Yolanda, la Hija del Corsario Negro

Emilio Salgari


Novela



CAPÍTULO I. LA TABERNA DEL TORO

Aquella noche, contra lo acostumbrado, la taberna del Toro hervía de gente, como si algún importante acontecimiento hubiese acaecido o estuviera próximo a ocurrir.

Aunque no era de las mejores de Maracaibo y solía estar concurrida por marineros, obreros del puerto, mestizos e indios caribes, abundaban, la noche de que hablamos —cosa insólita—, personas pertenecientes a la mejor sociedad de aquella rica e importante colonia española: grandes plantadores, propietarios de refinerías de azúcar, armadores de barcos, oficiales de la guarnición, y hasta algunos miembros del Gobierno.

La sala, bastante grande, de ahumados muros y amplios ventanales, mal iluminada por las incómodas y humeantes lámparas usadas al final del siglo decimosexto, no estaba llena.

Nadie bebía y las mesitas adosadas a la pared estaban desiertas.

En cambio, la gran mesa central, de más de diez metros de largo, estaba rodeada por una cuádruple fila de personas que parecían presa de vivísima agitación, y que hacían apuestas que hubieran maravillado hasta a un moderno americano de los Estados de la Unión.

—¡Veinte piastras por Zambo!

—¡Treinta por Valiente!

—¡Valiente recibirá tal espolonazo, que caerá al primer golpe!

—¡Será Zambo quien caiga!…

—¡Veinticinco piastras por Valiente!

—¡Cincuenta por Zambo!

—¿Y vos, don Rafael?

—Yo apostaré por Plata, que es el más robusto de todos y ganará la victoria final.

—¡Canario! ¡Ese Plata es un poltrón!

—Como queráis, don Alonso; pero yo espero su turno.

—¡Basta!

—¡Adelante los combatientes!

—¡No va más!

Un toque de campana anunció que habían terminado las apuestas.

A los ensordecedores clamores de antes sucedió un silencio tal, que se hubiera podido oír volar una mosca.

Dos hombres habían entrado en la sala por distintas puertas y se habían colocado en los dos extremos de la mesa.

Llevaban entre los brazos dos robustos gallos: el uno, todo negro, con plumas de reflejos azulados y dorados; el otro, rojo y con estrías blancas y negras.

Eran dos careadores, o sea criadores de gallos de pelea, profesión aún hoy día muy lucrativa y apreciada en las antiguas colonias españolas de la América meridional.

En aquella época, la pasión por ese bárbaro deporte alcanzaba los límites del fanatismo, y puede decirse que no pasaba un día sin que hubiera riña de gallos.

Como en los pugilatos ingleses, se usaba la esponja mojada en aguardiente para galvanizar a los combatientes, y las balanzas para pesarlos, y no faltaban hasta jueces de campo, cuyos juicios eran inapelables.

Se apostaba con furor, con verdadero frenesí, cruzándose a veces quinientas y hasta mil piastras, y los combatientes estaban reglamentados en evitación de cualquier fraude.

La educación de los gallos de pelea exigía cuidados exquisitos, tantos como la de los bull-dogs destinados a luchar con toros, si no más, y se les acostumbraba a la pelea, desde pequeños. Se les daba una comida especial, compuesta en mayor parte de trigo turco, tasando el número de granos suministrados en cada comida; y para fortalecer los espolones e impedir que se rozasen o rompiesen, se les protegía con vainas de cuero forradas de lana.

Al aparecer los dos gallos prorrumpieron en un entusiástico ¡viva! los espectadores.

—¡Bravo, Zambo!

—¡Fuerza, Valiente!

El juez de campo, un grueso refinador de azúcar que debía de conocer las complicadas reglas de aquel duelo, pesó minuciosamente a los dos volátiles, midió sus alas y el largo de sus espolones para igualar las condiciones del combate, y, por fin, con voz fuerte declaró que la igualdad era perfecta y que todo iba bien.

Los dos gallos fueron dejados en libertad y colocados en los dos extremos de la mesa. Como ya hemos dicho, eran ambos magníficos y de raza andaluza, la mejor y la más pendenciera. Zambo era unas pulgadas más alto que su adversario y tenía el pico robusto y algo arqueado, como el de los halcones. Valiente parecía más fuerte, más recio, con las patas más gruesas y los espolones más largos, pero su pico era más corto y más estrecho; en la cabeza ostentaba una preciosa cresta de color rojo violáceo, y sus ojos eran más brillantes y provocativos.

Apenas en libertad los dos gallos, se irguieron todo lo posible, batieron las alas, ahuecaron las plumas del cuello y lanzaron casi simultáneamente su grito de guerra y de desafío.

—¡Asistiremos a una bonita riña! —dijo un oficial de la guarnición.

—Yo creo que durará poco y que la victoria se decidirá por Plata —dijo don Rafael—. Habéis hecho mal en apostar ahora.

Iban a acometerse los dos gallos con la cabeza baja, casi rasando la superficie de la mesa, cuando cierto ruido de pasos y arrastrar de espadones los hizo detenerse.

—¿Quién turba la riña? —preguntó el juez de campo con rabia.

Todos se habían vuelto frunciendo el ceño y renegando.

Dos hombres habían entrado en la taberna abriendo ruidosamente la puerta, sin imaginar que estorbaban a aquellas buenas gentes, y menos a dos gallos de pelea.

Eran dos tipos de bravucones o de aventureros, personajes que entonces eran muy frecuentes en las colonias españolas y transatlánticas, y con aspecto de facinerosos. Llevaban deslucidos trajes, sombreros de fieltro de amplias alas con plumas de avestruz, casi sin barbas, altas botas de cuero amarillo y gran campana, y, apoyaban altivamente la siniestra mano en ciertos espadones que debían de producir escalofríos a más de un tranquilo burgués de Maracaibo.

El uno era de estatura muy alta, facciones angulosas y cabellos de color rubio rojizo; el otro, por el contrario, era bajo y membrudo y lucía una barba negra e hirsuta.

Ambos tenían la piel curtida y bronceada; bien por el sol o acaso por los vientos y el mar.

Oyendo a los espectadores murmurar y viéndose blanco de tantas coléricas miradas, los dos aventureros alzaron los espadones, se acercaron de puntillas a una mesita situada en el ángulo más obscuro, y pidieron al mozo que acudió a servirles un frasco de Alicante.

—¡Mucha gente hay aquí! —dijo el más bajo a media voz.

—Acaso encontraremos en esta taberna cuanto nos interesa.

—¡Sé prudente, Carmaux!

—¡No temas, hamburgués! Si tú tienes interés en conservar el pellejo, yo también.

—¡Magnífico espectáculo! ¡Una riña de gallos! ¡Ya hacía mucho tiempo que no veía ninguna!

—¡Los nuestros tienen que hacer otras cosas que educar gallos!

—¡Prefieren desplumar a quienes los crían! —dijo sonriendo el que se llamaba Carmaux—. Es más cómodo y más productivo.

—Sería preciso hablar con alguno de los espectadores.

—Con tal que no sea un oficial…

—Buscaré un burgués, Wan Stiller —dijo Carmaux—. Al capitán le importa poco con tal que sea de Maracaibo.

—Mira aquel hombre panzudo que parece un rico plantador o refinador de azúcares.

—¿Sabrá algo ese hombre?

—Todos los grandes plantadores y comerciantes están en relación con el gobernador. Y, además, ¿quién no recuerda aquí al Corsario Negro? ¡Las hemos hecho buenas con aquel valiente gentilhombre!

Carmaux lanzó un fuerte suspiro y con el dorso de la mano se secó una lágrima, añadiendo con voz conmovida.

—¡Maldita guerra! ¡Si en vez de volver a su Piamonte se hubiera quedado aquí, acaso estaría vivo!

—¡Calla, Carmaux! —dijo el hamburgués—. ¡Me entristeces demasiado!

—¡Me parece imposible que haya muerto! ¿Y si el capitán Morgan hubiera sido mal informado?

—Lo ha sabido por un compatriota del Corsario Negro que asistió a su muerte.

—¿Dónde le mataron?

—En los Alpes, mientras combatía valerosamente contra los franceses, que amenazaban invadir el Piamonte.

Pero se dice que aquel héroe buscaba la muerte.

—¿Por qué, Carmaux, nada me has dicho hasta ahora?

—Porque no lo supe hasta ayer, que me lo dijo el señor Morgan.

—¿Qué motivo le obligaba a jugarse locamente la vida? —preguntó el hamburgués.

—El dolor de haber perdido a su mujer, la duquesa de Wan Guld, muerta al dar a luz a la niña.

—¡Pobre señor de Ventimiglia! ¡Tan valiente! ¡Tan leal! ¡Tan generoso! ¡Vendrán otros filibusteros; pero como él, ninguno!

Una estruendosa gritería los hizo ponerse en pie. Los espectadores que circundaban la mesa parecían poseídos de un verdadero frenesí.

Unos exclamaban, otros imprecaban; todos se agitaban estremecidos.

Después de vaciar de un trago los vasos, Carmaux y el hamburgués se acercaron a los espectadores, colocándose detrás del plantador gordo, que era el señor Rafael, el que reservaba sus apuestas para Plata.

Los dos gallos se habían atacado con furor, y Zambo había recibido un espolonazo en la cabeza, perdiendo parte de la cresta y un ojo.

—¡Buen golpe! —murmuró Carmaux, que parecía ser entendido.

El careador se apoderó del vencido y le bañó las heridas en aguardiente para detener por algunos instantes la sangre.

Valiente, orgulloso por la victoria alcanzada, cantaba a grito pelado, pavoneándose y batiendo las alas.

La lucha, sin embargo, solo acababa de empezar, porque Zambo aún no podía considerarse fuera de combate.

Así, a pesar de estar tuerto, podía disputar largamente la victoria, y hasta lograr arrancársela a su adversario.

Mientras el careador trataba de vigorizarle, los espectadores redoblaban las apuestas.

Se comprenderá que el favorito era Valiente, que tan alta prueba de su valía había dado.

Hasta don Rafael se había dejado tentar.

Después de una breve vacilación había gritado.

—¡Quinientas piastras por Valiente! ¿Quién las lleva en contra? ¿Quién?

Un golpecito en la espalda le interrumpió y le hizo volver la cabeza.

Carmaux aún no había retirado la mano.

—¿Qué queréis, señor? —preguntó el refinador o plantador frunciendo el entrecejo y mostrándose algo ofendido por tanta familiaridad.

—¿Queréis un consejo? —preguntó Carmaux—. Apostad por el gallo herido.

—¿Sois acaso un careador?

—Poco debe importaros que lo sea o no. Si queréis, apuesto doscientas piastras por él.

—¿Por Zambo? —preguntó el plantador con un gesto de sorpresa—. ¿Os pesa mucho el dinero en el bolsillo?

—¡Nada de eso! Al contrario; he venido a ganarlo.

—¿Y apostáis por Zambo?

—Sí; ya veréis cómo ganará. Apostad conmigo, señor.

—¡Sea! —dijo el obeso plantador después de una ligera vacilación—. ¡Si pierdo, tomaré el desquite con Plata!

—¿Apostamos juntos?

—Acepto.

—¡Trescientas piastras por Zambo! —gritó Carmaux.

Todas las miradas se fijaron en aquel aventurero que apostaba una suma relativamente fuerte por un gallo herido.

—¡Las llevo! —gritó el juez de campo—. ¡Adelante los combatientes!

Un momento después los dos campeones se encontraban de nuevo frente a frente.

A pesar de sus heridas, Zambo atacó el primero, saltando en alto; pero por segunda vez fue rechazado.

Valiente, que estaba en guardia, se irguió, y con un salto repentino se lanzó sobre su adversario, intentando atacarle en el cráneo para rematarle con un espolonazo.

Pero Zambo se había repuesto: también estaba en guardia, con las alas huecas y la cabeza gacha, y contestó con un picotazo tan bien dirigido, que le arrancó de raíz una de las dos campanillas del cuello.

—¡Bravo gallo! ¡Gallo fino! —gritó el plantador.

Apenas había pronunciado estas palabras, cuando Valiente, que perdía mucha sangre, se precipitó sobre su rival con la furia y el ímpetu de un halcón.

Se vio a los dos enemigos luchar por algunos instantes estrechamente unidos, rodar por la mesa y, por último, quedar inmóviles como si se hubiesen matado recíprocamente.

Zambo estaba debajo de su adversario, y casi no se le veía.

Don Rafael se volvió hacia Carmaux, diciéndole secamente:

—¡Hemos perdido!

—¿Quién os lo ha dicho? —replicó el aventurero—. ¡Ah! ¡Mirad! ¡Tenemos ya en el bolsillo trescientas piastras, señor!

Zambo, en efecto, no estaba muerto, sino al contrario. Cuando los espectadores comenzaban a desesperarse, con imprevisto movimiento rechazó a su adversario, y cantando a grito pelado plantó los espolones sobre el cuerpo del vencido.

Valiente había muerto, y yacía inerte con el cráneo destrozado.

—¿Qué decís ahora, señor? —preguntó Carmaux mientras una salva de imprecaciones estallaba contra el vencido.

—Digo que habéis tenido un admirable golpe de vista —repuso el plantador con voz amable.

Carmaux recogió las trescientas piastras e hizo dos partes iguales, diciendo:

—Ciento cincuenta para cada uno, señor. ¡No ha sido mala jugada!

—No; os equivocáis —dijo don Rafael.

—¿Por qué?

—Yo no he apostado más que cincuenta piastras.

—Perdonad; pero hemos jugado en sociedad. Recoged vuestras piastras, lealmente ganadas al juez de campo, que las apostó por el muerto.

—¿Sois bastante rico para mostraros tan generoso? —preguntó con estupor el plantador.

—No tengo amor al dinero. He ahí todo —repuso Carmaux.

—También yo quiero haceros ganar, señor. Apostad por el gallo que traerán ahora.

—Veremos.

—Cuenta ya en su activo siete victorias.

—Veremos y juzgaremos —dijo Carmaux.

Otro careador que entraba en aquel momento puso sobre la mesa otro gallo de estampa magnífica, más alto que Zambo, con espléndida cola y todo el plumaje blanco plateado.

Era Plata.

—¿Qué os parece, señor? —dijo don Rafael volviéndose hacia Carmaux.

—¡Bellísimo; no hay duda! —repuso el aventurero, que le miraba atentamente.

—¿Apostáis?

—Sí; quinientas piastras por Zambo.

—Por Plata, querréis decir.

—No, señor; quinientas piastras por Zambo.

—¿Quién las lleva en contra? —gritó.

—¡Es una locura!

—¿Apostáis conmigo?

—¿Será invencible Zambo?

—¡Esta noche, sí!

—¿Sois el diablo?

—Si no soy Belcebú precisamente, seré un próximo pariente suyo —dijo Carmaux irónicamente—. ¡Ea! ¿Apostáis conmigo?

—Sí; la mitad. Plata, que era mi favorito, tiene mala suerte.

Las apuestas habían terminado y el silencio reinaba en la amplia sala.

Apenas estuvieron frente a frente los dos gallos se atacaron con furor, batiendo las alas y arrancándose mechones de plumas.

Parecían entrambos de la misma fuerza; y Zambo, aunque semiciego, no concedía tregua alguna a su adversario.

Pronto empezó la sangre a correr por la mesa.

Los dos combatientes ya se habían herido varias veces con los espolones, y Plata tenía la bella cresta violácea hecha pedazos.

De tiempo en tiempo, como de común acuerdo se detenían para tomar aliento y sacudir los coágulos de sangre que los cegaban, y volvían a la carga con mayor furia que antes.

Al quinto ataque, Plata quedó debajo de Zambo.

Un coro de imprecaciones resonó en la sala, pues la mayoría había apostado por el nuevo gallo.

Con un imprevisto movimiento Plata logró librarse de su enemigo; pero no rehuir un picotazo que le sacó un ojo.

—¡Por lo menos, así están iguales! —dijo Carmaux—. ¡Ambos tuertos!

El careador se había precipitado hacia Plata. Le hizo tragar un sorbo de aguardiente, le lavó la cabeza con la esponja para limpiarle la sangre, le exprimió en la órbita vacía un poco de jugo de limón, y tornó a lanzarlo en la mesa, diciendo:

—¡Sus, valiente!

Se había apresurado demasiado.

El pobre gallo, aún aturdido, no pudo hacer frente al fulminante ataque del heroico Zambo, y cayó casi en seguida con la cabeza destrozada de un picotazo.

—¿Qué os dije, señor? —preguntó Carmaux a don Rafael.

—¡Que sois un brujo, o el mejor careador de América!

—Con todas estas piastras que hemos ganado, podremos permitirnos el lujo de vaciar una botella de jerez. Yo la ofrezco, si no tenéis inconveniente.

—¡Dejadme ese honor!

—Como queráis, señor. ¡Eh, tabernero! ¡Jerez del mejor que tengas en tus bodegas!

CAPÍTULO II. EL SECUESTRO DEL PLANTADOR

Mientras llevaban nuevos gallos —pues aquellas riñas solían durar a veces noches enteras—, Carmaux, Wan Stiller y el obeso don Rafael, sentados ante una mesa colocada en un ángulo de la estancia, bebían alegremente como antiguos amigos un excelente jerez de dos piastras la botella.

El español, de buen humor por las ganancias obtenidas, hablaba como una cotorra, alabando sus plantaciones y sus refinerías de azúcar y haciendo comprender a los dos aventureros que era un pez gordo en la colonia.

De pronto se interrumpió y preguntó a quemarropa a Carmaux, que seguía llenándole el vaso:

—Pero, señor mío, ¿no sois de la colonia?

—No. Hemos llegado esta noche.

—¿De dónde?

—De Panamá.

—¿Habéis venido a buscar ocupación? Siempre tengo algún puesto disponible.

—Somos gente de mar, y, además, no pensamos detenernos mucho aquí.

—¿Buscáis algún cargamento de azúcar?

—No —dijo Carmaux bajando la voz—. Estamos encargados de una misión secreta por cuenta del ilustrísimo señor Presidente de la Audiencia Real de Panamá.

Don Rafael abrió desmesuradamente los ojos y palideció ligeramente.

—Señores —balbuceó—, ¿por qué no me lo habéis dicho antes?

—¡Silencio, y hablad en voz baja! Debemos fingirnos aventureros, y nadie puede saber quién nos ha enviado aquí —dijo gravemente Carmaux.

—¿Estáis encargados de alguna investigación sobre la administración de la colonia?

—No. Debemos comprobar una noticia que interesa mucho al ilustrísimo señor Presidente. ¡Ah! ¡Ahora que pienso!… Vos podréis decirnos algo. ¿Frecuentáis la casa del Gobernador?

—Tomo parte en todas las fiestas y recepciones, señor…

—Llamadme simplemente Manco —dijo Carmaux—. ¡Tabernero, las botellas no se llenan solas cuando están vacías! ¡Busca en tu bodega si tienes algo mejor! ¡No me importa el precio!

—Nos embriagaremos —dijo don Rafael, que tenía ya el rostro rojo como la cresta de los gallos que en aquel momento reñían.

—Debemos representar nuestro papel de aventureros, y ya sabéis que la gente de esa ralea tiene siempre al gaznate seco. He aquí dos veneradas botellas de Alicante que prometen mucho. ¡A vuestra salud, señor! ¡Por Baco! ¡Cae como si fuese rocío! ¡Ni el ilustrísimo señor Presidente de la Audiencia Real lo bebe mejor! ¡Ah! Decía, pues, que vos, que frecuentáis la casa del Gobernador, podríais darme preciosos datos.

—Estoy a vuestra disposición. Preguntadme.

—Este no es el lugar más adecuado —dijo Carmaux señalando a los espectadores—. Se trata de cosas muy graves.

—Venid a mi casa, señor Manco.

—Las paredes oyen a veces. Prefiero el aire libre.

—A estas horas las calles están desiertas.

—Vamos al muelle; así estaremos cerca de nuestra nave. ¿Os disgustaría, señor?

—Estoy a vuestras órdenes para complacer al ilustrísimo señor Presidente. ¿Le hablaréis de mí?

—¡Oh! ¡No lo dudéis!

Vaciaron la segunda botella, pagaron la cuenta y salieron, mientras el cuarto gallo caía sobre la mesa con la cabeza destrozada por los espolones de su contrincante.

A pesar de haber vaciado nada menos que seis botellas, parecía que Carmaux y el hamburgués solo habían bebido agua: el plantador, por el contrario, tenía inseguras las piernas y sentía que la cabeza le daba vueltas.

—¡Prepárate para cuando yo dé la señal! —murmuró Carmaux al oído de Wan Stiller—. ¡Será una buena presa!

El hamburgués asintió con la cabeza.

Carmaux cruzó familiarmente un brazo con el del plantador, para evitar que caminara haciendo eses, y los tres se dirigieron hacia la playa atravesando calles estrechas y oscurísimas, pues no se sentía en aquella época la necesidad del alumbrado de las calles.

Cuando desembocaron en el largo paseo de palmeras que conducía al puerto, Carmaux, que hasta entonces había permanecido silencioso, sacudió al plantador, el cual parecía adormecido, diciéndole:

—Podemos ya hablar. Aquí no hay nadie.

—¡Ah, ya! ¡El Presidente! ¡El secreto! —balbuceó don Rafael abriendo los ojos—. ¡Excelente Alicante! ¡Otro vaso, señor Manco!

—Ya no estamos en la taberna, mi querido señor —dijo Carmaux—. Si queréis, volveremos a vaciar otras dos o tres botellas.

—¡Excelente, exquisito!

—¡Basta! ¡Ya lo sabemos! ¡Vamos al hecho! Me habéis prometido darme los datos que necesito. Contad con que está de por medio el ilustrísimo señor Presidente de la Audiencia Real de Panamá, y que tal hombre no gasta bromas.

—Soy un súbdito fiel…

—¡Bien; bien, señor!

—¡Hablad! ¿Qué deseáis? Yo soy amigo del Gobernador…, muy amigo…

—Un amigote; ya lo sabemos. Decidme, y abrid bien los oídos, y pensad bien lo que decís. ¿Es cierta la voz que corre de que se encuentra aquí la hija del caballero de Ventimiglia, el famoso Corsario Negro? El señor Presidente de la Audiencia quiere saberlo.

—¿Y a él que puede importarle eso? —preguntó don Rafael con asombro.

—Ni yo ni vos debemos saberlo. ¿Es cierto, o no?

—Es cierto.

—¿Cuándo ha llegado?

—Hará quince días. La capturaron en una nave holandesa que cayó en poder de una fragata nuestra después de sangriento combate.

—¿Qué venía a hacer en América?

—Se dice que venía a recoger la herencia de su abuelo Wan Guld. El Duque poseía aquí y en Costa Rica vastos terrenos que no han sido vendidos.

—¿Es cierto que está prisionera?

—Sí.

—¿Y sigue prisionera?

—Olvidáis, sin duda, el mal que había causado en Maracaibo y en Gibraltar su padre, el Corsario Negro.

—Entonces, en venganza.

—Y para impedirle que entre en posesión de los bienes del Duque. Representan algunos millones, que el Gobernador piensa repartir entre su caja particular y la del Gobierno.

—¿Y si el Piamonte u Holanda reclamaran su libertad? Ya sabéis que no es súbdita española.

—¡Que vengan a buscarla si se atreven!

—¿Qué quiere hacer con ella el Gobernador?

—Lo ignoro; pero no me extrañaría que un día la hiciese desaparecer o se la diera a algún jefe indio del interior. Don Miguel es un hombre sin escrúpulos.

—¿Dónde está ahora?

—Lo ignoro —repuso don Rafael tras breve vacilación.

—¿No queréis decirlo?

—No quiero comprometerme con el Gobernador, señor Manco.

—¿Desconfiáis de nosotros?

Don Rafael se detuvo; dio un paso atrás, mirando con espanto a los aventureros, y maldiciendo de todo corazón los gallos, las botellas y su imprudencia.

—Aún no me habéis dado ninguna prueba de ser lo que decís —dijo.

—Os la daremos cuando estéis a bordo de nuestro barco. Venid con nosotros; no temáis nada.

—Sea, con tal que crucemos al otro paseo.

—Están los aduaneros, y deseamos no ser vistos por nadie, ¡venid, o…! —dijo Carmaux con acento amenazador y llevando la mano a la espada.

El pobre plantador palideció horriblemente, y de repente, con una agilidad que nunca se hubiera supuesto en aquel cuerpo tan gordo y orondo, echó a correr por entre los árboles que dividían los dos paseos, y gritando con toda la fuerza de sus pulmones:

—¡Socorro, aduaneros! ¡Me asesinan!

Carmaux soltó una imprecación.

—¡Bandido! ¡Vas a hacernos coger! ¡A él, hamburgués!

En dos saltos cayeron sobre el fugitivo. Bastó un puñetazo de Wan Stiller para hacerle caer medio atontado.

—¡Pronto; la mordaza!

Carmaux se arrancó de un tirón la faja de lana roja que le ceñía, y la rodeó al rostro del plantador, no dejándole al descubierto más que la nariz para evitar que se asfixiara.

—¡Cógele por los brazos, hamburgués, y pronto a la chalupa! ¡Por Satanás! ¡Así me ahogue en el océano! ¡Los aduaneros!

—¡Tirémosle entre los árboles, Carmaux! —dijo el hamburgués.

Cogieron al desgraciado plantador y le dejaron caer en medio de un grupo de macupis, cuyas amplias hojas eran más que suficientes para ocultarle.

Apenas se habían alejado algunos pasos cuando una voz imperiosa gritó:

—¡Alto, o hacemos fuego!

—¡Por mil centellas! —murmuró el hamburgués—. ¡Ese perro de plantador lo ha echado todo a perder!

Dos hombres, dos aduaneros, habían corrido al paseo, dirigiéndose hacia los dos aventureros, que ya habían puesto la diestra en sus espadones como preparándose para resistirlos.

El uno iba armado de arcabuz, y el otro empuñaba una alabarda.

—¡Estamos cogidos! —murmuró el hamburgués—. ¡Bonito negocio! ¿Cargamos sobre ellos?

—No; déjame a mí —repuso Carmaux—. ¡Que vengan otros! ¡Ya sabes lo que espera a los corsarios de las Tortugas!

—¿Quién sois y adónde vais? —preguntó el aduanero del arcabuz.

—¡Somos personas honradas! —repuso Carmaux—. ¿Adónde vamos? ¡A respirar un poco el aire! ¡Este maldito lugar está lleno de mosquitos, y no se puede dormir! ¡Buen país, a fe mía! ¡Al menos en Panamá se puede pegar los ojos!

—¿Quién ha gritado: «¡Socorro, aduaneros!»?

—Un hombre que huía seguido por otro.

—¿De qué parte?

—De aquella.

—¡Mentís! Venimos precisamente de allá, y no hemos visto huir a nadie.

—Me habré equivocado —repuso plácidamente Carmaux—. Habrá escapado por otro lado.

—¿Hacéis contrabando?

—¡Cómo!

—Tenéis un tipo sospechoso, señores. Seguidnos al puesto de guardia, y entregad ante todo vuestras espadas.

—¡La madeja se enreda! —pensó el hamburgués—. ¿Será esta la noche en que han de ahorcarnos?

—¡Señor aduanero —dijo Carmaux con acento de hombre ofendido—, no se detiene a dos tranquilos ciudadanos que pueden ser gentileshombres! No somos contrabandistas. ¡Por Belcebú, que sois bromistas!

—¡Al puesto, y fuera las espadas! —repitió el aduanero alzando el arcabuz—. ¡Pronto se verá quién sois! ¡Pronto, o hago fuego! ¡Esa es la orden!

—¡Rayos! —dijo Carmaux volviéndose hacia el hamburgués y desenvainando la espada como si se preparase a entregarla.

Apenas la tuvo en la mano, con un movimiento rapidísimo se echó a un lado para no recibir la descarga en el pecho, y dirigió al aduanero tan terrible estocada en el vientre, que casi le atravesó de parte a parte.

Casi en el mismo momento, el hamburgués que también se había puesto en guardia al oír la palabra pronunciada por su compañero, que debía tener algún significado, se precipitó sobre el segundo aduanero, que estaba muy lejos de esperar tan imprevisto ataque.

De un golpe cortó el mango de la alabarda, y con la guardia de la espada le golpeó terriblemente el cráneo, haciéndole caer al suelo medio muerto.

Los dos españoles habían caído uno sobre otro sin lanzar ni un grito.

—¡Buen golpe, Carmaux! —dijo el hamburgués—. ¡Le has ensartado como un sapo!

—¡Si llega a disparar, estábamos perdidos!

—¡Vámonos!

—¡Y a paso ligero! ¡La suerte no ampara más que una vez!

Tendieron una mirada en derredor, y no viendo a nadie, cogieron de entre las matas al plantador por las piernas y los brazos, y corriendo se dirigieron hacia la orilla.

Don Rafael, medio sofocado, y hasta medio muerto de espanto, no opuso ninguna resistencia, así como tampoco había aprovechado la intervención de los aduaneros para tratar de huir.

Verdad es que en aquel momento sus ideas no debían de estar muy claras, efectos del jerez y del Alicante.

Junto a la orilla había una de aquellas estrechísimas chalupas llamadas balleneras, provista de un pequeño palo con una entena y timón. Carmaux y Wan Stiller subieron a ella, depositaron al plantador entre los dos bancos centrales, le amarraron de pies y brazos, le cubrieron con un trozo de vela y, cogiendo los remos, se lanzaron a la corriente.

—Es media noche —dijo Carmaux mirando a las estrellas—, y el camino es largo. No llegaremos hasta mañana por la noche.

—Sigamos costeando. En alta mar está vigilando la carabela.

—¡Pasaremos lo mismo! —repuso Carmaux—. ¡No te preocupes!

—¿Alzamos la vela?

—Más tarde. ¡Adelante sin hacer ruido!

La ballenera partió veloz y silenciosa, rasando el muelle para no salir de la sombra proyectada por las hileras de altísimas palmeras que se prolongaban largo trecho.

En el puerto todo era silencio. Las naves, ancladas aquí y allá, con las entenas y las velas caladas sobre el puente, estaban desiertas. Los españoles se consideraban bastante seguros en Maracaibo para no preocuparse de tener hombres de guardia.

Después de la última correría de los filibusteros de las Tortugas, guiados por el Olonés y el Corsario Negro, acaecida muchos años antes, habían alzado multitud de fuertes que creían inexpugnables, y un gran número de formidables baterías que dirigían sus tiros a las costas y las islas que protegían la ciudad. Sin embargo, los dos aventureros avanzaban con prudencia, ya que de noche no estaba permitido entrar ni salir en el puerto. Sabían que en la parte de allá de las islas una gran carabela estaba en crucero para impedir toda sorpresa.

Cuando la chalupa llegó a la extremidad del muelle, Carmaux y Wan Stiller dejaron los remos e izaron una pequeña vela latina pintada de negro para que no se destacase en las tinieblas.

El viento era favorable, pues soplaba de altar mar; hasta más allá del muelle continuaba la sombra, porque la costa estaba cubierta de mangles frondosísimos y palmeras moriscas bastante altas.

—¿Siempre por bajo? —preguntó Wan Stiller, que iba a popa llevando el timón, mientras Carmaux tenía la escota.

—Por ahora, sí.

—¿Ves la carabela?

—Estoy buscándola.

—¿Navegará con los fanales apagados?

—Sin duda.

—Cuida de que no la encontremos en el camino.

—¡Ah! ¡Allí está, doblando la punta de aquella isla!

—¡Lleva derecho! ¡No nos verán!

La ballenera, puesta al viento, empezó a correr con velocidad de tiburón, siempre cerca de la costa.

En quince minutos alcanzó el promontorio que cerraba hacia Septentrión el pequeño puerto, y que estaba protegido por un fortín construido sobre una roca, y dobló sin que los centinelas la descubriesen, dirigiéndose hacia el Norte para atravesar el estrecho formado entre la pequeña península de Sinamaica, por un lado, y las islas de Tablazo y de Zapara, por el otro, a fin de llegar al golfo de Maracaibo.

Ya no tenían nada que temer, pudiendo hacerse pasar por pescadores.

—Cambiemos nuestros trajes y convirtámonos en marineros —dijo Carmaux—, para que nadie sospeche de nosotros.

Abrió una caja que se encontraba a proa y sacó dos groseras casacas de paño amarillo, fajas de lana y gorros terminados en punta con borla azul.

En pocos instantes se transformaron, echaron a lo largo de la borda algunas redes y lanzaron al agua los flotadores.

—¡Veamos ahora cómo está el amigo! —dijo Carmaux cuando hubo terminado—. No le he visto moverse. ¿Habrá muerto de miedo, o le habré apretado demasiado y se habrá asfixiado?

Levantó la tela que cubría al desgraciado plantador y le quitó la mordaza que le cerraba la boca. Don Rafael respiró profundamente, pero sin abrir los ojos.

—¡Ha podido más el sueño que el miedo! —dijo el aventurero riendo—. Aquel jerez o aquel Alicante eran realmente de primera calidad. El capitán Morgan se alegrará al ver esta captura, y hará hablar al prisionero.

—¡Con tal que no se muera de repente al despertar en manos de los filibusteros! —dijo Wan Stiller—. ¡Los hombres gordos están predispuestos a las apoplejías!

—Tomaremos precauciones para no espantarle de repente.

—Mejor hubiera hecho en decirte cuanto sabía acerca de la hija del caballero de Ventimiglia.

—Le hubiera secuestrado igualmente.

—¿Qué quiere hacer Morgan con un habitante de Maracaibo?

—Querido, por este imbécil podrá tener excelentes noticias respecto al número de soldados que ocupan los fuertes y los cañones que los defienden.

—Entonces, ¿está resuelto a atacar la plaza?

—Sin género alguno de duda.

—¡Será un hueso duro de roer, querido Carmaux! ¿Has visto qué imponentes construcciones han levantado los españoles? Maracaibo no es lo que era cuando la expugnamos con el Corsario Negro y aquel diablo de Olonés.

—Somos bastantes, y no nos falta artillería. Los millones de piastras que recogeremos compensarán ampliamente los riesgos de tal empresa.

—¡Con tal que no descubran la flota!

—La bahía de Amnay está bien guarecida y nadie verá nuestras naves. Por otra parte, los nuestros están siempre en guardia y no dejarán huir a los espías y curiosos. ¿Tienes la vela de recambio?

—Está en el fondo de la caja.

—Esta tan negra podría despertar sospechas. ¡Rumbo a Tablazo, Wan Stiller! ¡Con el alba llegaremos!

El viento seguía siendo favorable y la ballenera avanzaba con creciente rapidez. Grácilmente inclinada sobre estribor, con la extremidad del gallardete inferior casi a flor de agua, marchaba sin ruido sobre las aguas tranquilas de la amplia laguna, dejando a popa una estela de espuma fosforescente.

Los dos filibusteros callaban y se rascaban enérgicamente de cuando en cuando.

Eran los mosquitos jejeus y zancudos tempraneros, que caían en espesas nubes sobre la chalupa y picaban feroz y dolorosamente a los aventureros. Son los tales bichos un verdadero azote de aquellas regiones. A ciertas horas del día aparecen los primeros; por la noche son los segundos los que se ponen en campaña y montan guardia, como dicen los indios caribes.

¡Y qué dolorosas son sus picaduras! Tanto, que los pobres indios, que van desnudos, prefieren hacer frente a un jaguar antes que pasar por entre una nube de zancudos. Por fortuna, el alba avanzaba. Las estrellas comenzaban a palidecer, y hacia Oriente una pálida línea blanca con delicados matices rosáceos empezaba a delinearse sobre los inmensos bosques de la costa de Altagracia y de la Rita.

Tablazo, una de las dos islas que cierran, o mejor dicho, resguardan la laguna de las olas del golfo, diseñaba más allá sus ricas y bellas plantaciones de cacao y de caña de azúcar y sus pintorescos pueblos, fundados en las hondonadas y habitados por indios.

Aquellos pueblos, que en la época de que hablamos abundaban en las costas del golfo y de la laguna de Maracaibo, y que hoy escasean bastante, daban un aspecto notablemente gracioso a aquella región, llamada por los primeros exploradores Venezuela, o sea pequeña Venecia.

Formábanlos una sola habitación de varios centenares de metros de largo y capaces de contener más de cien familias, que se construían a trescientos o cuatrocientos pasos de la orilla, lo más lejos.

Vistos en lontananza, parecían casas flotantes; pero estaban construidos sobre sólidos cimientos con palos de gayac, cuya dureza desafía al hacha y hasta a la sierra, y se creía que sumergiéndolos en agua adquirirían la dureza del hierro.

Encima de aquella empalizada, aquellos hábiles constructores formaban una inmensa plataforma de madera ligera, de bombax ceiba o cedro negro, y con bambúes entrelazados elevaban la habitación, cubriéndola con hojas de cenea o de vihai, que sustituían a las tejas o pizarras.

No había paredes, porque todo el año reinaba intenso calor; así es que los navegantes podían ver sin esfuerzo lo que ocurría en aquellas extrañas viviendas sin molestarse en entrar en ellas.

La laguna comenzaba a poblarse.

Canoas construidas con el tronco de algún oloroso cedro y tripuladas por indios completamente desnudos resbalaban sobre las aguas, dejando tras sí grandes burbujas, bien pronto deshechas por las ondas; a lo largo algunas pequeñas carabelas marchaban lentamente, esperando la marea alta para entrar en los puestecillos de las islas.

—¿A sota o barlovento? —pregunto el hamburgués.

—Sigue bordeando la costa —repuso Carmaux—. Pasaremos entre Zapara y la costa.

CAPÍTULO III. LA FLOTA DE LOS FILIBUSTEROS

A las ocho de la mañana la chalupa pasaba volando el estrecho formado por la punta oriental de la isla de Zapara y la costa de Capatarida, entrando en el golfo de Maracaibo.

A pesar de que los dos filibusteros habían encontrado dos grandes carabelas de guerra, y hasta un galeón, nadie los había molestado ni preguntado quiénes eran ni adónde iban.

Las redes que llevaban a lo largo de las bordas debían de haber hecho suponer a los españoles que fuesen tranquilos pescadores, y por eso no se habían cuidado de detenerlos.

Apenas llegados fuera del estrecho, Carmaux y Wan Stiller pusieron la proa al Este, manteniéndose algo alejados de la costa, ya que por allí abundaban las hondonadas, de las cuales surgían en buen número villorrios de caribes.

Por aquellos lugares se veía flotar muchísimos grandes cestos, entre los cuales nadaban y revoloteaban anitras y gallinas de mar, sin manifestar ningún temor por aquellos flotadores.

—Dime, Carmaux —dijo Wan Stiller—, ¿para qué sirven todos esos cestos? ¿Sabes?

—Para coger las aves marinas, querido hamburgués.

—¿Bromeas?

—Hablo en serio. Es un ardid de los indios para proporcionarse buenas anitras con poca fatiga. Ya sabes que todas las aves marinas son recelosas en extremo y que casi nunca dejan acercarse a las chalupas.

»Los caribes lanzaban un gran número de cestos atados entre sí con larguísimos bejucos para acostumbrar a los volátiles a su presencia.

»Cuando creen llegado el momento propicio, hábiles nadadores como son, se lanzan al agua con la cabeza metida en un cesto, en el cual han hecho algunas aberturas para ver con libertad.

—¡Comprendo! —dijo Wan Stiller riendo—. Protegidos por los cestos, se acercan a los volátiles y los cogen debajo del agua.

—Precisamente —repuso Carmaux—; y puede asegurarse que hacen abundante caza y que nunca vuelven al pueblo sin llevar colgados del cinturón ocho o diez pájaros. Cuando…

Un sonoro estornudo le interrumpió. Don Rafael había abierto los ojos y hacía desesperados esfuerzos por levantarse y soltar las ligaduras que le aprisionaban manos y pies.

—¡Buenos días, señor! —dijo Carmaux—. ¡Realmente era de primera clase aquel Alicante!

El desgraciado plantador le miró con ojos aviesos, y rechinando los dientes dijo con voz ronca:

—¡Sois dos malandrines!

—¿Malandrines? ¡Oh! ¡Estáis equivocado, señor! —repuso Carmaux—. Somos más caballeros de lo que creéis. Os convenceréis de ello cuando os desatemos y veáis que no hemos tocado ni al botón de esmeraldas que veo brillar en vuestro pecho.

—Entonces, ¿qué queréis de mí? ¿Por qué me habéis secuestrado? Supongo que no me repetiréis la historia del señor Presidente de la Audiencia Real de Panamá.

—Realmente, el tal señor no tiene nada que ver en el asunto —dijo Carmaux—. Os llevaremos ante una persona no menos poderosa y que tampoco gasta bromas.

—¿Quién es?

—Un altísimo personaje que parece interesarse bastante por la suerte de la hija del Corsario Negro, y que hará todo lo posible por salvarla.

—¿Quitársela al Gobernador? ¡No la dejará escapar!

—¡Ya lo veremos cuando los cañones desmantelen las fortalezas de Maracaibo! —replicó Carmaux—. Dieciséis años hace que las mismas piezas rechazaron a la guarnición.

Don Rafael había palidecido espantosamente.

—¿Seréis, quizás, filibusteros? —preguntó con desconsuelo.

—¡Para serviros, señor!

—¡Misericordia! ¡Soy hombre muerto!

—No lo creo; al menos por ahora —dijo irónicamente Carmaux.

—¿Quién es vuestro jefe?

—Morgan.

—¿El antiguo lugarteniente del Corsario Negro? ¿El vencedor de Puerto Bello?

—El mismo.

—¡Pobre de mí! ¡Pobre de mí! —suspiró el desgraciado plantador, con tan cómica desesperación, que hizo soltar la risa a los dos filibusteros.

—¡Oh! ¡No os asustéis tanto, señor! —dijo Carmaux—. El capitán Morgan no se ha comido nunca a nadie, y pasa por ser un honrado gentilhombre.

—¡Sí; un gentilhombre que ha hecho asesinar a todos los frailes y monjas de Puerto Bello!

—Tenían que colocar las escalas en los fuertes españoles con más celeridad y gritar más fuerte a los defensores de aquella roca que se rindieran. Fue el plomo español quien mató a unos y a otros: echadle a él la culpa y a vuestros compatriotas.

—¡Sois unos miserables! —gritó don Rafael, que no podía contener la rabia—. ¡Sois hijos malditos de Satanás!

—Y es el Infierno quien nos ha vomitado —dijo riendo el hamburgués—. Al menos, eso dicen vuestros frailes. Señor, dejad vuestra ira, y aceptad un bocado. Tenemos aquí un poco de galleta, una hermosa anitra asada, y hasta un par de botellas de vino español que no desmerecen de las del tabernero. Es poco para un señor como vos, pero por el momento no podemos ofreceros cosa mejor.

Carmaux sacó de la caja las provisiones, desató los brazos al prisionero y, haciendo tres partes iguales, le dijo:

—Desechad los malos pensamientos, señor. Todo acabará bien; ya lo veréis, con tal que no os obstinéis en callar. En ese caso, no respondo de lo que pudiera ocurriros.

Don Rafael, a quien la brisa marina había abierto el apetito, renegando y poniendo cara fosca empezó a comer, y hasta no rechazó un par de vasos de Oporto gentilmente ofrecidos por el irónico Carmaux, ni un excelente cigarro de San Cristóbal, regalo del hamburgués. A mediodía la ballenera estaba ya en aguas del golfo Caro, formado de un lado por la costa venezolana, y por otro, por la península de Paraguaná.

El hamburgués, que llevaba el timón y se orientaba con una brújula de bolsillo, puso la proa hacia el cabo Cardón, que ya se delineaba vagamente en el horizonte.

El golfo estaba desierto, porque rara vez las naves españolas se atrevían a lanzarse lejos de los puertos bien defendidos, no siendo un buen número, o a lo menos escoltadas por algún navío de alto bordo, por temor de caer en manos de los temibles corsarios de las Tortugas.

La ballenera continuó todo el día su camino hacia el Septentrión, favorecida por una brisa fresca y por el escaso movimiento de las aguas.

En el momento en que el Sol se ocultaba llegaba ante la bahía de Amnay, refugio casi deshabitado y muy poco frecuentado por las naves, que no tocaban allí más que en caso de violenta tempestad.

—¡Hemos llegado! —dijo Carmaux volviéndose hacia don Rafael.

El desgraciado plantador, que después de la colación se había encerrado en un obstinado mutismo, suspiró sin contestar.

La chalupa maniobró por entre una cadena de escolleras a flor de agua y se lanzó en la bahía, en cuya parte extrema se veían obscuras masas coronadas de altas arboladuras y entenas.

—¿Qué son? ¿Naves? —preguntó don Rafael.

—La escuadra del capitán Morgan —repuso Carmaux.

—¿Es una escuadra?

—Que mostrará su poder ante los fuertes de Maracaibo.

—¡Lo veremos! —repuso don Rafael.

—¡Aborda a la almirante! —dijo Carmaux a Wan Stiller.

Una gran fragata que estaba anclada ante las otras naves, de tal modo que obstruía la entrada de la bahía, había aparecido de improviso tras una punta rocosa.

—¡Ohe! —gritó Carmaux haciendo portavoz con las manos.

—¿Quién vive? —gritaron desde el puente de la nave.

—¡Hermanos de la Costa! ¡Carmaux y Wan Stiller! ¡Echad la escala!

La ballenera se acercó a la nave por estribor y se mantuvo junto a la extremidad de la escala de cuerda, pronto lanzada por los hombres de guardia.

—¡Señor, valor y subid! —dijo Carmaux cortando las cuerdas que sujetaban las piernas del plantador.

—¡Esta noche moriré! —dijo don Rafael con tétrica voz.

—¡Bah! ¡Nadie piensa en mataros! ¡Subid!

Aunque el pobre sintiera temblar sus piernas, se aferró a la escala, y tras media docena de suspiros a cual más profundos, se encontró en la nave almirante de la escuadra corsaria.

Algunos hombres, armados hasta los dientes y provistos de linternas, se habían acercado y miraban con viva curiosidad al plantador.

—¿Nos has traído este tonel de carne, Carmaux? —preguntó un marinero—. ¡Si estuviese lleno de vino, se le podría abrir un barreno!

Una clamorosa risotada, que erizó los cabellos del plantador, coreó aquella broma.

—¿Y el capitán? —preguntó Carmaux.

—En su camarote.

—¡Alumbrad! ¡Venid, señor, y no tembléis tanto! ¡No hay jaguares ni leopardos en nuestras naves!

Cogió por un brazo al plantador, y parte empujándole, parte a rastras, le llevó al cuadro, introduciéndole en un saloncillo iluminado por una lámpara de plata, y cuyas paredes estaban cubiertas de armas blancas y de fuego.

Un hombre de mediana edad, baja estatura, pecho robustísimo, fiero aspecto y ojos muy vivos y negros estaba sentado ante una mesa y examinaba con profunda atención algunos mapas marinos que tenía delante.

Viendo entrar a los dos hombres se puso en pie, preguntando:

—¿Qué me traes, valiente Carmaux?

—Un hombre, señor, que podrá deciros cuanto deseáis saber acerca de la hija del caballero de Ventimiglia.

Una rápida emoción alteró por algunos instantes las facciones del terrible corsario.

—Está allá, ¿verdad? —preguntó a Carmaux.

—Sí, capitán.

—¿En poder de los españoles?

—Prisionera del Gobernador.

—¡Gracias, Carmaux! Vete, y déjame solo con este hombre.

CAPÍTULO IV. MORGAN

Después de la desaparición de su comandante, el Corsario Negro, Morgan no había abandonado el golfo de México ni a los filibusteros de las Tortugas.

Dotado de una fuerza de voluntad extraordinaria, de un valor a toda prueba y de gran entendimiento, no tardó en hacerse un sitio entre los Hermanos de la Costa, que pronto se habían dado cuenta de que aquel hombre podía conducirlos a grandes empresas, hasta entonces nunca concebidas ni soñadas.

Además, poseía una regular fortuna. Acaudilló a los supervivientes de la tripulación de El Rayo y se lanzó al mar, contentándose primero con atacar a las naves aisladas que cometían la imprudencia de surcar sin escolta las aguas de Santo Domingo y de Cuba.

Aquel crucero, más peligroso que fructífero, duró varios años con distinta suerte, cuando le fue ofrecido el mando de una escuadra compuesta de doce naves, entre grandes y pequeñas, y con una tripulación de setecientos hombres, para intentar alguna gran empresa en perjuicio de los españoles.

Morgan esperaba la ocasión de tener fuerzas suficientes para acometer sus grandiosos proyectos que debían crearle una fama inmensa y hacer de él el más célebre entre los famosos cabecillas filibusteros.

Zarpó, pues, de las Tortugas anunciando que iba a asaltar Puerto Príncipe, una de las más ricas y mejor defendidas ciudades de la isla de Cuba.

Un prisionero español que iba a bordo de su escuadra, con temerario arrojo se lanzó al agua, y habiendo logrado tomar tierra, corrió a advertir al Gobernador de aquella ciudad el peligro de que estaba amenazada.

El español tenía a sus órdenes ochocientos soldados valerosísimos, y sabía que podía contar con la población.

Marchó al encuentro de los corsarios y empeñó un desesperado combate; pero después de cuatro horas sus soldados emprendieron la fuga, dejando en el campo de batalla muertos o heridos las tres cuartas partes de los suyos.

El Gobernador mismo había perecido.

Envalentonado Morgan por el buen éxito, asaltó la ciudad, y no obstante la defensa opuesta por los habitantes, se apoderó de ella y la saqueó, aunque con poco fruto, pues sus moradores habían tenido tiempo de esconder en los bosques sus mejores cosas.

Habiendo sabido por una carta interceptada que un grueso cuerpo de ejército español iba desde Santiago para coparlos, los filibusteros se enemistaron con su capitán, acusándole de haberlos llevado a una empresa más peligrosa que fructífera.

Una riña ocurrida entre franceses e ingleses —pues la tripulación de Morgan se componía de marineros de ambas naciones— hizo estallar viva discordia.

Los primeros se separaron de Morgan, y los segundos, que disponían de ocho naves, juraron seguirle hasta donde quisiera llevarlos.

Se hablaba mucho en aquella época de la opulencia de Puerto Bello, una de las más hermosas ciudades de la América Central, que recibía tesoros inmensos de Panamá, pero que era también una de las mejores fortificadas y custodiadas.

En la mente de Morgan nadó la idea de caer sobre la ciudad e intentar expugnarla.

Aquel proyecto parecía tan temerario, que los filibusteros casi lo desaprobaron cuando los puso al corriente de él.

—¿Qué importa —dijo entonces el fiero corsario— que nuestro número sea pequeño, siendo tan grandes nuestros corazones?

La única objeción que se le hizo fue que Inglaterra estaba entonces en paz con España y que había prometido no inquietarla en sus colonias.

—Nosotros no hemos tenido representados en ese Congreso —repuso Morgan—. Por lo tanto, ese tratado no reza con nosotros.

¿Cómo resistir a tal hombre? Confiando en su almirante, la escuadra hizo rumbo a Puerto Bello.

Morgan llegó de noche a algunas millas de la ciudad, dejó una pequeña guardia en los barcos, hizo subir a la mayor parte en las chalupas, y los filibusteros se acercaron en silencio a los fuertes.

Cuatro marineros que servían de exploradores se apoderaron de un centinela español y le llevaron ante Morgan, quien logró obtener los datos que precisaba para llevar a sus hombres al asalto. Llevándole a uno de los fuertes, le ordenó que invitase a la guarnición a rendirse si no quería ser cortado en pedazos.

Puerto Bello tenía entonces dos castillos, considerados por todos como inexpugnables y defendidos por trescientos soldados cada uno, más un buen número de cañones.

Morgan asaltó el primero; después de un sangriento combate penetró en él al frente de los suyos, hizo encerrar a la guarnición en un recinto, mandó colocar una mecha en el polvorín, y voló el castillo con los españoles.

Animados por aquel primero e inesperado triunfo, los filibusteros corrieron hacia la ciudad para asaltar el segundo, y fueron recibidos con un fuego tan tremendo, que los hizo dudar del resultado de la audaz empresa.

Recordando Morgan la toma de Veracruz, llevada a cabo años antes con el Corsario Negro, Laurent y Grammont, mandó salir de los conventos y de las iglesias a todos los frailes y a todas las monjas, y proporcionándoles algunas largas escalas, los obligó a plantarlas ellos mismos en los fosos, sirviéndole como de baluarte para proteger a sus hombres.

Los españoles no contuvieron el fuego, y causaron terribles estragos entre aquellos míseros y aquellas desgraciadas.

No obstante, los filibusteros no se arredraron. Lograron subir a los muros, alejando con granadas a los defensores, y apoderarse también del segundo castillo.

Pero aún no había terminado, porque un tercer fuerte dominaba a la ciudad, y en él se había refugiado el Gobernador.

Morgan los intimó a rendirse, prometiendo a la guarnición perdonar a todos la vida. La contestación fue una salva de cañonazos.

Los filibusteros, que ya estaban dispuestos a todo, no obstante las terribles pérdidas que habían sufrido y la heroica defensa de la guarnición, escalaron los muros con los sables en la mano, y, ¡cosa increíble! lograron también apoderarse de él.

El Gobernador y todos los oficiales habían perdido la vida.

Los supervivientes fueron perdonados.

Así, en un solo día aquel terrible corsario, sin artillería y con solo cuatrocientos hombres, logró apoderarse de una de las más importantes ciudades de América, el mayor emporio de las colonias españolas, después de Panamá, en lo tocante a metales preciosos.

El botín fue inmenso, y, sin embargo, Morgan aún tuvo la audacia de enviar dos prisioneros al Presidente de la Real Audiencia de Panamá con encargo de pedirle cien mil piastras por el rescate de la ciudad.

Aquel Presidente disponía de mil quinientos hombres.

Intentó desalojar a los corsarios, y sufrió una completa derrota, viéndose obligado a internarse en el océano Pacífico.

Sin embargo, confiando en recibir nuevos refuerzos, intimó a Morgan que saliese de la ciudad. La respuesta fue que, si no la rescataba, la incendiaría, degollando a todos los prisioneros. Entonces le enviaron las cien mil piastras.

El descanso no se había hecho para el discípulo del Corsario Negro.

Reanudada en Europa la guerra contra España a fines de 1700, pidió patente de corso al Gobernador de Jamaica, quien no solo la concedió, sino que le ofreció el mando de un navío de treinta y seis cañones para saquear las colonias españolas. Fue a hacer cruceros por las aguas de Santo Domingo, donde había lugares apropiados para encontrar ocasiones de hacer grandes botines; pero la nave saltó por los aires con trescientos de los suyos, y él salvó la vida por milagro.

Algunos franceses, prisioneros suyos por haberse puesto al servicio de España en contra de los ingleses, habían puesto fuego al polvorín.

Pero llevaban consigo un navío tan poderoso como el que le había sido confiado por el Gobernador de Jamaica.

Morgan se apoderó de él, y con los marineros supervivientes volvió a las Tortugas para organizar una gran expedición.

Ya había reunido varios barcos tripulados por unos novecientos filibusteros, y se preparaban para volver hacia las ciudades de Venezuela, que prometían ricos saqueos, cuando se esparció el rumor de que la hija de su antiguo capitán, el Corsario Negro, había llegado al golfo de México, y que los españoles la habían hecho prisionera, sospechando algún enredo.

Como ya hemos dicho, Morgan no había vuelto a saber nada del terrible corsario. Muchos años antes le había sido entregado un anillo con las armas cruzadas de los señores de Ventimiglia y de Roccabruna y de los duques de Wan Guld, y solo vagos rumores habían llegado a largos intervalos a las Tortugas, esparcidos por filibusteros provenzales y saboyanos, que aseguraban haberse retirado aquel valiente gentilhombre a sus castillos del Piamonte, después de haber hecho su esposa a la hija de su mortal enemigo Wan Guld.

Un marinero holandés que tripulaba una nave capturada por los españoles, en la cual iba la hija del Corsario Negro, había llevado la noticia a las Tortugas, produciendo enorme sensación entre los filibusteros, los cuales no habían olvidado al fiero caballero de Ventimiglia, que tantas veces los había llevado a la victoria.

Sobre todo Morgan, que conservaba una verdadera veneración por su antiguo capitán, quedó aterrado.

Hasta entonces había ignorado que el Corsario Negro hubiese tenido de su matrimonio una hija y que hubiera muerto en los Alpes defendiendo el Piamonte y a los duques saboyanos.

Hizo buscar al marinero holandés, el cual le confirmó que en la nave capturada se encontraba la hija de su capitán, y supo que había sido conducida prisionera a Maracaibo.

Entonces no tuvo más que una idea: ir a salvarla, aunque tuviese que devastar todas las ciudades españolas de Venezuela.

La proposición hecha a los marineros de la escuadra, gente ruda y feroz si se quiere, pero de gran corazón, fue aceptada, y las naves zarparon resueltamente hacia el Sur.

Por desgracia para ellos, una tempestad que se desencadenó antes de llegar a las costas venezolanas los diseminó en varias direcciones. Morgan había enviado a Wan Stiller y a Carmaux, los dos marineros de confianza del Corsario Negro, a Maracaibo para obtener más precisos detalles acerca de la suerte corrida por la hija del gentilhombre piamontés, o para llevar algún prisionero que le suministrase detalles.

* * *

Una vez que Carmaux hubo salido, Morgan comenzó a observar con cierto interés al plantador, que seguía apoyado en la pared, pálido como la cera y temblando como si tuviese fiebres tercianas.

—¿Quién sois? —le preguntó finalmente con voz áspera.

—Don Rafael Tocuyo, señor capitán.

—¿Sabéis quién soy yo?

—Me lo han dicho —balbuceó el desgraciado.

—¿Es cierto que la hija del caballero de Ventimiglia, o mejor dicho, el Corsario Negro, está prisionera en Maracaibo?

—Eso he oído decir.

—¿Dónde está?

—En poder del Gobernador; ya se lo dije a vuestros hombres.

—¿Vive aún?

—Creo que sí.

—Contadme cuanto sepáis.

El plantador no se hizo rogar, y con voz temblorosa le contó cuanto ya había dicho a los dos filibusteros que le habían hecho prisionero.

—¿Es eso todo? —preguntó Morgan, clavando en él una escrutadora mirada.

—¡Lo juro, capitán!

—¿No sabéis dónde está recluida?

—Os aseguro que no —repuso don Rafael después de cierta vacilación que no se le escapó al corsario.

—Sin embargo, un hombre que frecuenta la casa del Gobernador debía saber algo más.

—No soy su confidente.

—¿Es joven la hija del corsario?

—Me han dicho que no tendrá más de dieciséis años y que se parece a su padre.

—¿De qué fuerzas dispone el Gobernador de Maracaibo?

—¡Ah, señor!…

Morgan frunció el entrecejo y una fuerza amenazadora brilló en sus ojos.

—¡No estoy acostumbrado a repetir las preguntas! —dijo con voz breve e incisiva como la hoja de una espada.

—¡Yo no soy soldado, señor! —balbuceó don Rafael.

—¡Pues bien; veremos!

Dio una palmada, y Carmaux y Wan Stiller, que debían de estar de guardia en el pasillo, entraron.

—¡Llevad a este hombre al puente! —dijo Morgan.

—¿Qué queréis hacer de mí, señor? —preguntó don Rafael espantado—. ¡Yo soy un pobre hombre inofensivo!

—¡Pronto lo sabréis!

Los dos filibusteros le cogieron en brazos y le llevaron sobre cubierta.

Morgan los seguía.

Viendo aparecer a su comandante, los hombres de guardia se acercaron con linternas.

—¡Un cabo desde el gallardete de artimón! —dijo Morgan a media voz.

Un marinero subió a las jarcias y desapareció entre el velamen.

—¿Hablaréis ahora? —preguntó Morgan, volviéndose hacia el prisionero, que había sido colocado junto al palo de mesana—. ¡Os concedo medio minuto para soltar la lengua!

—¡No sé nada; os lo juro por la Virgen de…!

—¡Dejad a la Virgen y a los santos! —dijo el filibustero con impaciencia—. ¿Cuántos hombres tiene el Gobernador?

Don Rafael no contestó. La sangre española no le permitía cometer una traición.

De pronto lanzó un grito terrible. Una cuerda bajó silenciosamente de lo alto, y a un gesto de Morgan, Carmaux pasó por el cuello del plantador el nudo corredizo, apretándole algo.

—¡Iza!… —gritó Morgan.

—¡No, no! ¡Lo diré todo! —exclamó el plantador, llevándose las manos al cuello.

—¡Como veis, tengo irresistibles argumentos! —dijo el corsario riendo irónicamente.

—¡Hay seiscientos soldados! —dijo don Rafael precipitadamente.

—¿Es cierto que el fuerte de la Barra se considera inexpugnable?

—Eso se dice.

Morgan se encogió de hombros.

—¡También los de Puerto Bello se tenían por tales, y los tomamos! —dijo—. ¿Vos me aseguráis que está allí la hija del caballero de Ventimiglia?

—¡Lo repito!

—Esta misma noche volveréis á Maracaibo con una carta para el Gobernador. No olvidéis que sabré encontraros y castigaros si no me obedecéis en cuanto os diga. ¡Una linterna aquí!

Arrancó de un librito una hoja, y apoyándose en la borda escribió algunas líneas.

—Guardad bien estas palabras en vuestra memoria para poder repetírselas al Gobernador, caso de que se os perdiera el billete —dijo volviéndose hacia don Rafael.


Al señor Gobernador de Maracaibo:

Os concedo veinticuatro horas para poner en libertad y entregarme a la hija del caballero de Ventimiglia y de la duquesa de Wan Guld, cuyo padre fue en otro tiempo Gobernador de Maracaibo y súbdito español.

Si no obedecéis, arrasaré la ciudad, y si es preciso, a Gibraltar también.

Recordad lo que supieron hacer los filibusteros guiados por el Corsario Negro, Pedro el Olonés y Miguel el Vasco hace dieciocho años.

Morgan

Almirante de la escuadra de las Tortugas.
 

—¿Y si el Gobernador rehúsa recibir este billete? —preguntó don Rafael.

—¡Eso es cosa vuestra! —repuso Morgan—. Carmaux, haz preparar una chalupa tripulada por ocho hombres, y enarbolad la bandera blanca. Llevarán a este señor a Maracaibo.

—¿Debemos acompañarle Wan Stiller y yo?

—Necesitáis descanso; quedaos a bordo. Idos, señor, y pensad que vuestra piel está en peligro. ¡De vos depende salvarla!

Dicho esto volvió a su camarote, mientras el pobre plantador bajaba a la chalupa ya botada al agua.

CAPÍTULO V. LA TOMA DE MARACAIBO

Las veinticuatro horas transcurrieron sin que llegase noticia alguna a la flota filibustera, que no había abandonado su fondeadero, y —lo que era peor— tampoco la chalupa había vuelto, a pesar de que el mar seguía sereno y en calma y el viento no había dejado de soplar.

Una profunda emoción se había apoderado de los quinientos corsarios que tripulaban la escuadra, pues temían que los españoles de Maracaibo no hubiesen respetado la bandera blanca enarbolada por la chalupa, cosa que ya en otras ocasiones había sucedido, y de lo cual no debían extrañarse, por estar fuera de la ley, a pesar de haber imaginado pasar por corsarios.

Hasta Morgan, de ordinario tan impasible, comenzaba a dar indubitables señales de viva irritación paseando por la cubierta con agitado paso y ensombrecida frente.

Carmaux y Wan Stiller estaban literalmente furiosos.

—¡Los han cogido y los han ahorcado! —repetía el primero—. ¡No respetan ni a nuestros parlamentarios! ¡Sin embargo, somos beligerantes patentados, ya que España está en guerra con Francia e Inglaterra!

—¡El capitán los vengará, amigo Carmaux! —contestaba el hamburgués.

—¡Arrasaremos a Maracaibo! ¡Esta vez no tendremos las consideraciones que tuvimos cuando entramos con el Corsario Negro y el Olonés!

Otras doce horas transcurrieron. Morgan, de acuerdo con Pedro el Picardo, su segundo en el mando de la escuadra, se disponía ya a dar la orden de levar anclas, cuando a los últimos rayos del Sol fue señalado un barquichuelo indio tripulado por un solo hombre, que remaba fatigosamente, tratando de embocar la pequeña bahía.

Fue enviada a su encuentro una chalupa tripulada por doce remeros, y veinte minutos después aquel hombre se encontraba a bordo de la nave almirante y ante Morgan.

Un grito de sorpresa y de rabia se escapó de los labios de todos los marineros, que habían reconocido en él a uno de los ocho filibusteros encargados de escoltar al plantador.

—¿Dónde están tus compañeros? —preguntó Morgan después de haberle dejado vaciar un vaso de ron, pues aquel pobre diablo estaba rendido de fatiga.

—¡Ahorcados, capitán! —repuso el filibustero—. ¡Cuelgan de siete horcas levantadas en la Plaza Mayor de Maracaibo, en el mismo sitio en que hace dieciocho años fue ahorcado el Corsario Rojo, el hermano del señor de Ventimiglia!

Un terrible relámpago iluminó los ojos del almirante de la escuadra.

—¿Ahorcados? —gritó con voz terrible.

—Por orden del Gobernador.

—¿A pesar de la bandera blanca?

—La despedazaron ante nuestros ojos después de habernos hecho desembarcar y de recibirnos como parlamentarios.

—¿Y no os habéis defendido?

—Nos invitaron a deponer las armas, prometiendo respetarnos como enviados de paz.

—¡Miserables! Y a ti, ¿cómo te han perdonado?

—Para que os trajese la respuesta del Gobernador.

—¿La traes?

—Hela aquí —dijo el filibustero, sacando un billete de la faja de lana que le ceñía la cintura.

Morgan se apoderó de él vivamente y lo devoró con la mirada. No contenía más que dos líneas:


Espero en Maracaibo a los filibusteros de las Tortugas para ahorcarlos a todos.

El Gobernador de la plaza
 

Morgan rompió con ira el billete, y volviéndose al marinero le preguntó:

—¿Te ha dicho algo de la hija del caballero de Ventimiglia?

—Sí; que fueseis por ella si os atrevíais.

—¡Iremos! —repuso Morgan.

Y con voz de trueno, a fin de ser oído por los marineros de las demás naves, gritó:

—¡Levad anclas y desplegad las velas! ¡Antes de mañana Maracaibo será nuestro!

Un alarido inmenso partió de todas las naves.

—¡A Maracaibo! ¡A Maracaibo! Media hora después las ocho naves salían de la bahía con rumbo al golfo.

El Rayo, que era la nave de Morgan, bautizada así en recuerdo del Corsario, abría la marcha. Era la mayor de todas; una especie de fragata de tres palos, armada con treinta y seis cañones de grueso calibre, entre ellos algunas piezas de caza, y tripulada por ochenta hombres que a nada temían.

Las otras que eran casi todas carabelas tomadas a los españoles, pero armadas con muchas piezas de cañón, pedreros y espingardas, la seguían en doble columna a una distancia de quinientos a seiscientos metros una de otra, a fin de tener campo suficiente para maniobrar sin correr el peligro de embestirse.

Todas llevaban los fanales apagados.

Sin embargo, aunque la Luna faltase, la noche era bastante clara, ya que la pureza del aire en las regiones tropicales y ecuatoriales, es extraordinaria.

Morgan, que iba en el puente de órdenes, escrutaba atentamente el horizonte, porque le habían referido días atrás que tres grandes naves españolas habían zarpado de los puertos de Cuba para darle caza y asaltarle antes de que intentara cualquier empresa contra las ciudades del continente.

Carmaux, que era su hombre de confianza, estaba con él.

Ambos cruzaron algunas palabras.

—¿Contáis con encontrarla en Maracaibo? —preguntaba con insistencia el marinero.

—¡Ese Gobernador se considera demasiado seguro en la ciudad, y estoy más que cierto de que ha tomado mi amenaza por una simple balandronada!

—Hay un fuerte que nos dará mucho que hacer.

—El de la Barra, ¿verdad?

—Le he visto, y puedo deciros que tiene un aspecto más imponente que los dos castillos de Puerto Bello.

—¡Le tomaremos igualmente; no lo dudes! —repuso Morgan—. Ya sabes que nuestros hombres, una vez lanzados, no se detienen ante nada.

—Me asalta una duda, capitán —dijo Carmaux.

—¿Cuál?

—¿No aprovechará nuestra tardanza el Gobernador, que conoce el fin de nuestra expedición, para ocultar a la hija del Corsario Negro?

Un profundo surco se trazó en la amplia frente de Morgan.

—¡Si no encontrase a esa joven —dijo con amenazadora voz—, no daría ni una piastra por la piel de los españoles de Maracaibo! Ya sabes que soy gentilhombre, como el señor de Ventimiglia; pero también tremendo e implacable, como Pedro el Olonés, que fue el más feroz y despiadado filibustero de las Tortugas.

—Ya lo habéis dado a conocer en Puerto Bello y en Puerto Príncipe —dijo Carmaux—. Pero ese perro de Gobernador, que me ha sido pintado como un hombre codiciosísimo, y que en otro tiempo fue amigo del duque de Wan Guld, el suegro del señor de Ventimiglia, sería capaz de hacerla desaparecer.

—¡Desventurado de él! ¡Si el Corsario Negro fue implacable con el Duque, no lo seré yo menos con el Gobernador de Maracaibo, y le perseguiré hasta la muerte! ¡Ah! ¡Si la hija de nuestro antiguo condottiero nos hubiese advertido su llegada a América, los españoles no la hubieran capturado! Los más célebres filibusteros de las Tortugas se hubieran considerado honrados con escoltarla y protegerla. Es extraño que no haya recordado que su padre contaba entre nosotros con un inmenso número de amigos y de camaradas fervientes, y que ignorase que en las Tortugas su padre posee aún una casa y plantaciones que yo administro hace diecisiete años.

—Acaso era su designio llegar entre nosotros de improviso, y sin el encuentro con la fragata española que capturó a la nave holandesa, sería ya la reina de las Tortugas.

—¡Ah! ¡Mira, Carmaux!

—¿Qué ocurre, capitán?

—¡Allá abajo; unos fanales hacia el Norte!

—¿Serán los tres barcos encargados de cazarnos? He oído decir que son grandes naves de alto bordo, tripuladas por marineros capaces de hacer frente a una escuadra más numerosa que la nuestra. ¡Guardémonos de esos lobos, capitán!

—Esos fanales van hacia Septentrión: así, no los encontraremos en nuestra ruta —repuso Morgan.

—¡Con tal que no tomen un rumbo falso para después caer sobre nosotros cuando estemos ocupados con los cañones del fuerte de la Barra! —dijo Carmaux.

—Llegarían tarde. Ve a advertir a Pedro el Picardo que estreche todo lo posible la costa, y has llamar a toda la tripulación a cubierta.

Mientras eran cumplidas sus órdenes, Morgan seguía atentamente con la mirada los seis puntos luminosos, que continuaban alejándose del golfo de Maracaibo, en vez de correr en defensa de la ciudad. Cuando los vio desaparecer en el horizonte respiró libremente, y las arrugas que surcaban su frente desaparecieron.

—¡Si volviesen, llegarían cuando todo hubiera terminado! —murmuró—. ¡Cuando despunte el alba estaremos bajo el fuerte de la Barra, y veremos si los españoles resisten largo tiempo!

Las ocho naves que formaban la escuadra se habían replegado hacia la costa, ciñendo el viento cuanto podían.

Ya estaba a la vista la isla de Zapara, y, sin embargo, ninguna luz que indicase alguna vigilancia por parte de los españoles se veía brillar.

Seguramente el Gobernador, considerándose bastante fuerte para resistir cualquier invasión, había tomado la amenaza de Morgan por una simple bravata.

Algunas horas faltaban para el alba cuando la escuadra entraba a toda vela en la laguna de Maracaibo, pasando por entre la península de Sinamaica y la punta occidental de Tablayo.

Todos los hombres estaban en sus puestos de combate, tras las hamacas acumuladas en el bastionaje, o en las baterías detrás de las piezas, y los comandantes, en los puentes con el portavoz en la mano.

—Carmaux —dijo Morgan mirando al fuerte de la Barra, ya a la vista—, da orden a nuestros artilleros de no hacer fuego aunque nos bombardeen los españoles. Obtendremos mejor éxito; te lo aseguro.

Comenzaban a desvanecerse las tinieblas cuando la escuadra apareció ante las aguas jurisdiccionales del fuerte, dispuesta en una línea y con El Rayo en el centro.

Ya había sido dada la voz de alarma, y la guarnición entera del fuerte había subido precipitadamente a los baluartes del castillo. La sorpresa de aquellos soldados debía de ser grande al ver llegar una escuadra que hasta entonces no había sido vista por las carabelas encargadas de vigilar la entrada de la laguna.

Probablemente el Gobernador no se había tomado la molestia de advertir al comandante del fuerte que se preparase a la defensa, no dando crédito a la amenaza de Morgan.

No obstante, los españoles no habían perdido su presencia de ánimo, y recibieron a la escuadra con un furioso bombardeo, creyendo echarla a pique fácilmente o, por lo menos, obligarla a retroceder hacia el golfo.

Pero tenían que habérselas con gente que no se inquietaba grandemente por los cañones. A pesar de la granizada de balas que caía sobre ellas, las naves corsarias continuaban tranquilamente acercándose sin molestarse en contestar.

Algún palo o algún gallardete caía, alguna amura se hundía y hasta tal cual filibustero era mutilado o muerto por las descargas; pero nadie osaba faltar a la orden de Morgan; tanta era le férrea disciplina que reinaba en los navíos corsarios.

El Rayo se encontraba a dos cables de la playa y se preparaba a botar al mar las chalupas, cuando el furioso cañoneo ceso como por encanto.

Disipado el humo que cubría los baluartes, las tripulaciones, con gran sorpresa, no vieron ni un hombre junto a las piezas.

—¿Qué significa esto? —se preguntó Morgan, que no había abandonado ni un instante el puente de órdenes—. ¿Se rendirán? Sin embargo, tenían este fuerte por inexpugnable. ¡Pedro el Picardo!

El filibustero que llevaba tal nombre, y que, como queda dicho, tenía el mando como segundo y gozaba fama de ser uno de los más intrépidos Hermanos de la Costa, dejó el timón y se acercó al comandante.

—¿Qué opinas de este súbito silencio? —le preguntó Morgan—. ¿Ocultará alguna sorpresa?

—Voy a averiguarlo —repuso el filibustero sin vacilar—. Dadme cuarenta hombres, tened otros cien preparados, y escalaré el fuerte.

—¿Habrán huido?

—Pronto lo sabremos, comandante.

Las chalupas habían sido ya botadas.

El filibustero eligió sus hombres y bogó hacia tierra, mientras las otras naves se preparaban a desembarcar parte de su tripulación para apoyarle en la arriesgada empresa.

Morgan, que temía una sorpresa, hizo descargar los veinte cañones de estribor, que derribaron las defensas avanzadas del castillo; pero nadie respondió ni apareció ningún soldado.

Una vez en tierra, los cuarenta corsarios de El Rayo escalaron las rocas armados tan solo con una pistola y un sable corto y rivalizando en celeridad.

Aquel silencio, que podía ocultar alguna terrible sorpresa, no los preocupaba. Acostumbrados a ver huir al enemigo, se tenían por invencibles.

Llegados bajo los muros, lanzaron entre las almenas algunas granadas; luego, trepando unos sobre los hombros de los otros, franquearon la última escarpa y se lanzaron dentro del fuerte gritando como energúmenos.

No encontraron más que los cañones y algunos fusiles abandonados por el enemigo en su silenciosa retirada.

Creyendo no poder contener a los corsarios, y espantada por el número de sus naves, la guarnición se había retirado a toda prisa a Maracaibo, contentándose con poner una mecha encendida en el polvorín para que al volar exterminara a los corsarios.

Por fortuna, los corsarios estaban todavía en la escarpa cuando sobrevino la explosión.

Se hundieron con estrépito las celdas, las almenas y parte de las murallas, abriendo acá y acullá brechas enormes, pero sin causar destrozos entre la tripulación de El Rayo.

Oyendo aquel estruendo, y viendo alzarse una gigantesca columna de humo, las tripulaciones de las otras naves apresuraron a tomar tierra para correr en ayuda de sus camaradas, a quienes creían en grave aprieto, acaso luchando contra los españoles; pero fueron, por el contrario, acogidos con grandes gritos de victoria.

Informado de la retirada de la guarnición, decidió Morgan atacar la ciudad antes de que sus habitantes pudieran refugiarse en los bosques y poner a salvo sus tesoros.

El estallido del fuerte había esparcido el terror entre aquella desgraciada población, ya que conocía los horrores del saqueo, años antes realizado por los filibusteros del Corsario Negro, de Pedro el Olonés y de Miguel.

En lugar de prepararse a la defensa, se habían dado precipitadamente a la fuga para guarecerse en los bosques vecinos, llevando consigo cuanto tenían de valor.

Hasta entre la guarnición reinaba un pánico que la presencia del Gobernador y de sus oficiales no bastaba a contener.

El nombre de Morgan, el expugnador de Puerto Bello, hacía titubear a los más viejos soldados, que, sin embargo, habían dado tantas pruebas de valor en los campos de Europa, y que habían conquistado y derrocado imperios como los de los Aztecas y de los Incas en México y en el Perú.

Dejando a algunos camaradas de guardia en la escuadra y en las chalupas, los filibusteros se acercaron velozmente, prontos a destruirlo todo.

Morgan iba a su frente con Pedro el Picardo, Carmaux y Wan Stiller.

Viéndolos desembarcar, los españoles abrieron un violentísimo fuego de mosquetería, mientras los dos fuertes que protegían la ciudad por el lado de tierra hacían tronar sus cañones.

Pero ya era tarde para detener a los filibusteros, a quienes los potentes cañones del fuerte de la Barra no habían podido contrarrestar ni dispersar.

Los bucaneros, que abundan en las naves corsarias y que en aquella época eran los mejores tiradores del mundo, con descargas bien dirigidas obligaron a la guarnición a abandonar las trincheras y a huir en precipitada fuga.

Diez minutos después las bandas de Morgan entraban en las calles de la desgraciada ciudad, invadiendo las casas y dando sin piedad muerte a cuantos intentaban oponerles resistencia.

CAPÍTULO VI. DON RAFAEL

Mientras los filibusteros se entregaban al saqueo y amenazaban de muerte a los habitantes si no les entregaban todas sus riquezas o no indicaban los escondites donde habían colocado sus tesoros, Morgan, con unos cincuenta marineros, se había dirigido hacia el palacio del Gobernador, en el cual esperaba encontrar al Gobernador, y donde temía hallar alguna resistencia.

Pero ya no había nadie. Todos habían huido dejando el portalón abierto y el puente levadizo caído.

Tan solo siete horcas, de las cuales colgaban los siete filibusteros que habían acompañado al plantador, se elevaban en la amplia y desierta plaza.

Al verlas, un alarido de rabia estalló en el destacamento de Morgan.

—¡Incendiemos el palacio del Gobernador!

—¡Venganza, capitán; venganza! ¡Degollémoslos a todos!

Pedro el Picardo, que formaba parte del destacamento, gritó:

—¡Traed aquí dos barriles de pólvora, y volaremos el palacio!

Ya algunos hombres se disponían a cumplir la orden, cuando los detuvo otra breve, pero enérgica, de Morgan.

—¡Soy yo quien manda aquí! ¡El que se mueva, puede considerarse muerto!

El filibustero se había lanzado entre la furibunda turba con el sable en la diestra y la pistola en la siniestra.

—¡Insensatos! —gritó—. ¿A qué hemos venido aquí? ¿No pensáis que acaso en ese palacio, en algún lugar secreto, puede hallarse la hija del caballero de Ventimiglia? ¿Queréis matarla por una estúpida venganza?

Al oír estas palabras la ira de los filibusteros amainó.

¿Quién podía asegurar que antes de huir no hubiese escondido el Gobernador en algún subterráneo a la joven por cuya salvación habían intentado aquel golpe de mano?

—¡Por las arenas de Olona, como decía Pedro el Olonés! —exclamó el Picardo—. ¿Qué locura íbamos a hacer? ¡Capitán Morgan, somos unos estúpidos!

—¡En vez de gritar como locos —dijo el almirante de la flota corsaria—, tratad de hacer el mayor número posible de prisioneros! ¡Alguno quizás sepa decirnos dónde está la hija del Corsario Negro! Si se niegan, los encerramos a todos aquí dentro, y —¡palabra de Morgan!— los haremos saltar por los aires en unión del palacio, como hicimos con la guarnición de los castillos de Puerto Bello.

—¡Eso se llama hablar bien! —dijo Carmaux, que también formaba parte del destacamento—. ¡Eh, hamburgués! ¿Dónde estás?

—¡Aquí, compadre! —repuso Wan Stiller.

—¡De caza, amigo! ¡Tratemos de coger algún pez gordo!

—¡No deseo otra cosa!

—¡Entonces, en marcha!

Mientras Morgan entraba con varios de sus oficiales en el palacio del Gobernador para recorrerlo de arriba a abajo y los otros se dispersaban en varias direcciones en busca de prisioneros, Carmaux y Wan Stiller, que conocían bastante la ciudad, pues habían estado en ella dos veces con el Corsario Negro muchos años antes, tomaron una callejuela que serpenteaba por entre los muros de algunos jardines.

—¿Adónde me llevas? —preguntó el hamburgués después de recorrer unos cien pasos sin encontrar a nadie—. No es por aquí por donde huyen los habitantes…

—Quiero ir a hacer una visita a la taberna del Toro —repuso Carmaux—. Apostaría una piastra contra un doblón a que encontraremos a alguien por allá. Los nuestros no deben de haber llegado allí todavía.

—En efecto; no oigo ningún tiro en dirección de la laguna.

—¡Alarga el paso, hamburgués!

Los filibusteros de la escuadra, que apenas habían entonces comenzado el saqueo, se encontraban todavía en los suburbios que se prolongaban tras el fuerte de la Barra, y aún no habían llegado al centro de la ciudad.

Por aquella parte se oían espantosos clamores, seguidos de alguna que otra descarga de fusiles, y se veían de vez en cuando ligeras columnas de humo.

Por el contrario, en los jardines y casas adyacentes reinaba un silencio absoluto.

La población debía de haber aprovechado la breve resistencia opuesta por las tropas para desalojar precipitadamente, internándose en los bosques o en las islas de la laguna.

Carmaux y el hamburgués veían de cuando en cuando algún hombre o mujer atravesar velozmente los jardines; pero no trataban de detenerlos.

Hacía ya diez minutos que corrían, cuando se encontraron en una plazoleta en cuya extremidad y ante una puerta colgaban dos cuernos.

—¡La taberna! —dijo Carmaux.

—Sí; la reconozco por la muestra —repuso Wan Stiller.

—También de aquí han desalojado, según parece.

—En efecto; no veo a nadie, y todas las puertas de las casas están abiertas.

—¿Habremos llegado tarde?

—Volvamos a los suburbios, Carmaux. Allí no nos faltarán fugitivos.

—¡Cuerpo de un barril sin fondo!

—¡Calla!

—¿Qué te ocurre?

—¡Alguien se acerca!

Junto a la taberna desembocaba una calle, y por allí se oía acercarse un tropel de personas corriendo desesperadamente.

—¡Atención, hamburgués! —gritó Carmaux lanzándose hacia allá.

Apenas había llegado al ángulo, cuando un hombre cayó entre sus brazos. Carmaux le estrechó contra su pecho, gritándole con voz de amenaza:

—¡Ríndete!

En el mismo instante ocho o diez negros que corrían alocados, cargados de voluminosos paquetes tropezaron con el hamburgués tan violentamente que este cayó al suelo antes de poder levantar el arcabuz.

—¡Truenos de Hamburgo! —había gritado Wan Stiller—. ¡Me despachurran!

Al oír aquella voz el hombre que había caído entre los brazos de Carmaux había levantado la cabeza, dejando escapar un grito de angustia.

—¡Muerto soy!

Carmaux soltó una carcajada.

—¡Ah! ¡El plantador! ¡Agradable encuentro! ¿Cómo estáis, señor Rafael?

Sintiendo aflojar el brazo que le oprimía, el desgraciado plantador dio dos pasos atrás, repitiendo con voz desconsolada:

—¡Muerto soy! ¡Muerto soy!

—¡Realmente es manía la que tenéis de creer siempre que estáis muerto! —dijo Carmaux, que no dejaba de reír—. ¡Sin embargo, a mí me parece que estaréis a fuerza de salud!

—¡Bah! —exclamó en aquel momento Wan Stiller, que se había levantado—. ¿Qué veo? ¿El plantador? ¡Buena presa, Carmaux!

Mudo de terror, don Rafael miraba a uno y a otro mesándose los cabellos.

—Hamburgués —dijo Carmaux—, haz una excursión a la taberna y trata de encontrar alguna de aquellas deliciosas botellas de Alicante. Este pobre señor necesita un buen vaso de vino. ¿No es así, don Rafael? Os aseguro que os sentaría admirablemente y contribuiría a disipar vuestro miedo. ¡Vamos, por cien mil delfines! ¡No os caigáis!

—¡No me matéis! —suplicó el plantador.

—¡Nadie piensa en eso, don Rafael! Pues qué, ¿nos tomáis por bandidos?

—¡Sois filibusteros!

—Sí; gente honrada.

—¡Ay de mí! —suspiró el plantador—. ¡Me ahorcaréis para vengar a vuestros camaradas, a quienes el Gobernador hizo colgar en las horcas de la Plaza Mayor!

—¡No fuisteis vos!

—Ya lo sé; pero vuestro comandante quizá lo crea.

—¡Bah! —dijo Carmaux, que se divertía inmensamente y hacía sobrehumanos esfuerzos por permanecer serio—. ¡Valor, señor mío! He aquí a Wan Stiller, que trae triunfalmente cuatro botellas que deben de haber sido encorchadas en tiempo de Noé. ¡Por Baco! ¡Qué olfato tiene este hamburgués! ¡Ha descubierto en seguida la bodega!

Carmaux había cogido por un brazo al plantador y le apretaba para que no se escapase, cuando a breve distancia resonaron algunos tiros de arcabuz, y por una calle lateral desembocaron corriendo velozmente varios hombres, que llevaban sobre los hombros grandes envoltorios conteniendo, probablemente, sus últimas riquezas.

—¡Misericordia! —exclamó el plantador—. ¡Nos matan!

—¡Razón de más para refugiarse en la taberna! —dijo Carmaux—. ¡No sabe uno lo que puede pasar!

Le empujó violentamente al interior de la taberna, donde estaba Wan Stiller decapitando con su sable cuatro botellas.

La sala estaba vacía, pero en completo desorden. La mesa en que reñían los gallos yacía con las patas por lo alto, las mesitas habían sido amontonadas junto a las paredes, y taburetes, vasos y botellas hallábanse esparcidos por el suelo.

Parecía que antes de huir, el propietario no había querido destrozar cuanto no podía llevarse.

—¡Con tal que esté intacta la bodega! —dijo Carmaux—. ¿Es así, hamburgués?

—¡Verdadero Alicante! —contestó Wan Stiller paladeándolo como inteligente—. ¡Es del mismo que bebimos la noche de la riña de gallos! Cuida de que no vengan otros a bebérselo, porque no he encontrado más que estas botellas. ¡Ese imbécil tabernero ha inutilizado casi todas sus existencias! ¡Necio! ¡Podía habérselas bebido si no quería dejárnoslas!

Llenó un vaso, encontrado intacto por milagro, y se lo ofreció al plantador diciéndole:

—¡Elixir de larga vida, señor español! Es de aquel… ¿Os acordáis?

Don Rafael, que sentía flaquear sus piernas, lo vació de un trago, y murmuró las gracias.

—¡Otro! —dijo Carmaux, mientras el hamburgués se llevaba a los labios una de las cuatro botellas.

—¿Queréis embriagarme por segunda vez para después ahorcarme? —preguntó don Rafael.

—¿Os ha dicho alguien que el capitán Morgan haya decretado vuestra muerte? —preguntó gravemente Carmaux.

—Entonces, ¿soy un moribundo? —exclamó don Rafael poniéndose lívido—. ¿Quiere vengar en mí la muerte de sus siete marineros?

Carmaux le miró algunos instantes frunciendo el entrecejo, y dijo:

—De vos depende que os salvéis.

—¿Qué debo hacer? ¡Decídmelo! ¡Soy rico, y puedo pagar un gran rescate a vuestro capitán!

—Ese nos lo pagaréis a nosotros, querido señor —dijo Carmaux—, ya que nosotros hemos sido los que os hemos hecho prisionero; pero por ahora no se trata de dinero, sino de la piel.

—¡Explicaos mejor! —dijo don Rafael, que ya respiraba más libremente—. ¡No tengo ningún deseo de bailar un fandango de una cuerda!

—Entonces, contestad, y pensad bien lo que decís —dijo Carmaux, que de repente se había puesto amenazador—. ¿Dónde está escondida la señorita de Ventimiglia?

—¡Cómo! —exclamó don Rafael haciendo un gesto de sorpresa—. ¿No la habéis encontrado?

—No.

—Sin embargo, yo no la he visto huir con el Gobernador.

—¡Ah! ¡Ese buen señor se ha largado! —exclamó Wan Stiller con voz irónica.

—Con sus oficiales y en buenos caballos —repuso el plantador—. A estas horas debe estar ya muy lejos, y tendríais mucho que correr para alcanzarle.

—¿Y no iba con él la hija del Corsario Negro?

—No.

—¡Don Rafael! —gritó Carmaux dando un puñetazo formidable sobre la mesa—. ¡Mirad que os jugáis la vida!

—Ya lo sé, y por lo mismo no he de engañaros.

—Entonces, ¿está aquí todavía?

—Tengo la más completa seguridad.

—¿La habrá matado? —preguntó Carmaux palideciendo.

—No creo que el Gobernador haya tenido el valor de mancharse las manos con su propia sangre.

—¿Qué decís? —preguntaron a la vez los dos filibusteros.

El plantador se mordió los labios como arrepentido de haber dejado escapar tales palabras, y encogiéndose de hombros, dijo:

—¡Yo no he jurado guardar el secreto! Además, mi vida está en vuestras manos y tengo el derecho de defenderla lo mejor posible.

Carmaux bebió un sorbo de Alicante y, cruzando los brazos y clavando la mirada en el plantador, dijo:

—Don Rafael, hablad pronto o doy orden a Wan Stiller de que vaya a colgar otra cuerda en una de las horcas de la Plaza Mayor. ¡Y os advierto que no acostumbro a bromear! ¿De qué sangre habláis?

—¿Tendréis paciencia para escucharme?

Iba a contestar Carmaux, cuando algunos disparos sonaron en la plaza y varias personas pasaron corriendo frente a la taberna.

Cinco o seis filibusteros, que empuñaban arcabuces aún humeantes, viendo la muestra del Toro se lanzaron a la taberna, gritando:

—¡Una bodega! ¡Hurra! ¡Vaciemos los pellejos!

Carmaux se lanzó con el arcabuz en la mano, gritando:

—¡Atrás, camaradas!

—¡Vaya! —exclamó uno de aquellos corsarios—. ¡Los dos inseparables! ¿Queréis bebéroslo todo? ¡Satanás! ¡El español que ha hecho ahorcar a nuestros compañeros! ¡Quemadle vivo!

—¡Es nuestro prisionero! —gritó Carmaux.

—¡Aunque lo fuera del diablo yo no me voy sin abrirle un agujero en te tripa! —dijo otro corsario—. ¡Fuera, camarada! ¡Ese hombre pertenece a la justicia de los Hermanos de la Costa!

El pobre don Rafael, que estaba blanco de terror, se había refugiado detrás de la mesa y trataba de encogerse cuanto podía.

—¡Fuera de aquí! —gritó Carmaux apuntando resueltamente su arcabuz contra los filibusteros—. ¡Este hombre es prisionero del almirante y fusilaré a quien le toque! ¡Palabra de Carmaux!

Oyendo estas palabras, los corsarios se detuvieron titubeando, volvieron la espalda y se alejaron corriendo; tanto era el terror que inspiraba Morgan, hasta entre aquellos depredadores del mar, que no reconocían leyes ni gobiernos.

—¡Hablad ahora! —dijo Carmaux volviéndose hacia el plantador—. Ya nadie vendrá a molestaros.

Don Rafael bebió de un trago un vaso de Alicante para tomar fuerzas, y dijo:

—La historia que voy a narraros es un secreto que solo poquísimos españoles conocen y que todos vosotros ignoráis. Pero antes de empezarla quisiera saber por qué existía un implacable odio entre el Corsario Negro, señor de Ventimiglia, y el duque de Wan Guld, Gobernador que fue de esta ciudad. Vos, que habéis sido marineros, y acaso confidentes del terrible Corsario, que tanto mal hizo en nuestras colonias, debéis de saber algo, y yo esclareceré acaso el porqué del odio que el Gobernador actual siente hacia la joven hija del Corsario.

—¡Cómo! —exclamó Carmaux—. ¿El Gobernador odia a la hija del Corsario Negro? ¿No es, pues, tan solo el interés lo que le ha empujado a hacerla prisionera?

—Sí; hay aquí un odio de sangre —dijo gravemente don Rafael—. Si el duque ha muerto, ha dejado un vengador no menos implacable que él.

—¿Qué me decís? —preguntó aterrado Carmaux.

—Contestad a la pregunta que os he hecho, y me explicaré mejor.

CAPÍTULO VII. EL MONASTERIO DE LOS CARMELITAS

Carmaux, que parecía presa de vivísima agitación, quedó algunos instantes en silencio; luego dijo:

—El odio entre El Corsario Negro y el duque de Wan Guld se remonta a hace veintidós años, y no tuvo su principio en América, sino en Flandes.

»Eran entonces los señores de Ventimiglia cuatro hermanos, y combatían contra España con las tropas del duque de Saboya, aliado de Francia. Todos eran gallardos, valientes, audaces y tenían fama de ser los más nobles gentileshombres del Piamonte.

»Un día estaban sitiados con su regimiento en un castillo flamenco por un número extraordinario de españoles y al mando del duque Wan Guld, que se había puesto al servicio de los duques de Saboya.

»Tenazmente resistieron algunas semanas, hasta que una noche el enemigo entró en el castillo a traición y se apoderó de él después de haber muerto a uno de los cuatro hermanos, que había acudido a cortarle el paso. Un hombre había vendido el castillo abriendo sus puertas: aquel miserable era el duque de Wan Guld.

—Ya había oído hablar vagamente de esa historia —dijo don Rafael—. ¡Continuad!

—Para sustraerse a la ira de los señores de Ventimiglia, el duque pidió al Gobierno español un puesto en las colonias de América, y fue nombrado gobernador de esta ciudad.

—¡Era el precio de la traición! —dijo el hamburgués golpeando la mesa.

—El duque —prosiguió Carmaux— creía haber sido olvidado por los señores de Ventimiglia; pero se engañaba. No habían pasado seis meses desde que tomó posesión de su cargo, cuando aparecieron en las Tortugas tres naves tripuladas por los tres hermanos piamonteses. Eran El Corsario Negro, El Corsario Rojo y El Verde, que habían jurado no dar paz al traidor y vengar a su hermano, asesinado en el castillo.

—Conozco lo ocurrido —dijo don Rafael—. Después de varias vicisitudes, el duque logró capturar y ahorcar al Corsario Verde, y luego al Rojo, mientras El Negro, sin saberlo, se enamoraba de la hija de su mortal enemigo, creyéndola una princesa flamenca.

—Así es —repuso Carmaux—; y cuando el Corsario Negro, que había jurado sobre los cadáveres de sus hermanos exterminar sin misericordia a cuantos llevasen el nombre del traidor, supo que la joven a quien amaba era la hija del duque, aunque llorando, la abandonó en medio de las aguas en una chalupa cuando iba a estallar la tempestad en el golfo de México. Pero Dios velaba por ella, y la chalupa, en vez de ser tragada por el abismo, fue a naufragar en las costas meridionales de La Florida, habitadas por una tribu de caribes, los cuales, seducidos por su belleza maravillosa, en vez de devorar a la gentil doncella, la proclamaron su reina.

—¿Y el Corsario mató al duque? —preguntó don Rafael.

—No; porque habiéndole abordado algunos meses después, también en las aguas de La Florida, antes que caer vivo en manos de su enemigo, el viejo traidor prendió fuego a la santabárbara y se fue a pique con su nave en el golfo mexicano.

—¿Estaba todavía a bordo el Corsario?

—Nosotros —dijo Carmaux— ya habíamos expugnado el navío del duque cuando la explosión nos lanzó al agua en unión del Corsario. Salvados sobre algunos maderos, por una afortunada casualidad llegamos dos días después a las costas de La Florida, donde nos hicieron prisioneros los súbditos de la duquesa, la reina de los caribes. Si no nos devoraron fue porque la hija de Wan Guld nos reconoció a tiempo y porque aún no se había extinguido en ella el amor profundo que sentía por El Corsario.

—¿Y no se vengó? —preguntó don Rafael.

—¡Al contrario! Una noche se embarcaron juntos en una chalupa, y durante muchos años no se supo nada de ellos. Fue un filibustero italiano quien más tarde nos hizo saber cómo la duquesa y El Corsario habían sido recogidos en alta mar por una nave inglesa en ruta hacia Europa, y conducidos al Piamonte, donde se desposaron.

»Su felicidad, como acaso ya sabréis, fue corta. Diez meses después la duquesa moría dando a luz una niña, y al año siguiente El Corsario, que no podía resignarse a la pérdida de su compañera, se hacía matar en los Alpes combatiendo contra los franceses, que habían invadido la Saboya y amenazaban al Piamonte.

—Así fue —dijo don Rafael—. El Gobernador de Maracaibo fue bien informado.

—¿Por qué se interesaba tanto por El Corsario? —preguntó sorprendido Carmaux.

—Porque había recibido de su padre una terrible misión.

—¿Cuál?

—La de vengarle.

—Pero ¿quién era su padre?

—El duque de Wan Guld.

Un grito de estupor lanzaron simultáneamente Carmaux y Wan Stiller…

Ambos se pusieron en pie.

—¡El duque ha dejado un hijo! —exclamaron.

—Sí; un hijo tenido con una marquesa mexicana, y a quien se puso el nombre de conde de Medina y de Torres, puesto que no podía llevar el de su padre.

—¿Y es él el Gobernador de Maracaibo? —preguntó Carmaux.

—Sí; y él ha sido quien ha hecho prisionera a Yolanda de Ventimiglia, hija del Corsario Negro. Fue informado por los agentes, a quienes había enviado a Italia para espiar al Corsario, de que la joven había embarcado en una nave holandesa en ruta para América, a fin de entrar en posesión de los inmensos bienes dejados por el duque.

»Dos poderosas naves fueron enviadas a vigilar el paso de Las Antillas, con encargo de capturar al velero holandés, temiendo el conde de Medina que la hija del Corsario fuese antes a las Tortugas para pedir ayuda a los filibusteros en el intento de recobrar los bienes que el Gobierno español, por instigación del gobernador de Maracaibo, había secuestrado.

—¿Por qué?

—Para vengarse del mal causado por El Corsario Negro a las colonias españolas —dijo don Rafael.

—¿Y quién administra esos bienes? —preguntó Carmaux.

—El bastardo del duque, que acabará por quedarse con ellos. Por si no lo sabéis, os diré que esas posesiones valen acaso más de diez millones.

—¿Y no las reclamó la duquesa de Wan Guld, la esposa del Corsario?

—Ciertamente; pero sin resultado.

—¡Por cien millones de arenques! —exclamó Carmaux—. ¡Ahora comprendo mejor que antes por qué ese bandido del Gobernador tenía tanto interés en aprisionar a la hija del Corsario y tenerla en su poder! ¡Mi querido don Rafael, he aquí una magnífica ocasión para que salvéis vuestro pellejo y su contenido! Yo me comprometo a que os respeten mis camaradas; pero es necesario que descubramos el paradero de la joven. Si el Gobernador no se la ha llevado consigo.

—De eso estoy seguro —dijo el plantador.

—Debe de estar aún aquí. Pero ¿dónde? A vos os toca decirlo.

Don Rafael permaneció un momento en silencio y con la mente entre las manos, como si pensase profundamente.

De pronto se levantó, diciendo:

—¡Sí; tan solo al capitán Valera puede haber sido confiada!

—¿Quién es ese capitán? —pregunto Carmaux.

—Un íntimo amigo del conde de Medina, y casi su sombra.

—¿Dónde vive?

—En el convento de los Carmelitas.

—¿No habrá huido?

—No. Estará quizás escondido en los subterráneos, que son muy extensos, y que, según dicen, comunican con la laguna.

—¿Qué clase de hombre es?

—Un valiente, capaz de defender con su vida la presa que le han confiado.

—¡No perdamos tiempo! —dijo Carmaux—. Si los subterráneos comunican con el lago, ese bribón puede fugarse esta noche con la joven.

—¡Enviemos un aviso al capitán! —dijo Wan Stiller.

—¡Y traed con vosotros algunos hombres! —dijo don Rafael.

—¡Ya somos muchos yendo los dos! —dijo Carmaux—. Sabemos manejar la espada como dos gentileshombres; ¿verdad, Wan Stiller?

—Somos discípulos del Corsario Negro, la primera y más fuerte espada de las Tortugas —repuso el hamburgués.

—¡En marcha! —continuó Carmaux.

Vaciaron la última botella y salieron.

Dos filibusteros cargados de vasos de plata y objetos sagrados, probablemente robados en alguna iglesia vecina, pasaban en aquel momento ante la taberna.

—¡Ohé, camaradas! —les gritó Carmaux—. ¡Advertid sin pérdida de tiempo al capitán Morgan que estamos sobre la pista de la hija del Corsario Negro y que no se preocupe si tardamos en volver!

—¡Buena suerte, Carmaux! —contestaron los dos corsarios alejándose velozmente.

—¿Está cargado tu arcabuz, hamburgués? —preguntó Carmaux.

—¡Sí, compadre!

—Guiadnos, don Rafael, y no olvidéis que vuestra vida está en manos de la señorita de Ventimiglia.

—Ya lo sé —repuso el plantador exhalando un suspiro—, y haré lo posible por salvarla.

Se dirigió hacia una calle, que debía de ser un atajo, abierto entre una plantación de añil y de caña de azúcar, haciendo seña a los dos filibusteros de que le siguieran.

El saqueo de la ciudad continuaba en los barrios centrales.

Más allá de la doble fila de casas y palacios se elevaban nubarrones de humo y chispas, y se oían disparos de fusil y ensordecedores clamores.

Probablemente la parte de población que no había tenido tiempo para salvarse en los bosques trataba de oponer resistencia a los saqueadores, y estos procuraban espantarla descargando sus fusiles e incendiando cabañas y casas.

Después de recorrer algunas callejuelas que separaban las últimas casas de la ciudad de las plantaciones y de la laguna, don Rafael se detuvo ante un viejo palacio, ennegrecido por el tiempo y coronado por dos torrecillas-campanarios.

—El convento de los Carmelitas —dijo.

—Parece que lo han abandonado sus habitantes —dijo Carmaux, viendo la puerta abierta.

—Han huido todos. Ya sabéis que los corsarios infieles no perdonan a nuestros frailes.

—Es verdad —repuso Wan Stiller—. A cuantos cogen los matan a pistoletazos. ¡Son verdaderos salvajes esos puritanos!

—¿Entramos? —preguntó el plantador.

—¡Por Baco! —exclamó Carmaux—. ¡Quiero ver al valiente capitán, si no se ha ido!

—Estoy cierto de que no ha huido.

—¡Prepara las armas, hamburgués!

Empujaron la puerta de hierro, que estaba entornada, y se encontraron en una vastísima sala. Era una especie de capilla; a derecha e izquierda había algunos altares, en los cuales brillaban muchas antorchas.

Aunque los filibusteros de Morgan no habían llegado hasta allí, reinaba en aquel recinto un gran desorden.

Bancos y sillas estaban unos encima de otros, los altares habían sido precipitadamente despojados de cuanto tenían de valor, y por el suelo, yacían cuadros, imágenes sagradas y crucifijos.

—¿Es grande este monasterio? —preguntó Carmaux.

—Bastante —repuso don Rafael—. Pero creo inútil recorrer las salas y las celdas. Si el capitán se encuentra aquí, estará en los subterráneos.

—¿Dónde están?

Don Rafael indicó un ángulo de la iglesia, diciendo:

—Bajo esa piedra.

—¿Tiene compañeros vuestro capitán?

—Lo ignoro.

—¡Ah, diablo! —exclamó Carmaux—. ¿Habremos cometido una imprudencia no trayendo refuerzos? ¿Qué opinas, hamburgués?

—Que somos fuertes, que estamos bien armados —repuso Wan Stiller— y que no es este el momento de abandonar la empresa.

—¡Hablas como un libro impreso, compadre! ¡Ya que hemos empezado, pase lo que pase, terminaremos!

Imitando al hamburgués, recogió un cirio del suelo, lo encendió y se dirigió hacia el ángulo indicado por el plantador.

—Confío, don Rafael —dijo—, en que no trataréis de prepararnos una encerrona. Yo iré delante, pero mi compañero os seguirá espada en mano. Y os advierto que cuando tira una estocada atraviesa a un hombre como a un escarabajo.

El plantador se enjugó el sudor que le bañaba la frente.

Tras una especie de nicho se veía una piedra circular provista de una argolla de hierro y que parecía cubrir alguna tumba.

En efecto: se veían algunas letras esculpidas en ella, y hasta un blasón que representaba dos leones rampantes en una faja diagonal.

—¡Aquí es! —dijo con voz ahogada el plantador.

Carmaux pasó el cañón del arcabuz por la argolla, y con ayuda del hamburgués levantó la piedra.

Una bocanada de aire fétido hizo retroceder a los dos corsarios.

—¡Vaya un escondite mal perfumado! —dijo Carmaux—. ¿Es posible que el capitán se haya refugiado aquí dentro?

—Sin duda alguna —dijo el plantador.

—¿Cómo lo sabéis vos?

—Por el Gobernador y por el superior del monasterio.

—¡Sabéis muchas cosas, don Rafael! ¡Ha sido una verdadera fortuna haberos encontrado en la riña de gallos aquella noche!

—¡O una desgracia!

—Acaso para vos, pero no para nosotros —dijo riendo Carmaux—. ¡Vaya, bajemos!

Una escalerilla de piedra en forma de caracol conducía al interior de los subterráneos del monasterio.

Carmaux desenvainó la espada, encendió el cirio del hamburgués y bajó resueltamente, mirando con cuidado dónde pisaba.

Don Rafael le seguía, murmurando. Wan Stiller iba el último, con el arcabuz amartillado.

Después de descender quince escalones, los dos filibusteros y el plantador se encontraron en una especie de cripta, en cuyas paredes se veían féretros de piedra con blasones e inscripciones diversas.

—¿Son los sepulcros del monasterio? —preguntó Carmaux.

—Sí —repuso don Rafael.

—¡El sitio no es de los más alegres! ¡Preferiría estar en la taberna del Toro ante dos botellas de jerez!

De repente se volvió hacia el plantador, diciéndole:

—¿Supongo, don Rafael, que no tendréis intención de meternos en un atolladero?

—¡Los muertos no matan! —repuso el plantador.

—¿Y si estuviesen aquí escondidos el Gobernador y sus oficiales?

Don Rafael se encogió de hombros.

—Esos están muy lejos —dijo.

—¿Adónde vamos ahora?

—Entrad en aquella galería que conduce al refugio del capitán Valera.

—¿Estará solo con la hija del Corsario Negro?

—No puedo saberlo, ya os lo he dicho.

—¡Vamos, compadre! —dijo Carmaux al hamburgués—. ¡No quiero que este hombre crea que tenemos miedo!

Elevó la antorcha para ver mejor por dónde iba, y penetró resueltamente en el corredor, llevando la espada desnuda. Hasta en aquel corredor se veían tumbas y monumentos que representaban caballeros españoles con coraza, espada y yelmo.

Pocos minutos tardaron en llegar ante una cancela de hierro medio oxidado, que no estaba cerrada.

En la parte de allá se veía una segunda cripta, y al final Carmaux y Wan Stiller distinguieron con alegría un sutil rayo de luz que se proyectaba sobre el húmedo y negro pavimento del subterráneo.

—¡Ya estamos! —murmuró Carmaux apagando las antorchas.

—¿He cumplido mi promesa? —preguntó don Rafael.

—¡Como un gentilhombre! —dijo Carmaux—. ¿Encontraremos aquí a la hija del Corsario Negro?

—Estoy seguro.

—Le han buscado una prisión detestable.

—Necesitaban sustraerla a vuestras pesquisas.

—¡Compadre Stiller, prepárate a luchar! —dijo Carmaux—. ¡El capitán no se rendirá sin defenderse!

—De eso estoy seguro —dijo don Rafael—. ¡Es un valiente!

Se acercaron con cautela y vieron que un tenue rayo de luz salía por debajo de una puerta.

Carmaux pegó un ojo a la cerradura y miró atentamente, conteniendo la respiración.

Vio una estancia bastante grande, con las paredes cubiertas de madera y sencillamente amueblada con algunos estantes y viejas poltronas de cuero de Córdoba.

Dos hombres sentados ante una mesa que había en el centro parecían engolfados en una partida de ajedrez.

El uno tenía aspecto de gentilhombre y lucía el elegante traje de los españoles ricos; el otro parecía un soldado, pues llevaba una coraza, y en la cabeza un medio yelmo de acero con una pluma.

—¡Son dos nada más! —dijo Carmaux en voz baja al hamburgués.

—¿Está abierta la puerta?

—Me parece que sí.

—¡Entremos! ¿Y las antorchas?

—La estancia está iluminada: no nos hacen falta.

—¡Adelante, pues!

Carmaux empujó violentamente la puerta, que no debía de haber sido asegurada por la parte interior, y penetró con la espada en la mano, diciendo con voz un tanto irónica:

—¡Buenas noches, señores!

CAPÍTULO VIII. UN DUELO TERRIBLE

Viendo entrar a aquellos tres personajes, dos de ellos armados de espada y arcabuz, los jugadores se habían puesto rápidamente en pie.

El que parecía gentilhombre era de alta estatura, delgado como un vizcaíno, con las piernas y los brazos extremadamente largos, y podría tener unos cuarenta años.

Su rostro, de líneas duras y angulosas y con los ojos grises de mirada viva, no era simpático.

El otro, el que debía de ser soldado, era bajo de estatura y bronceado como un indio, o, por lo menos, como un mestizo.

Tenía ojos muy negros y facciones menos duras que su compañero, aunque su rostro recordaba algo el del jaguar.

—¿Cuál de vosotros se llama el capitán Valera? —preguntó Carmaux, descubriéndose con fina cortesía.

—¡Yo soy! —repuso el hombre delgado mirándole de pies a cabeza—. ¿Y vos, quién sois?

—¿Os interesa saberlo?

—¡Sí, antes de echaros de aquí a puntapiés!

—¡Ah! ¡Eso me parece algo difícil, señor mío! —dijo riendo el filibustero—. Tengo, pues, el honor de deciros que somos dos corsarios a las órdenes del capitán Morgan.

Una blasfemia salió de los labios del español.

—¿Quién os ha guiado hasta aquí? Carmaux había lanzado una rápida ojeada hacia la puerta y vio solo al hamburgués. El prudente don Rafael no había osado presentarse ante el capitán, que probablemente no le conocía.

—Hemos venido solos —dijo, juzgando inútil comprometer al plantador.

—¿Y qué queréis?

—Nada más que la restitución de la señorita de Ventimiglia, que os ha sido confiada por el conde de Medina.

—¿Quién os lo ha dicho? —gritó el capitán desenvainando rápidamente la espada.

—¡Despacio con las armas! —dijo Carmaux dando dos pasos hacia adelante, mientras el hamburgués levantaba el arcabuz.

—¿Nos amenazáis?

—Somos gente de guerra, querido señor. ¡Basta! ¡Ya hemos hablado bastante, y no tenemos tiempo que perder! ¡Entregadnos a la hija del Corsario Negro!

—¡A mí, Alcázar! —gritó el capitán—. ¡Aplastemos a estos bandidos!

El soldado se lanzó espada en mano: con un brusco movimiento tiró la mesa con los candelabros, quedando los combatientes rodeados de tinieblas.

Wan Stiller había disparado sobre el capitán; pero a causa de la oscuridad había errado el golpe.

—¡Mano a la espada, compadre! —gritó Carmaux.

—¡Se nos vienen encima! ¡Don Rafael, encended una antorcha! Nadie contestó.

—¡Truenos de Hamburgo! —gritó Stiller, retrocediendo hacia la puerta y dando tajos a diestro y siniestro para impedir que los españoles se acercasen—. ¡El plantador se ha escurrido como una anguila! ¿Puedes resistir tú solo algunos minutos?

—¡Sí, compadre!

Carmaux llegó a la puerta, y recordando que habían dejado las antorchas en el corredor apoyadas en la pared, se adelantó a tientas para cogerlas y encenderlas con la mecha y el pedernal.

El hamburgués, que ya no corría peligro de ser herido por su compañero, tiraba estocadas en todas direcciones y se cubría con molinetes vertiginosos, al mismo tiempo que gritaba con todas sus fuerzas.

—¡Avanzad, si os atrevéis! ¡Tomad esta, capitán! ¡Para ti, soldaducho, que tiemblas como un conejo! ¡Truenos de Hamburgo! ¡He de haceros cinco mil pedazos!

Los dos españoles, atrincherados detrás de la mesa, también tiraban mandobles por doquier para alejar a sus adversarios, y gritaban simultáneamente:

—¡Ladrones!

—¡Asesinos!

—¡Fuera de aquí, bandidos!

—¿Queréis la hija del Corsario? ¡Tomadla con la punta del acero!

Mientras los tres hombres batallaban en las tinieblas sin atreverse a avanzar un paso, Carmaux había, por fin, encontrado las antorchas pero no al plantador, que había aprovechado la ocasión de huir, y encendió una.

—¡Ahora veremos cómo se las arreglan! —dijo—. ¡Es preciso que dejen el paso libre, o los atravesaré con la estocada napolitana que me enseñó El Corsario Negro!

Abrió la puerta y se precipitó en la sala gritando:

—¡Abajo las armas, u os matamos!

Los dos españoles se pusieron en guardia y respondieron:

—¡Avanzad, si os atrevéis!

Carmaux plantó la antorcha en una fisura del pavimento, y avanzó diciendo:

—¡Tú, con el soldado; yo, con el capitán!

—¡Sí! —repuso el hamburgués.

Pero antes de cruzar los aceros, Carmaux hizo una última tentativa.

—Somos discípulos del Corsario Negro, que fue el más formidable espadachín de las Tortugas —dijo—. ¡Os mataremos con toda seguridad! ¿Queréis rendiros y entregarnos a la señorita de Ventimiglia?

—¡El capitán Valera no se rinde a un granuja de tu especie! —repuso el español—. ¡Ya verás cómo te rajo el vientre!

—¡Truenos del aire! ¡Sea!

De un salto se lanzó Carmaux a la mesa tras la cual estaban los dos españoles, y cruzó su espada con la del capitán.

Wan Stiller por su parte, cayó sobre el soldado, que se vio obligado a abandonar su refugio para no ser cogido de espaldas.

Los cuatro duelistas mostraban conocer a fondo los secretos de la esgrima y ser espadachines de valía.

Pero los dos corsarios, que habían hechos sus primeras armas con El Corsario Negro, el más famoso esgrimidor de su tiempo, desde los primeros golpes inspiraron algún miedo a los españoles, que se habían figurado poder terminar pronto el combate, por no ser temibles en general los filibusteros más que como arcabuceros, Carmaux atacaba furiosamente al capitán, sin concederle un instante de tregua. Le había obligado a abandonar el parapeto y retroceder dos o tres veces, y a la sazón combatían en un ángulo de la sala.

Wan Stiller enloquecía al soldado con una lluvia de estocadas. Ya le había tocado dos veces; pero como el español tenía el pecho cubierto con la coraza, no le había hecho ningún daño.

Se comprendía que su adversario, bastante menos diestro que el capitán, no podía resistir demasiado tiempo.

—¿Te rindes? —preguntó al cabo de un rato el hamburgués, viendo que ya no paraba las estocadas con la rapidez de antes.

—¡Nunca! —contestó el soldado—. ¡Los coraceros mueren, pero no se rinden!

—¿No ves que voy a matarte y que ya no puedes más?

—¡Entonces, toma esta!

El soldado, que estaba junto al marco, con un movimiento imprevisto se lanzó sobre el hamburgués, y mientras le cogía la espada guarda contra guarda, alargando la pierna, intentaba echarle una zancadilla para hacerle caer.

—¡Ah, traidor! —gritó el hamburgués—. ¡Eso no es leal! ¡Muere, pues!

Se echó atrás para dejar libre su acero, y se tiró a fondo rápidamente.

La punta de su espada entró por la axila derecha del soldado, no defendida por la coraza, y desapareció en el cuerpo del desgraciado.

—¡Tocado! —murmuró el español con apagada voz.

Se apoyó en la pared, dejando caer el acero, abrió mucho los ojos, murmuró algunas palabras y cayó al suelo arrojando sangre a borbotones.

—¡Tú lo has querido! —dijo el hamburgués secando el arma en un tapiz viejo que colgaba de una pared.

—¡Voy en tu ayuda, compadre! —dijo yendo hacia Carmaux.

El capitán hacía frente al filibustero; mas parecía estar bastante fatigado.

Había cambiado de mano la espada para tratar de desconcertar a Carmaux, que, no siendo zurdo, no debía de hallar muy de su gusto aquel cambio.

—¡Ya estoy yo aquí! —dijo Wan Stiller poniéndose en guardia.

—¡No, compadre; no sería leal! —dijo Carmaux—. ¡Déjame a mí despachar solo este negocio!

Oyendo tales palabras, el capitán dio un salto atrás y bajó su espada.

—Os creía un ladrón de mar —dijo— capaz de asesinarme a traición, y me encuentro con que sois un gentilhombre. En vuestro lugar, otro no hubiera rechazado el concurso de un compañero.

—¡El Corsario Negro me enseñó a ser leal! —repuso Carmaux—. ¿Os rendís?

El capitán cogió su espada con ambas manos, la apoyó en una rodilla y la partió en dos, diciendo:

—¡Soy vuestro prisionero!

—¡Ya no sabemos qué hacer con los que tenemos! —dijo Carmaux—. Morgan tiene demasiados. Es a la hija del Corsario Negro a quien venimos a buscar.

—Me ha sido confiada por el Gobernador, y sin orden suya no puedo entregarla.

—El Gobernador huyó a los primeros cañonazos, y no sabemos dónde estará. Así es que no puede en este momento daros el permiso.

—¿Han tomado, pues, la ciudad?

—Está en nuestro poder hace tres horas.

—Entonces, señores, toda resistencia por mi parte sería inútil, ya que todos han huido, hasta el Gobernador.

—¿Dónde está la señorita de Ventimiglia?

El capitán tuvo una última vacilación, y al fin dijo:

—Os la entregaré, si me prometéis que vuestro capitán me permitirá salir de la ciudad sin ser molestado.

—El señor Morgan os lo concederá —dijo Carmaux—. Empeñamos nuestra palabra.

—Coged las antorchas y seguidme.

Wan Stiller obedeció. El capitán tomó una llave del cinturón de piel que llevaba, y se dirigió hacia una puerta que se veía en la extremidad de la sala subterránea.

—¡Despacio, señor! —dijo Carmaux, que era desconfiado—. ¿Estabais solos aquí?

—No hay nadie más —repuso el capitán—. En otro caso, al ruido de la lucha hubieran venido, y tal vez entonces su resultado no habría sido el mismo.

—¡Tenéis razón! —dijo Carmaux.

El capitán introdujo la llave en la cerradura, abrió la puerta, y se dirigió a otra sala iluminada por una lámpara veneciana, sala que tenía el pavimento cubierto por espesa alfombra y estaba amueblada con cierta elegancia.

En su extremidad se veía otro cuarto cuya tapicería de seda recamada de oro estaba descolorida por efecto del tiempo y de la humedad.

—Señora —dijo el capitán—, os ruego que os levantéis. Dos personas que han conocido a vuestro padre os esperan.

Un gritó se oyó detrás de las cortinas, un grito de asombro y de alegría. En seguida salió de la alcoba una joven que clavó los ojos en los filibusteros, los cuales se habían descubierto.

Era una bellísima joven de quince o dieciséis años, alta y flexible como un junco, de tez blanca, alabastrina, con un tinte que recordaba el de su padre, el Corsario Negro; dos ojos grandes, negros y brillantes, y largas pestañas que sombreaban su rostro.

Sus cabellos, negros como el ala del cuervo, estaban sueltos por la espalda, tan solo sujetos junto a la nuca por una pequeña hilera de perlas.

Llevaba una sencilla bata con guarniciones de piel recamadas de oro en sus amplias mangas.

Viendo a los dos corsarios, un segundo grito salió de sus labios y quedó con la boca abierta, mostrando una doble fila de dientes pequeños como granos de arroz y más brillantes que el ópalo.

—Señorita de Ventimiglia —dijo Carmaux algo cortado e inclinándose torpemente—, somos dos fieles marineros de vuestro padre, enviados aquí por el capitán Morgan.

—¡Morgan! —exclamó la joven—. ¡Morgan! ¿El segundo de El Rayo?

—Sí, señorita. ¿Habéis oído hablar de él?

—Mi padre murió antes de que yo pudiera oírlo —dijo la joven con profunda tristeza—; pero en sus memorias he encontrado muchas veces el nombre de ese valiente corsario, que le siguió en los mares y le ayudó a cumplir su venganza. ¿Dónde está ahora?

—Aquí, en Maracaibo, señorita.

—¿Morgan aquí? Entonces, ¿los filibusteros de las Tortugas han tomado la ciudad?

—Esta mañana.

—¿Podré verle?

—Cuando queráis.

—Y vos, capitán, ¿me permitiréis verle? —preguntó al español.

—Sois libre, señorita, puesto que el Gobernador ha huido.

—¡Ah! —dijo la joven con acento irónico—. ¿El señor Conde de Medina ha escapado ante los filibusteros de las Tortugas? ¡Le creía más valiente!

—Es preferible la fuga a la prisión.

—¡Sí; para los que no saben morir luchando! Entonces, ¿soy libre?

—Y estáis bajo nuestra protección, señorita —dijo Carmaux.

—¿Me habéis dicho…?

—Que éramos dos fieles servidores de vuestro padre, el Corsario Negro.

—¿Vuestros nombres?

—Carmaux y Wan Stiller.

La joven se pasó la mano por la frente como para reavivar sus recuerdos, y dijo:

—¡Carmaux! ¡Wan Stiller! Debéis de haber acompañado a mi padre a La Florida después de la explosión del navío de mi abuelo el Duque. En las memorias escritas y legadas a mí por mi padre he encontrado muchas veces vuestro nombre.

Adelantó algunos pasos y extendió sus dos manos finas y afiladas a los dos corsarios, diciéndoles:

—¡Dadme la mano, héroes del mar, fieles compañeros de mi padre en su triste vida de aventuras!

Confusos y azorados los dos filibusteros, cogieron las dos manecitas entre las suyas, recias y callosas, murmurando algunas palabras de gratitud.

—Y ahora —dijo la joven— soy con vosotros, si el capitán no se opone.

Se cubrió los hombros con una mantilla de seda negra con encajes venecianos, y cogiendo un gracioso sombrero de fieltro obscuro adornado con una pluma negra, se colocó entre los dos corsarios, diciendo al capitán con ironía:

—¡Mis saludos al señor conde de Medina y Torres; y decidle que si quiere cogerme tendrá que ir a las Tortugas, si se atreve!

El capitán no contestó; pero apenas Carmaux y Wan Stiller salieron con la joven, dijo:

—¡Estúpidos! ¡No me habéis matado! ¡Pronto tendréis noticias mías! ¡Y ahora tratemos de alcanzar al Gobernador sin esperar su salvoconducto!

CAPÍTULO IX. YOLANDA DE VENTIMIGLIA

Cuando los dos filibusteros y la hija del Corsario Negro salieron del convento de los Carmelitas, encontraron en la puerta a don Rafael.

El honrado plantador había huido por temor a que los dos filibusteros llevasen la peor parte en el combate y que el capitán le hiciese pagar cara la traición; pero no se había atrevido a lanzarse a través de las calles de la ciudad, que eran recorridas por los hombres de Morgan, los cuales podían hacerle pasar un mal rato.

Por eso se había ocultado tras la puerta del monasterio, en espera de que saliesen el capitán o los corsarios, y dispuesto a ponerse bajo la protección del uno o de los otros.

—¡Ah! ¿Estáis aquí, don Rafael? —exclamó Carmaux viéndole acurrucado detrás de la puerta—. ¡Buena prueba nos habéis dado de vuestro valor dejándonos solos contra vuestros compatriotas!

—Ya sabéis que yo no soy un guerrero —dijo el plantador—. ¿Qué queríais que hiciese por vos si además, no tenía ningún arma? ¡Ah! ¡La señorita de Ventimiglia! ¡Qué hombres! ¡Lográis todo cuanto os proponéis! ¿Habéis matado a los otros?

—A uno solo: al soldado —repuso Carmaux—. Llevadnos al palacio del Gobernador, a ser posible, por calles apartadas.

—Atravesaremos las plantaciones —repuso don Rafael.

—¿Os fiais de ese hombre? —preguntó la joven.

—Es un antiguo amigo nuestro —repuso Carmaux riendo—. ¡No temáis nada de ese conejo!

Se pusieron en marcha a través de pequeñas plantaciones de índigo y de algodón que se extendían detrás de los suburbios de la ciudad.

No se veía a nadie. Españoles y negros esclavos habían huido, o ya habían sido capturados por los filibusteros de Morgan, que hasta allí habían llevado sus correrías, a juzgar por las puertas destrozadas de las casas y por los montones de muebles rotos que se veían en las calles, y que debían de haber sido lanzados por las ventanas.

Sin embargo, hacia el lago aún se veían nubarrones de humo negro, y se oían detonaciones como estallidos de cajas de pólvora o de granadas.

Debían ser los depósitos de la Marina que ardían para impedir a las españoles armar sus naves mercantes o reforzar sus castillos y fortalezas.

Cuando después de un largo rodeo llegaron a la Plaza Mayor, gran parte de los corsarios de Morgan estaban allí reunidos.

Montañas de baúles, de balas de algodón, de pilones de azúcar, harinas y otros comestibles se amontonaban en la plaza, que parecía transformada en un vasto mercado.

Varios centenares de prisioneros españoles elegidos entre los más conspicuos de la ciudad se encontraban en un ángulo, custodiados por destacamentos de corsarios armados hasta los dientes.

Viendo aparecer a Carmaux y a Wan Stiller con la joven y con el plantador, varios filibusteros habían salido a su encuentro, gritando:

—¡Buena presa, Carmaux!

—¡Cuernos de toro! ¡El viejo marinero ha elegido una verdadera perla! ¿Dónde has pescado esa belleza, tunante?

—¡Este es el traidor que hizo ahorcar a nuestros camaradas! —clamaron varios rodeando a don Rafael—. ¡Hagámosle bailar con una cuerda al cuello!

—¡Una soga! ¡Una soga!

—¡Oh, canalla, ya no te escapas!

Veinte manos se habían alargado hacia el desgraciado plantador, que parecía más muerto que vivo, y ya iban a cogerle cuando Carmaux se lanzó entre ellos sable en mano, gritando:

—¡Fuera! Es presa mía, y ¡ay de quien le toque!

—¡Ahorquémosle! ¡Déjanos, camarada! ¡Te lo pagaremos lo mismo!

—¡Es del capitán! —contestó Carmaux—. ¡Ya me lo han pagado! ¡Marchaos!

—¡Danos, al menos, esa bella joven! —dijo un hombretón tratando de abrazar a la señorita de Ventimiglia.

Aún no había terminado de decirlo cuando cayó al suelo con la cara cubierta de sangre.

Carmaux le había golpeado furiosamente con la guarda de su espada, partiéndole la nariz y arrancándole varios dientes.

—¡A la hija del Corsario Negro se le respeta! —gritó Carmaux—. ¡Tocadla, si os atrevéis!

Un grito de estupor y de admiración salió de todos los labios. El círculo se abrió rápidamente, y aquellos hombres, que parecían dispuestos a tomar la defensa de su compañero, dejaron caer sus espadas y sables y se quitaron la gorra o la boina.

—¡La señorita de Ventimiglia! —exclamaron.

La joven había permanecido impasible, mirando a aquellos rudos hombres de mar con las cejas fruncidas. Ni se había estremecido cuando Carmaux había destrozado el rostro al hombre que había intentado abrazarla.

Tan solo hizo un ligero ademán con la cabeza cuando vio a los filibusteros descubrirse respetuosamente.

—¡Vamos, señorita! —dijo Carmaux envainando su espada—. ¡El capitán nos espera!

—¡Un momento! —dijo el hombre herido restañándose la sangre y levantándose penosamente—. ¿Me perdonáis, señorita? ¡Yo, que fui marinero de vuestro padre, el más fiero y leal gentilhombre de toda la filibustería, me he portado como un verdadero bruto!

—¡Tenéis mi perdón! —repuso la joven.

—¡Gracias, señorita!

El círculo se abrió, y Carmaux y Wan Stiller se dirigieron hacia el palacio del Gobernador, donde se alojaba Morgan.

Según su costumbre, los filibusteros lo habían devastado todo, con la esperanza de encontrar dinero oculto.

Los muebles estaban rotos, las tapicerías cortadas y hasta las losas de piedra del pavimento habían sido levantadas.

Carmaux, que conocía el palacio por haber tomado parte en el saqueo llevado a cabo diecisiete años antes con el Olonés, el Corsario Negro y Miguel, llevó a la joven a una de las salas superiores, más respetadas que las otras, diciéndole:

—Esperadme aquí, señorita y tú, Wan Stiller, ponte de guardia en la puerta e impide a todos la entrada. Voy a buscar al capitán.

Morgan estaba en la vasta sala del Consejo con sus oficiales, todos ocupados en encajonar el dinero, el oro y las piedras preciosas fruto del saqueo.

Viendo entrar a Carmaux, a quien desde por la mañana no veía, y habiendo recibido el aviso de que estaba sobre la pista de la hija del Corsario Negro, le salió solícitamente al encuentro, preguntándole:

—Nada, ¿verdad?

—La hemos encontrado.

—¡A Yolanda de Ventimiglia! —exclamó estremeciéndose Morgan.

—Está aquí.

—¡Eres un hombre maravilloso, Carmaux! ¡Tú y tu compañero el hamburgués tendréis doble parte en el reparto del botín! ¡Llévame a su presencia!

—¡Un momento, mi capitán! He sabido un secreto referente al Gobernador de Maracaibo, que la hija del Corsario Negro ignora, probablemente; pero que vos debéis saber antes de verla.

Morgan le llevó a un gabinete contiguo a la sala y cerró la puerta.

Cuando Carmaux le hubo contado todo cuanto sabía por don Rafael, el estupor del Almirante no tuvo límites.

—¡El conde de Medina, hijo de Wan Guld! —exclamó—. ¡He aquí un enemigo que se parece a su padre y que nos dará que hacer! ¡Es necesario que caiga en nuestras manos antes de que partamos de Maracaibo! ¡Su raza es implacable cuando odia! ¿Sabéis dónde se ha refugiado?

—Todos lo ignoran, capitán.

—Mientras esté libre, Yolanda de Ventimiglia debe temerlo todo de él, si es cierto que su padre le ha encargado vengarle en los descendientes del Corsario Negro.

Reflexionó unos instantes, y añadió:

—Debemos visitar a Gibraltar sin perder tiempo. Sé que la escuadra española ha sido vista a lo largo del puerto de Chimax, y podría de un momento a otro llegar a impedirnos la salida de la laguna. Daré a los míos orden de embarcar hoy mismo, y esta noche iremos con rumbo a Gibraltar. ¡Llévame ante la joven, valiente Carmaux: estoy impaciente por verla!

Volvieron a la sala del Consejo. Morgan conferenció brevemente con sus oficiales, dándole las órdenes oportunas para que antes de anochecer las tripulaciones, los prisioneros y las riquezas fuesen embarcados, y siguiendo a Carmaux entró en el salón donde se encontraba la hija del Corsario Negro.

Apenas el Almirante se encontró frente a la joven, un grito salió de sus labios.

—¡Me parece ver en vos, señorita —dijo inclinándose galantemente—, al fiero gentilhombre de ultramar!

—¿Vos sois el capitán Morgan? —preguntó la joven con armoniosa voz, clavando su mirada en el formidable corsario, que llenaba el mundo ya con sus audaces empresas.

—Sí —repuso el filibustero—; yo era el lugarteniente de vuestro padre, señorita.

—¡Morgan! —dijo Yolanda sin dejar de mirar al audaz bucanero—. ¡Cuántas veces he encontrado ese nombre en las Memorias dejadas por mi padre! ¿Sabéis que vine de Europa para pediros protección?

—¿Contra quién, señorita? —preguntó el filibustero.

—Contra el Conde de Medina, que me niega los indiscutibles derechos que tengo sobre la herencia de mi madre, la duquesa Honorata de Wan Guld.

—Si vos, señorita, antes de zarpar de los puertos de Europa, me hubieses advertido vuestras intenciones, yo habría zarpado de las Tortugas con una imponente escuadra para saliros al encuentro en la entrada del golfo de México. Hubiera bastado la noticia de que la hija del Corsario Negro venía a pedir protección a los Hermanos de la Costa para que todos los filibusteros de las Tortugas se hubiesen lanzado al mar. Vuestro padre, señorita, a pesar de los años que hace que se alejó de nosotros, cuenta todavía con más amigos que los más formidables corsarios, yo entre ellos.

—Sí —dijo suspirando la joven—; mi padre tenía aquí, entre los héroes del mar, muchos fervientes camaradas suyos.

—Señorita —dijo Morgan con ímpetu—, ¿os han hecho alguna villanía los españoles? ¡Hablad, y, palabra de Morgan, pronto tendréis venganza!

Yolanda le miró largo rato en silencio, casi sonriendo y luego, dijo:

—¡No!

—¿Ni el Gobernador?

—¡No!

—Sin embargo, yo sé que meditaba haceros desaparecer.

—¿A mí?

—Sí, señorita.

—¿Por qué causa? —preguntó asombrada la joven.

—En otra ocasión os lo diré.

—¡Esas palabras me sorprenden! Sé que el Gobernador insistía en que renunciase en favor del Gobierno español mis derechos sobre las vastas posesiones pertenecientes a mi padre después de la muerte del Duque, mi abuelo.

—¿Y habéis renunciado?

—¡Oh! ¡Nunca!

—¿Y no os ha amenazado?

La joven pareció reflexionar algunos instantes; luego, dijo:

—Me ha hablado, sí, de una venganza de la cual había quedado encargado.

—¡Miserable! —exclamó Morgan—. ¡El jaguar quería engañaros antes de devoraros!

—¿Qué decís? —preguntó Yolanda.

—Señora, se dice que el Gobernador ha huido a Gibraltar. En este momento mis hombres están embarcándose para ir a buscarle. No estaré tranquilo hasta tener a ese hombre en mis manos. Os ofrezco un sitio en mi nave, que lleva el nombre glorioso y temido del invencible Rayo que mandaba vuestro padre. ¿Me seguiréis? Estaréis bajo la protección de los Hermanos de la Costa, y nadie podrá llegar hasta vos si antes no nos han matado desde el primero hasta el último. ¿Aceptáis?

—Tengo fe en la lealtad de los filibusteros compañeros de mi padre —repuso la joven—. ¡Capitán Morgan, yo pertenezco a la filibustería!

—¡Venid, señora y que intenten los españoles arrancaros de las manos de los bucaneros de las Tortugas!

CAPÍTULO X. EL SAQUEO DE GIBRALTAR

Aquella misma noche la flota corsaria zarpaba de Maracaibo, no dejando en la ciudad más que un pequeño destacamento de filibusteros encargados de buscar a los habitantes, que debían de estar ocultos en los bosques de los contornos, y vigilar la entrada de la laguna para que las naves españolas, ya señaladas, no les cortaran el paso.

Morgan pensaba, como ya lo había hecho diecisiete años antes con el Corsario Negro, el Olonés y Miguel, sorprender a Gibraltar y apoderarse de él sin mucha resistencia.

Sabía que la ciudad había renacido más bella y más rica en aquel período de relativa calma, y que los españoles la habían fortificado. Era, por lo tanto, casi seguro que el Conde de Medina hubiese buscado allí refugio, no habiendo otro de importancia en aquella vasta laguna de Maracaibo.

A media noche la escuadra, compuesta de siete naves —pues habían dejado una para los filibusteros que se habían quedado en tierra—, con viento favorable hacía rápidamente rumbo hacia la bahía de la Mochila, en cuyas orillas se alzaba la ciudad.

Morgan, como de costumbre, dirigía su nave por ser un práctico conocedor de aquellas aguas. Además, era un hombre a quien bastaban algunas horas de descanso para reponerse completamente de la fatiga. Carmaux y Wan Stiller, que eran casi sus ayudantes de campo y que gozaban de su absoluta confianza, le hacían compañía fumando grandes cigarros españoles y charlando entre sí.

La noche, bastante clara, aunque no hubiese luna, permitía a la escuadra seguir el largo de las islas que entonces más que ahora, poblaban la laguna. Los pilotos, sin embargo, seguían exactamente la ruta de la nave almirante formando una sola línea, ya que no todos eran prácticos en aquellas aguas, que ocultaban bancos y hondonadas en gran número.

Comenzaba a alborear cuando la flota llegó a la vista de las verdeantes costas de la Mochila. Se veían algunas luces en el horizonte, aún obscuro, anunciadoras del pequeño puerto de Gibraltar.

—Carmaux —dijo Morgan, que no había abandonado en toda la noche el timón—, ¿recuerdas aún el puerto?

—Sí, mi capitán, a pesar de que han transcurrido tantos años.

—¿Es hacia Levante hacia donde tenemos que virar?

—Desde luego.

—¿Te ha dicho tu plantador con qué medios de defensa cuenta la plaza?

—Ese pobre diablo me parece desde ayer que se ha vuelto imbécil y no sabe nada.

—¿Le has embarcado con nosotros?

—Está en mi camarote. Me rogó que le embarcara, cuando ya le había olvidado por creer que no nos servía para nada.

—Acaso te engañes, Carmaux. Puede sernos muy precioso, ya que es uno de los notables de Maracaibo y conoce al Gobernador. Confío más en él que en todos los demás prisioneros.

—Con el miedo que tiene, me parece que no nos valdrá para nada. Se le ha metido en la cabeza que el capitán Valera se dio cuenta de que fue él quien nos guio a Wan Stiller y a mí al monasterio y tiembla por su piel.

—Le dejaremos marchar sin rescate.

—¡Si se atreve a marcharse! —dijo el hamburgués riendo.

—Ve a despertarle —dijo Morgan. Wan Stiller vació su pipa, y pocos instantes después volvía a cubierta con el plantador.

El pobre hombre parecía realmente imbécil. Se notaba, en efecto, que no era un guerrero, ni mucho menos.

—Tengo aún que liquidar con vos una cuenta atrasada —le dijo Morgan cuando le tuvo delante—. No os he perdonado, como podréis figuraros, que hayáis sido, directa o indirectamente, la causa de que hayan ahorcado a los marineros que os escoltaban.

—¡Ah, señor! —gimió el pobre diablo—. ¿Creéis aún que…?

—¡Basta! Os necesito.

—¿Todavía? ¡Entonces, matadme!

—Si así lo deseáis, os haré ahorcar más adelante. ¿Conocéis Gibraltar?

—Sí, señor.

—Os envío allá como parlamentario mío.

—¡Soy un pobre plantador sin influencia alguna!

—Yo os proporcionaré esa influencia que os falta —dijo Morgan secamente—. La apoyaré con los noventa y seis cañones de mi escuadra.

—¿Y si me dieran muerte?

—Sabremos vengaros.

—¡Buena esperanza! —murmuró don Rafael—. ¡Si me encuentra, no me perdonará!

—¿Quién?

—El capitán Valera.

—¿Tanto teméis a ese hombre?

—Es la sombra negra del conde de Medina.

—Es imposible que le encontréis en Gibraltar —dijo Carmaux—. Estoy cierto de que sigue escondido en los subterráneos del monasterio.

—¡Hum! —dijo el plantador moviendo la cabeza—. ¡No le conocéis!

—¡Ea; terminad ya con vuestro miedo! —dijo Morgan—. Llevaréis al Gobernador de Gibraltar un mensaje mío, que ya tengo escrito, y en el cual invito a la guarnición y a la población a que me entreguen al Conde de Medina, so pena, en caso de que se nieguen, de destruir la ciudad. Y ya sabéis que Morgan siempre ha mantenido sus palabras.

—¿Y si aún no hubiera llegado, señor? —preguntó don Rafael.

—Me dirán dónde se ha refugiado. Además, estoy convencido de que ya está en esa ciudad. Carmaux, haz armar la chalupa con doce filibusteros, y que lleven a este hombre a tierra. No estamos más que a seis millas de la costa: si a las diez no tengo respuesta, ¡palabra de Morgan!, la población se acordará durante mucho tiempo de mí y de los filibusteros de las Tortugas. Y vos llevad la carta: os deseo buena suerte, don Rafael.

—¿Y si el Gobernador de Gibraltar los hace ahorcar también? —preguntó el plantador.

—Nosotros los protegeremos con nuestra artillería. Además, desembarcaréis vos solo. ¡Marchad!

El filibustero puso la nave al pairo para que pudieran lanzar al mar la chalupa, y cuando la vio alejarse indicó a las naves de la escuadra que cerraran la línea y entrasen en puerto.

¡Cosa increíble!

Los españoles de Gibraltar, aun sabiendo que los corsarios se habían apoderado de Maracaibo, y habiendo probado ya los horrores del saqueo cometido por el Olonés, no habían tomado medida alguna para oponer larga defensa; así es que a las siete de la mañana las siete naves de Morgan pudieron entrar tranquilamente en la pequeña bahía y echar las anclas ante los muros y los fuertes que se prolongaban a lo largo de las orillas de la laguna.

Después de haber desembarcado a don Rafael, la chalupa volvió a bordo de El Rayo sin haber sido molestada; pero parecía que los españoles, aunque eran menos que en Maracaibo, se preparaban a la defensa, pues emplazaron la artillería frente a la escuadra y coronaron las cimas de los baluartes y las almenas de los castillos.

Después de haber dispuesto a sus corsarios en los puestos de combate y de haber hecho botar al agua, bien armadas con pedreros, todas las chalupas, Morgan se sentó tranquilamente sobre un rollo de cordaje en el alto castillo de proa de su nave, esperando la respuesta del Gobernador.

Yolanda de Ventimiglia, que había salido de su camarote apenas recibió el anuncio de que la escuadra se preparaba a asaltar la ciudad, estaba junto a él, apoyada en la borda de babor, mirando, sin manifestar ningún temor, la artillería enemiga que amenazaba a la escuadra.

Habíase puesto un elegante vestido de seda negra con pieles y bordados, color preferido por su padre y que hacía resaltar doblemente la palidez alabastrina de su rostro.

No llevaba ninguna alhaja. Tan solo un hilo de perlas azules, que debían de tener inmenso valor por su extraño color, se destacaba anudado en sus cabellos negros, sueltos sobre los hombros.

Parecía no prestar atención al formidable corsario, y sin embargo, de cuando en cuando, y a hurtadillas, sus ojos negros se clavaban rápidamente en él.

Como si sintiese la penetración de aquella mirada, también el filibustero salía bruscamente de su aparente tranquilidad y levantaba la cabeza, volviéndola hacia la joven.

Hacía ya media hora que la escuadra había echado anclas, sin que los españoles hubiesen hecho ninguna manifestación, cuando se oyó un cañonazo en la más alta cima de los castillos, seguido del bien conocido silbido del proyectil.

La bala partió la delfinera del bauprés y arrancó la cima de la polena, pasando por entre Morgan y la joven.

—¡Nos saludan, capitán! —dijo Yolanda volviéndose hacia el filibustero, que se había puesto en pie súbitamente.

—¡He temblado por vos! —dijo Morgan colocándose ante la joven para escudarla con su cuerpo—. ¡Bajad; los españoles nos miran!

—¡No temáis, capitán! —repuso Yolanda—. Mi padre no se espantaba ante las balas enemigas.

—Dentro de poco lloverá aquí plomo y hierro, señorita.

Otro cañonazo partió de uno de los baluartes, y la bala pasó sobre los dos e hizo pedazos el cabrestante mayor.

Morgan cogió a la joven por un brazo y la llevó a la toldilla.

—¡Los españoles pagarán caros estos dos cañonazos, disparados acaso más por vos que por mí! Saben, seguramente, que estáis aquí. ¡Señorita de Ventimiglia, a vuestro camarote!

—¿Me avisaréis cuando asaltéis la ciudad? —preguntó la joven.

—¡He aquí la sangre del Corsario Negro! —dijo Morgan mirándola con admiración—. ¡Sois digna hija del más heroico campeón de la filibustería!

La llevó hasta el cuadro de popa, mientras las naves de la escuadra hacían tronar sus cañones.

—¡Ahora, nosotros! —dijo Morgan subiendo al puente de órdenes—. ¿Contestáis a mis intimaciones con hierro? ¡Pues hierro y fuego tendréis, ya que ese es vuestro deseo! ¡Artilleros! ¡Fuego de andanada!

Las siete naves habían comenzado ya a contestar con un crescendo espantoso, atronando los baluartes y almenas de los castillos con huracanes de bombas, mientras las chalupas bogaban rápidamente tripuladas por doscientos bucaneros, que eran los tiradores de la flota.

La fragata de Morgan, especialmente, rugía como un volcán en erupción, lanzando tremendas andanadas, que abrían considerables boquetes en las no sólidas murallas de la ciudad.

La nave, no obstante su mole, se balanceaba bajo aquellas formidables descargas como si fuera a hundirse, y el estruendo repercutía con tal intensidad en la estiba y en las crujías, que los artilleros no lograban entenderse.

Viendo avanzar a las chalupas, los españoles volvieron contra ellas su artillería, disparando con metralla; pero los filibusteros tenían tan diestros pilotos, que era raro que los alcanzase un proyectil.

Apenas habían disparado las piezas, cuando ya las chalupas viraban con fulmínea velocidad, saliéndose del campo de tiro.

La habilidad de aquellos hombres, y sobre todo la matemática precisión de su fuego, que rara vez fallaba el blanco, no tardaron en desconcertar a los defensores, persuadiéndolos de lo inútil de su resistencia.

Y en efecto; apenas las primeras balleneras llegaron bajo los muros, cuando se vio a los españoles desalojar rápidamente los baluartes y almenas y huir hacia la ciudad, sin detenerse a desmontar su artillería.

Hasta los habitantes, que ya se habían unido a las tropas, habían escapado para ponerse a salvo en los espesos bosques que circundaban el lago, aunque ya demasiado tarde para librarse de los filibusteros, una de cuyas partidas se había lanzado a través de la sabana para cortarles el paso.

No había pasado aún media hora cuando los terribles corsarios del golfo de México se habían apoderado de la ciudad, de los castillos, de la artillería y de los arsenales.

Furiosos por la resistencia opuesta y por las pérdidas sufridas, que habían sido más considerables que en Maracaibo, aquellos bucaneros se habían entregado a un desenfrenado saqueo, sin respetar monasterios ni iglesias, aunque no todos perteneciesen a la religión anglicana, y se alabasen mucho de ser más católicos que los españoles.

Morgan, como ya había hecho en Maracaibo, se apoderó del palacio del Gobernador, con la esperanza de sorprender al Conde de Medina; pero llegó cuando ya todos habían escapado.

—¡Es una verdadera desgracia! —dijo Carmaux a Wan Stiller—. ¡También aquí llegamos cuando los que buscamos han huido! ¿Será ese condenado Conde un demonio como su padre? ¿Recuerdas, hamburgués, cómo huyó el duque de Wan Guld de manos del Corsario Negro cuando tratamos de capturarle, primero en Maracaibo y luego aquí?

—¡Truenos de Hamburgo! —exclamó Stiller—. ¡Diríase que la misma historia se repite sin variación! ¿Adónde habrá huido ese maldito Conde?

—No sabemos aún si se habrá refugiado aquí.

—¡Si pudiéramos encontrar a don Rafael!

—Eso pensaba en este instante. Ese gorrión, que finge no saber nunca nada, acaba siempre por saberlo todo.

—¡Con tal que no le hayan ahorcado! Ya sabes que el Gobernador español no es muy afectuoso para con sus subordinados.

—¡Lo sentiría —dijo Carmaux—; no merece tal fin!

—¿Qué hacemos? Es inútil obstinarse en permanecer aquí cuando los pájaros han volado. Dejemos a los demás el trabajo de registrar los sótanos y buhardillas. Los oficiales y el Gobernador no habrán hecho la tontería de ocultarse aquí. Busquemos nosotros alguna casa que saquear.

—¡Prefiero una bodega! —dijo Carmaux—. Me indigna el robo, y además, el Corsario Negro nos ha recompensado suficientemente para que necesitemos buscar medio millar de piastras.

—¡Compadre, te haces viejo! —dijo riendo el hamburgués.

—¡Por eso prefiero las botellas! ¡No faltarán en Gibraltar!

Los dos filibusteros se cogieron del brazo y se alejaron sin cuidarse de sus camaradas, que se preparaban a hacer pagar terriblemente a aquellos desgraciados habitantes su breve resistencia.

Ya habían recorrido tres o cuatro calles, alejándose de las casas para evitar que cayeran sobre ellos los muebles que arrojaban por las ventanas, aturdidos por los disparos que se oían por todas partes, unidos a los alaridos desesperados de los habitantes atormentados para que confesasen dónde tenían sus tesoros, cuando en una plaza se encontraron con un grupo de filibusteros que gritaban a voz en cuello:

—¡Cogido! ¡Cogido!

—¡Echa una cuerda por aquella palmera!

—¡Ya no se escapa!

—¡Que baile el tonel!

—¡Hay que abrirle para ver si está lleno de vino o de sangre!

—¿A quién han cogido? —preguntó el hamburgués.

—¿Acaso al Gobernador de Maracaibo? —exclamó Carmaux.

—¡Corramos, compadre!

Los filibusteros, que parecían divertirse como una banda de estudiantes en vacaciones, habían formado círculo en torno de una de las palmeras que sombreaban la plaza, y uno de ellos trepó hasta la cima, lanzando a los compañeros una cuerda que terminaba en un nudo corredizo.

—¡Ohé! ¡Iza el tonel! —gritaron los de abajo.

Se oyó un grito desgarrador, que hizo apresurar el paso a Carmaux y Wan Stiller, y un corpanchón realmente gordo como un tonel se elevó por encima de aquel grupo de hombres moviendo desesperadamente brazos y piernas.

—¡Truenos de Hamburgo! —gritó Wan Stiller desenvainando su espada—. ¡Don Rafael!

En pocos saltos cayeron sobre los filibusteros, que reían desaforadamente viendo los gestos del pobre plantador, y, deshaciendo el círculo, obligaron a algunos de ellos a rodar por el suelo.

—¡Deteneos! ¡Deteneos! —gritó Carmaux alzando impetuosamente su espada.

El hamburgués, que era mucho más alto que su compañero, cortó de un sablazo la cuerda y cogió entre sus brazos a Don Rafael, que ya estaba morado y con un palmo de lengua fuera.

La actitud de Wan Stiller y el tono amenazador de Carmaux habían producido profunda sensación en los corsarios; tanta, que ninguno se había movido para impedir que el pobre plantador fuese salvado.

Tan solo algunos instantes después un filibustero, acaso más molesto que los demás porque le habían privado de aquella diversión, se puso ante Carmaux, y le dijo con tono irritado:

—¿Has jurado acaso proteger siempre a ese papagayo? ¡Es la segunda vez que nos lo quitas de las manos, y nos vamos cansando!

—¿Serías capaz de repetir esas palabras en presencia del capitán Morgan? —le preguntó Carmaux.

—¿Qué tiene que ver en eso el capitán? —dijo el corsario con aire visiblemente contrariado. ¡Ese papagayo es nuestro, y nos pertenece!

—Pues bien; si tienes alguna observación que hacer, ven conmigo ante el capitán. Él podría darte una respuesta más satisfactoria.

El corsario hizo un gesto que hizo estallar la risa de sus compañeros.

—¡El amigo Folgat tiene debilidad en las piernas! —dijo uno—. ¡No las siente con las fuerzas para llevar su persona ante el Almirante!

—¡No, es que tiene mala la lengua! —dijo otro.

—Sí, prefiero que me creáis enfermo o cobarde —dijo Folgat riendo también—. Si es cosa del señor Morgan, prefiero dejar en paz a ese papagayo.

—¡Marchaos, pues! —dijo Carmaux—. ¡Es la consigna!

Los filibusteros que sabían que con Morgan no cabían bromas y que el hamburgués y Carmaux gozaban de la plena confianza del capitán, se desbandaron en varias direcciones y los dejaron solos.

—¿Cómo va, don Rafael? —preguntó Carmaux al plantador a quien Wan Stiller había hecho beber algunos sorbos de aguardiente.

—¡Vale más que me matéis, señores! —dijo el desgraciado—. ¡Ya soy un hombre perdido!

—¡Con toda esa carnaza encima! ¡Vamos, don Rafael; estáis mejor que nosotros!

—¡Si no me matáis vosotros, me matarán ellos!

—No; porque os protegeremos. ¿Habéis visto al Gobernador?

—¿A cuál?

—Al Conde.

—No; y no creo que haya venido aquí. Estoy seguro de que perdéis inútilmente el tiempo buscándole.

—¿Y el de la ciudad?

—También ha huido, señor, después de los primeros cañonazos y de haberme hecho apalear.

—¿A vos? ¿Por qué?

—Porque le he llevado la carta del capitán Morgan. ¡Tengo todos los huesos rotos! ¡Malditos gallos! ¡Sin aquella riña no me hubierais cogido, yo no tendría que soportar tantas desgracias!

—¡Os hicimos ganar un puñado de piastras, y os quejáis! —dijo Stiller riendo—. ¡Esa es la gratitud de los hombres!

—¡Venid, don Rafael! —dijo Carmaux—. Os haremos pasar el susto con un par de botellas de Alicante, de aquel que tanto os gusta. Mi camarada sabrá desenterrar alguna bodega.

CAPÍTULO XI. ENTRE EL FUERTE Y LA ESCUADRA ESPAÑOLA

Durante seis semanas los filibusteros de Morgan permanecieron en aquella desventurada ciudad cometiendo indecibles horrores, que su mismo capitán no lograba contener, atormentando a los habitantes para hacerlos confesar dónde tenían ocultos sus tesoros, y recorriendo los bosques y sabanas con la esperanza de descubrir al Gobernador de Maracaibo.

La prima de cinco mil piastras ofrecida por Morgan a quien lograse prenderle había sido una de las causas principales de que los filibusteros se encarnizaran contra la población, esperando obtener alguna confesión acerca del refugio elegido por el conde de Medina; pero todo había sido inútil.

Durante aquellos horrores el capitán había tenido buen cuidado de no dejar bajar a tierra a Yolanda, para que la joven no formase demasiado mal concepto de la brutalidad, y hasta de la inhumanidad de sus bandas, ya irrefrenables.

La noticia llevada por algunos corsarios de los que quedaron en Maracaibo, de que los españoles habían vuelto a ocupar y armar el fuerte de la Barra, y de que tres grandes fragatas al mando de un almirante habían aparecido de improviso en la entrada de la laguna, con encargo de destruir la escuadra corsaria, decidió finalmente a los filibusteros a alejarse de Gibraltar, donde, por otra parte, ya no tenían nada que saquear.

No satisfechos, sin embargo, con el botín acumulado, obligaron a los habitantes a prometer un rescate de cincuenta mil piastras, que debía ser pagado en Maracaibo, amenazando en caso de negarse, con volver para incendiar y destruir de arriba abajo la ciudad.

El mismo día los corsarios zarpaban llevando consigo a los más notables habitantes, que debían permanecer de rehenes como garantía del pago prometido.

Pero todos estaban inquietos con las noticias recibidas de sus camaradas de Maracaibo, y hasta Morgan parecía muy preocupado.

No era el fuerte de la Barra ni su armamento lo que le inquietaba, sino la llegada de aquella escuadra española compuesta de navíos de alto bordo, armado cada uno con sesenta cañones y tripulados por numeroso personal.

¿Qué hubiera podido hacer la escuadra suya, compuesta casi toda de carabelas relativamente pequeñas, asaz viejas y mal armadas?

Tan solo la fragata de Morgan hubiera podido empeñar la lucha, y, así y todo, sin probabilidades de victoria.

—¿Qué haréis, señor Morgan? —preguntó Yolanda cuando el filibustero bajó al cuadro para informarle de la gravedad de la situación.

—Aún no lo sé —repuso el filibustero—. Pero no nos rendiremos: nos defenderemos hasta que en nuestras naves no quede un hombre ni una carga de pólvora.

—Si os cogiesen, ¿qué os harían los españoles?

—Nos ahorcarían sin misericordia.

—¿Y conmigo?

Morgan miró a la joven que le había hecho aquella pregunta con voz completamente tranquila, como si el peligro no se refiriese a ella.

—Señorita —dijo el filibustero—, aún no estáis entre sus manos, y para apoderarse de vos sería preciso que antes pasasen por encima de nuestros cadáveres.

—¿Y si a los españoles les interesase yo más que vos? ¿Sabéis en qué estaba pensando?

—¿En qué?

—En el conde de Medina.

—¿El Gobernador de Maracaibo?

—Estoy segura de que ha sido él quien ha enviado la escuadra para volverme de nuevo a su poder.

—Es posible. Ese hombre tiene muchísimo interés en teneros prisionera. Le interesan los millones de vuestro abuelo. Si así no fuese, no hubiera enviado dos fragatas a las pequeñas Antillas a esperar la nave que os traía a América.

—¿Es el Gobierno español quien quiere privarme de la herencia de mi madre, o es él?

—Él, señorita.

—No puede hacer valer ningún derecho sobre las posesiones dejadas por el Duque mi abuelo.

—¿Estáis segura? —preguntó Morgan—. ¿No os dijo nada cuando os llevaron a su presencia?

—Tan solo me invitó a firmar la renuncia de mis bienes de Venezuela y Panamá —repuso Yolanda.

—¿Con qué pretexto?

—Porque habían sido secuestrados por el virrey de Panamá para resarcirse de las poblaciones perjudicadas por las correrías y los saqueos de mi padre.

—¡Miserable! —exclamó Morgan—. ¡Todos, hasta los españoles, sabían que vuestro padre no aceptó nunca ni una piastra de los saqueos corsarios! Tenía en su patria bienes suficientes para no necesitarlo, y la parte que por derecho de conquista le correspondía se la cedía siempre a sus marineros. ¿No podéis sospechar quién pueda ser ese Conde?

—¿Por qué me preguntáis eso, señor Morgan? —preguntó la joven sorprendida.

Morgan calló algunos instantes paseando por el saloncillo, y luego, preguntó:

—Cuando vuestro padre murió como un héroe en los Alpes combatiendo contra el extranjero, ¿quién se encargó de vos?

—Una parienta lejana mía.

—¿No habéis notado nunca que en torno vuestro se ejerciese cierta vigilancia?

Yolanda calló, mirando interrogativamente al corsario.

Luego, dándose una palma en la frente, dijo:

—¡Fritz!

—¿Fritz? —exclamó Morgan—. ¿Quién era?

—Un flamenco, venido no sé de dónde, que mi parienta tomó a su servicio y que no me dejaba un instante.

—¿Viejo, o joven?

—Entonces tenía treinta años.

—¿Os acompañó cuando salisteis de Europa?

—Sí, capitán.

—¿Qué se ha hecho de ese hombre?

—No lo sé. Desapareció después del abordaje de la nave holandesa que me traía a América. Si murió en el combate o si fue hecho prisionero, no lo sé.

—¡Ese es el traidor! —dijo Morgan.

—¿Por qué?

—Debe de haber sido él quien informó al Gobernador de Maracaibo de vuestro viaje a América.

—¿Luego creéis?…

—Os digo que ese hombre fue puesto a vuestro lado por el conde de Medina.

—¿Tanto interés tenía el Gobernador en vigilarme?

—¡Más del que creéis, señorita! —dijo Morgan—. Algún día sabréis más. ¡Pero si creen los españoles que volverán a cogeros, estando bajo la protección de los Hermanos de la Costa, se engañan!

—¡Ah! ¡Vienen a cerrarme el paso con tres naves de alto bordo!

—¡Pues bien, lo veremos! Vivid tranquila, señorita: el antiguo lugarteniente de vuestro padre pone su espada a vuestra disposición.

Morgan —¡cosa extraña!— se había animado hablando de tal modo, lo cual era muy raro en un hombre de su carácter, más bien taciturno y frío.

—Señorita —dijo—, más adelante reanudaremos nuestra conversación. Cuidémonos ahora de los españoles, y tratemos de rechazarlos al golfo de México.

Salió del cuadro, y subió a cubierta más preocupado de lo que realmente parecía.

Las naves de la escuadra navegaban en grupo, como si temiesen de un momento a otro la aparición de los tres formidables navíos españoles que ya se habían lanzado sobre sus huellas.

Procuraban sobre todo ceñir mucho en el viento para estar cerca de la de Morgan, como bandada de polluelos que no se sienten seguros sino junto a la clueca.

Hacía varias horas que Gibraltar había desaparecido en el horizonte, y el viento los empujaba rápidamente hacia Maracaibo.

—¿Y bien, capitán?… —preguntó Carmaux acercándose a Morgan, que paseaba por el puente de órdenes.

—¿Qué quieres, viejo mío?

—¿Cómo nos las compondremos?

—¿Te acuerdas de Puerto Limón? —preguntó de repente Morgan deteniéndose ante él.

—Como si hubiera sido ayer, capitán.

—¿Qué hizo el Corsario para desembarazarse de las naves españolas que le cortaban el paso?

—Preparó un buen brulote lleno de azufre y pez, y lo lanzó contra ellas.

—¿Y el resultado?

—Una nave incendiada, y la otra, en peligro.

—Nosotros haremos lo mismo —repuso Morgan—. Ahí está la Caramada, que no vale ni cinco mil piastras, con cañones y todo.

—Tenemos a la hija del Corsario Negro, y no debemos dejar que caiga en poder de los españoles. ¡Yo estoy dispuesto a dar mi piel por esa joven!

—¡Y yo, hasta a condenar mi alma! —repuso Morgan con tan vehemente acento, que hizo levantar la cabeza al viejo marino.

Y como si se hubiese arrepentido de haber dicho tanto, añadió fríamente:

—Haremos lo que podamos.

Y reanudó su paseo con paso algo más agitado que antes, murmurando:

—¡Sí; lo que podamos!

A media noche la escuadra, que seguía teniendo viento favorable, llegaba ante Maracaibo, siendo acogida con gritos de júbilo por la pequeña guarnición que allí había dejado.

Por desgracia, las noticias que llegaron a bordo fueron poco halagadoras. El fuerte de la Barra había sido formidablemente armado con nueva artillería durante aquellas seis semanas y ocupado por fuerte guarnición, y las naves españolas no habían levado anclas, en espera de dar a los corsarios una terrible y decisiva batalla.

El paso estaba cerrado por el mar Caribe, y la lucha era, por tanto, inevitable.

Morgan, que no se sentía bastante fuerte para asaltar a las grandes naves españolas, tomó sin vacilar su resolución, con esperanza de asustar al enemigo y decidirle a dejar libre el paso.

Hizo bajar en una chalupa a algunos prisioneros elegidos entre los más influyentes, y la misma noche los envió al almirante español con la intimación de dejarle libre la retirada si quería evitar la destrucción de la ciudad y la muerte de todos los españoles que tenía a bordo.

Aún no había despuntado el alba cuando los mensajeros volvían a bordo descorazonados, llevando la noticia de que el Almirante pagaría con balas de cañón el rescate pedido, y de que tan solo se retiraría después de la restitución del botín cogido en las dos ciudades y de todos los prisioneros, sin excluir a la señorita Yolanda de Ventimiglia.

Al oír aquellas condiciones, sobre todo la última, un terrible movimiento de ira recorrió las tripulaciones de la escuadra. ¡Todo antes que entregar a la hija del Corsario Negro! Tal fue el grito que salió de todos los pechos.

Morgan llamó en seguida a bordo de El Rayo a los comandantes, y les dijo:

—¿Queréis vuestra libertad sacrificando el botín y a la señorita de Ventimiglia, o defenderos?

La respuesta, en nombre de todos, la dio Pedro el Picardo, que, después de Morgan, era el que gozaba mayor influencia entre los filibusteros:

—Preferimos hacernos matar todos antes que entregar a la hija del Corsario Negro. ¡Los Hermanos de la Costa se envilecerían con tal acción!

Pero reflexionando en las fuerzas de que disponía el almirante español, decidieron enviarle otros mensajeros con encargo de decirle que no habían destruido a Maracaibo, y que se ofrecían a poner en libertad a todos los rehenes y la mitad de los prisioneros de Gibraltar.

No viendo llegar respuesta, y sospechando que los españoles querían ganar tiempo para recibir nuevos refuerzos, Morgan decidió obrar sin pérdida de tiempo y sorprender a la flota enemiga.

Había pensado ya en la Caramada, que era una de las mayores, pero también de las más viejas naves de la escuadra y que podía muy bien hacer el papel de brulote, para lanzarla contra las naves españolas.

Hizo transbordar cuanto en ella había de valor, y ordenó llenar la nave de azufre, pez, alquitrán, grasas y maderas resinosas para que ardiesen de proa a popa, e hizo colocar sobre cubierta fantoches con sombreros a la filibustera para fingir que eran hombres, plantando además el estandarte de Inglaterra, a fin de hacer creer a los españoles que aquella era la nave almirante.

Seis días se emplearon en tales preparativos, durante los cuales el almirante español, que ya creía tener a los corsarios en su poder, no dio señales de vida, siendo así que habría podido fácilmente caer sobre la escuadra y destruirla sin gran trabajo.

Hacia el ocaso del séptimo día Morgan, después de haber hecho jurar a sus hombres que no pedirían gracia hasta el último aliento, dio la señal de la marcha.

La nave brulote, tripulada por un puñado de hombres elegidos entre los más valientes, abría la marcha con todas las velas sueltas, para mejor disimular los fantoches de cubierta.

A breve distancia la seguía la fragata de Morgan, y luego iban las otras naves formadas en dos columnas.

Profunda ansiedad reinaba en todas ellas, pues nadie ignoraba que si el golpe no tenía buen éxito sería la muerte cierta para todos.

En el momento de levar las anclas, Morgan había bajado al cuadro, donde se encontraba Yolanda.

—Señorita —le dijo con cierta emoción—, vamos a jugar una partida desesperada, acaso la más tremenda de cuantas empeñé con los españoles. Suceda lo que suceda, no salgáis de aquí. Si la nave se fuese a pique, en el último momento yo estaré a vuestro lado.

—Señor Morgan —repuso la joven clavando en él sus bellos ojos—, podéis evitar esta batalla, que tantas vidas puede costar. Sobre todo, es a mí a quien los españoles quieren. Entregadme a ellos. Soy una mujer, y no me harán ningún mal.

—¡Nunca, señorita! Los filibusteros están dispuestos a dar su vida por la hija del que fue el más grande héroe del mar. Además corréis vos más peligro que nosotros.

—¿Yo? —preguntó asombrada Yolanda—. Son mis bienes lo que quieren, no mi vida: que los cojan, y yo diré, como mi padre, que tengo bastantes tierras y castillos en el Piamonte para no echar de menos los de mi abuelo.

—Si se tratara tan solo de eso, señorita —dijo Morgan—, no habría vacilado, con vuestro consentimiento, en entrar en tratos con el almirante español; pero hay más que vos ignoráis. ¿Queréis un consejo? ¡Guardaos del Gobernador de Maracaibo, del conde de Medina, porque ese hombre tratará de haceros todo el mal posible!

—¿Por qué causa? No le vi nunca hasta mi viaje a América.

—Es un secreto que por ahora no puedo revelar. ¡Adiós, señorita: si las balas me respetan, volveremos a vernos después de la batalla! He ahí los cañones que comienzan a tronar. ¡Rogad por nuestras armas!

Dicho esto Morgan se lanzó a la escala que conducía al puente, gritando:

—¡Prontos para el abordaje, valientes!

El brulote estaba entonces a mil pasos de las naves españolas, las cuales levaban anclas para atacar a los filibusteros.

Eran tres grandes fragatas de sesenta cañones cada una, de altísimo bordo, con el castillo también muy alto y ya lleno de hombres armados.

Las naves filibusteras, exceptuando la de Morgan hacían muy triste figura frente a aquellos colosos.

Pero parecía que los españoles, confiando en sus propias fuerzas, no tenían mucha prisa por moverse ni abrir el fuego.

Solo la nave almirante levó pronto sus anclas, saliendo al encuentro del brulote para cortarle el paso.

¡Cosa apenas creíble!

En vez de hacer tronar sus sesenta cañones, que hubieran sido más que suficientes para echarle a pique en pocos minutos, tanto más cuanto que Morgan había reducido la Caramada a un puro esqueleto, iba sobre ella para abordarla.

Era lo que deseaban los filibusteros, que no contaban con tanta fortuna.

—¡Truenos de Hamburgo! —exclamó Wan Stiller, que desde el castillo de El Rayo seguía atentamente la marcha del brulote—. ¡Esos españoles están locos!

—¡Nos siguen maravillosamente el juego, compadre! —dijo Carmaux, que estaba a su lado—. ¡Dentro de poco veremos un espléndido fuego!

La distancia entre el brulote y la nave almirante disminuía, y ni un cañonazo había partido de la enorme nave.

Tan solo las otras dos comenzaban a disparar algunos tiros sobre la escuadra, maltratándola bastante gravemente.

Los marineros de la Caramada, ocultos tras las amuras con las antorchas encendidas, esperaban en silencio.

De pronto, el piloto, que iba medio oculto por el estandarte inglés, viendo a la nave almirante atravesada, con un golpe de timón le hundió su bauprés entre las jarcias, gritando:

—¡Fuego! ¡Prended fuego y lanzad los garfios de abordaje!

Los diez o doce hombres que tripulaban la Caramada lanzaron las antorchas sobre el azufre y el alquitrán desparramado sobre cubierta y las maderas resinosas que llenaban la estiba; lanzaron luego los garfios de abordaje por entre las bordas de la nave enemiga, y, aprovechándose del estupor de los españoles, se lanzaron al agua, alcanzando a nado la chalupa que estaba a popa y cortando la cuerda que la sujetaba.

Una llamarada inmensa producida por la explosión de algunos barriles de pólvora colocados entre las materias inflamables se produjo a bordo de la Caramada y prendió en seguida en el velamen y los cordajes de la nave almirante, obligando a huir a los hombres que estaban en las amuras, preparados para rechazar el abordaje.

Una inmensa luz iluminaba el mar y las naves. El brulote ardía como una cerilla, y con él la nave almirante, cuja arboladura era ya pasto de las llamas.

Un alarido inmenso estalló entre los filibusteros.

—¡Adelante, Hermanos de la Costa! ¡Adelante!

Mientras las naves pequeñas atacaban a la almirante, cañoneándola furiosamente para impedir a los españoles extinguir el incendio, Morgan caía sobre otra de las fragatas, la mayor, atronándola con sus cuarenta cañones.

La tercera tenía ya sobre sí a las dos naves de reserva, que, después de El Rayo, eran las mejores armadas, tripuladas por la mayor parte de los bucaneros, admirables tiradores sin rival en el mundo, cuyos disparos eran siempre de muerte.

CAPÍTULO XII. ¡AL ABORDAJE, HIJOS DEL MAR!

La batalla se había trabado con igual furor por ambas partes, entre grandes clamores y ensordecedor estruendo, pues reunían entre todas aquellas naves más de trescientas piezas de artillería.

Animados por el primer triunfo, los filibusteros luchaban con su habitual valor, procurando sobre todo diezmar a la oficialidad y haciendo un fuego infernal sobre los puentes, cubiertas y castillos para desalojarlos e intentar un abordaje fulminante.

Envuelta por las llamas, la nave almirante estaba ya perdida, incendiada por el brulote, que seguía amarrado a su flanco.

Los filibusteros de las naves pequeñas no habían encontrado resistencia, porque el fuego había estallado tan rápidamente, que la mayor parte de los españoles que tripulaban la fragata quedaron rechazados al primer intento y sofocados por el nauseabundo e intenso humo que se escapaba de la estiba de la Caramada.

Por compasión habían salvado a los supervivientes en unión de su almirante, recogido por una chalupa en el momento en que se ahogaba.

Sin embargo, aún no se había decidido la victoria, porque las otras dos naves se defendían terriblemente, poniendo a dura prueba el valor de los corsarios.

Dos veces había ya intentado Morgan abordar a la nave asaltada, y las dos había sido rechazado con grandes pérdidas.

Los sesenta cañones de la española, hábilmente manejados, habían causado tales estragos en El Rayo, que era de temer que de un momento a otro se fuese a pique, o, por lo menos, perdiera toda su arboladura.

No obstante, de la expugnación de aquella fragata dependía la victoria, ya que los filibusteros eran pocos para hacer frente a las dos. Morgan, que veía desvanecerse cuantas esperanzas había concebido, y reconocía que su escuadra estaba en peligro de ser dispersada y apresada en Maracaibo, hizo llamamiento supremo a sus hombres.

—¡A mí los valientes! —gritó empuñando con la diestra la espada y la pistola con la siniestra—. ¡Cien piastras para quien ponga el pie en la fragata! ¡Carmaux! ¡Aborda!

El francés, que llevaba el timón con Wan Stiller, con un brusco golpe lanzó a El Rayo sobre la fragata, mientras los gavieros de las cofas y de las gavias lanzaban los garfios de abordaje.

Pero la española era tan alta de bordo, que las amuras de El Rayo estaban casi a nivel de las torneras de la batería.

Los corsarios, sin embargo, animados por Morgan y Pedro el Picardo, que se habían agarrado los primeros a los bancazos intentando izarse hasta los bastiones después de haber arrojado varias bombas sobre la fragata española para alejar a los defensores, se lanzaron al abordaje dando gritos tremendos y llevando entre los dientes sus cortos sables, con los cuales solían combatir en las luchas cuerpo a cuerpo.

Pero el asalto se estrelló ante la obstinación de los españoles.

A pesar de las bombas no se habían apartado de las amuras, y fusilaban a quemarropa a cuantos enemigos intentaban poner el pie en la cubierta, precipitándolos, muertos o heridos, bien a El Rayo bien al mar.

El momento era terrible, y el descorazonamiento invadía ya a los rudos hombres de mar, cuando de improviso una voz metálica e imperiosa, que recordaba las incisivas órdenes del Corsario Negro, se elevó en el puente de El Rayo dominando el estruendo de la artillería y el fragor del combate:

—¡Sus, hombres del mar! ¡Al abordaje!

Todos se volvieron, olvidando por un momento que los españoles caían sobre ellos fusilándolos.

Yolanda de Ventimiglia, toda vestida de negro, como su padre, con una larga pluma negra clavada en su tocado y una espada en la diestra, apareció en el puente de El Rayo entre el humo de los cañones, señalando a los corsarios la fragata.

—¡Sus, hombres del mar! —repitió con aquel acento que sabía encontrar su padre en los momentos más terribles—. ¡Al abordaje! ¡La hija del Corsario Negro os mira!

Un espantoso clamor contestó a la joven:

—¡Al abordaje! ¡Al abordaje!

Y aquellos hombres, que ya cedían, se aferraron a jarcias y cordajes como una legión de demonios, gritando a toda voz:

—¡Muerte! ¡Muerte a los españoles!

Tan solo un hombre, que estaba colgado de una tronera de babor de la batería, quedó inmóvil, clavando su mirada en la heroica joven que con su presencia decidía la victoria. Era Morgan.

Pero aquella contemplación solo duro un instante: oyendo sobre su cabeza el fragor de las espadas y los sables, trepó agarrándose a las jarcias del palo mayor, y gritando tonante:

—¡Sus, sus, hijos del mar! ¡La hija del Corsario Negro os mira!

Los filibusteros estaban ya en la cubierta de la fragata, y se lanzaron sobre la tripulación española con tal ímpetu, que la desalojaron parte a popa y parte a proa en completo desorden. El comandante de la fragata, viendo a la nave ya perdida se había dejado matar, y la mayor parte de los oficiales cayeron también al primer encuentro.

La llegada de Morgan y de Pedro el Picardo con un nuevo destacamento de filibusteros indujo a los españoles a pedir cuartel, deponiendo las armas.

La tripulación de la tercera fragata, viendo arriar del palo mayor de su compañera el estandarte español y hundirse a la nave almirante entre un vórtice de llamas y chispas y el horrendo fragor de la santabárbara, tomó rápidamente sus precauciones para no ser alcanzada.

Con dos tremendas andanadas de sus sesenta cañones rechazó a las dos naves pequeñas de la escuadra que la cercaba, y desplegando rápidamente sus velas tomó, huyendo, la dirección de la Barra.

Fuese con intención deliberada o por impericia de su piloto chocó violentamente con las escolleras del islote, y se partió en dos, yéndose a pique en pocos momentos, y dejando apenas a la tripulación tiempo para tomar tierra y refugiarse en el fuerte.

Un grito formidable, un grito de victoria que lanzaron cuatrocientos pechos saludó la fuga de la última nave.

Nunca hasta entonces los filibusteros habían obtenido tan completo triunfo. En otras cien luchas habían realizado milagros de valor y de audacia; pero ninguno como aquel.

Apenas hizo encerrar a los prisioneros españoles en las baterías y colocado en las puertas de los polvorines hombres de confianza para evitar cualquier traición, Morgan subió a su nave, en la cual Yolanda de Ventimiglia seguía tranquila y sonriente, empuñando aún la espada.

—¡Señorita —le dijo, mientras sus ojos, de ordinario fríos, se animaban con extraño fulgor—, a vos debemos la suerte de haber vencido en una de las más terribles batallas que recuerda la historia de los filibusteros de las Tortugas! ¡Sin vuestra imprevista aparición y aquel grito que tan bien imitaba la estridente voz de vuestro padre, el invencible Corsario Negro, acaso a estas horas mi flota estaría destruida y nosotros en el fondo del mar!

—¡Yo! —exclamó la joven sonriendo—. Recordé la frase que mi padre usaba cuando lanzaba a sus hombres al abordaje, y la pronuncié. ¡Una cosa que cualquier otra mujer hubiera hecho!

—¡No, señorita —repuso Morgan con insólito fuego—, otra mujer no hubiera tenido el valor de exponerse al fuego de tan grande fragata, y se hubiera guardado mucho de salir de su camarote! ¡Tan solo vos, por cuyas venas corre la sangre del mayor héroe del mar, podíais hacer lo que habéis hecho! ¡Contad, señorita, con mi agradecimiento y con el de mis hombres!

Y volviéndose hacia los filibusteros, que desde lo alto de las amuras de la fragata española o desde cubierta o el castillo de El Rayo contemplaban mudos a la joven, les gritó:

—¡Saludad a la heroína del mar!

Un grito de entusiasmo, que se repitió en todos los barcos que rodeaban a la nave de Morgan, se elevó de entre aquellos cuatrocientos hombres:

—¡Viva la hija del Corsario Negro! ¡Viva la heroína del mar!

Aquellos hombres rudos, que parecían locos, agitaban sus gorras y sombreros, descargando sus armas entre estrepitosos hurras que debían de llegar hasta los oídos de la guarnición del fuerte de la Barra.

Profundamente conmovida, la joven hizo con la mano un ademán de saludo, y, ayudada por Morgan, bajó la escalerilla del puente para volver al cuadro, mientras los tres hurras de rigor se elevaban en los aires, y los cañones de la vencida fragata tronaban en honor de la valiente italiana.

—¡Truenos de Hamburgo! —exclamó Wan Stiller, que estaba bajo el puente de órdenes con su inseparable compadre y don Rafael—. ¡Diríase que tengo los ojos húmedos!

—¡Y yo los tengo realmente! —repuso Carmaux—. ¡Ah! ¡Qué valiente muchacha! ¡Y aquel grito! ¡Me parecía haber vuelto al tiempo en que el Corsario Negro ordenaba el abordaje desde el castillo del viejo Rayo!

—¡Sí; es una bella y valiente joven! —murmuró don Rafael—. ¡Lástima que no estuviese a bordo de la fragata de mis compatriotas!

—¿Qué murmuró, don Rafael? —preguntó Carmaux, que realmente tenía los ojos húmedos.

—Decía que si esa joven no hubiera salido de su camarote, no hubieseis vencido a la fragata —repuso el plantador suspirando.

—No digo que no. Se defendían bien vuestros compatriotas, ¡palabra de Carmaux! Nos han matado quince o veinte hombres, y herido a otros tantos.

—¡Y aún no habéis salido de la laguna! El fuerte de la Barra ha sido reedificado, es más formidable que antes, y no os dejará pasar sin bombardearos bien.

—¡Es verdad! —dijo Wan Stiller, mirando las imponentes obras de defensa que guarnecían el islote, y que en solo seis semanas habían elevado los españoles—. Será un hueso duro de roer.

—¡Y que nos fastidiará bastante! —añadió Carmaux—. Sin embargo, es preciso marcharse cuanto antes. Pedro el Picardo ha sabido por un piloto que se halla en nuestro poder, que esas tres fragatas formaban parte de una escuadra de seis navíos encargados de exterminarnos; pero antes que lleguen debemos irnos. La suerte no sonríe dos veces seguidas. ¡Ah!…

—¿Qué te ocurre, compadre? —preguntó Wan Stiller.

—Don Rafael, debo daros una noticia que no sé si os alegrará o no.

—¿Cuál?

—¿Sabéis a quién he visto entre los defensores de la fragata?

—No sé.

—Al capitán Valera.

La emoción que sufrió el pobre hombre fue tal, que cayó en los brazos del hamburgués, que estaba detrás.

—¡Ohé, don Rafael! —gritó el filibustero haciéndole ponerse en equilibrio—. ¿Qué os pasa?

—¿No ha muerto? —preguntó el plantador, lívido.

—No. Está entre los prisioneros —repuso Carmaux.

—¡Entonces, soy un hombre perdido!

—¿Tanto miedo tenéis al capitán?

—¡Si sospechase que fui yo quien os llevó al convento!

—No os vio. Además, aunque lo hubiese averiguado, es un prisionero, y si no paga un buen rescate no le dejaremos en libertad.

—¡Pobre de mí! —suspiró don Rafael—. ¡Mejor hubiera sido que vuestros camaradas me ahorcasen!

El silbato del contramaestre, que llamaba a los filibusteros a lista, interrumpió la conversación.

Tras un breve consejo celebrado con los comandantes de las otras naves reunidos en El Rayo, Morgan dio orden a los maestros de maniobra de izar las velas y hacer rumbo hacia el fuerte de la Barra para expugnarlo, o por lo menos alcanzar el mar Caribe, para evitar el peligro de que las otras tres fragatas les cortaran de nuevo el paso.

Las tripulaciones de las dos naves más maltratadas y que ya casi estaban inservibles, fueron embarcadas en la nave española, y a media noche, reparados en lo posible los daños causados en las arboladuras, tomaron resueltamente rumbo hacia el fuerte para intentar el último golpe. Entusiasmados por el triunfo, ya los filibusteros estaban casi seguros de conseguir aquella segunda victoria; así es que, una vez bajo el fuerte, y sin dignarse contestar al incesante fuego de los españoles, lanzaron al agua las chalupas y tomaron tierra en número de trescientos, asaltando vigorosamente las torres y trincheras.

Pero habían confiado demasiado en sus fuerzas, y, como dijo Carmaux, el hueso era más duro de lo que habían creído.

No obstante la impetuosidad de sus ataques y la multitud de bombas que lanzaban a mano sobre los baluartes, dos horas después se vieron obligados a reembarcar, dejando un considerable número de muertos y llevándose muchos heridos.

La inesperada derrota conmovió profundamente a aquellos hombres formidables, que se reputaban invencibles, y hasta al mismo Morgan, que desconfiaba ya de la suerte.

Para consolarse, habiendo sabido que la fragata sumergida en la escollera llevaba considerables sumas, y viendo que sus despojos estaban fuera del tiro de los fuertes, los filibusteros enviaron a unos cuantos a recoger los toneles de barras de oro.

Entretanto Morgan, con el grueso de la escuadra, había vuelto a Maracaibo para tomar, de acuerdo con los jefes de las naves, alguna resolución. Prevaleció primero la idea de amedrentar a la guarnición del fuerte enviando al Gobernador algunos prisioneros con encargo de pedirle un considerable rescate si quería salvar a la ciudad, y así se hizo.

Obtenida una rotunda negativa, Morgan se dirigió a los habitantes, quienes, para no verse completamente arruinados, se decidieron con supremo esfuerzo a pagarlo.

Con aquel millar de piastras no había mejorado, sin embargo, la situación de los filibusteros, que seguían viéndose en la imposibilidad de zarpar de la laguna, y bajo la amenaza constante de ver aparecer el resto de la escuadra española. Decidieron ofrecer al comandante del fuerte la libertad de todos los prisioneros que estaban a bordo de las naves filibusteras, amenazando, en caso de negativa, con ahorcarlos a todos, y anunciando que después pasarían lo mismo ante el fuerte.

La contestación fue muy distinta de la que esperaban, porque el Gobernador les comunicó que si los habitantes de Maracaibo hubiesen impedido la entrada a los corsarios, como él estaba resuelto a no consentirles la salida, no se verían en tan triste condición, y que, si querían, que los ahorcasen.

Pero Morgan no era inhumano, y no quería ofrecer a la hija del Corsario Negro tan triste y feroz espectáculo. El peligro, que aumentaba con la escasez de víveres, le hizo intentar de nuevo la suerte.

Hizo repartir entre los filibusteros las 25 000 piastras recaudadas en el saqueo de las dos ciudades, parte en oro, parte en plata y piedras preciosas, y los esclavos negros; luego, a bordo de las chalupas, envió detrás de los bosques del fuerte de la Barra a doscientos de sus hombres, como si se preparasen a asaltar el fuerte por aquella parte. Pero apenas cayó la noche los hizo reembarcar con el mayor sigilo.

Engañados por aquella maniobra, y sospechando que los filibusteros atacarían el fuerte por la parte de tierra, los españoles emplazaron la mayor parte de sus piezas hacia allá.

Aquel engaño debía ser la salvación de los corsarios. En efecto; con ayuda de las tinieblas, la misma noche la escuadra salió fácilmente de la laguna con los fanales apagados, embocando el estrecho de la Barra.

Cuando los españoles se dieron cuenta de la estratagema, ya era tarde para impedir a sus odiados enemigos la salida, y en vano hicieron tronar su artillería.

Apenas llegados fuera de tiro, Morgan hizo desembarcar a la mayor parte de los prisioneros para no llevar demasiado cargadas las naves, y saludando al fuerte con una salva, se lanzó a alta mar sin más contratiempos.

Una vez más la fortuna había sonreído a aquellos audaces filibusteros.

CAPÍTULO XIII. ENTRE EL FUEGO Y EL MAR

Hacía ya dos días que la escuadra filibustera había salido de aguas de Maracaibo y navegaba de conserva para estar dispuesta a dar batalla a las tres fragatas españolas que debían recorrer aquel mar y que aún no habían tomado parte en el combate, cuando la noche del tercer día, mientras estaban a unas 50 millas de la isla de Oruba, una nube negrísima, que no auguraba nada bueno, apareció en el horizonte.

La atmósfera hacía ya algunas horas que presentaba extraordinaria transparencia, signo infalible de próximo huracán, y el mar, aunque tranquilo en apariencia, exhalaba un olor extraño, como si súbitamente las aguas se hubieran corrompido. Era la estación de los huracanes y de los tremendos torbellinos producidos por los vientos de Poniente, que con frecuencia arrasan las grandes y pequeñas Antillas causando inmensos desastres.

Sintiendo aquel característico olor, y viendo al Sol ocultarse más rojo que de ordinario, cierta inquietud se apoderó de las tripulaciones, que conocían por experiencia la violencia de las tempestades del mar Caribe y del golfo de México.

—¡Se prepara una mala noche! —dijo Carmaux a Wan Stiller, que miraba atentamente el horizonte.

—¡Mal olor! —repuso el hamburgués.

—El capitán Morgan ha tenido buena idea al hacernos pasar a esta fragata. Es mucho más sólida que su Rayo, que tiene el casco rajado y la arboladura averiada.

—Diríase que presentía el huracán —dijo Carmaux—. Pero tenemos un volcán en la estiba.

—¿Cuál?

—Los prisioneros españoles, que podrían aprovecharse del huracán y jugarnos una mala pasada. Si yo hubiera sido el capitán, los hubiera desembarcado con los otros. Me temo que de estos no obtendrá grandes rescates.

—¡Hay peces gordos, amigo Carmaux!

—¿El capitán Valera?

—¡Ah!

—¿Qué te ocurre, hamburgués?

—¿No le has preguntado cómo ha conseguido embarcarse en la escuadra española, cuando nosotros le dejamos en los subterráneos del convento? ¿No te extraña su presencia en esta nave?

—En efecto; es verdad —dijo Carmaux, sorprendido por la reflexión del hamburgués—. ¿Por qué ese hombre, en vez de ponerse a salvo, se ha unido a la escuadra? ¿Estaría aquí también el Gobernador?

—Cuya sombra era, según Don Rafael —añadió Wan Stiller—. ¡No veo claro este negocio!

—¡Ni yo, hamburgués!

—¡Es el diablo quien le ha enviado aquí, donde está la hija del Corsario Negro!

—¡Compadre, tengo ya la mosca en la oreja! —dijo Carmaux tras breve silencio.

—¿Temes algo por parte del capitán? ¡Y yo! Soy de tu opinión. ¡Vigilemos, amigo! ¡El peor enemigo de la señorita de Ventimiglia, después del conde de Medina, es ese!

—¡A propósito del Conde! ¿Dónde se habrá refugiado, que no hemos vuelto a verle? ¿Será posible que haya renunciado a apoderarse de la hija del Corsario?

—¡Hum! ¿Tú que crees?

—El corazón me dice que volveremos a verle —repuso Carmaux—. ¡Ahora salta el viento a Poniente! ¡Mala noche! ¡Por fortuna, la fragata es sólida!

Un crujido se oyó en lo alto. El foque y el contrafoque giraban bajo las primeras ráfagas. Morgan subió en aquel momento al puente con Pedro el Picardo y la señorita de Ventimiglia.

—¡Tormenta! —dijo a la joven, que miraba hacia Poniente, donde la nube se elevaba rapidísimamente—. ¿No tendréis miedo, señorita?

—¡Soy la hija de un hombre de mar! —repuso Yolanda con voz tranquila.

—Por violentos que sean, podremos resistir a las aguas y al viento —dijo Morgan—. Las naves pequeñas de la escuadra son las que lo pasarán mal y no podrán seguirnos. Pedro, toma las necesarias precauciones para afrontar el huracán. ¡No nos dejemos sorprender! Temo a esas olas monstruosas que se elevan en las épocas de las grandes mareas, y a las cuales difícilmente resisten las naves. Entre julio y octubre se repiten cada año dos o tres veces y ocasionan siempre muchos daños, especialmente en las playas de las islas. Algunas veces se forman cuando el mar está tranquilo, y se acercan a la playa con tal lentitud, que parece imposible que puedan causar daño alguno. Pero cuando llegan a cuatrocientos o quinientos pasos se alzan repentinamente, como levantadas por una fuerza misteriosa, y caen destrozando calles, ciudades y aldeas, y arrastrando a las naves ancladas en las radas a través de los campos, donde las dejan en seco. Algunas veces, por el contrario, se forman durante los huracanes, y aún son entonces más tremendas.

—He oído hablar de la violencia de las tormentas antillanas —dijo Yolanda.

—Dentro de poco tendréis una prueba de su ímpetu —repuso Morgan—. Pero no temáis: la fragata, como os digo, es sólida y vale más que mi Rayo.

Los interrumpió un formidable crujido que repercutió en el seno de la negra nube, y que parecía el simultáneo estallido de seis piezas de artillería. Casi en seguida se oyeron por los aires largos y estridentes silbidos, como si mil corrientes se cruzasen en varias direcciones, y la arboladura de la fragata fue sacudida con violencia.

Entre el fragor de las primeras olas, los silbidos del viento y las notas estridentes de los maestres y contramaestres, se oyó la voz de Carmaux, que gritaba:

—¡Atentos a las gavias, y que la suerte nos proteja!

El mar se picaba a ojos vistas, mientras la negra nube cubría toda la bóveda celeste con fantástica rapidez, interceptando la luz de los astros.

Había caído sobre el mar Caribe una profunda oscuridad, que los dos fanales de popa de la fragata no lograban romper.

Por Poniente continuaban los silbidos, seguidos de ráfagas cada vez más impetuosas, que hacían temblar las velas. Las olas les hacían el eco mugiendo sordamente.

—¿Sabes lo que me recuerda esta noche? —preguntó Carmaux, que llevaba el timón, pues era uno de los mejores pilotos de la escuadra filibustera.

—¡Lo adivino! —repuso el hamburgués, que le ayudaba en la penosa tarea—. La noche en que el Corsario Negro abandonó entre las aguas, sola en una chalupa, a la madre de la señorita Yolanda, la hija de aquel maldito Duque.

—¡Sí, hamburgués! —repuso Carmaux con voz conmovida—. También entonces el mar rugía, y nos amenazaba la tormenta. ¡Quién hubiera dicho que algún día el Corsario encontraría a la joven a quien amaba tanto, siendo la reina de una tribu de antropófagos caribes, y que la haría su esposa!

—¡Y cómo lloraba aquella noche el Corsario!

Un espantoso mugido ahogó las últimas palabras del hamburgués.

—¡Es el torbellino que se forma! —dijo Carmaux—. ¿Qué les ocurriría a las naves pequeñas de la escuadra? ¡Cuidado no nos coja de costado!

La fragata hacía frente a las aguas, que la asaltaban con furor y la sacudían poderosamente, no obstante su mole, relativamente enorme.

Los gavieros habían cargado ya todas las velas bajas, conservando tan solo los foques y las gavias, y, sin embargo, la arboladura entera sufría sacudidas violentísimas cuando soplaba alguna ráfaga.

Las otras naves comenzaban a dispersarse. Se veían sus fanales brillar en varias direcciones, algunos hacia el Sur, otros hacia Levante, como si huyesen ante el huracán. Morgan les había indicado que se refugiasen donde creyeran más conveniente, comprendiendo que no podrían seguirle en su ruta.

A media noche todas habían desaparecido. Seguramente habían tratado de refugiarse en las islas que cubren las playas venezolanas, donde podían encontrar excelentes ensenadas.

La fragata aún no había cambiado de rumbo, y proseguía hacia Septentrión para llegar, si no a las Tortugas, al menos a Jamaica, donde no correría peligro alguno, por ser colonia inglesa abierta a las naves filibusteras que habían obtenido patente de corso contra los españoles.

Pero las ondas, ya completamente desordenadas, la molestaban bastante y la sacudían con creciente rabia, asaltándola por estribor y pugnando por lanzarla fuera de ruta.

El mar estaba cada vez más espantoso y las ráfagas aumentaban en violencia. El viento de Poniente se desencadenaba, adquiriendo la prodigiosa fuerza que suele alcanzar en las grandes tempestades, y llegando hasta arrancar los grandes cañones de treinta y dos de las baterías expuestas a su furia.

Truenos ensordecedores retumbaban en la negra nube con horrible crescendo, apagando la voz de maestres y contramaestres, y relámpagos vivísimos se sucedían sin tregua.

Aunque presintiendo que pronto el huracán alcanzaría su máxima violencia, Morgan se mostraba tranquilo y sereno.

Si era un formidable hombre de guerra, era también uno de los más valientes marineros de su época.

Erguido en el puente de órdenes y con el portavoz en la mano, daba órdenes, sin que en su acento se notara la menor traza de temor.

Yolanda, que se había negado a bajar a su camarote, estaba junto a él, agarrada a las traviesas del puente, desafiando con intrépido valor las salpicaduras de las olas que llegaban hasta aquel elevado punto, y miraba con curiosidad exenta de todo temor el báratro en que la nave se estremecía con mil crujidos.

—¿No tenéis miedo? —le preguntó Morgan.

—¡Soy la hija de un hombre de mar! —le contestó ella—. ¡En estos mares desafió mi padre a los huracanes! ¿Por qué no he de hacerlo yo también?

Hacia las dos de la mañana un ensordecedor clamoreo se elevó de entre las aguas. Parecía como si millares y millares de personas gritasen a la vez pidiendo socorro.

Morgan palideció y frunció las cejas.

—¿Qué es? —preguntó Yolanda.

—El torbellino que se forma —repuso el filibustero.

—¿Nos embestirá?

—Seguramente.

—¿Podremos resistirle?

—Eso espero.

De repente el cielo pareció incendiarse de Levante a Poniente, y a la tenebrosa noche sucedió una verdadera noche de fuego.

Las olas parecían llamear, como si en su interior se hubieran abierto centenares de volcanes submarinos.

Los relámpagos se sucedían sin cesar, y tan vividos e intensos, que los marineros cegaban. Era una verdadera lluvia de rayos que caía sobre el mar.

La tripulación miraba con terror aquel espectáculo. Hasta Yolanda parecía emocionada.

—¡Señor Morgan! —exclama—. ¿Qué sucede?

—¡Atravesamos un meteoro de fuego, señorita! ¡Bajad a vuestro camarote! ¡Bajad!

En aquel momento se oyó gritar a una voz:

—¡Allí! ¡En la veleta del mayor!

Una esfera de regular tamaño, que parecía incandescente y proyectaba una luz azulada, giraba en torno de la veleta de los contrafoques, como si tratara de posarse en la punta de la bandera.

De repente estalló con sordo estrépito, y una lengua de fuego que serpenteó a lo largo del palo envolviendo jarcias y encapilladuras alcanzó la gran gavia, esparciendo a su alrededor un pronunciado olor a azufre.

Un grito de espanto salió de entre los filibusteros de la fragata.

—¡Fuego! ¡Fuego!

La gran gavia se había incendiado, y las llamas, fomentadas por el viento, se habían corrido hacia la latina del trinquete.

Morgan iba a lanzarse fuera del puente llevando a la hija del Corsario, cuando oyó que Pedro el Picardo gritaba:

—¡También la latina se ha incendiado!

Morgan sofocó una imprecación por no alarmar a la joven; pero no pudo contener una exclamación de furor.

—¡Es la maldición que cae sobre nosotros!

Pero recobrando su sangre fría, ayudó a Yolanda a bajar la escala, invadida por las ondas.

—¡Señorita —le dijo algo conmovido y mirándola fijamente—, Morgan no es hombre que se deje abatir! ¡Tened confianza en mí!

—¡No tengo miedo —repuso Yolanda—; ya sé lo que valéis!

—¡Huid del puente, señorita! ¡Estamos entre el fuego y el agua, y los peligros no siempre pueden preverse!

—Os obedezco, capitán Morgan.

—¡Wan Stiller, cuida de la señorita! —gritó viendo al hamburgués, que pasaba.

Miró a la joven, que se alejaba cogida al brazo del filibustero, siempre tranquila, como si ningún peligro la amenazase, y se lanzó a través de la tolda, en la cual reinaba gran confusión gritando con voz estentórea.

—¡A las bombas!

La fragata capeaba el temporal con sus velas de mesana para huir del huracán, que con fuerza terrible la embestía arrastrándola hacia Levante. El palo mayor y el trinquete eran presa de las llamas.

Los obenques y jarcias, los gallardetes y las cofas ardían como esparto seco, ya que estaban recubiertos de alquitrán, y las velas dejaban caer sobre cubierta jirones de tela ardiendo y chispas en gran número.

La arboladura podía considerarse perdida: gravísimo peligro en medio de un huracán que podía durar aún muchas horas, y que privaba a la nave de toda estabilidad.

Por orden de Morgan, los corsarios habían hecho funcionar la bomba de proa y la de popa; pero la maniobra era difícil por las olas que invadían la cubierta, amenazando barrer a los hombres que trabajaban en ellas.

Por otra parte, su acción no podía ser de gran eficacia. Los aparejos, aunque bañados, ardían y dejaban caer un trozo de gallardete ardiendo, o un pedazo de tela, o una cuerda, exponiendo a un continuo peligro a los marineros.

Además, el viento era inestable; así es que había probabilidades de que el palo de mesana ardiese también.

Pero aquellos hombres, habituados a todos los peligros, luchaban denodadamente. Algunos habían derribado ya los dos palos con las hachas para lanzarlos al mar, cuando Morgan, viendo que eran insuficientes, hizo llamar sobre cubierta a los prisioneros españoles que estaban encerrados en la estiba y que gritaban como energúmenos.

Eran unos treinta, entre ellos el capitán Valera y don Rafael.

Al oír aquella orden, Carmaux dio un salto.

—¡He aquí una imprudencia que puede costarnos cara! —dijo a Wan Stiller, que iba a su lado—. ¡Enemigos en cubierta, y fuego a bordo! ¡Compadre, abre bien los ojos!

—Creo que te equivocas —repuso el hamburgués—. Su piel vale tanto como la nuestra, y les interesará salvarla.

—A los otros, sí; pero hay uno que celebrará mucho enviarnos a todos al fondo del mar. ¡Abre los ojos, compadre!

—¿Sobre quién?

—Sobre el capitán Valera.

—Creí que sobre don Rafael.

—¡Ese está más muerto que vivo!

—Tienes razón, Carmaux: me olvidaba de que el capitán es uña y carne del conde de Medina. ¡No le perderé de vista!

—¡Truenos del aire!

—¡Y truenos de Hamburgo! ¿Qué te pasa, compadre?

—¿Oyes ese estruendo?

—¿El torbellino?

—¡Llega, compadre!

—¡No nos faltaba más que eso!

Un grito que salió de proa los hizo palidecer.

—¡Fuera! ¡Cae el mayor!

Una turba de gente que pasó corriendo junto a ellos los lanzó contra las bordas. Eran los hombres de las bombas que asaltaban el castillo, no obstante los gritos e imprecaciones de Pedro el Picardo y de Morgan.

En el mismo instante oyeron a los gavieros del bauprés que gritaban:

—¡Cuidado, piloto! ¡El torbellino se acerca!

CAPÍTULO XIV. EL TORBELLINO

Un pánico indescriptible se apoderó de la tripulación de la fragata al oír el anuncio dado por los gavieros de que el temido torbellino iba a embestir contra la fragata.

¿No era ya un grave peligro el incendio de la arboladura, para que se añadiese la furia de las aguas? Faltaba aquella tremenda oleada, terror de los navegantes del golfo de México y del mar Caribe, para agravar aún más la ya precaria situación de la nave.

—¡Estamos perdidos! —exclamó involuntariamente Carmaux, que se había precipitado hacia donde estaban Morgan y Pedro el Picardo.

La fragata, asaltada por espantosas olas que subían hasta las bordas con ensordecedores mugidos, y casi privada de sus velas, se balanceaba desordenadamente inclinándose, ora a babor, ora a estribor.

El palo mayor, ya privado de obenques y de jarcias, ardiendo de arriba a abajo como colosal antorcha, oscilaba con lúgubres crujidos, dejando caer sobre cubierta trozos de gallardetes, crucetas y cofas.

Caía una verdadera lluvia de tizones ardientes, amenazando prender fuego al alquitrán esparcido por las junturas de las tablas e incendiar las embarcaciones, que habían sido quitadas de las grúas para que las aguas no las arrebatasen.

Morgan, que conservaba toda su sangre fría, había dado orden de abandonar las ya inútiles bombas. Solo le preocupaba el torbellino, que podía hacer naufragar de golpe a la fragata.

—¡Cuatro hombres al timón! —había gritado—. ¡Listos, a virar! ¡Salvad la mesana!

Un horrible crujido siguió a sus palabras. El palo mayor, ya carbonizado por la base y privado de obenques, jarcias, etc., después de haber oscilado algunos instantes describiendo un círculo de humo, cayó a través de la fragata, destrozando los empalizados y tirando al mar uno de los cañones de caza de la cubierta.

El estruendo fue tal, que Morgan y Pedro el Picardo temieron por un momento llegado el instante final.

Por fortuna, una ola monstruosa, después de haber apagado las entenas llameantes y los restos del velamen, arrastró consigo el palo, restableciendo el equilibrio de la nave.

Ya era tiempo. El torbellino se precipitaba sobre la fragata con ímpetu irresistible.

Se había formado, o mejor, había aparecido a cinco o seis cables de proa, y avanzaba mugiendo como una inmensa muralla líquida, cuya altura no podía medirse.

En la cima, una franja de espuma que reflejaba los temblores de las llamas desprendidas del trinquete, se rizaba y se rompía bajo el constante y poderoso soplo del viento.

Viéndola avanzar, los marineros de la fragata se habían refugiado precipitadamente en el castillo, que era la parte más alta y menos expuesta.

—¡Agarraos, y tened firme! —gritó Morgan—. ¡Wan Stiller! ¡Carmaux! ¡Al cuadro, e impedid que salga la joven!

Apenas había pronunciado aquellas palabras y los dos filibusteros desaparecían en el cuadro cerrando la puerta, cuando la monstruosa ola se precipitó con espantoso mugido.

Embestida a proa por aquella enorme masa líquida, la nave se elevó bruscamente y casi verticalmente, y se hundió en un abismo insondable.

Un golpe de mar la envolvió de proa a popa destrozándolo todo, y salió por el castillo, dispersando en todas direcciones a cuantos lo ocupaban.

Cuando la fragata volvió a flote, el torbellino había pasado: se alejaba hacia el Sur con espantoso ruido, y una profunda obscuridad invadía el mar.

La montaña líquida había arrancado el trinquete, arrastrándolo consigo y apagando a la vez el incendio. También algunos hombres, entre los cuales había varios prisioneros españoles, habían sido arrebatados por las aguas.

La nave se había librado del naufragio; pero ¡en qué condiciones se encontraba! Podía considerársela como un despojo flotante, destinado tarde o temprano a ser pasto de las aguas.

De sus palos solo conservaba el de mesana, porque hasta el bauprés, que fue el primero en recibir el golpe, había sido arrancado de cuajo; lo propio ocurrió con las chalupas, y hasta el timón se había de tal modo desencajado, que quedó inservible. Para colmo de desgracia, la tempestad continuaba enfurecida y no era difícil que se formase un nuevo torbellino.

—¿Se acabó, o falta poco ya? —preguntó Pedro el Picardo a Morgan, que se había izado al castillo de proa para ver los destrozos.

—El desastre no podía ser mayor —repuso el filibustero—. La nave está perdida, y no vale ya lo que una almadía. Si se tratara solo de mí, poco importaría: otras peores hemos visto, y siempre hemos salido con bien.

—¿Es la hija del Corsario la que te preocupa?

—¡Sí! —repuso Morgan.

—¡La salvaremos, a despecho de las olas y del viento! —dijo Pedro—. ¿Dónde crees que nos hallamos?

—El viento nos ha empujado siempre hacia Levante; de modo que, teniendo en cuenta la velocidad de la fragata, creo que estamos a la altura de las islas de las Tortugas.

—¡Qué carrera! ¿Dónde iremos a encallar, o dónde encontraremos un refugio?

—En las islas de Nueva Esparta —dijo Morgan.

—¿Hay españoles en esas islas?

—Lo ignoro.

—Mejor sería huir de ellos.

—Si podemos.

—¡Si pudiésemos meternos en el golfo de Paria!

—Eso intentaremos, para no dejarnos sorprender en tan mal estado por cualquier nave española. Esperemos a que el huracán amaine, y veremos luego.

La tempestad parecía, por el contrario, muy lejos de calmarse.

El viento continuaba soplando siempre de Poniente y arrastrando a la fragata hacia Levante, pues continuaba desplegada la vela latina de mesana.

Tampoco el mar se calmaba, y las olas, que continuaban siempre altísimas, sacudían incesantemente a la pobre nave, golpeando sus pocos seguros flancos.

Viendo que ninguna vía de agua se había abierto y que no existía por el pronto temor de un nuevo torbellino, la tripulación recobró el ánimo y se dedicó a poner en orden la cubierta. También intentó ajustar el timón, pero tuvo que renunciar a ello a causa del incesante romper de las olas.

Por la mañana, cuando se hizo la luz, los filibusteros pasaron lista. Catorce de ellos y seis prisioneros habían desaparecido durante la noche.

—¡Si se hubiese llevado al capitán Valera! —dijo Carmaux, que presenciaba la llamada hecha por Pedro el Picardo.

—Ahí está mirándonos y riéndose —repuso Wan Stiller—. ¡Diríase que ha adivinado tu pensamiento!

—¿Y don Rafael?

—Aún vive; y no me parece disgustado por haber escapado una vez más de la muerte, tan deseada por él.

—Pero ¡qué golpe para la fragata! ¿Qué haremos con este cascarón, juguete de la tormenta? ¡Compadre, creo que no volveremos por ahora a ver las Tortugas!

—¿Qué habrá pasado con las otras naves?

—Si el huracán las ha cogido antes de encontrar un refugio, habrán naufragado —repuso Carmaux—. Exceptuando El Rayo, no eran bastante fuertes para resistirlo.

—¿Debemos entonces dejarnos arrastrar por el huracán hasta que encontremos alguna escollera o alguna playa que nos detenga? —preguntó Wan Stiller—. ¡Si al menos fuese una playa desierta!

—Temes a los españoles; ¿verdad, compadre?

—Tienen grandes colonias en Venezuela, y podrían cogernos. ¿Qué opináis, don Rafael? —preguntó, viendo al plantador, que poco a poco se había alejado del capitán Valera, como buscando la protección de los dos filibusteros.

—Que si os cogen, os ahorcarán y os quitarán a la hija del Corsario —repuso el plantador con maligna complacencia.

—No creo que tengan cuerdas para nosotros —dijo el hamburgués—. Aún somos bastantes, y no faltan balas ni pólvora a bordo.

—Balas, sí; pero pólvora… ¡Quisiera veros cargar los cañones!

—¿Qué decís, don Rafael? —preguntó Carmaux.

—Yo no sé el daño que habrá hecho el torbellino; pero puedo deciros que he visto entrar agua en el entrepuente, junto a la santabárbara, y que los polvorines deben de estar anegados.

—¡Truenos de Hamburgo! —gritó Wan Stiller—. ¡Es imposible! ¡No hemos chocado en ninguna parte!

—Será otra cosa lo que habrá hundido los maderos —dijo el español—. Id a verlo.

Carmaux y el hamburgués no le escuchaban ya. Iban a descender por la escalera del entrepuente, cuando entre los furiosos silbidos del viento y los mugidos del mar oyeron un rodar sordo, acompañado de fuertes choques, como si algún ariete golpease la nave.

—¿Es agua que entra? —se preguntó Wan Stiller deteniéndose, mientras Carmaux descolgaba una de las lámparas que iluminaban la cámara de la tripulación.

—Diríase que ruedan los cañones —repuso, palideciendo, el francés—. ¿Habrán roto los frenos las piezas de la batería?

—¿O los habrá cortado alguien?

—¡Veámoslo, compadre!

Bajaron precipitadamente y entraron al entrepuente, donde se detuvieron, lanzando un grito de furor.

Cortadas las cuerdas que las retenían a las torneras, cuatro piezas de la batería corrían desenfrenadamente por el entrepuente, según la fragata cabeceaba a babor o a estribor.

Aquellas masas de bronce iban y venían con sordo fragor, que los aullidos de la tormenta y los mugidos de las aguas impedían que llegase a cubierta, y golpeaban los flancos del barco con furia inconcebible, dejando los puntales y rompiendo poco a poco duelas y maderos.

Una grieta se había abierto ya en el extremo del entrepuente, cerca de la santabárbara, y las olas lanzaban por ella grandes caños de agua, que, como torrentes, corrían hacia popa, pasando a la sentina y a los españoles.

—¡Aquí se ha cometido una traición! —dijo Carmaux—. ¡Es imposible que el cabeceo haya podido hacer tales estragos!

—¿Quién habrá sido?

—¿Quién? ¡Los prisioneros españoles! Alguno debe de haberse aprovechado del incendio de la arboladura para bajar aquí sin ser visto y cortar las cuerdas; han elegido los cañones próximos al pañol de la pólvora para inundar las municiones.

—Si no logramos detenerlos, acabarán por desfondar la nave.

—¡Demos la voz de alarma, compadre!

Se lanzaron ambos arriba para advertir a Pedro el Picardo el grave peligro que corría la nave.

Una ronca imprecación se escapó de sus labios.

—¡No bastaban la pérdida de la arboladura y el torbellino que nos ha deshecho! —exclamó—. ¡A mí, marineros!

Quince o veinte corsarios se acercaron provistos de aspas, manivelas y fanales, y pasaron con precaución al entrepuente.

Las cuatro piezas continuaban su desordenada carrera con un ruido infernal. Unas veces chocaban contra los flancos de la fragata; otras, a causa del balanceo, se desviaban, y como tremendos arietes cruzaban el entrepuente golpeando las empalizadas de popa y de proa, que, bajo los formidables golpes, saltaban en pedazos.

Parecían dotadas de vida. Se detenían un momento, mostrando su negra boca, y reanudaban la carrera todas juntas.

De cuando en cuando alguna iba a dar con la culata contra una de las piezas colocadas en las torneras, giraba sobre sí misma, y volvía a correr en dirección opuesta, sin que se pudiera prever adonde iría a precipitarse.

—¡Este es el golpe de gracia! —exclamó Pedro el Picardo—. ¡Si no logramos detenerlas, destrozarán los amarres de las otras, y entonces será llegado el final de la fragata! ¡Valor, camaradas! ¡Se trata de la salvación de todos! ¡Cien piastras a quien detenga una!

Y para incitar a sus hombres, que titubeaban porque temían ser arrastrados por aquellas pesadísimas piezas, cogió a un marinero su palanca y se lanzó resueltamente al entrepuente, seguido por Carmaux y Wan Stiller.

La empresa que intentaban era tan difícil y peligrosa, que sus compañeros sintieron un escalofrío de terror. Hubieran preferido lanzarse al abordaje de un barco tres veces mayor que la fragata y repleto de enemigos a detener aquellos monstruos de bronce.

Un violento golpe de mar, que levantó la nave de popa a proa, había puesto en movimiento las cuatro piezas.

Viéndolas retroceder hacia el cuadro. Pedro el Picardo y sus compañeros se lanzaron hacia la más próxima, echaron entre las ruedas de la cureña las palancas y saltaron atrás para no ser arrastrados.

La pieza giró sobre sí misma, rompiendo aquellos obstáculos como si fuesen de paja, y reanudó su carrera hacia babor. Pasó a un metro de Carmaux, chocando contra un cañón de la batería con tal violencia, que rompió las cuerdas que lo sujetaban; casi al mismo tiempo otra pieza se desprendió en la extremidad de popa.

Pedro el Picardo, Carmaux y Wan Stiller apenas habían tenido tiempo para refugiarse en la cámara de proa, donde estaban sus compañeros.

Las piezas atravesaron con vertiginosa rapidez el entrepuente, se detuvieron junto a la empalizada de proa y la extremidad inferior de la escala, y partieron de nuevo en sentido inverso, chocando contra las otras piezas y arrancando tres de sus frenos.

—¡Estamos perdidos! —había exclamado Pedro el Picardo—. ¡Dentro de diez minutos las veinte piezas de la batería estarán en movimiento y hundirán los flancos de la fragata!

Querer detenerlas era ya una locura. Hubiera sido preciso lanzar granadas bajo las cureñas para volar las piezas; pero, por desgracia, estaba la santabárbara inundada.

—¿No se puede hacer nada? —preguntó Carmaux, que se mesaba los cabellos.

—¡Prepararnos a naufragar! —repuso Pedro—. ¡La fragata está perdida!

Subieron a cubierta sombríos y descorazonados, mientras las pesadas piezas continuaban su loca carrera, hundiendo poco a poco las maderas y las duelas. Los puntales del puente habían caído ya todos.

—¡Morgan —dijo Pedro el Picardo acercándose al capitán—, todo ha terminado!

—¿Luego es verdad?

—Sí. Las piezas ya no pueden detenerse, y los costados se derrumban.

—¡Maldición! —exclamó Morgan apretando los puños.

Sus miradas se fijaron en los prisioneros españoles, agrupados en el castillo.

—¿Han sido esos? —dijo con voz amenazadora.

—¡Ahorquémoslos a todos! —dijo Pedro el Picardo.

—¡Sí, ahorquémoslos! —gritaron siete u ocho marineros que habían oído la proposición del filibustero.

—¡Muerte a los traidores!

Morgan iba acaso a dar la cruel orden, cuando una voz dulce, pero firme, se oyó tras ellos.

—¡No daréis esa orden, capitán Morgan! ¡Los filibusteros que combatieron con mi padre no deben convertirse en verdugos!

Yolanda había aparecido detrás de los dos comandantes, abriéndose paso entre los marineros.

—¿Vos, señorita? —dijo Morgan estremeciéndose.

—¡Llego a tiempo de impedir una crueldad inútil!

—Han cortado los frenos de los cañones, señorita, y, por su culpa, dentro de poco nos iremos a pique —dijo Pedro el Picardo.

—Los filibusteros son gente de guerra —dijo Yolanda—. ¿Qué prueba tenéis para condenar a esos desgraciados? No, capitán Morgan; no daréis nunca esa orden; al menos, mientras yo esté aquí. La hija de aquel a quien llamabais el gentilhombre de Ultramar no puede presenciar fríamente semejante crueldad.

—¡Tenéis razón! —dijo Morgan—. ¡El lugarteniente del Corsario Negro no ofrecerá nunca tal espectáculo a la señorita de Ventimiglia!

—¡Gracias, capitán! —repuso la joven—. Altivos y heroicos los filibusteros, sí; pero también magnánimos.

Nadie se atrevió a rebatir aquellas palabras; tanto era el ascendiente que ejercía sobre los rudos y batalladores hombres de mar la dulce figura de la hija del gentilhombre piamontés.

—Señor Morgan —dijo la joven—, ¿está perdida la nave? Decídmelo francamente: la hija del Corsario Negro no debe tener miedo.

—Confío en que resistiremos hasta que la tormenta amaine —repuso Morgan—. Aunque las piezas hundiesen la batería superior, el peligro no sería inmediato. No podemos estar lejos de las islas de Nueva Esparta. No os ocultaré, señora, que no me forjo ilusiones, y que la nave podría irse a pique antes de que llegásemos a esas tierras. Pero no temáis: tenemos aquí madera suficiente para construir diez almadías, y es lo que haremos en cuanto calme el temporal.

—Tengo plena confianza en vos, capitán Morgan.

—¡Sois admirable, señorita!

—¿Por qué? —preguntó sonriendo la joven.

—Tal tranquilidad no se encontrará jamás en otra mujer. ¡Heroica sangre la del Corsario Negro!

CAPÍTULO XV. UNA SORPRESA EN ALTA MAR

Durante todo el día la tempestad continuó maltratando a la pobre fragata sin un momento de tregua, y las piezas no cesaron de golpear sus flancos, hundiendo maderos y compuertas.

Pero al llegar la noche el mar comenzó a aplacarse y el viento cesó de soplar de poniente, girando a septentrión.

En aquellas doce horas la nave había sido reducida a un miserable estado. Aún flotaba, pero estaba medio llena de agua, que entraba por las grietas abiertas en los costados de los cañones, que ya nadie intentaba detener.

Todas las amuras, excepto las de popa, habían desaparecido, y solo resistía aún, por un verdadero milagro, el palo de mesana; pero no podía ser de ninguna utilidad, porque nadie se atrevía a izar una vela, ante el temor de verla caer también.

—¡Se acabó! —dijo Carmaux, que miraba desconsolado la toldilla de la nave—. Si no esta noche, mañana este pobre cascarón naufragará, a menos que encontremos una escollera o alguna costa donde encallar.

—¿Qué dice el señor Morgan? —preguntó don Rafael, que estaba a su lado.

—Que, a no ocurrir un milagro, iremos al fondo del mar. Pero yo sé que tiene idea de construir almadías.

—¿Cuándo?

—Esta noche.

—Pero ¿dónde estamos?

—¡Quién sabe! Morgan no ha podido tomar la altura a mediodía. El sol no ha aparecido.

—¿Entra aún el agua?

—La fragata bebe sin tregua —dijo Carmaux.

—Entonces hasta la hija del Corsario está en peligro —dijo don Rafael—. No valía la pena de asaltar a Maracaibo para dejársela coger al mar.

—Os digo que haremos almadías, y… ¡oh!… ¡No faltaría más que eso! ¡Si nos ven, acabaremos antes! ¡Furia del infierno!

—¿Qué tenéis?

Carmaux no contestó. Doblado hacia adelante, miraba atentamente hacia septentrión.

—¿Qué buscáis? —preguntó don Rafael—. No veo nada.

—¡Esperad un poco! Debe de estar aún agitado el mar por allá. ¡Esperad que reaparezca!

—Pero ¿quién?

En vez de responder, Carmaux se dirigió corriendo hacia Morgan, que intentaba colocar una especie de timón formado con un gallardete, en cuya extremidad había hecho clavar dos lengüetas de áncora para hacerlo funcionar como un remo gigantesco.

—¡Capitán! —dijo con voz agitada Carmaux—. ¡Hay una nave a la vista!

—¿Dónde? —preguntó Morgan llevándole aparte.

—Viene de septentrión. He visto sus fanales.

—¿No te habrás engañado? —preguntó el capitán después de lanzar una rápida mirada en la dirección indicada por el filibustero, sin ver nada.

—¡Tengo buenos ojos!

—Sígueme a la cofa. Desde allí veremos mejor.

Subieron por las jarcias de babor de la mesana, y llegados a la encapilladura distinguieron dos puntos luminosos que se destacaban claramente en el horizonte.

—Sí; es una nave —dijo Morgan—. Debe de estar a cinco o seis millas de nosotros, y se presenta de proa.

—¿No os parece que esas luces están inmóviles? —preguntó Carmaux, que observaba con atención.

—Acaso te equivoques —repuso el capitán—. Pero no me parece que esa nave marcha muy de prisa, aun con viento de favor.

—¿Será una de las nuestras?

—¿Viniendo del norte, o sea de Cuba o de Santo Domingo? ¡Hum! No puede ser más que una española que va a Venezuela, o a la Guaira, o a Cumana.

—¡Si pudiésemos abordarla y dejar este cascajo, ya inservible! Estoy seguro de que nuestros hombres no vacilarían, tratándose de su pellejo.

Morgan había mirado a Carmaux, preocupado con aquella audaz idea.

—¿Y por qué no? —dijo luego, como hablando consigo mismo—. Abordarla en silencio, invadir bruscamente el puente, atacar con los sables a la tripulación, ya que casi no nos falta pólvora… ¿Acaso no hizo otro tanto Brazo de Hierro cuando su nave estaba a punto de naufragar?

Bajó a cubierta y llamó a su alrededor a los marineros. Ya tenía tomado su partido.

—Allí hay una nave, que supongo será española, y que va a cruzarse en nuestro camino. ¿Preferís esperar aquí la muerte, que de fijo no tardará mucho, o intentar la suerte? Aún somos sesenta, y con tal número otros filibusteros han realizado maravillosos prodigios. Si queréis, trataré de llevaros a la victoria. El que se niegue, que salga de la fila.

Ninguno se movió; antes bien, todos desenvainaron su sable, como si la nave estuviera ya a pocos pasos.

—¿Queréis todos? —preguntó Morgan.

—¡Sí, todos! —contestaron a una los corsarios.

—¡Que nadie encienda luz, que nadie grite, y yo respondo del triunfo! —dijo Morgan—. La nave está a cinco o seis millas: tratemos de alcanzarla, y el que tenga un poco de pólvora, que la reserve para los últimos momentos.

—¡Trabajaremos con nuestros sables y con las hachas! —dijo Pedro el Picardo—. ¡En un abordaje valen más que los arcabuces!

—¡Manos a la obra, pues! —dijo Morgan—. ¡Tratemos de sorprender a esa nave!

La empresa no era fácil, y podía terminar en una completa catástrofe; pero los filibusteros no eran capaces de vacilar en sus determinaciones, y aquella tenacidad constituía su fuerza.

No pudiendo servirse del palo de mesana, pensaron ante todo en afianzarle para izar la latina de popa, lo cual hicieron rápidamente, pues no faltaban a bordo obenques ni jarcias de recambio.

Izaron también un trabe a proa en lugar del trinquete para poner al viento una gavia.

El timón, mal o bien, funcionaba, y podía bastar para dirigir la nave un breve espacio.

Una vez calmado el mar, los cañones habían sido detenidos y enfrenados. Podían, pues, acercarse, favorecidos por las tinieblas, sin ser denunciados por ningún rumor.

A las once de la noche la fragata estaba bajo velas y se dirigía lentamente hacia los dos puntos luminosos, perfectamente visibles.

Pero parecía que en el tiempo empleado por los corsarios en sus preparativos la española no había ganado mucho terreno. ¿Estaba gravemente quebrantada por el huracán, que debía de haber batido todo el mar Caribe y acaso el golfo de México, o le faltaba el viento? Sin embargo, la brisa no había cesado; al menos donde se encontraba la fragata.

Aquella semiinmovilidad había preocupado no poco a los corsarios, aunque, por otra parte, les complacía poder llegar a ella antes que huyese.

—¿Qué piensas, compadre? —preguntó Wan Stiller a su compañero, viéndole rascarse furiosamente la cabeza.

—¡Por los cuernos del diablo! —exclamó el francés—. ¡Pienso que ese barco debe de tener las patas rotas, y por eso no anda! ¡A estas horas debía estar ya aquí!

—¿Habrá perdido el timón? Veo varias luces brillar en el puente.

—También yo las he observado; y tú, compadre, quizás tengas razón. Esas luces delatan a los carpinteros, ocupados tal vez en alguna reparación urgente. ¡Con tal que lleguemos antes de que acaben!

—Estamos a tres o cuatro millas, y Morgan dirige nuestro barco con intento de cortar el camino a la española. Estoy seguro de que se le echará encima por proa.

—¡Y hará bien! —repuso Carmaux—. Subiremos por las trincas y delfinera del bauprés, y estaremos en el puente antes de que los españoles se repongan de la sorpresa de la acometida.

—¿Y la hija del Corsario Negro?

—Nosotros la protegeremos y salvaremos en caso de que la fragata se hunda. Ya me lo encargó Morgan.

Entretanto el barco continuaba su lento avance casi sin ruido. Como estaba medio lleno de agua, su altura era pequeña, y Morgan había hecho teñir de negro la vela de gavia para ocultar la latitud de popa.

Los corsarios habían hecho sus preparativos de combate y ocupaban los puestos designados por Pedro el Picardo.

El núcleo mayor había sido colocado en el centro de la nave, armado con sables y pistolas.

Dos docenas de hombres, en dos grupos, habían ocupado el puente y el castillo de proa, provistos de arcabuces, para proteger a sus compañeros en caso de que la sorpresa no pudiera realizarse. Eran casi todos bucaneros, hombres que nunca fallaban un tiro; cada arcabuzazo representaba un muerto o un herido.

A medianoche estaban a pocas brazas de la nave, y ninguno de los hombres de guardia parecía haberse enterado del peligro.

Era un gran velero de dos palos, con multitud de troneras; probablemente alguna nave mercante armada en guerra, y acaso tripulada por numeroso personal.

Carmaux no se había engañado al afirmar que le parecía inmóvil. En efecto: casi todas sus velas estaban cargadas, y no avanzaba más que por la fuerza del viento.

Hacia popa, además de los dos grandes fanales, se agitaban varias luces y resonaban sordos golpes, como si la tripulación estuviese muy atareada en alguna urgente reparación.

—Creo que están cambiando el timón —dijo Morgan a Pedro el Picardo—. No veo a nadie en el castillo.

—Están seguros de no tener malos encuentros.

—Advierte a los hombres que estén dispuestos. Voy a lanzar a la fragata contra la proa del velero.

—Iré a su frente —dijo el filibustero; y bajó a la toldilla sable en mano.

—¡Carmaux!

—¡Señor! —repuso el francés, que en aquel momento subía con Wan Stiller a tomar las últimas órdenes.

—¡Al cuadro, mi viejo, junto a la joven! Si la fragata se fuese a pique, lanzaos al mar con ella y cuidad de no dejaros arrastrar por el remolino.

Acaso por vez primera en su vida el fiero filibustero parecía profundamente emocionado.

—¿Me has oído, Carmaux? —dijo tras breve pausa—. ¡Perderlo todo, sí; pero a esa joven, nunca!

—Contad con nosotros, señor Morgan —dijo Carmaux—. Pase lo que pase, la señorita de Ventimiglia será salvada. ¡Ven, compadre Wan Stiller, y tráete los salvavidas!

Apenas habían desaparecido cuando se oyó una voz que desde el castillo del velero gritaba:

—¡Una verga! ¿Qué es lo que avanza? ¡Ohé del…!

La voz fue ahogada por un siniestro crujido y un choque no muy fuerte.

Con un golpe de barra, Morgan había lanzado su barco sobre la proa del velero, del cual estaba ya a pocos pasos.

En el mismo instante se oyó la voz de Pedro el Picardo, que gritaba:

—¡Sus! ¡Listos!

A la voz de Pedro el Picardo cuarenta hombres se lanzaron sin dar un grito hacia las trincas, izándose vertiginosamente sobre el palo.

En un momento estuvieron encima y se lanzaron al castillo de proa, silenciosamente, como una legión de fantasmas.

Tres o cuatro marineros del velero, apenas repuestos de la impresión del inesperado choque, y alarmados por los gritos de sus camaradas, subían entonces por la escala, mientras en la popa se cruzaban preguntas y respuestas y se veían sombras correr con fanales en la mano.

Pedro el Picardo, que había sido el primero en saltar al castillo, cayó como un tigre sobre el hombre de guardia, y de un sablazo le tiró al suelo moribundo antes de darle tiempo para lanzar un segundo grito.

Los otros, que vieron aquella irrupción y no acertaron a explicarse de dónde habían salido aquellos hombres, trataron de darse a la fuga. Su espanto era tal, que fueron a dar contra el trinquete y cayeron unos encima de otros.

Los filibusteros, que ya habían saltado sobre cubierta, cayeron sobre ellos y los amarraron y amordazaron.

Viendo Morgan que a pesar del choque la fragata seguía flotando, habíase reunido con el núcleo mayor y había tomado el castillo.

El ataque fue tan silencioso y tan rápido que cuando aparecieron los españoles que trabajaban a popa, casi todos estaban ya en el velero.

Viéndolos avanzar con las antorchas en la mano, Morgan hizo adelantarse a sus arcabuceros, gritando a los marineros españoles, que se habían detenido llenos de espanto al ver tantos hombres armados:

—¡Rendíos, o hacemos fuego!

Los hombres de guardia no eran más que siete u ocho, y por toda arma llevaban martillos y hachas.

Viendo que apuntaban sobre ellos tantos arcabuces, y distinguiendo el castillo lleno de gente, tiraron sus instrumentos, diciendo:

—¡No oponemos resistencia!

—¿Dónde está el capitán?

—¡Aquí estoy! —gritó una voz—. ¿Quién me llama? ¿Qué ocurre aquí?

Un hombre como de cuarenta años, que empuñaba una pistola, salió de la sombra a la luz de los dos fanales de popa.

Morgan se adelantó, gritando:

—¡Rendíos! ¡Somos ya dueños de vuestra nave!

—¿Quiénes sois? —preguntó el español.

—¡Morgan el filibustero!

Al oír aquellas palabras, el español elevó rápidamente la pistola.

Pedro el Picardo, que le observaba, le dio en la mano un sablazo.

Cuatro o cinco hombres cayeron sobre el español, alzando sobre él los sables, prontos a darle muerte.

—¡Respetad a los valientes! —dijo Morgan—. Amarradle y llevadle a un camarote. ¡Veinte hombres a la cámara de proa, y que se aseguren de los que duermen! ¡A mí, Pedro el Picardo! ¡Al cuadro!

Se dirigió hacia popa seguido por una treintena de los suyos, y bajó al cuadro, aún iluminado.

Dos hombres estaban sentados ante una mesa jugando tranquilamente, ignorando todavía lo ocurrido sobre cubierta.

El uno debía de ser un personaje perteneciente a la alta nobleza española, a juzgar por la riqueza de su traje y la magnificencia de los encajes que adornaban sus mangas.

Era un hombre de treinta o treinta y dos años, de alta estatura, aunque muy delgado, con el cabello y la barba rubios, la nariz ligeramente curvada, ojos de halcón y barbilla aguda, indicio cierto de una energía poco común.

El otro debía de ser algún oficial del velero: era bastante más joven y de facciones menos finas.

Viendo entrar a Morgan seguido por varios hombres, el gentilhombre se puso en pie de un salto y llevó la diestra a la guarda de su espada.

—¿Qué queréis y de dónde venís? —preguntó frunciendo el ceño—. Y, sobre todo, ¿quién os ha dado permiso para interrumpir nuestra partida?

—El permiso nos lo hemos tomado nosotros —dijo Morgan saludando con su espada.

Y viendo que el desconocido intentaba desenvainar la suya:

—¡Dejadla en la vaina, señor mío! —añadió con algo de ironía—. ¡No ganaréis nada con resistir! ¡Somos sesenta, y ya sabéis, sin duda, lo que valen los filibusteros de las Tortugas!

—¿Habéis salido del mar o de los infiernos? —gritó—. ¡Raza infame a quien el diablo protege para desdicha nuestra!

—¡Basta! ¡Entregad la espada! —ordenó Morgan.

—¿Y si me negase?

—Os mataría en el acto.

El gentilhombre murmuró entre dientes algunas palabras y partió en dos su espada, que había desenvainado.

—¿Quién sois vos, que me obligáis a rendirme? —preguntó con ira.

—Morgan —repuso el corsario—; un hombre al que ya conocen los españoles de Puerto Príncipe, de Maracaibo y de Gibraltar.

Una palidez cadavérica se extendió por el rostro del español.

—¡Morgan! —dijo con voz insegura—. También yo conozco ese nombre. ¿A qué precio ponéis mi rescate, ya que es vuestra inextinguible sed de oro lo que os empuja a asaltar ciudades y naves españolas?

—De eso ya hablaremos más tarde, cuando sepamos quién sois.

—Trabajo inútil, porque yo aquí soy para todos un desconocido. Además, no acostumbro a regatear. Fijad el precio y la ciudad en que deseáis ser pagado.

—Amarrad a estos dos hombres y encerradlos en un camarote —dijo entonces Morgan—. Que se pongan dos centinelas en la puerta. ¡Adiós, señores! —añadió con voz algo irónica—. ¡Más adelante volveremos a ocuparnos en lo que os atañe!

CAPÍTULO XVI. EL GOBERNADOR DE MARACAIBO

No habían transcurrido cinco minutos cuando toda la tripulación, compuesta de sesenta hombres, sorprendidos en gran parte en las hamacas de la cámara de proa, se encontraba prisionera en el entrepuente de la nave, vigilada por ocho corsarios armados de arcabuces.

Ninguno había osado oponer resistencia; tanto era el temor que inspiraban en aquella época los corsarios de las Tortugas, que gozaban fama de ser invencibles y de estirpe infernal; y aquella conquista solo había costado la vida de un hombre, el marinero de guardia en el castillo, muerto por Pedro el Picardo.

El cambio de nave no había sido todo lo satisfactorio que los corsarios esperaban, aunque el velero estaba infinitamente en mejores condiciones que la fragata, ya medio anegada.

También la española había sufrido con el huracán y el torbellino, que la había sorprendido algunas horas después que a la fragata, y había perdido el timón, toda la amura de popa y los aparejos de cubierta. Además, la tripulación había afirmado a Morgan que hacía ocho horas que la nave hacía agua, a pesar de haber trabajado con las bombas todo el día para achicar la sentina, que se había inundado.

Fuera como fuese, los corsarios se consideraban más seguros en aquel barco que en la fragata, ya que la arboladura estaba casi intacta y había madera suficiente para construir un nuevo timón.

—Señorita —dijo Morgan a Yolanda, que había transbordado al velero con Carmaux y Wan Stiller—, creí ser más afortunado; pero, no obstante, no desconfío de llevar este barco a las Tortugas. Tenemos entre nosotros hábiles carpinteros que no se verán apurados para cerrar las vías de agua y construir un nuevo timón, o, mejor, terminar el que los españoles habían comenzado.

—He tenido siempre plena confianza en vos, señor Morgan —repuso la joven—, y esta confianza no se verá fallida ahora.

—Wan Stiller, conduce a la señorita al cuadro; y tú, Carmaux, prepárale el mejor camarote. Los prisioneros se contentarán con el entrepuente.

—¡Vamos, compadre! —dijo el francés al hamburgués—; prepararemos a la señorita de Ventimiglia un nido agradable.

Apenas habían salido del salón cuando Yolanda se detuvo, lanzando un grito de sorpresa.

—¿Qué tenéis, señorita? —preguntó Carmaux.

—¡Yo he visto en mi castillo de Ventimiglia una miniatura igual a esta! —exclamó, fijándose en un cuadrito colgado de la pared, que representaba la cabeza de un anciano de blanca barba y severo aspecto.

—¡Vientre de un delfín! —gritó Carmaux retrocediendo dos pasos—. ¡Él! ¡Diecisiete años no han hecho que le olvide!

—¡Truenos de Hamburgo! —exclamó Wan Stiller—. ¡Sí; es él! ¿Cómo está aquí?

—¿Habéis conocido a ese hombre? —preguntó Yolanda con cierta agitación.

—Le hemos conocido, señorita —repuso Carmaux con aire turbado y haciendo un rápido ademán a Wan Stiller.

—¿Quién es?

—Un Gobernador español que dio mucho que hacer a los corsarios de las Tortugas.

—¿Y cómo se encuentra en mi castillo de Ventimiglia una miniatura igual a esta? —preguntó Yolanda—. ¿La llevaría mi padre de América?

—De fijo, señorita —repuso Carmaux—. Le había correspondido en el reparto del botín procedente del saqueo de Veracruz.

—¡Rara casualidad! ¡Encontrar aquí la misma pintura! ¡Sí; son sus ojos, las facciones de su rostro son las mismas, la misma dura expresión! ¡Desearía saber a quién pertenece!

—Probablemente al comandante de la nave. Trataremos de interrogarle. Id a descansar, señorita; es ya la una.

Abrió varios camarotes, y habiendo encontrado uno amueblado con cierta elegancia, le rogó que entrase y se acostara en el lecho que ocupaba su centro.

Cuando volvieron al saloncillo, dos exclamaciones se escaparon simultáneamente de sus labios:

—¡Su abuelo!

—¡El duque de Wan Guld!

—Compadre Wan Stiller, es preciso saber cómo está aquí este cuadro. ¡Estoy seguro de que es él!

—Aún me parece tenerle delante la noche en que apareció en el puente de su nave con la antorcha en la mano y entre los dos barriles de pólvora —dijo el hamburgués—; y al mirarle, me parece oír aún el estruendo que siguió a la explosión. ¿Te acuerdas, Carmaux?

—¡Por Baco! ¡Cada vez que pienso en ello siento un escalofrío! Compadre, tratemos de saber de quién es esta miniatura. Soy tan curioso como la señorita Yolanda.

—Vamos a preguntárselo al capitán del velero.

—Será mejor interrogar a alguien de la tripulación; al piloto, por ejemplo.

—¡Vamos, Carmaux!

—Apuremos antes estos dos vasos, que milagrosamente han quedado en pie y olvidados por el capitán y sus oficiales. ¡Nos sentarán mejor que a ellos; te lo juro!

—¡Cáspita! ¡Qué jerez! ¡Ni en la taberna del Toro lo bebimos igual! ¡Cómo se tratan estos españoles!

Los dos compadres que siempre que se presentaba la ocasión refrescaban la garganta, vaciaron de un trago los dos vasos y pasaron al entrepuente, donde estaban alineados en dos filas y amarrados los prisioneros bajo la custodia de ocho corsarios. Carmaux se acercó a los camaradas, les dijo algunas palabras al oído, y se aproximó a un viejo marinero de barba blanca, que suponía fuese un piloto, y después de haberle desatado le llevó a un rincón, diciéndole:

—Te prometo tabaco, y hasta una botella, si me das un detalle que me interesa.

—Hablad —contestó el español.

—¿Conoces el cuadro de la nave?

—He bajado un centenar de veces.

—¿A quién pertenece un retrato que cuelga en una de las paredes?

—¿Una cabeza de viejo?

—Sí —dijo Carmaux.

—Al viajero que hemos embarcado en la bahía de Macuira, a la salida del golfo Caribe.

—Enséñamelo.

—Es el primero de la segunda fila; el que está junto al capitán. Un gran señor, según parece. De fijo, un gentilhombre.

Carmaux fijó los ojos en el hombre indicado, que era el mismo que rompió su espada cuando la orden de Morgan.

—No le conozco ni le he visto nunca —dijo Carmaux después de un atento examen—. Sin embargo, mírale tú, Wan Stiller.

—El brillo de esos ojos no te es desconocido, ¿verdad, compadre? —preguntó el hamburgués—. Es el mismo del viejo Wan Guld.

—Puedes engañarte, compadre.

—No lo creo, Carmaux.

—¿Quién es ese hombre? —preguntó Carmaux al español.

—No lo sé, señor.

—¿Cuándo le embarcasteis?

—Hace ocho semanas.

—¿Iba solo?

—No; iban con él varios oficiales, pero quedaron en tierra.

—¿Habéis estado en el mar todo ese tiempo?

—No; hemos ido a Cuba, y ahora volvíamos de Venezuela.

—¿No sabes decirme de dónde venía ese hombre cuando le embarcasteis en Macuira?

—Lo ignoro; pero el capitán debía de esperarle, porque estuvimos una semana en la bahía sin hacer carga. Os diré que es, sin duda, algún pez gordo, a juzgar por el modo de tratarle el comandante. Él era quien daba las órdenes a bordo.

—¡Tendrás el tabaco y la botella! —dijo Carmaux llevándole entre los prisioneros.

—¿Quién crees que puede ser? —preguntó Wan Stiller cuando subieron a cubierta, donde los filibusteros trabajaban en las bombas para achicar la sentina y poder tapar la vía de agua.

Carmaux no contestó. Se rascaba furiosamente la cabeza, como si así quisiera obligar a su cerebro a echar fuera alguna buena idea.

De repente exclamó:

—¡Estúpidos! ¡Tres veces estúpidos!

—¿Te vuelves loco, compadre? —preguntó atónito el hamburgués—. ¿Se te subió a la cresta el jerez del capitán?

—¡Sí; tres veces estúpidos! —repitió Carmaux—. ¡Debe de ser él!

—¿Quién es él?

—¡Busquemos a don Rafael, y si no habla, te doy mi palabra de que le tiro al mar!

Echó a correr por la toldilla buscando entre los grupos de marineros y de los prisioneros de la fragata sueltos a don Rafael, y, finalmente, le encontró sentado en un rollo de cables, con la cabeza entre las manos y los ojos fijos en el suelo.

—¡No es el momento de soñar, don Rafael! —le dijo saludándole Carmaux.

—¿Aún no ha terminado mi pobre existencia? —preguntó el desgraciado dando un suspiro—. ¿Queréis, por fin, ahorcarme?

—Se trata de otra cosa. ¿Qué queréis que hagamos con vuestra piel? ¡Ni para tambores sirve! Decidme: si yo os enseñase al Gobernador de Maracaibo, al conde de Medina, ¿le reconoceríais?

—Aún no he perdido del todo el sentido común —repuso el plantador.

—¿Sabéis que está aquí?

Don Rafael se puso en pie de un salto.

—¿Os chanceáis? —preguntó—. ¡Es imposible!

—Os digo que está aquí —replicó Carmaux.

—¿En esta nave?

—Sí; y estoy seguro de que viéndole le reconoceríais.

—¿Habéis soñado?

—¡Venid, pues, testarudo!

—¡Vamos —dijo el plantador—; aún conservo la vista!

—¡Compadre —dijo Wan Stiller— creo que te equivocas!

—Antes de hablar, espera —repuso el francés—. No opino como tú. Cualquiera que no fuese su hijo o su pariente cercano, no tendría ese retrato de Wan Guld. Estamos en el buen camino, te lo digo yo, y el capitán Morgan quedará bien sorprendido cuando sepa el valor de su presa.

Empujado por Carmaux y el hamburgués, el plantador bajó al entrepuente, en el cual aún estaban los prisioneros, iluminado por dos lámparas colgadas del techo.

—Mirad a aquel que está el primero de la segunda fila, don Rafael —dijo Carmaux—: miradle bien, y antes de decirme si le conocéis o no, pensadlo dos veces, u os rajo como un pellejo; ¡palabra de marinero!

Apenas el plantador clavó los ojos en el gentilhombre, cuando se le escapó un grito.

—¡Sois brujo! —exclamó.

—¿Es él?

—Sí.

—¿El conde de Medina?

—Y de Torres.

—¿El bastardo del duque?

—Cien veces le he visto y le he hablado.

—¡Lo sospechaba! —exclamó Carmaux—. ¡He ahí una presa que nos compensa el poco valor de la nave abordada! ¡El capitán Morgan se pondrá muy contento!

* * *

Mientras Carmaux, encantado con su descubrimiento, se dirigía a informar al filibustero, un hombre a quien ninguno de los dos corsarios, y menos don Rafael, había visto, porque había permanecido oculto tras el tronco inferior del trinquete, se levantó lanzando una sorda imprecación.

Era el capitán Valera, que, sospechando algo, los había seguido en silencio, colocándose de modo que no perdió una sílaba de su conversación.

—¡Ese canalla de plantador le ha hecho traición! —murmuró—. ¡No me había engañado al suponer que fue él quien los llevó al monasterio! ¡He hecho bien en vigilarle! ¡A su tiempo pagará como merece!

Se dirigió hacia los corsarios de guardia, preguntándoles:

—¿Me permitís saludar a un compatriota mío?

—No tenemos orden de impedirlo —repuso uno de los filibusteros—. Saludadle.

—¡Gracias! —repuso el capitán—. He encontrado aquí a un antiguo amigo.

Pasó a la segunda fila de prisioneros, y se acercó al Gobernador de Maracaibo, que estaba sentado en una caja y entregado a sus reflexiones.

—Siento mucho encontraros aquí, señor conde —le dijo, sentándose a su lado—; pero no menos sorprendido quedaréis vos al verme.

El Gobernador se volvió rápidamente, haciendo un gesto de estupor.

—¡Vos, capitán! —exclamó—. ¡Es imposible!

—En carne y hueso, señor conde —dijo Valera—. No he sido más afortunado que vos, ya que la fragata a cuyo bordo iba fue capturada por ese Morgan, a quien Dios confunda.

—¿Qué fragata? —preguntó el Conde.

—¿Ignoráis, pues, que tres de los seis barcos que deberían destruir a los corsarios fueron aniquiladas por ellos?

—¿Y los nuestros se dejaron matar? —exclamó con ira el Conde—. ¿Son, pues, invencibles estos filibusteros?

—Tales los creo, señor Conde.

—¿Es cierto que han saqueado a Gibraltar?

—Sí.

—¿La hija del Corsario Negro sigue en seguridad?

—No, señor, Conde; está en poder de Morgan.

El Gobernador se sobresaltó e hizo un gesto de furor.

—¡En poder de los filibusteros! —murmuró—. ¿Qué es lo que decís?

—Que está aquí, a bordo de esta nave.

—¿Quién me ha hecho traición?

—Yo no, señor Conde.

—¡Contádmelo todo, todo! —dijo este rabiosamente.

El capitán no se lo hizo repetir dos veces, y le contó brevemente cuanto había ocurrido después de la toma de Maracaibo.

El Conde de Medina le escuchó sin interrumpirle, pero con furor reconcentrado.

—¡Malditos! ¡Malditos! —murmuró cuando el capitán hubo terminado—. ¿Quién me ha reconocido?

—Ese plantador, don Rafael Caldara, a quien he visto con los filibusteros Carmaux y Wan Stiller.

—Esos nombres me son conocidos.

—Eran los más adictos y los que acompañaban siempre al Corsario Negro.

—Sí; mi padre me habló de ellos. ¡Espero que ese traidor no vivirá mucho tiempo!

—Yo me encargo de que desaparezca —repuso el capitán—; tanto más cuanto que sospecho que fue él quien guio a los dos filibusteros al convento.

—¿Qué hacer ahora? Morgan no aceptará rescate alguno por mí, y me tendrá prisionero si conoce mis proyectos sobre la hija del Corsario Negro.

—Sobre vuestra sobrina, señor Conde —rectificó el capitán.

El Gobernador le lanzó una feroz mirada.

—No —dijo—; mis proyectos sobre la hija del hombre que fue fatal a mi padre y que al casarse con la Duquesa me arrebató una inmensa fortuna. Pero la lucha apenas ha comenzado, y ya que Morgan se ha erigido en protector de la señorita de Ventimiglia, encontrará en mí un implacable adversario.

—Pero sería preciso estar libres, señor.

—¿Puedo contar contigo?

—Siempre, señor. He de seros fiel hasta la muerte.

—Te haré rico.

—Ya habéis sido demasiado generoso conmigo.

—Lo seré aún más con tal que me obedezcas ciegamente.

—¿Qué debo hacer?

—Impedir que esta nave nos lleve a las Tortugas.

—No será fácil la empresa.

Una sonrisa contrajo los labios del Conde.

—¿Qué es preciso para echar a pique una nave? Una vía de agua abierta a tiempo, un barril de pólvora que accidentalmente estalle y la destroce en parte, unos cañones que rompan los frenos…

—Ya he hecho eso para destrozar la fragata, y sería peligroso repetirlo —dijo el capitán en voz baja—. Pondré en ejecución una idea.

—¿Tienes algún amigo en quien poder confiar?

—Dos soldados de la guarnición de Maracaibo que me son adictos.

—Promételes cuanto quieras en mi nombre.

Una voz que resonó en el entrepuente, y que hizo estremecerse al capitán, le interrumpió.

Era Carmaux, que gritaba:

—¡Llevad al cuadro al gentilhombre! ¡Le esperan!

—¡Es Morgan quien os llama! —dijo el capitán—. Negadlo todo y sed astuto.

—¡Seré un adversario digno de él! —dijo el Conde levantándose—. ¡Ya veremos quién me prueba que soy realmente el Gobernador de Maracaibo!

CAPÍTULO XVII. DOS RIVALES FORMIDABLES

Cuando el conde de Medina entró en el cuadro encontró a Morgan apoyado en la mesa que ocupaba el centro del saloncillo, y en la cual todavía estaban los vasos apurados por Stiller y Carmaux. Viéndole entrar, el filibustero adelantó dos sillas y dijo secamente:

—Sentaos, señor Conde; hemos de hablar de cosas importantes.

—¿Conde? —exclamó el Gobernador de Maracaibo fingiendo viva sorpresa—. He ahí un título que me gustaría tener; pero por ahora no lo poseo. Os habéis equivocado al llamarme así, capitán Morgan.

—¿Lo creéis? —preguntó el filibustero con acento burlón.

—Yo soy don Diego Miranda, y nunca tuve título nobiliario alguno.

—¿Sois acaso plantador?

—Fabricante de chocolate en Santo Domingo.

—¿Es posible que yo me haya equivocado, o mejor dicho, que se hayan equivocado los que habían conocido en funciones al Gobernador de Maracaibo? —dijo Morgan, siempre burlón—. Señor Conde de Medina, vale más que juguemos a cartas vistas.

—¡Conde de Medina! —exclamó el hijo del Duque—. ¿Es esto una broma para aumentar el precio del rescate? Si se trata de piastras, hablad: soy bastante rico para pagar, y desde ahora os ruego que fijéis la suma necesaria para comprar mi libertad.

Morgan se reía, pero con una risa seca que hizo estremecerse al Conde.

—¡Un rescate! —dijo—. No os he hecho llamar para atraparos algunos miles de piastras. He recogido bastantes en Puerto Príncipe, Puerto Bello, Maracaibo y Gibraltar para necesitar más por ahora. No tengo tierras ni castillos, como aquel gran gentilhombre que se llamó el Corsario Negro, pero soy suficientemente rico hoy día. Y, además, ¿qué me importa el oro? Señor Conde, hijo del Duque de Wan Guld, aunque de otra mujer, tirad la máscara.

—¿Cuál? —preguntó el Conde con voz sardónica.

—Esa con que tratáis de ocultar vuestro verdadero nombre.

—¿Luego yo soy…?

—El Conde de Medina y de Torres, Gobernador de Maracaibo.

—¡Buen puesto y buen título! Pero los que tal os han dicho os engañaron de lo lindo…

Morgan, que comenzaba a impacientarse, alargó la mano a la miniatura colgada en la pared, y que representaba al duque de Wan Guld, diciendo:

—Pues bien, señor Conde; negad ahora, si osáis, que ese hombre es vuestro padre. Le conocí demasiado bien cuando luchaba contra el Corsario Negro, a quien en Flandes mató a un hermano y ahorcó a traición en América otros dos, el Corsario Verde y el Rojo. ¡Negadlo!

El Conde guardó silencio.

—¡Negadlo, pues! —repitió Morgan—. Esa miniatura os pertenece.

—¿Quién os lo ha dicho? —preguntó el Conde—. ¿Quién ha sido el miserable que me ha hecho traición? ¡Maldito sea! ¡Pues bien, sí; yo soy el Conde de Medina y de Torres, hijo del Duque de Wan Guld y de la Marquesa de Miranda, y Gobernador de Maracaibo! ¿Qué queréis ahora de mí?

—Saber una sola cosa —dijo Morgan.

—¿Cuál?

—¿Por qué habéis enviado naves para que se apoderasen de la hija del Corsario, de la señorita Yolanda de Ventimiglia?

—Queréis saber demasiado, capitán Morgan. Son asuntos que a mí solo interesan y no a los filibusteros de las Tortugas.

—Habéis olvidado que el Corsario Negro fue uno de los más grandes capitanes de la filibustería, y que, como tal, su hija tiene derecho a nuestra protección.

—¡La protección de los ladrones del mar, de hombres fuera de la ley! —dijo el Conde con irónica sonrisa—. ¡Buenos gentileshombres, a fe mía!

Un relámpago de ira cruzó los ojos de Morgan. Su diestra se dirigió hacia la guarda de su espada, y medio sacó el acero de la vaina.

—¡Matadme, o mejor, asesinadme! —dijo el Conde señalándose el pecho—. ¡Aquí late mi corazón!

Aquella calma y aquellas palabras fueron como una ducha helada para Morgan.

—Morgan se bate, pero no asesina —dijo envainando la espada—. ¡Tenéis la lengua muy larga, señor Conde!

—¡Más larga es mi espada! —contestó audazmente el caballero.

—¡Ya lo veremos si algún día nos encontramos frente a frente!

—Desde ahora acepto el desafío.

—¿Queréis contestar a mi pregunta?

—Os he dicho que son asuntos de familia.

—¿Odiáis a la señorita de Ventimiglia?

—Es posible que odie a la hija del que causó la muerte de mi padre, el duque Wan Guld.

—El Corsario Negro no le mató: fue vuestro padre quien puso fuego a los polvorines cuando El Rayo abordó su fragata. Estuve presente. Además, el Corsario tenía motivos para odiar a vuestro padre, que había asesinado a tus tres hermanos.

—Pero no para abandonar en las ondas del mar Caribe, con la tormenta desencadenada, a la hija legítima de mi padre, Honorata Wan Guld.

—El Corsario Negro había jurado el exterminio de cuantos llevasen ese nombre nefasto, y lo había jurado sobre el cuerpo de sus hermanos, el Corsario Rojo y el Verde. Además, Honorata, librada milagrosamente de la tempestad, no solo le perdonó, sino que fue su esposa.

—Pues bien, también yo he jurado: he recogido la herencia de mi padre.

—Por las venas de la señorita de Ventimiglia corre vuestra sangre.

—Mi madre no fue la de Honorata; yo no soy un Wan Guld: soy un bastardo —dijo el Conde.

Se pasó una mano por la frente, como para alejar un triste recuerdo, y casi con impaciencia, dijo:

—En fin, ¿qué queréis hacer de mí?

—Prometedme renunciar a vuestros designios, que no pueden ser buenos, sobre la señorita de Ventimiglia, y salir para siempre de las colonias españolas de América, y os dejo en libertad.

—¡No penséis nunca arrancarme tal promesa! —dijo enérgicamente el Conde.

—Entonces, os llevaré a las Tortugas, y allí estaréis prisionero hasta que cambiéis de idea.

—Hacedlo.

—¿Con qué contáis? —preguntó Morgan irritado.

—Con el tiempo.

—Os advierto que hasta nuestra llegada estaréis encerrado en un camarote con centinelas de vista, ya que es mi deseo que la señorita de Ventimiglia no sepa que estáis a bordo.

—¡Ah! ¿Está aquí? —exclamó el Conde fingiendo sorpresa.

—¿No lo sabíais?

—Nadie me lo dijo.

—¡No os forjéis ilusiones!

—¿Qué queréis decir, señor Morgan?

—Que renunciéis a toda esperanza de poder hacer algo en contra de ella.

El Conde se encogió de hombros sin contestar.

Pero apenas Morgan volvió la espalda para llamar a los hombres que esperaban fuera al prisionero, una siniestra sonrisa apareció en sus labios.

—Señor Conde —dijo Morgan dejando paso a los dos filibusteros—, seguid a estos hombres.

—¡Está bien! —repuso el Gobernador. Y salió con la frente alta, sin mostrar la menor impresión y sin saludar a su enemigo.

—¡He ahí un hombre capaz de todo! —murmuró Morgan una vez solo—. ¡Lo mejor es darse prisa en llegar a las Tortugas! No dormiré tranquilo en el mar con tal hombre a bordo. ¡Carmaux!

El francés, que acaso esperaba ser llamado, y que fumaba sentado en la escala con su inseparable Wan Stiller, se presentó inmediatamente.

—Ha habido borrasca; ¿verdad, señor Morgan?

—Lo adivinaste, viejo mío —repuso el filibustero—. Ese hombre es terco como ninguno.

—Lo comprendí en seguida.

—Al hamburgués y a ti os confío la vigilancia del Conde. No es necesario que te diga que es un hombre peligroso.

—Es el hijo de Wan Guld —dijo Carmaux—. Mi compadre y yo velaremos por turno ante su cama.

—Y a la señorita de Ventimiglia, ni una palabra relativa a la presencia del Conde. Acaso perdería la tranquilidad sabiendo que está a bordo.

—No somos más que cuatro los que lo sabemos, y si don Rafael habla, le tiro al mar.

—Es mejor que se lo adviertas.

—Eso haré en seguida.

—¿Trabajan los carpinteros?

—Están todos en la cala, y parece que la vía es mayor de lo que suponían los españoles. No podremos andar hasta mañana por la tarde.

—Yo iré a animarlos. ¡Anda, Carmaux, y ojo avizor!

El francés se reunió con Wan Stiller, que seguía en su sitio.

—¡Punto en boca, compadre, respecto a cuanto ha pasado! ¡Es la consigna!

—¡No hablaré!

—¿Has visto a don Rafael?

—Me parece haberle visto hace poco en el castillo de proa.

—¡Vamos a buscarle!

Atravesaron la toldilla, en la cual una parte de la tripulación, ayudada por algunos prisioneros, manejaba las bombas para achicar la sentina, y llegaron al castillo sin lograr verle.

—¿Dónde se habrá metido? —preguntó Carmaux—. ¿Se habrá dormido en algún rincón?

Recorrieron nuevamente la embarcación, mirando bajo las velas tendidas sobre cubierta y entre los rollos de cuerda; bajaron a las baterías, donde interrogaron a sus camaradas; recorrieron hasta la cámara de la tripulación y las despensas, sin encontrarle.

—¡Esta desaparición es misteriosa! —dijo el hamburgués. ¿Habrá huido temiendo alguna venganza del Gobernador?

—¿Adónde? —preguntó Carmaux—. Lo más probable es que se haya ahogado. ¡Deseaba tanto la muerte!

—Es posible que haya tomado tan desesperada resolución. ¡Busquémosle, compadre!

Algunos amigos, informados de la desaparición del plantador, se unieron a ellos y visitaron la nave de arriba abajo, acabando por convencerse de que el pobre hombre no estaba a bordo.

Uno de los prisioneros de la fragata les dijo que, estando poco antes en el puente, le pareció haber oído un chapoteo, como si un cuerpo o algún aparejo hubiese caído al mar.

—¡Se ha ahogado! —dijo el hamburgués—. ¡Lo siento de veras, porque era un buen hombre!

—O le han ahogado —dijo Carmaux.

—¿Quién? —preguntó el hamburgués, profundamente asombrado de aquellas palabras.

—Alguien que sospechase de él.

—¿El capitán Valera?

—¡Quién sabe!

—Hubiera gritado o hubiera resistido.

—Pueden antes haberle apuñalado a traición o amordazado.

—Pero yo he visto hace poco al capitán en el entrepuente hablando tranquilamente con el capitán del velero.

—¡Compadre, paz para los muertos! —dijo Carmaux—. Ya no nos servía para nada, aunque lamento que haya tenido tan mal fin ese pobre diablo. ¡A la guardia, hamburgués! ¡El Gobernador nos ha sido confiado y debemos abrir los ojos! ¡Es el más peligroso de todos!

CAPÍTULO XVIII. LA TRAICIÓN

Cuando despuntó el alba la nave no estaba todavía en condiciones de navegar.

Los carpinteros habían trabajado sin tregua, pero aún no habían logrado tapar por completo la vía de agua abierta a proa, cuyas dimensiones ponían en serio peligro a la nave.

Tampoco el timón estaba terminado, así es que Morgan se veía obligado a esperar otras veinticuatro horas antes de alejarse de aquellos parajes que podían ser peligrosísimos, porque eran frecuentados por las naves españolas.

Durante la noche el velero, arrastrado por alguna corriente, se había acercado tanto a la costa venezolana, que a simple vista se la distinguía vagamente. Cuál era, ninguno lo sabía, porque ni aun el capitán español pudo dar información precisa, afirmando que hacía cuarenta y ocho horas que no podían tomar la altura a causa del huracán.

También el otro barco, abandonado a sí mismo, había sido arrastrado hacia el sur durante la noche, y se le veía a una distancia de diez o doce millas, un poco inclinado sobre babor, pero flotante.

Morgan, que tenía prisa por ponerse a la vela y refugiarse en las Tortugas, y por saber si los otros barcos de la escuadra, que llevaban gran parte de las riquezas apresadas, se habían salvado, no había salido de la cala, donde animaba a los carpinteros.

Hasta los prisioneros españoles habían sido empleados en formar una doble cadena, trabajando con achicadores y cubos, que llevaban llenos de la sentina y vaciaban sobre cubierta.

En esto cayó la noche, sin que el trabajo hubiese terminado, con gran disgusto de la tripulación, que comenzaba a desesperar de conseguir que el velero quedase en condiciones de navegar.

Todos estaban exhaustos, especialmente los hombres de las bombas y los prisioneros dedicados a la cadena; tanto, que varios de estos, no obstante las amenazas de Pedro el Picardo, se habían negado resueltamente a trabajar más.

—¡Esto va mal! —dijo Carmaux, que había subido sobre cubierta a tomar un poco de aire y que por sus compañeros supo las noticias—. ¡Se diría que algún santo o algún demonio protege al conde de Medina! Si esto sigue así, en vez de ir a las Tortugas naufragaremos en las costas venezolanas.

—¿Lo crees, compadre? —preguntó Wan Stiller, que había cambiado la guardia con un amigo.

—Esta mañana la costa estaba apenas visible, y ahora se distingue perfectamente. ¡Hay una maldita corriente que fatalmente nos arrastra hacia el sur!

—¿No puede taparse esa vía de agua?

—Parece que se ha abierto otra. Me han dicho que ahora el agua entra por la popa.

—¿No la habían visto antes?

—No.

—¿Cómo te explicas esa historia?

—Corren sospechas.

—¿Cuáles?

—Que algunos prisioneros, aprovechándose de la poca vigilancia que ejercen nuestros hombres, ocupados con las bombas, han agujereado la nave por ese lado.

—El capitán debía ahorcarlos.

—¡Ve a saber quiénes son!

—¿Y que dice el señor Morgan?

—Está furioso, y ha amenazado con tirar al mar a todos los prisioneros si logra descubrir a alguno con el aparejo de taladros.

—¿Has vigilado al Gobernador?

—No le he dejado ni un momento; y creo que ha sospechado ya que desconfío de él.

—¿Habrá sido él quien ha hecho el agujero?

—No, porque siempre le he visto en las bombas —repuso Carmaux.

—¿Tendrá algún cómplice?

—¡Quién sabe!

—Mejor hubiera hecho el señor Morgan dejando a todos los prisioneros en tierra. ¡Siempre es un peligro más! —dijo el hamburgués.

—¡Pero valen millares de piastras, compadre!

—¡Truenos de Hamburgo! —exclamó tras una pausa Wan Stiller—. ¡Diríase que la hija del Corsario nos ha traído la mala suerte!

—¡Bah! ¡No hay que desconfiar! —dijo Carmaux—. El timón ya está en su sitio; y si esta noche los carpinteros logran tapar la vía de agua, mañana pondremos la proa al norte.

A media noche, cuando ya confiaban en poder dar los últimos golpes en las tablas y espartos colocados en la vía de agua, los carpinteros fueron sorprendidos por una imprevista irrupción de agua que venía de babor con tal rapidez, que en menos de diez minutos había cubierto el empalizado. Casi al mismo tiempo un fuerte viento del norte empujó a la nave con mayor velocidad a la costa venezolana, ya muy próxima.

Al oír el grito de alarma de los carpinteros, Morgan había comparecido con Pedro el Picardo, y tuvo que reconocer que la nueva vía de agua era imposible de agotar con las bombas de a bordo; la tripulación estaba completamente postrada por el incesante trabajo, que ya duraba hacía veinticuatro horas.

—¡Mejor hubiera sido quedarse en la fragata! —dijo a Pedro el Picardo—. No hemos ganado nada con el cambio.

—Pero ¿era una criba el casco de esta condenada nave? —dijo el segundo con ira—. ¿O ha habido alguna mano culpable que de nuevo ha agujereado la quilla? Si hubiésemos chocado contra una roca, el golpe se hubiera notado sobre cubierta.

—Sí —dijo Morgan—; aquí se ha cometido una traición. Mientras nuestros hombres trataban de tapar una vía, una mano culpable abría otra.

—¿Con qué designio?

—Para impedirnos volver a las Tortugas: la cosa es clara.

—¿Tendrá el Gobernador algún amigo entre los prisioneros de la fragata?

—Puede ser, Pedro —repuso Morgan.

—Debíais haberlos tirado a todos al mar, como te aconsejé —dijo Pedro.

—La señorita de Ventimiglia no me hubiera perdonado semejante crueldad.

—¡Es verdad! —repuso Pedro con cierto mal humor—. ¿Qué vamos a hacer?

—No nos queda otro recurso que encallar la nave en cualquier banco y luego cerrar las vías de agua.

—El mar sube, Morgan, y el viento arrecia.

—Tratemos de encallar en alguna costa plana. Despleguemos algunas velas, y tratemos de aproximarnos antes de que la nave se llene de agua.

Cuando subieron a cubierta encontraron a Yolanda, que, prevenida por Carmaux del peligro que corría la nave, había salido de su camarote.

—¿Nos vamos a pique, señor Morgan? —preguntó con su acostumbrada tranquilidad.

—Todavía no, señorita —repuso el filibustero—. Antes que la nave se llene de agua pasarán por lo menos dos horas, y nos basta una para llegar a la costa. ¿La veis allá, hacia el sur?

—¿No se despedazará el velero? Veo estrellarse las olas contra la costa.

—Sí, el mar se pone duro —repuso Morgan mirando las olas, que aumentaban rápidamente de volumen bajo el soplo de un viento bastante vivo—. Sin embargo, confío en encontrar un buen sitio para encallar la nave.

Y elevando la voz, gritó:

—¡Todos sobre cubierta, e izad las velas!

Todos subieron a cubierta, incluso Carmaux y Wan Stiller, que en aquellos momentos juzgaron inútil vigilar al Gobernador.

Enormes olas, que se formaban a la vista de la tripulación, embestían contra la nave.

Para dar al velero mayor estabilidad y para aumentar su velocidad, Pedro el Picardo había hecho izar las dos latinas y algún foque en el bauprés.

La costa venezolana no debía ya de estar lejos. Se oía el estruendo formidable de las olas rompiendo en la playa o en las escolleras, y se veía ante la nave una inmensa sábana blanca producida por la espuma.

Morgan llevaba el timón y había rogado a Yolanda que no se alejase de él, para poder socorrerla, ya que no sabía si la nave resistiría el choque, y Carmaux se había unido a ellos, mientras el hamburgués sondeaba el fondo con Pedro el Picardo.

A medida que el velero se acercaba a la costa, los golpes de mar menudeaban. Olas enormes pasaban por encima de las bordas, rompiendo sobre la cubierta y amenazando arrastrar prisioneros y tripulantes.

El estruendo de aquella terrible resaca era tal, que casi no se oían las voces de mando de Morgan y de Pedro el Picardo.

A media noche la costa estaba a trescientos pasos; pero la oscuridad era tan densa, que no podía distinguirse si había algún refugio o escolleras que evitar.

—¿Adónde iremos? —se preguntaba Carmaux, que tenía asida la mano a Yolanda—. ¿Nos hundiremos antes de llegar, o nos estrellaremos contra las escolleras?

El temor de que la nave se hundiese no era injustificado.

La vía o vías abiertas por el traidor debían de haberse ensanchado con el empuje del agua, porque el velero, en menos de media hora, habíase sumergido un par de metros, y el agua entraba ya por las troneras de las baterías, aunque Morgan las había hecho cerrar para retrasar la inmersión.

En la estiba se oía mugir el agua cada vez que la nave cabeceaba bajo el embate de las olas.

Temiendo que los prisioneros fuesen alcanzados, Morgan los había hecho subir en unión del conde de Medina, que estaba a proa, confiado a Wan Stiller, a fin de que la joven, que iba a popa, no le viese.

A las doce y cuarto la nave estaba entre la resaca, que se dejaba sentir fuertemente. Corrientes y contracorrientes se mezclaban confusamente en derredor del pobre barco, que era lanzado de un lado a otro; Morgan seguía al timón, haciendo prodigiosos esfuerzos por mantener la ruta.

Aquel intrépido hombre de mar, aunque no ignorase que la toldilla podía desaparecer bajo sus pies, conservaba una calma admirable, dictando órdenes con voz tranquila y vibrante.

Solo sus miradas revelaban profunda emoción cuando se fijaban en Yolanda, aunque la joven no mostrase ninguna ansiedad ni temor.

—No os preocupéis por mí, señor Morgan —le había dicho—. Este naufragio no me asusta.

Combatida por todas partes, la nave se debatía en un mar de espuma, no obedeciendo al timón ni a las velas henchidas por el viento.

Avanzaba, retrocedía, inclinábase violentamente, ora a un lado, ora a otro; elevábase después bruscamente, pera caer luego en un abismo.

El agua que la llenaba con aquellas sacudidas se precipitaba como un torrente a través del entrepuente y de la estiba, hundiendo las puertas de los camarotes y arrastrándolo todo en su carrera.

Ya la costa distaba solo un centenar de metros, cuando se oyó a Picardo, que gritaba desde proa:

—¡Rompientes a proa! ¡Dobla, Morgan!

El filibustero corrió a la banda con todas sus fuerzas, confiando en sacar de ruta a la nave, cuando una espantosa ola entró por popa y atravesó todo el velero.

Morgan se había precipitado sobre Yolanda y la cogió entre sus brazos, mientras Carmaux era lanzado contra la amura.

—¡Agarraos a mí! —había gritado.

Apenas lo dijo, sintió que era levantado por la enorme masa de agua y arrastrado fuera.

Se hundió, sin soltar a la joven, y por fin salió de nuevo a flote.

Cuando pudo abrir los ojos vio la nave a unas brazas de distancia, que se alejaba arrastrada por la corriente.

Yolanda se había desvanecido en sus brazos.

—¡A mí! ¡A mí! —gritó espantado Morgan.

Una voz que no estaba lejos respondió a su llamada.

—¡Voy, capitán!

Una cabeza humana apareció entre la espuma, desapareciendo en seguida bajo una ola.

Viendo Morgan que la joven estaba inerte, trataba de tenerla fuera del agua para evitar la asfixia, y se puso a nadar desesperadamente.

Hombre acostumbrado a luchar con el mar, aunque la joven dificultara sus movimientos, no se asustaba. Ya otras veces se había librado de la muerte lanzándose al agua antes de que la nave se fuese al fondo.

Lo que más le preocupaba era la violencia de las olas y la proximidad de la costa. Si bien esta representaba la salvación, también ofrecía muchos peligros con la furiosa resaca que rugía.

Repitió la llamada con siniestro fragor, y oyó la misma voz de antes, que le contestaba:

—¡Un momento, señor Morgan! ¡Voy!

Un grito de alegría se escapó de los labios de Morgan.

—¡Carmaux!

—¡El mismo, señor Morgan!

—¡Date prisa!

—¡Malditas olas!

—¡La señorita de Ventimiglia se ha desmayado!

—¡Por cien mil cuernos! ¡Uff! ¡La señora…! ¡El mar…! ¡Ya estoy aquí!

Haciendo un último esfuerzo, el brazo marinero llegó junto a Morgan.

—¡Aquí! ¡Apoyaos, capitán! ¡He logrado pescar un salvavidas cuando me llevó el agua! ¡Truenos de Hamburgo, qué diría Wan Stiller, la señorita aquí!

Viendo cerca al marinero, que se apoyaba en el anillo de corcho, Morgan alargó la mano que tenía libre mientras con la otra sostenía a la joven, que aún no había vuelto en sí.

—¡Gracias, Carmaux! —dijo mientras otra ola los empujaba hacia la playa.

—¿Habéis tocado tierra, capitán?

—Yo, no.

—¿La señorita está desvanecida?

—Acaso la ola la empujó contra la banda. ¡Ayúdame, Carmaux, y escudémosla cuando caigamos a la playa! ¡Que yo me rompa las costillas, poco importa; pero salvemos a la joven!

—¡Yo recibiré el primer golpe, capitán! —repuso Carmaux pasando un brazo por la cintura de la joven—. ¿Y la nave, adónde ha ido, que ya no se le ve?

—La he visto a lo lejos. ¡Cuidado! ¡He tocado fondo! ¡Estamos en la orilla! ¡No dejes a la señorita, Carmaux!

—¡No, señor Morgan!

La ola los envolvió a los tres. El estrépito era tal, que no lograban hacerse oír.

Morgan hacía desesperados esfuerzos por tener a la joven casi fuera del agua; pero de cuando en cuando la espuma los cubría.

Ya por dos veces habían tocado tierra, cuando una ola, que avanzaba mugiendo, los levantó a prodigiosa altura, empujándolos hacia adelante.

—¡No dejes…! —Tuvo apenas tiempo de gritar Morgan.

Sintió que sus piernas se doblaban y quedaban como aprisionadas. La ola pasó sobre ellos, pero los obstáculos que los habían aprisionado no cedieron.

—¡Estamos en tierra! —gritó Carmaux—. ¡Estamos salvados!

La ola los había arrastrado hacia un grupo de mangles, y las raíces de estas plantas no solo los habían detenido, sino que habían amortiguado el choque.

Si los hubiese empujado algo más allá, indudablemente se hubieran estrellado contra los primeros troncos de la floresta.

—¡Huyamos antes de que vuelva el agua! —gritó Morgan.

Soltó el salvavidas, ya inútil; estrechó a la joven entre sus brazos, y, pasando de rama en rama, alcanzó el lindero del bosque.

Por fortuna la segunda ola no fue tan grande como la anterior, y se estrelló contra las primeras filas de los rizóforos.

—¡Esto es un arribo feliz! —dijo Carmaux—. Tratemos de hacer volver en sí a la señorita.

—¡Dios quiera que no esté herida! —dijo Morgan con voz algo alterada—. ¡Lo primero sería tener fuego!

—Yo tengo pedernal y yesca en una bolsa impermeable. Veamos si está seco.

—¡Date prisa, Carmaux; estoy inquieto!

—¿Late el corazón?

—Sí.

—¡No será nada! La yesca está seca. Ni una gota de agua ha entrado en la bolsa.

—Recoge ramas secas mientras yo preparo una especie de lecho.

Depositó dulcemente a la joven y, desenvainando la espada, cortó ocho o diez hojas de plátano y formó con ellas una especie de cama, que cubrió con musgo arrancado de un árbol enorme. Entre tanto Carmaux había recogido a tientas hojas secas y había improvisado una hoguera, encendida sin gran trabajo. Apenas se alzó la llama vieron a la joven levantar un brazo, como si quisiera alejar algo. Morgan dio un grito de alegría.

—¡Vuelve en sí! ¡Yolanda, señorita de Ventimiglia!

La joven tenía aún los ojos cerrados, y su bello rostro estaba palidísimo; pero su respiración era más libre.

—¡Señorita, señorita, estáis salvada! —repetía Morgan, inclinado sobre ella ansiosamente—. ¡Estamos en la costa!

Al cabo de un momento la joven se movió, y sus bellos ojos abiertos se fijaron en Morgan.

—¡Vos, señor! —murmuró.

—¡Sí, soy yo; Morgan!

Una sonrisa asomó a los labios de la hija del Corsario, y su diestra oprimió la del filibustero.

—¡La ola! ¡Recuerdo! ¿Cómo es que aún vivo?

—¿Estáis herida, señorita?

—No. Es verdad que caí cuando me arrastraba el agua. ¿Y la nave? ¿Y los otros?

—¡No os preocupéis! —dijo Morgan—. Supongo que habrán encallado.

—¡Ah! —exclamó la joven, viendo junto a sí al francés—. ¿Sois vos, Carmaux?

—¡Donde está la hija de mi capitán, estoy yo siempre! —repuso el marinero sonriendo.

—Pero ¿no te arrastró a ti la ola? —dijo Morgan.

—Yo estaba agarrado al obenque de babor del mayor, y cuando os vi fuera de borda con la señorita, me dejé caer yo también, llevando el salvavidas y pensando en seros útil.

—¡Gracias, viejo amigo mío! —dijo Morgan conmovido—. ¡Eres un marinero sin igual!

—Soy un marinero del Corsario Negro —repuso modestamente Carmaux.

CAPÍTULO XIX. LOS NÁUFRAGOS

El resto de la noche los dos filibusteros y la señorita de Ventimiglia, que se había repuesto rápidamente, lo pasaron alrededor del fuego para secarse los vestidos, no atreviéndose a alejarse de la costa.

Además, antes de tomar alguna decisión querían saber qué había ocurrido al velero. No creían que se hubiera ido a pique, aun estando medio lleno de agua, teniendo como más probable que hubiera encallado en algún otro punto de la costa o en los arrecifes señalados por Pedro el Picardo antes del golpe de mar.

Si se hubiese estrellado a breve distancia, ciertamente los gritos de los náufragos hubieran llegado a oídos de Morgan y de su compañero.

Un ardiente deseo de conocer la suerte de la nave atormentó constantemente al francés y a Morgan, que, apenas los primeros albores disiparon las tinieblas, se dirigieron hacia los mangles con la esperan de verla.

Sufrieron un cruel desengaño: la nave había desaparecido.

—¿Se habrá ido a pique? —preguntó Carmaux, que pensaba en su amigo Wan Stiller—. ¿Qué opináis, señor Morgan?

—Si hubiese naufragado, se verían despojos —repuso el filibustero—. ¿Ves tú cajas, barriles, gallardetes o trozos de amura?

—No, señor.

—Ni yo —dijo Yolanda, que iba con ellos.

—Allá veo una punta que se extiende hacia el noroeste —dijo Morgan—. Puede ser que las aguas la hayan empujado hacia allá.

—Sentiría que mi amigo Wan Stiller hubiera naufragado sin mí.

—Apenas podamos, alcanzaremos aquella punta —dijo Morgan.

—Capitán —dijo Yolanda—, ¿sabéis dónde hemos naufragado?

—En la costa venezolana, señorita; pero dónde, precisamente, no sé decíroslo.

—¿Tienen por aquí ciudades los españoles?

—Sí, y no pocas, aunque bastante alejadas unas de otras.

—Entonces, ¿cómo haréis para volver a las Tortugas?

—No lo sé, señorita; por ahora no pensemos en eso. Sea como sea, iremos; ¿verdad, Carmaux?

—¡Un filibustero encuentra siempre el modo de volver a casa, si no le ahorcan o le fusilan en el camino! —dijo el francés riendo.

—¿Podrías darnos algo de comer, viejo mío? Los bosques de Venezuela tienen muchos recursos.

—Pero yo solo tengo mi cuchillo de maniobra.

—Y yo, mi espada y mi pistola.

—¡Pobre armamento si encontramos indios!

—¿Los hay aquí? —preguntó Yolanda.

—Los caribes abundan en estas costas, y hay hasta tribus que devoran a los prisioneros de guerra. Debemos guardarnos de ellos.

—Señorita, vamos a buscar el almuerzo. De fijo encontraremos algo, aunque sean frutas. Después nos dirigiremos hacia ese cabo para ver si la nave se ha destrozado o ha encallado en alguna parte.

Convencidos de que encontrarían pronto a sus camaradas, se alejaron de la playa y se internaron en el bosque, que a primera vista parecía impenetrable.

Estas tierras, bañadas por las aguas del golfo de México, regadas por gigantescos ríos y acariciadas por el sol, son de una fertilidad prodigiosa, y el desarrollo de sus plantas es extraordinario. Basta que una plantación sea descuidada algunas semanas, para que se vea invadida por un laberinto de plantas que crecen casi a simple vista.

La vela que cubría toda la costa y que probablemente se extendía en un espacio inmenso del interior, parecía formada, al menos en sus lindes, por dos clases de plantas: palmas y bombix.

Y, en efecto, hasta donde la vista alcanzaba se veían las verdes hojas de las primeras, dispuestas como un plumero, en la punta de un tronco ni muy alto ni muy ancho, y las más claras y menos largas de los segundos, con tronco más grueso y blanquecino, y las ramas cubiertas de frutas erizadas de espinas duras, que se utilizan como clavos.

Bajo aquella bóveda de verdura, unidas unas a otras, rectas o enroscadas como serpientes, se veían grupos de plantas parásitas, bejucos, roquetas, que dan una fruta parecida a los higos, y troncos sarmentosos de niku, de negra y reluciente corteza.

Entre las ramas aullaban los macacos, simios voracísimos y glotones, y revoloteaban tucanes de pico enorme.

En lontananza un honorato desde la cima del más alto bombix lanzaba con monotonía unas cuantas notas musicales: do-mi-sol-do.

—¡La colación no ha de faltar! —dijo Carmaux lanzando una ojeada a las plantas.

—¿Acaso esas frutas espinosas? —preguntó Yolanda.

—¡Eso apenas sirve para los simios! Tenemos algo mejor. Los queseros no son de ninguna utilidad para los hombres, y sobre todo para los hambrientos.

—¿Los queseros habéis dicho?

—Sí; esas plantas de corteza blanquecina se llaman así, aunque no porque den queso.

—Pero su madera es blanca y porosa, sencilla y muy ligera —añadió Morgan—. Eso otro son semillas de palmeras; ¿verdad, Carmaux?

—Sí, señor; y es una verdadera lástima que no haya ningún animal que comer, teniendo ya el pan asegurado.

—No lo veo hasta ahora —dijo Yolanda—. ¿Dónde hay horno?

—¡Un momento, señorita! ¡Oh! ¡Soy un ingrato! ¡Me lamento sin razón! El asado vendrá a ofrecerse él mismo.

Un grito extraño, que parecía de trompeta, resonó a pocos pasos.

—¿Qué es? —preguntó asombrada Yolanda.

—¿Alguna señal india? —dijo Morgan desenvainando su espada.

—Es el asado que se anuncia —dijo riendo Carmaux—. ¡Buen pájaro! ¡El agami! Da pena matarle; pero el estómago no razona. ¡Señor Morgan, dadme vuestra espada!

Un hermoso volátil, grande como un gallo, de larguísimas patas, con plumas negras en el cuello y en las alas y doradas bajo el vientre y en el dorso, había salido de entre el follaje y saludaba a los náufragos con alegre trompeteo.

Aquel gracioso pájaro no mostraba ningún temor por la proximidad de las tres personas; antes bien, las miraba complacido, batiendo las alas y continuando su cantata.

—¡No se escapará! —dijo Carmaux, viendo que Morgan buscaba algo que tirarle—. ¡Dejadme a mí, capitán!

Viendo a algunos pasos un calupo diablo, planta que produce unas simientes que se tienen por óptimas contra las mordeduras de las serpientes, sobre todo en infusión en aguardiente, desgranó algunas y se las echó al volátil, que se puso a comer tranquilamente.

—Ya veis cómo se familiarizan con las personas —dijo Carmaux—. ¡Lo siento, repito; pero no hay otra cosa!

Mientras con una mano continuaba echando semillas, con la otra empuñaba la espada de Morgan, y lentamente se acercaba al pobre pájaro.

De pronto la hoja brilló en los aires, y el agami, decapitado, rodó por el suelo batiendo las alas.

—¡Pobrecillo! —exclamó Yolanda—. ¡Hacéis traición a su confianza!

—Es la lucha por la existencia, señorita —repuso Morgan—. Cuídate del pan ahora, amigo, mientras yo preparo el asado.

Ayudado por la joven, hizo recolección de ramas y hojas secas, reavivó el fuego y se puso a desplumar al volátil, mientras Carmaux trepaba a una de las más altas palmeras.

Pocos minutos después un ruido de hojas sacudidas y ramas rotas anunciaba a Morgan que también el pan estaba seguro.

Realmente no era pan, porque no era artocarpo, nombre que dan a una planta que sustituye a la de harina, aunque su gusto se asemeja más a la alcachofa.

Las palmas producen una especie de fruta monstruosa, de un metro de largo, y gruesa como la pierna de un hombre; blanca, lisa, de excelente sabor, y que para los indios sustituye el casava, o sea la galleta de mandioca, cuando este tubérculo falta.

Carmaux, que había ya bajado, se puso a descortezar la mandorla, cuando a sus oídos llegó un rumor de hojas y de ramas, como si alguien tratara de abrirse paso por entre las plantas.

—¡Señor Morgan, alerta! —gritó tendiéndole su espada—. ¡Parece que alguien se acerca!

—¿Algún animal?

—No sé, señor —dijo el filibustero recogiendo del suelo una rama que podía servirle de bastón—. Me parece que alguien corre por entre las plantas.

—Yo no he oído nada. ¿Y vos, señorita?

—Tampoco.

—Ante todo, pon el asado en lugar seguro —dijo Morgan.

—Nadie lo tocará; os lo aseguro —repuso Carmaux—. ¡A quien quiera probarlo le romperé las costillas!

En aquel momento las ramas se abrieron, y dos indios aparecieron de improviso, empuñando un largo arco de dos metros y flechas larguísimas, provistas en su extremo de aguzada espina.

Estaban casi desnudos, eran de alta estatura, piel rojiza surcada por extrañas pinturas hechas con jugo de genipa, cabellos negros larguísimos y ojos torvos.

En la cintura llevaban sujeto una especie de taparrabos de fibra vegetal, y al cuello y en las muñecas, collares y brazaletes de dientes de animales feroces, de garras de jaguar y escamas de tortugas.

Viendo a los náufragos, se detuvieron y los miraron con cierta curiosidad, pero sin manifestar por el momento ninguna intención hostil. Uno de los dos, que llevaba prendido en un cabello el pico de un tucán, dio algunos pasos y dijo en mal español:

—¿Qué hacen aquí los hombres blancos?

—Hemos naufragado la pasada noche —repuso Morgan cubriendo con su cuerpo a Yolanda—. ¿Quiénes sois?

—Caribes —dijo el indio.

—¿Cómo sabes tú el español?

El indio tomó una actitud gallarda, y con majestuoso gesto, dijo:

—Yo soy Kumasa, el más valiente guerrero de la tribu, que ha matado a muchos enemigos y ha visto la gran ciudad de los hombres venidos en grandes piraguas en donde el sol nace. En mi cabaña conservo el collar de meta blanco que me dio el jefe de los rostros pálidos. ¡Kumasa es un gran guerrero!

—¡A mí me parece un gran fanfarrón! —dijo Carmaux a media voz.

El indio, terminada su presentación, se apoyó en su arco, alzando la cabeza en actitud petulante que hizo sonreír a los náufragos.

—Señor Morgan —dijo Carmaux—, espera nuestra respuesta.

—Te encargo que hagas mi presentación —dijo el filibustero.

—¡Será tremenda!

A su vez se adelantó dos pasos, y elevando el bastón como si quisiera apalear a alguien, dijo indicando a Morgan:

—El hombre que aquí ves es el jefe de una inmensa tribu que jamás fue vencida por los españoles. Tiene un infinito número de grandes piraguas, de tubos que desencadenan el rayo y que matan desde lejos, y pueden dominar con un gesto los vientos y las tormentas. Su brazo es invencible, y la espada que ciñe ha cortado más vidas que árboles hay en el bosque. Es el mayor guerrero de los países en que nace el sol.

—¡No faltaba sino que me proclamases genio! —dijo Morgan riendo.

Los dos indios habían escuchado en silencio las palabras de Carmaux, y con seriedad absoluta.

—Mis palabras han hecho efecto —dijo este—. ¡Ya somos invencibles!

—Si lo creen —dijo Yolanda.

—¡Oh! ¡Tienen grandes tragaderas! —repuso el marinero.

El indio que llevaba el pico de tucán cambió con su compañero algunas palabras, y avanzó diciendo:

—Vosotros, que sois hombres tan poderosos, permitid que nos pongamos bajo vuestra protección.

—¿Os amenaza alguien? —preguntó Morgan.

—Sí; los guerreros oyaculés —repuso el indio, mirando a su alrededor.

—¿Quiénes son?

—Indios malos, que matan a los prisioneros de guerra, y que nos han sorprendido esta mañana junto a las orillas de la sabana mientras esperábamos cazar el maipuri (tapir).

—Nunca he oído hablar de esos indios —dijo Carmaux—. ¿Quiénes son?

—Hombres que tienen la piel casi blanca, como la vuestra, la nariz encorvada y barbas largas, —repuso Kumasa—. Habitan en las grandes selvas del interior, y de cuando en cuando hacen correrías por las orillas del mar para saquear nuestras aldeas.

—¿Eran muchos los que te atacaron? —preguntó Morgan.

—No; siete u ocho.

—¿Con arcos y flechas?

—Y con pesadas vanayas.

—¿Qué es eso?

—Mazas de madera y de hierro de forma cuadrangular, que manejan con extraordinaria habilidad.

—¿Os han seguido?

—Sí.

—¿Están cerca?

—No sé —repuso el indio—. Hace una hora que los hemos perdido de vista.

—¡Y no tener ni un fusil! —dijo Morgan mirando inquieto a Yolanda.

—¿Tenéis la pistola, señor Morgan? —dijo Carmaux.

—Con dos tiros y la pólvora mojada.

—La secaremos y reservaremos los dos tiros para las grandes circunstancias.

—Comamos de prisa y desalojemos —dijo el filibustero.

—Si encontramos a nuestros compañeros, nada tenemos que temer de estos salvajes.

—Sentaos, señorita, y no os preocupéis por ahora.

—A vuestro lado me siento segura —repuso la joven.

Dividieron el volátil, del cual dieron un pedazo a los dos indios, y partieron el pan, que fue muy del agrado de todos.

Mientras comían Kumasa les contó que él y su compañero pertenecían a una gran tribu de caribes que tenía su aldea en la orilla de un profundo golfo, no muy lejos de allí, y que él era de sus capitanes más respetados y estimados.

Terminaron su almuerzo sin ser molestados.

Probablemente los antropófagos habían perdido el rastro de los dos indios, o, desesperando de poder cogerlos, se habían retirado a sus bosques.

—¡Vamos! —dijo Morgan—. Iremos a ver aquel cabo, ya que supongo que la nave se ha estrellado allí.

—¿Y si se hubiera ido a pique con todos sus tripulantes? —preguntó la joven.

—Sería una grave desgracia —repuso Morgan.

—¿Cómo volveríais a las Tortugas?

—No nos quedaría más recurso que intentar la travesía del golfo en una piragua india: peligrosa empresa, es cierto, señorita; pero yo estoy resuelto a no acabar aquí mis días.

—¿No llegan hasta estas playas los corsarios?

—Algunas veces, cuando hay algo que hacer en contra de los galeones españoles; por eso deberíamos esperar algunos meses. ¡Vamos, señorita; pronto sabremos lo que le ha ocurrido a la nave!

Precedidos por los dos indios, que se sentían más seguros junto a los hombres blancos y que no se atrevían a entrar en el bosque por temor a encontrarse con los oyaculés, que les inspiraban invencible temor, se pusieron en marcha siguiendo el lindero del bosque.

Habiendo cesado el huracán, las olas poco a poco habían disminuido; pero la resaca se dejaba sentir violentísima en la playa a causa de los arrecifes.

Ningún despojo aparecía entre las aguas que indicase haber naufragado allí una nave; antes bien, quizá el velero había sido arrastrado hacia detrás del cabo, donde se había estrellado.

Los árboles del bosque variaban poco a poco. De cuando en cuando aparecían entre las palmeras enormes grupos de plátanos de hojas inmensas, simarubas, que tienen propiedades tónicas, sea en su corteza o en sus raíces, entre las cuales, según los indios, se esconden las tortugas terrestres; colosales bambúes, tan gruesos que con ellos los indios construyen canoas capaces de resistir a las más afiladas hachas.

Bandadas de tucanes de plumas multicolores y enorme pico revoloteaban con multitud de papagayos, mientras entre el césped huían lagartos monstruosos de flancos de esmeralda horribles a la vista, pero cuya carne blanca, parecida en su sabor a la del pollo, es muy buscada.

Los dos indios, acostumbrados a atravesar el bosque, procedían con precaución, mirando atentamente donde ponían el pie, y hurgando antes con la punta de sus arcos las hojas secas y las altas hierbas para evitar las mordeduras de las serpientes o de las grandes hormigas, que producen atroces dolores y fiebres especialmente las llamadas flamencas, que son las más formidables de todas.

Ya habían visto más de un reptil huir entre las hojas, y uno negro se había enroscado ante ellos lanzando un agudísimo silbido e intentando morderlos. Era un ay-ay, uno de los más peligrosos, cuyo veneno es tan potente, que causa la muerte en pocos minutos.

Una hora después el destacamento, atravesando un bosque de enormes pasionarias que cubría la península que se extendía en el mar un centenar de metros, llegaba a la playa opuesta.

Un grito se escapó de los labios de Morgan.

—¡Despojos! ¡La nave se ha estrellado!

CAPÍTULO XX. LA ACOMETIDA DE LOS OYACULÉS

Habían llegado a la orilla de un vasto golfo, el cual se adentraba tanto en la costa que estaba cubierto por bosques, y entre las olas, rompiendo contra los acantilados, los náufragos habían visto una gran cantidad de desechos.

Entre la espuma de las olas se balanceaban pedazos del forro y de la cubierta, cajas y barriles que ruidosamente se empujaban unos a otros, destrozándose.

Algunas enormes vigas, quizá arrancadas de parte de la proa o popa del casco, habían encallado entre los manglares, ahí permanecían secas en medio de las ramas retorcidas de esas plantas, por causa de la marea baja.

Si bien los restos eran abundantes, no se veía absolutamente ningún hombre. La playa, hacia donde se dirigían sus miradas, estaba desierta e incluso en el agua no se podía ver ninguna persona muerta, algo inexplicable, dado el gran número de personas que se encontraban a bordo del velero cuando las olas y el viento lo empujaron contra los escollos de la orilla.

—¡Es posible que todos se ahogaran! —exclamó Morgan con voz alterada—. Sin embargo, había entre nuestros hombres nadadores con talento, que no tenían miedo de las olas. ¿Qué dices, Carmaux?

—¿Pertenecerán a nuestra nave estos despojos? —preguntó a su vez el marinero.

—¿Qué queréis decir, Carmaux? —preguntó Yolanda.

—Que también podrían pertenecer a la fragata que hemos abandonado después del abordaje.

—¿Y nuestra nave? —preguntó Morgan—. ¿Dónde creéis que haya terminado?

—No sé, señor —respondió el marinero—. Sin embargo, me parece que si hubiese naufragado aquí, en esta playa, alguien debería haberse salvado.

—Vamos a ver esos restos —dijo Morgan, que se había tornado pensativo.

Abriéndose paso entre los manglares, llegaron pronto donde las olas habían empujado los restos, encontrando en la arena otros desechos, incluido un afuste de cañón, al que le faltaba una pieza.

Morgan se había precipitado sobre él, sabiendo que las armas habitualmente llevaban pintado el nombre de la nave a la que pertenecían.

—¡Teníais razón, Carmaux! —gritó—. Estos restos pertenecen a la fragata. Aquí en este afuste está pintado su nombre.

—Entonces, ¿qué le ha pasado al velero? —dijo Yolanda.

—No me atrevo a responder, señorita —dijo Morgan.

—Decidme francamente vuestro pensamiento —insistió Yolanda—. ¡Soy hija de un corsario!

—Sí; ya lo sé; y pruebas me habéis dado de vuestro valor —dijo el filibustero.

—¡Hablad, pues!

—Creo que no debemos contar más que con nuestras propias fuerzas.

—Entonces, ¿creéis que nuestra nave se ha hundido? —preguntó Yolanda, emocionada.

Esa es mi opinión, señorita. Mis hombres, probablemente, descansan todos en el fondo del mar. La nave debe de haber sido arrastrada a mucha distancia de la costa, y se habrá ido a pique.

—¡Ah! ¡Mi pobre Wan Stiller! —gimió Carmaux—. ¡Marcharte así, sin mí!

—Aún no tenemos ninguna prueba de que el velero haya naufragado —dijo Yolanda.

—Estaba lleno de agua, señorita, y, a menos de un milagro, no puede haber escapado de ese fin.

—Creo que no nos queda más que cuidarnos de nosotros.

—¿Qué pensáis hacer, Morgan?

—Ya que la suerte nos ha deparado estos dos indios, seguirlos a su tribu —repuso el filibustero—. Al menos allí encontraremos un refugio y una protección.

—No olvidéis que en este bosque viven los oyaculés.

—¿Cómo nos acogerán esos indios?

—Los caribes no son malos, cuando no se les provoca —repuso Carmaux—. Yo los conozco por haberlos frecuentado con vuestro padre.

Morgan interpeló a Kumasa.

—Mañana podremos llegar a la aldea, si los oyaculés no nos detienen —repuso el indio—. Hemos dejado nuestra piragua en un río que desemboca en una sabana, oculta entre las hojas del mucu-mucu, y acaso nuestros enemigos no la hayan descubierto.

—¿Está lejos esa sabana?

—Tres horas de marcha.

—¡Con tal que esos malditos oyaculés no nos esperen allí! —dijo Carmaux—. No me gusta tener nada con salvajes, sobre todo sin mi arcabuz.

—Lo mismo pueden sorprendernos aquí —repuso Morgan—. Además, no son más que ocho, y la pólvora de mi pistola ya se ha secado con este calor. Tengo, pues, la vida de dos hombres, y mi espada. ¿Quieres guiarnos? —dijo a Kumasa.

—Con los hombres blancos nada temo —repuso el indio—. Son fuertes guerreros.

—¡Oyéndole antes, era el más temido y el más formidable! —dijo Carmaux—. ¡Fanfarrón!

—Señorita, partamos —dijo Morgan—. Ya nada hacemos aquí, estando seguros de que la nave no se ha hundido en estos parajes.

—Se pusieron en camino precedidos por los dos indios, que iban uno tras otro y con el arco tendido.

Los tres náufragos estaban tristes y preocupados, especialmente Morgan, que, además de haber perdido a todos sus fieles compañeros y el fruto de la audaz expedición, se encontraba sin nave y sin ayuda, con grandes probabilidades de caer en manos de los salvajes o de los españoles, en unión de la joven que había pretendido salvar.

También Carmaux había perdido su habitual buen humor, pensando en el desgraciado fin de su inseparable compañero, el pobre hamburgués. La marcha paso a paso, dentro del bosque, era cada vez más penosa.

Estaban como envueltos por una vegetación demasiado exuberante, que había invadido los menores claros de tierra. A diestro y siniestro, delante y detrás, se entrelazaban confusamente pasionarias, bejucos, sarmientos de pimienta, nueces moscadas selváticas, árboles de pino, cedros, peras de Venezuela, árboles de algodón cargados de flores amarillas y purpúreas, grupos de euforbias, cactiformes erizadas de espinas y Caspa butinacee, así llamadas porque de esta planta se extrae una especie de manteca muy apreciada por los indios. Entre aquella confusión de ramas y de hojas no se veía ningún volátil; sin embargo, de cuando en cuando el silencio se interrumpía por aullidos ensordecedores y mugidos formidables, que hacían detenerse a los tres náufragos, creyendo que serían los temidos antropófagos que se preparaban a atacarlos.

Eran algunas bandadas de simios rojos que se divertían probando la solidez de sus pulmones y de su garganta.

Esos cuadrumanos son extraordinariamente abundantes en Venezuela y la Guyana, y por la potencia de su voz pueden competir con los barbados brasileños.

Se cuelgan de las ramas de un árbol, y allí hinchan la garganta, grande como un huevo, lanzando mugidos tan formidables, que se oyen a la increíble distancia de cinco kilómetros.

Si esos simios eran inofensivos, otro peligro esperaba al destacamento, que se veía obligado a avanzar con la mayor precaución.

De cuando en cuando, entre las hojas secas que formaban altísimas capas, se veían salir ciertas grandes hormigas de centímetro y medio de largo, negras y relucientes, de hinchado abdomen, que intentaban morder los pies desnudos de los dos indios, y no retrocedían ante ellos.

Morgan, que ya tres veces había recorrido los bosques de la América meridional, especialmente de Guyana y Colombia, y que sabía los peligros que ocultan, cuidaba atentamente de Yolanda, mirando dónde ponía el pie y registrando las hierbas y las hojas con la punta de su espada, por temor de que escondiesen algún formidable trigonocéfalo o alguna serpiente coral, de incurable picadura, o serpiente liana, reptiles todos que abundaban extraordinariamente en aquellas regiones.

Y no miraba tan solo al suelo. Siguiendo el ejemplo de los dos indios, escrutaba el espeso follaje de las plantas, ya que súbitamente podía caer alguno de esos enormes reptiles llamados pitones, que poseen una fuerza capaz de triturar a un hombre sin esfuerzo, y que gustan de ocultarse entre las ramas para sorprender a su presa.

Caminaban hacía ya un par de horas, siempre internándose con gran dificultad, cuando un agudo grito rompió el silencio que en aquel momento reinaba bajo la bóveda de verdura, haciendo detenerse a los dos indios.

—¿Qué es? —preguntó Morgan colocándose ante Yolanda.

—¿Habéis oído? —preguntó Kumasa.

—¿El grito de algún animal peligroso?

—No; de una bernaca.

—No sé lo que es.

—Una oca salvaje —dijo el indio.

—¿Y te espanta ese volátil?

—Donde se encuentre una cabaña, hay siempre de esas ocas; pero no es eso lo que me preocupa.

—¿Qué es, entonces?

—Ese grito no me parece natural, y Jay, mi compañero, es del mismo parecer.

—¿Será alguna señal?

—Eso sospechamos, hombre blanco —dijo el caribe.

—¿De algún oyaculé? —preguntó Carmaux.

—No hay tribus amigas por aquí.

—Puedes haberte engañado —dijo Morgan.

Kumasa movió la cabeza.

—¡Un caribe no se engaña nunca! —dijo.

—¿Está lejos la sabana?

—Cerquísima.

—Si quieren atacarnos lo mismo lo harán aquí que más adelante —dijo Morgan a Yolanda—. Seguid a mi lado, señorita, y tomad mi pistola. Yo tengo bastante con mi espada.

—Sé usarla —dijo la joven.

—¡Adelante, heroico guerrero que no conoce el miedo! —dijo Carmaux al indio con algo de ironía—. ¡Tú matas siempre a tus enemigos!

Los indios se consultaron en voz baja, probaron la elasticidad de sus arcos, y partieron en silencio, mirando el uno a la derecha y el otro a la izquierda.

—Señorita —dijo Morgan—, ocurra lo que ocurra, no os apartéis de mí.

—Así lo haré —repuso la joven.

El bosque comenzaba entonces a aclarar un poco y se hacía muy húmedo. En medio de las plantas se oían correr varios arroyuelos, todos en la misma dirección.

Los dos indios escuchaban siempre y alzaban con frecuencia la vista, como si buscasen la bernaca que había lanzado aquel grito; pero ninguna oca salvaje aparecía.

Habían recorrido dos o trescientos pasos entre las pasionarias que llenaban el suelo, cuando volvieron a detenerse, diciendo:

—Oímos el río que va a la sabana.

En efecto; un poco más adelante se oía rumor de agua: parecía como si un rápido torrente se abriera paso por entre las plantas.

—¿Dónde está tu canoa? —preguntó Morgan.

—En el río —dijo Kumasa.

—Me habías dicho que en la sabana.

—El agua muerta no está lejos.

Iba a reanudar su marcha, cuando oyeron de nuevo, y más próximo, el grito de la bernaca.

Los dos indios se volvieron con los arcos preparados.

—¿Todavía la señal? —dijo Morgan.

—Sí —repuso Kumasa—. El grito de la oca salvaje está bien imitado, pero no nos engaña.

—Apresurémonos a encontrar el río —dijo Morgan—. Si podemos encontrar la piragua, estamos salvados.

—Debe de estar junto a aquel árbol —dijo Kumasa señalando un bacaba (especie de palmera aurífera), de cuyas ramas colgaban flores carmesíes.

—Id a ver, hombre blanco, mientras nosotros vigilamos el bosque con vuestro compañero.

—Sí; id, capitán —dijo Carmaux—. Ante todo poned a la señorita en salvo.

—¡Daos prisa; oigo agitarse la fronda!

Morgan se adelantó rápidamente seguido por Yolanda, y llegó a la orilla de un cauce de agua bastante rápido, ancho de unos seis metros, que corría entre dos murallas de verdura.

Los árboles eran tan inmensos, que con sus ramas y sus hojas formaban una bóveda casi impenetrable a los rayos del sol.

Morgan se inclinó sobre la orilla, y vio medio oculta entre las hojas de los mucu-mucu una de esas canoas labradas en el tronco de un bambú gigante, llamadas montarías, con cuatro remos de pala muy ancha y mango muy corto.

—¡Aquí está la piragua! —gritó—. ¡Pronto, señorita; embarcad!

Ayudó a la joven a bajar a la orilla, y la hizo embarcarse en la canoa.

Iba a subir para llamar a sus compañeros, cuando gritos espantosos estallaron en el bosque.

—¡Señor Morgan! —Oyó gritar a Carmaux—. ¡Salvad a la señorita! ¡Huid!

El filibustero, en vez de obedecer, se izó y vio a Carmaux y a los dos indios huir precipitadamente hacia el bosque seguidos por siete u ocho hombres medio desnudos, de altísima estatura, con el rostro adornado con largas barbas, y que lanzaban flechas con prodigiosa rapidez.

—¡Los oyaculés! —exclamó—. ¡Aquí, Carmaux, aquí! ¡La canoa! ¡La canoa!

Ya era tarde, porque los antropófagos, acaso sin querer, se habían colocado entre los fugitivos y el río, impidiendo así que se salvasen en la piragua. Oyendo los gritos de Morgan, tres hombres se destacaron del grupo y lanzaron contra él algunas flechas sin hacer blanco.

El filibustero, comprendiendo que ya no podía contar con sus compañeros, y no pudiendo, por otra parte, hacer frente él solo, ya que no tenía más arma que su espada, solo pensó en salvar a Yolanda. En dos saltos llegó a la canoa, gritando a la joven a la vez que saltaba dentro:

—¡Echaos en el fondo de la piragua! ¡Vienen!

Tan pronto como Yolanda obedeció empezó a remar afanosamente.

Ya se habían alejado unos diez metros, cuando los tres salvajes que se habían vuelto contra ellos llegaron a la orilla.

Tres flechas silbaron, seguidas de un grito de dolor. Dos se habían clavado en la borda; pero la tercera, mejor dirigida, penetró en el pecho del filibustero a la altura de la clavícula derecha.

Yolanda, que le había visto arrancarse furiosamente la varita de bambú, y que había oído un grito de dolor, se puso en pie, y viendo a los tres salvajes que de nuevo tendían los arcos, descargó sobre el más próximo un tiro de pistola. El antropófago, herido en la cabeza, rodó por la orilla agitando los brazos, y cayó al agua.

Los otros dos, espantados por el disparo, que acaso nunca habían oído, y por la fulminante muerte de su compañero, desaparecieron rápidamente entre las plantas.

La joven, que se había puesto muy pálida, se había acercado a Morgan, quien a pesar del intenso dolor que sentía, continuaba remando con suprema energía.

—¿Os han herido, señor Morgan? —le preguntó con alterada voz.

—No será cosa grave, señorita —dijo el filibustero tratando de sonreír—. Más adelante sacaremos la punta que ha quedado dentro.

—¡Dios mío! ¡Y si estuviese envenenada!

—Estos salvajes no conocen el veneno; tranquilizaos, Yolanda. Coged los remos y ayudadme como podáis. Es preciso alejarse antes de que vuelvan esos bribones. ¡Oh! ¡Remáis maravillosamente! ¡Gracias!

—¡Veo sangre a través de vuestra camisa!

—Siempre quedará dentro lo suficiente. ¡Los remos señorita; ayudadme!

—¡Dejad que contenga la sangre, señor Morgan!

—¡Luego! ¡Dejad que salga! ¡Pronto, señorita! Pueden venir y acribillarnos a flechazos.

La joven, comprendiendo que no lograría convencer al corsario, y temiendo que reaparecieran los salvajes y le rematasen, tomó los otros dos remos.

Estaba profundamente emocionada, y a cada instante volvía la cabeza hacia el filibustero, preguntándole:

—¿Queréis descansar, señor Morgan? Dejadme a mí el cuidado de llevar la canoa. Sé guiar hasta una chalupa.

—No, señorita. ¡De prisa; más de prisa! —repetía Morgan.

El río, por fortuna, tenía una rápida corriente y se alejaban con velocidad. Más que un río, era una especie de torrente de aguas negras, saturada de miasmas corrompidos, que se habían abierto paso por entre dos linderos del bosque.

Bajo la bóveda de verdura que le cubría no soplaba la menor corriente de aire, y reinaba una temperatura de estufa que hacía sudar copiosamente a los dos remeros.

Aquella bóveda los preservaba en cambio de las insolaciones frecuentísimas en aquellas regiones casi ecuatoriales, y que casi nunca perdonan a quien ha sido atacado por ellas.

Morgan, aunque sufría bastante por habérsele quedado en la carne la punta de la flecha, y cuya herida no cesaba de manar sangre, resistía tenazmente sin que de sus labios saliese una queja.

Tenía la frente bañada en frío sudor, y se le veía apretar los dientes para no dejar escapar un gesto de sufrimiento.

Yolanda le secundaba remando enérgicamente; pero su inquietud aumentaba viendo formarse a los pies del filibustero un charco de sangre que poco a poco aumentaba.

—¡Basta, señor Morgan! —dijo de pronto, notando que disminuía el esfuerzo del marino—. ¿Queréis mataros? Dejadme a mí llevar la canoa, y vendaros la herida.

—¡Un momento aún, señorita! —repuso Morgan con voz ahogada—. Veo un lago… Debe de ser la sabana o alguna laguna…

—¡Os lo ruego!

—¡Esperad!

—¡Entonces, os lo mando!

El filibustero, que ya no podía más, había soltado los remos y se oprimía la herida con ambas manos.

La canoa entonces desembocaba en una vasta laguna llena de hojas de mucu-mucu y de trozos de madera de cañón blanca y plateada.

Yolanda la llevó hacia la orilla, encallándola en un banco fangoso.

—¡Venid, señor Morgan! —dijo con voz conmovida—. ¡No olvidaré nunca que os debo la vida!

El filibustero se puso en pie vacilando.

—¡Es la punta que me lacera las carnes! —murmuró.

—¿Estará envenenada? —preguntó aterrada Yolanda.

—¡No, no!

Bajó a la orilla apoyándose en la espada; pero al llegar arriba tuvo que sostenerse en la joven.

—¡Cuánto debe usted de sufrir, pobre amigo! —dijo Yolanda.

—¡Pasará! —repuso el filibustero mirándola con los ojos casi cerrados—. Amarrad la canoa: puede arrastrarla la corriente… ¿Y Carmaux? ¿Dónde estará Carmaux?

Y, doblándose bruscamente, se dejó caer en la orilla lanzando un sordo gemido.

—¡Señor Morgan! —gritó Yolanda corriendo hacia él.

—¡No os asustéis, señorita! —repuso el filibustero reanimándose pronto—. ¡Los corsarios tienen la piel muy dura!

CAPÍTULO XXI. EL HERIDO

El río desaguaba en una vasta laguna, interrumpida acá y acullá por bancos fangosos en los cuales crecían enormes grupos de bambúes gruesos como el cuerpo de un hombre, y mangles que hundían en el agua sus tortuosas raíces.

Las orillas, aunque lejanas, aparecían cubiertas de boscaje, que debía de ser tupidísimo, a juzgar por la enorme cantidad de troncos que se elevaban a gran altura extendiendo en todas direcciones sus monstruosas hojas.

No se veía ni una canoa entre las aninges y las muricis que cubrían el agua. En cambio, revoloteaban bandadas de martín-pescadores, becasinas y cigarras, que difícilmente se alejan de los ríos o pantanos.

Después de asegurarse de que aquel lugar estaba desierto y de haber atado la canoa a fin de que la corriente no se la llevara, Morgan había desabrochado la casaca de paño y la camisa de franela, dejando al descubierto el hombro derecho, en el cual se veía una abertura producida por una flecha y que manaba abundante sangre.

—¡Pobre amigo mío! —dijo Yolanda, que miraba con visible emoción la herida—. ¡Cuánto debéis de sufrir!

—Dadme mi espada, señorita.

—¿Qué queréis hacer?

—Alargar la herida para extraer la punta que ha quedado dentro.

—¡Dios mío!

—Es preciso lavarla, señorita, o producirá una peligrosa inflamación.

—¡Sufriréis mucho!

—No es la primera flecha que me hiere. En las orillas del Orinoco recibí otra. Por fortuna estos salvajes no tienen la triste costumbre de envenenarlas: si no, a estas horas ya no viviría.

—¡Esperad, señor Morgan!

—¿Qué queréis hacer?

—No tenemos nada con qué vendar la herida.

—He ahí una planta de algodón. En el suelo encontraréis capsulas bien provistas de él. Para vendaje bastaría una manga de mi camisa de lana. Id, señorita; ya es tiempo de detener la sangre.

La joven se dirigió a las plantas que crecían a cincuenta o sesenta pasos de la orilla.

Mientras se alejaba, Morgan limpió la punta de su espada en la camisa, y delicadamente la introdujo en la herida, profundizando en ella hasta que tropezó con la extremidad inferior de la flecha. Cogerla y arrancarla violentamente con los dedos fue cuestión de un instante.

Pero el dolor había sido tan intenso, que el desgraciado cayó hacia atrás medio desvanecido.

Cuando la joven volvió con las manos llenas de algodón, aún no se había repuesto del atroz espasmo.

Yacía sobre la hierba, con los ojos cerrados, desencajado, mientras la sangre salía a borbotones por la herida.

En la mano izquierda apretaba aún la punta de la flecha, una espina de ausara de una pulgada de largo, agudísima y dura como el acero. Viéndole en aquel estado, Yolanda lanzó un grito de angustia.

—¡Señor Morgan! ¡Señor Morgan!

El filibustero abrió los ojos e intentó incorporarse, sin conseguirlo. Le indicó la herida, y murmuró:

—¡Aquí!… ¡Detened!… ¡La vida se va!… ¡No os asustéis!

Yolanda se había arrodillado junto a él.

Con mano firme lavó la herida, reunió delicadamente los labios del orificio hecho por la espina, aplicó un puñado de algodón, y arrancándose un trozo del tocado que llevaba para reservarse del sol, vendó la herida lo mejor que pudo.

Morgan no había lanzado ni una queja. Antes bien, sus labios parecían sonreír.

—¡Gracias, señorita! —murmuró—. ¡Habéis trabajado mejor que un médico!

—¿Sufrís mucho?

—¡Ya pasará! La pérdida de sangre… ¡Estoy débil!

—Reposad, señor Morgan; yo velo por vos.

El filibustero asintió la cabeza. Se sentía extremadamente exhausto y experimentaba un extraño zumbido de oídos.

La fiebre no debía tardar en aparecer. Ya sus mejillas se coloreaban de color rojo de fuego y su respiración se hacía anhelosa.

La joven, temiendo que cogiera una insolación, cortó con la espada algunas gigantescas hojas de plátano, plantó en el suelo algunas ramas e improvisó una minúscula tienda de campaña, suficiente para proteger al herido.

—¡Ah, Dios mío! —murmuraba la pobre joven sentada junto al filibustero dormido—. ¡Si estuviese aquí Carmaux! ¿Le habrán matado los salvajes? ¿Qué haré yo en esta laguna con un herido?

Morgan comenzaba a desvariar. De sus labios, secos por la fiebre, salían palabras inconexas.

Hablaba de las Tortugas, de su Rayo, de Pedro el Picardo y de Carmaux.

De pronto, un nombre llegó a los oídos de la joven.

—¡Yolanda! —murmuraba el herido con tono dulcísimo—. ¡Joven valiente!

—¡Sueña conmigo! —dijo la hija del Corsario.

Un rápido rubor tiñó sus mejillas, y sus ojos se fijaron en las fieras facciones del filibustero, que ni el dolor ni la fiebre alteraban.

—¡Sueña! —murmuró por segunda vez—. ¡Y sueña conmigo!

De pronto Morgan se estremeció y abrió los ojos, balbuceando con voz pastosa:

—¡Agua! ¡Agua! ¡Me devora la sed!

Hizo un movimiento para incorporarse; pero la joven le contuvo.

—¡No, señor Morgan; no os mováis! Yo os daré de beber.

—¡Ah! ¿Sois vos, Yolanda? ¡Qué buena sois! ¡Veláis por mí! ¡Maldito salvaje!

—¡No os excitéis! ¡Nadie nos amenaza!

—¿Y Carmaux?

—No he visto a nadie. Confiemos en que habrán logrado rechazar a los oyaculés.

—Vos sola…

—Tengo la espada, y una bala en la pistola. No he disparado más que un tiro. ¡Esperad, señor Morgan!

Recogió una hoja de plátano, arrolló un trozo en forma de cucurucho, y se dirigió al río, porque había notado que el agua de la laguna era salubre.

El curso de agua solo distaba tres o cuatrocientos pasos.

La joven se dirigió hacia allá, y llegada a la orilla se inclinó para llenar el cucurucho. De repente se detuvo viendo con espanto en la orilla opuesta, a quince pasos de ella y en un árbol inclinado sobre el río, un animal de un metro de largo, con la cabeza grande, el cuerpo robusto, cubierto de un pelo espeso, gris en el dorso, con manchas y estrías negras y amarillento bajo el vientre.

Miraba atentamente la corriente, y dejaba colgar la cola sobre el agua.

—¿Será un jaguar? —murmuró la joven ocultándose detrás de un árbol.

El río que la separaba de la fiera era, como queda dicho, poco ancho, y aquel animal podía dar un salto, franquearle y caer sobre ella. Pero parecía que no se había dado cuenta de la joven, porque continuaba su misteriosa maniobra sin apartar la mirada de la corriente.

—He cometido una imprudencia no cogiendo la espada o la pistola —dijo la joven—. Sin embargo, es necesario que lleve agua a Morgan.

Iba a salir de su escondite, cuando vio al animal hacer un brusco movimiento y lanzar un sordo rugido.

Retiró precipitadamente la cola, a la cual estaba adherido algo informe, que a primera vista, Yolanda no supo qué podía ser, y adelantándose, agarró con las patas delanteras aquel cuerpo, que se debatía furiosamente.

—¡Una tortuga! —dijo Yolanda—. ¡Qué hábil pescador!

El animal, satisfecho con su presa, de un salto cayó en la orilla, y desapareció rápidamente en el bosque.

—¡Acaso ese pobre reptil me ha salvado la vida! —pensó la joven.

Llenó de agua el cucurucho y corrió hacia la laguna, por temor a que aquel animal se hubiera decidido a cruzar el río para buscar una presa mayor.

Cuando llegó junto a la choza, Morgan había recaído en un profundo amodorramiento, y yacía entre las hojas de plátano con los brazos extendidos y la cabeza inclinada.

Yolanda iba a llamarle, cuando retrocedió vivamente lanzando un grito de horror.

En el pecho del herido, entre la casaca y la camisa, estaba acurrucada una araña monstruosa, de cuerpo peloso, negra, de largas patas, también peludas, y armadas en sus extremidades con formidables uñas.

Tenía ocho ojos brillantes como carbunclos y de tamaño desigual, dispuestos los unos junto a los otros en forma de X.

La horrible bestia parecía disponerse a remover el vendaje de la herida para chupar la sangre del pobre filibustero.

La joven, horrorizada, seguía inmóvil, mientras la araña, que había notado su presencia, clavaba en ella sus feroces ojos.

Sentía helársele la sangre en las venas, y las fuerzas le faltaban.

De pronto se volvió para sustraerse a aquella especie de fascinación, y se inclinó para coger la espada que estaba junto al filibustero.

Había recobrado su energía.

Alzó resueltamente la espada y tiró un golpe de punta, con el cual lanzó a la monstruosa araña a tres pasos de distancia, y de un segundo golpe la partió en dos.

—¡Ah! ¡Horrible bestia! —murmuró—. ¡Si tardo un poco más en llegar, desangra a Morgan!

En aquel momento abrió el herido los ojos.

—¡Vos, señorita! —murmuró.

—¿Tenéis sed, señor Morgan? —preguntó la joven.

—Sí; tengo la garganta seca: es la fiebre, que en este clima visita siempre a los heridos.

Yolanda se inclinó sobre él, le ayudó a incorporarse y le acercó a los labios el cucurucho casi lleno de agua.

El herido la bebió con avidez hasta el último sorbo, lanzando un suspiro de satisfacción.

—¡Gracias, señorita! —dijo.

Pero, haciendo un gesto de estupor, añadió:

—¿Qué tenéis? Estáis muy pálida, y vuestros brazos tiemblan. ¿Habéis visto a los indios?

—¡No, señor Morgan: tranquilizaos!

—¿Os ha amenazado algún peligro?

—Era a vos a quien amenazaba.

—¿Qué era?

—Mirad allí esa bestia, que aún agita las patas. Estaba acurrucada en vuestro pecho.

—Una migal —dijo Morgan—. El olor de la sangre la habrá atraído. ¡Son malos bichos!

—¿Matan?

—No, no son capaces de tanto; pero si encuentran algún niño dormido, le desangran abriéndole una herida en el cuello. ¿Habéis visto a alguien en la orilla del río?

—Tan solo a un animal que pescaba tortugas, y que, os lo confieso, me asustó no poco al principio, porque no tenía la espada conmigo.

—¿Muy grande? —preguntó Morgan.

—Parecía un tigre joven.

—¿Tenía la piel amarillo-rojiza y con manchas negras y rojas?

—No; gris oscura y amarilla con estrías negras.

Morgan respiró.

—Temía que fuese un jaguar —dijo—. Debía de ser un maracaya o un pardino, grandes cazadores que no atacan al hombre. Acordaos siempre de llevar la espada, si os veis obligada a alejaros. Estos bosques están poblados de animales feroces y podrían atacarnos. ¡Yo no puedo ahora defenderos! ¡Si estuviese aquí Carmaux!

—¿Qué habrá sido de él, señor Morgan? —preguntó Yolanda—. ¿Le habrán matado esos salvajes?

—Carmaux no es hombre que se deje matar como un conejo. Le he visto salir de peligros más grandes todavía, y, además, iban con él los dos caribes, que tenían arcos y flechas. Se habrán refugiado en el centro del bosque.

—¿Vendrán a buscarnos?

—No lo dudo. Los indios saben encontrar una choza hasta en medio del bosque, y no viendo la canoa, se imaginarán que nos hemos refugiado aquí. ¡Ya vuelve la fiebre! ¡Pasaréis una mala noche, señorita!

—Vos; no yo.

—Entonces, los dos —dijo Morgan tratando de sonreír—. ¡Ah!

Había metido una mano en el bolsillo de su casaca, y sacaba una cajita de lata.

—¡La yesca y el pedernal de Carmaux! —dijo—. ¡Ha sido una verdadera suerte traerlo!

—¿Queréis que encienda el fuego?

—Esta noche. Las fieras temen la llama y no se atreven a acercarse a ella.

—Voy a recoger leña.

—Y buscar alguna fruta para vos. No tenéis nada para la cena.

—Sí. No os perderé de vista, y os dejaré la pistola.

—Yo no corro peligro. Aquí hay poca espesura para que un animal se aventure. Vos sois la que debéis guardaros de los malos encuentros.

—Si me lo permitís, volveré al río para que no os falte agua esta noche.

—¡Sois demasiado buena! Si pudieseis encontrar un cuiera, lo celebraría mucho.

Conozco esa planta, y sé cómo hacen los indios para usarla como recipiente. No será difícil encontrarla. ¡Adiós, señor Morgan! No os inquietéis.

La valiente joven cogió la espada y se dirigió hacia el bosque con intención de atravesar el trozo que cubría una especie de promontorio tras el cual debía de correr el río.

Se había alejado, no solo para la provisión de leña, sino con la idea de encontrar algo que pudiera servir de cena al herido.

Se internó valerosamente entre las enormes plantas, las cuales crecían en tal número y tan cerca, que no permitían al sol atravesar la bóveda de verdura.

Las había de todas clases, mezcladas confusamente: queseros, jaboneros (palo de jabón vulgar), llamados así porque sus cortezas sumergidas en agua dan una densa espuma parecida al jabón; cedros, algodoneros, simarubas, palmeras y maots de gigantescas hojas.

La joven escuchó antes, por temor a que hubiera algún carnívoro, y no oyendo más que las notas monótonas del honorato, se internó entre las plantas y recogió muchas ramas muertas, que reunió en pequeños haces, ligándolos con bejucos.

No se olvidaba de la cena, e hizo recolección de mangos y de aguacates, que desprendió de las ramas golpeándoles con la espada.

Así continuó avanzando a través del promontorio, apresurando el paso porque el sol declinaba rápidamente y la oscuridad se hacía más densa bajo los árboles.

Ya oía el murmullo del río, cuando descubrió la cuiera (árbol de coco) que buscaba, enorme planta de amplías hojas y multitud de ramas rodeadas de parásitas y con el tronco cubierto de musgos. Tenía un número infinito de grandes frutos, relucientes, de color verde pálido, de forma esférica y bastante mayores que un melón.

Arrancó uno, lo partió en dos, atándolo fuertemente con un bejuco, y le extrajo la pulpa blanca que contenía.

—He aquí dos magníficos vasos, que llenaré de agua para el señor Morgan —dijo.

Y avanzó rápidamente hacia el río, pasando por entre enormes árboles en los cuales veía, no sin repugnancia, muchas arañas peludas que la miraban con sus relucientes ojos como si tratasen de fascinarla.

Algunas estaban medio ocultas entre la hierba, ocupadas en digerir los pájaros que habían sorprendido en sus nidos, y de cuando en cuando las veían limpiarse en el peludo dorso las patas, aún llenas de sangre.

Llenó a toda prisa las dos cuieras, y volvió al bosque, que atravesó más aprisa que antes.

Morgan seguía echado y tenía los ojos abiertos, fijos en las negras aguas de la laguna. La fiebre continuaba y su rostro enrojecido sudaba copiosamente.

—¿No habéis tenido ningún encuentro?

—No, señor Morgan. Aquí están el agua y la fruta. Voy a recoger la leña para el fuego de esta noche.

—¡Daos prisa; la tarde acaba rápidamente!

—Los haces no están lejos, señor Morgan.

La joven, que no se sentía cansada, volvió al bosque y transportó algunos haces; pero temiendo que no fueran bastantes, y a pesar de haber ya caído el sol, hizo otro viaje al bosque.

Ya había cargado los últimos haces, cuando de entre una tupida mata de pasionarias salió un ronco aullido.

—¡Otro animal! —murmuró—. ¡Mala noche se prepara!

Echó a correr, y cruzó el bosque sin haber soltado los haces.

Encontró a Morgan sentado y con la pistola en la mano.

—¡Ah! ¡Gracias, señorita! —exclamó viendo a la joven—. ¡He temblado por vos!

—¿Por qué, señor Morgan?

—¿No habéis oído un aullido?

—Sí.

—Era un jaguar.

—¿Temíais que me acometiese?

—No temen a los hombres, y cuando están hambrientos se lanzan hasta contra los cazadores. ¿Le habéis visto?

—No; pero no debía de estar muy lejos de donde he cogido la leña.

—¡Encended pronto el fuego!

—¿Vendrá a rondar por aquí?

—¿Tenéis miedo?

—Por ahora, no, señor Morgan —contestó la valiente joven.

—El jaguar vendrá; estoy seguro. ¡Y no puedo defenderos! Siento que dentro de poco me vencerá la fiebre.

—Nuestra pistola tiene aún una bala, y si esa bestia viene se la enviaré. ¡Tranquilizaos, señor Morgan!

Hizo dos haces de leña y los encendió uno cerca de otro.

Hecho esto, se sentó junto al herido, que había recaído en su sopor, con admirable calma.

En el mismo instante, en la tenebrosa selva retumbó otro aullido más prolongado que el primero.

El jaguar bajaba hacia la laguna.

CAPÍTULO XXII. EL JAGUAR

La noche en las orillas de aquella isla desierta, con el bosque próximo infestado probablemente de hambrientas fieras, se anunciaba terrible para la valiente joven; tanto más, cuanto que Morgan, presa de la fiebre, que bajo aquellos parajes reviste gravísimos síntomas, seguía delirando.

Se había acurrucado bajo la pequeña cabaña al lado del herido y tras los dos fuegos, que lanzaban siniestros fulgores sobre las próximas plantas. Tenía delante la espada y la pistola y espiaba ansiosamente el lindero del bosque, en el cual oía de cuando en cuando resonar el lúgubre aullido del jaguar.

Mil rumores se alzaban, bien bajo los islotes y bancos de la laguna, bien entre las tupidas malezas que proyectaban densa sombra en la orilla.

Eran graznidos de batracios, de las enormes pipas, silbidos de reptiles acuáticos o terrestres, aullidos agudos que repercutían bajo la bóveda, lanzados por los simios rojos y las cebras, a los que, de tiempo en tiempo, hacían eco los gritos roncos de las panteras y de los macacos. Yolanda se esforzaba por estar tranquila; pero a cada aullido del jaguar se acercaba a Morgan palideciendo y creyendo siempre verse ante aquel formidable depredador, a quien el hambre debía tarde o temprano arrastrar hacia el campamento.

—¿Cómo acabará esta noche? —se preguntaba con angustia—. ¡Si tuviese municiones! ¡Pero no tengo más que un tiro, y puedo fallar!

El filibustero parecía no oír nada. Dormía, o estaba amodorrado por la fiebre que doblegaba su poderosa fibra; pero de cuando en cuando se agitaba violentamente, abría los ojos y pronunciaba palabras sin ilación ni sentido.

Yolanda se esforzaba por calmarle; pero el desgraciado parecía no oír la voz de la joven.

Solo a largos intervalos tenía momentos de lucidez, y entonces las primeras palabras que salían de sus secos labios eran para pedir agua.

Por fortuna los recipientes llevados por Yolanda eran bastante capaces, y no había que temer que se agotasen antes del alba.

Hacia la media noche, habiendo cesado la fiebre, Morgan volvió en sí. Su primera mirada fue para la joven, que estaba a su lado.

—¿Veláis? —le dijo—. ¡Pobre señorita! ¿Hacéis guardia mientras yo duermo?

—No tengo sueño, señor Morgan —repuso Yolanda—; y, además, no quiero que se apague el fuego.

—Pero debéis de estar rendida.

—Ya descansaré cuando salga el sol. Yo estoy buena, mientras que vos estáis herido y desangrado.

—¡Sí; esa maldita flecha! —exclamó Morgan—. ¡Estar yo tan débil mientras vos necesitáis protección!

—Por ahora nada nos amenaza.

—La noche oculta mil peligros.

De pronto, haciendo un supremo esfuerzo, se sentó, fijando sobre la joven una mirada de espanto.

Había oído el aullido del jaguar.

—¿Decís que nadie nos amenaza? —exclamó—. ¿Habéis olvidado a esa fiera?

—Aún no ha venido por aquí; y, además, ¿no tengo la espada y la pistola?

—Puede caer sobre vos.

—Los fuegos nos protegen.

—Sí; pero no estoy tranquilo, señorita. ¡Ayudadme a ponerme en pie! ¡Quiero defenderos!

—No estáis en disposición de hacer frente a esa fiera, señor Morgan. Seguid echado, o vuestra herida en vez de cicatrizar se abrirá más aún.

—¡Que me devore a mí y no a vos! ¡No quiero que caigáis bajo la zarpa de esa fiera!

—Os repito que aún no ha aparecido. Tranquilizaos, señor Morgan; no corremos ningún peligro. Además, sabría defenderme. ¿No habéis visto que sé manejar la pistola?

—No tenéis más que un tiro.

—Trataré de enviar la bala a su destino sin desviarla. ¡Ea, acostaos; os lo ruego! Ya tenéis fiebre otra vez.

—¡Fiebre! —dijo Morgan—. ¡Agua! ¿Están lejos las Tortugas? ¡No veo aquí a mi Rayo! ¿Lo habrá echado a pique ese perro del conde?

—¿Qué decís, señor Morgan?

—¡Sí; ha sido él! ¿Sabes, Carmaux? ¡Es preciso ahorcarle para que no haga daño a la señorita de Ventimiglia! ¡Quiere tenerla en su mano! ¡Prepara una buena cuerda…, en el gallardete del mastelero!

Morgan seguía delirando, mientras el aullido del jaguar se dejaba oír cada vez más cerca.

Yolanda aferró su pistola, y miró con profunda ansiedad hacia el lindero del bosque.

El aullido había resonado tan seco, que debía de estar el jaguar a pocos pasos. En efecto; en medio de un tupido grupo de pasionarias Yolanda vio relucir entre las tinieblas dos puntos verdosos como los ojos de un gato.

—¡Está espiándome! —murmuró la joven sintiendo que se bañaba su frente en sudor frío—. ¿Podré hacerle frente, o nos destrozará a los dos?

Lanzó sobre Morgan una mirada de desesperación. El filibustero había cerrado los ojos; pero continuaba agitando los brazos y murmurando palabras sueltas.

—¡Pobre señor! —dijo—. ¡No podrá serme útil!

Con la punta de la espada atizó el fuego, y echó en él otro haz de leña resinosa. La llama se elevó muy alto, acompañada de una lluvia de chispas.

El jaguar, sin duda espantado o irritado por aquella súbita llamarada, se había lanzado fuera del lindero aullando espantosamente.

La luz proyectada por las llamas le iluminaba plenamente.

Era un soberbio animal del tamaño de un tigre de mediana edad, de formas toscas y pesadas, casi de dos metros de largo, de piel fina, espesa y brillante, de color amarillo rojizo con manchas negras y rojas, y el vientre blanquecino.

Viendo a la joven entre los dos fuegos, en actitud resuelta y con la espada en la mano, se había detenido, enseñando su doble fila de formidables dientes.

Su cola barría suavemente la hierba, levantando las hojas secas con sordo crujido. Ya no aullaba, sino que gruñía sordamente, clavando en Yolanda una mirada de desafío.

El hambre debía de tentarle; pero los dos fuegos le contenían, y no osaba lanzarse hacia la cabaña en que Morgan, presa de la fiebre continuaba delirando.

Quedó inmóvil, alistándose la piel; luego adelantó algunos pasos más, siempre mirando a la joven y al fuego.

Se movió lentamente, como si temiera asustarla, y se volvía sobre sí mismo para lamerse los costados. Aunque no conociera las traidoras costumbres de los felinos, la joven no se dejaba engañar por aquellas pacíficas demostraciones.

Siempre en pie entre los dos fuegos, con la espada en alto y la pistola en la siniestra mano, le miraba intrépidamente, resuelta a oponerle tenaz resistencia. Ya no temblaba: estaba rígida, y sus músculos en aquel momento se sentían capaces de sostener cualquier choque, con tal de defender al filibustero que dormía detrás de ella.

El jaguar vaciló un momento y trató de rodear los fuegos, primero el de la derecha y luego el otro.

Comprendiendo Yolanda el peligro que corría si el animal realizaba su proyecto, se bajó rápidamente, y dejando la espada cogió un grueso tizón ardiendo y se lo tiró a la cabeza.

El animal sintió la quemadura, lanzó un espantoso aullido, y huyó dando saltos de tres o cuatro metros hasta llegar al lindero del bosque. Allí se detuvo y miró con fosforescentes y amenazadores ojos al campamento.

Yolanda había suspirado profundamente.

El peligro, por el momento, estaba conjurado.

—¡No resistiría otra prueba igual! —murmuró secándose el sudor que bañaba su frente—. ¡Nunca he visto más cerca la muerte!

Miró a Morgan, y vio que dormía tranquilamente. La fiebre debía de haber cedido.

—¡Si supiera que la fiera iba a asaltarnos! —dijo—. ¡Más vale que no lo haya visto! Aunque herido, hubiera querido defenderme, y acaso hubiese cometido alguna locura provocando al jaguar.

Miró hacia el bosque, y vio aún a la maldita bestia, que la observaba atentamente.

Parecía estar de muy mal humor, porque se la oía rugir sordamente. El recibimiento que le habían hecho de fijo no le había satisfecho.

—No debe de tener ganas de volver —dijo la joven, reavivando de nuevo los fuegos.

En aquel momento oyó a Morgan que la llamaba.

—¡Señorita! ¡Agua; me abraso!

—Seguís con fiebre; ¿verdad? —dijo Yolanda alargándole el agua.

—Seguirá hasta el alba —repuso Morgan—. Y vos, ¡aún no habéis descansado! ¡Enfermaréis, Yolanda!

—¡No penséis en mí! ¡Ya reposaré!

—¡Ah!

—¿Qué tenéis, señor Morgan?

—¿Y el jaguar?

—Le he hecho huir.

—¿Vos?

—Mirad: ya no ronda por aquí. El bribón se había acercado, y le acaricié el hocico con un tizón ardiendo.

—¡Sois la hija del Corsario Negro! —dijo con admiración el filibustero—. ¡Tan joven afrontar semejante empresa! ¡Ni Carmaux se hubiera atrevido!

—Pues la cosa ha sido facilísima, y no he tenido ni aun que usar la pistola.

—¡Cuánto os debo, señorita!

—¡Sí; un poco de agua! —dijo bromeando la joven.

—¡No; la vida, porque si yo hubiera estado solo, el jaguar me hubiera devorado! ¿Falta mucho para el alba? He perdido la noción del tiempo.

—Aún faltan varias horas. Tratad de reposar, señor Morgan. El sueño sienta bien a los enfermos. ¿Os duele la herida?

—No mucho. Bajo estos climas cicatrizan muy rápidamente. La fiebre es la que es peligrosa.

—Acostaos, mientras yo voy a reavivar el fuego.

Morgan, que efectivamente se sentía bastante rendido, tanto por la excesiva pérdida de sangre como por la fiebre, obedeció. Yolanda que temía cualquier otra sorpresa por parte del jaguar, se acercó al fuego y le reanimó, levantando una nube de chispas que hicieron huir a dos o tres vampiros que revoloteaban por una de las cabañas, acaso con la esperanza de sorprender a Morgan y desangrarle.

Miró hacia la margen del bosque, y tuvo la grata sorpresa de no ver al jaguar.

El animal, desesperado de saciarse con las delicadas carnes de la joven, había perdido la paciencia y se había vuelto a la selva; sin duda encontró otra presa más fácil, y se la había llevado lejos para devorarla reposadamente.

Tranquilizada la joven, y viendo que Morgan había reanudado su sueño, se sentó junto a los fuegos esperando pacientemente a que despuntara el sol.

En el bosque no se oían aullidos, ni mugidos, ni silbidos de reptiles; tan solo los simios seguían su concierto, haciendo retumbar las bóvedas de verduras con sus formidables gritos.

Finalmente las tinieblas comenzaron a desvanecerse hacia Oriente, y las aguas de la laguna se tiñeron con los primeros reflejos del alba.

Los pájaros despertaban; el honorato reanudaba sus musicales do… mi… sol… do; los tucanes lanzaban sus pitos discordantes y duros, los papagayos charlaban en las más altas cimas de los queseros o en los ripes. Yolanda se había acercado a Morgan: el filibustero dormía tranquilamente.

La fiebre debía de haber cesado.

—¿Y si aprovechara su sueño para buscar la colación? —se preguntó la joven—. Con un tiro puedo matar a algún animal. He oído contar que los ciervos no faltan en Venezuela.

Puso junto a Morgan una cuiera para que bebiese si despertaba, y después de haber reavivado los fuegos con los últimos haces, cogió la espada y la pistola y empezó a costear la laguna, cuyas orillas estaban cubiertas de madera de cañón y de pasionarias.

No tenía intención de alejarse, por miedo a que el jaguar aprovechara su ausencia para caer sobre el herido y despedazarle.

Se dedicó a explorar la maleza con la punta de su espada, con la esperanza de sorprender algún animal, y mirando de cuando en cuando a la cabaña.

Ya había recorrido quinientos o seiscientos pasos, cuando vio salir de un grupo de matas una bandada de grandes cangrejos de mar que huían hacia la laguna.

Eran feos crustáceos parecidos a las arañas migales, con patas también peludas y robustas.

—¡Huyen! —exclamó Yolanda—. ¿Habrá algún pulpo entre esas matas?

Separó con precaución las ramas, y avanzó lentamente con la espada tendida; pero de repente se detuvo lanzando un grito de horror.

Tendido entre las hojas secas había un cuerpo humano, que aún llevaba un vestido de paño verde y una coraza, y cuya cabeza, completamente descamada por los cangrejos de mar, no tenía una partícula de carne.

Hasta las largas valonas de cuero amarillo ya solo contenían huesos, y por las mangas de la casaca despuntaban falanges privadas de piel y de nervios.

A pocos pasos había un espadón oxidado y un frasco de metal.

—¡Un muerto! —exclamó la joven—. ¿Quién habrá matado a este desgraciado? ¿Los indios, o alguna fiera?

Le miró atentamente, y no vio sobre sus vestidos traza alguna de sangre que pudiese indicar el paso de una punta de flecha.

—¡Triste descubrimiento! —murmuró—. ¿Nos esperará igual suerte?

Contempló por algunos momentos al muerto, un español, de fijo, a juzgar por los vestidos, y cogió la espada y el frasco, pensando que podían ser de mayor utilidad a los vivos que a los muertos.

Iba a volver junto a Morgan, cuando sus miradas se detuvieron en algunos signos que parecían letras grabadas en el frasco con alguna punta, acaso con la espada.

Mirándolos atentamente, logró descifrarlos.

La mano de aquel hombre había escrito en lengua española:

«Perdido en el bosque, muero de hambre».

Debajo había escrito: «R. y Yup…».

La muerte debía de haberle sorprendido antes de que acabase el apellido.

La joven, muy impresionada por el lúgubre hallazgo, volvió lentamente hacia el campamento, donde encontró a Morgan sentado y vendándose la herida.

—¿Cómo estáis, señor Morgan?

—Mucho mejor que ayer, señorita. La herida empieza ya a cicatrizarse; pero me encuentro muy débil. Me falta media pinta de sangre, que debo recobrar lo antes posible. ¡Cómo! ¿Dónde habéis encontrado esa espada?

Yolanda le informó de su hallazgo.

—Habéis hecho bien en recoger esa arma y el frasco —dijo Morgan—. ¿Quién será ese desgraciado? ¿Habrá alguna colonia o alguna factoría española por aquí? Preferiría que no las hubiese.

—Como no nos conocen, podemos decir cuanto nos parezca. Son más de temer los indios. ¡Oh! ¿Habéis oído?

Hacia la laguna se oyó un silbido, seguido poco después de un chapuzón, que levantó una cascada de espuma.

Yolanda se había puesto en pie.

—¡Armaos, señorita!

—¡Tomo vuestra espada!

Dicho esto avanzó cautelosamente hacia la laguna por entre las matas que cubrían la orilla.

CAPÍTULO XXIII. OTRA NOCHE TERRIBLE

Un animal de grandes dimensiones surgido inopinadamente entre las hojas de los mucu-mucu que cubrían gran parte de la laguna retozaba removiendo las aguas con su cola larga y plana.

Por la forma se parecía a una foca, estando también provista de una especie de patas; pero la cabeza no era redonda, sino aplastada y con pelos largos y rudos que parecían bigotes alrededor de la boca.

En el pecho tenía dos grandes ubres que recordaban las de las famosas sirenas de la antigüedad.

Debía de pesar un par de quintales, a juzgar por su tamaño, que excedía de dos metros y medio, y por su redondez.

Yolanda, oculta entre las matas le miraba con curiosidad, preguntándose qué clase de mamífero podía ser, pues no había visto nunca otro igual, y no podía admitir que las focas se encontrasen en aquellas latitudes.

El animal parecía divertirse mucho destrozando las anchas hojas de los mucu-mucu.

Se revolvía, ora sobre el torso, ora sobre el vientre; batiendo vigorosamente el agua con sus aletas, se zambullía, y luego con un brusco empuje, resurgía en la superficie lanzando largos silbidos.

Yolanda, que continuaba oculta, se preguntaba cómo podría apoderarse de aquella presa, que les aseguraría la comida durante varios días.

Tenía la pistola; pero desconfiaba de matar a tan enorme animal con una sola bala. De no estar herido Morgan acaso hubieran podido cogerle con la canoa y asaltarle a sablazos.

Iba a pedir consejo al filibustero, cuando vio al mamífero acercarse a la orilla y hurgar con el hocico entre las hierbas acuáticas.

—¡Si intentara darle una estocada! —se dijo Yolanda—. El arma es sólida, tiene la punta afilada, y este animal no debe tener muy dura la piel, puesto que no tiene escamas.

Se echó al suelo, y reparando los haces de madera de cañón se dirigió arrastrándose hacia la orilla.

Oía al mamífero gruñir bajo las hierbas que tapizaban la margen de la laguna, pues debía de estar al alcance de su espada.

La esperanza de poder ofrecer al filibustero un buen trozo de carne, que tanta falta le hacía para reponerse de la sangre perdida, la animaba a tentar fortuna.

Además, no corría peligro alguno, ya que dicho animal no tenía feroz aspecto ni armas de defensa de ninguna clase.

Llegada a la orilla, la valerosa joven apartó lentamente las hierbas y se adelantó, empuñando la espada del filibustero.

El mamífero estaba a sus pies ocupado en comer raíces, y parecía no haberse dado cuenta del peligro que le amenazaba.

Apenas se movía y seguía gruñendo.

Yolanda se puso de rodillas y hundió el acero en el dorso del animal hasta la empuñadura.

Oyó un rápido silbido y la envolvió un golpe de espuma, obligándola a abandonar la espada, que se había quedado en la herida.

Cuando se levantó vio al mamífero que se debatía furiosamente a quince pasos de la orilla. Aún tenía la espada hundida, y por la herida escapaba un chorro de sangre que teñía las aguas.

—¡Señor Morgan! ¡Le he cogido! ¡Le he cogido! —gritó Yolanda con voz triunfante.

—¿A quién, señorita? —preguntó este haciendo desesperados esfuerzos por levantarse.

La joven, segura de que el animal estaba agonizante, se había lanzado hacia el cobertizo para apoderarse de la espada del español.

—¡Es nuestro! ¡Es nuestro! —gritó acercándose a Morgan—. ¡Tendremos cuanta carne queramos!

—¿Qué animal habéis matado? —preguntó Morgan.

—No lo sé: una bestia muy grande, como una foca.

—¡Una foca! ¡Imposible! Aquí no las hay.

—Al menos lo parece.

—¿Habréis tenido tanta suerte?

—Suerte, ¿de qué?

—Lo que habéis matado no puede ser sino un manatí o un lamantino, presa exquisita, cuya carne puede competir con la de ternera.

—Voy a rematarle desde la canoa —dijo Yolanda—. Tengo que recuperar vuestra espada.

—Cuidad de que no os tire al agua. Los manatíes no son peligrosos; pero tienen mucha fuerza en la cola.

—Seré prudente.

Tomó el espadón del español y se dirigió hacia la canoa, que estaba amarrada a la orilla.

La soltó, tomó los remos y se lanzó sobre el anfibio.

El lamantino se debatía junto a un banco de fango y parecía estar en las últimas. El agua alrededor suyo estaba tinta en sangre.

Yolanda le alcanzó con pocos golpes de remo, y con el espadón del español empezó a golpearle, especialmente en la cabeza, no cesando hasta que le vio exhalar el último suspiro.

Como estaba en un banco, quedó a flote.

Yolanda intentó arrancar la espada de Morgan, y notando que resistía, pasó por la guarda una liana para remolcar a la presa hasta la orilla.

No fue empresa fácil, porque el lamantino era muy pesado y tendía a irse al fondo. Sin embargo, después de un cuarto de hora logró amarrarlo junto a un mango que estaba casi dentro del agua.

Morgan, que desde lejos había seguido con la mirada y no sin cierta ansiedad las diversas fases de la pesca, saludó la vuelta de Yolanda con un estruendoso hurra.

—¡Un momento aún, señor Morgan, y os ofreceré un buen almuerzo, si es cierto que la carne de estos mamíferos es tan exquisita!

Tras reiterados esfuerzos arrancó del cuerpo del mamífero la espada del capitán y cortó de su espalda un trozo enorme, que llevó junto a la cabaña, en la cual aún ardían las dos hogueras.

Como mejor pudo improvisó un horno y, atravesando el trozo con la espada, reavivó el fuego.

—¡Heme aquí convertida en cocinera! —dijo Yolanda, a quien su pesca había puesto de buen humor—. Cuando volvamos a bordo de vuestro Rayo me nombraréis primer jefe de cocina. ¿Os parece que merezco el cargo?

—¡Nunca he visto una joven más valiente ni más hábil que vos, Yolanda! —dijo el corsario mirándola.

—¡Oh! ¡Exageráis, capitán! ¡Qué delicioso aroma!

—No hay ningún pez que pueda rivalizar con el lamantino. Dentro de poco apreciaréis la delicadeza de su carne.

—Señor Morgan, dejad que complete la colación.

—¿Qué más queréis añadir?

—Hace poco he visto un plátano cargado de frutos.

—¡Excelentes! Sobre todo si se asan bajo la ceniza, pueden sustituir al pan.

—Pero nos falta sal.

—En estos países hay plantas que pueden proporcionarla. No sé dónde estarán. Los indios las usan mucho.

—¿Cómo hacen para extraerla?

—Quemando las ramas, hacen hervir la ceniza y la filtran, encontrando luego cristales de sal. Pero nosotros podemos también proporcionárnosla.

—¿Cómo, señor Morgan?

—Me habéis dicho que el agua de la laguna está salada. Salpicad con ella el asado y ya está remediado.

—¡Qué pésima cocinera sería yo! ¡Desde ahora renuncio al cargo a que aspiraba en vuestro Rayo!

Aunque hablando, la joven no perdía el tiempo y cuidaba del asado. Cuando lo vio casi a punto lo salpicó con agua, y fue a hacer recolección de plátanos y mangos, metiendo los primeros bajo la ceniza caliente.

—Señor Morgan —dijo—, estáis servido.

Había puesto el asado en una gran hoja de plátano y se había sentado junto al herido, que con visible satisfacción aspiraba el delicioso perfume que exhalaba el trozo de lamantino.

La colación, no variada, pero abundante, fue muy apreciada por ambos, que le hicieron gran honor.

—Señor Morgan —dijo la joven cuando hubieron terminado—, celebremos consejo para tratar de salir de esta situación. ¿Cuándo juzgáis que podréis recuperar vuestras fuerzas?

—Dentro de dos o tres días partiremos de aquí —dijo el corsario—. Mis piernas son fuertes.

—¿Qué pensáis de Carmaux? ¿Habrá sido alcanzado y muerto?

—Es difícil de precisar. Puede estar aún vivo.

—Habría venido ya aquí.

—¿Y si se hubiese perdido en la selva? No tenía brújula, y el hombre blanco no logra casi nunca encontrar su rastro.

—Iba con los indios, señor Morgan.

—¿Y quién nos asegura que durante su precipitada fuga no se hayan separado?

—¿Así que no hemos de contar con nuestro marinero? —dijo Yolanda.

—No contemos por ahora más que con nuestras propias fuerzas.

—¿Y adónde iremos? ¿Qué haremos? La vida de Robinsón no niego que tuviera su parte poética; pero vos no sois hombre capaz de vivir siempre en una selva.

—Y supongo que vos tampoco —dijo Morgan—. Vuestro puesto no está aquí.

—Entonces…

—Escuchadme, señorita: si el agua de esta laguna está salada, imagino que comunica con el mar por algún canal o directamente. Apenas yo esté curado nos embarcaremos en la canoa y trataremos de alcanzar las orillas de golfo de México. Allí podremos encontrar la salvación. Y ahora, señorita, acostaos y descansad: lo necesitáis. Entretanto, yo vigilaré.

—Obedezco a vuestro consejo.

La joven fue a cortar varias hojas de palmera y se acostó a la sombra de una simaruba que se elevaba a algunos pasos de la cabaña.

Morgan se puso al lado de la espada del español, sumiéndose en profundos pensamientos.

De cuando en cuando miraba a la joven, que dormía profundamente con un brazo doblado bajo la cabeza, en una postura grácil, y escuchaba su respiración regular y tranquila.

—¡Bella y valiente! —murmuraba suspirando—. ¡Es una mujer que hará feliz al hombre a quien ame!

El sueño de Yolanda duró muchas horas. El sol caía ya en el horizonte cuando abrió los ojos, y Morgan seguía velándola.

Estaba más hermosa que nunca, con los largos cabellos sueltos por la espalda, en desorden y encuadrando su rostro, ligeramente sonrosado.

—¡Cuánto he dormido! —exclamó levantándose—. ¿Os habéis aburrido mucho, señor Morgan?

—No, señorita. Las aves de la laguna me han distraído, y además sentía un verdadero placer viéndoos descansar.

—Pero me disgusta; tengo mucho que hacer.

—¿El qué?

—Renovar la provisión de agua y de leña. ¿Volverá esta noche el jaguar?

—Confiemos en que haya hecho buena caza y no venga a inquietarnos. Cuando los carnívoros están ahítos no atacan a nadie.

—¡A trabajar! —dijo la joven.

Se armó y se dirigió hacia el río. Deseaba llegar a aquella orilla, con la esperanza de ver, si no a Carmaux, al menos a alguno de los indios.

Atravesó el bosque, no encontrando más que simios barrigudos que la saludaban con estrepitosos gritos, y llegó felizmente al cauce de agua; pero no vio a nadie.

Llenó las cuiras y se dio prisa en volver. Hecha la provisión de agua, faltaba la de leña.

Las ramas secas y hasta resinosas abundaban en el lindero del bosque; así que pudo llevar sin ninguna fatiga varios haces al campamento.

—Ahora ya podemos esperar tranquilamente la noche —le dijo a Morgan.

—¿Habéis tenido algún encuentro?

—Ninguno: no he visto más que simios que se divertían haciéndome gestos.

—No son peligrosos en estas regiones.

Cenaron un trozo de lamantino, resto del almuerzo, y algunos mangos y plátanos, y Yolanda encendió los dos fuegos, preparando un tercero hacia la orilla, pues recordó que el jaguar había intentado dar la vuelta al campamento.

Apenas había terminado sus preparativos cuando se ocultó el sol. Los volátiles se habían retirado a sus nidos, y solo revoloteaban por el aire con bruscos zig-zags los schifosi pistorelli (vampiros), de peludo cuerpo y alas grandísimas.

Morgan se había adormecido poco a poco, después de hacer prometer a la joven que más tarde le despertaría para montar un cuarto de guardia si la fiebre no le atacaba.

Yolanda se había sentado entre los dos fuegos como la noche anterior, y vigilaba el lindero del bosque, porque solo por allí podía sobrevenir el peligro.

Pasaron dos o tres horas sin que se oyese ningún grito ni aullido bajo las plantas, cuando, no sin cierta inquietud, vio dos sombras que bajaban hacia la laguna.

Parecía, sin embargo, que no deseaban acercarse al campamento, iluminado por los dos fuegos como en pleno día.

De seguro los contenían las llamas.

Yolanda se había puesto en pie para conocer qué clase de animales eran, y se estremeció al ver brillar sus fosforescentes ojos.

—¡Dos felinos! —murmuró—, pero no se parecen al jaguar que vino ayer noche.

En efecto; eran más pequeños, de forma más elegante y esbelta; tenían el pelaje distinto, de color amarillento rojizo, que se oscurecía en el dorso y blanqueaba por el vientre.

—¿Serán dos leopardos? —se preguntó Yolanda—. Me han dicho que esos animales, aun sin tener la ferocidad del jaguar, también son peligrosos.

Las dos fieras pasaron a diez pasos de los dos fuegos, volviendo la cabeza hacia la joven y lanzando un ronco rugido, y continuaron bajando hacia la laguna.

De pronto Yolanda los vio dar un gran salto y caer sobre algo que le fue imposible acertar qué era.

—¿Habrán sorprendido a algún animal? —se preguntó observando con mayor atención.

Una exclamación de cólera se escapó de sus labios; se acercó bruscamente a Morgan y le despertó.

—¿Qué ocurre? —preguntó el filibustero sentándose—. ¿Es ya mi cuarto?

—¡Devoran nuestras provisiones!

—¿Quién?

—No lo sé: hay allí dos horribles animales salidos del bosque, que cenan con nuestro lamantino.

—¿Qué animales son?

—Me parecen dos leopardos.

—No cometeréis la imprudencia de ir a espantarlos —repuso Morgan—. Son tan peligrosos como el jaguar, y no vacilarían en atacaros.

—¡Nos quedamos sin víveres, señor Morgan!

—¡Ah! ¡Si pudiese levantarme!

—¿Intento descargar contra ellos la pistola?

—No desaprovechéis el último tiro. Acaso más tarde lo sintiésemos. Dejadles cenar: algo nos quedará, pues el lamantino es grande.

Morgan se equivocaba, porque cuando los dos leopardos se fueron ahítos, llegaron a tomar parte en el banquete dos maracallas y algunos gatos monteses, que devoraron los últimos restos del mamífero.

Cuando el sol reapareció la pobre joven tuvo que reconocer que de la enorme masa de carne solo quedaban algunos huesos triturados.

—Señor Morgan —dijo volviendo hacia el herido—, tenemos que volver a la pista. Esos glotones han hecho desaparecer nuestra reserva.

—¡Me lo figuraba! —repuso el herido—. ¡No había pensado que las fieras aprovecharían la oscuridad para caer sobre el manatí!

—Debimos haber traído aquí un trozo y ahumarlo.

—La culpa es mía, señorita: debí decíroslo.

—Lo siento por vos, pues no tengo casi nada que ofreceros para el almuerzo.

—Me contentaré con cualquier fruta.

—Los plátanos no dan fuerzas.

—No os inquietéis por mí. En mi vida aventurera he pasado mucha hambre, y tampoco moriré de ella esta vez. Dentro de dos o tres días estaré en disposición de ponerme en pie, y ya veréis cómo entre los dos logramos encontrar y matar algún animal. Estos bosques deben de ser abundantes en caza.

—¡Pero no! —dijo de pronto la joven, que tenía los ojos fijos en los islotes que abundaban en la laguna—. ¡La colación no faltará! ¡Me extraña no haber pensado antes en los martín-pescadores! ¿Acaso no tenemos la canoa?

—¿Y cómo queréis cazar a esos volátiles? Ya sabéis que solo nos queda un tiro.

—Pienso en los huevos, señor Morgan. Elegiré los más frescos, y serán más nutritivos que los mangos y los plátanos.

—¡Sois una mujer sin par, señorita! ¡Diríase que habéis nacido para la vida de aventuras!

—La necesidad aguza el entendimiento, señor Morgan. ¿Me necesitáis?

—No, señorita. Dejadme una espada y no os preocupéis de mí. Además, ningún peligro me amenaza, porque las fieras rara vez dejan sus cubiles de día.

—En seguida vuelvo, señor Morgan.

CAPÍTULO XXIV. LA ISLA FLOTANTE

Segura de que nadie podía amenazar al herido, y tranquilizada por el silencio que reinaba en el próximo bosque, la valerosa joven bajó a la orilla llevando consigo el espadón del español, porque podía haber algún jacaré en la laguna, y se embarcó en la canoa.

Como hemos dicho, sobre aquellas aguas tranquilas se extendían bastantes bancos fangosos cubiertos de plantas palustres que servían de refugio a infinidad de aves.

Habiendo distinguido uno que parecía muy vasto y cubierto de cañas altísimas, Yolanda se dirigió hacia él con la esperanza de hacer abundante recolección de huevos.

No distaba media milla del campamento, y, siendo una hábil remera, en menos de un cuarto de hora le alcanzó.

Pero quedó no poco asombrada cuando al saltar encima advirtió que se movía lentamente, como si aquel islote no reposara en el fondo de la laguna.

—¡Es extraño! —murmuró—. ¡Diríase que flota como una almadía! ¿Me habré engañado?

Intentó avanzar entre las cañas, y reconoció que el islote debía de estar formado por un conglomerado de raíces y ramas detenidas allí por cualquier obstáculo, y que se habían entrelazado fuertemente a modo de una de esas almadías que con frecuencia se ven en el lago de México.

—¡Con tal que me sostenga, no nos cuidemos de indagar cómo se ha formado! —murmuró la joven.

Avanzó la canoa hasta una de las cañas y se internó cautamente, levantando a su paso una verdadera nube de aves.

—De seguro no faltarán nidos —dijo—. La recolección será abundante.

Se puso a costear el islote, y con viva satisfacción vio que no se había engañado.

Entre las cañas cubiertas de hojas había huevos en gran número, unos pequeños y otros del tamaño de los de gallina.

No tenía más que elegir.

Apartó los pasados, eligió los que por su transparencia le parecían más frescos, y se los puso en la falda, recogida en la cintura.

Iba a volver a la canoa, contenta por haberse proporcionado un alimento sustancioso, cuando sintió que el islote se inclinaba hacia el borde opuesto, como si algún animal muy pesado intentara subirse a él.

Primero experimentó un vago sentimiento de terror encontrándose tan lejos de Morgan; pero recordando que tenía el espadón, arma poderosa y de buen filo, no obstante la herrumbre que le cubría, la empuñó fuertemente, haciendo una prudente retirada hacia la canoa.

—Con pocos golpes de remos alcanzaré la orilla —se dijo.

Llegó al borde y lanzó un grito de angustia.

La canoa, que antes había amarrado a una gruesa caña, marchaba lentamente girando sobre sí misma.

—¡Ah, Dios mío! —exclamó—. ¡Estoy perdida! ¿Cómo haré para abandonar este islote? ¡Y estoy amenazada por alguien; acaso por los jacarés!

Dirigió en torno una mirada angustiada, y no vio a nadie entre los mangles y las cañas. Sin embargo, el islote de cuando en cuando sufría oscilaciones, sobre todo hacia la orilla opuesta.

—¿Qué va a pasar? —se preguntó ansiosamente—. ¿Quién puede haber cortado la cuerda que retenía la canoa? ¡Es imposible que se haya soltado sola!

En efecto; no podía admitirse que una cuerda vegetal tanto o más resistente que las de pita se hubiese roto con tan débil corriente.

Alguien debía de haber hecho alejarse a la canoa a fin de que la joven quedara prisionera en el islote.

—¿Habrá algún indio entre estas plantas? —se preguntó Yolanda—. Sin embargo, no los he visto.

De pronto se estremeció recordando las feroces manos que habían herido a Morgan y puesto en fuga a Carmaux y a los caribes.

—¿Habrá aquí salvajes como aquellos? ¿Qué puedo hacer si me atacan muchos?

Se detuvo con los pies casi en el agua, mirando atentamente a las cañas, y pareciéndole a cada instante oír el silbido de las flechas. Pero nada; el islote ya no se movía.

Algo tranquilizada miró a la canoa. La débil corriente la había empujado hacia un banco pantanoso, a un centenar de metros.

—¡No podré alcanzarlo nunca! —murmuró—. No me atrevo a avanzarme en estas aguas, que pueden ocultar voraces caimanes. ¡Quién sabe si ya estarán espiándome para devorarme! Tratemos de prevenir al señor Morgan, y veré cómo me las arreglo para llegar hasta la canoa.

Hizo portavoz con las manos, y gritó:

—¡Señor Morgan!

El filibustero oyó distintamente la llamada, y preguntó a su vez.

—¿Qué deseáis, señorita?

—¡Han cortado la liana de la canoa, y no sé cómo hacer para volver!

—¿Se ha ido a pique?

—No; ha encallado a cien metros de mí.

—¿Quién ha cortado la cuerda?

—No lo sé; pero temo que alguien se haya acercado al islote.

—¿No podéis hacer una almadía?

—No hay más que cañas aquí.

El filibustero hizo un gesto de desesperación.

—¡Y no poder ayudarla! —gritó—. ¿Sabéis nadar?

—Sí.

—Lanzaos al agua y alcanzad la canoa.

—¿Y los caimanes?

—¡Es cierto! —repuso Morgan—. Yo intentaré ir hacia vos.

—¡Os lo prohíbo! Vuestra herida se abriría, y acaso no podríais lograr nada. ¡Ah!

—¿Qué os ocurre?

En vez de contestar, la joven se había vuelto bruscamente con la espada en la mano. El islote se había inclinado de nuevo con sordos crujidos.

—No asustemos inútilmente al señor Morgan, y tratemos de salir de aquí lo mejor posible —dijo—. Debo prescindir de él, porque sería capaz de cometer cualquier locura por venir en mi ayuda. ¡La hija del Corsario Negro debe mostrarse digna de su padre!

Abrió las cañas con la mano izquierda y avanzó resueltamente con la espada en alto. Con gran sorpresa suya, no vio a nadie; tan solo notó que un grupo de ramas de madera de cañón que crecía en un pequeño banco a pocos pasos de distancia se agitaba aún, como si alguien se hubiera ocultado en su centro.

—Debe de haber sido algún caimán —dijo Yolanda—. Acosado por el hambre, habrá tratado de subir al islote con la idea de sorprenderme. Dejémosle en paz, y tratemos de encontrar algún medio de llegar hasta la canoa. Pero ¿cómo? —se preguntó después de mirar las plantas que crecían en el islote—. Aquí no hay más que cañas y mangles, insuficientes para construir una almadía. Además, ¿con qué atarlos? ¡No hay ni un bejuco! ¿Estaré destinada a morir aquí, o a esperar el socorro del señor Morgan? Con la herida, no podrá nadar por ahora.

De pronto lanzó un grito de alegría.

—¡Olvidaba que este islote es flotante! —exclamó—. Busquemos el obstáculo que lo detiene, y cortémosle. Una vez en la corriente, puede llevarme hasta donde está la canoa, o al menos a la orilla.

Empezó a reconocer el islote en todas direcciones, y se detuvo en el centro, donde había una masa informe cubierta de musgo y de parásitos.

—¿Será este el obstáculo? —murmuró—. Diríase que es un pedazo de tronco en torno del cual se han detenido todas estas plantas.

Con el espadón cortó musgo y plantas, dejando al descubierto un tronco de árbol semiputrefacto que se deshacía bajo sus golpes.

—¡Me lo había figurado! —dijo—. Esto es lo que detiene al islote como un áncora. Una vez cortada, toda esta masa seguirá la corriente y me llevará a alguna parte.

Se acercó al borde del islote y gritó:

—¡Señor Morgan! ¡Señor Morgan!

—¡Señorita! —contestó el corsario.

—¡Si tardo en volver, no os inquietéis! He encontrado el medio de alcanzar la orilla.

—¿No corréis ningún peligro? ¡Decídmelo, e intento la travesía de la laguna a nado, aunque me ahogue!

—¿Para dejarme sola y perdida en esta selva? ¡Oh! ¡No lo hagáis; no os mováis, señor Morgan! Estad tranquilo, que antes del mediodía confío estar con vos.

Dio la vuelta al tronco, y después de haber cortado alrededor las raíces de las plantas acuáticas que formaban el fondo del islote y de haber quitado los restos vegetales, se puso a trabajar con la espada.

La larga inmersión había podrido el tronco; verdadera suerte para la joven, pues, dado su tamaño, a no ser así nunca hubiera logrado su intento sin ayuda de una buena hacha.

Hacía ya una media hora que trabajaba con creciente ardor, cuando sintió de nuevo oscilar el islote e inclinarse hacia un lado.

—¿Será el caimán, que intenta de nuevo el ataque? —se preguntó—. ¡Ese animalucho quiere una buena lección, que le daré! Esos animales no son voraces ni peligrosos como el cocodrilo; además, en tierra no son ágiles, y las cañas le impedirían servirse de la cola. ¡Acabemos!

Decidida a afrontar el peligro, se adelantó despacio, separando suavemente las cañas para no hacer ruido. Había llegado ya detrás de los mangles, cuando oyó dos chapoteos y vio saltar por el aire una nube de espuma amarillenta.

De un salto llegó a borde del islote y se inclinó sobre las aguas, alargando el espadón y retirándose con un gesto de horror.

A través del agua, que era casi transparente, había visto una forma humana nadar velozmente y desaparecer entre las amplias hojas de los mucu-mucu y de las victorias.

—¡Un hombre! —exclamó—. ¡Acaso fueran dos! ¿Serán indios antropófagos?

Se ocultó tras el rizóforo para no ser descubierta y miró al banco que estaba frente al islote, en el que antes había visto agitarse los troncos.

Aún no habían pasado cinco segundos, cuando vio emerger una cabeza cubierta de largos cabellos rojizos, y luego un cuerpo medio desnudo resbalar entre las plantas y desaparecer.

Poco después otro surgía a breve distancia, escondiéndose también entre las plantas.

—¡Son dos caníbales! —murmuró palideciendo la pobre joven—. ¡El color de sus cabellos lo dice! ¡Esos miserables tratan de cogerme para devorarme! ¿Serán dos de los que nos han hecho huir? El peligro es grave, y es preciso que me apresure a liberar el islote del obstáculo que lo detiene.

Por un momento tuvo la idea de avisar a Morgan; pero, pensándolo mejor, renunció a ello. No podía servirle de ninguna ayuda, y, además, le exponía a cometer alguna locura inútil.

Sabiendo que estaba amenazada por los antropófagos, aunque herido, sería capaz de intentar a nado la travesía de la laguna, con peligro de ser cortado en dos por algún caimán o triturado por los anillos de alguna serpiente acuática.

Permaneció en observación algunos minutos; y viendo que los indios no se dejaban ver, casi persuadida de que no la atacarían de frente estando sin armas, pues no les había visto ni un arco ni un cuchillo, volvió al centro del islote para reanudar su trabajo.

El tronco estaba ya profundamente atacado por la hoja del espadón, arma sin igual de acero de Toledo templado en las aguas del Tajo.

Fue precisa una hora larga para que el trozo de tronco fuera cortado en profundidad suficiente para permitir a aquel conjunto de raíces y ramas moverse libremente.

—¡Ya! —exclamó Yolanda—. ¡El islote se mueve! ¡Estoy salvada!

Aquel grito fue prematuro.

Apenas se había puesto en movimiento la masa flotante, cuando se inclinó bruscamente de un lado, y un aullido ronco, que parecía el grito de guerra de un indio, rasgó repentinamente el aire.

Yolanda dio un salto atrás, mientras un hombre de alta estatura, casi desnudo, y chorreando agua, se precipitaba sobre ella.

Por el color de su piel, bastante más clara que la de los otros indios, por los ojos azulados en vez de negros y por la nariz curva como la de un papagayo, Yolanda reconoció en su enemigo a uno de esos feroces habitantes del interior de las selvas de Venezuela que se nutren de carne humana; sin embargo, no perdió el valor.

Tenía en las venas sangre del formidable Corsario Negro, y aunque sola y tan joven, hizo frente al impetuoso ataque del salvaje.

Este, además, estaba indefenso.

—¡Atrás, o te mato! —gritó la valiente italiana extendiendo el espadón.

El indio, que se creía bastante robusto para medirse con una criatura que le parecía débil, en vez de retroceder dio un salto para arrancarle el arma.

Con un movimiento fulmíneo Yolanda se libró del ataque y alargó el brazo, hiriendo al indio bajo el cuello con tal violencia, que la hoja entró en la carne varías pulgadas.

El herido lanzó un grito feroz, se llevó las manos a la herida para detener la sangre que salía a borbotones, y huyó enloquecido y vacilando.

Yolanda iba a correr tras él para obligarle a alejarse del islote, cuando oyó que las cañas se abrían violentamente.

Apenas tuvo tiempo de volverse y ponerse en guardia vio aparecer al segundo indio, que tenía en la mano un grueso bambú terminado en punta.

Viendo la resuelta actitud de la joven, y sobre todo la espada que empuñaba, tuvo un momento de vacilación.

Yolanda, que se exaltaba ante el peligro, le atacó violentamente lanzándole dos o tres estocadas.

La esgrima no le era desconocida, y sabía usar las armas empleadas en su época.

—¡Te mato! —gritó.

Sorprendido el indio por aquella inesperada resistencia, y acaso espantado por el grito de muerte de su compañero, retrocedía hacia la orilla rechinando los dientes y rugiendo como una fiera.

Dos veces había intentado herir a la joven con el bambú, sin conseguirlo.

Es más: a la segunda vez la punta fue cortada por un sablazo.

Viéndose junto a la orilla, dando un salto inesperado procuró inclinar aquella armazón de raíces y plantas, con la esperanza de hacer caer a la joven y echarse sobre ella a traición.

Pero no habiéndole dado resultado su intento, trató de caer sobre su adversaria cuerpo a cuerpo y cogerla entre sus brazos; pero cayó al agua con un sablazo en el pecho, que le arrancó un grito de dolor.

Casi en el mismo instante las aguas se agitaron bruscamente junto a él, aparecieron dos enormes mandíbulas provistas de formidables dientes, y se cerraron con lúgubre crujido en torno de su cuerpo, cortándolo en dos.

El desgraciado apenas tuvo tiempo de lanzar un grito horrible, y desapareció con el caimán, aliado inconsciente de la joven.

Aterrada por aquel atroz espectáculo, Yolanda había quedado con los ojos fijos en el charco de sangre.

—¡No creí que acabaría así! —dijo enjugándose el frío sudor que le bañaba su frente—. ¡Es horrible! ¡Horrible! ¡Tratemos al menos de socorrer al otro, si es posible!

El primer indio, huyendo, había trazado un surco entre las cañas y las plantas.

Yolanda le siguió hasta el borde del islote, sin encontrar al desgraciado: las hojas de los mangles estaban en aquel sitio manchadas de sangre aún fresca; pero el indio no estaba ya en aquel lugar.

Probablemente habría saltado al agua, y muerto en el fondo del pantano o en algún banco vecino.

—¡Ellos lo han querido! —dijo tristemente—. ¡Me hubiera alegrado mucho de poder perdonarlos!

Volvió lentamente hacia el otro borde del islote, y miró a la orilla.

Ya no se veía a Morgan ni el campamento. La almadía marchaba dulcemente a través del canal siguiendo la corriente.

CAPÍTULO XXV. LA MARCHA NOCTURNA

Segura Yolanda de que también el primer indio había muerto, comenzaba a tranquilizarse; sin embargo, no estaba muy satisfecha del curso seguido por el islote flotante, y que no podía en modo alguno modificar, porque no tenía suficiente fuerza para dirigir semejante masa.

Primero confió en que la corriente la llevaría hacia el banco donde estaba encallada la canoa; pero, por el contrario, se alejaba hacia el mediodía, donde, al menos entonces, no se veían árboles de ninguna clase que indicaran la presencia de tierra firme.

—¿Desembocará esta laguna en el mar? —se preguntó—. ¡No; no es posible! —añadió después de haberse orientado con el sol—. El golfo de México está hacia septentrión, o sea detrás de mí. ¿Adónde va, entonces, esta agua? ¿A alguna laguna interior? ¡Qué inquieto estará Morgan no viéndome! ¡Si pudiese aún prevenirle! ¡Probemos!

Se adelantó hasta el borde del islote, y con toda su voz le llamó por tres veces.

Poco después una voz bastante lejana contestó:

—¡Señorita! ¡Señorita! ¿Dónde estáis?

—¡La corriente me lleva hacia el sur! ¡Apenas toque tierra, me reuniré con vos! Nadie me amenaza; así, pues, esperadme sin angustiaros, aunque tarde.

—¡Ya no os veo!

—¡Estoy tras los islotes! ¡Adiós, señor Morgan; esperadme!

Volvió a oír la voz del filibustero; pero tan débil que no pudo entenderle.

La distancia aumentaba, y los islotes y los bancos eran tan abundantes, que impedían que la voz se propagase.

—Mientras brille el sol los animales feroces no le atacarán —dijo Yolanda—. Yo seré quien para reunirme con él tenga acaso que cruzar el bosque de noche. ¿Tendré valor? ¡Vaya; no nos desesperemos!

Se sentó en el borde de la almadía, poniendo a su lado la espada y como media docena de huevos, pues había dejado en un hoyo los que cogió de los nidos.

—¡Lástima no poder invitar al señor Morgan! —dijo—. Sobre todo, él es quien necesita fortalecerse.

Terminado el frugal almuerzo construyó con algunas cañas una especie de tejadillo para preservarse de los ardientes rayos del sol, y esperó pacientemente a que el islote se acercara a algún sitio.

El canal había terminado y ante el islote se extendía una inmensa superficie líquida, casi obstruida por los bancos, surcada por infinito número de aves marinas que revoloteaban con absoluta confianza por cerca de Yolanda, posándose en las cañas.

Al sur comenzaba a distinguirse una línea oscura, que debía de ser el lindero de un bosque.

La laguna debía de terminar allí, desaguando en algún río, porque la corriente, aunque siempre muy débil, no variaba de dirección.

—No llegaré antes de la noche —dijo la joven observando aquella línea—. ¿Cuánto tendré que andar para reunirme con Morgan? ¡Y de noche, cuando las fieras salen de sus cubiles en busca de presas! Sin embargo, no puedo dejar solo al corsario, que aún está muy débil y no podría defenderse. ¡Pase lo que pase, costearé la laguna hasta que le encuentre!

Volvió a sentarse bajo el tejadillo mirando a las aguas, que de cuando en cuando dejaban ver algún dorso cubierto de rugosas escamas.

Eran caimanes que jugaban persiguiéndose.

Por fortuna, parecían no prestar atención al islote.

Entre tanto cada vez se acercaba más la tierra. Era muy baja, tanto, que semejaba encontrarse al nivel del agua, y cubierta de árboles que parecían pertenecer a la especie de los mangos, con altas raíces que sobresalían del agua.

El sol iba a hundirse en el horizonte, cuando por fin el islote encalló en la orilla, que parecía pantanosa y que muy bien podía ocultar arenas movedizas.

Los mangos estaban muy próximos, y sus raíces tan unidas, que permitían pasar sobre ellas.

Yolanda, que desconfiaba de aquel terreno traidor, se colgó el espadón al costado, y ayudándose con pies y manos subió a la raíz más cercana, sin ocuparse de las protestas inofensivas de una banda de simios rojos que habían ocupado las ramas para saquear sus frutos.

Agarrándose a los bejucos que colgaban de los troncos y que resistían como cuerdas de pita, y cuidando de mirar dónde ponía el pie para no ser tragada por las arenas, al cabo de un cuarto de hora de fatigosa gimnasia llegó a un terreno cubierto de palmas gumíferas y de aspecto pintoresco.

—Subamos hacia septentrión —dijo Yolanda—. Ordinariamente las fieras no salen de los bosques antes de la media noche, y para esa hora confío en haber recorrido mucho camino. ¡Pobre Morgan; qué inquieto estará!

Recogió algunos mangos del suelo, puso varios en su falda para llevárselos al herido, pues había abandonado los huevos para estar más libre, y empuñando el espadón emprendió intrépidamente la marcha costeando la laguna.

El sol había desaparecido ya, y las aves surcaban el espacio en busca de sus nidos. La luna comenzaba a mostrarse y se reflejaba en las aguas.

Los rumores se apagaban poco a poco. Los simios y los volátiles callaban, y, en cambio, zumbaban los zanzares, que por batallones se destacaban de los manglares.

Yolanda apretaba el paso, manteniéndose lo más lejos posible del lindero del bosque para no ser inesperadamente atacada por algún jaguar o algún leopardo, y con frecuencia se detenía para escuchar.

Por fortuna, el bosque, al menos entonces, estaba en silencio: no se oía más que el susurro de la fronda apenas agitada por el vientecillo nocturno.

Sin embargo, no estaba tranquila, y aunque llevaba la espada, vagos temores comenzaban a asaltarla.

Le parecía ver entre la hojarasca agitarse sombras humanas y brillar los fosforescentes ojos de animales feroces.

Ya tres o cuatro veces se había detenido y mirado a su alrededor con espanto, creyendo que la seguían hombres o animales, preguntándose si no hubiera sido mejor refugiarse en cualquier árbol y esperar el nuevo día.

Pero el temor de que Morgan, hacia quien en el fondo de su alma sentía ya algo más que un simple afecto, pudiera correr cualquier peligro, la incitaba a apresurar el paso.

Ya hacía un par de horas que caminaba a toda prisa, cuando le pareció que una figura monstruosa se agitaba en el borde del bosque.

Se detuvo lanzando un grito. Aquella bestia estaba a cuarenta pasos de ella, y se movía cómicamente haciendo bufas reverencias.

La luna, que brillaba en un cielo purísimo, la iluminaba solo en parte; así que Yolanda no lograba observarla bien.

Le parecía un simio más bien que un jaguar o un tapir de extraordinarias dimensiones.

—Parece un orangután —murmuró Yolanda—. Pero me han asegurado que en América no hay más que simios pequeños.

Intentó avanzar algunos pasos con la idea de espantarle; pero el singular animal no dejó su puesto y continuó sus movimientos y reverencias.

Yolanda no sabía qué hacer: no se atrevía a retroceder y volver al islote una vez que el campamento debía de estar cerca; y titubeaba en avanzar, porque aquel cuadrumano estaba precisamente por donde debía pasar, por entre la laguna y el bosque.

—Estoy armada —dijo—, y la hoja es fuerte.

Se dirigió directamente hacia el cuadrumano, gritando y haciendo brillar la espada a los rayos de la luna.

El animal la dejó acercarse, y cuando la vio a pocos pasos se escapó hacia el bosque. ¡Cosa extraña! Al moverse se había empequeñecido, y no parecía mayor que un simio común.

—¡Oh! ¡Curioso! —exclamó riendo la joven—. ¿Habrá sido una ilusión óptica, un efecto de los rayos de luna reflejados en las aguas y que han agrandado a ese mico? ¡Más vale así! Sin embargo, aún tiemblo.

Contenta de haber escapado de aquel peligro, que al principio no le había parecido imaginario, reanudó animosamente su caminata.

Después de otra hora, mientras bajaba una pequeña altura que costeaba la llanura, distinguió en lontananza un punto luminoso.

—¡Nuestro campamento! —exclamó alegremente—. ¡Pobre señor Morgan! ¿Cómo habrá hecho para encender el fuego, herido como está? ¡Se alegrará de volver a verme!

Redobló el paso sin preocuparse de los aullidos de los monos rojos que de cuando en cuando resonaban bajo los árboles, y cuando ya solo distaba del campamento unos tres a cuatrocientos metros y comenzaba a distinguir el minúsculo cobertizo un grito la hizo estremecerse.

—¡Toma, canalla! —había gritado una voz.

—¡El señor Morgan! —exclamó Yolanda—. ¡Dios mío! ¡Está en peligro!

Echó a correr desesperadamente, gritando:

—¡Señor Morgan, voy en vuestra ayuda!

Próximo al semiapagado fuego veía un grupo que se agitaba, y parecía formado por un hombre y un animal.

La voz continuó gritando:

—¡Toma otro! ¿No te vas aún? ¡Toma entonces!

Y se oían roncos bufidos, que acababan en una especie de rugido ahogado.

El filibustero debía de haber sido atacado por alguna fiera, y se defendía desesperadamente a sablazos.

Yolanda se precipitó hacia el campamento gritando:

—¡Ya estoy aquí, señor Morgan! ¡Llego a tiempo!

—¡Cuidado, señorita! —repuso el corsario—. ¡Es un leopardo el que me ha atacado!

—¡Ahora seremos dos para hacerle frente! —repuso la valiente joven.

Viendo llegar aquel refuerzo, el leopardo se volvió para hacer frente al nuevo enemigo, y Morgan lo aprovechó para darle un sablazo en los riñones.

La fiera lanzó un rugido de rabia y de dolor; de un salto tiró el tejadillo y huyó hacia el bosque dando botes de tres y cuatro metros.

—¡Gracias, señorita! —dijo con voz conmovida Morgan—. Ya iba a ceder a ese animal. ¡Cuánto me alegra el veros! Comenzaba a temer que os hubiese ocurrido alguna desgracia.

—¿Habréis sufrido alguna herida? —preguntó ansiosamente Yolanda.

—No. Tan solo mi casaca ha sido reducida a muy mal estado. Tuve tiempo de coger la espada y tener a raya a la fiera.

—¿Os sorprendió?

—Sí; mientras reavivaba el fuego —dijo Morgan.

—¿Volverá?

—Creo que no le quedarán deseos. Pero vos, señorita, ¿de dónde venís? ¡Exponeros así, de noche y sola por estos bosques infestados de peligrosos animales!… Debíais haber esperado la salida del sol.

—¿Y dejaros solo toda la noche? Ya veis que he llegado en buen momento.

—Sí, señorita, y de nuevo os lo agradezco. Acaso os debo la vida. ¡Cuánto valor en una mujer tan joven!

—¿No soy la hija del Corsario Negro? —dijo sonriendo Yolanda.

—Es cierto; pero os repito que ninguna otra mujer, sobre todo en vuestra edad hubiera tenido tanto valor.

—Callad, señor Morgan, y decidme: ¿cómo va la herida?

—Comienza a cicatrizarse.

—¿Habréis padecido hambre y sed?

—Me inquietaba demasiado vuestra ausencia para sentirlo.

—Os he traído algunos mangos.

—Me bastan. Sentaos y descansad; luego me contaréis vuestras aventuras.

—¡Son terribles, señor Morgan! Por poco me matan y me devoran.

—¿Quién? —preguntó Morgan palideciendo.

—Dos indios como los que nos siguieron.

—¿Dos antropófagos?

—Comed, señor Morgan, y luego os lo contaré todo.

CAPÍTULO XXVI. REAPARECE DON RAFAEL

Cuatro días después el filibustero se declaró dispuesto a ponerse en marcha.

La herida estaba casi por completo cicatrizada, y aunque solo se hubiera nutrido de frutas, sus piernas habían vuelto poco a poco a recobrar su robustez; su excepcional fibra había coadyuvado un poco a apresurar la curación.

Ya el día antes había dado un paseo por el bosque sin sentir dolor alguno.

—Partamos, señorita —dijo aquella mañana después de un escaso almuerzo de plátanos asados—. Lleguemos al mar lo antes posible: allí está nuestra salvación.

—¿Suponéis que esta laguna tenga su desembocadura en el golfo de México?

—Sí, porque ayer he observado que la corriente baja hacia el sur durante seis horas, y luego sube hacia septentrión.

—¿Luego estas aguas sufren el flujo y reflujo del mar?

—Precisamente.

—¿Contáis con encontrar allí a Carmaux?

—Por lo menos, alguna aldea caribe. Esos salvajes no son malos, y respetan a los hombres de piel blanca desde la colonización española. Ellos podrán darnos una buena piragua, con la cual llegaremos a las Tortugas. Prometiéndoles un fusil, nos acompañarán gustosos.

—¿Y Carmaux?

—Cuando estemos en las Tortugas enviaré un destacamento de bucaneros a buscarle. ¿Dónde está nuestra canoa?

—La he traído aquí ayer mientras dormíais. La almadía que hice me llevó hasta el banco donde estaba encallada sin peligro alguno.

—¡Sois una joven admirable, Yolanda! ¡Uno de los míos no hubiera hecho más!

—¡Vamos, señor Morgan!

Cogieron las espadas y la pistola y bajaron a la orilla; pero una nueva sorpresa los esperaba: la embarcación había desaparecido.

—¿Se habrá ido a pique? —se preguntó Morgan, que estaba lívido.

—No lo creo —replicó la joven, no menos alterada—. Era de una pieza, y no tenía ni una resquebrajadura.

—¡Entonces, la han robado!

—¿Cuándo?

—¿Estáis segura de que estaba aquí ayer tarde?

—La amarré con un bejuco nuevo.

—Alguien la ha robado valiéndose de la oscuridad. ¿No habéis visto a nadie durante la noche?

—Me parece que no.

El filibustero bajó a la orilla y cogió la liana que unía la canoa a un tronco de árbol, examinándola atentamente.

—Ha sido cortada con un cuchillo o algo semejante —dijo—. Supongo que otros indios han descubierto nuestro campamento, y la más elemental prudencia aconseja que nos marchemos de aquí en seguida.

—¿Adónde? —preguntó Yolanda.

—Al bosque donde los oyaculés han perseguido a Carmaux y a los dos caribes. Quizá me engañe; pero espero encontrar a mi marinero.

—Hay que cruzar el río.

—Me pareció que el agua no era muy profunda; yo soy buen nadador, y puedo llevaros a la orilla opuesta.

—Entonces, vamos, señor Morgan. Marchando siempre hacia el sur llegaremos al mar. Además, tenéis una brújula, ¿verdad?

—Sí, señorita.

Recogió una gruesa rama para servirse de ella como de un bastón, y ambos se pusieron en marcha.

Morgan avanzaba despacio para no irritar demasiado la herida, y se detenía de cuando en cuando para escrutar los contornos, temiendo siempre alguna sorpresa por parte de los que habían robado la canoa.

Sin embargo, el bosque parecía desierto.

En diez minutos Morgan y Yolanda atravesaron el trozo de bosque y llegaron a la orilla del río, a un lugar donde el agua no era profunda y se podía vadear fácilmente.

—Permitid que os coja en brazos, señorita —dijo Morgan—. No quiero que os mojéis.

Iba a acercarse para coger a la joven, cuando algunas flechas silbaron en sus oídos, sin herirlos, y una turba de indios salió corriendo del bosque manejando sus pesadas mazas cuadrangulares y agitando los arcos. Morgan desenvainó rápidamente su espada, y poniéndose delante de Yolanda, con un fulmíneo molinete detuvo a los enemigos, gritando en español:

—¡Deteneos, u os mato!

En vez de obedecer, los indios se colocaron en semicírculo y apuntaron sus arcos al corsario.

El momento era terrible. Era imposible que a tan breve distancia los indios, que generalmente son hábiles arqueros, fallasen el blanco. Morgan lo comprendió así, y bajando la espada dijo con voz amenazadora:

—¿Qué queréis del hombre blanco? Yo no soy vuestro enemigo. ¿Por qué me atacáis?

Un indio más alto que los otros, y que llevaba en el cabello algunas plumas, hizo bajar con un gesto los arcos y avanzó, diciendo en español:

—¿Quién eres y de dónde vienes?

—Somos náufragos a quienes la tempestad ha traído a estas costas.

—¿Eres tú quien ha matado a uno de los nuestros que había venido a cazar el maipuri (tapir), con su compañero, y que no ha vuelto a la tribu?

—¿Hablas de Kumasa? —preguntó Morgan con alegría.

—¿Cómo sabes su nombre? —preguntó el indio con sorpresa.

—Le he encontrado hace cinco días en la costa con su compañero. Había sido sorprendido por los oyaculés, y se refugió en mi campamento.

—¿Han aparecido aquí los oyaculés? —preguntó el indio con temor.

—Sí, y ellos nos han separado de Kumasa.

—¿Dónde está ahora el jefe?

—No lo sé: huyó al bosque con uno de mis compañeros, y no he vuelto a verle.

—¿Juras que no le has visto?

—¡Lo juro! —dijo Morgan.

El indio se volvió hacia los suyos y cambió con ellos algunas palabras en idioma español; luego se volvió a Morgan, que seguía ante Yolanda, diciéndole:

—Creo cuanto me has dicho, hombre blanco. ¿Adónde ibas?

—Hacia la costa, con la esperanza de ver pasar una de nuestras grandes canoas.

—Ven a nuestra aldea, que está junto a la orilla del mar, a la salida de las aguas de la laguna. Te daremos hospitalidad, y no tendrás nada que temer. Ya sabes que los caribes son aliados de los españoles.

—¿Qué opináis, Yolanda? —preguntó Morgan a la joven.

—¿Podemos fiarnos de estos hombres?

—Hoy día los caribes ya no son lo que eran antes, y respetan a los blancos. No creo que tengan intenciones hostiles para con nosotros, sobre todo ahora que saben nuestra amistad con Kumasa.

—Entonces, aceptemos su hospitalidad.

El filibustero se dirigió al indio que esperaba la respuesta, y le dijo:

—Estamos dispuestos a seguirte.

—¿Es tu hija esa joven? —preguntó el caribe.

—No, es mi hermana —repuso Morgan.

—Debe de ser tan valiente como bella.

—Y sabe defenderse como un guerrero.

—Está bajo mi protección, y nadie osará levantar la mirada hasta ella. Hagamos colación, y partiremos.

Los indios se sentaron en torno de Morgan y de Yolanda, y sacaron de su pagara (especie de cesta de hojas entrelazadas) pescados asados, algunos trozos de kariacú (especie de ciervo), plátanos, galletas de maniot y algunos frascos de cascirí, licor fuerte que bebido en abundancia embriaga como el aguardiente.

Eran unos cuarenta, todos de regular estatura, amplias espaldas, nervudos, de piel amarillo-rojiza, enrojecida aún más por la costumbre que tenían de embadurnarse el cuerpo con aceite de coco para evitar las picaduras de los insectos.

Tenían el rostro afeitado, grueso, de melancólico aspecto; ojos pequeños, negros y muy vivos, y cabellos oscuros y rizosos. Todo su vestido consistía en un faldellín de algodón franjeado y con colgajos de diversos colores, abundando los collares y brazaletes de dientes de fieras, picos de tucán y cristales de roca: en su mayor parte llevaban el cartílago nasal atravesado por una espina de pescado, y bajo el labio inferior, clavado en la carne, un disco de madera o un trozo de escama de tortuga.

Cuando hubieron terminado la colación, hecha en silencio, dieron la señal de marcha.

Morgan y Yolanda iban detrás del jefe, quien para mejor mostrar sus pacíficas intenciones les había dejado a sus espaldas.

Atravesaron un trozo de bosque abriéndose paso fatigosamente por entre aquella enmarañada verdura, y bajaron hacia la laguna a una pequeña cala donde había siete largas canoas, entre ellas la que fue de Morgan.

—¿Fuiste tú quien me la quitó? —le preguntó al jefe.

—Sí —repuso riendo—. Te la quité ayer tarde, después del ocaso. Vi los fuegos de tu campo, y costeando la laguna para ver quiénes eran las personas acampadas, vi la canoa y la cogí. Además, no era tuya.

—Era de Kumasa.

—La reconocí en seguida, y, creyendo que habrías matado al valiente guerrero, te preparé una emboscada para vengarle.

—¿Sospechas aún que le he matado?

—No —repuso el indio—. ¡Embarquemos!

Los caribes tomaron asiento en las canoas, empuñaron los remos, y la pequeña flotilla se dirigió hacia septentrión.

Morgan y Yolanda iban en la piragua del jefe, que era la más larga y la más cómoda y tenía en el centro una pequeña piupa, o sea un tejadillo de hojas de waie y de maripa.

Hacia la tarde las canoas llegaban a la boca de un río o de un canal que parecía comunicar con el mar.

Los indios acamparon en un promontorio, donde encendieron muchos fuegos, y al amanecer volvieron a embarcarse y remaron vigorosamente.

A mediodía el canal ensanchó notablemente, y de pronto apareció en una de las orillas una aldea acuática plantada sobre una enorme empalizada, y compuesta de dos o tres docenas de carbé, gigantescas casas formadas por un tejado de sesenta u ochenta pies de largo y dieciocho de alto, construido con cañas y hojas de latania.

En torno de la empalizada que sostenía aquellas construcciones había gran número de canoas, algunas de tronco de cedro y otras de bambú.

Oyendo los gritos de los guerreros, de los carbé y de los jupas, que son las cabañas destinadas a las mujeres, salieron varios indios seguidos de gran número de chiquillos que saludaban con gritos desaforados.

La canoa del jefe, que era la primera, abordó en la empalizada más cerca, y el jefe mismo ayudó a Morgan y a Yolanda a subir a la plataforma donde estaban reunidos algunos subjefes, que se distinguían por sus plumas y picos de tucán.

El jefe cambió algunas palabras con ellos, y haciendo un gesto de sorpresa se volvió hacia Morgan, diciéndole en español:

—Has dicho la verdad, y me alegro.

—¿Por qué? —preguntó el filibustero.

—Kumasa ha llegado ayer sano y salvo.

—¿Y el hombre blanco?

—Los hombres blancos querrás decir.

—No; no había más que uno con los indios.

—Ahora son dos. ¡Mira, ahí llegan!

Dos hombres se habían precipitado fuera de una cabaña, y corrían agitando los brazos.

—¡Carmaux! —exclamó con alegría Morgan.

—¡Y don Rafael! —añadió Yolanda.

—¿De dónde ha salido ese hombre? —se preguntó Morgan—. ¡Y todos le creían muerto!

—¡Capitán! ¡Capitán! —gritó Carmaux, que llegaba como una bomba—. ¡Salvados! ¡Salvados! ¡Este es el día más feliz de mi vida!

CAPÍTULO XXVII. EL RAPTO DE YOLANDA

Un cuarto de hora después, Morgan, Yolanda, Carmaux y el plantador de Maracaibo, reunidos en una cómoda jupa cubierta de esteras por tres de sus lados y puesta a su disposición por Kumasa, sentados ante dos magníficas ocas marinas perfectamente asadas, un montón de galletas de casaba, mangos y plátanos, y hasta un monumental frasco de cascirí, cambiaban impresiones.

Todos estaban ansiosos de saber por qué afortunada circunstancia habían escapado de la muerte; pero sobre todo los maravillaba la inesperada procedencia de don Rafael, a quien todos creían ahogado.

La narración de Carmaux tenía poco interés.

El valiente marinero y los dos indios, con una rápida carrera, lograron ponerse a salvo de los oyaculés; más tarde volvieron hacia el río para buscar a Morgan y a Yolanda, y no habiéndolos encontrado, se decidieron a llegar al carbé para pedir socorro y tomar una nueva canoa para recorrer la laguna.

—Ahora a vos, don Rafael —dijo Yolanda cuando Carmaux hubo terminado—. Vuestra presencia entre estos indios es completamente extraordinaria.

—En efecto, señorita; me he salvado y he llegado aquí por milagro —dijo el plantador, que comía y bebía por dos, con acompañamiento de profundos suspiros—. ¡Me parece imposible estar vivo todavía!

—¡Y por eso se consuela devorando él solo medio almuerzo! —dijo Carmaux riendo—. ¿Es para preparar vuestra venganza?

—¿Qué venganza? —preguntaron Morgan y Yolanda asombrados.

—Me han tirado al mar para ahogarme, señor; no es cierto que yo me cayera —dijo don Rafael.

—¿Quién? —preguntó Morgan.

—Me empujó ese condenado capitán, temiendo que aquel señor fuese…

—¡Alto, camarada! —dijo Carmaux guiñándole un ojo.

—El comandante de la nave —repuso don Rafael, que ya había sido prevenido por el marinero para que no hiciera alusión alguna al Gobernador de Maracaibo.

—¿Qué capitán? —preguntó Morgan.

—El señor Valera.

—¿El que me tenía prisionera en los subterráneos del convento de Maracaibo? —dijo Yolanda.

—Sí, señorita. Debía de haber sospechado que fui yo quien llevó allá a los dos filibusteros del señor Morgan, y solo esperaba una ocasión propicia para vengarse de mí. Aprovechando un momento en que estabais ocupados en cerrar las vías de agua del velero, me siguió al castillo de proa y cogiéndome a traición por la espalda, me tiró al mar antes de que pudiera lanzar un grito.

—¿Y cómo os habéis salvado? —preguntó Morgan—. Estábamos bastante lejos de estas costas.

—Ahora veréis. Cuando volví a flote, medio atontado por el baño, vuestra nave estaba ya lejos; pero oía a pocas brazas de mí la fragata, que flotaba todavía. Siendo un buen nadador, me dirigí hacia ella; y habiendo encontrado una cuerda colgando, me icé por ella. El casco, transportado por el viento y la corriente, se rompió contra estas costas, y casi milagrosamente me salvé en la playa, donde fui encontrado por algunos indios y conducido aquí.

—En efecto; hemos encontrado los restos de la pobre fragata —dijo Morgan—. ¡Don Rafael, debéis de haber nacido bajo una buena estrella!

—Eso voy creyendo —repuso el panzudo plantador—. Pero quisiera…

¿Qué quería? Ni Morgan ni Carmaux pudieron saberlo nunca, porque la conversación fue súbitamente interrumpida por una descarga de fusiles y un griterío ensordecedor.

Los dos corsarios, Yolanda y don Rafael se precipitaron fuera de la cabaña, mientras los indios pasaban corriendo por las plataformas seguidos de sus mujeres y de sus hijos, que chillaban desesperadamente.

Viendo aparecer a Morgan, Kumasa se le adelantó diciéndole:

—¡Jefe blanco, defiéndenos!

—¿Quién os amenaza?

—¡No sé; muchos hombres blancos se acercan al carbé haciendo fuego!

—¿Españoles?

—No lo creo.

—¡Vamos a ver!

Dio la vuelta a una cabaña que le impedía ver la laguna, y llegando al margen de la plataforma vio dos enormes almadías cargadas de personas que disparaban al aire.

Morgan y Carmaux lanzaron un grito de alegría.

—¡Nuestros compañeros!

Eran, en efecto, los filibusteros del velero, que avanzaban por el canal que comunicaba con el mar, empujando fatigosamente almadías que parecían hechas con los restos de una nave.

Si no todos, estaban casi todos, y Pedro el Picardo con ellos.

¿Cómo estaban allí, y, sobre todo, como habían logrado ellos también escapar de la muerte?

—¡Amigos! —gritó Morgan—. ¡Cesad el fuego! Sois huéspedes de estos indios, que no os molestarán.

Los corsarios lanzaron un inmenso alarido:

—¡El capitán!… ¡El señor Morgan!

La primera almadía llegó pronto bajo la empalizada, y Pedro el Picardo saltó el primero a la plataforma, abrazándose a Morgan.

—¡También la señorita de Ventimiglia! —exclamó viendo a Yolanda—. ¡Ah, qué fortuna!

—¿Y la nave? —preguntó Morgan.

—Naufragó —repuso Pedro el Picardo—; con sus despojos hemos hecho estas almadías.

—Yo he recorrido la costa sin verla.

—Se estrelló contra un islote a quince millas de estas playas. Las olas nos llevaron en el momento en que te arrastraban a ti con Carmaux y la señorita Yolanda, y luego nos arrojaron contra unos arrecifes. Fue una suerte, porque el velero estaba ya lleno de agua. ¿Y tú? ¡Ah! ¡Un momento! Me olvidaba de decirte que por poco si nos capturan los españoles.

—¿Qué españoles?

—Una nave que está anclada a pocas millas de aquí en una bahía y que por poco nos ve.

—¡Una nave! —exclamó Morgan, en cuya mente había nacido una idea.

—Sí; y grande, según parece.

—Pedro, ¿cuántos hombres tienes?

—Cincuenta. Los prisioneros españoles huyeron ayer tarde aprovechando un alto en tierra.

—Hasta…

—¡Sí! —repuso Pedro, que había comprendido.

Morgan contuvo un gesto de rabia y dijo con voz sorda:

—¡Más tarde nos cuidaremos de eso; por ahora tenemos algo mejor que hacer!

Se inclinó sobre el borde de la plataforma, y gritó a sus corsarios, que esperaban la orden del desembarco:

—Acercaos a la orilla opuesta, que ahora iremos nosotros.

—¿Qué quieres hacer, Morgan? —preguntó Pedro.

—Tus hombres han salvado sus armas, ¿verdad?

—Fue su primera idea; todos tienen su arcabuz, sable de abordaje y municiones suficientes.

—¿Y está bien armada la nave que habéis visto?

—Es un buen barco, a fe mía —repuso Pedro.

—Pedro, no nos queda más que un golpe desesperado —dijo Morgan.

—¿Apoderarnos de esa nave?

—Sí; es el único recurso que nos queda para poder volver a las Tortugas.

—¡Diablo! No será fácil, Morgan. A juzgar por su tamaño, esta nave debe de tener numerosa tripulación.

—No estamos acostumbrados a contar nuestros enemigos —dijo Morgan—; otros filibusteros con menos hombres han llevado a cabo mayores empresas. No perdamos tiempo. Nos jugaremos el todo por el todo. ¡Carmaux!

Nadie contestó. El valiente marinero, viendo en la segunda almadía a su inseparable hamburgués, había ido a abrazarle.

—Estará con Wan Stiller —dijo Pedro.

—¡No importa! —dijo Morgan.

Se volvió hacia Yolanda, que había asistido al coloquio.

—Señorita —le dijo—, partimos para una expedición que puede ser peligrosísima, y no quiero exponeros. Si os dejase aquí bajo la guardia de Kumasa y de don Rafael, ¿os disgustaría? Estos indios son buena gente, incapaces de maquinar nada contra vos.

—Os esperaré, señor Morgan, con toda confianza —repuso Yolanda—. Lo único que os pido es que no os expongáis demasiado. La muerte de un hombre tan valiente y caballeroso, me afligiría.

—Señorita —dijo Morgan con voz alterada por intenso gozo—, viviré para vos; y si una bala traidora me atravesase, moriría con vuestro nombre en los labios.

Un vivo carmín tiñó las mejillas de la joven.

—Os espero, capitán —dijo suspirando—. ¡Que Dios os proteja!

—¡Adiós, señorita; antes de la noche estaremos de vuelta!

Se alejó rápidamente, como si quisiera ocultar la emoción que le embargaba, y bajó a una canoa en la que estaba Pedro el Picardo con cuatro caribes.

De pie en la plataforma, Yolanda le seguía con la mirada, sonriéndole, y no se movió hasta que la canoa hubo desaparecido tras un islote.

—Estoy bajo vuestra protección, don Rafael —dijo al plantador—. Aunque seáis español, espero que no me haréis traición.

—¡Preferiría dejarme matar, señorita! —dijo el plantador—. Ya soy amigo de los filibusteros; y si alguien quiere tocaros, probará la fuerza de mi brazo.

—Llevadme a la jupa que Kumasa nos ha destinado.

—Vuestros deseos son órdenes para mí.

Le abrió paso por entre los indios que se habían reunido en la plataforma y la precedió hasta la cabaña; luego fue a buscar a Kumasa, que estaba al otro extremo de la aldea, para que pusiera una escolta de honor a disposición de la joven.

Ya estaba para volverse a la cabaña, cuando sus miradas cayeron sobre una canoa tripulada por una docena de hombres, que desembocaba entonces entre los islotes que se extendían por aquel lado de la laguna.

Fue tal la emoción que experimentó al reconocer a los que la tripulaban, que tuvo que asirse a un palo para no caer.

El pobre hombre no se espantaba sin motivo, porque entre aquellos doce hombres había reconocido al conde de Medina y a su infernal capitán Valera.

Cuando se repuso, la canoa llegaba al extremo de la empalizada, y los españoles subían ya a la plataforma.

—¡Estoy perdido! —murmuró don Rafael—. ¡El capitán me verá, y me tirará al río con una piedra al cuello para que no salga a flote!

Por un momento tuvo idea de correr a la jupa para prevenir a Yolanda; pero comprendió que ya era tarde y que nada hubiera podido hacer por salvarla.

—¡Si fuera a avisar al señor Morgan y a Carmaux! —se dijo—. Acaso no estén todavía lejos y puedan impedir que el conde se la lleve. ¡Ánimo; no perdamos tiempo!

Don Rafael, que acaso por primera vez en su vida sentía en el corazón un valor de león, se dejó resbalar a lo largo de un palo y eligió la canoa más ligera.

De repente, una idea le contuvo.

—¡Iba a hacer una tontería! —dijo.

Empujó la canoa bajo las plataformas, pasando hábilmente por entre los palos que la sostenían, y se dirigió hacia el ángulo oriental de la aldea.

Mientras lo atravesaba oía claramente sobre sí hablar a las mujeres y niños, ya que el pavimento de las habitaciones era de traviesas de bambú cubiertas con un tejido que no impedía la transmisión del sonido.

—Pues bien —murmuró don Rafael—; no perderé ni una sílaba de lo que diga el conde a la señorita de Ventimiglia, y así podré contárselo todo al señor Morgan.

Llegó sin ser visto al ángulo oriental del carbé, donde se levantaba la jupa destinada por el jefe a Yolanda.

Aguzó los oídos y oyó un paso ligero que ora se alejaba, ora se acercaba.

—La señorita está aquí encima —murmuró—. ¡Esperemos!

No habían pasado cinco minutos cuando se oyeron pasos pesados y la voz del conde, que decía:

—Quedaos aquí de guardia, capitán.

—¡Maldito bribón! —murmuró don Rafael—. ¡Si pudiese agarrar a ese condenado Valera y tirarle abajo, me alegraría mucho! ¡Ah! ¡Ha entrado el conde!… ¡Oigamos!…

* * *

Viendo llegar a aquellos hombres blancos y subir sin dificultad a la plataforma, Kumasa se había apresurado, en unión de los subjefes, a ir a recibirlos.

Apenas estuvo frente al conde de Medina no pudo contener un grito de estupor y de alegría.

—¿Aún me reconoces, indio? —preguntó el Gobernador con sonrisa de contento.

—Tú eres el grande hombre blanco que mandabas la bella ciudad que yo visité hace dos años, y que me recibió como amigo —repuso el indio.

—Sí —dijo el conde—. Yo era entonces Gobernador de Cumana. Celebro que tengas buen recuerdo de la acogida que te dispensé en la ciudad de los hombres blancos.

—Aún tengo los regalos que me diste. ¿Qué puedo hacer ahora por ti? Eres mi huésped.

—Da una cabaña y alimento a mis hombres, que tienen hambre, y llévame a tu carbé; tengo que hablarte.

El caribe dio algunas órdenes a los subjefes, y dijo al conde:

—¡Sígueme, gran hombre blanco!

—Venid, capitán —dijo el Gobernador a Valera.

Mientras los hombres que los acompañaban, y que no eran sino los marineros del velero abordado por Morgan, eran conducidos a una cabaña, Kumasa se dirigió hacia su carbé, que era muy vasto, introduciendo al conde y al capitán en una apartada estancia frente a la laguna.

—Estáis en mi casa —dijo tomando una calabaza llena de cascirí y llevando algunos vasos, regalo de los españoles de Cumana.

—Escúchame —dijo el conde—, y si me sirves fielmente, yo te regalaré a ti y a tu tribu armas, vestidos y el agua que quema la garganta.

—Conozco la generosidad del grande hombre blanco —dijo Kumasa con avariciosa mirada.

—Esta mañana he visto pasar por el canal seis o siete de tus canoas, y en una de ellas había un hombre blanco y una joven.

—Es verdad —dijo el indio.

—¿Están aquí todavía?

—El hombre partió hace dos horas con muchos otros hombres blancos que habían llegado en almadías.

El conde miró a Valera.

—¿Se habrá reunido Morgan con sus hombres? —le dijo.

—De seguro.

—¿Es el demonio quien protege a ese hombre? ¡Le creía ahogado, y, por el contrario, veo que hasta encuentra a sus corsarios! ¿Cuándo acabará su buena suerte? ¿Sabes, Kumasa, dónde han ido?

—Lo ignoro, gran hombre blanco; pero he oído hablar de una de esas grandes canoas que tienen alas.

—¿De una nave?

—Sí; así las llamáis vosotros.

—¿Había algún barco de corso en estas costas? —dijo el capitán—. ¿La joven ha partido con ese hombre?

—No; está aquí.

El conde hizo un rápido movimiento de sorpresa.

—¡Aquí! —exclamó.

—En la jupa que les destiné.

—¡No esperaba tal suerte! ¡Qué soberbio desquite! ¡Que vuelva a quitármela Morgan si se atreve! ¡Tendrá que ceder la hija del corsario!

—¡Poco a poco, señor conde! —dijo el capitán—. Morgan puede haber dejado escolta.

—Solo ha quedado un hombre con ella —dijo Kumasa—, y es español, según creo.

—¡Si trata de oponer resistencia, le tiramos al agua! —añadió Valera.

—Vamos a verla, y dejadme entrar solo —dijo el conde—. Tú, Kumasa, tendrás cuanto he dicho.

—El otro hombre blanco no me ha prometido nada —pensó el sagaz indio—. ¡Sirvamos a este!

Cogió su arco y sus flechas, y seguido por los dos españoles atravesó la aldea, deteniéndose ante la jupa de Yolanda.

—La bella joven está aquí —dijo.

—¿Y el hombre encargado de velar sobre ella?

—Habrá ido a buscar cascirí —dijo Kumasa—. ¡Ya me ha vaciado tres frascos del mejor, del mío!

—Quedaos aquí de guardia, capitán —dijo el conde.

Se quitó el sombrero de pluma y entró resueltamente en la cabaña, no sin preguntar antes:

—¿Se puede?

Yolanda, que estaba en aquel momento ocupada en arreglar su habitación, se volvió bruscamente al oír aquella voz, y lanzando un grito de sorpresa.

—¿Vos, señor? —exclamó palideciendo.

—¿Me reconocéis, señorita de Ventimiglia? —dijo con tono algo irónico el conde.

—No olvido nunca a los que se declaran mis enemigos —contestó Yolanda, ya repuesta.

—Lo creo, señorita, que siempre habéis hecho mal en considerarme como enemigo vuestro —dijo el Gobernador de Maracaibo—. ¿No habéis pensado nunca que puedo de algún modo ser vuestro pariente?

—¿Vos?

—Vuestra madre era, según creo, una duquesa Wan Guld.

—Así es.

—Y en mis venas —añadió altivamente el conde— corre también la sangre de Wan Guld.

—¡Mentís!

—Vos, señora, habéis nacido de la duquesa de Wan Guld, mujer del Corsario Negro. Yo he nacido de otra mujer que fue la segunda esposa del duque de Wan Guld. ¿Qué diferencia hay, pues? Pero estas son cosas que no os importan. Sangre ducal corre por mis venas, y basta.

—Entonces, deberíais…

—Protegeros, ¿verdad? —dijo burlonamente el conde—. Por desgracia, no puedo proteger a los amigos de los ladrones de mar ni a los de vuestro padre.

Yolanda se irguió como leona herida; con el rostro encendido y la diestra extendida, dijo:

—¿Habéis venido aquí para ofender la memoria de mi padre?

—¡Vuestro padre! ¿Quién era? ¡Un filibustero de las Tortugas, un ladrón del mar!

—¡Salid!

—¡Sí; cuando hayáis firmado la renuncia de los bienes que mi padre, el duque de Wan Guld, poseía en las colonias españolas de América meridional y central! ¡Un millón de piastras que estará mejor en mi poder que en el vuestro! Además, vos tenéis tierras y castillos suficientes en el Piamonte.

—¡No firmaré nunca esa renuncia!

—¿Nunca? ¡Bah! ¡Otros han pronunciado la misma palabra, y luego no la han cumplido! ¡No me conocéis aún!

—¡Sí! ¡Sois un miserable! —gritó Yolanda.

El conde de Medina palideció ante esta ofensa, y dijo:

—¡Entonces, señorita, seréis mi prisionera!

—¿No pensáis que estoy bajo la protección de los corsarios de las Tortugas? —dijo Yolanda.

—¡Ladrones del mar! ¡Buenos protectores, señorita!

—Son formidables.

—Por desgracia para vos, llegarán tarde.

Y con voz seca añadió:

—¿Firmáis?

—¡No!

—¡Cuidado!

—¡Amenazas! ¡No; no firmaré nunca, porque tengo la seguridad de que no recobraría mi libertad!

Una llama siniestra brilló en los ojos del conde.

—¡He de vengar a mi padre! —dijo—. ¡Me habéis adivinado! ¡A mí, capitán!

Valera, que estaba de guardia en la puerta, se lanzó en la cabaña, diciendo:

—¡Heme aquí, señor conde!

—¡Apoderaos de esta joven!

Yolanda había retrocedido buscando un arma. El capitán lo comprendió, y de un salto cayó sobre ella, cogiéndola por la cintura.

La joven lanzó un grito:

—¡Auxilio, caribes!

En aquel momento, Kumasa debía de haberse vuelto completamente sordo. Pensaba en las armas, en los vestidos y en el agua que quema la garganta, y creyó oportuno no moverse.

—¿Firmáis ahora? —preguntó el conde.

—¡No! ¡Nunca!

El conde salió de la jupa.

—¿Tienes una canoa? —preguntó a Kumasa.

—Más de cincuenta —repuso el indio.

—Llama a mis hombres y hazlos subir a la mayor. Yo te espero en Cumana para cumplir lo prometido.

—¡Eres generoso, gran hombre blanco! —repuso el indio—. Yo mismo te llevaré a Cumana: antes de esta noche llegaremos.

—Y antes de medianoche zarparemos para Costa Rica, y de allí pasaremos a Panamá —dijo el conde a Valera—. ¡Ya veremos si Morgan va a buscarla allí! Tenemos tropas y cañones en tan gran número que pueden hacer frente a una escuadra. Señorita —dijo luego—, os ruego que me sigáis.

—¿Adónde? —preguntó la joven.

—Más tarde lo sabréis.

—¿Y si me negara?

—A pesar mío, me vería obligado a emplear la fuerza.

—Dejad al menos que escriba un billete a Morgan —dijo Yolanda—. He contraído compromisos con él.

—¡No consentiré nunca! ¡Daos prisa, señora; no tenemos tiempo que perder!

—¡Sois unos miserables! —gritó Yolanda con supremo desprecio.

—Las ofensas de una mujer no se lavan con sangre —dijo—. ¡Basta! ¡Venid, o llamo a mis hombres!

—¡No quiero que me toquen vuestros esbirros! ¡Os sigo! ¡El capitán Morgan sabrá alcanzaros y vengarme!

—¡Lo veremos! —repuso el conde irónicamente.

Le ofreció el brazo, que ella rechazó, y salieron de la jupa.

Una gran canoa tripulada por los españoles y seis indios con Kumasa los esperaban ante la última plataforma.

Ante el temor de ser descubierto, don Rafael se había dejado caer al fondo de su embarcación.

Vio bajar primero al capitán, luego a Yolanda, y por último al conde, y la gran canoa tomó rápidamente rumbo a septentrión.

—¡Se la llevan a Panamá! —murmuró el buen hombre secando el sudor que perlaba su frente—. ¡La señorita de Ventimiglia está perdida! ¡Los corsarios no lograrán nunca expugnar aquella gran ciudad, que está tan lejos! ¡En fin, vamos a dar la triste noticia al señor Morgan!

Atravesó las plataformas remando a toda prisa, y se dirigió hacia donde había visto desembarcar a los corsarios, tomando tierra en los linderos del bosque.

CAPÍTULO XXVIII. LA CORBETA ESPAÑOLA

Mientras el conde de Medina con un afortunado golpe se apoderaba de la hija del Corsario Negro, Morgan, al frente de sus hombres, se dirigía en busca de la nave española anclada en las costas venezolanas, y de la cual necesitaba para volver a las Tortugas.

Plenamente seguro del valor de sus hombres, no dudaba de que se apoderaría de ella, fuera cual fuese el número de sus defensores.

Aún no tenía formado su plan de ataque; pero estaba más que cierto de que antes que el sol cayera tendría en sus manos el barco español.

Pedro el Picardo iba al frente de la comitiva, ya que sabía aproximadamente el lugar donde estaba la nave. Tras una marcha rapidísima, tres horas después llegaban en la orilla del mar a la extremidad de una bahía bastante profunda, en la cual el barco, sea para tomar agua o para reparar averías, había buscado un momentáneo refugio.

Los corsarios se habían detenido bajo una tupida enramada, y solo los dos jefes se adelantaron hacia la playa por temor a ser descubiertos.

La nave que estaba allí era una magnífica corbeta armada en guerra. Acaso había formado parte de alguna de las escuadras encargadas de dar escolta a los galeones cargados de oro que iban a España, y alguna tempestad la había separado de ellos llevándola hacia las regiones meridionales.

—¿Qué te parece, Morgan? —preguntó Pedro.

—La nave es grande, y probablemente tendrá un bonito número de cañones y de hombres —dijo Morgan—. Sin embargo, no desconfío de sorprenderla, con ayuda de la noche. Ese navío nos es absolutamente preciso para volver a las Tortugas. ¿Quién es capaz en esta estación, que es la de los torbellinos, de aventurarse en una canoa india con la señorita Yolanda?

—Tienes razón. ¡Ah! ¡Afortunada casualidad!

—¿Qué dices, Pedro?

—¿No ves a los españoles botar al agua chalupas cargadas de barriles?

—¿Y bien?

—Bajan a tierra.

—Pedro —dijo Morgan—, creo tener una buena idea.

—¿Cuál?

—Deja que la madure. Reunamos a nuestros hombres sin perder tiempo. Te prometo que antes de la noche esa corbeta será nuestra. Vamos a emboscarnos.

—¿Qué quieres hacer?

—Dentro de poco lo verás.

—¿Tomarán tierra esos marineros para renovar la provisión de agua? Veámoslo, Morgan.

—Yo creo que van a proveerse de víveres.

—Pronto lo veremos.

La tripulación había botado al agua dos grandes chalupa, y en ellas habían puesto treinta o treinta y cinco hombres armados de arcabuces y hachas.

Los dos filibusteros, que estaban tras un grupo de pasionarias, esperaron a que las chalupas se dirigiesen hacia la costa, y luego corrieron hacia sus compañeros.

—¡Preparad las armas! —les dijo Morgan—. Hemos de sorprender a las chalupas que van a tocar la costa.

Y dirigiéndose a Pedro, le habló en voz baja.

—Haz lo que quieras —le dijo Pedro después de escucharle—. Tú encuentras siempre nuevos recursos. ¿Me creerán?

—Hablas el español muy bien, y no dudarán.

—¿Dónde me esperaréis?

—Aquí, entre estos árboles. Es necesario que los hombres que quedan a bordo no se den cuenta de la emboscada.

—¡Ten cuidado de que los nuestros no me fusilen a mí!

—Al primer disparo échate al suelo.

Pedro el Picardo se despojó de la casaca y de los calzones, quedándose solo con la ropa interior, que desgarró por varios sitios; tiró calzado y espada, y cogiendo una gruesa rama se alejó, diciendo:

—¡Si me matan me vengaréis!

—Estamos prontos a impedir que te ahorquen —repuso Morgan.

Mientras los filibusteros se echaban al suelo ocultándose entre la espesura, Pedro el Picardo seguía su camino por en medio del bosque. Se orientaba para poder llegar a la playa cuando ya los españoles hubiesen tomado tierra.

Hacía diez minutos que caminaba, cuando oyó sonoros golpes a corta distancia; parecía como si derribasen árboles.

Pedro alzó los ojos, y vio que estaba rodeado de palmeras.

—Buscan semilla —dijo—. ¿Tendrán pocos víveres, o padecerán a bordo del escorbuto? ¡Ánimo, y cuidado con decir tonterías!

Se apoyó en el bastón con aire de hombre rendido, y avanzó por entre los árboles hacia donde se oían los golpes. Había atravesado un grupo de simarrubas, cuando oyó una voz que decía:

—¡Cáspita! ¡Un salvaje!

—¡Es verdad! ¡Es un hombre blanco! —dijo uno de los cuatro—. ¿De dónde venís?

—Soy un pobre náufrago —dijo Pedro avanzando—, compatriota vuestro.

Los cuatro marineros le rodearon mirándole con compasión.

—¡Pobre hombre! —dijo el más viejo—. ¿Hace mucho que vagáis por esta selva?

—Tres semanas —dijo Pedro.

—¿Se estrelló vuestra nave?

—Completamente, y no fue posible salvar nada.

—¿Cómo se llamaba?

—La Pinta.

—¿Se ahogaron vuestros compañeros?

—La mayor parte.

—¿No estáis, pues, solo?

—No; nos hemos salvado siete.

—¿Dónde están los demás?

—En una cabaña que hemos construido no lejos de aquí; pero están tan extenuados, que ni andar pueden.

—Pues aquí abundan las frutas.

—No tenemos ni un hacha para cortar ramas.

—¡No os dejaremos morir de hambre! —dijo uno.

—Esperad que vaya a prevenir al oficial, y vosotros, camaradas, dad un poco de galleta y de aguardiente a este pobre hombre.

Pedro, que recitaba a las mil maravillas lo que Morgan le había dicho; apenas había podido comer dos o tres galletas, cuando vio volver al marinero acompañado de un oficial y unos treinta marineros.

—¿Dónde están vuestros compañeros? —dijo el oficial a Pedro, que se había puesto en pie—. Mi marinero Pedro me ha contado que no estáis solo.

—Es cierto, señor —dijo el corsario—. No están muy lejos.

—¿Habéis encontrado indios en estos parajes?

—No los hemos visto, señor.

—¿Vuestra nave se llamaba?

—La Pinta.

—¿Y pertenecía?…

—Al departamento marítimo de Uraba.

—¿En el Darién?

—Sí, señor.

—¿Vive el capitán?

—Murió en el naufragio.

—Llevadme adonde estén vuestros compañeros. Nuestra nave es bastante grande para poder embarcar ocho o diez hombres más.

—¡Gracias, señor! —dijo el corsario con sutil ironía—. ¡Sois demasiado bueno! Si no os molesta, seguidme.

—¡Adelante! —dijo el oficial a sus hombres.

El destacamento se colocó en doble fila y siguió al filibustero, que iba al lado del teniente.

Atravesaron un trozo de bosque adoptando ciertas precauciones. De pronto Pedro el Picardo fingió tropezar en un bejuco, y cayó como muerto.

Casi en el mismo instante se oyó la voz de Morgan, que gritaba:

—¡Fuego!

Una terrible descarga que partió de entre el follaje derribó a unos diez hombres, y los filibusteros se lanzaron sable en mano, gritando:

—¡Rendíos!

El estupor de los supervivientes fue tal, que ni siquiera intentaron defenderse. Además, el número de los enemigos era muy superior al suyo.

Solo el teniente desenvainó su espada y se abalanzó a Morgan, gritando:

—¿Quiénes sois vosotros, que asesináis a semejantes vuestros? No sois indios.

—Somos enemigos mucho más temibles que los indios —repuso el corsario—. ¿Queréis saber quiénes somos? ¡Filibusteros de las Tortugas! ¿Queréis mediros con nosotros? Estamos dispuestos; pero no os aconsejo que lo intentéis. ¡Tirad las armas y rendíos!

Oyendo aquellas palabras el oficial había hecho un gesto de estupor.

—¡Filibusteros de las Tortugas! —exclamó—. ¿Cómo estáis aquí?

—Es inútil que lo sepáis —repuso Morgan—. ¿Os rendís? ¿Sí, o no? ¡No tenemos tiempo que perder!

El oficial vacilaba, pero viendo que sus hombres dejaban caer los arcabuces, rompió su espada, diciendo:

—¡Cedo a la fuerza! ¡Fusiladnos si queréis!

—Acostumbro respetar a los valientes desgraciados —dijo Morgan—. Tenéis segura la vida: os doy mi palabra.

Y volviéndose hacia sus hombres, les dijo:

—¡Amarrad a estos señores!

Mientras se cumplían sus órdenes salió al encuentro de Pedro el Picardo, que reía a carcajadas.

—¡Gracias, Pedro! —le dijo—. ¡Nos has dado posesión de la nave!

—Todavía no es nuestra —repuso Pedro.

—Yo no dudo del éxito feliz. Solo faltan dos horas para el ocaso, y esta noche no habrá luna. Se puede intentar una sorpresa.

—¿Y no se inquietarán los que quedan a bordo no viendo volver a los suyos?

En vez de responder, Morgan llamó a siete u ocho corsarios, y dijo a Pedro:

—Llévame adonde están las chalupas.

—No distan de aquí ni un kilómetro.

—¡En marcha!

El destacamento partió a buen paso, mientras los demás filibusteros amarraban con fuertes bejucos a los prisioneros españoles.

Diez minutos después Morgan, Pedro y sus compañeros llegaban a la orilla del mar. Se ocultaron entre las plantas, y el capitán dio orden de hacer una descarga al aire.

Un instante después los cañones de la corbeta tronaban con ensordecedor estruendo.

—Creen asustar a los salvajes —dijo Morgan—. Supondrán que sus camaradas han sido sorprendidos por una banda de caribes. Internaos en el bosque, y continuad disparando alejándoos cuanto podáis; y nosotros, Pedro, vigilemos la nave.

Los corsarios partieron a la carrera, disparando de trecho en trecho para hacer creer que perseguían a los salvajes.

—¿Ves cómo no se mueven? —dijo Morgan, oyendo los tiros cada vez más distantes—. Creerán que sus hombres son vencedores.

—¡Eres un demonio! —dijo Pedro.

—Trato de engañarlos —repuso Morgan—; ya verás cómo lo consigo.

Los hombres de a bordo no se habían movido. Además, no tenían chalupas; solo se veía colgada de una grúa una muy pequeña, apenas capaz para tres o cuatro personas.

Cuando desapareció el sol hicieron de nuevo tronar los cañones para llamar a los hombres de tierra, y encendieron los dos fanales de popa.

—¡Este es el momento! —dijo Morgan—. Ve a buscar a los compañeros y tráelos aquí en seguida.

—¿Dejo centinelas con los prisioneros?

—Bastan cuatro —repuso Morgan—. ¡Date prisa, Pedro! ¡Estoy impaciente por apoderarme de la nave!

El lugarteniente partió a la carrera. Un cuarto de hora después los corsarios se encontraban reunidos en la playa.

—Pedro —dijo Morgan—, tú que hablas mejor que nosotros el español, da la voz a los de a bordo.

El lugarteniente gritó:

—¡Ohé, camaradas!

Desde la corbeta se oyó responder:

—¿Sois vosotros?

—¡Sí!

—¿Todos?

—¡Todos!

—Embarcad y volved a bordo. ¿Y los salvajes?

—Han huido.

—¡Bien! ¡A bordo!

—¡Subid a las chalupas, y silencio! —dijo Morgan—. ¿Lleváis cargados los arcabuces?

—¡Sí, capitán! —contestaron todos.

—¡Apenas en la toldilla de la nave, atacad sin misericordia!

Los cincuenta y seis hombres embarcaron en silencio.

Morgan tomó sitio en la chalupa mayor, tripulada por dieciocho corsarios; Pedro en otra, y los demás, en la tercera.

Destacadas de la playa las tres embarcaciones se dirigieron velozmente hacia la corbeta de modo que pudieran abordarla por dos lados.

La chalupa de Morgan fue la primera en llegar bajo la escala de babor, que había sido bajada.

El filibustero empuñó las armas, y subió a toda prisa seguido por sus dieciocho hombres.

Apenas llegados a cubierta, viendo acercarse algunos marineros, descargó contra ellos su pistola. El tiro fue seguido de una descarga de arcabuces y gritos de ¡rendíos a los corsarios, o sois muertos! Los hombres de guardia, espantados, presa de un súbito pánico y viendo caer a varios de los suyos, se dieron a la fuga hacia la cámara de proa, precipitándose por la escala.

—¡Ocupad el cuadro, y fuego sobre quien intente subir! —gritó Morgan.

Entretanto, las otras dos chalupas habían abordado el barco por estribor, y las tripulaciones habían subido lanzando feroces clamores.

Pedro el Picardo había ocupado el castillo, en el cual había algunas piezas de cañón, y situó un fuerte destacamento ante la cámara.

En las baterías del entrepuente se oía a los marineros españoles gritar:

—¡Traición! ¡Traición!

Morgan hizo encender algunas linternas y ordenó abrir las escotillas.

Los españoles habían desertado del cuadro, y de la cámara común, refugiándose en el entrepuente, donde acaso pensaban oponer alguna resistencia.

Morgan se inclinó por una escotilla, gritando:

—¡Rendíos! ¡La nave es nuestra!

Dos o tres disparos le contestaron.

—¡Os prometo dejaros la vida!

—¡Fuego sobre ese ladrón de mar! —Se oyó gritar a una voz, que debía ser la del capitán.

Morgan se retiró precipitadamente, mientras el entrepuente se iluminaba con vivo fulgor. Los españoles, en vez de rendirse, se defendían vigorosamente.

—¡Os mataremos lo mismo! —gritó Morgan—. ¡Pedro!

—¡Aquí estoy!

—Mira si en la cámara común hay alguna caja de granadas.

—¿Quieres bombardear a los españoles?

—No tengo ningún deseo de zarpar con un centenar de prisioneros que pudieran jugarme alguna mala pasada.

—¿Serán tantos?

—Estas naves no suelen llevar pequeñas tripulaciones. Debe de tener veinte cañones en la batería, y para esas piezas se necesitan lo menos sesenta hombres.

—Vamos a ver —dijo Pedro—. También los españoles usan a veces las granadas.

Aún no habían transcurrido cinco minutos, cuando Pedro volvió seguido por ocho marineros que llevaban con precaución dos pesadas cajas.

—Hay bastantes para volar la nave.

—¡Que las abran! —repuso Morgan—. ¡Verás cómo se rinden!

Mientras los corsarios abrían las cajas los españoles no habían cesado de hacer fuego por la escotilla, destrozando la maniobra del palo mayor y cortando gran número de cuerdas. Pero eran balas y pólvora perdidas, porque los corsarios cuidaban de no exponerse.

A cada intimación de rendirse contestaban con disparos e insolencias, prometiendo volar la santabárbara antes que dejarse coger.

Seguro de someterlos, Morgan no se preocupaba gran cosa.

Cogió una granada, encendió tranquilamente su mecha, y la tiró al entrepuente. El estallido fue seguido de gritos y carreras precipitadas.

Los españoles, que no esperaban aquel ataque, se habían retirado hacia la extremidad de la crujía para ponerse a salvo.

—¡Continuad mi obra! —gritó Morgan a los corsarios—. ¡Ya acabarán por ceder!

La lluvia de bombas no se hizo esperar. Los filibusteros, furiosos, lanzaban proyectiles para impedir a sus adversarios organizar la defensa.

Los españoles no se rendían, y aunque muchos quedaban mutilados por los proyectiles, seguían los demás haciendo fuego. Ya había caído en el entrepuente una veintena de granadas, cuando entre el humo avanzó un hombre por la escotilla, gritando:

—¡Basta! ¡Nos rendiremos si se nos promete salvar la vida!

—¡Sea! —dijo Morgan—. Subid dos a dos al cuadro de popa.

—¡Jurad que nos perdonaréis la vida!

—¡Morgan no tiene más que una palabra!

Un grito de estupor y de espanto estalló en el entrepuente.

—¡Morgan!

—¡El famoso corsario!

Y la voz que antes ordenó el fuego, dijo:

—¿Sois vos Morgan, el que venció en Puerto Bello?

—Sí, yo soy Morgan, el filibustero.

—Entonces, me rindo.

—Salid del cuadro dos a dos, o continuaremos lanzando bombas.

En el entrepuente se oyeron siseos ahogados y pasos, y un ruido como de arcabuces que cayesen al suelo.

Morgan había hecho colocar a una veintena de los suyos ante la escala del cuadro con los arcabuces preparados.

Poco después un hombre apareció empuñando una espada.

—¿Dónde está el señor Morgan? —preguntó.

—Yo soy.

—¡He aquí mi espada! Soy el comandante de la corbeta.

—Conservad vuestra arma, señor —dijo el filibustero—. ¡Sois un valiente!

—¡Gracias, señor! —repuso el español envainándola—. Decidme qué haréis de mí y de mis hombres.

—Os desembarcaré sin haceros ningún mal: a mí me basta con la nave, que es mía por derecho de conquista.

—Tenéis razón, señor, ya que no hemos sabido nosotros defenderla. ¡Pero no esperéis desembarcarme vivo!

En el mismo instante, con un rápido gesto, el valiente comandante se disparó con una pistola en la frente y cayó al pie de Morgan.

—¡He aquí un hombre que podía competir con nosotros en valor! —dijo Morgan conmovido—. ¡Presentad armas al valor desventurado!

Mientras los corsarios, no menos conmovidos, le obedecían, otros oficiales y marineros se presentaban en la salida del cuadro.

Morgan mandó llevarlos a las chalupas y conducirlos a tierra.

Diez minutos después no quedaba en la corbeta más español que el comandante muerto, cubierto por el estandarte de España.

CAPÍTULO XXIX. UNA EMPRESA PELIGROSA

Después de tantas desgraciadas vicisitudes, la fortuna parecía sonreír a los corsarios. La nave que con tanta astucia y audacia habían conquistado sin sufrir pérdida alguna no valía tanto como la fragata que les había hecho frente ante el fuerte de la barra de Maracaibo; pero era infinitamente mejor que la tripulada por el conde de Medina.

Se trataba de un sólido velero, alto de puente, armado con doce piezas y casi nuevo.

Debía de haber formado parte de alguna escuadra encargada de escoltar algún convoy de naves mercantes.

Probablemente, algún golpe de mar la había separado del grueso de la escuadra, obligándola a buscar refugio en las costas venezolanas.

Morgan y Pedro el Picardo, persuadidos de que la corbeta, contra lo que se habían figurado, estaba bien surtida de víveres, resolvieron ir en busca de los hombres que habían quedado en tierra vigilando a los prisioneros y dirigirse hacia la aldea de los caribes para embarcar a la señorita de Ventimiglia.

—Tú que has recorrido el cauce que comunica con la laguna, ¿crees que tendremos bastante agua para llegar hasta el carbé de Kumasa?

—Sí —repuso Pedro.

—Entonces, haz retirar a nuestros hombres, y que lleven víveres y mosquetes a los prisioneros para que no mueran de hambre en el bosque.

Pedro iba a obedecer, cuando hacia la costa se oyó a Carmaux gritar:

—¡Señor Morgan! ¡Señor Morgan! ¡Enviad pronto una chalupa! ¡Pronto! ¡Pronto!

—¿Qué querrá ese valiente? —murmuró Morgan.

—¡Ocho hombres con la ballenera! —ordenó Pedro.

La chalupa, que aún no había sido izada, partió velozmente hacia dónde Carmaux seguía gritando:

—¡Pronto, camaradas! ¡Más de prisa!

Impresionado Morgan por aquellos gritos, que parecían anunciar alguna desgracia o acontecimiento grave, se abalanzó a lo alto de la escala.

La ballenera tocó la playa, y volvió rápidamente hacia la nave con dos hombres más.

—El uno es Carmaux —dijo Pedro—. ¿Quién será el otro?

Morgan no contestó. Inclinado hacia adelante, miraba al hombre que iba con Carmaux.

Cuando la ballenera llegó cerca de la corbeta, un grito de estupor se escapó de sus labios.

—¡Don Rafael!

—¡El plantador! —exclamó Pedro—. ¿Por qué motivo habrá salido del carbé de los caribes?

Morgan había palidecido. Presentía una desgracia.

—¡Subid; subid pronto, don Rafael! —gritó.

El plantador, redondo como un tonel y pesado como un pequeño hipopótamo, subía a toda prisa empujado por Carmaux.

—¡Señor Morgan! —gritó anheloso—. ¡Han… han… robado… los… bandidos!…

—¿A quién? —gritó el filibustero.

—¡El… conde… nos ha sorprendido…, y se ha llevado… a la señorita de Ventimiglia!…

Morgan había lanzado un aullido de bestia herida, retrocediendo dos pasos con la mano puesta en el corazón.

Aquel hombre, de ordinario tan tranquilo y frío, estaba en aquel momento transfigurado por tan intenso dolor, que sus hombres, enterados de la noticia traída por don Rafael, estaban profundamente conmovidos.

—¡Oigámosle! —dijo Pedro—. ¡Explicaos mejor, don Rafael!

El plantador narró lo mejor que pudo cuanto había ocurrido en el carbé del caribe después de su partida, y refirió el coloquio que había oído entre el conde de Medina, el capitán Valera y la señorita de Ventimiglia.

—¡A Panamá! ¡La llevan a Panamá! —gritó Morgan con desesperado acento.

—Sí, señor —dijo don Rafael.

—¿Has oído bien? —preguntó Pedro.

—Como os oigo hablar ahora. Completamente anonadado por aquella noticia, Morgan se había apoyado contra la borda y enjugaba el sudor que bañaba su frente.

—La amas, ¿verdad? —le preguntó Pedro acercándose a él.

—¡Sí! —repuso el filibustero.

—¡Ya lo sabía! ¿Qué debemos hacer para arrancarla por segunda vez de manos de ese maldito conde? Ya sabes cuánto te queremos y de lo que somos capaces. ¿Crees poder alcanzar a la nave antes de que toque en los puertos de la América Central?

—Lo intentaremos —repuso Morgan, que recobraba poco a poco la sangre fría.

—¿Dónde está el paso que conduce a Panamá?

—En Chagres.

—¿No hay otro?

—No.

—Don Rafael —dijo Pedro—, ¿habéis estado en Panamá?

—Nací allí, señor.

—Entonces, ¿conocéis el paso de Chagres?

—No hay otro.

—¿Hay allí guarnición?

—Sí, en la isla de Santa Catalina, que está bastante poblada. Pero, señores, dándoos esas noticias hago traición a mi patria.

—Aun sin vuestras explicaciones, nada nos detendría.

—¿Qué queréis hacer? —preguntó espantado don Rafael.

—¡Ya lo veréis! —repuso Pedro—. Ordena, Morgan. ¿Adónde vamos?

—¡A arrasar el pueblo de los traidores! —repuso Morgan—. ¡Guay de Kumasa si cae en mis manos!

—A estas horas, señor, está en Cumana, y el conde habrá zarpado para la América Central.

—Creo inútil perder un tiempo precioso —dijo Pedro—. Hagamos rumbo sin retraso hacia las Tortugas, y allí veremos lo que hacemos. No nos faltan hombres ni naves.

Morgan llevó aparte a su lugarteniente, y le dijo:

—¡Te juro por Dios que si no alcanzamos al conde antes de que desembarque en Chagres, os llevaré bajo los muros de Panamá!

—¿Piensas en tal hazaña? —exclamó Pedro—. ¿Cómo quieres atravesar el istmo y expugnar tan gran ciudad, la más populosa y mejor defendida de cuantas tienen en América los españoles?

—Sin embargo, me siento capaz de llevar a buen fin la expedición, que haría más temida a la filibustería —dijo Morgan.

—En las Tortugas no faltan hombres audaces dispuestos a todo, y hoy día tenemos bastantes naves en nuestra isla.

—Que me den mil corsarios, y yo los llevaré a ver a la reina del Océano Pacífico, y les daré millones y millones de piastras.

—Mejor sería para nosotros coger al conde antes de que desembarcase en el istmo —dijo Pedro—. Si se pudiera saber qué ruta lleva, sería una gran cosa.

—¿Cómo?

—¿Adónde supones que haya ido con la señorita de Ventimiglia?

—La habrá llevado al puerto más próximo.

—A Cumana, entonces. Si pudiésemos enviar a alguien allí…

—¿A quién?

—A cualquiera de los nuestros.

—¡No es mala idea! No nos faltan valientes. ¡Ah!

—¿Qué quieres?

—Don Rafael puede servirnos.

—¿Quieres mandarle a él? ¡No volverá!

—No solo —dijo Morgan—. Aunque ese buen hombre parece haberme tomado afecto, no me fío.

Miró a su alrededor, y viendo al plantador con el hamburgués y Carmaux, se acercó a él, preguntándole:

—¿Tenía caballos el conde de Medina?

—No, señor.

—¿Adónde habrá ido?

—A Cumana, que es la ciudad más próxima, y en la cual encontrará naves en abundancia.

—¿Conocéis a alguien allí?

—Sí; a un notario que hace años vivía en Maracaibo, y que es algo pariente mío.

—¿Queréis ir allá con dos de mis hombres?

—Me exponéis a que me ahorquen por traidor.

—Vuestra vida me pertenece, y ya os la he perdonado un par de veces.

—Reflexionad, señor, y no olvidéis que soy español.

—Pero ¿no os alegraríais de vengaros del capitán Valera?

—No lo niego; por el capitán es por quien temo. Si está todavía en Cumana, puede reconocerme y ceñirme al cuello una buena corbata.

—Os transformaremos de modo que nadie os reconozca, si lo deseáis. Además, yo no os obligo a presentaros a vuestro enemigo. No os pido más sino que llevéis a dos de los nuestros a esa ciudad y que los hospedéis en casa de vuestro amigo el notario. Nada más.

—¿No me comprometerán vuestros hombres?

—No os causarán ninguna molestia, y os dejarán libre en cuanto los hayáis llevado a casa del notario. ¿Aceptáis?

—Haré lo que queráis —dijo el plantador.

—Seguidme al cuadro; y tú, Pedro, prepáralo todo para que con el alba podamos zarpar sin pérdida de tiempo.

Mientras iba a bajar al cuadro con el español, Carmaux y Wan Stiller se acercaron a Pedro, que se preparaba a mandar una chalupa a tierra para recoger a los centinelas de los prisioneros.

—¿Nos vamos, señor Pedro? —preguntó Carmaux—. ¿Es cierto que vamos a Panamá?

—Eso parece —repuso el filibustero.

—¡Bueno! —dijo Carmaux—. Confiemos en retorcer el pescuezo al conde esta vez. ¡Amigo Stiller, vamos a dormir!

Pero en vez de retirarse a la cámara común se escondieron bajo el castillo de proa, que estaba lleno de rollos de cuerdas y de velas, y de un cubo sacaron dos polvorientas botellas, que miraron amorosamente.

—Bebamos, compadre —dijo Carmaux—, y ahuyentemos el malhumor. Debe de ser jerez excelente de la despensa del capitán español. ¡Cuerpo de cañón! ¡No estoy de buen humor esta noche! ¡El maldito demonio siempre ha de meter el rabo en favor de los españoles! ¡Parece imposible que un capitán como Morgan esté perseguido por tan mala estrella! ¡Y con decir que es un valiente que deja atrás al Corsario Negro!…

—¡Bebe otro vaso, compadre! —dijo Stiller—. ¡Este jerez consuela!

—¡Truenos de Brest! ¡Perder otra vez a la señorita de Ventimiglia, cuando ya era nuestra!

—¡La recobraremos, compadre!

—¿Cuándo?

—El capitán es capaz de ir a Panamá.

—Es una empresa a que ningún filibustero ha soñado dar cima.

—Él la realizará. ¡Bebe, compadre!

—¡Me parece que este jerez no es bueno!

—¡Excelente y añejo! ¡Es que el malhumor te lo agria!

—¡Cuerpo!…

Carmaux se había puesto bruscamente en pie, viendo una sombra aparecer bajo el castillo.

—¡El capitán! —exclamó, tratando de esconder las botellas.

—¡Sigue bebiendo, Carmaux! —dijo Morgan, pues era él—. Pero contéstame.

—Si gustáis, capitán… —dijo el francés muy azorado.

—Más tarde; ahora tengo otra cosa que hacer.

—Ya sabéis, capitán, que somos peces viejos en la filibustería, dispuestos a todo.

—Por eso he pensado en vosotros, que fuisteis los más adictos del Corsario Negro.

—¿Tenéis alguna misión que confiarnos, capitán? —preguntó Wan Stiller.

—¿Conocéis a Chagres?

—Estuvimos hace años con el Olonés —dijo Carmaux—. ¡Mala ciudad, donde se come mal y se bebe peor!

—¿Dónde está?

—En el paso de Panamá, señor.

—¿Conocéis a alguien?

—Sí; a un tabernero vasco que me hizo beber un málaga exquisito.

—¿De confianza?

—¡Ah! Un vasco no es español ni francés: está entre ambos. Se llamaba… ¡Esperad, capitán!

—¡Ribach! —dijo Stiller.

—¡Sí, Ribach! —repitió Carmaux.

—Tenéis que buscarle mientras yo voy a las Tortugas y organizo una poderosa expedición para cruzar el Estrecho y caer sobre Panamá —dijo Morgan.

Carmaux dio un salto.

—¡Millones de cañones! —exclamó.

—Aún no sé si será preciso ir tan lejos y afrontar los graves peligros que supone tal empresa. Si tú y Pedro el Picardo llegaseis tarde para detener al conde de Medina, marcharemos sobre Panamá: ¡palabra de Morgan! Estoy decidido a intentarlo todo para recobrar a la condesa de Ventimiglia, aunque tuviese que agotar todas mis riquezas. Ya he tomado acuerdos con Pedro, que me precederá en Chagres con vosotros y un buen número de filibusteros. Ahora os pido que me hagáis un favor urgente.

—Ya sabéis, capitán, que nunca nos negamos cuando se trata de arriesgar el pellejo —dijo Carmaux.

—Ya lo sé, mis valientes —repuso Morgan—. ¿Habéis estado en Cumana?

—Nunca, señor.

—Quisiera enviaros allá con don Rafael.

—¡Iremos! —respondieron a la vez Wan Stiller y Carmaux.

—Ya sabéis cómo tratan los españoles a los filibusteros que caen en sus manos.

—Nadie ignora que tienen provisión de cuerdas para nosotros —dijo riendo Carmaux—. ¡No os preocupéis, señor Morgan; nos guardaremos de ellas! Decidnos qué hemos de hacer en Cumana.

—Informaros de la ruta seguida por el conde de Medina, de la nave que haya fletado y de su exacto destino.

—¿Queréis atacarla antes de que llegue a la América Central?

—Sí, si me es posible.

—¿Cómo iremos a Cumana? ¿A pie?

—En la ballenera, que está Pedro abasteciendo de velas y de redes.

—Entonces, ¿nos fingiremos pescadores?

—Lanzados por la tormenta a las costas de Venezuela. Yo trataré de cruzar dentro de dos días ante aquella bahía para recogeros, y no partiré sin saber de vosotros. He mandado colocar en la chalupa cohetes, que encenderéis en cualquier lugar de la costa si nos necesitáis.

—¡Muy bien, señor Morgan! —dijeron ambos.

—Id a hacer vuestros preparativos. La ballenera está ya en el agua.

Carmaux y Wan Stiller vaciaron sus vasos, se levantaron rápidamente y desaparecieron en la cámara común de proa.

CAPÍTULO XXX. EL NOTARIO DE MARACAIBO

Aún no había transcurrido media hora cuando Carmaux, el hamburgués y don Rafael bajaban por la escala de estribor, bajo la cual había una esbelta ballenera provista de dos velas latinas y un foque.

Morgan los esperaba en la plataforma interior para darles las últimas instrucciones.

Los dos filibusteros y el español llevaban trajes de pescador de burdo paño azul con larga faja de lana roja y gorra de tela encerada. Además, don Rafael, para desfigurarse más, se había cortado los bigotes y las patillas.

—Recordad las señales y proceded con la mayor cautela —les dijo Morgan—. Yo estaré cerca de noche, y de día estaré en el golfo de Cariaco, que es muy seguro. Tenéis cohetes de tres colores: ya sabéis su significado.

—El verde, peligro; el rojo, acercarse; el azul, huir —dijo Carmaux—. ¡Adiós, señor Morgan! Si los españoles nos ahorcan, os deseo buena suerte en Panamá.

—Sois demasiado astutos para dejaros coger —dijo Morgan.

Les estrechó la mano y subió a cubierta, mientras Carmaux cogía el timón y el hamburgués y don Rafael se sentaban en la popa.

—¡Suelta! —dijo el francés.

Wan Stiller soltó la cuerda, y la ballenera tomó rumbo rápidamente hacia Oriente.

La nave de Morgan quedaba anclada, pues no tenía prisa por aparecer en las aguas de Cumana, que podían ser surcadas por naves de guerra, ya que los españoles las tenían en casi todos los puertos, especialmente en los principales.

—Vamos muy bien —dijo el hamburgués—. Mar tranquilo y viento en popa. ¿Cuándo podremos llegar, don Rafael?

—Lo más pronto, mañana por la tarde.

—¿Tan lejos está ese puerto? —dijo Carmaux.

—Sí; y además es preferible entrar de noche.

—¿Habéis estado en Cumana?

—Conozco todas las ciudades de Venezuela —dijo el plantador.

—Sois un hombre insustituible.

Don Rafael contestó con un gesto.

—¿Y quién es ese amigo de quien me ha hablado el capitán? —preguntó Carmaux.

—Un notario, que antes vivía en Maracaibo.

Los dos filibusteros se miraron sorprendidos.

—Esperad don Rafael —dijo el hamburgués—. ¿Ese amigo vuestro desempeñaba su profesión en Maracaibo hace dieciocho años?

—Sí.

—Un día fue su casa destruida por fuego; ¿verdad?

Don Rafael le dirigió una mirada interrogadora, seguida de una carcajada de los filibusteros.

—¿Le conocéis? —preguntó inquieto el plantador.

—¡Por Baco! ¡Es un querido amigo nuestro! —repuso Carmaux, que reía con toda el alma—. ¡Ah! ¡El notario de Maracaibo!

El plantador se había puesto serio, mientras los dos filibusteros no cesaban de reír.

—Don Rafael —dijo al fin Carmaux—, ¿recordáis acaso aquel tragicómico episodio que privó al notario de su casa? Los españoles nos sitiaron allí en unión del Corsario Negro.

—Que había hecho prisioneros al notario y a cierto conde de Lerma, un valiente gentilhombre —añadió el hamburgués.

—Sí, recuerdo —dijo don Rafael—. Vosotros habíais huido por el tejado después de volar la casa de aquel pobre hombre.

—Para bajar por el jardín del conde o marqués de Morales, escapando así de vuestros compatriotas.

—¿Fuisteis vosotros quienes por veinticuatro horas hicisteis frente a una o dos compañías de arcabuceros?

—Sí, don Rafael.

—¡Vime en un buen compromiso! ¿Y si os reconoce el notario?

—Ya han pasado dieciocho años, y no será fácil —dijo el hamburgués.

—¡No cometáis imprudencias!

—Seremos buenos como corderos —dijo Carmaux—. Pero recomendad a vuestro amigo que ponga a nuestra disposición su cantina. La que tenía en Maracaibo en aquel tiempo os aseguro que estaba bien provista y contenía exquisitas botellas.

—No se negará a daros de beber. Es pariente mío, así que os dispensará buena acogida.

—Y si no lo hace, le quemaremos otra vez la casa —dijo Carmaux.

Una viva ondulación que hizo cabecear la ballenera les advirtió que estaban junto a las escolleras.

—Son las islas de Pirita —dijo don Rafael—. Ceñid hacia la costa.

Viendo elevarse hacia septentrión unas islas, Carmaux llevó la chalupa hacia la costa, donde el mar aparecía lleno de escolleras.

Al alba dieron vista a una gran aldea situada en el fondo de una vasta ensenada, y en la que se veían las arboladuras de no pocas naves.

—¡Barcelona! —dijo el plantador—. Ya estamos cerca, y llegaremos a Cumana antes de que se ponga el sol. De aquí en adelante no habléis más que español, y si alguna nave se acerca, dejad que yo responda.

—Os advierto, don Rafael, que os vigilaremos estrechamente y que a la primera seña sospechosa no vacilaremos en abriros el vientre. Si sois leal, os prometo libraros del capitán.

—Os he dado pruebas suficientes de mi lealtad, señor Carmaux.

—Entonces, hagamos la colación —dijo Stiller—. El capitán no se ha olvidado de proveernos de armas y de víveres.

Hacia las seis de la tarde la ballenera, que casi siempre había llevado buen viento, se encontraba ante Cumana, que en aquel tiempo era una de las más populosas ciudades de Venezuela.

Precisamente en aquel momento entraban en rada varias barcas de pescadores, tripuladas en su mayor parte por indios. Carmaux puso tras ellas su chalupa para pasar sin ser observado.

Por otra parte, los españoles, seguros de no ser sorprendidos, no se preocuparon de preguntar a los filibusteros quiénes eran ni de dónde venían, aunque había dos grandes carabelas ancladas en la rada.

—No creí pasar tan fácilmente —dijo Carmaux llevando la chalupa hacia el muelle más próximo.

—No tripuláis un galeón ni un tres puentes —dijo don Rafael—, y además sois dos.

—¡Capaces de prender fuego a la ciudad!

—No lo haréis.

—No, si nos dejan en paz. ¿Dónde vive el notario?

—Cerca de aquí; esperad a que el sol se oculte.

Carmaux hizo arriar la vela latina, y sirviéndose solo del foque, acostó a un viejo fortín medio en ruinas.

—¡Buen sitio para hacer la señal a Morgan! —dijo mirando las murallas en pie aún.

Amarró la chalupa, pusieron en orden las redes, plegaron las velas y se ocultaron entre la faja un par de pistolas cada uno y una navaja.

—Ya podemos marchar —dijo Carmaux a don Rafael.

—¿Me prometéis no cometer imprudencias? —preguntó el plantador.

—No somos tontos —repuso el hamburgués—, y no tenemos el menor deseo de que nos ahorquen.

—No —asintió Carmaux.

—Entonces, seguidme.

—¡Despacio, don Rafael! ¿Vivirá aún el notario?

—Hace seis meses no había muerto.

—Debe de estar muy viejo.

—Sesenta años.

—¡Es su excelente vino el que le da vida! —dijo el hamburgués.

—¡Vamos! —ordenó don Rafael impaciente.

Se orientó durante algunos instantes, se dirigió hacia una calle que pasaba entre bien cuidados jardines y desembocó en una amplia plaza con casas de dos pisos, de piedra e iluminada por algunas lámparas humeantes.

Después de un centenar de pasos se detuvo ante una de ellas, la más vieja, un poco más alta que las demás y coronada por una terraza llena de plantas.

—Esperadme aquí —dijo—. Voy a anunciar vuestra visita.

—¿No lo aprovecharéis para escapar? —preguntó Wan Stiller.

—Ya no debéis dudar de mí.

—Os vigilaremos.

—Como queráis —dijo el plantador.

Dejó caer el pesado aldabón de hierro pendiente en la puerta, y apenas esta se abrió entró en un recibimiento obscuro, desapareciendo a las miradas de los filibusteros.

—¿Estás tranquilo? —preguntó Carmaux a Wan Stiller.

—No desconfío de ese buen hombre. Sabe que somos capaces de hacerle pasar un mal rato.

—No es de don Rafael de quien yo temo —repuso Carmaux—. Es del notario. Si nos reconociese…

—No sé qué podría hacer en nuestro daño.

—Denunciarnos.

—¡Si le dábamos tiempo! Le ataremos con cuatro o cinco metros de buena cuerda y le meteremos en la cama, o le esconderemos en su bodega.

—¡No te preocupes por ese hombre, Carmaux!

—¿Y si don Rafael nos hace traición?

—¡Él!

—¡Eh! ¿Quién sabe?

—No se atreverá. Sabe que tenemos la mano lista y que Morgan vale más que el capitán Valera.

—Tengo plena confianza en él. ¡Ah! ¡Mírale!

El plantador estaba en el umbral de la puerta, y parecía de buen humor.

—¿Podemos entrar?

—Sí —repuso el plantador—. El notario os concede hospitalidad, y hasta os ofrece de cenar.

—¡Es la perla de los notarios! —exclamó el hamburgués—. ¡Ya decía yo que era un hombre excelente!

—¡Seguidme! —dijo don Rafael.

Los dos filibusteros entraron en un recibimiento mal alumbrado por una lámpara de aceite, y fueron llevados a un saloncito modestamente iluminado, donde había una mesa cubierta de platos, en uno de los cuales había un ánade bastante grande.

El notario estaba ya sentado, y parecía preparado a cenar sin esperar a sus huéspedes. Era un hombre muy delgado y rugoso, de buen aspecto. Viendo entrar a los filibusteros, los miró recelosamente, y sin saludarlos les indicó con un gesto que se sentasen a la mesa, diciendo a la vez:

—Si lo creéis conveniente, acompañadme.

Carmaux y Wan Stiller cambiaron una mirada y un gesto que indicaba cierto descontento.

No esperaban tan fina acogida ni tan escasa cena. Sin embargo, Carmaux dijo:

—Gracias, señor: esta invitación llega a tiempo porque estamos hambrientos, ¡terriblemente hambrientos!

—¡Y sedientos! —añadió Wan Stiller.

—¡Ah! —dijo el notario.

Cortó el ánade y ofreció a todos, pero sin añadir nada.

—¡Este hombre se ha hecho avaro! —pensaba Carmaux—. ¡Ya no es el mismo que en Maracaibo! Bien es verdad que entonces tenía nuestras espadas delante. ¡Ya me cuidaré yo de que saque dos botellas!

Cuando hubieron terminado, el notario, que durante la comida no había pronunciado ni una sola palabra, limitándose a mirar de cuando en cuando a los corsarios, fue a buscar un frasco de vino y llenó los vasos, diciendo:

—Bebed y me diréis quiénes sois y qué queréis de mí.

—Señor notario —dijo Carmaux—, si don Rafael no os ha dicho aún de qué se trata, os diré que somos dos personajes que venimos enviados por el señor presidente de la Real Audiencia de Panamá para obtener detalles exactos sobre el conde de Medina, de quien no se han tenido noticias desde su fuga de Maracaibo.

—Debíais haberos dirigido al Gobernador de Cumana.

—No hemos creído oportuno hacerlo, señor notario, por ciertos motivos que por ahora no he de exponeros. ¿Es cierto que el conde ha llegado aquí?

—Sí —repuso el notario—. Llegó de improviso con una pequeña escolta y una joven.

—¿Ha partido ya? —preguntó Carmaux con ansiedad.

—A mediodía.

—¿Para dónde?

—Para Chagres, me han dicho.

—Entonces, ¿va a Panamá?

—Eso creo.

—¿En qué nave se ha embarcado?

—En la Andaluza.

—¿Navio de guerra?

—Corbeta de veinticuatro cañones —dijo el notario. Carmaux hizo un imprudente gesto de cólera, y el notario, que le observaba atentamente, levantó la cabeza, diciendo:

—¿Qué interés puede tener el señor Presidente de la Real Audiencia de Panamá en saber eso? Me gustaría saberlo, querido señor.

—Lo ignoro —replicó Carmaux.

—¡Ah! —dijo el notario.

Y después de algunos instantes, mirando fijamente a Carmaux, le preguntó a quemarropa:

—¿Habéis estado en Maracaibo hace muchos años?

El filibustero contuvo un gesto y contestó:

—Una sola vez, señor, y hace dos meses. ¿Por qué me preguntáis eso?

—¡Qué queréis! Me parece haber oído antes de ahora vuestra voz.

—Os habéis engañado, señor.

—Estoy convencido —dijo el notario con cierto tono que turbó a los filibusteros—. Además, ha pasado tanto tiempo, que puedo haberme engañado. ¿Todavía vive el terrible Corsario Negro?

—¿Le conocisteis? —preguntó Carmaux.

—¡Por desgracia! Perdí una casa por culpa suya. ¡Una hermosa casa que destruyó el fuego!

—Ya me habéis contado la historia —dijo don Rafael.

—Iba con dos corsarios y un negro gigantesco —prosiguió el notario—, y tuvieron la desventurada idea de refugiarse en mi casa.

—¿Y no os mataron? —preguntó conteniendo la ira el hamburgués.

—No; pero vaciaron media bodega y devoraron todas mis provisiones.

—¡Qué miedo pasaríais! —dijo Carmaux.

—Me quedé sin sangre en las venas.

—Lo creo: el Corsario Negro gozaba terrible fama.

—Pues, como os decía, iba con dos de sus… ¡Oh!

—¿Qué os ocurre, señor? —preguntó Carmaux.

—¡Es caso extraño!

—¿Qué?

El notario no contestó. Miraba atentamente al hamburgués.

—Mi memoria debe de estar muy débil —dijo tenazmente el notario—. Ya no recuerdo cómo logré escapar cuando la casa ardía.

—Saltaríais por la ventana —dijo Carmaux, que ya empezaba a sentirse mal.

—Es probable. Señores, es tarde, y yo tengo costumbre de levantarme temprano. Don Rafael, llevad a estos señores a la habitación que les tengo destinada. Nos veremos mañana a la hora del almuerzo, señores.

El plantador encendió una vela e hizo a los dos filibusteros seña de que le siguieran.

—¡Buenas noches, señor, y gracias por vuestra cortés hospitalidad! —dijo Carmaux inclinándose.

El plantador, que debía de conocer la casa, hizo atravesar a los dos filibusteros un largo corredor, y los introdujo en una estancia amueblada con cierto descuido.

Apenas cerrada la puerta, Carmaux lanzó dos imprecaciones.

—¡El viejo nos ha reconocido! ¿Verdad, compadre? —preguntó Wan Stiller.

—Estoy casi seguro. ¡Por cien mil fallones! Y haremos bien en desalojar esta misma noche. ¿Qué opináis, don Rafael?

—Dejad que vaya a interrogar al notario. Si corréis peligro, vendré a avisaros.

—¿O nos haréis detener?

—No, porque pienso seguiros.

—¿Vos? —exclamaron los dos filibusteros.

—Vais a Panamá, ¿no es cierto?

—Sí.

—Yo voy también; quiero vengarme de ese odiado capitán.

—Nosotros nos encargaremos de ahorcarle.

—Esperadme aquí, y no temáis.

Apenas el español salió, Carmaux abrió una de las ventanas y miró abajo.

—Da a un huerto —dijo—, y no hay más que dos metros de altura. Un pequeño salto, compadre, que puede intentar hasta don Rafael.

—¿Habrá llegado ya Morgan? —preguntó el hamburgués.

—Con el viento que ha soplado hoy, no se habrá quedado atrás. Ya veréis cómo responde a nuestra señal.

—¡Calla! Viene don Rafael.

En efecto, el plantador entró precipitadamente en la estancia.

—¡Huyamos! —dijo.

—¿Qué ocurre?

—¡El notario os ha reconocido!

—¡Truenos de Brest! —repuso Carmaux—. ¡Qué memoria tiene ese diablo de hombre para acordarse de nosotros después de dieciocho años!

—¡Os digo que huyamos en seguida! —repitió don Rafael—. ¡Ha ido ya a avisar a la guardia!

—Entonces —dijo el hamburgués—, no nos queda más que esto.

Subió al alféizar de la ventana y se lanzó al jardín.

Carmaux le siguió, diciendo al plantador:

—Si queréis, haced lo que nosotros.

Medida la altura, don Rafael se dejó caer a su vez.

—¡Ahora, como liebres! —dijo Carmaux—. ¡Derechos a la ballenera!

En un soplo atravesaron el huerto, que no era muy grande, desfondaron una valla de cactus y salieron a una calle desierta.

—Don Rafael —dijo Carmaux—, guiadnos hacia el muelle.

—¡Seguidme! —dijo el plantador.

—¡Sois un encanto de hombre! —dijo Wan Stiller—. ¡Ya somos amigos de vida y muerte! ¡Piernas, compadre!

—¡Troto como un burro! —repuso Carmaux.

Don Rafael, a pesar de su obesidad, corría como si tuviese a la tropa en los talones.

En menos de cinco minutos llegaron al muelle, en el cual encontraron la ballenera medio encallada junto al fortín.

—¡La señal! —dijo Carmaux. Tomó un cohete, trepó por un baluarte derrumbado y lo encendió, mientras Wan Stiller izaba las dos velas y don Rafael desplegaba el foque.

Apenas había hendido los aires el cohete, cuando hacia el norte se vio una estría de fuego cruzar las tinieblas.

—¡Es Morgan! —gritó Carmaux embarcando precipitadamente.

Apenas se habían alejado, cuando oyeron una voz gritar:

—¡Fuego! ¡Fuego!

Cuatro o cinco disparos de arcabuz resonaron en la playa.

—¡Buenas noches! —gritó Carmaux—. ¡Truena! ¡Boga hacia la boca del puerto, Wan Stiller! ¡Que vengan a cogernos si se atreven! ¡Ánimo, amigo mío!

Con el fresco viento nocturno la ballenera se alejó rápidamente, mientras en el muelle resonaban más disparos.

—¡No te preocupes, compadre! —dijo Carmaux—. ¡No dejes el timón!

—¡Oh! ¡Tiran muy mal! —dijo el hamburgués.

En dos bordadas la chalupa llegó a la embocadura del puerto y salió al mar.

Una masa negra pasaba en aquel momento a menos de trescientos metros ante el puerto.

—¡A nosotros, Hermanos de la Costa! —gritó Carmaux—. ¡Nos cazan!

La nave viró casi en redondo y se puso al pairo, mientras otra voz respondió:

—¡A babor, Carmaux!

Con otra bordada, la chalupa llegó bajo la nave, junto a la escala, que había sido bajada.

Dos parenques se calaron para izarla, mientras Carmaux, el hamburgués y el plantador subían los escalones.

Un hombre los esperaba: era Morgan.

—¿Qué? —preguntó.

—Partió, señor —dijo Carmaux.

—¿Cuándo?

—Esta mañana.

—¿Para dónde?

—Para Chagres.

—Está bien —repuso Morgan—. ¡Iremos a cogerle a Panamá!

* * *

Cuatro días después la corbeta de Morgan hacía su entrada en la pequeña bahía de las Tortugas.

Aquellas islas eran la guarida de los famosos filibusteros del golfo de México, que habían jurado una despiadada guerra a los españoles y expoliar sus colonias.

La imprevista vuelta de Morgan, a quien todos creían muerto, produjo enorme emoción entre todos los corsarios, que sentían profundo afecto por el antiguo lugarteniente del Corsario Negro por su valor y audacia.

La noticia de la toma de Maracaibo, la libertad de la señorita de Ventimiglia, el saqueo de Gibraltar y la destrucción de la escuadra española habían llegado ya a las Tortugas, llevada por los compañeros de Morgan, quienes, más afortunados, habían logrado ponerse en salvo en unión de las riquezas apresadas. La desaparición de la fragata tomada al almirante, y en la que se habían embarcado la señorita de Ventimiglia y Morgan, había dado lugar a graves temores, y muchos jefes corsarios habían terminado por creer que todos se habían ahogado en el mar Caribe.

Por eso la vuelta del audaz corsario fue saludada con grandes muestras de gozo.

Apenas se vio anclada la nave entre los veleros corsarios que llenaban la bahía, cuando ya los más famosos recorredores del mar estaban a su bordo.

Estaba Brodely, que más tarde debía hacerse famoso en la toma del castillo de San Felipe, reputado como inexpugnable; Shap, Harris, Sawkins, tres hombres temibles, cuyas empresas maravillaron al mundo; Wattling, el saqueador de las costas peruanas; Montauban, Michel y otros, entonces poco conocidos, pero que a su vez se hicieron famosos.

Al saber que la señorita de Ventimiglia había sido de nuevo capturada y conducida a Panamá, un grito de rabia se alzó entre aquellos valientes, y la idea de intentar la gran empresa ideada por Morgan, surgió en todos los cerebros.

La expugnación de aquella gran ciudad, emporio de las riquezas del Perú y de México, había ya tentado otras veces a los corsarios, acostumbrados a no conocer obstáculos. La distancia y las dificultades que podían encontrar en la travesía del istmo, que no conocían, más que las imponentes fuerzas que podían oponerles los españoles, era lo que los había detenido hasta entonces.

Oyendo a Morgan proponer la gran empresa, nadie hizo ninguna objeción.

—Allí —dijo el filibustero—, además de librar a la señorita de Ventimiglia, que se ha puesto bajo la protección de nuestras espadas, encontraréis tesoros bastantes para enriqueceros todos.

Una hora después la expedición quedaba decidida por los más célebres y audaces jefes de las Tortugas.

CAPÍTULO XXXI. EN LA AMÉRICA CENTRAL

El mismo día la Vázquez —tal era el nombre de la corbeta apresada por Morgan— desplegaba sus velas hacia la América Central, tremolando también el gran estandarte de España.

Iba mandada por Pedro el Picardo y tripulada por ochenta hombres elegidos de entre los que hablaban correctamente el español, vestidos con los brillantes trajes usados entonces por los españoles de las colonias americanas.

Carmaux y Wan Stiller, los dos inseparables, formaban parte de ella con el grado de maestres de tripulación, siendo los únicos que conocían la aldea de Chagres, y que podían dar preciosos detalles y consejos.

La Vázquez debía constituir la vanguardia de la expedición, asegurarse de si el conde de Medina había zarpado ya con rumbo a Panamá, y, en caso contrario, abordar su nave y recobrar a Yolanda.

Morgan, como gran almirante de la escuadra filibustera, que debía ser numerosísima para poder hacer frente a las naves españolas, se había quedado en las Tortugas para prepararlo todo y procurar el mejor éxito de la grandiosa y audaz empresa.

Escaseando por aquella época los víveres en las Tortugas, después de la partida de la corbeta envió cuatro naves para que los copasen en las costas españoles al mando de Brodely, que gozaba fama de audaz.

La Vázquez, empujada por un buen viento, puso la proa hacia el suroeste, ganosa de avistar las costas del istmo de Panamá.

Bonísima velera, a la mañana del quinto día su tripulación saludaba con alegría la alta torre de Castillo-Chico y las quebradas cimas de la tierra de Veragua, visibles desde el mar y a gran distancia.

Pedro el Picardo había hecho llamar a Carmaux y Wan Stiller, que en todo aquel tiempo no habían hecho más que jugar y beber, sin preocuparse del reglamento que prohibía el juego a bordo de las naves filibusteras en expediciones de guerra.

—¡Al timón, amigo Carmaux! —dijo Pedro—. ¡Ahora te toca a ti llevar a puerto la corbeta!

—Señor Pedro —repuso el francés—, preparad bien la farsa. Que no falten ni los pífanos ni los tambores, y saludad al fortín. De lo demás me encargo yo. ¡Ven, compadre; abre bien los ojos y olvida tu idioma! Mascullas bastante bien el español.

La Vázquez, que tenía viento en popa, se dirigió hacia una pequeña bahía, ya perfectamente visible en la costa.

Era la de Chagres. El pueblo, que en aquel tiempo tenía bastante importancia por ser camino para la reina del Pacífico, poco a poco se delineaba, con su fuerte y sus casitas de un piso coronadas de terrazas llenas de flores.

Carmaux, que, como decimos, había estado allí hacía muchos años, con dos bordadas dobló la punta meridional que defendía la rada de los fuertes vientos del noroeste, y ancló ante dos viejas naves destruidas.

Oyendo tronar los cañones de a bordo y viendo flotar el pabellón español, toda la población, compuesta de dos o tres centenares de almas y de dos compañías de soldados, se precipitó a la playa, mientras el fuerte devolvía el saludo.

A una señal de Pedro, los pífanos y los tambores entonaron una marcha española con pasable afinación.

Apenas habían echado el ancla, cuando una chalupa se destacó en la playa. Iba tripulada por las dos mayores autoridades del pueblo, el alcalde y el comandante de la guarnición, y media docena de remeros.

—¡Señor Pedro —dijo Carmaux, que se había endosado un traje flamante—, cuidado con el inglés! ¡Si se os escapa una sola palabra, hemos echado a perder el negocio!

—No temas —repuso el corsario, que estaba en la escala esperando a las autoridades—. Desde este momento soy don Juan Penedo, caballero de la Orden de Santiago.

—¡Y grande de España de primera clase! —añadió Carmaux riendo.

—¡Demasiado grande! —repuso Pedro.

El alcalde y el comandante de la guarnición subían ya por la escala. El primero era un hombre de cincuenta años y rechoncho como don Rafael; el otro tenía el aspecto de un verdadero guerrero.

—Don Juan Penedo, caballero de la Orden de Santiago, tiene el gusto de saludaros —dijo Pedro estrechando sus manos—. ¿Estabais ya prevenidos de mi llegada?

—No, capitán —repuso el alcalde—. Por el contrario, nos ha sorprendido bastante ver llegar esta nave, y por poco no la creemos tripulada por esos demonios del mar llamados filibusteros.

—¡Cómo! —exclamó Pedro, fingiendo gran asombro—. ¿El conde de Medina no os avisó mi llegada?

—El señor Gobernador de Maracaibo llegó ayer mañana y partió en seguida para Panamá sin anunciaros. Tenía mucha prisa el señor conde.

Carmaux, que estaba detrás con el hamburgués, murmuró una imprecación.

—¡Hemos llegado veinticuatro horas después! —dijo—. ¡Pedro lo ha hecho bien, pero sin suerte!

—No comprendo cómo no me ha esperado —dijo Pedro fingiéndose contrariado por la noticia.

—¿Debíais escoltarle hasta Panamá, capitán? —preguntó el comandante.

—Sí —repuso el corsario.

—Le he dado ya una buena escolta, compuesta de hombres fieles y valientes.

—¿Iba con él una joven? —preguntó Pedro.

—Sí —repuso el alcalde—; una bella señorita.

—¿Cuánto se detuvo aquí?

—Apenas media hora; el tiempo preciso para proveerse de cabalgaduras.

—¿Y la nave que le trajo ha partido ya?

—Creo que iba a Costa Rica.

—Acaso el conde me envíe sus órdenes —dijo Pedro.

—¿Os detenéis aquí? —preguntó el alcalde.

—Tengo orden de no hacerme al mar.

—¿En qué podemos serviros?

—Poned algunos alojamientos a nuestra disposición y proveednos de víveres frescos.

—El palacio del Gobierno está dispuesto para recibiros a vos y a vuestros oficiales, señor capitán.

—¡Hasta la vista, señores, y gracias! —repuso Pedro haciendo un gesto de despedida.

Los dos representantes de la autoridad bajaron a su chalupa y volvieron a tierra.

—¡No tenemos suerte, Carmaux! —dijo Pedro cuando estuvieron solos.

—Eso le decía yo a Wan Stiller —repuso el francés, que se rascaba rabiosamente la cabeza—. ¡Veinticuatro horas nada más! ¡El conde no estará muy lejos!

—Si intentásemos alcanzarle…

—Eso había yo pensado; pero he oído hablar del castillo de San Felipe, que cierra el paso, y bajo el cual no se pasa sin una orden del presidente de la Real Audiencia de Panamá. ¡Si no estuviese lejos! ¡Hay que informarse!

—¿Por el alcalde?

—¡Hum! ¡No me fío, señor Pedro! Puede sospechar. ¡Ah! Ahora que recuerdo: ¡tenemos al vasco, si no ha muerto! Hace diez años que no he vuelto por aquí.

—¿Un tabernero, según creo?

—Sí, señor Pedro.

—¡Eres amigo de todos los taberneros del mundo!

—¡Me encuentro muy bien entre botas! —repuso Carmaux riendo—. ¿Queréis que vaya a buscarle?

—Haz lo que quieras, con tal que seas prudente.

—¡Oh! ¡De mis labios no saldrá una palabra que no sea española! ¡Vamos, Wan Stiller! Las chalupas habrán sido botadas al agua.

Los dos inseparables se proveyeron de un par de pistolas y se hicieron llevar a tierra, desembarcando un poco más allá de las primeras casas.

—Orientémonos —dijo Carmaux al hamburgués—. Esto ha cambiado mucho en diez años.

Dos o tres callejuelas estrechas y fangosas se ofrecían ante ellos. Eligieron la más próxima, y avanzaron arrastrando sus espadones. Preguntando a unos y a otros, después de un buen cuarto de hora los dos corsarios se encontraron por fin ante una taberna de mezquino aspecto, en cuyo umbral estaba un hombrecillo flaco y de piel cetrina.

—¡Que el diablo me lleve si no es este el vasco! —dijo Carmaux—. ¡No ha envejecido mucho!

—¡Con esas botellas! —exclamó Wan Stiller—. ¡En una bodega no se envejece nunca, compadre!

Se acercaron al hombrecillo, que los miraba curiosamente, y entraron en la taberna, diciéndole:

—¿Ya no se reconoce a los amigos?

El vasco se estremeció.

—¡Misericordia! ¡Los filibusteros! —exclamó.

—¡Silencio, o te corto la lengua, amigo! —dijo Carmaux—. Ya no somos ladrones de mar: estamos al servicio de España, y te aseguro que no nos va mal.

—¿Habéis dejado a Laurent? Estabais con él hace diez años, cuando vinisteis a saquear el pueblo.

—Pero no tu bodega, que defendimos contra los ataques de nuestros camaradas.

—No he olvidado nunca vuestra buena acción.

—Venimos a hacerte pagar esa deuda de gratitud —dijo Wan Stiller.

—Mi bodega y mi bolsa están a vuestra disposición —dijo con voz grave el hombrecillo—. No os he olvidado nunca.

—Entonces tráenos de beber, por ahora, y no te asustes —dijo Carmaux—. No hemos venido por tu bolsa ni por tu pellejo.

No había terminado de hablar, cuando ya el tabernero había desaparecido, para volver al poco rato con dos polvorientas botellas que prometían ser excelentes.

—Vasco —dijo Carmaux después de probar el vino—, tienes una bodega digna de un rey. Apostaría a que el gran Carlos V, si viviese, no desdeñaría beber con nosotros.

—Aún queda más: bebed sin temor.

—¿Podemos fiarnos de ti?

—Sin vosotros me hubieran arruinado los corsarios de Laurent; ya lo sabéis.

—¿Has visto la nave que entró en el puerto ayer por la mañana?

—SÍ; estaba en el muelle cuando ancló.

—Bajó de ella un señor con una joven, ¿verdad?

—Me han dicho que era el Gobernador de Maracaibo.

—¿Y partió en seguida para Panamá?

—A la media hora.

—El señor conde nos debe una fuerte suma, que hasta ahora no hemos podido cobrar, y quisiéramos alcanzarle lo antes posible con un puñado de los nuestros, que también tienen cuentas pendientes con ese señor, que es un mal pagador.

—Me han contado que es riquísimo.

—Y también te habrán dicho que es un avaro.

—Eso no lo sabía.

—¿Dónde crees que estará ahora?

—No muy cerca. Hizo buscar los mejores caballos y debe de haber pasado el castillo de San Felipe.

—También lo pasaremos nosotros. ¿Está lejos?

—Solo tres leguas: pero sin salvoconducto no os dejará pasar el comandante. ¿Lo tenéis?

—Nos lo proporcionaremos.

—¡Hum!

—¿Qué es ese castillo?

—Un fuerte plantado en la cima de una roca, que domina el camino que conduce al valle de Chagres.

—¿Crees imposible pasar sin ser visto?

—De noche cierran el paso y hay centinelas.

Carmaux hizo una mueca.

—¡Negocio perdido! —dijo—. ¡El conde no nos pagará nunca! ¡Avaro! ¡Robar así a unos honrados marineros! Si pudiésemos llegar a Panamá… A propósito, ¿conoces tú esa ciudad?

—Estuve el año pasado.

—¿Es cierto que los españoles la han fortificado formidablemente?

—Está rodeada de murallas, tiene torres y artillería en gran número, y se dice que nunca hay menos de ocho mil hombres de guarnición.

—Me gustaría visitarla —dijo Carmaux—. ¡Bah! ¡Otra vez será! ¡Bebe, compadre Wan Stiller!

Vaciaron concienzudamente las botellas y volvieron lentamente a bordo, no poco descontentos con el mal éxito de su misión.

Apenas habían subido a la corbeta e informado a Pedro de cuanto sabían, llegó una chalupa tripulada por un oficial y varios remeros, que abordó al barco, deteniéndose junto a la escala.

—¿Alguna noticia del conde? —preguntó Pedro saliendo al encuentro del oficial, que llevaba un pliego en la mano—. ¡Subid, señor!

—De parte del alcalde, capitán —dijo el oficial poniendo el pie en la toldilla.

La carta contenía una invitación para los oficiales de la nave y los marineros a un fandango nocturno con que se proponían festejar su llegada.

—¡A falta de otra cosa, divirtámonos! —murmuró el filibustero—. No tenemos nada que hacer hasta que llegue la escuadra.

Y alzando la voz, dijo:

—Decid al alcalde que estamos profundamente agradecidos a su invitación y que asistiremos.

—Llevad el mayor número posible de marineros, señor —dijo el oficial—. Tomarán parte en el baile todas las jóvenes del pueblo.

—No dejaré a bordo más que los hombres puramente necesarios. Son corteses estos habitantes —dijo a Carmaux cuando el oficial hubo partido—. ¡Si supiesen qué raza de españoles somos! ¡Eh, Carmaux! ¿Tienes la cara fosca?

—No he tenido nunca confianza en estos convites —replicó el francés.

—¿Qué temes? ¡Ah! ¡Ya! ¿Prefieres esconderte en alguna taberna? ¡No faltará el buen vino, viejo mío!

Carmaux no contestó, pero meneó repetidas veces la cabeza.

CAPÍTULO XXXII. UNA FIESTA QUE TERMINA MAL

Apenas puesto el sol, una docena de embarcaciones, tripuladas por los oficiales de la guarnición y los notables del pueblo, abordaban la corbeta para dar escolta de honor a la tripulación.

Pedro el Picardo, queriendo mostrarse sensible a aquella demostración de simpatía hacia su gente, y no teniendo por otra parte nada que temer, eligió a sesenta marineros, estimando suficientes los veinte restantes para la guardia de la nave. Por precaución dio orden de que todo el mundo llevara la espada y las pistolas.

El alcalde había subido a bordo seguido por una docena de barqueros provistos de cestas repletas de tortillas y botellas destinadas a los que habían de quedarse en la corbeta.

—Os esperamos, señor capitán —dijo inclinándose—. Todas las jóvenes del pueblo están impacientes por bailar con los valientes marineros de la gloriosa marina española.

—Encontrarán fuertes bailarines —repuso el corsario, que estaba de buen humor—. Mis hombres darán buena prueba de la elasticidad de sus piernas.

Las chalupas de la corbeta, iluminadas con antorchas y fanales, ya habían sido botadas al agua. Los sesenta corsarios, que se habían engalanado con sus mejores trajes, a una orden del contramaestre tomaron sitio, y la pequeña flota se dirigió hacia el muelle, lleno de gente que aplaudía calurosamente a los jóvenes de la escuadra.

Todos los corsarios, que no desconfiaban de nada, estaban muy alegres y entusiasmados por aquella acogida, a la cual no estaban acostumbrados en las colonias españolas, en las que en vez de aplaudirlos los recibían con plomo y granadas. Solo Carmaux, contra su costumbre, renegaba preocupado.

—¡Ah, compadre! —dijo el hamburgués, que iba a su lado, y a quien la perspectiva de vaciar buen número de botellas a cuenta de los españoles ponía risueño—. ¿Qué mascas? ¿Tabaco, o palabras?

—¡No sé por qué, compadre hamburgués, esta noche tengo presentimientos tristes!

—Que esta mañana, cuando te bebías el jerez del vasco, no tenías. Créeme, Carmaux, es la falta de alcohol lo que te hace pesimista. Cuando tengas dentro un par de botellas, reconquistarás tu buen humor. Y, además, ¿qué temes? Somos muchos y nadie sospecha que no seamos marineros españoles.

—¡Ojalá me equivoque! —repuso Carmaux.

La fiesta había sido dispuesta en el palacio del Gobierno, maciza construcción de dos pisos, que con sus sólidos enrejados en las ventanas y su puerta laminada de hierro podía servir de fortaleza.

Las amplias salas habían sido espléndidamente iluminadas y estaban llenas de burgueses, oficiales y mujeres jóvenes, casi todas bellas y ricamente ataviadas.

Los corsarios, acogidos con vivas de entusiasmo a los acordes de media docena de guitarras, se dispersaron por las salas, en las que otros guitarristas entonaban ya el bolero y el fandango, bailes muy en boga en aquella época.

Carmaux y Wan Stiller, que preferían las botellas a aquella endiablada gimnasia, se metieron en un ángulo del salón, en el cual había mesas provistas de variados vinos de España.

—Dejemos que se diviertan los jóvenes —había dicho Carmaux.

—Nosotros abramos los ojos, y bebamos a la salud de esas bellas jóvenes —añadió el hamburgués apoderándose de un frasco.

La fiesta prometía ser brillantísima. Recién llegados entraban a cada instante, y jóvenes burgueses, oficiales y soldados rivalizaban en finezas para con los corsarios.

Sobre todo el alcalde y el comandante de la guarnición se multiplicaban para parecer atentos con todos, y sobre todo con Pedro el Picardo.

A medianoche la fiesta llegó a su colmo y la alegría reinaba en la sala.

Ya Carmaux comenzaba a tranquilizarse, cuando de pronto oyó hacia un ángulo de la sala un grito, y vio a dos hombres que salían abriéndose violentamente paso por entre la multitud.

El francés se puso en pie precipitadamente.

—¡Ven, Wan Stiller! —exclamó.

—¿Qué te pica, compadre? —preguntó el hamburgués. ¡Quédate aquí a dar fin de este oporto!

—¡Ven, te digo! —repitió Carmaux.

El hamburgués, sorprendido por el acento y la agitación de Carmaux, se levantó mascullando:

—¡Qué lástima dejar este oporto!

Carmaux había dado rápidamente la vuelta al salón buscando con la vista a Pedro el Picardo. Viéndole charlar tranquilamente con el alcalde, salió, esperando poder alcanzar a los dos hombres que habían lanzado aquel grito, sin conseguir por lo pronto su intento.

La muchedumbre que llenaba la sala era tal, que no permitía avanzar de prisa.

—¿Qué te ocurre? —le preguntó Wan Stiller, que por fin le había alcanzado, poco seguro de sus piernas—. ¿Se te ha subido a la cabeza el oporto? ¡Ah!, compadre; tienes fúnebre aspecto.

En vez de responder, Carmaux le arrastró hacia una ventana y dejó caer tras de sí las colgaduras.

—¿No has oído un grito? —le preguntó.

—Lo habrá lanzado algún novio celoso —repuso Stiller.

—¿Lo has oído?

—Sí.

—¿No te recuerda nada?

—Absolutamente nada, y con el oporto… ¡Oh! ¡Tenía algo mejor en qué ocuparme!

—Sin embargo, yo no me he engañado.

—Explícate mejor, compadre.

—¡Juraría haber oído el grito del capitán Valera!

—¡Truenos de Hamburgo! —exclamó Wan Stiller tornándose lívido—. ¡El capitán aquí! ¡Entonces, nos descubrirán!

—¡Despacio! Te he dicho que me ha parecido; pero no estoy seguro.

—¿Cómo iba vestido?

—Él y su compañero llevaban casaca de seda azul con rayas blancas.

—Busquémoslos, Carmaux, y que no escapen.

—Ven; daremos vueltas a las salas.

Los dos compadres se pusieron a dar vueltas entre los grupos de bailarines, y pasaron al primer piso, en el cual corsarios, españoles y jóvenes alternaban el fandango con el bolero con animación y bullicio extraordinarios.

Iban a continuar, cuando se abrió una puerta y vieron aparecer al comandante de la guarnición con el rostro sombrío, y que clavó en ellos una mirada de acero.

—Parece que os aburrís —les dijo con afectada sonrisa—. Aún no os he visto bailar.

—Ya somos muy viejos, comandante —repuso Carmaux—. Dejamos el puesto a los jóvenes.

—Haceos servir vino y cena en el piso de arriba, y tratad de divertiros lo mejor que podáis.

—Gracias, comandante —repusieron ambos, subiendo al segundo piso.

—¿Has notado qué miradas? —preguntó Carmaux cuando estuvieron ante una mesita.

—Sí, compadre —repuso Wan Stiller—. Tenía aire enfurecido y turbado el comandante.

—¡Avisemos a Pedro! ¡No estoy tranquilo!

Iban a levantarse, cuando un espantoso tumulto estalló en la sala, repercutiendo en las adyacentes. Las bailarinas habían dejado a sus caballeros y huían desordenadamente hacia las escaleras, seguidas de los burgueses, oficiales y marineros, mientras se oían por doquier gritos de:

—¡Traición! ¡Traición!

Los marineros de la corbeta, sorprendidos por aquella desordenada fuga, quedaron atontados, preguntándose qué ocurría.

—¡Camaradas! —gritó Carmaux desenvainando su espada—. ¡A las armas!

En el mismo instante se oyeron retumbar hacia la rada algunos cañonazos, seguidos de nutridas descargas de mosquetería.

Los corsarios, repuestos de su estupor, comprendiendo que les habían hecho traición, iban a precipitarse escalera abajo para reunirse con sus compañeros de las salas inferiores, cuando apareció Pedro espada en mano.

—¡Ya es tarde! —gritó con voz alterada—. ¡Las tropas nos han bloqueado, y los nuestros están atrincherando el portalón!

—Ya os dije, señor Pedro, que tenía malos presentimientos —dijo Carmaux—. ¡Fue él quien lanzó aquel grito!

—¿Quién es él? —preguntó Pedro.

—El capitán Valera.

—¡Todavía ese bribón!

—Es quien ha preparado la emboscada: estoy seguro de ello.

—¡Mil demonios! —gritó Pedro—. ¡Bien nos han cogido!

—Intentemos una salida —dijo Wan Stiller.

—Han emplazado cuatro cañones ante la puerta, y hay dos compañías de arcabuceros —replicó Pedro—. Nos haremos matar inútilmente.

—¿Estamos, pues, sitiados? —preguntaron varios.

—No os desaniméis, camaradas —repuso Pedro—. El edificio es sólido y resistiremos largo tiempo. Además, la escuadra de Morgan no tardará en llegar.

—¿Y la corbeta? —preguntó Wan Stiller, oyendo retronar con intensidad mayor a la artillería.

—Temo que esté perdida —repuso Pedro—. Los veinte hombres que hemos dejado a bordo no pueden mucho.

—¿Se ve el muelle desde las ventanas?

—No —repuso Carmaux—. Tenemos delante dos filas de casas.

—Organicemos la defensa —dijo Pedro—. Hagamos una barricada en la escalera y en las puertas y retirémonos todos de aquí. ¡Veremos si los españoles se atreven a asaltarnos aquí dentro!

Mientras los corsarios corrían en ayuda de sus camaradas, que estaban acumulando muebles tras el portalón, Carmaux y Wan Stiller se acercaron cautamente a la ventana.

Estando el edificio aislado en la plaza, podían ver lo que hacían los españoles y apreciar su número.

La guarnición había tomado sus medidas para bloquear completamente a los corsarios. Dos compañías de arcabuceros habían ocupado las cuatro bocacalles de la plaza, y levantando apresuradamente barricadas con carretas, toneles y troncos de árbol, colocaron cuatro cañones frente a la puerta, a cien pasos de distancia.

Pero parecía que los españoles no tenían prisa por asaltar el palacio. Acaso contaban con hacer capitular por hambre a los corsarios.

—¡Mal negocio! —dijo Carmaux a Wan Stiller—. ¡Están seguros de cogernos sin gastar pólvora!

—Y entretanto se apoderan de la corbeta. ¿Oyes el cañoneo?

—Es el fuerte que dispara; pero los nuestros contestan gallardamente.

—¿Estarán levando anclas?

—Eso creo.

—¿Saben que Morgan había decidido enviar una fuerte vanguardia a Santa Catalina?

—Moriz, que tiene ahora el mando de la nave, no debe de ignorarlo, y se llegará en seguida allí para ver si han arribado las naves. Si las encuentra, este cerco no será largo.

—¿Y si no hubiesen llegado?

—Entonces, querido hamburgués, nos veremos obligados a correr varios puntos a nuestros cinturones para apretarnos el estómago.

—¡No hay víveres!

—No hay más que botellas.

—¡Nos contentaremos con eso!

—Vámonos de aquí antes de que nos disparen. Con solo nuestras pistolas haremos muy poco si comienzan el fuego.

—¿Oyes?

—Sí; los cañonazos son más escasos. La corbeta debe de haberse hecho a la mar.

—Al menos, esos se salvarán.

—Confiemos en que nosotros también, compadre.

Iban a retirarse, cuando vieron encenderse en la plaza algunos haces de leña y avanzar un oficial que llevaba en la punta de la espada un banderín. Un corneta le seguía.

—¡Un parlamentario! —dijo Carmaux.

Oyendo el primer toque, Pedro el Picardo se lanzó a la ventana ocupada por Carmaux y Wan Stiller.

—Vienen a intimarnos la rendición —dijo el filibustero—: ¡Que nadie haga fuego!

El oficial se detuvo a diez pasos del portón, mientras el corneta de órdenes vibraba su instrumento.

—¿Qué queréis? —preguntó Pedro asomándose.

—De orden del comandante de la guarnición y del alcalde os intimo la rendición —dijo el oficial, levantando la cabeza.

—¿Por quién nos tomáis? —preguntó Pedro fingiéndose encolerizado—. ¿Es así como tratáis a los marinos de la escuadra? ¿Qué chanza es esta?

—¡Ah! ¿Lo llamáis chanza? —exclamo el oficial—. Es inútil que prolonguéis la farsa; ya estáis reconocidos.

—¿Cómo?

—Como filibusteros de las Tortugas.

—¡Pero estáis locos! —gritó Pedro—. ¡Acabad u os atacaremos y prenderemos fuego al pueblo! ¡Mis marineros están furiosos y ya no puedo contenerlos!

—¿Queréis prolongar la comedia? —Decidme al menos quién es el imbécil que pretende reconocer en nosotros, honrados marineros de la escuadra española, a unos ladrones de mar.

—Un hombre que ha sido vuestro prisionero: el capitán Juan de Valera.

—¡Que el infierno se lo trague! —murmuró Carmaux—. ¡No me había engañado!

—¡Decid a ese capitán que es un imbécil! —gritó Pedro—. No somos corsarios.

—Tengo orden de intimaros que os rindáis. Luego se verá si sois realmente españoles o ladrones de las Tortugas.

—La marina no cede a tales intimaciones.

—¡Sabed que hay aquí quinientos hombres y que vuestra nave ha tomado las de Villadiego!

—¡Somos los bastantes para resistir lo que nos plazca! ¡Atacadnos si os atrevéis, y mis marineros os enseñarán de lo que son capaces!

—¡Ya lo veremos! —dijo el oficial alejándose con el corneta de órdenes.

—¡Nos hemos lucido! —dijo Pedro volviéndose hacia Carmaux y el hamburgués—. Si tuviéramos nuestros arcabuces, no me preocuparía, aunque estén frente a nosotros quinientos hombres, si realmente son tantos.

—No lo creo —repuso Carmaux—. Pero deben de ser bastantes y tienen cañones y arcabuces. Nos hemos dejado coger como chiquillos. No nos queda sino esperar a la vanguardia de la flota de Morgan, que debía zarpar después de nosotros. Si ha llegado ya a Santa Catalina, el sitio no durará mucho.

—¿Cómo estamos de víveres, Carmaux?

—No hay más que bebidas, capitán.

—¡Esperaremos bebiendo! —dijo pacíficamente Pedro, que no se desanimaba nunca—. Las paredes son fuertes, las ventanas del piso bajo tienen sólidas rejas, la puerta y la escalera están atrincheradas, y además tenemos espadas y pistolas. ¡No nos comerán de un bocado!

Después de la vuelta del parlamentario, los españoles no habían dado indicios de querer forzar el palacio del Gobierno.

Por el momento se contentaban con vigilar a los sitiados; pero todos estaban convencidos de que aquella tregua no podía durar mucho.

En efecto; al clarear el día una bala de cañón hundió uno de los batientes del portalón, dando la señal de la batalla.

Durante la noche los españoles se habían atrincherado poderosamente en los bocacalles y habían excavado una trinchera para poner a cubierto sus piezas y sus artilleros.

—¡Ya empieza la fiesta! —dijo Carmaux—. ¡Defendamos el pellejo, compadre Wan Stiller!

—En eso pienso —repuso el hamburgués.

Al primer cañonazo siguieron algunas descargas de mosquetería.

Mientras las piezas tendían a derribar la puerta, los arcabuceros dirigían el fuego contra las ventanas para impedir a los corsarios asomarse y contestar.

Pedro el Picardo, que no quería exponer inútilmente a sus hombres y que, sobre todo, deseaba economizar las municiones para la última defensa, había dado orden de no hacer caso. Las gruesas paredes eran más que suficientes para protegerlos, y la barricada alzada en la puerta y en la escalera los preservaba de un ataque inmediato.

Aquel violentísimo fuego duró una hora larga, con gran gasto de pólvora por parte de tos españoles y escaso resultado.

Tan solo el portalón, medio roto por el tiro de los cuatro cañones, había acabado por caer sobre la barricada; pero había tantos escombros, que hacían muy difícil un ataque.

Cuando los zapadores intentaron limpiar aquel cúmulo enorme de muebles rotos, fueron recibidos por los filibusteros con tal descarga de pistolas, que la mitad de ellos cayeron muertos o heridos. Los demás, no obstante las órdenes de sus oficiales, habían renunciado a la peligrosa empresa, salvándose tras las trincheras.

—¡El hueso es duro de roer! —dijo Carmaux, que desde una ventana espiaba los movimientos de los asaltantes—. ¡No se atreverán a tomar por asalto el castillo! ¿Verdad, compadre?

—Eso creo yo también —dijo Wan Stiller—. Tienen mucho miedo a los filibusteros.

—¡Ah! ¡Si pudiese ver a ese maldito capitán!

—¡Ya tendrá buen cuidado de no dejarse ver! Quisiera saber por qué no ha acompañado al conde a Panamá.

—Habrá olido el peligro, y se habrá quedado aquí vigilando la costa. ¡Bien nos la ha dado! ¡Si vuelve a caer en mis manos, no cometeré la tontería de perdonarle como en Maracaibo!

—¡Han suspendido el fuego!

—¡Están seguros de cogernos sin gastar pólvora! ¡Ay, Carmaux! ¡Cuentan con el hambre, y sobre todo con la sed, compadre, a la cual nos será más difícil resistir! Si pasado mañana no viene nadie en nuestra ayuda, tendremos que intentar una salida desesperada o dejarnos morir de hambre.

—¡No esperaremos a eso —dijo el hamburgués—; mataremos hasta que se nos caiga la espada de la mano!

—¡Compadre!

—¿Qué quieres?

—Ya que los españoles se contentan con mirarnos, vamos a vaciar aquel frasco de oporto.

—Creo que es lo mejor que podemos hacer por ahora —repuso Carmaux.

—¡Eso nos dará fuerzas! —agregó el hamburgués.

CAPÍTULO XXXIII. ENTRE EL PLOMO Y EL FUEGO

Después de aquella primera derrota, los españoles, persuadidos de las dificultades que presentaba la expugnación de aquel edificio defendido por sesenta desesperados, no habían renovado sus tentativas.

El primer día pasó así, relativamente tranquilo; pero el asedio había sido convertido en un bloqueo estrechísimo para impedir a los filibusteros que invadiesen y saquearan las casas vecinas para proveerse, si no de víveres, de agua en las cisternas de los patios.

Decididos a no ceder, los corsarios habían dado fin de los frascos que quedaban y de los restos de tortillas para reponer sus fuerzas, pues temían un ataque nocturno.

Pero durante la noche los sitiadores se mantuvieron tranquilos alrededor de los fuegos que habían encendido para hacer comprender a los sitiados que velaban.

El segundo día no cambiaron las cosas. Algún cañonazo disparado contra las barricadas, alguna descarga de arcabuz hacia las ventanas y nada más.

Pedro el Picardo comenzaba a preocuparse. La corbeta debía de haber llegado el día anterior a la isla de Santa Catalina. Si no había vuelto, era señal de que no había encontrado allí a la vanguardia de la escuadra filibustera.

¿Cómo continuar la resistencia?

Las tortillas se habían acabado y los frascos estaban vacíos; la sed, más que el hambre, se dejaba ya sentir, sobre todo con el calor del día.

—¡Esto va mal! —murmuraba Carmaux, que se asomaba de ventana en ventana con la esperanza de ver a los españoles levantar el cerco—. Estamos en un conflicto, y si no hacemos algo gordo, moriremos sedientos y hambrientos.

—¡Daría media pinta de sangre por un vaso de agua! —decía Wan Stiller paseándose furioso por la sala.

Los demás no estaban menos enfurecidos, y se preguntaban con insistencia si no hubiera sido mejor intentar una salida y morir matando. Ya los más viejos e influyentes se lo habían propuesto a Pedro el Picardo; pero el filibustero, que aún no desesperaba, se había negado a intentar tan arriesgada empresa.

—Sesenta hombres sin arcabuces no lograrán nunca vencer a cuatrocientos o quinientos que tienen hasta cañones —decía—. Esperemos aún. Acaso el socorro esté ya en camino.

Iba a cerrar la noche cuando Carmaux y Wan Stiller, que espiaban los movimientos de los sitiadores, notaron entre ellos cierta agitación insólita.

El número de soldados, sobre todo de los arcabuceros, había aumentado, y a las cuatro piezas de cañón se había unido otra.

—¡Hum! —murmuró el francés—. ¡Temo que vamos a pasar mala noche!

Hizo llamar a Pedro el Picardo y le comunicó sus temores.

—Sí; se preparan para un asalto decisivo —dijo el filibustero.

—Señor Pedro —dijo Carmaux—, tengo una sospecha.

—¿Cuál?

—Que los españoles hayan sido prevenidos de que vienen en nuestro socorro. Es imposible que la vanguardia de la flota, que debía zarpar doce horas después que nosotros de las Tortugas, no haya llegado aún a Santa Catalina. Han pasado ya tres días y no me chocaría que hubiese llegado hasta el capitán Morgan con el grueso de la escuadra.

—¿Serás un vidente, Carmaux?

—No es más que una suposición, señor Pedro. Preparémonos para una desesperada defensa.

Viendo los preparativos de ataque que hacían los españoles, los corsarios habían puesto manos a la obra para prolongar todo lo posible la defensa.

Encendieron todas las lámparas, arreglaron la barricada, y con los muebles disponibles formaron otra en el último descansillo de la escalera, ante la puerta de la sala del segundo piso, donde pensaban oponer su última resistencia.

Apenas habían ultimado aquellos preparativos cuando las cinco piezas de las trincheras tronaron con ensordecedor estruendo y hundieron el portalón.

Pedro el Picardo había dividido sus hombres en dos destacamentos: el uno debía encargarse de la defensa de la escalera, y el otro, de hacer fuego desde las ventanas en caso de que los españoles intentasen un escalo.

Los cañonazos se sucedían, rompiendo poco a poco los muebles acumulados en la escalera, mientras con terribles descargas los arcabuceros alejaban de las ventanas a los sitiados.

Aquella infernal música duró un cuarto de hora.

Cuando se hundió la barricada, una compañía de alabarderos, sostenida por un destacamento de arcabuceros, se lanzó al asalto de la escalera con gritos formidables.

A pesar de los tiros de pistola de los filibusteros, los asaltantes lucharon bajo el atrio, ocupándole y limpiándole de despojos para hacer sitio a una segunda compañía que se había formado para el asalto decisivo.

Los filibusteros, reunidos en el último descansillo, los esperaban espada en mano, ya que con las pistolas no podían oponerse a los arcabuces.

Pedro el Picardo estaba en primera fila animando a sus hombres y gritando:

—¡Aguantad firmes! ¡Los socorros llegan!

La compañía de asalto hizo una descarga contra los sitiados, mató a varios y se lanzó escaleras arriba con las picas en ristre.

Era el momento esperado por los filibusteros. Con un choque poderoso lanzaron abajo los muebles que habían acumulado ante la puerta, y aprovechándose de la confusión y del espanto de los españoles al verse aplastados por aquel aluvión, cargaron a su vez espada en mano, empeñándose en una lucha furiosa.

Su descenso fue tan fulminante, que los arcabuceros no habían tenido tiempo de disparar. Se los encontraron encima cuando la compañía de asalto, completamente desorganizada por aquella tempestad de muebles, tenía que retroceder.

Los españoles no eran hombres que cediesen fácilmente el paso, y animosamente hicieron frente al poderoso asalto de los corsarios, defendiéndose con la culata de los arcabuces.

La lucha duraba hacía algunos minutos, cuando se oyó una voz que gritaba:

—¡Fuego!… ¡Fuego!…

La barricada se había incendiado, o tal vez había sido incendiada a propósito por los asaltantes, y llamas vivísimas se alzaban de aquel cúmulo de maderos, levantando entre los combatientes una ardiente barrera.

—¡En retirada! —había gritado Pedro el Picardo, que se había salvado en aquella lucha sangrienta.

Los filibusteros, que se sentían envueltos por el humo, subieron precipitadamente la escalera, mientras las llamas se comunicaban a las tapicerías y cortinas de las puertas.

Una bocanada de humo empujada por la corriente de aire entraba por la puerta y subía por la escalera.

—¡Nos queman vivos! —gritó Carmaux—. ¡Cerrad la puerta de la sala, o nos asfixiamos!

Fue obedecido; pero ya el incendio se propagaba a las salas superiores. Los corsarios se contaron rápidamente: aún eran cuarenta.

Dieciocho se habían quedado en la escalera o en el atrio, muertos por los arcabuces y alabardas españolas.

—¡Amigos —dijo Pedro el Picardo—, no nos queda otro recurso que saltar por las ventanas y morir vendiendo cara la vida! ¡Arranquemos las verjas y enseñemos a los españoles cómo saben caer los filibusteros de las Tortugas!

En la sala quedaban todavía algunos muebles bastante pesados, entre ellos una larga mesa.

Veinte brazos la levantaron, y sirviéndose de ella como de una catapulta, golpearon poderosamente una de las rejas, renovando por tres veces el golpe.

A la cuarta embestida los barrotes cayeron a la plaza.

—¡Yo abriré camino! —gritó Pedro, mientras el humo invadía ya la sala.

Midió la altura: no había más de cinco metros, cosa insignificante para aquellos hombres que tenían la agilidad de los corzos.

Pedro empuñó su espada y saltó el primero, cayendo de pie.

Apenas había llegado al suelo y se preparaba a caer sobre los enemigos, cuando un estruendo horrible resonó en la bahía.

Parecía que veinte o treinta cañones habían disparado a la vez.

Pedro lanzó un grito de alegría.

—¡Nuestra escuadra! ¡Saltad, amigos!

Miró a su alrededor: en la plaza ya no había ni un español.

Oyendo aquellos disparos que anunciaban la llegada de más filibusteros, se habían apresurado a ponerse en salvo por el camino de Panamá, para refugiarse en la roca de San Felipe.

Hasta los habitantes huían enloquecidos hacia los bosques, entre los gritos de las mujeres y de los niños.

Los corsarios, que temían ver hundirse el pavimento de la sala, habían saltado todos, Carmaux y Wan Stiller inclusive.

Pedro el Picardo organizó su banda y se dirigió velozmente hacia la rada. El cañoneo había cesado y se oían los hurras estrepitosos de las tripulaciones.

Cuando el destacamento llegó al muelle, diez chalupas cargadas de gente armada arribaban a él.

Un hombre desembarcó primero, y se dirigió a Pedro, diciéndole:

—¡Mucho me alegro de haber llegado a tiempo de salvarte!

Era Morgan.

CAPÍTULO XXXIV. EL ASALTO A PANAMÁ

La expedición organizada por Morgan para el ataque de la reina del océano Pacífico era la más formidable de cuantas hasta entonces se habían formado en las Tortugas.

Se componía de treinta y seis barcos, entre grandes y pequeños, tripulados por dos mil combatientes, sin contar a los marineros, provistos de artillería, fuegos artificiales y abundantes municiones de boca y guerra: una verdadera armada para aquella época.

De todas partes habían acudido hombres para alistarse bajo su bandera, con la esperanza de enriquecerse prodigiosamente en el saqueo de aquella grande y opulenta ciudad, la mayor de las que poseían los españoles, después de la capital del Perú.

Con un tacto y una habilidad extraordinarios Morgan había logrado organizar aquel ejército de ladrones de mar, formado por la más indisciplinada canalla del universo.

Separada la escuadra en dos divisiones, nombrándose a sí mismo almirante con el mando de la primera y designando un contralmirante para el de la segunda, se hizo a la mar cuarenta y ocho horas después de la partida de la corbeta de Pedro el Picardo con rumbo a la isla de Santa Catalina, en la que contaba dejar parte de su gente para tener siempre una buena reserva.

Alcanzado en alta mar por los cuatro barcos mandados por Brodely, a quien había enviado en busca de víveres, de los que se había provisto abundantemente asaltando y saqueando la ciudad de Rancaria, al cabo de cinco días dio fondo en la bahía de la isla de Santa Catalina.

La guarnición española, espantada por la aparición de tan imponentes fuerzas, no había osado oponer la menor resistencia, aunque dispusiera de numerosas fuerzas.

A la primera intimación de rendirse se dio a partido, entregando a los filibusteros diez fuertes armados de gran número de cañones, y almacenes bien nutridos de armas, municiones y provisiones.

Apenas efectuada la rendición, entró en la rada la corbeta. Oyendo la triste aventura ocurrida a los corsarios de Pedro el Picardo, las dos escuadras no dudaron en levar anclas después de haber dejado una fuerte guarnición en Santa Catalina, y, como hemos visto, llegaron ante la ciudad en el momento en que los sitiados se creían ya irremisiblemente perdidos.

* * *

La misma noche, Morgan, que temía que la noticia de su desembarco pudiera llegar a Panamá demasiado pronto y que los españoles pudieran pedir socorro a las colonias del Perú, de Chile y de México, organizaba una fuerte columna para apoderarse del fuerte de San Felipe, llamado también de San Lorenzo, a fin de abrirse el paso que conducía al océano Pacífico.

Confió el mando de ella a Brodely, que había adquirido mucha fama y que gozaba de la confianza de todos, dándole como segundos tenientes a Pedro el Picardo, Carmaux y Wan Stiller, siempre a la cabeza en las más arriesgadas expediciones, formando también parte de ella don Rafael, que había llegado con la escuadra, y que por odio al capitán Valera había abrazado ya definitivamente la causa de los filibusteros, aunque sintiese no poco tener que luchar contra su patria. La columna se componía de quinientos hombres elegidos de entre los más valientes, porque no se ignoraba que aquel castillo era uno de los más sólidos e inexpugnables. En efecto: erigido con enormes gastos en la cima de una roca y encargado de cerrar el único paso que conducía a Panamá, poderosamente armado de artillería de grueso calibre y defendido por una guarnición numerosa y valiente, era un obstáculo capaz de hacer retroceder a los más audaces.

Pero los filibusteros, acostumbrados a no retroceder nunca, se habían puesto animosamente en camino más que seguros de llevar a buen fin aquella expedición.

Por la mañana estaban ya bajo el castillo intimando audazmente su rendición y amenazando en caso contrario con exterminar a sus defensores.

La respuesta fue una terrible granizada de balas de fusil y de cañón que hizo grandes huecos entre sus filas y que alcanzó al mismo Brodely, el cual quedó con las dos piernas rotas.

Pero no por eso se arredraron. Animados por las voces de los subjefes, se lanzaron al asalto ansiosos de llegar a la lucha cuerpo a cuerpo; pero el fuego de los sitiados, lejos de calmarse, se volvió tan formidable, que les hizo dudar del buen éxito de la empresa.

Ya comenzaban a perder ánimo, cuando un bucanero tuvo una idea luminosa. Habiendo observado que los tejados del fuerte estaban cubiertos de hojas de palma secas, entró en un campo cultivado de algodoneras que se extendía junto a la roca, recogió algunos brazados de pelusa, y formando una bola la ató a la baqueta de un arcabuz, después de pasar la extremidad inferior en el cañón.

Hecho esto, prendió fuego al algodón y descargó su fusil. La extraña bala fue a caer en un tejado del fuerte, cuyas hojas no tardaron en incendiarse.

Viendo el excelente resultado obtenido, sus compañeros le imitaron, y una lluvia de fuego y de plomo cayó sobre el fuerte, desarrollando un terrible incendio.

Mientras los españoles, que corrían el peligro de morir asados, trataban de dominar el fuego, los filibusteros habían llegado bajo las empalizadas. Derribadas algunas e incendiadas otras, después de un sangriento combate lograron apoderarse de la roca, hasta entonces tenida por inexpugnable.

De trescientos cuarenta españoles, tan solo veinticuatro lograron escapar de la muerte; pero también a los filibusteros les había costado cara la victoria, porque ciento sesenta de los suyos habían quedado sobre el terreno, y ochenta tenían heridas tan graves, que los dos tercios no tardaron en sucumbir.

Apagado el incendio después de largos esfuerzos, Brodely, que a pesar de la pérdida de sus piernas no había resignado el mando, se apresuró a hacer restaurar el fuerte para defender el importante paso, en previsión de que desde Panamá fuesen enviadas tropas a reconquistarle.

Informado Morgan de aquel primer triunfo, llegaba algunos días después con la escuadra.

Tenía prisa por entrar en Panamá, a fin de no dejar tiempo a los españoles de pedir tropas al Perú o a México, donde había fuertes guarniciones, y por temor a que el conde de Medina se le escapase huyendo a otra colonia.

Dejando quinientos hombres de guardia en el castillo, el 18 de enero de 1671 se puso en marcha, no teniendo más guía que don Rafael, pues ninguno de los suyos conocía el camino del istmo.

El pobre plantador, si bien se había negado a ser traidor, fue amenazado de tal modo, que tuvo que ceder a la voluntad del terrible corsario.

Dos días después los filibusteros se encontraban en lucha con el hambre.

Habiendo contado vivir con el saqueo de los pueblos que encontraran en el camino, llevaron consigo escasísimas provisiones.

Los españoles, ya noticiosos del avance de aquel pequeño ejército, y no siendo en número suficiente para intentar detenerlo, habían destruido todos los pueblos y quemado hasta las plantaciones, con la esperanza de obligarlos a retroceder.

Pero Morgan no pensaba en eso. No obstante los estragos del hambre, continuó su marcha a través de los bosques.

Durante tres días aquellos hombres se sostuvieron con tabaco; al cuarto tuvieron por comida trozos de cuero cocidos que encontraron en algunos sacos olvidados en una cabaña que se había librado del fuego de los españoles.

El quinto tuvieron más suerte, pues descubrieron en una caverna dos sacos llenos de harina, frutas secas y dos odres de vino. Morgan lo dividió en partes iguales, y rechazó la suya, diciendo que a él le bastaban algunas hojas.

El sexto se sostuvieron con el maíz que encontraron en un granero; pero al día siguiente estaban de nuevo en lucha con el hambre.

Mal nutridos en los días anteriores, estaban tan agotados, que si los españoles los hubiesen atacado, fácilmente hubieran dado cuenta de aquella legión de famélicos.

Habiendo sabido Morgan que no estaban lejos de una gran aldea, la de Cruces, anunció a los hombres:

—¡Allí encontraremos cuanto nos hace falta! —les dijo.

Don Rafael aseguró que debía de haber allí grandes almacenes, ya que dicha aldea era el mayor depósito de provisiones que mediante la navegación por el Chagres, eran importadas en Panamá.

Fue una gran desilusión. Los españoles, que huían ante las avanzadas de los filibusteros, todo lo habían quemado.

Aquellos hambrientos tuvieron, sin embargo, la suerte de hallar un saco lleno de pan y dieciséis odres de vino; poca cosa para tanta gente.

Se alimentaron con perros y gatos, que abundaban por allí.

Allí acababa el curso del Chagres. Morgan envió a la costa en las chalupas que llevaba, a sesenta de los más quebrantados, no quedándose más que con un esquife para mandar noticias a la escuadra, y después de una noche de reposo reanudaron la terrible marcha.

Eran todavía mil ciento, fuerza imponente, aunque no para hacer frente a las españolas de Panamá, cuatro o cinco veces más numerosas.

Sin embargo, Morgan no desconfiaba del buen éxito de la empresa.

Se habían internado en las abruptas gargantas de la cordillera de Veragua. No se veían más que hondonadas y abismos profundos, rocas inmensas que de un momento a otro parecía que iban a precipitarse sobre sus cabezas, y bosques en los cuales no había trazas de sendas ni veredas.

Guiándose con las brújulas, aquellos hombres intrépidos no vacilaron en lanzarse adelante y superar todos aquellos obstáculos.

¡Guay si los españoles los hubieran atacado en aquellas gargantas! Pero si no osaban aparecer, enviaban contra ellos grandes partidas de indios que los molestaban no poco.

De cuando en cuando, desde los bosques o desde los picachos caían sobre ellos nubes de flechas, sin que nunca lograran ver las manos que se las enviaban, porque los indios huían, sustrayéndose hábilmente a las descargas de los arcabuces.

El octavo día se libró un combate que por poco no les fue fatal.

Se habían internado en un desfiladero estrechísimo, con las paredes cortadas casi a pico, en el cual cien hombres resueltos y bien armados hubieran bastado para exterminarlos a todos, cuando se vieron asaltados por una turba de indios, con los que tuvieron que luchar fieramente.

Durante varias horas la suerte estuvo indecisa. Ya los filibusteros iban a retirarse desalentados, cuando un tiro certero mató al jefe de los indios. Sus hombres abandonaron el campo y huyeron a las montañas.

El noveno día, aquella horda hambrienta, después de haber atravesado la cordillera, llegaba ante una vasta y abrasada llanura, en la que corría peligro de morir de sed, pues no había en ella ni una gota de agua, y acaso no hubiera Morgan tenido valor de seguir más allá a no ser por una abundantísima lluvia y un violento huracán que lo reanimó un tanto.

El mismo día divisaron a lo lejos el océano Pacífico y en un vallado encontraron gran número de ovejas, asnos y caballos.

Fue un verdadero reconstituyente para aquellos desgraciados, que en tantos días no habían hecho ni una comida abundante.

Apenas se pusieron de nuevo en marcha a la ventura, porque don Rafael declaró no reconocer aquellos lugares, cuando vieron surgir ante ellos las torres de Panamá.

¡La opulenta reina del océano Pacífico estaba ante ellos!

Un indecible entusiasmo se apoderó de aquellos hombres, que habían temido no lograr la audaz empresa proyectada, que cada vez se hacía más difícil.

—¡Vamos al asalto! —Fue el grito que salió de todos los pechos.

Morgan, que no quería lanzarse a la pelea con hombres rendidos de fatiga y que deseaba reconocer el terreno, prometió emprender el ataque al día siguiente.

Los españoles, prevenidos de la presencia de los filibusteros, perdieron la cabeza. Hasta entonces no habían creído que aquellos hombres fueran capaces de tanta audacia.

Sin embargo, mientras organizaban la defensa, el presidente de la Real Audiencia envió algunos cuerpos del ejército contra los filibusteros, esperando bloquearlos, e hizo cortar el camino que conducía a la ciudad y alzar varias baterías y trincheras.

Habiendo visto un bosque en el cual no había la menor huella de sendero, Morgan aprovechó la noche para hacérselo cruzar a sus hombres; llegaron cautelosamente a espaldas de los cuerpos españoles, los cuales se vieron obligados a abandonar baterías y trincheras, ya inútiles para repeler al enemigo. Por la mañana los filibusteros estaban dispuestos a lanzarse al ataque de la ciudad.

Los españoles se habían reunido fuera de los muros para darles la batalla. Sus fuerzas se componían de cuatro regimientos de línea, dos mil cuatrocientos hombres de tropa ligera, cuatrocientos de caballería y dos mil toros salvajes conducidos por varios centenares de indios.

Los filibusteros eran mil y no tenían ni un cañón.

—¡Compadre —dijo Wan Stiller a Carmaux, que desde el lindero del bosque observaba con don Rafael a los españoles que avanzaban por la llanura en orden de batalla y con los toros a la cabeza—, hagamos testamento! ¡Te dejo dos mil piastras, que forman toda mi fortuna y que están depositadas en manos del cajero de las Tortugas, Harvely, a condición de que des sepultura a mi pobre pellejo!

—¿Tienes prisa en morirte? —preguntó Carmaux.

—Para vencer a toda esa gente sería preciso ser realmente diablos, y nosotros, digan lo que quieran los españoles, no somos hijos ni parientes lejanos de míster Belcebú. ¡Aquí nos dejaremos los huesos!

—¡Ya veremos, compadre Wan Stiller! —dijo tranquilamente Carmaux—. ¿Son acaso esos toros los que espantan?

—Yo me pregunto: ¿qué será de nosotros cuando se nos vengan encima todas esas fieras endemoniadas y detrás, todos esos regimientos? ¡Harán de nosotros una compota!

—Mientras no vea a Morgan preocupado, no temo nada. No niego que las fuerzas que tenemos enfrente sean imponentes; pero nosotros somos los filibusteros de las Tortugas. Don Rafael, ¿sabéis dónde está el palacio del conde de Medina?

—Sí —repuso el plantador.

—Apenas entremos en Panamá, nos llevaréis allá con Morgan. El conde no debe escapársenos.

—¡Si sois capaces de entrar! —dijo don Rafael—. Espero que mis compatriotas os darán dentro de poco tal paliza, que vais a ir corriendo hasta Chagres.

—Tenéis razón al hablar así, querido don Rafael. Sois español; pero dudo que los vuestros resistan mucho.

—Los toros se encargarán de despedazarlos.

Los primeros cañonazos de los españoles interrumpieron su conversación. La batalla iba a comenzar.

Morgan; que, como todos los demás, temía la irrupción de aquella masa de animales, había recomendado a los suyos que no rebasaran el lindero del bosque.

Siendo allí el terreno muy desigual, cortado por resquebrajaduras y hoyos, contaba con aquellos obstáculos para desorganizar las columnas de toros. Tuvo también la precaución de poner en primera fila a los bucaneros, tiradores temibles, acostumbrados a habérselas con aquellos animales en los bosques de Santo Domingo y de Cuba.

Los españoles se dirigían al ataque en grandes líneas flanqueadas de caballería y precedidas por los indios y los toros.

Cuando los filibusteros vieron aquella enorme masa lanzarse sobre ellos, azuzada por los aullidos salvajes de los indios, estuvieron prontos a abrir un formidable fuego para detenerlos antes de que llegasen al lindero del bosque.

La carga de aquellos dos mil animales era espantosa. Corrían al asalto con la cabeza baja, los cuernos horizontales, mugiendo furiosamente y prontos a deshacer las líneas corsarias.

Pero el terreno no se prestaba a dar un asalto irresistible. Obligados a dividirse y a subdividirse por las anfractuosidades del terreno, fueron recibidos por los bucaneros con un terrible fuego, que en pocos minutos tumbó a más de la mitad.

Los otros se dispersaron y volvieron contra los españoles, esparciendo el pánico entre sus filas.

Enardecidos los corsarios, ya seguros de la victoria, salieron al bosque con desesperado ímpetu.

Se trabó una sangrienta batalla, que duró más de dos horas, con grandes pérdidas por ambas partes. Pero no obstante la encarnizada resistencia de los españoles, a las diez de la mañana infantes, alabarderos y arcabuceros huían en desorden hacia Panamá.

Toda la caballería había caído bajo el implacable fuego de los bucaneros, y seiscientos españoles quedaron muertos en el campo, además de un considerable número de heridos y prisioneros.

Morgan reunió a sus jefes, y les señaló las torres de Panamá, diciendo:

—Ahora solo nos falta apoderarnos de la ciudad. ¡Adelante, héroes! ¡La reina del Pacífico está en nuestras manos!

CAPÍTULO XXXV. LA MUERTE DEL CONDE DE MEDINA

Aunque la derrota de los españoles había sido completa, Panamá estaba aún en situación de oponer una larga resistencia y de hacer pagar cara su audacia a los filibusteros.

Además de ser la mayor ciudad de la América Central y la más opulenta, era también la más fortificada, pues estaba provista de muchas torres defendidas por formidable artillería.

Tenía, además, en la rada buen número de naves bien tripuladas y armadas, y la mayor parte de sus habitantes eran gente acostumbrada a los combates.

Morgan, que más que deseo de conquista tenía ansia de libertar a la hija del Corsario Negro, a la que ya estaba ligado por un cariño mucho más profundo que la amistad, no vaciló en ordenar el asalto, aunque conocía la intrepidez de los españoles.

Quería aprovechar la confusión que reinaba después de la derrota de las tropas que el presidente había enviado contra ellos con esperanza de exterminarlos.

Formadas cuatro columnas de asalto y dadas las órdenes necesarias a sus capitanes, media hora después de la victoria, sus hombres, seguros de apoderarse de la ciudad, estaban bajo los muros.

A pesar de la dolorosa impresión producida por la pérdida de la batalla, los soldados y ciudadanos habían organizado rápidamente la resistencia.

Un formidable fuego de artillería acogió a las columnas de ataque de los filibusteros, causándoles verdaderos estragos.

Especialmente en los profundos fosos, un gran número de asaltantes dejó la vida, fulminados por las tremendas descargas de metralla; pero los supervivientes no se acobardaron.

Tres horas duró la lucha ante los muros, poniendo a dura prueba el legendario valor de aquellos ladrones de mar; pero a la cuarta, no obstante el infernal fuego de los españoles, Pedro el Picardo, al frente de un puñado de héroes, logró apoderarse de uno de los más sólidos bastiones después de haber destruido hasta el último de sus defensores, incluso los frailes que el presidente de la Audiencia había enviado a los muros para animar con su presencia a los defensores.

Vuelta la artillería contra la ciudad y sus defensas, aquella primera hazaña dio tiempo a los demás de escalar los muros y lanzarse por las calles como un torrente desbordado.

Ya nadie oponía gran resistencia: huían los soldados, huían los ciudadanos entre un horrendo estrépito, y las andanadas que las naves disparaban desde las radas perjudicaban más a las casas que a los filibusteros.

Un indescriptible pánico se había apoderado de todos así que faltó la defensa interior, que quizás hubiera podido disputar la victoria a los terribles corredores del mar.

Además, los jefes, que ya habían perdido la autoridad, eran arrollados por los fugitivos u obligados a rendirse, como el presidente de la Real Audiencia.

Temiendo que sus hombres se entregaran a la orgía, Morgan se apresuró a hacer correr la voz de que los españoles habían envenenado las viandas y las bebidas, y los dejó sin freno, libres de saquear la desgraciada ciudad.

Mientras sus hombres, ocupando los puntos estratégicos, bombardeaban las naves de la bahía, que eran ya las únicas que resistían, con una escolta de corsarios elegidos, entre los cuales iban Pedro el Picardo, Carmaux y Wan Stiller, se dirigió velozmente hacia el centro de la ciudad. Don Rafael, amenazado de muerte, los guiaba al palacio del conde de Medina, uno de los más notables y bellos de Panamá.

Le urgía al filibustero impedirle la huida y apoderarse de Yolanda. Ya por algunos prisioneros había sabido que aún estaba en la ciudad, aunque tenía hechos preparativos para huir al Perú, para lo cual había fletado una nave.

Seguramente el inesperado ataque de los filibusteros le había impedido escapar a tiempo.

Un cuarto de hora después el destacamento, que pasaba por entre turbas fugitivas, llegaba a una vasta plaza en cuyo centro se elevaba un bellísimo edificio de dos pisos y en cuyo portalón se veía el blasón del conde: dos leones rampantes en campo de azur.

Muchos siervos huían en aquel momento cargados de paquetes que, probablemente, contenían objetos preciosos.

Viendo aparecer aquel destacamento de hombres armados, lo tiraron todo al suelo para estar más libres en su carrera; pero Pedro el Picardo llegó a tiempo de detener a uno.

—¡No me matéis! —gritaba el pobre hombre—. ¡Yo soy un miserable siervo!

—Eso es lo que queríamos —dijo Pedro—. Si contestas a nuestras preguntas, no te haremos nada.

—¿Dónde está el conde de Medina? —le preguntó Morgan, mientras dos hombres ocupaban el atrio del palacio para impedir que nadie huyese.

—¡No lo sé, señor! —dijo palideciendo el siervo.

—¡Pedro —dijo Morgan—, haz fusilar este hombre, ya que trata de engañarnos!

—¡Le mataré de un tiro! —repuso el lugarteniente sacando su pistola de la cintura.

Comprendiendo que su vida pendía de un hilo, el siervo levantó las manos, gritando:

—¡No, señores; hablaré!

—¿Dónde está? —preguntó Morgan con voz terrible.

—En el palacio.

—¿No ha huido?

—Le ha faltado tiempo. No creía que la ciudad cayese en vuestras manos tan pronto.

—¿Está una joven con él?

—Sí, señor.

Morgan no pudo contener un grito de gozo.

—¡Al fin, Yolanda es mía! ¡Si quieres conservar la vida, guíame a donde está!

—¡Cuidado, Morgan! —dijo Pedro—. ¿Quién está con el conde?

—El capitán Valera y dos oficiales.

—¿Dónde están?

—Se han escondido.

—Guíanos —dijo Morgan—. ¡Carmaux y Stiller, conmigo! ¡Los demás, que rodeen el palacio y hagan fuego sobre quien trate de salir!

—Y vos, don Rafael, seguidnos —dijo Carmaux—. ¡Veréis cómo trato a ese bribón de capitán!

Mientras los filibusteros rodeaban el palacio, Morgan, Pedro, Carmaux, Wan Stiller y don Rafael seguían al siervo.

En vez de subir la marmórea escalinata que conducía al piso superior, el prisionero los llevó a un corredor en cuya extremidad había un cuadro de la Virgen de grandes dimensiones.

—¿Adónde vamos? —preguntó receloso Pedro.

—Os llevo a donde está el conde —dijo el siervo.

—¿Está la joven con él? —preguntó Morgan.

—Sí, señor.

—¡Mano a las espadas, amigos! —dijo el corsario—. ¡Recordad los golpes que os enseñó el Corsario Negro!

—¡Silencio, señores! —dijo el siervo—. ¡Parece que disputan!

Todos se acercaron al cuadro aguzando el oído.

Se oía la voz del conde y otra que le respondía.

Parecía que discutían animadamente.

Morgan, que tenía el corazón en un puño, escuchaba atentamente conteniendo la respiración. De pronto, tras un brevísimo silencio, oyó al Gobernador de Maracaibo decir con amenazador acento:

—¡Firmad, señorita; aún estáis a tiempo! ¡Firmad, o no saldréis viva de aquí!

Morgan palideció como un muerto.

—¡Atención, amigos! ¡Está la señorita de Ventimiglia, y el conde podría matarla! ¡Tú, abre!

El siervo tocó un botón oculto entre los frisos de la cornisa: el cuadro resbaló, desapareciendo en una ranura del pavimento.

Ante el filibustero apareció una sala asaz grande iluminada por candelabros. No había más que una larga mesa colocada en el centro, en la cual se hallaban varios mapas.

El conde de Medina estaba apoyado en ella, teniendo en la mano una pluma. Tras él estaban el capitán Valera y dos oficiales, que tenían las espadas desenvainadas.

De frente, al otro lado de la mesa, se encontraba Yolanda en actitud resuelta y altiva.

—¡No; no firmaré nunca! —decía cuando los cuatro filibusteros entraron en la sala, gritando.

—¡Con nosotros, señores!

Pedro el Picardo, que era el primero, se dirigió hacia Yolanda, mientras Wan Stiller y Carmaux, con un irresistible empujón, hicieron rodar la mesa para que no sirviese de barrera a los cuatro españoles.

Viendo entrar a aquellos cuatro hombres, a quienes ya conocía, el conde de Medina lanzó un grito de furor.

Tiró la pluma, sacó rápidamente una pistola que llevaba en el cinto, y antes que nadie pudiese impedirlo disparó sobre Yolanda, gritando:

—¡Muere a manos del bastardo!

Un grito de dolor siguió al disparo; pero no era Yolanda quien lo había lanzado, sino Pedro el Picardo.

El bravo filibustero, con fulmíneo movimiento, había cubierto a la joven, y recibió la bala en el pecho.

Aún estaba en pie. Se apoyó en el muro, y levantando su pistola hizo fuego contra el grupo de los cuatro españoles, derribando a uno de los dos oficiales.

—¡Estoy vengado! —Tuvo apenas tiempo para decir; y cayó al suelo mientras Yolanda se inclinaba sobre él.

Aquella escena fue tan rápida, que Morgan no pudo impedirla. Ciego de rabia se lanzó sobre el conde, que le esperaba a pie firme con la espada en la mano, diciéndole:

—¡Defendeos, señor, porque no os concederé cuartel!

Carmaux se lanzó a su vez contra el capitán, mientras Wan Stiller cargaba contra el otro oficial.

Don Rafael, alelado, estaba quieto en un rincón. La presencia del capitán, su implacable enemigo, le tenía clavado en el suelo.

Los seis hombres combatían ferozmente, decididos a matarse unos a otros.

Eran todos muy hábiles espadachines que conocían a fondo todas las sutilezas de la terrible escuela del acero. Si valientes eran los corsarios, discípulos del Corsario Negro, no menos lo eran los tres españoles, sobre todo el conde de Medina.

Convencido Morgan desde los primeros golpes de que tenía enfrente un peligroso adversario que no ignoraba las estocadas secretas de los más famosos maestros de aquella época, después de los primeros ataques se había hecho prudente y contenía la excitación de sus nervios.

Ya no atacaba con el ímpetu primero. Por el contrario, estaba a la defensiva, esperando que el conde, mucho menos vigoroso y fuerte, se cansase, para intentar alguna estocada secreta enseñada por el señor de Ventimiglia.

El Gobernador de Maracaibo, que acaso había conocido la intención de su adversario, se reservaba lo más posible, limitándose a hacer fintas y no atacando más que de tarde en tarde.

Carmaux y el capitán Valera se embestían rabiosamente, haciendo chispear los aceros.

—¡Esta vez no os perdonaré como la otra! —decía Carmaux atacando vigorosamente—. ¡Os descoseré el vientre! ¡Buen golpe! ¿Eh, capitán? ¡Era uno de los del Corsario Negro! ¡Ah!… ¡Bien parada!… ¡Tiráis bien, señor; pero aún no hemos acabado, y ya veréis la estocada que os daré dentro de poco!

El capitán guardaba un silencio feroz. Parecía que algún siniestro pensamiento le preocupase más que la espada de Carmaux y el peligro de caer con tres pulgadas de hierro en el pecho.

Con las cejas fruncidas y los labios contraídos, lanzaba a diestro y siniestro miradas oblicuas, como si buscase algún refugio.

Rompía con frecuencia, como si no pudiese hacer frente a los ataques, cada vez más impetuosos, de Carmaux, y, por cálculo o por casualidad, se acercaba poco a poco a don Rafael, que seguía junto a la pared, a poca distancia de la señorita de Ventimiglia.

El hamburgués, más flemático que Carmaux, aunque no menos hábil, cambiaba vigorosas estocadas con el oficial, empujándolo poco a poco hacia la puerta, donde pensaba clavarle. Yolanda, arrodillada junto al cadáver de Pedro el Picardo, parecía orar.

De repente, un aullido salvaje estalló en la sala, cubriendo el fragor de los aceros, y se oyó un grito de dolor y una voz que decía:

—¡Muerto soy!

Era el capitán Valera, que había logrado su designio.

Poco a poco, siempre retrocediendo, se había acercado a don Rafael, y después de haberse asegurado con una ojeada de que estaba a su alcance, con un salto de fiera se salió de la línea de la espada de Carmaux, y clavó su acero en la garganta del plantador.

El desgraciado, herido de muerte, cayó al suelo lanzando aquel grito.

Viendo huir a su adversario, Carmaux cayó sobre él gritando:

—¡Ahora os vengaré, don Rafael!

Ágil como un gato, el capitán se apartó a un lado y se precipitó hacia la señorita de Ventimiglia, que no había previsto el peligro.

Ya iba a hundirle la espada entre los hombros, cuando Wan Stiller, que estaba a pocos pasos y que había oído el grito de Carmaux, con una poderosa estocada clavó al oficial en la pared, y retirando el sangriento acero, extendió el brazo armado para cubrir a la joven.

El capitán, que no esperaba a aquel nuevo adversario, empujado por su propio impulso, se clavó él mismo la espada del hamburgués.

Lanzó un grito feroz, alzó las manos y cayó lanzando una última blasfemia.

El acero le había atravesado el corazón. La señorita de Ventimiglia, viendo caer en torno suyo a aquellos dos hombres, se puso en pie, haciendo un gesto de horror. Parecía que solo en aquel momento había notado que en la sala luchaban seis hombres decididos a vencer o a morir.

—¡Basta, basta de sangre! —exclamó.

Un grito de rabia y dolor la contestó: el conde de Medina había sido tocado por Morgan bajo la axila izquierda.

—¡Esta es la estocada secreta del Corsario! —gritó el filibustero, tirándole un segundo golpe de abajo arriba, doblándose hasta casi tocar el suelo.

Al oír aquella voz y ver retroceder al conde, Yolanda gritó:

—¡No, Morgan! ¡Perdonadle!

Ya era tarde: la estocada había sido tirada y el acero habíase hundido más de la mitad en el pecho del conde. El bastardo del duque había dejado caer su espada, y se llevó ambas manos al corazón.

Dio tres pasos atrás como un autómata, con los ojos extraviados, los labios blancos y cayó al suelo como árbol tronchado por el huracán.

Yolanda se había precipitado sobre el conde, pálida como una muerta.

—¡Señor conde! —le dijo arrodillándose junto a él y tomándole las ya frías manos—. ¡Perdonadme! ¡No quería vuestra muerte!

El bastardo abrió los ojos, velados por las sombras de la muerte, y los fijó en la joven. Una espuma sanguinolenta manchaba sus cárdenos labios.

Hizo señas de que le incorporasen.

Morgan tiró su espada con un gesto de horror, se arrodilló junto al moribundo y le ayudó a incorporarse para que la sangre no le ahogara.

—¡Fui… perverso!… —murmuró con voz apagada—. ¡Perdonadme!… ¡Yolanda…, perdonadme!… ¡Decíd… me… lo!

—¡Os perdono, señor conde! —repuso sollozando la joven.

El conde volvió la cabeza hacia Morgan, que estaba profundamente conmovido.

—¡La… amá… is…! ¿Ver… dad? —preguntó.

Morgan afirmó con la cabeza.

El conde le cogió una mano y se la estrechó fuertemente; luego inclinó a un lado la cabeza, mientras una bocanada de sangre salía de sus labios.

Había muerto.

Yolanda se puso en pie llorando. Cogió de una pared un crucifijo y le colocó sobre el pecho del conde, al cual cerró los ojos.

—¡Vamos, señorita! —dijo Morgan, secándose dos lágrimas—. ¡Toda esta sangre me horroriza!

Y la arrastró con dulce violencia fuera de la sala, en la que cinco cadáveres yacían iluminados por la fúnebre luz de los candelabros.

* * *

Dos semanas duró el saqueo de Panamá, y aún hubiera durado más, porque inmensas riquezas quedaban por recoger, aunque los habitantes ocultaron las de más valor, cuando estalló un incendio espantoso que envolvió a la reina del Pacífico en un mar de fuego.

Los españoles acusaron a los filibusteros de haberlo provocado, o mejor a Morgan; estos acusaron a aquellos de que habían sido ellos los autores de la catástrofe con intento de interrumpir el saqueo y con intención de asfixiarlos.

Fuera lo que fuese, la ciudad entera quedó totalmente destruida; pero hasta en las cenizas encontraron los filibusteros oro, plata y gemas.

Cuatro semanas después los corsarios abandonaban definitivamente las costas del Atlántico con un convoy de seiscientas quince bestias de carga, que llevaban el fruto de tanta rapiña.

El botín fue evaluado en cuatrocientas cuarenta y tres mil libras de plata.

Un mes después los filibusteros, con Morgan, la señorita de Ventimiglia, Carmaux y Wan Stiller, desembarcaban en las Tortugas sin haber sido molestados por las escuadras españolas del golfo de México, y ocho días más tarde se celebraban los esponsales de la hija del Corsario Negro con el audaz y afortunado filibustero.

Morgan, aunque riquísimo por la parte que le correspondió en el saqueo de Panamá y por las inmensas posesiones y castillos de la señorita de Ventimiglia, tenía en la mente otros grandiosos proyectos, entre ellos el de establecer un centro de filibusteros en la isla de Santa Catalina.

Estando por entonces Inglaterra en paz con España, y teniendo orden el Gobernador de Jamaica que vedase a cualquier filibustero lanzarse al mar, los corsarios se dividieron en grupos para hacer corso por su cuenta y riesgo.

Morgan se retiró a Jamaica para vivir tranquilo con su joven esposa, a quien adoraba; y fue tanta la estimación en que se le tuvo, que el conde de Carlisle, Gobernador entonces de aquella isla, le nombró su lugarteniente y deseó tenerle por sucesor, y el rey Carlos II de Inglaterra le armó caballero. ¡Singulares condescendencias de la época!

Carmaux y Wan Stiller, ya envejecidos y cansados, siguieron a su antiguo lugarteniente y pasaron en paz los últimos años de su atribulada y aventurera existencia.


Publicado el 4 de marzo de 2017 por Edu Robsy.
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