Los Náufragos del Liguria

Emilio Salgari


Novela



CAPÍTULO I. UN DRAMA EN EL MAR

—¡Fuego!

—¡Eh!… ¡Tonico!… ¿Sueñas o duermes?

—¡Fuego!

—¡Pero tú has bebido, tunante!

—¡No! ¡Veo el humo!

—¡Con esta oscuridad!… ¡El muchacho se ha vuelto loco!

Una voz que tenía el acento duro de nuestras gentes del Mediodía, gritó furiosa, en la toldilla del barco:

—¡La chalupa grande huye!… ¡San Genaro eche a pique a esos malditos!…

—¿A quien van a echar a pique? —preguntó otra voz a la proa.

—¡Huyen! ¡Allí van de arrancada! ¡Que el diablo acompañe a esa canalla!

—¡Tenemos fuego a bordo!…

Una exclamación general se alzó en las tinieblas.

—¡Los miserables!…

—¡Han incendiado el bergantín!…

—¡No es posible!

—¡Sí!… ¡Sale humo de la despensa!

—¡Capitán!… ¡Oficial de cuarto!…

—¡Ohé…; sobre cubierta todo el mundo!…

—¡San Marcos nos ayude!…

—¡A las bombas! ¡A las bombas!

—¡Y aquellos miserables huyen!

Un hombre medio desnudo de mediana estatura, pero tan fuerte y robusto como un novillo y con la cara cubierta por fosca barba, se lanzó fuera de la camareta de popa gritando:

—¿Qué es lo que sucede?

El oficial de cuarto que abandonaba en aquel momento el castillo de proa, se precipitó a su encuentro diciendo con voz ronca:

—¡Capitán… los rebeldes se han escapado!

—¡Los dos malteses!

—¡Sí capitán!

—Pero… ¿Cuándo?

—¡Ahora mismo!

—¿Por donde? ¿No estaban encadenados?

—¡Sí señor! pero creo que han roto las cadenas.

—¡Mil bombas! ¡Traedme un fusil y dad orden para perseguirlos, o yo…!

—¡Es imposible, capitán!

—¿Quién dice eso? —gritó el capitán.

—¡Tenemos fuego a bordo!

Al oír esto el capitán dio algunos pasos atrás, y su enérgica y bronceada fisonomía palideció.

—¿Fuego a bordo? —exclamó—. ¿Y la pólvora que traemos?… ¡Seis quintales!… Lo bastante para hacernos saltar a todos hasta las nubes. Sígame señor Balbo, y tu nostramo, manda preparar las bombas y echar al agua la manga.

Dicho esto, se lanzó en el castillo de proa, y echó una rápida mirada sobre el mar. A quinientos metros de la nave se veía alejarse rápidamente hacia el Sur una mancha oscura, que se confundía con el color de tinta del agua.

—¡Miserables! —dijo el capitán, lleno de furor—. ¡Y no hace ni la más ligera brisa en este condenado mar, que nos permita soltar las velas!

—¡Déjelos que se vayan a otra parte a que los ahorquen, capitán Martín! —dijo el segundo.

—¿Y si se pierde el barco?… Nos han privado de la única chalupa que teníamos. Ya sabe usted que el bote se lo llevó una ola la semana última.

—Construiremos una balsa.

—Si… —dijo el capitán, como si hablase consigo mismo—. ¡Faltará tiempo!… ¡A las bombas, o estamos perdidos!

Iba a descender del castillo cuando se le ocurrió una idea que le dio cierta esperanza.

—Señor Balbo, deme el portavoz.

—¿Qué quiere usted hacer?

—¡Silencio…; listo!

El segundo se deslizó sobre la cubierta para no perder tiempo en descender por la escalerilla, entró en la cámara común de la tripulación, cogió el portavoz del nostramo y se lo llevó al capitán.

La robusta voz de aquel hombre de mar hizo vibrar el eco como una tromba, apagando las órdenes precipitadas del nostramo, los gritos de los marineros y el ruido de las bombas, que ya comenzaban a absorber el agua.

—¡A bordo! —tronaba el capitán—. ¡A bordo, u os mando ahorcar en los penoles del contrapapahigo!

Una voz lejana, que venia de muy lejos, y que tenía una entonación de ironía, contestó:

—¡Que tengáis buena suerte!

—¡A bordo y os perdono todo!

—¡No!…

—¡Os seguiremos, canallas, y moriréis!

Esta última amenaza no tuvo contestación. La chalupa había desaparecido en las tinieblas.

—¡Dios os castigará! —dijo el capitán sordamente—. ¡A las bombas, y que Dios nos proteja!

Entre tanto el nostramo había mandado preparar las bombas de popa y proa, sumergir en el mar la manga y subir al puente cuantos baldes y cubos había disponibles.

Los doce marineros que componían el equipaje de la embarcación ya estaban dispuestos en la barra y esperaban anhelantes las órdenes del capitán.

Por las junturas de la escotilla grande se escapaba a intervalos un humo denso, impregnado de un fuerte olor a alquitrán y a materias grasas. El fuego debía de haber estallado en la despensa, que estaba inmediata a la cámara general de la tripulación, y, probablemente, se habría comunicado a la carga de la estiba.

El capitán ordenó que se abriese la escotilla para poder apreciar la gravedad del incendio. El nostramo y algunos marineros. El nostramo y algunos marineros estaban levantando ya los pasadores de hierro que sujetaban la cubierta. Bajo sus pies se escuchaban golpes y como sordos silbidos; enseguida se oyeron detonaciones cual si estallaran recipientes llenos de alcohol y el alquitrán de las comisuras de la toldilla comenzó a licuarse y a hervir con el calor de dentro.

Nadie decía palabra; pero en los rostros de aquellos hombres se veía la angustia. Las caras bronceadas por el sol ecuatorial y por los vientos del mar, estaban pálidas y sus frentes, generalmente serenas, aún en medio de las tempestades, se tornaron sombrías.

No faltaba por levantar más que la última barra, cuando la tapa de la escotilla se alzó violentamente, volcándose sobre la cubierta como empujada por una fuerza misteriosa.

De repente, una llamarada enorme, una verdadera columna de fuego, ascendió impetuosamente desde las profundidades de la estiba y se alargó hasta las velas de la gavia del palo mayor, iluminando con siniestros resplandores la noche y tiñendo las olas con reflejos sanguíneos.

Una exclamación de horror, se angustia y de espanto resonó sobre la toldilla de la desagraciada nave, perdiéndose sus ecos en los confines del mar.

Todos se habían guarecido para no verse envueltos por aquella llama monstruosa, que se retorcía con salvajes contorsiones de serpiente, y hasta los hombres de la bomba abandonaron esta precipitadamente.

—¡Todo el mundo a su puesto!… —gritó el capitán.

Solamente el nostramo, viejo de blanca barba, pero de enérgicas líneas se movió para colocar la manga sobre el borde de la bodega.

El capitán palideció.

Cogió un hacha olvidada sobre la guía, y levantándola amenazador, repitió con un tono que no admitía réplica:

—¡Todo el mundo a su puesto, u os hago sentir lo que pesa este arma!…

La tripulación sabía prácticamente que con el capitán no había medio de bromearse. Después de una breve excitación, volvió la gente a las bombas, mientras que dos o tres marineros que no encontraron puesto, se dirigieron a los mástiles.

La columna de fuego, después de haber amenazado la gran gavia, había descendido poco a poco a la bodega; pero por la boca de la escotilla salían a intervalos pesadas columnas de humo denso y negro, que una calma absoluta mantenía sobre la toldilla, y ramilletes de chispas, que, alzándose lentamente, se dispersaban sobre las tenebrosas aguas del océano.

Pasado el primer instante de terror, todos se habían puesto al trabajo con ansia febril, pues sabían que si no lograban dominar el incendio los esperaba una muerte horrible, sobre todo no habiendo, como no había a bordo, ninguna chalupa para poder salvarse.

Las bombas funcionaban rabiosamente, sin cesar, vertiendo torrentes de agua en las profundidades de la incendiada bodega, mientras que los hombres subidos en los mástiles, avanzando entre el humo y las chispas, se afanaban en vaciar baldes y cubos en aquel horno.

El capitán y su segundo, que se habían retirado a popa, echaban al suelo, a fuerza de hachazos, una parte de la amura, como si tuviesen intención de allegar materiales para construir una balsa. Se disponían a atacar la amura cuando un nuevo personaje apareció en la toldilla.

Era un hombre que debía de tener treinta y tantos años, de estatura menos que mediana, con el pecho muy desarrollado, de anchas espaldas y miembros musculosos, sin llegar a ser grueso.

Su rostro, un poco anguloso y con la barbilla muy pronunciada, era pálido y ligeramente bronceado por las sales marinas; su frente amplia, en la cual se dibujaba apenas una arruga precoz, que indicaba un hombre inclinado a la reflexión; sus ojos que coronaban espesas cejas, las cuales avanzaban en los arcos supraciliares, tenían un mirar profundo, y entonces brillaban de tal modo, que parecía como que querían sondear lo más íntimo de los corazones; sus labios finos, sombreados por una ligera barba rubia, decían que aquel desconocido debía de poseer una energía increíble.

Al ver aquella nube de humo y aquellos haces de chispas que se elevaban a través de la arboladura del velero y los reflejos sanguinolentos que proyectaban sobre las caras de los marineros, arrugó la frente, pero sin manifestar señal alguna de terror.

—¿Un incendio? —dijo volviéndose hacia el capitán—. Si no me despierto habríais dejado que me asara tranquilamente en mi camarote, ¿verdad?

—¿Es usted, señor Albani? —preguntó el comandante, apartándose del costado del barco.

—En persona comandante.

—Pues venga a ayudarnos, porque peligra la piel.

—¿Es grave la cosa?

—Gravísima, señor. La estiba está ardiendo, y…

—¿Qué?

—Que corremos el peligro de ir por los aires —dijo el capitán en voz baja para que no le oyesen los marineros.

—¿Qué dice usted?

—Digo que llevamos seis quintales de pólvora debajo del cargamento de algodón.

El llamado señor Albani se lanzó por la escalera con una agilidad digna del mejor gaviero, y se reunió con los dos comandantes.

—Entonces estamos en manos de Dios —dijo, empuñando un hacha.

—Sí; y no sé si tendremos tiempo de acabar la balsa.

—He sido oficial de marina, como usted, capitán y entiendo de construcciones semejantes. ¡Al agua el botalón, y en seguida picaremos el palo mayor! Así tendremos un punto de apoyo si nos vamos al mar.

—¡Bien dicho, señor!

Arrancaron el botalón, que arrojaron al agua, sujetándolo con una cuerda; enseguida se pusieron los tres hombres a la tarea de cortar el gran palo.

Ya no había tiempo para ocuparse del velero, pues no se forjaban ilusiones acerca de su salvación. El incendio, aun cuando vigorosamente combatido por el esquife, que no cesaba de hacer maniobrar las bombas, ganaba rápidamente terreno y amenazaba a la arboladura.

Domadas por un momento las grandes llamas, volvieron de nuevo a hacer irrupción a través de la escotilla, quemando las velas y el cordaje. La espantosa explosión iba a estallar de un momento a otro.

El capitán y el segundo, que manejaban furiosamente las hachas, palidecían a ojos vistas, y su compañero comenzaba a perder su admirable calma. Algunos momentos se detenían para escuchar mejor los sordos rumores de las devoradoras llamas y los crujidos y el fragor de los puntales que caían a pares.

—¡Pronto! ¡Pronto!… —repetía el capitán.

El palo mayor osciló con gran estrépito, y el enorme tronco se tumbó sobre el áncora de babor, haciéndola pedazos, introduciendo un extremo en el agua, iluminada por el incendio y arrastrando consigo los faroles, las velas y el cordaje.

Casi en aquel instante se oyó una detonación sorda en el vientre del inflamado barco. ¿Habría hecho explosión una parte de la pólvora?

El capitán lanzó un grito de angustia.

—¡Todos al agua!… ¡La pólvora! ¡La pó…!

No concluyó la palabra. Mientras algunos hombres, más ágiles que otros se lanzaban sobre la obra muerta, una explosión espantosa resonó en la superficie del mar.

Una llamarada gigantesca, lívida salió por la escotilla; el puente y los costados del velero se cuartearon con violencia indecible, y aquella masa flotante se elevó sobre las aguas.

Durante unos instantes, una enorme nube de humo ondeó sobre el océano; enseguida, una lluvia de fragmentos incandescentes cayó silbando en las olas, y el esqueleto de la nave reventada, invadida en un abrir y cerrar de ojos por el salobre elemento, desapareció en las profundidades del mar Zulú.

CAPÍTULO II. SOBRE EL PALO MAYOR

El «Liguria» había zarpado de Singapoore, el 24 de agosto de 1840, con rumbo a Agaña, la ciudad más populosa de las islas Marianas, llevando a bordo un cargamento de algodón elaborado para los principales comerciantes de dichas islas, una gran partida de armas y seis quintales de pólvora para las guarniciones españolas.

Aun cuando nueve años antes la nave estuviera varada en un astillero genovés, era todavía en aquella época un hermoso velero, de construcción sólida y de forma elegante, como lo son todos los barcos que se construyen en la Liguria, con un fortísimo espolón, y llevaba gallardamente su arboladura de bergantín.

El capitán Martín Talcone, uno de esos lobos de mar de la Riviera, lleno de audacia y de energía, adquirió el barco con sus ahorros, y verdadero descendiente del gran Colón, había emprendido las más lejanas y peligrosas navegaciones, pero también las mejor remuneradas del grande y pequeño cabotaje.

Compuesta la tripulación de escogidos marineros del Adriático y del Tirreno, realizó atrevidos viajes a la India, al Extremo Oriente y también al gran océano Pacífico, burlándose de las tempestades, de los tifones de los mares de China y de las peligrosas costas, llenas de escollos, de la Malasia y la Polinesia.

Durante nueve años recorrió con envidiable fortuna todos aquellos mares, acumulando grandes sumas, afrontando victoriosamente las iras oceánicas y las furias de los vientos, sin tener que cambiar su brava tripulación, de la cual no tenía la menor queja; pero en su penúltimo viaje la fortuna comenzó a abandonarle.

Aquella desgracia debía de serle fatal.

Dos de sus mejores marineros, cansados de aquel reposo prolongado, habían roto el contrato y se habían enrolado en otros barcos, así que, llegado el momento de ponerse de viaje, se vió en la necesidad de admitir a otros dos para completar la tripulación.

La mala suerte le hizo dar con dos marineros malteses, que desembarcaron unas semanas antes de un barco inglés. ¿Porqué habían dejado la nave que desde las costas del Mediterráneo los llevara a la costa de Malaca?… Nadie lo sabía, y el capitán Martín, que prefería a bordo marineros del Mediterráneo, y, siendo posible, italianos, no tardó en saber el motivo, tanto mas cuanto que el barco inglés zarpó del puerto tres semanas antes con rumbo a otros del Celeste Imperio. Pocos días después tuvo que arrepentirse de haber contratado a aquellos hombres. Apenas llegados a alta mar y fuera de la vista de la costa, los malteses comenzaron a insubordinarse.

Trabajaban lo menos posible; no cumplían por entero su cuarto de guardia, fuese diurna o nocturna; se rebelaban contra las ordenes del nostramo, primero; después contra las del segundo, y por último, concluyeron desobedeciendo al capitán.

Como debían detenerse en Varaimí para recoger una considerable carga de aceite alcanforado con destino a los isleños de las islas Marianas, decidió deshacerse allí de ellos; peor, ya cercanos al puerto de la capital de la isla de Borneo, los dos malteses, que hacia algunos días que parecían como arrepentidos, hicieron mil promesas, decididos a que los conservaran a bordo.

Precisamente en Varaimí fue donde el capitán Martín había tomado en calidad de pasajero a aquel hombre a quien hemos oído llamar señor Emilio, y que le había sido muy recomendado por el cónsul holandés.

Dicho pasajero no era holandés, sino italiano, como toda la tripulación. Nacido en Venecia, hacía algunos años que se había establecido en Borneo, donde había reunido una fortuna considerable traficando en alcanfor.

Antiguo oficial de marina, primero; después, explorador por cuenta del Gobierno de Holanda; últimamente, negociante riquísimo, se había embarcado para realizar por su cuenta algunas exploraciones en las islas del gran Océano.

Hombre instruidísimo, amable, tan enérgico como el capitán, había sido un buen compañero para todos, haciéndose querer de los marineros y de los oficiales.

La navegación había vuelto a reanudarse bajo los mejores auspicios, pues el mar estaba tranquilo y el viento era favorable.

Había perdido de vista el «Liguria» las costas de Borneo y atravesaba el mar Zulú, comprendido entre el vasto grupo de las islas Filipinas, al Norte y al Este; la larga isla Palaván, al Oeste, y los parapetos septentrionales de Borneo, cuando estalló a bordo una disputa violentísima por causa de los dos turbulentos malteses, y que más tarde debía de tener terribles consecuencias.

Como aquellos dos hombres se habían negado a tomar parte en la maniobra mientras el «Liguria» corría largas bordadas con viento contrario, un palarmitano de sangre caliente, cansado de ver a ambos bribones con las manos en los bolsillos, les había soltado un par de puñetazos.

Los dos malteses, más fogosos todavía que el siciliano, echaron mano a los cuchillos, y asesinaron a un marinero de Catania que había corrido en socorro de su compatriota.

El capitán atraído por los gritos de los combatientes, apareció sobre el puente, y descargándoles sabiamente dos palos en las costillas con una manivela de hierro, los derribó, los hizo trincar y los metió en la sentina, pensando en entregarlos a las autoridades españolas de Guam.

Parecía que todo había concluido, cuando una noche mientras el «Liguria» apenas se movía por efecto de una calma chicha que les sorprendió en medio del mar Zulú, los malteses que, por lo visto, poseían una lima, resolvieron escaparse del barco, embarcándose en la única chalupa que había quedado a bordo, y que según es costumbre en nuestras naves iba amarrada en la popa.

Pero esto no era todo: ambos miserables, para vengarse del golpe con el que el capitán los había tumbado, pusieron fuego a la despensa y a la carga de algodón.

Los lectores ya saben lo que sucedió después: la nave saltaba por los aires dos horas más tarde por efecto de la explosión de la pólvora, y la humeante cáscara se hundía bajo las tenebrosas ondas del mar.

* * *

Apenas cesaron los ecos que reproducían el ruido de la explosión y se apagó la lluvia de restos incandescentes, cuando, en medio del enorme remolino que había formado el barco al hundirse, se oyó una voz humana. Ya resonaba aguda y clara, ya medio ahogada, como si la persona que la emitía le invadiese el agua la garganta de cuando en cuando.

Una forma oscura se agitaba entre la espuma, y desaparecía un instante para volver a aparecer agitando enérgicamente los brazos.

¿Quién era aquél desgraciado que sobrevivía a la horrible catástrofe, mientras que, probablemente, los demás habían seguido a los profundos abismos del mar a la pobre nave?

La luz de la luna, que comenzaba entonces a levantarse sobre el horizonte, esparciendo sobre las aguas la plata fundida de sus rayos, permitió ver a aquél superviviente de la tremenda explosión.

Era un marinero, joven todavía, que tendría unos veintiséis o veintiocho años, con la tez muy bronceada, pronunciadas facciones, ojos negros y vivos, y negros también el pelo y la barba. Uno de esos tipos que se encuentran muy a menudo en las riveras de Levante o de Poniente de Liguria; verdaderos tipos de marineros llenos de fuego y de audacia.

Aun cuando apenas había escapado del horroroso peligro y aun se veía solo sobre aquel mar, en el que existían bastantes tiburones, muy comunes en las aguas de China y de la Malasia, parecía tranquilo, nadaba con sobrehumana energía, alzándose sobre las ondas para mirar en torno de si rápidamente, y entre una brazada y otra, gritaba:

—¡Ohé!… ¡Hacia este lado!

Sin embargo, nadie respondía a sus voces, sino el gorgoteo del agua, agitada todavía por el remolino que hiciera el bergantín al hundirse. Por lo visto, ¿perecieron todos los marineros y oficiales del «Liguria»? ¡Mil maldiciones sobre los miserables que habían ocasionado el incendio y la explosión!…

El marinero avanzaba siempre en busca de algún resto de la desgraciada nave que le ofreciese siquiera un punto de apoyo; pero la claridad de la luna, todavía no era suficiente para alumbrar la extensión del mar, y pensaba esperar a que se elevase más sobre el horizonte.

Por vigésima vez había gritado llamando, cuando le pareció oír a distancia otra voz.

Se detuvo anhelante, conteniendo la respiración, volviéndose sobre el dorso para mantenerse así sin tener que mover piernas ni brazos. Y escuchó con profunda ansiedad.

¡No, no se había engañado!… Delante de él, a unos trescientos o cuatrocientos metros, se oían voces.

—¡Compañeros! —exclamó, emocionado—, ¿conque no han muerto todos en la explosión?

Merced a un golpe de talones se irguió sobre una ola que iba a cubrirle y lanzó una mirada hacia delante.

Sobre las aguas argentadas por los rayos del astro nocturno le pareció distinguir una forma humana y una masa negruzca con antenas levantadas. Un grito se le escapó del pecho:

—¡Ohé!… ¡Ohé!… ¡Ayudadme, camaradas!

Una voz sonora, aguda, que venia de lejos, le contestó inmediatamente:

—¿Hacia dónde?

—¿Quiénes sois?

—Albani y Piccolo Tonno.

—¡El señor Emilio y el pequeño! —murmuró el marinero. Después, alzando la voz:

—¿Y el capitán?

—¡Desapareció!

—¿Habéis encontrado algún tablón?

—El palo mayor, ¡apresúrate!

El marinero nadaba siempre, y con mayor vigor, agotando las últimas fuerzas. Pero ya, a la lis azulada de la luna, distinguía perfectamente a sus compañeros, los cuales se sostenían a caballo sobre el palo mayor.

No distaba ya más del largo de un cable, cuando se le figuró oír detrás de sí un ruido y un suspiro ronco.

Se volvió rápidamente; pero no vió más que una estela de espuma que se alargaba describiendo un círculo.

—¿Algún cadáver que flota de espaldas? —se preguntó, volviendo a mirar.

Un grito que partió del palo mayor se escuchó en el silencio de la noche.

—¡Atención marinero!…

—¿Qué habéis visto?

—¡Tienes un tiburón a tus alcances!

—¡Gran Dios!…

—¿Llevas un cuchillo?

—El mío de maniobras.

—¡Sácale pronto! ¡Voy en tu socorro!

Se oyó el golpe de un chapuzón en el agua, y ésta saltó brilladora, Emilio había abandonado el palo y nadaba con afán hacia el marinero para ayudarle contra el ataque del hambriento escualo.

El nadador, presa de terrible ansiedad, sabiendo perfectamente con qué formidable enemigo tenia que luchar, se había detenido, encogiendo las piernas por miedo de sentírselas triturar de un momento a otro.

Sin embargo había sacado del cinto el cuchillo de maniobra, una especie de navaja española, afiladísima y como de medio pié de larga, arma poderosa en manos de un hombre resuelto. Ningún otro rumor oía; pero crecía su ansiedad por momentos, porque el escualo podía cogerle por debajo de las aguas y partirle en dos con un solo golpe de sus mandíbulas.

De repente vió emerger bruscamente y a menos de diez pasos una enorme cabeza, bajo la cual se habría una boca tan grande como un tonel sin fondo y guarnecida de varias filas de dientes triangulares.

—¡Socorro!… —gritó el desgraciado.

—¡No temas! —respondió una voz—; ¡somos dos para combatirlo!

CAPÍTULO III. ASALTO DEL TIBURÓN

El señor Albani, ex oficial de Marina, que debía ser un gran nadador, se había sumergido de improvisto detrás del escualo. La luna hacía brillar el cuchillo que tenía entre los dientes.

Dando una brazada se colocó detrás del monstruo en el momento en que éste se disponía a llegar al marinero, quien no se atrevía a moverse, pero conservaba el arma empuñada.

—¡No temas, Enrique! Si te asalta el escualo, llevará su merecido —dijo el señor Albani tranquilamente.

—¿Qué hay debajo? —preguntó el marinero que había recobrado el ánimo sabiendo que tenía a su lado un compañero valiente.

—La luna ilumina el agua y podremos verlo, espera.

Dio un chapuzón y miró rápidamente debajo del agua.

Volvió a salir y a mirar, y vió formarse a unos veinte pasos un remolino, que indicaba la inminente aparición de un cuerpo gigantesco.

—Lo tenemos a la espalda —dijo—. Ponte el cuchillo entre los dientes y a batirnos en retirada a toda prisa en dirección al palo.

—¿No nos veremos asaltados?

—No lo creo; encontrará numerosos cadáveres, sin que tenga que atacar a los vivos —repuso el señor Albani dando un suspiro.

—Pero ¿cree usted que todos hayan muerto?

—Lo creo; pero apresurémonos.

Se pusieron a nadar con rapidez, volviendo de cuando en cuando la cabeza para ver si los seguía el tiburón; pero parecía que el monstruo no pensaba ya en ellos.

Aparecía y desaparecía lanzando roncos suspiros; azotaba a intervalos el agua con la cola, levantando verdaderas olas; pero se mantenía a distancia. Probablemente había encontrado otra presa que no ofreciera peligro.

En pocos minutos ambos nadadores recorrieron la distancia que los separaba del palo sobre el cual se sostenía su otro compañero, a quien hemos oído llamar Piccolo Tonno.

Este último de los supervivientes era el grumete del «Liguria»: un muchacho de quince o dieciséis años, ágil como una ardilla, bien desarrollado y de rostro inteligente y burlón.

Tenía grandes ojos negros de forma de almendra; un perfil de una regularidad admirable, que recordaba el de la raza grecoalbanesa; una boca de mujer de labios muy rojos; las mejillas, un poco tostadas y llenas, y el pelo, negro.

El fallecido capitán Talcone le había embarcado. Le recogió casi muerto de hambre sobre la playa de Ischia. No conoció ni a su padre ni a su madre, y solamente se acordaba de haber pasado su niñez en compañía de un viejo pescador, con el que había vivido hasta que el pobre anciano expiró.

Solo en el mundo, había vagado a su capricho sobre la playa o en los campos de la isla, viviendo con los cangrejos que cogía y con la fruta que robaba por las noches, hasta que llegado el invierno, extenuado, no conservaba mas que la piel y los huesos, había caído medio muerto en la orilla del mar, donde el capitán, que había ido a ver a una parienta suya, le había encontrado.

Ubaldo, llamado Piccolo Tonno —tal era su nombre, pues jamás había tenido otro—, ayudó a sus compañeros a subirse sobre los restos del bergantín, tratando al mismo tiempo de que el palo no girase sobre si mismo.

—¡Auf! —exclamó el marinero, escurriéndose el agua que le había empapado la ropa—; media hora más y corro el peligro de irme a pique como una bala de cañón.

—Y de quedar partido en dos por aquel comedor de hombres; ¿verdad camarada? —dijo el mozo.

—Sin el señor Albani, no sé si a estas horas conservaría las piernas. Gracias, señor; no lo olvidaré nunca…

—Déjate de eso, Enrique —dijo Albani, interrumpiéndole–. Pensemos en el modo de salir de esta situación, que no es muy alegre.

—No pido otra cosa.

—¿No han oído un grito?

—Ninguno, señor, Yo creo que nuestros desgraciados compañeros han muerto todos.

—¡Pobre capitán y pobres marineros!… ¡Malditos sean aquellos traidores!…

—¡Dios los castigará! Aun cuando vayan en la chalupa, no deben de ir muy lejos, pues no llevaron víveres apenas.

—En la chalupa no había mas que una botella vacía; la vi ayer por la mañana cuando hizo pié la embarcación.

—¿No veis restos del barco? —preguntó el señor Emilio.

—No veo flotar mas que un tonel —dijo el marinero.

—¡Si al menos estuviese lleno!…

—Me parece que está vacío, porque se ve fuera del agua mas de la mitad.

—Sin embargo debe de haber restos del bergantín. Los penoles y el palo del trinquete por fuerza han de sobrenadar, y deben verse primero que otra cosa.

—¿Qué es lo que espera, señor?

—Que pueda haber algún náufrago que recoger.

—No lo creo —dijo el marinero, moviendo la cabeza—. Hubiera contestado a las llamadas mías y a las de ustedes.

—Los restos quedarán ya lejos, y… Pero ¿no le parece que estamos a mucha distancia del sitio donde ocurrió la catástrofe?

—Ciertamente, señor, se me figura que nos alejamos.

—Por fuerza nos lleva alguna corriente.

—También lo creo.

—Pues eso es grave.

—¿Porqué?

—Porque nos aleja de los restos del barco, mientras que, de otro modo, podríamos recoger madera suficiente para construir una balsa o encontrar un cajón o algún barril con víveres.

—Probemos a llamar, señor —dijo Ubaldo Piccolo Tonno—. Si se ha salvado algún compañero, trataremos de acercarnos a él o el procurará llegar hasta nosotros.

—Probemos, sí —dijo Albani.

Tres llamadas atronadoras despertaron los ecos del dormido mar.

—¡Ohé!… ¡Ohé!… ¡Ohé!…

Escucharon atentamente; pero ninguna voz respondió.

Volvieron a llamar con mayor fuerza; pero en vano; solamente el rumor de las aguas y los roncos resoplidos del escualo contestaron a los náufragos.

—¡Han perecido todos! —dijo el marinero—. ¡No vive nadie más que nosotros, pero perdidos en la inmensidad de este mar, y sabe Dios cuál será nuestra suerte!

—No desesperemos —respondió el señor Albani—; si Dios nos ha conservado la vida, no habrá sido para hacernos morir de hambre, de sed o en los dientes de un tiburón.

—Pero ¿cómo hemos podido salvarnos y huir de la catástrofe?

—Porque nos hemos arrojado al mar antes de que hiciese explosión el barco.

—Usted, sí, señor; pero yo, no —dijo Enrique—, iba a saltar por la amura de proa, cuando me sentí lanzado al aire en medio de una nube de humo y caer enseguida sobre las olas, mientras alrededor mío llovían fragmentos de madera abrasados. ¿Cómo he vuelto a la superficie vivo todavía? Yo no lo sé.

—Ha sido un milagro que no te haya matado un madero.

—Lo creo, señor. Pero ¿qué haremos ahora? ¿Llegaremos a vernos a salvo? ¿O nos estará reservada una agonía lenta y horrorosa?

El señor Albani no contestó; con la mirada fija en la luna, que seguía su curso en medio de un cielo sin nubes, parecía meditar profundamente.

¿Pensaba en el medio de salir de aquella apurada situación, que de hora en hora se hacía mas grave, o en las últimas palabras del marinero?

Sus compañeros, también pensativos y tristes, sosteniéndose a horcajadas sobre aquel resto del «Liguria», echaban inquietas miradas a la ilimitada extensión del mar, con la esperanza de ver aparecer en la argentada línea del horizonte alguna mancha oscura o algún punto luminoso que indicara la presencia de alguna nave salvadora.

—Escuchadme —dijo de repente el ex oficial de marina—. ¿Sabéis de algún modo preciso en qué punto se encontraba el «Liguria» en el momento del desastre?

—Al Este de las islas Zulú —respondió el marinero.

—¿Sabrías decirme a que distancia?

—Lo ignoro, señor. Cuando el capitán hizo el cálculo yo no estaba presente.

—Ni yo tampoco —dijo Piccolo Tonno.

—Deberemos estar a doscientas o trescientas millas de aquel archipiélago —dijo el señor Albani, como si hablase consigo mismo.

—Eso creo respondió Enrique.

—Una distancia enorme para que puedan recorrerla unos hombres que no tienen ni una canoa siquiera y que carecen de agua y de bizcochos.

—Sin contar —añadió el marinero— que el archipiélago Zulú está lleno de los piratas más terribles de la Malasia.

—Veamos —dijo el señor Albani—, ¿adónde nos llevará esta corriente, que nos aleja del sitio del desastre?

—Aguarde usted, señor —dijo el mozo—; tengo en el bolsillo una brujulita que me regaló el capitán.

Sacó el precioso objeto, lo expuso a los rayos de la luna y miró la aguja.

—Vamos hacia el Este —respondió.

—¿Hacia el archipiélago? —preguntó el marinero.

—Sí —afirmó el señor Albani.

—¿Qué velocidad cree usted que tenga esta corriente?

—Tendrá milla y media por hora.

—Suponiendo que se halle a una distancia de trescientas millas, ¿qué tiempo emplearemos en recorrerlas?

—Doscientas horas, ósea ocho días y ocho horas.

—¡Vientre de tiburón! —exclamó el marinero—. ¡Tanto da morir de hambre como con toda comodidad!

—Si no de hambre, por lo menos de sed —dijo el señor Albani—. Con los calores que siempre reinan en estos mares, no podremos resistir.

—¡Y ocho días sin pegar los ojos! —añadió Piccolo Tonno—. Se me figura que no vuelvo a ver ni a Ischia ni a Nápoles.

—Ni yo a papá Meslotti, el tabernero de la vía Sottoripa, mi buen amigo —dijo el marinero—. ¡Adiós Génova!…

—Hay tiempo todavía para morir, amigos míos —dijo el ex marino—. Cierto que este mar es poco frecuentado por los barcos; pero podríamos ser recogido por alguno o ir a parar a cualquier isla del archipiélago.

—Me parece que no estamos muy lejos del grupo principal, y quizás se halle próxima alguna.

—Por ahora no la veo, señor.

—No hace más de media hora que navegamos, Enrique. Espera a mañana o a pasado mañana.

—Pero no tenemos nada que comer, señor.

—En dos o tres días no se muere nadie de hambre.

—Pero ¿y de sueño? ¿Seremos capaces de resistir al sueño?

—Sujetas al palo hay algunas cuerdas y un pedazo de vela; cuando haga falta podemos fabricar una hamaca y suspenderla de los dos penoles o entre la cruceta y una antena.

—Es verdad —dijo el mozo.

—¡Chist! —dijo el marinero.

—¿Qué has oído? —preguntó Albani.

Detrás del árbol se oyó un chapuzón. Los tres náufragos se volvieron a un mismo tiempo y vieron una masa negruzca que emergía a pocos pasos de distancia, fijando sobre ellos dos ojos redondos, con las pupilas azuladas y el iris verde oscuro. Una boca semicircular y enorme se abrió para dar paso a un ronco gruñido mostrando una corona de dientes planos, triangulares, desordenados, que se movían como si gustasen por adelantado de la ansiada presa.

—¡Ese maldito tiburón todavía! —exclamó el marinero, palideciendo—. ¿Porqué no nos dejará?

—¡Cuidado con las piernas! —dijo Albani.

—¡Y con su cola! —añadió el mozo.

El escualo, que debía de haber ido siguiendo aquél resto de barco con la esperanza de que pronto o tarde, había de apoderarse de los náufragos, alargó la enorme cabeza hacia el palo, cual si se tratase de ver más de cerca de sus víctimas, y con un poderoso coletazo se alzó mas de la mitad sobre el agua.

Los tres náufragos, por un movimiento instintivo, pero sosteniéndose siempre a caballo en el árbol, se habían retirado hacia atrás, agarrándose al cordaje del penol de gavia, que se mantenía derecho, mientras la otra mitad iba sumergida.

—¡Teneos! —gritó Albani.

—¡Rayos!

—¡San Jenaro confunda a ese tragahombres!

El escualo iba a intentar el asalto por segunda vez, y con más ímpetu que la primera; pues aún cuando esos monstruos pesan quinientos o seiscientos kilogramos, están dotados de una agilidad extraordinaria. Con un golpe de la potente cola se lanzan a varios metros de altura fuera de las aguas; y una vez se vió a uno de ellos dar un salto tan grande, que tocó en la extremidad del penol del trinquete de un barco negrero para apoderarse de un cadáver que a propósito se había colocado en aquél sitio. Los ojos del tragahombres indicaban un ardiente deseo, y su boca, desmesuradamente abierta, aparecía iluminada con esa luz fosforescente y siniestra que todos sus similares proyectan durante la noche. Se sumergió un momento como si quisiera tomar mayor empuje, y se lanzó, saliendo por completo del agua; pero en vez de hacer presa en los náufragos, que se arrojaron con rapidez al mar, atravesó por encima del palo y cayó del otro lado, enredándose entre los brazos del penol, el cordaje y las astillas flotantes. Casi al mismo tiempo se oyó gritar a Piccolo Tonno:

—¡Un hacha! ¡Un hacha!

CAPÍTULO IV. ¡TIERRA!… ¡TIERRA!…

¿Le había vuelto loco el miedo o sus ojos habían visto, efectivamente, un hacha?… El marinero y el señor Albani, que se habían subido a toda prisa en el árbol, buscaron a su compañero, y le vieron correr, manteniéndose derecho mejor que un equilibrista japonés, hacia la extremidad del tronco, bajarse rápidamente y hacer esfuerzos desesperados, como si quisiera arrancar un objeto profundamente adherido al árbol.

—¡Eh, tú, Piccolo Tonno! —gritó el marinero.

—¿Quieres que te trague un tiburón?

—¡Un hacha!… ¡Un hacha!… —repetía el mozo, redoblando sus esfuerzos.

—Pero ¿dónde está? —Preguntó el señor Albani.

—Aquí, clavada en el palo.

—¿Un hacha ahí?…

—Si, señor Albani.

—¡Escapa, mi Piccolo Tonno! —gritó el marinero—. ¡El tiburón va a volver a acometernos!

El mozo reunió todas sus fuerzas, y con un tirón irresistible arrancó el hacha. Se enderezó, gritando de júbilo, y se la llevó a l señor Albani.

El escualo, desembarazado de ya de las cuerdas que le habían aprisionado bajo la aletas triangular del penol, volvió hacia el árbol para intentar un tercero y, probablemente más peligroso salto. Nadó como unos diez o doce pasos para distanciarse de los náufragos, se sumergió y, renovando el coletazo, se arrojó hacia delante, y fue a caer precisamente sobre el palo, que se hundió bajo aquel enorme peso.

El marinero y el joven cayeron al agua; pero el ex marino se estuvo quieto, sujetándose enérgicamente con las piernas, y rápido como un relámpago, levantó el hacha y la dejó caer con desesperada violencia sobre el escualo que le pasaba por delante.

Resonó un golpe sordo y un chorro de sangre saltó en el aire.

El monstruo agitó furioso la potente cola, rompiendo con un golpetazo el penol del papahigo, que se destacaba en alto, y desapareció, dejando tras sí un remolino de espuma.

—¿Ha muerto? —preguntaron el marinero y el muchacho, que habían ganado la superficie.

—No lo creo; pero supongo que tiene bastante por ahora, y que no tendrá ganas de volver a atacarnos —respondió Albani.

—¿Y el hacha? ¿Se ha perdido?

—No, Enrique; es un arma demasiado preciosa para no conservarla.

—Pero ¿cómo pudo quedar ese arma clavada en el árbol?

—Creo que era la que tenia el nostramo, me acuerdo de que cuando, picado el mástil, se vino abajo, se alejó precipitadamente para que no le aplastase el penol de la gavia.

—¡Pero que no se haya podido matar al escualo!

—Te digo que no se atreverá a volver.

—Me figuré que había muerto. Por lo menos habríamos tenido carne en abundancia.

—Más coriácea que la de un mulo viejo.

—Pero a falta de otra mejor, nos hubiera servido, señor Albani. ¡Oh!…

—¿Sucede algo más todavía?

—Se levanta la brisa.

—Y sopla de Poniente —dijo el muchacho.

—¡Eso es bueno! —exclamó Albani—. Nos llevará mas deprisa hacia el archipiélago Zulú.

—¡Una idea, señor!

—Habla, Enrique.

—Ahí está el pedazo del penol del papahigo, roto por la cola del escualo.

—Bueno, ¿y que quieres decir con eso?

—Que no faltan cordeles ni vela.

Efectivamente; ¡apresurémonos, amigos!

Sin pérdida de un momento, los tres se pusieron a trabajar, pues sabían por experiencia que en aquel clima cálido las brisas nocturnas cesan al levantarse el sol.

Retiraron el penol roto, que estaba sostenido por una cuerda, y lo rizaron, sujetando una extremidad entre la cruceta, la cual en cierto modo, les servia de verga. Lo aseguraron con pedazos de cuerdas; sacaron del agua la vela de la gavia, y sirviéndose del pequeño palo como de antena, la desplegaron lo mejor que pudieron, tratando de extender lo más posible su extremidad inferior.

La brisa, que soplaba con gran regularidad, era bastante fresca, y no tardó en hinchar la lona; y el palo comenzó a enfilarse hacia el Este, dejando tras de sí una ligera estela.

No seguía una línea derecha, como puede imaginarse, derivando con frecuencia por falta de timón o, por lo menos, de un remo, pero avanzaba siempre, a lo que le ayudaba la corriente.

Los tres náufragos, que ya tenían la escota largada, se alegraban ya de aquella carrera, cuando vieron aparecer de improviso al escualo.

—¡Todavía! —exclamó el marinero, tendiéndole el puño—. No quiere dejarnos ese condenado tragahombres. ¿Necesitará que le hundan el cráneo para hacerle renunciar a esta caza encarnizada?

—Tiene hambre —dijo Albani— y cuando tienen apetito esos monstruos, siguen su presa con increíble constancia.

—¿Sin embargo de haberle acariciado como lo ha hecho?

—¡Bah! Tienen una vitalidad extraordinaria, y como no se les hiera en el corazón o en el cerebro, no mueren. Añade a eso que somos náufragos, y que cuándo persiguen el resto de un barco o de una balsa, no lo dejan ya, porque están seguros de que más tarde o más pronto, han de apoderarse de la presa.

—En ese caso, ¿espera que una tempestad estalle y deshaga este árbol en el que vamos?

—Sin duda, Enrique.

—Afortunadamente no está el tiempo para cambiar, al menos por ahora.

—Y si cambiase, ya nos encontraremos entonces muy cerca de las islas Zulú, y allí ya no debemos temerle.

—¡Ah!… ¡Si ese tiburón acercase su cabeza al árbol!…

—Déjale que nade a su gusto, Enrique. Te aseguro que no ha de inquietarte. Ocupémonos de que nuestra lona vaya tirante.

La brisa nocturna se mantenía constante, y aún tendía a aumentar, aún cuando faltaban pocas horas para la venida del día.

El casco, que mantenía aún su estabilidad por efecto del tonel y del trozo de castillo, que le servían como de balancín, seguía avanzando con una velocidad de dos o tres nudos, ganando terreno hacia Levante.

Por su parte la corriente le ayudaba, facilitando la carrera.

Habían transcurrido otras dos horas cuando Piccolo Tonno que se ponía frecuentemente de pie para abarcar mayor horizonte, esperando divisar algún punto luminoso que le indicase la presencia de algún barco, señaló algunos pájaros que se dirigían hacia el Este.

—¿Son pájaros costeros? —preguntó Enrique.

—Está demasiado oscuro para que se les pueda distinguir —respondió Albani, que los miraba con gran atención—. Por su vuelo pesado no me parecen procelares ni costeros.

—¿Se hallan siempre muy lejos de las costas esos animales?

—Ordinariamente si, porque se encuentran hasta a quinientas o seiscientas millas de las islas y de los continentes.

—Entonces, aquellos pájaros que huyen hacia Levante, ¿serán del archipiélago?

—Pueden ser aves emigrantes, amigo mío, y dirigirse Dios sabe adónde.

—¡Señor! —exclamó en aquel momento el muchacho con voz llena de emoción.

—¿Qué es? —preguntó Albani.

—¡Allí!… ¡Allí!… ¡Mirad!

—¿Adonde?

—¡Delante de nosotros!… ¡Póngase en pié!…

Albani y el marinero, se apresuraron a obedecerle, y vieron que a gran distancia emergía en el horizonte una masa oscura, la cual se destacaba sobre las aguas que iluminaba la luna.

—¡Una isla!… —exclamó el marinero con voz sofocada.

El ex marino no contestó. Levantada la cabeza y con la vista fija, miraba con profunda atención aquella masa negruzca, que se parecía vagamente a la cresta de una montaña.

—¿Una isla? —repitió el marinero con ansiedad creciente.

—Si —respondió al cabo el veneciano—. ¡No!… No podemos equivocarnos; aquello es tierra.

Dos gritos de alegría salieron de los pechos de ambos marineros.

—¡Viva! ¡Gracias a Dios, nos hemos salvado!

—Si —repitió Albani, que seguía mirando—. ¡Tierra! ¡Aquello es tierra!…

—¡Déjeme que el abrace, señor Albani!… —gritó el marinero, que parecía loco de alegría.

—Sin embargo es preciso no caerse —dijo, riendo el veneciano—. El tiburón nos sigue todavía.

—¡Ya no le temo!

El marinero le echó los brazos al cuello, y después volviéndose hacia el muchacho:

—¡Un abrazo también a ti, mi Piccolo Tonno!… —dijo.

—¡Vaya!… Me haces abandonar la escota.

—Volveremos a cogerla después.

Y el expansivo marinero estrechó también al mozo contra su pecho.

El casco continuaba enfilando directamente a la isla, empujándole precisamente el viento, que era favorable.

La cresta de la montaña parecía erguirse por instantes sobre el horizonte. ¿Qué tierra sería aquélla, que allí surgía casi de un modo inopinado? ¿Era una isla perteneciente al archipiélago Zulú y habitada, o era una escollera desierta de las que abundan en aquellos mares? Por el momento les importaba muy poco a los náufragos el averiguarlo; les bastaba con poder saltar a tierra para descansar y apagar las sed pues estaban seguros de que encontrarían un poco de agua, o, por lo menos, fruta.

Albani, en pié cerca del penol del papahigo, miraba con atención creciente al picacho, que se destacaba a cada instante con más limpieza sobre el horizonte, el cual comenzaba a clarear con la proximidad de la aurora. Parecía como si quisiera adivinar a que tierra pertenecía.

—¿Divisa usted algo, señor? —preguntó el marinero, que no podía permanecer callado.

—Nada —respondió el veneciano.

—¿Ni un punto luminoso?

—No.

—¿Parece grande esa isla?

—No me lo parece.

—¿Estará desierta?

—Te lo diré cuando hayamos desembarcado.

—Yo la preferiría deshabitada, señor —dijo el muchacho.

—¡Guasón! ¿Cómo te arreglarías para procurarte víveres si no tenemos un fusil?

—Tenemos un hacha y dos cuchillos.

—¡Qué miserables Robinsones!… Crusoe tenía por lo menos, armas de fuego y la despensa de la nave.

—No la echaremos de menos.

—Quiero verte en la prueba.

—Veo las escolleras de la isla —dijo en aquel momento el marinero.

El señor Albani y el muchacho, ayudándose a sostenerse mutuamente en equilibrio, se pusieron en pié.

La isla no distaba ya más de cinco o seis millas, y se distinguía perfectamente.

No parecía grande, pues su frente se extendía tan solo unas cuantas millas al Este y al Oeste, y el monte tendría una elevación de trescientos o cuatrocientos metros, formando cerca de la cumbre dos puntas dentelladas como si fueran dientes.

Delante de la playa se veían sobresalir masas oscuras, probablemente escolleras coralíferas, y alrededor deshacerse el agua en espuma en un largo espacio.

—Debe de ser violenta la resaca —dijo el marinero—; pero aproaremos lo mismo, Piccolo Tonno, deja ir la escota, Andaremos más.

La brisa, que había aumentado en lugar de disminuir, daba en la vela con cierta violencia, imprimiendo bruscas sacudidas a la extraña embarcación. La superficie del mar, tranquila hasta entonces, comenzaba a romper, y se formaban largas olas, que corrían de Levante a Poniente.

A las cuatro de la mañana, cuando a la primera luz del alba principiaban a palidecer los astros, los tres náufragos llegaban ante la primera escollera de la isla.

La resaca se hacía sentir con violencia; las olas y las contraolas chocaban furiosas, rompiéndose y elevándose con gran estruendo y cubriéndose de espuma.

El casco sacudido por todas partes, bailaba desordenadamente, y amenazaba arrojar al agua a los náufragos. Ya se habían caído el penol y la vela por efecto de las sacudidas.

De repente el palo tocó; se había encajado en la arena de un bajo fondo.

—¡Al agua! —gritó el señor Albani.

El marinero metió el cuchillo en el cinturón y abandonó el árbol. Esperó a que pasara la ola de la resaca y se lanzó hacia la playa, deteniéndose delante de una especie de caverna, en la cual el agua se precipitaba con largos mugidos.

Sus compañeros le habían seguido corriendo.

CAPÍTULO V. LOS MONSTRUOS DEL OCÉANO

A primera vista, aquella parte de la isla no ofrecía paso alguno para subir o bajar a la costa, pues los acantilados eran muy altos y casi cortados a pico.

Por el momento, el único refugio estaba en aquella caverna que, seguramente habían socavado las impetuosas olas.

Ni a derecha ni a izquierda se veía trozo alguno de tierra lo suficientemente espacioso para que los náufragos pudieran sentarse, y mucho menos tumbarse a descansar.

Aun cuando entraban las olas en la caverna, el marinero entró también, por sí al cabo encontraba dentro algún sitio, por pequeño que fuese, que les permitiera dormir.

Esperó a que la oleada saliese, y al punto se dirigió atrevidamente al interior, seguido por el señor Albani y el muchacho; pero de repente se hizo atrás dando un grito de terror y de sorpresa.

Algo semejante a un brazo muy grueso, que apenas se distinguía a la pálida luz diurna que penetraba hasta allí por la boca de la gruta, le había cogido estrechándole por la mitad del cuerpo.

Al pronto, el marinero creyó que era un brazo humano, pero enseguida se dio cuenta de su engaño; delante de él brillaban dos ojos grandes, redondos, fosforescentes, los cuales le miraban de tal modo, que parecía como que querían fascinarle.

El marinero era animoso; pero encontrarse frente a frente con aquél monstruo envuelto por la semioscuridad, con las olas que rugían alrededor suyo, amenazando con arrastrarle, y con aquel brazo que le estrujaba de un modo terrible, sintió que se le paralizaba la sangre y que se le erizaba el cabello.

—¡Señor Albani! —gritó con voz ronca.

—¿Qué te sucede? —preguntó el veneciano, que no había podido ver nada todavía por encontrarse detrás de él.

El marinero no pudo contestar, Aquel brazo le apretaba con tal fuerza, que le ahogaba, produciéndole un dolor agudísimo en los riñones, cual si le chupasen la sangre.

Sin embargo aún tuvo alientos. Hizo un esfuerzo desesperado; extrajo el cuchillo del cinto, y, con un tajo rápido cortó por entero aquel miembro, que tan extraordinaria fuerza tenía.

El veneciano corrió entonces en su socorro, empuñando el hacha. De un solo golpe de vista se hizo cargo del formidable adversario con que tenía que luchar.

—¡Atrás! —gritó.

El marinero giró sobre sus talones, lanzándose hacia la salida de la gruta; pero otros dos brazos le aferraron tratando de levantarle, mientras tres brazos mas caían sobre su compañero.

—¡Ah… canalla! —gritó, furioso, Albani.

No obedeciendo mas que a la rabia de que estaba poseído, comenzó a luchar cuerpo a cuerpo contra aquellos dos grandes ojos que brillaban en la oscuridad, tirándoles hachazos desesperados, mientras el marinero agitaba como un loco el cuchillo y se lo hundía al monstruo en todas partes.

De repente se sintieron acariciados por una inundación de un líquido denso que despedía un fuerte olor a musgo, y los brazos que los sujetaban cayeron inertes.

Medio sofocados, buscaron a tientas la salida, en la cual se había detenido el mozo gritando como un poseído.

—¡Rayos de Génova! —exclamó el marinero corriendo a meterse en las olas—. ¿Qué será lo que me ha dejado ciego?

—¡Pero está usted inundado de tinta! —gritó el chico—. ¿Qué es lo que ha sucedido?

—¡Espera para que me lave!… ¡Infame Bribón! Estoy tan perfumado como un caimán.

El veneciano por su parte, se había lanzado al agua, y se frotaba vigorosamente la cara, el pelo y la ropa.

—Pero ¿qué es lo que les ha sucedido? —repetía el mozo, que miraba lleno de miedo, hacia la caverna.

—¡Auff! —exclamó por fin el marinero, mirando a los peñascos—. ¡Era tinta de primera clase!…

—Pero ¿han luchado ustedes con tinteros? Preguntó el muchacho, que ya reía a carcajadas.

—No; contra un tintero solo. Pero si tú lo hubieras visto, muchachito mío, no te hubiera quedado una sola gota de sangre en el cuerpo… ¡Qué brazos!… ¡Qué ojos!… Si me aprieta un poco más, te aseguro que me hace echar los intestinos por la boca.

—Entonces, ¿era un pulpo formidable?

—Enorme.

—¿Y lo han matado?

—Así lo creo.

—Por lo visto, estaba en esa gruta como en su casa.

—Precisamente, Piccolo Tonno.

—¡Ay!… ¡San Jenaro, socórreme!

—¿Qué es?

—¡Oh! ¡El monstruo… el horrible monstruo!

—¡Rayos!… ¡Él todavía… señor Albani!

Albani, que acababa de lavarse en aquel momento, ganó rápidamente la orilla, pero se detuvo en el acto.

De la caverna marina salía el monstruo que hacía un instante los acometiera, tratando de volver al mar.

Aquél calamar gigantesco daba miedo, era de enormes dimensiones, pues debía de pesar mil kilogramos, blancuzco, casi gelatinoso; con brazos de seis metros por lo menos de largo, provistos de un número grande de ventosas, destinadas a chupar la sangre de sus víctimas; con un pico tremendo, formado por una sustancia córnea, que se parecía en la forma al de los papagayos, y con dos ojos grandes, aplastados, de glaucos colores.

Avanzaba penosamente por la falta de los tres brazos, y trataba de aprovechar las olas que la resaca enviaba a la caverna.

—¡Huid! —gritó el señor Albani.

Sobre el flanco derecho de la gruta se desarrollaba una fila de pequeños escollos, ligados unos con otros con bancos de arena, que la baja marea había dejado al descubierto, y que iban a parar al pié de otro parapeto de roca.

Afortunadamente, el calamar gigante no parecía dispuesto a una segunda batalla, sino a meterse en el mar. Esperó a que una nueva ola llegase hasta cerca de la caverna, y cuando la vió retirarse se dejó llevar por ella.

Durante algunos instantes se vieron sus brazos agitándose entre la espuma, y enseguida la masa entera desapareció en el agua.

—¡Buen viaje! —gritó el marinero, respirando libremente—. ¡Rayos!… ¡Que feo era!… ¡No he visto otro semejante nunca!…

—Los cefalópodos son siempre extraños —dijo Albani.

—¿Esos monstruos se llaman cefalópodos?

—Sí, Enrique.

—¿Y son peligrosos?

—Tienen tal fuerza en sus brazos o tentáculos, que pueden descoyuntar al hombre más robusto. Añade a eso que donde aplican las ventosas y si no hubieses estado vestido lo hubieses sabido a tu costa.

—Pero ese maldito, con las mutilaciones que le hicimos, no podrá vivir.

—No creas tal cosa, amigo mío. Los cefalópodos tienen la vida dura, y para matarlos es preciso herirlos en el corazón o, mejor dicho, en los corazones, puesto que tienen tres.

—Pero ha perdido tres brazos, señor.

—Volverán a salirle con el tiempo.

—¿Qué dice usted?… ¿Volverán a crecerle los brazos?

—Sí; dentro de siete años. Pero dejemos ir al cefalópodo y tratemos de escalar esta muralla de peñas. Allá arriba veo árboles que nos prometen fruta, si no me engaño.

—Señor, somos marineros y espero que hemos de poder subir.

El sol comenzaba a despuntar, iluminando el mar y la isla. Levantando la vista hacia la elevada muralla rocosa, los náufragos distinguieron perfectamente moles enormes de árboles cubiertos de grandes hojas, en medio de las cuales asomaban gruesas frutas espinosas de forma un poco alargada.

—Si no me engaño, son «duriones» —dijo el señor Emilio—. Será un poco difícil hacer caer esa fruta; pero quizá haya alguna en el suelo que podamos recoger.

Se pusieron a mirar con detenimiento la roca; pero era tan lisa en la base, que no ofrecía ni el más pequeño saliente ni intersticio al cual pudiera agarrarse un gato ni una mona. Tan solo a los cuatro metros de altura comenzaban las arrugas de la peña, las raíces y los raigones, los cuales podían servir de escala y de asidero.

—¡Cuerpo de…! —exclamaba el marinero, que se rompía inútilmente las uñas contra aquella pared lisa y dura—. Qué ¿no hemos de poder llegar hasta allá arriba?

—Con paciencia llegaremos —dijo el señor Albani—. ¿Dónde están los restos del barco?

—Están en la arena, cerca de la caverna —respondió el muchacho.

—Ve corriendo a cortar una de las cuerdas del árbol.

El muchacho se fue hacia la caverna, y al poco tiempo volvió tirando del grueso cable embreado.

—Ahora vamos a hacer una escala humana —dijo el veneciano—. Tú, Enrique, apóyate en la roca; yo me subo en tus hombros, y Piccolo Tonno en los mis llevando consigo el cable.

—¿Serás capaz de subir? —preguntó el marinero al muchacho.

—Me basta con meter un pié y una mano en cualquiera de aquellas hendiduras —respondió Piccolo Tonno.

—¡Adelante entonces!

El marinero se apoyó contra la roca, encorvado su torso robusto, es señor Albani se le subió de un solo brinco, y enseguida el muchacho, que se había liado la cuerda al cuerpo, gateó con la agilidad de una ardilla, agarrándose a una raíz, y poniendo el pié desnudo en una grieta.

—¿Estás? —preguntó el marinero.

—¡Ya! —respondió el mozo.

El señor Emilio saltó a tierra y miró hacia arriba.

Piccolo Tonno gateaba sobre el flanco de la roca con seguridad y con sorprendente rapidez, cogiéndose fuertemente a las raíces y a las rugosidades y aprovechando el mas pequeño relieve y las más leve hendidura.

A los pocos instantes llegó con felicidad a la cumbre de la gran roca.

—¿Qué es lo que ves? —le preguntó el marinero con impaciencia.

—Muchos árboles y cañas enormes.

—¿Hay cabañas? —preguntó a su vez el señor Emilio.

No veo ninguna.

—Ata la cuerda y, después arroja el cabo.

—Qué, ¿hay algo todavía?

—Veo monos.

—No valen lo que el «glupin»; pero por ahora, bastará con ellos para calmar nuestros estómagos —dijo el marinero—. Echa la cuerda, muchachillo.

Piccolo Tonno ató una punta de la cuerda una roca y arrojó el otro extremo, que cayó en el agua.

—Usted, señor Albani —dijo Enrique.

Albani agarró el cable y comenzó a subir con una ligereza que demostraba lo familiarizado que aquel hombre estaba con los ejercicios gimnásticos, reuniéndose al mozo. Éste seguía asombrado con la vista a algunos pájaros de espléndido plumaje, los cuales revoloteaban alrededor de los árboles.

Aquella parte de la isla, cuyo acantilado era tan alto, parecía ser muy accidentada y como si fuese la última pendiente de la montaña, la cual se erguía a menos de una milla de distancia del mar.

Dicho terreno iba en marcha ascendente, formando ondulaciones muy acentuadas; estaba cubierto de espesos boscajes, que trepaban por los flancos del monte.

Veíanse entrecruzarse ramas de árboles de todas las especies, tan juntos crecían. Unos eran altísimos; otros anchos y bajos; otros nudosos y retorcidos, y todos cubiertos por plantas trepadoras, que los decoraban con los más pintorescos festones que pueden imaginarse.

Muchos pájaros de especies diversas volaban acá y allá, escondiéndose entre las hojas de los árboles más espesos, en tanto que sobre las peñas de la costa revoloteaban bandadas de golondrinas, gaviotas y otras aves acuáticas.

En aquella parte no se vislumbraban trazas de habitantes; ni una canoa, ni una cabaña. Ni humo que delatase la presencia de seres humanos. En cambio veíanse numerosos simios, de los llamados narigudos («Nasalis lardatus»), de cómica fisonomía con la nariz larga y gruesa y la punta redonda y rosada, como la de los borrachos, muy ocupados en entrar a saco en la fruta de los árboles.

—¿No hay habitantes, señor? —preguntó el marinero, reuniéndose con Albani.

—Hasta ahora, no —respondió éste.

—¿Y algo que poner entre los dientes tampoco?… Le aseguro que un apetito formidable y que daría un año de vida por una sopera de aquel «giupin» que tan deliciosamente sabía hacer papá Merlotti.

—Y yo dos por un plato de macarrones con tomate —dijo el mozo.

—Por ahora os contentareis con la fruta de estos «duriones» —respondió sonriendo, Albani.

—¿Es buena siquiera? Preguntó el marinero.

—La mejor y más nutritiva de todas las frutas; pero…

—¿Hay un «pero»?

—No sé si sabréis dominar el mal efecto del ingrato olor que exhalan.

—¡Ta, ta!… ¡Son la fruta más exquisita y tienen un perfume que no todos pueden soportar!… ¿Qué especie de fruta es ésa entonces?

—Ya te lo he dicho: deliciosa.

—Aunque sea alquitrán, yo la comeré —dijo el muchacho—. Tengo vacío el estómago, y me reclama con imperio la comida.

CAPÍTULO VI. LOS ROBINSONES SUIZOS

Cerca de un pequeño altozano había un grupo de árboles elevadísimos, de gruesos troncos y perfectamente lisos, que le cubrían a una altura de sesenta o setenta palmos con sus espesas hojas.

Caídas a los pies de aquellos colosos veíanse gruesas frutas, del volumen de la cabeza de un hombre, pero de forma oblonga y cubiertas por una cáscara verdosa amarillenta llena de agudas y finísimas puntas de varios centímetros de largo.

Algunas estaban cerradas y enteras; pero otras presentaban una hendidura, por la que salía un olor nada agradable, pues se parecía mucho al que exhala la masa de los quesos podridos o del ajo pasado. Al través de aquella abertura se veía una pulpa blancuzca que parecía sabrosa.

—¡Que olor! —exclamó el marinero acariciándose la nariz y haciendo una mueca—. Parece que este árbol produce queso de Gorgonzola un poco pasado.

—O «Cacio Caballo» podrido —agregó el mozo.

—¡Vaya! —exclamó el veneciano—; os ofrezco la mejor y más delicada fruta de la flora malasiana, y ya comenzáis a protestar.

—Señor, esas frutas serán exquisitas; pero huelen de tal modo que su olor es capaz de hacer huir a un perro.

—Y yo te digo, Enrique, que meterían el diente enseguida, y con mucho gusto a la pulpa de esa fruta todos los perros del mundo, pues tiene sabor, más que de sustancia vegetal, de sustancia animal. ¡Vamos, no te hagas el melindroso!

El señor Albani mondó uno de los frutos, utilizando el hacha para no herirse las manos con aquellas púas peligrosas; después extrajo la pulpa, haciendo saltar las gruesas semillas que envolvía una ligera película.

—Comete esa pulpa —dijo ofreciéndosela al marinero—. Si el olor te incomoda tápate las narices.

El marinero aún cuando tenia sus dudas acerca de la exquisitez de aquella fruta, se puso un pedazo en la boca, y contra todo lo previsto se la tragó con avidez.

—¡Que delicia! —exclamó—. Es mejor que la crema más delicada y perfumada de las mas preciadas frutas de nuestro país. ¡Come, Piccolo Tonno; como!… Los helados de tu bella Nápoles no resisten la comparación.

El muchacho, animado con estas palabras, se tapó la nariz y trincó un bocado.

—¡Quién diría que esta fruta tan pestilente había de ser tan buena!… —exclamó—. ¡Más, señor Albani; todavía más!

Como abundaba la fruta y poseían el hacha, los náufragos la abrían enseguida. Habituáronse pronto a aquél olor ingrato, y se dieron un atracón con la tierna y delicada pulpa.

—Pero ¿no se comen también las semillas? —preguntó el marinero.

—Si —repuso Albani—; se asan como las castañas, y tienen casi el mismo sabor.

—Señor Albani, hagamos una recolección de esas frutas.

—Se pasan muy pronto, Enrique y no vale la pena; además, esto es sustancioso hasta cierto punto. Es preciso encontrar otra cosa más sólida.

—¿Sólida? ¿Carne? ¿Cree que haya animales a propósito para ser asados ene esta isla?

—Y ¿porqué no? Encontraremos babirusas, tapires, simios y también animales peligrosos: tigres, por ejemplo.

—¡Tigres!… ¡Demonio!… ¡Y nosotros, que no tenemos más que un hacha y dos cuchillos! No sé qué nos sucedería si nos acometiese uno de esos animales. Me parece que no es muy brillante nuestra situación.

—Sentaos y escuchadme, amigos míos —dijo Albani—. Yo no sé a que isla hemos arribado; pero creo que es una de las que componen el archipiélago Zulú, y que está deshabitada.

Puede ser que me engañe; pero temo que estemos destinados a hacer vida de Robinsones, y a emprender una verdadera lucha, que tendrá grandes dificultades.

Como este mar es poco transitado por las naves, y como estamos lejos de la ruta que siguen ordinariamente los veleros que van de las islas de Sonda a las Filipinas, no creo que tengamos tan pronto ocasión de que nos recojan, y quizá nos veamos precisados a estar aquí largo tiempo.

Afortunadamente, si esta isla parece deshabitada, en cambio es muy rica en plantas, y la flora malasiana puede proveer, a quien sepa aprovecharse de ella, de mil cosas suficientes para cubrir las necesidades de la vida.

No hay que desanimarse; se trata de trabajar, y si Dios nos protege, espero que podré haceros pasar, sin temores ni sufrimientos, todo el tiempo que tengamos que estar aislados ene esta isla.

Somos los más pobres de los Robinsones; porque los otros, comenzando por Selkirk, el maestro y concluyendo por el héroe de Daniel de Foe, todos poseían, por lo menos, armas de fuego y mil cosas utilísimas que llevaban en sus navíos naufragados; pero con entereza y con voluntad, no tendremos que envidiarlos.

Entretanto, amigos míos, pensemos en construir un cobertizo en el que guarecernos, que es lo que más nos urge. Con el tiempo fabricaremos armas, porque los fusiles…

—¿Armas?… —exclamaron a la vez los dos marineros—. Pero ¿donde va usted a encontrarlas?

—A su tiempo lo sabréis —repuso Albani— después buscaremos pan.

—¡Pan también!…

—Sí, amigos míos; y os aseguro que el horno que construyamos tendrá mucho trabajo.

—¡Rayos!

—¡Terremoto del Vesubio!

—Después vendrá el resto. Tendremos vino, aceite, luz, vajilla, etc. Conozco la flora malasiana, y se las cosas indispensables que para la vida puede producir. La Naturaleza se encargará de darnos todo lo necesario.

—¡Es usted un grande hombre, señor! —exclamó el marinero.

—No he hecho nada aún para merecer esos elogios —repuso sonriendo Albani—. He viajado bastante, especialmente por la Malasia, y me aprovecharé de todo cuanto he aprendido en mis excursiones. ¡A trabajar amigos!… Es preciso tener donde cobijarse antes de que llegue la noche.

—Pero todavía no hemos bebido, señor —dijo el marinero—. Y yo tengo gran deseo de pagar las sed abrasadora con unos cuantos tragos de agua.

—He aquí una planta que te dará un agua muy exquisita —repuso el veneciano—. La naturaleza comienza a ofrecernos pródigamente lo que tiene.

Se habían acercado a una especie de liana muy ramosa, que trepaba por un «durión», formando graciosos festones; el señor Albani empuñó el cuchillo del mozo.

—Preparaos a beber —dijo.

Con un golpe seco seccionó la liana, y de los dos extremos cortados se vió caer enseguida un agua limpísima.

—¿No será venenosa, señor? —preguntó el marinero, temeroso.

—No, hombre desconfiado; bebe sin miedo y con comodidad, que hay para todos.

Enrique y el muchacho aplicaron los labios, cada uno a un extremo de la liana, y bebieron ávidamente; después dejaron el puesto al señor Albani, que no quiso beber primero.

—Efectivamente, es agua, señor —dijo el marinero—. ¿Qué especie de planta es esta que hace las veces de fuente?

—Los habitantes de la Molucas la llaman «aier» pero es poco conocida por los naturalistas europeos; Solamente Rusufio y nuestro compatriota Rienzi, el valeroso explorador de estas regiones, la han señalado. Pero es muy común y los isleños utilizan el agua que contiene cuando escasea en los depósitos de los torrentes.

Además, la fruta de esta liana contiene mucho jugo acuoso.

—¡Que planta tan extraña! —Exclamó Piccolo Tonno.

—Ya encontraremos otras que también nos darán agua. Seguidme amigos…

—¿Adónde nos lleva?

—En busca de los materiales para nuestra cabaña. Ved allí una plantación de bambúes con cañas robustísimas y fáciles de transportar, que nos servirán a maravilla.

—Y los restos del barco ¿no pueden servirnos?

El veneciano se detuvo ante aquella pregunta.

—Es verdad —dijo—. Tenemos el cordaje, las velas y las astas de hierro del penol, que podemos emplear en muchos usos. Es preciso que traslademos todo eso a tierra antes de que la marea se lo lleve mar a dentro. Esta noche nos contentaremos con una tienda de campaña.

Volvieron hacia la playa, buscando una salida que les permitiese bajar al mar, y la encontraron a doscientos pasos de la gran roca. Allí, el acantilado descendía suavemente, formando una pequeña cala o ensenada, dentro de la cual podría abrigarse cómodamente un barco pequeño, pues estaba defendida por una doble línea de escolleras.

Se arremangaron los pantalones, encontrando sumergidos los bancos arenosos que costeaban el acantilado; así, pues, se dirigieron hacia la caverna, delante de la cual hallaron todavía embarrancado el palo y los restos a él adheridos.

Se pusieron enseguida al trabajo, para recoger todo lo que podía serles necesario. El maderaje era inútil, habiendo como había, tanta abundancia en la isla, y, sobre todo, bambúes, que se prestaban mejor que nada a la construcción de la cabaña; pero, en cambio, se apoderaron de las cuerdas, de los cables y de los cordeles, que habían de serles muy útiles, así como de todo el herraje de los penoles, especialmente de la barra de apoyo de los gavieros y de las velas, que eran tres: la de la gavia, la del papahigo y la del contrapapahigo.

—Nos servirán para hacernos hamacas y vestidos —dijo el veneciano—. La tela se halla todavía en buen estado.

—Pero nos faltan las agujas, señor —dijo el muchacho.

—Ya encontraremos el modo de fabricarlas.

—¿De acero?

—De acero, no, pero hay ciertas espinas de pescado que servirán lo mismo.

—¿Lo dice en serio? —preguntó Enrique.

—En serio, marinero incrédulo, los habitantes del Norte, los esquimales, por ejemplo, ¿piensas que tienen agujas de acero? No; se sirven de huesos de pescados, y nosotros les imitaremos.

—¿Y el hilo?

—Nos lo darán las velas. Aún cuando estoy seguro de que encontraremos árboles que también nos lo darán. La «arenga sacarífera» produce una sustancia algodonosa, que los malasianos utilizan como yesca, y que se puede hilar.

—Usted, señor Emilio, es un hombre milagroso. Sabe encontrarlo todo aún en una isla desierta.

—Si, pero que tenga árboles, —contestó, riendo, el veneciano—. Ahora, volvamos al acantilado.

Cargaron con una parte de los objetos recogidos y volvieron al grupo de los «duriones», cerca del cual pensaban acampar hasta que encontrasen otro sitio mejor.

Después de descansar un poco, bajaron de nuevo y se llevaron lo restante.

A juzgar por la altura del sol, eran las cuatro de la tarde. Hallándose demasiado fatigados para comenzar nuevos trabajos, con la vela de la gavia, que era muy grande, y con algunas ramas de árbol improvisaron una tienda cómoda, e hicieron una recolecta de leña seca para mantener encendido el fuego toda la noche, por temor a una visita peligrosa de parte de los habitantes de cuatro patas que había en el bosque. Por fortuna, les era fácil encender una hoguera, pues el marinero encontró en uno de los bolsillos, la piedra de chispa y la yesca, que conservaba en una cajita metálica, juntamente con la pipa; objeto inútil ya, ¡ay de mí!, faltando el tabaco.

Aquella noche, la cena fue muy escasa; pero hubo que contentarse con ella. El menú era sencillísimo. Cangrejos de mar asados en los carbones, ostras pequeñas y fruta de «durión», regado todo con un trago de agua de otra liana que encontraron cerca de la plantación de bambúes.

—¿Quién hace el primer cuarto de guardia? —preguntó Albani—. Porque no es prudente que nos durmamos todos, no sabiendo que animales se ocultan en los bosques, y que hombres habitan esta isla.

—Lo haré yo —dijo el marinero.

—Cuidado con dejar apagar el fuego.

—No tenga cuidado.

—Y si ves una cosa sospechosa, llama enseguida.

—Duerma tranquilo.

El señor Albani y el muchacho se deslizaron bajo la tienda, mientras el marinero se colocaba cerca del fuego con el hacha en la mano.

CAPÍTULO VII. EL TIGRE

Nada hacía sospechar que aquella noche, la primera pasada por los náufragos en la costa de la isla desconocida, dejase de transcurrir tranquila, pues no se escuchaba rumor alguno hacia la parte de los bosques que se extendían en dirección de la montaña, cuya masa dibujábase claramente sobre el estrellado cielo.

Sin embargo, el marinero, no seguro del todo con aquel silencio, vigilaba atentamente, pues no ignoraba en las regiones chinomalasianas son numerosos y formidables los animales que viven en los cañaverales y en las selvas.

A cada momento atizaba el fuego, única muralla que podía defenderlos contra una agresión, pues era muy poca la eficacia de un hacha en caso de verse acometidos. Así pensando, aguzaba la mirada, dirigiéndola bien hacia la plantación de bambúes bien hacia los grandes árboles, y al propio tiempo escuchaba atentamente.

Llevaba vigilando hacía dos horas, cuando oyó, y no a mucha distancia, un grito ronco semejante al maullido de un gato, pero muchísimo más poderoso que el que emiten estos animales.

El marinero se levantó escapado, arrojando en torno suyo una ojeada de inquietud. La nota gutural, breve, sonó otra vez: era el grito del tigre.

—¡Mil terremotos! —exclamó palideciendo—. He ahí un vecino peligroso de veras, y que estaría muy bien en casa del señor Belcebú… ¡Si se acerca, no sé si nos servirán hacha y cuchillos para impedirle que nos devore…! ¡Si tuviéramos una lanza…! ¡Ta, ta…! ¿Y porqué no…? ¡La cosa parece posible!

Sus ojos se habían posado sobre la leña recogida para alimentar la hoguera, y en medio de la leña divisó dos bambúes jóvenes y como de dos o tres metros de largo; cañas muy ligeras, es verdad, pero de una resistencia a toda prueba; como que los javaneses y los indios hacen de ellas las astas de sus picas.

—Esto es lo que se me ocurre para tener una buena arma, y superior al hacha.

Cogió una de aquellas cañas, la despojó de las hojas, sacó de un bolsillo un cordel, y en un momento sujetó con gran solidez su cuchillo en la extremidad de aquella asta.

Apenas había terminado la operación, cuando vió salir de una espesa mata una sombra que avanzaba hacia el fuego con gran lentitud, y en cuyos ojos brillaban reflejos verdes. La sombra se alzaba y se bajaba hasta tocar la tierra con el vientre; después se detenía, como si estuviese indecisa o ventease, se estiraba como un gato y agitaba su larga y fina cola.

Sin embargo parecía como que no tenía gran prisa por acercarse al sitio del fuego, acaso por respeto a éste, que iluminaba con rojos resplandores las plantas vecinas.

—¿Es un tigre o un gran gato salvaje? —se preguntó el marinero, cuyas inquietudes aumentaban—. ¡Demonio…! La cosa se pone seria, me parece que vale la pena ir a tirar de las piernas a los compañeros.

Se deslizó rápidamente bajo la tienda y sacudió vigorosamente a Albani y al muchacho, diciendo:

—¡Salid enseguida!… ¡Nos amenaza un gran peligro!

—¿Quién…? ¿Qué es lo que sucede? —preguntó el ex marino, frotándose con fuerza los ojos.

—Creo que se trata de un tigre, señor.

—¿De un tigre? ¡Salgamos!

Cuando salieron al descubierto, vieron al animal tranquilamente acurrucado a unos treinta pasos del fuego.

Ya no había posibilidad de equivocarse, viéndole a plena luz. Era un verdadero tigre, pero de raza malasiana, más pesado, mas bajo de patas y menos elegante que los tigres reales de Bengala.

Los del archipiélago de Sonda tienen el pelo mas largo y más espeso, los vientos menos desarrollados y el pelo de los costados y del vientre, más ralo.

Son tan feroces como los otros; pero infunden mas miedo, porque tienen una mirada tan falsa y tan amenazadora que hace daño verla, ordinariamente les cuelga la lengua, y llevan baja la cola.

La fiera, al distinguir a los dos hombres y al muchacho, había alzado la cabeza y lanzado un gruñido que nada bueno pronosticaba; pero no se levantó. Solamente agitó la cola, batiendo con ella la tierra convulsivamente, como si estuviese inquieta o en la inminencia de un acceso de cólera.

—Es un vecino muy peligroso —dijo el señor Albani, quien no parecía muy asustado.

—¡San Jenaro nos proteja! —murmuró el mozo, dando diente con diente.

—¿Qué debemos de hacer? —preguntó el marinero que había perdido el color del rostro.

—Estemos tranquilos —repuso el veneciano—; no se atreverá a acercarse al fuego.

—¿No nos atacará?

—No lo creo; pero no os mováis, porque estos animales, tan temibles si se creen amenazados, no asaltan si no se los excita.

—¡Y nosotros sin un fusil…, sin una pistola siquiera…! Señor Albani, es preciso encontrar el modo de fabricar armas antes de nada o nos comerán los tigres.

—Después de la cabaña vendrán las armas, y os prometo que han de ser más formidable que los fusiles.

—Pero ¿dónde va usted a encontraras?

—A su debido tiempo lo sabrás, y…

—¡Chist, señor! —interrumpióle el mozo.

Del lado de la plantación de bambúes se había oído un ruido de hojas, como si un animal grande tratase de abrirse paso. El tigre había vuelto la cabeza hacia aquellas gigantescas cañas; después se levantó agitando la cola con rapidez.

—Qué, ¿se acerca otro tigre? —preguntó el marinero.

—O alguna presa —dijo el veneciano—. ¡Que sea bienvenida!

—¿Para el tigre?

—Y para nosotros también, porque así se llevará este vecino incómodo.

Las cañas seguían agitándose, las hojas susurraban, y el feroz tigre redoblaba mas su atención.

De pronto, una gran sombra apareció en el borde de la plantación, y después de una breve duda se dirigió hacia el fuego, como impulsada por una gran curiosidad.

Las tinieblas eran demasiado densas para que se pudiera distinguirle bien; pero por su forma se asemejaba a un tapir o a una babirusa, animales ambos muy comunes en el archipiélago chinomalasiano.

Aquel animal estaba ya a cien o ciento veinte pasos, cuando dijo el marinero:

—¡Mirad al tigre!

El felino se había retirado rápidamente, y sin hacer el menor ruido, detrás de una fila de arbustos, y avanzaba de un modo silencioso, pegándose, como quien dice, contra la tierra.

De pronto, se detuvo, se recogió sobre sí mismo, y se lanzó, describiendo una larga parábola, hasta caer con precisión matemática sobre el dorso del otro animal.

Se oyó un mugido agudo, seguido del grito gutural del felino; después se vió luchar a ambos adversarios durante algunos instantes, y caer uno sobre otro.

—¿Han muerto los dos? —preguntaron el muchacho y el marinero.

—No —repuso Albani—; el tigre está desangrando la presa.

—¡Canalla! —exclamó el marinero—. ¡Ah, si tuviese ahora un fusil…!

—¡Míralo; ya se levanta! —dijo el mozo.

En efecto; el formidable felino, después de haber bebido la sangre caliente de la víctima, se había levantado. Dio dos o tres vueltas en rededor de la presa, la cogió por la nuca, y, a pesar de que era mucho más grande que él, le clavó los dientes y la arrastró hasta el centro de la plantación de cañas para devorarla tranquilamente.

—¡Que aproveche! —dijo el muchacho.

—¿Y qué nos deja a nosotros? —preguntó el marinero.

—Así que esté satisfecho y haya aplacado el hambre, se marchará, sin preocuparse de lo que le sobre. Tengo la seguridad de que mañana he de encontrar una buena parte del desgraciado animal. Idos a dormir amigos míos, Ahora me toca a mi cuarto de guardia.

—¿No volverá el tigre?

—No lo espero; mas si hubiese peligro, os llamaré.

Los dos marineros se metieron bajo la lona de la tienda y el veneciano se sentó cerca del fuego, después de haber echado sobre las brasas más leña seca.

El resto de la noche transcurrió sin más alarmas. Albani y Piccolo Tonno oyeron bufidos de tigres, gruñidos y silbidos que procedían del interior de la selva, lo que indicaba que aquella isla debía ser muy abundante en animales salvajes de toda especie, y también de animales peligrosos. Urgía, pues, edificar pronto una sólida cabaña para no correr el peligro de verse asaltados, o de pasar las noches en continua alarma.

—Amigos míos, vamos a trabajar —dijo el veneciano tan pronto como despuntó el sol—. Es preciso que tengamos donde guarecernos antes de que llegue la noche.

—Pero no nos olvidemos de la carne que haya dejado el tigre, señor Albani —dijo el marinero—; porque si seguimos comiendo fruta, no podremos mover los pies.

—Con un poco de paciencia, nos procuraremos todo, Enrique. Recuerda que estamos desprovistos de todo, que somos los más pobres de los Robinsones, y que debemos principiar por lo más preciso. Dentro de un mes, espero que no te oiré quejarte.

—Es muy largo un mes, señor. ¿No sabe que comienzo a sentir la falta de pan?

—Dentro de muy pocos días lo tendrás en abundancia.

—¿Lo dice usted en serio?

—En serio; pero antes tenemos que construir el horno, y por ahora prefiero tener una cabaña.

—¡También un horno! Mucho hay que trabajar antes de que poseamos cuanto nos hace falta para nuestra existencia.

—¡En marcha!

Dejaron la tienda, y armados con la lanza y el hacha se dirigieron se dirigieron hacia la plantación de bambúes, que era muy grande y costeaba un pantano desecado, pero que todavía conservaba alguna humedad.

Veíase en aquella plantación varias especies de bambúes. Había «tuldos» que son los mayores, y que en treinta días solamente alcanzan una altura de quince a veinte metros y un grueso de treinta centímetros; había «valcuas», llamados por los indígenas «balcasbans», también muy altos, pero más delgados; había «huimes», conocidos así mismo por el nombre de «hauertgintgink», armados de espinas corvas y cubiertos de hojas muy estrechas; había bambúes salvajes, llamados «tebateba», torcidos y espinosos; y, por último, veíase también la especie más gigantesca y gruesa de todas, pues generalmente alcanza una elevación de treinta metros y una circunferencia de metro y medio a dos metros, pero son las cañas menos sólidas de todas.

—Aquí tenemos cuanto necesitamos por ahora —dijo el veneciano—. No podéis imaginaros qué de cosas utilísimas pueden ofrecernos estas plantas.

—Esas cañas —exclamó el marinero con aire de incredulidad— me parece que para lo que más que nos servirán será para construir la cabaña.

—Te equivocas Enrique; y te diré más: te diré que pocas plantas existen que sean tan preciosas y útiles como éstas.

—Tengo curiosidad por saber para qué otras cosas podrán servirnos.

—Comencemos por los brotes si te parece. ¿Te gustan los espárragos?

—¡Los espárragos!… ¿Qué cosa hay más deliciosa?

—¡Vamos…, te gustan mucho! —Le interrumpió el señor Albani—. Pues bien: los brotes tiernos de estas cañas, cocidos en agua, se parecen en el sabor a nuestros espárragos.

—¡Vaya, usted bromea!

—Ni mucho menos; cuando tengamos una marmita y aceite, te los haré comer.

—¡Aceite!… —exclamaron los marineros, estupefactos—. ¿Pero aquí cree usted encontrar aceite de olivas?

—De olivas, no, porque no crece en este país; pero lo encontraré de otra clase.

—¡Es usted un hombre milagroso! —exclamó Enrique.

—De estos bambúes, especialmente de los comunes, se puede extraer azúcar, o mejor dicho una materia azucarada, que los indios llaman «tabascir».

—¡Terremoto de Génova!

—Calla, marinero, La semilla de bambú común la comen como el arroz en muchos pueblos de Indochina.

—¿Arroz también?

—No es eso todo, con las hojas y los tallos, rajados a lo largo y en tenues tiras, metidos en agua, machacados y mezclados con algodón, se obtiene un papel que usan mucho los chinos. Con las cañas abiertas por la mitad, se hacen conductos de agua o canalillos para regar los campos; también se construyen tejas, o se hacen cabañas tan sólidas como ligeras, astas para lanzas, escalas y empalizadas; y las cañas espinosas sirven para construir formidables muros, ante los cuales se detienen los asaltantes, sean quienes quieran. Con las hojas se hacen paneras, estuches, etc. ¿Es preciso un recipiente? Basta con cortar un bambú por encima y debajo de los dos nudos y se tiene un barril admirable, donde se conserva muy bien el agua. ¿Se quiere una barca? Se corta un bambú gigante se le tapan a la caña las extremidades, o se le conservan los nudos de popa y proa, y tenéis una soberbia chalupa. ¿Qué más quieres que te den estas plantas?

—Efectivamente; esas cañas son maravillosas, señor —exclamó el marinero—. ¡Que utilidad reporta saber estas cosas! ¡Yo no hubiera hecho ni un bastón con estas cañas, y son de tantas aplicaciones! ¿Bastará con esos bambúes para que tengamos todo lo que nos hace falta?

—No, Enrique; no basta. En los bosques encontraremos otras plantas más preciosas, que nos proveerán de lo que éstas no puedan darnos. Basta; vamos a trabajar, amigos.

CAPÍTULO VIII. LA CABAÑA AÉREA

Los tres hombres se pusieron a trabajar, cortando un gran número de bambúes, especialmente de los más altos; pero también muchos espinosos, pues el señor Albani quería construir un recinto para defenderse mejor de los asaltos de los tigres, y que pudiera servir al propio tiempo para encerrar los animales que pensaban domesticar.

En tierra las cañas, el marinero y el muchacho comenzaron a transportarlas a la playa, que daba frente a la pequeña cala, pues habían escogido aquel lugar para levantar la cabaña, Mientras tanto el señor Albani, armado con la lanza, se internaba en la plantación, en busca de los restos de la presa que la noche anterior hiciera el tigre.

Debía pensar también en otra cosa, porque de cuando en cuando se detenía, dejaba la lanza y examinaba el terreno con profunda atención, escarbando aquí y allá, haciendo agujeros, algunos bastante hondos. Parecía como si quisiera darse cuenta de la calidad del terreno sobre el cual crecían las gigantescas cañas.

Llevaba ya largo tiempo haciendo agujeros, cuando se detuvo delante de un pequeño estanque lleno de agua, que había en lo mas interno de la plantación.

Examinó el fondo, pues el agua era limpia y cristalina, y se levantó, murmurando varias veces:

—¡Creo que he encontrado mi marmita!… Esta agua no la ha absorbido el terreno, y esto es señal de que bajo la capa de tierra hay otra impermeable —se arremangó la camisa y metió el brazo desnudo en el agua, removiendo la tierra del fondo. Excavó durante algunos minutos, examinando siempre el fango que cogía, hasta que extrajo una materia grisácea, ligeramente crasa—. ¡Arcilla! —dijo, con cierta satisfacción—. No me había engañado; he encontrado mi marmita.

Continuó excavando, cogió mas arcilla, hizo con ella una pelota grande, y la guardó en un ancho saquete. Después continuó internándose en la plantación, siguiendo una especie de sendero lleno de bambúes inclinados y rotos, que seguramente rompió el felino al arrastrar su presa y al abrirse paso. Al cabo de diez minutos llegó a un pequeño claro, en medio del cual, y a la vista, estaba caída una gran osamenta, semidevorada y llena de sangre.

—¡Cuidado! —murmuró, esgrimiendo la lanza—. ¡El tigre puede estar cerca!

Olfateó varias veces el aire para darse cuenta, por el olor salvaje que exhalan dichas fieras felinas, de la presencia de ellas, y avanzó cautelosamente, mirando adelante, a derecha e izquierda.

La presa muerta por el tigre era una babirusa, animal tan grande como un ciervo adulto, cuya carne, excelente, tiene un gusto muy parecido a la del jabalí. Adherida a los huesos, había carne todavía carne bastante para satisfacer el hambre de diez hombres.

Cortó un buen pedazo, que pesaba varios kilogramos y enseguida abandonó aquel lugar peligroso, temiendo que le sorprendiese el felino, el cual debía de estar dormitando en los alrededores.

Cuando salió de la plantación, el marinero y el mozo se llevaban los últimos bambúes.

—Señor, ¿ha encontrado usted la comida? —preguntó Enrique.

—Sí, amigo mío; y también cazuelas.

—¡Cazuelas!… Vaya, ¿quiere usted divertirse a nuestra costa?

—No he dicho que las haya encontrado hechas ya, en disposición de ponerlas en el fuego; pero traigo arcilla con que fabricarlas.

—Pero ¿usted es la Providencia en persona, señor? Mi Piccolo Tonno, tu comerás el «giupin», ¡terremoto de Génova!, y te chuparás los dedos.

—¿Y los macarrones, señor Albani?… ¡Ah! ¡Lo que daría por comer un plato de ellos! Mejor que el «giupin».

—¡Eh tunante! No desprecies el «giupin» —exclamó el marinero.

—No vale lo que los macarrones —replicó el mozo—. Quisiera poder prepararte un plato de ellos a mi modo, apuesto a que te comerías el plato inclusive, marinero.

—¡Cosas de napolitano!

—¡Lava del Vesubio! ¡Despreciar los macarrones! Tú pierdes la cabeza, marinero.

—¡Te digo que el «giupin»…!

—¡Los macarrones!

—¿Habéis concluido? —preguntó riendo, el señor Albani, viéndolos defender con tanto ardor sus platos favoritos—. Estáis discutiendo por los macarrones y por la sopa a la marinera, y no podemos hacer ni un plato ni otro, pues ni aún tenemos recipientes en qué guisarlos. Calmaos, muchachos, y pensemos en construirnos la casita antes que nada.

—Creo que tiene usted razón, señor Albani —dijo el marinero—. Hablamos de osas que están muy lejos, o que quizá no tendremos nunca.

—Con el tiempo…, ¡quién sabe!

—¿Espera usted que pueda comer la sopa?

—Y los macarrones también, probablemente.

—¡Ah señor! —exclamó el mozo con la mirada muy alegre.

—Basta; vamos a la playa.

El marinero y el muchacho cargaron con los últimos bambúes, y se dirigieron hacia la costa, mientras el señor Albani se encaminaba hacia un espeso grupo de árboles, de los cuales prendían numerosas cuerdas vegetales, que tenían una largura extraordinaria.

—He aquí cuerdas para atar nuestras cañas —murmuró—. Todo lo tenemos a la mano.

Aquella especie de lianas eran «rotang», fibras muy resistentes, que pertenecen a la familia de las palmas, muy comunes en todo el archipiélago indomalasiano. Son trepadoras, y de un grueso de pocos centímetros; pero son las más largas, pues llegan a tener muy cerca de trescientos metros.

Duran mucho, aún metidas en el agua, por cuya razón los habitantes de Malasia, los javaneses y otros se sirven de ellas para ligar las trabazones de sus pequeños veleros.

Cortó varias, y enseguida se volvió con sus compañeros para dar comienzo al instante a la construcción de la cabaña, pues quería que antes que llegase la noche pudiese estar la fábrica de modo que los pusiese a cubierto de un ataque del tigre o de otros animales de su especie.

Para poder trabajar con mayor rapidez, hizo primero una larga escala, utilizando cuatro larguísimos bambúes y otros delgaditos para los travesaños; después trazó sobre el terreno las cuatro líneas de un rectángulo perfecto, que debía servir de base a toda la cabaña.

—Trabajemos los dos, Enrique —dijo—. Y tú, Piccolo Tonno, ve entretanto a traer los «rotang» que he cortado.

Escogió treinta bambúes de la especie gigante y los hizo cortar de modo que todos tuviesen el mismo tamaño, distribuyéndolos enseguida a lo largo de las líneas del rectángulo, mientras el marinero, subido en la escalera, los cruzaba en su mitad, atándolos sólidamente con las cuerdas de «rotang» que trajera el muchacho.

Así que aquella operación se concluyó, todos los bambúes representaban otras tantas X, cuyas bases o extremos inferiores estaban fortísimamente introducidos en el suelo, en tanto que los extremos superiores debían servir para recibir las traviesas de sostenimiento del piso de la cabaña. Hecho esto, se regalaron con un trozo de babirusa asado por el muchacho, y volvieron a la tarea con actividad febril, trabajando entonces ya encima de los bambúes.

A las cuatro de la tarde estaban unidas entre sí todas las puntas por medio de traviesas. Entonces comenzaron a llenar los vacíos, colocando los bambúes más gruesos para formar el pavimento de la cabaña aérea, reforzándolo todo con fuertes ligaduras.

Cuando concluían de colocar el último bambú, los sorprendió la noche.

—¡Basta! —dijo el señor Albani, que estaba empapado en sudor—. En esta jornada por ser la primera, hemos trabajado, hasta si se quiere, demasiado, y es preciso no extremar los esfuerzos. Por esta noche nos contentaremos con dormir a cielo descubierto.

—Es una construcción admirable, señor —dijo el marinero, que estaba orgulloso de su tarea.

—Sólida, ligera y segura.

—¿No la asaltarán los tigres?

—Estamos a doce metros del suelo, y no creo que de un salto puedan llegar hasta nosotros —dijo el ex marino.

—Pero… ¿y la cocina? ¿No se incendiará la cabaña encendiendo fuego aquí encima?

—Podemos construirla con piedras, pero prefiero fabricarla en el recinto, Enrique.

—¡Ah!… Entonces ¿levantaremos una empalizada?

—Sí; es necesaria para nuestros animales.

—¿Para cuáles? —preguntó estupefacto, el marinero.

—Para los que cojamos; y construiremos también una pajarera.

—Que podamos cazar cuadrúpedos, pase; pero pájaros… ¿Va usted a fabricar redes?

—Redes, no; pero tendremos liga. He visto un árbol que nos dará la que necesitemos.

—¡Fuego de Júpiter! Ya comienzo a creer que voy a engordar en esta isla desierta… ¡Cuántos Robinsones nos envidiarían! ¡Y decir que hemos desembarcado con una triste hacha y dos cuchillo!… Señor Albani, si usted realiza todas sus promesas, yo no abandono ya esta isla aun cuando vengan a buscarme diez navíos.

—Espero que dentro de un mes no te faltará nada.

Aquella noche, la cena fue muy poca cosa, pues no habían tenido tiempo ni de procurarse alguna fruta; pero se resignaron. Conversaron un poco, levantaron la tienda encima del pavimento de la cabaña y se durmieron profundamente.

Ningún acontecimiento les interrumpió el sueño. El tigre había vuelto; pero no se atrevió a asaltar aquella habitación, que debía de ofrecer, por lo menos de noche un aspecto formidable.

A la mañana siguiente, apenas salió el sol, se pusieron a la tarea con nuevo ahínco. No siendo ya la ayuda del mozo, pues se habían fijado sobre la plataforma todos los bambúes del esqueleto, le mandaron a la playa a que hiciese recolección de ostras, cangrejos, y, si era posible, de huevos de pájaros, pues habían descubierto numerosos nidos de volátiles.

Durante la mañana, Albani y el marinero levantaron los pies derechos de las paredes y colocaron las traviesas del techo, que debía ser a dos aguas, y aún prepararon cierto número de tejas, abriendo por la mitad algunos bambúes de un volumen determinado. Entre tanto el muchacho no perdió el tiempo, pues hizo una gran provisión de crustáceos, ostras y también de huevos de aves marinas, que había encontrado entre los las rocas de la costa. Así mismo, llevó varias especies de naranjas, conocidas por los malasianos con el nombre de «giaruk», algunas de las cuales son tan grandes como la cabeza de un niño, producto del «citrus docunanus», que también conocen los indígenas con el nombre de «bua kadarigsa».

Aun en pleno mediodía prosiguió el trabajo. El veneciano y el marinero cubrieron el techo con las tejas de bambú, sobreponiéndoles anchas y largas hojas de plátanos, traídas por Piccolo Tonno; enseguida construyeron las paredes, entrelazando cañas y hojas, reservándose reforzarlas más tarde con bambúes más resistentes, para, en un caso dado, poder resistir y hacer frente a un ataque violento, bien fuese por parte de las fieras, bien por parte de los hombres.

Faltaba por construir la empalizada; pero, como por el momento no era precisa, decidieron levantarla más adelante, y ocuparse entonces de las armas, porque habían notado numerosos rastros de grandes bestias en aquellos contornos. Como se encontraban demasiado cansados para emprender una marcha a través de la isla, pues el señor Albani dijo que antes tenía que buscar un árbol que no había visto en los alrededores, emplearon el día tercero en fabricarse la vajilla. No se habían olvidado de la arcilla. El previsor italiano la conservaba guardada en la sombra, entre el césped, en un lugar húmedo.

Fue en busca de la arcilla, la mojó bien, y se puso a moldear una especie de marmita, que le salió un poco deforme, es verdad, pero suficiente para su objeto; después hizo otras dos cazuelas más pequeñitas y, por último, tres platos.

Tres horas después, los náufragos del «Liguria» utilizaban aquellos cacharros juntamente con cucharas y tenedores de palo, hechos por el marinero con la madera de la «nipa» especie de palma que crecía cerca de la costa, y que es sumamente dura. Aquel día tuvieron caldo, el primero que tomaban en la isla, pues habían tenido la suerte de cazar, con una pedrada certera, una cacatúa negra, que se escondía entre las hojas de un arbusto espinoso. Los Robinsones comenzaban a estar satisfechos.

CAPÍTULO IX. LOS ÁRBOLES DEL VENENO

Apenas cesaban los gritos estridentes de las aves nocturnas, los náufragos abandonaban la cabaña para ir en busca del árbol que había de proporcionarles las armas que necesitaban.

Todavía luchaban las sombras de la noche con la luz diurna, que invadía rápidamente el espacio, tiñendo las aguas del mar con reflejos perlinos y plateados, y que a toda prisa se convertían en lumbres de oro.

Aun volaban pesadamente algunos pájaros, llamados por los malasianos «kuleng», y por los naturalistas «pteropus edulis», pájaros feísimos, que tienen el cuerpo del tamaño de un perro mediano, y cuyas alas miden, desplegadas ambas, un metro o un metro treinta centímetros. Pero ya entre las ramas de los árboles comenzaban a saltar bandadas de papagayos, de espléndidas plumas, y numerosos y admirables «chirnancus albos», del tamaño de los pichones, con el pico largo y finísimo, las plumas negras con reflejos verdes hasta la mitad del cuerpo, y la parte posterior de éste más blanco que la nieve, terminando en dos largas plumas rizadas; «epimachus especiosus», del grosor de un halcón común, con las plumas negras, que parecen de seda, de un esfumado de indefinibles cambiantes, con largas colas de más de medio metro, finísimas y tornasoladas de oro, graciosos «cicinnurus regius», del tamaño de nuestros tordos, con la plumas del lomo rojo brillante y bordeadas de plata, con un collar verde dorado, el pecho blanco, y dos gruesos moños rosáceos y verdes bajo el cuello.

Todos estos bellísimos pájaros volaban sin manifestar temor alguno, acercándose algunas veces a los náufragos como si no temiesen nada de aquellos hombres, lo cual indicaba que nunca habían visto ninguno.

Transpuesta la plantación de bambúes, Albani, seguido de sus compañeros, se dirigió al centro de un bosque, cuyos árboles tenían casi unidos los troncos, haciéndose difícil el paso a través de la espesura.

Las ramas y las hojas de aquellas plantas se cruzaban y entrecruzaban de un modo indescriptible, e impedían que la luz llegase hasta el suelo, mientras que miles y miles de «rotangs» se enroscaban alrededor de los troncos, o se tendían largamente sobre los arbustos y el césped, o pendían, lanzando festones y verdaderas redes, contra cuyas mallas era impotente algunas veces el hacha.

La flora indomalasiana, ten rica y tan varia, parecía haberse reconcentrado en aquella floresta, lo cual hacía creer que su extensión alcanzaba a la isla entera.

Allí había plantas que hubiesen provisto de mil cosas utilísimas a los pobres náufragos; pero el señor Albani no se ocupaba en aquellos momentos de nada, ni se detenía delante de aquellas, ni respondía a las preguntas de sus compañeros, quienes a pesar de sus escasos conocimientos de la flora, habían descubierto mangos y cocos y otras frutas deliciosas.

De repente, el veneciano dejó oír un grito:

—¡Por fin!

Estaban en el borde de una pequeña plazoleta o campo, en medio del cual se levantaba aislado un árbol de más de treinta metros, de tronco derecho y sin nudo alguno hasta unos dos tercios de la altura total, y cubierto por un follaje de color verde sombrío.

En un radio de treinta o más metros no se veía ni un vegetal y las pocas plantas que allí crecían, aparecían como enfermas, con las hojas amarillentas, como si la vida fuese penosa al lado de aquél solitario.

—No os descubrías al acercaros —dijo Albani.

—¿Por qué motivo, señor? —preguntó el marinero.

—Porque las emanaciones de este árbol os producirían una jaqueca aguda.

—¿Qué clase de árbol es ése?

—Uno de los más venenosos que existen: es el «bahon upos».

—Viremos de bordo, señor.

—Al contrario, Enrique. Esta es la planta que yo buscaba para la fabricación de nuestras armas.

—Que, ¿quiere usted sacar veneno de ese árbol?

—Sí, y te aseguro que es activísimo.

—En Java yo había oído hablar de este «upas», y también en Sumatra.

—Lo creo.

—¿Va usted a envenenar las flechas con su jugo?

—Sí, Enrique.

—Pero ¿cómo vamos a arreglarnos para extraer el veneno?

—Como lo hacen los salvajes de Borneo; ahora verás.

El veneciano había llevado consigo una cazuelita y una caña de bambú, cortada por el centro y aguzada por un extremo. Cogió el hacha, y con ella hizo en el tronco una incisión profunda, introduciendo la caña. Debajo puso la cazuelita, y enseguida se retiró a la espesura, mandando a sus compañeros que le siguiesen.

—No es bueno recibir las emanaciones de ese jugo venenoso —dijo—; se corre el peligro de perder la dentadura y de contraer dolores de muy difícil curación. Esperemos a que se llene el recipiente.

—Pero ¿tan poderosa es la actividad del veneno de ese árbol? —preguntó el marinero.

—Tan potente que, como veis, no puede crecer a su sombra ninguna planta, y los pájaros que inadvertidamente se posan en sus ramas, caen muertos. Si tu hubieras descansado bajo ese árbol, no hubieras tardado en sentir dolores; y si llevases la cabeza descubierta, hubieras perdido el pelo.

—¿Y usted usará ese veneno?

—Se como debe de emplearse, pues varias veces lo he visto a los «kajan» de Borneo cogerlo y manipularlo.

—Un hombrea quien se le hiere con una flecha mojada en el jugo del «upas», ¿muere?

—Sí, a los diez o quince minutos. Parece ser que el principio venenoso del «upas», según los últimos trabajos hechos por los naturalistas acerca del particular, consiste en un alcaloide vegetal y de un ácido que todavía no ha sido calificado. La persona herida con una flecha envenenada, experimenta enseguida un temblor convulsivo, una debilidad extrema, una ansiedad penosa y dificultad en la respiración, y, por último, después de sufrir vómitos y convulsiones tetánicas, expira entre atroces dolores.

—¿Y no hay remedio contra ese veneno? —preguntó Enrique.

—Es de difícil curación; pero algunos heridos han sobrevivido propinándoles grandes cantidades de bebidas alcohólicas. También se dice que el amoniaco ha dado buenos resultados.

—Pero ¿basta bañar la flecha con ese jugo para hacerla mortífera?

—No; primero es preciso dejar que se condense el jugo al sol; después hay que mezclarlo con otros. Si tuviésemos tabaco escogido, disuelto en un poco de agua bastaría; pero como no lo poseemos, busco otra cosa mejor.

—¿Otra planta venenosa?

—No; el jugo del «gambir». He visto ya alguna de esas plantas, y sé dónde encontrarlas.

—¿Es decir, no basta con el jugo del «upas» solamente?

—Sí bastaría pero pierde con facilidad su cualidad venenosa, mientras que mezclado con el «gambir», la conserva durante un año. Vamos a ver si se ha llenado la cazuelita.

El recipiente estaba casi colmado de un jugo lechoso que continuaba cayendo con abundancia por la incisión.

El veneciano lo revolvió con un palito, y enseguida dio el recipiente al muchacho, diciéndole:

—No temas nada; este jugo recién extraído no tiene eficacia, aun que te cayeran varias gotas en las manos no nada te ocurriría.

Se pusieron en camino para la cabaña; pero el señor Albani seguía mirando a los árboles, como si buscase otro vegetal. Ya habían andado como cosa de medio kilómetro, cuando indicó a sus compañeros una planta sarmentosa, que tenía la corteza rojo oscura, y pequeñas ramas cilíndricas con las hojas ovales, terminadas en una punta muy aguda, y lisas por ambos lados, pero armadas de espinas hacia su extremidad superior.

—He aquí un «gambir» —exclamó—. Vamos a coger estas hojas.

Iba a levantar la mano, cuando se volvió bruscamente.

—¡Oh! ¡Oh!… —exclamó—. Ese arbusto doblará la potencia del veneno del «upas».

—¿Otra planta venenosa? —preguntó el marinero.

—Y mucho más terrible, Enrique, pues se asegura, que su jugo, introducido en la circulación de la sangre, tiene un efecto más rápido, produciendo casi instantáneamente el tétanos, y, por consiguiente la, muerte. Tu coge las hojas del «gambir», mientras yo mezclo al jugo del «upas» algunas gotas de esto, del «cetting» (strichnos tiente).

Hizo una incisión en el arbusto, que se había enroscado en una palma «sontar», y dejó que el nuevo jugo se mezclase al del «upas», en tanto que los marineros hacían una buena provisión de hojas de «gambir».

Cuando terminaron, abandonaron la floresta, no sin antes haber cogido fruta de «durión» y naranjas.

Ya en la cabaña, y regalados al medio día con ostras, crustáceos y frutas, el señor Albani se puso a la obra de preparar las armas.

Expuso el veneno al sol, para que se condensase, y puso a cocer en la marmita las hojas de gambir, de las cuales se extrae, después de una cocción de sesenta horas, esa sustancia morena oscura, de consistencia elástica, que en el comercio se conoce como goma de «gambir», y que sirve para fijar los colores, especialmente sobre las telas de seda, pero que los habitantes de Borneo y los de Malasia emplean a veces para que se adhiera mejor a sus flechas y lanzas, el jugo venenoso.

Hecho esto, encendieron un gran fuego, y Albani puso a enrojecer dos de la barras de hierro de los pañoles, escogidas entre las más regulares y más delgadas.

—¿Qué es lo que hace usted? —preguntaba con insistencia el marinero, que miraba con gran curiosidad las diversas operaciones del veneciano, pero sin entender gran cosa de ellas.

—¡Aguarda un poco! —respondió Albani.

Había cortado de una planta dos ramas de un diámetro de tres centímetros y como de un metro y medio de largas, muy derechas ambas, despojándolas de las hojas. Esperó a que los hierros estuviesen bien rojos y comenzó a horadar uno de aquellos bastones, invitando al marinero a que hiciese lo mismo con el otro bastón.

Después de dos horas de trabajo, ambos bastones quedaron perforados.

—Ya está hecho lo principal —dijo el veneciano—. Ahora hay que fabricar las flechas.

—Una palabra, señor —dijo el marinero—. ¿Dónde están los arcos? Estos bastones agujereados no se doblan.

—No hay necesidad de arcos.

El marinero y el mozo le miraron, estupefactos.

—Los arcos son difíciles de manejar, y, además, se necesita una madera especial, que estas plantas no pueden proporcionarnos. He preferido hacer los llamados «súmpitan» que se usan en todos los pueblos de la Malasia.

—Y ¿qué son esos «súmpitan»?

—Pues son cerbatanas; armas de gran precisión, que se manejan con mucha facilidad.

—¡Es usted un hombre extraordinario, señor Albani! —exclamó Enrique—. ¿Y cree usted que podrá matar animales feroces con esas cerbatanas?

—¡Ya lo creo amigo mío!

—Y los animales heridos con las flechas envenenadas, ¿se pueden comer?

—No; pero emplearemos flechas que no tengan veneno. Basta; continuemos nuestro trabajo.

El señor Albani había cogido delgadísimas cañas de bambúes jóvenes, y las había cortado dándoles un tamaño de veinte centímetros.

A la extremidad de cada una de las cañas, acopió un espino agudísimo, cogido en los bambúes salvajes, y en el otro extremo les puso como una especie de tapón de pulpa vegetal, del calibre de la cerbatana.

Cogió su arma y sus dardos, e invitó a sus amigos a que lo siguiesen. Cerca de un gran grupo de palmas, una bandada de cacatúas negras, hermosos pájaros del tamaño de un búho. Que tienen en la cabeza un gran moño de plumas, estaba chillando a todo chillar entre las ramas.

El veneciano introdujo una flecha en la cerbatana, puso esta en los labios, y después de haber mirado con gran atención, sopló con fuerza.

El ligero dardo salió rápidamente, y fue a herir a una de las cacatúas más gordas. El pájaro, tocado debajo del cuello con precisión tan extraordinaria que indicaba claramente que el cazador era muy ducho en el manejo de aquella arma, interrumpió bruscamente su charloteo, y cayó a tierra, moviendo las alas con desesperación.

El muchacho cogió el ave, y echó a correr hacia la cabaña, gritando:

—¡Voy a ponerla al fuego!

—¡Un golpe maestro! —exclamó el marinero, cuya sorpresa no tenía límites—. Usted ha empleado ya otras veces esas cañas, ¿verdad?

—Sí, en Pontranak —repuso el veneciano, sonriendo.

—¿Y cree que yo llegue a saber cazar de ese modo a los pájaros?

—La cosa no es difícil. Dentro de tres semanas, ejercitándote diariamente, llegarás a ser un hábil cazador.

—Y ya que poseemos armas, ¿qué otra cosa piensa en procurarnos, señor Albani?

—El pan.

—¡El pan!… ¿Y lo encontrará?

—Ya he visto plantas que contienen la harina, y mañana iremos a cortarlas. Después, si no sobreviene algún accidente, pensaremos en lo demás. Vamos a cenar, Enrique; tenemos necesidad de un asado, después de tantos días de moluscos y frutas.

CAPÍTULO X. EL PAN DE LOS ROBINSONES

Al día siguiente, armados con sus cerbatanas y numerosas flechas, dejaron la cabaña para ir en busca de la harina, pues todos tenían el deseo de tener pan o alguna sustancia que pudiera sustituirlo.

El gran bosque no estaba lejos, así que en pocos minutos se hallaron bajo su bóveda de verdura.

Antes de ponerse a la busca de la planta que ya había visto, el previsor veneciano quiso asegurarse de que no les faltaría agua corriente y limpia, porque las lianas, a las cuales habían recurrido hasta entonces para apagar las sed, comenzaban a escasear, y el pequeño pozo del cual habían extraído la arcilla, se había secado a toda prisa.

No tardaron mucho en encontrar el agua. No muy lejos, en un ángulo de la floresta, descubrieron una mina de agua corriente, situada en la cima de una ondulación del terreno, lo cual permitía hacerla descender hasta la cabaña, empleando como conductos cañas de bambú.

Contentísimos por este descubrimiento, se dedicaron a buscar el árbol del cual debían extraer la harina; árboles muy numerosos y variados, que crecen sin cultivo alguno en todas las islas del gran archipiélago indomalasiano.

Desgraciadamente, parecían faltar en aquella isla las especies más apreciadas, pues el señor Albani no lograba descubrir ni el «metroxilon sagus» ni el «metroxilon rumphil», que son los árboles «sagú» más productores y también los más comunes.

Miraba a todos los árboles con gran atención, se ocultaba en medio de los grupos más espesos, volvía sobre sus pasos; pero todo en vano. Se subía a los más elevados árboles, con la esperanza de descubrir las gigantescas hojas de aquella preciosa planta; pero nada.

—Amigos míos —dijo desanimado—; temo que no pueda cumplir mi promesa.

—¿No encontrará usted la planta? —preguntó el marinero.

Creía haber visto «sagú»; pero me he engañado.

—Pero ¿qué son esos «sagú»?

—Son árboles que contienen en su interior una especie de harina excelente y en gran cantidad. Son las plantas más preciosas, pues con una sola puede obtenerse pan suficiente para mantener a un hombre un año entero.

—¡Terremoto de Génova!

—Así como te lo cuento, amigo, Es una planta tan grande, que se necesitan ocho o diez días para convertir en pan toda la harina que contiene, pues produce trescientos kilogramos de fécula muy nutritiva, o sea, mil ochocientos panes, y cuatro o cinco de éstos son bastantes para el gasto diario de una persona. Se ha calculado lo que costaría el trabajo de extracción de la fécula y de la fabricación del pan, y se sabe que con trece liras se puede obtener buen bizcocho para todo el año.

—Pero ¿dónde crecen esos árboles prodigiosos?

—En toda la Malasia.

—Si se pudieran aclimatar en Italia, nadie pasaría hambre. Con cinco árboles tendría suficiente una familia.

—Cierto, Enrique, pero nadie ha intentado el cultivo del «sagú» en nuestros climas, aunque creo que podría desarrollarse muy bien en Sicilia.

—¿Y es bueno el pan de «sagú»?

—Excelente, ya comienza a difundirse, sin embargo, en Europa. Ahora utilizan la harina granulada en las sopas, pero vendrá día en que veamos en el comercio el pan de este árbol.

—Y nosotros que nos encontramos aquí, en el país donde crecen esas plantas, ¿no las encontraremos?… Eso me disgusta, señor Albani. Sentía necesidad de un poco de pan.

—Tendréis pan; pero será de calidad inferior.

—No importa —dijeron el marinero y el muchacho.

—Pues seguidme; he visto varios «arenghe sacarifero», que nos proveerá de harina y de alguna otra cosa no menos importante.

Volvió sobre sus pasos, hizo atravesar a sus compañeros por entre varios grupos de árboles grandísimos y de majestuoso aspecto, que se parecían a las palmas, y que tenían el tronco liso y las hojas plumíferas, entre las cuales asomaban racimos de redondas frutas.

—Aquí tenéis unos árboles preciosismos —dijo el veneciano— son probablemente los más útiles de cuantos crecen en el archipiélago de la Sonda.

—Yo no veo más que fruta, señor —repuso el marinero—. ¿Es con ella con la que se hace el pan?

—No, aun cuando también la fruta esa es comestible, quitándole con cuidado la corteza, que es venenosa. Escuchadme, y os diré cuantas cosas podemos obtener de esos árboles; en el tronco está la fécula nutritiva, que las gentes pobres de las islas comen, ya en forma de pan, ya en forma de sopa. No es tan delicada como la de los «sagú», pero tampoco es mala, nosotros nos habituaremos pronto a ella.

—¡Bueno! —exclamó el marinero—. Haremos sopa.

—Y macarrones —dijo el mozo.

—Haciendo una incisión sobre el tronco se obtiene un jugo muy dulce, claro y transparente, el cual mediante evaporación, se puede transformar en jarabe.

—Haremos pasteles —exclamó Piccolo Tonno—. ¡Cómo me gustan, señor Albani!

—Y caramelos como los que se comen en el Piamonte —dijo el marinero.

—Dejando fermentar ese jugo, que los malasianos llaman «toddi», obtendremos un licor que emborracha, y muy apreciado, cuyo nombre es «tuwak». Se parece al «arak».

—¡Oh! A mí me gusta mucho el «arak», señor —dijo Enrique—. ¡Terremoto de Génova! ¡Que árbol tan milagroso!

—No he concluido todavía —prosiguió el veneciano—. De las hojas podemos extraer «gómuli», unas fibras susceptibles de ser hiladas, y que sirven para fabricar cordeles, muy resistentes; y con las hojas se fabrican cortinas, entrelazando unas con otras. ¿Queréis más?

—Pues si todas estas plantas pudiesen crecer en Italia, no habría miseria —exclamó el marinero—. ¡Estas tierras parecen paraísos terrenales!…

—De los que disfrutaremos, marinero —dijo Albani—. Mano al hacha, y a cortar uno de estos árboles.

El marinero, cogió el hacha y atacó el árbol más grueso, dándole formidables golpes. La corteza era dura; pero el genovés tenía sólido músculos, y al cabo de un cuarto de hora, el árbol caía al suelo con gran estrépito.

El señor Albani les mostró una masa blancuzca, harinosa, metida en la corteza del árbol.

—He aquí el trigo para hacer nuestro pan —dijo—. Dadme ahora el hacha. Es preciso cortar ahora el árbol en pedazos de un metro de largo. El marinero le sustituía de cuando en cuando en labor tan dura.

Cortados siete cilindros de un tamaño casi idéntico, el veneciano, que parecía incansable, partió una rama muy gruesa, que debía servir de pilón, y se puso enseguida a sacudir fuertemente la fécula de aquellos troncos, haciéndola caer.

El muchacho había ido en busca de varias hojas de plátanos silvestres, de grandes dimensiones, y las recogía con gran cuidado. Aquella sustancia farinácea no estaba todavía en condiciones de ser empleada, porque iba llena de fibras vegetales, que había que eliminar.

Cuando se puso el sol, habían recogido ya unos cien kilogramos. Los empaquetaron en las hojas, y volvieron a la cabaña, muy cargados, si, pero contentísimos de poseer aquella preciosa provisión, que les aseguraba un sustancioso pan, ya que no tan delicioso como el que se obtiene de la harina de trigo.

A la mañana siguiente se apresuraron a construir una criba con fibras de «rotang», y desembarazaron la fécula de las fibras vegetales. Impacientes por comer pan, hicieron tortas, amasadas con un poco de agua de mar, a falta de sal, y a mediodía pudieron paladear la harina.

Fue un éxito completo. El muchacho y el marinero devoraron varias hogazas, declarando que eran excelentes. La fécula no era tan gustosa como la harina; recordaba un poco a la de patata; pero lo principal era que poseía cualidades muy nutritivas.

En vista del éxito de sus trabajos y descubrimientos, se decidió la construcción de un horno para hacer bizcochos que pudieran conservarse. El señor Albani no tuvo inconveniente alguno para realizar la obra.

Las valvas de las ostras y otras conchas se calcinaron en una gran hoguera, proporcionando una magnifica cal; la playa dio la arena, y entre las rocas recogieron las piedras necesarias. Dos días después el horno funcionaba perfectamente, y los bizcochos se acumulaban en una pequeña cabaña construida bajo la aérea, y que se destinó a almacén.

Pero si abundaba el pan, en cambio la carne escaseaba. Habían comido demasiada fruta y demasiados crustáceos, y la necesidad de otros alimentos se imponía. No menos insoportable era la falta de sal, que no habían podido encontrar por ninguna parte.

Afortunadamente, el mar estaba a dos pasos, y podía darles la sal que quisieran; por toneladas si les fuere necesario. Bastaba con hacer une estanque diminuto, llenarlo de agua salada y dejar que el sol la evaporase.

La construcción de dicho recipiente no se hizo esperar. Buscaron un terreno rocoso, lo socavaron parcialmente, estropeando los cuchillos, y sirviéndose de baldes de bambú, echaron allí el agua de mar que cupo. Cuatro días después el inconveniente de la sal se había resuelto. Poseían algunos kilogramos, y muy pronto tendrían bastantes más; pues como la temperatura era muy elevada, la evaporación se efectuaba con rapidez.

—Ahora que ya tenemos armas, pan y sal, las cosas más precisas para la existencia en esta isla —dijo el veneciano—, nos ocuparemos en procurarnos animales. Me parece que abundan aquí las reses salvajes, y no sería difícil tender las redes que sean necesarias en medio del bosque.

—Pero ¿cómo prepararemos las trampas? —preguntó el marinero.

—Haciendo pozos hondos, como de dos o tres metros de profundidad, y cubriéndolos con un ligero techo de bambú.

—Pero, señor, ¿usted no ha pensado en una cosa?

—¿En cual?

—En que no tenemos ni un azadón ni una pala.

—¡Cáspita! Es verdad, Enrique.

—Si tenemos que hacerlos con nuestros pobres cuchillos y con las manos, necesitaremos lo menos quince días.

—Tienes razón.

—Es preciso que nos hagamos todo en esta isla.

—Somos, o, mejor dicho, éramos, más pobres de los Robinsones.

—Y sin trampas, ¿no podemos matar algunos animales?

—Sí, con las flechas; pero a los grandes no se les caza con flechas tan poco poderosas, y, además, es preciso no destruirlos todos, porque la isla puede ser pequeña y pudiese llegar el día que no hubiese carne.

—¡Diablo! —exclamó el marinero, que se rascaba, furioso, la cabeza.

—Quiero reunir varios animales, Enrique, y dejarlos multiplicarse, matando solamente algunos en caso de necesidad.

—Pero sin azadón… ¡Vaya!… ¿Y porqué no? Podemos hacerlo.

—¿Con qué?

—Con las barras de hierro de nuestros pañoles, señor.

—Es verdad, Enrique.

—Pero falta el martillo.

—Lo tenemos. El dorso del hacha puede bastar.

—Pero ¿podemos construir una pala?

—La haremos de una madera muy dura. Árboles que tengan la fibra dura no faltan.

—¡Somos unos hombres milagrosos, señor!

—La necesidad aguza el ingenio —dijo Albani—. Hoy descansaremos; pero mañana haremos nuestros azadones, y puede que pasado mañana ya tengamos animales vivos.

—Y pájaros ¿cuándo?

—Cuando haya hecho la liga, con paciencia y perseverancia lo tendremos todo.

CAPÍTULO XI. EL «MIAS PAPPAN» Y EL «BOA CONSTRICTOR»

Tan pronto como se puso el sol, se acostaron, pensando en levantarse con el alba para dedicarse al trabajo. Dormían profundamente, soñando con trampas llenas de animales y corrales poblados de tapires, babirusas, monos de toda especie y pájaros, cuando una sacudida, que hizo oscilar completamente la construcción aérea, despertó de un modo brusco al mozo, que se había dormido en la plataforma exterior para gozar del fresco de la noche.

Primero, creyó que había soñado, y se limitó a echar en torno suyo una mirada soñolienta; pero un segundo crujido, que hizo gemir los bambúes de la cabaña, le obligó a levantarse para ver que sucedía.

Se asomó al borde de la plataforma y miró para abajo.

La luna había salido, y alumbraba el paisaje de tal modo, que podía distinguirse el menor detalle. Suponed cuál sería el asombro del muchacho al descubrir, agarrado a las traviesas que servían de apoyo ala cabaña, a un animal extraño, que se parecía a un hombre.

—¡To!… —exclamó, más maravillado que aterrado—. ¡Un salvaje que se divierte haciendo gimnasia debajo de nosotros!… A lo que parece, es un señor alegre.

Aquel ser singular, que, en lugar de dormir, se divertía en dar volteretas, en hacer planchas y dominaciones con una ligereza que causaría la envidia de un maestro de gimnasia, parecía muy ocupado, al menos por el momento, en averiguar qué cosa era aquella construcción suspendida entre el cielo y la tierra. Saltaba de un bambú a otro, seguido el salto de volteretas admirables, y parecía demostrar su satisfacción con ciertos gruñidos y soplidos poderosos, que producían cierta inquietud en el muchacho.

—¡Lava del Vesubio! —exclamaba éste—. ¿Qué voz tiene este hombre? Cualquiera creería que tiene en la garganta un cañón de órgano o un contrabajo.

Se levantó para ir a despertar a sus compañeros; pero una sacudida y un crujido más violentos le hicieron caer de bruces en la plataforma.

—¡Cuerpo de papahigo! —exclamó—. ¡Va a derribar la cabaña!

Casi al mismo tiempo se oyó gritar al marinero:

—¡En pie! ¡El terremoto!

Se lanzó sobre la plataforma, seguido del señor Albani, que no creía por el momento en tal cosa, y que por lo tanto se había armado con una cerbatana y algunas flechas mojadas en jugo del «upas».

—¿Qué es lo que sucede, Piccolo Tonno? —preguntó Enrique, viendo al mozo—. ¿Es un terremoto?

—Sí; pero un terremoto de cuatro patas, que está haciendo una gimnasia endiablada —repuso el muchacho.

—¿Qué quieres decir con eso? —dijo Albani.

—Que ahí abajo hay una especie de hombre que se divierte en hacer crujir la cabaña.

—¡Un hombre! —exclamaron el veneciano y el marinero.

—Pueden verlo; está debajo de nosotros.

Se apresuraron ambos a asomarse al borde de la plataforma; pero retrocedieron rápidamente. El misterioso personaje, oyendo sin duda las voces, había trepado hasta la plataforma, asomando la cabeza. ¡Demonio con el hombre! Aquella cabeza se parecía a una cabeza humana, ¡pero muy fea!… Era un cabezón enorme, cubierto de espesos pelos rojizos, de cara larga, con los pómulos muy salientes, lleno de arrugas profundas, y con una boca que le llegaba a las orejas, armada de una doble fila de blanquísimos dientes, tan agudos como los de los tigres.

La expresión de aquel rostro era tan feroz, que helaba la sangre.

—¡Trueno de Génova! —exclamó el marinero—. ¿Qué clase de hombre es éste?

—¡Adentro! —gritó Albani, con voz alterada—. El «mias pappan» es más peligroso que los tigres.

El marinero y el mozo, aun cuando ignorasen que cosa fuese un «mias pappan», giraron rápidamente sobre los talones.

El monstruo miró a los tres náufragos con ojos en que brillaban siniestros resplandores, e hizo oír un gruñido ronco. Enseguida desapareció, pero imprimiendo a los bambúes tal sacudida, que parecía que se desarticulaba la cabaña.

—¡Rayos! —gritó el marinero, precipitándose hacia el hacha.

—Otra sacudida como ésta y nos rompemos las piernas —gritó el muchacho.

El señor Albani, que parecía presa de una gran agitación, había introducido rápidamente una flecha en la cerbatana, y se colocó cerca del borde de la plataforma.

Parecía como que esperaba a que volviese a aparecer el formidable monstruo para lanzarle la flecha mortal.

Pero el «mias» no tenía prisa por dejar los bambúes de sustentación, y se le oía gruñir y resoplar precisamente debajo de la plataforma. Parecía estar ocupado en algo: en desligar, probablemente, los postes porque la cabaña seguía retemblando, sacudida con fuerza.

—Señor —exclamó el marinero, volviéndose hacia Albani, el cual trataba de hacer puntería con su cerbatana—. Si continúan estas sacudidas, nuestra cabaña va a dar una formidable voltereta.

—Lo sé, pero no acierto a descubrir a ese condenado orangután —repuso el veneciano.

—Entonces ¿se trata de un mono?

—Pero de los más formidables, y que puede hacer frente a diez hombres armados de fusiles.

—¡Rayos!

—¡Chist!

En medio del césped, que crecía cerca del recinto, se había oído un grito, una especie de alarido quejumbroso, que tenía algo de humano.

—¿Quién se lamenta? —preguntó el marinero, estupefacto.

—Parece que ocurre algo entre la maleza —dijo Albani.

—¡El monstruo! —exclamó Piccolo Tonno—. ¡Miradle allí!

En efecto, el orangután se había lanzado, dando un salto colosal, sobre los bambúes exteriores, y se deslizaba por ellos con la rapidez del rayo.

Aquel mono daba miedo, era tan alto como un hombre de mediana estatura; tenía el pecho amplio, mal hecho, pero musculoso y excesivamente grueso, y cubierto de un pelaje largo y rojizo; sus espaldas eran anchas, poderosas, diseñándole una osamenta hercúlea, que indicaba un vigor extraordinario, incalculable, los brazos de más de un metro, nudosos como el tronco de un árbol, llenos de músculos, que terminaban en una especie de manaza, armada de fuertes uñas ligeramente curvas, y sus piernas, macizas, enormes, concluían en unos pies de exageradas dimensiones, armados también de fuertes uñas.

Estos monazos, que los malasianos y los Dayaki llaman «mias pappan» o «mias kassá», viven ocultos en lo más espeso de las florestas de Borneo y de las islas vecinas, hallándose casi siempre sobre los árboles.

Dotados de un vigor tremendo y de una agilidad maravillosa, suben con la rapidez del rayo a los árboles más elevados para proveerse de frutas, y son capaces de recorrer un bosque entero sin descender a tierra.

Sin embargo, en tierra no se encuentran a disgusto, y corren con facilidad, no manteniéndose derechos, sino a cuatro pies. Su galope es extravagante y ridículo, porque mueven simultáneamente el brazo y la pierna derechos, y parece que marchan en línea oblicua.

Conocedores de la fuerza que tienen, afrontan con valor a las fieras más formidables de los bosques; no temen ni a los hombres, ni a los cocodrilos, ni a las serpientes, ni a los tigres; y cuando se ven acometidos, son de una ferocidad espantosa.

Si se los deja tranquilos, no atacan a nadie; y si encuentran hombres, se limitan a mirarlos como chicos curiosos, y prosiguen tranquilamente su camino.

El «mias», que había saltado sobre los bambúes atraído, sin duda, por irresistible curiosidad, debió de tener muy graves motivos para descender tan precipitadamente; así lo pensó el veneciano, quien en lugar de enviarle la flecha mortal, levantó la cerbatana, lleno del deseo de saber qué era lo que iba a ocurrir.

Ya en tierra, el «mias pappan», atravesó de un salto el recinto y se precipitó hacia la maleza, emitiendo una especie de ladrido furioso.

De repente un objeto largo y grueso le cayó encima, envolviéndole de la cabeza a los pies.

—¡Una boa!… —exclamó el veneciano.

—¿Una serpiente? —preguntaron el marinero y el mozo.

—Sí amigos; es un adversario digno del «mias».

El veneciano no se equivocaba. El «boa constrictor» es un adversario es un adversario capaz de batirse con los tigres y con los mismos orangutanes, porque tienen tal fuerza de estrangulación, que pueden reventar a un buey.

Son las serpientes más largas y gruesas, pues alcanzan a veces nueve y diez metros de longitud, y tienen una circunferencia, aproximadamente, como el cuerpo de un hombre. No son venenosas, pero son más peligrosas que las otras, porque cuando se proponen alcanzar una presa, no la dejan. Sin embargo, se contentan con presas pequeñas, como topos, ranas y monos; pero si se deciden, no dejan huir ni a los tigres ni a las babirusas, ni a los tapires ni al «mias», aun cuando sucumben con frecuencia en su lucha con estos últimos.

El orangután, al sentirse aprisionado de golpe por la boa, y viendo sobre la cabeza, retorciéndosela como si fuese una paja; pero los anillos no se aflojaron; al contrario, apretaron con mayor fuerza, haciendo crujir la poderosa osamenta del hombre de los bosques.

Aquel abrazo debía de ser tremendo, porque se vió al monazo dilatar de un modo espantoso la boca, como si le faltase el aire, y sus ojos, que relumbraban, siniestros casi se le saltaron de las órbitas.

Su robusta mano aferró la cabeza del reptil y la quebró como si fuese una nuez; después con los pies, armados con aquellas fortísimas uñas curvas que de un solo golpe abren el vientre de un hombre, se puso a rasgarle la cola, haciéndosela tiras.

La serpiente silbaba de rabia, y perdía sangre a torrentes por ambas extremidades, pero no se decidía a soltar a su adversario; parecía como si aprovechase las últimas convulsiones de la agonía para redoblar el irresistible abrazo.

De repente se sintió como u crujido de huesos quebrados, y el reptil y el «mias» cayeron ambos en tierra, todavía estrechamente abrazados.

—¿Muertos? —preguntaron el marinero y mozo que habían seguido con viva ansiedad las fases de aquella tremenda lucha.

—Me parece que oigo la respiración del «mias» —respondió el veneciano—. Será prudente que antes de bajar le lancemos una flecha.

Levantó la cerbatana y sopló con fuerza. El dardo, silencioso, partió rápido, y fue a clavarse en el pecho del hombre de los bosques.

Se oyó un sordo gruñido, y poco después, la respiración del simio gigante cesó.

—Ahora ya podemos bajar —dijo Albani.

—No, señor —exclamó el mozo.

—¿Porqué? Ambos han muerto.

—Miren allí, cerca de la maleza.

El veneciano y el marinero miraron en aquella dirección, y vieron entre la maleza un mono, que tenía ya una estatura superior a un metro y de robusta complexión.

Avanzaba titubeando hacia el grupo que formaban el «mias» y la boa, exhalando gemidos que tenían algo de humanos.

—Es el hijo del orangután —dijo Albani.

—Entonces era hembra —dijo el marinero—. ¡Pobre pequeño!… ¿Podrá vivir solo?

—Está ya muy desarrollado —respondió Albani.

—¿Le dejamos marchar?

—Creo que podrá sernos útil, Enrique.

—¿Ese monote?

—Haremos de él un servidor valiente y fuerte.

—Pero cuando se haya desarrollado por completo se escapará, señor.

—Los Dayaki los adoptan, y jamas han tenido que quejarse de ellos. En la esclavitud pierden sus instintos feroces. Ese «mias» con su fuerza extraordinaria, podrá servirnos de mucho.

—En ese caso, vamos a cogerle.

—Yo le cuidaré, señor —dijo Piccolo Tonno—. Me gustan mucho los monos.

Se deslizaron por los bambúes que les servían como escala y se acercaron al joven «mias», que proseguía dando vueltas alrededor de su madre muerta, lanzando agudos gemidos.

El marino lo cogió por un brazo y trató de llevárselo al recinto, pero recibió un encontronazo tan fuerte, que cayó con los pies por alto.

—¡Terremoto, que fuerza! —exclamó.

—¡Cojámosle por las buenas! —dijo Albani.

Se puso a acariciarle, y le ofreció fruta. El pequeño «mias» se mostraba desconfiado; pero terminó por aceptarla, y devoró con glotonería la deliciosa pulpa del «durión».

Poco a poco, y ofreciéndole siempre nueva fruta, fueron atrayéndole al recinto, donde el marinero lo ató con una fuerte cuerda, sin recibir ningún otro empujón.

—Se acostumbrará pronto —dijo Albani—. Dentro de un par de semanas nos seguirá como un perrillo, y antes de un mes tendremos un magnífico servidor y un hábil proveedor de frutas. Dejémosle tranquilo ahora y volvamos a dormir.

CAPÍTULO XII. LOS MONOS PESCANDO CANGREJOS

Habían transcurrido diez días desde la captura del pequeño «mias», y todavía nuestros Robinsones no se decidieron a abandonar la costa para intentar una exploración de los grandes bosques del Sur, en los cuales podrían encontrar preciosos y múltiples recursos. Sin embargo durante ese tiempo no habían estado ociosos.

Fabricaron diversos objetos que les eran indispensables: una mesa, asientos y recipientes, empleando para ello bambúes gigantes; hamacas cómodas, con trozos de velas; un conducto para el agua, que partía del manantial descubierto en medio del bosque y desaguaba en el recinto. Además, roturaron un trozo de tierra con los azadones construidos con las astas de hierro de los pañoles, y socavaron varias trampas; pero sin resultado alguno, pues parecía que los grandes animales salvajes habían abandonado aquella costa.

Sin embargo, resolvieron coger algunos pájaros, con objeto de encerrarlos en una pajarera, que con gran paciencia, empleando fibras de «rotang» y bambúes jóvenes, había hecho el marinero.

Para apoderarse de las aves se procuraron una liga muy fuerte, extraída de la «giunta wan» («Erceolea elástica»), planta trepadora perteneciente a la familia de las apocináceas, y que contiene una especie de goma, que los malasianos utilizan precisamente para cazar vivos a los pájaros.

Con dicha liga habían logrado apoderarse de varias parejas de «buceros rhinoceros», llamados comúnmente tucanes, pájaros gruesos y extravagantes de forma, que tienen negras las plumas del lomo y blancas las del vientre, y una cola de más de treinta centímetros de largo; el pico es del tamaño del cuerpo en su longitud, y de color amarillo rosáceo.

También habían capturado los llamados «argos gigantescos», soberbios pájaros, del tamaño de los pavos, que parece que tienen un manto de plumas estriadas de blanco con manchas rosa oscuro; sus colas miden medio metro comúnmente, y terminan con dos plumas ligeramente curvas.

Por último, cazaron asimismo varias parejas de palomas, llamadas «magníficas», porque son las más bellas y graciosas de todas. Son del tamaño de los pichones de España; pero tienen las plumas del pecho teñidas de un tinte azulado, con reflejos carmíneos, y las del dorso son verde oscuro, con cambiantes de oro.

Todos estos pájaros se habían acostumbrado pronto a su nueva situación y no huían, aun cuando se acercaba a ellos el muchacho llevándoles una buena cantidad de semillas, gusanos de tierra y migas de pan.

El marinero, había observado que los monos se dirigían frecuentemente hacia la playa antes de que despuntase el día; pero no se había decidido a acercarse ni a averiguar qué era lo que iban a hacer a la orilla del agua.

Lleno de curiosidad, se propuso esconderse cerca de alguna escollera en compañía de Piccolo Tonno.

Puestos de acuerdo, una mañana se ocultaron detrás de unos peñascos, en espera de la llegada de los cuadrúmanos.

—Vamos a ver que es lo que vienen a buscar —dijo el marinero al mozo.

—¿Vendrán a bañarse? —preguntó Piccolo Tonno.

—Yo no he visto nunca que un mono se meta en el agua, y se me figura que la temen tanto como los gatos.

—Entonces vendrán a purgarse con agua salada. Tú sabes que es un purgante admirable.

—¡Claro, burlón!

—¿Tendrán alguna canoa y se dedicarán al deporte marítimo?

—¡Calla! ¡Ahí están!

Ya va a despuntar el alba.

En efecto, llegaban los simios. Eran diez o doce, como de cuarenta a cincuenta centímetros de alto, y con el pelaje oscuro. Se parecían a los cercopitecos.

Avanzaron en fila, con una gravedad cómica, y silenciosamente, se repartieron por los escollos y se pusieron a examinar atentamente el agua.

Los dos marineros, presa de la más viva curiosidad, no perdían un solo movimiento de los animales.

De repente, los vieron que se ponían de espaldas al mar y que metían los rabos en el agua.

—Ya te decía yo que venían a tomar un baño —murmuró Piccolo Tonno.

—¡Un baño de rabo! —exclamó Enrique, rascándose la cabeza—. Yo creo que hacen otra cosa. ¡Ah!… ¡Y es extraño! ¿Has visto nunca que los monos pesquen?

Uno de los cuadrumanos, después de haber hecho una feísima mueca, cual si hubiese sentido un dolor muy agudo, sacó con rapidez la cola, imprimiéndole un movimiento, no menos rápido, de adelante a atrás. Un objeto que se había adherido al apéndice del simio saltó en el aire y cayó contra una roca próxima, produciendo un ligero ruido.

—¡Cuerno de ciervo! —exclamó el marinero, estupefacto—. ¡Están pescando cangrejos!…

Era verdad, en efecto; aquella banda de monos pescaba cangrejos poniendo en práctica un procedimiento curiosísimo, aun cuando doloroso.

Como los cangrejos se hallaban entre las grietas de las rocas sumergidas, los cuadrumanos los fustigaban con los rabos, y cuando sentían que los crustáceos se les agarraban, con la ligereza de un rayo los sacaban del agua, y describiendo un movimiento rotatorio, los estrellaba contra las rocas de la playa.

Hecho esto, les extraían la carne con los dedos y la devoraban con avidez.

—Jamás he visto nada semejante —decía el marinero, siempre admirado.

—¿Y si nosotros les imitásemos? —exclamó el mozo.

—¿Qué rabo ibas a meter?

—Las manos.

—¿Para que te las mordiesen? ¿crees tú que a esos monos no les duele? Mira qué muecas tan raras hacen cuando sienten que les atenazan las colas. Pero… ¡calla! ¡Parece que la pesca no marcha bien!

Dos monos, que habían sumergido sus colas respectivas, chillaban de un modo desesperado, sin poder retirar los apéndices; a lo que se adivinaba, los cangrejos no querían salir del agua ni de sus agujeros.

Sus compañeros iban a precipitarse en su socorro, cuando el marinero saltó fuera del escondite, gritando:

—¡A ellos, Piccolo Tonno!

La banda huyó a todo correr; pero los dos prisioneros, no obstante sus esfuerzos, permanecieron en la playa.

Los marineros les cogieron, y gracias a un par de tirones les liberaron los rabos, sacando adheridos otros tantos cangrejos, tan grandes y tan gruesos como un sombrero, que no soltaron la presa sino después de muertos.

—Venid con nosotros, queridos —dijo Enrique—. Os llevaremos a que hagáis compañía al «mias».

Cogieron por los brazos a ambos monos, y estos a pesar de sus protestas y mordiscos, no tuvieron mas remedio que entrar en el recinto.

—¿Más criados? —preguntó el veneciano que descendía de la cabaña.

—No señor —dijo, riendo, el marinero—. Traemos dos pescadores, que nos proveerán de muy buenos cangrejos. ¿Ha visto usted pescar a los monos?

—¿Cangrejos?

—Sí.

—Los he visto varias veces, especialmente en Java.

—¡Adiós!… ¡Y yo que creía que le contaba a usted una novedad extraordinaria!

—Es una novedad muy vieja para mí —dijo Albani—. ¡«Sciancatello»!

El que se llamaba de aquella manera era el «mias». Le había puesto Piccolo Tonno tal nombre, porque el gran mono era un poco derrengado, probablemente a causa de alguna voltereta dada desde la punta de algún árbol elevado.

El joven «mias» que ya había empezado a aficionarse a sus dueños, aun cuando siempre estuviera triste y melancólico, como todos los de su especie, y que se paseaba libremente por el recinto sin alejarse jamás, al oír la voz del veneciano abandonó la caseta que le habían construido, y se puso a mirar con curiosidad a los recién venidos.

Estos, viendo al «mias», manifestaron al principio gran inquietud, y, sintiéndose libres, trataron de encaramarse por la empalizada del recinto, para ponerse en salvo en los bosques vecinos; pero «Sciancatello», como buen guardián, anduvo más listo, los cogió por los rabos, y tiró de ellos, anunciando su cólera por medio de sordos gruñidos; enseguida, para hacerles comprender que le debían obediencia, administró a cada uno un puntapié tan magistral, que les hizo dar dos piruetas en el aire.

—¡Bravo, «Sciancatello»! —gritaron los marineros riendo a carcajadas.

—Con un maestro como ese, se harán dóciles muy pronto —dijo el veneciano.

—¿Lo cree usted, señor? —preguntó el marinero.

—Ciertamente y cuento con su docilidad para emprender la proyectada expedición a la cima del monte.

—¿Para dejarlos aquí en compañía de «Sciancatello»?

—Al contrario, Enrique; pienso que vengan con nosotros, y en confiarles una parte de nuestro bagaje.

Los dos marineros rompieron a reír con carcajadas homéricas.

—Lo digo en serio —dijo Albani—. Nuestros monos nos seguirán con el bagaje.

—Entonces les enseñaré a guisar, señor —dijo el mozo.

—¡Para comer más pelos de rabo que sopa! —exclamó el marinero—. No; no quiero semejantes ayudas. Mejor les enseño a que recojan leña seca para el fuego.

—Y a ir por agua a la fuente.

—También, Piccolo Tonno. ¡Que criados tan buenos!… Señor Albani, le aseguro que no pensaba que pudiéramos tener criados, pan, y tantas cosas de utilidad como usted nos ha procurado.

—Te contentas fácilmente.

—¿Le parece que me puedo quejar?

—No; pero aun pienso en proporcionarte más. Creo que de nuestra visita a los bosques hemos de traer muchas cosas que aun necesitamos. Quiero que reine la abundancia, y que nada nos falte, a pesar de nuestros hábitos y costumbres de hombres civilizados.

—Pero ¿qué más quiere que nos den las plantas?

—Mucho todavía.

—Me pone usted en curiosidad. ¿Cuándo emprenderemos la excursión?

—Dentro de un par de días. Me apremia la necesidad de conocer esta isla, pues aun no sabemos si es grande o pequeña, si está habitada o deshabitada. Hoy comenzaremos a hacer los aperitivos.

—No falta nada, señor. Tenemos pan, podemos llevar pájaros con nosotros, el agua está a nuestra disposición, y hasta tenemos licores. ¿Qué más hace falta?

—Una tienda.

—Todavía tenemos lona de las velas.

—Cierto; pero necesitaremos sacos para llevar en ellos las provisiones.

—Con las velas los haremos.

—¿Y como coséis la lona?

—¡Demonio!… ¡La misma historia de siempre! Carecemos de todo. ¿Y donde vamos a encontrar las agujas?… Esas sí que no podemos fabricarlas.

—Hace falta buscarlas.

—Pero ¿dónde?

—Nos proveerán de ellas los peces con sus espinas. Los pueblos del Norte, como por ejemplo, los esquimales, cosen sus vestidos, ya te lo he dicho, sirviéndose de espinas de pescado, y nosotros haremos lo mismo.

—Pero es preciso pescar esos pescados, y nosotros no tenemos anzuelos.

—Perfectamente; pues, en ese caso, los anzuelos nos los proporcionarán las plantas.

—¿Cuáles? —preguntó entusiasmado el marinero.

—El bambú; los bambúes llamados «hauer tgiutgiuk», o de Blume, tiene espinas muy curvadas, y pueden hacer el oficio de anzuelos.

—Pues vamos a buscarlos, señor, y después iremos a pescar. Estoy impaciente por ponerme de viaje, para conocer un poco la tierra que nos da hospitalidad.

—¡Andando, Enrique! También yo ardo en deseos de conocer los dominios de los Robinsones italianos.

CAPÍTULO XIII. A TRAVÉS DE LOS BOSQUES

El 18 de septiembre, veinticinco días después de su llegada a la isla, los náufragos se ponían en marcha para explorar sus dominios, sino en total, por lo menos parcialmente.

Ignorando todavía la extensión de aquellas tierras, decidieron alcanzar la cumbre de la montaña, seguros de que podrían abarcar toda la costa y de ese modo formarse una idea aproximada de la posesión.

Se habían provisto de unos treinta kilogramos de pan, encerrados en sólidos sacos de tela, fuertemente cosidos (pues ya se habían procurado las agujas); llevaban armas con flechas envenenadas y sin envenenar, para dar caza a los pájaros que necesitasen, ya que no pudiesen hacerlo con animales salvajes de mayor importancia; llevaban así mismo algunos litros de «tuwak», un licor fuerte y excelente, hecho con el jugo fermentado de la «arenga sacharífera», sal y carne, pues le habían retorcido el pescuezo a las aves mas gruesas que poseían.

Los dos monos los seguían, cargando sus respectivos sacos, y en ellos la marmita, algunos platos y los tenedores. «Sciancatello» llevaba la tienda y una parte del pan.

En un principio, los dos monos se habían mostrado rebeldes para cargar con su parte del bagaje; pero el orangután, que iba armado de una estaca, los hizo entrar enseguida en razón y se pusieron en marcha bajo su vigilancia. Por su parte, «mias» parecía dispuesto a tocarles sobre los lomos un trozo musical que les hubiera arrancado chillidos de dolor.

El mundo alado, despertaba. En medio de los árboles y de la alta maleza, cubiertos con las brillantes gotas de rocío nocturno, volaban en grupos los pájaros más lindos, cuyas plumas, pintadas y con reflejos de oro, de plata y de carmín, chispeaban vagamente bajo los primeros resplandores luminosos del astro del día, que se erguía en el horizonte.

Los graciosos «epimachus» atusaban sus plumas brillantes y aterciopeladas, que parecían espolvoreadas con polvillo de oro; los bellísimos «quimacus», del tamaño de un pichón, con la parte superior del cuerpo negra, estriada en oro, y la inferior muy blanca, y cuya cola la forman rizadísimas barbas, se peinaban recíprocamente con sus finos y largos picos; los «cannasyna», de la especie de los papagayos, con plumas rosa y amarillas, estriadas de negro, comenzaban su charla desacordada y molesta, mientras los espléndidos «parocia dorados» brillaban con sus mil colores en las copas de los árboles más altos, mirando al sol, y dejando que la brisa marina les hiciese ondear las cinco sutiles plumas que tienen en la cabeza, y que terminan en una especie de fleco.

Miríadas de insectos volaban en todas direcciones; mariposas deslumbradoras, de extraordinarias dimensiones, se cruzaban en sus giros sobre las flores y alrededor de los vasos vegetales de los «calamas», todavía abiertos; mariposillas más pequeñas, color de rosa, amarillas y azules, y batallones de luciérnagas aladas, llamadas «draco» por los indígenas de Malasia, que alcanzan hasta veinte centímetros de longitud, y tienen las patitas unidas por una membrana, que les permite dar vuelos de mas de treinta metros, describían en el aire graciosas líneas, danzando de una parte a otra.

Los náufragos, rebasada ya la plantación de bambúes, que se extendía en un gran trecho por la costa, se internaron en los bosques, dirigiéndose ligeramente hacia levante, en la persuasión de que por aquel lado había de ser menos áspera y menos boscosa la montaña.

Bien pronto se vieron obligados a moderar la marcha; el gran bosque ofrecía una espesura de tal naturaleza, que les impedía seguir su camino en línea recta.

Miles y miles de árboles cruzaban y entrecruzaban ramas y hojas de tal modo, que ni un solo rayo de sol se veía bajo la apretada bóveda de verdura. La varia y riquísima flora Malasiana se mostraba allí en todo su esplendor.

Se veían los bellísimos árboles del alcanfor, que exhalaban un fuerte perfume, y cuyos troncos no podían abrazar cinco hombres, los espléndidos «sunda-matune», o árboles tristes, así llamados porque sus flores, que tienen un aroma exquisito, no se abren sino por la noche; los arbustos de la pimienta, planta sarmentosa, la cual se halla en la vecindad de los grandes árboles, que tienen la hoja parecida a las de los albaricoqueros, y cuyos granos aromáticos, dispuestos en pequeños racimos, son verdes primero, rosados después, y castaños cuando están maduros; los grandes «upas», llamados también «bolou upas», de treinta metros de alto, cubiertos de anchísimas hojas, que forman un soberbio quitasol; nueces moscadas, plantas semejantes al laurel, de seis o siete metros de elevación, cargadas de nueces maduras, que exhalaban un perfume penetrante; en fin, confusamente mezclados, estrechamente envueltos por larguísimos «rotangs», que formaban verdaderas redes, se veían por centenares los árboles que producen el benjuí, los de canela, los algodoneros, que producen una especie de algodón sedoso, tejos colosales, de madera incorruptible, árboles de hierro, cuyas ramas no se pueden desgajar, y con las que se construyen mazas pesadísimas, y otra infinidad de árboles gumíferos.

No faltaban árboles frutales, De cuando en cuando, en medio de aquella vegetación caótica, los náufragos descubrían «mangostanos», cargados de su deliciosa fruta, de pulpa blanca, dividida en pedazos, y que se funde en la boca como si fuese un helado; mangos, llamados por los malasianos «buamamplau», pero de inferior calidad, pues huelen generalmente a resina; «pombos», o sea, grosísismos naranjos, y «nefeliums» que produce una fruta de pulpa blanca, transparente, jugosa pero un poco acidulada.

Los náufragos no dejaron escapar aquellas ocasiones e hicieron una gran recolección de las mejores frutas. De esta labor se encargó «Sciancatello», quien se prestaba con la mejor gracia del mundo, subiéndose a las más altas copas de los árboles y arbustos para escoger la fruta más grande y la más madura.

Hacia las diez de la mañana, ya llevaban recorridos unos seis kilómetros, distancia muy apreciable si se piensa en los enormes zigzag que tenían que hacer para encontrar paso, cuando dieron en una floresta llena de árboles de gigantescas hojas y de majestuoso aspecto. Al divisarlos, el señor Albani no pudo contener una exclamación de contento.

—¡Un bosque de plátanos! —dijo—. Nos daremos una panzada de esta deliciosa fruta, amigos míos; además, puede servirnos para alternarlos con el pan.

—¿Los plátanos? —preguntó el marinero.

—Sí, Enrique.

—Yo nunca los he comido más que como fruta.

—Pues yo te digo que también pueden sustituir al pan, y que, además, sirven para hacer con ellos exquisitos platos. Cuando están maduros, esto es, cuando les ha desaparecido el almidón, trocándose en materia azucarada. No sirven para otra cosa que para fruta; pero cuando los extremos los tienen todavía verdes, puestos a asar entre las cenizas, sustituyen al pan, pues son ricos en fécula. En ese periodo, también se pueden cortar y secar al sol y conservarlos mucho tiempo.

Cuando están enteramente verdes, se pueden poner en salsa, y ya cercanos a la madurez, se fríen y resultan un bocado exquisito. Vamos a hacer una buena recolección, amigos míos.

Aquel bosque era maravilloso; estaba formado por millares de plantas. Entre ellas, ninguna rivalizaba con los plátanos en la riqueza de la hoja y en la majestad de su forma.

Esta planta alcanza proporciones gigantescas en los climas cálidos, y no es raro que sus hojas midan de cuatro a cinco metros de largo, por uno o más de ancho.

Muchos de dichos árboles apenas podían sostener los enormes racimos de la alargada fruta, un poco curva. Había plátanos de varias especies, pero el señor Albani saqueó los llamados «pissang-mas», que producen la fruta más pequeña y de un precioso color de oro, y que son los mejores.

Encendieron fuego a la sombra de un árbol que tenia hojas enormes, y se atracaron de plátanos maduros y de plátanos verdes asados debajo de la ceniza. A los monos y a «Sciancatello» no se les olvidó, y se dieron un hartazgo de fruta.

Faltaba agua a pesar de que el terreno era húmedo, pero el señor Albani descubrió enseguida en una orilla del bosque, una planta llamada «neptenes».

Estas plantas son de las más bella y extraordinarias que se pueda imaginar. Pertenecen a las trepadoras, y sus hojas se redondean por si mismas, adoptando la forma de un vaso, que tiene una especie de tapadera, la cual se baja por la noche y se abre por el día.

Durante la noche, estas plantas absorben la humedad del suelo, y la recogen en aquel vaso, en el cual no suele caber mas de medio litro. No es sin embargo aquella agua límpida y fresca, como generalmente se cree, pues dicho recipiente sirve de tumba a numerosos insectos; pero basta para aplacar la sed, pues aparte de lo dicho, el agua es muy buena.

Después de haber descansado unas horas, volvieron a ponerse en marcha, llegando a los primeros contrafuertes de la montaña, pero yendo constantemente a través de un bosque siempre umbrío y muy intrincado.

Llevaban recorrido ya un kilómetro cuando se detuvo bruscamente «Sciancatello» emitiendo sordos gruñidos y dando muestras de alguna agitación.

—¡Eh, «Sciancatello»! ¿Qué sucede? —preguntó el marinero—. ¿Has presagiado algún tigre?

El «mias» escuchaba con gran atención, como si tratase de recoger un rumor no muy claro. Miraba a las copas de los árboles, después observaba la maleza, y las copas de los árboles y su rostro expresaba, ya cólera ya contento.

—¿Se habrá vuelto loco? —preguntó Piccolo Tonno.

—¿O tendrá algún cólico? —preguntó a su vez el marinero—. Ha devorado demasiados plátanos.

—No —dijo Albani—. Ha oído algo.

—Pues yo ni oigo ni veo nada.

—¿Si pretenderás tener un oído tan fino como el de este hijo de los bosques, Enrique?…

De repente dilató el orangután hasta las orejas su inmensa boca, y soltó un golpe de risa, que parecía un terremoto.

—¡Eh, «Sciancatello»! —gritó el marinero—. Parece que los plátanos le han producido el efecto de una borrachera. Si estás beodo hijo mío te daremos una ducha.

El orangután no le escuchaba. Con un gesto imperioso había hecho una seña a los monos para que le siguiesen, y se dirigió hacia un árbol elevadísimo, cubierto de un follaje muy espeso, y se puso a observarlo, manifestando su alegría con risotadas.

—¿Será que haya arriba una fruta que les gusta a los monos? —dijo el marinero.

—Yo no veo más que hojas —repuso el mozo—. Pero… ¿no oís ese zumbido?

—Sí… —dijo el veneciano—. ¡Oh! ¡Ahora comprendo! ¿No veis allá arriba una nube de insectos?

—Sí, sí —afirmaron los dos marineros.

—Son abejas salvajes, y nuestro orangután se prepara para saquear el panal y comerse la miel.

—¡Que goloso! —exclamó el marinero—. Pero yo no le permitiré que se lo coma todo. ¡Demonio! Quiero hacer pasteles.

—¡Silencio! —dijo el veneciano.

—¿Qué es lo que ha oído?

Un gruñido.

—¿Dónde?

—Allá arriba, entre las hojas.

—¿Habrá encontrado «Sciancatello» un competidor?

—Eso creo, Enrique, porque me parece que vuelan muy espantadas aquellas abejas.

—¿Algún «mias»?…

—No lo sé.

—Será un encuentro bien desagradable, señor Albani.

—Tenemos flechas mortales.

—¡«Sciancatello» sube! —dijo el muchacho.

En efecto; el orangután, después de haber dudado un poco comenzó la ascensión, pero procediendo con cierta parsimonia, y llevando consigo la estaca.

De trecho en trecho se detenía para escuchar; alzaba la cara, como si tratase de adivinar que animales eran los que se escondían entre el follaje, y volvía de nuevo a emprender la subida.

En lo alto se oyeron gruñidos, y poco después se vió descender una masa por el tronco abajo.

—¡Una bestia! —gritó el muchacho.

«Sciancatello», viéndose a tiro de aquél animal, le aplicó un leñazo tan tremendo, que le hizo dar un grito; enseguida trató de precipitarle, dándole una patada, pero el otro se asía fuertemente al tronco.

Pero a poco se le vió escurrirse con gran rapidez a lo largo del árbol, y, por último, merced a otra fuerte sacudida del orangután, caer a tierra.

CAPÍTULO XIV. MIEL Y PATATAS DULCES

Aquel animal que pretendía defraudar a «Sciancatello», comiéndose la miel, era del tamaño y volumen de un perro de Terranova, pero más bajo de patas, con el hocico más puntiagudo, y con el pelo negro y muy luciente.

En todo se asemejaba a los osos negros; sin embargo era más largo y parecía mucho más ágil.

Apenas se encontró en tierra, no trató de hacer frente a los hombres, sino de meterse corriendo en el bosque; pero el señor Albani, que sabía con que especie de animal, se las había, le hizo rodar por el suelo con cuatro estacazos, y sacando del bolsillo una cuerda delgada, se la ató al cuello, diciendo:

—¡Cuidado, querido mío; tenemos un corral en nuestra cabaña, donde estarás admirablemente!

En aquel instante se oyó al orangután sacudir el árbol, todavía con mas furia que antes, lanzar gritos de coraje, y, por último, un golpe sordo, que parecía un leñazo espantoso.

Otro animal parecido al primero descendía precipitadamente a lo largo del tronco, concluyendo por caer casi a los pies del marinero. Éste creyó oportuno imitar al veneciano, con dos bastonazos aturdió al dispersador de abejas, y lo ató fuertemente con una cuerda, ayudándole el mozo en la operación.

—¡Bravo amigos! —dijo Albani—. Un macho y una hembra. Habrá crías y dentro de unos pocos meses tendremos una excelente carne.

—Pero ¿quiere usted decirnos que clase de bestias son estas? —preguntó el marinero.

—Son osos.

—¡Terremoto! ¡Osos! —exclamó el marinero, dando un salto atrás.

—¿Tienes miedo?

—Si son osos me parece que tengo motivo para asustarme.

—Son inofensivos, Enrique. Los osos de Borneo y los de todas las islas de la Malasia no son feroces como los otros. Ya ves; son más pequeños que los demás de su especie, y aun cuando tienen dientes y garras, no se sirven de ellas casi nunca, y huyen del hombre. Esta doble captura nos será muy ventajosa, porque tendremos oseznos, que de cuando en cuando estarán suculentos mezclándolos con arroz en nuestra cazuela.

—¿Y la miel? —preguntó el mozo—. Ese bribón de «Sciancatello» se la comerá toda.

—¡Eh! ¡Tunante! —gritó el marinero—. ¡Que te comes mis pasteles! ¡Eh, «Sciancatello», baja, o te rompo el palo en la grupa! ¡Feo! ¡Glotón!

El orangután parecía que se había vuelto sordo. En cambio, se le oía romper ramas y arrancar hojas, mientras que las abejas huían zumbando. Sin duda alguna el muy glotón estaba muy ocupado en saquear el panal.

El marinero, furioso por que temía quedarse sin la miel, y por tanto sin pasteles, trataba de sacudir el árbol para obligar al orangután a descender. ¡Todo en vano!

El veneciano y el muchacho reían a todo reír.

—¡Basta goloso! —continuaba gritando el marinero—. ¡Baja o te envío a reunirte con tu madre! ¡Baja, ladrón, tragón!

Pero el «mias» proseguía sordo ante aquella tempestad de invectivas y de amenazas, y el marinero pataleaba, cada vez más furioso, creyéndole ocupado en zamparse la miel.

—¡Adiós pasteles! —decía, riendo siempre, el mozo—. Por esta vez «Sciancatello» se come el dulce.

—¡Terremoto de Génova! —tronó el marinero—. Le daré una lección suficientemente enérgica para hacerle vomitar toda la miel. ¡Le romperé los huesos!

—¡Mírale, ya baja! —dijo Albani—. Parece que ya ha terminado de almorzar.

En efecto «Sciancatello» descendía a través de las ramas y de las hojas, pero sin prisa. Parecía que le embarazaba algo, pues sostenía con una mano un paquete voluminoso.

—¿Qué es lo que remolca ese tunante? —preguntó el marinero.

—Nos traerá cera, para que hagamos velas con ella —dijo Piccolo Tonno.

—Se la haré comer detrás de la miel. La cera me importa un higo… ¡Baja canalla, que voy a acariciarte las costillas!…

—«Sciancatello» descendía, pero siempre con grandes precauciones y sujetando el paquete.

—¡Mira el guasón! —exclamó el muchacho—. ¡Y aun dicen que los monos son menos inteligentes que los hombres!

—¿Porqué? —preguntó Enrique.

¿No ves que ha metido los panales de miel en la lona de la tienda que llevaba en bandolera?

—¡Eh! ¿Qué es esto? ¡Una gota!… ¡Rayos! ¡Es miel!

El marinero que estaba debajo del árbol, había sentido caerle una gota en la cara, y se encontró con que era de miel. Instantáneamente se tranquilizó.

—¿Si será «Sciancatello» mas honrado de lo que yo creía? —murmuró.

El «mias», que ya había salido de entre las ramas se dejó deslizar a lo largo del tronco como un verdadero gimnasta, y, ya en tierra, abrió la tienda que trasudaba miel por todas partes.

Estaba llena de panales.

Estaba llena de panales, pero no vacíos del delicioso jugo, sino completamente llenos. El marinero dio cuatro saltos alrededor del árbol, y enseguida, abriendo los brazos, estrechó contra su pecho al monazo, exclamando:

—¡Dame un abrazo, hijo mío! Eres el más honrado de todos los monos y de todos los orangutanes de la Tierra.

«Sciancatello» merecía el elogio, porque en lugar de saquear los panales por cuenta propia; los traía intactos para sus señores.

El marinero no perdió el tiempo. Se subió las mangas, se hizo dar la marmita, y se puso a extraer la miel estrujando la cera, de la que caían grandes y perfumados goterones.

Enseguida se vió que no era bastante la marmita para contener todo aquel sabroso jugo; pero el señor Albani se apresuró a proporcionar otros recipientes, haciendo varios cartuchos impermeables con las hojas de un árbol.

Cuando se terminó la operación, calcularon a cuanto alcanzaría la miel reunida; aproximadamente, serían unos doce kilogramos, de los cuales se apartaron algunos, con los que regalaron a «Sciancatello» y a los otros dos monos.

—¡Cuantos pasteles! —exclamó el marinero.

—¡Cáspita! Vamos a comer pasteles hasta saciarnos.

—Pero no has pensado en una cosa, Enrique —dijo Albani—. ¿Cómo vamos a atravesar los bosques con estos recipientes? La montaña está lejos todavía, y, además es muy alta.

—¡Rayos! Pues yo no dejo aquí mi miel, señor. Se la comerían los osos o los monos.

—¡Ya lo creo! Además tampoco podemos llevar con nosotros a los osos.

—Yo me quedo aquí, y usted subirá a la montaña.

—¿No tendrás miedo a los tigres?

—Tengo la cerbatana y las flechas envenenadas.

—Te dejaremos también a «Sciancatello». Es un buen compañero que, sabe manejar muy bien su estaca.

—¿Cuándo volverían?

—Me figuro que nos veremos obligados a acampar en la cima de la montaña. Mañana al amanecer, emprenderemos la vuelta.

—¿Serán capaces de encontrarme? ¿No se extraviarán en estos bosques?

—Conozco el medio para guiarnos. Adiós, Enrique.

—Buen viaje, señor. Le prepararé entretanto algunos pasteles. ¡Ya verán que deliciosos son!… Yo entiendo de eso…

Se despidieron otra vez, y el veneciano y el mozo se pusieron en camino, dejando al marinero, y a los dos monos también, quienes podrían aprovecharse de la ausencia del orangután para emprender la huida.

Al mismo tiempo que marchaban rápidamente, el señor Albani hacía señales en los troncos de los árboles, pero siempre sobre los que se encontraban a la derecha. De este modo no corría el peligro de no encontrar el camino al regresar.

El terreno comenzaba a elevarse, pero siempre cubierto de alta manigua y por grandes grupos de árboles, que ostentaban hojas enormes, de cuando en cuando interrumpían el camino masas colosales de naturaleza volcánica y hendiduras profundas, las cuales debían servir de lecho a los torrentes durante la época de las lluvias.

En aquellas pendientes abundaban las plantas gumíferas, sobre todo la «insonandra gutta», cuyo tronco tiene un jugo muy parecido al que produce el caucho.

El señor Albani, en su marcha, miraba atentamente todos los vegetales, y descubrió algunos árboles para ellos inestimables, porque podían proporcionarles un alimento que sustituyese al pan hecho con la fécula de la «arenga sacarifera».

Dichos árboles eran los llamados por los malasianos «bua kalusci», y por los botánicos «arctocarpus incisa» que produce una fruta muy grande, sin semilla, y que contiene una pulpa amarillenta que sabe algo a azúcar.

Más arriba descubrió también otros árboles que pertenecían a la misma especie, pero más productivos. Eran los «bua naglesa» o «artacarpus integriofolia», muy conocidos con el nombre de árboles del pan; plantas disformes, cuya fruta es la mayor de todas las de los vegetales, es redonda, de corteza escamosa y muy pesada; tanto, que no siempre pueden levantarla dos hombres.

—Si nos cae una sobre la cabeza, nos la quiebra como si fuese una nuez —dijo el mozo—. Jamás he visto una fruta tan grande, señor Emilio.

—Nos harán sudar para llevarlas a la cabaña, Piccolo Tonno —respondió el veneciano.

—¿Pensáis en venir a buscarlas?

—En eso pienso.

—Son buenas, por lo visto.

—Tienen el sabor del corazón de las alcachofas, y su pulpa, asada sobre los carbones, puede suplir al pan.

—Pero no se conservará.

—Los habitantes de la Polinesia la conservan en agujeros hechos en la tierra. Cierto que adquiere un sabor acidulado; pero para quien se acostumbra a él, no resulta desagradable.

—Serán precisos mozos de cuerda para transportar esos frutos hasta la cabaña.

—Si no tenemos mozos de cuerda, tendremos animales y una carreta.

—¿Una carreta?

—¿Y porqué no?

—Pero ¿quién va a tirar de ella? ¿El monazo?

—¿Quién?… He visto pisadas de babirusa, y si acertamos a coger dos, ya verás que hermoso tiro para el carro, Piccolo Tonno, te haré andar en carro, ya que no en coche.

—Pero vos queréis rodearnos de miles de comodidades, señor.

—Eso es lo que pienso. Ahora continuemos la marcha, o si no, vamos a llegar muy tarde a la cumbre. La montaña está muy alta todavía.

Volvieron a emprender la ascensión a través de aquella selva, que a cada momento era más intrincada y difícil, viéndose obligados a cortar los «rotangs» que algunas veces formaban redes inextricables, y haciendo huir con su presencia grandes bandadas de aves, especialmente de «podargus», pájaros feísimos, de cabeza gorda, pico corto y ancho, como si fuese una boca, con pocos pelos en la cabeza, y las plumas, rígidas y negruzcas.

Algunas águilas enormes, armadas de fuertes garras, con la cola larga y negra, y el vientre y el pecho de color rojizo, volaban, lanzando agudos chillidos.

En la mitad de la pendiente se encontraron numerosos grupos de monos, muy ocupados en saquear los árboles frutales. Los había de distintas especies, y huían rápidamente tan pronto como alcanzaban a ver a los dos náufragos, yendo a esconderse a lo más espeso de la floresta.

A las cuatro de la tarde, mientras descansaban a la sombra de tupidas ramas, el señor Albani señaló con el dedo un arbusto cuyas hojas ostentaban un verde muy bello, diciendo con voz alegre:

—Hemos hecho un descubrimiento. Haremos una plantación.

—Parece una planta del tabaco —dijo el mozo—. ¡Que fortuna para Enrique, que no piensa más que en la pipa y en los cigarros!

—No es tabaco, es una cosa mejor, ¡excava!

Piccolo Tonno desenvainó su cuchillo y se puso a excavar en la tierra que rodeaba planta. Poco después puso al descubierto un tubérculo bastante grueso, que pesaría un kilogramo largo, y que se parecía a una patata.

—¿Qué es esto? —exclamó sorprendido.

—Un «ubis» —respondió Albani.

—No entiendo.

—Una patata dulce.

—¡Lava del Vesubio!… ¡Una patata!

Y de las mejores muchacho.

—La asaremos entre las cenizas.

—Nada de eso, goloso. La conservaremos; trabajaremos un trozo de tierra, y dentro de tres o cuatro meses haremos la recolección.

—¿Esperáis encontrar más?

—Ciertamente Piccolo Tonno. Adelante y mirando siempre alrededor nuestro.

El mozo se metió en la bolsa el precioso tubérculo y volvieron a ponerse en marcha, mirando a diestra y siniestra.

Tres horas después llegaban a la cumbre de la montaña, cargados con otros siete «ubis» que descubrieron entre la maleza.

CAPÍTULO XV. UN CUARTO DE HORA TERRIBLE

Apenas estuvieron sobre la más alta roca de la cumbre, la cual se erguía aislada en medio de las florestas, echaron alrededor una mirada de viva curiosidad, en la seguridad de que al cabo podrían divisar los contornos de su posesión.

Sus previsiones habían resultado cumplidas: aquella tierra que los albergaba no era un continente, sino una isla, pues se prolongaba un buen trecho hacia el Sur. Su forma se parecía vagamente a la de un cuchillo enorme, alargándose hacia el Norte y restringiéndose hacia el Mediodía, pero con dentelladas más o menos pronunciadas, que formaban bahías pequeñas, y cercanos, algunos islotes microscópicos, diseminados aquí y allá, y adheridos a fuertes escolleras.

Hasta donde podían alcanzar las miradas de los náufragos, no se descubrían más que bosques, cuyos límites eran los acantilados de la costa, impidiendo ver si aquella tierra estaba o no habitada. Al parecer, no había ríos grandes ni chicos, pero se distinguían pequeños lagos y estanques, probablemente de agua salada, porque estaban en la proximidad del mar.

El veneciano aguzaba la mirada, con la esperanza de descubrir alguna otra isla; pero en vano. Al Este y al Oeste, como al Norte y al Sur, no aparecía mas tierra.

—Y bien, señor —preguntó el mozo—; ¿sabéis ahora donde nos encontramos?

—En una isla como lo habíamos supuesto; pero en cuál lo ignoro —respondió Albani.

—Pero ¿en dónde creéis que se halla situada esta isla?

—En el mar Zulú, de eso estoy seguro.

—¿Hay muchas islas esparcidas por este mar?

—Unas ciento; pero muchas no han sido visitadas hasta ahora. Hállanse divididas en cuatro grupos distintos; Cagayán, Basilán, Holo y Tawi Tawi.

—¿Y están todas habitadas?

La mayor parte y por intrépidos piratas, que recorren la mar hasta las mismas costas de las Filipinas. No hay mas que una isla cuyos habitantes eran de costumbres más blandas, y que fue descubierta por un compatriota nuestro, cuyo nombre lleva.

—¿De un italiano?

—Sí, Piccolo Tonno, de Rienzi, explorador intrépido, que visitó casi todas las islas Zulú. Esta isla se halla situada a los seis grados y veintiséis minutos de latitud Norte y ciento dieciocho grados y treinta y tres minutos de longitud Este del meridiano de París. Forma parte del grupo Basilán. Cuando nuestro compatriota descubrió y desembarcó en ella, un jefe de la isla, le salió al encuentro, y al saber quién era, quiso según costumbre del país, cambiar de nombre, lo cual hizo, gritando; «Yo me llamo datou Rienzi», y se dio en el pecho; después, dando otro pequeño golpe en el viajero dijo: «Tú eres el datou Maulat». Después le ofreció su kriss, y Rienzi le regaló sus pistolas. Desde entonces la isla se llama Rienzi, y todavía hoy conserva su nombre.

—Causa alegría, señor Albani, saber que nuestros compatriotas han hecho descubrimientos en estos sitios tan apartados.

—Te creo Piccolo Tonno; pero… ¡mira! O mis ojos me engañan, o es humo aquello que se ve allá abajo…

—¿Dónde, señor Emilio?

—Hacia aquella punta lejana, al Sur, detrás de aquellos bosques.

El mozo levantó la cabeza, y dirigió la mirada en aquella dirección. Las sombras que comenzaban a envolver la isla, sin embargo, divisó algo como si fuese un ligero penacho azulado.

—¡Humo! —exclamó, asombrado, el mozo—. ¡Entonces esta isla está habitada!

—¿O es niebla? —dijo el señor Albani, que se había quedado pensativo.

—Eso es lo que yo quisiera saber, señor.

—Para saberlo hay que recorrer por lo menos quince millas a través de los bosques, Piccolo Tonno. Me resisto a creer que esté habitada la isla.

—¿Por qué?

—Porque ya habríamos encontrado a alguien, mientras que hasta ahora no hemos visto más que monos.

—Pudieran ser pescadores que hayan desembarcado.

—O piratas, si quieres.

—¡Malísima compañía, señor!

—Si son piratas, no tardaran en embarcarse. Ardo en deseos de tener una canoa para dar una vuelta alrededor de la isla.

—La construiremos.

—Sí, Piccolo Tonno; pero cuando hallamos encontrado piedra en que afilar nuestra pobre hacha, ahora sin filo apenas. Acamparemos ya, y mañana temprano iremos en busca de Enrique.

—¿No correrá peligro el marinero, solo en medio del bosque?

—Está con él «Sciancatello» y el «mias» es ahora lo suficientemente robusto para poner en fuga a los mismísimos tigres, manejando su estaca. Además, Enrique lleva su cerbatana. Preparémonos un rincón para descansar.

Abandonaron la cumbre, que estaba absolutamente desnuda, y volvieron al bosque, donde con palos recubiertos con media docena de hojas de árbol del pan construyeron una especie de cobertizo.

Comieron unos bizcochos, encendieron una hoguera para alejar las fieras, y Albani se acostó bajo aquella improvisada tienda, poniéndose al lado la cerbatana, en la que había introducido una flecha envenenada. El mozo hacía el primer cuarto de guardia.

En la cima de la montaña, todo estaba tranquilo; no se oía más que el susurro de las hojas de los árboles mecidas por la brisa nocturna.

De cuando en cuando se dirigía hacia la margen de la maleza, y escuchaba, con la esperanza de oír el eco lejano de la voz del marinero; pero sin resultado. Sin duda alguna, el genovés dormía tranquilamente, soñando con hornos llenos de pasteles, y bajo la vigilancia de «Sciancatello».

El sueño le acometía con frecuencia, y a pesar de los esfuerzos que hacía, los párpados se le cerraban.

Se había sentado a pocos pasos de distancia, apoyándose en el tronco de un árbol semicarcomido, que formaba como una especie de silla. Silbaba entre los dientes una especie de barcarola para luchar contra el sueño; pero eran aquellos los últimos esfuerzos. Involuntariamente, cerró los ojos, y se durmió soñando con su lejana isla nativa.

¿Cuánto durmió? No pudo saberlo nunca; pero al despertar tuvo una horrible sorpresa. A quince pasos, un animal grueso, de pelaje amarillento y negro, con la cabeza parecida a la de un gato, pero mucho más grande, estaba tendido en el suelo, mirándole con sus dos ojos, que tenían reflejos verdosos, y que revelaban un deseo ardiente.

El pobre muchacho, al ver ante sí aquel animal, que parecía dispuesto a saltar sobre él para hacerle probar sus tremendas garras, palideció horriblemente, y quedó rígido, pegado al árbol, murmurando con un suspiro imperceptible:

—¡Muerto soy!

Había reconocido un tigre en el formidable adversario.

Echó en su torno una mirada de angustia; el señor Albani roncaba tranquilo y descuidado, bajo la pequeña tienda vegetal, y el fuego estaba extinguiéndose, lanzando sus últimos y moribundos reflejos.

Miró a sus pies para ver si estaba próxima la cerbatana; pero la cilíndrica arma se le había caído de las rodillas, y rodando por la pendiente, había ido a parar al pie de un «sontar», a cerca de diez metros de distancia.

El desgraciado muchacho sintió erizársele el cabello, y le pareció que se le clavaban en los miembros los dientes de la terrible fiera.

—¡Soy hombre muerto! —repitió.

Y podía considerarse despedazado, pues el primer movimiento que hubiese hecho para coger la cerbatana, o el primer grito que hubiese lanzado para despertar al veneciano, el tigre le acometería en el acto.

Volvió lentamente la cabeza, y miró a la fiera. Estaba tendido en el mismo sitio; pero parecía que no tenía prisa por acometer. Se estiraba como un gato que ha dormido bien, ondulaba muellemente la cola, se peinaba el pelo del pecho y de los costados con graciosa coquetería; en fin parecía no hacer caso alguno de la futura víctima.

De repente, pareció como si la cerbatana le llamase la atención. Hallábase esta, como hemos dicho, al pie de un árbol, y en una de sus extremidades tenía sujeto el cuchillo del mozo. Aquella lámina de acero, que un rayo de luna hacía brillar como un espejito, despertó efectivamente su curiosidad.

Se dirigió hacia el árbol con paso silencioso, pero como si vacilase, volviendo de cuando en cuando la cabeza hacia el muchacho, que se mantenía en una absoluta inmovilidad; después alargó una zarpa, y se llevó tras sí el arma. Viendo rodar aquella caña y aparecer y desaparecer la luz de la hoja del cuchillo, se puso a jugar, cual si hubiera olvidado a la víctima, haciendo un profundo «rom rom» de contento.

Cualquiera que lo viese creería que era un gatazo juguetón, y no un tigre sanguinario.

Piccolo Tonno, más sorprendido que nunca, comenzaba a respirar y a tener alguna esperanza. Si aquella fiera estaba de buen humor, aun podría salvarse. Sin embargo no osaba moverse todavía, porque el maldito tigre, a pesar de su juego, volvía de rato en rato la cabeza hacia él, como si quisiera asegurarse de que no se había marchado.

—¿Querrá asustarme solamente? —pensaba el muchacho—. ¡Oh! ¡Si pudiera escurrirme bajo la tienda y despertar al señor Albani!

Pero no encontraba medio alguno de advertir a su compañero del tremendo peligro que corrían. Acostado de lado, con un brazo bajo la cabeza, el veneciano continuaba durmiendo tranquilamente, y no daba señales de despertar.

De repente, una idea atravesó el cerebro del muchacho.

—¡Dios me ayude! —murmuró.

Mirando siempre a la fiera, se inclinó lentamente, con infinitas precauciones, hacia tierra. El corazón le latía con fuerza; un temblor nervioso le sacudía los miembros, y gruesas y abundantes gotas de sudor frío le bañaban la frente; pero continuaba bajándose, mientras que con una mano no cesaba de tantear el terreno.

Bajo sus dedos sintió un objeto duro; retiró el brazo lentamente, mirando siempre al tigre que seguía jugando con el arma.

—¡Una piedra! —exclamó—. ¡No fallemos el golpe!

Esperó un momento en que el tigre le volvía el dorso, y rápido como el relámpago arrojó la piedra bajo la tienda. El señor Albani, sintiendo que le caía en la cara una cosa, se levantó bruscamente, echando una mirada en rededor. ¿Comprendió lo que sucedía? Es probable, porque sin pronunciar palabra, sin hacer un gesto al mozo, cogió su cerbatana, y sosteniéndose acostado, como si durmiese todavía, acercó el arma a los labios.

Un instante después se oyó un ligero silbido, y el tigre interrumpió de repente sus juegos, mirándose alrededor de su cuerpo. Al ver aquella ligerísima caña suspendida de su costado, la arrancó de un zarpazo, y volvió a jugar, como si la cosa hubiese sido el picotazo de un simple mosquito.

No transcurrieron dos minutos, cuando se le vió dar un salto enorme, lanzando un rugido ronco, después de caer de costado, y enseguida revolcarse, presa de tremendas convulsiones.

Piccolo Tonno se lanzó hacia la techumbre, bajo la cual estaba el veneciano, gritando:

—¡Ah…, señor Emilio!

El veneciano había saltado fuera. Abrió los brazos y le estrechó, exclamando:

—¡Gracias mi valiente muchacho!

En aquel instante, el tigre herido por el poderoso veneno del «upas» y del «cetting» cesaba de vivir.

CAPÍTULO XVI. UNA LUZ MISTERIOSA

El tigre que había matado el veneciano con la flecha envenenada era uno de los de mayor tamaño, pues medía dos metros desde la nariz a la extremidad de la cola, y tenía un metro largo de estatura, a pesar de que los de las islas indomalasianas son comúnmente más bajos que los llamados «reales» en Bengala.

El terrible tóxico lo había reducido a un estado miserable. La boca contraída por los últimos espasmos, no tenía forma; los ojos se le salían de las órbitas y los rodeaba un cerco sanguíneo, y el pelo tan suave y liso, se le había encrespado. Una espuma sanguinolenta, mezclada con una serosidad amarillenta, le caía de los labios.

—¿Está muerto? —preguntó el mozo, que daba vueltas alrededor del tigre, pero siempre a cierta distancia.

—El veneno del «upas» es infalible —repuso Albani, dando con un pie en aquella masa inerte.

—Estoy vengado del terrible cuarto de hora que este animalazo me ha hecho pasar, señor Albani. ¡Ah! ¡Que miedo!

—Te creo, pobre muchacho. Un cazador de profesión no hubiera tenido menos miedo que tú; te digo que eres valiente.

—Gracias, señor.

—Ve a acostarte, que yo no te necesito, velaré hasta que venga el alba.

—Podéis creer que ya no tengo sueño y prefiero haceros compañía al lado del fuego.

—Entonces me ayudarás a desollar el tigre. Nos llevaremos una piel admirable.

Añadieron leña seca al fuego, medio extinguido, arrastraron al tigre hasta cerca de la hoguera, y quitando de la cerbatana el cuchillo, el señor Albani se puso al trabajo, ayudado por el muchacho.

—¡Qué animalazo! —exclamaba Piccolo Tonno, que no se cansaba de mirarle—. ¡Qué cuello y qué músculos! Estas fieras no deben de cansarse mucho al arrastrar las presas hasta sus cubiles.

—Algunas veces se ha visto a los tigres saltar una empalizada, llevando en la boca las mayores reses. Con este dato puedes formarte idea de la fuerza que tienen semejantes carnívoros.

—¿Es verdad, señor, que los tigres acometen indistintamente a todos los animales, incluso a los leones y a los elefantes?

—Esos son cuentos, muchacho, que cuentan los cazadores. Los tigres son más astutos de lo que se cree generalmente, y no se miden con aquellos animales que pueden vencerlos. Atacan a los antílopes, a los monos, tapires y babirusas, porque saben que estos no tienen medios de defenderse, o a los animales domésticos; pero huyen de los demás. Tampoco se atreven con los búfalos, porque han aprendido por experiencia que esos grandes rumiantes están armados de agudísimos cuernos, y que no retroceden nunca.

—Pero atacan a los hombres.

—Sí, cuando ya son viejos.

—¡Eso sí que es una cosa extraña! —exclamó el mozo.

—Ya te lo he dicho. Los tigres son muy astutos. Como no ignoran que los hombres poseen armas, mientras que son jóvenes y tienen la agilidad necesaria para caer sobre los demás animales de los bosques, dejan en paz a los hombres. Algunas veces acosados por el hambre, hacen víctimas humanas, pero prefieren los hombres de color, y, siendo posible, las mujeres y los niños, pues conocen el poder de las armas de fuego de los blancos. Cuando comienzan a envejecer, dejan los bosques y se esconden en los alrededores o cercanías de las aldeas, sobre todo de las fuentes, a donde saben que van por agua las mujeres, y allí hacen sus estragos. Sin embargo, la carne humana es un mal alimento para los tigres, porque crían sarna y pierden el pelo. Se diría que se vuelven leprosos, como los antropófagos de la Polinesia.

—¿Y no se pueden educar los tigres?

—Hay muchos rajás de la India que los tienen en libertad en sus palacios, pero son siempre peligrosos.

—¿Se podría acostumbrarlos a que no comiesen carne?

—También se ha probado ese medio; pero se vuelven muy feos y se pelan como los que comen carne humana.

—No seremos nosotros los que intentemos domesticar tigres…

—¡Calla!… —exclamó el señor Albani, interrumpiéndole bruscamente.

—¿Qué habéis oído? —preguntó el mozo, después de un instante de silencio.

—Una detonación muy lejana.

—¡Es imposible!… Si esta isla está desierta.

—Todavía no lo sabemos, y el humo que hemos descubierto ayer indica lo contrario. Ven muchacho.

Dejó en el suelo la ensangrentada piel del tigre que ya se había disecado, subió a la roca que formaba la cumbre de la montaña.

Ya en la cima miró hacia el Sur, y le pareció descubrir, en el mismo lugar donde vieron salir el humo, una débil claridad, que parecía proyectada por una hoguera encendida detrás de los bosques.

—¡Una luz! —exclamó—. No hay duda de que allá abajo acampan hombres.

—Pero ¿Quiénes serán? ¿Habitantes, o náufragos? —preguntó Piccolo Tonno.

El señor Albani no respondió, seguía mirando aquel resplandor, que unas veces se hacía mas vivo, distinguiéndose perfectamente entre las tinieblas, y otras parecía que iba a extinguirse.

Hacia las dos de la madrugada, aquella luz se extinguió bruscamente, para no volver a lucir. El señor Albani estuvo esperando en vano hasta el alba, por si oía otra detonación.

—Deben de ser piratas —murmuró—; sigo creyendo que esta isla no está habitada.

—¿Descendemos señor? —preguntó el muchacho.

—Sí, Piccolo Tonno.

Cargaron con la piel del tigre y con las patatas dulces recogidas en la floresta, y comenzaron a bajar bordeando las rocas y quiebras del monte, guiándose por las señales que hicieran en los árboles.

Tres horas después oyeron la voz del marinero, que salía del fondo de un valle lleno de árboles.

—¡Eh, marinero! —gritó el muchacho.

—¡Presente! —contestó Enrique con voz tonante.

—¿No hay nada de nuevo?

—Estoy educando a mis osos.

El señor Albani y Piccolo Tonno apretaron el paso, y poco después llegaban a una cabaña de ramaje, delante de la cual el marinero y «Sciancatello» tiraban de los osos que no querían moverse.

—Buenos días, señor Albani —dijo Enrique—. ¿Han pasado bien la noche en la montaña?

—Sí; matando un tigre que quería tragarse a Piccolo Tonno —dijo el veneciano.

—¡Cuerno de Belcebú!…

—No te inquietes; lo hemos matado, Enrique. Y tú, ¿has dormido bien?

—Como un tronco, señor. «Sciancatello» es un centinela valiente, que no ceja acercarse a nadie. También los monos son muy bravos. Conque, ¿sabéis en donde estamos?

—En una isla.

—¿Desierta?

—Eso es lo que ignoramos. ¿No has oído ni visto nada?

—Ver, no he visto; pero hace unas dos horas que me despertó un ruido muy semejante a u tiro lejano de fusil.

—También yo lo he oído.

—Entonces, no estamos solos en esta isla.

—¿Quién puede asegurarlo? Lo sabremos cuando podamos emprender un verdadero reconocimiento alrededor de la isla.

—¿Y cuando podremos intentar esa exploración?

—Dentro de algunas semanas; esto es cuando tengamos una canoa. Volvamos amigos míos; tengo prisa por llegar a la cabaña.

El marinero cogió las cuerdas de los osos; «Sciancatello» se hizo cargo de la marmita de la miel; Albani de la tienda y de la cera, y se pusieron en camino, precedidos de los dos monos y del mozo, que llevaba la piel del tigre.

Queriendo sin embargo, conocer otra parte de aquella floresta, con la esperanza de encontrar nuevos árboles que les fuesen útiles, siguieron una dirección distinta, desviándose un poco hacia el Este, seguros de llegar igualmente a la cabaña aérea.

Los árboles no variaban; veían siempre grupos de «sontar». De «duriones», de plantas gumíferas, casi pegadas unas a otras, «rotangs» desmesurados y raíces colosales, que se erguían por todas partes como serpientes.

Sin embargo, hicieron un descubrimiento curiosísimo, el descubrimiento consistía en un grupo de flores de gigantescas proporciones. Pertenecían a las «aroideas», plantas de una sola hoja, la cual comprendido el tallo, que parece una verdadera columna, alcanza una elevación de quince metros.

Del centro de aquél tallo, cuyo diámetro tenía un metro, salía una flor tan grande, que se vería muy embarazado el mayor gigante del mundo para colocarla en el ojal de su americana, pues tenía dos metros de alta con un diámetro de metro y medio. Y, cosa extraña, aquellas flores en lugar de in perfume agradable, exhalaban un olor apestoso, como de pescados putrefactos.

Algunas plantas útiles descubrieron; pero como iban muy cargados, renunciaron por el momento a saquearlas. Eran «mangostanos», árboles semejantes a nuestros cerezos, y llamados por los pueblos de Malasia «reyes de la fruta», porque efectivamente, dan la fruta mejor que se pueda imaginar.

Parecían granadas, pero tienen la pulpa blanca, y reúnen varios aromas, fundiéndose como si fuese un helado al meterla en la boca.

Hacia las cuatro de la tarde, los náufragos se encontraron en la costa oriental, que se alzaba mucho sobre el mar, y que defendían colosales rocas de diez y doce metros, cubiertas de plantas trepadoras.

Allí concluía la floresta; pero se veían pequeños campos llenos de abundante y crasa hierba, exentos de árboles añosos.

El señor Albani, que hacía ya algunos minutos que miraba con cierta atención, se detuvo para examinar el terreno de aquellos campos. Removía las plantas, las separaba con los pies, y parecía como si buscase obstinadamente algo importante.

—¿Creéis encontrar más patatas dulces? —le preguntó Enrique, que también se había detenido para descansar un poco.

—Busco otra cosa; por lo menos, un rastro —repuso el veneciano.

—¿El rastro de algún nuevo animal?

—No; de un cultivo antiguo.

—¡Cómo! ¿De un cultivo? —exclamaron el marinero y el mozo.

—Sí, amigos míos. Y estoy seguro de no equivocarme. Este terreno ha sido cultivado y limpiado de los árboles que en otro tiempo lo cubrían. Mirad: he aquí las señales de un surco; y aquí, debajo de esta hierba los restos de un árbol cortado y de otro medio arrancado.

—¡Rayos! —exclamó Enrique—. ¿Estará, efectivamente habitada esta isla?…

—Por lo menos, lo estuvo en algún tiempo —dijo Albani.

—¿Y por quién?

—Probablemente por alguna colonia de isleños de las Zulú.

—¿Hará mucho tiempo?

—Sí, muchos años.

—Pero, en ese caso se verían las trazas de algunas cabañas, o por lo menos, sus restos.

—Puede que los haya en estos alrededores.

—Busquémoslos, señor.

El veneciano no respondió. Miraba fijamente un grupo de plantas que crecían en medio de uno de aquellos descampados.

—¿Qué es lo que miráis, señor? —preguntó el marinero, asombrado al no recibir contestación.

—Dime, Enrique —dijo Albani, con cierta emoción—; ¿te agradaría tomar una taza de café?

—¡Terremoto de Génova! ¿Habéis encontrado…?

—¿Café?… Sí, Enrique, lo he encontrado, seguidme amigos míos. Dentro de pocos días degustaremos tan preciosa bebida.

CAPÍTULO XVII. LOS RESTOS DE UNA ANTIGUA COLONIA

Aquellas plantas que la avizorada mirada del veneciano, descubriera entre los árboles que rodeaban el pequeño descampado, tenían una elevación de cinco o seis metros, derecho el tronco, opuestas las hojas, éstas ovales, de un tono verde intenso, relucientes y semejantes a las de los laureles y cerezos.

Algunas de dichas plantas. Que estaban situadas en la sombra, hallábanse cubiertas de flores blancas, que exhalaban un perfume parecido al delicado del jazmín pero otras más expuestas al sol, tenían las ramas llenas de grupitos de cierta fruta semejante a la cereza, en el tamaño y el color.

El veneciano arrancó algunos frutos de aquéllos, los abrió fácilmente, y enseñó a sus compañeros una especie de nuez pequeña, pero que parecía formada por una simple película.

—He aquí el café —dijo.

—¡Café! —exclamaron los dos marineros—. Pero no se parece a los granos que tostamos y molemos por allá.

Sonrióse el señor Albani. Rompió la película, e hizo salir dos granos semiovales, todavía un poco tiernos, blanco-verdosos, pero que adquirían enseguida una consistencia cornea, tan pronto como los expusiesen al sol.

—Pues es el verdadero café —exclamó el genovés, en el colmo de la alegría—. Pero ¿cómo es que se encuentran estas plantas en esta isla? Indudablemente, crecen en estado salvaje.

—En su país de origen, esto es en Arabia, sí; pero aquí, no, Enrique. Estas plantas han sido transportadas y cultivadas.

—Pero ¿por quién?

—Por los que han desbrozado y cultivado estos campos.

—Pero ¿de donde han venido? —insistió el marinero.

—Probablemente de Mindanao, de Palaván, o de las Filipinas. Desde la llegada de los hombres blancos a casi todas las islas de la Sonda y del archipiélago del mar meridional de China, en mayor o menor escala se cultiva el café.

—¿Habrán sido devorados por las fieras esos cultivadores?

—Pueden haber abandonado la isla, o haber sido exterminados o reducidos a la esclavitud por los piratas de las islas Zulú.

—Sería curioso encontrar sus rastros, señor Albani. Por lo menos nos aseguraríamos de si esta isla está habitada todavía, o si está desierta.

—Explorando las costas lo sabremos, Enrique. ¿Quieres que hagamos recolección de café? Veo un gran número de frutas en perfecta madurez, y que ya no necesitan más que ponerlas al sol para que se sequen.

—Pero dentro de dos horas será ya de noche.

—Nadie nos prohíbe que acampemos aquí.

—Cierto señor, cojamos nuestro moka.

Ataron a un árbol los dos osos, y, ayudados por «Sciancatello», se pusieron a coger fruta, echándola en la lona de la tienda. Entretanto el muchacho cortaba ramas y hojas e improvisaba un asilo para defenderse de la humedad de la noche.

A las siete terminaron la recolección. A ojo pudo calcularse que habían recogido unos diez o doce kilogramos.

—¡Vaya paseo afortunado! —exclamaba el buen marinero, que parecía lleno de entusiasmo—. ¡Cáspita que lujo! Hasta café; y el azúcar no falta. Si encontráramos tabaco, yo sería el hombre más feliz de la tierra.

—Será difícil que lo encontremos, pues no lo usan los pueblos de estas regiones; pero buscaremos algo que pueda sustituirlo, Enrique —dijo el señor Albani—. Llevemos nuestro Moka debajo del techado, y comamos algunos bizcochos mojados en miel.

—¡También usted le llama moka, lo mismo que nosotros, los marineros! —dijo Enrique, mientras cargaba la lona de la tienda llena de café.

—Como que es su verdadero nombre, pues las primeras plantas se descubrieron precisamente en la costa arábiga, donde se halla la ciudad de Moka.

—¿Fue algún hombre de ciencia quien lo descubrió?

—Nada de eso, un pobre pastor de cabras. Por mejor decir, lo descubrieron las cabras.

—¡Oh! Eso es curioso.

—Tú, por lo visto no conoces la historia del café.

—No, señor.

—Te diré, ante todo, que el descubrimiento del aromático grano, hoy convertido en artículo de primera necesidad para la mitad de la población de nuestro globo, ocurrió hace siglos. Cuentan los árabes que un pobre pastor de cabras, desesperado por no haber podido casarse con una prima suya, pasaba todo el día durmiendo para olvidar su dolor. Una vez se despertó antes de tiempo, y, con gran sorpresa, vió que todas sus cabras daban saltos, como si se hubieran vuelto locas. Se levantó para averiguar la causa de aquella locura alegre, y se fijó en que algunas comían unas frutas esféricas, de color escarlata, y enseguida se reunían con las otras cabras y se ponían a saltar, tomando parte en la danza general. A su vez el pastor comió algunas de las frutas dichas, y sintió que le desaparecían la somnolencia y la melancolía. Al día siguiente comió más, y así continuó durante muchos días, experimentando siempre un contento cada vez mayor. Pasó por allí un peregrino, y sorprendido al ver saltar juntamente al pastor y a las cabras, quiso conocer el motivo de aquella alegría; satisfecha su curiosidad hizo una gran recolección de café, y se lo llevó en sus alforjas. Nunca había podido rezar, pues el buen mahometano se dormía al comenzar la plegaria; pero desde entonces rezó, pues la prodigiosa fruta le tenía siempre despierto. Aquel peregrino fue el primero que lo tostó, pues como tenía muy pocos dientes le era muy difícil romper los granos. Los redujo a polvo, probó a mezclarlos con agua caliente, y así se obtuvo la primera taza de café. Después hizo conocer a otros monjes de su religión el prodigioso descubrimiento, y estos lo adoptaron enseguida, extendiéndose su uso en Europa por los peregrinos musulmanes.

—¿Tardó mucho en adoptarse en Europa? —preguntó Enrique.

—Hacia el año mil quinientos, pero antes se corrió el peligro de que fuese prohibido incluso en Arabia.

—¿No gustaba?

—Al contrario; pero como primero se introdujo su uso en Turquía, los «ulemas» o sacerdotes musulmanes trataron de prohibirlo, porque era una bebida excitante; pero el sultán Solimán tuvo el buen acuerdo de dar permiso para que se abriesen en Constantinopla los primeros cincuenta cafés que ha habido, y en mil seiscientos cincuenta se extendió definitivamente el uso del brebaje en toda Europa.

¿Se pagaba muy caro entonces?

—Muchísimo Una libra costaba ciento veinte pesetas.

—¡Hubiera preferido comprar un barril de vino! —dijo, riendo, Enrique—. Y en estas islas de la Sonda, ¿hace mucho tiempo que se cultiva?

—Desde mil seiscientos noventa, en que los holandeses plantaron las primeras plantas en su magnífica y espléndida isla de Java, hoy célebre por sus ricas plantaciones de moka.

—Señor Albani —dijo el marinero, deteniéndose ante la tienda construida por Piccolo Tonno—, ¿habrá más plantas preciosas en estos contornos? Lo digo, porque los antiguos colonos pudieran haberlas transportado y cultivado.

—Es posible, Enrique. Mañana daremos un paseo por estos alrededores.

Hallándose muy cansados por tan larga caminata, se apresuraron a comer algunos bizcochos mojados en la perfumada miel de las abejas salvajes, dando algunos a «Sciancatello», a los dos monos y a los osos; enseguida se tumbaron sobre un lecho fresco de hojas, sin tomarse cuidado de montar guardia, pues sabían que «Sciancatello» no dejaba acercarse a nadie.

Con las primeras luces del alba, después de un parco desayuno, el señor Albani y Enrique se pusieron en camino para explorar aquella parte de los bosques, y el mozo se quedó de guardia de los osos, con «Sciancatello» y los dos monos.

A cada paso que daban a lo largo de los márgenes de la floresta, encontraban señales evidentes de que aquellas tierras habían sido cultivadas. Se veían surcos, pero ya medio borrados, probablemente por las lluvias, y por la invasión de los vegetales; veíanse troncos cortados, pero ya medio podridos, y hechos guaridas de millares de insectos; agujeros profundos, acaso trampas para cazar animales salvajes, ramas muy bien cortadas y colocadas en cierto orden, como si estuviesen puestas a secar.

No había duda de que en un tiempo habían crecido muchas plantas útiles en aquellos trozos de tierra descampados; pero los «rotangs» y las malas hierbas las habían ahogado desde que abandonaron el cultivo de los colonos.

El señor Albani observaba todo con gran atención esperando descubrir otras plantas. De pronto, en medio de un caos de altas gramíneas, de plantas trepadoras y de enormes raíces, descubrió unos grupos de hojas acanaladas, guarnecidas de pequeñas espinas oscuras, verdes por la parte superior y blancuzcas por la inferior, rodeando una fruta oval, larga, como del tamaño de dieciséis pulgadas, de un diámetro de diez, y de color amarillo dorado muy bello.

—¡Ananás! —exclamó, acercándose y apartando raíces y hierbas.

—Son deliciosas —dijo el marinero, que ya las había comido—. Me gustan mucho, señor Albani. ¿Habrán nacido…?

—Sí, importadas por esos misteriosos colonos que desembarazaron y trabajaron estas tierras. Probablemente se habrán vuelto bravas; pero transplantándolas a otro terreno y cultivándolas, serán exquisitas.

Recogió algunas de aquellas frutas, que exhalaban un olor agradabilísimo, probó una. La pulpa que se deshacía en la boca, era muy gustosa, pero tan áspera que hacía sangrar las encías, lo mismo que las ananás blancas de la India.

—Cultivadas en nuestro huerto, resultarán muy buenas —dijo el veneciano—. Cuando llegue el momento de plantarlas, vendremos a buscarlas.

Hicieron una recolección de fruta madura, y prosiguieron la exploración, yendo hacia la playa, que aparecía siempre coronada de altísimas rocas, sobre las cuales anidaban centenares de golondrinas marinas.

Iban a emprender la ascensión a una de aquellas rocas, para echar una mirada al mar y a la costa, cuando al marinero le pareció ver una pequeña abertura muy oscura, semicubierta por el hacinamiento de plantas trepadoras, que se habían adherido tenazmente alas grietas.

—¿Una caverna? —se preguntó, deteniéndose.

—Sería un hermoso descubrimiento —dijo Albani.

—¿Porqué, señor?

—Porque podría servir de almacén y en caso de peligro de refugio.

Efectivamente no estamos lejos de nuestra cabaña aérea. Habrá unos mil doscientos o mil trescientos pasos de distancia. Acabo de ver el techo de nuestra vivienda.

—No creía yo que estuviéramos tan cerca. Vamos a examinar la caverna.

—Se necesitará luz, señor.

—Mira allí hay un árbol gumífero, que puede proveerte de una buena antorcha —dijo el veneciano indicándole una «isonandra gutta».

El marinero cortó algunas ramas, y encendió una de ellas; enseguida separó la cortina de plantas trepadoras y entró por aquella abertura, que parecía internarse entre las grandes rocas.

Un olor extraño y poco agradable hirió la pituitaria de los náufragos; pero adelantando la antorcha, por miedo a caer en cualquier precipicio, siguieron avanzando con desconfianza.

Delante de ellos se abría un corredor estrecho y de metro y medio de elevación, el cual descendía suavemente. Era muy liso de paredes, y no se veían estalactitas ni estalagmitas, cuya ausencia indicaba que no hacía humedad.

Recorrieron diez pasos, y se hallaron de improviso ante una gruta circular, cuya bóveda era muy alta, y el suelo estaba cubierto de arena blanca y perfectamente seca.

Iban a continuar la exploración, pues habían visto en una de las extremidades una oscurísima abertura, que debía de ser un segundo corredor, cuando salió de aquella parte una multitud de enormes murciélagos llamados por los malasianos «kulang» y por los naturalistas «pteropus eduli».

Apenas tuvieron tiempo de hacerse a un lado y de bajar la antorcha. Aquellos horribles volátiles atravesaron la gruta batiendo vivamente sus inmensas alas membranas, desarrollando una rápida corriente de aire, y huyeron por el corredor que daba al campo.

—¡Al diablo con esos pájaros! —exclamó el marinero—. ¿No habrá más?

—No lo creo —respondió Albani—. Vamos adelante, Enrique.

El marinero y su acompañante penetraron en el segundo corredor, que era bajo y estrecho como el primero, pero que descendía más rápidamente, y se encontraron en una segunda caverna, también circular, pero más amplia que la primera, pues medía una circunferencia de cuarenta metros, por lo menos.

Aquella caverna debía de encontrarse casi al nivel del mar, pues se oían dentro rumores prolongados, producidos sin duda alguna, por los olas, que se estrellaban al pie de la roca.

—Allí hay un agujero —dijo el marinero, indicando una abertura irregular, del tamaño de un duro, por donde penetraba un poco de luz diurna—. Vamos a ver si se distingue el mar.

—Se había acercado a la pared, con objeto de subirse sobre unas piedras que había debajo de l agujero. Cuando Albani le vió detenerse en el acto, y hacerse atrás vivamente, exclamando:

—¡Terremotos y truenos! ¡Un cadáver!

CAPÍTULO XVIII. LA SERPIENTE DE ANTEOJOS

El señor Albani, al oír aquella exclamación, se acercó, lleno de la más viva curiosidad.

Allí, al lado de la pared, tendido sobre un lecho de hojas secas, yacía, en efecto, un cadáver, enteramente desnudo y reducido al estado de momia.

Era un hombre de baja estatura, membrudo, de ancho pecho, con la cara huesuda y casi cuadrada, la nariz aplastada, la boca muy grande, mostrando unos agudos y magníficos dientes, pero que en lugar de ser blancos, eran negros, como los de todos los naturales de los pueblos donde existe el hábito de mascar «betel».

Su epidermis era rojo-oscura con un ligero tinte verdoso.

Al lado de la momia se veía uno de esos puñales de un pié de longitud, de lámina serpenteante, de finísimo acero, que usan los malayos, y que llaman «kriss» y una cerbatana rota por la mitad.

—¡Un malayo! —exclamó Albani—. ¿Será uno de los colonos que devastaron la parte de la floresta donde hemos visto las plantas de café?

—Pero ese hombre ha de haber muerto hace mucho tiempo —observó el marinero que se tenía a respetable distancia.

—Probablemente hace varios lustros.

—¿Y como se ha conservado tan bien?

—Esta caverna es muy seca, poco aireada y fresquísima y por eso, el cadáver en lugar de pudrirse, ha ido desecándose lentamente.

—¿Habrán matado a ese pobre diablo?

—No le veo ninguna herida en el cuerpo.

—¿Todavía piensa en utilizar esta tumba?

—Esta tumba como tú la llamas, será un soberbio depósito para conservar nuestros víveres. Enterraremos la momia si te disgusta y después transportaremos aquí nuestras provisiones.

—¡Ese muerto me produce cierta aprensión, señor Albani!

—¡Bah! ¡Salgamos, y vámonos en busca de Piccolo Tonno!

Dieron una vuelta por la gruta para ver si había alguna otra momia, cogieron el «kriss», arma preciosa para quienes no tenían mas que un hacha y dos cuchillos, por entonces sin filo, y entraron en la segunda caverna; iban a salir ya del corredor, cuando el marinero se detuvo de pronto dando un grito de dolor.

—¡Enrique! —exclamó el veneciano, saltando hacia fuera con el «kriss» empuñado.

—¡Aquí: socorro!… ¡Me muerde!… —gritó el genovés con voz ronca.

El señor Albani bajó la mirada, y palideció de un modo espantoso. Una serpiente, lanzándose por encima de las plantas trepadoras que obstruían el ingreso en la caverna, había clavado sus dientes venenosos en la pantorrilla izquierda del desgraciado marinero.

Aquel traidor reptil era del grueso de una botella, y de poco más de dos metros de largo; tenía el cuerpo cubierto de escamas de un color amarillo oscuro, que brillaban como lentejuelas de oro, y dos círculos blanquecinos situados en la parte de atrás de la cabeza, representando perfectamente un par de anteojos.

El veneciano, sin reparar en el tremendo peligro se precipitó hacia delante.

Había reconocido en aquel reptil a la terrible «serpiente de anteojos», cuya mordedura a muy pocos perdona la vida.

El monstruo, viendo aquel nuevo enemigo, dejó al marinero y se irguió sobre sus anillos, dilatando de un modo enorme la garganta y abriendo la boca, pues a voluntad pueden abrirla hasta los dos primeros anillos del cuello.

Rápido como un relámpago, Albani extendió el brazo y de un solo tajo la decapitó; enseguida, saltando sobre el cuerpo, que se retorcía rabiosamente, sostuvo entre sus brazos al marinero.

Sin perder un momento, lo tendió sobre un montón de hojas secas, le arremangó los calzones, poniendo al desnudo la pantorrilla, rasgó el pañuelo, el único que poseía y ligó fuertemente la pierna.

Hecho esto, y sin pensar en que podía envenenarse, aplicó sus labios a la herida, en el mismo lugar donde se veían dos puntitos sanguinolentos, e hizo una fuerte succión, escupiendo enseguida.

El marinero, medio desvanecido, no parecía ver nada. Pálido como un cadáver, con las facciones alteradas, los ojos vidriosos, la frente cubierta de sudor que debía de ser frío, respiraba anhelosamente.

No estaba menos pálido que el marinero el señor Albani ni menos alterado. También tenia bañada la frente en frío sudor; pero seguía operando sin perder segundo. No ignoraba las terribles consecuencias del veneno de las «serpientes de anteojos»; sabía que inyectado en cierta cantidad produce la muerte en menos de un cuarto de hora.

Tentaba todos los recursos que le sugería la experiencia; pero tenía muy poca esperanza en poder salvar a su compañero. Tan solo un milagro podía arrebatárselo a la muerte.

Hecha la succión de la herida, medio heroico, pero peligrosísimo, porque basta una imperceptible herida en los labios o en las encías para que se envenene la persona que la realiza, empuñó el cuchillo e hizo en la pantorrilla una incisión profunda en forma de cruz.

Con los dedos alargó el corte, obligando a salir fuera la sangre por medio de una presión enérgica; enseguida cogió la tea, que aun no se había apagado, y la punta que estaba enrojecida la aplicó sobre la incisión.

El marinero al sentirse quemar la carne viva, medio saltó como si hubiese sufrido una descarga eléctrica de gran fuerza, gritando con voz entrecortada:

—¿Qué es… lo que… hace usted…, señor?…

—Cálmate, Enrique; trato de salvarte —respondió Albani con voz conmovida.

—Me… quema… las carnes…, señor.

—Es preciso, amigo mío.

El marinero se movía; pero el veneciano le tenía sujeto con su diestra, mientras que con la mano izquierda continuaba quemando la carne.

—¡Terremoto…, basta! —gritó el marinero.

—Sí basta —respondió Albani, retirando el tizón.

—Sufro… me parece que el corazón se me hiela… Señor Albani, se ha concluido… Éramos… tan… felices… ¿La ha… muerto?

—Sí —respondió el veneciano, limpiándose rápidamente dos lágrimas que le rondaban por las mejillas.

—Señor…, la cabeza me da vueltas… Me parece que me arde… el cerebro… ¡Piccolo Tonno!… Quiero verle…, quiero…

No pudo concluir. De improviso, las fuerzas le abandonaron, y cayó hacia atrás con los ojos extraviados y alteradas las líneas del semblante. Su cuerpo, rígido, de cuando en cuando, sufría estremecimientos, y los labios daban paso a la respiración, entrecortada y anhelosa.

El señor Albani le miraba con ojos amortiguados, temiendo ver morir de un momento a otro a su desgraciado compañero.

Un grito le sacó de su muda desesperación. Piccolo Tonno había apareciendo de improviso en la floresta.

—¡Gran Dios! —exclamó el mozo—. ¿Qué es lo que ha sucedido, señor?

—Que le ha mordido una serpiente.

—¿Y se muere?

—No desesperemos, muchacho mío —dijo Albani refrenando las lágrimas.

—¡Ah! ¡Sálvele, señor Albani! —exclamó el mozo rompiendo en sollozos—. ¡Usted, que sabe tantas cosas, puede arrancárselo a la muerte!

—He hecho todo lo que he podido hacer.

—Pero ¿tiene alguna esperanza?

—Puede ser.

—Dígame…

—Calla, Piccolo Tonno. Ve a buscar agua.

—Tengo mi cantarilla llena. Tome usted, señor.

Albani cogió el receptáculo que le alargaba el muchacho y lavó la sangre que continuaba brotando de la herida; después, viendo que la pantorrilla del marinero se había hinchado mucho, desató el pañuelo y lo anudó más arriba, para evitar la pérdida del miembro herido.

Enrique parecía desvanecido todavía, pero a poco la palidez de su rostro fue adquiriendo un tono menos transparente, y su respiración anhelosa antes, comenzaba a ser más tranquila y regular.

Albani le tomó el pulso, y observó que no estaba más agitado. Una viva emoción se le pintó en el rostro.

—Piccolo Tonno —dijo al mozo, que continuaba llorando—. Va a realizarse un milagro, que hace muy pocos minutos no esperaba.

—¿Llegará usted a salvar a Enrique?

—Empiezo a tener esperanza.

—Entonces ¿no era venenosa la serpiente?

—De las más venenosas, porque las «serpientes de anteojos» matan al hombre más robusto en un cuarto de hora, y casi nunca se puede salvar a las personas a quienes muerden.

—Pero ¿está usted seguro de que no morirá?

—Ya ha transcurrido el cuarto de hora, y Enrique vive todavía, y aun parece que está mejor. Mira: ahora duerme.

En efecto el marinero había caído en un letargo profundo, pero se le había vuelto el color al rostro, y la respiración era por momentos más regular. ¿Cómo había escapado de la muerte? ¿Qué milagro se había realizado? Cierto que Albani había acudido rápidamente, intentando todos los medios conocidos, pero no siempre eficaces, especialmente contra las mordeduras de esas terribles serpientes de los trópicos, cuyo veneno es diez veces más peligroso y activo que el de nuestras víboras.

O los calzones del marinero, hechos de tela gruesa, absorbieron gran parte del líquido mortal en el momento en que los dientes del reptil los atravesaban, o bien el reptil se había descargado del veneno poco tiempo antes.

—Ve a mirar debajo de aquellas plantas trepadoras —dijo Albani al mozo—. Quiero encontrar la causa de esta curación maravillosa. La serpiente salió de allí cuando Enrique pasaba.

—¿Qué es lo que espera usted que encuentre? —preguntó el muchacho, sorprendido ¿Algún remedio?

Piccolo Tonno se armó con una rama gruesa, y se metió entre las plantas que descendían a lo largo de las rocas, formando una tupida cortina. Poco después volvía, trayendo cogida por la cola una gruesa ardilla voladora, de las llamadas «pteromys».

—Señor Albani —dijo—, he encontrado este animal, que nos servirá para comer, me parece que ha sido muerto hace poco tiempo.

—Dámelo, muchacho —repuso el veneciano, lleno de alegría.

Cogió el «pteromys» y observó que aun estaba ligeramente tibio, señal evidente que no hacía media hora que lo mataron.

Lo examinó, y vió en uno de sus costados dos profundos agujeros, de los cuales salían algunas gotas de sangre.

—Este ha salvado a Enrique —exclamó, muy alegre.

—¡Cómo! ¿Esa ardilla ha salvado a nuestro compañero? —preguntó Piccolo Tonno, siempre admiradísimo.

—Sí, Piccolo mío, sí. La serpiente, pocos momentos ante de que nosotros saliésemos de la caverna, había sorprendido a este animal, descargando o vaciando en él toda su provisión de veneno; así que cuando mordió a Enrique, no se hallaba en condiciones para hacer mortal su mordedura. Alegrémonos, Piccolo Tonno. Enrique sanará, y me parece que muy pronto. Mi cura ha bastado para evitarle la muerte.

—Efectivamente, señor, ahora duerme tranquilo.

—Y le dejaremos dormir. Por ahora haremos aquí nuestro campamento.

—¿Quiere que vaya a la cabaña a por algo?

—Sí, Piccolo Tonno. Ve a buscar un pedazo de lona de las velas para quitar el sol a Enrique, trae provisiones, y retuércele el cuello a un par de tucanes, para preparar caldo para nuestro enfermo.

—Y llevaré los osos al recinto.

El muchacho marchó corriendo hacia donde estaban los osos y los monos, y el señor Albani, se sentó junto al marinero, esperando con ansia a que despertase.

Ya estaba seguro de la curación del mordido, pues tan solo pudo inyectarle el reptil una parte infinitamente pequeña de veneno. El genovés había vuelto a recobrar su color, un hermoso color moreno, ligeramente tostado; tenía el pulso regular, la respiración libre y natural, y habían desaparecido las rigideces y el sudor frío que inundara la frente.

Aquel reposo, que tanto se prolongaba, debía producirle una mejoría notable y reponerle las fuerzas.

Una hora después llegó Piccolo Tonno, acompañado de «Sciancatello» y de los dos monos, cargados de provisiones. Había llevado los osos al recinto; hizo una visita a la cabaña aérea, encontrándolo todo en el estado en que lo dejaran, y bajó a retorcer el pescuezo a dos gruesos tucanes, como le habían dicho.

Se armó la tienda para proteger al marinero contra el sol. Encendieron lumbre, y se pusieron a cocer el volátil más craso, para preparar una buena sopa al pobre enfermo.

Hecho todo esto, se sentaron a la sombra, esperando pacientemente a que su compañero se despertase.

CAPÍTULO XIX. LA BABIRUSA

El sueño del marinero se prolongó hasta el mediodía, siempre de un modo regular y tranquilo.

Cuando abrió los ojos, el bravo genovés parecía absorto de verse acostado bajo aquella improvisada tienda, entre sus dos compañeros y «Sciancatello», que se había acurrucado a sus pies, como si adivinase que se hallaba enfermo su amigo.

—¿Que es lo que hacemos aquí? —preguntó, mirando al señor Albani y al mozo, que le observaban sonriendo.

Pero se acordó enseguida de cuanto había sucedido.

—Pero ¿yo no estoy muerto? —exclamó—. ¡Ah! ¡Señor Albani, le debo la vida!… ¡Mi Piccolo Tonno, no creí volver a verte!

—¿Cómo estás? Preguntó el veneciano, apretándole afectuosamente una mano.

—Estoy muy débil, pero muy débil, señor, y me parece que tengo vacía la cabeza. Mas me veo vivo, y esto me basta. Todavía siento agudos dolores en la pierna mala; pero ¡bah!, ya pasarán. ¡Terremoto!… Me ha abrasado usted las carnes.

—Era necesario, Enrique, si no hago eso, corrías el peligro de morir en el espacio de un cuarto de hora.

—Antes de abandonar a usted, preferiría perder las dos piernas.

—Basta —dijo Albani, viendo que el marinero hacía esfuerzos para poder hablar—. Tómate esta taza de caldo, y vuelve a cerrar los ojos. El reposo te hará bien.

—También lo creo, señor. Siento que de nuevo me invade una somnolencia irresistible.

Bebió la taza de caldo, tomó unos sorbos de «tuwak» y volvió a tenderse. Pocos minutos después, se quedó dormido; pero ya no era sopor, sino un sueño verdadero.

Durante todo el día, el señor Albani y el muchacho estuvieron junto al herido, velándole, acompañados de «Sciancatello», quien, viendo de aquel modo a su amigo, suspiraba de cuando en cuando.

A la caída del sol, el marinero que se sentía menos débil y con apetito, comió un muslo de tucán y un bizcocho, regando la cena con un nuevo y largo trago de «tuwak».

Sus compañeros estaban contentísimos por la rapidez con que iba la curación, verdaderamente prodigiosa. El mismo marinero, que por la mañana se creía muerto, estaba asombrado.

—Casi estoy por creer que las «serpientes de anteojos» no son tan venenosas como afirman los viajeros —dijo—. Debí haberme muerto en un cuarto de hora, y estoy más vivo que antes.

—Puedes dar gracias a esa pobre ardilla, que recibió antes que tú la provisión del veneno del reptil —dijo Albani—. Sin esa casualidad afortunada, estarías muerto.

—¿A pesar de la cura que me ha hecho usted?

—Esa cura es buena contra las mordeduras de las víboras, pero puede muy poco contra las de las «serpientes de anteojos», y de las serpientes llamadas «del minuto».

—Pero ¿dónde tienen almacenado el veneno esos condenados reptiles?… ¿En los dientes?

—En una glándula, del maxilar superior, basta con una ligera presión para que el líquido mortal descienda a través de los dientes por dos canalillos que los perforan.

—¿Y se muere siempre?

—Siempre no, pues eso depende de la mayor o menor cantidad de veneno que inyectan en la herida. Una pequeña dosis solo causa una enfermedad breve, o graves disturbios que después de un tiempo pueden ocasionar la muerte. Otras serpientes también venenosas, producen enfermedades muy extrañas, pero no matan. Sueños, hinchazones dolorosas, que se reproducen todos los años en la época en la que se sufrió la mordedura; erupciones y flictenas que duran varios meses, causando dolores de cabeza, debilidad general y opresiones en el corazón.

—Y cuando se recibe todo el veneno, ¿se muere pronto?

—Sí; la «minuto snake» o «serpiente del minuto» que es una de las más pequeñas, pues no tiene más de veinte centímetros de longitud, mata ordinariamente en noventa segundos; la de «anteojos», como ya te he dicho en un cuarto de hora; la de «cascabel», en quince minutos también, y a veces en dos solamente; la «serpiente de Java» en cinco minutos; sin embargo algunos mordidos vivieron diez y hasta dieciséis días; la «víbora» europea puede matar a un niño en una hora, pero un adulto vive varias semanas.

—¿Es verdad que el veneno se puede beber impunemente?

—Algunas veces, sí; sobre todo, cuando el estómago no ha terminado de hacer la digestión; pero siempre es peligrosísimo, porque si se mezcla con la sangre por medio de alguna heridita, por pequeña que sea, es mortal. Además no todos los venenos se pueden deglutir. Hay algunos tan activos, que basta con que se bañe en él un dedo para sentir ligeros síntomas de intoxicación. Especialmente los de los reptiles tropicales, muy fácilmente se absorben por los poros de la piel. Pero basta de serpientes, amigo mío; vuelve a acostarte, y mañana, si puedes moverte nos volveremos a nuestra cabaña aérea.

—Cojeando pero ya verá como si puedo moverme, señor Albani. Me parece que ha transcurrido un mes desde que nos pusimos en camino.

—Hasta mañana, pues.

Piccolo Tonno había encendido fuego para alejar a las fieras, pues había descubierto en aquél extremo del bosque pisadas que parecían de tigres, se sentó fuera de la tienda, junto al «mias», e hizo su cuarto de guardia.

El señor Albani se acostó ceca del marinero, que ya comenzaba a roncar, a pesar de haber dormido todo el día.

Durante la noche no hubo más que una pequeña alarma en el último cuarto de guardia, causada por haber visto que rondaban grandes siluetas próximas al bosque; pero bastó con la presencia del «mias» para ponerlas en fuga.

Cuando despertó Enrique, parecía ya perfectamente curado; tan solo la pierna estaba un poco hinchada, y la llaga que le causara la quemadura le producía dolores agudos.

Sin embargo, quiso marchar, pues deseaba mucho volver a ver la cabaña, y, sobre todo el horno, para hacer los famosos pasteles.

«Sciancatello» y el mozo se encargaron de la tienda, de las armas y de los víveres, y Enrique, apoyándose ene l brazo del señor Albani, dio animosamente la señal de partida. Cojeaba bastante, y de cuando en cuando palidecía, por la violencia del los espasmos que soportaba; pero no se le oía quejarse.

Deteniéndose cada doscientos o trescientos pasos, con objeto de que reposase el herido, a las nueve ya habían llegado a unos quinientos pasos de la cabaña aérea, alrededor de la cual volaban chillando, bandadas de papagayos, de plumas pintadas de mil colores, y multitud de golondrinas marinas.

Se habían detenido para conceder a Enrique el último momento de descanso, cuando vieron a los dos monos tirar los palos de sostenimiento de la tienda y detenerse cerca de un agujero socavado en las lindes de la plantación de bambúes con objeto de cazar grandes animales.

Los dos cuadrumanos parecían presa de una viva agitación; gritaban, saltaban alrededor del agujero y levantaban y agitaban sus largos y peludos brazos.

—¿Qué es lo que sucede allá abajo —preguntó el mozo—, que parece que nuestros monos quieren dar una voltereta en el trampolín?

—¿Se habrá caído en la trampa uno de su especie?

—Si fuera un mono no le costaría trabajo saltar afuera —repuso el veneciano.

—Pero gritan sobre uno de los agujeros que hemos hecho para cazar animales grandes, señor Albani —dijo el muchacho.

—¡Alguna fiera habrá caído! Apresuremos el paso, amigos, y preparemos las cerbatanas, pues pudiera ser algún tigre.

Alargaron el paso, llevando medio en vilo al marinero, y en pocos minutos llegaron al agujero, y se asomaron a ver que había en él. Como había supuesto el veneciano, la ligera cubierta de cañas que cubría la trampa había cedido al peso de un animal corpulento que se encontraba prisionero en el fondo del pozo.

Era del tamaño de un ciervo, pero se parecía por la forma a un cerdo, aun cuando tenía las patas mucho más largas y delgadas. Su cuello era grueso como el de este último animal, y el hocico saliente, pero armado de dos dientes o colmillos, retorcidos y fuertes, que partiendo del maxilar superior, le subían en curva hasta los ojos. El pelo lo tenía lanoso y corto, y de color ceniciento.

—¿Qué animal es? —preguntaron el marinero y el muchacho.

—Una babirusa —respondió Albani—. Forma un grupo particular de la familia de los cerdos.

—¿Y su carne es buena? —preguntó el marinero.

—Se parece a la del cerdo.

—¡Mire usted, señor! —exclamó el muchacho—. Hay también otros dos pequeñitos.

—Bueno —dijo el veneciano—. Ya comienza a poblarse nuestro reino: dos osos, tres monos, tres babirusas, una pajarera regularmente repleta… En tres semanas hemos logrado más de lo que podíamos esperar, pues la pitanza la tenemos asegurada. A la cabaña Piccolo Tonno; celebraremos el acontecimiento y la curación de nuestro valiente Enrique con un banquete.

—Y yo les ofreceré pasteles —dijo el marinero—. «Sciancatello» supongo que habrás respetado la miel…

CAPÍTULO XX. NUEVOS DESCUBRIMIENTOS

Aún cuando ya comenzase a reinar la abundancia en la cabaña, poseyendo, como poseían, una gran provisión de pan, un recinto o gran corral con animales pequeños y grandes, armas para procurarse más, licores y azúcar extraído de la «arenga sacarífera», los náufragos, como personas previsoras no dejaron de seguir trabajando.

El veneciano quería dotar a la microscópica colonia de otras muchas cosas que hacían falta, y acumular víveres suficientes para largo tiempo, en previsión de que les faltasen por alguna causa.

No teniendo por el momento necesidad de visitar la isla para cerciorarse de si estaba o no habitada; no pudiendo construir una chalupa sin antes encontrar piedras de afilar, para poner en condiciones de uso el hacha, que estaba casi inservible, apenas el marinero se encontró en disposición de poder andar, se dedicaron a diversos trabajos de carácter urgente.

Ante todo, alargaron el recinto para separar los animales, agrandaron la pajarera, pues había aumentado considerablemente el número de los pájaros, porque el mozo había hecho gran acopio de liga, extrayéndola del «giunta wan»; después se dedicaron a desbrozar un buen trozo de terreno para la plantación de las patatas dulces, que habían conservado religiosamente.

Los dos marineros fueron los que se ocuparon de los cultivos. Por su parte, el señor Albani se dedicó a explorar los bosques en compañía de «Sciancatello» buscando nuevas y útiles plantas que pudiesen servir a la pequeña colonia.

Había descubierto otras patatas dulces, una especie de cebollas exquisitas, tubérculos que se asemejaban a los rábanos, varias frutas de arctocarpo, del «bua mangha» («arctocarpus integrifolia»), que son de enormes dimensiones, pesando hasta cerca de sesenta kilogramos; «bua champandas», variedad más pequeña, pero más dulce y delicada, y la fruta del «tambul» («arctocarpus incisa» o árbol del pan).

El bravo veneciano había hecho asar aquella pulpa amarillenta en el horno, en la marmita y entre las brasas, y la había empleado con éxito en la fabricación de cierta pasta; una parte de ella la reservaba agujeros socavados en la tierra, después de haberla envuelto entre hojas de plátano.

Así conservada la pulpa se volvía un poco ácida después de cierto tiempo; pero no por eso era desagradable y servía para remplazar el pan.

Sin embargo de todo esto, no estaba contento nuestro hombre. Mientras sus compañeros, habiendo terminado el huerto, se ocupaban de hacer un profundo agujero cerca de las rocas de la playa, pues querían tener un vivero de peces, él proseguía recorriendo de un modo casi encarnizado la floresta, en busca de árboles considerados indispensables.

Por fin, un día los dos marineros le vieron radiante de alegría. Llevaba una especie de bola tan gruesa como la cabeza de un niño, cubierta de filamentos duros y rosáceos.

—¿Qué es lo que nos trae, señor? —preguntó el marinero.

—Lo que venía buscando con tanto empeño —respondió el veneciano—. Estaba seguro que al fin había de encontrarla en esta isla.

—Si no me engaño, me parece una nuez de coco.

—Sí, es una nuez de coco, Enrique. He descubierto como unos cincuenta cocoteros.

—Pero…, señor —dijo el marinero con aire de embarazo—. De veras, yo no se porqué se ha afanado tanto por encontrar nueces de coco. Contienen agua deliciosa, es una fruta que se come muy bien, pero en el bosque hay frutos mejores.

—Te equivocas, Enrique. Dime marinero: ¿no te gustaría beber en la mesa un buen vaso de vino blanco?

—Cierto que sí señor; y me asombra que me pregunte tal cosa. Hace ya algún tiempo que no bebo un poco del jugo que inventó Noé.

—¿Y un plato de cebolletas con aceite?…

—¡Terremoto de Génova! ¡Un plato de cebollas con aceite!… ¡Renunciaría a los pasteles!

—¿Y un buen vaso de leche?…

—¡Relámpagos!

—¿Y un licor que se parece al aguardiente?…

¡Truenos!

—¿Y tener una buena red para pescar, o un buen mosquitero?…

—¡Cuerno de ciervo!

—Pues bien amigo mío; estas nueces de coco nos pueden dar todo eso.

El marinero miró al señor Albani con los ojos desmesuradamente abiertos por el asombro.

—¿Usted bromea? —preguntó.

—No, Enrique; los árboles cocoteros son tan útiles como el bambú, o quizás más. Si tienes sed, coges una nuez todavía verde, y encontrarás dentro agua fresca y azucarada. ¿Quieres aceite? No hay mas que exprimir la pulpa de una nuez madura; pero es necesario no dejarlo enranciarse, porque adquiere un gusto desagradable para los europeos, mientras que para los malayos es un placer más. Si quieres leche, basta con mezclar la pulpa con agua. Si quieres vino blanco, se pone al sol el líquido, se deja fermentar, y cátate el vino hecho. Si, además quieres aguardiente, no hay más que filtrar la leche a través de un lienzo, y dejarla fermentar cierto número de días.

—¿Y las redes?

—Las ramas tiernas están rodeadas de filamentos muy finos y resistentes, que pueden emplearse como el hilo. Un gran número de pueblos se sirven de ellas para hacer unas redes muy bonitas, y con los filamentos que envuelven la fruta tejen cortinas y cubrehamacas, hacen cuerdas y una tela un poco gruesa, es verdad, pero resistente.

—Ahora si que tenemos asegurada nuestra vida, señor Albani —dijo el marinero que parecía estallar de contento—. ¡Redes! Yo sé hacerlas, y cogeré pescados para llenar cien viveros. ¡Eh! ¡Piccolo Tonno! Da un viva o doy cuatro saltos mortales y me desnuco.

De repente, se interrumpió, se rascó la cabeza varias veces con aire de vacilación, y acercándose al señor Albani, dijo:

—Escúcheme, señor. Usted que sabe encontrar tantísimas cosas útiles para nosotros, ¿no podría ver si en esta isla crece alguna planta de tabaco? ¡Por Baco! Hace un mes que no echo una bocanada de humo, ni pongo entre los dientes una mísera colilla.

—Me pides una cosa imposible —dijo el veneciano— en estas islas no crece el tabaco ni en estado salvaje; pero se puede sustituir.

—¿Con qué, señor? —preguntó el marinero con los ojos encandilados.

—¿Sabes que es lo que mastican los malasianos?

El «siri».

—¿Has probado a masticarlo?

—Nunca, señor.

—Pues no es malo aunque ennegrece los dientes, y es menos venenoso que el tabaco. Lo usan todos los pueblos de la Malasia, de Indochina y aun de la India meridional ¿Quieres probarlo?

—¿Sabe usted prepararlo? ¡Ah! Si pudiéramos encontrarlo, lo probaría.

—Entonces, sígueme. Dedicaremos este medio día a preparar el «siri».

El veneciano condujo al marinero a la floresta, y se detuvo ante una hermosa palma, que tenía las hojas en forma de abanico, del centro del cual colgaban racimos de nueces de color oscuro.

—¿Qué clase de planta es ésa? —preguntó el marinero.

—Una palma «pinang», y esas nueces, las llamadas «areca» se emplean en la fabricación del «siri».

Abrazó la palma y la sacudió vigorosamente, haciendo caer una lluvia de nueces ya muy maduras.

Hallábase recogiéndolas, cuando descubrió un arbusto trepador adherido al árbol gumífero joven.

—¡Ta! —exclamó—. Sin buscar tanto, tenemos a la mano las aromáticas hojas del «betel».

—¿Dónde están? —preguntó el marinero.

—Coge algunas hojas de aquella planta trepadora. Ahora no hace falta más que un poco del jugo amargo y astringente del «gambir». Si no recuerdo mal, he visto estos árboles cerca de la…

—¿Qué es?

El veneciano no respondió; con la cabeza levantada, miraba con gran interés algunas plantas de elevado tronco y de majestuoso aspecto, en que antes no había reparado.

—¿Qué es, señor? —preguntó el marinero, sorprendido de no haber recibido respuesta.

—Enrique, hemos hecho un descubrimiento extraordinario —dijo Albani—. Ahora ya no nos faltará ni luz.

¡Luz!…

—Sí, Enrique. La estación de las lluvias no está lejos, y me desesperaba pensando en que nos veríamos obligados a pasar las largas noches sin un poco de luz.

Pero ¿dónde ve las velas? ¿Ha descubierto alguna otra colmena?

—Mejor todavía, Árboles que producen cera.

—¡Cuerno de rinoceronte!… ¿También hay árboles que producen bujías?

—Mira aquellos árboles.

El marinero miró, y descubrió un grupo de árboles colosales, de más de cuarenta metros de alto, y de un diámetro de un metro veinte o un metro treinta centímetros, cubierto de grandes y múltiples hojas, en medio de las cuales se divisaban unas frutas parecidas a las ciruelas.

—¡Qué gigantes! —exclamó el marinero—. ¿Cómo se llaman?

—En Indochina se llaman «cay cay».

—¿Y donde está la cera?

—Dentro de la fruta.

—¡Oh! ¡Que cosa tan extraña!

—Cuando esté madura la fruta, y lo está ahora, se coge, se pone al sol hasta que la pulpa se deshaga naturalmente, no quedando más que la cáscara. Entonces se quiebra ésta y se recogen las almendras o semillas, que son las que contienen la cera.

—¿Y es parecida a la de las abejas?

—Más crasa, pues parece manteca endurecida. Las almendras se meten primero en un mortero de madera o de piedra y se machacan bien, hasta reducirlas a pasta; enseguida se calienta, y se exprime hasta hacer salir la cera.

—¿Y se saca mucha de una almendra?

—Para un kilogramo hacen falta quinientas.

¿Y arde bien?

—Admirablemente; no huele, y da una luz muy viva.

—¿Se comercia con esa cera?

—Sí, por cierto. Se hacen panes de dos o tres kilogramos, que se venden a buen precio. La cera que se obtiene es al principio amarillenta, pero al contacto del aire, poco a poco, blanquea; así las bujías que se fabrican con esa cera vegetal son de tan bonito aspecto como las otras.

—¿Sabe, señor, que es una cosa maravillosa? Yo no sabía que hubiese árboles que hiciesen el oficio de las abejas.

—Hay otros, especialmente en América del Sur; pero en esos la cera se encuentra debajo de la hojas, en forma de laminillas muy finas.

—Es preciso venir a buscar esas almendras.

—Sí, Enrique; y también las nueces de coco, antes de que maduren demasiado.

—¿Cómo nos arreglaremos para llevar tantas cosas a la cabaña? Se necesitarán quince días.

—Lo sé. Es preciso construir un vehículo.

¿Una carretilla?

—Alguna cosa mejor y más capaz. La babirusa empieza a domesticarse, la haremos que nos sirva de asno.

—Bonita idea, señor Albani, Pero… ¿y nuestro «siri»? ¿Hacen falta más cosas para prepararlo?

—Me olvidaba de la «uncaria». Vamos a ver allá abajo, en aquel grupo de plantas.

Se dirigieron hacia el extremo del boscaje, y entre varios grupos de árboles descubrieron la planta deseada.

El veneciano hizo una incisión en el tronco, y en un platito de arcilla se recogió el jugo que destilaba.

—El «siri» estará dispuesto para esta noche —dijo—. Basta con reducir a polvo las nueces, mezclarlo bien con el jugo concentrado de la «uncaria gambir» y liar la pasta con un pedacito de hoja aromática de «betel». Los malayos, para hacer más picante el «siri», lo mezclan con un poquito de cal viva, que obtienen calcinando conchas; pero es preferible sin ese aditamento. He aquí tu tabaco marinero; creo que te habituarás pronto a él y que estarás contento.

CAPÍTULO XXI. UNA CÁPSULA EN MEDIO DEL BOSQUE

En vista que se acercaba la estación de las lluvias, que en aquellas regiones ecuatoriales, dura varias semanas, sin interrupción apenas, los náufragos se pusieron a la labor de construir una carreta o un vehículo cualquiera donde conducir a sus almacenes las nuevas frutas descubiertas.

Ya a media tarde, grandes nubes negras, con los bordes cárdenos, se habían levantado hacia el Sur, rodando vertiginosamente por los aires, y deshaciéndose al cabo en furiosos aguaceros.

Antes de comenzar la difícil construcción, hicieron varios cobertizos para resguardar a los animales y un almacén capaz para contener las provisiones de seis meses.

Terminados estos trabajos, que requirieron varios días, pusieron mano en lo de la carreta, sirviéndose de bambúes muy gruesos, por carecer de sierra para hacer tablas. Y de gruesas fibras de «rotang», para unir de la mejor manera posible las diversas piezas.

Más de una vez se vieron obligados a interrumpir su tarea por la necesidad de arreglar los instrumentos. El hacha y los dos cuchillos, ya medio inservibles, no cortaban; recurrieron a enrojecerlos al fuego y rebatir el filo con piedras planas y gruesas.

Al cabo de cuatro días la caja ya estaba armada; pero faltaban las ruedas, y no sabían como hacerlas, pues no contaban con más herramientas que aquéllas, y aun aquellas eran imperfectas. Sin embargo probaron a cortar un árbol; pero el hierro del hacha saltaba en la fibra leñosa por falta de filo.

Desesperados, iban a renunciar al carro, cuando un día el muchacho, que se había alejado mucho a lo largo de las escolleras con objeto de cazar pájaros con liga, hizo un importante descubrimiento.

En una parte de la costa encontró verdaderas piedras areniscas, de medianas dimensiones. Regresó precipitadamente a la cabaña con la buena nueva. Ya se podía dar como resuelta la cuestión de las ruedas. El veneciano dejó a cargo del marinero el proseguir con los detalles que necesitaba el vehículo, y emprendió la construcción de una máquina de afilar.

Frotando una piedra contra otra y mojándolas a menudo, llegó a redondear una de ellas; enseguida la montó en un cajoncito; hizo una manivela, y por fin pudo afilar el hacha y los cuchillos de los marineros.

Manejando pacientemente aquellas armas, consiguieron cortar los pedazos de un tronco de árbol perfectamente circular y de gran diámetro. Naturalmente aquellas ruedas eran macizas, como las que emplean los bóers del cabo de Buena Esperanza; pero en cuanto a solidez podían darles ciento y raya.

El primero de octubre, los náufragos, después de haber hecho los correajes con la lona doble de una vela, engancharon la babirusa al carro. Aun cuando el animal se había domesticado bastante, gracias a los cuidados que le prodigaba Piccolo Tonno, se mostró rebelde en un principio; pero al cabo de algunos ensayos concluyó por acostumbrarse, y el muchacho se permitía el lujo de dar una trotada hasta la plantación de bambúes en compañía de los monos y de «Sciancatello», que con gravedad cómica empuñaba muy orgulloso una fusta que le había regalado Enrique.

Aprovechando la bonanza del tiempo, los Robinsones abandonaron aquella tarde la vivienda para ir al bosque a recoger las nueces de coco y las almendras de «cay-cay».

«Sciancatello», que los acompañaba, era el encargado de subir a los árboles; los dos monos, que ya no pensaban en escapar, se quedaron de guardianes en el recinto.

La babirusa marchaba muy bien; se había acostumbrado con gran facilidad al atalaje, y, guiaba por el muchacho, tiraba sin esfuerzo aparente de aquel primitivo carretón, que debía ser bastante pesado.

A la entrada del bosque se paró el vehículo. No era posible que penetrase a través de esa manigua; así, pues, el marinero, el señor Albani y «Sciancatello» se dedicaron a recoger las almendras y las nueces de coco, cuyos árboles no estaban muy distantes.

Se colocó en varios sacos la fruta, se transportaron éstos a donde estaba el carro y los cargaron en el vehículo.

En uno de aquellos viajes, el marinero hizo un descubrimiento muy extraño, que le preocupó hondamente. Al inclinarse hacia el suelo para recoger el cuchillo que se le había caído, le llamó la atención un pequeño objeto que brillaba entre unas hojas secas. Primero creyó que era un pedazo de vidrio o un trozo de mica; pero calculad su sorpresa cuando reconoció en dicho objeto brillante la cápsula de un fusil, todavía intacta.

—¡Señor Albani! —exclamó emocionado, como puede imaginarse—. ¡Mire usted!

—¡Una cápsula! —exclamó a su vez el veneciano, arrugando la frente—. ¿Quién la habrá perdido?

La cogió para examinarla, y le dio veinte vueltas entre los dedos buscando, aunque en vano, alguna señal, alguna marca, que le indicase su procedencia o la de la fábrica donde la hicieran.

—¿Qué dice de eso, señor? —preguntó el marinero.

—Digo —respondió Albani con voz grave— que alguien ha venido hasta aquí.

—Pero ¿quién?

—Veamos. ¿Estás seguro que no tenías ninguna en los bolsillos?

—Segurísimo, señor.

—¿Y Piccolo Tonno?

—Menos todavía, porque el capitán tenía siempre consigo la llave del armero de a bordo.

—Entonces en esta isla han desembarcado gentes y han venido a rondar por las orillas del bosque.

—¡Quién sabe cuanto tiempo hará de eso!

—Pocos días debe de hacer, Enrique, porque esta cápsula está tan reluciente como si acabasen de sacarla de la cartuchera. Si hubiera estado una sola semana ahí caída, la humedad de las noches la habría oxidado.

—Es verdad, señor. Pero ¿qué hombres serán los que han perdido? ¿Náufragos también?

—Si fueran personas honradas, habrían salido a nuestro encuentro, porque desde la margen de esta floresta se distingue perfectamente nuestra casa. Deben ser hombres que tienen interés en estar ocultos.

—Pero ¿quiénes? ¿Piratas de las islas Zulú?

—¿Quién puede adivinarlo? El humo y la luz que vi desde lo alto de la montaña indicaban su campamento; ahora estoy seguro de no haberme equivocado.

—¿Y qué querrán esos hombres? ¿Acometernos para saquearnos?

—Podría ser.

—Me pone en inquietud. Es preciso tomar una determinación, señor, no podemos vivir con la amenaza de que nos asalten de un momento a otro.

—Lo sé, y he tomado ya mi determinación.

—¿Cuál es?

—Construir una canoa y registrar toda la costa. Si esos hombres están acampados hacia el Sur, descubriremos su cabaña o su embarcación.

¿Y vamos a abandonarles nuestra casa aérea y nuestras provisiones?

—Cada uno de nosotros hará su guardia, Enrique, entretanto procuraremos fortificar nuestra pequeña posesión. Pero lo demás, espero que esos desconocidos no emprenderán nada contra nosotros mientras dure la estación de las lluvias. N nos cuidaremos por ahora de ellos y pensemos en abastecer bien nuestros almacenes.

Volvieron a proseguir la recolección de nueces y almendras, y cuando el carretón estuvo bien cargado, regresaron a su vivienda.

Sin embargo, por precaución, establecieron por la noche un turno de guardia. Ignorando los hombres que había en la isla, y mucho menos sus intenciones, la más elemental prudencia les aconsejaba la vigilancia.

A nadie se vió rondar por los alrededores de los recintos, ni en aquella noche ni en la siguiente. Sin duda alguna, los desconocidos no se atrevían a entrar por aquella parte de la isla, y quizá, y quizá, lo mismo que los náufragos, se alejaban, temiendo alguna sorpresa desagradable.

Mientras tanto, el veneciano y sus compañeros continuaban en la tarea de llenar los almacenes.

Todos los días iban al bosque, y regresaban con el carretón cargado de nueces de coco; de fruta de artocarpo; de almendras de «cay-cay», de plátanos, que ponían en conserva en el jarabe de la «arenga sacarifera», y con harina, para renovar la provisión de pan.

El veneciano había descubierto otras plantas que daban mejor harina y en más abundancia. Al pie de la montaña encontró por fin el sagú, que en un principio buscara con tanta obstinación.

Esos árboles, que crecen también en las islas indomalasianas, aun en estado silvestre, pues no necesitan de cultivo, alcanzan unos tres o cuatro metros de altura, tienen uno de grueso los troncos y los corona una gran cantidad de hojas enormes.

A los siete años se pueden cortar, y entonces dan muy cerca de ciento cincuenta kilogramos de una fécula casi blanca, muy semejante a la harina que produce el trigo. Dicha fécula se halla entre los intersticios de una espesa red de fibras. Se corta el árbol en pedazos, y con un poco una maza se hace caer la pulpa, se cierne con un poco de agua se forma una pasta, a la cual se le da la figura de panes.

Ligeramente tostada, esta harina puede servir como excelente sopa.

Los Robinsones hicieron una gran provisión de dicha fécula, tostando una parte de ella para que les sirviera de sopa. En aquellos días, el horno al cuidado del muchacho, transformado en panadero, no estuvo ni un instante sin funcionar.

Así que se llenaron los depósitos, el veneciano y el marinero se consagraban a fabricar velas con la cera de las almendras de «cay-cay» y a transformar en vino blanco y en aguardiente el agua azucarada y la pulpa tierna de los cocos, encerrando el líquido en recipientes de barro cocido para que se conservase mucho tiempo.

También hicieron aceite, y se permitieron el lujo de comer algún plato de cebollinos, cogidos del huerto; pero el aceite no duraba en buen estado más de dos o tres días, porque enseguida se enranciaba y su sabor se hacía intolerable. Encontraron un medio de sustituirlo con otro que no se alteraba en mucho tiempo. En la playa aparecieron tortugas marinas, las cuales se habían reunido para hacer la postura de huevos, y una mañana sorprendieron en un banco de arena, varias que estaban ocupadas en socavar el agujero que debía servirles de nido.

Mataron las mayores y derritieron en el fuego su grasa, que les dio gran cantidad de un aceite transparente y perfumado, más exquisito que la manteca.

Las otras tortugas las echaron en el vivero, después de cubrir éste con un enrejado de bambú, para impedir que se escapasen.

Así, provistos de todo, podrían esperar sin cuidado la estación de las lluvias.

CAPÍTULO XXII. EL «TIA-KAN-TING»

Temiendo que sus provisiones no estuvieran bastantes defendidas de las violentas lluvias que se acercaban, especialmente la fécula de sagú y los bizcochos, bajo los techos de caña y hojas que habían construido, pensaron que sería conveniente utilizar la caverna como almacén.

Amplia y seca, no había duda que era preferible la gruta a los almacenes de caña; y como no distaba apenas una milla, la lluvia no impediría a los náufragos ir hasta ella para aprovisionarse de lo que les hiciera falta siempre que quisieran.

Para preservar los bizcochos y las féculas de los insectos que buscasen refugio en la caverna durante las lluvias, construyeron recipientes circulares muy parecidos a pequeños toneles, utilizando gruesos bambúes, y cerrándolos perfectamente con una especie de goma extraída del «isondra gutta», planta que produce el caucho.

Llenos ya muchos recipientes, una mañana engancharon a la carreta, la babirusa y se pusieron en camino por la costa oriental, flanqueando las márgenes del bosque. Media hora después llegaban a la caverna, cuya entrada estaba enteramente cubierta por las plantas trepadoras.

Tomando grandes precauciones, por temor a encontrarse con otra «serpiente de anteojos», quitaron la cortina vegetal y entraron en el corredor con una vela encendida. Ya en la primera gruta, el muchacho que marchaba delante, se detuvo bruscamente, exclamando:

—¡Mil bombas! ¡Escorpiones! ¡Cuidado con los pies!

—¡Al demonio con los animales venenosos! —gritó el marinero, retrocediendo velozmente.

El señor Albani, que había dado varios pasos atrás, temiendo encontrarse con verdaderos escorpiones venenosos, bajó la vela que llevaba y vió un centenar de animalillos negros, bastante más pequeños que los escorpiones pero que se enderezaban agitando de un modo amenazador sus patitas anteriores.

—¡Eh! ¡Marinero! ¡Piccolo Tonno! —gritó.

—¡Huya usted señor! —repusieron Enrique y el muchacho, que ya estaban fuera.

—Amigos míos, no hay peligro alguno; no son escorpiones.

Los dos marineros, sabiendo por experiencia que el señor Albani no se engañaba nunca, volvieron a entrar pero, con cierto recelo.

—¿Conque no son escorpiones? —preguntó Enrique, deteniéndose en el extremo de la galería.

—No, amigo mío. Son insectos inofensivos, muy parecidos a nuestras lagartijas.

—Pero yo los he visto alzarse, tomando la actitud de los escorpiones.

—Esa es una manera de meter miedo.

—Pero ¿son tan trapaceros esos insectos, señor?

—Todos tienen sus mañas para defenderse.

—¡No lo hubiera creído nunca!

—Faltos los más de armas ofensivas, recurren a mil astucias, algunas veces curiosísimas. Por ejemplo, la araña lamigalodante, muy común también en Europa, para huir de los enemigos más fuertes que ella, hace una celdita y la cierra con una especie de tapón; escondida detrás de aquella puertecilla, espía su presa y la acomete si está segura de vencer; pero si se encuentra con un insecto más fuerte que ella, corre a su celdita y se adhiere al tapón para que no puedan quitarlo.

—¡Que cosa tan extraña!

—Hay otros todavía más listos —continuó el instruido veneciano, mientras Piccolo Tonno, con una escoba hecha con largas hojas, barría para fuera a los insectos—. Hay simples larvas, que para proteger su débil cuerpo lo cubren con una coraza formada de hilos casi invisibles que extraen de si mismas, tan tenues son; después cubren esa red con granitos de arena. Otras veces se revuelcan en el fango, que secándose, basta para protegerlas.

—¡Usted, señor, me cuenta cosas asombrosas! —exclamó el marinero—. ¡No hubiera creído nunca que seres tan pequeños fuesen tan astutos!

—Figúrate que hay coleópteros que, apenas se dan cuenta que los observan, contraen las patas y se dejan caer de costado fingiéndose muertos. Otras veces tratan de engañar cambiando de forma. El otro día observaba yo una hermosa mariposa, de color oscuro, que se había posado en unas hierbas altas; deseando cogerla, la perseguí largo rato, pues se me había ocultado, y la descubrí con las alas plegadas de tal modo que parecía una verdadera hoja seca.

—¡Miren que astuta!

—Señor —dijo el aquel momento el mozo—, la caverna está ya limpia.

—Todavía, no —dijo el marinero—. Hay que enterrar un muerto.

—¡Lava del Vesubio! ¿Un muerto? —exclamó Piccolo Tonno, revelando en sus ojos el asombro.

—Una especie de momia egipcia, que duerme desde hace veinte años. ¡No hay que ser melindroso, muchacho! ¡Vamos a enterrarla!

Entraron en la segunda caverna y se llevaron la momia, enterrándola al pié de un árbol; enseguida descargaron la carreta, haciendo rodar los recipientes del nuevo almacén.

—¡Estarán frescos! —dijo Enrique.

—¡Es una hermosa gruta! —dijo el mozo—. No vale lo que la gruta azul de mi golfo; pero es muy amplia y cómoda, y hasta viviría en ella si tuviese luz.

Alargaremos aquel agujerillo y abriremos una ventana, Piccolo Tonno. Un poco de aire conservará mejor nuestros víveres.

Con el hacha que habían llevado consigo echaron abajo un trozo de pared sin hacer mucho esfuerzo, pues la peña era de toba volcánica y, por lo tanto, muy blanda abriendo una ventanita lo bastante grande para asomar la cabeza.

Aquella abertura estaba a veinte pies de una escollera que se extendía delante de la roca, y las olas, al romperse contra aquél obstáculo, lo salpicaban con su espuma.

Desde allí se veía un buen pedazo de la costa, del mar y de los viveros, pues formaba en tal punto de la isla una especie de ángulo muy agudo.

Mirando Albani hacia el Este, vió una larga serie de rompientes, que concluía al pie de un lejano islote, que parecía bastante grande, y que se hallaba a veinte o veinticinco millas.

Durante el día, los Robinsones hicieron varios viajes, transportando a la caverna gran parte de sus provisiones. Al caer la tarde cerraron la entrada de la galería con piedras grandísimas para impedir que penetrasen en el almacén los animales de los bosques. Hecho esto, volvieron a la cabaña aérea.

Hacía ya una hora que había caído la noche cuando llegaron a su vivienda. Cenaron aprisa, pues deseaban descansar y se acostaron; pero el muchacho, antes de hacer lo mismo, salió a la plataforma para retirar la percha que les servía de escala.

Iba a entrar en la cabaña, cuando, dirigiendo una mirada al mar, vió que brillaba hacia el Nordeste un punto luminoso, el cual se distinguía claramente sobre la oscura superficie del agua.

—¡Un farol! —murmuró estupefacto.

Comprendiendo la importancia que podría tener aquel descubrimiento, se precipitó en el interior de la cabaña, gritando:

—¡Corred, señor Albani! ¡He visto el farol de un barco!

El veneciano y el marinero saltaron de las hamacas y salieron a la plataforma, preguntando con ansiedad:

—¿Dónde?

—¡Allá lejos, hacia el Nordeste! —repuso el mozo.

—¡Terremoto de Génova! —exclamó el marinero—. ¡Efectivamente es un farol!

—Si afirmó el señor Albani, que parecía conmovido.

—¿Es una nave que se acerca a nuestra isla?

—Tal creo, Enrique.

—¿Acaso un barco europeo?

—No, porque llevaría dos faroles, uno rojo y otro verde, mientras que ese blanco me parece que arroja más luz que la que usan nuestros barcos.

—Es preciso hacer señales, señor, hay que encender fuego en la playa.

—No —dijo Albani, después de algunos instantes de silencio.

—Ya le comprendo —dijo Enrique—. Teme usted que nos embarquemos y que abandonemos esta isla. Pues bien, señor, se equivoca usted; yo no dejaré ya este pedazo de tierra, en la cual me encuentro tan a gusto que no deseo ninguna otra.

—Ni tampoco yo, señor —dijo Piccolo Tonno.

—No es ése el motivo, amigos míos —dijo Albani—. La prudencia es la que me aconseja que no llamemos por ahora la atención de esos navegantes.

—¿Qué teme usted? —preguntaron los dos marineros.

—Temo que tripulen esa nave gentes que estarían muy bien en los penoles del contrapapahigo. No hay que olvidar que nos hayamos en una región que recorren los piratas más sanguinarios del archipiélago chinomalayo y de las islas Zulú.

—¿Cree usted que esté tripulada por esos ladrones?

—También puede ser un honrado barco chino que vaya con rumbo a las Molucas, pues esas naves llevan un solo farol o una gran linterna suspendida en el trinquete: pero nadie nos asegura que no nos equivocamos. Sin embargo, amigos, si queréis, encended el fuego.

—¡Ah, no señor! —exclamaron Enrique y Piccolo Tonno.

—En ese caso esperaremos al alba. Reina una calma perfecta en el mar, y ese barco no estará lejos mañana.

—Diga usted, señor Albani —preguntó el marinero— ¿cree usted que los piratas de las islas Zulú sepan que existe esta isla?

—Frecuentando como frecuentan estos mares, es muy probable, Enrique.

—¿Y que desembarquen aquí también?

—Realmente, no sé que puede haber aquí que los atraiga.

—Quizás para repostarse de agua o para cortar algún árbol que necesiten.

—Sí; puede admitirse la suposición.

—En ese caso es preciso dejar la cabaña y ponerse a salvo en los bosques.

—O en la caverna —dijo Piccolo Tonno.

—Ciertamente —respondió el veneciano—. Suponiendo que esas gentes sean piratas y nos sorprendieran, nos harían prisioneros y nos someterían a esclavitud.

—Pero nos les daremos ese gusto. Tenemos flechas mortales y nos defenderemos. Por mi parte, esta noche no duermo.

—Basta con que vele uno por turno.

—Entonces yo haré el primer cuarto de guardia —dijo el mozo.

—Hay que tener muy abiertos los ojos, ¿eh? —dijo Enrique—. Al primer asomo de peligro, despiértame, aunque sea con un puntapié.

—No temas, marinero, no perderé de vista el farol.

El veneciano y el genovés, sabiendo que podían dormir con tranquilidad, pues velaba el muchacho, se acostaron. Una guardia de tres era inútil, y, además estaban cayéndose de cansancio.

Piccolo Tonno se sentó en el extremo de la plataforma al lado de «Sciancatello», y no cerró los ojos ni un instante. Para alejar el sueño, se pellizcaba los brazos con fuerza de cuando en cuando.

El farol del barco permanecía inmóvil, a una distancia de la isla de cinco a seis millas. Con la absoluta calma que reinaba, le era imposible al velero remontar la isla o aproarla.

El marinero sustituyó al muchacho poco antes de medianoche, y a su vez fue relevado por el veneciano hacia las tres de la madrugada. Sin embargo, los dos primeros, devorados por la impaciencia, no tardaron en ir a hacerle compañía, ya muy cercana la aurora.

Habiendo observado bien el farol, vieron que había ido acercándose de modo insensible; probablemente, la marea alta o alguna corriente empujaba la nave.

Hacia las cuatro de la mañana, el sol después de un breve crepúsculo, despuntó en el horizonte, alumbrando casi de un modo brusco el mar y el barco, que ya no distaba más de tres o cuatro millas.

Una sola mirada le bastó al veneciano para saber con que clase de embarcación tenía que habérselas. No era un barco común, sino una de esas barcas veloces y dos palos y grandes velas, con el costillaje muy bajo, llamadas «tia-kan-ting» y que usan los piratas y contrabandistas del mar meridional de la China y de Zulú.

—¡Lo había sospechado! —murmuró, arrugando la frente.

—¿Es un barco corsario? —preguntó el marinero, que también había reconocido un «tia-kan-ting» en aquella barca.

—Esta no es región a propósito para el contrabando —dijo Albani—. Amigos míos bajemos y pongamos en salvo nuestras riquezas. Si divisan esos tunantes nuestra cabaña, no dejaran de hacer una visita a esta parte de la costa.

En menos tiempo del empleado para decirlo bajaron a tierra. Pocas provisiones habían quedado bajo los cobertizos; aunque las hubiesen perdido, el daño hubiese sido de poca monta, pues tenían abarrotada la segunda caverna; pero les apremiaba poner a salvo a los animales y las aves que con tanto trabajo se habían proporcionado.

Engancharon la babirusa a la carreta, echaron dentro sus escasos trastos y pertrechos, como la vajilla de barro, los trozos de lona que aún quedaban de las velas, y otros objetos; ataron las aves que ya eran una veintena, y huyeron hacia la caverna, seguidos por los monos, que conducían a las dos pequeñas babirusas, y de «Sciancatello», que llevaba a los osos.

Un cuarto de hora tardaron en llegar a sus amplios almacenes subterráneos. Albani y el marinero dejaron a cargo del muchacho la tarea de colocar ñas cosas en su sitio, y ellos, armados con las cerbatanas y dos haces de flechas envenenadas, volvieron hacia la costa septentrional, con objeto de vigilar los movimientos del «tia-kan-ting».

Cuando llegaron a las márgenes de la plantación de bambúes, el barco empujado por una ligera brisa que soplaba del Nordeste, navegaba lentamente en dirección a la isla, puesta la proa hacia el lugar donde se levantaba la cabaña aérea. Ya no había duda alguna: la tripulación se disponía a anclar allí.

—¡Mil terremotos! —exclamó el marinero, arrugando la frente—. ¡Esa canalla ha descubierto nuestra cabaña, y viene a destruirla!

—No sabemos todavía cuales serán sus intenciones, Enrique —dijo Albani—. Pudiera suceder que viniesen en busca de agua o a cortar un árbol para reparar cualquier avería.

—¿Distingue usted aquel grupo de personas a proa?

—Sí, lo veo.

—¿No le parecen hombres de color?

—Sí; y, Además zuluanos y buguieses, porque no llevan los grandes sombreros de fibras de «rotang» que usan los marineros chinos.

—Entonces, son piratas.

—Esperemos para poder juzgarlos, Enrique —dijo Albani.

—¡Mire, señor!

—¿Qué es lo que ves?

—Dos culebrinas en el castillo, y dos cañones pequeños en las bandas.

Albani arrugó el entrecejo.

—¡Mala señal! —murmuró—. ¡Un «tia-kan-ting» armado no pueden montarlo más que piratas!

El pequeño velero continuaba avanzando hacia la caleta y flanqueaba la caverna marina corriendo bordadas. En la proa se veían algunos hombres medio desnudos, de color oscuro, armados de mosquetones, que debían ser de muy antigua fabricación.

En la popa, otros grupos, colocados detrás de las pequeñas piezas de artillería, parecían esperar una orden para dispararlas contra la cabaña aérea.

Cerca de la playa, y como a unos trescientos metros, el «tia-kan-ting» se puso al pairo. Echaron al agua una chalupa, tomaron puesto en ella diez hombres armados de mosquetes, y arrancaron hacia la caleta, pero tomando precauciones, como si temieran alguna sorpresa o ser víctimas de una descarga imprevista.

Aquellos individuos eran todos altos, bien conformados, y de coloración rojiza; tenían un poco aplastada la cara; los pómulos, muy salientes, los ojos algo oblicuos, pero muy negros, como también los cabellos.

Su vestimenta consistía en una simple camisa que les llegaba hasta las rodillas; en un ancho cinturón llevaban un arma blanca curvada, semejante a los «parangs» de los de Borneo.

A los pocos minutos, la chalupa aproó, y desembarcaron ocho hombres, que se dirigieron en silencio hacia la cabaña aérea.

El marinero y el señor Albani, ocultos entre la espesura de los bambúes, no los perdían de vista. Ambos parecían presa de gran emoción, pues temían ver destruida su vivienda, a la cual tanto cariño habían tomado.

—¡Si me la destruyen, ay de ellos! —dijo Enrique, echando resueltamente en la cerbatana una flecha envenenada.

CAPÍTULO XXIII. LAS DEVASTACIONES DE LOS PIRATAS

Al llegar a unos veinte pasos de la cabaña aérea, los marineros del «tia-kan-ting» se detuvieron y montaron sus mosquetones, alzándose sobre las puntas de los pies para ver si había alguien tendido en la plataforma.

No habiendo visto a nadie, y no oyendo tampoco rumor alguno, rodearon la construcción; uno de ellos, el más ágil y más atrevido, cogió la percha y comenzó a subir.

Sus compañeros tenían las armas en alto, prontas para responder al primer ataque; por su parte la barca, que se había acercado a la rada. Apuntaba con sus culebrinas.

El hombre llegó enseguida a la plataforma y entró en la habitación. Poco después salía dando voces como encolerizado.

Cambió algunas palabras con sus compañeros, que parecían hallarse también llenos de coraje. Enseguida se puso a tirar abajo los poquísimos víveres que había dentro de la cabaña, mientras los demás saqueaban lo que había quedado dentro de los cobertizos.

Pero aquello no era bastante para apaciguarlos; el botín era tan pequeño que les pareció una burla. Los náufragos les oían gritar como poseídos y correr de la empalizada a los recintos, desahogando su mal humor con tremendas cuchilladas que, como locos daban en los bambúes.

Los demás piratas que quedaran a bordo, anclada ya la nave, se apresuraron a reunirse con sus compañeros para tomar parte ene l saqueo; pero en vista de que no habían encontrado más que aquellos poquísimos víveres, montaron en cólera y se pusieron a demoler las empalizadas y los cobertizos y a pisotear las plantas del huerto; no satisfechos con esto, comenzaron a cortar los bambúes que de sustentación para derribar la cabaña aérea.

Los dos náufragos, temblando de cólera, asistían impotentes a aquella destrucción bárbara del huerto, con tanto cuidado cultivado por ellos, y de su vivienda. Sobre todo, el marinero estaba a punto de saltar.

—¡Canallas! —exclamó—. ¡Destruir nuestros futuros medios de vida y nuestra vivienda, que ahora debía de protegernos en la estación de las lluvias! ¡Ladrones! ¡Si tuviese una buena carabina, ya veríais como os trataba a todos!

—Déjalos que hagan, Enrique —respondía Albani—; contentémonos con salvar la piel.

—¡Yo no puedo ver tanta devastación, señor! ¡Yo mato a uno!

—¿Para que te persigan y te prendan? No, Enrique, Dejémoslos hacer. La paciencia y la buena voluntad no nos faltan, y repondremos fácilmente los destrozos.

En aquel instante, la cabaña aérea, privada de los bambúes de sustentación, se vino abajo con gran estrépito, y los piratas, contentos como si fuesen unos niños grandes, reían y gritaban ante la proeza.

Aquello fue demasiado para el marinero, a quien le hervía la sangre. Dando al olvido la prudencia, y antes de que el señor Albani pudiera detenerle, se lanzó fuera de la plantación y se dirigió a un gran grupo de árboles que se extendía hasta unos treinta pasos de la cabaña.

Apuntar la cerbatana, soplar dentro, lanzar la flecha mortal y tumbar a un hombre que se hallaba a tiro, fue cosa de un segundo.

El pirata, herido en medio de la espalda por la sutil flecha, cayó hacia atrás lanzando un grito de dolor. Sus compañeros se volvieron bruscamente, y al ver al marinero, que huía a través de la espesura, dispararon sus mosquetones; pero ya era demasiado tarde; Enrique se había arrojado en medio de los bambúes, que hacer mucho ruido y producir una nube de humo.

El señor Albani se lanzó detrás de su compañero, que huía con la velocidad de un ciervo. Había visto a los piratas correr también, siguiendo sus pasos, y deseando ocultares el sitio donde se refugiaban, creyó prudente ocultarse en las espesuras de la floresta.

En diez minutos, los dos fugitivos atravesaron la plantación, siendo como eran prácticos en aquellos parajes, se escondieron en medio de un bosque tan intrincado que hacía imposible toda persecución.

—¡Subámonos en aquel árbol! —dijo el veneciano, indicando uno que tenía gran cantidad de ramas y hojas, que, además estaba envuelto y vuelto a envolver por una verdadera red de plantas trepadoras.

Ayudándose mutuamente, subieron, y se acomodaron en las bifurcaciones de las ramas.

—¡Imprudente! —dijo Albani al genovés cuando pudo respirar—. ¡Si tardas un instante en ocultarte en la plantación, te acribillan con la descarga!

—Es verdad que he sido imprudente, señor —repuso el marinero—; pero no he podido contenerme al ver aquel estrago.

—Ahora registrarán la isla entera para vengar a su compañero.

—¿Cree usted eso?

—¡Y tanto Enrique! Pensarán encontrar otras cabañas o alguna aldea que saquear, y gentes a las que hacer esclavas.

—¡Pero no les será fácil descubrir nuestra caverna!

—Si descubren nuestro rastro sí; por ejemplo, siguiendo los surcos de las ruedas del carretón. No dudo que darán con ella.

¡Terremotos! ¿Sorprenderán a Piccolo Tonno?

—¡Calla!

Había sonado una fuerte detonación hacia el lado del mar, poco después otra.

—¿Qué sucede? —preguntó el marinero—. ¿Habrá atacado a los bribones algún crucero español?

—No; disparan sus culebrinas contra las plantaciones de bambúes, creyendo que nos descubrirán —repuso Albani—. Estoy seguro de que no me equivoco.

—Afortunadamente, estamos lejos y bien emboscados.

—Pero temo que al oír Piccolo Tonno esos disparos nos crea en peligro y se ponga en nuestra busca.

—¿Quiere usted que intentemos acercarnos a la caverna? No debe estar muy lejos.

—No sabemos por que lado nos buscan los piratas, y si dejamos el escondrijo, podemos darnos de mano a boca con ellos. Si tuviésemos fusiles, se podría intentar la retirada; pero con nuestras cerbatanas sería una imprudencia; que podría costarnos la vida. Estas armas son precisas para la sorpresa y para la emboscada, pero valen muy poco para la defensa. Hagamos un llamamiento a la paciencia y esperemos a la noche para dirigirnos a la costa oriental.

—Pero ¿y Piccolo Tonno?

—Debemos creer que no cometerá la imprudencia de salir de su guarida. Le he dicho que no se moviese hasta nuestra vuelta, sucediera lo que sucediese.

—¡Calle, señor; me parece que oigo voces hacia allá!

Escucharon atentamente, conteniendo la respiración y, en efecto, oyeron que hablaban varias personas en voz alta, muy cerca de los límites del bosque.

Los piratas debían de haber atravesado la plantación después de haberla registrado en todos los sentidos, y, por lo visto, se disponían a registrar la floresta, cosa no muy fácil, porque era inmensa, y además la isla tenía una superficie muy regular.

Sin embargo se dirigían hacia la montaña, en la creencia de que había alguna aldea o, por lo menos, cabañas que saquear en las mesetas de sus estribaciones.

Poco a poco las voces se fueron alejando hacia el Oeste, y el silencio volvió a reinar entre la espesura.

El señor Albani y el marinero, aun cuando deseaban ardientemente dejar aquel escondrijo y replegarse hacia la caverna, no se atrevían a moverse, por miedo a que hubiera por allí emboscado algún pirata.

Transcurrió una hora, después otra, y las voces no volvieron a oírse; tan solo los papagayos y los tucanes reanudaban sus chillidos en las cimas de los árboles más altos.

—¡Tentemos a la suerte, señor! —dijo Enrique—. Piccolo Tonno debe de estar muy inquieto viendo que no volvemos; además, me comería un bizcocho de muy buena gana.

—Sube a las ramas superiores, y mira si se descubre algo. El árbol es bastante alto y puedes ver lo que sucede, incluso en el sitio de la cabaña aérea.

Enrique no se hizo repetir la orden: agarrándose a las ramas, llegó a la copa del árbol y miró.

Como era uno de los más elevados, pudo ver fácilmente uno gran pedazo de la costa septentrional.

El «tia-kan-ting» estaba anclado en la cala, pero bajo las rocas. Habían desmontado un mástil, y en la meseta, cerca de la cabaña, varios hombres estaban cortando una planta de tronco derecho.

—¡Ahora comprendo porqué esos bribones han atracado! —murmuró el marinero—. Tienen que cambiar el trinquete.

Dirigió la mirada hacia las plantaciones de bambúes; las altas cañas estaban inmóviles, lo cual era indicio de que no la atravesaba nadie. Miró hacia la montaña y creyó ver formas humanas, que aparecían y desaparecían entre los grupos de árboles y las quiebras del terreno.

Satisfecho con sus observaciones, iba a descender, cuando vió en las lindes del bosque, a unos trescientos pasos de la espesura donde estaban guarecidos, un hombre que avanzaba reptando como las serpientes.

—¡Cuernos de ciervo! —exclamó.

Se dejó escurrir a lo largo del tronco y se acercó al señor Albani, que le esperaba lleno de ansiedad.

—¿Se han marchado? —preguntó.

—El grueso de la tropa, sí, marcha hacia la montaña; pero nosotros estamos a punto de que nos sorprendan, señor —respondió el marinero—. Uno de esos bribones ha descubierto nuestras pisadas, y se acerca.

—¿Uno solo?

—No he visto más. ¡Apresurémonos a huir antes que llegue!

—No, Enrique —repuso el veneciano—. Si nos descubre, dará la voz de alarma y atraerá la atención de los compañeros que hayan quedado en el barco.

—Entonces, ¿qué quiere usted? ¡No está a mas de trescientos pasos!

—Dejarle pasar.

—¿Y si ha descubierto nuestras pisadas?

—Peor para él, porque le mataremos —dijo Albani con voz resuelta—. Es preciso que no descubra nuestra caverna, o somos perdidos.

—¿Oye usted?

—Sí, una rama que se ha roto. ¡Déjame hacer a mí, Enrique!

El veneciano se había puesto a horcajadas en una rama sólida, y empuñó la cerbatana.

El pirata se acercaba arrastrándose a través del boscaje. Se oían las hojas secas y los crujidos de las ramitas al quebrarse, y se veía ondear suavemente la alta hierba.

Aquel hombre debía de haber descubierto las pisadas de los fugitivos, impresas en el húmedo suelo de la floresta, y las seguía sin desviarse. Tardaría muy pocos minutos en llegar cerca del árbol.

El señor Albani y Enrique, ocultos entre el follaje, contenían la respiración, pero aguzaban la vista para descubrir al enemigo. Ambos tenían las cerbatanas cerca de la boca.

De repente apareció una cabeza entre dos matas. Se levantó con lentitud, mirando con gran atención a las ramas de los árboles cercanos, después siguió avanzando, y su cuerpo todo quedó a la vista. El pirata tenía un largo cuchillo entre los dientes y en la diestra un fusil de chispa.

Los dos Robinsones, viéndose próximos a ser descubiertos no necesitaron más. Las dos flechas, tintas en el mortal veneno del «upas», partieron con un silbido apenas perceptible, hiriendo al hombre en el cuello y en el costado izquierdo.

Al sentirse herido, el pirata se arrancó furioso las dos ligerísimas cañas y de un salto se puso en pie, amartillando precipitadamente el fusil; pero las fuerzas le faltaron y cayó al suelo presa de espantosas convulsiones.

—¡Huyamos! —dijo Albani.

Se dejaron caer en tierra, y sin cuidarse de su enemigo, cuya muerte era indudable, huyeron a toda velocidad hacia el Este. Recorridos unos cincuenta metros, moderaron la marcha, temiendo que hubiese cerca otros piratas.

—¡Dos canallas menos! —dijo el marinero—. Repugna matar así, casi traición, a las personas pero de trata de salvar el pellejo, y no se debe de andar con escrúpulos. ¡A ver ahora si nos dejan llegar tranquilamente a nuestro refugio!

—No vayamos a extraviarnos en medio de estos bosques —dijo Albani—. El sol esta allí; está bien.

—¿Cree usted que habrán descubierto los surcos de la carreta?

—Si no han llegado hasta la costa oriental, no.

—He visto que varios hombres subían a la montaña; pero también pueden recorrer la costa.

—Entonces sorprenderán a los misteriosos individuos que perdieron la cápsula.

—Pero ésos tienen fusiles, y podrán rechazarlos fácilmente. ¡Ah! ¡Si se pudiera saber quiénes son, para unir nuestras fuerzas y arrojar a estos salteadores al mar!

—Sería preciso a atravesar la isla y perderíamos mucho tiempo. Además, no creo que se detengan aquí los piratas más que por unos breves momentos.

—He visto a los marineros de la embarcación cortar un árbol y bajar el trinquete.

—¡Ahora se comprende porqué han arribado! Alguna tempestad se lo habrá roto.

—Así lo creo yo también, señor Albani.

—Entonces dentro de dos o tres días volverán al mar y quedaremos libres. ¡Alto marinero!

—¿Qué ha visto usted?

—Alguien escondido en aquella espesura.

—¡Terremoto de Génova! ¿Otro pirata?

—No; me parece un animal.

¿Un tigre quizá?

—No lo sé, marinero. Armemos las cerbatanas, y esperemos a que se muestre.

CAPÍTULO XXIV. ASEDIADOS EN LA CAVERNA

El señor Albani y el marinero se habían detenido detrás del tronco de un colosal durión, no atreviéndose a avanzar sin saber antes qué clase de enemigo era el que tenían enfrente.

Las malezas que formaban la espesura continuaban agitándose, como si el hombre o el animal que fuese se abriera camino con trabajo; parecía que se veía apurado para salir de entre aquellas ramas, muy espesas y frondosas.

Al cabo, después de un esfuerzo muy violento, logró abrirse paso y mostrarse. Al divisarle, los dos Robinsones habían alzado las cerbatanas, dentro de las cuales deslizaron rápidamente dos flechas.

No era un hombre, sino un tigre, que por lo visto tenía una pata bastante mala, pues la movía con gran trabajo. Además era de una forma muy extraña, pues parecía mas larga que la otra y más gibosa.

—¡Pero esa bestia es deforme! —exclamó, estupefacto el marinero.

—Yo no acierto a distinguirle las patas —dijo el veneciano, no menos turulato que el marinero.

—¿Estará herido?

—¿Y si no es un verdadero tigre?

—¿Qué es lo que usted quiere decir?

El veneciano no pudo dar más explicaciones, porque el tigre, levantándose bruscamente, se desembarazó de su soberbia pelliza, y delante de los dos Robinsones apareció… Piccolo Tonno.

—¡Mil terremotos! ¡El pequeño! —exclamó el marinero saltando delante.

—¡En la piel del tigre muerto en la montaña! —respondió el mozo, corriendo a su encuentro—. ¡Ah señor Albani! ¡Que ansias he pasado estas cuatro horas, temblando siempre por temor de que los hubiesen matado!

—Pues en muy poco ha estado —dijo Enrique.

—¿Ha aparecido algún pirata por las cercanías de la caverna? —preguntó Albani.

—Ninguno, señor.

—¿Y «Sciancatello»?

—Le he dejado al cuidado de los animales.

—Pero ¿porqué te has puesto la piel del tigre?

—Para espantar a los piratas, en el caso de habérmelos encontrado.

—¡El tunante! —exclamó Enrique.

—¡Eres un muchacho valiente! —dijo Albani.

—Ahora no perdamos tiempo y huyamos. ¿Está muy lejos la caverna?

—A diez minutos —repuso el mozo.

—¡Pues andando, amigos!

El mozo cargó de nuevo con la piel del tigre, y se pusieron todos en camino, procurando ir siempre por los sitios más espesos del bosque.

Sin más encuentro llegaron al cabo de algunos minutos a la caverna. Levantaron la cortina vegetal, apartaron los pedruscos que obstruían la estrecha caverna, y pasaron al lugar donde estaba «Sciancatello», los dos monos, los osos, las babirusas y los pájaros.

El mozo no había perdido el tiempo. Durante la ausencia de sus compañeros, lo puso todo en orden: desató los pájaros, después de haber colocado una fibra de coco en la ventana; preparó tres lechos de hojas frescas y llenó de agua los recipientes disponibles, pues allí cerca encontró una cisterna.

—¡Bravo muchacho! —dijo Albani—. ¡Ahora podemos sostener aquí un largo sitio, sin inquietarnos mucho!

—¿Cree usted que vendrán a sitiarnos? —preguntó el marinero.

—Si descubren los surcos de nuestro carretón, seguramente vendrán.

—¿Y no se podría hacer desaparecer esos surcos?

—Necesitaríamos mucho tiempo, y correríamos el peligro de que nos sorprendiesen. Si quieren sitiarnos, que vengan; nos defenderemos con las cerbatanas.

—Pero pueden forzar la galería.

—Hay muchos pedruscos, y haremos una barricada, Enrique. Uno de nosotros hará guardia fuera, detrás de la cortina vegetal, y al primer indicio de peligro vendrá a advertírnoslo y cerraremos la galería.

—¡Yo voy! —dijo Piccolo Tonno—. «Sciancatello» me hará compañía.

—Después te relevaremos —dijo el marinero.

El muchacho cogió su cerbatana, invitó a «Sciancatello» a seguirle, y se escondió en medio de las plantas trepadoras mientras que sus compañeros, que no habían comido nada desde la noche anterior, se preparaban un refrigerio.

El día pasó tranquilamente. De cuando en cuando sonaba algún que otro tiro de mosquete hacia la montaña y algún otro hacia la costa septentrional; pero ningún pirata apareció en las cercanías de la caverna.

Debían de suponer que los habitantes de la cabaña aérea se habían refugiado en lo más espeso de los bosques del gran cono que dominaba la isla.

Antes de que se pusiera el sol, Albani y el marinero escalaron la roca gigantesca para ver si el «tia-kan-ting» pirata estaba todavía en la caleta.

Allí le vieron, anclado en el mismo sitio que ocupaba por la mañana, y todavía sin el palo trinquete.

—Temo que pase tiempo antes que lo compongan —dijo Albani.

—Probablemente tendrá otras averías —respondió Enrique.

—Si están aquí días, van a descubrirnos.

—Y nuestros viveros también, señor. ¡Ya me parece vernos sin un pescado ni una tortuga!

—Con paciencia lo repondremos todo, Enrique; la energía y la buena voluntad no nos faltan.

—Es verdad; pero yo no me resigno con la idea de haber trabajado para esa canalla. Además, sabiendo, como saben, que en la isla hay habitantes, volverán más de una vez.

—No creo que los pocos víveres que han encontrado los hagan caer en la tentación de hacer un segundo viaje; perderían el tiempo inútilmente. Además, desde la cima de la montaña habrán visto que la isla está desierta.

A todo esto, como la noche había cerrado, descendieron de la roca, pero el marinero se quedó fuera, escondido detrás de la espesa cortina de vegetales. Temiendo siempre una sorpresa, tomaron la decisión de hacer guardia también por la noche, para estar prontos a levantar la barricada.

Durante el primer cuarto de guardia nada ocurrió. Al mediar la noche, Piccolo Tonno relevó al marinero en compañía de «Sciancatello», quien se prestaba muy a gusto a tal servicio, cual si comprendiera que sus amos corrían grave riesgo.

Hacía ya mas de dos horas que velaba el mozo, recostado entre las plantas que le ocultaban completamente y con la cerbatana a su lado, cuando «Sciancatello», que dormitaba a su lado, se levantó bruscamente dando un sordo rugido.

—¡Oh! ¡Oh! —exclamó el muchacho—. ¡Sucede algo!

Se levantó y, apartando con gran cuidado las plantas, miró hacia el lindero del bosque; pero no vió nada. Estaba el cielo cubierto de gruesas nubes, y por esta causa era más difícil distinguir una persona a distancia de doscientos o trescientos pasos.

—¿Habrá olfateado algún tigre? —murmuró el muchacho—. ¡Sería un enemigo tan malo como los otros!

El «mias» continuaba dando rugidos sordos y moviendo las orejas como si tratara de recoger mejor lejanos rumores. A veces se inclinaba hacia tierra, y enseguida aspiraba fuertemente el aire por la nariz.

—Algo sucede en la floresta —dijo el muchacho, que comenzó a sentir alguna inquietud—. ¡Vamos a avisar a nuestros queridos compañeros!

Se deslizó por la galería y tiró de las piernas al veneciano y a Enrique, diciendo:

—¡Pronto, levantaos!

—¿Son los piratas? —preguntó el marinero, levantándose con la cerbatana en la mano.

—Yo no lo sé, pero «Sciancatello» da señales de inquietud.

—¡Salgamos! —dijo Albani—. ¡Los hombres de los bosques sienten a gran distancia al enemigo!

En un instante se encontraron los tres hombres en el exterior. «Sciancatello» seguía escuchando y gruñendo con la cabeza vuelta hacia la plazoleta septentrional.

—¡De ahí viene el peligro! —dijo Albani.

—¡Pues yo no veo nada! —dijo Enrique.

—¿Pretenderás tener la vista que tiene el «mias»?

—¿Habrán descubierto los piratas los surcos de la carreta?

—Lo temo, porque «Sciancatello» mira hacia esa parte.

—¡Ah, mil terremotos!

—¿Qué es?

—¡He visto levantar el vuelo a un pájaro en aquella espesura!

—Habrá sido un murciélago gigante —dijo Piccolo Tonno.

—No; por el vuelo me ha parecido un tucán.

—Entonces los enemigos vienen de ese lugar.

—¡Silencio! ¡He sentido ruido de ramaje!

En aquél momento el «mias» lanzó un sonoro bramido e hizo ademán de lanzarse hacia delante; pero el muchacho pudo contenerle.

—¡Llévale a la caverna! —dijo Albani—. ¡Podría descubrirnos!

Y mientras Piccolo Tonno se apresuraba a obedecer, se tendió en el suelo para que no le divisasen, con la cerbatana cerca de los labios. El marinero le imitó.

Los enemigos debían de avanzar guiándose por los surcos de las ruedas del carretón, los cuales arrancaban de la cabaña aérea. De cuando en cuando se oían crujidos de las ramas y las hojas secas al ser pisadas; pero todavía no se los podía divisar a causa de la oscuridad, que parecía por momentos más intensa, pues seguían amontonándose en el espacio negrísimas nubes.

—¡Mire usted! —dijo, de pronto, el marinero.

—¡Veo! —respondió Albani.

—¡Siguen los surcos de las ruedas!

—Sí Enrique.

—¡Y son varios!

—Apenas veas que se dirigen hacia donde estamos, apunta al más cercano, y yo apuntaré al otro. ¡Serán dos menos!

A unos cien pasos avanzaban entre las hojas y las hierbas varios cuerpos negros, los cuales se arrastraban con precaución.

Eran diez o doce, armados todos con fusiles.

—¡Apunta bien! —murmuró Albani, poniendo la cerbatana en los labios—. ¡Vienen derechos a la caverna!

—¡Ya he escogido al mío!

Las dos flechas partieron, produciendo un silbido lastimoso. Los dos piratas que aparecían en primera fila se levantaron rápidamente lanzando gritos de dolor, mientras sus compañeros descargaban sus armas a la ventura, pues no veían a los acometedores.

—¡A la caverna! —exclamó Albani.

Protegidos por la cortina vegetal, se deslizaron rápidamente en el corredor, y acumulando con toda prontitud las piedras, obstruyeron el paso.

—¡Pronto, hagamos la barricada! —continuó Albani.

Piccolo Tonno, que había encendido una vela, corrió en su ayuda, juntamente con «Sciancatello». Hicieron rodar masas de roca que abundaban en la caverna primaria y las acumularon en el corredor.

A todo esto se oía vociferar fuera a los piratas, que gritaban como condenados y disparaban de cuando en cuando sus fusiles. No habían podido ver de donde les lanzaron las flechas; no dieron con la entrada de la galería; pero no tardarían en descubrirla si seguían los rastros del vehículo.

Los tres Robinsones y «Sciancatello» continuaban amontonando piedras, pues querían amurallar toda la galería de modo que impidiese avanzar a los asaltantes o, por lo menos, hacerles muy difícil la entrada.

Ya estaba obstruido medio corredor, cuando oyeron voces en el otro extremo.

—¡Nos han descubierto! —dijo Enrique.

—¡Pero no entrarán! —respondió Albani—. Tenemos más de doscientas flechas y ya sabemos que nuestros proyectiles valen mas que sus balas.

—¡Nos sitiarán!

—¿Y que nos importa? ¡Tenemos víveres para ocho o diez meses!

—Pero carecemos de agua, señor —dijo Piccolo Tonno—. ¡No tenemos repuesto más que para diez o quince días!

—¡Nos llegará, amigos míos! Este asedio no puede durar mucho. Preparad las armas, y disponeos a rechazar el asalto.

CAPÍTULO XXV. EL HURACÁN

La situación de los Robinsones era bastante grave, pues los piratas, furiosos con la muerte de sus cuatro compañeros, parecían decididos a vengarlos y a intentarlo todo para poner la mano encima a los habitantes de la isla.

Como eran muchos y estaban armados de fusiles, y tenían además piezas de artillería, aunque fuesen pequeñas, no se podía fiar mucho en la resistencia que pudieran oponer a las embestidas de los asaltantes las masas de piedra que obstruían la galería. Sin embargo, los tres valientes náufragos del «Liguria» no parecían inquietos.

En lugar de perder el tiempo en discutir acerca de los mejores medios de defensa, continuaban trabajando con energía.

No satisfechos con haber cerrado la galería primera, acumularon otros obstáculos cerca de la segunda, que conducía a la última gruta. Como dicha galería era muy estrecha y más tortuosa que la otra, se prestaba mejor a la defensa, pues no podían entrar los asaltantes más que de uno en uno.

Terminados todos los preparativos, volvieron a la caverna primera para informarse de lo que hacían los piratas.

El ataque no comenzaba todavía. Oían hablar a los sitiadores, que de cuando en cuando disparaban contra las piedras, que formaban una masa compacta, o las golpeaban con las culatas de los fusiles.

Parecía que deliberaban o que esperaban socorro.

—Esperarán a que salga el sol —dijo Albani— para ver si esto tiene alguna entrada.

—¡Perderán el tiempo inútilmente! —dijo el marinero.

—Pero la galería tiene una ventana —dijo el mozo.

—Es tan pequeña, que no puede pasar por ella ni un niño —repuso Albani—. Además, está a una altura de quince pies, y la roca es completamente lisa.

En aquél momento resonó un disparo que despertó los ecos de la caverna e hizo ponerse bruscamente en pie a los animales; un pirata había metido por el agujero de las piedras el cañón del fusil, sin conseguir otro efecto que armar un estrépito de los diablos, pues la bala debió estrellarse contra otras piedras.

—¡Desperdician la pólvora! —dijo Enrique, riendo.

—¡Y pierden el tiempo! —Añadió Piccolo Tonno—. Únicamente lo siento por nuestros animales, que al oír esta música, nueva para ellos, se espantarán.

Los disparos se sucedían con frecuencia, haciendo un ruido ensordecedor, pero sin ventaja alguna, pues todas las balas se estrellaban en aquellos obstáculos que formaban un muro de cuatro metros de espesor.

Solamente penetraba un poco de humo en la caverna a través de las rendijas; pero al llegar a la segunda caverna salía por la ventana.

Sin embargo, los piratas se convencieron enseguida de la inutilidad de sus tiros de fusil, porque cesaron en ellos. En lugar de esto se oyó golpear fuertemente contra la sólida barrera, cual si tratasen de abrir agujeros para introducir las armas y hacer más eficaces los tiros; pero como la galería era de forma de embudo, las piedras se sostenían fuertemente y era difícil desencajarlas; hubiera sido preciso un ariete o una pieza de artillería para demoler aquella enorme masa.

Ya había despuntado el día y todavía los piratas no habían logrado forzar el paso. Los Robinsones se felicitaban de aquél primer éxito, cuando oyeron fuera gritos de alegría.

—¡Terremotos y relámpagos! —exclamó el marinero, que se puso nervioso—. ¿Qué será lo que habrán discurrido?

—¿Habrán descubierto otra entrada? —preguntó Piccolo Tonno, echando una mirada alrededor.

—Se les habrán unido sus compañeros; acaso los que registraban ayer la montaña —dijo Albani—. ¡Bah! ¡Diez o treinta, todo es lo mismo! Si…

Una formidable detonación que hizo retemblar el piso de la caverna le cortó la palabra.

—¡Una mina! —exclamó el mozo.

—No; es un disparo de culebrina —respondió el marinero—. ¡Conozco esas armas!

—¡No será con balas de una libra con lo que desharán la barricada! —dijo Albani, que conservaba una calma admirable—. ¡Tirad con comodidad, señores saqueadores del mar, y tú, mientras tanto, mi Piccolo Tonno, prepara algo que poner entre los dientes!

Los piratas se habían detenido después de aquel primer zambombazo, acaso para ver el efecto que producía; pero muy pronto reanudaron el fuego.

El marinero y el señor Albani oían chocar las balas en los pedruscos; pero la masa que obstruía la galería era tal, que se hubieran necesitado cien libras de pólvora para abrir una brecha.

Al décimo disparo, una bala que se deslizó de rebote por entre las piedras penetró en la caverna y fue a clavarse en la pared opuesta.

—¡Oh! ¡Oh! —exclamó el marinero—. ¡La cosa se pone seria, señor Albani!

—¡Ya es tiempo! —repuso el veneciano.

—¡Si continúan con esa música, concluirán por abrir un agujero!

—Y nosotros contestaremos con nuestras flechas.

—¡Pero si se atreven a entrar…!

—¿Tendrán tiempo para eso?

—¿Qué quiere usted decir?

—¡Escucha! —dijo el veneciano.

Se había oído en la lontananza como un rumor sordo.

—¿Un trueno? —preguntó Enrique.

—Un huracán que avanza y que viene en nuestra ayuda —respondió Albani—. Hace una hora que ruge el trueno y que oigo deshacerse las olas con creciente empuje contra la base de la roca.

—Entonces, ¿contaba usted con ese aliado, señor Albani?

—Sí, Enrique, dentro de muy poco comenzará a soplar el viento y el mar se pondrá borrascoso; y como en la isla no hay bahía resguardada, los piratas se verán obligados a correr mar adentro, o su «tia-kan-ting» se hará pedazos contra la costa. Esta es la razón por la que estaba tranquilo y seguro de la inutilidad de los esfuerzos de esas gentes. ¿Oyes?

—Sí; el trueno que retumba lejano.

Mientras tanto, los piratas continuaban disparando sus fusiles contra la galería, cada vez con más furia.

Debían presentir el peligro que podía correr su «tia-kan-ting», porque redoblaron los esfuerzos para derribar aquel obstáculo, que ofrecía tan increíble resistencia.

De tiempo en tiempo suspendían el fuego y golpeaban la barricada con gruesos troncos de árbol; aquellos golpes producían mayores daños que las balas, porque desencajaban las piedras medio fragmentadas.

Los tres Robinsones, que comenzaban a inquietarse, pues tardaba en estallar el huracán, se colocaron detrás de los ángulos de la caverna para que no los hiriesen los gruesos proyectiles de las culebrinas, y esperaban el momento oportuno para lanzar sobre los asaltantes sus flechas envenenadas.

También «Sciancatello» se les había unido se les había unido empuñando una tranca formidable, arma terrible en sus manos.

Fuera seguía resonando el trueno, y las olas se rompían con furor creciente contra la base de la gran roca, pero todavía no se había desencadenado el viento. Tan solo algunas ráfagas pasaban rastreando sobre la isla.

De pronto, los pedruscos sacados de su apoyo por las balas, cedieron ante un último y más vigoroso golpe, dado, probablemente, con el tronco de un árbol de gran peso y con toda la fuerza de los asaltantes, que debían de ser muchos.

Introdujeron varios fusiles e hicieron una descarga; las balas fueron a incrustarse en la pared opuesta.

El marinero y Albani, rápidos como el relámpago, apenas vieron retirar las armas, apuntaron las cerbatanas y lanzaron dos dardos a través de la brecha.

Un grito agudo les advirtió que los proyectiles no se habían perdido.

—¡Uno que no robará más! —dijo el marinero, muy alegre con aquel éxito—. ¡Adelante! A ver a quién le toca ahora.

Los piratas, sorprendidos ante aquella resistencia y precaviéndose contra las flechas, que ya sabían que estaban envenenadas, abandonaron rápidamente la entrada de la galería.

—¡Ocupemos el puesto! —dijo Enrique.

—¡No! —repuso Albani—. ¡No cometamos imprudencias!

—Si se han retirado, señor. La luz del día entra libremente a través de la brecha.

—¡Pueden espiarnos!

Un golpe formidable sacudió la masa de piedras, haciendo caer varias.

Enrique, Albani y el muchacho contestaron con tres flechas.

Otro grito resonó fuera, seguido de un clamoreo espantoso y de las detonaciones de varios fusiles.

Casi en el mismo instante, una luz lívida iluminó la segunda caverna, acompañada por una descarga eléctrica tan fragorosa, que pareció que la roca se hundía sobre los asediados.

—¡El huracán! —exclamó alegremente Albani—. ¡Al fin vamos a vernos libres de esos bribones! ¡Teneos firmes y no economicéis las flechas!

Los dos marineros no escatimaron los dardos. Ocultos detrás de los ángulos de la galería, proseguían arrojando proyectiles a través de la brecha.

Los piratas, viendo que no podían acercarse sin sentirse heridos, se desahogaban descargando los mosquetes a través del corredor, pero sin resultado.

Sin embargo, furiosos de que los tuvieran en jaque tan pocos defensores, volvieron a coger la catapulta y, lanzándola con gran ímpetu, lograron agrandar el agujero y desmoronar la barricada.

Un hombre, el más audaz, se lanzó en la galería, y penetró en el interior antes que los Robinsones hubiesen podido verle, pues la oscuridad era profunda a causa de las espesas nubes que se condensaban en el cielo; pero «Sciancatello» le atizó un leñazo tan brutal, que le hizo huir dando alaridos de dolor.

—¡En retirada! —mandó Albani viendo que se agolpaban otros enemigos bajo la galería.

Los tres hombres y «Sciancatello» se lanzaron a la segunda caverna, acumulando en el corredor piedras, fardos de víveres, recipientes de agua y, detrás la carreta.

El huracán soplaba entonces con rabiosa ira; los relámpagos se sucedían sin interrupción; los truenos retumbaban, recorriendo toda la escala de tonos en menos de un minuto, y sobre el mar se oía rugir el viento, mientras las olas saltaban, alcanzando la ventana de la caverna con su espuma.

Sus gritos de victoria se cambiaron bien pronto en gritos de rabia y desilusión. Sin embargo resueltos a vengar a sus compañeros, habían asaltado la barricada y la golpeaban con el tronco del árbol, cuando se oyó en la lontananza un cañonazo, seguido al poco tiempo de otro disparo.

El asalto cesó de repente. Todavía se oyeron gritos, pero no de alegría, y que parecían alejarse rápidamente.

—¡Se han marchado! —dijo Albani, que escuchaba conteniendo la respiración.

—¡Sí! —dijo Enrique—. ¡Esos disparos eran la señal de peligro!

—¡Amigos míos podéis dar gracias al huracán!

—¡A la ventana, señor! —gritó Piccolo Tonno.

El veneciano se dirigió a la ventana y miró.

El mar tenia un aspecto terrible. Enormes olas de color verdinegro corrían locamente hacia las peñas y calas de la isla, rompiéndose contra las escolleras con violencia indescriptible, mientras que un viento impetuoso deshacía las negras masas de agua y los rayos describían sus refulgentes zigzags.

Se veían los árboles que se alzaban en la cumbre de la roca retorcerse como aristas de paja, mientras que las ramas y las hojas volaban en todos los sentidos.

—¡Es un verdadero ciclón! —dijo el marinero.

—¡No quisiera encontrarme a bordo del «tia-kan-ting»!

—¡Seguramente no abandonará la cala! —repuso Piccolo Tonno.

—Entonces las olas lo estrellarán contra las escolleras —dijo Albani—. En la cala no hay ningún abrigo y no tiene más remedio que dirigirse hacia alta mar.

—¡Espero que se ahogarán todos! —dijo Enrique—. ¡Helo allí doblando aquel cabo! ¡Mire usted, señor Albani!

El veneciano volvió los ojos hacia el Norte y vió, en efecto, que el «tia-kan-ting» huía hacia el Este, solamente con las velas bajas terciadas. Saltaba desesperadamente sobre las olas, ora apareciendo sobre su cresta espumante, ora desapareciendo en las profundidades.

—¡Que el mar os trague a todos! —gritó el marinero—. ¡Ese es mi deseo!

Pocos minutos después, la pequeña nave desaparecía en el horizonte, mientras el huracán se desencadenaba con extrema violencia.

CAPÍTULO XXVI. EL VARADERO DE LA CHALUPA «ROMA»

Durante todo el día y toda la noche el huracán siguió reinando sin interrupción, levantando olas de monstruosa altura, arrancando numerosos árboles, especialmente a lo largo de la costa, e inundando los terrenos bajos. El trueno no calló un instante, con gran susto de los animales encerrados en la caverna.

Los Robinsones, aun cuando desearan ardientemente visitar la costa septentrional para apreciar la gravedad de los daños y asegurarse de si los piratas habían descubierto los viveros, cosa que temían, no se determinaban a abandonar su refugio.

Al día siguiente, un fuerte golpe de viento del Este arrojó las nubes al Oeste, y el sol volvió a lucir.

Sabiendo que el buen tiempo debía de durar muy poco, por la proximidad de la estación de las lluvias, los náufragos del «Liguria» aprovecharon aquella tregua para ir a la costa.

Engancharon la babirusa al carretón, y, siguiendo el descampado, se dirigieron hacia el sitio donde dos días antes se elevaba la elegante y atrevida cabaña aérea.

No había rastro alguno de los piratas, pues se habían llevado con ellos no tan sólo las armas de los hombres muertos con las flechas mortales, sino también los cadáveres. Tan solo dejaron abandonadas algunas balas de las culebrinas.

El huracán había causado grandes estragos a lo largo de la costa que recorrían. Numerosos árboles estaban en tierra, arrancados por la violencia del viento o heridos por los rayos; otros muchos aparecían desmochados de hojas y de ramas. En el suelo había montones de fruta de todas las especies y de plantas trepadoras, especialmente de «nepentes» y «cálamos».

Cuando llegaron al descampado, sobre la playa y cerca de la caleta, sintieron un gran desconsuelo al ver la destrucción bárbara realizada por los piratas. La cabaña estaba totalmente hecha pedazos, y los trozos de los de los pies de sustentación los habían empleado aquellos merodeadores del mar en alimentar el fuego que encendieron para cocinar.

Las empalizadas de los recintos yacían arrancadas y deshechas; el huerto también aparecía devastado y pisoteado; pero por fortuna, apenas habían despuntado las plantas, y no habían podido arrancarlas.

—¡Miserables! —exclamó el marinero, que parecía que iba a reventar de ira—. ¡Qué devastación! ¡Qué placer tan grande en convertir en ruinas nuestra cabaña y nuestros recintos!

—¡No nos desanimemos, amigos! —dijo Albani—. ¡No nos falta la energía, y en una semana podemos reparar todos estos destrozos!

—¿Volveremos a construir otra cabaña?

—Y más amplia que la primera, Enrique. La plantación de bambúes se halla dispuesta a darte cuantos materiales necesites. ¡Vamos a ver si han respetado los viveros!

Tuvieron el consuelo de encontrarlos intactos. Como estaban escondidos entre las rocas más elevadas, habían escapado a la furia de los devastadores, que no se ocuparon en registrar la costa.

Muy contentos con aquél descubrimiento, visitaron la pequeña rada con la esperanza de que los piratas por lo precipitado de su marcha, hubiesen dejado abandonado en la playa algún objeto que pudiera serles útil; pero no encontraron más que el árbol del trinquete del «tia-kan-ting», sin cuerda alguna.

Lo examinaron, y vieron que hacia la mitad de su altura estaba mordido por un proyectil de considerable calibre.

—Con esa avería no hubiesen podido continuar el viaje —dijo Albani—. Han arribado aquí para poder cambiarlo, suponiendo que no estaba lejana la época de las lluvias, en la cual se producen a menudo formidables huracanes.

—¡Es verdad! —confirmó Enrique.

—¿Cree usted que el «tia-kan-ting» se haya salvado del huracán? —preguntó Piccolo Tonno.

—¡Hum! Tengo mis dudas —repuso Albani—. No me sorprendería si un día cualquiera las olas o las corrientes nos trajesen sus restos o los de su bajel. Amigos míos, empuñemos los útiles de trabajo y volvamos a cortar los postes y puntales. Las grandes lluvias no están lejos, y apenas si tendremos el tiempo necesario para construir la cabaña.

—Tenemos la caverna, señor —dijo Piccolo Tonno.

—Pero prefiero la cabaña —dijo Enrique—. Allá dentro parece que estoy preso. ¡A trabajar!

No perdieron el tiempo los tres Robinsones. La plantación de bambúes no estaba lejos, y dio el material necesario para la obra y para rehacer los recintos de los animales.

La cabaña, elevada en el mismo sitio donde se alzó la primera, era más amplia, más cómoda y más sólida, pues habían puesto dobles sostenimientos y alargado la techumbre de modo que cubriese toda la terraza.

Diez días después estaba terminada, incluso los recintos de los animales. Esta parte era también mayor, y con un cobertizo a todo lo largo para poner a cubierto de las lluvias las aves, los cuadrúpedos y los monos.

Por último, labraron de nuevo el huerto, labor que realizó el mono, y lo circundaron con una empalizada para defenderlo de los destrozos que pudieran producir los animales salvajes. Terminados estos trabajos fueron a la caverna para llevar los animales al nuevo domicilio. Aun cuando Piccolo Tonno los había cuidado llevándoles diariamente comida fresca y agua, las pobres bestias parecían muy tristes en aquella prisión, tan escasa de aire y de luz; así, pues, mostraron gran alegría al volver al recinto.

El 25 de octubre, Albani y el marinero, aprovechando el buen tiempo, hicieron una rápida exploración de los bosques de la costa oriental. Hacía varios días que los atormentaba el deseo de buscar el cadáver del pirata que por poco los descubre, cuando se hallaban escondidos entre las ramas del árbol. Esperaban que no le hubiesen encontrado sus compañeros y, por tanto, que podrían apoderarse del fusil y de sus municiones.

Como aquella parte de la floresta la habían atravesado corriendo, no les era fácil dar con el cadáver. No quedaba de él más que el esqueleto, malamente descarnado por los tigres. El fusil y las municiones habían desaparecido; pensaron que se los habían llevado los otros piratas; pero sobre una mata cercana encontraron un corto y pesado cuchillo o puñal de acero, arma que podía serles de mucha utilidad.

—Se empleará en la construcción de la chalupa —dijo Albani.

—¿Todavía piensa usted en construirla? —preguntó el marinero.

—Sí, por cierto; pues siempre tengo el vivo deseo de visitar la costa meridional de la isla.

—¿Quiere usted ver si encuentra los hombres que perdieron la cápsula y que encendieron aquél fuego que divisó desde la montaña?

—Sí, Enrique.

—¡Si los piratas no los han matado!

—No es posible que hayan podido llegar a la costa meridional de la isla. Si así hubiera sido, no habrían podido venir a asediarnos tan pronto en la caverna. Volvámonos, amigo mío; el cielo comienza a nublarse, y muy pronto tendremos agua. Ahora ya ha terminado la buena estación.

El veneciano no se engañaba. Al día siguiente, las lluvias torrenciales comenzaron con gran violencia y casi sin interrupción.

Desde el amanecer hasta la puesta de sol, aun durante gran parte de la noche, se sucedieron aguaceros violentísimos, acompañados de relámpagos cegadores y de sacudidas tan formidables, que parecía que la isla entera iba a hundirse.

Vientos huracanados soplaban frecuentemente, encrespando el mar, cuyas olas se rompían sobre la playa, y produciendo bruscos cambios de temperatura, sobre todo por la noche.

Por todas partes se formaban lagunas y torrentes, que iban derechos al Océano, tanta humedad en vez de producir estragos en los bosques, favorecía su desarrollo.

El mismo huerto agradecía los violentos riesgos del cielo, pues las patatas dulces, las cebollas y demás tubérculos crecían a ojos vistas.

Nuestros Robinsones no podían salir de la cabaña aérea; pero no por eso permanecían ociosos, y encontraron modo de emplear el tiempo.

Habían construido un anafre de arcilla, que colocaron en medio de la casa, y sentados alrededor del fuego remendaban sus ropas, ya muy destrozadas; hacían nuevas chaquetas con los restos de la lona de las velas, y el señor Albani daba lección a los dos marineros, que hacían extraordinarios progresos, aun cuando al principio se hubiesen visto muy apurados, pues nunca habían cogido una pluma entre los dedos.

Parecerá muy extraño que tuviesen papel, tinta y pluma; pero el señor Albani había encontrado todo sin gran dificultad.

La floresta, y siempre la floresta, le había suministrado dichas cosas.

Para obtener el papel recurrieron al «gluga» (brousanética papyrifera), llamado por los javaneses y los malayos «daluwang», del cual sacan el papel conocido con ese nombre.

El señor Albani escogió varias plantas adultas y les arrancó la corteza, que hizo macerar después de cortarla en pedazos cuadrados. Al cabo de algunos días la extrajo el agua, la golpeó con un mazo de madera, e hizo con ella hojas más o menos grandes, las cuales adquirían al enjuagarse la consistencia necesaria.

Debía haber sumergido aquellas hojas en agua de arroz; pero como carecía de ella, las bañó en una cola muy clara de fécula de sagú, obteniendo el mismo resultado.

Con procedimiento tan sencillo, usado hace siglos por los pueblos de la Malasia, obtuvo un centenar de hojas de papel bastante bueno, en el cual se ejercitaban los marineros.

Las plumas se las proporcionó la «arenga sacarifera». Esta preciosa planta, además de dar, como ya hemos dicho, el «toddy» o licor azucarado; el «tuwak», licor que embriaga; las fibras de «gamiti», con las cuales se hacen cuerdas muy sólidas, que no se pudren aun cuando estén largo tiempo bajo el agua, y una especie de algodón que se emplea como yesca y que es susceptible de ser hilado, suministra también las plumas de escribir a los malayos y a los javaneses. Para obtenerlas, se escogen las fibras más gruesas que se hallan en las hojas y que sirven para la fabricación del «gamuti», y se disponen de modo que se puedan trazar con ellas rasgos, etc. Más que plumas son pinceles.

Los marineros supieron adaptarse enseguida al manejo de tales plumas.

Más difícil fue encontrar la tinta; pero al cabo de mucho buscar, también fue vencida esa dificultad, con mayor éxito del que se esperaba. La floresta la suministró, como siempre todo.

El señor Albani había visto en una de sus excursiones varios árboles, conocidos con el nombre de «eucaliptus microcorys», o árbol del sebo, así dicho porque después de cortados conservan cierta untuosidad.

Al principio no hizo caso alguno, aun cuando no ignoraba que de dichos árboles se extrae un aceite esencial que emplean y buscan mucho los barnizadores; pero después se acordó de que los esquejes de aquellos troncos se extrae una buena tinta teniéndolos sumergidos en agua durante algún tiempo.

Hizo la prueba cortando unos pedacitos y poniéndolos en una cazuela llena de agua, juntamente con un pedazo de hierro; al cabo de tres días se encontró con una tinta negrísima y de buena calidad.

Como se ve, los náufragos, gracias a una actividad incansable, podían esperar tranquilamente el fin de la estación de las lluvias sin sufrir aburrimiento ni inquietudes.

Quince días mas tarde, las lluvias violentas habían cesado. Todavía llovía en abundancia, pero a intervalos, en la madrugada y hacia la noche, por efecto de los vientos del Sur, que acumulaban a esas horas sobre la isla grandes masas de vapor.

Era preciso una canoa, pues no creían cosa fácil atravesar la larga floresta que los separaba de las playas del otro lado, sabiendo, además, que en los bosques pululaban los tigres, y que, en caso de.

Peligro, difícilmente podrían volver con rapidez a la cabaña para defender las riquezas allí reunidas con tantos trabajos e ir en socorro del que quedaba de guardia de la posesión.

Con una chalupa de vela, el regreso era más fácil y rápido.

Pero la gran dificultad consistía en el modo que debían emplear para construirla. Árboles no faltaban; herramientas eran las que hacían falta, pues no poseían más que un hacha, la cuchilla del pirata y algunas barrenas que habían hecho con las barras de hierro de los penoles. Si tuviesen que ahuecar el tronco con aquellas herramientas, necesitarían meses, y además, no resistiría el hacha, que estaba ya medio consumida, pues la habían afilado más de veinte veces.

—¿Y si empleásemos el fuego? —dijo el marinero—. Yo sé que los isleños del Gran Océano no emplean otro medio.

—¡He aquí una idea que no se me había ocurrido! —dijo el veneciano—. Con el fuego podemos llegar al finque perseguimos; ahora es preciso encontrar el árbol.

—Sé donde hay un «durión» de dimensiones gigantescas, señor Albani —dijo el mozo.

—Pero que no esté muy lejos de la playa.

—A pocos pasos; desde la plataforma podemos verlo.

—¡Vamos!

Salieron a la plataforma, y el muchacho enseñó a sus compañeros un árbol enorme, que se hallaba cerca de una cala pequeñita, situada detrás de la caverna marina donde habían encontrado al monstruo en la madrugada que llegaron a la isla.

Aquel «durión» tenía más de cuarenta metros, y un diámetro de dos y medio. Cortándolo de modo que cayera sobre el parapeto de la playa, el lanzamiento de la chalupa será muy fácil.

—Aprovechemos esta clara en el tiempo —dijo el veneciano—. Mañana puede estar en tierra el tronco.

Cogieron el hacha y se dirigieron hacia la minúscula ensenada, cuya escollera descendía suavemente hacia el mar como un pequeño astillero.

El «durión» se hallaba en la misma cresta del borde, y cortándolo o quemándolo por el píe, necesariamente tendría que inclinarse hacia el agua.

—Nos ahorraremos mucho trabajo —dijo el veneciano, después de haber examinado el terreno—. Hacer descender la chalupa hasta el agua será fácil. ¡Animo amigos; cortemos algunos arbolillos para deslizar sobre ellos el tronco del «durión» cuando haya llegado el momento oportuno!

Muy cerca de allí crecían mangostanos, árboles que tienen el tronco liso y perfectamente redondos. Cortaron cuatro y los colocaron en la playa, a una distancia de cinco metros uno de otro, y enseguida empezaron a cortar con gran empeño la base del árbol gigantesco.

Era una labor larguísima, y dura; pero como no poseían una sierra, no se podía escoger otro medio. Si estuviera seco el árbol hubieran encendido fuego alrededor; pero la corteza estaba demasiado húmeda para arder.

Todo el día manejaron el hacha, relevándose de media en media hora; pero se hizo de noche antes de que hubiesen llegado a cortar la mitad del tronco.

Arrancaron toda la corteza de alrededor, reunieron grandes montones de ramas secas y les prendieron fuego, pensando carbonizar así una parte de las fibras interiores, lo cual simplificaría la labor del día siguiente.

No quedaron defraudadas sus esperanzas: al amanecer vieron carbonizada una parte de la base del colosal «durión». Con pocos hachazos, ya se le podía tumbar.

Buscando el modo de hacerle caer hacia el mar y sobre los rodillos del mangostanos, mandaron a «Sciancatello» a lo alto del árbol para que atase las cuerdas de «rotang»; después, mientras el muchacho daba los últimos hachazos, el veneciano y el marinero se colocaron en los dos extremos de la pequeña rada, haciendo vigorosos esfuerzos con las cuerdas. El «mias» los ayudaba, poniendo a contribución su extraordinaria fuerza.

A las diez de la mañana, después de una ligera oscilación, el gigante cayó con gran estrépito sobre los troncos rodillos. Sus enormes ramas se sumergieron en el agua de la cala produciendo verdaderas olas.

—¡Hurra! ¡Hurra! —gritaron los dos marineros alegremente.

—¡Lo más está hecho! —dijo el señor Albani, que no estaba menos contento que sus compañeros—. ¡Dentro de quince días tendremos la chalupa!

Como el tronco tenía cuarenta metros, decidieron quemar una gran parte, dejando diez para la construcción del barco.

El mozo se encargó de aquella fácil operación, pues no había que hacer otra cosa que coger leña y procurar que el fuego no se apagase. El veneciano y el marinero se dedicaron a construir la nave.

La persistencia de la estación de las lluvias les obligó a levantar un cobertizo para poder trabajar resguardados en él. Los bambúes fueron puestos a contribución en esta nueva obra, en la cual emplearon tres días.

Mientras Piccolo Tonno mantenía una hoguera infernal alrededor del tronco y carbonizaba lentamente la parte que no era necesaria, el veneciano y el marinero manejaban el hacha y el pesado cuchillo del pirata, explanando la parte superior.

Hecho esto, recurrieron al fuego, acumulando una gran cantidad de carbones encendidos, los cuales iban poco a poco destruyendo las fibras interiores del «durión», que después pulían con las armas.

Necesitaron diez días para socavar el árbol; otros tres, para cortar la proa, y otros tantos para la popa.

El 28 de noviembre colocaron las bancas y el palo; el 29, el timón ocupaba su lugar, y el 30, a las diez de la mañana, quedaba flotando en el varadero, entre los hurras de los marineros.

La embarcación media nueve metros y podía desplazar seis toneladas. Era un poco pesada, pero flotaba muy bien, y con la vela debía bogar admirablemente.

—¡Pongámosle un nombre, señor! —dijo el marinero antes de izar la vela.

—Le daremos un nombre que recuerde nuestra patria, tan lejana —dijo el veneciano.

Se quitó el sombrero, hecho con fibras de «rotang» y con voz conmovida gritó:

—¡Viva nuestra «Roma»!

—¡Viva nuestra «Roma»! ¡Hurra! ¡Hurra! ¡Hurra! —gritaron los marineros descubriéndose.

—¡Arriba la vela! —dijo Albani—. ¡A la barra, Piccolo Tonno!

El penol se izó en el árbol, llevando la vela, que se hinchó enseguida con la brisa del Noroeste. El marinero lió la escota, y el mozo puso la barra a orza.

La «Roma» viro de bordo, dejó la playa a estribor, remontó la escollera que surgía de la caverna marina y se lanzó a las olas graciosamente inclinada a babor.

Bogaba como un pájaro de mar, saltando con ligereza y rompiendo las olas espumantes. Parecía haber perdido su pesadez, y no oponía dificultad alguna a las bruscas viradas de bordo que le imprimían el mozo y el marinero.

Después de haber bordeado un poco a alta mar, los Robinsones viraron hacia el Este, pues querían visitar aquella parte de la playa que se unía a su caverna, y que no habían podido observar todavía por impedirlo la elevación de las rocas, talladas a pico que la defendían.

Como el viento les era favorable aun para la vuelta, pues soplaba el levante, pusieron proa al Sudeste, manteniendo manteniéndose a alguna distancia de la costa.

Varias escolleras defendían por aquel lado la isla, agujereadas y minadas por la eterna acción de las aguas. Se veían cavernas marinas muy espaciosas, dentro de las cuales se veían salir de cuando en cuando tentáculos armados de ventosas.

En aquellas negras cavidades debían de abundar grandes pólipos y cefalópodos, no tan grandes, sin embargo como el que asaltara a los náufragos.

También abundaban los peces, que nadaban a través del agua tranquila y trasparente de pequeños senos.

El veneciano que todo lo observaba con atención, vió que el mozo metía en el agua un brazo con el cuchillo, para clavarlo en una especie de «raya», de cuerpo muy extendido y redondeado en forma de disco, y con las aletas de los pectorales, así como la cola, muy anchas, que pasaba cerca de la proa; el veneciano, repetimos, dio un grito, y le detuvo.

—¡Imprudente!

El muchacho le miró sorprendido.

—¡Era un hermoso pescado para cenar, señor! —dijo.

—¡Pero que te hubiera inutilizado para un rato! —añadió Albani—. Las descargas eléctricas de esos peces no dan gusto ninguno.

—¿Qué pez es ese?

—Un pez torpedo.

—¡Ya lo creo! —dijo Enrique—. ¡Conozco esos peces del diablo!

—Pues yo no los he visto nunca —contestó el mozo.

—Te digo que poseen una verdadera batería eléctrica. ¿Verdad, señor Albani?

—Sí Enrique; una batería que entorpece los miembros y hace saltar de dolor a quien recibe la descarga.

—Pero yo no tenía intención de cogerle con la mano, sino de clavarle el cuchillo.

—Hubieras sufrido la descarga lo mismo. Poseen tal fuerza fulminante, que la comunican a los cordeles de las redes que sostienen los pescadores, he visto más de una vez caer a tierra un pescador por haber puesto el pié encima de la arena bajo la cual se había escondido el pescado.

—¿Poseen, en efecto, una verdadera batería eléctrica? —preguntó el marinero.

—Algo parecido a eso. Sus escamas son unos discos diminutos constituidos por una sustancia especial, dispuesta en pilas verticales y sobrepuestas, y a las divisiones membranosas vana a parar múltiples vasos e hilos nerviosos, que terminan en la superficie de los discos.

—Armados de ese modo, no se dejaran comer por sus enemigos.

—No, porque pueden hacer la descarga a cierta distancia; pero después de la primera descarga pierden gran parte de su fuerza defensiva, y…

—¿Qué es?

—¡Mirad allá cerca de aquella escollera! —dijo Albani, que se había levantado de improviso—. ¿No veis algo que zarandean las olas?

—Si —dijeron los dos marineros—; parecen los restos de un buque.

—¡Gobierna hacia allí, Piccolo Tonno! —dijo el veneciano.

La chalupa se apartó de la playa y se dirigió hacia una masa negruzca que se debatía contra una serie de sirtes que asomaban a flor de agua.

A los pocos minutos llegaban al sitio indicado. En efecto: eran los restos de un barco, un pedazo de popa de una embarcación pequeña, que debía estar pintada de negro. En un trozo de dicha popa se distinguían unas letras blancas, pero que el agua salada había corroído, haciéndolas indescifrables.

—¡Mil terremotos! —exclamó el marinero—. O yo me engaño mucho, o esa es la popa del «tia-kan-ting» de los piratas.

También yo me lo figuro —dijo Albani—. Recuerdo haber visto en la popa letras y signos pintados de blanco.

—¡Dios ha castigado a esos canallas, señor! El mar se los ha engullido a todos.

—Lo había previsto. Era imposible que pudiesen afrontar con una embarcación tan pequeña aquel formidable huracán. Ahora ya podemos emprender con tranquilidad nuestro viaje alrededor de la isla.

Iba a ponerse el sol, temiendo que cambiase la dirección del viento, viraron a bordo, y una hora después entraron en la pequeña cala.

—¿Estáis contentos amigos? —preguntó el veneciano, desembarcando.

—¡Tan contento, señor, que yo no pienso salir de esta isla! —dijo el marinero.

—Ni yo tampoco —agregó Piccolo Tonno—. ¡Aquí me quedo, aun cuando vengan a buscarme diez barcos! ¿Qué es lo que nos hace falta? Hemos llegado sin tener un pedazo de pan, y ahora somos más felices que el rey. ¿Qué más podemos desear?

—Cierto, señor; y todo esto se lo debemos a su actividad y a su ciencia —añadió Enrique.

—¡Gracias, señor Albani! ¡Le debemos la vida!

—¡Abrazadme, amigos míos! —dijo, conmovido el veneciano—. ¡Yo soy feliz, puesto que estáis contentos!

CAPÍTULO XXVII. LOS INCENDIARIOS DEL «LIGURIA»

Veinte días después del lanzamiento de la chalupa, y habiendo pasado la estación de las lluvias, comenzaron los preparativos para la partida, resueltos ya a explorar la costa meridional de la isla y a saber quiénes eran los misteriosos individuos que habitaban aquella parte de sus posesiones.

Como no podían abandonar a los animales ni tampoco el huerto, porque lo saquearían los monos, resolvieron que se quedaría de guardia en la cabaña Piccolo Tonno. Por su parte, el muchacho había aceptado de muy buena voluntad permanecer en tierra en compañía de «Sciancatello» y de los dos simios, pues quería velar por la conservación de las riquezas acumuladas con tantos trabajos.

En la mañana del 16 de diciembre, el veneciano y el marinero, después de haber embarcado las provisiones necesarias para una semana y de haberse despedido de Piccolo Tonno con un abrazo, saltaron en la chalupa.

—¡No tenga usted cuidado, señor —dijo el mozo—; cuidaré del huerto y de los animales! ¡Buen viaje!

La chalupa bogó mar adentro, rebasada la pequeña península que cerraba por Poniente la bahía, viró costeando la isla. El mozo desde lo alto de la roca, con «Sciancatello» al lado, los saludaba con el sombrero de fibras de «rotang».

Era una mañana espléndida; el cielo estaba purísimo, teñido de color azul intenso, y el sol lucía con todo su brillo alzándose majestuosamente en el horizonte.

El mar, que estaba tranquilo, apenas se rizaba con los soplos regulares del vientecillo del Este. Tan sólo las olas de la resaca, saltando y montándose una es otras y deshaciéndose en una lluvia de oro, rompían junto a la playa.

La chalupa navegaba con rapidez a cuatrocientos metros de la costa; la hinchada vela imprimía una marcha serena a la embarcación, cuya popa dejaba tras de sí una estela de espuma.

El marinero se había colocado cerca de la escota y masticaba dulcemente su «siri», y el señor Albani se sentó al lado de la barra del timón.

Huían con rapidez las rocas y escolleras de la costa; pero los dos Robinsones las observaban cómodamente, manteniendo la chalupa a corta distancia. El señor Albani, que se había provisto de papel y pluma, iba dibujando las puntas, las pequeñas bahías, las escolleras, y poniendo a cada cosa su nombre.

La costa era alta toda ella y muy rocosa, por lo cual resultaba muy difícil de atacar. En la cumbre, los bosques se sucedían unos a otros con lapsos pequeños, casi todos formados por antiguos torrentes.

Se veían masas de árboles: garófanos, ariquias, tamarindos, cocoteros bellísimos, mangostanos y cedros salvajes; enormes plantas de alcanfor, cuyo aroma llegaba hasta la chalupa; duriones altísimos y bambúes desmesurados.

Gran número de pájaros revoloteaban sobre la costa y las escolleras. En las masas de follaje se veían bandadas de papagayos de todos los colores, loros rosa con el cuello negro: cacatúas negras y blancas; terengalos con el dorso color de esmeralda, la cola azul y el vientre de un amarillo dorado; lindísimos pájaros de mar de un color azul metálico por encima y negro reluciente por debajo; espléndidos faisanes; martín-pescadores, que volaban de un modo majestuoso sobre la superficie del mar.

Hacia el mediodía, en el momento en que estaban comiendo algunos bizcochos, los dos Robinsones descubrieron en el fondo de una ensenada, cuyos muros de rocas estaban cortados a pico, unos árboles tan enormes, que ambos lanzaron una exclamación de sorpresa.

Tenían más de cien metros de elevación, y eran tan gruesos, que ocho hombres no hubieran podido abrazar su tronco. Se parecían a los robles gigantes de California, pero tenían flores rosadas muy largas, las cuales exhalaban un perfume tan fuerte, que se extendía a algunos centenares de metros sobre el mar.

—¿Qué árboles son? —preguntó el marinero.

—No lo sé; pero se parecen a ciertos árboles últimamente descubiertos en la isla de Formosa —dijo Albani.

Esos colosos deben tener un bonito número de años.

—Ciertamente que sí, Enrique.

—Dígame usted, señor: ¿viven mucho los árboles?

—Algunos, miles de años.

¡Miles de años! ¿Quiere usted reírse de mí, señor?

—¡Ni mucho menos! Se sabe que los olmos, por ejemplo, viven, por término medio, trescientos sesenta años; los olivos, setecientos; los cedros, ochocientos cincuenta, y los robles, hasta mil quinientos.

—¡Rayos! ¡Mil quinientos años!

—Aun hay plantas de más larga vida. En los anales de la Botánica se registran castaños y plátanos de mil doscientos años, y algunos de dos mil. Y rosales célebres que dieron rosas durante diez siglos. Los árboles que viven más son los boababs, árboles enormes que crecen en África; algunos han visto a los cuales los botánicos no han dudado en atribuirles sesenta siglos de existencia.

—¡Seis mil años!

—Sí, Enrique; seis mil años.

—Y los animales que viven más, ¿cuáles serán?

—Las tortugas gigantes del Himalaya.

—Creí que serían los elefantes.

—No porque esas tortugas pueden pasearse durante quinientos o seiscientos años.

—¡Hermosa existencia!

—No tan hermosa, porque esos animalitos se pasan años enteros en sus conchas y sumidos en una especie de sopor. ¡Cuidado con la vela!, Enrique, tenemos escollos submarinos delante de nosotros, y hay que evitarlos.

Efectivamente delante de la chalupa se veían, a través del agua, puntos grises que tenían extrañas ramificaciones. Algunos de aquellos escollos eran redondos; pero otros, que se veían a mayor profundidad, parecían troncos con ramas, que se alargaban mucho en direcciones varias.

—Son escollos coralíferos —dijo Albani, que miraba con gran curiosidad—. Están en elaboración, y dentro de pocos años, todas esas ramas se hallarán a flor de agua.

—Pero ¿son corales vivos? —preguntó Enrique, estupefacto.

—Vivos, Enrique. Mira en la extremidad de aquellas tramas; ¿qué es lo que ves?

—¡No sé! Una cosa así como florecillas.

—Son grupos de pólipos coralinos.

—Pero ¿cómo se arreglan esos moluscos, que me han dicho que son gelatinosos y pequeñísimos, para hacer esos escollos que parecen de granito?

—Es una cosa facilísima de explicar. Un día cualquiera, y a la profundidad de cuarenta o cincuenta metros, se fija un pólipo coralino; se nutre, crece, echa ramas como una planta y produce huevos, los cuales a su vez, se fijan al cabo de cierto tiempo muy cerca del primero.

—Nacen otros pólipos, crecen y comienzan también a dividirse en ramas.

—Poco a poco la colonia se hace mayor, se entrelaza, y forman un banco rudimentario, llamado ordinariamente «fundamento de coral».

—Sobre ese banco brotan millares de semillas y pólipos, y, por tanto, millares de ramas, que se solidifican y se van elevando y alargando continuamente y entrelazándose, hasta que llegan a la superficie del agua. Entonces es cuando cesan de elaborar, pues los pólipos huyen de la luz directa del sol; pero si no se elevan, se extienden.

—Las olas despedazan a menudo los arrecifes coralinos; pero muy pronto se reparan esos destrozos, sirviendo los pedazos arrancados para cimentar otros bancos. De este modo el escollo puede llegar con el tiempo a ser un isla.

—El coral que sirve de base a las islas construidas por los pólipos, ¿es igual al que pescamos en las costas de Sicilia, de Cerdeña y de Argelia?

—No, Enrique. El coral noble, que tiene aquel bellísimo tono rosado, no se encuentra nada más que en el Mediterráneo. Los pólipos son de una especie algo distinta, y las plantas están revestidas de una membrana con flores, de las cuales salen los pólipos.

—Pero ¿por qué causa tienen aquel tono rosa tan bonito?

—Se creyó en un principio que ese color lo producía el óxido de hierro, pero ahora se ha descubierto que es una particularidad de los pólipos.

—¿Y cree usted que nuestra isla esté sobre bancos coralíferos?

—No, Enrique; pero… ¡mira allá lejos!

—¿Dónde? —preguntó el marinero.

—¡Sobre aquella roca!

El marinero miró en la dirección indicada y, con gran sorpresa descubrió una percha muy alta, en la que ondeaba un trapo blanco.

—¿Una señal? —preguntó.

—Eso parece —repuso el veneciano, poniendo la vara del timón a orza.

—¿Quién la habrá colocado?

—Probablemente, los individuos que han perdido la cápsula.

—Entonces deben ser marineros; si fuesen salvajes, no hubieran puesto esa señal de socorro.

—Eso mismo creo yo.

—¿Habrá algún papel al pié de ese palo? —dijo Enrique.

—Precisamente para saberlo dirijo la chalupa hacia la roca.

—Así nos enteraremos de quiénes son esos hombres —dijo el marinero.

Viraron de bordo y dirigieron la chalupa hacia las escolleras. En aquél sitio se replegaba la costa formando una ensenada profunda, cuya extremidad cerraba una gran peña, que tenía ochenta o noventa metros de altura.

Toda la cresta de la parte alta de la playa estaba cubierta de árboles, sobre los cuales revoloteaban grandes masas de anhingas, pájaros que tienen el cuello tan largo, que se los conoce por eso con el nombre vulgar de «pájaros serpientes». La cabeza es muy pequeña, estrecha y cilíndrica, y termina en un pico muy agudo y derecho.

Estos volátiles son grandes nadadores porque tiene membranas interdigitales, pero en tierra marchan con gran trabajo. Son muy suspicaces, y no merecen siquiera que se les dispare un tiro, porque su carne es detestable.

Embarrancada la chalupa sobre un pequeño banco de arena, el marinero y el señor Albani se dispusieron a escalar la roca, agarrándose a los «rotangs» que salían de lo alto y metiendo los pies en las hendiduras. En diez minutos llegaron arriba. Ante la percha del trapo había un montón de piedras que parecían haber sido acumuladas para ocultar algo.

—Ahí abajo hay algún escrito o cosa parecida —dijo el veneciano.

De un puntapié deshizo el montón, y ante sus ojos apareció una botella, sobre la cual había una etiqueta pegada que decía:

MARSALA PALERNO

Los dos Robinsones se miraron a la cara, grandemente sorprendidos.

—¡Marsala! —exclamó Albani—. ¿Habrá pertenecido esta botella a algún barco italiano?

—Mire usted si tiene dentro algún documento, señor —dijo el marinero, que estaba emocionadísimo.

El veneciano la levantó a la altura de los ojos, y exponiéndola a los rayos de sol vió en el interior un pedazo de papel.

Rompió la botella, cogió el documento que dentro había, lo desdobló y leyó estas líneas, trazadas con lápiz:

«Harry Thompson y Marino Novelli —naufragados el 6 de septiembre de 1842—: Punto meridional de la isla».

De la garganta de ambos Robinsones salieron dos gritos: uno de sorpresa; pero el otros de ferocidad.

—¡Los malteses! —exclamó el veneciano.

—¡Los traidores! Gritó el marinero con un acento terrible de odio. —¡Iré a buscarlos para matarlos!

CAPÍTULO XXVIII. UN TRISTE DESCUBRIMIENTO

¿Por qué serie de vicisitudes los malteses, que se escaparon en la chalupa muy pocos momentos antes de que estallara el fuego a borde del «Liguria», habrían retrocedido cuando parecía que se dirigían a las costas septentrionales de Borneo?

¿Los habría rechazado alguna tempestad que los obligara a virar hacia el Norte para atracar en alguna de las islas del archipiélago Zulú, o después de trece días de navegación por amplio mar, escasos de víveres y acaso sin agua, no habrían tenido más remedio que poner proa a la isla?

Fuese lo que quisiera, los Robinsones sabían ya quiénes eran los individuos que habitaban en la costa meridional y sabían asimismo con que clase de hombres, quizá peligrosos, todavía tenían que habérselas.

—¡Los traidores! —exclamaba el marinero con voz ronca—. ¡Iré a matarlos!

El señor Albani no había contestado nada a tan fiera amenaza, que revelaba el odio del marinero hacia los autores probablemente voluntarios, de la tremenda catástrofe. Se limitó a cruzarse de brazos y a mirar con gran serenidad la cara del genovés, todavía alterada por una cólera salvaje.

—¡Embarquémonos señor! —dijo Enrique—. ¡Vamos a vengar a las víctimas del «Liguria»!

Albani no se movió. Probablemente, en aquellos momentos se libraba una batalla en el fondo de su corazón entre el deseo de olvidarlo todo y el de seguir al marinero en sus resoluciones de venganza.

—¡No, Enrique! —dijo de pronto—. El sol se va a poner, y en estos parajes que no conocemos puede haber escollos peligrosos para nuestra chalupa.

—¡Nos sostendremos a distancia de la costa, señor!

—No tenemos ninguna prisa, y podemos acampar sobre esta roca.

—¡La prisa la tengo yo, señor Albani! ¡Sorprenderemos durmiendo a esos dos miserables y los mataremos!

—Nosotros no podemos erigirnos en jueces, Enrique.

—¿Y aun quiere usted dejarlos vivir?

—La desgracia los habrá domado.

¡Señor, acuérdese que hicieron volar la nave!

—Puedes engañarte: no sabemos si el incendio habrá sido casual.

—¡Ah! ¡Yo nunca los perdonaré!

¡Yo los perdono!

—¿Usted?

—Sí, Enrique. Yo no permito que los Robinsones italianos manchen con un delito su isla. ¡No amigo mío! Seamos generosos, y en vez de castigarlos, unamos nuestros esfuerzos con los suyos por el bienestar de todos.

—Pero, señor Albani…

—Si son culpables, Dios los castigará.

—¡Sea —dijo el marinero— pero antes han de oírme!

—Anda —repuso el veneciano—. Ve a atar el barco mientras yo improviso un atienda donde pasar la noche.

—¿Está usted decidido a pernoctar sobre esta roca?

—No me parece prudente aventurarme en esta costa, desconocida para nosotros, y en la cual puede haber escollos bajo el agua. Al amanecer desplegaremos las velas y al mediodía llegaremos, con seguridad, a la costa meridional de la isla.

El marinero, que parecía haber apagado sus deseos de venganza, descendió de la roca y fue a atar la chalupa de modo que el reflujo de las aguas no se la llevase mar adentro; mientras tanto, el señor Albani había cortado algunas hojas gigantes y ramas, con las cuales improvisó un cobertizo.

Cenaron una cacatúa negra, que habían asado por la mañana y algunos bizcochos, y colocándose al lado las cerbatanas, se durmieron, seguros de que no habían de ir a atacarlos a lo alto de la roca hombres ni fieras.

La noche pasó tranquilamente. Algunas veces los despertaron los roncos gritos de los tigres; pero ninguno se había atrevido a subir a la peña.

Al amanecer, los dos Robinsones se pusieron en viaje, con una brisa fresca del Norte y Noroeste. El tiempo seguía espléndido y el mar tranquilo; solamente la resaca se debatía con furia contra las costas y los arrecifes, a causa, sin duda, de la gran profundidad del agua y de los múltiples escollos que allí había.

La isla comenzaba a replegarse hacia el Sudeste, sin ofrecer bahía alguna. La gran montaña que dominaba aquel pedazo de tierra perdido en el mar Zulú aparecía muy lejos.

Faltaba muy poco para que la chalupa virase sobre la punta extrema meridional, que se alargaba en forma de península estrecha y muy baja; tan baja, que por entre los claros de los bosques veía el marino, que iba en pié sobre el banco, el mar de la costa oriental.

A eso de las diez, el señor Albani señaló con el dedo una larga escollera, y en la playa, otra percha con un pedazo de trapo en la punta.

—Allí deben de tener la cabaña —dijo el veneciano—. Aquélla es la punta más meridional de la isla.

—¡Ah! ¿Están ahí? ¡Canallas! ¡Tengo curiosidad por ver la cara que ponen al encontrarse con sus víctimas!

—Su aislamiento y la lucha por la vida los habrá amansado, Enrique.

—Sin embargo no dejaré mi cerbatana; y al primer movimiento ofensivo que hagan, ¡le juro, señor Albani, que les envío un par de flechas envenenadas a esos traidores!

La chalupa se encaminó derechamente hacia aquella señal, que se alzaba al lado de un grupo de árboles muy altos. Los dos náufragos aguzaban la mirada, esperando ver aparecer en la playa a los dos traidores; pero en vano.

Solamente se veían sobre la escollera, tranquilamente acurrucadas, una porción de anhingas.

—¿Adónde se habrán ido? —dijo el marinero—. Cuando estos pájaros que son tan desconfiados, están ahí, es señal de que no hay habitantes en las cercanías.

—Pronto lo sabremos —repuso el veneciano, que parecía un poco contrariado.

En breves minutos la chalupa recorrió la distancia y tocó la arena en un pequeño seno defendido por una escollera coralífera. La ataron a una roca, se armaron con sus cerbatanas, no sabiendo que acogida tendrían, y desembarcaron. La primera cosa que cayó bajo sus miradas fue un resto de chalupa; un pedazo de popa, un pedazo de la quilla y un pedazo de costillaje, sobre el cual todavía se veían pintadas letras rojas que decían: «Liguria - Génova».

—¿Conque han naufragado? —se preguntó el veneciano.

—A lo que parece, así debe ser —repuso el marinero—. Las olas habrán estrellado la chalupa contra la escollera. Dios los ha castigado.

—Pero ¿donde tendrán la cabaña? —dijo el veneciano.

—Quizás detrás de aquella espesura.

Subieron por las peñas y se internaron en el bosque, marchando con precaución y sin hacer ruido. A los pocos minutos encontraron una choza con el techo medio hundido, construida con ramas de árboles y rodeada de una pequeña empalizada de bambú. En el suelo, y fuera de la choza había plumas de pájaros, tizones apagados, trozos de botellas y guiñapos. De aquella pocilga salía un olor acre insoportable.

—Ahí dentro se pudre algo —dijo el marinero, deteniéndose.

—Es olor de carne corrompida —respondió el veneciano palideciendo—. ¿Habrán muerto los dos náufragos?

—¿Los habrán matado? ¡Es el olor de muerto!

—¡Vamos adelante, Enrique!

—Llamémosles primero. ¡Ohé! ¡Marino! ¡Harry!

Nadie respondió; pero, en cambio, salieron varios animalejos muy extraños, semejantes a los erizos, aunque mayores, con el cuerpo lleno de púas y el hocico largo y fino, la boca muy pequeñita y las zarpas armadas de uñas.

—¿Qué animales son esos? —dijo el marinero, dando u salto atrás.

—Equínidos —contestó el veneciano—. Son los animales mas extraños que existen, y todavía no se sabe cómo se reproducen, pues están más conformados como pájaros que como cuadrúpedos.

—¿Son peligrosos?

—No; no pueden ni morder. ¡Vamos adelante, Enrique!

A pesar del hedor horrible que salía de ella, los dos Robinsones entraron en la choza; pero se detuvieron enseguida lanzando un grito de horror.

Allí, tendido sobre un montón de hojas secas, estaba un hombre con los músculos enteramente podridos, flaco como un faquir indio, con el huesudo pecho medio desnudo, las manos contraídas convulsivamente y en plena putrefacción.

Alrededor suyo veíase un fusil; una cartuchera, que debía de haber contenido pólvora; los restos de un pescado, y algunos guiñapos.

A los dos Robinsones les bastó una mirada para reconocer a aquel hombre.

—¡Harry! —exclamaron.

—¡Muerto! —dijo el genovés—. ¡Asesinado quizá por su compañero!

—No —dijo Albani—; no veo que tenga herida alguna.

—Entonces, ¿ha muerto de alguna enfermedad?

En vez de responder, el veneciano se inclinó sobre los restos del pescado.

—¡La justicia de Dios le ha castigado! —murmuró.

Cogió el fusil, miró la cartuchera para ver si contenía pólvora todavía, y volvió a tirarla al suelo al encontrarla vacía; enseguida salió rápidamente, seguido del marinero.

—Busquemos a Marino —dijo—; si ha comido de ese pescado no puede estar muy lejos.

—¿Qué pescado? ¿Qué es lo que ha sucedido, señor? —preguntó Enrique.

—Ese desgraciado Harry ha muerto envenenado.

—¿De qué manera?

—Ha comido un tetrodón.

—No comprendo.

—El tetrodón es un pescado muy venenoso, probablemente esos dos náufragos, que habían sufrido largas privaciones desde que se quedaron sin pólvora, a juzgar por la horrible flaqueza de Harry, han pescado tetrodones y se han envenenado.

—Pero ¿son tan peligrosos esos peces?

—Sí. En estos mares, como también en los de Australia y en el Océano Pacífico, hay algunos pescados que no se pueden comer sin peligro. Quirós y Cook, esos dos grandes navegantes, estuvieron a punto de morir por haber comido esta clase de pesca; y los isleños de estas regiones saben que los tetrodones son venenosísimos.

—Pero ¿y Marino?

—O ha huido al ver morir a su compañero, o ha muerto en el bosque.

—¡Dejemos que se lo coman los tigres y volvamos a nuestra cabaña! ¡Estoy inquieto por Piccolo Tonno!

—No, Enrique; primero debemos asegurarnos respecto a la suerte que ha corrido Marino.

—Probablemente, los tigres habrán devorado su cadáver.

—Estará el fusil.

—¿Cree usted que esos bribones han concluido las municiones?

—Seguramente. Debieron de huir con muy pocos tiros.

—Siendo así, se habrán encontrado enseguida frente a frente con el hambre, mientras que nosotros, que hemos desembarcado sin armas y sin nada, nadamos en la abundancia, gracias a usted; pues sin usted, Piccolo Tonno y yo nos hubiéramos encontrado enseguida en las mismas condiciones que los dos malteses.

Sin embargo, en esta misma isla abundan los árboles frutales, y para dos marineros no puede ser difícil proporcionarse mangostanes, duriones, nueces de coco, etc.

—¿Y crees tú que con las frutas hay bastante para vivir? Durante algunos días, sí; pero después se agotan las fuerzas si no se comen materias suculentas o carne. ¡Quién sabe las panzadas de fruta que se habrán dado esos desgraciados para engañar el hambre insaciable que eles roía las entrañas! Ya has visto el estado en el que hemos encontrado a Harry, y… ¡Toma! ¿Qué es esto? La caja de las cápsulas, vacía —dijo—. Esto prueba que se les han concluido las municiones.

—¡Calle señor!

—¿Qué es?

—¡Mire usted!

—¿Adónde?

—¡Allá arriba, en aquella altura! ¡Es él!

CAPÍTULO XXIX. EL MALTÉS

Habían salido del bosque que cubría la pequeña península y que formaba el límite extremo de la costa meridional.

El terreno se elevaba suavemente en forma de colina sombreada por arequias, plátanos silvestres, manigua y «rotangs», que se alargaban sobre la pendiente como serpientes desmesuradas.

Un hombre subía penosamente apoyándose en un palo. Tendría unos treinta años y era de alta estatura; pero tan flaco estaba, que las desgarradas prendas de si vestimenta le danzaban como podrían hacerlo sobre un esqueleto ambulante.

Sus cabellos y su barba, inculta y negrísima, le daban un aspecto salvaje.

—¡Es él; es Marino! —repitió el marinero.

—¡En que estado! —exclamó Albani con voz conmovida—. Si tardamos más tiempo en buscarle, no hubiéramos encontrado más que su cadáver.

—¡Eh! ¡Marino! —gritó el marinero, que parecía haber olvidado ya sus propósitos de venganza.

Al oírse llamar por su nombre, el maltés se detuvo de pronto, echando en torno suyo una mirada apagada; después, haciendo un supremo esfuerzo, apretó el paso como si tratase de huir.

—¡Párate, desgraciado! —gritó el veneciano—. ¡No queremos hacerte daño!

El náufrago parecía que no le oía. Agarrándose a la maleza, a las raíces, a las piedras, continuaba huyendo hacia la cumbre de la colina. Debía de estar exhausto de fuerzas, porque vacilaba a cada paso y parecía que iba a caer para no levantarse más.

Los dos Robinsones le seguían escalando rápidamente las rocas y diciéndole que se detuviese; pero sin éxito. Un miedo invencible invadía al maltés, que sin duda había reconocido ya a sus perseguidores.

De repente, después de haber remontado una roca, las fuerzas le fallaron y cayó en medio de una porción de maleza, de donde no pudo levantarse.

En pocos saltos, Albani y el marinero le alcanzaron.

—¡Desgraciado! ¿Adónde querías huir? —le preguntó el marinero.

El maltés abrió los ojos semiapagados, y dijo con voz ronca:

—¡Los vengadores! ¡Mejor…; así concluiremos!

—¡No; no hay vengadores! —dijo Albani—. ¡No es a nosotros a quien corresponde vengar a las víctimas del «Liguria», que vosotros incendiasteis!

Al ir estas palabras, un relámpago iluminó la mirada del maltés.

—¡Incendiada! —exclamó—. ¿Incendiada por quién?

Enseguida, fijando una mirada ansiosa en los bolsillos de sus perseguidores, que parecían llenos, murmuró con voz apagada:

—¡Me muero de hambre!

El marinero se sintió conmovido con aquella exclamación. Metió la mano en el bolsillo, sacó un puñado de bizcochos y se los puso delante, diciéndole con una cierta emoción, que en vano trataba de ocultar:

—¡Toma camarada!

El maltés se abalanzó sobre aquellos bizcochos con la avidez de un lobo que hubiera ayunado tres semanas y los devoró.

—¡Ahora un sorbo! —continuó el marinero, dándole un frasquito de bambú lleno del jugo fermentado de la «arenga sacarífera»—. ¡Esto te hará bien!

El náufrago bebió el contenido y devolvió el frasquito, diciendo:

—¡Gracias, Enrique! ¡Así es como pagáis a los canallas de mi especie!

—¡Déjate de eso! Nosotros lo hemos olvidado todo; ¿verdad, señor Albani?

—Sí —respondió el veneciano.

El maltés los miró detenidamente, y sus ojos hundidos se fueron llenando de lágrimas poco a poco.

—Pero ¿es cierto que el «Liguria» ha sido incendiado? —preguntó lanzando un sollozo.

—Sí —repuso Albani con voz grave—. Habéis cometido una infamia que ha costado la vida a casi toda la tripulación.

—¡Eso no; no, señor! —exclamó el maltés—. Harry me juró que había prendido fuego a unos trapos impregnados en petróleo para asustar a la tripulación e impedirles darnos caza.

—Pues, en vez de eso, prendió fuego a la despensa para desencadenar un incendio horrible y hacer saltar el barco.

—¡Entonces ese infame me mintió! ¡Señor Albani, Enrique, por la memoria de mi madre, les juro que yo no encendí el fuego y que Harry me engañó! Pero ¿es como lo dicen? ¿Voló el «Liguria»?

—Con toda la tripulación.

—¡Entonces, mátenme ustedes! ¡Tienen derecho a hacerlo!

—No; la tierra de los Robinsones italianos no se manchará con un delito. Te traemos el perdón.

El maltés se había puesto de rodillas a los pies de ambos y lloraba. El marinero y el veneciano lo levantaron, diciéndole:

—¡No se hable más de eso; todo se ha olvidado!

—¡Gracias, señores! ¡De hoy en adelante seré su esclavo!

—Esclavo, no; amigo. ¡Ven a la chalupa!

—¡No por ahí, no! —dijo con terror el maltés, viendo que el veneciano descendía en dirección a la choza—. ¡Allí está Harry!

—Le hemos visto, Dime: ¿hace mucho tiempo que ha muerto?

—Siete días, señor.

—¿De que ha muerto?

—Por comer un pescado.

—¡Lo había supuesto!

—Yo había ido al bosque en busca de frutas, pues no teníamos otra cosa que llevarnos a la boca, y Harry bajó a la playa a buscar ostras y otros mariscos. Cuando volví, le vi revolcándose por la tierra, presa de atroces dolores. Al principio creí que había sido mordido por una serpiente. Al principio creí que había sido mordido por alguna serpiente venenosa; pero como le preguntase que sucedía, me señaló los restos de un pescado que había asado y comido. Traté de calmar sus dolores haciendo hervir en una cartuchera unas hierbas que parecían medicinales, pero no le sirvieron, porque el desgraciado dejó de existir tres horas después. Entonces me acometió un miedo horrible y vine huyendo a esta colina. Hace siete días que ando errante por la espesura como un animal salvaje, muerto de hambre y sin ánimos para descender a la choza. Sepa usted, señor, que hemos sufrido mucho. ¡Ya ve usted a que estado misérrimo me hallo reducido! ¡No tengo más que piel y huesos!

—¿No os dirigíais a las costas de Borneo?

—Sí, señor; pero como no teníamos brújula, tuvimos miedo a perdernos y alejarnos más, y volvimos hacia el Norte, con la esperanza de llegar al archipiélago Zulú, hasta que una noche naufragamos en esta costa. La chalupa se había deshecho contra la escollera, y solo a fuerza de fatigas enormes pudimos llegar a tierra con un fusil, treinta cargas y algunas botellas de Marsala. Mientras tuvimos pólvora y balas, pudimos vivir mejor matando pájaros; pero cuando se terminaron las municiones, nos encontramos frente a frente con el hambre. Las frutas de la floresta no eran suficientes para mantenernos, y fuimos perdiendo fuerzas, concluyendo por pasar ayunos tremendos, que nos redujeron al estado de esqueletos vivientes.

—¡Una pregunta!

—Hable usted, señor.

—¿Sabíais que nosotros estabamos aquí?

—Si —respondió el maltés—. Emprendimos un viaje a través de la isla, esperando encontrar indígenas, y un día los vimos cultivando un huertecito.

—¿Y porqué no fuisteis a pedir hospitalidad?

—Por miedo a que nos prendieran y nos ahorcasen, como tenían derecho a hacerlo. Antes habíamos visto a Piccolo Tonno. ¿Se ha quedado en la chalupa?

—No; está en la cabaña.

—¡Una cabaña, un huerto, una chalupa, un recinto con animales, monos!… ¡Ah! ¡Cuánto los hemos envidiado, señor Albani! ¡Ustedes en la abundancia y nosotros muriéndonos de hambre! ¡Oh! ¡Crean ustedes que hemos expiado nuestro delito!

—No tendrás nada que envidiarnos, Marino. Desde ahora en adelante formarás parte de nuestra familia, y todos trabajaremos por el bienestar de la pequeña colonia. Vámonos a la chalupa. Enrique; ya no tenemos nada que hacer aquí.

Descendieron de la colina y abriéndose paso a través de la floresta, llegaron a la playa, que recorrieron hasta la pequeña bahía, cerca de la cual estaba amarrada la chalupa.

Dirigieron una postrera mirada hacia la choza en la cual dormía Henry, el maltés, su último y eterno sueño; despegaron la vela y, tomando la mar alta a toda prisa, viraron sobre la península, pues querían visitar las costas orientales de su posesión.

A aquella península se la llamó península de Harry, en recuerdo del desgraciado maltés.

El mar no estaba tan tranquilo como antes, pues la brisa habían aumentado. Del Este venían largas olas que iban corriendo a romperse con estrépito sobre las escolleras, saltando y lanzando a lo alto sus espumas.

También el cielo, tan limpio por la mañana, se cubría de nubes procedentes del Sudoeste, que amenazaban cubrir el cielo y descargar un fuerte aguacero sobre la isla.

Sin embargo, los Robinsones, viendo que, a pesar de su pesadez, la chalupa saltaba ágilmente sobre las olas, continuaron navegando a lo largo, pues tenían prisa por llegar a su vivienda.

El señor Albani seguía apuntando las playas, ensenadas, cabos y peninsulillas, poniéndolas a todas un nombre.

Hacia las cuatro de la tarde, estado de la mar empeoró tanto que, comenzaron a inquietarse. Olas altísimas continuaron subiendo del lado del Este, amenazando con hundir la chalupa, e impetuosas ráfagas atirantaban la vela, cuyo mástil se doblaba de tal modo que parecía que iba a romperse.

—Es el mar de fondo —dijo el veneciano—. Debe de haber estallado hacia el Este una tempestad violenta.

—Pues esta mañana el cielo estaba limpio y el mar tranquilo —dijo Enrique—. Y nosotros no hemos oído ningún trueno.

—Las olas de mar de fondo, producidas por una borrasca de mucha duración, recorren distancias increíbles, Enrique. Probablemente la tempestad que ha movido este oleaje tan alto habrá estallado a algunos centenares de millas de nuestra isla, acaso en los parajes de la isla Sanghier o en las Molucas, o quizá en las costas de Mindanao.

—¿Y cree usted que estas olas pueden recorrer distancias tan grandes sin perder su fuerza?

—Sí, Enrique. En el océano Pacífico se han observado olas que venían recorriendo más de mil millas.

—Diga usted, señor Albani: ¿es cierto que en algunas tempestades se han visto olas de cientos de metros de altura? Yo nunca las he visto.

—Son cuentos esparcidos por los marineros. A los que van a bordo, especialmente en naves pequeñas, algunas olas les parecen montañas de agua, de altura inverosímil; pero se ha comprobado que la altura media se reduce a pocos metros.

—¡Oh! ¡Lo que es eso!

—Es ciertísimo, Enrique. Por observaciones muy precisas hechas en el océano Atlántico durante tempestades furiosas, se ha visto que en general, no tienen más de seis metros, sin embargo se han observado algunas que alcanzaron nueve y trece metros de elevación.

—¡Siempre es una buena altura!

—Cerca del cabo de Hornos se han registrado algunas de quince, y el navegante Dumont d’Urville afirmó haber visto varias que superaban los treinta y tres metros.

—¡Que sacudidas tan terribles deben de producir esas masas de agua!

—Para el barco que tenga que soportarlas, tremendas sin duda alguna. ¡Cuidado con la escota! ¡Está para alcanzarnos una ráfaga impetuosa, Enrique!

El viento aumentaba en violencia con la venida de la noche, soplando del Oeste, o sea de tierra, y las olas redoblaban su rabia estrellándose con mayor ímpetu contra la chalupa.

Los Robinsones habían llegado a un lugar peligrosísimo, erizado de bancos y escolleras a flor de agua, muy difíciles de sortear.

No era prudente seguir en el mar con aquel huracán, que crecía visiblemente, sobre todo con aquella chalupa tan pesada y falta de quilla; así, pues, decidieron dirigirse hacia la costa.

Desgraciadamente, los bancos y las sirtes crecían en número hacia la izquierda, y, para colmo de la desventura, el viento era contrario y tendía a lanzarlos a alta mar.

—¡Mil terremotos! —exclamó el genovés, que comenzaba a inquietarse—. ¡Me parece que va a ser difícil arribar, señor Albani! ¡Es preciso virar mar adentro, o perderemos la chalupa!

—¿No se ve ningún paso entre los escollos?

—Es imposible verlo con esta oscuridad que se nos viene encima y con esta espuma que deslumbra. ¡Corremos el peligro de chocar!

—Y mar adentro engruesan las olas —dijo Marino.

—Tentemos la suerte, amigos míos.

—¡Es imposible, señor! —repitió Enrique—. ¡No se puede pasar!

—En ese caso viremos a alta mar.

Volvieron la popa a la isla y se alejaron hacia el Este, para poder remontar los bancos y las escolleras, pero estos parecían que se extendían mucho, porque a dos millas de distancia se veían las olas levantarse a prodigiosa altura, cual si encontrasen continuos obstáculos.

En tanto el mar seguía embraveciéndose de un modo espantoso y el viento ululaba entre el cordaje de la pequeña chalupa. La noche había descendido con gran rapidez, y las tinieblas, esclarecidas de tiempo en tiempo por un relámpago, hacían más crítica la situación de los Robinsones, pues apenas podían divisar los rompientes, que se multiplicaban delante de ellos.

Colocado en la proa, Enrique miraba afanosamente y señalaba al veneciano donde rompían las olas; pero no siempre podía ver los escollos o presentir la cercanía de los bancos submarinos. Ya por dos veces había tocado la chalupa en alguno de aquellos obstáculos, corriendo el peligro de volcar o partirse.

Marino, con la escota en la mano estaba siempre pronto a restringir el viento de la vela o a dejarle andar soltando cabo, y Albani maniobraba con el largo remo que servía de timón.

Se habían alejado de la isla cinco o seis millas; pero la fila de escollos continuaba alargándose, sin permitirles el paso. Afortunadamente, la chalupa resistía la furia del viento y del mar, pero danzaba de un modo desesperado, precipitándose con sacudidas inquietantes en el vacío que formaban las olas y embarcando agua de cuando en cuando.

De pronto, a la luz de un relámpago, Enrique descubrió hacia el Este una masa oscura, que parecía ser un escollo de grandes dimensiones o un islote.

—¡Rayos y terremotos! —exclamó.

—¿Qué hay? —preguntó Albani.

—¡Me temo señor que tengamos que remontarnos muy lejos si hemos de doblar esta condenada cadena de rompientes! ¡Se me figura que termina en un islote que he visto hacia el Este!

¿Está muy lejos?

—A varias millas aún.

A pesar de su valor extraordinario, Albani experimentó verdadera inquietud.

—Y¿Y si intentásemos el regreso?

—¡Tendremos olas de proa, señor! —contestaron Enrique y Marino.

—¡Es verdad, y la chalupa correría el peligro de hundirse de pronto! Pero no me atrevo a alejarme tanto de la isla, amigos míos.

—La chalupa resiste, señor —dijo el genovés—. Si se pudiese virar sobre esta escollera, encontraríamos de la parte de allá un mar más tranquilo, pues todas estas sirtes le forman una muralla.

—Pero las olas aumentan y están a punto de romper el remo; por su parte el viento del Oeste sopla con más furia.

—¡Condenado huracán! —exclamó Enrique—. ¡Es preciso seguir adelante, señor! ¡El peligro está lo mismo delante que detrás de nosotros!

—¡Coge otro rizo más, Marino! —dijo Albani—. ¡Adelante y que Dios nos proteja!

La chalupa, impulsada por aquel ventarrón furioso, en aumento siempre, bogaba como una flecha.

No obstante su pesadez, saltaba atrevidamente sobre las olas, viéndosela tan pronto sobre las crestas espumantes, lo mismo que un martín-pescador, como hundiéndose en el vacío, del cual volvía a salir; pero embarcaba siempre agua.

Enrique había tenido que dejar su puesto de observación a proa, y con su gran sombrero de fibras de «rotang» empezó a achicarla para que el barco estuviese más ligero.

Los escollos continuaban siempre a estribor. A la claridad de los relámpagos se veía emerger aquellas puntas agudas y negras, alrededor de las cuales se debatía el mar entre mugidos terroríficos, lanzando a gran altura columnas de espuma.

El escollo grande divisado por el marinero se veía ya claramente a la lívida luz de los relámpagos.

Parecía ser la extremidad de un monte submarino, con los flancos rocosos y la base corroída de mil maneras por la acción eterna de las olas.

Alrededor de aquel picacho solitario, las masas de agua se deshacían rabiosamente, extendiéndose la espuma sobre otros escollos pequeños.

—¡Atención, señor Albani! —gritó de improviso Enrique, que había vuelto a su puesto en la proa—. ¡Rompientes a babor!

El veneciano que se había puesto en pie a fin de estar más pronto para la maniobra, puso el remo a orza, y Marino dejó correr la escota de la vela.

La chalupa estaba entonces frente al escollo y se preparaba para virar en redondo.

—¿Ves algo delante de nosotros? —preguntó Albani.

—Me parece que el mar está libre delante del escollo.

—¿Podemos virar?

—Eso creo, señor.

—¡Vira! —gritó Albani.

Apenas había dado la orden, cuando una ola gigantesca, cogiendo de través a la chalupa, la lanzó fuera de ruta y hacia la parte oriental del escollo.

Se oyó un golpe violento seguido de tres gritos de espanto.

La «Roma», volcada por el ímpetu de la ola, volvió a enderezarse, y enseguida desapareció en medio de la espuma; mientras tanto el huracán redoblaba su violencia.

CAPÍTULO XXX. LOS NÁUFRAGOS

Pocos instantes después de aquel desastre, que privaba a los Robinsones de la embarcación, salía un hombre de entre las olas, que, bramando se estrellaban iracundas contra la base del escollo. Logró aferrarse a las puntas de las peñas, y haciendo desesperados esfuerzos para que no le arrastrara la violencia de las contraolas, subía por la escollera poniendo los pies en los salientes y metiendo nerviosamente las manos en las grietas y hendiduras.

Ya fuera del alcance de los saltos del mar, se detuvo y echó alrededor una mirada apagada. No se veía la chalupa, pero si un bulto negro que se debatía entre la espuma tratando de alcanzar las peñas.

—¡Señor Albani! —gritó—. ¿Es usted?

—¡Quién llama! —preguntó el náufrago que luchaba.

—¿Eres tú, Marino?

—Sí.

—¿Y el señor Albani?

Una voz que venía de mar adentro respondió:

—¡Aquí estoy!

—¡Mil terremotos! —repuso el genovés desde lo alto—. ¿Dónde está usted, señor?

—¡No te inquietes, Enrique! ¡Me llevan las olas!

Entretanto el maltés había conseguido ponerse a salvo; pero se detuvo mirando a las aguas, tan negras que parecían tinta.

—¡Mírale allí, Enrique! —gritó—. ¡Le veo nadar a cincuenta pasos de aquí!

—¡Téngase firme, señor! —exclamó el genovés—. ¡Vamos en su socorro!

—¡Es inútil! —repuso el veneciano—. ¡Ya estoy!

Una ola le había cogido y le impulsaba hacia el escollo. Se le vió un instante sobre el lomo de la ola, cerca ya de las rompientes, y enseguida se oyó un grito de dolor.

—¡Rayos! —tronó el genovés, palideciendo—. ¡Marino!

—¡Aquí estoy, camarada! —contestó el maltés, que descendía a escape por la escollera para ir en socorro del pobre veneciano.

—¿Le ves?

—¡No! —dijo Marino con voz ahogada—. ¡Ya no le veo!

Enrique se había dejado escurrir desde la cima del promontorio.

Echó una rápida mirada aprovechando la luz de un relámpago, pero tampoco vió al señor Albani.

Una emoción horrible descompuso las facciones del valiente marinero, mientras un grito de desesperación se escapaba de su pecho.

—¡Perdido! ¡Muerto quizá! —exclamó con voz agitada—. ¡Marino, es preciso buscarle!

Los dos marineros, sin reparar en el peligro, habían llegado a la base del escollo y empezaron a recorrer las peñas, luchando de un modo desesperado con las olas, que amenazaban con envolverlos y llevárselos mar adentro.

Parecían locos de dolor. Se metían por entre los bancos y las rocas que circundaban el gran escollo, llamando a gritos a su desgraciado compañero; caían bajo el empuje brutal, irresistible, del agua; pero volvían a levantarse, sin hacer caso de las contusiones ni de las agudas puntas que les destrozaban los pies, y continuaban su busca, corriendo de una parte a otra y redoblando sus gritos y llamadas.

¡Ay, ninguna voz humana les respondía! Tan solo el silbido del viento y el mugir del mar tempestuosos se oían alrededor del solitario escollo.

Después de una hora de sobrehumanos esfuerzos, ensangrentados, rotos, fatigados, desanimados, se vieron en la precisión de renunciar a aquella lucha, que podía serles fatal a ellos también.

Marino tuvo que coger a Enrique, porque el bravo marinero estaba decidido a dejarse llevar por las olas, pues no quería interrumpir su obra, aun hallándose como se hallaba, casi sin fuerzas para mantenerse en pie.

—¡Ven camarada! —dijo el maltés, empujándole bajo una roca para ponerle a cubierto del viento y de la lluvia, que comenzaba a caer a torrentes.

—¡Es preciso seguir buscándole, Marino! —sollozó el marinero—. ¡No; no puede haber muerto!

—Lo buscaremos más tarde. Tu ya no tienes fuerzas y yo no puedo tenerme derecho.

—¿Crees que esté muerto?

—¡No desesperemos, Enrique! Pueden haberle llevado las olas lejos de aquí, sobre los parapetos de Levante o del Mediodía.

—¡Pero no han contestado a nuestras voces!

—Con este ruido ensordecedor no nos habrá oído.

—¡Pobre señor Albani! ¡Vamos a buscarle, Marino!

—¡Pero con esta oscuridad es imposible!

—¡Vamos te digo!

—¡Van a arrastrarnos las olas!

—¡Lo buscaremos sobre la playa! ¡Es preciso que le encuentre, vivo o muerto!

El marinero, que estaba fuera de sí, se había levantado haciendo un llamamiento a toda su energía, y, seguido por el maltés, recorrió la playa y las peñas, uniendo sus llamadas a los mugidos de la tempestad.

Se detenían de tiempo en tiempo, pues se les figuraba oír entre los silbidos del aire la voz del desgraciado compañero; enseguida volvían a indagar, llegando hasta la línea de los rompientes.

Llovía a torrentes. La oscuridad era tan profunda, que no había posibilidad de distinguir nada a seis pasos de distancia; pero los marineros no cejaban. Encorvados, para no ofrecer tanta resistencia a los soplos del huracán; calados de agua salobre y dulce; descalzos, pues habían perdido los zapatos, ya muy maltratados, registraban las cavidades abiertas en las peñas, dentro de las cuales entraban las olas lanzando mugidos atronadores; las grandes hendiduras, y ayudándose el uno al otro.

Menudeaban las llamadas para dominar el fragor de la tempestad, pero sin obtener respuesta. Exhaustos por completo, se detuvieron por segunda vez dentro de una oquedad situada en el parapeto de la escollera septentrional.

—¡Ha muerto! —sollozó Enrique—. ¡Se lo ha tragado el mar!

El maltés no contestó; también él había perdido toda esperanza.

—¿Qué vamos a hacer nosotros sin ese hombre, que era nuestra providencia? —continuó el marinero con creciente desesperación—. ¿Qué me importa ya esta isla sin él? ¡Y todo por salvaros a vosotros, a unos incendiarios!

—¡Enrique! —dijo Marino con dolor.

—¡Sí, por salvaros! —repitió el genovés con voz ronca—. ¡Si no fuese por vosotros, no hubiéramos emprendido este fatal viaje!

—¡Es verdad! —murmuró el maltés—. ¡Tienes razón para culparme, pero yo encontraré al señor Albani o me tragará el mar!

—¡Te digo que ha muerto!

—¡Por lo menos encontraré su cadáver!

Se había levantado e iba a descender, cuando entre los ruidos de la tempestad, le pareció oír una voz humana. Volvió rápidamente adentro, gritando:

—¿Has oído, Enrique?

El marinero, abstraído en su dolor, no le escuchaba.

—¿No has oído? —repitió el maltés, sacudiéndole.

—¿Qué? —preguntó el marinero, levantando la cabeza.

—¡Una voz humana!

—¿Dónde?

—Ahí abajo —dijo el maltés, indicando la punta extrema del escollo.

—¿Será él?

—¡Calla!

Entre los rugidos del viento y de las olas se oyó un grito. Parecía que alguien pedía socorro.

Enrique se puso en pie de un salto.

—¡Sí! —exclamó—. ¡He oído, Marino!

—¿El señor Albani?

—¡No lo sé, pero corramos!

Se lanzaron fuera los dos, dejándose escurrir por la pendiente, a pique de romperse las piernas en las escolleras.

La voz se oía, pero a intervalos, y parecía la del señor Albani. Venía de la punta extrema del escollo; pero dicha parte estaba llena de cortaduras, pues más bien era una serie de peñas aisladas y fragmentos de roca caídos roca caídos de lo alto, todo lo cual obligaba a los marineros a marchar con cuidado para no resbalar o precipitarse al abismo, abierto a cada instante a sus pies.

Al cabo de diez minutos llegaron a la punta dicha, la cual, a causa probablemente de su forma, estaba todavía más aislada de rocas y corroída por las olas que de continuo la combatían. Se detuvieron un instante, escuchando atentamente, y oyeron con claridad una voz extenuada que pedía socorro, pero que parecía que salía de las olas.

—¡Mil millones de rayos! —gritó Enrique—. ¡Está en el agua todavía el señor Albani y no tenemos ni una luz para guiarle!

—¡No es posible que esté nadando todavía! —dijo el maltés—. ¡Hace dos horas, por lo menos, que se ha volcado la chalupa, y ningún nadador podría resistir tanto tiempo con este oleaje!

—¡Pues te digo que viene del mar! ¿Oyes?

No era posible engañarse; la voz resonaba en la base del escollo; pero, cosa extraña, la voz más parecía salir de debajo de la tierra que no de entre las olas.

—¡Señor Albani! —gritó Enrique—. ¿Es usted?

—¡Sí! Respondió la voz un instante después.

—¿Está nadando todavía?

—¡No, estoy ahogándome!

—¡En nombre de Dios, diga donde está!

Esta vez no obtuvo contestación.

—¡Bajemos Marino! —dijo Enrique—. ¡Por fuerza está agarrado a los escollos!

Descendieron y se entraron adelante, luchando contra las olas, que por todas partes los asaltaban. Cogidos de una mano para estar prontos a prestarse ayuda, llegaron poco a poco ante una negra boca, que parecía internarse en el parapeto de la costa.

—¡Una caverna marina! —exclamó el maltés.

—¡Entremos! —repuso Enrique, con resolución.

—¿No nos ahogaremos ahí dentro? ¡La invaden las olas!

—¡No importa! ¡Adelante!

Esperaron a que la ola levantada por el viento se rompiese, y enseguida se deslizaron dentro de aquella tenebrosa galería, donde rugía el agua, estrellándose contra las paredes.

—¡Señor Albani! —gritó Enrique—. ¿Está usted aquí?

—¡Socorro, Enrique! —articuló una voz desmayada.

El marinero, suspendido por una nueva ola, que se arrojaba dentro del antro con fragor infernal, se dejó llevar adelante, y fue a caer contra in cuerpo que no tenía la consistencia de la roca y que parecía acostado en el fondo de aquella caverna.

Acordándose en aquél instante del horrible cefalópodo que le asaltó en la caverna de la isla, se puso en pie para huir, pero le contuvo un gemido.

—Pero ¿es usted, señor Albani? —gritó.

—¡Ayúdame, Enrique! —dijo el veneciano—. ¡Las olas me ahogan!

—¡Mil terremotos! ¡Usted, señor! ¿Está usted herido acaso? —preguntó, precipitándose hacia su desgraciado compañero.

—¡Sí, Enrique, sácame de aquí!

El marinero se inclinó, buscándolo a tientas, hasta que lo encontró, entonces lo cogió entre sus robustos brazos, apretándole contra su pecho; Marino iba en su ayuda.

Esperaron a que la ola desalojase y salieron precipitadamente de la caverna, corriendo a lo largo de la costa para no verse arrojados contra los escollos, al cabo se detuvieron, tendiendo al señor Albani en el lugar menos expuesto al viento y la lluvia.

—¡Gracias amigos! Balbució con voz débil.

—Dígame usted, señor: ¿dónde está herido? —preguntó el marinero, cogiéndole la cabeza.

—¡Estoy lleno de contusiones, pero creo que no será cosa grave! ¡Me parece que tengo rotas las costillas, tan violento fue golpe que recibí de la ola que me arrojó contra las peñas!

—¡Gran Dios!

—Tranquilízate, Enrique; no tengo nada roto —dijo Albani, esforzándose por sonreír—. ¿Y la chalupa?

—Perdida, señor; pero dejémosla que el mar se la lleve a donde quiera y cuidemos de usted. ¿Qué es lo que debemos de hacer?

—¿Qué? ¿Querrás acaso llamar a un médico?

—¡Bromea usted, hombre admirable!

—Déjame descansar, que por ahora no necesito más.

—¡Pero debe usted de sufrir mucho!

—¡Bah! ¡Todo pasará, Enrique! Mañana por la mañana veremos si se ha estropeado algún resorte de mi máquina, aun cuando espero que estará todo intacto. Lo que tengo es que estoy desencuadernado, eso es todo.

—¿Hacía mucho tiempo que estaba usted en aquella caverna?

—Un par de horas o algo más.

—¿Le llevaron hasta allí las olas?

—No lo sé. Cuando me arrojaron contra los escollos recibí tal golpe, que casi perdí el sentido. De lo que sucedió después no me he dado cuenta, únicamente sé que al volver en mí me encontré en el fondo de la caverna, que invadían las olas a cada instante, y que concluirían por ahogarme. Haciendo un esfuerzo enorme, me arrastré hasta la extremidad del antro, y allí me desvanecí por segunda vez.

—¿No oyó usted nuestros gritos, señor? —preguntó Marino.

—Era imposible oírlos con el fragor ensordecedor que producían las olas al penetrar en la caverna.

—¡Le teníamos por muerto! —dijo Enrique—. ¡Que desgracia para nosotros si usted hubiera llegado a faltarnos!

—Ahora ya hubierais podido arreglaros sin mí.

—¡No señor! ¡Sin usted, nuestra isla ya no tendría atractivo!

—¡Bravo muchacho! —murmuró el señor Albani conmovido—. ¡Cuánto cariño hay en estos hombres de mar!

CAPÍTULO XXXI. SOBRE EL ESCOLLO

El huracán imperó toda la noche, sin dejarlo un solo momento. El mar, fuertemente agitado por el ventarrón de Poniente, azotó sin descanso el escollo, mugiendo de un modo pavoroso, penetrando con violencia en las grietas, cavernas y cavidades, conmoviendo masas de granito de muchos quintales de peso y lanzando sus espumas hasta la roca en que se habían recogido los tres náufragos.

La lluvia, que continuó cayendo y batiendo la cima del islote, descendía por las cañadas en impetuosos torrentes.

Hacia el amanecer, las nubes acumuladas se rasgaron a un golpe del viento del Norte, y la lluvia cesó casi en el acto.

Poco después, el sol hizo su aparición por entre un jirón de aquella masa de vapores, ahuyentando las tinieblas e iluminando el mar, todavía tempestuoso. La isla pareció hacia el Este, pero a una distancia tal, que los náufragos se miraron asustados.

—¿Pero, es nuestra isla o es otra? —se preguntó el genovés—. ¡Me parece imposible que nos hayamos alejado tanto!

—No veo otra —dijo Marino—. Además, la nuestra debe de encontrarse en esa dirección.

—¿Está muy lejos? —preguntó Albani, que hallándose todavía acostado, no alcanzaba a verla bien.

—A veinticinco millas lo menos, señor —respondió Enrique.

—¿Tanto corrimos ayer tarde para encontrar un paso entre las rompientes? ¡Eso es grave, amigos míos! ¡Ayudadme a levantar!

—No, señor; siga acostado, está usted todavía muy débil.

—Me encuentro mejor, Enrique.

—¡Pero está usted herido, señor! ¡Veo algunas gotas de sangre en sus pantalones!

—Tengo una contusión en la rodilla derecha, pero no es nada, amigo mío. En un principio creí que había sufrido heridas de verdadera importancia.

Apoyándose en los brazos del genovés y de Marino, se levantó y miró hacia el Este.

A una distancia de veinticinco, o quizás treinta millas, se divisaba la alta montaña de la isla, destacándose limpiamente sobre el fondo luminoso del cielo; lo que no era visible eran las costas. Una larga fila de rompientes se extendía en aquellos escollos, todos de origen coralífero; no estaban unidos, y parecía que a cierta distancia faltaban por completo. De seguro que había bancos, los que impidieron el paso de la chalupa; pero como todavía el mar estaba muy agitado, no se podían ver.

—¡La cosa es grave! —repitió el señor Albani, que había quedado pensativo—. ¿Cómo vamos a atravesar esas veinticinco o treinta millas ahora que hemos perdido la chalupa? ¿Estaremos destinados a permanecer en este islote?

—Usted encontrará el medio de salir de esta situación, señor —dijo Enrique—. Sabe tanto que puede sacar utilidad de cualquier cosa.

—Pero este islote me figuro que será un árido escollo privado de todo, Enrique.

—Todavía no lo hemos visitado, señor.

—Ayudadme a subir a aquella roca. Desde allí podremos ver mejor si esa línea de rompientes se extiende hasta nuestra isla, y al propio tiempo nos daremos cuenta de los recursos que puede ofrecernos este escollo.

Los dos marineros pasaron los brazos por debajo de los del veneciano, y así suspendiéndole le condujeron a la cima del islote, que se elevaba a unos cincuenta metros por encima del nivel del mar.

Desde allí se podía ver todo lo que los rodeaba; distinguir todo lo que los rodeaba; distinguir, un poco confusamente, la alta costa de la isla, y reconocer con una sola mirada su nuevo refugio.

El señor Albani no se había engañado; aquel islote, que surgía en el extremo de la larga fila de rompientes y bancos, no podía ofrecerles recurso alguno, ni mucho menos proporcionarles un medio para volver a su cabaña. Parecía el extremo del cono de un volcán levantado por algún cataclismo submarino, porque las vertientes de la cumbre estaban cubiertas de lava vieja, grafitos cristalizados e incrustaciones marinas. Sobre todo, se veían aún en la cumbre abundantes conchas y pedazos de coral, común en aquellos mares, cuyos microscópicos infusorios habían construido la escollera maravillosa, que concluiría por convertirse en una verdadera isla.

Sin embargo, el escollo era de muy regulares proporciones, pues muy bien podría tener una circunferencia de mil metros. No todo él era quebrado, pues mientras que por la parte meridional descendía casi a pico, por el Norte y Occidente bajaba suavemente, y en la base se extendía formando una verdadera playa arenosa.

No crecía ningún árbol entre aquellas rocas, tan solo algunas matas, no muy lozanas, y plantas sarmentosas se veían en lo hondo de pequeños barrancos, alimentados por las lluvias, que se estancaban en aquellos bajos.

También debían de faltar animales, pero no pájaros, porque sobre ciertas rocas talladas a pico, que caían al mar, se oían de cuando en cuando píos y chillidos de alegría.

Probablemente serían golondrinas marinas de la especie de las «salanganas», volátiles muy comunes en todas las islas de aquél archipiélago, sobre todo en las desiertas o poco habitadas, pues les gusta mucho el reposo y la tranquilidad.

—¿Qué dice usted, señor? —preguntó Enrique al veneciano, que proseguía observando el islote—. ¿Cree usted que podamos volver a nuestra isla?

—Temo mucho, amigo mío, que esta inesperada aventura nos haga pasar momentos muy malos —respondió Albani—. Dime: ¿tu crees que la chalupa se haya roto contra los escollos?

—No, señor; porque se volcó antes de tocar las rocas de este condenado islote.

—Entonces si no se ha roto, flotará todavía.

—Lo creo, porque como era de una pieza y muy pesada…

—Esperemos pues, que la hayan embarrancado las olas en algún banco de arena. Sin ella no podemos salir de este islote.

—Pero las olas no pueden haberla llevado muy lejos, señor. El viento soplaba del Oeste y la habrá llevado al Este —dijo Marino.

—¡Es verdad! —dijo Albani moviendo la cabeza.

—Pero hay escollos —dijo Enrique—. Nadando podemos pasar de uno a otro y acercarnos a la isla.

—Pero hay interrupciones considerables en la línea —repuso Albani—. Además tu no ignoras que son numerosos los tiburones y los torpedinos en esta agua y que no poseemos arma alguna para defendernos.

—Entonces ¿vamos a perecer de hambre en este escollo desierto?

—No hay que desesperarse tan pronto, Enrique. Cuando se haya calmado el mar, veremos si los escollos y los bancos nos permiten acercarnos a la isla; además encenderemos una hoguera muy grande que quizás pueda divisarse desde la plataforma de nuestra cabaña.

—¿Conserva usted todavía la yesca y el eslabón?

—Sí, Enrique; lo llevo siempre encerrado en un botecito impermeable.

—¿Y cree usted que Piccolo Tonno pueda alcanzar a ver una hoguera encendida en este escollo?

—Probablemente, porque yo no creo que este volcán esté muy lejos de la costa septentrional. Mientras tanto amigos míos vamos a buscar donde cobijarnos, y, si es posible, algo de comer. Mariscos no han de faltarnos en esta playa arenosa.

Bajaron la cumbre, recorrieron la base de aquel cono volcánico y descubrieron una profunda cavidad, suficiente para librarlos de los rayos del sol, que eran ardientísimos, pues el cielo se hallaba casi despejado por completo.

El señor Albani y Marino se despojaron de sus vestidos para ponerlos a secar; pero Enrique continuó explorando el islote con la esperanza de encontrar varada la chalupa en algún arenal o descubrir en el fondo de cualquier depresión de la montaña árboles que pudiesen proporcionarles una balsa.

Pero perdió el tiempo, puesto que no vió mas que malezas y arbustos, y aún estos en tan escasa proporción que no se podía el intentar hacer con ellos ni una balsa.

Visitó la playa arenosa e hizo una gran recolección de mariscos, entre los cuales había algunas ostras llamadas de Singapoore, que son tan apreciadas y que pesan varios kilogramos.

Vió rastros numerosos de tortugas, pero no alcanzó a descubrirlas, aun cuando estaba seguro de que se hallaban escondidas entre las escolleras.

Rebuscó entre la arena, porque no ignoraba que dichos animales tienen la costumbre de poner ahí sus huevos; mas sin resultado alguno, pues es sabido que las tortugas borran hábilmente todo rastro que pueda descubrir su nido.

Al regresar encontró una especie de estanque de gran capacidad entre dos rocas profundamente socavadas. Aquel descubrimiento le alegró bastante, porque por lo menos no se correría peligro de morir de sed en el caso de que se prolongase la prisión.

Todo el día continuó el mar muy agitado impidiendo a los náufragos acercarse hasta donde arrancaba la línea de rompientes y se amontonaban los bancos que no habían dejado pasar a la chalupa. Hacia el anochecer, las olas comenzaban a ser menos impetuosas y a chocar contra el escollo con más blandura.

Cuando se hizo de noche del todo, los náufragos volvieron a la cumbre, llevando consigo plantas trepadoras secas, ramas desgajadas y maleza, con objeto de hacer la señal.

Llegados a la cumbre, miraron hacia la isla, cuya alta montaña se diseñaba confusamente en el estrellado horizonte, procurando ver algún punto luminoso que indicara la dirección de la cabaña aérea.

—Vea usted, señor Albani —dijo de pronto el maltés, que miraba fijamente hacia el Noroeste.

El veneciano y Enrique miraron en la dirección indicada y descubrieron en la margen extrema de la isla, casi a flor de agua, una lucecita que no podía confundirse con ninguna estrella.

—Es Piccolo Tonno, que prepara la cena delante de la cabaña —dijo Enrique—. ¡Si ese valiente muchacho supiera que le espiamos ansiosamente y que invocamos su socorro! ¡Ah! ¡Que contento se pondría compartiendo su cena con nosotros!

—Sí —dijo Albani—; ese fuego lo ha encendido el muchacho. No me equivoco acerca de la posición de este escollo. Debe ser el que veíamos desde la ventanilla de la caverna.

—Entonces, ¿nos encontramos frente a nuestros almacenes?

—Si no enteramente de frente, un poco hacia el Sur, pero a veinticinco o treinta millas de distancia.

—¿Cree usted que Piccolo Tonno llegará a distinguir nuestro fuego?

—Sí, lo creo.

—¿Y que venga en nuestro socorro?

—Eso es lo que no podemos saber. Puede figurársele que el fuego lo han encendido los piratas, y en vez de contestarnos, huya.

—¡Demonio! —murmuró Enrique rascándose con furia la cabeza—. Pero viendo que no volvemos, debe imaginar que nos ha sucedido alguna desgracia.

—Antes transcurrirán varios días, pues no le hemos fijado la fecha de nuestro regreso; mas viendo como verá, todas las noches esta lumbre, concluirá por pensar que es alguna señal que se le hace. Ahora encendamos esas raíces.

Reunieron en lo mas alto del cono la leña y le prendieron fuego.

Una gran llamarada se elevó rápidamente, lanzando al espacio nimbos de chispas, que el vientecito de la noche esparcía sobre el mar como otras tantas estrellas diminutas.

Parecía que había despertado de su sueño de siglos el antiguo volcán. Sus vertientes, iluminadas por aquella hoguera, que reavivaba el viento, parecía cubierto de ardiente lava, mientras el mar se teñía de reflejos sanguinolentos.

Aquel gran resplandor, que se destacaba de un modo preciso bajo el cielo oscuro y sobre las aguas, no podía pasar inadvertido para el mozo, a pesar de la distancia que separaba el escollo de la costa septentrional de la isla.

La hoguera brilló durante un cuarto de hora entre las tinieblas; después faltas de leña, se fueron bajando las llamas poco a poco, hasta que se extinguieron por completo.

Los náufragos, en pie sobre la roca más alta, miraban siempre hacia el Noroeste, en espera de ver agrandarse el punto luminoso; pero en vez de eso, desapareció de repente.

—¡Piccolo Tonno no nos ha comprendido! —dijo Enrique—. ¡Ha debido de asustarse a lo que parece!

—Es probable —respondió Albani—: pero concluirá por persuadirse de que este fuego es una señal que le hacemos.

—¡Pues repitámosla, señor!

—Es inútil, Enrique. Piccolo Tonno debe de haber divisado nuestra lumbre y tenemos que economizar la leña, puesto que son muy escasas las plantas en este islote. Aun cuando tuviésemos encendido el fuego toda la noche, no lograríamos, persuadir al mozo de que es una señal de peligro. Repitiéndola varias noches, y viendo que no volvemos, entonces puede ser que crea que somos nosotros, que pedimos socorro. Bajemos amigos míos y vamos a dormir.

Como era inútil velar, pues no había temor a que los asaltase nadie, y estaban, además rendidos por no haber dormido la noche anterior, se apresuraron a volver a la cabida para cerrar los ojos.

Nada turbó el sueño de los náufragos, y, por tanto, reposaron tranquilamente hasta el amanecer, a pesar de los mugidos de las olas, que se deshacían siempre con gran violencia contra el islote.

Por la mañana, el mar había vuelto a calmarse; solamente recorrían su superficie largas ondulaciones, las cuales se deshacían en las rompientes.

Comieron unas docenas de ostras que el maltés cogió en la playa, y enseguida volvieron a subir a la cima del volcán, con objeto de ver si en la isla se descubría alguna señal. Todo en vano; ni en la playa ni en la montaña se veía alzarse ninguna columna de humo.

Sin duda, Piccolo Tonno, no pensando quienes eran los autores de aquella señal, había creído prudente no contestar. Acaso sospecharía que fuesen piratas o pescadores de las islas Zulúes o de Borneo, individuos todos que estaban muy bien cuanto más lejos.

Entonces volvieron su atención hacia los escollos de las rompientes para ver si era posible intentar el paso; pero las grandes ondulaciones, que de cuando en cuando se estrellaban sobre la escollera, no les permitieron distinguir los bancos que debían prolongarse en dirección a la isla. Era, pues, preciso esperar a que estuviese el mar perfectamente tranquilo.

—Por hoy no podemos intentar nada —dijo Albani—. Esta noche repetiremos las señales, y si no obtenemos respuesta, si el mar está tranquilo, nos aventuraremos en las rompientes.

Un poco desilusionados, descendieron hacia la playa para coger moluscos, ostras, etc. Pues no había otra cosa que comer.

Mientras los dos marineros, metidos en el agua hasta las rodillas, registraban los escollos vecinos y recogían los apetitosos moluscos y pescaban cangrejos, el señor Albani, aun cuando cojeando todavía, exploraba el islote con la esperanza de descubrir alguna tortuga o, por lo menos, algún agujero lleno de huevos de dichos reptiles. Pero fueron en balde sus pesquisas. Se distinguían señales recientes del paso de las tortugas, más ninguna salía a la orilla.

Se encaramó a las rocas, mirando a los repliegues y pequeños vallecitos que formaba la montañuela por si encontraba alguna planta que fuese útil, y no vió más que malezas medio secas, plantas trepadoras, casi secas también, y raíces. En cambio abundaba la lava, la piedra pómez, sobre todo en una depresión que subía hacia el cono. Allí encontró un verdadero torrente de lava enfriada, y que no parecía tan vieja como la otra. Con una piedra partió las diversas costras, y pudo contrastar que, a cierta profundidad, todavía dicha lava conservaba algún calor.

—Señor, ¿qué hace usted? —le preguntó Enrique, que había terminado la recolección—. ¿Cree usted que puede haber algún tesoro oculto bajo esas piedras?

—No; miraba si entre esta lava había alguna sustancia mineral aprovechable.

—¿Oro quizá?

—Oro, no; hierro.

—¿Y lo ha encontrado usted?

—No, Enrique; pero en cambio, he hecho un descubrimiento curioso.

—¿Cuál señor?

—He encontrado lava que todavía conserva algún calor.

—¿Lava que arrojó este volcancito?

—Sí.

—¿Caliente todavía? —exclamó, asombrado el marinero—. Entonces ¿éste no es un volcán apagado?

—El cráter no existe; por lo tanto debe de estar apagado.

—Nosotros no lo hemos visto nunca en erupción, señor.

—Puede haberse apagado hace veinte, cincuenta, quizá cien años.

—¡Pero, señor, si dice usted que la lava está caliente todavía! Siendo así, debe haberla arrojado hace muy poco tiempo, y nosotros no hemos visto llamas en esta dirección.

—Amigo mío, debo decirte que la lava que se cubre enseguida con alguna capa de tierra o de otra cosa por el estilo, como tiene una irradiación muy débil, conserva el calor durante muchos años, y, según algunos hombres de ciencia, dignos de fe, hasta un siglo.

—¡Anda! Si estas cosas me las contase otro, palabra de marinero que no las creería.

—Añadiendo que la irradiación de la lava es tan ínfima, que se ha visto volcanes que vomitaban juntamente masas de hielo y lava.

—¿Salir masas de hielo de un volcán que llamea?

—Sí, Enrique. Caso tan extraño se ha producido en Islandia con frecuencia.

—Diga usted, señor: ¿será muy antiguo este volcancito?

—No lo creo, a juzgar por el buen estado de las conchas amontonadas en las cenizas.

—Yo quisiera saber como surgen o porqué surgen del mar estas islas. Que se hundan, medio lo comprendo; pero que se eleven, me parece inexplicable.

—Se levantan por la fuerza del poderoso empuje que produce la masa de vapores encerrados en la costra terrestre. Como sabrás, probablemente, no se ha extinguido el fuego en el interior de nuestro globo. El agua que se filtra a través de los poros de la corteza, al encontrarse un día en contacto con ese fuego se evapora.

—Le comprendo, señor Albani: el vapor, no encontrando por donde salir, sacude y rompe la costra.

—Eso es, Enrique; pero la rompe con fuerza irresistible, derrumbando las galerías subterráneas y produciendo estragos inmensos, sobre todo en la superficie, donde tritura la costra terrestre. Un cataclismo semejante, formidable, con seguridad, ha acaecido en época más o menos lejana en el fondo del mar, y la sacudida y el empuje han debido ser de tal naturaleza, que han desgarrado la costra y han hecho salir este cono fuera del agua. No son escasas las islas que se han formado de esa manera. Casi todas las Azores son de origen volcánico, y aun no hace muchos años, en mil ochocientos doce, si no me equivoco, surgió de improviso una isla cerca de las costas de Sicilia, pero que las aguas destruyeron muy pronto.

—¿Producen esos levantamientos los terremotos?

—¿Y porqué se habrá apagado este volcán?

—Quizá por la brusca invasión del mar.

—Debe haber estallado como una bomba.

—Ciertamente, Enrique. Debió ser en un principio mucho más elevado; pero al seguir en erupción fue descendiendo, rellenándose al fin el cráter con sus propios restos.

—¿Hay otros muchos volcanes en erupción, señor Albani?

—Varios; pero no siempre ha sido causa de sus erupciones el agua, y no todos se han extinguido. Los ejemplos los tenemos en el Etna, que con sus erupciones formó el llamado «Val del Bove», y en el Vesubio, que el setenta y nueve de nuestra era enterró, bajo una lluvia de ceniza y lava, las poblaciones de Herculano, Pompeya y Stabia. Cuando hizo erupción en la América Central el Coseguina, cubrió los campos que lo rodeaban con una capa de ceniza de cinco metros de altura en una superficie de cuarenta y nueve kilómetros, y la detonación se oyó a mil quinientos sesenta kilómetros de distancia.

—¡Rayos, qué estampido!

—Cuando, a su vez, estalló, en mil seiscientos noventa y ocho, el Timbono, en la isla de Sumbava, produjo la caída de tan gran masa de rocas, tierras, etcétera, que equivalían a tres veces la mole del Mont Blanc, extendiéndose toda esa masa sobre una superficie igual a la de Italia y media Francia, y la piedra pómez nadaba ene l mar con un espesor de un metro.

—¡Relámpagos y terremotos! ¡Demos las gracias a este volcancito, que ha tenido la buena ocurrencia de hacer explosión hace cincuenta o cien años! ¡Por tales muestras, lo mejor es estar lejos de ellos!

CAPÍTULO XXXII. LAS SEÑALES ENTRE LA ISLA Y EL ESCOLLO

Al llegar la noche volvieron a subir al cono los tres náufragos, llevando consigo sendos brazados de malezas y algas marinas, que recogieron en los parapetos de la escollera y que habían secado al sol.

Tenían intención de encender varias hogueras para atraer mejor la curiosidad del muchacho, el cual, probablemente al ver repetirse y multiplicarse las señales, comprendería al fin que les había sucedido alguna desgracia.

Primero miraron con profunda atención hacia la punta extrema de la isla, y el maltés, que tenía mejor vista que los otros, no tardó en distinguir el punto luminoso que observaron la noche anterior. Sin embargo parecía que no surgía entonces al nivel del mar, sino que ardía en un sitio más elevado, quizá en la cumbre de una roca.

—¿Habrá ido Piccolo Tonno a guisar la cena en la escollera? —dijo Enrique—. ¿O habrá encendido ese fuego en altura para hacerlo más visible?

—Yo creo que nuestro valiente Piccolo Tonno tendrá algún motivo para haberlo encendido ahí —dijo Albani.

—¿Cuál, señor?

—Ver si le contestamos.

—¡Pues apresurémonos a encender nuestras hogueras!

Hicieron tres montones de ramas y algas, distanciados algunos pasos unos de otros, y los encendieron, soplando en ellos para que ardiesen mejor.

Cuando se irguieron, pudieron ver que el punto luminoso de la extremidad de la isla se había agrandado de un modo considerable. Poco después aparecieron otros dos puntos luminosos a cierta distancia del primero.

Un grito de alegría salió de los labios de Enrique y del maltés.

—¡Ya no hay duda; Piccolo Tonno responde a las señales!

—¡Así lo creo yo también! —dijo Albani.

—¡Entonces mañana vendrá en nuestro socorro!

—Pero ¿cómo, si la chalupa no existe? —preguntó Marino.

—Construirá una balsa —repuso Albani—. El muchacho es inteligente y no retrocederá ante dificultad alguna.

—Es preciso continuar con las señales —dijo Enrique—. Vamos a coger más leña, Marino.

Los dos marineros descendieron a la quebradura en busca de mas ramaje, mientras Albani permanecía vigilando en la cumbre del cono.

Había transcurrido un cuarto de hora, cuando se vió aparecer un cuarto punto luminoso casi frente al escollo pero mucho más abajo y a flor de agua. Muy pronto el punto dicho se dilató, agigantándose, y una gran columna de humo, con reflejos rojizos, se elevó sobre la isla, coronada de haces de chispas. No parecía sino que estuviese ardiendo un pedazo de bosque.

—Piccolo Tonno nos dice que ya sabe que nos encontramos aquí —dijo Albani a los dos marineros, que ascendían por el cono cargados de ramas y plantas trepadoras—. ¡No podemos engañarnos!

—¿Cómo se habrá arreglado para saberlo tan pronto? —preguntó Enrique—. ¿Habrá llevado el agua a la isla alguna cosa de nuestra pertenencia?

—Puede ser —respondió Albani—. Algún remo, o las cerbatanas, o el mástil, que se habrá salido de la chalupa.

—¡Oh! ¡Está quemando otro grupo de árboles un poco más al Sur! ¡El pequeño se propone quemar nuestra floresta entera!

—No será tan imprudente, Enrique. Echad más leña a las hogueras, que se están apagando.

Nuevas ramas hicieron revivir los fuegos. El cono estaba iluminado por completo y debía verse a gran distancia. También las hogueras de la isla proyectaban una luz muy viva, distinguiéndose con gran precisión sobre el fondo oscuro del cielo.

Durante dos horas, el mozo y los náufragos continuaron cambiándose señales, hasta que por fin se apagaron las hogueras de una parte y de otra. Pero ni Albani, ni Enrique ni el maltés pensaban en dormir ni abandonar la cresta del cono, esperando que apareciese alguna otra señal en la playa de la isla.

Con gran ansiedad esperaron la llegada del día, pues hacia ellos en alguna balsa; con esta ansiedad la noche les parecía eterna.

Por su parte, el tiempo amenazaba aguar sus esperanzas, pues el cielo se cubría otra vez de pesadas nubes, cuál si se preparase un nuevo huracán, y la brisa aumentaba, soplando de cuando en cuando con cierta violencia.

Si el mar volvía a encresparse, Piccolo Tonno no podría ir tan pronto a liberarlos de aquella prisión, que todos comenzaban a encontrar insoportable.

Hacia las tres de la mañana, el trueno comenzó a rugir entre las nubes, y algunos relámpagos surcaron el espacio en dirección del Este. El mar se encrespó y se estrelló con furor contra el islote y las rompientes.

—¡Mil millones de relámpagos! —exclamó, furioso, Enrique—. ¡No nos dejan en paz estos condenados huracanes!

—Probablemente será el último de la estación —dijo Albani.

—Sea el último o el penúltimo, vendrá a impedirnos salir de aquí. ¡Es demasiado! —repuso Enrique.

—¡Ah! ¡Si Piccolo Tonno se apresurase!

—No se atreverá a aventurarse entre los rompientes y los bancos antes de que se haga de día. ¡Armémonos de paciencia!

Se acurrucaron detrás de una roca para resguardarse del viento, que soplaba violentamente en aquella altura aislada, sin apartar la vista de la isla.

El huracán, en tanto, avanzaba con rapidez extrema; pero venía de Oriente.

Las estrellas habían desaparecido tras espesísimas nubes de vapores que el viento amontonaba, y el mar rugía sordamente al pie de los escollos.

Si continuaba aquello, Piccolo Tonno se detendría, no atreviéndose a afrontar las olas en una balsa.

A las cuatro comenzó a clarear por Oriente, tiñéndose las aguas de un color de acero.

Albani, el genovés y Marino se habían levantado, presa de una ansiedad vivísima, mirando hacia la isla.

Les pareció distinguir casi de repente una mancha grisácea que avanzaba a lo largo de los rompientes.

—¡Es una vela! —exclamó el maltés—. ¡Estoy seguro de que no me engaño!

—¿Se habrá lanzado al mar el muchacho? —dijo Enrique—. ¡Ah, con qué ganas voy a abrazar a ese animoso pequeño!

—¡Sí; es una vela! —afirmó Albani, después de una observación atentísima—. ¡Piccolo Tonno ha construido una balsa y ha izado en ella una vela!

—¡No es una balsa! —dijo el maltés, que había subido gateando a la punta más alta del cono—. ¡Veo una mancha negra de forma alargada bajo la lona!

—¡Tu sueñas, camarada!

—No, marinero —repuso Marino—. Te digo que Piccolo Tonno viene en nuestro socorro con una chalupa.

—¡Con una chalupa! —exclamaron Albani y Enrique.

—¡Sí! ¡Sí! ¡Ahora la distingo bien!

—Pero ¿dónde quieres que haya encontrado una chalupa? —preguntó Enrique.

—¿Será la nuestra? —se preguntó el veneciano.

—¡Es imposible, señor!

—¿Por qué ha de ser imposible? Puede haberla llevado cualquiera corriente hacia la isla y Piccolo Tonno haberla encontrado encallada, Enrique.

—Efectivamente, señor; si el muchacho no la hubiera encontrado, creo ahora que no habría respondido tan pronto a nuestras señales. Piccolo Tonno es prudente, y en lugar de encender aquellas hogueras hubiera apagado hasta la lumbre del hornillo por temor a atraer nuestra atención, teniendo, como todos nosotros, motivos suficientes para sospechar de los piratas.

—¡Sí; es nuestra chalupa! —gritó Marino—. ¡La reconozco perfectamente!

Ya no había posibilidad de equivocarse. Albani y Enrique la distinguían también cerca de las primeras rompientes a la luz del sol, que había asomado por entre el jirón de una nube.

Piccolo Tonno la guiaba con mano firme, manteniéndose siempre lejos de las rompientes por temor de que las olas le arrojasen contra aquellos obstáculos peligrosos.

Las oleadas le acometían con gran ímpetu, pero el muchacho no se aterrorizaba; antes bien, se le veía con cuna mano en el largo remo que le servía de timón y con la otra la escota de la vela.

El señor Albani, Enrique y el maltés, fuera de sí, con alegría y hondamente conmovidos, bajaron la cumbre del volcán y se habían reunido cerca de las primeras rompientes.

—¡Bravo, mi Piccolo Tonno! —gritaba el genovés—. ¡Eres un verdadero marinero!

A las siete de la mañana, la chalupa, después de haber remontado un banco, embarrancaba en la playa arenosa, y el mozo, que reía y lloraba a un mismo tiempo, se precipitó a los brazos del señor Albani, primero; después en los de Enrique, y, por último en los de Marino.

—¡Ah! —exclamó—. ¡Los he llorado creyéndoles ahogados a todos! ¡Otro abrazo, señor Albani! ¡Otro más, mi buen Enrique!

—Pero ¿cuándo has encontrado la chalupa? —le preguntó Albani.

—Ayer tarde, poco antes de anochecer.

—¿En donde?

—Había embarrancado en la arena cerca de los viveros de las tortugas. Ya puede usted imaginar cuál sería mi desesperación al encontrarla volcada, y cuál mi alegría cuando divisé las tres hogueras en este escollo. No dudé que fuesen ustedes, y me apresuré a contestarles.

—¿Habrás visto el fuego que encendimos hace dos noches?

—Sí, señor, y me asusté mucho temiendo que fuesen piratas. ¡Que feliz soy, señor! ¡Los creía perdidos, y los encuentro con un compañero más!

—¿Tu también me perdonas? —preguntó Marino.

—Si te han perdonado el señor Albani y Enrique, ¿no he de perdonarte yo? Ahora abrázame, eres de los nuestros: un Robinsón italiano también. Pero ¿y tu campanero? Huisteis dos.

—Ya te contaremos todo eso después, Piccolo Tonno —dijo Albani—. Apresurémonos a dejar este escollo o corremos el peligro de volver a naufragar.

El retardarse podría en efecto serles fatal, porque las olas continuaban levantándose, el viento arreciaba y grandes goterones comenzaban a crepitar en la superficie del mar.

Abandonaron el volcán, donde habían corrido el peligro de tener el fin de los náufragos del «Medusa», a no haber encontrado aquellas providenciales ostras, y navegaron mar adentro, poniendo la proa hacia la costa oriental de la isla.

Albani se puso al timón; Enrique a la proa, para ver mejor los escollos, y Piccolo Tonno y el maltés a la vela.

La oscuridad crecía por momentos. El sol había desaparecido detrás de densos nubarrones, y aun cuando no eran más que las diez de la mañana, parecía que comenzaba a anochecer.

Afortunadamente, el viento les era favorable, y la chalupa, recibiendo las olas por popa, no corría peligro alguno, al menos por el momento. Corría como una gaviota, dejándose llevar por aquella masa espumante y líquida, sosteniéndose siempre a doscientos o trescientos pasos de la linera de las rompientes.

—¡Pronto, pronto! Decía el señor Albani, que veía acercarse el huracán a toda velocidad, y que de cuando en cuando se sentía inundado por las olas. —¡Largad toda la vela!

Ya se distinguían perfectamente las costas de la isla, cuando el marinero, volviéndose hacia el Este para medir la distancia recorrida, vió destacarse en el horizonte dos puntas blanquecinas, que parecían correr hacia el Sur.

—¿Dos pájaros muy grandes o dos velas? —se preguntó—. ¡Mira hacia allí, Marino, tú que ves mejor que yo!

El maltés se volvió; fijando su mirada, que podía desafiar a los mejores gemelos, en los dos puntos indicados.

—Son dos grandes velas —dijo.

—¿Otro «tia-kan-ting» probablemente? ¡No nos hacía falta más que otro ataque de piratas!

—¡Mira bien, Marino! —dijo Albani.

—Por la forma de las velas, me parece que más bien es un junco —respondió el maltés.

—¿Te parece que se acerca a la isla?

—Sí; intenta guarecerse en esta costa.

—¿Serán piratas, señor? —preguntó Enrique.

—Ordinariamente, los juncos van montados por marineros chinos. Si estuviésemos en el golfo de Ton-Kin, podría haber dudas; pero los juncos que navegan por estos mares se dedican a un tráfico honrado.

—¿Nos enviará el huracán otros compañeros? Porque en nuestra isla no hay puertos que puedan servir para refugiarse.

—Es probable que los que van en esa nave piensen en hallar alguno. Si esos marinos encontrasen manera de poder desembarcar, no tendrían porqué quejarse de nosotros; el mar engruesa cada vez más y nos va a hacer pasar un mal cuarto de hora.

No distaba en aquellos momentos más de dos millas de la isla, pero las olas, encontrándose estrechadas por la costa, llena de rocas, y la línea de las rompientes, volvían mar adentro de un modo tumultuoso, provocando contraolas peligrosas.

El señor Albani se había puesto en pie para ver mejor donde se escondían los pequeños escollos, señalándose aisladamente por un espumeo incesante y por columnas de agua que saltaban a gran altura.

La chalupa, ahogada bajo los asaltos de aquellas masas líquidas, parecía que iba a desaparecer a cada instante; pero se enderezaba siempre.

Hacia el mediodía dio una virada sobre otra escollera que se extendía por delante de la costa y penetró en una especie de canal formado por rocas cortadas a pico; una especie de «fiordo» profundo, que estaba a cubierto de las olas y del viento.

—¡Por fin! —dijo Enrique.

Amainaron la vela y ataron la chalupa a un enorme pedrusco, mientras caía una lluvia torrencial.

—¡Busquemos un refugio! —dijo Albani, saltando a tierra—. ¡Con este temporal y tan cansados como estamos, no es posible ir hasta la cabaña!

—Pero nuestros almacenes no deben estar lejos —dijo Enrique.

—A dos millas de aquí —respondió Piccolo Tonno.

—¡Es mucho para recorrerlas bajo este diluvió!

—¡Aquí debe de haber cavernas! —dijo Albani—. ¡Todas estas rocas están más o menos perforadas!

—¡Busquemos una, señor! ¡Yo me caigo de sueño! Dijo Marino.

Estaban a punto de volver la espalda al mar y meterse entre las altas rocas de la costa, cuando preguntó el maltés:

—¿Y el junco?

—¿Se ve todavía? —preguntó, a su vez Albani, deteniéndose.

El maltés miró hacia el Este, pero no se veía nada en el horizonte. Cierto que la lluvia impedía ver, pero bien podía haber sucedido que la tripulación hubiese renunciado a la idea de aproar hacia la isla, volviendo sobre su ruta al Norte.

—Ha desaparecido —dijo Marino.

—¡Mejor para ellos! —respondió Enrique—. De otro modo se hubieran estrellado contra estas escolleras. Vámonos esto es un verdadero diluvió, y no tenemos el arca de aquel buen hombre que se llamó Noé.

CAPÍTULO XXXIII. EL NAUFRAGIO DEL JUNCO

Encontraron una cavidad que podía servirles de refugio. Era una especie de gruta abierta en la base de una alta peña, de cuatro metros de ancho; pero a lo que parecía, muy profunda.

Sin preocuparse de visitarla para cerciorarse de si la ocupaba algún habitante peligroso de los vecinos bosques, se metieron en ella para ponerse a salvo de las cataratas que descendían de las nubes.

Comieron algunos bizcochos de sagú, y una vez vaciado el recipiente de «toddy», que el mozo había tenido la precaución de embarcar al salir de la isla, se acomodaron en un ángulo y trataron de dormir, pues no habían pegado ojo en toda la noche. Estaban seguros de que ningún animal feroz dejaría su cueva par ir en busca de presas. El huracán estallaba entonces con fragor horrible de truenos, señalando probablemente de aquél modo el fin de la mala estación.

La lluvia caía a torrentes, como si entre las nubes se hubiese roto un depósito de agua.

El viento silbaba en la selva vecina, torciendo las ramas y los troncos y desgajando las más grandes cañas de bambú, el mar rompía con ruido atronador contra las escolleras, mugiendo en veinte tonos distintos.

De cuando en cuando, relámpagos cegadores surcaban las nubes e iluminaban el espumante Océano, siguiendo los truenos, tan fuertes que hacían retemblar toda la isla. Los cuatro Robinsones, a pesar de su cansancio, no podían dormir con aquel ruido. De cuando en cuando salía alguno para echar una mirada a la chalupa, temiendo que hiciesen irrupción las olas en el canal y que la estrellasen contra las rocas.

Con frecuencia también volvían la vista en dirección del solitario escollo, creyendo que iban a ver aparecer de improviso el junco; pero la nave no aparecía.

Por la tarde, como continuase el huracán, se retiraron al fondo de la caverna, y acomodándose como pudieron, trataron de dormir un poco.

Los truenos habían ido haciéndose cada vez menos frecuentes; pero el viento seguía soplando con ímpetu y retorciendo los árboles de la floresta.

—Esperemos a mañana para regresar a nuestra caverna —dijo Enrique—. Me parece que ha transcurrido un siglo, y tengo ganas de ver a «Sciancatello».

Sus compañeros no contestaron, dormían como lirones.

Su sueño, sin embargo, no fue muy largo, pues no habían transcurrido dos horas, cuando a los oídos del maltés llegó el eco de un estampido, que parecía proceder de la parte del mar. No era el estampido de un trueno, ni el de una ola contra los escollos, sino un sonido seco y rápido, que se parecía al de un disparo de una pequeña pieza de artillería o, por lo menos de una gran culebrina.

Sorprendido y algo inquieto, se levantó y echó al mar una larga mirada; pero no vió mas que tinieblas, entre las cuales apenas se divisaban las crestas espumosas de las olas.

—¿Me habré engañado o estaría soñando? —murmuró.

Escuchó durante unos minutos, pero como no volviera a oír la detonación, tornó a acostarse. Iba a cerrar los ojos, cuando oyó otro disparo.

No se había engañado: mar adentro tronaba un cañón o una gran culebrina.

—¡Señor Albani! —exclamó, sacudiéndole vigorosamente.

—¡En pie, Enrique, arriba, Piccolo Tonno!

El veneciano y sus compañeros se levantaron enseguida.

—¿Qué sucede? —preguntó Albani.

—¡Están disparando cañonazos ene l mar! —dijo el marinero.

Un tercer disparo resonó fuera, repercutiendo entre las rocas.

—¿El junco quizá? —se preguntó Albani.

Abandonaron precipitadamente la gruta y se lanzaron hacia las rocas, sin cuidarse del aguacero que los calaba.

Como los relámpagos brillaban de tarde en tarde, la oscuridad era tan grande, que no podía verse lo que sucedía en el mar. Pero entre los silbidos del viento y el rugir de la solas se oían gritos de gentes que venían del Océano.

—Es algún barco que está a punto de naufragar —dijo Albani—. El huracán le empujará, seguramente hacia esta isla.

—Pero no se ve nada —respondieron los tres marineros.

—Es preciso encender fuego para que comprendan esos desgraciados que aquí pueden encontrar socorro.

—¿Con esta lluvia?

—Tratad de arrancar alguna planta resinosa o gomífera. He visto algunos «giunta wan» cerca de esta gruta, y arderán como paja mojada en resina. ¿Tenéis algún arma?

—Si —dijo Piccolo Tonno—; tengo un cuchillo.

—Anda a cortar lo que te he dicho.

En aquél momento se vió en el tenebroso horizonte el resplandor de una llama y poco después resonó un cañonazo.

—¡Pronto! —gritó Albani—. ¡Es un barco!

Los tres marineros se lanzaron hacia la gruta, cortaron algunas ramas de aquellas gruesas plantas trepadoras, saturadas de goma y las transportaron al acantilado, amontonándolas bajo la defensa de la roca. El señor Albani había encendido algunos copos de algodón y un pedazo de vela que le dió el mozo. En pocos instantes los «giunta wan» comenzaron a arder, aún cuando estaban mojados, y se levantó una gran llamarada, que iluminó las escolleras y las olas que contra ellas se debatían.

En aquel instante, el cielo, como envidioso de aquella lumbre, se iluminó; un vívido relámpago hendió las nubes cual cimitarra gigantesca, haciendo brillar las aguas hasta los extremos confines del horizonte.

—¡El junco! —gritaron los tres marineros.

No se habían engañado. A la lívida luz de aquel relámpago habían visto, a una milla escasa de la playa, una de esas naves pesadas, con la proa alta y casi cuadrada que los chinos llaman juncos. Debía ser la que divisaron por la mañana.

A pesar de no habérseles visto mas que breves momentos, los tres marineros comprendieron que el barco se encontraba en condiciones desesperadas, pues no tenía palo ni vela alguna.

Sin duda habían cortado la arboladura o la había roto el viento, y el esquife, impotente para regirse, iba a la deriva hacia la escollera al impulso del huracán.

De cuando en cuando tornaba el cañón sobre el puente del pobre barco y se oían agudos gritos pidiendo socorro.

—Enrique —dijo el veneciano, que no podía estarse quieto—, ¿crees que se pueda afrontar las olas con nuestra chalupa?

—No, señor; sería una imprudencia que nos costaría la vida, sin que pudiésemos prestar socorro alguno a los náufragos.

—¿Pero podemos permanecer indiferentes mientras esos desgraciados corren peligro de irse a pique?

—Las olas los empujan hacia nosotros, señor —dijo el maltés—. Cuando la embarcación caiga contra las rocas, estaremos prontos para socorrer a los náufragos.

—¡Calla! ¡He oído un crujido!

Un grito inmenso se elevó en el mar, seguido de un disparo y de otro crujido horrible.

—¡A tierra! Gritó el señor Albani, agitando un tizón encendido y acercándose a la escollera.

Otro relámpago iluminó la noche.

El junco había embestido la escollera y se había tumbado sobre estribor, abriéndose el casco en las agudas puntas de los corales. A la luz del relámpago, los Robinsones vieron correr desordenadamente sobre el puente inclinado de la nave a varias personas en medio de las olas que saltaban a bordo espumantes y mugidoras.

El señor Albani, los dos marineros y el mozo, con tizones encendidos a guisa de antorchas, saltaron a la chalupa, la cual, encontrándose dentro de aquel tranquilo canal resguardado por la escollera, podía hacerse a la mar sin correr el peligro de hundirse.

Apoyando los remos en el bajofondo atravesaron en pocos momentos el canal y se encontraron detrás de las peñas; pero entonces se oyó otro crujido más formidable que los primeros, y a la luz de las antorchas vieron los Robinsones abrirse por medio al desgraciado barco, y enseguida, hundirse de proa y popa bajo el empuje irresistible del oleaje.

—¡Rayos! —exclamó Enrique, palideciendo.

—¡Se han ahogado! —gritaron el maltés y el muchacho.

—¡No! —dijo Albani—; ¡oigo gritos!

En efecto entre los rugidos de las olas se oía el eco de la gritería. Parecía que algunos hombres habían podido agarrarse a la escollera.

—¡Ánimo! —gritó el veneciano—. Vamos en vuestro socorro.

Se cogió a los salientes de la escollera y la remontó, seguido de Enrique, mientras el maltés y Piccolo Tonno mantenían inmóvil la chalupa.

Las olas saltaban sobre las rocas y descendían por el lado opuesto como furiosas cataratas; pero los dos Robinsones continuaban subiendo, registrando las hendiduras y los huecos y mirando a los restos de la nave.

De pronto tropezaron con algunos obstáculos amontonados en una cavidad de las peñas.

—¡Demonio! Gritó el marinero, recobrando prontamente el equilibrio.

Unas voces lastimeras respondieron a aquella exclamación.

—¿Hay náufragos aquí? —preguntó Albani.

Varias formas humanas se alzaron delante de él, gimoteando.

—¡Animo jóvenes! —dijo el marinero—. Aquí cerca hay una chalupa dispuesta para transportarlos. ¡Arriba! ¡Poneos de pie, y cuidado con las olas!

—¡Caballeros! —dijo una voz.

—¡Son españoles! —exclamó el veneciano—. ¡Seguidme!

—¡Somos unos pobres tagalos, señor! —dijo la voz.

—Tagalos o españoles, seguidnos; pero cuidado con las olas. ¿Hay más supervivientes?

—Faltan los chinos.

—Enrique encárgate de los chinos, pues se encontrarán todavía algunos vivos. Yo me cuidare de estos pobres náufragos. ¡Apresurémonos, o si no nos arrastrarán las olas!

Se levantaron cinco personas, le cogieron de las manos, le siguieron y descendieron por la escollera con grandes precauciones. El maltés y Piccolo Tonno los esperaba con gruesas ramas de «giunta wan» encendidas todavía.

El veneciano y los náufragos saltaron a la chalupa. Solamente entonces vieron los Robinsones que no eran hombres todos aquellos desgraciados libertados de las olas: eran tres muchachas, un jovencito y un viejo.

—Conducidlos a los acantilados —dijo Albani al maltés—; yo voy a seguir registrando la escollera.

La chalupa fue bordeando la costa, y Albani se reunió con el marinero, que registraba las peñas por todas partes, dando grandes voces.

—¿Has hallado alguno más? —le preguntó.

—Me parece que las olas han arrastrado a los chinos —respondió el marinero—. No oigo voz alguna.

—¿Y el junco?

—Lo ha despedazado el mar y se ha llevado los restos.

Recorrieron toda la escollera, teniéndose fuertemente cogidos por las manos para resistir la furia del oleaje, registrando huecos, cavidades, etc.; pero no encontraron más náufragos.

—¡Se los ha tragado el mar! —dijo el marinero—. Ya es inútil que prolonguemos nuestras pesquisas, pues un golpe de agua de éstos nos envolvería.

—¡Desgraciados! —murmuró Albani—. ¡Volvámonos!

El maltés y Piccolo Tonno habían desembarcado a los náufragos cerca de la caverna; enseguida volvieron a atravesar el canal y esperaron bajo la escollera. Albani y Enrique se apresuraron a reunirse con ellos y se hicieron conducir junto a los tagalos.

Ahora pensemos en estas pobres gentes —dijo el veneciano—. Tú, Marino, ve a cortar una nueva brazada de «giunta wan» para que se sequen un poco.

CAPÍTULO XXXIV. LOS TAGALOS

Los náufragos se habían inclinado delante de la lumbre para enjugarse los vestidos, que les chorreaban.

Como hemos dicho, eran cinco: tres muchachas, un jovencito y un viejo.

Todos eran tagalos, habitantes que pueblan las islas Filipinas.

Esta raza es una de las más bellas, de las más emprendedoras y de las más gallardas de los mares de la China.

Su color no es de oliva, como el de los malayos; ni moreno oscuro, como el de los burgueños, sino rojizo. Tienen los pómulos prominentes, pero el contorno del rostro es más romboidal que cuadrado; la nariz, un poco desarrollada, y los ojos, ligeramente oblicuos; pero en lugar de afearlos, les da cierta gracia.

Las tres muchachas, que estaban entre los quince y los veinte años, eran graciosísimas, tenían los ojos vivos y negros, el color un poco carminoso; los labios rojos, y los dientes más blancos que el marfil pulimentado.

Vestían unos pequeños jubones plegados de colores vivos y una camisa recamada, y calzaban zapatos de velludo tejido de oro. En el cuello llevaban varios collares de perlas, y en las orejas, grandes pendientes de procedencia española.

El joven no tenía más de veinticinco años, y el viejo debía de alcanzar ya los sesenta. Ambos eran de elevada estatura: pero el primero tenia las facciones algo distintas de las de los tagalos, lo mismo que el color, que era más terroso y casi gris. Los dos vestían telas ricas, pero llevaban la camisa por fuera de los calzones, como es costumbre en su país.

El viejo, así que vió acercarse al señor Albani, se levantó, diciéndole:

—¡Gracias, señor, por su socorro! ¡Sin usted hubiéramos sido presa de las olas!

—Cualquiera otra persona hubiese hecho otro tanto —respondió Albani con modestia—. ¡Eh Piccolo Tonno! ¿Tenemos todavía algo de «tuwak»? Un sorbo hará bien a estas pobres gentes.

—Sí, señor —respondió el muchacho.

Volvió a la chalupa y subió poco después llevando un recipiente de bambú lleno de aquella fuerte bebida y una buena cantidad de bizcochos.

Las muchachas y los dos hombres, dándole primero las gracias, bebieron algunos sorbos y comieron.

Mientras tanto, el viejo contaba su historia. Las muchachas eran hijas suyas, y el joven era el prometido de la más jovencita. Se habían embarcado en un junco chino con rumbo a las islas Molucas con objeto de visitar una posesión que su futuro yerno tenía en Ternate, pues era moluqués.

Cercanos a Sanghier, un violento huracán los acometió, y el junco se vió empujado hacia el Oeste, a pesar de los desesperados esfuerzos de la tripulación, compuesta de quince hombres.

Apenas habían chocado con las peñas, y sin hacer caso de los consejos del capitán chino, se arrojaron al agua, y las olas los lanzaron sobre los escollos. Poco después, la nave, abierto el casco por las puntas coralíferas, desaparecía con cuantos la tripulaban.

—¿Vivís en Manila? —preguntó Albani al viejo.

—No; vivimos en las islas Calaminas. —Yo era el jefe de una aldea.

—¿Habéis oído al capitán del junco el nombre de esta isla en que estamos?

—No, señor. Creo que el capitán no sabía que existía.

—Entonces ¿usted no sabe tampoco que país es éste?

—Supongo que sea una de las islas del archipiélago Zulú, porque desde las Sanghier hemos venido siempre empujados hacia el Noroeste.

—Lo mismo supongo yo —dijo el moluqués.

—¿Vosotros sois náufragos también? —preguntó el viejo.

—Sí; pero no os inquietéis por eso. Poseemos una casa, animales, víveres y una huerta: no pasaréis hambre.

—¿No tenéis ninguna embarcación para poder abandonar esta isla?

—La chalupa que visteis, y con la cual no se puede emprender una navegación larga. Estamos como prisioneros en esta isla; pero no lo lamentamos, porque con el trabajo y la perseverancia nos hemos proporcionado cuanto es preciso para nuestra existencia.

—¿Pero nosotros…? —preguntó el viejo.

—Si queréis podéis formar parte de nuestra familia, la familia de los Robinsones italianos, pero con una condición: que nos obedezcáis y que trabajéis con nosotros a favor del bienestar de todos.

—Señor —dijo el viejo con voz conmovida—, os debemos la existencia; así, pues, disponed de todos por entero, de mí, de mis hijas y de mi futuro yerno. Si así lo deseáis, seremos vuestros criados o vuestros esclavos.

—No; en la tierra de los Robinsones italianos no ha de haber criados ni esclavos —dijo el veneciano—. Seréis nuestros hermanos, pues también sois náufragos como nosotros, y no quiero que haya distinciones de ningún género. ¿Es verdad, Enrique? ¿Es verdad Piccolo Tonno y Marino?

—Sí, señor, aquí somos todos iguales —dijo el genovés— pero todos reconocemos en usted al jefe, al gobernador de la isla.

—¡Bien dicho! —exclamó el maltés.

—¡No, amigos míos! —dijo Albani.

—¡Sí, señor! —repuso el marinero—. Usted no ha guiado, nos ha salvado del hambre y de las tribulaciones; con su experiencia y habilidad nos ha dado una existencia feliz, así, pues, es muy justo que todos nosotros le reconozcamos como el cabeza de familia, por el jefe.

—Bueno, pues entonces procuraré mostrarme digno de la confianza que ponéis en mí. Seamos animosos, estemos siempre dispuestos al trabajo, y trataremos de transformar esta isla, hace pocos meses desierta y salvaje, en una colonia floreciente y digna de la patria italiana.

—¡Viva el señor Albani! —gritaron el maltés, Enrique y Piccolo Tonno—. ¡Viva nuestro capitán!

Mientras acontecía esto, comenzaba a despuntar el día y con la luz se calmaba rápidamente el huracán.

El cielo se despejaba; el viento, después de haber gemido en todos los tonos, había cedido, y las olas decrecían.

Los Robinsones decidieron explorar por última vez la escollera para ver si había algún náufrago más, o por si podían recoger algún objeto de la carga del junco que pudiera serles útil, y enseguida ponerse en camino para la cabaña, pues ya se hallaban sin provisiones.

Albani y los dos marineros atravesaron el brazo de mar y registraron los escollos; pero inútilmente; las olas se habían llevado mar adentro el destrozado barco.

En el ínterin el sol había salido ya y el mar se había calmado; así, pues, determinaron marchar sin pérdida de tiempo.

Como la chalupa no podía transportarlos a todos, se encargó el maltés, que ya conocía algo la isla, que guiase a los náufragos hacia la costa septentrional, mientras que Albani, Enrique y Piccolo Tonno volvían por mar. Dieron la cerbatana del muchacho a Marino para que pudiera defenderse si los atacaba algún tigre, despegaron la vela y rápidamente bogaron hacia su destino.

Poco tiempo antes, el maltés y los náufragos del junco se habían puesto en camino siguiendo la costa.

La chalupa, empujada por un viento muy fresco, que le permitía hacer cinco nudos, se separó a dos millas de distancia, para evitar los profundos senos que describía la isla y los escollos, que se extendían en todas direcciones.

Si no amenguaba la velocidad, podían arribar a la pequeña bahía, según sus cálculos, poco después del mediodía.

—¡Qué contento estoy con volver a ver nuestra cabaña! —dijo Enrique, que maniobraba en la vela para que pudiese recoger la mayor cantidad de viento posible—. Nuestro valiente «Sciancatello» debe estar inquieto viendo que no volvemos.

—Si no se lo hubiese impedido, viene conmigo —dijo el mozo.

—¡Qué sorpresa para los tagalos cuando vean nuestros animales, nuestra casa tan bonita, nuestro huerto y nuestros almacenes! ¿Son buenas personas los tagalos, señor Albani?

—Son los más industriosos y los más robustos todas las razas del mar de la Sonda. Son unos excelentes compañeros, que nos proporcionarán muchas alegrías.

—Será preciso construir otras cabañas.

—Se construirán.

—Y doblar o, aún mejor triplicar nuestras provisiones.

—Las triplicaremos y desmontaremos un buen trozo de tierra.

—Señor —dijo el marinero—; ¿no le parecen bellas las hijas del jefe tagalo?

—Sí, realmente son graciosas, Enrique.

—Me bulle una idea en la cabeza.

—¿Qué idea?

—¡Terremoto! —exclamó el genovés que hacía ya algunos instantes que se rascaba la cabeza con furia.

—¡Di pronto, amigo!

—Señor Albani, ya sabe usted que me desagradaría… que…

—¡Habla! —dijo el veneciano, que le miraba sonriendo.

—Ahora que soy… ¡Vamos es mejor que se lo diga! ¡Relámpagos y rayos! Si el jefe me diese una hija `por mujer…

—¡Ah, tunante! ¿Ya piensas en crear una familia?

—Me gusta la mayor, señor Albani. ¡Terremotos! ¡Es una hermosa muchacha y me parece que debe ser muy buena!

—Se pide.

—Pero ¿y el jefe?

—Creo que se tendrá por muy honrado con emparentar con hombres de raza blanca.

—¡Rayos! ¡Qué linda colonia! ¡Y yo sé que a Marino le gusta la otra! ¡El zorro la miraba con ojos de carnero degollado!

—¡Bien! —dijo Albani—. ¡He aquí una colonia que no desaparecerá! Yo hablaré al jefe.

—¿Usted?

—¿Y porqué no? Dentro de un mes celebraremos tres matrimonios: el tuyo, el de Marino y el del moluqués.

—¡Señor! —exclamó en aquel instante el mozo, que iba de pie en la proa.

—¿Qué hay?

—¡La cabaña! ¡Miradla allí, que asoma por detrás de aquel grupo de árboles! ¡Hurra!

El veneciano miró hacia la costa, que se replegaba de pronto hacia el Oeste. Detrás de un grupo de pequeños duriones se veía, efectivamente, el techo de la cabaña aérea.

En el rostro de Enrique y de Albani se pintó una viva emoción.

—¡Hurra! ¡Hurra! —gritó el marinero con todos sus pulmones.

Pocos momentos después vieron a «Sciancatello» correr a la cima de las rocas, seguido por los dos monos. El cariñoso orangután daba saltos de alegría y movía cómicamente la cabeza y los brazos.

Remontada una escollera, la «Roma» entró en la pequeña cala contigua a los viveros. Los tres Robinsones la pusieron en seco sobre la arena.

Enrique, que estaba muy emocionado, cogió a «Sciancatello» entre sus brazos, y a poco más le da un par de besos en aquellos pómulos peludos.

—Vamos a ver si ha causado algún destrozo el huracán —dijo Albani—. Estoy inquieto por nuestros animales.

A pesar de la violencia del ventarrón, no había sucedido nada en los cobertizos ni en el recinto.

Tampoco la casa aérea experimentó ninguna avería.

—Hay que apresurarse a preparar la comida para nuestros nuevos amigos —dijo Albani—. Dentro de un par de horas estarán aquí.

—Voy corriendo al vivero a coger algunos pescados y una tortuga —dijo Enrique.

—Y yo a sacar «toddy» y vino blanco —dijo Piccolo Tonno.

—Pues yo —añadió Albani— iré a retorcer el pescuezo a un par de tucanes. Les prepararemos una verdadera comida y les demostraremos cómo pueden encontrar recursos las personas laboriosas, aun cuando sea en una isla desierta.

CAPÍTULO XXXV. LA FAMILIA DE LOS ROBINSONES

Cuatro horas más tarde, el maltés y los náufragos del junco, que habían caminado con gran rapidez, llegaron a la posesión de los Robinsones italianos, donde les esperaba una comida digna poco menos que de Lúculo.

Renunciamos a describir su estupor al encontrar en aquella punta extrema de la isla desierta y salvaje una mesa tan abundante, una casa tan cómoda, una huerta cultivada con tanto esmero, aquel recinto o corral poblado de animales varios y de numerosos volátiles y aquellos almacenes que rebosaban de víveres.

Y renunciamos también a describir las congratulaciones hechas a aquellos Robinsones trabajadores, que habiendo sin nada, supieron, merced a su actividad y a su constancia, proporcionarse cuanto les era necesario para la existencia. Bien podía decirse que, en su pequeñez, aquella microscópica colonia estaba en el caso de compararse con la seculares y más florecientes de las islas del archipiélago de la Sonda.

El maltés, sobre todo, era el más asombrado, recordando las miserias y los largos ayunos que sufriera en la costa meridional de aquella misma isla, que a él y a su compañero les pareció inhabitable.

Al día siguiente, la pequeña colonia se ponía animosamente al trabajo bajo la dirección del infatigable veneciano. Los tagalos, el moluqués y el maltés querían ser útiles a los Robinsones para no serles gravosos de ningún modo.

En quince días, tres hermosas cabañas más surgieron sobre la costa, formando una aldehuela graciosísima; enseguida surgieron también nuevos recintos, pajareras y viveros.

Un mes más tarde; el huertecito tenía una extensión diez veces mayor. Habían quemado una parcela de bosque y una parte de las plantaciones de bambú y desbrozado la tierra, rodeándola de una gran empalizada para defenderla de contra las incursiones de los animales salvajes.

Habían plantado bananos, duriones, mangostanes, cocoteros, sagú, palmas de toda especie y «arenga sacarífera». Los tagalos habían triplicado la producción de la patata dulce, pues encontraron más plantas en un flanco de la montaña; habían sembrado otras legumbres y tubérculos muy útiles, encontrados también en el bosque; pequeños melones con la carne muy blanca, pero suculenta, y uvas marinas, que tienen el sabor de la grosella.

Acumularon grandes cantidades de harina de sagú, que convirtieron enseguida en bizcochos y galletas, llenando los nuevos almacenes y asegurando la alimentación para mucho tiempo.

No habían olvidado tampoco otras plantas, sobre todo la «arenga sacarífera», de cuyo jugo extrajeron azúcar, jarabe y licores; ni los cocos, que les daban vino blanco en abundancia, muy gustoso, y que se conservaba muy bien en una profunda cueva, socavada bajo una roca y próxima a la costa.

Un día viendo el señor Albani que los vestidos de todos, a causa de las continuas excursiones por los bosques, se iban a pedazos, tuvo la idea de hacer tela. La «arenga sacarífera» le proporcionó la primera materia, o sea una especie de algodón, del cual hacen yesca los habitantes de las islas de la Sonda.

Hizo coger una considerable cantidad, lo mezcló con las fibras más sutiles de los cocoteros y lo hizo hilas a las tres tagalas.

Obtenido el hilo, y ayudado por el marinero, pudo construir, al cabo de mucha paciencia y de muchas pruebas, una especie de telar; la tela que resultó era gruesa y un poco áspera, pero muy fuerte.

La primera pieza se la regaló a la novia del moluqués; la segunda a la de Marino y la tercera a la del bravo Enrique.

Dada la dote, ya no faltaba más que el matrimonio.

Dos meses después, ultimadas tan diversas e importantes labores, los dos marineros y el moluqués, con gran alegría del viejo jefe, se casaban las tres muchachas según el rito tagalo, rito simplicísimo, que no requiere más que una taza con «toddy», que los esposos beben juntos.

Las tres felices parejas se fueron a vivir en tres bonitas cabañas construidas ex profeso detrás de la casa aérea y a la sombra de un grupo de duriones.

La existencia de la colonia quedó asegurada.

Transcurridos cuatro años, esto es en 1845, cuando la escuadra inglesa del Extremo Oriente, que mandaba el contralmirante Cambell, atracó en aquella isla, después de una visita hecha al sultán de los zulúes, encontró la colonia más floreciente que jamás se pudo imaginar, y ya crecida de número.

Gran parte de la isla había sido desbrozada y trabajada, y los colonos nadaban en la abundancia. Había vastos almacenes en la costa septentrional; los campos producían lo más rico y variado del archipiélago de la Sonda; los recintos y corrales estaban poblados de simios, babirusas, osos negros y tapires domesticados.

Entonces fue cuando los colonos (aumentados en cuatro niños y tres niñas) supieron que su isla era la más meridional del archipiélago Zulú y que solo distaba ochenta millas de Tawi-Tawi.

Los colonos eran tan felices que rehusaron abandonar su isla. Se limitaron a aceptar algunos objetos indispensables, sobre todo armas de fuego y municiones para concluir de exterminar a los últimos tigres que infestaban los boscajes de las montañas; aperos rurales y simientes, a cambio de víveres frescos.

También aceptaron una ballenera que les ofreció el contralmirante para que pudieran ponerse en relaciones con Tawi-Tawi.

Hoy esta isla, colonizada por los náufragos del «Liguria», se conoce por Samary. Este mismo nombre tenía antes de que se hubiese arribado a ella los Robinsones italianos. Es una de las más prósperas del archipiélago y la habita una raza de mestizos, descendientes de los marineros italianos, del moluqués y de las tres hijas del jefe de las Calaminas.

Fin del extracto del texto

Publicado el 24 de febrero de 2017 por Edu Robsy.
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