Cosa Cumplida... Sólo en la Otra Vida

Diálogos entre la juventud y edad madura

Fernán Caballero


Diálogo, Tratado, Cuento



Introducción a los diálogos

¿Queréis saber lo que son, en sentir de su autor Fernán Caballero, los Diálogos entre la juventud y la edad madura? Pues oídlo de su boca:

«Recuerdos de un villorrio, de un sochantre de lugar, de un interior pacífico, de niños y de flores; en fin, nimiedades.»1

¿Deseáis conocer los gustos del escritor, y la disposición de su alma al escribir estas páginas?

«Me gustan los árboles como a los pájaros, las flores como a las abejas, las parras como a las avispas, y las paredes viejas como a las «salamanquesas.»

—«¡Chitón, conde, chitón! No quiero que mis flores den ocasión a la sátira, ni mis buenas gallinas pábulo a la crítica.

—Pero —repone su interlocutor— ¿en dónde no hallareis vos amigos, marquesa?

—Allí donde no sientan todos como vos, y no me miren con vuestros parciales ojos.»

¡Quién dijera que tan pronto iban a demostrar los sucesos la exactitud de este presentimiento!

Pero he aquí anunciado en pocas palabras al lector lo que también en breves razones deseamos decirle.

No es un secreto para el público lo que acerca de Fernán Caballero siente y piensa el que escribe estas líneas, que mirará siempre como uno de sus mejores timbres haber logrado la confianza del insigne novelista para cuidar de la presente edición. Por lo mismo, y satisfechos con haber consignado en ella nuestro nombre entre tantos ilustres literatos que se han apresurado a tributarle homenaje, nos habíamos propuesto dejar libre el paso para que otros pudiesen formar parte de tan brillante acompañamiento.

Pero, puesto que con ocasión de esta obra se ha hecho de nuestro autor querido la única crítica con visos de formal que hasta ahora se le haya fulminado, y que por su naturaleza ha debido amargarle mucho, permítasenos romper aquel propósito, y ya que no defendamos a quien no ha menester defensa, por lo menos, a la modestia del propio juicio, y a la severidad con que, por mirar aquélla a una luz que tenemos por equivocada, la juzgó el crítico, opongamos nosotros algunas razones, para que el público, a quien compete, pueda fallar en esta contienda.

De inmoral acusó el crítico esta obra. ¡Inmorales los escritos de Fernán... a quien tanto deben la Religión y la familia y la sociedad! Aquel nombre y esta tan terrible acusación, según la frase vulgar recientemente usada, braman de verse juntos.

A la acerbidad de este fallo, sólo ha contestado nuestro autor, en su humildad, apelando al juicio de la Iglesia.

No le importaba que la ley no se lo exigiera: destinados estos escritos a vivir en la familiaridad del hogar doméstico, cuyo reflejo son, cuyo modelo deben ser, no hubiera estado tranquilo hasta que decidiesen los guardadores de la sana doctrina si, contra toda su intención, se había deslizado de su pluma alguna máxima, algunas palabras que la contrariasen. A continuación de estas líneas podrán ver nuestros lectores el dictamen del censor y el fallo de la autoridad eclesiástica. Esto importaba al crédito de Fernán; pero importa más al de sus ideas y sentimientos, que para él y para sus amigos valen aún más que su espléndida aureola literaria.

Acallado, pues, victoriosamente sobre este punto un sobresalto que sólo pudo asaltar al escritor, pero que de seguro no trascendió a ninguno de sus lectores, a nosotros, más que combatir directamente el juicio que le motivó, lo que nos incumbe es explicarle; y esto bastará para que por sí solo caiga y se desvanezca, acaso hasta en la propia conciencia del que lo dedujera.

Lejos de nosotros sospechar en lo más mínimo de la rectitud de sus intenciones, ni de la sinceridad de su convicción. Ya lo hemos indicado antes de ahora. Concediendo los talentos del crítico, dada la parte que es natural y disculpable a los pocos años que contaba a la sazón, lo que principalmente creemos que le indujo a error fue la equivocada luz a que miraba estos cuadros. Mirábalos, sin duda, a la de la prudencia humana; aplicábales el criterio de máximas filosóficas y económicas, y condenó lo que la ciencia condena, lo que no explica la filosofía, lo que la razón no absuelve por sí sola. Ver cómo la desgracia cae de repente sobre una familia que la virtud corona y que santifica el trabajo; oír que el padre muere precipitado de un andamio y que la amante esposa pierde la razón; que perece el pobre pescador, arrebatado por una ráfaga de viento; que se lleva tras sí el juicio del hermano que le sobrevive, dejando huérfana de ambos a su desolada madre; que se mancha con un robo la honra de una familia de la más antigua y acendrada nobleza castellana, bajando al sepulcro a impulso de la afrenta su venerable jefe; por todas partes dolores, por todas partes catástrofes... no es extraño, a la verdad, que se impresionase el ánimo generoso de quien sólo con el nivel de la humana ciencia y el compás de la crítica literaria había de buscar, como suele hacerse en obras de este género, el ver premiada a la virtud y castigado el vicio, procurando estímulos para aquélla.

Mas ¿cómo no echó de ver el censor que toda la síntesis del pensamiento del escritor se encierra admirablemente en estas palabras:

COSA CUMPLIDA...
SÓLO EN LA OTRA VIDA?

¡Es verdad! Esta —que no es novela—; esta conferencia, estos Diálogos, que creemos sin modelo, o diferentes y superiores a todo modelo, puesto que en ellos no sólo hablan y juzgan los interlocutores, sino que a su vista vive la vida y obra la Providencia; este sencillo interior, estas nimiedades que el autor decia, tienen, áun sin pretenderlo él, más altos alcances; y son, no diremos un tratado moral, son la vida práctica, iluminada y consolada por la luz del Evangelio, y dan lugar a más meditaciones que muchos libros ascéticos, ya sobre los hechos de la vida, ya sobre muchas de las verdades y de las virtudes católicas. Esta es la luz a que ha escrito el autor; he aquí con la que debe ser juzgada su obra. Y cierto, bien puede arrostrar el exámen. A vista de los dolores que calma, de las lágrimas que consuela, bien podrán repetírsele aquellas divinas palabras: «MUJER, ¿A DÓNDE ESTÁN LOS QUE TE ACUSABAN?»

Al que desee alguna comprobacion de lo que decimos, nos bastará con remitirle a examinar la manera con que Fernán comprende y habla de la muerte, y con que explica la resignación; virtud esencialmente cristiana que no conoció el mundo antiguo, y que no acertaría nunca a imaginar ni a comprender por sí sola la filosofía. He aquí sus palabras:

—«¡La muerte!... Siempre he preferido mirar ese trance, no como el justo fin de la vida, sino como el glorioso principio de la eternidad; así como prefiero pensar en la clemencia de nuestro Juez, a pensar en su justicia; esperar, a desconfiar; amar, a temblar; agradecer a temer. Pero la generala es tan virtuosa, que sobrellevó este golpe terrible con mucha fuerza y vigor.

—Decid resignación, marquesa. La virtud, que es un combate contra nuestras malas propensiones y nuestras debilidades, cuando está aislada es presuntuosa, no cuenta sino con sus propias fuerzas, y tiene por auxiliares al orgullo y la vanagloria, que dan el valor. La virtud cristiana desconfía de sí y acude a la gracia; y son sus auxiliares la sumisión y la oración, que dan la resignación.

—¡Bien definido, conde! Resignarse es dulcificar el dolor, respetándolo como compañero; llevarlo con valor es combatir al dolor y vencerlo como a enemigo.»

Aprendan los que adolecen del espíritu, y los que quieren llegar a la fe de las verdades católicas sólo por la demostración, que la fe está en la voluntad y no en el entendimiento.

«¿Qué son —dice— vuestras estériles demostraciones, vuestros sistemas sin base, que se agitan en un círculo vicioso, oscuro y seco, en comparación de aquella plácida luz, de aquel manantial de aguas puras y cristalinas que brotan en el alma sencilla, que aprende a vivir y morir en el Catecismo?»

«No hay edades —prosigue en la misma página— entre los buenos católicos, para los sentimientos religiosos: tenemos unos y otros firmeza de viejos para la fe, ardor de jóvenes para la caridad, y todos una misma esperanza.»

¿Queréis ver cómo habla del arrepentimiento, cómo pesa a la vez los quilates del dolor, y analiza los secretos de su acción sobre la organizacion del hombre, sobre la de la mujer, comparados ambos con el único verdadero y supremo Consolador?

«Sólo Dios —dice— sólo Dios perdona y olvida.

El arrepentimiento no quita; al contrario, aguza el remordimiento y le hace principio y parte de la expiación; y manchas hay que, cual, las del hierro, gastan la trama, que muere con ellas.»

Ya antes había dicho Mad. de Staël: «Las lágrimas pueden borrar el crímen, pero nunca la vergüenza!» Y sin negar la belleza ni la profundidad de esta sentencia de la gran escritora, séanos lícito pretender que la que citamos como gemela suya, esfuerza notablemente en sentido religioso la verdad y la esfera de aquel sentimiento, sin el cual no es posible la regeneración del hombre, y que a poder penetrar en el abismo, tornara en ángeles a los demonios.

Pero hablábamos del dolor. He aquí cómo le analiza Fernán:

«¡Qué quiere usted, marquesa! En todas «cosas se apoya la mujer en el hombre, menos en el dolor; que entonces se apoya en Dios. «El hombre en todas cosas se apoya en sí mismo, menos en el dolor, en que se apoya en la mujer; porque consolar es uno de sus más bellos dones, de sus más dulces prerogativas. «¡Pobre del que en sus aflicciones no tiene, una madre, una mujer, una hermana, una hija o una amiga!»

Ni son menos bellos, aunque a otro orden menos elevado pertenecen, los estudios psicológicos que hace sobre otros sentimientos meramente morales o sociales, por decirlo así, pero que siempre parten e irradian del gran principio de la verdad religiosa, que es la única base sólida de su razonamiento.

Véase, si no, cómo juzga sobre su propio tribunal a la opinión, esa indolente sultana que, no atreviéndose a separar el trigo de la cizaña, viene a dar en el indiferentismo, que es —afirma nuestro moralista— la parálisis de la virtud.»

«¿Quién —dice— es el necio que sostiene que todos los días pensará lo mismo, ni el hombre autómata que se jacta de sentir siempre de un mismo modo?»

«Dejad —continúa, hablando de las lágrimas—, dejad brotar esas fuentes del corazón, que prueban al correr que no está seco ni exhausto; dejad, por Dios, que se humedezcan los ojos, si no se han de asemejar a los de cristal de las figuras de cera.»

Y en otro lugar:

—«¿Quién puede saber, señora, el secreto que cada corazón lleva consigo a la tierra?

—«¿Qué secreto amargo puede llevar consigo el que muere en el seno de la Religión, en los brazos de los suyos, bendecido y bendiciendo, sonriendo a la vida, que fue bella, y a la muerte, que lo es, también porque lo fue la vida?»

Salpicada está toda de estas máximas, cuya sabiduría viene del cielo. Sirvan de ejemplo las siguientes:

«Donde hay virtudes, hay buena conciencia; donde hay buena conciencia, hay contento; así como donde hay sol, hay llores; donde hay flores, hay fragancia.»

Y en otro lugar:

«Dios no hubiera criado al sol, si no quisiera al hombre alegre.»

«Acuda a estas bellísimas páginas el que quiera comprender la extrema dulzura de un «¡DIOS TE LO PAGUE!»

Nótese cuán nuevas y profundas son las consideraciones que le inspiran la locura con sus girones de ideas; los niños precoces, caricaturas en lo moral y en lo físico; sus máximas sobre la educacion y la enseñanza, en que sabe y se le alcanza tanto más y mejor que a muchos zurcidores de libros de texto o hilvanadores de planes de estudios; sus observaciones y consejos sobre la atención y cortesía que deben mediar entre todas las relaciones sociales. Frecuente ha sido encarecer la obediencia y el respeto del inferior al superior; acaso nunca la urbanidad y deferencia que a aquél debe el último; que quien lleva la ventaja en cuanto a lo elevado de la posición, no ha de perderla en cortesanía. Esto, si bien es verdad que no es invención de FERNÁN, tan perdido anda por el mundo... que lo parece. No es dable concluir este punto sin citar unas palabras, que debieran grabarse con el punzón de oro con que el Ángel traspasó el corazón de Santa Teresa. La Santa escritora, que hablando del Diablo exclamaba: «¡Desgraciada criatura que no sabe amar!», no las rechazaría si se le atribuyesen.

—«Recordad un refrán turco, que dice que el que llora con todos, acaba por quedarse sin ojos.

—«Bien decís, que es turco el refrán. ¡Qué magnífica y bendita ceguera la que fuese debida a la caridad!»

Si le buscáis en el terreno literario, podremos remitirnos a lo que piensa y siente de la poesía; a su análisis de lo clásico y lo romántico; a su exacta y profunda distinción entre lo romántico y lo romancesco, y entre esto y lo verdaderamente poético.

¡Oh! ¡Cuán bellas y epigramáticas suelen ser las frases con que sazona estos juicios! Algunas de ellas por ventura quedarán como proverbios, miéntras vivan la literatura y el habla castellana. Sirvan de ejemplo, entre otras que citar pudiéramos: «Alonso, porque sabía la a, la echó de disputador. —¡Tenéis el corazón en carne viva!» (para significar que una persona es sensible a todos los infortunios ajenos), y esta otra, que no recusarán, de seguro, muchos de entre los poetas: «Cuando la poesía se mezcla en la vida real, es una mala ama de llaves».

Arrastrados por la importancia de estos análisis, no hemos fijado la vista en las descripciones, en las cuales, si siempre se ostenta con mano maestra, a veces como que se sobrepuja y excede. Permítasenos citar la que hace de la belleza del campo, la del temporal en Cádiz, la del pueblo de Sampayo, la del buen D. Gil, el sochantre querido, y las de los juegos y los cuentos de las niñas y la muerte de la sobrinita.

Todas ellas y otras muchas quisiéramos citar; pero no podemos, no debemos. Quede al ese ritor su gloria de contarlas cómo y donde quisiere; quédele el placer de iniciar a sus lectores en las maravillas de su talento, tan puro, tan rico, tan flexible, tan vario!

He aquí, sin embargo, cómo se despide, con tan piadosa ternura como picante desenfado, del protagonista, a quien pintó con amore, inmortalizándole sin quererlo.

«¡Oh, mi buen, mi excelente D. Gil!... ¡Tú, que tanto ruido y papel hiciste en la iglesia, y tan poco en el mundo!... ¡Tú, que amaste y ejercitaste el canto y el latín sin comprenderlos, pliego blanco de papel en que estampó la fe sus adoraciones, para ponerlas en manos del Señor, no me olvides allá arriba, donde estás con otros muchos POBRES DE ESPíRITU Y RICOS DE CORAZÓN, y ruega por la que supo apreciar la suave almendra bajo su tosca corteza!»

Ya apuntamos antes cuál es nuestro juicio acerca de la forma de estos escritos. Mas hay en ellos un carácter particular, acerca del cual no podemos menos de llamar la atención de nuestros lectores, y muy señaladamente la de los que leen para aprender a escribir.

Ante todo, es notable en FERNÁN su estilo propio; de una verdad, de un colorido tal, que no puede confundirse con otro. Hemos oído a algún Aristarco censurar en aquél tal o cual expresión, tal cual frase menos castiza; mas no sabemos de ninguno tan injusto ni descontentadizo que en aquella otra dote, que es la principal en el escritor —como que es la que constituye su individualidad—, no le conceda la palma entre los primeros.

Mas no se crea que el pintor de los CUADROS DE COSTUMBRES, de las RELACIONES y de los DIÁLOGOS, no tiene en su paleta colores para copiar otra cosa que la ruda, franca y enérgica fisonomía del pueblo. Un crítico eminente, un escritor en quien compiten el corazón y la cabeza, el señor D. ANTONIO DE APARISI Y GUIJARRO nuestro amigo querido, en el bellísimo prólogo que ha dedicado a la preciosa novela tituladaUN SERVILON Y UN LIBERALITO, ha tenido antes que nadie la gloria de consignar esta observación: «En el lenguaje de la culta sociedad —dice hablando de FERNÁN— no le conozco rival ni entre los mejores».

No es escasa, a la verdad, la alabanza, por venir de quien viene, y por ser tan merecida. Repasen su memoria cuantos profesan la literatura o a ella tienen particular afición, y sin limitarse precisamente a la Novela, en que tenemos tan poco, observen nuestro teatro, en que somos más ricos. Y ciertamente, desde Iriarte, que en el Señorito mal criado nos dejó una muestra de que poseía este secreto, no hallará muchos escritores a quienes sea familiar. De seguro no lo encontrará en Moratín, a quien en tantas otras cualidades del estilo nadie recusara como maestro. Es más: sabemos de escritores que por su cuna y por su educación corresponden a lo más puro y elevado de aquella clase, y cuya conversación es por demás culta, amenísima y elegante, y sin embargo, pintan mejor las animadas escenas de una venta o de un campamento, que el tono grave y acompasado de los salones. Y a la verdad no es extraño. La buena sociedad, o es una, o cuando menos, se parece mucho en todas partes; como que la cultura consiste en destruir lo anguloso, es decir, en quitar muchas de esas singularidades que constituyen los tipos especiales. Y conservar éstos sin perder aquel tono, es raro privilegio, que requiere no sólo un estudio profundo y gran sagacidad para la observación, sino además una rellexibilidad suma, para la cual acaso habría de ser necesario que se combinasen un gran talento de hombre, un corazón de mujer y la exquisita sensibilidad de la dama, a quien la observancia de las costumbres del pueblo y la práctica de la vida aristocrática fuesen en parte ingénitas, en parte heredadas o familiares desde la cuna.

No aspiramos a que en ello se nos crea sobre nuestra palabra. La prueba está en muchos, si no en todos los personajes de FERNÁN, entre los cuales, sin embargo, citarémos a los duques de Almansa, a Ismena, al general conde de Alcira, a la marquesa de Valdejara, a su hijo, tipo de caballeros... a tantos otros... y entre ellos a Clemencia, al Abad, a Pablo, a sir George Percy, y De Brian, y sobre todo —pues de éstos tratamos— a la MARQUESA DE ALORA y al CONDE DE VIANA, que son los interlocutores de estos DIÁLOGOS.

Ellos discuten siempre, y disputan como de propósito; que es decir que tienen más ocasiones de mostrar su carácter, por lo mismo que esas discusiones pasan a solas, en la intimidad de una amistad antigua e indulgente; y sin embargo, cada cual, mostrándose tal como es, no choca ni ofende, ni al lector ni a su antagonista; al contrario, éste ama y respeta la razón que se le opone y los labios que se la dicen, y el lector estuviera a veces indeciso sobre a quién dar sus simpatías, si no fuese porque la marquesa, en su corazón y en su inteligencia y en la tésis que defiende, es, como si dijéramos, la personificación del escritor. Al que de esto dudaré, le remitiremos a los DIÁLOGOS, a los trozos que hemos citado, a la campanilla azul que habla de imponer silencio, y a la de oro que había de excitar a la marquesa a continuar en su elocuente improvisación; a aquella deliciosa república en que ella había de ser la presidenta, y legisladores y ministros las flores y los niños, abundando por supuesto las fuentes y las confiterías.

Permítasenos citar también, como ejemplo, la contienda entre ambos, con ocasión de la felicidad en que la marquesa supone que rebosa la familia de la generala Peláez. ¡Con qué viveza y naturalidad es conducido el diálogo, que ha de terminar por conceder el atacado la confianza de un terrible secreto de familia, confianza que si se provocó sin pensarlo, no se arranca, y antes se rehúsa delicadamente!

Dice la marquesa:

—«¡Ay de de mí! ¡Imprudente! Perdonad, amigo; nada quiero saber. Doblemos la hoja; ocultad mi tierno interes con el secreto en el silencio; el respeto a la desgracia es el más sagrado, después del respeto a Dios.

—«No, marquesa; sois de la familia; y sois más: sois una amiga verdadera, y los amigos son la familia del corazón. Sabréis la desgracia que, cual un cáncer, ha destruido la felicidad de mis hermanos.

—«Conde, dejadme ignorar una desgracia, si no puedo remediarla.

—«¿Me negáis vuestro interés?

—«Hablad, conde... ¡y así os sea un bálsamo!»

He aquí, por conclusión de esta materia, en uno de los trozos más bellos que acaso se hayan escrito, llevada hasta el límite de donde no debe pasar, esta contienda, modelo de exquisita cultura y cortesanía. No nos atrevemos a privar ni de una letra de ella a nuestros lectores. Parécenos que, después de leída, no tendremos incrédulos de lo que antes afirmábamos; y podremos añadir en las sienes de FERNÁN, al título de PINTOR DEL PUEBLO, el de POETA DE LOS SALONES. Mas si todavía tropezásemos con algún rebelde, nos contentaríamos con decirle con Góngora y con FERNÁN:


«Triste del que a una roca pide orejas».
 

Pero oigamos; que habla nuestro autor:

—«Tenéis —dijo el conde sonriendo— por corazón una rosa sin espinas.

—«Y vos queréis ajarla.

—«¡Oh! No. Quisiera regarla con las aguas de la fuente de Juvencia. Pero contadme lo que me habeis anunciado.

—«Tacha el mundo —principió la marquesa— de extremos a las angustias y los dolores del amor de madre.

—«Y lleva razón —opinó el conde—. Todo lo que es apasionado en el hombre, aunque sea el santo amor de madre, necesita freno. MARÍA, al pié de la Cruz, ni se arrancaba el cabello, ni se despedazaba el pecho. Señora, señora, todos los días rezamos ¡HÁGASE TU VOLUNTAD! ¿Es sincero este acatamiento, si en seguida nos rebelamos violentamente contra esa misma voluntad? Esos dolores descompuestos no son cristianos, señora.

—«Por descabellado que sea ese amor, es bello y simpático, conde.

—«Ese dolor denominado extremos es insensato como es un suicidio, amiga mía; y esas madres energúmenas de amor merecerían que se les muriesen sus hijos, para enseñarles así lo que es un dolor real.

—«Conde... ¿habéis olvidado que tuvisteis madre?

—«¡No lo permita Dios! Venero la tierra porque ella la pisó, la respeto porque en ella yace su cuerpo, y ansío por el cielo porque en él me aguarda su alma! Pero eso no quita...

—«Que lo que en ella os admiró, os encantó y llenó de gratitud, en otras lo queráis motejar. ¡AMOR NO DICE BASTA, conde!

—«Marquesa, esa bella expresión es sólo aplicable al amor divino.

—«Siempre me contradecis, conde... ¡Si vieseis cuánto lo siento!

—«No lo sintáis, amiga; una pausada nube que mitiga algo los brillantes rayos del sol, y refresca algo la tierra con una templada lluvia, hace provecho.

—«¿Y por qué os haceis una nube en mi cielo?

—«Para que su demasiada pureza y brillo no os hagan creer imposibles las borrascas y las tempestades. Mas... proseguid; no os volveré a interrumpir.»

Ni nosotros tampoco lo haremos más, interponiéndonos entre el autor y sus lectores, temiendo siempre decir poco, y acaso apareciendo sobrados.

Por lo mismo, no diremos sino de paso a nuestras lectoras (con ellos nada queremos ya) cuál es la única cosa que FERNÁN encuentra CUMPLIDA en esta vida; y es: TODO NOBLE AMOR EN EL CORAZÓN DE LA MUJER.

Hemos hecho hablar a FERNÁN, y es lo único en que fundamos la esperanza de haber acertado a defenderle. Pero necesitamos despedirnos de él, y para ello, en justa correspondencia, no seremos nosotros solos; serán nuestros lectores, será España toda, será el mundo católico los que lo harán, tomándole sus propias palabras.

Hedlas aquí:

«Proseguid, marquesa. ¿A qué evocar la imagen de la crítica como un fantasma ante el cual se repliegue la expansión de vuestros gratos recuerdos, y se hiele su pintura en vuestros labios? Estoy seguro de que no hay un poeta a quien estas cosas, si bien no le entusiasmen como a vos, al menos no le hagan gracia. Proseguid esa pintura en sus menores detalles, hasta venir a las circunstancias que han motivado esa segunda carta, que espero ha de ser tan noble como la primera.»

Y esta segunda carta, que es de la viuda del buen D. Gil, y contiene en realidad su testamento, concluye así:

«Dile a la señora que ya no cantaré el Miserere en la tierra; pero que, mediante la misericordia infinita y los méritos de nuestro REDENTOR, cantaré allá arriba el Gloria». Y al verme llorar, añadió: «Francisca, no llores; las lágrimas siempre me han hecho contradicción. No se deben llorar mas que las culpas... Consuélate, y acuérdate de que COSA CUMPLIDA... ¡SÓLO EN LA OTRA VIDA!» Señora, me lo he tenido por dicho: no lloro... y aguardo.»

Y yo también aguardo, señora. Que sé que son igualmente cumplidas estas verdades; añadiendo a ellas, que es por demás dichoso quien, como FERNÁN CABALLERO, al ganar lo que el mundo llama Gloria, escribe tan valederas páginas en el LIBRO DE LA VIDA.

Madrid 28 de Noviembre de 1857.

FERMÍN DE LA PUENTE Y APEZECHEA.

Diálogo primero. El albañil

La vie es un mystère triste
dont la Foi seule a trouvé le secret.

(La vida es un misterio triste, cuyo secreto sólo ha encontrado la Fe.)

— El Abate Gerbert.
 

Fortuné temps de l'innocence.
Bélas! des passions de vacant le réveil
a l'aurore de l'existence,
n'es tu parmi neus qu'un sommeil?

(Tiempo feliz de la inocencia! Tú que te adelantas al despertar de las pasiones en la aurora de la vida, di, ¿no crees entre nosotros mas que un sueño?

— D'Arlincourt.
 

—Sí señor, sí señor; la vida es bella, el mundo hermoso, a pesar de todos los Jeremías pasados, preseiltes y futuros —decía la joven, linda y alegre marquesa de Alora a su anciano amigo el conde de Viana—; está llena de encantos, como el cielo de estrellas; llena de goces, como la mar de perlas. Pero éstas es preciso buscarlas; aquéllas es preciso alzar la vista, y con ella el corazón, hacia aquel alto y puro espacio en que, giran, para encontrarlas. Si usted vegeta tétrico en una oscura cueva, ¿cómo hallará usted perlas, ni verá estrellas?

—Cantáis como un ruiseñor —dijo el conde con una sonrisa triste e incrédula.

—Hablo como una agradecida hija de Dios —repuso la marquesa—. ¡Un hombre como usted, misántropo! ¡Quite usted allá! Eso es un palpable contrasentido; es una anomalía, como dice usted que lo es en el Gobierno condenar las malas doctrinas y dejar que cundan por medio de la prensa, lavándose las manos como Pilatos.

—¿Dónde están, linda visionaria —respondió el conde—, esos encantos, esos placeres sublunares? ¿Serán el efímero amor, la desleal y deslavada amistad? ¿Será acaso el oro, que no sabe satisfacer; los honores, que no honran? ¿Será el mundo, ese horrible caos? ¿Será la soledad, ese árido desierto? ¿Nos los proporcionarán por ventura el corazón, que es nuestro verdugo; los sentidos, que son nuestros enemigos; o el alma, que, como todo desterrado, no sabe sino suspirar? El mundo es, amiga mía, un árido y triste destierro.

—¡Pobre mundo! —exclamó la marquesa—. ¡Y cómo te tratan! Véngate, seca tus fuentes de fresca y líquida plata, quita sus colores y perfume a tus flores, haz esqueletos de tus frondosos árboles, agosta tus campos, y no le nutras al hombre ingrato sus mieses y su vid; seca los cauces de tus ríos, y haz de ellos profundas y ásperas cicatrices sobre el seco y decrépito cadáver de la tierra; quita del alcance del hombre el oro, la plata y ricas pedrerías que encierra tu seno; vomita tus iras por las abiertas bocas de tus volcanes, esparce tu amarga ira con las poderosas olas de tus mares, hasta cubrir la frente de tus gigantes de tierra, los montes, y allí donde el hombre ingrato haya labrado su albergue, sacúdele ligeramente, para que caigan sus más robustas obras como castillos de naipes.

—¡Qué anatema, amiga mía!

—El que merece la ingratitud, ese monstruo sin corazón.

—Como sois joven, giráis cual las primeras horas del día, esas horas frescas y puras que se llaman la aurora, en un cielo rosado. Pero raciocinemos; a mi edad...

—El corazón es siempre joven —interrumpió con viveza la marquesa—, y la ancianidad puede, como decís de la juventud, girar también en un rosado cielo, llamado ocaso, como las últimas horas del día.

—Pero enumeradme esos placeres, esos encantos que veis vos —repuso el conde— con la doble vista de que debéis estar dotada. ¿Es el cólera? ¿Es la guerra civil? ¿Son los escritos de Proudhon? ¿Es el espíritu de rebelión inherente a la incredulidad, que mina al mundo con un horroroso cáncer? ¿Es su hija, la inmoralidad, que vive y reina? ¿Es ese escepticismo frío y vulgar, con el que triunfó la materia personificada en Lutero, y el mal espíritu personificado en Voltaire? ¿Son las lágrimas de la Fe y de la Caridad, que sólo la Esperanza enjuga?

—¡Dios mío! Estáis triste y desconsolador como nuestro sublime marqués de Valdegamas, a quien cupo la gloria de ser uno de aquellos hombres que en todos tiempos escogió Dios para ser intérpretes de sus luces. Aún falta la sonrisa a sus labios; pero hallarála cuando el bien que haya hecho le pruebe que si cunde el mal, también cunde el bien sobre la tierra de Dios: esa será su recompensa. Pero yo quiero atraeros a más alegre convicción, y no lo haré teórica, sino prácticamente; no con razones que todas se pueden refutar, sino con pruebas; pues nada hay más poderoso y concluyente que un hecho.

—Gozad de vuestras ilusiones, como la primavera de sus flores, marquesa.

—En todas estaciones hay flores; si en alguna faltan, no es culpa de la naturaleza, sino del hombre, que las deja secar sin cultivarlas. Apostemos a que os hago testigo de una felicidad completa y estable.

—¡Completa! ¡Estable! ¡Qué dorado sueño!

—Apostemos, apostemos —insistió con alegre vehemencia la marquesa.

—La felicidad —prosiguió el conde—, esto es, la que brinda el mundo, es poco estable, como la calma del mar; corta y pasajera, como el canto del ruiseñor; incompleta e imperfecta, como lo es el hombre en quien dos poderes luchan; y no puede ser otra cosa, desde que el hombre, por su culpa, entró en el mundo desterrado del Paraíso. El no ser así, sería un contrasentido. Vos misma, querida amiga, ¿no sois acaso una prueba de esta verdad? La suerte os ha colmado de todos sus dones, la fortuna de todos sus favores, la vida de todas sus sonrisas; y a pesar de esto, vuestra felicidad no es cumplida, pues os faltan las magníficas prerrogativas, los dulces goces de la maternidad.

Una ligera nube pasó sobre los benévolos y brillantes ojos de la marquesa.

—Esto será en tal caso —dijo sonriendo—, no una desgracia, sino una felicidad de menos; y el carecer de una, no me hará olvidar las muchas de que disfruto. Además, para ganar cumplidamente mi apuesta, no pienso mostraros una perfecta ventura en la clase alta de la sociedad, en la que es mucho menos frecuente que en la clase humilde, por más que declamen y giman lo contrario los socialistas. En nuestra perfumada y pestilente esfera no se ensanchan las ideas, no se exaltan los sentimientos, no se multiplican las sensaciones sino a expensas de la felicidad pasiva, negativa si queréis, pero dulce, alegre, tranquila y suave, que es y debe ser el patrimonio de seres caídos, condenados a una vida mortal y de trabajo, como pensáis muy bien. Pero esta felicidad existe; y la dan las virtudes, que del Paraíso vinieron y con ellas trajeron su ambiente. Por consiguiente donde hay virtudes, hay buena conciencia; donde hay buena conciencia, hay contento; así como donde hay sol, hay flores; donde ha y flores, hay fragancia. Mañana os aguardo a las doce en punto, y os llevará a casa de mi lavandera y antigua doncella de mi madre: allí triunfaré! Allí veréis la verdadera y cumplida felicidad en su sencillez y pureza, sin traspasar sus límites, corno el manso río; allí me pagareis dulce sobre dulce media arroba, que ahora mismo voy a mandar hacer para repartirlos entre sus hermosos chiquillos.

Al día siguiente el conde acudió puntual a la hora de la cita, y ya encontró a la marquesa cubierta la cabeza con la mantilla, y lista para partir.

Muchas vueltas y revueltas tuvieron que dar por las calles de Sevilla, en que aún triunfa la caprichosa construcción de los moros, de la simetría europea, hasta llegar al apartado y solitario barrio de San Román. La marquesa entró en una de aquellas humildes casas, cuyas puertas están abiertas de par en par.

La dueña de la casa hizo una exclamación de sorpresa al verla.

—¡Chist!... —dijo la marquesa, poniendo su blanco dedo sobre sus rosados labios—. Vengo a sorprender a María. Como sé que su corral y el de la casa vuestra no los separan sino unos romeros, he venido aquí para entrar en casa de María sin que me sienta.

Esto diciendo, atravesaba la marquesa el patio, seguida y bendecida por la dueña.

La casa de María formaba un ángulo entrante, en el que había un gran jazmín que se había criado ad libitum, echando a manos llenas sus perfumadas flores a la derecha y a la izquierda con imparcialidad; columpiábanse multitud de pajaritos en sus flexibles ramas; cubríanlo sus flores, que están tan pálidas porque son débiles, y porque siendo tan corta su vida, no tienen tiempo para aprender a sonrojarse.

En la verde cueva que formaba el jazmín morisco se escondió la marquesa con su anciano amigo, poniéndose ambos a mirar, sin ser vistos, lo que en casa de María se ofrecía a su observación.

Una mujer robusta, en quien rebosaba la vida como en otoño la corriente en los ríos, estaba sentada en una silla muy baja, delante de la puerta de su sala, a la estufa andaluza, esto es, al sol. A sus pies, sobre una zalea, se veía sentado en paños menores el niño que estaba criando; tenía éste entre sus manitas una enorme naranja, que se le escapaba, cayendo sobre la zalea; afanábase en extremo para volverla a asir, y cuando lo había logrado, se le volvía a separar. Reíase entonces alegremente y miraba a su madre, nuevo Sísifo, que reía y gozaba en su incesante tarea.

—Ven acá, Aniquilla —dijo la mencionada mujer a una niña de cuatro años—; es mediodía; ya vendrá tu padre. Ven acá a que te coja esas greñas y te lave esa cara, esa rosa de Abril, que la tienes más sucia que un estercolero.

Mientras su madre la tenía sujeta de los cabellos, y le hacía una castaña del tamaño de las que se comen, la enseñaba a rezar; santa práctica que acostumbra a los labios de los pequeñuelos a recitar oraciones que aún no comprende el entendimiento; de suerte que cuando éste despierta, los labios se han anticipado, y le enseñan lo que ya saben por la santa enseñanza de su madre.

—Padre Nuestro, que estás en los cielos, decía la buena mujer.

La niña repetía esto, añadiendo por apéndice:

—¡Ay, mae, que me tira usted del pelo!

La madre proseguía sin hacer caso:

—Santificado sea él tu nombre...

—Tu nombre —repetía la niña—. ¡Mae, mae, que me arranca usted las narices!

Y cuando concluyó el último amén, la niña, lavada y peinada y ostentando su diminuta castaña, dio un salto con poca gracia y mucha alegría.

—¡Mae, mae! —gritó un niño de seis años que venía de la escuela, precipitándose en el corral—. ¡Ya sé la a, la a, la a!

—Sea enhorabuena, Alonsillo —dijo su madre—. Poco es; pero sabes más que yo, que sé cómo suena, pero no cómo parece.

Oyóse entonces la alegre voz de una niña de ocho años que volvía de la amiga, y que venía cantando con la tonadita monótona con la que en las amigas cantan la doctrina:


Cuando salgo de la amiga
me dan ganas de beber
en el jarrito de oro
en que bebió San José.
Me fui por un caminito
y me encontré a Jesucristo,
Jesucristo, que es mi padre,
y la Virgen, que es mi madre.
Los ángeles mis hermanos
me cogieron por la mano:
¡Me llevaron a Belén
sin tropezar ni caer.
En Belén hay una fuente
que corre tan trasparente
de noche como de día!
A rezar el Ave María.
 

—¡Mae, mae! —gritó al entrar—. Mire usted la camisita que he hecho; tiene el dobladillo calao.

—Eso me place, hija, eso me place; la agujita ensartada hace a la niña ajuiciada.

La recién llegada cogió al niño de pecho en sus brazos, llevándolo, aunque tan pequeña, con mucha maestría y desembarazo, como si Dios hubiera hecho infusa en el sexo femenino la ciencia de manejar a las criaturas tiernas y desvalidas que al venir al mundo sólo saben llorar.

—Niño —dijo—, ¿dónde está Dios?

El niño levantó el dedito. Alonso que aquel día estaba un poco pedante porque sabía la a, se echó a reír.

—¿De qué te ríes, zopenco? —preguntó su hermana.

—Porque ice Pacorro que está Dios en el tejao.

—¡Qué a la cola eres, Alonsillo! Dice que está en el cielo. Pero mas que dijese que está en el tejao, razón llevaría, pues está en todas partes.

—¡Que no es! —dijo Alonso, que porque sabía la a la echó de disputador.

—Judío, que dices una herejía. ¿Dónde es dónde no está Dios, chiquillo?

—En el río, porque no es pescado —respondió dogmáticamente Alonso.

Y volviendo con majestad la espalda a su hermana, se dirigió a su madre y le dijo:

—Mae, hay feria.

—Me alegro —respondió su madre.

—Mae, yo quisiera una trompeta.

—Quiérela mucho, hijo.

—Mae, cuesta dos cuartos; démelos usted.

—¿Dos cuartos? ¡En eso estaba yo pensando!

—¡Ande usted, mae!

—Anda a freír monas.

—¡Ande usted, mae!

—Dejame en paz, pollo pión.

—¡Ande usted, mae!

Y el chiquillo se puso a seguir a su madre como su sombra, repitiendo sin cesar su monótona plegaria.

—Toma, toma, chicharra —dijo al fin la buena mujer, dándole una moneda de dos cuartos—; que por no oírte se pueden dar.

—¡Si son dos cuartos, mae, dos cuartos, dos!

—Bien, ¿y no te los he dado, mostrenco?

—No me ha dado usted mas que uno.

—Te he dado dos, chiquillo.

—Uno, uno —repitió el niño pateando.

—Muchacho —exclamó impaciente su madre—, te dí una mota; una mota son dos cuartos.

—¿Dos? —repuso el niño, dando vueltas a la moneda y batallando su convicción entre la evidencia, pues sólo veía una moneda, y la fe que tenía en las palabras de su madre—. ¿Dos son? Vaya, pues estarán pegados.

—Chacho, cuéntame un cuento —dijo con los sonidos más dulces y suplicatorios de su voz Aniquilla a su hermano Alonso.

Éste, a quien la posesión de sus dos cuartos pegados había puesto de buen temple, se sentó en el suelo con las piernas cruzadas como un sultán, y apretando fuertemente en su puno cerrado sus dos cuartos para que no se despegasen, empezó en estos términos su cuento:

—Había vez y vez un pajarito, que se fue a un sastre y lo mandó que le hiciese un vestidito de lana. El sastre le tomó medida, y le dijo que a los tres días lo tendría acabado. Fue en seguida a un sombrerero y lo mandó hacer un sombrerito, y sucedió lo mismo que con el sastre; y por último, fue a un zapatero, y el zapatero lo tomó la medida, y le dijo, como los otros, que volviese por ellos al tercer día. Cuando llegó el plazo señalado, se fue al sastre que tenía el vestidito de lana acabado y le dijo: «Póngamelo usted sobre el piquito y lo pagaré». Así lo hizo el sastre; pero en lugar de pagarlo, el picarillo se echó a volar, y lo propio sucedió con el sombrerero y con el zapatero. Vistióse el pajarito con su ropa nueva, y se fue al jardín del rey, se posó sobre un árbol que había delante del balcón del comedor, y se puso a cantar mientras el rey comía:


Más bonito estoy yo con mi vestido de lana,
que no el rey con su manto de grana.
Más bonito estoy con mi vestido de lana,
que no el rey con su manto de grana.
 

Y tanto cantó y recantó lo mismo, que su real majestad se enfadó, y mandó que le cogiesen y se le trajesen frito. Así le sucedió. Después de desplumado y frito se quedó tan chico, que el rey se lo tragó enterito. Cuando se vio el pajarito en el estógamo del rey, que parecía una cueva más oscura que medianoche, empezó sin parar a dar sendos picotazos a derecha e izquierda. El rey se puso a quejarse, y a decir que le había sentado mal la comida, y que le dolía el estógamo. Vinieron los méicos, y le dieron a su real majestad un menjurge de la botica para que, vomitase; y conforme empezó a vomitar, lo primero que salió fue el pajarito, que se voló más súbito que una exhalación. Fue y se zambulló en la fuente, y en seguida se fue a una carpintería, y se untó todo el cuerpo con cola; fuese después a todos los pájaros, y les contó lo que había pasado, y les pidió a cada uno una plumita, y se la iban dando, y como estaba untado de cola se la iban pegando. Como cada pluma era de su color, se quedó el pajarito más bonito que antes con tantos colores como un ramillete. Entonces se puso a dar voleteos por el árbol que estaba delante del balcón del rey, cantando que se las pelaba:


¿A quién pasó lo que a mí?
En el rey me entré, del rey me salí.
 

El rey dijo: «¡Que cojan a ese pícaro pajarito!» Pero él, que estaba sobreaviso, echó a volar que bebía los vientos, y no paró hasta posarse sobre las narices de la luna.

—Chacho —dijo Aniquilla—, ¿y la luna tiene narices?

—¡Vaya! —contestó el chacho—. Y boca también: una bocaza tamaña —añadió, abriendo desmesuradamente la suya—, para tragarse las niñas malas; ya lo sabes.

—Ese cuento es más viejo que el modo de andar, y más tonto que una esquina —observó la hábil costurera.

—Pues cuenta tú otro mejor —repuso el contador, mirando de soslayo su moneda de dos cuartos.

—¡Pues ya se ve que lo haré! Y con el salero del mundo, y algo mejor que tú; que eres, Alonsillo, más tonto que Blas, que comía habas, y al fin eres:


Alonso Ponso Berengena,
capitán, capitán de la manga llena.
 

—Y tú...

—Calla la boca, escarabajo, y escucha. Pues señor...


Tenía una vez un rey
tres hijas como una plata;
la más chica de las tres
Delgadina se llamaba.
Un día estando comiendo,
dijo al rey, que la miraba:
porque estoy enamorada.
Venid, corred, mis criados,
a Delgadina encerradla:
si os pidiese de comer,
dadle la carne salada;
y si os pide de beber,
dadle la hiel de retama.
Y la encerraron al punto
en una torre muy alta.
Delgadina se asomó
por una estrecha ventana
y a sus hermanas ha visto
cosiendo ricas toallas.
—¡Hermanas, si sois las mías...
dadme un vasito de agua,
que tengo el corazón seco,
y a Dios entrego mi alma!
—Yo te la diera, mi vida,
yo te la diera, mi alma,
mas si padre rey lo sabe,
nos ha de matar a entrambas.
Delgadina se quitó
muy triste y desconsolada.
A la mañana siguiente
asomose a la ventana,
por la que vio a sus hermanos
jugando un juego de cañas.
—¡Hermanos, si sois los míos...
por Dios, por Dios, dadme agua,
que el corazón tengo seco
y a Dios entrego mi alma!
—Quítate de ahí, Delgadina,
que eres una descastada:
si mi padre el rey te viera,
la cabeza te cortara.
Delgadina se quitó
muy triste y desconsolada.
A otro día apenas pudo
llegar hasta la ventana,
por la que ha visto a su madre
bebiendo en vaso de plata.
—¡Madre, si es que sois mi madre...
dadme un poquito de agua,
que el corazón tengo seco
y a Dios entrego mi alma!
—Pronto, pronto, mis criados,
a Delgadina dad agua,
unos en jarros de oro,
otros en jarros de plata.
Por muy pronto que acudieron,
ya la hallaron muy postrada.
A la cabecera tiene
una fuente de agua clara;
los ángeles la rodean
encomendándole el alma,
la Magdalena a los pies
cosiéndole la mortaja:
el delantal era de oro,
y la aguja era de plata.
Las campanas de la gloria
ya por ella repicaban:
los cencerros del infierno
por el mal padre doblaban.
 

—¿Es posible que esté usted en sus glorias oyendo semejantes simplezas y niñerías? —preguntó el conde a la marquesa, al verla escuchar con la sonrisa en los labios y el alma en los ojos el cuento y la conversación de los niños.

—No lo niego —contestó ésta—. ¡Cómo me gustan los niños! ¡Qué gracia tan encantadora, e inimitable es la suya! Escribiré este cuento y toda esta escena cuando llegue a casa; y desado al más fecundo escritor literario a que pueda crear semejantes cuadros e invente semejantes ocurrencias, que sólo en los hechiceros labios de la infancia se pueden sorprender.

—No piensa usted como su amigo T..., que proclama a Herodes como el hombre más oportuno y el mejor comisario de policía que ha existido, repuso riendo el conde.

—Hasta en broma me disgusta semejante paradoja —respondió la marquesa—. ¡Dios santo! ¡Qué triste y lóbrego sería un mundo sin niños! sería como un cielo sin estrellas. ¿Sabe usted que pienso que el horroroso fin del mundo se consumará por la esterilidad de las mujeres, y,que será su lóbrega precursora la falta de niños en nuestro globo?

—Si es cierto vuestro sistema —exclamó riendo el conde—, no tenemos que temer por ahora la gran catástrofe.

—¡Gracias al cielo! —contestó la marquesa—. ¡Pobres criaturas! Hasta su llanto e impertinencias son debidos a males físicos que los aquejan, o bien a la angustia de no poder hacerse comprender. Su estado natural es la indefensa inocencia: a medida que el mundo les va inoculando la ciencia del mal, van perdiendo ese encanto inexplicable que nos seduce. Si no fuese así, ¿cómo se explicarla ese profundo y universal interés que inspiran los expósitos, que no se quejan, y que no pueden ni aún concebir su desgracia? Lo inspiran las dos cosas que más mueven el corazón del hombre: la más pura inocencia unida al más completo desamparo. ¡Desamparo! ¿Hay en la lengua palabra más terrible? ¡Desamparo! Que es tan aterrador, que el más inflexible ateo huye de él, clamando al cielo cuando en la tierra lo halla.

—¡Padre, padre! —exclamaron en coro los niños, saliendo al encuentro de un hombre alto y de buena presencia que entró, seguido de un muchacho de trece años.

—Pae, ya sé la a.

—Pae, mi camisita tiene el dobladillo calao.

—Pae, el niño tenía la boca abria, y le metí el deo y me tiró un bocao.

—Eso fue para convencerte de que tenía dientes —respondió su padre.

Y dirigiéndose a su mujer, añadió:

—María, Nicolás ha trabajado tan bien, que el maestro le ha subido un real su salario.

—¡Gracias a Dios, gracias a Dios! —repuso su mujer—. Ea, vamos a comer.

—¡A comer, a comer! —respondió un estrepitoso coro.

En un instante estuvo la mesa puesta, y con la mayor simetría; pues en su centro se colocó el solo manjar de que se componía el festín, que era una excelente olla de coles con carne fresca, como llaman a la carne de cerdo.

—¿Sabe usted —dijo a la marquesa su anciano amigo— que esa olla, con su rica morcilla, está tan bien condimentada, y el placer con que, la come esa buena familia prueba tanto en su favor, que da ganas de ser su convidado?

—Y sobre todo —repuso la marquesa—, no da jaqueca, como empieza a dármela el fuerte perfume de esta cueva de jazmines. Me parece, pues, que os he convencido. ¿Habéis visto jamás, ni puede darse un cuadro de más cumplida felicidad? Mirad esas caras en que se pinta la salud, la paz y la alegría. ¿Pedís aún más a la felicidad de la tierra?

—Mirad vos —dijo el conde, señalando con el dedo al extremo opuesto del corral.

La marquesa fijó la vista, y vio, debajo de un emparrado donde se hallaban las pilas, tinajas y canastas de colar necesarias al lavado, una joven lavando; y observando con atención, vio que de cuándo en cuándo cala de sus ojos una lágrima sobre la ligera y resplandeciente espuma de jabón, como suele caer un desengaño sobre una ilusión.

—¡Mostradme —continuó el conde— un cuadro de la vida humana que no tenga un lugar para las lágrimas!

—Misita (Merceditas), hija mía, ¿no vienes? —le gritó María—. Es la tercera vez que te llamo.

La niña llamada Misita se enjugó los ojos, se quitó el delantal, y fue a reunirse con el resto de su familia.

—No saben ustedes lo que los aguarda —dijo la madre, con la cara aún más animada y contenta que antes—. Esta mañana fuí a llevar la ropa a casa de la señora; acababa de llegar el capataz de la hacienda, y traía un par de cántaros de leche. «Llévate uno, me dijo la señora..; aquí tienes arroz y azúcar: regala a tus hijos con arroz con leche, que no le harán fó». Así, hijos, dad gracias a Dios y rogadle que a la señora se lo dé de gloria.

—¡Dios se lo pague! ¡Dios se lo pague! —exclamaron todos a una voz.

—¿A que suena este coro en vuestros oídos mejor que todas las decantadas melodías de Rossini, Verdi y Meyerbeer? —dijo conmovido el conde a la marquesa.

—¡Como todas las cosas de Dios! —respondió ésta—. Lo primero que me inculcó mi madre fue el infinito precio, la extremada dulzura de un ¡Dios os lo pague! Entonces lo comprendí, y cada día lo comprendo más. Este es el tesoro que tiene que formarse el rico, para que en el gran juicio final equivalga al que presentará el pobre con sus sufrimientos; si no, mal escaparemos en el equitativo balance de merecimientos.

Cuando todas las bocas de los chiquillos, cerradas casi herméticamente por el arroz con leche, guardaron silencio, dijo la madre, dirigiéndose a su hija mayor:

—¿No comes, hija? Estás descolorida y tienes los ojos como puños, de haber llorado: te estás quitando la vida, y me la vas a quitar a mí si así te emperras. ¡Cómo ha de ser! Dios lo ha querido, y es preciso conformarse con su voluntad. Le tocó la suerte de soldado; eso, ¿quién puede remediarlo?

—El que tuviese tres mil reales para ponerlo un sustituto que ha hallado, y es un soldado que se quiere reenganchar —dijo con el corazón encogido Misita.

—¡Tres mil reales! Vea usted... ¡como quien no dice nada! —opinó el padre—. En mi vida he visto tanto dinero junto. Los pobres no tienen que pensar en poner sustitutos, chiquilla.

—No llores, hija de mi alma, pobrecita mía, que me partes el corazón —dijo su madre—. Santiago es un buen muchacho más noble que el oro; pero si le tocó la suerte... ¿qué le hemos de hacer? Conformidad, hija, conformidad; que es la virtud de los pobres. Si tuviera los tres mil reales, te los daría con mil amores; y ya que no puedo hacer otra cosa, toma esos cinco reales, échalos a la lotería, y si sacas libertarás a Santiago.

—¡Y sacó! —dijo la marquesa saliendo de su perfumado escondite—. Misita, yo le pago el sustituto a tu novio; ofrezco proporcionarle trabajo, y me brindo a ser madrina de tus alegres bodas.

Es más fácil figurarse que pintar el pasmo, el gozo, el arrobamiento que causaron la aparición y las palabras de la marquesa en aquella familia. Fueron la demostradas de la manera expresiva y ruidosa propia de los andaluces; sólo Misita, silenciosa e inmóvil, no expresaba su enajenamiento y gratitud sino con sus miradas, que acompañaron a su bienhechora hasta perderla de vista.

—Ya no llorará Misita —decía a su hermano Alonso la que calaba los dobladillos, así como los secretos del corazón—, pues se va a casar.

—¿Y qué es casarse, que a toda la gente alegra? —preguntó éste a su hermana.

—¡Simplón! Casarse es ir a la iglesia, y después comer y beber muchísimo.

—¡Ya! ¡ya! ¡Pues no se han de alegrar! ¡Viva Dios! ¡Viva Dios! —exclamó Alonsillo, tirando por alto sus dos cuartos.

—¿Estáis convencido? —preguntaba, al alejarse, la marquesa al conde.

—En parte —contestó éste—. Pase por la felicidad cumplida; pero ¿y la duradera?

—¿Pensáis acaso que la que hemos visto pueda no serlo?

—Pienso aún como antes: que todo es transitorio en este mundo; y más que nada la felicidad.

—Pues bien, incorregible pesimista, prorroguemos la decisión de nuestra apuesta hasta de aquí a un año. Pero si entonces aún subsiste esta felicidad, ¿os daréis, en fin, por vencido?

—Entonces me daré por vencido con tanto placer como tendréis vos en proclamaros vencedora.

Al año siguiente, los dos amigos, que parecían personificar en sí la ilusión y la experiencia, no habían olvidado su apuesta; porque cada vez que la marquesa veía a María con su contento y alegre semblante, volvía a atacar al conde, armada de bromas y sonrisas; pero éste no arriaba su negra bandera.

Llegado el término, se valieron del mismo medio que tan bien les sirvió el año anterior, para penetrar en el hogar doméstico de aquella feliz y honrada familia. Pero aquel día llegaron más tarde: ya el padre y su hijo mayor, que eran albañiles, salían para ir a su trabajo. Alonsillo, que no sólo conocía la a, sino a su vecina la b, salía para la escuela con un tremebundo trompo. La niña mayor llevaba de la mano a Aniquilla, que iba a la amiga tan sólo para aprender a estarse quieta, y que iba haciendo pucheros; y María salía a una diligencia, llevando a remolque colgado de sus enaguas a Pacorro, que, bien o mal, andaba ya. Santiago quedó solo con su mujer, que tenía en sus brazos un niño recién nacido.

—¡Míralo cómo se ríe! —dijo Misita a su marido, tocando con el dedo la barba del niño, armando esa algarabía con que las madres tienen el arte de hacer reír a los niños, como en sus sueños lo hacen los ángeles.

—¡No parece sino que tiene seis meses! —dijo el padre mirando al niño—. Quédate con Dios, Mercedes.

—¿Ya te vas?

—¿Y qué he de hacer?

—Volver pronto.

—El cuidado será mío.

—Pues adiós.

—Adiós.

Santiago, que era albañil también, cogió su sombrero volviendo la cara para mirar a su mujer y al niño, y se apresuró a reunirse a su suegro.

Mercedes se puso a acariciar a su hijo con demostraciones apasionadas.

—¡Dios te bendiga, hijo de mis entrañas —decía—, gloria de tu madre, ángel de Dios, lucero de la mañana! ¡No te cambio por el príncipe de Asturias, ni me cambio yo por la reina de España!

—¡Perdisteis la apuesta! —dijo alegremente la marquesa dando palmadas—. Mercedes, el señor apostó conmigo a que en el mundo no había felicidad cumplida ni duradera; me habéis hecho ganar mi apuesta, y os doy gracias.

—No tuvo el señor presente —respondió la feliz Mercedes, cuyo corazón rebosaba de contento y de gratitud— que hay familias tan afortunadas, que tienen en el mundo un ángel que se encarga de hacerlas felices.

—Verdad es que no lo tuve presente —contestó el conde—; y este olvido punible en quien conoce a tales ángeles, justo es que lo pague con la pérdida de mi apuesta. Pero, en honor de la verdad, convenid, marquesa, en que este es un caso excepcional, y en que sois vos el Destino de esta familia.

—No digáis eso, no digáis eso —exclamó la marquesa, poniendo su abanico de nácar sobre los labios de su anciano amigo—, que me asustáis: no soy sino un débil instrumento de que se sirve la Providencia para sus altos y adorables fines. ¿Qué pueden los débiles esfuerzos humanos contra el orden de cosas que rige por disposición superior al mundo?

Iban a salir, cuando se oyó un rumor que se acercaba y crecía, y fueron detenidos en la puerta por el gentío que en ella se aglomeraba; entraron dos hombres, llevando una escalera de mano, y sobre ella, rotos los huesos, la cabeza destrozada, el sangriento cadáver de Santiago.

El infeliz había caído de una altura de cien pies.

El sentido que esta relación contiene, las consecuencias que de ella dimanan, no las preguntéis; narramos, y no comentamos el hecho. Sólo diremos, con el presbítero Gerbert, que la vida es un misterio triste, cuyo secreto no alcanza a explicar sino la Fe, que nos enseña que

COSA CUMPLIDA...
¡SÓLO EN LA OTRA VIDA!

Diálogo segundo. El marinero

Pour moi, quand le destin m'offrirait a men echeix
le sceptre du génie ou le trône des rois,
la gloire, la beauté, les trésors, la sagesse,
el joindrait a ces dons, l'éternelle jeunesse;
j'en jure par la mort, dans un monde pareil,
non, je ne voudrais pas rajeunir d'un solcil
je ne veux pas d'un monde où tout change, où tout passe,
où jusqu'au souvenir, tout s'usse et tout s'efface!
où tout est fugitif, périssable, incertain,
où le jour du bonheur n'a pas de lendemain!

(Aun cuando el destino me brindase el cetro del genio o el trono real, la gloria, la hermosura, el saber, la riqueza, y a estos dones uniese la eterna juventud, júrolo por la muerte, en vida semejante no quisiera rejuvenecer un solo día! No apetezco un mundo en que todo cambia, en que todo pasa, en que todo se borra, todo se gasta... hasta el recuerdo!... en que todo es fugitivo, perecedero e incierto; en que el día feliz es víspera del desgraciado!)

— Lamartine.
 

—No estáis alegre como otras noches —dijo el conde de Viana a la marquesa de Alora al hallarla sentada tristemente a su chimenea, apoyada la mejilla en la mano.

—Cierto es —respondió la marquesa— que esta noche se me podría ahogar con un cabello.

—Ya veo que en vuestro ánimo, siempre despejado como el cielo andaluz, hay nubes esta noche. Vamos a ver: ¿qué tiene usted? Cuénteme, usted lo que inclina esa frente siempre levantada, pues la vida no le ha puesto todavía una arruga, ni más peso que una corona de flores.

—Pues ahora están marchitas. Estoy mustia; habrame puesto así el día de hoy con su viento que gime y sus nubes que lloran. Así como en la naturaleza se interponen a veces las nubes entre la tierra y el firmamento, cubriendo a la primera de sombras, así se interponen también sentimientos e ideas, sombríos y angustiosos, entre el cielo y el alma.

—Otras veces he oído a usted celebrar un temporal como un bello espectáculo. Decíais que había vida y movimiento en una tempestad; que es ésta un beneficio para la naturaleza, como lo es para la organización humana un baño oriental con sus fuertes fricciones, porque al mismo tiempo que da frescura a la sangre, da elasticidad a los miembros y vigor a la circulación. Sacabais con placer citas de los Estudios de la naturaleza de Bernardino de Saint-Pierre, que tan bien demuestra el beneficio de los temporales.

—No lo niego; pero ¿quién es el necio que sostiene que todos los días pensará lo mismo, ni el hombre autómata que se jacta de sentir siempre de un mismo modo? ¿Nada influirá la experiencia en lo que piensa? Además, días hay en que las nubes no tienen formas, fisonomía ni movimiento, y en que se apinan como un enjambre compacto, que pasa sin que se note su marcha. Parecen las nubes entonces, no aves airosas y ligeras, ni velos diáfanos, ni vaporosas hijas del aire, ni trasparentes tejidos de agua y sol, sino una uniforme masa de plomo que amenaza desplomarse sobre nuestras cabezas. Habla Dumas de la imponente majestad de las cosas inmóviles y se olvidó de añadir que esa majestad es la de la muerte.

—¿Con que la misma causa que alegró ayer vuestro ánimo lo entristece hoy?

—Y aunque eso fuese... ¿qué remedio?

—Sujetar las impresiones; lo que es preciso, si no han de hacerse nuestros verdugos.

—¿Y de qué medio valerse?

—De la voluntad.

—¡Poca es su fuerza contra ellas!

—No tal: la voluntad es el todo. Es a un tiempo motor y timón; impulsa y rige.

—¡Con que a veces no basta a dirigir la acción... y piensa usted que alcance a guiar el pensamiento!

—Es un dique.

—Un dique sujeta las corrientes, pero no las impide afluir.

—Es un freno.

—Se enfrena una fiera, pero no se enfrena una nube.

—No es exacta esta comparación, amiga.

—Todas las comparaciones pueden ser atacadas y controvertidas.

—No, cuando son exactas. Una hay que hago con frecuencia, que nadie ataca ni contradice.

—¿Y cuál es esa comparación privilegiada?

—La que suelo hacer de usted con un ángel.

—Gracias, mi querido y buen amigo. Estoy lejos de rechazar los cumplidos, no por merecerlos, sino porque, a fuer de mujer, los creo un incienso suave, elegante y fino para perfumar la culta esfera en que ella preside. El áspero, amargo y hostil espíritu de la época los va desterrando del trato y condenándolos al ridículo, porque no existen ya la benevolencia, el agrado, la cordialidad que los inspiraban, ni la galantería y urbanidad que los hacían brotar de los labios. Llámense hoy día lisonjas: claro es que lo son, porque ninguno es ya sincero! Ahora son sólo ecos fríos y débiles de lo que en otros tiempos eran voces del corazón!

—¡Por supuesto, por supuesto! —exclamó el conde—. Y eso que es usted demasiado joven para graduar, como yo lo hago, el cambio que la invasión de las malditas ideas políticas y los trastornos que de ellas dimanan han introducido en el trato, que es a tal punto, que los jóvenes del día creen, con un candor y una buena fe admirables, la reverencia inseparable atributo de las pelucas empolvadas; así como a la galantería caballeresca, un accesorio de las capas y espadas. El giro que esto ha dado a la sociedad es ya un hecho consumado (frase moderna); rige y reina, a punto de que muchos, aún pensando como yo, obran bajo su influencia.

—Severo está usted, conde.

—No, no soy sino justo. Se ven, sí, gentes obsequiosas; pero gentes atentas no se hallan ya. Los obsequios son las resplandecientes llamaradas de un fuego de sarmientos; la atención es la grave y perenne luz de la lámpara que arde en perpetua señal de culto y de respeto. El respeto, que es el primer deber que tenemos los unos hacia los otros, tiene por atributo esa sostenida atención, casi desconocida hoy; atención que es obligatoria, muy particularmente en el superior hacia el inferior. Si éste falta a la debida atención en sus relaciones con una persona que le sea superior en edad, saber, posición o categoría, pasará por grosero y mal educado a los ojos de las personas sensatas. Pero si, por el contrario, el superior falta al inferior, pasará por desdeñoso, y esto es peor; porque el desdén es un vicio del corazón. Una desatención en un inferior a un superior, o feude; una desatención en un superior a un inferior, hiere.

—Abundo en vuestras ideas, conde —repuso la marquesa, que son tradicionales en mi familia; y pienso que para hacer a la sociedad culta, digna y amena, debería cada cual tratar al superior con deferencia, al inferior con deferencia y cariño, con franqueza sólo a sus amigos, con familiaridad a nadie.

—Dejadme añadir —dijo el conde— que a las damas se las debería tratar con tan respetuosa galantería, con obsequiosidad tan sostenida y sumisa, con culto tan apasionado, como es natural que nos lo infunda la reunión de los sentimientos debidos al ser benéfico que es en la infancia nuestra madre, en la juventud nuestro ídolo, en la edad madura nuestro cirineo, en la vejez nuestro ángel custodio; ser que mira nuestras más graves faltas como culpas geniales, y que consagra toda su existencia a tres profundos amores de que somos nosotros el objeto. Pero ¡cuánto nos hemos apartado del punto de partida de nuestra conversación! Yo quiero saber lo que preocupa a usted; algo es, pues no se escapa ningún sentimiento de vuestro trasparente corazón a los ojos de padre con que observo a usted aún más que la miro, aunque ambas cosas son igualmente gratas, porque es tan bella vuestra alma, como lo es vuestro rostro. No mire usted tan abstraída y con tanta fijeza la llama; su móvil brillo acorta la vista.

—Cuando la tenga gastada me serviré de gafas —contestó la marquesa—. ¡Así tuviesen todas las cosas remedio, como lo tiene la debilidad de ese órgano!

—Voy cogiendo el hilo de lo que saber deseo. Algo triste, que no tiene remedio, agobia y desalienta a usted. Si lo tuviese, ya lo estaría usted buscando, o coordinando los medios de alcanzarlo; no estaría usted decaída, sino excitada.

—Ha acertado usted, conde. Ese terrible ¡no hay remedio! que he oído hoy de boca de un facultativo, es lo que me oprime el corazón como una losa sepulcral. Mercedes está loca, y para su locura no hay remedio!. Y esto es lo que me desconsuela. Lo más triste para mí, sea cual fuere lo que lo origina, sea escrúpulo, delicadeza o agüero, es que un sentimiento de amarga reconvención susurra en mi conciencia, como si me echase en cara el haber destruido la felicidad de esa buena familia, queriéndola ostentar. Como en la fábula de Psiquis, una gota de la indiscreta tea que alumbró la oscuridad en que se complacía el dios, desvaneció el encanto.

—El agüero, así como la comparación, son paganos —observó el conde—. Dios nada hace oculto: la verdad y la claridad son del cielo; la mentira y las tinieblas son torrenas. El gozarse y contribuir a la felicidad de otros, que es lo, que hizo usted, es cosa tan bella, que ha sido, el móvil que ha tenido Dios para criar al hombre. No se aflija usted, pues —añadió el conde, al ver caer por las mejillas de su amiga lágrimas más bellas que, los brillantes, porque eran santas lágrimas de compasión—. Hoy me toca a mí ver las cosas en mejor luz que mi reina de la sonrisa. Vamos a ver: ¿acaso cree usted que padezcan mucho los locos? ¿No podrá ser que Dios envíe la locura a un insoportable infortunio como una gran distracción?

—¡Oh! No, no. ¡Raro es el loco que olvida la causa de su locura! ¡Lo que sí se pierde es el consuelo, que es obra del tiempo, y que él nos impone a pesar de nuestra voluntad, la que respeta al dolor y quisiera conservarlo íntegro como un holocausto! Y aquí tiene usted, amigo mío, otra nueva impotencia de la voluntad, que se estrella contra la inercia como contra la vehemencia del sentir. Pierde la locura el consuelo de la reflexión, que calma, y el de la simpatía ajena, que suaviza el dolor. ¡Ah! ¡La locura es una pesadilla de la que no se despierta!

—Eso podrá ser cuando la locura es triste.

—Casi todas lo son, pues casi todas son originadas por una desgracia.

—Pero que a veces dejaron de sentir aquellos a quienes aconteció; borróseles al perder la memoria, que es la potencia que archiva. Así es que veréis muchos locos alegres: uno se cree Preste Juan; otro, rey; éste, poeta; aquél, inventor; tal otro, hombre eminente sin contradicción ni desengaño.

—De estas últimas clases hay muchos ídem, ídem por el mundo que pasan por cuerdos —dijo con una media sonrisa la marquesa—. Pero la mayor parte son misántropos; sufren, y lloran, y se enfurecen. ¡Nunca olvidaré el día que me llevaron a ver la casa de locos! Raro entretenimiento por cierto, que más que esto puede llamarse profanación. ¡Qué escandaloso abuso el otorgar tales chocantes exhibiciones! ¡Hacer un espectáculo bufón de la mayor de las miserias humanas! Subleva el corazón el que sea objeto de mofa y de risa un ente nuestro hermano, en el que una voluntad superior apagó la luz de la inteligencia, para probar al filósofo que ensalza al hombre nuestra miseria, puesto que la falta de uno de sus dones lo rebaja más allá del bruto. Es esto perder todo respeto a la desgracia, todo el decoro debido a la humanidad. Las plumas y las galas haraposas de las locas me parecían más fúnebres que lo son las austeras mortajas. La locura es más triste que la muerte para la muerte de los que amamos hay la fe, que espera la bien aventuranza, y el sufragio, que la anticipa.

—Los sufragios son —dijo el conde— la gran prerrogativa de nuestra santa fe católica. Hay en el alma del hombre dos grandes necesidades. La una es la de adorar a un Dios: ésta la vemos demostrada en que los desgraciados que no conocen al Dios verdadero, generaciones perdidas por la apostasía de sus progenitores, se fabrican ídolos. La segunda necesidad es el rogar por las almas de los muertos, patentizada por los sufragios, preces o sacrificios hechos por los infelices en favor de toda persona de su cariño o de su veneración que muere. Ahora bien, sin creer en nuestro purgatorio católico, ¿a qué esos cultos, esas preces, esas oraciones al Eterno? ¿No es una anomalía, un contrasentido en los que afirman enfáticamente que sufre bastante el hombre en la tierra, y que la muerte es un descanso lo mismo para el bueno que para el malo, lo mismo para Nerón que para San Vicente de Paúl, para Mesalina que para Santa Cecilia? Hay protestantes religiosos que piensan que, seguir sus obras, unos serán condenados y otros salvados, sin creer en un estado transitorio. Pero entonces, ¿a qué esas preces? ¿A qué arrodillarse en los sepulcros? Si el condenado puede ser redimido, hay purgatorio de hecho. Si lo negáis, ¿qué significan esos aparatos? ¿Es acaso adoración, o culto personal a los huesos corrompidos ya? ¿Es ostentación de recuerdo? Ambas cosas serían tan poco graves, como poco religiosas. En los sufragios se pide a Dios la remisión del pecador que expiando está. Sin esto, toda demostración funeraria religiosa es un simulacro, puesto que sin favor no hay empeño; y este favor que se pide es la gracia del pecador. Ahora bien: sin castigo no hay perdón; sin condena no hay indulto, sin destierro no hay amnistía. Sé que choca a los hombres sin fe, de ideas mezquinas y deslabazados sentimientos, la palabra purgatorio, por dos razones. La primera es porque les parece una voz vulgar, y que está en la boca del pueblo y de los frailes de misa y olla. ¡Dios mío! ¿No lo están igualmente la de GLORIA, la de MISERICORDIA, la de Dios, y todas las que expresan cosas sagradas? ¿Queréis, señores, que, se haga un vocabulario de las cosas santas para el pueblo, y otro para vuestros remilgados labios? La otra razón es la grotesca forma que algunos sencillos pintores de brocha gorda dieron a sus retablos de ánimas. ¡Qué tal será la sensatez del entendimiento, qué tal la elevación del alma, qué tal la gravedad de la reflexión, y qué tal el peso del juicio de los hombres en cuya creencia pueda esto influir! ¡Grima me da hablar de esto, marquesa! Volvamos a su imprudente visita a la casa de locos.

—Lo que más impresión me causó —prosiguió la marquesa cuando el conde terminó su digresión— fue el ver en uno de los calabozos a un joven de tan tranquilo y triste continente, que no pude menos de preguntar a uno de los loqueros por qué tenía a aquel pobre joven tan severamente guardado y encadenado a su tarima; me contestó que cuando le acometía el frenesí, nadie podía sujetarlo; quería entonces arrojarse desatentado hacia un lugar que buscaba sin descanso, mientras clamaba con honda y lúgubre voz: «¡Rafael! ¡Rafael!» Este nombre era la única voz que exhalaba su ahogado pecho; voz con que parecía asombrarse a sí mismo. Y lo extraño es que Rafael era su propio nombre. Tenía esa palidez lívida aneja a su mal, que es tal, que haría pensar que el corazón no calienta ya la sangre que por él pasa; no ardían desencajados sus oscuros ojos, sino que parecían las negras brasas de un fuego que ha dejado de arder. Doloroso era el ver el estrago que había hecho el sufrimiento en aquella juvenil y bella naturaleza. Era de clase humilde, que es en la que más frecuentemente se halla y más se caracteriza el bello tipo español. No puedo expresar la compasión que me inspiraba aquella criatura en la flor de su edad; aquel joven tan triste y tan manso, encadenado como un facineroso, separado de la sociedad como un pestilente. Me llamaron, y me alejé con las personas que habían acompañado. Pero poco después hubo de darle al infeliz su parasismo, porque en la dirección de su calabozo llegó a mis oídos una voz plañidera que repetía a intervalos lúgubremente: «¡Rafael! ¡Rafael!» La impresión que me produjo esta imprudente visita a la casa de locos duró mucho tiempo, y me inspiró un profundo terror hacia ese terrible padecer moral, hacia ese tremendo estado en que el individuo parece muerto, y sobrevivirle la materia con girones de ideas, extravío de sensaciones, y con un solo remiendo permanente, como un fantasma en la noche. Rogaba a Dios acelerase el influjo del tiempo, para que, como en los árboles repone con hojas verdes y lozanas las que heló el cierzo o marchitó el estío, reemplazase en mi ánimo aquella impresión amarga como una hoja de ajenjo, con otra suave como una hoja de malva. Pero la voz ¡Rafael! sonaba siempre en mis oídos como preñada de un fatal misterio, como empapada en lágrimas, como la expresión de una terrible congoja.

—¿Y no ha averiguado usted la causa de la locura de ese hombre? —preguntó el conde.

—No; y me alegro. Ya que sin saberla me afectó esa locura tan tétrica, ¡cuál no hubiera sido el efecto que me habría causado si hubiese averiguado su causa!

—Hubiera sido menos —opinó el conde—, como es menos el de las cosas positivas que el de las indeterminadas; el de las palpables que el de las vagas; el de lo sabido que el de lo oculto, que es negro como la noche, y espanta por la misma causa. Lo efectivo para, pero lo misterioso echa a volar la fantasía, y ya sabe usted que su vuelo, sobre todo en la esfera del horror, es inmensurable. Una casualidad hace que pueda referir a usted el suceso que fue el origen de la locura de ese mismo Rafael, que en adelante le aparecerá como un desgraciado digno de profunda lástima, pero no ya como un misterioso tipo de horror.

—Me va usted a dar un mal rato —exclamó la marquesa.

—Puede ser. Pero lo evitaré a usted, con algunas lágrimas de compasión que tan bien sientan a sus dulces ojos, los muchos estremecimientos de pavor que le causa el recuerdo de este infeliz. Háganse manuables los infortunios, para que paguemos en socorros o en lágrimas el obligatorio tributo a las desgracias ajenas, y no los envolvamos en los negros velos del misterio, en los que nos espantan, alejan y se hacen inaccesibles. Sabe usted que el año pasado estuve una temporada en San Lúcar de Barrameda para restablecer mi salud a beneficio de aquellas aguas tan dulces y tan delgadas. Frente de la casa en que me alojé, vivía una anciana, a quien mi patrona conocía y graduaba por la mujer más feliz del mundo, y en realidad lo era. Tenía dos hijos, o mejor diré dos amantes, pues jamás conocí modelos más cumplidos de amor de hijos. Ninguno quería casarse mientras viviese su madre, y cuando los embromaban con novias, respondían alegres que estaban casados, y con la misma mujer, sin tener celos. Eran pescadores, y cuanto ganaban se lo daban a su madre, asegurándole siempre que se les hacía el trabajo muy dulce, con el fin de que a ella nada le faltase en su ancianidad. Puede usted, graduar la intensidad del cariño de esta buena mujer a sus hijos, si unís en el corazón de una mujer el más entrañable amor de madre, a la más tierna gratitud.

—¡Cuánto padecería la pobre cuando se embarcaban sus hijos! —observó la marquesa, a quien Dios había dado en compensación de sus felicidades una exagerada aptitud a la compasión.

—Tenéis —repuso el conde sonriendo— el corazón en carne viva; perdonadme lo vulgar de la imagen en favor de su exactitud. He dicho a usted ya varias veces que suele sentir los males ajenos más de lo que los sienten los mismos interesados, y con eso se hace usted mal sin hacerles bien. La costumbre familiariza con todo, hasta con los peligros; así era que aquella madre no se apuraba por ver a sus hijos pasar casi toda su vida entre los vientos y las olas que les eran familiares.

—¡Conde, conde, he visto la mar! ¡Sí, he visto ese indomable atleta, ese enemigo encarnizado de la tierra, que la azota sin cesar, con los mismos bríos y la misma violencia al que la marca agita y el viento embravece; que rencorosa de lejanas luchas, trae a veces sus bramantes y espumosas olas contra las tranquilas playas, sin que la aplaquen ni el sonreír del cielo ni la suavidad de las auras, ni las flores de la tierra! ¡Sí, sí, amigo mío, he visto con terror aquel elemento inmenso, y a los pobres pescadores surcarlo sobre sus frágiles faluchos; pues frágil es cuanta embarcación construya el hombre, en comparación de ese móvil abismo, frágiles serían aún las islas, que son reinos, si flotantes anduviesen y no les hubiese dado el Criador de cielos y tierra un punto de apoyo que desafía las iras y el poder de esa fiera tan inflexible en su fuerza, tan constante en sus intentos, tan loca y descompuesta en sus caprichos, tan profunda e inexorable en sus furias! Pagarse debería a peso de oro cada pez que cubre la mesa del hombre, pues vale la exposición de la vida de esos intrépidos marineros, a quienes no atemorizan peligros, a quienes no desalientan trabajos, a quienes no rinden fatigas. ¿Y quiere usted que no compadezca a la madre de los que luchan con la mar?

—Tenga usted presente, marquesa, que en sus faluchos duermen como niños en sus cunas, y que en ellos cantan como pájaros en sus jaulas. En los pueblos, que son nidos de aquellos alciones, no acongojan los vendavales, ni se presentan vivos a los ánimos, como usted lo ve, los riesgos que puedan correr los que aman. Corren tantos... de tantos escapan, que se hace costumbre el saber que están expuestos, y la costumbre en el hombre es tal, que desaboza hasta la exuberante y agitada sensación del temor, como una constante corriente de agua allana el escabroso terreno por donde de continuo pasa. Suelen volver de la pesca las gentes de la mar a la caída de la tarde; van en seguida a sus casas, en las que descansan hasta la hora que la marca señala para volver a embarcarse y estar en alta mar al rayar el día, que es cuando echan la red. Así pues, unas veces a las doce, o la una, o las dos, siempre en las altas horas de la noche, despiertan a los dormidos pescadores; sucede esto, o bien tocando un gran caracol marino, o bien llamándolos a gran distancia por sus nombres.

—Recuerdo esto vivamente —dijo la marquesa—; el sonido de ese caracol es uno de los más tristes y lúgubres que he oído on mi vida: nada expresa mejor la alarma, ni despierta más clara la idea del desamparo. También tengo presentes aquellas llamadas, aquellos nombres lenta y fuertemente lanzados en la noche, cuya última sílaba sostenida hasta que espira el aliento en el pecho que los lanza, y que hace vibrar el viento en sus ondulaciones, es tanto más melancólica e infunde una impresión tanto más desasosegada y triste, cuanto que a ella se agrega la idea de que los llamados van a exponer sus vidas. ¡Qué de veces me despertó aquel triste y lejano grito, que se hermanaba tan bien con los gemidos del viento que lo traía! ¡Cómo crecía y se iba desvaneciendo aquella voz por el espacio!

—No puedo, ni quiero negar, amiga mía —prosiguió el conde—, que parte de lo que usted siente tan vivamente, lo he sentido yo también. Aunque los años, que son cada uno un calmante, me han traído al bienaventurado estado de madurez, que nos hace semejantes a una planta que ha secado el tiempo, concentrando su ternura y debilitando su perfume, alguna vez la imaginación, esa facultad creadora que nunca descansa —pues aún estando las demás facultades inertes cuando duerme el hombre, ella crea suelos, y al despertar aún reina absoluta— en este estado duerme-vela, cuando oía la voz que llamaba a Rafael, —que este nombre tenía el hijo mayor de mi vecina—, la activa imaginación me presentaba a esa voz, ya como un llamamiento, ya como una amonestación, ya como una amenaza. ¿Era aquella voz la de un hombre, la de la mar, o la de su destino? Pero los dos hermanos, jóvenes y animosos, no oían en ella sino la del deber, y poniéndose en pie de un salto, se calaban el gorro de marinero, acudían al falucho, y poniendo la proa a la mar, como el valiente que muestra la cara al enemigo, se lanzaban denodados a los azares, los unos cantando, los otros durmiendo.

Una noche salieron las parejas —que así se llama a las embarcaciones de la pesca, porque van apareadas de dos en dos— a pesar de estar ésta negra, triste y lóbrega; el cielo se había cubierto la faz y escondido sus estrellas; la mar henchía sus olas como un pecho que se alza bajo la emoción de una ira que busca desahogo: sólo el viento faltaba en aquel estado amenazador de la naturaleza, como suele faltar la palabra en un parasismo de furor.

Pero cuando estuvieron las parejas en alta, mar, saltó de repente con la violencia del huracán. El barco en que iban los dos hermanos había sido sorprendido por aquella terrible bocanada de viento; los marineros se apresuraron a echar mano a la maniobra que aquellas circunstancias exigían.

—Miguel, coge los rizos a esta vela, mientras yo arrío el foque —dijo Rafael a su hermano que se puso en seguida a ejecutar lo mandado, mientras Rafael, con los vigorosos, ágiles y seguros saltos, propios de los marineros, se dirigía hacia la proa del barco.

Una nueva y tremenda ráfaga de viento dobló en aquel instante el mastelero, tronchándole, uniéndose, al estrépito que causó su caída, el zumbido del huracán, el bramido que lanzan las olas al reventar, el silbido de las jarcias, el crujido de las maderas y los zapatazos de la vela que se desprendía de su amarra. Un momento de calma siguió a este desencadenamiento del temporal; uno de silencio a aquel terrible estruendo!...

—¡Rafael! —gritó una voz que salió de entre las olas.

—¡María Santísima! ¡Un hombre al agua! —fue el unánime, sordo y consternado grito de la tripulación.

—¡Rafael! —sonó la voz, más lejana y más angustiosa.

—¡Mi hermano es! —gritó Rafael—. ¡Socorro! ¡socorro! ¡Tirad cabos, que es buen nadador! ¡Patrón, allá la proa! ¡Por aquí, por aquí!

—¡Rafael! —volvió a sonar la voz entre los mugidos del viento, que volvía a arreciar.

—¡Virad, virad, patrón, que la voz suena a la izquierda! ¡Aquí los cabos!... ¡Echad tablas, echad los remos... por todos lados... al acaso, pues tan oscuro está que los dedos de la mano no se ven!

—¡Rafael!

—¡Patrón, a la derecha, que esa ola se lo lleva! ¡A él, a él, compañeros, que se ahoga, que se ahoga!

—¡Rafael! —sonó más lejos y más débil la plañidera voz.

—¡Atrás, patrón, atrás, que lo hemos adelantado, pues el viento nos lleva en sus alas! ¡Virad, compañeros! ¡Por todos los santos del cielo, virad!

Tres cuartos de hora duró esta aterradora escena, en la que la oscuridad, la violencia de la tempestad y el empuje irresistible de las olas hicieron imposible salvar al buen nadador, que todo este tiempo batalló contra la muerte. Durante tres cuartos de hora llegó clara y distinta al oído de Rafael la voz de su hermano, que de él imploraba su salvación. Tres cuartos de hora duró aquella tremenda lucha entre los elementos embravecidos y los esfuerzos de los hombres, a quienes hacía heroicos la caridad! Tres cuartos de hora agonizaron el un hermano entre el desamparo y el socorro, entre la muerte y la vida, y el otro... entre la esperanza y la desesperación!

Pasado este término, la voz había dejado de oírse; la mar tragaba su presa sin dejar de bramar, cual si pidiese otra; el viento gemía, como gime cuando viene del mar recogiendo los clamores de agonía de los náufragos. Rafael había caído como una masa inerte sobre las tablas de la cubierta; los demás, con aquel espontáneo e innato respeto que en el momento supremo de la muerte impele al alma en pos de aquella que se desprende de la vida, descubrían sus cabezas y rezaban el Credo.

Al día siguiente, aquella anciana, tan feliz la víspera, había perdido a uno de sus hijos ahogado, y tenía al otro loco en su casa.

—¿Con que ese infeliz es mi loco? —exclamó, profundamente conmovida la marquesa.

—Sí señora; ese es el que siempre oye la voz de su hermano, y quiere precipitarse en su auxilio.

—¿Y la madre? —tornó a preguntar con trémula voz la marquesa.

—¡Vive!

—¿Vive?... ¡Infeliz!... Dígame usted, conde, ¿podrá aliviarse su miserable existencia? ¿Podría yo hacer algo que a esto contribuyese?

—Nada, marquesa. Una sola cosa le era necesaria.

—¿Cuál, conde, cuál? Decid.

—No puede usted dársela, señora; pero Dios se la dio, que es el que dársela podía.

—¿Y cuál es?

—La resignación cristiana, señora; sólo a ella debe el no estar muerta como el uno de sus hijos o loca como el otro.

—¡Jesús! —exclamó la marquesa—. Esa mujer es una heroína... digo mal, es una santa. ¿Cómo ha merecido tan inaudito infortunio, mientras otros... Pero ¿cómo comprender las cosas de la tierra sin creer en las del cielo? ¿Cómo explicar el confuso enigma, el terrible logogrifo que se mueve a nuestros pies en el polvo, sin apartar la vista de la tierra y alzarla al cielo?

—En donde —añadió el conde— para el que sabe leer su lenguaje, han escrito la solución del enigma las estrellas en letras de luz, y es:

COSA CUMPLIDA...
SÓLO EN LA OTRA VIDA.

Diálogo tercero. El sochantre de lugar

Cuanto he dicho no es consejo: es empeño en hacerlo a usted volver a sus niños, a sus flores, a sus altares y a sus lágrimas puras.

(Carta escrita al autor.)
 

No es un idilio, no es una bucólica, no ostenta versos ni términos refinados; es una sencilla pintura en lisa prosa.

— El autor.
 

Era la hora que tan bien define la poética denominación de la caída de la tarde. Efectivamente, caía una de estas hermosas hijas del mes de Julio para no volverse a levantar. El crepúsculo empezaba a encender una a una las luces que forman el brillante alumbrado del cielo; los piadosos lagartos bajaban tímidamente por las paredes a besar la tierra; del sol no quedaba sino un recuerdo de color de rosa entre los celajes. Las flores, dueñas pródigas del tesoro de un día, lo echaban al viento en loca profusión, y desde la cumbre de un majestuoso laurel, perpetuamente verde como la gloria que simboliza, repetía el mochuelo su triste ¡ay! que no confía al alegre día.

En el ángulo de un ante-jardín enlosado a la moruna, alternativamente con rojos ladrillos y abigarrados azulejos, delante de un saltadero que desde el suelo se alzaba brillante, pero que al perder su ímpetu doblaba su débil cabeza, y recaía rendido y deshecho, colgaba una hamaca de blanco algodón, en la que estaba medio recostada la marquesa de Alora. Cubríala un ligero vestido de tafetán gris, cayendo como un ancho velo hasta el suelo, en el que apoyaba la marquesa la punta de su fino pie para mantener con un ligero impulso el suave balanceo de la hamaca.

—Parece usted una sílfide de nuestras floridas Antillas —le dijo el conde de Viana, que sentado cerca de un naranjo bebía lentamente un vaso de agua en que mojaba un panal de limón2.

—Para que sea exacto vuestro símil, me falta el cigarro —contestó riendo la marquesa.

—¿Quiere usted que se lo ofrezca?

—Sí —respondió la alegre señora—; sobre mi mesa de labor hallareis los que gasto.

El conde entró en la salita en donde recibía de diario la marquesa, y volvió con una barrita de alfeñique, que le presentó. La marquesa la tomó, y poniéndola entre las sartas de perlas, blancas como aquel confite, que adornaban su boca, dijo:

—Soy golosa; tengo todos los defectos de los niños.

—Y sus gracias y buenas cualidades también —repuso el conde.

—Y usted la mala de mimarme como a ellos.

—No lo niego —dijo el conde—. Sabe usted que mi máxima es que todos los niños deben ser mimados. Creo dañosísimas esas educaciones anticipadas que hacen de los niños caricaturas en su moral, como las levitas y los corsés lo hacen en lo físico. Cuando un niño me dice: «Beso a usted la mano, ¿cómo está usted?», me hace al oído el efecto de un loro, y a los ojos el de un enano. Mientras son niños, sólo una cosa hay que conservarles: la inocencia; sólo una que enseñarles: el rezar.

—¡Qué horror, conde! Proclamo a usted el más espantoso retrógrado. Esa es educación de convento.

—Nada de duro, nada de hostil para esas tiernas naturalezas —prosiguió el conde— que contrariándolas, sólo se consigue agriar. Nada que pueda prolongar en sus ánimos la irritación, que así sube al grado de cólera. Nada de poner en lucha abierta la voluntad de un niño con la de su superior; porque el niño no conoce aún su inferioridad, y sólo ve en los mayores el despotismo. No pretendo por esto que se les deba ceder, lo que es otro mal; pues de esta suerte se engríen en el mal principio de la imposible libertad individual, y se hacen voltuntariosos. Así, para imposibilitar sus caprichos, y para quebrarles la voluntad sin acudir a la persuasión ni valerse de la razón, que aún no tienen ni conocen, se debe únicamente acudir a la distracción, que es tan fácil de promover en las criaturas. Este es el medio que se debe adoptar para apartarlos de todo asomo de malas pasiones, lográndose así que su nociva impresión pase sin dejar huellas como una sombra. ¡Qué buenos resultados se notarían si se siguiese este sistema!

—Soy de la misma opinión —dijo la marquesa—. La ciencia del bien y del mal, cuanto más tarde se aprenda es mejor. Hágase a los niños dulce y fácil la buena senda, para que no la abandonen.

En este momento cayó al suelo una carta, de dos que tenía la marquesa en su falda. El conde la recogió, y dijo:

—Esta es una de las muchas misivas que recibe usted; pide limosna por todos sus poros.

—Se equivoca usted, conde —repuso la marquesa—; esta carta no pide nada. Aunque escrita por persona humilde, en papel basto, en tosca letra, es a pesar de eso una carta tan sentida, expresa tan bellos y tan altos pensamientos, que podría servir de modelo en circunstancias análogas a muchas escritas en papel de dorado canto, con fina letra, con sello de armas o divisa.

—¿Y de dónde viene dirigida esa carta-modelo? ¿Qué madame de Sevigné la ha escrito? preguntó el conde.

—No la ha escrito ninguna marquesa encumbrada, ni viene fechada de ninguna corte; la ha escrito una pobre mujer de un sochantre, y viene del oscuro lugar de Valdepaz.

—Si esa epístola es de aquella Arcadia, ya no extraño que la lleno a usted de entusiasmo; pues ya sé de atrás que ha hecho usted de aquel villorrio tan feo su edén. ¡Hacer su edén de aquel rincón!

—Lo feo y lo hermoso, amigo mío, son cosas convencionales. Los rincones feos están para mí en nuestras pestíferas ciudades; pero en el campo de Dios no hallo rincón feo, ninguno que no alegre la hermosa y resplandeciente bóveda que lo cobija, que no engalanen las plantas que lo cubren, que no animen miles de animales y de insectos, todos llenos de vida, todos curiosos a la observación. Así, esta carta, si bien no es, de una Arcadia, ni de un edén, es de un alegre, tranquilo y pacífico lugar.

—¿Me permite usted que la lea?

—Prefiero que no lo exija usted.

—¿Y por qué?

—Porque mirada como misiva de Arcadia, no llenaría a usted, puesto que no es un idilio, no es una bucólica, no ostenta versos ni términos refinados; es una humilde y cristiana carta en prosa vulgar.

—Pues ya se ve que así lo entiendo, marquesa; cuanto decía era en tono de chanza.

—¡Ah, conde! —exclamó la marquesa—. ¡No sabéis bien cuál es la impresión que dejan en el ánimo expansivo la sonrisa sarcástica, la expresión de ironía, que cae sobre un desahogo de nuestro corazón como una escarcha sobre una flor! El sarcasmo y la ironía son armas cuyo uso es tan fácil, que no parece sino que mientras más basta y torpe, es la mano, mejor las maneja. Ellos son los que quitan todo su encanto a las cosas más elevadas y más delicadas, pasando sobre ellas como un viento pernicioso y helado sobre los renuevos de las hojas a las cuales matan en su germen. ¿Sabéis que he visto jóvenes de corazón ardiente, de imaginación florida, con un alma en que brillaban la fe, la esperanza y la caridad, trocados por ellos en unos ridículos escépticos, sin fe ni ley, repeliendo de sí, como el humo de un cigarro, cuanto sagrado, ascético y delicado existe?... ¡Pobres hojas que murieron en su germen! ¡Pobres flores que ajó la escarcha! ¡Pobre juventud raquítica que muere sin desarrollarse!

—Y esa trasformación, ¿creéis de buena fe que la puedan motivar unas rutineras chanzas?

—Sí, conde, sí; porque un joven se hace así cuando pierde las ilusiones de la vida: no las ilusiones como se entienden hoy día, que es cifrándolas en empleos, en dinero y en figurar en la escena del mundo; sino las ilusiones tales como son, esto es, las que forman el prestigio con que la juventud mira la vida, los hombres y las cosas; y este prestigio lo destruyen el sarcasmo y la ironía en las almas débiles que no se elevan inmutables por cima del alcance de sus tiros. No son, no, ni los vicios ni las maldades los que despojan de su virginidad a las ilusiones de la vida, que con ellos no se rozan; es la vulgaridad presumida, para la cual el sarcasmo y la ironía son el gran ariete con que destruye al sentimiento, débil adversario que no tiene armas con que defenderse, ni más fortaleza que el corazón en donde se repliega, si no muere en la lacha. Así es que el poeta de corazón tiene siempre que llorar el paraíso perdido.

—¡Y a mí me decís eso, marquesa! ¡A mí, que en usted amo sus ilusiones, como amo el perfume en la flor! ¡A mí, que admiro ese prisma, único en su género, con que todo lo miráis! ¡A mí, que lejos de vituperarlo, proclamo a usted, por ser bello y raro privilegio, poeta, poetísima!

—¿Y cómo me lo decís? ¿Es con el tono desdeñoso que se emplea cuando lo que origina ese epíteto se quiere condenar al ridículo, o en el que se adopta cuando esa palabra poeta, se aplica para calificar aquella facultad divina que tiene el hombre para elevar, ennoblecer, vivificar, alegrar, dulcificar, embellecer y realzar cuanto le rodea? ¿Es reconociendo en la poesía ese amor, esa simpatía universal que comunica, digámoslo así, las pulsaciones de nuestro propio corazón al orbe entero, y aún a lo inanimado, y que así todo lo sabe, todo lo adivina, como el gran Shakespeare, el más cumplido tipo del poeta?

—No miro yo así la poesía, amiga mía; para comprenderla como usted es menester ser poeta uno mismo. A la verdad, señora, la miro como un estado de la mente sobrexcitada, y así, creo que cuando la poesía se mezcla en la vida real, es una mala ama de llaves. No soy enemigo, por cierto, de las Musas, pero no me gusta que bajen del Parnaso. Lo novelesco es en la vida el veneno más sutil; y no será usted —usted, mujer tan sensata— quien pueda aprobarlo ni defenderlo. Diré más: una mujer como usted se debe así misma el condenarlo en la práctica, siendo un contrasentido que se haga patrocinadora de novelerías y romanesquerías una mujer a quien yo tacharía de ser fría y exageradamente austera en ciertas materias, si en ellas no fuese la austeridad, no la frialdad, sino el resplandor de la nieve.

—Ahí tiene usted, conde, un error muy general, y es el de confundir lo poético y lo romanesco, y condenar lo uno por lo otro. Veamos si puedo demostrar la diferencia que entre ambas cosas existe, según yo lo entiendo. Poética es la joven que con todas las virtudes de la juventud, la sencillez, la inocencia, la modestia, la laboriosidad, la obediencia, no piensa precozmente ni en amores ni en brillar: este no es un tipo romanesco. Pero sí lo es la joven emancipada, que se apasiona como una Fedra, a despecho de la voluntad paterna; intrépida amazona, que busca con ansia un teatro en que brillar, y que ostenta con aplomo sus torcidas y no maduras opiniones en punto al mundo que no conoce, y en punto a ideas que no ha digerido: esta joven, por cierto, no es poética. Poético es el joven que limita sus deseos, y lucha con tranquila perseverancia contra la mala suerte; que honra las canas, respeta lo que le es superior, enfrena su lengua, y se hace lugar con su mérito, sin encumbrarse más de lo que es propio, sirviéndole para ello de zancos la jactancia: este joven no es romanesco. Lo es, sí, el que desde luego entra en la vida con pretensiones exageradas de adelantos y ventura. Para él, desde luego, la gloria, la fortuna, el amor, la vida, todo se le debe. A la primera decepción, sin querer trabajar en la gran viña, por ser corto el salario, va a buscar —sin fe ni ley, sin respeto a sí mismo y a la humanidad— su sepultura, en que con atrevida mano estampa por epitafio suicidio: este joven no es poético, conde. La poesía toma la vida tal cual es, y la embellece; calma la desgracia con la razón, que es su amiga, y contiene los desbordamientos de la ventura con la delicadeza, que es su inseparable compañera. Lo romanesco tiene en cambio para los infortunios, desesperación, locura, muerte; para las venturas, enajenamientos, arrobamientos y ruido. Equivocase igualmente lo clásico y lo romántico, juzgando por los abusos de las cosas y no por su esencia; pero pueden aplicárseles estas mismas distinciones, y decirse que lo clásico es romaneseo, y lo romántico poético. Veo pintados en vuestros ojos la extrañeza y escándalo que han causado mis últimas palabras; oigo a usted ya enumerar una sarta de pecados mortales que achacan al romanticismo, y me apresuro a asegurarlo que por hoy no tendrá este pobre calumniado un adalid defensor en mí. Pero difiero esta controversia para otro día, porque siento que un hombre como usted, por no pararse a profundizar una cuestión, esté tan errado en sus opiniones sobre ciertas materias. Lo prueba el que quiere usted circunscribir las Musas al Parnaso y no darles cabida en su hogar. ¿Será usted, pues, de aquellos que sostienen que, siendo la poesía una cosa facticia, fantástica, un arte, en fin, debe tener su asiento en la cabeza que PIENSA Y CREA, engalana lo creado y lo coloca en las bibliotecas, y no de nosotros los que creemos que tiene su asiento en el corazón, que la SIENTE y la derrama en la vida, como un benéfico rocío del cielo?

—Participo un poco de ambas opiniones —respondió riendo el conde—; juzgo como los primeros, y no obstante, no puedo menos de sentir como vos, cuando oigo y observo en usted el resultado de sus opiniones, y confieso, siguiendo vuestra antítesis, que una mujer infiel a sus deberes no es poética por más que hagan por poetizarla; y que vos lo sois muchísimo. En lo demás, perdone usted, amiga mía, el prosaísmo a las canas, como perdonaría usted al que ha cegado que no vea la luz; pero crea usted, si fe le merezco, que tengo el mayor placer en oírla. Noto que rebosan en su corazón los sentimientos y recuerdos que ha evocado esa carta; iniciadme en ese mundo que veo bullir en vuestra mente.

—¡Pero, conde, si nada puedo referiros sino puerilidades; nada sino recuerdos de un villorrio de un sochantre de lugar, de un interior pacífico y humilde, de niños, de flores, en fin, nimiedades!

—Comuníquemelas, pues, aún dado el caso que lo fuesen. Aun suponiendo gratuitamente, como lo hacéis, que, no me interesasen, quedaríame todavía un placer, y es el que expresaba un francés, al que preguntaban qué encanto le retenía las horas muertas al lado de una mujer muy linda que sólo hablaba puerilidades, diciendo: «La miro hablar».

La marquesa permaneció callada.

—Vamos —prosiguió el conde— ¿por qué se repliega usted así? ¿Dónde está esa encantadora expansión que hace de vuestra mente una colmena de cristal, y me da armas para seguir nuestra pacífica guerra, en la que triunfo cuando peleamos en la densa atmósfera de la tierra, y triunfáis cuando nos elevamos a otra más alta? ¿No sabe usted que cuanto dice me interesa, y que simpatizo con usted en el fondo, como el débil reflejo con la luz? ¿Acaso no comprendéis que si alguna vez quiero retener su vuelo, es con el mismo fin que me llevarla a hacerlo con el ímpetu de este saltadero, no porque no lo admire, sino para que no caiga de demasiado alto? Vamos, léame usted esa carta que tanto la conmueve.

—No puede ser, no estáis en antecedentes, no la comprendería usted.

—Mejor; me los referirá usted, y así será más larga la sesión.

—Tenga usted presente, señor mío, que si lo que voy a referir estuviese impreso, sería muy fácil, para el que lo leyese y le pareciese cosa fútil y poco digna de ser leída, el tirar el papel; tanto más —añadió la marquesa, volviendo a sus labios su benévola sonrisa— cuanto que no me vería hablar; pero usted no está en ese caso, y aunque le canse, tendrá usted que oírme hasta el fin, porque como se proclama usted de la escuela antigua, no querréis interrumpir a una señora ni demostrarle fastidio.

—Sé —repuso el conde, afectando una ceremoniosa gravedad— las imprescindibles obligaciones que me impongo, y las admito con todas sus consecuencias.

—Hagamos —dijo la marquesa— un convenio que dicte la franqueza sin intervención de la galantería. Cuando mi locuacidad, excitada por recuerdos que me son caros, me arrastre en su larga y veloz carrera demasiado lejos, tomará usted esa campanilla azul que, al subir por el naranjo como por una cucaña, se ha detenido cansada al alcance de su mano, y la agitaréis como lo hace el presidente del Congreso con la suya de plata cuando ciertos oradores, traspasando los límites a que puede extenderse un discurso, los quieren lanzar en el grandioso espacio de lo interminable.

—Convenido, señora. Pero antes digame usted: ¿no existe en el Congreso una campanilla de oro, con la que el presidente puede significar al orador que tenga a bien prolongar su improvisación?

—No lo sé —contestó riendo la marquesa—; si la hay, lo cierto es que no se ha puesto en uso; pero si llego a engolfarme en mis recuerdos de Valdepaz, es bien cierto que no necesitará usted de la campanillita de oro. Era tan profundamente tranquilo aquel rincón, que, ¿lo creerá usted? hasta con la muerte se vivía allí familiarizado. Ahora bien: hacer aparecer a la muerte suave, sin que infunda horror ni tedio, ¿no es una altura a que pocas veces alcanzan el hombre religioso más metido en Dios, el filósofo más desengañado del mundo? La hacienda en que habitábamos sólo estaba separada del cementerio por un pequeño corralón en que pacían unas ovejas; pues creed que ningún horror me inspiraba la cercanía de aquel lugar de descanso de los campesinos. Cuando veía abrir una zanja por los parientes de una persona difunta (puesto que allí no hay enterradores asalariados), lejos de ver en ellos hombres lúgubres cavando una negra y pavorosa sepultura para un muerto, sólo me parecían hermanos de la Caridad preparando un lecho para un dormido. Allí hubiéramos podido saludarnos con el ¡Hermanos, de morir habemos! de los trapenses; porque esta frase no hubiera sido para nosotros la suprema expresión del desprendimiento de las cosas de la tierra, sino la confiada adhesión a las del cielo.

—¡Marquesa —observó el conde— la idea de la muerte es grave!

—¿Y quién dice que no, amigo mío? Pero ¿quién ha dispuesto que las ideas graves sean tétricas? ¿Quién el que sean contrarias a la suave alegría y paz del alma? Las almas santas buscan las cruces, y no las hallan. San Francisco Javier las deseaba más y más cada día, y Santa Teresa pedía padecer o morir, y ambos se hallaban colmados de gozo, El P. Kempis dice: «Si tuvieses buena conciencia, no temerías a la Muerte». No, conde. Dios no hubiese creado al sol? si no quisiera al hombre alegre; ni hubiese dado por premio a la virtud —la serenidad y contento del alma—. En aquel lugar apartado y quieto conocí al hombre mejor y más feliz del mundo, al sochantre de su iglesia, el cual va a ser el héroe de mi relación, si es que insiste usted en que prosiga.

—¡Más que nunca, señora, más que nunca! Un hombre bueno y feliz es una mosca blanca, con ítem más, ojos de brillante, que ansío tanto hallar, como ansiaba Colón descubrir las Américas.

—Usted mismo puede graduar si fue ambas cosas, después que me haya oído.

Había sido mi protagonista hijo de un criado de campo al servicio de una noble y pudiente familia, y como tal, generosa. Había Gilito, tal era su nombre, por gordo y alegre, caldo en gracia a sus amos, que se lo llevaron a Sevilla a estudiar. Por desgracia, aumentó Gilito en la abundante mesa de los señores considerablemente en carnes; pero en la Universidad aumentó poco en saber. La incapacidad de Gilito le hubiera cerrado todo camino de adelanto, a no haber encerrado su ancho pecho una voz que en Italia le hubiese hecho ser otro Lablache, y que en Sevilla lo hizo sochantre. Volvió, pues, triunfante a sus hogares, tan robusto de voz y de persona, que en ambas cosas, voz y persona, había estofa para cuatro sochantres. Tomó Gil, ya designado por D. Gil, posesión del coro de la iglesia del lugar con alta dignidad. Desde entonces debió notarse en su expresivo rostro la mezcla más graciosa de la bondadosa y sencilla alegría de un niño y de un buen alma, con la dignidad y prosopopeya de un padre grave y de un alto funcionario. Alternaban a veces ambas cosas en su semblante con tal rapidez, que se explayaba aún sobre sus labios su infantil y alegre risa, cuando ya sus ojitos negros desde su concavidad lanzaban una mirada grave, austera, y con ínfulas de imponente. Agregó a la dignidad de sochantre la de sacristán y santero de una capilla situada a espaldas de la iglesia, la que tenía contigua una casa-habitación para el encargado de su custodia. Casóse con una sobrina del cura, huérfana algo entrada en años, pero buena, delicada y amante, que cifró en su rotundo marido toda la ternura que durmiera por tantos años en su pecho, y la cual le trajo al matrimonio algunas fértiles suertes de tierra; de manera que decían las gentes del lugar: «¡Vaya si lo pasan, bien!» Resultó que D. Gil, entre bienestar y mimos, entre requiems y glorias, siguiéndose sus días unos a otros santos y uniformes como las cuentas de un rosario, claros y puros como gotas de agua, tranquilos como copos de nieve, alegres como lentejuelas, llegó en lo moral a ser el hombre más feliz, y en lo físico el hombre más gordo del mundo.

Cuando conocí a D. Gil, tendría sobre cincuenta años. Su gordura había llegado a su apogeo, y hubiese deslucido al más corpulento atún de la almadraba de Conil, si allá lo hubiesen hallado en sus redes; y la santera decía con íntima satisfacción: «¡Qué buenas carnes tiene mi Gil! Dios se las conserve.»

Vestía calzones cortos, chaqueta y chaleco, de hábito de San Antonio, y medias de estambre negras; un capote con mangas colgaba sobre sus espaldas, y un sombrero de tres picos coronaba su ancha cabeza. No gastaba corbata, por la sencilla razón de que carecía de pescuezo; tenía el cabello rapado, y sólo le colgaban unas largas mechas de cabello en la nuca, o por mejor decir, no colgaban, por la antedicha falta de pescuezo, sino que se extendían por sus enormes hombros en forma de golilla. Cuando iba al campo a ver sus sembrados, o a cazar, pues era un terrible Nembrot, dejaba el capote y tomaba una manta, trocaba las reverendas medias negras por zapatos de vaca y polainas, el encumbrado sombrero de tres picos por uno calañes de enorme ala, y así ataviado salía mi D. Gil, semejante a lo lejos a un pequeño monte Vesubio apagado.

Nuestra primera entrevista, de alegre memoria, merece ser referida, no sólo porque fijó ciertamente una escena de un cómico genuino que no podría inventarse, sino porque sus lances son pinceladas que harán más parecido el original que voy pintando. Habiendo nosotros al pueblo con intención de pasar una temporada larga, y siendo parientes de la familia que le había protegido, D. Gil, que, como todos los españoles, tenía ideas innatas de cortesanía, se creyó obligado por todas razones a venir a ponerse a nuestra obediencia.

Es de advertir que en los pueblos del tenor de Valdepaz no se hallan más espejos que alguno que otro tan pequeño, que si alguna vez sus dueños tienen la curiosidad de mirarse en ellos, van viendo sucesiva y separadamente cada una de sus facciones. Abrió el criado, que era gallego, la sala, diciendo a D. Gil que pasase adelante; lo que éste hizo, preguntando al pasar al criado, a quien ya conocía: «Farruco, ¿en tu tierra canta el cuco?», y acompañando este agudo chiste con una de sus alegres risas. En seguida, por una de esas súbitas trasformaciones, dijo con grave semblante y campanuda voz: ¡Alabado sea Dios! No hallando quien completara esta vulgar, pero hermosa congratulación, con el usado y pio ¡Para siempre!, lo dijo él, y se acercó al espejo, en el que se puso a mirarse. Cuando entré en la sala, aún me hallé a mi visitante inmóvil y absorto en su contemplación, sin que mi llegada le sacase de su arrobamiento. Gran rato aún nos estuvimos ambos contemplando el mismo objeto, esto es, él a sí propio, yo a él.

—Señora —dijo al fin con voz consternada, sin pensar en saludarme y sin desviar la vista de su dirección—, ¿este espejo aumenta?

—No señor —contesté, sin comprender la causa que originaba tal pregunta.

—Señora —tornó a preguntar— ¿este espejo ensancha?

—No señor.

Entonces, con un acento desconsolado y sin dejar de contemplarse, se puso a exclamar a gritos:

—¡Ay qué gordo! ¡ay qué negro! ¡ay qué feo! ¡ay qué barrigón que soy! ¡Jesucristo! ¡Cristianos! ¡Qué espantajo para lobos!

Traté de atenuar el mal efecto que le había causado a aquella viva antítesis de Narciso su propia vista —pero no me escuchaba: había caído cabizbajo sobre una silla, y seguía su triste elegía.

—Señora, yo no sabía que era tal figurón. ¡María Santísima! Ya no me espanto de que el tío Lucas el arriero no me quiera alquilar sus burros cuando se me ofrece ir a cazar a la marismilla.

Esto diciendo, se levantó para volverse a mirar; pero esta vez, sobreponiéndose su natural jocoso, conforme volvió a verse, empezó a reírse tan de corazón y con tan sinceras carcajadas, que no tardé en hacerle coro.

—¡Toma! —decía—. Y a mí, ¿qué se me da? ¿Tendría yo acaso alguna renta por ser bonito? ¿No me está siempre diciendo mi Curra: Dame gordura, y daréte hermosura? ¡Y que jamás se dice qué hermoso y qué flaco, sino qué hermoso y qué gordo que está! ¡Ahora me iría yo a apurar por eso!. ¡Pues ya! ¡Bendito sea Noé, que se quitó los calzones y echó a correr!3

El discurso que probablemente había preparado para aquella ocasión se quedó en el tintero, o más exactamente dicho, en el espejo: lo sólo que de él pudo reasumir fue que tenía un amor entrañable a los usías, que los usías le habían dado su carrera, que los usías daban allá el pan a los trabajadores, que por un usía era capaz de dar el corazón, y que cuando había un usía en el lugar se alegraban hasta los pájaros.

Después de esta primera entrevista, que no pienso fuese grave ni ceremoniosa, y establecida desde luego cierta confianza muy expansiva por parte mía, me suplicó con tan vivos deseos que tocase el plano, que allí vio, sin comprender lo que era, que me apresuró a satisfacer su deseo. Bien veía que era aquel instrumento análogo al órgano; pero un órgano sin fuelle lo parecía a D. Gil un sochantre sin voz. ¡Cuánto no gozó y se rió de júbilo al oírme!... Creo que si hubiese sabido valsar, se hubiese puesto a hacerlo con una silla, como lo hacen las niñas que ya no van a la amiga. Pero pasando repentinamente como por magia a una heroica severidad y a una gravedad austera, díjome:

—Señora, esto es hermoso, no hay que decir; pero donde está...

Y abriendo su boca como la de un cañon, entonó el Credo con un torrente de voz que hizo retemblar las vidrieras.

Al oír aquella explosión vocal, las gallinas que picoteaban tranquilamente debajo de la ventana saltaron atrás piando, los pavos hicieron la rueda con su glu glu, el gato desapareció como una exhalación, el perro, que gozaba de un apacible sueño, se puso en pie murmurando un indistinto ladrido y empinando las orejas, y los chiquillos del capataz, que a la sazón jugaban en el patio, vinieron de puntillas y se asomaron, formando grupo, a la puerta de la sala, preguntándose unos a otros: «¿Hay función?» Era aquella muestra de canto-llano arrancada a D. Gil por la pasión que a él tenía, pasión que no sentía sino como la siente el artista por su arte, el sabio por su ciencia; esto es, con solemnidad, con veneración y con respeto. Más adelante quise persuadirle, puesto que su voz era realmente magnífica, a que se dejase enseñar por mí algunas de las buenas arias de bajo.

—¿De veras, marquesa? —exclamó riendo el conde—. ¿Y hubiese usted enseñado a un sochantre de lugar la música de Rossini, de Weber o de Verdi?

—¿Y por qué no, señor mío? ¿Necesita la voz de pergaminos? ¿Hay privilegios para las gargantas, o los hay para ciertas músicas de alto coturno? Lo que sí había es que D. Gil no quería degradar su grave garganta cantándolas. Cuando se lo proponía, me echaba una mirada en que luchaban la indignación y el respeto, pero con la que me daba a entender que le proponía una profanación. Y efectivamente, nunca había profanado aquella pura y privilegiada garganta el más mínimo tra-la-la.

Don Gil, tan alegre, tan jovial en la vida privada, era otro hombre en la iglesia; no sólo se revestía allí de sotana y sobrepelliz, sino de una dignidad magistral. Andaba derecho y la pelada cabeza erguida; su barriga aparecía entonces en toda su majestad prominente; su sotana respingaba muy sobre sí por delante, mientras a la espalda barría humildemente el suelo; su semblante en tales circunstancias aparecía impasible; no levantaba los ojos sino para echar una mirada iracunda a algún monacillo descuidado. Nada le sacaba de su paso grave y compasado, a no ser algún irreverente ladrón en un cirio: al aparecer este sacrílego, D. Gil perdía toda su compostura y su moderación, entrando al punto en un furor que sólo era comparable al de Orlando. Cogía la caña del apagador con los bríos con que Hércules empuñara su maza, y exterminaba al descarado delincuente, como aquél al león de Nemea.

Don Gil, sin más ambición que la muy inocente de ser llamado cantor en lugar de sochantre, sin más pasión que su canto-llano, sin más diversión que su cacería y sus sembrados, sin más ideal que los usías; jovial, caritativo, servicial, y por lo tanto, bien querido de todo el mundo, era, como ya he dicho, el hombre más feliz de la tierra. No se cuidaba de política ni de cosa alguna, fuera de su iglesia y de su casa. Para él era el mundo un caos que no definía: sólo sabía que existían el inglés, el francés y las Indias. Ignoraba que en otras atmósferas menos serenas y puras que la suya tremolase el tremendo estandarte de la rebelión, que trabaja por arrancar al pobre su alegre conformidad, su bendita falta de ambición, su santo amor al trabajo y a la paz, y su religión, que todas estas virtudes infunde, mantiene y bendice. Así es que era su vida un tejido de inocentes goces. La comida que era buena, ¡qué bien le sabía! El vino que era malo, lo mismo. ¡Qué descanso tan completo en su lecho! ¡Qué actividad tan grata de día! ¡Amar a Dios y servirle, amar al prójimo y ayudarle, y viva la Virgen! Esta era su divisa.

¡Oh, querido, feliz y excelente D. Gil, de grotesca, pero suave y risueña memoria! ¡Tú, que has sido un cero en la figura y en la significación en este mundo, por el cual has rodado desapercibido!... Vale más tu chaqueta y hábito de San Antonio, que las túnicas de los Siete Sabios de Grecia; más tu capote de otras edades, que el manto de par de lord Byron, y más tu sombrero calañes, que las coronas de laurel del Tasso.

¡Triste filosofía, que te quemas las pestañas sobre tus libros, y te derrites los sesos en tus cavilaciones, buscando la piedra filosofal, esto es la verdad y la felicidad que no encuentras! ¿qué eres tú, en comparación de aquella tranquilidad de espíritu, de aquella serenidad del alma, que nada busca y todo lo halla? ¿Qué son vuestras estériles disertaciones, vuestros sistemas sin base, que se agitan en un círculo vicioso, oscuro y seco, en comparación de aquella plácida luz, de aquel manantial de aguas puras y cristalinas que brotan en el alma sencilla, que aprendió a vivir y a morir en el Catecismo?

—Marquesa —dijo el conde con profunda simpatía—, antes ha esparcido usted flores que he deshojado sin piedad; mas ahora vertéis perlas que recojo con aprecio y afán. No hay edades entre los buenos católicos para los sentimientos religiosos, en los que tenemos unos y otros firmeza de viejos para la fe, ardor de jóvenes para la caridad, y todos una misma esperanza. Proclame usted siempre, como lo hace, esas ideas que lo inculcaron sus padres: hace usted en ello más bien de lo que cree.

—¿Yo? ¡Por Dios! ¿Se burla usted, conde?

—No señora, no, porque no por eso quiero significar que sea usted un gran teólogo, ni la quiero comparar con un Bálmes, un Marqués de Valdegamas, un Vicario de Estepa4, antorchas de nuestra santa fe. Pero es porque une usted a la santidad de las doctrinas el atractivo y la simpatía que ejerce la hermosura unida al ingenio; y es, sobre, todo, porque los preceptos de moral y de religión tienen mucha fuerza en las bocas de aquellos que nunca faltaron a ellos; magnífica prerrogativa que no enaltece a la sola altura, a que no alcanza el altivo desprecio; púlpito de oro desde el cual baja la verdad serena y llena de convicción, sin el temor de que nuestras faltas sirvan de pretexto para no creerlas sinceras.

—¿Cómo quiero usted que crea puedan hacer mis palabras el santo efecto que dice, si tan débil soy en mis convicciones, que cuando considero ciertas cosas que no me explico, tiemblo, porque me parece ver algún claro en lo compacto de mi fe?

—Por eso, señora, guárdese bien de emplear en cosas de la fe la indagación y el análisis. Acuérdese de San Agustín, que queriendo hallar solución a cosa fuera del alcance del hombre, halló en una playa a un niño que intentaba con una conchita trasladar las aguas del mar a un hoyito que había abierto en la arena. «Niño, dijo el santo, ¿no ves que tu intento es imposible? —Más lo es el tuyo, contestó el niño». No desmaye usted ni desconfíe de su fe por no comprender; la fe está en la voluntad y no en la inteligencia.

—Es cierto, es cierto, conde; y esto es lo que constituye la pura y firme fe del carbonero; la fe es un deber que triunfa de los sentidos y alcances del hombre.

—Marquesa, después de esta digresión, que es muy grata para mí, volvamos a vuestro Don Gil, con el que deseo hacer más amplio conocimiento.

—La pequeña casa en que vivía con su excelente y amante mujer y una sobrinita huérfana que había prohijado —prosiguió la, marquesa— era digna de ser el albergue de aquellas apacibles existencias. Estaba situada, con la capilla, entre la iglesia y nuestra hacienda: a la espalda tenía el alegre cementerio... Sí, sí, alegre digo, aunque frunza usted el ceño. Nada más apacible podía darse que aquel lugar tan verde bajo aquel azul tan puro a la sombra de aquella respetada iglesia. Puede que si allá se hubiese enterrado a un ajusticiado o excomulgado, hubiera perdido su apacible fisonomía; pero no era ese el caso. Para llegar a la habitación del sochantre se atravesaba un gran corralón o patio verde y frondoso, que servía a la capilla y a la casa como de antesala. Crecían en su centro dos altos cipreses, a un lado dos anchos naranjos, y entre éstos y los primeros se hacía lugar un alegre paraíso, acariciando al naranjo con sus ramas, perfumando al ciprés con sus flores, como el niño que a un tiempo acariciase a su madre y sonriese a su padre. Al frente de la casa se arrellanaba, brindando sombra, una parra recostada en su emparrado sostenido por picatos, como se arrellana un sultán en su palanquín sostenido por etíopes. Entre las grietas de las viejas paredes, junto al lánguido reseda, tan molesto en la elección de su domicilio, se asomaba la tremenda boca de sapo, sin conseguir intimidar a su vecino el desgavilado jaramago, que sacaba su gaita amarilla por entre las ramas de un rosal de Pasión, cubierto de sus dulces y santas rosas, esas verónicas de las flores. A su lado una madreselva cubría como una verdadera madre los defectos y asperezas de la pared. Por entre sus ramas se veía a los lagartos dar sus paseos intermitentes. Hallábase en aquel patio mi Flora rústica en sus glorias; esto es, las plantas y flores que con preferencia eligen las casas de los pobres, porque allí se crían a sus anchas sin temor de la cruel podadera, embalsaman el aire, a su amor, sin temer que sea nociva la fragancia a los nervios de las delicadas ciudadanas (empezando por mí, conde, que no puedo oler una dama de noche sin sentirme indispuesta), y sin verse perseguidas y difamadas a causa de las malas influencias que les suponen. Así era que la adelfa levantaba allí en triunfo sus rosados ramilletes, protestando contra la inteligencia cordial que se le supone con la maligna erisipela. Veíase el delgado aromo cubriendo sus descarnados miembros con un vestido de crespón verde salpicado de lentejuelas de oro; la alhucema, que elige la santa forma de la espiga y el modesto color lila para su flor, que ha de constituir el inocente y sencillo sahumerio de los niños; el saúco abría sus anchos y compactos ramos como plazas de armas a las evoluciones de las mariposas. Las viuditas jóvenes, sin quitarse su serio vestido morado, se coronaban de una fresca guirnalda verde como la esperanza; los frailes boca abajo preguntaban a una grave y tiesa malva loca por qué razón los han clasificado de frailes, no habiendo en su vida predicado un sermón; a lo que la interrogada respondía que sería con la misma sin razón con que a ella, la más recogida y compuesta entre las flores, que ni se mecía provocativamente en su tallo para llamar la atención de las mariposas, ni se perfumaba coquetamente para atraer a las abejas, la habían calificado de loca. Los inofensivos alfileres, ese mosaico de diminutas florecitas, añadían, en comprobación de estos que igualmente calumniosa era su denominación, pues jamás habían pinchado a nadie; las lindas y filas arañas exclamaban llorando que era un contra-flora designarlas con el nombre de un inmundo y horroroso insecto. Encendido de cólera el moco de pavo que esto oía, les aconsejaba que no llorasen más, porque se pondrían aún más flacas, y que antes bien se revistiesen, como él lo hacía, de unas buenas púas para pinchar las narices de los guasones que se les acercasen. Allí se veían los miramelindos, que se asemejan al cristal, de tal manera que se figura el que los mira que su contacto debe ser melodioso; el mirasol o gigantillo, que no tiene más gracia que la de hacerse un desgavilado varal y mirar al sol con la boca abierta; sangre de franceses, apellido de inaveriguable origen, como casa sin pergaminos, que se queda casi solo para alegrar a Noviembre; la capa de rey, bien denominada por ser una magnífica exposición de púrpura, lapislázuli y oro que hacen las hojas como para ostentarse y probar que no siempre han de consentir en estar en segundo término y hacer de pajes de las flores. Allí estaban los nunca me dejes, jazmincitos que como niños mal criados, por espíritu de contradicción, se caen cada vez que se los nombra. Cerca de ellos florecían unidas en sus ramos, como monjas en su convento, esas florecitas que por blancas e inmaculadas han merecido el glorioso nombre de flor de Santa María; las arreboleras, tan sencillas y modestas, a pesar de poderse jactar de tres títulos como grandes de España, pues además del referido, tan poético que alude a sus bellos colores, tienen el sentimental de suspiros, porque caen y se vuelven a reproducir con la misma facilidad, y el de periquilos de noche, porque de noche abren su cáliz, pues hasta en las flores hay a quienes intimida el bullicio y encoge la luz. Por último, allí se ostentaban las adormideras, las que, a semejanza de muchos sabios y hombres de Estado hoy en día, se quedan tan pronto calvas, madurando en sus escuetas cabezas una infinidad de pequeñas y mezquinas ideas.

—Que todas exprimidas forman un soberbio narcótico —exclamó riendo el conde.

—¡Chitón, conde, chitón! —repuso la marquesa—. Que no quiero que mis flores den ocasión a la sátira. Prosigamos, pues veo que me he detenido en describir estos lugares, lo cual he hecho por un irresistible impulso, porque me gustan los árboles como a los pájaros, las flores como a las abejas, las parras como a las avispas, y las paredes viejas como a las salamanquesas. Consistía la casa del sochantre en una sala que tenía una alcoba a la derecha, y a la izquierda un cuarto con los avíos de amasar: estaban estos limpios y brillantes como el cristal, porque la señá Francisca era más que aseada, era pulcra. Frente de la puerta de entrada había otra que daba al corral, en el que se hallaba la cocina: servíale de quitasol una rústica higuera, que se desprendía de su tafetán en invierno para ponerse uno nuevo en la primavera. Paseaban por allí las gallinas, tan orondas, tan ufanas con sus diademas de coral. ¡Con qué instinto de buena educación llamaban cariñosamente a los polluelos chicos, desvalidos, amarillitos y redondos como grandes flores de aroma, y aplicaban un picotazo bien dado a los pollos zánganos y desgavilados, pollos en la denominada edad de la chinche, que aún golosos como chicos, ensayan ya su voz de tiple imitando la de tenor del gallo! ¡Era de ver lo mansas y satisfechas que estaban esas agradecidas comensales del hombre! Lo que prueba que hasta en los pobres animales el aprecio ajeno da esa confianza sin arrogancia tan necesaria en la vida, y aleja la angustiosa desconfianza que suele coartar nuestras facultades y amilanar nuestro espíritu.

—Eso será cierto, señora, aplicado a las almas sensitivas, a los genios modestos; pero...

—¡Conde, conde!... —interrumpió la marquesa—. Así como no quiero que mis hermosas flores sirvan de asunto a la sátira, no quiero que mis buenas gallinas den pábulo a la crítica.

—Vamos, señora; para complacerle dirá el conocido dicho francés «que todo es para bien, en este el mejor de los mundos»; hasta lo pensaré, por tal de que prosiga usted...

—Muchas veces, cuando entraba en aquel pacífico asilo —prosiguió la narradora—, me quedaba suspensa en el quicio de la puerta. Presentábase a mi vista aquella casa tan aseada; su dueña, que tan agasajadora me salía al encuentro; D. Gil, sentado a una pequeña mesa, tan arrimado cuanto se lo permitía su enorme abdomen; sobre la mesa un jarro; en su mano un vaso de vino, que levantaba en alto como para darme la bienvenida con su cara de pascua, su boca de risa; la vieja tía Tinea, su criada, fregando en el corral al sol el almirez, que brillaba como el oro; el gato durmiendo sobre una silla baja, tan seguro de no ser acosado, porque en aquella mansión de buenas almas, custodiada por las flores, no asomaba ninguna clase de hostilidad, no hallaba entrada, ninguno género de crueldad. Este cuadro de interior, tan alegre, tan pacífico, tan acabado en sus más mínimos detalles, tenía la graciosa naturalidad, la gráfica minuciosidad de un cuadro flamenco; mientras que volviendo la cara hacia el patio, en cuya resplandeciente y embalsamada atmósfera formaban los cipreses, los naranjos y las llores como un fondo en medio del cual se destacaba la capilla con su lámpara perennemente encendida ante la antigua y milagrosa imagen que orlaban los ex-votos de los fieles, como insignias de su misericordia, como recuerdo de sus mercedes, formaba este conjunto otro cuadro todo meridional, lleno de brillo, de poesía, de religiosidad y de espiritualismo.

—¿Y cree usted —preguntó el conde— que todos mirasen con los ojos que usted el casucho y corral del santero?

—Entre las gentes cultas... mal he dicho, entre las gentes de la sociedad, pocas; empezando por mi excelente amigo, que teme degradar su buen sentido y su grave razón concediendo que sea exacta mi descripción, y que no veo visiones como el caballero de la Mancha; mi amigo, que me insta a hablar, me escucha por simpatía, y me hace burla por la negra honrilla de severo antagonista del romanticismo. Pero entre las gentes del pueblo, muchos hay, sí, muchos, que con éstos simpatizan, y no sólo en cuanto al espíritu religioso, sino también en cuanto a las bellezas de la naturaleza, que sienten y mezclan en sus sentimientos amorosos, como podría hacerlo el poeta de la más alta esfera. En confirmación de lo dicho, oiga usted algunas coplas compuestas por aquellas gentes rústicas: ellas probarán a usted, además, que la poesía es tan independiente de reglas, como la belleza lo es de la compostura. Entre infinitas que allí mismo recogí, escogeré aquellas que se refieren a los objetos de la naturaleza de que he hecho mención.


Los cipreses de tu huerta
están vestidos de luto,
y es porque no tienen flores
que ofrecerte por tributo.

El naranjo de tu patio,
cuando te acercas a él,
se desprende de sus flores
y te las echa a los pies.

Tus colchones son azahares
y tus sábanas mosquetas,
tus almohadas jazmines,
y tú rosa que te acuestas.
 

Sea usted franco, conde —prosiguió la marquesa— ¿pueden hallarse imágenes más suaves, más poéticas, que las contenidas en esta última copla?

—Y tanto —respondió el conde—, que miro como una usurpación que se compusiesen para alguna moza de cántaro, y no para la marquesa de Alora. Pero vengamos a nuestro sochantre, que me interesa. ¿Tenía hijos?

—No; pero no lo sentía D. Gil, que tenía puesto todo su cariño, cariño apasionado y tierno, en la sobrinita huérfana de que dejó hecha mención, un ángel de cinco años, una bolita morena con ojos negros, y unos dientecitos que parecían nieve vista al sol. Pero su mujer lo había sentido mucho al principio de su matrimonio, porque pensaba que un hijo hubiera impedido ciertos pecadillos de infidelidad, que a la verdad, mirados como tales, eran veniales, pero mortales como golpes a su amante corazón. Fue el caso que un día sorprendió entre su marido y una muchacha que les servía, descalza de pies y piernas, y boba en grado superlativo, el siguiente ilícito coloquio:

—Petrolila, ¡qué mala eres tú!

A lo que la otra, con admirable oportunidad y selecto chiste, respondió:

—¡No que usté!...

Y ambos se echaron a reír de su mutuo gracejo a cual más y mejor.

Desde aquel día, con refinada prudencia y exquisita prevención, despidió la santera a la muchacha, saliendo esta Agar de casa del patriarca, llevando felizmente en los brazos, no un Ismael, sino una hogaza de pan, con la que dulcificó la encelada esposa aquel acto de policía matrimonial.

En seguida tomó la previsora santera, mal que le pesase a D. Gil, a una horrorosa vieja para que los sirviese. Así disfrazado, y con el seudónimo de tía Tinea, entró el ángel de paz en aquella casa, de la que no volvió a salir.

Uno de los muchos goces de D. Gil era fumar en una ridícula y viejísima pipa que tenía. Habiendo en una ocasión venido a Sevilla, le envió una más decente, con cuyo motivo me escribió esta carta, que es una de las que han llamado su atención de usted, y que conservo como un precioso modelo, un specimen, como dicen los ingleses, en este género.

Vea usted esta letra, grande y redonda como su dueño, estos floreos torpes como la mano que los trazó, y esta rúbrica en que echó el resto, y que a su parecer le colocaba en la categoría de pendolista de primer orden, y por cima de todo esto y al través de la ridícula retumbancia del lenguaje, note usted ese sello de sencilla bondad, esa mezcla de prosopopeya y alegre moralidad que la caracteriza.»

La marquesa alargó la carta al conde, que leyó lo que sigue5:

«Con ocasión de las Pascuas (que deseamos logren usías felices) nos excusamos de hacer memoria a usía de las singulares obligaciones que le reconocemos, para que usando del derecho que tiene a nuestra voluntad, dé a nuestra obediencia repetidos preceptos de su agrado, en cuyo empleo se acredite.

Dios guarde a usía muchos años en compañía del marqués mi señor.

Su obediente criado, —GIL PEREZ.

P. D. He recibido la gran pipa de Argel; estoy contentísimo con ella, y le repito a usía las gracias infinitas. La tía Tinea cada vez más torpe.»

—Bien hace usted —dijo el conde, devolviendo la carta a la marquesa— en conservar tan original autógrafo, pues cada día escasea lo original, lo peculiar que constituye un tipo, esto es, una cosa característica, individual, marcada con un sello peculiar. El recuerdo de la tía Tinea en tan retumbante epístola, vale su peso en oro.

—Es que ese individuo ocupa un puesto grande en la existencia de D. Gil. Era aquella mujer un descarnado conjunto de ángulos agudos, una percha de la que colgaban en infinitos pliegues unas enaguas de bayeta verde y un toquillón de bayeta color de castaña. Cuando atravesaba la sala para ir al corral, precedida de sus narices, que habían crecido demasiado de prisa, solía decir D. Gil:

—Ahí tiene usía a la tía Tinea, que parece un abanico cerrado.

—Y usted uno abierto —contestaba muy picada la tía Tinea.

Don Gil se echaba entonces a reír tan alegremente, como si hubiese pasado la cosa más graciosa del mundo.

—¡Válgame Dios, Gil! Empeñado estás en sacar a la cara los colores de la tía Tinea —decía la comedida santera.

—¡Los colores a la cara! —exclamaba D. Gil, aumentando su risa—. ¡A ese pergamino arrugado! Como no fuese con una brochada de azarcón...

—Calla, Gil, que se va a sentir, y la tía Tinea es una buena mujer.

—No digo que no, Francisca; bajo una mala capa hay un buen bebedor. Y esta Doña Feana, es una cocinera ¡que ya! Señora, guisa una ollita que se chupa uno los diez mandamientos; un potaje que dice comedme; la masa frita hecha de su mano da gloria; y en cuanto al ajo molinero, ni en la mesa del rey se presenta mejor hecho.

—Calla, hombre, que en la mesa del rey no se presenta ajo molinero, que es comida de pobres.

—¿Que no se pone? —exclamaba D. Gil.¡Pues peor para el rey!

Aún había más encantos para mí en aquella casa que estas ocurrencias de D. Gil, que tanto me divertían. La santera tenía puesta una amiga, y cada mañana se reunían debajo del emparrado una porción de niñas chicas. Usted sabe cuánto me gustan los niños, graciosos intermedios entre el hombre y el ángel, cuando de éste conservan aún la inocencia en los ojos, la verdad en los labios, la fe en el alma y la confianza en el corazón. ¡Cuánto me interesan, sobre todo en los del pueblo, sus cuentos, sus dichos, sus versitos apropiados a las circunstancias, que tienen una sencillez y un candor tan lleno de encanto, un sentido poético tan innato, unas nociones y sentimientos religiosos tan justas las primeras, tan tiernos los segundos y tan tempranamente inculcados!... Flores pequeñas nacidas en las praderas, sobre las que todo el mundo pasa sin detenerse a examinar su sencilla belleza ni a aspirar su suave perfume!

¿Por quién han sido compuestos estos primeros tartamudeos en el arte de la versificación? ¿Qué oído adivinó la cadencia del metro? ¿Quién les enseñó esas primeras nociones tan puras y graciosas de las cosas terrenas y divinas, que expresan esas producciones populares o infantiles? No pueden ser personas mayores, porque no hay entendimiento maduro que retroceda y se inculque la inocencia ignorante ni el candor inmaculado. Así pues, ¿no es más fácil suponer la precocidad de sentimiento y de imaginación, que haría a la ignorante niñez acertar por intuición algunas nociones de las cosas que aún no están a su alcance? Decida esto un filólogo amante de los niños, de la poesía y de las cosas sencillas; a mí me basta admirar y enternecerme. ¡Ay! Los niños y las flores, estrellas de la tierra que alegran y engalanan... ¡quién los hiciese diputados, legisladores, ministros, para que rigiesen el mundo a su antojo!!!

—¡Qué de fuentes y de confiterías habría en él! —dijo riendo el conde—. Ese nuevo sistema puede usted publicarlo, puesto que hoy día lo extravagante en punto a sistemas tiene un gran mérito de actualidad: desde luego doy a usted mi voto para presidenta de esa república.

—Lo que iba ahora a referir —prosiguió la marquesa— eran mil cosas de niños; pero, bien mirado, conde, eso no puede interesar a usted.

—¿Por qué no? ¿Acaso cree usted que no hay simpatía entre los viejos y los niños? ¡La hay, y mucha! Las pasiones que agitan la vida del hombre, en los unos aún no existen, y en los otros dejaron de existir; lo que produce un estado análogo. Unos y otros nos encontramos en las puertas de la vida; ellos que vienen, y nosotros que nos vamos. Ellos nos dicen: «¡Descansad!» Nosotros les decimos: «¡Buen viaje!»

—Pues si le complazco, alcanzo dos placeres, el propio y el ajeno, al recordar estas escenas de niños. Debajo del hospitalario emparrado tenían las niñas sus graves conferencias. ¡Cuánto me complacía en ver aquellas graciosas y grotescas figuritas, con sus diminutas castañas, sus cortísimas enaguas y sus zapatitos viejos, cuya punta se entreabría como una almeja para dejar asomar cinco deditos diminutos, como cinco cabecitas curiosas en una entreabierta ventana! Levantaba la brisa alguna vez una de las anchas hojas de la parra, como para dejar entrar un curioso rayo de sol, que iba a picar la nariz de alguna de las chiquillas como un mosquito de oro, porque el sol es amigo de los niños, como la luna es amiga de los amantes. Solíame poner en una ventana, a la que servía de espesa celosía una mosqueta, a escuchar sus coloquios. Un día hasta llevé mi prontuario, y anoté el siguiente:

—Mi mae fue anoche a la iglesia y me llevó; ¡muchito!

—¿Había bautizo? ¿Hubo pelón?

—No, sermón.

—¿Sermón de noche? ¿Pues a qué hora?

—A las Ánimas y media acabó.

—¿Tú lo oíste?

—No, que me dormí.

—Pero ¿quién preicó?

—Un Padre; ¿quién había de ser?

—¡Toma! Otro cualquiera; yo también sé preicar.

—¿Tú? —exclamaron todas—. ¡Mentira!

—Que es verdad; que sé un sermón; y si no... ahora lo veréis. Vosotras sois las mujeres; ea, tocarse todas.

Las chiquillas se pusieron por la cabeza pañolillos, delantales, dechados, cuanto hallaron a mano, hasta los calzones de D. Gil, que habían quedado sobre la silla de la santera, que los había estado cosiendo. La predicadora cogió una sillita baja y la volvió de manera que, subida sobre ella, sus manitas descansaban sobre el espaldar; colgó en éste, a manera de paño de púlpito, un cernadero, y se encaramó sobre el asiento, donde puesta en pie dijo gravemente:

—¡Arrodillaos, pecadoras!

Las chiquillas obedecieron unánimes a la intimación, y la predicadora prosiguió en estos términos:

—Ea, callaos la boca, pájaros, y vosotras, avispas, que parecéis abejorros; acudid, lagartos, vosotros que sois buenos y humildes, a oír a este preicaor que os va a decir


El sermón del peregrino
cuando Jesucristo vino
y se puso en el altar
con los pies llenos de sangre
y las manos enclavás.
En Jerusalén estaba,
y así se puso a decir:
que vengan a mí los niños,
que los quiero bendecir.
Limpia, limpia, Magdalena,
y no dejes de limpiar;
a los chicos darles teta,
y a los grandes darles pan.
 

Bajóse en seguida con poca gravedad, porque fue de un salto, diciendo:

—Ea, id con Dios, y enmendaos.

—¿Te enseñó el obispo ese sermón? —preguntó una de las más admiradas.

—¡Qué! El obispo no hizo mas que darme un bofetón cuando me confirmó, para que me acordase de que prometía ser cristiana.

—¿Y viste al obispo?

—Lo vide: ¿tenía yo acaso los ojos cerrados?

—¿En dónde?

—En Sevilla cuando fuí por Copusquisti, y vi la procesión y vi a la infanta.

—¿Y cómo es la infanta?

—Como una imagen. ¡Más bonita es!!!

—¿Y dónde estaba?

—¡Toma! En la procesión.

—¿Y con quién iba?

—¡Con un melitar más alto! Y otro iba detrás recogiéndolo las naguas6.

—¡Ay, Jesús! ¡Ay, Jesús! —exclamaron todas altamente escandalizadas.

—Acabé mi dechado —exclamó una niña que sentadita en una sillita había estado todo este tiempo acabando su faena, y se puso a cantar.


Adechado y más adechado,
trabajito me habéis costado;
de la mano de mi maestra
cañacitos en la cabeza.
 

—Dame un pilelé, dijo una de las más chicas a su hermana mayorcita.

—¿Y para qué quieres ese alfiler?

—Pa ponerme esa fló en la caboba.

—¡Qué tontuna! Eso queda bueno para las mozas.

—Quiero la fló en la caboba, en la caboba, insistió la chica en tono que no admitía réplica.

—¡Caramba con el renacuajo este! —dijo su hermana—. Que en diciendo por aquí he de meter la caboba, la ha de meter sin remedio.

En seguida se puso a lisar el pelo de su hermanita y colocarle según lo exigía un copete tieso como un huso en la castaña, que atravesó corno una flecha un corazón, mientras canturreaba:


A la flor de la petiflor,
a la verde oliva,
a los rayos del sol
se peina mi niña.
 

—¡Mirad, mirad! —gritó otra—. ¡La cigüeña! ¡la cigüeña! A la torre de la iglesia va.

Y se pusieron a cantar en coro:


Cigüeña, cigüeña,
tu casa te se quema,
tus hijos te se van,
por cuaresma volverán.
Sácate una pluma,
dala al sacristán,
que escriba una carta,
que ellos llevarán,
y al rey de los moros
se la entregarán.
 

Mientras otras salmodiaban:


Cigüeña, cigüeña,
dame un cuarto para leña
y otro para jabón
para lavarte el camisón.
 

—¿Cómo está la tía Muñiz? —preguntó una de las mayorcitas.

—Está intercaliente.

—¡Qué intercaliente, si se murió! Mañana se le van a hacer las honras que se hacen a los difuntos que se mueren.

—¿Y por qué se ha morío? —preguntó la que ostentaba el copete.

—¡¡¡Mira qué pregunta!!! Se murió porque Pae Dios quiso.

—¡Vaya con Pae Dios, que quiere que se muera la gente! —dijo en tono de severa desaprobación la encopetada.

—¡Calla, hereje! ¡Si te oye D. Gil, te aplasta! Si no nos muriésemos, ¿cómo íbamos al cielo?

—Mariquilla, canta una copla, que quiero bailar. Plácia, cuenta un cuento, que sabes más de mil. ¡Qué mil! Más de doce docenas también.

—Ana, di la relación del gato, ¡que es más bonita!...

—Carmen, di la relación del Calvario.

Y la niña llamada Carmen dijo:


Yendo por un caminito,
un postigo me he encontrado,
abierto siempre al que llama,
al que no llama cerrado.
Pasó por allí la VIRGEN
toda vestida de blanco,
y cuando volvió a pasar
traía el vestido manchado
con la sangre que su Hijo
en la cruz ha derramado.
Venid, cristianos, venid,
caminemos al Calvario,
que por pronto que lleguemos,
le estarán crucificando.
Ya le hincan las espinas,
ya le remachan los clavos,
ya le hincan la lanzada
en su divino costado.
Vinieron las tres Marías
con los tres cáliz dorados
para recoger la sangre
que Jesús ha derramado.
—Al pie de la cruz estaba
un rosal de blancas rosas:
de la sangre de Jesús
hase caído una gota.
La rosa compadecida
al punto la recogió;
por eso es tan purpurina
la rosa de Jericó.
Ya vienen las golondrinas
a quitarle las espinas;
ya vienen los jilgueritos
a quitarle los clavitos;
ya vienen las tortolitas
a llorar tan tristecitas!
 

—Plácida, ¿no sabes tú la de San Pedro y las llaves del cielo?

—Sí, sí —respondió Placidita, que era la sobrina de D. Gil—. Pero... tengo sueño.

—A la noche dormirás. Anda, dila ahora. ¡Anda y no muelas!

La dócil niña dijo esta relación:


Levántate, Pedro,
enciende candela
y mira quién anda
por la cabecera,
los ángeles son
que vienen al huerto
y llevan a Cristo
el cáliz acerbo.
San Pedro tiene dos llaves,
una con que cierra y otra con que abre;
yo tengo otras dos: el Credo y la Salve.
 

Como atraído por la voz de la niña, a quien tanto amaba, D. Gil se había venido acercando a la ventana, conteniendo a duras penas aquella risa de corazón que le causaba cuanto le gustaba o hacía gracia.

—¡Jesús, señor, y qué salada que es! —decía—. ¡Vamos, que la chiquilla es un portento! ¿No es así, señora? ¡Bendita sea tu alma, chula, rechula! ¡Me la comería!

Entre tanto, las niñas proseguían en sus entretenimientos; unas bailaban, cantándoles otras esta copla:


En el hospital del Rey
hay un ratón con tercianas,
y una gatita morisca
le está encomendando el alma.
 

Aquella a quien se había pedido recitase la famosa relación del gato, complacía a su noble auditorio en estos términos:


Estaba señor don gato
en silla de oro sentado,
calzando media de seda
y zapatito picado.
Llegó su compadre y dijo
si quería ser casado
con una gata morisca
que andaba por los tejados.
El gato, por verla pronto,
cayó del tejado abajo:
se ha rompido tres costillas,
se ha descoyuntado un brazo;
venga, venga presto el médico,
sangrador y cirujano,
y sobre todo que venga
el doctor señor don Carlos.
El señor don Carlos manda,
después de haberle pulsado,
que maten a una gallina
y que le den buenos caldos.
A otro día de mañana
amaneció muerto el gato:
los ratones de alegría
se visten de colorado;
las gatas se ponen luto,
los gatos capotes
y los gatitos chiquitos
dicen miau, miau.
 

Acabada la relación, dijo la marquesa riendo:

—Pero ¿es posible, conde, que estemos, yo refiriendo y usted prestando atención a semejantes niñerías? ¿Puedo acaso persuadirme que otra persona que yo se interese y sienta simpatía por estas producciones, tipos de la más candorosa sencillez?

—Pues confieso que las he oído con sumo placer —contestó el conde—. Esa relación del gato con el cuento de la hormiguita, y otras de ese género, son para mí recuerdos de la niñez, de esos que sonríen por toda la vida, por larga que sea. Contábamelos mi anciana ama, que en los primeros años los oyó a su madre, que a su vez los supo por la suya; vea usted aquí que a lo menos pueden jactarse de una incontestable antigüedad. Estos cuentos y relaciones son amigos y compañeros de la infancia, a la que alegran sin envejecer con ella.

—Además, conde, en los países de más alta cultura literaria, estos cuentos y cantos, tanto los populares como los infantiles que llegan a obtener la patente de popularidad y la ventaja de perpetuidad (ventaja que muchas obras de indisputable mérito no obtienen), son recogidos, impresos y conservados con el mayor empeño. Los indagadores estudian en estos cuentos y cantos el desarrollo, las primeras elaboraciones del pensamiento en su libre albedrío, la expresión innata de los sentimientos del corazón, la agudeza espontánea del entendimiento, como los botánicos estudian las plantas que crían, en su germen, y las plantas silvestres en sus hojas y flores. En cuanto a los poetas, recogen estas incultas, pero balsámicas obras de la naturaleza, como las perlas que forma la ostra, sin conocer su valor. Pero aquí no es ese el caso. Si algún presuntuoso ilustrado o algún inflexible clásico nos estuviese oyendo, ¿qué pensaría de este tejido de nimiedades, niñerías, y de reflexiones de alto vuelo que entretejemos?

—Señora, pensaría que tiene nuestra discusión el giro natural y libre de una conversación íntima y familiar. Además, ¿qué nos importa lo que ellos pudiesen pensar? ¿Habla usted acaso de ellos? En ese caso, le diría con Luis de Góngora:


¡Triste del que a una roca pide orejas!
 

Proseguid, marquesa. ¿A qué evocar la imagen de la crítica como un fantasma, ante el cual se repliegue la expansión de vuestros gratos recuerdos, y se hiele su pintura en vuestros labios? Estoy seguro de que no hay un poeta a quien estas cosas, si bien no lo entusiasmasen como a usted, al menos no le hiciesen gracia. Prosiga usted esa pintura en sus menores detalles, hasta venir a las circunstancias que han motivado esa segunda carta, que espero ha de ser tan notable como la primera.

—Ya no sé —respondió la marquesa con distracción— lo que decía. Ya se ve, como que esta excursión por mis recuerdos no es una relación, no tiene lo que habló ni hilación, ni una marcha marcada.

—Yo me acuerdo —dijo el conde—: las niñas estaban debajo del emparrado; D. Gil oía con delicia a su sobrinita decir su relación.

—Sí, sí, recuerdo —repuso la marquesa, volviendo a animarse—; la relación en que decía tenía dos llaves del cielo. ¡Angelito! No necesitaba ninguna; su inocencia le abría las puertas del cielo de par en par. Mientras así se entretenían, uno de esos nubarrones ligeros y de formas caprichosas y esbeltas que llaman gigantones, como atraído él también por las niñas, llegó de prisa y se paró sobre el emparrado, como otro emparrado más alto y más ligero, y empezó a deshacerse en lluvia de diamantes, que brillaban al través de los rayos del sol al caer sobre las niñas; pero estas nuevas Danaes, más recatadas que la madre de Perseo, echaron a correr con más o menos gracia, con más o menos ligereza, con más o menos tropezones, cantando:


¡Agua, Dios mío,
que se seca el río!
¡El trigo barato,
y el pan a dos cuartos!
 

—Plácida, corazón —dijo D. Gil al verla entrar— quiéreme parecer que estás hoy descolorida.

—¡Válgame Dios, hombre —repuso su mujer— cuál estás con la niña! No parece sino que se te va a derretir entre las manos como copo de nieve; nada tiene el angelito, y la vas a meter en aprensión.

Había pasado el aguacero, y las niñas se fueron a sus casas. Placidita se sentó en una sillita baja junto a D. Gil, y echó la cabeza sobre sus rodillas.

—¿Qué tienes, hija mía del alma? —le preguntó su tío—. ¿Te duele la cabeza?

—Sí —respondió la niña, cuyas mejillas se iban enrojeciendo como el cielo cuando se pone el sol.

Jamás he visto consternación más marcada y dolorosamente expresada que la que en aquel instante se selló en el abierto y candoroso semblante de D. Gil. Agachose y tomó a la niña en sus brazos, y mientras que con trémula mano la pulsaba, decía a su mujer:

—¡Francisca! ¡Francisca! ¡La niña tiene calentura!

—Vamos, hombre, no te asustes —respondió la santera, acudiendo de prisa y poniendo su mano en la frente de la niña—; será un resfriado; voy a hacerle una taza de cocimiento de flor de violeta.

Marchose apresurada; pero por pronto que volvió, ya la niña dormía en los brazos de su tío con aquel sueño pesado que es en los niños el precursor de sus enfermedades. Don Gil estaba inmóvil como una estatua, y aún hacía esfuerzos para contener su respiración.

—¡Francisca! —dijo en voz que apenas se oía—. La niña está muy mala.

—¡Tales cosas! —contestó ésta—. Hombre, por Dios, no te apures; todos hemos estado malos de chicos, y todos vivimos.

—¡Menos los que se han muerto! —respondió con voz acongojada el marido—. ¡Francisca! ¡Francisca! Si Dios se la lleva, yo me voy detrás; desde ahora te lo predigo!

—Toma este cocimiento, hija mía: tiene azúcar —dijo la santera, levantando la cabeza a la dormida niña.

Ésta entreabrió los ojos y bebió con ansia.

—Placidita, mi vida, mi corazón, ¿me quieres? —preguntó D. Gil, por tal de oír el dulce querido sonido de voz de la niña.

—Sí —murmuró ésta.

Fue la última palabra que habló. A los tres días había muerto de garrotillo, ese implacable verdugo de los niños.

Me apresuré a ir allá con el alma oprimida y angustiado el corazón; pero al entrar en la casa, se serenó mi congoja.

La niña estaba en su cajita azul y blanca, blanca como la caja, rodeada de flores que parecían haber acudido allí como alrededor de una azucena para recibir su último perfume; nada había allí lóbrego, negro, ni mustio, pues ¿a quién puede parecer triste la vista de un niño muerto? ¿A quién tétrica aquella tumba que se riega con flores, dulce privilegio de que las tumbas de los niños sólo deben gozar? ¿A quién puede parecer fúnebre aquel féretro, al lado del cual, en lugar de la solemne, deprecación ¡Dios le haya perdonado!, sólo se oye pronunciar por cada cual esta sentida congratulación: ¡Dichoso tú! ¡dichoso tú! ¿A quién puede afligir una muerte por la que nuestra madre, la Iglesia repica como para una festividad? No, no es triste aquel féretro blanco y florido junto al cual, en lugar de entonar los ministros del culto el imponente De profundis, no se oye sino la dulce voz de los niños que cantan:


Las flores son para el suelo,
y los niños para el cielo,
adonde a Dios van a ver,
y ya no quieren volver.
Que echen las campanas a vuelo
que hoy hay un ángel más en el cielo.
 

¡Qué profundo buen sentido es el que hace que entre el pueblo, en un entierro de ángel, se tenga una demostración de dolor por una profanación, como lo es una de regocijo en el entierro de los mayores! ¡Cómo comprende, con ese profundo sentido religioso que unos le niegan y otros quieren borrar en él, que es la muerte en la infancia, un particular beneficio de Dios! ¡que el alma de un niño que muere es un alma privilegiada que Dios releva de las miserias humanas, y a la que, da la corona sin el combate, la palma sin el martirio!7 ¡Cómo conoce que la senda de la vida, que para los niños aún es llana y está cubierta de flores, se hará áspera y erizada de espinas cuando dejen de serlo! ¡que entrarán ellos también en la gran lucha del bien y del mal, de que aún les aparta su inocencia, sin saber si saldrán vencidos o vencedores!!!

Don Gil estaba sereno, como lo hubiera estado si hubiese visto al ángel de su guarda subir al cielo; pero también, como si éste le hubiese faltado, desapareció la alegría y contento de su existencia: ¡tal era la intensidad de cariño que encerraba aquel sencillo corazón! Ya no cazaba; en vano sus reclamos piñoneaban; en vano le repetían su con el pie8 como para intimarle que con moverlos la llevaría al campo; su escopeta enmoheció; ya no iba a sus sembrados; desapareció aquel envidiable y nunca desmentido apetito. Hasta su voz se resintió del estado de postración en que cayó su espíritu; ya no llenaba la iglesia aquella admirable y poderosa voz que como hermana se unía a los magnos sonidos del órgano! Su gran corpulencia necesitaba todos estos estímulos físicos y morales para conservarle su actividad y para combatir la postración que debía producir el exceso de la parte material en aquella mole humana. Así fue que la parte vital se debilitó, sus órganos se entorpecieron y no pudieron combatir una espantosa hidropesía que estalló espada en mano. En breve se postró. Sentado en su lecho y respaldado en almohadas, porque no podía estar acostado, clavaba la vista sin cesar en la sillita que había sido de la niña, y que había mandado colgar en la pared; y a poco tiempo dejó de existir, sin que los esmeros y cuidados de su amante mujer hubiesen conseguido alargar su existencia.»

La marquesa calló un momento, y después prosiguió:

—¡Oh, mi buen, mi excelente D. Gil! ¡Tú, que llevaste a la tierra la inocencia de corazón con que por primera vez sonreíste a tu madre; tú, que tanto ruido y papel hiciste en tu iglesia y tan poco en el mundo... ya no existes! ¡Ya tú también me dijiste un adiós de aquellos que son citas para la otra vidal ¡Tú estás allá arriba gozando de Dios como acá abajo lo estuviste! ¡Tu espíritu no volverá por este mundo, pues sólo vuelven los de aquellos que atraen e inquietan razones poderosas o grandes remordimientos, y tú no tuviste nada grande sino tu persona, y nada poderoso sino tu voz! Así pues, como nadie te recordará, ni aun tú mismo, he querido hacerlo yo, pintándote, tal cual fuiste;.y para pinceles he cogido una rama de los tristes cipreses y otra del alegre, paraíso de tu casa, y con ellos te he retratado para que otros te quieran y sientan no haberte conocido. ¡Duerme en paz en tu tranquilo cementerio, rodeado de tus vecinos y amigos que a él te precedieron, y te han recibido agradecidos al hermoso Réquiem, que les cantaste! ¡Descansa de tu vida, que te cansó cuando llegó a faltarte la hermosa voz que interpretaba los cánticos y el objeto de tu amor tan puro como el de las flores al sol! ¡Oh! ¡Tú, que amaste y ejercitaste, el canto y el latín sin comprenderlos, pliego blanco de papel en que estampó la fe sus adoraciones para ponerlas en manos del Señor, no me olvides allá arriba, donde estás con otros muchos POBRES DE ESPÍRITU Y RICOS DE CORAZÓN, y ruega por la que supo apreciar la suave almendra bajo su tosca corteza!

La marquesa bajó la cabeza, escondiendo una lágrima en una sonrisa, como esconde la aurora una gota de rocío en una rosa.

—¿Va usted a llorar por el sochantre de Valdepaz, marquesa? —preguntó el conde.

—¿Y por qué no? ¿Qué ley de razón, de decoro o de sociedad me lo impedirla? De ninguna de sus propiedades es el hombre más arbitrariamente dueño que de sus lágrimas. Dejad brotar esas fuentes del corazón, que prueban al correr que no está seco ni exhausto; dejad, por Dios, que se humedezcan los ojos, si no se han de asemejar a los de cristal de las figuras de cera.

—Marquesa, tened presente que hay lágrimas de cocodrilo.

—Jamás las he visto. Hay más: tengo la tal creencia por una vulgaridad, y he de hacer un viaje al Nilo para averiguar el hecho.

—Pero supongo que no pretenderá usted, con ese panegírico de las lágrimas, que tengan los hombres la debilidad de llorar.

—Ni lo quiero, ni lo dejo de querer; lo que niego es que el llorar sea, como lo llama usted, una debilidad. Dos veces he visto lágrimas de hombre en situaciones a las que dieron tal sello de solemnidad, que en mi recuerdo viven como dos monumentos imponentes o imperecederos. Una vez vi llorar a mi marido a gritos, a sollozos: Fue cuando murió su madre; y la profunda impresión que me dejó ese desgarrador y sublime dolor fue tal, que sólo su recuerdo me parte el corazón como un cuchillo. Otra vez vi caer por las mejillas de una persona querida lágrimas más terribles que gotas de sangre, en una de esas circunstancias que doblan al hombre de bronce como un junco, ponen esposas de hierro a sus manos, y soplan sobre su voluntad que apagan, como se sopla y se apaga una luz. Vi esas lágrimas corrosivas como un ácido caer sobre su cano bigote, mientras partía en dos y tiraba su espada, y sólo el recordarlo me aterra; y ambos eran nobles hombres, bizarros y enteros. Las lágrimas, siempre que no sean afectadas o mezquinas, son bellas, conde; bellas como lo es la riqueza que se expende. ¡No obstante, haré concesiones al estoicismo masculino; admiraré si queréis la fuerza de voluntad que para la corriente del agua viva, siempre que esta fuerza, este poder, no sea la paralización del hielo. Lo que, sí quiero es que los hombres no escarnezcan, no desprecien, no condenen las lágrimas, pobres hijas del dolor, calladas, sin forma, sin color, sin acogida, que a nadie ofenden, y de que muchos se burlan.

—Pues yo no quiero que llore usted, marquesa, porque las lágrimas que vertéis yo las recojo, y al recogerlas, sufro más que usted al derramarlas. Por no verla llorar —¡tanto es lo que me aflige!— me haría acérrimo enemigo de las lágrimas.

—No hagáis tal, conde, que las lágrimas no siempre son amargas y siempre son buenas: son, como dice un autor francés, el más seguro indicio del amor; y el amor ha sido el salvador del mundo. Dios hace del amor los dos grandes preceptos en que todos los demás se encierran; pero éste falta, y esto, es la perdición del mundo: su falta es causa de esa terrible guerra que aterra al orbe desde que el primer hombre sacudió el santo freno de la obediencia; guerra espantosa y universal que se hace con todas banderas, hasta con la de la humanidad y con la de la paz, y de que son víctimas desde el más inofensivo animalito de Dios, hasta los reyes y pontífices. No necesita el enemigo del género humano los vicios para perder al hombre; bástale arrancar de su corazón el amor, ese divino sentimiento que dio Dios al hombre así como a los ángeles.

—¡Así todos los predicadores tuviesen el privilegio de infundir la práctica de sus doctrinas como lo tiene usted cuando recomienda el amor, marquesa! —dijo el conde—. Pero vamos a ver esa carta que aún no hemos visto, que referencia tiene con el buen sochantre que ya no ríe, que ya no canta, cuya melancólica muerte viene a probar a usted mi convicción, que es: que ni aún a la santa sombra de una iglesia, entre niños y entre flores, con el corazón sano, pura el alma y tranquila la conciencia, hay en este valle de lágrimas quien no las vierta.

—Esta carta —contestó la marquesa— es la respuesta de su pobre mujer, a quien escribí el pésame. No la ha escrito, pero se la ha dictado al nuevo sacristán.

La marquesa alargó la carta a su amigo, que leyó:

«Señora: ¡No sé ni cómo me han quedado ojos para llorar! He visto apagarse al que era su luz y la alegría de mi casa. ¡Cómo le sorprendió la muerte, señora! Pero no por eso la recibió mal, sino como cristiano que sabe que la vida es un préstamo. Muchas veces se acordó de su señoría; y el día antes de morir me dijo: «Dile a la señora que ya no cantaré el Miserere en la tierra; pero que mediante la misericordia infinita y méritos de nuestro Redentor, cantaré allá arriba el Gloria». Y al verme llorar, añadió: «Francisca, no llores; las lágrimas siempre me han hecho contradicción; no se deben llorar mas que las culpas. Te dejo con qué comer. Así, no te aflijas ni vayas contra la voluntad de Dios, que dispone las cosas; confórmate y acuérdate de que cosa cumplida... ¡sólo en la otra, vida!» Señora, me lo he tenido por dicho: no lloro... y aguardo.

»Dios le envíe a V. S. todos los consuelos que expende, y la colme de venturas como los pobres de bendiciones.

»Su obediente criada —FRANCISCA MARTÍNEZ.»

—Señora —dijo el conde, devolviéndole conmovido la carta—, esta vida del sochantre, así como los anteriores hechos de que nos hemos ocupado, que lejos de ser cosas extraordinarias y novelescas, son sucesos comunes y cotidianos que se suceden a nuestra vista siempre como el día y la noche, sólo probarán que la vida se compone de esta constante alternativa, siendo todas y cada una de estas catástrofes lecciones y avisos con que Dios nos recuerda, como dice un piadoso poeta francés, que


La terre est un exil; la patrie est aux cieux!

(Un destierro es el suelo; la patria está en el cielo!)

Diálogo cuarto. El general

L'honneur est un rocher
escarpé et sans bords;
on n'y peut plus rentrer,
dés qu'on en est dehors!

 

—Doy a usted la más sincera enhorabuena —dijo con alegría la marquesa de Alora al conde de Viana—. Ciertamente aturde la prodigalidad con que expende la fortuna sus dones a la familia de la hermana de usted la generala Peláez. En poco tiempo la mujer de su hijo Adrián, que está en la Habana, hereda una inmensa fortuna; su yerno el conde de Poyar gana un reñido pleito, y ahora honra la REINA a su hijo mayor con la gran cruz de Carlos III. Sabido es que la fortuna toda es extremos. ¡Gracias cuando acierta a escoger por favoritas personas que tanto merecen serlo! Lo que, por desgracia, no siempre sucede. Otro motivo, además de mi buena amistad, me lleva a celebrar esta constante serie de venturas, y es ver que los hechos se han puesto de mi parte para probar a usted en sus propios allegados, que por más que diga, por más que repita su triste cantinela, hay personas para quienes la vida es bella, dulce y cumplida.

El conde no respondió; pero por sus labios vagó una sonrisa tan amarga y tan triste, que expresó más de lo que hubiesen podido hacerlo muchas razones negativas.

—Difícil sería —prosiguió la marquesa— que se hallase un pero que poner a la felicidad de esa familia. Vuestra hermana es una de aquellas mujeres que han pasado por todos los estados de la existencia femenina, siendo en cada cual su modelo. Bella y joven, unió su existencia, a un hombre, a quien antes de amarle graduó digno de serlo, y que por lo tanto obtuvo el beneplácito de sus padres. Cuando fue madre, hizo, como dice Balzac, su cielo del amor materno. Cuando sintió irse su juventud, se impregnó, digámoslo así, de dignidad; la que es en la edad madura un brillo de oro que reemplaza el sonrosado de la juventud. Cúpole la mayor felicidad de la mujer: la de poder vanagloriarse de su marido. Siempre tranquila, sosegada siempre, nadie cual ella acertó con el secreto de la vida, que es como el agua: todo lo que la agita la enturbia. ¿Es verdad esto, conde?

—Es cierto, señora.

—El general era el cumplido tipo de los marinos españoles del pasado siglo, a los que perteneció. Caballero, culto, científico, bizarro y consagrado a su deber, llevaba en su hoja de servicios el gran nombre de Trafalgar, magnífico canto del cisne de la marina española. Su presencia era hermosa, su alcurnia esclarecida, su caudal pingüe, su modo de sentir y de conducirse el que correspondía al cumplido caballero, de que mereció y obtuvo el lauro. ¿Es verdad esto, conde?

—Es cierto, señora.

—Crecieron sus hijos sin que la muerte le arrebatase, ninguno; la escogida educación que les dieron sus padres cayó en buen terreno, e hizo de ellos personas de mérito; y al mérito siguió la suerte. El mayor ha hecho toda esta última guerra con indisputable distinción, y ajeno de toda pasión mezquina, como compete a todo noble militar, ocupa en el Senado un asiento que honra. Su hijo segundo, si bien he oído decir que fue en sus primeros años un poco disipado, sentó muy luego, y hoy día vive en una posición elevada y ventajosa en la Habana; y su linda hija, casada con un Grande que es el tipo de cuanto bueno y amante encierra el corazón del hombre, rodeada de sus hijitas, como una rosa de mariposas, es la más feliz de las mujeres. Sería esta privilegiada familia ciertamente el blanco de la envidia, si no fuese porque es tan bella la virtud, que se hace perdonar las ventajas en los que la practican, aun de la misma envidia. ¿Es verdad esto, conde?

—Todo es cierto, señora.

—Tan sólo una desgracia ha tenido que llorar en su vida vuestra hermana, y fue la muerte de su marido. ¡La muerte! ¡Esa es, sí, la gran catástrofe del mundo, esto es, perder a los que se aman; pues en cuanto a nosotros mismos, la muerte no me inspira tedio ni horror, si es santa y buena. Siempre he preferido mirar ese trance, no como el triste fin de la vida, sino como el glorioso principio de la eternidad; así como prefiero pensar en la clemencia de nuestro Juez, a pensar en su justicia; esperar, a desconfiar; amar, a temblar; agradecer, a temer. Pero la generala es tan virtuosa, que sobrellevó este golpe terrible con mucha fuerza y vigor.

—Diga usted RESIGNACIÓN, marquesa. La virtud, que es un combate contra nuestras malas propensiones y nuestras debilidades, cuando está aislada, es presuntuosa, no cuenta, sino con sus propias fuerzas, y tiene por auxiliares al orgullo y la vanagloria, que dan el valor. La virtud cristiana desconfía de sí y acude a la gracia; y son sus auxiliares la sumisión y la oración, que dan la resignación.

—¡Bien definido, conde! RESIGNARSE es dulcificar el dolor, respetándolo como compañero; llevarlo con valor, es combatir al dolor y vencerlo como a enemigo. Puede, pues, que ese dolor dulcificado y no vencido haya engendrado en vuestra hermana aquella afable gravedad, aquella seriedad tan dulce, aquella dignidad tan indulgente que forma la elevada atmósfera que la circunda, y es para sus amigos tan delicosa de respirar; así es que siempre se ve rodeada como una reina, porque su trato eleva y su contacto purifica. ¡Oh! ¡Cuánto envidio esa vejez, que haría amar la temida acción de los años, cuando sobre la sien de la mujer repone una corona de flores con una diadema de perlas! Ahora bien, conde, decidme: ¿puede la fantasía más creadora imaginar una existencia más cumplidamente feliz, así interna como externa?

—No es posible; esta es la opinión general.

—Y la vuestra particular, señor mío, ¿no es acaso la misma?

—Podría no serlo.

—Eso dice usted por negarme un triunfo, uno siquiera, cuando tantos contra mí ha alcanzado. Esto es poco generoso, conde. Mire usted que a pesar de sus bellas canas, que tanto me gustan y que tanto honro, voy a calificar a usted de obstinado.

—¡Ojalá, ojalá fuese esa la causa de mis restricciones!

—Conde, ahora añado que sois como el reloj de Pamplona, del que se dice que apunta, pero no da.

—Dejemos indeciso este nuevo caso, amiga mía, y conservemos ambos el juicio que cada cual haya formado.

—Es que una vez siquiera quiero vencer, ya que la victoria se me viene a las manos.

—Bien, me doy por vencido.

—Nada de eso: quiero conquistar la palma como trofeo, no recibirla como tributo; quiero convictos y no rendidos.¿Por qué huir del combate, usted que es tan intrépido guerreador? Es claro, es claro, es porque no tiene usted armas, esto es, razones que oponerme.

—Cuando empezó usted esta contienda conmigo, bella paladina de la felicidad, me dijo usted con harta razón: «En nuestra a la vez perfumada y pestífera esfera no se ensanchan las ideas, no se exaltan los sentimientos, no se multiplican las sensaciones sino a expensas de la felicidad pasiva, negativa si queréis, pero dulce, alegre, tranquila y suave, que es y debe ser el patrimonio de seres caídos, condenados a una vida mortal y de trabajo; pero esta felicidad existe: yo se la enseñaré en su sencillez y pureza, sin traspasar sus límites, como el manso río». Ahora bien: si hemos recorrido esas tranquilas esferas, a las que no llegan ni altas exigencias ni refinados vicios, ni envenenadora ambición, ni la susceptibilidad melindrosa, y no hemos hallado lo que buscaba usted, esto es, un sol perenne, una suave y constante brisa, flores sin ajarse, voz que cante siempre y no suspire, ¿cómo podéis pensar que hallemos ésta en estas regiones en que hemos pulido el cristal a punto que lo empaña un soplo?

—Pues lo hallé, lo hallé —dijo alegremente la marquesa—. Confundo a usted... le hago ahora mismo abjurar sus errores; aunque bien sé que, como Galileo, ha de persistir en que no se halla, no se halla.

—Y, como Galileo, tendría razón; la tierra se mueve, ¡igualmente movible es la felicidad!

—¿Con qué, será usted capaz de sostenerme que la familia de su hermana no es feliz? ¿Qué el general, que vio todos sus deseos cumplidos, que no lloró sobre la tumba de ninguno de los suyos, no murió feliz?

—¿Quién puede saber, señora, el secreto que cada corazón lleva consigo a la tierra?

—¿Qué secreto amargo puede llevar consigo el que muere en el seno de la religión en los brazos de los suyos, bendecido y bendiciendo, sonriendo a la vida, que, fue bella, y a la muerte, que lo es también porque lo fue la vida? ¡Oh! ¡Morir así es una buena y dulce muerte! Se la envidio.

—¿Con qué envidia usted la muerte del general?

—Como el mayor bien de la vida.

—Pues, señora —dijo el conde con acento amargo e incisivo—, sepa usted que, el general murió de dolor y de vergüenza.

Al oír estas palabras, la marquesa miró asombrada al conde, y viendo la solemnidad de su mirada, que sentía hondamente lo que decía, creyó estar soñando.

—¡Qué dice usted, señor!... —exclamó consternada.

—Una verdad, señora, que con la felicidad de mis hermanos, que hizo naufragar, yace en el oculto seno de un mar amargo de dolor.

—¡Dios mío! Conde... ¿sabe usted que me he quedado fría como el mármol, trémula como las hojas de los alisos? ¡Jesús! Ni yo ni nadie sospechaba...

—¡Oh, marquesa! Este es un terrible secreto; secreto que, cual el tigre ávido de sangre, se introdujo de noche y a paso lento en un hogar, para destrozar el corazón de una familia.

—¡Me estremece usted, conde!

—Y con razón, señora —repuso el conde, apoyando su frente sobre su abierta mano.

—¡Pobre amigo! ¡pobre amigo! —dijo la marquesa—. Perdone usted si con imprudente mano he tocado una cuerda que vibra tan cruelmente en su corazón; pero estaba tan ajena...

—Lo creo, lo creo; si sus suaves y blancos dedos sólo querían coger la rosa, no es culpa suya si os punzasteis con la espina que ocultaba.

—¡Ay de mí! ¡ay de mí! ¡Imprudente! —exclamó la marquesa—. Perdone usted, amigo; nada quiero saber. Doblemos la hoja; oculte usted mi tierno interés con el secreto en el silencio; el respeto a la desgracia es el más sagrado, después del respeto a Dios.

—No, marquesa, es usted de la familia; y sois más: sois una amiga verdadera; y los amigos son la familia del corazón. Sabrá usted la desgracia que, cual un cáncer, ha destruido la felicidad de mis hermanos; y cuando sepa que es de las que no tienen consuelo, comprenderá que no es la muerte la grande y mayor catástrofe del mundo.

—Conde, dejadme ignorar una desgracia, si no puedo remediarla.

—¿Me niega usted su interés?

—¡Hable usted, conde, y así os sea un bálsamo!

—Acertada anduvo usted al delinear la vida de mi sobrina mayor, la que, cual un terso y trasparente cristal, no tiene una mancha; mas no fue tan acertado su juicio sobre su hermano menor Adrián. Este dio a sus padres muchas penas. Empezó por ser expulsado del colegio de Artillería. Hay muchos casos en que esto no supone falta de alcances, ni incapacidad, ni maldad, y que es sólo debido a naturalezas tímidas o débiles, al tedio, al cansancio, a veces a la desesperación, por verse el indefenso blanco de esa horrible crueldad que ejercen los muchachos unos sobre otros, tanto más repugnante, cuanto es puesta en juego por los mayores sobre los menores, por una asociación sobre un individuo aislado. Aturde que a semejante vejamen no se ponga coto en un cuerpo que con razón se jacta de producir, no solamente hombres científicos y brillantes militares, pero también caballeros cumplidos, siendo una de las primeras cualidades de los tales la generosidad, y lo más contrario a esta cualidad el abuso de la fuerza con el débil, la opresión en quienes se jactan de equitativos, el despotismo en quienes se jactan de liberales! Triste es decirlo, pero hay una edad en que el hombre es cruel, fría y ferozmente cruel.

—¡Cierto, cierto! —exclamó la marquesa al oír tocar al conde las cuerdas más vibrantes de su corazón—. ¡Cuántas veces lo he dicho! ¿Por qué no se enseña a los niños, antes de todo, los buenos sentimientos, y entre éstos el primero de todos, el más bello, el más santo, el más simpático, la compasión? La compasión es un bálsamo divino que Dios puso en los corazones para ungir con él los males ajenos, sean cuales sean ellos y quien los padezca. La propiedad de sufrir es legítima acreedora de la de compadecer. Cada dolor físico o moral que hayamos visto sin compadecerlo, a mi entender, clamará acaso más en contra nuestra, ante el divino tribunal, que todos nuestros vicios. Cada vicio trae consigo su detestable atractivo, su perniciosa propensión; pero la crueldad es un horroroso monstruo engendrado de sí mismo, al que ni el mismo genio del mal se atrevió a dar corriente ni seducciones.

—Marquesa —dijo el conde—, deberíais poner una cátedra de buen corazón.

—De bonísima, gana la dotaré, amigo mío; búsqueme usted un profesor celoso, y todos lo aplaudiremos. Pero... ¿decía usted que Adrián fue expulsado del colegio?

—Sí, y este fue el primer dolor para aquellos padres exageradamente pundonorosos; porque, sea merecida o no merecido, el desaire que lleva un hijo, es para sus padres un punzante dolor. A varias cosas quiso su padre aplicar a Adrián; pero éste a ninguna, quiso dedicarse con constancia. Entro tanto, fuese haciendo calavera; porque la ociosidad en cierta edad es un precipicio que se abre a nuestros pies, y por su borde son pocos los que caminan sin tropezar o marearse.

Últimamente su padre determinó escasearle el dinero, de que tan mal uso hacía; y no siendo mi hermana de aquellas madres débiles que por un mal entendido amor contrarrestan las medidas de prudente rigor de sus maridos, consintió en la determinación que tomó su padre de enviar a su hijo a la Habana, al lado de un tío suyo, gobernador de un castillo, para que allí lo sujetase con la disciplina militar. Con este objeto marchó Adrián a Cádiz, para esperar la ocasión de embarcarse. Fue recomendado a una prima de su padre, viuda de un brigadier de marina, señora digna y respetable, que tenía algunos bienes de fortuna. Vivía sola con una criada en un cuerpo o partido de casa, en un barrio poco frecuentado.

Recibió esta señora a su sobrino con sumo agrado; le dio, no sólo las cantidades que su padre le asignó, sino algunas otras que por vía de préstamo supo Adrián sacarle. ¡Lejos estaba la excelente señora de pensar que esas sumas se empleaban en vicios! Pero al fin lo averiguó, porque en la misma casa, en el cuerpo que estaba sobre el que ella habitaba, se había establecido una casa de juego, y la criada de la señora, que era curiosa y entrometida, notó que Adrián, al salir de ver a su tía, subía a la casa de juego, y se apresuró a participarlo a la señora. Ésta, como era de presumir, reconvino a su sobrino, que en adelante no pudo contar con la generosidad que tantas veces había venido en su auxilio. Adrián entonces escaseó sus visitas, y acabó por no ir nunca a casa de su tía, que le perdió de vista. Mala señal es cuando los jóvenes se retiran del trato.

—¡Ya lo creo, conde! Bien sabido es, y a honra nuestra se ha dicho, que a medida que el hombre se engolfa en vicios, se aleja del trato de las señoras. Siempre he visto que es un instinto elevado y aristocrático el que lleva a los jóvenes a frecuentar la sociedad nuestra; y siempre he augurado bien de aquellos que han preferido la buena sociedad a los casinos y a los cafés. Pero... prosiga usted, conde se lo suplico.

—Era una negra y silenciosa noche de invierno; habíanse ya marchado algunos amigos que solían acompañar a la brigadiera basta las diez; la criada, que estaba indispuesta, se había acostado, y la señora, sentada al brasero, rezaba sus oraciones a la desmayada luz de un reverbero económico, que barruntaba sería en breve pasada la llora de su servicio.

La lluvia sonaba monótona contra los cristales, como la péndola de un reloj; el viento se desplomaba por el ojo del patio, matando o haciendo vacilar las asustadas llamas de los quinqués de la escalera, y esparciendo el fétido tufo de sus pábilos.

La mar reventaba sus monstruosas olas contra la muralla de la ciudad, denominada de Capuchinos, salpicando aquella parte de la población con sus ásperas aguas y sus amargas espumas.

Un temporal en todas partes es triste; en Cádiz... es lúgubre! Recordaba la señora varios sucesos horribles acaecidos en Cádiz; Cádiz, que es tan bello y risueño de día y con sol, pero en el que, como en todo pueblo en que afluye mucha gente y mucho dinero, tantos horrores de noche, y en secreto, se habían cometido! Vinosele a la memoria que poco antes, en una casa de su propiedad, no lejos del Hospital del Rey, habiendo tenido que desenlosar un oscuro y retirado patinillo para componer una cañería, se habían hallado dos esqueletos profundamente enterrados; que se había dado parte a la justicia, y que todas las averiguaciones que ésta hizo sólo alcanzaron a verificar que en algún tiempo aquella casa había sido uno de esos perniciosos antros del vicio llamados casas de juego; de lo que se vino a colegir que algún forastero habría pagado cara su buena suerte en ese indigno pasatiempo, en el que —¡oh ignominia!— se confunde el hombre bien nacido con ladrones, truhanes, perdidos, ¡hasta con asesinos! arrastrado por un vicio que, sin más incentivo que la codicia, conduce a la deshonra, a la desesperación, y hasta al crimen! Arrepentíase de seguir habitando aquella casa en que se había establecido un garito, hallándose así expuesta a rozarse en su escalera con tahures y gentes de mal vivir, y proponiéndose cuanto antes el alejarse de tan despreciable vecindad.

De repente tocaron a la campanilla. La brigadiera se sobrecogió, como si la hubiese tocado la pila de Volta; mas sobreponiéndose a su estremecimiento físico, la señora, que era animosa y serena, sabiendo que su criada estaba recogida, se levantó y fue a abrir. Apenas levantó el picaporte, cuando fue atropellada por la puerta, empujada con violencia por un hombre embozado y enmascarado, que se arrojó dentro y cerró tras sí, y sacando un puñal, la amenazó en queda y honda voz de asesinarla, si no le entregaba el dinero que poseía. La señora, que ya dije a usted era serena, no perdió la cabeza; conoció que el lance era perdido, y que sería muerta si resistía o gritaba, y así le contestó que estaba pronta a darle cuanto tenía, con tal de que no la maltratase. Entraron ambos en la sala, cogió la señora con trémula mano las llaves que estaban sobre la mesa, y pasó a la alcoba, en donde se hallaban sus cómodas. Pero apenas estuvo en ella, cuando con una sorprendente presencia de ánimo, cerró la puerta, corrió el cerrojo, se arrojó a la ventana, que abrió, y se puso a gritar: ¡Ladrones! Mas ¡cuál sería su asombro al oír una voz harto conocida que desde la sala le dijo con imponderable angustia:

—¡Señora, por Cristo crucificado, no me pierda usted! ¡Soy yo! ¡Yo, miserable, desesperado, loco!

Se acerca, y abre. Adrián, tirando el antifaz, se echa a sus pies y abraza sus rodillas.

Las gentes de la casa se habían agolpado al portón y llamaban amenazando hundir la puerta; la guardia de la vecina casilla había acudido; los serenos tocaban sus pitos; Adrián se arrancaba el cabello; el asombro había convertido a la señora en la inmóvil y pálida estatua del espanto.

Marquesa, ¡cuántas veces se ha dicho, y cuántas veces se tiene que repetir, que la mujer es una heroína cuando a serlo la mueve la generosidad! Sobreponiéndose a todos los sentimientos de pavor, de indignación, de ira, de desprecio, que la agitaban y turbaban sus facultades, la señora levanta a Adrián, lo esconde en una alacena, serena su rostro, y abre la puerta, recibiendo con la sonrisa en los labios a todo el gentío reunido a la puerta.

—Entren ustedes, señores —dice con risueño y tranquilo semblante—; entren ustedes a recibir las excusas de una mujer medrosa y pusilánime, que asustada porque el viento movió una cortina, creyó ver un hombre en una sombra, y aturdidamente ha alborotado el barrio, pero no ha sido nada, ¡nada, sino mi visionaria imaginación!

Sacando en seguida vino y bizcochos, regaló a todos, con todos se chanceó, repartió algún dinero entre los serenos, dio a todos las gracias, y los despidió como habría despedido a su tertulia.

Cuando todo volvió a quedar tranquilo, abrió la alacena. Adrián salió pálido como el criminal que llevan al cadalso; quiso decir algo sobre su deuda de honor, sobre sus ulteriores intenciones; pero la señora, poniendo uno de sus dedos sobre sus labios, y señalándole con la otra mano la puerta, le dijo:

—¡Sal! Y ojalá te sea dado olvidar lo pasado, como procuraré hacerlo yo.

El conde calló: estaba pálido como un enfermo; la marquesa estaba encendida como el metal que ha estado sobre ascuas.

—Conde —dijo al fin con tímida voz—, ¡de esto hay tanto tiempo!... Adrián aprovechó la terrible lección, y es hoy día un hombre honrado, un hombre de valer; aquello fue un dislate debido a la irreflexión. Adrián fue un loco, un aturdido.

—Fue un ladrón, señora; esas disculpas que se dan a las maldades son las peores adulaciones.

—Pero, amigo mío, aún supuesto el mal, ¡señor, por Dios! ¿y el santo perdón? ¿Y el generoso olvido?

—Señora, sólo Dios perdona y olvida; el mundo no conoce semejantes mercedes. El honor, que es su conciencia, la opinión, que es el tribunal de sus fallos, estigmatizan sus sentencias con tinta indeleble. Señora, deshonrada quedó aquella pura sangre asturiana, y harto más manchada que lo hubiese estado con sangre mora. Podéis ver aquella tumba de un hombre honrado abierta por el dolor y la vergüenza que cubre una lápida negra, sobre la cual prohibió el que bajó a ella que se esculpiese su noble blasón, que mentía, pues era su lema SIN MENGUA. Levantad sobre la frente serena de mi hermana la venda de plata que cubre su sien, y veréis en sus hondas arrugas la marca de un incesante dolor, de un baldón indeleble, y el culpable, señora, es el hombre más desgraciado. Se considera, con razón, parricida, Judas de su ilustre estirpe, y excluido de la noble esfera de los hombres honrados. Sus remordimientos, si bien ocultos a los ojos de los hombres, le roen el corazón, como el buitre a Prometeo.

—Conde, no sea usted tan inexorable en sus juicios: el arrepentimiento purifica, la enmienda rehabilita.

—El arrepentimiento no quita; al contrario, aguza el remordimiento y le hace principio y parte de la explación; y manchas hay que, cual las del hierro, gastan la trama, que muere con ellas.

Ambos amigos quedaron por mucho tiempo sumidos en un penoso silencio.

—Por cierto —dijo al cabo de algún tiempo la marquesa— que no es fácil comprender cómo la brigadiera, esa señora tan discreta y dotada de tan delicada presencia de ánimo, que tan bien se condujo con el hijo, no lo hiciese con los padres, dejándoles ignorar lo que nunca deberían haber sabido.

—No, señora, no fue aquella digna matrona quien cometió ese acto de crueldad. Fue el caso que la criada, al oír los gritos de su ama, se había arrojado de la cama, y corriendo para ponerse en salvo, pasó ante la abierta puerta de la sala en el momento que Adrián abrazaba las rodillas de su tía, y oyó lo que le decía. Retirose en seguida a su cuarto, ya tranquila, y no se volvió a presentar sino cuando la sala estaba llena de gentes. Nunca llegó a sospechar la señora que tan temible testigo hubiese tenido la terrible escena que he descrito. Poco después la criada buscó un pretexto, y se despidió. Por aquel entonces llegó a casa de mi hermana una mujer que exigió hablar en particular a mi cuñado, que la llevó a su despacho, en que se encerró con ella. Nadie supo lo que entre ellos medió; pero cuando salieron, el uno llevaba en su corazón el golpe de muerte que en breve lo había de llevar al sepulcro, la otra una buena fortuna, con la que se estableció en Medina, pueblo de su nacimiento, dando por fuente de su riqueza la herencia que le dejara un imaginario pariente fallecido en América; pero su origen real era el precio en que había vendido su silencio. Ya ha muerto. ¡Dios la haya perdonado!

—Al menos, conde, hay el descanso de que esta desgracia está por siempre sepultada en el misterio.

—Señora... ¡qué triste consuelo! El misterio es una mentira, es una máscara, es una luz artificial. ¡Pobre hermana!

—¡Válgame Dios, conde! Y el general, ¿tuvo valor para decirle el fatal secreto?

—¡Qué quiere usted, marquesa! En todas cosas se apoya la mujer en el hombre menos en el dolor, que entonces se apoya en Dios. El hombre en todas cosas se apoya en sí mismo, menos en el dolor, en que se apoya en la mujer; porque consolar es uno de sus más bellos dones, de sus más dulces prerrogativas. ¡Pobre del que en sus aflicciones no tiene una madre, una mujer, una hermana, una hija o una amiga!

—Además de esto —añadió la marquesa—, siempre he notado que el hombre, con una inexplicable crueldad, echa sobre su mujer parte de las faltas de los hijos, y ésta se resigna gustosa a soportarla, si cree que al hijo se le descuenta. Si aquella mala mujer se hubiese abierto a la madre, es bien cierto que nunca habría sabido tan infausto secreto el padre. Las madres tienen un manto de amor con que cubrir las faltas de los hijos, tan tupido y tan extendido, que a veces se tapan con él hasta sus propios ojos. ¿Y dice usted que el general no pudo resignarse?

—No, señora; aquella cabeza, tan erguida hasta entonces, se dobló; aquel esforzado veterano se postró como la robusta encina que derribó el rayo. Taciturno y misántropo, huyó del trato de las gentes: una espantosa ictericia, una incombatible consunción, le llevaron en breve al sepulcro. Antes de morir hizo tres partes de su caudal, de que envió una a su hijo Adrián, a la Habana; en ella descontaba diez mil duros, precio del silencio de aquella miserable. La carta que acompañaba esta remesa sólo contenía estas palabras: «No volváis a España mientras vivan vuestros padres». Ahora bien, marquesa: ¿qué dice usted? ¿Envidia aún la vejez de mi hermana? ¿Es feliz el que lo parece? ¿Es oro lo que brilla?

—¡Conde, por Dios!... Tales deli... extravíos, son tan poco comunes, como lo es el delicado y excesivo pundonor de vuestros hermanos. ¡Hoy día la indulgencia es tan grande, tan lato el círculo que abre la sociedad!...

—De esto me quejo —exclamó con violencia el conde—; me indigno de ver esta sociedad, cual una Mesalina, recibir a todos igualmente en su seno. El mismo caso hace, las mismas atenciones tiene con la mujer depravada y de mala índole, que para la mujer virtuosa y delicada. Más graciosa es su sonrisa para la niña vana y disipada, que para la niña modesta y recogida; y cada cual alarga lo mismo su mano, al hombre de bien, que al que no lo es. Lo mismo se acata al mérito, que a la atrevida presunción. ¿Hay acaso lauro para el hombre de virtudes? ¿Hay acaso repulsa para aquel que ninguna conoce, aprecia ni practica? Mientras el tribunal de la opinión no haga justicia, seguirá este espantoso caos en que vivimos.

—Pero a algunos hombres se hace justicia, señor: podría citar a usted.

—Las excepciones prueban las reglas, señora; pero lo general es ver a la opinión, cual indolente sultana, sin nervio y sin energía para alzarse en su tribunal a separar, como es su deber, el trigo de la cizaña; muy al contrario, se la ve acatar a las fortunas sin tomar en cuenta su origen; y no por benevolencia, porque si con una mano inciensa, con la otra levanta denodada y malévolamente el velo que cubre sus misterios, y se ríe, al ver el fraudaloso, el falsario, el venal, la impunidad que seduce, el ejemplo que arrastra, la indiferencia que incita para lo malo, y desmaya para lo bueno! El indiferentismo, señora, que es la parálisis de la virtud, ese es su estado.

—Conde, ¿dónde ve usted eso? ¡Qué fallos tan injustos y acerbos! ¿En qué paleta ha hallado usted los colores para ese cuadro inverosímil que lastima la vista?

—Perdone usted, amiga, pues es cierto que hago mal en constituirme en Herodes de sus ilusiones. Usted no conoce nada de eso, pues como la blanca nube de verano, vaga usted en una pura atmósfera cual ella, no recibiendo más matices que las rosadas tintas del sol, ni más impresiones que de las suaves auras del cielo que nos elevan; pero creed, amiga mía, que entre las COSAS CUMPLIDAS, QUE SÓLO SE HALLAN EN LA OTRA VIDA, ES LA PRIMERA LA JUSTICIA.

Diálogo quinto. El quinto

Et mon fils est-il mort! Ah, mon Diu! quel sacrifice! Et la dessus elle tombe sur son lit. Tout ce que la plus vive douleur peut faire, et par des convulsions, et par des evanouissements, et par un silence mortel, et par des cris étouffés, et par des larmes amères, et par des élans vers le ciel, et par des plaintes tendres et pitoyables, elle a tout éprouvé.

(¡Mi hijo!... ¡mi hijo es muerto! ¡Oh, Dior mío! ¡qué sacrificio! Y diciendo esto, cae desplomada sobre su lecho. Todo lo que el más vivo dolor puede hacer, por convulsiones, por deliquios, por un silencio mortal, por ahogados gritos, por lágrimas amargas, por alzar las manos, los ojos y el corazón al cielo, por quejas tiernísimas que desgarraban el alma; por todo ha pasado, todo lo ha sentido, todo lo ha agotado hasta las heces!)

— Madame de Sevigné.
 

—¡Otra quinta decretada! —exclamó el conde de Viana, tirando sobre la mesa un periódico que leía—. He aquí, marquesa, un gran mal que hace preciso la necesidad de precaver otros mayores. ¡Pobres campesinos! ¡Como si no os bastasen vuestra miseria y afanes! ¡Oh, triste mundo, amiga mía, triste mundo!

—Pero, conde —contestó la marquesa de Alora— si algún argumento fuerte existe contra aquellos que se empeñan en demostrar lo infeliz y miserable de la suerte del campesino, es éste cabalmente: el terror y desesperación que infunde en los pueblos el anuncio de una quinta. En efecto, nada es comparable a la agonía con que los padres dicen de un hijo suyo: «¡Ya le toca meter mano en cántaro!» Todo el mundo sabe los sacrificios que hacen los mozos para libertarse de ser soldados: se han herido y han emponzoñado sus heridas para hacerlas aparecer como úlceras; se han arrancado dientes, y ha habido mozo que se ha cortado un dedo para lograr su objeto. Toda esta repugnancia se equivocaría el que creyera que fuese contra el estado militar. Tampoco prueba miedo; porque el valor es innato en el hombre, es una virtud primitiva, y se encuentra en toda su consistencia en el campo, adonde no ha llegado la molicie y enervamiento de las cultas ciudades. No originan tampoco esta repulsión los trabajos, porque más pasan en su afanosa existencia; no la causa su manutención, porque el soldado se nutre mejor que el campesino, que en verano sólo gusta y apetece gazpacho; no el vestiry porque el soldado está bien vestido; no la tristeza de la vida militar, pues es conocido que no hay nada más alegre que el soldado, nada hay más gozoso que esas bandadas de gente joven y sin cuidados, que llevan la vida harto más ligeramente que su mochila, y que cuando fuera del servicio se entregan libremente a sí mismas, hacen rebosar estrepitosamente su alegría en cantos, bailes, juegos, cuentos y chanzas. Nada de esto, pues, produce ese inmenso dolor y angustia que se esparce por los pueblos al anunciarse el sorteo; sólo se funda en la pena de la ausencia y en verse arrancados de su tierra y de la vida que aman, de su hogar y de sus cariños. Para no cambiar su situación, les parecen pocos todos los sacrificios. De lo demostrado resulta bien claro que miran su situación como feliz.

—Diga usted que la aman; pero no deduzca de esto que la crean feliz.

—Conde, mala es la causa para cuya defensa se acude al sofisma, y lo es lo que acaba usted de decir. ¿Qué otra cosa puede hacer amar una situación sino la felicidad que brinda? Para probar a usted todo este apego al hogar, a la familia, a sus amores, referiré a usted un suceso acaecido poco ha, y que me ha referido mi doncella con todos sus más mínimos pormenores, por haber acontecido en su familia. Lo contaré con la escrupulosa exactitud que pongo en cuanto le refiero, porque la más pequeña fioritura, el más mínimo adorno poético, le privaría quizá de su sello de verdad, de su pureza genuina popular, lo que quitaría a mis cuadros su autenticidad, y daría lugar a que me dijese usted con su sonrisa incrédula: «Compone usted novelas, amiga mía; las compone usted sin querer, engañándose a sí misma; es usted como el escultor, que con un poco de barro hace un santo». Nada de eso; soy un vulgar daguerreotipo: el que no quiera ver las cosas según yo las presento, es, o bien porque tiene la ligera y desdeñosa mirada del disipado mundano, que nada profundiza, o la fría y amarga mirada del misántropo, que aja las flores sobre que se posa.

—Tiene usted —dijo el conde sonriendo por corazón una rosa sin espinas.

—Y usted quiere ajarla.

—¡Oh! No. Quisiera regarla con las aguas de la fuente de Juvencia. Pero cuénteme usted lo que me ha anunciado.

—Tacha el mundo —principió la marquesa— de extremos a las angustias y dolores del amor de madre.

—Y lleva razón —opinó el conde—. Todo lo que es apasionado en el hombre, aunque sea el santo amor de madre, necesita un freno. MARÍA al pie de la Cruz, ni se arrancaba el cabello, ni se despedazaba el pecho. Señora, señora, todos los días rezamos HÁGASE TU VOLUNTAD. ¿Es sincero este acatamiento, si en seguida nos rebelamos violentamente contra esa misma voluntad? Esos dolores descompuestos no son cristianos, señora.

—Por descabellado que sea ese amor, es bello y simpático, conde.

—Ese dolor denominado extremos es insensato como un suicidio, amiga mía; y esas madres, energúmenas de amor, merecerían que se les muriesen sus hijos para enseñarles así lo que es un dolor real.

—Conde, ¿ha olvidado usted que tuvo madre?

—¡No lo permita Dios! Venero la tierra porque ella la pisó, la respeto porque en ella yace su cuerpo, y ansío por el cielo porque en él me aguarda su alma pura; pero eso no quita...

—Que lo que en ella admiró a usted, le encantó y hirió de gratitud, en otras lo quiera motejar. AMOR NO DICE BASTA, conde.

—Marquesa, esa bella expresión es sólo aplicable al amor divino.

—Siempre me contradice usted, conde. ¡Si viera usted cuánto lo siento!

—No lo sienta usted, amiga; una pausada nube que mitiga algo los brillantes rayos del sol y refresca algo la tierra con una templada lluvia, hace provecho.

—¿Y por qué hace usted una nube en mi cielo?

—Para que su demasiada pureza y brillo no le hagan creer imposibles las borrascas y tempestades. Mas... prosiga usted; no volveré a interrumpirla.

La marquesa volvió a anudar su relato en estos términos:

—No hay corazón que no hubiese partido la vista del cuadro que se ofrecía en una de las casas del lugar de V..., en que se había verificado el sorteo aquel día. Echada sobre un colchón que habían puesto en el suelo, yacía una infeliz mujer, a quien sostenían en sus brazos dos hijas suyas deshechas en lágrimas; de rodillas a su lado, y apretando contra las suyas sus convulsas manos, estaba un hermoso joven, su hijo, que había sacado del cántaro el número fatal que lo hacía soldado. Su padre, sentado sobre una silla baja en el rincón más oscuro del cuarto, torcía entre sus trémulas manos su sombrero, y no llegaba a hacer retroceder las lágrimas, que cual gotas de acíbar destilaba su corazón y surcaban sus atezadas mejillas. Dos muchachos pequeños lloraban a gritos, repitiendo:

—¡Benito es soldado, y madre se va a morir!

Esta escena de dolor acerbo se hizo aún más desgarradora al entrar desatentada una joven que se echó sollozando sobre el lecho de la infeliz madre, exclamando:

—¡Tía, tía, tía de mi alma, ya se acabó mi boda! ¡ya se va a ir! ¡y ya no quiero yo sino morirme! ¡Benito! ¡Benito! ¿quién puso esa cédula, esa sentencia de muerte en tu mano?

La pobre madre había perdido el sentido. Esta desolación era la misma en otras seis casas del lugar.

Pero admire usted conmigo una cosa, conde, y es la bella resignación del pueblo. En medio de este violento estado de aflicción, no se le oía ni una queja contra el Gobierno, ni un anatema contra la institución, ni una maldición al estado militar: sus quejas eran contra su mala suerte; el acriminado era el número.

Partió Benito, y no es posible pintar la pena de aquella madre, ni el dolor de su novia Rosa, aquella joven que, como todas las de los pueblos, tenía en su corazón aquel profundo amor, que es el primero y último de su vida; aquel amor, que resume sobre el mismo objeto, el amor, al amante, al marido, al padre de sus hijos y al compañero de su vejez; amor exclusivo, que hace improfanado, puro e inmaculado el corazón de la mujer perfecta.

—¡Oh! Inculque usted esas ideas a las jóvenes —exclamó el conde—, para que miren con hastío las novelerías que han viciado el ideal de la mujer y torcido las nociones sobre su destino. La joven, cual una suave planta, no se debe criar sino a la sombra de su madre; no debe florecer sino para su marido; no debe perfumar sino el hogar doméstico, e invertir toda su savia en criar bellos los frutos que Dios le asigne.

—Este tipo que tan bien bosqueja usted —repuso la marquesa— no se halla, por lo regular, en las novelas, pero sí en el pueblo, que miramos como incivilizado y prosaico.

—¿Sabe usted —dijo el conde sonriendo— que el pueblo tiene en usted un amigo mucho mejor que Proudhon?

—¡Pues ya lo creo! —contestó la marquesa—. Hay en mi favor todo lo que va de un verdadero a un falso amigo. Pero proseguiré mi relato; se acerca la hora de la tertulia, hora en que será interrumpida mi relación, si no la he concluido. Benito llegó con el corazón muerto a la capital de provincia en que debía reunirse al regimiento. Pronto se disipó su tristeza entre aquellos festivos y alegres compañeros; pero no el ansia por su pueblo, el profundo apego a su amor y a su familia. Desde la primera noche tuvo Benito una muestra de la poesía y música de sus camaradas, pues habiéndose proporcionado una guitarra, a la que faltaba mucho para poder ser tenida por de Pagés, empezaron a cantar, ya a una voz, ya en coro, un sin número de coplas de este género:


Soldado soy de a caballo:
lo que quieras te daré;
pero en tocando a casaca,
no quiere mi coronel.

Cuatro cuartos me da el rey,
y con ellos como y bebo,
le pago a la lavandera,
y siempre tengo dinero.

Pensamiento tuve, niña,
de servir al rey Fernando;
desde que vi tu hermosura,
dije: que le sirva el diablo.

Con un pie en el estribo
y otro en el aire,
se despide un soldado
de su comadre.

Mano a la rienda,
se despide un soldado
de su morena.
 

Algún tiempo después llegó la orden para el embarque de las tropas destinadas a la Habana, rebajando dos años de servicio a los que quisiesen ir allá. Con ansia aprovecharon los quintos la ocasión que se les brindaba de acercar la época deseada de volver a sus hogares. Todos estos voluntarios fueron conducidos a un puerto de mar a aguardar el día de su embarque. Allí fueron alojados en un cuartel. A poco, fuese el calor de la estación que lo originase, o fuese un mal estacional, estalló entre la tropa una oftalmía de mala especie. Siendo el mal contagioso, fueron los soldados extraídos del cuartel y repartidos en alojamientos; prudente medida que concretó el mal en los primeros atacados: éstos fueron conducidos al hospital. Entre ellos iba Benito, que era uno de los que con más intensidad había acometido el mal. Estaban los pobres pacientes al cuidado de un cirujano joven, que, además de ser hábil, tenía y demostraba un profundo y tierno interés por sus enfermos. Entre ellos, Benito era el que más le movía el corazón: su buena índole, su hermosa figura, todo en él atraía la simpatía.

El facultativo vio con profundo dolor que la oftalmía del pobre quinto era casi incurable, y que mientras los demás se iban restableciendo y uno después de otro saliendo del hospital, el mal de Benito se hacía más intenso e incurable. En la angustia que le produjo el estado del enfermo pasaron algunos días, sin que el humano facultativo participase sus temores al desgraciado joven, amenazado en la primavera de su vida, de no ver más la luz del día, de no ver más los objetos de su cariño, de hallarse en todo su vigor inútil, en toda su lozanía marchito, en toda su hermosura desfigurado, y que, destinado a ser el amparo de sus padres, de su mujer y de sus hijos, estaba expuesto a no hallar para sí mismo otro que el de la caridad pública.

No obstante, el mal, ese enemigo encarnizado, algún tiempo después se aferró en un ojo, experimentando el otro algún alivio.

—Señor —dijo un día Benito al facultativo— todos los demás mozos han curado y han salido del hospital: ¿es mi mal peor que ninguno, que alivio no hallo?

—Sí, hijo —respondió tristemente el cirujano—; es peor tu mal. Dios sabe cuánto me he afanado por curarte. Alivio tienes; pero...

El facultativo, compadecido, se detuvo.

—Pero... ¿qué? —preguntó el quinto.

—Hijo —contestó pesaroso el cirujano—, me temo que... que pierdas un ojo.

—¿Que me quede tuerto? —exclamó el quinto.

—Cuanto he podido he hecho inútilmente para precaverlo —contestó el facultativo.

Pero ¡cuál sería su asombro cuando, al pronunciar estas palabras, vio estallar en Benito la más apasionada, la más expansiva explosión de alegría!

El cirujano creyó por un instante que el paciente se había vuelto loco.

—¡Señor! ¡señor! —exclamaba—. ¡Bendito sea Dios! ¡Bendito sea usted mil veces, que no me ha curado! ¡Señor, soy un infeliz; pero así tuviese los tesoros del mundo para remunerar a usted el beneficio!

—Pero, hombre, ¿has perdido el juicio? —exclamó el cirujano—. ¿Con que te alegras de perder un ojo? ¿Te estás burlando de mí?

—No señor, no señor —contestó el quinto—; pero ¿no está usted viendo que me iré a mi casa?

El conde y su amiga permanecieron callados algunos instantes bajo la emoción que sentían, admirando tan patente prueba del santo amor a la familia y al hogar, y compadecidos de la amargura de una situación, de la que salen con júbilo, aun a costa de tan terrible desgracia.

—Ha probado usted plenamente su aserto, marquesa —dijo al fin el conde—; y puesto que el soldado español es alegre, dócil, honra el estado militar, respeta el derecho del país al llamar a sus hijos bajo su bandera, y a pesar de esto, todo sacrificio le parece poco para eximirse de mudar de estado, es porque efectivamente son en su corazón profundos y apasionados el amor a la familia y al lugar de su nacimiento. El lance que ha referido usted ya lo sabía. Benito es sobrino de mi capataz en V..., y dio la casualidad de estar yo allí este otoño a fines de vendimia, cuando regresó Benito a su casa.

—¿Y fue inesperadamente? —preguntó con ansiosa curiosidad la marquesa—. ¿Sorprendió mucho a su familia?

—Supe todos los pormenores de su vuelta por mi capataza, que es tan sumamente amiga de hablar, que cuando ha agotado toda materia y exprimido todo asunto, vuelve a decir lo que ha dicho ya, como sucede en las Cortes.

—Cuente usted, pues, esos detalles, conde; no puede usted creer lo que me complacerá en ello.

—Un año había trascurrido desde la salida de los quintos; pero la pena de la madre y de la novia de Benito estaba viva como el día en que partió. Las penas que no tienen remedio levantan la palabra IMPOSIBLE como una barrera a toda esperanza, y la ponen sobre el corazón como una losa sobre su sepulcro, que halla entonces en su misma inmovilidad la quietud del hielo. Pero, la pena que muestra una lejana esperanza al través del temor de otras penas mayores, suscita y acrecienta inquietas y amargas olas en el mar de angustia que inunda el corazón.

Así era que la familia del quinto, que creía que se había embarcado para la Habana, estaba reunida en la mayor congoja en una de las tormentosas y lúgubres noches con que tan anticipadamente se anunció el otoño de este año. La lluvia caía en tan gruesas gotas, que no parecía sino que las hubiesen cebado las nubes para arrojarlas cual proyectiles a la tierra. El viento hacía alarde de su fuerza invisible y de su inconsistente poderío, lanzaba su lúgubre grito de guerra, y arrancaba las tejas que cubren las casas, así como el soberbio insolente derriba el sombrero del humilde que no se le quita; en el silencio de la noche nada respondía a sus bramidos, sino algún lejano trueno. De cuando en cuando dibujaba un relámpago su marcha con agudos rasgos de fuego en las negras nubes, y toda esa tormentosa agitación de la naturaleza hallaba un eco fiel en los corazones de aquella angustiada familia. La madre...

—¡Ya me hago el cargo! —interrumpió al conde la marquesa—. ¡Ay! Que el dolor no halló lecho más blando que el corazón de una madre, y así lo hizo su preferente morada.

La pobre MARÍA —prosiguió el narrador—, postrada ante el CRUCIFIJO y una imagen de la VIRGEN DEL CARMEN, rezaba el Trisagio en voz ahogada y temblorosa.

Cuando hubo concluido el cántico, exclamó:

—¡Ay, Dios! ¡Mi pobre hijo que ahora está en la mar, en la mar que dicen se traga más navíos que el año días!... ¡MARÍA SANTÍSIMA DEL CARMEN! ¡Tú que has salvado tantas vidas de navegantes que a tu amparo se acogieron como almas de pecadores que tu intercesión buscaron, SANTA MADRE DE DIOS, oye los clamores de otra madre! ¡JESÚS! ¡SEÑOR! ¡Cuantos años me quedan de vida daría por tener a mi hijo a mi lado! No puedo pediros tamaño milagro; pero sí os pido que le salvéis de esta borrasca que desamparado del mundo entero, estará pasando! ¡Salvadlo, SEÑOR, por las lágrimas de vuestra Madre, salvadlo!

—¡Salvadlo! —repitió toda la familia sollozando.

—¿Para qué pedir el ir a América? —gimió su prima Rosa—. ¿Para qué exponerse sobre esa mar que no es amiga de nadie?

—¡Ese hijo me va a matar! —exclamó MARÍA—. Pues lo que estoy pasando es peor que mil muertes.

—¡Pues ya se ve que te quitará la vida, no él, sino tú misma! —dijo el padre—. Desde que las Indias son Indias, ¿no han ido y venido allá los españoles como voy y vengo al cortijo? ¡Pero de juro que se ha de ahogar Benito! Se te metió en la cabeza, y lo que a ti se te mete en la cabeza ni con un barreno de pólvora sale.

—Calla, Martín —contestó su mujer— que estás haciendo de tripas corazón, y tan muerto estás como yo. ¡Jesús! —añadió, tapándose el rostro con ambas manos, herida su vista por el repentino fulgor de un rayo, al que siguieron los cortados y repetidos estallidos con que revienta el trueno cuando está la tormenta sobre nuestras cabezas.

Las muchachas se pusieron a rezar el SANTO, SANTO, SANTO, y MARÍA dejó caer abismada su cabeza sobre una silla en que ocultó su rostro, gritando:

—¡Hijo mío, hijo mío!

En este instante llamaron ala puerta: uno de los niños fue a abrir.

—¡Jesús! —gritó cuando hubo abierto—. ¡Padre, padre, un forastero!

Y antes que su padre contestase, se precipitó un hombre en el cuarto, tendió rápidamente la vista, vio a MARÍA, voló hacia ella y la cogió en sus brazos diciendo:

—¿No me llamaba usted, madre? Aquí estoy.

Hay escenas que no pintan pinceles ni describen plumas. Todo en aquella casa lo había anonadado la alegría; en vano lanzaban las nubes sus rayos, rugía el viento sus amenazas, e inundaban los aguaceros la casa: el sol de Mayo brillaba en ella. Ya no eran súplicas, sino acciones de gracias las que se dirigían a las divinas Imágenes.

—¡Milagro! ¡milagro! —exclamaba fuera de sí la madre.

—¡Milagro! —repetía enajenada la familia.

Habíase acercado a la mesa sobre que estaba el velón, y sólo entonces notó MARÍA la lesión de su hijo.

—¡Benito! —gritó estremecida—. ¿Qué es eso?

—Eso —contestó Benito alegremente— es que me cuesta la licencia un ojo de la cara.

—Y no es cara —dijo Rosa con alegría y con la exquisita delicadeza del verdadero amor.

—¡Hijo de mi vida! ¿Has estado en campaña? —preguntó con acongojada voz MARÍA.

—Sí, en el hospital, luchando con un enemigo mío y no de su majestad.

—¡Ay Dios mío, Dios mío —exclamó la pobre madre llorando amargamente— que mi hijo ha perdido un ojo!!!

—¿Y qué lo hace, si le queda otro? —repuso Rosa echándose a reír.

—¡Ay, qué desfigurado está el hijo de mis entrañas!... —gemía MARÍA, retorciéndose las manos.

—No tal, señora —respondió Rosa con la misma alegría—. A bien que no tiene que parecer bien sino a mí, y a mí me parece hermosísimo ahora como antes.

—¡Lisiado mi hijo! ¡Lisiado mi sol! —repetía llorando MARÍA—. Más quisiera que se me hubiesen secado mis ojos de llorar, que ver a mi Benito tuerto.

—¡Pero, señora, si usted no se va a casar con él, sino yo, y a mí no se me importa que lo esté! —replicaba Rosa.

—¡Ay! ¡Quién pudiera quitarse los suyos y ponértelos! —proseguía diciendo entre sollozos MARÍA—. ¡Yo que te parí con dos ojos más bellos que dos estrellas! ¡Ay! ¡Qué dolor! ¡qué dolor!!!

—No llores, mujer —dijo Martín a MARÍA— antes da gracias a Dios por la merced que nos ha hecho trayéndonosle. Ha poco no te atrevías a pedir a Su Majestad tamaña gracia, y ahora que cuando esperarla no podías te la concede, en lugar de agradecerla lloras por lo que queda. ¿Tú quieres las cosas sin pero y a medida de tu deseo? Pues, hija mía, eso no puede ser, porque siempre se ha dicho que

COSA CUMPLIDA...

SÓLO EN LA OTRA VIDA.

El conde calló, y también la marquesa permaneció silenciosa y con la cabeza inclinada.

—¿En qué piensa usted, mi amiga? —preguntó al cabo de esta pausa el narrador—. ¿He persuadido a usted al fin, con la ayuda de los hechos, de que COSA CUMPLIDA, SÓLO EN LA OTRA VIDA?

—Me preguntaba a mí misma —contestó la marquesa— que cuál de las dos quería más a Benito, sí su madre, a quien tanto afligía su deformidad, o su novia, a la que no se le importaba nada.

—Cada cual fue en su género el tipo más cumplido de sus respectivos amores —respondió el conde.

—Pues a su vez deduzca usted de esto, amigo mío —prosiguió la marquesa—, que algo hay CUMPLIDO en este mundo, y es todo NOBLE AMOR EN EL CORAZÓN DE LA MUJER.

Diálogo sexto. Un tío en América

Etre d'un jour, épuisé de souffrances,
j'ose rever un ciel consolateur:
Fils du néant, pourquoi tant d'esperance?
Fils d'un Dieu-Roi, pourquoi tant de douleur?
A ma raison cette enigme resiste;
mon coeur gémit et mon esprit se tait;
c'est que la vie est un mistere triste,
dont la Foi seule a trouvé le secret.

(Ser de un día, abrumado de padecimientos, me atrevo a soñar en un cielo consolador: hijo de la nada, ¿cómo tanta esperanza? Hijo de un Dios-Rey, ¿por qué tanto dolor? Resístese este enigma a la razón mía; gime mi corazón, calla mi entendimiento; pues es la vida un misterio triste, que sólo comprende y explica la Fe.)

— El presbítero Gerbert.
 

—Señor, señor —dijo la marquesa de Alora al ver entrar a su anciano amigo el conde de Viana—, tengo una historia que contar a usted, fresca, fresca como una rosa de Abril.

—Mucho siento que no sean dos —contestó el conde.

—Es que vale por ciento —exclamó con gozo la joven señora.

—Es claro que eso vale sólo por contarla usted.

—No, no por contarla yo, sino porque es cierta, y me va a valer un triunfo sobre esa triste opinión de usted de que no hay felicidad cumplida en este mundo, y que sólo podemos esperarla en el otro.

—Ansío ya por oírla —dijo el conde, arrellanándose cómodamente en un sillón frente a su amiga.

—Y yo más por contarla. Si no hubiese usted venido, conde, creo que se la hubiera contado a mi canario, que despertó cuando entraron el reverbero, al que cantó la bienvenida, tomándolo quizá por el sol de Dios. Pero vea cuán poco ha durado su ilusión, pues desengañado, ha vuelto a ocultar su linda cabecita bajo su ala y a dormirse.

—No hay ilusión que dure, marquesa, y acabará usted por hacer lo que su canario; bajareis vuestra cabecita, y cerrareis vuestros ojos, hasta abrirlos al SOL ETERNO.

—Después de contada mi historia, discutiremos este punto y disputaremos como siempre.

—Por de contado. ¡Oh, amiga mía! Si siempre estuviésemos de acuerdo, no seríais vos la linda joven llena de vida, de sonrisas e ilusiones, ni yo el anciano cargado de canas, experiencias y desengaños. Pero empiece usted su relato, que si pasa la hora de nuestra conferencia particular y entran los tertulianos, no me la contareis; y prevengo a usted que no me conformaré tan resignadamente como su canario a dormirme después de una esperanza fallida.

—Cuidado, conde, que, cual él, no cante usted creyendo astro lo que sólo será una lucecita.

—Nunca me engaño cuando espero que lo que me cuente usted me interese y me encante.

—Para contar a usted a mi sabor la prometida historia —dijo la marquesa— tengo, como siempre sucede, que tomarla un poco de atrás, y andarme, como dice la bonita frase vulgar, por las ramas.

—Como los pájaros... como las mariposas —repuso el conde—. Bien; tanto mejor; eso es lo que yo deseo. Vuestros vuelos, que son las variaciones de su hermoso tema, que todo es bello y bueno en este mundo, me son gratos al corazón, como son al oído de los filarmónicos las variaciones que con tanta melodía ejecutan los grandes artistas sobre temas escogidos.

—Sabe usted —así empezó la marquesa su relato— que hace dos años padeció Alberto, de resultas de una pulmonía, una afección de pecho que nos llenó de cuidado. Yo no podía vivir; sentía, como dice madama de Sevigné, el dolor que le causaba su tos en mi pecho, y tenía toda la aprensión de que él carecía. Los facultativos le aconsejaron que hiciese un viaje de mar y pasase el rigor del estío en un clima menos ardiente y seco que el de nuestra Andalucía, castigada por sus levantes y solanos, como si también quisiese la naturaleza dar a usted razón en su sempiterno tema de que no hay bajo las estrellas cosa cumplida. Unos le aconsejaron ir a Inglaterra, otros a Suiza, otros a Bélgica; pero Alberto, que, como sabe usted, no es amigo de buscar lejos lo que cerca puede hallar, determinó pasar dicha temporada en Galicia, cuyo delicioso temperamento de verano no goza de la fama que merece, ni atrae a los forasteros que debería, no sólo por nuestra apatía, sino también a causa de nuestra desgraciada falta de caminos, de posadas y de buenos medios de viajar. Me ofrecí a acompañarle; lo que no rehusó: en esto como en todo eran unos nuestros deseos. Conde, Alberto no apreció en todo su valor el heroísmo de que dí prueba para no desunir lo que Dios unió; me embarqué en un vapor, ¡en un vapor de mar! ¿Lo concibe usted?

—Concebiría que se hubiese usted embarcado en un globo aerostático para no separarse de Alberto.

—Paso por alto la navegación, conde —prosiguió la marquesa— y sólo recordaré, estremeciéndome, la tormenta que sobre el Cabo de San Vicente nos atronó, el viento que nos sacudía, las olas que nos azotaron, el erguido Cabo que nos amenazaba, las ballenas que nos rodeaban, lanzando al aire sus saltadores de agua como burlándose de la torpeza del barco, ese competidor que labra y les presenta el hombre en sus dominios, con vida artificial de fuego, con cuero postizo de brea, y aletas fingidas de lona. Vimos cerca de Lisboa, a la desembocadura del Tajo, la torre que se levanta aislada rodeada de mar, y que sirve a la vez de faro y de prisión, representando un fantástico Saturno que a la vez diese la vida y se tragase a sus hijos.

Por fin, presuroso, ruidoso, impetuoso, azorado y bufando, exacta personificación del espíritu de la época, entró nuestro negro dragón en la hermosa bahía de Vigo: no la miró, se detuvo un momento para desembarcar la balija y los pasajeros, y se fue sin despedirse.

Vigo, que se ha agazapado sin gracia ni comodidad en la ladera de un cerro como si temiese mojarse los pies, en lugar de extenderse airosamente en el llano precioso que sigue al escueto monte, no tiene nada de bonito, sino su campo y sus vistas; y así no nos detuvimos allí sino el tiempo preciso para disponer la manera de proseguir nuestro viaje, y aguardar la hora conveniente para emprenderlo.

A la mañana siguiente, pues, al tiempo que se deslizaba callada y pálida el alba entre la noche y el día, surcábamos en una lancha llevada por cuatro remeros la magnífica bahía de Vigo. No movía su superficie en aquella hora, que es la que más respeta el viento, ni el más leve soplo de esta invisible y poderosa fuerza. Aquellas aguas, a las que la tierra abría paso como para hacerles con ellas en sus faldas un abrigo a los barcos que llevan a sus hijos, tomaban entre sus verdes orillas el continente de un manso río, y parecían esforzarse en conservar en su seno la imagen de las deliciosas vistas que en ella se reflejaban. Forma la ría, estrechándose, un recodo a la izquierda, y sigue su angosto cauce por más de una legua. No es posible imaginarse un paseo marítimo más encantador que el que al alba de un hermoso día proporciona aquella ría sorprendente. Tapiza los montes que la encierran un césped que tiene toda la frescura y vivo color del tan celebrado que es el vestido de gala del campo de Inglaterra. De cuándo en cuándo descuellan en las lomas de estas alturas el campanario de la sencilla iglesia de un lugar escondido entre la enramada como un nido de sencillos pájaros. La completa calma de la atmósfera hacía que llegase a nuestros oídos la llamada de la campana a misa de alba. Difícil me sería expresar la conmoviente, sensación, las inspiraciones poéticas que producía aquella voz de la Iglesia, que es, como todo lo suyo, a la vez tan grave y gozoso, tan solemne y pacífico, tan elevado y tan sencillo; aquella voz que os llama en el mismo tono a ti, príncipe, y a ti, pordiosero; a ti, anciano, y a ti, niño; a ti, sabio, y a ti, simple. Nada puede impresionar más religiosa y poéticamente nuestra alma que aquel toque con que hemos sido criados, cuando lo oímos en un sitio encantador, en una mañana deliciosa, suavizado por la distancia, esparciéndose a un tiempo por la atmósfera con los brillantes rayos del sol.

Angóstase tanto la ría, que tiene en ambas orillas dos castillos, cuyas tristes ruinas quedan unas enfrente de otras, como dos manos mutiladas por el tiempo, que en otros más felices se unían por una enorme cadena para guardar las magnas escuadras que llevaban y hacían respetar por el orbe el pabellón de España. Miranse unas a otras las dos ruinas al oír la campana de la aldea, que nunca enmudece, y se preguntan cómo pudo enmudecer la poderosa voz de sus cañones. No las consuela la joven y rica vegetación que las rodea, y rechazan, con sus duros y compactos cimientos la amiga de las ruinas, la yedra, prefiriendo su estoica pobreza y desnudez a galas que desdeñan.

A poco se ensancha la ría, y forma un magnífico lago circular. En medio se levanta una isleta, como si la naturaleza, yendo al encuentro de las necesidades del hombre, lo hubiese, preparado el terreno adecuado para el hermoso lazareto que allí se ve. Al lado izquierdo, recordando la ría que es mar, arroja de su seno unos peñascos duros y desnudos, que forman islas de rocas, que son también un lugar de refugio para las aves marítimas maltratadas por los temporales de la costa de Cantabria.

Estas fuertes y desnudas rocas acaban de hacer de aquel paraje, por el contraste que forman, el sitio más pintoresco y extraordinario que puede hallarse. Aquel lago trasparente, rodeado de verdes montes que están adornados de grupos e hileras de frondosos árboles; aquel grandioso edificio, cárcel, hospital, hospicio y salvaguardia; los barcos aventureros, andadores, emprendedores, ahora tranquilamente anclados allí, y tan inmóviles como descansa un viajero en su lecho; aquellas áridas rocas en que los pájaros del mar vienen, semejantes a los barcos, a buscar su refugio, componen un conjunto magnífico de contrastes que despierta las ideas más encontradas, como lo hacen aisladamente lo reconcentrado y lo infinito, lo ameno y lo grave, lo cercano y lo lejano, lo estéril y lo frondoso, la tierra con sus suaves encantos, la mar con su severa solemnidad.

Entre las islas de roca y el lazareto se prolonga la ría, volviendo a entrar en su angosto cauce, verde y frondoso, hasta llegar al pueblo de San Payo, en el que en tiempos modernos se ha labrado un hermoso puente. Desembarcamos en aquel punto, en donde hicimos un almuerzo bastante bueno, sobre todo por sus ricas ostras.

Mientras preparaban las caballerías para proseguir nuestro viaje a Pontevedra, dimos una vuelta por aquel precioso pueblecito, que tiene, como los de Alemania, sus casas salpicadas entre árboles, huertas y praderas, y llegamos, siguiendo un callejón engarzado en vallados, a la iglesia, que es chica y pobre, y se asienta en el paraje más elevado, como un buen pastor para vigilar su rebaño.

Es imposible imaginarse una vista más bella que la que se abraza desde los porches de aquella iglesia. Al frente, bajando la vista entre las ramas de los árboles, se divisa el lago que forma la ría y los peñascos cubiertos de las ariscas y salvajes aves del mar, que graznan sus poemas épicos en concierto con los idilios que cantan el ruiseñor y el jilguero en la frondosa enramada. Créese uno al ver las rocas, sus alados hijos, y sus atrevidos huéspedes los barcos, a orillas del potente elemento, inmensa palestra del orbe, inconmensurable baldío del universo, para cuya, amplitud no hay vacío, y para cuya grandeza no hay límites en lo creado, pues peina sus canas en un polo, asienta sus pies de hielo, en el otro, levanta en una mano al África y en la otra a la América; lleva en su seno, como dijes, islas que sólo el sol abarca de una mirada, y guarnece con la misma franja de espumas a Europa y Asia; mientras que a nuestro alrededor la pobre iglesia, la abundosa y espontánea vegetación, la dulce y tranquila soledad campestre, el suave y pacífico silencio de una naturaleza rural le trasponen al valle más céntrico y escondido de la tierra.

Si mi suerte me llevase a Galicia, desearía que fuese a San Payo, aquel tranquilo pueblo tan campestre y marítimo a la vez, y al que sólo fue dado unir lo hermoso de ambos contrastes; y no lo sentiría, siempre que conmigo llevase mis amigos, y los hallase allá.

—¿En dónde no hallaría usted amigos, marquesa? —dijo el conde mirándola con cariño.

—Allí donde no sintiesen todos como usted y no me mirasen con sus parciales ojos —contestó la marquesa—. Pero veo —añadió riendo— que mi narración se va extendiendo a una especie de relación de viaje; los recuerdos son laberintos en los que uno se pierde, conde.

—Me interesa mucho lo que de Galicia me está usted refiriendo —repuso éste—, porque conozco poco esa provincia tan distante de la nuestra, bajo el punto de vista gráfico y pintoresco que me la describe usted.

—Siento no haber estado bastante tiempo allí —prosiguió la marquesa— ni haber visto las muchas bellezas que contiene, para poder hacerlo con propiedad y más ampliamente. Cada vez que leo las eruditas e interesantes descripciones que de esta provincia y de sus monumentos da a luz el SEMANARIO, me desespero de haber estado en la fuente y haber bebido tan poco. En viajes, cada día que se pierde, prepara para lo sucesivo un remordimiento. Pero el ejercicio y movimiento le habían sido prohibidos por los facultativos a Alberto, y sólo el preciso para trasladarnos a la Coruña pudimos hacer. Montamos en las caballerías que debían conducirnos a Pontevedra, creo que esta distancia es de dos leguas, las que presentaron a nuestra vista los mismos contrastes que la ría: baja el camino en varias revueltas a un terreno que habrá servido de cama al mar, que ha aniquilado aquella vegetación, sobrepujando al fuego en su acción esterilizadora. Vése aquel yermo sin más accidente que interrumpa su monotonía que peñas y piedras en un desorden mustia y enérgicamente pintoresco, pudiendo representar con propiedad a la imaginación el lugar donde existió Sodoma, y poco después, como por un golpe de magia, resucita el paisaje, tan rico de espléndida vegetación, que a su vez podría representar con propiedad el paraíso terrenal. Toda clase de árboles, esos reyes de la vegetación, esos engalanadores del paisaje, esos hijos robustos que con predilección cría la tierra, se alinean por el camino, se ostentan cerca, se agrupan en lontananza con encantadora armonía, y como los buenos hijos de Noé, cubren con sus ramas los caseríos, que son pobres, ruines, feos y tan antipintorescos, que parecen haber tenido por arquitecto un carcelero pobre, y por padrino al más acérrimo enemigo de las luces, pues hemos visto muchas de estas casas sin ventanas. No sería chocante esta falta en una humilde choza, pero sí lo es en las cuatro paredes que se levantan erguidas y sin gracia para formar una vivienda con categoría de casa. Descuellan entre estos árboles los corpulentos castaños y los erguidos chopos, que visten ropa talar, cubriéndose desde los pies de ramas, formando pirámides, que se balancean en el viento como meciendo los pajaritos que entre sus ramas anidan.

Poco podré decirlo de Pontevedra, donde no nos detuvimos apenas. Es un pueblo grande, no lejos de una ría, puesto que la mar aparece en aquellas costas como una enorme araña que clavase en la tierra sus largas patas, por ver de arrancarle a España su hermosa provincia. El campo es precioso; la posada un hermoso edificio en que se sirve bien al viajero.

Los gallegos, que tienen en gran estima a esta ciudad, cuentan que perteneció a Portugal, cuyo rey la cambió, a propuesta del rey de España, por Chaves. Después de verificado el cambio, vino el rey de Portugal a ver ambas ciudades, y cuando vio a ésta, exclamó arrepentido: «¡Pontevedra, Pontevedra, quien te viera... no te diera!»

Noté, por estar cerca de la posada, el convento de San Francisco, cuya magnitud es asombrosa; muchas casas con escudos de armas, probablemente ligados a la historia de Galicia como rayos de sol a su disco; pero, sobre todo, me admiró y entusiasmó el aspecto que presentan las ruinas de un edificio que nos dijeron era el palacio episcopal10. Conserva este edificio su forma, y la imaginación puede fácilmente reedificarlo.

En aquel clima fértil y húmedo que lo es propio, se ha desarrollado ricamente la buena yedra, la que cumpliendo con su misión, que es una de las obras de misericordia, se ha puesto a vestir aquel encumbrado, pero hoy desnudo edificio, que los hombres, después de labrarlo con tanto celo, abandonan con tanta desidia. Consuela a sus amigas las piedras, las acaricia y refresca con sus suaves hojas, estrecha entre sus débiles brazos los torreones, como la buena mujer al fuerte compañero si lo ve desatendido y vencido; vése esta siempreviva, hija de la tierra, subir afanosa las escaleras, asomarse airosa por las ventanas, formar festones en los arcos, y alzándose sin descanso a medida que se bajan las murallas, sacar por cima de ellas sus verdes ramas, cual el pendón de la esperanza que, señalando al cielo, intentase consolar al que sobre las ruinas de las cosas de este mundo llora. Pontevedra es alegre, y ha dejado una impresión análoga en mis recuerdos.

A las dos de la noche, después de tomar un pocillo11 del excelente chocolate que se sirve en Galicia, entramos en la diligencia-ómnibus que debía trasladarnos a Santiago.

Como soy exacta, aunque pertenezco al sexo que tiene fama de no serlo, fuimos los primeros que la ocupamos. En seguida, y armando mucho estruendo, entró una señora cuyas facciones no pudimos distinguir, pero cuyo enorme bulto se atajó en la portezuela; sentose frente de nosotros, y a su lado una muchacha cuya juventud noté en su voz, puesto que no se veía.

Es el caso de observar que, en general, las voces de las gallegas, y hasta su modo de pregonar, es sumamente melodioso y gusta sobre todo a nosotros los andaluces, que carecemos de esa ventaja, pues aquí se habla recio, en tono sostenido y precipitado, como si temiesen no tener bastante tiempo para decir, y el oyente bastante oído para oír. Allá, al contrario, prolongan las sílabas en diversas modulaciones, que agradan mucho. Seguía a éstas un pasajero, que no debía ser joven por lo pesado de sus movimientos, envuelto en una levita de pelo largo, y asido al paraguas, caro al corazón de los habitantes de la húmeda Galicia; era aquél un vulgar paraguas de los de tela de algodón, que allí gozan de gran popularidad, y prodigan su económica protección a sus adeptos. La señora gorda se apresuró a hacer sentar a D. Longino, tal era su gracia, al lado de su hija. Siguió a este caballero otro que tropezó al subir, se golpeó la frente al entrar, pisó un pie a la señora gorda, que dio un gruñido, y al pedirle cortésmente, excusas, se sentó tan en extremo cerca de Alberto, que tuvo que reiterarlas. En seguida se ató un pañuelo alrededor de la rodilla, por haberse rajado en semejante sitio su pantalón al poner el pié en el estribo. Por último, entró ligeramente un joven, que ocupó el cuarto asiento en nuestra banqueta. No quisiera recordar el camino ni los sustos que me ocasionó. El suelo de la parte de Galicia, que recorrimos es generalmente pedregoso, pero no de piedra menuda y guijarro, sino de enormes trozos o balumbas que alternan con la tierra, y que sería difícil de nivelar, y más de arrancar de su sitio; es, pues, precisa pasar por cima. Crea usted, conde, que como se dice que hay un Dios para los borrachos, se puede decir que hay en España un Dios para las diligencias.

Salió el sol —lo que no tiene por indefectible costumbre en este país— y pudimos hacernos cargo de quiénes éramos los que, venidos de tan encontrados puntos, reunía por algún tiempo tan cercanamente el accesible ómnibus.

Desde luego vimos que nuestros compañeros, no sólo no eran gentes de clase, sino que pertenecían a lo más vulgar, a excepción del vecino de Alberto, ese tipo de la desmaña, que era un empleado que se nos dio a conocer más adelante como sobrino de nuestro amigo D. Galo Pando, el que llevaba el mismo apellido con el nombre patronímico de Arcadio. Este nombre no le venía mal, porque era fino, obsequioso, modesto, galante y complaciente; lo que nos probó haciéndose nuestro amable y bondadoso cicerone en Santiago, para donde no llevábamos cartas de recomendación, no habiendo pensado detenernos allí. La señora gorda ostentaba las más pronunciadas pretensiones a la elegancia. Llevaba un vestido en el que se veían tantas y varias flores y extraña hojarasca, que parecía un invernáculo de flores exóticas; una manteleta hecha de género servido, un camisolín con encajes bastos, lavados y furiosamente almidonados, y una cofia adornada con dos ramos de menudas rosas, las que, confeccionadas en un convento, pero sin vocación para la clausura, clamaban por emanciparse, dirigiéndose cada cual por su lado, como los cohetes de un castillo de fuego.

A su lado estaba su hija; pocas veces he visto una belleza más acabada; tenía, como suelen tener las de su país, las más perfectas formas femeninas, guardando un justo medio entre las bellezas obesas de Rubens, y los largos y descarnados tipos de los heepsaks ingleses. Su delgada cintura era de niña, mientras que la anchura de sus hombros y de sus caderas mostraba el perfecto modelo de la que destinó el cielo para propagar la hermosa estirpe del que es rey de la creación. Su cara era perfectamente bella, su tez blanca, sus ojos y pelo negros; tenía, lo que no es allá frecuente, una inalterable palidez, que denotaba, o algún perenne malestar físico, o algún constante padecer moral; vestía en extremo sencilla, con un gran pañolón sobre los hombros, y un pañuelito de la India azul turquí sobre la cabeza, atado debajo de la barba. El señor que estaba sentado a su lado, vistiendo la levita de bayetón, era un bacalao vestido, con ojos a la vez ariscos y escudriñadores, y uno de esos tipos comunes de repugnante grosería, porque siendo proporcionalmente ricos, ingertan sobre su grotesca gansería la insolencia del dinero.

Esforzábase en hacerse agradable a la joven, que le volvía cuanto era dable sobre la banqueta la espalda, y dejaba todas sus preguntas sin respuestas. Esta joven desde luego ejerció sobre mí cierto irresistible atractivo; y reflexionando en la causa que lo producía, vine a inferir que era la absoluta indiferencia que tenía a parecer bien y a agradar, que pica el amor propio, como lo empalagan los esfuerzos hechos por inspirar admiración; esa dejadez o indolencia que, cuando no son desdeñosas, dan un no sé qué de solidez, un aire de superioridad a mezquinas vanidades, una honesta y recatada independencia o emancipación, harto más llena de atractivo que la decantada, frívola, necia y chocante coquetería puesta en boga por los hombres que escriben con el fin afrancesado de inocularla en las mujeres españolas. ¡Dios perdone a tanto introductor de malas tendencias y peor gusto en nuestro noble país, tan superior a mezquindades frívolas y afectaciones ridículas!

Observé que Doña Simona, así se llamaba la señora gorda, de cuándo en cuándo daba a su hija, que tenía por nombre Andrea, un codazo, y de cuándo en cuándo le tiraba por debajo de su manteleta —que nació vieja— un pellizco; el codazo lo recibía la impasible víctima cuando no contestaba a las preguntas del señor del bayetón, y los pellizcos cuando volvía la cara hacia el último rincón de nuestra banqueta, en que estaba sentado el joven que fue el último que entró en el ómnibus-diligencia.

Debo, antes de proseguir, dar a usted más amplios detalles de nuestros compañeros de viaje, pues van a ser los personajes de la historia prometida, y decirle el cómo los adquirí.

Habiendo sabido D. Arcadio que Alberto deseaba tomar un criado del país, le recomendó a un muchacho que con el fin de colocarse venía a la Coruña, y había tomado un asiento exterior. Era éste pariente cercano de la señora gorda; por este muchacho —que es Domingo—, que nos ha seguido aquí, supe todos los pormenores que voy a referirle a usted.

Es seguro que no extrañará usted verme tan impuesta, conociendo mi propensión a identificarme con cuanto me rodea, hasta con los animales, con la naturaleza y aun con las cosas inanimadas.

—Conozco esta propensión, amiga mía, que hace, digamoslo así, del corazón de usted un santo hospicio, y sé los malos ratos que le hace pasar —dijo el conde.

—¿Y por qué no hace usted igualmente mención de los buenos, de lo que he gozado, vivido, reído y sentido? —repuso la marquesa.

—Si no se acuerda usted de sus ansias y de sus lágrimas, vertidas en el altar de la compasión, yo las tengo bien presentes, y... ¡Dios no las olvida! Mas recuerde usted un refrán turco, que dice que el que llora con todos, acaba por quedarse sin ojos.

—Bien dice usted que es turco el refrán. ¡Qué magnífica y bendita ceguera, la que fuese debida a la caridad!!!

—Empiece usted su historia, marquesa, que además de interés, me inspira ya curiosidad.

—Era Doña Simona, esto es, la señora gorda que gruñía por el desacato cometido por Don Arcadio contra sus respetables sostenes, y que tanto agasajaba a su amigo D. Longino, hija de unos pobres campesinos de Santa María de Meira, pueblecito cercano de Pontevedra. Su hermano, con ese instintivo amor al trabajo, que hace a los gallegos tan hombres de bien, se embarcó para América; su hermana mayor casó con un pobre, que a poco murió, dejándola con cinco hijos en la miseria.

Simona, que era buena moza, y por lo tanto algo arrogante y desenvuelta, se casó con un dómine flaco, mustio y poco letrado, gracias a ciertos escrúpulos de conciencia que supo despertar en su asombradizo ánimo, el que, por ser hijo de un criado de campo de una casa pudiente, obtuvo no sé qué clase de empleo, cargo o cobranza, que le trajo a Pontevedra. Dando ensanche o pábulo este ascenso a la arrogancia de Doña Simona, aumentose ésta a increíbles proporciones. Su pobre hermana imploró, sin obtenerlos, socorros de la encumbrada Simona; lo solo que hizo ésta por ella fue traerse a uno de sus hijos, llamado Benito, gracias a la intervención del triste dómine su marido, que necesitaba un muchacho de toda confianza para sus cobranzas.

Benito tenía el bello tipo gallego, no tan fino como el fino tipo andaluz, pero quizás más correcto; y que si bien no tiene el alma y chispa de nuestros paisanos, tiene una frescura y una lozanía de las que el nuestro carece.

Andrea, que tenía bastante buen sentido para que le chocasen las fachendas y jactancias, con las que su madre se ponía en ridículo, por la fuerza de la reacción, se apegó a lo sencillo y a lo rústico, no porque fuese humilde, sino porque tenía bastante orgullo razonado para no dejarse cegar por la torpe vanidad. Así fue que, lejos de desdeñarla, se apegó a su familia pobre, y correspondió al amor de su primo, él que, a una hermosa presencia, unía un honrado carácter, un corazón sano y un recto juicio. Poco antes de nuestro viaje había llegado a Pontevedra un rico mercader de la Coruña, que había tenido asuntos que tratar con el triste dómine, marido humilde de Doña Simona.

Era éste, como usted quizás habrá colegido, el feísimo señor del levitón, al que Andrea volvía la espalda y al que su madre colmaba de atenciones de grueso calibre. Habíase éste enamorado de Andrea, y ofrecido a sus padres de encumbrarla hasta constituirla en su cara mitad. De gozo la madre se había puesto a bailar la gallegada, y el padre había sacado, entre las cosas arrumbadas y fuera de uso, una sonrisa momia, seca y encogida, que apenas salió a luz, se desvaneció para siempre, como sucede a otras cosas al desenterrarlas.

Andrea, que no era interesada, aunque no hubiese amado a Benito, no había consentido, a imitación de la luz, en ser la bella mitad de aquella mustia noche; así fue que desde que comprendió de lo que se trataba, sin agitarse ni apurarse, con cierta sangre fría y flema, que había heredado de su padre, demostró el menos disimulado desdén al rico D. Longino, y el más ostensible apego a su primo Benito. El mercader, que no podía detenerse, propuso a su futura suegra que le acompañase con su bija a la Coruña, confiado en que el trato engendraría cariño, y que éste y las galas de su tienda triunfarían de la marcada repulsa de la hermosa Andrea. Doña Simona consintió tanto más gustosa, cuanto que no se hallaba de gozo al pensar en éste viaje de placer, en el que vería a Santiago y sus famosas fiestas patronales, y a la Coruña, ese inapreciable camafeo antiguo engarzado a lo moderno. Pero ante todo, y a prevención, despidió la buena parienta a su sobrino como a un lacayo, sin que fuesen parte a impedírselo las observaciones del triste dómine su marido, que no quería desprenderse de él, como tampoco la aflicción de su sobrino, ni las lágrimas vertidas por su infeliz hermana. Benito, que como gallego era económico y arreglado, a pesar de haber socorrido siempre a su madre, había ahorrado una pequeña cantidad, y en su desamparo se resolvió a invertirla en trasladarse a Méjico para buscar a su tío, hacerle presente su situación y la de su madre, y ver si quería ampararlos; lo que a poca costa podía hacer, sabiendo ellos que había hecho una fortuna inmensa. Aunque nunca había contestado a las cartas que le habían escrito, ni jamás se había acordado de su pobre familia, Benito esperaba que su presencia haría más que un papel, que después de leído se tira.

—La esperanza florece siempre y en todos los corazones, porque es una flor del cielo; pero en la juventud está en toda su lozanía —dijo el conde—. ¡Ir a buscar un pariente rico, sin que éste lo llame! No es preciso ser lince para prever el ultimátum de esta relación, que vos misma creéis, quizá con Benito, muy satisfactoria, contando, como los romanceros, con una herencia o un pariente rico en las Indias para concluir sus novelas o comedias con el casamiento de los amantes a satisfacción del auditorio.

—Usted prefiere, como siempre, concluirla en drama —dijo la narradora, interrumpiendo con viveza a su amigo—. Puede, puede, pues a la hora esta no están casados Andrea y Benito; pero si su misántropo apagador no mata la luz antes de tiempo, me dejará concluir mi relación.

—Señora, no apago, atizo, que es lo que me tiene cuenta, para que prosiga usted y disipe todas mis tinieblas.

—Estáis, pues, enterado de quiénes eran y en qué disposiciones venían nuestros compañeros de viaje. Atravesando aquel delicioso país tan frondoso y más grandioso que el paisaje inglés, aunque no tan ameno y apacible, atravesamos por Caldas y llegamos a Padrón, pueblo lindísimo metido entre árboles y agua como una ninfa que se baña, y en el que los sauces llorones, de firme y robusto tronco, débil y lánguido ramaje, pomposos e indolentes, demuestran la altura sin arrogancia, y la fuerza unida a la gracia. Después de una malísima comida —la peor que hemos hecho en Galicia, en donde son excelentes los comestibles, si bien las cocineras de las posadas no alcanzan a merecer el mismo epíteto— seguimos nuestro viaje, penoso por lo malo del camino, delicioso por las vistas que presenta hasta llegar a Santiago, en donde el paisaje se hace en general más austero, como si quisiera adaptarse al carácter de aquella grave y antigua capital, que aislada, sin casi vías de comunicación, desdeñando el comercio y su mezquino e interesado movimiento, prohíja su universidad y colegios como cunas del saber y de las ciencias, y honra sus magníficos y antiguos edificios de piedra que el tiempo ha ennegrecido, dándoles con eso la dignidad que da al hombre blanqueando su cabeza. He pasado en Santiago sus animadas fiestas patronales; he oído la música aérea de sus campanas y la militar de su guarnición; he visto sus fuegos, sus gigantes, restos memorables de cándidas épocas pasadas; he visto moverse cual hormigas millares de vivientes alegres y animados; he visto el sol sonreír a esta gran reunión devota, pacífica y alegre; pero nada de esto, conde, ha sido suficiente para distraer mi ánimo de la grave contemplación que inspiran aquellos edificios que temo profanar con la voz de burgraves de la arquitectura; nada en lo presente podría compartir la meditación en que sumen la mente que busca y halla en ellos los vestigios de los siglos, la marca de la historia y el panteón de hombres que, si aquí yacen silenciosos y ocultos, brillan en la oscuridad de lo pasado como estrellas en la noche. No creo, conde, que en ninguna parte del mundo se presenten tan grandiosa, tan propia y tan vivamente las huellas de grandes cosas y grandes hombres de la historia como en Santiago; es el archivo del tiempo mejor conservado y menos profanado que creo puede existir en el mundo. Aquisgrán conserva la palpable memoria de su Carlo-Magno, la que llena allá lo presente como lo pasado, la historia y la poesía, la realidad y la fantasía, el corazón y la cabeza, pero aquí no es una historia parcial o aislada; aquí es un centro al que, desde el Santo Apóstol a quien debe el nombre, ha venido, atraído por la gloria y fama del santuario, cuanto grande ha existido, sin exceptuar al mismo Carlo-Magno. La gran plaza, que componen sólo cuatro magníficos edificios, infunde tal respeto, conde, que no se quisiera sino pisar de rodillas. ¡Cómo no sentir ese respeto, nacido de las reflexiones que inspiran!

Si miraba a la soberbia catedral, consideraba que más de mil años han pasado desde que se fundó. Si al Seminario Conciliar, obra perfecta del siglo pasado que le hace frente con sus grandiosos soportales, consideraba que lo fundó un obispo en bien de la Religión. Si a la derecha, al Hospital no menos grande y digno, consideraba que lo fundaron los Reyes Católicos. Si a la izquierda, al Colegio que en 1544 labró el arzobispo Fonseca, recordaba que fue para los pobres, y que por eso le apellidó el vulgo Colegio de pan y sardina.

¡Sí, conde, de rodillas se quisiera pisar aquel recinto, aunque no fuese mas que para pedir perdón a ese gran tiempo pasado de la osadía con que la ingrata época moderna lo desprecia, lo zahiere, lo vilipendia! Allí, conde, se labraron esos suntuosos e imperecederos edificios y santuarios a la RELIGIÓN, a la CARIDAD, al SABER DIVINO y al SABER HUMANO. ¡Y queréis que no pida perdón a ese pasado que insulta este presente, que labra teatros, plazas de toros y paseos!!!

—¿Se lo censura usted, marquesa?

—No, a no ser las plazas de toros, ¡esas sí! Lo demás no se lo censuro, no, al contrario; pero le niego el derecho de condenar tan amargamente, en nombre de las luces y de la filantropía, las épocas pasadas; me parece un parricida, y lloro la ingratitud de la presuntuosa mocedad hacia la respetable vejez, que le dejó la herencia que disfruta.

—No se exalte usted, marquesa; la exaltación, aun en los mejores y más elevados sentimientos, nos hace injustos y exacerba el dolor.

—Si la exaltación es santa y buena, dejadla alzarse aunque sea en alas de suspiros.

—Es que todas se creen santas y buenas. Mire usted que las exageraciones dañan a su objeto, marquesa. Cuando Mr. Emile de Girardin, director del periódico francés La Presse, no se había subido aún en los zancos vistosos de la excentricidad, no se había aún desbocado en los extravíos del republicanismo, y no había demostrado el cómo puede la aberración del genio elaborar veneno con las flores del talento, de la imaginación y del saber; en aquella época en que se servía de estos hermosos dones unidos a la razón, dijo:

«Toda libertad tiene sus límites naturales que no puede salvar impunemente.

La libertad de reunión tiene por límite y castigo el tumulto.

La libertad de examen tiene por límite y castigo la duda.

La libertad de imprenta tiene por límite y castigo el descrédito en que cae la reacción que provoca.»

—Y yo añadiré que la facultad de sentir tiene por límite y castigo el torturarse el corazón y el amargarse la vida sin provecho de nadie.

—Sin provecho, no, conde. ¡Dios nos libre de asemejar las cosas del corazón a las de la tierra! Y ahora diré a usted a mi vez: El afán de atemperar los sentimientos tiene por límites y castigo el enfriarlos.

—Vamos, ambos tenemos razón —repuso el conde sonriendo—; en un buen medio está la virtud.

—Sí, como lo está el talento entre la ignorancia y el genio, según un autor francés.

—Pero... marquesa, vuelva usted a Santiago, y descríbamelo en llana y exacta prosa.

—Eso no podré, conde; no sé hacer llana y exacta prosa —dijo la marquesa—; no soy bastante positiva ni bastante instruida.

—No desee usted mal —repuso el conde—; hace usted poesía.

—¡Poesía! ¡Pero si no sé hacer un verso!

—No importa. Dice otro autor que los versos son demasiado a menudo enemigos de la poesía, porque la poesía es la inspiración del alma, y la versificación es una convención del entendimiento. Y añade en otro lugar: la inspiración del corazón no es nunca ridícula, como lo es a veces la de la imaginación; por eso las mujeres suelen estar mejor inspiradas que muchos hombres. Hábleme usted, pues, de Santiago, si no quiere en llana y exacta prosa ni en poesía, que sea en vuestro lenguaje propio, que no tiene, según usted dice, nomenclatura.

—Sólo lo entreví, conde. Además, no tengo los conocimientos artísticos, históricos y arqueológicos necesarios para hablar debidamente de pueblo tan importante en estos ramos; sólo le diré someramente que es magnífica la Universidad, y que lo solo que me chocó en tan grandioso edificio de bóvedas, mármoles y piedras con su oscuro color de anciana, fue ver en un hermoso y noble frontispicio una diminuta losa de mármol blanco como alabastro con esta interesante inscripción: «Asegurado de incendio.»

Paréceme que más propio hubiese sido el poner en ese grave, incombustible y poderoso edificio: «Asegurado de las malas doctrinas antirreligiosas, antisociales y antinacionales que infestan nuestra pura atmósfera». De cierto habría inspirado más confianza a los padres y atraído más alumnos, que no la interesante noticia que da ese parche moderno. Me hizo su vista el efecto que me habría hecho un guerrero que sobre su yelmo de hierro se hubiese puesto una chichonera de niño.

Tampoco quiero omitir el hablar de las magníficas hortensias que allí vi, que se elevaban a grande altura, y cuyos tallos tenían, si no la consistencia, la circunferencia del tronco de un árbol frutal. Igualmente quiero honrar a un cardo de los que llamamos aquí borriqueros, que vi en el jardín del Colegio de Medicina, que había crecido a tan extraordinaria altura, que en Escocia hubiese sido el Walter Scott de sus cardos12. Puesta yo en pie, alzando el brazo y levantando con éste mi sombrilla, no alcanzaba a su flor.

Quisiera hablar a usted del portentoso convento de San Martín Pinario; pero como, abandonado ya, camina lentamente de cadáver a esqueleto, esto es, que decae del abandono a las ruinas, callaré por no llorar.

Santiago no diré que no sea bonito, pero sí que no me lo pareció; la estructura de sus calles, la arquitectura de sus casas, su aspecto general, no es bello ni elegante; hay algo heterogéneo en su conjunto, un contraste sin gradación de lo soberbio y grandioso a lo pobre y mezquino: no creo poderla ofender en esto que digo. ¿Cómo se sentiría la Minerva cristiana de que no se le concedan las gracias de una Venus presumida? ¿Quién repara si es bonito como ciudad o vivienda de hombres Santiago? ¿Quién, al ver una iglesia a la luz de sus lámparas de plata, echa de menos el gas? ¿Quién, al ver un castillo histórico, echa de menos pulidos cristales y verdes celosías? ¿Quién, al entrar en un noble archivo, se acuerda de los álbumes perfumados? Se está en otra esfera, conde, que si no impregnada de ámbar y de pólvora de barricadas, lo está del polvo de los siglos y del incienso de su augusto templo.

¡Santiago! Mausoleo del santo Apóstol de Cristo, ansiado fin de regios peregrinos, mansión augusta y venerable del catolicismo y del saber, agenda de granito de la historia, blasón de las glorias de Galicia, ¡puedan siempre, como hasta ahora, pasar por ti el Tiempo y las generaciones, sin profanarte y sin hacer mas que solemnizar y enaltecer el interés que inspiras, la emoción que causas, el respeto que infundes, y la profunda impresión que dejan tus recuerdos!»

La marquesa bajó la cabeza instintivamente, cual si la inclinase el respeto que le causaban sus solemnes recuerdos, y al cabo de un momento, levantándola con viveza, dijo con una dulce sonrisa a su anciano amigo:

—Pero aburro a usted, conde, con esta intempestiva incursión por mis recuerdos, que nos han llevado muy lejos del primitivo asunto de nuestro tema, que es la historia de mis amigos de diligencia ¿Quién diría que os estoy refiriendo un suceso? Prosiguió, pues, y esta vez sin interrupción.

Perdimos aquellos días de vista a nuestros amigos del ómnibus; sólo una vez vi a Doña Simona, que iba hecha un brazo de mar al lado de D. Longino, que sin levitón de bayetón parecía un deshollinador cascado. Llevaba la señora las flores de monja de cofia colocadas en su absurdo peinado. Cuando estuvo cerca de mí, se entreabrió ostensiblemente la mantilla para deslumbrarme con un collar y zarcillos de filigrana y desparejadas perlas de mostacilla, y poniendo en movimiento rápido su abanico con todas sus fuerzas gallegas, pasó haciéndome un pequeño saludo protector. Andrea seguía a esta ridícula pareja, como sigue la fragancia al tosco levante que la arrebata. Al pasar se sonrió con dulzura, como si un instinto del corazón la anunciase que hallaría simpatías en mí su carácter, su amor, sus padecimientos y su conducta. ¡Pobre Andrea!

A los tres días salimos de madrugada en la diligencia, y a mediodía, después de haber atravesado por una buena carretera un país hermoso, llegamos a la Coruña.

Han comparado la Coruña a Cádiz. Pero, conde, por muy apasionada que yo sea a la verde y pintoresca Galicia, tan vieja y venerable en sus monumentos, tan joven y fresca en su naturaleza, no puedo menos de decir, que si lo dijo un gallego, fue amor propio, y si un andaluz, fue un cumplido; hay la diferencia entre ambas ciudades, del marfil al hueso. Cádiz es una ciudad excepcional, no sólo en España, sino en Europa. Hija de la plata de América, no han gastado los andaluces la jactancia que les echan en cara al denominarla una taza de plata; han sido verídicos y justos. Bien conocidos son los autorizados encomios que de ella hace Byron; últimamente ha escrito el afamado autor norteamericano Longfellow una obra que se titula Ultramar, en la que declara a Cádiz la más bonita ciudad de la tierra; por consiguiente, no será rebajar a la perla de Galicia, ni una jactancia, el decir que la Coruña no puede rivalizar con Cádiz.

Si quiere usted que le dé una idea de la posición de la linda ciudad de la Coruña, será comparándola a la de Cádiz si formase un arco desde Torre Gorda, viniendo a encontrarse su iglesia del Carmen frente a Puerto Real; en escala menor, el río Guadalete y el Puerto de Santa María ocuparía en el lugar del Ferrol y su ría, con la diferencia que en lugar de salinas, rodea aquella bahía un campo verde y ameno, y en lugar del portentoso y sublime cielo que cobija a Andalucía, empañan a aquél sus neblinas. No me gustan sus casas, porque no hay casas que puedan agradar a quien está hecha a nuestros patios, nuestras galerías, nuestras columnas de mármol, nuestros jardines y nuestras fuentes.

—Ya se ve —repuso riendo el conde—. Así es que se cuenta que cuando un sevillano mandaba labrar una casa, decía al arquitecto: «Hágame usted en este solar un gran patio y buenos corredores; si terreno queda, haga usted habitaciones».

—No es nuevo —repuso la marquesa— que los andaluces nos burlemos de nosotros mismos, como lo prueba ese gracioso epigrama, no aplicable ya a las mezquinas construcciones modernas, con sus ahogados patios, venciendo en la competencia del día lo útil a lo agradable, lo confortable a lo bello, la estíptica economía al noble rumbo. Estoy por lo agradable, lo bello y el rumbo, conde, y hablo en mi sentido; soy sevillana, quiero luz, espacio, aire, elegancia, belleza, flores y fuentes; y confieso a usted humildemente, que siento tan a la antigua, que entre dos amargas alternativas, la de mostrarme mezquina e interesada, y la de empeñarme, preferiría esta última, si no tuviese la posibilidad de valerme del noble sacrificio para evitar ambos extremos.

De las ventajas referidas, aire, luz y espacio, carecen aquellas casas; y es claro, las echarán sus habitantes de menos, cuando se fabrican en sus fachadas apéndices de cristal. Hay casas que se visten, si me puedo explicar así, de cristales, y que, miradas desde la bahía cuando las alumbra el sol, parecen estar ardiendo en vivas llamas. Divídese la ciudad en dos partes: la antigua, encerrada en sus fortificaciones en el último extremo de la lengua de tierra, que se prolonga como un arco en el mar; y la moderna, que se arrellana al lado de su bahía para mirar sus navíos. La vieja contiene, en un cerco de murallas los edificios y monumentos notables; la nueva, las tiendas, los paseos, el teatro y sus brillantes fachadas de cristal.

Con ese afán de demoler, que es una especie de frenesí en esta época, fueron demolidas a gran costa estas hermosas fortificaciones, labradas a imitación del gran Arquitecto que labra las rocas, dejando separadas ambas mitades por escombros, como lo está lo pasado y lo presente. Ni un árbol, ni un paseo, ni ninguna nueva construcción ha venido a cubrir la desnudez y fealdad de aquel erial cubierto de escombros. Se ha dicho a lo pasado, con esa hiel y con ese encono incalificable con que se le hostiliza y persigue: «¡Te destruyo!», y no han cubierto sus restos, siquiera por respeto a la muerte. Allí yace aquel triste cadáver entre ambas ciudades como muestra de la impotencia de una época que sabe destruir y no labrar, como un funesto recuerdo de discordia, como un monumento de la ciega arbitrariedad popular, como una necia caricatura de la Bastilla, como una autorización plausible al extranjero, que al pasar dice con desdeñosa sonrisa: «¡Cosas de España!» ¡Qué impotencia! ¡Destruir y no reedificar; no plantar siquiera unos árboles, esa cultura que brinda la naturaleza, si medios faltaban para atender a obras dispendiosas! ¡Qué encanto tiene lo pasado para las almas poéticas, y qué bien demuestra la época presente su prosaísmo por el desdeñoso encono que le tiene!

Pero charlo más que una cotorra —prosiguió la marquesa— y dejo abandonada mi historia, como los coruñeses el espacio que separa su antigua y su nueva ciudad. Sólo le diré que el trato de los gallegos que conocí es sumamente agradable; y si no es tan picante, divertido y franco como en general el de Andalucía, es ciertamente más comedido y bondadoso.

—¿Y nada me dice usted de la famosa torre de Hércules? —preguntó el conde.

—Verdad es que no debo pasarla en silencio, yo que tanto admiro y venero los faros; pero ¿y mi historia?

—Tiempo hay para todo; nadie nos corre —repuso el conde.

—Pues empezaré por contarle una pequeña anécdota, que, aunque de poquísimo interés, me hizo tanta gracia que puede le haga a usted alguna. Cuando llego a un pueblo, hallo gran placer en subir a una altura, y dominándolo con la vista, hacerme cargo de su localidad. Hícelo así, subiendo con mi patrona al balcón más elevado de su casa, desde donde se divisaba una vista hermosísima por estar situada en la ciudad antigua, que es el punto culminante de la pequeña península. —¿Dónde está el faro?, le pregunté. Mi patrona me miró sin contestarme. —¡Ah!, exclamé, viendo sobre una altura del terreno quebrado que se extiende detrás de la ciudad nueva hasta el mar de afuera una ancha, cuadrada y venerable torre. Aquel será. En Cádiz también, proseguí, tenemos un soberbio faro.

—¿Sí? —contestó mi patrona—. Pues si aquélla se llama de Faraón, la de aquí se llama de Hércules.

La torre de Hércules, que en su nombre patentiza su edad, como los siglos, es, y con razón, la joya que ostenta Galicia en su gran museo de antigüedades. Dícese que la labró Hércules sobre el lugar en que enterró la cabeza de Gerión cuando en singular combate lo venció; dicen que la labraron los fenicios; dicen que la construyó Trajano. Pero sea de ello lo que fuese, la vieja torre, harta de servir por siglos de candelero, picada de que ese hormigueo de generaciones efímeras que han pasado como polvo que lleva el viento, le atribuya varios padres, ha querido rendirse, y la Coruña, que la aprecia y ostenta como su penacho, la ha sostenido con su cuidadosa mano, y últimamente la ha labrado un vestido de piedra, en el que la conserva como en un estuche. Sigue adornando su frente con un brillante de fuego, que derrama sus reflejos muchas leguas en el mar, para consuelo del navegante, a quien amonesta en su lenguaje cosmopolita.

Desde su altura se divisa la ría del Ferrol y la de Betanzos, y entro ambas la extraña Peña calva y roma llamada Marola, que allí se levanta importunamente como para contrariar aún más las aguas movidas por las mareas, las corrientes y el empuje de aquel mar, bravo e inquieto. Fuí al Ferrol, conde, en un vapor lilliputiense, labrado para surcar un arroyo, y no olvidaré mi mortal angustia cuando nos vimos el juguete de aquellas olas en revolución, de aquellas corrientes encontradas, de aquellos empujes del mar, de aquellas aguas convulsas, y me parecía que la Marola se burlaba de nuestros brincos y contoneos en su impasible inmovilidad. ¡Cuánto la envidiaba! Tanto, que le hice voto de al regreso a mis lares imitar su inmovilidad.

Pero en mi vapor miniatura me he ido al Ferrol, dejando plantados a mis héroes en la Coruña.

—¿Y ha de volver usted de nuestro afamado arsenal sin decirme lo que le pareció, señora, mía?

—Conde, es un portento, y por lo tanto tan conocido y descrito, que nada de nuevo os podría decir. La ría, aunque más corta que la de Vigo, tiene, cual aquélla, orillas encantadoras, y en su parte más angosta dos castillos: el uno de ellos se dice tenía tantos cañones como días tiene el año. Extiéndese el mar a los pies de la bonita y alegre ciudad, manso e hipócrita, y le cuenta en susurros los estragos que publica bramando en ancho espacio. Recuerdo con dolor que los gigantes árboles de su magnífico paseo estaban bárbaramente talados. ¿Qué Robespierre ordenó la decapitación de aquellos nobles ancianos? Es imposible que vuelva a tener tranquila su conciencia; se le aparecerán negros y sin hojas como fantasmas aquellos árboles decapitados, alargando sus largos brazos para asirlo y llevarlo a ser aserrado, que es el suplicio de ellos. El Ferrol resucita; pero me parece que para dar toda su vida a aquel coloso, se necesitan los millones de que podía disponer Carlos III. Mas no me haga usted hablar de lo que no entiendo, conde. Aunque estamos solos y seáis indulgente, me oigo a mí misma, y me choco.

Habíamos tomado alojamiento en el café de Puga, donde nos recibieron tal cantidad de animalitos saltadores, muy predilectos de los microscopios, que Alberto añadió una L al nombre del café para calificarlo con más propiedad. Estas horribles invasiones son consecuencias inevitables de un piso de tablas que no se aljofifa. ¿Comprende usted lo horripilante que es esto para una andaluza que no pisa sino piedra y mármol lavados todos los días? Pronto nos trasladamos a una casa de pupilaje que nos propuso un primo mío, comandante de artillería, que vivía en el entresuelo. Habitaba en el cuerpo alto la patrona, que era conocida de D. Longino, el que llevó e instaló allá a Doña Simona y su hija, por lo cual la casualidad volvió a reunirnos.

Como puede usted suponer en el carácter de Doña Simona, apenas supo por la patrona quiénes éramos, cuando trocó sus aires desdeñosos en una cortesía servil y empalagosa. Nunca pudo pensar quiénes fuésemos, decía, al ver la sencillez de nuestro traje; siempre había presumido que una persona de mi categoría no debería viajar sino con vestido de terciopelo, sombrero con plumas y alhajas.

Llegó el día de la marcha de Benito, que partió para Méjico.

—¿Y no le disuadía usted de ir? —preguntó el conde.

—¿Yo? No por cierto. ¿Qué tenia yo que darle en compensación de sus esperanzas? ¿Qué derecho a entrabar la dirección que Dios daba a su suerte? ¿Qué motivos ni qué razón para disuadirle de su proyecto?

—Señora, la seguridad de que el infeliz iba a hacer ese gran viaje en balde, y que lo que iba a recoger de ese tío poderoso y duro —como lo son todos esos hombres bastos enriquecidos, a quienes, en su orgulloso egoísmo, un pariente que se cree con derecho a su protección horripila— serían sólo durezas, desvíos y negativas.

—Así lo pensaba yo; pero hubiera sido una crueldad el decírselo. Además, esa América tiene para los españoles entrañas de madre, aunque no así sus hijos; no parece sino que les agradece aún su bautismo, su civilización, su prosperidad. ¿Cuántos y cuántos hacen allí de un modo u otro fortuna? Así fue que, lejos de aumentar su abatimiento y su desesperanza, le animé, levanté su espíritu y le pronostiqué buena suerte. Si hice mal, conde, mi intención fue buena; era joven, y el mundo es ancho. ¡Pobrecillos! Su madre en su miseria confiaba en ese viaje; su querida lo aguardaba con constancia y esperanza, y sus hermanitos decían: «¿Vendrá mañana? ¿Traerá mucho dinero? ¡Pobrecillo!»

—¿Y ha vuelto usted a saber de él?

—Sí —respondió la marquesa—. Domingo, que, como sabe usted, ha hecho un viaje a su tierra, siguiendo la inveterada costumbre, que tiene hasta los honores de copla:


Los gallegos de Galicia
por Mayo y por San Miguel
se despiden de sus amos
y se van con su mujer,
 

después de un largo y penoso viaje de vuelta en que arribaron a Lisboa, ha llegado, y me ha dado noticias de nuestro viajero, a quien vio en Santa María de Meira, ya de regreso.

—¡Qué! ¿Ya había vuelto? —exclamó el conde—. Esos ricos, marquesa, no quieren pobres a su lado, así como los alegres no quieren tristes. Lo pensé.

—Conde, hay una expresión vulgar, la cual como todas nuestras expresiones vulgares, tiene más sentido, más chiste y más concisión que nuestras expresiones cultas y pulidas, y se la quiero aplicar a usted, diciendo que come corazones. ¿Sabe usted, señor mío, que hace mal en eso? Pues si acierta, chasquea usted al narrador, y si no acierta, se chasquea usted a sí mismo.

—Merezco la reconvención y la acato —respondió riendo el conde.

—Sí, lo mandó de vuelta —prosiguió la marquesa—; pero su entrevista fue singular. Cuando su pobre sobrino desembarcó, se presentó en casa de su tío.

—¿Quién eres? —preguntó el Nabab, al ver su pobre pelaje.

—Señor —contestó cortado el sobrino— soy hijo de vuestra hermana.

—¡Hola! Me alegro. ¿Y cómo va por allá?

—De salud bien, señor; me encargaron tantas expresiones.

—¡Ya, ya, vamos! Me hago cargo. Y tú, ¿a qué vienes?

Esta pregunta fue hecha con tal secatura y despego, que intimidó al pobre muchacho, el cual contestó cortado:

—Señor, tío, a trabajar; a ver si puede o quiere usted colocarme, y puedo así aliviar la suerte de mi pobre familia.

—¡Bien, me parece bien! Vete a acostar, que mañana te daré trabajo.

El sobrino se retiró, y a la mañana siguiente montó con su tío a caballo y se pusieron en marcha. Todo el día caminaron por aquellos desiertos campos, y al anochecer llegaron al sitio en que estaba situada la mina del Nabab. A la mañana siguiente bajaron a ella, y después de andar muchas y sombrías galerías, llegaron al lugar en que se trabajaba un rico filón.

—Capataz —dijo el amo a su encargado— aquí le traigo un trabajador; ponga usted a este muchacho a trabajar en el filón, y lleve usted cuenta de lo que saca, para pagarle su jornal según trabaje.

El pobre Benito se quedó dolorosamente sorprendido al ver el duro y triste trabajo a que lo destinaba aquel tío que nadaba en la opulencia; pero con su buen carácter, y obligado además por la necesidad, no hizo objeción, y se puso con el corazón partido al trabajo.»

El conde se echó a reír, y la marquesa prosiguió, sin hacer alto de ello:

—Benito trabajó sin descanso y sin dar pábulo a que el malhumorado capataz pudiese reconvenirle en nada.

Al cabo de un mes volvió su tío a la mina.

—¿Con qué... qué tal ha trabajado el muchacho? —preguntó al capataz.

Este no pudo hacer otra cosa que elogiar a Benito.

—¿Se ha apartado el mineral que ha extraído, como encargué? —tornó a preguntar el dueño.

—Sí señor —respondió el preguntado, enseñando una gran porción de mineral reunido en un montón.

—Vaya, no lo ha hecho mal —dijo el tío, después de examinarlo—. Ya veo —añadió, dirigiéndose a Benito— que eres un buen trabajador, y no te dueles de ti. Ahora alístate para volver conmigo a la ciudad.

Benito obedeció alborozado, conociendo que su tío había hecho una prueba con él, de la que, sin sospechar que lo fuese, había salido bien.

En los dos días que siguieron a su vuelta, su tío apenas le habló; al tercero lo llamó, le pagó bien los jornales que había ganado en la mina, y le dijo que se preparase a marchar al día siguiente a Veracruz, en donde se embarcaría en un buque inglés, cuyo capitán era conocido suyo, el que ya tenía cobrado su pasaje hasta Londres, y cuidaría de buscarle embarcación y pagarle el viaje de allí a la Coruña.

Diciendo esto, le volvió la espalda, y como tenía aquel señor la cara seria, y Benito era tímido, no se atrevió a contestarle una palabra, ni a hacerle una objeción, sino que, resignado y abatido, a la semana siguiente emprendió su viaje de vuelta.

—¡Pobre Benito y pobre marquesa! —dijo con triste sonrisa el conde.

La marquesa prosiguió sin dejarse perturbar:

—Llegado que hubieron a Londres, le dijo el capitán, que era un buen hombre y que había tomado afecto a Benito:

—¿Con qué... qué dispone usted que se haga con sus cajas?

—¿Qué cajas? —preguntó Benito sorprendido.

—¡Toma! Las cajas de mineral de plata. ¡Un caudal, amigo!

—¿Y esas cajas son mías? —tornó a preguntar atónito Benito.

—Así me lo dijo su tío de usted; así lo prueba el letrero que con vuestro nombre las señala, y lo confirma el registro de mi barco, en que vienen designadas como vuestras. ¿No lo sabía usted?

—No, ni aun la más remota sospecha tenía —contestó con las lágrimas en los ojos el enajenado propietario.

—¡Oh! —exclamó riendo el capitán—. Cosas de vuestro tío, que es todo un original! Por eso me encargó que le aconsejase a usted de vender ese mineral aquí, de guiarlo para los pasos que con este objeto tenga que dar, de cambiar el dinero en buenas letras de cambio, y hecho lo cual, cuidase de buscar a usted su pasaje para la Coruña.

Y todo sucedió así. Benito se embarcó en el vapor inglés, no para la Coruña, donde no hace escala, pero sí para Vigo, trayendo en letras por valor de diez mil duros.

Y ahora —prosiguió la marquesa meneando la cabeza y mirando con radiante aire de un noble triunfo a su anciano amigo— ahora, ¿qué dice usted, profeta de males, verdadero búho, que creéis ser pájaro de la sabiduría, compañero de Minerva, y no lo sois sino de la noche y compañero de la desilusión? ¿Qué dice usted? ¿Qué dice?

—Digo que la rosada aurora me deslumbra, y que me vuelvo a mis ruinas, pero no sin dar gracias a Dios que la cría, el parabién a las flores que se abren a su paso, y envidiar a los pájaros sencillos que le cantan un himno simpático.

—Quisiera —prosiguió la marquesa— que oyese usted referir a Domingo la entrevista de Benito con su madre y sus hermanos. En mi vida he gozado como al oír esta relación. ¡Cómo se unieron mis bendiciones a las de toda la familia para colmar con ellas a ese tío que, áspero en apariencia, había hecho la felicidad de esa buena gente! ¡Oh! ¡Qué no hubiese él mismo estado presente para gozar de la inefable delicia que proporciona el hacer bien! ¡Qué virtud tan querida de Dios es la caridad, conde, cuando le ha dado dos recompensas, una en la tierra y otra en el cielo; cuando le ha otorgado una ventaja que no se ha otorgado a sí mismo, y es la de no hallar un contrario, un hostilizador ni un escéptico! Desde luego se puso en marcha con su caudal metálico en su cartera y su caudal de felicidad en el corazón para la Coruña, en donde habían permanecido Andrea y su madre, a causa de haber muerto su padre al propio tiempo de estar ella allí.

Domingo, a su llegada aquí, pensó hallar carta de Benito con la noticia de su boda; mas no ha sido así, pues bien dice el refrán, que con las glorias se olvidan las memorias; pero yo, impaciente por tenerlas, he escrito a mi primo, que con motivo de vivir en la misma casa conocía a Andrea (la que hallaba por cierto muy de su gusto), y debo, por el cálculo que he hecho, recibir su respuesta de hoy a mañana.»

En este momento entró un criado trayendo algunas cartas y los periódicos del correo. La marquesa se levantó presurosa, miró varias cartas, murmurando: «para Alberto», y al tomar la última, exclamó, observando el sello:

—¡Para mí, y de Galicia! Ya está aquí, conde, ya está aquí la última pincelada de mi cuadro.

Sentose en seguida en el borde de una silla, rompió el lacre, y se puso presurosa a leer. La luz del reverbero se derramaba sobre ella como el esplendor de una brillante aureola de regocijo; su acento al empezar la lectura era vivo, alegre como la luz que la alumbraba. Leyó así:

«He recibido tu carta, mi querida prima, y no he extrañado el interés que demuestras por aquellos jóvenes, con los que la casualidad te puso en contacto. Hay buzos que no temen hundirse en las ásperas aguas del mar para sacar una perla, y así te sucede a ti, que no temes mezclarte entre las ásperas olas de un círculo vulgar e inculto, para desentrañar una perla de las muchas que hallas, porque las buscas; y ciertamente diste con esa perla al dar con Andrea, incrustada en la tosca concha de su madre. Creo que habrás sabido la vuelta de Benito y su cumplida fortuna, y ahora desearás que te participe las felicidades del regreso, los gozos de las esperanzas cumplidas y las alegrías de la boda; quieres tu parte en todas ellas, a lo que te da derecho el vivo y afectuoso interés que te has tomado por estos amantes. ¡Ojalá pudiesen mis noticias dar más brillo y vida a tu sonrisa, como lo dan los rayos del sol a una flor! Pero no puedo, si he de ser verídico. Rodéannos incesantes desgracias. ¿Qué día, acaso, no doblan las campanas, no se trastorna una existencia y no se aja una esperanza? Y no obstante, tantos avisos para que no nos apeguemos a un estado transitorio, a una vida incompleta, a un mundo amargo e ingrato, no nos hace mella, y nos empeñamos en buscar una dicha cumplida, sin elegir siquiera la que puede brindar esta tierra, en donde sólo puede hallarse; esto es, en la ausencia de ambición y de pasiones, en los santos goces de la virtud!!! El hombre ha hecho de la felicidad un ideal, y se desespera de no hallarlo en un mundo que él mismo hace malo, denigra y desprestigia.

Pero me aparto del objeto de mi carta. Desde que partiste, la pobre Andrea fue decayendo en su cuerpo y en su alma, porque la ausencia la marchitaba, sobre todo desde que, llegada la época en que debió recibir noticias de Benito, faltaron éstas un día y otro. He sabido después que las cartas llegaron, pero que fueron quemadas sin leerlas por su madre. Aún hubiera podido vivir Andrea tranquila en su retiro con su tristeza, como el sauce en su soledad, conservando en su corazón un resto de esperanza, como conserva el cielo el crepúsculo cuando pierde al sol, si su cruel y egoísta madre y su protegido no la hubiesen perseguido de continuo, él con sus repugnantes, ella con sus despóticas exigencias. Andrea, cuyo carácter firme conoces, resistía; pero los verdugos no veían que esta lucha mataba a la pobre víctima. Para colmo de desgracia, murió su padre, y la situación desvalida en que quedaron dio nuevas armas a su tosca madre para insistir en un enlace que llamaba la suerte de ambas; pero Andrea no cedió. Las lágrimas, las reconvenciones y hasta malos tratamientos de su exasperada madre, unidos al olvido del hombre que tanto amaba, acabaron con sus fuerzas, pero no con su constancia. Todos la veíamos morir menos su madre, que sólo la veía casada. «Ya se pondrá buena —contestaba a nuestras observaciones—, cuando olvide al rapaciño de su primo y se encuentre rica y disfrutando en su casa». Tarde se llamó a un facultativo; éste no pudo curarla, ni ella quiso curarse. Habíase, encerrado en un silencio que pocas veces rompía; una de ellas fue para decirme, minutos antes de morir, que la despidiera de ti, y te dijese que el mundo era una cárcel, y la muerte la libertad.

A los dos días murió. ¡Qué hermosa estaba en su féretro! Parecía que aquellas facciones, correctas y graves, eran las propias para la augusta inmovilidad de la muerte; traslucíanse sus venas por su terso cutis, de manera que parecía una estatua de blanco mármol con vetas azules.

La miraba profundamente conmovido al considerar que pronto iba a desaparecer para siempre en las entrañas de la tierra tanta hermosura y juventud, cuando la puerta se abrió con violencia: un hombre apareció en el quicio; era Benito! No podré pintarte la escena de desesperación que siguió a esta entrada, y el contraste que formaba la violencia y agitación del uno y la inmovilidad de la otra. Mirábala el infeliz como si quisiese con el ardor y fuego de sus miradas reanimar los apagados ojos de la que amaba; sollozaba a gritos y la llamaba, cual si quisiese que sus acentos de dolor penetrasen en sus yertos oídos y trajesen un suspiro entre aquellos blancos o inmóviles labios.

Fue preciso que algunos parientes y amigos se lo llevasen en un estado que hizo temer por el trastorno de su cerebro; a fuerza de sangrías y otros medicamentos se logró serenarlo; y cuando después de unas calenturas, en las que alternaron el letargo y el delirio, volvió en sí, halló a su lado a su madre, a sus hermanos y a su tío el de Méjico, que todos lo rodeaban con las mayores muestras de cariño. «Vive, hijo de mi alma, si quieres que yo viva, le decía deshecha en lágrimas y con las manos cruzadas su madre. —¡Hermano, no nos desampares, le decían éstos besando sus manos. —Sobrino, dijo su tío, he vuelto de América sólo por ti, para que no nos separemos más: ¿no me agradecerás esta prueba de cariño, y no tienes sentimientos en tu corazón sino para un solo amor?»

Benito ha convalecido; aún está débil y profundamente afligido; pero el tiempo, que es la panacea de los males del corazón, le irá cicatrizando esta profunda llaga. El dolor violento que los poetas y novelistas hacen eterno, no lo es ni puede serlo; tórnase la desesperación en dolor, el dolor en sentimiento y el sentimiento en tristeza, como en la hoguera la llama enhiesta decae, se amortigua, se torna en brasa y después en ceniza; y así, tú que eres todo sentimiento, y lo tienes por único motor en la existencia, no culpes a Benito por seguir la senda usual y trillada, porque Benito no es un héroe de novela, sino un hombre de la vida real que resiste a las penas como es y debe ser, pues si cada pena costara una vida, el mundo no existiría. Tampoco llores sobre Andrea. ¿Por qué llorar, si dice nuestra hermosa frase, que nada pierde por ser tan repetida, que pasó a mejor vida?»

La marquesa dejó caer sobre la falda sus manos con la carta que en ellas tenía, e inclinó la cabeza sobre su pecho. La viva luz del reverbero hizo brillar como estrellas las lágrimas que precipitadas surcaron su rostro.

—¿No digo —exclamó el conde, levantándose y tomando entre las suyas las frías manos de su amiga— no digo que la mata su corazón? Amiga querida, considere usted que debe enfrenar sus excesos. Los filósofos pitagóricos creían que el alma era una armonía compuesta de dos partes: una racional, y otra irracional. Colocaban la primera en la cabeza; la segunda, en el corazón.

—Esos filósofos no eran cristianos, conde.

—Es cierto; pero esta definición, hecha por hombres sagaces y pensadores, debe demostrar a usted que el corazón necesita un freno, si es que llega, como sucede en usted, a ser nuestro verdugo.

—Muchas veces me ha dicho usted, conde —repuso con suave exaltación la marquesa— que es el corazón el verdugo del hombre, y yo hallo que es su áncora de salvación. Él es el santo lazo que, nos uno todos unos a otros, sin distinción de clase, de edad ni de patria; él ampara todo lo desvalido y compadece todo sufrimiento, sea el delincuente amigo o enemigo, racional o irracional, mientras el egoísmo cree haber hecho lo suficiente, lavándose las manos como Pilatos; es el incansable antagonista de toda crueldad, sin temer burlas ni desdenes, mientras el hombre que no lo escucha, la tolera, la inventa, la ejerce y constituye hasta en diversión, a pesar de la religión, de la humanidad, de la razón y de la cultura. Él lleva a la limosna, mientras la prudencia precavida crea las leyes de la propiedad; lleva al perdón, mientras la justicia crea el castigo; crea la poesía, mientras la cabeza crea las reglas y el arte; crea la buena fe, mientras el raciocinio crea el sofisma. Él hace el amor desprendido, consagrado, dulce, eterno y celestial, mientras la pasión lo hace egoísta, vano, violento, perecedero y terrestre; él vence la altanería del pensar con la dulzura del sentir, ablanda la dureza de carácter con el santo manantial de lágrimas, nos alza a altas regiones con las ansias, que son sus alas, mientras la naturaleza humana nos rebaja con los sentidos; goza en todo sacrificio, grande o chico, mientras que contra ellos se rebelan el interés y los apetitos; muestra la buena senda a la imaginación cuando el terror la extravía; siente a Dios, mientras el entendimiento no lo comprende; hace versiones, mientras el espíritu de análisis hace defecciones. De él brota la clemencia como un bálsamo divino sobre el universo, y por última excelencia, recompensa él mismo con inefables goces al que sigue sus inspiraciones. La materia nos embrutece, la cabeza nos extravía, las pasiones nos pierden; sólo él nos salva. ¡Dichoso mil veces el mortal que atiende a su voz y es sordo a las que la ahogan y combaten! Y así, conde, no es el corazón nuestro verdugo, no, no; ¡es el áncora que nos salva!

—Y añada usted —dijo conmovido el conde— que viéndose el corazón personificado en usted, no hay quien lo resista, y no lo proclame la parte de ángel que conserva la humanidad. Pero lloraréis como las nubes todas vuestras lágrimas sobre la tierra, pues NO HALLARÁ ese corazón que sólo queréis escuchar, amiga e hija mía, COSA CUMPLIDA SINO EN LA OTRA VIDA!


Publicado el 2 de enero de 2019 por Edu Robsy.
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