La Viuda del Cesante

Fernán Caballero


Cuento


Las murallas de Cádiz son un hermoso paseo, ancho, llano, sin el menor obstáculo ni tropiezo, en el que puede pasear descuidado un ciego, un distraído o el que, absorbido en contemplar la vista que ofrece, anda, como aquéllos, sin brújula. Bajando por ella desde los cuarteles, se mira a la izquierda una fila de casas altas, alineadas, fuertes y uniformes como un regimiento prusiano, y a la derecha la bahía, poblada de barcos anclados, inmóviles y mustios como presos. ¡Qué imagen de la fuerza bruta es el navío! Privado de su piloto, todo lo atropella, destroza y hunde, hasta que él mismo se pierde en desconocidas playas.

La costa opuesta aparece confusa como un recuerdo medio borrado, y al frente se extiende el mar, que la cortedad de nuestra vista hace a cierta distancia unirse al cielo, no obstante de estar allí tan distantes como lo están aquí, y esto lo creemos por fe, como debemos creer otras muchas cosas que nuestra vista no alcanza ni nuestra concepción comprende, porque la comprensión del hombre, así como su vista, son limitadas.

Paseaban por esta muralla, hace de esto algunos años, dos señores. El uno era alto, de buena presencia; el otro era más pequeño, algo agobiado, y de semblante doliente y decaído.

—Paisano —dijo en tono jovial el más alto al que lo acompañaba—, usted se hace del porvenir un monte, y yo lo veo muy llano.

—Llano, sí —contestó el interpelado—; llano como lo es el camino que desde Puerta de Tierra conduce al camposanto. Usted, que tiene su porvenir asegurado, puede vivir tranquilo; pero un empleado como yo, que tiene siempre la cesantía, como la espada de Damocles, amenazando su cabeza, no puede hallar sosiego ni gusto para nada. A pesar del juicio, modestia y economía de mi mujer y de nuestra vida retirada, apenas tenemos ahorros, pues habiéndoseme en poco tiempo, destinado desde Málaga a La Coruña, desde La Coruña a Pamplona y desde Pamplona aquí, los crecidos costes de los viajes los han absorbido todos.

—¿Y por qué, con mil diablos, fue usted empleado, paisano?

—Mi padre lo era, y antiguamente los hijos seguían las carreras de sus padres, sin aspirar a más que a distinguirse y subir en ellas, y los servicios de aquéllos les servían de derecho y recomendación; pero desde que todos en España quieren empleos, y cada ministro y cada diputado tiene un ciento de ahijados que colocar, para que esos tengan cabida, se tienen que dejar cesantes infinitos empleados, por más que toda su vida hayan servido fiel e inteligentemente sus destinos... Yo no tengo protector ni me he afiliado a ningún bando político, y así estoy seguro de quedar cesante muy en breve.

—Paisano, no anticipe usted males.

—Señor don Andrés, más vale estar prevenido que recibir inopinadamente la noticia de su ruina. Si mi padre, que en descanso está, hubiese podido prever el porvenir, me hubiese enviado con usted a Lima cuando se fue; allí ha hecho usted fortuna y ha logrado la suma felicidad, que es vivir independiente.

Habían llegado a una de las escaleras por las que se desciende de la muralla... Después que la hubieron bajado, dijo don Andrés a su acompañante:

—Véngase usted a la nevería a tomar un helado.

—Gracias —contestó el invitado—. Me voy, como tengo de costumbre, a mi casa, en la que rezamos el rosario; nos hace mi hijo una lectura amena mientras cose mi mujer, o jugamos una partida de tresillo; a las diez tomamos chocolate y nos acostamos; esto es poco elegante, pero no nos cuidamos por la elegancia. No diga usted tampoco que rezamos el rosario; nos llamarían neos, lo que sería suficiente motivo para dejarme cesante.

Pocos meses después, los temores del pobre empleado se habían realizado. Cesante y forzosamente desocupado, un hombre laborioso como él lo era, sin medios ni esperanza de mejorar su suerte, cayó en un profundo abatimiento, que agravó el mal de hígado que lo había lentamente acometido, y que de crónico pasó a agudo, y en breve plazo le ocasionó la muerte.

Desgarrador fue el pesar de su amante mujer y de su excelente hijo, joven de veinte años, que se había criado al lado de su padre para seguir su carrera, la que de todo punto se le cerraba, no teniendo cabida este joven capaz, excelente y modesto, entre la infinidad de pretendientes que no tenían ninguna de sus cualidades; pero que en su lugar contaban con osadía y un protector político cualquiera.

Tres días después del entierro estaba la infeliz viuda recostada en un canapé, caída la cabeza sobre el pecho de su hijo, que la tenía abrazada, y sin atender a las benévolas palabras de consuelo que don Andrés le repetía, a pesar de estar convencido de su insuficiencia. De repente levantó la pobre viuda su cabeza, y con los ojos secos y desatentados, exclamó, cruzando sus manos:

—¿Qué va a ser de mí y de mi hijo?

—A grandes males, grandes remedios —repuso don Andrés—. Su marido de usted me decía que ojalá que su padre le hubiese enviado a Lima cuando yo fui; que vaya, pues, su hijo, yo le daré cartas de recomendación, en particular para la viuda del compañero que allí tuve; yo le costearé el viaje... y me devolverá este desembolso cuando pueda hacerlo cómodamente —añadió don Andrés al notar que la viuda apurada iba a rechazar—. Señora —prosiguió—, este sacrificio es necesario, y la única tabla de salvación que os queda en la cruel situación en que tanto el uno como el otro os halláis.

El corazón de la tierna madre se partió; pero no era posible rehusar, cuando su mismo hijo se hallaba dispuesto a seguir aquel amistoso consejo, y cual si no fuesen bastantes las lágrimas de la viuda, vinieron a aumentar las lágrimas de la madre, al ver la nave que encerraba al solo objeto que amaba en este mundo, aquel hijo amante, del que nunca se había separado, poner erguida la proa a la ancha mar, no dejando tras de sí sino una estela que borraban tan luego las aguas móviles del mar, como el tiempo borra el recuerdo.

Pasaron días, semanas, meses; pasó un año sin disminuir en la pobre solitaria el dolor de la ausencia, y haciendo brotar y crecer en su corazón la más angustiosa zozobra, al ver que ninguna noticia de la llegada de su hijo a su destino recibía; y como si esto no bastase a colmar su infortunio, presentose el cólera, y una de las primeras víctimas que escogió fue don Andrés, su único amigo, aquel por cuyo conducto esperaba recibir al fin noticias de su hijo.

La viuda había vendido cuanto tenía para mantenerse; pero siendo esto caro en Cádiz, vio con asombro que dentro de poco nada le quedaría.

Entonces hizo un paquete de lo estrictamente necesario, vendió lo restante por lo que la dieron, y se fue al muelle, en el que buscó un falucho de los que de los pueblecitos de la costa llevan frutos y legumbres a Cádiz y se embarcó en él. Durante la travesía se informó de un marinero joven de si hallaría en el pueblo alguna casa en la que le quisiesen arrendar una habitación. El marinero contestó que su madre tenía una bastante capaz, por haber sido su padre albañil y haber agregádole por la parte del corral habitaciones para que cuando sus hijos se casasen tuviese cada cual casa en que vivir, y que, estando una desocupada, no tendría su madre inconveniente en arrendársela. Y así sucedió; por ocho reales al mes tomó posesión de una salita y alcoba, y por dos reales más puso la dueña en ella cuatro sillas toscas, una mesita de pino sin pintar y una cama de bancos y tablas apolilladas. La Viuda, del poco dinero que traía, separó seis duros, pensando: «Esto compone un año de alquiler, de aquí allá sabré de mi hijo o me habré muerto. «Pero ¡ay! ni una cosa ni otra sucedió... Pasó el año, y no pudiendo ya pagar, dio la dueña por pretexto que uno de sus hijos mozos se iba a casar para obligar a la inquilina a mudarse.

Las almas nobles y delicadas se acostumbran luego a todas las privaciones, incomodidades y humillaciones de la pobreza, pero jamás a los cálculos, tretas e importunidades que engendran en las almas que no lo son, por lo que la pobre viuda, que había caído en una completa apatía en todo lo que no era el temor y la esperanza que alternaban en su corazón, no sabía qué hacer, hasta que una buena mujer, que vivía en la casa inmediata, la que no tenía más que una salita, le ofreció una covacha que había servido para guardar leña y los aparejos de la burra cuando vivía su marido. La aceptó, como el perdido en un desierto sin encontrar senda, al fin, cansado, se deja caer en el suelo. De allí no salía sino para ir a la iglesia, que aunque perteneciendo a una aldea tan pequeña, era hermosa como casi todas las de España. Allí, postrada ante el altar de una bellísima Virgen de La Esperanza, era donde únicamente podía respirar, llorar y hallar algún sosiego; muchas veces se ha dicho, pero más veces aún se debe repetir, que la desgracia nos lleva irremisiblemente a buscar consuelo en la religión, que es la única que nos enseña a sufrir con resignación y con fruto; el Señor no ha dicho: «Toma una corona de flores y sígueme»; sino que ha dicho: «Toma tu cruz y sígueme»..

Al pie de aquel altar imploraba, pues, esta infeliz la intervención de la Santa Madre de Dios para con su hijo por la vuelta del suyo, y la Virgen, que tenía en la mano el áncora, símbolo de la hermosa virtud que le habían dado por advocación, parecía enseñársela y decirle: Si te faltan las terrestres, nunca te faltarán las divinas.

Volviose luego a su covacha. La buena vecina Josefa, el día que tenía que comer, le daba alguna pequeña parte; pero el día que no lo tenía e iba a comer en casa de una hija casada, que era tan pobre como ella, la triste viuda no probaba bocado; y días y días se sucedían, y ninguno le traía noticias de su hijo; pero ella no perdía las esperanzas, a lo que la vecina le decía: «Por demás está visto que su hijo ha muerto»; ¿pero quién sería tan bárbaro para arrancarle sus esperanzas? Ellas la ayudan a vivir: el día que las pierda, se muere.

Pero la pobre viuda se iba debilitando por días; andaba doblada, y estaba tan delgada, que sus huesos todos parecían quererse desprender de su cuerpo, y, no obstante, se arrastraba al pie del altar.

Un día que el cura, saliendo de la sacristía, atravesaba la iglesia, desierta a la sazón, vio un bulto al pie del altar de la Señora: acercose y vio que lo formaba una pobre mujer desmayada.

Llamó el cura a un monaguillo; éste avisó a algunos vecinos, que llevaron a la inerte señora a su casa, acompañándoles el cura, que quedó asombrado al ver la desnuda y triste covacha que la dueña de la casa indicó como su albergue.

—Josefa —le dijo el cura—; yo no sabía que esta señora estuviese tan necesitada: ¿cuánto te paga por esta covacha?

—Nada, señor; ¡pues si no tiene para pan, y este desmayo le proviene de necesidad! Hace dos días que no come, porque, no teniéndolo para mí, no he podido darle un bocado.

El cura se volvió hacia el monaguillo y le mandó ir a su casa y que dijese a su sobrina que acudiese al punto, trayendo un plato de la comida que tuviera preparada para ellos y un bollo de pan.

Al cabo de un rato, la pobre viuda abrió los ojos, y al ver al cura, exclamó:

—¡Ay, señor cura! ¡Yo pensé que ya el Señor se había apiadado de mí y ponía fin a mis sufrimientos! Pero no es así, ¡cúmplase su santísima voluntad!

—Pero, señora —contestó el cura—, ¿por qué no ha hablado usted? Poco tengo, pero es bastante para impedir que ninguno de mis feligreses se muera de hambre.

Entró en esto apresuradamente una hermosa joven de catorce a quince años, que traía en un plato arroz con tomate, que sin que se lo dijese su tío presentó a la pobre viuda; ésta volvió la cabeza al otro lado.

—A comer, señora, a comer —dijo el cura—; ¡ojalá fuera otra cosa! Pero lo que importa es que usted coma; lo contrario sería ofender a Dios y afligirme a mí.

Rosalía, que así se llamaba la sobrina del cura, unió con calor sus instancias a las de su tío, y la pobre viuda cedió. A medida que aquel sencillo, pero sano y caliente alimento, caía en su desfallecido estómago, se iba la desmayada reanimando, y pudo referir al cura su triste historia.

Desde aquel día, este excelente hombre se constituyó con sus escasos medios en ser el amparo de aquella desamparada; Rosalía, por su parte, se dedicó con aquel tierno y santo amor que inspira la lástima, y que aumentó de día en día el trato dulce y tierno de la viuda, a asistirla, aliviarla y acompañarla cuando caía enferma. Cada día le traía un plato de la comida que ponía en su casa, ya patatas guisadas, ya garbanzos, y de vez en cuando pescado, cuando algún marinero, agradecido a los favores del cura, se lo regalaba. El cura reanimaba su abatido espíritu, dándola esperanzas, que él no abrigaba, de que su hijo no hubiese muerto, y que cuando menos lo pensase recibiría carta

Así pasaron años, sin que se disminuyesen ni se enfriasen, ni en el tío ni en la sobrina, los cuidados, el interés y la caridad hacia aquella infeliz. ¡Qué de virtudes y qué de buenas obras calladas, sin pretensión ni aparato, existen que el mundo ignora!... Pero Dios no las ignora.

Toda la noche había estado el cura ayudando a bien morir a un hombre que había tenido una larga y penosa agonía; había ido a la iglesia, en la que había dicho misa, que aplicó por el alma del finado, y entró en su casa rendido de cansancio y de necesidad.

Cuando estuvo en su cuarto, se quitó su viejo manteo y su sombrero de canoa, que colgó en una percha; se dejó caer en su tosco sillón de brazos, e iba a dormirse, cuando entró Rosalía, trayendo en una mano un plato de sopas y en la otra un pequeño vaso de vino.

—¡Qué es esto! —exclamó el cura, poco acostumbrado a semejante regalo—; ¿de dónde has sacado estas gollerías?

—Hoy son los días del señor López —contestó Rosalía—, que ha matado una ternera y ha mandado a usted dos libras y media de tocino, con un jarrito del vino de su viña; puse al instante el puchero para poderle dar un plato de sopas cuando entrase y antes que se pusiese a descansar, pues de ambas cosas tendrá usted gran necesidad.

—Necesidad precisamente, no —respondió el cura tomando la sopa—; pero me viene bien, Rosalía.

El cura tomó su sopa y su vasito de vino, que aunque ambos, caldo y vino, de inferior calidad, comunicaron a su desfallecido estómago un gran bienestar; dio a Dios las gracias, recomendó a su sobrina que de ambos regalos llevase su parte a la pobre viuda, y habiendo dejado caer su cabeza sobre la almohada que había colocado allí Rosalía, se quedó dormido en un sueño que hizo profundo como el de un niño su cansancio, y tranquilo como un cielo sin nubes su pura y limpia conciencia.

Dos horas haría que disfrutaba el cura de este envidiable sueño, cuando le despertó una voz desconocida que a la puerta de su casa preguntaba por él. Su sobrina se presentó para decir que estaba su tío recogido; pero ya éste se había levantado, y abriendo la puerta de su cuarto:

—¿Qué se le ofrecía a usted, caballero? —preguntó al ver a un señor joven y bien portado.

—Perdone usted si le incomodo —respondió el forastero—; pero un asunto del mayor interés me trae aquí para hacerle a usted una pregunta. En este pueblo pequeño es de pensar que tenga usted noticias de todo forastero que venga a habitarlo —preguntó el recién llegado.

—Es muy cierto, señor mío.

—Así puedo esperar que me de usted razón de si vino aquí, hace nueve o diez años, una señora viuda y sola, que tenía por nombre doña Carmen Díez de Vargas.

El cura miró con ansia a aquel forastero, y le dijo con emoción:

—¿Le trae usted, por suerte, noticias de su hijo, que hace nueve años llora por muerto?

—No le traigo noticias, le traigo a su propio hijo, pues ese soy yo. ¿Vive mi madre? ¿Dónde está? ¡Oh! señor, condúzcame usted adonde se halle... no se detenga...

Y el forastero se encaminaba hacia la calle.

—Párese usted —le gritó apurado el cura—. Su pobre madre está muy delicada; al ver a usted inopinadamente, la sorpresa y el gozo podría matarla; es necesario prepararla.

Adrián Vargas, pues era él, se sentó muy agitado en una silla, y dijo:

—Tiene usted razón, señor cura, y siendo así, suplico a usted tome el encargo de prepararla. Id, señor cura, id, que esta misión es santa y una de las pocas gozosas que tiene su ministerio.

—Voy, señor —repuso el cura— Rosalía, tráeme mi canoa y mi manteo. Pero, señor, ¿me explicará usted la causa de un silencio de diez años?

—Todo se explicará; pero ahora, por Dios, diga usted a mi madre que su hijo está aquí y ansía por abrazarla.

El cura se encaminó presuroso hacia la miserable casa y triste covacha en que habitaba la pobre viuda.

—Señora —la dijo después de saludarla—, siempre he dicho a usted que nunca se deben perder las esperanzas; son el báculo que nos ayuda a subir la cuesta de la vida, que tan agria y árida es para algunos.

—¿Qué esperanzas no se apuran en diez años, señor cura? —contestó la pobre viuda.

—Pues pasados esos diez años pueden realizarse, y sepa usted que ha llegado una persona de Lima que dice haber conocido allí a su hijo de usted, el que quedaba en dicho punto a su salida.

Un temblor convulsivo se apoderó de la débil y padecida señora al oír aquellas palabras; quiso hablar, pero las palabras quedaron ahogadas en su garganta; una lívida palidez se extendió sobre su rostro.

El cura llamó a la buena vecina Josefa para que trajese agua, y vuelta un poco en sí mediante estos auxilios, la pobre viuda pudo preguntar al cura con voz trémula:

—El que trae esas noticias, ¿hace mucho que ha llegado? ¿Dónde le habéis visto? ¿Está en el pueblo?

—No, no está en el pueblo —respondió el cura, asustado, al ver el estado convulso de la viuda.

—¡Oh, señor cura! ¿Por qué no me avisó usted para que yo lo hubiese visto y hablado?

—Porque ha de volver mañana por una fe de bautismo que le tendré buscada; mientras tanto, tranquilícese usted y dé gracias a Dios por esta inesperada merced, debida seguramente a la intercesión de su santa Madre de la Esperanza, que tanto ha invocado.

—Señor —dijo el cura a Adrián cuando regresó a su casa—, el anuncio solamente de que vive usted y está en Lima, ha puesto a su madre en tal estado de excitación, que hace imposible causarla más emociones hasta que se haya sosegado. Su madre de usted ha padecido mucho, está muy destruida, muy débil, y no puede pasar del extremo del dolor al colmo de la alegría sin grandes precauciones; es necesario aguardar hasta mañana para que usted la vea. Siento muchísimo no poder ofrecer a usted hospedaje; mi casa, como usted ve, la componen sólo esta mi habitación con una alcoba, en la que estrechamente cabe el mal catre de tijera en que duermo, y enfrente, separado por el callejón de entrada que comunica con el corral, está la cocina y otra piececita en que duerme mi sobrina. Mi cena consiste en unas sopas de aceite y chocolate, y aunque es mala, mucho celebraría nos acompañase a tomarla.

El joven dio las gracias y se retiró al mesón. Poco o nada durmió, y a la mañana siguiente se fue a casa del cura, que había salido ya para ofrecer el santo sacrificio de la misa en la iglesia; allí fue Adrián a buscarlo, y cuando hubo concluido el cura con los deberes de su santo ministerio, se unió a él, y al atravesar la iglesia y pasar ante el altar de la Virgen de la Esperanza y mirándola, le dijo:

—Esta Señora es la que me introdujo con su madre de usted.

El cura se dirigió a su casa.

—¡Oh, señor cura! —exclamó Adrián— Suplico a usted no me impida por más tiempo el ir a abrazar a mi madre.

—Esto no puede ser.

—Usted le ha dicho que hoy viene la persona que me ha visto en Lima; esa persona seré yo: he variado tanto en diez años, que mi madre no me reconocerá si yo no me doy a conocer.

—Pues ya que usted lo exige, vamos —respondió el cura—; pero por Dios le suplico que sea prudente.

—Señora —dijo el cura al entrar en el lóbrego chiribitil de la pobre viuda—, aquí tiene usted al caballero que ha llegado de Lima.

—¿Y mi hijo, vive —exclamó la madre, levantándose para ir al encuentro del forastero; pero apenas fijó en él sus ansiosas miradas, cuando dio un grito agudo, vaciló y cayó en brazos de Adrián, que corrió a sostenerla.

Había perdido completamente el conocimiento.

El cura mandó a una de las vecinas que corriese a avisar a su sobrina, y cuando la viuda, gracias a los auxilios que le fueron prodigados, abrió los ojos, los fijó lentamente en los que la rodeaban, que eran la buena vecina Josefa, que la sostenía la cabeza apoyada en su pecho; Rosalía, que de rodillas la presentaba un pañuelo empapado en vinagre; al otro lado, de rodillas también, su hijo, que cubría de besos y de lágrimas una de sus manos; al frente el cura echándole aire con el sombrero de paja que traía Adrián. Apenas comprendió lo sucedido, cuando el exceso de la dicha la hizo desvanecerse de nuevo.

—Esto me temía yo; ¡está tan débil! —dijo el cura,

—¡Hijo de mi alma! —exclamó, volviendo en sí la viuda, arrojándose en los brazos de Adrián.

—Yo pensé, madre mía, que no me hubieseis reconocido; ¡estoy tan mudado! —¿Qué ojos y qué corazón de madre no reconocen a su hijo? Pero di, di: ¿cómo no has escrito y has olvidado a tu madre durante diez años que han sido diez siglos?

Entonces, de una manera difusa e interrumpido ya por preguntas, ya por exclamaciones, hizo Adrián la relación, la que en breves y más claras palabras vamos a resumir.

Cuando llegó a Lima, fue su primer cuidado presentarse en casa de la viuda del ex compañero de don Andrés, para quien le había dado éste una carta de recomendación. La viuda, que tenía poco más de treinta años y carácter vehemente y apasionado, se prendó luego de aquel bello joven, que tan notables elogios merecía del ex compañero de su marido, e hízolo su secretario particular; habiendo cumplido este cargo con tanto celo como inteligencia, lo puso al frente de sus negocios. Viendo que Adrián no correspondía a las muestras de afecto que ella le daba, y que permanecía triste y metido en sí, le preguntó un día cuáles eran sus miras y sus esperanzas. Adrián contestó, con la verdad y naturalidad de su cándido carácter, que eran las de poder ganar lo suficiente para mantener a la que más amaba en este mundo, a su madre, y reunir un capitalito para volver a su lado.

Esta respuesta, que aniquilaba todas sus esperanzas, desesperó a la mujer violenta y apasionada y exasperó su pasión, al punto de mandar secretamente que se le entregase toda la correspondencia de Adrián, y así las cartas que recibía como las que escribía Adrián fueron por ella arrojadas al fuego.

Afligíase Adrián de no tener noticias de su madre, cuando se supo allí que el cólera hacía estragos en Cádiz y que una de sus víctimas había sido don Andrés. Con este motivo, un amigo complaciente de la viuda le dio a entender de una manera muy clara que su madre también lo había sido. La viuda, al ver el vivo dolor de Adrián, le prestó los más cariñosos consuelos, y él, agradecido y tan aislado en el mundo, admitió la oferta de su mano, que le hizo el consabido complaciente amigo de la apasionada viuda.

Adrián cayó desde entonces bajo el doble despotismo de un carácter y de una pasión indómitos, que sólo su templada y suave índole hubiesen podido tolerar.

Así pasaron ocho años amargos y tristes para Adrián, que recordaba la dulce paz doméstica en que se había criado y las virtudes de su buena madre.

Entonces acometió a su mujer una enfermedad aguda, que la puso en las puertas de la muerte, y ya en ellas, se arrepintió y le confesó su delito, implorando su perdón; al hacer esta revelación, el excelente joven pudo contener su ira, pero no el alejamiento y horror que le causaba la criminal, que murió desesperada.

En su testamento dejaba a su marido por heredero universal; pero él rehusó tomar dádiva alguna de la que quizá fuese la asesina de su madre, y sólo se reservó los gananciales hechos desde su matrimonio y gerencia de los negocios, que eran muy crecidos.

Los parientes, herederos naturales, le entregaron en el acto cien mil duros en buenas letras de cambio, sin aguardar los trámites legales, y él a ellos el desistimiento de la herencia legalizado, y en la primera ocasión emprendió el regreso a su patria.

Al llegar a Cádiz se dirigió a la casa de don Andrés, en la que supo la aldea a que se había retirado doña Carmen.

—Pero ahora, madre mía —acabó diciendo—, ya no viviréis en una aldea; he vuelto para dedicar mi vida a hacer dulce y feliz la de usted; soy rico por mi trabajo; iremos, pues, adonde usted quiera establecerse: a Cádiz, a Madrid.

—¡Hijo de mi alma! No, no me saques de aquí —exclamó la viuda—; tengo cariño a este pueblo, como se le tiene a un amigo que ha visto sufrir mucho; a la Virgen Santa de la Esperanza, que tantas ha derramado en mi corazón, pues sin la de volverte a ver no hubiera podido penar tanto. Y sobre todo —prosiguió, volviéndose al cura y a Rosalía—, no me separes de estos dos seres benéficos, a los que debes el hallarme viva y no muerta de miseria; ellos me han mantenido, servido, cuidado y consolado, sin desmayar un día en tan triste tarea, sin tener más esperanzas de recompensa que mi estéril gratitud. No, no me puedo separar de ellos; quiero morir auxiliada por este modesto santo y asistida por este ángel puro, que ha pasado los primeros años de su juventud sin más afán ni más pasión e intereses que el de asistir a su excelente tío y de cuidar a una pobre enferma mendiga.

Adrián cayó de rodillas ante Rosalía, la que, ruborizada al oír las palabras de la viuda, se tapaba la cara con ambas manos, diciendo:

—No admito esos elogios ni esa gratitud que no merezco...

—¡Oh! ¡Admitidla —exclamó Adrián—, y con la mía, que es aún mucho mayor, como pobre pago de una deuda que sólo Dios puede pagar!

Algunos años después había Adrián hecho labrar una casa, no ostentosa, pero grande y cómoda; no brillaban en ella primores artísticos ni tal o cual arquitectura, pero la valoraba su solidez. A espaldas tenía un hermoso jardín, arreglado en una huerta y combinado de manera que uno de los más hermosos naranjos que había en ella viniese a estar frente de la puerta de la casa que daba al jardín. Alrededor del robusto tronco del naranjo se había colocado un ancho banco rústico. En torno de este centro se habían plantado toda clase de arbustos de flor, como lilas, mirtos, aromos, celindas y luisas; tupían enredaderas los claros que entre sí dejaban estas plantas. A la entrada de este gran cenador había colocados dos rústicos sillones. En aquel lugar perfumado, tan fresco en verano como al abrigo de los vientos en invierno, es donde se reunía por las tardes la familia de Adrián, a la sazón aumentada.

En una de estas tardes del mes de Octubre estaban sentados en el banco, debajo del naranjo, el cura y doña Carmen; enfrente, en los dos asientos mencionados, Adrián y Rosalía. Esta tenía entre las rodillas, y sujetaba con las andaderas, un hermoso niño, que pateaba el suelo con sus piececitos, meneaba los brazos, reía y gritaba al ver jugar y correr alrededor del naranjo a dos hermanitos suyos.

—No meter tanto ruido, niños —dijo Rosalía, que era su madre—, que incomodáis al tío cura y abuelita, no correr más: id a coger flores.

Los niños obedecieron, y el mayor se había empinado ya para coger una flor de adelfa, cuando les gritó la niñera, que era Josefa, la pobre y buena vecina que amparó a la viuda:

—Suelta, suelta; no cojas adelfas.

—¿Y por qué? —preguntó el niño.

—Porque son malas.

—¿Tienen espinas?

—No; pero son dañinas. Todas las flores tienen su miel y su misterio, menos la adelfa, que no tiene ninguno.

—No es —contestó el niño.

—Sí es; y si no, verás lo que sucedió en una ocasión: había un reo de muerte muy retemalo; pero como a los malos nunca les faltan padrinos, los tenía éste, que se empeñaron con su majestad el rey para que lo indultase. El rey no quería, y por no dar un no pelado, dijo que se lo daría si le llevaba un ramo compuesto de todas las flores del mundo. El reo, que sabía más que Briján, cogió un panal de miel, y en medio clavó un ramo de adelfa, porque sabía que las abejas de todas las flores sacan miel menos de la adelfa, que no la tiene.

—¿Y el rey le perdonó? —preguntó el niño.

—Por supuesto, como que tenía palabra de rey. —¿Y se comió, la miel?

—¡No que no! A todo el mundo le gusta la miel, hasta a los osos, que se pirran por ella.

—Rosalía —dijo el cura—, ¿qué es eso, que me he encontrado, en lugar de mi sillón de paja, una lujosa butaca de muelles?...

—Tío, el sillón estaba roto.

—Lo sé, y mandé que se compusiese.

—Señor, estaba todo apolillado, no se ha podido componer. Tío, va usted siendo viejecito, y es preciso que se cuide.

—¿Yo viejecillo? —preguntó con cierta extrañeza el cura—. Verdad es, niña, y tienes razón, pues nací en el siglo pasado; pero como, bendito sea Dios, no me ha dado ninguno de los achaques que acompañan a la vejez, me se ha entrado por las puertas sin sentir. Bien venida sea! ¡No me pesa!...

—¡Ay, señor cura —dijo doña Carmen—; me parece mentira la felicidad que gozo! Si antes no tenía ojos para llorar, ahora me faltan labios para dar gracias a Dios, y después de dárselas por haberme devuelto el hijo de mi alma, se las doy porque ha podido pagar con su cariño la caridad que por tantos años han ejercido usted y mi Rosalía conmigo.

—Madre —dijo con pena Rosalía—, me habíais prometido no volver a avergonzarnos con ese tema.

En este momento entró un criado trayendo el correo, en el que venían toda clase de periódicos. El cura se apresuró a coger El Boletín Eclesiástico; la viuda se apoderó de Los Ecos de María, preciosa publicación de Barcelona; Adrián cogió La Ilustración Popular Económica, que se publica en Valencia, y Rosalía rompió la faja de otro de Madrid, que con el título de El Último Figurín, trataba de literatura y de modas.

—Este es nuevo —dijo—: ¿otro periódico más, Adrián? ¡Esto es un despilfarro!...

Mujer, ¿más orden y economía quieres que tenga? —contestó Adrián—. No gastamos ni la cuarta parte de la renta que tenemos, y no ahorro por avaricia, sino para emplear lo que no se gasta en adquirir para cada uno de mis hijos un patrimonio en fincas rurales para que se hagan agricultores, mejorando y fomentando sus bienes, viviendo como honrados y modestos propietarios aquí en el campo, sin depender de nadie ni ser gravosos al Erario, que es la bolsa común de todos los españoles.

—¡Ay! —exclamó asombrada Rosalía, que había seguido leyendo el periódico nuevo—; Adrián, ¿sabes lo que trae este diario?

—¿Qué cosa puede ser esa que tanto te asombra? —repuso su marido.

—Es nuestra historia, con el epígrafe o título de La viuda de un cesante; nada absolutamente hay cambiado, sino los nombres.

—¡Dios mío! —exclamó doña Carmen—; nosotras, que vivimos tan retiradas del mundo, tan ignoradas de todos...

—¿Quién habrá podido —añadió Rosalía— contársela a la persona que la escribe?

En este momento se posó sobre una rama del naranjo un pajarito, que se puso a cantar.

Adrián, señalando, sonriéndose, a la rama, dijo:

—Ése.


Publicado el 12 de mayo de 2019 por Edu Robsy.
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