La de los Ojos Color de Uva

Felipe Trigo


Novela corta



Estudio crítico de la obra de Felipe Trigo

Un novelista de la mujer y del amor


El Mercure de France, rindiéndole cuenta a sus lectores de la primera novela de Felipe Trigo, Las Ingenuas, escribía: «Felipe Trigo, como Gabriel D'Annunzio, en Italia, ha creado, en España, de un golpe, un género. Es arte, y gran arte, el del autor de Las Ingenuas, o no lo entendemos nosotros. Sus maestros son, sin duda, Flaubert y Maupassant.»

Lo mismo el ilustre novelista español es un analizador profundo de las almas, un concienzudo observador de la vida y un estudiador infatigable de los problemas amorosos. El amor, en su refinada voluptuosidad de la civilización moderna, en su sensualidad ardiente y sincera de la raza latina, cautivo entre las tormentosas dudas con que las filosofías extrañas hubieron de amarrarlo y de velarlo como con una túnica cilicio, constituye la esencia de las novelas de Felipe Trigo, y ocupa buena parte de sus libros de sociología y de arte. Su prosa es férvida, clara, llena de vigor, lo sobrado flexible y varia para ir desde el verismo más audaz al lirismo más alado. Menos decadente que Gabriel D'Annunzio, porque es más sincero, sólo se le asemeja en la casi inconsciente reproducción del alma propia en los protagonistas de sus obras. Jorge, el bello adolescente de La sed de amar; Luciano, el gentil amante de Las Ingenuas; Darío, el artista de Alma en los labios; Víctor, el escritor de La Altísima..., son todos personificaciones diversas del espíritu ardiente y triste, insaciado e insaciable, de su creador, y que se parecen como hermanos.

Mas donde aparece principalmente la derivación flaubertiana de la obra de Felipe Trigo y el valor de su ingenio instintivo y penetrante es en la pintura de la mujer y en el análisis de la psiquis femenina. Aparte de la protagonista, una verdadera guirnalda de mujeres se agita en cada uno de sus libros, surgiendo de diversos ambientes, y ninguna de ellas, joven o madura, ingenua o corrompida, impasible o sensual, amante gozosa o amante dolorosa, deja de vivir vida autónoma, deja de obrar según su naturaleza, según su educación, y sin contradecirse jamás. Ante el amor son igualmente débiles y vencidas. Ni una de la numerosa falange escapa al imperio del dios ciego, y las más honestas, las más lejanas de la pasión, después de una lucha más o menos larga, acaban por ceder a la fragilidad de su temperamento, a los deseos del amante, al arte en verdad refinado que las asedia y hechiza.

En las novelas de Felipe Trigo buscaríamos inútilmente el amor del alma de las novelas de Fogazzaro, pero buscaríamos también inútilmente la animalidad erótica de las novelas de Zola. El ideal del escritor español es el de la verdad, en la vida; el ideal conciliado con las tendencias naturales, el ideal capaz de alimentar y de extinguir, al mismo tiempo, la llama de la pasión. Purificar los sentidos por medio del alma: he aquí su pensamiento y la demostración continua hacia la cual tiende su arte. Y esta teoría suya, junta con otras análogas, se encuentra expuesta con orden y claridad en una de sus últimas obras: El amor en la vida y en los libros. Esta obra prueba la magnífica fecundidad de su autor, que, habiendo sido invitado para inaugurar, en el Ateneo de Madrid, una serie de conferencias autocríticas, «en vez de una conferencia (son sus palabras) escribió un volumen de doscientas páginas, del cual después extrajo la conferencia».

«Yo hablo — dice él — en nombre de la vida.» Y después de haber, en la primera parte, desarrollado diferentes opiniones acerca del amor y, en la segunda, las varias manifestaciones del amor, dedica la tercera al amor como será..., cuando la sociedad haya podido transformarse. La última parte está reservada para el estudio de la novela erótica, y en esta parte del libro se incluye la conferencia que Felipe Trigo ha intitulado: La impotencia de la crítica ante la importancia de lo emocional en la novela moderna, tema interesantísimo, desenvuelto por el escritor con aquella elocuencia de fuego y aquella acuidad de percepción que le son particulares.

Me duele que las proporciones de mi modesto estudio no me consientan penetrar más hondamente en este libro, que refleja un temperamento original y libre, audaz, enemigo de toda aparcería y de toda mentira consagrada. El mismo análisis merecería la otra obra de Felipe Trigo, Socialismo individualista, que es una nueva aplicación de las teorías socialistas, un socialismo «aristocrático» (el único que el autor puede concebir, porque es el único conforme con su naturaleza), capaz de conciliar los intereses de la comunidad con toda la libertad natural del individuo. El espíritu de este libro resúmese en una fórmula que el autor mismo escribe en la introducción: «Es bueno y justo socialmente todo aquello que conviene al individuo.»

Felipe Trigo estudia el origen animal del socialismo, examinando al hombre en el estado de barbarie primitiva; afirma la imposibilidad actual del socialismo, defiende su condición evolutiva y predice la gradual transformación, primero social y antropológica, en el sentimiento de nacionalidad, en el carácter individual, en la intelectualidad, en el amor y en los deseos; luego, las otras transformaciones consecutivas en la propiedad, en el trabajo, en la herencia, en la mujer y en la familia. Todos estos problemas son estudiados con el método y claridad que hacen de tan fácil comprensión la prosa de Felipe Trigo, aun cuando trata los temas más complejos. Creo que semejante libro, traducido al italiano, sería ávidamente leído y ampliamente discutido.

En las novelas, su estilo, sin dejar de permanecer limpio y fluido, se enriquece de imágenes poéticas, se colora de un sentimiento que pasa sin cesar desde la más exquisita esfumatura del idilio a la intensidad de la más fiera pasión, se amplifica en descripciones de una evidencia tan neta que hace temblar y palpitar, se afina en cuadros de ambiente y paisaje que completan la mágica impresión de estar asistiendo a escenas mismas de la vida. Y sus conceptos de ética y de estética forman la trama sólida y original de sus novelas bellísimas, compuestas con aquel respeto para el arte, con aquella firmeza y con aquella amplitud de procedimiento, con aquel cuidado del detalle y aquella variedad de los caracteres y de los personajes que van haciéndose cada vez más raros entre los autores contemporáneos, y que con Flaubert, Maupassant y Paul Bourget tuvieron glorioso ejemplo.

Tal facilidad de escribir y tal riqueza de facultades observadoras y analíticas llevaron a Felipe Trigo quizá un poco, en su primera novela, Las Ingenuas, que ya alcanza la cuarta edición, a olvidar el sentido de las proporciones: es una larga novela, en dos tomos, que tal vez pudo reducirse a uno sin daño de su tesitura.

La ingenua representa, a juicio de Felipe Trigo, la mujer que caracteriza principalmente, por cuanto se refiere al sentimiento, la evolución de la conciencia social; ella sufre la lucha de los instintos, que se le despiertan con las viejas tradiciones que la abandonan. Llama ingenua el autor a su heroína antes por compasión cariñosa que por desprecio. Son las víctimas, y no saben más que sufrir, porque no pueden o no quieren llegar hasta la causa de su sufrimiento, afrontarla y vencerla, o, al menos, combatirla. Alguna semejanza tienen las ingenuas de Felipe Trigo con las desencantadas de Pierre Loti: de las unas y las otras, la educación refinada ha hecho apóstatas morales. Entre todas las ingenuas descuella Flora, la jovencita española educada a la parisiense, instintivamente pura, más ansiosa y curiosa del amor que le inspira el marido de su hermana. Esta es una mujer limitada y tranquila. Flora acaba por convertirse en la amante del cuñado. El proceso de tal pasión hállase conducido magistralmente; los personajes, desde el protagonista hasta los de menor importancia, viven la verdadera vida. Algunos episodios de guerra y de viajes por países lejanos (recuerdos de la vida del autor) prestan por algunos momentos nuevos ritmos al de esta pasión formidable.

Superior a Las Ingenuas me parece todavía — y ha sido dicho por muchos — La sed de amar: una excelentísima novela, orgánica, varia de personajes y de hechos, inundada de pasiones, triste, con esa tristeza que proviene de una inmensa aspiración que no halla tregua.

Así, Jorge, el protagonista, sediento de alma, la busca inútilmente en cuantas mujeres tropieza, en la honesta y en la impura, en la refinada y en la impetuosa, en la intelectual y en la sencilla... No sacia su inextinguible sed. Ni la extinguen tampoco las mujeres que cambian con él sus afectos, angustiadas igualmente por la nostalgia divina. Esta es la novela de Felipe Trigo más rica de figuras femeniles, todas con tan poderosa y propia individualidad que viven y vivirán siempre en la memoria de quien una vez haya leído el libro: Lola, la hermana de Jorge, el único cariño de su vida, y que muere como una flor arrancada; Justina, la orgullosa; Silvia, la bella; Marta, la encantadora; Rosa, la ingenua; Mercedes, la cortesana..., y otras, y otras, en situaciones bien distintas, entregadas todas plenamente, y ninguna capaz de «realizarle» el ensueño.

Estas dos novelas pertenecen al primer ciclo del autor, cuyo propósito fué estudiar en ellas — son sus palabras — la pasión, tratando de idealizarla, y demostrando, al fin, la imposibilidad de conseguirlo, por cuanto tiene la pasión de enfermo y monstruoso.

Luego, a manera de afirmación frente a tales negaciones, en Alma en los labios y en La Altísima, quiso Felipe Trigo estudiar el amor verdadero, sentido y visto a través de la verdadera inteligencia, elevado al grado de sentimiento noble y apto para darle al íntegro ser humano reposo y felicidad.

Alma en los labios es la novela predilecta del autor, que en ella ha condensado más que en otra alguna su estilo ardiente, imaginativo, elegante y sinuoso, dócil para revestir lo mismo el concepto más profundo que la emoción más fugaz. El da forma delicadísima al ideal proclamado: el de la fusión perfecta de la ilusión con la realidad, de los sentidos con el alma, de las aspiraciones humanas de la fiebre erótica con las aspiraciones excelsas del espíritu. Alma en los labios es la historia de un envidiable amor entre dos artistas, Darío y Gabriela. Ella aporta la delicadeza, la gracia, la intuición, la sensibilidad, la belleza; él, la profundidad, la energía, la seguridad, el dominio y la audacia. Y hasta cuando la vida, con sus mixtificaciones y sus errores, los separa momentáneamente, se recobran plenos por la absoluta sinceridad recíproca, partes las dos de un todo armónico e indivisible.

La Altísima es la última novela, en orden de fechas, escrita por Felipe Trigo. También ha sido compuesta para el estudio del amor (no de la pasión) y de la mujer liberada (no de la ingenua).

Víctor semejase a Darío, el protagonista de Alma en los labios, y Adria a Gabriela. Otras mujeres florecen por estas páginas, como rosas de un jardín; pero Adria, que ama tanto en su simplicidad; Adria, que se corta la negra cabellera hermosa para darle al amado una prueba de devoción...; la Altísima, recogida por él del fango como una perla caída y salvada, como Margarita Gautier, por su amor mismo, perfuma todo el libro con su alma.

«Todos mis libros — escribíame tiempos atrás el autor — expresan una noble adoración por la mujer, en una especie de armonización sistemática.» Igual que, para Francia, Bourget, Felipe Trigo se puede conceptuar, para España, el gran psicólogo de la pasión amorosa en sus más altas y sutiles manifestaciones,

A modo de descanso entre una y otra de estas últimas novelas, Felipe Trigo publicaba otra, que él mismo llama «fácil», y cuya acción se desarrolla en el transcurso de un largo viaje por el mar. Es un bello racconto, donde el autor recoge sus recuerdos. Es la vida a bordo de un gran transatlántico, y llena de incidentes, de galanterías, de amores..., como en los salones de un hotel de lujo o en el parque de una vida principesca. Si bien más ligeramente que en sus demás obras, el autor no ha querido perder la ocasión de estudiar singularísimas figuras de mujer.

Y esta novela, y otra más breve. Reveladoras, editada con elegantes ilustraciones por El Cuento Semanal, llena de gracia y de agudísima finura, completan hasta hoy la obra de Felipe Trigo, que ya anuncia la publicación de Los héroes.


* * *


Su actividad es, como se ve, maravillosa. De libro a libro deja pasar apenas el tiempo necesario para darles forma material. La inspiración se sucede rica, fresca, inagotable en su bella mente de pensador y de poeta, y por todo reposo cambia de género. Además, escribe artículos, conferencias..., y sus largas cartas son para los amigos un don precioso de ingenio que salta en chispas; de pensamiento que se abandona voluntario en múltiples consideraciones y que ama la discusión y el análisis; de sentimiento que se exhala en entusiasmos, en ensueños, en lirismos. Yo tengo la suerte de poseer un paquete de estas preciosas cartas. Forman una especie de conversación estenografiada, páginas íntimas de un diario donde su fantasía y sus creaciones se delínean gradualmente; donde las espirituales confesiones del artista, del hombre, cubren las hojas de vitela con una caligrafía menuda, recta, clara, en el mismo fascinador y triunfal estilo que da tanta valía a sus libros.

Así, por él mismo, supe muchas cosas de su vida de literato. La comenzó tarde, luego que, terminada su carrera errante de médico militar por las heridas que sufrió en Filipinas fué condecorado y pudo, sin preocupaciones de otra índole, entregarse a los ensueños de belleza. Durante algunos años vivió en Mérida, la histórica ciudad de Extremadura, con su gentil compañera Consuelo (nombre dulce para quien ha vivido y vive la vida de la lucha en medio de las ideas y de los hombres) y con sus hijos. Enamorado de Italia, a la cual no conoce aún íntimamente sino por su divino reflejo de gloria, Felipe Trigo complacíase evocándola en el triunfal Arco-Trajano y en los acueductos y anfiteatros de Emerita Augusta. En su biblioteca figuran bien amadas obras del Dante, Ariosto, Machiavelo, Leopardi, y entre los modernos italianos prefiere a De Amicis y a D'Annunzio. Experto en nuestra lengua clásica, también la francesa le es familiar, y, además, conoce la música lo bastante para arrancarle a su violín, como un suspiro hacia Italia, los melodiosos acordes de Cavalleria Rusticana y de la Tosca.

Poco después de publicar su primera novela, Las Ingenuas, aparecida en 1901, la notoriedad de Felipe Trigo estalló tan rápidamente sobre el público aplauso que vióse obligado, para vigilar de cerca la difusión de sus libros, a trasladarse a Madrid, donde actualmente vive con su familia y sin haber cambiado lo más mínimo sus hábitos de trabajador. Acaba de pasar los cuarenta años, y tiene, pues, delante un largo camino de fecundidad, en el que habrá de seguir enriqueciendo la literatura española con nuevas y privilegiadas obras. Si en Italia un buen editor emprendiese la tarea de divulgar, traducidos, los libros de Felipe Trigo, tendría en su compañía la fortuna, ya que el arte de este novelista, fundado en el estudio de la más poderosa entre las pasiones y de la más ansiada, calumniada y discutida mitad del género humano, no es un arte que confine con la moda o cuadre sólo en algún rincón del mundo, sino que es arte universal y eterno.


Jolanda


Este estudio, debido a la pluma de la ilustre novelista italiana marquesa María de Plattis (Jolanda), ha sido publicado en Roma, con varias ilustraciones fotográficas, por el número correspondiente a Febrero de 1908,de la revista Gran Mondo.— (N. del E.)

I

El expreso entró veloz, ruidoso sobre las plataformas giratorias, triunfal con sus dos máquinas y su larga hilada de primeras y berlinas atestados de gentes elegantes, pareciendo como que iba a cruzar también esta estación sin detenerse, entre los mercantes y el mixto que le había dejado libre el centro, entre el público que aguardaría su paso de centella en el andén; pero, de pronto, con un rápido y poderoso refrenar de marcha, que le dió a Ricardo angustias del estómago y que le dejó caer encima el atamantas, se detuvo en firme, en seco, en crudo... ¡Coquetería de maquinistas de expreso!

Y se oyó fuera:

— ¡Villabona! ¡Cambio de tren para Avilés! ¡Cinco minutos!

Abriéronse las puertas. Rodaron equipajes. Cogió Ricardo su maleta en una mano, su portamantas en otra, y cruzó a la vía de enfrente. Había saludado con una desdeñosa inclinación a los antipáticos y fatuos compañeros del coche que acababa de dejar — un general y su señora, tres viejas inglesas y dos sujetos con fachas de croupiers, llenos de brillantes —, y trataba ahora de buscarse más grata compañía.

Por suerte, este tren corto de Avilés no iba tan abarrotado de «elegancias». Había incluso compartimientos sin nadie, donde pudiera dormir, desquitándose, por fin, un poco de la fatiga de aquel medio metro de asiento en que vino toda la noche y el día. Le hubiese siquiera parecido esto una soportable intimidad de buen tono, un augurio feliz de veraneo, si al menos le hubiesen cabido en suerte mujeres guapas... Descubrió dos, jóvenes, elegantes, con su madre, en un primera, y subió. ¡Ya dormiría en el hotel! ¡Para lo que faltaba de viaje!

Instaló en la red su maleta, su atamantas. No había tenido ocasión de saludar a las viajeras, porque, aunque las descubrió en las ventanillas del lado del expreso, justamente cuando él se dirigía a abrir la portezuela, se fueron a las ventanillas opuestas para ver otro tren descendente que llegaba. El barullo era grande en los andenes. Los mozos volvían a gritar cambios y salidas. Los vendedores de agua, gaseosas y periódicos...

Partió el expreso. Partió luego el otro tren. Cruzaron el coche tan con la avidez de verlos las compañeras de Ricardo, en esa eléctrica crispatura que todo el mundo sufre en las estaciones concurridas, que ni le advirtieron sino en fugaces e indiferentes miradas, ni le dieron ocasión de saludarlas. Por último, partió también el corto, y como las elegantes viajeras se habían quedado en el otro extremo, sentáronse allí las tres, lejos de Ricardo, diagonalmente opuesta a él la mamá y frente a la mamá las dos jóvenes..., mirando al exterior y charlando del paisaje.

Bien. Ricardo compúsose una actitud de distinguido abandono y se confió al mismo tiempo, sacando y poniéndose a leer El Imparcial. Sin embargo, las miraba de reojo, acechando el instante en que ellas volvieran su atención al interior y le facilitasen la oportunidad de una cortés reverencia. Era un psicólogo. El sabía ir, y por lo general sin equivocarse, delante de los hechos. Preveía las situaciones. Entre amigos, o en un corro cualquiera de personas, solía tener la adivinación muchas veces dolorosa, y, por lo menos, siempre molesta — porque le quitaba la emoción de lo imprevisto — de lo que iba a ir sucediendo. Sobre todo, en los trances habituales de la vida.

Estas, naturalmente, tan pronto como les pasara la curiosidad del paisaje, que era bello, porque corrían por un valle de pomaradas y maizales, se pondrían a examinarle a él, a su equipaje..., y entonces... Pero sintió un punzazo de inquietud: su equipaje..., su manta vieja, descolorida, tenía arrancada toda una tanda de cordoncillos del fleco... La estaba viendo enfrente..., es decir, donde la venían mejor las muchachas. Se levantó y la volvió, medio ocultándola, además, tras la maleta, que, aunque barata y de lona, era nueva.

Y, aprovechando la maniobra, se quedó esta vez junto a la ventanilla, en la diagonal de las jóvenes.

Charlaban, charlaban ellas..., y el tren corría velocísimo. Ya no miraban al paisaje, pero tampoco a él, en una despreocupación tan absoluta como si fuesen solas o como si el compañero de viaje fuese un revisor o un lampista que hubiese entrado para arreglar el farol y bajarse en la próxima estación.

Entre ambas jóvenes había alguna diferencia de edad. Una, ya madurita, no andaría muy lejos de los veintiocho años, y era decididamente fea, aunque con una fealdad llena de graciosísima expresión en su viveza charladora implacable; su cuerpo, además, de correctas esbelteces, y su cabello castaño y sedoso, así como su tez limpia y fresca, disculpaban la imperfección de sus facciones, en las cuales delatábase una confianza en sí propia de su seguridad de agradar, debida, probablemente, a su travesura, a su ingenio sarcástico y temible...; ella, en efecto, recordando y nombrando amigas, sostenía la conversación con pullas que hacían reír a su madre y a su hermana...

¡Oh, pero ésta, su hermana..., qué encanto de chiquilla!... No se le parecía en nada absolutamente: diez y siete, diez y ocho años a los más; pelo oscuro, francamente dorado, sin embargo, a la traslumbre del sol, que, ya muy bajo, entraba con la brisa por la ventana abierta; los ojos, de color de uva, muy grandes y con las niñas muy grandes..., como ojos de muñeca fina; cara, en fin, de apasionada, de ardiente, con una sensualidad tremenda en su corta nariz carnosa y en sus labios de escarlata viva, que humedecía a menudo una aguda lengua de coral. No muy alta, era un prodigio de macicez de pecho y de caderas..., y sus gualdos zapatillos dejaban ver, bajo el borde de la falda verde Nilo, la calada seda de una media estiradísima, verde Nilo también, color idéntico al de aquellas grandes, tan grandes, al de aquellas inmensas pupilas de sus ojos, y que tan bien le armonizaba con la blancura de la piel.

— ¡Qué encanto..., qué encanto de muchacha! No daban idea de estirpe aristocrática en ella, ni en las otras dos, las claras telas sencillas de sus trajes; mas sí el corte de estos trajes, en su misma sencillez, el desenfado de los ademanes y principalmente, los brillantes que en las orejas y en las manos llevaba la mamá y lo pulidos y cuidados de los dientes y las uñas de las hijas. Por lo demás, iban sin equipaje en el coche; apenas un cabás cada una y una escarcela la madre, colgando de la muñeca.

¿Marquesas? ¿Condesas?... ¿Qué serían estas mujeres?... Olían a astris, a ideal, a exótico tenuemente, intensamente perfumadas.

La voz de la graciosa fea, clarísima y maldito si contenida por la presencia de un extraño, le fué enterando de cosas: primero, del nombre de la hermanita, Eladia; luego, de que tenían carruaje y palacio en Madrid..., puesto que habló «del jardín de casa» y «la cochera»..., y, últimamente, deploraban toda la ocurrencia del papá de haber comprado esta villa en Asturias, con lo que tendrían que despedirse de sus veranos de San Sebastián y de Biarritz.

— Mira, le prendemos fuego. Yo pongo el petróleo, y tú, Eladia, la mecha, ¿quieres?

— No. ¡Yo pongo el petróleo y todo!

— ¡Niñas, niñas! ¡Que sois capaces...! — amonestó malriéndose la madre.

El tren paró en una pequeña estación. Caía del lado de Ricardo, y fué a asomarse la «fea graciosa». La oportunidad, pues, para el saludo...

Mas no. La «fea graciosa» cruzó por delante de él sin mirarle, sin aceptar siquiera la ventanilla del centro, cuyo acceso facilitó Ricardo recogiendo en la alfombra los pies. Miró ella por la del asiento frontero, y le dijo a su hermana:

— ¡Oye, oye, ven! Otro palomar exactamente como el de antes... ¿Te acuerdas?

Acudió la joven, y ésta sí miró por la ventana del centro, sólo que sin agradecer a Ricardo la nueva recogida de pies ni con la más leve atención de aquellos ojos que parecían tener por dentro, ardiendo, una esmeralda... Y Ricardo se enojó, reconociendo en su fantasía de poeta, sin embargo, la exactitud de la comparación galante: los ojos, los inmensos ojos de «Eladia», parecían eso: dos globos de perla que trasluciesen llamas verdes... Ojos de ajenjo con agua.

— Oye, oye, atiende, Eladia; escucha, mira..., ¡y un mirlo también bajo el reloj!

— ¡Pues sí, y un mirlo! ¿Has visto, mamá?... Ven, ¡verás!

Y la mamá, gruesa, perezosa, comentó desde su asiento:

— ¡Todas las estaciones chicas se parecen!

Volvió el tren a marchar. Volvieron a su sitio las jóvenes, y Ricardo, con ganas de fumar, se contenía. Ignoraba si constituiría grave falta fumar delante de estas damas. Por primera vez en su vida, hallábase en la solitaria comunión de un recinto con duquesas, con marquesas o lo que fuesen ellas... Se hacía un lío... Pensaba que tal vez incurrió ya en una falta de educación imperdonable no habiéndolas saludado al entrar, aunque no le estuviesen mirando por hallarse distraídas...

Y corría el tren y charlaban las viajeras, riendo sin cesar, estrepitosamente, con alegría de pájaros o de personas tan felices como pájaros, y una hora después habíase convertido en obsesión el ansia de fumar de Ricardo. «¡Qué diablo, con las ventanas abiertas — pensó —, y después que ellas me hacen tanto caso...!»

Sacó tímidamente la petaca, y de la petaca un pitillo. Tímidamente, porque, aparte su inseguridad de si no iría a hacer una sandez, la petaca, rozada por los bordes, era de una abominable badana de dos pesetas, roja como el pimentón... Pero acabó de decidirse: justamente, si había estado antes torpe y grosero, la petición de permiso para el cigarro le disculparía... Tomó ánimo, pues, se inclinó, se quitó la gorra y preguntó:

— ¿Molesta a ustedes que fume?

Se quedó esperando. Se quedaron ellas mirando. No debían de haberle entendido, porque una mucosidad le había velado la voz en la garganta.

— ¿Qué? — inquirió la «fea graciosa».

— ¡Que si me permiten que fume! — repitió, después de carraspear para hablar más claro —. ¡Que si el humo no las molestaría!

Ellas se miraron, cambiando una levísima risita, y volvió a decir la «fea»:

— No. No nos molesta.

— ¡Encant...! ¡Gracias!

Encendió Ricardo, más rojo que la cabeza del mixto, aunque otra vez en el total descuido de las damas. No había podido interpretar sus sonrisitas, y si bien el tono de la «fea graciosa» tuvo cierta sequedad, no había estado exento de una dignidad cancilleresca, que le puso en trance de contestar una sandez; por ser fino, por mostrarse al tanto de las elegancias madrileñas, a poco más si no suelta un ¡Encantado!..., que le habría caído a un permiso de fumar como a un santo... como a un gato un miriñaque. ¡Bah, él..., un insumiso mental que hasta para su meditaciones rechazaba frases hechas y tranquillos! Sonrió, sorprendiéndose en tales tonterías. Indudablemente, un hombre de talento necesita ser tonto, por lo menos, la mitad. Y más concillado con sí mismo, pero no avenido a pasar como un quídam ante las viajeras elegantes, sacó de los bolsillos un par de revistas ilustradas, con un número, entre ellas, de El Cuento Semanal, y las hojeó un minutó, tendiéndolas después bien visibles a su lado... Le servirían, quizá, para incitar a las señoras a mirarlas, y se las ofrecería él... Le servirían de todos modos para que ellas, siquiera, advirtiesen que él era el ostentado en la caricatura de El Cuento.

— Bueno, mira, tú: al llegar a Oviedo, me vas a hacer el favor de ser quien le dé hoy el brazo a doña Marga.

¿Cómo a Oviedo?... Ricardo no comprendía. Ya antes hablaron también de «llegar a Oviedo», por donde hubo pasado él hacía cuatro horas y de donde seguían alejándose, o no estaba él informado de la geografía asturiana. Pretendían acaso regresar, desde Aviles, en automóvil. ¡Sólo que no!... Continuaban ellas refiriéndose a Oviedo, consultando sus relojes de pulsera y afirmando que les faltaría para llegar muy poco... Tendrían tiempo de cenar con doña Marga, de vestirse y de asistir a la función de la compañía Guerrero en el teatro Campoamor... ¡Ah! ¿Prodigios del automóvil..., o sería que, en la confusión de trenes, había tomado el otro de retorno a Oviedo, y no el corto de Avilés?... La duda le inquietó. Lo hubiese preguntado, a no temer que, en la efectiva equivocación, se le riesen como un tonto. Se abstuvo. Esperó la nueva parada de una estación, y, bajándose del coche, se lo preguntó a un empleado:

— Oiga, este tren, ¿no va a Avilés?

— ¡Sí, señor! — le respondió al paso y breve el empleado, que llevaba las manos llenas de facturas.

Volvióse al compartimiento tranquilo, pensando en el todo señor automóvil que transportase después a estas damas.

Por lo demás, ellas, siempre con sus charlas y sus risas, cuya dirección del maligno encanto llevaba la amenísima «fea», ni le mostraban más atención que al principio ni se habían fijado en El Cuento Semanal.

Ricardo se conformó. Era un psicólogo. Ocurríale aquí con tales aristócratas exactamente igual que allá en Madrid, en el Español, cuando iba con butacas del periódico. Ni por casualidad le pagaban una vez la avidez de sus gemelos los gemelos de los palcos. Sin embargo, aristócrata él también, del talento, perdonaba generoso unos desdenes en que no le hería jamás la burda y grotesca ineducación de las burguesas del tranvía... ¡Oh, cuánto recordaba Ricardo, el poeta, el periodista con cien pesetas al mes y pantalón con rodilleras, a aquellas buenas burguesas, que no podían sufrir la admiración de un humilde sin un gesto en vuelta de espaldas que le dijese a las gentes: ¿Eh?... Miren qué pelagatos se atreve a querer enamorarme... ¡Puah!

Sí, estas otras, las verdaderas aristócratas, sabían ostentar su indiferencia no grosera ni ofensiva. Dijérase que se dejaban ver sin ver a los que no eran de su clase. Y semejante desdén, legítimo en fin de cuentas, bien podía perdonarlo el poeta, el fastuoso, el gran duque de la imaginación, que, en sus alcázares de ensueño, tendría tanto que perdonarlas quizá, si las tratase, a ellas mismas. Suum cuique, como dijo alguien más sabio, en latín, que Ricardo, que no sabía ninguno, por más que se ofreciese la frasecilla en consuelo.

El tren cruzó por debajo de un puente. Quedaban atrás los terraplenes de un ferrocarril minero, a juzgar por el negro balasto, y el panorama se abría cada vez más en esa llana frescura de horizontes que indica la proximidad del mar.

— Oye, Nita..., ¡otra línea transversal!... ¿Te has fijado? Nita, a quien, por fin, nombraba mimosamente Eladia, miró por el vidrio y mostró sorpresa.

— ¡Es verdad!... ¡Lo mismo, lo mismo que el de antes, cerca de Avilés! Pero, ¿no estás viendo, tita Encarna?

— Toda Asturias es igual..., ¡y aburridísima! — comentó breve la señora (que no era, por la cuenta, madre de las dos), volviendo displicente la cabeza.

Pero Ricardo sospechó esta vez una cosa divertida: que fuesen las orgullosas y distinguidísimas damas las que, procedentes de Avilés, con ánimo de ir a Oviedo, regresaban al punto de partida lindamente..., por no haberse mudado de tren, por no haber advertido que éste no hizo sino cambiar de cabeza a cola la máquina y por... tener a menos dirigirle la palabra a un compañero de viaje, que quizá las hubiese sacado a tiempo del error. Y se alegró y deseó que fuese así para tener derecho a reírse un poco cuando, al fin, «cayesen de la burra».

¡Ahora sí que le placía la frase hecha!

Mas eran tan aturdidas que, ¡nada!..., charla que te charla otra vez, apenas perdióse la línea transversal entre arboledas.

No obstante, gozábase en el pequeño mal, sin rencores, con la nimia y secreta complacencia, únicamente, de poder irlas contemplando en ridículo. Su simpatía, a pesar de todo, iba a ellas. El corazón, con la suprema fuerza que sabe decir estas cosas, por encima de no importa cuáles absurdos sociales, decíale cuan era lástima enorme que las damas del dinero y la belleza ignorasen cómo pudiesen los pobres poetas adorarlas mejor que sus condes y marqueses. Ellas tenían la gracia, y tenían para su beldad entera el exquisito cuidado de diosas que no pueden tener las demás, y ellos, en cambio, los poetas, solamente los poetas, el tesoro de delicadezas y ternuras capaz de envolverlas en cielo. Por eso, y no por avaricias ni tontas vanidades, había en las entrañas mismas de Ricardo una impulsión tan intuitiva y formidable como inocente hacia las aristócratas..., ¡hacia las princesas, hacia las marquesas, hacia las bellas damas distiguidas!

Pero una impulsión modesta y dulcemente resignada, como una ilusión de imposible que no llegaba ni a tomar forma de esperanza. Si aún hubiese tenido dudas su humildad harto se las habría desvanecido este su primer viaje de buen tono..., este su primer lanzamiento al mundo elegante de las playas, en un convoy de lujo y en la estrecha vecindad de un vagón con aristócratas; maldito el caso que le hacían.

Y reflexionaba según el tren, por las trazas, puesto que ya se veían brumas como de mar no lejos, se iba acercando a su destino. En lugar de veinte duros al mes, disfrutaba, desde el anterior, cuarenta, gracias a un ascenso inesperado y altamente halagador para su aptitud de periodista. No hacía un año aún que estaba de risible aldeano licenciado en letras en su aldea extremeña, bien lejos de creer que fuese a venir jamás en estos trenes fastuosos con estas gentes de fuste, en calidad asimismo de veraneante más o menos distinguido...; pero en el grupo, en el conjunto de ellos, siquiera. No podía quejarse del cambio..., por mucho que le sintieran extraño estas gentes... Y bendecía al cacique aquel de su provincia que le llevó a Madrid, que le metió de colilla aunque fuese en el periódico, donde se había captado, a fuerza de talento y de trabajo, la estimación del director. Al ascenderlo, relevándole del reporterismo menudo, le habían consagrado cronista, enviándole a estas playas...

Corría ligeramente el tren, torciéndose. Por un lado, en la llanura brumosa, se empezaron a mostrar faluchos y lanchones en un canal..., en la ría. ¡Ya sí que no podrían dudar de su equivocación las señoras!

— Pero..., ¡calla! — dijo de pronto Eladia, toda asombro —. ¡Barcos! ¿Cómo es posible?

Las tres miraron. No lejos se descubría Avilés.

— Pero..., hija... ¿Cómo es posible?

— ¡Cómo es posible!

Se habían puesto de pie y se interrogaban con los ojos.

— Pero ¿cómo es posible?

— ¿Dónde estamos entonces?

— ¿Dónde estamos? Ricardo intervino, fingiendo no haberse percatado de la paletada de ellas:

— Señoras..., en Avilés,

— ¡En Avilés! — rechazó aún la «fea graciosa», mientras las otras seguían mirándose —. Pero... ¡si no puede ser! ¡Si nosotros vamos a Oviedo! ¡Si salimos de Avilés a medio día!

— Pues... nada, ¡en Avilés! — insistió Ricardo, de pie también, contento de esta como familiaridad repentina que los tenía en corro junto a las ventanas a un mismo lado del coche —. Sin duda las señoras, en Villabona, por no haber cambiado de tren..., sin duda...

— Ah... pero ¿había que cambiar de tren?

— Naturalmente. A éste no hicieron más que ponerle la misma máquina a la cola.

— ¡A la cola!... ¡Eso! ¡Para traernos a Avilés de nuevo!... ¿Y por qué no lo avisaron? ¡Qué estúpidos!

— ¡Qué empleados tan estúpidos!

— Sí, señora, son unos estúpidos.

Habían resuelto ellas su recíproco mirarse en una carcajada. Hablaron de «reclamación», y se encogieron de hombros — dedicadas, otra vez en su extremo del coche, a reírse del suceso y de ellas mismas. Luego comentaron largamente el plantón de doña Marga, esperándolas. Y el tren silbaba, llegando a la estación.

Tan pronto como se detuvo, las tres damas, de cuyo lado caía el andén, salieron del vagón y se confundieron con la gente — sin haberse despedido de Ricardo.

— ¡Oh, las orgullosas! - pensaba éste con su maleta en una mano y su manta en la otra —. ¡Me alegro! ¡Que se amuelen!

Y todavía, unos minutos después, conducido en un ómnibus a la estación de Salinas, por entre la ría, que no era más que un canal insignificante, y un bello paseo de jardines lleno de arcos y faroles de papel, como para una fiesta, perdonaba, en gracia a los ojos de color de uva de la joven, la indiferencia descortés de estas damas aristocráticas, que sabían, al menos, ser indiferentes y aun descorteses con naturalidad, con aplomo, con suprema distinción... sin los ridículos y groseros aspavientos de las buenas burguesas del tranvía.

¡Benditas de Dios! ¿Cuál sería, de éstas de Avilés, la villa a que querían prenderle fuego con petróleo?...

II

En la terraza se charlaba. Una orquestilla de tzíganos, vestidos de rojo, como bien cocidos camarones, tocaba de rato en rato breves valses; una compañera de ellos, vestida de rojo, cantaba a cada tercero o cuanto número la Serenata de Gounod, el Ave María, la Sotile dolce... Y claro es que el grupo selecto de muchachas, con aquel único madrileño, León Rivalta, por recurso, no hacía caso alguno a todo esto... Además, un volatinero ambulante, junto a un bosquecillo de pinos, había juntado un corro de chiquillos y niñeras en torno a sus trabajos.

Eladia era la mimosa y la mimada. La llamaban Ladi estas amigas provincianas, que se habían enterado por León de que así la llamaban en Madrid.

Porque en Salinas no había más que esto, entre las familias asturianas que venían al mar de buena fe, a bañarse; no había, además, tratables sino media docena de riquitas de las provincias próximas a Asturias. Si a Ladi, a Nita, no les hubiese bastado, para ser proclamadas reinas, el ser más ricas, el tener aquí una villa propia, les habría bastado ser de Madrid,

Y en tanto que Nita, con una pierna, despreocupadamente cruzada sobre otra (lo cual la hacía enseñar un buen poco de pantorrilla admirable), fumaba con toda tranquilidad, divirtiendo a las demás con su mordaz charla sin fin. Ladi, con León, que la hacía el amor de antiguo y tan torpe como obstinadamente, sostenía ese diálogo:

— Tengo un perro divino. En Madrid.

— Hombre, ¿y por qué no lo trajo?

— Por no quitarle a usted los moños con el suyo.

— ¿Con mi Yul? ¡Qué más quisiera!

— ¡Eso es un perro ridículo!

— Hombre, no me diga enormidades... que le tiro una copa a la cabeza.

— Eso, eso... ¡ridículo! ¿De qué casta?

— ¡Oh!, de modo que no le ha visto y se me atreve... ¡Bien se conoce!

— ¿De qué casta?

— Grifón.

— Psiá... grifón... una antigualla... El mío es el último grito de la moda.

— ¿Terrier?

— ¡Por Dios, Ladi, qué va a ser terrier! ¡Un perro, que quita la cabeza!

— Pero, ¿cómo?

— Así. Un perro con sentido común.

— ¿Así? ¿Así de alto... desde la mesa? — No, hija... desde el suelo.

— ¡Adiós! Serán dos perros, uno sobre otro.

— Pues un perro, nada más.

— El mío habla.

— Y el mío canta La Sonámbula.

— ¿Mejor que esa tiple?

— Pero con voz de tenor hermosísima, porque es macho.

— Y si tan grande es, ¿por qué no va usted a caballo en él a Recoletos?

— Por...

Aquí la interrumpieron. Un elegante joven de Palencia acababa de llegar, con un Liberal en la mano:

— Señores... señoritas... ¡atención! «Desde Salinas»... ¡Se ocupan de nosotros en Madrid!

— ¿Una lista?

— No. Una crónica...

— ¿Con nombres?

— ¿Con nombres?

Y como habían preguntado esto dos o tres muchachas vivamente, el joven palentino desfalleció en su alborozo; pero buscó con la vista a Lorenza Rubio, concentró en ella su halago, y declaró:

— Bueno, sin nombres. Pero al menos... a una... a usted, bellísima Lorenza, juraría yo que está dedicado el más lindo pasaje de la crónica... Y acaso a usted, porque alude a dos.

Esta segunda era una rubia señorita de Cuenca, y se engrió, y hasta se puso un poco encarnada de alegría. La otra, la principalmente mencionada, Lorenza, era toda una morena y buena moza de Valladolid, la más correctamente bella de la colonia veraniega, la que habría sido indiscutible, con su figura de napolitana trágica, con sus ojazos negros, si no fuera un poco sosa.

Hubo una general atención, y se leyó la crónica en el corro. Mientras iba leyendo el palentino, con su empaque de hombre de ciudad, pues no se quitaba el chaquet ni la camisa de brillo nunca, con su voz clara de lector de notario, y aun con cierto retintín de sabrosa rabia contra Ladi — que creía él que se le burlaba algunas veces —, las oyentes cruzaban en los ojos envidias aceradas, iras efectivas al tener que reconocer que se aludía en la crónica a Lorenza como a una divinidad, como "un sol de azabache (frase del cronista)... que dejase en la sombra a todas las demás — apenas salvando otra bien clara alusión para la rubia de Cuenca.

— ¡Hombre, hombre! — exclamó al terminarse la lectura, y sobre el silencio preñado de emociones como una nube tempestuosa, León Rivalta —. ¿De modo que tenemos en Salinas a un redactor de El Liberal?... Pues... ¡me extraña! ¡Los conozco a casi todos!

— Sí, señor — apuntó el joven de Palencia con otro nuevo gozo vengativo hacia este gordo y cortesano León elegantón de las camisas de seda —; y debe ser ese que llegó trasanteayer... ese que anda siempre solo por ahí, de escampavía, y que se aloja en Bruno, donde yo.

— ¡Ese! — exclamaron unas cuantas.

— ¡¡Ese!! —inquirió Ladi en extrañeza.

— ¡¡¡Ese!!! — rechazó Nita con asombro, burlona—. ¡Bien! ¡tal vez!... ¡los periódicos no mandan a estas playas más que mamarrachos!... ¡Si fuese a San Sebastián!

— ¡Pues ése! — recogió bravamente el palentino, comprendiendo que el odio de las distinguidas madrileñas, y de todas las excluidas de la crónica, caía excesivo sobre el esquivo y solitario joven por un disimulo de desprecios a Lorenza. Y añadió —: Cuando menos, una camarera de la fonda, esta mañana, al verlo yo tomar el café, me dijo que es periodista.

— ¡Miradle, miradle!... ¡Allí viene!

Le había descubierto Ladi, que se quedó, igual que los demás, contemplándole. Estaba lejos el periodista — Ricardo —. Venía siguiendo el borde de la playa y cogiendo conchas. Llegó a las casetas. Cruzó. Miró un instante a los que así le miraban. En el corro, creyeron advertir algunas que sonrió — figurándose él, indudablemente, que porque hubiesen leído ya su artículo le consideraba con curiosidad este grupo distinguido, que antes no se curó de él para nada. Pasó... Pasó... perdiéndose tras un rústico hotelillo, tras un pinar, siempre por la orilla del agua y buscando conchas...

No faltó quien propusiera llamarle, a fin de darle gracias por el artículo y para entablar relaciones. Un redactor de El Liberal, nada menos, no podía ser un pelagatos...

Pero, dominó la prudencia, y se limitaron en la juvenil tertulia, a tiempo que empezaban otro vals los tzíganos, a ir poco a poco concediendo que, si bien algo extravagante con su pequeña estatura, con su media melena y su bigotillo negrísimo y áspero en su palidez histérica y morena de hombre enfermo, no estaba mal el negligé de su panamá y de su traje, con zapatos de buen corte, con bonitos calcetines, con su chaqueta de alpaca y su pantalón de dril kaki arremangado.

— Bueno, pero eso... — dijo Ladi asaz ingenua —, ustedes los hombres son los que nos lo deben presentar en la tertulia. ¿No le conoce, León?

— No, creó que no... ¡Cuando menos, no es el Sastre del Campillo!

— A ver, a ver, ¿cómo se firma?

— Calcedonia.

— Firma nueva. Yo leo siempre El Liberal.

— Lo dicho. ¡Desecho de la redacción! — le lanzó Nita a la napolitana de Valladolid y haciendo romper a todos en una nerviosa carcajada.

III

Entró. Se tiró sobre la cama.

El cuarto tenía una ventana al mar.

Ricardo era dolorosamente feliz, con una felicidad espirituosa, inmensa, mareante, llena de llama y de luz, como si hubiera bebido un suavísimo alcohol de la gloria y se le hubiese inflamado en el alma.

El mismo no lo creía. ¡Novio de Ladi!

¡¡De Ladi!!

Se lo acababa de oír..., que sí, que le quería, que le quería... con todos los pronunciamientos de una respuesta de novia. Se lo acababa de oír allá sobre la arena, tan divina y fresca Ladi tras su baño matinal, tan gentilmente abandonada junto a él de una a otra silla-caseta... apartados los dos de todo el mundo como en dos confesonarios de las libres pasiones de la vida. ¡Qué bello el vals que tocaban en tanto los tzíganos! ¡Qué seductora, qué aristocrática ella, su alma, su carne, su escote virginal de poderosa que traslucíase en el peto de calados y de tules! Le ardía dentro el alcohol de la divina borrachera.

Era como una magia.

Veía el mar, veía el mundo cual si fuesen suyos — todo el color de los ojos adorados, verde, verde agua y verde luz.

Iba a pensar, aquí tumbado (porque no podía con la ventura), y de espaldas (que parece que se recibe mejor la inspiración), la nueva, la definitiva tirada milagrosa de versos de amor y gratitud que le dedicaría a su Ladi en Nuevo Mundo.

¡¡A su novia!!

Pero... esto... ¿era verdad?... ¿Podía ser verdad que era... su novia?

La intensidad luminosa de su cruel y bella embriaguez de todos los triunfos, le rompió afuera y le proyectó el porvenir, sobre su antiguo porvenir negro y de dudas, lo mismo que una linterna cinematográfica; se vió gran poeta lleno de gloria, de amor, de victorias infinitas sobre su regia instalación en la vida... con Ladi al brazo...

¡Oh, novio él de Ladi Villarroel y Montero de Espinosa... él. ¿Podrían figurárselo aquellos sus miserables paisanos de la aldea? ¿Hubiéraselo imaginado él propio un año antes, cuando el diputado por el pueblo le parecía un dios, porque tenía un tílburi? ¿Habríalo podido soñar siquiera un mes antes, cuando venía en el mismo tren con las «orgullosas»... con las aristocráticas señoras?

— ¿Y usted es de Extremadura? — le había preguntado tardes antes aquel despechado León madrileño, en burla, conociéndoselo quizás por el acento.

— No, señor; de El Liberal — había respondido él completamente aturdido.

Pero se alegró en seguida, porque rieron todos, tomándoselo por una agudeza, por un chiste contra aquel León, que sólo era un elegante vagabundo.

Bendecía del periodismo. Comprendía que el periodismo fuese una especie de llave encantada para todos los accesos del mundo y se explicaba ya que no hubiera sido mentirosa presunción la familiaridad de iguales con que había oído decir a algunos de sus compañeros de periódico:

— «Anoche, comiendo con la marquesa de Ayerbe...» — «Ayer, en el té de la Laguna...»

¡Oh, él... el hijo de un honrado y modesto labrador a quien decíanle en el pueblo El Repollo!

Bien. No era Eladia una marquesa, pero las conocía y trataba a todas en Madrid... perteneciente su familia a la nueva y positiva y quizá más respetable aristocracia del dinero. Senador su padre, accionista del Banco, de Compañías eléctricas, de ferrocarriles..., con coches, con hotel... De la misma Prensa, recordaba Ricardo los apellidos de esta ilustre muchacha, en las reseñas de salones... ¡Ya lo creo! ¡Monteros de Espinosa! ¡Digo! ...Y Villarroel... que heráldicamente vendría a ser algo como «roeles de señores de una villa». El Villarroel era el padre, y, además, Ladrón de Guevara, nombre perdido en Ladi, naturalmente, por no sobrecargarse de timbres...


Tus manos blancas,
tus manos blancas
de princesa,
de princesa de... de...


De castillo medioeval, o roquero, o cosa así. En sentido enteramente aristocrático, y sin recurrir a los nardos..., ya bien profanados por los mil imitadores de Rubén...

Pensó que no puede caberle mayor desgracia a un gran poeta que sus imitadores. A un gran poeta. A un novelista. Ellos, sus imitadores, son los encargados de ponerlos en ridículo.

Y en un rincón, mientras soñaba Ricardo con sus futuros triunfos poéticos y teatrales, bailaban los ojos de color de uva...

¡Ojos de Ladi... de su novia!

Habría preferido poder escribir Lady, con y, y pronunciar Ledi, por consiguiente... para evitarse entre sus impiadosos camaradas madrileños del café, cuando leyeran los versos, la contingencia de equívocos en diminutivo, creyendo quizá que se tratase de... alguna cualquiera. Mas ¿qué hacerle? ¿No la llamaban así, y no era tal abreviación, por ser de ella, insuperable de poesía?

Y el recuerdo de éstos, de sus camaradas de café, de sus maldicientes compañeros, le mostró a él propio, él mismo, en polo de comparación, con una honrada ingenuidad, todavía bien lugareña, de que tendría que corregirse. Efectivamente, hablando con Eladia, él echábase de menos soltura, desparpajo, algo de aquella frivolidad, amena hasta cierto punto, con que León, por ejemplo, sabía hablarla de perros, y de trajes, y de cien mil tonterías..., en un ingenioso tiroteo de chistes y descaros, sin perder la corrección. Así era Eladio también, que se placía de ello, en tanto que él, Ricardo, era, con respecto a tales elegantes charlas picarescas, lo que se llama un salvaje.

De más honrado. De más respetuoso y sincero.

No obstante, le tranquilizaba, en cambio, la evidencia de haber sido, en aquellos ratos que habló aparte con Eladia, más intenso y más certeramente pasional que León y que ninguno; el éxito, hoy, no le permitía que lo dudase; le había bastado confiarse a la sinceridad de las impresiones recibidas junto a Ladi; y confiado en su sinceridad completamente, había podido decirle lo mismo que en sus versos, o cosas todavía más bonitas que en los versos, porque las avaloraba la emoción con que eran dichas... Cosas que ¿sería verdad, gran Dios? ¿y sería verdad que ellas se la fueron tan a escape enamorando? —, cosas que a ella le chocaban, por lo extrañas y lo exactas... más, quizás, que las que le hacía escuchar este León Rivalta, todo lo elegante que quiera, pero fracasado pretendiente... A los ojos, por ejemplo. Lo de los ojos de color de uva la hizo gracia, como una novedad. Además, había añadido él una vez, mirándola, muerto por aquellos ojos, empeñado en «definirlos», cual si obedeciese a un mortal empeño del corazón por «definir y conocer» algo muy suyo: — «Los ojos de usted parecen esos ojos grandes, glaucos, ingenuos, muy abiertos, todo niñas que no ven, todo empañados de una esmeralda cuajada y lechosa, de las ciegas con grandes ojos verdosos y claros y abiertos que piden limosna por las calles».

— «¿Ojos de ciega? ¡Por Dios!» — había protestado ella, en su eterna tendencia a la burla; y entonces él la sujetó, trémulo de emoción: — «Divinos ojos de ciega en dos perlas que llevan dentro la esperanza..., la esperanza de quien los sabe mirar, y ciegos para ver mejor su propia esperanza en el alma que los mira; esa divina ceguedad no lo tienen más que las ciegas como usted; y alma en la sangre... ¡tampoco la tienen todos!»

La flor le pareció a Ladi fuertemente original. Y se lo confesó, agradada y sonriendo. Había querido decirle Ricardo, en suma, que los ojos de ella eran bonitos...; y he aquí «que — recordaba él la respuesta —, por decírselo sencillamente de otro modo que los tontos que se lo habían dicho tantas veces, la impresionaba la galantería como oída por primera vez...» ¡Ah, lo que puede el modo de decir... ¡lo es todo!

Esta mañana, en fin, al reprocharle Ladi que «anoche, durante el concierto improvisado en el Salón Suiza, no quiso él estar en el grupo de ellas y León, yéndose al de Lorenza», él había tenido la suerte de responder, sin saberlo, la frase que creyó al principio de torpeza y que les llevó, sin embargo, al acuerdo venturoso: — «No, Ladi; yo prefiero no estar cerca de usted entre la gente; yo no sé decir cosas, no se me ocurren, de esas que dice León; ¡les hubiese aburrido la tertulia!» — Y repuso Ladi, con una tristeza, con una gracia, con una pasión de todo punto irresistible: — «Bah, en cambio... dice usted otras cosas que no sabe León! ¡Si viese usted qué aburrido es, a solas, el amenísimo León de las tertulias!...» Después de esto... ¡claro!... no sabría él qué le habría más dicho a la divina criatura picaresca y virginal, pero sí que le había dado últimamente un beso en la mano, como un loco... y que ella... y que ella... — tal era lo importante — le confesó que le quería... pidiéndole, para mayor misterio seductor, que le guardase el secreto.

Otra llamarada de alegría levantó al poeta de la cama, olvidado por el pronto de los versos.

Fué a la ventana, y quedó de bruces en el alféizar, mirando allá abajo por la redonda playa, entre los pinares, la pequeña y elegante villa de su novia. La rodeaba un jardín.

Le parecía tan bello este retiro de Salinas, esta colonia sin pueblo, sin calles, de arboledas y fondas y rústicos hoteles nada más, que habría querido vivir en ella siempre, con su Ladi.

— ¡Con mi Ladi! —murmuró en los labios... para afirmarle la indudable realidad a algo de él propio que aún no la creía.

Inmediatamente sacó su carnet de periodista y apuntó, como para consagrarla, la fecha de una realidad tan venturosa: 27 de agosto de 1907.

Deploró en seguida la brevedad del mes que les quedaba apenas en este dulce paraíso.

Y volviendo a ponerse de pecho en la ventana, le complació recordar la serie de rivalidades mudas, de casi odios un momento, que les había lanzado a un destino de feliz eternidad..., porque si la viva y aún impaciente aspiración de toda novia es casarse, claro es que no había de quedar la boda por él.

«No, no por ambición..., y bien lo sabes TÚ — sonrióse en confesión al Dios del cielo, en quien hoy creía —, sino por dignidad de aristocracias: la de su estirpe y la de mi corazón y de mi frente, la de su belleza y la de mi ensueño!»

Hecha esta depuración de sus ansias, púsose a evocar aquellas rivalidades del principio. Al día siguiente de llegar, se las encontró aquí, en Salinas, inesperadamente; y lo sintió: él las suponía en Avilés; hubiese preferido no verlas más..., mal augurio para la sociedad del balneario si recordasen quizás el fleco pelado de la manta. ¡Bah, y tanto! ¡Psicólogo! ... Aunque en otras esferas, allá en sus años de estudio de Sevilla, había tenido novias de sobra..., pudiendo ya saber ahora que todos los espíritus de mujer son iguales en el fondo, hidalgas o plebeyas; por una pequeñez de ridículo puede hundirse todo un alcázar de ilusiones, y aun la posibilidad del alcázar... Este fué su rencor, su miedo a Ladi, a Nita, enorme, por si se fijaron en la manta y en la vieja petaca guinda que ya reposaba en el mar. Tal miedo, y sus desconfianzas de «hombre sociable» — puesto que sus novias sevillanas hiciéronle hasta sus dramas de honor en la soledad de la noche y por las rejas —, le impulsaron, en los primeros días, con una suerte de respeto invencible también a las damas altaneras, a distanciarse sistemáticamente del grupo que las tenía como emperatrices proclamadas. No habló con nadie; paseó solo; creyó incluso notar que se le miraba con burla..., y maldecía la manta. Renegaba al propio tiempo de la fina lengua de puñal de Nita, sospechando que la «graciosa fea», cuando él cruzaba a la vista de la terraza, les sirviese a todos chistes de la carne de él hecha tiras... Y por ello, rabioso, sin sentir la menor admiración hacia la sosa Lorenza preciosa ni hacia la rubia de Cuenca, en la primera crónica enviada a El Liberal les compuso a ambas aquella «innominada» y bella fantasía. Así, el periodista, desde la alta torre del periódico, que dominaba a España, les pagaba en moneda igual a «las altivas aristócratas» — probándolas que le podían pasar inadvertidas totalmente, con su villa y todo, ante un par de buenos ojos negros y vulgares... Luego vino la presentación a la tertulia, por León Rivalta, que se le presentó solo, y a quien recibió con calculada dignidad. Luego... su sorpresa ante la amabilidad de todos, y en término primero de Nita y de Ladi y de los papas de Ladi, maestros, como era natural, en cortesía de cortesanos; mas, como era bien lógico también, la buena moza Lorenza, contenta de la crónica, y tomada por León como disculpa galana de la presentación general y en partícular a la que deseaba darle gracias, quedó como amiga predilecta del cronista, desde luego... Pasaron días, pasaron días..., y ¿qué grande error no habría sufrido Ricardo con respecto a la falta de afabilidad de Ladi, o qué trazas no se habría dado ésta para robárselo a Lorenza en simpatías..., que en la segunda crónica, en los versos después al Nuevo Mundo, no hubo más que el nombre de Ladi Villarroel, en todo honor?...

Explicábase ahora perfectamente lo del tren, disculpándola. Ni debió de fijarse ella en la manta siquiera. Fué que... finísima, selectamente educada, como su prima Nita, como su madre, no tenía para qué conversar con un desconocido. Así, en efecto, había bastado una presentación calificada por una dignidad de periodista, para llegar a una confiadísima amistad, a una dulcísima fraternidad, al poco..., y hoy, últimamente, para haber llegado a la... a la... ¡oh, su Ladi!... un inesperado cielo como un sueño que le...

— ¿Don Ricardo?

— ¡Hola! ¿Qué?

— Que ya puede almorzar cuando guste.

— Gracias, Sabina. ¡Ya voy!

La camarerita sonrió, volvió a cerrar y bajó las escaleras.

Ricardo no sonrió esta vez a Sabina. Le había pasado completamente inadvertida la cierta gracia, que en días pasados le hizo florearla, de sus gruesos labios rojos en su cara blanca y pecosa, rodeada de crespo pelo de azafrán.

Se cambió de corbata para la tarde, antes de salir de su cuarto. Porque corbatas, sí, tenía una colección, como de lindos calcetines.

IV

Bajó y se sentó en el comedor a la mesita donde ya le aguardaba el joven de Palencia.

— ¡Hola, Ricardito!

— ¡Hola, Román!

Se repartieron la tortilla.

— Ya, ya le vi a usted esta mañana muy amartelado con Ladi, ¿eh?... ¡Sea enhorabuena!

— ¡Cómo enhorabuena! ¿Por qué? — preguntó Ricardo alarmado por su secreto tan pronto descubierto.

— ¡Toma! ¡Por qué!... Pues... por la niña. ¡Paréceme que va a haber boda este invierno en la corte!

Ricardo se puso pálido, un poco de temor, un mucho de alegría.

— ¡Hombre, no, Román! — cortó—. Esa señorita y yo..., no somos más que amigos... ¡buenos amigos!

Román soltó la carcajada.

— ¡Y tan amigos, lo creo! ¡Nadie le dice a usted que fuesen enemigos!... Sólo que apostaría yo a que desde hoy..., han pasado a más. ¡No!, ¿sabe? ¡No se inquiete!...; ella lo niega también, ¡qué caramba!...; pero cuando usted la dejó viniéndose a casa sin saber que ellas desde la suya volvieron al nada a Suiza..., ¿o es que le prohibió a usted concurrir por Lorenza?... Cuando volvió...

— Pero..., ¿qué Lorenza ni qué diablo de visiones cuenta usted?...

— ¡Caracoles, amigo Ricardo, que se las trae usted... y nada es tran extraño que le haya hecho tener celos a la chica..., o a las chicas!... Bueno, pues decía que se volvieron a Suiza y que allí tuvo Ladi un aparte con León..., tan triste, el aparte, ¡vive Dios!... que más triste León, todavía, se nos larga esta misma tarde a Madrid o al infierno!

Ricardo se quedó suspenso, con los ojos muy abiertos, la cuchara en el aire.

— ¿Se va León?

— ¡Se va! Mejor dicho, se habrá ido a estas horas... ¡León vencido y... con la cola entre las piernas!

Estuvo Ricardo a punto de confidenciarse plenamente con Román. Aquella fuga del aparatoso y elegante pretendiente chasqueado dábale la gran medida del cariño de su Ladi. León Rivalta, que usaba a todo trapo coronas de vizconde en los gemelos, en el medallón del reloj, decíase aquí que estaba arruinado...; pero Ricardo sabía a qué atenerse con respecto a las ruinas de los grandes — y más arruinado en todo caso estaba él... con sus cuarenta duretes mensuales... Si todo esto no era un triunfo...

Sino que se contuvo; supo recobrar la pose de importancia que desde que llegó a Salinas le prestaba El Liberal, y se tragó la alegría, preguntando en variación displicente:

— Bravo, amigo Román... y ¿usted se marcha pronto a Palencia?

Tuvo que sonreír. Había pronunciado a Palencia con un aire de superioridad, de protección, como si él, en vez de haber nacido en Miajadas, hubiese nacido en Londres, o al menos en El Liberal... como le dijo por feliz aturdimiento a Rivalta.

V

— ¿Se puede?

Nadie respondía.

— ¿Se puede?

— Entra, Nita; ¡que sí!

Empujó la puerta y entró en el dormitorio. Ladi estaba en la cama. Desde la posición de espaldas, en que habría leído indudablemente largo rato, se había torcido, perezosa y de bruces de cintura arriba, y tenía ahora el libro contra el almohadón, junto al codo, y en la mano pesadamente la cabeza. Rotas así en violentas curvas las líneas de su cuerpo, se lo esculpía demasiado fiel la sedilla de la colcha.

— ¡Qué atroz! ¡Qué caderaza... ya te querré yo ver a los cuarenta! — dijo Nita dándola un azote —. ¿Qué haces?

— Leer.

— ¿Qué?

— ¡Nada!... Monsieur de Phocas.

— Te pirras, hija, por lo verde.

— ¡Por lo ñoño! — dijo Ladi arrojando el libro hacia los pies —. ¡No saben ya ni escribir verde estos franceses!

— Es que agotaron el tema.

— ¿Qué hora es?

— Las ocho.

— ¿De la mañana?... ¡Qué barbaridad!

— No, de la noche: sino que ha salido el sol por orden de tu papá para que veas.

— ¡Oh, mi papá es muy galante!... ¡Mira que comprar esta finca de placer en un aburridero!

Ladi bostezó, dejándose caer de espaldas. Nita bostezó también, sentándose en la cama.

— Chiquilla, cómo tienes esto, igual que una perrera. ¿Te dió tentaciones Phocas?

— Completamente imbécil, con su inglés. En su lugar habría buscado una inglesa... y papá en mamán en seguida... para ver de ser pronto papá con todos los egoísmos. He caído en la cuenta de por qué mi papá ha comprado esto en Asturias; no por lindo... sino porque siendo él un reumático y dispépsico a quien nunca duele nada y que come más que yo, se ha buscado el intermedio entra Caldas y Mondariz.

— ¡Puede que tengas razón!

— Pero le voy a armar un toreo de nervios, ¿sabes?... y nos llevará a San Sebastián.

— ¡Ya, para qué! ¡A buenas horas!

— Pues te digo que el próximo año...

— Bueno, bien, anda, Ladi, mira, ¡levántate! — ¿A las ocho? ¡Qué irrisión!... Creía que eran las once.

— Te quedarás sin la jira.

— ¿La jira?... ¡Ah, es verdad! lo dijimos anoche... a San Juan de Luz.

— Sin Luz... de Nieva. ¡Qué más quisieras!

Ladi, de un codazo, se medio descubrió de las ropas; pero se quedó quieta en perezosa insigne, al aire sus blancos y duros senos virginales de jovencilla espléndida. Creía la gente que tenía veinte años y no era cierto. Diez y ocho nada más. Púsose a silbar Los maestros cantores, mirando al techo.

Y Nita, que había cogido el Phocas y encendido un cigarrillo, se fué a leer hacia el balcón, en una sillita dorada.

Últimamente se incorporó Ladi lentamente, dejó caer las desnudas piernas fuera de la cama, y empezó a calzarse, lo primero. Seguía silbando, pero ahora la machicha.

De pronto, ya ceñidas las dos medias, se acordó, y dijo rebatiéndose una:

— Mira, Nita, so borrica, lo que me hiciste ayer tarde.

Fué jugando, después de la gimnasia. Nita miraba; mas no se encontraba Ladi el cardenal en la rodilla. Se levantó un poco la camisa y lo encontró. Azul y enorme, a medio muslo.

— ¡Bah, hija, eres de manteca... con esa blancura de nieve! ¡Y qué muslazos!... ¡Te digo que vas a tener que ver a los cuarenta!

— ¡De aquí allá!

— Y el caso es que tienes los brazos delgados.

Lianas del amor, como dice un novelista.

No la escuchaba Nita. Ella se daba saliva en el cardenal con el dedo. Y al oír que su prima guturaba un «buenos días» afectuoso, a través de los cristales, preguntó:

— ¿Quién te saluda?

— Ricardo. Tu novio... ¡Oh, si tuviese la visión curva, que cuadro el tuyo, ¿verdad?

— ¡Para volverle tarumba!

— ¡Quién sabe lo que pensaría que estás haciendo! ¿Te lo subo?

— ¡Gracias, para ti! — desdeñó la joven levantándose a coger el corsé en la marquesita.

— Sí, bueno, sí... Mucho con que si le tienes o no «para que hable en los periódicos»... «para que sepan en San Sebastián que existimos», como dices; pero el caso es que os metéis por los rincones como si fuese novio de verdad y que... ¡mira, ven a ver! los vidrios que va poniendo tu padre en la tapia.

— Los he visto. ¡Cosa más inútil! ¡Te lo juro!

— ¡Ya!... pero es que el campo, la poesía, el idilio de estas soledades... el aburrimiento de las noches, sobre todo... Siquiera en Madrid y en San Sebastián se divierte una en otras cosas... ¡Y que haya quien crea que la vida de ciudad atenta a la virtud! Aquí, con esas novelas también... ¡qué demonio!

— ¡Qué asco! Le quitan a cualquiera la intención estas novelas... No, no, ¡te lo aseguro! por neta porquería... Y al revés. Justamente si por algo un poco ese Ricardo me intriga, es por cierta novedad... ¡es un romántico!

Justamente por eso le inquieta a tu madre también, desde los versos del beso y la luna. Ella debe de saber la horrible influencia de las poesías y novelas románticas en la virtud; ¡son de su tiempo! Ve que nada, en cambio, le importaba que hablases con el bestia de León. ¡En este otro, y a pesar de los calcetines, debe suponerte un peligro de boda!

Ladi, que había estado chapuzándose con el agua fresca del lavabo, protestó, interrumpiéndose un momento, con los párpados cerrados y la cara y las manos chorreando.

— ¡Nada, rica, me creéis tonta las dos!... Yo bien sé lo que me pesco. ¿Y es que tú le has dicho a mamá que es mi novio?

— ¡De sobra lo está viendo ella!

— ¡Pues se engaña! — afirmó la joven, irritada, yendo con la toalla hacia Nita —. ¡Veréis qué novio de mi alma en cuanto tomemos el tren! Debíais haceros cargo, creo, en vez de tanto vidrio y tanta tontería...

— ¡No hija, yo no! Y anda, ponte la enagua, que es tarde, y, además, se te sale por el pantalón la camisa, propiamente que a un payaso.

Tocaron a la puerta. Pasó la doncella. En una bandeja traía un huevero, una copa de jerez y seis huevos pasados por agua. Era el desayuno de Ladi, que se sentó a tomarlo, con su pantalón gracioso lleno de encajes, en otra butaca junto al tocador.

Media hora después estaba vestida, cubriendo con un simple traje el lujo interior de sus ropas; solamente las medias le costaban treinta duros...

VI

Al poco estaban las dos primas en el Suiza, donde las esperaban los demás.

Pusiéronse en marcha. De señoras de respeto iban dos o tres mamas provincianas. Días antes habían ido todos a ver una mina de carbón, sin atreverse nadie a descender por la boca, de cuyo fondo partía una galería que se internaba bajo el mar un kilómetro. Hoy se trataba de llegar a San Juan de Nieva, recorriendo a pie, por la arena, la inmensa herradura de la playa.

Les parecía que estaba al pie San Juan, según desde Salinas lo veían gris y envuelto entre sus brumas — con ese engañoso espejismo de distancias del mar y las llanuras.

No mucho después iban cansadas las muchachas; las señoras, hartas de coger algas y conchas y de mojarse en las olas los pies. Si se apartaban del agua, peor, retrasado siempre en la seca arena medio paso. Y hubo quien le dijo un chiste al joven de Palencia, que llevaba del brazo a la bellísima de Valladolid, soportando un poco jadeante todo el peso de su fatigada hermosura:

— ¡Para los valientes, arena y buena moza! ¿Eh?

— ¡Sí, aquí lleva usted de las dos, Suárez!

Suárez permitióse, picaresco, deplorar:

— Bien... mas no como alude el refrán, la buena moza, por desdicha.

Únicamente, allá, bravos y punto menos que perdidos a lo lejos, marchaban Ladi y Ricardo delante. Se les veía conversar en perpetua animación, también del brazo.

Estos no se preocupaban de conchas.

El padre y la madre de Ladi prefirieron esperarlos en San Juan (donde iban a comer en un mesón de marineros). Se habían ido anticipadamente por el tranvía y por el tren. Le habían oído a Ricardo, que conocía el trayecto, ponderar la engañosa caminata.

Tardaron mucho, en efecto. Llegaron casi a las doce. Los dos novios aguardaban a los demás guarecidos en el hueco de una peña. Para tranquilidad de malicias, de graves malicias, al menos, pudo cada uno de los excursionistas confirmar, y Nita lo mismo, que la peña en la boca del puerto, bien tapizada de musgos, se abría hacia el mar — de cerca y por demás bien poblado de lanchas y de barcazas de cargadores.

El puerto era sombrío, ancho, melancólico. Terminaba enfrente por unos cenicientos promontorios que avanzaban sobre el agua y a su refugio se acogían los buques costeros junto a los muelles del ferrocarril. Las gaviotas parecían más blancas contra el nebloso cielo.

La gruesa señora de Villarroel, al brazo del marido, todo digno y grave con su cara roja de rubio y sus patillas blancas, les salió al encuentro desde la taberna.

Las mesas esperaban puestas.

Orvallaba y comieron en el interior.

Se rió lo que se pudo. Nita medio se achispó, y olvidada de sus cigarrillos turcos, fumó de cuarenta y cinco. Le daba igual. Recostada en su taburete contra la mesa, a la hora del café, cruzaba las piernas y enseñaba la de atrás, irreprochable... mientras contaba cosas y le decía a Román Suárez que «venía harto de buena moza hasta cierto punto»... Y como Román, corto de vista, se auxiliaba de sus gordos lentes cóncavos para mirar la pierna de Nita, las piernas también aquí y allá de las demás peor calzadas, pero contagiadas todas las muchachas de su plástico provincialismo ruboroso de despreocupación aristocrática por el ejemplo de estas Nita y Ladi madrileñas —, la mamá de Lorenza, notando cómo únicamente su hija era rebelde a esta civilización, a estas costumbres de seducción y buen tono que daban los balnearios, la riñó aparte:

— ¡Qué sosa eres, hija de mi alma! ¡Te quedarás para monja...! ¡Acuérdate de cómo allá en Valladolid, Purita Osorio, desde que vino a Gijón, se recoge las faldas por la calle!

Y disimuló revistando a las amigas con su binóculo de concha.

Ricardo, en tanto, siempre con su Ladi, no atendía a piernas ni a nada que no fuesen... los ojos color de uva.

La vuelta de la excursión se hizo por Avilés, en ferrocarril y en coche de tercera, ocupándolo todo, aquí de donde salían los trenes sin gente y para no tener que apartarse. Luego, desde Avilés, en el tranvía de vapor.

Ricardo era el hombre más feliz de Europa.

VII

Pero el hombre más feliz de Europa se fué sorprendiendo en tristeza hacia la mitad de septiembre. ¿Por qué?... Tal vez porque le quedaban poco días de este paraíso: Ladi, su familia, iba a partir pronto para Caldas; y no importaba que Ladi le hubiese de seguir queriendo desde cerca y desde lejos y que hubiesen de reunirse hacia Octubre en Madrid; como todos los verdaderamente dichosos en una constituída situación, tenía el temor, tenía Ricardo el instintivo horror de todo cambio.

O tal vez Ricardo estaba triste al revés porque una ligera mudanza se había operado ya en su novia, en su adoradísima, aun sin salir de Salinas. Había llegado media semana antes otra familia de fuste, la del general Martí, ex ministro de la Guerra, con sus tres hijas Berta, Cristina y Adela, y Ladi, Nita, los papas de Ladi igualmente, íntimos de ellos, no habían vuelto a reunirse sino con ellos en un repentino trato aparte que escocíale bien al antiguo corro distinguido de toleradas provincianas. El, Ricardo, había sido arrastrado, en la estación violentísima, del lado de los «aristócratas»; pero aturdido, sin saber en realidad si agradecérselo a Ladi, o más bien al general, que, al saberle periodista (y luego de confidenciarle declaraciones políticas, que fueron transmitidas al periódico) quiso conservarle cerca como un rabo... ¡Sí, le dolía la duda! Por lo pronto, él no entraba jamás en la villa de su novia, donde solían pasarse las noches ambas familias en íntima velada, y por la playa, por los paseos campestres, acompañaba delante a las jóvenes en calidad de «hombre que hacía crónicas y versos», sin que ya los ingenuos ojos verdes de la divina ciega fuesen sólo para él.

¡Ah, cómo sufría por las noches, en soledades como las de ésta también, en su triste encierro de la fonda, mientras allá lejos en la villa, cuyas luces veía por la ventana, cantaban y tocaban el piano. Una, tres antes, por puro rencor amoroso hacia «su Ladi», envió para El Liberal una crónica que ponía en altísima alabanza a la más linda hija de Martí... aunque sin nombrarla — algo parecido a aquella de Lorenza, pues claro es que no podía Ricardo convertir El Liberal en su secretario galante.

— ¿Sabes? — le repetía la novia en los raros momentos que se hablaban solos —. Mis padres, enterados de nuestras relaciones, no quieren. Conviene que no vayas siempre a mi lado y que el no se te escape.

Pues bien... para «disimular»... o para hacerla rabiar, escribió la crónica que debería venir al día siguiente.

El desaire a la provinciana sociedad le dolía a Ricardo igual que un presentimiento del que a él habrían de hacerle... tal vez en cuanto dejaran de juzgarle necesario, su Ladi también, en este halago vanidoso de la Prensa.

Se le empleaba, por imbécil. Ya inútilmente a tiempo sospechó que él tendría después que perdonar a estas altivas.

Y sobre la cama, tumbado de espaldas — que era la posición en que igual un poeta recibía las inspiraciones o evaporaba los odios —, meditaba lleno de rencor si no sería preferible que él se marchase de aquí.

Era jueves, 25 de septiembre. Lejos de recorrer también las playas gallegas, como era su moral obligación, se había «achantado» en Salinas. Quizá llegase a tiempo de coger e interviuvar en Lourizán a Montero. Se iría, decididamente..., si Ladi prescindía de él para la nueva jira que al otro día tenían planeada con las del general a la Fábrica de Trubia; la acordaron en sus narices mismas, esta tarde, y ni por cumplir le invitaron...

— ¿Don Ricardo?

— ¡Quién!... Adelante, entra, Sabina. La camarerita.

Llegó. Se le plantó al lado de la cama.

— Han traído esto.

Le daba un sobre y lo cogió Ricardo. Lo rompió. Leyó la esquela que contenía.

«Estimado amigo: Mañana ya sabe usted que visitaremos la importante fábrica militar de Trubia, donde nos espera, debo suponer, un gran recibimiento. ¿Quiere usted hacernos el honor de acompañarnos?... Lo vería con sumo gusto su afectísimo seguro servidor, q. b. s. m., Florencio Martí.»

¡Arrrh!... Notó en esto — respirando toda su alma libre de un peso — la cariñosa diplomacia de Ladi. Era verdad; siendo una visita a que el ex ministro fué invitado por la fábrica, Ladi no podía directamente por la tarde...

Y advirtió entonces que la camarerita de pelo de azafrán, de cara bruta y gorda, llena de pecas, permanecía inmóvil sonriendo al lado de la cama en un desvestido alarmante... cubriéndose con ambas manos el pecho de blancura escandalosa que dejaba por demás descubiertos una chambrilla sin botones.

— ¿Qué? — preguntó seco Ricardo en el egoísmo de su dicha señorial.

— Nada... que... me dispensará usted que venga así... Estaba ya acostada... y todo el mundo en la fonda. Sonrió tapándose más con las manos. Tenía desnudos los pies.

— Bueno, ¿y qué? — insistió desabrido Ricardo.

— Que tuve que levantarme al oír que llamaban... y era esta carta y esperan.

— ¿Ah, sí?... Pues di que esta bien... ¡Bueno, no! ¡Aguárdate!

Tirándose del lechó, fué a su mesa y escribió:

«Mi respetable general: Recibo su invitación y la acepto agradecido. Como supongo que la salida será en el primer tren de Avilés, a las siete y media me reuniré en el tranvía con ustedes. Le saluda y le besa las manos su seguro servidor, Ricardo S. Olmedilla.»

Cerró la carta y se la entregó a la rubia camarera — que se fué humillada.

El se quedó agradeciendo con todo el corazón la deferencia de Ladi. Miró el reloj. Eran las diez. Tenía que madrugar y se desnudó para acostarse.

Ya en la cama recordó el semidesnudo y el sonreír de la provocante camarera. Tal vez él debió aceptar... Pero ¡no! Apagó la vela de un soplo. Los ojos de esmeralda perla lucieron en la sombra. Le llenaban. No le dejaban ambición de nada más. Adoraba a Ladi. Le adoraban a él todas, por ella... Lorenza, la pobre rubilla de Cuenca, la pequeña del general ahora también... y hasta €sta camarera roja que rodaría por todas las camas de los huéspedes... ¡No, no merecía su Ladi delicadísima la traición con semejante espantajo!... Román, el cursi aquel de Palencia, le había contado que se le zampaba en el cuarto muchas noches... Y Ricardo sentíase en una dignidad aristocrática, en una especie de ya para siempre exquisita selección de bellezas femeninas, que incluso hacíale aborrecer, por toscas, por plebeyas, sus antiguas aventureras sevillanas.

¡Oh, cómo la pasión de una altísima mujer ennoblece y purifica!

Y se durmió.

Si bien pensando en... la colección de condesas y marquesas e hijas de ministros que pudieran ponérsele a tiro una vez casado con Ladi y metido en sociedad.

VIII

Se despertó a las seis. Se lavó los pies y se puso unos calcetines elegidos: anchas listas circulares, una roja, otra negra y otra azul. Se los estiró. Ya había aprendido, hasta que en Madrid se hiciese calzoncillos cortos, como León, a montarse el calcetín ocultando el calzoncillo... con lo cual podía arremangarse más los pantalones.

En la estación del tranvía estaban los excursionistas. El ayudante del general, siempre de uniforme, un apuesto capitán de Caballería, charlaba amarteladamente con Berta, la mayor de las hijas del ex ministro, con la cual iba a casarse... Ladi le recibió a él sonriente y se fijó en los calcetines lo primero. Cierto él de que seguían bien estirados, se quedó contento.

Era más extraña hoy la manía, la amabilidad del general por no separárselo de al lado. En Avilés, la Compañía de ferrocarriles les tenía galantemente dispuesto un breack. Ricardo, entre los demás viajeros que subían modestamente a las berlinas y aun a primeras y a segundas, sentía orgullo. No se acordaba lo menos del mundo de Miajadas... Como si hubiese «nacido en El Liberal»; como si hubiese nacido en uno de estos breack, entre senadores y ex ministros. En cambio, henchíale su legítima importancia de periodista, profesión a que le debía tantas venturas...

Y por lo mismo que el ex ministro empeñábase en retenerle junto, hoy, colmándole de agasajos, explicándole que le llamaban de la fábrica por arrancarle, sin duda, promesas de reformas para cuando se volviese a encargar de la cartera, Ladi, que durante el viaje iba instalada en el inmediato saloncillo con las jóvenes, no cesaba de aparecer en éste y sonreírle y escucharlos... e invitarle a hacerlas compañía... Al fin, en Villabona se fué Ricardo con ellas.

— Aquí, ¿recuerdas?... os volvieron para atrás aquella tarde.

— Sí, ¡estuvo graciosísimo!

— Pues hoy, no: se fastidian... que tienen que cargar con el coche,

A la sazón iban empujándolo lentamente unos mozos por las vías de enlace, para engancharlo al correo.

Unos minutos después corrían por la línea descendente de Gijón. Ladi, en aquella especie de cuadrilátero de divanes que formaba el saloncillo, se había instalado con Ricardo, aparte de los demás, en el rincón de una ventana. — ¡Mira... de buena gana te daba un beso!, — empezó diciéndole.

— ¡Claro, ya ves... y yo a ti!... Como la mañana de San Juan, en la peña... Pero, ¿cómo aquí?

— Tienes razón, imposible.

— ¿Te acuerdas? ¿En la peña?... Yo creo que nos velan los marineros.

— ¡Daba igual!

— ¿Tanto me quieres?

— Con la vida y con el alma,

Ricardo respiraba amplísima delicia. El pequeño diálogo empezaba ya bien a consolarle de las que creyó frialdades en los días pasados. Comprendió. Bastaba que estuviesen los padres de ella al otro lado de una puerta. Quiso mostrarle su gratitud, sintiendo ya las mil cosas de fuego y de amor que iría a decirla, y entre las rodillas de ambos, que literalmente se tocaban, la estrechó la mano.

Pero tuvo que retirar la suya con presteza, porque llegaba con toda inoportunidad Cristina, desde el opuesto rincón, sentándose junto a Ricardo.

— Hijos, me vengo con ustedes. Aquéllos están «intransitables». Mi hermanita con su lata de novio, que no sé por qué le dicen «ayudante de papá»; la otra con Nitita, contándose chismes a la oreja...

Ricardo, en medio de las dos, quedó contrariadísimo. No sólo la gentil Cristina llegaba a interrumpirles, sino que le recordaba la crónica traidora... Además, en cuanto estaba con dos, siquiera, ya no se le ocurría nada. Era su admiración a la mujer siempre, y más su amor a Ladi, una poesía que únicamente en la más estrecha intimidad sabía florecer, en pirotecnias... Se quedó mirando, pues, a los ojos color de uva, mientras charlaban las dos; a los ojos de su Ladi, que hoy traía, por cierto, para el viaje, un alto sombrero adornado con uvas también. Lo llevó asimismo a San Juan, y a todas las excursiones. Lo habían proclamado el predilecto.

Cristina, de seguro, por haber notado la afición de ambos, mal disimulada en los pasados días, no obstante todos los propósitos, mostrábasele coqueta, aunque fuese nada más por un fugaz instinto de rivalidad con la Ladi Villarroel, que tenía en Madrid fama de preciosa y caprichosa... Y hallóse él, en fin, tan molesto entre las dos, que se levantó y se fué, pretextando:

— Perdón... ¡Creo que me llama el general!

En el resto del viaje no se movió de con los viejos. Por suerte, desde Oviedo, donde volvió el breack a cambiar de tren, habían formado las jóvenes, novio de Berta inclusive, una animadísima tertulia de chistes y de risas. Dominaban incluso el estruendo de la marcha. ¡Le habrían olvidado!...

Llegaron a las once y treinta. En la estación de Trubia, donde moría la línea, esperaban el coronel y toda la oficialidad. Cambiados los saludos, vieron con sorpresa que todavía una jardinera, arrastrada por una linda locomotora pequeñita, les hacía cruzar un puente de hierro y los metía en la fábrica. Instalada ésta en un valle angostísimo, a la izquierda del río turbio y veloz, la recorrieron a lo largo ya por dentro. Grandiosa. Una alta verja la cerraba por un lado en toda su extensión. Por el otro, las montañas. Ruidos de hierros, de martinetes, de saltos de agua y de volantes colosales que se veían girar en los talleres negros. Los hornos resplandecían, y los bloques de acero hechos ascuas saltaban en los yunques de las forjas. Creían las jóvenes que se iban a aburrir en una fábrica de cañones, y comentaban, sorprendidas, su grandeza y su belleza. Había pabellones como chalets para los artilleros, casi un pueblo; y había un paseo abarandado y lleno de acacias y faroles, digno de una capital; como había, asimismo, en medio de un gran jardín, un palacio suntuoso, donde el coronel habitaba.

Últimamente se detuvieron y bajaron en el edificio de la Biblioteca y Oficinas, frente a la cancela de la entrada del centro, que descubría otro puente de piedra. En el salón principal, alhajado con riqueza y atestado de armarios de libros, firmó el general Martí en el álbum que tenía firmas de reyes — y tras él todos los excursionistas —. Ricardo habría querido firmar inmediatamente al pie de la firma de Ladi; pero ésta, en la jardinera y durante el corto tiempo que se habían detenido en el pórtico, había ya entablado relación con dos capitanes de la fábrica que la brindaron la pluma cuando él estaba lejos.

Vinieron en seguida otras presentaciones más íntimas, ya perdido el empaque oficial. Martí, apenas reiteró la del senador, le hizo al coronel y a los oficiales, muy expresivamente la de Ricardo.

— Redactor de El Liberal, ¡cronista, pues, obligado en este día!

¿Le pesó a Ricardo el título?... No habría podido saberlo. Desde hacía un rato, en el afecto de las jóvenes hacia los galantes artilleros, en el desvío de Ladi también para él, se estaba sintiendo cronista..., cronista exclusivamente, es decir, algo de profesional serviciario que no tuviese cordialmente nada que ver con la reunión.

Sin embargo, no tardó en restituirse a su importancia. Salieron, empezando la visita de talleres, y el coronel, interesado sin duda en que hablase bien El Liberal, le explicaba a él las cosas al mismo tiempo y con idénticas referencias que al ex ministro — quien por su parte no cesaba de sonreírle afablemente: «Ve usted... Usted no entiende de cañones...; pues verá... este cierre... González Hontoria... y Ordóñez aquél...» Para que lo viese, exclusivamente para que lo viese Ricardo, acudían los operarios, los capitanes mismos, a veces, abandonando a las muchachas, y jugaban el cierre del cañón...

Tal galantería acabó por transcender a todos, incluso a las muchachas; y Cristina, más que ninguna, procuraba estar junto a Ricardo cuando pasaban de un taller a otro taller. Únicamente Ladi, por hallarse a la vista de sus padres, seguía siempre su charla con dos guapos capitanes de la fábrica, que se le habían constituido desde luego en caballeros. En vano el novio buscaba siquiera entre los grupos la calidad de una mirada.

Visita a escape, cual siempre estas visitas, en que se enteran de las cosas los prohombres. Eran las doce, debía comerse a la una y volverse al tren a las tres. Al menos, para el escaso tiempo había dispuesto bien el coronel director cada una de las operaciones fundamentales en la construcción de un cañón de treinta y medio. Se sangraron los hornos en la fundición, dispuesto al centro el gran pozo de veinte metros, donde esperaban los moldes; corrieron seis arroyos de hierro hecho llama. Volvieron a ver saltando del líquido y ardiente metal las mismas madejas y fulguraciones de estrellas crepitando por el aire que antes, en las lingoteras del horno Siemens, cuya potencia de fuego y de luz en su interior de infierno sólo se dejaba mirar con marcos de cristal ahumado, y que proyectaba, además, sobre la pared de los edificios de enfrente, donde daba el sol, y en cuanto se abría la compuerta, un reflejo más fuerte que el del propio sol pálido de Asturias. Luego vieron los zunchos de acero en las forjas, destinados a reforzar el gran tubo aquel de la colada, y, en fin, pasando a los departamentos de barrenas y montajes, les mostraron cómo se calibraban y construían finamente, como piezas de reloj, los cierres y cureñas de estas armas formidables.

La jardinera y la máquina volvieron a recoger a todos, transportándolos a un kilómetro más lejos, siempre dentro de la fábrica, al Parque del Probadero. Se disparó un obús de quince. El proyectil perforó una doble placa de blindaje de 45 centímetros. Las jóvenes subían y bajaban a ver el obús por la escalinata de la cureña, que parecía la de un buque. Al bajar se les quedaban las faldas en lo alto, y lucían por detrás el pantalón, con gran agrado visual de los apuestos y malignos capitanes.

Ricardo, monopolizado mientras por el general y el coronel, examinaba los proyectiles de afilada punta y las tuercas de pólvora sin humo.

Un poco de tanto científico trascendentalismo le había arrebatado la imaginación bien por encima de las coqueterías de las muchachas. Tomaba notas. Pensaba, al mismo tiempo, que si a los cartagineses de la pica y de la lanza les hubiesen dicho que llegaría una época en que se montarían alcázares para hacer armas de muerte cuyos disparos costase cada uno más que todas sus máquinas de guerra, se habrían reído, como al oír que, para que viajasen y se hablasen las gentes, se ceñiría por todas partes la tierra de redes de rieles y de alambres, igual que una pelota.

La comida se sirvió en una glorieta de los jardines inmensos poblados de ruiseñores. En la mesa, que esperaba llena de cristalería de rosas y de champaña, cada cual tenía su puesto de antemanó. A Ricardo se le había señalado el suyo inmediatamente junto al coronel, pero el burdeos del comienzo, el chablis de los pescados y el champaña de los postres le fueron poco a poco despertando a las dulzuras del amor y de la vida. No le miraban los ojos de color de uva..., y aun habían acabado de olvidarle los de Cristina, también muy alegre entre los galantes artilleros. En cambio, seguían hablándole a él los viejos de pólvoras y de granadas.

Después del café el general y el senador, en compañía del coronel y del segundo jefe y dos comandantes, se llevaron a Ricardo. Iban a ver nuevamente ciertos detalles del rayado de obús. Y en seguida, como en la prisa no habían visitado el machón del río ni los talleres de proyectiles, situados al otro extremo de la fábrica grandiosa, subieron nuevamente en la jardinera y partieron...

Quedaban aquí, con la plena alegría del banquete, las señoras y los jóvenes. Ladi no había notado siquiera la ausencia del novio. Nita amenizaba la sobremesa con charlas, bebiendo benedictino; pero sin atreverse a fumar.

De pronto, un capitán, que había recibido de su ordenanza el correo, desplegó un Liberal, en triunfo. En primera plana había una crónica: Desde Salinas, y, pasando por ella los ojos, descubrió que hablaba de una melancólica nereida llena de lunares..., que milagro que no fuese alguna de las del general... Cristina lo cogió, mientras Ladi empalidecía. Leyó con avidez y se rió locamente..., buscando al amable Calcedonia para darle las gracias... No lo encontró. Otra tomó El Liberal, leyéndolo bajo también. Y luego Ladi, que lo arrojó sobre las rosas del mantel con mal disimulada rabia...

— Vaya, vaya, señoritas..., que sepamos todos..., ¡que lo lea alto cualquiera! — propuso la mujer del general.

El ayudante de éste lo leyó.

Fué para Cristina un éxito. Todos la reconocieron en la poética alusión. Todos, al par que la felicitaban, aplaudían como un elegantísimo e intenso escritor a este Ricardo...

— ¡Bueno, sí, un tonto! — le comentó Ladi a la festejada a media voz —. ¡Ya te enseñaré yo en casa lo que de mí dijo muchas veces!

Cambió la conversación al rato, pero Ladi, callada ahora y alejada en una punta de la mesa del grupo juvenil, seguía preocupadísima.

En esto silbó la pequeña locomotora, y los expedicionarios bajaron al pie de la glorieta. Ladi se levantó, les salió al encuentro..., cogió de junto a su padre mismo al novio, del brazo, y le internó en un instante en un cenador de madreselvas.

— Bueno, Ricardo — le increpó en seguida, cuadrada delante de él —, ¡eres completamente despreciable!... ¿Por eso tanto general en el tren? ¿Por eso huyendo de mí todo el día? ¿Por tu... articulito de hoy?... ¡Hombre, parece mentira!

Lívido él de remordimiento, de descubierta y estúpida traición, no osaba replicar. Sentía nada más una infinita piedad hacia la dolorosa.

— Mira — resolvió ésta veloz —, si me quieres, si no deseas que te odie y te desprecie para siempre, desde ahora mismo no vuelves a dirigir la palabra a Cristina..., y desde ahora mismo no te vuelves a separar un instante de mí...

— ¡¡Oh, Ladi!!

— ¿Lo harás? — le impuso terrible, cogiéndole por la muñeca.

Y como Ricardo decíala que , bien que si, con el amor espantado de sus ojos, salió delante ella, emplazándole feroz:

— ¡Ahora veremos!

Había sido esto en un segundo, a la vista, además, de todos, tras el velo tenuísimo de hojas. Y ella misma, marchando delante, llevó a su novio hasta Cristina..., la cual se levantó sonriosa a recibirle, entre las felicitaciones generales. Fiel Ricardo a su palabra, dada sin palabra, se inclinaba serio, cortés; pero sin decirle ni una letra a la envanecida lunarosa..., que pretendió marchar a su lado al ver que todos disponíanse a la vuelta a pie hasta la estación para digerir el banquete... Pero entonces se vió algo de una audacia expresiva por demás, y que sorprendió no poco al concurso: Ladi, pasando el brazo por el del cronista, arrancándolo materialmente del lado de Cristina, se lo llevó consigo por la avenida de acacias.

Así, un instante después, en el paseo lento y disperso de todos, pretextando los dos entretenerse a cortar unas hortensias, quedáronse los últimos, bastante detrás..., con no poco escándalo de la mamá de Ladi, que procuraba retrasarse también y se volvía de vez en cuando a darles prisa: «¡ Vamos, vamos, hija mía!», aunque contenida en su enojo por el ambiente de etiqueta que seguía reinando en esta visita de ex ministro.

En el tren, en el break otra vez, igualmente Ladi se instaló con Ricardo en un rincón, tan resuelta y tan hostil que nadie, ni Cristina, harto avisada del juego, osó acercárseles...

Solamente Nita, en la tertulia de las otras ventanillas, y desquitándose aquí de cuanto no pudo fumar en la fábrica, les dirigía de rato en rato alguna pulla: «¡Abelardo y Eloísa!».

— ¡Y qué preciosos calcetines los de él! — añadía bajo para el corro, que reía...

IX

El mismo día que Ricardo llegó a Madrid encontró en el Círculo Militar una carta:

«Mi adoradísimo Ricardo de mi alma y de mi vida: Nunca podrás imaginarte lo que he sufrido en estos quince días. Sólo recibí aquella carta tuya fechada en La Coruña. Luego, en vista de tu silencio, creí que me hubieses olvidado. Mi alegría ha sido, pues, muy grande hoy, al ver por tu última que me has estado escribiendo con frecuencia, a pesar de mi silencio forzoso, porque, secuestrada mi correspondencia por mamá, ni sabía adonde dirigirte las mías ni dónde estabas. Al azar, sin embargo, te envié un par de ellas, lo recuerdo bien, a Galicia. Si las cogiste, perdóname aquel supuesto mío y aquel enojo sobre si te carteabas o no te carteabas con... la otra.

Perdóname, Ricardo. La tuya me lo ha explicado todo. He tenido una escena con mis padres. Por lo pronto, ya sabes que a papá «se le recrudecieron repentinamente sus reumas» y nos trasladó sin compasión a este destierro de Caldas para acabar de aburrirme entre montañas. Todo mentira. Fué al tercer día dé la excursión a Trubia, y, sencillamente, por el cariñazo tan grande que me vieron entonces hacia ti. No sé qué se proponen. No comprenden que una pueda permitirse un flirt siquiera, cuando figúrate que anteayer, sin ir más lejos, y si no llego a retroceder a tiempo, en un cuarto de esta fonda me encuentro a papá en íntima edificación con una camarerita. Hasta mi prima, la falsa, que me ha enterado de todo, al fin, me traicionaba ocultándome el enredo. Por ella he sabido que mamá cogió una carta tuya, donde me hablabas de los besos de la peña, y que dió orden al correo de que le reservasen todas cuantas llegaran a mi nombre.

Mira, Ricardo mío, me han oído. Les he tenido que oír también, por supuesto; si bien papá no se atrevía gran cosa, acordándose de su camarera. Pues bueno: me han prohibido en absoluto que te hable, amenazándome hasta con el conventó. Si yo no te quisiera tanto bastaría esto, te lo juro, para hacer que te adorase por encima del mundo entero y lo mismo que una loca. ¿Ves este cuadro? Lo trazo con la pluma, y doy en él diez besos para ti. Recógelos.

Tu carta, por cierto, ha venido a tiempo. Salimos pasado mañana. No me esperes en la estación, pero en los días siguientes puedes encontrarme en los paseos y en los teatros. Desde ésa volveré a escribirte. Ya nos pondremos de acuerdo. Mientras, aunque no te debe importar que mi familia te vea, no te acerques a saludarnos, porque te desairarían. Hasta pronto. Tuya, tuya y tuya,


Ladi.»


Ricardo, que había leído la carta en el soledoso «salón blanco», se dejó caer en un sillón, conservándola en las manos, abrumado de felicidad... En seguida volvió a la carilla que tenía «pintado» el cuadro, y dio diez besos... lentos, justos diez, con fe de religioso que no necesita presente al ídolo para la obediencia.

Contempló el caprichoso plieguecillo. Era la primera carta que veía de ella, perdidas o no sabía qué las otras dos de La Coruña... ¿Intervenidas por mamá?

El papel estaba perfumado. El ángulo izquierdo, rompiendo graciosamente el tono gris, tenía un circulito blanco con el enlace de Ladi en relieve. La letra de ella, además, no podía ser más de moda...: larga, angulosísima, como una serie de sueltas íes unidas por trazos transversales... ¡Un escuadrón de lanceros!

Pero le chocó el aturdimiento de la carta: «...en estos quince días...». No: veintitrés. Hacía veintitrés desde la excursión a Trubia. Además, le chocó otra cosa: él no debió ser quizá tan esquivo, por una simple razón de rango nuevo en su vida, con la blanca camarerita de azafrán, puesto que... he aquí un senador aristócrata, cargado de millones, que no desdeñaba camareras.

Sacó otra vez el pliego del sobre. Volvió a leerlo. Renacía.

Con el silencio inexplicable de su Ladi, había rodado por Galicia y le había vuelto el tren a Madrid como en una muerte de ilusiones..., como un hombre que fué, que soñó y que ya no sería nada más nunca,

¡Cómo la perdonaba! ¡Cuánto le quería!

Bajó al comedor. Allí, sin ver ni entender en torno suyo, planeó sus propósitos, almorzando. Iría a mirarla bajarse del tren, aunque fuese desde lejos. Ella se lo prohibía, indudablemente, no porque la importase que le viese su familia (¡oh, la valerosa, la mártir, qué claro determinaba esto!), sino por ahorrarle el madrugón... Llegaba el exprés a las siete. ¡Iría!

Comió cuanto le pusieron y se bebió media botella. Así, aturdido de vino y de amor, no quiso el café, por ir a tomarlo a Candelas, con amigos... Les contaría su dicha... Les enseñaría la carta...

¡Ah!

Le avergonzó inmediatamente el impulso vanidoso. ¡Enseñar la carta de su Ladi..., esta carta de intimidades y franquezas, como un chiquillo o... como un rufián! ¡Valiente primera acción la suya, en Madrid, entre los amigos!... Y el rechazo noble, haciéndole, sin embargo, desconfiar de su mera voluntad de discreción, le forzó a subir a la biblioteca: tomó un sobre, guardó la carta en él, tras de leerla nuevamente..., lo cerró, lo lacró y puso bajo el sello: «Romperás tu honor si rompes esto para enseñárselo a nadie.»

Comprendió entonces las caballerescas divisas y una porción de cosas de heráldica, que siempre había hallado completamente idiotas.

La única extrañeza que les causó en la cervecería a los amigos fué verle volver de su veraneo tan alegre y tan poco amable, sin embargo, con la camarera Inés..., antigua esquiva y floreada por todos, y principalmente por Ricardo. «Nada de camareras.» El, además de futuro yerno de senador — pensaba, orgulloso de su mudez heroica con respecto a Ladi —, era un poeta.

Tampoco en la Redacción, al ir a su trabajo por las noches, dijo una palabra. Afortunadamente, nadie había reparado en «el tejemaneje de sus crónicas».

Y a la segunda noche, terminada a las cuatro la tarea, vagó tres horas aún por las calles, cayendo en la estación del Norte a punto de las siete.

No mucha gente. Faltaba un cuarto de hora para el tren. Se metió en la fonda y se desayunó con chocolate. Creía escuchar ya cerca, con los oídos de su alma, aquel animoso tram-tram, tram-tram del exprés que le traía a su Ladi, Habituado el posesivo, no le asombraba ya tener tal novia..., merecer tal novia en su modestia orgullosa de escritor. Eran altísimos derechos del corazón y del talento,

Pero... uno que entró en la fonda le infundió desaliento repentino. Era León Rivalta..., y un León Rivalta, además, elegantísimo, elegantísimo..., ¡tan diferente en su elegancia de invierno de aquel otro de la playa!... Traía un soberano gabán de pieles, «sin trampa ni cartón»..., de negras pieles, que se le vieron todo por dentro al desabrocharse y sentarse en otra mesa... ¿A qué venía?... En la corbata, de un rojo marrón en seda cara, lucía un brillante colosal... Y el pobre periodista contempló su gabancete de jerga y su traje de invierno del Águila, harto maltratado por la temporada anterior..., y se abochornó de la comparación que Ladi pudiera establecer viéndolos juntos.

Y... ¿a qué venía éste?

Ni se detuvo a averiguarlo, ante el terror lamentable impuesto a su corazón por la comparación de la viajera... Llamó, pagó y, aprovechando la fortuna de estar el otro distraído con un periódico, se escurrió de la fonda hacia el andén.

Tenía frío, aun levantado el cuello de su miserable gabancete. Se miró en los cristales de una puerta, y deploró el descuido en que se vino a la estación. Con la cara estirajada y sucia de una noche de desvelo..., se parecía un cesante o un enfermo escapado del hospital..., ¡una figurilla ridícula, en suma! Otras señoras, otros caballeros que aguardaban también, tenían sendos abrigos excelentes y las botas limpias de barro, como de venir en coches, no como las suyas... Desde entonces no tuvo más que una preocupación: ocultarse entre los grupos, lo más lejos posible, para ver a Ladi sin ser visto.

Llegó el expreso. Desfiló ante el atónito Ricardo. Por lo pronto, en las ventanillas, llenas de viajeros, no descubrió a Ladi ni a sus padres. Empezaron a abrirse portezuelas y a bajar gente. Entre ellas y las del andén habían formado una muralla. Pudo Ricardo, por detrás, aunque con todo recelo, recorrer el tren de punta a punta. No veía a su novia. No venía. Ni en las berlinas ni en los primeras. El interior de estos coches, donde él mismo había llegado tres días antes, le pareció ahora muy distinto que en julio: todo volvíanse pieles y boas y ricos paños... Ni él propio había advertido, incierto por el aparente olvido de su Ladi, el borrón de cursilería y de pobreza que debió constituir entre tales gentes al regreso...

¡Ah, si tuviese ahora siquiera aquel chaquet del señorito de Palencia, aunque fuese de verano!

Partió de la estación y se pasó la tarde, apenas levantado a la una y media, meditando varias cosas: una, por qué no habría venido Ladi; otra, por qué esperaría León el expreso, y la tercera, la principal, que se le imponía dolorosísimamente, como una explicación de sus miedos al transporte cortesano de su idilio (¡ah, en Salinas los sentía sin comprenderlos, por instinto!), la «realidad», la aterradora verdad de la diferencia de clases..., puesta en relieve por el invierno y por Madrid. ¡Fué una democrática nivelación de indumentaria aquella del calor en la playa modestísima, donde todos parecían iguales con un par de trajes blancos!

Cuando fué al Círculo, a la hora de comer, encontró otra carta:


«Mi adoradísimo Ricardo: Llegué hoy, según te había anunciado; pero en el correo. Por León Rivalta, con quien ya sabes que querrían casarme mis padres, sólo por tener una corona de vizconde, y que estuvo a recibirnos al expreso, he sabido que te vió esperándome. Esto ha vuelto a ocasionarme una pelea. Peor. Te quiero más. ¡Hombre, no hay cosa que más me pueda que la imposición de la gente!... Mi padre invitó a almorzar a León, y esta noche a la Comedia. Se figuran que van a hartarme de León. Se llevan chasco: ya ves, ahora mismo los dejo en la mesa, sin más que para escribirte. Supongo que le tendré en la Castellana también esta tarde. Ve tú, y a la Comedia esta noche. Y, después de la Comedia ven a casa (Lagasca, 59 triplicado, hotel), pues te esperaré en la reja de mi cuarto y hablaremos. Mil besos de tu


Ladi.»


Se quedó aturdido. De gloria, de pesares. Estos, por no habérsele ocurrido venir antes, a media tarde, a ver si tenía carta: ya el paseo en la Castellana, cuando menos, estaba fracasado. Bajó a cenar. Consultó el bolsillo y vaciló sobre si ir por una butaca al periódico. Sería inútil a tales horas y tratándose justamente de la inauguración de la temporada en la Comedia... Al salir del restorán, deploró su traje ante un espejo. Sin embargo, le prestaba aliento el valor de la que tanto le adoraba.

Muchos coches a la puerta del teatro. Tuvo que pagarle trece pesetas por una butaca a un revendedor. Entró. En el foyer, entre los hombres de frac, entre las señoras que cruzaban con abrigos y escotes y joyas regias, volvió otro espejo a darle a Ricardo la desolación de su traje lamentable. Estuvo por ponerse el gabán otra vez, con el fin de disimular las rodilleras, las coderas.

Y le consoló una cosa que había juzgado antes adversa. Su butaca era de última fila, justamente allá sumida en la confusión y en la penumbra de debajo de los palcos. Se fué a ella..., sin ánimo para esperar la llegada de Ladi en aquella ostentación luminosa, vergonzosa para él, del foyer, de espejos y de alfombras. Sentado, oculto podría decirse, aguardó... y le pidió a un acomodador gemelos, con los cuales revisaba la espléndida sala atentamente. Bien empezada la función, se removieron las cortinas del único palco entresuelo vacío, el cuarto de la derecha, y entró la familia de Ladi... y Ladi, su Ladi de ojos verdes... ¡y León!

Maldecía Ricardo de los gemelos alquilados, cuyas sucias lentes no le daban más cerca y más limpia la adorada imagen. Ladi, recorriendo con los suyos el teatro, no hacía caso alguno de León ni de la escena. Pero no acababa de verle a él, a Ricardo, tampoco, que no sabía si sentirlo o deplorarlo, todo admirado de esta transformación de elegancia y lujo en la sencilla veraneante de Salinas... Vestía ella de sedas blancas, de encajes, y tenía una flecha de brillantes en el pelo y una gargantilla chien de perlas en su leve escote de soltera. Sus gemelos eran de oro y nácar. ¡Una muñeca! ¡Una flor! ¡Una princesa de cuento encantado!

¿Le descubría, por fin?... Una, dos veces pareció Ladi lorgner fijamente hacia estas perdidas penumbras... Luego, en el primer entreacto, Ricardo resolvió heroico acusarla su presencia; se acercó por el pasillo de butacas y quedó como perdido en la confusión de fracs, de pecheras blancas, de bigotes elegantemente recortados y de cabezas aplanchadas y lustrosas. Mas no tuvo tampoco la seguridad de que le viese Ladi, así, hundido él, con su insignificancia y su pequeña estatura, entre hombres y cabezas. En el segundo acto, ella y Nita continuaron revisando la sala y repartiendo sonrisas y saludos. En el segundo entreacto, Ladi se retiró detrás de las colgaduras rojas... Decididamente, creería que él no estaba en el teatro.

Aprovechó Ricardo su proximidad a la puerta para salir de los primeros, al terminarse la función. En la calle se apostó prudentemente oblicuo detrás de guardias y lacayos, y vigiló el desfile. Gentes a pie, en dos cordones, por la acera. Coches que se iban acercando y recogiendo a sus dueños. Apareció Ladi últimamente con su familia, ya sin León; hizo señas un cochero y se acercó un suntuoso landó cerrado, con dos magníficos caballos; fué subiendo la familia, luego partió al trote el carruaje.

Ricardo sufría tal angustia de «diferencia de clases» que casi decíale su dolido corazón que no fuese a la ventana..., que no viese más a una divina mujer con capa turquesa que escapaba del teatro, como de una fiesta de hadas, en semejante landó... ¡Oh, no, él no se había hecho cargo hasta ahora de lo que eran un landó de éstos y una mujer de éstas!... ¡El, el ceniciento de un ensueño, a quien teníale aquí despierto, por fin, «la realidad» entre lacayos y guardias!

Pero luego..., como un bruto, como un loco, escapó en la dirección que se había perdido el carruaje y tomó el primero que halló libre de alquiler:

— Lagasca, 59...; ¡pero pare usted hacia el 55!

X

A los quince minutos bajaba y despedía el coche en la ancha y abandonada calle del barrio de Salamanca. La soledad y la semioscuridad le restituyeron a sí mismo. Aquí podría quizá volver a ser el poeta y el amado..., el dominador a solas con su Ladi... Buscó el hotel. Le desorientó no encontrar jardines. ¿Es que había hoteles sin jardines?... ¡Cuan todo lo ignoraba de esta vida aristocrática!...

No pasaba un alma. Aguardaba en una esquina — la que hacía el 59 triplicado —. Era una elegante casa..., ¿un hotel?..., de dos pisos, de seis u ocho huecos a una calle y cuatro o cinco a la otra. La espera, que le irritaba al prolongarse, y precisamente el no haber encontrado como morada de su novia algún palacio inexpugnable allá entre verjas y entre frondas, borraba un poco aquella afrentosa diferencia de clases que le atormentó en la Comedia. En la soledad, con Ladi, él volvería a ser «el gran duque del talento» que la dominaría y la deslumbraría... Sonó discreta una ventana.

¡¡Ella!!

Fué de un salto. Era la última reja, en la aún más oscura calle transversal. Dos manos se estrecharon. Sonaron hesos en las manos y en las bocas. Un poco alta la ventana, sohre otra de sótano, Ladi tenía que doblarse mucho, sentada en la poyata, para besar, para charlar..., en aquella charla de cien cosas cortadas que entablaron en seguida... «No, no le había visto en el teatro...» «Pues, sí, allá atrás, última fila, lo único que había...; el coger la carta tarde le impidió verla en el paseo, y a la salida no quiso aguardar en donde pudiera la familia verle...»

— ¡Ah, daba igual!... ¿Qué me importa? ¡Te quiero loca, Ricardo, y más... por ellos! ¡No soy yo para que me lleven la contraria!

— Oye, dime, Ladi..., ¿y si se obstinan?

— ¡Peor! ¡Te juro que peor!

— ¡Oh!... ¿Serías capaz por mí...?

— De todo.

Ricardo la estrechó, tornando a besar aquella boca divina entre los hierros. El beso fué largo, mortal.

— ¡No sabes tú bien de lo que soy yo capaz si me fastidian! ¡Más que tú! — dijo ella al soltarse.

— ¿Más que yo?... ¿Por ti?... ¡Oh, no! ¡Eso no, mi Eladia!...

Y Ricardo, ya de más olvidado de clases, de toda distancia social, frente a frente nada más con la mujer, con la apasionada valerosa que parecía retarle, propuso, bravo, veloz, convencidísimo de que la sobrepasaría así con la arrogancia:

— Mira, Ladi, si quieres, ¡yo te robo! ¡Yo te llevo conmigo cuando quieras, cuando quieras!

Ladi se sorprendió:

— ¿Que me robas?... ¿Cómo que me robas?... ¿Para qué?...

— ¡Toma..., pues..., para casarnos! ¡Por encima de tus padres!

Hubo un cambio. Erguida, Ladi separó del novio la faz, y repuso, al cabo de un segundo:

— No, eso no, ¡qué tontería! No sabes tú bien lo que son de tercos. Nos abandonarían. Se nos negarían para todo. Y tú no tienes dinero. ¡No, eso no, Ricardo!

Ricardo tragó saliva. La diferencia de clase le salía al encuentro aun en sus imperios de la soledad y del amor. Era cierto. Con su paguilla, maldito si habrían de tener sino para sepultarse — destrozando todo su idilio — en un afrentoso pupilaje de diez reales.

— Entonces..., ¿de qué eres capaz? — preguntó mal resignado, exasperado, dominador hasta en la derrota —. Por ejemplo..., de darme una prueba verdad de tu cariño..., una prueba absoluta, de esas que únicamente dais las mujeres cuando estáis resueltas a todo... ¿Comprendes?...

Y puesto que ella, muy atenta, pero muy reflexiva también, miraba al cielo, cual si no acabase de entender, añadió Ricardo:

— Sí, mi Eladia; yo tengo miedo de que tu voluntad desfallezca..., tengo miedo de que, en una lucha larga, desigual, bien desventajosa, por mil razones, para mí, acaben venciéndote tus padres... Ya ves que..., por lo pronto, te han puesto a ese León Rivalta al lado, quieras que no quieras...

— ¡Ah, peor! ¡Te digo que peor! — insistió la testaruda, como exaltándose siempre y con iguales palabras.

Y concluyó Ricardo, aprovechándose de la excitación (¡sí, era un psicólogo!):

— Pues demuéstramelo. ¡Sé mía, Ladi! ¡Eso es lo que quiero de ti, y sólo entonces quedaría tranquilo y absolutamente confiado en tu cariño!

— ¡Aaaah! — guturó dulcemente Ladi, comprendiéndole.

Y, tras una duda en sonrisa, concedió:

— Bueno, bien... Ya es otra cosa... No creas que me importa, por mi parte... Encuentro la dificultad solamente... en...

Levantándose de pronto, desapareció en lo oscuro de la estancia. Ricardo se separó con rapidez a un lado. El había oído un ruido dentro también. Tal vez era el padre... Pero al medio minuto volvió a verse la un poco inquieta faz de Ladi, diciendo:

— Oye, vete. Me figuré que venían. Tengo cerrado por dentro, pero están levantados aún. Mañana ven, por la noche..., más tarde, a las tres. Yo buscaré la llave de esto. Mira, ¿ves?... Se abre la parte alta de la reja. Entrarás por la ventana. ¡Adiós!

Cerró, dejándole alelado.

— Pero..., ¿podía ser?...

Lo había dicho así..., tan fácilmente...

No le dió siquiera tiempo de envolverla en el resplandor de la repentina gloria de su alma, y quedó solo, en la calle, como alumbrado por... su gloria.

No era un hombre Ricardo: era un dios.

Se fué alejando lentamente, con la sensación de su poder en su conciencia..., con la evidencia de que, si le saliese al encuentro algún atracador, lo desharía de un puñetazo.

XI

Faltó al periódico. Durmió en desvelo, ardiéndole dentro aquella luminosa borrachera de alcoholes de alegría.

Por la mañana le escribió al director de El Liberal, diciéndole que tenía que resolver un asunto de familia urgente y que le dispensase por esta noche también.

Empleó la mañana en pensay en la noche. Contemplando la pobreza de su cuarto recordaba aquella adivinación de sedas y de lujos que en la pasada sintió tras de la reja. Sí: había percibido desde la calle la sensación de riqueza y de confort, como se percibe la de la sólida cocina a la puerta de las fondas. A ratos creía que pudiera desafiar con la derrotada humildad de su traje de El Águila todos los faustos al sol ante la divina Ladi, que no necesitó verle a su ventana de frac para... prometerse, más que nunca enamorada... ¡ Ah, qué sencillez, qué encantadora facilidad en tal promesa!... Sin embargo, luego, meditando que, en la sombra de la noche, ella, tan gentil, vestida aún como estuvo en la Comedia, no habría podido hacerse cargo de las... rodilleras... y hasta de las manchas de esta ropa,.., vino a quedar en el justo medio: no un frac ni así, de pronto, siquiera un smokin, según había proyectado él, proyectando insensateces...; pero, al menos, se encargaría un terno a la medida..., y unas botas..., y un sombrero. El gabán podía pasar con el cuello levantado.

Gastos, ¡claro! Quería decirse que no le mandaría a su familia en unos meses los quince duros con que la ayudaba. Salvado con tal esfuerzo, se sentó a presupuestar. Y escribía: Sueldo, 40 duros; por colaboraciones, 12 — en cálculo prudente —; total, 52, Gastos: por este gabinete, 6; comida y café, 15 — gracias al restorán del Círculo, salvador de periodistas y tenientes —; tabaco, 2 duros; lavado, planchadora, sereno, etcétera, 4 duros. Le alegró la suma: 27. Le quedaban para mejorar de aspecto y de vida social 25 duros, y actualmente tenía 15 en cartera. Bien. Salió,

Iba a restaurar su vestuario, a plazo de unos días, y a otra urgencia que ya tenía meditada: en la... intimidad de Ladi, entre los lujos de Ladi, a la noche, sería ridículo que apareciese él sin calcetines nuevos, sin unos calzoncillos cortos y sin una camiseta de seda. Fué todo esto lo primero que compró, tomando un coche, y en seguida las botas y el sombrero. Transportados los paquetes al interior del carruaje, se fué a ver a su casi elegante compañero Rodríguez Alcalá para que le llevase a su sastre y le garantizase en los plazos. Le tomaron las medidas. Paño excelente, y el terno, veinticinco duros. En el trayecto, de regreso, mirándose más viejo el pantalón sobre las botas nuevas, que se había dejado puestas al probárselas, reparó contento en que era de su porte y de su talle Rodríguez... Le dijo que tenía que interviuvar a un ministro, y le pidió prestado un pantalón... «¡Sí, hombre, ya lo creo, y una chaqueta!» Subieron. Se los probó. Se quedó con ellos. El pantalón le estaba algo largo y ancho de cintura. La chaqueta, exacta.

— ¡Hombre, y pélate un poco, y te afeitas! — le despidió el amigó —. ¡ Ya sabes que es un goma y muy ridículo ese ministro de Fomento!

Agradecido, Ricardo se fué a una barbería. Le dejaron como nuevo. ¡Si supiera Rodríguez Alcalá qué ministro le esperaba! Y aún a las cinco de la tarde, sin haber comido, en tal faena, recordó otro detalle de importancia... Seguramente tenía sucios los pies y el pecho no muy limpio... en el descuido de su vida de tjabajo. Se fué en el coche a una casa de baños. Sí, por si acaso, aunque no se tendría que quitar los calcetines. Se dio un flete de jabón «de padre y muy señor mío». Y, al volver al coche, deploró estas dos pesetas malgastadas..., recordando que en el Casino Militar había baños gratis... ¡Tenía él tan poca costumbre de esto!

XII

Cuando acabó de almorzar, en la taberna de la Concha, era de noche. Fracasada, pues, también la Castellana, adonde pensaba haber ido, como iría en las tardes siguientes, en coche del Casino Militar. ¡Era lo mismo hoy!...

Se fué a casa para acabar de perfilarse, y luego, contento, a la Comedia.

Compraría la butaca más visible.

Pero..., ¡qué tonto! Ni había casi nadie ni Ladi estaba. Naturalmente, habría ido ella a otro teatro. Se aburrió, pues, él. A ratos se fijaba en la función. Le parecía sin méritos, a pesar de gustarle al público bastante, y, como solía ocurrirle siempre que veía comedias, se acordaba de la suya y comparaba..., imaginando cuánto más que ésta agradaría si la pusiesen... Sino que esta noche, además, sobre la amargura del autor inédito, confiado en sí propio, no obstante, cayó el tremendo punzazo de su necesidad de dinero... Sólo el teatro le podía proporcionar súbitamente la desahogada posición capaz de quitarle visos de ambiciones a su boda..., capaz, al menos, de tenerle un poco menos astroso frente a su gentil novia en sociedad...

Un ansia le levantó antes de acabar el acto. Salió del teatro y se fué a su casa. Sacó del fondo del baúl un manuscrito. Eran las diez y media. Quedábanle muchas horas de espera aún para la cita.

Se instaló en el viejo butacón, encendió la cafetera, fumó y púsose a leer con definitiva atención fiscal su drama. No se trataba esta vez de afán de gloria, sino de dinero..., de dinero a todo trance, porque le había asustado el gasto que había aniquilado su pobre bolsa en dos días..., ¡digo, de que empezase el lío de coches del Casino, de teatros a diario, de...!

A la una terminó, y cerró el cuaderno dando encima un puñetazo de fe, de entusiasmo, de evidencia de que aquello era oro puro y gloria. Pero una mina. Su drama, ¡excelentísimo! No se lo había leído a nadie porque no le llamasen «el hombre del drama». Todo provinciano que viene a la conquista de Madrid trae su correspondiente drama en la maleta. Y en tres actos, precisamente. Esto le había abrumado de ridículo, más ahora, con el calofrío de autoadmiración que le daba la lectura, se encontró con bríos para reaccionar contra el aplastante anatema en esta forma: «Algunos de los que los traen, ¿no habrán de ser (como los Quintero, por ejemplo) los famosos de mañana?» En efecto, de Sevilla, de provincias, vinieron estos dos con su drama en la maleta...

Salió. La hora feliz se aproximaba.

Al cruzar otra vez por delante del teatro lo miró como en un reto de fama. Intentaría él lo que los Quintero desde el mismo día siguiente. ¿Por qué no?... ¡Fuera cobardías que le contengan a uno en el temor de los demás ! Aparte de que él ya no era el joven recién venido de provincias..., sino el cronista de un periódico importante.

Y se olvidó de esto en su propia seguridad para entregarse al fin al... cielo que le aguardaba. Faltaba tiempo todavía y hallábase frente a Fornos. Entró a tomar una cenilla, sin la menor piedad a sus locos gastos de hoy. ¿No iba a ser bien pronto rico?... ¿Por él? ¿Por su mujer?... O estrenaba el drama antes o lo estrenaría tan luego como pudiese llegar a los teatros en landós de dos caballos... Quizá Ladi, quizá la inverosímil y pasmosa sencillez con que Ladi hubo de acceder a entregársele, a la primera invitación, a la primera insinuación..., correspondiera a su designio de hacerse sorprender esta misma noche por sus padres, acelerando la boda. No podría explicarse de otro modo la valentía de la muchacha. Y acordándose Ricardo de que no llevaba un mal revólver, por si acaso, se tranquilizó en seguida; la escena con el papá enfurecido ante el robo de su honra... iría a ser de lágrimas y de súplicas filiales antes que de tragedia...; acabó su ragout hasta la última sopa de salsa — había que ir al amor con fuerzas —, tomó a escape su helado y su té y cruzó Fornos, saludando desde largo a unos amigos.

Un coche... ¡Qué diablo: a lo príncipe en la aventura principesca! ¡Si supieran los amigos adonde iba! ¡Si supiera Rodríguez Alcalá adonde llevaba él su pantalón!

Llegó con un cuarto de hora de adelanto.

Nadie..., en el barrio, en la calle. Dormía el hotel.

La ventana que iba a ser su entrada al cielo..., ¡ oh, cómo temblaba Ricardo!, estaba tan cerrada como las demás. ¡Se moriría si Ladi no hubiese encontrado la llave!... Acercándose, advirtió un detalle que le entró en el corazón como la primera puñalada de la dicha... (puñalada..., ¡porque era todo esto demasiado cruel y demasiado fuerte!): las hojas de hierro de la reja, en la parte alta, estaban, no sólo con la cerradura abierta ya, sino un poco apartadas una de otra, hacia afuera, indudablemente para evitar ruidosos desenganches... La tocó, tendiendo el brazo, por convencerse más, y pudo notar todavía que giraba en discretísimo silencio, cual si tuviese los goznes engrasados... Esto le rectificó presentimientos.

«No le importaría a Ladi la sorpresa de sus padres, y hasta la provocaría, quizá, en otras noches...; pero en ésta sólo había pensado en el amor... ¡Ah, divina!»

Se puso a confirmarlo, mientras estaba meditando que no le habría citado sino para las tres, sino para antes, ni hubiese aceitado los goznes, recibiéndole en la seguridad y la impunidad del sueño de sus...

Y un ruido sin ruido, una angélica visión entre los vidrios que se abrían, cortáronle..., suspendiéronle la reflexión y el aliento. A la distante luz del farol de enfrente vió un desnudo brazo de nieve que empujaba la reja, un escote blanco mal envuelto... y un pie y una pierna sin media al borde del blanquísimo cendal... ¡Ella..., ella y en camisa!

— ¡Sube! ¡Salta! ¡Anda!... — le invitó una voz —. ¡Ya estaba acostada!

Subió. Saltó. Le empujó y guardó hacia la oscuridad interior con un brazo y con el cuerpo la hechicera virgen, suelta y tibia en su camisa perfumada..., y ni quiso dejarle el cuidado, al torpe temblor que ni se movía en la blandura de la alfombra, de cerrar la reja y los cristales. Con el otro brazo, ágil, firme, los cerró ella..., y desde la calle uno que pasó poco después no había visto en los grandes vidrios de una pieza de la hermética ventana más que algún levísimo e impávido reflejo de los faroles distantes..., exactamente igual que en los demás...

El aire arrastraba las hojas secas calle arriba.

Un airecillo discreto, de una noche fría y clarísima, en que titilaban mucho las estrellas.

XIII

Llegó a casa de Rodríguez.

— Rodríguez, ¿quieres hacerme un favor?

— Hombre, ya lo creo... ¡Caramba con tu suerte, chico!... Llegar, topar, drama en ensayo..., y en el ensayo general, ¡pum!, toda una consagración anticipada. ¡Hoy eres la figura en los periódicos!

— Bueno... A propósito de esto es... Debías prestarme la levita.

— Para salir. Me lo figuro.

— Sí, ya ves... Por si me llaman a escena.

— ¡Tanto que te llamarán

— Y la Comedia es un teatro de fuste..., y como se pone en los estrenos... Haría mal que me presentase de chaqueta.

— ¡Pues, sí! ¿Tienes pantalón negro?

— Puede servirme éste, mira: rayado y oscuro.

— ¡Quítate, hombre!... Te pones el mío también. Todo el traje. El chaleco es el que está un poco zurcido, pero te abrochas, ¡Nada, nada, conviene que el público te vea hien..., y, sobre todo, tu... Ladi!

— ¡Mi Ladi!

— ¿Te asombra?... ¡Qué secreto lo tenías!... No obstante, desde que vas siendo célebre..., lo sabe medio Madrid. Hubo quien oyó anteanoche hablar a tu futuro suegro en el Casino.

— ¿El... lo ha dicho?

— Sí. Ayer tarde se comentó en el saloncillo, cuando tú saliste del teatro. Parece ser que se oponía, porque eras pobre, y que tenía encerrada a la muchacha..., y que ahora deja de oponerse, porque vas a ser un autor de porvenir... ¡Tú sabrás si es cierto todo eso!

Ricardo, mientras el amigo complaciente sacaba de un armario la levita, permaneció asombrado de la revelación. Concordaba, en efecto, con la extraña y breve esquela que acababa de recibir de Ladi, como un grito de liberación y de alegría, después de aquel horrible mes de silencio, después de aquel mes espantoso sin verla y sin poder saber de ella siquiera. ¡Ah, sus relaciones, tan llenas de paréntesis y de saltos imprevistos!, desde la luz a las tinieblas, desde las tinieblas a la luz! Decía la esquela:

«Me han soltado. Están contentos de ti. Esta noche iremos todos a tu estreno.»

Quiso saber, inquirir detalles, y no sabía más Rodríguez. En cambio, con la prisa del estreno, que iba a ser dentro de un rato, y en tanto el feliz mortal vestíase el traje, tuvo que saciar atropelladamente la gran curiosidad del camarada.

— Sí, nos conocimos en Salinas, y desde agosto somos novios. Yo no os había dicho nada por... Oye, ¿no me está algo largo el pantalón?... Los padres no querían, y al volver hablamos por la reja dos noches... Se conoce que supieron esto y la encerraron a los tres días o la mandaron fuera de Madrid... No sé, chico, no lo sé... ¡Dame el chaleco! Yo creía que estaba enferma, más bien; pero digo ahora que debieron encerrarla, porque... léelo, verás qué esquela acaba de mandarme..., ahí la tengo en la chaqueta; dice: «Me han soltado...», luego estaba en un encierro... ¡La pobre! No te puedes figurar cuánto me quiere. Por eso, a pesar de mi buena suerte por haberme admitido el drama, me habéis visto triste en este tiempo... He sufrido lo indecible. No podía explicarme su desaparición y su silencio. Me moría. Sin embargo, ¿sabes?..., por... ciertas cosas... estaba bien seguro de ella... completamente seguro. Su casa, desde la segunda noche misma en que... hablamos por la reja, estaba cerrada para mí. No conocía ningún amigo de su esfera que me pudiese informar. Iba, y el portero me mandaba a poco menos que hacer gárgaras. Vigilaba y no me atendían siquiera las criadas al abordarlas por la calle... ¡Oh, estos estúpidos sirvientes de los ricos!... Sólo un amigo, en fin, un tal León Rivalta, vizconde, creo, de Torrecilla de Alfaro, me habría podido dar noticias..., pero es justamente mi rival..., mi testarudo y estúpido rival, a quien desprecia Ladi, y que, no obstante, sigue frecuentando la casa. ¡Imagina mi tormento!... Veía salir el coche de ellos y no iba Ladi... Los encontraba en los teatros, sin Ladi... ¿Estaba enferma? No, puesto que no iría entonces a divertirse su familia. ¿Estaba fuera? No, porque me hubiese escrito..., a menos de haberla hundido en un conventó... ¡Y ya ves. Rodríguez, qué rabia no verla después que me he gastado en coches del Círculo un caudal y otro en ese traje... con el que no me ha visto ella tampoco, por lo que puedo decir que fué un derroche inútil e importuno!

— ¡Mejor! Así ya, cuando te vea, estarás hecho un dandy, con lo que ganes. Desabróchate un botón; me parece que la levita te está estrecha... ¡sí, te hace fuelles en el talle!

— Pero si me desabrocho...

— ¡Qué?

— Se me verá el chaleco.

— Bueno, ten cuidado de tirarte, nada más.

— Lo que la creo es algo corta, ¿no?

— ¡Puede pasar ! Tiene un buen paño; era de mi padre. Tú has debido pedirle a cuenta al empresario y hacerte ropa.

La chistera fué lo grave. Se le quedaba en la coronilla. Rodríguez tenía la cabeza muy pequeña. — Bueno, mira, déjame... ¡adiós!... ¡Me compro una!...

— Pero... ¡tonto! ¿para qué?... ¿Vas a salir cubierto?...

Ya no le oía Ricardo. Había escapado.

En la calle se acordó de que podía haberse traído en el coche a Rodríguez. Bien...; él vendría... Tenía prisa. Pidió en la primera sombrerería del camino una chistera; se la dieron por tres duros y se volvió al coche.

Hasta el teatro fué pensando que todo se le ponía que ni de encargo. Incluso lo que se le figuraba al pronto una catástrofe..., como el eclipse o el encierro de su novia, para soltarla tan oportunamente y con el perdón de los padres, por lo visto, para él; en efecto, si se había empeñado en dos pagas con El Liberal, sólo por espiarla en coches y buscarla en los teatros durante este hundimiento de ella inverosímil..., ¿qué no habría ocurrido si le acoge antes la familia y tiene él que alternar en sus reuniones; en la intimidad de sus paseos, de su landó..., con flores, con frac, con trajes de tarde y de mañana, con... demonios coronados?... Desde hoy, su triunfo teatral le haría para lo sucesivo menos difícil todo esto — y temblaba al miedo del fracaso procurando confiarse en los fervorosos y anticipados aplausos de la Prensa,

¡Pobre Ladi! No pudó dudar de ella... ¡Cómo! ¡La dulce virgen ! ¡La bella ex virgen, después del sacrificio!... ¿Acaso su proceder no había sido el de una gran voluntad enamorada?... Al despedirle aquella noche, le había dicho, rechazándole a él con dulzura la intención de reincidencia: — «No, Ricardo; no volverás a entrar. He querido únicamente probarte que te quiero, y ya está. Hablaremos por la reja..., pero no vengas mañana, porque estoy fatigadísima. Yo te escribiré.» — Y sin duda, la culpa del encierro, del nuevo y más grande enfado de los padres, la tuvo él; la vió por la tarde en la Castellana, cruzándose un par de veces, con el landó en esta misma berlina que entre vidrios y cortinas le ocultaba por suerte el gabancete; pero loco, con imprudencia insigne de dichoso, con insensatez que parecíale ahora incomprensible, ¡cuánto le pesaba!...; la envió a la mañana siguiente unos renglones de salutación — incapaz de pasarse veinticuatro horas después de aquello sin que supiese ella cuánto más la idolatraba. Claro que no aludía al... asalto venturoso y sí solo, sin embargo — se acordaba, ¡qué mentecatez! —, a los besos y la reja... «tu imagen está viva en mis ojos, impresa a fuego de tus labios y llena de luz de luceros...» Enviada tal esquela con un continental, debió de cogerla el padre..., y no volvió Ricardo a ver ni a saber más de su Ladi, desde entonces.

¿Fué por esto? ¿Fué si no que Ladi, sufriendo tal vez rápidamente en su temperamento de nerviosa los síntomas precoces de... las fisiológicas consecuencias de aquella noche... se había descubierto a su familia?... Mejor, en cualquiera de ambos casos — alegrábase Ricardo ahora —: porque así habrían sabido sus futuros suegros, con imposición definitiva, qué puntos calzaba la amorosa locura de su hija...

Paró el coche.

Estaba ante el teatro — en cuyas puertas empezaba ya la animación, y en cuyas taquillas volvió Ricardo a ver, como a media tarde, el halagador cartel de


«NO HAY BILLETES»

XIV

Dos horas después todo era solemne en el teatro. De alto a bajo, ni una localidad vacía.

Iba siendo evidente el triunfo del autor. Pero un triunfo de dominio arisco, que tenía algo de espantoso, como el del domador en la jaula de las fieras.

La sala parecía contener una sola alma anhelosa y vencida, que le quitaba a los cuerpos la sensación de ahogo en aquel cálido aire de niebla de luz lleno de perfumes.

Contrastando con la oscura e informe aglomeración de cabezas en el patio y en las altas galerías, veíanse los escotes y los trajes claros de los palcos, en las explosiones de las cornucopias eléctricas, como sueltas guirnaldas de desnudos brazos, de sedas, de abanicos. Y la representación se deslizaba ante un silencio aterrador.

En uno de los palcos, el segundo de la izquierda, estaba Ladi, con sus padres y su prima.

«Ladi, la novia del autor!» — se había corrido por el público. Vestía de celeste, soberbiamente peinada, con una flecha de turquesas del mismo tono que sus ojos en el pelo. Quizá desmasiado rojos los labios y demasiado grandes las ojeras en su blanca faz de caprichosa, de nerviosa.

Callada y absorta, con una contracción de triunfo en los labios, era, no obstante, la única que no seguía la emoción del drama tomándola en la escena directamente. El codo, de calado y sedoso guante blanco, en la barandilla grana, el abanico en la barba y la cabeza medio vuelta al fondo del teatro — donde aspiraba con avidez voluptuosa los estremecimientos del público, observándole, recogiendo sus latidos, que acentuaban la expresión crispada, un poco diabólica, de su sonrisa.

De cuando en cuando flameaba en sus mimosos ojos de gata de Angora un relámpago de satisfacción. Era que sorprendía unos gemelos asestados a ella fijamente.

Sí, sí «¡la novia del autor!» Los iniciados, desde la expansión de su padre en el Casino, habían corrida lo noticia de que allí estaba la novia del nuevo autor. Y la noticia rodaba de butaca a butaca, de palco a palco... Y Ladi la seguía en sus zigzags por los gemelos que a cada instante la miraban, y deleitábase esta noche — sobre la victoria que siempre su belleza le daba entre las gentes de su clase — en la de una admiración más general extendida, gracias al talento de su novio, por el teatro entero. Sentíase la heroína de la fiesta, flechada por aquellos anteojos, que si eran guiados hacia ella por la curiosidad a cada hermosura del drama, conteníalos luego más de un rato en arrobos de contemplación su propia soberana hermosura.

De pronto se produjo un murmullo profundo de pasiones removidas. La dama, con su lujo de reina desde lo alto de su gran celebridad artística, acababa de llamar «¡estúpidas!» a las mojigatas burguesas que pretendieron burlarse de su libertad. Era la mujer del porvenir, triunfante. Estalló un aplauso, el primero de la noche, enérgico y nervioso; pero lo cortó un siseo lleno de imperio.

Marcó esto un paréntesis de la atención..., y otra vez muchos gemelos se volvieron hacia Ladi.

Con más descaro que ninguno el del joven duque de Aragón, el gallardo teniente coronel de la Princesa, recién vuelto de Viena, donde estuvo de atache de la Embajada. Se hallaba enfrente, en otro palco, de pie tras unos señores calvos, y guapísimo con su blanco dolmán lleno de oros.

Ladi cogió los gemelos, miró a cualquier parte, al duque luego, que la tenía clavada con los suyos, y... le oyó decir a Nita, siempre burlona y atendiendo a todo:

— ¡Te conquista el húsar!... Ten cuidado, mujer... ya casi eres la señora de Calcedonia..., ¡pero es pronto! Seguía la representación. Ladi, ávida por recoger el triunfo en el silencio de la sala, no atendía. Animaba de rato en rato con un rápido mirar de su anteojo al del joven duque, que con su tradición de riqueza fabulosa y de ranciedad aristocrática, si no bastase la suprema distinción de su figura, la estaba acabando de consagrar en la envidia de tantas envidiosas. Recordaba al mismo tiempo, excitada por la chirigota de su prima, la rabia aquella del riguroso encierro en que la tuvo su padre por la cartita de Ricardo... Sí, ¿qué había querido decir la escena familiar de esta tarde?... Breve, bien breve. Su padre se le presentó de improviso en las habitaciones que le habían convertido en cárcel allá al fondo del hotel: — «Bien, chiquita..., puesto que no hay quien te dome, puesto que tanto quieres a Ricardo..., prepárate: esta noche iremos al estreno. Desde ahora estás en libertad»— y le volvió la espalda, sin añadirle una palabra.

En cambio, el pobre León, no estaba en el teatro, cosa muy significativa de las decisiones de su padre.

¡Ah! ¡Y cómo el estreno, este formidable éxito tan predicho por la Prensa y que cada vez se adivinaba más en la atención casi angustiosa del público, le explicaba a Ladi la inesperada simpatía de su papá hacia el futuro autor ilustre, que al propio tiempo saldría de su precaria situación!... Ella le vió a su padre, en otro segundo aplauso, aplaudir con entusiasmo, con cariño, cual si estuviera presenciando el azar que hiciese a Ricardo entrar en la familia...

Y tras este aplauso, tras otro corto silencio más intenso que siguió, un frenético «¡bien!» saltó imponente... y el palmoteo general se convirtió en tempestad cerrada de bravos, de aclamaciones.

Ladi volvió de su ensimismamiento.

El telón caía.

«¡Bravo! ¡Bravo!», se oía gritar con furias secas; y entre las voces trémulas que llamaban al autor y el nutrido resonar de las palmadas, que le daban al teatro una apariencia extraña de manos que movían por todas partes, pudo ver Ladi que desde la triple guirnalda de palcos y plateas se le asestaban todos los gemelos y también los del joven duque... en una especie de inmensa corona de gloria por la gloria de su novio...

Roja de emoción, ahogándose en el ruido del aplaudir frenético, resonante en su oído como una granizada de perlas, con la nariz por la delicia dilatada en su cara ideal de caprichosa, sintió un vacío en las sienes cuando, bajo el telón a medio levantar, apareció un cómico y le arrojó al palco (¡a ella, a manera de solemnísimo homenaje!) el nombre de Ricardo..., -lo cual arreció la tormenta de entusiasmo con un griterío imperativo y tremendo de — «¡El autor! ¡El autor! ¡Que salga!...»

Volvieron a brillar sobre el telón las luces del proscenio y empezó aquél a subir con lentitud. La escena apareció desierta, deslumbradora. Ladi se ahogaba, suspendida en el profundísimo silencio de la impaciencia del público por conocer a su Ricardo. No le había vuelto a ver desde aquella noche..., desde aquella noche en que él apareció tan feliz y que ella encontró, en verdad, un poco simple... como tal revelación de cosas tan enormemente ponderadas... Pero le perdonaba la desilusión, ahora, completamente; ahora que iba a verle en la apoteosis de la electrizada multitud, en la claridad de gloria de las movibles luces de los bastidores, ofreciéndole la ovación con enamorada sonrisa! ¡Cuánto le querría!

La dama, aquella actriz elegantísima y espléndida, hermosa como una reina, y un actor buen mozo a quien el flamante frac le daba más aparatoso aspecto, tiraban del autor, que se resistía a salir y que al fin asomó por el foro entre ambos... pequeño, vistiendo una lamentable levitilla, pálido, con el asombro en los ojos y el pelo y el bigote como erizados. Junto a las graciosas reverencias de sus acompañantes, las del pobre autor, cogido por las dos manos, resultaban verdaderamente ridículas.

Ladi oyó decir en el palco izquierda:

— ¡Qué feo! — ¡Qué rayo!

Y la burlona Nita, la segunda vez que se alza el telón, le comparó con... «un ratón recién salido de una jofaina». En esto, al desaparecer el autor, de espaldas al fondo, tropezó con un mueble, y el público entero, sin dejar de aplaudir, rióse.

— Vamos, que yo te digo que si lo sacan al empezar el drama, se hunde, ¡Qué demonio de levita!

No hacía falta esta burla más de la prima, porque ya Ladi estaba descompuesta. Desde enfrente el húsar en su actitud gallarda la miraba y sonreía piadosamente...

Desvanecíase Ladi.

Se levantó con ligereza y se ocultó en el antepalco — sin que lo advirtiera apenas la familia, atenta a la ovación que siguió ruidosa mucho tiempo.

Ricardo salió a la escena siete veces. Hasta la impresión primera causada en el público por la ridiculez de su aspecto, se le tornó en simpatía fuertemente favorable a su pobreza y su humildad.

Cuando el padre de Ladi, emocionadísimo, fué a felicitarla, estrechando su mano, la encontró medio tendida en el diván del antepalco, temblorosos los labios y la mirada sin luz. ¡Pobre sensitiva tronchada por un huracán de venturas!...

— Perdóname — la dijo —; ya comprendo tu cariño por ese hombre de genio, de porvenir..., y puedes decirle que desde hoy lo tendré a orgullo, ¡a orgullo!, ¿sabes?... Mañana almorzará en casa con nosotros... Yo lo invitaré.

— ¿A quién? ¿A ese facha? — respondió Ladi terrible de desprecio —. ¡No pienso verle más en la vida! ¡¡Vamonos!!

Y al impulso de querer levantarse del diván, cayó desplomada con un ataque de nervios.

Acudieron la prima y la mamá.

Le aflojaron un poco la cintura. Se repuso Ladi.

Pero sin consentir en volver siquiera al palco, salieron del teatro, que esperaba ebrio de entusiasmo los otros dos actos del maravilloso drama.

XV

Ricardo, con su gabancete — que aun podía servir con el cuello levantado —, pero con cinco mil y pico de pesetas en la cartera (del primer trimestre que acababa de cobrar), bebía tranquilamente cerveza en el Lion d'Or. Le acompañaban Rodríguez y unos cómicos.

— ¡Chacho! — exclamó Rodríguez, que estaba leyendo El Imparcial y dando un palmetazo —. ¡Escucha! ¡Atiende!

Y leyó:

«Para el jueves próximo se anuncia un acontecimiento que dará lugar a una espléndida fiesta de la buena sociedad en el hotel del senador del Reino D. Severiano Villarroel y Castilla. Su hija única, la encantadora Eladia Villarroel, contraerá matrimonio en dicho día, con el conocido y aristocrático sportsman León Rivalta, vizconde de la Torrecilla de Alfaro.»

— ¿Su novia?

— ¿La que fué novia de usted? — preguntaron los dos cómicos. Y Ricardo, cambiando de color, arrojando El Imparcial que le había arrebatado a Rodríguez para leer el suelto por sí mismo, profirió en un rapto de malévola amargura, de venganza fría e inútil que no pudo reprimir:

— ¡Mi novia!... ¡Más que mi novia... Me acosté con ella... una noche... ¡Se la entrego!

Asombro.

Le preguntaron y relató punto por punto la historia de su noche. Luego, repuesto de la punzada de dolor hacia la calma, hacia la resignación, hacia el desprecio que había logrado imbuirse en el pecho para Ladi... se levantó, sonrió, encendió un pitillo, se alzó el cuello del gabán y se fué con dirección al Español, donde tenía en ensayo otra comedia.

— ¡Eso es mentira! — comentó en seguida uno de los cómicos.

— ¡Eso es mentira! — reforzó el otro —. ¡Pues, digo, que así y que deja una muchacha a un hombre a quien le entrega su honra!... Y de más sabemos que le dejó ella... porque sí, por capricho. ¿Os acordáis? A todos nos enseñó la carta, él — una carta bien sosa y natural por cierto... «he comprendido que no te tengo el afecto necesario para formalizar las relaciones como mi padre desea...»— ¿Eh? ¡Más claro, la luz! ¡Pobre Ricardo! ¡Creímos que se iría a tirar por el viaducto aquella tarde!...

Rodríguez intervino: — Sí, pobre Ricardo! Está sin duda un poco loco desde entonces. ¿No le veis? ¡Parece tonto! Y mirad, señores, que es lo grande... las contradicciones que se dan en el talento con frecuencia: Ricardo — autor dramático de cuerpo entero, indudable, incapaz de poner una sandez en cualquiera situación de sus obras... y aquí le tenéis tan cándido en la vida, para hacernos comulgar con la rueda de molino de una muchacha... a quien tan poco le importe el honor que se acueste con un novio y le deje al día siguiente porque sí, para casarse con otro...

— Y más, hombre... ¿Os habéis fijado?... Absurdo hasta su modo de contar... Que llega, que habla con ella a la reja por primera vez, que le dice: «¿Te escapas?»— «No, porque no tienes dinero.» — «Pues sé mía, entonces» — «Bueno, eso sí, ven mañana.» — Y virgen, la niña... ¡Vamos, hombre, pues ni que se tratase de una lumia!...

— ¡Está un poco loco, sin duda, sí! ¡Pobre Ricardo!

— ¡Pobre Ricardo!


Publicado el 1 de septiembre de 2023 por Edu Robsy.
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