Los Náufragos del Oregón

Emilio Salgari


Novela



I. El abordaje

La oscuridad era total en el puente.

—¿Se ve ya?

—Aún no, patrón O’Paddy.

—¡Demonio! ¡Y el vendaval amenaza con echar a pique la corbeta! ¡Podía tener mejores barcos el señor Wan-Baer!…

—Cuidado con las olas…

—¿Es hábil el timonel, Aier-Rajá?

—Sí, patrón.

—Que tenga cuidado, porque un falso movimiento puede hacernos beber agua para siempre.

—No hay nada que temer; es un buen marinero.

—¿Se ve ya el «Oregón»?

—No, patrón.

—¡Caramba! ¡Tan a propósito como está la noche para abordarlo!

—¿Pero qué dice? ¿Vamos a abordarlo?

—Si, Aier-Rajá.

—Quizá nos vayamos a pique todos.

—La costa de Borneo no está a más que tres millas.

—Sí, pero seguro que el canal de Macasar está ahora hecho una furia.

—¡Bribonazo! ¿Crees tú que van a regalarnos un millón por un simple paseo por el mar?

—No pienso tal cosa.

—Pues yo, muy a pesar mío, así lo creo. ¡Eh…, timonel del infierno! ¡Fíjate!

Una ola como una montaña, negruzca y con la cresta erizada de nítida blancura por la espuma, se arrojó con violencia sobre el barco, haciéndolo inclinarse hacia estribor.

—¡Rayos y truenos! —exclamó el patrón—. Si nos viene otra como ésta pierde el «Wangenep» una rueda.

—Ya se ha llevado dos paletas del tambor de babor, patrón O’Paddy.

—¡Y el «Oregón» sin aparecer! ¿Habrá ido costeando? ¡De ser así, vaya una suerte para nosotros!

—Jamás habrá ganado nadie mejor un millón.

—Sí; pero me parece que, a pesar nuestro, no vamos a tener esa suerte. ¡Hemos nacido con mala estrella!

—De todas maneras, lo ganaremos.

—Depende de que el «Wangenep» choque bien; ¡pero está tan averiado!

—El espolón me parece bastante sólido; abrirá seguramente una buena brecha en el casco del «Oregón».

—¿Y si se nos revientan las calderas?

—Nos arrojaremos al mar.

—¿Están preparados los salvavidas?

—Sí, patrón.

—¿Y las chalupas?

—De una cuchillada cortamos las cuerdas y las botamos…; pero ¿y nuestra gente?

—¡Que se los trague el mar!

—Los compadezco; son buena gente.

—Sí; piratas de la peor calaña, capaces de asesinar si les viene en gana.

—¡Patrón!…

—¿Que hay de nuevo, Aier-Rajá?

—Veo una luz.

—¿Dónde?

—Allá, a lo lejos, hacia la isla de Jawi-Tawi.

—¿Una sola?

—Sí; una sola.

—Será un praho.

—¡Un praho navegando con este temporal!

—O quizás algo de fosforescencia.

—Me parece que tiene usted razón: ya ha desaparecido. —Nada; decididamente no tenemos suerte.

—Veremos, patrón.

—Pero a estas horas ya debiera estar por aquí; son las dos de la madrugada.

—El mar va de mal en peor.

—Y nuestro barco da cada vez más tumbos; parece un borracho que hubiera bebido tres botellas de ginebra… ¡Eh!…

Una segunda ola, más formidable aún que la anterior, se precipitó sobre el barco, barriéndolo de proa a popa con irresistible violencia y destrozando un trozo de la borda de babor.

—¡Caracoles! ¡Aier-Rajá!

—¿Qué ha pasado, Aier-Rajá? —repitió O’Paddy con ansiedad.

—¡Ha desaparecido la chalupa!

—¡Maldición!

—La ola se la ha llevado.

—Todo parece estar contra nosotros.

—¿Qué haremos, pues?

—Atacar de todas formas.

—Pero ¿y si se hunden los dos barcos?

—¡Tanto peor!

—¿Y nuestros pellejos?

—Algún pedazo nos quedará.

—¿Y los tiburones?

—No los temo; yo no pierdo mi millón.

—¡Patrón!

—¿Qué hay?

—Veo tres fanales; uno, blanco; otro, rojo, y otro, verde. —¡Pobre de él! ¡Eh…, fogonero! ¡La máquina a todo vapor! ¡Adelante!

—Patrón, ¡que vamos a saltar por los aires!

—Sí, pero para dar en la panza del «Oregón». ¡Venga la caña del timón!…

Este diálogo se desarrollaba durante la noche del 21 de agosto de 1872, a setenta millas de la isla de Jawi-Tawi, la primera del archipiélago de Joló, a diez millas de la costa septentrional de la isla de Borneo, a la salida del mar de Joló.

El barco que aquellos hombres tripulaban, sobre las furiosas olas que agitaba un fuerte huracán, era una corbeta que a duras penas se mantenía a flote sobre el mar. Desplazaba unas cuatrocientas toneladas y tenía la proa cortada en ángulo recto, pero su puente carecía de la graciosa curvatura de las naves sólidas y fuertes, lo cual indicaba que su quilla había ido cediendo poco a poco a causa de los muchos viajes y los años. Las torres medio destrozadas, los costados llenos de abolladuras y costurones, la falta de muchos palos de su arboladura, todo indicaba que aquel barco hacía tiempo que debiera haber sido olvidado para siempre en un rincón de un astillero en espera de su desguace. Las ruedas, por último, estaban descompuestas, alguna de ellas hasta falta de paletas, y por casualidad sólo la máquina, recientemente reparada, funcionaba bien.

En efecto; a pesar del continuo oleaje, empujaba hacia adelante aquel montón de chatarra y maderos haciéndolo mantener como por milagro una velocidad de seis a siete nudos por hora.

O’Paddy, el patrón, se había colocado al timón. Sus ojos parecían querer penetrar a través de las densas tinieblas que envolvían el mar, y los fijaba con ansiedad en los tres puntos luminosos que aparecían en la turbulenta línea del horizonte y desaparecían ocultados por das gigantescas montañas de las olas.

El barco navegaba en dirección a la isla de Jawi-Tawi, cuya imponente masa se divisaba hacia el noreste, y parecía como fatigado por aquel mar revuelto y la borrasca.

Se alzaba penosamente sobre las olas, y vacilando como un borracho, perdiendo ya un trozo de torre, ya un palo, se sumergía profundamente, crujiendo con mil gemidos, o se inclinaba violentamente de babor a estribor. Parecía como si de un momento a otro fuera a partirse por la mitad y a hundirse para siempre en los abismos del océano.

O’Paddy, sin embargo, firme en la caña del timón, que sujetaba con rabiosa energía, no cedía un ápice en su lucha brutal con las olas. El ceño adusto, el cuerpo encorvado hacia adelante, los ojos siempre fijos en los tres puntos luminosos, los largos cabellos revueltos por el viento, sumergido en el agua hasta las rodillas por las olas que invadían la cubierta, desafiaba al huracán con desesperado coraje.

De vez en cuando una imprecación se le escapaba de los labios, contraídos, y acto seguido murmuraba con la voz enronquecida:

—¡Vale un millón! ¡Hay que abordarlo!

Su compañero callaba, pero tenía los ojos fijos en algunos hombres de tez amarillenta que se agrupaban en la proa del barco.

—¡Apaguen los fanales! —gritó O’Paddy.

—¡Patrón! —le dijo su compañero—. ¿Cómo vamos a explicar después el choque? ¿Creerán en una colisión desgraciada si no llevamos encendidos los fanales?

—¡Diremos que se los ha llevado el mar!

—Pero ¿el fanal blanco, que debe ir en la punta del mástil?

—Diremos que el huracán lo arrastró al romper el trinquete; lo que nos importa es que la tripulación del «Oregón» no advierta nada, podrían llevar a cabo una rápida maniobra y evitar el choque. ¡Daos prisa! Aún falta una milla.

Aier-Rajá, sin vacilar, se dirigió a proa ordenando:

—¡Apagad las luces!

Los hombres agrupados en el castillo de proa se apresuraron a obedecer y la oscuridad más absoluta reinó sobre cubierta, casi no se veía ni a O’Paddy ni el palo bauprés.

—Es una verdadera noche de abordaje —dijo el patrón con siniestra sonrisa—. ¡Compadezco a los pasajeros del «Oregón»! ¡Ah, si su barco se hundiese rápidamente y el mío lograra resistir, podría huir en medio de esta oscuridad sin que nadie me viese! Pero esta barcaza se hará trizas y ¡buenas noches para todos! ¡Aier-Rajá!

—Mande, patrón.

—¡El cinturón salvavidas!

—Aquí está.

—¿Has colocado los cuchillos?

—Sí, patrón.

—Dámelo y cuídate un momento del timón.

O’Paddy cogió el ancho cinturón rodeado de grandes trozos de corcho, se lo ciñó y asió de nuevo el timón.

—¡Aligera, Aier-Rajá! —dijo después—. Dentro de cinco minutos estará el barco a nuestro alcance.

—¡Pero, patrón, ya no tenemos botes salvavidas!

—Tú permanece a mi lado y prepárate a ganar algo. ¡Eh…, los de la máquina! ¡Carbón a los hornos! ¡Adelante! ¡A seis atmósferas!

Los tres puntos luminosos se iban acercando con suma rapidez, cortando el camino al vapor. Ya habían pasado media hora más allá de los últimos escollos de Jawi-Tawi y costeaban el mar de las Célebes, a unas treinta o cuarenta millas de las costas de Borneo.

El «Wangenep» aumentó la marcha hendiendo con ímpetu las ondas. La máquina resoplaba furiosamente, el vapor bramaba dentro de las paredes de hierro y las ruedas bataneaban hasta las bordas, y un sonoro retumbar sacudía el barco de popa a proa.

Los dos buques sólo distaban unos trescientos o cuatrocientos metros. El que había de ser abordado era un hermoso steamer de hierro, movido a hélice, bastante mayor que el otro. Marchaba a todo vapor, confiando no hallar obstáculo en aquel ancho mar, ya libre de islas.

De pronto, entre el ruido de las olas, el bramar del viento y el potente latido de las máquinas se oyó la voz de O’Paddy:

—¡Manteneos firmes sobre las piernas!

Después, su voz imperiosa gritó:

—¡Eh! ¡Los del barco!… ¡Rayos y centellas! ¡Que está cortado el camino!

Sobre el steamer se oyeron gritos de terror, y entre las precipitadas órdenes, una que mandaba:

—¡Máquina! ¡A la derecha!

—¡A todo vapor! —dijo a su vez O’Paddy, mientras una siniestra sonrisa se dibujaba en sus labios.

El buque de vapor continuó su marcha hacia el steamer, que trataba de virar a babor para evitar el choque. En su puente, a la luz de los fanales, se veía correr a la gente lanzando gritos de angustia.

O’Paddy, pálido pero resuelto, con un poderoso esfuerzo tiró de la caña del timón de forma que la proa de su barco se dirigiese hacia el costado del steamer.

Hubo un gran griterío, seguido de un estruendo terrible. El espolón del barco se había hundido en el costado del steamer, abriéndole una enorme brecha.

Entre el ruido estridente de los hierros que se desgarraban y el crujido de los maderos, se oía el clamor de los gritos de angustia; después sonaron dos formidables detonaciones. El barco, destrozado por la explosión de las mal seguras calderas, se hundía bajo los pies de la tripulación. Dos hombres, sin embargo, se habían agarrado, antes de sobrevenir las explosiones, a la barandilla del barco abordado y, trepando como monos, saltaron al puente.

Eran O’Paddy y su compañero. Pero apenas se vieron ante la muchedumbre de pasajeros y marineros que se precipitaban como locos corriendo de popa a proa, una sorda exclamación salió de los labios del primero:

—¡Maldición! ¡Temo haber abordado mal!

II. Los traidores

Días antes, Juan O’Paddy se había entrevistado con el poderoso armador y comerciante Wan-Baer.

—¿Quién es usted?

—Juan O’Paddy.

—¿La persona que he mandado buscar?

—Sí, señor Wan-Baer.

—¿Sabe usted lo que quiero?

—Un hombre resuelto que no retroceda ante ningún peligro ni delito.

—¿Cree usted reunir esas condiciones?

El hombre apellidado O’Paddy sonrió amargamente y encogiéndose de hombros, dijo:

—Hubo un tiempo en que fui un hombre honrado; pero ahora… ¡Malditos sean el mar y el fuego!

—Si no me equivoco, está usted acostumbrado a surcar el océano.

—Desde hace muchos años, señor.

—Y fue usted capitán u oficial de Marina.

—Es cierto.

—Pero lo degradaron.

—Sí, a causa de un barco al que abrí por la mitad, sin preocuparme de socorrer a los náufragos. ¿Qué me importaban aquellos desconocidos? ¿Y qué culpa tuve yo de que un barco fuese alcanzado por el mío?

—Sí; pero se dice que lo degradaron por otra razón muy distinta; nunca faltan los rumores. Hay una versión que dice que usted lo echó a pique para cobrar un millón de la Sociedad de Seguros, y…

—¡Basta, demonio! —dijo el marinero palideciendo—. ¿Y a usted qué le interesa?

—Me interesa mucho, señor O’Paddy.

—¿Por qué?

—Para asegurarme que es usted un hombre sin escrúpulos.

Una sonrisa aún más amarga que la anterior asomó a los labios de O’Paddy.

—Vayamos al grano, señor —dijo.

—Antes de nada, una petición.

—Hable usted.

—¿Podría usted encontrarme un hombre de iguales condiciones que las suyas?

—¿Otro hombre que no tema ni al diablo?

—Sí.

—Lo tengo.

—¿Quién es?

—Un marinero…; pero ¡qué!… Continúe usted —dijo O’Paddy impaciente.

—Es necesario que lo conozca todo.

—Es un antiguo pirata; un viejo lobo de mar.

—¿Europeo?

—No, malayo. ¡Pero vamos a los hechos!

—¿Quiere ganarse un millón de pesetas?

—¡Diablos! ¿Un millón de pesetas para mí? Si usted se burla, señor Wan-Baer, le advierto que ha escogido mal, porque soy hombre que…

—No me burlo, y le ruego se siente y tenga calma.

—Pero ¿un millón de pesetas? ¡Caramba! Una fortuna que no ganaría quizás en cuarenta años de navegación.

—¿Cree usted que no lo tengo?

—Sí, señor Wan-Baer; sé que es usted uno de los armadores y uno de los hacendados más ricos de Filipinas; pero… será preciso trabajar bien para ganarse ese millón.

—¡Bah! No mucho.

—¿Qué debo hacer?

—¡Pero, hombre! ¡Qué prisa tiene usted!

—¡Demonio, se trata nada menos que de un millón!

—Antes de nada, una pregunta.

—Diga.

—¿Podría usted reunir una tripulación de…?

—Comprendido quiere un tripulación de gente maleante.

—Sí; de gente dispuesta a todo.

—Si en vez de estar en Manila estuviésemos en cualquier puerto de Mindanao, en menos de una hora reuniría un centenar de bribones.

—De piratas, querrá decir.

—Sí —dijo O’Paddy mientras una nube le ofuscaba la vista—. ¡Caramba! ¡Y decir que he podido hacerme con una verdadera fortuna!

—¡Qué! ¿Se enfada usted ahora por no haber sido pirata?

—¡O de no haber continuado siéndolo, señor Wan-Baer! Me hubiese enriquecido con muchos millones, quizá más que usted; pero ahora…, a los cuarenta años, si aún puedo hacer alguna cosa…

—Vamos a nuestro asunto, señor O’Paddy.

—Sí, mejor será.

—De forma que usted puede reunirme una tripulación de siete u ocho hombres decididos.

—La encontraré.

—¿Cuándo?

—¿Tiene mucha prisa?

—Es preciso que mañana a primera hora estén ya ustedes en el mar.

—¡Pero si no tengo barco!

—Se le dará uno.

—¿A mí?

—A usted.

—¿Un buen barco?

—No; una vieja corbeta.

El marinero se le quedó mirando con sorpresa.

—¿Y por qué una corbeta?

—Porque será suficiente para llevarle hasta el estrecho de Macasar.

—Pero…

—¿Quiere usted que eche a pique uno de mis mejores barcos?

—¡Echarlo a pique! ¡Demonio! ¿Pero qué encargo me da usted? ¡Vaya! Explíquese, haga el favor.

—Tendrá que llevar mi barco al estrecho de Macasar, y allí hará usted que se estrelle contra un steamer que ha de pasar por aquel lugar.

—Se trata, pues, de hundir un steamer.

—Sí, de un espolonazo. ¿Sabrá usted hacerlo?

—Sí; pero ¿por qué?

—Le pregunto si será capaz de abordar en una noche oscura a un steamer y echarlo a pique.

—Sí —respondió O’Paddy, después de un momento de silencio.

—Dígame el nombre del steamer.

—El «Oregón».

—¿El correo entre Manila y Batavia?

—El mismo, señor O’Paddy.

—Vamos a ver; estamos a 17 de agosto.

—Y el «Oregón» entrará en este puerto dentro de media hora y saldrá el 18 por la mañana.

—El 20, salvo caso imprevisto, bajará por las costas de las Célebes, dejará el correo en Tantoli, y el 21 por la noche le doy el espolonazo en el estrecho de Macasar. ¿Es así, señor Wan-Baer?

—Veo que es usted resuelto y valiente.

—¿Es esto todo lo que usted desea de mí?

—No, señor O’Paddy; le entregaré quinientas mil pesetas si echa a pique al «Oregón», y las otras quinientas mil si en ese naufragio hace usted desaparecer algunos documentos que me pueden molestar —dijo fríamente Wan-Baer.

—¡Ah! ¿Luego son cartas lo que usted quiere hacer desaparecer?

—Sí; y, además, algunas personas…; pero de esto ya hablaremos.

—¿Y si los documentos se fuesen a pique?

—Se los debe arrebatar a la persona que los lleva o, por lo menos, tendrá que buscar la forma de sepultarlos en el fondo del mar.

—Lo que le interesa es que esos documentos no puedan ser utilizados por esa persona.

—Sí.

—¿Puede saberse de qué documentos se trata?

—Son cartas que contienen un testamento.

—¿De quién?

—¿Qué le importa a usted, O’Paddy? Ocúpese de ganar su millón, y de nada más.

—Pero ¿y si no lograra apoderarme de ellos?

Un extraño fulgor relampagueó en los ojos de Wan-Baer.

—¿Tiene miedo de cometer un crimen? —le preguntó con voz sorda.

En la frente del marino se dibujó una profunda arruga; calló algunos minutos, mirando fijamente al armador, y contestó después moviendo la cabeza:

—¡Bah!, por un millón bien puede cometerse un crimen.

Wan-Baer contuvo un estremecimiento al oír estas palabras, y aclaró:

—No, no quiero que se cometa; pero… ¿podría usted intentarlo en Borneo, o en las Célebes, hacerlo esclavo…, qué sé yo?

—A usted le basta con que esa persona deje de molestarle, ¿no es eso? Mi amigo tiene compañeros en Borneo, y allí los esclavos blancos valen mucho.

—¿Cuánto le hace falta? —dijo Wan-Baer, que parecía tener prisa por terminar cuanto antes la conversación.

—No tengo un céntimo…; ¡todo lo he perdido en el juego! —dijo O’Paddy con rabia reconcentrada.

El armador abrió un cajón y puso sobre la mesa un fajo de billetes.

—Ahí tiene usted cien mil pesetas.

—¡Gracias; está bien! Pero…, ¿quiénes son esas dos personas que pueden crearle dificultades? Es preciso que yo las conozca.

En aquel momento resonó un cañonazo hacia la parte de la bahía.

—¿Sabe qué significa ese disparo, señor O’Paddy?

—¿Se lo pregunta usted a un marino? Es el «Oregón», que va a atracar.

—Y que trae a las personas a quienes debe hacer desaparecer. ¿Quiere venir conmigo al puerto?

—¿Va a presentármelas?

—No, quizá fuese peligroso; pero se las enseñaré, y después puede ir a enrolar a sus gentes.

—¡Vámonos, señor Wan-Baer! ¡Caracoles! ¡Vaya un día! ¡La fortuna me debía este desquite!

El armador y el marino dejaron la estancia, atravesaron varios salones lujosamente amueblados, pasaron después una larga serie de almacenes donde estaban amontonados en desorden cajas, toneles y enorme cantidad de toda clase de mercancías, y al fin salieron a una calle flanqueada por un río y gran número de viviendas de estilo chino.

Aquel río era el Passig, que divide Manila, la capital del archipiélago filipino, en dos ciudades completamente distintas: la española y la de los indígenas chinos o tagalos. Aquellas casas pertenecían al populoso barrio de Bidondo, el suburbio de los chinos, los comerciantes y los armadores.

Wan-Baer y O’Paddy se dirigieron, paseando tranquilamente como la gente más honrada del mundo, hacia el magnífico puente que une el arrabal con la ciudad española, sobre el río Passig.

Pero antes de proseguir el relato se hace necesaria una observación sobre estos dos individuos.

El señor Wan-Baer, holandés, como su nombre lo indica, era un hombre de unos cincuenta años, bajo y rechoncho, de cara larga y rosada y ojos pequeños azules y con reflejos verdosos como los de los animales nocturnos; por su eterna sonrisa y su aspecto bonachón parecía ser un pacífico descendiente de los habitantes del país de los diques.

Desembarcado en Manila siendo muy joven, supo ganar en poco tiempo una colosal fortuna. Hábil especulador, calculador frío, astuto negociante, a los treinta años poseía ya vastísimas plantaciones y grandes almacenes, y a los cuarenta tenía una docena de veleros, con los que mantenía un intenso tráfico con los puertos de China.

Su digno compañero, irlandés primero, naturalizado americano y después español, era a su vez un tipo de elevada estatura, fornido, musculoso; desde el primer golpe de vista daba la impresión de hombre resuelto y decidido a todo.

Su ancha frente estaba surcada por profundas arrugas, como si dentro de aquel cerebro se agitasen furiosos huracanes; sus ojos negros lanzaban siniestros resplandores; su nariz parecía el pico de un papagayo, y sus labios delgados estaban casi siempre cerrados con una amarga sonrisa; los dientes eran blancos como el marfil y afilados como los de las fieras, y su barba negra, ya canosa, sus espesos bigotes y sus cabellos largos le daban un aspecto poco tranquilizador.

¿Por qué serie de vicisitudes había pasado para trasladarse desde las costas americanas a las lejanas tierras filipinas? Nadie lo pudo saber.

En Manila, sin embargo, gozaba de triste fama. Se sabía que había sido degradado a causa de cierto encuentro que tuvo en el mar; no se ignoraba que las autoridades habían andado mezcladas en el asunto y en cierto fraude suyo fiara intentar perjudicar a una Compañía de Seguros; era un manirroto y jugador empedernido, y, por último, se decía de él que había andado algún tiempo en relaciones con los piratas de Borneo. En cualquier caso, era uno de esos hombres que no vacilan en cometer un crimen.

¡Wan-Baer había escogido un buen socio!

III. El «Oregón»

Manila, la capital de las islas Filipinas, es, sin duda alguna, la más opulenta y populosa ciudad de las colonias españolas del Extremo Oriente.

Situada en la costa occidental de la gran isla de Luzón, frente a la China del Tonkín y del Annam, casi en la desembocadura del río Passig, cuyas aguas vierten en el mar entre muelles paralelos, se divide en dos ciudades completamente distintas: la española y la indígena. La primera, que está edificada sobre la margen izquierda, comprende la ciudadela, los cuarteles, el palacio del gobernador, las grandes casas de los ricos, los colegios, las iglesias y monasterios religiosos y las fortificaciones.

Con sus grandiosos edificios de arquitectura sombría y austera, verdaderamente española, sus construcciones ennegrecidas por el tiempo, sus calles cubiertas de hierba, sus muros y bastiones circundados de profundos fosos, y el fuerte de Santiago, de aspecto tétrico y, amenazador, tiene la población un aspecto melancólico, poco atractivo, a pesar de la soberbia y alegre campiña que la rodea.

Sus casas son bajas, de un solo piso, para poder resistir mejor los terremotos que de vez en cuando conmueven la isla, y por lo general herméticamente cerradas, lo que les da la apariencia de moradas desiertas.

La ciudad sólo muestra señales de vida por la tarde, cuando los ricos españoles, cómodamente sentados en hermosos coches de dos o cuatro caballos, salen de sus quintas a recrearse o a respirar un poco las frescas brisas del mar.

La segunda ciudad, que lleva el nombre de Bidondo, es más alegre, más ruidosa, y aunque no dista de la primera más que un centenar de pasos, tiene otra clase de habitantes, otras costumbres y otra fisonomía completamente opuesta a la grave austeridad de la antigua ciudad española.

Allí es donde habitan los tagalos, los verdaderos indígenas de las Filipinas, los chinos, la gente acomodada que no podría someterse ni recluirse entre las murallas de la otra ciudad, grandes y pequeños comerciantes, los industriales y artesanos de toda especie.

Posee pocas iglesias, pocos edificios notables; el único es la Fábrica de Tabacos, donde trabajan millares de operarios. En lugar de monumentos hay infinidad de almacenes, tiendas, casas bajas de techos recubiertos de tejas de porcelana de abigarrados colores, amarillos y azules, pertenecientes a los chinos; cabañas y tugurios habitados por tagalos; posadas, traficantes y una multitud incesante de personas, europeos, americanos, asiáticos de todos los pueblos y colores, tipos y gentes de todas razas y variadas costumbres.

Puede decirse que de los ciento sesenta mil habitantes que pueblan Manila, las dos terceras partes viven en Bidondo.

En 1872, es decir, en la época en que comienza esta historia, la capital del archipiélago, domadas ya las insurrecciones y sometidas las belicosas tribus del interior, estaba en el auge de su prosperidad, y se consideraba, como hoy en día, la más opulenta e industriosa ciudad de Oceanía occidental.

El señor Wan-Baer y el irlandés, después de haber atravesado el puente de piedra, se paseaban por el muelle que bordeaba una de las orillas del Passig. Iban del brazo, charlando y al llegar al final, cerca ya del fortín, se pararon y exclamaron:

—Ahí está.

Un hermoso vapor de cerca de mil toneladas, con aspecto de bergantín, pintado de negro con una franja rosa en lo alto de la borda, penetraba por la desembocadura del río a poca velocidad.

El bote del práctico del puerto se había acercado; pero el capitán le hizo señas de que no lo necesitaba, y desde lo alto del puente dirigía la maniobra mientras parte de la tripulación preparaba las anclas y los botes.

El armador se acercó bruscamente al borde del muelle y desde allí se puso a mirar con atención como si tratase de reconocer entre la multitud de pasajeros que se aglomeraban en cubierta a las personas que esperaba.

—¿Los ve usted? —preguntó O’Paddy.

—El «Oregón» está atestado de viajeros —respondió Wan-Baer, haciendo un gesto de disgusto.

—¿Teme usted que no desembarquen esas personas?

—Espero que vengan a buscarme.

—¿Son conocidos suyos?

—Quizás algo más.

—¿Parientes tal vez?

—Sí, O’Paddy.

—¡Diablo!… ¡Qué buena idea, señor Wan-Baer!

—¿Qué quiere decir?

—Los hospeda en su casa y los despoja de sus famosos documentos.

—¿Un robo en mi casa? ¡Nada de eso! Yo soy el honrado Wan-Baer, y, además, no sé si me atrevería a hacerlo.

—¿No tiene usted bastante sangre fría?

—No digo eso; pero siendo yo el heredero…

—¡Ah! ¿Se trata, pues, de una herencia que usted espera?

—¿Usted qué sabe?

—¡Rayos y centellas!

—Déjese de rayos y sígame. Empieza el desembarco de los pasajeros.

El «Oregón» había anclado en el muelle, y los pasajeros se agrupaban en el puente. Había muchos europeos que volvían de China; muchos, los más, holandeses, ingleses, españoles; infinidad de hijos del Celeste Imperio, con sus trajes de brillante colorido y curiosísimos adornos, cubiertas sus cabezas con sombreros cónicos de fieltro o de hojas de rotang. Se empujaban y saltaban vociferando y chillando, mientras la tripulación se afanaba en descargar en las chalupas los enormes baúles y equipajes.

Alrededor del barco se habían aglomerado ya numerosas lanchas tripuladas por tagalos que gritaban a pleno pulmón disputándose los pasajeros que habían de atravesar el río para desembarcar en Bidondo.

¡Que curiosos resultan esos tagalos, los verdaderos indígenas de Filipinas, con sus caras angulosas y amarillas, sus ojos pequeños y vivos y sus camisas policromas, cuyos faldones llevan sueltos por encima del pantalón! Por lo general son buenas personas, trabajadores, listos y desenvueltos; robustos, valerosos, pero algo vanidosos y libertinos.

Había entre ellos algunas mujeres, que manejaban sus lanchas con singular maestría, despiertas, amables y graciosas, con sus faldas a rayas de colores vistosos, sus chambras transparentes y bordadas, sus zapatos de terciopelo adornados de hebillas doradas o plateadas.

Wan-Baer observaba con suma atención e impaciencia a los pasajeros que iban descendiendo y agrupándose en el muelle para esperar a que les entregasen sus equipajes. De pronto lanzó un grito de cólera y exclamó:

—¡Ellos!…

—¿Qué le pasa, señor Wan-Baer? —exclamó O’Paddy.

—¡Fíjese, ahora bajan!

El irlandés alzó la cabeza. Eran tres personas: un hombre, una mujer y un niño.

El primero era un individuo de unos cuarenta años, de estatura bastante elevada, anchas espaldas, pecho robusto, vestido con un traje blanco y tocado con un sombrero de paja.

Tenía color bronceado, los ojos negros y perspicaces, los labios delgados y enérgicos, barba negra, poblada y corta.

Su aspecto era más de militar que de colono.

La joven no aparentaba más de diecisiete años; era alta, desenvuelta, algo pálida, de ojillos negros y cabellos aún más negros, líneas regulares y labios rojos como cerezas maduras, que dejaban ver dos filas de dientes perfectos que brillaban como perlas. Tenía su aspecto algo de enérgico y resuelto que imponía, a pesar de ser tan joven.

Llevaba un sencillo vestido de percal azul con adornos blancos, y adornaba su cabeza un sombrerito de paja engalanado con flores y peonías chinas color fuego.

El niño tenía apenas doce años, pero era alto, moreno como el hombre, con ojos vivos y aterciopelados, el perfil valiente y los miembros ya bastante desarrollados.

Llevaba un trajecito de marinero y un pequeño fusil de dos cañones sobre el hombro, con tanto garbo y marcialidad, que se diría hubiera usado ya el arma en alguna ocasión.

—¿Son ellos, señor Wan-Baer? —preguntó el irlandés.

—Sí; pero hay uno de más —dijo el armador con mal disimulada rabia—. Es un hombre que nos dará mucho que hacer.

—¿Quién?

—El que acompaña a los dos muchachos.

—¿Quién es?

—Hace tiempo fue oficial del Ejército holandés; después, del chino; más tarde se hizo plantador, y ahora me lo encuentro aquí… ¡Préstele atención O’Paddy! Es un hombre que no conoce el miedo y que desafía sonriendo a la muerte.

—Ha hecho bien en advertírmelo… ¿Debo hacerle desaparecer también?

—Si puede…, pero a mí quienes me interesan son los otros dos.

—¿El niño y la joven?

—Sí; el chico y su hermana.

—¡Ah! ¿Son hermanos?

—Sí —contestó Wan-Baer, disponiéndose a seguir a las tres personas, que se dirigían hacia la ciudad.

—Ese hombre, ¿es pariente de los dos muchachos?

—No.

—¿Por qué va entonces con ellos?

—Supongo que para protegerlos durante el viaje; no estoy seguro. Era amigo de su padre, y como es rico y, además, le agrada viajar, se habrá ofrecido para acompañarlos a Timor.

—¿Son ricos los dos hermanos?

—Su padre, que era oficial del Ejército holandés, sólo les dejó una pequeña pensión; pero ahora…

—Siga, señor Wan-Baer; todos esos pormenores me interesan…

—Ahora van a tomar posesión de una herencia de muchos millones.

—¿Dejada por quién?

—Por un tío suyo muerto hace tres meses en Kupang —dijo el armador, rechinando los dientes.

—¡Cielos!… ¡Se trata de una herencia de millones! Dígame, señor Wan-Baer, ¿y usted esperaba algunos millones?

—¿Qué le importa a usted? —dijo el armador bruscamente—. Conténtese con ganarse su millón.

—¡Rayos y truenos! ¡Es como si lo tuviese ya en el bolsillo!

—Separémonos aquí y busque a sus bribones, que esta tarde hay que hacerse a la mar.

—¡Hasta la vista, señor Wan-Baer!

El irlandés se alejó, y en un bote tripulado por un tagalo se dirigió hacia Bidondo. El armador apretó el paso y alcanzando al hombre y a los dos hermanos, dio una palmada en la espalda del primero, diciendo con sonrisa melosa:

—¿Qué es esto de olvidar a los parientes?

IV. Una gran herencia

Al oír aquella voz, el antiguo oficial holandés se volvió súbitamente. La presencia del armador le produjo una brusca contracción de todos sus miembros, pero reponiéndose rápidamente dijo con exquisita cortesía:

—¡Buenos días, señor Wan-Baer!

La joven y su hermano se habían vuelto también, exclamando:

—¿Es usted, primo?

—¡Sí, queridos niños! —respondió el armador con la más amable sonrisa—. ¿Cómo estás, Amelia? ¿Y tú, Dick? ¿Y usted, señor Held?

—¡Muy bien todos, señor Wan-Baer! —contestó secamente el exoficial.

—¿Habéis tenido mar gruesa durante el viaje?

—No, primo. El mar estaba en calma desde Macao hasta aquí.

—La fortuna siempre os ha sido favorable, y os auguro que continuará así.

—¿Lo cree usted, primo?

—¡Ya lo verás, Amelia!

—Gracias a sus desvelos.

—¿Creíais que iba a olvidarme de mis parientes? ¿Sabes, Amelia, que hace ya cuatro años que no nos veíamos?

—Es cierto.

—Y que tenía grandes deseos de volver a veros y saludaros.

—¡Gracias, primo!

—Y ofreceros la hospitalidad de mi casa.

—Gracias por su ofrecimiento, señor Wan-Baer —dijo el señor Held—. Desgraciadamente, no podemos aceptarlo.

—¿Por qué, señor Held?

—Porque mis pupilos tienen mucho que hacer, y usted ya sabe lo que nos urge y va a costar hacernos cargo de la herencia.

—Todo se puede soportar, señor Held, cuando de recoger una cincuentena de millones se trata. ¿Eh, primos? ¡Vaya una fortuna que os ha correspondido!

—Es cierto, primo; pero no nos olvidaremos de usted —dijo Amelia—; usted era sobrino del difunto.

—Sí; pero vuestro tío sabía que yo era rico e hizo muy bien en pensar sólo en vosotros.

—Sí; pero cincuenta millones…

—El dinero nunca está de más, prima. Vamos, ¿aceptáis venir a mi casa?

—Ya le he dicho que nos resulta imposible, señor Wan-Baer —dijo mister Held—. Tenemos que pasar por el Consulado holandés para cumplir con todas las formalidades necesarias; apenas disponemos de tiempo suficiente para que nos entreguen todos los documentos, y ya sabe usted que el «Oregón» sólo se detiene aquí veinticuatro horas.

—Es verdad; de todas formas, espero que os despidáis antes de marchar.

—Ya le visitaremos, primo —dijeron Amelia y Dick.

El armador estrechó las manos a los jóvenes y al señor Held y se alejó lentamente hacia el puente de Bidondo. Su cara, complaciente y alegre de ordinario, se había ensombrecido y en sus ojos relampagueaban reflejos que indicaban la crispación de su alma.

—¡Ah! —exclamó cuando estuvo en la mitad del puente—. El señor Held sospecha instintivamente algo de mí; pero yo seré más listo que él. ¡Demonio! ¡Qué a pecho ha tomado la protección de los jóvenes! ¡Pero no conoce aún al señor Wan-Baer! ¡Mi hombre me hará ganar los cincuenta millones! ¡Y no tardará mucho!

Contuvo un gesto de amenaza, y atravesando rápidamente el puente, bajó abriéndose paso fatigosamente entre las mercancías que descargaban en el muelle las chalupas del «Oregón».

No se detuvo hasta que llegó a su casa, un extenso edificio con las paredes pintadas de vivos colores y los techos arqueados como las construcciones chinas, rodeada por unos vastos almacenes.

Un hombre sentado sobre un tonel y con la pipa entre los labios esperaba bajo la entrada de la casa. Era O’Paddy.

—¿Ya está de vuelta, señor Wan-Baer? —dijo el irlandés—. ¡Caramba! ¿Y los muchachos? ¿Han sospechado que no soplaban buenos vientos para ellos?

—¿Qué hace aquí, O’Paddy?

—¡Ya ve, esperándole!

—¿Y la gente?

—Ya está contratada.

—¿Tan pronto?

—Con dinero no es difícil.

—¿Son gente resuelta?

—De los peores bichos que hay en el agua.

—¿Europeos?

—No me gustan, prefiero gente de color.

—¿Cuántos ha alistado?

—Seis, y con mi malayo, siete.

—¿Son tagalos?

—No, señor; todos de la isla de Mindanao.

—¿Piratas?

—O poco menos.

Wan-Baer sacó un magnífico reloj de oro y dijo:

—Son las seis; dentro de una hora tienen que zarpar.

—Estoy a sus órdenes.

—Vaya usted a recoger la tripulación.

—Pero ¿y el barco?

—Tiene ya las calderas encendidas y a presión.

—¿Es de vapor?

—Sí.

—Mejor, señor; así no escapará el «Oregón».

—¿Hay entre sus hombres alguno que entienda de máquinas de vapor?

—Hay dos que han sido fogoneros.

—¿Bastarán?

—Si no, estamos nosotros, señor Wan-Baer.

—¡Váyase!

Después, mientras el irlandés se alejaba, se dirigió hacia uno de sus empleados, que se ocupaba en el embarque de algunas mercancías sobre una chalupa, y le dijo:

—¡Señor Bilbao! Ordene que preparen el «Wangenep».

Un cuarto de hora después un buque de vapor de trescientas o cuatrocientas toneladas descendía por el Passig y fondeaba frente a los almacenes del armador. Apenas había echado el ancla, cuando por una callejuela se vio salir a O’Paddy seguido de siete hombres de color.

El primero era un malayo, a juzgar por su color aceitunado y su baja estatura, musculoso, de piernas cortas, la cara aplanada y huesuda, ojos pequeños, nariz chata, boca ancha y cabeza rapada y recién untada con aceite de coco. Una larga cicatriz surcaba su cara y otra no menos grande le atravesaba el desnudo pecho. Toda su ropa consistía en una faldilla de percal rojo y una faja cuyos pliegues escondían dos kris, especie de puñales de unos treinta centímetros de largo con la hoja ondulada como llama de fuego y la punta impregnada con el jugo venenoso del upas.

Los otros seis, por el contrario, eran de aventajada estatura, pero poco desarrollados en sus formas. Tenían las carnes rojizas, los huesos de las mandíbulas salientes, la cara romboidal, la nariz prominente y los ojos bastante oblicuos.

Iban también vestidos solamente con las faldillas y, en vez de los kris llevaban entre los pliegues de la faja parangs, especie de sables acanalados, cuyo peso era suficiente para matar a un hombre cortándole de un golpe la cabeza.

Todos eran de Mindanao, isleños que viven en una extensión de tierra situada al sur de las Filipinas; individuos peligrosos porque, a pesar de la estrecha vigilancia de los acorazados españoles, practicaban la piratería.

O’Paddy esperó que la tripulación del steamer se alejase y que los almacenes, siendo ya de noche, se cerrasen, para conducir su tropa al muelle.

Wan-Baer esperaba paseando nerviosamente por la orilla.

—Ya estamos dispuestos, señor —dijo el irlandés—, y la tripulación espera sus órdenes.

—La máquina está a presión —dijo el armador.

—¿Y sus últimas órdenes?

—Embestir al «Oregón» a todo vapor, de modo que se vaya a pique inmediatamente, impidiendo a los pasajeros recoger sus equipajes.

—¿De noche?

—Sí, señor O’Paddy. Asustados por el choque, los gritos de la tripulación y el agua que invadirá el barco, mis primos sólo procurarán salvar sus vidas, sin acordarse de sus documentos, que se hundirán con el buque.

—Pero también correrán peligro de ahogarse.

—¡Bah! El «Oregón» no se hundirá tan pronto y podrán salvarse en los botes.

—¿Y después?

—Después usted se presenta a ellos como un protector, asume el mando de los botes y los lleva a Borneo, donde puede hacerlos caer en manos de cualquier tribu o de cualquier sultancillo, o perderlos en medio de cualquiera de las grandes selvas de Borneo. Me basta con que estén alejados unos cuantos años; después, poco me importa que vuelvan a Kupang.

—¿Cómo?… Podrían reclamarle su herencia.

—Yo también tengo un testamento del difunto, querido O’Paddy, extendido a mi favor, sólo que el año pasado, por una disputa con mi tío, quedé desheredado. Una vez que hayan desaparecido los documentos y las personas, iré a Timor, me presentaré como legítimo heredero, venderé las extensas propiedades del difunto y me iré muy lejos, quizás a América o a Australia. Cuando los primos vuelvan, si pueden, no les quedará ni un palmo de tierra, ni una cabaña en Timor.

—¡Pero… señor Wan-Baer! Usted sólo me ha dado cien mil pesetas, y yo no quisiera que con las prisas por marcharse se le olvidaran las otras novecientas mil.

—No tenga miedo, señor O’Paddy —dijo el holandés, sonriendo—. Soy un hombre honrado, y para probárselo tome este talonario con su nombre y apellido, y novecientas mil pesetas depositadas en el Banco de España.

—Es usted un perfecto caballero, señor Wan-Baer —dijo el irlandés, guardando cuidadosamente el talonario en su bolsillo—. ¡Una cosa más!

—Diga usted.

—¿Me autoriza a recurrir a la violencia, si sus primos no me hiciesen caso?

—Le doy carta blanca en el asunto, pero no los mate: no quisiera mancharme con la sangre de mis parientes.

—¿Y el señor Held?

—Ese no me importa. ¡Allá usted!

—¡Si se empeña en frustrar mis proyectos, lo suprimo!

El holandés experimentó un escalofrío, pero nada dijo.

—Yo ya tengo mis planes —continuó el irlandés—. Si consigo llevar la chalupa a Borneo, los haré caer en manos del sultán de Senmeridán, que está deseando tener esclavos blancos. Mis malayos tienen muchos amigos entre los habitantes de Koti, y si el diablo no lo estropea, espero rematar felizmente el negocio.

—Bueno… ¡Márchese y buena suerte!

O’Paddy estrechó la mano de su cómplice y saltó después al «Wangenep», poniéndose junto al timón.

—¡Aier-Rajá! —dijo volviéndose hacia el malayo—. ¿Tenemos presión suficiente?

—Sí, patrón.

—Pues manda recoger los cabos.

—¿Dónde hay que esperar al «Oregón»?

—Por las costas de Borneo, junto a Joló.

—¿Pasará por allí?

—Sí, y además, lo veremos con anticipación.

Dada la orden, la tripulación recogió los cabos, que estaban atados a dos viejos cañones clavados en tierra, y las ruedas comenzaron a batir el agua con ruido sordo, levantando torbellinos de espuma.

—¡Adiós, señor Wan-Baer! —dijo por última vez el irlandés—. ¡Tenga mucho cuidado con mi capital!

El armador, que aún estaba en el muelle, cruzado de brazos, con la cabeza inclinada como absorto en tétricos pensamientos, esbozó un ligero saludo con la mano.

El barco lanzó un agudo silbido y comenzó a bajar por el Passig con regular velocidad, pasando por entre las naves ancladas en Bidondo.

La oscuridad más absoluta reinaba sobre el río: en el barrio popular millares de lucecitas centelleaban reflejándose temblorosas sobre las sombrías aguas. Las barquichuelas chinas de abigarradas formas, pesadas y toscas, habían encendido sobre sus mástiles sus faroles de papel pintados de colores.

El barco, dejada atrás la desembocadura del río, pasado el faro, cuya luz lanzaba de vez en cuando reflejos para no ser confundido desde lejos con el fulgor de una estrella, se lanzó a todo vapor a través de la bahía y salió al mar, desapareciendo entre las sombras de la noche.

Cuatro días después, como O’Paddy había prometido, el «Wangenep» abordaba al «Oregón» a la entrada del mar de las Célebes.

V. Los náufragos

El espolonazo del «Wangenep» fue tan tremendo, que el primer golpe tumbó al «Oregón» sobre estribor; después, el barco se inclinó bruscamente sobre el costado herido, haciendo abundante agua, y pareció hundirse por momentos.

Sobre la cubierta se había producido una confusión indescriptible tan pronto como sobrevino el choque. Los pasajeros, bruscamente despertados por el estruendo y la explosión de las calderas del «Wangenep», iban en todas direcciones corriendo semidesnudos, lanzando gritos de terror y arremolinándose sobre el puente, estorbando a la marinería y a los oficiales.

Mil preguntas cruzaban de popa a proa, sobre la toldilla, sobre los fortines y sobre el castillo:

—¿Qué ha sucedido? ¿Han estallado las calderas?

—Sí…

—¡No!…

—¡A las lanchas!

—¡Sálvese quien pueda!

—¡Capitán!

—¡Auxilio! ¡Auxilio! ¡Nos hundimos!

El capitán del steamer, pálido, encogido el corazón por una angustia inenarrable, subió al puente de mando, seguido de la oficialidad del barco y del timonel, y dijo con voz enérgica para hacerse oír entre aquel griterío:

—¡Calma, señores! ¡El «Oregón» no se hunde por ahora!

Y después, rechazando a los pasajeros que se aglomeraban en el puente, gritó:

—¡Que vengan los marineros!

En aquel momento, un hombre empapado y medio ahogado salió de la sala de máquinas, tratando de hablar al capitán:

—¡Señor, se han apagado los hornos; abajo está todo inundado!

—¿Ha invadido el agua las máquinas?

—Sí, capitán, y ya no funcionan.

—¿Están estropeadas?

—El espolón del buque que nos ha embestido… ha machacado las calderas.

—¡Basta!

—Pero, señor…

El capitán, que no quería asustar más aún a los pasajeros, se apartó gritando:

—¿Resisten los tabiques de contención?

—¡Sí, comandante! —dijo un oficial que salía del departamento de popa.

—¿Podremos mantenernos a flote?

—Creo que sí.

—Entonces tendremos el tiempo necesario para echar al agua los botes.

—Sí, si Dios quiere. Con esta mar gruesa no sé si los botes podrán resistir.

—Esperaremos hasta el amanecer, si es posible. ¡Que me sigan los oficiales! ¡Contramaestre, dos linternas! Pero…, ¿dónde está el barco que ha chocado con el nuestro?

—Se ha ido a pique, señor —contestó un hombre, saliendo de entre las sombras.

—¿Quién es usted? —preguntó el comandante, arrugando el ceño.

—Juan O’Paddy, comandante del barco que ha chocado con el suyo.

—Usted asumirá entonces la responsabilidad del desastre.

—¿Yo, o la tempestad?

—Lo discutiremos más tarde. ¿Y su tripulación?

—Ahogada, a excepción de un malayo.

—Tenga la bondad de seguirme. Debemos aunar esfuerzos para intentar salvarnos todos.

—Estoy a sus órdenes.

Los dos comandantes, seguidos de la oficialidad y de algunos marineros que llevaban linternas, bajaron a la sala de máquinas, a pesar de la gran humareda que de ella salía.

Ya al pie de la escalera, pudieron ver un horrible espectáculo. Los cadáveres de los siete fogoneros yacían envueltos en la oscuridad.

Un humo denso salía de los hornos, que se iban apagando, y hacía irrespirable la atmósfera en aquel pequeño recinto.

En el costado del barco se veía una gran abertura, de tajos casi regulares —tan fuerte había sido el choque— por la que penetraban a intervalos las olas, deshaciéndose en espuma con sordos mugidos al chocar contra los informes y retorcidos restos de las calderas.

Sin embargo, el «Oregón», de construcción moderna, una vez cerrado aquel departamento e incomunicado de los demás, no zozobraría. Estaba hundido cerca de dos metros, pero el peligro ya no era inminente; por lo menos mientras los compartimentos estancos resistiesen.

—El «Oregón» está perdido —dijo el capitán, visiblemente emocionado—. Con estos desperfectos no puede durar mucho.

—Es cierto —confirmó O’Paddy con voz tranquila.

—Pero ¿cómo ha podido embestirnos su barco de semejante forma? —preguntó el capitán, volviéndose hacia el irlandés—. ¿No vieron nuestros fanales encendidos?

—Sí, comandante; pero creímos que el «Oregón» había pasado ya la popa, cuando sólo había pasado la proa.

—¡Pero, señor! ¡Si no hemos visto los fanales de su buque!

—Se los llevó el mar, junto con la arboladura del trinquete.

—Sí, comprendo que haya podido suceder; pero ya decidirán las autoridades marítimas quién es el responsable del desastre.

—No intento eludir mi responsabilidad, comandante.

—Bueno, salgamos de aquí; hay que tranquilizar a los pasajeros.

Abandonaron la cámara y volvieron a cubierta. Los pasajeros se agolparon alrededor del comandante, asediándole a preguntas:

—¿Nos hundiremos?

—¿Hay esperanza de salvarnos?

—¿Está cerca la costa?

—¿Embarcaremos en los botes?

—¡Cálmense! —dijo el capitán—. Por el momento no hay ningún peligro.

—¡El barco se está escorando a babor!

—No importa; les repito que no corremos ningún peligro. Al amanecer arriaremos los botes e intentaremos ganar la costa vecina.

Los pasajeros, algo tranquilizados con estas palabras, se calmaron; pero ninguno quería abandonar la cubierta, temiendo que de un momento a otro comenzase de nuevo a hundirse el barco.

El «Oregón», inclinado del lado izquierdo e impulsado por el choque de las olas que partían desde las costas de Borneo y el archipiélago de Joló, iba alejándose cada vez más de tierra. La borrasca no era fuerte, pero el viento del noreste soplaba con violencia, arrastrándolo hacia el centro del mar de las Célebes.

Sin embargo, nadie se preocupaba por eso en aquellos momentos; únicamente calculaban si las chalupas, que eran muchas y bastantes sólidas, serían capaces de contener cómodamente a toda la tripulación y a los cuarenta pasajeros que llevaba el steamer.

Mientras unos y otros discutían con creciente animación y se reconfortaban con botellas de licor que los marineros habían llevado a cubierta, O’Paddy, seguido del malayo, se deslizaba, sin ser visto, a lo largo de la borda. Sus ojos se fijaban, inquietos, en los grupos de pasajeros, con mucha atención, y su frente se arrugaba de vez en cuando por efecto de la cólera.

Una rabia sorda corroía y atormentaba su corazón, al ver su millón en serio peligro.

De pronto se paró ante un grupo. A la escasa luz de un farol había visto la gentil figura de Amelia, a cuyo lado se hallaban su hermano y el exoficial holandés.

O’Paddy lanzó una maldición.

—¡Haberme jugado la vida para verlos ahora ante mí con los documentos en sus bolsillos! —murmuró—. ¡Ya sabía yo que había nacido con mala estrella!

—¡Es verdad, patrón! —dijo el malayo.

El irlandés se cruzó de brazos, mordiéndose los labios hasta hacerse sangre.

—¿Qué decías? —dijo, mirando al malayo.

—Pienso que les protege la fortuna.

—Pero aún no están en Timor.

—Ya lo sé.

—Y antes de que lleguen. ¡Ya veremos!

—Y mucho menos ahora, que está inmovilizado el «Oregón».

—¿Qué me aconsejas hacer?

—Procure ganar tiempo.

—Explícate, Aier-Rajá.

—Hay que impedirles embarcar en los botes y, ¡quién sabe!, quizá dentro de veinticuatro horas se hunda el «Oregón».

—¿Y cómo les vamos a impedir que se embarquen?

En los labios del malayo apareció una maliciosa sonrisa.

—Al amanecer no se embarcará ninguno —dijo.

—¿Pero no están preparadas las lanchas?… ¡Bastará con botarlas al agua!

—Sí, pero aún faltan tres horas hasta el amanecer…

—¡Y qué!

—Tengo tiempo suficiente para hacer lo que planeo ¡Hasta luego, patrón!

Y el malayo, sin explicar nada más, se alejó hacia popa, desapareciendo en la oscuridad.

Mientras tanto, la situación se iba haciendo cada vez peor. Los compartimentos estancos comenzaban a hundirse a causa de la enorme cantidad de agua entrada en la sala de máquinas.

Para mayor desgracia, el huracán, en vez de calmarse, aumentaba su violencia, revolviendo borrascosamente todo el mar de las Célebes. Las olas asaltaban el steamer, chocando contra él con furia. Lo asediaban por los cuatro costados, arrastrándolo y haciéndolo saltar, alejándolo cada vez más de las costas de Borneo.

El viento, que adquiría cada vez mayor violencia, silbaba entre los palos de la arboladura. El trueno retumbaba ya hacia las lejanas tierras de Jawi-Tawi, y algún que otro relámpago rasgaba las sombras del firmamento.

Los viajeros, unos momentos antes reanimados por las palabras del capitán, volvían a asustarse de nuevo. Aquel barco, medio hundido y reventado, no les inspiraba ya ninguna confianza.

Por último, la marinería consultaba ansiosamente el estado del cielo y del mar, y dudaba de la salvación de todos.

El capitán del steamer, sin hacerse ilusiones, y reconociendo la gravedad de la situación, conservaba, sin embargo, su sangre fría. Trató primero de desplegar algunas velas para intentar acercarse a las costas de Borneo; pero tuvo que renunciar a ello porque el agua había invadido el departamento del material y estaba todo sumergido. No pudieron encontrar más que un simple trozo de tela olvidado en la cámara de la tripulación, insuficiente para mover la inmensa masa del steamer, cada vez más pesado.

El capitán esperaba ansiosamente que rayase el alba para juzgar mejor la situación y tomar las medidas oportunas y definitivas.

Entre tantas inquietudes, sólo un hombre conservaba su sangre fría: O’Paddy. Apoyado en el castillo de popa miraba serenamente la tempestad que se avecinaba; más aún, parecía que la invocaba. Pensaba, sin duda, en el millón del holandés y contaba, desde luego, con el completo desastre del steamer para ganarlo.

¿Qué le importaba si se hundía el barco? Era hombre capaz de quitarse un estorbo, incluso en medio del océano y en plena tempestad. Le bastaba un leño cualquiera y estaba casi seguro de encontrarlo en el momento de la catástrofe.

Pero, a pesar de que miraba las olas y el cielo tempestuoso, no apartaba la vista del grupo formado por el exoficial holandés y sus protegidos.

Sus miradas se fijaban con ardiente codicia en una bolsa de cuero que colgaba del hombro del señor Held, y de la que nunca se desprendía. Imaginaba que allí dentro estaban los documentos que tanto deseaba el señor Wan-Baer que desapareciesen en el fondo del mar, y que valían un millón para él. ¡Ah, si pudiese cogerlos! Pero el señor Held no parecía ser hombre que se los dejase arrebatar fácilmente.

A las cinco de la mañana, cuando comenzaba a teñirse el horizonte por oriente con una pálida luz, iluminando las olas con reflejos de perlas, se acercó un hombre al irlandés y le tocó en el hombro; era el malayo.

—¿Qué hay, Aier-Rajá? —pregunto O’Paddy.

—Ya he terminado.

—¿No podrá salir nadie del steamer?

—No, patrón.

—¿Qué has hecho?

—Una cosa sencillísima.

—¡Habla, bribón!

—¿Oye usted?…

El comandante gritaba en aquel mismo momento:

—¡Preparen las chalupas!

—¿Con este oleaje? —dijeron algunas voces.

—Hay que intentarlo —dijo el capitán.

—¡Vamos a hundirnos, capitán!

—¡De todas formas, el «Oregón» se hunde! ¡Al agua el bote grande!

Algunos marineros se precipitaron hacia popa para botar la chulapa, colgada de la grúa del castillo; pero, de pronto, se oyó un griterío desesperado.

—¡Maldición!…

—¡Está estropeada!…

—Le falta una tabla…

—Y en la proa también…

—¡A las otras chalupas!…

Pero otro grito como el anterior resonó a bordo del steamer.

Los botes que la noche anterior estaban aún suspendidos de sus anclajes habían desaparecido.

En los labios de O’Paddy apareció una siniestra sonrisa, mientras el malayo le susurraba al oído:

—¡Ve usted, patrón, lo que se puede hacer con un buen cuchillo! ¡Era algo muy sencillo!

VI. El buque náufrago

La traición del malayo había convertido en desesperada la situación del barco: una catástrofe tremenda amenazaba la vida de todos.

El «Oregón» tenía sus horas contadas. Había podido resistir durante seis horas el embate de las olas, pero iba cediendo ante la fuerza del huracán, que avanzaba a pasos agigantados, revolviendo horriblemente las aguas del mar de las Célebes.

Comenzaba a inclinarse de un modo horrible sobre babor, como si de un momento a otro fuera a volcarse sumergiéndose con su carga humana, y abajo, en la sala de máquinas, se oía al agua golpear con creciente furor los tabiques de popa y proa, amenazando con romperlos para inundar las cabinas, los camarotes, las salas y la cámara de la tripulación.

Cada oleada que subía chocando hasta las bandas, bamboleaba al barco espantosamente.

Los pasajeros, mudos de terror, habían cesado en sus gritos de angustia, y agrupados unos a popa y otros a proa, contemplaban con horror el oleaje en torno al desgraciado «Oregón».

El comandante discutía con sus oficiales y marineros, pero ninguno hallaba un medio de salvación.

—Sólo queda un recurso —dijo de pronto el capitán.

—¿Cuál? —preguntaron los oficiales.

—Intentar la construcción de una balsa.

—¿Tendremos tiempo?

—¡Confiemos en Dios!

—Pero ¿podremos botarla con este mar tan revuelto?

—¿No sería mejor intentar arreglar la canoa grande? —dijo el contramaestre.

—No podría embarcar a más de la mitad de los pasajeros.

—Y la construcción de la balsa sería absolutamente imposible —dijo O’Paddy, poniéndose atrevidamente frente a ellos—. Las olas se llevarían los maderos en cuanto los pusiéramos en el agua.

—¿Se le ocurre algún medio para salvarnos? —le preguntó el capitán, arrugando el ceño.

—¡No, señor!

—¡Pues entonces cállese!

—¡Es que yo también soy marino!

—Sí; pero únicamente para hundir los barcos ajenos —replicó el capitán con sequedad.

—Por culpa del mar.

—Y de los hombres inexpertos.

O’Paddy se encogió de hombros y giró sobre sus talones, marchándose.

—¡A trabajar, señores! —dijo el capitán—. Me temo que el «Oregón» no pueda resistir hasta el mediodía.

La tripulación, aunque no tenía gran confianza en la desesperada tentativa, se puso a trabajar animosamente. Bajo la dirección de los oficiales empezaron la demolición de la obra muerta, para tener abundante madera, y parte del castillo situado sobre cubierta, y mientras tanto algunos carpinteros procedían a cortar la arboladura para ir formando con ella el esqueleto de la balsa.

O’Paddy no se creyó obligado a tomar parte en los trabajos. Por el contrario, andaba rondando en torno al señor Held, que sentado al pie de la escalera del castillo de proa tenía a su lado a la joven Amelia y a Dick.

Parecía como si tuviese ganas de que le preguntasen algo, y, en efecto, sus esperanzas no tardaron en realizarse. El señor Held lo notó y, sabiendo que era el principal causante del desastre, no pudo menos que decirle con acritud:

—¡Vea usted, en qué situación nos encontramos por su culpa!

—Ya lo veo, señor —respondió O’Paddy plantándose ante él—. Pero no ha sido culpa mía si las olas apagaron mis fanales y me destrozaron el timón. Soy una víctima del mar, y aunque se me culpa de ser el causante involuntario de la colisión, a su conciencia lo dejo, pues he perdido todo mi haber y mi tripulación entera.

—¡Pobre hombre! —murmuró Amelia.

—Tiene usted razón, señorita —dijo el irlandés con voz triste—. No sé quien es más desgraciado, si yo o el comandante de este barco.

—¿Pero cree usted que hay esperanzas de salvarnos? —dijo Held—. Usted que es hombre de mar puede juzgar mejor que nosotros la situación.

O’Paddy lo contempló sin contestar durante algunos segundos, cruzado de brazos, y dijo con voz grave:

—¿Quiere que le dé un consejo?

—Dígame usted.

—No abandonen este barco.

—Pero ¿no ve que están construyendo una balsa?

—Dejen ustedes que se embarquen los demás.

—¿Y usted no se embarcará?

—¿Yo? No, señor; yo me quedará en el «Oregón».

—Pero el steamer amenaza hundirse.

—Eso el tiempo lo dirá; los compartimentos estancos no cederán tan pronto. ¿Ve usted allá lejos aquella nube negra? Pues significa que dentro de pocas horas el viento soplará de aquella dirección.

—¿Y qué nos importa el viento?

—¡Eh!…, mi querido señor. El viento será el que nos salve, porque irá empujando al «Oregón» hacia las costas de Borneo. Conozco este mar como si fuese mi bolsillo, porque he navegado por él durante más de veinte años.

—Pero ¿y la balsa?

—No tardará en hacerse trizas. Este oleaje impedirá a la tripulación terminarla correctamente, y verán cómo se despedaza. ¿Quieren embarcarse? Háganlo; pero antes presten atención a lo que les digo: quédense como yo en este barco.

—¿Y si se hunde el barco?… No quiero que estos muchachos perezcan.

—No se hundirá, se lo repito. Confíe en un marinero que ha salvado siete veces su pellejo en otros tantos naufragios.

—Amelia —dijo Held en voz baja, dirigiéndose hacia la joven—, ¿tienes confianza en este hombre?…

—¡Es un marino, señor Held! —contestó ella.

—¿Quieres quedarte aquí o prefieres probar suerte en la balsa? —preguntó después en voz alta.

—Si usted se queda aquí, no le abandonaremos.

—Tengo miedo a la balsa, Amelia.

—Entonces nos quedaremos en el «Oregón», y Dios velará por nosotros.

—Además, señorita —dijo O’Paddy con voz insinuante—, si el barco corriese un serio peligro nos pondríamos a recoger madera para construir una balsa tan buena o mejor que esa. Tengo conmigo un malayo que no conoce igual en tales construcciones.

—Pues confiaremos en usted, señor —dijo el exoficial.

—Yo les salvaré —replicó O’Paddy—. ¡Aier-Rajá!

El malayo, que no estaba muy lejos, acudió solícitamente.

—¿Crees tú que podrá resistir la balsa que está construyendo la tripulación? —preguntó el irlandés.

—No, patrón. El mar la hundirá con todos sus tripulantes.

—¿Oye usted? —dijo O’Paddy, volviéndose hacia el señor Held—. También mi malayo vaticina el mismo peligro.

—Pero si el mar nos arrastra hacia las desiertas playas de Borneo, ¿cree usted que podremos encontrar el medio de continuar nuestro viaje?

—¿A dónde se dirigen ustedes? —preguntó O’Paddy.

—A Kupang, en la isla de Timor —contestó Held.

—¿En viaje de recreo?

—No; para recoger una herencia enorme, de unos cincuenta millones.

—¡Por Júpiter!… ¡Cincuenta millones!

—Que les corresponden a estos dos jóvenes.

—¿Pero no es usted pariente de ellos?

—No; era amigo de su padre, quien me los confió antes de morir.

—Cuando se van a coger cincuenta millones no se debe morir. Déjenme actuar a mí, y les prometo hacerlos llegar a tierra.

—Si lo consigue, le indemnizaré por la pérdida de su nave —dijo Amelia.

—No hablemos de eso, señorita —dijo O’Paddy—. Los marinos, cuando prestamos un servicio, lo hacemos sin interés de ninguna clase.

—Gracias, capitán… —dijo Held.

—Juan O’Paddy —terminó el irlandés.

—Gracias, señor O’Paddy —continuó el exoficial, tendiéndole la mano—. Si al final logramos salir vivos de esta triste situación y usted no lo toma a mal, seguro que Amelia y Dick se acordarán de su ayuda, y esperamos no rehúse un barco nuevo como obsequio.

—¡Oh…, señores míos! —exclamó el irlandés con un tono de voz que parecía realmente conmovido—. ¡Basta! Pensemos, ante todo, en salvarnos. Miren cómo avanza la nube y el mar que se comienza a alzar hacia levante. ¡Buena señal! El «Oregón» irá a encallar en las costas de Borneo, y tanto peor para los que no han querido escucharme y se aventuran en la balsa. ¡Vamos, Aier-Rajá!

El granuja saludó a sus nuevos amigos y se dirigió hacia popa seguido del malayo, repitiendo:

—¡Caramba! ¡Cincuenta millones! ¡Qué magnífico golpe si pudiese distraer a los herederos durante tres meses! ¡Entonces al diablo Wan-Baer y su millón!

Mientras tanto, la tripulación trabajaba apresuradamente en la construcción de la balsa. Habían derribado los trozos de la arboladura, haciéndolos caer sobre estribor para aligerar un poco el peso de babor; después los habían aserrado y ahora estaban amontonándolos en la popa.

Las olas, sin embargo, hacían aquel trabajo sumamente penoso y peligroso. Los trozos de los mástiles y palos, aunque ya estaban sujetos con las cuerdas, amenazaban ser arrojados al mar de un momento a otro juntamente con los hombres que, suspendidos de los cabrestantes, corrían el riesgo de ser estrellados contra la popa del barco.

Sin embargo, después de media hora de febril trabajo, habían conseguido terminar la ligazón de los cuatro palos principales que formaban la armadura de la balsa, y algunos hombres comenzaron a ligar los palos menores y las tablas, procurando unirlas entre sí con clavos, clavijas y ganchos.

A las diez, casi se podía decir que la balsa estaba terminada y en disposición de recibir a los pasajeros.

Pero aumentó entonces, como si el mar se empeñase en impedir el salvamento de los náufragos, la furia del huracán.

Montañas inmensas de agua se abalanzaban con ímpetu irresistible sobre la balsa, y elevándola como una pluma la lanzaban a la popa del steamer, haciéndola crujir y amenazando deshacerla. Los hombres que trabajaban en terminarla sólo podían mantenerse sujetándose con todas sus fuerzas.

—Procurad daros prisa, porque si no la balsa se va a hacer pedazos —dijo el comandante.

—El barco no se hundirá, comandante —dijo O’Paddy.

—Qué, ¿le da a usted miedo embarcarse?

—No; pero, me quedo sobre su steamer.

—Haga usted lo que quiera. ¡Ea, pasajeros, vayan ustedes bajando!…

Mujeres y hombres se precipitaron hacia la popa en tropel, temiendo que el barco, que ya daba tremendas sacudidas, se hundiese; pero, sin atreverse a bajar, se quedaron contemplando cómo aquellas montañas de agua barrían la balsa.

—Capitán —gritaban—, ahí abajo nos vamos a matar.

—Peor será si nos quedamos sobre el «Oregón» —dijo el comandante—. ¡Ea! ¡Adelante! ¡Primero las señoras y los niños!

Un marinero cogió una niña, y aprovechando el momento en que una ola elevaba la balsa casi hasta la altura de cubierta, saltó sobre ella.

Aquello fue como la señal de una fuga precipitada. Hombres, mujeres y niños, armándose de valor, se arrojaron sobre la balsa, cayendo a veces unos sobre otros. Las olas los separaban, los revolvían y hacían rodar, pero nadie se cuidaba de eso. En medio de aquella terrible confusión se oyó una voz que gritaba:

—¡Que se hunde el barco!…

Y todos, vencidos por el miedo, se precipitaron sobre la balsa, que representaba, por lo menos, una tabla de salvación.

En pocos minutos la cubierta del barco quedó prácticamente desierta; no quedaban más que Held, Amelia, Dick, el malayo, O’Paddy y un joven robusto que vestía el uniforme de las tropas coloniales de Filipinas.

—¿Y ustedes? —gritó el comandante dirigiéndose hacia el grupo.

—Nos quedamos en el barco, señor —respondió O’Paddy con acento resuelto.

—¿Y usted? —dijo encarándose con el soldado.

—Comandante —respondió éste—, yo he salvado dos veces mi pellejo quedándome a bordo de un barco náufrago, y en esta ocasión haré lo mismo.

—Pero ¿no ven, desgraciados, que el barco se hunde por momentos?

—Aún no, capitán —dijo el irlandés.

—¡Pues allá ustedes!

Saltó a la balsa, y gritó:

—¡Cortad las amarras y que Dios nos proteja!…

VII. La agonía del «Oregón»

Apenas había despuntado el alba cuando su luz quedó completamente oscurecida por la masa enorme de nubes que se alzaban vertiginosamente hacia oriente, extendiéndose por el cielo con velocidad desenfrenada.

Una semioscuridad a veces más clara, y a veces más densa, cubría el mar de las Célebes.

Sordos truenos hacían resonar la bóveda celeste de un punto a otro del horizonte, mezclándose con los silbidos del viento.

Era un verdadero huracán, quizás uno de aquellos tremendos tifones, tan tristemente célebres, del mar Amarillo y de las Filipinas.

La balsa, arrastrada por aquellas montañas de agua que la asaltaban por todas partes, con singular violencia, había desaparecido en dirección sur. Durante algunos minutos se habían oído los gritos de los viajeros, hasta que la potente voz de la tempestad los sofocó, y los náufragos que quedaron a bordo no oyeron nada más.

El «Oregón», llevado por la marea, sufría violentas sacudidas, como una pelota de goma. Se enderezaba de proa con siniestros crujidos y se hundía de popa, elevando el agua hasta cubierta, o se tumbaba espantosamente sobre el costado herido o se alzaba, por el contrario, mostrando la horrible brecha.

El barco, sin embargo, resistía aún. Parecía no querer dejarse engullir por el rabioso mar; querer terminar sus días sobre las secas arenas de una playa, mejor que en el húmedo fondo del océano.

Las olas y el viento lo empujaban hacia él oeste, en dirección hacia las costas de Borneo, bastante lejanas aún, aunque si aquel empuje continuaba, tarde o temprano lo llevarían hacia ellas.

O’Paddy, el audaz marino, que no se asustaba ni de los hombres ni del furor desatado de los elementos, se había puesto al timón y procuraba mantener al «Oregón» en buen camino, presentando al furor de las olas la sólida popa.

Miraba al mar amenazador con ojos tranquilos y sonrientes, como si lo desafiase. A su lado, Aier-Rajá mordía beatíficamente un cigarro de Manila. No estaba menos tranquilo que su patrón, y parecía como si no prestase atención ni al huracán ni a la desesperada situación de la nave.

El señor Held, Amelia y Dick, sentados al pie del castillo, miraban ansiosamente las olas que asaltaban el barco, quebrándose contra lo alto de las bordas medio destrozadas por los marineros para construir la balsa; pero estaban confiados viendo la firmeza y tranquilidad de O’Paddy.

El soldado que no había querido abandonar la nave había trepado por la chimenea, y desde lo alto miraba hacia el oeste, como si intentase descubrir la costa de Borneo.

Era un mocetón de veinticinco años, alto, musculoso, de amplio pecho, ancho de hombros y fuerza extraordinaria. Tenía los cabellos negros, así como sus ojos, que eran grandes, enérgicos y brillantes; tez morena y negro bigote recortado.

Colocado junto a uno de los ventiladores de la sala de máquinas, los robustos brazos apoyados en el borde de la chimenea, no se separaba de ella por bruscas que fuesen las sacudidas del steamer y se mantenía aferrado tan bien como un marinero.

Así estuvo casi un cuarto de hora, cuando de repente se dejó caer sobre el puente, gritando:

—¡Tierra al oeste!

El señor Held se alzó y dijo, corriendo hacia él:

—¿Ha visto tierra?

—Sí, señor —contestó el soldado.

—¿Lejos?

—He logrado descubrir una faja por entre un breve claro de las nubes.

—¿Una montaña de Borneo, quizá?

—Sin duda —dijo O’Paddy, que se había acercado a ellos—. Al oeste tenemos Borneo.

—¿Cree que el barco podrá resistir hasta allí?

—Así lo espero, señor Held. El «Oregón» está lleno de agua; pero los muros y las compuertas resisten bien todavía.

—¿Cuánto tiempo necesitaremos para llegar a tierra?

—De veinticuatro a cuarenta horas; pero ¿que importa mientras no se hunda el barco?

—Tengo miedo por mis muchachos.

—No tema, le aseguro que desembarcaremos. Voy otra vez al timón.

—¿Confía en ese hombre? —preguntó Held al soldado.

—Sí, señor —respondió éste—; tiene el aire de un lobo de mar que sabe lo que se trae entre manos.

—¿Cree usted que llegaremos a tierra?

—Así lo espero, señor, y bien contento estoy de haberme quedado a bordo en compañía de ustedes.

—¿No le merecía confianza la balsa?

—Ninguna absolutamente. Esos flotadores no son navegables con mar gruesa. Además, siempre he tenido por lema no abandonar el barco antes de verlo hundirse y nunca he tenido que arrepentirme. Ya me he salvado así dos veces.

—¿Es usted español de las Filipinas?

—No, señor; soy siciliano, antiguo pescador de coral, muy zarandeado ya en este mundo, y ahora he terminado por hacerme soldado de las tropas coloniales españolas.

—¡Un italiano, al fin y al cabo!… Buena gente sus compatriotas, donde quiera que se hallen.

—Es verdad —dijo el siciliano, sonriendo—. Son buenos soldados y valientes marineros.

—Dígame, ¿conoce a ese capitán O’Paddy?

—No lo había visto nunca.

—¿Y al malayo?

—Tampoco.

—¿Le parecen a usted gente de confianza?

—Creo que son buenos marinos, aunque en lo referente al malayo son gente sospechosa, por lo general.

—¿Por qué?

—Se dedican a la piratería. Lo sé porque he estado en muchas islas de la Sonda.

—Es cierto… ¿Cómo se llama usted?

—Guillermo Landa, señor.

—Y a usted, que tiene cierta práctica en cuestiones marineras, ¿le parece fortuito el abordaje de que hemos sido víctimas?

—Lo ignoro, y creo que lo ignoraremos siempre. Pero…

—Continúe —dijo Held, viendo que el soldado vacilaba.

—Me hubiese gustado ver la clase de tripulación que traía el señor O’Paddy; el mar de Joló, como éste, goza de muy mala fama, y en Manila he oído contar que los abordajes no ocurren más que con barcos corsarios, para apoderarse de grandes botines. Pero no veo motivo para sospechar de ese señor.

—Gracias, amigo. Esperemos que todo termine bien.

El holandés se volvió hacia sus protegidos, mientras el soldado subía de nuevo a su observatorio.

—¿Qué hay, señor Held? —preguntó Amelia con aprensión.

—Vamos hacia las costas de Borneo, querida Amelia.

—¿Resistirá el barco?

—Todo puede ocurrir. ¿Tienes miedo?

—A su lado, no, señor Held.

—¿Y tú, Dick?

—No —contestó el pequeño con voz decidida—. Me gustan estas olas.

—¡Valientes muchachos! Valientes como vuestro padre, dignos hijos del más valeroso capitán de las tropas coloniales. Si viviese, estaría orgulloso de vosotros.

—¡Pobre padre! —dijo Amelia, suspirando—. ¡Qué feliz sería ahora con tantas riquezas!

—Señor Held —preguntó Dick—. Borneo, ¿es una isla?

—Sí, una isla inmensa; hacen falta muchos meses para atravesarla.

—¿Encontraremos allí compatriotas?

—Sí; pero ¡quién sabe dónde! Probablemente desembarcaremos en un territorio salvaje.

—¿Habrá muchos animales?

—Sí, y de los más feroces: tigres, serpientes, monos tan grandes como yo…

—Tengo mi fusil en el camarote, señor Held, y con un arma no tengo miedo. ¡Soy ya todo un hombre, señor Held!

—¡Eh! ¡Tierra! —gritó en aquel momento el siciliano.

—¿Otra vez? —dijo O’Paddy—. ¿Dónde?

—Delante de nosotros.

—¡Mil rayos! Si se mantiene el viento quizá lleguemos un poco bruscamente; pero no importa. ¡Qué lástima que no tengamos una vela!…

Un profundo ruido en el interior del barco le cortó la palabra.

—¡Rayos y truenos! —exclamó, palideciendo—. ¿Qué sucede?

El «Oregón» se inclinó en aquel momento sobre el costado destrozado y comenzó a hundirse.

Held, Amelia y Dick se pusieron de pie, mientras el soldado fue corriendo hacia la toldilla y bajó por ella.

Los ruidos continuaban, como si una mole se agitase en el interior del barco.

—¡Demonios! —repitió O’Paddy, lanzándose hacia la escalera que bajaba a la sala de máquinas—. ¿Han cedido los compartimentos estancos?

Sin pensar en el peligro que corría, bajó corriendo la escalera seguido del soldado. Al llegar al fondo advirtieron que el agua había cubierto ya dos escalones; pero parecía haber quedado detenida.

—Parece que ha cedido un solo compartimento; no estoy seguro —dijo el soldado—. No oigo entrar el agua por el boquete.

—¿Lo cree así? —dijo O’Paddy.

—Estoy seguro.

—¿Resistirán los demás?

—Me dijeron en Manila que el barco era casi nuevo, capitán.

—Es que no quisiera que esta nueva masa de agua nos hundiese. Es preferible prever que dejarse sorprender.

—¿Qué quiere usted decir? Yo he sido marinero durante algún tiempo.

—Quiero decir que intentaremos reunir madera para construir una balsa.

—La obra muerta está ya destruida, capitán.

—Es verdad; pero nos quedan los techos de la cocina, y para nosotros es bastante.

—Salgamos.

Subieron la escalera y volvieron a cubierta.

El señor Held, Amelia y Dick esperaban presos de la más viva ansiedad.

—¿Nos hundiremos? —dijo Held.

—No —contestó O’Paddy—. Ha cedido uno de los compartimentos, pero el barco resiste todavía.

—¿No nos hundirán más aún las olas?

—Puede ser, pero ya habremos ganado las costas de Borneo. Mire usted allá lejos la isla.

En efecto; hacia occidente, entre un jirón de nubes se veía confusamente una orilla erizada de altas cadenas de montañas.

Aún estaba lejos, pero el mar y el viento arrastraban al «Oregón» hacia allí.

—¡Estamos salvados! —exclamó Amelia.

—Aún no, señorita —contestó O’Paddy—, todavía quedan cuarenta millas por recorrer; pero creo que el «Oregón» resistirá.

—¿Podríamos intentar alguna maniobra? —dijo Held.

—Ninguna, porque no disponemos de ninguna vela.

—Tengo una idea, señores.

—Hable.

—¿No podríamos utilizar los tapices y alfombras del castillo de popa, las colchas de los camarotes y las sábanas?…

—¡Caramba! ¡No se me había ocurrido! ¡Gracias! ¡Ven aquí, Aier-Rajá!

O’Paddy, el malayo y el soldado se dirigieron al castillo de popa, y poco después volvieron cargados con cobertores de lana, alfombras y sábanas.

Sin pérdida de tiempo se pusieron a trabajar, ayudados por Amelia y el señor Held.

Faltaban los palos que habían sido derribados por la marinería para construir la balsa, pero aún había algunos penoles y gran cantidad de cuerdas.

En pocos minutos levantaron tres mástiles, les colocaron los penoles y los sujetaron lo mejor que pudieron con los cobertores más resistentes, para que se mantuviesen firmes contra las furiosas ráfagas de viento.

Cuando todo estuvo preparado, O’Paddy subió sobre el castillo, agarró la rueda del timón y la hizo girar media vuelta, gritando:

—¡Proa al oeste!… ¡Atención a la maniobra!

VIII. El naufragio

El «Oregón», ayudado por el impulso del viento que hinchaba violentamente aquellas distintas clases de telas, parecía que se había alzado y enderezado. Durante algunos minutos se mantuvo quieto, dejándose bambolear por la marea, pero después saltó sobre las olas y se hizo a la vela hacia la costa que se perfilaban en la línea del horizonte.

No marchaba ya tan desordenadamente como antes, hundiéndose pesadamente como un cuerpo muerto. Aquellas velas, aunque pequeñas en relación al peso del buque, le daban una relativa estabilidad.

O’Paddy, de pie junto a la rueda del timón, dirigía el rumbo con mano firme, procurando evitar las olas mayores, que podían inclinar el barco hacia el costado herido.

Aquel hombre, aunque fuese un bribón de la peor clase, tenía el aspecto de un lobo de mar valiente e intrépido, un marinero, en el más amplio sentido de la palabra, decidido a todo y que todo lo intentaba.

El malayo no se separaba de su lado, ayudándole. El individuo de piel cobriza no parecía, sin embargo, muy satisfecho con aquella maniobra que había de salvarlos a todos, porque sus ojos negros tenían extraños reflejos, como llenos de una viva inquietud.

—Patrón —dijo de pronto—. ¿Quiere usted realmente conducir el «Oregón» hacia la costa?

—Sí; aunque en contra de mi voluntad.

—No lo comprendo.

—¿Por qué?

—¿No hubiese sido mejor que todos se hubieran ahogado?

—¿Cómo?

—Dejándolos embarcarse en la balsa.

—¿Estás seguro de que la balsa se ha ido a pique?

—¡Con esta mar!

—Puede que hayan encontrado algún barco o que hayan sido empujados por el viento hacia Jawi-Tawi, ¿y entonces? Si los hubiese dejado embarcar, ¿quién me hubiese asegurado que se habían ahogado, y que los documentos habían desaparecido? No; muy a pesar mío, he preferido mantenerlos junto a mí, para más tarde quitarles las famosas cartas. ¿Crees tú que aquel demonio de holandés me iba a entregar las restantes novecientas mil pesetas, sin tener la completa seguridad de que el plan se había cumplido?

—Es verdad, patrón.

—¡Buen negocio haríamos si cualquier día veía aparecer al holandés y a sus dos protegidos!

—¿Qué piensa hacer usted?

El irlandés sonrió horriblemente.

—Borneo es una isla completamente salvaje —dijo— y, además, tenemos allí bastantes conocidos, ¿no es cierto, Aier-Rajá?

—Sí; bravos y sanguinarios piratas…

—De la costa oriental, ¿verdad? El tiempo actuará a mi favor, y los documentos caerán en mis manos. ¡Ah, si supiese hacia qué parte de la costa vamos a llegar! Pero espero que Tanandurian o Siga no anden muy lejos de aquí.

—Y mucho menos el bajá de Kurian.

—O el Papang-Durian. ¡Eh, marineros! ¡Cuidado con la vela del trinquete!

El viento, que aumentaba su violencia, amenazaba derribar no sólo la del trinquete, sino todas las demás, ya muy estropeadas.

El siciliano, Held, Amelia y hasta el mismo Dick se aproximaron a las velas, reforzándolas con nuevas cuerdas, pero las olas que barrían la cubierta de popa a proa hacían no sólo difícil, sino peligrosa la operación. Dick estuvo a punto de ser arrojado fuera por una montaña de agua que se estrelló contra el castillo de proa.

Afortunadamente, la costa iba haciéndose cada vez más visible, y aquella lucha contra los elementos no parecía tener que durar mucho; quizá sólo algunas horas.

Algunas manchas oscuras iban apareciendo sobre la línea gris que surgía en el horizonte, de norte a sur, y el marino aseguraba que eran las selvas.

¿Qué lugar de la costa sería aquél? ¿Salvaje, inhóspito, quizás habitado por los terribles piratas que tan triste celebridad habían adquirido en gran parte de Malasia y, sobre todo, en el archipiélago de las Célebes?

Hacia el mediodía, el «Oregón», que continuaba su marcha impulsado por las olas y el viento del oeste, distaba de las playas una milla solamente.

Held, Amelia y Dick se habían asomado a la proa para ver mejor la costa.

Era una costa alta, cubierta de altísimos árboles que la borrasca doblaba furiosamente, defendida por una línea de escollos cuyas peñas negras y afiladas surgían sobre la superficie rodeada de blanca espuma. Las olas se precipitaban y estrellaban con ímpetu irresistible sobre aquellos obstáculos, entre rugidos espantosos.

—¿Chocaremos, señor Held? —preguntó Amelia con voz temblorosa.

—Sí, hija mía, y ¡creo que el impacto va a ser tremendo! —contestó el holandés.

—¿Resistirá el golpe el «Oregón»?

—¿Quién puede asegurarlo?… Afortunadamente, está cerca la playa.

—Allá, a lo lejos, se ve muy turbia el agua —dijo el soldado.

—¿Quiere usted decir que hay por allí muchos bajíos?

—Sí, señor.

—¿Y que encallará la nave?

—Y sin destrozarse; al menos por el momento.

—Sin embargo, tal vez podamos esperar a que el huracán se calme antes de comenzar el desembarco.

—Así lo espero.

—¿Dónde iremos después? —preguntó Dick.

—Ya veremos —contestó Held—. Probablemente procuraremos llegar a algún sitio con compatriotas nuestros.

—Pero temo que se encuentren bastante lejos —dijo el soldado—, y que no nos dejen tranquilos los indígenas. Me parece que nos esperan temibles aventuras cuando lleguemos a tierra.

—¿Hay todavía piratas en las costas de Borneo? —preguntó Amelia.

—Más o menos abiertamente, todos se dedican a la piratería —dijo Held—. Es considerable el número de naves despojadas por estos corsarios, y muchas las tripulaciones que han matado. Comenzaron allá por el año 1700, primero haciendo frente y matando al capitán Padler; después mataron a toda la tripulación de un barco inglés en la bahía de Varahumi; en 1800 asaltaron y exterminaron a los marineros del capitán Panin; en 1803 degollaron a los colonos ingleses de Malembangan y continuaron asaltando barcos en 1806, 1810 y 1811, y ahora, de vez en cuando, algunos atrevidos abandonan los puertos para ir al asalto de los buques, no obstante la activa vigilancia de los acorazados ingleses y holandeses.

—¿Corremos entonces peligro de que nos lleguen a asaltar? —preguntó Amelia, temblando de miedo.

—Ya nos defenderemos, pequeña mía.

—Tenemos un cañón a bordo —añadió el soldado—. Si fuese necesario lo utilizaríamos contra los piratas, señorita. Yo sé manejarlo y… ¡Eh! ¿Un choque? ¡Me parece que el «Oregón» ha tocado…!

En efecto; el «Oregón» había experimentado una sacudida, como si la quilla hubiese tocado algún obstáculo. En la bodega se oyó un ruido sordo.

—¡Eh, militar! —gritó O’Paddy, que no se había separado del timón—. ¿Estamos ya sobre los escollos?

El siciliano se puso de bruces sobre la barandilla de proa y examinó las aguas con atención.

—Las olas son azules —dijo—; si hubiese un bajío tendrían color amarillento.

—¿Habremos rozado con la cima de alguna roca submarina?

—No logro ver ninguna, capitán.

—¡Rayos y centellas! ¡Me fastidiaría que el «Oregón» se reventase aquí! Aguza la vista, militar, y señálame dónde están los escollos.

El steamer, impelido por las olas, avanzaba hacia la costa, o, mejor dicho, hacia aquella larga fila de rocas que asomaban a flor de agua. Se encabritaba pesadamente por los golpes de mar, y volvía a caer como un cuerpo muerto, tendiendo a virar sobre estribor a pesar de los esfuerzos de O’Paddy.

El mar mugía rabiosamente contra aquellos obstáculos que se oponían a su carrera desenfrenada. El oleaje chocaba con ímpetu irresistible, amontonándose unas olas sobre otras, rompiéndose con mil estruendos y detonaciones como descargas de artillería, rebotando y escupiendo con furia una espesa lluvia de espuma.

Held, Amelia y el pequeño Dick contemplaban ansiosamente aquellas olas y esperaban temblando el último choque del barco. Por precaución se habían ceñido al cuerpo los salvavidas que les había dado el soldado, para poder quedar a flote en caso de que el «Oregón» se destrozara y se hundiese al pie de aquellos escollos.

—Agarraos a mí —dijo el holandés a Dick y a Amelia.

—Yo me encargo de salvar a la señorita —dijo el siciliano—. Nado como un pez y no temo a las olas. Usted cuide del niño, que pesa menos.

—Gracias, valiente.

—Le recomiendo que no abandone el barco más que en el último momento. Si se estrella, ya encontraremos tablas a las que agarrarnos.

Un segundo golpe, aún más fuerte que el primero, hizo temblar el barco de popa a proa. Los escollos no distaban más que unos cien pasos, y parecía como si sus afiladas puntas se dirigieran hacia el barco, ansiosas de reventarlo.

—¿Se ve algún paso entre los escollos? —gritó con voz estentórea O’Paddy.

—No —contestó el soldado.

—Pues entonces, ¡atención!, que vamos a chocar.

—¡Preparémonos!

—¡Firmes sobre las piernas!

Un tercer choque sobrevino. El «Oregón» había tocado en un fondo que no se podía divisar, después de haber sido arrastrado hacia él por las olas.

—¡Señor Held! —gritó Amelia palideciendo.

—¡No tengas miedo! —dijo el holandés.

—Estoy a su lado —dijo el soldado lanzándose hacia la joven—. Agárrese a la barandilla y no la suelte.

—¡Dick! —llamó el holandés.

—¡No tengo miedo! —dijo el niño con voz resuelta.

—¡Firmes las piernas! ¡Demonio! —gritó O’Paddy.

El «Oregón» acababa de chocar contra los escollos. Las olas golpeaban y barrían la cubierta con rabiosa furia.

El ruido producido por la resaca era tal, que no podían oírse las voces de mando de O’Paddy. Eran detonaciones, bramidos, gritos, silbidos, crujidos y un fragor imposible de describir.

El barco, medio tumbado hacia el costado de la brecha, parecía dispuesto a desaparecer de un momento a otro entre aquellas enfurecidas olas, para ocultarse definitivamente bajo un sudario de espumas.

De pronto, una ola, una verdadera montaña de agua, lo levantó; el barco se mantuvo algunos instantes sobre la cresta de aquel inmenso surco y cayó pesadamente sobre los escollos. Crujió de popa a proa, y se encabritó de nuevo al empuje de una segunda avalancha de agua.

Los palos, tras una brusca oscilación de derecha a izquierda, cayeron sobre el puente con gran estrépito, arrastrando con ellos los penoles y las velas.

Sobrevino después un instante de calma y de silencio; y por último, las olas, como satisfechas de su victoria, callaron.

El barco, rodando sobre los escollos, se tumbó sobre el lado destrozado, junto a una alta roca que sobresalía de las aguas.

En aquel momento se oyó la voz de O’Paddy decir con voz burlona:

—Ya falleció el «Oregón». Recémosle un De profundis.

IX. Los piratas

El «Oregón» había realmente fallecido, como dijo el irlandés. Casi reventado por el espolonazo del «Wangenep», y ahora, abierto y hecho astillas por los agudos filos de las rocas, no sólo quedaba inutilizado para navegar, sino además casi inservible, aunque quisieran repararlo en un astillero.

Era un montón de madera destinada a terminar sus días en el fondo del mar, y a ser demolido, pieza por pieza, por las olas de la tempestad. O’Paddy podía estar satisfecho de su obra.

Repuestos después de aquel tremendo choque, el soldado, Held y los dos jóvenes se lanzaron hacia la borda de estribor para darse verdadera cuenta de su situación, mientras O’Paddy y el malayo trataban de encaramarse por la roca para explorar mejor la costa.

Les bastó una ojeada a los náufragos del «Oregón» para convencerse de que, al menos por el momento, no corrían peligro.

Encajado el barco entre los escollos, sólidamente sujeto por las puntas de las rocas que habían penetrado en la quilla, no sufría ya casi daño alguno, y las olas no podían arrastrarlo más allá. No obstante, la olas, como estaba inclinado de babor, barrían el puente y lo atravesaban de parte a parte amenazando con arrastrar a los náufragos.

—Refugiémonos en el castillo —dijo el soldado—. Si nos quedamos aquí quizá nos lleve a alguno el oleaje.

Sujetó de un brazo al pequeño Dick, aunque éste protestaba, asegurando que no temía los golpes de mar, y, aprovechando el momento en que las olas se estrellaban contra los escollos, atravesó la toldilla y saltó sobre el castillo de popa. Held y Amelia, cogidos de la mano, les siguieron corriendo.

Entre tanto, O’Paddy y el malayo, ayudándose mutuamente, habían resuelto subir a lo alto de aquella roca, que se elevaba a una altura de unos cuarenta metros sobre el mar. Sus ojos se fijaban en la costa, que apenas distaba medio kilómetro.

Habían naufragado ante una profunda ensenada, junto a una especie de bahía, que bien pudiera ser la desembocadura de algún río. Grandes árboles, mangles, durianes y mengaris se extendían sobre las altas orillas de la bahía; pero tan espesos y juntos los unos a los otros, que impedían la vista de tierra adentro.

—¿Conoces esta playa? —dijo O’Paddy al malayo.

—Intento recordarla y me parece que ya la he visitado alguna vez.

—¿Cuándo?

—En alguna de mis correrías por el mar. ¿Quizá sea la del rajá de Tongarrán o la del rajá de Senmeridán?

—¿Qué más da uno que otro?

—Si el de Borneo es ladrón, el bugí no lo es menos.

—¿Luego son piratas los dos?

—Y de los más temibles.

—Puede que me sirvan para mis proyectos.

—¿Cuáles?

—A su tiempo lo sabrás.

—¿Quién es el bugí?

—El rajá de Senmeridán.

—Lo prefiero al de Borneo; debe ser más ambicioso.

—Sí, y poderosísimo. Además, tengo allí muchos parientes lejanos.

—¡Bajemos!

—¡Un momento, patrón! ¡He visto una isla allá lejos!

—¿Será la de Maratua?

—No, patrón; es mucho mayor… ¡Ya me acuerdo de esta bahía!… ¡Mire! ¿Ve allá lejos unos montes que apenas se distinguen?

—Sí; noto allí una niebla gris oscura, hacia el oeste.

—Son los montes de Kam-Uugang, y esta bahía es la de Papang-Durian.

—¿En la que desemboca el Tanandurian?

—Sí, patrón.

—¿Entonces no debemos de estar lejos de Lanton?

—Esa ciudad debe de caer más lejos, al sur.

—Importa que nuestros compañeros no lo sepan, porque me estropearían los planes.

Dejaron las rocas, y dirigiéndose hacia el barco se reunieron con los otros náufragos.

—¿No ha descubierto nada, señor? —preguntó Held a O’Paddy.

—Ya sé dónde nos encontramos —contestó éste.

—¿En una costa salvaje?

—Y de las más peligrosas, señor.

—¿Quiénes la habitan?

—Piratas del sultán de Senmeridán.

El señor Held palideció, lanzando una mirada de angustia hacia Amelia y Dick.

—¿Cree usted que no hay medios de llegar pronto a una posesión holandesa?

—Están muy lejos de aquí, señor Held, y ni yo ni ustedes seríamos capaces de atravesar esta isla; pero…

—Continúe, se lo ruego.

—Si pudiésemos llegar a Senmeridán…

—¿Qué es Senmeridán?

—La capital del rajá de Koti.

—¿Pero no me acaba de decir usted que los habitantes de Koti son piratas?

—Es cierto, señor Held; al sultán no le importa que sus súbditos pirateen, pero cuando llega la ocasión no molesta a los extranjeros que entran en su capital. Haciéndole cualquier regalo podríamos obtener de él algún velero pequeño, y llegar a las posesiones holandesas, y quizá también al mismo Timor.

—¿Y no podríamos construir nosotros un bote con las tablas del «Oregón», e intentar ir costeando hasta llegar a las posesiones holandesas? —preguntó al marinero.

—Perderíamos muchísimo tiempo y quizá no nos dejase el mar —dijo O’Paddy—. Sin contar con que podrían cogernos prisioneros los piratas y matarnos a todos.

—¿Está lejos esa Senmeridán? —dijo Amelia.

—A unas doscientas millas, señorita.

—¡Qué marcha tan larga!

—¡No, hermanita, un paseo! —dijo Dick.

—¡Tiene agallas el pequeño! —murmuró O’Paddy, frunciendo el ceño.

—¿Está lejos del mar? —preguntó Held.

—A veinte leguas de la desembocadura del Koti —respondió el irlandés.

—¿Cómo vamos a desembarcar?

—Construiremos una balsa o intentaremos arreglar la canoa grande; Aier-Rajá es muy hábil como carpintero.

—¿Tendremos que esperar a que el mar se tranquilice?

—Sí, señor Held; con estas olas un desembarco sería sumamente peligroso. Pero creo que el viento se calmará mañana y, por lo menos, la marea será menor. Si les parece bien vamos a buscar cualquier cosa para comer, pues ya hace veinticuatro horas que no pruebo bocado.

—Encontraremos provisiones en el departamento de popa —dijo el soldado.

—Ven, malayo; yo conozco perfectamente el barco.

El siciliano y Aier-Rajá se dirigieron hacia popa y registraron los camarotes de los oficiales. Poco después volvieron trayendo bizcochos, latas de conservas y algunas botellas de vino añejo de España, que habían hallado en la cámara del capitán.

Hicieron honores a la comida, a pesar de las olas, que continuaban asaltando el barco deshaciéndose sobre cubierta. O’Paddy, particularmente, parecía estar de muy buen humor; devoró como un lobo de mar y bebió por cuatro.

Al ponerse el sol, el viento, que desde hacía algunas horas ya no soplaba sino a intervalos, se calmó del todo, y también las olas comenzaron a disminuir sensiblemente.

Sin embargo, ninguno se atrevió a cobijarse en los camarotes para descansar. Se acomodaron como mejor pudieron sobre el puente, en unos colchones que cogieron de las literas de los oficiales, y pusieron de centinela al malayo, primero, y después al siciliano.

Al amanecer, un sol espléndido se alzó sobre el horizonte, haciendo centellear el mar como si estuviese sembrado con briznas de oro. Las olas se habían aplacado y el furioso viento del este se había convertido en una fresca brisa que soplaba del oeste, cargada de los perfumes de las selvas de Borneo.

—¡Arriba! —gritó O’Paddy, que había hecho la última guardia—. ¡Vaya un día hermoso para desembarcar!

—¿Desembarcamos? —preguntó Held.

—Sí, señor.

—¿Sobre una balsa?

—No; sobre la canoa grande.

—¿Está arreglada ya?

—Aier-Rajá no ha perdido el tiempo mientras permanecía de guardia esta noche, y ha colocado la cuaderna que le faltaba.

—¿No cederá? El mar está aún un poco picado.

—Pero mi malayo es un buen carpintero, ya se lo dije.

—Voy a buscar armas y municiones —dijo el siciliano—. Sé dónde están.

—Y víveres también, si los hubiese.

El siciliano bajó, y poco después volvía acompañado del malayo. Traían cinco carabinas, algunas hachas, provisión de pólvora y balas, gran cantidad de latas de conservas, chocolate y dieciséis o dieciocho kilos de bizcochos.

—Tendremos víveres lo menos para una semana —dijo el soldado—; después ya encontraremos en el bosque.

—¡Ea, a la canoa! —exclamó O’Paddy.

Se dirigían hacia la popa para bajar la canoa, que estaba colgada de la grúa, cuando el irlandés se paró bruscamente, lanzando un grito de sorpresa.

—¡Mil rayos! ¿Qué quieren esos curiosos? ¿Vendrán a quitarnos los huevos de la canasta?… ¡Nada, lo dicho! ¡Hemos nacido con mala estrella!

—¡Un velero! —gritó el soldado.

—Que mejor estaría bajo el agua que a flote —dijo O’Paddy, arrugando la frente.

—¿Dónde está? —preguntaron Held, Amelia y Dick.

—Véanlo allá lejos cómo sale de la bahía —contestó el irlandés con rabia sorda—. ¡Ojalá se los trague el mar! Ven, malayo, quiero verlos mejor.

Subió sobre el castillo y trepó a la roca más alta, desde cuya cima dominaba toda la bahía, y fijó sus ojos en el velero, que se acercaba lentamente, como con desconfianza. Era un praho de unas cincuenta a sesenta toneladas, completamente equipado y armado. Estos veleros, que tripulan los malayos y todos los navegantes del gran archipiélago de la Sonda, y más aún los piratas, son barcos largos, estrechos, de quilla afilada, costados muy bajos y con la proa bastante menos elevada que la popa.

Largan velas inmensas, de unos cuarenta metros cuadrados de superficie, de forma oblonga, formadas por hebras de bambú entretejidas con fibras de rotang o algodón, adornadas con franjas blancas y rojas. La vela maestra es más grande que la del trinquete, más manejable. A veces llevan también flecos, pero éstos los usan más los giong, que los prahos de mayor tamaño.

La arboladura de estos barcos es extraordinaria. Está formada por gruesas cañas de bambú dispuestas en triángulos, uno de cuyos tres lados lo forma la cubierta del barco, y sus cuerdas y jarcias son de fibras de rotang o de gamuti, entretejidas, tan fuertes y resistentes que pueden competir con las de cáñamo.

Como tienen una envergadura y desarrollo tan grande en las velas, para no correr el peligro de que una ráfaga de viento los tumbe, van provistos del lado de sotavento de una especie de balancín, formado de largas tablas, y a barlovento de una especie de sostén, con un lastre. Son, sin duda alguna, los veleros más rápidos que se conocen, pues pueden competir, teniendo viento favorable, con los buques de vapor.

El praho que salía de la bahía no tenía la apariencia de un pacífico barco mercante, pues si bien tenía el casco de bambú, el attan, como ellos llaman al lienzo que cubre las mercancías, ocultaba dos cañoncitos que podían lanzar balas de una libra, y además traía numerosa tripulación. Sobre el puente se veían quince o veinte hombres semidesnudos, armados de mosquetes y pesados sables de acero finísimo; de ese acero que deja al descubierto las venas del metal, de temple superior al de las famosas hojas de Toledo y de Damasco, y que ellos, en malayo, llaman parang.

Todos eran de estatura más que mediana, de talle esbelto, piel morena con reflejos rojizos y cobrizos, rostro oval, nariz aplastada y ancha, ojos oblicuos y cabellera encrespada. Navegaban en silencio, y parecían pretender acercarse al barco sin ser descubiertos y sin provocar alarma antes de tiempo.

—¡Hum!, me huele que nos quieren envolver —dijo O’Paddy con voz sorda—. ¡Pero antes tendrán que rematarme a patadas! ¿Qué dices a esto, malayo?

—Que nos va a dar que hacer este praho de los piratas.

—Más bien me parecen bugíes.

—Sí, es verdad, patrón.

—¿Serán los de Senmeridán?

—Lo sospecho; pero bien pudiera tratarse de piratas del sultán de Tongarrán.

—No son mejores que los otros. ¿No me dijiste que tienes algunos conocidos entre esos bribones?

—Cierto, patrón; pero entre los de Senmeridán.

—¿Podríamos entendemos con ellos?

—Me parece bien, tanto más cuanto que no querrán apoderarse de nosotros, sino del barco, para saquearlo.

—Se lo podríamos ceder, pero con una condición.

—¿Cuál?

—Me han dicho que el rajá de Senmeridán y el de Tongarrán están en buenas relaciones.

—Son parientes, patrón; el primero se ha casado con la hija del segundo.

—¡Magnífico negocio! ¡Si tengo suerte, estos queridísimos amigos van a quedarse en Borneo, y entre Wan-Baer y yo vamos a disfrutar la riquísima herencia!

—¡Oh!

—¡Malayo mío! Comienzo a creer que mi mala estrella empieza a transformarse en buena.

—¡Patrón!

—¿Qué hay?

—Es él…, no me engaño.

—¿Quién es él?

—Conozco al hombre que manda el praho.

—¿Quién?

—Sunda-Matane.

—Como si no me dijeras nada.

—Un viejo pirata de Lanton; hemos corrido muchas aventuras juntos durante más de tres años.

—¿Podemos fiarnos de él?

—Creo que sí.

—¿No nos cogerá prisioneros si vamos a su encuentro?

—¿Y por qué no les esperamos aquí?

—El señor Held y los otros no deben enterarse de lo que hablemos con el viejo pirata.

—Pues vamos a su encuentro, patrón.

X. ¡Abandonados!

Ambos se dieron prisa. El praho sólo distaba unos cincuenta pasos y se disponía a virar para evitar la roca grande y abordar al steamer por la popa, que era la parte más baja a causa de la inclinación de la quilla hacia aquel lado.

Parte de su tripulación se había colocado junto al pequeño cañón de proa, como si los corsarios tuviesen la intención de servirse de él antes de comenzar el abordaje.

O’Paddy y el malayo bajaron precipitadamente a cubierta, donde sus compañeros los aguardaban con nerviosismo. Sin embargo, empuñaban las armas todos, hasta Amelia y el pequeño Dick, que armado de su fusil de dos cañones parecía dispuesto a una desesperada defensa, no ignorando que los piratas de la Sonda no daban cuartel a los vencidos.

—¿Son piratas? —preguntó Held, yendo al encuentro de O’Paddy.

—Sí, señor, y de los más peligrosos —contestó éste con fingida preocupación.

—¿Entonces, entablaremos batalla?

—Vienen para saquear el barco o quizá para matarnos o cogernos y hacernos esclavos.

—¿Son muchos?

—Bastantes más que nosotros; pero les daremos guerra si saltan a bordo. Resistiremos hasta el final.

—Pero tenemos entre nosotros una joven y un niño.

—No tengo miedo —dijo Amelia con energía—. Mi padre me enseñó a manejar el fusil y no vacilaré en hacer uso de él.

—Me río de esos ladrones —dijo Dick—. Piensen que soy un hombre, y les aseguro que mi fusil no fallará cuando tenga alguno a tiro.

—Os creo; pero esos piratas no están solos, y si los rechazamos, volverán luego con más furia. Afortunadamente mi malayo conoce a uno de esos hombres y les ofreceremos el barco a condición de que nos dejen desembarcar sin molestia. Nosotros iremos a hablar con ellos.

—¿Aceptarán? —preguntó Held.

—Creo que sí —contestó O’Paddy.

—¿Y si en vez de eso los matan?

—¡Ustedes nos vengarán! Démonos prisa en bajar la canoa.

Subieron al castillo y botaron la canoa, sirviéndose de la grúa. O’Paddy y el malayo, armados con fusiles y machetes, ocuparon sus puestos.

—¿Quieren que vaya también yo? —dijo el soldado—. Les aseguro que esas ratas coloradas no me dan miedo.

—Es inútil —dijo O’Paddy—. Quédese para guardar a la señorita y al niño. Si ven que llegamos a enfrentarnos, disparen los fusiles y el cañón.

—Y si ustedes ven que los acogen mal, apresúrense y vuelvan hacia acá —dijo Held.

—No se preocupe.

Comenzaron a remar y se dirigieron hacia el praho, que estaba a unos doscientos pasos de distancia, avanzando con extrema prudencia, por miedo a ser bruscamente sorprendidos.

—¡Al cañón! —gritó Held—. Si quieren subir, se lo impediremos.

Subieron sobre el castillo de proa, donde había una pieza de a ocho, que servía al mismo tiempo para señales y como defensa. El siciliano llevó las municiones y muchos botes de metralla. En pocos instantes la pieza estuvo cargada, y Held la apuntó contra el praho, dispuesto a barrer el puente con una descarga.

Amelia y Dick saltaron sobre el castillo, una con su carabina y el otro con su fusil, dispuestos a dispararlos contra los piratas.

El praho, viendo aproximarse la chalupa, se puso en guardia. Su tripulación se colocó sobre la proa armada de mosquetes y parangs, presta a rechazar cualquier ataque. Parecía, sin embargo, más sorprendida que inquieta al ver aproximarse aquella barca tripulada por sólo dos hombres.

Cuando los tuvieron a unos treinta pasos de distancia, los enfilaron con los mosquetes dando grandes gritos; pero el malayo empezó a golpear el fondo del bote con los pies, gritando:

—¿Es posible que Sunda-Matane se prepare a ametrallar a Aier-Rajá?

Held y sus compañeros vieron con sorpresa que aquellos feroces piratas abandonaban las armas, mientras un viejo, de piel más oscura que los otros y de cabellera encrespada, se adelantaba a los demás en la proa, dando gritos que parecían de alegría.

Poco después, la chalupa llegaba al costado de babor del prahoy y el malayo y O’Paddy entraron en él. Les vieron gesticular por algunos minutos, y después desaparecieron, bajando por la escotilla.

—¿Los matarán? —preguntó Amelia temblando.

—No lo creo —contestó Held—. Me gustaría saber de qué conoce el malayo a esos bribones.

—Habrá sido pirata también —dijo el siciliano—. La cosa no me sorprende, porque todos los malayos, el que más o el que menos, han andado así por el mar.

—Es verdad —dijo Held—. Esta raza de picaros tiene una pasión loca por el latrocinio; pero…, ¡me parece que viran a babor!

—Sí —confirmó el soldado—. ¿Qué querrá decir eso? ¿Los querrán tener como rehenes?

—¿O irán a matarlos? —preguntó Amelia.

—Vamos a tirarles un cañonazo —dijo Dick.

El praho viraba a babor, pero no con la proa hacia el barco, sino hacia tierra, como si se dirigiese a la bahía.

Held se acercó al cañón, dispuesto a ametrallar a los piratas, pero antes lanzó tres potentes gritos:

—¡O’Paddy!… ¡Aier-Rajá!… ¡O’Paddy!…

El capitán salió del interior y se asomó a la popa.

—No teman —gritó.

—¿Adónde van ustedes?

—Me llevan al jefe de los bugíes.

—¿Por qué?

—¡Para tratar de nuestro rescate y del vuestro!

—Y nosotros, ¿tenemos que quedarnos aquí?

—Les aconsejo que se queden.

—¿Pero los han hecho prisioneros?

—No; me llevan al jefe para obtener un praho y conducirles a ustedes a Timor.

—¿Y si vemos que ustedes no vuelven?

—Entonces hagan por buscar y ganar Senmeridán; pero les repito que no corremos peligro alguno. ¡Adiós!

El praho había desplegado toda la vela y navegaba hacia la bahía velozmente. En pocos minutos desapareció tras un promontorio que se extendía por el mar como una ancha faja, formando una especie de península.

—¿Qué les pasará? —se decía el holandés—. ¿Dónde los llevarán? Lo ignoro, pero esta partida y la amistad del malayo con los piratas son muy sospechosas.

—¿Qué sospecha? —preguntó Amelia.

—No sabría decírtelas, pero no estoy tranquilo.

—¿Desconfía usted de O’Paddy?

—No; por ahora no tengo motivos.

—Ha hecho todo lo posible para salvarnos.

—Ciertamente; pero hay muchos granujas en este mundo, y a veces he oído contar que entre la piratería malaya hay también muchos blancos. Temo haberme equivocado al confiar a ese hombre el objeto de nuestro viaje.

—Disculpe, señor Held —interrumpió el soldado—, pero yo también quiero decirle que el malayo no me fue simpático desde el primer momento; ni ese O’Paddy, salido de no sabemos dónde, y siempre en misteriosos conciliábulos con su criado de color de pan tostado no me hace ninguna gracia. Será un buen marinero y un hábil capitán, pero no me parece sincero.

—¿Qué nos aconseja que hagamos?

—Desembarcar lo más pronto posible y ganar la selva. Una vez que estemos allí podremos espiar a los piratas, que no tardarán en volver para saquear el steamer.

—¿Y si volviese O’Paddy con un praho?

—¿Se dirigen ustedes a Timor?

—Sí.

—¿Por asuntos de negocios?

—A recoger una herencia considerable: unos cincuenta millones.

—¡Diablo! —exclamó el siciliano—. ¿Cincuenta millones? ¿Y sabe esto O’Paddy?

—Se lo dije ayer.

—Es una gran imprudencia.

—¡Pero no los llevamos encima!

—Comprendo; pero si lo sabe un hombre de esa calaña, amigo de piratas… ¡Hum! No veo muy claro todo esto, señor Held, y, por tanto, le aconsejo desembarcar.

—Pero no tenemos pruebas en contra de la honradez de O’Paddy…

—Es cierto; pero cuando uno va a tomar posesión de cincuenta millones, todas las precauciones son pocas. Si esos piratas se enteran, podrían pensar en un rescate y hacernos prisioneros. ¡Señor Held, abandonemos cuanto antes este barco!

—Pero ya no tenemos la canoa.

—Construiremos una balsa. ¡A trabajar!

Armados de hachas, se pusieron a echar abajo la cabina de cubierta y los palos que habían servido para colocar las velas. Amelia y Dick ayudaban transportando maderos al castillo y decidieron construir la balsa cerca de la popa, junto a una pequeña ensenada defendida por los escollos.

Cuando les pareció que tenían maderos suficientes saltó el siciliano sobre una roca que el mar había dejado descubierta, y comenzó la construcción de la balsa. Bastó una hora para terminar el trabajo.

Al mediodía, después de una pequeña comida, Held, Amelia y Dick embarcaron con las armas, víveres y municiones. El siciliano, mejor marinero que los otros, sirviéndose de un garabato, empujó la balsa para salir de la ensenada, evitando los escollos.

El mar estaba tranquilo, pero las olas, entre aquellas rocas y bajíos, se amontonaban por efecto de la resaca, y se deshacían contra las rocas.

Afortunadamente, la playa estaba cerca, no distando más que unos cuatrocientos pasos. Empujando en los bajíos con los garabatos y los palos a modo de remos, Held y el soldado hacían adelantar la balsa, mientras Amelia y Dick se ocupaban de tener bien recogidos las armas y los víveres, en peligro de caer al agua a causa de las sacudidas.

Todos aquellos escollos y los bajíos estaban cubiertos de moluscos compuestos de una especie de tubo ligeramente cónico, cerrado en su parte más ancha con un disco agujereado, y una pequeña hendidura en el centro. Se veían además numerosos cangrejos y muchísimas ostras de gran tamaño, algunas de las cuales llegaban a tener un diámetro de unos treinta centímetros.

A eso de la una, la balsa, después de haber estado varias veces a punto de destrozarse contra aquellos escollos, tocaba arena en la playa de un pequeño fondeadero encerrado entre altísimas rocas, donde tenían sus nidos millares de pájaros parecidos a golondrinas.

En lo alto de aquellas rocas aparecían numerosos árboles de frondosas hojas y altura gigantesca, formando el límite del bosque que se divisaba desde lejos.

Held y el siciliano cargaron con los víveres y las municiones, y Dick y Amelia con las armas, y comenzaron a trepar por las rocas, poniendo en fuga con su presencia a infinidad de pájaros. Al llegar a la cima del arrecife se detuvieron, teniendo bajo sus pies un gran árbol, que desde el suelo extendía sus ramas a más de cuarenta metros de altura.

Ante ellos se extendía la selva, pero una selva aparentemente impenetrable, formada por una gran variedad de árboles; las hermosas palmeras selladoras, parecidas a la común, usadas para fabricar esteras y cuerdas que resisten muchos años incluso en el agua; los sontar, especie de palma, de cuyas hojas se servían antiguamente los pueblos indomalayos para escribir en ellas; bananos, llamados por los malayos pisang, la planta más bella de la vegetación tropical, cargados de pesados racimos de fruta de bello color de oro; los mangostanes, árboles como nuestros cerezos, que producen una fruta exquisita, como un sorbete con aromas y sabores diferentes, y, además, inmensos cetina (Strichnas tiente), arbusto trepador del que se extrae un jugo venenoso que produce instantáneamente la muerte y el tétanos.

Por aquella espesura volaban infinidad de aves. Palomas de dorados reflejos y plumas de color verde oro; faisanes, cacatúas negras, papagayos de distintas especies, con plumaje amarillo, rojo, azul, verde, y gran número de pinzones, martinetes, pájaros grandes, fuertes, de plumas negras y blancas, el pico enorme en relación al cuerpo, de unos treinta centímetros de largo y bastante grueso, y adornado por arriba como con una especie de casco, terminado en punta aguda.

—Acampemos aquí —dijo el señor Held—. Desde lo alto de esta roca podemos vigilar el mar y, en caso de peligro, refugiarnos rápidamente en la selva.

XI. Maniobra Misteriosa

La isla de Borneo, a cuyas costas habían sido arrastrados los náufragos del «Oregón», era la menos conocida y más salvaje del archipiélago indo-malayo.

Situada bajo el ecuador, en el centro del amplio semicírculo formado por las islas de Java, Sumatra, Célebes y Filipinas, se extiende del paralelo T de latitud Norte al 4º 2' de latitud meridional, y del meridiano 160° 25' al 17° de longitud oriental. Su superficie es de unas doscientas cuarenta leguas marinas y su anchura máxima de ciento veinte. Resulta, pues, inmensa; con una superficie igual a la de todas las islas del archipiélago de la Sonda juntas, es decir, de treinta y seis mil leguas cuadradas.

La isla tiene grandes ríos, cuyas fuentes aún desconocemos. El principal es el Kapuas; después, el Koti, que desemboca en el estrecho de Macasar; el Mendawai, que vierte en el mar de Java; el Barito, que desemboca en la bahía del mismo nombre; el Sondakana, el Lava, el Sarawak, el Pagoro, el Pontianak, el Sambar y otros muchos, casi todos navegables, pero cuyos alfaques se pierden entre pantanos, caldo de cultivo de fiebres terribles.

Hay también algunos lagos, como el Danao-Malagón, riquísimo en peces, y el Chini-Ballon, situado al norte, que tiene quince leguas de perímetro, pero cuyas lechosas y blancuzcas aguas son poco profundas.

Grandes cadenas de montañas forman la osamenta de Borneo, destacándose del grupo principal el formado por los Montes Cristalinos, que recorren la isla de norte a sur. De ellos, el más elevado es el Kinabalu, cuya cima llega a los 4100 m.

Dos razas, ambas salvajes y feroces, se disputan el interior de la isla: los dayacos, notables por su estatura, su robustez y el color amarillo claro de su piel, y los bagianos o kajou, de fuerte musculatura, pero esbeltos, bien formados, de líneas finas y regulares.

Estos indígenas se odian y se hacen la guerra a muerte, pero aborrecen a todos los pueblos extranjeros que van a establecerse en su tierra. Son famosos porque cortan la cabeza a los enemigos que caen en sus manos: vivo o muerto, le cortan siempre la cabeza.

Las costas a veces están habitadas por pueblos extraños, como los malayos, los javaneses, los bugíes, chinos, indios de Macasar y árabes. Mientras algunos, como los chinos, javaneses y otros se dedican al comercio y al laboreo de las ricas minas de oro y diamantes, otros se dedican a piratear en el mar, dando trabajo a los acorazados que los ingleses y holandeses mantienen en aquellas aguas.

Los holandeses, a finales de 1643, comenzaron a establecerse en aquellas playas, fondeando primeramente un barco en Pontianak; después llegaron a un acuerdo con el rey de Bantan, pero expulsados más tarde, no volvieron hasta 1748.

Desde aquella fecha han tratado de extender sus dominios, y hoy su bandera ondea sobre una tercera parte de las costas de la isla; pero aún quedan numerosos reinos independientes.

El más poderoso es el sultanato de Borneo, que, desde la extremidad norte de la isla, extiende sus límites hasta los Estados occidentales, ocupados por los holandeses, en una longitud de ciento setenta leguas marinas. Después, el sultanato de Koti, nido de formidables piratas; además, el de Samba, el de Mumpaba, Landak, Pontianak, Silang, Sagú, Mataro-Caudavang y el de Simpag. Pero todos estos últimos son tributarios de los holandeses, y son mantenidos a raya gracias a las fuertes defensas de las guarniciones blancas.

En cuanto al número total de los habitantes de la isla, no se ha podido conocer aún; los europeos no se atreven a penetrar en el interior, habitado por los feroces dayacos. Algunos creen que llegan a cuatro millones, pero otros opinan que son muchos más, quizás el doble o el triple, los que habitan en la isla.

El sol comenzaba a hundirse en el mar, enrojeciendo la línea del horizonte, y ni O’Paddy ni el malayo habían aparecido todavía.

En el bosque comenzaban a crecer las sombras, y los pájaros, poco a poco, callaban sus cantos. Los lagartos volantes o dragones, como los llaman los malayos, de unos veinte centímetros de largo, de cola aplastada y con membranas en sus flancos, que les sirven de verdaderas alas, se apresuraban a subir a las copas de los árboles dando sus últimos gritos y realizando verdaderos vuelos de treinta metros.

Las ardillas voladoras, mayores que las comunes, provistas de membranas que parten de las patas inferiores y se unen a las superiores, se ocultaban entre las frondas más espesas para librarse de las serpientes, mientras en lo alto comenzaban a revolotear los murciélagos de grandes dimensiones, con las alas cubiertas de pelo de reflejo amarillento, y cuya carne es muy apreciada por los pobladores de Borneo.

Vagos rumores se oían en las selvas; los silbidos de las serpientes, gritos ligeros, como sofocados suspiros roncos, y, a lo lejos, se percibían de vez en cuando clamores que parecían emitidos por alguna bandada de monos.

Nuestros náufragos, tendidos al pie de un corpulento cedro, con las armas al alcance de la mano, prestaban atención a aquellos ruidos que podían anunciar un peligro inminente, o bien la aparición de los temibles piratas malayos.

No ignoraban que en las espesuras de aquellas selvas de Borneo se ocultaban tigres no menos feroces y sanguinarios que los de Bengala, aunque de dimensiones más pequeñas; elefantes salvajes; temibles rinocerontes; el orangután, dotado de hercúlea fuerza y estatura superior a la del hombre, armado de largos y peligrosos dientes. Como tampoco ignoraban que allá abajo vivían los dayacos, los famosos cortadores de cabezas, y los bagiaros, no menos feroces y, además, antropófagos.

Por temor a llamar la atención de aquellos salvajes hijos del bosque, no se atrevieron a encender una hoguera, aunque sabían que hubiese servido para ahuyentar a las fieras.

—Ahora casi preferiría encontrarme en el barco —dijo el soldado—. Esta isla goza de tan pésima fama que desearía estar a mil leguas de ella.

—Me da miedo el bosque —dijo Amelia, apretando contra su pecho a Dick—. Me parece que de un momento a otro va a salir un tigre.

—Tenemos dos buenas carabinas, Amelia —dijo el señor Held—. Cuando se está armado no hay que tener miedo, y además no creas que las fieras atacan siempre a los hombres.

—¿Pero no oye usted esos ruidos, señor Held?

—Sí; pero no me inquietan. No es la primera vez que paso la noche en medio de un bosque poblado de animales salvajes.

—Mire usted, señor Held —dijo entonces Dick—. ¿No ve usted aquel fuego o aquellas llamas que se agitan allá lejos, en lo más oscuro de la selva?

—No son llamas, sino luciérnagas del género lampryus, hermosísimas. Son tan bellas y dan una luz tan viva, que los elegantes malayos las encierran en globos de vidrio y con alfileres de plata se las prenden en los cabellos.

—Y aquella ave de rapiña que vuela describiendo giros tortuosos, ¿qué es?

—Es un kübangs, o sea un murciélago grande como un perro, cuyas alas, extendidas, miden un metro y treinta centímetros. Es un animal muy ligero, pero sumamente inofensivo, aunque parezca un vampiro. Se está acercando a algún Ficus pisocarpas, porque son aves que gustan mucho del fruto de esos árboles.

—Pues yo veo otro mayor allá lejos —dijo Amelia.

—Es un gato volante; un mamífero nocturno con dos anchas membranas en los costados que les unen las patas y los brazos y les permiten realizar vuelos de cincuenta y sesenta metros; también son inofensivos y sólo se alimentan de insectos y de…

—¡Calle, señor Held! —dijo el soldado.

—¿Ha oído usted algo?

—Ruido de remos en el agua, hacia la parte de la bahía.

—¿Será O’Paddy que vuelve?

—O quizá los piratas, que tratan de sorprendernos. Desconfío, señor Held.

—Vamos a verlo.

—Quédese con los jóvenes; iré yo solo.

El soldado se puso un machete en el cinturón, tomó una carabina y se adelantó hacia las rocas que defendían la alta playa.

El sol había desaparecido hacía un cuarto de hora, y una profunda oscuridad envolvía la costa y el mar, pero las olas, rompiendo contra los escollos, despedían relámpagos como si estuviesen cubiertas de moluscos fosforescentes, quizá noctilucas.

El siciliano ascendió a una alta roca, desde cuya cima podía dominar la profunda bahía y miró hacia el pie de los escollos. No pudo reprimir un movimiento de sorpresa al descubrir una embarcación que llegaba con mil precauciones a la orilla, procurando mantenerse oculta tras las rocas.

Iba tripulada por tres hombres, pero las sombras no permitían verlos con claridad, y remaban todos procurando guardar el mayor silencio.

Parecía, sin embargo, que trataban de dirigirse hacia el steamer, cuya mole gigantesca se divisaba perfectamente al lado de la gran roca.

—¡Hum! —dijo el soldado arrugando la frente—. ¿Qué intentarán esos hombres?… ¡Malditas tinieblas!… ¡Quisiera verles la cara! —se interrumpió bruscamente y avanzó la cabeza, manteniéndose siempre oculto entre las rocas—. ¡La chalupa del «Oregón»! —exclamó—. ¿Qué significa esto? ¿Será O’Paddy que vuelve? ¡Pero, no! La chalupa pasa de largo.

En efecto. La chalupa se alejó de la playa que había andado costeando y se dirigió hacia el «Oregón» con las mismas precauciones que al principio.

El ex pescador de coral, sin perderla de vista, la vio ocultarse entre los escollos, y después reapareció más lejos, acercándose lentamente hacia el steamer, hasta que se detuvo bajo la popa.

Le pareció ver que alguien saltaba a bordo del «Oregón» y reembarcaba al cabo de algunos minutos, tras lo cual la chalupa emprendió de nuevo la marcha hacia la bahía.

—No comprendo el objeto de esta maniobra —murmuró el siciliano—. No veo claro este viaje misterioso.

Permaneció sobre la roca, con objeto de poder ver y reconocer a aquellos hombres cuando pasasen de nuevo debajo suyo, pero fue en vano, porque se fueron más lejos. Sin embargo, oyó un silbido que parecía una señal, y poco después una voz que decía en malayo:

—¡Nadie!

El soldado, que había vivido durante varios años en distintas islas de Malasia, poseía algunos conocimientos de dicha lengua y comprendió perfectamente las palabras.

Poco después una canoa, que debía haberse mantenido oculta hasta aquel momento en alguna pequeña ensenada, se adelantó hacia la chalupa. La tripulación se componía de seis o siete hombres, todos ellos armados.

—¿Nadie? —preguntó una voz desde la canoa.

—El barco está desierto.

—¿Estarán en tierra?

—Quizá sí.

—Volvamos.

La chalupa y la canoa se alejaron, virando a babor y penetrando en el interior de la bahía.

El siciliano ya sabía bastante. Cogió su carabina y se reunió con el señor Held, contándole lo que había visto y oído.

—¿Se referían a nosotros? —dijo con inquietud el holandés.

—Por supuesto, señor —dijo el siciliano—. Trataban de sorprendernos creyéndonos aún a bordo del «Oregón».

—¿Pero eran los piratas?

—Lo temo.

—¿Los que cogieron prisionero a O’Paddy?

—Probablemente.

—Y ahora tratarán de sorprendernos a nosotros.

—Sin duda alguna, señor Held.

—¿Qué le parece que hagamos?

—Abandonar en seguida esta orilla y refugiarnos en el bosque.

—¿Con esta oscuridad? ¿Y las fieras? Además, ¿cómo vamos a atravesar este follaje espeso que nos impide el paso?

—Señor Held —dijo Amelia—, avancemos por la playa hacia el norte y mañana entraremos en el bosque.

—Creo que será lo mejor. Allí hay muchos escollos y podremos ocultarnos con facilidad.

—Y grandes cavernas —dijo el soldado—, donde encontraremos siempre salanganas y golondrinas.

—Pues pongámonos en marcha sin perder un momento.

—Abra usted camino, señor Held —dijo el siciliano—. Yo iré el último para proteger la retirada, ¡Desgraciado del pirata que se atreva a ponerse a tiro de mi carabina!

Recogieron los víveres y las municiones y echaron a andar, avanzando junto a las altas rocas escarpadas.

XII. Una noche angustiosa

El camino era escabroso, cortado por grietas y peñascos, pero los náufragos proseguían su marcha. El peligro que los amenazaba y que aún desconocían, por ignorar las intenciones de los hombres que hicieron la expedición nocturna al buque náufrago, los espoleaba.

Habían caminado ya por espacio de un cuarto de hora, cuando el señor Held se detuvo. Frente a él se veía una negra abertura que se ensanchaba entre dos enormes rocas.

—¿Qué es eso, señor Held? —preguntó Amelia.

—Si no me equivoco nos encontramos ante la entrada de una caverna.

—¿Entramos? —dijo el soldado, aproximándose.

—¿Y si hay alguna fiera dentro? —dijo la joven.

—Quizá no haya más que golondrinas y salanganas —contestó el soldado.

—¿Tiene fuego? —preguntó Held.

—Tengo un poco de yesca para encender mi pipa; quizá pueda servirnos —respondió e] soldado.

—Pues enciéndala.

El siciliano sacó del bolsillo una mecha alquitranada y la encendió. Una luz bastante clara iluminó de pronto la entrada de la caverna.

Con los fusiles cargados al brazo, no sabiendo si la caverna estaba desierta o habitada, avanzaron con precaución y se hallaron bajo una especie de bóveda irregular, pero de suficiente altura como para que un hombre pudiese caminar sin inclinarse.

Apenas hirió la luz aquellas paredes se oyó un revoloteo ensordecedor de numerosos pájaros.

—Son salanganas —dijo Held, adivinando la pregunta de Amelia.

—Y representan una gran fortuna —dijo el soldado.

—¿Qué fortuna? —preguntaron Held y Amelia sorprendidos.

—Esos nidos, que valen mucho dinero.

—Es verdad —dijo Held—. Los chinos los pagan muy caros, porque son nidos de la mejor clase.

—En Macao he oído hablar de eso —dijo Amelia—, y oí decir que los comía la gente, pero no quise creerlo, señor Held.

—Ven a verlos.

Llevó a la joven al fondo de la caverna y le enseñó una rara bolsa, pegada a la pared, de color blanquecino y semitransparente, de aspecto gomoso.

—Son nidos de Collocalia esculenta, la especie más apreciada de los salanganas —dijo el holandés.

—¿Estos pájaros son salanganas? No he podido observarlos bien.

—Son una especie de golondrinas marinas que hacen sus nidos en las rocas en lugares desiertos y escondidos, O dentro de las cavernas casi inaccesibles, para ponerlos fuera del alcance de los hombres.

—¿Qué es lo que emplean para construir sus nidos?

—Una secreción particular; una especie de saliva que, al cabo de algún tiempo, va adquiriendo consistencia. Antes se creía que sacaban esa sustancia de la espuma del mar, o del jugo de las algas, pero no es cierto.

—A mí me dijeron que los nidos de estos pájaros son comestibles.

—Sí, Amelia, y muy buscados por los chinos ricos y los malayos. Dos veces al año, en abril y en agosto, los cazadores de nidos, por regla general bugíes o malayos, recorren las costas de la Sonda por distintos puntos, con escaleras para poder subir a las rocas más altas y cortadas a pico. Tienen que desafiar grandes peligros en esas aventuradas ascensiones, pero antes de afrontarlos invocan a Nairatu-Roidul, o sea, la Reina del Sur, que es su protectora.

—¿Y los pagan muy caros?

—Sí, Amelia. Los hay de tres clases: los blancos, que se pagan en Cantón por término medio a 3500 dólares el pikul, los grises, que son menos puros, a 2800 dólares, y los ordinarios, que son los que están mezclados con plumas e impurezas, a 1600 dólares.

—¿Cómo se comen? —preguntó Dick.

—Primero se secan a la sombra, después se cortan en pedazos y se cuecen, con lo que se obtiene un caldo muy sustancioso y nutritivo, sobre todo para las personas débiles y fatigadas.

—Señor Held, ¿quiere usted que vaya a buscar un poco de leña para encender una hoguera? —preguntó el soldado.

—Podríamos llamar la atención de los piratas —dijo el holandés.

—La caverna tiene la entrada hacia el mar.

—Pero los piratas pueden volver al «Oregón» y descubrir esta luz.

—Es cierto; de todas maneras iré a buscar un poco de follaje para hacerles un colchoncito a los jóvenes.

El siciliano encendió yesca y salió, no sin haberse armado primero con la carabina, para no encontrarse indefenso en caso de peligro junto al bosque.

Hacía pocos minutos que había salido, cuando se le oyó lanzar un grito estridente, seguido después de una invocación desesperada.

—¡Auxilio, señor Held!

—¡Dios mío! ¿Qué sucede? —exclamó Amelia, palideciendo.

—Dick, quédate y monta tu fusil —dijo Held precipitadamente.

Después cogió su carabina y salió afuera. Cerca ya del bosque oyó otro segundo grito más agudo que el primero. El holandés corrió en aquella dirección, y al vago resplandor de las estrellas descubrió al soldado suspendido y colgado como de una especie de cilindro negro, que se agitaba convulsivamente con raras contorsiones.

Held comprendió en seguida lo que ocurría y el gran peligro que corría el siliciano. Una enorme serpiente, una Boa constrictor, lo había sorprendido en el momento en que estaba cortando hojas de banano y lo sujetaba fuertemente con sus anillos. El desgraciado estaba a punto de ser triturado y convertido en un montón de carne sanguinolenta. Unos segundos más podían haber sido fatales, porque esos reptiles, que alcanzan una longitud de diez o doce metros, poseen tal fuerza que pueden triturar un tigre entre sus formidables anillos.

Held apuntó resueltamente con su fusil, pero comprendió de repente que no podía confiar en el disparo porque el reptil, cubriendo completamente a su adversario, se removía furiosamente serpenteando, no ofreciendo un blanco fijo. El monstruo silbaba horriblemente, lanzando sobre su víctima miradas de reflejos fosforescentes.

El holandés no vaciló ni un instante más. Abandonó su fusil, empuñó el machete que el soldado había dejado caer y de un solo golpe decapitó al reptil.

Se aflojaron inmediatamente los anillos de la boa y el soldado poco después, medio aturdido y sofocado, cayó sobre la hierba.

—¡Amigo mío! —dijo Held.

—Gracias… señor… —murmuró el siciliano.

—¿Está herido?

—No me parece que me haya roto ninguna costilla, pero… si tarda un poco más… la maldita serpiente me convierte en mermelada. ¡Por todos los cuernos del diablo! Me he visto muy apurado, señor Held.

—Ya lo creo, amigo mío.

—¿Ha muerto ese monstruo?

—Le corté la cabeza.

—¿Nos vamos, señor Held?

—¿Puede usted andar?

—Las piernas han recobrado su fuerza. Ayúdeme a recoger estas hojas para la señorita Amelia.

Cogieron dos brazadas de aquellas gigantescas hojas que tenían cuatro o cinco metros de longitud y salieron en seguida de la espesura. Estaban próximos a la caverna, cuando divisaron en el mar algunas luces que parecían dirigirse hacia el «Oregón».

—¡Otra vez los piratas!… —dijo Held, deteniéndose.

—¿Qué significarán todos estos viajes? —murmuró el soldado, cuya inquietud iba en aumento—. Si el tiempo fuese malo podríamos creer que tienen miedo a que el temporal destroce la nave antes de saquearla, pero el cielo está limpio de nubes.

—¡Señor Held! —preguntó Amelia, apareciendo a la entrada de la caverna—. ¿Qué ha sucedido?

—Nada grave, señorita —contestó el soldado, que no quiso asustarla—. Una serpiente que me atacó, pero ya la hemos matado.

—Hemos estado angustiados por usted; pero… ¿qué son aquellas luces?…

—Los piratas, que se dirigen al «Oregón» —contestó Held.

—¿Para saquearlo?

—Es probable.

—¿Y O’Paddy?

—No lo hemos visto.

—Lo habrán cogido prisionero. ¡Pobre hombre! ¿Qué le pasará? ¿Lo matarán?

—No parece hombre que se deje matar —dijo Held.

—Y mucho menos si tiene amigos entre esos bribones —añadió el siciliano.

—¿No vamos a intentar nada para salvarle?

—¿Quieres que exponga tu vida y la de Dick en una tentativa inútil? —dijo Held.

—Somos muy pocos para atacar a los piratas, que, seguramente, tendrán un refugio fortificado y quizá cañones.

—Pero nos ha salvado, señor Held.

—Quizá sí.

—¿Quiere que le aconseje una cosa, señor Held? —dijo el soldado.

—Hable usted.

—Intenten descansar algunas horas mientras yo velo, y mañana, al amanecer, exploraremos estos contornos. No estoy tranquilo y quisiera estar ya lejos de aquí.

—¿Y a dónde iremos? —dijo Amelia.

—Bajaremos hacia el sur, a fin de encontrar el río Koti —dijo Held—; junto a ese río hay dos poblaciones importantes: Tongarrán y Senmeridán, e intentaremos llegar a una o a otra, si bien es verdad que sus habitantes son casi todos piratas, ofreciéndoles una buena suma podremos obtener que nos transporten a Timor.

—Pero ¿lograremos atravesar el bosque?

—Sí; confío en ello, Amelia.

—Me han dicho que viven en él salvajes muy feroces.

—Es verdad, pero tenemos armas y nos defenderemos. Intentad dormir mientras nosotros velamos.

El soldado había llevado a la caverna las hojas y formó dos especies de lechos. La joven y Dick, que no estaban acostumbrados a las largas veladas, obedecieron gustosamente y se tendieron sobre aquellos lechos improvisados.

Held y el siciliano, después de dar una vuelta alrededor de la roca grande, para evitar ser sorprendidos, se sentaron delante de la gruta con los fusiles entre las rodillas y la mirada fija en el mar.

Las chalupas de los piratas, alumbradas con teas encendidas, al parecer ya habían llegado al «Oregón» y continuaban su extraña maniobra, dando vueltas alrededor de los escollos como si buscasen algo; después se arrimaron a la popa, y a la luz de las antorchas se vio saltar a algunos hombres sobre el castillo de popa.

Aunque la distancia era considerable, el soldado, que tenía vista agudísima, como de águila, pudo percibir entre aquellos piratas un hombre vestido de blanco. Aquel descubrimiento le hizo lanzar un grito de sorpresa:

—¡Por mil diablos! —exclamó—. Los bugíes no usan vestidos blancos…

—¿Qué quiere decir usted con eso? —dijo Held.

—¡Digo, señor, que entre esos hombres está O’Paddy!…

—¡El!

—Sí; casi estoy seguro; iba vestido de blanco.

—¿Pero qué buscará en el barco?

—Eso es lo que ignoro, señor Held; ya le dije que no veo claro todo este negocio.

—¿Creerá que aún estamos a bordo del «Oregón»?

—Puede ser…, pero lo dudo.

—No comprendo nada absolutamente.

—Además —continuó el soldado—, los hombres de la chalupa que están ahora en el «Oregón» ya sabían que no nos hallábamos a bordo.

—Quizá sea que O’Paddy teme que nos hayamos ahogado al intentar la travesía hasta aquí. Me parece que estas embarcaciones están haciendo pesquisas y que…

—¡Cállese!

—¿Qué ha oído?

—Ruido de remos bajo esta roca.

—Quizá nos anden buscando.

—¡Venga usted!

Ambos se aproximaron al borde de la roca y vieron un abismo cortado a pico. El arrecife tenía en aquel lugar una altura de más de sesenta brazas y descendía verticalmente, como una pared, sumergiéndose en el mar.

Precisamente bajo ellos descubrieron el holandés y el soldado una canoa, tripulada por algunos hombres, que marchaba bordeando aquella pared granítica.

De pronto oyeron una voz que decía:

—¡Ahí hay unos maderos!

—¡De una balsa! —replicaron.

El soldado dijo entonces al oído del holandés:

—¿Conoce usted esa voz?

—Sí; es la de Aier-Rajá.

—¿Estáis seguros de que son los restos de una balsa? —se oyó preguntar al malayo.

—Sí.

—Entonces habrán desembarcado en la costa.

—Así ha debido ser.

—Mañana los cogeremos. ¡Venga, al barco!

Y la canoa, virando, se alejó rápidamente, desapareciendo entre las sombras de la noche.

XIII. En las selvas de Borneo

El holandés y el soldado, conocedores ambos del lenguaje de los malayos, no perdieron una sola palabra de aquel diálogo. Ya sabían bastante sobre las intenciones de aquellos piratas y, sobre todo, de aquel malayo, al servicio del que hizo naufragar al «Oregón».

No podían llamarse a engaño: aquellas palabras «mañana los cogeremos» las habían oído claramente, a pesar del ruido de la resaca al romper contra los escollos.

Se habían quedado inmóviles, como estupefactos, mirándose el uno al otro. El soldado fue el primero en romper el silencio.

—¿Me había equivocado cuando le dije que quería estar a mil leguas de aquí?

—¿Por qué habrán fraguado este plan infernal contra nosotros? —dijo el señor Held—. ¿Por qué ese señor O’Paddy?…

—Creo que hizo usted muy mal al contarle el objeto de su viaje.

—Pero ¿qué opina usted, que es un miserable, o que es una víctima de la perfidia de su criado?

—No lo sé, señor; pero creo que no corren buenos vientos para nosotros, y que tenemos que pensar en alejarnos de aquí lo más pronto posible. Es medianoche y dentro de cuatro horas amanecerá.

—Pero con esta oscuridad no podemos penetrar en pleno bosque.

—Esperaremos a que amanezca y hasta entonces vigilaremos con mucho cuidado. Mientras veamos la chalupa al lado del «Oregón», nada debemos temer.

—¡Bribones malayos!…

—Son todos piratas, pérfidos y traidores.

—Quizá también nos haya traicionado O’Paddy.

—Puede ser; siempre me infundió sospechas. ¡Qué quiere usted que le diga! Aquel abordaje con las luces apagadas no se me olvidará nunca.

—¿Pero con qué objeto cree usted que echó a pique al «Oregón»?

—Para saquearlo después.

—¡Con aquella tempestad!

—Tiene usted razón; pero…, mejor será que nos ocupemos de nosotros. Si su criado le ha traicionado, ya intentará salir del apuro como pueda. Nosotros no podemos ayudarle.

—No diga nada a Amelia de lo que hemos descubierto. Es muy valiente, pero no hay por qué inquietarla.

—Me callaré como un pez.

Hicieron algunas exploraciones por los alrededores de la roca y volvieron a la caverna. El señor Held miró hacia el lecho y vio que la joven y Dick dormían tranquilamente, uno junto al otro, dibujándose una dulce sonrisa en los labios de Amelia.

—Está soñando. Quién sabe si saldremos con vida de este desgraciado viaje —murmuró.

Se sentó junto al soldado, que mascaba con satisfacción un trozo de cigarro, y se abstrajo en profundas meditaciones, con los ojos fijos en la selva y en el mar y el oído atento a todos los rumores.

La noche era tranquila; en la selva cercana se oían aullidos que anunciaban la proximidad de las fieras, pero ningún animal intentó acercarse a la caverna.

A las tres de la mañana, con la primera claridad del día, vieron la canoa y las chalupas abandonar el «Oregón» y volver a la bahía; pero se mantuvieron tan lejos de los escollos, que ni el soldado ni el holandés pudieron distinguir a los que las tripulaban.

A eso de las tres y media, cuando comenzaron a palidecer las estrellas y el mar se teñía hacia oriente con los primeros reflejos de la aurora, Held despertó a Dick y a Amelia.

—Tenemos que marchar, hijos míos —dijo—. No podemos continuar aquí.

—¿Ha ocurrido algo, señor Held? —preguntó Amelia.

—No, hija mía; pero estamos seguros de que O’Paddy ha sido hecho prisionero por los piratas, y tememos que esos granujas traten de apoderarse también de nosotros.

—¿Y vamos a dejarle en manos de esa gente?

—Ya te he dicho que nada podemos hacer. Cuando no corramos peligro alguno iremos a buscarle, te lo prometo, y castigaremos a esa gente.

—¿Y si le matan?

—Los piratas prefieren hacer esclavos, para obtener de ellos el precio del rescate. Pero vámonos, no se nos haga demasiado tarde.

Cargaron resueltamente con los víveres y municiones, y marcharon en dirección a la selva. El soldado se puso al frente, llevando en la mano el machete para abrirse paso a través de aquel caos de vegetación.

Pronto se encontraron en plena selva. A diestra y siniestra se alzaban frente a ellos árboles de toda especie: bananos silvestres, mangles, palmas de hojas inmensas, arbustos, cañas colosales, unidos unos con otros y entretejidos profusamente de arriba a abajo, describiendo mil curvas caprichosas y haciendo casi imposible el paso.

Una semioscuridad reinaba en todo aquel laberinto de ramas y hojas, algunas de las cuales tenían dimensiones extraordinarias. Los rayos del sol apenas podían penetrar a través de aquellas bóvedas de follaje.

Pocos pájaros se veían: algunos Copsykus sanlaris, de plumas blancas y negras; palomas torcaces que huían rápidamente apenas descubrían a los viajeros; algún Epimaco real, espléndido pajarillo de alas negras y color turquesa, y algún loro escarlata de cola negra y purpurina.

Abundaban, en cambio, los lagartos volantes, que se veían saltar de árbol en árbol emitiendo su desagradable rik sik.

El siciliano, a pesar de la atmósfera caliginosa y enervante, manejaba el machete con energía, derribando imponentes bambúes que caían con estrépito, bejucos de la especie Gambir uncaria, y las Ginta wan, plantas trepadoras muy apreciadas, porque mientras la primera da una especie de goma que se emplea para fijar los colores, especialmente sobre seda, la segunda produce una sustancia venenosa que los malayos utilizan para cazar los espléndidos pájaros de aquellas tierras.

Junto al soldado iba Dick, que se ocupaba de despejar el camino de las ramas que cortaba el soldado para que pudiese pasar Amelia cómodamente y, por último, Held, que era el encargado de vigilar la selva por si aparecía de improviso, a sus espaldas, alguna fiera peligrosa.

La marcha llegó a hacerse bien pronto muy difícil, teniendo el soldado que pedir ayuda al exoficial en varias ocasiones para abrir camino.

Habían penetrado en el interior de un bosque de pimienta silvestre, planta trepadora semejante a la vid, pues crece profusamente cuando no está cultivada, entretejiéndose de mil maneras. Al marinero y a Held les costó mucho abrir paso a través de aquellos brazos sarmentosos.

A las nueve de la mañana, sin embargo, lograron atravesarlo y entraron en la gran selva, bastante más espesa, pero donde el aire circulaba más libremente.

El soldado y el holandés, extenuados por aquella lucha contra múltiples obstáculos, hicieron un alto.

—Hemos recorrido lo menos cuatro millas —dijo Held, limpiándose el copioso sudor de la frente—. Estoy casi seguro de que en medio de este caos vegetal esos granujas no podrán encontrarnos.

—Vamos a descansar algunas horas, señor Held —dijo Amelia—, y después continuaremos la marcha.

—Pero busquemos primero un poco de agua —dijo el soldado—; tengo sed.

—Temo que sea difícil encontrarla —dijo Held—, pero lo intentaremos. ¡Eh!… mirad, allí hay árboles que nos la proporcionarán.

—¿Un árbol que da agua? —exclamaron Amelia y Dick.

—Y, además, azucarada —añadió el holandés—. ¿Tenéis algún recipiente?

—Tengo un vaso de cuero —dijo el soldado.

—Venid conmigo.

Se dirigieron hacia una especie de palma adornada de grandes hojas plumosas con frutas en forma de racimos. Cogió el machete y junto a un nudo hizo una incisión profunda: en seguida comenzó a destilar un líquido claro y transparente, que caía en el vaso de cuero que el soldado tenía puesto bajo aquella herida. El líquido, sin embargo, salía muy lentamente y fueron necesarios casi diez minutos para llenar el vaso.

—Para usted, señorita —dijo el soldado, ofreciéndoselo a Amelia con amabilidad.

Esta lo acercó a los labios, diciendo después de beber:

—¡Es un agua muy dulce!

—Sí —respondió Held, sonriendo.

—¿Qué planta es esta?

—Una palmera muy apreciada; se llama Arenga saccarifera, muy común y extendida en todo el archipiélago de la Sonda. Si se corta por cualquiera de sus nudos, produce este líquido azucarado que los malayos llaman toddy. No puede sacarse más de un litro al día; si se hierve en seguida se convierte en jarabe, y si se echa en otro vaso se cambia en azúcar de color oscuro, pero muy buena; ésta, a su vez, fermentada se convierte en una bebida embriagadora que se llama túwak, una especie de arak.

»Pero esta palmera produce otras cosas no menos útiles: de sus hojas se extraen unas crines o fibras resistentes que sirven para hacer cuerdas; produce, además, una sustancia algodonosa que, preparada, se utiliza para yesca; su médula es muy harinosa y sirve para hacer pan, muy usado por los pobres y bastante sustancioso, y, por último, sus frutas son comestibles, en particular por los chinos, que las preparan en confituras. Pero si encontráis esas frutas guardaos de comer las cáscaras, porque son muy venenosas y los indígenas las emplean para impregnar con su jugo la punta de las flechas.

—¿No hay, además, otros árboles que den jugos azucarados? —dijo el soldado.

—Sí; existen, además, el sontar, llamado por los naturalistas Barassus flabelliformes, que produce un jugo que, hervido, se convierte en azúcar.

—Señor Held —dijo el pequeño Dick, que desde hacía un rato olfateaba el aire—, ¿no nota un olor como de alcanfor?

—¡Alcanfor!… ¿Aquí, en medio del bosque? —exclamó Amelia.

—No te extrañes —dijo el holandés—. Borneo es el país que produce el mejor alcanfor. Quizás haya por aquí alguno de esos árboles.

—Allá lejos, junto a aquel grupo de abedules —exclamó el soldado—. Madre mía. ¡Qué coloso!…

En efecto, a la derecha de un grupo de arbustos se alzaba un árbol de enormes dimensiones, no muy alto, pero tan grueso, que cinco hombres no hubieran podido abrazarlo. Precisamente de aquel punto fluía un agudo perfume de alcanfor.

—Es un verdadero Cinnamomum camphora —dijo el señor Held, que era un poco botánico—. Si tuviésemos tiempo podríamos extraer una buena cantidad de ese coloso, aporque el alcanfor de Borneo es el más apreciado de los conocidos.

—Pero ¿dónde tiene el alcanfor? —preguntó Amelia.

—En el tronco y en las ramas, esparcido en pequeñas concreciones, y de la savia se extrae el precioso líquido llamado aceite alcanforado.

—¿Cortan los árboles para extraerlo?

—Sí, y lo pagan muy caro los chinos, pues le atribuyen virtudes especiales y milagrosas. Los habitantes de Borneo no lo usan; sienten por él un temor supersticioso y no llevan a cabo su recolección sino después de algunas ceremonias, a las cuales, no sé por qué motivos, no pueden asistir mujeres.

—En Macao he visto yo plantas semejantes a éstas, sólo que más pequeñas.

—Sí; pero son otra especie conocida por los botánicos con el nombre de Laurus camphora, y su sustancia alcanforada se extrae de otro modo. Primero cortan las ramas en pedacitos, que hacen cocer dentro de vasijas cubiertas de paja, en las que se recoge la resina odorífera, que después se cristaliza.

El alcanfor común que se vende en Europa es el llamado chaugnaug por los chinos, se extrae de la llamada ugai o Blumea balsamifera, y es el más estimado después del de Borneo. Esta variedad de alcanfor crece en China, Japón y en la isla de Formosa.

—¡Chitón! —dijo de pronto el soldado—. ¡Alguien se acerca!

—¿Hombres? —dijo Held, cargando la carabina.

—¡No, un animal…, miradlo! ¡Mil diablos! ¡Parece la trompa de un elefante!

XIV. Los depósitos aéreos de agua

Entre los espesos árboles había aparecido un extraño animal; avanzaba con precaución, volviendo la cabeza a un lado y a otro, como si temiese ser sorprendido.

Tenía unos dos metros de longitud de la cabeza a la cola, alto, de cabeza grande y terminada en una especie de trompa, que alargaba y encogía rápidamente; ojos pequeños y negros, orejas en forma de cucurucho, cuello largo y patas fuertes y robustas, terminadas en cuatro dedos provistos de pequeñas pezuñas.

Su piel, que parecía bastante gruesa, era de color pardo oscuro, y en el centro del cuello, blanca, cubierta de pelos cortos. Parecía vestir una faja blanca de tela, mientras el reste del cuerpo era de color pardo.

—Un animal feroz —dijo Dick, apuntando con su fusil.

—No; es un tapir —aclaró Held—. Un bicho bastante inofensivo.

—¿Bueno para comer? —preguntó el soldado.

—Tiene una carne parecida a la del tigre, correosa, pero mejor.

—Será mejor dejarlo en paz. Una detonación podría atraer la atención de los piratas.

—Es cierto —concedió Amelia—; y ahora no tenemos necesidad de más víveres.

—Más falta nos hace el agua —añadió el soldado.

—La podremos encontrar si seguimos a ese animal —dijo Held—; tengo la seguridad de que se dirige hacia algún pantano, aunque quizás esté lejos y nos haga perder mucho tiempo.

—¿Son anfibios esos tapires?

—No, Amelia; pero les gusta mucho el agua y las plantas acuáticas, cuyas raíces constituyen su principal alimento.

—¿Se encuentran solamente aquí estos animales?

—No; también viven en Sumatra y en América del Sur, pero estos últimos no tienen esa franja blanca y son más grandes. Tanto unos como otros no valen gran cosa y sólo se cazan para curtir sus pieles, muy resistentes; los indios las emplean para hacer sus escudos, y los europeos para los correajes de los coches. ¡En marcha, amigos míos; aún estamos muy cerca de la costa!

—Y busquemos agua, señor —dijo Landa—. El jugo de la arenga era delicioso, pero no me ha quitado del todo la sed.

—No la encontraremos. Pero conozco algunas plantas que son verdaderos depósitos de agua.

—¿Otras plantas?

—Sí; las nepenthes. ¡Adelante!

Se pusieron en marcha a través del infinito bosque, unas veces impenetrable y otras capaz de permitir a los rayos del sol llegar hasta tierra.

Algunos monos trepaban hasta las copas más altas de los árboles para coger las frutas más deliciosas. La mayor parte de ellos eran cercopitécidos, especie que sólo se encuentra en Borneo, de cara ridícula, de nariz larga y gruesa, de punta hinchada y roja como la de los discípulos de Baco, y el pelo oscuro. Las hembras tenían la nariz más corta.

Viendo pasar a los viajeros hacían muecas ridículas y arrojaban frutas y ramas.

Dick hubiera querido espantarlos con un disparo de fusil, pero Held no se lo consintió, temiendo atraer la atención de los piratas.

Entre aquellos monos se veían también ejemplares de lo que los malayos llaman bigit, es decir, langures, muy ágiles, de pelaje negro y cola larga; monos insolentes, de hocico grueso, orejas pequeñas y ojos vivos e inteligentes.

—Yo he visto muchos de esos monos en la India —dijo el siciliano—; a millares.

—Sí; son muy corrientes en esa gran península —contestó el holandés—, y mucho más respetados que aquí. Los dayacos, cuando cazan alguno, no tienen ningún escrúpulo en comérselo asado, pero los indios se guardarían mucho de molestarlos.

—¿Por qué, señor Held? —preguntó Dick.

—Porque creen ciegamente que en el cuerpo de estos animales hay almas de hombres que han muerto. Por eso no se atreven a tocarlos, y ¡ay del europeo que matara alguno! Lo harían pedazos.

—¿Y no abusan de esa protección? —dijo Amelia.

—Demasiado, hija mía. Como si supiesen que son tenidos como animales sagrados, los macacos se permiten toda clase de bribonadas: penetran en las tiendas y se llevan lo mejor que encuentran; se esconden en las casas y lo tiran todo y rompen cuanto les viene en gana.

—¿Qué hacen entonces los indios?

—Con buenas maneras los ponen de patitas en la calle; pero son tan obstinados, que apenas salen los dueños vuelven al saqueo.

—¿Y no los podrían echar al bosque?

—Una vez, unos negociantes de Bengala, hartos ya de verse saqueados, tuvieron la idea de librar sus barrios de tales ladrones. Cogieron algunos y los hicieron sacar en carros…

—¡En carros! —exclamó el soldado, soltando una carcajada—. ¡Podían haberlos llevado en carrozas, o pagado un billete de primera en ferrocarril!

—Tuvieron un éxito loco: apenas aquellos macacos fueron apeados en medio del bosque, que distaba unos treinta kilómetros, echaron a correr tras los carros y entraron tranquilamente en la ciudad.

—Si la hubiesen emprendido a palos con ellos no les hubieran quedado ganas de volver. ¡Oh!… ¡Oh!… Este bosque nos va a hacer sudar. Parece como si entrásemos en un laberinto de redes.

—¡Tendremos que trabajar denodadamente con los machetes, adelante!

Entraban en un bosque de rotangs (calamus), especie de bejucos de la familia de las plantas que se emplean como cordaje —también se venden en el comercio con el nombre de cañas de India—, que se entrecruzaban entre los árboles formando como el tejido de una red gigantesca. Se arrastran por tierra, suben hasta la copa de los más altos árboles, descienden en espiral y describen caprichosas curvas, círculos y espirales. Su diámetro es pequeño, pero su longitud supera la de las plantas más largas conocidas, llegando algunas a trescientos metros. Allí, en medio de aquel amontonamiento de ramaje, fue donde Held encontró la planta que había de calmarles la sed.

—Ahí están los nepenthes —exclamó—. Por fin podremos beber hasta la saciedad.

—¿Pero dónde está el agua? —dijo el soldado—. Yo no veo ningún estanque.

—Los estanques, o, mejor dicho, los depósitos, están sobre nuestras cabezas —dijo el holandés—. Mirad hacia arriba.

El soldado, Amelia y Dick miraron sorprendidos y divisaron entre los rotangs, entretejidas con ellos, unas plantas trepadoras, cuyas hojas tenían una forma bastante extraña. Parecían urnas por fuera, de color verde, pero con los bordes de un bello color azulado, semicerrados por una especie de tapa o cobertera.

Había centenares de esos vasos, algunos muy altos y derechos, y otros, que habían estado expuestos a los rayos del sol, mustios y medio vacíos.

—¿Qué es eso? —preguntaron asombrados.

—Son los depósitos de la Nepenthes destillatora —contestó Held.

Se alzó sobre las puntas de los pies y cortó delicadamente uno de aquellos vasos, ofreciéndoselo a Amelia.

—Levántale la tapa —dijo sonriendo.

La joven trató de levantar aquella hoja que lo cubría, pero era bastante resistente.

—Rómpela —dijo Held—. El sol la ha secado y hay que arrancarla.

Amelia la rompió, y ante sus ojos admirados apareció en el interior de aquella copa cerca de medio litro de un líquido transparente.

—Puedes beberlo —invitó Held—. Ese agua quizás esté algo caliente, pero es excelente.

La joven la acercó a sus labios y bebió algunos sorbos.

—Deliciosa —dijo el soldado, que había cortado otra copa bebiéndola ávidamente—. Dentro tiene algunos insectos que se han ahogado, pero no hay que ser escrupuloso.

—¿Y cómo se produce este agua? —dijo Dick, que había bebido otro vaso.

—Esta planta —dijo Held—, puede realmente llamarse la providencia de los viajeros. Crece en medio de la selva, contentándose con un terreno fértil y lleno de humedad. Sus hojas, que exteriormente están cubiertas por una membrana lisa e impermeable, al ocultarse el sol se enderezan, cierran la cobertura y van chupando la humedad del suelo, llenándose poco a poco de agua. Se ha creído que provenía del rocío, pero se ha averiguado que es una verdadera secreción de la hoja misma. Al amanecer, todos estos vasos, por el peso del líquido, se inclinan hacia tierra, se van destapando y se desembarazan de una parte del agua: bien por evaporación, bien dejándola caer. Pero apenas se vuelve a ocultar el sol, se alzan de nuevo, las tapas vuelven a cerrarse, y repiten otra vez la misteriosa absorción nocturna.

»Sólo las plantas de esta isla pueden recoger en una noche casi medio litro de agua; pero los nepenthes que se crían en la India y Cochinchina y en otras islas del mar de la Sonda contienen mucho menos. Es una planta muy apreciada y venerada, porque por grandes que sean las sequías recoge mucha cantidad de líquido.

—Nunca hubiese creído que hay plantas que hacen de fuentes —dijo el soldado—. ¡Lástima que no podamos llevarnos con nosotros algunos de estos vasos!

—Se marchitan en seguida. Reanudemos el camino y tratemos de encontrar donde cobijarnos. Temo que vamos a pasar una mala noche en medio de esta selva.

Se pusieron en marcha, atravesando los rotangs, y macheteando a diestra y siniestra fueron avanzando cada vez más por la selva a través de aquella red interminable.

Valiéndose de una pequeña brújula que el soldado llevaba pendiente de la cadena de su reloj, caminaban hacia el sur, sabiendo que en aquella dirección podrían llegar al Koti, que surca aquella isla desde la cordillera de los Montes Cristalinos hasta la costa oriental.

A eso de las cuatro habían atravesado el bosque de rotangs, aunque sin tener mejor fortuna, pues se encontraron bloqueados en un caos de otros vegetales. Había millones de espléndidos helechos de la especie llamada Dipleris horsfildii y Matonía pectinata, de delgados tallos, pero de ocho o nueve metros de altura, extendiendo sus inmensas y plumosas hojas; grupos enormes de Palme pinang, cargados de racimos de frutos; los Piper betel, hierbas trepadoras que invadían todo el terreno; los Sunda matune, o árboles tristes, así llamados por los indígenas porque sus flores se abren de noche, y los arecche, de hojas inmensas.

Los árboles frutales eran numerosos. Por todas partes surgían los mangles, llamados por los malayos buamamplam, que producen grandes y jugosos frutos, impregnados de un fuerte sabor a resina; los buablaciang, que producen un fruto hediondo muy resinoso y apreciado por los malayos; los pombo, que dan unas naranjas de grosor extraordinario, graneles como la cabeza de un niño; los Nepelium lapaceum, cuyas frutas contienen una pulpa blanca semitransparente, dulce y jugosa, un poco ácida, encerrada en una corteza rojiza defendida de espinas; exquisitos bananos de la mejor especie, llamados pesang mas, o bananos de oro.

El soldado y el holandés, a pesar de que trataban de abrirse paso, no cesaban de recoger las mejores frutas, que guardaban para el postre de la noche.

Hacia las siete de la tarde, rendidos por aquella larga y fatigosa marcha desde el alba, los náufragos se detuvieron al pie de un árbol inmenso, que sostenía una masa enorme de ramas y follaje y que sobresalía entre todos los demás del bosque.

XV. El «Mias-Pappan»

Establecido el campamento al pie de aquel coloso, que daba sombra a un pequeño claro desprovisto de vegetación de un centenar de metros cuadrados, los náufragos se pusieron a recoger ramas secas para encender una gran hoguera, único medio de mantener a distancia a las diversas fieras.

Como ya habían recorrido más de doce millas a través de aquel laberinto vegetal, estaban casi seguros de no llamar la atención de los piratas, que quizá no se habrían atrevido a separarse de la playa.

Cenaron parte de las provisiones que llevaban consigo; añadieron algunas de las frutas recogidas durante su marcha a través del bosque, y, habiendo improvisado frescas camas con grandes hojas de helechos, el holandés, Amelia y Dick se acostaron, mientras el soldado hacía la primera guardia.

—Si oye algún ruido sospechoso, llámeme en seguida —recomendó el holandés—. En esta isla hay animales muy peligrosos, y salvajes más feroces aún que las fieras.

—No tenga cuidado —contestó el siciliano.

—Mantenga abiertos los ojos.

—Nada ni nadie se acercará sin mi permiso. ¡Buenas noches a todos!

El soldado encendió su pipa para resistir mejor el sueño, que podía sorprenderle después de una jornada tan fatigosa; atizó el fuego y se apoyó contra el grueso tronco del árbol con el fusil entre las rodillas y los ojos sondeando las sombras.

Un profundo silencio reinaba en toda la selva, apenas turbado por el rumor de las hojas más altas, movidas por el débil viento que soplaba de la costa. Parecía como si aquella parte del bosque hubiese sido abandonada por todos los animales.

El siciliano, sin embargo, no se sentía muy tranquilo a pesar de aquella calma, y dirigía sus penetrantes ojos a todas direcciones, escudriñando entre la copa de los árboles vecinos; de vez en cuando se levantaba para dar una vuelta alrededor del árbol corpulento.

De pronto, un grito ronco y poderoso resonó entre los árboles, a una gran distancia. Como si hubiese sido la señal de un concierto, poco después se oyeron en todas direcciones gritos extraños, silbidos, mugidos y aullidos, como si bajo aquellas espesuras se hubiese cobijado todo un enjambre de fieras.

Se oía mover las hojas, quebrarse las ramas, carreras precipitadas que se perdían en la lejanía, y después caídas, como si grandes animales se sumergiesen en algún estanque.

Pero ni una sola fiera aparecía en el cerco luminoso proyectado por el fuego que ardía junto al árbol.

—¡Por cien mil rayos!… —exclamaba el bravo siciliano—. ¡Preferiría estar en el mar con un huracán encima que encontrarme en esta selva! Mejor mil veces los rayos y los truenos que este concierto, que le pone a uno la piel de gallina.

Estaba atizando el fuego cuando un objeto grueso y pesado, cubierto de largas espinas, cayó ante él.

—¿Qué es eso?… ¡Graniza! —exclamó.

Se agachó para examinar aquello que había caído y quiso cogerlo; las espinas eran tan afiladas que se le hincaron bastante en la carne.

—Harían falta unas tenazas para cogerlo —murmuró—. ¿Será quizá la fruta de este árbol? Si me cae a plomo sobre la cabeza me la parte. ¡Ah!, lo conozco: es un durian, un bocado excelente para quien pueda soportar su repugnante olor. Mañana se lo regalaré a Amelia.

Volvió a levantarse para acercarse al fuego, pero se detuvo de repente, viendo caer al suelo otro fruto como el anterior.

—¡Diablos! —exclamó—. ¡Vaya plan de vida! Esta fruta todavía no está madura, a juzgar por su corteza sin grietas, y ¿ya cae?…

Alzó la cabeza para mirar al árbol. Le pareció oír entre las ramas un aliento sonoro y fuerte.

—¿Habrá arriba algún pajarraco? —se preguntaba el siciliano, que comenzaba a sentirse inquieto—. Si el señor Held no durmiese tan tranquilamente, lo despertaría para ver qué era eso.

Un tercer fruto cayó al suelo, pero con tanta fuerza, que rebotó y se reventó.

—¡Truenos de Palermo! —exclamó el soldado—. ¿Qué sucede allá arriba?

No pudo terminar; la palabra se le heló en los labios y quedó inmóvil y como petrificado, con los ojos desmesuradamente abiertos.

Un ser espantoso, un monstruo, bajaba a lo largo del tronco del árbol, girando a su alrededor con maravillosa agilidad, avanzando la cabeza para observar mejor al soldado, que parecía paralizado por el terror.

No era una serpiente, ni un ave, ni un leopardo, sino un mono del tamaño de un hombre de regular estatura, de cuerpo rechoncho, el pecho enormemente desarrollado, los hombros poderosos y anchos, espalda musculosa, brazos y piernas gruesos como el tronco de un árbol; los primeros más largos que las piernas y éstas armadas de unas uñas extraordinariamente corvas y cortantes.

Su cabeza era grande, la cara dilatada, con los pómulos salientes y cubiertos de grandes arrugas; la boca, enorme, armada de blancos y fuertes dientes, contraída con una sonrisa que helaba la sangre de espanto. Su cara, en conjunto, tenía una expresión de horrible ferocidad. Su cuerpo, que debía de poseer una fuerza hercúlea, formidable, estaba cubierto de pelo largo, revuelto y rojizo.

El monstruo, que quizá tenía su cubil entre las ramas de aquel árbol inmenso, seguía bajando por el tronco dando vueltas, sirviéndose de sus manos y sus pies, que eran de tamaño extraordinario. Sus ojos, negros y vivos, no se fijaban ya en el soldado; miraban obstinadamente a la joven Amelia, que dormía plácidamente al pie del árbol, y al pequeño Dick.

El siciliano, aterrorizado, sabiendo con qué terrible adversario se las tenía que ver, lo contemplaba con ojos de espanto, sin atreverse a alzar su fusil. Había reconocido en aquel mono al mias-pappan, el ser más formidable que vive en la isla de Borneo. Más peligroso que el tigre y el cocodrilo, más robusto que la serpiente pitón y más brutal que el rinoceronte.

El mias y al llegar al suelo, emitió un ronco gruñido, y se acercó al lecho donde estaban los jóvenes, alargando un velludo brazo. Un solo momento de vacilación, y todos estarían perdidos; pero el soldado, ante el peligro supremo, recuperó su valor, y saltando rápidamente, gritó:

—¡Señor Held!…

El mias, al oír el grito, se detuvo y fijó en el soldado sus ojos inyectados en sangre; a su vez, dio también un paso hacia su adversario, enderezándose cuan largo era, y enseñándole los agudos dientes.

El soldado no vaciló más; apuntó rápidamente con su fusil y, a tres pasos de la bestia, hizo fuego.

El hombre de la selva, aunque herido en pleno pecho, a bocajarro, no cayó. Lanzó un gemido casi humano, se dilataron sus ojos espantosamente y se abalanzó contra su Adversario, tratando de agarrarlo. Pero éste, más rápido que el relámpago, le enfrentó la carabina como para hacerlo retroceder y se la hundió en las fauces abiertas. Pareció como si le hubiese metido un palillo; aquellos dientes, más sólidos que el acero mejor templado, mordieron en el cañón con una potencia incalculable, y lo abolló como si hubiera sido de plomo.

Landa lanzó un grito desesperado, se vio perdido, pues había dejado su machete al pie del árbol. A su segundo grito contestó otro:

—¡Aquí estoy, Landa!…

Held se había puesto de pie e iba en su auxilio, mientras Amelia daba gritos de horror. De un salto se colocó entre el mias y el siciliano y descargó su arma.

Esta vez el hombre del bosque cayó a tierra; pero con un esfuerzo desesperado se levantó de nuevo y huyó galopando como un cuadrúpedo, seguido por dos o tres descargas de fusil de Amelia y Dick.

Durante algunos instantes se le oyó romper furiosamente las ramas del rotang, y después cesó el ruido.

—Ya cayó —dijo Dick corriendo con su fusil humeante.

—No nos fiemos —dijo Held—. Estos animales tienen un vigor prodigioso y resisten muchos balazos. Quizás esté escondido en cualquier árbol.

—¡Ah, señor Held! —dijo el soldado—. ¡Le aseguro que nunca había sufrido una emoción semejante!

—Lo creo —dijo Held—, porque los mias son los seres más terribles de la creación; más terribles que el tigre cuando se defiende.

—¿Pero son tan fuertes esos monos? —preguntó Amelia, temblando.

—Tienen tal fuerza que desafían al cocodrilo y a la serpiente pitón. Generalmente, son animales tímidos, que no se atreven a meterse con los hombres ni con los animales. Se esconden en lo más espeso de los bosques y en la parte más alta de los árboles, se alimentan de frutas, de caña de azúcar silvestre o raíces y saltan de rama en rama con gran agilidad. Algunas veces saquean alguna plantación. Corren como cuadrúpedos, pero con la superficie del cuerpo formando un ángulo de cuarenta y cinco grados con la tierra, por tener los brazos más largos que las piernas, y con los dedos replegados hacia adentro, y marchan sobre los nudillos, en vez de apoyarse sobre las palmas. Su galope es extraño, moviendo al mismo tiempo el pie y la mano derecha primero y después los de la izquierda.

—¿Dice usted que no atacan a los hombres?

—No; no les hacen frente; se contentan con mirarlos curiosamente, y si no les molestan siguen su camino. Sin embargo, hay algunos solitarios que tienen un humor de mil diablos, y muchas veces atacan hasta a los hombres.

—¿Temen los indígenas a los mias?

—Basta nombrarles el mias-pappan o el utang, o mias-kas-saá, como también se le llama, para verlos palidecer. Son tan robustos que de un zarpazo pueden, con sus afiladas uñas, reventar a un hombre. Cuando los cocodrilos los atacan, saltan sobre su lomo y, apoyándoles una rodilla sobre el cuello, les rompen las mandíbulas de un tirón. A la Boa constrictor, que puede estrangular un buey entre sus anillos, la vencen estrechándola entre sus manos y haciéndola trizas a dentelladas.

—¿Es verdad que saben construir cabañas, señor Held? —dijo el soldado.

—No; pero los indígenas dayacos afirman que durante la estación de las lluvias se construyen refugios con hojas de helechos o de palmas.

—¿Y no pueden domesticarse?

—Sí; cuando los cazan jóvenes; entonces dan pruebas de rara inteligencia y soportan bien la esclavitud.

—¿Será quizás uno de esos solitarios el que nos ha atacado? —preguntó Amelia.

—Probablemente —dijo Held—, y tal vez quería robaros a alguno de vosotros. No es la primera vez que un mias ha robado algún joven o un niño. Pero basta ya; tratad de dormir otra vez. Yo haré compañía a Landa, aunque ahora ya no exista ningún peligro. El hombre del bosque, si no ha muerto, estará curándose las heridas.

—Acabe usted de dormir, señor Held —dijo el soldado—. Deme otro fusil, porque el mias me ha machacado el que tenía como si fuese el tubo de una pipa. Duerma tranquilo, que ya me he curado de la impresión y no tengo miedo.

—Como quiera; sobre todo pensando que mañana tendremos que emprender una larga caminata.

El holandés, Amelia y Dick volvieron a acostarse, mientras el soldado ocupó su puesto junto al fuego, armado con su fusil.

Nada volvió a ocurrir durante el resto de la noche; le pareció oír de vez en cuando el resollar del terrible mono y algún gruñido de dolor, pero no apareció otra vez. A medianoche, el holandés le hizo el relevo, y a las cuatro, Dick y Amelia, para no ser menos, cumplieron también su turno de guardia, que fue más tranquilo que los demás, por acostumbrar las fieras a retirarse al llegar el alba.

A las seis tomaron los náufragos un pequeño desayuno, con algunos bizcochos y la fruta del durian.

Dick y Amelia, no acostumbrados a soportar el desagradable olor que despedía aquella fruta, rehusaron comerla al principio, pero después aceptaron y quedaron satisfechos de haberla probado. En efecto; no hay frutos más exquisitos que los de este árbol gigantesco: grande como la cabeza de un hombre, de forma esférica u ovalada, de cáscara verde amarillenta, cubierta por una red de agudísimas espinas que no se pueden tocar impunemente con las manos. En la parte interior están divididos en cinco segmentos, cada uno de los cuales contiene grandes semillas, envueltas entre una pulpa blanca y cubierta de una especie de película.

Esta pulpa despide un marcado olor a ajo y a queso podrido muy desagradable, y raro es el europeo que lo puede soportar, pero apenas se introduce en la boca se advierte su sabor exquisito, como si fuese un helado en el que hubiese esencias de las frutas más delicadas, de mangos y bananas. Es una sustancia más animal que vegetal; los perros la comen con avidez. Sus semillas son excelentes, y asadas tienen sabor semejante a las castañas.

A las siete, después de haber apagado la sed con algunas nepenthes, reanudaron los náufragos su marcha a través de la interminable selva.

XVI. Elefantes salvajes

La selva, casi impenetrable, asemejaba un verdadero caos de árboles y plantas de todas las especies. Enormes tecas, de cincuenta y sesenta metros de altura, de madera dura como el hierro, pero que se pudre sumergida en el agua, al lado de los hermosos árboles del alcanfor; las plantas de la nuez moscada, de intenso perfume, se alzaban al lado de las que producen la goma laca; la de la pimienta, que lucía sus racimos cargados de aromáticos granos y trepaba por el tronco del clavo, cuyas flores, en mazos, exhalaban deliciosos aromas; los belzoin, bellísimos, que entrecruzaban sus ramas con las del árbol que produce el polvo de sándalo, tan buscado por su agradable olor; helechos de gigantescas hojas, bananos, palmas, cedros, tamarindos, cotangos, mangles, manzanos y granados, cargados de bellas y enormes frutas.

Los náufragos tenían que esforzarse mucho para avanzar, y lucharon no poco para mantenerse en dirección sur. Dick no separaba la vista de la pequeña brújula que le habían confiado. Afortunadamente, a trechos encontraban una especie de senderos abiertos por el paso de grandes animales, los rinocerontes, los elefantes, los tapires, o cualquier otro que tuviese la costumbre de pasar por un sitio determinado para ir a beber al lago más cercano.

Algunas veces topaban con arroyuelos o lagunas, pero casi todos con aguas sucias y negras como la tinta. Estas corrientes y lagunas son muy frecuentes en Borneo, y aunque han sido ya estudiadas, no se ha podido averiguar con certeza la verdadera causa de su color negruzco. Parece, sin embargo, ser producto de ciertas hojas que se marchitan y pudren en ellas en gran cantidad.

A las diez de la mañana, después de haber recorrido media docena de kilómetros, llegaron a un pequeño claro de la selva donde crecían flores de grandes dimensiones, que provocaron exclamaciones de sorpresa en Amelia y Dick.

Eran las rafflesia, denominadas crubul por los malayos, grandes flores, las mayores que se conocen, que alcanzan una circunferencia de tres metros y un peso de siete u ocho kilogramos.

Esta planta, descubierta por primera vez por el italiano Odoardo Beccari en 1778, en las faldas del volcán Singaleg, en la provincia Padag, de Sumatra, produce una sola hoja, de diez metros de larga y dos o tres de ancha, de cuyo centro sale una desmesurada flor de color rojo, punteada de manchas blancas. Su perfume no es agradable, sino todo lo contrario: un infecto olor a pescado podrido.

—¿Quién sería el gigante que pudiese llevar una de estas florecitas en el ojal? —preguntó el soldado.

—Los jardineros europeos pagarían muy caras estas flores si pudiesen cultivarlas —dijo Held.

—¿No pueden aclimatarse? —preguntó Amelia.

—Sólo viven aquí, hija mía.

—Mire, señor Held —dijo Dick—. Allí veo una casi negra.

—Una rareza —repuso el holandés—. Si nuestros compatriotas pudiesen transportarlas a Java o a Sumatra, serían capaces de renovar la locura del famoso tulipán negro.

—¿Qué es el tulipán negro? —preguntaron a un tiempo Dick y el soldado.

—Aquel del zapatero.

—No sabemos nada de esa historia —dijo Amelia.

—Ahora os contaré la historia de la flor mientras descansamos. Seguro que sabéis que hubo un tiempo en que los holandeses tuvieron una manía rayana en frenesí por los tulipanes, manía que, en cierta forma, aún les dura; tenían la pretensión de obtener ejemplares de los colores más disparatados y gastaban en cultivarlos verdaderas fortunas. ¡Llegó un momento en el siglo XVII en que los tulipanes se cotizaban en la bolsa de Harlem! Algunos de sus bulbos llegaron a alcanzar precios fabulosos. El tulipán llamado Anmiraglio liesheus se pagaba a 4000 florines; el Semper augustus, a 2000. Por uno de estos últimos ofrecieron a su afortunado poseedor 4600 florines, y además una carroza de dos caballos, y por otro doce yugadas de tierra.

—¡Qué locura! —dijo el soldado—. ¡Habían perdido la cabeza!

—Por otra colección pagaron en una subasta pública 9000 florines, y Francés de Lie ja entregó una fábrica de cerveza en plena actividad, que valía más de 30 000 florines, por un tulipán, cuya flor, en recuerdo de aquel extraño contrato, recibió el nombre de tulipán cervecero.

—Más le hubiera valido beberse sus cubas de cerveza.

—Un día —continuó el señor Held—, algunos cultivadores de tulipanes supieron que un zapatero remendón de Harlem poseía un tulipán negro, y le ofrecieron primero 200, después 400, después 1000 y hasta 1500 florines. El remendón, atónito y asombrado, viendo llover sobre él tal fortuna, lo vendió. Imaginaos la sorpresa de aquel hombre al ver que los compradores cogían la planta y su bulbo, la cortaban en menudos pedazos y la machacaban.

»Aquellos tulipanómanos pertenecían a una sociedad dueña del único tulipán negro que existía, y habían destruido el del zapatero para seguir siendo los únicos.

»Cuando el pobre zapatero se enteró después de que podían haberle pagado 10 000,florines, sintió tanta pena que murió de un ataque al corazón.

—Son verdaderas locuras, señor Held. ¡Mil truenos! —dijo Landa—. Si estas flores fuesen más pequeñas y no pesasen tanto, les llevaría alguna a sus compatriotas de Pontianak.

—Se marchitarían en seguida, amigo mío.

—Seguramente, y encima me habría tomado una molestia inútil. En marcha, señores. ¡Senmeridán todavía está lejos!… ¿No siente usted, señor Held, un olor especial?

—Sí —contestó el holandés, olfateando el aire—; mala señal.

—¿Por qué, señor Held? —preguntó Amelia.

—Porque indica que por aquí ha pasado un tigre.

—¡Mil rayos! —exclamó el soldado, mirando rápidamente a su alrededor—. ¡Un vecino muy peligroso!

—Cargad los fusiles y vayamos con precaución. Dick y Amelia que se pongan entre nosotros.

—Ya está cargado mi fusil —dijo Dick.

El soldado, con su carabina preparada, se puso al frente de la columna, moviendo las ramas y mirando alrededor con mil precauciones, mientras el holandés, en la retaguardia, iba examinando los matorrales y los macizos de bambú.

Habrían recorrido unos trescientos pasos cuando el siciliano se detuvo bruscamente. Frente a ellos se alzaba una plantación de bambúes Hauer tgiutgiuk, no muy altos, con hojas estrechas y armadas de espinas encorvadas, mezclados con matorrales de bambú tulda, que tienen cañas de un grosor de treinta a cuarenta centímetros y unos dieciocho metros de altura. Crecen con tal rapidez que en un solo mes alcanzan esa respetable altura.

—¡En guardia, señor Held! —dijo el soldado.

—¿Qué ha visto? —preguntó el holandés con inquietud.

—Aquel matorral de cañas altas esconde algunos animales. Los he visto moverse.

—¿Estará ahí en medio emboscado el tigre?… Escondámonos pronto tras esos árboles.

—¡Señor Held! —gritó Dick—. ¡Mire lo que asoma entre las cañas!

El holandés alzó la vista en la dirección indicada y vio surgir entre los bambúes tulda una especie de brazo largo y grueso, de color gris oscuro.

—¡Una trompa! —exclamó.

—¿De elefante? —preguntó Amelia.

—Sí; en medio de las cañas hay algunos elefantes pastando.

—¡Oh! ¡Cómo me gustaría verlos! —dijo el pequeño Dick.

—¡Pues a mí no, querido mío!

—¿Son peligrosos, señor Held?

—Tal vez lo sean.

De pronto oyeron a corta distancia un potente bufido, como un ¡niff niff! rumoroso. El holandés sintió un escalofrío de temor y se puso pálido.

—Tenemos cerca un vecino más peligroso que el elefante —dijo—. Pongámonos pronto a salvo de sus cuernos. Quizá presenciemos dentro de poco un combate homérico.

A su derecha se alzaba un pequeño árbol de alcanfor, de seis u ocho metros de altura. El holandés cogió al pequeño Dick y le dijo:

—Agárrate a las ramas y trepa por el tronco.

El muchacho, que sin duda había puesto en práctica más de una vez sus dotes gimnásticas, en dos o tres flexiones se puso a salvo en lo alto del árbol. Le siguió el soldado, quien, alargando el robusto brazo, tiró después de Amelia, y, por último, con una agilidad increíble para su edad, trepó rápidamente el holandés.

Apenas se habían acomodado entre las ramas, cuando a unos pasos de distancia de su escondite vieron salir de entre los árboles dos animales de enormes dimensiones; avanzaban uno contra otro, pero no rápidamente, sino con pesadez.

Tenían más de tres metros de largo por uno y medio de alto, formas macizas. Su piel era rugosa, llena de protuberancias, gruesísima a simple vista, de color oscuro y cubierta de cerdas ralas. Su cabeza era cuadrilonga, con el frontal arqueado y cóncavo; las orejas poco dilatadas y la extremidad de su nariz armada de dos cuernos, uno detrás de otro: el primero de cerca de medio metro de largo, sólido y afilado, y el segundo más rudimentario.

Sus patas eran deformes, sin articulaciones, rugosas como su espalda, que aparecía cubierta de grandes costras de barro seco.

El holandés los reconoció en seguida: eran dos rinocerontes de Sumatra, animales formidables de las selvas de Borneo, capaces de enfrentarse en cuanto ven frente a ellos un adversario cualquiera. Sin duda habían advertido la presencia del elefante y marchaban en su busca para disputarle el dominio de la selva.

Junto a la linde del gran matorral de bambú, los rinocerontes se pararon olfateando el aire y emitiendo sus potentes ¡niff! ¡niff!

De pronto vieron entreabrirse bruscamente los bambúes y aparecer de repente una pareja de elefantes: un macho viejo y una hembra. Eran dos merghee salvajes, que se encuentran únicamente en las islas de Ceilán, Java, Sumatra, Borneo y Célebes.

Son diferentes de los elefantes africanos, mayores, más desenvueltos y desarrollados; las orejas, un tercio más pequeñas; los colmillos, menos gruesos y pesados; la frente, cóncava, en vez de convexa. También se diferencian en las patas: los africanos tienen sólo tres pezuñas en las posteriores, y los asiáticos cuatro. También las hembras son distintas, porque las de la raza merghee casi están desprovistas de pezuñas, y si las tienen son muy pequeñas. Ambos eran de talla elevada, gigantesca, más alta que los comarehah, otra raza que vive en el continente asiático, y más robustos y macizos. Su trompa es menos gruesa que la de estos últimos, patas más altas y más finas, para poder luchar con los rinocerontes, que son muy ágiles a pesar de su apariencia pesada.

El macho se dio cuenta en seguida de la presencia de los dos adversarios, y con un golpe de su trompa obligó a la hembra a esconderse entre los matorrales, comprendiendo que no podría resistir el ataque al estar desprovista de colmillos, después, majestuosamente, penetró entre los bambúes bufando tan poderosamente que hizo temblar el bosque, y estremecer a todos los papagayos que revoloteaban entre las ramas de los árboles.

Al oír aquel berrido, como un desafío, los dos rinocerontes se abalanzaron rápidamente contra las cañas, agitando rabiosamente sus colas cortas y gruesas, y se ocultaron entre ellas.

El merghee los había descubierto. Con un poderoso golpe de trompa derribó todas las cañas que lo rodeaban y podían ocultar a sus enemigos, y se quedó plantado, con la cabeza baja, los colmillos tendidos hacia delante, lanzando otro berrido aún más formidable que el primero.

—Fijaos —dijo Held—. Vamos a presenciar una lucha terrible.

XVII. Una carrera sobre un rinoceronte

El enorme animal, salvajemente plantado al borde del matorral, con la formidable trompa levantada para golpear, y la boca abierta, de la que, de vez en cuando, salían poderosos berridos, infundía espanto.

Como si se diera cuenta de su fuerza incalculable y de su robustez, parecía desafiar a todas las fieras que moraban en la selva.

Los dos rinocerontes, no ignorando la clase de adversario con que tenían que enfrentarse, avanzaban cautelosamente ocultándose entre los bambúes; en contra de sus costumbres, parecían no estar dispuestos a un ataque temerario.

No obstante, uno de ellos, el más pequeño, habiéndose aproximado bastante, se adelantó cargando con furia. Entre saltos atravesó el espacio libre de cañas y cayó sobre el costado derecho del elefante con la cabeza baja, esgrimiendo el afilado cuerno.

Pero el elefante lo había visto a tiempo. Se volvió rápidamente embistiendo hacia adelante y clavó en el vientre de su adversario los colmillos; después, asiendo su cuerpo con la trompa y cargándoselo sobre la espalda, lo tiró contra el suelo como si fuera una cabra.

El rinoceronte se puso rápidamente en pie, y con un ágil movimiento evitó el golpe que el elefante iba a darle con la trompa en el cráneo.

En aquel mismo momento irrumpió el otro compañero, cargó contra el elefante, pero al hacerlo recibió un golpe tan violento que se diría el estallido de un rayo. El animal se dobló al recibir aquel enorme latigazo, dando un ronco grito, y después cayó aturdido. El elefante se puso a plomo sobre él tranquilamente, y con su terrible trompa golpeó por segunda vez en el cráneo; después, el gigantesco animal, alzándose sobre las patas traseras, se dejó caer sobre el vencido con toda la fuerza de su peso.

Se oyó un crujido como de huesos que se quiebran, un aullido furioso, y el rinoceronte, aplastado como si fuese una nuez, a pesar de su enorme masa, pisoteada por el furibundo vencedor, estiró sus patas y murió.

—¡Rayos y truenos! —dijo el soldado, que había seguido con profunda atención la lucha—. ¡Lo ha hecho papilla!

—Un animal peligroso menos —dijo Held—. Prefiero que mueran los dos rinocerontes antes que el elefante.

—Ese bribón lo va a reventar como al otro —dijo Landa—. ¡Qué trompazos!

—Pero ¿dónde está el otro rinoceronte? —dijo Dick—. No lo veo ya.

En aquel mismo momento pudo verse al elefante encabritarse como un caballo y se oyó lanzar un berrido desgarrador.

Una mole oscura había salido de improviso de entre los bambúes y lo había embestido horriblemente en el flanco derecho, ocultándose otra vez entre los matorrales.

—¡El rinoceronte lo ha embestido! —dijo Held.

—¿Lo ha matado?

—Seguramente.

En efecto; el rinoceronte, que acechaba a su adversario escondido entre las cañas, viendo que dejaba el costado al descubierto, le atacó a traición hundiéndole el cuerno en el vientre.

El merghee perdía torrentes de sangre por la herida y, por último, se le salieron los intestinos. Vaciló un poco, pero se mantuvo en pie lanzando espantosos berridos; después comenzó a girar sobre sí mismo con la trompa levantada.

—¡Pobre animal! —dijo Amelia conmovida—. Ha muerto por defender a su compañera.

—Nosotros lo vengaremos, señorita —dijo el soldado—. En cuanto salga el rinoceronte le meto una bala en el cráneo.

—Y su bala se aplastará en su piel como si fuese de barro —dijo el holandés.

—¿Son invulnerables estos animales?

—Casi, porque tienen una piel sólida y gruesa que resiste a las balas de mayor calibre. Hay que apuntarle a los ojos o al vientre, sus puntos vitales.

—¿Entonces son como los cocodrilos?

—Están acorazados como ellos. ¡Demonio, pero yo voy a probar a meterle la bala por un ojo!

El elefante, mientras tanto, continuaba lanzando aullidos cada vez más desesperados. La sangre continuaba brotando de la herida y formaba un charco enorme; sus fuerzas se iban extinguiendo. Se alzó por última vez y, dando vueltas sobre sí mismo, como presa de un vértigo mortal, cayó pesadamente al suelo rompiéndose un colmillo. ¡El coloso había muerto!

Apenas hubo caído reapareció el rinoceronte para apagar en su enemigo su instinto de venganza. Se arrojó sobre aquella enorme masa, la pisoteó con furor, la corneó, manchándose el hocico de sangre y lanzando agudos resoplidos.

El siciliano, viendo cómo la fiera maltrataba al valiente proboscidio, alzó resueltamente la carabina y antes de que el señor Held pudiese impedirlo hizo fuego.

El animal, golpeado por la bala, que debió aplastarse contra su piel, contra los duros huesos del cráneo de la fiera, se paró más sorprendido que espantado.

De repente lanzó un gruñido de cólera y se precipitó como un rayo sobre el árbol. Acababa de descubrir a su nuevo enemigo y le hacía frente.

—¡Fuego! —gritó Held.

Descargó su carabina al mismo tiempo que Dick, pero las balas no tuvieron mejor éxito que la primera: sólo lograron aumentar la cólera del animal.

—¡Agarraos bien a las ramas! —dijo el holandés.

El rinoceronte se abalanzó contra el árbol, golpeándolo con tanta fuerza que lo hizo oscilar. El holandés, Dick y Amelia tuvieron tiempo suficiente para agarrarse firmemente a las ramas, pero no el soldado, que estaba cargando su carabina. El desgraciado cayó antes de que pudiese soltar el arma, y se encontró, sin saber cómo, ¡sobre el lomo de la fiera!

—¡Landa! —gritaron sus compañeros con desesperación—. ¡Landa!

El soldado ya no les oía; el rinoceronte, sintiendo aquel peso sobre sus espaldas y creyendo que se trataba de un tigre, se lanzó en precipitada carrera emitiendo gritos de terror.

El siciliano, casi desmayado, atónito y espantado por aquella brusca caída, se había agarrado fuertemente a la rugosa piel del animal. Comprendía que si se dejaba caer al suelo corría peligro de romperse la cabeza contra un árbol, y ceñía sus piernas al lomo del animal con desesperada energía, tratando de cabalgarlo lo mejor posible.

Sin embargo, aquella desenfrenada carrera comenzó a inquietarle. ¿Cuánto podía durar? ¿Dónde iba a terminar? ¿Podría después reunirse con sus compañeros en medio de aquella selva inmensa, sin tener una brújula ni un fusil con que hacerse oír?

Un peligro inminente le interrumpió en sus reflexiones. El rinoceronte había atravesado la extensa plantación de bambúes e iba a ocultarse en el interior de un espeso bosque. El soldado tembló ante el peligro de estrellarse contra las ramas de los árboles o quedar ahorcado entre los rotangs.

—¡Mil rayos! —exclamó.

Fuertemente agarrado y oprimiendo convulsivamente las piernas se tendió sobre el lomo del animal, presa de viva inquietud.

El rinoceronte, siempre huyendo, aumentaba la velocidad de su carrera e iba enloquecido. Penetró en el bosque como una centella, con ímpetu irresistible, quebrando ramas, chocando contra los árboles que encontraba a su paso, y aplastando los arbustos con su peso. Parecía un ariete impulsado por una fuerza tremenda, o una bala de enormes dimensiones.

El soldado sentía caer sobre él ramas y hojas, pero no abandonaba su cabalgadura. Aferrado con desesperada energía, trataba de no chocar contra ningún obstáculo. De pronto experimentó un agudo dolor: una rama de espinas le había rozado la espalda y desgarrado la ropa y la carne, haciéndole lanzar un grito.

—¡Mil truenos!… ¡Me he descuartizado vivo!

Casi en el mismo instante oyó una gran detonación. El rinoceronte, herido sin duda en uno de sus puntos vulnerables, quizás en un ojo, se detuvo de pronto hincando el cuerno en el tronco de un enorme durián. El soldado, despedido por la violencia del choque, dio unas vueltas por el aire y fue a caer cuatro metros más allá en medio de un matorral.

—¡Magnífico disparo! —exclamó una voz tranquila—. ¿No es cierto, soldado?

El soldado se alzó rápidamente y miró, sin dar crédito a lo que veía. Ante él estaba el rinoceronte, con el cuerno clavado aún en el árbol luchando con la muerte. A una distancia de unos veinticinco pasos, junto a un banano, un hombre cargaba flemáticamente la carabina que tan bien le había servido en aquel crítico momento.

Una exclamación de asombro afloró a los labios del atónito siciliano.

—¡Señor O’Paddy! —exclamó.

—En carne y hueso —contestó el irlandés—. ¿Te sorprende encontrarme aquí?

—Ya lo creo.

—¿Por qué, mi querido joven? ¿No nos habíamos citado en Senmeridán?

—Yo lo creía muy lejos de aquí. Con los piratas… Pero ¿dónde está su malayo?

Una sombra oscureció la frente del irlandés.

—¿Ese canalla…? ¡Que el diablo se lo lleve! —dijo.

Después, cambiando de tono, continuó:

—¿Qué hacías sobre el lomo de ese rinoceronte? ¡Menudo aspecto que tenías! Si no le meto una bala en el ojo hubieras corrido peligro de romperte la cabeza contra cualquier árbol. ¿Dónde lo habías encontrado?

—No lo buscaba, capitán. Me caí sobre él cuando atacó el árbol donde estábamos Held, Dick y la señorita…

—¿Y el señor Held? —dijo, mientras una llamarada cruzaba su mirada—. ¿Dónde se encuentra?

—A tres o cuatro kilómetros de aquí.

—¿Están todos vivos?

—Sí, capitán.

—¿Pero cuándo abandonaron el barco y la costa?

—La mañana siguiente a nuestro naufragio.

—Sin preocuparse de mí, ¡ingratos!

—Vimos unos movimientos sospechosos de los piratas…

—¡Ah!…

—Sí, unas barcas que iban y venían de la costa al steamer haciendo maniobras sospechosas.

—¿De veras?

—Y además oímos algunas palabras alarmantes. Los piratas intentaban apoderarse de nosotros.

—¡Demonio!

—Creíamos que usted estaba prisionero, y no pudiendo hacer nada por salvarle nos pusimos en marcha hacia Senmeridán, pero con la idea de volver con ayuda para libertarle.

—He sabido desembarazarme bien de todos los obstáculos —dijo sonriendo—; no soy hombre que se deje coger fácilmente como prisionero o como esclavo.

—¿Qué hizo usted?

—Maté a mis guardianes apoderándome de mi carabina y me largué de allí. Hace veinticuatro horas que ando por la selva: oí unos disparos y me dirigía hacia donde me pareció que procedían, cuando te vi pasar a lomos del rinoceronte.

—Es que abrimos fuego contra este animalazo.

—¿Sin herirle?

—Sí, capitán; tenía por cuerpo una verdadera coraza.

—Me alegra haberte librado de tan peligrosa cabalgadura.

—Y yo le doy mil gracias por su puntería. Pero…, ¿dónde andará su malayo?

—Estoy casi seguro que ha lanzado a todos los piratas sobre mi pista.

—¿Era un antiguo pirata?

—Sí; pero yo no lo sabía.

—Un bribón.

—Un canalla de siete suelas. Me alegro de haberme librado de él.

—Vamos en busca del señor Held, capitán. Estará inquieto al no verme volver.

—Vamos; tengo prisa por llegar a Senmeridán y dejar estos parajes; sólo allí estaremos seguros.

—Pero ¿no vamos a reunirnos con nuestros compañeros?

—Espera un momento.

Alzó su fusil y lo descargó al aire. La detonación se repitió con prolongado eco. Volvió a cargar el arma y disparó por segunda vez, y poco después se oyó, a no mucha distancia, un nuevo disparo.

—Han contestado —dijo el soldado.

—Vendrán siguiendo el camino que ha ido abriendo el rinoceronte. En marcha.

Abandonaron aquel paraje y, agachándose bajo los árboles, trataron de seguir el camino que el animal había recorrido.

Media hora más tarde, al pie del bosquecillo de bambúes, pero en el lado contrario al que había tenido lugar el sangriento combate, se encontraron con el señor Held, Amelia y Dick.

XVIII. O’Paddy vuelve

Si el soldado se había quedado estupefacto al encontrarse de nuevo en medio de la selva con el irlandés, no quedaron menos asombrados Held, Amelia y el pequeño Dick al verle llegar en unión de su compañero, que había escapado tan milagrosamente del peligro.

Su emoción fue tal que, olvidando sus sospechas e inquietudes por la conducta misteriosa y poco tranquilizadora de aquel hombre, le tendieron amistosamente la mano y lo acogieron como a un verdadero salvador.

O’Paddy no parecía menos alegre por aquel encuentro, y desplegó tales mañas y tales palabras que disipó en la mente de sus camaradas los últimos restos de duda sobre su conducta. Repitió de nuevo lo que había contado al siciliano, lamentándose ásperamente de la infame traición del malayo y atribuyendo a su habilidad el haber huido de una esclavitud probable, y les dijo con voz que parecía realmente conmovida:

—Estoy a su completa disposición, lo mismo que mis conocimientos sobre esta isla; me consideraría muy dichoso, señorita y señor Held, si lograra llevarles a salvo hasta Senmeridán, donde espero obtener de aquel rajá un praho que nos conduzca a Timor y encontrar cualquier amigo que nos socorra en esta difícil situación. Aún tengo en mi cartera una buena cantidad de dinero, que pongo a su entera disposición.

—Gracias, señor O’Paddy —dijo Amelia—. Cuando estemos en Timor no me olvidaré de su generosidad con nosotros.

—¡Cielos! Nosotros, los marinos, somos así: nuestros brazos y nuestra bolsa están siempre a disposición de quienes los necesitan. ¿Es eso cierto, ex marinero?

—Sí, capitán —contestó el siciliano—. Tratamos de ser más honrados y generosos que el resto de la gente.

—Una palabra, señor O’Paddy —dijo el holandés.

—Hable, señor Held.

—¿Cree usted que los piratas nos persiguen?

—Mucho lo temo, y por eso les aconsejo que emprendamos la marcha para llegar pronto a Senmeridán.

—¿Sabría usted conducirnos por algún camino?

—No hay ningún camino por esta selva, pero bastará que descendamos hacia el sur, brújula en mano y abriéndonos paso a machetazo limpio. Afortunadamente sólo tendremos que recorrer unas doscientas millas y en diez días habremos llegado a la ciudad.

—Estamos dispuestos a seguirle.

—¿No tienen nada que llevar?

—No nos quedan más que unos pocos bizcochos. Los demás víveres se nos han agotado.

—En esta selva abunda la caza y no pasaremos hambre. Si la señorita Amelia lo cree conveniente y el joven Dick no está cansado, nos pondremos en marcha.

—No estamos cansados —dijo Dick—. Contad conmigo como si fuese un hombre.

—¡Pues entonces, adelante! —dijo O’Paddy—. El soldado y yo abriremos la marcha.

Se separaron del sendero abierto por el rinoceronte, que se dirigía hacia el este, y comenzaron a trabajar con el machete para abrirse un nuevo camino a través del bosque.

A las cinco de la tarde, hambrientos y fatigados, se pararon bajo un corpulento árbol de alcanfor; habían recorrido unas seis millas, siempre luchando contra aquella muralla vegetal que los rodeaba por todas partes. Ya no podían más.

Antes de que la oscuridad fuese completa, O’Paddy se encargó de buscar algo para preparar la cena. Ayudado por el soldado, trepó sobre una palma, de cuya copa cortó y echó a tierra su fruto. Era una especie de col, de dimensiones poco comunes, de un metro de altura y del grueso de la cabeza de un hombre. Estaba envuelta en una cubierta de hojas, pero debajo ocultaba una especie de piñón blanco, encerrado en una serie de pencas concéntricas, de sabor semejante al de la almendra.

Pero no se contentó con eso; sacudiendo distintos árboles hizo caer suculentos mangos, bananas, naranjas como la cabeza de un niño y algunos frutos del Ortocarpo integrifoglia, llamado buánangha por los malayos, el más voluminoso que se ve en el archipiélago de la Sonda, porque son necesarios dos hombres para cargar con uno de ellos.

Cenaron, encendieron una gran hoguera para ahuyentar a las fieras, y se tendieron sobre unos montones de hojas verdes. O’Paddy se ofreció a hacer la primera y la última guardia, declarando que siempre tenía por costumbre dormir muy poco.

Encendió su pipa, se sentó junto al fuego y pareció sumergirse en profundos pensamientos. Held y sus compañeros, vencidos por la fatiga, dormían profundamente.

Había transcurrido una media hora cuando el irlandés se levantó. Dirigió una cautelosa ojeada alrededor del árbol y se aseguró de que sus compañeros dormían, como si temiese ser sorprendido.

Una profunda arruga se dibujó sobre su frente.

—Es imposible —murmuró—. No voy a tener más remedio que robarle esos malditos documentos que debe llevar ocultos debajo de la camisa. Decididamente he nacido con mala estrella, pero en Senmeridán… ¡Allí veremos!

Se fue acercando hacia el árbol y con el pie tropezó con el soldado, pero éste continuó roncando. Se inclinó para observar al holandés, a Amelia y a Dick, pero todos dormían profundamente.

—¿Y si los matase? —murmuró mientras un sangriento relámpago iluminaba su mirada—. El bosque conservaría el secreto como una tumba y yo me enriquecería. ¡No! ¡No quiero ser un granuja de esa calaña! Además, quizá Wan-Baer después podría jugarme una mala pasada y denunciarme para robarme el millón o mantenerme en su poder con una continua amenaza. El rajá se encargará de impedir que vuelvan.

Se alejó como unos doscientos o trescientos pasos, internándose por el sendero, y lanzó un débil silbido. Poco después se oyó otro silbido parecido, y apareció un hombre que avanzaba con precaución.

—¿Eres Aier-Rajá? —dijo O’Paddy apuntando con su fusil.

—Sí, patrón —contestó el malayo uniéndose a él.

—¿Has podido seguirnos sin dificultad?

—Sí, y le he visto pasar a unos veinte pasos de mí con el holandés y el soldado. ¿Le han acogido bien?

—Sí, no desconfían nada.

—¿Han creído todo lo que les ha contado?

—Sí, y ten cuidado que no te vean, porque te meterían un balazo en los riñones. Ese señor Held y el soldado no son hombres que se asusten.

—Los seguiré desde más lejos. ¿Duermen ahora?

—Todos.

—¿Y los documentos? ¿No es posible cogerlos?

—Los lleva escondidos bajo la camisa y me es imposible robarlos.

—Se podría ahorrar los diez mil risdaleri que prometió al rajá.

—Esos los pagará Wan-Baer si quiere los documentos. ¿Se habrá marchado ya tu amigo el pirata?

—Ese por ganar los mil risdaleri que le he prometido es capaz de matar a diez personas. Ahora debe de estar en la embocadura del Koti y mañana llegará a Senmeridán…

—¿Le has dicho que prepare bien la emboscada? No quiero que los mate.

—¿Y el soldado?

—Ese no me preocupa.

—Entonces déjeme actuar a mí. Cuando estemos cerca de Senmeridán me adelantaré y prepararé la emboscada.

—¡Ah! Si tu viejo pirata se hubiera decidido desde el principio, podríamos haberlos sorprendido a bordo del «Oregón» y nos hubiéramos ahorrado muchas fatigas.

—Sí; pero temía una desesperada defensa a cañonazos. Ya sabe que en el «Oregón» tenían uno cargado de metralla.

—No importa; arreglaremos el asunto como mejor se pueda. ¿Has mandado a tu pirata la carta para Wan-Baer?

—Sí, patrón.

—Entonces dentro de cuatro o cinco días la recibirá y se embarcará para Timor. Allí nos encontraremos, quizás en casa de su tío…, pero ¡por Baco!… ¡Para entregarle los documentos! ¡No somos muy exigentes!

—¿Era tío suyo el difunto de los cincuenta millones?

—Sí.

—¿Y de dónde vienen entonces esos mocosos?

—De Macao, donde debían vivir pobremente. ¡Y si el señor Held, antiguo compañero de armas de su padre, no los hubiese protegido…!

—¡Calle, patrón!

—¿Qué has oído?

—La voz del soldado.

—En efecto; el siciliano llamaba a gritos:

—¡Capitán O’Paddy!

—Vete —dijo el irlandés a Aier-Rajá—. En Senmeridán nos encontraremos.

Regresó al campamento con el fusil en la mano, como si hubiese necesitado hacer uso de él y acercándose al árbol dijo a media voz.

—No grites tan fuerte.

—¿Dónde había ido? —le preguntó el siciliano.

—Estaba buscando algo para comer y oí gruñir a un jabalí entre aquellos macizos.

—¿Ha huido?…

—No lo he oído más. Me habrá oído acercarme y se habrá internado en la selva.

—Estaba inquieto por su ausencia.

—¿Por qué?

—Temía que le hubiera atacado algún tigre.

—Soy un bocado muy duro de roer, e indigesto, incluso para los tigres. Duerme otra vez y estate tranquilo.

—Ahora me toca a mí velar, capitán —dijo el siciliano sacando del bolsillo un antiguo reloj y mirando la hora.

—Pues entonces, ¡buena guardia! —dijo el irlandés echándose sobre el lecho que había dejado el soldado—. Estate alerta y si ocurre algo despiértame.

Su sueño no fue interrumpido. El soldado no notó nada extraño durante su guardia, y la de Held fue sumamente tranquila. A las cuatro, el irlandés volvió a ocupar su puesto junto al fuego. Hacía pocos minutos que estaba de guardia cuando notó una sombra que salía de los matorrales, acercándose con precaución a la hoguera, como si sintiera curiosidad por conocer qué era aquella extraña claridad.

—¡To!… —exclamó el irlandés levantándose con cuidado—. Había dicho que andaba buscando el almuerzo, y ahora se me presenta aquí. Bien veo que la fortuna comienza a sonreírme.

Apuntó lentamente con su fusil afinando la puntería y disparó. La sombra rodó como herida por un rayo.

Los compañeros de O’Paddy, al oír la detonación, se pusieron sobresaltados de pie.

—¿Contra quien ha disparado usted? —preguntó el holandés armando su carabina.

—¡Contra el almuerzo! —dijo O’Paddy con voz tranquila—. ¡Ayúdame, soldado!

Poco después arrastraban hacia el fuego un animal que tenía el aspecto de un cerdo grande, pero con las patas más largas y el cuello más grueso.

—¡Un babirusa! —exclamó el señor Held—. ¡Vaya un almuerzo apetitoso!

El holandés no se había equivocado; era realmente un babirusa, que quiere decir puerco ciervo, en malayo, o sea, una especie de jabalí, pero que no tiene nada que ver con la familia de los ciervos, porque pertenece a la de los paquidermos y subfamilia de los puercos.

Estos animales, muy comunes en las islas de la Sonda, y en particular en Borneo, tienen el hocico muy saliente, los ojos pequeños y las patas largas; su andar es muy desenvuelto y son muy buenos corredores. Su piel es gruesa, de color rojizo ceniciento, cubierta de pelos cortos y canosos.

De su mandíbula superior salen dos colmillos muy fuertes, afilados y peligrosos, que se encorvan hasta la altura de los ojos.

Se alimentan exclusivamente de vegetales y viven en medio de las más espesas selvas, huyendo siempre del hombre, aunque pueden ser domesticados.

Cuando se ven acosados se defienden furiosamente, y no son pocos los cazadores que han perecido entre sus colmillos.

Dicen los dayacos que estos animales se cuelgan por la noche de un árbol para huir de las fieras, sujetándose a una rama con sus fuertes colmillos, y que duermen en esa rara postura, pero tal versión no parece muy cierta.

Habiendo ya salido el sol, renunciaron todos a dormir para preparar aquel almuerzo que prometía ser apetitoso.

El soldado y O’Paddy, sirviéndose de sus cuchillos, desollaron el animal y escogiendo uno de los mejores pedazos, lo comenzaron a asar ensartado en la baqueta de una carabina.

Como tenían pocos bizcochos se pusieron, acto seguido, a buscar el pan; no lejos de allí había algunos árboles de sagú que, en su tronco, contienen una especie de harina no inferior a la del grano de trigo; pero como se necesita mucho tiempo para extraerla, se decidieron por el llamado árbol del pan (Artocarpus incisa), tamul en malayo, planta majestuosa que produce un fruto grueso como una granada, exteriormente rugoso, pero lleno en su interior de una pulpa amarillenta que, cortada en rebanadas y asada a la brasa, es muy nutritiva.

Faltaba el agua, y no encontraban ni una fuente ni un arroyuelo en aquel lado del bosque, pero O’Paddy no se apuró con ello.

Conocía una especie de bejuco muy frondoso, que producía una fruta semejante a una nuez: el aier, planta muy corriente en el archipiélago de la Sonda y en las Molucas. Hizo algunos cortes en sus ramas y en seguida comenzó a destilar un verdadero chorro de agua limpia y fresca.

—¡A almorzar! —dijo el irlandés—; ya no nos falta nada. Pocos minutos después se sentaban ante el asado, que despedía un olor exquisito.

XIX. Los traidores descubiertos

Los siguientes días continuó la pequeña tropa marchando a través de la selva, abriéndose dificultosamente camino por los macizos de los gigantescos bananos, mangostanes, arenges, Arenge saccarifere, segus, mangos, tecas, cedros, bambúes, ñipas, pimentales, bejucos, etc. Mataban algunos pájaros o algún pequeño animal o babirusa para irse manteniendo.

Habían atravesado muchos riachuelos poblados de enormes serpientes de agua y tremendos cocodrilos, allí llamados gaviales, y también el Tanandurian, respetable corriente de agua que, después de varios recodos, desemboca en la bahía de Papan-Durian.

No debían distar de Senmeridán, la ciudad tan anhelada, más que tres o cuatro jornadas, cuando por un extraño motivo, al octavo día, un suceso inesperado amenazó con frustrar las esperanzas del irlandés y de sus compañeros.

Estaban acampados en la falda de una de las estribaciones de los montes Kaniungan, en medio de un espeso bosque, poblado de un verdadero ejército de monos verdes, cuadrumanos de cara muy parecida a la del hombre, que viven en bandadas junto a las aguas, cuando de pronto llegaron a sus oídos unos gritos lejanos.

Sabiendo que aún estaban lejos de las orillas del Koh, cuyas aguas bañan Senmeridán, y no ignorando que las selvas de aquella isla están habitadas por tribus muy feroces, se levantaron todos como un solo hombre empuñando sus armas.

—¿Estarán los dayacos por los alrededores? —preguntó Held a O’Paddy, lleno de inquietud.

—Quizá sean los bagiaros —contestó éste—. No son unos mejores que otros y les recomiendo no hacer uso de las armas si no llegan a atacarnos. Escondámonos en medio de estos árboles o de esos bambúes y dejémosles pasar si vienen por aquí.

Se emboscaron, pues, apresuradamente, entre las gigantescas cañas después de haber tratado de borrar las huellas de su paso. Los gritos iban acercándose más cada vez, como si aquellos hombres fuesen corriendo a través de la selva. De vez en cuando se oía claramente:

¡Bantang-orang! ¡Bantang-orang!

—¡Son los dayacos! —exclamó O’Paddy con un susurro—. ¡Que el diablo se lleve a esos cortacabezas!

—¿Cómo lo sabe usted? —preguntó Held.

—Conozco algo de su idioma.

—¿Qué significa ese bantang-orang?

—Esclavo.

—¿Persiguen a algún esclavo?

—¡Calle y escuche!

—¡Amok! ¡Amok! —gritaban aquellas voces, ya muy cercanas.

—Comprendo —dijo Held—, persiguen a un esclavo que se ha embriagado con opio; van a cumplir con él alguna venganza.

—¡Mírele! —dijo el soldado—. ¡Demonios!… ¿Qué pasa?

Un hombre acababa de salir de la selva y atravesaba corriendo un claro entre las cañas del bambú.

Era un individuo alto, de piel oscura y líneas correctas y regulares, parecido a los indios, cubierto con un taparrabos muy estropeado. Llevaba los cabellos en desorden, los ojos casi fuera de las órbitas, la boca llena de espuma sanguinolenta, y en su mano derecha uno de esos pesados sables de vaina de talón, anchos y en forma ensanchada hacia la punta, con la empuñadura de cuerno fantásticamente tallada, llamados por los dayacos parangs-ilang.

Debía haber matado a alguien con aquel sable, porque su acero estaba cubierto de sangre.

Casi inmediatamente aparecieron diez o doce hombres de distinta estatura y color. Eran verdaderos dayacos, los hombres más perfectos de la raza indo-malaya, bien conformados, de estatura elevada y robustos, carnes amarillentas, tez clara como la raza mongólica, labios delgados, ojos grandes, cara redonda y cabellos largos y negros.

Llevaban los brazos adornados con brazaletes de latón, collares de dientes humanos y perlas de Venecia, el ciawat, especie de saya de tela de algodón azul, ceñida a los costados, y la cabeza cubierta, bien con pañuelos o con cortezas de árboles cortadas como si fuesen plumas.

No portaban armas, pero sí empuñaban una especie de horcas de cañas de bambú, con los extremos cubiertos con ramas de dieri, que es un arbusto espinoso que produce terribles heridas, tan dolorosas que no hay hombre que pueda resistirlas.

Aquellos quince o dieciséis hombres alcanzaron al fugitivo, y rodeándolo, gritaban:

¡Amok! ¡Amok!

El borracho se abalanzó como un loco contra sus asaltantes, destrozando con su formidable sable dos o tres de aquellas horcas, pero una de ellas lo golpeó entre el cuello y la espalda con gran violencia.

El desgraciado, al sentirse herido por aquellas terribles espinas, se paró de repente y dando un grito desgarrador dejó caer el arma. El dolor que experimentaba debía de ser tremendo, porque sus ojos expresaban una angustia indefinible y su cólera se extinguió de repente.

Los dayacos, viéndole ya indefenso, lo ataron sólidamente, le quitaron las espinas que se le habían quedado clavadas y lo llevaron casi a rastras, sin duda hacia su poblado.

—Pero ¿qué habrá hecho ese hombre? —preguntó Amelia—. ¿Estaba loco?

—Poco menos, señorita —contestó O’Paddy—, se trata del amok.

—No le comprendo.

—Se lo explicaré. En todas las islas de la Sonda cuando un individuo quiere cometer un delito o quiere vengarse, el asesino recurre al opio. Con sólo unos pocos gramos de esa peligrosa planta se exalta y llega casi a enloquecer, acometiéndole un deseo irresistible de matar. Su primera víctima es el que le ha ofendido, pero no la última. Una vez ha vertido la primera sangre, pide más y ataca a todos los que le rodean; mata hombres, mujeres y niños, y continúa la matanza hasta que lo detienen.

»Cuando en un lugar cualquiera se oyen los gritos de amok amok, todos huyen despavoridos; únicamente los que poseen los bandhill, esas horcas espinosas, se lanzan a perseguir al asesino. El bandhill es un arma de excelentes resultados, porque esa gente enfurecida no puede resistir el centenar de pinchos que desgarran sus carnes y quedan más dóciles que un cordero. Ya lo han visto hace un momento.

—¿Quién será ese desgraciado que han cogido?

—Supongo que un esclavo de los dayacos. A juzgar por su piel oscura debe ser un bagiaro o un alfuraso, pueblos que viven en esta región. Probablemente habrá matado a su amo después de embriagarse con opio.

—¿Lo matarán?

—Primero le cortarán la cabeza, y después se lo comerán.

—¿Los dayacos?

—Sí, señorita, son antropófagos.

—Entonces corremos peligro de hacer compañía a ese pobre esclavo.

—Sí, pero… ¡Demonio!

—¿Qué ocurre? —preguntó Held.

—Otra vez los gritos.

—¿Se les habrá escapado el esclavo?

—No lo creo, pero estemos en guardia. Los dayacos usan flechas envenenadas con el jugo del upas, y ya saben ustedes que esas heridas son mortales.

Los gritos volvían a oírse más cercanos, pero parecía como si las personas que los daban hubiesen tomado una nueva dirección, porque resonaban hacia la parte inferior del macizo de bambúes.

—¿Habrán dado caza a alguien? —se preguntaba O’Paddy, cuya inquietud iba en aumento.

—¿A quién? —preguntaron Held y el marinero.

—No lo sé; pero esperen, que voy a verlo.

—¿Le acompaño? —dijo el siciliano.

—Es inútil.

—Soy un buen tirador, capitán.

—Prefiero ir solo.

De repente palideció y una maldición se le escapó de los labios. Parecía espantado, como desmayado.

—¿Pero qué tiene? —dijo el holandés—. Estamos armados y decididos a todo.

—Temo que se nos echen encima —dijo O’Paddy, tartamudeando—. Quédense aquí… Voy a ver.

Después, sin esperar contestación, se lanzó por entre los bambúes murmurando con voz desgarradora.

—¡Son sus gritos!… ¡Mil rayos! Lo van a matar y entonces, ¡adiós mi millón!

—¿Se ha vuelto loco de miedo? —dijo el soldado, Viéndole alejarse.

—Quizás ocurre algo grave y quiere ocultárnoslo —dijo el holandés.

—Señor Held —dijo el siciliano—, sospecho otra vez de él; voy a seguirle. Tengo curiosidad por saber adonde va y qué es lo que sucede.

Cargó con resolución la carabina y fue tras el irlandés, siguiendo sus huellas. Había desaparecido entre las cañas de bambú, pero había dejado marcado un sendero por entre ellas, y el siciliano tenía las piernas ligeras.

En pocos minutos logró tenerlo a poca distancia; oía romperse las cañas a su paso y veía las hojas moverse en todas direcciones al empuje del irlandés.

—Ya no se me escapa —murmuró el bravo soldado—. El corazón me dice que voy a descubrir algo importante.

Apretó el paso, agazapado por temor a ser descubierto.

Los gritos sonaban cada vez más próximos; parecía como si muchos hombres persiguiesen a alguien.

De pronto oyó un disparo seguido de grandes voces. El soldado se detuvo.

—¡Mil bombas! —exclamó—. ¿Quién habrá disparado? ¿O’Paddy?… No es posible: el tiro ha sonado mucho más lejos. ¿Perseguirán a alguno de nuestra raza?

Se disponía a reanudar la marcha cuando oyó gritar:

—¡Aier-Rajá! ¡Ven hacia aquí!

—¡Mil rayos! —exclamó el soldado palideciendo—. ¡La voz de O’Paddy llamando a Aier-Rajá! ¿Está aquí el malayo, el traidor? ¿Qué quiere decir todo esto? ¿Y O’Paddy le llama en vez de dejar que lo aplasten como a un reptil venenoso? ¡Ah, ah! ¡Mis sospechas!

Avanzó hacia ellos con los ojos coléricos y oprimiendo fuertemente su arma. Había comenzado a comprender la traición que tramaba O’Paddy.

Por segunda vez oyó al irlandés que gritaba:

—¡Por aquí, Aier-Rajá! ¡De prisa!

Dando unos ágiles saltos llegó el siciliano a unos cincuenta pasos de distancia de O’Paddy.

Por un trozo de terreno libre de árboles, cubierto de aguas negruzcas, con hierbas hasta la cintura, corría un hombre semi-desnudo, seguido de treinta o cuarenta dayacos armados de parangs y kris y arcos con los cuales lanzaban de vez en cuando flechas que debían estar impregnadas con el jugo venenoso del upas.

Una sola mirada bastó al soldado para reconocer al fugitivo, que iba armado con un fusil.

—¡El malayo! —exclamó, apretando los dientes.

Alzó la carabina apuntando al traidor, pero se detuvo viendo a O’Paddy lanzarse al encuentro del fugitivo, diciéndole:

—¡Corre, que si te ve Held estamos perdidos!

El siciliano ahogó un sordo rugido de cólera; por fin lo había comprendido todo.

O’Paddy apuntó contra los dayacos e hizo fuego, derribando al más próximo. Casi al mismo tiempo sonó una segunda detonación.

El irlandés cayó, llevándose una mano a la cabeza; pero pudo levantarse para gritar:

—¡Traidores!

El soldado, con la carabina humeante en su mano, fue en busca del herido, pero el irlandés, aunque perdía mucha sangre, echó a correr, desapareciendo en la selva cercana. El malayo le había seguido corriendo como un ciervo.

—¡Ya os mataremos más tarde! —gritó el siciliano.

A continuación se internó entre los bambúes y se dirigió hacia donde estaban escondidos Held y sus protegidos.

—¡Preparen las armas! —dijo cuando estuvo junto a ellos.

—¿Qué ha pasado? —dijo Held.

—Los dayacos nos persiguen.

—¿Dónde está O’Paddy?

—Se ha escapado. ¡Maldito sea! Pero lo he herido.

—¿A quién? ¿A O’Paddy? —preguntaron los tres con asombro.

—Sí, nos estaba traicionando. ¡Le esperaba Aier-Rajá! ¡Ahí vienen los dayacos! ¡Cuidado con las flechas!

XX. Los Dayacos

Los dayacos constituyen el núcleo principal de los habitantes de Borneo. Se disputan con los bagiaros el interior de la isla, y con los malayos y los bugíes las costas.

La mayor parte de sus tribus se hallan esparcidas hacia el sur, porque por el norte sólo hay unas pocas. Forman dos castas distintas: los dayaks-darrat, o sea los de tierra firme, y los dayaks-lant, los de la costa.

Los primeros viven en la selva. Construyen poblados que saben fortificar de manera casi inexpugnable; cultivan el arroz, el sagú, distintas clases de tubérculos, y son excelentes cazadores. Los segundos, a su vez, no salen de la costa, y puede decirse que no abandonan el mar, pues hacen la vida en las piraguas, dedicándose a la pesca y muchas veces también a la piratería.

Los darrat son de color oscuro, estatura elevada y facciones regulares, y sus mujeres tienen fama de ser las más hermosas del archipiélago de la Sonda; los lant son de color más claro, estatura más elevada, más delgados y conservan rasgos del tipo malayo.

Unos y otros son los más inteligentes entre los de su raza y tienen por lo general un marcado carácter mongólico; los hay que recuerdan bastante a los habitantes de las provincias meridionales de China, pero sin tener los ojos oblicuos.

Se dice que son honrados y leales y que no están corrompidos como los otros pueblos del archipiélago, pero gozan de una pésima fama por sus costumbres sanguinarias, y por eso han sido llamados por los ingleses, con mucha razón, head-cutters, o cortadores de cabezas.

Son los más rabiosos coleccionistas de cabezas humanas que hay en la tierra. Al enemigo que cae en sus manos lo decapitan y conservan su cabeza disecada al sol, como trofeo que prueba su valentía. Cuanto más rica es su colección, mayor es la consideración que disfrutan entre los suyos.

La cabeza de su enemigo es el regalo más delicado que pueden hacer a sus novias o a sus mujeres. Muchas no se casan si no les hacen antes un obsequio de esa índole como regalo de boda.

Para satisfacer su deseo de sangre, los dayacos mantienen continuas guerras con los pueblos vecinos, en particular con los kajon, pueblo salvaje y brutal que no sabe edificar, ni cultivar la tierra, ni conoce el arroz, ni la sal, y andan errantes, uniéndose cuando pueden con las mujeres, y no conocen padres, ni hermanos, ni esposas. Para vestirse se cubren con cortezas, y duermen en los árboles.

Contra estos desgraciados, que no poseen armas defensivas, es contra quienes pelean los dayacos para enriquecer su colección. Los acorralan como bestias feroces, ocultándose entre los bosques más espesos durante días enteros, o cuando pasan los matan con sus flechas envenenadas, o les abren la cabeza con sus mazas y los decapitan con sus afilados parangs.

Otros conservan, además de las cabezas de los hombres, después de haberlas curado al humo, las cabezas de los mias, es decir, de los grandes orangutanes, y vuelven orgullosos cargados con sus trofeos.

Los dayacos viven en poblados fortificados que llaman kampong o kotta, defendidos con empalizadas y árboles espinosos que hacen la entrada dificilísima en caso de ataque de cualquier enemigo.

Si se les ataca, se defienden con desesperado valor, animados por los gritos de sus cabecillas, a quienes llaman orang-kaid. Arrojan flechas envenenadas y se esconden tras sus enormes escudos de madera, forrados con fibras de rotang y trozos de conchas.

Carecen de religión; algunas tribus adoran la existencia de un ser superior al que llaman Giuwata, y otras adoran a las divinidades llamadas Tapa, Giarwang o Tavangau, pero no poseen ídolos, aunque sí les gustan los amuletos.

Rechazan la carne de ciervo o de buey por considerarla prohibida por su divinidad, pero son muy aficionados a la carne de cerdo; quizá por eso no quieren abrazar la religión mahometana, como han hecho algunos de los pueblos ribereños, al ser el cerdo un animal prohibido por el Corán.

Son sumamente supersticiosos y creen en los espíritus malignos, a los que llaman Antu y Buan. Creen en los sueños; verifican augurios sobre el vuelo de las aves como los antiguos romanos; conservan cuidadosamente los vasos chinos, importados desde tiempos antiguos, como protectores de la tierra, y, cosa rara, atribuyen grandes virtudes a la sangre de los gallos, que sacrifican en el matrimonio, bañando con ella la frente y el pecho de sus esposas.

Apenas había dado el soldado la voz de alarma, cuando aparecieron los dayacos. Eran únicamente diez o doce, pues el resto había ido en persecución del malayo y del irlandés, armados con pesadas mazas de tres pies de longitud y arcos para arrojar sus flechas, además de los brillantes parangs de un acero incomparable, como no se fabrica en ningún país de Europa.

Iban vestidos como ya se ha descrito anteriormente: con una especie de faldilla y adornados con brazaletes, collares y plumas, pero colgadas del costado llevaban unas cestas tejidas con ramas rotang, hierbas y mimbres pintados de vivos colores, con dibujos complicados.

Eran los hambuk, destinados a llevar las cabezas de los enemigos.

Held y el soldado habían escondido a Amelia entre las cañas, para librarla de las flechas, y se pusieron delante de ella con los fusiles cargados, dispuestos a defenderse contra aquellos formidables enemigos. Dick se ocultó entre un matorral, no lejos de ellos, y cargó valerosamente su carabina de dos cañones.

—No abramos fuego hasta el momento preciso —dijo el holandés—. Estos dayacos no son tan despreciables como se cree. No temen a los europeos.

—Así parece, señor Held —dijo el soldado—. Pero no se dan mucha prisa en atacarnos.

—Quizá teman a las armas de fuego.

—Puede ser.

—Creen que los proyectiles, una vez disparados, les persiguen por donde van.

Los dayacos se habían detenido. Dirigían sus miradas entre la espesura de los árboles como temerosos de ser sorprendidos, y después miraban al soldado, a Dick y al holandés sin hacer uso de sus flechas envenenadas y sin pronunciar una sola palabra.

—¿Qué esperan? —dijo el soldado apoyando nerviosamente el dedo sobre el gatillo de su carabina.

—No lo sé.

—¿Tal vez refuerzos?

—Es probable.

—¡Mil rayos, señor Held! ¡Nos vamos a ver muy mal!

—No disparemos; me han dicho que los dayacos son vengativos pero hospitalarios. No les hemos hecho ningún daño.

—Me disgustaría tener que dejar aquí mi cabeza, señor Held.

—Lo creo.

—¡Canalla de O’Paddy!

—¡Calle usted! Oigo sonar un gong.

—¿Tienen gongs estos salvajes, como los chinos y los malayos?

—Sí, Landa.

—Es una verdadera orquesta lo que se nos viene encima. ¡Señores! que ¡dzin!, ¡bum!, ¡dzin!, ¡bum! ¿Será nuestra marcha fúnebre?

En el interior del bosque se oían sonar algunos gongs, una especie de platillos de metal que al chocar uno con otro producían un ruido ensordecedor, con vibraciones larguísimas.

Los dayacos se habían retirado lentamente sin perder de vista a los náufragos, y fueron a esconderse sin hacer ademanes hostiles contra ellos.

Poco después, el holandés y el soldado vieron avanzar a otros salvajes precedidos por dos que hacían sonar los gongs. Iban todos armados, pero llevaban envainados sus parangs, colgados de la cintura, igual que sus mazas.

—No parece que vengan a asaltarnos —dijo el soldado, que iba de sorpresa en sorpresa.

—No nos fiemos, al menos por ahora, de su apariencia tranquila —dijo el holandés.

—¡Imposible saber si son o no leales!

—¿Estarán quizá de acuerdo con ese canalla de O’Paddy?

—No lo creo; usted ha dicho que perseguían al malayo.

—Es cierto, y además O’Paddy hizo fuego contra ellos, matando a uno. ¡Caramba! ¿Quién es ese hombre? ¿Quizás el jefe?

Los dayacos, de elevada estatura, de color amarillento, con la cara llena de arrugas, llevaban los brazos cargados de brazaletes de latón; el cuello adornado con collares de dientes de tigre y humanos, y de sus orejas pendían numerosos aretes que les estiraban excesivamente los lóbulos.

Vestían un jubón sin mangas, abierto por delante, adornado por un viejo galón muy estropeado y perlas de vidrio; en la cintura, una faldilla ceñida por un rawai o cinturón, del que colgaba un parang con mango de cuerno enfundado en una vaina de madera pintada de rojo, adornada con mechones de pelo, probablemente de cabezas de enemigos.

En la mano derecha llevaban un gallo, y en la izquierda una pequeña cesta pintada con colorines. Avanzaron sin vacilación hacia los europeos, pronunciando algunas palabras, y aquéllos, al ver su actitud, depusieron las armas, aunque sin contestarles porque ignoraban su idioma. Suponiéndolo así, volvieron a decir, ahora en malayo y con toda cortesía:

—¿Aceptarán los hombres del otro lado del mar la hospitalidad de los orang-kaid de Sulinari? ¿Cómo os debemos tratar, como amigos o como enemigos?

El holandés, que vivía desde hacía mucho tiempo en el archipiélago de la Sonda y hablaba bastante bien el malayo, contestó:

—Los hombres de piel blanca no son enemigos de los dayacos, y aceptan gustosamente la hospitalidad de su jefe Sulinari.

El dayaco, satisfecho por aquella respuesta, se aproximó al holandés; pasó dos veces sobre su cabeza el gallo que tenía en la mano, y ofreciéndoselo dijo:

—Tómalo, es tuyo; seamos amigos.

Cumplida aquella formalidad, que entre ellos reviste capital importancia, pues es un verdadero tratado de alianza y de mutua protección, Sulinari se sentó frente a los náufragos y mirándoles uno a uno con profunda curiosidad, abrió la cesta y dirigiéndose a Amelia le ofreció galantemente el siri.

El siri es una composición de hojas aromáticas de pimienta, betel, nuez, areca y una pequeña dosis de astringente y amargo gambir y cal viva. Esta materia, tan compleja y tan corriente en Malasia y en las islas de la Sonda, provoca abundante saliva de un color rojo sangre, tiñe los labios y las encías, ennegrece los dientes y tiene un sabor aromático que no resulta del todo desagradable.

Todos estos habitantes de Malasia sienten tal pasión por el siri, que cuando van de paseo hacen que un esclavo les lleve en un canastillo, o en una caja muy lujosa, una cantidad de pastillas de esta composición. En las visitas se puede rehusar todo —café, licores, incluso comida— menos el siri.

El jefe dayaco, después de ofrecérselo a Amelia, invitó a Held, a Dick y al soldado, y metiéndose un trocito en la boca, dijo:

—Los hombres del otro lado del mar me seguirán hasta mi kotta, recibirán mi hospitalidad y, a cambio, harán más productiva la siembra de nuestro arroz.

—Primero quiero hacerte una pregunta —dijo Held.

—Habla; eres mi amigo y mi huésped.

—¿Ha sido capturado el hombre blanco que ha matado a uno de tus guerreros?

—No; ha huido al bosque y no hemos querido seguirle por temor a su caña que lanza fuego y humo. ¿Era tu hermano?

—No; era mi enemigo.

—¿Y no lo has decapitado? —dijo Sulinari.

—Se escapó antes de que pudiera castigarle.

—Me han dicho que tu compañero le disparó por detrás.

—Es cierto.

—Ese hombre debe de ser un perverso, porque de otro modo no hubiera matado a uno de mis súbditos.

—Hubiera dado cualquier cosa por tenerlo entre mis manos.

—Ahora ya estará lejos, pero hemos cogido a un hombre de color que también iba armado con una caña que echa humo y fuego.

—¿Un malayo?

—Sí, un hombre de esa maldita raza.

—¿Y está en tus manos? —preguntó Held con asombro.

—Sí, y mañana lo mataremos.

—¿Dejarás que lo vea antes?

—Sí; si tú quieres.

—Es un enemigo mío.

—Entonces estoy doblemente contento por haberle hecho prisionero. Te regalaré su cabeza.

—¡Gracias; te puedes quedar con ella!

Sulinari lo contempló con estupor; aquel terrible coleccionista de cabezas no podía comprender que al blanco no le agradase el regalo.

—No tenemos costumbre de guardar las cabezas de nuestros enemigos —dijo Held, que le había comprendido.

—Entonces no los odiáis bastante —dijo el jefe—. No importa; me quedaré con ella y estaré orgulloso de tener una cabeza más.

—Te la cedo con mucho gusto.

—Venid conmigo al kampong, que es una verdadera kotta (fortaleza).

—¿Está lejos?

—Al otro lado del bosque, a la orilla de un lago.

—¿No podrá entrar allí mi enemigo?

Una sonrisa iluminó los ojos del dayaco.

—En nuestro poblado no puede entrar nadie —dijo después—. Está defendido por sólidos recintos de espinos y, además, mis guerreros velarán por ti y tus compañeros y no consentirán que nadie se aproxime. Vamos allá de prisa; mañana sembraremos el arroz y vosotros haréis que se vuelva fecundo.

—¡Nosotros!…

—Los hombres del otro lado del mar estáis protegidos por los genios del bien, que todo lo pueden.

—¿Qué tendremos que hacer para que se fecunde?

—Bastará con que escupáis dentro de una vasija llena de arroz, y las plantas de esas semillas crecerán después fuertes y vigorosas.

—¿Es eso cierto?

—Hace unos tres años tuvimos entre nosotros a un hombre del otro lado del mar, que hizo lo que te hemos dicho y la cosecha fue abundante.

—Pues yo haré igual que él.

—Vamos, pues; poneos entre mis guerreros, que os protegerán de vuestros enemigos.

Se levantaron y marcharon al lugar donde esperaban los demás. Estos, a una orden de su jefe, los rodearon empuñando sus parangs, sus mazas y sus arcos, dispuestos a defenderlos contra cualquier sorpresa.

Los músicos tocaban furiosamente sus gongs, produciendo un ruido ensordecedor, y la tropa se puso en marcha a través de la selva.

Media hora más tarde llegaron al kampong.

XXI. El suplicio de Aier-Raja

El poblado de los dayacos estaba en la orilla de un extenso lago que regaba una gran cantidad de terreno plantado de arrozales.

Era una especie de inmensa plataforma sostenida sobre pilotes clavados en el agua, sobre la cual habían construido numerosas cabañas de caña de bambú y hojas de banano; había además otras chozas más pequeñas destinadas a guardar gallinas, babirusas domesticadas y gran número de monos, o a almacenar los productos de la tierra, como arroz y una especie de patatas dulces, llamadas ubis.

En medio de las chozas sobresalía el soppo, o cabaña del jefe, más hermosa y mayor que las circundantes, junto a un grueso pilar de madera destinado a las víctimas que caían vivas en manos de aquellos belicosos salvajes, y no muy lejos de allí, un recinto donde estaban guardados todos los cráneos que habían ido coleccionando los guerreros de la tribu.

La parte que daba al lago estaba defendida por muchas empalizadas, junto a las qué se veían amarradas numerosas embarcaciones de treinta o más metros de longitud, hechas de troncos de árboles excavados a punta de machete o de parang; el lado que miraba a tierra estaba protegido por espesos setos de cañas de bambú y arbustos espinosos, formando una defensa casi inaccesible para unos enemigos que, por regla general, iban desnudos.

Al ver llegar a su jefe, todos los habitantes del poblado salieron de sus cabañas lanzando estridentes gritos, pero callaron de repente al ver a Amelia y los hombres blancos.

Había entre aquellos salvajes algunas mujeres bastante bellas, de ojos grandes y negros, piel amarilla clara, la cabeza adornada con pañuelos de abigarrados matices, las caderas ceñidas por un corto bidang, especie de faldilla, y los brazos y las piernas cubiertos de brazaletes y anillos de latón. Entre ellas se veían algunas muchachitas blancas, de bellas formas, rosadas como las alemanas, cabellos blondos, ojos azules, cara redonda y con el cuerpo, por lo general, cubierto de pecas.

El jefe condujo a sus huéspedes al interior de una de las hermosas cabañas, no sin haberles enseñado antes el recinto donde guardaban la colección de cabezas de sus enemigos. Había más de cien, pertenecientes a malayos, bugíes, kajous, bagiaros y orangutanes, cuidadosamente curadas al humo y desprovistas de los ojos y del cerebro para conservarlas en buen estado.

Apenas se acomodaron en la cabaña, Sulinari les hizo servir siri y patatas dulces, babirusa asado y tres nueces de coco llenas de rakas, licor muy fuerte que obtienen con arroz fermentado y jugo de arenga-saccarifera.

—¡Caramba! —exclamó el soldado—. La aventura parece bonita, si no degenera en tragedia.

—No tema usted, Landa —dijo Held—. Me ha regalado el gallo y eso es señal de gran amistad en estos pueblos salvajes.

—Le recomiendo que no cometa la imprudencia de retorcer el cuello a ese gallo.

—Lástima; podíamos haberlo asado.

—¿Tiene usted confianza en Sulinari?

—Ahora sí, Landa.

—¿Y no podríamos aprovecharnos de la amistad de este cabecilla?

—¿Qué quiere usted decir?

—Que intentemos que nos ceda una escolta para llegar hasta el Koti.

—La idea es buena —dijo Amelia.

—Si puedo, se la propondré —dijo Held.

—Tengo en el bolsillo mi paga de tres meses y se la ofreceré gustosamente.

—No; tengo dinero —dijo el holandés sonriendo—. Estos salvajes hacen poco caso del dinero; son muy desinteresados. Cuando emprenden alguna expedición contra los malayos dejan a esos ávidos merodeadores sus riquezas y se contentan sólo con sus cabezas.

—Se le puede regalar algún fusil —dijo Amelia.

—Eso sí; lo prefieren a cualquier otra cosa. Pero…, ¿quién entra? ¡Ah! ¿Eres tú, Sulinari?

—El malayo está ya atado al poste y dentro de pocos minutos morirá —dijo el jefe—. Mi pueblo está deseando comenzar la danza guerrera.

—Señor Held —dijo Amelia—. ¿No podríamos salvar a ese desgraciado? Quizá sea menos culpable que su patrón.

—Deje que lo descuarticen, es un bribón —replicó el siciliano.

—Además, todos nuestros ruegos serían inútiles —dijo Held—. Ha matado a un dayaco y, por tanto, debe morir.

—No quiero asistir a ese espectáculo, señor Held.

—Sulinari no te obligará, Amelia; estos salvajes son muy caballerosos con las damas, y las respetan más que muchos europeos. Dick te hará compañía.

Salieron precedidos del jefe, y de repente vieron al criado de O’Paddy sólidamente atado al poste de los prisioneros. Parecía resignado con su suerte y miraba a los dayacos con altanería, mientras daban vueltas a su alrededor blandiendo sus parangs y sus pesados kris.

El soldado, apenas lo divisó, se dirigió hacia él con los puños alzados, gritándole:

—¡Canalla!

—Me lo dice ahora, que estoy así —dijo el malayo con una sonrisa.

—¿Dónde está el infame de tu patrón, pirata?

Aier-Rajá se encogió de hombros.

—Habla, desgraciado —dijo Held.

—¡Bah! No debe andar muy cerca y no le podréis coger.

—¿Pero no te habías quedado tú con los piratas?

—No; yo iba siguiéndoles desde que encontraron a mi amo.

—¿Qué clase de traición planeabais?

—Eso, mi amo lo sabrá.

—¿Con qué objeto?

—¡Qué sé yo!

—¡Lo sabes!

—¡Es probable!

—Pues habla.

—Aunque hablase, no por eso dejarían de matarme los dayacos.

—¿Y si intentásemos librarte de la muerte?

—No lo consentirán los dayacos. Los conozco bien y sé el odio que sienten hacia los de mi raza. Además… —agregó con un desprecio de la vida y con una calma admirables—, he matado y debo sufrir por tanto la pena del Taitón.

—¡Es verdad! —dijo el siciliano asombrado—. Estos bribones tienen un valor a toda prueba.

—Mejor dicho: son fatalistas —replicó Held—. Se resignan contra la fatalidad del destino y nada intentan para luchar contra él.

—Como los mahometanos.

—Estos también siguen la ley del Corán. Es inútil molestarse: no dirá una palabra más.

Después, volviéndose hacia Sulinari:

—¿Puedes concederme la vida de este hombre?

—Es imposible —dijo el jefe dayaco—. Mi tribu reclama su cabeza y los parientes del muerto ya han preparado las armas.

—¿Y si te ofreciese en recompensa una de estas cañas que despiden humo y fuego?

Los ojos de Sulinari brillaron de codicia, pero pronto se repuso y dijo:

—Créeme: daría todo lo que tengo con tal de poseer una de esas poderosas armas, pero la vida de este hombre, no. Además, ya hemos acordado su muerte y Giarwang, el dios de nuestra tribu, podría vengarse destruyendo nuestra cosecha.

—¿Estarías muy contento si te regalase una de nuestras cañas de fuego?

—Te daría todas las cabezas de mis enemigos, mis armas, mis vestidos, mi chalupa y mis redes por poseer una. Me convertiría en un hombre invencible y haría una inmensa colección de cráneos.

—No sólo te daré una, sino diez, si me ayudas a volver a mi país.

—¿Qué tengo que hacer?

—Guiarnos hasta las orillas del Koti y proporcionarnos un praho.

—¿Está muy lejos tu país?

—Podemos llegar a él en unos treinta días de navegación.

—¿Y tú me regalarás diez cañas que lanzan truenos? —dijo Sulinari con los ojos encendidos.

—Sí.

—Yo puedo guiarte hasta tu país, pero con una condición.

—¿Cuál?

—Que tú tienes que matar, con tus potentes armas, un tigre que anda rondando nuestro pueblo y amenaza mi kampong; nosotros no lo podemos matar porque está protegido por Antu y Buau…

—¿Quiénes son esos Antu y Buau?

—Los genios malos del bosque.

—Lo mataremos.

Unos gritos espantosos interrumpieron este diálogo. Los guerreros salían de sus cabañas, seguidos de sus mujeres e hijos y tañían furiosamente sus gongs suspendidos de astas de bambú.

Todos los salvajes, vestidos de fiesta, con sus cabezas adornadas de plumas de distintos colores, iban armados con sus kris y sus parangs-ilang.

El kris es el arma más característica de estos pueblos del archipiélago y la más peligrosa de todas. Parece que fue inventada en el siglo XV por el javanés Inokarta Parí, rey de Gian-gala. Como ya se ha dicho, es de un pie de largo (treinta centímetros), de metal blanco (pamuz), que se extrae únicamente en las minas de Borneo o Célebes o de la isla Biliton, de excepcional temple, bien labrada y damasquinada o incrustada de oro.

Su hoja, recta o serpentinada, tiene doble filo, está acanalada en su superficie e impregnada del activísimo veneno del upas, o con jugo de limón. La empuñadura es de madera, por lo general, y algunas veces de oro, con aplicaciones de diamantes o rubíes o labrada con figuras de viejas leyendas indostánicas o javanesas.

Treinta guerreros, los más valerosos de la tribu, rodearon el poste fatal al que estaba atado el desgraciado esclavo, víctima del amok. Las caras de aquellos individuos demostraban alegría y al mismo tiempo crueldad. Sulinari había cobrado un aspecto feroz.

A una señal suya con la cabeza los guerreros comenzaron la danza de los parangs, baile ritual antes de decapitar a la víctima. Después dejaron en tierra sus sables, y, marcando en el suelo varias cruces, se pusieron a dar pasos fantásticos adelante y atrás, extendiendo las manos hacia las armas y retirándolas con gesto de espanto.

De repente las empuñaron todos, y mientras los gongs marcaban una música simbólica se pusieron a dar vueltas alrededor de la víctima que, tal vez con la idea de que una muerte serena es el acto más glorioso de un guerrero, contemplaba desdeñosamente la escena.

Aquella danza desaforada, o mejor, aquella carrera precipitada alrededor del poste duró pocos minutos; después, a una señal del jefe, todos aquellos hombres se lanzaron como tigres sobre el prisionero con las armas en alto.

En medio de un griterío ensordecedor se oyó un grito estridente: después, una cabeza rodó a los pies de Sulinari. El holandés, horrorizado y con náuseas, iba a retirarse hacia su cabaña, cuando llegó un guerrero que se adelantó hacia donde estaba el jefe y le ofreció, colocados sobre una estera, los cartílagos de las orejas, las palmas de las manos y el hígado del decapitado.

El jefe aceptó la estera y se la ofreció al holandés y al soldado, diciéndoles con la más amable sonrisa:

—Son los bocados de honor.

—¡Rayos y centellas! —dijo el soldado—. ¡Comételos tú, abominable antropófago!

Y se marchó detrás de Held, que se dirigía hacia la cabaña.

Sulinari tuvo intención de seguirlos para inducirles a aceptar el regalo, pero adivinando quizás el horror que les causaba aquel ofrecimiento, o sabiendo que los hombres del otro lado del mar no se comían a sus enemigos, mordió rabiosamente aquellos tristes despojos mientras sus súbditos se disputaban las carnes palpitantes de la víctima.

—¡Que la lepra los corroa! —dijo el siciliano metiéndose en la cabaña—. No debíamos llamarnos amigos de esos comedores de carne humana. ¡Mil rayos! ¡Qué raza de bribones!…

—Cuestión de costumbres, amigo Landa —dijo Held—. Desde hace muchos siglos sus antepasados lo vienen haciendo, y ellos también lo hacen.

—¿Es que les gusta la carne humana?

—No; la comen como por obligación, no como una golosina, y eso hace hasta cierto punto disculpable su costumbre. Persiguen un objeto al hacerlo.

—¿Cuál, señor Held?

—Apropiarse el valor del hombre que han matado.

—¿Lo dice usted en serio?

—Lo digo con toda seriedad. Y no creáis que sólo los dayacos tienen esa creencia: también los maoríes de Nueva Zelanda se comen a los prisioneros, asados, con la seguridad de apropiarse de su valor, y comen con predilección el ojo derecho, que creen que es el que mira en el alma. Algunas tribus de la Guayana y de los ríos Amazonas y Orinoco reducen los cadáveres a cenizas, que beben con licores.

—¡Qué costumbres tan raras! Si eso fuese cierto, bien pocas virtudes podrían heredar del bribón de Aier-Rajá. Ahora vienen hacia acá. ¿Vendrán a ofrecernos alguna otra cosa?…

Los dayacos, terminado su lúgubre banquete, se agruparon llevando los gongs en cabeza y seguidos de una larga cola de mujeres y chiquillos se acercaron a la cabaña.

Dos hombres llevaban un gran vaso de porcelana, de esos antiquísimos, importados por los chinos, que ellos conservaban religiosamente.

Sulinari se adelantó, y después de haber saludado muy galantemente a Amelia, que había salido de la cabaña seguida de sus compañeros, dijo:

—Vengo a reclamar de vosotros el cumplimiento de la promesa que me habéis hecho. Ahora es el momento propicio para sembrar el arroz, pues Giuwata, nuestro ser supremo, ha recibido su ofrenda y es bueno para con nosotros.

Después se volvió hacia sus guerreros e hizo que colocaran el gran vaso ante los blancos.

Amelia y sus compañeros dejaron caer un poco de saliva; mientras tanto, los gongs sonaban estrepitosamente y toda la multitud lanzaba gritos de alegría, creyendo de buena fe que los extranjeros les aseguraban una cosecha abundante.

El vaso fue después colocado en un palanquín construido con ramas de árboles, y toda la población se aglomeró en torno a sus portadores, que marchaban hacia los arrozales para hacer la siembra.

Sulinari se quedó en la cabaña e invitó a sus huéspedes a sentarse. Les ofreció rakas en tazas de barro cocido, y dijo:

—Ya que habéis cumplido vuestra promesa, asegurando la recolección del arroz, estoy dispuesto a ayudaros, en & medida de mis posibilidades, para que logréis volver tranquilamente a vuestras casas. Sulinari es un hombre leal y no tendréis quejas de mí.

—Óyeme, Sulinari —dijo el holandés—. Te dije que vivíamos muy lejos de aquí, y que necesitábamos prahos para atravesar el mar. ¿Has oído hablar alguna vez de la isla de Timor?

—Me ha hablado de ella una vez mi hermano.

—¿Es tu hermano un jefe?

—Sí; es jefe de los dayaks-lant.

—¿O sea, de los dayacos del mar?

—Sí.

—¿Conoce tu hermano el mar?

—El sí; es un audaz marino que manda hombres muy valientes, y ha visitado muchas tierras que yo ni he visto ni he oído hablar de ellas.

—¿Más allá de Senmeridán?

—Sí.

—¿A cuántas jornadas de aquí?

—Junto a la desembocadura del Koti, al otro lado de la tierra que manda el sultán de los brigis.

—¿Dónde tiene su poblado?

—A cinco jornadas de aquí.

—¿Sabrás conducirnos allí?

—Te puedo enseñar el camino, si quieres.

—No me basta. Escúchame: te daré diez armas como las nuestras y te libraré del tigre que amenaza la vida de tus súbditos; a tu hermano le daré una gran cantidad de dinero con la que podrá comprar, en las islas lejanas, todo lo que quiera, pero con una condición.

—Habla —dijo Sulinari, radiante de alegría.

—Que nombres un destacamento armado que nos lleve hasta tu hermano y nos libre de todos los peligros.

—¿Te amenaza acaso alguno?

—Sí; el hombre blanco que hizo fuego contra tus hombres.

—¡Ah! ¡Ese!… Te daré diez hombres escogidos entre los más valerosos y resueltos a matarle, y te agradeceré que me mandes con ellos su cabeza.

—Sí; de eso ya se encargarán tus guerreros. A tu hermano le dirás que nos conduzca con una escolta armada hasta Timor, donde vendrán también dos de tus hombres para recibir las armas que te regalamos. ¿De acuerdo, Sulinari?

—Sí —dijo el jefe—. Mi tribu está agradecida porque le habéis asegurado una buena cosecha: estará mucho más cuando la libréis del tigre protegido por los malos espíritus de la selva, contra el cual no pueden nada nuestras armas, y el Consejo de los Ancianos nada te podrá negar. Además, mi hermano, que me quiere, no vacilará en aparejar sus prahos y llevarte hasta tu isla. Respondo de él.

—Gracias, Sulinari; tendrás las armas que echan humo y fuego.

—¿Me enseñarás a manejarlas?

—Desde mañana mismo.

—¿Cuándo mataréis al tigre?

—Esta noche.

—Yo os acompañaré.

—¿Hay que ir muy lejos?

—Al otro extremo del lago.

—¿Tenéis un babirusa joven?

—Y diez también, si los queréis.

—Me basta con uno para atraer al tigre. El sol comienza a ocultarse tras la selva: hagamos los preparativos. Cuando salga la luna debemos estar ya en nuestros puestos.

XXII. Los antropófagos

Dos horas más tarde, el holandés, el siciliano y Sulinari salían del kampong para cazar al tigre, que los supersticiosos dayacos aseguraban ser invencible, por estar protegido por Antu y Buau, los dos espíritus maléficos de la selva.

Los dos hombres blancos iban armados con carabinas y machetes, y el dayaco con un pesado parang-ilang y un arco de caña de madera dura, atravesada interiormente por un hierro de un centímetro de grueso y un metro cuarenta centímetros de largo, envuelto en fibras de rotang y armado en uno de sus extremos con un hierro de lanza.

Estos arcos, que ellos llaman sumpitan, son formidables. Los dayacos, cuando los arman, mandan las flechas de quince o veinte centímetros, envenenadas, a una distancia de cuarenta o cincuenta metros, con una puntería maravillosa.

El sol ya se había ocultado y entre los grandes árboles comenzaba a rielar la luna, que se alzaba brillante como un disco de metal incandescente. Los pájaros habían callado, pero aún se oían algunos gritos aislados de semeiang (Hylobatos, synalactylos), cuadrumanos nocturnos que viven en grandes bandadas y que, al ocultarse el sol, se reúnen para devastar las tierras cultivadas.

Los tres cazadores marcharon por la orilla del lago hasta llegar al lugar indicado y allí Sulinari se detuvo, aguzando su oído para analizar los rumores de la selva.

—Nada —dijo—. Tenemos tiempo para escoger un buen escondite. Aún es temprano.

—¿A dónde vamos? —preguntó Held.

—A aquel bosque.

—¿Se esconde allí el tigre?

—Sí; lo he visto muchas veces.

—Pues vamos.

—¿No nos atacará de improviso, señor Held? —dijo el siciliano.

—El olor que despide la fiera nos avisará de su proximidad.

—¿Ha cazado tigres alguna vez?

—Sí, en Java y en Sumatra.

—Yo también, pero le aseguro que en estos momentos me palpita el corazón descontroladamente.

—Lo creo; esos animales suscitan emociones muy fuertes. La primera vez que los vi cazar, también me encontraba intranquilo, se lo aseguro.

—Dicen que son muy feroces.

—Es verdad; pero no siempre atacan al hombre blanco.

—¿Quizá porque piensan, como estos dayacos y, en general, todos los pueblos de color, que somos una raza superior?

—No; porque saben, por experiencia, que los hombres blancos tienen mejores armas. También en la India y en Cochinchina asaltan poco a los europeos, mientras entre los indígenas hacen verdaderos estragos.

—Son muy listos esos «señores» tigres.

—¡Qué remedio!, después de la persecución despiadada de los blancos.

—Silencio —dijo en aquel momento Sulinari.

—¿Has oído algo?

—No; pero el tigre debe de andar muy cerca de aquí.

Habían penetrado en el interior de una parte espesísima de la selva, interrumpida aquí y allá por varios macizos de bambúes que crecían en un terreno húmedo. Era donde el tigre debía encontrarse, porque estos animales feroces y carnívoros gustan de las tierras húmedas y los grandes matorrales, donde pueden ocultarse y arrastrarse a placer antes de saltar de pronto sobre las presas que aciertan a pasar cerca de sus cubiles.

—¡Alto! —dijo Held—. Este me parece un buen sitio para la emboscada.

—¿Dónde nos colocamos? —dijo el soldado.

—Sobre aquel tamarindo —indicó el holandés, señalando un grueso árbol que sobresalía casi aislado entre un macizo de bambúes.

—¿No podrá llegar de un salto hasta las ramas?

—Podría ser. Estas fieras dan unos saltos prodigiosos, pero no le dejaremos tiempo. Sulinari, deja el babirusa sobre la hierba y átalo.

El dayaco obedeció y ató al pobre animal a un arbusto, a unos treinta metros del tamarindo.

—Ahora subamos al árbol —dijo el holandés.

—Pero si el babirusa no gruñe no atraerá al tigre —observó el siciliano.

—Los tigres olfatean su presa a gran distancia —dijo el holandés—, y no tardará en venir. ¡Subamos pronto!

Se agarraron a las ramas inferiores, y, ayudándose mutuamente, en poco tiempo se escondieron entre el follaje del tamarindo. Los dos europeos cargaron sus fusiles y el dayaco puso una flecha en su arco.

El babirusa, como si hubiese comprendido el papel que le habían destinado, no se atrevía a moverse y sólo de vez en cuando lanzaba algún lastimero gruñido.

La selva había quedado sumida en el silencio. No se oían los gritos de los pájaros ni los de los animales; únicamente las altas cañas de bambú, mecidas por un soplo de brisa, susurraban ligeramente.

Una hora transcurrió sin que nada sucediera. La luna iluminaba aquel trozo de matorral como en pleno día, dejando, en cambio, sumido en sombras el interior del bosque, en cuyo lindero se alzaba el tamarindo.

De pronto un murciélago o un gato volante, que saltó de entre los bambúes lanzando un grito de espanto, atravesó el espacio pesadamente.

—¿Ha visto, señor Held? —dijo el soldado con recelo.

—Sí —contestó el holandés.

—Algo ha debido asustar a ese pájaro, a ese kumbung.

—Eso mismo pienso yo.

—¿Habrá sido el tigre?

—Puede haber sido también un babirusa, o una serpiente o un mías.

En aquel mismo momento se oyó, casi en la parte opuesta del matorral, un rugido corto, estridente, gutural, uno de esos gritos que se recuerdan siempre una vez oídos.

—¡Cielos! —murmuró el soldado, al tiempo que experimentaba un sobresalto.

—¡El tigre! —dijo el holandés.

—¡Es cierto! —dijo Sulinari, al que le castañeteaban los dientes.

—¿Viene solo o acompañado? —preguntó el siciliano.

—Siempre lo hemos visto solo —dijo el dayaco.

—Debe de ser uno de esos tigres que los de Bengala llaman admi wala kanah —dijo Held.

—¿Qué significa eso?

—Tigres solitarios.

—¿Son más peligrosos?

—Los más formidables, porque son muy prudentes, conocen los lugares y las personas, asaltan con preferencia a las mujeres y a los niños y evitan a los cazadores.

—¿Los que habitan en esta isla, son como los de la India?

—Tienen las patas más cortas, son menos esbeltos, más toscos; su bigote es más corto, el pelo del vientre y de los costados menos abundante, pero por el lomo se hace más espeso y largo. Su hocico denota ferocidad, la expresión de sus ojos astucia, y casi siempre llevan la lengua y la cola colgando hacia abajo. Quizá sean más sanguinarios y más audaces que los que se crían junto al Ganges.

—Afortunadamente estamos en un lugar elevado, señor Held.

—Pero no tanto como para librarnos en caso de que salte. Yo…

Se oyó otro rugido, más fuerte que el primero, pero esta vez más lejano.

—El tigre se va —dijo el soldado—. ¿Nos habrá olfateado?

—Tiene que volver, estoy seguro —contestó Held—. Primero recorrerá el bosque haciendo una batida en busca de caza, y si no la encuentra, veréis cómo trata de acercarse a nuestro babirusa.

—¿Y si no viniese?

—Iremos nosotros a buscarlo. Además, ya sabemos que tiene su cubil por aquel lado.

—¡Caracoles! ¡Esta tarea le pone a uno la piel de gallina, señor Held!

—Pero nos facilitará una escolta y los medios para llegar al mar. Mantengamos los ojos bien abiertos.

Después de aquel rugido, volvió a reinar el silencio. El tigre, sin duda, se había alejado para ver si sorprendía un babirusa o cualquier banda de monos, o quizá se había ido al lago para acechar a los animales en el momento de abrevar.

Transcurrieron algunas horas de ansiedad para los europeos y el jefe dayaco. Comenzaba a rayar el alba y perdían las esperanzas de ver volver al felino, cuando en medio del matorral oyeron un pequeño bufido y vieron moverse las puntas de las cañas de bambú. Como ya no soplaba el vientecillo de antes, los cazadores sospecharon que la fiera perseguía a algún animal.

—¡Atención! —dijo Held.

—Hay que refrenar los nervios —murmuró el siciliano—. Estoy temblando como si tuviese fiebre.

Los bambúes seguían moviéndose, pero más lentamente, como si el tigre avanzara con infinitas precauciones para no llamar la atención de su futura víctima. El babirusa comenzó a gruñir fuertemente, al sentir acercarse a su enemigo.

Los dos europeos apuntaron las carabinas y Sulinari se acercó el arco a la cara, pronto a arrojar la flecha mortal, aunque no tenía gran confianza en ella, creyéndola ineficaz contra aquella fiera, a quien protegían los genios de la selva. Nadie respiraba; reconcentraban sus miradas sobre los bambúes con ansiedad. El holandés, para quien aquella caza no era una novedad, conservaba una calma admirable; el siciliano sentía latir precipitadamente su corazón; el dayaco temblaba, a pesar de su valor indomable.

—¡Ahí está! —dijo de pronto Held.

El tigre asomó primero sólo la cabeza, después el cuerpo entero y, por último, la cola. A la luz de la luna los cazadores podían observarlo perfectamente. Era un ejemplar magnífico, de por lo menos dos metros y medio de largo. Sus ojos despedían llamaradas y miraban con inquietud la sombra proyectada por los grandes árboles de la selva. Se mantuvo algunos instantes inmóvil, como intranquilo por aquel silencio o sorprendido por no oír los gruñidos de su presa, y después comenzó a avanzar con la gracia natural de los grandes felinos.

Se erguía, torcía la cabeza, la bajaba a cada paso que daba, agitaba la cola y se estiraba como un gato domesticado, desperezándose.

De pronto se paró. El babirusa había lanzado un grito de espanto.

—¡Estad preparados! —dijo en voz baja el holandés.

El tigre se arrastró silenciosamente y se escondió entre la hierba; marchaba así para acercarse al lugar donde yacía el pobre babirusa. Estaba ya a veinte pasos de la víctima cuando volvió a pararse y alzó la cabeza, lanzando inquietas miradas. ¿Había visto a los cazadores? Es probable, porque levantó la cabeza hacia el tamarindo lanzando un sordo rugido.

—¡Fuego! —dijo el holandés.

Dos disparos sonaron casi como una sola detonación. El tigre dio un salto inmenso rugiendo furiosamente, giró hacia la derecha y desapareció por entre los arbustos, antes de que la flecha mortal de Sulinari se le clavase.

—¡Demonio! —gritó el soldado—. ¡Hemos fallado los tiros!

—No —dijo Held—. Lo hemos herido, pero no de muerte.

—Sí —contestó Sulinari—. ¡El tigre va herido, escuchad!…

La fiera, mientras se internaba en la selva, donde debía tener su cubil, lanzaba aullidos de dolor.

—¿Morirá? —dijo el soldado.

—Si no muere, podemos ir a rematarlo —dijo el holandés—. Ahora comienza a amanecer; bajemos y vamos a seguir su rastro.

—Nos saltará encima, señor Held.

—Antes le pegaremos un tiro; además, ya está herido y no podrá saltar. ¿Nos acompañas, Sulinari?

—Yo sigo a los hombres del otro lado del mar, aunque mis armas son ineficaces. Ya habéis visto el éxito de una ladgia (flecha).

—Eso es sólo una superstición, Sulinari.

—No; es que ese tigre está protegido por Antu y Buau.

—No importa; nosotros lo mataremos.

Volvieron a cargar sus armas cuidadosamente, para asegurar al máximo la precisión de sus disparos y descendieron del árbol dispuestos a terminar con su adversario.

Despuntaba el alba. Las estrellas palidecían rápidamente y una luz rosada iba alumbrando el horizonte. Los alados habitantes de la selva, las grandes cacatúas negras, los tucanes de pico gigantesco, los papagayos y faisanes comenzaban a revolotear hasta las copas de los árboles para bañarse de sol, mientras los monos reanudaban sus piruetas sobre los calamus.

Los tres cazadores atravesaron en silencio el espacio libre de arbustos y se pararon al borde del macizo de bambúes.

El tigre no rugía; pero no debía estar lejos de los alrededores de su cueva, porque de vez en cuando se veían moverse las cañas de bambú.

—Ahí están las manchas de sangre —dijo Held, señalando algunas cañas manchadas de rojo—. Estaba seguro de haberlo herido.

—Puede que esté moribundo —dijo el siciliano.

—Es probable; adelante, pues, y dedo al gatillo.

Se internaron avanzando cautelosamente uno tras otro, separando las cañas con los cañones de sus fusiles, y cuando oyeron rugidos cercanos se detuvieron.

—Landa, póngase a mi derecha —dijo el holandés—, y tú, Sulinari, a mi izquierda. Sin miedo; el tigre es nuestro y no opondrá mucha resistencia; procurad tirar con calma.

—Voluntad no me falta, ¡demonio! —dijo el soldado—; pero mis nervios tienen el baile de San Vito, señor Held.

Continuaron caminando, siempre con infinitas precauciones, separando las cañas, y llegaron a un lugar despoblado de árboles. Allí se veían amontonados confusamente calaveras de animales, huesos roídos y restos de babirusa y de monos que, medio podridos, despedían un olor nauseabundo.

Pero apenas tuvieron tiempo para examinar aquel osario. Un rugido ensordecedor los sobresaltó.

Ante ellos, medio recostado contra un grupo de bambúes tulda estaba el tigre. Al ver a los cazadores se levantó y se dispuso a iniciar el ataque.

El soldado, más excitado que el holandés, apuntó e hizo fuego. Casi al mismo instante, el tigre se abalanzó sobre ellos.

El holandés había alzado ya la carabina, sonó una detonación y cayó pesadamente el animal, lanzando un último rugido.

Estaba muerto; la bala le había penetrado en el cerebro.

—¿Estás satisfecho? —dijo Held con voz tranquila dirigiéndose al dayaco, estupefacto por aquel golpe maravilloso.

—Sí —dijo éste—. Mañana te daré la escolta, y Giuwata me maldiga y me castigue si falto a mi palabra.

XXIII. Los súbditos de Kara-Olo

Sulinari cumplió escrupulosamente su promesa. A la mañana siguiente, los náufragos del «Oregón», bien provistos de víveres, salieron de la aldea de los dayacos camino del Koti, en cuyas orillas, junto a su desembocadura, debían encontrar al hermano del hospitalario Sulinari.

Les acompañaban doce guerreros, escogidos entre los más valientes de la tribu, armados con parangs y arcos y gran cantidad de flechas, además de ocho esclavos encargados de llevar a Amelia, para quien habían construido una especie de hamaca suspendida de un largo palo, que llevaban sobre el hombro cuatro robustos hombres. Sulinari acompañó a los blancos hasta el extremo del lago y recomendó por última vez a sus guerreros que los defendieran denodadamente contra cualquier ataque; después, tras despedirse, regresó a su aldea sumamente conmovido.

Los dayacos de la escolta, expertos en los senderos de las selvas, encontraron pronto uno que había de llevarles hasta el Koti, precisamente a la desembocadura del río, sin perder tiempo en abrirse camino a través de aquellos espesos matorrales. El primer día de marcha fue muy rápido; aquellos salvajes estaban acostumbrados a caminar por allí velozmente, y nada les sucedió de particular.

Durante la noche acamparon junto a un gran árbol aislado, y encendieron varias hogueras para tener a raya a las fieras, haciéndose vigilar por cuatro guerreros, que se relevaban cada tres horas.

Al amanecer del día siguiente emprendieron la marcha en dirección sureste, penetrando en una selva que debía ser tan antigua como la creación del Universo. A veces, el sendero desaparecía por la invasión de nuevas masas de arbustos que lo interrumpían; pero los dayacos lo abrían inmediatamente con sus poderosos parangs.

Ya habían recorrido más de veinte millas sin un momento de reposo cuando el jefe de la escolta, que marchaba en cabeza, se paró bruscamente, diciendo:

—¡Alto!

—¿Qué ocurre? —preguntó Held, acercándose a él.

—He visto correr una sombra por aquel matorral.

—¿Un animal?

—No; un hombre.

—¿Estás seguro?

—Malú no se engaña nunca.

—¿Será O’Paddy? —dijo el siciliano—. No sé por qué, ese hombre me viene una y otra vez a la memoria.

—Dime, Malú —dijo Held—. ¿Era un blanco o un malayo?

—Ha pasado tan rápido que no le he podido distinguir bien —dijo el dayaco—; pero me ha parecido un hombre de color.

—¿Hay aún tribus de kayon por estas regiones?

—No; las hemos destruido todas.

—¿No habrá tampoco por aquí bagiaros, idascos, marutus o alfurasos?

—No; éste es el territorio de los bugíes, y los bugíes no abandonan las orillas del Koti.

—Intenta encontrar a ese hombre, porque temo que sea uno de mis enemigos.

—Sulinari me encargó que te protegiese; buscaré a ese hombre y lo decapitaré.

Llamó a varios guerreros, recomendó a los otros que cuidaran de Dick, de Amelia y del holandés, y se marcharon seguidos del siciliano.

Primero se dirigieron hacia el lugar donde habían visto la sombra y después se desparramaron, examinando cuidadosamente todos los alrededores. Cinco minutos después descubrieron las huellas del hombre que había huido.

—Es un malayo o un bugí —dijo Malú al siciliano—. Lleva los pies desnudos.

—Sigámosle —dijo el siciliano—. Quizá se trate de un espía del blanco, nuestro enemigo. ¿Crees que nos lleva mucha ventaja?…

—Corren mucho y son muy astutos; pero, a pesar de todo, debemos continuar la marcha.

Mandó a uno de sus hombres que avisara a Held que continuase avanzando por el sendero, y después dio órdenes a los otros para dar caza al fugitivo. Los guerreros seguían las huellas con habilidad maravillosa; una brizna de hierba hollada, una ramita quebrada, una hoja recién cortada, bastaba para guiarlos. Siguieron rápidamente aquella marcha durante casi dos horas, hasta que se detuvieron. Estaban junto a la orilla de un riachuelo de negras aguas, que cortaba la gran selva de este a oeste.

Las huellas terminaron allí. Pasaron a la orilla opuesta, examinando la hierba y el suelo; pero sin resultado alguno. Revisaron las ramas de los árboles por si se habían escondido en ellos, pero en vano.

—Ya comprendo —dijo Malú al soldado—. El enemigo se ha metido por el río para que perdamos las huellas, y se habrá marchado a lo largo del cauce.

—Busquemos por las orillas —dijo el soldado.

Se dividieron en dos grupos. Cada uno de ellos iba mirando por ambas orillas, pero aquella pesquisa también resultó infructuosa.

—¡Mil rayos! —exclamó el siciliano—. ¡Habrá volado ese hombre!

—No; pero ha debido volver a subir a tierra sin dejar señal de sus pies.

—Pero ¿cómo?

—Quizá con la maniobra que hacen los monos: se habrá agarrado a la rama de algún árbol que cayese cerca del agua y habrá trepado por él, pasando después de un árbol a otro.

—¿Y por dónde habrá salido?

—¿Quién sabe?…

En aquel momento se oyó un disparo.

—¡Demonio!… —exclamó Landa, dando un salto—. Ha sido la carabina del señor Held. ¡La conozco perfectamente!

—¿El fusil del hombre blanco?… —preguntó Malú.

—Sí…; corramos.

La detonación había sonado en dirección norte, a dos o tres millas de distancia.

El soldado y los dayacos corrieron hacia aquel punto, cortando a golpes de parang las ramas que les impedían el paso.

Media hora más tarde encontraban la pequeña columna del señor Held, que marchaba rápidamente por el sendero.

—¡Señor Held!… —gritó el soldado, corriendo a su encuentro—. ¿Les han asaltado?

—No; pero nos siguen los pasos —dijo el holandés.

—¿Ha visto a otro malayo?

—Sí; hemos visto dos huyendo a través del bosque.

—¿Y ha abierto fuego contra ellos?

—Sí; pero sin herirles.

—Nosotros hemos perdido las huellas del nuestro; ¿nos tenderá una emboscada O’Paddy?

—Eso temo, Landa.

—¡Canalla!… Nos esperará en el Koti…

—¿Iban armados los dos espías?

—Sí, con fusiles.

—Señor Held, hay que acelerar la marcha para que no nos sorprendan en medio del bosque. Tenemos doce hombres valientes y ocho esclavos; pero todos temen a las armas de fuego.

—Ya lo sé, Landa, y por eso iremos lo más deprisa posible.

—Malú, ¿estamos aún lejos del kampong?

—Llegaremos mañana por la noche —dijo el dayaco.

—¡Adelante!

Reanudaron la marcha, luego de convencer a Dick de que si se metía en la hamaca con Amelia caminarían más deprisa. Malú, cuatro guerreros y el soldado se adelantaron como vanguardia para explorar el terreno y evitar, así, una emboscada.

Sin embargo, llegó la noche y no volvió a verse ningún espía.

Aquella noche acamparon rodeándose de mayores precauciones. Alrededor del campamento construyeron una especie de barricadas-trincheras con troncos y ramas de árboles, y fueron mandados algunos hombres a emboscarse a cierta distancia de ellas. Para mayor seguridad no encendieron ni un solo fuego, para no llamar la atención de sus enemigos, que continuaban por los alrededores.

Pero todas las preocupaciones fueron inútiles, porque ninguna alarma turbó el sueño de Dick y de Amelia. Con toda seguridad, el enemigo se había retirado para comunicar a O’Paddy la noticia del avance de los náufragos.

—Nos tenderá una emboscada junto al río —dijo Held en el momento en que emprendían de nuevo el camino—. Ese hombre no nos dejará tranquilos.

—Tengo una idea, señor Held —dijo el soldado.

—Explícate.

—Ha dicho Malú que el kampong no está muy lejos.

—Es cierto; esta noche llegaremos.

—Pienso que si O’Paddy se entera de nuestra dirección hará todo lo posible por impedirnos llegar al pueblo dayaco.

—Eso es.

—¿Y si pidiésemos refuerzos al hermano de Sulinari?

—¿Y nosotros esperamos aquí?

—Sí; defendidos por esta trinchera, que podemos hacer cada vez más inexpugnable.

—La idea no parece mala, Landa.

—Los dayacos pueden llegar a su destino sin que los vean ni caigamos en ninguna emboscada.

—Pues no perdamos tiempo.

Llamaron al jefe de la escolta y le informaron de lo que habían pensado. Malú, que era un salvaje muy perspicaz, acogió bien la propuesta y eligió los tres hombres más ágiles y decididos, a los que ordenó dirigirse a la desembocadura del Koti, aconsejándoles ir separados por diferentes caminos para no caer en manos del enemigo.

Pocos minutos después los tres dayacos desaparecieron en el bosque, mientras el soldado y tres guerreros más se dedicaban a cortar algunos árboles gruesos para reforzar las trincheras del campamento.

A mediodía quedaba terminado el trabajo, y el durian, que formaba el centro del campamento, estaba rodeado de troncos de árboles y gruesas ramas para poder oponer resistencia a un ataque, aunque fuera de importancia. Para hacerlo aún más inexpugnable, los dayacos habían clavado por la parte de fuera una línea de flechas envenenadas, de las que sólo sobresalían las puntas, obstáculo que resultaba formidable contra los pies desnudos de los malayos o los bugíes, pues la más pequeña rozadura bastaba para producir la muerte.

El bosque estaba silencioso; no se oían ni los gritos de los monos ni el cantar de los pájaros. Sin embargo, aquella calma no hacía a los salvajes, hijos de la selva, descuidar su vigilancia.

—Temo que dentro de poco tendremos jaleo —dijo el soldado, escudriñando atentamente el bosque—. Ese bribón de O’Paddy nos va a jugar una mala pasada.

—Pero todavía no tenemos una prueba segura de que sea él —dijo Held—. Quizá la herida que usted le hizo fue de gravedad.

—No lo crea. Además, ¿quién sino él puede tener especial interés en dificultar y espiar nuestra marcha?

—Es verdad, Landa.

—¿Habrán llegado ya al kampong nuestros mensajeros?

—Creo que sí; son muy rápidos.

—¿Entonces esta noche podremos recibir el auxilio?

—Sí, si no han caído en manos del enemigo.

—¡Mal negocio si eso sucediera!… ¡Eh!

—¿Qué ocurre?

—Me parece que se prepara un huracán; he oído tronar.

—El cielo se cubre rápidamente —dijo Held, mirando a través de un claro del follaje.

—Pasaremos una mala noche.

—Sin contar con que se atrasen los socorros.

—Y no tenemos más que dos fusiles.

—Tres —corrigió Dick, que oía la conversación.

—Es cierto, señor Dick —dijo riendo el soldado—. Me había olvidado de usted.

—Y yo utilizaría también el mío, si no lo hubiese estropeado el mias —dijo Amelia, que estaba sentada cerca de ellos.

—Usted curará las heridas y será la enfermera del campamento.

—Con mucho gusto, señor Held.

—Está tronando —dijo Landa.

—Y ya gotea —añadió Dick.

—Vamos a cobijarnos bajo el durian —dijo el holandés.

El huracán iba a estallar. El cielo se cubrió de pronto de negras nubes rojizas; violentas ráfagas de viento sacudían los árboles de la selva, haciendo encorvarse a los más altos y robustos.

A lo lejos rugía el trueno, y gruesas gotas caían crepitando en el follaje. Los cuatro náufragos se cobijaron bajo el durian, mientras los dayacos, acurrucados en las trincheras, vigilaban la selva, cada vez más oscura.

De pronto se oyó un grito parecido al de un tucán. Malú, que estaba tendido dentro de la trinchera, alzó la cabeza, lanzando hacia los oscuros árboles una mirada escudriñadora.

—¿Qué hay, Malú? —dijo Held, que había notado aquel movimiento.

—¿No habéis oído esa señal?

—¿No era el grito de un tucán?

—No.

—¿Estás seguro?

—Los oídos de Malú no se engañan.

—Entonces es un anuncio de que se acerca el enemigo.

—Sí.

En aquel instante un deslumbrador relámpago rompió las tinieblas iluminando vivamente la oscuridad de la selva. A su rápido resplandor el holandés y Malú divisaron algunos hombres que avanzaban arrastrándose sobre la hierba.

—¡El enemigo! —dijo Held.

En aquel momento el huracán se desencadenaba con violencia. La lluvia caía a torrentes y el trueno retumbaba sordamente, propagándose del horizonte oriental al occidental con gran velocidad, y fulgurantes rayos iluminaban siniestramente las sombras de la noche.

Al grito de alarma de Held, todos los dayacos se pusieron en pie empuñando sus armas; el soldado y Dick se lanzaron a las trincheras, ocultando el cañón de sus fusiles entre sus ropas.

—Ahí está —dijo Held.

Un hombre había salido a treinta pasos de distancia por entre la hierba. El soldado y Dick hicieron fuego simultáneamente.

El hombre, herido por la doble descarga, cayó al suelo pesadamente. Una treintena de hombres se destacaron, lanzándose en avalancha y gritando furiosamente.

El holandés hizo fuego contra el grupo, mientras los dayacos lanzaban nubes de flechas. Algunos hombres cayeron, pero el resto continuó su desenfrenado ataque.

Distaban solamente algunos pasos y los dayacos empuñaban ya sus parangs para afrontar la lucha cuerpo a cuerpo, cuando se oyeron algunos disparos que sonaban por el sendero que iba a Koti.

Los asaltantes, cogidos por la espalda, se pararon, indecisos.

El marinero y Dick volvieron a cargar sus armas y aprovecharon el momento para derribar a otros dos enemigos. El griterío que venía de la parte del camino les mantuvo en expectativa.

—¡Los dayak-lant! —gritó Malú—. ¡Estamos salvados!

Varios hombres corrían a través del bosque por entre los árboles, agitando sus parangs y disparando sus fusiles contra los asaltantes.

—¡Retirada! —gritó una voz.

El siciliano y Held lanzaron un grito de sorpresa; ambos habían reconocido la voz del traidor O’Paddy.

—¡O’Paddy! —exclamaron.

En aquel mismo instante los enemigos huían desordenadamente entre las sombras de la selva.

XXIV. Muerte de O’Paddy

Kara-Olo, el hermano de Sulinari, acudía en socorro de los náufragos del «Oregón», acompañado de los tres dayacos de la escolta de Malú y de veinte de sus más valerosos súbditos, armados en su mayoría de viejos pero buenos fusiles.

Al enterarse de que los protegidos de Sulinari corrían peligro de ser asaltados, reunió al punto a sus mejores guerreros y acudió en su auxilio. Cuando oyó los primeros disparos hizo avivar la marcha, y, como ya se ha visto, llegó muy oportunamente.

Kara-Olo era más viejo que Sulinari, más alto, membrudo y quizá también más valeroso, por estar habituado a las correrías por el mar contra los bugíes y los malayos de Senmeridán y de Tonga, sus mortales enemigos. Habiendo sido ya advertido de lo que deseaban los hombres blancos y del ofrecimiento que les hacían, acudió a ponerse a su disposición.

Más civilizado que su hermano, pues mantenía contacto con gente blanca de las diferentes islas de la Sonda, apenas se encontró ante Held y sus compañeros les tendió la mano, diciéndoles:

—Me alegro infinito de haber llegado a tiempo para prestar un servicio a los hombres blancos, a los que yo siempre he respetado, y de poder proteger a los amigos de mi hermano Sulinari. ¡Estoy a sus órdenes, comandante!

—Deja primero que te demos las gracias —dijo Held—. Nuestros enemigos…

—No se atreverán a volver —dijo Kara-Olo—. Mis hombres son muy valientes y casi todos vienen armados con fusiles.

—¿Qué nos aconsejas que hagamos?

—Esperar a que amanezca antes de marchar, para dar tiempo a que los otros se reúnan con nosotros.

—¿Quienes?

—Mis guerreros, que vienen capitaneados por mi hijo.

—¿Más refuerzos?

—He hecho armarse a cincuenta guerreros, la tripulación de mis tres prahos.

—Te regalaremos ciento.

—¡Ah!… si así fuera me haría invencible y podría desafiar sin miedo al sultán de Senmeridán, a sus prahos y a los piratas malayos. ¿Qué tengo que hacer en tu favor?

—Ya te lo he dicho: conducirnos a Timor.

—¿Y tu enemigo?

—No me preocupa; me basta con rechazarlo.

—Me han dicho que hay entre ellos un hombre blanco.

—Es cierto.

—Entonces, ¿lo matamos?

—No vale la pena.

—Señor Held —dijo el soldado—. Es usted muy generoso, pero yo he jurado matar a ese canalla.

—Déjale que vaya a hacerse matar a otro lado, Landa.

—No, señor; haré lo posible por cogerlo y ponerlo en manos de las autoridades holandesas, si es que no quiere usted mancharse con la sangre de ese traidor y ladrón.

—No se dejará coger, Landa.

—¡Quién sabe, señor Held!

—Veo unas sombras que se mueven allá lejos —dijo Malú, acercándose—. ¿Intentarán otro asalto?

—Peor para ellos —dijo Kara-Olo—. Con nuestros fusiles y defendidos por estas trincheras podemos resistir perfectamente hasta que lleguen las fuerzas de mi hijo. ¡Cada uno a su puesto!

El huracán había cesado, porque los que se desencadenan en esas tierras son violentos, pero de poca duración. Tan sólo algunos relámpagos surcaban el horizonte y alguna ráfaga que otra agitaba las ramas de los árboles.

Los dayacos, armados con sus fusiles, se habían parapetado tras las trincheras, medio escondidos, y los que estaban armados con arcos se habían escondido tras un pequeño parapeto de ramas y hojas, que Amelia y Dick defendían, resueltos a hacerse matar antes que caer en manos del enemigo.

Parecía que las gentes de O’Paddy, compuestas sin duda de malayos y bugíes, reclutadas en Senmeridán o por las aldeas del Koti, se preparaban a intentar un ataque desesperado.

A la luz de los relámpagos se veía cómo se agrupaban junto a las masas más densas de árboles, y cómo se iban acercando, poco a poco, arrastrándose por la hierba. Pero no habían disparado ni una sola vez, aun cuando varios de ellos iban armados con fusiles.

—Dejémosles venir —dijo Malú—. Cuando hayan probado las puntas de las flechas clavadas en tierra se harán más prudentes, y quizá no vuelvan al ataque.

—Les haremos fuego a quemarropa y les escaldaremos el pellejo —dijo el soldado.

Uno de ellos, el más atrevido de aquella banda, había ya llegado a unos diez pasos de las trincheras, cuando de improviso lanzó un grito de dolor y saltó, haciendo una pirueta, diciendo:

—¡Cuidado!… ¡El upas!

—¡Fuego! —gritó el holandés.

Siete u ocho disparos sonaron al mismo tiempo. Los asaltantes, que se habían puesto de pie, contestaron con algunos disparos y se replegaron en masa, dispersándose por la selva y dejando algunos muertos y heridos.

—¡Ah, ah! —exclamó el soldado, volviendo a cargar su arma—. ¡Parece que pica este fuego! ¡Eh!, amigos míos. Si pudiese chamuscarle el hocico a ese sinvergüenza de O’Paddy me daría por satisfecho.

—Cargad en seguida —mandó Held—, que vuelven esos bribones.

En efecto, los atacantes se reunían otra vez tras los árboles y comenzaban a avanzar.

—¿Qué querrán hacer con esos haces de leña? —dijo el soldado con inquietud—. ¿Querrán ahumarnos?

—No —contestó Held—. Los echarán sobre las puntas de las flechas para poder acercarse hasta nosotros.

—Pues es preciso mantenerlos a distancia.

—Y con fuego nutrido, porque veo que son muchos.

—Por lo menos cuarenta, si no me engaño, señor Held.

—¡Animo, dayaks-lant! ¡Animo! ¡Ahí tenéis al enemigo! —decía Kara-Olo.

Los asaltantes, descuidando las precauciones, se lanzaron hasta las trincheras, acompañando su ataque con griterío salvaje. Los europeos y los dayacos reanudaron el tiroteo.

Algunos hombres caían, pero otros continuaban avanzando y arrojaban ramas y hojas en el terreno sembrado de flechas.

Pero habían tropezado con adversarios dignos de ellos. Los dayacos habían soltado los fusiles y empuñado los temibles parangs-ilang.

El choque fue terrible. Asaltantes y asaltados lucharon con rabia desesperada: los unos, defendiendo con encarnizamiento sin igual sus trincheras; los otros, realizando esfuerzos sobrehumanos para apoderarse de ellas. El soldado, Held y Dick, junto a Amelia, se defendían con las culatas de sus fusiles, golpeando en los cráneos y en el pecho de los bugíes y los malayos.

Hubo un momento en que el soldado descubrió entre la avalancha de los combatientes un traje blanco.

—¡O’Paddy! —exclamó.

Con un acceso de furor tumbó a tres hombres que trataban de apoderarse de Held, y saltó fuera de las trincheras.

—¡Landa!… —le gritó el holandés.

Dick había salido valientemente tras el soldado, hiriendo a los asaltantes a culatazos con su pequeño fusil.

¿Qué ocurrió entonces?… El enemigo comenzó a replegarse en el preciso momento en que empezaba a ganar las trincheras. Se oyó un griterío y una avalancha de hombres apareció a la espalda de los malayos.

—¡Mis hombres! ¡Mi hijo! —gritó Kara-Olo—. ¡Adelante, dayacos!

Los traidores, cogidos entre dos fuegos, comenzaron a dispersarse en todas direcciones, sin oponer más resistencia. Los dayak-lant, mandados por el hijo de Kara-Olo, cargaban contra ellos con sus parangs y sus lanzas. En medio de aquel tumulto, entre aquellos gritos de muerte, de victoria y el fragor de las armas y la lucha, se oyó una voz que gritaba:

—¡A mí, Malú!… ¡A mí, señor Dick!

El jefe de la escolta de Sulinari se lanzó en auxilio del soldado. El siciliano y Dick corrieron tras un hombre vestido de blanco, que aparecía y desaparecía tras los árboles y los matorrales.

De pronto se escuchó un disparo y un grito de rabia. El soldado había hecho fuego sobre el fugitivo, pero había fallado el tiro.

—¡Deme su fusil, señor Dick, que se nos escapa!

—Tenga —dijo el muchacho—. Está cargado.

Sonaron otros dos disparos. El fugitivo se paró, dio unos cuantos pasos vacilantes y cayó al pie de un árbol de sagú.

El soldado se abalanzó sobre él con la culata en alto para rematarlo.

—Es inútil —dijo el herido con voz enronquecida—. Nací… con mala estrella, y… así debo morir.

—¡Canalla! —gritó Landa—. ¿Me reconoces, O’Paddy?

—Me muero…, casi no le veo —dijo el irlandés con voz apagada y esforzándose en sonreír—. El millón… me ha traído la desgracia…

—¿Qué millón?

El herido levantó la cabeza y fijó sus ojos, casi apagados, en el pequeño Dick, que acababa de llegar.

—¿Y su hermana? ¿Vive aún? —le preguntó.

—Sí —contestó el muchacho.

—¿Y el señor Held?

—También.

—Apenas me quedan… cinco minutos de vida… y desearía hablar con ellos… para reparar… en parte… el daño que les he ocasionado… Pronto… Llámelos…, que tengo dos balazos en el pecho…

—No hace falta llamarlos, ya vienen —dijo Landa.

El holandés y Amelia, inquietos por la ausencia de Dick y del soldado, al oír aquellas tres detonaciones corrieron hacia allá, seguidos de Kara-Olo y una docena de dayacos.

—¡Oh, O’Paddy! —dijo al verle el holandés—. ¡Desgraciado! Dios le ha castigado.

Una pálida sonrisa asomó a los labios del irlandés. Luego, enderezándose con un supremo esfuerzo y mirando a Amelia, que lo observaba conmovida, dijo:

—¿Me perdona usted?… Voy a morir.

—Le perdono, señor O’Paddy —contestó la joven.

—¿Y ustedes? —dijo a Dick, al holandés y al soldado.

—Sí O’Paddy —respondieron los dos primeros.

—¡Vaya por el perdón! —dijo el soldado después de una corta vacilación.

—Gracias… Acercaros…, que quiero contarlo todo… Me habían prometido un millón… He echado a pique el «Oregón» con la idea de hundir los documentos… y después les he guiado hasta la costa…, esperando hacerles prisioneros y regalarlos como esclavos… al sultán de Senmeridán… Me habían prohibido que les matase a ustedes… y he obedecido…, a pesar de que he tenido ocasión de hacerlo lo menos veinte veces. Después de marrar el golpe que me disparó el marinero… que me hirió sólo en la cabeza ligeramente…, reuní a esos bugíes y malayos para apoderarme de ustedes antes de que llegaran al Koti… Deben darse mucha prisa para embarcar… porque si no, encontrarán otro heredero en la casa de su tío… señorita Amelia…, señor Dick… Le escribí hace veinte días diciéndole… que ustedes habían desaparecido en la selva de Borneo… y que ya no volverían más a Timor…

—Pero ¿quién le paga? —dijo Held—. ¿Quién es el que se ha apoderado de la herencia?

—Es… es…

O’Paddy cayó con los ojos velados, y una bocanada de sangre salió de sus labios.

—¡Su nombre!… ¡Su nombre! —exclamó Held.

O’Paddy entreabrió los ojos, hizo un esfuerzo supremo y murmuró con voz apenas perceptible:

—¡Wan-Baer!…

Cerró los ojos y se desplomó.

O’Paddy había dejado de existir.

XXV. Wan-Baer, sorprendido

Tres días después de los acontecimientos narrados, los náufragos del «Oregón» se embarcaban en uno de los mayores y más sólidos prahos de Kara-Olo con dirección a Kupang, la capital de la colonia holandesa de Timor.

Les acompaña el jefe de los dayaks-lant, Malú, y una tripulación compuesta de veinte hombres.

Nada detenía a los europeos en las selvas de Borneo. Todo lo contrario, tenían prisa por llegar a Timor para sorprender al canallesco primo de Amelia y Dick.

El praho dejó la desembocadura del Koti, puso proa al sur y se internó en el estrecho de Macasar, formado por la costa este de Borneo y la occidental de las Célebes. Se trata de un ancho brazo de mar de una longitud de 175 a 200 kilómetros y de una anchura de 560 brazas, pero sumamente peligroso, porque allí se desencadenan frecuentemente tan terribles tifones, que les es difícil a los barcos combatir el tremendo ímpetu de los vientos y el furor de las olas inmensas.

Afortunadamente, el tiempo estaba en calma, y el praho, desplegadas sus anchas velas, corría con viento favorable con la marcha de un steamer.

Once días después llegaban los náufragos a Macasar, donde Kara-Olo tuvo que hacer provisión de agua y víveres antes de emprender la travesía del impropiamente llamado mar de Java —su nombre debiera ser de la Sonda—, comprendido entre las costas meridionales de las Célebes y las septentrionales de las islas Flores, Sumbava, Lomblon y Ombuai.

Macasar es una de las primeras ciudades del archipiélago de la Sonda, perteneciente a los holandeses, que le dan el nombre de Kotterdam.

Se eleva sobre la península meridional de la gran isla de Célebes, en el fondo de una pintoresca bahía, defendida por tres islas, y tiene a su pies una extensa llanura.

Se compone de varios barrios habitados por indígenas, bugíes, malayos y chinos; pero uno de ellos, el llamado Wlaar-dingenngen, rodeado por un alto muro en forma de paralelogramo y surcado por seis o siete espaciosas vías, está reservado para los europeos y, en particular, para los holandeses.

Es un barrio pintoresco, elegante, muy limpio, con hermosas casas de piedra, bajas todas ellas, pero cómodas, airosas, pintadas de blanco, adornadas con graciosas columnas o embellecidas con arboledas y jardines que proporcionan sombras frescas y agradables.

A la ciudad europea está unido el kampong-baru, que es un pueblecito situado al oeste, donde se encuentra el palacio del gobernador, algunos hotelitos particulares, un hospital y varios otros grandes edificios.

Un fuerte, el de Kotterdam, defiende la ciudad y mantiene a raya a los 35 000 habitantes, malayos en su mayoría, que moran en ella.

Por lo demás, es una población comercial de primer orden, y exporta arroz, algarrobas, nuez moscada, algodón, sagú, conchas de tortugas y, sobre todo, el rico aceite de Macasar, que los indígenas extraen de una especie de manteca vegetal de color oscuro y olor rancio.

El praho de Kara-Olo se detuvo allí únicamente el tiempo necesario para renovar su provisión de agua y víveres, y después reanudó su ruta hacia el sur, aventurándose en las aguas del mar de la Sonda.

Siete días después, durante los cuales habían tenido una fresca brisa, a eso de la medianoche la tripulación del praho señalaba un punto luminoso que, de vez en cuando, se alzaba en forma de columna. Era el cráter ardiente del Lovotino, un gran volcán en continua actividad que se eleva en la isla de las Flores.

Al amanecer, el praho se encontraba próximo a la costa de la isla, tierra hoy día aún muy poco conocida, a pesar de su proximidad a la isla de Timor. Se sabe que es una superficie de cerca de mil leguas cuadradas, muy fértil, pero muy pocos han sido los que han podido visitarla: ni los holandeses, ni los portugueses, a pesar de tener allí algún establecimiento, la han querido explotar. Está la isla poblada por bugíes que han rechazado siempre, encarnizadamente, a las tropas coloniales holandesas y pueden, por tanto, considerarse como independientes.

Subsiste, sin embargo, una aldea habitada por indígenas cristianos, la llamada Larentuna, que es el único resto de la dominación portuguesa.

El praho costeó la isla hacia su extremo oriental, se internó por el estrecho abierto entre Flores y Lomblon, y cinco días más tarde anclaba en Kupang, la capital de las posesiones holandesas de Timor.

—¡Por fin!… —exclamó el holandés, respirando libremente—. Ya podemos decir que estamos a salvo.

—Aún no, señor Held —dijo el soldado—. Ahora nos las tendremos que ver con el canalla número dos, que quizá sea más peligrosos que O’Paddy Amelia y yo le recordaremos una por una sus infamias, y yo les aconsejo que den parte a las autoridades holandesas para que lo detengan.

—Amelia no quiere eso, Landa.

—La señorita es siempre muy generosa.

—Es porque Wan-Baer es primo suyo.

—Sí, un primo que estaría mejor colgado de una pared o de un mastelero con una soga al cuello.

—Soy de su mismo parecer. Pero Amelia quiere evitar el escándalo.

—Entonces obraremos nosotros por nuestra cuenta, y si ese señor se atreve a oponer resistencia, palabra de soldado que lo cojo del cuello y lo mando a hacer compañía a sus demás cómplices. Los otros, por lo menos, se jugaban la vida; pero este señor primo se apropia de la herencia, quedándose tranquilamente en su casa. ¡Caracoles!… ¡Regalarle cincuenta millones a ese gorrón!

—Entregará hasta el último céntimo, Landa.

—Así lo espero, señor Held. ¿Cuándo vamos a ir a visitar a ese señor?

—Esta misma noche.

—Ya comienza a oscurecer.

—Esperemos a que Kara-Olo termine de amainar las velas.

—¿Vendrán con nosotros los dayacos?

—Sí.

—Muy bien. Si fuera preciso recurrir a la fuerza le agarrarán por su cuenta. ¿Está lejos de casa de Wan-Baer?

—A veinte minutos de la ciudad, en el límite de las inmensas plantaciones que pertenecieron al difunto tío de Dick y de Amelia.

—Señor —dijo en aquel momento Kara-Olo, acercándose a ellos—. Mis hombres y yo estamos ya dispuestos.

—Vamos, Amelia. Ven, Dick —dijo Held.

—Me late el corazón, señor Held —dijo Amelia—. No me agrada tener que encontrarme con mi primo.

—Pues yo, apenas lo vea, lo primero que pienso hacer es llamarle ladrón —dijo Dick.

—Es nuestro primo, Dick.

—No, es un ladrón, querida hermanita.

Salieron del praho y subieron al muelle. Kara-Olo y diez dayacos los seguían a corta distancia, repartidos en grupos de dos o tres para no llamar la atención.

Kupang, como ya se ha dicho, es la capital de las colonias holandesas de Timor, mientras que la de los portugueses es Dilli; ambas naciones europeas se reparten la posesión de la isla.

La ciudad holandesa es la más bella e importante, en tanto que la portuguesa, en completa decadencia, está casi despoblada a causa de las fiebres malignas producidas por los pantanos.

El lugar donde se halla emplazada Kupang es bellísimo, rodeado completamente de jardines y de huertos, cultivados con esmero y de grandes arboledas. Sus casas son todas de piedra, bajas, pero muy blancas y bonitas.

Tiene una población de cerca de 3000 habitantes, compuesta, en su mayor parte, de indígenas de raza bien formada, gallardos, de cabellos lanosos que acostumbran a teñir de rojo; la piel, negruzca y bronceada; la nariz, chata, que comienzan a aplastarla desde pequeños.

Hay también entre ellos algunos holandeses mestizos, trabajadores e industriosos, pocos malayos y pocos chinos.

Los náufragos, guiados por Held y seguidos siempre por los dayacos, atravesaron extensos campos cultivados, donde abundaban los cafetales, el cacao, índigo, canela y maizales de frutos ya maduros.

—Estas ricas plantaciones son tuyas —dijo Held a Amelia.

—¿Usted las visitó ya antes con mi tío? —preguntó la joven.

—Sí, en compañía de tu padre, cuando estábamos de guarnición en Flores, y además hace tres años vine también a visitarle cuando tuve que hacer un viaje a Batavia.

—¿Le conocerá alguno de los de aquí?

—Sí; espero que Xinthal, un portugués que era el intendente de tu tío, se acuerde aún de mí. Esa es la casa.

Unos puntos luminosos aparecieron en la pendiente de una colina. Aguzando la vista se veía bastante bien una gran casa terminada en una pequeña torrecilla.

—Démonos prisa —dijo Held—. Quizá lo sorprendamos cenando.

—Le vamos a estropear la digestión —dijo el siciliano.

Apretaron el paso, y en diez minutos subieron la colina, llegando frente a un jardín que se extendía alrededor de un gran edificio.

A los ladridos de un perro salió un hombre, y al encontrarse ante aquel grupo armado retrocedió rápidamente.

—¿Tiene usted miedo, señor Xinthal? —preguntó Held.

El intendente, al oír aquella voz, se detuvo, y dijo después con acento de asombro:

—¡Es posible! ¿No me engaño?

—No, señor Xinthal.

—¿Es usted, señor Held?

—El mismo en persona, y aquí traigo a los legítimos herederos de la casa de su amo, Amelia y Dick Wan-Torphof.

—¿Amelia y Dick… Wan-Torphof ha dicho usted? No me engañe. No es posible. Han muerto en el naufragio del «Oregón».

—¿Eso ha dicho Wan-Baer?

—Sí, señor Held.

—¿Está aquí entonces ese hombre?

—Sí; hace ya once días.

—Pues nos alegramos de que se encuentre aquí.

—Voy a avisarle.

—¡No, quédese! —dijo el holandés con voz imperiosa—. Así lo quieren sus señores, Dick y Amelia Wan-Torphof.

Después, dirigiéndose a los dayacos, les dijo:

—Tú, Kara-Olo, rodea la casa con tus hombres e impide que nadie salga de ella. Venid.

Mientras los dayacos, guiados por Malú, se apresuraban a obedecer las órdenes del holandés, éste, seguido del soldado, Amelia y Dick, penetraron en la casa precedidos por el intendente.

—Aquí está el señor Wan-Baer, en esta sala —dijo el intendente, parándose ante una puerta.

—Esperad aquí —dijo Held a Dick y Amelia—. Ese hombre puede estar armado, y quizá intente una maniobra desesperada.

Después abrió la puerta y entró en un salón amueblado con exquisito gusto y espléndidamente iluminado. Wan-Baer estaba cómodamente sentado ante una mesa, ricamente provista, y comía con el mejor apetito que imaginarse pueda, como un hombre que tiene su conciencia tranquila y cincuenta millones en el bolsillo.

—¡Buenas noches, señor Wan-Baer! —dijo el holandés, descubriéndose—. Parece que los aires de Timor le sientan perfectamente.

Al oír aquella voz burlona, el negociante y armador de Manila vertió el vaso de delicioso vino que iba a acercarse a sus labios. Se levantó de pronto, y su cara enrojecida palideció terriblemente. Retrocedió hasta la pared y clavó sobre el holandés sus ojos asombrados.

—¡Una aparición! —balbuceó.

—No, señor Wan-Baer. Sólo los vivos vuelven.

—Para retorcerle el cuello —añadió el siciliano.

—¿Estoy soñando? —gemía el miserable, apoyándose contra la pared—. ¡Auxilio, Xinthal!

—Es inútil que pida auxilio, señor Wan-Baer —continuó el exoficial—. Nuestros hombres tienen rodeada la casa, y le advierto que son salvajes de Borneo, de esos que nuestros compatriotas llaman, con razón, corta-cabezas (kopp-kueller), y están decididos a cortarle también la suya.

—Eso es, la suya también —dijo Landa.

—Pero… ¿y el «Oregón»?

—No se fue a pique, a pesar del abordaje de su cómplice.

—¡Ah! ¿También saben eso?

—Y muchas otras cosas además, señor Wan-Baer.

—¿Y O’Paddy?

—Ha muerto.

—¿Y el malayo?

—Muerto también.

—¿Pero, son ustedes el demonio?

—No, señor.

—Y…

—Ahora mismo le voy a complacer. ¡Amelia!… ¡Dick! ¡Entrad!

—¿Me conoces, primo? —dijo Amelia, presentándose.

—Y a mí, ¿me conoces, ladrón? —dijo Dick.

Al oír aquel insulto en boca del muchacho, Wan-Baer gritó:

—Te mataré.

Con la rapidez de un rayo sacó un revólver del bolsillo, pero el siciliano se lanzó sobre él, agarrándole de la muñeca con tal fuerza que le hizo soltar el arma.

Después, cogiendo en sus brazos al armador, corrió hacia la ventana, gritando:

—¡Eh! ¡Malú!… Ahí tienes una cabeza para la colección de Sulinari.

Amelia lo contuvo con un gesto y dijo:

—¡Déjelo, Landa, se lo ruego!

—¡Mil rayos! Hubiera hecho bien en tirarlo de cabeza, pero habrá que dejarlo para otra vez.

Wan-Baer, sumamente pálido, consiguió apoyarse en la mesa, y dijo con acento desesperado:

—¡Mátame, entonces!

—¡Váyase! —dijo Amelia, señalándole la puerta—. Le perdonamos la vida porque es usted pariente nuestro, pero procure encontrarse muy lejos de aquí mañana por la mañana.

—¡Vete, ladrón! —dijo Dick.

El armador atravesó el salón con paso vacilante y salió.

El soldado se le acercó y dándole una palmada en la espalda, le dijo:

—Espere que le acompañe, señor Wan-Baer. Los dayacos podrían cortarle la cabeza y llevársela a su jefe como regalo.

Conclusión

Al fin, después de tantas peripecias, pudieron Dick y Amelia disfrutar de las inmensas posesiones y riquezas de su difunto tío.

Como ya es conocido, ascendían a más de cincuenta millones. Parte en dinero efectivo, depositado en el Banco Holandés de Batavia, y el resto en extensas plantaciones esparcidas por distintas islas del archipiélago de la Sonda, en Timor, Flores, Sumbava, Bali y Java.

Los dos herederos cumplieron la promesa hecha al señor Held y fueron aún más generosos. A Kara-Olo le regalaron un velero aparejado de goleta, armado con dos piezas de artillería, y numerosos fusiles de tiro rápido para dejarlo en condiciones de hacer frente a las correrías del sultán de Senmeridán, y a Malú, el lugarteniente de Sulinari, le regalaron las armas prometidas y otros muchos obsequios para la tribu del generoso jefe dayaco.

Tampoco se olvidaron del valeroso siciliano: fue nombrado intendente general de las plantaciones de Flores, Sumbava y Bali, con una espléndida remuneración.

En cuanto al señor Held, después de rogarle insistentemente, se decidió a vender sus posesiones de Macao, y marchó a vivir con los hijos de su difunto compañero de armas.

Del canalla Wan-Baer no tuvieron ninguna noticia.

Sólo un año después oyeron contar que había vendido sus almacenes y sus bienes, y partido con rumbo a remotas e ignoradas tierras.


Publicado el 24 de febrero de 2017 por Edu Robsy.
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