La Corruptora y la Buena Maestra

Cuadro de costumbres

Fernán Caballero


Novela corta



Al Excmo. Sr. D. Cándido Nocebal

Señor y amigo:

Cuando hace algún tiempo escribí el adjunto bosquejo, había pensado, antes de darlo a la estampa, haber hecho del bosquejo un cuadro con detalles más concluídos y con colores más vivos, pero en vista de que una reciente enfermedad me tiene por ahora con las fuerzas perdidas y el ánimo caído, mando a usted el bosquejo tal cual lo escribí, semejante a un capullo al que un norte frío y seco ha pasmado, sin dejarlo dilatarse y tomar colores. La idea en que se funda está demostrada; si esto basta, reciba usted este pobre y débil «sietemesino» con esa indulgencia, hija de su amistad, que tanto complace, favorece y honra a su agradecido amigo.

Fernán Caballero.

I

Parose ante la puerta de una casa principal, en una de las calles más céntricas de Madrid, uno de esos ligeros carruajes para uso de los jóvenes ricos y fastuosos que bien o mal guían sus propios dueños. Saltó al suelo el de este carruaje, entregando al lacayo las riendas del magnífico caballo extranjero que de él tiraba, y se dirigió a la casa.

Era un joven alto, bien parecido, cuya elegancia en el traje no tenía más defecto que su misma exageración; la exageración en todas materias es el ímpetu que traspasa el blanco.

En el portal se encontró frente a frente con otro joven que llegaba a pie a la misma casa. Su físico era agradable; grave y dulce la expresión de sus ojos negros, vestido bien, aunque con mucha más sencillez y modestia que el primero.

Apenas se vieron, cuando, con una exclamación de gozo, cayeron en brazos uno de otro.

—¡Isidro! Provinciano inamovible, ¿tú en la coronada villa? —preguntó el del carruaje.

—¿Y tú, injerto parisiense? ¿Cómo tú por estos vulgares Madriles, privado de todos los encantos en las orillas del Sena? Verte por aquí me causa a mí igual extrañeza —contestó el interrogado.

—Hijo mio —repuso éste—, dicen los franceses, y mi padre y yo somos de la misma opinión, que los negocios ante todo, y a Madrid me trae uno muy atendible: me voy a casar.

—¿Y a eso llamas negocio? —dijo su amigo.

—Y él más trascendental de la vida.

—No hay duda —repuso sonriendo su interlocutor—; pero la calle no es lugar más a propósito para confidencias de esta clase, y en vista de que vivo en esta casa, sube a mi habitación y hablaremos.

—¿Que vives en esta casa? No sabía que hubiese en ella pupilería alguna, que si la hay, será desconocida y de poco fuste.

—Eso es cierto, por lo cual conviene a mi posición, a mis aspiraciones y a mis gustos, cosas que, por suerte, están en mí completamente de acuerdo. Vive en el tercer piso una buena señora, que por muchos años tuvo casa de huéspedes y ya no la tiene. En aquella época hospedó a mi padre, que pudo prestarle algunos ligeros servicios, y quedó con ella en tan buenas relaciones, que exige siempre que mi padre o yo venimos a Madrid que paremos en su casa, en la que nos asiste con esmero.

Así hablando, habían llegado los dos jóvenes al tercer piso y entrado en una habitación que, sin participar del lujo moderno, estaba cómoda y aseadamente alhajada. Sentáronse en un sofá de cojines forrados de damasco amarillo; pero antes de seguir escuchando el diálogo que prosiguieron sentados en él, diremos en breves palabras quiénes eran estos dos amigos.

Ambos habían nacido en Salamanca, Isidro era hijo de un profesor, hombre sabio y virtuoso, que, dedicado a la enseñanza, se esmeró siempre en cuidar de la de sus hijos.

Amaro, tal era el nombre del elegante, era hijo de un tendero bien acomodado, hombre emprendedor y de mucha suerte, que por una serie ascendente de ventajosas especulaciones había llegado a la sazón a ser uno de los capitalistas surgidos en la palestra de la especulación.

Isidro y Amaro habían concurrido a la misma escuela, y después a los mismos cursos en la Universidad, los que sin concluir abandonó Amaro para reunirse a su padre, que se había trasladado a Madrid, donde podía ensanchar su círculo de acción.

Isidro fue recibido abogado y hacía cinco años que ejercía su facultad con poco común acierto, aplicación y honradez, cuando habiendo llegado a ser ministro un amigo de su padre, ofreció a éste un juzgado para su hijo, del que excelentes noticias tenía, con el fin de que ingresase en la carrera de la magistratura. Isidro dejó su bufete a cargo de otro abogado que había casado con una hermana suya, y vino a Madrid para activar el despacho del ofrecido nombramiento.

Isidro participó a su amigo esta última parte, que ignoraba, quejándose de que, tan pródigo en esperanzas, fuese este negocio tan nulo en resultados.

—Puede —añadió— que cumplan lo prometido; pero estas dilaciones a veces son más crueles que una negativa, que impide nacer y crecer las esperanzas, las que, si vivas nos sonríen y halagan, muertas son el tormento y desencanto de una vida que sin ellas habría sido buena y tranquila.

Cuando Isidro hubo concluido de hablar, le dijo Amaro con tono amistoso, pero asaz fatuo:

—Deja a mi cuidado el pronto despacho de tu nombramiento, me encargo de obtenerlo.

—¿Pues que —repuso Isidro—, eres amigo del ministro de Gracia y Justicia?

—No, no le conozco; pero te harás cargo que mi posición me da influencia, así como se la da a mi padre.

—Mucho te agradeceré que en esta ocasión la emplees en mi favor —repuso Isidro—. Mi cuñado ha caído enfermo, y mi padre me escribe que es precisa mi asistencia allá en estos momentos. Además, Amaro, yo también deseo casarme, lo que sólo pienso y puedo efectuar teniendo mi nombramiento.

—Mucho lo celebro, sobre todo si te trae ventajas. ¿Y es de Salamanca la futura jueza? ¿La conozco yo?

—No es de Salamanca ni la conoces. Al llegar hace dos meses aquí, mi buena patrona doña Pepita no cesaba de hablarme con entusiastas elogios de una joven que con su madre ciega vivía en la buhardilla. Esta pobre señora, hija de un coronel, al quedarse muy joven huérfana, se casó con un oficial del regimiento, su pariente, que no tenía grado que diese opción a su mujer a viudedad. Ascendió a comandante y murió en la gloriosa guerra de África, dejando a su mujer y a una hija sin recursos. La hija desde entonces se aplicó de tal suerte a la costura, que ha mantenídose a sí y a su madre, pobre, pero decorosamente, no teniendo más ayuda sino la que le proporciona un tío pobre y avaro, que sólo les paga el alquiler de su miserable morada. Al principio no paré mientes en cuanto me decía la buena doña Pepita, la que unas veces se enternecía refiriéndome los tiernos cuidados con que la huérfana rodeaba a su madre; otras eran su juicio, su modestia y sus laboriosidad el tema de sus celebraciones, y otras se indignaba contra la avaricia del tío o contra las exigencias impertinentes de la señorita rica para la que trabajaba la huérfana, que hacía desbaratar muchas veces las cosas sólo por puro capricho, y esta caprichosa pollita, como doña Pepita la denomina, que es hija del dueño de esta casa y vive en ella...

Al oír estas últimas palabras, Amaro soltó una carcajada, diciendo:

—Esta censurada pollita es la que va a ser mi mujer; y me parece que el amor que siente tu doña Pepita por la costurerita la lleva a ser demasiado severa con la que, si paga bien, desea ser servida a su gusto; pero observa, Isidro, una verdad patente, y es que muy pocos hay entre los ricos que no sean compasivos y caritativos con los pobres; pero entre los pobres, no hay uno solo que deje de ser ingrato y hostil hacia los ricos. Pero prosigue, pues nada me has dicho todavía de quién sea la que has elegido para unirte a ella.

—Mucho te he dicho —repuso Isidro—, porque habiendo al fin conocido a Elena, que ese es el nombre de la hija del comandante muerto en África, y viendo cuán ciertos y fundados eran los elogios que de ella me había hecho doña Pepita, comprendí que la mujer que tales virtudes practicaba era destinada a hacer la felicidad de un hombre honrado, debiendo ser, la que tan buena hija era, buena mujer propia y buena madre de familia.

—¡Con una costurera! —dijo con mal disimulado desdén Amaro.

—La hija de un valiente tiene los timbres de su padre, y Elena tiene además los suyos personales, que son la aguja y el dedal.

—¡Una mujer sin un cuarto! —prosiguió Amaro.

—Los españoles rancios o provincianos no hemos hecho todavía del casamiento un negocio. Elena tiene, quizá debido a su misma triste situación, los mismos gustos que yo, que amo la sencillez como hermana de la verdad y de la inocencia, y odio el lujo, que es el cinismo de la vanidad.

—Tu alma en tu palma, Isidro —dijo Amaro—.

Tú siempre has sido un poco filósofo y algo montado a la antigua, tomando las máximas morales a la letra como las leyes, y aplicando la austeridad a todas las cosas, como la Gramática al lenguaje. Hijo mío, no tienes actualidad, y esto es lo peor que te puede acontecer: a los pobres inamovibles seres como tú los ridiculizó para siempre el gran Cervantes en su Don Quijote.

—Que tan justo fue —dijo Isidro—, que si los ridiculizó, hízolo sin despojarlos de su honradez, de su nobleza y caballerosidad. Pero dejemos esto, y dime a tu vez algo de la que has elegido por compañera.

—¡Oh! ¡Ya la verás! Es un hada, un ángel, una sílfide...

—No ponderes tanto, Amaro —dijo Isidro sonriendo—, que dice De Maistre que la ponderación es la mentira de las gentes honradas.

—¡Tate! —exclamó Amaro—. ¿Tú lees a De Maistre? Mis amigos en París le llamaban el gran preste del obscurantismo.

—Pues sus escritos forman una de las lecturas preferidas de mi padre.

—Por lo visto, pues, ¿eres neocatólico?

—Si leer éste y otros autores cristianos con preferencia a Renán y a filósofos anticristianos coloca al que los lee en esta categoría, lo seré.

—¿Y te atreves? —exclamó escandalizado Amaro.

Isidro le miró asombrado, y repuso:

—Dime, ¿tenemos acaso una inquisición anticristiana?

Amaro contestó riendo:

—Hablando francamente, creo que algo hay de eso. Pero a mí ¿qué me importa ni lo que dice De Maistre ni lo que dice Renán?

Y así era, porque Amaro pertenecía a la gran falange que ha creado el indiferentismo, ese indiferentismo que ahoga el sentir, el pensamiento y la reflexión, y sólo deja el cálculo, sin más incitativo que la vanidad, sin más anhelo que obtener los medios de satisfacerla y sin más Dios que su cuerpo.

En este momento asomó a la puerta la cara vulgar, viva y benévola de doña Pepita, que dijo:

—Vamos, don Isidrito, ¿no sube usted? Las vecinitas nos estarán echando de menos, y ya don Tristán ha subido.

Pero al notar que Isidro, contra su costumbre, no estaba solo, añadió, dirigiéndose a Amaro:

—Caballero, usted perdone; creí que no había en el cuarto más que mi huésped.

—Si es la hora en que tienes costumbre de visitar a tus vecinas, no te detengas —dijo Amaro a su amigo—; haz más: dame el gusto de presentarme a esas señoras, que siendo tu mejor amigo, tengo derecho y deseos de conocer.

—Sí, sí —exclamó doña Pepita—; suba usted a conocer las palomas de mi palomar, que no dará usted por perdido el tiempo que eche y la molestia que se tome en subir unos cuantos escalones.

Nada tuvo que objetar Isidro; y aunque contrariado por el temor de que en la situación desgraciada y aislada en que se hallaban Elena y su madre no les agradarían visitas, con poco contento suyo, pero mucho de doña Pepita, subieron los tres a la buhardilla.

Cerca de la ventana estaba sentada una joven, tan atareada en la costura que tenía entre las manos, que apenas fijó la atención en el amigo que introducía Isidro. No era bella, pues una extremada delgadez y un color pálido y amarillento robaba toda frescura a sus facciones correctas, pero no finas; no obstante, su aire triste y modesto prestaban a su persona un singular interés.

En el ángulo inmediato, y apartada de la luz, estaba sentada una señora anciana, de fino y noble continente, en cuyo abatido rostro se abrían unos grandes ojos pardos, pero sin vista, lo que la hacía semejante a la estatua de la resignación. Esta señora, a un excelente carácter, unía un entendimiento muy claro, y ese espíritu religioso verdadero que prescribe e infunde una completa conformidad en las desgracias, lo que impide que se agrie el ánimo y asimismo el vivir rebelado contra su suerte, que es el modo de empeorarla. Hacía esto que esta señora nunca hablase de sí ni de sus quebrantos, lo que, naturalmente, es enojoso para las personas que no se interesan en ellos.

Entre su madre y Elena estaba sentado el tío de ésta y cuñado de aquélla, que era un viejo flaco, mal vestido, hasta rayar en desaseo; de nariz acaballada, de ojos hundidos, tristes e inquietos, de escasos y canosos cabellos, tan poco unidos entre sí como pobres en cotarro. Era este señor un ex intendente militar, el que en sus tiempos había formado parte de una expedición enviada a América, en donde había adquirido fama de poco buena cabeza, o cosa peor; en fin, de haber hecho con los naipes y otros medios poco honrosos una buena fortuna. Pero a su regreso a España tuvo la desgracia de perderla por quiebra de un Banco de Norte-América, en que había depositado sus fondos.

Desde entonces este señor se había convertido en el tipo de la miseria llorona, la que se ostentaba con motivo de este revés de una manera repugnante y ruin.

Doña Pepita sentó a Amaro junto a doña Manuela, se puso a su lado, teniendo a su izquierda a Isidro, que cerraba el círculo, lo que le colocaba cerca de Elena.

Después de los primeros cumplidos, dijo a media voz el ex intendente a su sobrina:

—Deja la costura, Elena, y ven a tomar parte en la conversación, como lo exige la política.

—Tío, me es imposible —contestó la pobre niña—; tengo que concluir esta chaquetita de embutidos, alforzas y buches para Blanquita Aransegui, que la quiere para mañana, y que no gusta de que le falten, aunque pida lo imposible.

—¿De manera —repuso con queda y azorada voz su tío— que no me habrás puesto para mañana el cuello nuevo en la camisa vieja?

—No lo tema usted, señor —contestó la joven—; velaré esta noche para que a usted no le falte su camisa.

Isidro, que había oído este coloquio, fijó, sobre las abatidas y fatigadas facciones de Elena una mirada llena de interés, de compasión y de cariño.

El intendente lo notó, y exclamó con tono compungido:

—Vea usted, don Isidro, a qué extremo me ha traído la desgracia: ¡si no fuese por la laboriosidad de mi sobrina, no tendría mañana camisa que ponerme! Porque ha de saber usted, caballero —añadió, dirigiéndose a Amaro—, que el fruto del trabajo de toda mi vida, que a mi regreso de América puse en un Banco... ¡Banco maldito!, que no parecía sino aguardar el coger mi dinero para declararse en quiebra y dejarme por puertas. Pero a mi sobrina la remunero el trabajo que la pido, pagándola, a costa de mil sacrificios, la habitación que ocupa, que yo desearía fuese un palacio. ¿No es verdad, Elenita?

Elena contestó sonrojándose:

—Usted nos socorre, tío; pero no me remunera mi trabajo; si esto creyese, lo haría con menos gusto del que tengo en hacerlo.

—¡Por vía de los gatos! —murmuró doña Pepita—. ¡Remunerar! ¡Socorrer! ¡Cuando sólo le paga el alquiler de este miserable chiribitil!

—¿Pero por qué —preguntó Amaro— no se lleva usted estas señoras a vivir consigo a su casa?

—¿Pues acaso tengo yo casa? ¡Ni aun en casa de huéspedes vivo! —exclamó en tono de lamento el intendente— Estoy recogido en un mal entresuelillo en un barrio pobre y solo, con la viuda anciana de un sargento, que nos asiste a un sobrino suyo, sacerdote, y a mí; y aunque pobremente, lo paso bien por la economía y sosiego que logro, pues en las casas de huéspedes desuellan a uno...

—¡Es lo que me queda que oír! —exclamó indignada doña Pepita—. ¡Desollar! ¡Perder una el capital que tiene que emplear en montar una decente casa de huéspedes, los que en ellas se creen todo permitido y lícitas todas las exigencias, teniendo cada cual diferentes gustos, y si son extranjeros, no digo nada! Estos lo quieren todo guisado con manteca de Flandes, lo que no gusta a los de por acá, y menos si son andaluces, que todo lo quieren guisado con aceite. En una ocasión tuve un huespedito francés; era pintor y se decía artiste, lo que en su tierra por lo visto quiere decir guasón, porque así lo llamaba otro huésped andaluz. Éste no se cansaba nunca de hacerme todos los días la misma pregunta, que era si estaba en Madrid muy caro el aceite, pues para lechuza no tenía precio mi andaluz. Un día en que les puse una pescada cocida, recordando la peregrina pregunta de mi andaluz, al aliñarla la eché abundantemente aceite; aquel día no se presentó éste a la hora de comer, y serví al francés la pescada. De allí a poco oí una voz lastimera que me llamaba: «¡Madama Pipelet, madama Pipelet!», que era como me nombraba, porque decía que a las Pepas así se les decía en su tierra. Acudo, y dejo a la consideración de usted cómo me quedaría, y el asombro que se apoderó de mí, cuando me encuentro el comedor a obscuras, con todas las puertas y ventanas cerradas como a media noche. Sobre la mesa estaba mi pescada, acostada en su plato como en un ataúd, y todo alrededor de ella, en el aceite, ardiendo, cuantas mariposas había hallado el dichoso niño en una cajita que yo guardaba en el cajón de la mesa.

Doña Pepita no pudo proseguir por atolondrarla las ruidosas carcajadas de Amaro y de Isidro, y a las que se unieron la suave risa de Elena y aun la de su madre. En cuanto al ex intendente, no se reía nunca.

—¿Ustedes le hallan a esto gracia? —prosiguió doña Pepita — Pues yo, ni la hallé entonces ni la hallo ahora maldita la gracia.

—Ni yo —añadió el ex intendente—. ¡Qué dolor de aceite!

—Y añada usted ¡qué dolor de pescada! Porque las mariposas la sollamaron y pusieron tan negra, como si hubiese salido del mar Negro; de manera que sólo los gatos la pudieron comer; estas son las ganancias que dejan las casas de huéspedes, señor mío.

—Pues usted no se puede quejar, amiga; usted, que habiendo hecho su agosto, se ha retirado a vivir de sus rentas como una propietaria.

—Gracias a que heredé de un tío alguna cosilla —repuso doña Pepita.

—¡Quien hizo un viaje a China fui yo —prosiguió en tono llorón el ex intendente— con poner mi dinerillo en el Banco que quebró!

—¡Déjenos usted ya de su Banco! —se apresuró a decir doña Pepita—, que en tomando usted el tema del Banco, es preciso sentarse en el de la paciencia los oyentes.

—¡No, que usted con las cuitas de su casa de huéspedes!...

—Eso tiene lances —dijo interrumpiéndole doña Pepita—, y si no, vea usted cómo el señor decía que se las refiera.

Efectivamente, Amaro, divertido con los percances y cuitas de doña Pepita, le preguntaba:

—Y el andaluz, ¿dio a usted también sobrenombre?

—Sí, señor; me llamaba la Gran Capitana, y su paisana, pues era de Córdoba; creí al principio que era esto alusivo a que mi marido había sido capitán; pero no, señor; se refería a mis cuentas el muy ingrato, que dejaba sin satisfacer gran parte de lo que me debía.

Mientras doña Pepita contaba sus pasadas tribulaciones a Amaro y disputaba con el ex intendente, Isidro decía a Elena, que le interrogaba con la vista:

—Lo más olvidado que hay en el ministerio, Elena mía, es mi nombramiento. No lo extraño, la política lo absorbe todo, y no es éste mi mayor pesar, porque Amaro me ha prometido activar este negocio y lo puede hacer mejor que yo; lo peor es que he tenido carta de mi padre, en la que me dice que la enfermedad de mi cuñado, que se ha agravado, hace indispensable mi regreso a Salamanca.

Elena hizo un gesto de sorpresa y de dolor, exclamando:

—¡Oh! ¡Isidro, por Dios, no te vayas!

—Me lo dice mi padre —repuso Isidro—; además, tú conocerás que no sólo está en mis intereses el volverme cuanto antes y ponerme al frente de mis abandonados negocios, sino que es el regresar un deber de familia y de gratitud, del que no puedo desentenderme.

Mientras Isidro hablaba, tenía Elena que secar con su pañuelo las lágrimas, que unas a otras se seguían, gruesas y rápidas como las gotas de lluvia de aquellas nubes que llevan tantas que no las pueden retener.

—No quiero —murmuraba— que caigan lágrimas sobre esta prenda. Blanca quiere recibir sus atavíos tales, que parezca que no les han tocado manos; con cuánta más razón exigirá que no los ajen las lágrimas; no las ha vertido nunca, y no sabe que es a veces imposible contenerlas.

—¿Y por qué las viertes? —dijo con interés y cariño, pero con la moderación propia de su carácter y educación, Isidro.

—Si otra causa no tuviesen, me las haría verter esa pregunta —contestó Elena—; ¿tan poco cruel te parece el dolor de la ausencia?

—Siempre es triste la ausencia —repuso tranquilamente Isidro—; pero cuando es tan corta como lo será la nuestra, no desconsuela; es como la voladora y pequeña nube que esparce una pasajera sombra, pero no empaña el cielo.

—¿Y si olvidas a esta pobre y arrinconada desvalida?

—¿Eso temes? —preguntó entre asombrado y sentido y con su inmaculada honradez Isidro—. ¿Qué dirías de mí si yo respecto a ti abrigase semejante temor?

—Tal cosa no sería dable —respondió Elena—, porque mi poco mérito, mi situación y mi modo de vivir, encerrada y solitaria, hacen imposible para mí un cambio, aun dado caso que no lo hiciese imposible mi corazón.

En este momento se levantó Amaro, y después de despedirse de su madre, se acercó a Elena, a la que dijo:

—Permítame usted que así como Isidro me ha proporcionado el placer que he sentido al conocer a la digna joven que ha escogido por compañera, que tenga también la satisfacción de que mi mejor amigo conozca y sea conocido de la que va a ser la mía, deseando que mi elección pueda agradarle tanto como a mí me ha agradado la suya.

Isidro no pudo negar a su amigo su amistosa petición, y ambos salieron, dejando a doña Pepita y al ex intendente en una nueva y más acalorada disputa, por oponerse la primera a que Elena, a la que había visto llorar, cansase más sus ojos poniéndole el cuello nuevo a la camisa vieja de su tío.

Los dos amigos, entretanto, bajaban al cuarto de don Jaime Aransegui, futuro suegro de Amaro.

En un fastuoso salón hallaron reunidos al padre, a la hija y a la aya de esta señorita, inglesa e inofensiva autómata, llamada miss Sibila.

Don Jaime, en cuanto no se rozaba con negocios, era todo un buen señor; en su hogar era el buen padre, el hombre limitado y bonachón que lo había hecho la naturaleza; pero en su escritorio era el hombre poco escrupuloso, inmoral y duro, que de él habían hecho la codicia y el espíritu de su época.

Blanca era preciosa y muy joven, pareciéndolo aún más por haber pasado sin sentir, en una vida regalada, sin enseñanza ni sujeción, de la edad de niña consentida a la de joven mimada. La riqueza y su humilde paje, la adulación, habían, cual la cizaña, impedido desarrollarse al buen trigo en su corazón. Sobre su inteligencia, luz a la vez fija y vacilante, no se habían cuidado sus guías de poner el firme cristal que le diera dirección y estabilidad, ni la suave pantalla de la modestia, que quebrase los descarados rayos de la arrogancia, esa vana espuma de todo poder.

Blanca estaba mirando unos figurines de moda, mientras el padre leía los periódicos y el aya hacía una labor de gancho.

Amaro introdujo a su amigo, primero con don Jaime y después con Blanca, que lo miró de arriba abajo, y que después de esta inspección, y de hacer, quizá sin ella notarlo, un imperceptible gesto desdeñoso, siguió ocupándose del periódico de modas.

—¿Qué opinan ustedes —preguntó don Jaime a los dos amigos— de ese hurón del Japón, que no quiere abrir sus puertas a las naciones cultas, y de la actitud que va tomando la Prusia?

Y por un rato siguió sobre este tema discurriendo del modo más necio don Jaime, hasta que un bostezo muy sonoro de Blanca avisó a su padre que la aburría aquella conversación.

—Blanquita, hija mía —le dijo éste—, ¿es posible que no te interesen estos eventos palpitantes de interés y llenos de actualidad?

El lenguaje de los periódicos, que era la única lectura que en su vida había hecho don Jaime, se había infiltrado en su lenguaje como gotas de ponche en un gazpacho.

—Ni poco ni mucho, padre —contestó Blanquita, que se complacía en mortificar a don Jaime, llamándole padre en lugar de papá, denominación que este buen señor hallaba mucho más elegante, más sonora y más fina.

—Hija mía, la Prusia es una gran potencia, patria de Federico el Grande.

—Será, señor —respondió su hija—; pero ello es que Federico el Grande, y el chico, y su mujer, y sus hijos, y toda la gente de Prusia, se me figuran azules, así como los del Japón todos muñecos de porcelana y laca. Déjese usted, padre, de Prusia y del Japón, y vamos al Prado, lo que tiene mucha más actualidad, como usted dice.

—¡Qué gracia! —exclamó don Jaime—; vamos, si esta hija mía es la más espiritual de las herederas de Madrid.

—No me diga usted espiritual, padre, que las gentes que no leen periódicos ni sus folletines traducidos, me van a tomar por beata, y puede que a fuerza de oírselo a usted decir se me antoje serlo.

—Si tal intentases —exclamó don Jaime, haciendo esfuerzos para aparecer majestuoso—, te aviso que emplearía toda mi potestad paterna...

—¿Qué habla usted de potestad paterna? —le interrumpió Blanca—. ¿Qué antiguallas son esas? Sepa usted que eso de la potestad paterna no tiene actualidad ninguna, Padre, me voy a poner el abrigo y el sombrero; vuelvo al instante; esté usted pronto cuando vuelva, y no me haga usted aguardar.

—Una niña bonita y déspota —dijo don Jaime cuando su hija se hubo alejado— es lo más delicioso que existe. Si fuese dable que a mi edad pensase en volverme a echar las duras cadenas del matrimonio, arrastrado a ello por una pasión volcánica, sería con una niña como Blanquita, excéntrica como una heroína de novela, caprichosa como las auras de la primavera; que fuese un ángel en la forma, con algo de diablo en la esencia, porque este es el tipo de la mujer que nos ha de enloquecer, según lo afirman los que lo entienden.

Isidro oía a don Jaime asombrado. Tales dislates, emitidos por un estudiante, le hubiesen extrañado menos; pero oírlos en boca del que llevaba guarnecida su frente de una bella corona de canas, le indignó.

—¡Pobre hombre! —pensó—, ¡al que un poco de mala política y otro poco de mala literatura, traducida o imitada, han embrollado las ideas, haciendo de él un ente absurdo!

—Los señores me permitirán que escriba una esquela antes que venga Blanquita, que si no me halla listo para salir, se va a enfadar —dijo don Jaime entrando presuroso en el gabinete.

Cuando estuvieron solos ambos jóvenes, preguntó Amaro a Isidro:

—¿Qué te ha parecido Blanca?

—Muy bien de cara, y muy extraña de maneras —contestó Isidro.

—Estas maneras sans façon y de mujer emancipada están al uso del día y son de buen tono.

—Concedo —repuso Isidro— que sean de buen tono; pero no de que éste sea bueno.

Entró Blanca elegantemente prendida; al ver que su padre no estaba presente, se acercó a la puerta de su gabinete, gritándole:

—Todavía no ha acabado usted, Padre Eterno.

—Voy, voy, Blanquita, hija mía; sólo me queda que poner a la carta el sobre,

—Envíela usted sin él.

Don Jaime, al llegar al coche, ofreció un asiento a Isidro, que atentamente lo rechazó; le ofreció con española urbanidad su casa; le dio a la inglesa un vigoroso apretón de manos y subió al coche, en el que, con un movimiento a la vez indolente y brusco, le había precedido su hija.

II

Un año había pasado; un año en la vida pasa más o menos pronto, pero un año en los libros pasa entre dos renglones.

Isidro lo había pasado afanado en los acumulados negocios que le proporcionaban su bufete y el de su cuñado, al que, a su vez, reemplazaba en su desempeño, en vista de que la enfermedad que le aquejaba se había agravado. Los ratos de descanso los empleaba Isidro en aliviar a su hermana en los cuidados y la incesante asistencia que requería la enfermedad de su marido, los que con tan admirable celo, inteligencia y abnegación prestan las mujeres españolas a los enfermos que asisten.

Así sucedía que, como una vida exclusivamente ocupada por el trabajo y por los cuidados y deberes de familia deja los intereses personales en segundo término, Isidro no se entregó a toda la inquietud y desasosiego que debían producir en su ánimo dos circunstancias que, si bien paulatinamente, vinieron a herir su delicadeza y a lastimar su corazón.

Era la primera la falta de celo y eficacia de Amaro en activar el despacho de su nombramiento de juez. Al principio de su ausencia le había escrito algunas cartas dándole cuenta de algunos pasos sin resultado que con el referido objeto había dado, tropezando siempre con dificultades, ya por cambios de ministros, ya por anteponerse a lo justo y a lo prometido injustificables exigencias de diputados y periodistas, viendo con dolor que no es la senda marcada por la ley y la justicia la que conduce al logro.

Las cartas de Amaro fueron escaseando y haciéndose cada vez más lacónicas.

Isidro, que no tenía orgullo ni amor propio, y que, por lo mismo que carecía de esos vicios de almas inferiores, tenía la primera virtud de las superiores, la dignidad intransigente, no le volvió a escribir ni a recordar su promesa, diciéndose a sí mismo con tristeza, pero sin encono, que cierto es el refrán pesimista: «a muertos e idos no hay amigos».

La otra causa de dolorosa extrañeza que tenía era el que las cartas de Elena, que en los primeros días de ausencia habían sido largas, sentidas y apasionadas, se habían trocado después en cortas y ásperas, conteniendo sólo quejas amargas por su prolongada ausencia, mostrándose en ellas decidida y aferrada en no admitir como válidas ninguna de las razones que motivaban la necesidad apremiante de la permanencia de Isidro donde se hallaba.

En vano fue que procurase éste disipar los fantasmas que se forjaba la imaginación de una mujer, que era, por carácter y por causa de su situación precaria, celosa y desconfiada.

Al fin del año, el cuñado de Isidro se restableció, lo que coincidió con la reposición del amigo de su padre en su importante destino, por lo cual Isidro, sin desatender a sus deberes, pudo satisfacer sus vivos deseos de trasladarse a Madrid.

Al llegar a dicho punto, se encaminó, como es de suponer, a su acostumbrado hospedaje en casa de doña Pepita.

Al verlo ésta demostró la mayor alegría, y después de darlo mil bienvenidas, le dijo con una sonrisa significativa:

—Cuánto se ha hecho usted aguardar, don Isidro; por fin, viene usted a dar el pésame; pero ya viene tarde, pues las lágrimas (caso que las haya habido) mucho ha que se han secado.

—¿Qué pesame? —preguntó Isidro alarmado.

—Vamos, vamos, camastroncillo —repuso doña Pepita—; que se hace usted el desentendido y sabe tan bien como yo lo que pregunta.

—Nada sé, señora.

—Pues qué, ¿ignora usted que murió casi de repente el triste don Tristán, y que ese avariento, miserable, sin entrañas, que veía sin apiadarse a su sobrina trabajar de día y de noche ha dejado una inmensa fortuna? ¿Usted no lo sabía?

—Yo, no.

—¡Pero cómo es esto posible! ¿Ni tampoco sabe usted que la disfruta Elena, porque su dueño no se la pudo llevar al otro mundo; de manera que como no tenía más heredera legal sino esta sobrina, todo ha recaído en ella?

—¿Y de qué murió? —preguntó Isidro.

—De un accidente —contestó doña Pepita— Su buena patrona mandó inmediatamente a avisar a doña Manuela la novedad; no pudiendo ir allá la pobre señora, me suplicó que acompañase a Elenita para que prestase a su tío la asistencia debida. ¡Ay, don Isidrito! ¡No se me olvidará mientras viva lo que allí presencié, que fue la muerte de un avariento que no ha pensado en su vida más que en su dinero, y esta muerte es espantosa! ¡Qué sabia es la Iglesia en haber colocado a la avaricia entre los pecados capitales o mortales! ¡Yo que lo creía más inocentón que los otros seis, y es tan malo o más, pues aunque mete menos ruido y es menos escandaloso que los otros, estoy para mí que aparta más el alma de Dios! No, no, don Isidrito, no quiero riquezas, si han de enterrar mi alma en metales antes que mi cuerpo en tierra.

—Dice usted bien, y como una buena cristiana que es, que no olvida que, tiene un alma que Dios nos comunicó con su soplo después de haber formado nuestro cuerpo del polvo de la tierra; pero prosiga usted su relación.

—Cuando Elena y yo llegamos a la zahurda que su tío habitaba, vimos tendido sobre un catre de tijera a su dueño, cubierto de sucios jirones, el que permanecía sin sentido; una mala mesa de pino, dos sillas rotas y un gran arcón de hierro con doble candado era todo lo que allí se encontraba. El médico estaba a la cabecera del enfermo, sin haber dispuesto otra cosa sino que se llamase al sangrador y que se trajese el Santo Oleo, el que apresuradamente había ido a requerir el buen sacerdote que en la misma casa vivía. Pero ni el auxilio espiritual ni el corporal llegaron a tiempo, pues a poco de haber entrado el médico y nosotras abrió aquel hombre casi cadáver desmesuradamente los ojos, los que, desatentados y saliéndose de sus órbitas, se fijaron en el arcón de hierro y solevantando su exhausto cuerpo sobre el codo, con las ansias de la muerte, y sin apartar sus ya quebrados ojos del arcón, hizo un último esfuerzo, y con voz ronca y acento desesperado gritó: ¡Ahí queda!, y cayó horrible y desfigurado cadáver sobre su inmunda almohada.

Isidro, a pesar de su carácter sereno y contenido, hizo un gesto, de repulsa, diciendo en seguida:

—¡Dios se haya apiadado de esa alma degradada!

—Ya le dije a usted, don Isidro —prosiguió doña Pepita—, que lo que allí vi no lo olvidaré mientras viva. No padezco de nervios, como las damas enfermas o niñas románticas; pero la muerte de ese hombre tan olvidado de su alma, de otra vida y de un Supremo Juez que de ésta nos pedirá cuenta, me horrorizó, a punto de sentir una congoja y temblor nervioso, que traté y pude dominar con la oración, que aparta el espíritu de las cosas terrenas; pero ocho noches estuve sin poder dormir, porque siempre tenía ante mis ojos aquel espanto.

Apenas murió, cuando Elenita y yo quisimos retirarnos; pero la patrona y el clérigo que en la misma casa vivía no lo consintieron, pretextando que, como era de suponer que tuviese el difunto la llave de aquel arcón (su solo pensamiento en vida y en muerte) debajo de su almohada, suplicaban a los presentes que no se moviesen de allí hasta que llegase el juez del distrito, al que ya habían mandado a llamar para contrastar e inventariar lo que el difunto dejaba.

A poco llegó el juez, trayendo testigos. La llave del arcón se halló, efectivamente, debajo de la almohada del muerto, cuya cabeza parecía retenerla todavía con su peso.

El arcón fue abierto por el juez, que hizo formar un inventario de lo que contenía, que todos los que estaban presentes firmaron como testigos.

Mentira, mentira lo de la quiebra del Banco, don Isidro. En el arca estaban los documentos que acreditaban que por el tiempo de su regreso de América había puesto cien mil duros en el Banco de Inglaterra y otros cien mil en el de Francia. Metidos en talegos, en buenas onzas de oro, tenía todos los réditos de este dinero, año por año; de manera que estaba el capital más que doblado. Además, tenía casi todo lo que como jubilado había cobrado del Tesoro, puesto que nada gastaba.

En lo demás, ni notas, ni cuentas, ni testamento se hallaron; de manera que, no teniendo hermanos ni más sobrina que Elenita, ésta ha sido declarada heredera universal, y ha sido puesta en posesión de ese enorme caudal. Si no se lo ha escrito a usted es porque desea sorprenderle, y para no quitarle esa satisfacción, no se dé usted por entendido de que lo sabe.

Lo que había oído dejó a Isidro parado. Había en su alma noble y digna un sentimiento indefinido que lo llevaba a repeler la idea de que él, pobre en la actualidad, con un porvenir que todo lo más llegaría a ser desansado y honroso, pero nunca opulento, se uniese a una mujer poderosa.

—Vamos, ¿qué me dice usted de su buena suerte? —le preguntó doña Pepita.

—Yo hubiese deseado —contestó Isidro— que su tío hubiese dejado algo a su sobrina; pero que fuese menos, que fuese poco.

—¿Qué está usted diciendo? —exclamó la buena señora, incapaz de comprender las elevadas, razonables y delicadas ideas que habían inspirado a Isidro lo que acababa de decir.

Éste se sonrió, y repuso:

—Señora, digo que soy tan lugareño y tan vulgar que no me deslumbran ni deseo grandes riquezas, que suelen ser más provechosas a la vanidad que a la dicha.

—¡Jesús María! —exclamó doña Pepita—; desde las que oía a mi andaluz y al artista, no he oído proposiciones más descabelladas. ¡No querer mujer poderosa! Don Isidro, el romanticismo y sus extravagancias han pasado de moda; ahora lo está el dinero y el lujo, que llaman género positivo.

—Voy a ver a esas señoras —dijo Isidro levantándose.

Y añadió distraídamente:

—¿Viven aún en el cuarto piso?

—¿Qué está usted diciendo, señor? —repuso doña Pepita—. Viven en el principal, en el cuarto que ocupó don Jaime Aransegui; como que Elena compró la casa cuando se vendió.

—¿Que se vendió la casa? —preguntó asombrado Isidro.

—Sí, pues fue labrada y era propiedad de don Jaime, por lo que fue vendida poco después de su muerte, porque a pesar de la bambolla con que vivía, dejó las cosas tan enredadas, que su hija ha quedado por puertas.

—¡Pobre Blanquita!... —dijo compadecido Isidro—; con la educación que ha recibido, con las costumbres que la han hecho adquirir debe sufrir mucho con ser pobre; pero esto es transitorio, porque en casándose con Amaro...

—¿Casarse con don Amaro? —interrumpió doña Pepita—; ¡buena hora es! Este señor no piensa en cuanto a dinero como usted; no desea poco, sino mientras más, mejor; y como se casaba por conveniencia, como se dice hoy y según dijo el boquifresco pretendiente y las circunstancias han cambiado estaba libre de todo compromiso.

—¡Pobre Blanquita! —repitió compadecido Isidro.

—Sí y no —repuso doña Pepita—. Ella no ha sentido el proceder de su amigo de usted, pues por lo visto no le quería. Como Elena es tan buena, la ha recogido y la tiene a su lado; pero con el cargo de asistir y acompañar a su madre.

—¡Ya! —dijo Isidro; y ese ya que la buena doña Pepita no supo evaluar, hacía descender mucho de la altura en que doña Pepita la colocaba la bondad de Elena.

—Vaya usted con Dios —dijo ésta a su huésped, que tomaba su sombrero—. Allí encontrará usted a su amigo, que es el tu autem de Elenita. El la compró la casa, y ha colocado su dinero. Sus dos hermanas, de las cuales una es viuda, se han apoderado de ella, a quien acompañan y llevan a todas partes, en vista que su pobre madre no puede hacerlo.

Isidro estaba confuso, atolondrado. Las noticias que le había dado doña Pepita, ciertas en lo concerniente al fondo de las cosas, eran superficiales y daban sospechas sin seguridad, y ésta era la que deseaba Isidro cuanto antes tener, por lo cual se apresuró a bajar a la habitación de su prometida, a la que le precederemos.

En el testero de un suntuoso salón, sobre un rico sofá, estaban sentados Elena y Amaro. Aquélla vestía aún un luto lujoso, adornado y alegre.

Amaro la decía en aquel momento:

—Mi padre era el que estaba empeñado en que me casara con Blanca, la que nunca me agradó, así como yo no tuve la suerte de hacerme querer.

Desengañado al fin mi padre de que este matrimonio no me haría feliz, y teniendo por otro lado fundadas quejas de don Jaime, desistió de su empeño, dejándome libre de elegir compañera, según me inspirase mi corazón. Ahora bien, Elena, ya le he dicho a usted que desde que vi a usted... (pondremos aquí un etcétera para evitarnos repetir, y al lector leer, el empalago de las palabras de un amor salido del arcón de hierro del miserable avaro) me propuse —prosiguió Amaro—, como leal amigo de Isidro, no volver a ver a usted; pero puesto que él se ha portado tan inicuamente, faltando a su palabra y olvidando sus compromisos, puedo, sin faltar a la delicadeza, seguir los impulsos de mi corazón. Además, Elena, el mundo es mundo, y el, el mundo vivimos; bueno o malo, hijos somos de nuestro siglo; si la suerte destina a usted a ser uno de los astros que brillen en las altas regiones de la capital con la esplendidez que le proporcionan sus riquezas, sería un suicidio irse a un villorrio a ver firmar sentencias a su marido.

—¡Eso nunca! —dijo con decisión y desdén la flamante millonaria.

—Elena, a usted corresponde un partido adecuado, que aumente y no eclipse el brillo de su posición.

Al pie del salón estaba sentada doña Manuela en un sillón apartado de la luz del día, y a su lado estaba Blanca, cubierta de un sencillo y triste luto, leyendo en alto.

—Ya estarás cansada, hija mía —le decía con cariño y dulzura doña Manuela—; deja, pues, la lectura, te lo pido.

—Señora, permítame usted que prosiga —respondía Blanca—; ¡lo hago con tanto placer!, no sólo porque a usted se lo causo, sino por lo que a mí me interesa la lectura. Mi pobre padre (que Dios dé gloria) me quería tanto, que nunca me obligó a ocuparme de nada serio, y me crió como la mala hierba, sin cultivo. ¡Cuánto he aprendido desde que tengo la dicha de estar al lado de usted! ¡Cuánto, por sus lecciones, por su ejemplo y por las buenas lecturas espirituales, instructivas y amenas en que repartimos el tiempo!

—Las lecturas, hija mía —repuso doña Manuela— deben instruirnos, aclarar nuestro entendimiento, formar el buen sentido, refinar el gusto, ennoblecer los sentimientos, reprimiendo sus excesos para que no se desboquen en pasiones, y avivar los amortecidos para que no se emboten en la inercia, para lograr de esta suerte que la razón domine en la juventud...

—Y la bondad y la austeridad en la edad madura, como en usted, señora, se ve —interrumpió Blanca.

En este momento entró Isidro.

Amaro se levantó sorprendido al verlo; pero dominando cierto embarazo, causado, no por su conciencia, sino por consideraciones mundanas, fue a su encuentro y le dijo:

—Bien venido: ¿cómo no has avisado tu llegada?

—Nunca lo he hecho —contestó fríamente Isidro, que se acercó a saludar a doña Manuela.

Ésta le recibió con las más sinceras demostraciones de satisfacción y de cariño. Saludó igualmente a Blanca, preguntándola si había olvidado al amigo que Amaro había introducido en su casa.

—No, señor —contestó Blanca; y añadió, sonrojándose—: ni tampoco he olvidado la manera inconveniente y descortés con que lo recibí; era muy niña y muy necia entonces.

Isidro se acercó a saludar a Elena. Toda la dulzura, timidez y modestia con que la pobreza y su triste situación habían hecho tan simpática y atractiva la persona de Elena, habían desaparecido; había envanecido, lo que contribuía a dar a su talante erguido una altanería y entono que rechazaba a las gentes razonables y cultas, que no han llegado a hallar (a la moda del día) atractivos y gracias, en vicios, defectos y rarezas. Sus cejas negras, que eran muy pobladas, se unían en este momento, formando un entrecojo duro y desdeñoso. Todos los santos y poéticos atractivos de la virgen cristiana se habían desvanecido al soplo del orgullo y de la vanidad, del deseo de lucir y de dominar.

—Elena —le dijo Isidro con tristeza—, ignoraba vuestro cambio de situación; lo, celebro si os hace feliz; pero, por mi parte, mucho he sentido no subir a aquella modesta habitación, que encierra para mí tan gratos recuerdos.

—Pues mucho he celebrado yo dejarla —contestó Elena—, porque para mí no tiene más recuerdos que las muchas lágrimas que por distintas causas en ella he derramado; no siendo las menos amargas el olvido y abandono que sufrí cuando era pobre y que...

Elena iba a añadir: «y que si cesa no será debido al amor»; pero Isidro, que adivinó el final de la frase, la interrumpió, diciendo:

—No prosigáis, señora, ni penséis que sea necesario el insulto para alejarme; basta desearlo.

Lo que diciendo se alejó. La indignación hacía hervir su sangre; pero no por eso le abandonó esa calma y esa sangre fría que, cuando no es debida a una naturaleza insensible y floja, es la varonil fuerza de voluntad, patrimonio de naturalezas superiores, y la que se mira propiamente simbolizada en esos grupos de la estatuaria griega, en que se ve un hombre fuerte y hermoso que sujeta por el freno con vigorosa mano cuatro fogosos caballos que se encabritan y tascan el freno.

Isidro se acercó a doña Manuela para despedirse.

—¿Se va usted ya, don Isidro? —le dijo con profunda tristeza la buena madre, que presentía lo que acababa de suceder.

Isidro se disculpó con los quehaceres que le traían a la capital; pero prometió volver.

—¡Sí, sí, vuelva usted! —rogó la excelente señora, que tan capaz era de apreciar lo que valía Isidro—. De noche vienen sus amigas a llevarse a Elena al teatro o a sociedades numerosas, y (a no venir doña Pepita) estamos solos con esta pobre niña, que en vano me esfuerzo por consolar de la muerte de su padre; tráigale usted consuelos.

—¿Consuelos por la muerte de un padre? ¿Acaso los hay? —repuso Isidro—; pero admito con gratitud el permiso de acompañar a ustedes en sus horas de soledad, que lo son también para mí.

—¿Recuerda usted a mi padre? —preguntó Blanquita—. ¡Mi pobre padre, cuánto sufrió en su cuerpo y en su espíritu! ¡Y yo, niña egoísta y loca, no veía apenas sus padeceres ni sospechaba la causa! Cuando quería introducir alguna economía, que el estado de sus negocios hacía necesaria, ¡Dios mío!, yo me oponía con ese despotismo de niña mimada, que es la serpiente del labrador que le dio vida en su seno. Veía sufrir y desmejorarse al mejor de los padres, y en lugar de consolarle y de provocar una confidencia que me hubiese hecho compadecerlo y cuidarlo, forzaba al padre amante, que no sabía resistirme, a llevarme a paseos y teatros, en los que tanto se aumentaban sus sufrimientos! ¡Oh, Dios, qué conducta! ¡Ella contribuyó ciertamente a acelerar su muerte! ¡Y su recuerdo graba en mi alma tal dolor y tan acerbos remordimientos, que han de amargar toda mi vida! ¡Los buenos hijos pueden hallar consuelo; los malos, no!

A Blanca cortaron sus sollozos la palabra.

—Hija mía —le dijo doña Manuela—, tu reciente dolor por la muerte de tu padre hace que exageres tus faltas, que no han sido hijas de tu corazón, sino de tu viciada educación; y la prueba es la esmerada y cariñosa asistencia que tuviste a tu buen padre cuando, al agravarse el mal, no te lo pudo ocultar. Pero, para ti, Blanca mía, ha sido la primera desgracia de tu vida (como dice un autor) el rayo que derribó a San Pablo.

Isidro miraba y oía con admiración a aquella joven, tan completamente transformada por la desgracia; aquel orgullo necio y frívolo que antes ostentara, anonadado por la pobreza; aquella fría indiferencia, ahogada por las lágrimas; aquel espíritu frívolo, sentado y madurado por la instrucción y buenas lecturas; aquel completo vacío del corazón y de la cabeza, ocupado por la reflexión y los sentimientos religiosos, que son las alas que alzan el sentir y la mente a aquellas altas regiones por las que el alma ansía. ¡Qué contraste formaba con Elena, esa mujer que abusaba del lujo como legítima pobre enriquecida; aquella mujer que aban aquella mujer que daba oídos al hombre rico y aquella mujer y elegante, pero villano, que abandonaba a su prometida al verla empobrecer, que buscaba un pretexto para deshacer su compromiso con un hombre que valía y la había amado pobre y desamparada!

III

En una tarde de Noviembre, fresca, precursora de los alegres días de frío y de los tristes temporales que gimen y lloran, se hallaba en un olivar poco distante de la estación que cerca del pueblo de Posadas tiene la vía férrea de Córdoba a Sevilla, una cuadrilla de cogedores de aceituna, las que, como es sabido, se componen de mujeres, niños y ancianos, conducidos por el manijero que dirige la cogida, y por el veedor, que es el que lleva la cuenta de las fanegas de aceituna recogidas.

Toda recolección es un trabajo bien retribuido, y en el que se reúnen multitud de trabajadores; y así, por penoso que sea, es un trabajo alegre para el pobre, el que, además siente instintivamente el amor y amparo del Todopoderoso en los dones que expende a sus criaturas. Sólo el dueño, si es avaro frunce el ceño cuando aún le parece corto el beneficio de Dios.

Habíanse sentado los cogedores a la orilla del camino para descansar, cuando vieron acercarse, viniendo de la estación, a una señora de edad, gruesa, que traía en la mano un saco de viaje, una caja de madera redonda y una cartonera colgada del brazo. Tenía puesto sobre un vestido color de castaña un abrigo ceniciento, guarnecido de verde, una cofia negra con lazos de cinta amarilla, y por cima un velo de tul, que a duras penas se retenía de las embestidas de un viento largo, que se empeñaba en llevárselo por trofeo.

—Esa hembra no es de por acá —dijo al verla uno de los cogedores, anciano derecho y acartonado.

—¿En qué lo conoce usted, tío Bumbum? —preguntó una de las muchachas, que admiraba el visual atavío de la forastera.

—En que aquí las ancianas no andan tan acicaladas ni llenas de colorines y moños como conejo de rifa.

—Cuando lo dice el tío Bumbum, que ha soldado y ha andado todas las partes del siglo y todos los que han sido puertos de mar, y se remontó hasta donde está el ruso y los osos blancos, verdad será —opinó un viejo pequeño y encogido, gran admirador del tío Bumbum, que llamaban, por ser muy moreno, el tío Caoba—; cuando él lo dice, verdad será —repitió por segunda vez.

Llegó en este instante la señora aludida muy sofocada, y dijo con afabilidad y acento madrileño:

—Buenas tardes tengan ustedes.

—Venga usted con Dios; ¿se encamina su mersé al pueblo? —respondieron los cogedores.

—Sí, y quisiera que algún chiquillo me llevara este saco; ¿me lo quieres llevar tú —prosiguió la forastera, dirigiéndose a un chiquillo que la miraba con la boca abierta—, y te daré seis cuartos?

—Sí —respondió el muchacho, que al oír la suma prometida, cerró la boca y abrió tamaños los ojos.

—Se dice sí, señora, rudo —dijo al muchacho una de las cogedoras.

—¿Y sabrás también —prosiguió la forastera— llevarme a la casa del juez?

—Pues no ha de saber —dijo una de las mujeres—; ¿quién no sabe en caa del juez, donde los pies se van solos, pues allí, si el marido es speculum justitiae, la mujer es consolatrix aflictorum?

—¿Conque tan buenos son? —preguntó con semblante muy complacido la forastera.

—Para celebrar al juez, nadie pone más que la boca —dijo el tío Bumbum.

—Un juez como han de ser los jueces, más cabal que las pesas —dijo un hombre.

—Más derecho que el dedo de San Juan —añadió otro, que prosiguió mirando a la caja y a la cartonera que la señora traía—; ¡a ese le pueden venir con regalitos! ¡Como que a uno que le fue con un empeño y le llevó seis gallípabas lo metió en la cárcel, en la que cada día le mandó una de las gallípabas muy retebién guisada, y hasta que se comió las seis no le dio carta de libertad!

—¡Pero y bueno! De eso no se ha visto; y si no, lo que acaeció a la tía Pae Santa.

—¿Pae Santa ha dicho, usted? —preguntó la forastera, poco acostumbrada a oír los apodos con que se nombran y conocen los campesinos en Andalucía.

—Sí, señora, asina la dicen, porque a su padre, que era un hombre retebuenísimo y muy arrimado a la Iglesia, le pusieron el Pae Santo, y ella ha heredado el nombre, que le viene de molde, pues es tan buena como su padre. La pobrecita, en las noches de verano, se pone a rezar el rosario a la puerta de su casa, y como todas estamos también sentadas al fresco a las puertas, lo rezamos con ella. Después del rosario, reza a todos los santos de la corte celestial, y cuando ya no le queda en la memoria ninguno, le reza al monte Tabor.

—¿Sabes —dijo otra mujer— que la pobrecita está muy malita?

—¿Qué me dices? Mucho lo siento, aunque a esa, antes de morir, se la llevan los ángeles al cielo.

—Y ¿qué es lo que acaeció a esa buena mujer? —preguntó la forastera, para la que todo lo que se rozaba con el juez tenía gran interés.

—Murió un hombre rico —refirió la interpelada—, y dejó una limosna de doce onzas para los doce pobres más necesitados del pueblo. Entre éstos señaló el cura, que era el encargado de nombrarlos, a la tía Pae Santa, que tiene tres vejeces: una de penas, otra de trabajos y otra de años, sin más que un día sobre otro. Pero el albacea, que está muy retebién acomodado, pero que es más duro que los guijarros de Villamalsilla, y más agarrado que las piñas del Segura, no había forma que le entregase la manda, y no le daba más que entretenederas. Venga usted mañana, vuelva usted pasado... Tía Pae Santa, le decíamos todos, si no echa usted por otro camino cobrará usted cuando lluevan pasas; no tiene usted más remedio que acudir al juez. Y tanto le dijimos, que la pobre, aunque es más encogida y metía en su concha que un galápago, porque la miseria amilana mucho, se presentó a su señoría y le dio su queja. El Juez le dijo con muchísima de la crianza que se sentase, y mandó llamar al tal. Cuando llegó le preguntó, con esa cara tan hermosa y respetuosa que tiene, si era verdad lo que aquella desdicháa le había dicho. ¡Ya se ve!, no lo pudo negar; pero como no tiene ni chispita de carmín en la cara8, le respondió con la frescura del mundo que el difunto no había señalado plazo para la entrega de las mandas. La pobre tía Pae Santa, que ve muy cercano el día de su muerte, se echó a llorar por su cara abajo. Entonces el juez se levantó, sacó una onza, que le dio a aquella infeliz, y encarándose con el alma de corcho del albacea, le dijo: «De aquí en adelante me debe usted esa onza a mí»; y le volvió la espalda. Digo a usted, señora, que es el juez un San Lomón9, con una cabeza atestada de laitines y unas entrañas llenas de piedad.

—Verdad es —opinó una mujer—; pero si él es piadoso, su mujer es misericordiosa10. Señora —añadió dirigiéndose a la forastera—, ¿trae su merced por acá algún asunto con la justicia?

—Calla, Josefa —le dijo el tío Bumbum—, que el preguntar lo que no se nos dice es descortesía; la curiosidad tenedla para lavar la ropa, hija mía.

—Pero escanse su mersé, que viene muy acansinada —dijo una de las mujeres—; siéntese en el chueco de este olivo, que se ha de hallar más a gusto que en los butacos que han traído a la estación.

La forastera se sentó para descansar un rato, y preguntó:

—Señores, ¿me querrán ustedes decir por qué nombran a ese su compañero el tío Bumbum, que ese apodo me ha llamado la atención?

—Yo se lo diré a su mersé —repuso una vieja—. Años atrás, cuando volvió de la guerra del francés, trajo un cante que no se le caía de la boca, y este tenía por remate el bum bum de los cañones. Tío Bumbum, bien podía usted cantárselo a la señora, ande usted.

El interpelado no se hizo de rogar, y cantó en una bonita tonada con voz fuerte, aunque cascada, esta antigua canción del tiempo de la guerra de la Independencia:

Napoleón tuvo un hijo,

y lo quiso coronar;

por corona le pusieron

una piedra de amolar11.

Qué gran bobazo, bum, bum,

que quiso a España,

y se llevó chasco; bum, bum.

—Bum, bum —gritaron los muchachos, imitando tiros.

—Otra, otra, que una no es ninguna —pidió riendo el auditorio.

—Pues vaya otra —respondió el anciano cantador:

Entró con alevosía,

y nos quiso avasallar;

pero se salió de prisa,

volviendo la cara atrás.

Qué gran bobazo, bum, bum,

que quiso a España,

y se llevó chasco, bum, bum.

La forastera, que estaba muy divertida, dijo entonces al veterano:

—¿Sabe usted como tienen ahora en Francia otro Napoleón?

El veterano contestó:

—¿Y a mí qué me se da? A ver como no tienen veinte.

—Y si éste viniese a España, ¿iría usted a combatirlo? —preguntó la señora.

—Yo ya no puedo náa, sino atizar —respondió el veterano—; pero ahí están mis hijos y mis nietos, que darían su sangre por Isabel II, la más noble y generosa de las reinas.

—Suénase que este Napoleón también va a hacer guerra por allá por el Norte —dijo la forastera.

—Pues dígole a usted —dijo una pobre mujer, que había perdido un hijo en Navarra y otro en África— que las tales guerras son una barbaridad, si las hay. Bien se dice que al ver el Señor el amargo dolor de Adán cuando Caín mató a Abel, se compadeció y le dijo: «Adán, no te desconsueles, que de ti nacerán muchos pueblos que poblarán el mundo entero; vuelve el rostro, que haré que puedas ver la órbita del mundo entero, y que tu vista traspase el velo que cubre lo venidero». Adán se levantó, y largo rato estuvo mirando el cuadro que a su vista se presentó. Poblado estaba el mundo; numerosos pueblos lo cubrían por doquier; pero a todos los miró en guerra unos con otros; por todas partes muertos y sangre. Entonces, tapándose el rostro con ambas manos, le dijo sollozando al Creador: «SEÑOR, SEÑOR, DEJADME LLORAR A ABEL».

—¿Con lo que quiere usted poner el caso —dijo el veterano— que toditos los que van a la guerra son unos Caínes?

—Los que las disponen, cabales.

—Pues que callen las señás mujeres, por las que entró el pecado en el mundo, y con él todo lo malo —dijo sentenciosamente el tío Bumbum.

—¿Me podrán ustedes decir —preguntó la forastera— si se ve desde aquí el pueblo de Cantillana, que está en la línea del ferrocarril de Córdoba a Sevilla?

—No, señora —contestó el tío Bumbum—; está a catorce leguas de aquí, y no se ve sino cuando pasa a su vera el ferrocarril, porque está metido entre arbolado, como un rebaño entre matorrales.

—Pues tengo la curiosidad de verlo —dijo la forastera—, porque leí hace pocos años en un periódico una novela muy bonita, aunque a vueltas de hacer encarnizado escarnio de Andalucía, y que dedicaba, por escarnio también, el autor (que se firmaba autora, pero que a nadie engañó, y el que lo quiso saber supo quién lo había escrito) a un escritor andaluz, que como lo hacen cuantos la han visto, celebraba esta hermosa provincia de España, que tanto han llorado y lloran los moros. En dicha composición, a la que el autor no da nombre, venía a contar el origen de la conocida frase de el obispo está en Brenes y el diablo anda en Cantillana, y quisiera ver la casa que labró el indiano, y...

—Señora, ¿qué está usted diciendo? ¿Y qué tiene que ver indiano alguno con el dicho del diablo en Cantillana? —le dijo el tío Bumbum.

—¿Pues no ha de tener? Lo he visto impreso en letra de molde.

—¿Y eso qué prueba? —repuso el tío Bumbum—; ¿no ha oído su merced el refrán de miente más que la Gaceta? Pues eso imprentado está. Señora, el dicho ese aquí tuvo principio, y aquí sabemos de unos en otros el cuándo y el cómo fue, que por entonces no había Indias ni indianos por el mundo.

—¿Y me lo querrá usted referir? —replicó la forastera.

—¿Por qué no? —contestó el veterano, que no deseaba otra cosa que contar, y empezó de esta suerte su relato:

«Salió en una ocasión el rey don Pedro, al que los grandes pusieron el Cruel y los pobres el Justiciero, a cacería, y tiró río arriba hacia Cantillana. Habíase separado de su séquito, y apresándole iba la sed, se entró en una viña en que vio trabajar a un hombre. Pidiole de beber, y e1 hombre, aunque sin conocerlo, fue a su sombrajo y le trajo una talla de agua. Mientras bebía observó el rey que aquel hombre estaba muy triste y caído de ánimo, por lo que le preguntó qué era lo que le aquejaba. El infeliz le respondió que tenía una pena de las más grandes; pero que como nadie la podía remediar, no tenía por qué decirla.

»—¿Quién sabe? —le dijo el rey—; cuente usted, que penas participadas, si no se curan se alivian.

»Y por aquello de que corazón que se halla herido a pregonero se mete, el desdichado refirió al rey que era el mesonero de Cantillana, y que el escribano del pueblo había engañado a su hija con palabra de matrimonio, palabra que no quería cumplirle, alegando que no podían casarse porque eran primos, y que esto no era más que una mala disculpa, puesto que podía pedir la dispensa al obispo, que cabalmente se hallaba haciendo la visita en el cercano pueblo de Brenes.

»—¿Y cómo no se ha quejado usted al alcalde? —le preguntó el rey.

»—Pues ya se ve que me he quejado al alcalde —contestó el pobre padre—; pero el alcalde y el escribano son compadres y están compaginados en todas las cosas, por lo cual el alcalde no ha hecho maldito el caso de mis quejas.

»El rey se despidió y se fue de un tirón y sin perder la derechura a Cantillana.

»Entró en el mesón; habló con la mesonera y su hija, y, habiéndose convencido de la verdad de lo que el hombre de la viña le había relatado, le dijo a la mujer que fuese a decir al alcalde que había en su mesón un hombre que tenía precisión de hablarle.

»El alcalde, más tieso que un don Pedro de palo, y con la cabeza más erguida que un gallo castellano, se presentó en el mesón, con su vara empuñada y su sombrero encasquetado.

»—¿Me conoce usted? —le dijo don Pedro.

»—Yo, no —respondió muy en sí el alcalde.

»—Pues sepa usted, mal alcalde, que soy el rey —dijo don Pedro.

»La vara se escurrió de las manos del alcalde, que se encogió como una pasa y echó a temblar como un azogado.

»—Escuchad bien lo que os voy a decir —prosiguió el rey—. Que se levante ahora mismo la horca en la plaza, y que mañana a estas horas esté casado su compadre el escribano o colgado en ella, y cuidado como a nadie decís que he estado aquí.

»El rey salió, dejando al alcalde más muerto que vivo.

»Apenas se recobró, cuando echando una carrera en pelo, no paró hasta llegar a la casa del escribano, en la que entró gritando:

»—Compadre, cásese usted y sobre la marcha.

»—¿Está usted ido de sentido? —contestó asombrado el escribano.

»—Compadre, en su interés y en el mío se lo pido: ¡cásese usted!

»—Que no.

»—Pues le digo a usted que no tiene más remedio que cumplir en seguida la palabra que ha dado, y casarse. ¡Al avío! ¡Al avío!

»Y el alcalde, azorado, le empujaba hacia la puerta.

»—Compadre —dijo amostazado el escribano— ¿qué mosca le ha picado a usted? ¿No sabe usted acaso que eso no puede ser, porque somos primos la hija del mesonero y yo?

»Entonces el alcalde, cada vez más azorado, le dijo:

»—Compadre, cásese usted, que el obispo está en Brenes y... y... el diablo en Cantillana.

»Al oír esto último, el escribano comprendió lo que quería decir el alcalde, y se casó».

—Agradezco a usted la referencia que me ha hecho —dijo la forastera al veterano—. La novela del periódico podrá parecer al que la escribió y a otros muchos más bonita; pero del modo que usted me la ha contado tiene más visos de verdad, y esto es lo que en estas cosas vale. Ahora cuando se ha de hacer una cosa de prisa, quitando estorbos que sirven de disculpa, recordaré a don Pedro que sabía disponerlo. Pero, señores, mucho me he detenido; las tardes son las más cortas del año, y me va a nochecer en el camino.

—Mucho más cortas son allá por el Norte —dijo el veterano—, pues a las cuatro ya es de noche.

—Las cosas que dice el tío Bumbum, tan gordas son que no se pueden tragar —opinó a media voz un zagalón escéptico.

—Calla, hormigón —le dijo severamente el veterano, que lo oyó—, que cada vez que abres esa boca, que parece un obús, es para darte a ti propio la patente de sandio. Tú no has visto el mundo más que por un agujero; así lo que tienes que hacer es oír, ver y callar, ¿estás? Cuando a ti te bautizaron hacía mucho viento y se llevó la sal.

—Muchacho, ven acá —dijo la forastera—. Cuélgate el saco del brazo, para que le puedas llevar con cuidado y sin que se traquetee esta caja en la mano. Yo llevaré la cartonera. Señores, quedaos con Dios. ¿Lloverá?

—¡Qué, señora! ¡No ve su merced que no se vislumbra una nube y que nos cobija el cielo viejo!12. Vaya su merced con Dios.

Ya había anochecido cuando la señora llegó a la casa donde la condujo su guía; pagó a éste lo prometido, le tomó la caja y el saco, y llamó a la puerta.

Salió a abrirle una moza aseada y dispuesta, que quiso anunciar a sus amos la llegada de una visita; pero la forastera se lo impidió, rogándola únicamente que la indicase dónde los hallaría. La criada introdujo a la señora en una sala del piso bajo, el solo que tenía la casa, siendo el alto pajar y granero, en que dejó su estorboso equipaje, y en seguida se acercó a una puerta de cristales que estaba cerrada, pero por la que, al través de sus visos de muselina, se esparcía la viva luz de un reverbero colocado sobre una mesa de nagüillas o estufa, en una habitación más reducida que la primera.

La señora desvió un poco el viso, y una sonrisa de satisfacción se extendió sobre su bondadoso rostro al contemplar el hermoso cuadro que se la presentaba.

Sobre: un sofá, frente a la puerta, estaba un hombre, joven aún, a cuyo rostro daban una prematura, pero suave gravedad, y la perfecta calma de una buena conciencia, unida a la falta de ambición (la más roedora de las pasiones) toda la hermosura de un templado y sereno día de primavera, cuyo cielo alto y puro, está sin nubes ni celajes.

Tenía este joven sobre sus rodillas a un niño de menos de cuatro años, que levantaba hacia el rostro de su padre su linda cabecita, y parecía hacerle esas preguntas, hijas de las primeras percepciones de la inteligencia, que, a menudo desatienden aquéllos a quienes son dirigidas, en lugar de alentarlas y satisfacerlas.

Al lado del sofá, sentada en un cómodo y sencillo sillón de paja, estaba una mujer que parecía casi niña, gracias a la frescura de su alba y rosada tez, a la finura de sus facciones y a la alegría y bondad de sus ojos azules como los de la inocencia. Había sentado sobre el borde de la mesa a una niña de un año, parecida a ella, cuyos rubios ricitos, que no todos podía retener una primorosa gorrita, adornaban su nuca y sus sienes; difícil era prefijar, al ver estos dos seres encantadores, tan amorosa y exclusivamente ocupados uno de otro, aquél que con más ternura y apego amaba al otro.

—¿Cuánto me quieres, Manolita? —preguntaba la madre.

La niña, con un movimiento impetuoso, echaba sus bracitos al cuello de su madre y la cubría de apasionados besos.

La puerta de cristales se abrió, y a los atónitos ojos del matrimonio se presentó la forastera.

—¡Doña Pepita! —exclamaron ambos consortes simultáneamente.

La misma —contestó ésta, corriendo hacia la joven y abrazándola, impidiéndole de esta suerte el ponerse de pie—; quieta, quieta, que no quisiera. descomponer el precioso cuadro que desde la sala contigua he estado admirando. ¡Qué hermosa y qué gruesa está usted, Blanquita! ¡Qué hermosos los niños! ¡Dios los bendiga!

—¿Pero qué es esto? —dijo Isidro, abrazando a su antigua y buena patrona—; ¿cómo está usted por estas tierras y nos proporciona la grande satisfacción de verla en nuestro modesto hogar?

—En el que no faltará a usted rica cecina, perdices, pollos, gallinas, conservas y ricas aceitunas aliñadas por mí...

—Lo que no faltará a usted —dijo interrumpiendo a su mujer Isidro— es cariñosa y buena acogida; en cuanto a lo que dice Blanca, es amor propio de hacendosa y entendida ama de casa; tiene aquí unas amigas y maestras que han hecho de ella un portento.

—Lo cierto es —repuso Blanca riendo— que satisfago a mis comensales.

—Bien se conoce que no tiene usted casa de huéspedes —dijo suspirando retrospectivamente doña Pepita.

—¿Pero cómo usted por este rincón? —repitió Isidro.

—La llegada de un hermano mío a Cádiz, donde ha caído enfermo, y desde donde me llama, me obligan a ir a aquel puerto; ahora bien: ¿cómo había yo de pasar por delante del pueblo en que ustedes viven, sin detenerme una hora para verlos y conocer a estos ángeles?

—Saluda a esta señora, que es una antigua amiga nuestra —dijo Isidro al niño, el que, obediente, aunque con pocas ganas, se acercó a la huéspeda.

—Ya nos haremos amigos —dijo besando la rosada mejilla del niño doña Pepita, la que, levantándose en seguida, corrió a la sala inmediata, de la que volvió con la gran caja redonda y la cartonera; abriola, y apareció con ojos amenazadores una serpiente enrollada, a la que los niños miraron a distancia y recelosos; pero al ver a doña Pepita destrozarla, y a sus padres, después de dar gracias a la dadora, celebrar y comer aquel monstruo, se disipó su espanto, que al gustar aquel manjar se convirtió en agrado. El niño, familiarizado ya con la huéspeda, gracias a los buenos oficios del azúcar y de la almendra, le preguntó si todas las culebras y demás sabandijas de Toledo sabían como aquélla.

—Hijo mío —le respondió Isidro—, algún día sabrás cuántas cosas hay a las que la malignidad y hostilidad del mundo da la apariencia de culebras, y que son suaves e inofensivas como este mazapán.

La huéspeda abrió la cartonera, y de ella sacó un sombrerito de niño, adornado con un lindo pajarito con su pico, sus ojitos y su vistosa cola, y enseñándoselo al niño, le dijo:

—Para ti, hijo mío.

Este lanzó un grito de alegría y quiso echar mano al pajarito; pero su madre se lo impidió. El niño, desesperado por esa defensa arbitraria de su madre, que hollaba su derecho de propiedad, que él sostenía gritando: «¡Es mío! ¡Es mío!», se puso tan pesado e insistente, que su madre, incomodada, le dio un cogotazo; entonces los gritos, quejas y lloros del niño sonaron a toda orquesta. Doña Pepita, torpe consoladora de niños (como lo son muchas personas que, por extirpar en ellos lágrimas saludables, les infunden ideas nocivas), tomó al niño sobre sus rodillas, diciéndole:

—¡Pobrecito mío! ¡Si tú tenías razón! Lo que ha hecho Blanquita contigo es una crueldad; vamos, esa manilarga no es tu madre.

—¿Que no es mi madre? —preguntó el niño.

—No lo puede ser.

—¿Que no es mi madre? —repitió el niño.

—No.

—Pues si no es mi madre —dijo el niño—, le digo buta (bruta).

Doña Pepita y la misma Blanca se echaron a reír a carcajadas; pero su padre, reprimiendo su hilaridad, dijo al niño:

—Vaya usted inmediatamente a la cama, desobediente, rabioso y mal hablado, y pida a Dios perdón por su mal comportamiento.

Doña Pepita, al ver la cara contrita y afligida del niño, quiso intervenir; pero, como es de suponer, fue inútilmente.

El niño, con el corazón encogido, le dio las buenas noches, besó la mano a su padre y a su madre, pidiendo su bendición, como de costumbre tenía, y se encaminó a la puerta. Llegado que hubo al umbral, recordando la tan repetida palabra de las sesiones de Cortes que leía su padre a su madre, volvió la cara, y dirigiéndose a su padre, dijo en tono resignado: «Al orden, al orden»13;atravesó después la sala; llamando con voz plañidera:

—Chacha, chacha, acuesta a este niño, que ha sido malo.

—¡Angelito, qué rigor! —dijo entonces doña Pepita.

—Lo necesita —repuso Isidro; tiene mucho genio, y es necesario doblegarlo desde temprano.

—Hablando de su entereza —añadió Blanca—, dice la cocinera, madre de nuestra criada, con las graciosas ponderaciones andaluzas, que es capaz el niño de darle tres patadas al sol y quedarse preparado para darle otra a la luna. ¡Pero si viera usted, doña Pepita, lo gracioso que es! ¡Las ocurrencias que tiene y las preguntas que hace! ¡Cómo nos entretiene y encanta las prima-noches! ¿Qué teatros ni qué bailes podrían proporcionarnos más grato solaz?

—Blanca —opinó Isidro—, esto no lo comprenden los que no tienen hijos.

—Pues yo sí lo comprendo —repuso doña Pepita—, y la felicidad de tener una criatura tan hermosa como Manolita, que se ha dormido en las faldas de su madre como un pajarito en su nido, y más si recuerdo la vida tan aislada de corazón de Elenita... ¡Pero quién hubiese jamás creído que don Amaro, que tan apasionado estaba o aparentaba estar de usted, Blanquita, se hubiese enamorado de Elena! ¡Qué cambio tan repentino!

—En el que él ha ganado —repuso Blanca, que añadió sonriendo a su marido— y yo no he perdido.

—Dice usted bien que no ha perdido —repuso doña Pepita—; pero no acierta si piensa que él ha ganado. ¡Si supiese usted qué mudada está Elena! ¡Cada vez que recuerdo lo modesta y fina que era cuando habitaba su buhardilla, no hablándome jamás sino para dirigirme frases laudatorias y afables, y ahora tan altiva, tan burlona!... Cuando yo bajaba para acompañar un rato a la pobre doña Manuela, que está siempre tan sola, me veía precisada a vestirme como si fuese a Palacio, y me ponía aquel vestido de seda tan bueno de color de castaña; si llegaba alguna vez a encontrarla en su casa, como yo digo que se ha vuelto tan despreciativa y burlona, la emprendía con mi vestido, al que llamaba por viejo y por su color el general Castaños. Un día me incomodé y la afeé ese tono burlón y desdeñoso, que por cierto no gastaba antes; me contestó que ese era el tono de la sociedad fina, moderna y aristocrática que trataba, y que se conformaba a seguirlo por no parecer zalamera ni anticuada.

—Y decía bien —observó Isidro—, pues ya no existía en su corazón la benevolencia y la modestia, aun la urbanidad que inspiran las demostraciones finas y bondadosas, que ella graduaba de zalameras y anticuadas.

—¿Pero es feliz? —preguntó Blanca.

—Está contenta, pero no es feliz; está contenta, porque sobrepuja a sus amigas en lujo; está contenta, porque se divierte, gasta y triunfa y hace lo que quiere.

—¿Pero y su marido? —preguntó Isidro.

—Está casi siempre en Francia o en sitios de baños, en que juega y pierde de una manera escandalosa. Cuando regresa es para echar en cara a su mujer sus locos gastos, sus fabulosas cuentas de las modistas de París; ella a su vez le reconviene por su vida ociosa y disipada; hay amenazas de divorcio y de separación de bienes. Esta amenaza, por parte de Elena, aterra a Amaro, que se mete en el primer asiento que halla en el camino de hierro, y se vuelve a París a... a lo que generalmente se va a la capital más civilizada del mundo. Ella da gracias a Dios cuando él se ausenta, y sigue su mismo método de vida; ¡pero si viese usted qué mudada está! ¡Qué delgada! ¡Qué amarilla! ¡Qué ajada! Ya se ve, esa vida tan agitada, tan desarreglada, esas trasnochadas...

—¡Qué cosa tan justa y tan profunda ha dicho el Gran obispo, como es denominado el que lo es de Orleans —opinó Isidro—, al aseverar que tendría buena opinión de un pueblo cuyos habitantes se acostasen y levantasen temprano!

—Verdad es —añadió con su buen sentido, llano y certero, doña Pepita—; a no ser velar a un enfermo, ¿qué cosa buena se hace de noche? Ninguna. La pobre doña Manuela, en su soledad y aislamiento, pasa la más triste vejez; teme que su hija enferme, en lo que lleva razón.

—¿Pues acaso padece Elena? —preguntó Blanca.

—Recién casada, y a causa de una imprudencia, tuvo un mal parto, en el que no se cuidó, y no ha quedado buena. Además, su madre prevé que si siguen de esta suerte los despilfarros de la mujer y el derrochar del marido, se van a arruinar inevitablemente.

—¡Pobre Elena! —dijo Blanca con tristeza—; cuando uno es feliz, quisiera que lo fuesen igualmente todos.

—¡Qué cosas se ven en el mundo! —prosiguió doña Pepita—. Elena, con su grande y tan codiciado caudal, fastidiada, achacosa en sus suntuosos salones, apartada de un marido que sólo pensó al pretenderla en sus millones; y usted, Blanquita, tan acostumbrada a grandezas, tan feliz, tan afanada, tan hermosa, tan unida a su marido, tan contenta en un insignificante pueblecito, en el que tanto bien hacéis y tan buenos consejos dais, por lo que todos (lo he oído) tan de corazón os aman, respetan y bendicen.

—Esto —dijo con voz sentida y grave Isidro— prueba una grande y patente verdad.

—¿Cuál? —preguntaron ambas señoras.

—La de que suele ser la riqueza una corruptora y la pobreza una buena maestra —contestó Isidro.


Publicado el 11 de mayo de 2019 por Edu Robsy.
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