Texto: La Corruptora y la Buena Maestra, Cuadro de costumbres
de Fernán Caballero


Novela corta


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La Corruptora y la Buena Maestra

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Fragmento de La Corruptora y la Buena Maestra

Elena contestó sonrojándose:

—Usted nos socorre, tío; pero no me remunera mi trabajo; si esto creyese, lo haría con menos gusto del que tengo en hacerlo.

—¡Por vía de los gatos! —murmuró doña Pepita—. ¡Remunerar! ¡Socorrer! ¡Cuando sólo le paga el alquiler de este miserable chiribitil!

—¿Pero por qué —preguntó Amaro— no se lleva usted estas señoras a vivir consigo a su casa?

—¿Pues acaso tengo yo casa? ¡Ni aun en casa de huéspedes vivo! —exclamó en tono de lamento el intendente— Estoy recogido en un mal entresuelillo en un barrio pobre y solo, con la viuda anciana de un sargento, que nos asiste a un sobrino suyo, sacerdote, y a mí; y aunque pobremente, lo paso bien por la economía y sosiego que logro, pues en las casas de huéspedes desuellan a uno...

—¡Es lo que me queda que oír! —exclamó indignada doña Pepita—. ¡Desollar! ¡Perder una el capital que tiene que emplear en montar una decente casa de huéspedes, los que en ellas se creen todo permitido y lícitas todas las exigencias, teniendo cada cual diferentes gustos, y si son extranjeros, no digo nada! Estos lo quieren todo guisado con manteca de Flandes, lo que no gusta a los de por acá, y menos si son andaluces, que todo lo quieren guisado con aceite. En una ocasión tuve un huespedito francés; era pintor y se decía artiste, lo que en su tierra por lo visto quiere decir guasón, porque así lo llamaba otro huésped andaluz. Éste no se cansaba nunca de hacerme todos los días la misma pregunta, que era si estaba en Madrid muy caro el aceite, pues para lechuza no tenía precio mi andaluz. Un día en que les puse una pescada cocida, recordando la peregrina pregunta de mi andaluz, al aliñarla la eché abundantemente aceite; aquel día no se presentó éste a la hora de comer, y serví al francés la pescada. De allí a poco oí una voz lastimera que me llamaba: «¡Madama Pipelet, madama Pipelet!», que era como me nombraba, porque decía que a las Pepas así se les decía en su tierra. Acudo, y dejo a la consideración de usted cómo me quedaría, y el asombro que se apoderó de mí, cuando me encuentro el comedor a obscuras, con todas las puertas y ventanas cerradas como a media noche. Sobre la mesa estaba mi pescada, acostada en su plato como en un ataúd, y todo alrededor de ella, en el aceite, ardiendo, cuantas mariposas había hallado el dichoso niño en una cajita que yo guardaba en el cajón de la mesa.


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43 págs. / 1 hora, 16 minutos.
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Publicado el 11 de mayo de 2019 por Edu Robsy.


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