Viaje a China

Enrique Gaspar y Rimbau


Viajes, crónica



Cartas al Director de «Las provincias»

Macao, 26 de septiembre de 1878.

Querido amigo: A las diez en punto de la mañana del 11 de agosto, el vapor Tigris, de las Mensajerías Marítimas, largó sus amarras, y como flecha salida del arco, se desprendió de Marsella con rumbo al extremo Oriente.

Todos tus lectores saben sin duda lo que es un barco; pero pocos habrán estado a pupilo en uno correo durante treinta y ocho días, y por si alguno llegara a necesitar ese hospedaje, allá van unos cuantos informes sobre el particular.

Los buques tienen su fisonomía como las personas; pero como en ellas, el cruzamiento de razas influye en la alteración de las facciones. No sé si la estética naval o la conveniencia indujo, no hace mucho, a los ingleses a suprimir el tajamar en sus steamers, y naturalmente, del comercio de sus astilleros con las naciones marítimas, resultó una generación de buques chatos que se pasea por los mares con los quevedos en la frente, puesto que los dos vigías de proa ya no encuentran narices sobre qué cabalgar. El Tigris, harto viejo para someterse a las exigencias de la moda, conserva aún su cartílago nasal, y hace bien, pues tengo para mí que en cuestiones de navegación, tan indispensable es el olfato como la vista.

La patrona de estos pupilajes, que se llama Agencia general, y que tiene sucursales en las cinco partes del mundo, reside en Marsella, y le indica a uno el cuarto que puede ocupar en tal o cual de las nueve casas que desde la Joliette hasta Shang-hai tiene en aquel momento disponible; y he aquí lo que por 52 francos y 50 céntimos al día puede exigir el huésped.

Una de las dos camas de que se compone cada camarote y los accesorios correspondientes a un cuarto-tocador con ropa; un camarero; baño diario, caliente o frío; un peluquero; el derecho de usar como costureras a las camareras destinadas al servicio de señoras; un médico; un boticario; cuarenta fogonistas, africanos, en su mayor parte salidos del golfo de Adén, encargados de alimentar los hornos; un primer maquinista y cuatro segundos; dos cocineros con sus marmitones correspondientes; un maître d’hôtel y doce criados para las mesas de primera y segunda; cerca de cuarenta chinos para el servicio secundario, entre los cuales algunos boys (voz inglesa que significa muchacho o criado de distinción), consagrados a agitar las pancas de que hablaré a su tiempo; un capitán de armas conservador de las de a bordo, y con el deber de cerrar las escotillas de los camarotes cada vez que al mar se le hinchan las narices y amenaza invadir el buque por la menor abertura; despenseros; carniceros; un repostero; sobre cincuenta tripulantes para poner y quitar las cortinas de los balcones, según el viento que sopla; un agente de correos; un comisario, a cuyo cargo corre la administración general, pago de haberes, compra de provisiones y que recibe las quejas de los inquilinos si alguna tienen que formular; no sé cuántos timoneros; tres oficiales y un segundo capitán, salidos del cuerpo de pilotos, cada uno de los cuales hace el servicio de puente durante cuatro horas, lo que en lenguaje técnico se llama el cuarto, y por último, un comandante, por lo común teniente de navío de la marina de guerra, jefe nato de todo el personal, y por decirlo así, intendente de la casa.

De paso, y como detalle, te diré que el carbón que se gasta diariamente a bordo se eleva a 50 toneladas, que, a 60 francos una como mínimum, representa una suma de 3.000 por día.

Pasemos a la alimentación.

A las seis y media de la mañana empiezan los desayunos de café solo o con leche, té, chocolate, pan con manteca, una copa de vino generoso u otra bagatela por el estilo. A las nueve y media se sirve el almuerzo, compuesto de cuatro hors d’œuvres, como sardinas de Nantes, salchichón, agujas u otro pastelillo de carne, huevos, manteca, ostras, langostinos, etc., etc., a los que siguen dos platos fuertes de cocina, tan abundantes como variados, y el indispensable karrick (arroz con salsa muy cargada de pimienta), terminándose con un surtido postruario y una taza de café. Las libaciones se hacen con vino tinto francés, Marsala, Jerez seco, cerveza y coñac. También hay agua.

Cuanto sale de este programa se paga a parte.

«Y ya me tiene usted como un reloj», diría el caballero particular, hasta las doce y media, hora en que se sirve el tiffin, palabra con que se designa en Asia el tente en pie, que en Europa llaman los ingleses y sus adeptos lunch, y que consta de caldo, salchichón, pollo o carnes fiambres, queso, sandwiches, vino, cerveza, refrescos de limón y brandy, y otras menudencias. Concluido el tiffin, ya no se yanta nada más... hasta las cinco y media, en que la campana vuelve a congregar a los pasajeros en el refectorio para la comida. Afortunadamente esta es ligera: una sopa, un relevé, cuatro suculentas entradas, dos asados (de ave y de carne), ensalada, karrick, un plato de legumbres, dos entremets o platos dulces, uno de los que muy a menudo es sustituido por un rico helado, queso, frutas frescas y secas, pastas, café, pan, vinos y licores.

Y ya no toma uno otra cosa hasta las ocho y media. Entonces, con el pretexto de la taza de té, se paladea un bombón por aquí, se engulle una galleta por allá, se discute y se prueba experimentalmente que el sandwich es mejor por la noche que por la mañana; y con una limonada ahora, un vaso de cerveza poco después y un grog más tarde, dan las diez de la noche, y las mandíbulas se entregan al reposo, para emprender de nuevo su tarea al romper el alba, ni más ni menos que un peón de albañil, sin domingos ni fiestas de guardar.

A propósito de fiestas, te diré que estas no se solemnizan, por no haber a bordo sacerdotes; y que habiendo preguntado la causa de esta omisión, se me contestó, y me convencieron, que de establecer en los vapores un presbítero católico, había que dar cabida en ellos, por equidad, a un pastor protestante, a un papa griego, a un derviche musulmán, a un bonzo chino y a tantos otros encargados de los diferentes cultos con que los hombres interpretan la idea de la Divinidad.

Las diversiones y los espectáculos se dividen en naturales y técnicos. Son naturales el whist y el ajedrez; el piano y canto, prodigados generalmente por los que menos aptitudes deben a la madre naturaleza y al arte auxiliar; el mareo desde la palidez, su primer síntoma en ambos sexos, hasta la abstinencia del tabaco en el hombre y la descompostura e impudibundez sin conciencia en las señoras; el rodar sobre cubierta de los pasajeros con sus sillas en días de marejada; los equilibrios y el cojeo de aquellos valientes que se pasean por vanidad, y a quienes al echar el pie les falta el barco; el pajarito que vuela, el pez que salta, el buque que se divisa, el promontorio que sale de las aguas, el panorama del puerto a que se arriba, y el ridículo tocado con que el europeo se disfraza por estas latitudes, y que contrasta con el traje negativo de la mayor parte de los indígenas asiáticos.

Constituyen los técnicos las maniobras de la marinería, que los pasajeros experimentados explican a los novicios con gravedad cómica y en detrimento de la exactitud la mayor parte de las veces; las noticias geográficas, hidrográficas y etnográficas con que el viajero se enriquece, gracias a la amabilidad de los oficiales; el lenguaje de las banderas y de las luces; las de Bengala con que se saludan por la noche al cruzarse dos vapores de la misma compañía, y que, tomadas por un incendio a bordo, hicieron salir de su camarote a cierta señora tan despavorida, como ligera de ropa, enhebrada en un enorme salva-vidas de cerca de dos varas de diámetro; la revista de inspección que el domingo pasa el comandante, seguido de su estado mayor, a todo el personal, vestido de gala y formado en su puesto; el simulacro de fuego a bordo que se hace cada jueves y en el que, al minuto de dar la campana la señal de alarma, todo tripulante debe hallarse en su destino, la bomba funcionando, el doctor en la farmacia y las camareras preparando hilas y vendajes; por último, el zafarrancho de combate que, una vez en el viaje de ida y otro en el de vuelta, se simula para el horrible caso de abandono del buque, y que se practica tomando cada oficial el mando de un bote cuyas amarras hace picar, y saliendo primero el más joven con los niños, después el que le sigue en edad con las mujeres, el tercero con los viejos, y los sucesivos con el resto de la tripulación: todos los oficiales, armados de revólveres, tienen la consigna de levantar la tapa de los sesos al que no se someta a la disciplina del caso.

¡Delisioso! como diría el capitán de la zarzuela Robinson.

Y enterado ya de lo que es el domicilio flotante y de la vida que en él has de llevar, pasemos a lo que podrás ver, si te da la ocurrencia de venir a hacerme una visita; para lo cual principias por gastarte dos mil francos para meterte como un libro en el estante de una biblioteca; y una vez encasillado, si el mareo no te vuelve tísico, o la diferencia de climas no te mata, ni te asfixia el mar Rojo, ni la nostalgia te impele a suicidarte, ya estás seguro de que a menos de que la máquina estalle, o se declare una manga de agua que sumerja el buque, o que haya un incendio a bordo, o que otro barco aborde el tuyo, o que un error de cálculo en una noche oscura te haga estrellar contra una roca, o que el mistral te quiera guardar en el Mediterráneo antes de que el Monzón pueda engullirte en el Océano Índico o devorarte un tifón en el mar de la China, ya estás seguro, repito, de llegar sano y salvo a Hong-Kong y poder exclamar al pisar sus playas: «Me separan de mi casa treinta y ocho días de mar y tres de tierra, descompuestos en tres mil leguas de veinte al grado. Aquí son las ocho de la noche y en mi patria apenas si será medio día: me hallo en pleno Celeste Imperio y he hecho la mitad de la vuelta al mundo: escribiré mi llegada a la familia y antes de tres meses tendré la contestación, si la manda a correo seguido.»

Créeme, llévate pañuelo, porque si no tendrías que secarte más de una lágrima con el dorso de la mano.

En fin, no pensemos más en ello; el comandante sobre el puente, grita con voz de trueno: «Larguez tout: en avant», y las amarras se divorcian de los bitones.

Partamos.

Macao, 8 de octubre de 1878.

Querido amigo: No me exijas que entre en un análisis profundo de las cosas que vamos a ver. Recuerdo aún la sorpresa que me produjo siendo niño, y ya empieza a ser larga la fecha, el primer prestidigitador que admiré en un teatro, y el desengaño que experimenté cuando, ya mozo, supe que tenían doble fondo las cajas; y desde entonces, siempre que puedo, me limito a la superficie, sin meterme en honduras, convencido de que la ilusión es más bella que la realidad.

Te convido, pues, a una función de fantasmagoría sin alardes de erudición, en la que, si errores cometo, no serán de trascendencia, puesto que no trato de producir enseñanza.

Pasemos el estrecho de Bonifacio, con la Córcega a un lado y la Cerdeña al otro. ¿Ves a la derecha una casita blanca con un toldo de pámpanos? Es la residencia de Garibaldi en Caprera. El brazo de la unidad italiana está allí para señalar enfrente al viajero la cuna de los Bonapartes.

Alborea el día 13 y fondeamos en Nápoles. Su extensa y hermosa bahía se baña de luz; los vendedores de objetos de coral y de lava invaden el Tigris, mientras los músicos ambulantes, metidos en lanchas, te saludan con sus cantos populares, llenos de poesía y ejecutados con una admirable precisión por jovencillas vivarachas de ojos de fuego, para quienes la música es como la palabra: no saben cuándo la aprendieron.

El vapor debe zarpar a las nueve, y no hay tiempo para visitar todo lo notable que encierra este primer punto de escala. Afortunadamente, yo la conozco desde mi regreso de Atenas y voy, aunque muy de prisa, a señalarte lo que más impresión ha de producirte.

Figúrate que desembarcamos a las seis de la tarde.

En primer lugar, tomemos un sorbete en casa de Benvenuto; es un tributo que hay que pagar al gran confeccionador de helados que tiene Europa. Por media lira, o sean dos reales, te sirven una como rodaja de queso de bola, de dos dedos de gruesa y en forma de media luna, que te deja recuerdo indeleble del nombre de pezzi con que lo bautizan. De allí nos vamos al teatro de San Carlos, suntuoso edificio dirigido por un arquitecto español y academia en que se sanciona, como en la Scala de Milán, la fama de los artistas líricos.

Ya es media noche y el estómago pide que nos ocupemos de él; por consiguiente, en lugar de meternos entre las ahogadas paredes de un restaurant, nos vamos a Santa Lucía. Allí, a la orilla del mar, al aire libre, sobre magníficas mesas de mármol, alumbradas por globos de gas, unos criados vestidos de rigurosa etiqueta nos sirven pescado frito, langostinos y ostras frescas, que unas vendedoras muy jóvenes y bien ataviadas abren y preparan en elegantes casilicios alineados al borde del parapeto del muelle; y todo esto rociado con Salerno y Siracusa, y amenizado con las picarescas canciones de tanta Malibrán en flor y tanto Paganini degenerado como fecunda en aquella tierra privilegiada la lava del Vesubio.

Una carretela nos aguarda. Subamos a ella y sigamos la herradura de la bahía. Al cabo de dos horas de marcha, me preguntas admirado si aquella calle de Nápoles no acaba nunca; y tu asombro crece de punto al saber que hace más de una y media que hemos dejado la ciudad, y que aquella serie interminable de quintas, caseríos, villas y hasta palacios, no son otra cosa que pueblecillos, jardines y granjas que se suceden sin interrupción ni intervalo desde Nápoles hasta Reggio, extremo occidental de la Italia en el estrecho de Mesina. Nosotros nos paramos en Portici, donde, a defecto de la Muda del maestro Auber, encontramos a un locuaz arriero, que nos prepara las caballerías para la ascensión al Vesubio.

Larga y penosa esta, fuera del interés científico que puede despertar en un geólogo, no tiene otro encanto que la satisfacción de haber marchado sobre cenizas, la vanidad de haber tocado los bordes de su inmenso cráter y oído la bronca respiración de sus pulmones; y para el que, como yo, madruga poco, haber asistido a la iluminación del golfo por los primeros rayos del sol naciente. Plata en el mar, verde en la montaña, rojo en el horizonte, azul en el cielo, tornasoles en la ciudad, perfume en el ambiente, música en el espacio, luz en el aire. Tú, poeta, dispón en tu fantasía y como te dicte el sentimiento, los colores y los ruidos que te libro a granel; pero que son los verdaderos componentes de una alborada en Nápoles.

Desde allí, y por otra vertiente, las acémilas nos bajan a Pompeya, sepultada en el primer siglo de la era cristiana y descubierta en tiempo de Carlos III, de la que hoy se conoce ya todo el perímetro y más de tres cuartas partes de la ciudad están desenterradas. ¿Qué podré decirte de ella? Su orden arquitectónico te es bien conocido. Pues bien; imagínatela toda cortada a la altura del primer piso de sus casas y sin más que la planta baja en pie. Pórticos, vestíbulos, patios con fuentes microscópicas y detalles liliputienses, y detrás el gineceo o habitaciones para las mujeres; columnas estriadas como base de apoyo, mosaicos por adorno y el cave canem inscrito en el suelo cerca de la perrera, como aviso prudente para las pantorrillas del visitante. Parece una ciudad cuyos moradores han salido para asistir a alguna fiesta cercana, y a cada momento crees que van a hacer irrupción en sus dominios. En su museo se admiran cosas sorprendentes: trigo y legumbres carbonizadas, pan cocido el día de la erupción, aceite metido en tinajas, joyas pertenecientes a los cadáveres, que se han encontrado envueltos en una capa petrificada de lava y azufre, y de los que han sacado vaciados en yeso, conservando la posición en que los sorprendió la muerte; papiros a los que se da cierta consistencia con una substancia química, y que colocados bajo una campana de cristal, se los sujeta a un aparato que desenvuelve dos milímetros por día, hasta que toda la hoja desarrollada, se la fotografía, y pegada a un cartón, pasa a enriquecer la biblioteca de manuscritos, más notable bajo el punto de vista de la curiosidad que de la historia. ¡Qué impresión al visitar aquel teatro donde resonó la musa de Plauto y de Terencio! ¡Qué movimiento de horror ante aquel circo, donde tantos gladiadores han apagado con su sangre la sed de espectáculos cruentos del pueblo latino! ¡Qué sobrecogimiento ante aquel foro, que Cicerón ha sabido llenar con su presencia cuando para reposar de las tareas de Roma, iba a solazarse durante el estío en la patricia residencia pompeyana! ¡Qué asombro al visitar aquellas termas, germen en un principio de salubridad y de higiene en una raza guerrera; fomentador más tarde de la corrupción y la molicie en aquellos imitadores de Capua! ¡Qué vergüenza en aquellos templos del amor, con sus lechos de mármol, sus estimulantes del deseo artísticamente pintados en las paredes, y su padrón de ignominia esculpido en la puerta como testimonio de la divinidad a que se rendía culto!

Las ruinas de Herculano son más importantes en el concepto del arte; pero lo difícil del descenso y la premura de nuestro viaje nos impiden ir a verlas.

Tomemos el tren, y atravesando vergeles llenos de quintas, con sus colgantes de macarrones puestos a secar en todas las ventanas (y de que el pueblo napolitano hace un inconcebible consumo, comiéndolos la gente baja con las manos y por madejas), volvamos a Nápoles, y a uña de caballo, echemos una ojeada al museo de Borbón. Vasto y suntuoso edificio; posee numerosos y notables cuadros; y en escultura se honra con el grupo de Farnesio; pero como no podemos apreciar una por una las bellezas que atesora, vamos a ceñirnos a una sola, aunque típica especialidad. Me refiero a la venta de copias de aquellos lienzos maestros, ejecutadas, no diré por artistas, mas sí por obreros del arte de Apeles que, a centenares, invaden las espaciosas crujías del palacio y asaltan al curioso con ofertas tentadoras y en competencia sin igual. Allá va un ejemplo para muestra: una copia de una Santa Familia del Sarto, midiendo media vara, tendida en un bastidor con cuñas, y aunque ligeramente tratada, representando un trabajo de tres sesiones por lo menos, me ha sido adjudicado en la suma de... ¡una peseta!

Y basta, que nos esperan a bordo. Atravesemos a escape la Chioja y Toledo, las dos grandes arterias de la populosa Nápoles, el palacio real y la multitud de teatrillos que, como hongos, salen por todos lados; y mientras el Tigris larga sus amarras, echemos unas monedas de cobre a esos buzos, que desde su lancha nos desean buen viaje. Míralos cómo se zambullen, cómo luchan en el agua, y cómo, por fin, el más hábil se presenta en la superficie, llevando en la boca los dos cuartos de la presea. Por fin, zarpamos; los músicos ambulantes entonan desde sus canoas una marcha, cuyos ecos se van debilitando poco a poco; la bahía parece como que se contrae, y la ciudad como que se repliega; ya un solo punto luminoso se ve en el horizonte: el Vesubio; después su aliento... después nada; el mar, tan imponente cuando aleja al viajero; tan juguetón y bullicioso cuando le vuelve a los suyos.

A las nueve de la noche, el Stromboli, como faro de las islas Líparis, se presenta por estribor, arrojando fuego de su cráter. A media noche, el vapor corre entre dos cordones de luces; son Mesina y Reggio; Scila y Caribdis. La Sicilia se borra por fin con la vaga silueta del Etna, y al otro lado la Calabria ulterior se pierde en las olas y se confunde en la bruma. Dos días después llegan hasta nosotros las brisas del archipiélago griego que, envidiosas de la isla de Candía, que nos sale al paso, trepan por sus ásperas montañas, y nos saludan con la más cariñosa de las sonrisas; y el 17, a las dos de la tarde, el vigía de Daimieta anuncia nuestra llegada a Puerto-Said. Estamos en África.

Instintivamente la mirada se vuelve hacia atrás como buscando algo que se lleva el agua al borrar la estela de nuestro barco. Es que acabamos de dejar una parte del mundo; la nuestra. ¡Adiós, Europa!

Hay dos itinerarios para llegar hasta el mar Rojo; el que seguimos nosotros y el que se hace desembarcando en Alejandría y tomando el ferrocarril que pasa por el Cairo y va a Suez. Este último es más largo, no por la duración del viaje, sino porque una vez en la capital del Egipto, ¿quién se vuelve sin visitar la Esfinge, la pirámide de Gizeh, las demás tumbas de los Faraones y lavarse en la corriente del Nilo?

He dicho que el viaje es más largo, no por su duración, y debo rectificar este aserto, pues según me han referido, parece ser que la locomoción ferrocativa de los fellah, hace de la lentísima española algo vertiginoso, como los convoyes de San Francisco de California a Nueva-York, pues entre otras causas hay la muy poderosa de que cuando al maquinista se le cae la petaca, o encuentra a un amigo que sigue a pie la ruta, para el tren, y recoge a una o a otro, sin que nadie le dirija cargos por ello.

Nosotros, ya puestos en la boca del canal, seguiremos la recta trazada por el inmortal Lesseps.

En Puerto-Said desembarcan los pasajeros para Beirut, Damasco, Esmirna, y toda la costa de Siria y Palestina, y en los que seguimos al extremo Oriente, empieza a verificarse la metamorfosis reglamentaria de trajes, usos y costumbres.

Lo primero es despojarnos de todo sombrero a la europea, y calzarnos el hélmed (con h aspirada); casco para el uso de los ingleses en la India, que le da a uno el aspecto de un cocinero de bomberos, en razón de la forma del utensilio y de la blanca funda que lo reviste. A este preservativo de la insolación sigue el aligeramiento de traje, como recurso contra los calores sofocantes que nos aguardan, y que consiste en la sustitución de la lanilla por el lino y el empleo de la morisca por la noche. La morisca es un traje de algodón, compuesto de calzones anchos y blusa de manga perdida, que se viste con exclusión de camisa e interioridades equivalentes. A bordo da comienzo el consumo de arroz hervido, rociado con una salsa muy picante, de la que toma el nombre de Kury para los ingleses, Cary para los franceses, y que todos, indistintamente, llamábamos Karrik en tono de broma, porque, como dicha prenda de vestir, servía de abrigo al estómago contra el desnivel de calórico producido por la transpiración. Las pancas, que son como unas bambalinas de lona pendientes del techo, forradas de algo que sin hacerlas pesadas las vuelva consistentes, y que se adornan con un volante al canto, son puestas en movimiento de vaivén por un chino que, desde el extremo del comedor tira de la cuerda que las une todas, y que es como la mano de aquellos abanicos, encargados de refrescar el aire a las horas de comer; o lo que es lo mismo, constantemente. Por último, se nos da la orden de dormir sobre cubierta, pues ha habido casos, como el de unas religiosas que por pudor se quedaron en el camarote, y amanecieron asfixiadas por la atmósfera de fuego que reina por las noches, principalmente en el mar Rojo.

Puerto-Said no tiene nada de notable, aunque su porvenir es inmenso; ciudad brotada de la apertura del istmo, no hay nada en ella, fuera del sol, que acuse el carácter oriental; todo está construido a la europea, si bien con arreglo a las exigencias locales; su faro recuerda los de los puertos franceses; su plaza de Lesseps es un pequeño square a la inglesa; las casas, aun las más fastuosas, como la agencia de las mensajerías y las oficinas del canal, podrían pasar por quintas de recreo en los alrededores de Roma, o en la campiña de Pau; las tiendas, pobres en general, se parecen a las de una provincia de segundo orden de España.

Las calles, tiradas a cordel y a medio construir, son un remedo, en fin, de las modernas poblaciones. En ellas abundan los cafés cantantes con orquestas alemanas, billares, ruletas y demás entretenimientos. Pero lo que a Puerto-Said le falta como sello urbano, lo suple con creces con la diversidad de razas orientales que lo pueblan. Desde el negro del Sudán que en la barcaza conduce el carbón para El Tigris, hasta el chipriota que vende fotografías en el bazar, todo difiere de lo nuestro. Ya es el indolente mozo de cordel, que sucio y harapiento, acorta su miseria durmiendo en la arista de sombra que proyecta en la calle el alero de un tejado; ya el habitante de la Arabia pétrea, que con su túnica azul y su tabardo gris, ostenta sobre un fondo de luz los viriles y correctos contornos de una fisonomía abierta como el desierto; ya el beduíno de la fuente de Moisés, con la bruñida y negra faz, destacándose sobre el blanco y recogido turbante, y acariciando la espingarda, compañera de su soledad. Allí se codean la beduína de las montañas de Altaka, con la cara descubierta y llena de ajorcas y de joyeles, y la mujer fellah, de mirada incitante, que lanza rayos de sus pupilas por encima del velo que le cubre el rostro; el chek de la guardia nocturna, de rugosa frente y acusadas facciones, y el beduíno del monte Sinaí, con su turbante en punta y el torso desnudo; la dama turca y la esclava del Sudán; el derviche y el camellero, el hombre de mar y el de la montaña; el mercader, en fin, de bazar cubierto, y el hijo de los aduares; pero todo con tal perfume de Mahoma, con un sello tan marcado de Corán, que, para que la ilusión sea completa, hasta el cielo parece asociarse a nuestra causa, retrasando el plenilunio, y coronando en una luna creciente el inmenso turbante azul, bajo el que asoma la islamita fisonomía de Puerto-Said.

Volvamos a bordo. Aquí ya nadie canta como en Nápoles; pero todos gritan. El batelero no te transporta al Tigris si antes no pagas al chek el precio del pasaje. El buhonero ya no vende baratijas de su confección, sino artículos de viaje traídos de Europa. El arte se acabó en Italia, para no volver a verlo. En Egipto la fuerza natural impera, pero con un carácter retrógrado a medida que avancemos. Con los primeros albores del día 18, el vapor se pone en marcha para entrar en el canal, admirable corrección hecha por la ciencia sobre el libro de la naturaleza, sublime puerta por la que la civilización va a invadir los dominios de la barbarie. Entremos.

Largamente debatida ha sido la cuestión de si en los tiempos antiguos existió o no un canal que ligaba el mar Mediterráneo al golfo Arábigo. Los que lo afirman, aducen como razón la presencia de los lagos en el istmo; lagos que, hábilmente utilizados por Lesseps, han facilitado notablemente su titánica empresa. Yo dejo al tiempo y a la ciencia que aclaren este punto, y limitándome a mi papel de cronista, relato lo que veo.

Para no andar buscando mapas, vamos a formarnos uno, que nos dé una idea aproximada del istmo de Suez. Apoyemos las dos manos de plano sobre una mesa y unamos los pulgares por sus extremos como para formar la cadena magnética, con la que dicen que se hacen girar los platos y los sombreros. La mano derecha representa el continente africano, la izquierda es el Asia. El vacío que resulta entre los pulgares y el pecho significa el Mediterráneo que, extendiéndose por la muñeca derecha (a la que supondremos cortada, para que nos haga el efecto del Estrecho de Gibraltar), toma, desde el lado opuesto de la misma muñeca hasta el extremo del meñique izquierdo, el nombre de Océano Atlántico.

El hueco desde los pulgares hasta los nudillos de los índices, es el mar Rojo o golfo Arábigo; y desde dichos nudillos hasta la extremidad de los dedos, el mar de las Indias.

Los pulgares, unidos, son la lengua de tierra que une al Asia con el África, y que, impidiendo que el Mediterráneo y el mar Rojo se junten, toma el nombre de istmo de Suez.

Cuando, antiguamente, un buque tenía que transportar mercancías a las Indias o a los puertos chinos colonizados por europeos, abordaba el Océano Atlántico, costeaba la punta de la mano derecha, y navegando después de índice a índice, estaba seguro de llegar en unos seis meses a su destino, cuando no tenía que detenerse un par de ellos, esperando viento favorable sobre la extremidad del anular derecho, conocido con el nombre de Cabo de las Tormentas o de Buena Esperanza.

Pero un día el orbe entero se conmovió. Era por los años 1820. Un inglés llamado Mr. Wagorne había imaginado el modo de hacer llegar el correo desde Europa a las Indias, ganando más de una mitad de tiempo. Time is money, gritó la Gran Bretaña; y la Mala inglesa quedó establecida de este modo: un buque de vapor conducía los paquetes desde Gibraltar hasta el nudillo del pulgar derecho, o sea Alejandría; desde allí, atravesando el dedo, o sea el istmo, el correo era llevado por tierra con graves riesgos y exposiciones, hasta el puerto de Suez, en la bifurcación del pulgar y el índice: y una vez en Suez, otro vapor de la compañía Peninsular y Oriental inglesa lo dirigía a su destino por el mar Rojo.

Era este un inmenso adelanto, y bien merecido tiene Mr. Wagorne el busto que la Compañía le ha levantado en el extremo del canal; pero la rapidez de la comunicación postal no hacía sino aguijonear la impaciencia del mercader que, si bien recibía la remesa con mucha antelación, no por eso las mercancías tardaban menos. En esto apareció Mr. de Lesseps, y esgrimiendo unas tijeras de gran temple intelectual y de muchos millones de coste, dio un corte en el istmo, hizo que dos mares, hasta entonces separados por dimes y diretes de una mala lengua de tierra, quedasen amigos hasta el extremo de vivir juntos, y ayudado por el vapor, logró que en la quinta parte del tiempo que un buque invertía antes en costear el África, pueda hoy el viajero trasladarse desde el Campo de Marte hasta Pekín.

El canal no es otra cosa que una inmensa zanja abierta en el istmo y que se ensancha de cuando en cuando por la presencia de los lagos Menzaleh, Ballah, Timsah y los Amargos. A derecha e izquierda el desierto con sus ribazos blancos de sal por la evaporación del agua. De distancia en distancia un chalouf o estación de la empresa, donde un poco de tierra vegetal, llevada exprofeso, ha permitido que broten algunas plantas para solaz y entretenimiento del guarda y remembranza de la vegetación en la mente del viajero. Por rara casualidad, un árabe con la espingarda al hombro atraviesa aquellos arenales, veloz como el pensamiento y como huyendo de la soledad. En las horas en que el sol cae más a plomo, algún camellero, con cinco o seis de sus fieles rumiantes, busca saludable refugio cerca de la corriente de las aguas, tendido en la vertiente del talud. Constantemente el espejismo, produciendo extraños fenómenos de óptica. Ya son montículos de arena que, reflejados en la atmósfera, semejan islotes saliendo del fondo de un lago: ya es una ciudad con sus cúpulas y minaretes, que la realidad destruye y convierte en la reflexión de una bandada de grullas que dispersa el silbido del vapor. En el medio del canal, un verdadero oasis: Ismailía con el palacio del virrey, rodeado de palmeras, naranjos y bananeros. Un poco más lejos nos sorprende la noche; pero como la navegación está aquí prohibida fuera de las horas de sol, hacemos alto. Se respira plomo; las bujías del piano ostentan una llama fija e inmóvil sobre cubierta; estamos atracados junto al ribazo y nadie se atreve a desembarcar: hay fieras. Amanece el 19 y nos ponemos en marcha.

Tres horas después estamos en Suez. La ciudad, distante como una legua del puerto, se une a este por una faja de tierra echada sobre el agua, sin una piedra, sin un árbol, sin el menor pretexto de sombra. Pocos minutos después, el vapor sigue su rumbo y penetra en el mar Rojo.

La sacudida de la hélice repercute en el corazón del viajero, y de un solo latido de su frente, retrograda miles de años. Va a pasar de Mahoma a Moisés, del Corán al Génesis; de la leyenda árabe al dogma bíblico; del mórbido seno de la desnuda poesía, al severo y majestuoso pliegue de la túnica cristiana.

Macao, 14 de marzo de 1879.

Mi querido amigo: Estamos atravesando el golfo de Suez; parece que, con solo extender los brazos, vamos a tocar al África por la derecha y al Asia por la izquierda. A un lado llevamos la tierra de los Faraones, el poema de José, el Nilo, cuna del gran legislador del pueblo Israelita; al otro el desierto, cuarenta años de peregrinación, Judea, el Jordán, Jerusalén.

¿Ves por babor aquel pequeño paraíso destacándose en medio del arenal de la Arabia pétrea? Es un grupo de palmeras y plátanos dando sombra a la fuente de Moisés, primer alto de los Israelitas después de pasar a pie enjuto el mar Rojo. Por la noche, el pico del monte Sinaí sale a recordarnos los preceptos del Decálogo. El mar se ensancha, bórranse las costas; pero la imaginación le hace adivinar a uno la proximidad de Medina, tumba del Profeta Mahoma, y los vapores que, hacinados de sectarios del Corán en caravana, se cruzan con el nuestro, nos señalan la situación de la Meca, la ciudad santa del islamismo.

Durante tres días el calor nos sofoca. Por fin, llegamos al estrecho de Bab-el-Mandeb, o puerta de los Suspiros, perfumada con el aroma de los cafetales de Moka. Destacado de la costa africana se ve un peñón; es Perrin, la primera portería del estrecho; aquel guardián habla inglés, y a guisa de llavero ostenta un variado y surtido manojo de cañones. Unas horas más tarde, al amanecer el día 24, otro inglés, con más cañones que el primero, nos abre, por decirlo así, la otra hoja de la puerta, y fondeamos en Adén, pequeño rincón de la Arabia feliz.

Los hijos de Albión han impuesto al mundo conocido la sacramental frase de las casas de Madrid: Nadie pase sin hablar con el portero. Inglaterra es el conserje universal. Desde su casa puede pasar revista a todo el que se proponga dirigirse por el mar del Norte a las regiones árticas. El estrecho de Gibraltar le permite husmear cuanto ocurre en el Océano y el Mediterráneo. Queda un boquete abierto entre la Sicilia y Túnez; lo tapa con Malta; y Constantinopla, sobre la que de hecho ejerce el protectorado, cierra la marcha de esta serie de mamelones, que forman la gran muralla marítima de la Europa. En el triángulo del África es dueña de los ángulos: Sierra Leona, el canal de Suez, en la forma de la mitad de sus acciones, y el Cabo. La América se halla prensada entre la Nueva-Bretaña, o Canadá, la Jamaica y las posesiones antárticas y las de la Oceanía; y por lo que al Asia respecta, empezando en Chipre, siguiendo por Adén (donde se convierte en oro el café de Moka y desde el que se escudriña todo el movimiento de la costa S. E. del África, del cabo Guardafui al de Buena Esperanza) y terminando en el estrecho de Bering, todo habla inglés y nada escapa a la vigilancia de la Gran-Bretaña. El Indostán, enclavado entre dos golfos, está defendido en el de Omán por Adén y la isla de Ceylán, y por esta y Singapore en el de Bengala; amén del refuerzo de la Australia para tener en jaque a toda la Malasia y la Micronesia en el Océano equinoccial; la Cochinchina no puede moverse entre la Península de Malaca y Hong-Kong; y por último, las concesiones otorgadas en Shang-hai, Tien-tsing y la costa de la China, llevan la influencia del Reino Unido hasta las regiones árticas en el estrecho de Davis, y puede decirse que la Inglaterra tiene al mundo metido en el bolsillo.

Pero hablemos de Adén. Allí dejamos a los viajeros que se dirigen a Zanzíbar, Mozambique, Madagascar, Mauricio y Borbón. Una serie de rocas peladas, sin más vegetación que una lujuriante de artillería de grueso calibre, sirve de asiento a la ciudad. Esta es una de las primeras fortificaciones del mundo; luego la visitaremos; antes fijémonos en lo que rodea al Tigris. Ya han trepado por la borda multitud de mercaderes y se han cerrado las portillas de los camarotes para evitar el hurto y la rapiña. Aquello es una invasión de hordas salvajes de aspecto aterrador, color de ébano, ojos inyectados en sangre, pelo crespo, sonrisa infernal, alaridos de fiera, desnudos la mayor parte, y ofreciéndote sus mercancías, consistentes en pieles de tigre, de leopardo o de mono, maderas toscamente labradas, flechas, crises, armas, dientes de animales; la especulación, en fin, en su forma más rudimentaria.

Nuestro vapor se ve rodeado por infinidad de barcazas, tripuladas por seres que parecen monstruos salidos del Averno, y que en un inglés sui generis, te brindan con llevarte a tierra. Los niños, que de cinco o seis años ya manejan sus embarcaciones, tienen el aspecto de monos; como el simio, rechinan los dientes, y como él tienen los pies y las manos aplastadas, y muy largas las falanges. Han nacido para vivir en el agua, y es de ver como, por una pequeña retribución, se precipitan desde la borda del Tigris, atraviesan su quilla de babor a estribor, luchan entre sí y pescan la moneda, que muchas veces el remolino ha conducido al fondo. Otras, como en el viaje anterior al del Tigris, acontece que un tiburón se encarga de dirimir la contienda, devorando a alguna de aquellas pobres criaturas.

Lo que llama poderosamente la atención, es que la mayor parte de aquellos negros ostenta una cabellera rubia como un hijo de las orillas del Támesis. Confieso que mi primera intención fue creer que la influencia del dominio inglés entraba por algo en aquel mesticismo de la raza; pero luego supe que solo se debe a la moda, que allí, como en todas partes, hace sentir su presión. Parece, en efecto, que este es un signo de distinción entre los habitantes del golfo de Adén, y que para obtener el resultado que se proponen, se untan la cabeza, después de raspada, con una mezcla de cal y no sé qué otra sustancia; y lo prueba el que muchos de ellos llevaban su hedionda plasta sobre el occipucio, pareciendo como atacados de alguna asquerosa enfermedad cutánea. Después dejan crecer el pelo, que, crespo y de colores distintos, les abulta la cabeza en tres o cuatro veces el tamaño natural, y excuso decirte si, al ver correr hacia ti a un fenómeno semejante, no echas mano al revólver, como medida de precaución.

Lo primero que, después de los cañones, se ve al tocar tierra, es el barrio comercial, con sus agencias, fondas, factorías y la residencia del gobernador. Unos sucios e incómodos coches de cuatro asientos le llevan a uno por la ciudad indígena, formada de chozas y zaquizamíes; y después de cruzar el verdadero Adén, con sus cuarteles, sus casuchas jalbegadas y sus estrechas calles, sigues subiendo, con el mar siempre a la izquierda y algunos arrabales hediondos a la derecha, hasta llegar a las cisternas, obra titánica donde apaga su sed aquel pueblo, asfixiado por los rayos de un sol tropical.

En todo el trayecto de dos horas no se encuentra ni el vestigio de una planta; solo al pie de las cisternas han conseguido, llevando tierra vegetal de Europa, plantar una docena de árboles, pero una docena literalmente hablando, que han alcanzado el desarrollo de una mata de laurel. En los puestos de la policía, que se suceden de trecho en trecho, se ve por vez primera el gong o campana china, disco de metal que da un sonido como el del címbalo, y con el cual se comunican los agentes. Estos dominan a la turba a palos, y te libertan por ese medio de los innumerables chiquillos que te siguen y asedian pidiéndote una limosna, lo que no quita para que, después de despejado el terreno, el policeman tienda también la mano en demanda de retribución.

Asombra la diversidad de razas que allí pululan. El árabe, de correctas facciones; el abisinio, desafiando al sol con su cabeza siempre descubierta, y tapando sus piernas con una sábana llamada sarrong, que, liada a la cintura, pende hasta los tobillos, mientras que embozado en otra, echada sobre los hombros, encuadra con elegantes pliegues su bronceada fisonomía, de puras aunque acentuadas líneas, y juguetea con el inseparable junco en forma de cayado, indispensable atributo de su elegante condición; el somaulís, con su gracioso turbante; el afeitado y desnudo habitante de Nubia, cabalgando sobre el paciente asno; el parsi, descendiente de los antiguos persas, sectario de Zoroastro y adorador del fuego, cubierto con un jaique sobre calzones a la europea, y calzada la cabeza con una como mitra en forma idéntica a la boquilla de un clarinete; el indostánico o malabar, con la chaquetilla de vivísimos colores y el abultado turbante escarlata, fumando sus ehibuc, incrustado en las jorobas de su camello; hasta el hombre, en fin, que sin otro traje que un pañuelo pendiente de la cintura, ignora su patria, su religión y su lengua; todo se encuentra allí en mezcla confusa, como si la especie humana se hubiera dado cita para asombro del viajero, que solo conoce el mundo por las cartas geográficas.

Amanece el día 25, y zarpamos con rumbo a Ceylán. A las dos de la tarde doblamos el cabo Guardafui, y dejamos el estrecho de Bab-el-Mandeb para cruzar el golfo de Omán por el mar de las Indias, y aquí empieza a danzar el buque impelido por un violento SO., que no es otra cosa que los últimos, pero respetables, aletazos del monzón.

Son los monzones unos vientos que en dirección distinta reinan periódicamente en estas latitudes. De octubre a marzo soplan de NE., y de mayo a agosto del SO.; pero hasta entablarse o fijarse, hay en los meses intermedios una lucha entre ambos, que produce en el mar de la China los horrorosos huracanes conocidos con el nombre de tiffones que, aunque de menor importancia que los ciclones del Atlántico, ocasionan catástrofes espantosas.

Pasemos lo mejor que podamos estos ocho días que nos esperan sin ver tierra, y colocándonos por entre las Maldivas y las Laquedivas, recalemos sobre el cabo Comorin, crucemos el golfo de Manaar y fondeemos al terminar el 2 de septiembre en la parte meridional de la isla de Ceylán, en aquel paraíso, portugués primero, luego holandés y británico últimamente, que lleva el nombre de Punta de Gales.

Busco, pero en vano, la manera de describirte esta maravilla; no se me ocurre más que compararla a una decoración de ópera de gran espectáculo. Voy a ver si puedo dar de ello alguna idea. Estando en rada, miras de frente a la ciudad, y por tu derecha se extiende la costa. ¿Te has detenido a observar alguna vez el innumerable tejido de troncos y ramas de que se componen los zarzales y las malezas? Pues figúrate que toda aquella inextricable red de palitos se convierten en elevados y airosos cocoteros, que se cimbrean al soplo de una benéfica brisa, y tendrás la base de esta inconcebible vegetación. Imagínate que del centro de la ciudad, surgen cúpulas de templos católicos, pingorotes de capillas ojivales o góticas, promontorios de pagodas búdicas, pirámides de monumentos bramines, minaretes de mezquitas árabes, terrazas de opulentas moradas; y todo esto entre bosques de jardinería. Yo no sé si me explico; pero a ver si me entiendes: recuerdo que en todas partes por donde la vegetación es rica, se ve una masa hermosa, imponente; pero masa en fin, cosa maciza. En Gales no; los troncos están tan compactos que se tocan; pero las ramas son tan variadas, tan elegantes, tienen una languidez tan poética, que parece como que el artífice de aquella naturaleza ha estudiado la combinación de la luz sobre los colores de las plantas, y se ha complacido en recortar aquellas hojas festoneadas, para que un cielo siempre azul caiga a pabellones por las ondulaciones de los árboles, y un sol tropical se infiltre por entre los hilos de aquel encaje de verdura. Junto al cocotero de cubierto tronco y arqueado penacho, surgen el bananero, de ancha y deshilachada hoja, y la palma del viajero, abanico abierto de colosales ramas, que lanza al aire sus varillas, adornadas de plumas de esmeralda, con la regularidad de los radios de una circunferencia; y si de los prismas pasamos a los olores, dime el maridaje que resultará de la mezcla de aquellas gomas, con los efluvios de unos frutos que, empezando en la odorante piña, espiran y se ahogan en los bosques de caneleros. ¡Aquello es un caos de colores y perfumes!

Saltemos pronto a tierra; hay que entrar allí. ¿Pero qué es esto? En Gales todo es sorprendente. Las lanchas tampoco son como en los demás países; los botes, las canoas, las falúas, todo aquello concluyó. Aquí nos sale al encuentro la piragua, embarcación típica y original, que merece describirse.

Figúrate un cajón de madera, de la longitud y de la altura de una canoa ordinaria, con dos proas como esta, pero sin tripa, toda vez que sus costados lo forman sencillamente dos planchas, unidas entre sí por unos travesaños en la parte superior, y una especie de peana o contrapeso por abajo. Su anchura no llega a media vara, de tal modo que los tripulantes, al sentarse en ellas, llevan las piernas encajadas, y las caderas fuera de la embarcación. Como supones, sería imposible que este aparato flotase, a no ser por el balancín que le agregan por un costado, y que consiste en dos largos remos armados y sujetos a la borda en posición de bogar, a cuyos extremos se ata transversalmente, o sea paralelo a la piragua, un cilindro de madera que, descansando sobre el agua, establece el equilibrio, presentando un extenso polígono de resistencia que le impide zozobrar.

Ya asaltan el Tigris los buhoneros del país. La raza humana, que en Nápoles era morena, tostada en África y negra en Adén, empieza a perder color en la India; el cingalés es un moreno con fondo amarillo y pelo de azabache. Hombres y mujeres se peinan echándose las melenas hacia atrás, y retorciéndolas para sujetarlas, hechas un bodrio, sobre la nuca; un peine de goma como el que en Europa usan las niñas, completa su tocado. El cuerpo le ciñen con un sarrong de colores, como la sábana de los abisinios, y una chaquetilla europea en ellos y un gabancito o caracó en ellas, que tiene poco de airoso. El sexo feo suele usar patillas, lo que acaba de asimilarlos a los gitanos.

La venta a bordo ha cambiado también de fase. A los productos artísticos de Italia y a los zoológicos de la Arabia, han sucedido los finísimos encajes de Lahor, los bordados y telas primorosas de Cachemira, los productos persas, que las caravanas indostánicas transportan de Ispahán y de Teherán, y por último, las piedras preciosas con que en calidad y cantidad compite la India con el mundo entero.

Debo advertirte que se venden muy caras y que te piden por ellas el cuádruplo de su valor; así como que hay que ser muy experto para no tomar gato por liebre, pues son más las piedras falsas que las verdaderas que se ponen en circulación. Solo de ese modo se explica que yo adquiriese ocho grandes rubíes, tres enormes zafiros y un topacio en cambio de tres levitas, dos pantalones y cuatro chalecos fuera de uso. Fue un cambalache de cristal por paño, muy admitido entre los joyeros falsos cingaleses.

Desembarquemos; pero no me preguntes lo que es Punta de Gales; no lo sé. Allí no hay calles; son bosques inmensos en los que, diseminados, encuentras templos, casas, chozas, hoteles, agencias, joyerías; coches que se cruzan con carretas tiradas por bueyes pequeños, que trotan como caballos, bayaderas que bailan, magnetizadores de serpientes que las electrizan al son de la flauta, juglares que te asombran, titiriteros que te horripilan. Ya sabes que los indios del Malabar son los más hábiles gimnastas que se conocen; estoy persuadido, sin embargo, de que van a maravillarte estos dos ejemplos de acrobacia y prestidigitación de que he sido testigo en uno de aquellos jardines que llaman plazas.

Un hombre coloca tres venablos o chuzos atados en forma de trípode y con los hierros hacia abajo, sobre el puño de un sable; apoya la punta de este sobre una lanza, y acostándose en el suelo, tiene todo aquel armatoste en equilibrio sobre su frente, hasta que dándole una sacudida, despide la lanza por un lado, el sable por otro y los venablos vienen a clavarse en el suelo entre las rodillas y los sobacos del titiritero.

Otro individuo puso sobre una mesa, sin tapete, una canasta de mimbre, en la que, encogiéndose mucho, se arrebuñó un muchachuelo; cubrió el cesto con su tapa, y blandiendo un enorme cris, se entretuvo en dar de puñaladas al continente y al contenido. Oyéronse los ayes más desgarradores, la sangre corría por la mesa...

—¡Basta! ¡Basta! —gritamos todos, no dando crédito a nuestros ojos.

El juglar destapó entonces el canasto; el canasto estaba vacío y el rapazuelo entraba en el corro pidiendo con su platillo unas monedas de cobre por aquel inconcebible espectáculo al aire libre.

Una de las imprescindibles excursiones que hay que hacer en Punta de Gales es a Wackwella (pronuncia Guacuela). Un cómodo y bien acondicionado coche te lleva, mediante tres rupias (treinta reales), y durante cuatro horas, a visitar el bosque de los caneleros; y por un camino imposible de describir, en el que abundan los árboles más raros, las aves más trinadoras y pintadas que puede soñar la fantasía, y por el que constantemente te sigue una turba de rapaces ofreciéndote, ya un mangustán rojo como la grana y blanco como la nieve, ya un coco con que aplacar la sed, ya una rama de canela con que perfumarte, llegas a la plataforma en cuestión, desde la que, saboreando un refresco del país, divisas un extenso horizonte, cuajado de islas de cocoteros y de colinas de cafetales, por las que serpentea lo que al pronto parece un ancho y caudaloso río de muchas leguas, y que resulta ser una interminable y consecutiva serie de plantaciones de arroz. En el fondo se destaca el pico de Adán, monte situado al N. de la isla, detrás del que existe el puente de Eva, que une la isla de Ceylán al continente Índico, separados por el estrecho de Palk. Porque, debo advertirte, que los cingaleses pretenden, y creo que con razón, que el Paraíso terrenal estaba en su casa; así es que se encuentran allí todos los nombres de nuestras Sagradas Escrituras, y hasta se rinde culto a la Virgen María.

Oye cómo la teogonía de los bramines cierra el capítulo de su Génesis:

«Atani entristecía en el Paraíso; Dios le dio a Iva por compañera (aquí sigue una bellísima descripción imposible de traducir, pero tan admirable como el cántico de los cánticos). Y al contemplar Dios tanta ventura, dijo: “Ahora sí que estoy satisfecho de mi obra; ya es perfecta; he producido el amor”.»

Suenan las once de la mañana del día 4 y no tenemos tiempo que perder. Despidámonos de los pasajeros para Pondichery, Madras, Calcuta y Bengala en el E. de la India, y de los que se dirijan a Bombay por el ferrocarril del continente. Volvamos al Tigris y zarpemos. En cuatro días cruzamos el golfo de Bengala. El 8 se aparece Penang, el portero inglés de los Estrechos, con su artillería correspondiente, formando pendant con la punta de Achem, de la isla de Sumatra, en la Oceanía. Al amanecer del 9 concluímos de pasar el estrecho de Malaca y atracamos junto al muelle de Singapore. Estamos sobre el Ecuador; un grado más y cortamos la línea.

La entrada a esta posesión inglesa es uno de los espectáculos más bonitos que puede soñarse y comparte justamente la admiración del viajero con el Bósforo, el Rhin, el Danubio, la bahía de Río de Janeiro y el golfo de Nápoles. Imagínate que Singapore es un gigante cuyos enormes pies, que son las costas, están bañados por el agua. El vapor se desliza por la punta de sus dedos; pero cada vez que cruza una de sus bifurcaciones, viene a sorprenderte un panorama pintoresco y variado, que te lleva de sorpresa en sorpresa. Entre una vegetación, si no tan exuberante, por lo menos tan coqueta como la de Ceylán, ves aparecer en la cumbre los bungalows, o casas de campo inglesas, con sus galerías corridas bajo una serie de arcadas, mientras por abajo, en los repliegues de los dedos, pueblos enteros de chozas plantadas sobre estacas, se reflejan en las ondas, de las que brotan árboles copudos y en que se bañan las aves domésticas. Cada una de aquellas ensenadas parece un Nacimiento.

Aquí la raza es ya amarilla, con ese tinte enfermizo que caracteriza al malayo.

Elegantes y ventilados cochecillos llamados palanquines, tirados por caballitos malabares, de la alzada de un borriquillo moruno y guiados por un cochero indio, con quien generalmente se cierra el ajuste a bofetadas, te transportan por un larguísimo camino poblado de tenduchos, en su mayoría chinos, a la city o barrio comercial. Este es sombrío, sucio; pero importante y lleno de animación.

Singapore es el punto de escala de los que van y de los que vienen, y el almacén de depósito de todas las mercancías imaginables. Así es que, relacionado con el resto del mundo, pululan en su seno todas las razas que vimos en Adén, enriquecidas con el concurso de los siameses y anamitas, los chinos del N. y S. del Celeste Imperio, los tagalos del Septentrión, los visayas del Centro y los moros del Mediodía del archipiélago Filipino, los javaneses y los indígenas, en fin, de las Molucas, las Célebes, la Oceanía y Australia. Allí no tienes que preguntar al europeo el derrotero que sigue; su rostro te lo indica; el que llega tiene color, está rozagante, ríe, charla, nace. El que regresa se lleva el sello del país, amarillea, calla, se queja, muere. En Singapore el traje se simplifica; el sarrong se reduce a un taparrabos, el desnudo impera y empiezan a verse los shalakos, enormes discos de junco de infinitas formas, para cubrirse aquellas cabezas afeitadas o aderezadas con tufos de pelo, que ya brotan en el principio del occipucio, ya se corren hacia la nuca o se inclinan caprichosamente sobre una de ambas orejas.

En la City vi el tipo que más ha excitado mi hilaridad. Era a la puerta de una tonelería; y sobre una pipa un hombre totalmente desnudo, con la cabeza afeitada, ostentando sobre sus narices unos anteojos chinos, cada uno de cuyos cristales tienen, sin exageración, el diámetro de una copa para agua, y su montura en concha medio dedo de ancho, leía puesto en cuclillas, a la usanza asiática, el Times de Londres.

Por un magnífico puente colgante, se atraviesa el río y se penetra en la ciudad propiamente dicha. Allí están las casas habitables, el palacio del gobierno, el City hall o casa municipal, las iglesias, colegios, congregaciones, paseos, espectáculos; todo en medio de árboles y de flores; pero con carácter europeo adaptado a las condiciones locales. Poca sociabilidad, trato inglés, formalidad, mucho comfort; pero expansión, cero.

El 10 salimos de Singapore y empezamos a subir hacia el N. el mar de la China, cruzando el golfo de Siam. El 12 recalamos en el cabo de San Jaime, mole imponente erizada de bosque virgen, en cuya cumbre se levanta el semáforo, visitado constantemente por fieras, contra las que tienen que vivir apercibidos los vigías condenados a aquel peligroso servicio. Siguiendo la costa, aparece de repente, bajo la pesadumbre de aquella montaña, un fondeadero llamado la Bahía de los cocoteros; pintoresco y ameno lugar donde se halla establecida la estación telegráfica del cable submarino, por la que, pocos días después, recibía mi familia la noticia de mi feliz llegada, a las siete horas de mi desembarco en Hong-Kong, mediante la módica suma de once pesetas por palabra.

Remontamos con la luna el Donaí, ancho y profundo río, lleno de zig-zag con monótonos, pero verdes ribazos, en los que duermen algunos cocodrilos; y antes de que alborease el día 13, atracábamos delante de la Agencia de las Mensajerías en Saigon, capital de la Cochinchina francesa.

Situado al lado opuesto del río, hay que atravesar este en una lancha para llegar a la ciudad. Sin querer exclama uno: «Esto es Francia.» En efecto, los hijos de San Luis tienen tres necesidades, que no pueden dejar de satisfacer, y que imprimen el sello hasta a sus colonias menos importantes: Cafés, restaurants y demi-monde. Saigon está alumbrada por gas, como todas las posesiones inglesas del Asia; pero como en estas los establecimientos de diversión pública no existen, resultan oscuros, mientras que en la metrópoli de la Cochinchina la luz incita al paseante a recorrer su muelle, y la gente vive de noche, sin cuidarse de la hora del apaga-fuegos.

Otro distintivo peculiar de la buena administración francesa es que el barquero o el cochero no te exigen nunca más dinero del que tú les das por su trabajo.

Las calles, nacientes aún, están edificadas sobre bosques y jardines; pero estos, ni tienen el aspecto virgen de Ceylán, ni el ondulante y caprichoso de Singapore. El rectángulo impera; han obligado a los árboles a aprender táctica, y todos se han tenido que alinear, para producir anchos boulevares sujetos a escuadra. El palacio del gobernador es un magnífico y suntuoso monumento, los jardines recuerdan el parque Monceau de París. Dentro de algunos años aquello no se diferenciará en nada de una capital de provincia francesa, aparte de las chozas de los naturales.

La arteria principal de Saigon se llama calle de España. Es el único testimonio y el solo provecho que hemos sacado de la campaña de Cochinchina, en la que las armas españolas han regalado a sus vecinos de allende el Pirineo la hegemonía sobre el imperio de Annam, la costa del golfo de Tonkín y el reino de Camboya. Solo falta Siam para tener el protectorado sobre toda la India Transgangética.

A rumbosos no nos gana nadie.

Amanece el día 14, levamos ancla, y Norte arriba del mar de la China, bordeamos la isla de Hai Nam, enfilada al canal de Formosa, y fondeamos el 17 a las nueve de la noche, en la rada de Hong-Kong, colonia inglesa del Celeste Imperio.

Y terminados aquí los treinta y ocho días de navegación, en que a escape hemos visitado lo que nos salía al encuentro, hagamos alto y empecemos a tratar detenidamente de los usos, costumbres, ceremonias y fisonomía del pueblo chino, así como del aspecto de las principales poblaciones del país de Confucio.

Macao, 19 de abril de 1879.

Mi querido amigo: Cuando desde Europa se le ocurre a uno pensar en China, se la representa en su imaginación como una inmensa tela de esos abanicos que llegan allí del Celeste Imperio. Por lo menos así me la forjaba yo. Por todas partes verdes praderas como la esmeralda, salpicadas de flores rojas y azules; en medio de aquellas limpias sábanas de verdura, casitas con su agalerada techumbre, flanqueadas de kioskos en forma de parasoles superpuestos, con su campanilla correspondiente al extremo de cada radio; el arqueado puente como la joroba de un camello tendido sobre un riachuelo transparente que refleja los vivísimos colores del junco al deslizarse por su superficie; a la puerta, en forma de una O, de la casa, ataviadas damas con sus bordados trajes de seda y diminuto pie departiendo tranquilamente con gallardos mancebos envueltos en talares túnicas de recamo de oro, y saboreando una taza de té; en el fondo niños remontando cometas sobre una terraza, y ancianos venerables de luenga barba blanca viendo volar pintados pajarillos. Todos ellos, por supuesto, con caras de marfil, aguzadas y nacaradas uñas y ojos oblicuos. En resumen, la China del europeo es el progreso material del siglo XIX combinado con las patriarcales costumbres de los tiempos bíblicos; de la tela del abanico se desprenden para él estas tres condiciones distintivas de la raza mongólica: lujo, limpieza y silencio.

Cerremos el abanico y abramos la puerta del hoy imperio tártaro. Vas a ver el desengaño que nos espera.

Una gritería, comparable tan solo a una riña de verduleras, es lo primero que te llama la atención al despedirte de la gente de a bordo y disponerte a tomar una embarcación que, desde la inmensa y hermosa bahía de Hong-Kong, te conduzca a tierra. Son los barqueros pugnando por atracar sus champanes al Tigris, ofreciéndote sus servicios o diciendo buenos días simplemente a un camarada, pues para todo se alborota aquí.

Y palpitando de emoción bajas las escaleras con los ojos cerrados para abrirlos de repente y gozar del espectáculo de aquella China soñada.

Lo primero que ves es el champan o bote para conducción de pasajeros y mercancías, tosca embarcación parecida a una barcaza muy tripuda, con un toldo de bambú en la popa, chorreando mugre por todas partes y exhalando una fetidez insoportable, a la que concluyes por habituarte, pues la forma un conjunto de circunstancias inherentes a la raza indígena, que constituye el perfume local, conocido por el europeo con el nombre genérico de «olor de chino.» La tripulación está compuesta de varias mujeres de distintas edades, pero de fealdad idéntica; algunas veces hay también un hombre; pero como este viste el mismo traje que aquellas, carece en absoluto de barba y todos poseen los mismos rasgos fisonómicos, resulta que para el viajero inexperto el chino es el ser que bajo una misma terminación y artículo comprende los dos sexos, masculino y femenino, y que la gramática coloca en el género epiceno. Ojo pequeño y algo oblicuo, encerrado en un párpado carnoso, sin casi ceja, frente no muy deprimida, nariz aplastada, pómulos salientes, labio superior con honores de hocico, dientes un poco más pequeños que teclas de piano, color mejor que ictérico, amarillo de vicio, pelo negro de sartén con la aspereza exacta de la crin; lampiño el hombre, rechoncha la mujer, pero ambos escrofulosos y llenos de pupas y asquerosidades, son los componentes de una cabeza china de la clase humilde, que comprenderemos en la denominación de culi, como aquí se llama al bracero, mozo de cuerda y todo el que ejerce un oficio bajo.

Un calzón ancho hasta el tobillo, de una tela que debió ser percal negro o azul y que, perdido el aderezo de goma, ha degenerado en tejido de grasa, y una blusa de lo mismo abrochada por el costado, pendiente hasta el muslo, con mangas perdidas y largas hasta rebasar un palmo las manos, que quedan ocultas en ellas, constituyen el traje común de dos. No hay camisa ni cosa que lo valga. El pie desnudo; alguno que otro lleva una suela sujeta con cordeles al tobillo; pero es raro. Como ves, nada más parecido al disfraz del pierrot francés, salvo el color y la limpieza. La mujer lleva la cabeza cubierta con un pañuelo de algodón, colocado lo mismo que nuestra gente del pueblo; el hombre la ostenta casi siempre desnuda. Usa, sin embargo, en verano un shalakó o sombrero de bambú, en forma de un disco desmesurado, con un pingorote en el centro, como la tapadera de una taza, y en invierno una montera de fieltro oscuro, menos alta, pero idéntica en la forma al sombrero del pierrot.

Tanto el macho como la hembra se abrigan con un saco hasta la cintura, sin mangas y guatado, que visten sobre el traje descrito, y llamado patchama. Los niños emplean el mismo uniforme, pero de colores rabiosos, y les cubren la cabeza, ya con un simple aro, del que penden borlas y cordones, ya con una cosa parecida a las carteras en que los chicos de la escuela guardan los libros, colocada de modo que la cubierta penda sobre el cogote, y adornando los dos picos del remate de arriba con unas orejitas de gato hechas de algodón en rama.

Pasemos al peinado. Los parvulillos llevan sobre cualquiera de ambas orejas un plumerito, como la perilla de un hombre, atadito con una cinta de color; el resto afeitado; con lo cual se consigue que se fortalezca la parte de pelo que más tarde han de dejarse crecer, y que, como dejo dicho, toma la consistencia de la cerda. En efecto: en cuanto el niño llega a adulto, se le afeita también el tuferito y se le hace adoptar el invariable aderezo de la epidermis capilar masculina; porque debo advertirte que aquí nada cambia, todo es inmutable; no hay modas ni caprichos. El pasado se sabe por el presente, el mañana puede leerse por el hoy, la tradición impera; el estacionamiento es la base de su sistema.

Hasta hace dos siglos el habitante del Celeste Imperio lucía larga cabellera y ostentaba el traje con que vemos representados en sus estampas a los ídolos y los héroes de sus leyendas; pero al caer la dinastía china de los Ming y tener que soportar la dominación tártara de los manchures del N., la dinastía Tsing, que hoy subsiste, impuso a sus vasallos la dura ley del vencedor, y haciéndoles cambiar de traje, les obligó a afeitarse la cabeza y dejarse una cola de perro, en signo de servidumbre.

Coloca sobre la cabeza un solideo; afeita todo lo que no esté cubierto por él; deja crecer hasta donde quiera el pelo que aquel encubre; haz después una trenza que, con el auxilio de cordones, casi siempre negros, pero alguna vez azules o encarnados, llegue hasta los tobillos, y tendrás la idea exacta del peinado chino, desde el primer mandarín hasta el último culi, sin más diferencia que, mientras las clases acomodadas se afeitan semanalmente y llevan los cordones limpios, el pobre lo toma por semestres y cambia de cordón cuando la miseria se ha comido el primero. Algunos fashionables dejan crecer alrededor de la mata una como aureola de pelos cortos, que flotan a merced del viento y que acaba de embellecerlos. Agrega a todo esto las rarezas de configuración de aquellas cabezas, cuyos defectos nada hay que disimule; los chirlos, las protuberancias y las cicatrices de todo género que las ornan, y calcula los purgantes que ha debido uno tomar hasta acostumbrar el estómago y la vista.

Ya que de pelos me ocupo, consignaré que la barba en los chinos son diez o doce hebras de esparto, brotadas al azar, y que les está prohibido por sus leyes y costumbres llevar bigote hasta que han cumplido cuarenta y ocho años, o tienen nietos, o bien a los veintiocho si son mandarines.

Pasemos a las mujeres. La soltera se echa atrás todo el cabello, rematado por una trenza larga, en cuyo tronco lleva liada una cinta de color, formando un anillo; saca de la sien izquierda un banda de pelo como de tres dedos de ancha, lo que consigue abriéndose una pequeña raya vertical, y se circuye lo alto de la frente con aquella faja, que va a mezclarse con el resto de la cabellera por el lado opuesto. Como ves, las hijas de Eva conservan toda su integridad capilar, si bien son tan lampiñas como los chinos, pues las cejas y las pestañas hay que verlas con microscopio.

El peinado de la casada es muy difícil de explicar: echado todo atrás, sin raya alguna, salen de los lados dos enormes cocas, que sujetan con alambres por dentro; el topo se separa más de un palmo de la nuca, y le forma todo el pelo de la mata, saliendo como el espolón de un buque de guerra, y el del cogote, subiendo a enlazarse con aquel: un cordón de pelo retorcido baja desde la parte alta y posterior de la cabeza hasta el vértice de aquel ángulo agudo, y multitud de broches y alfileres sujetan, con el auxilio de la goma, tan complicado aparato, al que dan el nombre de peinado del ave de la inmortalidad. Y esta denominación me sugiere una explicación más exacta del efecto que produce este tocado. Córtale a una gallina el cuello y las patas, ábrela por la pechuga, encájasela en la cabeza a una china por esta abertura, ábrele las alas en toda su extensión, que son las cocas, y adereza el topo de manera que quede formando la cola. Es idéntico hasta en sus proporciones.

Por decreto de no sé qué emperador, cierta gente de mar está proscrita de la tierra, y por consiguiente no puede habitar más que en sus embarcaciones. De modo que el champan es el estrado, la cocina, el dormitorio, la pagoda, la cuna y el lecho de muerte de sus moradores; allí nacen, viven, rezan, se reproducen y mueren.

Las madres, consagradas a sus tareas, no pueden atender muy asiduamente a sus hijos; así es que para trabajar desembarazadamente, se los echan a la espalda, sujetándolos con un como pañuelo de lana, al que va sentado el rapaz y del que penden cuatro correas, que se ajustan como cinturón y como tirantes en las caderas. Esto, si el infante es aún mamón; pues apenas anda, ya se bandea por su cuenta; y la única precaución que se toma es atarle un cordel a la cintura para pescarle cada una de las veinte veces que al día se cae al agua: algunos añaden corchos o vejigas, para que flote el náufrago; pero no es de rigor, en atención a que sin ellos aprende a nadar más pronto.

Al cruzar la bahía, mi primer cuidado fue estudiar su aspecto; allí te encuentras el pontón para hospital militar, navío de tres puentes sin arboladura; el comodoro inglés, el almirante francés, corbetas rusas y alemanas, la Mala francesa que llega de Europa, la inglesa que sale para la India, vapores británicos para Shang-hai y Emuy, españoles para Manila, la Mala americana del Pacífico, los anexos de las Mensajerías para el Japón; pero te preguntas: «¿Y la marina china?» Allí la tienes representada por miles de champanes y centenares de lorchas para la pesca y el tráfico costero, única empresa de estos nautas con coleta.

La lorcha es lo que vulgarmente llamamos junco; barco tripudo, más o menos grande, con una popa semi-esférica, anchísima y desmesuradamente alta, timón descomunal calado en celosía, y dos palos, a los que van sujetas unas velas latinas despuntadas con una serie de travesaños horizontales de madera, a modo de entenas, para tomar los rizos. Muchas de ellas, aun las mercantes, llevan a bordo cañones de hierro, que ni el famoso de Barba-Azul. Como el champan, la lorcha es una casa de familia, cuyo desaseo está en proporción de su mayor capacidad. El día se lo pasan tocando el gong, o tan-tan, o campana chinesca, que estos tres nombres tiene el disco en cuestión; y la noche quemando papelitos para ahuyentar a los espíritus maléficos.

La media docena de lanchas cañoneras que posee el gobierno, están mandadas por capitanes franceses, ingleses o americanos.

Por fin, desembarcamos en el muelle; culis machos y hembras transportando mercancías, pendientes a los extremos de un bambú, colocado sobre el hombro, culis de silla asaltándote con las de mano o literas, único medio de locomoción en estas regiones, agentes de policía india con sus abultados turbantes encarnados, repartiendo bofetones y latigazos con que hacer entrar en orden a aquellas acémilas humanas del servicio público, y mucho europeo consagrado a sus tareas, constituyen el movimiento de la población; pero aquello no es China; las casas que veo son las de mis latitudes, la gente con coleta que circula por las calles es la hez del pueblo uniformemente vestida, y yo necesito la tela del abanico, los colores, la luz, el recamo de oro, los bordados en seda, el Oriente, en fin, con sus mandarines, sus tropas, sus mujeres, su industria, sus diversiones, su vida peculiar. «Ya le veo a usted a la caída de la tarde persiguiendo modistillas chinescas» —escribía a un amigo mío residente en Hong-Kong otro suyo de Madrid—, y yo, aunque sin instintos de pirata callejero, deseaba conocer en toda su integridad la fisonomía del Celeste Imperio. Luego iremos al barrio chino; ahora recorramos la ciudad europea.

Hong-Kong es una maravilla. Edificada en anfiteatro sobre una peña que hace cuarenta años no tenía ni una planta, asombra el ver lo que los ingleses han hecho de ella en tan corto espacio. Calles paralelas y escalonadas, abiertas a lo largo de la isla, te ofrecen por doquiera la grata sombra de sus amenos, elegantes y caprichosos jardines; porque es de notar que, aprovechando los accidentes del terreno, han edificado sus avenidas de modo que las calles no parecen calles; al lado de un templo ves una esbelta escalinata que conduce a la casa contigua, levantada sobre un terraplén con árboles; junto al graderío que te hizo subir, se abre una cuesta con artística ornamentación, que te hace bajar al bungalow vecino; una tapia te oculta el cottage que se alza sobre el promontorio de una colina interior; de modo, que la vista va de sorpresa en sorpresa, descubriendo aquel sembrado de moradas espléndidas entre una vegetación artificial, y de fortificación en fortificación, de paseo en paseo, de la iglesia al club, del teatro al hospital, subes por magníficos caminos en zig-zag, hasta el pico Victoria, donde se halla el semáforo y desde el que abarcas todo el panorama de la rica colonia inglesa.

El mando superior de la isla es conferido por la corona inglesa a un gobernador, con la categoría (aunque civil) de vicealmirante y comandante en jefe, que preside los dos Consejos, ejecutivo y legislativo. La administración comprende la secretaría colonial, el tesoro, obras públicas, registro y correos.

La de justicia tiene tres jurisdicciones, la Suprema corte o audiencia, la corte de policía o tribunal sumario y de primera instancia, y la corte de marina. La institución del jurado existe para lo civil y lo criminal.

Además del pontón destinado en la bahía a hospital militar, hay en la población un hospital civil para europeos, otro para chinos, otro para variolosos y otro para la marina.

Hay ocho o diez centros de enseñanza pública, la mayor parte encomendados a los misioneros.

El material de incendios es una cosa admirable. En cada distrito estacionan varias bombas de vapor, que en pocos minutos se transportan al lugar del siniestro. Esto no quita para que el 25 de diciembre de 1878 se declarase un incendio a las once de la noche, y el 26, a las tres de la tarde, estuviesen convertidas en escombros seiscientas casas. Las libaciones de Navidad influyeron mucho en ello.

Fue el espectáculo más imponente que he presenciado. En cuanto se da la señal de fuego, todo individuo con tienda abierta tiene obligación de mandar a los culis que están a su servicio, provistos de una linterna china de papel de colores, y vestidos con un saco de arpillera, en que consta la razón de la casa en grandes caracteres. Figúrate, pues, toda la población dominando las alturas de la ciudad, la gente de los barrios amenazados por el incendio salvando sus muebles, los culis transportándolos a hombros en medio de la gritería más espantosa y de la confusión menos descriptible, toda la fuerza armada de la plaza y la de los buques surtos en la bahía prestando su concurso, el gas apagado, las calles convertidas en ríos y en campamentos, la dinamita y el cañón derribando manzanas enteras, y en el fondo aquella hoguera colosal, de la que, como chispas, se desprendían millares de linternas en todas direcciones, y que convertía el mar en un espejo de fuego: comprendí a Nerón.

La vida en Hong-Kong, como país comercial, tiene pocos atractivos. Algunas familias desperdigadas pasean por este o el otro vericueto, como medida higiénica; pero sin un punto fijo de cita para el high-life. Hay alguna que otra reunión, y un teatro inglés, al que apenas asisten señoras: verdad es que estas son escasas. En cambio el hombre se divierte mucho a la inglesa, es decir, haciendo excursiones campestres y desarrollando las fuerzas físicas en ejercicios gímnicos. Como no hay cafés públicos, existen un club alemán, otro portugués y otro parsi, pero ninguno puede compararse al británico, que es un verdadero modelo. El ingreso cuesta treinta duros y cuatro la cuota mensual; el edificio, suntuoso, pertenece a la sociedad, que ya no sabe en qué invertir el dinero que le sobra; del seno del mismo club emanan multitud de sociedades de sport, tales como el club de regatas, el de carreras, el de declamación, el de conciertos, el juego de pelota con variadísimas manifestaciones, la lucha de la maroma, en la que dos bandos tiran de los extremos de una cuerda hasta atraerse el uno al otro; por supuesto que para cada cosa tienen su magnífico local ad hoc, no siendo el menos notable las praderas que les sirven de trinquete; el gobernador y los notables presiden muchas de estas fiestas, y a todas tiene derecho el miembro del club general.

En este puede decirse que vive la parte europea masculina de Hong-Kong. Es su Bolsa. Allí escribe su correo en magnífico papel que, a granel, y con preciosos membretes, anda tirado por las mesas, y recibe la correspondencia que en un cuadro está a merced del que la quiera tomar, sin que se le ocurra hacerlo nunca mas que al interesado. En el salón de lectura hay todos los periódicos notables del mundo; de la biblioteca, rica en obras sobre la China, toma el socio los volúmenes que le da la gana y se los lleva a su casa, dejando en cambio un recibo. Hay un bar-room, o sitio de bebidas, un lunch-room o puesto de fiambres para el tente-en-pie, y un diner-room o comedor, donde almuerza y come muchísima gente, teniendo sus platos huecos, que se llenan de agua caliente en el invierno, y su hielo, pancas y ventiladores para el verano. Existen trece dormitorios, con el objeto de que el socio que llegue de fuera esté seguro de tener cuarto donde pasar la noche, aunque las fondas estén atestadas. Y al efecto, cada uno que se sucede toma su turno; de modo que cuando arriba un décimo-cuarto huésped, el número uno se va con la música a otra parte, pues se supone que ya ha debido tener tiempo de procurarse posada. Lo que se consume no se paga hasta fin de mes, a la presentación del ticket, o boleta, que por cada cosa ha firmado el socio, así es que los dependientes, todos chinos, no pueden robar ni un céntimo. Magníficos billares, tocadores espléndidos y salones confortabilísimos completan este prototipo de casinos, cuya administración corre a cargo de un solo dependiente inglés con el título de secretario.

La vida es cara en Hong-Kong. Una casa, no muy grande, cuesta ochenta duros al mes y ciento cincuenta el orificarle a uno cinco muelas. En las fondas se paga cuatro duros por día, sin los vinos, y cinco reales en el Club por una copa de licor cualquiera.

Pero dejemos ya todo lo que huela a Europa y corramos en busca de cosas celestes.

En Queen’s road, o sea en la arteria principal, alternan con establecimientos europeos, multitud de tiendas chinas, cuyo aspecto en nada difiere de las que vemos en nuestra casa, a excepción de las mercancías que en ellas se expenden.

Trabajos en marfil, filigranas de plata, vasos de porcelana, pendientes de jade (piedra verde de gran valor en estas regiones), juegos de ajedrez, abanicos de concha y de laca, muebles de maqué y otras industrias parecidas, yacen en anaquelerías y escaparates, relativamente limpios, pero sin agrupación artística. Las muestras de los bazares son unas planchas de madera rojas o negras, colocadas en las puertas verticalmente y de canto como columnas, con caracteres chinos de relieve y dorados, que constituyen el mejor adorno posible, pues sabido es que la escritura china es un acabado modelo de elegancia en dibujo. En el fondo y detrás del mostrador, uno o dos chinos macilentos aguardan su presa. El mueblaje es invariable, como el de todo el Celeste Imperio. Sillas o sitiales, en ángulos rectos, de una madera oscura, casi negra, con más o menos tallado, según su riqueza, y con asiento por lo común de piedra, con unas mesas pequeñas, rectangulares también, con su tapa de mármol incrustada en el marco. Con estas tiendas alternan algún bazar japonés, con sus elegantes productos de idéntica fisonomía, pero más artísticos que los chinos, y mercaderes parsis e indostanes con sus cachemires, telas de la India y mantones de capuchas, hechos con retalitos del tamaño de dos reales, cosidos entre sí, y que parecen remiendos, de los que no compré uno porque me pidieron por él más de mil pesos, y era usado.

Por fin, a la terminación de Queen’s road, en el extremo occidental de la ciudad, empieza el barrio chino. ¡Horror! ¡Abominación! ¿Y para esto he empleado treinta y ocho días y me he expuesto a las contingencias de un viaje de tres mil leguas? Figúrate unas casuchas de ladrillo gris azulado, sin enlucido de yeso, ni por dentro ni por fuera, con una puerta y una ventana embutidas en dos pilares de mampostería, porque es preciso que así sea, a fin de que no entren los espíritus maléficos. Unos gruesos barrotes de palo en sentido vertical hacen de cancela. En cada una de estas viviendas habitan treinta o cuarenta individuos, la mayor parte con el torso desnudo, destilando pringue, viviendo entre estiércol, en compañía del marrano y de las gallinas, ejerciendo su industria en colaboración con otro artesano de índole distinta. Así media tienda pertenece a un sastre y la otra media a un platero o pintor de retratos.

Todo son abacerías, expendedurías de verduras, pescado salado y objetos de culto para las pagodas, tocinerías, zapateros remendones, armeros y artículos de ferretería oxidados por el moho y la incuria. En fin, el rastro de la grasa, de la fetidez y de la basura elevado al infinito. Ya hablaremos de ello al ocuparnos detenidamente de los usos y costumbres locales. Por hoy basta, pues al ver que en vano sería buscar en Hong-Kong la tan deseada tela del abanico, me falta tiempo para abandonar este muladar indígena y hacer rumbo hacia Macao.

Macao, 30 de abril de 1879.

Querido amigo: Un elegante vapor de ruedas, estilo americano como los del Misisipí, pintado de blanco y con la gran cámara a proa sobre cubierta, te hace recorrer en tres horas y cuarto, y por la suma de 3 duros, las cuarenta millas que separan a Hong-Kong de Macao. Las segundas están en el través del barco. Los chinos, cualquiera que sea su categoría, no son admitidos más que en la cala.

Al ponerse en marcha el buque, lo primero que te llama la atención es un guardián que, con un sable desnudo, vigila una escotilla de proa, que comunica con la cala, y que antes ha tenido cuidado de tapar con unos barrotes de hierro, a los que ha echado la llave.

Otro centinela, igualmente armado, custodia la escalera que desciende al sollado. Por último, en la cámara hay dos panoplias con machetes, puñales, carabinas, revólveres y municiones de reserva, con un letrero que dice: loaded, es decir, cargados. Son precauciones tomadas, invitaciones hechas al viajero para el caso probable, y antes muy frecuentemente reproducido, de que los chinos se subleven al pasar por las Islas de los Ladrones y entreguen la tripulación a los piratas que infestan estos mares y que no perdonan vidas ni haciendas.

Por fin, llegamos a Macao, pequeña península que afecta la forma de una S, en cuya cabeza y tripa existen unas fortificaciones. La curva inferior es el puerto interior, en la desembocadura del río. La bahía, huérfana de todo buque que no sean las lorchas chinas y sin casi calado, la representa el semicírculo entre el cuello y la cabeza, en cuyo muelle está situada la Praia Grande, la mejor o la única calle de la ciudad. Las demás, abiertas paralelamente a esta sobre la colina, y las transversales, son callejones tristes, sombríos, conventuales, acusando pobreza, ruina y privaciones. El barrio chino, idéntico al de Hong-Kong, se extiende por la espalda de la S desde la embocadura del río hasta la nuca, de la que arranca un istmo, el que liga la isla al continente chinesco, largo de un kilómetro y ancho lo suficiente para que un coche pase por él sin caerse al agua, si no se desvía del centro. Al cruzar la bahía, Macao, del que solo se ve la Praia Grande, parece un pequeño Nápoles; después se cree uno en un pueblo de Aragón o de Castilla en pleno siglo XVI.

No voy a hacer historia, ni te enseñaría nada diciéndote que esta es la primera factoría europea que el arrojo de los portugueses abrió en los mares de China. Tampoco te importa saber que el mando de la isla esté confiado a un gobernador, teniente de navío; que existen un juez de derecho, un procurador de asuntos sínicos, una oficina de hacienda, encargados de obras públicas, sanidad, capitanía de puerto, una guarnición al mando de un comandante, jefes de fortificación, y media docena más de funcionarios portugueses, todos ellos amabilísimos y de franco y abierto carácter. Entre la colonia lusitana figura un señor don Lorenzo Marqués, dueño de una casa con un espacioso parque, en el que se encuentra la gruta de Camoens, compuesta de dos peñascos verticales y uno horizontal, apoyándose en aquellos a semejanza de dolmen o altar druida, y en la cual el desterrado vate compuso la mayor parte de sus Lusiadas. Un templete con el busto de Camoens, y algunas estrofas de su poema esculpidas en mármol, alternan con ditirambos de poetas modernos de todas las naciones, figurando en muy buen lugar una octava de don José Heriberto García de Quevedo, ministro que fue de S. M. Católica en China.

Las señoras europeas son nones y no llegan a tres, como canta el dicho. De la raza macaense no sé qué decirte para darte una idea de su fealdad. Es imposible que nada en el mundo se parezca al cruzamiento de chino con portugués, ya de la metrópoli, ya de sus posesiones de Goa en la India, Timor en Oceanía o Cabo Verde y demás establecimientos del África occidental. Imagínate un bull-dog con vestimentas humanas, y te quedas atrás. Por supuesto, no se tratan con ningún europeo, ni se las ve a ellas en ninguna parte; deben estar enmohecidas. Por las tardes se colocan detrás de las persianas (cierre ineludible de todo hueco de Macao), y desde allí ven sin ser vistas. Los días de fiesta van a misa, vestidas de negro, y cubiertas con un enorme manto de seda del mismo color, que pende hasta las rodillas, y en el que esconden la cara, en lo cual obran con gran prudencia; además, las que pueden usan silla de mano, con puerta apersianada también; es su único ventilador. Te aseguro que al contemplar aquellas recatadas damas, cruzando en sus literas las tortuosas y empinadas calles de la ciudad, alumbradas de noche por algún modesto reverbero de aceite, y empedradas de pedernal y guijarros en punta, le da a uno gana de calarse un chambergo con pluma, embozarse en un tabardo y ceñir una espada de cazoleta, para no destruir la armonía de un cuadro digno de la época de Velázquez.

Abolida en 1874 la emigración de culis o trabajadores para Cuba y el Perú, solo recurso, pero beneficioso, con que contaba Macao desde que la apertura del puerto de Hong-Kong le privó del gran tráfico con la Europa y la Oceanía, esta mísera colonia no cuenta con industria de ninguna clase, si no es la torrefacción del té, de la que están encargadas casas chinas. Se puede decir que los macaenses se hallan sumidos en la indigencia. Como puerto libre, el gobierno portugués no saca de ella más rendimientos que los que el juego público le procura; porque hay que notar que Macao es el Mónaco o el Baden-Baden del Celeste Imperio. El juego prohibido, perseguido y castigado severamente en todo el imperio, se ha refugiado en Macao, a la sombra de la bandera lusitana.

El chino, que posee todos los vicios, no podía dejar de ser jugador, y lo es, en efecto, en grado superlativo. Además del ajedrez, las damas, el billar y el volante, para el que se sirve de los pies con suma destreza, tiene cartas más numerosas que las nuestras (128 naipes), pero en estrechas tiras, como los dedos de las manos, y con caracteres en vez de figuras; dominó, con 32 fichas de madera, al que llama Paí; el atchen, o juego de tres dados, en que sobre un cartón, en que figuran los seis números de uno de aquellos y las combinaciones de los tres, apunta el jugador, y al que por onomatopeya se le da el nombre de Kulú-Kulú, pues imita el ruido que producen los dados cuando el banquero los agita sobre un platillo cubierto de una pequeña taza de porcelana. Estos y otros muchos juegos se juegan en mitad de las calles del bazar chino por culis y arrapiezos que apenas pueden tenerse en pie, y es muy frecuente el ver a dos chinos comiendo naranjas y apostando sobre los gajos que tendrán, o, a defecto de otra cosa, sobre las sillas que pasarán en tal transcurso de tiempo por la esquina en que están sentados.

Ya que de sentarse hablo, te diré que la manera que tienen de hacerlo los chinos y todos los pueblos del Asia es especial, e incomprensible que con ella hallen reposo. Abren las piernas, se dejan caer en cuclillas, sin tocar al suelo, y así se pasan horas enteras. Pruébalo y me contestarás.

Pero volvamos a los juegos y consignemos los tres más productivos para el gobierno portugués.

El Pakopio es una especie de lotería antigua o primitiva, en la que, mediante una contribución, un comerciante chino es banquero. Al efecto, distribuye en todas las tiendas del bazar unos papeles o billetes como cartones de lotería con cuarenta caracteres arriba, y otros cuarenta abajo. Llega el jugador, y con un pincel borra a su elección cinco caracteres de la sección superior y otros cinco de la inferior, arriesgando en ellos el dinero que quiere. El banquero a su vez, y a una hora dada, antes de que empiece el juego en las tiendas expendedoras de billetes, ha borrado a su arbitrio otros cinco caracteres de cada sección, y depositado esta boleta en una caja, cuya llave tiene un delegado gubernativo. Ábrese esta al medio día, y los jugadores cuyas combinaciones son iguales a la que el banquero imaginó, cobran el premio proporcional a la suma expuesta. La operación vuelve a repetirse a las doce de la noche. ¡Dos extracciones diarias! ¡Oh moralidad!

El segundo en jerarquía superior es el Fantan. Doce son las casas, entre primera, segunda y tercera clase, que se consagran hasta media noche a tan plausible tarea, dejando al fisco un rendimiento de cuarenta y cuatro mil duros anuales en concepto de contribución.

Entras por una puerta adornada con calados dorados, como todas las casas lujosas de China, y alumbrada por linternas de papel de colores o de cola de pescado, con inscripciones. Un biombo de madera oscura, con los obligados calados, te oculta el lugar del suplicio. Tomas una escalerilla lateral, sucia y ennegrecida por el aceite de coco de las iluminaciones, y penetras en un cuartucho con un balcón o galería elíptica en el centro, que deja ver la sala de abajo, donde está el tapete. Algunas casas tienen otra galería en el segundo piso, tan falta de aseo como la del primero. Allí te sientas en un escabel de madera, forrado de grasa, en compañía de varios culis y europeos, que los sábados, en particular, vienen de Hong-Kong, y otros puntos a probar fortuna. Unas canastillas, pendientes de unas cuerdas sujetas a la baranda de la galería, te permiten hacer llegar a los de abajo el dinero que vas a exponer. Nada te digo de los perfumes que allí se aspiran entre efluvios de tabaco, tufo de las lámparas y eructaciones de los chinos, que consideran este desahogo como el más delicado refinamiento de cortesía, y en especial cuando uno está convidado en casa ajena para demostrar que la comida le ha sentado bien.

Veamos ahora el salón. Un público tan numeroso y escogido como el de las galerías, rodea un mostrador, cubierto, a falta de tapete, con una esterilla fina de junco, en el centro del cual hay como un ladrillo de plomo, cada uno de cuyos ángulos representa un número del 1 al 4. Un culi, desnudo hasta la mismísima región umbilical, es el encargado de colocar las apuestas donde el público le marca, y de pagar a los gananciosos (con 7 por 100 de descuento, que se reserva la casa para la contribución), o de cobrar íntegro de los perdularios. Otro caballero chino, en lucha anatómica con el primero, se entretiene en un aditamento del mostrador en ordenar los billetes de banco, pesar los duros mejicanos, que por aquí son la moneda corriente, y envolver en papelitos los fragmentos de plata, escribiendo encima el valor efectivo para facilitar las transacciones. Conocidos el cobrador y el cajero, pasemos al croupier, o tenedor de la banca. Es este, por lo común, un señor carnoso y tranquilo, que no exhibe lo que sus vecinos, no porque deje de estar tan desnudo como ellos, sino por impedírselo un pliegue abdominal que candorosamente descansa sobre la mesa. Tiene delante como quinientas o seiscientas sapecas. La sapeca es la moneda china de cobre en circulación; su diámetro es el de un cuarto de los nuestros, con un agujero cuadrado en el centro; cada ciento veinte forman dos reales. Las sapecas destinadas al Fantan son, sin embargo, ad hoc, más perfectas y sin inscripción como las otras. Toma un puñado como de doscientas próximamente, y las coloca en el mostrador, cubriendo aquel promontorio con una pequeña tapa de latón para impedir que el público pueda contarlas con la vista, tapa que mientras está puesta, indica que puede hacerse juego.

Por fin la quita, y esgrimiendo una varita afilada por el extremo inferior, empieza con una delicadeza exquisita a separar con ella sapecas de cuatro en cuatro, hasta dejar una última porción que, según resulta ser de una, dos, tres o cuatro, da la ganancia a los que han jugado a estos números, amén de las infinitas combinaciones a que da lugar el sistema. Por supuesto, que cuando aún quedan por separar sesenta o más sapecas, hay jugador que ya sabe cuál va a ser el residuo. Dícese también que no obstante la vigilancia del público y el esmero con que la operación se practica, el banquero sabe sacar dos juntas cuando le conviene. De mí he de decir que he estado tres veces para enseñar este juego típico a extranjeros, y ellos y yo hemos perdido siempre.

Pero el que revela hasta dónde llega la pasión del azar en los sectarios de Confucio y su inmoralidad en grado supino, es el juego del Vaisen o de los examinandos.

Si las instituciones chinas y sus preceptos sociales y políticos tuviesen en la práctica la observancia exigida por sus códigos, habría que confesar que era la primera nación del mundo, y tendríamos a honra el imitarlos. Pero nada más falseado en el ejercicio que las sanas doctrinas de sus moralistas y legisladores.

Hable el Vaisen.

En China no hay otra aristocracia que la del talento. Honores, títulos, condecoraciones, cargos públicos, todo, en fin, se le otorga al que más sabe, sin que el más oscuro y humilde del país deje de poder optar a la dignidad suprema. Al efecto, todos los años hay en Pekín y en Cantón, alternativamente, exámenes públicos, para cuyos ejercicios existen espaciosos locales con cuatro, cinco mil o más celdas, en las que, tapiados como los cardenales en la elección de Papa, ejecutan los examinandos sus composiciones; no creas que de ciencias exactas, naturales y físicas, no; toda la sabiduría de los celestes se reduce a conocer el mayor número de signos de que se compone su escritura, las máximas de Confucio y Mencio, y la genealogía de sus monarcas con hechos notables de su historia. Así obtienen el título de mandarín, que comprende nueve grados y se distinguen por el color del botón que colocan sobre el sombrero oficial, como te explicaré a su tiempo, con lo cual se hallan en aptitud para ejercer un destino público, el que, con una gran longevidad y un hijo varón, completa los tres mayores beneficios que estos señores se desean entre sí. Al terminar los exámenes de un año se reparten las listas de los examinandos para el siguiente, y aquí entra aquello. Fórmanse con estas listas millones de cuadernos en que figuran los nombres de los alumnos; estos cuadernos, que son otros tantos billetes de lotería, se venden a distintos precios a los jugadores, quienes marcan, como en el Pakopio, los nombres de los que juzgan que han de ser aprobados, ganando al terminar los exámenes en proporción de los nombres que acertaron y de la cantidad que representaba el cuaderno. ¡Qué sumas se jugarán al Vaisen cuando el monopolizador de esta industria en Macao, único punto donde se tolera, paga al gobierno portugués cuatrocientos cincuenta mil duros anuales!

Excuso decirte que cuando se aproxima la época de los ejercicios, todo se vuelve recomendaciones a los catedráticos y ofertas pecuniarias para que desaprueben a fulano o a mengano, sobre el que se ha inclinado la balanza de las apuestas; o bien recurren al examinando mismo para que conteste mal a trueque de dinero. En fin, no hay género de cohecho ni de prevaricación que deje de ponerse en práctica, con lo que resulta una segunda lotería para alumnos y examinadores.

Ahora, antes de empezar a tratar al chino, acabemos de conocerle. Ya te he descrito al culi macho y hembra, con su traje y su fisonomía; ambos son uno, salvo el que en la patchama de las mujeres las mangas perdidas solo llegan a la mitad del brazo, que adornan con una pulsera de jade, como la ajorca del tobillo y los aretes de las orejas. ¡Coquetuelas en todas partes! Subiendo un peldaño en la escala femenina, tropezamos con la camarera o ama, como la llaman por aquí. Es la misma mujer culi, más limpia, con traje idéntico, si bien aseado, y con la patchama azul de lustrina ornada al canto con una faja negra de cuatro dedos. Usa zapatos con dos tacones, a proa y a popa, o de seda como el de los hombres, de forma agalerada, con una suela blanca de fieltro sumamente gruesa. Las hay que llevan medias de Europa; pero nunca se tapan la cabeza con shalakó como las jornaleras; se preservan del sol con una sombrilla. Y ya se acabaron las hijas de Eva, puesto que la que ocupa una posición desahogada, la mujer de clase, si aquí puede llamarse de ese modo, no sale nunca de casa ni la ve, hasta después de casado con ella, el hombre mismo que ha de ser su marido.

Vamos a hablar ahora del famoso pie pequeño de las chinas. En todas las clases lo encuentras con profusión. He aquí cómo se practica esta bárbara costumbre. Al nacer la niña le descoyuntan hacia dentro, triturándoselos, todos los dedos, menos el mayor, le doblan el pie de modo que se apoye al andar sobre las falanjes, quedando el dedo gordo formando el empeine, y le maceran el talón, que desaparece por completo en el tobillo. Es decir, que el pie lo forma solo el dedo respetado; lo demás es un muñón informe. Naturalmente el zapato, estrecho y muy puntiagudo, de vistosos colores y bordados, y sujeto a la canilla por una faja para que se sostenga, resulta de una pequeñez inconcebible y se da al pie la apariencia de una pata de cabra. El origen de esta aberración nadie lo conoce, o mejor dicho, se le atribuyen varias causas. Pretenden unos escritores que fue por adulación hacia una emperatriz que, por lo diminuto de su pie, mereció ser española; suponen otros que es signo de distinción para dar a entender con ello que no necesitan andar y pueden pagarse una camarera que las sirva de apoyo, pues hay muchas que, sin este requisito, no dan un paso. Algo de esto último debe haber dado la inclinación del chino a hacer ver que puede derrochar dinero, y sus aficiones a lo simbólico y emblemático, como lo es también el dejarse crecer las uñas, muy ribeteadas por lo común, para indicar que no se consagran a tareas manuales. Mujeres hay que las llevan cubiertas con dediles, y en Siam se ven individuos con treinta centímetros de uñas, que concluyen por retorcerse en forma de tirabuzón.

Volviendo al pie pequeño, y respetando las opiniones de los que saben más que yo, opino, sin embargo, que hay otra razón para este martirio. Con la trituración desaparece por completo la pantorrilla; desde el tobillo a la rótula, la pierna no es más que una canilla; pero en compensación los muslos y las caderas adquieren un desarrollo fenomenal y muy en armonía con los gustos estéticos de los chinitos.

—¿Por qué no suprimen ustedes esa costumbre? —pregunté a un celeste de quien me asesoro para mis apuntes.

—Porque nos gusta —me respondió— ver cimbrearse al andar a la mujer, que teniendo cuello de cisne, debe tener piernas de faisán.

—Pero eso es bárbaro —añadí.

—¿No lo es más el corsé europeo? —objetó en son de demanda.

—De ese modo condenan ustedes a la pobre mujer a no participar de ninguno de los goces de su sexo —proseguí eludiendo la pulla.

—¿Cuáles?

—El baile, verbi gracia.

—¡El baile! —me dijo soltando una carcajada—. Nosotros no bailamos nunca. Es una de las cosas que más nos llaman la atención en ustedes; que se sofoquen y echen los hígados para no gozar del espectáculo. ¿No sería más natural y más noble dejar bailar a los criados, y que los amos los contemplasen? Es lo que nosotros hacemos con los músicos y los juglares; nosotros los pagamos y ellos nos divierten.

—Tiene usted buenas ocurrencias.

—No, señor, es que ustedes tienen cosas muy raras.

—¡Hombre!

—Sí, señor, muy raras y muy inútiles. Así, por ejemplo, nosotros creemos que los botones están muy en razón en el traje cuando sirven para abrochar algo.

—Y nosotros lo mismo —le argüí.

—Entonces ¿por qué se ponen ustedes estos? —me dijo haciéndome dar media vuelta y señalándome los dos tradicionales botones del talle de la levita.

Ante tamaño argumento confieso que me quedé mudo. Desde entonces cada vez que marcha delante de mí un europeo, no puedo dejar de mirar aquellas dos obleas que me parecen los ojos del chino riéndose de las modas de París, y diciéndome: «Te veo».

En todas partes del mundo se nota diferencia en los rasgos fisonómicos entre un hombre de baja condición y otro educado. Hay en este último más delicadeza en los trazos, más suavidad en los músculos, más distinción en general. Aquí no; todos son iguales. El príncipe Kung, regente del imperio, el virrey de Cantón, el opulento empresario del opio, el mercader y el culi, son ejemplares del mismo cliché.

Una sola cosa los distingue, y es la mejor tela del traje. Todo el que no es culi usa patchama de la misma forma que la de aquel, pero de merino o de seda cruda, de delicados colores celeste, violeta o amarillo de hoja seca. Los pantalones, de igual forma que unos calzoncillos, no de punto, van atados al tobillo sobre unos calcetines de lienzo blanco, muy ajustados del pie y anchos de la canilla. En invierno añaden unas pistoleras, o sea un segundo calzón sin fondillos, que deja ver el de abajo por detrás desde las corvas hasta arriba y un capotón guatado y sin mangas como el de los culis, pero limpio relativamente. La blusa se convierte en ellos en túnica talar llamada Kavalla, cuando se visten de gala, de igual forma y color que la patchama, pero descansando en los talones. La cabeza, en verano descubierta y garantizada por un paraguas, en los meses de frío se la tapan con una flanerita de seda negra del tamaño de un solideo y colocada como este.

El boy o ayuda de cámara es el único chino de modales más desenvueltos y de rostro más simpático; yo creo que en ello influye su trato constante con europeos. Habla inglés o portugués, según la colonia en que habita, francés los de los puntos en que hay concesión de terreno a aquella nación, algunos alemán por análoga causa, y muchísimos español por haber permanecido en Manila o ido a Cuba en el período de la emigración. El boy es el jefe de todos los criados de una casa; las mujeres no hacen otro servicio que el de camareras. Se necesitan los siguientes: Un cocinero con siete duros mensuales: él provee el menaje de cocina y se agencia el pinche o aprendiz. Dos culis de silla; algunos tienen de cuatro a seis duros; encargados de la limpieza de la casa y de servirle a uno de acémila enganchados a la litera. Un office coolie, para las comisiones, correo y mandados burocráticos, con igual salario, y por último, el boy con ocho duros.

Reservados, respetuosos, fieles, salvo las pequeñas sisas, serviciales, exactos, aunque rutinarios en el cumplimiento de su deber, los chinos son un verdadero modelo de criados. No viven más que para adivinar lo que a su amo puede hacerle falta. Hace pocas noches, con el deán de la Catedral de Manila, que me hizo el honor de pasar dos días conmigo, me fui al Círculo; de allí nos trasladamos a una casa de Fantan para que conociera este juego. A la salida, sobre media noche, advertimos que llovía; pero al trasponer la puerta, los culis de casa estaban allí con la silla, sin que nadie los hubiera avisado y en un sitio al que jamás concurro.

Un diplomático, amigo mío, asistió de uniforme a una comida oficial en Hong-Kong. Después se fue a tomar el té en casa de unos amigos; sintiéndose algo indispuesto, le obligaron a pasar allí la noche: al amanecer del día siguiente estaba su boy personado en la casa con el traje de levantarse y otro de calle para cuando su amo se despertara.

Te vas de paseo al campo, llega una carta para ti y el office coolie, como un podenco, se pone a olfatear tu rastro, sin que vuelva a casa hasta encontrarte y haberte dado la misiva.

Con su salario se mantienen, se visten y economizan para dar la mitad lo menos a su padre, o sostener su casa si no son solteros.

En cambio no les mandes nada que esté fuera de sus deberes. Cada cual tiene los suyos y no sale de ellos. El office coolie no te encenderá una lámpara ni tomará una escoba, el culi de silla no te sacará una camisa del armario, el boy no irá con un recado a casa de tu vecino.

Ayer estaba en mi escritorio dándole unas instrucciones al boy; de pronto una ráfaga se me lleva todos los papeles.

—Cierra esa ventana —le digo. Él gira sobre sus talones, y desde la puerta grita:

—¡Culi! Ventana.

El culi, como si hubiera presentido la caricia de Eolo, estaba ya trasponiendo el dintel.

—¿Por qué no la has cerrado tú? —le grito al boy indignado. Y él sin alterarse, me contesta:

Not my business, sir. No es de mi incumbencia.

Macao, 18 de noviembre de 1879.

Mi querido amigo: Una representación teatral china es sin disputa lo que más llama la atención del europeo, acostumbrado a ver que entre los celestiales todo pasa al revés que entre nosotros. Así, por ejemplo, estar con la cabeza descubierta delante de una visita, se considera como signo irrespetuoso y hasta insultante. El lado izquierdo es el preferente en toda ceremonia. Una sonora eructación hacia el final de una comida, es la prueba más relevante de cortesía que puedes dar a tu anfitrión, para hacerle entender con ello que sus manjares te han sentado bien. Cuando a uno le llamas viejo, le prodigas el elogio más cumplido, y es hasta fórmula precisa preguntar a la persona a quien ves por la vez primera los años que tiene, y responderle que aparenta más edad. Por supuesto, ya sabes que escriben de arriba a abajo y de derecha a izquierda; de modo que sus libros, impresos en pliegos como los del papel de cartas por un solo lado, y encuadernados de manera que el doblez haga las veces de canto, formando una sola página lo que entre nosotros constituiría la primera y la cuarta, tienen el fin en el lugar en que en Europa se pone el principio.

Pues bien, todo esto son tortas y pan pintado en comparación de los templos en donde se rinde culto a Melpómene y Talía.

Los chinos son idólatras del teatro: es una verdadera pasión la que tienen por estos espectáculos, en que se representan batallas y pasajes de su historia, alternados con entremeses, de autor siempre anónimo, pues entre ellos es oficio vil el de dramaturgo, en lo que muy pronto creo que los vamos a imitar en Europa, si seguimos por donde andamos.

Pero vayamos por partes.

Las compañías, por lo menos las que yo he visto, están compuestas de hombres solos, y es notabilísima por cierto la habilidad con que los encargados de los papeles de mujer las imitan en todo; llegando la perfección hasta el punto de remedar el pie pequeño de las chinas, formado con un taruguito de madera que se colocan en la punta de los dedos, y con el que tienen que andar de puntillas. Su identificación con la metamorfosis es tal, que hasta fuera de la escena se los toma por mujeres. Me han asegurado que hay compañías exclusivamente formadas por el bello sexo y otras mixtas; y verdad debe ser, por cuanto las leyes chinas niegan a las actrices el derecho de contraer matrimonio legal, relegándolas a la condición de concubinas.

Estas compañías, más o menos numerosas, se dividen en de 1.º, 2.º y 3.er orden, y llevan una vida nómada y errante, como la de nuestros antiguos faranduleros, trabajando allí donde los ajustan, si bien su adquisición es siempre disputada. Rara vez son empresarios los actores.

Lo que llamaremos temporada dura cinco días consecutivos, y los artistas reciben por su trabajo una remuneración que varía entre 600 y 1,500 duros.

Generalmente los teatros se improvisan con bambú en los pueblos de poca importancia; pero donde las representaciones son frecuentes, hay edificios de planta, hechos de ladrillo y yeso, a cuya categoría pertenecen los dos que posee Macao.

La sala es un rectángulo. Dos órdenes de lunetas de madera oscura, separadas por un callejón en el centro, componen, como en nuestros coliseos, el patio, al que concurre la gente acomodada. Estas lunetas están separadas de la pared por un ancho pasillo a cada lado, a los que de pie y gratis asiste el pueblo. En el primer piso hay dos galerías laterales para señoras y caballeros preferentes. En el segundo y en el fondo, paralelamente a la escena, se levanta un graderío para todos, como el paraíso del Real, cuyas delanteras, separadas del vulgo por una barrera y de los vecinos por un tabique, son los palcos para las autoridades de la Colonia.

Los precios de las localidades varían desde un real hasta cinco. Las paredes, que en algún tiempo debieron estar enlucidas de yeso, no están ya más que relucientes de mugre, y jamás hubo mano de pintura en ellas ni en el maderamen, negro por tan distintas y frecuentes fumigaciones. Alguna que otra lámpara de aceite de coco, despabilada a intervalos por culis (coolies), vestidos lo estrictamente necesario para no poder decir que van desnudos, alumbran y asfixian al público. El traje del que no paga y el de la muchedumbre de a real, viene a ser como el del culi. Los de los caballeros y señoras ya nos son conocidos. Pero hay otra clase de Evas, luciendo patchamas de la forma invariable china, si bien bordados en sedas de colores vistosísimos, que por las flores de su peinado, los oropeles de su prendido y el blanco de magnesia y rojo de ladrillo con que embadurnan sus mejillas, para imitar a las grandes damas, acusan a la legua su triste condición de hetairas. Su misión se reduce a dar testimonio con su presencia de la prodigalidad del que las alquila. Y en efecto, el chino, ostentoso por naturaleza, no la lleva allí con fin alguno ulterior: el oficio de aquella mujer termina con el espectáculo. Aquel buen hombre necesita hacer ver que se ha gastado en tal circunstancia algo más que el precio del billete, y ha convidado a aquella criatura, para que esté sentada junto a él, le abanique, le rasque y le prepare la pipa; pues se me olvidaba decir que todos, sin distinción de sexos, fuman durante la representación, comen y beben y se dicen que les ha sentado bien.

En los pasillos hay puestos donde se confecciona toda clase de alimentos, desde el pastel hasta la morcilla asada, que aún humeante, sirven por la sala los dependientes de los abastecedores. Imagínate el olor que allí habrá, si agregas a esto el que todos los descartes de la naturaleza se llevan a cabo donde al público le place. Aquello es un vasto jardín. ¡Quién fuera alcalde de barrio de Sevilla para poder poner aquel célebre aviso: «¡No se premite jumar en el zalon ni llevar castora ni náa que puea incomodal ar veyo sejo!»

Se me pasaba por consignar un detalle. Las representaciones dan comienzo a las siete de la noche, continúan hasta las cuatro de la madrugada, se suspenden hasta las once, y terminan a las cinco de la tarde. El que tiene sueño echa allí su siestecita y ronca. Los ruidos alternan con los perfumes.

Pasemos a la escena, poco elevada sobre el nivel del público. Figúrate una decoración de sala cerrada; pero que en vez de ser de tela y madera, sea de ladrillo y yeso, es decir, fija, invariable, sin más puertas que dos pequeñas en el fondo, y adornada con pinturas y hojarascas de talla dorada. De los muros penden grandes tarjetones encarnados o negros, donde con caracteres de oro se consignan el nombre de la compañía y sus títulos. Dos pasillos laterales interiores, prosecución de los que en el público sirven para espacio gratuito, conducen al foro, donde en un solo recinto se hallan la guardarropía, la sastrería, el vestuario y todas las dependencias.

En el centro del escenario está la orquesta destinada a acompañar a los ejecutantes. Su instrumental se compone de una especie de rabel o violín de una sola cuerda, una o dos guitarras chinas, desmesuradamente grandes, y con la caja en forma de concha, una como a modo de dulzaina, címbalos, gong o campana china, un tambor convexo de metal, como una cazuela pequeña, tocado con palillos, y unos crótalos que producen el sonido de nuestras castañuelas. Todo el proscenio está invadido por un centenar de culis, parte de ellos espectadores, otros guardarropas, despabiladores y dependientes, colocados, como los coros de las óperas en los teatros de provincia, en fila a guisa de soldados de papel. Comprenderás, por lo dicho, que el espacio libre para representar se reduce a unas cuatro varas en cuadro.

Las decoraciones, cualquiera que sea el sitio en que pase la acción, se reducen a una mesa tosca de madera con una silla de bambú a cada lado. Si el teatro representa una casa rica, revisten las sillas de un paño encarnado. Cuando se trata de un accesorio que juega algún papel en la obra, como por ejemplo, un árbol a cuyo pie debe sentarse un personaje, cúbrese el asiento de un paño negro, al que se sujeta un cartelón que dice: «Árbol.»

Fácilmente se ve hasta dónde puede llegarse por este camino de la ideología. Algunas veces la mesa se convierte en cama, agregándose unos riquísimos cortinajes: es el único lujo, pero preciso, que se permiten en la mise en scène.

Desterrados del teatro los trajes de la dinastía reinante de los Tsing, raza tártara de la Manchuria, los artistas usan los de la época de los Ming, pura rama celestial o del imperio del Centro, que son lujosísimos, raros hasta lo indescriptible, y de que solo puedo darte una ligera idea, recordándote los personajes de ciertos abanicos y de algunas porcelanas antiguas del país. Carecen de consuetas y de traspuntes, y todo va fiado a la memoria; con la particularidad de que el público conoce casi siempre la obra tan bien o mejor que los actores, a quienes nunca aplaude, reduciéndose la manifestación de su agrado a un murmullo de aprobación.

La mímica es entre los chinos el fundamento de la declamación; todo lo componen con gestos. Un personaje que escribe, otro que come, no se servirán nunca del pincel (que es su pluma), ni de la taza o los palillos (que forman el plato y el cubierto); con las manos dan a entender como pueden lo que hacen; y sin duda para ellos debió escribir aquel libretista del baile El robo de las Sabinas, la célebre acotación que decía: «Los romanos dejan ver por sus ademanes que carecen de mujeres.» Los chinos lo hubieran interpretado sin apurarse.

Hay, sin embargo, algunos utensilios de que se sirven como símbolo: por ejemplo, el personaje que figura estar montado lleva como látigo una cola de caballo; el que navega blande un remo, porque es de notar que la acción no se interrumpe nunca ni se subsanan ciertas justificaciones con recursos de arte. Si alguien dice que se va de Cantón a Pekín, y la escena que sigue tiene ya lugar en el sitio de su destino, es preciso que emprenda el viaje, ejecutando todos los medios de locomoción de que ha de servirse, llegando a tal extremo la escrupulosidad de estos detalles, que no omite el de cerrar la puerta, bajar la escalera y golpear el aire con sus nudillos cuando figura que llama en otra casa.

Pero lo más raro sin duda en este convencionalismo, es la manera de dar a entender que uno de los interlocutores no ha oído lo que los otros se han dicho aparte. Consiste el movimiento en volver la espalda al público.

Siguiendo por la vía de los emblemas, no te sorprenderá el saber que, para demostrar un personaje que es hipócrita y de doble intención en sus actos, se pinta las narices con una mancha blanca. Por supuesto que abundan las prosopopeyas o personificaciones de ideas, entre las cuales he visto a la inspiración, vestida como de arlequín, penetrar en el cerebro de varios examinandos que concurrían a un certamen del grado de mandarines, dando brincos por encima de sus cabezas.

Su literatura dramática no puedo yo apreciarla, aunque conozco algunas traducciones de obras antiguas. Sin embargo, sé de ella lo bastante para consignar que los entremeses modernos son, en su mayoría, obscenos y repugnantes, pintura fiel y exacta de sus costumbres. En ellos ves títulos como este: El castigo de una mujer que no ha tenido hijos varones, circunstancia que entre los celestiales autoriza al marido a tomar concubina legal; como verás cuando te dé a conocer al chino en familia. Son de larga duración, sin estar divididos en actos, o constando de uno solo. Se representa y se canta en ellos, siendo de notar que, tanto los personajes masculinos como los femeninos, cantan en falsete con unas modulaciones imposibles de comprender, y llevando un compás muy parecido a un laberinto. Añade el acompañamiento de aquellas chicharras, y el ruido infernal del gong y los platillos, que aprietan sin compasión al final de cada pieza, y tendrás una idea de cómo se rinde aquí culto a Euterpe. Esto no obsta para que en Pekín haya un ministerio que se llama de la música.

Yo he asistido a la representación de una obra, que es la historia de un matrimonio, a cuyos contrayentes otorga el cielo, coram populo, el beneficio de un hijo en la forma de un muñeco de cartón, y a cuya paternidad legal puede el público servir de testigo de prueba.

Por la contra, existen obras antiguas de un delicioso carácter y de una intención filosófico-social del mejor cuño. Juzga por este relato.

Tchuang-Tsen es un sabio y viejo confucista, casado con la hermosa Tián. Un día que el marido se paseaba por el monte, observó junto a una tumba a una linda mujer aventando la tierra con su abanico. Preguntándole lo que aquello significaba, contestóle ella que aquel sepulcro era el de su marido, que al morir le había impuesto la obligación de no volverse a casar hasta que la tierra de su lecho de muerte estuviese completamente seca, y que trataba de ver si con sus esfuerzos lograría lo que la naturaleza se empeñaba en negarle: secarla.

El sabio, que al mismo tiempo tiene sus ribetes de hechicero, compadecido de la pobre viuda, hace que la humedad de la tumba desaparezca, lo que ella acoge con evidentes muestras de júbilo, llenando de caricias a Tchuang-Tsen, y concluyendo por regalarle su abanico. De regreso a su casa, entera a Tián de lo ocurrido, y esta, que demuestra ser mujer rígida en sus principios e intransigente en cuanto con la decencia y la consideración se relaciona, se desata en improperios y llena de dictados a aquella mujer, que tan pronto y sin recato alguno olvida el respeto debido a su difunto esposo.

—Lo mismo harías tú y todas —le contesta el sabio.

—Nunca —replica Tián—. Eso es indecoroso e impropio de mujer que se estima.

Finalmente, tras una larga discusión, cada uno se queda con su razón, sin avenirse.

A los pocos días, Tchuang-Tsen cae enfermo, y se muere. Tián se abandona al más vehemente y más ostensible dolor. Terminadas las ceremonias fúnebres, mete el cadáver en la caja, y se dispone, según la usanza china, a guardarle en la cámara mortuoria los tres o cuatro meses de rigor entre la gente rica.

En este intervalo, llega a la casa Wang-Sun, joven y apuesto mancebo, que ignorando la muerte de Tchuang-Tsen, venía con una carta de recomendación, desde lejanas tierras, a ser su discípulo y compartir con él su hogar. La viuda le da alojamiento hasta que disponga su regreso, y ambos lloran al difunto, encomiando las excelencias de su carácter y sus virtudes. Pero el diablo las carga, y de fil en aiguille, como dicen los franceses, Tián concluye por enamorarse de Wang-Sun, que, nuevo José, quiere buscar en la fuga amparo contra las tentaciones de la viuda del Putifar chino. La pasión de Tián se excita con su esquivez, y por fin... ambos se ablandan.

Entonces óyense golpes en la caja; Wang-Sun, aterrado, echa a correr; Tián, con mano trémula, abre el féretro, y lo halla vacío. Vuelve a la sala en busca de su amante, y se encuentra con su marido Tchuang-Tsen, que la recibe con una carcajada, y le explica que es él quien ha tomado la forma de Wang-Sun, concluyendo con esta frase:

«¡Vamos! ¿Te convences de que lo mismo sois todas?»

Los hechos históricos que en el teatro se representan, son más bien escenas gimnásticas, en las que los combatientes se entregan a saltos muy notables, luciendo trajes lujosísimos y armas de una rareza ejemplar, cuya autenticidad es notoria, pues aún se usan, y las describiré a su tiempo cuando te hable de mi visita al virrey de Cantón.

Lo original de estas representaciones es el combate. Si la crónica refiere que el héroe de la leyenda mató a quinientos combatientes, no cesará el espectáculo mientras los comparsas no hayan pasado otras tantas veces bajo el filo de su espada, que él blande de un modo muy artístico, figurando que mata con ella a sus enemigos; hasta que al fin, para indicar que la lucha ha terminado, coge una cabeza de cartón que está sobre la mesa, y hace como si la derribara de un tajo. Entonces retumban vivas y gritos de victoria, y cercándole de banderas, se lo llevan en triunfo; el público murmura, y si no cae el telón por no haberlo, sale uno a respirar el fresco ambiente de la tarde.

Macao, 26 de marzo de 1880.

Mi querido amigo: Ya te he dicho que en vano busca uno colores en China; pues lo mismo sucede con los olores (salvo los malos, peculiares de este país), los ruidos, los afectos y las pasiones. Todo aquí es vergonzante o rudimentario; no hay nada franco y decidido. Aspirando bien, llegas a encontrar a la flor algún perfume recatado y modesto; las frutas no son ni agrias ni dulces, pero sí insípidas; los instrumentos músicos carecen de sonoridad, su ruido es mate; chinos y chinas cantan en falsete, sin vibraciones en la voz y en el diapasón de la confidencia; se diría que hacen música en secreto. No extrañarás, por lo tanto, el saber que en China no hay amor, con lo que probado queda que no hay nada: lo que no obsta para que los estadistas difieran en reconocerle de cuatrocientos a quinientos millones de población, que es una apreciable diferencia. Esto indica que hay familia en el sentido de la multiplicación. Veamos cómo está organizada esta operación aritmética.

El nacimiento de una hembra es una desgracia en el hogar. La ley protege al marido cuya mujer no le ha dado hijos varones, y le autoriza a tomar concubina legal. La superstición, base de esta sociedad, va aún más lejos, y madres hay que considerando como un castigo celeste el no tener sino hijas, las matan, por aplacar el enojo divino. Venderlas es cosa frecuente; por dos reales adquieres una niña de tres o cuatro años. No hace muchos días vino una madre a regalarnos la suya, en agradecimiento de unos juguetes que a su hijo le habían dado los míos.

Es tan inconcebible lo que voy a contarte y tan frecuente en los escritores el inventar por producir efecto, que, aunque te consta mi veracidad, creo de mi deber repetirte bajo palabra, para satisfacción de tus lectores, que estas correspondencias no tienen otro mérito que el de la exactitud, reducidos sus detalles las más veces a las menores proporciones, pues cosas hay que no sabe uno cómo decirlas, y que no obstante se deben dar a conocer.

Entre muchas hermanas hay siempre una que es la predilecta de los padres, predilección que debe trascender al público, lo que consiguen colocándole en un lado de la cabeza el tuferito de pelo que las demás ostentan en mitad del occipucio, hasta que ya adultas unas y otras, dejan crecer la parte afeitada y adoptan el peinado de soltera o el de casada, aun siendo célibes, si no quieren consagrarse al matrimonio. Por supuesto, no las enseñan a leer ni a escribir, y su educación se reduce a empezar a comprimirlas el pie desde que tienen cuatro años, para destinarlas a esposas, que necesariamente han de ser de pie pequeño. Hablo de las clases acomodadas, pues los pobres, como en todas partes, hacen lo que pueden, y se casan sin miramiento a la base.

Muchas de estas desgraciadas mujeres quedan relegadas a la condición de concubinas de algún chino acomodado, o pasan a ser mercancía vil del transeúnte, porque sucede que, si joven aún, cae enferma, in articulo mortis la madre la vende a una curandera, que se encarga de cerrarle los ojos y sufragar su entierro; pero si sana, la empírica, que a su profesión agrega el oficio de zurcidora de voluntades, queda dueña exclusiva de la infeliz, y la explota hasta que ella puede emanciparse mediante un rescate pecuniario.

La elefantíasis, esa terrible enfermedad hereditaria conocida vulgarmente con el nombre de lázaro, hace en China estragos horrorosos; y la mujer que por desgracia cuenta algún lazarino en su abolengo, es llevada por su propia madre a esos centros de la higiene pública, donde cubriéndose treinta y seis veces de oprobio, asegura la superstición que desaparece el germen del mal.

Pero nace un hijo y la decoración cambia; no creas que hay bautizo ni inscripción civil; toda la ceremonia se reduce a celebrar tan fausto suceso con una comilona, mucho más copiosa para el mayorazgo que para los demás hermanos varones que le sigan: derecho de gradación que se refleja en todos los actos de la vida china, alcanzando hasta la herencia, de la que, excluidas las hembras, toca a cada hijo una parte tanto mayor cuanto aventaja en años a sus hermanos menores.

El padre pone un nombre a su antojo al chico, y este lo conserva hasta que se halla en disposición de empezar su instrucción primaria. Entonces lo cambia, operación que verifica también al casarse y al desempeñar un cargo público. Los emperadores mudan asimismo de nombre al subir al trono, al entrar en la mayor edad y al ser juzgados después de su muerte por los censores, quienes le conceden el dictado con que han de ser conocidos en la historia.

Empieza, pues, el muchacho por estudiar los caracteres de que se compone su lengua, y que se elevan a la enorme cifra de 85,000. Conocer la mayor cantidad posible de ellos constituye el desideratum de los chinos. Escritura ideológica trazada con pincel de arriba abajo y de derecha a izquierda, cada signo de sus más de doscientas radicales corresponde a la representación de un objeto, y combinados, producen esa multiplicidad de caracteres a cuya absoluta posesión no hay nadie que haya podido llegar todavía. Agrega a esto el que cada signo tiene una pronunciación monosílaba y que cada monosílabo es susceptible de ser pronunciado de cuatro maneras diferentes, y tendrás una idea, aunque remota, de las dificultades de la lengua.

El idioma oficial es el mandarín o pekinés, existiendo además muchísimos dialectos o puncti (lengua del país), entre los cuales el más generalizado es el cantonés. El populacho y la gente de mar hablan una jerga conocida con el nombre de Aka.

Como en China no hay universidades ni centros de enseñanza oficial, el muchacho tiene que estudiar con maestros particulares, empezando por imponerse en moral según las máximas de Confucio, retórica, historia la estrictamente necesaria para conocer la cronología de sus reyes, pues la de los demás pueblos maldito lo que les interesa; filosofía con las ampliaciones de Mencio a los preceptos de Confucio y comentaristas de este, y legislación, la cosa menos parecida al derecho que puedas suponer.

Y aquí se acabó toda la enseñanza. Lo importante es obtener un grado de mandarín, única aristocracia personal, no hereditaria, en China, a la que tiene opción el individuo cualquiera que sea su origen, y que si se otorgase exclusivamente al mérito, en vez de adjudicarse al mejor postor, justificaría en los chinos el dictado de celestiales con que se adornan; pero ya te dije al hablar de los juegos cómo se verifican estos exámenes.

Nueve son los grados de mandarín y se distinguen por el botón o bellota con que adornan su sombrero. Este es como una gorra de jockey, a la que se le añadiese, en lugar de visera, un ala o baranda como la de un sombrero calañés ceñida al casquete, es decir, sin vuelo y tan alta como este, teniendo por remate en el centro de la copa, su borla de fleco encarnada y el botón distintivo de la categoría. Su efecto es el de un cubo de ancha base, puesto por la boca sobre el cráneo.

El botón rubí o rojo transparente, es el signo de los mandarines de primera clase, la más elevada. Su número es de veinticinco. Seis están en el ministerio, quince presiden los tribunales de provincia y cuatro tienen a sus órdenes al ejército. Todos ellos han de ser letrados y forman el Consejo del emperador.

El botón rojo coral opaco, lo usan los mandarines de segunda clase, en la que están comprendidos los magistrados y jefes militares, y los de los ramos de la administración pública, entre ellos los gobernadores de las provincias.

El zafiro o azul transparente, corresponde a la tercera clase, o sea a los presidentes de los tribunales de segundo orden, en las provincias, estando comprendidos en la cuarta los individuos de estos mismos tribunales con derecho al uso del botón azul opaco.

La quinta y sexta, relativas a cargos públicos de menor importancia, se diferencian por el botón blanco transparente y blanco opaco; y la séptima, octava y novena, que abrazan los maestros de instrucción y los encargados de la vigilancia y conservación del orden público, ostentan el botón dorado, ya liso, ya trabajado a cincel.

Su número total asciende a 25.000; de ellos, 15.000 pertenecientes a ramos civiles y 10.000 al ejército, si bien estos pueden triplicarse en caso de guerra.

Los cuatro grados principales son: el de siut-sai o bachiller, cuyos exámenes escritos, verificados por el sistema celular y juzgados por tres tribunales distintos a pliego cerrado y con lema, como en los concursos poéticos, tiene lugar anualmente en las ciudades todas del imperio. El siut-sai se subdivide en ling-sen, que con sueldo del Estado, sirve a las órdenes de mandarines de alto rango; en seng-seng o agregado del ling-sen, con sueldo temporal, y en fu-hio, o sea una especie de alumno de la normal dedicado a la enseñanza.

El grado inmediato superior es el de Ku-jin o licenciado, el primero que da aptitud para aspirar a los cargos públicos, y cuyos exámenes, verificados como todos, por el mismo sistema celular, tienen lugar en la capital de la provincia.

El de Tsin o doctor, y el de Ham-ling profesor, han de pasarse en Pekín. Todos los gastos en época de exámenes, son costeados por el emperador. Y ya en aptitud por razón de su categoría, lo mismo desempeña el mandarín un cargo en la magistratura que en la administración, en el ejército que en la marina. Lo compra y luego lo usufructúa como mejor le place, con arreglo a la tarifa de su capricho. Ya te he dicho que, una vez mandarín, el chino puede y debe dejarse crecer el bigote.

Llegada la época de casar al muchacho, lo que si es mandarín no tendrá efecto sino con hija de mandarín precisamente, he aquí lo que ocurre. En primer lugar los novios no se conocen; uno y otro ignoran en absoluto con quién van a compartir la existencia. Una casamentera de oficio arregla con los padres de los contrayentes las condiciones del contrato, en las que para nada interviene el dote, pues no le hay. Basta saber que la novia es de pie pequeño y su familia de posición análoga a la del novio. Si es posible, se procura que los dos contrayentes hayan nacido en el mismo día de la luna (los chinos computan por lunaciones), si bien en año diferente, en atención a que ella debe ser más joven. Te diré de paso que, como para los celestiales el ser viejo es un título, todo chino cuenta adelantado, y desde que nace tiene un año: de modo que cuando realmente cumple uno, para él son dos.

Unos días antes del destinado para la ceremonia, recorren las calles multitud de culis, harapientos como siempre, cargados con los regalos de la novia, consistentes en provisiones de boca para un mes, y el ajuar; todo metido en cajas, sobre las que hay unos letreros expresando el contenido, que nunca es tan ostentoso como reza el cartel, dado el defecto de ostentación de la raza.

El día de la boda, a las nueve o las diez de la noche, la novia se viste con lo peor que tiene; deshace su peinado de soltera, y a medio hacer el de casada, se despide de su madre. Es condición precisa que alborote la casa, fingiendo gran desesperación; y así la bajan hasta el zaguán, donde la espera la silla nupcial, palanquín cerrado por todas partes y adornado de vistosa talla, que se alquila ad hoc, y en el que la meten a puñados y como por violencia, al compás de sus berridos, ahogados por los golpes del gong, la dulzaina, el tamborete convexo de metal y los cohetes del séquito, compuesto de culis provistos de linternas de papel de todos tamaños y hechuras.

Antes de salir del hogar paterno, la madre arroja sobre la silla unos puñados de arroz y unas gotas de vino, extraído de este grano, para que la abundancia acompañe a su hija, y puesto un velo rojo a modo de cortina sobre el palanquín, la comitiva se pone en marcha hacia la casa del novio, seguida de la casamentera y de un marrano abierto en canal y asado, con que la suegra tiene que obsequiar necesariamente al yerno. En cuanto este advierte la proximidad del cortejo, sale a la puerta y espera que depositen la preciosa carga. Su primer cuidado es descorrer el velo que cubre la litera y llamar a su esposa, que continúa lanzando ayes como si la desollaran viva. Si el novio acepta con gusto el matrimonio, lo demuestra llamando a su mujer merced a una patada que da contra la puerta del palanquín; si, por el contrario, la boda le viene cuesta arriba, se concreta a golpear la silla con los nudillos. Por fin, ábrese el castillo encantado y la novia se presenta cubierto el rostro en señal de rubor. La casamentera la toma sobre sus espaldas, y como pudiera hacerlo con un fardo, la sube las escaleras y la deposita detrás de la cama, sobre el duro suelo. Síguela el marido, contempla a su cónyuge, y si no es de su agrado, se presenta ante los circunstantes con el abanico metido en la babucha; pero si merece su aprobación, se lo coloca entre el pescuezo y la cavalla o túnica, cena con los circunstantes y remite a su suegra la cabeza y el rabo del cerdo, en testimonio de satisfacción absoluta.

La noche se pasa devorando, bebiendo té, disparando cohetes y oyendo aquella música infernal. A la mañana siguiente tiene lugar la recepción de los parientes y amigos, provistos de su correspondiente regalo. Una vez reunidos, colocan a la novia en el centro, y las mujeres que la rodean principian a decir todo género de obscenidades y conceptos libres, que aquella debe escuchar con aparente rubor, pues el acto envuelve una especie de examen de su inocencia. Restituida al hogar paterno, y convencida la madre de que su hija ni ha sido impaciente ni ha faltado al recato, descósele las vestiduras que iban unidas entre sí para que no pudiera ser despojada de ellas, lávale la cabeza, la casamentera la adoba el peinado de casada, y con los aderezos propios de su condición, regresa definitivamente a casa de su marido, donde tiene sus habitaciones reservadas o su gineceo, inaccesible al sexo fuerte extraño a la familia.

La mujer, degradada y envilecida en el Celeste Imperio, no come jamás con su marido, quien no titubea en sentarse a la mesa con los últimos culis de su servidumbre; y mientras no tenga un hijo varón, está en el deber de considerarse como la esclava de su suegra.

El adulterio contra mujer legítima o primera, es decir, no concubina, es castigado de muerte sin substitución; pues en los demás casos de pena capital, el reo puede comprar substituto, y la ley se da por satisfecha con decapitar a un hombre que se avenga a purgar el delito ajeno.

Los chinos, ostentosos por naturaleza, toman concubinas sin limitación, como cuestión de lujo, aun cuando su mujer les haya dado hijos varones. Todas habitan bajo el mismo techo y en perfecta armonía; pero los hijos de las segundas mujeres no pueden llamar madre sino a la esposa legal (de quien son criadas las otras), si bien gozan de toda consideración y derechos, incluso el de primogenitura, como hijos legítimos que son según sus Códigos.

Uno de los cuidados más importantes del chino es hallarse rodeado de los suyos en el momento de la muerte; el hijo mayor es el encargado de dar a las cenizas de sus padres los honores más exagerados posibles, honores que a veces conducen hasta a la ruina. Vayamos por partes.

Desde el instante en que principia la agonía de un celestial, todos los suyos rodean el lecho y prorrumpen en exclamaciones de dolor, que cesan en cuanto aquel espira, pues, rituales, más que espontáneas, tienen por solo objeto dar al moribundo un postrer testimonio de consideración; y muchas veces se alquilan llorones de oficio, si la familia no es bastante numerosa para armar todo el ruido de precepto.

Con las ansias de la muerte se ponen a hacerle el tocado, incluso peinarle, operación que en las mujeres invierte horas enteras; y acto continuo le revisten de todos los trajes que constituyen su ajuar, puestos unos sobre otros, a fin de que en la otra vida no carezca de abrigo. Ya en las postrimerías, le arrojan de la cama abajo, pues ningún chino debe morir sino en el duro suelo, y cerrados los ojos, guardan el cadáver durante tres días, en los que los bonzos, con los invariables instrumentos de gong, chirimía o dulzaina y timbalillo de metal, se entregan en la casa mortuoria a sus oraciones fúnebres, acompañados de los parientes más cercanos, que se distinguen por una montera de tela blanca con que cubren la cabeza. El luto consiste en ponerse el cordón de la coleta de color azul y revestir la casa con entrepaños de papel celeste, también con caracteres dorados, en los que se consignan el nombre del finado y las máximas sobre el respeto debido a los que ya no son.

Transcurrido aquel plazo, meten el cuerpo en una caja cuadrilonga con una especie de medias cañas superpuestas en toda la longitud de sus lados, lo que, vistas por sus testeros, le da la apariencia de una flor de cuatro hojas, y en tal estado conservan el cadáver en la casa dos, cuatro meses y hasta un año, según los medios de que dispone la familia, pues en todo este intervalo continúan las preces, y por consiguiente los gastos.

Llegado el día del entierro, se reunen parientes, amigos, llorones, bonzos y músicos, y precedidos de dos con estandartes de madera, se dirigen al sitio de la inhumación. Si el muerto es pobre, le dan sepultura en el cementerio general, que es el lomo de una colina sin tapia ni cercado, lleno de pilares de piedra, donde está inscrito el nombre del que debajo reposa.

Si, por el contrario, se trata de un rico, el féretro es transportado a veces a centenares de leguas de distancia, a la tumba que, el finado en vida o el hijo a su muerte, ha adquirido en virtud de informaciones dadas por una especie de agoreros o adivinos, que viven de esta especulación. Su misión es estudiar el terreno, siempre montuoso, en que el cadáver hallará más dulce bienestar, y que mejor se adapte a sus condiciones de carácter, según las revelaciones atribuidas a sus sortilegios. Inútil es decirte que los tales arúspices se ponen a menudo de acuerdo con el propietario de un yermo invendible; y que, abusando de la supersticiosa credulidad en que todo chino incurre, llega hasta a hacer pagar a su cliente cien mil duros por lo que no valdría veinticinco en buena venta.

La tumba china afecta invariablemente la forma de Omega, o para los que no sepan griego, de una corcheta, mucho más elevada por el centro de la curva que por los extremos, y con el espesor suficiente para contener un cuerpo humano entre el doble tabique de su línea. Su diámetro alcanza catorce o más metros; el hueco central está esmaltado de flores, y una verja de caprichosa forma circuye, aunque no siempre, el todo.

La comitiva enciende grandes teas de ramas secas, con las que a los cuatro vientos se ponen todos a dar golpes al aire para ahuyentar los malos espíritus, operación muy frecuente en los actos de la vida china, concluido lo cual dan sepultura al muerto, gritan otro ratito, y depositando en la tumba comestibles y otras menudencias, se da por terminado el acto.

La idea de que el espíritu del muerto anda errante, y puede carecer en la otra vida de los artículos más necesarios, incluso el dinero, hace que el chino esté enviando constantemente remesas a sus deudos de todo género de cosas; pero como el procedimiento saldría muy caro, han inventado un expediente tan original como lucrativo para los que a tal industria se dedican. Consiste este en la fabricación de enseres fúnebres de papel representando corpóreamente sillas, mesas, barcos, literas, caballos, armas, camas, pagodas y hasta dinero (pedacitos cuadrados de talco pegados sobre una cuartilla de papel de estraza); todo lo cual se vende en multitud de almacenes especiales, para que los chinos lo quemen diariamente, y convertido en humo, lo hagan llegar a su destino. En fin, conduce a tal extremo la superstición de estas gentes sobre el particular, que, aunque algo en desuso, todavía se practica una bárbara costumbre; al dar sepultura a un chino opulento, entierran vivos con él a dos o más muchachos para que desempeñen con el muerto las funciones de criados... y otras.

Macao, 30 de enero de 1881.

Mi querido amigo: Los chinos computan por lunaciones y por los años de entronizamiento del príncipe reinante. Hoy, es, pues, primer día de luna del año séptimo del emperador Kuang. La única fiesta, propiamente hablando, que le está concedida al celestial, y cuya duración es generalmente de treinta días. Es condición indispensable que nadie entre en el año nuevo sin haber pagado todas las deudas contraídas en el anterior; de ahí el que a la espiración de diciembre los artículos de lujo se vendan en las tiendas por la mitad del precio, la estadística de hurtos, nunca robos, aumente de una manera considerable, y los prestamistas no puedan dar abasto a los clientes.

Quince días antes del que hoy se conmemora, las transacciones se paralizan; el chino, comerciante con lonja abierta o propietario con casa cerrada —como lo están todas las que no son expendedurías, pues el prurito del celestial es que nadie inspeccione sus actos, y para ello fabrica su vivienda a cubierto del murallón que adopta por fachada— todo confucista, budista o taotista, en fin, barre o manda barrer su hogar; operación que no vuelve a repetir hasta el año siguiente, pues entre otras preocupaciones, tiene la de creer que quitar las inmundicias, es ahuyentar la fortuna. Tanto es así, que el mayor castigo que en su superstición puede dársele a un celestial, es condenarle a pobreza eterna, pasándole una escoba por la cara. Y por mi nombre, que deben ser riquísimos, a juzgar por los ostensibles signos de economía de que hacen alarde.

Engalánanse los almacenes con hojarasca de papel de oro y de colores, con flores de artificio, con macetas de plantas naturales, algunas de las cuales, por su rareza, alcanzan ciento o más duros de valor; ilumínase todo con arañas, linternas y candelabros; dispónese en el centro una mesita cubierta con riquísimo tapete de seda recamado de oro, sobre la cual el dragón sagrado u otro ídolo de su devoción recibe la ofrenda de las golosinas que los visitantes han de comerse después, y da comienzo al disparo de millones de pequeños cohetes, con que sin interrupción están saludando a la luna.

Al principiar el año nuevo, o sea a las doce de la noche, pues nadie duerme para no entrar en él con malos sueños, todo el mundo —menos la mujer de condición que vive siempre reclusa— échase a la calle a contemplar las iluminaciones, aspirar el olor de la pólvora, asistir a los espectáculos teatrales y decir Kon-ji o sea «viva» al deudo, pariente o amigo. Amanece, y desde aquel punto las tiendas, cuyo cierre además de la puerta ordinaria, consiste en gruesos barrotes verticales de madera al exterior, ingeniosamente atrancados por una traviesa que los sujeta todos por dentro, quedan cerradas, a excepción del postigo, para dar paso a las visitas. Estas las constituyen caballeros, que aquel día no parecen millonarios por lo limpios que se ponen, que van a comer alguna golosina y a emborracharse jugando a la morra, o sea a acertar el número de dedos que entre los jugadores presentan simultáneamente. Al revés que entre nosotros, el que pierde es el que queda obligado a beber, y el que gana el que paga el vino de arroz, único que ellos conocen y que liban en tazas microscópicas de porcelana. Aunque la embriaguez llega a su colmo en estas fiestas de Baco, ni hay que deplorar nunca una consecuencia triste, ni en esta ni en otra época del año se encuentra un chino beodo por la calle. La morigeración de este pueblo, en lo que a costumbres públicas se refiere, es ejemplar. ¿Será la civilización el germen de nuestros vicios? Creamos que no, y pasemos adelante.

Por supuesto que en ese día no puedes contar con ninguno de tus servidores; tienes que andar a pie, prescindir de recados y darte por muy feliz si, en gracia de los aguinaldos recibidos, alguno de ellos se digna hacerte la cama y darte de comer algo frito, para acabar pronto. Desde muy temprano vienen todos a prosternarse en tu presencia, y en seguida echan a correr al bazar a comprarse zapatos, de que hacen provisión para los doce meses restantes; pues nadie deja de estrenar algo en año nuevo; y hasta los pobres de solemnidad, a falta de otra cosa, renuevan el cordón con que se trenzan la coleta. En cambio ellos te obsequian con toda clase de dulces, desde el de toronja o zambúa, hasta el de guisantes en vaina azucarados; y te regalan cohetes.

Entre las clases acomodadas el ceremonial es el mismo, sin más diferencia que el hacerse a cencerros tapados. Se saludan por tarjetas, pedazos rectangulares de papel grana, de un palmo de largo, con tres o cuatro caracteres negros, del diámetro de un napoleón; se envían presentes comestibles, y se visitan con el ritual que te explicaré al hablarte de mis relaciones sociales con los hijos del cielo. Poco a poco el bullicio va perdiendo en intensidad, y quince días después todo torna a su natural estado.

Los chinos celebran otras festividades; pero en ninguna de ellas se cierran los establecimientos ni se suspende la vida pública. La conmemoración de los difuntos, que tiene lugar durante la cuarta luna, se reduce a quemar objetos de uso doméstico, simulados en papel, que por ese medio creen enviar a los errantes espíritus para que no carezcan en la otra vida de lo necesario. Lo más notable de este rito son las visitas a las pagodas que entonces se construyen a expensas de los consumidores, pues se sufragan con el producto de una especie de subsidio con que todo expendedor recarga sus ventas anuales y que religiosamente entrega a la comisión encargada de alquilar o adquirir los adornos y de dirigir los festejos.

Estas construcciones, que ocupan un área como la plaza Mayor de Madrid y tienen una elevación como la de la nave del Escorial, están hechas exclusivamente de bambú sin el auxilio de un clavo ni otra trabazón que la de sus muescas y nudos. De aquellas inmensas bóvedas penden millares de lámparas y objetos de adorno, cuyo peso maravilla que puedan resistir unos soportes tan débiles en apariencia. Las lucernas, algunas de las cuales sustentan hasta cien globos de luz, tienen sus brazos y machones revestidos de diminutas plumas de un pájaro azul turquí que se confunden entre filamentos de oro con el más acabado esmalte de orfebrería. El interior de las pagodas no puede describirse; es de un efecto maravilloso, hasta para los europeos acostumbrados a ver prodigios en los concursos universales de la industria. Sobre colosales armazones de sutil mimbre, vuelan por el espacio gigantescas mariposas, aves e insectos de flores naturales con todos los matices y perfumes de que es susceptible la naturaleza de la zona tropical. Alternando con estos ramilletes y encuadradas en magníficos marcos de talla, vense representaciones esculturales de tamaño natural y de movimiento, recordando pasajes de las mejores obras dramáticas; cuyos personajes, luciendo los trajes de la pasada dinastía Ming, son un asombro de lujo, con tamaña profusión de sedería bordada, que nadie ha podido aún igualar en perfección ni en opulencia. Más allá los bronces del culto y suntuarios se mezclan con los vasos y discos del más puro caolín, de los tiempos remotos, confundidos a su vez con los monstruosos bloques de verde jade o de sanguinolento mármol de la Tartaria. Mientras la susurrante fuente humedece las espirales de humo perfumado que exhalan centenares de pebeteros, los ídolos búdicos, de quince codos de altura, resisten con sus atléticos brazos los arranques del entablamento, y las obras más acabadas del recamo de oro y plata sobre seda, cuelgan desde el friso hasta el pavimento como ramificaciones de un Pactolo aéreo e inagotable. Es la primera vez que he visto realizado el esplendor de mi China soñada. Desgraciadamente solo dura la ilusión ocho días al año. Quince minutos han bastado muchas veces para que un incendio lo devorase todo y produjese innumerables víctimas; pero ¿quién se resiste a visitar de noche aquel admirable conjunto, realzado con millares de luces y transparentes de tan delicado gusto como caprichosas formas? Desgraciadamente el encanto huye con solo fijarse en el sucio porte de la concurrencia. No hay compensación.

Contrastando con esta magnífica exposición, llega la fiesta del plenilunio de la octava luna; manifestación modesta, pero imprescindible, del culto budista. En ella se conmemora el aniversario de la creación por Dios del astro de la noche. Todo chino permanece en su casa, y aguarda con la ventana abierta y a oscuras a que la casta Selene haga su aparición en la rendija del firmamento que le permite ver su angosta calle; y, apenas la divisa, le alumbra candelillas, le quema pebetes, la saluda prosternándose hasta el suelo y come en su honor un pedazo de pastel, confeccionado exprofeso con tocino y almendra para aquella solemnidad, cuya virtud no se me alcanza; pero te diré acerca de su consumo, que una sola pastelería de Hong-Kong produce anualmente a cada uno de sus cinco socios, la enorme cifra de diez mil pesos fuertes. Verdad es que se trata de un pastelero más famoso que el mismo de Madrigal.

Otro espectáculo que realmente tiene importancia y novedad para el europeo es una procesión de linternas. Estas no se verifican en épocas determinadas; son expansiones accidentales que se permite sufragar, ya un vecino acomodado a quien un negocio le ha salido bien, ya un gremio que solemniza una circunstancia memorable, ya, en fin, un barrio que impetra el favor del cielo ante una enfermedad epidémica. Porque, aunque retarde con una digresión su relato, debes saber que aquí la medicina no constituye facultad ni se aprende en colegio alguno. Todo es empirismo; no hay más que curanderos, cuyo mérito está en proporción del número de recetas que poseen. Su diagnóstico es muy sencillo: para ellos las enfermedades se reducen a fuego o aire. Su terapéutica aún lo es más. El fuego lo apagan con jugos de vegetales, y el aire lo sacan con ventosas y con cauterios. De ahí que no haya chino que no tenga el cuerpo, y en especial el cuello y la cabeza, lleno de cicatrices y quemaduras. El tifus, que en China se llama fiebre del cabello, consiste, a su juicio, en una como venita o hebra capilar que circula por el cuerpo llena de sangre corrompida y que hay que extraer. Para asesorarse de que el enfermo padece semejante dolencia, le dan a saborear un manjar amargo; y si lo halla dulce, es prueba inconcusa de que el mal existe. Entonces hay que buscar el sitio en que puede encontrarse el cabello, y si dan con él, lo extirpan vaciándole la sangre inficionada. Poseen, sin embargo, algunos medicamentos de virtud reconocidísima; y no puedo resistir a la tentación de transcribirte el que para combatir el cólera emplean en el Ton-Khin. Se lo debo a nuestro compatriota el Reverendo Padre monseñor Colomer, natural de Reus, obispo y jefe de nuestras misiones en aquella región de Annam; que siempre lo ha usado con resultados satisfactorios. Tuéstanse al horno unos cangrejos, mejor de río que de mar; machácanse bien con su cáscara; se disuelve media cucharada de aquellos polvos en una copa pequeña de buen vino añejo y se le da a beber al paciente. Generalmente basta con la primera dosis; pero si el mal no cediera, se repite la operación. Suele ocurrir que al desaparecer el cólico, se paralizan también los descartes diuréticos. Para provocarlos y combatir la irritación que origina aquel estado, no hay sino machacar vivos, y por consiguiente crudos, dos o tres cangrejos; mezclarlos con igual cantidad de vino y de la misma clase que en el procedimiento anterior, y, colado su jugo, dárselo a beber al enfermo.

Volvamos ahora a la procesión de linternas, a la que concurren todos los vecinos del barrio con objetos de su exclusiva confección o alquilados a industriales al efecto; pero de un modo o de otro, llevados a cabo con una perfección asombrosa. El elemento principal de ellos, como de casi todos los adornos chinos, es el papel, y una pasta de arroz transparente como el cristal, y muy parecida, aunque más pura, a nuestra cola de pescado, que adaptan primorosamente a unos armazones de mimbre o bambú finísimo.

En cuanto anochece, se reúne el cortejo en el lugar de la cita; y al estampido de algunos morteretes y de algunos millares de petardos, da comienzo el desfile por el orden siguiente: abren la marcha unas cuantas docenas de individuos, vestidos como todos los que componen la procesión con los pintorescos e indescriptibles trajes de la época de los Ming, llevando piras embreadas en recipientes de metal, que iluminan el espeso humo que van produciendo. Síguense unas banderas más grandes, pero idénticas en corte a las de los gremios valencianos, puestas sobre el hombro del porta-estandarte y en sentido horizontal. Y allí principia un ascua de fuego producida por cuatro o cinco mil linternas de todos tamaños, formas y colores, levantadas sobre unas perchas, cuyo río de luz corta de trecho en trecho, ya un grupo de músicos con címbalos, crótalos, dulzaina, timbales, discos convexos (sobre los que repican con una sola baqueta) y el obligado gong; ya unas pagodillas del tamaño de nuestras andas, llenas de molduras y rodeadas de pebetes; ora unas mangas y parasoles de espléndido tisú de oro, parecidas a las del culto católico; luego los monstruosos ídolos de la teogonía búdica. No ha concluido aún la sorpresa que te producen el insecto, el pájaro, el buque, el jarrón, el kiosco y el templo montados con flores naturales y circuidos de puntos luminosos, cuando te arranca un nuevo grito de admiración el niño que, simbolizando un guerrero mitológico cabalga sobre un microscópico caballo de los confines del desierto de Gobi, enjaezado a la usanza mandarina y cubierto de gualdrapas dignas del tocado del imperial jinete; te encanta la imaginación que han desarrollado en la gigantesca concha con todos los cambiantes de la madrépora, en cuyo seno descansa una elegante china simulando una perla del río de Cantón, o te seducen el albérchigo y la naranja que, abiertos en gajos, presentan a tus atónitos ojos, humanas simientes en la clásica agrupación del arte asiático. Pero donde está el mérito sobresaliente de la procesión, es en la infinita variedad de aquella multitud de linternas, donde parece haberse agotado la fuerza imaginativa de la inspiración del hombre. Sin detenerme a describir los faroles ordinarios, pequeños unos y colosales otros, ostentando un carácter chino, que ya por sí constituye un adorno singular; pasando en silencio los tulipanes, girasoles, estrellas, globos y pirámides; ¿cómo no llamar la atención el racimo de uvas de luz, contrastando con el oro de su fruto el verde tono de sus pámpanos; las dos medias sandías con la púrpura de su seno salpicada de relucientes pepitas; la carpa, el salmonete y el atún abriendo la boca y agitando sus aletas; los dos gallos combatiendo con la saña de la verdad; el pavo que se esponja ante la contemplación del auditorio; la langosta que despide aletazos o contrae y dilata sus articulaciones; el faisán de Shang-hai; los monstruos gesticulantes emblema de las pasiones humanas; y por último, las monumentales pagodas con sus cubiertas agaleradas, sus frisos esculpidos y sus afiligranados detalles —más numerosos y sutiles que los de la arquitectura gótica— dejando escapar por el mosaico de su policromía torrentes de luz y de perfumes? Una guardia, provista de partesanas y lanzones dignos del lápiz de Gustavo Doré, precede a un hombre con cabeza de león (animal fatídico de esta fauna mitológica), huyendo ante el dragón sagrado, que lo persigue para ver si lo puede devorar. Es la lucha de la virtud con el vicio. Este dragón, de formidables fauces y armado con anillos que le permiten plegarse a discreción de los doscientos hombres que lo llevan sobre puntales de bambú, está forrado de seda verde transparente, y va alumbrado por dentro. Tiene más de cien metros de longitud, y se considera como un favor celeste y un signo de felicidad el que incline la cabeza delante de la casa de uno. El favorecido le dispara entonces unos millares de cohetes en justo reconocimiento, y el reptil se libra a una graciosa y bien combinada serie de ondulaciones, contrayéndose, dilatándose y retorciéndose en espirales luminosas.

Terminaré mi catálogo de festejos con la descripción de los fuegos artificiales, a que son muy aficionados los chinos. Para el concurso del gran patchon (cohete), se exhiben con anterioridad en un barracón los premios consistentes en un espejito de mano, un transparente, un ramo de papel de talco, o cualquiera zarandaja por el estilo, que ellos en dar no son muy pródigos.

Llegada la tarde de la lucha, colócase el pirotécnico sobre un tablado y empieza a disparar voladores. La muchedumbre, apiñada alrededor, observa la dirección de la caña; aguarda a que baje, y entonces hace prodigios de agilidad por apoderarse de ella; con lo cual y consecuente con la superstición que preside todos sus actos, no solo alcanza ventura para sí y los suyos —mayor cuanto es más gordo el cohete— sino que obtiene una recompensa, quedando obligado a sufragar otra para la justa del año siguiente.

Sus tan decantados fuegos artificiales, repetidos con frecuencia y siempre con igual monotonía, no tienen de particular más que la candidez. Divídense en diez o doce actos, y cada uno de estos en tres transformaciones, lo que da lugar a que el espectáculo termine a las cuatro de la mañana habiendo empezado apenas anochecido. Allá va un acto por cuyo patrón están cortados todos los demás. Princípiase por disparar en medio de la calle y sobre una mesita, una cantidad de voladores con poca o ninguna luz, muchas chispas, profusión de humo y largos compases de espera. Luego la escena se traslada a un catafalco, sobre el que se alza un andamiaje de bambú de la altura de una casa de cuatro pisos. Ízanse en él tres como bombos, de cuádruple diámetro que el de los de una orquesta, en que van encerrados los fuegos. Se aplica una mecha al inferior, y después de diez largos minutos, el armazón se abre y deja ver una maceta con una planta cuyas hojas van cambiando lentamente de colores. Llegado el turno del segundo tambor, aparece una rueda horizontal, en que dan vueltas unas figuras de movimiento que montan a caballo, se apean, riñen o se abrazan, pero todo tan diminuto, alumbrado por unas lucecitas de tan poca intensidad y tan envuelto en humo, que solo el espectador de primera fila puede apreciarlo. La última caja contiene el bouquet; y en honor de la verdad, algunos de ellos no dejan de llamar la atención, pues fatigada la vista con tanto inútil esfuerzo, gusta de que la sorprendan con una masa luminosa; y lo consigue una gran torre transparente de forma octógona, que se desprende desde lo alto del andamiaje hasta el suelo, llevando pendiente de cada ángulo de su tejado una sarta de linternas encendidas, que ni sabe uno darse cuenta de cómo se alumbran, ni se explica que puedan caber en tan estrecho recinto.

Macao, 26 de septiembre de 1881.

La primera parte la constituye la afluencia de cien mil forasteros a una ciudad de sesenta y ocho mil almas; se albergan donde pueden, duermen donde se albergan y comen en la alcoba: no he nombrado la calle porque se sobreentiende.

Cuatro días de fiesta: ni una borrachera, ni un robo, ni una disputa.

¿Quién es Hon-Kung? No lo sé, ni tengo tiempo de estudiarlo en este momento. Es, según voz pública, el primero, después de Dios, de los santos de la corte celestial china. Se le invoca para que conceda paz a todo el imperio, le preserve de epidemias y le otorgue riquezas innúmeras; participa, por consiguiente, del Jano de los paganos, del San Roque de los católicos y de la lotería de los españoles.

En el cómputo chino, cada tres años traen uno bisiesto, que se compone de una luna más de veintinueve o treinta días en la lunación séptima, época en que debe verificarse la fiesta del santo; pero como no siempre hay dinero disponible, redúcese aquella a una modesta manifestación, transcurriendo a veces catorce y más años sin que tenga efecto una solemnidad como la que voy a describir, y que en la ocasión presente ha sobrepujado a cuanto se ha hecho hasta ahora en Macao, matriz, metrópoli, casa solariega del festival en cuestión.

¿Cómo se arbitran los fondos? Como no puede copiar ningún pueblo que no tenga la buena fe, el patriotismo, el amor, en una palabra, del celestial a su enorme familia de cuatrocientos millones de individuos con coleta. Todo comerciante con tienda abierta está obligado a recargar cada objeto que vende en cinco sapecas (cada sapeca vale medio maravedí), que entrega religiosamente a una comisión económica, la cual se encarga de aumentar los productos con el interés que hace ganar al dinero y con los donativos espontáneos de los particulares, cuyos nombres figuran después inscritos en sendos papeles encarnados en el pabellón central del barrio chino. Desde el año 1868 hasta hoy se han recaudado sesenta mil pesos fuertes, que son los que se han invertido en alquiler de los objetos de ornamentación para la ceremonia: calcúlese por ahí el valor intrínseco de este Pactolo de oro, seda y luces.

Describamos, si podemos:

Una cruz griega forma la parte engalanada del Bazar; son dos calles perpendiculares que se cortan casi por el centro y a cada una de las cuales puede que el kilómetro le venga como a su medida. Unos armazones, o andamios de bambú, atados con hojas de la misma caña, y sin que en su sostenimiento entre un clavo, se elevan hasta por encima de las casas, produciendo en algunos sitios tres cúpulas superpuestas de una elevación como el cimborio del Escorial. Todo aquel armazón se cubre con lo que ahora diré; y el vecino a quien le tapan una ventana, ni se queja al alcalde, ni habla mal del gobierno; come a oscuras, y se calla.

Reviste el techo un lienzo de colores abigarrados con flores, hojarasca, animales y quimeras, del que penden tulipanes, peces, frutas e infinitas representaciones, que no son sino otras tantas linternas que le dan el aspecto de una bóveda tachonada de puntos luminosos. Hasta poco más de la altura de dos hombres, caen, sujetos por gruesas maromas, millares de lucernas, arañas, girandolas y quinqués, cuya forma no hay medio de describir ni por su variedad ni por su complicación. Voy a ver si, ciñéndome a una sola, logro hacerme comprensible. Figúrense los lectores la Catedral de Milán reproducida materialmente en madera, con siete metros de altura, y todo el resalte de filigrana de oro. El fondo para el profano es de esmalte azul; para el observador que lo toca y se convence de que la paciencia del hombre pueda llegar a tal límite, es de plumas microscópicas de alción o martín pescador, pegadas con cola. Añádansele centenares de estatuitas esculpidas en pirámides o en racimos como los grupos de los juegos acrobáticos; e iluminándola con doscientos globos de luz con colgantes o lágrimas de cristal de todos los colores del prisma, se sabrá lo que es una de estas lámparas, como se sabe que el punto que asoma en la lontananza del mar es un vapor, porque se ve el humo con el catalejo.

Sin que la bóveda se venga abajo por el enorme peso que resiste, sustenta además de todo lo que es luz, una asiática profusión de gigantescas mariposas, dragones colosales, caracteres chinos titánicos y un centenar más de variantes en ramos de flores; que no otra cosa son los tales monstruos sino la parte perfumada de la naturaleza, adornada con pedazos de espejo y cintas de seda y oro.

Nosotros decimos que todo pende de Dios, pero los chinos deben creer que todo pende del bambú; porque después de lo que dejo colgado, aún faltan unos centenares de cajones con veinte o treinta figuras de medio tamaño natural en cada uno, reproduciendo escenas de los dramas y entremeses más notables de la dramática celeste. La encarnación de los personajes es perfecta; el indumento riquísimo, y las armas, como el sable que le regalé a un sobrino mío en ciertas Navidades, y que, según él, era de buena verdad... de carne.

Las calles están cortadas a trechos por arcos de triunfo colgantes; pues son sin pies, no tienen más que un cornisamento y un gran friso, se estriban en las paredes y los sostiene el entablamento. Cada arco parece el puente de los Suspiros en Venecia.

Todas las fachadas de las casas están literalmente cubiertas, desde el zócalo hasta el alero del tejado, de ricas obras de talla, altos y bajos relieves, cuadros de algunos metros con figurillas hacinadas del color del lapislázuli, hojarascas de ricas maderas aromáticas, otras doradas, transparentes y adornos policrómicos, mientras cada puerta (que lo es de una tienda) se halla convertida en una pagoda con su altar en el centro, su ídolo, flores, pebetes y ofrendas de comestibles. A intervalos una música deleita al transeúnte (si es chino) con sus chirriantes ecos, o un juglar luce sus habilidades sobre un estrado.

Pero donde está la verdadera maravilla es en el pabellón principal; vasto recinto, colosal nave formando la cabeza de la cruz, y en el que, lo que ya llevamos visto, está centuplicado en profusión y en riqueza. ¿Qué hay allí? Yo no sé si podré explicarlo. Lucernas, cuadros, flores, relieves, esculturas, cincuenta mil nombres de contribuyentes o donantes, músicos, un teatro en el fondo con representación permanente y quince mil espectadores, además de otros dos coliseos que funcionan en las calles contiguas, y millares de macetas que parecen receptáculos de plantas y son vasos de prodigios: aquel arbolillo, que se tomaría por un juguete de Nuremberg, es un ejemplar liliputiense del corpulento ébano guardando todas las proporciones debidas en sus microscópicos detalles. Un arbusto que más allá simula un león hecho con astas de venado, es una raíz que a fuerza de mutilaciones, injertos, paciencia y sabiduría, ha tomado aquella forma en un transcurso de doscientos años tal vez, y con el concurso de seis o siete generaciones. Lo mismo digo del carácter chino que está a su lado; con la apariencia de una rama de boj recortado recientemente para aquella circunstancia, es no obstante un tronco con sus brazos y hojas educados desde hace siglos para concluir por simular el nombre de una divinidad, de un emperador o de un simple individuo. Que hay planta de ellas que vale dos mil pesos, no hay para qué consignarlo.

La calle termina por un inmenso altar a cada lado, defendido por dos gigantes de cartón; cuya cabeza, como los telamones del orden atlántico, sostiene el piso. En el pebetero que hay delante arde todo un tronco, de madera de sándalo. Relicarios de filigrana de algunos metros de tamaño, cajas y linternas de orfebrería, monstruos y quimeras de metal, apoyados en el suelo y enroscándose hasta la bóveda, cascadas de paños bordados de oro y sedas, vasos de jade y otras piedras preciosas; todo está allí hacinado, como si la mano de un Pluto invisible hubiera removido las entrañas del universo para hacer ante la humanidad el inventario de su riqueza.

Hablemos ya de la procesión. Esta en algunos casos suele ir por dentro; pero en el presente va por todas partes, porque es de rigor que pase por la casa de cuantos a ella han contribuido. No se extrañará por lo tanto que el desfile, que dura más de dos horas a paso de marcha, con raras detenciones de un minuto a lo más, empiece a las ocho de la mañana, termine a las seis de la tarde y tenga que reanudarse durante tres días consecutivos.

Relatar todo lo que va en ella y por su turno correspondiente, es tarea superior a mi asendereada memoria. El oro, la seda y los adornos que hemos visto en el bazar, constituyen su base. Pero asusta pensar que el traje más modesto de la comitiva no baja de doscientos pesos de valor, que pasan de tres mil los asistentes, y que no hay medio de contar las banderas monumentales de raso recamado de oro, los estandartes de sedas flojas, los parasoles de plumas de pavo real, los bronces suntuarios, vasos de jade, mármoles sanguinolentos, maderas preciosas y tanto y tan infinito detalle de un exagerado precio, ya por su rareza como por su antigüedad o mérito artístico.

Aunque variados hasta la saciedad, he aquí el patrón de los dos figurines, que dan la norma en esta especial indumentaria.

Las congregaciones de chinos ricos llevan el tradicional zapato de galera bordado; media blanca con polainas de cintas de seda de colores hasta la rodilla; calzón de satín blanco; blusa de lo, color de plomo claro; faja de gró muy ancha que forma como un delantal, y cuyos cabos bordados en seda y oro de relieves valen un dineral: cordón de torzal grana en la coleta y esta enroscada sobre la frente; un sombrero tártaro de paja, igual a los paveros de España, forrado de gró, y con caracteres y adornos de terciopelo y oro en la copa; y el inseparable abanico de plumas de cisne, ensartado en la cintura por detrás, lo que les da el aspecto de una cola de palomo.

Todos llevan su correspondiente culi o criado portador del banquillo para reposarse en las paradas.

El otro traje yo no lo sé explicar. Se compone de una túnica y una sobretúnica bordadas; mejor diré, empedradas de oro y plata, comparables tan solo, aunque más ricas, a los vestidos de luces de nuestros toreros. Los sombreros, ya representando un enorme tulipán con franjas de seda, ya un capacete o casco con aletas y plumas de faisán, son de lo mismo, y el efecto general es el de un ejército de astros.

Con ellos alternan los mandarines modernos en traje de gala, con vestas y capacetes de seda del mismo color en cada individuo, y mil reproducciones del iris entre todos; los bonzos, de cabeza rasa, y los ejecutores de la justicia (séquito de los grandes personajes), con sus hopalandas negras, uno como cencerro de mimbre oscuro en la cabeza, y portador cada cual de un instrumento de suplicio.

A las banderas, grandes como las de los gremios valencianos, suceden niños a caballo en traje de emperadores de la dinastía de los Ming. Detalle curioso; entre las cabalgaduras figuraba un pollino, especie rarísima en estas regiones. A aquellos siguen timbaleros redoblando sus tamboretes de metal (porque aquí se puede repicar y andar en la procesión); andas con objetos raros, perfumes, pagodillas, músicas, angarillas con comestibles y bebidas para los que tengan necesidad de reconfortar sus fuerzas; armarios con trajes para reponer los desperfectos, cuadros de talla, lemas, parasoles de flores naturales, y multitud de centenares de representaciones humanas, simbolizando pasajes de su teogonía, cuya explicación no es de este lugar, pero cuyo efecto sorprendente no puedo dejar de transmitir.

Imagínense los lectores un pescador y una tancalera colocados de pie sobre un torniquete giratorio; él echa las redes, ella rema; ambos dan vueltas como la tablilla de un barquillero, y ninguno se cae ni oscila, a pesar de ser párvulos como todos los actores de esta especie de autos religiosos.

Otra de las andas es una mujer que se abanica mientras que un mandarinete se sostiene en equilibrio sobre el país del abanico.

Ya un anciano tao-tsé ve brotar un guerrero de su dedo índice, ya una virgen se posa sobre la cabeza de una paloma viva, ora dos héroes cruzan sus partesanas y sostienen terrible lucha en el aire, o un Buda en fin apoya un pie en los pétalos de un lotho mientras en su infantil mano se yergue su elegido, que vuela a la región de los espíritus descartado de su envoltura material. No se ve ni un alambre, ni el menor asomo de mecanismo: aquello asombra.

Precedido de un lujoso acompañamiento y al son de atambores (algunos del tamaño y configuración de una pipa de cien arrobas sobre la que pegan a quien más puede dos robustos mancebos), aparece el dragón cornúpeto; monstruo de cartón con escamas de oro y marabus en las articulaciones, con cincuenta metros de longitud, tres mil duros de coste, y admirable obra de atrezista cantonés. Es llevado por treinta hombres, que ejecutan con él variadas evoluciones, y el público le saluda con cohetes y petardos, que se confunden con los acordes de la música que graciosamente y en honor del pueblo chino, ha dispuesto el señor gobernador de la colonia que toque a su paso por delante del palacio. El reptil, en cambio, recorre todo el vestíbulo, pues sabido es que donde mete la cabeza el tal animal sagrado, entra la felicidad.

Cierra la marcha la guardia de honor, ostentando armas blancas de una rareza que casi frisa en extravagante. Lanzones, partesanas, pinchos, medias lunas, harpones, horquillas, machetillos y adargas de mimbres son los objetos más salientes de aquella hoy ya inocente armería.

Y aquí da fin este desaliñado relato hecho a vuela pluma, para que no pierda su sello de oportunidad.

Macao, 10 de marzo de 1882.

Mi querido amigo: El tiempo y el comercio se han encargado de destruir la preocupación con que los celestiales miraban a los europeos. Hoy encuentran que sus dollars son excelente lazo de unión, y gracias a las transacciones mercantiles, las puertas de la casa china no están ya cerradas al diablo blanco, mote de todo occidental. El gineceo continúa siendo inaccesible; pues sabido es que las hijas de Eva no son aquí visitadas sino por los parientes íntimos, ni salen a la calle más que para llenar deberes de cortesía, y aun eso en palanquín cerrado y con previo anuncio. Ello no obstante, como satisfacción de una curiosidad y con alguna influencia, consigue uno ingerirse hasta el santuario de las mujeres, acompañado, como es natural, del gallo del gallinero. Mi mujer y yo hemos tenido la dicha de ser recibidos por la familia de un miembro de la alta banca, y creo que será grato conocer mis impresiones sobre el particular.

Como en China el ir a ver a una señora no es aquello de «me voy a pasar un ratito con fulana,» como sucede en nuestros países, sino que el acto, sobre poco frecuente, reviste el carácter de una solemnidad, es preciso tomar día, pedir audiencia como si dijéramos, y acompañar la solicitud con un regalito de tanta más monta, cuanto mayor es la categoría del visitante.


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Las viviendas ya tengo dicho que están a cubierto de la curiosidad pública; así es que tienes que atravesar uno o más patios para encontrar la puerta de la casa, donde el dueño te está esperando, y en la que te recibe con las cortesías propias de su ceremonial. Consisten estas en juntar las manos sobre el pecho, como el oficiante católico al dirigirse al ara, pero con los puños cerrados, que agita repetidas veces al mismo tiempo que inclina la cabeza. Apenas transpuesto el umbral, se tropieza con un gran biombo o mampara, último tapujo del interior, en que alineadas y puestas sobre pies derechos, se destacan unas planchas (a veces quince o veinte) pintadas de encarnado y con letras de oro acusando el nombre, títulos, cargo y dignidades del morador.

El zaguán, que en algunas partes es un patio cubierto alrededor con su impluvium en el centro, a la pompeyana, constituye el estrado del marido. Allí me recibió el banquero, mientras su primera esposa, acompañada de una hermanita suya, de sus hijas, y de su servidumbre (entre la que hay que colocar a las concubinas de su esposo), apareciendo en lo alto de una escalera, se llevó a mi mujer y a la del señor que me servía de intérprete, a las habitaciones superiores.

La disposición del mobiliario es igual en todas partes. Las sillas, grandes sitiales de tamarindo, de la forma de nuestros sillones de baqueta, pesados como el plomo y negros como el ébano, tienen el asiento y el respaldo de piedra cuyas vetas —simulando montañas y paisajes— les dan un valor fabuloso. Cuando el personaje es muy rico, los muebles están cubiertos de paños color de grana, con bordados de oro y sedas. Arrimados a la pared, de la que nunca se separan, a cada dos sillones sucede una mesita alta, estrecha y con tres estantes, que sirve de pedestal a un jarrón de flores, y de apoyo al té y los dulces con que el que visita es obsequiado apenas llega. Frutas escarchadas, entre las que figuraban guisantes en su vaina, cigarros y otras golosinas, nos fueron ofrecidos en una bandeja circular con radios que constituían otros tantos casilicios. Mi anfitrión se entretuvo mientras hablaba en roer unas pepitas secas de sandía, con cuyos desperdicios, expelidos ruidosamente de la boca, ensució mi Hou-lon, rico cha, como aquí se llama al té, presentado en tazas sin asas, provistas de una cobertera que uno entreabre para beber con la misma mano con que la sostiene, y cuyo objeto es impedir el sorber las hojas que flotan en el líquido.

El chino no usa el agua como bebida; el consumo, por lo tanto, de cha, es incalculable; no le ponen jamás azúcar, ni emplean más que el negro. Su precio varía, desde diez reales hasta treinta y dos duros la libra. Este es el mandarín, que se vende en manojitos de la cantidad de cada toma, atados con cintas de colores.


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Allá va una sucinta reseña sobre la elaboración del té. Recibido en las fábricas, todavía fresco, se escogen sus infinitas variedades; sométesele a la acción del fuego en unas colosales cacerolas, como las perolas de hilar la seda, y agitándolo constantemente, espérase a que las hojas queden contraídas por la torrefacción. El que posee aroma propio no sufre nuevas operaciones; al inodoro se le perfuma después con unas fumigaciones de azahar, de jazmín y otras olorosas flores, y encerrado en cajas de plomo, recubiertas de otra de madera, se le exporta. El verde procede de unas hojas superiosísimas, que se tuestan muy poco; pero como la cosecha es escasa y el consumo en Europa grande, se le falsifica como los vinos de Lebrija, las Cabezas, Valencia y Cataluña, que tomamos por Jerez y Burdeos. Los ácidos son la base de aquella mistificación, contra la que hay que ponerse en guardia.

El espíritu de especulación lleva tan lejos a los chinos, que los agentes de las casas europeas necesitan ojos de Argos para no caer en las mil y una añagazas que les tienden los celestiales. La prueba del té destinado a la exportación, es muy curiosa. Tómanse unos puñados de diversas calidades extraídos de cualquiera caja al azar; colócanlos en unas cubetas bañadas de luz zenital, que penetra por un enorme embudo de madera fijado en la ventana donde se apoya el mostrador. Pésase un tael (próximamente una onza) de cada montón, y se deposita en tantas teteras como especies han de analizarse, y que, numeradas como las tazas que tienen delante, corresponden a las cubetas. Echase encima el agua hirviendo, y transcurridos los cinco minutos que marca un diminuto reloj de arena, viértese el licor en los pocillos y los residuos pasan al mostrador junto con el puñado correspondiente. Entonces se escudriña con minuciosidad la diferencia entre el cha en crudo y el poso de la infusión. El color acusa la frescura de la hoja. Si esta, al desrizarse queda entera, es prueba de que no se la ha hecho servir ya, porque en China, donde nada se desperdicia, recogen los detritus del té y lo venden a los fabricantes, para mezclarlo con el virgen. La sed de ganancia hace que también el europeo, cuando no hay abuso, pero sí rebaja de precio, pase por esta mala fe, que no sospechan los consumidores de Occidente; pero en cambio son muy rigurosos con el peso, por lo que, provistos de un imán muy potente, lo restriegan por los montones de las cubetas, y extraen de ese modo las limaduras de hierro con que se mezcla el artículo. Ahora bien; problema: Cuando un enfermo se propina en España una taza de Pei-Kó, ¿qué es lo que cura, el té, la herradura o las babas de chino que por tercios entran en su composición?


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Reanudemos nuestra visita, en la que es de rigor permanecer cubiertos, porque ya sabes que aquí todo se hace al revés que entre nosotros. El primer cumplido que te espeta el dueño de la casa es decirte que pareces un viejo; la senectud es para el celestial la condición más respetable. Todo lo que es tuyo lo eleva a las nubes con hipérboles extremadamente orientales, y lo que con él se relaciona lo pone a los pies de los caballos. Si le encomias la buena disposición de la casa, te contestará que vive en una pocilga, y si le alabas la hermosura de su mujer, te argüirá que es una bruta (sic).

Después nos hizo pasar a sus oficinas de comercio, donde, con el cajero, tenedor de libros, dependientes y mozos de carga, nos congregamos alrededor de una mesa, abandonándonos a un expansivo banquete de todo género de sucia pastelería.


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Como creo que ha de interesarte el relato de una comida a su usanza, voy a permitirme esta digresión. Las mujeres no asisten; la confusión de ambos sexos es degradante para el fuerte, que ve en la madre de sus hijos una esclava y no una compañera. Cada mesa no puede contener más de ocho personas; por consiguiente aquellas se multiplican en proporción del número de convidados. Manteles no los hay; en cuanto a servilletas, cada uno va provisto de un pañuelo de seda que hace sus veces. Los manjares están ya servidos en grandes escudillas de porcelana, rodeadas de otras más pequeñas para las salsas y jugos con que han de adobarse, y que vierte el comensal con una cucharilla de loza, cuando no pringa en el líquido condimento el bocado que, por ser muy grande, ha tenido que llevar tres o cuatro veces a la boca. Una taza sin asas, para los comestibles, y otra microscópica para el único vino que ellos beben, extraído del arroz y perfumado con una esencia, constituyen la vajilla. El cubierto son los célebres palillos, llamados fachi, que colocan uno en la bifurcación del pulgar y el índice, y otro entre el índice y el anular, mientras el del corazón y el meñique funcionan, a guisa de muelle, para abrirlos y cerrarlos como unas tenazas. Con este aparato cada cual toma de la vasija común el pedazo que más le apetece, y lo traslada a la suya parcial, después de multitud de paseos y baños por las diferentes salseras.

El sitio preferente es el de la izquierda. He aquí ahora el orden del menú: abren la marcha los dulces y las frutas. Síguense a estos las cuatro entradas de manjares finos, entre los que figuran los deliciosos cangrejos con huevos, las no despreciables aletas de tiburón, las insípidas pechugas de codorniz y los repugnantes nidos de pájaro, que nosotros llamamos de golondrina. Este refinamiento culinario, que se paga a peso de oro, son verdaderos nidos de un pajarillo, que se encuentra en Java. Formado de tallos y yerbecillas, se los limpia de plumones y otras adherencias, y deshechos por la cocción, quedan reducidos a una sustancia gelatinosa, con la que mezclan almendras de varias frutas, y de la que, a pesar de sus condiciones pectorales, no he podido intentar una segunda prueba. Su nombre es ning-vo.

A estas delicadezas suceden los platos fuertes. Manos de cerdo rellenas, chuletas azucaradas, patos salados y prensados, que saben a jamón, faisanes que en Shang-hai valen a dos reales pieza, corzo y pescados ahumados. La salazón abunda en su cocina, lo que produce escrófulas y asquerosidades a que la pluma se resiste. Excuso decirte que, dado el cubierto, todo tiene que presentarse hecho pedacitos; y que si algo hay que trinchar, los dedos se encargan de la operación.

Aquí principian las libaciones, en las que son muy parcos. En seguida entra en tanda el arroz hervido simplemente y servido en cubos de madera, de los que cada convidado se propina dos o tres tazas, pues constituye la verdadera y diaria alimentación del chino, que nunca prueba el pan. Amenízanlo con langostinos, cerdo, aves, pescado y todo género de chow-chow (chau-chau), como ellos llaman a las mezclas. La manera de devorarlo, pues no puede decirse que lo comen, es nauseabunda. Pizcan de la fuente general un trozo de chow-chow, lo trasladan a su escudilla y, colocándose esta debajo de la barba, como una bacía de afeitar, empujan precipitadamente con los fachis el arroz, ni más ni menos que si rellenasen de casquijo un agujero, y no lo mascan hasta que se les sale por la boca.


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Relatarte lo que come el indigente es tarea ímproba. Aquí no se desperdicia nada. La carne de perro y de gato se vende públicamente; a la de ratón y toda suerte de animales inmundos se le da caza en el propio domicilio. Sé que voy a extralimitarme poniendo a prueba el estómago de tus lectores; pero la cosa es tan notable, que no puede pasarse en silencio. Para el chino pobre, peinarse es un banquete. De ese modo pretenden que recuperan la sangre que el insecto les ha chupado.

Terminada la comida, es preciso colocar los fachi cruzados sobre la taza en signo de satisfacción y gratitud; el anfitrión los va retirando y poniendo sobre la mesa como contestando: no hay de qué. Un par de eructaciones son del mejor tono para atestiguar que los manjares te han sentado bien.

El té sin azúcar y unas chupadas de pésimo tabaco ponen fin a la fiesta. Las pipas en que fuman, indescriptibles y variadas hasta lo infinito, no contienen, por enormes que sean, más tabaco que el indispensable para una bocanada; por consiguiente, hay que cargarlas en cada aspiración, valiéndose para encenderlas de unas mechas de papel retorcido (que también se usa como cordel) sobre las que soplan muy hábilmente para que produzcan llama.


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Admitidos por fin en el gineceo, nos encontramos a las señoras terminando su tiffin y en sazón que la dueña de la casa, quitándose un nivat de plata (horquilla) y pinchando con él un pastelillo, se lo ofrecía a mi mujer; que como puedes imaginarte, no tenía ya más apetito. En vista de lo cual la criada sirvió agua caliente, en la que remojó un pañuelo de espumilla de seda, con el que su ama se limpió las manos y la boca, pasándolo después a toda la reunión para que hiciera lo propio. Luego sacaron las pipas. Todo el sexo bello fuma.

Acto continuo nos llevaron a visitar las habitaciones, idénticamente amuebladas a las que ya he descrito. En el salón penden algunos retratos de familia, horriblemente pintados al óleo, cuadros inocentes como los países de los abanicos y entrepaños con máximas y caracteres. Las paredes no están enlucidas; ostentan el ladrillo vivo de color gris azulado y ennegrecido por el humo de los pebetes que a todas horas están ardiendo en nichos destinados a los dioses penates y porteros. En el oratorio álzase un altar con pebeteros y relicarios de metal blanco, flores artificiales, estatuitas de Lao-tse, el fundador de la metafísica, de Cug-ñan, la Virgen de la pureza, y de la multitud de ídolos de las teogonías búdica y de Brahma, que mezcladas con la moral de Confucio, forman las tres religiones dominantes en el país.

En los dormitorios, arcones de sándalo y armarios de alcanfor alternan con las camas de tamarindo, confundiéndose la de la primera mujer con las de las concubinas, que el dueño comparte indistintamente. Duermen vestidos y sobre una esterilla que sustituye al colchón, sin más sábanas que un abrigo de lana, en que se arrebujan. La almohada es de loza del tamaño y forma de las almohadillas que antiguamente usaban las señoras en España para coser; y no apoyan en ellas la cabeza sino el cuello, con lo que las mujeres consiguen no deshacerse el peinado que, por su complicación, no restauran más que semanal o quincenalmente. En la cabecera hay colgados infinidad de amuletos, acusadores de la superstición que los domina. Un sobre de un despacho imperial trae fortuna; y, si se le hierve, su agua cura enfermedades epidémicas. Unas monedas de cobre ensartadas evitan el mal de ojo. La infusión de una bolita de oro, otra de plata y una ramita de coral es eficacísima contra los sustos. La nuez extraída de la garganta de un mono vivo no tiene rival para las fiebres. Y en la casa donde, como acontece en la mía que está apoyada sobre un monte, entran culebras, ya no hay más que pedir.


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El fumador de opio pertenece a lo reservado; los hay públicos para los transeúntes, sin perjuicio de tener cada uno el suyo particular en el domicilio. Este horrible vicio, que embrutece al hombre y le acorta la vida, no ha podido ser desterrado, a pesar de los esfuerzos del gobierno imperial, que ha tenido que contentarse con infligirle un impuesto de diez pesetas por bola de cuatro libras, que es como se expende en crudo. En las colonias está monopolizado, mediante una suma, que en Macao asciende, con la inclusión de la pequeña isla de Taipa y Colowane, a cerca de cincuenta mil duros al año. Sus efectos son espantosos; el pobre compra el residuo del de la gente acomodada, y no gasta menos de un real diario. Yo conozco en Hong-Kong a un rico mandarín que invierte más de peso y medio cada día, y que, a consecuencia del abuso, tiene que trasladarse a Cantón de dos en dos meses, para hacerse operar por la paralización absoluta de sus funciones digestivas.

El opio, que cocido toma el nombre de anfión (a-pin hi en chino), se reduce por esta operación a una pasta bastante dura. Para fumarlo, se necesita que la habitación esté cerrada, a fin de que el aroma no se evapore. En el centro del cuarto elévase un entarimado cubierto con un boca-porto, más o menos lujoso, que imprime al conjunto el carácter del escenario de un teatro, del tamaño de una cama de matrimonio. En él, provistos de dos almohadas, se acuestan los fumadores, separados por un banquillo, sobre el que arde una lamparilla de aceite. Cuando el chino no tiene un amigo que le acompañe, lo reemplaza por una concubina que, aunque no comparte su placer, le arrulla y le canta. La mujer propia jamás se presta a lo que entre ellos es el colmo de la abyección. La pipa es de las dimensiones y estructura de una flauta, con un agujero en el centro, al que se adapta el hornillo de barro, como un hongo o seta, provisto de un oído diminuto. Las sustancias de estos aparatos varían hasta lo infinito; y a veces su mérito, por la saturación del tubo o la riqueza del utensilio, es tal, que lámpara, cilindro y horno cuestan tres mil duros, como los que yo he visto destinados al último embajador de China en Rusia. El procedimiento es este: con un alambre se extrae del bote una partícula de anfión como un guisante; se somete a la acción de la llama para fundirlo, y rozándolo sobre el hornillo de la pipa, se le hace tomar, cilindrándolo, el tamaño del oído, en el que se adapta, después de repetidas manipulaciones. Aplícasele a la luz, arde y se aspira. Su sabor es acre como su perfume; pero no tiene nada de repulsivo. Sus efectos son la atrofia y sus consecuencias, la imbecilidad.


* * *


Una revista, pasada a las joyas y telas bordadas del ajuar de la señora, puso término a una visita en que invertimos más de tres horas de reloj, volviendo a casa cargados con multitud de golosinas, de que nos llenaron los bolsillos, como testimonio comestible de la honra que les acabábamos de dispensar.

Hasta la otra.

Macao, 8 de diciembre de 1882.

Cantón I

Cantón es para los chinos lo que París para los europeos; la ciudad de los placeres, del lujo, de la industria, de la actividad y de la riqueza. Pekín, con ser la capital del Imperio, no tiene para los celestiales otro aliciente que el de la vida pública con su balumba oficial.

Nacer en Suchau, que produce los hombres más hermosos; vivir en Cantón, paraíso de los bienes terrenales, y morir en Lauchan, donde se fabrican las mejores cajas de muerto, son los tres dones más preciados que la naturaleza puede hacer a un hijo de Confucio.

Las noventa y tantas millas que separan al emporio chino de la colonia de Hong-Kong, y de las cuales más de dos tercios son de navegación fluvial, se recorren en unas siete horas en vapores de río, sistema americano, pertenecientes a compañías, ya indígenas, ya inglesas, con servicio cuotidiano de día y de noche.

Ni Cunard, ni las Mensajerías, ni la Mala del Pacífico, ni la Trasatlántica, ni la Trinacria pueden compararse en lujo y comodidad con algunos de los buques de esta empresa británica. Construidos para cortas travesías, sin riesgo de ninguna especie (pues al menor indicio de tifón dejan de circular), estos steamers tienen en el centro de la cubierta la cámara; vasto y elegante salón ventilado en verano por multitud de ventanas que permiten al viajero admirar las riberas sin moverse de su sitio, y abrigado en invierno por caloríferos y estufas.

Los camarotes son verdaderos gabinetes, con camas en vez de literas, lámparas suspendidas e inmensos tocadores de mármol provistos de irreprochables artículos de limpieza. El pasaje no cuesta más que tres duros, y uno y medio cada comida, que en cantidad satisfaría la intemperancia de Lúculo, y en calidad merecería el aplauso de Brillat-Savarin; se la rocía con Burdeos, Jerez, Porter y Pale-ale, sin contar los licores que precipitan el Moka, y añadiendo un desayuno a elección en los viajes de noche.

Viajar por agua sin columpiarse, es el bello ideal de la locomoción: metido, pues, en un palacio que se desliza, avanza uno con vertiginosa rapidez embelleciendo con la feliz disposición del ánimo los detalles que le salen al encuentro. Para Boca Tigris, fortificación que defiende la entrada del río, es la primera sonrisa del excursionista, que en cada montón de tierra que saca la cabeza del agua, reconoce siempre a un simpático amigo. Renuncio a juzgar si este mamelón está bien o mal artillado, porque en punto a cañones, yo no he tenido trato más que con los de las plumas cuando se estilaban de ave. Lo único que sé, es que los chinos lo miran como un Gibraltar, y los europeos se ríen de él. Sumando, pues, ambos términos, y tomando la proporción media, deduzco que con unas leccioncitas de los oficiales del ramo ingleses y buena pólvora de Albión, el ruido y las nueces andarían equilibrados.

Remontando aquellas riberas amenizadas con las típicas torres de cinco, seis o siete pisos, terminados por tejadillos en forma de araña y alfombradas de diversas plantaciones, llégase a Wampoa, avanzada de Cantón, donde ya nos interceptan el paso los innumerables botes de la población flotante, condenada a vivir y morir en sus esquifes, y cuyo número excede a toda ponderación. Los ingleses llaman a estas embarcaciones Slipper-boat (barco zapatilla) por la forma que afectan con su puntiaguda proa y sus toldos agalerados de bambú: el efecto real es el de un cerdo nadando. Al verlos hacinados a miles bajo los puentes de Cantón y en los puntos más resguardados del río, se le ocurre a uno preguntar si la ciudad está abandonada, pues no parece sino que se ha trasladado a bordo el millón y medio de sus habitantes.

Por fin se atraca: estamos en el emporio chino. Cerremos los ojos ante aquella especie de muladar que constituye el carácter distintivo de los barrios celestiales, y apretemos el paso para hacer entrar a los sentidos en puertos de salvación. Después nos encenagaremos.

Antes de rebasar la línea, nos sorprende un edificio severo y majestuoso con cara de persona decente y acomodada. Es el Custom house o aduana inglesa. Sabido es que cuando la poderosa Albión terminó a cañonazos sus diferencias con el imperio del Medio, intervino las aduanas, como garantía del pago de la indemnización de guerra. Saldada que fue la operación, observó el gobierno chino que los rendimientos durante la gestión administrativa de sus apaleadores, habían sido mucho más pingües que en manos de sus funcionarios nacionales; y rogó a aquellos que continuasen en su tarea por cuenta del Estado en lo que se refiriera a importación o exportación en buques extranjeros. Desde entonces radica en Pekín un inteligentísimo Director general, retribuido con un elevado tanto por ciento sobre el total de la recaudación, a cuyo cargo, elección y coste, están los funcionarios de las diferentes agencias fiscales del imperio. Sujetos a un escalafón riguroso y a reglamentos fijos, exígeseles a estos empleados el conocimiento perfecto del inglés, e ingresan en el cuerpo, después de unos meses de prueba, con un haber mínimo de ciento veinte pesos al mes y casa en común o independiente si son casados. Simultaneando con el ejercicio de sus funciones, aprenden la lengua mandarina y obtienen sus ascensos a medida de su aplicación, hasta llegar a jefes de departamento con diez, doce y creo que hasta catorce mil duros anuales, y habitación, criados, convites oficiales y otros gastos satisfechos. El personal se compone de ingleses, americanos, españoles, franceses, italianos; de todas las nacionalidades en fin. De ese modo el día que el gobierno chino quisiera prescindir de la administración inglesa, habría una reclamación universal de intereses lastimados, y tendría que someterse a la dura ley de la fuerza. Esto es entenderlo y saber hacer duraderas las cosas. Lo mismo nos pasa a nosotros.

No nos entristezcamos y pasemos adelante.

Atravesando el puente de los señores, pues el otro que lo separa de la población china está destinado a la servidumbre, nos encontramos en Shameen; islote no más grande que una manta de cama pequeña de matrimonio, cuyo terreno constituye la concesión o morada europea. Habitado por el cuerpo consular, los funcionarios de la aduana y los agentes de las casas de comercio extranjeras, Shameen encierra en junto treinta familias. Cada casa es un pequeño hotel con su galería abierta sobre la fachada, respirando alegría, riqueza y buen gusto. El arroyo es de césped y las calles andenes de jardín. Hay una capilla protestante y hasta gente que se pasea a caballo y al trote. ¡Qué temeridad! Pero no vayan ustedes a figurarse que aquí se detienen las maravillas del pequeño Lilliput: es todo un Estado bajo la base del comunismo. Un cónsul es administrador de correos con la responsabilidad y formalidades de un funcionario público. Todos los habitantes, excepto las señoras (que me parece que son nones y no llegan a tres), están obligados a prestar servicio como bomberos. El de las armas es gratuito y obligatorio: al menor asomo de revuelta por parte de los chinos, como aconteció hace dos o tres años, cada cual empuña el útil de guerra de que dispone, organízanse guardias y retenes, los vapores de la línea aprontan sus calderas; y, como fuera vano empeño resistir, al primer tiro de alarma, todo el mundo a bordo: el ejército de tierra se convierte en fuerzas de mar.

Sobre ser tan pequeña la isla, aún queda espacio para un elegante paseo sobre el malecón; desde el cual, dirigiendo la vista del lado de la tierra, apercíbense hombres que se agitan en diversas direcciones, pelotas que describen giros parabólicos y raquetas que muy a menudo resignan sus poderes en la cara de su dueño. Son praderas públicas, trinquetes a la inglesa, sport verdadero, donde los moradores entretienen sus ocios con el ejercicio gímnico del cricket. Teniendo ya lawn-tennis, no pierdo la esperanza de asistir a un handicap en el futuro hipódromo de Shameen.

¿Me preguntan ustedes qué ruido de billar es el que sale por las ventanas de ese magnífico edificio? Pues qué quieren ustedes que sea sino el del billar del club inglés; donde además de todos los juegos lícitos y de todas las bebidas y reconfortantes gástricos apetecibles, encontrarán ustedes una magnífica biblioteca, de cuyas obras se puede disponer a domicilio, y habitación dispuesta para que pernocte el socio transeúnte. Esto sin contar los periódicos y el papel gratis para la correspondencia.

Pero no nos detengamos aquí, que mejor que el club inglés es el alemán, en el que, amén de las mismas comodidades y atractivos, existe un teatro, un verdadero teatro común de dos; pues en él los pobladores de Shameen hacen de hombres y mujeres; de actores y público; de empresario y abono.

¿Quieren ustedes más? Pues como no nos metamos en un houseboat (bote-casa), con su dormitorio, cocina y demás menesteres, para entrarnos río adentro y pasar ocho días consagrados a la pesca o a la caza en domicilio flotante propio, de que nadie carece, la isla ya no da más de sí.

Ahora repasemos el puente; hagamos irrupción en la ciudad china y digamos como en los libretos de las comedias de magia: Mutación.

Así como el comedor de la casa de aquel chusco era tan bajo de techo que no podía comerse en él más que lenguados, así las calles de Cantón son tan estrechas que no hay mortal que entre en su recinto si no es con calzador. Extendiendo los brazos, y hablo en serio, se tocan ambas paredes; y en todas las esquinas hay una tienda con una puerta en cada lado del ángulo, a fin de que, al cruzarse dos palanquines, mientras el uno sigue por el arroyo, el otro tome por el almacén y no se interrumpa la circulación. De trecho en trecho un enorme portón se atraviesa en el camino para limitar un barrio; abierto al tránsito de día, ciérrase al ponerse el sol, y nadie pasa sin permiso del portero, lo que permite no solo localizar cualquier motín en un momento dado, sino saber quién trasnocha y por qué motivo.

El que haya visto una población china las conoce todas; su construcción es idéntica. Casas hechas con un ladrillo gris azulado, sin más presión que la de los pies del obrero, y que no enlucen jamás ni en paredes ni en tabiques: vigas al aire; en el interior una zahurda; en la fachada una puerta con una ventana encima. Escalas de mano para el acceso: dos o tres industriales viviendo en comunidad, y toda clase de animales domésticos, desde el guarro hasta la chinche, compartiendo el hogar con los moradores racionales. El chino rico solo se diferencia del pobre en tener casa más grande y poseer más dinero.

Pekín es la única ciudad que reviste otro carácter. Sus calles anchas tienen en el centro a modo de un terraplén formado por la basura, que arrojan los vecinos y que el sol se encarga de secar y corromper. Sobre esta alfombra transita la gente, ya a caballo ya en carretas, en las que no cabe más que un individuo sentado en el fondo de la caja; porque asientos, Dios nos los dé. El polvo es asfixiante y fétido; pero la municipalidad ya lo tiene previsto todo: ha colocado de distancia en distancia unos recipientes de barro que hacen el oficio de columnas mingitorias; y a determinadas horas del día la escuadra de la limpieza, provista de sendos cazos, riega la vía con aquel precioso licor. No hablemos más de Pekín; en primer lugar porque no lo conozco y me alegro; y en segundo, porque mis lectores han de participar de mi alegría.

Cantón II

Ya estamos dentro de Cantón; ya estamos en medio de esta red de estrechas callejas, llenas en toda su extensión de tiendas y tiendecillas.

¿En dónde están los que consumen? se pregunta uno al ver aquella profusión de abastecedores. Porque en efecto, no hay una sola casa que no sea una tienda, a excepción del barrio tártaro, erigido en una zona especial, cuyos moradores, de más bizarro continente que los chinos, y soldados por derecho de raza (pues pertenecen a la nacionalidad de la dinastía manchú reinante) tienen viviendas de un solo piso, jalbegadas por el exterior, y si mucho menos aseadas, parecidas a las de algunas aldeas pobres españolas. El fenómeno se explica con recordar que Cantón es a Asia lo que París a Europa. Los cuatrocientos millones de habitantes del Celeste imperio se surten en él, no solo de los artículos de lujo, sino de los de boca de primera necesidad que, salados y secos, transportan a los últimos confines en millares de lorchas o juncos de su temeraria cuanto rutinariamente diestra marina mercante.

Dicho sea en honor de la verdad, hay algunos establecimientos que seducen, no por la suntuosidad de los edificios, que en poco o en nada difieren de los otros, sino por la riqueza de los objetos que en ellos se expenden. Los bordados de seda, las lacas, las porcelanas, los tejidos, las incrustaciones de nácar sobre madera, peculiares del Tonkín, las sillerías de tamarindo (el ébano local), las tallas perfeccionadas de Ning-po con aplicaciones de marfil, las filigranas de plata y oro, y las antigüedades, fascinan por su valor intrínseco y por la novedad que producen a nuestros ojos; pero carecen de aquella variedad infinita, del gusto ejemplar de la industria europea, y sobre todo de su perfección irreprochable. Aquí no hay nada bien concluido, y las más preciadas joyas concluyen por hastiar a fuerza de monotonía. Se fabrica sobre un tipo y solo varía la materia. El arte, como la existencia del chino, está sujeto a patrón. Así es que cuando se han aprendido ya de memoria las dos docenas de moldes en que se vacía su inteligencia industrial, los bazares suntuarios con sus preciosidades gemelas (o por lo menos con su aire incontestable de familia) y sus enormes muestras de planchas de charol con caracteres de oro que, pendientes del arquitrabe y rasando el suelo en sentido vertical, dan a la calle el aspecto de una columnata, quedan eclipsados por la asombrosa multiplicidad y el inagotable surtido de abacerías, bodegones, ropavejeros, confeccionadores de toscos objetos de papel para conmemoración de los difuntos, y tantos y tan repugnantes comercios bajos que, ora detienen la marcha del transeúnte con un buey o un cerdo abierto en canal junto a la carcomida tabla anunciadora: ya le salpican el rostro con la sangre del pescado que cortan a rebanadas; o provocan sus náuseas, en fin, con la exhibición de verduras en salmuera, salazones de especies desconocidas, gusanos de seda sacados de las perolas de las fábricas de filatura para ser comidos con arroz, hierro enmohecido, festines de animales al aire libre, dentistas ambulantes revestidos de rosarios de muelas, barberos que sacuden sus navajas sobre los circunstantes, hombres desnudos que, con sus amarillentas manos provistas de largas y negras uñas, sacan de las vasijas los manjares que aquel pueblo famélico devora con avidez; ciegos en filas de seis y ocho tocando campanillas para no ser atropellados por la muchedumbre, mendigos con úlceras y escrófulas que solo se creen viéndolas, truhanes, agoreros, jugadores de dados y fumadores de opio. Este es el Cantón típico: miseria, basura, abyección.

Apenas anochece cesa el ruido; las puertas se cierran herméticamente. En las primeras horas arden unas candelillas, que cada familia enciende a sus dioses penates en hornacinas abiertas sobre el umbral. Cuando se apagan, todo queda en tinieblas. Entonces aparecen las rondas nocturnas, armadas de lanzones retorcidos, partesanas, escudos de mimbre, y precedidos de un gong o campana china, en el que dan sendos porrazos; con lo que consiguen dos objetos: despertar al que duerme y prevenir a los ladrones para que burlen su vigilancia.

Una buena costumbre, que debe ser imitada en ciertos países donde la policía deja mucho que desear, es la de hacer responsables a los inquilinos con tienda abierta de los desórdenes que pueden ocurrir en la calle delante de su casa. De ese modo el temor de una multa, hace que en cuanto en el arroyo se origina una disputa, salga el tendero provisto de un garrote o de cualquier otro argumento de persuasión, y se lleve a los contendientes a la zona de su vecino, quien a su vez repite la operación, y así sucesivamente hasta dar con la fuerza pública, que termina en la cárcel la partida de tente-tieso.

Las pagodas, aunque en la parte consagrada al culto difieren poco entre sí, tienen notables diferencias de aspecto como edificios. Cuéntanse a centenares, por lo que no nos detendremos mas que en las que ofrezcan alguna particularidad. La de los Quinientos ídolos es sencillamente un museo de escultura encargado de perpetuar, en toscas figurillas de madera dorada de medio tamaño natural, la memoria de los que se han distinguido por cualquier concepto. Un padre que tuvo muchos hijos, un hombre que alcanzó una gordura fenomenal (signo de favor celeste), un individuo virtuoso, un general valiente, están seguros de inmortalizarse en aquel totum revolutum de santos, héroes y monstruos de feria. No hablemos del mérito artístico de las estatuas. Hay allí (y por cierto que es circunstancia singular) una reproducción del gran viajero del siglo XIII, del veneciano Marco Polo, con una chaquetilla de trajinero de la Mancha y un hongo pavero, que pedir más fuera gollería.

La de la Campana es solo notable por el gigantesco tamaño de la que pende de una oscura y medio derruida linterna. Todos estos templos poseen la suya además del gong y del bombo con parche de piel de vaca sin curtir; pues, según la tradición, los primitivos bonzos eran criminales condenados al aislamiento; y debían anunciar, con una campanada repetida cada quince minutos, que no habían apelado a la fuga.

La Torre de porcelana, mal comprendida entre las pagodas, es uno de esos polígonos de varios cuerpos que figuran en todas las telas de abanicos y cuyas tejas barnizadas relucen al sol con varios cambiantes. Sus relieves de buen gusto y su elegante forma la conquistan un primer lugar entre los monumentos de su especie.

La Pagoda de los Cerdos, así llamada por una pocilga en la que pasan feliz existencia cinco o seis ejemplares sagrados de ellos, que se renuevan anualmente, encierra un culto simbólico; pues parece ser que, según la metempsicosis, el hombre que transmigra a aquel animal inmundo es de los menos pecaminosos; y tiene la seguridad de recobrar pronto su condición primitiva, visto que la vida del marrano no excede por lo común de doce meses. Constituye, en una palabra, una dosis de purgatorio a su manera, tanto más pronto redimido cuanto menos tardan en desarrollarse las mantecas del pecador.

La de los Cinco pisos, desmantelada, no sirve ya mas que de mirador, en gracia de su altura, y fue cuartel general del ejército de ocupación.

El ritual del culto de Buda, cuya religión tiene tantos puntos de contacto con el cristianismo, se parece bastante al ceremonial católico. El oficiante junta las manos sobre el pecho, como nuestros sacerdotes, con ligeras alteraciones en la colocación de los dedos; y hasta en sus cantos hay inflexiones que diríanse copiadas de nuestra liturgia.

Jamás olvidaré la impresión que me produjo un servicio fúnebre a que asistí en Macao con motivo del entierro más suntuoso que registran los fastos chinos. Invirtiéronse en él cerca de cuarenta mil duros; pues en los cien días que se conservó el cadáver en la casa y que, según el budismo, es el tiempo que el alma anda errante hasta ocupar su puesto en la región de los espíritus, cuantos parientes, deudos y amigos acudieron a rendir el último tributo al finado, fueron mantenidos, incluso de opio, a expensas del hijo primogénito. Sin detenerme a describir las maravillas de ornamentación de la casa mortuoria, atestada de muebles excepcionales, de plantas en cuya cultura habían intervenido tres o cuatro generaciones para ir conduciendo los tallos hasta formar con las robustas ramas caracteres, figuras y símbolos; de objetos de papel para quemar ante la tumba que se confundían con el marfil, el bronce y el cristal; omitiendo la narración de los tres meses de ceremonias religiosas, en las que tomaron parte sesenta bonzos y dos obispos o jefes de comunidad, referiré a la ligera la que tuvo efecto la víspera de la inhumación. Una pagoda, aislada de la capilla ardiente, ocupaba dos habitaciones contiguas. En la interior y bajo unos arcos de ramaje de una transparencia cristalina, profusamente iluminados, doce bonzos y un superior vestidos de seda y oro y apoyados en una fauna simbólica, se mantenían en éxtasis. ¡Qué inmovilidad en aquellas difíciles posiciones! ¡Qué inercia y qué absorción en aquella actitud contemplativa! Era preciso detenerse media hora ante aquellas estatuas animadas, para sorprender una ligera oscilación que acusase un soplo de vida en su marmórea rigidez. Así se mantuvieron desde las seis de la tarde hasta la una de la madrugada. En la pieza vecina, atestada de relicarios gigantescos de filigrana, revestida de paños bordados, en que el oro entraba por arrobas, e iluminada profusamente, veíanse unas mesas dispuestas en trapecio, como en los festines de las óperas. Ocupaban las de los lados los bonzos de orden menor, cubiertos de unas hopalandas oscuras y ceñidos de unas fajas y bandas de diversos colores, según la comunidad a que pertenecían. En las tres del fondo estaban los oficiantes. Sobre estos y en un trono de nubes pendiente del techo, yacía recostado un obispo en el mismo arrobamiento que sus otros compañeros de reposo; si bien acompañado de dos harapientos culis, que con sendos abanicos, le refrescaban la atmósfera deletérea de aquella elevación en que se acumulaban las emanaciones del aceite de las luminarias y la respiración, a menudo ruidosa, de sus colegas y del auditorio celeste. Otros mancebos, con más o menos mugre, distribuían té a los religiosos. Preces, invocaciones, purificación de la morada por el fuego y mucho golpe de gong acompañado de dulzaina, formaron la parte esencial de la ceremonia. Por fin, el oficiante principal se puso en pie detrás de su mesa; y en medio de un silencio sepulcral, levantó los ojos al cielo, blandió dos campanillas y se puso a comunicar con el muerto.

Después del Dies iræ del catolicismo, no conozco nada más sublime que ese coloquio de la religión con el pecador. Ni una voz, ni un canto, ni una palabra; pero ¡cuánto arte en las vibraciones del timbre que, ora simulan el terror del alma puesta al borde del abismo de las penas eternas; ora traducen la satisfacción y la gratitud del espíritu arrancado de repente a la condenación, por las plegarias de los vivos; o bien, por último, evaporándose en una imperceptible noción del sonido, acusan el alejamiento del hálito vital por las regiones etéreas, para volar a fundirse en Dios, principio y germen de todo lo creado, de quien era partícula y a cuyo todo se restituye! Es un pasmo de ejecución y un torrente de sentimiento. Por desgracia, pronto descubren la oreja; pues el difunto, para quien aquel día suele ser siempre nefasto, responde que su alma está sufriendo crueles torturas, que no cesarán hasta que doten con una fuente en que naden peces de colores a tal convento, o hagan a cual otro los donativos que sus riquezas le permitan; de modo que el estómago se apodera de la sublimidad de la concepción, y toda la grandeza del espíritu se desvanece entre la gente bonza, ante una solución gástrica de refectorio.

Cerremos esta crónica religiosa con cuatro palabras sobre la Catedral erigida en el centro del barrio tártaro. De orden gótico, está tallada en duro granito y recuerda la de Amiens. Carece aún de pavimento, de ornamentación, de altares y de objetos de culto, y van invertidos en ella ocho millones de francos, producto de donaciones y limosnas. Su diócesis alcanzará a veinte personas; sin embargo, al verla ostentar su inmensa nave en medio de millón y medio de gentiles, diríase que ha sido construida en la previsión de que pueda servir para millón y medio de católicos. Todo es de esperar de nuestras intrépidas misiones.

Cantón III

En la parte opuesta del río, llamado Honam, hay unos jardines, que visitaremos, por no quedarnos sin verlo todo; pero no porque merezca la pena de perniquebrarse al pasar aquellos carcomidos puentes, ni de atrapar unas fiebres palúdicas por intentar en vano reflejar nuestra imagen en el impuro seno de unas charcas cenagosas. La flora es rica, pero descuidada; y como esta excursión no es científica, suprimo por inoportuno lo que habla a la inteligencia y callo por inexistente lo que halaga los sentidos. No saldremos, sin embargo, de allí sin entonar un himno de asombro a la camelia de Cantón, rarísima variedad, que solo florece de dos en dos años y cuya forma es una verdadera maravilla. Redúcese a una estrella de varias puntas, cada uno de cuyos radios está compuesto de pétalos sobremontados, que disminuyen hacia las extremidades con una simetría y proporción geométricas. Estos pétalos, que son de color de rosa pálida, doblan sus bordes hacia fuera, presentando una fimbria de matiz más fuerte, que dan a la flor, como dejo dicho, el aspecto de una estrella de escamas, con círculos concéntricos festoneados de rojo.

No salgamos del slipper boat, toda vez que nos hallamos en el río; y desafiando su impetuosa corriente, dirijámonos de nuevo a las márgenes de la ciudad china, en busca de los tan afamados botes de flores, donde los celestiales comparten los placeres nocturnos con los teatros y los culaus; bodegones sobre los que vale más callarse, y espectáculos de que es preferible no volver a decir una palabra.

Constituyen aquellas mansiones de la alegría unas enormes barcazas flotantes, que en nada difieren entre sí, a pesar de su número. Vista una, vistas todas. Alegremente pintadas al exterior, ocupa el puente un salón alumbrado por linternas y amueblado con sitiales y mesillas. Unos canastillos de flores penden del techo: y allí se come, se bebe y se fuma, mientras unas cuantas mujeres de jalbegado rostro, con los pómulos y los párpados cubiertos de almazarrón (aristocrático afeite del bello sexo), bien vestidas y mejor peinadas (pero nunca limpias), cantan, al parecer acompañadas de instrumentos músicos, muy semejantes para nosotros a los de tortura, preparan las pipas de los consumidores y les dan conversación. Todo ello sin algazara expansiva, pacíficamente y sin ulteriores consecuencias. Los hombres pagan y no riñen; y a las cantantes les dura el peinado intacto una semana, que es lo que tarda en volver la peinadora. No hay propinas.

Se me olvidaba consignar que los europeos deben ir provistos de algún frasco de esencia con que preservar el olfato de ciertas emanaciones, porque además de los perfumes urbanos, existen los fluviales, despedidos por unas góndolas que constantemente están cruzando el río cargadas con materias para el abono de sus fértiles tierras de labor, y a las que los habitantes de Shameen han bautizado con el nombre de tigres, no sé si por el aliento que exhalan o por el terror que inspiran: lo cierto es que se las presiente y se las huye.

Saltemos a tierra. ¿Pero qué es esto? ¿Tocan somatén? ¿Hay algún incendio? Toda la gente mira hacia arriba, y provistos de gongs, cacerolas, latas de petróleo o simples pedazos de bambú, grandes y chicos, jóvenes y viejos, hombres y mujeres golpean y gritan a quien mete más ruido. ¡Ah! No hay que asustarse. Es que hay eclipse, y como según la astronomía china, este fenómeno tiene lugar porque la luna riñe con el sol, y en la contienda lleva la casta Selene la mejor parte, pues empieza ya a comerse al astro del día, los moradores de la tierra la obligan por aquel medio a soltar el bocado, a fin de no quedarse sin luz y sin calor; lo que consiguen siempre, porque aquí no tiene el mismo significado que en Europa lo de ladrar a la luna.

Verifícanse en Pekín y en Cantón alternativamente los exámenes anuales para los diversos grados de mandarín. Los ejercicios se hacen por el sistema celular; es decir, que cada examinando queda recluso y tabicado durante unos días, con el objeto de escribir su tesis sin el auxilio de bibliotecas ni consultores; y a este fin se destina un edificio conocido con el nombre de las once mil celdas, que mas propiamente deberían llamarse chiqueros. No es, pues, una universidad, porque la enseñanza es libre y a domicilio; y tampoco es una pocilga, porque son miles de ellas. Con saber las máximas de Confucio, los comentarios de Mencio, la cronología de los emperadores y contar hasta diez mil, sale de allí un hombre con aptitud para general, almirante, presidente del Supremo, obispo, ministro de la música (existe un ministerio ad hoc) o cualquier otro cargo en armonía con sus aficiones o al alcance de sus recursos, pues importa saber que en China la administración del Estado se concede a la puja. Luego nos extenderemos sobre este particular. Recordemos antes a los lectores que lo hayan puesto en olvido, que existe una lotería llamada Vaiseng (desterrada del imperio y acogida al pabellón portugués en Macao), reducida a jugar sobre el nombre de los examinandos que se presume que han de ganar el curso. Cuál sea el número de los jugadores dedúzcase de lo que el monopolizador paga al gobierno del establecimiento lusitano, que en la última subasta trienal satisfizo la enorme suma de seiscientos cuarenta mil duros. Así es que cuando la opinión se inclina por tal o cual estudiante de reconocida aplicación e incontestable inteligencia, el concesionario, ante la probabilidad de tener que satisfacer grandes premios, procura sobornar a los examinadores para que desahucien al candidato, o corromper a este con dádivas para que abdique del éxito.

Volvamos a lo de la puja. Cantón, capital de los dos Kuanes (Kuan-tung y Kuan-si) es la sede de un a modo de gobierno de provincia; con la sola diferencia de que el gobernador tiene el título de virrey y ejerce jurisdicción sobre cuarenta millones de habitantes en una extensión de 435,000 kilómetros cuadrados. Pues bien; cuando el gabinete de la metrópoli, o más propiamente hablando, el emperador —y en su defecto el regente, si como acontece ahora, el soberano está aún en la menor edad— trata de proveer el cargo, elige un mandarín de la más elevada categoría; pero siendo muchos los aspirantes, opta por aquel que ofrece mayor suma de rendimientos al Estado. Por supuesto que el monarca repite, como Luis XIV, el Estado soy yo. Una vez el agraciado en el ejercicio de sus funciones, saca sus cuentas y dice: «Seis que me cuesta el destino y seis que yo quiero ganar son doce, que corresponden a los contribuyentes. Dividiendo estos doce por tres, que son los años que ha de durar mi ejercicio, tocan a cuatro anual.» Y en efecto; llama a los mandarines sufragáneos, y suma por aquí, multiplica por allá, él se las arregla de modo que le salgan los cuatro. Pero ¿qué acontece? Que, como las autoridades inferiores han escalado sus destinos por igual procedimiento, apelan a los mismos recursos económicos; y pídales lo que les pida el virrey, se lo dan, pues toda la operación se reduce a aumentar la derrama entre sus administrados. No hay más ley que el capricho, y es inútil quejarse, porque al que protesta se le confiscan los bienes, y al que se resiste lo decapitan.

Para muestra basta un botón. El general de las fuerzas militares de Cantón, a quien tuve el gusto de conocer, y que entre varias cosas notables me preguntó si España estaba junto al Perú, responde de un contingente de doscientos mil soldados, pues el efectivo apenas llega a la mitad; los restantes figuran solo nominalmente en los cuadros del ejército, y el pre se cobra pero no se paga. El día que hay una revista general, lo que ocurre de higos a brevas, se echa mano de los culis de los oficiales, de los cargadores, mozos de esquina, vagos y mendigos, y hasta la otra. Este espectáculo, que tiene mucho de curioso (y no en la acepción de limpio), se divide en dos partes.

Es la primera una parodia de táctica al estilo europeo, en que las voces de mando son sustituidas por golpes de gong y las descargas dirigidas por los banderines de las secciones. Los movimientos resultan a discreción, sin duda para corresponder al calzado de la tropa, que es también discrecional. Unos llevan borceguíes viejos de señora con bigotera de charol, otros botas de hombre con la caña por fuera, algunos los usan de gendarme francés montado, y la generalidad caret utroque. En fusiles los hay desde el arcabuz hasta el de aguja, largos y cortos, y que apuntan y no tiran.

La parte nacional comprende el tiro al blanco con arcos de un peso y de una tensión excepcionales; la esgrima de lanza, en la que agotan todos los recursos de la gesticulación para hacerse miedo; y las maniobras hípicas con jinetes, que montan y desmontan a la carrera, se tienden sobre el caballo, que es poco mayor que una rata gorda, y ejecutan, en fin, todas las habilidades propias de los clowns.

Ahí van algunos datos curiosos.

Según la estadística de Behm y Wagner de 1874 a 76, las veinticinco provincias en que se divide el Imperio del medio, contando la China propiamente dicha y los países tributarios, miden una superficie de 10.466.655 kilómetros cuadrados, y tienen una densidad de 434.446.514 habitantes. Pero vaya usted a saber la verdad en un país donde no hay censo y en el que es preciso sacar las cuentas como las presupuestaba de las obras municipales aquel arquitecto de Soria, que, preguntándole lo que podría costar un matadero, respondía: «De quinientos a sesenta mil duros.»

Los ingresos de la nación, según los ingleses, que son los más versados en la contabilidad china, ascienden por el presupuesto de 1875 a 79.500.000 taels (cada tael valiendo peso y medio), y se descomponen así:


Por territorial 18.000.000 Impuesto sobre mercancías 20.000.000 Renta de aduanas 15.000.000 Sal 5.000.000 VENTA DE CATEGORÍAS 7.000.000 Ingresos eventuales 1.000.000 Ganados, agricultura y demás productos naturales y en especie 13.100.000 ------------------------------------------- Total 79.100.000


En 1874 emitió el gobierno chino el primer empréstito exterior por 15.691.875 francos, dando en garantía la renta de aduanas.

Careciendo de administración civil, no es para extrañarse que tampoco la tenga militar. Verdad es que el mismo vacío se nota en ingenieros y estado mayor; y aun me atrevería a decir en el ejército en absoluto, si no vinieran a desmentirlo los siguientes datos de Klaprotz, de que él no sale garante, ni yo tampoco, pues están adquiridos en los cuadros mitológicos del ya conocido contingente ideal.


Infantería regular 300.180 hombres Caballería regular 227.000 » Artillería 17.000 » Reserva 30.000 » Oficiales del ejército regular 6.000 » Infantería irregular 400.000 » Caballería irregular 273.000 » Oficiales del ejército irregular 5.200 » Marina 32.440 » -------------------------------------------------- Total 1.290.820 hombres


Si yo fuera ministro de la Guerra en China, pondría una nota al pie de mi presupuesto departamental, como la de los antiguos billetes de diligencia en las observaciones sobre los equipajes, diciendo: «No se responde de robos por fuerza mayor.» Como no lo soy, y me alegro, me limito a consignar que el efectivo del ejército celeste depende del resultado de las cosechas generales.

Cantón IV

Según hemos consignado al principio, la dinastía reinante no es china, propiamente hablando, sino tártara manchú; es decir, invasora, dominante por derecho de conquista, y mirada, por consiguiente, con prevención por los oprimidos. De aquí nace el que, favorecidos por la gran desorganización del Estado, tengan estos formadas sociedades secretas, que funcionan en el misterio, y cuyo fin, como fácilmente se colige, no es correr tras la libertad en busca del derecho político moderno, sino sencillamente cambiar de yugo. Dos siglos hace que trabajan con este objeto, sin lograrlo.

Hay además otro partido: el extranjerista, compuesto indistintamente de tártaros y chinos, que reconociendo las ventajas de la civilización, pide telégrafos, ferrocarriles, reformas en las costumbres y progreso, en una palabra; pero sus sectarios se hallan en minoría, pues ni el espectáculo del gas incita a la masa tradicional del pueblo a desprenderse de sus linternas, ni el espíritu revolucionario del movimiento en sentido de avance, se aviene con la rutinaria y perezosa marcha de estos seres mecánicos. Ello vendrá, no obstante, y acaso muy pronto, pues ya empiezan a observar que la actividad es un elemento de riqueza, y el chino es avaro.

Tomando pretexto de cualquiera de estas razones políticas, sucede a lo mejor que un mandarín cuyas aspiraciones no han sido satisfechas, se levanta en armas, recluta ciento cincuenta mil hombres, y recorre con ellos las provincias, amenazando absorber el imperio. Pero como en Pekín le ven las cartas, le envían un emisario para que ajuste la paz con él; le dan algo de lo mucho que pide y una mañana el rebelde no amanece en el campo, con lo cual se disuelve el ejército; porque, lo mismo en sublevaciones que en batallas, en faltando el jefe se acabó el cotarro. Algunas veces, pocas, pillan al descontento y le cortan la cabeza, como acaeció hace cuatros años con el general Li, que se había enseñoreado del Tonkín, y cuyo recuerdo me trae a la memoria una frase del virrey de Cantón, que no debo pasar en silencio. Esto me da pie para relatar nuestra visita al yamen o palacio del feudal lugarteniente del emperador.

Agregado en calidad de curioso a la misión diplomática que cerca de Li-u (nombre del virrey, que no hay que confundir con el del general rebelde) fue a desempeñar por entonces nuestro malogrado ministro en China D. Carlos A. de España, vestíme, como los demás señores del cortejo, de chaqué y sombrero gacho; y suprimidos con el frac los guantes como innecesario e incomprensible atributo de cortesía en las altas y bajas regiones celestes, encaminámonos todos en sendas sillas mandarinas forradas de algo que fue paño verde, y con alamares, que a haber conservado su envoltura de seda, hubieran sido negros, al yamen del gobernador, precedidos del porta-tarjetas para anunciarnos.

Forman el palacio en cuestión multitud de anchurosos patios con pabellones sueltos, que en nada difieren, como arquitectura y muebles, de las casas de los chinos ricos. En la puerta exterior unos harapientos culis disparan seis morteretes; y unos hombres vestidos de colorines, con la cabeza calzada de una especie de enorme cencerro colorado, del que salía como cimera una tiesa, larga y única pluma de faisán, se pusieron en fila junto a unos figurones gigantescos y ridículos de cartón, dioses porteros de la morada.

En el último patio, y acompañado de su séquito, nos esperaba el virrey, que graciosamente nos saludó a todos cerrando los puños, juntándolos por las falanges y agitándolos a la altura del pecho, como si zarandease una sonajera. Li-u, que respecto a fisonomía y modales está cortado por el patrón general de su raza, en la que no se nota nunca esta diferencia de cutis, de movimientos, de dicción y de forma que distinguen a nuestras clases privilegiadas del común de las gentes, vestía túnica de riquísimo satín celeste con caballa o balandrán azul tina, ostentando en el pecho, a modo de sacerdote bíblico, una placa cuadrada con los emblemas de su magistratura bordados en seda y oro. Botas de raso negro con ancha suela de fieltro blanco cubrían sus piernas hasta la rodilla; y de sus hombros pendía una esclavina de lustrosa piel de nutria, sobre cuyo fondo destacábase un profuso collar de cuentas de ámbar. Cubría su cabeza el sombrerete mandarín de castor, con un botón de coral del tamaño de un huevo de paloma, y de la parte posterior del bonete salía en sentido horizontal un plumero a modo de rabo de zorra, que se extendía hasta media espalda.

Invitados a pasar al pabellón de las recepciones, encontramos servida en él una mesa con dulces, vinos, tazas de té y cubiertos europeos. El virrey puso al ministro a su izquierda, lugar de honor según los usos locales, y al intérprete a su derecha. Los secretarios, la oficialidad del aviso Marqués del Duero, el vice-cónsul de España en Cantón, y el cronista, muy servidor de ustedes, nos acomodamos donde quisimos, permaneciendo con nuestros hongos encasquetados, para seguir el ceremonial de la etiqueta confucista. Los oficiales de Li-u, de pie detrás de nosotros a manera de coperos, nos escanciaban el champagne, y colmaban los platos de sabrosos limoncillos en almíbar, jengibre en dulce, guisantes azucarados y otras golosinas, por las que previamente había pasado sus manos el virrey, atestiguando así que podíamos comerlas con entera confianza, seguros de que no contenían veneno. El gobernador, entre bocado y bocado, daba una chupada a la pipa, que cada vez le cargaba su secretario particular; pues sabido es que el recipiente de estos utensilios no admite tabaco más que para una sola aspiración. Y allí empezaron a tratarse los asuntos de Estado con la asistencia de nuestros culis de silla y de los barrenderos, apaga luces y encargados de las salvas en el yamen, que hicieron irrupción en la sala, en uso por lo visto de un legítimo derecho; pues nadie los estorbó en su faena de interrumpir con sus animadas conversaciones y carcajadas a los conferenciantes.

—¿Qué noticias hay de la insurrección de Li? —preguntó nuestro plenipotenciario.

—Eso acabará pronto —contestó el virrey.

Y haciendo un gesto de contrariedad:

—El caso es —añadió— que yo he tenido en la mano el evitar esta revuelta, porque días antes de levantarse en armas, y cuando todavía nadie sospechaba de su lealtad, vino a visitarme, y en su conferencia conmigo noté cierta vaguedad en su mirada que no me dio buena espina. Tanto, que tuve una corazonada, y determiné mandarle cortar la cabeza; pero luego ¡SE ME OLVIDÓ!

¡Desventurado país donde la vida de los ciudadanos está a merced de las corazonadas de un gobernador! A él debían mandarse a todos los que en la vieja Europa se rebelan contra la tiranía imaginaria del cumplimiento de sus obligaciones, porque ávidos de privilegios injustos, olvidan que sus ansiados derechos no son más que sus propios deberes ejercidos por otro.

Li-u, quitando la cobertera a su taza de té, nos invitó a apurar las nuestras; lo que significaba que la conferencia había dado fin.

Al día siguiente, embarcado en un bote de flores, remolcado por una lancha de vapor, fue a devolver la visita al ministro; sin que en ella ocurriera otro incidente digno de relato, que la súplica dirigida a don Guillermo Lobé, comandante del Marqués del Duero, de no saludarle con los cañonazos de ordenanza, hasta encontrarse fuera del alcance de los tacos. Lo que se cumplió, esperando para hacer la salva a que tomase tierra, y metido en la silla que allí le aguardaba, desapareciese entre la multitud precedido de soldados, tocando gongs y caracoles (que hacen las veces de trompetas).

Yo quería llevar a mis lectores a conocer la cárcel, pero no me atrevo, porque, francamente, es un espectáculo que con dificultad se resiste. Me limito, pues, a pasearlos por delante del establecimiento, sito en una plazoleta cerrada por un murallón, sobre el que se ven pintados monstruos de una fauna sui generis. Allí, convenientemente custodiados, se solean centenares de presos con la coleta cortada, envueltos en andrajos, comidos por la miseria, y ostentando la importancia de su penalidad, quien con la cabeza metida en la canga, cual arrastrándose con los pies en cepo; otro, en fin, con una cadena sujeta a la garganta, y de cuyo extremo inferior pende una piedra como un queso de bola, en la que estriba su libertad, pues solo puede recobrarla el día en que, por efecto del uso, el adoquín se desprenda de la cadena.

Los mandarines encargados de administrar la justicia, proceden también por corazonadas. Cuando hay un delito que castigar, echan mano del presunto reo; pero si este se fuga, lo substituyen con su pariente más próximo, o en defecto de familia, con el vecino más inmediato. El interrogatorio da principio, suspendiendo al que va a servir para satisfacción de la vindicta pública, a un como banquillo de cama puesto en sentido vertical, amarrándole por los pulgares de manos y pies. Por no prolongar esta posición insostenible, el acusado reconoce las más veces una culpabilidad de que está inocente; y ya convicto, no hay más procedimientos ni apelaciones: se le mete en la cárcel y se aguarda la llegada de la primavera, que es la época en que a granel se verifican las ejecuciones. Ya no consisten estas, como antiguamente, en aserrar en dos a lo largo a la víctima, ni en cortarle lentamente en miles de pedacitos, ni en quemar a fuego lento, ni en ninguno de tantos primores como aún se admiran en efigie en la pagoda de los tormentos; pero se flagela hasta la muerte; se divide viva en setenta y cinco trozos a la mujer adúltera; se estrangula a los cómplices atándoles una soga al pescuezo y tirando un verdugo de cada uno de los cabos; se tritura liando al reo con una cuerda y oprimiendo el cable a merced de un torno; y se decapita, por último, a gusto del consumidor; porque si es pobre, se arrodilla en el suelo con las manos sujetas a la espalda y recibe dos o tres sablazos, hasta dividirle la cabeza del tronco: si tiene con qué pagar la supresión del sufrimiento, elige un ejecutor afamado, que con solo apoyar en la nuca la hoja, le corta de un golpe las vértebras cervicales, ni más ni menos que como se descabella a un toro: y si es muy rico, compra quien lo reemplace en el cadalso; lo que se obtiene, tanto por la indiferencia con que mira la muerte el chino de precaria condición (que halla en este mercado manera de que sus hijos le hagan honras fúnebres de que carecería de otra suerte), cuanto por la benevolencia de los tribunales, que se contentan con que al crimen suceda el castigo, sea quien fuere el que lo sufra: por último, cuando se cuenta con influencias, se soborna a los jueces, y entonces la faena se lleva a efecto fuera de la época reglamentaria; pero en lugar de salir el reo de la cárcel metido en un canasto con las piernas colgando coram populo y a la luz del día, lo llevan por la noche al campo del suplicio, donde le aguarda una litera que lo conduce a otra provincia, y el público se da por satisfecho con creer que la cabeza del inocente que yace en el suelo es la del verdadero criminal.

Después de referir tantos horrores, quisiera concluir con una frase de consuelo. Ya dí con ella:

No hablemos más de Cantón.


Publicado el 26 de junio de 2020 por Edu Robsy.
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