Holker.

—¿Con hielo? —dijo Toby.

—Precisamente, un material muy barato, mezclado con una pizca de sal para darles a los bloques mayor cohesión. El túnel tiene once pies de ancho, ocho pies de alto, y sus paredes tienen un espesor de dos metros y están construidas con bloques de hielo de dos pies de largo y medio pie de ancho. Su forma es la de un arco perfecto y está iluminado con luz eléctrica para que las paredes no puedan fundirse, como hubiera sucedido con las lámparas de radium.

—¿Cuánto tiempo emplearon para construirlo? —preguntó Toby.

—No más de siete meses, trabajando apenas cuatrocientos obreros. No creo que su costo haya superado los doscientos mil dólares.

—¿Y no se derrite?

—Eso es imposible, porque comienza en una región donde el termómetro incluso en junio y julio no marca más de tres o cuatro grados bajo cero. De hecho en catorce años que funciona nunca se derrumbó ninguna arcada.

—¿Y quién nos llevará al Polo?

—Un coche eléctrico de dimensiones extraordinarias, que marcha sobre carriles. Aquí, en la estación, hay máquinas y dínamos poderosos y en el Polo hay uno de igual potencia.

—¿El túnel termina en el Polo? —preguntó Brandok.

—No, señor. Los rusos y los ingleses construyeron después otro que parte de la colonia polar y desemboca al norte de Spitzberg. Aquél, de vez en cuando, sufre un derrumbe en la desembocadura, dado que en esa isla el frío no siempre es intenso. Pero las reparaciones son fáciles.

—Brandok —dijo Toby—, ¿qué me dices?

—Que sigo soñando —respondió el joven.

—Bajemos y ocupemos nuestros lugares en el tranvía eléctrico —dijo Holker—. Allí tomaremos el desayuno.

Al extremo del cobertizo había avanzado un coche enorme, de más de veinte metros de largo por dos y medio de ancho, todo cerrado con cristales que parecían tener un espesor extraordinario y defendido por encima con una especie de jaula de acero destinada seguramente a resguardarlo de la caída de algún trozo que pudiera desprenderse de la bóveda del túnel.

Tres lámparas de radium de gran potencia lo iluminaban, o mejor, lo inundaban de luz.

El interior estaba dividido en cinco compartimientos: salón comedor, baños, habitación con camas, sala de juego y de lectura y una pequeña cocina.

Gruesas alfombras de fieltro estaban extendidas en el suelo y pesadas pieles cubrían los catres que servían de camas.

—¡Qué bien se está aquí! —exclamó Brandok, quitándose el tapado de piel y entrando al salón comedor donde ya se encontraban los viajeros alemanes e ingleses que los habían acompañado en el Narval. ¡Qué dulce tibieza! No se diría que afuera el termómetro marca los veintidós grados bajo cero.

—Y qué elegantes son estos compartimientos —dijo Toby, que ya los había recorrido.

—¿Cuándo llegaremos al Polo, señor Holker? —preguntó Brandok.

—No antes de las nueve de la mañana.

—¿Con el sol?

—Usted habla del sol en esta estación; el sol ya se ha puesto desde hace doce días y en el Polo hoy reina una noche perfecta, incluso en pleno mediodía.

—Sí, es verdad, me olvidaba de que ya estamos en otoño.

—A la mesa, señores míos, e imitemos a nuestros compañeros de viaje.

Se colocaron en una de las seis mesitas que ocupaban el salón y se hicieron servir una comida abundante y suculenta, suministrada por el cocinero del tranvía polar, compuesta en su mayor parte de pescados excelentes, cocinados de distintas maneras, que rociaron con exquisito vino blanco seco de California.

El coche, entretanto, ya había partido a una velocidad de ciento cincuenta kilómetros por hora, penetrando en el túnel polar.

Aquel túnel, formado todo de bloques de hielo cementado con sal, era verdaderamente maravilloso.

Cada cincuenta pasos una lámpara eléctrica de cuatrocientas bujías lo iluminaba, haciendo brillar maravillosamente las paredes, y cada veinte kilómetros había una salida lateral, a través de las cuales se veían casillas de madera habitadas por los vigilantes de la línea.

—¡Espléndida! ¡Espléndida! —repetía Brandok, que se había sentado cerca del conductor fumando un buen habano—. Esta es por cierto la idea más grandiosa concebida por los hombres del 2000.

—Yo también lo creo así, señor Brandok —respondió Holker, que lo había alcanzado, mientras Toby jugaba una partida de whist con dos ingleses.

—¿Y no hay peligro de que alguna vez ocurra una catástrofe? Supongamos que en algún lugar el hielo cede y se deshace por efecto de las presiones o que un pedazo de túnel se rompe. ¿Cómo podría, este coche, lanzado a semejante velocidad, evitar el desastre?

—De un modo muy simple: se detiene —dijo Holker riendo.

—Pero no puede detenerse de golpe; no tendría tiempo.

—Pero el conductor lo podría detener mucho antes si en la línea hubiese una interrupción que pudiera causar un desastre.

—¿De qué modo?

—Adelante de nosotros tenemos una máquina piloto que nos precede cinco kilómetros y que corre con la misma velocidad que nuestro coche.

Brandok lo miró como si no lo hubiese comprendido.

—Mi querido señor —dijo Holker—, los constructores de esta línea han previsto los graves peligros que pueden amenazar a los viajeros justamente a causa de las presiones y la inestabilidad de los hielos, que se encuentran en muchos puntos del océano; por eso han tratado enseguida de evitarlos.

—Algo que me parece difícil.

—Para los hombres del 1900 probablemente sí, pero no para los del 2000 —dijo Holker.

—Pero ¿qué han hecho?

—Hacen que preceda al coche un vagoncito que oficia de piloto.

—¿Vacío?

—Sí, señor Brandok, pero unido al coche por medio de un cable eléctrico. Suponga ahora que el vagoncito, comparable por su armamento de hilos eléctricos a los tentáculos de que se sirven los peces ciegos para avanzar en las profundidades tenebrosas o en las cavernas submarinas, choca con un obstáculo cualquiera y cae en alguna rajadura abierta en los bancos de hielo que sostienen el túnel; inmediatamente el choque es transmitido, por medio de las conexiones eléctricas, al conductor de nuestro vehículo, el cual, alarmado por un timbre, se apresura a detenerse. Es así como se evita cualquier peligro. Se avisa enseguida a los hombres encargados de reparar el túnel, éstos se trasladan al sitio donde ocurrió el derrumbe o la rotura y solucionan el problema. Puede viajar tranquilamente, señor Brandok, y también dormir, sin temer desastre alguno.

—Es un medio ingenioso —dijo el joven.

—Y, sobre todo, seguro —respondió Holker—. Señor Brandok, vayamos a acostarnos. El tiempo pasará más pronto y cuando volvamos a abrir los ojos estaremos entre los anarquistas de la colonia polar.

X. LA COLONIA POLAR

Una sacudida más bien brusca, seguida de un tintineo de campanillas eléctricas y de unas voces más bien agudas, despertó al día siguiente por la mañana a los viajeros, haciendo que bajaran precipitadamente de sus cómodos catres.

El coche, después de una carrera velocísima que había durado toda la noche, había llegado a la estación ferroviaria del Polo Norte y se había detenido debajo de un larguísimo cobertizo de madera, cerrado en un extremo por gigantescas puertas de vidrio e iluminado por un gran número de lámparas eléctricas.

Muchas personas, bastante barbudas, envueltas en pieles de oso blanco, se habían reunido alrededor del tranvía hablando distintas lenguas: español, ruso, inglés, alemán e incluso italiano.

Casi todos fumaban enormes pipas de porcelana, echando al aire verdaderas nubes de humo.

—Estamos en el Polo, amigos míos —dijo Holker tomando el equipaje.

—¿Y quiénes son esos hombres que nos miran de reojo? —preguntó Toby.

—Anarquistas peligrosos, provenientes de todos los países del mundo y condenados a terminar aquí sus vidas.

—¡Qué triste existencia deben llevar entre estas nieves y estas tinieblas!

—Menos de lo que usted cree, tío —respondió Holker—. Cada jefe de familia tiene una cabaña de madera suministrada por su gobierno, bien calefaccionada con lámparas de radium. Pasan sus vidas cazando y pescando y no hacen malos negocios con el tráfico de pieles. Y, además, de vez en cuando, reciben víveres y tabaco. Únicamente están prohibidos los licores.

—¿Y nunca se rebelan?

—Los gobiernos mantienen aquí dos docenas de bomberos para tenerlos a raya y el agua siempre está dentro de las bombas. Ya les dije cuáles son los efectos del agua y qué espanto les produce a todos.

—¿Y son muchos los anarquistas que están aquí?

—Un millar, y casi todos tienen con ellos una compañera.

—¿Y los hijos que nacen?

—Se los manda a Europa y a América a estudiar y educarse para hacer de ellos ciudadanos laboriosos. Vamos al hotel "Genio Polar": es el único que hay y no estaremos mal allí.

Salieron del cobertizo y se encontraron ante varios trineos tirados por perros esquimales guiados por hombres que parecían osos marinos.

Subieron a uno y partieron a la carrera a través de las calles del pueblo, que estaban cubiertas por una inmensa capa de nieve.

Aquellas calles eran amplias, iluminadas por lámparas eléctricas, pues desde hacía algunos días había comenzado la noche polar, y estaban flanqueadas por casas de madera de un solo piso, semisepultadas en la nieve.

Enormes montañas de hielo se elevaban alrededor del poblado y reflejaban la luz de las lámparas con un efecto maravilloso. Parecía como si esas casas estuviesen incrustadas en diamantes gigantescos. Aunque el frío era tan intenso que hacía dolorosa la respiración, muchos habitantes paseaban por las calles conversando animadamente, como si se encontrasen en un bulevar de París o en una Ringstrasse de Berlín o Viena.

El trineo, que era tirado por una docena de perros de pelo larguísimo, cruza de zorro y lobo, atravesó, siempre corriendo, distintas calles, levantando en torno de los viajeros una espesa nevisca, que casi inmediatamente se condensaba volviendo a caer bajo la forma de finas agujas de hielo, y se detuvo finalmente delante de una casa más grande que las otras, pero de un solo piso ella también, con su entrada protegida por una galería de vidrio con muchas puertas con el objeto de impedir la dispersión del calor.

—El hotel del "Genio Polar" —dijo Holker.

—¿El dueño de ella también es un anarquista? —preguntó Toby.

—Un terrible nihilista ruso que treinta años atrás arrojó una bomba contra Alejo III, el emperador de Rusia.

—¿No nos hará volar para probar algún nuevo explosivo? —preguntó Brandok.

—Rogodoff se ha vuelto hoy un verdadero cordero y creo que no tiene odios ni siquiera contra el emperador desde que aquel poderoso renunció a la autocracia.

—, Ha cambiado Rusia?

—Hoy tiene una Cámara y un Senado, como los demás Estados.

—¿Por lo tanto ya no hay más deportados a Siberia? —preguntó Toby.

—Siberia se ha vuelto un país tan civilizado como los Estados Unidos, Francia e Inglaterra, y ya no tiene ni un solo deportado.

Entraron al hotel, que estaba bien calefaccionado por las lámparas a radium y decorado con cierta elegancia, con sillas acolchadas, mesitas cubiertas de manteles de papel de seda y vajilla de lujo. Había adentro algunos habitantes de la colonia y también varios esquimales, ocupados en tragar ávidamente, no sin esfuerzo, jarros de cerveza descongelada.

Eran tipos en verdad poco tranquilizadores, con barbas descuidadas que les daban aspecto de bandidos. Esto no impidió que saludaran cortésmente en varios idiomas a los recién llegados. Los tres amigos se sentaron a una mesita y se hicieron servir sopa de pemmican, hígado de morsa, narval asado y fruta helada y tan dura que casi no podían morderla.

—Tampoco en el Polo se está mal —dijo Brandok sorbiendo una taza de café bien caliente—. ¿Quién hubiera dicho que cien años más tarde se hubiera podido comer en el Paralelo 90? Dígame, señor Holker, usted que ha estado aquí otras veces, ¿qué han encontrado de sorprendente en el Polo?

—Nada más que hielo y una montaña altísima que parece un volcán apagado.

—¿Y en él se entrecruzan todos los meridianos de nuestro globo?

—Y se esconde uno de los puntos cardinales de la Tierra —respondió Holker, bromeando.

—¿Y en el Polo Sur han abierto también un túnel? —preguntó Toby.

—Todavía no; pero nuestros científicos están estudiando cuidadosamente lo que convendrá hacer también en el otro extremo del mundo. Hay una cuestión muy grave que vale mucho más que un túnel y que preocupa mucho.

—¿Y cuál es? —preguntaron Toby y Brandok.

—Buscan el modo de equilibrar nuestro planeta para liberar a nuestros descendientes de un cataclismo espantoso; en suma, de otro diluvio —dijo Holker—. Ese arduo problema no se resolverá en este siglo, pero seguro que en el venidero se hará algo. Comprendan que se trata de salvar cinco continentes y centenares de millones de vidas humanas.

—Explícate mejor —dijo Toby—. No te comprendo; ¿qué es lo que quieren intentar los científicos del 2000?

—Salvar al mundo, ya lo he dicho.

—¿Quién lo amenaza?

—Los hielos del Polo Sur.

—¿De qué modo?

—Desequilibrando nuestro globo. En el Polo Sur se ha comprobado que los hielos, de un siglo a esta parte, han hecho progresos sorprendentes, alcanzando la increíble altura de treinta y siete kilómetros. No habiendo allí lluvias, ni tampoco deshielos considerables, la nieve que cae se transforma en hielo compacto, el cual ejerce una presión enorme, a pesar de las pérdidas a que está sujeto el casquete helado por la dislocación de sus masas, que, separándose de sus márgenes extremos, terminan perdiéndose en el océano Atlántico y en el Pacífico. Además, estando el agua de aquellos mares en el punto de congelación, como han podido comprobarlo nuestros viajeros, contribuye a aumentar la desmesurada masa glacial resultante de las continuas nevadas.

—Entiendo —dijo Toby.

—Desde hace millares y millares de años, entonces, el casquete glaciar del Polo Sur, que no es más que una enorme montaña de hielo, no ha hecho sino aumentar de tamaño, ocupando hoy día una superficie de ocho millones de millas cuadradas, superficie casi igual a toda América del Norte. ¿Qué producirá ese peso tan enorme? Un desplazamiento de nuestro planeta similar al que ya tuvo lugar hace veinticinco mil años, producido por la masa del casquete de hielo del Polo Ártico, y que arrojó sobre nuestro globo ese tremendo diluvio del que hablan los antiguos y del que hoy tenemos pruebas evidentes. Con la catástrofe antártica las tierras septentrionales terminarán indudablemente sumergidas para dar lugar al surgimiento de las meridionales que ahora se encuentran bajo el agua.

—¿Y los científicos actuales consideran que esa catástrofe tendrá lugar? —preguntó Toby.

—Ya nadie lo duda —respondió Holker—. El movimiento de las aguas del Polo Sur está estrechamente conectado con el aumento gradual del casquete de hielo austral y la consecuencia de ello será que tres quintos de las aguas del globo se verán desplazados de su primitivo centro de gravedad y prontos a lanzarse hacia el norte. Entonces es fácil comprender cuán precaria y peligrosa es la situación de los habitantes del hemisferio norte. Nuestra salvación consiste en la cohesión de los ochenta millones de kilómetros cuadrados de hielo que gravitan sobre el Polo Austral. Mientras á el casquete de los hielos no se rompa, las cosas seguirán co— mo hasta ahora, con la presente distribución de tierras y mares; en el instante en que comience a deshacerse, la humanidad estará perdida. La fragmentación de aquella enorme masa de hielo tendrá como efecto que la fuerza de gravedad será instantáneamente transferida a la parte septentrional de nuestro globo y los fragmentos del casquete antártico, con toda el agua mantenida ahora en torno a ella, se lanzarán con un ímpetu irresistible hacia el Polo Norte a través del océano Atlántico y el Pacífico.

—¡Qué momento será ése! —dijo Brandok—. Afortuna

damente damente nosotros ya no viviremos, a menos que el amigo Toby encuentre el medio para que vuelva a dormirnos durante algunos siglos.

—Una segunda prueba sería fatal para nosotros —respondió el doctor.

—Señor Holker —preguntó Brandok—, ¿los científicos modernos han calculado aproximadamente cuándo podría suceder esa tremenda catástrofe?

—Exactamente, no; pero es cierto que la masa del casquete glaciar no podrá prolongarse razonablemente más allá de cierto límite. Podría suceder lo mismo dentro de mil años como dentro de diez.

—Si ocurriera, sería por cierto un desastre de proporciones —dijo Toby.

—¡Imagínese, tío, el inmenso abismo que quedará abierto por el desplazamiento de una masa de más de cien millones de metros cúbicos! Descendiendo del Polo Sur, la gigantesca avalancha cavará un inmenso surco en los océanos, cuyas aguas se lanzarían con ímpetu sobre América meridional, África y Australia. Después de haber sepultado bajo masas enormes de hielo esos continentes, el diluvio atravesará el Ecuador, se lanzará sobre América del Norte, sobre Europa y sobre Asia, destruyendo a su paso la vida y la obra del hombre. Donde en una época se alzaban soberbios edificios y ciudades y florecían campos, habrá la desolación más lúgubre, el más espantoso desierto.

—¿Y los científicos actuales piensan en cómo evitar tan terrible catástrofe? —preguntó Brandok.

—Estudian proyectos desde hace muchos años —respondió Holker—. Este será el éxito más grande de la ciencia del 2000.

—Se tratará de aligerar al Polo Austral de su propio peso —dijo Toby.

—Y lo que sobre, transportarlo al Polo Boreal —respondió Holker.

—¡Dios mío! —dijo Brandok—. Ésa sí que es una empresa que me parece difícil.

—Otros, y supongo que la cosa sería más sencilla, proponen remolcar parte del inmenso casquete helado hasta el Ecuador y dejar que allí se deshiele.

—¡Qué máquinas se necesitarían!

—Y, sin embargo, ya verán que nuestros científicos conseguirán mantener en equilibrio nuestro planeta y salvar la humanidad.

—Después de todo lo que he visto hasta ahora, no lo dudo —dijo Toby—. ¡Qué progresos ha hecho la ciencia en estos cien años! Es como para perder la cabeza.

XI. HACIA EUROPA

Durante tres días Holker y sus amigos permanecieron en la colonia polar realizando excursiones por los alrededores con el trineo del hotel, visitando varias casas de los anarquistas y algún iglú esquimal, a pesar del frío excesivo que reinaba al aire libre y la profunda oscuridad que se espesaba en los desolados bancos de hielo de las regiones polares.

Tuvieron que aceptar, con no poca alegría, que aquellos colonos que un día habían sido tan peligrosos se hubieran vuelto absolutamente pacíficos y tan mansos como corderos.

¿Era la influencia del frío o el aislamiento lo que había logrado ese prodigio en aquellos cerebros exaltados? Probablemente las dos cosas juntas.

Por cierto, no era algo placentero hablar de bombas, incendios y estragos con un frío de cuarenta y cinco grados bajo cero. Preferían fumar su pipa junto a la lámpara de radium, gozando del calor que despedía.

Como se ve, los gobiernos de Europa y América habían tenido una excelente idea mandándolos a ese clima para que... se enfriaran.

La mañana del cuarto día, mientras Holker, Brandok y Toby bebían una hirviente taza de té, fueron advertidos de que durante la noche había llegado el tranvía eléctrico de Spitzberg y que se preparaba para volver a Europa.

—Partimos, amigos —dijo Holker—. En invierno el Polo es poco placentero y considero que ya tienen bastante con nuestra estadía entre los hielos eternos.

—Preferiría encontrarme en un clima menos rígido —respondió Brandok—. No corre por mis venas la sangre ardiente de los anarquistas.

—Tampoco por las mías —dijo Toby.

—¿Cuándo llegaremos a Spitzberg? —preguntó Brandok.

—Dentro de sesenta horas, dado que el túnel europeo es más largo que el norteamericano.

—¿Y después adónde iremos?

—Nos embarcaremos en un barco volador que hace el servicio entre las islas e Inglaterra. Quiero mostrarles otra maravilla.

—¿Cuál?

—Los grandiosos molinos del Gulf Stream.

—¿Qué serán?

—Molinos, ya lo dije.

—¿Para moler grano?

—¡Oh, no!... Después iremos a visitar una de las ciudades submarinas inglesas, donde fueron desterrados los más peligrosos delincuentes del Reino Unido. Aquí llegó el trineo; vamos, amigos.

Pagaron la cuenta, tomaron sus equipajes y subieron al trineo del hotel, que era tirado por seis vigorosos perros de Terranova, más robustos y obedientes que los de raza esquimal.

Un cuarto de hora después se detenían bajo el cobertizo de la estación europea que se encontraba al otro lado de la ciudad.

Un coche, similar al de la línea norteamericana, esperaba a los viajeros.

También éste estaba dividido en compartimientos y montado con lujo y elegancia.

Subieron y pocos minutos después el tranvía, precedido por la máquina piloto que había partido cinco minutos antes, se introducía en el túnel construido a expensas de las naciones septentrionales del continente, Rusia, Suecia, Noruega e Inglaterra.

Tanto en sus dimensiones como en su forma no era muy diferente del norteamericano.

Sólo estaba un poco menos iluminado, pues las naciones europeas septentrionales carecían de una fuerza eléctrica similar a la norteamericana, porque no tenían nada semejante a las cataratas del Niágara.

Cincuenta horas después, los tres viajeros, que poco a poco habían visto disiparse las tinieblas a medida que se alejaban del Polo, llegaban felizmente a las costas septentrionales de la mayor isla del grupo Spitzberg.

Habían costeado largo tiempo la Groenlandia septentrional; después habían atravesado una parte del océano cubierto por inmensos bancos de hielo, llegando a la estación rusa.

El túnel terminaba allí, pero la línea continuaba hasta el puerto de Riurca.

Con mucha sorpresa Toby y Brandok vieron alzarse en la nevada costa de aquella bahía, cien años antes apenas frecuentada por algunos balleneros y por cazadores de focas, edificios imponentes, que eran hoteles destinados a acoger en la estación veraniega a los europeos ricos.

El frío había hecho huir a los hoteleros y a sus huéspedes. Pero habían quedado, en cambio, dos o tres docenas de pescadores de bacalao y algunos guardianes encargados de la vigilancia de los hoteles.

Holker averiguó si el navío volador inglés había llegado y obtuvo una respuesta negativa. Veinticuatro horas antes un violento ciclón se había desencadenado en el Atlántico septentrional y probablemente había obligado al navío aéreo a refugiarse en algún puerto de Noruega.

Era probable por lo tanto que no pudiera llegar ni aun al día siguiente, porque el cielo estaba muy cargado y el viento era violentísimo.

—Nosotros ya no tenemos apuro —dijo Brandok—. Aquí hace menos frío que en el Polo.

—Pero no hay hoteles abiertos en esta estación —respondió Holker—. Estaremos obligados a quedarnos en la sala de la estación o pedir asilo a alguna familia de pescadores.

—Por nosotros no importa —declaró Toby.

No fue difícil ponerse de acuerdo con una familia mediante una modesta compensación. La casa estaba muy limpia, dado que sus propietarios eran noruegos, bien calefaccionada y provista de víveres.

—Aquí estaremos bien —dijo Brandok.

—Y tendremos mucha carne —observó Holker—, lo que al día de hoy no se puede encontrar en todo el continente.

—¿Carne de oso? —preguntó Toby.

—Hace más de cincuenta años que los osos desaparecieron —respondió Holker—. También en las regiones polares los animales salvajes se han vuelto rarísimos. Aquí, en cambio, se crían muchos renos que después son exportados a Rusia y a Noruega. A pesar de los largos inviernos y las fuertes nevadas, esos animales consiguen encontrar con qué alimentarse, buscando los líquenes sepultados bajo el hielo.

—¿Y en verano esta gran isla está poblada? —preguntó Toby.

—Es una estación de primer orden, mi querido señor. Nunca llegan menos de cinco o seis mil personas.

—En nuestro tiempo bastaba con las montañas.

—Ésas sirven para los modestos burgueses.

—La línea polar debe hacer buenos negocios en esa estación.

—Los viajeros acuden al Polo de a millones.

—¿Y estos pescadores qué hacen aquí?

—Esperan el paso de los grandes cardúmenes de bacalao. ¿Saben que esos excelentes peces ya no frecuentan las costas de Terranova?

—¿También ellos sintieron la necesidad de novedades?

—Eso parece —respondió Holker—. Desde hace más de sesenta años no se dejan ver en las costas canadienses. Ahora frecuentan estos parajes, donde se dejan pescar fácilmente.

—¿Todavía se pescan con lanzas?

—Esas son reliquias. Hoy las gigantescas naves dotadas de motores de una potencia extraordinaria vienen aquí y arrojan redes de cinco o seis millas de largo que son rápidamente remolcadas a tierra. Bastan pocos días para poner fin a la estación de pesca, mientras que hace cien años duraba cuatro meses.

—¡Todo por la electricidad!... —exclamó Brandok—. ¡Cuántos cambios en estos cien años! ¡Todo se hace a lo grande!

—Si así no ocurriera, ¿cómo se alimentaría la humanidad? La pesca hoy se ha cuadruplicado y agradecemos a la Providencia que haya poblado tanto los océanos.

Se habían sentado ante una mesa muy bien puesta por la mujer y las hijas del pescador. En ella humeaba un enorme trozo de reno asado, que fue declarado exquisito.

Devoraron después una abundante sopa de pescado, vaciaron algunas tazas de leche de reno y después, habiendo calmado el viento, hicieron una excursión por los alrededores de la bahía con la esperanza de ver llegar a la nave aérea que debía conducirlos a Europa.

Recién a las primeras horas del día siguiente fueron advertidos por el pescador de que la nave aérea había aparecido en el horizonte.

Saborearon una taza de té y, llevando grandes abrigos de piel de oso, se precipitaron en dirección a la bahía para disfrutar del espectáculo de la llegada.

La nave voladora ya era visible y surcaba el espacio majestuosamente, manteniéndose a ciento cincuenta metros de los bancos de hielo que se extendían sobre el océano.

Se parecía a los ómnibus voladores que ya Brandok y Toby habían visto en Nueva York, pero más grande, con la plataforma más ancha, diez alas y cuatro hélices descomunales y timones dobles. Sobre ella se extendía una galería de vidrio, reservada a los pasajeros, rematada por un poste con una antena; probablemente algún aparato eléctrico para la transmisión de telegramas aéreos.

El navío, que avanzaba a gran velocidad, estuvo muy pronto sobre la bahía. Describió, a pesar del fuerte viento, una amplia curva, y fue a posarse suavemente dentro de un recinto construido en una colinita que se levantaba a cien metros de la estación veraniega.

—Subamos enseguida —dijo Brandok, que los había seguido junto con el pescador que llevaba las valijas—. El Centauro no se detiene más de un cuarto de hora, apenas el tiempo suficiente para entregar el correo y desembarcar los víveres y el tabaco para los pescadores y los guardianes.

Subieron a la colina, entraron al recinto y se embarcaron, después de haber comprado el pasaje.

A bordo de la nave aérea no había más que siete hombres: el comandante, dos maquinistas, dos timoneles, un steward y un médico.

El interior de la galería estaba dividido en cuatro compartimientos. Uno reservado a las máquinas y al equipaje; un cuarto de dormir subdividido en pequeños camarotes hechos con ligeras láminas de aluminio o de un metal similar; el tercero, salón comedor; el cuarto, biblioteca y sala de estar, con un órgano eléctrico para divertir a los pasajeros.

—¡Hermosísimo! —había exclamado Brandok observando los valiosos muebles que adornaban las salas—. ¡Maravilloso!

—Y lo que más cuenta: es tan seguro como las naves que surcan los océanos —señaló Holker.

—¿Cuándo llegaremos a Londres? —preguntó Toby.

—No antes de cuarenta y seis horas —dijo el comandante de la nave—. Primero debemos dirigirnos a las costas de Irlanda para dejar en la ciudad submarina a un peligroso delincuente que nos ha sido entregado por las autoridades noruegas de Bergen y que es súbdito inglés.

—He aquí una buena ocasión para visitar esa ciudad —dijo Holker— y también los grandes molinos del Gulf Stream. No creí que tendríamos tanta suerte.

—¿Tienen algo más para embarcar? —preguntó el capitán.

—Nada más, señor —respondió Brandok.

—Entonces partamos en seguida: está por desencadenarse un nuevo ciclón y no quiero detenerme aquí o tener que refugiarme en los fiordos de Noruega. Ya llevamos un retraso de dos días a causa de los huracanes.

El Centauro, a una orden del comandante, había puesto en movimiento las dos poderosas máquinas y se había elevado doscientos metros, saludando a la población de la estación con silbidos agudos.

Dio dos vueltas a la bahía y después se lanzó hacia el sudoeste con una rapidez fantástica.

Delante de la bahía se extendían inmensos bancos de hielo, surcados por canales más o menos anchos que emitían un resplandor intenso, casi cegador, debido al reflejo de toda aquella masa transparente. En la lejanía aparecía la espesa tinta azul del mar que indicaba las aguas libres del océano Atlántico.

Brandok, Toby y Holker, bien cubiertos por sus abrigos de piel, se habían sentado fuera de la galería, en los bancos de la proa, para gozar mejor del espectáculo.

La nave voladora, a pesar de su mole, se comportaba maravillosamente bien, compitiendo con las ágiles gaviotas y con los grandes albatros que la seguían o precedían. Mantenía una línea rigurosamente recta, orientada por la brújula, sin disminuir su altura ni siquiera un metro.

No era un globo, era una verdadera nave que obedecía a los movimientos de los dos timones que funcionaban como las colas de las aves.

—Un descubrimiento asombroso —repetía Brandok, que respiraba a pleno pulmón el aire helado y sin embargo vivificante del océano—. ¿Quién hubiera dicho que el hombre conseguiría compartir con los pájaros el imperio del espacio? ¿Qué son los famosos cóndores en comparación con estas naves voladoras?

—¿Estas naves superan en velocidad a los pájaros? —preguntó Toby.

—Los dejan atrás sin esfuerzo —respondió Holker.

—¿También a las águilas de mar?

—Esos son los únicos pájaros que la superan, pudiendo volar a ciento sesenta kilómetros por hora.

—¿Y los albatros? —preguntó Brandok.

—Aunque tienen una amplitud de alas que promediando va de cuatro a cuatro metros y medio, no pueden competir con las águilas de mar.

—¿Entonces estas naves voladoras recorren?...

—Ciento cincuenta kilómetros por hora —respondió Holker.

—¡Y pensar que en nuestros tiempos estábamos orgullosos de nuestros torpederos que conseguían andar a veinticuatro o veinticinco millas por hora! —observó Toby—. ¡Qué progresos! ¡Qué progresos!

—Dígame, señor Holker —intervino Brandok—. ¿Qué velocidad alcanzan las naves modernas?

—Cincuenta y aun sesenta millas —respondió el interrogado.

—¿Qué máquinas emplean?

—Movidas por la electricidad.

—¿Y su forma es la misma que tenían en nuestra época?

—Juzguen ustedes mismos. Allí abajo hay una nave que probablemente viene de la isla de los Osos. ¿Les parece que se asemeja a las que recorrían los océanos hace cien años?

Brandok y Toby se habían levantado con vivacidad mirando en la dirección indicada por Holker, y vieron delinearse en el horizonte una especie de huso larguísimo que navegaba sobre las olas con extrema rapidez, sin dejar señal alguna de humo.

—Es el Tangaroff —dijo Holker—. Viene del mar Blanco y se dirige a Irlanda. Una hermosa nave, se los digo yo, que anda como un tiburón. Su proa no les tiene miedo a los hielos.

—En efecto, ese barco no se parece a los que en nuestra época surcaban los mares —dijo Brandok cuando el capitán se alejó—. ¿Los han modificado los constructores del 2000?

—En gran parte, para obtener una mayor velocidad y menos balanceo y cabeceo —dijo Holker—. Le han dado al casco una forma de cigarro muy afilado hacia la proa, y la cubierta casi desapareció, y sólo hay lugar para una torre destinada a los timoneles. Como pueden ver, las naves modernas están casi totalmente sumergidas y cerradas en la cubierta de modo que en las tempestades las olas pueden golpearla sin producir ningún inconveniente.

—¿Saben a qué me recuerda la forma de estas naves? A los buques submarinos que comenzaban a usarse en nuestros tiempos.

—Sí, es verdad —confirmó Toby—. ¿Y cómo avanzan? ¿Tienen hélices?

—Sí, y ruedas también. Bajo el casco y dentro de lugares adecuados tienen ocho, diez e incluso doce, que a veces ayudan poderosamente a la hélice de popa —dijo Holker—. Con este doble sistema, que recuerda un poco al de los antiguos piróscafos, nuestros ingenieros navales han podido dar a nuestras naves una velocidad de cincuenta y a veces sesenta millas por hora.

—¿Y usted me había dicho que no se balancean ni cabecean?

—El mareo ahora es casi desconocido en los piróscafos modernos y ni siquiera las más formidables olas consiguen sacudirlos.

—¿Y por qué? —preguntó Toby.

—Porque sus costados están cubiertos por una pintura grasa que, al desplazarse lentamente sobre el agua, produce el mismo efecto que el aceite usado por los balleneros en las tempestades.

—¡Qué cosas han inventado estos hombres del 2000! —exclamó Brandok.

—Muchas cosas, y utilísimas —respondió Holker sonriendo.

—¿Y hay barcos de vela aún? —preguntó Toby.

—Desde hace setenta años no se ve ninguno. Miren aquella nave y díganme si no vale mucho más que aquellas en las que navegaban hace cien años.

XII. NAVES VOLADORAS Y MARÍTIMAS

El Tangaroff en ese momento se cruzaba con el navío volador, pasándole a babor. Era un huso enorme todo de acero, de más de ciento cincuenta metros de largo, con la proa agudísima, y con una anchura en el medio de unos quince metros.

Estaba cubierto por completo, con un gran número de ventanas en la cubierta, protegidas por vidrios que debían tener un gran espesor.

En medio se erguía una torre también de metal, de cuatro metros de alto, en cuya plataforma estaban sentados, cerca de la rueda, dos timoneles. Detrás se levantaba un poste para la telegrafía aérea.

Andaba velozmente, casi sin producir ruido alguno, dejando detrás de sí una estela blanquísima que parecía aceitosa.

Más que una nave parecía un cachalote nadando a toda velocidad.

En el momento en que pasaba por debajo del Centauro, el aparato eléctrico de esta nave dejó oír un ligero tintineo y registró un despacho expedido por los timoneles del Tangaroff.

Era un cordial "buen viaje que enviaban a los navegantes del aire, junto con la noticia de que los hielos habían interrumpido la navegación por el mar Blanco.

—¡Hermosa! ¡Espléndida! —exclamó Brandok, que seguía con la mirada al veloz piróscafo.

—¿Cuándo llegará a Islandia?

—Mañana por la noche —respondió Holker.

—¿A pesar de los hielos?

—Nuestros barcos se ríen de los hielos. Los atacan a gol

pes de espolón y los disgregan sin importar el espesor que tengan. Son verdaderos arietes, de una potencia inaudita.

—Sobrino mío —dijo Toby—, ¿qué ha sido de los barcos submarinos que en nuestro tiempo daban tanto que hablar?

—Desde que las guerras son imposibles, casi han desaparecido. Todavía hay algunos que sirven para las exploraciones submarinas y para recuperar las riquezas perdidas en el fondo de los mares.

—¿Y el canal de Panamá? —preguntó Brandok.

—Fue concluido hace ochenta y cinco años, mi querido señor.

—¿Aquella gran empresa fue llevada a término?

—Y por nuestros compatriotas; y se han realizado otras para acortar el viaje de las naves. El istmo de Corinto, que unía Morea con Grecia, también fue cortado; el de la península de Malaca también, y ahora se está realizando otra gran obra.

—¿Cuál?

—El gran desierto del Sahara está por transformarse en un mar accesible incluso por las más grandes naves. Trabajan allí desde hace cinco años y dentro de cinco o seis meses también esa obra estará concluida.

—;Qué queda por hacer ahora? —preguntó Brandok.

—Mantener el mundo en equilibrio, ya se los dije —respondió Holker—, y esperemos que nuestros científicos lo consigan. La campana nos llama para desayunar; este aire marino me ha abierto un apetito de lobo. Imítenme, amigos; después se sentirán mejor.

Mientras pasaban al salón comedor, la nave voladora continuaba su carrera hacia el sudoeste, devorando el espacio a una velocidad de ciento veinte kilómetros por hora.

El océano seguía cubierto de grandes bancos de hielo y también de enormes icebergs que proyectaban reflejos enceguecedores.

Aquí y allá se divisaban canales, dentro de los cuales se veía alguna rarísima foca, una de las pocas que habían conseguido huir de la destrucción de los pescadores noruegos y rusos.

Los tres amigos estaban por terminar su desayuno, simple pero abundante, cuando oyeron la sirena proveniente del aparato eléctrico, y poco después vieron aparecer al capitán con el ceño fruncido.

—¿Ha recibido alguna mala noticia, comandante? —preguntó Holker.

—Me telegrafiaron de la estación escocesa del cabo de York diciéndome que desde hace dos días, cerca de las islas Británicas, se ha desencadenado un furioso huracán —respondió el capitán—. Se anuncia un pésimo invierno este año.

—¿Estará obligado a refugiarse nuevamente en las costas noruegas?

—No quiero perder más tiempo; desafiaré al ciclón.

—¿Resistirá su nave? —preguntó Brandok.

—No se inquieten, señores; mi Centauro ha sido construido con acero de primera calidad.

No habían transcurrido tres horas cuando ya el huracán anunciado por la estación escocesa se hacía sentir en los parajes por donde marchaba el navío aéreo.

El cielo se había oscurecido y vientos impetuosos, verdaderas ráfagas marinas que venían del sur, embestían poderosamente las alas y las hélices del Centauro.

El océano se rompía en olas que se volvían rápidamente en gigantes, y que disgregaban con mil estrépitos los bancos de hielo que venían de la isla jan Mayen. El comandante había dado la orden a sus maquinistas de aumentar la velocidad, esperando poder evitar así los ataques del ciclón, y a los timoneles, de que se dirigieran hacia el oeste para evitar el centro del huracán. Sin embargo el Centauro sufría sobresaltos imprevistos y a veces era impotente para resistir las ráfagas. Más de una vez había sido arrastrado por algún trecho hacia el norte, a pesar de los esfuerzos de las alas y las inmensas hélices.

—¿Caeremos al mar? —preguntó Brandok, que se había colocado detrás de los vidrios del compartimiento de proa.

—Aunque eso sucediera, nos haríamos poco daño —respondió Holker.

—¿No nos hundiremos?

—En absoluto, mi querido señor. Nuestros ingenieros pensaron en semejantes desgracias y les han puesto remedio.

—¿De qué modo?

—¿No observaron que la parte inferior de la plataforma es casi esférica como los de los botes y los barcos, y que también tiene una quilla? En el interior hay cajas de aire que impedirían que el Centauro se sumergiera.

—¡Así que estas naves voladoras, en caso de necesidad, pueden transformarse en barcos! —exclamó Toby con estupor.

—Y perfectamente navegables, tío —respondió Holker—, porque la popa esconde dentro de un hueco una hélice de metal que funciona con la misma máquina que pone en movimiento las alas. Como ven, ningún peligro nos amenaza y

aunque cayéramos podríamos llegar igualmente a Inglaterra.

—Es para volverse loco —dijo Brandok—. Estos hombres modernos han pensado en todo y han perfeccionado todo.

Mientras tanto el huracán aumentaba a medida que el Centauro avanzaba.

El viento se había desencadenado con un estrepitoso acompañamiento de aullidos, silbidos y mugidos, soplando ora de sur a norte y ora de este a oeste, como si Eolo se hubiese vuelto completamente loco.

El espectáculo que ofrecía el océano desde esa altura era espantoso y al mismo tiempo admirable.

Montañas de agua, negras como si fueran de tinta, y con las crestas en cambio blanquísimas y casi fosforescentes, se movían en todas direcciones, montándose unas sobre otras y alzándose a gran altura.

Se formaban abismos profundos que inmediatamente después se llenaban para volver a abrirse, y de los cuales salían rugidos formidables, producidos por el choque tumultuoso de las aguas.

Durante todo el día el Centauro luchó vigorosamente, ora elevándose, ora bajando, a menudo empujado fuera de su ruta, y cuando cayó la noche se encontró envuelto en una niebla tan densa que las lámparas de radium no conseguían atravesarla.

—He aquí otro peligro, y tal vez mayor —dijo Brandok.

—¿Por qué? —preguntó Holker.

—Si el Centauro se encontrase con otra nave aérea que avanzara en sentido contrario, ¿quién conseguiría salvarse de una colisión entre dos máquinas impulsadas a una velocidad de ciento veinte a ciento cincuenta kilómetros por hora?

—No tema —dijo Holker—. Eso puede suceder en una ciudad donde las máquinas voladoras son numerosas y se encuentran por todas partes; no en el mar.

—¿Y por qué no?

—Cada nave voladora está provista de un eófono.

—¿Y qué clase de bicho es ese eófono?

—Un simple y sin embargo preciosísimo aparato formado por dos embudos receptores de sonido, separados entre ellos por un diafragma central. Estos dos embudos se aplican a los oídos del timonel y cuando se encuentran en la dirección de las ondas sonoras emitidas por un cuerpo cualquiera, producen un ruido de la misma intensidad y son tan sensibles que registran las vibraciones más imperceptibles. Supongan ahora que una nave voladora se acerque a nosotros. El ruido que producirá desplazando la masa de aire y las vibraciones de las alas se transmite inmediatamente a los embudos de nuestro timonel. ¿Qué hará entonces? Envía un telegrama que es recibido por la otra nave por medio de su aparato eléctrico. Ambos se detienen y se desvían, y así desaparece cualquier peligro de choque. ¿Qué me dice ahora, señor Brandok?

El joven sacudió la cabeza, sin responder.

Durante toda la noche el huracán no cesó de arreciar un solo momento. El viento había girado hacia el oriente e impulsado al Centauro bastante lejos de su ruta, arrastrándolo en medio del océano Atlántico.

A mediodía, cuando el capitán, aprovechando un rayo de sol, pudo tomar altura, vio que habían dejado atrás Escocia algunos centenares de millas.

—Por el momento debemos renunciar a la esperanza de atracar en Inglaterra —dijo a Holker, que lo interrogaba—. El viento nos arrastra como si mi Centauro se hubiese vuelto un velero, y no sería prudente tratar de ofrecerle resistencia.

—;Y dónde iremos a terminar nosotros?

—¿Los asusta un vuelo en medio del Atlántico?

—No, siempre que el viento no nos haga volver a Norteamérica. Queremos visitar las grandes capitales de los Estados europeos antes de volver a Nueva York.

—Cuando el ciclón se calme volveremos a emprender la marcha hacia Inglaterra. En Liverpool tomarán un tren o un barco que va a Londres. No se trata más que de algunos días de retraso. Este viento terminará por cambiar.

El capitán se equivocaba.

El huracán sopló con fuerza extrema durante los días siguientes, poniendo en serio peligro varias veces al Centauro, cuyas alas poco a poco se desgarraban.

La mañana del tercer día, cuando ya empezaba a ceder la furia del viento, el capitán advirtió a los viajeros que se refugiaran en la galería para no ser arrastrados por las olas.

—¿Bajamos al mar? —preguntó Holker.

—Sí, señor —respondió el comandante—. El Centauro se sostiene en el aire con mucho trabajo, y antes de caer de un modo imprevisto prefiero descender.

—El océano está revuelto —observó Brandok.

—El armazón de la galería es de una solidez a toda prueba y los vidrios tienen un espesor de cinco centímetros. Las olas no conseguirán romperlos jamás. Nos convertiremos en marineros después de haber sido pájaros. Nosotros ya no nos mareamos.

Entraron en la galería junto con la tripulación y el comandante, ya que los timones se podían manejar desde el interior, y el Centauro descendió lentamente en medio de las olas.

Brandok, Toby y también Holker, por un momento, creyeron que podían terminar en el fondo del Atlántico.

Apenas la nave voladora se posó sobre las aguas sufrió una serie de sobresaltos y cabeceos tan espantosos que temieron que volcase para no enderezarse nunca más.

Pero apenas las dos hélices se acero salieron de sus huecos y se pusieron en movimiento, el Centauro volvió a adquirir estabilidad y se puso en marcha como un piróscafo cualquiera, subiendo y bajando con las olas.

Las cajas de aire que se encontraban en el casco lo mantenían maravillosamente a flote, mejor que un bote vacío. Pero ¡qué sobresaltos sufría a veces! ¡Y qué golpes de mar debía soportar la galería! Las olas se precipitaban sobre ella con una furia increíble, haciendo temblar los armazones. ¡Ay de todos si los cristales se hubieran roto! Ni una sola de las personas encerradas allí hubiera salido viva.

—¡Por amor de Dios! —murmuraba Brandok, que se mantenía agarrado a una de las barras de la galería para poder resistir mejor las sacudidas—. He aquí una emoción que hace poner la piel de gallina. Señor Holker, ¿no terminaremos acaso nuestro viaje cayendo de cabeza en los abismos del Atlántico?

—No tenga miedo; estas naves están maravillosamente construidas y pueden resistir también en el mar las olas más violentas. ¿No ve qué tranquilos están los maquinistas y los timoneles? Por esto puede comprender que se consideran perfectamente seguros.

—¿Y nosotros dónde nos encontramos? —preguntó Toby.

—A no menos de cuatrocientas o quinientas millas de las costas de España —respondió el capitán, que lo había oído.

—¿De España dijo? De Inglaterra querrá decir.

—No, señor. El viento, después de habernos alejado de las costas inglesas, nos ha arrastrado hacia el sur, en dirección a las Islas Canarias.

—¿Y volveremos a Europa? —preguntó Brandok.

—Mi pobre Centauro ya no podrá volver a emprender vuelo. Miren cómo las olas destrozan las alas y las hélices. Pero no se preocupen; nos desplazamos a una velocidad de cuarenta millas por hora, ya que las máquinas no están estropeadas. Dentro de dos días llegaremos a Lisboa o a Cádiz, y en esos puertos encontrarán muchos barcos y naves voladoras que los llevarán directo a Inglaterra.

—¿Así que —dijo Brandok— estaremos obligados a cruzar el Gulf Stream para volver a Europa?

—Así es —respondió el capitán.

—¿Tendremos ocasión de ver los famosos molinos?

—Quisiera dirigirme antes al número siete para ver si puedo deshacerme del bandido que está encerrado en el último camarote, y que ustedes todavía no han visto. Esa isla se encuentra a veinticinco millas de la ciudad submarina portuguesa de Escarios; podría ahorrarles un paseo inútil hasta allí.

—No, señor capitán —dijo Holker—. Mis amigos todavía no han visto uno de esos refugios de los peores delincuentes del mundo. Estamos dispuestos a pagar pasaje doble y a hacerle un buen regalo si nos lleva hasta Escarios.

—Está bien —respondió el capitán después de dudar un poco—. Quién sabe si no encontraré allá algún mecánico que pueda arreglar las alas y las hélices de mi Centauro.

XIII. LOS MOLINOS DEL GULF STREAM

Dieciocho horas después, el Centauro, que no había dejado de avanzar, entraba en la corriente del Gulf Stream, ciento veinte millas al norte de la isla de Madera, y, lo que más importaba, llegaba con un tiempo espléndido, ya que el ciclón había desaparecido desde el día anterior.

Como se sabe, el Gulf Stream es un río gigantesco que corre a través del océano Atlántico, sin confundir sus aguas con las del mar, que lo rodean por todas partes.

En ninguna otra parte del globo existe una corriente tan maravillosa. Tiene un curso más rápido que el Amazonas y más impetuoso que el Mississippi, y el caudal de estos dos ríos, juzgados como los más grandes del mundo, no equivale ni a la milésima parte del volumen de agua que conduce diariamente aquella corriente.

Este río del mar —como lo llaman con justicia los navegantes— tiene su origen en la inmensa agrupación de escollos y escolleras que constituyen el archipiélago de las islas de las Bahamas, en el mar de las Antillas; recorre todo el golfo de México, se lanza a través del océano Atlántico, sube primero hacia el norte, luego gira hacia el oeste, toca las costas de Europa, conservando intactas sus aguas cálidas que arrastra consigo en un trayecto de millares y millares de leguas.

—Ahora van a ver otro de los maravillosos inventos de nuestros científicos —dijo Holker apenas el Centauro se encontró en las aguas del Gulf Stream—: el aprovechamiento que los hombres del 2000 han logrado de esta corriente que hace cien años había sido pasada por alto. Parece imposible que los científicos de entonces no se hayan ocupado nunca de la inmensa fuerza que encierran estas aguas.

—¿Qué han hecho con este río del mar? —preguntó Toby—. Me has hablado de molinos.

—Sí, es verdad, tío —respondió Holker.

—¿Para qué sirven?

—Tío —dijo Holker—, como usted sabe todas nuestras máquinas funcionan con electricidad, por lo tanto necesitamos una fuerza enorme para nuestros gigantescos dínamos. América del Norte tiene las famosas cataratas; la del Sur, sus numerosos ríos. Europa cuenta con pocos ríos y míseras cataratas, absolutamente insuficientes. ¿Qué han pensado entonces los científicos de ese continente? Recurrieron al océano y pusieron los ojos en el Gulf Stream. ¡Qué fuerza inmensa se podría sacar de ese río del mar! Han hecho construir enormes islas flotantes, hechas con chapas de acero, provistas de ruedas colosales parecidas a las de los antiguos molinos, y las remolcaron hasta el Gulf, anclándolas sólidamente. Hoy día hay más de doscientas escalonadas cerca de las costas europeas y otras tantas en México, encargadas de suministrar, casi sin gasto alguno, la fuerza necesaria para las fábricas de América Central y también las de las costas septentrionales de la Guayana, Venezuela, Colombia y Brasil.

—¿Y cómo se transmite esa fuerza? ¿Mediante cables aéreos?

—No, tío, con cables submarinos, parecidos a los que antiguamente usaban ustedes para la telegrafía transatlántica.

—¿Qué rapidez desarrolla la corriente del Gulf Stream? —preguntó Brandok.

—De cinco a ocho kilómetros por hora —respondió Holker.

—¿Y esas islas pueden resistir a los huracanes?

—Están sólidamente ancladas, y además, aunque se rompieran las cadenas, los hombres encargados de la vigilancia de los molinos no correrían ningún peligro, dado que esas islas, o mejor, esas grandes boyas, son insumergibles.

—¿Y cuánta fuerza puede suministrar cada una de ellas?

—Un millón de caballos de fuerza.

—¡Qué cosa no han utilizado estos hombres! —exclamó Toby—. Hasta la corriente del Gulf Stream, a la que no le daban otra importancia que la de difundir un benéfico calor en

las costas de Irlanda y Escocia. ¡Qué hombres! ¡Qué hombres!

—Señor Holker —dijo Brandok—, ¿ha sufrido alguna desviación la corriente del Gulf Stream en estos años?

—¿Por qué me hace esa pregunta?

—Porque en nuestra época se temía que la apertura del canal de Panamá pudiera producir algún desplazamiento en la corriente a causa del empuje provocado por las aguas del Pacífico.

—Ninguna, señor mío —respondió Holker—. ¿Quién podría hacer desviar semejante río que tiene un ancho que va de catorce a cuarenta metros y una profundidad de setecientos metros?

—¿Entonces las costas inglesas continúan recibiendo los benéficos efectos del calor que despide la corriente?

—Si así no fuese, Irlanda, Escocia y aun Inglaterra se habrían transformado en tierras polares, ya que están en la misma latitud que Siberia.

—¡La isla número siete! —se oyó gritar en aquel instante.

—He aquí el molino más impresionante de Inglaterra —dijo Holker.

Habían salido apresuradamente de la galería, lo que podían hacer sin correr ningún peligro, dado que el mar ya estaba tranquilo. A tres o cuatro millas hacia el norte se divisaba una alta antena, que se levantaba sobre una torre de forma redonda pintada de rojo.

—La antena para la telegrafía aérea —dijo Holker.

—¿Todos los molinos tienen una? —preguntó Brandok.

—Sí, por precaución. Si una tempestad arrastra a la isla flotante, se avisa a la estación más cercana con un despacho y los más poderosos remolcadores disponibles acuden para llevarla a su lugar.

El Centauro, que avanzaba veloz, ayudado también por la corriente del Gulf Stream, que se desplazaba en su misma dirección, y que en aquel sitio corría a tres millas y media por hora, en poco tiempo se encontró en las aguas del molino número siete.

Como Holker ya había dicho, era una enorme boya hecha con chapas de acero, de forma circular, con una circunferencia de cuatrocientos metros, dotada en el centro de cuatro inmensas ruedas que la corriente hacía girar con notable velocidad.

Entre las ruedas se levantaban cuatro habitaciones, todas de hierro y con un solo piso, dotadas de pararrayos, destinadas una como depósito de víveres y las otras a los guardianes.

Cuatro escalerillas llegaban hasta el mar, y cada una de ellas estaba provista de una grúa que sostenía un bote.

Los guardianes, una docena de personas, viendo acercarse a la mutilada nave voladora, se habían apresurado a preguntar si necesitaban alguna ayuda.

Cuando recibieron una respuesta negativa invitaron a los viajeros a subir a la isla y visitar sus habitaciones y la maquinaria destinada a transmitir a Inglaterra la fuerza producida por las gigantescas ruedas.

La minúscula isla estaba escrupulosamente limpia. Había pequeñas calles flanqueadas por cajas de hierro llenas de tierra en las que maduraban coliflores, zapallos, zanahorias y otros vegetales comestibles, y donde terminaban de secarse, colgados de cuerdas, grandes pescados recogidos en la corriente.

—¿Cómo están? —preguntó Brandok a uno de los guardianes que les servía de guía.

—Muy bien, señor.

—¿No se aburren en este aislamiento?

—Para nada, señor. Siempre hay algo que hacer aquí, y además nos dedicamos a la caza y a la pesca, ya que vienen aquí numerosos pájaros marinos que nos suministran unos asados excelentes. Además, todos los meses el gobierno inglés nos manda una nave para proveernos de víveres y de todo lo que necesitamos. Como si eso fuera poco, todos los años tenemos un mes de vacaciones, que pasamos en nuestra patria. ¿Qué más podemos desear?

—¿Y las tempestades?

—¡Oh!, nos reímos de ellas; no turban para nada nuestros sueños.

Los tres amigos se quedaron algunas horas en la gran isla flotante y vaciaron algunas botellas con los guardianes; después, hacia las cuatro de la tarde, el Centauro reemprendió su carrera hacia las costas de Europa para desembarcar al bandido en la ciudad submarina de Escarios.

XIV. LA CIUDAD SUBMARINA

El Centauro avanzaba sin ninguna dificultad, como un verdadero piróscafo, flotando magníficamente en el océano, que seguía calmo después del último ciclón.

Por cierto, no podía competir con los verdaderos transatlánticos, dotados de una velocidad extraordinaria, pero no tenía nada que envidiarles a los de un siglo antes, a los que hubiera podido vencer en la carrera.

Brandok y Toby se divertían inmensamente con ese viaje marítimo. Paseaban horas y horas en la galería, donde se encontraba un pequeño puente de metal que iba de proa a popa; respirando a todo pulmón la salobre brisa marina, fumaban excelentes cigarros que les regalaba el capitán y, sobre todo, hacían honor a las comidas, porque los dos tenían un apetito envidiable. Y se encontraban mucho mejor porque ya no experimentaban esos extraños malestares y esos sobresaltos nerviosos que los habían inquietado un poco cuando pasaban sobre las grandes ciudades norteamericanas y sobre las gigantescas turbinas de las cataratas del Niágara.

Holker no los dejaba un minuto, discutiendo animadamente sobre futuros y extraordinarios proyectos que estaban estudiando los científicos del 2000, dándoles explicaciones acerca de mil cosas que todavía no habían podido ver la raíz de la rapidez con que efectuaban el viaje.

—Señor Holker —dijo Brandok después de una comida mientras tomaban café en el puente de la galería—, ¿cómo encontraremos Europa? ¿Como hace un siglo, o ha habido cambios políticos en los distintos Estados?

—Sí, ha habido muchos cambios, y eso para mantener la paz entre los distintos pueblos, eliminando de esa forma las guerras para siempre —respondió el sobrino de Toby.

—¿Qué sucedió con la gran Inglaterra?

—Hoy es una pequeña Inglaterra, pero siempre rica y muy industriosa.

—¿Por qué dice pequeña?

—Porque ya ha perdido todas las colonias, separadas poco a poco de la madre patria. Canadá es un Estado independiente; también Australia. África meridional ya no tiene nada en común con Inglaterra. Incluso la India forma ahora un Estado aparte.

—¿Así que el gran imperio colonial?... —preguntó Toby.

—Sí, ha quedado completamente desmembrado —respondió Holker.

—¿Sin guerras?

—Todas las colonias se habían unido en una liga para declararse independientes el mismo día, y a Inglaterra no le quedó otra posibilidad que resignarse a perderlas.

—Ya en nuestros días el imperio comenzaba a quebrantarse —dijo Brandok—. ¿Y Rusia?

—Perdió la Siberia, que también se volvió independiente, con un rey que pertenece a la familia rusa. Austria perdió sus archiducados alemanes y Hungría, que volvió a con

quistar su independencia, ahora ocupa la Turquía europea.

—¿Y los archiducados?

—Fueron asimilados por Alemania, mientras que Istria y el Trentino fueron restituidos a Italia junto con las viejas colonias venecianas de Dalmacia.

—¿Así que Italia?...

—Hoy es la más poderosa de las naciones latinas, habiendo recuperado también Malta, Niza y la isla de Córcega.

—¿Y Turquía?

—Ha sido definitivamente arrojada al Asia Menor y a Arabia, y no ha conservado en Europa más que Constantinopla, ciudad que era ambicionada por demasiadas naciones, y que podía volverse una causa peligrosa de discordia permanente. ¡Ah! Me olvidaba de decirles que ha surgido un nuevo Estado.

—¿Cuál?

—Polonia, formado por las provincias polacas de Rusia, Austria y Alemania. Hace cincuenta años Europa se agitaba peligrosamente, amenazando con una guerra espantosa. Los monarcas y los jefes de las repúblicas pensaron entonces en distribuir mejor el mapa europeo mediante un gran congreso celebrado en La Haya, sede del arbitraje mundial. Allí se convino restituir a todos los Estados las provincias que les pertenecían por derechos geográficos e históricos y de crear uno nuevo, Polonia, que amenazaba con desencadenar una guerra entre Rusia, Austria y Alemania. Así se aseguró la paz, gracias a la poderosa intervención de las confederaciones norteamericanas y de las antiguas colonias inglesas, que obligaron a las obstinadas naciones a perder una parte de sus posesiones. Ahora reina una paz absoluta desde hace diez lustros en el viejo continente europeo.

—¿Y quién regula las cuestiones que pudieran surgir?

—La Corte arbitral de La Haya, reconocida en la actualidad por todas las naciones del mundo. Por otra parte, como ya les dije, hoy una guerra sería imposible y conduciría al exterminio de las dos naciones beligerantes.

—¡Oh! —exclamó en ese momento Toby, que se había levantado—. ¡Se está alzando la luna! Nunca la vi tan grande. ¿Es que hasta el satélite se ha modificado?

Holker también se había puesto de pie.

La oscuridad había comenzado a invadir el horizonte y hacia el oriente se veía brillar a flor de agua un medio disco de dimensiones gigantescas, que proyectaba a su alrededor una luz intensa ligeramente azulada.

—¿Toma aquello por la luna? —exclamó Holker—. Se equivoca, tío.

—¿Qué puede ser?

—La cúpula de la ciudad submarina de Escario.

—Quisiera saber por qué han fundado ciudades submarinas que deben haber costado sumas enormes.

—Simplemente para desembarazar a la sociedad de los seres peligrosos que turbaban su paz. Cada Estado posee una, lo más lejos posible de sus costas, y manda allí la escoria de la sociedad: los ladrones empedernidos, los anarquistas más peligrosos, los homicidas más sanguinarios. —¿Con un gran número de guardias?

—Ni uno solo, mi querido tío.

—Entonces se matarán entre ellos.

—Todo lo contrario. Saben que al más mínimo desorden que surja, la ciudad será hundida sin misericordia. Esa amenaza ha producido efectos inesperados. El miedo doma a las fieras, que terminan por amansarse completamente.

—¿Y quién los gobierna?

—Es asunto de ellos. Ellos eligen sus jefes, y parece que hasta ahora reina un acuerdo admirable en esos presos. Además hay otra cosa que contribuye a volverlos dóciles.

—¿Qué es?

—La incesante lucha contra el hambre.

—¿Los gobiernos no les dan víveres a los condenados?

—Les dan redes, máquinas para realizar varias cosas, como telas, zapatos, vajilla y otros objetos que después venden a las naves que llegan, comprándoles las materias primas que necesitan para la industria, tabaco, víveres, etcétera.

—¿Algunas veces sufrirán hambre? —preguntó Brandok.

—El océano les suministra comida más que suficiente. Los peces, atraídos por la luz que emiten las lámparas que iluminan esas ciudades, acuden en masas enormes. Los salan en gran cantidad y los mandan a Europa y a América.

—¿Y el agua?

—Tienen máquinas que les suministran toda el agua que necesiten, haciendo evaporar la del mar.

—Así que hoy los condenados no le cuestan nada a la sociedad —dijo Toby.

—Únicamente la fuerza necesaria para mover sus máquinas, que es suministrada en su mayor parte por los molinos del Gulf Stream.

—Deben haber costado sumas importantes esas ciudades —observó Brandok.

—No digo que no, ¿pero qué ventaja han conseguido el Estado y la sociedad? Los millones que antes se gastaban en el mantenimiento de tantos bandidos, ahora quedan en las cajas de los gobiernos. Debo agregar además que el temor de ser enviado a las ciudades submarinas ha disminuido inmensamente el número de delitos.

—¿No correremos ningún peligro entrando, o mejor, bajando a Escarios? —preguntó Toby.

—Ninguno, no lo duden. Ellos saben que cualquier mala acción para con un extranjero significaría la sumersión de su ciudad.

—Una medida un poco inhumana, me parece.

—¡Pero que los frena como ninguna otra! Ya llegamos. El capitán debe haber advertido a los habitantes de nuestra llegada; oigo funcionar el aparato eléctrico.

El Centauro se detuvo delante de una inmensa cúpula, que debía tener al menos cuatrocientos metros de circunferencia, formada por un armazón de acero de un espesor extraordinario y de planchas de vidrio de forma circular encastradas sólidamente y muy gruesas.

Una reja de hierro cubría toda la cúpula para preservarla mejor del golpe de las olas y una galería la rodeaba, llena de redes puestas allí para que se secaran.

En la parte superior, donde parecía que se abría un agujero, habían aparecido dos hombres más bien envejecidos, que llevaban vestimentas de tela gruesa y calzaban botas altas de mar.

El capitán del Centauro acercó con precaución la nave a una de las cuatro escaleras de hierro que conducían a la salida, y con un breve gesto invitó a los viajeros a seguirlo.

—Los conozco —dijo—. No hay nada de qué temer. Precedió a los tres amigos y saludó a uno de los dos hombres con un cortés y familiar:

—Buenas noches, papá Jao. ¿Cómo va todo por aquí?

—Muy bien, capitán —respondió el interrogado, quitándose cortésmente el sombrero ante los tres viajeros.

—¿Siguen estando tranquilos sus administrados?

—No puedo quejarme de ellos. Y además, ¿por qué habrían de ser malos? Vivimos en la abundancia y no nos falta nada.

—Estos señores desean visitar la ciudad. ¿Responde usted de su seguridad?

—Perfectamente: bienvenidos.

—El gobernador de la colonia —dijo el capitán dirigiéndose a Brandok, Toby y Holker.

—Síganme, señores —dijo el condenado con una amable sonrisa.

—¡Ah!, debo dejarles aquí a un deportado de Europa, un súbdito inglés que más tarde deberán consignar a la nave de su nación —dijo el capitán—. A mí me estorba, dado que un ciclón ha estropeado las alas y las hélices de mi nave.

—Entréguemelo; yo me ocuparé de él. Vamos, señores, porque dentro de media hora daré el toque de queda y se apagarán todas las lámparas.

Condujo a los tres viajeros y al capitán ante una especie de pozo abierto en el medio de la cúpula donde había un ascensor.

Los hizo sentar en los bancos y el aparato descendió rápidamente, pasando entre un cerco de lámparas de radium que derramaban torrentes de luz en todas direcciones.

Con visible estupor de Brandok y Toby, que no daban crédito a sus ojos, se encontraban en una vasta plaza rectangular de cien metros de largo y sesenta de ancho, toda rodeada de bellísimos cobertizos con techos de cinc divididos en pequeños compartimientos que formaban los camarotes destinados a los confinados. Detrás de ellos se veían otros dotados de ruedas y tubos de metal.

En la plaza un sinnúmero de barriles, pértigas y redes estaban amontonados confusamente.

—Mi ciudad —dijo el gobernador—; esto es todo.

—¿Con cuántos habitantes cuenta? —preguntó Toby.

—Con mil doscientos setenta cobertizos y veinte talleres, donde trabajan los que no se dedican a la pesca.

—¿Dónde se asienta la ciudad?

—En la cima de un islote sumergido a quince metros de profundidad.

—¿No experimenta sacudidas las ciudad cuando afuera sopla la tempestad?

—Ninguna, señores; las paredes, que están hechas con planchas de acero encajadas en sólidos armazones y sostenidas por enormes columnas de hierro enterradas profundamente en la roca, pueden soportar cualquier golpe. Además, deben saber que a ocho o diez metros bajo el nivel del agua las olas no se dejan sentir. Es la cúpula la que soporta todo el ímpetu del oleaje y puede desafiarlo impunemente.

—¿No es maravilloso todo esto, señor Brandok? —preguntó Holker.

—Éste es un nuevo mundo —respondió el norteamericano—. ¡Nunca hubiera esperado ver, después de cien años, tantas novedades extraordinarias!

El capitán del Centauro miró a Brandok con estupor.

—¡Dijo cien años! —exclamó.

—Estaba bromeando —respondió el norteamericano—. Dígame, ¿le obedecen siempre sus súbditos?

—Yo nunca les digo que hagan esto o lo de más allá —respondió el jefe de la ciudad submarina—. El que no trabaja no come, por eso todos están obligados a hacer algo sin que yo se los imponga.

—¿Nunca han sucedido revueltas? —preguntó Toby.

—¿Con qué fin? Yo no soy un rey, no represento ningún poder. Si no están contentos conmigo, me piden que deje mi puesto a otro y todo termina allí.

En ese momento un estruendo formidable recorrió la inmensa cúpula haciendo vibrar los cristales.

—Eso fue un trueno —dijo el capitán del Centauro, cuya frente se había arrugado—. ¿Qué ocurre? ¿Nos caen encima todas las desgracias?

—Estamos en la estación del cambio de los alisios y el tiempo empeora de un momento a otro.

—Volvamos a subir, señores.

La pequeña comitiva subió al ascensor y en pocos momentos se encontró sobre la inmensa cúpula.

El Atlántico había asumido un feo aspecto y el cielo estaba más feo aún.

Desde el poniente llegaban grandes olas y negras nubes avanzaban a una velocidad vertiginosa. En la lejanía los truenos retumbaban sin pausa.

—Está por estallar un verdadero huracán, señores —dijo el capitán del Centauro—. Con una nave tan averiada yo no me atrevería a emprender el camino hacia Europa.

—¿Estaremos obligados a pasar aquí la noche? —preguntó Brandok.

—Tenemos cómodas camas y puedo ofrecerles también

una buena cena hecha a base de pescado, se entiende —dijo Jao—. Mis compañeros no los molestarán, se los aseguro.

—Estoy preocupado por mi nave —observó el capitán

del Centauro—. Las olas pueden lanzarla contra la cúpula.

—El fondo alrededor de este escollo es bueno y sus anclas se aferrarán muy bien.

—Pero hay algo más que me inquieta. ¿Sus compañeros duermen siempre durante la noche?

—¿Por qué me hace esa pregunta? —quiso saber Jao, asombrado.

—Primero respóndame.

—Cuando se desata la tempestad y no hay luna, prefieren descansar, porque echarían inútilmente sus redes. Con una noche tan fea no dejarán sus camas.

—¿Me lo asegura? —Respondo por ellos.

—Lo que pasa es que llevo un cargamento de alcohol destinado no sé a qué combinaciones químicas.

—Nadie lo sabe, por lo tanto pueden dormir tranquilos —respondió Jao—. Y además mis súbditos, como los llaman ustedes, a esta hora deben haber perdido la costumbre de tomar, ya que está severamente prohibido venderles bebidas alcohólicas. La nave que las suministrara sería inmediatamente confiscada por los vigilantes.

—¿Quiénes son? —preguntó Brandok, que siempre era el más curioso de todos.

—Naves pertenecientes a todas las naciones encargadas de vigilar todos los océanos y prestar ayuda a los navegantes. Señores, ¿quieren aceptar una cena y una cama en mi modesta casilla? Puede ser peligroso dormir en el Centauro con este huracán que se avecina.

—¿Y mis hombres? —preguntó el capitán.

—Cuando hayan anclado bien la nave también ellos po

drán bajar a la ciudad submarina —respondió Jao—. Los haré hospedar con algunos presos que gozan de buena estima.

—Una gran estima —rezongó Brandok. —Vamos, señores —dijo Jao.

El huracán soplaba en ese momento con una furia inaudita. Ráfagas impetuosas barrían el océano levantando gigantescas olas que se estrellaban con estrépitos y rugidos espantosos contra las paredes y la cúpula de la ciudad submarina.

El Centauro, vivamente sacudido, se levantaba como una pelota de goma, a pesar de haber arrojado ya sus anclas.

—Mala noche —dijo el capitán moviendo la cabeza—. No sé si mi pobre nave resistirá.

Después de advertir a la tripulación que la abandonara lo antes posible y se uniese a ellos, subieron al ascensor y bajaron en la pequeña plaza que todavía estaba espléndidamente iluminada y donde se encontraban muchos confinados, ocupados aún en reparar sus redes para que estuvieran listas apenas el océano se hubiera calmado.

Jao condujo a sus huéspedes hacia una hermosa casilla, construida íntegramente con láminas de hierro, dividida en cuatro minúsculas habitaciones que parecían más que nada camarotes, pues el espacio era demasiado precioso en aquella extraña ciudad como para permitirse el lujo de poseer casas más amplias.

Jao los introdujo en su cuarto, que servía al mismo tiempo de salón comedor, los hizo sentar y él mismo sirvió (no tenía criados a su disposición, ya que tampoco el gobernador podía gozar de prerrogativas especiales) un excelente pescado, cocinado esa mañana, y pan.

La cena, compuesta exclusivamente por productos de mar, adornados con ciertas pequeñas algas sabiamente aderezadas y una sola botella de vino, que Jao probablemente había reservado para alguna gran ocasión, fue saboreada por los navegantes del Centauro, a quienes no les faltaba el apetito.

Como todos estaban cansados, el gobernador los condujo a la habitación destinada a ellos, otro camarote que apenas podía contener a Brandok, Toby y Holker.

El capitán del Centauro los había dejado para ver cómo crecía el huracán y poner a salvo al menos a su tripulación.

—Y bien, Toby —dijo Brandok cuando estuvieron solos—, parece que el mundo ha cambiado, pero la naturaleza no ha perdido nada de su violencia brutal. Estos hombres modernos, tan maravillosos, no han conseguido domarla.

—Quizá algún día logren realizar también ese milagro —respondió Toby—. Como en nuestro tiempo se supo aprisionar el rayo, un día u otro estos seres extraordinariamente poderosos terminarán por domesticar también los furores del océano y el ímpetu de los vientos. Estoy convencido de que nada será imposible para los científicos del 2000.

—Mientras lo consiguen, yo duermo —dijo Brandok—.

Yo no sé a qué puede deberse, pero el hecho es que de un tiempo a esta parte a menudo me siento extenuado y experimento también extrañas perturbaciones en el cerebro. Cuando me despierto a la mañana, todos mis nervios vibran como si recibieran descargas eléctricas. ¿Tú, que hace cien años eras doctor, sabrías explicarme estos fenómenos que, te lo confieso francamente, a veces me asustan?

—Yo ya no valgo absolutamente nada frente a los médicos modernos —respondió Toby con un suspiro—. Sin embargo, lo atribuyo a la gran tensión eléctrica que reina en todo este pobre planeta. Pero espero que terminarás acostumbrándote.

Se echaron en las camas, apagaron la lamparilla de radium y cerraron los ojos, mientras en la lejanía los truenos estallaban con tanta fuerza que hacían vibrar los vidrios de la cúpula.

Dormían desde hacía varias horas cuando de pronto fueron despertados por un griterío espantoso y un estruendo horrible.

Toby fue el primero en levantarse de la cama, y encendió la lamparilla.

—¿Qué pasa? —preguntó Brandok vistiéndose a toda prisa.

—¿Habrá cedido la cúpula? —gritó Holker, asustado.

—No lo sé —respondió Toby, que no estaba menos impresionado—. Pero seguramente es algo grave.

En ese momento se abrió la puerta y el capitán del Centauro se precipitó en la casilla llevando en la mano un revólver eléctrico.

—¡Los confinados se han vuelto locos! —gritó—. Síganme, rápido.

—¿Locos? —exclamaron Brandok, Toby y Holker—. Explíquese.

—¡Silencio... más tarde! Huyan, antes de que suceda una desgracia.

Los tres amigos se lanzaron fuera de la casilla sin hacer más preguntas. Jao los esperaba. El pobre hombre se arrancaba los cabellos y blasfemaba en todos los idiomas.

Las lámparas se habían vuelto a encender en la pequeña plaza y bajo aquellos haces de luz veían agitarse desordena damente a los habitantes de la ciudad submarina.

El capitán tenía razón al decir que todos se habían vuelto locos.

Aullaban, saltaban, se golpeaban, se arrojaban al piso rodando en medio del horrendo estrépito producido por las barras de hierro que golpeaban furiosamente las paredes metálicas que los defendían de la invasión de las aguas del océano.

—¿Pero qué sucedió? —preguntó Toby.

—Lo que me temía —respondió el capitán del Centauro—. ¿No perciben el olor?

—Sí, la ciudad apesta a alcohol.

—Es el mío, el que debía transportar a Hamburgo y que estos miserables han saqueado.

—¿Y el Centauro? —preguntó Brandok.

—¿Qué sé yo? Ignoro si todavía flota o se ha hundido.

—¿Y sus marineros?

—No los he vuelto a ver.

—Amigos —dijo Toby—, no nos queda otro recurso que largarnos antes de que todos estos rufianes se vuelvan locos furiosos. Mientras tengan alcohol seguirán bebiendo y podrían volverse peligrosos. Salvémonos lo más pronto que podamos.

Dieron la vuelta por detrás de las casas guiados por el viejo Jao, que lloraba de rabia, y se dirigieron hacia el ascensor, mientras los confinados, que no cesaban de vaciar los barriles de alcohol, se entregaban a una danza desenfrenada.

Afortunadamente, el ascensor se encontraba más bien lejos de la plaza y no lo habían estropeado.

Subiendo automáticamente, sin necesidad de nadie, los cinco hombres se lanzaron dentro de él y en pocos segundos se encontraron en la cúpula.

Un huracán aterrador azotaba el Atlántico.

Olas altas como montañas caían con espantosos rugidos sobre la balaustrada de hierro, torciéndola como si estuviese hecha de estaño, y ráfagas tremendas pasaban sobre la ciudad submarina con silbidos ensordecedores.

Una nube negra como el carbón corría desenfrenadamente por el cielo, desencadenando relámpagos y truenos.

Los cinco hombres habían avanzado hacia la parte meridional de la cúpula, manteniéndose aferrados a la balaustrada para no ser arrastrados por el viento, que había adquirido una velocidad incalculable, cuando un hombre surgió casi debajo de sus pies, gritando:

—¡Atrás, canallas, o los mato!

—¡Katterson! —exclamó el comandante del Centauro.

—¡Usted, mi capitán! —respondió ese hombre que no era otro que el piloto de la nave aérea—. Creí que lo habían asesinado.

—No todavía. ¿Dónde está el Centauro? ¿Resiste todavía?

—El Centauro desapareció, capitán —respondió Katter

son—, junto con el delincuente que habíamos desembarcado y una docena de confinados.

—¿Y los marineros?

—Fueron sorprendidos mientras dormían, hechos prisioneros, y me parece que han hecho causa común con los habitantes de esta maldita ciudad, no sé si voluntariamente o para salvar sus vidas, porque antes de huir los vi bebiendo junto con ellos.

—¿Y mi nave desapareció?

—Se la llevaron, después de haber descargado todos los barriles de alcohol. Por lo que pude comprender, mientras nosotros dormíamos, los confinados tramaron una conjura para adueñarse del cargamento y realizar una espantosa orgía. Nuestro prisionero, más hábil que los demás, se embarcó con algunos amigos que encontró aquí y se escapó.

—¿Y nosotros qué haremos ahora? —preguntó Brandok, que sin embargo no parecía muy impresionado.

—Estamos obligados a esperar el paso de alguna nave —respondió el capitán—. Yo no les aconsejo que bajen de nuevo a la ciudad mientras esos locos tengan alcohol.

—¿Había mucho a bordo? —preguntó Toby.

—Treinta toneladas.

—Tienen para beber hasta reventar durante una semana —dijo Brandok—. Buen negocio si no llega una nave a sacarnos de este enredo.

—Y a vengarnos —dijo el viejo Jao—. Los gobiernos de Europa y América, como les dije, no son muy indulgentes con los habitantes de las ciudades submarinas.

—¿Cómo los castigarán? —quiso saber Toby.

—Ahogándolos a todos. La justicia hoy es muy expeditiva.

—Jao, ¿no podría usted tratar de calmar a esos condenados? —pidió el capitán.

—Una vez desencadenados no hay quien los dome, y si me presentase y tratara de hacerlos entrar en razón me matarían a golpes sin más. Ya les dije que los gobernadores de estas penitenciarías no tienen más que una autoridad relativa.

—Entonces, antes de que se les ocurra tomárselas, también con nosotros, impidamos que suban hasta aquí —propuso Brandok.

—Inutilizando el ascensor, no vendrán a molestarnos —respondió Jao—. La altura de la cúpula es considerable pa—

ra que puedan alcanzarnos, y las paredes metálicas son perfectamente lisas. ¡Ah! ¡No me esperaba una rebelión como ésta!

—Culpe a la tempestad que nos ha impedido marcharnos —dijo Toby.

—Y el cargamento de mi nave —agregó el capitán—. Pero por ahora debemos ocuparnos de resistir al huracán. Cuando el sol salga, veremos qué se puede hacer para dejar esta poco placentera ciudad submarina y sus peligrosos habitantes.

Se retiraron hacia la parte más elevada de la cúpula, sujetaron el ascensor para estar más seguros de que los confinados no lo harían bajar y se pusieron a mirar hacia abajo, a través de la ancha abertura.

La orgía había llegado al colmo, y de la ciudad submarina subía un hedor tan fuerte que no se podía resistir.

Los condenados, que continuaban desfondando los barriles, reían como locos y parecía que ya no sabían lo que hacían.

Mientras unos grupos bailaban furiosamente en la plaza, saltando como cabras, golpeándose, cayéndose al piso de a docenas, otros, presa de una inesperada rabia destructiva, derribaban las casas, arrojando al aire camas y mesas, rompiendo las redes, destrozando los aparejos de pesca, gritando y riendo.

Con frecuencia estallaban peleas entre danzantes y demoledores, y entonces eran verdaderas granizadas de puñetazos y palos que llovían de todas partes. Las cabezas rotas eran incontables.

—Si esos delincuentes pudieran salir, destrozarían hasta los vidrios de la cúpula —dijo Toby.

—¿No llegarían a romper las paredes de hierro de la ciudad? —preguntó Brandok con ansiedad.

—No teman —respondió Jao—. Son de un espesor notable y además no poseen masas ni otros instrumentos adecuados.

—Yo jamás he visto nada parecido —dijo el capitán del Centauro—. Esos hombres, si siguen bebiendo de ese modo, terminarán por transformar esta ciudad en un verdadero manicomio. ¿Cómo terminará todo esto? Confieso que no estoy tranquilo. No podemos esperar otra cosa que la providencial aparición de algún buque. Desgraciadamente nos encontramos fuera de la ruta ordinaria que siguen los que desde Europa van a América. ¡Bah! No hay que desesperar.

Se tendieron en medio de la plataforma, uno junto a otro, esperando pacientemente que despuntase la aurora.

El huracán asumía proporciones espantosas. Era una furia de agua y viento que se ensañaba con la cúpula con una rabia inaudita.

Olas gigantescas rompían contra las paredes de la ciudad, imprimiendo a toda su mole oscilaciones que inquietaban mucho al capitán del Centauro y al piloto, que sabían algo de las cóleras del Atlántico.

De cuando en cuando la ciudad, a pesar de estar sólidamente fijada al escollo submarino y sostenida por gigantescas columnas de acero, sufría movimientos como si en cualquier momento pudiera ser arrancada y llevada lejos de allí.

Tampoco los tres norteamericanos estaban tranquilos, a pesar de las afirmaciones de Jao.

—¿Y si fuera arrancada del escollo? —preguntó Brandok en cierto momento—. ¿Que sucedería entonces con todos nosotros?

—Sería el fin de todos —dijo el capitán.

—Nada de eso —respondió Jao, que no demostraba preocupación alguna—. Esta ciudad es como una inmensa caja de hierro y flotaría muy bien.

—Ahora respiro mejor —dijo Brandok—. La idea de terminar mi viaje en el fondo del mar no me agradaba mucho, aunque...

Una blasfemia del piloto interrumpió la frase.

—¿Qué sucede, Tom? —preguntó el capitán.

—Lo que yo digo es que si viene otra ola como ésa que acaba de pasar, la ciudad no podrá resistir. Oí unos crujidos. ¿Habrán cedido las columnas de acero?

Todos se habían puesto a escuchar, pero el estruendo que producían los truenos en medio de las densas nubes y el que subía por el hueco del ascensor eran tan fuertes que no podían distinguir ningún otro ruido.

—Quizás te has engañado, Tom —dijo el capitán.

—Puede ser —respondió el piloto—. Pero quisiera confirmarlo.

—Podemos intentar llegar a la balaustrada, si todavía existe.

—Las olas lo arrastrarán, señor —dijo Brandok.

—Tom y yo las conocemos desde hace mucho tiempo y no nos dejaremos sorprender... Ven, piloto.

Se echaron boca abajo y, haciendo oídos sordos a los consejos de los tres norteamericanos y de Jao, se alejaron arrastrándose, manteniéndose bien cerca de los travesaños de acero que servían de apoyo a las placas de vidrio.

El estrépito producido por el incesante romper de las olas se había vuelto horrendo.

Había momentos en los que parecía que toda la cúpula iba a romperse en mil pedazos a causa de aquellos golpes espantosos.

La ausencia del capitán y el piloto fue brevísima. Se los vio regresar velozmente entre los chorros de espuma que cubrían toda la cúpula.

—¿Y entonces? —preguntaron ansiosamente todos juntos, los tres norteamericanos y Jao.

—Los pilares de acero ceden uno a uno... —respondió el capitán.

—Entonces vamos a ser arrastrados —concluyó Brandok.

—Sí, si el huracán no se calma.

—¿Tiene alguna esperanza de que las olas disminuyan su furia endiablada?

—Por el contrario, temo que se esté formando un ciclón espantoso.

—¡Yesos delincuentes siguen divirtiéndose! —dijo Toby.

—Déjelos que revienten —agregó Brandok.

—¡Con tal de que no reventemos también nosotros!

—Ya les dije que aunque la ciudad fuese arrancada de su escollo no correríamos ningún peligro, al menos que se encuentre otro escollo que la destruya al chocar con ella. Pero en esta parte del océano son raros, ¿no es verdad, capitán?

—No se les encuentra hasta las Azores —respondió el comandante del Centauro—; podemos entonces recorrer trescientas millas con la plena seguridad de que no chocaremos.

Un crujido formidable se oyó en ese momento.

Una ola colosal se había estrellado contra la ciudad submarina, sacudiéndola tan violentamente que derribó unos sobre otros a los tres norteamericanos, que se habían levantado para ver si la orgía de los confinados había terminado o todavía seguía.

—Me parece que esta caja de acero se ha movido —dijo el capitán.

Parecía que ese estruendo había sido advertido también por los borrachos, ya que sus gritos cesaron de improviso.

Jao había lanzado a su alrededor una rápida mirada.

—Sí —dijo poco después—. La ciudad se ha movido. La columna de acero que le servía de apoyo principal ya no se ve, la ola se la ha llevado.

—¡Qué consoladora noticia! —exclamó Holker—. ¿Qué sucederá ahora?

Nadie respondió. Todos miraban con angustia las olas, las que, reflejando la luz intensa proyectada por las lámparas de radium, parecían masas de bronce fundido.

Aunque tranquilizados por las palabras de Jao, que debía conocer a fondo la resistencia que podía ofrecer aquella extraña penitenciaría, una profunda inquietud se había adueñado de todos.

Se hubiera dicho que no respiraban más y que sus corazones ya no latían, tanta era su ansiedad.

¿Aquella enorme masa de metal flotaría realmente o se hundiría como una masa inerte?

Los truenos seguían haciendo ruido en las profundidades del cielo, compitiendo con el espantoso fragor de las olas y con los aullidos diabólicos del viento.

Abajo, en la ciudad, el alboroto había cesado.

De vez en cuando la cúpula sufría sacudidas.

Los vidrios, a pesar de su enorme espesor y la robustez del armazón de acero, ¿estaban a punto de ceder?

De pronto una nueva y más formidable ola cayó con furia irrefrenable sobre la penitenciaría, arrancándola completamente del escollo y envolviéndola con una espesa cortina de espuma.

Casi al mismo tiempo se oyó retumbar la voz del capitán entre los espantosos aullidos del ciclón:

—¡Flotamos!... ¡Agárrense bien fuerte!...

XV. A TRAVÉS DEL ATLÁNTICO

El viejo Jao no se había engañado. Si la nueva sociedad del 2000 había pensado en confinar en aquellas extrañas ciudades submarinas a los individuos peligrosos, suprimiendo de sus balances los gastos para su mantenimiento, por ser inútiles, les había procurado asilos seguros, de una solidez a toda prueba para no exponerlos a una muerte segura.

Así, arrancada de su escollo por el ímpetu de las olas, la ciudad submarina se había vuelto una ciudad flotante, abandonada, es verdad, a los caprichos de las corrientes y los vientos, pero que podía esperar el encuentro con alguna nave marina o voladora, siempre que un huracán no la arrojase contra algún obstáculo. Todo el peligro residía allí.

El agua dulce no debía faltar, habiendo poderosos destiladores eléctricos que podían suministrarla en grandes cantidades; tampoco los víveres, porque había redes en abundancia y se sabe que los océanos son más ricos que los mares.

Desgraciadamente el huracán no tenía ganas de concluir. Ni las olas ni el viento parecían querer calmarse, amenazando con arrastrar a la ciudad flotante al medio del Atlántico, ya que la tormenta venía del este.

La gigantesca caja de acero, después de haber sido hundida, había vuelto a subir a flote, balanceándose espantosamente y girando sobre sí misma.

Aunque los pilares de acero habían cedido a los poderosos golpes de las olas, la cúpula había resistido maravillosamente la zambullida, y más aún, había resistido el peso de los tres americanos, el capitán y el piloto del Centauro y Jao.

Aferrados tenazmente a los travesaños, esperaron a que la ciudad volviese a flotar, oponiendo una resistencia desesperada a las olas.

—Creí que nuestra hora había llegado —dijo Brandok después de respirar una bocanada de aire—. ¿Y tú, Toby?

—Yo me pregunto si todavía estoy vivo o si navego bajo el Atlántico —respondió el doctor.

—Supongo que estarán satisfechos de los ingenieros que hicieron construir esta caja colosal.

—Gente maravillosa, querido mío. En nuestros tiempos no hubieran sido capaces de hacer lo mismo.

—Estoy plenamente convencido. Capitán, ¿adónde nos empuja la tempestad?

—Hacia el sudoeste —respondió el comandante del Centauro.

—¿Hay islas en esa dirección?

—Las Azores.

—¿Iremos a estrellarnos contra ellas?

—Eso depende de la duración del huracán, señor.

—¿No le parece que se está calmando?

—Para nada. Sopla cada vez más fuerte y temo que nos haga bailar durante mucho tiempo. ¿Sufren de mareos?

—No, en absoluto.

—Entonces todo estará bien.

—¿Y si dentro de un par de días esta gran caja se estrella contra algún islote, también entonces irá todo bien? —preguntó Holker riendo.

—Todavía no hemos encontrado ningún escollo, por lo tanto, hasta que lo encontremos, no tenemos ningún motivo para alarmarnos —respondió el capitán del Centauro—. Sin embargo, hay otra cosa que me preocupa mucho.

—¿Qué cosa?

—La respuesta debe dármela usted, Jao.

—Hable, capitán.

—¿Sus súbditos poseen víveres?

—Para dos o tres días, no más.

—¿Y nosotros?

—Antes de que estallase el huracán había muchos pescados puestos a secar en las balaustradas, pero creo que el mar se los ha llevado.

—¿Podremos obtener algo de los confinados?

—Tal vez, cuando se hayan cansado de beber —respondió Jao—. Hay redes en un cuarto que se encuentra en la cúpula.

—Pero ningún destilador puede procurarnos agua.

—Aquí arriba, no.

—Entonces, si sus súbditos se niegan a suministrarnos agua, corremos peligro de morir, ya no de hambre sino de sed. Eso es lo que temía.

—Tenemos el ascensor, capitán —dijo Jao.

—Que nos serviría perfectamente para que esos locos nos mataran. Por cierto no seré yo el que baje a la ciudad para pedir agua a esos delincuentes. A propósito, ¿qué hacen? ¿Se habrán dado cuenta de que su prisión avanza a través del Atlántico?

—Yo apostaría que no —dijo Toby.

—¿Estarán durmiendo? —preguntó Brandok—. No oigo más sus gritos.

—Vayamos a ver —dijo el capitán—. Estoy curioso por saber si siguen bebiendo y bailando.

Se asomaron al hueco del ascensor.

Las lámparas de radium seguían ardiendo y un profundo silencio reinaba dentro de la ciudad flotante.

En la plaza, en medio de una gran cantidad de barriles y de toda suerte de escombros, dormían grupos de confinados, fulminados por la terrible bebida.

Otros yacían en el suelo dentro de las casas casi destruidas,

privadas de techos. Seguía percibiéndose un hedor terrible.

—Duermen como lirones —dijo Brandok.

—¡No lo dudo, después de semejante orgía! —respondió Toby—. Un barril de amoníaco no bastaría para volver a ponerlos de pie.

—Y nosotros aprovecharemos su sueño —dijo Jao.

—¿Para hacer qué? —preguntó el capitán del Centauro.

—Para aprovisionarnos de agua, señor.

—Usted es un hombre maravilloso. ¿Quién bajará?

—Yo.

—¿Y si lo matan?

—No hay ningún peligro —respondió Toby—. Esos delincuentes no se despertarán hasta dentro de veinticuatro horas.

—¿Y mis marineros? —preguntó el capitán—. ¿Los habrán asesinado?

—Veo a uno que está tendido en la plaza —respondió el piloto—. No pudieron resistirse a la tentación de agarrarse una borrachera colosal y han hecho causa común con los confinados. No cuenten más con ellos.

—¡Miserables!

—Son todos irlandeses, y ustedes saben que esa gente bebe cada vez que se presenta la ocasión.

—No perdamos tiempo —dijo Jao—. Ayúdenme, señores.

El ascensor fue colocado en su sitio y el ex gobernador bajó a la ciudad acompañado del piloto.

El primer cuidado consistió en desfondar todos los barriles llenos de alcohol que aún no habían sido vaciados y así poner fin a aquella peligrosa orgía, y después se adueñaron de una caja de pescado seco y de un tonel de agua dulce.

Ningún confinado se había despertado. Aquellos trescientos o más delincuentes no se habían movido y roncaban tan fuerte que el ruido hacía temblar los vidrios de la cúpula.

El ascensor volvió a subir y se lo sujetó enseguida para que no pudieran servirse de él los que estaban abajo.

—Ahora —dijo Jao—, podemos esperar el encuentro con una nave. Por quince días por lo menos no corremos el peligro de morirnos de hambre y de sed.

—¿Y sus súbditos tendrán bastante para resistir todo ese tiempo? —preguntó Brandok.

—¡Que se mueran todos! Son unos miserables que no merecen compasión alguna —respondió Jao con rabia—. Yo no me ocuparé más de ellos.

—Y, sin embargo, me temo que estaremos obligados a ocuparnos de ellos, y mucho —concluyó Brandok—. Cuando se despierten y sientan que su ciudad baila, ellos también querrán salir y nos darán muchos fastidios.

—Yo pienso lo mismo, señor —declaró el capitán—. Tendremos la tempestad sobre nuestras cabezas y a aquellos locos debajo de nosotros. Preveo que nuestro paseo a través del Atlántico no será muy divertido. ¿Quién sabe? Esperemos a que salga el sol para poder juzgar mejor la violencia y la duración de este ciclón.

Habiendo emergido la ciudad después de su desprendimiento de la roca y no existiendo ningún peligro de que las olas llegaran hasta la parte alta de la cúpula, los seis hombres se tumbaron cerca del orificio del pozo para gozar, si era posible, de algunas horas de sueño.

Pero la enorme caja metálica sufría sobresaltos tan terribles y tan bruscos que era imposible dormir.

Las olas que se sucedían con furia cada vez mayor, la agitaban todo el tiempo y a veces la hacían girar sobre sí misma, dado que estaba desprovista de timones.

De cuando en cuando se hundía pesadamente en las hondonadas, como si estuviera a punto de desaparecer en los abismos del Atlántico; después salía a flote bruscamente con mil extraños estruendos que impresionaban especialmente a Brandok, cuyos nervios, desde hacía ya algún tiempo, se sacudían fuertemente.

A veces se levantaba sobre las crestas de las olas con un bamboleo espantoso; luego descendía, descendía, con una rapidez vertiginosa, rodando como un trompo.

El huracán, mientras tanto, en lugar de calmarse, aumentaba cada vez más.

Relámpagos cegadores se sucedían sin tregua en un crescendo terrorífico, seguidos por truenos formidables que repercutían siniestramente incluso dentro de la ciudad, haciendo vibrar las paredes de metal sin lograr despertar a los borrachos.

Durante toda la noche la enorme masa giró, incesantemente recorrida por las olas que la empujaban hacia el mar de los Sargazos, y no hacia las Azores, como había creído antes el capitán.

Finalmente, hacia las cuatro de la mañana, un rayo de luz apareció en medio de un desgarrón de las tempestuosas nubes.

El Atlántico ofrecía un espectáculo sobrecogedor. Masas de agua cubiertas de espuma se superponían unas a otras rabiosamente, golpeándose y empujándose.

No se veía ninguna nave, ni aérea ni marítima. Sólo grandes albatros volando entre la espuma y la bruma, gruñendo como cerdos.

—No tenemos ninguna esperanza de ser salvados, ¿no es cierto, capitán? —preguntó Brandok.

—Por ahora, no —respondió el comandante del Centauro.

—¿Adónde nos lleva el viento?

—Hacia el sudoeste.

—¿Lejos de las rutas de las naves?

—Lamentablemente, sí, señores.

—¿Entonces, adónde iremos a parar?

—Es imposible decirlo, ya que el viento podría cambiar de un momento a otro.

En ese instante unos gritos espantosos estallaron dentro de la ciudad flotante.

Los tres norteamericanos, el capitán, el piloto y Jao se apresuraron a alcanzar la boca del pozo.

Los confinados se habían despertado y, presa quién sabe de qué furioso delirio, se peleaban entre ellos, armados con aparejos de pesca y cuchillos.

Los miserables caían por docenas en medio de verdaderos lagos de sangre, con los cráneos rotos por los golpes de los arpones y con sus pechos abiertos a golpes de cuchillo.

—¡Desgraciados, qué están haciendo! —gritó Jao, horrorizado.

Su voz se perdió entre los clamores espantosos de los combatientes.

—El capitán disparó algunos tiros de su revólver eléctrico esperando que esas detonaciones, que resultaron ser demasiado débiles, atrajeran la atención de aquellos delincuentes.

Nadie había hecho caso: probablemente ni siquiera un cañonazo hubiera conseguido impresionarlos.

—Deje que se maten —dijo Brandok—. Cuantos menos queden vivos, mejor.

—Por otra parte, nosotros no podríamos hacer nada para calmarlos —observó el capitán—. Si bajáramos, nos harían pedazos.

—Yo quisiera saber por qué razón se atacan de ese modo —dijo Holker.

—Todavía están borrachos, ¿no los ven? —respondió el capitán—. Vomitan sangre y alcohol al mismo tiempo.

—¡Terminen de una vez! —gritaba Jao mientras tanto,

lo más fuerte que podía—. ¡Basta, miserables! ¡Basta! Era tiempo perdido.

El horrendo enfrentamiento continuaba con mayor rabia entre las partes, surgido quién sabe por qué motivo.

Combatían en la plaza, en las calles, incluso dentro de las casas, entre gritos y blasfemias. De vez en cuando algunos grupos se separaban y corrían a tomar fuerzas en los pocos barriles que el piloto y Jao no habían visto y no habían sido desfondados; después, más excitados, se arrojaban con nuevo furor a la pelea.

Aquella batalla espantosa duró más de media hora, con grandes estragos para ambas partes; después, los sobrevientes, un centenar apenas, exhaustos, dejaron de pelear, refugiándose algunos en las barracas semidestruidas y otros en los rincones más oscuros de la ciudad, dejándose caer al suelo como cuerpos muertos.

—Terminó —dijo Brandok—. ¡Si vuelven a empezar la ciudad flotante se transformará en una ciudad de muertos!

—He aquí un nuevo peligro para nosotros —observó el capitán del Centauro—. ¿Quién arrojará al mar esos trescientos o cuatrocientos muertos? Con el calor que reina aquí se corromperán enseguida y estallará alguna enfermedad que terminará con los sobrevivientes.

—Y que probablemente tampoco nos respete a nosotros —dijo Toby—, a menos que encontremos algún medio para abandonar esta ciudad de muertos.

—Por ahora, señores, hay que resignarse —agregó el capitán—. No veo ninguna tierra en el horizonte.

—Al Centauro debieron construirlo cuando reinaba una mala estrella en el cielo, mi querido capitán —dijo Brandok.

—Así parece. No ha sido más que una continua sucesión de desgracias. Quién sabe, esperemos el fin de este viaje tan poco alegre. La ciudad por ahora no amenaza con hundirse, por lo tanto tenemos derecho a esperar.

Pero parecía que las esperanzas eran muy débiles, porque el huracán continuaba atacando, desbaratando el Atlántico en una extensión verdaderamente inmensa.

Pero la ciudad flotaba bien, ora elevándose, ora hundiéndose hasta la mitad de la cúpula.

A veces las olas llegaban hasta donde estaban los seis hombres, que se mantenían bien sujetos al borde del pozo por miedo de ser arrastrados.

A veces la espuma los envolvía de tal forma que no podían distinguirse unos de otros, aunque se encontraran muy cerca.

El sol había salido desde hacía algunas horas, pero sus rayos no lograban atravesar la enorme masa de vapores, de modo que en el océano reinaba una oscuridad espantosa.

A mediodía los náufragos comieron como pudieron algunos bocados; después, tras haberse asegurado con redes a los travesaños de los vidrios, trataron de dormir algunas horas bajo la guardia del piloto del Centauro.

Durante toda la noche no habían cerrado ni un solo instante los ojos, y especialmente Brandok y Toby se sentían extremadamente cansados y presa de temblores convulsivos que los inquietaban bastante.

Por la tarde un espléndido rayo de sol rompió finalmente las nubes, iluminando transversalmente las olas, dado que el astro ya estaba cerca del ocaso.

El capitán, advertido por el piloto, se había apresurado a levantarse para tratar de reconocer, al menos aproximativa mente, adónde había llevado el huracán a la ciudad flotante.

De pronto se sorprendió por la presencia de enormes masas de algas que flotaban en medio de las olas.

—Me lo temía —dijo arrugando la frente.

—¿Qué pasa? —preguntó Brandok, que había percibido su preocupación.

—Mis queridos señores, corremos el peligro de que nuestra carrera se detenga para siempre y de que quedemos prisioneros.

—¿Por qué? —preguntaron al unísino los tres norteamericanos.

—Por los sargazos. Si esta enorme caja se enreda en ese amasijo de algas, no saldrá nunca más, se los aseguro yo, a menos que otra tempestad nos libere soplando en sentido inverso.

—Pero usted, capitán, es un jettatore —dijo Brandok.

—Así parece, :pero por qué no lo es Jao o su ciudad?

—¿El viento nos lleva justamente hacia los sargazos? —observó Toby.

—Y las olas lo ayudan —respondió el capitán, que cada vez estaba más inquieto.

—Tempestad, algas, muertos y gente peligrosa bajo los pies —murmuró Brandok—. No valía la pena volver a la vida después de cien años para tener semejantes aventuras.

—¿Qué hacen sus administrados, Jao? —preguntó el capitán.

—Roncan en medio de los muertos.

—¡Todavía! Mejor para nosotros; si no volvieran a despertarse me sentiría muy contento, ya que estoy seguro de que nos darán mucho que hacer cuando finalmente abran los ojos y no encuentren más alcohol para continuar con su indecente orgía. ¡Atención! El golpe será bastante fuerte para arrojarlos al agua si no están bien sujetos.

El Atlántico, que encontraba cerrado su camino en aquella carrera furibunda, empujado poderosamente por el viento que lo impulsaba sin tregua, redoblaba su rabia, tratando de romper, en vano, aquellas interminables masas de algas, sólidamente entrelazadas por medio de un número infinito de raíces.

Las olas, no encontrando salida, se retorcían sobre sí mismas, provocando choques de una violencia indescriptible.

Inmensas cortinas de espuma vagaban sobre los sargazos, abatiéndose y rompiéndose bajo el vigoroso soplo de las ráfagas.

La ciudad flotante giraba de un modo inquietante, sumergiendo sus flancos en las olas.

Todas sus balaustradas habían sido arrancadas, pero los travesaños de acero de los cristales seguían resistiendo. ¡Ay de todos si hubieran cedido bajo el peso de las olas! Ninguno de los presos hubiera escapado a la invasión de las aguas.

Los últimos resplandores del crepúsculo estaban por desaparecer cuando la ciudad flotante, que continuaba su carrera hacia el sudoeste, se encontró en medio de las primeras algas.

—¡Ya estamos! —gritó el capitán, dominando por un instante con su voz tronante los mil fragores de la tempestad—. ¡Agárrense bien!

Una montaña líquida levantó a la ciudad, la mantuvo un momento como suspendida en el aire y luego la arrojó hacia adelante con una fuerza inaudita.

Se oyó un sonoro estruendo producido por las paredes

de acero; después la enorme masa se quedó inmóvil, mientras las olas atravesaban velozmente la cúpula dejando caer dentro del pozo torrentes de agua que se precipitaron sobre las cabezas de los borrachos como si fuera una ducha saludable.

XVI. ENTRE LOS SARGAZOS

El mar de los Sargazos, como todos saben, no es otra cosa que un inmenso amontonamiento de algas, reunidas allí por el juego directo e indirecto de las corrientes marinas y sobre todo por la gran corriente del Gulf Stream.

Tiene una superficie de cerca de 260.000 millas cuadradas, con una longitud de 1200 y un ancho que varía entre 50 y 160 millas.

Estas algas, llamadas Sargassi bacciferum, se presentan en penachos separados que tienen una longitud de treinta a ochenta centímetros y se ven esparcidos o bien aglomerados, formando unas veces hileras, otras veces verdaderos campos, a menudo tan espesos que pueden detener a los veleros que tienen la desgracia de ser arrojados dentro.

Se cree que allí debajo existe la famosa Atlántida, tan misteriosamente desaparecida con sus millones y millones de habitantes, y puede ser que esa isla sirva de fondo a aquel increíble amontonamiento de vegetales.

La ciudad flotante, arrojada en medio de las algas por el poderoso empuje de las olas, se había incrustado tan bien en ellas que casi de golpe quedó inmóvil, como si hubiese encallado en un banco de arena.

La enorme masa de acero, golpeando los sargazos con uno de sus lados, se había encastrado como una cuña gigantesca dentro de un tronco de árbol todavía más gigantesco.

Las olas, que rompían más allá de los interminables campos de algas, intentaban empujarla en vano y la asaltaban, embistiendo especialmente la cúpula, con gran disgusto de i los seis hombres, que corrían el peligro de ser arrastrados; pero no lograban moverla.

—¿Nuestro viaje llegó a su fin, capitán? —dijo Brandok, que se aferraba desesperadamente al borde del pozo.

—Parece que sí —respondió el comandante del Centauro—. Estamos peor que si hubiéramos encallado, y no sé quién podrá sacar de en medio de estas algas a esta gigantesca caja de metal. Ni siquiera una flota entera lo lograría.

—¿Estaremos entonces obligados a vivir eternamente aquí o morir de hambre?

—De hambre no, ya que los sargazos son ricos en peces, minúsculos, es verdad, pero no menos sabrosos ni menos nutritivos que los otros, y podemos pescar sin ayuda de las redes. También encontraremos grandes y voraces cangrejos que nos suministrarán platos exquisitos.

—Sin embargo yo preferiría encontrarme lejos de aquí.

—Yo también.

—¿Vendrá alguna nave a sacarnos de esta triste situación?

—Sí, es posible que algún buque volador, para acortar camino, pase sobre este mar de hierba, pero ¿cuándo?

Un ruido espantoso subió en ese momento de las profundidades de la ciudad flotante.

—Se han despertado —dijo Toby—. Señor Jao, trate, si puede, de calmar a esas furias y explicarles todo lo que pasó durante su fenomenal borrachera.

—Es un asunto serio; sería mejor para nosotros que todos ellos terminaran de matarse.

Se inclinaron todos sobre el borde del pozo y vieron debajo de ellos, reunidos en la plaza sembrada de cadáveres, a cincuenta o sesenta hombres que miraban para arriba gritando como animales feroces.

—¡El ascensor! ¡Bajen el ascensor! ¡Queremos huir!

—¡Delincuentes! —gritó Jao—. ¿Qué han hecho?

—¡Señor Jao! —gritó un hombre de estatura casi gigantesca—. Perdónenos, nos volvimos locos y no sabíamos lo que hacíamos. Todo culpa del alcohol, al que ya no estábamos habituados.

—Y se han matado, asesinos.

—¡Estábamos locos!

—Y hasta han destruido las casas y los aparejos de pesca.

—Todo por culpa del alcohol —gritó otro—. Si ese maldito capitán no lo hubiera traído, hoy no estaríamos llorando a tantos camaradas.

—¡Sí, el delincuente es él! —gritaron treinta o cuarenta voces.

—¡Y ustedes son unos ladrones! —gritó el capitán del Centauro, mostrándose a ellos.

Estalló un inmenso clamor, un clamor que parecía el rugido de cien leones reunidos.

—¡Miserable!

—¡Canalla!

—¡Nos envenenó a propósito!

—Algún gobierno infame te habrá mandado aquí para volvernos locos y después matarnos entre nosotros.

—¡Que muera! ¡Que muera!

—¡Toby —exclamó Brandok—, todavía quieren tener razón!

—Está bien —gritó Jao—. Volveremos a hablar después, cuando estén más razonables y los vapores del alcohol no entorpezcan sus cerebros.

—¡Ah! ¡El gobernador es un perro! —vociferó el gigante—. No moriré tranquilo hasta haberle arrancado la piel.

—Ven por ella —respondió Jao—. Te desafío.

—No te escaparás, te lo juro.

—¡Sí, y los otros tampoco! —gritaron a coro los demás.

—Dejemos que griten y ocupémonos de nuestras cosas —dijo el capitán—. Aquellos no podrán subir hasta donde estamos nosotros si no bajamos el ascensor, y para que no tengan ninguna esperanza lo arrojaré al mar.

Diciendo esto el comandante, antes de que los demás tuvieran tiempo de oponerse, con un empujón formidable lo lanzó hacia abajo desde la cúpula.

Las algas, que en ese lugar no eran tan densas, se abrieron y lo tragaron.

—Usted a condenado a una muerte segura a esos infelices —dijo Toby.

—¿Saben qué haría una nave si atracase aquí mañana? —preguntó el capitán.

—No.

—Sin duda haría volar esta ciudad con una buena bomba de aire líquido, junto con todos los que están en ella, muertos y vivos. ¿No es cierto, Jao?

—Así lo han decretado los gobiernos de Europa y América, para tener a raya a los desechos de la sociedad —respondió el viejo.

—Hace apenas tres meses una nave aérea, enviada por el gobierno norteamericano, hundió la ciudad submarina de Fortawa porque los quinientos confinados que la habitaban se habían rebelado, matando al capitán de una nave y a todos los pasajeros para saquear el cargamento.

—Ésas son leyes inhumanas —dijo Brandok.

—La sociedad quiere vivir y trabajar tranquilamente —respondió el capitán—. Tanto peor para los delincuentes. ¡Bah! Dejemos estos temas tan poco interesantes y comamos, ya que ahora el océano nos da una tregua.

—Yo no podré comer tranquilo sabiendo que debajo de mí hay quizás cien personas que comienzan a sufrir hambre.

—No les faltarán los víveres por varios días —dijo Jao—. Y si después siguen mis consejos nos desharemos de los cadáveres para que no estalle alguna terrible epidemia que sería fatal también para nosotros, dado el calor espantoso que reina en esta región, y les permitiremos venir a respirar una bocanada de aire. ¿Qué me dice, capitán?

—Yo dejaría que revienten —respondió el comandante del Centauro.

—No, eso sería inhumano —dijeron Toby y Holker.

—Estoy convencido de que terminarán por calmarse —observó Brandok—. Cuando los cadáveres comiencen a corromperse estarán obligados a rendirse.

—Vayamos en busca de nuestra comida —repitió el capitán—. No nos conviene consumir nuestro pescado seco: más tarde podríamos lamentarlo. Bajemos a los sargazos, señores; los peces, los cangrejos grandes y chicos, como les dije, abundan entre estas algas.

Se deslizaron a lo largo de los vidrios de las cúpulas, aferrándose con una mano a los travesaños de metal, y bajaron al campo de los sargazos, tan espesos en esa zona que podían sostener muy bien a un hombre.

El capitán había dicho la verdad cuando aseguró que la comida no faltaría.

En medio de las algas, formadas por racimos oscuros, muy ramificados, con cortos pedúnculos dotados de hojas lanceoladas, se deslizaban miríadas de pequeños peces, planos, deformes, con una boca muy ancha, de apenas un centímetro de largo, del género antennarius y del octupus purpúreo, y saltaban pequeños cefalópodos y grandes cangrejos, ocupados en hacer verdaderos estragos entre sus infortunados vecinos.

—¡Qué desgracia no tener una buena sartén y una botella de aceite! —murmuraba Brandok, que no perdía el tiempo—. ¡Qué buena fritada podríamos hacernos!

La caza, ya que en vez de pesca se trataba de una verdadera caza, duró apenas media hora y fue muy abundante.

Dado que no podían cocinar todos los pescados, ya que las hornallas de radium se encontraban dentro de la ciudad flotante, los tres norteamericanos y sus compañeros se vieron obligados a comer esa exquisita fritada... ¡viva!

Mientras tanto, el huracán poco a poco se calmaba. Las nubes finalmente se habían dispersado, el viento había terminado por lanzar su poderoso soplo y el Atlántico, como si se hubiese cansado de su gigantesca batalla que ya duraba cuarenta y ocho horas, se serenaba rápidamente.

Lo que en cambio no daba signos de calmarse, era la rabia de los confinados.

Las copiosas libaciones habían perturbado completamente esos cerebros que quizás nunca habían estado equilibrados.

Más enfurecidos por la negativa de Jao de bajar el ascensor, habían saqueado los depósitos, arrojando todo por el suelo; después habían emprendido la demolición de las casillas que aún quedaban en pie, rompiéndolo y destrozándolo todo.

Aullidos feroces subían de vez en cuando por el pozo y conmovían no poco a Brandok y a Toby, pero dejaban absolutamente indiferentes al capitán, a Jao y al piloto e incluso a Holker, los cuatro hombres habituados a considerar a los malvivientes como bestias peligrosas para la sociedad.

Por la tarde todo el trastorno cesó. Los confinados, cansados de romper y gritar, finalmente habían decidido descansar, a pesar del hedor insoportable de los cadáveres que comenzaba a expandirse debajo de la inmensa cúpula.

Los tres norteamericanos y sus compañeros, sentados al borde del pozo, un poco tristes, miraban el cielo que había vuelto a oscurecerse, preguntándose qué nueva desgracia los amenazaba.

Se hubiera dicho que un nuevo huracán estaba a punto de desencadenarse sobre el agitado océano. Una atmósfera pesada, sofocante, reinaba en los estratos altos y en los bajos, saturada de electricidad.

El sol, desde hacía algunas horas, se había ocultado, más rojo que nunca, detrás de un nubarrón que había aparecido en el poniente.

—Sigue el mal tiempo, ¿no es cierto, capitán? —preguntó Brandok.

—Sí —respondió el comandante del Centauro, que parecía estar más preocupado que de costumbre—. Tendremos una segunda borrasca, señores, que arrojará completamente fuera de su ruta a las naves voladoras que podrían encontrarse por estos parajes. Pero tengo una esperanza.

—¿Cuál es? —preguntó Toby.

—Que este huracán, que vendrá del poniente, nos saque de los sargazos y nos arroje al mar abierto.

—Sería una verdadera suerte, capitán.

—Despacio, señores. ¿Y si el viento nos impulsa esta vez hacia las islas Canarias? Eso es lo que temo.

—¿No le gustaría atracar en esas islas? —preguntó Brandok con asombro.

El capitán del Centauro miró a su vez al norteamericano con profunda sorpresa.

—¿Pero ustedes de dónde vienen? —le preguntó.

—De Norteamérica, señor.

—Un país que no queda muy lejos de las islas Canarias.

—No entiendo lo que quiere decir, capitán.

—Desgraciada la nave marina o aérea que cayese en esas islas —respondió el capitán—. Ni un solo hombre de la tripulación lograría salir con vida.

—¿Pero qué es lo que pasó en esas islas? —preguntó Toby, que no estaba menos sorprendido que Brandok.

—¡Diablos! Los gobiernos de América, Europa, Asia y África han poblado esas islas con todos los animales que en una época existían en los cinco continentes.

—¿Para qué? —preguntó Brandok.

—Para conservar las especies. Allí hay tigres, leones, elefantes, panteras, jaguares, pumas, bisontes, serpientes y muchas fieras más de las que ni siquiera sé el nombre —respondió el capitán—. Como bien saben, hoy todos los continentes están demasiado poblados, y esos animales no hubieran encontrado refugio ni espacio. Los zoológicos de todo el mundo, antes de la destrucción completa de todos los animales, pensaron en conservar al menos las últimas especies que quedaban.

—¿Y las llevaron a las islas Canarias?

—Sí, señor Brandok —respondió el capitán.

—¿Y los habitantes de esas islas no son devorados por ellas?

—¿Qué habitantes?

—¿Es que no los hay más? Perdone mi ignorancia, capitán, pero venimos de las zonas más remotas del continente americano, donde no llegan las noticias de todas las cosas que ocurren en el mundo —dijo Toby, que no deseaba dar a conocer la historia de su maravillosa resurrección.

—Yo creía que los norteamericanos estaban más adelantados que nosotros, los europeos —observó el capitán—. ¿Entonces ignoran totalmente la terrible catástrofe que ocurrió en esas desgraciadas islas hace cincuenta años?

—Nunca oímos hablar de ella —respondió Brandok.

—Ya se sabía que todas esas islas era de origen volcánico —agregó el capitán—. No eran otra cosa que las puntas extremas de inmensas montañas, o mejor, de volcanes, hundidos quizás durante el gigantesco cataclismo que hizo desaparecer a la antigua Atlántida. Un día muy triste el gigantesco Tenerife, después de no se sabe cuántos millones de años, comenzó a despertarse, vomitando lava en cantidades prodigiosas, y tantas cenizas que cubrieron todas las islas del grupo. Ojalá se hubiera limitado a eso; vomitó después tal masa de gases asfixiantes que la población quedó completamente destruida.

—¿Ni siquiera uno se salvó? —preguntó Brandok.

—Apenas quince o veinte, que llevaron a Europa la terrible noticia —respondió el capitán—. Esa erupción espantosa duró veinte años, haciendo que desaparecieran varias islas; después, bruscamente, cesó. Los gobiernos europeos y americanos, luego de haber tratado en vano de volver a poblar esas tierras, pensaron entonces en enviar a ellas a todos los animales, feroces o no, que aún subsistían en los cinco continentes, para impedir su destrucción total.

—Entonces esas islas se convirtieron en jardines zoológicos —dijo Toby.

—Sí, señor. De vez en cuando algunos valientes cazadores van allí con el fin de proveer de ejemplares a los museos e impedir que los animales lleguen a ser demasiado numerosos.

—¡Cuántas cosas han hecho estos hombres en cien años! —murmuró Brandok, pensativo—. Si pudiéramos repetir el experimento, ¿con qué nos encontraríamos dentro de otros cien años? Quizás nosotros, hombres de otro tiempo, no podríamos vivir.

Mientras tanto, el huracán que el capitán había anunciado avanzaba con un crescendo horrible de truenos y relámpagos, tan intensos que Brandok y Toby se tapaban los oídos y cerraban los ojos.

Parecía que la gran electricidad desarrollada por las infinitas máquinas eléctricas que funcionaban en la corteza terrestre había repercutido también en los otros estratos aéreos, porque los dos norteamericanos nunca habían visto, en sus tiempos, relámpagos tan enceguecedores y de tan larga duración.

Esta vez el huracán soplaba del poniente. Entonces era probable que el mar de los sargazos, agitado por los furiosos asaltos del Atlántico, extendiera sus miles de brazos, dejando libre a la ciudad flotante.

A la medianoche, el océano sacudido por un viento impetuoso dio los primeros choques al campo de los sargazos. Sus olas caían sobre la masa herbosa con furia extrema, vagando y destrozando aquí y allá sus márgenes.

La ciudad flotante, embestida por debajo, se agitaba en todos los sentidos. Parecía como si las olas, de una potencia incalculable, la estuvieran golpeando desde su parte inferior, ya que a veces sufría sobresaltos violentísimos que ponían a dura prueba los músculos de los tres norteamericanos y sus compañeros.

Los confinados, despertados por el retumbar incesante de los truenos, por los resplandores intensísimos de los relámpagos y el estruendo de las olas, habían vuelto a gritar, mezclando sus voces con el potente sonido de la tormenta.

Asustados por todo ese ruido, no sabiendo qué pasaba afuera, pedían que les bajasen el ascensor, que ya no existía, amenazando con hundir las paredes de la ciudad flotante para que se ahogaran todos.

—¡Lo único que nos falta! —exclamó el capitán, un poco inquieto—. Si llevan a cabo esa amenaza, buenas noches a todos. No será el campo de los sargazos lo que nos salve con estos endiablados cabeceos. Querido Jao, hay que tratar de calmarlos.

—Sería preciso hacerlos subir y entonces nos matarían a todos —respondió el viejo, que comenzaba a temblar.

—Trate de tranquilizarlos.

—No me escucharán. Quieren salir de ese foso infernal donde se ahogan. ¿No huelen ese hedor horrendo que comienza a emanar de esos cadáveres?

—No fuimos nosotros los que hicimos esos estragos —dijo el capitán—. Que ahora soporten las consecuencias. Nosotros no podemos, siendo tan pocos y sin ascensor, hacer subir hasta aquí a cuatrocientos o más cadáveres; para lograrlo sería preciso una semana de trabajo.

—Y quizá no bastaría —dijo el piloto.

—Y, sin embargo, hay que hacer algo por esos desgraciados —dijo Toby.

—¡Pero qué estúpido soy! —exclamó en ese momento Jao—. Y ellos son más estúpidos que yo.

—¿Por qué, amigo? —preguntó el capitán.

r —Nosotros podemos hacer que la ciudad flotante se transforme en un inmenso frigorífico. ¡Y nadie ha pensado en eso! ¡Soy una bestia!

—¿Y de qué modo? —preguntaron Brandok y Toby.

—Tenemos más de veinte tanques llenos de aire líquido para la conservación del pescado. Diez de ellos se encuentran debajo de la cúpula y los otros en los cuatro ángulos de la ciudad. En cinco minutos los cadáveres se congelarán e inmediatamente se detendrá su putrefacción.

—Pero también se congelarán los que están vivos —dijo Brandok.

—Tienen frazadas; que se cubran —respondió el capitán, alzando los hombros.

—Por lo menos trate de calmarlos v advertirles —dijo Toby—. ¿No oye cómo golpean contra las paredes de la ciudad? No dudo de que sean robustísimas, pero en algún sitio podrían ceder.

—Tiene razón —respondió Jao.

Para hacerse oír mejor por los confinados, se colocó en los travesaños de acero que habían servido para sostener el ascensor, apareciendo así entre los potentes rayos de luz proyectados por las lámparas de radium, que nunca habían sido apagadas.

Fue visto enseguida por los habitantes, que no dejaban de mirar hacia arriba, siempre con la esperanza de ver bajar el ascensor, y un coro de insultos subieron por el pozo con un estruendo endiablado.

—¡Ahí está el bandido!

—¡Ahí está el traidor!

—¡Linchemos a ese presidiario que ha jurado nuestra destrucción!

—¡Baja, perro!... ¡Baja!...

Jao los dejó desahogarse, recibiendo filosóficamente, sin conmoverse, ese huracán de injurias y de amenazas, y cuando los vio sin aliento, les hizo ruca señal amistosa, gritando:

—¡Pero terminen ya, locos! ¿Quieren escucharme o no? Si siguen gritando, vuelvo a subir y no volverán a verme nunca más.

—¡Sí, sí, dejemos que hable! —gritaron muchas voces.

—Habla de una vez, viejo —dijo una voz.

—Nuestra ciudad se ha desprendido del escollo y la tempestad nos ha llevado hasta los sargazos.

—¡Estás mintiendo!

—Que uno de ustedes, pero sólo uno, suba hasta aquí para confirmar si digo o no digo la verdad.

—;Baja el ascensor!

—El mar se lo ha tragado.

—Entonces baja una cuerda.

—Sí —respondió Jao—. Pero les advierto que si sube más de uno la cortaremos. La cúpula está averiada y con el peso se caería.

—_Quieres que reventemos aquí, entre todos estos cadáveres que huelen horriblemente? —gritó otro.

—Abran los tanques de aire líquido y se congelarán enguida.

Apenas había terminado de hablar y todos los hombres se precipitaron hacia los cuatro ángulos ele la ciudad flotante, donde se veían unos enormes tubos de acero.

Enseguida se oyeron unos silbidos agudísimos, v después una corriente de aire helada salió del pozo mientras los vidrios se cubrían de una capa de hielo.

Mientras tanto, Brandok, el capitán y el piloto habían atado una cuerda que servía para colgar las redes y que las olas habían destruido y enredado.

—Pirémosla en la heladera—dijo Brandok, que respiraba a pulmón pleno el aire frío que salía a oleadas del pozo.

—Estamos casi en el Ecuador y nos rechinan los dientes. ¿Qué es lo que no inventaron estos maravillosos hombres del 2000? ¡Terminaré por volverme loco de veras!

Los confinados, una vez abiertas las válvulas, habían corrido a encerrarse en las casas que todavía se mantenían, bien o mal, en pie, adueñándose de todas las frazadas que encontraban.

Si debajo de la cúpula se formaba hielo, ;qué frío debía reinar allá abajo con esos cuatro tanques que dejaban escapar aire a muchos grados bajo cero?

La cuerda, sólidamente sostenida por el capitán, el piloto y Jao, tocó el piso; pero entonces estalló otra pelea, y más espantosa, entre aquellos furiosos.

Veinte manos la habían aferrado y no querían dejarla. Los que no habían llegado a tiempo, se pusieron a golpear despiadadamente a los que la tenían aferrada.

El capitán y sus compañeros, con náuseas ante la visión de aquella escena, habían tratado en vano de retirar la cuerda. Pero para hacerlo hubiera sido necesario emplear una grúa.

Ya el capitán estaba disponiéndose a cortarla cuando un joven confinado, más listo que los otros, con un salto digno de un acróbata, pasó sobre las cabezas de los demás, aferrándose y cortándola con un cuchillo por debajo de sus propios pies.

—¡Arriba! ¡Arriba! —gritó el capitán.

El joven subía rápidamente, ya que también los norteamericanos ayudaban al capitán.

Los confinados, viendo que su compañero subía, lo insultaban, amenazando con destriparlo apenas volviera a bajar.

—Nunca podremos ponernos de acuerdo con esos canallas —murmuró Brandok—. Los delincuentes de hace cien años eran iguales a éstos. La ciencia ha perfeccionado todo, menos la raza, y el hombre malvado sigue siendo malvado. Pasarán siglos y siglos pero levantando la capa de la civilización siempre se encontrará debajo al hombre primitivo con instintos sanguinarios.

La cuerda, vigorosamente izada por el capitán y sus compañeros, había llegado hasta los bordes del pozo.

El confinado que se había aferrado a ella, un joven casi imberbe, rubio, esmirriado, todo brazos y piernas, apenas se vio casi afuera dejó la cuerda saltando ágilmente sobre la

cúpula.

—Mira y baja a contar a tus compañeros lo que has visto —le dijo Jao.

—Me importa poco que estemos en el mar o en el infierno —respondió el preso, aspirando el aire largamente—. Salí de esa carnicería y con eso me basta. Mátenme, si quieren, pero nunca más volveré allá abajo. Me harían pedazos.

a—Quédate entonces —dijo el capitán—, pero te advierto que si intentas hacer algo contra nosotros, tendrás que ajustar las cuentas con mi revólver eléctrico.

—No les daré ningún problema, se lo juro, señor.

Abajo, los confinados, aullaban a garganta partida. Pero la gran voz de la tempestad no tardó en ahogar todos esos clamores.

El huracán sacudía por segunda vez el Atlántico.

—¿Adónde iremos? —se preguntó el capitán, que miraba con inquietud las olas que se estrellaban con furia extrema sobre los campos de los sargazos.

Al cabo de un rato la ciudad flotante, que estaba un poco inclinada, se enderezó de golpe, emergiendo bruscamente varios metros.

—¡Agárrense de los travesaños! —gritó Jao.

Una ola monstruosa, pasando a través del campo de los sargazos en que se apoyaba la ciudad flotante, caía, avanzando con mil rugidos e impulsando hacia adelante cortinas de agua pulverizada que oscurecían hasta la luz de las lámparas.

—¿Nos movemos? —preguntó Brandok, que con su robusto brazo tenía aferrado a Toby para que no fuese arrastrado por la ola.

Una tromba, una verdadera tromba de agua, pasó sobre ellos, cubriéndolos y bañándolos de la cabeza a los pies; después, la ciudad flotante se desplazó y dio un salto inmenso.

Estaba libre de nuevo

XVII. LA ISLA DE LAS BESTIAS FEROCES

Por segunda vez la ciudad submarina se encontraba a merced del océano. Las fuerzas brutales de la naturaleza habían vencido nuevamente, pero esta vez no para mal, pues había liberado a los náufragos —si se los puede llamar así —de una prisión que hubiera podido ser fatal para ellos.

La enorme masa de agua había iniciado de nuevo su danza desordenada. ¿Adónde iba? Nadie lo sabía. Pero lo cierto es que el viento y las olas los empujaban hacia el nordeste, en dirección a las islas Canarias.

Los siete hombres, dado que con ellos había quedado el joven confinado, no estaban muy alegres.

Los presos tenían mejor suerte, porque al menos estaban protegidos por las paredes de acero, resguardados de los golpes del mar y de las terribles sacudidas del viento, aunque sufrieran el frío intenso que incesantemente despedían los tanques de aire líquido.

—Toby —dijo Brandok, mientras las olas seguían pasando sobre la cúpula con un ímpetu espantoso—, como buen norteamericano nunca me disgustaron las aventuras, pero ya empiezo a tener bastante de esta interminable historia. ¿Sabes lo que pienso?

—Piensas que las olas son demasiado violentas y que el Atlántico no es muy clemente con los hombres de hace cien años.

—No: que nosotros terminaremos mal.

—¿Y te lamentas después de haber vivido casi un siglo y medio y haber visto tantas maravillas? ¿Sin mi licor qué serías tú a estas horas? Un montoncito de cenizas sin un trozo de hueso siquiera.

—Tienes razón, Toby —respondió Brandok esforzándose por sonreír—. ¡Entre centenares y centenares de personas desaparecidas en los abismos de la muerte, sólo nosotros hemos sobrevivido, y yo tengo el valor de lamentarme!

—Confórmate con vivir una hora o un mes y no pienses en otra cosa. Suceda lo que suceda, ningún otro mortal tuvo tanta suerte como nosotros. Cuídate, en cambio, de las olas. Ponen en peligro nuestras vidas.

Y las ponían en peligro de verdad. Nunca el Atlántico había desencadenado una cólera como ésa, ni en cincuenta o cien años. Brandok, que en su juventud lo había atravesado muchas veces, nunca lo había visto así.

Pero, sobre todo, era la extrema tensión eléctrica lo que sorprendía a los dos norteamericanos. Los relámpagos tenían una duración extraordinaria, de cinco y hasta diez minutos a veces, y los rayos caían por decenas, todos a la vez. Brandok, probablemente más nervioso que Toby, saltaba como si recibiera descargas eléctricas, y cuando se pasaba la mano por la cabeza, sus cabellos, aunque estaban mojados, crepitaban y despedían chispas eléctricas.

La ciudad flotante, mientras tanto, seguía arrastrada por las olas como si fuera una simple cáscara de nuez. Ya no era una nave: se la podía considerar un inmenso cascajo sujeto a los caprichos del océano.

Durante toda la noche y también durante el día siguiente la enorme masa, incesantemente atacada por las olas, erró por el Atlántico sin que los náufragos pudiesen tratar de darle una dirección.

Durante todo ese tiempo los confinados, probablemente muy impresionados por el fragor de las olas, por el retumbar incesante de los truenos y los sobresaltos desordenados de su ciudad, se habían quedado tranquilos.

Además, el frío intenso que reinaba abajo había calmado sus furores. Jamás un frigorífico había estado tan frío, ya que los cristales de hielo habían envuelto hasta los cadáveres, deteniendo su putrefacción.

A la mañana del segundo día, el capitán, que siempre estaba de guardia con el piloto, resistiendo tenazmente al sueño, gritó:

—¡El Tenerife!

Los tres norteamericanos, Jao y el joven confinado, que dormitaban atados a los travesaños de acero para no ser arrastrados por las olas que el Atlántico enviaba sin tregua contra la cúpula, al oír ese grito se incorporaron.

Comenzaba a despuntar el alba, pero era un alba grisácea, de aspecto triste, ya que las tempestuosas nubes no permitían que la luz se difundiese libremente.

Hacia el levante, a gran altura, se alzaba una columna de fuego, oscilando en todas direcciones y agujereando el cielo.

—¿Todavía está en erupción esa gigantesca montaña? —preguntó Brandok.

—Parece que ha vuelto a despertarse —respondió el capitán.

—¿El viento nos impulsa hacia esas islas?

—Lamentablemente, sí —exclamó el capitán.

—¿Conque después de los confinados tendremos que vérnoslas con las bestias feroces?

—No todas las islas están pobladas de leones, tigres, panteras, jaguares, leopardos, etcétera, señor. Hay muchas que sirven de asilo seguro a animales inofensivos, o casi, como los bisontes, los últimos especímenes de su país, avestruces, jirafas, gacelas, ciervos, gamos y otros más que no sabría nombrar. Si las olas nos empujan hasta una de estas últimas, no tendremos nada que temer, por el contrario, nos haremos unos asados exquisitos. Desgraciadamente me parece que las olas nos están arrojando hacia Tenerife.

—Me está haciendo poner la piel de gallina, capitán.

—Nos refugiaremos en el fondo de la ciudad.

—Y entonces los presos nos harán pedazos.

—¡Al diablo! Me había olvidado que tenemos un volcán debajo de nuestros pies —dijo el capitán del Centauro—. Pero aún no estamos en tierra y no sabemos adónde enviarán a estrellarse a esta inmensa caja de metal estas caprichosas olas.

—¿Teme que se destroce? —preguntó Toby.

—Las playas de esta isla están casi todas cortadas a pico o no sabría decirle, señor, en qué estado nos acercaremos a ellas. Seguramente no muy bien. ¿Encontraremos allí olas gigantes que arrojarán la ciudad quién sabe dónde? Suceda lo que suceda, les aconsejo que no abandonen ni un solo instante los travesaños de la cúpula; el que se deje arrastrar por las olas terminará despedazado. ¡Mucho cuidado y aférrense bien!

La ciudad flotante era arrastrada hasta la— antigua posesión española que los furores de la montaña habían vuelto inhabitable.

El enorme cono, casi como si quisiera acompañar la rabia del Atlántico, escupía lava con vigor, y cubría todo de fuego.

A lo largo de sus abruptas laderas descendían verdaderos ríos de lava, incendiando los bosques.

Bombas colosales salían de su cráter llameante y, después de atravesar las nubes, volvían a caer describiendo arcos soberbios y estallaban haciéndose pedazos, dejando tras de sí rastros de fuego.

El viejo volcán, apagado desde hacía millones de años y que había revivido, volvía a hacer sentir su fuerza.

Estampidos colosales, que a veces conseguían sofocar el retumbar de los truenos, salían de su garganta de fuego.

—¿Quién hubiera dicho que ese coloso se despertaría un día y por dos veces seguidas? —murmuró Toby—. Eso indica que la Tierra todavía no ha comenzado a enfriarse.

La ciudad flotante, mientras tanto, seguía avanzando, pasando por el amplísimo canal existente entre la Gran Canaria y la isla de Puerto Ventura, con el grave peligro de chocar contra los innumerables peñascos que habían surgido después de la erupción del Tenerife.

Como las olas eran menos tumultuosas a causa de las barreras invencibles que las dos islas oponían a los furores del Atlántico, el capitán y sus compañeros se habían levantado.

Una luz intensa, roja como la de la aurora boreal, descendía del inmenso cono, tiñendo las aguas de reflejos sangrientos.

El espectáculo era sublime y al mismo tiempo espantoso.

Torbellinos de humo, también rojizo, pero que de cuando en cuando adquirían reflejos siniestros, como si masas de azufre estuvieran ardiendo dentro del cráter, se extendían debajo de las tempestuosas nubes, revolviéndose en las alas del viento.

Las bombas seguían estallando con un fragor de trueno, destrozando e incendiando las antiquísimas selvas, mientras que los torrentes de lava se extendían como un mar de fuego.

—Una vez vi al Vesubio —dijo Brandok—. Pero aquello, comparado con este titán, era un juguete.

La ciudad flotante, siempre impulsada por las olas, había entrado en la zona iluminada. Parecía que estuviera navegando en un mar incandescente.

Los vidrios de la cúpula, reflejando los resplandores del volcán, proyectaban hasta el fondo de la ciudad una luz tan intensa que hacía palidecer la que emitían las lámparas de radium.

Los confinados, que no podían adivinar de qué se trataba, gritaban espantosamente, sin que ninguno se ocupase de explicarles de dónde provenían esos intensos resplandores.

Era demasiada la ansiedad, o mejor, la angustia que se había adueñado del capitán y sus compañeros, para que pudieran pensar en los que se estaban helando dentro de la gigantesca masa de acero.

El choque iba a producirse de un momento a otro.

Tenerife estaba a pocas brazas de distancia y las olas seguían impulsando a la ciudad flotante con gran ímpetu. ¿Resistiría o se destrozaría? Ésa era la pregunta que atormentaba a todos, sin encontrar una respuesta.

Eran las dos de la mañana.

El volcán ardía y tronaba con creciente furor.

Parecía como si toda la isla estuviese en llamas.

Los tres norteamericanos, el capitán, el piloto y los dos confinados se habían echado en la cúpula, aferrándose fuertemente a los travesaños.

Las olas, que avanzaban por el canal, no dejaban de asaltar ese obstáculo que les impedía desplegarse libremente.

Llegaban una tras otra, con intervalos brevísimos, levantando formidables remolinos.

De improviso la ciudad flotante se elevó unos metros con un ruido ensordecedor, y después giró sobre un costado, acercándose a una playa que había aparecido de pronto después del retiro del último golpe del mar.

Una parte de la cúpula se hizo pedazos con un ruido inmenso, cayendo dentro de la ciudad con Jao y el joven confinado, que por desgracia se encontraban en ese sitio.

Los tres norteamericanos, el capitán y el piloto, más afortunados, habían conseguido saltar a tiempo a tierra, trepando velozmente por la playa antes de que la ola gigante volviera al asalto.

El mar, en ese lugar, ofrecía un espectáculo horrible. Las olas, detenidas bruscamente en su carrera impetuosa, golpeaban la isla con un estruendo ensordecedor y espantoso. Inmensas columnas de espuma caían, con fragor de trueno, contra las rocas, destrozándolas, pulverizándolas.

La ciudad flotante, golpeada por todos lados, chocaba y volvía a chocar contra la costa.

La enorme caja de metal, que durante largos años, en el escollo al que estaba fijada, había desafiado impunemente la rabia del Atlántico, poco a poco se destrozaba.

Desde el interior llegaban gritos horribles. Los presidiarios, viendo que el agua entraba por la cúpula prácticamente deshecha, escapaban para todos lados para no morir ahogados por el formidable asalto de las olas.

—¡Están perdidos! —dijo el capitán, que se mantenía aferrado a una roca, al lado de Brandok.

—¿Usted lo cree? —preguntó éste con voz conmovida.

—Ninguna construcción humana puede resistir semejantes golpes. Dentro de media hora, o quizás menos, las paredes metálicas se abrirán y ninguno de esos desgraciados se salvará.

—¿No podemos intentar nada para arrancarlos de las manos de la muerte? —preguntó Toby, que se encontraba al otro lado del capitán.

—¿Qué quieren hacer? ¡Si bajamos, las olas nos llevarán sin que podamos ayudar a los habitantes de esa pobre ciudad!

—Se me rompe el corazón viéndolos morir de ese modo.

—Piense que está asistiendo al naufragio de un barco. El océano, de cuando en cuando, reclama sus víctimas.

—Y a nosotros, ¿qué suerte nos está reservada? —preguntó Brandok.

—No muy alegre, por cierto, si no llega en nuestro socorro alguna nave —respondió el capitán—. Mañana nos encontraremos entre leones, tigres, leopardos y jaguares, y no sé cómo nos las arreglaremos, señores, ya que es justamente en esta isla donde se han reunido todas las bestias feroces capaces de defenderse por sí solas y, por lo tanto, de conservar su especie.

—¿Y no contamos más que con su revólver?

—Nada más, señores.

—Corremos entonces el peligro de terminar nuestro viaje en el vientre de estos feroces y sanguinarios habitantes.

—¡Lamentablemente!

—No tenemos entonces porqué llorar la muerte de los habitantes de la ciudad submarina.

—Quizás tengamos que envidiarla —concluyó el capitán.

Mientras tanto, la enorme caja de acero, empujada y vuelta a empujar por las olas que no cesaban de embestirla, seguía chocando y destrozándose, con un ruido infernal, contra las rocas de la costa.

Los grandes vidrios se rompían y el agua se precipitaba adentro como un río.

Los gritos de los desgraciados que se ahogaban, sin poder escapar de ningún modo a la muerte, poco a poco se volvieron más espaciados y débiles, mientras que el volcán retumbaba y tronaba formidablemente, compitiendo con los fragores de la tempestad.

De pronto la ciudad fue bruscamente elevada y completamente dada vuelta por una ola monstruosa.

El fondo, cubierto de algas y de incrustaciones marinas, apareció un momento en la superficie; después la masa entera fue tragada y desapareció bajo las olas con sus muertos y sus vivos, si todavía quedaba alguno.

—Todo terminó —dijo el capitán, que por primera vez pareció conmovido—. Por otra parte, aunque hubieran podido escapar por ahora a la muerte, no se hubieran salvado más tarde de la venganza de la sociedad. Una buena bomba de silurite que se hubiera dejado caer desde una nave aérea los hubiera hundido para castigarlos por su rebelión.

—¿Qué es el silurite? —preguntó Toby.

—Un explosivo potentísimo, inventado recientemente, que pulveriza una casa de veinte pisos como si fuese un simple castillo de papel —respondió el capitán—. Señores, veo surgir sobre nosotros una roca que me parece cortada casi a pico. ¿Quieren un buen consejo? Apurémonos a llegar a ella antes de que amanezca.

—Tampoco aquí corremos peligro —observó Brandok—. Las olas no llegan hasta nosotros.

—Pero sí podrían llegar las fieras, querido señor —respondió el capitán—. Escalar este escollo no será demasiado dificil para una pantera o un leopardo. Síganme, o más tarde se arrepentirán.

Nadie, salvo el capitán, a quien no se le escapaba nada, había notado hasta entonces que un poco más atrás se levantaba una pequeña roca que podía transformarse en un óptimo refugio contra los asaltos de las innumerables fieras que poblaban la vasta isla.

Los tres norteamericanos, comprendiendo que su salvación estaba allí arriba, aunque apenas conseguían sostenerse en pie, después de tantas vigilias a las que no estaban habituados, siguieron al capitán y al piloto.

La luz intensa, proyectada por el humeante volcán, permitía elegir la parte menos dificil para escalar el pequeño cono.

Pero las paredes eran tan lisas que el capitán comenzaba a dudar mucho de poder alcanzar la cima, cuando descubrió una especie de zanja más bien estrecha, con los márgenes cubiertos de matorrales, cuya pendiente era muy pronunciada pero que no obstante podía servir.

—¡Ánimo, señores! —dijo, viendo que los tres norteamericanos estaban agotados—. Un esfuerzo más: cuando estemos allá arriba van a poder descansar tranquilamente.

Aferrándose a los matorrales y ayudándose unos a otros, después de veinte minutos, lograron alcanzar la cima del cono, que estaba cercenado.

La plataforma superior era muy pequeña, pero era suficiente para cinco hombres.

—Si tienen sueño, duerman —aconsejó el capitán—. Nosotros nos encargaremos de vigilar. Hasta que salga el sol no corremos ningún peligro. Las fieras están demasiado asustadas por la erupción para pensar en nosotros. Esta noche no dejarán sus madrigueras.

—Lo necesito —dijo Brandok, que estaba muy pálido, como si el supremo esfuerzo lo hubiese abatido por completo—. No sé lo que tengo: mis miembros tiemblan y todos mis músculos saltan como si recibieran continuas descargas eléctricas. Es la segunda vez que me pasa esto.

—Yo experimento los mismos efectos —dijo Toby, dejándose caer al piso como un peso muerto.

—Un buen sueño los calmará —dijo el capitán—. Ustedes han experimentado demasiadas emociones en muy pocos días.

El doctor sacudió la cabeza y miró a Brandok, que saltaba y se agitaba como si tuviera una pila dentro del cuerpo.

—Esta intensa electricidad, que ya ha saturado todo el aire del globo y a la cual no estamos habituados, temo que sea fatal para nosotros —murmuró después—. Somos hombres de otra época.

A pesar de los fragores del mar, los rugidos del viento y los formidables estruendos del volcán, los tres norteamericanos cerraron los ojos, durmiéndose casi inmediatamente.

Ya habían pasado tres noches sin dormir, y sólo el capitán y su piloto, acostumbrados a las vigilias, podían resistir esa larga prueba.

Aquel sueño benéfico duró hasta las ocho de la mañana, y quién sabe cuánto habría durado si el capitán no los hubiese despertado con vigorosas y repetidas sacudidas.

El huracán había cesado y el sol, ya alto, lanzaba sus ardientes rayos sobre la verde isla que en otros tiempos había sido una de las más espléndidas perlas del Atlántico.

En medio de aquella tierra fecunda, rica en espléndidas plantas tropicales, descollaba, inmenso, gigante, el Tenerife, de cuyo cráter salían todavía lenguas de fuego y grandes y densas nubes de humo que oscurecían el cielo.

Todos los bosques de la montaña ardían, retorciéndose bajo el acoso de la lava que descendía sin pausa.

Toda la llanura que se extendía hasta la orilla del mar, con ligeras ondulaciones, estaba cubierta de soberbias selvas de palmeras, cocos y bananeros.

Pero no había ninguna casa, ningún campo cultivado: ciudades y pueblos habían desaparecido bajo aquella exuberante vegetación.

—¿Éste es el imperio de las bestias feroces? —preguntó Brandok, que se había recuperado un poco de sus sobresaltos nerviosos.

—Sí, señor —respondió el capitán.

—Pero yo no veo esas terribles bestias.

—No tardarán en aparecer.

—Tiene razón, capitán —dijo el piloto—, no tardarán. Allá abajo hay algunas que se mueven entre los matorrales que rodean la roca. Ya nos han olfateado y se preparan para llenar sus vientres con nuestras carnes. Miren allá.

El capitán y los tres norteamericanos miraron en la dirección que el piloto indicaba con el brazo y no pudieron contener un escalofrío de terror.

Treinta o cuarenta animales de pelambre leonado y espesas melenas negruzcas se abrían paso a través de los matorrales, acercándose a la roca que servía de contrafuerte al cono.

—¡Es una manada de leones! —exclamó el capitán—. Ya están cerca los vecinos que nos harán pasar unos momentos terribles.

—¿Podrán llegar hasta nosotros? —preguntaron Toby y Holker, que estaban más asustados que Brandok.

—Podrían intentar un asalto por el lado de la hendidura —respondió el capitán—. Afortunadamente el paso es estrecho y no podrán presentarse más que de a uno por vez.

—¿Tiene suficientes balas para detenerlos? —preguntó Brandok.

—Yo respondo por seis; en cuanto a los demás... ¡Ah! ¡Recojan piedras y todo cuanto pueda servirnos de proyectiles! ¡Ya están en la zanja! ¡Rápido, señores! ¡No hay tiempo que perder!

Los cinco hombres se dejaron caer en la hendidura, donde había muchas piedras caídas de las rocas por los aguaceros.

Con un esfuerzo supremo subieron muchas a la pequeña plataforma, alineándolas frente a la embocadura de la quebrada.

Apenas habían terminado la recolección cuando los leones, ya bastante cansados de mirar a los cinco hombres desde lejos, se movieron, subiendo la roca.

Rugían espantosamente y mostraban sus agudos dientes mientras sus melenas se agitaban.

Un macho enorme, de estatura imponente, después de haber lanzado un rugido formidable que pareció un trueno, superó el contrafuerte y se lanzó resueltamente a la zanja, clavando las uñas en las hendiduras de la roca.

—Ahorremos, mientras podamos, las municiones —dijo el capitán—. ¡Ayúdenme a lanzar esta bomba, señores!

Tomaron una piedra que pesaría cuarenta kilogramos que poco antes habían llevado, no sin esfuerzo, hasta la plataforma, y esperaron el momento oportuno para arrojarla.

El león, sospechando esa maniobra, se había detenido; pero después, impulsado por el hambre y alentado por los rugidos de sus compañeros, comenzó a trepar. El capitán, que también tenía listo el revólver eléctrico, esperó a que estuviese bien de frente y después gritó:

—¡Ahora!...

La piedra, violentamente empujada hacia adelante, rodó hacia abajo por la hendidura con rapidez fulmínea y cayó encima de la bestia, que en ese momento se encontraba en un sitio estrecho.

Golpeada en la cabeza por el proyectil, se estremeció, fulminada, obstruyendo el paso con su cuerpo.

Pero no era un obstáculo suficiente para aquellos salteadores, que ni siquiera se detenían ante una empalizada de tres o cuatro metros.

Otro león, que inmediatamente después había entrado en la hendidura sin ser visto por los asediados, demasiado ocupados en vigilar los movimientos del primero, anunció su presencia con un rugido formidable. Saltar sobre el cuerpo de su compañero y precipitarse al asalto fue cosa de un momento.

Los defensores de la colinita no tenían tiempo de arrojar una nueva piedra. Afortunadamente el capitán tenía el revólver.

Se oyó un ligero silbido y también la segunda fiera cayó con una bala en el cerebro.

—¡Bravo, capitán! —gritó Brandok.

Los otros leones, más prudentes, se detuvieron; después se pusieron a dar vueltas y vueltas alrededor del cono, llenando el aire de rugidos.

Mientras tanto, en el margen del bosque habían aparecido otros animales. Había tigres, leopardos y jaguares y, cosa extraña, parecía que estaban en buenas relaciones, ya que no se atacaban recíprocamente, como a lo mejor habrían hecho si se hubieran encontrado en sus selvas nativas.

Probablemente el continuo contacto los había persuadido a respetarse recíprocamente, sabiendo que poseían fuerzas casi iguales. Pero es cierto que no respetaban a los más débiles para no morir de hambre.

—Nuestra situación muy pronto va a ser desesperada —dijo el capitán—. Aun cuando consigamos destruir a los leones, allí están los otros animales, no menos peligrosos, listos para reemplazarlos. Les había dicho, señores, que íbamos a envidiar la suerte de los confinados. Era mejor morir ahogados antes que sentir las uñas y los dientes de estas fieras. El océano nos ha perdonado para condenarnos a un final más miserable. ¿Tú qué dices, piloto?

El marinero no respondió. Con una mano extendida delante de los ojos miraba hacia arriba.

—¡Eh, piloto! ¿Te has vuelto mudo? —preguntó el capitán.

Un grito escapó en aquel mismo momento de los labios del marinero.

—¡Un punto negro en el espacio!

—¿Una nave aérea? —preguntó el capitán dando un salto.

—No sé, comandante, si es un gran pájaro o algún socorro que llega en buen momento. Miren bien, mientras yo observo a los leones.

Brandok y sus compañeros se habían dado vuelta, mirando hacia arriba.

Un punto negro, un poco alargado, que no podía confundirse con un pájaro, un águila o un cóndor, y que se agrandaba con fantástica rapidez, hendía el espacio a una altura extraordinaria, como si quisiera pasar sobre la inmensa columna de fuego y humo que vomitaba el cráter del Tenerife.

—¡Sí! ¡Es una nave! ¡Una nave! —gritaron todos.

—Es nuestra salvación que llega en buen momento —respondió el capitán, disparando sobre un tercer león que había decidido moverse para atacar.

La nave voladora desapareció algunos instantes detrás de los torbellinos de humo, y reapareció descendiendo rápidamente. Tenía la proa apuntando hacia el pequeño cono y avanzaba con el ímpetu de un cóndor.

—¡Nos han visto y se dirigen hacia nosotros! —gritó el piloto—. ¡Resista algunos instantes más, comandante!

Los leones, como si se hubiesen dado cuenta de que las presas humanas estaban por escapárseles, volvieron al asalto, mientras muchos tigres y varios jaguares aparecían por entre los matorrales para tomar parte ellos también del banquete humano.

El capitán, viendo que otra fiera entraba en la zanja, no titubeó en gastar otra bala, y, excelente tirador, no erró el blanco.

—Y tres —dijo—. Pero todavía quedan quince o dieciséis, sin contar todas las otras fieras que parece que están ansiosas por probar un poco de carne humana. Por otra parte, no están equivocados. Desde hace muchos años no deben probar un plato como éste.

Un cuarto león, después de haber lanzado un rugido espantoso, trepó por la zanja saltando sobre los cadáveres de sus compañeros, pero no tuvo mejor suerte.

Los náufragos de la ciudad submarina, seguros ya de ser rescatados por la nave voladora, que se agigantaba a cada segundo, habían comenzado a hacer rodar las piedras recogidas, arrojándolas en todas direcciones para detener no sólo el ataque de los leones, sino también el de los otros animales.

Aquella lluvia de piedras tuvo mejor resultado que los disparos del capitán.

Las fieras, espantadas, habían comenzado a retroceder, dando saltos gigantescos para no romperse las costillas.

—¡Valor, señores! —gritaba el capitán, que de vez en cuando disparaba algún tiro—. Arrojemos al bosque a esta manada hambrienta.

Y la tempestad de piedras continuaba, furiosa, especialmente dentro de la zanja adonde trataban de entrar las fieras, siendo el único punto vulnerable del pequeño cono.

Aquella lucha desesperada duraba ya algunos minutos, cuando una voz sonora y al mismo tiempo imperiosa cayó desde lo alto.

—¡A tierra todos!

El capitán había alzado los ojos. La nave aérea, una hermosa máquina pintada de gris y dotada de inmensas hélices, estaba casi sobre ellos.

—¡Obedezcan! —gritó.

Todos se habían apresurado a arrojarse al piso sin pedir ninguna explicación.

Un momento después una bola rojiza, no más grande que una naranja, caía en la extremidad de la zanja, donde leones, tigres y jaguares, en total acuerdo, se habían reunido para intentar un último y más formidable asalto al cono.

Se oyó una explosión terrible que hizo temblar las rocas y levantó una inmensa nube de polvo.

Era una pequeña bomba de aquel terrible explosivo que el capitán del Centauro había llamado silurite, que había estallado en medio de las fieras.

—¡Levántense, señores! —gritó la misma voz de antes—. Ya no hay más fieras alrededor de ustedes.

Brandok fue el primero en ponerse de pie.

Los efectos causados por esa minúscula bomba eran espantosos.

Mitad de la roca que servía de contrafuerte al cono había saltado y ya no se divisaba huella alguna de los animales. El potente explosivo había pulverizado tigres, leones y jaguares.

—¿Cómo sería una guerra con bombas como ésas? —murmuró el norteamericano—. Diez naves voladoras servirían para destruir, en diez minutos, la más gigantesca ciudad del mundo.

La nave descendía suavemente, mientras su tripulación bajaba una escala de cuerda.

El capitán del Centauro fue el primero en aferrarla e impulsarse hacia arriba, donde un hombre barbudo y fornido lo esperaba sonriendo, con los brazos abiertos.

—¡Tompson! —exclamó el capitán del Centauro cuando hubo saltado la baranda.

—¡Firsen! —exclamó el otro, estrechándole la mano, a la inglesa—. Te buscaba desde hace una semana.

—¡Tú!

—Llegó a Inglaterra y Francia la noticia de que los confinados se habían apoderado de tu nave. ¿Sabes que se han atrevido a asaltar a unas naves marítimas?

—¿Quiénes?

—Los que se habían apoderado del Centauro.

—¿Y qué sucedió con ellos?

—Los hundí yo, con media docena de bombas de silurite, a doscientas millas del estrecho de Gibraltar.

—¿Y mi nave se hundió con ellos?

—No querían rendirse.

—¡Bah! El gobierno inglés me indemnizará —dijo el capitán del Centauro, alzando los hombros—. Prefiero que repose en el fondo del Atlántico antes de que se convierta en una nave pirata. Pido hospitalidad para mí y para estos señores que me acompañan. ¿Adónde vas?

—A Francia.

—Muy bien: es un bello país.

Brandok, Toby, Holker y el piloto también habían subido a la nave. Pero el primero, apenas puso sus pies en el puente, fue presa de un temblor tan intenso que por poco cae sobre Holker.

—¿Qué le pasa, señor? —preguntó el capitán del Centauro. Brandok no respondió enseguida. Estaba transfigurado y palidísimo.

Parecía que sus ojos, dilatados, querían salírseles de las órbitas, y los músculos de su rostro temblaban de un modo extraño.

—¿Qué le pasa, señor? —repitió el capitán.

—Esta nave funciona a electricidad, ¿no es cierto? —preguntó finalmente el norteamericano, con una voz tan alterada que sorprendió a todos.

—Sí, señor.

—Ahora comprendo... ¡Toby!

El doctor no dio respuesta alguna. Estaba parado en medio del puente de la nave y miraba una gran lámpara de radium con ojos vidriosos, parecidos a los de un hipnotizado.

También él estaba extremadamente pálido y temblaba

como si sufriera de cuando en cuando descargas eléctricas.

—¿Qué les pasa a estos señores? —preguntó Tompson. —No lo sé —respondió el capitán del Centauro, que parecía estar vivamente impresionado—. Es la segunda o la tercera vez que los veo temblar así.

—¿Quiénes son?

—Dos señores norteamericanos que están dando la vuelta al mundo.

En ese momento Holker se acercó a ellos.

—Mis amigos no están habituados al intenso desarrollo de la electricidad que reina en estas naves —dijo a los dos capitanes—. Hagan que los lleven a sus camarotes y tratemos de llegar a tierra lo antes posible. Les prometo mil dólares si mañana llegamos a Lisboa.

—Forzaremos las máquinas —respondió Tompson.

—Todo lo que puedan —dijo Holker, que parecía muy preocupado.

Se acercó a Brandok, que se había apoyado en la baranda de babor, como si no pudiera mantenerse derecho sin la ayuda de algo que le sirviera de punto de apoyo.

—¿Qué es lo que siente, señor Brandok? —le preguntó.

—No lo sé... —balbuceó el joven—. Siento un temblor extraño y una turbación inexplicable. Me ha dado esto apenas puse un pie en esta nave. Se diría que mi cerebro recibe continuamente descargas. Pero cuando estaba en el cono me encontraba perfectamente bien.

—Es la gran tensión eléctrica que reina aquí lo que le produce esos efectos, señor Brandok. Cuando estemos en tierra esos temblores desaparecerán.

El joven sacudió la cabeza con desaliento, después, con un hilo de voz, dijo:

—Toby y yo somos hombres de otra época.

Cuatro robustos marineros tomaron al joven norteamericano y a Toby por debajo de las axilas y los transportaron a los camarotes de popa, acomodándolos en unas buenas camas.

—Me temo que estos hombres están perdidos —murmuró Holker—. En su época la electricidad no tenía el desarrollo enorme que alcanzó ahora. ¿Qué va a ser de ellos? Comienzo a tener miedo.

Al día siguiente, antes del mediodía, la nave voladora enfilaba el Tajo y entraba a toda velocidad en la capital de Portugal.

Brandok y Toby poco a poco se habían tranquilizado, pero ya no eran los alegres amigos de antes. Parecía como si una profunda preocupación turbase sus cerebros, y a la más pequeña emoción volvían los temblores y los sobresaltos de los músculos.

El señor Holker, que comenzaba a asustarse, los hizo conducir a la estación donde ya había alquilado un compartimiento especial.

Veinticinco minutos después partían los coches por un tubo de la línea ferroviaria subterránea, a una velocidad de doscientos kilómetros por hora.

La travesía por España se llevó a cabo en seis horas, sin que bajaran en ninguna estación.

Holker, que veía a sus compañeros agravarse cada vez más, tenía prisa por llegar a la capital francesa para consultar a un científico acerca de la enfermedad que los había atacado y que podía tener otro origen.

A la mañana siguiente descendían en la estación de la capital francesa, entonces doblemente grande y doblemente poblada.

En aquellos cien años se había vuelto una de las ciudades más industriales del mundo.

El aire de la gran capital, saturada de electricidad a causa de su número infinito de máquinas eléctricas, no hizo más que agravar la situación de Toby y Brandok.

Fueron conducidos a un hotel presa del delirio.

El señor Holker, cada vez más asustado, hizo llamar inmediatamente a uno de los más eminentes médicos, al que le contó todo lo que había ocurrido a sus desgraciados amigos, sin ocultarle la historia de su milagrosa resurrección.

La respuesta que obtuvo fue terrible.

—Aunque me cueste trabajo creer que estos hombres han encontrado el secreto para dormir un siglo entero —dijo el médico—, ni yo, ni nadie, podrá salvarlos. Tanto por la intensa electricidad a la que no están habituados como por las emociones producidas por nuestras maravillosas obras, sus cerebros han sufrido tal sacudida que no se curarán nunca. Llévelos a las montañas de Auvernia, al sanatorio de mi amigo Baudin. ¡Quién sabe! A lo mejor el aire vivificante de aquellas cumbres puede lograr un milagro.

El mismo día el señor Holker, con dos enfermeros y los dos locos, subía a una nave voladora alquilada para ese fin y partían para Auvernia.

Un mes más tarde tomaba solo y triste el ferrocarril de París para volver a Norteamérica. Ya había perdido toda esperanza.

Brandok y Toby habían sido declarados locos, y para peor, locos incurables.

—Más valía que no se hubieran despertado de su sueño secular —murmuró el señor Holker con un largo suspiro,mientras tomaba asiento en el compartimiento del coche.

Yo me pregunto ahora si aumentando la tensión eléctrica, la humanidad entera, en un tiempo más o menos lejano, no terminará por enloquecer. He aquí un gran problema que debería preocupar a nuestros científicos


Publicado el 25 de febrero de 2017 por Edu Robsy.
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