Los Aventureros del Mar

Emilio Salgari


Novela



1. El “Garona”

En un caluroso día de agosto de 1832, un barco de quilla estrecha y alta arboladura navegaba a cuarenta millas de la desembocadura del Coanza, uno de los mayores ríos de la costa del África ecuatorial. Era un hermoso ejemplar de bergantín a palo, que a primera vista se le hubiese podido confundir con un crucero liviano ya que estaba armado de doce cañones, pero su dotación estaba compuesta de sólo sesenta hombres y al tope de su mástil principal no flameaba la cinta roja, distintivo de las naves de guerra.

En el puente de mando, un hombre de elevada estatura, facciones enérgicas al par que bellas, ojos negros y penetrantes y barba corta muy oscura, observaba las actividades de la tripulación, mientras a su lado otro consultaba atentamente un mapa de la zona. La figura del último contrastaba notablemente con la del primero, pues era bajito, nervudo, de rasgos angulosos, frente angosta, mirada dura, barba rojiza e híspida y piel bronceada.

Después de estudiar algunos minutos la carta se volvió al compañero y le informó con voz áspera:

—Nos hallamos próximos al Coanza, capitán Solilach, y posiblemente mañana lo alcanzaremos.

—No tenía la menor duda de ello, señor Parry— contestó el otro—. Volveremos a ver al querido Pembo.

—Que estará borracho como de costumbre, capitán.

—Es probable, lugarteniente.

—Esperemos que nuestro “Garona” pueda hacer la carga completa, para no tener que ir hasta las costas de la Hotentotia a buscar lo que falte. ¿Cuántos esclavos necesitan los plantadores de Cuba?

—Lo menos quinientos.

—¡Uhm! Dudo que Pembo los tenga.

—En ese caso tendremos que corrernos hasta la costa sur.

—¿No teme a los buques patrulleros?

—Disponemos de doce cañones y sesenta hombres decididos.

—Los cruceros tienen más, capitán. Siempre he dicho que los riesgos que se corren ejerciendo la trata de negros no están bien compensados.

—¿Preferiría traficar en azúcar o café?

—Me dedicaría a algo mejor que eso, señor Solilach.

—¿Qué sería…?

—La piratería, con lo que ganaría el triple.

—Si, asesinando. Persiste usted en la misma idea… No seguiré nunca su consejo, señor Parry.

—¡Historias! –exclamó el segundo con una mueca de despecho.

—Bueno; dejemos los piratas y pensemos en nuestros asuntos, lugarteniente. ¿Está todo preparado en el entrepuente?

—Las cadenas están bien afirmadas y he examinado los anillos; los cañones se hayan cargados.

—Nunca se sabe lo que puede ocurrir… ¡Señor Ravinet!

Un joven oficial que en ese momento pasaba bajo el puente, al sentirse llamado, levantó la cabeza.

—Mande, capitán.

—¿Ha indicado usted la ruta exacta?

—Exactísima, capitán. Nos hallamos sólo a treinta millas del Coanza, cuya costa ya ha señalado uno de los vigías.

—¿Ningún barco en vista?

—Ninguno, capitán.

—Bien; la fortuna está con nosotros –comentó Solilach restregándose las manos—. Haga izar al tope mi bandera, por cualquier contingencia.

Un instante después la enseña tricolor francesa flameaba en lo alto de la vela de artimón y era saludada por toda la marinería. Sólo el lugarteniente la había mirado con despreciativa sonrisa y mascullando:

—¡Vaya con el franchute éste!

El “Garona “ era tan veloz velero, que en menos de una hora había avanzado hasta el punto de que los vigías podían divisar sin la ayuda del catalejo las lejanas montañas que corren paralelas a la costa. Con el giro del viento al sur, el barco había cesado de bordear y corría directamente hacia el este y algunos marineros que habían trepado a las cofas de la mayor y del trinquete, podían anunciar minutos después:

—¡El Coanza! ¡El Coanza!

La nave se hallaba entonces a tres millas de la costa y ante ella se abría una profunda ensenada, en el fondo de la cual se percibía una hendedura inmensa abierta en medio de la selva; era la desembocadura del río.

—¡Derecho a la barra! –gritó el comandante al timonel—. ¡Cuidado con los bajos fondos!

Una corona de escollos surgía del mar delante de la boca del río, pero el “Garona”, cuyos flancos se bañaban en la blanca espuma de la resaca mientras la popa aún se hallaba en aguas del océano, hábilmente dirigido, la superó con facilidad. Las dos orillas aparecían cubiertas de una tupida y exuberante vegetación; los helechos enderezaban sus largos y delgados tallos, los áloes inclinaban graciosamente sus ramas y los paletuveros de las mil raíces y troncos retorcidos, avanzaban sobre las aguas formando enormes diques. Más adentro los gigantescos “baobab” de espeso follaje verde oscuro y cuerpo de seis metros de circunferencia, sobresalían entre manchones de copales de olorosa resina, árboles de hierro (así llamados por su dureza), plátanos y mangos de fruta exquisita. Esa profusión de plantas formaba una densa bóveda que impedía la penetración de los rayos del sol.

Un grupo de simios, que se agitaba en ambas riberas ocupado en desenterrar nutritivas raíces bulbosas, al ver al barco deslizarse majestuosamente por el río se trepó a las cimas más altas chillando con estrépito y comenzó a arrojar ramas y frutas sobre cubierta, con gran regocijo de los marineros. Algunos antílopes, en cambio, continuaron bebiendo tranquilamente al borde del agua sin demostrar ningún temor, y en el aire bandadas de pájaros cruzaron veloces en todas direcciones. Papagayos grises parloteaban entre los bananeros; corrían las perdices de cuello pelado, y grandes cuervos volaban alrededor de la arboladura lanzando gritos roncos. Hacia las tres de la tarde aparecieron los bajos fondos.

—¡Atención! –avisó el capitán—. Tiren las sondas.

Cuatro marineros dirigidos por el oficial se trasladaron a proa para medir por babor y estribor la profundidad del agua. De tanto en tanto descubrían bancos de arena muy peligrosos que hacían necesario toda la habilidad del segundo comandante para evitar que la nave se apartase de los canales trazados por el curso caprichoso del río. Pudo así, empujada por el viento oeste, seguir su marcha regular durante el día, pero al oscurecer se mandó echar las anclas y la tripulación estuvo velando toda la noche, alarmada por los pavorosos conciertos que ejecutaban los habitantes de la selva. Una manada de hienas se había congregado en ambas orillas y armaban un alboroto mayor que el de una tribu de negros y delirantes , aumentado por los silbidos y ulular de los chacales y algún formidable rugido de león, que se unían a sus gruñidos y risotadas. Pero todos esos ruidos cesaron con la salida del sol y el velero prosiguió su ruta con las mismas precauciones del día anterior.

—Dentro de poco llegaremos a la aldea de Pembo –dijo el comandante a su segundo—, pues a juzgar por ciertos indicios no puede encontrarse lejos.

—En efecto –confirmó éste— me parece divisar allá abajo algunas chozas.

—¡El barracón! –gritó en ese momento el vigía.

La tripulación se concentró a proa, donde ya se hallaban los oficiales superiores, para contemplar desde allí en un terreno bajo cubierto de espléndidas palmeras unas cincuenta chozas de forma cónica agrupadas alrededor de un “baobab” de enormes dimensiones. Un centenar de negros, de un hermoso color de ébano, semidesnudos, gesticulaban vivamente y agitaban largas azagayas. Debían saber de lo que se trataba porque aclamaban a los marineros con gritos de júbilo y bailoteaban alborozados al borde de la ribera.

El capitán mandó disparar un cañonazo de saludo y echar al agua una lancha, provista precaucionalmente de una espingarda, que ocupó con su segundo y ocho marineros armados. Cargose una buena cantidad de frascos de aguardiente, y luego de diez minutos de rápida carrera la expedición desembarcaba en medio de los alaridos de una muchedumbre de indígenas que parecían enloquecidos de contento. Solilach, seguido de su escolta, se dirigió directamente a la morada de Pembo, el rey de la tribu, compuesta de tres vastas cabañas con techo de paja, circundadas de verandas y pintadas de rojo, situadas en la mitad de la población. Dos hileras de palos toscamente esculpidos con serpientes y fetiches adornados con amuletos de piedras diferentes y colas de animales, formaban una especie de calle que conducía a la entrada principal. La formidable algazara que armaban sus súbditos había despertado seguramente al monarca, el cual apareció en la puerta de su “tembé”. A la vista del capitán emitió un grito gutural que no tenía nada de humano, se precipitó hacia él y aferrándole la mano se la sacudió repetidas veces a la moda europea.

Pembo era un negro robusto, muy alto y representaba unos cuarenta años de edad; su rostro, alterado por el desmedido abuso del alcohol, aparecía horriblemente contraído, lo que le daba un aspecto espantoso. La indumentaria no podía ser más ridícula: llevaba en la cabeza un casquete rojo ornado con amuletos de piedra y coronado de un penacho de plumas de vivos colores que sacudía incesantemente para hacer tintinear unas pequeñas campanillas allí escondidas; su pecho, completamente desnudo, estaba cubierto en su totalidad de tatuajes que mostraban cabezas de leones y garras de monos; sus brazos y piernas cargaban numerosos anillos de marfil y cobre y brazaletes de lata; una corta falda gastada y sucia, de tela rayada, en la que resaltaban cuentas de vidrio, le cubría los muslos, y en la cintura ostentaba un hacha de guerra y un “simo”, especie de sable dentado como una sierra. Detrás de él salieron una docena de mujeres cubiertas con breves faldas de colores chillones, engalanadas con pulseras, anillos y gruesas cuentas de vidrio y el cuello sujeto con pesadas argollas de bronce que les aplastaban los hombros.

Terminadas las ceremonias rituales, el capitán y su lugarteniente penetraron en la residencia real para hablar de negocios, mientras una veintena de músicos, soplando cuernos y golpeando “upatú” (una suerte de platos de cobre) y “kilindi” (tambores construidos con trozos de tronco cavados), tocaban una destemplada y fragorosa marcha, seguramente agradable a los oídos africanos, pero insoportable a los europeos. El interior de la real vivienda era de una simplicidad sin par. Contenía varias pieles de león que debían servir de camas; una rústica mesa pintada de rojo; algunos escaños de extravagante forma y amuletos de gran tamaño. Completaba el mobiliario dos enormes vasijas de barro repletas de “pombé”, fortísima cerveza repulsiva para los blancos, pero que los negros, y en especial Pembo, bebían con deleite. El segundo Parry descorchó varias de las botellas traídas y se inició la conversación. El monarca hablaba un portugués muy malo, pero lo suficientemente comprensible para sus interlocutores.

—Pembo –comenzó el capitán después de vaciar una copa de aguardiente—, ¿cuántos esclavos te han proporcionado las guerras de este año?

—Muy pocos, capitán –contestó el interpelado sacudiendo la cabeza y entornando los ojos con una mueca de descontento.

—Necesitaríamos alrededor de quinientos hombres.

—Sólo poseo la mitad –declaró el monarca, llevándose a los labios apresuradamente una botella, de cuyo contenido tragó más de la tercera parte.

—¡Maldito beodo! ¿Qué hacemos con tan pocos esclavos? –gruñó el segundo en inglés.

—Tendremos que aceptarlos –manifestó Solilach—. Iremos a completar la carga en El Cabo; los hotentotes y los grandes namaquas valen tanto como los del Coanza –y dirigiéndose al negro inquirió—: ¿Por qué son tan pocos este año?

—Abandoné la guerra por la caza –explicó éste.

¡Lástima! Por otra parte, el precio de la mercadería está en baja esta temporada, el transporte más difícil y los peligros mayores. Bueno; vamos a ver ese lote.

Pembo se puso de pie tambaleándose, y sin abandonar la botella que tenía en la mano se encaminó con los otros dos hacia una gran choza cerrada que guardaban seis guerreros armados de hachas y largas jabalinas. Del interior salían voces roncas e imprecaciones pronunciadas en diversos dialectos, reforzadas de tiempo en tiempo con el estallido de aullidos ensordecedores. Franqueado el paso, los visitantes penetraron en un vasto local donde se encontraban amontonados, de pie o acurrucados como monos, más de doscientos negros entre varones, mujeres y niños. Muchos reían, otros metían bulla y blafemaban; algunos sentados en círculos cantaban golpeándose los muslos y el pecho y no faltaban los que se habían entregado a la danza, ejecutando una zarabanda indescriptible denominada “bambula”. Los hombres eran robustos, la mayor parte guerreros que habían sido el orgullo de su tribu, pero entre las mujeres podían notarse muchas enfermas. Estas desgraciadas, arrancadas de sus chozas saqueadas e incendiadas a raíz de la derrota, añoraban el lugar nativo que nunca volverían a ver.

—¿Cuántos guerreros? –preguntó Solilach a Pembo.

—Cien –fue la respuesta—, todos fuertes, oriundos de las márgenes del Coanza.

—¿Y mujeres y niños?

—Ciento cincuenta y seis.

—Vamos al barco a concluir el trato.

Una vez a bordo, el comandante le hizo recorrer al negro la nave, para que admirara sobre todo los cañones; luego le condujo a su cabina y, previa una libación de ron, preguntole:

—¿Cuánto pides por los guerreros?

—Diez toneles de agua de fuego –respondió el reyezuelo, mordisqueando el cigarro que le había regalado el segundo.

Los dos marinos lanzaron una carcajada y se pusieron de pie.

—¿Adónde van? –inquirió inquieto el negro.

—A levar anclas –contestó Parry—. Podemos hacer una carga completa de hotentotes por la mitad de lo que pides.

—¿Qué me ofrecen, entonces?

—Cinco por los hombres, cuatro por las mujeres y diez barriles de sal por el resto – manifestó el capitán en tono resuelto.

El retinto monarca se incorporó, apoyó la mano con gesto amenazador sobre su hacha de guerra, dirigió una mirada sombría a los dos guerreros e hizo un paso para salir.

—¿Te vas? –le preguntó Solilach tomándolo del brazo.

—Si; voy a armar a mis guerreros para quemar tu barco –respondió Pembo.

—Eres un obstinado. ¿Crees que voy a dejarte partir así? Siéntate y hablemos.

—Bien; dame dos toneles de agua de fuego y diez “chaut” de tela rayada y acabemos.

—Tendrás lo que pides –accedió el capitán.

Pembo lanzó un grito de alegría, dio una vuelta carnero simiesca y abandonó la cabina para ir a hacer piruetas sobre el puente. Los vasallos, agrupados en la ribera, al ver danzar a su rey se pusieron a imitarlo y el extraño espectáculo duró más de una hora, hasta que el protagonista, agotado y vencido por la borrachera, rodó al suelo donde quedó inmóvil.

Solilach lo hizo transporta a tierra y su gente lo llevó al “tembé” a digerir el ron y el aguardiente.

2. La caza de esclavos

A la mañana siguiente, apenas el negro despertó, fue invitado a bordo por el capitán a un suculento desayuno, abundantemente rociado con algunas viejas botellas de “rack”, que hicieron las delicias del monarca. Luego, junto con el segundo, se embarcaron en la lancha más grande para ir a hacer el trueque de las mercaderías y en el barracón, revisados los esclavos minuciosamente, se cerró el trato en forma definitiva. Cuando salían, un guerrero armado de larga lanza, cubierto de fango hasta la frente y chorreando sudor, se presentó a Pembo y le hizo comprender que tenía que trasmitirle una importante noticia.

—¿Cómo te atreves…? –lo amonestó el rey enarcando las cejas.

—Tengo que hablarte –insistió el recién llegado sin amilanarse y señalando a los dos blancos.

Pembo comprendió que su vasallo tenía que decirle algo en secreto, se despidió de los dos marinos y con aquél volvió al barracón.

—¿Qué diablos tendrá que comunicarle ese negro? –comentó Solilach mirando a su lugarteniente.

—Estoy seguro que acierto si digo que viene a plantearle alguna caza de esclavos –arriesgó éste.

El capitán arrugó la frente y no contestó. Al minuto regresó Pembo con los ojos brillantes y la cara rebosando de satisfacción.

—El borrachín parece muy contento –observó Parry.

—Voy a proponerles un buen negocio –anunció el aludido guiñando los ojos—, pero será necesaria mucho agua de fuego… ¡mucha!

—Tiene que ser una cosa muy importante para que pretendas tanta agua de fuego –observó Solilach.

—Denme cinco barriles y les revelaré un secreto que habrá de proporcionarles una buena carga a poco precio –afirmó el exótico monarca dando brincos alrededor de los dos europeos.

—Vamos; explícate mejor –indicó el segundo parándolo.

—Agua de fuego antes –exigió el negro— y les garantizo que no perderán nada.

—¡Sea! –convino el comandante, y ordenó desde la orilla a los marineros de a bordo descargar otros cinco barriles de aguardiente.

—¿Vieron al guerrero que me habló? –expresó Pembo una vez que los vio en tierra—. Pues bien; viene del alto Coanza a informarme que Bonga, el poderoso rey de la tribu de los cassenhas se encuentra con un séquito de doscientos hombres en Upalé, un miserable villorio mal defendido, a sesenta millas del río. Creo que es para ustedes la oportunidad de realizar un buen negocio y que bien valen cinco barriles de licor un jefe hercúleo y doscientos negros robustos.

—No acepto –decidió Solilach con un gesto de descontento—. El dar la caza a los naturales no es de mi incumbencia.

—Escúcheme, capitán –intervino Parry—. Consienta y juntaremos más de cuatrocientos esclavos sin necesidad de ir a buscarlos a la costa meridional.

—Es que no quiero arriesgar la vida de mis marineros en una batalla y obligarlos a ensuciarse las manos con sangre de hombres libres. Prefiero llegar hasta El Cabo.

—¡Pero qué sangre libre! –exclamó el segundo riendo—. ¡Son negros y los negros han nacido para esclavos!

—Yo, por lo menos, no conduciré la expedición.

—Confíemela a mí. Pembo me proporcionará guías y, ¡por mil demonios!, no dejaré que se me escape un solo cassenhese.

Solilach no contestó y regresó silenciosamente al barco. Parry y Pembo se fueron al “tembé” real a emborracharse, y cuando el primero regresó a bordo era ya noche avanzada y se sostenía con dificultad sobre las piernas. Eso no fue óbice para que antes de que saliese el sol se encontrara levantado disponiendo los preparativos de marcha. Cincuenta marineros, los más vigorosos y resueltos, fueron elegidos para formar la banda de los cazadores de hombres, y una vez listos, y equipados con fusiles, hachas de combate y municiones abundantes, fueron embarcados en las chalupas y trasladados a tierra. Antes de internarse en la selva, Parry, orgulloso del mando que acababa de otorgarle el capitán, obtuvo de Pembo que le facilitase veinte guerreros prácticos del país y media hora después desaparecía con su gente en la tupida masa de follaje.

Iban delante, abriendo paso por entre las raíces y las lianas, los guerreros negros, armados de hachas, venablos y arcos cuyas flechas estaban impregnadas del sutil veneno de la “euforbia”; los marinos, formando grupos, los seguían en silencio. A las dos horas de una marcha fatigosa, el bosque fue despejándose poco a poco y apareció una lujuriante pradera salpicada de jengibres amarillos y azules, labelias pálidas y orquídeas rojas. Aquí y allá, a lo largo de los cursos de agua, crecían algunos árboles gigantescos: sicomoros cargados de frutas tan grandes como nueces de coco, sauces llorones y nopales. Parejas de antílopes atravesaban de cuando en cuando la extensa llanura y se esfumaban velozmente, sin dar tiempo a los hombres del “Garona” de echar mano a sus fusiles.

Durante la mayor parte del día los expedicionarios marcharon cómodamente sobre terreno llano, en campo abierto, hasta que a las cuatro de la tarde se encontraron frente a la verde muralla de un bosque inmenso. Anduvieron por él hasta la caída de la noche en que, muertos de cansancio, acamparon bajo un enorme “baobab” de flores blancas y hojas obscuras, tan amplio, que bajo sus ramas hubiera podido cobijarse un regimiento entero.

Hicieron fuego y comieron carne salada y bizcochos; luego Parry llamó a uno de los vasallos de Pembo y le preguntó:

—¿Es mucho lo que tendremos que caminar para llegar al villorio de Bonga?

—Habrá que cruzar todo el bosque, dejar atrás una gran pradera y vadear un río. Quizás podamos estar allí dentro de dos días –informó el guía.

Seis marineros montaron guardia durante la noche para mantener alejadas a las numerosas fieras que merodeaban en la espesura, y varias veces tuvieron que descargar sus armas para alejar a algunas demasiado atrevidas. Al amanecer, pese a la lluvia que empezó a caer copiosamente, los expedicionarios reanudaron la marcha abriéndose camino a fuerza de hacha por entre la maraña de troncos, raíces y ramas y sólo a largas distancias encontraron algunos senderos abiertos por la mano del hombre o las pisadas de los elefantes, que les permitieron cortos respiros. Cuando se daba con ellos Parry les hacía redoblar el paso para ganar tiempo, temeroso de llegar al objetivo cuando la presa perseguida lo hubiese abandonado.

A cierta altura los exploradores hicieron señas al lugarteniente de detenerse y ocultar a su gente. La arboleda era en esa parte menos tupida y la vista podía extenderse hasta unos veinte metros de distancia, pero con todo y aguzar los sentidos, los blancos nada podían advertir.

—¿Habrán descubierto a la banda de Bonga? –susurró el oficial al oído de Parry—. Voy a preguntárselo.

Se arrastró hasta el guerrero que se hallaba más cerca y le tocó la espalda; éste se dio vuelta rápidamente y le indicó con un gesto de permanecer inmóvil.

—Hemos oído el ruido de ramas rotas delante nuestro, detrás de esa gran mata –informó el súbdito de Pembo.

—Manda a dos de tus compañeros a averiguar de qué se trata; nosotros los cubriremos con nuestros fusiles.

El negro hizo un signo de asentimiento con la cabeza, llamó al que tenía más próximo y ambos, agazapados, se deslizaron a través de hierbas y raíces hasta la mata. Los marineros, escondidos detrás de los árboles con las manos en posición, esperaban ansiosamente. Parry tenía empuñada una pistola en cada mano.

—¡Escuche! –le sopló a su lado el oficial.

El segundo aguzó el oído y percibió un rumor de ramas quebradas en el mismo instante en que resonaba un grito ronco, inarticulado pero humano. De pronto hendió el aire un estridente silbido al que siguió un grito desgarrador y uno de los exploradores regresó corriendo y lleno de espanto. Los fusileros del “Garona” se arrojaron fuera de su escondrijo al tiempo que de la mata salían cuatro negros, disparaban sus arcos y volvían a desaparecer, no sin ser antes saludados con una descarga cerrada.

—Vamos a rodearlos –dispuso el lugarteniente—. Tratemos de que no se nos escapen.

Los marineros se acercaron a la mata con los fusiles en la mano y los cuchillos entre los dientes, y a la entrada tropezaron con el cuerpo del otro explorador que presentaba una ancha herida de lanza en el pecho. De sus matadores no se notaba la menor huella.

—¡Penetremos! –ordenó Parry.

—Procedamos con precaución –recomendó el oficial.

Diez marinos y otros tantos guerreros, después de separar las ramas con los caños de las carabinas y las cañas de las lanzas, se introdujeron audazmente entre el ramaje. Un negro oculto detrás de un tronco, al ver a los hombres blancos, lanzó un grito agudo y acometió a uno de ellos tratando de lancearlo; éste paró el golpe con la culata de su arma y le partió a aquél la suya en dos pedazos. El indígena entonces recurrió al hacha y cuando el marinero le iba a hacer frente con su cuchillo, pegó un resbalón y rodó por el suelo. Ya estaba el salvaje por partirle la cabeza, cuando el oficial, que no había perdido de vista a los combatientes, lo tumbó de un balazo.

—¡Adelante! –comandó el lugarteniente—. Allí están los otros; procuren que ninguno huya, pues deben ser los centinelas avanzados de la tribu.

Mientras daba esta orden sonó un segundo disparo efectuado por otro marinero contra una oscura cabeza que había aparecido entre las ramas.

—Habrá que registrar la mata –indicó el oficial—. ¡Vamos, penetremos todos a un tiempo!

Los veinte hombres lo siguieron, pero el minucioso examen no dio resultado alguno.

Todos los ojos se posaron sobre un grupo de sicomoros que se elevaba en medio del terreno.

—¡Allí están! –gritó un marinero señalando unas formas que desaparecieron por el lado opuesto.

Estallaron siete u ocho disparos y se vio a uno de los fugitivos precipitarse de un árbol, pero los restantes se perdieron en el interior de otra mata desde la cual dispararon algunas flechas. Por momentos asomaba por entre las ramas un arco, una lanza, un brazo.

—¡Fuego allí al medio! –comandó el segundo descargando sus pistolas.

El pelotón lo imitó, mas nadie respondió al ataque; se hubiera dicho que los negros hubiesen sido muertos o logrado escapar. Los marineros del “Garona” ya se aprestaban a seguir avanzando cuando tres de aquellos saltaron fuera de la espesura con el intento de forzar el cerco en que se los había encerrado. Sólo uno de ellos logró ese propósito, pues el segundo fue abatido y el último cayó prisionero. Inmediatamente se inició la búsqueda del desaparecido, el cual si no habría logrado ganar el bosque debía haber trepado a algún árbol.

—Me parece ver que algo se mueve detrás de aquellas plantas –informó un fusilero señalando el sitio.

—¡Es el negro! –informó el compañero que estaba a su lado y apuntando dejó partir el tiro.

Se produjo un crujido de ramas, pero con asombro de todos, ningún cuerpo cayó ni se vio a nadie.

—¡Todavía está allí! –gritaron los guerreros de Pembo.

—¡Se ha escondido entre las hojas! –sostuvo un marinero.

Diez caños de fusiles tomaron de mira al árbol cuya parte superior el infeliz se esforzaba por alcanzar, hicieron fuego y el cuerpo acribillado de balas cayó al pie de los tiradores.

—¡Maldición! –exclamó furioso el lugarteniente Parry—. ¡Tanta fatiga para obtener como beneficio un solo miserable esclavo! –Y ordenó acampar.

3. La tribu de Bonga

Se encendieron los fuegos y después de una cena frugal los expedicionarios, envueltos en sus cobijas, se durmieron tranquilamente. Su sueño fue interrumpido dos horas después por el grito de alarma de los centinelas y los alaridos de espanto de los auxiliares negros.

De inmediato todos estuvieron en pie con los fusiles en la mano.

—¿Qué significa este estrépito? –preguntó el segundo.

—¡Los leones! –informaron los guardias.

—¡Pero las hogueras están encendidas…!

—Forman una banda numerosa y han intentado penetrar en el campo saltando por encima de ellas… ¡Mírelos cómo rondan en torno!

En efecto, varias de estas fieras, rugiendo furiosamente, brincaban por la llanura y se acercaban cada vez más al campamento. Los guerreros de Pembo, atemorizados, aullaban como demonios y corrían alrededor de las hogueras blandiendo sus lanzas. También los marinos, que no estaban habituados a esos impresionantes conciertos, se habían agrupado bajo el árbol que se alzaba en el centro del lugar, poseídos de cierto pánico, sobre todo al ver que dos de esos carniceros, de enorme corpulencia, se preparaban, a poca distancia, para asaltarlos.

—¡No tengan miedo! –les gritó el lugarteniente—. Somos setenta y podemos rechazarlos fácilmente.

Los dos leones, después de lanzar una mirada ávida al conjunto de hombres, volvieron a reunirse con una decena de congéneres, pero pocos minutos después, uno de ellos fue visto pasar rápidamente y ocultarse detrás de una espesa mata.

—¡Firmeza, sangre fría y una buena mira! –recomendó Parry—. Una sola descarga bastará para dispersar a estos devoradores de carne.

Un marinero de estatura gigantesca y famoso por su enorme fuerza, salió del grupo. Era brasileño de nacimiento y uno de los hombres de mayor confianza del capitán Solilach por el cual, a su vez, sentía adoración.

—¿Qué vas a hacer, Banes? –quiso saber el segundo, deteniéndolo con un gesto.

—Voy a demostrar a esa fiera el poder de las balas de nuestros fusiles –contestó el coloso poniendo una rodilla en tierra y apuntando.

El animal al verle se puso a agitar la cola y azotarse con ella violentamente los flancos a la vez que lanzaba sordos rugidos, pero no abandonó su refugio a la espera del momento oportuno. Banes apretó el gatillo y el león, con un bramido horroroso, brincó fuera de la mata.

—¡Tocado! –dijo tranquilamente el gigante.

La bestia, enloquecida por el dolor de la herida, salvó de un salto la línea de fuego y cayó en medio del campamento. Blancos y negros, dominados por el terror, se precipitaron al árbol, pero Parry y el oficial conservaron la suficiente presencia de espíritu para descargar sus armas sobre el atacante que, nuevamente herido desanduvo el camino y desapareció en la sombra de las matas.

—¡Condenación eterna! –despotricó Banes hecho una furia—. ¡Estos son los hombres que alardean de valientes y en lugar de hacer fuego graznan como gansos!

Los compañeros, avergonzados, tomaron posición detrás de las hogueras jurando masacrar a todos los leones de África.

—Pues esta es la mejor oportunidad para ensayarlo –les gritó el titán al ver a varias de las fieras avanzar a grandes zancadas—. ¡Atención, no tiren sino a golpe seguro!

Ninguno contestó, pero se oyó el ruido de las armas al ser cargadas. Fue el momento en que siete de los felinos, saltando sobre las llamas, cayeron en el campamento y uno de ellos, después de derribar a un negro de un zarpazo, se arrojó sobre Banes. Pero éste, que estaba alerta, le descargó incontinente su carabina al mismo tiempo que lo hacían otros compañeros. De los temibles intrusos, dos pagaron su audacia con la vida y los otros retrocedieron rápidamente y a grandes saltos se perdieron en las tinieblas.

—Creo que podremos reanudar nuestro interrumpido sueño –propuso el gigantesco brasileño—. Esta noche es seguro que no volverán.

Diez de los tripulantes del “Garona” quedaron de centinelas mientras el resto trataba de dormir. Pero el temor a una nueva irrupción de leones mantuvo a la mayor parte despierta.

Cuando la primera claridad asomó por el horizonte todos los animales salvajes habían vuelto a sus guaridas y la expedición pudo proseguir su ruta.

Recorrió una vasta llanura sin un solo árbol que rompiese su monotonía: era una inmensa sabana verde bellamente matizada de orquídeas rojas, jazmines estrellados y jengibres amarillos, que llenaban el aire con su perfume. Cerca del mediodía una nube desmesurada cubrió el sol presagiando el estallido de una fuerte tempestad. Los guías indígenas empezaron a mostrarse inquietos y uno se apersonó a Parry para decirle con cierto temblor en la voz:

—Es preciso apurar el paso a fin de llegar al río antes de que se desencadene la tormenta, de lo contrario lo encontraremos tan crecido que no podremos vadearlo.

—¿Crees que será cosa seria?

—Temo que sea tremenda.

El segundo ordenó que se forzase la marcha, y de ese modo, a las cinco de la tarde pudieron vislumbrarse en el horizonte los primeros árboles anunciadores de la proximidad del río. Se fueron dejando atrás pequeños grupos de tamarindos, palmeras, sicomoros y algunos “baobab” solitarios, y a las ocho la compañía desfiló bajo una espesa bóveda de follaje y en medio de una profunda oscuridad. Todos caminaban de prisa, deseosos de alcanzar lo más pronto posible el curso de agua, pues el temporal se iba acercando lentamente. Los pájaros habían interrumpido su canto, los animales terrestres se habían refugiado en sus cuevas, el aire se hacía más denso y las sombras más compactas.

—Creo que el huracán que se nos viene encima va a ser de los bravos –opinó Parry—. En estas regiones son raros, pero cuando estallan su violencia es terrible.

—Yo pienso lo mismo –expresó el oficial—. Vamos a tener una mala noche y a menos que demos con algunas cavernas al otro lado del río, la gente tendrá que pasarla sin dormir. Le pediré alguna información a los guías.

—Bien; hágalo usted.

El oficial llamó con una seña a uno de los guerreros de Pembo.

—¿Estamos lejos del río? –le preguntó.

—Una milla –fue la respuesta.

—Y una vez vadeado, ¿hallaremos dónde guarecernos?

—En las grutas.

—Menos mal –murmuró el oficial.

Los hombres estaban tan cansados que muchas veces habían propuesto hacer alto, pero las exhortaciones del lugarteniente los incitaba a seguir, y media hora más tarde la columna llegaba a la orilla de un ancho torrente todavía seco. Numerosos peñascos y escollos se hallaban desparramados en su lecho como testimonio del ímpetu de la corriente cuando el agua abundaba. Los marineros, sin decir palabra ni preocuparse del huracán que estaba por desencadenarse, se dejaron caer al suelo en cuanto pisaron la orilla opuesta, a pesar de los ruegos del segundo que quería hacerlos retirar hasta los refugios. No le quedó a éste otro remedio que buscar reparo con pocos de ellos junto a algunas rocas.

Serían las diez de la noche cuando un colosal relámpago rasgó las tinieblas. Se produjo en seguida un formidable estallido y en el mismo instante cayeron las primeras gotas de lluvia. El viento, rugiendo con violencia extrema, doblaba los árboles quebrando sus ramas y las descargas eléctricas y el fragor de los truenos se sucedieron a partir de entonces sin interrupción. Los dos oficiales y los hombres que los acompañaban se pusieron de pie aferrándose a las rocas para resistir la fuerza del viento, pero los hombres que se habían echado sobre el terreno pedregoso continuaron durmiendo a pesar de la lluvia torrencial que les caía encima.

De pronto llegó de lejos un rumor extraño, parecido al estruendo de una catarata o al mugido de un torrente, el cual iba aumentando en intensidad. Parry, luchando esforzadamente contra la potencia del vendaval, se arrastró hasta el borde del río y miró: el agente que producía el fragor descendía por su cauce. Sin perder un segundo se precipitó al medio de los dispersos durmientes gritando:

—¡Alerta…! ¡Corran…!

Los marinos, a la voz imperiosa del jefe, se incorporaron de un salto, y recogieron con toda premura sus armas y abrigos y huyeron hacia la ribera. Era tiempo. Minutos después una ola enorme, espumosa y burbujeante, bajaba con extraordinaria pujanza por la cuenca en pronunciado declive, haciendo rodar pesados peñascos y grandes troncos de árboles. En un instante el ancho y árido lecho del río se había convertido en un torrente impetuoso de más de un metro de altura y en constante crecimiento. Los expedicionarios, desconcertados y aturdidos, contemplaban el fenómeno con ojos de espanto.

—¿Dónde se encuentran las grutas? –inquirió el lugarteniente.

—Vengan –dijo uno de los días.

Con infinitos esfuerzos y utilizando manos y rodillas, pudieron los marinos seguir a los negros y llegar un cuarto de hora después delante de algunas cavernas excavadas en los flancos de una pequeña colina. Mientras la gente trataba de guarecerse en ellas, afuera el huracán se desataba con violencia extrema. Pero a las cuatro de la madrugada ya se había disipado con la misma rapidez con que empezara, permitiendo a los extenuados marinos algunas horas de tranquilo reposo.

Eran ya las ocho pasadas cuando reanudaron la marcha a lo largo de un terreno húmedo y resbaladizo, pero que muy pronto se volvió transitable bajo los potentes rayos del sol. Al mediodía ascendían por el declive de un cerro rocoso en cuya altura acamparon. Estaban por encender fuego para preparar el almuerzo, cuando los finos oídos de los negros percibieron un lejano rumor de ladridos y gritos humanos procedentes de un bosque que comenzaba al pie de la eminencia. En un santiamén toda la tropa se puso en estado de alerta con las armas preparadas.

—¿Qué sucede? –preguntó el segundo a uno de los guías.

—Hombres que cazan –informó éste—. ¿No oye los ladridos de los perros? Deben perseguir elefantes.

—Podríamos emboscarnos detrás de las matas y caer de sorpresa sobre los cazadores – sugirió Parry.

—¡Vamos! –gritaron al unísono los marineros.

Se echaron los fusiles al hombro y como una bandada de cuervos bajaron la cuesta y se internaron en la fronda de un grupo de arbustos. Pasaron diez minutos que emplearon en extender sus líneas para cercar a los cazadores: los ladridos y voces se fueron aproximando y al rato se vio salir de la espesura del bosque dos voluminosos elefantes que huían a grandes pasos hostigados por una jauría de perros.

—¡Atención, llegan los negros! Dejemos que se acerquen –instruyó el conductor de la tropa.

En ese momento invadía el descampado una multitud de indígenas armados de largas lanzas.

—¡Es una tribu entera! –murmuró el segundo—. Vamos a tratar de sorprenderla.

4. El poderoso Bonga

Los dos grandes paquidermos acosados de cerca por los perros corrían en dirección a las matas en que estaban ocultos los fusileros sin hacer el menor caso de las flechas que les disparaban los cazadores y que eran como pinchazos de alfileres para su espesa epidermis.

Pero hubo un instante en que, ya exasperados, se volvieron para acometer furiosamente a los negros, los cuales se dispersaron corriendo como liebres. Uno de ellos fue alcanzado por la trompa del animal que iba delante, lanzado a prodigiosa altura y luego pisoteado horriblemente. Coléricos a su vez los de la tribu, afrontaron al matador y le sepultaron más de diez jabalinas en el vientre. El herido, perdiendo sangre, trató de ganar de nuevo el bosque, pero alcanzado nuevamente por las lanzas de sus perseguidores, se detuvo a los pocos metros, agitó la trompa, lanzó un largo barrito y doblando en dos su enorme cuerpo se derrumbó a tierra.

Un clamor inmenso saludó la caída del coloso, y alentados por el triunfo, los salvajes se pusieron a dar caza al compañero, detenido a unos cuarenta pasos del sitio en que estaban emboscados los tripulantes del “Garona”. Este elefante era de mayor corpulencia que el que había sido abatido y poseía dos colmillos de extraordinaria longitud y admirable blancura. Al ver aproximarse a los agresores, cargó rabiosamente contra ellos, volteó a dos o tres y satisfecho trató de abandonar el campo y refugiarse en la selva. Los negros, empero, le cayeron rápidamente encima y lo acribillaron a lanzazos hasta dejarlo sin vida.

Divididos luego en dos grupos se pusieron a arrancar a las víctimas a golpes de hacha la grasa, sustancia altamente apreciada por los naturales.

En eso estaban cuando en la mata sonó un largo silbido y vieron salir de la misma y avanzar rápidamente sobre ellos al numeroso grupo de blancos y negros que estaba emboscado. Los cazadores, tomados de sorpresa, se habían aglomerado confusamente detrás de los elefantes muertos, mas ya un tanto repuestos empuñaron sus largas lanzas decididos a ofrecer una desesperada resistencia.

—¡Ríndanse! –les gritó Parry.

Contestaron con una lluvia de flechas que tumbó a dos de sus hermanos de raza que formaban en el otro bando y provocó una descarga cerrada de los fusiles europeos. Los salvajes retrocedieron, dejando en el terreno media docena de cadáveres.

—¡Adelante! –ordenó el lugarteniente—. ¡Al asalto!

Antes de que los marineros se movieran, sus adversarios, lanzando terribles gritos de guerra, se lanzaron imprevista y furiosamente a su encuentro con hachas y jabalinas y los obligaron a retroceder un trecho para luego dispersarse y ocultarse detrás de los árboles.

Los marineros y sus auxiliares, sin preocuparse de la lluvia de proyectiles que partían de todas direcciones, con una enérgica acometida lograron desalojarlos y tomarles una docena de prisioneros, pero la mayor parte logró ponerse a salvo internándose en lo más tupido de la selva. Tendidos sobre el terreno habían quedado, junto con diez y seis cazadores, dos europeos y ocho súbditos de Pembo.

Parry reunió a sus hombres y les hizo tomar un descanso para que pudieran vendarse las heridas, y una hora después los puso nuevamente en movimiento con el propósito de alcanzar Upalé, la aldehuela de los fugitivos, distante veinte millas, donde seguramente debían de haberse concentrado. Hacia el crepúsculo, al cabo de una marcha fatigosa por la enmarañada selva, la columna llegó a un riachuel afluente del Coanza, cuyas riberas fangosas estaban cubiertas de malezas de casi tres metros de alto, entre las que se destacaban algunos tamarindos. Los exploradores se aprestaban a atravesarlo, cuando se los vio detenerse bruscamente y ocultarse entre el follaje. El séquito se apresuró a imitarlos y el segundo, llegándose hasta uno de ellos, inquirió:

—¿Qué es lo que ocurre?

—Hemos visto gente en la orilla opuesta –fue la información.

—No importa; sigamos adelante.

Atravesaron la corriente, y ya en el otro lado, previo examen de las pisadas, uno de los guías informó:

—Unos veinte hombres han pasado por aquí anoche. Señaló un cuerpo tendido entre la hierba y prosiguió—: Tiene la garganta abierta de un hachazo. No pertenece a la tribu de Bonga. La banda que pasó por aquí debe estar formada por esclavos de guerra.

—¿Les damos caza?

—Sería tiempo perdido; nos llevan una ventaja de doce horas. Es mejor que nos ocupemos de los cassenheses.

—Tienes razón; continuemos.

Media hora más tarde los de la vanguardia volvieron a hacer alto.

—¿Qué sucede ahora? –quiso saber el segundo.

—El villorio está a la vista –comunicó el mismo guerrero señalando algunos puntos rojos que surgían del centro de un pequeño bosque situado a doscientos o trescientos metros.

—Acampemos aquí –dispuso el comandante de la expedición—, y mañana a primera hora atacaremos.

Envió a dos negros a que explorasen los alrededores, los cuales, media hora después, estaban de regreso con la información de que la aldea sólo estaba defendida por una empalizada y que dentro de ella se hallaba Bonga con unos ciento cincuenta guerreros. La noche pasó tranquila y a los primeros fulgores del alba la tropa, dividida en dos secciones, se puso en marcha con instrucciones de rodear la posición.

Los habitantes de la aldea, empero, estaban alertas y en cuanto los atacantes llegaron a las estacadas, hicieron oír sus alaridos de guerra y más de doscientos combatientes encabezados por un negro de estatura gigantesca que se engalanaba con plumas y anillos de bronce, acudieron a defenderla blandiendo lanzas, arcos y hachas. A la descarga de cincuenta fusiles respondió una tempestad de dardos y flechas acompañada de clamores pavorosos. Los agresores, formados en tres pelotones, se lanzaron al asalto, y después de derribar con las hachas los palos del cerco, persiguieron a los defensores el centro del poblado en cuya plaza se hicieron fuertes y rechazaron todas las acometidas de los negreros.

Furioso el brutal comandante por tan heroica resistencia, mandó lanzar granadas incendiarias para prender fuego a las chozas. Las mujeres y los niños, locos de espanto, corrían de un lado a otro huyendo de las llamas que se propagaban con extraordinaria rapidez, mientras los hombres luchaban denodadamente en torno a su hercúleo jefe, que hacía prodigios de fuerza y de coraje. Un marinero lo tomó de mira y disparó su arma, pero un negro llegó a tiempo para recibir la bala en su pecho, hazaña que repitió otro compañero parando con su cuerpo un formidable hachazo descargado contra su rey.

Durante cierto tiempo la lucha fue un sucederse de ataques y retrocesos, hasta que Bonga, decidido a poner término a la masacre de su gente, se arrojó hacha en mano al medio de los enemigos con el intento de abrir una brecha en sus filas. Derribado y con diez carabinas apuntándole a la cabeza, fue obligado a rendirse y lo mismo hicieron a renglón seguido sus vasallos, desmoralizados por la pérdida del conductor. En el campo de batalla yacían más de treinta negros de los dos bandos y diez europeos. El lote de prisioneros se componía de ciento ochenta hombres, unas noventa mujeres y sesenta y cuatro niños.

Revisadas las semiquemadas chozas, se recogió como botín una docena de bueyes y veinte cabras.

Los vencedores, después de atar sólidamente a los vencidos, encendieron hogueras y asaron cuatro reses enteras, según la usanza del país. Satisfecha el hambre, descansaron unas horas y emprendieron el regreso al lugar en que estaba anclado el “Garona”. Los cautivos, amarrados de seis en seis, marchaban en silencio seguidos por sus mujeres, a las que se había dejado sueltas, que lanzaban desgarradores lamentos. Bonga había sido puesto bajo la vigilancia rigurosa de cuatro marineros. Era un soberbio ejemplar de varón, con más de un metro ochenta de alto y dotado de una fuerza excepcional. Caminaba con la cabeza alta y miraba con arrogancia a sus captores, pero cuando sus ojos se posaban sobre el lugarteniente, despedían chispas de odio.

Al caer la noche si hizo alto, y, encendidos los fuegos, fueron sacrificados otros cuatro bueyes. Alrededor del campamento se colocaron numerosos centinelas para impedir la fuga de los prisioneros.

5. El cargamento de carne humana

No se registró ningún incidente. Los cautivos parecían resignados a su suerte y no habían realizado ningún intento de fuga; ni siquiera el indomable Bonga había esbozado el menor gesto de rebelión. Al amanecer del día siguiente la larga caravana emprendía la vuelta abriéndose penosamente un pasaje a través de un bosque poblado de plantas espinosas que martirizaban a los pobres negros. Se habían tomado las mayores precauciones para evitar que algunos tratasen de ocultarse detrás de las matas: se los hacía marchar por entre dos filas de guardianes, y para tenerlos aterrorizados eran molidos a palos cada vez que aflojaban el paso o se permitían pronunciar una palabra de protesta. El inhumano Parry, armado de un látigo, se divertía en repartir golpes sin discernimiento acompañados de groseros insultos. El rey negro, viendo cómo maltrataba a su gente, se estremecía de cólera y en un momento dado hizo el gesto de querer arrojarse sobre él, pero logró dominarse y se contentó con apretar nerviosamente sus poderosos puños. El movimiento no pasó inadvertido al lugarteniente, el cual se le acercó para preguntarle con voz burlona:

—¿Qué te parecen mis hombres? ¿No crees que son más valientes que los tuyos, que no supieron defenderte?

El cautivo monarca lo miró con ira y prosiguió caminando en silencio.

—¡Eh, negrito! –insistió el marino riendo— ¿Crees asustarme con tus miradas?

También esta vez calló el prisionero; se mordió los labios e hizo crujir las cuerdas que sujetaban sus muñecas. Parry se le aproximó más e hizo chasquear el látigo. El coloso lo fulminó con los ojos, dio un paso atrás, quebró con un ligero esfuerzo las ataduras y le dijo con voz amenazadora:

—¡Blanco, no me irrites!

Seis o siete marineros se echaron sobre él mientras otros le apuntaban las carabinas.

Bonga no se movió y se dejó atar de nuevo mansamente. El segundo hizo un gesto de asombro, masculló algunas palabras y se apresuró a alejarse, temiendo que el Hércules, en un descuido, lo estrangulase en medio de sus subalternos.

El día entero se anduvo por entre selvas tupidas, pero a la noche ya pudieron distinguirse los faros de posición del “Garona”, y un poco más tarde los conos de la aldea de Pembo iluminados por la luna. A la media hora se entraba en ella y los esclavos eran encerrados en el barracón junto con los allí amontonados. El capitán Solilach bajó a tierra a la mañana siguiente y pidió a su segundo informes sobre la expedición. También Pembo, medio borracho, se unió a ellos para reclamarles la entrega de la mercadería convenida.

Habiéndosele entregado en seguida, comenzó el embarque de carne humana.

Se echaron al agua cuatro espaciosas chalupas tripulada cada una por ocho marineros armados, los cuales recibían de otros compañeros que los conducían desde el depósito, grupos de diez esclavos que era el cupo que podía admitir cada unidad. Los negros sombríos, casi avergonzados, cuando llegaban a bordo eran trasladados al entrepuente, del cual no habían de moverse durante todo el viaje. Cuando el capitán tuvo delante al rey negro, no pudo contener una exclamación de asombro y con acento más bien afable le preguntó:

—¿Quién eres?

—Bonga –contestó el interpelado con altivez.

—¿Qué hacías antes?

—Pregúntalo a ellos –dijo señalando a sus súbditos— y te dirán que Bonga era el rey de la poderosa tribu de los cassenhas.

El capitán quedó silencioso y dejó que el cautivo prosiguiese su camino a la cuadra de encierro. A las dos de la tarde la faena estaba concluida: en el entrepuente los hombres habían sido estibados a proa y los más fuertes encadenados a las argollas fijas en los bancos; las mujeres y los niños sueltos a proa.

Embarcado el cargamento humano y hecha una abundante provisión de agua sacada del mismo Coanza, el comandante se hizo entregar de Bembo, a cambio de viejos fusiles, una buena cantidad de aceite de “elais”, sustancia gelatinosa que es el principal alimento de los esclavos en los buques negreros, y después de vaciar con aquél la última botella de aguardiente, se despidió del alcoholizado monarca con un apretón de manos, prometiéndole volverlo a visitar lo más pronto posible. La estrafalaria y atronadora banda real, en honor de los viajeros, les estuvo destrozando los tímpanos durante todo el tiempo que tardó el barco en levar anclas y desplegar las velas. El comandante, de pie en el puente, miraba pensativo cómo la aldehuela se iba esfumando en la lejanía.

—Temo que no volveré a verte más –murmuró.

Una triste idea había cruzado por su mente, y para alejarla se puso a dirigir la maniobra.

Colocó cuatro marineros a proa para que sondeasen continuamente la profundidad del río; al oficial cerca del timonel para trasmitirle las indicaciones respecto a la ruta, y encomendó al segundo el encargo de hacerlo con las correspondientes al resto de la tripulación. De este modo el “Garona” pudo salvar la peligrosa navegación del Coanza y llegar sano y salvo, al otro día, a su desembocadura. Temiendo la presencia de algún crucero, Solilach mandó cargar los cañones y que Parry se embarcase en una lancha con ocho marineros para averiguar si estaba libre la salida al mar.

—Todo va bien –dijo el segundo al observar el océano desierto y tranquilo.

—Dios nos proteje –comentó un marinero.

—Y el diablo también –agregó su superior—. Levemos enseguida la noticia a bordo.

La lancha viró en el sitio y regresó al “Garona” a dar cuenta al capitán y a la tripulación que esperaban ansiosos, el resultado de la exploración.

—La suerte está con nosotros –informó risueño—. No se ve crucero ni vela alguna.

—Es una buena nueva –declaró Solilach satisfecho—. Temía que alguna nave de guerra se encontrase en acecho.

—También yo lo temía, capitán; pero aún no hemos llegado a América…

—¡Bah! Una vez en mar abierto, no creo que alguien pueda alcanzar al “Garona”; además, no es un barco que se deje tomar fácilmente.

—No sea tan confiado, capitán. Conozco a tres que podrían darnos caza sin esfuerzo.

—¿Cruceros?

—Sí, y dos de ellos vigilan precisamente las costas de Guinea y de Angola. Son la goleta “Orient”, armada con diez y seis cañones y tripulada por ciento cincuenta hombres, y el “Cape-Town”, un “brik” de diez cañones y noventa marineros.

—No le hace. El último tiene dos bocas de fuego menos que nuestro palo, y el otro, aunque tenga cuatro más y casi el triple de marineros, no me inspira la menor preocupación – afirmó el capitán.

—Déjelos que vengan –dijo el artillero que los estaba escuchando— y los recibiremos dignamente.

—Si, Vázquez –acordó el comandante volviendo al puente de mando—. Estoy bien seguro de que serían honorablemente recibidos. –Y ordenó—: ¡Levanten las anclas!

La operación fue cumplida en el acto y el barco se puso en movimiento siguiendo el filo de agua. A poca distancia del mar desplegó las velas y, después de atravesar la barra, penetró audazmente en el océano. Todos los ojos se dirigieron inquietos a los tres puntos del horizonte, pero ninguna nave estaba en vista. ¡Realmente, parecía que la fortuna protegía a los traficantes de carne humana!

6. El crucero “Cape-Town”

El viento soplaba del este con bastante fuerza y el “Garona”, con todas las velas desplegadas, navegaba a seis millas por hora con la proa apuntando a la costa americana; la tripulación, contenta de no haber tropezado con ningún buque de guerra, sólo pensaba en la rica paga que habría de recibir después de la venta de los esclavos. Éstos, amontonados en el entrepuente, se mantenían tranquilos bajo la vigilancia de dos marineros armados que paseaban a lo largo de la crujía. Al cabo de algunas horas de navegación, el capitán, guiado por su segundo que empuñaba su larga fusta, bajó a pasar revista a los prisioneros.

—¿Qué le parece la cosecha, capitán? –preguntó Parry apartando a un negro con un vigoroso golpe.

—Ganaremos mucho –contestó éste arrugando la frente ante el castigo, gratuito, pues en el fondo era de buen corazón.

—Bonga –señaló el segundo al llegar frente al gigante.

—¡Desgraciado jefe! –murmuró el comandante.

—Observe con qué ojos furiosos me mira –le hizo notar el verdugo y dejó caer el látigo sobre la espalda del prisionero.

—Esa no es una razón para pegarle –le reprochó Solilach, deteniendo a Bonga que se había enderezado colérico.

El lugarteniente se encogió de hombros y dijo en tono burlón:

—En verdad, capitán; usted no ha nacido para ejercer la trata.

—Es posible, Pero lo que no puedo comprender es el porqué haya que atormentar a estos pobres diablos; ya bastante desgraciados son en la situación en que están –le replicó el superior con voz severa.

—¡Vaya, no se enoje, capitán! No creía que con tanta experiencia todavía sintiese compasión por estos negros bandidos.

—Yo ejerzo la trata, es cierto; pero trato de hacerlo lo más honestamente posible y desapruebo a los que se divierten en torturar a estos infelices.

—Bueno; no los golpearé más –prometió el segundo echando sobre Bonga una mirada de odio.

Volvieron al puente completamente de acuerdo. Dos vigías provistos de poderosos anteojos se situaron en las cofas más altas para explorar el horizonte y el velero, con viento propicio, prosiguió tranquilamente su ruta. Parry se puso a recorrer el puente y cada vez que pasaba por la escotilla del palo mayor, lanzaba una ojeada a la masa de esclavos hacinados en el entrepuente como si meditase algún plan siniestro. Después de varias vueltas bajó y ordenó al centinela ponerle doble cadena al monarca cautivo. Éste se dejó hacer sin intentar la menor resistencia ni despegar los labios: sólo en el brillo de sus ojos podía advertirse que había adivinado los perversos propósitos de su enemigo.

A la noche, cuando sobre cubierta únicamente habían quedado los hombres de guardia, se armó de un látigo y con el pretexto de asegurarse de que los cautivos dormían, descendió a la cuadra. Durante algunos minutos la recorrió de una a otra punta; luego mandó al centinela a buscar en su cabina un martillo para remachar la cadena de un esclavo y en cuanto aquél hubo desaparecido, se arrojó sobre Bonga, que dormía plácidamente, y cruzándolo de un latigazo le gritó:

—¡Ahora vamos a arreglar cuentas, negro canalla! ¡Te voy a enseñar cómo se venga un hombre blanco!

El cautivo gigante, al sentir el golpe, se había incorporado como un león furioso y avanzado los dos pasos que le permitía su cadena. Miró a su adversario con ojos fulgurantes, pero ningún sonido salió de su boca.

—¿Crees meterme miedo, bandido, con tu mirada? –aullaba el lugarteniente descargando feroces golpes sobre el indefenso monarca.

Éste, aguantando el dolor, extendió el puño hacia el brutal negrero y le dijo con voz ronca de rabia:

—Blanco; ya te advertí que no me tocaras. Cuidado ahora, ¡yo soy Bonga, el poderoso rey de la tribu de los cassenhas!

Parry acogió estas palabras con una sonora carcajada.

—¡Negro perro! –le gritó trazándole con el látigo un surco sangriento en el pecho—. ¡Así es cómo yo trato al rey de Cassenha!

Fue un relámpago. El coloso lanzó un bramido, consiguió aferrarlo y de un empujón lo hizo rodar hasta la escalera de la escotilla. Parry, aturdido y furibundo, se puso de pie lanzando horribles blasfemias, y, perdida toda prudencia, acometió a Bonga con una tempestad de golpes. Pero el negro, aprovechando un paso en falso del agresor, consiguió colocarle un puñetazo en la cara; luego, haciendo un supremo esfuerzo, de un formidable estirón rompió la cadena y se precipitó tras él, pues el valeroso segundo se había dado a la fuga con la nariz chorreando sangre. Los esclavos, que hasta entonces habían contemplado la lucha en silencio, al ver a su jefe victorioso, armaron una algazara infernal agitando las cadenas y lanzando alaridos salvajes. El capitán y la tripulación, despertados en lo mejor del sueño, corrieron medio desnudos al puente, donde reinaba la mayor confusión. Vieron a Parry que corría a toda velocidad pidiendo socorro y seguido de cerca por Bonga, el cual había derribado a los guardias y estaba por alcanzarlo. Solilach se le puso delante apuntándole con una pistola.

—¡Cuidado, Bonga! –le gritó—. ¡No avances!

El gigante se detuvo al reconocer al hombre que algunas horas antes había amonestado, delante suyo, a su enemigo. Cruzó los brazos e inclinó la cabeza diciendo:

—A usted sí me rindo.

El capitán advirtió en el cuerpo del cautivo las señales de los latigazos; hizo un gesto de amenaza al segundo y ordenó que se recondujese a Bonga al entrepuente. El coloso se dejó encadenar y llevar sin la menor protesta.

—Y ahora, señor –dijo el superior del “Garona” a su subordinado— me explicará por qué ha azotado a ese prisionero.

—Porque estaba tratando de romper la cadena –mintió el brutal segundo.

—Bien. Ponga atención para que esto no vuelva a repetirse. Quiero que a los esclavos se los deje en paz. Y en cuanto a ese que fuera su jefe, especialmente, absténgase de tocarlo, pues pienso hacerlo marinero nuestro.

Dicho esto lo dejó solo y regresó a su cabina. Parry lo siguió con la mirada, masticando su rabia y lucubrando planes de venganza. Encendió un cigarrillo y se fue a fumarlo al timón.

Al amanecer del día siguiente uno de los marineros que estaba de guardia anunció:

—¡Vela a diez millas a sotavento!

Ante la inesperada noticia oficiales y tripulación se miraron unos a otros y treparon a las escalas de cuerda para comprobarla.

—¡Eh, Walker! ¿Dónde ves la vela? –preguntó Solilach al vigía.

—¡Allí; aproximadamente a diez millas sotavento! –contestó el interpelado desde lo alto de la cofa.

—¡Ah, es claro! ¿No ven que el bandido está provisto de catalejo? –comentó el capitán risueño.

El segundo jefe fue a buscar otro de esos aparatos y lo entregó a su superior, quien lo dirigió con toda calma al punto indicado. Los otros hombres esperaban ansiosos su investigación para saber qué clase de barco era el avistado. Cuando Solilach apartó el lente del horizonte, casi todos preguntaron simultáneamente:

—¿Es un crucero?

—Es muy larga la distancia para distinguirlo –contestó— y menos reconocerlo. Si es un buen leño pronto habremos de comprobarlo; por ahora esperemos. De resultar una nave de guerra, no tardará en iniciar la caza.

—Entretanto –decidió el segundo— subiré a la gavia para tratar de estimar su portada.

El modo de conocer las dimensiones de una embarcación de la que sólo se ve la arboladura, es muy simple: si desde la cubierta se percibe la totalidad de los papahigos y observado de la cofa se distingue el puente, quiere decir que los dos barcos son del mismo tamaño; si el puente es invisible, es debido a que tiene una arboladura más alta y, por tanto, su volumen es mayor; si además del puente se le ve la línea de flotación, esto es, la entera silueta, es señal de que es más pequeño. El procedimiento se basa en el principio de que las naves de igual portada tienen los mástiles de la misma altura. De ahí que el segundo se ubicara en uno de los puestos de observación a la espera de que el capitán desde el puente le señalara la aparición en el horizonte de la arboladura de la otra embarcación. Al cabo de un cuarto de hora Solilach anunció:

—¡Las cofas!

—¡Magnífico! –respondió el lugarteniente—. Veo el puente, la línea de agua y detrás, el mar.

Resonó un grito de alegría: el buque que se aproximaba y cuyo volumen crecía a ojos vista, era de menor tamaño que el “Garona”. Pero la rapidez de su avance convenció al capitán de que debía tratarse de un crucero, pues un mercante no podía desplegar tanta velocidad. Dejó pasar una media hora y cuando volvió a observarlo con el anteojo, su rostro adquirió una expresión grave. Se volvió hacia la tripulación y declaró:

—Se trata de un navío de guerra: he podido ver el gallardete rojo ondular al tope del palo mayor.

—¿Crucero? –preguntó el oficial.

—Temo que sí.

Solilach apuntó nuevamente el anteojo en dirección al buque cuya arboladura ya se percibía perfectamente, pues se hallaba a menos de siete millas.

—¡Se nos viene encima! –apuntaron los marineros.

—Si; parece que se prepara a darnos caza –confirmó el capitán.

—¿A qué nación pertenece? –quiso saber el oficial.

—Espere –dijo el segundo usando su largavista—. Lleva bandera roja, es inglés, compatriota mío, y está bien armado; debe disponer lo menos de diez cañones y una dotación de un centenar de hombres. Estoy seguro de no engañarme si digo que se trata del “Cape-Town”.

—¡El “Cape-Town”! –exclamaron los marineros.

—Sí, apostaría a que dentro de tres horas estará pisándonos los talones.

7. El abordaje

Estas palabras produjeron en el capitán Solilach un sentimiento de inquietud que disimuló para no impresionar a su gente. Con voz en apariencia tranquila expresó:

—Dentro de tres horas estaremos preparados para recibirlo.

La tripulación formó en línea para que el comandante impartiese las órdenes pertinentes.

Éste dispuso como primera providencia que se desplegasen todas las velas posibles, y cuando los hombres destinados a esa operación marcharon a cumplirla, comandó con voz potente:

—¡Cañoneros, a vuestros puestos!

Veinte marineros robustos se colocaron al lado de las piezas mientras los ayudantes lo hacían junto a las pilas de balas.

—¡Fusileros, a la banda de babor!

Hombres armados de carabinas, pistolas y hachas de combate, tomaron posición a lo largo del costado izquierdo del barco. Los diez que quedaron fueron distribuidos en las brazas de las velas, encargados de la maniobra durante el combate y el ajuste de los cables y aparejos dañados por la metralla enemiga. Sobre el puente se situaron en lugares estratégicos, barriles de pólvora, pirámides de balas y ringleras de granadas para arrojar a mano.

Terminados los preparativos, el capitán y su segundo endosaron dos corazas de piel de búfalo de una espesor capaz de repararlos, si no de las balas de fusil, por lo menos de las de pistola; cubrieron sus cabezas con cascos de acero, parecidos a los que usaban los lansquenetes, y colgaron de la cintura largos sables de abordaje. Ambos se instalaron en el puente de mando, el primero con el megáfono en la mano. El oficial fue destinado al lado del piloto para vigilar ese puesto tan importante.

El “Cape-Town”, en tanto, acortaba la distancia que lo separaba del “Garona” a pesar de ser éste uno de los mejores veleros del Atlántico. Esto no preocupaba al capitán Solilach, que conocía bien las bondades de su barco y tenía una confianza ciega en su gente, tan habituada a navegar como a combatir. Es verdad que el crucero contaba con mayor cantidad de tropa, pero a eso sus muchachos no le daban importancia, pues poseían un ánimo resuelto y muchas veces se habían batido con adversarios muy superiores en número. Además, el “Garona” tenía dos cañones más y tal circunstancia venía a restablecer el equilibrio. Con todo, cuando entre las dos naves sólo mediaba una distancia de tres millas, Solilach decidió tratar de esquivar el encuentro utilizando todos los recursos que tenía a su disposición. Con el silbato llamó la atención de los marineros encargados de la maniobra y les gritó:

—¡Desplieguen las bonetas, altas y bajas!

Pocos minutos después las velas suplementarias se hinchaban al viento y el “Garona” aumentaba velocidad y parecía ganar terreno al crucero. En eso, el segundo, que no perdía a aquél de vista, lanzó una imprecación.

—¿Qué le pasa? –preguntó el comandante.

—¡Que esos canallas nos están imitando! ¡Observe cómo los del otro buque están realizando la misma operación!

—Decididamente su capitán desea alcanzarnos a cualquier precio.

—Y lo conseguirá, señor. Después del “Orient”, el “Cape-Town” es el más ligero de los cruceros que vigilan el Atlántico.

—Tendremos que estar listos para el abordaje, entonces. Tenemos la ventaja de poseer piezas de mayor calibre pero el inconveniente, en cambio, de hallarnos a sotavento.

—¿Cree usted que el estar a barlovento comporta una supremacía?

—Sí, porque se puede elegir el momento y la distancia para el ataque; la quilla está más hundida y ofrece menor blanco y el humo de la pólvora no incomoda tanto. Hay que abandonar toda esperanza de fuga y prepararse a… —se interrumpió y dándose una palmada en la frente exclamó alborozado—: ¡Pero, me olvidaba…!

—¿Qué cosa, capitán? –preguntó el segundo.

En lugar de contestar, éste se volvió a los marineros.

—¿No tenemos a bordo algunos barriles de alcohol? –preguntó.

—Sí, nos quedan dos –informó uno de aquéllos.

—Transpórtenlos en seguida a cubierta.

Solilach abandonó el puente de mando y en cuanto trajeron los barriles los hizo atar a dos poleas y suspender a la altura del pico de la cangreja de popa. Luego instruyó a los encargados de maniobra:

—Cuando los ingleses nos aborden, mientras nosotros rechazamos el ataque, ustedes empujan los barriles al barco enemigo, los abren y pegan fuego al líquido. En cuanto se corran las llamas, nos avisan.

—¿La señal? –preguntó uno de los hombres.

—“Ramba” –indicó el capitán.

—¡Bravo! –exclamó el lugarteniente con entusiasmo feroz—. ¡Veremos a ese maldito “Cape-Town” convertido en una pira!

En eso se oyó un ronco fragor y Solilach preguntó a su segundo qué podía ser aquello.

—En el crucero están redoblando los tambores.

—Aprestémonos entonces a resistir el abordaje.

El barco enemigo sólo se hallaba a seiscientos metros del “Garona”, y desde éste podía verse a los ingleses ubicados a lo largo de la borda y listos para la arremetida. Pasaron pocos instantes y luego se vio una nube blanca coronar la proa del “brick”. Sonaron dos detonaciones y dos balas fueron a quebrar la verga del palo mayor del barco negrero.

—¡Ánimo, muchachos! –gritó el comandante con voz estentórea—. ¡Apunten justo y golpeen fuerte…! ¡Fuego!

Los dos cañones de popa tronaron al mismo tiempo y tras algunos segundos un alarido de dolor se elevó del crucero: seis hombres que se hallaban junto al palo de trinquete habían sido masacrados por un proyectil. Del “Garona” se elevó un clamoroso ¡hurra!

La carrera prosiguió algunos minutos más; la proa del “brick” fulguró de nuevo y otros mensajeros de muerte llegaron al velero agujereándole las velas y destruyéndole parte de la banda izquierda. Solilach, bramando de furor, se precipitó donde estaban sus artilleros.

—¡Maldición! –gritaba—. ¡Fuego! ¡Fuego!

Las piezas de babor dispararon con horrible estruendo contra el navío enemigo. Una parte de su castillo de proa voló en astillas y los pedazos de dos o tres vergas quebradas cayeron sobre el puente mientras la fusilería entraba en acción. Los tiros de cañón, los silbidos de las balas, las imprecaciones, los lamentos de los heridos, las voces de mando, producían un estruendo infernal. El “Cape-Town”, envuelto en humo, lanzando llamas, se hallaba a pocos metros del “Garona”. De pie en medio de las baterías, el capitán Solilach comandó:

—¡Metralla!

Todas las bocas de fuego que miraban al crucero dispararon al mismo tiempo contra su estructura mientras la mosquetería lanzaba una tempestad de plomo sobre el puente, las velas y los hombres apostados en las cofas. De repente de produjo el choque formidable de las dos embarcaciones que los amortiguadores de cáñamo trenzado apenas pudieron atenuar; de una y otra parte fueron arrojados los garfios de abordaje, y el “Cape-Town” y el “Garona” se encontraron sólidamente enganchados.

Los negreros, sin perder un instante, invadieron el campo adversario. Solilach, con el sable en la diestra y la pistola en la izquierda, avistó al capitán inglés y le abrió la garganta de un formidable tajo, después de lo cual se precipitó como un león furioso al medio de la marinería enemiga, seguido de sus hombres. La lucha se volvió feroz; ambas fuerzas combatientes se acometían a tiros y cuchilladas y se tiraban granadas de mano que producían estragos. Los ingleses, más numerosos, hacían esfuerzos violentos para expulsar a los del velero, pero éstos se sostenían firmemente y con el capitán y el segundo a la cabeza peleaban con todo denuedo. Los gavieros de maniobra del “Garona”, viendo la popa del “brick” un tanto libre, creyeron llegado el momento de poner en práctica las instrucciones de su comandante. Hicieron oscilar los barriles que colgaban de las poleas, los dejaron caer, y deslizándose por las cuerdas, con varios golpes de hacha los desfondaron. El alcohol corrió por la popa, ganó la escotilla y se filtró por la cala. Le prendieron fuego y un instante después una nube de humo denso proveniente del interior fue a mezclarse con el blancuzco de los cañones.

—¡”Ramba”! –aullaron los gavieros.

Al oír la señal, los del velero, batiéndose en retirada, empezaron a dejar el crucero y agarrados a las escalas de cuerda y a las jarcias, se pusieron en salvo a bordo de su barco.

El último en hacerlo fue el capitán. Los ingleses, entonces, quisieron a su vez lanzarse al abordaje, pero en tanto una parte de los negreros cortaban a hachazos los garfios de sujeción, la otra los acribillaba a tiros. El “Garona”, obediente al timón y empujado por el viento, se iba apartando lentamente y los cañones reiniciaban su mortal concierto.

Ignorantes los británicos del peligro que los amenazaba, hacían tronar sin pausa a sus bocas de fuego y los encargados de la maniobra trabajaban con afán en las velas para ver de abordar otra vez a la nave enemiga.

De pronto gritos de terror llenaron el espacio. Los tripulantes del “brick” habían advertido el incendio en el vientre de la nave y, presos de pánico, abandonaban las baterías y los fusiles y se precipitaban a las bombas. Los del barco negrero continuaron cañoneándolos: cayó el palo mayor, partido bajo la cofa; el bauprés, también despedazado, se hundió en el mar; el puente se cubrió de jirones de velas y cuerdas y la tripulación caía diezmada por la metralla. Fue entonces que el capitán Solilach, sintiendo piedad por aquellos desgraciados, ordenó:

—¡Basta! ¡Cesen el fuego!

Pero los artilleros, azuzados por el segundo, fingieron no haberlo oído y siguieron tirando con mayor rapidez.

—¡Basta, he dicho! –les gritó el comandante con voz imperiosa.

—Déjelos que exterminen a esa canalla –medió el lugarteniente, que estaba manejando una pieza.

—¿Pero no ve que ha sucumbido la mayor parte? –aulló el superior aferrándole del brazo—.

¡He ordenado el cese del fuego!

Los cañoneros obedecieron, aunque de mala gana. Del barco enemigo se desprendía una nube negra y densa y de entre ella, poco después, una enorme llamarada vino a alumbrar un espectáculo horripilante. Los marineros del crucero habían abandonado las bombas y trataban de arriar los botes para salvarse, pero éstos, agujereados por las balas, se habían vuelto inservibles. Profiriendo gritos de espanto corrían de un lado al otro, cegados por el humo y chamuscados por las llamas. Muchos, en su desesperación, se encaramaban a los palos y con gestos y voces pedían ayuda a sus adversarios. El capitán Solilach ya había mandado echar al mar las lanchas para recogerlos, cuando un trueno pavoroso sacudió la atmósfera y una gigantesca columna de fuego se elevó al cielo.

El casco del navío había saltado en pedazos por la explosión del polvorín. El veloz crucero “Cape-Town” había dejado de existir.

8. El Ecuador

La tripulación del “Garona” había presenciado la terrible escena de destrucción muda de espanto, y desde el capitán hasta el grumete no podían apartar los ojos del abismo en que había desaparecido el navío y de los restos medio carbonizados que se mecían sobre las olas.

—¡Horroroso! ¡Horrorosa! –exclamaba Solilach.

—Sí, es horrible –convino el lugarteniente— pero hay que pensar en salir de aquí, capitán. El remolino va ensanchándose y me inspira temor.

Soplaba un ligero viento este, pero el velero abandonado a sí mismo, no avanzaba.

—¡Ohé! ¡Contrabrazadas a babor! –comandó el contramaestre.

Los marineros se separaron de la borda para ejecutar la operación con toda rapidez, anhelosos también ellos de apartarse de aquel triste lugar.

—¿Cuántos hombres faltan? –preguntó Solilach.

—Veinte, capitán –informó el contramaestre después de contar a los presentes.

—Temí que fuesen más –comentó el comandante exhalando un suspiro—. Podemos considerarnos afortunados.

—Vamos a poner un poco de orden a bordo –dispuso el segundo—. Esos endiablados ingleses tiraban poco, pero golpeaban bien. Tenemos casi todas las vergas del palo mayor dañadas.

—Pronto repararemos las averías –aseguró Solilach—. Organice el trabajo, contramaestre.

Todos los hombres hábiles se pusieron resueltamente a la obra. Gran parte de la arboladura y el velamen había sufrido deterioros: una parte de la banda de babor había sido demolida, así como los altos juanetes de la vela mayor y de la mesana. Las demás estaban casi todas rasgadas o colgaban hechas trizas a lo largo de los palos. Completada la inspección, se comprobó que la metralla había dejado numerosas huellas, pero los cañones, cuidadosamente revisados, se encontraban en perfecto estado. Ocho marineros yacentes en el puente fueron sepultados en el océano envueltos en hamacas; los otro doces habían caído sobre el “brick” y corrido la suerte de sus adversarios. En cuanto a los negros encerrados en el entrepuente, habían sufrido relativamente poco. Siete de ellos, alcanzados por las balas, habían muerto tras atroces convulsiones, y sus cadáveres, desembarazados de las cadenas, fueron arrojados al mar. Algunas granadas habían estallado en el compartimiento de las mujeres, pero ninguna de ellas había sido herida. El “Garona” había salido bastante bien de la aventura.

Reparado los daños, el barco negrero reemprendió su derrota, impaciente por efectuar el cruce del océano y alcanzar el mar de las Antillas. Aprovechando el viento favorable, se le había cargado de velas a fin de apresurar la marcha. El 26 de septiembre comenzaron a hacerse sentir las calmas ecuatoriales: el viento primeramente fue amainando para cesar después por completo. La nave quedó casi inmóvil, rodeada de una atmósfera de calor sofocante a trescientas millas de la costa africana. El temor de que esa situación se prolongase tenía a todo el mundo preocupado, pues si bien la reserva de agua era abundante, existía el peligro de que llegase a escasear con tanta gente como había a bordo.

Pasaron algunos días sin el menor cambio meteorológico: las velas pendían inertes de los mástiles sin que las agitase el menor soplo de aire; el calor aumentaba y el ambiente se volvía sofocante; el mar aparecía liso como una placa de metal y el sol ardiente quemaba los ojos. La marinería se refugiaba en las bodegas buscando los rincones más húmedos y oscuros en procura de un poco de fresco y sólo por la noche salía a respirar sobre cubierta; los esclavos, encadenados en el entrepuente, se mantenían en calma, pero en las miradas que dirigían a los centinelas se adivinaba cuánto padecían y cómo aspiraban a un poco de libertad de movimientos. ¡Quinientos seres humanos estibados y amarrados en un lugar estrecho y en ese clima, debían sufrir horriblemente!

Llegó un momento en que el capitán llamó a su segundo para deliberar sobre la situación.

—Señor Parry –le dijo—. Me veo obligado a reducir la ración de agua porque temo que llegue a faltar.

—También yo lo temo –manifestó el segundo profiriendo una blasfemia—. Si esta calma se prolonga un par de semanas más, nos veremos obligados a echar al mar a todos esos perros de negros..

—No tengo ninguna intención de perder mi carga, señor Parry, ni de recurrir a un medio tan cruel.

—Considere que esta gente ya está furibunda, y si le reduce la ración de agua, no va a permanecer tranquila. Y si se subleva y llega a romper las cadenas, terminará con todos nosotros. No olvide, capitán, que son quinientos.

—No obstante, es preciso ponerlos a ración.

—Quiero darle un consejo, señor Solilach: doble los centinelas antes, porque los negros van a reclamarla completa.

—Espero que serán razonables.

—No lo espere. Se van a rebelar; como que ya han comenzado a murmurar.

—¡Pamplinas! Venga conmigo; vamos a ver lo que hacen.

El segundo siguió a su superior, no sin haberse provisto precaucionalmente de un enorme cuchillo, que ocultó debajo de la chaqueta. Llegados al lugar en que estaban hacinados los esclavos, éstos, que parecían muy agitados, se callaron de golpe y asumieron una actitud pacífica. El capitán pasó entre ellos fingiendo la mayor indiferencia, pero no dejó de notar las miradas iracundas que le dirigían.

—¡Aquí uno se ahoga! –exclamó deteniéndose al llegar al extremo del local.

—Estos condenados negros pueden aguantar muy bien –replicó Parry soslayando a Bonga que fingía dormir tendido en su tarima—. Están acostumbrados al calor.

—Haré soltar a diez por turno para que vayan a respirar un poco sobre el puente –resolvió Solilach llamando a un centinela.

—¿Dejar sueltos a los negros? –exclamó maravillado el segundo—. ¿Pero no piensa en el peligro a que nos expone?

—¿Por qué? –preguntó en tono burlón el capitán.

—¡Por mil diablos! ¿No ve lo furiosos que se muestran a pesar de las cadenas?

—¿Y bien…?

—En cuanto lleguen a cubierta se arrojarán sobre nosotros y nos estrangularán.

—¡Bagatelas! Usted, segundo, todo lo ve sombrío –replicó el superior siempre en tono humorístico—. ¿Cómo quiere que diez hombres estrangulen a unos cuarenta?

—Temo que le jueguen una mala pasada. Mire que puede arrepentirse, capitán. Usted todavía no conoce a estos condenados, hijos de una raza maldita.

El comandante se dirigió a los marineros que estaban esperando sus órdenes y les dijo:

—Quiten las cadenas a diez prisioneros, comprendido Bonga.

—¡También Bonga! –aulló colérico el lugarteniente— ¡Voy a tomar mis precauciones!

Y subió al puente seguido por su superior cuyo rostro mostraba una expresión socarrona.

Cinco minutos más tarde los negros liberados vinieron a echarse a los pies del capitán, el cual sonreía al observar cómo el arrogante Bonga lanzaba sobre Parry, que se había armado de dos pistolas, miradas sombrías y llenas de rencor. Los africanos se pusieron a danzar alrededor del jefe blanco y a dar saltos prodigiosos; luego se asieron de los obenques y de las escalas de cuerdas y treparon a lo más alto de los mástiles llamándose uno a otro y riendo como escolares en la hora de recreo. Sólo Bonga no tomaba parte en el juego y se paseaba en silencio por la cubierta. Al cabo de sesenta minutos, el comandante dispuso que los esclavos fuesen reemplazados por otro grupo y aunque los que acaban de gozar de un momento de libertad recobraron el aspecto tétrico y taciturno, se dejaron llevar a la cuadra sin la menor protesta, lo mismo que Bonga, quien recibió sus cadenas calladamente.

—¿Qué me dice ahora, señor Parry? –comentó el capitán sonriente—. Parece que no nos han estrangulado…

—Lo hubieran hecho si no los hubieran asustado los dos cañones del alcázar –replicó el segundo mordiéndose los labios de despecho.

Solilach estalló en una carcajada y volvió su atención al nuevo pelotón de negros que acababa de llegar, quienes, igual que los primeros, se dedicaron a subir y bajar de los palos como verdaderos monos, lanzando chillidos y risotadas. Posteriormente se hicieron subir a cuarenta mujeres en una sola tanda.

—Espero que no tendrá miedo de ellas a pesar de su número –dijo el capitán bromeando, a su segundo.

Éste masculló una maldición contra los negros y se retiró a su cabina. Las mujeres, apenas estuvieron en el puente, con paso incierto fueron a agruparse a proa y se pusieron a cuchichear entre ellas. El capitán, seguido por el oficial, se aproximó a una de ellas y en el dialecto de los naturales del Coanza le preguntó:

—¿Sufres?

—Sí –fue la contestación.

—¿Dónde?

—Al corazón.

Solilach se volvió al oficial y le explicó:

—Parece que es verdad lo que se dice, y es que estas desgraciadas se lamentan siempre de sentir un agudo dolor cardíaco que acaba por llevarlas lentamente a la tumba.

—¿Alguna enfermedad característica de los negros? –preguntó el subordinado.

—Nada de eso. Este mal lo sufren todos los seres que son reducidos a cautividad, y ha sido observado tanto en los esclavos de América como en los de Asia. Yo ya me siento francamente asqueado de ejercer este tráfico infame y creo que el actual será el último viaje que realizo.

—También a mí, señor, me repugna hacer el oficio de negrero –confesó el joven oficial—.

Me falta el ánimo para presenciar tantos horrores y, como si fuera poco, tener delante la perspectiva de ser ahorcado.

—¡Y ese endiablado de Parry que querría verme convertido en pirata…! –exclamó Solilach indignado—. ¡Yo un ladrón…!

—Eso no sucederá nunca, ¿verdad, mi capitán?

—¡Oh, no! ¡Jamás!

Mientras los esclavos eran reconducidos a la cuadra, el comandante se encaminó lentamente a su cabina. El oficial se quedó pensativo apoyado a la barandilla del puente y se puso a contemplar la luna, que se elevaba en el mar. A los pocos minutos sintió un paso ligero que se acercaba; se volvió rápidamente e hizo un movimiento de sorpresa al ver al segundo que lo miraba fijo.

—¿Desea algo, señor Parry? –le preguntó con deferencia.

—Nada, señor Ravinet. Sólo me gustaría saber qué le decía el capitán hace un momento.

—Nada –contestó el interpelado mirando distraídamente el horizonte.

—¿Se refería acaso a mí?

—En absoluto. Hablábamos de los negros y de la trata.

—¡Ah!… ¡Buena guardia, señor Ravinet! –dijo el segundo volviéndole la espalda.

El oficial lo siguió con la vista y pensó:

—Estoy seguro que ese pirata alienta malas intenciones. Habrá que vigilarlo de cerca.

La noche pasó tranquila, demasiado, pues persistía la calma chicha y el “Garona” no avanzaba un solo nudo. A la mañana el capitán dio la orden de reducir la ración de agua a medio litro. Cuando los negros se dieron cuenta de ello, empezaron a murmurar y a golpear airadamente los bancos; luego la protesta fue tomando cuerpo y al poco tiempo algunos esclavos, los más robustos, habían hecho saltar las cadenas. Bonga, que fue el primero, se arrojó sobre el centinela y le arrancó el fusil; se puso a la cabeza de unos cuarenta de sus súbditos e irrumpió bruscamente en el alcázar, mientras los demás trataban afanosamente de desprenderse de los fierros para acudir en su apoyo.

Los marineros, repuestos de la sorpresa, se barricaron a popa apuntando con sus fusiles a los sublevados que, entre alaridos y amenazas, en su lenguaje bárbaro, reclamaban la entera ración de agua. Los más ágiles y audaces habían trepado a los mástiles y amagaban desde allí, apoderados de pesadas poleas, con dejarlas caer y aplastar con ellas a los defensores del orden. En eso apareció el capitán Solilach con una pistola en cada mano y avanzando hacia los rebeldes les gritó:

—¿Qué es lo que quieren?

—¡Agua! ¡Agua! –clamaron cien voces.

—No tenemos –les dijo el capitán.

—¡Negros malditos! –gritó el segundo y levantando el fusil que tenía en la mano agregó:

¡Hagámosles fuego!

—¡Todos quietos! –ordenó Solilach con voz de trueno.

¡Agua! ¡Agua! –aullaban los prisioneros.

El capitán se volvió hacia el que fuera rey de la tribu:

—Bonga, diles que la tendrán, pero que retornen a su sitio.

—¡El agua primero! –voceaban los negros, queriendo avanzar contra los tripulantes.

—¡Atención…! ¡Fuego! –gritó Parry.

Pero antes que esa orden fuese ejecutada, el comandante impuso en tono severo:

—¡Bajen las armas!

—¡Y ustedes atrás! –mandó Bonga a los esclavos—. ¡Vuelvan al entrepuente!

Los sedientos vacilaron un instante, pero bastó un nuevo gesto de su monarca para que se fueran retirando silenciosamente. Cuando quedó solo sobre cubierta, se acercó al comandante y le dijo:

—Yo lo he obedecido; no olvide el agua.

—La tendrán –le ratificó Solilach, y dispuso que inmediatamente se distribuyera la ración entera.

Cuando los negros vieron aparecer a los marineros con los barriles, cesaron en sus manifestaciones de protesta. En el puente el capitán tomó a Bonga de la mano y presentándolo a la tripulación, que no salía de su asombro, dijo:

—¡He aquí un nuevo y bravo marinero!

Ninguno de los hombres de a bordo hizo la menor objeción; el único que no pudo frenar un gesto de cólera fue el segundo.

—¡Gracias, capitán! –profirió el destronado rey con emoción—. Desde hoy puede disponer de mi vida.

—Anda y trata de conquistarte la simpatía de tus camaradas –le respondió Solilach golpeándole amigablemente la espalda.

La quietud atmosférica persistía y el calor se hacía cada vez más agobiante. El “Garona “ seguía inmovilizado en esa zona de fuego; el agua de los toneles se iba agotando y las preocupaciones del comandante se hacían más intensas. El 24 de octubre varios tiburones estuvieron rondando en las cercanías del barco. Parry los señaló a los marineros y dijo con voz irónica:

—¿Los ven? Por sus bocas pasará una buena cantidad de negros.

—¿Por qué? –preguntó extrañado el joven oficial.

—Esos peces sienten de lejos las enfermedades que se desarrollan a bordo de los barcos y acuden en gran número para servir de tumba a los muertos. Dentro de poco podrán cumplir con esa misión.

Esta triste profecía no tardó en realizarse. A los dos días, tres esclavos fueron hallados sin vida, al parecer víctimas de una peste similar a la fiebre amarilla. Sus cuerpos arrojados al mar, fueron rápidamente devorados por los voraces selacios y a partir de entonces la vida de la tripulación estuvo en constante peligro. La plaga hacía estragos bajo cubierta y los tiburones infestaban las aguas. Los negros, exasperados, forcejeaban por quebrar las cadenas; el hedor de los cadáveres apestaba de tal modo, que los centinelas se negaban a bajar al entrepuente. La mortandad era mayor cada día y nadie atinaba con el medio para contenerla.

9. La isla de Cuba

La situación se hacía cada vez más grave. El capitán, inquieto, paseaba de la mañana a la noche por el puente sin hacer caso del calor tórrido que reinaba; el segundo, permanecía encerrado en su cabina bebiendo o durmiendo; el oficial, agitado, seguía los pasos de su comandante, el cual de tanto en tanto se detenía cerca de la escotilla a escuchar los gritos roncos de los negros que pedían continuamente:

—¡Agua! ¡Agua!

—¡Si esto sigue así –exclamó con rabia— llegaré a Cuba sin un solo esclavo vivo!

—Es verdad –convino Ravinet secándose el sudor de la frente—. Como el viento no venga a refrescar un poco, también nosotros la pasaremos mal.

—¡Esta inacabable calma chicha…!

—Parece que hemos escapado a la muerte en la batalla naval para venir a perecer de calor y sed en la zona tórrida.

—¡Daría un año de vida por un cubo de agua fresca o una ráfaga de viento! ¡Decididamente este quinto viaje es para mí desafortunado!

—¿Cuándo acabará este agotador reposo?

—Haría falta una tormenta y no se ve una sola nube. Esta región es fatal. Hace tres años encontré un barco portugués en el que toda la tripulación había muerto de sed.

—Sí; era el “Gomes Lusiades” –ratificó el oficial suspirando.

—¿Por qué suspira? –le preguntó el comandante al ver que se le alteraban las facciones.

—Tenía un hermano a bordo de ese leño…

—Lo siento. Esperemos que no nos toque a nosotros la misma suerte.

Transcurrieron cuatro días más. La fiebre amarilla había disminuido un poco, pero la calma perduraba; el cielo inflamado volcaba sobre el mar torrentes de fuego, como si quisiese quemar la nave y absorber el océano. Fue el 30 de noviembre que el primer aquilón se hizo sentir. Las velas del “Garona” se inflaron poco a poco bajo aquella ligera brisa y después de tanto tiempo de inmovilidad absoluta, la nave empezó a moverse y pudo reanudar la travesía abandonando las aguas funestas.

La impresión que produjo el primer balanceo fue grande, lo mismo entre los marineros que en los negros: los primeros se precipitaron de sus hamacas y corrieron a cubierta lanzando gritos de júbilo y agitando vivamente los brazos; los segundos, apenas notaron que el barco se alejaba de esos parajes de muerte, recuperaron la paz y dejaron de exhalar lamentos y proferir imprecaciones. En cuanto al capitán Solilach, parecía haberse vuelto otro hombre; hablaba por diez y recorría sin descanso el puente de arriba abajo prodigando frases de aliento a todo el mundo. El segundo abandonó la cabina y fue a reunirse con los demás, pero, cosa extraña, su rostro en lugar de expresar contento, se mantenía frío e impasible. Lanzó una mirada rencorosa al capitán, masculló algunas palabras que nadie pudo entender y se aisló a popa, entreteniéndose en contemplar la blanca estela que iba dejando la nave. Asombrado el comandante de tan raro comportamiento, se acercó al oficial para comentar:

—Temo que un golpe de sol le haya atacado el cerebro a Parry.

—No lo creo –replicó Ravinet.

—¿Notó usted la mirada que me dirigió? ¿Estará borracho?

—Camina demasiado derecho para estarlo, aunque no tendría nada de particular, pues le gusta bastante empinar el codo.

—Después del incidente con los esclavos no me ha hablado, es más, ha tratado de regirme.

—Sí; me percaté de ello. Parece que le desagradó especialmente el que haya liberado a Bonga. Póngase en guardia, capitán, y no lo pierda de vista. De un pirata todo puede esperarse.

—¡Bah! ¡Que se vaya al diablo! –dijo Solilach encogiéndose de hombros.

El “Garona”, empujado por el buen viento, corría velozmente al encuentro de la costa americana; el aire penetraba más fresco y puro al compartimento de los negros, que respiraban mejor. Bonga los visitaba a menudo, les daba ánimos y los consolaba diciéndoles que el capitán vendería a los maridos con sus respectivas mujeres y a los padres con sus hijos para no separarlos. Los ex súbditos escuchaban al que fuera su jefe resignados y envidiosos de su libertad. Muchas veces el capitán, accediendo al pedido del gigante, permitía que en grupos de a seis fuesen a pasar algunas horas a cubierta, cosa que por otra parte favorecía sus intereses, porque los conservaba más sanos y fuertes y podría sacar de ellos mejor precio. A quien ponían fuera de sí estos rasgos de humanidad, era al segundo, el cual cuando los negros estaban en el puente se apresuraba a encerrarse en su cabina, con una mueca de burla dibujada en los labios.

Un día Solilach, resuelto a aclarar de una buena vez la situación, lo abordó en el momento en que aparecía sobre cubierta.

—Señor Parry…

El segundo se volvió bruscamente, y al ver a su superior hizo un gesto de contrariedad, pero se dominó al instante y, tratando de sonreír, preguntó:

—¿En qué puedo servirlo, capitán?

—¡Nada de charlas, señor mío! Quiero pedirle me diga qué significan su silencio y las miradas iracundas que me dirige.

—¿Silencio? ¿Miradas? ¿Quiere usted bromear, capitán? –exclamó el segundo simulando sorpresa.

—¡Por mil escotillas…! ¡No estoy ciego!

—¡Pero se engaña, capitán! –mintió el pirata—. Por el contrario, es a mí que me ha parecido que usted trataba de evitarme. Tal es así que creyendo que mi presencia le resultaba molesta, procuraba mantenerme alejado.

—¿Y los gestos y muecas que hace cada vez que doy una hora de libertad a algunos esclavos?

—Disculpe, capitán, pero ése es otro asunto. ¡Qué quiere, odio a los negros y no puedo verlos cerca de mí! Tengo una vieja cuenta pendiente con esa raza.

—¿Acaso lo hicieron víctima de alguna mala partida?

—Me tomaron prisionero durante una cacería de esclavos y me habrían asado como a un pollo si no hubiesen llegado a tiempo mis marineros.

—¿De modo que no está disgustado conmigo? ¿Que somos otra vez amigos? –preguntó el capitán tendiéndole la mano.

—Sí; para siempre –afirmó el segundo estrechándosela calurosamente.

Solilach fue a reunirse con el oficial a proa y lo hizo partícipe de las paces hechas, mientras el segundo permaneció en el sitio en que se hallaba sonriendo sarcásticamente.

La navegación proseguía en forma satisfactoria, con un viento favorable, que imprimía al velero una velocidad media de ocho millas por hora; la tripulación, teniendo poca faena que atender, se pasaba el tiempo fumando, jugando a las cartas o relatándose hechos fabulosos dignos de las Mil y una noches. El doce de diciembre, un marinero que había trepado a la cofa del palo mayor divisó tierra a unas veinte millas y se apresuró a anunciarlo. El comandante y el oficial corrieron a la banda de babor para corroborarlo.

Pronto entrevieron a través de la bruma un pico que perforaba el azul del cielo.

—Es una isla –reconoció el oficial—. ¿Cuál supone que puede ser, capitán?

—Debe ser la de San Pablo… pero aguarde a que traiga el sextante.

Unos minutos después tomaba la altura del sol y su hipótesis quedó confirmada.

—Estamos casi a mitad de camino –agregó— y si el viento se mantiene como hasta ahora, antes de veinte días llegaremos a Cuba. Esta mañana, empero, he observado que el barómetro mostraba tendencias a bajar.

—¿Dónde atracaremos? –quiso saber el joven Ravinet.

—Cerca de Santiago, pues no sería prudente entrar en el puerto a causa de los muchos buques ingleses y franceses que se encuentran allí, sin que falten los cruceros.

—¿Cómo se las arreglará entonces para…?

—Lo verá más tarde… —Se interrumpió para mirar las velas—. El barómetro no se engañaba; las primeras ráfagas ya están aquí.

El aspecto del cielo se había vuelto amenazador: las nubes se agrupaban unas sobre otras impulsadas por corrientes contrarias; las sombras iban creciendo y a los silbidos del viento se agregaban ahora los mugidos del mar. El “Garona”, con el velamen reducido, corría velozmente, hendiendo las olas que comenzaban a encabritarse. Se hallaban cerca de la costa americana, esto es, en una zona muy frecuentada por las borrascas, y por ello Solilach creyó prudente tomar todas las medidas para no dejarse sorprender por el huracán.

Se consolidaron los mástiles, sobre todo los de cofa, con fuertes cordajes de reserva; las maromas de sostenimiento fueron reforzadas y renovadas algunas; se colocaron acolchados en los sitios en que las vergas y las velas vienen a chocarse; los cañones fueron amarrados a las bordas con fuertes cables, las llaves de tiro cerradas, y se prepararon las velas de fortuna. Cuando todo estuvo listo, el comandante se cruzó de brazos y esperó.

Los marineros, cada cual en su puesto, miraban con indiferencia las olas espumantes que iban a estrellarse con fuerza contra los costados del barco, pero a la hora se habían vuelto gigantescas y movidas de distintas direcciones llegaban hasta el alcázar y muchas lo cubrían. Con el recio balanceo rodaban de un lado al otro los pobres negros.

Casi todo el día el velero fue juguete del mar y por la noche la tempestad había adquirido tal violencia y el viento era tan potente, que volaba con una celeridad increíble hacia la región antillana. Reventaron velas que desaparecieron en la oscuridad; las aguas rompieron las bordas e invadieron con furia el puente derribando aparejos y hombres. El capitán, firme en su puesto, al ver que no podía luchar contra los elementos, dejó que la nave siguiese el curso a su voluntad. Pero en estas condiciones resulta extremadamente difícil gobernarla, por lo que a pesar de la pericia y bravura del segundo, que había empuñado el timón, daba bordadas de varios cuartos de una banda a otra. Tan zarandeado fue el “Garona” durante cuatro días, que repetidas veces oficiales y marineros llegaron a proponer al comandante cortar la arboladura para que pudiese resistir mejor a la fuerza del viento, pero Solilach había rehusado siempre poner en práctica tal recurso.

Afortunadamente la tempestad comenzó a amainar, las olas fueron perdiendo violencia y el barco moderó su loco bailoteo. Ya era tiempo, porque la tripulación había llegado al límite de sus energías y los negros de su resistencia. Al oeste, a unas dieciocho millas a barlovento, se dibujaba una tierra baja.

—¡Ya estamos frente a las Antillas! –anunció el capitán después de haber fijado a mediodía la posición del velero.

La isla de Antigua, que se encuentra entre la de Johnstown y la Redonda, surgía como una roca perdida en el mar. El capitán, sin vacilar, mandó desplegar todas las velas de fortuna con el fin de alcanzar a la brevedad posible el estrecho que divide la isla de Cuba de la de Santo Domingo. Al cabo de dos días ponía la proa sobre Puerto Rico y veinticuatro horas más tarde se hallaba a la vista del Cabo Engaño. Pasó por delante y se aventuró a lo largo del banco Silver, cruzó a medianoche, al claro de luna, por la isla La Tortuga, célebre por sus filibusteros, y a la mañana siguiente la embarcación se deslizaba por el canal de Paso del Viento. Corrió todavía por espacio de dos días algunas bordadas a causa de las corrientes contrarias que soplaban en el estrecho, luego rasando las costas cubanas dobló al sur y a las tres de la tarde el vigía señaló la angosta entrada a la bahía de Santiago.

—¡Todo va bien! –exclamó Solilach alegremente y refregándose las manos.

Dejó que la nave se acercase más a tierra y echó anclas en una ensenada desierta llamada Loma de Guinea. Allí mandó que se recogieran todas las velas y el “Garona” quedó inmóvil a menos de dos millas de la costa y a siete de la boca de Santiago.

10. El desembarco de los negros

En cuanto el “Garona quedó anclado y sus velas recogidas y envueltas en lona encerada, el capitán bajó a su cabina, escribió una carta e hizo llamar al oficial.

—Escúcheme –le dijo al confiársela—. Tome ocho hombres y trasládese en una lancha a Santiago; pregunte allí por los hermanos Smaller, dos ricos plantadores, entrégueles el escrito y una vez obtenida su respuesta, regrese inmediatamente.

Volvió a cubierta y se dirigió a proa a preparar el viaje. Acababa de dar las órdenes del caso, cuando se sintió golpear el hombro. Al volverse no pudo contener un gesto de impaciencia: el segundo estaba allí sonriéndole irónicamente.

—¡Qué es lo que desea, señor? –le preguntó un tanto frío.

—Saber adónde va usted.

—A tierra.

—¿Verdad? ¿Y a hacer qué?

—A llevar una carta.

—Está bien; vaya no más.

El lugarteniente se quedó con los dientes apretados y la expresión sombría. Lista la chalupa, el oficial se instaló en ella e impulsada por ocho remos se alejó velozmente con la proa apuntando hacia Santiago. A bordo, en tanto, el capitán hacía dividir a los esclavos en grupos para que fueran llevados a tierra en cuanto llegasen los compradores. Con una consideración absolutamente desconocida entre los negreros, trató de unir las mujeres con sus maridos y a los padres con los hijos; hizo quitar las cadenas a los que la habían llevado durante tanto tiempo y mandó descender al agua todas las lanchas.

Transcurrió el día entero y la noche sin que el oficial hubiese regresado, cosa que mantenía un poco impacientes al capitán y a la tripulación, bien que el primero conociese las dificultades con que aquél había tropezado para dar con los dos plantadores. Pero al amanecer, el marinero de guardia señaló embarcación a la vista y un cuarto de hora después Ravinet estaba a bordo y entregaba una carta al comandante.

—Veamos lo que dicen –murmuró éste rompiendo el sobre, y leyó para sí:

“Querido capitán:

Tenga listos trescientos esclavos para los hermanos Charmel. Cotización en alza. Mañana a la noche las señales.

Adiós.

Henry Smaller.”

—¡Magnífico! –exclamó refregándose las manos.

—¿Piden muchos esclavos? –preguntó presuroso el oficial.

—Trescientos y los precios han subido… ¿Cómo se las arregló para encontrar a los hermanos Smaller?

—La cosa no ha sido fácil y antes de dar con ellos tuve que recorrer casi toda la ciudad.

Viven en una mansión de una belleza maravillosa, atendida por un ejército de siervos negros y rojos.

—¿Lo acogieron bien?

—Pasé un día delicioso, capitán.

—Esta noche, más o menos a las once, veremos las señales, o tal vez después de medianoche.

—¿Pagarán mucho por los esclavos?

—Depende de la concurrencia; cuando escasean los negreros, se pagan mejores precios.

Hoy que el tráfico es reducido, el valor ha subido notablemente: un hombre robusto vale mil dólares; una mujer, de seiscientos a mil y aún más, según su belleza y complexión; un adolescente de doce a veinte años, se cotiza entre doscientos y quinientos, y un niño, cincuenta o cien.

—Entonces de los quinientos que llevamos podrá sacar una suma enorme.

—Sí; sólo de los doscientos negros, que son vigorosísimos, pienso obtener doscientos mil dólares.

—¡Diablo! –exclamó asombrado el oficial—. ¿Y luego?

—La trata es muy provechosa, pero como usted ha podido comprobar, ofrece no pocos peligros. El precio de las mujeres puede calcularse, término medio, en ochocientos dólares y los niños, entre lactantes y jovencitos, habrán de producir en conjunto alrededor de veinte mil.

—¡Es una tentadora cantidad de dinero! –dijo Ravinet maravillado—. De ese modo, con dos viajes un negrero se hace rico.

—No siempre, porque los cruceros, que tratar de impedir el tráfico, a veces producen daños que se tragan todas las ganancias. Además, una parte hay que dividirla con la tripulación.

—¿Y en qué proporción, capitán?

—A “grosso modo”, del producto de esta carga yo retendré unos trescientos mil dólares, al segundo le corresponderán treinta mil y al tercer oficial quince mil…

—¡Quince mil dólares a mí! –lo interrumpió Ravinet pasmado.

—¿Qué? ¿Le parecen poco?

—¡Al contrario, capitán! ¡Demasiado! ¿Y a la tripulación?

—Recibirá treinta mil.

—¡Sapristi! ¡Es un lindo regalo para nuestros marineros!

—Hay que tener en cuenta los riesgos que han corrido, de manera que viene a ser una compensación bien merecida.

El día transcurrió sin novedades y con un mar tan tranquilo que el “Garona” parecía estar en pana, pues se dejaba llevar por el flujo y reflujo. Los hombres de a bordo, salvo los que montaban la guardia en el entrepuente, se la pasaban bromeando y contándose historietas.

Para tener a los esclavos de buen humor, dispuso el capitán que se les diese doble ración y también un barril de aguardiente. Innecesario es decir si los negros lo aprovecharían: todos se pusieron un poco achispados y para alegrarlos más, hizo que les repartiesen algunos instrumentos y les dio permiso para que se divirtieran a su gusto.

En un instante todo el entrepuente se pobló de parejas danzantes y la “bambula”, un baile muy en uso a lo largo de la costa de Guinea, hizo furor. Los esclavos saltaban, chillaban, pirueteaban, lanzaban alaridos, se empujaban y chocaban unos con otros, mientras los músicos se agitaban y contorsionaban como obsesos. Pero una parte, especialmente mujeres, se quedó acurrucada en los dos extremos de la cuadra mirando con tristeza y conmiseración a sus compañeros y pensando que dentro de pocas horas estarían bajo la férula de otros y acaso más crueles patrones. A la caída de la tarde el comandante puso fin a la fiesta y mandó acercar el barco a la playa, deteniéndolo frente a una colina, en lo alto de la cual debían aparecer las señales.

Cayó la noche, una de esas hermosas noches de América que se ven en los trópicos. La luna iluminaba una enorme extensión de mar y tierra; las estrellas titilaban por millones, perdidas en las profundidades de la bóveda celeste; el silencio reinaba sobre la naturaleza dormida; una ligera brisa que transportaba en sus alas los balsámicos perfumes de las plantas, soplaba de tanto en tanto y plegaba la plácida superficie del océano; las peñas y los boscajes de la vasta isla bañados por la luz pálida, destacaban sus contornos y sus manchas sobre el azul opaco del horizonte, mientras las tupidas selvas, más distantes, se veían envueltas en una misteriosa penumbra.

La tripulación callada concentraba toda su atención en la colina, de la que no apartaba los ojos desde hacía dos horas; pero la señal no aparecía. Ya empezaba a impacientarse, cuando un grito sonoro hendió el aire y a poco algunas sombras se movieron en la cima.

—¡Son ellos! –anunció Solilach.

Brilló una chispa y al instante una llama viva iluminó durante varios minutos la hierba.

—¡Es la señal! –exclamaron en coro los marineros.

El comandante bajó a su cabina, tomó un espejo y regresó al puente; lo colocó de manera que reflejase la luz lunar y proyectó ésta a la colina. De allí respondieron enseguida por medio del mismo procedimiento y se vio a las sombras descender por sus flancos y dirigirse a la playa.

—Podemos desembarcar sin peligro de ser sorprendidos por ningún crucero –tradujo el capitán—. Han señalado que la costa está libre.

—¡Ya están aquí! ¡Ya llegaron! –gritó la gente de a bordo.

Un cuerpo negruzco, que luego tomó las formas de una canoa, se había separado de la costa y se acercaba rápidamente al velero; se veía el agua espumar y se oía el rumor lento y mesurado de los remos. Llevaba a dos blancos y ocho negros y cuando estuvo junto a la escala del barco uno de los primeros se informó:

—¿El capitán Solilach?

—Soy yo, señores Charmel –contestó el requerido.

Los tres hombres se saludaron cordialmente e invitados a pasar a la cabina principal, luego de abierta una botella de “arak” y llenadas tres grandes copas, uno de los recién llegados preguntó:

—¿Cuántos esclavos ha cargado, capitán?

—Quinientos –contestó éste.

—Para nuestras plantaciones necesitamos trescientos: cien hombres, cien mujeres y cien menores.

—Pueden pasar a elegirlos.

El terceto se dirigió al entrepuente y los compradores se acercaron a los negros para examinarlos minuciosamente. Los palpaban y les hacían ejecutar diversos movimientos para juzgar sus formas y agilidad. Después de revisados los lotes de carne humana apartaron la cantidad deseada de acuerdo con el pedido que le hiciera el capitán, esto es, sin separar a las parejas ni a los padres de los hijos, y esto no tanto por humanitarismo, como porque les resultaba más conveniente. No obstante, el más joven de los hermanos Charmel, un tanto picado, opinó:

—Me parece que no vale la pena tomarse tan a pecho estas caras de carbón. En verdad, capitán, no parece usted muy indicado para este oficio.

—Esto a usted no le concierne –replicó Solilach con un gesto de impaciencia.

—Vamos a su cabina para cerrar el negocio –intervino el cubano de mayor edad.

Volvieron a la habitación del comandante y cuando estuvieron en ella éste preguntó en forma breve:

—¿Cuánto?

—Novecientos dólares por cada varón adulto –ofreció el hermano mayor.

—Pretendo mil; es lo que se está pagando en Jamaica.

—Sea; no vamos a disputar por algunos miserables dólares. Por las mujeres pagaré ochocientos.

—¿Y por los pequeños?

—Ciento cincuenta.

—No los cederé por menos de doscientos.

—Conforme. ¿Cómo desea ser pagado, en oro o en letras bancarias?

—Prefiero el oro –dijo el capitán.

Los compradores se pusieron de pie y se encaminaron al puente seguidos de Solilach; allí emitieron un silbido y al instante cuatro negros abandonaron la canoa llevando dos pesados sacos llenos de monedas de oro que depositaron en la cabina. Media hora después el comandante encerraba en un cofre de hierro el precio de la venta y ordenaba a los marineros que comenzaran a desembarcar la mercancía.

Las seis lanchas de a bordo fueron cargadas de negros y dotada cada una de media docena de hombres armados que los entregaban en la playa a los agentes de los hermanos Charmel. Una vez terminada la operación, éstos estrecharon la mano al capitán, le adelantaron que al día siguiente recibiría la visita de otro interesado, ocuparon su canoa y regresaron a tierra.

—¿Salió bien el negocio, capitán? –preguntó el oficial cuando los cubanos se habían ido.

—Embolsé doscientos mil dólares –le confió Solilach del mejor humor.

—¿Y qué hará con los demás esclavos?

—Mañana vendrá a verlos un brasileño… ¡Buenas noches, Ravinet! Me voy a dormir.

Al otro día, hacia la medianoche, se repitieron las señales y poco después subía al “Garona” un hombre de edad más bien avanzada que había llegado en una chalupa. Era el plantador del que habían hablado los hermanos Charmel, el cual saludó cortésmente al comandante y sin más preámbulos inició el trato, que se cerró satisfactoriamente luego de salvadas algunas diferencias en el precio. Adquirió todo el lote de negros en ciento sesenta mil dólares, desembolsó la suma y aquellos fueron transportados sin inconveniente a la costa.

Temprano en la mañana siguiente, el capitán reunió a todo el personal sobre cubierta, se hizo acompañar por diez marineros a su cabina y volvió conduciendo cierto número de bolsitas más o menos iguales.

—¡Oro! –exclamaron en coro los convocados mirándolas con codicia.

Un murmullo confuso de expectación y contento acogió sus palabras y todos los ojos volvieron a posarse en los saquitos amontonados a los pies del comandante.

—¡Capitán Solilach, trescientos mil dólares! –proclamó él mismo y giró una mirada en torno para ver el efecto producido.

Nadie pestañó, señal que oficiales y tropa estaban conformes con la parte que se atribuía el capitán.

—¡Lugarteniente Parry, treinta mil!

Un fulgor de júbilo salvaje brilló en las pupilas del interesado, quien se precipitó hacia la bolsita que le tendía el jefe y teniéndola bien apretada corrió a guardarla en su cabina seguido por las miradas ávidas de los tripulantes.

—¡Oficial Ravinet, quince mil!

El nombrado dio un salto y tomó el saquito que el capitán sonriente puso en sus manos. A continuación fue llamando uno a uno a todos los marineros y a cada cual se le entregó una participación de trescientos dólares. Cuando hubo concluido con el último, Solilach pegó un puntapié a la silla en que había estado sentado y exclamó con acento satisfecho:

—¡Otro viaje como éste y basta!

11. La revuelta

Toda la gente de a bordo se había retirado a las cabinas y cuadras a contar su dinero o a jugárselo a los naipes, con la esperanza de duplicarlo a costa de los camaradas. El capitán había quedado solo en el puente inspeccionando el estado de los aparejos antes de zarpar de nuevo para el Atlántico. Hacía una media hora que revisaba vergas y cordajes, cuando advirtió a Bonga apoyado al timón con los ojos fijos en el oriente, como si tratase de descubrir más allá del horizonte a su lejana patria africana. Solilach se detuvo algunos instantes a observar su rostro triste, luego se le acercó y posándole una mano en el hombre le dijo con voz dulce:

—Escúchame, Bonga.

—¿Qué desea de mí, capitán? –preguntó el Hércules con voz sombría.

—¿Cuánto darías por volver al África, rever sus bosques, el Coanza, tu reino?

—¡Lo que me pidiesen: trozos de mi carne, litros de mi sangre, una parte de mi fuerza, todas las riquezas que dejé allí…!

El comandante permaneció durante algunos minutos callado; luego prosiguió:

—¿Estarías contento si después de acompañarme en este viaje te devolviera la libertad?

—¡Si, sí! –exclamó el coloso con acento salvaje y lanzando llamas por los ojos.

—Pues te empeño mi palabra de que serás libre y que pronto ocuparás de nuevo tu puesto en medio de tus vasallos.

Bonga se pasó una mano por la frente como si quisiera alejar un mal pensamiento e inquirió con voz amarga:

—¿Será lejano ese día?

—Dentro de seis o siete meses. ¿Lo dudas?

El negro sacudió la cabeza melancólicamente y murmuró:

—No; pero tengo un triste presentimiento… El de que no veré más a mi querida patria.

—¿También tú eres supersticioso? ¡Puedes engañarte!

—No; Bonga no se engaña. Hace diez años un “gangas”, el más célebre del Coanza, me predijo que caería en esclavitud y que no volvería a ver a mi tribu.

—¡Locuras, Bonga! Yo no creo en tus brujos y te digo que volverás a ser el rey de los casenhas.

Dicho esto, Solilach bajó al entrepuente que se hallaba lleno de marineros ocupados en desplumarse unos a otros. El segundo y el oficial, sentados frente a frente delante de un barril, parecían empeñados en una partida encarnizada. Seis o siete de los tripulantes, que habían perdido la mayor parte de su dinero, los rodeaban. Hasta la puesta de sol los dados y los discos de oro rodaron sobre las improvisadas mesas de juego, hechas con cajones y toneles, pero a esa hora el capitán, sin ningún exordio, ordenó se pusiese fin al entretenimiento y se desplegasen las velas. En un abrir y cerrar de ojos desaparecieron cubiletes, cartas y monedas y minutos después los marineros trepaban a los mástiles, se aferraban a las vergas y cuerdas, desenrollaban prestamente las velas envueltas en sus cubiertas impermeables e izaban las chalupas en las grúas. Al poco tiempo el “Garona”, impelido por una fresca brisa, tomaba el largo hacia las islas de Barlovento.

Antes de la semana atravesaba el canal y surcaba el océano apuntando la proa a la costa africana. El segundo, que hasta entonces no había abierto la boca, al ver el rumbo que tomaba el barco hizo una mueca de rabia, se aproximó al comandante que fumaba tranquilamente junto a la árgana y le tocó el hombro.

—¡Capitán!

Éste se volvió y notó la expresión hosca del rostro de su segundo.

—¿Qué desea, señor Parry?

—He venido a preguntarle adónde piensa dirigirnos –dijo el segundo con tono áspero.

—¿Qué es lo que quiere decir? –replicó Solilach palideciendo—. ¿Quién le da a usted el derecho de preguntarme lo que hago ni adónde voy? ¿Pretende acaso que le de cuenta de mis proyectos?

—No es ésa mi intención, sino saber solamente hacia dónde dirige el barco.

—¡Mil rayos! –gritó Solilach con voz airada—. ¿Olvida usted quién soy yo aquí? ¿Cree que me falta autoridad para hacerlo guardar a vista en su cabina?

—Disculpe, capitán –contestó Parry con la mayor calma—; sólo quería hacerle una simple pregunta.

—Bien; si eso es todo, sepa que volvemos a África, al Coanza, a cargar negros para Santo Domingo.

—¡Siempre haciendo los negreros! –comentó el lugarteniente sarcásticamente.

—Sí, señor. ¿Le disgusta, quizá?

Parry dirigió una mirada en torno y al notar que muchos marineros se habían acercado y escuchaban con interés el diálogo, dijo con su habitual tono irónico:

—Creía que había aceptado mi consejo.

—¿El de convertirme en pirata? ¿El de volverme ladrón y asesino? –aulló con violencia el comandante.

—Es un oficio que rinde cien veces más, señor –replicó el segundo con toda tranquilidad.

—¡Nunca! ¿Lo oye? Ni yo ni mis hombres seguiremos semejante consejo.

—¿Cree usted que todos los marineros están contentos de hacer los negreros y que rehusarían volverse piratas? –insistió el empecinado al observar la creciente atención que aquéllos ponían en sus palabras.

—Eso no me interesa. Por otra parte pienso que usted se engaña. Mis hombres seguirán siempre mi buena o mala estrella.

—¡Si, sí! –corroboraron algunas voces.

Los demás callaron y miraron al segundo en cuyos ojos brilló un lampo de feroz alegría.

—Y bien, seño; continúe haciendo el negrero. En cuanto a mí desembarcaré en llegando a las Azores.

—¡Puede irse al diablo! Nadie lo retiene aquí; no ha de faltarme un buen marino que le reemplace.

—¡Sea! –dijo el lugarteniente blanco de rabia. Le volvió la espalda y se retiró a su cabina murmurando en el camino—: ¡Nos vamos a ver todavía la cara, señor Solilach! ¡Todavía no sabe de lo que es capaz su segundo!

El comandante permaneció inmóvil en su puesto, no menos pálido que su contendor y con la mano apoyada en la culata de su pistola.

—¡Maldito pirata! –masculló—. ¡Ese maldito me va a traer desgracias!

La gente de a bordo se había diseminado por cubierta y comentaba en voz baja lo acaecido. El velero, en tanto, filaba a seis nudos por hora en dirección a las islas Azores, donde habría de renovar las provisiones y adquirir regalos para los jefes africanos.

A la tarde de ese mismo día, cuando el capitán hubo abandonado el puente, el segundo fue a apoyarse a la barandilla de babor fingiendo la mayor naturalidad. Miró algunos instantes el mar, encendió un cigarrillo y se corrió al castillo de proa donde conversó larga y quedamente con algunos marineros. El oficial, que lo estuvo observando, temiendo una desagradable sorpresa, corrió a advertir al capitán.

—Póngase en guardia –le dijo—. Sospecho que el señor Parry esté por prepararle una mala pasada.

—¡Lo sé, lo sé! –aseguró Solilach—. Pero lo tengo de ojo y no me dejaré sorprender. Al menor intento lo voy a matar como a un perro. Él lo sabe bien, que no tengo la costumbre de bromear.

El oficial volvió a cubierta para no perder de vista las maniobras de Parry, quien se hallaba sentado en el palo de bauprés fumando pacíficamente. Al oscurecer se retiró a su cuarto sin dar la derrota ni mirar a nadie, ni siquiera al oficial.

Al día siguiente el capitán, como de costumbre, se puso a pasear por el puente de proa a popa, calmo; pero un observador hubiera adivinado por su palidez y las arrugas de la frente, la cólera de que estaba poseído. El segundo apareció como a la media hora y al ver a su superior se paró de golpe, musitó algo que nadie pudo oír y fue a sentarse junto a la vela de artimón, su sitio preferido, simulando mirar el mar. Solilach, al verle, había interrumpido su paseo, pero sólo un instante.

—Esperaremos –murmuró—; no me faltará tiempo para castigar a ese desalmado.

Una mañana, varios días después, el capitán, exasperado por la actitud desdeñosa y la muda ironía reflejada en las facciones del segundo, lo encaró resueltamente en el momento en que iba a abandonar el puente. Se le plantó delante y le dijo con voz airada:

—¡Señor mío, ya es tiempo de terminar estas posturas! Al parecer ha olvidado que a bordo de este barco hay un comandante y que usted ha sido contratado en calidad de segundo. Si persiste en comportarse con la insolencia con que está haciéndolo, lo haré encerrar en su cabina con centinela de vista.

Parry lo miró algunos segundos callado y luego ironizó:

—¿De manera que quiere meterme en prisión?

—¡Precisamente! –aseguró el capitán más irritado aún por el tono burlón.

—¿Y puedo preguntarle de qué delito se me acusa y con qué derecho lo haría?

—¡Ante todo, con el derecho de comandante! –gritó Solilach con la mano apoyada en la pistola.

—Recuerde, señor, que hoy estoy aquí como pasajero.

—¡Pasajero u oficial, lo invito a cambiar de modales, y le advierto que su proceder se me ha hecho sospechoso!

—Puede hacerme encerrar si le parece, pero tenga cuidado. Está caminando sobre una mina –dijo el segundo cruzando los brazos en actitud de desafío.

—¿Qué me quiere decir con eso? ¿Es una amenaza? –bramó Solilach tomándolo de un brazo y sacudiéndoselo rudamente.

—Puede mandarme asesinar que no habré de contestarle.

El comandante furibundo extrajo la pistola y le apuntó.

—¡Hable o lo mato! –le intimó.

—No tengo nada que decir, señor.

—¡Tenga cuidado! ¡Le perdono la vida ahora, pero juro matarle al primer movimiento dudoso que le sorprenda!

Repuso el arma en la cintura y le volvió la espalda. Una despectiva sonrisa apareció en los labios de Parry.

—¡Peor para él si no se atrevió a matarme! –masculló—. ¡Esta noche habrá que terminar este asunto!

El oficial Ravinet había presenciado la escena y observado el gesto, por lo que no lo perdió de vista mientras permaneció sobre cubierta. Cuando la abandonó, fue a reunirse con el capitán en la cabina y lo acompañó hasta tarde. A las diez volvió al puente, dio la ruta, designó la guardia, y como la noche parecía tranquila, se fue a dormir.

La luna brillaba en un cielo sin nubes y un céfiro ligero hinchaba las velas del “Garona” y lo hacía deslizar raudamente por las aguas del Atlántico. En el castillo de proa se hallaban reunidos una docena de marineros cuando una sombra se acercó sigilosa y se ocultó detrás de la árgana a pocos pasos de ellos.

—Yo creo que el capitán hizo mal en no aceptar la proposición del señor Parry –decía un tripulante.

—Es verdad –acordaron varios.

—La piratería es un oficio que enriquece rápidamente… ¡Y no con la trata de negros! – repuso el primero.

—¡Y yo digo que el capitán ha hecho bien en negarse! –hizo oír un vozarrón poderoso.

Correspondía al órgano del brasileño Banes, el Hércules que se jactaba de abatir un buey de un solo puñetazo.

—¡Ohé, Banes! Tú estás siempre atado al capitán como un perro a su amo. ¡Deja que se vaya al demonio de una buena vez! –dijo otro marinero volviéndose hacia el gigante.

—Lo que yo les digo es que nunca haré el pirata. El de negrero no es un oficio del todo honesto, pero es preferible al de los bandoleros del mar. Ejercer la trata no es lo mismo que robar y asesinar.

—¡Qué tiene que ver aquí la honestidad! ¡Se trata de oro, amigo Banes, compréndelo, de oro! –exclamó uno secundado por casi todos los otros.

—Sea lo que se quiera, yo seguiré con la trata mientras lo haga mi capitán –replicó Banes.

—¡Ni que te hubiera embrujado! –apuntó un joven.

—Y ustedes, condenados ingleses, ¿por qué defienden al señor Parry?

—Porque quiere hacernos ganar cien veces más que tu capitán.

—Allá ustedes. Lo que yo les repito es que defenderé siempre la causa de mi jefe. ¡Y guárdense, porque si los toca uno de mis puños les va a dejar una marca que no se irá tan pronto! ¡Buenas noches!

Y el coloso, con paso lento, se encaminó hacia proa y desapareció en la cuadra común.

Cuando lo vio alejarse, el hombre que estaba escondido y había oído toda la conversación, se enderezó y con un dedo en los labios para recomendar silencio, se acercó a los tripulantes.

—¡El segundo! –exclamaron reconociéndole.

—Sí, soy yo, mis amigos –dijo Parry estrechando a cada uno la mano—. He oído la discusión y les agradezco la simpatía que sienten por mí. Sabía desde hace tiempo que estaban ustedes cansados de hacer de negreros, que ansiaban llegase el momento de dedicarse a la piratería y que odiaban al capitán Solilach.

—¡Esa es la verdad! –convinieron en coro los presentes.

—Bien, amigos; el tiempo vuela, de manera que hay que proceder rápidamente. Dentro de veinte o treinta días estaremos en las Azores donde estoy obligado a desembarcar. Ha llegado, pues, el momento de obrar.

—¿Qué es lo que debemos hacer? –preguntó un marinero.

—Obedecerme ciegamente y estar listos para amotinarse en cualquier momento.

—Todos lo estamos; y también para deshacernos del capitán.

—¿Cuántos partidarios creen que tiene entre la tripulación?

—Solamente cuatro; el resto está pronto a seguirlo a usted: todos desean ser piratas.

—¡Perfecto! –exclamó el segundo satisfecho—. La revuelta estallará muy pronto. Si no me engaño, los partidarios de Solilach son el oficial Ravinet y los marineros Fuego, Banes y Bonga. A estos dos últimos, con una treta que les explicaré a su tiempo, los encerraremos en la sentina, porque más tarde tendré necesidad de ellos.

—¿Y qué haremos con los otros?

—Si no se entregan, matarlos –respondió el segundo con acento glacial—. Ahora avisen a los demás camaradas y ténganse listos. Dentro de tres días, a esta misma hora, reúnanse aquí todos y estableceremos la fecha del levantamiento.

—De acuerdo, señor –declararon los complotados.

—¡Guarden bien el secreto y guay a los traidores!

Parry los saludó con un movimiento de la mano y se marchó a dormir. Cuatro horas después, cuando el sol empezaba a calentar las tablas de cubierta, subió el capitán y fue a reunirse con el oficial que lo esperaba a proa.

—¿Alguna novedad? –le preguntó.

—Mala— contestó el subordinado—. Observe las miradas inamistosas que nos dirigen los tripulantes.

—Ya veo –comprobó el jefe del barco. En ese momento vio a Bonga que pasaba y lo llamó con una seña.

—Mande, mi capitán –dijo éste.

—Si te pidiese que tomaras al segundo por el cuello y le proporcionaras una buena tunda, ¿lo harías?

—¡Sí lo haría…! ¿Y lo duda? ¡Bien sabe usted cómo lo odio y la sed que tengo de su sangre!

—Está bien; tente listo.

El negro hizo un gesto afirmativo con la cabeza y se retiró; el oficial estaba sorprendido.

En ese mismo momento apareció Parry y, como siempre, no saludó al superior y fue a sentarse a su lugar habitual. Los ojos de todos los marineros se habían vuelto hacia él, pero fingió no advertirlo y se puso a contemplar el mar. Ravinet, para quien el hecho no pasó inadvertido, recomendó:

—Hay que guardarse bien, capitán.

—Ya he visto, pero ¡por los cuernos de Satanás! He de castigarlos a todos. ¡Si es preciso, pegaré fuego a la Santa Bárbara y los arrastraré conmigo al infierno!

—Desgraciadamente temo que haya pocos tripulantes de parte nuestra.

—Bonga es un Hércules y Banes un titán.

—Hay que tomar medidas, señor. Ante todo asegurarse bien de las armas; impedir que los marineros se apoderen de ellas.

—Tiene razón; venga conmigo.

Bajaron sin ser vistos al depósito de armas y allí el comandante comenzó a arrojar por la portilla fusiles al mar y le hizo señas al oficial de que lo imitara. En menos de media hora las setenta piezas que componían las armas largas de a bordo fueron a parar al océano así como gran parte de las pistolas y cuchillos; sólo quedaron de la dotación las hachas de maniobra y pocas pistolas. El capitán cerró la puerta y se puso la llave en el bolsillo.

—Ahora –comentó— podemos estar más tranquilos. En mi cabina tengo algunas carabinas que nos pueden servir a nosotros. Esta noche acérquese a los hombres de guardia, pregunte, investigue, trate de ganar algunos para nuestra causa. Prométales lo que quiera y si es necesario, amenace.

Dadas estas instrucciones al oficial, Solilach regresó al puente aparentando la mayor serenidad. Mandó desplegarse las bonetas altas y bajas para apresurar la marcha y llegar más pronto a las Azores. Si lograba avistar las islas antes de que estallase el motín, se le podría considerar abortado, pues nadie se atrevería a intentarlo cerca de tierra. En esa posesión portuguesa desembarcaría junto con el segundo, a toda la tripulación. Por lo demás, en caso desesperado, estaba dispuesto a barricarse y oponer la más feroz resistencia. Sabía que tendría que afrontar a gente resuelta y capaz de cualquier exceso, pero contaba en la devoción de los pocos adictos y en su propia energía.

A la mañana del día siguiente Ravinet se presentó decepcionado y abatido.

—¿Y…? –le preguntó Solilach—. ¿Habló con los hombres de guardia?

—Sí; hablé, rogué, prometí oro y hasta amenacé, pero todo fue inútil. Se obstinan en la idea de que están cansados de hacer los negreros y desean entregarse a la piratería que les producirá más dinero. ¡Ah, comandante! Hubo un momento en que, ciego de rabia, saqué las pistolas dispuesto a tender a un par de esos miserables…

—¡Maldición! ¿Se han puesto, entonces, todos de acuerdo? ¡Y bien, sea! ¡Haremos saltar la nave!

—Espere todavía un poco, capitán; para ese golpe desesperado siempre habrá tiempo.

Transcurrieron dos días sin que nada sucediese. Al tercero, los tripulantes, después de haberse asegurado que el capitán y sus amigos dormían, se deslizaron silenciosamente sobre cubierta, en donde el segundo, armado hasta los dientes, los esperaba.

—Amigos míos –les dijo—, el instante decisivo está por sonar. Debemos limpiar al “Garona” de negreros para transformarlo en barco pirata.

—¡Muerte a los negreros! –proclamaron con voz sorda los rebeldes.

—Mañana estallará la revuelta y hay que pensar en desembarazarse de Banes y Bonga. A la hora en que el capitán y Ravinet estén en sus cabinas almorzando, mandaré a los dos colosos con un pretexto a la sentina; ocho de ustedes estarán apostados en las proximidades y en cuanto estén adentro, cerrarán rápidamente el escotillón. Hecho esto, uno cualquiera tratará de armar camorra al comandante y en cuanto éste haga un gesto de amenaza, nosotros le caeremos encima.

—Cuente conmigo, señor –se ofreció un inglés, que tenía fama de ser el más pendenciero y audaz de la tripulación.

—Muy bien. Yo abriré el depósito de armas con una llave falsa y ustedes, uno a uno, irán a apoderarse de un hacha o pistola. ¡Buenas noches amigos y hasta mañana!

Se disolvió la reunión y, excepto los hombres de guardia, todos los demás desaparecieron bajo proa.

Amaneció con un sol espléndido que vertía sobre el mar torrentes de luz cálida y una brisa suave del oeste impelía a la nave hacia las Azores. El capitán con el oficial se hallaban desde temprano paseando sobre cubierta. Estaban serenos, lo que demostraban que todavía no se habían dado cuenta de nada, pero de sus cinturas sobresalían culatas de pistolas y mangos de puñales. Parry, sentado junto al castillo de proa, se había provisto de un anteojo y, de tanto en tanto, lo apuntaba al horizonte. Pero sonó la hora del almuerzo y ni el comandante ni el oficial abandonaron el puente, como si una voz interior les hubiese advertido que no debían alejarse del lugar. Los marineros, al percatarse de ello, empezaron a dar señales de impaciencia. El segundo se acercó a uno y cambió la hora.

—Será para la cena –le dijo—. Trasmítelo a los otros.

Esta comida se tomaba generalmente a las seis de la tarde y cuando el capitán y Ravinet se retiraron, inmediatamente Parry lanzó un silbido y ocho marineros dejaron el puente para bajar a la cala. En seguida llamó a Banes.

—Ve a la sentina con Bonga –le dijo— y miren si hay filtraciones, pues temo que se haya abierto en el barco alguna pequeña vía de agua.

El brasileño llamó a su amigo y ambos, sin la menor desconfianza, descendieron al compartimiento más profundo. Al llegar a la escotilla de entrada vieron a algunos compañeros que discutían por dinero perdido al juego. No se preocuparon de ellos y se introdujeron en la sentina, pero no habían acabado de hacerlo, cuando oyeron un ruido formidable y se encontraron sumergidos en la oscuridad: la abertura había sido cerrada y los dos gigantes atrapados como ratas. Enterado el segundo del buen resultado de la treta, dio las instrucciones al encargado de provocar al comandante. A continuación dispuso la forma en que habría de procederse.

—Acérquense y escuchen: al primer grito corren a armarse y algunos de ustedes acudan con teas encendidas, porque dentro de poco la oscuridad será completa…

—¡Viene el capitán! –interrumpió en aquel momento el hombre que había quedado vigilando.

Todos volvieron prontamente a sus puestos y cuando Solilach apareció acompañado del oficial, todo estaba en calma. El último volvió a la cabina mientras el primero, como era su costumbre, se puso a recorrer el puente de arriba abajo. Junto al palo de trinquete vio a un marinero que dormía o que lo simulaba.

—¿Qué hace usted aquí? –le preguntó—. Éste no es el sitio para dormir.

—¿Y a usted qué le importa? –le espetó el interpelado en forma grosera y poniéndose de pie.

—¡Bribón! ¿No conoces a tu capitán?

—¡Qué capitán ni qué ocho cuartos! ¡Ya no hay capitanes a bordo! –contestó el pícaro con estudiada insolencia.

—¿Te has vuelto loco, miserable?

—No, señor negrero; William Works no está loco; más probable es que lo esté usted – replicó el inglés plantándosele delante.

¿Cómo osas…? –bramó furioso el capitán pronto a echársele encima.

—Sí; digo que usted está loco y que nadie comanda más en el “Garona” –repitió el insubordinado con risa socarrona.

Solilach comprendió que ésa debía de ser la señal de la revuelta. Su rostro palideció intensamente mientras sus ojos lanzaban llamas. Aferró del pecho al irrespetuoso, lo empujó contra la borda de babor y le puso la pistola a la frente gritando:

—¡Repítelo, infame! ¡Repítelo!

El deslenguado, al sentir el frío del cañón, se puso blanco como la nieve y dejó escapar un grito de espanto. Sus compañeros, armados de hachas y cuchillos, ya corrían en su ayuda.

—¡Repítelo! –aulló de nuevo el capitán.

—Usted es un…

Sonó un estampido y el procaz se desplomó antes de terminar la frase, mientras Solilach, fuera de sí, se volvía a la tripulación y la imprecaba desafiante:

—¡Avancen, canallas! ¡Acérquense, pues…!

El insurgente que venía a la cabeza pegó un salto y lo atacó con el hacha levantada, pues el capitán dio dos pasos atrás, se apoderó de la segur que se hallaba en el cabo de banda y más ligero que un rayo le partió el cráneo de un formidable golpe. Los que lo seguían se detuvieron, pero casi en el mismo instante irrumpieron diez o doce compañeros con antorchas y armados de barras de hierro, gritando:

—¡Que muera el capitán! ¡Muerte al negrero!

Solilach martilló la segunda pistola y la descargó sobre el más adelantado.

—¡A mí! ¡A mí, compañeros! –clamó.

Dos hombres se precipitaron al puente, derribaron a algunos complotados y liberaron al comandante en el momento en que iba a ser rodeado: eran el oficial y el marinero Fuego, que habían oído los gritos de muera y volado a ponerse al lado de su jefe.

—¿Y Bonga? ¿Y Banes? –preguntó éste al verlos aparecer.

—¡Encerrados! –le contestó una voz burlona surgida del grupo de los marineros.

—¡Al palo mayor! –comandó el capitán a la par que pegaba un brinco y tumbaba a un sedicioso que lo agradía.

Defendiéndose a pistoletazos y a golpes de hacha, pudieron alcanzar el mástil y respaldarse en él para impedir que los atacasen de atrás.

—¡Tome, capitán! –le dijeron Ravinet y el marinero tendiéndole una pistola cada uno.

—¡Gracias! –murmuró Solilach colocándoselas en la cintura.

Los amotinados se arrojaron sobre los tres y se entabló una lucha titánica a la luz de las antorchas. Oíase el estridor rápido y duro de las hachas al chocar una contra otra mezclado a gritos, imprecaciones y sonar de tiros, pero ese combate tan desigual no podía durar mucho tiempo. El oficial, al ver que se le acercaba un hombrachón empuñando una pistola, extrajo rápidamente la suya e hizo fuego: el agresor cayó, pero simultáneamente recibía un hachazo en la cabeza que lo hizo doblarse sobre las rodillas y al querer incorporarse, recibió otro en el pecho que lo dejó sin vida. La muerte del joven oficial, en lugar de calmar a los facinerosos, los volvió más feroces: arremetieron contra los dos restantes llenándolos de insultos y maldiciones, especialmente al comandante, a quien en ese momento Parry apuntaba sus dos pistolas intimándole:

—¡Entrégate, Solilach!

La respuesta de éste fue descargarle instantáneamente la suya, pero el tiro, mal dirigido, no dio en el blanco. A su vez, los del pérfido lugarteniente le atravesaron el corazón. El capitán vaciló unos segundos y cayó sobre el cuerpo del desgraciado oficial.

—¡Y tú, ríndete! –gritaron algunos al único superviviente.

—¡Nunca! –contestó el leal marinero defendiéndose como un tigre acosado.

Y como viera el segundo que estaba armando una pistola, se echó sobre él, pero herido en la espalda de dos hachazos cayó de bruces.

—¡Ríndete! –volvieron a gritarle los excamaradas furibundos.

—¡Viva el capitán! –fue la respuesta del bravo muchacho y exhaló el ùltimo suspiro.

—¡A la salud de nuestro nuevo capitán! –aullaban los sediciosos desfondando a popa barriles de ron.

Una antorcha plantada junto al palo mayor alumbraba los cuerpos de los tres valerosos marinos que habían sucumbido peleando denodadamente.

12. El barco pirata

La noche se había puesto oscura y amenazadora: densas nubes cubrían el cielo y los relámpagos zigzagueantes alumbraban por breves momentos el horizonte. No corría ningún viento, pero todo indicaba la proximidad de una tormenta.

A bordeo del “Garona” reinaba una loca alegría: unas cuarenta antorchas atadas a los palos iluminaban la cubierta en la cual los marineros, sentados desordenadamente, rodeaban una docena de barriles de ron y “arak” y bebían sin freno para festejar la victoria y tal vez también para calmar algún remordimiento. Ninguno se había atrevido a acercarse al palo mayor; hasta el segundo, refugiado con algunos compatriotas en el alcázar, trataba de emborracharse para aturdirse y no pensar en lo sucedido.

La orgía duró toda la noche mientras la nave navegaba a su capricho, y solamente al alba Parry ordenó echar al mar los tres cadáveres, lavar el puente y luego congregarse en el castillo para proceder al nombramiento de los nuevos oficiales y hacer a la vez importantes comunicaciones. Envueltos en hamacas, en las que se pusieron algunas balas de cañón, los restos del capitán, oficial y marinero Fuego, lo mismo que los de los cuatro rebeldes caídos, fueron sepultados en el océano y terminada la fúnebre tarea, con algunos baldes de agua se hicieron desaparecer las manchas de sangre que ensuciaban el piso.

Reunida que estuvo la tripulación, el nuevo capitán procedió a designar lugarteniente y dos oficiales que eligió entre los más experimentados y valerosos; luego expuso sus proyectos. El campo de operaciones no debía ser el Atlántico, demasiado vigilado por navíos de guerra y sin un puerto seguro, sino el Pacífico, más amplio, menos batido y con numerosos refugios. Conocía una roca aislada, que descubriera en uno de sus viajes, en la cual podría establecerse la base, servir de guarida al “Garona” y depositar en ella vituallas, armamentos y las riquezas que conquistaran. La propuesta fue aprobada por unanimidad y el flamante jefe, sobre quien todos depositaban la mayor confianza, aclamado con ruidoso entusiasmo.

—¡Viva el capitán Parry! ¡Viva la piratería! –gritaba la chusma exaltada.

La asamblea estaba por disgregarse cuando de un empujón fue levantada la escotilla de popa y dos colosos, uno blanco, el otro negro, aparecieron como surgidos de los infiernos y se lanzaron por el puente profiriendo alaridos de furor. Todos los molinistas se refugiaron al fondo del castillo, pero Parry, que había conservado su sangre fría, martilló rápidamente una pistola y les gritó:

—¡Alto, Banes! ¡Alto, Bonga!

Los dos hombres, que lograran aunque un poco tarde forzar la tapa de la sentina, se detuvieron un instante, pero Banes apretando los dientes y con los puños cerrados, se abalanzó contra el ex segundo.

—¿Dónde está el capitán? –aulló.

—Ha muerto –respondió Parry.

Un bramido en el que se mezclaban el horror y la cólera, escapó del pecho del brasileño.

—¡Muerto! ¡Muerto!

Bonga había dado un salto gigantesco y como un león herido se iba a echar sobre su enemigo, pero Banes lo contuvo por un brazo y con voz sofocada por la rabia le susurró al oído:

—¡Cálmate! ¡Hemos llegado demasiado tarde! ¡A su tiempo lo vengaremos!

El africano se detuvo, pero sus ojos como dos carbones encendidos lanzaban saetas de fuego sobre el pirata. Su compañero cruzó los brazos y afectando calma avanzó por el alcázar, y se plantó a dos pasos de Parry, que lo tenía bajo la mira de su pistola.

—¿Y ahora, señor Parry, qué piensa hacer? –le preguntó.

—Dime, Banes; ¿quieres hacerte pirata? –le preguntó con voz meliflua.

—¿Y por qué no? –contestó el gigante con voz que sonaba tranquila—. Pero desearía saber la razón por la cual abandona usted la trata.

—Porque el de pirata es un oficio que ofrece más aventuras y es más lucrativo.

—¡Ah! No sabía que hacer el ladrón es un lindo oficio –comentó Banes en tono irónico.

—¡Basta de palabras y vengamos a las conclusiones! Si aceptan, nos serán útiles, y si se niegan, un pistoletazo a cada uno los mandará a reunirse con su capitán –les notificó el malvado apuntándole fríamente.

El brasilero no contestó: lo miraba con una expresión que daba escalofríos.

—¡Decidan, pues, o hago fuego! –apremió Parry nervioso.

Una sonrisa se dibujó en los labios de Banes. Por fin dijo:

—Acepto su oferta.

—¡Bravo, camarada! –aprobaron los marineros.

El gigante dirigió una rápida mirada a Bonga que respondió con un imperceptible movimiento de cabeza y fue a confundirse con la tripulación. Entonces el segundo guardó la pistola y gritó con acento alterado:

—¡A nosotros dos ahora, canalla de negro! ¡Acércate!

El rey de los casenhas, que hasta entonces había permanecido quieto, se estremeció al oír esas palabras y fue a colocarse a cuatro pasos de su enemigo. Éste lo contempló en silencio algunos segundos dejando trasparentar en sus facciones el odio brutal de que estaba poseído.

—¿Recuerdas el día que me diste un puñetazo en la cara?

El negro se encogió de hombros y no contestó.

—Ese día –prosiguió con furor contenido el perverso marino— encontraste un protector en el capitán Solilach, pero hoy los papeles han cambiado: el tal duerme en el fondo del mar y no podrá venir a substraerte de mi rabia.

Bonga sólo lo miró, pero su mirada encerraba tanta fiereza como desprecio. Eso puso fuera de sí al pirata.

—¿No me has conocido todavía, miserable? –aulló— ¡Tiembla, sucia piel! ¡Te voy a hacer quemar vivo! ¡Mandaré que mis marineros te cuelguen de un mástil! –y tomándole de un brazo lo sacudió con fuerza.

—¡Ya te dije una vez que no me tocaras! –le advirtió el coloso.

—¡Ahora verás si te toco! –gritó Parry apoderándose de un látigo con mango de hierro.

Bonga levantó con altivez la cabeza, contrajo colérico la boca y le dijo con voz estridente:

—¡Haz la prueba!

Parry levantó la fusta, pero antes de que ésta rozara a su adversario, el negro se la arrebató de un manotazo, la partió en dos y la arrojó al mar. El pirata profirió una blasfemia. Los marineros se disponían a correr para reducir a Bonga, pero Banes de un brinco se les plantó delante agitando amenazadoramente una segur.

—¡Quietos ustedes! –les gritó haciendo guardia para que ninguno fuese a ayudar al provocador. Éste había dado un paso atrás y extraído nuevamente la pistola, pero el gigante blanco, que lo había previsto, se la arrancó de la mano y le dijo:

—¿Es así, señor Parry, cómo trata usted a sus hombres? ¡Por el diablo que comienza bastante mal! ¡Deje en paz a este negro o no le respondo de mi sumisión!

—¿Qué es eso, Banes? –exclamó el flamante capitán asombrado de tanta audacia.

—Le aconsejo, señor Parry, que no irrite más a este hombre. Créame, es mejor tener a bordo amigos que enemigos. Nunca se sabe lo que puede suceder.

El malvado jefe pareció reflexionar algunos minutos sobre las graves palabras del brasilero, recogió la pistola que repuso en su lugar y declaró:

—Acepto tu consejo y perdono al negro, con la condición de que seas un buen camarada para mí.

—Gracias, capitán –contestó Banes—. Ha conquistado mi corazón.

Quien lo hubiese observado, habría notado el relámpago de odio que fulguró en sus ojos.

—Espero, Banes, que me seas tan amigo como lo eras del comandante Solilach. Estrecha mi mano; no quiero que un robusto y valiente marinero como tú me guarde rencor.

El brasilero dio sin estremecerse la mano al pirata y se retiró con Bonga a la cuadra.

Cuando estuvieron en ella y comprobó que no había nadie, preguntó al africano:

—¿Unirás tus fuerzas a las mías para vengar al capitán?

—Tan dispuesto estoy a ello que no trepidaría en hacer saltar la nave y hundirme con sus restos.

—Bien, amigo Bonga. Somos dos solos y tenemos que hacer frente a más de treinta miserables siempre listos para liquidarnos a la menor sospecha. Como ves, ahora no es posible hacer nada, pero llegará nuestro día y ése será el del exterminio para esta banda de forajidos.

—¡Con tal de que ese día no sea muy lejano!

—No lo creo. Mientras tanto, finjámonos amigos de todos.

Salieron en silencio y fueron a reunirse con los demás marineros que estaban halando las brazas. Poco después, el “Garona” enderezaba su proa hacia el Cabo de Hornos.

13. El islote del Pacífico

El velero corría siempre; la tripulación durante aquellas largas jornadas de navegación charlaba, formaba planes y jugaba, a la espera del día en que llegara a la roca del Océano Pacífico de que les hablara su nuevo comandante. Éste, que ya había olvidado completamente el crimen cometido con su antiguo jefe, bromeaba y reía con sus oficiales, alababa las buenas condiciones del velero y les exponía sus proyectos para mejorarlas a fin de que fuera más veloz.

Transcurrieron así quince días de gran bonanza, con tiempo favorable; pero al decimosexto, mientras el barco se hallaba en las cercanías de las islas Malvinas, el cielo se obscureció de un modo inquietante y el viento empezó a soplar con extrema violencia. Es que se entraba en las aguas del Cabo de Hornos, pasaje peligrosísimo, casi siempre agitado por terribles tempestades.

El capitán Parry ya había dispuesto que se tomasen las medidas precaucionales, pero el huracán se desencadenó de golpe y el mar enfurecido se puso a arrastrar al buque hacia la punta del continente a pesar de todos los esfuerzos que se hacían para moderar el curso de su loca carrera. Las tinieblas eran densas porque no brillaba ningún relámpago, de manera que existía el peligro de que la embarcación fuera a estrellarse contra alguna de las numerosas rocas de las proximidades de Tierra del Fuego.

Durante la noche entera el “Garona” estuvo huyendo hacia el sur y al amanecer se encontró rodeado de numerosas montañas de hielo, icebergs flotantes, que amenazaban aplastarlo. Los marineros, atemorizados y rendidos de cansancio por las fatigosas tareas nocturnas, se mantenían asidos a las cuerdas con la fuerza de la desesperación y casi seguros de que en un momento dado serían tragados por las olas. Esta lucha terrible contra los elementos desbordados, duró dos días, hasta doblar el Cabo de Hornos: en el otro lado reinaba un mar plácido y tranquilo que contrastaba con el furor del Atlántico.

Una suave brisa del sur hinchaba las velas y el barco, ayudado por la corriente del Perú, fue subiendo la costa a lo largo de una línea distante unas veinte millas de ella. A veces, cuando la atmósfera era transparente, se podía distinguir sin ayuda de anteojos las cumbres de los Andes, la gran cadena de montañas que forma la espina dorsal de la América del Sur. El 20 de febrero, a la puesta del sol, el vigía señaló una llama rojiza que se elevaba a prodigiosa altura y dio aviso al capitán. Éste la observó algunos minutos y explicó:

—Si no me engaño, nos hallamos frente a la isla de Chiloé y ese resplandor proviene del volcán Corcovado… ¡Miren!

Todos los ojos se posaron sobre el pico gigantesco del que salía un enorme penacho de humo compacto. Bien pronto se presentó de frente y se le pudo admirar en sus 2,250 metros de elevación. Iluminado como estaba por el resplandor de las llamas y el claror de los últimos rayos del sol, parecía flotar en medio de un lago inflamado.

—¿Hay muchos picos de esta altura en la América meridional? –preguntó uno de los oficiales.

—Sí, y más importantes. Está el Aconcagua, que es el más elevado, pues mide 6,835 metros; el Chimborazo, que tiene 6,310; el Cotopaxi, de 5,943; el Cayambe, de 5,840; el Pichincha, de 4,787…

—¿Es verdad que en los flancos de este último se levanta la antigua capital del imperio peruano?

—Sí, Quito, que está a 2,827 metros de altura… ¡Miren allí, al fondo de aquella bahía: es la ciudad de Valdivia!

El 23 de febrero el “Garona” llegó a la vista de la isla Juan Fernández, que se encuentra casi frente al Callao, el puerto de Lima. Se apuntó la proa en dirección de éste y tres horas más tarde se echó el ancla a diez metros del muelle. El capitán, acompañado de los oficiales y ocho hombres, se trasladó a tierra para proveerse de armas y municiones. Banes hubiera querido ir con ellos, pero Parry no lo admitió, temiendo que pudiese denunciarlo a las autoridades peruanas; es más, encargó a cuatro marineros que no lo perdiesen de vista, lo mismo que a su compinche Bonga.

A la madrugada siguiente volvieron los expedicionarios con seis lanchas cargadas de barriles de pólvora, armas, municiones, víveres y diez cañones de treinta y seis último modelo, todo lo cual se tardó más de dos días en trasbordar. Además se llenó la cala de arena, piedras, cal y ladrillos, materiales necesarios para la construcción de un fuerte, y una vez embarcada toda esa carga, Parry ordenó dirigirse a Valparaíso para completar el rol de tripulación.

Cuando regresó a bordo después de cumplida esa misión, el capitán del “Garona” lo hizo seguido de tres embarcaciones cargadas de individuos de aspecto miserable y truculento, ciento veinte en total, de diferentes nacionalidades. Varios de ellos llevaban todavía el uniforme de las marinas chilena y peruana y otros de la angloamericana; había españoles, mexicanos, franceses y hasta chinos. Era gente probablemente escapada de la horca, restos de bandas de guerrilleros, ladrones, piratas, negreros y otras cosas peores. Pero los hombres del velero no se preocuparon de averiguar quiénes eran ni de dónde venían; los acogieron como camaradas y pronto hicieron amistad con ellos. Sólo Banes y Bonga, al ver esa extraña mezcolanza de malvivientes no pudieron contener un gesto de repugnancia.

Cuando los recién enganchados estuvieron a bordo Parry dio la orden de zarpar y la nave, cargada de velas, salió lentamente del puerto para surcar el Pacífico en dirección a Australia. El capitán contemplaba complacido, desde el palo mayor, al que estaba apoyado, cómo maniobraban los nuevos tripulantes: no todos eran perfectos marineros, a decir verdad, pero a él le importaba más que fuesen buenos combatientes, pues para el servicio de las velas sobraba con el personal antiguo. Mientras se hallaba abstraído en eso, se le acercó el flamante segundo llamándolo por su nombre, pero no lo vio ni oyó.

—¡Capitán! –repitió el otro con voz más fuerte.

—¡Ah, es usted, amigo! –le dijo risueño—. Dígame sinceramente, ¿qué piensa de los tipos que hemos enrolado?

—Que tenemos embarcada a una banda de pícaros, pero que parece gente decidida y capaz de todo. Ya veremos cómo se comportan cuando estén frente al fuego.

—Es de esperar que se muestren a la altura de nuestros marineros, cuyo coraje quedó demostrado en el encuentro con el “Cape-Town”. Con esos forajidos y un barco como el nuestro, pienso que llevaremos a cabo grandes cosas, tanto más cuanto que desde hace algunos años los piratas han disminuido. Las presas van a ser numerosas.

—¿Y cómo haremos para desprendernos del botín?

—En ciudades de Cochinchina y China, bien o mal, se encuentran siempre compradores.

—¿Y si nos descubren y prenden?

—Entonces ¡buenas noches a todos!, porque nos ahorcarán de las extremidades de las vergas.

—Esperemos que ese día esté lejano, señor Parry.

—Esperémoslo, amigo.

El velero avanzaba con toda felicidad; desde su salida del Callao habían transcurrido treinta y seis días, durante los cuales había ido dejando atrás las islas Cornwallis, Bunty, Banck y Salander de la punta meridional de Nueva Zelandia, pero el islote que buscaba el capitán no había aparecido aún. Al mediodía del 23 de marzo éste reunió a todos los tripulantes en el puente y les dijo:

—Consuélense; la isla que buscamos, o mejor dicho, la roca, no está muy lejos.

—¿En qué posición se halla? –preguntó el segundo.

—A 43 grados 32’ de latitud y 132 grados 18’ de longitud oeste del meridiano de Greenwich, o sea, a unas doscientas millas de aquí.

En ese momento una voz burlona se hizo oír:

—¡Ah…!

—¿Quién ha sido? –preguntó Parry con gesto amenazador.

Todos los circunstantes se miraron a la cara asombrados; fueron interrogados uno por uno, pero nadie pudo decir quién pudo haber sido.

—¡Maldición! –bramó el comandante rabioso—. ¿Alguien se atreve a burlarse de mí? ¡Como lo descubra, guay de él!

Cuando se disolvió la reunión Banes se dirigió a la popa haciéndole seña a Bonga de que lo siguiese al bauprés.

—¿Oíste el grito? –le preguntó.

—Sí.

—¿Y quién crees que ha sido?

—El difunto capitán Solilach –contestó el negro sin titubear.

Banes lanzó una risotada mientras el ex rey lo miraba maravillado.

—¡Fui yo! –le confió el coloso brasileño.

—¡Oh, no puede ser! ¡No me pareció tu voz!

—¡Pues era la mía!

—¿Y cómo has podido hacer para alterarla así?

—Soy ventrílocuo y puedo cambiar la voz a mi gusto.

—¡Ah, como los “gangas” de mi país! El capitán malo ha creído que era la voz del señor Solilach.

—Y los marineros también. ¡Por la muerte del diablo que me voy a divertir bien a espaldas de esos supersticiosos bandidos!

—¡Silencio, no te vayan a sorprender…!

El 27 de marzo, cuatro días después, los vigías avisaban que se divisaba un islote. Parry trepó a la cofa y apuntó su anteojo.

—¡Es el nuestro! –exclamó.

Todos los marineros apoyados a la barandilla de babor, algunos con largavistas, miraban atentamente esa roca perdida en el gran océano, que se iba agrandando a ojos vista. A las dos horas el barco se ponía en pana a doscientos metros de la misma.

Era una enorme masa de granito que se elevaba a considerable altura y tenía una base de un kilómetro de circunferencia; la rodeaban escollos puntiagudos, con los costados casi cortados a pico, salientes aguzadas y festoneados de grietas; la cima, en cambio, era plana y aparecía completamente lisa. Por el lado oriental se abría una profunda ensenada entre rocas tan altas que impedían fuese vista del exterior cualquier embarcación en ella anclada. Parry había descubierto ese paraje de una manera accidental y en ningún mapa de ese tiempo estaba marcado. Con el segundo y una decena de hombres se trasladó en una lancha a la extremidad de la bahía y una vez allí dijo al oficial acompañante:

—Tenemos que trepar a la plataforma; es una empresa un poco escabrosa, pero con un poco de paciencia lo lograremos.

Con la ayuda de los marineros comenzaron la fatigosa ascensión aferrándose a las salientes de las rocas con el peligro de rodar a cada rato y romperse los huesos. Por fin llegaron a la parte superior y el capitán, haciéndole ver al segundo lo llano de la superficie, le explicó:

—Mire abajo y dígame si cree posible que tropa alguna pueda llegar a este sitio defendido por nuestra gente. Observe estos peñascos, estas rocas cortadas a pico y se dará cuenta que un asalto sería imposible, sobre todo si construimos aquí bastiones y los artillamos con algunos cañones.

—Yo creo que unos pocos hombres y aun sin cañones, podrían desde esta posición rechazar a un ejército entero.

—¿Está de acuerdo entonces en que una fortaleza levantada aquí sería inexpugnable?

—¡Claro que lo estoy! Pero, ¿cómo haremos para transportar los materiales de construcción, los armamentos, los víveres?

—Tenemos ciento cincuenta hombres robustos. Primero les haremos abrir una escalinata, obra que requerirá tiempo, pero ¿qué nos importa a nosotros el tiempo? No tenemos ningún apuro.

—¡En verdad, capitán, usted ha nacido para ser general o ingeniero!

—Es lo que se me ha ocurrido muchas veces –bromeó el pirata sonriente—. Ahora bajemos y conduzcamos al “Garona” a la bahía.

De vuelta a bordo dieron orden de levantar anclas y desplegar el trinquete y el perroquete; el capitán Parry empuñó el timón y enderezó la proa hacia el canal que conducía a la ensenada. Bien pronto la nave se encontró encerrada en un paso angosto y tan peligroso que hubiese bastado una falsa maniobra para mandarla a pique. El segundo, a proa, sondeaba la profundidad y hacía señales al timonel para que se inclinase a un lado o al otro a fin de esquivar los numerosos obstáculos. Media hora navegó en esta forma el velero, hasta que se pudo echar el ancla en el centro de la bahía. Entonces Parry, dirigiéndose a oficiales y marineros, les preguntó:

—¿Creen ustedes que un navío que girara en torno a este islote podría advertir que en medio de estas escolleras existe un anclaje tan cómodo?

—No lo creemos –dijeron a coro.

—¿De modo que refugiándonos aquí podríamos considerarnos seguros?

—Yo creo –afirmó el segundo— que nadie podría suponer que en estas rocas se esconde en estos momentos un barco como el “Garona”.

—¿Están satisfechos ahora? Como ven, he cumplido mi palabra; mañana, señores míos, comenzaremos los trabajos de construcción del fortín.

14. El bergantín inglés

Ni bien amaneció, cien marineros armados con picos fueron llevados en cuatro chalupas y comenzaron la ímproba tarea de abrir un camino en la dura roca. El capitán, con el segundo, habían planeado en forma tortuosa una senda de tres metros de ancho que partiendo de la base subía hasta la plataforma del islote. Los trabajos realizados con febril entusiasmo duraron más de un mes, pero una vez terminados se pudo disponer de una cómoda escalinata que giraba en torno al cono desde el tronco hasta la cúspide. Se desembarcaron entonces los materiales de construcción y los ciento cincuenta hombres de la dotación del “Garona”, al precio de impagables fatigas, consiguieron trasladarlos junto con la otra carga del buque a lo alto de la roca. Pero la erección del fuerte no se comenzó hasta el mes de junio, para que la gente pudiese descansar y reponer sus agotadas fuerzas.

Sobre la explanada se marcó un círculo de trescientos cincuenta metros y dentro de éste otro de cien: el primero correspondía a la línea de la muralla y dentro del segundo se levantarían los dormitorios de los marineros, los cuartos de los oficiales, los almacenes y el polvorín. La obra fue iniciada el 21 de junio con las dependencias internas; los filibusteros trabajaron de sol a sol, treinta días para terminar los sólidos edificios centrales y luego sesenta más para construir los muros exteriores. Éstos tenían un metro de espesor, con troneras para los cañones y aperturas para la fusilería a distancias adecuadas. Las piezas de treinta y seis fueron colocadas en los bastiones en forma de cubrir todo el horizonte circular; los barriles de municiones se depositaron en el polvorín y las armas y víveres se encerraron en los almacenes. Cuando todo estuvo listo, cien hombres se instalaron en el fuerte y cincuenta quedaron en la nave para defenderla en caso de ser descubierta por otra enemiga.

El 22 de diciembre, después de un reposo de dos semanas, el capitán y cien marineros, entre los que figuraban Banes y Bonga, se embarcaron en el “Garona” con la bandera inglesa flotando en el palo mayor, y abandonaron la bahía en busca de algún barco bien cargado proveniente de la India o de Australia. El resto de la banda quedó al cuidado del fuerte al mando de uno de los oficiales. El mar estaba tranquilo y una ligera brisa del sur empujaba al velero a moderada velocidad hacia la costa australiana.

Pasaron varios días sin que se vislumbrara una vela en el horizonte; la tripulación había empezado a impacientarse y a murmurar, pretendiendo que se cambiase la ruta y se tomara la del océano Índico, más frecuentada por barcos mercantes; Parry, empero, no quiso someterse a ninguna presión y se mantuvo inconmovible, en la seguridad de que pronto se produciría un afortunado encuentro con alguna nave de vientre bien repleto. Una tarde en que se paseaba por el puente vio a Banes solo; se le acercó y golpeándole amigablemente la espalda le dijo:

—Veamos, mi querido Hércules, ¿qué te parece nuestro fuerte? He observado que hasta ahora no has demostrado por él el menor entusiasmo.

—¿Y a mí me lo pregunta? –contestó el brasileño con sarcástico acento—. Ya sabe que yo no hice nunca el pirata y no puedo, por tanto, dar juicios sobre la bondad de sus cuevas.

—¡Ajá! ¿Y cree usted, señor negrero, que su difunto capitán hubiese sido capaz de hacer algo mejor.

—¡Oh, no, nunca! –retrucó Banes con tono orgulloso—. El capitán Solilach no era tan miedoso como para construir guaridas donde esconderse a la aparición del primer buque de guerra.

—¡Eh, parece que todavía lo tienes a pecho a tu capitán! ¡Y que sigues prefiriendo el oficio de negrero!

—Por lo menos era honesto.

—¡Uff…! ¡Honesto…!

—Y se ganaba más.

—¡De modo que tienes prisa en llenarte los bolsillos!

—Está en un error; el oro robado a los demás no me hace feliz.

—¡Negrero del diablo! ¡Calla o te hago poner los grilletes!

El coloso le volvió la espalda y se dirigió a proa seguido por la mirada furiosa del comandante que se quedó, murmurando:

—¡Maldito brasileño! Nunca hará de buen grado el pirata.

Durante tres días más el “Garona” estuvo navegando unas veces hacia el norte y otras el oeste sin encontrar embarcación alguna. El mismo Parry empezaba a perder la paciencia.

—¡Parece imposible –decía al segundo— que no navegue ningún barco por estos parajes! Si dentro de dos días no topamos alguno, subiremos hacia el noroeste en busca del archipiélago de la Sonda.

—En verdad que es muy extraño, capitán –asintió Walker.

—Y sin embargo no es ésta una zona abandonada por los navegantes… ¡Habría que pensar que el diablo les advierte nuestra presencia por aquí!

—¡Con tal que no advierta a un navío de guerra! ¿Qué haría en ese caso, capitán?

—Cargaría todas las velas posibles y tomaría precipitadamente el largo. ¡Con esos pajarracos armados de pico y garras no conviene jugar!

—¿Y no se podría tentar un abordaje para apoderarnos de él y venderlo luego con cañones y todo en cualquier parte?

—¡Por Belcebú! ¡Vender un barco de guerra! ¡Sería un negocio muy peligroso! Tarde o temprano se vendría a saber la cosa y todos los cruceros y acorazados del mundo se dirigirían a estos mares. ¡No me hace ninguna gracia la perspectiva de terminar bailando colgado de la verga de un juanete!

—¿Y qué hará con los mercantes que logremos apresar?

—Lo que hacen otros piratas: vaciarles las calas, tirar al mar a los tripulantes y pegarle fuego a la embarcación.

—No vayamos a cometer semejantes atrocidades, capitán. Yo creo que bastará con saquearlos, sin necesidad de matar gente por gusto y destruir riquezas sin provecho.

—Ya veremos más tarde— concedió Parry.

De pronto su mirada fue atraída por un punto del horizonte sobre el que la fijó algunos instantes; luego le apretó fuertemente el brazo al segundo y le dijo:

—¡Creo que dentro de poco tendremos función! ¡Mire allá abajo! –y le indicó un punto blanco apenas perceptible, perdido en la inmensidad.

—¡Una vela en vista! –gritó el vigía.

—¡No me había engañado! –exclamó el comandante jubiloso—. Ahora hay que ver a qué clase de naves pertenece –y apuntó el anteojo que le tendió un marinero. Al cabo de un rato prosiguió—: ¡Alégrense, muchachos! ¡Es una de las buenas y debe estar preñada!

—¡Que sea bienvenida!… –gritaron los marineros alborozados.

En esto se escuchó una voz lúgubre que parecía salir de las profundidades del barco.

—¡Miserables!

—¿Quién ha sido? –rugió Parry lívido de cólera.

Los tripulantes atónitos se miraban con expresiones diversas: los unos con pánico, otros con estupor y rabia.

—¡Maldición! ¡Desdichado del que se permite estas bromas si llego a descubrirlo! ¡Palabra de comandante que lo haré colgar del palo mayor!… ¡A ver! ¡A cargar los cañones y que cada cual ocupe su puesto!

Banes y Bonga se dirigieron al depósito de armas con la excusa de elegir un fusil mejor.

—¿Oíste el grito? –preguntó el brasileño estallando en una carcajada.

—Sí –contestó Bonga poniendo al descubierto sus dientes magníficos.

—He sido yo, pero procura no hablar del asunto con nadie, pues creo que el bandido ya ha empezado a sospechar de nosotros.

—Espera –le dijo el negro al ver que iba a bajar la escalera—. ¿Tomarás parte en el ataque?

—Sí, pero en lugar de tirar al barco lo haré al aire, a menos que se me ofrezca la ocasión de desembarazarme de algún pirata.

—Trataré de imitarte –expresó Bonga con feroz sonrisa.

Cuando volvieron a cubierta la embarcación ya era visible y por su derrota parecía venir de Melbourne. El “Garona”, cargado de velas, le corría al encuentro para cortarle el camino. Sólo había entre ambas una distancia de cuatro millas; el capitán volvió a mirarla con el largavista y anunció:

—Tenemos suerte; se trata de un bergantín de bandera inglesa, de unas seiscientas toneladas, si no me equivoco.

—El pobre está lejos de sospechar que compatriotas suyos se preparan a asaltarlo y hundirlo –comentó el segundo.

—¡Y bueno, le perdonaremos la vida! –decidió Parry alegremente.

—¡Atención! ¡Está por emprender la fuga! –gritaron en ese momento los marineros.

En efecto, la nave había virado de bordo y, cubierta de tela, cambiaba de ruta como queriendo apoyarse sobre la costa australiana.

—¡Por la muerte del demonio! ¡Fuera las bonetas e icen bandera negra! ¡Rápido, brazadas a babor, a proa; barra a sotavento! –comandó Parry.

Los encargados de las maniobras corrieron a las velas para ejecutar las órdenes; la enseña de los piratas apareció en el pico debajo de la inglesa y el velero se lanzó en persecución del fugitivo con rapidez pasmosa. El bergantín era buen corredor, pero pronto se dio cuenta de que tenía que vérsela con un barco de quilla angosta, que iba ganándole terreno paulatinamente.

—El infeliz hace lo que puede para sustraerse a su suerte –apuntó el segundo.

—Es verdad –asintió el comandante— y su capitán debe ser un experimentado lobo de mar.

Con todo, será inútil lo que haga; dentro de dos horas y tal vez menos, lo habremos alcanzado.

Bien pronto no hubo entre ambos barcos sino una distancia de quinientos metros. En la popa del bergantín un puñado de hombres se afanaba por instalar en el alcázar cuatro cañones.

—¡Push! ¡Treinta hombres! –estimó el jefe pirata con una mueca de desprecio.

En los palos del buque perseguido aparecieron algunas banderas de señales y se vio a su comandante con un megáfono en la mano. Las banderas decían:

—¿Qué son? ¿Amigos o enemigos?

El capitán del velero mandó señalar:

—¡Deténgase!

Como respuesta brillaron dos fogonazos: una bala pasó rozando el costado del buque pirata, abatió dos o tres vergas y mató a un marinero, mientras la otra agujereaba la vela del perroquete.

—¡Condenación! –rugió Parry—. ¡Fuego!

Sonaron ocho detonaciones: en el bergantín cesaron por un momento las actividades, varias velas quedaron destrozadas y dos hombres perdieron la vida. Pero de su popa tronaron de nuevo los cañones y sus proyectiles tomaron de enfilada el puente del “Garona”, el cual puso en acción sus cuatro de treinta y seis que masacraron bandas, velas y tripulantes del barco enemigo. Poco después la bandera de este fue amainada entre los alaridos de triunfo de los piratas que se apresuraron a echarle los garfios para abordarlo. El capitán inglés, que no había visto la insignia negra, indignado por la incalificable agresión, se adelantó y plantándose a pocos pasos de Parry le preguntó:

—¿Qué desea? ¿Qué es lo que exige de nosotros, ingleses, compatriotas suyos?

—¡Al diablo los ingleses! ¿No ha advertido la bandera negra debajo de la británica? –se mofó el bandido.

El del bergantín dio un salto atrás y martilló el fusil que tenía en la mano, actitud que imitaron sus marineros; pero el jefe pirata rápidamente lo derrumbó de un golpe mientras sus hombres se arrojaban sobre los contrarios.

¡Si no te rindes te mato como a un perro! –le dijo al jefe inglés apoyándole la pistola en la frente.

—¡Pirata! –aulló el caído.

—¡Entréganos la carga!

El capitán del bergantín intentó todavía resistirse, pero fue dominado, así como su gente y todos amarrados a los palos. Inmediatamente los filibusteros abrieron a golpes de hacha las escotillas y bajaron a las calas. El vientre de la nave rebosaba de mercaderías preciosas procedentes de la India: balas de algodón, cajones de opio, sacos de café, barriles de azúcar, piezas de seda y de variadas telas.

—¡Soberbio botín! –exclamó satisfecho el capitán de los bandoleros—. ¡Vamos, muchachos, entreténganse en aliviar a este barquito de su empacho!

Ante la mirada de indignación y desprecio del comandante inglés y la rabia impotente de sus subordinados, los piratas, trabajando con un celo sin par, transportaron a bordo del “Garona” en menos de seis horas toda la carga que llevaba el bergantín. Cuando el saqueo estuvo consumado Parry, que había estado calculando el valor de tantos géneros, dijo en tono de chacota a sus forajidos:

—¿No les parece una buena recompensa ochenta mil dólares ganados en seis horas.

—¡Viva el capitán Parry! ¡Viva la piratería! –aullaron aquellos estrepitosamente.

—¡Gracias, muchachos! Ahora pueden divertirse un poco con los desgraciados esos que tuvieron el mal tino de ponerse a nuestro alcance.

Mientras él se dirigía a la cabina del comandante para apoderarse de la caja de caudales de a bordo, la chusma se volcó sobre los tripulantes maltratándolos para que declararan dónde tenían escondido su dinero. Cuando no quedó nada que pillar, los piratas se entregaron a una orgía desenfrenada que duró toda la noche, durante la cual, completamente beodos, vaciaban los barriles de ron y “arak”, tiraban al aire las provisiones, destrozaban catres y hamacas, rompían muebles, cortaban cables e inutilizaban aparejos. Su jefe, completamente alcoholizado, se divertía amenazando al comandante inglés a cada rato con colgarlo de un mástil e incendiar el barco.

A la mañana siguiente, ya reembarcados en el “Garona”, bajo la influencia de la borrachera, los infames querían hundir al bergantín a cañonazos. Se salvó gracias a Banes y Bonga, que derribaron a los tambaleantes artilleros, al tiempo que apremiaban a los marineros ingleses a que huyesen. El segundo había encendido ya una tea y se disponía a volver al barco pillado para prenderle fuego, pero Bonga con un hacha cortó las amarras y este, favorecido por el viento que le soplaba de frente, comenzó a moverse. El brasileño, en tanto, se había echado sobre el segundo y aprovechando la confusión reinante, de un poderoso puñetazo en el pecho lo precipitó al mar.

—¡Y va uno! –murmuró.

La chusma piratil no se había dado cuenta de nada, entretenida en dar fin a las últimas botellas robadas, bailando y aullando como dementes, mientras el infortunado bergantín se alejaba, lentamente al principio, y desaparecía entre las nieblas de la madrugada.

15. La fragata francesa

A bordo del “Garona” se produjo un desorden indescriptible que duró algunos minutos: una parte de los marineros, los más bebidos, quería que se desplegasen las velas y se persiguiese al fugitivo para hundirlo; otros pedían que se hiciese el reparto de las mercaderías saqueadas o se fuese a venderlas al puerto más cercano. Parry, que se había retirado a su camarote, oyó el barullo y los gritos y subió al puente a enterarse de lo que pasaba. Conocida la causa se lanzó en medio de los revoltosos con una pistola en cada mano y tronó:

—¡Cada cual a su puesto y que nadie ose decir una palabra más o lo liquido sin asco!

A la voz del amo los bandoleros se calmaron, pero los murmullos y las imprecaciones no cesaron del todo.

—¿Me han entendido? –volvió a rugir el capitán—. ¡A tender las velas! ¡El que no obedezca tendrá que vérsela conmigo! ¡El que manda aquí soy yo!

Los rumores cesaron, las velas fueron desplegadas y el “Garona” puso la proa al sur para volver al islote. Banes, que observaba atentamente el mar, se acercó a Bonga.

—Mira al frente, a quinientos pasos. ¿No ves una cosa negra que sigue las ondulaciones del océano? ¿Puedes distinguir qué es?

—Parecería un cuerpo flotante –opinó el negro después de observarlo.

—No te has engañado. A lo mejor será alguno de los ingleses muerto en el asalto al bergantín –dijo el brasileño y fue a confundirse con los demás tripulantes.

Pasó un corto tiempo; el bulto se encontraba a unos doscientos metros cuando el comandante, que regresaba de la cabina del segundo, inquirió:

—¿Dónde está Walker?

—Por aquí no se le ha visto –informaron algunos marineros.

—Vaya alguno de ustedes a ver si está en la cuadra.

El hombre que lo hizo dio cuenta a la vuelta que el local estaba desierto. Parry, extrañado, ordenó que se le buscase por todas partes pero, como es evidente, no se le encontró en ninguna.

—¡Es increíble! –exclamó el ex lugarteniente de Solilach—. ¿Dónde puede haberse metido?

—¡En el mar! –articuló una voz tétrica y profunda.

Un escalofrío de terror corrió entre los piratas. Parry mismo se puso blanco como mármol de Carrara y lanzó una horrible blasfemia. Casi simultáneamente se escucharon varias exclamaciones:

—¡Debe ser él! ¡Es él!

—¡Es el segundo!

—¡Se ha ahogado!

El irritado comandante levantó nerviosamente el anteojo y lo enderezó hacia el cuerpo que mecían las olas.

—¡Sí, es Walker! ¿Lo habrán asesinado? –dijo dirigiendo en torno una mirada terrible.

—¡Este barco está infestado de fantasmas que hablan y…! –murmuraron algunos de los asustados marineros.

—¡Silencio! –ordenó Parry—. ¡Si ha muerto, tanto peor para él!

Nombró para el puesto al oficial que le seguía en jerarquía, un bravo dinamarqués que había dado muchas pruebas de valor y de experiencia marinera, y se retiró dejando a la tripulación entregada al comentario de los dos hechos inexplicables: la desaparición de Walker y la persistencia de la voz misteriosa: Los más supersticiosos sostenían que el velero estaba embrujado y los corajudos, que había que tomar medidas para dar con los autores de esas pesadas bromas. Sólo los dos gigantes se reían a reventar.

A los ocho días de navegación, que fueron un tanto borrascosos, la nave llegó a la vista del fuerte. El comandante mandó disparar un cañonazo para advertir a sus ocupantes, los cuales contestaron con dos tiros de espingarda y una hora después se echaba ancla en la resguardada bahía. El oficial a cargo de la dotación del islote comunicó que la única novedad habida durante la ausencia fue el paso de una goleta al caer de la tarde, que a dos millas de distancia ni siquiera había advertido la existencia del fuerte. Se necesitaron dos días para trasladar el botín a los almacenes, y transcurridos cuatro más, el “Garona” emprendió su segunda expedición. Antes de zarpar, Parry hizo armar con espingardas las tres lanchas mayores y las dejó en el refugio a fin de que, si la ocasión se presentaba, las utilizaran para asaltar a los mercantes que se pusieran a tiro.

Esta vez el mar no era del todo tranquilo. Soplaba un fuerte viento sudeste que levantaba un gran oleaje y densos vapores corrían por el cielo. Apenas la embarcación hubo transpuesto el canal, empezó a balancearse reciamente y hubo que tomar una mano de tercerolas a las velas de gavia y arriar las del mástil de juanete para darle mayor estabilidad. La intención de los piratas era llegar a los mares de la India para asaltar a los barcos procedentes de China y de las Célebes. Parry conocía muy bien esos parajes y sabía dónde encontrar puertos desiertos para el caso de tener que reparar alguna avería. A Banes no pareció desagradarle la ruta elegida y acercándose a su inseparable compañero le dijo:

—Empiezo a tener esperanzas. Si no me engaño, nos arrimaremos a tierras habitadas, es decir, a lugares donde la fuga puede sernos más fácil.

—Eso me produce placer, Banes –le confesó el negro— pero espero que no dejaremos la nave sin haber vengado antes al capitán Solilach.

—No lo dudes; antes de ese día los haré volver locos de espanto a todos esos desalmados, ya que son tan supersticiosos.

—¿Puedo ayudarte?

—Si; ven conmigo esta noche y haremos poner los pelos de punta a todos los de la guardia.

—¿También los de la cabeza de Parry? –preguntó Bonga riendo.

—¡También esos! –afirmó el brasileño.

—¿Quieres que haga de espectro? Con mi piel negra podrán creerme un compañero de Belcebú.

—¡Espléndida idea! ¡Hasta la noche, diablito mío!

Durante el día el “Garona” continuó su marcha hacia el Estrecho de Torres con la esperanza de sorprender algún barco viniendo de las Malucas o de las ricas colonias holandesas. La noche se presentó hermosa y serena; la tripulación se retiró a descansar y sólo quedaron sobre cubierta los hombres de guardia. Ese era el momento esperado por Banes, quien hizo señas a Bonga de tenerse listo y se puso a pasear de arriba abajo fingiendo una gran preocupación.

—¡Ohé, Banes! –le preguntó un compañero—. ¿Qué te pasa que andas por aquí arriba en lugar de estar durmiendo?

—¿Cómo se puede dormir en este barco del diablo? –contestó el brasileño en tono misterioso.

—¿Te ha sucedido algo?

—Dime: ¿si tú oyeras en el cuarto rumores extraños, lamentos y suspiros sofocados, serías capaz de dormir?

—¿Gemidos? –preguntó temblando el marinero. Y llamando a los demás—. ¿Han oído, amigos, lo que me está diciendo Banes?

—¡Habrá soñado! –dijeron algunos.

—¿Sí, eh? ¡Pues vengan conmigo! –invitó el brasileño con viveza.

Los otros, en vez de seguirlo, retrocedieron: esos bribones que no retrocedían ante el delito, no tenían coraje de bajar al dormitorio de Banes.

—¡Pero vengan! –insistió este tomando a uno del brazo y arrastrándolo a proa.

—¡No, Banes, déjame! –gritaba el otro muerto de miedo.

El coloso lo miró con aire lúgubre. Casi al instante se oyó un gemido sordo que venía de debajo del castillo y el marinero corrió a juntarse con los compañeros.

—¡Demos la alarma! –propusieron varios.

—¡Escuchen! –dijo Banes—. ¡Otro gemido!

—¡Pero qué puede ser esto! –expresó una voz plañidera.

—Debe ser el difunto capitán Solilach –opinó el mastodóntico socarrón con fúnebre acento.

Todavía no se había apagado su sonido cuando un fantasma de estatura gigantesca, envuelto en una sábana, apareció en el castillo de proa. Los marineros, aullando de terror, corrieron como gamos hacia popa, instante que aprovechó el espíritu para esfumarse. Lo hizo con la mayor oportunidad, pues en ese momento el capitán, el segundo y todos los marineros, que habían sido despertados por el batifondo que armaran los asustados guardianes, acudían a ver de qué se trataba. Estos últimos, todavía alelados por la impresión, no atinaban a articular palabra; sólo el brasileño, con voz que trataba de hacer temblorosa, pudo decir:

—¡Hemos visto un espectro!

—¿Un espectro? –exclamaron los recién llegados mirando con recelo alrededor.

—¡Banes, no es este el momento de bromear! –le reprochó Parry con tono severo.

—Yo digo lo que he visto –replicó el brasileño— y si no me cree, pregunte a los hombres de guardia.

—¡Sí, era un fantasma! ¡Lo hemos visto aparecer en el castillo de proa envuelto en una mortaja blanca y disolverse sin saber cómo! –confirmaron los ocho marineros.

—¡Basta! ¡No se hable más del asunto! –gritó el comandante exasperado—. Yo he de descubrir al que de un tiempo a esta parte se permite estas jugarretas y, ¡por Satanás!, que habré de quitarle las ganas de repetirlas.

Después de cambiar la guardia abandonó el puente blasfemando, pero a sus camas sólo volvió una parte de los tripulantes, los más valientes, mientras el resto, temiendo encontrarse con el aparecido en las crujías de los dormitorios, pasó toda la noche sobre cubierta. Banes y Bonga, a la mañana siguiente, comentaban el espectáculo reventando de risa.

—¡El julepe que se llevaron! –decía el brasileño agarrándose la barriga—. Tengo que reconocer que representaste tu papel de espectro con rara habilidad.

—¡Ya nadie duda a bordo de que el barco está lleno de espíritus! –lo secundaba el negro con francas risotadas.

—Parry podrá amenazar todo lo que quiera, pero no logrará sacarles de la cabeza a estos facinerosos que el “Garona” está embrujado.

—Sin embargo, hay que andar con cuidado; me parece que ya está desconfiando de ti.

—¡Bah! Me río de ese bandido, y pronto le haremos ver espectros más fieros.

Toda una semana duraron los comentarios de la aventura entre los tripulantes y de nada valieron los esfuerzos del comandante para persuadirlos de que se trataba de una broma.

Hizo que se revisara hasta el último rincón del barco, pero fue en vano: el tema de las conversaciones continuó siendo el del fantasma.

El 12 de marzo cambió el viento hasta entonces favorable y el cielo se cubrió de nubes. El velero se vio obligado a avanzar corriendo bordadas y a la noche buscar refugio en el golfo de Carpentaria, echando anclas cerca de una profunda ensenada.

La oscuridad era tan espesa que no se veía a cincuenta pasos y los hombres de guardia hubieron de congregarse a proa para vigilar las anclas. Hacia la una de la mañana Bonga, que había quedado solo, creyó ver brillar una chispa de luz a unos ochocientos metros de la embarcación. Estuvo a punto de dar el aviso, pero un pensamiento lo contuvo.

—¡Quién sabe! A lo mejor se trata de un buque de guerra… ¡Si pudiese advertirle que este se dedica a la piratería…! ¿De qué medios podría valerme?

Observó todavía algunos minutos la lucecita que aparecía y desaparecía y pronto tuvo una inspiración. Se levantó, atravesó el puente, bajó silenciosamente al depósito de armamento y buscó una bandera negra.

—Esto lo denunciará –murmuró volviendo a su puesto—. Si la nave anclada cerca de nosotros es una fragata o un acorazado, viendo la insignia no tardará en atacarnos.

Con toda cautela para que no lo notasen los compañeros, trepó hasta la cofa del palo mayor, se deslizó hasta la vela de artimón y colgó el trapo negro del pico después de haber retirado la bandera inglesa. Hecho esto descendió con las mismas precauciones y fue a tenderse en el alcázar fingiendo dormitar. Hacia las cuatro de la mañana, terminado el turno, fue a despertar a Banes e hizo que lo siguiera a un sitio apartado.

—¿Qué novedades hay? –le preguntó el brasileño.

—Un navío que creo es de guerra ancló poco después de medianoche cerca de aquí.

—¡Un navío!

—Si, y he substituido la bandera inglesa por la pirata.

En ese momento se oyó el alboroto que estaban armando los marineros de guardia, que se desgañitaban gritando:

—¡Capitán! ¡Capitán! ¡A las armas! ¡A las armas!

—¡No me había engañado! –dijo el negro—. ¡Vamos al puente!

Casi de inmediato sonaron dos cañonazos a poca distancia y una de las balas fue a destrozar el tabique que separaba la sala en que se encontraban de la cuadra.

—¡Granizo! ¡Escapemos! –gritó Banes y con el compañero salieron corriendo en dirección a cubierta.

Encontraron a toda la tripulación trabajando febrilmente en desplegar las velas y cargar los cañones y a Parry que dirigía la maniobra con la mayor sangre fría. Una fragata de unas dos miel ochocientas toneladas, armada de cuarenta cañones, se mecía a unos mil metros del “Garona”, llevaba bandera francesa y era fácil de advertir que se preparaba a dar la caza al barco pirata. Como una demostración de su potencia, lo había saludado enviándole dos balas de treinta y dos y se disponía a repetir con mayor efusión el saludo. En el puente podía observarse cómo unos trescientos hombres armados de fusiles tomaban posición junto a las bandas, listos para el abordaje.

Pero si la fragata se arpontaba para embestir al velero, este ya estaba listo para tomar el largo, ya que en pocos instantes se había cubierto de lona y se deslizaba silenciosamente fuera de la pequeña bahía. Cuando la “Bellona”, que era el nombre del buque francés, se dio cuenta, emprendió resueltamente su persecución. La gran nave hendía velozmente el mar y si no ganaba terreno al “Garona” tampoco lo perdía, decidida a darle alcance tanto como lo estaba este de evitarlo. La carrera duró todo el día y la distancia se conservó casi constante entre ambos leños.

—Parece que somos iguales en cuanto a velocidad –dijo Parry a su lugarteniente.

—Sí, y creo que podríamos dar la vuelta al mundo sin acercarnos un centímetro.

—Pronto llegará la noche y con la oscuridad trataremos de esfumarnos.

Al contrario de lo que el pirata esperaba, la luna se levantó pura y brillante e iluminó el océano como si fuese de día. Cuando este se hizo, la carrera prosiguió activamente: el comandante francés tenía curiosidad por saber dónde quería ir a parar el velero, sospechando que contaría con alguna guarida en una de las muchas islas que poblaban el Pacífico. Pero hacia las diez perdió la paciencia y decidido a concluir de una vez, ordenó que se le hicieran dos disparos con las piezas de caza.

Una salva de maldiciones resonó a bordo del barco pirata; los artilleros se precipitaron a los cañones con las mechas encendidas y los fusileros fueron a situarse a lo largo de las bordas. Se produjo un instante de hesitación en ambas partes, luego las seis piezas de caza de la “Bellona” flamearon y un torbellino de hierro cayó sobre el “Garona”. Con la banda de babor se desplomaron algunos hombres y parte del puente voló hecho añicos, pero a pesar de esas pérdidas, los piratas conservaron su valor y mientras los unos trepados a los cordajes y a las vergas reparaban los daños, otros amontonados junto a los cañones preparaban la respuesta. Por segunda vez las bocas de fuego de la “Bellona” trasmitieron su mortal mensaje.

—¡Fuego! —rugió Parry—. ¡Apunten a los mástiles; destrócenles las vergas; enfilen de proa a popa!

Los cuatro grandes cañones del alcázar tronaron simultáneamente tomando de filo a la fragata. Se percibieron crujidos, chisporroteos y gritos de rabia. El comandante del velero, sin preocuparse de las balas que le silbaban en torno, se lanzó a popa y desde allí emitió un hurra jubiloso: la “Bellona” se había detenido de pronto en su carrera con el palo de trinquete partido bajo la cofa y el puente cubierto de trozos de velas, maderas y cordajes.

Un inmenso clamor salió del barco pirata seguido de un nuevo estampido de sus cañones, cuyos impactos causaron más estragos al navío francés. Luego el “Garona” viró de bordo y reemprendió su ruta entre la estruendosa algazara de los tripulantes, felices por el éxito inesperado que acababan de obtener, quienes no cesaban de berrear:

—¡Viva nuestro capitán Parry!

16. Surcando el mar

Después de dos días de rápida navegación, el velero llegaba sano y salvo a su refugio del islote. Los desperfectos sufridos por las balas enemigas habían sido reparados y los diez hombres muertos por la metralla arrojados al mar. Sin perder el tiempo, el capitán Parry hizo desembarcar los doce cañones que formaban el armamento del “Garona” y colocarlos en los bastiones del fuerte. Estaba seguro que la fragata, una vez arreglados los deterioros y compuesto el velamen, se lanzaría en su busca y tarde o temprano descubriría la guarida, por lo que era urgente hacer todos los preparativos destinados a rechazar el ataque, que sin duda sería formidable.

Ante todo, mandó cerrar el canal que conducía a la ensenada con gruesas cadenas sujetas a escollos y a diversas profundidades; en dos altas rocas que lo dominaba, se emplazaron sendas piezas de veinticuatro y las restantes fueron dispuestas en la parte septentrional del fuerte, donde el escalamiento era más fácil y por tanto expuesta a un probable desembarco. Se llenó de agua cierto número de toneles que fueron distribuidos en las dependencias internas para poder extinguir prontamente cualquier principio de incendio.

Se destinaron sesenta hombres al servicio de la artillería y los otros ochenta, munidos de fusiles de largo alcance, se dispuso que debían desparramarse por las rocas en el momento oportuno para molestar con su fuego a los marinos de la fragata.

En dos días quedaron terminados todos los preparativos. El barco francés no había aparecido en el horizonte, pero todos estaban convencidos de que lo haría de un momento al otro, y hasta a alguno le pareció distinguirlo durante el crepúsculo del segundo día. Esa misma noche, mientras los centinelas dispuestos en las rocas vigilaban cuidadosamente, Banes subió en silencio a la muralla y con un pequeño anteojo se puso a explorar el horizonte. Hacía varios minutos que estaba en observación, cuando se sintió asir del brazo.

Instintivamente dio un salto atrás y escondió el anteojo en el bolsillo.

—¿Qué estabas haciendo? –le preguntó una voz bien conocida.

—¡Ah! ¿Eres tú, Bonga?

—¿Has descubierto algo? Mis ojos ya han visto la fragata; mañana estará aquí.

—Sí; me parece haberla percibido. Va a dar qué hacer a estos bandidos.

—¿Crees que podrá destruir el fuerte?

El coloso blanco sacudió la cabeza con aire incrédulo.

—No, no lo creo –suspiró—. Esta posición es casi inabordable. El bombardeo causará pérdidas a los piratas, pero los del barco no saldrán mejor tratados. Vamos a descansar, Bonga; mañana no tendremos tiempo de hacerlo.

No –dijo el africano—; antes quiero cerciorarme de que lo que vi es la nave de guerra.

Banes se marchó a dormir y al día siguiente fue despertado por una enorme gritería que llenaba los ámbitos del fuerte.

—¡La fragata! ¡La fragata!

El brasileño estuvo en pie en un instante, tomó el fusil y corrió al puente. Todos los tiradores estaban en su puesto y los cañoneros cargaban las piezas. El barco francés se acercaba rápidamente y podían verse a los marineros detrás de las bocas de fuego y a lo largo de las bandas armados de fusiles, así como en cofas, mesetas y vergas. Cuando estuvo a quinientos metros del islote, la “Bellona” arrolló gran parte de las velas y los artilleros apuntaron sus piezas listos para abrir el fuego. Parry a su vez hizo dirigir contra ella sus veinte cañones. A mediodía la bandera negra fue izada en el mástil del fuerte y uno de los de mayor potencia inició la batalla enviando una bala de treinta y seis al puente de la nave enemiga. En seguida tronaron cuarenta bocas de fuego casi al mismo tiempo, con horrendo fragor: veinte de cada lado. La fragata, después de haber descargado los de babor, giró lentamente sobre sí misma e hizo otro tanto con los de estribor, granizando las rocas y los bastiones; luego se alejó un tanto para tener mejor tiro y reanudó la música infernal con tal número de granadas, que los piratas diseminados en las escolleras tuvieron que desalojarlas y repararse detrás de los muros.

También los veinte cañones del fuerte se habían mostrado activos y sus balas, cayendo como gruesas gotas de lluvia sobre la gran nave, destruían aparejos y mataban gente. El duelo duró un par de horas con grandes pérdidas por ambos bandos, hasta que la fragata agrandó la distancia para dar a sus hombres un poco de descanso. Por la tarde reanudó el combate descargando algunas granadas contra la parte meridional del fuerte, y a las cuatro aprovechó un golpe de viento para ponerse en pana a unos tres mil metros, a fin de desembarazar la cubierta de escombros y cadáveres y reparar los daños.

Parry contó once muertos entre los suyos; mandó renovar la provisión de pólvora y balas y redobló la guardia para precaverse de un posible desembarco del enemigo protegido por las sombras de la noche. A las primeras luces del alba el pirata advirtió que el barco francés se había acercado a dos millas y que el bombardeo iba a comenzarlo con sus cañones de largo alcance. Esto le proporcionaba una buena ventaja, porque los del fuerte para tocarlo sólo podían utilizar los cuatro de treinta y seis. Parry se dio cuenta del ardid pero no se desanimó e inició con ellos el duelo. A la cuádruple descarga los franceses contestaron con una de diez, cuyos proyectiles cayeron en el centro de la fortaleza, perforaron techos y desmoronaron partes de muralla. Las catorce bocas de fuego funcionaban sin reposo: las balas del fuerte caían a bordo con una precisión matemática, ocasionando destrucción y muerte, pero las de los franceses no se desperdiciaban y desbarataban obras de defensa y abatían piratas.

A las dos horas de bombardeo la fragata se fue aproximando para utilizar la totalidad de sus cuarenta piezas, pero también hizo posible que los del islote pusieran en actividad las veinte de que disponían. A las diez se tiraba a metralla, casi a quemarropa, y de los flancos del barco se desprendían seis lanchas cargadas de marineros que se dirigían rápidamente hacia la entrada de la bahía. Parry dejó cuarenta hombres al servicio de los cañones y colocó el resto en las rocas para impedir a aquellos que tomasen tierra. Se entabló un vivísimo fuego de fusilería, pero al cabo los franceses lograron poner pie en las escolleras y comenzaron a trepar por las rocas. Las dos fuerzas chocaron a mitad camino de la plataforma y en esa pendiente resbaladiza y de piedras puntiagudas se produjo una refriega horrible. Pero no fue de larga duración: los marinos, más numerosos que los filibusteros, constriñeron a estos a retroceder y lo hubieran hecho hasta el fuerte si Parry no hubiese acudido con un refuerzo de veinte artilleros a sostenerlos.

—¡Adelante! ¡Adelante! –les gritaba—. ¡Un esfuerzo más y venceremos!

Banes en ese momento había abandonado su cañón y salido de la muralla para tratar de incorporarse a los franceses, y ya estaba por emprender el descenso cuando se vio detenido por un brazo de hierro.

—¡Párate, imprudente!

El brasileño se volvió como si lo hubiese mordido una serpiente y se vio a Bonga delante que le señalaba a los piratas trepando por las rocas y cuatro cañones apuntando a los marineros. Apenas si tuvieron tiempo para repararse de un peñasco que ya la metralla llovía sobre estos a una distancia de treinta pasos. Los franceses tuvieron que replegarse y reembarcar en sus lanchas llevándose una cantidad de heridos y dejando entre las rocas no pocos cadáveres. A bordo encontraron enormes daños: la cubierta estaba llena de materiales y cuerpos destrozados y las bandas del barco ya no ofrecían ningún reparo. Con un fleco y la vela mayor pudo alejarse penosamente a cuatro millas del islote.

Los piratas habían obtenido la victoria, pero el fuerte ofrecía a su vez un aspecto lamentable: una parte de la muralla se había desmoronado y algunos bastiones estaban deshechos, aunque bien mirados eran perjuicios que podían remediarse en cualquier momento. Por la noche celebraron la hazaña con un crapulesco festín, mientras afuera el viento soplaba con furia y el mar en extremo agitado estrellaba violentamente sus olas contra las rocas. A la madrugada, cuando Parry y sus bandoleros dirigieron la vista al horizonte, la fragata había desaparecido.

—¡No se ve! –exclamaron los primeros en asomarse.

—Se habrá ido a pique –supusieron otros.

—No; se verían sus restos –observó el segundo— y no se ve un solo pedazo de madera.

—Yo temo… —conjeturó el capitán— que hayan tomado el largo para hacernos pagar caro el triunfo.

—¿Y cómo?

—Sospecho que se hayan dirigido a Australia en busca de refuerzos y que un día u otro se nos venga encima una escuadra entera.

—¡En ese caso todo habría concluido para nosotros! –dijo el segundo completando el pensamiento del jefe—. ¿Qué podríamos hacer, señor?

—Habría que impedir a la fragata llegar a la costa. Tengo una idea.

—¿Cuál?

—Seguir a la “Bellona” y mandarla a pique. Está reducida a muy mal estado y bastarían pocos cañonazos bien dirigidos para acabar con ella.

—¡Me parece acertado, capitán! Vamos a hacer los preparativos.

Se volvió a armar el “Garona”, se retiraron las cadenas que cerraban la entrada a la bahía y unas horas después el barco, tripulado por ochenta hombres, enderezaba su proa hacia las costas de Australia.

—¡Si llego a apoderarme del barco, guay a los franchutes que lo ocupan! –amenazó el brutal comandante con rencorosa expresión.

—Tal como ha quedado no puede correr mucho –opinó el segundo— y si no lo alcanzamos hoy, lo haremos seguramente mañana.

—¡Quiéralo el diablo! Tengo impaciencia por ver colgados de las vergas a esos condenados, con su maldita fragata ardiendo bajo sus pies. ¡Qué hermosura de espectáculo…!

—¡Mire! –le indicó el lugarteniente—. Allá hay algo. ¿No ve a lo lejos un punto luminoso?

—Parece una vela –dijo Parry con un gesto de satisfacción.

En ese momento los vigías anunciaron:

—¡Nave a sotavento!

—¡Debe ser la fragata! –exclamaron varios.

Una voz cavernosa que no se sabía de dónde surgía imprecó:

—¡Miserables!

El capitán hizo una mueca de furor y llevó las manos a las culatas de sus pistolas; muchos tripulantes cambiaron de color. El punto blanco, en tanto, se hacía más grande y tomaba la forma de una vela. Se corrió tras ella todo el día y la noche a trapo tendido, sin que nadie abandonase el puente, la mirada fija en aquella mancha blanca, devorándola con los ojos.

Pero cuando las luces de la aurora iluminaron el mar, la vela había desaparecido. Los piratas, con el capitán y el segundo en primera línea, vomitaban rabiosos torrentes de maldiciones.

—La volveremos a encontrar, comandante –confortó el segundo—. El “Garona” es demasiado buen cazador para dejarse escapar una presa, y herida por añadidura. Ha de haber aprovechado algún golpe de viento, sin duda.

—¡Así lo espero, por los cuernos de Satanás! –rugió el desalmado y viendo a su banda trepada a los palos, se desahogó con ella gritando—: ¡Bajen de ahí, sarta de imbéciles!

Transcurrieron veinticuatro horas más sin que se vieran señales del buque, y ya la tripulación comenzaba a murmurar de la mala suerte y de la falta de capacidad del capitán y de su lugarteniente. Pero a las once del tercer día se divisó la vela envuelta en una ligera niebla a diez millas sotavento. Inmediatamente se mandó ampliar el velamen para que la persecución se efectuase con más vigor. Poco después Parry, que no había separado su anteojo de la presa, aclaró a los circunstantes:

—No es la fragata, sino una goleta, y parece que está bien cargada.

—La buscaremos más tarde; por ahora pensemos en apoderarnos de ese cargamento.

—¿Puede ver qué bandera lleva?

—Sí; me parece que es la francesa.

¡Malditos! ¡Van a pagar por los de la fragata a nuestros camaradas caídos! –aullaron los piratas.

—¡No les daremos cuartel! –prometió el capitán.

Una gran distancia había sido superada, tanta, que ahora se percibía aunque apagado, un rumor de voces.

—¿Qué significa eso? –preguntó Parry apoderándose del megáfono y haciendo señas a los artilleros de preparar los cañones.

—Debe ser que la tripulación del barco se ha dado cuenta que le estamos dando caza – explicó el segundo.

—¡Y qué caza! –ironizó el monstruo del comandante con acento feroz.

La goleta pronto estuvo a sólo dos millas; su capitán debió descubrir la clase de adversarios que tendría que afrontar, porque hizo emplazar dos cañones en el alcázar de popa. El “Garona”, con dos bordadas, se acercó hasta cincuenta metros cuando de pronto, sin que nadie la hubiese tocado, la vela mayor se desprendió de la verga y cayó con estrépito sobre el puente.

—¡Condenación! –bramó el capitán fulminando con una mirada asesina al bandidaje que lo rodeaba.

—Ha sido él.

El velero recobró su velocidad y maniobró para abordar a la goleta a sotavento. Sólo distaba de ella doscientos pasos cuando en su popa brillaron dos relámpagos y sendas balas de dieciocho atravesaron el puente, destrozaron la banda de proa y mataron tres facinerosos.

—¡Ah, canallas! –rugió Parry, y ordenó—: ¡Fuego, artilleros! ¡Fuego!

Seis proyectiles tomaron de filo a la goleta, le quebraron el palo del trinquete e hicieron saltar parte del castillo de proa a la par que herían a varios marineros. La nave asaltante se acercó más, le echó los garfios de abordaje y una vez sujeta, la masa de forajidos armada hasta los dientes, se precipitó al puente donde un puñado de hombres pálidos y sangrando la recibieron con una salva de fusilería. Poco duró la resistencia, pues fueron dominados por la aplastante superioridad numérica de los piratas, que los acribillaron a tiros, hachazos y cuchilladas, hasta acorralarlos a las bordas y arrojarlos al mar. Una vez aniquilada la entera tripulación, los bandidos transbordaron al “Garona” toda la carga que llevaba la goleta, compuesta de piezas de terciopelo y de sedas provenientes de Calcuta; los dos cañones con que se había defendido; los víveres, los aparejos y dos cajas de hierro halladas en el camarote del capitán que contenían doscientos mil dólares en oro destinados al Banco de Melbourne.

—¡Tendrá que privarse de ellos! –comentó el jefe de los piratas en tono de chanza al mandar que los llevaran a su cabina.

Cuando todo estuvo transportado, los desalmados prendieron fuego al barco y se alejaron unos quinientos metros para gozar del dantesco cuadro. El incendio duró toda la noche y a su resplandor, que iluminaba al océano en varias millas a la redonda, a bordo del velero se reía, danzaba, cantaba y bebía, mientras en el cuarto del capitán este, con el segundo y el contramaestre, vaciaban una barriquita de “arak” jugando al monte español. En la madrugada, mientras el buque pirata se aprestaba a abandonar esas aguas, la infortunada goleta desaparecía en un remolino de espuma despedida con un fragoroso hurra de sus verdugos.

—¡Se terminó la fiesta! –exclamó el malvado de Parry dando un puntapié al barril de licor—.

¡Partamos!

Aprovechando una fresca brisa de noroeste, el “Garona” tomó la ruta de regreso a su guarida volando a ocho nudos por hora. El 16 de mayo, tres días después, el vigía señalaba:

—¡Restos de embarcación a tres millas barlovento!

El capitán dirigió su anteojo al punto indicado y en seguida ordenó enderezar allí la nave.

A un centenar de metros se reconoció en los restos una parte del castillo de proa de un barco de buen porte y entre dos vergas destrozadas se vio a dos marineros al parecer sin vida. Fue echada una chalupa al agua y el segundo, acompañado de cuatro marineros, salieron a hacer un reconocimiento. A los pocos minutos volvían a bordo precipitadamente.

—¿Qué pasa? –les preguntó Parry intrigado.

—¡Esos restos perteneces a la fragata de guerra! ¡Leí su nombre! –informó el segundo exaltado.

—¡Lo había sospechado! –declaró el capitán.

—¡Estamos salvados! –gritaron a coro los filibusteros.

—Ahora podremos entregarnos tranquilamente a la caza –declaró aquel— sin el temor de que nos la de a nosotros una escuadra de guerra.

17. En los mares de China

A los tres días de ese descubrimiento, el “Garona” echaba anclas en su refugio y comunicaba a los camaradas la grata noticia del fin de la fragata, que estos recibieron alborozados. En el fuerte no se habían producido novedades. Las mercaderías saqueadas quedaron a bordo de la nave, pero el oro fue transportado a tierra y encerrado en la caja fuerte del capitán. Esa misma noche se reunió toda la banda en un suculento banquete al final del cual Parry les dijo:

—Como ustedes saben, en los almacenes tenemos géneros por valor de varios cientos de miles de dólares que pueden echarse a perder, de manera que lo conveniente sería convertirlos en oro.

—¡Sí, sí, oro! –aullaron los filibusteros.

—Será necesario, entonces, abordar algún puerto para venderlos al que mejor los pague.

Pienso en Cantón.

—¿Cantón? –exclamaron maravillados de la audacia de su jefe.

—¿Les sorprende?

—Es peligroso, comandante –observó el segundo— ir a amarrar a un lugar tan frecuentado por barcos de todas las naciones.

—Es verdad, pero, ¿quién nos conoce? ¡No vamos a poner la bandera de piratas al tope!

Ofreceremos nuestras mercaderías como si fuéramos honestos traficantes europeos, sin decir de dónde venimos ni quiénes somos.

—¡Bravo! ¡A Cantón! ¡Viva el capitán! –gritó la chusma entusiasmada.

—Será prudente llevar una tripulación numerosa, capitán –sugirió el segundo.

—Dejaremos tan sólo seis hombres aquí para velar sobre las riquezas y ¡pobres de ellos si se atreven a tocar una moneda de oro! –advirtió Parry.

A los dos días el “Garona” abandonaba el islote llevando a bordo ciento quince hombres y apuntaba hacia el noroeste. Los seis que habían quedado, elegidos entre los marineros más antiguos, saludaron su partida con una descarga de fusilería. Un viento amigo hacía avanzar al velero con bastante velocidad y el bandidaje embarcado se la pasaba fumando, charlando y jugando. El capitán y su inseparable segundo paseaban por el puente discutiendo sobre los peligros que podían presentarse para la venta de la carga.

—Nuestra empresa es arriesgada, lo confieso –decía Parry— pero un día u otro había que decidirse a deshacerse de esa mercancía.

—De acuerdo, pero dígame, capitán, ¿a quién la ofreceremos en Cantón?

—A algún comerciante chino; creo que con una rebaja discreta en el precio no habrá dificultad.

—Espero que permaneceremos en ese puerto lo menos posible.

—Lo abandonaremos en cuanto nos desprendamos del cargamento.

—En estos momentos pensaba en el bergantín que hemos saqueado… ¿No podría llegar de improviso a Cantón?

—Es posible. Por eso habrá que terminar el negocio rápidamente.

—¿Pero cómo?

—No lo sé. Creo, por otra parte, que hay pocas probabilidades de que nos topemos con ese barco.

—Sin embargo, tengo malos presentimientos, capitán.

—¡Vamos, no llame a las desgracias antes de tiempo!

—¿Qué ruta seguiremos para llegar más pronto al puerto chino?

—Tomaremos directamente al norte pasando por el estrecho de la Sonda, entre Java y Sumatra, pasaremos por Billiton y…

—¡Allí perecerán! –exclamó una voz indignada a pocos pasos.

Los dos oficiales se volvieron furiosos y vieron a Banes inmóvil, sombrío y amenazador.

—¿Qué hace usted aquí? –le preguntó el capitán mirándolo con ojos torvos— ¿Qué es lo que acaba de decir?

—Que perecerán.

—¿Cómo tiene usted la audacia de escuchar nuestras palabras y hacer estúpidas observaciones?

—Sí, tengo esa audacia y también la de decirle que estoy cansado de estar entre esta mesnada de piratas y de ser cómplice de sus execrables delitos.

—¡Banes! –bramó Parry armando su pistola— ¡Recuerde que he demostrado hasta ahora mucha paciencia con usted y no me lleve a los extremos!

El brasileño, en lugar de retroceder, pareció aumentar en osadía y avanzó como si quisiera arrojarse sobre el jefe.

—¡Arás! –gritó este apuntándole.

El gigante dio otro paso y estaba por echársele encima cuando apareció Bonga. El negro vio el peligro a que se exponía su amigo y tomándolo por un brazo lo arrastró fuera de allí a la par que le susurraba al oído:

—¡Temerario! ¿Quieres hacerte matar sin vengar al capitán Solilach?

Parry, en tanto, viendo que Banes se dejaba llevar por el africano, repuso el arma en la cintura y se quedó musitando:

—Con esta van dos veces que esos salvan sus vidas; a la tercera los suprimiré sin contemplación alguna.

El 13 de junio el “Garona” atravesaba el canal de la Sonda y por la noche pasaba delante de la isla de Billiton, la de los tupidos bosques y verdes colinas. A la mañana siguiente los piratas avistaron tres barcos cerca de la isla de Singhin, a seis millas de distancia, que se dirigían a Sumatra. Parry hubiese querido darles caza, pero el segundo le hizo ver los riesgos a que se exponía intentando un abordaje en aguas tan concurridas. El día 16, después de pasar cerca de las islas Natura, el velero entró a velas tendidas en el mar de China; el 18 pudo esquivar un tifón que amenazaba tumbarla y al cabo de seis días de navegación llegaba finalmente a las proximidades de Cantón.

Su encuentro con el primer junco chino, velero singular, pesado, incómodo, pero preferido por los hijos del celeste imperio, el “Garona” lo hizo frente a la isla de Mac, importante colonia perteneciente a Portugal. Su proa es demasiado elevada y muy ancha, rica en incrustaciones y dorados; la popa, igualmente alta, sostiene una especie de plataforma adornada de gallardetes de la que sale un mástil que lleva adherida una gran vela latina de mimbre entrecruzado; otro mástil surge del centro de la nave, y el timón, de grandes dimensiones, está coronado con una cabeza de dragón.

—¡Lástima que haya tanto tránsito en esta agua! –lamentó el capitán de los piratas mirando al junco con ojos ávidos—. ¡Con unos cuantos cañonazos nos apoderaríamos de él!

—No nos faltará oportunidad más adelante –lo consoló el segundo riendo—. Y ahora atención, que entramos en el famoso Tschau-Kiang.

Estaban pasando a poca distancia del islote Bocatigris, colosal roca fortificada con viejos cañones para defender la entrada del río, el cual tiene un ancho de tres kilómetros. Entre este lugar y Cantón media una distancia de quince millas, que es recorrida por innumerables barcos de todas las naciones. El “Garona” fondeaba en medio de una red de ellos a las dos de la tarde.

La importante ciudad, que los chinos denominan Sang-Chien, se levanta sobre la orilla septentrional del río, está protegida por una muralla rectangular y se divide en dos partes: la china y la tártara. En su conjunto forma un conglomerado bizarro y fantástico, una mezcla de techos de porcelana de colores en que sobresalen el azul y el blanco, adornados de grifos gigantescos y de puntas coronadas por cabezas monstruosas. En las cimas flotan millares de banderines de tintes vivos y máscaras grotescas difíciles de describir. Los templos, el palacio del virrey, del general mogol y de los principales dignatarios, están recargados de estatuitas y embellecidos de cúpulas doradas y frisos de porcelana que brillan bajo los rayos del sol. El puerto, colmado de embarcaciones mercantes y de guerra, ofrece un espectáculo grandioso, especialmente porque ambas orillas las ocupan gran cantidad de juncos habitados por numerosas familias, los cuales forman la llamada ciudad flotante, una de las mayores singularidades del globo.

El capitán Parry echó una ojeada alrededor, hizo bajar una chalupa y se trasladó a tierra acompañado del segundo. Como ya había estado otras veces, conocía bastante bien las calles de la urbe y guiaba a su acompañante con gran tino a través del hormiguero de gente de caras chatas y ojos oblicuos que circulaba por ellas. Chinos, japoneses y tártaros entremezclados, discutían, vendían, compraban; algunos portaban quitasoles de bambú de colores chillones y descomunal tamaño; otros, anteojos sin vidrios o sombreros de paja de exageradas dimensiones. A derecha e izquierda en las aceras se veían numerosos peluqueros que ejercían su oficio al aire libre; nigromantes con mesitas cargadas de objetos cabalísticos que predecían la buena fortuna; comerciantes en perros y gatos; charlatanes que explicaban a los papanatas atónitos las virtudes de una raíz misteriosa, y no faltaba algún aristócrata de andar lento y grave y uñas largas varias pulgadas.

Los dos piratas caminaban tomados del brazo y se abrían camino a fuerza de codos, con gran indignación de los chinos que les dirigían miradas amenazadoras y les aplicaban el epíteto de “fan-konaio”, o sea, demonio extranjero. Después de media hora de marcha, los honorables caballeros se detuvieron delante de un negocio de artículos generales que parecía dedicado al comercio al por mayor.

—Es posible que aquí podamos combinar algo bueno –dijo Parry entrando.

Seis o siete dependientes fueron a su encuentro para preguntarles en mal inglés lo que deseaban.

—Ver al patrón –le contestó el pirata número uno.

Minutos después se hallaron en presencia de un hombrecillo bajo, ancho, vestido de seda azul recamada de oro, quien saludó gentilmente a los dos extranjeros. El capitán le expresó su intención de venderle las mercaderías que llevaba en el barco y al cabo de media hora de tira y afloja mitad en inglés y mitad en chino, cerraron trato a un precio bastante correcto. Los vendedores volvieron a bordo para prepararse a recibir al día siguiente al comprador y hacerle entrega de las existencias.

Este se presentó puntualmente y recibido con la mayor cordialidad por el comandante, se comenzó a trasladar los bultos a una barca tripulada por cuatro jóvenes “tanká”, la misma en que había venido el comerciante, quien provisto de un par de anteojos sin vidrio, examinaba con toda minuciosidad cada artículo, sacudía la cabeza y murmuraba palabras incomprensibles. La faena duró todo el día y cuando llegó la noche la mitad de la mercadería se hallaba todavía a bordo. Le fue ofrecida al cliente hospitalidad en el barco, pero sea por desconfianza o por otros motivos, prefirió ir a dormir a su casa. Al otro día se terminó de hacer la entrega y Parry recibió doscientos veinte mil dólares en piezas de oro.

Aliviado el “Garona” de su carga, sólo le faltaba hacer una amplia provisión de víveres y municiones para abandonar el puerto. Fueron elegidos treinta marineros entre los más antiguos y fieles y encargados de ese cometido, con la recomendación de que si oían un cañonazo regresasen inmediatamente al buque, pues era señal de peligro. El bajar a tierra después de años de navegación es la felicidad más grande de que puede disfrutar un marino, de manera que apenas los comisionados se vieron en la ciudad, se mezclaron con la abigarrada muchedumbre y tomaron parte en la algarabía general. Y como buenos piratas, pensaron aprovechar de la aparente confusión que reinaba en todas partes para llevar un buen regalo al capitán Parry a costa de los cantoneses. El plan era asaltar un bazar y alzarse con todo lo que tuviese de bueno.

Agregados a un numeroso grupo, voceando, alborotando y dando empujones y puñetazos a los desprevenidos hijos del celeste imperio que encontraban al paso, se dirigieron a Fai-Tsung, una de las principales arterias de la ciudad, en la que se encuentran instaladas las mejores tiendas, caracterizadas por grandes insignias blancas, negras y rojas, adornadas de dragones, que cubren una buena parte de las aceras. Después de haber recorrido más de veinte, los bandidos eligieron una vasta, repleta de porcelanas, artículos de bambú, piezas de seda, saquitos de té, juguetes, estatuitas de marfil y objetos de bronce. Considerándola indicada para sus propósitos, entraron en masa haciendo un ruido espantoso, se apoderaron de un pequeño chino que se había adelantado a atenderlos, lo amordazaron y sin perder tiempo empezaron el pillaje de las mercaderías más valiosas revolviendo estantes y vitrinas y sin preocuparse de los destrozos que causaban.

Se hallaban en eso desde hacía algunos minutos, cuando de una puertita oculta por un biombo salieron una media docena de dependientes y se pusieron a golpear un enorme gong de cobre colgado de una percha. Al formidable sonido del tam-tam, una masa de chinos de los que circulaban por la calle acudió inmediatamente a obstruirles la salida a los ladrones, los cuales, pasado el primer instante de sorpresa, se armaron de estacas de bambú y trataron de abrirse camino. Pero otra avalancha de hijos del país armados de largos bastones que manejaban con admirable maestría, vino a reforzar a los primeros gesticulando y profiriendo insultos y amenazas. Se produjo una gresca fantástica en la que los piratas llevaban la peor parte, tanto, que no sabiendo cómo esquivar la tempestad de golpes que recibían, decidieron echar mano a los cuchillos. Fue entonces que apareció una pandilla de bombarderos, que comenzó a fulminarlos con petardos y chorros de fuegos artificiales que si bien no causaban daño, al explotar y quemar, amenazaban con dejarlos ciegos. Impotentes los pícaros contra un ataque de ese género; abochornados por las risas y burlas de los espectadores, y temiendo, sobre todo, que los tratasen peor, ataron los cuchillos a los bambúes e intentaron romper el cerco humano que los acorralaba.

De pronto se escuchó un gran vocerío en el extremo de la calle y vieron cómo los chinos que los rodeaban emprendían una precipitada fuga: cincuenta soldados del celeste imperio acababan de aparecer y estaban repartiendo golpes a diestra y siniestra con la contera de las lanzas con que estaban armados. Los avisados bandidos, viendo la vía libre, sin esperar más, salieron volando. Y llevaban ya corridos algunos cientos de metros cuando llegó a sus oídos un estampido de cañón.

—¡Es el del “Garona”! –gritaron varios de ellos deteniéndose de golpe.

—¡Hemos sido traicionados! –dijeron otros.

—¡Adelante! –decidieron todos.

Llegados a la ribera ocuparon las dos lanchas que habían dejado allí estacionadas y remaron con furia hacia el lugar en que se encontraba el velero. Cuando estuvieron a su costado vieron que los compañeros desplegaban febrilmente las velas y cargaban los cañones, y una vez a bordo corrieron al puente a informarse qué sucedía.

—¡Miren! –les dijo el segundo indicándoles un punto en el río.

Cada uno de ellos sintió que un escalofrío le recorría el cuerpo: un bergantín estaba entrando en el puerto a velas desplegadas y era precisamente el que habían saqueado cerca de las costas de Australia. El capitán Parry, temiendo ser descubierto, había dispuesto se hiciesen los preparativos para escapar y defenderse en caso necesario. Pero también Banes había reconocido al bergantín y sin pensarlo mucho, corrió al cuadrado de popa y por una de las portillas hizo ondular la bandera negra a fin de llamar su atención. Debió ser vista sin duda por algunos de los marineros agrupados en la cubierta, porque de allí partieron gritos terribles de:

—¡El pirata! ¡El barco pirata!

Cargado de velas y empujado por el ciento y la corriente, el “Garona” ya descendía rápidamente por el río.

—¡El pirata huye! –gritaban los ingleses del bergantín.

De las otras naves se iban desprendiendo lanchas cargadas de hombres armados que se disponían a darle caza, mientras el bergantín intentaba cortarle la ruta. Pero Parry, con una hábil maniobra, pudo esquivar el abordaje y el buque pirata pasó como una flecha por entre los enemigos que le disparaban cañonazos, alcanzó la punta del islote Bocatigris, dio la vuelta a la isla de Macao y entró en las amarillentas aguas del mar de China.

18. La caza al pirata

El “Garona se dirigía hacia el este con todas las velas desplegadas. A la tripulación le parecía un milagro haber escapado del grave peligro con tanta fortuna: unas horas de retardo o un poco de vacilación de parte del capitán y habría sido el fin de los piratas, pues al velero lo hubieran hundido los proyectiles de las baterías del Bocatigris.

—¡Sangre del diablo! –exclamó Parry cuando se vio en alta mar—. Todavía no sé cómo hemos hecho para salir del paso.

—Esto le demuestra, capitán, lo imprudente que es no quemar los barcos saqueados. Una vez en el fondo del mar desaparece el riesgo de que nos den estos disgustos.

—Tiene razón, lugarteniente, y si volviese a caerme en las manos ese bergantín del demonio, me daría el incomparable gusto de torcerle el pescuezo a su condenado comandante.

—Me parece un poco difícil que vuelva a presentarse la ocasión.

—¡Bueno, ahora al fuerte y volando!

—¿Al fuerte? Pero usted sabe, capitán, que tenemos que proveernos antes de víveres; los depósitos están completamente vacíos.

—Es que temo que nos persigan… ¿A dónde aconsejaría usted dirigirnos?

—No sabría decirle, pero ciertamente a la isla más cercana.

—Entonces, vamos a Formosa.

Mandó virar de bordo y apuntar la proa al norte y dos días después el velero fondeaba en el puerto de Taipeh, capital de la rica isla de Formosa, llamada Thai-Wan por los chinos.

Sin preocuparse de los juncos de guerra allí estacionados, Parry bajó a tierra y a toda prisa adquirió y embarcó los artículos necesarios. Por la noche zarpó silenciosamente y costeando la parte occidental de la isla enderezó hacia el sur. Al amanecer la nave pasó a vista de una aldehuela formada por treinta chozas y observó que en la plaza desierta había acumulados, debajo de cobertizos, grandes cantidades de té y arroz, listos para ser seguramente embarcados con destino a los centros urbanos. De una mirada el jefe pirata se dio cuenta del provecho que podía sacar de la circunstancia y llamó la atención de su segundo.

—Mire –le dijo— toda la mercadería que hay allí amontonada. Pareciera que nos invitara a traerla a nuestras calas en lugar de que la disfruten los hijos del celeste imperio.

—No es mala la idea, capitán Parry –convino el subalterno.

—Cuarenta hombres bastarán para tener a distancia a los aldeanos.

Un cuarto de hora después dos chalupas cargadas de filibusteros atracaban a la playa. Los naturales salieron de sus chozas al verlos desembarcar, pero cuando advirtieron que se trataba de europeos armados, volvieron a encerrarse en ellas.

—¡Diablo, no son muy valerosos que digamos! –exclamó el oficial que comandaba la expedición.

Pero cuando los lugareños vieron que estaban pillando sus productos, empezaron a chillar y a dispararles flechas, piedras y también algún tiro de fusil. Los bandoleros se dividieron entonces en dos partes y mientras una se encargaba del saqueo, la otra hacía frente a los defensores de su propiedad. Al principio no les ocasionaron mucho daño y sólo cuando las flechas habían herido a algunos de ellos, se lanzaron contra una cabaña, la expugnaron fácilmente, mataron a todos sus ocupantes y le prendieron fuego. Las llamas, alentadas por el viento, se propagaron muy pronto a otras viviendas y amenazaban consumir al villorrio entero. Sus habitantes, presos de pánico les abandonaron y emprendieron la huida perseguidos de cerca por los piratas.

De repente sonó un estridente sonido de cuerno y una tribu de indígenas empuñando lanzas y mazas salió de la espesura de un bosque y cargó con irresistible ímpetu contra los extranjeros. El oficial se dio cuenta en el acto que la batalla estaba perdida y ordenó batirse en retirada para alcanzar la costa y reembarcarse con la mayor celeridad posible.

Pero no les fue fácil y tuvieron que hacerlo en forma desordenada, pues los isleños les cayeron encima antes de que las lanchas abandonasen la playa, dejando a tres bandoleros con el cráneo destrozado a mazazos. Parry, que desde el puente del “Garona” presenció la refriega, ordenó que la nave saliese al encuentro de los depredadores y una vez que montaron a bordo, loco de rabia, ordenó descargar metralla sobre los isleños, los cuales, aunque diezmados, contestaban a los cañonazos con nubes de piedras y de flechas.

—¡Pongan todas las lanchas en el mar! –aulló fuera de sí el jefe pirata, ansioso de vengar a sus compinches muertos.

Los marineros ya iban a hacerlo, pero en ese momento se oyó gritar a uno de los vigías de cofa:

—¡Dos velas, capitán, dos velas!

El exacerbado Parry aplicó su anteojo al mar y divisó a la distancia de quince millas dos navíos al parecer de gran porte. Profiriendo maldiciones mandó suspender la operación y bracear las velas para apartarse de esa costa peligrosa y navegar hacia el sur. Cuando vio que el velero tomaba viento, trepó al palo mayor y volvió a dirigir el instrumento al horizonte. Pocos instantes después se le vio abandonar el puesto rápidamente y descender, o mejor dicho, dejarse resbalar sobre cubierta.

—¡Gran Dios! ¿Qué le pasa? –le preguntó el segundo—. Me parece sumamente inquieto.

—¡Muy malas noticias! ¡Creo que esta vez van a terminar con nosotros! Nos persiguen dos fragatas y si no les ganamos en ligereza nos mandarán al fondo sin muchos esfuerzos.

—¿Y cómo sabe que son fragatas? A esta distancia no es posible reconocerlas.

—El velamen es altísimo y además, he distinguido las portillas de las baterías. Dentro de poco verá cómo harán flotar la insignia roja en sus mástiles. Tengo también la impresión de que corren más que nosotros.

—¡Maldita expedición! ¡Todo se nos vuelve en contra! –exclamó el segundo con cólera.

—Como en Cantón se descubrió que somos piratas, ¡vaya a saber la cantidad de barcos que se habrán lanzado detrás nuestro!

—¡Y bien, nos defenderemos! Tenemos pólvora y plomo para todos.

—Sí, pero quisiera evitar un combate –declaró el comandante volviendo a su sitio de observación.

Al rato estaba de nuevo al lado del dinamarqués con la frente arrugada y la expresión sombría.

—Lo que le había dicho; son dos fragatas y nos dan la caza con enorme celo. He podido notar que van ganando terreno.

¡Pobre “Garona”! Se está poniendo viejo; se ha vuelto pesado y lento y ha dejado de ser uno de los más rápidos veleros, como lo era en tiempos del difunto capitán Solilach.

El conductor de los piratas, para consolar un poco a su lugarteniente, mandó añadir algunos pedazos de tela al velamen, aumentando así la velocidad que conservó todo el día, a la vista siempre de las naves de guerra. Al caer la noche estas se desdibujaron en la neblina y Parry vio en ello una oportunidad para desviar hacia las Filipinas, con el propósito de engañar a sus comandantes. A la mañana siguiente se encontraba a la vista de Luzón, pero desde el alba habían reaparecido las dos fragatas, y ya no se encontraba a mayor distancia de ocho millas.

Y así transcurrieron tres días de obstinada carrera bajo un viento impetuoso del norte: las embarcaciones se encontraban en aguas de Mindanao y la separación entre ellas era sólo de tres millas. El 5 de julio, el cuarto día, Parry decidió utilizar la noche para hacer falsa ruta: el tiempo le era propicio, pues el cielo se había cubierto de nubes y tras la puesta del sol las tinieblas se hicieron tan densas que no se distinguía un islote a doscientos pasos.

Mandó apagar todas las luces y a la medianoche viró de bordo y enderezó hacia la Cochinchina. Navegó de este modo toda la noche, pero cuando al despuntar la aurora los piratas iban a cantar victoria y a festejar el buen resultado de la treta jugada a los navíos de guerra, con gran desesperación se los vieron delante y a menos de dos millas de distancia.

Sus capitanes, que serían sin duda expertos lobos de mar, habían adivinado la artimaña y acortado camino siguiendo la línea recta en lugar del ángulo que había descrito el “Garona”.

El capitán de los filibusteros, empero, si bien sumamente contrariado, no perdió los ánimos y decidió intentar el último golpe. Viró de nuevo y tornó al viento huyendo en dirección a la isla de Paraván: sus tercos perseguidores ejecutaron la misma maniobra.

Hacia la tarde se hallaban a pocas millas de esa porción de tierra y Parry afrontó resueltamente los innumerables islotes de que está circundada. Las dos fragatas, creyendo que los piratas, viéndose perdidos, intentaban hacer un desembarco, aceleraron la marcha.

El ex lugarteniente de Solilach conocía a la perfección esos parajes y sabía que entre la punta de la isla de Paraván, las escolleras y la isla de Balalah, se extendía un largo banco de arena a sólo cuatro metros bajo el nivel del mar y había tomado la resolución de aventar sobre él su barco seguro de poder salvarlo sin encallar, en tanto que las fragatas difícilmente lograrían hacerlo.

A las nueve el punto peligroso distaba trescientos metros del “Garona” y el doble de sus perseguidores. Parry aferró la barra del timón y se lanzó osadamente atravesándolo como un dardo y sin dejar más que un ligero surco sobre la arena del fondo. A los pocos minutos un griterío ensordecedor se elevaba de la primera fragata, el que pronto se convirtió en alaridos de terror: se produjo un crujido horrible y mástiles, velas, cables, aparejos, se derrumbaron sobre el puente hiriendo a no pocos marineros. El otro buque, empero, había tenido tiempo de virar de bordo y evitar la catástrofe y al notar que el velero se hallaba todavía a tiro de cañón, le descargó todas las piezas de babor destrozándole bordas y vergas. El pirata respondió con una andanada y continuó la fuga dejando que los dos adversarios se las arreglasen como pudieren.

La descarga recibida había sido desastrosa para el “Garona”: el palo de mesana estaba roto en varias partes y amenazaba desplomarse; el alcázar, las bandas y el puente de mando habían sido destruidos; el timón, dañado, amenazaba fallar de un momento a otro y faltaron doce hombres al pase de lista. El barco necesitaba reparaciones urgentes, pero llevarlo a un puerto con astillero hubiera sido entregar el cuello a la soga de la horca.

Capitán y segundo no sabían cómo salir del apuro.

—¡Por mil truenos! –imprecó Parry—. ¿A dónde podríamos dirigirnos? ¿En qué puerto apoyarnos?

—¡Ni qué pensar en puertos! –exclamó el segundo—. Sería un peligro demasiado grave después de haber sido descubiertos en Cantón: la noticia no tardará en ser llevada a todas partes.

—Lo sé, pero hay que buscar un lugar, entonces, en que haya madera abundante y sea desierto y seguro.

—Y encontrarlo enseguida, capitán, porque el timón no tardará en quebrarse y no tenemos repuesto. ¡Piense lo que nos sucedería si nos sorprendiese una tormenta!

—¡Estaríamos perdidos!… ¡Bueno, ya sé dónde se encuentra ese lugar, y no está lejos de aquí!

—¿Cuál es?

—La isla de Borneo.

—¡Efectivamente, capitán, es una buena elección! Desierta en gran parte, rica en bosques y delante de nosotros tenemos su costa septentrional.

Se hizo tomar a la nave esa dirección y al poco tiempo apareció el alto pico del Kini-Belú, que casi siempre se halla cubierto de nubes. El velero no marchaba a más de tres nudos por hora, pero la meta sólo distaba unas cuarenta millas. Los piratas confiaban en recorrerlas fácilmente, cuando el cielo comenzó a encapotarse, el viento a duplicar su fuerza y el mar a fabricar olas elevadas. Con todo, la embarcación, golpeada por todas partes y con el puente inundado, se mantuvo bastante bien toda la noche, pero a la madrugada, cuando no la separaban de la isla sino unas quince millas, se oyó la voz del timonel anunciar:

—¡Capitán, el timón ha desaparecido!

Toda la tripulación se lanzó a popa a comprobar la desgracia, ya que la rotura de ese precioso elemento de navegación es uno de los daños más tremendos que puede sufrir un barco. El miedo empezó a infiltrarse en el corazón de todos esos bandoleros, e inclusive el desalmado de Parry no atinaba con el medio de remediar la situación. Sólo dos hombres parecían contentos y satisfechos con tales tribulaciones: Banes y Bonga, que veían en ellas un anuncio de que la hora de la venganza se aproximaba. Pero la ilusión les duró poco: en ese momento el jefe de los piratas, con tono enérgico e imperioso, comandaba:

—¡Cada cual a su puesto! ¡Si se rompió el timón, construiremos otro que lo reemplace!

Dispuso que se trajese sobre cubierta una verga de fortuna y a un extremo de ella hizo clavar dos anchos pedazos de madera con los que se formó la pala de una especie de remo largo; se le colgaron dos balas de cañón y se la hundió en el agua después de sujetar el cabo a la borda; un juego de cables atado a las dos bandas de popa servía para mover el aparato a babor o estribor. Una vez construido, fue puesto a prueba por el mismo Parry, quien comprobó con inmensa satisfacción su perfecto funcionamiento. Un entusiasta y prolongado aplauso de la pirateril tripulación, premió el invento y a su ingenioso inventor.

19. En las selvas de Borneo

Con ese timón improvisado, el “Garona” pudo navegar bastante bien. El capitán, muy contento, quiso provocar la alabanza de su inseparable segundo y le preguntó:

—¿Qué le parece, mi querido dinamarqués, la invención?

—Digna de un lobo de mar como usted –dijo este sonriente.

—¿Cree que mi antecesor hubiese podido hacer tanto?

—No lo creo; pero si el mar se hace grueso, temo que nuestro timón se quiebre fácilmente.

—También yo lo temo. En ese caso lo retiraremos para volver a zambullirlo cuando sea necesario.

—Es de esperar que antes podremos anclar en un buen refugio de la costa; sólo distamos de ella unas quince millas.

—Pienso que será fácil dar con una bahía segura, pues existen muchísimas en los contornos de Borneo. Atracaremos en la parte oriental, que es la más recortada.

—¿Sabría decirme, capitán, quién descubrió esta inmensa isla?

—Sí; fue Jorge Méndez, en el año 1521. De ella sólo se conocen algunas de sus costas. Se sabe que el interior está cubierto de tupidas selvas que interrumpen extensas llanuras; que el terreno es de una fertilidad prodigiosa y que está habitada por crueles salvajes que son también piratas sanguinarios y que rechazan todo contacto con los europeos, cortan la cabeza a sus prisioneros y no es raro que se alimenten de carne humana. Abundan, además, los tigres, enormes serpientes y monos gigantescos y feroces.

—He ahí una información que es para mí valiosa, pues tenía la intención de salir a cazar tucanes.

—Puede hacerlo, pues la parte norte en general está deshabitada; de lo que tendrá que cuidarse es de los tigres y de los gaviales.

—¡Qué malas aguas estas, capitán! ¡Mire de qué aguzadas escolleras está infestada esta playa!

El comandante dirigió los ojos hacia la isla y divisó una costa más bien baja, circundada de rocas, escolleras y bancos tan peligrosos que hacían imposible un atraco. Oscuras selvas con árboles de más de treinta metros avanzaban hacia el mar, entre las que se abrían fatigosamente camino numerosos riachos y torrentes. El “Garona” navegó paralelamente a la costa durante una hora, hasta que apareció una bahía profunda que podía dar abrigo a media docena de embarcaciones. Avanzó entonces lentamente entre las escolleras que la rodeaban, sondeando con cuidado el fondo en previsión de que hubiese algún banco de arena. Cuando ya se hallaba casi en medio de la bahía, se produjo a popa un choque seguido de un crujido siniestro.

—¡Estamos por tocar! –gritaron los marineros colocados en aquel puesto.

La nave viró de bordo con toda prontitud, pero al hacerlo el timón topó con un escollo que surgía a flor de agua y se partió por la mitad.

—¡Abajo las anclas! –aulló el capitán.

Las dos de proa cayeron a plomo y el barco retrocedió algunos metros describiendo un semicírculo sobre sí mismo.

—¡Estamos salvados! –gritaron todos.

—Todavía no del todo, amigos –les advirtió el segundo—. Esta costa nos es completamente desconocida y ¡vaya uno a saber la cantidad de salvajes que nos estarán esperando detrás de esas rocas!

El comandante soltó una sonora carcajada y se dirigió a popa: la noche se venía encima, y a pesar de las recomendaciones del dinamarqués, quería bajar a tierra. Pero se dio cuenta de que los marineros no se mostraban muy bien dispuestos a seguirlo a esa hora y aplazó la expedición hasta el otro día. Prudentemente duplicó la guardia, hizo cargar los cañones y mandó qu se apagasen todas las luces.

Banes y Bonga formaban parte de la guardia. El primero, después del incidente que tuviera con Parry, se había encerrado en un mutismo feroz, y a quienes lo interrogaban sólo contestaba con monosílabos y en forma ruda. El negro lo respetaba en tal actitud, pero esa noche tenía interés en conocer su opinión sobre el estado de cosas y también los proyectos que alimentaba. Estuvo un largo rato observándolo callado, hasta que le puso una mano sobre el hombro y le dijo:

—Querido Banes, tú estás de mal humor, ¿verdad? Ya no hablas ni siquiera con tu amigo Bonga.

El brasileño se volvió a mirar al ex monarca como si no lo hubiese comprendido; luego le preguntó con acento tétrico:

—¿Qué quieres de mí?

—Querría me dijeras qué es lo que piensas de las cosas que están pasando.

—¡Qué quieres que te diga! Me parece que la situación no podría ser peor para nosotros.

—¡Vamos, no hay que desanimarse! ¡Quién sabe si está cercano el día de la venganza y de nuestra liberación!

—¡Dices que no me desanime! –exclamó el gigante blanco con amarga ironía—. ¡Hace tanto tiempo que espero en vano ese día, que ya he perdido la esperanza de que llegue!

—¡Presto o tarde los malvados reciben su castigo!

—¡Sin embargo, se diría que estos bandidos tienen una providencia que los protege!

—La fortuna puede abandonarlos en cualquier momento. Estoy madurando un plan que habrá de proporcionarnos la libertad.

—¿Qué podemos hacer tú y yo prisioneros como estamos?

—Banes, si te confiase que dentro de dos meses cuento con que podamos abandonar esta nave después de habernos vengado, ¿qué dirías?

—No te creería.

—Pues espera que regresemos al fuerte y te indicaré el medio para fugar.

—Espero que lo haremos juntos.

La cara del negro tomó una expresión sombría, luego inclinó la cabeza sobre el pecho y murmuró:

—No; el rey de los cassenhas no volverá a ver a sus súbditos ni sus bosques; el “gangás” que predijo mi destino me dio a entender que moriría de un tiro de fusil en el momento de la liberación… y ese brujo nunca se equivocó.

—¿Pero tú crees…?

—¡Sí! –afirmó Bonga alejándose.

La noche pasó sin incidentes y la tranquilidad sólo fue turbada por algunos rugidos de tigres y gaviales. A la madrugada se echaron dos lanchas al agua y el capitán con el segundo y treinta hombres bien armados tomaron tierra y se internaron en el bosque. Allí eligieron los árboles adecuados para la reparación de la nave entre las variadas especies tropicales existentes. Había cocos, palmeras, teks, casuarinas, pissangs, y abundaban los mangos y bananos cargados de fruta ya madura, que hicieron las delicias de los expedicionarios.

A decir verdad, la isla de Borneo no es rica en madera de construcción, pero Parry sabía que la de alcanfor, aunque no es muy dura, se la emplea en China para los juncos de guerra, de manera que eligió esos árboles para su objeto. Primero hizo que los marineros levantasen una cabaña con ramas y hojas para guardar las herramientas y en seguida que comenzaran a abatir las unidades marcadas. Entre los que formaban la partida se hallaban los seis carpinteros de a bordo. Se trabajó encarnizadamente con las hachas todo el día y se comenzó por fabricar el timón, que era la pieza más importante. A la noche todos regresaron a bordo, salvo la guardia que quedó para cuidar de la cabaña, y al día siguiente se duplicó el número de los trabajadores. Pero cuando estaban por penetrar en el bosque, Parry, que iba a la cabeza de la partida, se detuvo de golpe y preparó su fusil.

—¿Qué sucede? –le preguntó el segundo, que lo seguía de cerca.

—He percibido un silbido entre esa espesura –le informó el superior.

Los sesenta marineros se juntaron a sus jefes y formaron una línea con sus carabinas apuntando a la entrada del bosque. Hubo un minuto de silencio, luego un largo silbido atravesó el aire y de inmediato se oyó una voz salvaje que aullaba:

¡A-birás, a-birás indujo yenkoro!

Y poco después apareció en medio de los árboles un salvaje y detrás de él varios otros, quienes al ver a los blancos prepararon sus armas y se colocaron en semicírculo en torno al primero. Eran de color de aceituna, de estatura elevada y de fiero aspecto; sus facciones podían clasificarse de regulares; tenían cabellera corta y negra y la piel punteada y tatuada con vivos colores; llevaban alrededor de los muslos cueros de tigre y a la garganta numerosos collares formados con dientes de monos y de gaviales. Sus armas consistían en largas lanzas, cerbatanas de flechas envenenadas y pesadas clavas llamadas “balan-kak”.

Permanecieron un momento inmóviles y observando con curiosidad a los extranjeros, luego su jefe entonó una extraña canción y se movió en dirección a estos seguido de los suyos, todos con las manos extendidas.

Parry comprendió al instante que no traían intenciones hostiles y se dirigió a su encuentro después de hacer bajar los fusiles a su gente. Cuando el salvaje estuvo a pocos pasos del pirata blanco, se tocó la cabeza y le dirigió algunas palabras en su lengua. Este conocía algo de las costumbres de los “dayaki” por haber naufragado una vez en aquellos parajes y sabía que tocarse la cabeza significaba saludar, por lo que imitó el gesto. En el acto se engolfaron ambos en un diálogo bizarro, pero costó más de una hora de esfuerzos antes que el capitán del “Garona” pudiese entender alguna cosa.

—¿Se puede saber qué es lo que quiere este salvaje? –preguntó el segundo.

—Me ha parecido comprender que es amigo de los blancos y que comanda una pequeña tribu radicada a cinco millas de aquí.

—¿Y nos dejarán continuar tranquilamente nuestras tareas?

—Si, y hasta me ha invitado a visitar su aldea.

—Espero que no irá, capitán. No hay que fiarse mucho de estas bestias.

—No podría rechazar la invitación sin ofenderlo. Por otra parte, no iré solo.

Ordenó a los marineros que prosiguiesen los trabajos bajo la dirección del dinamarqués, eligió diez de ellos, los más fuertes y corajudos, y se unió a los nativos con que se encaminaron hacia el poblado. Llegaron en menos de una hora a un lugar ocupado por más de treinta chozas de forma oval o cónica, algunas rodeadas de empalizadas, otras adornadas con banderitas de colores y muchas con el techo cubierto de puntas aguzadas, y todo el conjunto circundado de una sólida valla para defenderse de los asaltos enemigos.

Los habitantes acogieron al capitán blanco y a sus hombres cordialmente; varones y mujeres semidesnudos se agolparon para verlos cuando el jefe, que se llamaba Klanda, los conducía a su espaciosa cabaña. Allí los convidó con vino extraído de la aronga sacarífera, ananás y bananas de tamaño maravilloso y luego les dio de cenar. Cuando se puso el sol, el señor del lugar hizo que sus súbditos improvisasen una danza guerrera en honor de los visitantes y puso a su disposición varias chozas creyendo que pasarían allí la noche. Pero Parry, temiendo que los de a bordo estuviesen inquietos, declinó la oferta y guiado por diez nativos regresó con su séquito a la playa. Al día siguiente, al rayar el alba, Klanda con cien indígenas devolvió la visita y recibidos en el barco por su comandante, recorrieron todas las dependencias y recibieron luego varios regalos como ser: trozos de bronce, cuentas de vidrio, pañuelos de pocos céntimos y algunos frascos de ron.

Y así marcharon las cosas durante la semana que duró la reparación de los daños. El jefe dayaki llegaba todas las mañanas a la nave y Parry lo visitaba en la aldea; los marineros iban a dormir a bordo, pero quedaban siempre diez de ellos para vigilar el depósito de los utensilios. El segundo había aconsejado varias veces al comandante de retirar también a aquellos de la playa, pues desconfiaba de los salvajes, pero Parry se burlaba de sus recelos. El 25 de julio los trabajos quedaron terminados y se hizo una gran provisión de madera para construir trincheras en el fuerte. Cuando oscureció quedaban todavía en la playa una cantidad de herramientas y fue preciso dejar una guardia para cuidarlas.

La noche era oscura y nublada, un fuerte viento soplaba con intermitencias; gruesas gotas de lluvia caían de tanto en tanto y el mar empezaba a mugir sordamente. El capitán mandó echar también el ancla de popa y tranquilo se fue a dormir. A la medianoche, cuando las tinieblas eran más densas, los marineros de guardia fueron sorprendidos por una descarga de fusiles procedente de la playa. Dieron inmediatamente la alarma y al minuto, capitán, oficiales y tripulación, se encontraron como por encanto sobre cubierta.

—¿Qué sucede? –preguntó el comandante.

—Hemos oído tiros y tenemos miedo de que los salvajes intenten asesinar a nuestros camaradas –contestó uno de los guardias.

—Si hay pelea, oiremos más detonaciones –dijo Parry.

Reinaron algunos instantes de silencio, todo parecía en calma, cuando volvieron a sonar tiros seguidos de gritos a distancia. El jefe pirata dio un aullido de furor y los tripulantes corrieron a buscar sus armas.

—¡Los salvajes atacan a los nuestros! ¿Los oye, capitán? –hizo notar el dinamarqués.

Llegaban llamados de auxilio y alaridos frenéticos, junto con descargas de fusiles, lo que revelaba que en tierra se había entablado una lucha feroz.

—¡Capitán, están degollando a nuestros compañeros! –clamaban los marineros rodeando a su comandante.

—¿Quieren desembarcar con esta oscuridad? –preguntó el segundo.

—¡Lo vamos a intentar! –dijeron muchos.

Los tiros siguieron retumbando unos segundos más, seguidos de clamores espantosos; se vieron brillar algunas luces y luego todo quedó en silencio y envuelto en las sombras.

—¡Han de haber terminado con ellos! –dijeron los de a bordo—. ¡Vamos a vengarlos!

—¡Sí! ¡Todas las lanchas al mar! –ordenó Parry.

Iba a cumplirse la orden, cuando se escucharon silbidos y gritos que venían de la playa, se observaron siluetas que se movían entre las rocas. De repente brillaron grandes fogatas y a su resplandor pudieron verse a unos doscientos dayakis armados, los cuales aullando como demonios lanzaron una granizada de piedras y flechas contra el velero. Los artilleros se precipitaron a sus cañones para repeler el ataque, momento en que el segundo se acercó al capitán para decirle al oído:

—¡Mire aquello!

El pirata mayor sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo: en las puntas de picas y lanzas los salvajes hacían ondular las ropas ensangrentadas de los hombres que habían quedado de guardia en la cabaña. La tripulación también lo había visto y un formidable rugido de furor tronó a bordo.

—¡Fuego de banda! –bramó el capitán.

Cañones y fusiles hicieron estragos en las filas de los dayakis, quienes trataron de responder con lanzamientos de piedras y dardos mientras se dispersaban entre los peñascos y se ocultaban tras los troncos de los árboles. Las piezas del “Garona” continuaron, no obstante, resquebrajando las rocas y destrozando ramajes, ya que si no podían desanidar a los asesinos de sus camaradas, impedían a lo menos que se acercasen al barco. En un momento de tregua el segundo se acercó al comandante, que estaba en el alcázar.

—Capitán –le dijo— es mejor retirarse antes de que la situación se vuelva crítica.

Aprovechemos el viento que ahora nos es favorable.

—¡No; primero quiero vengar a mis hombres! –replicó el enfurecido Parry.

—Huyamos, capitán; aprovechemos el paso que todavía está libre. Fíjese allí: hay cuarenta piraguas que tratan de bloquearnos.

—¡Maldición! –rugió furioso el capitán.

Sin perder tiempo mandó desplegar las velas y diez minutos después el buque salía del fondeadero abriéndose paso entre las embarcaciones indígenas que lo infestaban. Con una descarga de cañones hundió seis o siete y antes de salir al mar libre destrozó con la proa otras tres o cuatro. Durante algunos segundos se oyeron alaridos de rabia, que se fueron desvaneciendo poco a poco junto con los resplandores de las fogatas.

20. De regreso al islote

El “Garona” entre las espumosas ondas que levantaban las ráfagas del norte, se alejaba rápidamente de la isla de Borneo. El mar estaba agitadísimo, el viento impetuoso y un aguacero diluvial inundaban el puente. Parry, sereno, dirigía la maniobra con voces claras y precisas.

—¡Mala noche! –le dijo el segundo acercándosele—. Primero los salvajes y ahora la tormenta.

—Tiene usted razón; este maldito viaje no podía haber sido peor. Hasta me parece un milagro que hayamos podido escapar de tantos peligros.

—Los hombres que hemos dejado en la fortaleza estarán inquietos por nuestra tardanza.

—¡Con tal que no nos hayan hecho una mala jugada! La otra noche soñé con ellos y los vi escapando con la caja de los caudales.

—¡Horrible sueño! –exclamó el dinamarqués.

—¡Que hace poner la carne de gallina!

—¡Como si nos hiciera falta todavía eso para colmar la medida de nuestras desventuras!

—Esta malhadada expedición ya nos ha medio arruinado.

—¡Ojalá lleguemos pronto al islote!

—La tormenta parece que se está calmando; el viento norte demuestra que se ha cansado y ello es una lástima, porque nos empujaba con gran velocidad hacia nuestra meta.

A la medianoche embocaban el estrecho de Macassor, entre Borneo y las Célebes, y durante diez días el velero prosiguió su ruta hacia el sur sin ver tierra; al undécimo avistaba la isla de Sumbava y veintiséis días después alcanzaba el cabo Entrecasteana. En esos parajes el viento sopla fuerte, de manera que pudo redoblar la marcha y una semana más tarde oír cómo uno de los vigías señalaba desde su cofa el islote a quince millas sotavento.

—¡Por fin! –exclamó el capitán suspirando.

—Yo empiezo a temblar, comandante –le dijo el segundo—, pues pienso en su sueño.

Esperemos que no se cumpla.

—¡Tonterías! –se mofó Parry—. A los sueños no hay que hacerles caso.

Cuando la nave estuvo a ochocientos metros del fuerte mandó tirar un cañonazo a pólvora para anunciar la llegada. La detonación retumbó en el ámbito del mar y fue a apagarse contra las rocas. Por algunos minutos todo el personal de a bordo esperó en vano la respuesta: el islote se mostraba desierto y no aparecía en él la menor señal.

—¡Condenación! –rugió el comandante secándose el sudor helado que le inundaba la frente—. ¿Qué mi sueño se haya vuelto realidad?

—¿Qué significa este silencio? –comenzaron a preguntar algunos filibusteros.

—Hay que tomar precauciones –advirtió el contramaestre—. El fuerte puede haber sido tomado y los ocupantes tendernos una celada.

—¿Habrán exterminado a los camaradas? –preguntaron varios.

—Tiren otro cañonazo –ordenó el capitán.

Tampoco esta vez el fuerte dio señales de vida. Entonces Parry mandó cargar todas las piezas del barco y acercó este a la roca echando el ancla a la embocadura del canal. Se puso una chalupa en el agua y el segundo y ocho marineros bien armados se internaron en la bahía. Cuando estuvieron allí, notaron inmediatamente que faltaba una de las lanchas y que todo estaba silencioso como si el lugar hubiese sido abandonado. El dinamarqués hizo virar de bordo y volvió al “Garona” presa de una nerviosidad indecible.

—Deben de haber huido –informó a Parry— y hecho realidad lo que usted vio en sueños.

—¡Miserables! –gritó aquel con cólera violenta—. ¡Si tal resultara, no van a escapar a mi terrible venganza!

—¿Qué tiene, capitán? ¿Qué ha sucedido? –quisieron saber muchos marineros acercándosele.

—¿Pero no comprenden?… ¡Que los infames se han escapado llevándose todas nuestras riquezas!

—¿Es posible?

—¡Ya lo van a ver!

El velero, remolcado por cuatro lanchas fue a fondear en la bahía. Seguido por sesenta hombres, el capitán llegó a la cintura amurallada del fuerte cuyo portón estaba de par en par abierto. Todos se precipitaron al interior lanzando gritos estentóreos y recorrieron las habitaciones una por una sin encontrar alma viviente. Delante de la puerta de uno de los almacenes el comandante se detuvo: un olor nauseabundo, como de carne podrida, salía de allí.

—¡Olor a muerto! –murmuró.

—¡Entremos! –dijeron los que lo seguían.

Desfondaron la puerta y penetraron en el local tapándose las narices. Un hombre acribillado de heridas se hallaba tendido en medio de un charco de sangre: a su lado había un fusil partido en dos y una hoja de papel con algo escrito. Parry se apoderó de ella y leyó: Los bandidos me han herido gravemente y han huido llevándose todo el oro.

—¡Canallas! –rugió el pirata robado.

—¡A la caja! ¡A la caja! –aullaron los cómplices exasperados.

Invadieron el recinto contiguo y vieron que el cofre de hierro yacía destrozado a golpes de maza en el suelo y completamente vacío. Aquí y allá se percibían algunas piezas de oro que los evadidos no se cuidaron, sin duda, de recoger.

—¡Vacía! ¡Vacía! –gritaba Parry en el colmo de la rabia y la desesperación.

—¡Venganza, capitán! ¡Venganza! –bramaban haciéndole coro sus subordinados.

—¡Sí, amigos; esos miserables no escaparán al castigo! No deben haber pasado muchos días desde que han abandonado el fuerte.

—¡Persigámoslos! ¡A muerte! ¡A muerte!

Antes de media hora el “Garona” había salido de la ensenada y volvía al mar abierto para iniciar la persecución de los fugitivos. El capitán Parry y todos sus hombres querían recuperar el fruto de sus piraterías que otros piratas les habían arrebatado. De la gente de a bordo sólo Banes y Bonga gozaban con los continuos reveses que la banda venía sufriendo desde hacía algún tiempo, como si fuese el comienzo de su expiación por el asesinato del buen capitán Solilach.

—Comandante, ¿hacia dónde enderezamos? –preguntó el dinamarqués para poder dar la ruta a los timoneles.

—Hacia el estrecho de Torres –indicó el superior—. No creo que se hallen muy lejos y no tardaremos mucho en encontrarlos.

—En efecto, no pueden tragar millas con una lancha.

—¡Si les echo las manos encima, los voy a cortar a pedacitos! –prometió el capitán.

—¡Hay que quemarlos vivos! –aconsejó la chusma salvaje.

El “Garona” navegó en dirección a Australia durante cuatro días sin divisar la chalupa de los ex tripulantes, y después de largo indecisión, Parry optó por desviarlo hacia el sudoeste. El rencor que bullía en el corazón de los filibusteros iba adquiriendo cada día mayores proporciones. ¡Ay de los fugitivos si hubiesen sido apresados en esos momentos!

… En la mañana del 18 de septiembre un marinero que por casualidad había vuelto su anteojo al sur notó un punto blanco a diez millas sotavento.

—¡Son ellos! –fue el grito que se escapó de todos los pechos.

El timonel recibió la orden de dirigir el barco hacia aquella orientación y toda la piratería diseminada en los puntos de observación de bandas y mástiles, seguían con avidez las oscilaciones de la pequeña vela. A la hora sólo dos millas los separaba de ella y ya sin la menor duda de que era la que buscaban, lanzaron terribles alaridos de júbilo bestial. Los fugitivos, aferrados a los remos, los agitaban afanosamente, aunque estaban seguros de que todo esfuerzo era completamente inútil. Cuando estaban a cincuenta metros, vieron que se desprendías tres lanchas del costado del velero, las cuales volaban a cortarles la retirada. Remando con la fiebre de la desesperación, pudieron conservar la distancia durante media hora, pero pronto fueron rodeados y abordados y a pesar de la denodada resistencia que opusieron, se encontraron amarrados y transferidos al buque del que fueran marineros. Pero lo inconcebible fue que, revisada minuciosamente la embarcación que ocupaban, no se encontró una sola moneda de oro.

Los piratas regresaron a bordo furibundos, arrastrando y dando golpes a los traidores.

Cuando el capitán los tuvo en su presencia, preguntó al mayor de ellos, que no tendría más de treinta años, con voz colérica:

—¿Dónde está el oro?

El interrogado cerró los párpados, apretó los dientes y no contestó.

—¡Muerte y condenación! –rugió Parry con los ojos inyectados de sangre—. ¿No quieres responderme? ¿Me crees hombre que se conforme con un encogimiento de hombros?

¡Habla o te mando que te corten la lengua!

En lugar de contestar, el fugitivo, a la par de sus compañeros, miraban con odio y terror al mismo tiempo, al comandante y a la tripulación. Un murmullo amenazante circuló por las filas de los bandoleros y algunos de ellos sacaron a relucir sus cuchillos. Parry los detuvo con un gesto.

—¡A sus puestos! ¡Es a mí a quien toca juzgar y castigar, no a ustedes!

Volvió a encararse con los apresados y con voz que le costaba trabajo hacer firme por la rabia que lo dominaba, les dijo:

—¡Con que se han puesto de acuerdo para no responder! ¡Muy bien! Pero les advierto que los someteré a los más horribles tormentos hasta que confiesen. Por ahora serán encerrados en una cabina y guardados a vista, para que tengan tiempo de reflexionar.

Mañana les enseñaré de lo que soy capaz.

Entre los insultos y las maldiciones de sus camaradas, fueron llevados sin que opusieran la menor resistencia, y al día siguiente Parry mandó traer al puente sólo al hombre que había interrogado la tarde anterior. Este, cuando estuvo frente a él, cruzó los brazos sobre el pecho con toda calma y dirigió una altiva mirada a los que lo rodeaban. El que fuera su jefe lo tomó de un brazo y sacudiéndoselo brutalmente le preguntó:

—¿Dónde está el dinero? ¡Habla, canalla!

El interrogado se puso pálido pero permaneció mudo. Parry, en un acceso de furia, lo derribó de un golpe.

—¿Persistes todavía en tu silencio? Mira que la tripulación del “Garona” no te perdonará tu acción infame y hay cien cuchillos listos para despellejarte vivo.

Blanco como la cera, pero tranquilo, el golpeado giró los ojos en torno como si buscase alguna ayuda. El capitán que lo vio, asaltado por una sospecha se lanzó de un brinco entre los marineros con las pistolas en las manos.

—¿Es que hay traidores a bordo? –gritó—. ¿Tendrá este hombre cómplices entre nosotros… ¡Cuidado, que yo no soy el capitán Solilach!

Nadie se movió, asombrados todos de que los fugitivos pudiesen tener cómplices en el barco. Parry dirigió una mirada incendiaria sobre la chusma, logró serenarse y volvió al prisionero que estaba tratando de ganar la proa. Le apuntó una de las pistolas y le preguntó con calma glacial:

—¿Quieres hablar?

—¡No! –contestó aquel con voz firme.

—¿Es tu última palabra?

Como respuesta su interlocutor dirigió la vista a otro lado. Entonces el jefe de los bandidos lo arrinconó contra la banca y le rompió un brazo de un pistoletazo.

Instantáneamente seis o siete desalmados se echaron, cuchillo en mano, sobre el herido y le perforaron cara y pecho a puñaladas.

—Traigan a los otros –ordenó el implacable verdugo.

Entre gritos, blasfemias y maldiciones fueron traídos los cuatro compañeros del ejecutado.

Estos, al ver el cuerpo destrozado, se pusieron a temblar.

—¡Si no quieren seguir la misma suerte de su compañero, hablen! –les dijo Parry.

—No… sí… sí, hablaremos –balbucieron los desgraciados.

—¿Dónde está el dinero?

—En el fuerte.

—¿En el fuerte? –exclamaron asombrados los circunstantes, mirando con incredulidad a los cuatro traidores.

El capitán hizo seña de callar y acercándose más a los declarantes les dijo en tono conminatorio:

—Pongan atención en lo que dicen, porque si mienten van a sufrir los mayores tormentos.

Permanecerán encerrados hasta que lleguemos al fuerte y ¡ay de ustedes si no han dicho la verdad!

—¿Y si la hemos dicho, nos perdonará la vida?

—Lo sabrán más tarde. Ahora díganme por qué motivo dejaron allí el tesoro en lugar de llevarlo con ustedes.

—Eso a usted no debe importarle –contestó uno de los prisioneros.

—¡Por el diablo! Quiero saberlo porque sospecho que habrán tenido algún grave motivo.

Como sospecho también que pueden tener cómplices.

—Se engaña, capitán.

—¿Quieren que se lo diga yo? –gritó entonces Parry con ira—. ¡Ustedes, miserables, trataban de llegar a Australia para vendernos al gobierno inglés y luego volver al fuerte a recoger el dinero escondido! ¡Si no hubiese sido ese su propósito no se hubieran separado del tesoro!

Los marineros, vueltos furiosos por la revelación, quisieron arrojarse sobre los prisioneros, pero el comandante, con un gesto, los contuvo.

—Por ahora déjenlos vivir y enciérrenlos con buena guardia a la vista.

El “Garona” volvió proa al norte y cinco días después echaba el ancla en la bahía que le servía de refugio. La pirática tripulación desembarcó a los cuatro ex camaradas y los llevó a empujones por la escalinata que conducía al fuerte. Cuando llegaron a la cintura externa, estos dieron una vuelta en torno a un bastión, hicieron algunos pasos y en un punto en que se notaban señales trazadas en el suelo se volvieron hacia el capitán y declararon:

—Aquí hemos escondido el tesoro.

Cinco hombres se pusieron a excavar con zapas y pusieron al descubierto una gran caja blanca.

—En esa caja está guardado el oro –dijo uno de los prisioneros.

Parry, sin decir palabra, la hizo retirar y abrir, comprobando que no le habían mentido. Y ya seguro de haber recuperado sus malhabidas riquezas, se volvió hacia los cuatro infelices y con rencor salvaje les gritó:

—¡Y ahora, a nosotros, canallas!

—¡A muerte! –aullaron los filibusteros.

Los cuatro hombres, pálidos, temblorosos, miraron con ojos extraviados a sus feroces camaradas.

A pesar de conocer el salvajismo de sus ex camaradas, habían guardado una secreta esperanza de salvar sus vidas al devolver el oro robado.

—¡Pero… ustedes… nos habían prometido… la gracia! –clamaron.

—¿La gracia? –exclamó con risa sarcástica el inhumano Parry—. ¡Ahora verá cuál es la gracia que se aplica a los traidores!

—¡Perdón, capitán, perdón! –imploraron los infelices arrojándose a sus pies.

El desalmado hizo una seña y diez de sus forajidos los aferraron y llevaron al borde de la roca, que en aquel lugar caía casi a pico sobre el mar.

—Amigos: ¿qué pena merecen los que traicionan vilmente la confianza puesta en ellos y roban a sus camaradas? –preguntó con sonrisa siniestra.

—¡La muerte! –contestó el chusmaje, contenido a duras penas, ávido de sangre.

—¡Pues que se cumpla! –sentenció su conductor con fruición brutal.

Dos de los piratas aferraron a uno de aquellos desventurados y, a pesar de su desesperada resistencia, lo arrastraron a la orilla de la meseta y allí lo tuvieron sujeto para permitir que el capitán le descerrajase un tiro en el pecho; luego, de un empujón, lo lanzaron al vacío y toda la banda festejó el espectáculo que ofrecía su cuerpo rebotando de peña en peña hasta unirse deforme y ensangrentado en las profundidades del mar. Después que se les aplicó el mismo castigo a los otros prisioneros, el perverso comandante se dirigió a su mesnada para advertirle:

—¡Ténganlo presente: idéntico fin tendrán todos los traidores! Y ahora, amigos, vamos a olvidar con un buen festín este triste acontecimiento.

Dos horas más tarde, en la gran sala del fuerte, capitán, lugarteniente, oficiales y marineros, se entregaban a una repugnante orgía, en la que se vaciaron barriles enteros de ron en medio de una batahola infernal, festejando el retorno del viaje que ya consideraban postrero, y la recuperación del tesoro que habían dado por perdido.

21. La venganza de Banes

Mientras los piratas estaban abandonados a la más desenfrenada crápula, en lo alto de los bastiones, un hombre, apoyado en el afuste de un cañón, parecía hallarse absorto en graves pensamientos. Debía esperar a alguien, porque de cuando en cuando se incorporaba con movimientos de impaciencia y murmuraba frases truncas. Y a medida que pasaba el tiempo aumentaba su nerviosidad y su rostro cambiaba por momentos de expresión; en él se alternaban el odio, la tristeza, cólera, la alegría; sus labios murmuraban maldiciones, juramentos, amenazas. Era Banes, infeliz, exasperado, harto de arrastrar su vida entre todos esos miserables, que estaba esperando a Bonga para combinar entre ambos la proyectada fuga.

Se había escurrido del fuerte sin ser visto y hacía una hora que se encontraba en ese sitio.

Por fin vio aparecer una sombra en el ángulo del bastión.

—¿Eres tú, Bonga? –preguntó.

—Sí –contestó el africano.

—Ya estaba temiendo que te hubiese ocurrido alguna desgracia. Veamos, ¿qué tienes que decirme?

—Cosas importantes y que no han de desagradarte. Ahora ven conmigo, después hablaremos.

Caminaron a lo largo de la muralla, descendieron por la escalinata que llevaba a la bahía, se metieron entre los escollos, subieron por una especie de quebrada y se detuvieron delante de una gruta que resultó ser una galería, la cual se adentraba seis o siete metros en la gigantesca roca en que había sido construido el fuerte.

—¿Y es para hacerme ver esto para lo que me has traído aquí? –le reprochó el brasileño.

Una mirada calurosa del ex monarca devolvió a Banes algo de su perdida fe.

—Esto es lo que servirá para vengarnos –le contestó su amigo—. Con dos picos podremos extender este corredor hasta debajo del fuerte y, ¿quién nos impedirá con algunos barriles de pólvora hacer explotar este inmundo nido de piratas?

—¿No has olvidado, entonces, al pobre capitán Solilach? –comentó Banes sinceramente conmovido.

—Todavía no has conocido a Bonga; nunca dejó de pensar en vengarlo.

—Tu plan presenta alguna dificultad, pero podemos modificarlo. En lugar de llevar al túnel la pólvora, cosa difícil y peligrosa, prolongaremos este hasta el polvorín, el cual, si no me engaño, se encuentra sobre esta línea.

—¡Perfecto, amigo Banes! Ya tengo aquí escondidos dos picos y una linterna ciega, de manera que mañana a la noche podremos ponernos a la obra.

—Convenido. Y ahora volvámonos, porque comienza a clarear y alguno podría sorprendernos.

Por la noche Banes, después de jugar al monte con algunos compañeros, se retiraba fingiendo cansancio; pero a medianoche, cuando todos dormían, se deslizó silenciosamente del recinto para unirse a Bonga que lo esperaba fuera de la muralla.

—¿Nadie te ha visto? –preguntó el negro.

—Nadie –respondió este.

—Vamos a trabajar, entonces.

En la galería encendieron la linterna y empezaron a picar vigorosamente la roca, de la que saltaban gruesas astillas. Los dos atletas trabajaban con energía y ahínco y el corredor iba ganando profundidad a ojos vista. Al amanecer cerraron la entrada con algunas piedras y regresaron al fuerte sin ser vistos. Y así continuaron cuatro noches seguidas, durante las cuales prolongaron la galería más de ocho metros. Al quinto día se acercó a Banes uno de los viejos marineros, el cual, después de asegurarse de que nadie lo espiaba, le dijo:

—¿No sabes nada, Banes?

—¿De qué cosa?

—De la conspiración que se está tramando contra el capitán. Ya estamos cansados de él; abusa demasiado de su autoridad. ¿No quieres ser de los nuestros?

—Cuenta conmigo. ¿Quiénes la dirigen?

—Los dos oficiales.

—En el momento oportuno estaré con ustedes –prometió el brasileño con una ligera ironía en el tono—. No dejes de avisarme. Adiós.

Esa noche los dos colosos trabajaron con un ansia febril, pues deseaban llegar al polvorín antes de que estallase la revuelta. A la siguiente notaron que a medida que se internaban en la galería, la bóveda sonaba como si estuviera vacía.

—Nos queda poca piedra que romper –expresó Banes—. La costra se vuelve cada vez más delgada.

—Continuemos –alentó Bonga.

Durantes tres horas esos hombres de hierro batieron la roca con exasperada impaciencia, excitándose uno a otro, hasta que a eso de las dos de la mañana la bóveda se quebró y pudieron penetrar en un cuarto oscuro y seco.

—¡El polvorín! –exclamaron ambos a una voz.

Unos cuarenta barriles se hallaban alineados contra los muros.

—Hay aquí pólvora suficiente para hacer saltar una ciudad entera –dijo el brasileño.

—Regresemos –sugirió el africano—. No es prudente permanecer aquí.

Acercaron un barril a la abertura y desde el agujero lo corrieron con las manos para taparla; luego abandonaron el subterráneo.

—Mañana prepararemos una lancha con víveres y después uno de nosotros prenderá fuego.

—Yo me encargaré de encender la mecha –dijo el negro.

Cuando llegaron a la entrada del fuerte se separaron con un apretón de manos. Durante el día, realizando la rutinaria fagina con los demás, se dieron cuenta de que la armonía ya no reinaba en el fuerte y las riñas a cuchilladas entre adictos y contrarios de Parry menudeaban. Finalmente se hizo la noche, una noche inclemente, oscura, tétrica; con relámpagos en el cielo y fuerte viento sudeste que agitaba las olas del mar, Banes y Bonga, apenas bajaron las sombras dejaron el fuerte y se dirigieron a la bahía. Mientras caminaban pegados a la muralla, observaron cómo los complotados se cambiaban señas misteriosas.

—Bueno –comentó Banes—; la sublevación está por estallar.

Se embarcaron en una de las lanchas estacionadas en la bahía y se trasladaron al “Garona”; allí cargaron una de las más grandes con dos sacos de galletas, dos barriles de agua, carne salada, varios fusiles, remos, velas, cuerdas y una brújula; la bajaron al agua y la acercaron al pie del islote.

—Espérame aquí mientras voy a encender la mecha –dijo Banes al africano.

—¡Pon cuidado!; no te dejes sorprender –le recomendó aquel.

Bonga saltó a tierra provisto de un segur y de una larga mecha; trepó por los escollos, recorrió la galería y penetró en el polvorín. Con el hacha destrozó dos o tres barriles y desparramó su contenido por el suelo; colocó la mecha, la desenrolló por el suelo, la encendió y ganó rápido la salida de la galería. Cuando se hallaba en ella resonó en el fuerte una descarga de fusiles seguida de formidables alaridos.

—¡La revuelta! –exclamó el negro saliendo al aire libre.

Todas las ventanas del fuerte aparecían iluminadas por numerosas antorchas: de ellas partían estampidos, gritos, gemidos e imprecaciones; a su través se veía correr a hombres rabiosos que se acuchillaban uno al otro entre vivas y mueras al capitán Parry; heridos y muertos eran lanzados por ellos al abismo.

—¡Bonga! –llamó el brasileño.

—¡Aquí estoy! –contestó el africano.

En ese instante un lampo brilló a pocos pasos y el negro rodó al suelo alcanzado en medio del pecho por una bala de fusil.

—¡Por fin te tuve! –se oyó decir a alguien con alegría feroz.

Y se vio un hombre trepar por las rocas y desaparecer en dirección al fuerte.

—¡Bonga! ¡Bonga! –aulló Banes.

—¡A mí…! ¡A mí…! –ronqueó el gigante de ébano en los estertores de la agonía.

El brasileño, con dos golpes de remo se acercó a la playa y, loco de dolor, se arrojó sobre el compañero.

—¡Huye… prendí fuego… Parry se ha vengado…! –murmuró el fiel amigo con voz débil.

Se llevó ambas manos a la herida, de la que brotaban chorros de sangre, tuvo un postrer espasmo y quedó inmóvil.

—¡Muerto! –gritó Banes desesperado—. ¡Pero no tardará en ser vengado!

Saltó a la lancha casi fuera de sí y se puso a remar afiebradamente. De repente, el islote se abrió como un volcán vomitando piedras y fuego. Una llama gigantesca se elevó al cielo y un estampido terrible sacudió la atmósfera.

—¡La venganza! ¡La venganza! –gritó el titán brasileño, y se secó una lágrima que descendía por su mejilla.

Enormes peñas lanzadas a lo alto por la violencia de la explosión, caían en la bahía y una columna de humo rojizo envolvía al islote. Todo lo construido en su cima había desaparecido: el fuerte entero había saltado al aire y en su lugar sólo había quedado la roca pelada, que seguía perdida en la inmensidad del océano, golpeada constantemente por las espumantes olas.

Conclusión

Dos meses después, una nave inglesa que había partido de la India con un cargamento de algodón para Melbourne, recogía cerca del estrecho de Torres un marinero casi muerto de hambre y atacado de un delirio furioso. Era el desventurado Banes.

Después de la terrible explosión, el vengador del capitán Solilach había tratado de alcanzar las costas meridionales de Australia, pero rechazado por vientos contrarios, anduvo errante durante esos dos meses por el extenso mar y cuando las provisiones tocaron a su fin, se había echado en el fondo de la lancha a esperar la muerte.

El barco había llegado a tiempo para salvarlo. El pobre brasileño estaba reducido a piel y huesos, pero su fuerte organismo triunfó fácilmente y al cabo de un mes, discretamente repuesto, desembarcaba en la ciudad australiana. Se radicó en ella y pudo pasar allí una vida tranquila y gracias a una pensión que le acordó el gobierno inglés como compensación por haber destruido la temible banda de piratas que infestaba esa zona.


Publicado el 4 de febrero de 2019 por Edu Robsy.
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